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Famila - Eva Giberti - Claudio Tobal.doc

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Familia (Eva Giberti

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Claudio Tobal FAMILIA La idea de familia como unidad o totalidad inamovible intercepta las alternativas que podrían elegir quienes las construyen, limitándolos en sus posibilidades como sujetos capaces de transformaciones personales y sociales. Modelos que se desvían de la norma La trascendencia que históricamente se adjudicó al linaje basado en la consanguineidad como garante de legitimidad y calidad para quienes descendieron de antepasados en línea directa, se mantuvo durante siglos y persiste en algunos grupos sociales. No obstante ha disminuido su estrictez dando cabida a modelos que se instalan en los bordes de lo que se entiende por linaje. Quienes viven de acuerdo con ellos reclaman su reconocimiento como familias aunque trasgredan las pautas concebidas como recomendables por el paradigma que reguló, durante los últimos dos siglos, el funcionamiento de la familia en Occidente. Algunos ejemplos: 1- Hombres y mujeres divorciados que legalizan un nuevo matrimonio e incluyen en él a los hijos del matrimonio anterior de uno de los miembros de la pareja, los cuales vivirán con el hijo nacido del nuevo casamiento, y resultarán “ medio hermanos” según la expresión popular. Situación que genera dudas en los abuelos porque ignoran sí deberían proceder como abuelos de aquellos niños que, sin llevar el apellido ni la “sangre” de uno de los cónyuges, resultan hermanados con quien es su “verdadero” nieto. El nuevo hijo se legitima socialmente porque, a diferencia de sus “medio hermanos” convive con sus padres, consagrando la existencia del pacto tradicional: matrimonio que vive con sus propios hijos, distinguiéndose de sus “medio hermanos” que viven con uno solo de sus padres, que se volvió a casar. Estos “medio hermanos” también pueden vivir con el miembro de la pareja que no ha reincidido en un matrimonio, no obstante lo cual entablan un vínculo fraterno con el hijo del otro miembro de la pareja concebido en un nuevo casamiento. 2- Parejas formadas por homosexuales que adoptan niños. Se trata de un procedimiento no legalizado, no obstante de frecuente aparición en la realidad. 3- Matrimonios que deciden procrear a partir de una inseminación heteróloga, recurriendo al semen de un donante desconocido, de este modo incorporan en la familia las marcaciones genéticas de un hombre ajeno al vínculo matrimonial. Su inversa, la maternidad gestante a cargo de una mujer que “ alquila” su útero para transportar durante nueves meses el embrión concebido por una pareja: esta mujer no aportará como en la situación anterior sus cromosomas, pero sí la historia de nueve meses uterinos. De acuerdo con la experiencia, podrá negarse a entregar el bebé recién nacido no obstante los compromisos que haya firmado inicialmente, como sucedió en algunas oportunidades. 4- Hombres y mujeres que no forman parte de una pareja estable y que en su condición de “solos” deciden adoptar.

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5- Familiares de desaparecidos durante la dictadura militar que rescatan a los hijos de esas víctimas, originalmente apropiadas por las fuerzas de seguridad y a veces incorporadas en las familias de quienes cometieron el delito. En estas circunstancias se trata de una falsa adopción, ya que las criaturas no fueron abandonadas por sus padres, sino secuestradas conjuntamente con ellos o nacidos durante el cautiverio de sus madres. Dicho modelo se amplía cuando se trata de familias que adoptaron a los hijos de desaparecidos desconociendo su origen y al ser encontrados por sus legítimos familiares mantienen un vínculo afectuoso con quienes fueron sus adoptantes. 6- Matrimonios cuyos miembros viven en zonas o barrios distantes y sólo se encuentran los fines de semana. El procedimiento es el resultado de la escasez de recursos económicos que impide que uno de sus miembros invierta dinero en viáticos rumbo a su trabajo, alejado del lugar de vivienda de la mujer. Estas prácticas, que sólo enuncian un aspecto parcial del tema, cuestionan la eficacia del paradigma tradicional respecto de la familia. Son personas que comparten un imaginario social impregnado por principios convencionales acerca de la organización familiar, diferente de la empírica que ellos formaron. Principios que durante años sostuvieron un orden que parecía garantizar la bondad de la institución familiar en tanto se la consideraba un pilar de la sociedad. Las propias vivencias de la infancia de quienes construyeron las nuevas familias empíricas probablemente se hayan aposentado en pautas tradicionales; lo cual podría suscitar inconscientemente, cierto rechazo hacia sus actuales posicionamientos. Deben asumir una contradicción inconsciente que opone su elección actual a su historia de vida previa. Estas familias deben crear sus propias leyes en lo que hace al funcionamiento de sus vínculos y a sus vivencias actuales, es decir, una legalidad intrafamiliar que legisle acerca de lo que conviene o no para sus miembros entre sí y en relación a la comunidad. Los conflictos encontrados con mayor frecuencia son los que se dan a partir de la aparición de la descendencia. Son interrogantes vinculados con el sufrimiento que puede surgir y que demanda la lectura de las distintas transacciones que los adultos suelen proponerse como defensa psíquica ante el posible rechazo no consciente producido por los hijos, tanto por su origen como por los conflictos sociales que resultan de su presencia. Podemos interrogarnos acerca de las vicisitudes vinculares inconscientes por las que quizás atraviesen algunas de estas familias que asumen el desafío de las normas convencionales. Los medios de comunicación: la otra familia A través de su encendido permanente en numerosos hogares, la radio y la televisión producen un peculiar efecto de familiaridad resultante del contacto con determinadas voces e imágenes. Los medios suelen actuar como educadores informales especialmente para los niños y mujeres insertos en el orden de la vida doméstica. Las recomendaciones que escuchan los niños respecto del consumo de algunos productos o la exhibición de espectáculos teñidos por violencias extremas forman parte de una realidad cotidiana que se incorpora desde la propia casa. Cabe considerar que las informaciones que llegan desde los medios sobrepasan, a veces, los conocimientos de los padres quienes, en determinadas oportunidades, quedan jaqueados por su no saber ante las preguntas de los hijos. Un ejemplo de ello es lo sucedido con los interrogantes acerca del sida, la homosexualidad y otras prácticas 2

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sexuales a cargo de niños en edad preescolar. De donde, la inquebrantable autoridad parental sobrelleva una serie de fisuras resultantes de las sucesivas ignorancias que la inquisición filial deja al descubierto, desactivando la creencia acerca de la omnipotencia adulta, que todo debía saberlo, como lo creyeron los niños de generaciones anteriores. Este fenómeno ilustra uno de los niveles de decepción que asumen los hijos actuales; otro nivel es el que corresponde a la frustración que resulta de no poder adquirir aquellos productos que los medios sugieren (o imponen) como necesarios. Esta decepción de los hijos se combina, a menudo, con la ira y la humillación por parte de los padres que se ven a sí mismos incapaces de satisfacer demandas que consideran justas (ellos mismos atrapados por las publicidades). El aporte de los medios a la crianza y educación de los hijos, contratando profesionales especializados. De este modo fueron sustituidos los consejos de abuelos, sacerdotes o de los médicos de familia. Los parafamiliares mediáticos Otro nivel de análisis remite al reconocimiento de la voz o imagen de un/a periodista a quien se mira o escucha periódicamente. Su inclusión como persona cercana, casi “como de la familia” mencionándola por su nombre como si se la conociera íntimamente. Se trata de una instancia nueva que aporta vivencia de familiaridad, aun de parentesco, debido a la elegida y sistemática presencia de ese profesional en el hogar. Y que adquiere particular relevancia cuando se trata de aquellos con los que se inicia la jornada: los periodistas que transmiten desde las seis de la mañana o bien aquellos con los que se finaliza el día. El profesional supone y descuenta la existencia del público pero carece de datos acerca de su persona: no le resulta posible generar un vínculo de acuerdo con las características de familiaridad que en este caso se supone por parte del receptor. El público no ignora la ficción que implica investir de modo familiar a estos profesionales, lo cual no le impide la creación de un vínculo de intimidad diferenciable de la amistad, ya que no es habitual la compañía de un amigo durante los trescientos sesenta y cinco días del año a la misma hora, dispuesto a hablar o silenciarse según se lo indique el dial y la sintonía. Estamos frente a otro, un parafamiliar, que, a diferencia de los consanguíneos, los parafamiliares se eligen. Podríamos conjeturar la existencia de un vínculo de intimidad acoplado a la familia que no exige la presencia corporal de uno de los miembros y que se diseña trazando vínculos imaginarios a cargo del oyente / televidente. Diseño que se investiría proyectando en el profesional la capacidad de contener, adjudicándole la calidad de resorte contra la vivencia de soledad que puede sentir un miembro de la familia, o bien de desamparo, ambas imaginariamente diluidas por la voz y/o la imagen del parafamiliar mediático. Las características de ese diálogo imaginario dependerá de la historia personal de quien, desde su casa, no se siente público sino interlocutor del profesional que actúa en el medio. Posición signada por el poder que le otorga la decisión de encender o apagar el aparato. La costumbre de almorzar o comer en familia, compartiendo el encuentro con los protagonistas de los medios, genera una índole de autohipnosis que previamente reclama concentración y aislamiento de los otros miembros de la familia físicamente cercanos, sentados a la misma mesa, pero todos capturados por la imagen del televisor. Podemos suponer cierto grado de autismo momentáneo que podría asemejarse al autismo de masa pero en minidimensión doméstica. Lo que permite interrogarnos acerca de esa forma del “estar en familia”. 3

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CONCLUSIÓN Se introdujo el trabajo haciendo hincapié en la familia como célula básica de la sociedad. Al hablar de sociedad es virtualmente imposible omitir el peso del contexto social, que condiciona radicalmente la estructura familiar. Claro ejemplo y muestra es como la industrialización ha generado que la familia tradicional, entendiendo esta constitución como padre-madre e hijos, se haya modificado y mutado en sus formas de vinculación, en sus valores, etc. Los modelos que se desvían de la norma tradicional pugnan por crear sus propias leyes en lo que hace a su funcionamiento y en relación con la sociedad. En estos casos es importante el establecimiento de legalidades, el cual debería ser intrapsíquico. Las legalidades están pensadas para familias de tipo tradicional. Debemos tener en cuenta que el funcionamiento de estas familias empíricas, entendiendo la diversidad y variedad de miembros y parentescos significativos, es totalmente diferente. Los tiempos en los que se han formado estas nuevas familias son vertiginosos, ¿quién hubiera imaginado, 20 años atrás, estar discutiendo o hablando en una mesa familiar si los casamientos homosexuales (aquí no permitidos legalmente) pueden o no adoptar hijos?. Un vertiginoso ejemplo de los tiempos contemporáneos es que en las nuevas familias, las vinculaciones no poseen nombre, no hay como denominar a estas relaciones. Es evidente que existen nuevas realidades, pero es evidente también que entran en conflicto con las familias hoy llamadas tradicionales. La industrialización trajo consigo una vorágine de desarrollos tecnológicos. Esta tecnología se ha traducido en una necesidad exacerbada por el consumo y lo que se utiliza como herramienta para efectuarlo son los denominados medios de comunicación o “medios de consumición” (según quiera pensarse). No son pocas las familias que ordenan a sus hijos: “solamente ves televisión durante la cena”, de esto se desprende, que es lícito pensar, ¿ qué es en definitiva lo que comen estos chicos?. Nuestra visión es que más que incorporar comida, abren la boca para incorporar la ficción televisiva. Estos medios logran infiltrarse en la idiosincrasia de cada familia. El desplazamiento de los padres y su reemplazo por la pantalla chica como niñera electrónica es una revolución que desencadena desórdenes psíquicos, emotivos y afectivos. Las personas que permanecen mucho tiempo frente a equipos electrónicos, el televisor o una computadora, pierden los talentos necesarios para estar con otros seres humanos, para relacionarse y aquellas personas que se refugian y construyen una perspectiva del mundo a través del mundo televisivo, tienen una visión mucho más hostil de la realidad. Las publicidades introducen nuevas “necesidades” que pueden devenir en frustración desde los padres al no poder cubrir las mismas. Por parte de los hijos puede leerse hasta como un jaqueo hacia la autoridad de los adultos al darse cuenta de que estos no son todopoderosos y no pueden cubrir las necesidades impuestas desde los medios, los cuales muestran niños como ellos utilizando ese producto deseado. La publicidad tendrá como objetivo principal manipular los deseos de los niños. Los chicos seducidos reclaman que se les compre tal o cual producto. Un rechazo de los padres puede producir un conflicto. Los niños no disciernen que han sido “trabajados” por la publicidad y a los padres les cuesta interpretar la crisis. Los anunciantes utilizan a los chicos como vendedores sustitutos para presionar a sus padres a comprar ciertos productos. Es una evidencia que la presencia de un televisor en un hogar tiene el efecto de censurar la conversación familiar. Ya no se habla más y, si se habla, las palabras son vistas como un fenómeno parasitario. De esta manera desaparece toda una trama de enunciados, gestos, conductas que garantizaban la circulación de ideas dentro de la familia y que definían el lugar de cada 4

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uno. Las propias razones de ser del hogar parecen desvanecerse alrededor de un aparato que cuando está encendido, domina la vida familiar. La figura del parafamiliar mediático puede influir en las relaciones dentro de la familia, al aparecer como un “modelo” a seguir desde el enfoque de los hijos. Desde su más tierna edad, el niño tiende por un impulso interno a imitar y asimilar modelos. Observa todo y lo reproduce de un modo sorprendente: modos de ser, costumbres, vocabulario, actitudes, expresiones fisonómicas, etc. Sus modelos naturales son, ante todo, sus progenitores, y después los sucesivos círculos concéntricos de relaciones dispuestos en virtud del grado de parentesco y proximidad natural. Es evidente el grado de proximidad con este nuevo “miembro virtual de la familia”. Vale aclarar que este modelo muchas veces nada tiene que ver con el modelo que representan los padres. Por otro lado, vemos otra vez jaqueado aquí el tema de la autoridad. Este parafamiliar aporta información, que muchas veces los padres pretenden desconocer o en casos extremos, aquellos temas que podrían ser de difícil manejo para los padres son introducidos por ellos mismos en el hogar a través de estos modelos a seguir. Podríamos decir que con la teleadicción, el papel primordial de los padres, secundados por sus próximos y más tarde por el ambiente escolar, está siendo dejado de lado. Sí nos atenemos a datos de la realidad, podemos preguntarnos por qué los nuevos programas de ayuda social se dirigen a “jefes y jefas de familia”, ¿es que ya no hay más “padres de familia”?. Poco a poco, la televisión se pone en el lugar de los padres. Es ella la que presenta modelos a imitar y conduce a la inserción del niño en la sociedad. Llega al niño en la intimidad del hogar, le muestra una apariencia de lo real, le propone un modo de ver las cosas que él hace suyo. Por otra parte, en el desarrollo del trabajo, se abordó el género mujer como un nuevo resonador para los cambios de paradigma, apuntando al concepto de instinto maternal no como una característica biológica, sino como una construcción cultural, que puede ser funcional al mejor desarrollo de la especie. El paradigma clásico vinculado a una sociedad patriarcal en realidad representa más un fenómeno de tipo cultural que un fenómeno de naturaleza biológica. Esta recorrida por diferentes puntos nos permite concluir, por un lado, que la familia tradicional aparece como un modelo más dentro del contexto social, y por otro lado que esta heterogeneidad de modelos implica una nueva reorganización de valores y vínculos que se van construyendo con el devenir cultural; pero que indudablemente siguen siendo el poder de base donde descansa lo potencial del ser humano. La familia hoy, está expuesta a riesgos externos e internos. En épocas anteriores, la familia se juntaba y se hacía fuerte para “luchar” contra lo externo. Hoy es difícil determinar qué factores inciden o hacen peligrar a las familias. El pronóstico no es alentador sí entendemos a la familia como formadora de seres a los cuales debe proteger y formar. El panorama adquiere un tinte gris, los conflictos postmodernos han trastocado valores, imágenes y vinculaciones. Sí tomamos el lenguaje como referente de las posibilidades de expresión y relación de las personas, vemos que estas vinculaciones, tan significativas para el integrante de las familias empíricas, no tienen nombre. Pareciera que aún no estamos preparados para entender estos modismos y nuevos hábitos y sin embargo debemos coexistir con ellos y vivenciarlos.

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