El Orinoco es una identidad

Milagros Mata Gil I. El trazo geométrico de una cesta indígena por un momento recuerda al Josef Albers que está en el Museo de Arte Moderno Jesús Soto. Por un momento, por un inefable momento, también uno se adentra, asumiendo la simétrica metáfora de la cesta, en los alfabetos del propio Soto: esos códigos donde el movimiento perpetuo se condensa en concreta belleza. Marea el movimiento allí. Trasciende la rigidez del estatuto geométrico. Y, sin embargo, todos están emparentados por el mismo principio: la dialéctica: todo va y viene, todo fluye, todo es movimiento, el espacio es el territorio del tiempo y el tiempo, agua, arena: piedra, también, porque se intuye en la piedra la erosión que fecunda la permanencia.

En el agua aparecen los signos de una escritura ilegible. Escritura de garzas de bejucos de caimán. El espacio mostrando sus espíritus En la estela de bronce azul Dice el Poeta (Luis García Morales: El Río Siempre) [Ahora, en este instante, viene otra imagen: desde la montaña, las inmensas lajas van bajando y subiendo: las montañas, en el horizonte, contra el horizonte del crepúsculo. Ellas, las montañas, son siluetas de un verde violáceo. Luego, entre las montañas del horizonte y el punto elevado en que uno se encuentra, hay una llanura intensamente verde, regada de lagunas que reflejan los cambios que en
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el cielo deslumbran. La luna, en sus últimos días de creciente, surte una luz plateada que no termina de derrotar el escándalo luminoso de la hora de cierre del día. Una brisa no tan suave se mete entre las hojas de los arbustos. Y, más allá de todo, el estruendo del agua de los ríos que fueron, de los ríos que son: la seguridad de que todos ellos han de llegar al Río]. II. Para el ribereño, sólo existe un Río en el mundo: el propio. Orinoco. Ritmo y respiración se ajustan a los ciclos fluviales. El amor y el odio, el nacimiento y la muerte, la alegría y la tristeza: todo en extremos concluyentes, se radica en la metáfora del agua. En los días de Agosto, los hombres se lanzan a la corriente para retar el furor del Orinoco crecido. Los frágiles de corazón, los despechados, también se lanzan, buscando un alivio definitivo. Las mujeres de Mayo se empreñan para parir en el mes llamado de las flores. Hay muchos niños de Mayo. Cosecha del Río, espejeando con la cosecha de peces que se exhibe con sangriento esplendor, exuberante, en las orillas de Agosto. Y luego, cuando la creciente se retira, todo el pueblo de las riberas se prepara para la próxima. La esperada. Porque toda vida se vincula con ese Río y su incesante paso. Un poema de José Eugenio Sánchez Negrón, poeta guayanés nacido en 1921 y fallecido en 1990, puede expresar este sentimiento de manera más precisa:

El río. El río. El río interminable. Está escrito en el humo, en la piedra Y sobre el limo: Yo soy Tú eres Él es Yo soy la soledad del río Que el tiempo sostiene entre sus manos
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Y detrás del miedo Oculto por el biombo de los nidos El río Lloró sobre el hombro de los pájaros Y los pájaros Lloraron como el río

III. Se dice que el Orinoco fue un intento fallido de Amalivaca, héroe civilizador de los indígenas de Guayana, quien deseaba hacer un río de dos corrientes paralelas. Por eso, en ocasiones el Río simula correr hacia el oeste. Esta cualidad contradictoria, la apariencia de sus remolinos y la languidez de su transcurso, se involucran con el ser de los ribereños. Los grabados de Gladys Meneses, por ejemplo, emparentados con la estirpe de los textos de José Balza, expresan un tiempo/espacio fluvial/fluyente donde todo es circularidad, germinación y enmascaramiento. Dicen que Amalivaca usaba máscaras de barro decoradas con coloridas plumas. Algunos lo emparentan con el mismo Quetzalcoatl. Muchas veces se piensa que la cualidad teatral de Angostura es parte de ese mismo signo distintivo: el Río y el hecho de haber sido instalada en ésta su forma aparentemente definitiva durante el signo de Géminis, convierten la Ciudad en un friso de máscaras, enfrentado al transcurso del Orinoco. Nada hay en ella que no pertenezca a esa esencia. En ella conviven Verbo y Puñal, Miedo y Valor, Lealtad y Traición, bajo la cúpula de encajes que la resguarda. IV. Nombres y más nombres de seres humanos: exploradores, aventureros, guerreros, poetas, artistas de la forma, se vinculan al Orinoco. ¿Qué fiebre instaura él en esos seres que, deslumbrados por el brillo de oro de su corriente, se lanzan a la maravilla de evocarlo, de invocarlo, de intentar la representación de su innumerable corriente? Walter Raleigh y Antonio de Berrío dejaron en él hasta la
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sangre de su estirpe. Alejandro de Humboldt lo descubrió, obliterando el terror implícito que Colón dejara en sus Diarios y Bitácoras de 1498. Juan de Castellanos lo desenterró hecho caudal desde su retiro en la alta montaña de Tunja. Jules Verne lo descubrió desde los relatos de Chaffanjon y lo escribió en su gabinete de Amiens. Luego, Pablo Neruda, Luz Machado, Lucila Palacios, Rafael Pineda, Luis García Morales... ¿Quién no ha sucumbido bajo su hipnótico hechizo? V. Dicen que una Serpiente vive bajo la Piedra del Medio. Una Serpiente enorme, de Siete Cabezas. Los habitantes de las Islas juran que han oído su voz cantando en los largos veranos, cuando la sequía pone al descubierto las piedras más antiguas. Un silencio denso y profundo precede esa voz. Y, de súbito, un relámpago. Si pasa el viento barinés, entonces la voz de la Serpiente llega hasta Puerto Ayacucho y hasta las desembocaduras a la vez, dicen. Dicen que esa Serpiente era cabalgada por Amalivaca y que algún día, él regresará por ella, para elevarla, símbolo del arcoiris. Que todos los que esperan a Amalivaca deben cuidar de que sus parajes se encuentren intactos para que él continúe su obra. El progreso ha hecho que se olviden esas leyendas donde está plasmado el aliento más íntimo de la sobrevivencia. Pero en la fe más originaria y en el arte perviven los ecos.

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