Las secretas convocatorias de La Zapoara

Milagros Mata Gil

Como si una convocatoria secreta llegara a los sentidos y al entendimiento de la gente, el malecón se concurre desde mediados de Julio, cuando la creciente está llegando a su máximo esplendor. Seres como venidos de otras dimensiones se reúnen. No hay clases sociales, no hay barreras. La gente camina a lo largo de la pequeña reja de barras metálicas que separa, como absurda pretensión de defensa, el cuerpo de la ciudad del cuerpo del río: serpiente fluvial. Comienza la gente a llegar en oleadas desde las cinco de la tarde, con un sol pleno y pulposo todavía. Llegan desde todas partes y se instalan en el malecón, bebiendo cerveza, comiendo bocadillos de pescado: dorado frito o quizá rayao' o quizá alguna otra especie más espinosa, que debe comerse muy embrasada, casi una galleta de espinas entre las cuales se degusta una carne casi siempre exquisita. Y viene la hora de los ocasos, escandalosamente coloreados. Y la gente casi no ve los colores, el lujo de las luces y las nubes de formas cambiantes. No ve el río, nunca idéntico, mostrando también colores y agitación de corrientes y paso de grandes masas arrancadas de la selva, animales abombados por la muerte a veces y otras, cardúmenes que parece hervir en medio de la corriente. La gente anda en otra cosa: en una de fiesta patronal sin patrono evidente, en una de celebración sin causas aparentes, en una de sutil erotismo, de juego y baile, de enmascaramiento y sensualidad cuyo origen más remoto es la espera de la Zapoara. (He escrito el río, sin otra denominación, como si se tratara de un río primordial, de un río arquetípico. Orinoco). En la novela CANAIMA, de Rómulo Gallegos, hay una escena en el comienzo: una escena abridora de las hazañas y desventuras del Héroe, una escena que es uno de los polos interpretativos que hace Gallegos sobre Guayana: el río y la selva. Marcos Vargas observa la pesca con atarraya desde la Laja de la Zapoara. El mismo participa, con su grito de batalla al aire: Se es o no se es. La Laja de la Zapoara era entonces una gran masa de piedra con vetas plateadas, con un plano ligeramente inclinado, internándose sobre lo que la gente
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llama "las pailas del Orinoco": zona de extravagantes corrientes, de flujo rápido y violento, pero también con grandes espacios de aparente calma, sembrados de tenaces remolinos. También dice la gente que quien caiga en una de esas "pailas" no es encontrado jamás. Numerosas leyendas alimentan esa creencia. A veces, en las noches, uno puede percibir el rugido del río en "las pailas" como una peligrosa sinfonía atrayente, clamante. Pero no se sabe de alguien que voluntariamente haya seguido ese llamado, sino, antes bien, se sabe que la gente se espanta de su soledad frente a esa llamada fluvial, huye de ella. En esa zona de riesgo era donde el pescador atarrayero probaba no sólo su habilidad sino también su hombría. Desde allí arranca Marcos Vargas su viaje, cumpliendo el destino que le trazaban sus dioses y su tiempo. Ya se sabe que ese viaje culminará en la selva. La Laja de la Zapoara ya no existe: la taponó el progreso bajo promontorios de concreto armado. Pero el río sigue rugiendo y enremolinándose en el recodo, contra el malecón. Furiosamente. Y los pescadores, quizá por añoranza, lanzan a veces las atarrayas desde unos pobres sustitutos de metal: planchas pegadas del muro, aguantadas por sólidos ganchos, planchas estrechas y endebles, invisibles desde la calle y, por lo tanto, desprovistas del sentido espectacular que necesita toda proeza. Algunas veces se habla de que es posible recuperar la Laja: pura ilusión. No se trata de la imposibilidad (o posibilidad) técnica, ni del dinero que habría que pagar para hacerlo, sino de que ya se perdió, con el tiempo, con el paso de la avenida, con el progreso, el espíritu de reto que allí habitaba. De cualquier manera, los pescadores en curiara siguen ejerciendo su difícil arte como lo hacían desde tres o cuatro generaciones atrás. La curiara es una embarcación etnográficamente ligada a los orígenes indígenas: una embarcación de madera larga, aparentemente frágil, generalmente hecha de un solo tronco de árbol y maniobrada con canaletes (aunque muchas tienen motor). En ella salen a la pesca dos o tres hombres, a veces niños. Son hombres extraños que sólo aparecen en tiempo de creciente: hombres fibrosos, de una morenez metálica, de metal con aleación broncínea. Hombres de pequeña estatura, altivos, sin embargo, en su empeño frente al río. Las curiaras circulan elegantemente, sin estorbarse entre sí. El hombre con la atarraya va parado en cada una de
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ellas, esperando el momento oportuno de lanzarla, y cuando lo cree conveniente, entonces se alza con un leve movimiento. Parece como si el peso de la red lo elevara también: hombre-atarraya resplandeciendo al sol. Y luego que la atarraya hiende el cuerpo del agua, se hunde, y todavía la curiara se desliza un poco antes de sacar la red y separar los peces capturados. Es un trabajo arduo que necesita paciencia. Uno puede pasarse todo el vasto día viendo los atarrayeros en su cuidadosa danza, percibiendo también las dimensiones del hombre y del río, todo bajo un sol que requema los bordes de las hojas de los árboles, tal es su furor. Cada vez que tienen suficiente pesca se acercan al malecón para venderla. Pero pueden pasar muchas horas antes de que eso ocurra. Por las mañanas, solamente algunos paseantes ociosos: amas de casa que están de compras y distraen unos minutos para contemplar la pesca, estudiantes fugados de sus aulas, parejas de jóvenes enamorados y hombres solitarios, se ven a lo largo del malecón. Por las tardes es otra cosa. Están los convocados y algunos pescadores de afición que usan los más variados instrumentos: cañas sofisticadas, hilo de nylon o pequeñas redes. Nunca en vano. Esa gente que está en el malecón y los pescadores de las orillas o de las curiaras, están todos a la espera del prodigio: la llegada de la Zapoara. No es un acontecimiento con fecha fija. Algunos señalan indicadores: algún cardumen de bocachicos que entra por el centro de la corriente, partiendo en dos el río, o quizá algunos dos días de lluvia y de relámpagos, o el hecho de que el río haya alcanzado una altura determinada, o el paso de luna hacia la plenitud. Lo cierto es que la altura del río parece ser lo único más o menos determinante para la breve aparición de este pez evanescente, casi mitológico en la imaginería de la gente de Ciudad Bolívar. Porque se da el caso de que la Zapoara está ligada indisolublemente a las representaciones mentales de esa ciudad. Se sabe que se cría en lejanas lagunas ubicadas hacia las cabeceras del río, en cualquier parte. Algunos pescadores las van a buscar en esas lagunas, pero aún la depredación no se ha sistematizado en ese sentido. Porque hay algo malo en el hecho de que no bajen las Zapoaras, algo maléfico o de mala suerte en el hecho de que la cosecha de Zapoaras sea pobre. Y al revés, si la cosecha es abundante, eso significa un buen año, una esperanza de que las cosas mejoren. Y estos pescadores
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telúricos no se atreven a retar los designios de la Naturaleza, su injerencia en el destino común, persiguiendo a la Zapoara con excesiva tenacidad en sus hogares de todo el año. Dicen que durante la presidencia de Silverio González, en tiempos de Gómez, éste tenía una querida, doña Zoila, que ahuyentó a las Zapoaras debido a su carácter terrible y velados crímenes. Durante dos años funestos la Zapoara no paró en Ciudad Bolívar y la sequía se implantó por todas partes. Todavía hoy la memoria de doña Zoila se relaciona con la maldad, con la hechicería, con el vicio y con la muerte. La Zapoara es un pez de mediano tamaño, carnoso en apariencia, recubierto con una capa de escamas plateadas con brillantes tonalidades de metal, con hilos rojos en la cola y a veces en la boca. El cuerpo tiene, como otros peces fluviales que aparecen en la época, una sólida armazón de espinas entrelazadas. Son espinas fuertes, enhorquetadas algunas de ellas. Al parecer, este esqueleto, a la manera de las armaduras de los Caballeros medievales, sirve para que puedan soportar los embates de los enemigos y la presión de las terribles corrientes fluviales. Debido a la gran cantidad de espinas, es difícil de comer. Pero mucha gente la prepara: bien sea frita, muy frita, bien sea horneada, con rellenos especiales. No se acostumbra mucho en sopa, porque la mejor sopa es la de morocoto. De cualquier forma, por encima de los condimentos más sofisticados, surge una carne con sabor terroso, una carne de sobrevivencia. ¿Por ese dudoso manjar espera la gente con tanta ansiedad y júbilo? No, en verdad. Porque en materia de exquisiteces fluviales la Zapoara es bien superada por otros peces como el laolao, el dorado, el rayao` o la curbinata, en muchas recetas, mezclados con otros sabores. Tampoco es posible que se la relacione con propiedades afrodisíacas. Hay una oblicuidad semántica algunas veces, cuando se vincula la Zapoara con el sexo femenino, pero no hay nada implícito, nunca se plantea abiertamente. Dicen que aquel que come la cabeza de la Zapoara no se va nunca de Ciudad Bolívar. Pero también dicen que las mujeres guayanesas usan artes de hechicería para atrapar a sus amantes, tal como Circes tropicales. De esta manera, artes amatorias, artes mágicas y Zapoaras quedan vinculadas en la tradición popular más subrepticia. Pero tampoco así se justifica el que tan masivamente la gente acuda a una cita que no necesita confirmación.
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Hay algunas versiones perdidas del mito de Amalivaca, ese grande y fallido ingeniero náutico, que dicen que él se convirtió en pez y se fue, rumbo al Este. Algunos pueblos indígenas del Orinoco esperaban hasta épocas recientes el regreso de Amalivaca. Vendría desde el Oeste, con todo su poder y gloria, quizá para reintentar convertir el río en dos corrientes igualmente navegables: una que corriera hacia las fuentes y otra que corriera hacia el océano. Es posible que ese Amalivaca-Pez fuera uno fuertemente plateado, uno metálico. ¿En qué época del año partió Amalivaca? Quizá fue en tiempo de creciente, para facilitar su navegación. Regresará, pues, cuando el río esté crecido. Ese recuerdo cada vez más silencioso, cada vez más ignorado, quizá persiste en la memoria ancestral de la gente de Ciudad Bolívar. Quizá la Zapoara es una epifanía de Amalivaca. Quizá también hay algo mágico: como en otros pueblos la primavera o el tiempo de cosechar la uva o el trigo se transforma en una fiesta de inicio/terminación, la llegada de la Zapoara representa ese símbolo que parece justificar la vida del hombre: la serpiente que se muerde la cola, el inicio/fin del ciclo: vida, muerte, sobrevivencia. Y entonces todos esos ritos: la cita cotidiana, la fiesta, corresponderían a una religión absolutamente exotérica: una religión sin misterios, pero llena de signos y de metáforas: el pescador que arriesga su vida sobre el frágil instrumento llamado curiara actúa a la vez como sacerdote y víctima: él es quien ofrece luego, pegado del malecón, los productos de su pesca. Uno se asoma y ve el montón plateado con hilos rojos, y también la carne lisa de los bagres, y otras muchas especies pequeñas y grandes, en el fondo de la curiara. Y, a cambio, el pescador recibe unas pocas monedas. Uno se asombra de que tanto esfuerzo produzca una ganancia tan exigüa. Pero entiende las leyes de la necesidad y el trabajo. Leyes no económicas, sino cívicas. Leyes profundamente enraizadas en la ciudad y que se relacionan con valores como la solidaridad, el prestigio por la habilidad en el desempeño de una tarea, la satisfacción del objetivo cumplido, la posibilidad de que otros coman, y así por el estilo. Por lo demás, la Zapoara sólo tiene esa potencialidad simbólica en Ciudad Bolívar. Ninguna otra población de la costa orinoqueña ha elaborado una ritualidad y un corpus de signos alrededor de la Zapoara. ¿Cuándo descubrirían los habitantes de la ciudad la
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naturaleza mítica del pez? Los documentos dicen que en Mayo de 1764, don Joaquín Sabás Moreno de Mendoza completó el traslado de los escasos sobrevivientes de Santo Tomé de Guayana, saqueada y asolada por los piratas hasta la casi destrucción, hacia esa zona donde podía ser más defendible, cuerpo adentro del río, allí donde éste se angosta. Se construyeron en la costa las primeras viviendas, pensando en la fácil provisión de agua y calculando más o menos el rigor de la creciente por la experiencia en el antiguo enclave. Pero en Julio el río fue inundando los espacios de la fundación, obligando a los fugitivos a treparse en la loma de roca. Tal vez en ese tiempo de inestabilidad, de sobresalto, de tenacidad frente a condiciones adversas, aquellas personas descubrieron la Zapoara, la distinguieron entre otros peces de la creciente, percibieron su cardumen como un signo de salvación. No hay exactos indicadores al respecto. Nadie ha dicho con exactitud en qué momento se asumió el signo, pero allí está. Como cosa curiosa, durante todo el resto del año la ciudad olvida la creciente y sus ritmos. Olvida la Zapoara y los atarrayeros. Olvida todo, se sumerge en los problemas del país. A veces, el Paseo a lo largo del malecón está casi vacío por las noches, sobre todo en Febrero y Marzo, cuando el tiempo refresca excesivamente para el gusto del guayanés y lo obliga a refugiarse en su casa. Claro que la gente siempre lanza ojeadas hacia el río, un poco para medirlo a ojo, un poco para constatar su existencia (pues a veces, de tanta omnipresencia es posible considerarlo sólo como sueño), un poco para componer el espacio, para orientar la posición en el mundo. Pero en las conversaciones, en esas referencias que se hacen a parientes lejanos a los que se invita a pasar una temporada, o cuando se evoca una posibilidad de reencontrarse con uno mismo o con sus memorias, siempre se hace referencia al tiempo de la Zapoara: ése es el secreto reloj de Ciudad Bolívar, su medida.

Annaghmakerrig Court, 1995

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