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"CUENTOS COLOMBIANOS". Zapata Angel. Agosto 2007

"CUENTOS COLOMBIANOS". Zapata Angel. Agosto 2007

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"CUENTOS COLOMBIANOS". Zapata Angel Ceballos (1921-2009) . Primera edición: Agosto 2007.
TEXTO EN LA CONTRACARATULA:http://picasaweb.google.com/ntcgra/ANGELZAPATAYMARGARITALUJANReunionDeDespedida#5359095572307104162 Hace muchos años leí en un ensayo de Paul Valery que la inteligencia humana es una sola. Que su aplicación al Humanismo, a las Ciencias o a la Tecnología era circunstancial. Desde entonces comprendí por qué en mi caso personal, mientras estudiaba con pasión las materias de la Ingeniería Química, en mi mucho tiempo libre, gozaba leyendo obras de Literatura, de Historia o de Arte. Así hice mi carrera y dediqué mi vida útil a enseñar ciencias básicas: Física, Química, Fisicoquímica y Termodinámica. Me pensioné a la edad de 70 años con el honroso título de Profesor Emérito de la Universidad del Valle. Entonces, en lugar de dedicarme a cuidar el jardín, salir a asolearme o dar la vuelta a la esquina, opte por escribir.
He publicado cinco libros: dos de poesía, uno de Historia de la Ciencia, una corta autobiografía, otro de ficciones y relatos y estoy escribiendo estas notas para la contra carátula de este libro "Cuentos colombianos". ¿Calidad? No estamos hablando de eso. Pero digo que admiro a todos los que escriben. Mi vida es como una manía por escribir. Lo haré hasta el fin. Admiro infinitamente a los grandes autores. Tengo en este momento 86 años.
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Sobre el autor y sus obras, ver: http://ntc-documentos.blogspot.com/2009_06_19_archive.html y http://ntc-aciq-cv.blogspot.com/2009_07_01_archive.html
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Publica y difunde: NTC … Nos Topamos Con … http://ntcblog.¬blogspot.com/ , ntcgra@gmail.com . Cali, Colombia, Junio 4, 2009
"CUENTOS COLOMBIANOS". Zapata Angel Ceballos (1921-2009) . Primera edición: Agosto 2007.
TEXTO EN LA CONTRACARATULA:http://picasaweb.google.com/ntcgra/ANGELZAPATAYMARGARITALUJANReunionDeDespedida#5359095572307104162 Hace muchos años leí en un ensayo de Paul Valery que la inteligencia humana es una sola. Que su aplicación al Humanismo, a las Ciencias o a la Tecnología era circunstancial. Desde entonces comprendí por qué en mi caso personal, mientras estudiaba con pasión las materias de la Ingeniería Química, en mi mucho tiempo libre, gozaba leyendo obras de Literatura, de Historia o de Arte. Así hice mi carrera y dediqué mi vida útil a enseñar ciencias básicas: Física, Química, Fisicoquímica y Termodinámica. Me pensioné a la edad de 70 años con el honroso título de Profesor Emérito de la Universidad del Valle. Entonces, en lugar de dedicarme a cuidar el jardín, salir a asolearme o dar la vuelta a la esquina, opte por escribir.
He publicado cinco libros: dos de poesía, uno de Historia de la Ciencia, una corta autobiografía, otro de ficciones y relatos y estoy escribiendo estas notas para la contra carátula de este libro "Cuentos colombianos". ¿Calidad? No estamos hablando de eso. Pero digo que admiro a todos los que escriben. Mi vida es como una manía por escribir. Lo haré hasta el fin. Admiro infinitamente a los grandes autores. Tengo en este momento 86 años.
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Sobre el autor y sus obras, ver: http://ntc-documentos.blogspot.com/2009_06_19_archive.html y http://ntc-aciq-cv.blogspot.com/2009_07_01_archive.html
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Publica y difunde: NTC … Nos Topamos Con … http://ntcblog.¬blogspot.com/ , ntcgra@gmail.com . Cali, Colombia, Junio 4, 2009

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Ángel Zapata Ceballos

Cuentos Colombianos

Julio 2007

Cuentos Colombianos

Carátula: Primera edición: julio de 2007 Impresión y Diagramación: Todográficas Ltda. Impreso en Colombia Este libro no puede ser reproducido total o parcialmente sin autorización escrita del autor.

Contenido

TATIANA .............................................................. 7 EL PEZ NEGRO ................................................. 83

TATIANA

De todos los pretendientes que tuvo Lucía Agudelo Aguilar, el que más le agradó a ella y a sus padres fue Ernesto Cisneros. Un hombre alto, fornido, algo desgarbado, pero bien educado, de trato agradable, hijo de don Marco Cisneros, ya muerto, y Domitila Cifuentes. Dueños de una finca pequeña pero organizada de la que derivaban, con poco trabajo, un buen vivir. Lucía Agudelo era hija única del juez de San Juan del Puente, don Miguel y de la profesora, directora de primaria, señora Mercedes Aguilar. El amor entre Lucía y Ernesto avanzó hasta el punto de que el ocho de agosto de 1983, a las dos de la tarde, después de compartir un almuerzo, en casa del juez y su esposa, fue aceptada por las dos familias la boda entre Lucía y Ernesto. Nadie sabía, entre tanta gente, cuál estaba más alegre, regocijada y feliz con ese noviazgo. Había que ver los regalos que doña Domitila les enviaba a Mer7

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cedes y a don Miguel. Todos los sábados llegaban de la finca, traídos por un peón, flores exóticas que se cultivaban en la finca; uno o dos pollos gordos y crestones; verduras; mazorcas de maíz, que le encantaban asadas al juez. Tanta amabilidad, generosidad y muestras de cariño tuvieron el efecto de acelerar la boda. No por interés, sino porque el amor se imponía. Terminaron casándose pronto. Fue una ceremonia sencilla que por poco pasa inadvertida en el pueblo, si un insignificante incidente no hubiera perturbado el acto religioso: las familias solamente habían advertido al cura de la hora de la boda; ese día, al entrar al templo la pareja en la forma acostumbrada, se encontraron con una iglesia cubierta de flores blancas, pasacalles en la nave principal, una aroma exquisito en el ambiente y cada silla perfumada y adornada de flores blancas. Lucía creyó que era una sorpresa de Ernesto y procedió a agradecerle. Pero se topó con que él nada sabía del hecho. Ni el juez, ni doña Domitila sabían, ni estaban advertidos. El cura menos. Juró poniendo su iglesia por testigo que nada sabía de las tales flores. Sin embargo, la que más dudas pensó, fue Domitila la madre de Ernesto. ¿Que nadie sabe quién puso las rosas de un día para otro? ¿Qué pasado tenía esa novia, ahora esposa de su hijo? No lo expresó pero quiso averiguarlo. Domitila era taimada, maliciosa, desconfiada. Sabía que Ernesto era ingenuo, Lucía era su primera novia. Tal vez su belleza y su aparente ingenuidad, ocultaban otra cosa. Viajó al pueblo a donde su hermana Teresa: casada, con varios hijos casados y le refirió en secreto lo sucedido. Todos los informes y referencias que reci8

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bió de gentes que conocían a Lucía coincidieron en que era una muchacha virtuosa, hija de unos padres irreprochables. El Juez y Mercedes eran honra del pueblo. Le refirieron que había suspendido un noviazgo con el hijo mayor del señor Ramírez antes de ir éste al ejército, precisamente porque Mercedes, su madre, le había dicho que no le convenía esa relación. Ella lo hizo inmediatamente, aunque el señor Ramírez era el hombre más rico del pueblo. Poco a poco Domitila fue olvidando el cuento de las flores blancas. Se encantó con el genio, las costumbres y educación de Lucía. La hizo como su hija hasta su muerte, que fue de agonía corta y dolores intensos a causa de un cáncer que la mató en seis meses, antes de nacer Tatiana. Tatiana entró precipitadamente a la casa. Estaba mojada, descalza, los pies embarrados y los cabellos le chorreaban agua en la espalda. Serían las ocho y media de la mañana. Afuera llovía sin compasión. Su abuelo la vio entrar y la siguió con los ojos hasta que entró en silencio a su cuarto. Lejos, los pomales se veían nublados. El único limonero del patio, ocultaba sus frutos tras la lluvia, confundiendo sus gajos de limones verdes y pintones con las hojas brillantes y húmedas. -¿Dónde estabas, hija?- preguntó en voz alta don Miguel, su abuelo, mientras ella salía seca y calzada del cuarto. -Me cogió el chubasco, papá, mientras buscaba huevos de codorniz detrás de los pomales. -¡Ideas de Mercedes! ¿Verdad?9

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-Si abuelo, pero cuando ella me lo dijo no estaba lloviendo. Son chubascos de octubre, que vienen de repente, mojan y se van.Al salir de su cuarto, seca, calzada y peinada, don Miguel la miró en detalle y le pareció bella. Alta, elegante como Lucía, su madre. Intentó recordar la historia, pero desechó su pensamiento y guardó silencio. Encendió su pipa, buscó un sillón viejo y se acomodó a ver llover. Tenía 68 años. Disfrutaba de su jubilación. Su único hijo, Ernesto, llevaba diez años de muerto. De modo que Tatiana, su nieta, tenía diecisiete. Era una señorita bella como Lucía su madre. Un dolor. Una pena. Algo que marcó su vida y la de Mercedes, su esposa, para siempre… Aquella noche llovía también. Tatiana de siete años se había acostado. Miguel con su esposa, había hablado en el comedor de la vida de su hijo en la montaña. Trabajando sin descanso en la finquita con Lucía: cosechas, sembrados, negocios, ventas, deudas, pero felices. La niña había venido al pueblo a iniciar sus estudios en San Juan del Puente, pues en el rincón donde estaban sus padres no había colegio, ni escuela. Eran campos de cultivo, fincas grandes y pequeñas. Soledades, cielo azul, noches de luna o de estrellas. Silencios. Trabajo. Sin otras voces que las del campo. Montes, pájaros, ganados. Y, como consuelo, la voz de Lucía y de Tatiana que le llenaban el corazón. Era la vida de Ernesto. El compromiso de Ernesto y Lucía con los abuelos sobre la niña, era que ésta, a los siete años, vendría a vivir con ellos para empezar su escuela en el pueblo. Doña Mercedes les recordaba a los padres ese
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compromiso, pues no quería que su única nieta se formara en el campo, ignorante en todo. Por eso, cuando llegó el tiempo de empezar los estudios, la niña fue recibida sin cartas, ni certificados, en la escuela que por mucho tiempo había dirigido la Señorita Mercedes Aguilar, luego esposa del Juez Miguel Agudelo. Al Juez pensionado, don Miguel, no le gustaba mencionar para nada el día de la tragedia y menos las consecuencias que derivaron de ella. Era una tumba. Su trato con su nieta, ahora de diecisiete años, era amable, parvo y ocasional. Lo mismo sucedía con Mercedes. Fue como si hubiera conocido otros mundos; como si para cumplir sus propósitos hubiera cambiado su alma. Hacerse un hombre duro, intratable, lleno de prevenciones. Tal vez despertar temor en los demás y, ahora, lo único que deseaba era esperar la muerte en silencio. Sin embargo, muchas imágenes perduraban en su memoria. Frases que dijo y le dijeron. Gentes de toda índole que debió tratar, hablar, conversar, convencer y horas de espera. Momentos que tuvo que esperar, rogar, ponerse serio, ser amable, subir a edificios en construcción tan altos como nunca pensó estar allí, esperando a un obrero que no era el que llegaba. Su esposa lo ignoraba todo. Sus relaciones se redujeron a: - cómo estás Miguel, cómo te va Mercedes-. Acabaron las caricias. Los mimos que ya mayores se hacían. Él se redujo a una caja de memorias para sí mismo; y ella a mirar en su nieta a Lucía, porque la semejanza con su hija la hacía olvidar, por un momento, a Ernesto, su hijo. Vale decir: adoraba a Lucía.
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El chubasco pasó. Abrió el día. Los campos alrededor de la casa se volvieron de un verde niño, los limones mostraron otra vez sus colores naturales. ¿No te parece, abuelo, el día muy hermoso?- le preguntó a su abuelo pretendiendo sacarlo de ese mutismo persistente. -¿Qué día es hoy?- preguntó el abuelo. -Once de octubre, abuelo-Mañana se cumplen diez años. Parece que fue ayer. Tatiana lo miró con pesar. Fue una noche horrible. Llovía a cántaros. Mercedes se había quedado dormida y él intentaba ver en la oscuridad. Se habían acostado temprano. Pero él no podía dormir. Tatiana dormía hacía rato en su cuarto al lado de sus abuelos, separados por una cortina azul que dividía los dos cuartos. De pronto, volvió la luz a la casa pero no pudo despertar a Mercedes ni a Tatiana. Él estaba como asustado. Respiraba mal. Se sentó al borde de la cama y vio que la luz del corredor estaba encendida. Era su reflejo el que daba un poco de claridad a su alcoba. La alcoba de Tatiana permanecía a oscuras. Pensó en su hijo. Allá no tenían energía eléctrica y todo lo hacían con lámparas de petróleo, velas y leña. Se volvió a acostar. El temporal había empezado a ceder. Creyó que se dormiría. Cerró los ojos, llevó sus brazos sobre el pecho e intento cerrar los ojos. Todo resultó inútil. En ese momento tocaron vigorosamente la puerta de la calle. Mercedes se despertó. -¿Tocan?12

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-Parece que sí- respondió él, apercibiéndose para ir a abrir. -¡Cuidado!- pregunta quién es. Hay tantos peligros. -Tranquila. Tranquila.Luego escuchó dos caballos que parecían detenerse frente a la casa. Escuchó de nuevo los toques a la puerta. -¿Quién es?- preguntó -Malas noticias don Miguel.Entonces abrió la puerta. Un hombre en zamarras de cuero esperaba en la puerta. -Don Miguel- le dijo –Mataron a Ernesto y a Lucía. -¿Quién?-No se sabe. Parece que fue un guerrillero-¿Por qué a ellos? ¡Oh, Dios mío!Detrás de él estaba Mercedes. ¡No, no! Exclamó Parece que un guerrillero solo bajó de la montaña y les disparó a quemarropa, y se fue. Hay un hombre que lo vio, pero de lejos y no pudo acercársele por miedo. El criminal volvió a la montaña. -¿Y dónde están Ernesto y Lucía?-Aquí los trajimos. Son cadáveres.13

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Los cadáveres fueron traídos sobre el mismo caballo. Venían en cajones de madera rústica, separados en dos cajas sobre el lomo de un caballo, amarrados con sogas. Dos hombres los descargaron. El hombre que tocó la puerta era un finquero vecino que se presentó como Joaquín Mesa, dijo que los asesinaron a las dos de la tarde y que el asesino corrió a la montaña, según el testigo. Estaba pálido, ido, como drogado – dijo el testigo. -¿Está aquí el hombre?- preguntó el abuelo. -Yo soy, señor.- dijo uno de los peones que había cuidado en el camino de los cuerpos muertos. -Dígame señor todo lo que observó, don-Genaro Díaz, señor-Bueno: es alto. Delgado. Joven. Barbado. Llevaba fusil y pistola. Pasó algo lejos de mí, cuando yo estaba escondido y, por cierto, el uniforme tenía un remiendo en la espalda. -¿Qué remiendo?-Cómo si lo hubieran rasgado y le hubieran pegado una cinta larga que no cuadraba con el resto.-¡Aja!- gracias, don Genaro. Los cajones de tablas rústicas los colocaron en el corredor, uno detrás del otro. En el piso. Como si ella fuera tras él. Don Miguel Agudelo, el juez de San Juan del Puente, no lloró. Permitió que Mercedes y la niña Tatiana,
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que tenía entonces siete años, expresaran sus tristezas con llanto. Sin decir aun lo que harían con los cadáveres, como inspirado por el dolor le dijo a Mercedes: allí está nuestro hijo y su esposa, vilmente asesinados. Pero yo me pregunto, ¿el llanto los resucitará? El llanto nos perturba a nosotros, no a ellos y para ellos empieza el silencio de la muerte. Todos los días, a toda hora, nacen y mueren millares de seres sobre la tierra. Un dolor, una pena, que afortunadamente pasa. Pasa como todo en la vida: niñez, juventud, madurez, ancianidad. Unos más temprano que otros. Pero el mundo sigue: siguen las plantas creciendo, los prados reverdeciendo, los ríos corriendo hacia el mar. El mar golpeando con sus olas las costas y sigue el cielo lleno de belleza. Tal vez las almas rían mientras nosotros lloramos… Hijas, hagamos el propósito de no sufrir por los muertos. Persigamos a los cobardes que los asesinaron. Hagamos que en vida paguen sus actos malos. Pero a los muertos, no los perturbemos con nuestro dolor… Suspendió sus palabras. Tatiana, de siete años, solo sabía obedecer. Mercedes se confundió. Entendió las palabras de Miguel, su esposo, pero no sabía cómo obedecerlas. ¿Y los recuerdos, la ausencia y el dolor de verlos muertos, ahora, cuando ayer hablaban y reían y comían frutos maduros y amaban los amaneceres y se amaban entre sí? -Y, ¿Qué haremos nosotras, Miguel, cuando nos acose el llanto?- preguntó Mercedes que había entendido mejor que la niña las palabras de su marido. -Llora, hija, tú que puedes. Pero recuerda: somos pavesas, con un tiempo de duración finito. Tal vez el llanto sea una defensa y consuelo para nuestros su15

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frimientos. Quizá a los que no podemos llorar nos dure más el dolor, la pena. Varios meses después del entierro, ya arreglados todos los negocios de Ernesto, Miguel le dijo a Mercedes: Tú piensas que el asesino de nuestros hijos fue un hombre de este pueblo, ¿Verdad? Mercedes vaciló por un momento y le respondió que ella había pensado mucho en eso. No sé. Si el hombre que lo vio dice que es alto, delgado, y muy barbado, me viene a la memoria el hijo mayor del señor Ramírez, el dueño de la Tienda Ramírez. Ese muchacho, antes del servicio militar, estuvo pretendiendo a cuanta falda viera, pero Lucía nunca me dijo que a ella. Bien parecido pero un vagabundo, sin oficio, jugador de dados, y un sinvergüenza. Pero ese hombre desapareció del pueblo hace más de cinco años. El señor Ramírez no lo soportó. ¿Iría a dar a la guerrilla? -Sería muy peligroso que usted personalmente, le preguntara por su hijo- Le dijo el alcalde a don Miguel, sobre el consejo que le pedía de visitar al señor Ramiréz en su tienda y preguntarle por su hijo mayor. -Más ahora que por todas partes se oye que fue él, quien mató a su hijo. Se lo digo por la amistad que nos une- dijo el alcalde. El alcalde se había manejado como un hermano durante el duelo que embargaba al señor don Miguel, como le decía siempre. Eso, y la amistad de tantos años, hicieron reflexionar al juez. Era obvio. Reconoció que su propósito era peligroso. Lo que sí lo llamó a la reflexión fue la afirmación que hizo el alcalde de que todo el pueblo acusaba al
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hijo mayor del señor Ramírez como el autor del crimen. ¿Por qué? ¿Qué lo acusaba? ¿Por la descripción del trabajador? El juez no se comunicaba con nadie, vivía encerrado lejos de todos, como un ermitaño condenado a la soledad; no sabía nada de lo que en el pueblo se decía. Era vox populi que Lucía lo había despreciado, hacía varios años, antes de irse al ejército. ¿Sino fue él? ¿Si alguien se estaba gozando la desviación que estaba sucediendo? En verdad, indicios no son pruebas. Pero ¿Por qué nadie lo defendía? ¿Cuál era la opinión del viejo comerciante? Era su hijo. Como en un pueblo pequeño se conocen todos, don Miguel sabía de la amistad que existía entre el señor Ramiréz y el Cura del pueblo. Ramiréz era buen cristiano. Ayudaba a la iglesia. El cura se sentía apoyado por el más rico hombre del pueblo. Miguel, el juez, resolvió hablar con el cura en confesión. Pero quería oír al cura sobre el asunto. Hablaron en confesión. Un sábado por la tarde, el cura, que admiraba al juez, le prometió hablar con Ramiréz como cosa suya y que le contaría. Así lo hizo. La respuesta del comerciante fue tajante: Sé que se dice eso, padre, pero le juro que Jairo, mi hijo, no tiene riñones para cometer un crimen así. Él es un malversador de la plata, es mujeriego, fanfarrón, tahúr, lo que quiera, pero no es un asesino. Yo no sé en dónde está ahora, puede estar en la cárcel, en algún pueblo o ciudad preso por engaño, pero nunca por ser un asesino. Por esta razón yo dejo que pasen como lluvias, las calumnias de la gente. Yo soy el primero en meter mi mano al fuego por Jairo. Así lo refirió en privado el cura a don Miguel. Esto le hizo cambiar su pensamiento. Recordó la visita que hizo el señor Ramírez a la finquita. Recordó que
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había buscado por todas partes algún indicio que lo orientara sobre la causa de aquel hecho que tenía estremecida a la comunidad. Recordó que el hombre que culpaba al desconocido se ratificaba en sus rasgos exteriores que acompañaron, durante más de diez años a su hijo, aún después de que don Miguel cumplió su tiempo de servicio y se dispuso a su jubilación. Pero un día cualquiera, antes de pensionarse, escuchó en la calle la extraña norma de que a los guerrilleros rasos no se les permitía la barba. Se puso a pensar; pero luego se acordó del hombre que, supuestamente, había cometido el crimen. Volvió a conversar con el hombre, cuyo nombre nunca se le olvidaría: Genaro Díaz. Le pidió que recordara a ese asesino. Hábleme de su talante, le dijo. -¿Qué es talante, señor?-Quiero decir, como camina, la cabeza, si es echada para atrás o inclinada hacia abajo. Si mueve los brazos exageradamente, etc.-No. Es un señor normal. -¿Está seguro que era de barba?-Sí señor, de eso estoy seguro.-Al cálculo, dígame. ¿Qué estatura tenía?-Más alto que yo, que mido un metro con setenta centímetros.Este dialogo tuvo lugar hacía más de cinco años: la gente se había olvidado del crimen. Varios inten18

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tos de investigar habían fracasado y mientras tanto, la abuela de Tatiana y la niña, se habían olvidado de las flores en la tumba los domingos. La vida del pueblo era normal. Misa los domingos. Los niños en la escuela corriendo, jugando, riendo por nada. Las ceibas del parque silenciosas. Los mayores trabajando, y, en las tardes dos o tres parejas de enamorados paseando por la única calle pavimentada. Un día vino hasta la casa de don Miguel, que estaba haciendo las vueltas de su jubilación, un hombre más o menos conocido en el pueblo a quien don Miguel había visto una o dos veces. Con educación le preguntó si todavía estaba en busca del hombre que había asesinado a su hijo. Don Miguel lo miró con extrañeza. -Mi nombre es Jeremías Ocampo. Vivo de arrimado en la casa de Matilde de Vera ¿Usted la conoce?-Sé quien es- respondió el juez con algo de desconfianza. Pues la señora tenía fama de bruja. Pero no de las de bolas de cristal, sino de las que cierran los ojos frente a una figura de madera y empieza a hablar con ella. -Y que quiere la señora Matilde de Vera, ¿Ah?-La historia es muy larga-Cuéntemela- dijo don Miguel. -Ella quería mucho a don Ernesto, porque el párroco anterior la quiso sacar del pueblo dizque por
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bruja. Y fue don Ernesto, su hijo, el que intervino a favor de doña Matilde. Desde eso, ella rezó por él siempre. Cuando supo de su muerte lloró por tres días hasta que dijo: -“Ya están en el cielo” Don Miguel, que era bastante indiferente hacia esas cosas, lo miró a los ojos esbozando una sonrisa y le dijo: -buena mujer-¿Pero para que me necesita la señora?-No sé. Ella me dijo: “Vaya a donde don Miguel Agudelo y le dice que tengo noticias para él”- eso dijo. -Dígale a doña Matilde que hoy voy a las cuatro de la tarde- dijo don Miguel. Eran las diez de la mañana. Como don miguel se había constituido en el instructor del nuevo juez, ese día tenía un diálogo con el nuevo juez, que lo había citado para las dos de la tarde. -Está bien, don Miguel. Se lo voy a comunicar inmediatamente a doña Matilde- dijo Jeremías. No era bruja, como decía la gente. Se nombraba, “Mentalista”. Como todas las brujas, nadie sabía cuándo había llegado al pueblo. Pues sus primeros prodigios los había realizado en tiempos del cura más joven que llegara al pueblo, un tal Asunción María Calle. A él fue a quejarse la abandonada mujer del cabo del ejército que estuvo allí cuando la guerrilla merodeaba por el pueblo. Tenía una mujer hermosa. Parecían casados. Estaban jóvenes. Pero un día la muchacha salió corriendo bañada en llanto y con un
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aporrión en la cara. Ella dijo que la había golpeado por una moza que tenía. Alguien le recomendó a la bruja. Esta la vio. Sintió pesar por ella. La llevó a su cuarto. Destapó una estatua de madera oscura a la que se puso a orar. Al cabo de media hora, la mujer le pagó unos pesos y volvió a su casa. Al poco rato volvió su marido. Arrepentido. Le puso remedios caseros sobre el magullón, prometiéndole que nunca lo volvería a hacer. El cura conoció la historia y al domingo siguiente advirtió a la bruja, a la que llamó por su nombre, que la conjuraba a irse del pueblo. Ernesto Agudelo visitó al cura casi en seguida de la misa y le hizo levantar el conjuro. Por eso la mentalista lo quiso hasta la muerte. A las cuatro de la tarde don Miguel estuvo a la puerta de la casa de Matilde de Vera. Era blanca, alta, acuerpada y lo miró por un instante primero antes de dirigirle la palabra. -Don Miguel, ¿No?-El mismo. ¿Para que me quiere?-Es asunto grave que le compete-¡Aja!-Es sobre sus hijos Ernesto y Lucía- dijo. -Ambos están muertos- le dijo don Miguel, con timidez. - Me dolió mucho. Sé del crimen. Sé cuanto ha trabajado usted para desentrañarlo. Claro. Pero siéntese, por favor.
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Don Miguel estaba de pie en el centro de una sala, organizada, limpia, sin imágenes de santos, pero con el retrato de un señor bien vestido, jugando cartas, junto a un gato negro. Lo miró todo. Lo detalló todo. En un rincón vio una olla de barro con cactus prendidos. -Siéntese don Miguel. Esta es la casa que me gusta. Sin adornos. Pocos muebles. Bastante luz. -¿No le parece que esto es mejor?-Si señora, pero, por favor, dígame qué sabe de la muerte de mis hijos.-Yo viajo en las noches, sola. Sin moverme de mi cama. Yo pienso. Viajo con el pensamiento. Miro. Observo los lugares más distantes. Escucho cosas nuevas en que nunca había pensado. A veces, también, recuerdo las cosas que me han herido, y entonces recibo luces, claridades sobre misterios que me ha atormentado. La muerte de Ernesto, su hijo, ha ocupado mis pensamientos desde el día en que lo supe. Y esperaba un viaje en el que hablaran de él. Que alguien sin conocerlo, supiera de su muerte, me comunicara algo. Una palabra. Un signo de su hora última. O dijera “Este fue el culpable”, que yo pueda verlo. Reconocerlo en cualquier parte y que pueda decir “es él”. Pero la vida es injusta. Nadie se ha comunicado conmigo, hasta anoche, muy al amanecer. Apareció en mi sueño un hombre alto, trigueño, de ojos negros, barbado, y armado con un fusil y una pistola. Subiendo por una arboleda. Me pareció extraño. Un hombre joven vestido de guerrillero en un pueblo que no tiene ni ha tenido la presencia de esa gente. Yo intenté acercármele, verlo de cerca, pero
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él iba de afán. Ni me vio ni supe quién era. Entonces de repente, asustada, recordé que se dice que un hombre lo vio de cerca. Sucede que yo conozco a Genaro Díaz, el fue peón de mi marido. Así se llama ¿Verdad? -Si señora, así se llama. Él lo vio. Pero tampoco lo conocía.-Allá voy. En uno de mis viajes en sueños por el Pacifico conocí a un pescador blanco en Buenaventura que paseaba con un joven que le ayudaba con las redes y ahora lo recuerdo: es él. Está en el puerto. Trabaja como pescador en el puerto. Vaya usted a allá y le prometo que lo ve. Es un hombre fuerte y desalmado. Ahora pasemos al cuarto donde tengo los restos de mi esposo y verá que él confirmaDon Miguel estaba desorientado. No sabía qué pensar. ¿Era acaso una loca? Visionaria. Adivinadora. Farsante. Embaucadora. ¿Quién era? Aquí don Miguel sintió miedo, pero aceptó el paso al cuarto siguiente, aunque podía ser peligroso para él. Se puso en pie y se dispuso a seguirla. La señora pasó adelante. Abrió la puerta sin tocarla y se halló don Miguel en un cuarto sobre iluminado por dos lámparas que orientaban sus chorros de luz hacia un rincón donde destacaba un bulto oscuro. La señora se detuvo. Don Miguel también. Entonces vio que una seda azul oscura y brillante caía al suelo y una estatua negra de madera saltó a la vista. Don Miguel retrocedió. -No tema- le dijo la señora –Que está muertoLa señora avanzó y sin hacer el menor movimiento, don Miguel vio cómo la cabeza de la estatua se
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salía del cuello, se colocaba en la mano libre de la mujer, dejando un hueco que daba la pesada sensación de un descabezado. -Así murió Justino Vera, mi esposo-¿Descabezado?-Sí señor. Un solo machetazo: certero y cobarde. Ahí están sus restos. ¿Quiere verlos?-No es necesario doña Matilde. Gracias.Entonces la señora preguntó. – ¿Donde está el asesino de Ernesto Agudelo?Y don Miguel escuchó un ruido como si el mar estuviera dentro de esa madera seca y tallada. Dice que en Buenaventura. Esa noche, después de despedirse de Tatiana, don Miguel le dijo a Mercedes: -¿Tienes mucho sueño? Es que te quiero contar algo que me sucedió esta tarde.-Podemos hablar en el corredor.Él encendió su pipa, ocupó la silla de los cojines al lado de su esposa, y le dijo: -Hoy he tenido la entrevista más extraña del mundo. Hoy conocí personalmente a Matilde Vera, la bruja.- dijo don Miguel. -¿Hijo, Dios mío, qué has hecho? ¿Quién te llevó a allá?- dijo Mercedes alarmada.
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-Un hombre a quien no conozco se me acercó y me dijo que la señora necesitaba verme para hablarme de Ernesto y Lucía. Yo estoy dispuesto a ir a los mismos infiernos por saber quién y porqué mataron a nuestros hijos, Mercedes.Lo dijo con tanta decisión e ira y tan lejos de su carácter silencioso, siempre reservado, que Mercedes comprendió que en ese tiempo –casi seis años después- la imagen de sus hijos estaba viva en su alma. Ante la realidad que observó la esposa no tuvo más remedio que escucharlo. -¿Fuiste allá y que te dijo?-Ella es un espíritu de otra parte, Mercedes. Sueña, piensa, lee el presente y el futuro, viaja a donde quiere sin salir de su casa que es un santuario para su esposo.-¿Fue casada?-Sí-¿Con quién?-Un hombre de apellido Vera, que en latín es verdad.-¿Es italiana?-No sé. Es una mujer blanca, que parece que fue hermosa.-¿Es de Colombia?-No lo creo. Es como de otros tiempos.25

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-Ja, ja. Te embaucó como a tantos.- exclamó Mercedes. -Es una charlatana, mentirosa, que abusa de los urgidos como tú, de los que pasan un dolor, para engañarlos. Olvídate de esa “Verdad” y vuelve al mundo… Nuestros hijos se fueron, están en el cielo si Dios quiere y se acabó.Doña Mercedes estaba realmente molesta. Disgustada con la ingenuidad del juez. Mira estos campos – le dijo- es de noche, hay luceros en el cielo y luna menguante. Estamos solos en este corredor. La verdad, la realidad, está a nuestra vista. Hasta aquí llegamos los humanos. Pensamos en el futuro y nuestra verdadera verdad es la muerte que nos llega a todos… intentó ponerse de pié. Don Miguel, que era hombre tranquilo, impermeable a las emociones pero tenaz en sus propósitos, la tomó del brazo y le dijo: -Nunca habíamos hablado seriamente de esto. Ambos hemos expresado nuestro dolor. Tu, más con lágrimas que yo. Pero en el alma creo haber sufrido más. Todo lo que dices es cierto, vivimos en un mundo bello pero sin sentido. Los sentimientos los ponemos nosotros. Son, como los pensamientos, obra humana. Pero yo no puedo creer que queramos saber cuál es la verdad de todo lo que el azar nos ofrece. Sin dolor, conscientemente, podemos, debemos investigar qué nos ocurre. Mi dolor no es superficial, no nace de un capricho, es por el bien de la sociedad en que vivimos que los crímenes debemos castigarlos para el bien de todos. Esa es la conciencia que estamos obligados a imponer. Perdóname esta aclaración. No te vayas, necesito tu ayuda y comprensión ahora.
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Mercedes lo miró. Estaba serio, pensativo, como sumergido en un mundo que ella no conocía. Está bien Miguel, cuéntame que te dijo la señora. Voy a abreviarte los raros métodos que usó para decirme que en Buenaventura, el puerto sobre el Pacifico, está el criminal. La señora aguzó sus entendederas y miró a su esposo con curiosidad. ¿Cómo que está en el puerto? ¿Quién es? ¿Qué hace allí? La señora se puso a temblar y le dijo: ¡de cuán lejos nos llega la muerte! O ¿Andará con nosotros? El puerto está muy lejos de San Juan del Puente, nos separan colinas y montañas. El cielo allá es gris y lluvioso, el viento parece soplado por la boca del diablo. ¿Quién es el asesino? -No sé quien es. Dijo que lo había conocido en uno de sus viajes por el mar.-¿Ha viajado por el mar? ¿Cuándo? Si aquí vive hace años fabricando “cocadas de coco” y vendiéndolas por una ventana. Esa mujer está loca. A mi no me saca nadie de la cabeza que esa mujer te alucinó, se burló de tu ingenuidad. Bueno es creer Miguel, pero no hay que abusar de la fe. Y tú que harás. ¿Irte para el puerto? ¿Preguntar quién mató a nuestros hijos? Don Miguel guardó silencio. Ese día era lunes. Tatiana se había levantado, bañado y estaba lista para ir al colegio. Cursaba el cuarto año de bachillerato. Alegre como el día luminoso. El aire penetraba en sus pulmones aromado por los pomales. Saludó a su padre con efusión, como si
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hubiera soñado con el cielo o con la vida. A los diecisiete años era la mas alta y bella de su grupo. “Tati”, le decían sus compañeras y sentíanse todas orgullosas de ella. La primera clase fue de geografía de Colombia. Le encantaba porque no tenía que pensar mucho, sino escuchar las explicaciones de su maestra, imaginar ríos, mares y montañas. Ciudades lejanas, escuchar cómo eran las ciudades de los dos grandes litorales de su país. Cómo era el mar que las bordeaba, los oficios de los pescadores, los muelles de los puertos, las gentes que habitaban esos lugares, el carácter de todos. Una especie de denominador común que los caracterizaba: la franqueza, la alegría, su música típica que invadía y alegraba a sus gentes. Todo esto le encantaba. Le hablaron de Buenaventura como el principal puerto del Pacífico de Sur América. Habló de sus habitantes, negros de ancestros africanos, y la maestra los describió como altos, fornidos, trabajadores incansables y alegres como sus fanfarrias. Cuando al almuerzo ella se sentó a la mesa con sus abuelos, le contó la abuela Mercedes que su abuelo iba a hacer un viaje urgente al puerto, que en el lenguaje de la región era Buenaventura. -¿A qué vas a Buenaventura, Abuelo?- preguntó Tatiana. El abuelo pensó por un momento y le respondió: -Es una comisión de carácter público que me ha encomendado el juez actual, relativa a un juicio que dejó pendiente en el puerto. Tal vez no sepas que el juez actual lo fue también en el puerto.28

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-¿Es negro el juez actual de aquí?-Bueno, es algo moreno, pero una persona muy amable. Además, pagan un poco por ese viaje.La muchacha quedó convencida por la explicación de su abuelo. - Hoy, precisamente, en la clase de geografía, la maestra nos habló de las gentes del litoral pacífico – dijo. -¡Qué casualidad! y ¿qué dijo?-Bueno. Habló de su raza y de su gente. De la importancia del puerto. Dijo que es el mayor puerto de Sur América. También que esa costa se ha convertido en la mayor puerta de salida para los contrabandistas de drogas alucinógenas del país.-Esa maestra parece que les enseña de todo menos geografía.- comentó don Miguel. -Bueno. Supone que todos hemos visto el mar, los ríos y las montañas y que es más importante conocer el carácter de los pueblos que los accidentes físicos del país.-Muy bien hija. Tú comprendes el espíritu del curso, sólo que es importante, especialmente para los reinados, saber donde queda Tunja. ¿No te parece?Todos rieron. La ansiedad por el viaje le vino al amanecer. Pensó en lo que averiguaría una vez que estuviese allí.
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Pensó que lo mejor sería contactar al juez, y hacerse acompañar por dos agentes de policía para con ellos buscar a quien no conocía sino por la lacónica descripción que hizo el campesino que lo vio de cerca poco después de cometer el crimen. Salió de la oficina del juez acompañado por dos negros fornidos. Viajaron despacio por el muelle. Miraron aquí y allá. Por oficinas, por bodegas, miraron detenidamente a los cargadores de los camiones que transportaban las mercancías de las bodegas a la ciudad. De repente, don Miguel vio a un cargador blanco, alto aunque no fornido, que tomaba agua en una fuente. Se le acercó y el hombre, al reconocerlo intentó huir. - ¡Ese es el hombre! Gritó. Inmediatamente los agentes le intimaron rendición. No huyó. No opuso resistencia. Solo dijo: -Están equivocados. Señores. Yo no he hecho nada.Don Miguel lo miró cuidadosamente. Era un hombre alto. Delgado. De ojos negros y huidizos. Llevaba una barba oscura de tres o más días. Inmediatamente se le vino a la memoria los rasgos del señor Ramiréz, el comerciante de San Juan del Puente. Era él. A Don Miguel no le quedaban dudas. -Llevémoslo al comando de la policía- les dijo a los agentes. Al entrar a San Juan del Puente, el preso, paradójicamente, se sintió alegre. Se sorprendió. Venía esposado, pálido, con hambre, pero la vista de su pue30

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blo, donde había nacido y crecido; donde tuvo amores de toda clase, allí conoció a muchas mujeres. Nunca recordó el nombre de Lucía. No sintió arrepentimiento, ni dolor, sino una inmensa alegría. Recordó a su padre sin odio. Se acordó de cuánto mal le habían hecho otros; pero a la señorita Lucía Aguilar nunca la recordó. Al recordar su hogar, sus hermanos, ver el parque de la plaza con sus ceibas y pomales. Flores azulinas sembradas en la eras de los jardines del parque y ese aire limpio, claro, transparente. Sintió la vida como renovada. Miró a la gente con simpatía. Una tranquilidad infinita que solamente el hogar la comunica. Sea lo que sea, pensó, mi pueblo es mi pueblo y aquí el aire me consuela. Empezaron el juicio. Negó todo. El señor Ramírez dijo que era su hijo mayor, que había sido esto y aquello, pero se extrañaba que hubiera también cometido el crimen que le imputaban. Ramiréz no cedió. Negó todo. Nadie podía mostrar que él era el autor del asesinato. A Genaro Díaz, el hombre que afirmó que lo había visto vestido de soldado o guerrillero, armado, el del cuento del remiendo de su camisa en la espalda, hacía casi un año lo había mordido una culebra coral y yacía en el cementerio, de manera que a Ramiréz lo dejaron en la cárcel, sindicado pero sin pruebas ciertas. Podía ser, podía no ser el culpable del crimen que se había constituido en un asunto de millares de inculpaciones, pero sin una prueba que lo condenara. El tiempo fue pasando. Ramírez se constituyó en el preso más antiguo del penal. Don Miguel volvió
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una y otra vez a la casa de Matilde de Vera. La consultaba siempre sobre lo mismo: cómo hacer que ese hombre confiese. No existe método de intuición, ni mentalista, ni brujería de ninguna clase que pueda hacer que la razón supere a la decisión de un hombre de mantener firme su palabra. -De modo don Miguel, dijo que hasta aquí llegaba él en este paseo.dijo Matilde a don Miguel. La señora Mercedes, al reconocer la impaciencia de Miguel, se enojaba con el juez y hablaba del fracaso de la ciencia de la jurisprudencia. Un día reprendió a Miguel: -Por creerle a esa charlatana. A esa embaucadora. Bien inocente que será ese desmadrado preso. Él estará feliz. Comiendo por cuenta del Estado. Durmiendo sin acoso, esperando el famoso, “por falta de pruebas queda libre”. Y usted ha perdido la vida, se ha atormentado, le ha traído esperanzas a Tatiana, que no hace más que esperar la sentencia y saber que por fin la justicia se impone.Cuando vio entrar otro año en esa espera, y que todo se parecía al pasado, don Miguel pensó seriamente en devolver el tiempo, olvidarse de sus hijos que cumplían siete años de enterrados y autorizar al juzgado que diera por cumplida la pena. Antes de tomar esta decisión visitó a Matilde y le dijo: -Usted Matilde ha cumplido su promesa de encontrar a este hombre (se refería a Ramírez). Fue apresado donde usted anunció. Todos sabemos que es él el culpable, pero las circunstancias nos han
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jugado una mala jugada, y no hay aquí, quien afirme con pruebas, que él es el responsable. Yo estoy viejo. Las leyes no cambian y lo mejor que podemos hacer, es retirar la demanda.-Pero usted ha visto, Miguel, lo que ha pasado con el preso. Se ha rejuvenecido. Yo, como mujer, lo estoy viendo mas joven. Se ve más alto, ya no es el esmirriado que trajimos. Levantó la cabeza. Motiló su pelo. Hasta la piel de su cara y su cuerpo, han mejorado. Ahora su mirada es franca, abierta, yo diría que son bellos sus ojos negros y como escrutando de todo lo que pasa. ¿Lo ha notado, don Miguel?-Algo he visto-Yo diría que ha hecho retroceder el tiempo. Es un joven a quién nadie culparía.Don Miguel salió de la casa de Matilde un tanto desorientado. ¿Se estaría enamorando doña Matilde del preso? ¿Acaso ella no le estaría comunicando esa fuerza que el preso muestra para negar? En ese caso Matilde es culpable. ¡Que lío!- pensó. Al domingo siguiente Tatiana, que sólo se había animado una vez a visitar la pequeña finquita donde sucedió la tragedia, y fue cuando sus abuelos viajaron a la casa, a fin de efectuar un inventario de todo lo que habían dejado sus padres, e instalar un nuevo administrador de la propiedad. En esa ocasión, con la aprobación de sus abuelos, sacó un baúl de Lucía, su madre, que contenía sus vestidos, incluyendo el traje de novia, que permanecía doblado, embalsamado con naftalina para evitar su deterioro.
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El baúl y otras pertenencias de Lucía las puso en su cuarto. Pero hasta ese día permanecieron en el mismo sitio. Ya hacía varios años de la noche aciaga en que Tatiana, de siete años, miró los cajones, de tablas rusticas, enfilados en el corredor de la casa con los cuerpos muertos de sus padres. El tiempo tiene mala memoria. Ahora la única hija de los muertos era una niña alta, hermosa, de cabellos negros y de un rostro que solamente recordaba el de Lucía. Un domingo, su abuelo, don Miguel, le pidió por puro capricho de viejo, que se vistiera con el traje rosado que Ernesto le había regalado a Lucía el día que lo aceptó como novio. A Tati le pareció a la par que algo miedoso, inoportuno, irrespetuoso a la memoria de su madre, vestir su traje de fecha tan memorable por un capricho del abuelo. Pero el viejo insistió, como si tuviera una segunda intención. Cuando la vio vestida así, por poco lanza un grito de llanto. Tatiana era idéntica a su madre: La misma estatura, sus formas de mujer iguales, sus labios rosados y su sonrisa idéntica a la de Lucía. Largo rato demoró el abuelo para reponerse del choque de recuerdos que lo invadieron aquel día. Le dijo: - Hija, eres idéntica a tu madre; ella, desde el cielo, debe estar celebrando tu semejanza con ella. Cuando la abuela la vio salir de detrás de la cortina, estaban en la sala, la abuela tornó a mirarla. La miró después con curiosidad. Luego se puso pálida,
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se apoyó en una silla, y rodó por el cuelo desmayada. No tuvo voz. Los ojos perdidos en la sala. Musitaba algo. Don Miguel se inclinó asustado viendo el verdadero desmayo de Mercedes. - Agua, agua, y alcohol, gritó el abuelo. Frotaron la frente de Mercedes con alcohol, le dieron agua, su marido la apoyó en sus brazos diciéndole: Es Tatiana mija. Es Tati que se puso el vestido de Lucía, el día que nos presentó a Ernesto. ¿Recuerdas? - Sí. Sí. Pero, por Dios, eres el retrato de tu madre, dijo, más recuperada. La escena de Mercedes tuvo consecuencias. Miguel, que era un viejo obsesionado con la muerte de sus hijos, recordó que en la cárcel estaba el probable culpable del crimen. Le propuso a la bruja una idea siniestra: que pidieran la ayuda de Tatiana para que, aprovechando su singular semejanza con la belleza de su madre, hicieran en la cárcel una especie de minitragedia ante los presos. Una tragedia en la que un actor de nombre Ernesto fuera asesinado con su esposa, por un guerrillero de barba que de repente entraba a su casa. Miguel pensó que aquella representación sería suficiente para que Ramírez confesara su crimen. A Matilde de Vera le pareció genial la idea. Había que escribir el argumento de la tragedia y buscar los actores. Don Miguel le refirió a Mercedes, su esposa el plan que había pensado. Estaba seguro de que el asesino caería si Tatiana hacía su papel de Lucía, tan bien, como lo hizo en el pasaje de la cortina en la sala.
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Todo lo que se requería era recordar frente a Ramiréz la muerte dramática de Lucía y su esposo. Doña Mercedes entendía un poco de teatro. Le dijo a Miguel que el drama estaba ya vivido. Recordó la noche anterior al crimen. Casi no pudimos dormir hablando mientras afuera llovía a cántaros. Esa noche, ese viento afuera, los toques de los viajeros en la puerta. Nuestro miedo de abrir a esas horas. La voz del viajero se escuchó clara, nítida, inolvidable: “Malas noticias don Miguel”. Esa frase, Miguel, vive en mi memoria, en mi alma, y será enterrada conmigo. Allí está el drama. La tragedia. Ahora pienso que teatralmente será un acto y dos escenas. En el tiempo, la primera escena será la visión del campo. Sus montañas, sus valles, los cultivos, y las casas separadas, aisladas, pequeñas, donde habitan los campesinos. Escena primera Son las dos de la tarde. Un sol ardiente ilumina todo. Una salita pequeña. Los esposos jóvenes conversan en la sala. La puerta que da al exterior está abierta. Un guerrillero, o paramilitar, en traje de fatiga dispara desde la puerta, sin hablar y asesina de una vez a los esposos. Silencio. Huída. Un hombre escucha, mira hacia la casa y se esconde, etc. Escena segunda Una alcoba. Una cama. Están acostados dos viejos. Hombre y mujer. Hablan. Este dialogo sí se escucha. Es sobre los jóvenes de la escena anterior que para ellos están vivos aún. La lluvia arrecia. De
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pronto, se escucha claramente una voz invisible que dice: “Aquí es la casa de don Miguel”. Entonces se ve a un jinete en su caballo que en otro caballo transporta los dos cajones con los muertos a lado y lado de la enjalma. Etc. Al final de esta escena se escucha una música triste. Telón El auditorio son los presos, los guardias, el público en el cual don Miguel y el juez actual, están sentados a lado y lado de Ramírez, que se ve juvenil, afeitado y sin ninguna muestra de que es otro preso. Personajes: Tatiana y un Ernesto (Primera escena) el traje de Tatiana es el mismo de su madre. Etc. Segunda escena: Doña Mercedes y don Miguel en la cama. Etc. Tercera escena: El jinete, los trabajadores y don Miguel. Con mucho esfuerzo se hizo la representación. Don Miguel y el juez observaron hasta las menores reacciones de Ramírez. Cuando sonaron los disparos contra la pareja, se estremeció, como todo el público y exclamó: -¡Qué hijueputa, matar a una hembra como esa! Los jueces salieron del espectáculo seguros de varias cosas: primero, que Ramírez no era el autor del crimen. Segundo: que no conocía a Tatiana. Tercero: que no todo el que niega un hecho en el que se supo37

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ne culpable, miente. Cuarto: que para condenar a una persona se requieren pruebas irrefutables. Después de la representación, en casa de don Miguel, dialogaron don Miguel, Mercedes y el nuevo juez, de apellido Ortiz, un joven graduado de la universidad del Cauca. -Este acto se representó con el propósito de verificar la hipótesis de verificar la culpabilidad de Ramírez en el crimen. - dijo el juez Miguel, con aire de preocupación-. A mí me parece, continuó, que no tuvo el efecto esperado. Salvo mejor opinión de ustedes. El doctor Ortiz y yo, estuvimos atentos a todos los movimientos, reacciones, palabras o gestos que Ramírez pronunciara o hiciera durante la representación. No observamos nada. Una exclamación vulgar en el momento del asesinato pero en sentido de protesta. ¿Se puede deducir algo de esa actitud?preguntó. -Nada- dijo Mercedes. Ni siquiera en la escena dolorosa de la llegada de los cadáveres, cuando mucha gente que no conoció a Lucía sintió la punzada del dolor. Es que yo creo que no conoció a Lucía. ¿Ustedes creen que no la conoció?- preguntó a los otros. No hubo respuesta. -Leí en alguna parte,- dijo Ortiz –que hay una terapia, consistente en recordar el momento del crimen tantas veces en el día y en la noche, hasta que el dolor, o la rabia, o el pesar, se diluyan en el vivir cotidiano, y que el crimen desaparece de la mente hasta olvidarlo. Mediante esa terapia el acto se borra de la memoria y todo lo que pasa, es nuevo o indife38

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rente. ¿Ese señor Ramírez es graduado en algo?- Pregunto el nuevo juez. -Poco sabemos de él. Sé que sirvió como contraguerrilla mientras estuvo en el ejército prestando el servicio- respondió don Miguel. -¿Y quién dice que ese método no lo usan los guerrilleros para enseñarles que su causa es más justa que la del gobierno y hacer sus guerreros indiferentes al crimen, terrorismo, sin sentimientos?-Mercedes se santiguó. ¿Hasta allí hemos llegado?- Preguntó. -Y más lejos, señora. Respondió Ortiz- hoy se sacrifica un joven para dejarle a su madre o a su mujer un puñado de dólares. Eso pasa a menudo con los sicarios.-En síntesis no se logró nada con el experimento. Estamos como al principio. Ahora tendrá que dar doctor Ortiz curso a la liberación, con el agravante de que el padre del muchacho, señor Ramírez ya ha contratado a un abogado para que alegue el derecho de libertad que obliga la ley.-¿Pero no dizque el padre está de acuerdo que se castigue al criminal?- preguntó Mercedes. -Al criminal sí, pero si su hijo es inocente por falta de pruebas, ¿a quién van a castigar? Seguramente el padre de Ramírez se alegrará y acogerá a su hijo.Todo sucedió como ellos lo pensaron. A los pocos días Ramírez quedó en libertad y, como un hijo pródigo, su padre lo acogió. Empezó a vestirse bien.
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Caminaba con la frente en alto. Y como era un hombre de apenas treinta años, las muchachas del pueblo lo empezaron a mirar como un hombre interesante. Pasaron ocho meses y un día Tatiana llegó temprano a la casa. Estaba a dos meses de terminar su bachillerato. Se encerró en su cuarto y se dejo caer sobre la cama sin desvestirse, mirando al techo como preocupada, pensando: - “Que horror. Ese hombre en mi vida. Me mira en silencio, parece que me esperara a las cinco de la tarde. Yo miro hacia el horizonte. Veo el sol ocultándose tras los cerros y siento sus ojos negros mirando mi espalda. Me penetran, me asustan, temo esos ojos que parecen atravesar mi vestido, complacerse de mis formas. Es el hombre liberado, el hijo mayor del señor Ramírez. El hombre que fue acusado de haber matado a mis padres. ¿Qué busca? ¿Qué quiere? ¿Por qué me perturba? Es como si me persiguiera un pecado. Como si no pudiera escaparme de él. Todos los días. Todas las tardes. Constante como la luz. ¿Qué pensarían mis abuelos si llegaran a enterarse de que pienso en él? Pero estoy pensando en él. Lo mismo me pasa en el colegio. Mientras la profesora lee, para ilustrarnos, el poema “Amo amor” de la Mistral: “Anda libre en el surco, bate el ala en el viento, Late vivo en el sol y se prende al pinar. No te vale olvidarlo como al mal pensamiento: ¡Le tendrás que escuchar!

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Y si yo lo autorizara para que me hablara ¿Qué pasaría? Me gusta. Es mayor que yo. Se ve que ha vivido mucho. Dicen que es un aventurero. Que ha estado en todas partes, trabajado aquí y allá. Que ha tenido muchas mujeres. Pero está soltero. Es alto. Buen mozo. Parece respetuoso. Pasó la prueba de mis padres. Mi abuelo lo sigue odiando. El cree en el fondo que es el culpable, sin embargo no pudieron encontrar pruebas de su culpabilidad. No debo pensar en él. Es como un mal pensamiento, como dice Gabriela Mistral. ¿Qué haría ella? ¿Hasta donde se puede perdonar? A mi me da pesar por mis padres, y si no fue él, si todo es una confusión. Si el culpable sigue vivo, o muerto, ¿Por qué yo debo cargar con esa culpa? Su piel es tersa. Su mirada es franca. No anda escondiéndose. Fue capturado mientras alzaba bultos en Buenaventura. Tal vez haya sido un pobre hombre desorientado, y por no obedecer a su padre, resolvió echarse a la aventura. Conocer otros mundos: el mar, mujeres, otras montañas, dicen que fue pescador, como algunos de los apóstoles, pero sin fe, regresando a la sombra de su padre. ¿Le doy una oportunidad? ¿Quién me impide conocerlo? Hablarle, tal vez sea feliz y quizá yo llegue a serlo. ¿A quién tengo? ¿Quién me ama fuera de un par de ancianos? Mi abuelo está más acabado, decaído, que mi madre. ¿Qué será de mi futuro cuando ellos mueran? La otra noche se enfermó mi abuelo. ¡Que confusión! Cuánto temor. Dos mujeres solas en el mundo. Mejor no pensar en eso. Mi disyuntiva: “Le doy oportunidad de que me hable, o no. A eso se reduce todo.”

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Había oscurecido. La casa que era grande, se sentía vacía; la mujer que ayudaba a Mercedes la vio salir de su alcoba y se alarmó. -No sabía que estaba aquí, señorita Tatiana. ¿Cuándo llegó?-Hace rato, Rosana. Estaba haciendo tareas en mi cuarto- dijo -¿Dónde esta mi abuelo?-No lo sé señorita. Debe estar jugando billar, o ajedrez, que es lo que hace por la tarde.El abuelo estaba haciéndole una larga visita a la señora de Vera. Hablaron sobre la representación que le hicieron a Ramírez, para ver si soltaba prenda. Se le presentó Tatiana vestida con un traje de Lucía, no se inmutó. Como si jamás la hubiera visto. Pero Tatiana lo conoció. Estaba a mi lado y lo único que exclamó fue su rabia por el asesinato. ¿Qué podemos hacer? -Ya le dije don Miguel, si un hombre insiste en negar, no hay manera hacerle confesar. Ya se lo dije. -¿Entonces?-Guardar silencio y morirse con la pena. ¡Cuántos culpables hay en la calle porque no los venció la autoridad! ¡Y cuántos han pagado penas injustas! A ese hombre deben dejarlo en libertad y no luchar más en ese asunto. Son más de diez años y no se ha podido hallar el culpable. Deje eso, don Miguel y viva su vida. A mí también me engañó, aunque nunca lo he visto.
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-Si lo viera ¿Qué?-Si lo viera… mirándolo a los ojos por un segundo yo sabría si es culpable.-¿Seguro?-Seguro. Los ojos del culpable llevan la mancha del crimen.-Yo creo que puedo traérselo- dijo el juez. Sucede que ya Tatiana había dicho una sola frase que le ayudaría. Un día dijo, de pasada, que era muy buen mozo. Esa sola declaración de Tatiana le iba a ayudar. Don Miguel no tuvo que mencionar su larga conversación con la señora de Vera. Durante el almuerzo en la casa, la niña contó a Mercedes y a don Miguel que ese hombre la miraba con una insistencia, con un cariño, con un interés, que solamente por la triste historia de su vida, ella sentía un poco de lástima por él. Es como un niño hermoso pidiendo limosna. Así lo siento. Mercedes en silencio, miró a su marido. Don Miguel le preguntó a la niña - ¿Tú no lo saludas?- No padre. ¿Por qué?- Porque tú sabes que ha sido absuelto. Que su padre lo perdonó también de sus errores de juventud y hoy maneja su finca.- Sabía que estaba libre. Solamente eso.43

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- Salúdalo. Es un pesar ver a un hombre que tal vez sea inocente, humillado.Pasaron varios días. Ella salía del colegio y no lo veía. Parecía que había desaparecido del sitio donde la esperaba. Un día lo vio de lejos como esperándola. Disminuyó el paso, lo miró (ella nunca supo si con más fuego), porque la mirada de Tatiana era profunda, que llegaba hasta el alma. El hombre se animó, dio un paso adelante y le dijo. - Hoy estás más hermosa que nunca, Tatiana.-¿Si? ¿Y por qué sabe mi nombre?-Lo aprendí la noche que representaron la muerte de su madre. Me impresionó. Se fijó usted en mi mente. Yo estaba sindicado del crimen. Pero le juró, que no conocí a su madre. Aunque varios presos me dijeron que fue como usted. Así de hermosaTatiana escuchó esa declaración, dicha en un instante. Ella siguió adelante sin responderle nada. Pero tuvo tiempo de mirarlo. Sus rasgos, la forma de su rostro, los ojos, el cabello, la boca, la sonrisa, su estatura y el tono de su voz. Todo le pareció hermoso. Mientras caminaba despacio, escuchando su voz, recordándolo como si siguiera su lado. Llegó a la conclusión de que le gustaba. Pensó entonces en su propio pasado. Nunca había tenido novio. Para ella el amor no existía en ese momento. Era una palabra que escuchaba a menudo, sin embargo, jamás pensó en ella. Era algo que seguramente sentían los demás, y, en el fondo, el único amor que sentía era el de sus padres. Pero, ¿Cómo sería el amor que lleva44

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ba a un hombre y una mujer a unir sus vidas hasta la muerte? Había vivido, en cierta forma, el amor entre sus abuelos. No recordaba pormenores del amor de Ernesto y Lucía, sus padres. Era una niña querida por ellos. Adorada por todos hasta hoy, a pesar de las penas que le ocasionaron la muerte de sus padres. Lo imaginaba, lo pensaba como un gran cariño. Sabía que por ese cariño, nacían los hijos. Sabía en teoría, cómo sucede el acto del amor. Sentía deseos sexuales, que ella disipaba. Sabía que debía respetar su cuerpo. Era virgen a su edad. Se alejaba de las conversaciones sobre sexo. Las pocas lecciones que sobre sexo debía recibir en el colegio las desechaba haciendo esfuerzo por olvidarlas… ¿Pero cómo será el amor verdadero? Se preguntó al llegar a su casa. Su abuelo estaba fumando su pipa en la silla del corredor. Pensaba precisamente en la posibilidad de llevar a Ramírez a donde la bruja. Don Miguel leyó en el rostro de su nieta un aire de alegría que lo llevó a pensar que algo nuevo, distinto, le había sucedido. Lo besó con efusión. Ella pasó con cariño su mano delicada por el mentón del abuelo: - Algo aquí, necesita una afeitada. Miguel sonrío. -¿Qué nos cuenta la señorita que trae el rostro tan alegre? – -Algo raro me sucedió, abuelo.-A ver, cuéntame-Yo había notado, desde hace días, que ese señor Ramírez, a quien acusan como el responsable de la
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muerte de mis padres, después de quedar libre de la acusación, me mira con insistencia. Me mira como extrañado de algo. Es una mirada de admiración y extrañeza a la vez. ¿Por qué, abuelo? A veces siento miedo. Pues hoy, al pasar junto a donde estaba, se decidió por hablarme. Sabe mi nombre.-¿A ti, a ti te habló?- preguntó el abuelo. -Si abuelo.-¿Qué te dijo?-En un instante me dijo que él no era responsable de nada. Que mi imagen lo impresionó por lo bella y la lleva consigo. Me dijo que no conoció a Lucía, mi madre… -¿Te lo dijo como algo aprendido y ensayado, velozmente?-No papá. Fue algo natural- respondió Tatiana. Don Miguel quedó perplejo. -¿Le respondiste algo?-No señor. Seguí derecho.-¿Y tú qué piensas?-Nada, abuelo. Que es muy buen mozo. Eso es lo único que pienso.-¡Aja! Me parecen esas palabras como preparadas. Como algo pensado y ensayado. No me gustan, sin embargo, te voy a contar una cosa importante. Su46

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cede que la vieja que llaman la bruja, que sigue ayudándome en este asunto me dijo recientemente que si ella hablaba con ese hombre por dos minutos, con solo mirarlo a los ojos, ella sabía si era culpable o no.-¡Papá! ¿Le crees a esa vieja?-Tengo razones para creerle hija.-¿Cuáles razones?-Me reveló el sitio donde estaba. ¿Has pensado cuanto lugares tiene un hombre para esconderse en este país?-Muchos.- respondió Tatiana. -Pues bien, la señora de Vera, me reveló el sitio preciso donde estaba Ramírez. Yo lo traje de Buenaventura- afirmó Miguel, triunfante. -Sí papá. Pero no se le pudo probar nada y tuvieron que soltarlo. Los brujos son unos charlatanes. Estoy segura que en la premonición de la bruja hubo una trampa. Tal vez lo vio en el puerto en uno de sus viajes.-¿Sería así? Hay algo de posible en eso. De todos modos, si pudiéramos llevarlo hasta esa señora, saldríamos de las dudas.-Creo que es posible, papá. Yo lo puedo invitar a que la señora nos lea “la buena suerte”. Varias amigas mías han ido a eso.-Pídeselo. Como cosa tuya, sin que malicie nada. Le puedes decir a la señora de Vera que eres mi nieta. Ella me conoce bien.47

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-Así quedamos, papá- dijo Tatiana. Don Miguel quedó muy agradecido con su nieta. Pensó que sería el último esfuerzo que haría en ese penoso asunto. Se sentía cansado. Estaba ya muy viejo para “perseguir bandidos”, como él decía. Quería descansar de tanta lucha. Pocos días después, Tatiana volvió del colegio con el rostro sonriente. Le dijo a su abuelo que había hablado con el señor Jairo Ramírez. Qué señor tan simpático. -¡Y que palo de hombre!- exclamó. -¿Cuándo?-Ahora. Me estaba esperando en la misma esquina del almacén. Me saludó por mi nombre otra vez. Estuvimos charlando y yo le dije: “que suerte Jairo. Venia pensando en usted” “¿Por qué?” me preguntó. “porque siempre nos encontramos en la misma esquina. Deberíamos hacernos adivinar la suerte. “Algo debe suceder”, él se rió y dijo “¡Si quieres ya!”. “Despacio”, le dije. “Pero sí mañana”. “¿A que horas?” me preguntó. “Mañana es viernes, ¿A esta hora, le parece?”- ¿Pero tú crees en eso?- me preguntó. -Bueno. En Colombia hasta el Fiscal Nacional lo cree.- Jairo soltó la carcajada. Al otro día se encontraron en el mismo punto. Se saludaron y Jairo dijo: -Vamos pues, a donde la brujaNo tuvieron que esperar turno, pues la vieja que la ayudaba a Matilde les abrió la puerta inmediatamente. Encontraron a la señora de Vera meditando
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en la sala. Los miró sin pestañear, y cuando Tatiana le recordó que ella era la nieta de don Miguel, la señora respondió: -Los estaba esperando. Los vi en el parque conversando juntos, hacen muy bella pareja.-Usted- le dijo a Jairo –está mas alto de cuando lo vi paseando cerca de Guapi, ¿Recuerda?Ramírez miró a Tatiana desconcertado y le dijo. -Sabe donde he estado-Adelante- nadie supo si lo decía a la muchacha o a si misma. Lo cierto fue que la bruja les pidió que se sentaran. -Mi arte es eterno. Los adivinadores, pasamos. Como nosotros, la verdad hay que buscarla y nosotros somos apenas los agentes de ella. Ustedes están vivos. Todos los vivos quieren saber la verdad. Si es verdad la existencia o si somos apenas fantasmas de la verdad. Tenemos un alma. Nos cuesta trabajo llevarla. Muchas veces la perdemos, volvemos a encontrarla en la existencia de las cosas- guardó silencio y luego preguntó. -¿Quieren saber la suerte de uno o de ambos?-De cada uno y también de ambos- respondió Tatiana. Miró a Jairo primero y le dijo: -Has encontrado la verdad de tu vida, joven. Has vacilado. Te has hundido. Has flotado y el sabio azar
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te ha rescatado para la felicidad. Tu vida será de hoy en adelante, una vida normal y feliz. Esa es tu suerte. Cree en el futuro.Respiró profundo. Arqueó las cejas. -Tatiana, tienes mucha suerte. Leo en tus ojos la felicidad. La felicidad tiene muchos momentos no tan felices, pero en conjunto, nunca, de hoy en adelante, volverán esas horas angustiosas y oscuras que ya has vivido. La muerte de tus padres fue inaudita. Aún recuerdo esas horas, pero no volverán. La vida para ti, apenas empieza. Tienes 18 años. Dentro de dos meses terminas tus estudios. Entonces empezarás a gozar de la felicidad. Un hombre que te ama. Un hombre valiente que ya conoce la vida puede comparar la aventura con la estabilidad. El hogar que quiso tanto Lucía lo tendrás y ya pasaron los peligros. Estarán en paz los hijos de los que ayer sufrieron dolores y miserias. Hay que tener fe en el futuro. No nos engañemos. Ustedes dos serán felices. Esto lo digo hoy viernes cuando, el sol empieza a ocultarse.Luego los llevó al cuarto donde tenía la estatua de madera oscura. Avanzó hasta el rincón donde ardían dos velones blancos y, como olvidándose de la pareja le dijo: -De acuerdo, Vera, ¿o no?- Vera, o lo que fuera aquella figura, inclinó la cabeza con esfuerzo en señal de aprobación. Volvieron a la sala. Entonces la adivina los miró, alternativamente, a los ojos, como comparándolos. Le dijo:
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-Tal para cual. Ah, y dile a Miguel, “que la claridad es cierta”. Él me entiende.Pero Tatiana también entendió. Salieron felices. Sobre todo Tatiana. El corazón le daba saltos. No se cansaba de sonreír mientras miraba a los ojos a Jairo, alegre, satisfecho. Nadie diría que la noticia que llevaba adentro era el principio de una esperanza varias veces soñada. Al llegar sola a su casa, don Miguel le preguntó con ansiedad: -¿Y? ¿Qué noticias?Tatiana le sonrió, lo miró al rostro como para comprobar su felicidad y le dijo: -La claridad es cierta.- y se lanzó a sus brazos con lágrimas en los ojos. -En esa prueba de los ojos, la señora de Vera es infalible, dijo, estrechando a su nieta que no era una niña, sino una muchacha de su misma estatura, un metro con ochenta centímetros, en la flor de la edad.Por mera curiosidad le preguntó si él había conocido al señor Vera. -Claro que síCon voz apagada le dijo: -Dicen que ese sí conoció al diablo.- Al menos eso se decía. -¿Cómo era?51

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-Enanito, flaquito, un fenómeno, que dicen que lo puso el mismo diablo en un bote en medio del mar.-¡Que bestialidad!, papá-¿Y ella dónde lo conoció?-Ella venía en el mismo bote, y le tocó acabarlo de criar. Dicen que ese muñeco negro que ella conserva en el cuarto, es su estatua.-¡Santo Dios bendito!-¿Y nosotros tan cristianos nos metimos en esto?-¡Lo que tiene uno que hacer por los hijos, hija!respondió. En pocos días el pueblo de San Juan del Puente, se acostumbró a ver por sus calles y en el parque, la agradable figura de los novios, paseando, recibiendo juntos ese aire tibio, o comprando flores o frutas en los mercados dominicales. Don Miguel y su esposa estaban verdaderamente entusiasmados. Habíanse hecho al propósito de no mencionar delante de Tatiana, a ninguna hora, los nombres de sus padres. Si por alguna razón los mencionaban, lo hacían como si sus nombres pertenecieran a un pasado lejano. Don Miguel abandonó, por voluntad y propósito, el nombre de su hijo y el nombre de Lucía no se escuchaba. Hacía más de tres años habían suspendido las visitas dominicales a sus tumbas. Solamente don Miguel, el día de los difuntos, se escapaba de la casa y se iba solo, a llorar por media hora sobre las tumbas de sus hijos. Todo esto lo hizo para no atormentar a Tatiana. Quería que ella recuperara su vida, la
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cual había sido opaca, sin alegrías ni fiestas, solamente recuerdos tristes. La amistad con Jairo la estaba transformando. Reía, hablaba de él como el hermano que nunca tuvo. Él se comportaba con delicadeza, con afecto y ese aire de consideración y cariño que sus abuelos no podían darle. Un día, mientras conversaban, él, conscientemente, la acercó a su cuerpo y la besó en la frente. Tatiana guardó silencio. Pero, de ahí en adelante, siempre la saludó de beso, en la frente primero, hasta el día en que se acercó a los labios. Se quedó quieta, como un pajarito que espera su alimento. El amor desde ese día, empezó a cambiarla. Ahora era más espontánea, más amistosa, sus sentimientos cambiaron. Se sintió más completa, más mujer, sintió deseos de abrazarlo y, definitivamente, creyó que amaba a ese hombre. Fue una transformación rápida, como esperada. Su cuerpo, sus senos, sus brazos largos y su cabello oscuro adquirieron para ella otro significado. Un día, paradójicamente, volvió a su mente la figura que apenas recordaba de su madre, de Lucía, que parecía yacer en el fondo de su alma. Recordó nítida su belleza, su estructura, su aire, y quiso recordar con su abuela todo lo que recordara de Lucía. Era –Le dijo su abuela Mercedes- tan bella como tú. Lo que más recuerdo de Lucía, era su sonrisa. Era como una combinación de sus dientes blancos y parejos con sus ojos. Reía, sonría, expresaba todo con su rostro. Pero mantente tranquila, así eres tú. Era viernes. Tatiana sabía que el sábado, a las dos o tres de la tarde, llegaba Jairo de la finca. Ese día lo
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había pensado, lo había llevado consigo a todas partes. Al colegio. A la iglesia donde había pedido por su suerte, por su vida y la de él. No sabía porque, de pronto, resultaba pensando en él… como sí lo tuviera al frente. Escuchaba su voz, lo veía avanzar hacia ella: blanco, alto, con sus dientes un poco manchados de cigarrillo. A ella no la molestaban esas cosas. Pero pensaba a cada momento en él. Sí, -se dijoestoy enamorada. Fieramente enamorada de Jairo Ramírez, el sindicado por varios años de la muerte de mis padres. Ahora lo quieren mis abuelos, lo quiero yo. Lo admiran mis amigas. Nadie le comprobó nada. ¿Fue un error, una confusión? ¿O estoy enamorada de un asesino? ¿Por qué pienso esto? Yo tengo diecinueve años. A mis siete años, él estaba en el ejército. ¿Como era? Que era un muchacho travieso. Le gustaba el trago y las drogas, pero cumplió en el ejército. ¿Qué drogas? Sería bueno que él me contara, ahora que no se toma un trago. Ahora que vive solamente para los trabajos de la hacienda. Ahora que mira los amaneceres pensando en mí y en la lluvia. Lo amo como nunca amé a nadie, a ningún hombre. Solamente a mis padres, al hogar y a los pomales. ¿Hasta cuándo lo amaré? El sábado llegó a las tres de la tarde bajo un sol de fuego. Tomó mi mano. Apretó mis labios contra los suyos y sin decir palabra se sentó en una silla. -Estoy cansado, Tatiana- me dijo. -¿Trabajaste mucho?-No. Pienso mucho.-¿En qué piensas?54

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-En ti. En mi vida. En mi pasado, tengo treinta y dos años y tengo una historia muy larga.-Cuéntame tu vida en el ejércitoLa miró como extrañado. Palideció. Se puso de pie. -No vale la pena. Es como haber estado alguna vez en un desierto solo y rodeado de peligros. Es inolvidable. Marca tu vida en todas las formas. ¿Para que hablar de eso?-Tengo curiosidad.-La curiosidad mató… ¿a quien?-Yo no sé- respondió Tatiana. -Yo recuerdo ese tiempo casi con terror-¿Por qué?-Yo tenía dieciocho años. Apenas había hecho hasta quinto año de primaria. Había aprendido en la finca con la práctica todos los oficios y artes del campo. Sabía de ganado, de caballerías, de terreno, de sembrados, de todo. Era feliz en esa vida del campo. Mi padre me pagaba como a los otros trabajadores, pero me quería todos los días más. Quería que pronto estuviera al frente de la hacienda, que me sintiera un propietario de sus haberes y su fortuna. Pero un día llegaron dos militares a la casa. Hablaron con el administrador. Yo estuve presente. Hablaron del servicio militar obligatorio, pero no como deber, una obligación, sino como la mejor escuela de formación, de conocimientos, de fortaleza. Me animé. Mi padre
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dio su aprobación y entré al ejército casi por mi propia voluntad. Recibí con atención las primeras lecciones. Las primeras instrucciones de armas. La disciplina, el orden, la responsabilidad, la obediencia. Todo lo aprendí. Sabía que mucho me servirían esos conocimientos para mi formación. Llevaba cinco meses en ejercicios, cuando vino la orden de que debíamos alistarnos para servir a la patria como soldados contra la guerrilla y contra los paramilitares. Pensé en la emoción de la guerra. Esa sensación de peligro permanente. Ese miedo ansioso de enfrentar a un enemigo que, pensaba, tenía igual preparación a la mía. Fui asignado a un batallón de cincuenta hombres que debíamos encargarnos de cuidar una región de más de sesenta kilómetros cuadrados: dos pueblos, quince veredas, dieciocho casas de fincas, y no se cuantos caminos. Por supuesto, nos dividimos en cinco piquetes de diez hombres bajo la dirección de un cabo cada uno, y toda la tropa bajo la dirección de un subteniente. Con un mapa de la región en la mano el subteniente nos distribuyó en tal forma que por lo menos dos de los piquetes estuvieran a un cuarto de hora de cada pueblo, el “piquete viajero” como lo llamamos, estaría recorriendo la región esperando al enemigo. Llevábamos como dos meses en el monte. No teníamos noticias de por donde estaba el piquete viajero, que, por lo sabido había recorrido mas del ochenta por ciento de los terrenos de esos campos sin dar noticias de los enemigos. Cuando un miércoles, a las cinco de la mañana, se dio la noticia de que un grupo de más de ciento cincuenta guerrilleros se diri56

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gía al pueblo, “La Cascada”, uno de los dos pueblos de la región. En menos de dos horas estuvieron en el pueblo veinte soldados, que con los quince policías, enfrentarían a los guerrilleros. Señales de radio. Mensajes en clave. Vuelos de dos aviones se escucharon por el aire. Yo estaba en el pueblo, tras barricadas, mientras ocho de mis compañeros esperaban que los guerrilleros avanzaran por un paso obligado del camino. Hubo a las cinco de la tarde no menos de dieciocho guerrilleros muertos y veintiséis presos. La toma del pueblo se evitó en menos de ocho horas. Los guerrilleros huyeron a las montañas perseguidos por diez soldados. Tuvimos seis bajas y once heridos. Yo miraba los rostros de los sobrevivientes. Coraje. Decisión. Rabia. Dolor sincero por las bajas, pero espíritu de lucha y bravura que por primera vez leí en sus rostros. Por ocho días permanecimos en La Cascada. Descansamos. Hicimos ejercicios, intimamos con varia familias pero, una noche empecé, por primera vez en mi vida a fumar bazuco.-¿Tú?-Yo. - ¿Cómo conseguiste eso?- preguntó Tatiana alarmada. -Un negro de apellido Yepes parecía usar pequeños cigarrillos de eso. Los fumaba en el monte. Decía que le daba valor. Que lo llevaba a otro mundo. A veces uno lo veía ido del mundo. Idiotizado: audaz. Valiente. Incapaz de retroceder, pero trabado. Al día
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siguiente, terminado el efecto se ponía triste, solitario, inquieto, de forma que los compañeros decían que “iba pero no venía”. El cabo del grupo sabía que el era el único que actuaba así. Pero debía llevar en su morral una provisión grande de esa mezcla porque durante el tiempo que estuve a su lado siempre se animaba con eso. -¿Y los superiores lo permitían?-A los cabos les importaba sólo la disciplina y si veían voluntad y animo en el soldado, lo demás, su vida, sus costumbres, su soledad, y sus ausencias no les importaba nada.-Cuéntame Jairo, ¿Cómo pudiste salir de ese trance? ¿Es posible entrar a ese mundo de la droga y salir después sin que nos quede alguna cicatriz imborrable?Jairo, que venía refiriendo su aventura del ejército, guardó silencio instantáneamente. Tatiana vio en su rostro un gesto, una variación en sus rasgos, instantáneo pero, en pocos instantes, sin hacer ni un cambio mínimo voluntario a su aspecto normal y, por primera vez, colocó su mano sobre el hombro derecho de la muchacha y con aire de amistad le dijo: -Te entiendo. Mi caso, Tatiana, no fue de salvación. Quiero decir, que por una o dos veces que uno se sumerja en ese pozo, no queda condenado al “fuego eterno”. Existe la voluntad, el carácter, los propósitos, y un poco de todo eso es suficiente para salvarse.58

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Luego, como queriendo demostrar cuanto se había curado, le explicó cómo es ese infierno y cuántas estancias tiene. Tatiana se interesó del rumbo de la conversación y le pidió que le refiriera esas etapas por las que pasan los que se inician en el vicio. -Uno cree al principio que ha alcanzado la felicidad. Lleva ese aire tóxico a la sangre y por primera vez se siente el más fuerte. El más alegre. El que lo sabe todo y fuera de él no hay ningún grado de felicidad. Sexualmente es el más poderoso. Físicamente, no existe enemigo. La alegría, la dicha, la satisfacción, van poco a poco, apoderándose de él. Todo crece en él hasta que, de pronto, todo empieza a nublarse. Se va alcanzando un grado de irracionalidad que los lleva a la agresión, al desprecio por la vida humana, por el respeto, desaparece la amistad, la memoria recuerda desprecios, ofensas, siente deseos de venganza y si la victima esta cerca, viene la agresión. Se hace uso de las armas como sí fueran juguetes y saltan por sobre la tragedia como si fuera un juego. Después viene el olvido. Se pierde la memoria, se olvida donde estuvo y si el asunto es de responsabilidad, viene como sola defensa la negación absoluta. Son hechos irrecuperables.- Pero si pasada esa crisis, ya dentro de la normalidad, alguien, que fue testigo de esos hechos, reclama algo: una herida, una muerte u otra atrocidad. ¿Qué responde la memoria?-Dice que no recuerda nada. Si no hay pruebas, el sujeto es inocente.59

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-¿Inocente? ¿Siendo culpable?-Es asunto de pruebas. La voz del juez, sus pruebas, contra la voz del supuesto criminal.-Se requiere la confesión o una prueba irrefutable.-¿Cómo cual?-La declaración del moribundo.-Entiendo- Dijo Tatiana y guardó silencio. Pero ya el signo de la duda había nacido en su mente. Recordó al abuelo. Tuvo presente la imagen de su abuela. Miró de frente el rostro de Jairo. Lo vio en la plenitud de su vida: Joven, buen mozo, rico, elegante, mayor que ella en doce años, pero en la flor de su vida. Ella había empezado a sentir por él un amor sereno, a pesar de ser su primer pretendiente. Sin embargo recordó la imagen de sus padres. Entre el nacimiento y los siete años, se alcanza a formar el amor más puro entre los hijos y los padres. Es la edad en que difícilmente se olvidan las caricias, mimos y contemplaciones entre padres e hijos. Guardó silencio. Habían llegado a un punto crítico en su conversación. Así lo entendieron ambos. Él comprendió que no resistiría otro relato como el que le había referido. Le dijo que quería volver a su casa. A veces, cuando me siento fatigado, recuerdo mi casa con cariño. Tú nunca has ido allá. Está rodeada de árboles. Todo el día se escuchan pájaros cantando. Varios están enjaulados, otros libres, saltan, se persiguen, vuelan hacia los árboles y vuelven a merodear las vasijas
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con granos y plátanos maduros que mi madre les coloca en platones altos de madera para que no la abandonen. Hasta en eso es sentimental. Mis hermanos viven lejos, en sus casas, con sus familias, ocupados en sus negocios. Mi padre vuelve por la tarde del almacén y la contempla un poco. Pero viven felices. Cuando les dije que tú me encantabas, se miraron y guardaron silencio. Después de que fui puesto en libertad, ellos se alegraron, pero pensaron que era otra locura mía. Sin embargo, al comprender la seriedad y constancia de mi trabajo en la hacienda, moderaron sus ánimos y esperaron prudencialmente los resultados. Ahora están felices y un día, mi madre me pidió que te llevara a la casa, pues quiere conocerte. ¿Qué opinas? -Un día de estos voy a conocerla, Jairo.-Es muy amable la vieja. Sufrió mucho por mis enredos y trastadas, pero hoy no solamente está segura de mi inocencia sino que quiere que yo me asiente y forme mi hogar. ¿No crees que ya es tiempo de hablar de esas cosas?Tatiana sonrió. El hogar de los Ramírez era clásico en el pueblo de San Juan del Puente. El abuelo, don Eulalio fue fundador y le tocó abatir monte e iniciar el poblado. Él y seis compañeros, con sus esposas, levantaron el caserío, elevaron la iglesia y empedraron la calle principal con piedras redondas traídas en morrales de cuero desde la orilla del río. Ellos hicieron el primer puente sobre el río Cauca y le dieron al pueblo el nombre de San Juan del Puente. Cuando el biznieto
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nació los bisabuelos descansaban en el cementerio que parcialmente se inundaba al pie del Cauca. El biznieto heredó ese carácter aventurero, un poco desalmado de los antepasados y desde niño se mostró altivo y suficiente. Fue el primero de los hijos de don Manuel Ramírez y Carmelina Castellano, un poco ricos, herederos de tierras y Jairo mostró desde niño mala ley e independencia. Mientras pasaba lo que pasó, sus hermanos, casados, hombres de trabajo y de hogar, lo vieron flotar, solo, llevado de su parecer hasta ser sindicado de uno de los mayores crímenes de que hubo en la historia del pueblo. Él se metió y él salió de algún modo. Ahora cuando paradójicamente parecía enamorado de nadie menos que de la hija de los muertos por los que lo sindicaban, había apelado a su padre, no por amor, que todos sabían que no lo conocía, sino como el último escampadero que le ofreció el amor paterno, a un muchacho que nadaba sobre aguas borrascosas. Sin embargo, la hacienda Los Tulipanes, última riqueza tangible de su padre y herencia de todos, estaba bien. Las caballerizas progresaban. Los potreros estaban limpios, la casa ordenada, y Jairo hacía largos recorridos por sus caminos, cada día en un caballo distinto, aunque los fines de semana siempre prefería un caballo negro domado por él; un potro brioso, ágil, de fácil desboque, y mas bien peligroso. Jairo lo montaba con confianza. Azabache le decían. Varios hechos sucedieron en la casa de don Miguel y Mercedes después de la larga y amable conversación de los novios en la casa de los abuelos de
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Tatiana. Quizá por causa de tales hechos, Tatiana no recordó todo lo que hablaron esa noche, ni puso al corriente a sus abuelos de cuanto le contó Jairo de su vida en el ejército. En primer lugar sucedió el grado de bachillerato de Tatiana, y las reuniones, felicitaciones y regalos de los abuelos. Especialmente el anillo de esmeralda con que se apareció Jairo que deslumbró a Tatiana. Ella se puso feliz. Lo observaba, lo miraba a la luz, se los mostraba a sus abuelos a cada momento, pues verdaderamente nunca esperó un regalo de esa belleza y laboriosidad. Dos noches después, el abuelo le dijo que un regalo así, era casi un pedido de matrimonio. Tatiana, que estaba ya enamorada de Jairo le dijo que si era su suerte, ella lo aceptaba cuando él la solicitara. - El matrimonio. El matrimonio, dijo ceremoniosamente el abuelo. -¿Has hablado alguna cosa con él? ¿Sabes lo que eso significa? Toda la vida, hija. Toda la vida. ¿Cuánto hace que lo conoces? ¿Te ha hablado de matrimonio?-No, papá-¿De qué hablan?-Él me cuenta cosas de su vida.-¿Nada más?-Nada más, padre.-No es suficiente. ¿Qué hizo en el ejercito?63

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-Defendió con un piquete de Policía del pueblo, un ataque de la guerrilla a La Cascada. -¿La Cascada? Eso queda cerca de aquí. Es un caserío rico y ganadero. ¿Qué pasó? Lo defendieron. ¿Hubo muertos? - Sí. Seis soldados. - ¿Compañeros de él? Pero impidieron el ataque. Buena acción. Meritoria. Pero el ejército es siempre el que pierde. O los guerrilleros se llevan siempre sus heridos y muertos. - Yo creo que sí. - ¿Y no hablan de amor?- Él me dice a cada momento que me quiere.-Y ¿Usted qué opina?-A mí me gusta. ¿Nada más? Le voy a ser sincera, abuelo. Durante la conversación me contó una cosa que me puso a pensar.-¿Qué cosa?-Que una noche se fumó un cigarro de bazuco, y me refirió lo que sucedió.-¿Qué le pasó?- preguntó el abuelo con interés. -Que en un principio se sintió valiente, fuerte, capaz de enfrentar a todo el piquete. Que después empezó un viaje por entre nubes negras, flotaba, volaba, perdió la vista y la percepción. Fue agresivo por
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un tiempo. Luego se amilanó y se dejó caer desmadejado. Lo encontraron en un rincón donde pasó la noche, sin fuerzas, sin fusil, y como en otro mundo. Lo más extraño fue que al día siguiente no recordó nada de lo que había hecho esa noche. ¿Cree posible ese comportamiento, papá?-¿Pero después recordó todo?-Hasta hoy, dice que no sabe lo que hizo esa noche. Yo me quedé abismada. No pude creerlo. Yo creo que nadie pierde la memoria así. Yo sé que existen los derrames cerebrales que afectan el cerebro de muchas maneras. Sé que un golpe puede llevar a la amnesia. Pero que una sustancia lo lleve al olvido de todo, me pareció muy raro. Por eso, papá, yo lo escucho hablar de amor, y algo se resiste en mí a creerle.-¿A qué horas dijo que se fumó esa cosa?-Una noche- me dijo.-¿Y se habrá enviciado a esa porquería?-No lo sé abuelo-¿Usted le ha notado algo raro?-No papá. Es normal todo lo que dice-¿Dónde estaba cuando fumó bazuco?-No sé. Pero debió ser cerca de La Cascada.-Quién sería el cabo o el subteniente de ese piquete- se preguntó el abuelo.
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-Eso sucedió hace diez años, papá- contestó Tatiana. -Ya lo sé hija. ¿Viene hoy a verla?-No papá, está en Los Tulipanes. Hoy es miércoles.El sábado de esa semana, Tatiana estaba bajando pomas de los pomales acomodándolas en un cesto, embelezada con el aroma y color de la frutas. Agitaba un árbol y caían aquí y allá las pomas, algunas se reventaban al caer y Tatiana las comía inmediatamente, devorándolas con sus dientes, sintiendo su aroma y sabor en su boca. De repente, vino corriendo de la casa Eloisa, la única sirvienta que le ayudaba a Mercedes en los quehaceres. -Llegó don Jairo, señorita, le dijo, y trae una brazada de tulipanes rojos.-Dígale que estoy ocupada, Eloisa- dijo seria, Tatiana. -¿Verdad señorita?-Mentiras Eloisa. Dígale que ya voy.- Eloisa descansó. -Hay señorita. ¡Como es usted!- exclamó. Mientras tanto, doña Mercedes le había recibido el manojo de tulipanes y estaba preparando un florero de vidrio de boca ancha para depositarlo. Cuando Tatiana llegó lo encontró todavía de pie, afeitado, peinado, de pantalón gris y camisa azul cla66

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ro. Al darse el beso, ella sintió el aroma de la loción que usaba. Se sentaron uno al lado del otro. Lo primero que le ofreció fue pomas, de su canasto repleto. Jairo sonrío. - Estamos intercambiando pomas por tulipanes. Me parece maravilloso- dijo, besándole la mano. Jairo, que casi siempre dejaba que Tatiana iniciara la conversación, se adelantó ese día y le dijo. -¿Por qué nunca hablamos de nuestro amor?Tatiana lo miró sonriente y comprendió que algo muy serio iba a proponerle. -Está bien Jairo, hablemos de nosotros.- respondió ella. –Pero lo hacemos con franqueza y sinceridad.- dijo. -¿Te sientes engañada, Tati?- le dijo así, por primera vez. -Engañada no. Pero tú eres un hombre con historia. Quiero decir, con un pasado muy rico en experiencias. Eres como una enciclopedia, todo lo sabes, todo lo has vivido y tienes apenas treinta y un años.Guardaron silencio ambos. Jairo no alcanzaba a penetrar en el sentido de las palabras de Tatiana. ¿Lo pensaba muy viejo para ella? Tenía miedo, ¿de qué? Él era fuerte, se consideraba joven, con suficientes fuerzas para luchar por ella. Le preguntó: -Todo cuanto dices me pone a pensar. Soy mayor que tú en doce años; pero he vivido una vida marca67

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da por la aventura, ahora he sentado cabeza, tengo un buen trabajo que me agrada, nuestra familia es pudiente, mi porvenir está despejado, y por sobre todas las cosas, te amo mucho. Te amo con admiración, con deseos de formar un hogar y una familia, soy decidido y seguro. ¿A qué le temes?Tatiana se encontró en un parangón. Ella misma se había metido en él. Sin embargo no se podía liberar de su temor. Había vivido al lado de su abuelo. Sabía cuántas pruebas, argucias, ensayos y pesquisas había practicado su abuelo intentando demostrar la culpabilidad de Jairo en el asesinato de sus padres, sin ningún tipo de éxito. Su abuelo intentó demostrar la culpabilidad de Jairo en el asesinato de sus hijos, sin ningún éxito. Ahora ella estaba en el dilema de considerarlo culpable o inocente; teniendo de por medio el amor que le inspiraba. A veces se sentía culpable, no sabía por qué, tal vez su corazón le decía cosas contradictorias. Que era un hombre físicamente atractivo, era verdad. Era noble, amable, respetuoso y generoso. Pero de pronto, llegaba a su memoria esa noche maldita cuando vio en un corredor, bajo la lluvia tenaz, los cuerpos sin vida de sus padres. La desesperación de su abuela; el pasmo y tristeza de don Miguel; lo que siguió en esa noche, fue llanto y desolación. Los peones se fueron, la lluvia no cesaba. Yo veía en ese corredor los dos cajones cerrados, mojados, mis abuelos no sabían que hacer. Por último, mi abuelo entró a su cuarto, saco un martillo y empezó a desclavar las tapas de los cajones. Mi madre ensangrentada. Pálida. Sus manos en el pecho. Sus ojos cerrados. Recordé entre mi llanto, que eran azu68

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les como el cielo. Entonces yo no pude más. Corrí a mi cuarto, hundí mi cabeza entre las almohadas y perdí el conocimiento. Al día siguiente me desperté como a las ocho. Descalza, me asomé a la sala y vi mucha gente. Rezaban. Lloraban. Hombres en mangas de camisa. Me acariciaron todos, y, al fondo, los ataúdes, paralelos, con flores y cirios encendidos, y mis abuelos me acogieron en sus brazos. Tenía siete años… levantó la cabeza. Había pasado por uno de sus recuerdos, mientras Jairo le contaba de su aventura en el Pacifico como pescador. Ella venía de tan lejos que había olvidado la presencia de Jairo. Al poco rato se despidieron. Eran las once de la noche de ese sábado. En su cama, cómoda, con el retrato de sus abuelos delante, sobre la pared, Tatiana pensó que tenía sueño. Dejó descansar su cabeza sobre la almohada, cerró los ojos e intentó dormir. De pronto se acordó que había pasado la tarde con Jairo. Escuchó su voz varonil, clara, amorosa pero sin zalamerías. Pensó que nunca le hacía una zalamería empalagosa. Era serio, sin niñerías, y eso le gustaba. Ella tampoco usaba frases ni palabras pegajosas. Tal vez ese carácter los unía más. Aunque ella no tenía amigos de confianza, sintió que el trato de Jairo era sobrio, sin humor, un trato respetuoso. Nunca le habló de otras mujeres, aunque sabía que tenía amigas en el pueblo. Conociendo ese modo de ser, un día se arriesgó a preguntarle por otras mujeres. - Tranquila, Tatiana, que yo no he tenido sino amigas indispensables. -¿Qué entiendes por indispensables?- le preguntó.
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-Bueno- le respondió. -Mujeres para hacer el amor, sin ningún sentimiento.Ella se ruborizó. No entendía ese lenguaje sino ligeramente. Era virgen. No conocía varón y entendía que el matrimonio era la única ocasión de conocerlo. Pensó que esa conversación la llevaría a una tierra desconocida y cambió rápidamente de tema. -¿Nunca te has casado, Jairo?- le preguntó. -No. Nunca, y con la única mujer con quien me casaría sería contigo.-Debemos esperar- respondió ella, sin mostrar mayor interés. Hablaron de otra cosa. Esa noche, Tatiana encontró el sueño abandonando sus recuerdos. El temperamento de Tatiana, era el de una muchacha educada por un matrimonio serio. La madre, por vivir tan poco con la niña, no tuvo tiempo de formarla. La abuela, doña Mercedes, la tomó en una edad en que el comportamiento de la casa ya era una rutina: lo avanzado de la edad de los abuelos; las costumbres definidas; la carencia de hermanos, etc. Dieron a la educación de Tatiana el temperamento de una persona prematuramente seria, aplomada y quizá un poco indiferente hacia casi todo. La noche de Jairo no fue tranquila sino de recuerdos desagradables. Vio, al empezar a dormir, una morena alta, de brazos interminables, senos duros como piedras, y unas caderas onduladas que lo invitaban por sí solas al amor. Se acordó que fue en
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Buenaventura. Era una de esas noches en que volvía con olor a bagre entre los brazos. Todo su cuerpo olía a pescado y sus brazos se podían caer por el cansancio. Se bañó con jabón de olor hasta casi agotar la pastilla. Se vistió despacio de pantalón, zapatos y camisa blancos. Usó loción de esa de contrabando que circulaba en el puerto, y salió del hotelucho con un deseo de mujer incontenible. Visitó primero el bar Los Volcanes. Halló las mismas morenas de siempre. Unas acompañadas y otras esperando en las mesas, jugando a las cartas. No tuvo interés por ninguna. Sin mirarlas siquiera siguió al bar Carta Roja y vio desde la puerta a una muchacha alta, joven, peinada de moña con peineta luminosa de piedras fantásticas. Le gustó. Se le acercó y le dijo: un whisky o una cerveza. -Una cerveza, le respondió-. -Dos cervezas patrón.- Ordenó. Hablaron primero de ella. Llevaba un mes en el puerto. Había venido de Quibdó y trabajaba de asistente en el muelle. -¿Estás sola o esperas a alguien?- le preguntó. Vaciló por un momento. La noche estaba limpia de lluvia y un cuarto de luna de forma caprichosa se veía en el horizonte. Ella era negra sí, pero de rasgos bellos y un cuerpo majestuoso. Se sentaron uno frente al otro, y Jairo comprendió que era tímida y lo trataba con respeto. A su pregunta le respondió con calma: -Espero a mi hermano- le dijo, mirándolo a los ojos. -¿Trabaja él aquí en el puerto?-Sí. Él es vigilante de la bodega No. 571

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-¿Cuánto llevas aquí?-Yo llegué hace dos meses. Él tiene cuatro años y tiene su familia aquí.-¡Ah! ¿Te agrada el puerto?-Es un buen morideroSe rieron ambos. La risa de ella era franca y hermosa. En ese momento llegó el hermano de la muchacha. Era de regular estatura, negro, pero no de vientre abultado como los conocía Jairo. Sin pedir permito rodó una silla y dijo su nombre, Ricardo Buenahora. Se quedó mirando a Jairo, esperando su nombre. Jairo Ramírez, dijo. ¿Cómo estás hermana? – refiriéndose a la muchacha – y agregó ¿De qué hablaban? - Nos acabábamos de sentar, ni siquiera los nombres nos habíamos dado. El cantinero envió con una muchacha las dos cervezas y le preguntó a Ricardo qué quería tomar. - Otra cerveza, respondió. Todos los gestos, entonaciones y miradas de Ricardo le molestaron a Jairo. Sin embargo, la muchacha le agradaba. De pronto, Jairo se levantó de su asiento y le dijo: Vamos Inés. Esta se levantó. Ricardo quiso levantarse y Jairo poniéndole la mano sobre el hombro le dijo: -Nadie lo ha invitado a usted a esta mesa. Para mi no es bienvenido señor Buenahora. Si es por su
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hermana su extraño comportamiento, yo le digo que su hermana no es menor de edad. Se puede comportar como ella quiera y usted está de más en esta mesa.Jairo era más alto que Ricardo. Así, vestido de blanco impecable, parecía un amo regañando a su obrero. Ricardo intentó levantarse de su asiento, y sintió la mano de Jairo posándose sobre su hombro derecho, abierta, presionándole el hombro como si fuera un alicate de acero que destrozaba su carne blanda. Se dio cuenta que la furia de Jairo era incontenible. Sin soltarlo le dijo a Inés, vamos a otra parte. Ella atemorizada dijo que sí. Entonces soltó el hombro de Ricardo, y sin ponerle atención, tomo la cintura de Inés y marchó hacia el mostrador, pagó con un billete las cervezas y le dijo al tendero: - Deja el resto por si Ricardo quiere repetir. En el hotel de Inés, entraron a las diez de la noche. Ninguno de los dos mencionó el incidente. Hablaron del agua, del sol, de los colores del mar durante el día, y terminaron hablando del amor antes de hacerlo. El incidente molestó más a Jairo que a Inés. Pero retuvo su furia y a las doce de la noche dejó a la muchacha en su cuarto y volvió a su apartamento. Pasaron dos o tres meses. Jairo era conocido en el puerto como un pescador de confianza. Un día al marchar hacia su bote, un compañero pescador le dijo: -Te buscan, Jairo. Parece que con urgencia.73

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-¿Quién y por qué?-La cosa es confusa. Te acusan de haber dado muerte a una pareja, el año pasado en una finca de San Juan del Puente.-¿Yo? ¿Quién dijo eso?-Es lo que se comenta. Tienes orden de captura. Los pescadores hemos dicho que no te conocemos, pero las señas que tienen son tuyas-Es un error. Una equivocación. Yo no sé de qué hablan.-¿Qué hacías el año pasado por el mes de octubre en ese pueblo?-Pagaba el servicio militar.-¿Dónde?-Cerca de ese pueblo.-¡Aja! Pues ponte alerta. Que te buscan.Jairo montó en su bote con temor. No recordó nada. Prendió el motor. Les dijo a los dos muchachos que lo ayudaban, que miraran en todas las direcciones y que le avisaran si veían el bote de la policía. Pensó que debía vestirse distinto. Se cubrió la cabeza con un sombrero negro y roto. Arremangó los pantalones, se pintó la cara con aceite quemado y derramó aceite sobre la camisa. De adeahla la pesca en el día fue pésima. Seis pargos rojos y una aguja mediana. Volvieron a las siete de la noche. Se cambió la ropa y se acordó de Inés. Ella quizá le daría noticias. Subió
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a su apartamento como a las nueve de la noche. Lo recibió pronto. El le refirió todo. Yo creo, le dijo, que el lugar más seguro para escapar de la policía, es disfrazarte de bracero. Allí, sin camisa, bregando con cajas y bultos no te identifica nadie. Al día siguiente ella lo llevó al muelle, estaba irreconocible. Botas, pantalón de dril sucio y manchado, sin camisa, cubierto el cuerpo de aceite simulando sudor y se puso a hacer lo que los otros hacían, trasladar bultos de una pila a un salón. Por primera vez no sabía para quién trabajaba, ni que hacía, ni donde almorzaría, es decir, no sabía nada. Lo que tampoco sabía era que esa cuadrilla estaba al mando del señor Buenahora. Este lo reconoció. Fue a buscar la policía. Andaba con dos jueces y un miembro de la policía de San Juan del Puente. Esa noche fue su primera noche de cárcel por la muerte violenta de Lucía y Ernesto… por fin recobró el sueño, despejó los fantasmas y encontró el descanso. Todo era una pesadilla. Ese día, domingo, Jairo se levantó a las ocho de la mañana. Día calido, venteado, amable en el corazón. Había conversado con Tatiana la noche anterior hasta las once. Pero su sueño fue una invasión de malos recuerdos. Como a las diez de la mañana después de desayunar, buscó su hamaca, y el tiempo le ofreció meditación y descanso. Cielo azul, brisa suave, los pájaros cantando; el cuerpo de Tatiana en su memoria. ¿Se casará conmigo? Le puedo ofrecer todo; una hacienda, una casa hermosa, lejos del pueblo, pero amable y acogedora. Un tren de mujeres del servicio, y las noches que tanto le gustan, silenciosas y acogedoras.
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Al mismo tiempo recordó lo que había sido su vida: niñez libre en el campo aprendiendo oficios de obreros con su padre. Carreras desbocadas de potros recién domados por las llanuras. Iniciación de abusos sexuales con las campesinas. Recordó: “Ese muchacho Jairo abusó de mi hija” -Nada hay sin remedio-¿Cuánto vale eso en plata?-No patrón, no se ofusque, es que todos defendemos el honor.-El honor se pesa en oro- dijo ese día su padre. -¿Cuánto vale el suyo?El obrero cayó. Pero desde ese día, Jairo les hacía prometer a las muchachas, que si le contaban al padre de ellas, los hacía echar del trabajo. Las quejas desaparecieron, pero los placeres de Jairo, no… Aprendió a leer y a escribir a regañadientes. Luego, en el ejército se hizo marihuanero y algo bazuquero, pero al final, la disciplina militar, lo agachó. La insolencia y temeridad le hizo perder el apoyo de su padre. Inició su vida de vagabundo, y en estas iba, cuando fue acusado de la muerte de Lucía y Ernesto. Negándolo todo llegó hasta donde estaba. Por azar conoció a una niña hermosa que por no saber quién era, le confió su amor. Era joven aún, bien parecido, sentía su juventud como una fortuna. Parecía no tener el menor remordimiento y esperaba un futuro sereno. Se reacomodó en su hamaca. Plácido. Alegre. Su futuro era un bello campo abierto. Soñó por un momento en tener hijos con Tatiana. Una mujer
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culta, sencilla, nacida para ser madre. Miró a su alrededor: campos abiertos. Sol ardiente. Horizontes suyos y lejanos. Miró hacia su casa. Establos, patios, corredores, su padre capoteando dos gallos de carúnculas rojas, uno amarrado y el otro en manos de su padre. La gallera era esa noche y la gallada de don Ramírez estaba lista. Serían las cuatro de la tarde del domingo de esa semana, cuando Jairo tomó la resolución de visitar a Tatiana. Lo había pensado mucho, comentado con sus amigos, lo dijo a sus padres temprano; y todos no solamente celebraron su decisión, sino que se alegraron sinceramente de su resolución. Con tiempo le había encargado a la joyería el anillo de compromiso que le llevaría esa tarde a su novia. Con los joyeros había escogido las piedras preciosas que acompañarían al anillo de compromiso y estos trabajaron en él hasta el sábado de esa semana. Cuando abrieron el estuche donde estaba la joya, todos se abismaron de la perfección, el gusto, la belleza, los colores, formas del anillo. Lo guardó en el bolsillo de su pantalón y se despidió de todos, llevando la joya como un tesoro. Tatiana lo esperaba. Llegó a las cuatro y media de la tarde. La abrazó. Se besaron. Saludó a los abuelos que estaban sentados en el corredor, y ellos siguieron a la sala. La tarde se había oscurecido. Tanto Tatiana como él sintieron al entrar a la sala, un temor profundo, un escalofrío que los hizo vacilar al escoger sus asientos. Pero se acomodaron en dos sillas continuas separados por un espacio que al final comprendieron que estaban distanciados. Jairo levantó la cabeza. Miró a Tatiana, y con voz temblorosa, le dijo.
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-Yo te amo desesperadamente, Tatiana. Quisiera tener palabras nuevas, distintas de las que se dicen los enamorados, para expresarte que eres en mi vida. Mi consuelo. Mis esperanzas. Eres todo en mi vida para seguir luchando. Hasta ti llegó mi amor. Hasta ti llegaron mis ansias de seguir sobre la tierra. Sí tú me concedes la gracia de tu amor, sería el hombre más feliz del mundo.Descansó por un momento. Levantó su cabeza y le dijo: -Por primera vez, en mis treinta años de vida, siento que en éste momento, si me lo pidieras, moriría por ti. En cambio de eso, te ruego que aceptes este anillo que lleva todos mis sueños, intenciones, propósitos y esperanzas de que nos unamos en matrimonio. Te juro, Tatiana, que esta unión será por todas nuestras vidas.Sacó del bolsillo el anillo y se lo ofreció con lágrimas en los ojos. Sin recibir la joya, Tatiana, con lágrimas en los ojos, le dijo: -Yo esperaba esta propuesta Jairo. La esperaba hoy o mañana. Pero estaba segura de tu amor. Lo supe desde el día en que me dijiste, por primera vez, que me amabas. Nuestra tragedia es que yo te amo también sin querer decirlo. Tú, desde que te conocí, desataste una tempestad en mi alma. Fue una lucha, de la que no he podido salir: me hundo, floto, respiro, me ahogo y siento que perdono a quien me dejó huérfana a los siete años. A quién me negó ser
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una niña con futuro y esperanzas. Yo lo perdono porque él no vio con el dolor con que yo vi una noche de lluvia a mis padres, muertos al mismo tiempo, ensangrentados, inertes, silenciosos, todo era sangre, mi sangre. Solo los ojos azules de mi madre abiertos y mirando toda la eternidad… Tú no fuiste, nadie halló pruebas contra ti. Pero me contaste algo que me dejó desorientada. Que fumaste bazuco. Que perdiste la memoria. Que estuviste recorriendo campos cercanos a donde sucedió el crimen miserable. Esto me detiene. Tú eres libre ante las leyes. Pero no puedes evitar que en mi interior yo tenga miedo. Esta es la razón por la cual te agradezco pero no puedo aceptar tu compañía para toda mi vida.Calmadamente Jairo le dijo: -Me has quitado la vida, Tatiana. Yo no podré vivir sin ti. Mi destino es tan infeliz como el tuyo. Me voy Tatiana y no me volverás a ver nunca.Se levantó de su silla. Miró a Tatiana y tenía los ojos húmedos como los de él. Se despidió de los abuelos, miró una vez más a Tatiana y salió de la casa. -¿Qué pasa, hija?- preguntó el abuelo. -Que terminamos todo, papá.-¿Todo? ¿Por qué salieron llorando ambos?-Porque nos amamos mucho, papá.Don Miguel tuvo que apelar a toda su experiencia para comprender lo que había pasado. Le dijo a Tatiana:
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-Es mejor, hija. Las circunstancias de la vida siguen trayendo dolor a los hombres. Pienso que será mejor que te vayas a Popayán a estudiar lo que quieras.-Sí, papá.Eran la cinco de la tarde. En el primer cafetín que encontró se sentó y pidió una botella de aguardiente. -¿Para llevar?- preguntó el tendero. No. Para tomar. En menos de una hora salió sereno de la tienda. Marchó a su casa. Ya, en el pequeño establo, se acercó a su caballo Azabache, el potro brioso que lo había traído. Él mismo le colocó la montura. Lo acarició con cariño. Le sobó los lomos y le dijo al oído, Me vas a llevar a los infiernos.- El potro lo miró sin inmutarse. Salió de su casa a las seis de la tarde. Sin aspavientos. Naturalmente. Fue llevando su caballo por la ruta de la hacienda a paso normal. En el cielo se veían ya luceros. Iba como buscando un camino que nunca había recorrido. Pensó que era el mar la tarde tan tranquila. Iba al paso que quería su caballo Azabache. Recorrió un trayecto tan despacio que parecía temeroso o sin resolución. Pensó en Tatiana. La vio desnuda, provocativa. Insinuante. Se detuvo. Miró hacia el camino que seguía. Empezaron los bosquecillos. Mas adelante vio árboles frondosos. Empezaron los taludes de rocas y sintió escalofrío. Entonces apuró su caballo. Un viento frío de la noche empezó a rozarle el rostro. Mas allá las montañas empezaron a ocultarse y todo se trocó en oscuridad intensa, profunda, sin fin como si una tela negra le envolviera el rostro. Pensó por donde iba. El
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cabalo fue acelerando lentamente, hasta que se desbocó. Se bebía el viento de la noche. Jairo iba feliz. El mundo no existía, la brisa lo anestesiaba, era un sueño, sentía que era nada. Todo había desaparecido. Sintió por la curva que le indicó el caballo que estaba cruzando el arco de la “curva del diablo” y sintió que Azabache seguía derecho. Un viaje delicioso por el aire de la noche… hasta estrellarse contra un muro de rocas en la oscuridad. Los dos campesinos que al otro día divisaron desde el camino el cuerpo del caballo muerto, espernancado entre dos moles rocosas, detuvieron su marcha. -Otro caballo muerto por la lluvia-No. La lluvia no mata los caballos.-¿Es el patrón?-Así parece.¿El caballo?Un noble compañero, Azabache. Ayer la noche fue fantasma.

Fin

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La vida en la orilla del río era la más dura. El poblado quedaba a veinte horas de trocha selvática de allí. Todos eran negros. Una colonia de madereros de torso grueso y piernas largas y delgadas como parados sobre guayacanes. A las siete de la mañana estaban reunidos, descalzos, de ropas manchadas y remendadas a la espera de una canoa que todos los días los transportaba a distintos puntos a lo largo del río donde unas banderas rojas batían al viento. Eran las bocas de las trochas por donde se subía a los aserríos. En la tarde, los recogía un planchón extenso y desnudo, donde cada grupo de tres o cuatro madereros subían su carga de tablones y los llevaban hasta donde los habían recogido por la mañana y los descargaban a hombro en un sitio cercano a los arenales que nombraban El Príncipe, nadie sabe por qué. Era un depósito de maderas de donde lo recogía un barco maderero con destino al puerto.
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Una tarde, al descender de la canoa, de vuelta a su choza, vio, a través de la niebla que empezaba a posarse sobre el río y la playa, que una mujer gorda salía de su casa con una palangana de agua y la vertía sobre la arena. Reconoció inmediatamente a Eduviges, la partera, conocida por todos. “Parió Luz María”, pensó. Esperaba su primogénito para esos días. Entró precipitadamente a su casa y lo primero que vio fue a Luz María Ortiz, su esposa, sonriente, arropada con una colcha blanca y a su lado su hijo pequeñito, con los ojos abiertos, negros, grandes, silencioso y su madre sonriendo con esos dientes blancos que destacaban en la semioscuridad. - No señor – le dijo la mujer protegiendo a su crío con su brazo derecho. Te tienes que bañar, llenarte todo el cuerpo de loción, cambiarte de ropa y darme a mí un beso primero. Fue cuanto dijo. Él sintió la emoción en todo el cuerpo. Se rió. Salió de la pieza, buscó sus pantalones de baño, se sumergió en el río llevando en su mano una pastilla de jabón de olor. Se enjabonó, se enjuagó, secó su cuerpo negro con una toalla, destapó un frasco de loción y vistió traje limpio. Entonces entró a su cuarto y vio a Luz María bregando por darle pecho a su niño. Temblaba de felicidad. Así, limpio, bañado y perfumado era como un Adonis de ébano. Se llamaba Jesús Londoño: alto, fornido, de piel quemada, atezada y suave, a quien los soles, las lluvias, los esfuerzos del día no deterioraban, sino que cada día todas las mujeres, pero Luz María, especialmente, lo sentían y veían como un dios de la selva.
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Los compañeros le decían don Chucho, a pesar de ser menor en edad a todos ellos. Era que se imponía por el ingenio y habilidad. Tenía de natural, sentido común, malicia indígena, buen carácter y un encanto natural que atraía. De pronto, resultó siendo el jefe de la cuadrilla de los madereros y a él le avisaban qué elementos faltaban en los aserríos, qué máquinas había que transportar al puerto: qué repuestos faltaban, hasta que los dueños de los aserríos lo nombraron el administrador de todo el negocio. Cuando eso sucedió, su hijo mayor a quien hizo bautizar Jesús como él, ya sabía nadar. Tenía siete años y no salía del río, atravesándolo, clavándose en él, buscando los suribios más altos que bordeaban el río para treparse a ellos y, sin testigos, solo, lanzarse al río, en lo más profundo, contra los gritos y advertencias de Luz María que siempre lo regañaba por esas piruetas. Pero cuando su madre o alguna vecina necesitaban pescado del río, él se iba con una red pequeña y la lanzaba a lo más hondo. La pulsaba, sabía que había atrapado unos cuantos peces, recogía solo la red y nadaba arrastrándola a la orilla: bagres, sabaletas y bocachicos, era lo que le llevaba a Luz María para que ella repartiera a sus vecinas. Esto y los días le dieron fuerza y estatura… un día, viéndolo correr su padre por los arenales y considerando lo hábil que era, la estatura que tenía, la buena voluntad que mostraba para todo, y su espíritu, que era como un viento que lo cubría todo, pensó en su futuro: incierto, enteramente similar al suyo. Viviendo en la selva y de la selva. Sufriendo toda clase de peligros al frente de un río torrentoso, profundo, revuelto y traicionero. Resolvió hablar con Luz María
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sobre el porvenir que les esperaba a ellos y a sus hijos, Jesús y Mario, el menor, de tres años. -Tal vez, le dijo a la madre, si siquiera nos dejaran vivir en el puerto, yo podría administrar los aserríos desde allá. Viajaría tres veces a la semana a los puntos de embarque y don Emilio, que no tiene familia ya, podría hacer mi trabajo en la semana. Él es un hombre solo. Vive para él. Ha pasado en estos mundos toda una vida. Nadie lo espera y él no espera a nadie… Eso sería posible si el negocio estuviera en manos de una sola persona, pero mientras sean tres dueños, la cosa no es fácil – dijo Luz María. Precisamente, me dijeron que don Jesús Laverde se iba a quedar con el negocio. ¿Seguro? Eso me dijeron. ¿Quién te lo dijo? En el segundo aserrío lo dan por hecho. ¿Por qué no pides permiso para ir hasta el puerto y hablar con él? Es lo que estoy pensando. Éste fin de semana voy a viajar allá. Quiero proponerle que nos permita el traslado. ¡Eso! ¡Está bien! Exclamó Luz María, llena de alegría. Durante los tres días que faltaban para el sábado, no hablaron de otra cosa más que del viaje. Hablaron con Jesús el hijo mayor, quien se puso feliz, soñaba en el puerto. Sabían sus padres que allí había escuelas, medios, ferrocarril que iba hasta Medellín. Jesús entró en un estado de indecible alegría. Llegó el sábado, todos estaban informado del viaje. Hasta el menor, Mario, que hablaba ya muy enredado dijo: puerto. Salió de la casa a las cinco de la mañana a esperar que alguna lancha de motor de las que pasaban a menudo lo llevara. Poco esperó, porque la primera lancha que pasó lo divisó y la abor86

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dó. La familia toda quedó feliz. Su misión empezaba a convertirse en una realidad. El puerto le era conocido. Era sábado a las nueve de la mañana. Se dirigió a las oficinas de don Jesús Laverde, el viejo, porque su hijo se llamaba igual y tenía su depósito de maderas en Bello, donde madera que no se consiguiera allí era porque no existía: guayacán de todas las clases, lo mismo que cedros, cominos, canelos, etc., hasta maderas negras, naturales del cañón del Nare, se encontraban en el depósito de los Laverdes, padre e hijo. Don Jesús, el padre, vio llegar ese sábado al maestro Chucho. Lo conocía. Sabía quién era. Lo saludó con simpatía y le preguntó inmediatamente como estaban las cosas en los aserríos. -Bien. Muy bien, don Jesús. Se están sacando por semana entre cincuenta y sesenta tablones de 3 pulgadas de grueso y 3 metros de largo. ¿No le parece bien? Preguntó el maderero. -Está bien hombre. Y dígame ¿A que vino? -Tengo una propuesta. Suspendió el diálogo y vaciló un poco. -¿Qué propuesta, don Chucho? -Sucede que yo he sido nombrado administrador de los aserríos. Yo tengo ya dos hijos. Mi trabajo es vigilar los tres aserríos durante la semana y ordenar lo que sea necesario. Usted sabe. Calló por un momento y continuó. Sucede, don Jesús, que el mayor de mis hijos ya tiene ocho años: es despierto, hábil, vivo, inteligente, de buen genio y buen carácter. Pero
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pensando en él y en el menor, Mario, resolvimos, mi mujer y yo, hacerle a usted una propuesta consistente en lo siguiente: yo sigo administrando los aserríos allá, en el río. Pero usted me permite que mi mujer viva aquí en el puerto. Yo la visitaría los domingos y ella está en un lugar más decente que ese rincón del río, sola, con dos niños, uno ya de escuela. ¿Usted qué opina de esto, don Jesús? Preguntó don Chucho, ansioso. -Esa es una cosa de pensarla muy bien, don Chucho. -¿Le encuentra algún inconveniente? Preguntó. -Muchos – respondió Jesús Laverde, pensativo. ¿Sabe usted lo que es el puerto como vividero? Este puerto es un infierno. Aquí se ven las llamas del infierno recorriendo las calles. Este puerto es de prostitutas, de degenerados, de ladrones, de culpables de algo. Hay escuelas y colegios pero no hay ni pizca de educación. Esto se lo digo porque lo conozco desde hace diez años que vivo del negocio de las maderas. Aquí hay dinero. Se cambia, se vende, se hacen negocios, pero no se vive como en los otros pueblos. Yo reconozco que usted con su familia viven mal en ese puesto maderero, pero aquí estarían peor. Extrañarían el silencio. El fluir del río, y ese silencio que lo cubre todo, como un manto de nubes. ¿Qué edad tiene su esposa? Le preguntó inesperadamente. -Veinticuatro años, don Jesús. -¿De dónde es? -Del Chocó, señor.
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-La imagino alta, bella y discreta como son las mujeres del Chocó… mi consejo don Chucho es que no se arriesgue a esa aventura. Como está el mundo, el mejor vividero es la selva. El verde de los árboles. La paz de los ríos. La tranquilidad de la naturaleza. La compañía de los animales. Hay más formas de vida en los bosques que en las ciudades. Si usted gusta del aire puro, de los cantos de las aves y si su corazón le pide calma, en ninguna parte hallará igual reposo que en un monte. Mire este pequeño puerto: ni un momento de calma, de reposo. Voces descompuestas, lenguaje que hiere los oídos, ruidos de máquinas, trenes, vapores, botes, canoas y el corazón humano resistiendo las horas. Salga a las calles. Mire a las gentes, todo el mundo planeando el engaño, el hurto, la mentira y éste, don Chucho, es un puerto pequeño, insignificante. Usted dirá, señor. Si quiere hacerlo yo le ayudo. Siempre hay lugar para una decisión. Usted me avisa. Usted decide. Eran las doce del día. Salió de la oficina de don Jesús y sintió hambre. En la primera persona que pensó fue en Luz María. Pero ella estaba a cinco horas, río arriba. Caminó por una calle cualquiera y pronto divisó un puesto de comida. Funcionaba al aire libre. Vio cacerolas friendo trozos de carne, chicharrones, patacones de plátano, pescado, y sobre una estantería una fila de vasos de horchata, a la sombra de una inmensa ceiba. Se metió la mano a un bolsillo de su pantalón y tocó unas monedas. Señaló lo que quería comer y se sentó en una mesa y esperó que una mujer negra, robusta y simpática le sirviera. Tomó al terminar un vaso de horchata, pagó todo con una sola moneda y esperó la devuelta. Se
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sintió bien. Miró a su alrededor y vio a lo lejos el muelle del puerto. Caminó despacio hacia el muelle y observó varios botes de pasajeros dispuestos a partir en la dirección que él necesitaba: pagó su pasaje con otras monedas y se acomodó en unos bancos cubiertos por un techo de lámina que a esa hora rechinaba por el sol. Dos pensamientos le habían surgido de la conversación con el señor Laverde: una que todo dependía de él. Si realmente lo deseaba, podía buscar en el pueblo una casa barata y, con su aprobación, disponer su trabajo desde el puerto. La otra alternativa era creerle su discurso sobre la vida en el monte, y dejar a su hijo como era él, un hombre que nunca había tenido un lápiz en sus manos. Así era Luz María, así eran sus hermanos en el Chocó, así eran todos los aserradores que él debía manejar en su trabajo. Corría el año de 1933. Las últimas elecciones para Presidente de la República habían dado el triunfo a un liberal. Su partido. Por ese presidente había votado allí, en el mismo puerto. Se decía que habría educación para todos. Su hijo mayor era despierto, él lo consideraba inteligente, capaz, de buen corazón y fuerte como él. Sabía, también, que el señor Laverde era conservador y ya era su patrón. Pero por su alma no cruzaba ni un asomo de sentimiento por ese hecho. El había votado por el doctor Alfonso López Pumarejo. Entre muchas cosas que se decían de él, era que apoyaba la educación del pueblo. Esta sola promesa lo estimuló para votar por él. Llegó a su playón a las cinco de la tarde. Luz María lo esperaba con su niño Mario. Se alegró de verlo.
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Lo besó en los labios. Era alta como él, tallada, pulida, limada como una virgen labrada en mármol. Se adoraban. Algunas veces ella se imaginaba el mundo sin él y se entristecía. La había conocido en un camino del centro del Chocó. Era una niña, él la esperó. Conoció a su familia. Él esperó a que cumpliera quince años antes de proponerle matrimonio. Ella era la menor de tres mujeres que se habían casa con regular suerte. Una separada. Otra inhábil por un accidente y Luz María, la más bella y elegante. -¿Cómo te fue? Le preguntó. -Bien, mi amor. Hablé esta mañana con el señor Laverde. Después de hacerme un discurso sobre lo bello que era vivir en el monte y lo agitada de la vida en la ciudad, se le acabaron las razones, y terminó diciendo que si nosotros queríamos hacer el cambio, vivir en el pueblo, y si yo prometía seguir administrando los aserríos, él aprobaba. Que no tenía inconveniente. Luz María se alegró, lo abrazó y mientras iban al rancho, Chucho preguntó por Jesús. -Está en el poblado trayendo el mercado. No tiene peligro. Dijo Luz María, conoce el camino y en un momento llega. -Pueda ser. Tú sabes que no me gusta que viaje solo. Es un niño y el camino es peligros. “Por él vivimos, hija”. Le dijo serio. Como una advertencia. -Claro que sí, hijo. Respondió ella y por primera vez sintió temor.
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-Pero dime Chucho, ¿Cuáles ventajas le encuentra el señor Laverde para vivir como nosotros? -Habló del silencio. De la calma, del aire y de todo lo que imaginan los que no viven en el campo; de los encantos de que disponemos aquí. Se les olvida la educación, la salud, los medios, el comercio, y todo lo que es distinto de oír chillar marranos… Luz María soltó la risa. Y al final – preguntó - ¿En qué quedaron? -En que nosotros resolvemos, hija. Yo creo que ya resolvimos, ¿verdad? En eso entró a la choza Jesús, con un joto a la espalda. Abrazó a su papá y le preguntó: -¿Qué pasó, papá, nos vamos para el puerto? -Creo que sí, hijo. Nosotros lo resolveremos. -¿Cuándo? -Cuando encuentre una casa allá. La semana entrante voy a buscarla y en unos días nos pasamos. Habían conseguido dos camas de metal. Una especie de sala con dos sillas y un aparador al lado de la cocina. Al fondo, dos hamacas. Era todo lo que tenían y llevarían a su nuevo hogar. Acordaron que al domingo siguiente, el último del mes de octubre de 1934, irían todos a buscar y ver la casa. Era la primera casa que arrendarían desde que se casaron, porque las otras habían sido ranchos en el monte. Hallaron una casita pequeña, como para ellos, atrás
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de la iglesia, cerca de la plaza de Bolívar y con vista al río. Se veía, pero se escuchaban poco los ruidos del muelle que quedaba lejos de allí. No tenía solar, pero lo que más claramente se escuchaba eran las campanas de la iglesia. Tenía sala y dos piezas y cocina con fogón eléctrico, luz y un ventilador grande adosado al techo de la sala. Valía 20 pesos el arrendamiento mensual y había que pagar luz y agua. Pero don Chucho, como administrador del aserrío, ganaba 30 pesos semanales. Arregló todo en el trabajo y en su casa, y esperó el noviembre para matricular a Jesús, su hijo, en primer año de la escuela primaria. Tenía ocho años pero parecía un muchacho de diez años. Alto, delgado, derecho, con una fuerza desproporcionada. El director de la escuela dudó de la edad, pero luego pensó que esos negros del Chocó eran altos y fuertes y el muchacho tenía cara de inteligente. En enero del año siguiente empezó sus primeras letras en la escuela “Marco Fidel Suárez”. Los profesores lo distinguieron desde los primeros días. No por su color, porque asistían con él al primer año otros muchachos negros como Chucho, sino porque recordaba todas las explicaciones que le daban. En el proceso de aprender las combinaciones de las vocales con las consonantes iba adelante en el grupo. En menos de una semana sabía leer más de de veinte nombres. Construía frases. Hablaba despacio, sin temor, y al final del año le comunicó a su madre, quien también sabía leer y escribir, que los profesores la invitaban a que fuera al examen final, pues este era oral y apreciaría sus habilidades.
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Luz María apercibió su mejor vestido que era una blusa blanca bordada y una falda roja granate que guardaba de sus tiempos de soltera. A Mario lo dejó al cuidado de una vecina y marchó a las diez de la mañana, bajo un sol ardiente al colegio. Se encontró con otras señoras a quienes no conocía. Pero ella era despejada, segura y simpática y pronto la aceptaron entre las otras madres invitadas. La profesora era una muchacha de apariencia humilde, blanca y de baja estatura. Se encantó de conocer a Luz María e inmediatamente destacó los rasgos de semejanza entre el niño Jesús Londoño y su madre. Fue familiar. Preguntó por el padre del niño, y entabló una conversación con la señora verdaderamente amistosa. Como la estatura de Luz María casi duplicaba la de la maestra, buscaron asiento y charlaron todo el tiempo anterior al examen. A mediados del acto le correspondió el turno a Jesús quien había pasado el tiempo conversando con otros niños. Pero ya le había escuchado varias veces a la señorita Josefina Vargas, la maestra, que su hijo le parecía un verdadero fenómeno en todas la materias de la escuela. Es igualmente bueno en escritura, lectura y matemáticas; y en educación física es el mejor. Da gusto verlo corre, saltar y nadar. ¿Estuvo – preguntó – en algún colegio antes? No señorita. Éste es su primer año. Estaba ansioso. No veía la hora de entrar a la escuela. -Ustedes no son de aquí, del puerto ¿verdad? -No propiamente, respondió Luz María. Mi marido trabaja a cinco horas de aquí, él es maderero, trabaja en el monte y nos pasamos a vivir al puerto hace unos cuatro meses. Pero el padre y yo somos de
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Quibdo, en el Chocó. El trabajó siempre en aserríos. Eso hizo allá y nos vinimos a los aserríos de don Jesús Laverde que le ofreció trabajo a él en un viaje que hizo el señor Laverde a Quibdo. Vivimos cerca de esa zona que llaman El Príncipe. -Pero eso es casi bosque – comentó la maestra. ¿Y allí nació el niño? -Si señorita. Ambos somos del monte y se río Luz María. -¿Usted le ha enseñado alguna cosa? – Preguntó la maestra. -Si. Un poco. A vivir. A trabajar y a defenderse. Él nada, pesca, corre, se mueve, en el bosque como cualquier animal. Conoce plantas y no le tiene miedo a la noche. La maestra quedó boquiabierta. – Es un hombre de ocho años. Ahora verá como conoce el idioma: es decir, cómo lee, como escribe y la autorizo para que le pregunte cosas pertinentes. Como el colegio, a pesar de ser público y popular, era bien organizado, con un respeto por las personas que Luz María no se imaginaba, un niño, el que anunciaba el nombre de los niños, salió al salón con una paleta donde la madre y la maestra y el público leyeron Jesús Londoño. Inmediatamente salió Jesús al estrado. Tenía al frente la mesa de los directivos: un maestro bien vestido, y dos damas a sus lados. El profesor se puso de pie y le extendió la mano al niño, luego las mujeres hicieron lo mismo: y a la espalda del niño, un tablero negro y tizas…
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A Luz María le pareció toda una ceremonia especial. Luego el profesor le pidió a Jesús que escribiera todo el abecedario, diciendo el nombre de las letras en voz alta. Jesús lo hizo en menos de cinco minutos. Esto provocó un aplauso en la sala por parte de sus compañeros y asistentes. Luego el maestro le entregó un libro y le pidió que leyera en voz alta la página que quisiera. Jesús tomó el libro en sus manos y leyó en voz alta y clara lo siguiente: “No seas ambiciosa De mejor o más próspera fortuna; Que vivirás ansiosa, Sin que pueda saciarte Cosa alguna. No anheles impaciente el bien futuro Mira que ni el presente está seguro” Félix María de Samaniego: “La lechera”. Todos aplaudieron. Luz María sintió sobre su piel un escozor desconocido. Tuvo deseos de llorar. De gritar. De salir corriendo de esa sala. Estaba temblorosa y sin nada que decir. Miró a las otras señoras, había negras y blancas, pálidas y trigueñas, y ella sintió que por su rostro se deslizaban lágrimas. A la noche siguiente, cuando tuvo a su esposo entre sus brazos le refirió cuanto había sucedido en ese acto final del primer año lectivo. Él se alegró hasta lo indecible y sabes lo que dijo una de las maestras que estaba conmigo, que ese niño nos daría muchas alegrías en el futuro. Que era un muchacho excepcional. Quién lo creyera, hijo. Todo esto –dijo – es bendición del cielo para nosotros.
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Don Chucho guardó silencio. Abrazó a Luz María, y le dijo: -Si Dios nos da vida, ese muchacho dará mucho orgullo el día de mañana. ¿Cómo va Mario? – preguntó. -Tuvo un poco de fiebre. Una gripa. Ya está mejor. -¿Dónde está? -Durmiendo. Se acuesta temprano. -¿Y Jesús? -Salió con un amigo al parque. -¿Qué clase de amigo? -Es el hermano menor de la señorita Josefina Vargas, que es profesora del colegio y estuvo conmigo en el examen. Ellas es muy culta, bien educada, y su hermano que se llama, creo que Gustavo, es un alumno de tercer año en el colegio. Ella me visitó ayer. Es muy querida. Es blanca, de baja estatura, pero muy bella. Es normalista de Medellín. Es profesora de Historia y Geografía de Colombia. Tienes que conocerla – le dijo Luz María. Y a ti ¿cómo te va? -Regular. Ayer se accidentó Eduardo Giraldo. -¿El tuerto? ¿Nuestro amigo? -No es tuerto, es bizco. -¡Ah! ¿Grave? -Una sierra eléctrica se rompió y le cortó en un brazo. -¿Grave? -No. Lo curaron y siguió trabajando. Pueda ser que no se le infecte. Aunque esas sierras son muy limpias.
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La vida de ellos era rutinaria. Había llegado a ese punto en que todo va transcurriendo sin tropiezos: el padre trabajando, cumpliendo sus deberes; los hijos creciendo, conociendo la vida, los días pasando, el río fluyendo; todos envejeciendo y en el puerto, los barcos, las lanchas, planchones y canoas entrando y saliendo. Jesús había terminado con elogios y admiración la primaria. Mario, el menor, cursaba ya el tercer año de primara. Don Jesús era ya persona conocida y apreciada en el puerto, y Luz María se había convertido en una mujer bella, madura y seria. La amistad con la señora Vargas, quien se había casado y tenía un hijo precioso, se afianzaba. Un día ésta visitar a Luz María; una de esas visitas que se hacen las señoras, sin objeto definido. A conversar, a pasar la tarde juntas. Justo es reconocer que la señora Vargas habíale tomado cariño a Luz María, pues se cruzaban visitas con frecuencia, y el esposo de Josefina que tenía una pequeña farmacia que le servía al pueblo, trataba a Luz María con respeto y amistad, vendiéndole, cuanto ella lo requería: mejorales, algodón antiséptico, cuando más; era lo único, porque la salud de Luz María y de sus hijos era excelente. Esa tarde, después del saludo, Luz María le ofreció una de las dos sillas de la sala y se sentaron a conversar. Inmediatamente la señora Josefina le preguntó por sus hijos. -Chucho, como le decimos a Jesús, está en el patio leyendo. Mario está en la escuela y el padre en el trabajo.
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-¿Qué piensas de Chucho? ¿Qué lee? -Pensar, lo que decimos pensar, nada. Tiene cerca de trece años. Aquí no hay colegio. Seguiría el bachillerato pero no tenemos dinero. Habrá que esperar a ver si consigue algún trabajo – respondió Luz María. -¿Y qué lee? -Todo lo que cae en sus manos. Novelas, cuentos, versos, historias, todo. Algunos de sus amigos le prestan los libros que a ellos les regalan y él los lee por ellos. Josefina se echó a reír. –Consiguieron lector gratis, entonces – comentó Josefina. -Le sigue gustando el estudio pero aquí no hay bachillerato. El papá y yo lo comentamos muchas veces, pero no sabemos qué hacer. -Mira Luz María, siempre es un milagro que a un niño le guste la educación, es decir, ir a la escuela, levantarse temprano, hacer tareas, presentar exámenes y privarse de juegos, idas al río o a jugar balón. Pero cuando se da el milagro de que a un muchacho le guste aprender cosas nuevas para él, asistir a la escuela, es una bendición del cielo, y no aprovechar esa gracia divina es hasta pecado. – dijo Josefina con tanta sinceridad que Luz María se sintió conmovida. -Bien. ¿Y qué podemos hacer nosotros en este destierro? -Bregar a llevar a este muchacho, que es un milagro del Señor, a un colegio de Medellín. Allá hay co99

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legios para ricos y para pobres. Todos buenos. Yo me eduqué allá. Claro, me quedó más fácil porque yo nací allá. -¿Y cómo viniste aquí? Preguntó Luz María con curiosidad. -¡Hay mija! Es toda una historia: Benjamín estudiaba farmacia en la universidad de Antioquia. Cuando se graduó estaba loco por mí. Me dijo que iría a trabajar al otro lado del mundo si yo me casaba con él. Es un buen muchacho, sin vicios, serio y consiguió ser asistente de un viejo que era el dueño de una farmacia aquí, en el puerto. Se vino para acá. El viejo Esteban Galindo, murió hace tres años y la familia de Benjamín le compró el negocio y nos casamos y aquí estamos. Luz María recordó al farmaceuta. Era flaco, alto, de pelo rubio y más feo que bonito. Josefina iba a seguir hablando, olvidada de Jesús, el niño que admiraba tanto, pero Luz María la volvió a encaminar acerca de su hijo. -Pero, ¿Qué hago yo con Jesús? Preguntó Luz María. -¡Ah! Verdad que estábamos hablando del niño. Es que soy así. Me elevo. Perdona. Te voy a decir lo que podemos hacer – contestó Josefina. Primero, como te dije, en Medellín hay colegios para pobres y para ricos. El más famoso de los colegios populares es el Liceo Antioqueño. Recibe a todos los niños que hayan ganado el quinto años de primaria y su educación es la mejor. Recibe a blancos, trigueños, ne100

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gros, indios y todos son iguales: si estudian pasan, si no, salen. Es el colegio más democrático que puedes encontrar. -¿Es muy caro? – preguntó Luz María. -No mija, es gratuito para los pobres. Claro, como hay ricos que lo prefieren, a ellos les cobran en proporción a sus bienes. Mientras Josefina hablaba, Luz María pensaba en qué forma podían ellos aprovechar esas oportunidades que la señora mencionaba. Primero hablaría con Jesús, su esposo, apenas llegara. Era miércoles del mes de octubre de 1934. Precisamente esa tarde llegaría de los aserríos. Le contaría todo cuanto Josefina le contaba. Ahora era ella la que se estaba elevando de la conversación. Entre sus pensamientos escuchó algo sobre una casa llamada La casa del estudiante – volvió de sus diálogos con don Jesús, a escuchar claramente lo que le decía Josefina. -¿Que hay una casa de estudiantes donde reciben estudiantes de otros lugares? – preguntó interesada. -Si. Queda cerca de la Catedral de Medellín – respondió Josefina. Es la casa de doña Sofía Ospina de Navarro, una señora rica que le ayuda a los estudiantes pobres. -¿Y reciben negros también? -Negros, indios, blancos, a todos los que quepan en una casa grande que ella sostiene. Ofrece desayunos, almuerzo y comida y arreglan sus ropas.
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-¡Ave María! Pero esa señora debe ser muy rica. -Yo no sé cómo lo hacen. Creo que es un grupo de benefactoras.- Dijo Josefina. Como a las seis y media de la tarde vio entrar a su marido, Jesús. Venía sudoroso, sucio, descalzo y con un racimo de plátanos pintones al hombro. Los dos hijos exclamaron al verle: -¡Papá! Él descargó el racimo y los abrazó. Luz María, que estaba en la cocina, a las voces de sus hijos salió llena de alegría. Lo abrazó. Lo besó y se quedó mirando el racimo de plátanos. -¿Pescaste esto en el río? Le preguntó muerta de la risa. -Lo compré por veinte centavos, aquí en el malecón. Respondió riendo. Él dijo que se iba a bañar. -¿Sin tomarte ni un caldo? -Como cuando esté limpio, preciosa. La mujer salió en dirección al marido a conseguirle ropa limpia. Jesús le pasó su brazo derecho a Mario y le dijo: -Vení te explico los quebrados. Mario contestó: - ¿Ahora? -Ahora, ¡perezoso! Ambos se rieron.
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Esa noche hablaron los cuatro en la sala sobre la visita y las noticias que había escuchado Luz María de Josefina. -Ella dice - contó Luz María – que nosotros no debemos perder las capacidades ni el ánimo de Jesús en el estudio, y debemos pensar en ponerlo en un colegio de Medellín para que haga su bachillerato. Que allá hay un colegio, el Liceo Antioqueño, que reciben a los niños pobres pero aplicados en el estudio, que en este octubre son las inscripciones; que debemos viajar allá. Y que hay una Casa del Estudiante, que recibe a los alumnos pobres, con alimentación y arreglo de ropa, si el muchacho es buen alumno como Jesús. El padre pensó por un momento. Su hijo Jesús lo miraba; luego miró a su madre y vio que ella esperaba la opinión suya. -¿Eso si será cierto, hija? Preguntó desconfiado. -Así me lo aseguró esta tarde Josefina. -Pero ¿cómo hacemos para averiguar si es cierto? -Darle fe a la señora Josefina, que adora a Jesús desde el colegio y no tiene más interés que el de ayudarnos – dijo Luz María. -¿Cómo podemos ir a Medellín, nosotros, que no conocemos nada? – dijo Jesús. -Yendo uno de nosotros, con el niño a averiguarlo – dijo Luz María.
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Ella, en ese momento, estaba decidida a todo. Miró a su hijo, que tenía catorce años y que casi la alcanzaba en estatura, preguntándole: ¿Tú quieres estudiar más, hijo? -Yo quisiera estudiar toda mi vida, mamá – respondió Jesús. La madre se sintió conmovida y por primera vez en su vida, sintió que sus lágrimas le humedecían el rostro. Todo lo que me refieres me parece importante, hija, le dijo don Jesús, el padre; mientras su hijo pensaba callado y cabizbajo. De pronto levantó la cabeza, miró alternativamente a sus padres, y le dijo: -Y si yo fuera solo, a Medellín, buscara el Liceo y la Casa del Estudiante, averiguara todo y viera si es posible estudiar allá, ustedes me lo permitirían. El padre se puso de pié en silencio. Caminó dos pasos por la sala. Tornó a mirar a su mujer que permanecía en silencio. Muchos pensamientos cruzaban por las mentes de todos: ansiedad, resolución, temor, imaginaciones extrañas de Luz María sobre su hijo, sobre los peligros; había oído decir de la multitud de obstáculos, en esa ciudad que ninguno conocía verdaderamente pero imaginaban monstruosa. Ladrones. Degenerados. Persecución a los negros. Todo esto la fue llenando de pavor, de terror de esa ciudad desconocida por todos. -No mijo, sería lo último que haríamos, dejarte ir solo a esa ciudad. No. Prefiero que trabajes aquí de paje, de ayudante en alguna parte: en el embarcade104

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ro, en una tienda, haciendo mandados, en cualquier cosa, pero donde yo te vea todos los días. Dijo esto y se soltó a llorar. Don Jesús intentó hablar, pero guardó silencio. Estaba tan conmovido como su mujer, pero no lloró. Miró a sus hijos y a su esposa, inclinó la cabeza. Pensó por unos minutos qué había traído el llanto a Luz María. Sintió lástima de todo: de su pobreza, de su familia, de sí mismo, por no poder hallar una solución a la situación. De pronto, detuvo sus pasos. Miró a su alrededor y le dijo: -¿Por qué no vamos mi hijo y yo a Medellín, averiguamos las cosas en el Colegio y en la Casa de Estudiantes y volvemos en tres días? Yo creo que no podemos ahogarnos en un pozo de sapos. Yo voy a hablar con el señor Laverde. Que me dé tres días que yo se los pago después. Yo tengo en el trabajo quien me reemplace y salimos mañana jueves el muchacho y yo. Esa propuesta reanimó al grupo. Todos la creyeron posible. Era miércoles a las siete de la noche. Yo hablo con el señor Laverde a las ocho de la mañana. Mientras tanto Luz nos prepara unas mudas y Jesús compra los pasajes para el tren de las diez de la mañana. Son ocho horas, llegamos de noche, buscamos un hotel y mañana estamos en el colegio y allá mismo averiguamos lo de la casa de estudiantes. Esta propuesta les pareció a todos aceptable. Luz María pensó que era como una iluminación. La aceptaron, comieron todos con ánimo y se acostaron todos pensando en el día siguiente.
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Luz María preparó un maletín de cuero con dos vestidos y los otros accesorios para cada uno. Tuvo tiempo de freír un pedazo grande de pescado, dos arepas y una botella de gaseosa para que comieran en el viaje. Esperó que volviera Jesús de su conversación con el señor Laverde. El diálogo con el señor Laverde fue muy corto: -Tengo necesidad urgente de viajar a Medellín hoy. Voy a buscar colegio para mi hijo Jesús que quiere estudiar. Le dijo don Jesús al señor Laverde, su patrón. -¿Hoy? -Hoy. -Imposible don Jesús. -¿Por qué? -Porque yo lo necesito allá. No en Medellín. -Son tres días nada más, que yo se los pago más tarde. -Imposible. -Yo necesito esos tres días desde hoy hasta el sábado. Me los descuenta de la paga. -No – dijo cerrado el patrón. -Es un favor. Se lo ruego. -No. Yo no hago favores.
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-Es por la educación del muchacho. -A mí no me importa la educación. Usted es un peón y debe cumplir con su deber. Don Jesús no salió del despacho. Lo pensó. Luego dijo: -Entonces, señor Laverde, yo me voy sin permiso. Si quiere liquidarme, le ruego que con un mensajero le haga llegar a mi mujer mi liquidación. Hasta luego. Salió de la oficina a las ocho y media de la mañana. A las nueve estaban todos en la estación del ferrocarril esperando a que el tren saliera. Todos estaban en silencio. Los embargaba la tristeza. El padre estaba triste, asustado, le faltaba esa mañana, como una palabra de consuelo. Su alma pasaba por la situación más triste que había sentido: no conocía el tren sino de lejos, se sentía desasosegado, temeroso, asustado, sin deseos de viajar pero urgido por las circunstancias. Temía dejar a Luz María sola, o solamente con su hijo menor. Miró a Jesús, el estudiante y lo vio relativamente alegre, lleno de esperanzas, audaz, decidido, ansioso, como si quisiera en ese mismo instante elevarse al cielo, estar ya en Medellín, jugándose su suerte. Luz María, que tampoco había subido al tren, estaba como él, silenciosa, disimulando su temor dándole caricias a su hijo menor que los miraba a todos como a desconocidos y se entretenía viendo los pájaros que en el bosque cercano jugaban su juego de alas. Definitivamente el más audaz, más decidido y como más esperanzado era Jesús, el viajero que iniciaba su aventura. La primera
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aventura de su vida. Sentía, no sabía por qué, que su vida futura sería amable; era como si fuera a cambiar de mundo, un nuevo sol, otras riveras lo esperaban y no quería recordar ni su vida anterior, n sus pescas con red en el río solitario, ni los llamados insistentes de sus padres. Por alguna causa, él ya se sentía en su viaje con el alma llena de ilusiones. Jesús, el niño, el estudiante, llevaba los tiquetes en el bolsillo de su pantalón. Estaban todos sentados en una banca del salón de espera. De pronto, sonó una campana como la del colegio y la voz varonil de un joven vestido de dril azul oscuro dijo: -Listos para subir al tren. Entonces todos vieron la máquina aproximándose a la estación. Luz María que nunca se había separado de su esposo durante quince años, la mujer que le dijo hacía tanto tiempo que viviría con él hasta la muerte, no resistió y los niños vieron como su madre envuelta en lágrimas se colgaba del cuello de Jesús, el padre, y lloraba sin importarle nada que ella, esa negra alta y todavía hermosa, se agarrara al cuello de su hombre negro también, pero que era su esposo legítimo, y que en medio de su pobreza la había hecho feliz. -Cálmate, hija. Yo vuelvo el sábado. Pídale a Dios que nos vaya bien a todos. Los dos hijos la abrazaron y Mario, el menor dijo: -Viaja tranquilo papá que yo cuido a mi mamá. Todos guardaron silencio. Luz María suspendió el llanto. Jesús, el estudiante, lo abrazó y le dio un beso
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en la mejilla. Hubo una despedida corta y los viajeros subieron al tren sin perder de vista a la pareja que quedaba en la estación. Todo era nuevo para el padre y el hijo. Los montes que atravesaban. Los puentes majestuosos que cruzaban. Las haciendas ganaderas, las montañas verdes, arborizadas y lejanas. Las estaciones donde se detenía el tren por cinco minutos. Las vendedoras de hojaldras y empanadas en las estaciones. Y la nostalgia del viento corriendo con las ventanillas que parecía llevarse todo cuanto la memoria guardaba. ¿Qué estarían haciendo a esa hora a esas horas Luz María y su hijo? Pensaba don Jesús, mientras veía pasar por las ventanas los viejos maizales, los ganados dispersos sobre las cañadas y hondonadas. Había hablado con su hijo por pocos minutos. Toda su atención estuvo ocupada en el inmenso y soleado paisaje que a cada momento se veía pasar. -¿Y qué más le dijo su madre del colegio, hijo? -Que es el mejor colegio de Medellín. -¿Cómo es que se llama? -El Liceo Antioqueño. -¿Le dijeron donde queda? -No sé papá. Pero eso lo averiguamos. -¡Claro! ¡Claro! “Preguntando se va a Roma”, dice la gente. Y de la tal casa de estudiante ¿qué le dijo?
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-No mucho. Que es una obra de una señora que se llama Sofía Ospina de Navarro. Es una obra de caridad. -¡Aja! Gente buena que hay, hijo. En el camino comieron el fiambre que les preparó Luz María. Una sola vez fue don Jesús al baño. El hijo le preguntó: -¿Cómo es el baño? -Un hueco por donde se ve pasar a toda velocidad el empedrado de la vía. -¿Empedrado? ¿Esto va sobre piedras? -Entre los rieles hay piedras. -¡Qué raro! Los ingenieros saben mucho. -Y a usted Jesús ¿qué le gustaría ser: ingeniero o médico? -Si yo pudiera escoger, médico, papá. -¿Por qué? -Se puede ayudar más a los pobres. -¡Aja! Eso como que va en gustos. A mí me gusta mucho la ingeniería. Eso de hacer ferrocarriles, barcos, edificios, es muy bello. Don Jesús Londoño Buriticá, era su nombre completo. Había sido maderero toda su vida. Empezó al norte de Antioquia, en los límites con el Chocó. Su
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madre lo llevó al Chocó a los doce años y allí trabajó en cosas del monte asta que se hizo aserrador. Allá lo conoció don Jesús Laverde y lo contrató para trabajar en los bosques cercanos a Puerto Berrío. Ahora iba peleado con don Jesús, el padre de su patrón, que era don Jesús Laverde, también. En verdad no le importaba. Había ocultado su discusión con el señor Laverde antes de salir del puerto. Es decir, que solamente él sabía que estaba sin trabajo. Pero esperaba que en Medellín le fuera bien con su hijo y él volvería al puerto a arreglar las cosas con su patrón o a buscar otro trabajo. Llegaron a las nueve de la noche a la Estación Cisneros. Recogieron su maleta y salieron a la calle. Era un parque muy concurrido. Al fondo escuchó la música de Alfonso Ortiz Tirado. La misma música que se oía en el puerto. Antes de dejar la Estación, le preguntó a un muchacho por un hotel. -¡Uy! Hay muchos. Siga por esta misma acera y se encuentra con el hotel La Paz. Allí hay buena estación. Siguió adelante y halló el hotel. Era limpio, amplio, de un solo piso, pero la casa era grande. Una muchacha lo atendió. Dijo que necesitaba un cuarto con dos camas. -¿Va a pasar la noche aquí, o el cuarto es para varios días? -Probablemente hoy y mañana, señorita. -El día completo va a 10 pesos cada uno. Al día siguiente, gracias a algunas indicaciones llegaron al colegio. Estuvieron haciendo parte de una
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fila de más de cuarenta personas esperando que abrieran la oficina de admisiones de los alumnos del primer grado del Liceo Antioqueño. La fila iba hasta el centro del patio principal, se movía a una velocidad de un alumno cada diez minutos. Ni el padre, ni el hijo estaban desanimados. Esperar era para ellos un asunto conocido. Hasta siete horas les tocaba esperar que un bote, una canoa o un planchón les pararan para viajar al puerto cuando vivían en el destierro de El Príncipe. Fueron los penúltimos en ser atendidos. A las doce se detuvo la fila hasta las dos de la tarde. Don Jesús se turnaba con su hijo y aprovechaba para traer bananos, una rosca de pandequeso al que estuviera de turno. A las cuatro de la tarde los atendieron. El padre que, lleno de orgullo, llevaba las notas obtenidas por su hijo, las entregó por una ventanilla y escuchó que leyeron: Cinco en todo. Quien anotaba, preguntó: ¿Cómo dice? -Que cinco en todo. Nombre: Jesús Londoño Ortiz Escuela: Central de Puerto Berrío. Estatura: Uno con setenta. Color: Negro. Edad: Catorce años. Padres: Jesús Londoño y Luz María Ortiz. ¿Casados? Casados.
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Entrégueles las instrucciones (dijo el señor que recibía la información). Una señorita blanca, de cara bien dibujada, miró con simpatía a Jesús, él no sonrío. Estaba más asustado que un becerro viendo a un tigre. Recibió un cuaderno de instrucciones y fijaban la fecha de entrada el 20 de enero de 1935. Aquel acto. Aquel momento. Constituyó lo más notable, memorable e importante en la vida de Jesús Londoño. Ni los grados posteriores que recibió. Ni los servicios que prestó a la comunidad negra de Colombia, ocuparían en su memoria un lugar comparable a esa fecha en que fue admitido en el Liceo Antioqueño. Viviría muchos años más; sufriría dolores y penas y muertes dolorosas. Nada en su vida superaría esa alegría, ese triunfo, esa victoria, que significaba tener en sus manos la autorización para pertenecer al Liceo, y llegar a ser parte, en menor escala, de la Universidad de Antioquia. Así era la gratitud que sentía. Ser que podría llegar a ser bachiller, y luego profesional, y después servidor de su comunidad. Hombre culto. Ciudadano de bien. Sus esperanzas no cabían en su cuerpo, y salieron como mudos, llevando el cuaderno de instrucciones a esa plazuela poblada por niños como él, cada quien con sus sueños, sus esperanzas y sus fantasías. Instintivamente se orientaron al hotel, sin saber en donde estaban. Vieron la iglesia de San Ignacio y recordaron la ruta que los había traído desde el hotel al Liceo. Caminaron despacio, en silencio, cada cual con distintos pensamientos: el niño pensó en su futuro. Varias veces se detuvo a apreciar el
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imponente edificio del Liceo. Miraba las calles, las casas, los pequeños edificios y la circulación de los automóviles que casi lo mareaban. Salieron de la Plazuela y como si ambos conocieran el camino dieron con la pensión. Eran las cinco de la tarde. -¿Por qué no vinieron a almorzar? Les preguntó una señora del servicio. -Logramos inscribir a este muchacho en el Liceo Antioqueño para el año entrante. A eso veníamos. ¿Cómo nos podemos regresar al puerto? -El próximo tren saldrá mañana a las 7 de la mañana. -Entonces vamos a descansar. -¿A las cinco de la tarde? -Sí señora, estamos rendidos. La mujer miró al hombre y luego al muchacho. Se quedó pensando y tranquilamente les dijo: - Como ustedes quieran. Desayunaron a las seis de la mañana. Estuvieron listos a las siete, cuando el tren estaba ya poblado de pasajeros. -¡Y no averiguamos el asunto de la casa estudiantil, o como se llame eso! Comentó el padre. -Papá, es octubre, tendremos que volver después de diciembre para averiguar eso. Hicimos lo más importante. Luz María se va a alegrar mucho.
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-Si hijo, pero yo estoy pensando muchas cosas sobre eso. ¿Recuerdas al tío Ricardo, el que vino a tu primera comunión? -Sí, papá. -Pues yo pienso que Richi vive en Medellín. Él estaba estudiando mecánica de carros cuando nos visitó. ¿Dónde estará ahora? ¿Tal vez en esta ciudad? Luego de un rato de silencio le dijo a su hijo: -Tú no recuerdas que él habló algo sobre unas clases que recibía, ¿de qué? -Yo recuerdo que habló de mecánica de carros. -Eso es. Él es mecánico de carros – dijo el padre. Yo no te he contado quien es Ricardo, al que le decimos Richi. Él dejó la casa apenas de diez años. Tenía un temperamento independiente, algo hermético de esos que no hablan sino lo preciso. Mientras yo subía por el monte, conociendo árboles y caminos, él se tiraba en el arenal del río y leía ya despacio una revista vieja que tenía un carro desarmado. Yo no sé quién llevó a mi casa esa revista, debió ser muy vieja, pero en eso se entretenía horas y horas. De pronto Richi se voló de la casa, unos dicen que fue por los caminos que salen al pueblo antioqueño Bolívar, y que de allí salió para Medellín. Pero algo tiene extraño, como adivino o brujo, porque cuando yo estuve ya trabajando con el señor Laverde, me hizo saber que estaba estudiando en Medellín en una escuela de artes y oficios.
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-¿Cómo se sostenía? ¿Quién le ayudaba? Nadie lo sabe. Fue aventurero. Dicen que mujeriego. Pero se defendía por sí solo, hasta que apareció en el puerto vestido todo de blanco en tu primera comunión hace seis años, con un vestido que no te sirvió, te quedó estrecho porque pensaba que eras un muchacho normal y se encontró, para tu edad, con un gigante. Llegaron a las siete de la noche. El puerto hervía de gente. Nadie sabía de dónde salía tanto movimiento, tanto ruido, tanta música en las esquinas. Obreros, braceros, tenderos, radiolas, gente ebria y otra conversando voz en cuello. Al papá le vio el joven un paquete en la mano cuando bajaron del tren. El muchacho llevaba la maleta. -¿Qué es eso papá? Preguntó Jesús a punto de llegar. El padre se llevó el índice indicando silencio. -Se me olvidó – le dijo – un regalito para Luz María. En Caracolí le compré una hojaldra por ver si esto la calma. Su hijo sonrió. Era viernes en la noche. Ella los esperaba el sábado. Pero su alegría fue inmensa al verlos. -¿Cómo les fue? ¿Pudieron hacer todas las vueltas? Preguntó ansiosa. Mario los abrazó y se puso feliz al verlos. -Casi todo, hija – respondió Jesús. Pero lo más importante fue que pude inscribir a Jesús en el Liceo. Es un edificio imponente y por lo que escuché,
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es el más importante colegio de Medellín. Es, mija, para pobres, ricos, negros, blancos, indígenas y hasta para extranjeros. Es una maravilla en orden y atención. Ayer estuvimos esperando el turno desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Comíamos chucherías en el día pero al final llegamos. Hubo una fila de casi cien personas: muchachos, padres de familia, indios con sus faldas; negros sudando, y todos con ese espíritu de llegar al cielo. -¿Tanto quiere la gente la educación? -Así, hija, y más. Toda la gente quiere saber algo, dijo el padre, como si hubiera leído alguna vez a Aristóteles. “Todos los hombres desean naturalmente saber”, escribió el filósofo. El padre recordó que la averiguación sobre la casa del estudiante no había sido hecha. Entonces le recordó a Luz María la persona de Ricardo, el cuñado. ¿Tú sabes, por casualidad, dónde está Richi ahora? Es que tengo la malicia de que cuando estuvo aquí hace seis años, en la primera comunión de Jesús, él dijo dónde estaba. La mujer trató de recordar, y al cabo le dijo: -Creo que en Medellín… si. En Medellín. Allá tiene un taller de mecánica, eso dijo. Como habla tan poco… ¿Para qué necesitas a Richi, hijo? -Porque si Richi tiene casa en Medellín, yo podría arreglar con él para que tuviera a Jesús cuando él empiece sus estudios y no haya que buscar las casas de caridad, como dijo la señora Vargas. Esto era una muestra de orgullo que le era característico.
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¿Pero dónde vivirá, en qué condiciones? ¿Podrá ayudar al muchacho? Esto debía definirlo antes de la fecha de entrada al colegio de su hijo. Como era sábado y Luz María no había recibido ningún pago de parte del señor Laverde, fue al a oficina de pago a reclamar el suyo de los tres días que esperaba. Hacía cuenta de que eran unos cinco pesos. Le quedaba la tarea de buscarse otro trabajo en el puerto o en el río. Sin rencor, sabiendo que había sido la culpa de Laverde, entró con la cabeza alta a la oficina. Su sorpresa fue grande cuando el pagador le dijo: -Este es su pago, don Jesús, y me pidió el señor Laverde que si usted venía que por favor le dijera que lo esperaba en la oficina. Recibió su sobre y le dijo: -¿Puedo seguir? -Por supuesto don Jesús. Oyó que le decían. Subió dos escalones y vio al señor Laverde tomándose un café. Era alto, robusto, blanco y canoso. Miraba fijamente a los ojos y escuchaba con atención: -¿Cómo le fue por Medellín? Le dijo. -Bien señor. Pude inscribir al muchacho en el Liceo Antioqueño. Empieza su bachillerato en enero. Eso me tiene satisfecho. -¿Ya tiene trabajo? -No señor.
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-Vuelva a su puesto, don Jesús, si todavía le interesa. Y le concedí permiso hasta el lunes y le reconocí los tres días. ¿Ya recibió su pago? -Acabo de recibirlo don Jesús y no he abierto el sobre. -Bien. La educación es una bendición. Yo no tuve sino el hijo que usted conoce. Vive en Bello de allí despacha madera para Medellín. Está casado, no quiso estudiar y sus hijos tampoco. Por eso yo admiro a los que estudian. ¿A su hijo le gusta estudiar? -Sí, señor. -Afortunado usted. ¿Es alto como usted? -Tiene catorce años y mide 1.70 metros. -¡Qué maravilla! Le deseo mucha suerte. -Gracias señor Laverde. -Salúdeme a Luz María y felicítela también. -Gracias señor. Salió de la oficina, que era un reburujo de tablones de diversas maderas, chicotes de guayacán, un zurriago colgado de la pared y un escritorio lleno de papeles. Pero era exportador de maderas preciosas y cada mes un barco zarpaba de Puerto Berrío destino con a Barranquilla, llevándose parte de la riqueza de Colombia. Don Jesús Londoño salió. Abrió el sobre y vio diez pesos. Se alegró. Le contó a su mujer y a los muchachos y se aprestó para volver a su trabajo.
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Sabía que allí no había pasado nada. La vida se rutiniza en todos los oficios. Hay saltos y sobresaltos, pero la esencia de la vida es pasar.

Yo estoy intentando contar una vida que ya pasó, dejándome una huella profunda que comunico a mis pocos lectores. Hoy son recuerdos, memorias pasadas de un hecho que ocupó una fracción insignificante del tiempo. Mañana ya será historia, pero estuvo llena de vicisitudes, saltos, contradicciones, temores, vergüenzas. Días de hambre, miseria y soledad, pero fue una vida. Lo que hacemos muchos hombres es revolver la historia, que es el paso de la misma vida, en busca de un ser humano o de un pueblo que sufrió por la indiferencia de sus contemporáneos y contar – muchas veces sin gracia ni creación – la vida de seres oscuros que vivieron, lucharon, tuvieron ideales y pasaron sin ningún recuerdo al olvido. ¡Ah! El olvido es la voz de los humanos que mueren creyendo que hicieron algo por sus vecinos y, en síntesis, es lo único que le da sustancia al pasado. Vendrán hombres, ilusiones, esperanzas, sueños. Ese día que esperamos será mejor y llega y es igual o peor, pero ya pasó. Sueño cumplido es sueño pasado. Vivimos llenos de esperanzas: nombre, reconocimiento, comentario benéfico, y soñamos en una gloria que solamente yace en nuestras almas. Yo estoy contando la vida de Jesús Londoño. Fue bella, esforzada, brillante por su inteligencia, útil, muy útil, pero ya pasó. Fue médico y amó a sus pacientes tuberculosos, leprosos, desnutridos en los bosques más feraces del mundo. Pero ya pasó. De qué sirvió su esfuerzo, sus viajes a pie cubriéndose con un abrigo viejo. Ya fue. Ya pasó. Fue un hombre bueno. Pero la muerte disolvió sus huesos y ahora otros mueren de los mismos males que él quiso combatir.
En una lancha motorizada estuvo instalado el lunes a las cinco de la mañana, en compañía de otros
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trabajadores que seguían la misma ruta, río abajo, con destino al paso del Príncipe, donde tenía ropa de trabajo, en su antigua choza que ocupara Luz María y sus niños. Un banco de neblina posado sobre el río dificultaba un poco la marcha. Pero la lancha con su luz difusa delantera, rompía la oscuridad y avanzaba a buena velocidad sobre el río que fluía silencioso. Al amanecer, cuando ya se veían los arenales de las orillas y los pájaros en bandadas de colores atravesaban la ruta de un lado al otro del río: pericos, guacamayas, palomos que madrugaban buscando sembrados de maíz, le daban al recorrido un aire de paseo. Don Jesús no fumaba, pero aspiraba con agrado las bocanadas de humo de tabaco de algunos de sus compañeros, algunos de los cuales le eran conocidos, aunque trabajaban para otros patrones. El sol empezó a verse entre los árboles de las riveras y un calor húmedo se sintió sobre los cuerpos de todos. La tendencia general era de silencio, aunque de vez en cuando uno de los trabajadores entonaba trozos de una canción vieja, de la cual repetía una estrofa. Parecía que estaba enamorado de una muchacha de ojos verdes. “Verdes como los llanos eran tus ojos Verdes con dicen que es la esperanza. Verdes como la mar cuando en las tardes”… Repitió estos versos varias veces, pero no pasaba de allí. Un compañero que iba a su lado le decía, ¡bravo! La próxima vez nos cantas otra estrofa… y todos reían.
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Don Jesús pensó en su hermano. Recordó que al terminar la escuela primaria dijo que le gustaría aprender mecánica de autos, pero en Quibdó en ese tiempo había dos o tres autos y los otros medios de transporte eran en carro de bestia o en canoa, si era por el río. A poco, desapareció de su memoria. De pronto, sintió que la lancha desaceleraba. Vio a lo lejos su rancho, el mismo remanso hondo con sus eternas ondulaciones de siempre. Le pareció ver a Jesús, su hijo, atravesándolo a nado de apenas tres años – descendió antes del remanso y se encaminó a la choza. -Salud, don Jesús – le gritaron de la choza siguiente. -Salud, Salustino – respondió. Nos estaba olvidando ¿No? - No señor. Tuve que ira a Medellín a una vuelta con mi hijo. Y ¿Cómo están todos por aquí? -Bien. Bien. ¿Qué hay de doña Luz María? -Están bien todos, gracias a Dios. - Y ¿Qué hará hoy? Preguntó. -Voy a afilar una sierra y a prepararme para mañana. Entró a su choza. Toda estaba vacía. Sacó de un cajón una olleta de cobre, prendió fuego e hizo café. Eran las tres de la tarde y se puso a afilar con una lima una sierra trocera amellada. Volvió a pensar en su hermano Ricardo. Así es la memoria. Uno quiere recordar algo, y éste solo deseo
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inconscientemente se convierte en una obsesión. Se va de la mente al objeto, entramos a hacer otras cosas. Aceptamos otros resultados. Nos proponemos hacer algo. Aparentemente nos desentendemos de lo que queremos recordar. Repetimos estos pasos varias veces, pero, de pronto, vuelve el recuerdo del objeto que queremos recordar. Entonces nos hacemos preguntas: ¿Fue ayer? ¿Cuándo? ¿Qué dijo sobre el asunto? ¿Sí lo dijo? Volvemos otra vez a olvidar. Se nos borra de la memoria todo. Entran otros pensamientos. Actuamos. Nadie sabe el movimiento de las células cerebrales ordenando, cambiando posiciones, reorganizando las ideas presentes, pasadas, de pronto, se obtiene una configuración que le rebela a la conciencia la verdad buscada. Aparecen palabras, recuerdos de lugares, personas, cosas y al final, el recuerdo llega. Hay una calma. Un descanso, y la verdad buscada aparece. A don Jesús le pasó esto. Recordó el día de la primera comunión de su hijo, lo que hizo, lo que habló, las palabras de Mario, las de Luz María, lo que él dijo, lo que él le dijo, todo esto un día y otro día, y pasan los días. Se aplica la memoria en otras cosas. De pronto Luz María dice algo que lo lleva al recuerdo que busca, y vuelve a hacerse presente la necesidad de recordar. Pero viene a la memoria nítido lo que se quiere recordar y todo parece claro, ordenado. Se forma la figura mental clara. Lo que Ricardo dijo fue que había salido del Instituto Industrial Pascual Bravo, con el grado de técnico en mecánica automotriz. Que tenía su taller cerca del Bosque, un lugar de recreo que existía en Medellín… Esta fue la memoria que lo atormentó varios días y noches, ho123

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ras de trabajo, de descanso, charlas con su esposa, con su hijo, hasta que, tras largo tiempo de conservar el anzuelo esperando una picada… Cayó el pez. Se acordó de lo que muy claro le dijo Ricardo. Este solo hecho, cambió el curso de los acontecimientos, la suerte de Jesús, su hijo, la calma de Luz María que venía pensando en lo que había dicho Ricardo hacía seis años en la fiesta de la primera comunión de Jesús. Terminó de afilar la sierra, todo el tiempo pensando en Ricardo. Al final se sintió satisfecho. Había conseguido recordar nítidamente a Richi, y los múltiples filos de la sierra parecían agujas de acero inoxidable por lo agudos y brillantes. Ahora sí pudo pensar en su hijo: viviría en la casa de su tío. Desde allí iría todos los días al Liceo. Almorzaría en la casa escolar y por la tarde volvería a la casa de su tío. Se sintió satisfecho. En una tarde había resuelto el problema de su hijo. Si tuviera a Luz María allí, a su alcance, le habría referido cuánto se atormenta uno con la memoria incierta. Pero ya tendría tiempo de explicarle lo que había conseguido ese tarde. Ahora se explicaba lo afanes de su mujer sosteniéndole que ella recordaba, así, entre gallos y media noche que Ricardo, su cuñado, le había hablado de un bosque, era El Bosque, un barrio de Medellín, por donde vivía. Cuando estuvieron juntos otra vez y ella supo lo que había recordado Jesús estando en el monte, ella recuperó su calma interior. Dio gracias al cielo y celebró con sus hijos la noticia. Ahora no tenemos sino que volver a Medellín, averiguar donde es El Bosque,
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conocer la familia de Ricardo, que se entiendan ellas, las dos esposas, y arreglar las condiciones en que ellos recibirían a Jesús para que él viviera allí. Acordaron que en diciembre irían todos a Medellín, a conocer la ciudad y a pasar ocho días con sus familiares. Don Jesús volvió a su trabajo con ese ánimo que le dio la noticia y resolución que había acordado con su familia. Dos días más tarde, estando en el bosque, le hicieron saber que don Jesús Laverde lo estaba necesitando en el puerto. Don Jesús Londoño arregló sus cosas para irse al otro día a atender el llamado de su patrón. En el puerto estuvo a las once de la mañana. Subió directamente a la oficina del señor Laverde. -Celebro verlo, Jesús – dijo - ¿Usted tiene inconveniente de viajar a Medellín, con viáticos, a hacerme una diligencia con los Barrenechez allá? -No, don Jesús. ¿De qué se trata? Preguntó. -Es arreglar con ellos un pedido de cedro blanco para ser entregado en dos meses. Usted y yo acordamos un precio, y usted lo negocia, bajándole hasta un diez por ciento. Si no lo aceptan, usted se vuelve. Recuerde que va como administrador de mi empresa. Después va a la ferretería “Santamaría” y compra cinco sierras trozadoras que necesitamos. - ¿Cuándo puede salir? – preguntó. -Mañana mismo, señor. -Listo. Si necesita un día más, lo espero el viernes aquí.
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-Si señor. El negocio con los Barrenechea no tuvo inconvenientes. Tuvo que rebajar solo un tres por ciento. Las sierras las compró inmediatamente, así que se encontró con un día y medio de tiempo libre. Entonces los aprovechó para buscar a su hermano, quien vivía por los lados de El Bosque. Preguntando, preguntando, descubrió el taller, R. Londoño. Era una casa grande a la que se la habían derruido todas las paredes, excepto un rincón donde, al parecer, había todavía dos cuartos. Se había construido una balconada que dominaba todo el salón con escalas de madera y un pequeño corredor que llevaba a una pieza. Había tres o cuatro máquinas, tornos, fresadoras con sus operarios. En el patio al aire libre, varios automóviles, y era notable un soldador intermitente que lanzaba lluvias de chispas de fuego. Eran unos seis obreros. Ejes, rines, cabezotes y grasa, aceite, mugre sobre un piso de baldosa grabada de color rojo oscuro. Se escuchaban ruidos de martillos y por sobre todo, una música argentina de arrabal… Se sintió desorientado. Sin embargo, le preguntó a uno de los obreros, que eran todos blancos: -¿El señor Londoño se encuentra? El obrero entendió de inmediato que era un hermano o familiar de don Ricardo. Era la una de la tarde. -Él está – dijo – señalando el cuarto del balconcillo. Pero está dormido. ¿Por qué no viene a las cuatro? Usted es familiar ¿verdad?
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- Soy su hermano. ¿Y puede dormir con tanto ruido? - ¿Cómo le dijera?… es que está acompañado. -Comprendo. ¿Él vive aquí? -¿Cómo le dijera?…Él vive aquí, en el balcón o en cualquier parte, donde lo coja la noche. En ese momento se abrió la puerta del cuchitril y salió precipitadamente una muchacha blanca, de regular estatura, pintada y cabellos negros. -¡Bruto! Me cogió la noche. – dijo. Adiós Armando – le dijo al joven que hablaba con don Jesús. Me cogió la noche ¿Qué horas son? -La una y cuarto. -Me van a echar… -¿Quién es? Preguntó don Jesús. -Una amiga del patrón. Es portera en el Hospital San Vicente de Paul y le gusta hacer la siesta con don Ricardo. Don Jesús la vio partir: falda negra cortísima, blusa roja. Los otros muchachos silbaron acompasados cuando salió. Al poco rato, se abrió la puerta del cuarto encaramado y salió la figura inconfundible de don Ricardo: pantalones negros con tirantes negros para sostenerlos en la cintura, delgado, alto y negro. Quien veía esta figura, estaba viendo a Ricardo Londoño, dueño de un buen taller de mecánica. Soltero, enmozado
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pero de urgencias varoniles. Buena persona, pero intransigente. Al ver a don Jesús mostró alegría. -¡Hermano! – gritó desde su balcón y empezó a descender, pero don Jesús iba a su encuentro y algo le dijo que lo hizo detener en el segundo escaño. -Prefiero hablar contigo allá arriba, si no tienes inconveniente. -¡Claro! Jesús, ésta es tu casa, sigue. Se devolvió los dos peldaños y lo esperó para saludarlo de abrazo. Eran de igual estatura, aunque el más fornido era don Jesús. Tal vez la vida al aire libre de éste era más sana que la vida libre que llevaba Ricardo. El diálogo fue en el cuarto diminuto, que contenía solamente una cama, un espejo largo colgado de la pared frente a la cama y un sanitario separado por una cortina de tela azul. -¿Tú aquí? – preguntó Ricardo. - La vida, hermano, que junta hasta desaparecidos… en verdad vine porque te necesito con cierta urgencia – dijo Jesús. -¿Problemas en el puerto? – preguntó Ricardo con cierta ansiedad. -No. No trates de adivinar que no lo lograrás. Es algo personal. Ricardo descansó, pensó que era asunto de dinero y esperó el golpe.

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-Me sucede esto, Richi: hace seis años tú fuiste a la primera comunión de mi primogénito, Jesús, ¿Lo recuerdas? -Claro que sí. -Ya era una joya. Bueno, ese muchacho en la escuela fue una especie de genio. Una amiga de Luz María, mi mujer, la entusiasmó que lo entrara al Liceo Antioqueño aquí. Yo vine hace ocho días a Medellín y lo inscribí para el primer año, en enero del año entrante. Logré que lo recibieran. Todos quisieron conocerlo porque sacó cinco en todas las materias durante cinco años. Mi mujer y yo, lloramos de alegría a cada momento. Ahora sabemos que entrará al Liceo el año entrante, 1934 y que luego será médico. ¿No es esta nuestra mayor esperanza? Yo no sabía que estabas instalado aquí. Ahora que lo sé, he pensado que tú nos ayudes con el muchacho. Es tu ahijado y tu sobrino. -¿Cómo le puedo ayudar? -Dándole, si tú quieres, posada en tu casa, para que él pueda ir al colegio. Yo te puedo pagar algo mensual por ese favor. Yo soy un peón pero he podido sostener mi casa en el puerto y vivimos decentemente. -Hermano – le dijo Ricardo: “Yo no tengo hogar”. Vivo donde las putas. Yo soy un perdido… y apretó el brazo de su hermano, como pidiéndole perdón. Jesús inclinó la cabeza. Pensó en mil cosas, pero lo venció el sentimiento. Obviamente no debía reprocharle nada.
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-¿Pero tienes una mujer en especial? Preguntó. -Todas son iguales, Jesús. Nunca se me ha ocurrido pensar en eso. Este taller lo pagué en tres años. Ahora vivo bien de él. Pero, dime, si estás buscando una casa que reciba al niño ¿Por qué no alquilas una casa aquí y traes a tu familia? Aquí los arrendamientos son baratos y en eso si te puedo ayudar – dijo – animado otra vez. O comprar una casa pequeña, bien situada. En eso yo te puedo ayudar. -¿Y mi trabajo? Aquí no hay montes. -Vendrás una vez al mes. Así vive mucha gente y tú tienes una mujer muy buena y perdona que te lo diga. Quedaron en esto: Jesús volvería a su trabajo. Ricardo quedaba encargado de buscar una casa pequeña, si mucho, de tres piezas, cercana al Liceo, barrios que Ricardo conocía. En 1934 Medellín era pequeño, con pocas fábricas y se veía iluminada por las noches como una tacita de plata entre tantos cerros. Mientras don Jesús le rendía cuentas al señor Laverde y le entregaba las sierras que le había comprado en el almacén Santamaría; Ricardo sacaba una hora de su trabajo y buscaba por Buenos Aires y más cerca, la calle Niquitao, una casa mediana, con todos sus servicios. El primer día que en su carro viejo, Ford, pero bien arreglado, buscó una casa, literalmente, se enamoró de una casita a seis cuadras del Liceo, incluso con un subterráneo, que, en su caso, podía usar para guardar repuestos. Entonces usó sus dotes de negociante. Le pidieron por la propiedad quince mil pesos al contado.
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Empezó su trabajo: -¿Usted sabe que en los proyectos más cercanos del municipio, este barrio va a desaparecer? Yo trabajé en el Departamento de Planeación hace dos años y todo esto va a ser cambiado por una sola avenida. -“Pues aquí me encontrará la tal avenida”. Estas propiedades son muy costosas. Le dijo el vendedor. -Yo le haría una propuesta por esta casa, si usted no hubiera pensado que aquí hay oro enterrado. ¿Usted sabe cuáles son los precios que ofrece el municipio por estas casas? -No lo sé ni me interesa. Silencio. El negro comprador enciende un cigarrillo Victoria. Le ofrece al vendedor. Éste lo acepta. Fuman al tiempo. -¿Usted dónde trabaja hora? -Tengo un taller automotriz cerca de El Bosque. -¡Ah! Al otro lado de la ciudad. Aquí no puede traer el taller. -Lo sé, es para una familia. -¿Vive en el Chocó? -No señor, está en Puerto Berrío. -¡Ah! ¿Cuánto ofrece por la casa al contado? -¿Quiere saberlo? Le doy peso sobre peso: diez mil.
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Esta casa no tiene donde sembrar ni una mata de yerbabuena. -NO. Pero está en el centro. -El centro de Medellín, no se sabe donde va a quedar, señor. -A usted le gustó la casa, súbale a la oferta y vuelva después. -¿Por qué no le rebaja para que negociemos ya? -Usted se colocó muy bajo. ¿Cuánto le sube? -¿Cuánto le baja? -Usted me parece una persona honrada. -Gracias, señor. -Bautista Gómez, para servirle. -Ricardo Londoño, servidor. El precio de la propiedad que compró don Ricardo fue de doce mil pesos. La pintó. La arregló como para pasarse al otro día y la cerró. Terminaba el mes de octubre. Cuando se iniciaron los arreglos de las calles, casa y ambiente a causa de las festividades de diciembre, Richi le gastó en iluminación y embellecimiento varios pesos. Estaba contento. Entonces sí dejó encargado de su taller a su primer maestro y viajó al puerto cargado de regalos para Luz María, Jesús y sus hijos. Fue una sorpresa. Luz María lo encontró tan viejo como lo creía. Vestía de blanco, como lo hacen en la costa atlántica y a los mucha132

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chos de Luz María les pareció simpático. La señora y los muchachos le insistieron que pasara unos días con ellos, ya que Jesús tardaba hasta el sábado. Él les repartió los regalos pero se guardó para el sábado la noticia de la casa. Ricardo aprovechó varias horas en hablar con los muchachos. Quería estar un rato con el hijo mayor de Jesús, de quien le habían hablado maravillas en Medellín. La vida de Ricardo había sido variada y profunda. Muy rápidamente había comprendido las mil y una formas en que se divide la inteligencia humana. Tal vez él era inteligente en una forma que le había ayudado a sobrevivir y aún destacar entre muchos de sus amigos y compañeros. No era rico, tal vez porque no ambicionaba dinero, sino que se conformaba con un pasar. Pero cuando le llegaba mucho dinero, lo dilapidaba en mujeres, en paseos, en viajes, en amores, en cosas baladíes y sin mucho esfuerzo, lo daba a ancianatos, a pobres vergonzantes, a miserables. Pagaba bien a sus trabajadores, los sacaba de líos. No temía al futuro. Sabía que llegará un momento en que no tendría nada y tampoco lo necesitaría. Sencillamente había vivido. De pronto, entró Jesús, su sobrino, a la sala. Lo observó mejor y le pareció que tenía su mismo tipo. Su misma fisonomía. Alto, de hombros amplios, piel delgada y morena, dientes blancos y el mismo aire de su padre. -Con que tú eres el gran estudiante de esta casa. ¿Qué piensas de la vida, hijo? -La vida, tío, es una lucha entre el mundo y nosotros.
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-Y ¿Quién gana en esta lucha?, Jesús. – preguntó Ricardo. -Yo creo que la muerte, tío. La muerte acaba con la vida. Dijo Jesús. Entonces Ricardo que estaba animado con las respuestas del niño, cayó de pronto en uno de sus silencios. Recordó su taller. Recordó a las muchachas que iban a su taller en busca de una siesta activa y unos pesos. Pensó en su vida: errante. Medellín, Pereira, Cisneros, Bello y de pronto un como abandono de sí mismo. Unas veces tenía suficiente dinero. Otras, “Pilaba por el afrecho”, como él mismo decía. Quiso hablar con su sobrino que, según todos, era muy inteligente, pero le cerró el paso. Principió por el final. Él no pensaba en la muerte. Aunque vio morir a sus padres, eso no lo sacudió, no lo puso a pensar. Estaba enamorado de una mujer casada y se jugaba la vida por ella. Pero entre ellos no sucedió nada y ahora no sabía si estaba muerta o viva. Tuvo que aceptar que su sobrino, de solo catorce años, era inteligente. Haría bachillerato en el Liceo. Pensó. -Después del bachillerato ¿Qué estudiarás? Le preguntó al muchacho que seguía silencioso hojeando un libro. -Después viene servir al prójimo. Contestó Jesús. -Buen propósito, dijo el tío. En eso, entró al saloncito Luz María con un pocillo de café en sus manos para Ricardo. Estaba hermosa. Éste la miró a los ojos, apreció lo bella que
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era, desechó pensamientos absurdos que cruzaron por su mente y le dijo: -Gracias, cuñada. Un tinto a esta hora sabe delicioso. Pero – le dijo – yo no siento el calor tan insoportable de que hablan del puerto. -Espera que suban las diez de la mañana y hablamos – dijo Luz María. Es un calor húmedo que parece brota de las cosas. Te envuelve, te desasosiega, te desespera. Luego el cuerpo como que se adapta, pero tú sigues en un hervor que te cocina el cuerpo. Éstos pájaros que escuchas, ya no existen. El sol vibra en las calles como un acordeón que no suena, pero se siente. Se respira calor. Se exhala calor y el genio de la gente empieza a hacerse áspero. Sin embargo todo el mundo va de aquí para allá, como si el calor los acelerara, como al tren. -¿Con que así es la cosa? Comentó Ricardo. Pronto las cosas serán distintas, Luz María. -¿Pronto? ¿Qué quiere decir pronto, don Ricardo? Preguntó no alarmada sino asustada. ¿Jesús le contó el problema en que estamos con el niño? -Un poco, hablamos de eso. -¿Pueden recibirlo usted en su casa? -¿Quiénes somos “ustedes”, Luz María? -Pues usted, su mujer y sus hijos. -Sucede, Luz María, que yo estoy soltero. ¿No le había dicho Jesús? No tengo ni mujer ni hijos.
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Don Jesús si le había contado eso a Luz, ella lo sabía, pero suponía que tenía un hogar organizado con una mujer, a eso se refería, pues no le importaban las uniones libres y discretas, y que no tendrían inconveniente en recibir a Jesús, su hijo. Pero la respuesta de Ricardo la dejó abrumada. -¿Cómo? ¿Usted no es casado? ¿Y con quién vive, pues? -Vivo solo. Por eso no le pude ayudar a Jesús. Pero encontré una solución mejor para la permanencia del niño en Medellín. -¿Cuál solución? – preguntó Luz María sin poder pensar en lo que le decía. -Que usted con su familia se vayan a vivir a Medellín. Así lo niños y ustedes tendrán un hogar cercano al Liceo. Hubo silencio. Luz María soltó la risa. -Usted está loco – le dijo. -No. No estoy loco. El asunto ya está arreglado. -¿Cómo? ¿Sin saberlo Jesús? ¿Está loco? Cambió el rostro se puso seria. Por primera vez vio la cara de Luz María como si le hubieran hecho una propuesta indigna. Lamentó que Jesús no estuviera allí. Yo no le entiendo su enredo, ni lo quiero escuchar. Pensó echarlo de su casa. En cierta forma, Ricardo, que era naturalmente algo cínico, vio que había, sin quererlo, herido la
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dignidad, el honor de Luz María. Ella tomó a su hijo por los hombros, como exponiéndolo primero al combate. Ricardo sintió que había herido a aquella mujer irreparablemente. Sintió vergüenza, pena, dolor, autorrabia. Se puso de pie. -No, Luz María. Yo no me he hecho entender. Escúcheme por favor: hace pocos días Jesús, mi hermano, encontró mi taller en Medellín. Es un taller modesto, pero resulta mucho trabajo en reparar automóviles. Él me refirió las condiciones del niño para vivir en Medellín y estudiar en el Liceo Antioqueño. Él también creía que yo era casado y tenía mujer e hijos. Pero al saber la realidad de mi vida, yo mismo le propuse que hiciera el esfuerzo de alquilar una casa pequeña en Medellín y se trasladara con su familia a la ciudad. Él descartó esta posibilidad por varias razones: que no tenía dinero para alquilar una casa y sostenerla en la ciudad. Segundo, que nunca había pensado en separase de su familia y menos comprar una casa en Medellín. Él salió de mi taller desconcertado. ¿No le contó a usted? ¿No le dijo cómo vivo? Luz María, que había escuchado con atención la explicación de Ricardo, le respondió: - Sí. Encontró el taller. Que usted vivía solo en ese taller y que ese no era sitio para que nuestro hijo pudiera vivir allí. Nada más. -Así fue. Continuó Ricardo. Pero más tarde, yo me puse a considerar el estado de Jesús. El haber trabajado duro, toda su vida y no poder ahora enviar a su primogénito al colegio donde quiere estudiar, y
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me dije: ¿Para qué sirve el dinero si no es para estos casos en que uno puede ayudar a un hermano? Saqué unos ahorros míos y escogí una casita para que ustedes vivan y puedan educar a sus hijos. -¡Santo Dios Bendito! Dijo Luz María loca, ciega, inconsciente. Se desprendió de su hijo, y acudió donde Ricardo, con los brazos abiertos. Él la recibió, la abrazó, la besó en las mejillas, y lleno de emoción le dice: -¿No te mereces, con Jesús, este premio? – se refirió abiertamente a su esposo. Luz María se desprendió de Ricardo como de un padre, de un hermano y no sabía dónde poner su emoción ante la sola noticia. Lo miró con cariño, con agradecimiento, con una alegría que no le cabía en el pecho. De pronto, Ricardo preguntó: -¿Cuándo llega Jesús? -Mañana. Viene mañana. No sé cómo, ni cuánto, se va a alegrar. Él se va a enloquecer de la alegría. Saber que nos podemos trastear a una casa propia. En Medellín. Cerca del Liceo. ¿No te parece maravilloso, milagroso, Jesús? Dijo a su hijo. - Sí mama, es maravilloso. Esa noche Ricardo los llevó a los tres Jesús, Mario y la madre a cenar al mejor restaurante del puerto “La Sirena”, administrado por una señora francesa. Comieron comida de mar. Los niños la devoraron.
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Ellos se engolosinaron con un arroz con camarones. Al terminar, empezó a sonar un bolero de René Cabel. Ricardo le preguntó: -¿Bailamos? Si. Dos piezas nada más. Bailaron. Él miró su reloj; eran las diez y media. La noche era tibia pero agradable. Había estrellas en el cielo y ráfagas de aire templado despeinaba un poco los cabellos largos y pulidos de Luz María, quien lucía un vestido rosa y zapatos blancos. Al día siguiente, sábado, llegó don Jesús. Traía su pago en un sobre café oscuro en el bolsillo de la camisa. Estaba sudado. Embarradas las botas. Guardaba su ropa de calle en el cambuche y allí mismo la cambiaba por unos pantalones cortos, de dril, que eran los de combate. Estos los traía en una bolsa de la que asomaba un gajo grande de plátanos a medio madurar. Así abrazó a Luz María al llegar a la casa. Cada sábado que Jesús regresaba de su duro trabajo, llevaba a su hogar un racimo de plátanos verdes o maduros, un racimo de chontaduros rojos o un pescado grande. Era la alegría de los chicos y de Luz María. Cuando Jesús, ése sábado, se vistió su traje de calle: pantalón de paño bien planchado, camisa blanca, zapatos lustrados por su mujer o por uno de los chicos, chispeado de loción, sus niños lo rodeaban, preguntándole cosas relacionadas con el trabajo. Él aprovechaba esos momentos para hablarles de lo importante que es la educación. Ese hacer la cosas más con la inteligencia que con las manos. Ese día, serían las cuatro de la tarde, vino Luz María a interrumpirlos con una noticia que los niños sabían pero
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que desde temprano les había pedido que no le comunicaran a su papá hasta que ella lo hiciera. La noticia era, simplemente, la llegada de Ricardo y la increíble noticia de que les había comprado una casa en Medellín, porque estaba preocupado desde que supo que su ahijado Jesús no podría asistir al Liceo. Don Jesús escuchó la noticia con especial atención. -¿Cuando llegó? -El jueves por la tarde. -¿Dónde está? -Creo que en el hotel. Te está esperando para darte la noticia – dijo la esposa. -¿Pero ya vino aquí? -Sí. El viernes nos dio la noticia e incluso nos invitó a comer al restaurante La Sirena. Estuvimos allí como dos horas, incluso bailé dos piezas con él. Es tan buena pareja como tú. Explicó Luz María con alegría. -¿Y tú estás feliz con su vidita? – preguntó Jesús. -Imagínate hijo. Venirnos del cielo esa ayuda en este momento, cuando no sabíamos si Jesús podría estudiar. Tú sabías la locura que siente el niño por cursar su bachillerato; cuando todas las puertas se habían cerrado, de pronto, milagrosamente, aparece tu hermano con esta noticia. Yo, Jesús, no tengo fe suficiente para darle a Dios gracias por este bien.

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El padre escuchó en silencio la casi oración que su mujer pronunció. -¿Y qué sigue Luz María? Sin pensarlo le respondió: -Yo creo, hijo, que nosotros nos debemos pasar a Medellín. Allí podemos darle la educación que ellos piden y nosotros queremos. El pasaje del puerto a Medellín no es caro. Tú me encuentras siempre allí. Yo, Jesús, seré la misma donde quiera que esté. Este viaje tiene para nosotros muchas ventajas: no nos costará nada el arrendamiento. La casa está a seis cuadras del colegio. Yo puedo aprender algún arte manual, ahora que se están abriendo tantos colegios para mayores. Te juro, hijo, que saldremos adelante. La mujer creyó haber respondido toda duda de su esposo, respecto del proyecto total. -Pero tú me haces mucha falta, Luz María – dijo. -Puedes ir los sábados en el primer tren y volver en el último el domingo. -No es suficiente – dijo el con algo de tristeza. -Nosotros llevamos más de quince años de matrimonio. Hemos tenido tiempo de querernos, amarnos, tener dos hijos que son nuestro orgullo. ¿No crees que les debamos un tiempo a los hijos? Solamente por esto te pido lo que te pido.

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En este momento de la conversación, llegó Ricardo. Eran las cinco de la tarde. Jesús y Luz María se pusieron de pie. Ricardo saludó de mano a Jesús. A Luz María de abrazo y beso. Mientras su ahijado Jesús se dejó abrazar como lo hizo con Mario. Les traía de regalo a los muchachos un balón de fútbol. A Luz María un estuche de perfume y a Jesús, el padre, un juego de tres toallas. Se sentó. Vestía un traje blanco casi igual al del día anterior, solamente tenía tres botones el saco. Se veía elegante. Zapatos blancos y un pañuelo rosado cayéndole en cascada del bolsillo alto del saco. -Viene muy elegante, don Ricardo – dijo Luz María. -En verdad te ves muy bien Richi – comentó Jesús. -Espero no interrumpirlos, pero, en verdad, quería saber qué piensa el señor de la cada sobre la propuesta que le hice ayer a Luz María. ¿Ya le contaste? – se dirigió a Luz María. -Hemos estado hablando de eso. -¿Qué opinas, Jesús? -Escuché lo que me contó Luz María. Por lo que corresponde a ella, me abandonaría hoy mismo. Pero yo debo pensarlo más. Dijo Jesús. De pronto Jesús le preguntó a Ricardo: - ¿Por qué lo hiciste? Sabes que es muy difícil nuestra separación. No es lo mismo separarme de mi hijo, por su bien, que de toda mi familia.
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Estas palabras las dijo con tanto sentimiento que llenaron de pena a Ricardo. Entonces habló Luz María: -Yo le expliqué a Jesús que todo se hace por el estudio de Jesús y luego el de Mario. Un tiempo del matrimonio nos pertenece a nosotros, pero otro tiempo se lo damos a los hijos. ¿No crees? – le preguntó a Jesús. Jesús no supo qué decir. Ricardo pensó rápidamente, como una visión instantánea, que la inteligencia tan afamada de su ahijado provenía de la madre, de Luz María. Sin embargo, pensando bien para él mismo, era más conveniente apoyar a Luz María que a Jesús. Por esto soltó la lengua y dijo: -Yo no soy casado, pero si lo fuera, no me perdería la oportunidad que se presenta de educar a un hijo probadamente inteligente por sacrificar una compañía que ya conozco, que sé que me ama, por no resistir ocho días de ausencia. A Jesús no le gustaron esas palabras. -Es que tú nunca te has casado. Toda tu vida ha sido de vagabundería. No sabes lo que son sentimientos. Por eso no comprendes mi problema. Luz María vio que siguiendo en esa discusión, no llegaría a ninguna parte. Por eso los convocó a calmarse diciéndoles que se prepararan para comer unos tamales con tres carnes que les había preparado: pollo, cerdo y pescado.
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-Ustedes no saben el manjar que les estoy ofreciendo. Agregó ella. Los muchachos, Jesús y Mario, como ensayados, aplaudieron. Luz María apercibió la mesita del comedor y se dispuso a servir la comida. Eran las siete de la noche. La conversación se cambió por completo. Durante ella hablaron del movimiento del puerto. Las obras que el nuevo gobierno debía hacer: mejoras en el muelle, leyes sobre la navegación en el río, etc. El nuevo gobierno era el del doctor Alfonso López Pumarejo y se esperaba de su programa los avances mayores de la reciente historia del puerto. Durante la comida, aparte de los elogios de Ricardo sobre ella, se sintió un silencio tenso, durante el cual Jesús recordó muchas de las frases del obrero de Ricardo sobre lo que era la vida de Richi: vagabunda. Crapulosa. Desordenada. Sin principios, yendo al azar por la vida. Recordó, especialmente a la muchacha de la falda alta que hacía su siesta en el propio taller. Recordó que había aprendido mecánica. Pero, ¿Quién le ayudó? ¿Las prostitutas? ¿De dónde sacó el dinero para comprar la casa? ¿El carro? ¿Quién diablos era? Durante la comida Ricardo solo pensó en la intransigencia de Jesús para aceptar una ayuda que necesitaba. Pensó en cuántos trabajadores laboran lejos de sus familias, a cambio de un salario que les permita vivir. Ni un solo momento se le ocurrió pensar en su cuñada. Aunque le parecía hermosa. Pero su misma vida lo había llevado a relacionarse con las mujeres negras y blancas y, en el fondo, eran iguales.
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La comida continuó silenciosa pero tensa. El uno miraba al otro. ¿Cuál resolución tomó, Jesús? Nadie lo sabe. Pero al terminar la comida, después de tomar el café, Jesús invitó a Ricardo a que salieran a una tienda cercana para terminar la conversación. Como eran de igual tamaño, se pusieron los brazos sobre el hombro y Luz María, confiada en el buen juicio de ambos, los vio partir desde la puerta de la casa, calle abajo, hacia la cantina donde siempre sonaban las tonadas argentinas que hasta media noche perturbaban su sueño. Con su respectivo vaso de cerveza Pilsen al frente, los dos hermanos dialogaron: -Yo creo, hermano, que usted, por sus resquemores injustificados, se niega a aceptar mi ayuda para que el niño pueda entrar al Liceo. - Dijo afablemente Ricardo -. Es una casita pequeña, vieja pero para ustedes, suficiente. No me ha costado una fortuna. Me costó doce mil pesos de contado. Usted comprende. Es poca inversión para que la familia esté tranquila. Jesús no interrumpió lo que dijo Ricardo, pero no lo miró ni una sola vez durante su exposición. Comprendió que él debía decir algo. ¿Por qué se negaba? ¿Por qué no le gustaba? ¿Qué dificultad había? Apuró un trago grande de cerveza. Miró a su alrededor. Vio paisanos tomando aguardiente y conversando tranquilos. Se le acabó su tiempo y le dijo: -Mi mujer se queda sola por ocho días, Ricardo. -¿Y eso que tiene que ver? Tiene sus hijos. Usted les suministra lo que requieran. No entiendo. Está
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con sus hijos. Jesús es un hombre ya. Yo estoy en la ciudad en cualquier emergencia. ¿Qué más quiere? Jesús había consumido su cerveza mientras Ricardo apenas había probado la suya. -¿Quieres otra cerveza? – preguntó Ricardo. - No, un aguardiente doble – dijo, sin mirarlo. Trajeron el trago y Jesús se lo tomó en el acto. -Bueno, -dijo. La cosa es que a mí no me gusta. -¿No te gusta qué? Hubo un silencio. Jesús pidió otro trago doble. Lo esperó mirando hacia el mostrador. Se lo tomó de un solo sorbo. Miró por primera vez a Ricardo a los ojos y le dijo, ya borracho: -Que usted la ayude. No me gusta nada. Usted es un vagabundo. Le gustan mucho las mujeres. Usted es un mujeriego. Un hijo de puta. Se paró de su asiento. Sacó en un segundo una barbera y Ricardo, sentado aún, la vio venir hacia su cuello. Cruzó el brazo para protegerse. Sintió su carne destrozada por la herida profunda en su brazo. Observó que Jesús vaciló al verlo bañado en sangre. Miró aterrado que su hermano quien esperaba otro golpe, sin bajar el brazo izquierdo buscó con la mano derecha un revólver y disparó a ciegas. Jesús se desplomó arrastrando una silla en su caída. Uno de los hombres que estaban al lado se levantó rápido y le intimó rendición a Ricardo. Éste, ciego, le entregó el arma y dijo, como a la noche:
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-“Maté a mi hermano”. No escuchó la voz del hombre que lo desarmó: Fue en defensa personal – dijo. En medio de la trifulca que se armó el hombre salió gritando: -¡La policía, el juez, la autoridad! La gente corría hacia el café. Luz María vio el tropel y escuchó los gritos. Los niños se mezclaron con la multitud y Jesús fue el primero en ver que entre dos hombres ayudaban a Ricardo bañado en sangre. -¡Tío! ¡Tío! ¿Qué pasó? -Que maté a tu padre, hijo. Jesús, el niño, perdió la vista, el corazón, el alma. Se quedó estático. No supo por qué la gente corría a su alrededor. Dio un paso y rodó por el suelo. La madre, Luz María, dio un grito y corrió hacia su hijo. Entonces vio a Ricardo, ayudado por dos hombres, ensangrentado, a punto de desmayarse, todo su vestido teñido de sangre. Lo miró y apenas lo reconoció, le preguntó: -¿Qué fue, don Ricardo? -Tuve que matar a Jesús. Voy al hospital – siguió dejando a su paso chorros de sangre. Luz María siguió como sonámbula entre la multitud. Luego escuchó:

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-Solamente la autoridad puede levantar el cadáver. Eso escuchó. Siguió caminando, trastabilló y cayó al piso como postrándose ante la realidad. A las cuatro de la tarde del domingo, despertó Ricardo con su brazo izquierdo atorado de cintas blancas, adolorido, en un catre metálico de la cárcel con dos guardias armados de fusil y pistola. Fue lo primero que vio. Se humedeció los labios con saliva antes de llamar a uno de los guardias. -¿Qué horas son? –preguntó. - Las cuatro, señor. - ¿Me podría dar un vaso de agua? - Sí, señor. Le trajeron el agua y con su mano derecha lo tomó con ansia. Devolvió el vaso y dio las gracias. -¿Ha venido alguien a buscarme? - No señor. Está aislado. Era la primera vez en su vida que estaba encarcelado. Tenía cuarenta y ocho años. Era fuerte, alto y macizo. Ese domingo fue de color morado. Lluvioso. El viento soplaba sobre el puerto simultáneamente despertaba, en otra parte, bajo otra luz, la madre, Luz María y su hijo menor que habían sido recogidos de la calle cuando iban a verificar lo que sucedió en la cantina del accidente.
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-Soñé que algo grave le sucedió a Jesús – le dijo Luz María a Mario que estaba a su lado, dormido. ¿Dónde están Jesús y Ricardo? Una voz que apenas recordaba, le respondió: -Tranquila. Silencio. Están en casa amiga. Soy Josefina Vargas, ¿me recuerda? -¿Josefina Vargas? ¿Mi amiga? ¿La que estudió historia? ¿Mi amiga? ¿Por qué estoy aquí? - Cálmese. Yo iba a visitar la iglesia, ayer sábado, cuando la vi caer en la calle. Yo la reconocí, la traje a mi casa con su hijo Mario que está todavía dormido. Les di un calmante y ambos durmieron toda la noche. Hoy es domingo. Son las nueve de la mañana. ¿Quiere desayunar? Luz María fue volviendo, despacio, a su mundo. -Pero yo estaba en mi casa, con mis hijos y Jesús y Ricardo. ¿Dónde están ellos? ¡Soñé cosas tan raras! - A ver. Qué soñaste, cuéntame. Luz María estaba transformada. Había enflaquecido en una noche, sus ojos hundidos, su rostro descompuesto, y temblaban sus manos como un vibrador. Josefina la observó. Era otra. La mirada errante y de pronto, una miraba profunda a los ojos, como si Josefina la ocultara algo. -Qué hay de Jesús. Él estaba aquí, hablando con don Ricardo. Salieron. ¿Dónde están? Soñé cosas horribles. Que se mataban entre ellos por mí. ¿Qué
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sucedió anoche, Josefina? ¿Hay algo de cierto en esto? Dijo y se echó a llorar. Josefina se hundió en la tristeza. Sabía todo: que Jesús el padre, estaba muerto y lo velaban en la casa de velación de los hermanos Vélez, allí estaba don Jesús Laverde, quien lo había retirado del hospital, después de la autopsia, a las cuatro de la mañana, y esperaban que Luz María diera la orden del entierro. Su hijo menor Mario, estaba en su casa, durmiendo bajo el efecto de las tabletas que le habían suministrado la noche anterior. Pero a esa hora, las cuatro y media de la tarde, nadie sabía la suerte del hijo mayor Jesús Londoño. Cuando las diez de la mañana Luz María y Mario recobraron su razón, Josefina los llevó a su casa. Les dijo que estaban pendientes de sus órdenes para que se le diera cristiana sepultura a Jesús, pues don Jesús Laverde se había encargado de todas las gestiones con el cementerio, y la curia y que solo se esperaba la orden para proceder. Luz María y el niño estaban consolados. Solamente el estudiante, Jesús, estaba perdido. Un grupo de policías se había dispersado por el pueblo en su búsqueda: en el muelle, en el templo, en los sitios más ocultos y lejanos lo buscaron. Alguien refirió que como a las seis de la mañana había visto a un joven, negro, espigado, saltando polines en dirección a la estación siguiente de tren. Tal noticia fue suficiente para que un ayudante de máquinas y un agente de policía, con la aprobación del jefe de estación, partieran en un carrito de motor eléctrico, de esos que la gente llamaba “ratoncitos”, en busca del niño. Lo encontraron a un kilómetro de la penúltima estación… estaba aterido
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de frío. Húmedo por la lluvia que había recibido. Indiferente ante la presencia del carro. Le preguntaron: -¿Eres Jesús Londoño? - Si. Respondió - ¿Qué quieren de mí? -Queremos que nos acompañes al puerto. Doña Luz María te necesita. -¿Ella está viva? -Sí. Y Mario también. -¿Ustedes saben para qué me necesita mi madre? - No sabemos, pero súbete que en la próxima estación nos devolvemos. Se subió al carro sin resistencia. Un abogado amigo de Ricardo tardó tres días en llegar al puerto. Tardó un día en levantarle la incomunicación en que lo tenían. Al martes de la semana siguiente empezaron los interrogatorios. Sucedió que el hombre que le intimó a entrega y rendición era un cabo de la policía que actuaba en su día libre, y fue testigo de todo el incidente. Vinieron interrogatorios, verificaciones, averiguaciones y gracias a su abogado, en menos de un mes obtuvo su libertad condicional. Permaneció en el puerto por un mes más y volvió a Medellín. No obstante, la brevedad del incidente, volvió flaco, débil, sumido en una tristeza infinita y prisionero de su propia conciencia. La vida, su pasado, su presente, le parecieron sin
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sentido. Sentía miedo a todo. Su mano defectuosa pero no inútil, le recordaba a cada momento su tragedia. El rostro sobrio, serio de su hermano se le presentaba en sus sueños. Se olvidó de que era un hombre de tan solo cuarenta y ocho años. Interiormente envejecía. Sus iniciativas en el taller eran limitadas y a no ser por su segundo, el taller habría fracasado. Se llamaba César González. Era de estatura regular, alegre sin excesos. Dueño de la tercera parte del taller, sobrio, decidido y fiel. Un día, Londoño le refirió espontáneamente a González cómo habían sucedido las cosas, y la única pregunta que le hizo fue: -¿Y cómo recibió Luz María la tragedia? - No lo sé. Creo que fue su mayor desgracia. -¿Estás seguro? -¿Qué sugieres? -Que estamos en el mundo y entre seres humanos. Nadie dice la verdad si no es muy obvia. -No te entiendo. Le dijo Ricardo. -Es difícil. Dijo González. ¿Quién conoce el fondo de una mujer? Ellas son un misterio. A menudo creemos entenderlas, pero acuérdate: hay conveniencias, hay resignación, hay hipocresía, hay de todo. Y las mujeres, consciente o inconscientemente manejan un lenguaje incomprensible. - ¿Tú nunca hablas claro? – preguntó Ricardo.
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-Siempre hablo como debemos hablar. Nos cubre la mentira, el interés, los miedos, las necesidades, y escoger las palabras adecuadas es nuestra primera dificultad. Hablemos en serio: ¿A ti te gustó la mujer de tu hermano? No me mientas, por favor. Ricardo vio, interiormente, que se le había derribado un muro, una muralla que tenía al frente. -Sí, es muy hermosa y quisiera amarla. Contestó. -¿Cuánto tiempo? -Toda la vida que me resta. -Está bien – dijo González. -¿Dónde está? -No lo sé. -Búscala. No la consueles con palabras falsas. Háblale de la vida. Del amor. Estimula sus deseos. No llores con ella. Ayúdala sinceramente. Sin recordarle que sos culpable. Ya fuiste bueno con ella. Ahora enséñale con tu vida que la mereces. Te han absuelto por inocente. Sigue siendo inocente. Esa noche Ricardo pensó en Luz María, en él, en González. En un momento sintió miedo de ese muchacho. No miedo físico, era como un miedo intelectual. Lo cautivaba la franqueza, la inteligencia. Esa forma de agarrar las ideas. ¿Por qué era simplemente un tornero? Pensó en decisiones. Pensó en oportunidades. En necesidades. Pensó, pensó, hasta que se quedó dormido.
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La vida de Ricardo había cambiado, seguramente. No sabía dónde estaban, ni ella ni sus hijos. Apenas se sintió libre, quizás por ese miedo interior que se siente al haber salido de una situación embarazosa, sea uno el culpable o no, hizo lo que creyó debía hacer: huir del lugar, sentirse a salvo, y por eso hacía ya casi seis meses que no sabía de ella ni de sus hijos… Ahora lo recordó todo: sus sacrificios por ella al ponerse a invertir sus ahorros en una casita que un día la pensó para ella y sus hijos. Pensó también en qué suerte la había seguido después de la tragedia. ¿Dónde estaban? ¿Pudo ella cumplir el sueño de ver estudiando a su hijo mayor en el Liceo? ¿Qué era de ellos? Sintió temor, culpa, abandono de sus responsabilidades. ¿Era en verdad responsable de todo? Habló con González, este muchacho se había convertido en su confidente. En su ayuda. Le refirió sus preocupaciones. Finalmente le preguntó: -¿Tú qué harías? González lo pensó por un rato y le dijo con seguridad: -La buscaría. Tú no necesitas perdón. Si realmente ella es sincera, si realmente su corazón te quiere un poco, debe acogerte. Este es mi consejo: búscala. Corría el mes de junio de 1934. Ricardo estaba libre, pero llevaba en su corazón una pena muy grande. Pensó: Ante quién soy inocente, si mi pena es tan grande. Los remordimientos lo acosaban. Llegó a dudar de su inocencia. Cerraba los ojos y veía a su hermano fuera de sí, barbera en mano, buscando su
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cuello. Era una visión viva la que tenía en su memoria. Su inconsciente reacción, su búsqueda mecánica de una defensa. El disparo aislado. Solo. Uno solo, y mi hermano se desmoronó para siempre. Y me dejó esta pena. Este dolor, y no pensé que era por nadie, sino por mí. ¿Por qué actuamos y después pensamos? ¿Quién ordena nuestros actos?... es mejor no pensar. Esto me puede llevar a la locura, se dijo. Don Jesús Laverde, el patrón de muchos años de don Jesús Londoño, cuando supo de la tragedia, se puso tembloroso. Había oído hablar de Ricardo pero no lo conocía. Sabía que era un hombre de mundo, artesano y negociante; que vivía en Medellín y allí tenía un taller de mecánica de automóviles. Era todo lo que sabía de él. Al conocer la dura tragedia por medio de un agente de policía, se estremeció; pensó en Luz María y en lo niños. Recordó, porque se lo había referido su empleado Jesús Londoño, que su hijo mayor había sido aclamado como el mejor estudiante de la escuela. Que había ideo con el niño al Liceo Antioqueño y que estaba esperando el mes de enero para entrar al colegio. Por todos estos conocimientos, sintió profundamente la tragedia de Londoño y se sintió comprometido con esa familia. De aquí que, pasadas las exequias de Londoño y dándole a Luz María unos días de duelo, mandó a uno de sus ayudantes con una tarjeta de pésame y solicitando el permiso de una visita personal. Don Laverde era viudo, viejo, con su único hijo casado en Bello y con familia. Luz María, quien le pareció al mensajero una mujer muy fuerte, le agradeció el pésame, y le dijo que cuando el señor Laverde quisiera, lo recibiría. El mensajero volvió admirado de la fortaleza de
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la señora y así lo transmitió a su patrón. Cuando Laverde escuchó el relato del comportamiento y duelo de la señora, como él era bíblico, dijo en voz alta: “Concédele, Señor, el descanso eterno”. Ocho días después don Jesús Laverde le anunció visita a la señora Luz María. Eran las siete de la noche cuando su chofer le abrió la puerta de su carro para que descendiera, y luego tocó la puerta. Se abrió la puerta de la casa y en el vano vio don Jesús Laverde a una mujer joven, vestida con un traje rosado pálido, en tacones altos, arreglada y bella como nunca la había visto. Don Jesús Laverde la saludó simpático, abandonando el tono triste que traía preparado… -Don Jesús, me alegra verlo y le agradezco su visita. Siga, por favor. Don Laverde se sentó, era un hombre viejo, pálido, arrugado y de anteojos con ganchos de oro. Miró a su alrededor: un juego de tres taburetes abollonados, una mesa de centro cuadrada con un florero de vidrio verde con tres rosas blancas. La cocina a la derecha y tres alcobas de puerta cerrada. En ese momento salió de su cuarto Jesús, el mayor de los hijos de Luz María. Saludó correctamente y la madre le dijo: -Es don Jesús Laverde el patrón de tu papá… -Mucho gusto, don Jesús, mi padre me habló mucho de usted. ¿Cómo va el negocio de las maderas? Don Jesús estaba un poco desorientado. Pero asumiendo la misma seriedad del muchacho, le dijo:
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-Digamos que bien. ¿Te llamas Jesús? -Sí, señor. Como llamaba mi padre. Lo dijo sin dolor aparente. -Fue una lástima la trágica muerte de don Jesús. -Claro que lo fue – respondió el muchacho -. La muerte nos alcanza en el momento menos pensado. Es nuestra realidad. Agregó. El señor Laverde estaba asustado. No solamente con la respuesta del muchacho quien, a pesar de su estatura, sabía que tenía apenas catorce años. Más por ese aplomo, esa seriedad, esa dignidad ante el dolor que seguramente lo atormentaba. -Cambiando de tema – dijo señor Laverde – me dijeron que fuiste aceptado en el Liceo Antioqueño, ¿verdad? -Así es don Jesús. -¿Y qué piensas? – preguntó el señor Laverde. -Estamos indecisos. Lo mejor es que pudiéramos irnos a vivir a Medellín. Pero no tenemos medios. Ni para transportarnos ni para vivir allá. Tal vez lo que podemos hacer es que yo consiga algún trabajo aquí y como mi madre sabe un poco de costura, bregar a sostenernos aquí. – Lo dijo sin pesar ni tristeza. Don Jesús Laverde guardó silencio. De pronto le preguntó a Luz María: -¿Tú tienes familia en Medellín?
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- No señor. Yo soy del Chocó. Me casé con Jesús a los quince años. Emprendimos juntos su trabajo de aserrar maderas. Mientras tanto los hijos fueron naciendo, en cambuches, a la orilla de los bosques, de modo que ninguno es de pueblo conocido, hasta ahora que vivimos en el puerto, y yo he tenido que inventar los pueblos donde ellos nacieron. Don Jesús Laverde escuchó la historia sin pestañear. No quiso mostrarle ni a ella ni al muchacho lo que realmente sentía. Para él, que era muy rico, tuvo uno de esos momentos en que se nos parte el alma. No maldecimos de nada: de la injusticia, de la sociedad, de la vida, pero si comprendemos cuánta desigualdad existe sobre la tierra. Laverde era simplemente uno de los hombres que había llegado primero: hijo de un finquero de riqueza tradicional, había nacido y vivido entre la abundancia. Ahora tenía dinero para lo que quisiera. ¿Por qué no ayudarle a una mujer digna, cuyo estigma era la pobreza? Una mujer que soñaba dándole educación a sus hijos; una mujer buena y bonita, sacrificada por una sociedad desigual. No vaciló. Le propuso a Luz María que él venía pensando que su esposo no murió por ninguna falla en su trabajo. Que él se sentía en obligación con ella por tantos años de servicio leal de su marido, y porque él quería ayudar a un joven a quien el cielo y ellos le habían dado una inteligencia excepcional… Luz María y su hijo mayor, se miraron entre sí. El viejo siguió: ahora, el Estado está empezando a defender los derechos de los trabajadores, pero antes de eso, todos quisiéramos defender los derechos humanos. Yo quiero proponerle: que ustedes se instalen en Medellín en una casita que yo les conseguiré y les pagaré hasta que usted, Luz María, acabe de
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aprender modistería e instale un pequeño taller de costura para que vivan dignamente mientras educa a sus hijos. Yo les ayudaré hasta el día en que sepa que pueden vivir con su trabajo…esa es mi propuesta. Luz María no pudo contener el llanto y abrazó a don Jesús. El niño también lloró y abrazó al viejo. Entonces, dijo, manos a la obra. En este sobre le he traído tres mil pesos, para que viajen a Medellín y busquen la casa alquilada y con este mensajero -señaló a Jesús-, me mantendrá informado de todo. Se puso en pie, la señora se acordó de que no le había ofrecido ni un tinto. -No se preocupe de eso, le dijo el viejo. Está tarde y yo me recojo muy temprano. Bébanlo a mi nombre. Abrazó a la señora y partió. Hallaron la casita en el barrio Buenos Aires: bien situada, con todos los servicios. Se trasladaron allí. Compraron una máquina de coser, tijeras, metro, hilos, etc. y por muestra de varios pantalones de don Jesús, empezó a coser día y noche. Mientras sus hijos estudiaban, el mayor en el Liceo y Mario en una escuela del barrio. Dieron comienzo a su nueva vida. Por la muestra de sus propios vestidos y los pantalones y camisas de sus hijos, Luz María, trabajando hasta los días feriados, acreditó el primer taller de costura del barrio, y empezaron a lloverle pedidos, pues sus precios eran más baratos que en los almacenes. A principios de julio de 1934, Jesús Londoño fue enviado por su madre a Puerto Berrío con una espe159

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cie de balance, con datos de compras, inversiones, ventas, costo de materias primas y equipos. Como su primer compromiso fue con su benefactor, don Jesús Laverde. El chico subió las escaleras y alcanzó la oficina de don Jesús. Se encontró con un señor que le dijo que don Jesús Laverde había muerto hacía doce días. El chico se apartó del escritorio y se echó a llorar. -No llores, hijo. Está en el cielo. Desde allá te mira. -¿De qué murió don Jesús? – preguntó. - De viejo, tenía noventa años. -¿A qué venías, hijo? -A darle el primer informe sobre el dinero que nos prestó para instalarnos en Medellín. -¿Cuál es tu nombre? -Jesús Londoño – dijo entre lágrimas. -¡Ah! No llores. Eres el hijo de Jesús Londoño. Él dejó noticias de ese préstamo, miró hacia un cuaderno viejo y le dijo. No te preocupes. Lo que le dio a tu madre es el precio de la vida de tu padre, que fue un buen servidor. No llores y salúdame a Luz María. Al empezar a bajar las escaleras dijo: -Tres mil pesos valía la vida de mi padre. Cuando a mediados de julio llegó un hombre en su carro crema y se estacionó frente a la casa de Luz
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María, ella no se imaginó que el conductor era conocido. De terno gris, elegante y negro como ella, y al darle la cara reconoció en él a Ricardo Londoño, el asesino de su esposo. Ella lo vio. Sintió frío y temor. Inclinó la cabeza esperando que no la reconociera. Él avanzó hasta la pequeña baranda que separaba la sala de costura de la puerta de la calle. Es decir, el taller estaba a la vista. Se detuvo en la puerta y desde allí habló: -¿Cómo está, Luz María? No lo veía desde aquella noche en que el ofreció a toda la familia tamales con las tres carnes. Lo miró como desde el infinito y respondió: -¿Cómo está, don Ricardo? Tembló al saludarlo, pero al final le pidió que siguiera. Él caminaba como sobre nubes. Ambos estaban flacos, con la sangre del rostro en los pies. Se dieron la mano, intentando sonreír. Guardaron silencio. Al fin, tras mirar a su alrededor driles colgados en un alambre, pantalones a medio hacer, retazos de telas por el suelo, y ese olor de las sastrerías tan característico; se atrevió a preguntarle: -¿Cuánto hace que está aquí? -Voy a cumplir seis meses. Respondió ella. - Yo, hace cuatro meses la busco. -¿A mí? ¿Para qué? -Quería verla.
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-¿Qué nos une a nosotros? -Tal vez el dolor – respondió Ricardo. -¿Eso dijo la ley? -Sí. Luz María. Yo soy el más desgraciado de los hombres – inclinó la cabeza y lloró. He pensado matarme. He pensado presentarme ante Dios y decirle que soy inocente – dijo Ricardo. Lo único que le pido es que me perdone usted. Que me comprenda. -No llore. La ley lo absolvió. -¿Y usted en su corazón? Ella calló. La memoria de Luz María viajó lejos. Recordó en voz alta la bondad de Jesús. Lo que había hecho por ella. Su amor por los niños. Su cariño al volver de la selva, sudado, cansado, y así me abrazaba, me besaba y me hacía feliz. ¿Me entiende lo que yo puedo estar pensando? -Sí, dijo él. ¿Por qué la vida es tan cruel? Continuó Ricardo. Yo lo amaba. Lo respetaba. Lo envidiaba por su vida, un poco salvaje, un poco aventurera, pero tuvo la fortuna de encontrarla a usted. Y usted es como un ángel: protege, ayuda, lo mantiene lejos del mal. Usted es una virgen de la selva… Luz María. Eran las cuatro y media de la tarde. En ese momento llegaron los dos hijos de Luz María. Se quedaron paralizados ante la verja de la casa. Ricardo los vio y vaciló ante su presencia. La madre también guardó silencio. De repente les dijo:
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-Saluden a don Ricardo, por favor. Jesús lo miró de arriba abajo. Luego dijo despectivamente: -¿Cómo le va, tío? El segundo, Mario, aprovechó ese instante para seguir a su cuarto sin abrir la boca. Luego Jesús, siguió a su cuarto. Ricardo inclinó la cabeza y le dijo a Luz María: -¿Cómo conseguiste esta vivienda? ¿Cómo la pagas? ¿Cuánto tiempo estás aquí? -Como la conseguí: fue un favor del señor Laverde. Él me prestó unos pesos para que me instalara con mi taller. Incluso me puso un plazo para ayudarme a pagar el arrendamiento. Por fortuna le cumplí hasta su muerte. -¿Cuándo murió? -Hace tres meses, según parece. -Me imagino lo que te dio por Jesús. Un tacaño. Ladrón y mal patrón. -Yo no tengo el mismo concepto. Fue un negociante, simplemente. -¿A quién le debes dinero? -A nadie. -¿Y el préstamo?
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-Está condonado por el señor Laverde antes de morir, y por el hijo. -¿Vives con lo que te da el taller? -Sí. Y me sobra. -Yo quería recordarte que la casa que te ofrecí está a tu disposición. -Lo sé. Gracias. Se despidió a las cinco de la tarde. Inmediatamente salió Ricardo de la casa, los hijos la abordaron. -¿Qué quería ese asesino mamá? -No hay que juzgar, hijo, - le dijo a Jesús, que a ella le parecía idéntico a su padre, ella lo veía más alto, más entrado en años… - Los jueces, hijo, lo absolvieron. Fue en defensa personal. Jesús se enloqueció con los tragos y lo atacó dispuesto a matarlo. Ricardo recibió primero una herida horrible con barbera y, según las autoridades, lo habrían matado si no se defiende. De modo, hijo, que no debemos juzgar. El caso está cerrado y nada podemos hacer. -Sí, mamá. ¿Pero a qué vino? -Vino a ver cómo estábamos. Preguntó por ustedes. Él siempre me ha dicho que la educación de ustedes es lo primero. Vino a ofrecerme la casa que compró para nosotros, que está lista. -¿Qué le dijiste sobre eso? Preguntó Jesús.
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-Pues, que estamos bien aquí y que le agradecemos su oferta. -Pero a él no tendremos que pagarle arrendamiento ¿verdad? -No sé. De eso no habló nada. -Porque si no tuviéramos que pagar arrendamiento, no tendrías que trabajar tan duro y no te pondrías fea, mamá. Lo dijo cariñosamente Jesús, que mostraba por su madre un amor especial. Que la conmovía. -Sí, hijo, la ayuda de un hombre sería muy útil en esta casa. A un pregunta de Luz María sobre el estudio del Liceo, el muchacho respondió: -Si uno entiende, piensa sobre lo que el profesor dice, y estudia el libro, ninguna materia es difícil. Así hago yo y muchas veces, les tengo que explicar a los otros. Creo que voy bien, mamá. Cuando Jesús llegó al segundo año del colegio, la madre parecía agotada. La costura constante, los trasnochos, los oficios y trabajos de la casa, lavando y planchando ropa, la elaboración de alimentos, los viajes a las agencias a llevar costuras y conseguir telas y la hechura de los nuevos modelos, la habían embarcado en una lucha que no resistía. Se había puesto flaca y estaba perdiendo su garbo y su belleza. Sus hijos la veían envejecer todos los días. Una noche de marzo de 1935, cansada e insomne, mientras pensaba furtivamente en Ricardo, quien no
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había vuelto a su casa, escuchó la música de una serenata en su propia ventana. La música tiene tantos efectos sobre nosotros que ella sintió primero extrañeza. Pensó que sonaba en su ventana, pero que estaba destinada a la casa siguiente, aunque recordó que en esa casa no había niñas en edad de serenata. Luego escuchó frases que seguramente eran para ella. Curiosa, quiso mirar por la hendidura de la ventana y estaba dispuesta a hacerlo, cuando sus dos hijos entraron en silencio a su alcoba y le dijeron en voz baja: -Es para usted, mamá. Jesús le dijo: -Es Ricardo, yo lo vi por la rendija de mi ventana. -¿Qué quiere, mamá? Preguntó el menor, que apenas tenía diez años. -Silencio. No sé qué busca pero es muy bello lo que están cantando. Cantaron, acompañados de guitarras: “Asómate a la ventana” de Romero “La Espina” de A. Machado “Flores Negras” de J. Flores “Fúlgida luna” “Morena hechicera” Luz María se sintió conmovida. Apenas los niños volvieron a sus cuartos, se echó a llorar en silencio:
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Pensó en Jesús y pensó en Ricardo. Cuán diferentes eran: Jesús el deber, el trabajo, la ignorancia, el amor sin preámbulos, la ternura natural. Ricardo era el mundo moderno, la alegría, el desvelo, el sueño, la vida. El mundo para vivirlo. Divertirse. Amar, gozar y trabajar sin esclavizarse. ¡Oh! Dios ayúdame. Se tiró en la cama sin sueño. Al levantarse en la mañana a recoger la botella de leche que siempre le dejaban al amanecer, vio un sobre azul en el suelo. Lo abrió precipitadamente y leyó: “Si no me amas, déjame amarte”. Ricardo Se apresuró a esconderlo debajo de su almohada. Fue a preparar el desayuno de los hijos que pronto se levantarían. -Qué serenata más bella, mamá. ¿No dejó tarjeta? Fue del tío Ricardo. Dijo Jesús. Tú le gustas, mamá. ¿Qué opinas? -Cantaron canciones muy bellas, hijo. Peor ¿Cómo piensas que yo pueda ser su novia? Él seguro venía de una fiesta y como anda con músicos, se le ocurrió darme una serenata. El pequeño Mario le dijo que él pensaba que Ricardo la quería mucho. Pero no dijo más. Cuando los chicos salieron, Luz María volvió a su alcoba. Leyó varias veces la tarjeta. Se sentó al borde de la cama y dejó ir su pensamiento. Recordó a Jesús, su esposo. Lo vio sudoroso, con un tablón al
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hombro, caminando por la orilla del río, derecho, hacia la choza. No pudo recordarlo más y se echó a llorar. Hacía ya casi tres años había muerto. Se vio arrojando un ramo de rosa rojas sobre su ataúd. Siguió llorando. Salió del cuarto y se dirigió a la máquina Singer de pedal. Se acomodó en el asiento y mecánicamente empezó a pedalear cosiendo una costura que el día anterior dejó empezada. Sabía que ese día tenía que terminar un lote de pantalones, plancharlos, hacer una especie de paca con ellos y prepararse para llevarlos al almacén. Al día siguiente alistó tres paquetes de doce pantalones cada uno. Los amarró con cordeles, salió a la puerta y detuvo el primer taxi que pasaba. El conductor mismo la ayudó a cargar los paquetes y se dirigieron al almacén “La Moda”, donde entregó la mercancía. Era el almacén más cumplido con la paga. Consideraban sus cortes y acabados tan buenos como los mejores. Eran gentes amables. Conocían, porque se los había contado, su vida y empeño para sacar con su trabajo adelante a sus hijos, y conocían la historia de su desgracia personal. Serían las diez de la mañana. Recibió el sobre con el pago, doscientos sesenta pesos. Pero eso era suficiente para pagar el alquiler y vivir dos semanas con sus hijos. Era evidente que su arte le daba con qué vivir. Debía trabajar mucho, esforzarse mucho, pero trabajando así, le quedaba para comprar todo los libros de los hijos, comer, vestirse decentemente y a veces, salir a pasear con sus hijos por el centro de la ciudad.
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Un día, en uno de sus paseos que generalmente era por la calle Junín donde quedaba el Astor, una dulcería famosa, entró con sus hijos a tomar una leche malteada, que les encantaba. De pronto, vio a Ricardo solo, en una mesa, como esperando un pedido. Se apresuró a saludarla y después de besarla en la mejilla, abrazó a los hijos. Reconoció que Jesús tenía su misma estatura pero con cara de niño. -Es un hombre ya, este muchacho. Le dijo. -¿Cuántos años tienes? Le preguntó. Apenas diez y siete, tío. -¡Ah! Pero haz crecido mucho. ¿Haces deportes? - Si, señor. -¿Qué practicas? -Natación solamente. - Lo llaman “el pez negro”, porque les gana a todos. Dijo Luz María sonriendo. Ya está en tercer año de bachillerato y lo admiran mucho por su habilidad y fuerza para nadar. Ricardo lo miró con admiración. - Es un buen nombre el que te han puesto. El pez negro. Tienes que ganarles a todos. Los negros somos más ágiles, más veloces, más altos que los otros. Yo leí que en básquetbol no tenemos iguales en los Estados Unidos. Así debemos ser nosotros en natación, en básquet, en fútbol.
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-Pero también debemos serlo en matemáticas y ciencias – dijo Jesús. -Bueno, en eso nos ganan. -¿Por qué? Preguntó Luz María. -Porque ellos tienen más oportunidades y mejores colegios que nosotros. Hubo un silencio. Los dos muchachos, que hasta ahora llevaban ambos en sus estudios buenos puestos. Dijo Jesús: -Algún día seremos como ellos. Pero lo dijo sin ánimo, ni competencia. Como se dicen las cosas sin demasiada fe ni esperanza. Luz María pensó en algo y dijo, como calmando una discusión inútil: -A propósito, te agradecimos mucho la hermosa serenata de la otra noche. -Me sentí solo y me dio por llevarte esa serenata que ojalá te haya gustado. Pero no hablemos de nuestra soledad ahora – dijo Ricardo. Ricardo miró a los muchachos y les preguntó si querían algo adicional a los frescos que estaban tomando. -Yo quiero un pastel de gloria, dijo Mario. La madre lo reprendió, diciéndole que lo olvidara. Pero Ricardo se puso de pié. Les pidió que no se movieran de sus asientos y fue al mostrador y, a poco,
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trajo a la mesa una caja blanca que contenía: pasteles gloria, un dulce llamado “besos de negra”, galletas dulces y una especie de bombones blancos. Luz María protestó. Pero Ricardo, sonriendo, le dijo: -Dejá que los niños gocen, que la amargura es nuestra. Luz María lo miró, y él la estaba mirando a los ojos con un aire de tristeza infinita. Mario no perdía uno solo de los gestos ni palabras que ellos decían. De pronto, preguntó, como al aire: -Ustedes se quieren ¿Verdad? Luz María en lugar de celebrar con un chiste la ocurrencia de su hijo, se puso seria, enfadada, como si hubiera escuchado una ofensa, y alzó la mano, dispuesta a darle una bofetada. Ricardo aprovechó el momento para cogerle la mano, deteniéndosela con más cariño que fuerza. -Es un niño. Dijo – tal vez sus ojos vean lo que nosotros no queremos ver. Luz María se calmó, poro dejó su mano en poder de la mano de Ricardo. Quisieron despedirse y se pusieron de pié. -Yo los arrimo a la casa, dijo Ricardo. Si ustedes quieren, desde luego. -Vamos con Ricardo mamá, dijo Mario. Entonces Luz María le dio las gracias. Salieron y ocuparon el carro que estaba cerca: los dos mucha171

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chos atrás y adelante Ricardo y Luz María. En un momento estuvieron en la casa, pero en el camino, pasaron, sin necesidad, frente a la casa que Ricardo había comprado para Luz María hacía un tiempo. – Esta es la casa de la que te hablé hace tiempo, le dijo él a Luz María. -Se ve bien. Pero tú le das vuelta ¿verdad? -¿Yo? ¿Para qué? No hay cosa más triste que una casa vacía. Dijo él. Luz María lo miró a los ojos y guardó silencio. Pensó en su hijo menor, lo vio como era, vivaracho, curioso, despierto, algo aventurero y voluntarioso. En fin, pensó, lo que más me importa es que no sean celosos como lo fue su padre. Eso lo perdió. Porque, lo que había sentido siempre, sin decirlo a nadie, fue que su esposo se hizo matar por celos. Eso lo llevaba en el corazón. No había confiado nunca en su hermano. Creía que yo podía traicionarlo, que o podía engañarlo con Ricardo, no sabiendo él que lo quería por sobre todo. A él le debo el ser esposa. El haber aprendido a tener hijos, el sentirme madre y el haber tenido un hijo tan perfecto como Jesús… Ahora él se ha ido y no puedo hacer nada por él. Llorarlo. Amarlo hasta hoy. Pensarlo siempre. Pero ahora tengo treinta y dos años. Ricardo tiene unos cincuenta años. Me ha dado mil muestras de quererme. Quiere a mis hijos. Me empieza a perseguir en mis sueños. Lo necesito. Aún podría sin peligro, darle hijos propios. ¿Por qué siento tanto temor de volverme a casar? La vida ha cambiado, aún soy joven y fuerte. Mi hijo Jesús progresa. Mario tam172

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bién. Tenemos un medio para vivir. ¿Cuál es la necesidad de casarme otra vez? Pensó largo rato y no encontró otra razón que el sexo. Lo necesitaba. Había pensado en el sexo mucho. No podía prostituirse, por sus principios. Sus hijos, su honor, su familia y su fe en Dios. Por eso pensó, desde hacía un tiempo, en Ricardo. Pero le pareció horrible pensar en él, sabiendo que era el asesino de su hermano, de su único marido. Se acordó del padre, sacerdote de la capilla a donde iba a misa los domingos. Pensó conversar con él, pues le había mostrado cariño, era amable y ella no sabía por qué la saludaba tan simpático cuando la encontraba. Un día, una vecina le dijo a Luz María en donde vivía este sacerdote. Tomó la decisión de visitarlo en la tarde de ese día. Vistió un traje blanco bordado, zapatos negros de tacón alto sin medias. Llevaba el cabello estirado, largo, recogido atrás con una peineta de carey brillante. Tocó y salió precisamente el sacerdote en sotana blanca. -¡Hija! La saludó. Nunca has venido a saludarme. Sigue, por favor. ¿En qué puedo servirte? Luz María se sintió perturbada. No esperaba ese recibimiento. Miró a su alrededor ya adentro, y divisó a una señora vieja planchando ropa en un rincón del corredor. -Siga señora, le dijo con confianza a Luz María como si la conociera. -¿En qué puedo servirte Luz María? Insistió el sacerdote, que era blanco y rosado, de mediana estatura.
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-Necesito hablar con usted, padre. ¿Usted me conocía? -Claro que sí. Tú vas los domingos a la iglesia con dos muchachos muy espigados. ¿Son tus hijos? -Si, padre. Ella se vio en el patio de la casa y se sintió como en público. Dijo: -Padre, ¿Me podría recibir en su despacho? -Claro que sí. ¿Vienes a consultarme algo? -Sí, padre. Estoy en un apuro. -Sigue al despacho, hija. Siéntate y dime en que te puedo servir. Entró en un despacho sencillo. Con una virgen de cuerpo entero en un altar con flores naturales. El ambiente era acogedor y silencioso. Sintió respeto de todo el ambiente. -Padre – dijo – estoy a punto de dar un paso que me asusta: estoy queriendo a un hombre que no sé si me conviene o es una tentación del demonio. El cura la miró de arriba abajo. No podía imaginar lo que angustiaba a aquella mujer, de apariencia agradable. Aunque era negra, era alta, joven y atractiva. Recordó que siempre salía y vivía con los dos jóvenes y no dudaba de que fueran sus hijos. -¿Cuál es tu angustia, Luz María? Le preguntó. -Yo soy viuda, con dos hijos, padre, y no sé por acción de quién, me enamoré de un hermano de mi esposo.
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-¿Casado? -No, padre, es un hombre bueno. Pero él es el asesino de mi esposo. -¡Santo Dios! Exclamó el cura. ¿Qué pasó? ¿Le fuiste infiel a tu primer esposo con él y lo mató? Qué pasó, dime. El cura estaba alarmado. -Padre, es toda una historia. Pero le puedo decir lo esencial: el hermano se llama Ricardo Londoño. Fue absuelto por su crimen porque fue en legítima defensa personal. Mi esposo lo hirió en un momento de celos por mí. Pero yo le juro que nunca le fui infiel a mi esposo. Rara vez yo veía a Ricardo, pero un día que estuvo en mi casa Ricardo nos llevó a mis hijos y a mí unos regalos. Yo creo que esto enfureció a Jesús, mi esposo, pensó no sé qué, y después de la cena, invitó a su hermano a tomar una cerveza y en la tienda lo atacó a barberazos, alcanzó a herirlo y si Ricardo no se defiende, lo mató. Le dio un solo tiro y desató la tragedia: de él, mía y de mis hijos. Mi esposo como era de bueno, era de celoso. Yo lo supe ese día. De esto hace unos cuatro años. Ahora Ricardo tiene 50 años, yo tengo 32 y mi hijo mayor tiene 16 años. Ricardo es muy amable, respetuoso y bueno. Yo ya lo perdoné. Mis hijos lo adoran. Yo necesito un hombre en mi casa porque ya no puedo con la carga que tengo sobre mis hombres. ¿Cree usted padre que yo no debo casarme con él? -Y ¿Cómo es él? – preguntó el cura. -Yo sé que fue aventurero, mujeriego y sinvergüenza pero después de su crimen, es juicioso, bueno
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con nosotros, trabajador, económicamente yo diría que rico. Y nos adora a todos. Nunca se ha casado. -¿Usted en verdad lo ama o lo necesita? Preguntó el cura. -Ambas cosas, padre. -Cásese con él y sea siempre una mujer buena. Luz María salió del despacho del cura como por el aire. Un día, cuando ya Jesús cursaba su cuarto año de bachillerato, apareció en la clase de Ciencias de la Tierra un profesor nuevo, quien le habló de deportes a todo el grupo. Era el Director de Deportes de Liceo. Un señor blanco, alto, fornido, como quemada la cara por el sol. Parecía ser de los Estados Unidos, aunque hablaba muy bien el castellano. Habló de los distintos deportes: fútbol, básquetbol, natación, waterpolo, y hasta de ajedrez. Quería informar y escoger los candidatos que quisieran matricularse en cursos de tales deportes, que él ofrecía dos días a la semana. Según el deporte escogido, las clases serían en distintos sitios: fútbol en la llamada Sede de Miraflores, arriba de la calle Buenos Aires; natación y waterpolo en las llamadas Piscinas Municipales, y así. Jesús se acordó de sus nados espontáneos en el río, cuando a pura fuerza arrastraba solo la red de pesca cerca del cambuche donde había crecido. Eran horas y horas en el río. Clavándose sin ningún reglamento desde lo más alto de las ramas de una ceiba orillera. Era un placer, una emoción sentir el aire en
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el aire, y caer clavado en el río. De eso se acordó y fue de los primeros en inscribirse en natación y waterpolo, aunque de este deporte no tenía idea. Solamente que se requería sumergirse y saber jugar en el agua. El propósito de la inscripción era el de formar equipos para representar al Liceo en las olimpiadas anuales que celebraban entre los colegios de secundaria en el mes de octubre. Estaba terminando el mes de marzo, y los entrenamientos y la instrucción en cada deporte dura, en teoría y práctica, hasta el cinco de octubre. Cada año se daban las inscripciones y se hacían competencias internas entre los muchachos que se hubieran inscrito en años anteriores en el mismo deporte, así que se encontraban muchachos de cuarto, quinto y sexto años. No importaba que entraran a competir equipos que hubieran ganado la olimpiada general en años anteriores; esto quería decir que los estudiantes de cuarto hasta sexto años practicaban algún deporte. Obviamente, las inscripciones no eran obligatorias. Es evidente que este esfuerzo del Liceo Antioqueño en el desarrollo deportivo lo llevó, durante varios años, a ser el colegio con un mayor número de triunfos en los deportes. Un día volvió del colegio Jesús, estaba alegre y más comunicativo que de costumbre. Luz María lo palmoteó espontáneamente en la espalda y curiosa por su risa y simpatía le preguntó por la causa de tanto gozo.
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-Mamá – dijo – soy el mejor del colegio en natación. -No puede ser, hijo, tú que apenas arrastrabas la red en el río con tanto esfuerzo. -Sí, mamá. Pero era que tú veías arrastrar la red sin saber la fuerza que hacía. Como uno ve volar un ave sin saber cuánto le cuesta. Mamá ese sólo ejercicio me dio la fuerza para ahora, en natación, llegar a ser el mejor. Claro, aquí hay reglas, hay normas, pero todo se reduce a una gran disciplina. Los instructores siempre nos repiten que no hay otro deporte, que no hay otra actividad física que comunique igual confianza, fuerza, recreo y calma psicológica como la natación. Luz María lo escuchó respetuosa. Era la voz de su hijo hablando como nunca lo había escuchado. Era su nuevo lenguaje, la claridad de sus palabras y como un ideal nuevo. Él continuó: -El sábado hay una exhibición para el público, yo quiero que vayas y te diviertas un poco viéndome triunfar. -Eso no se dice, hijo, hay que competir pues nadie sabe quién triunfará. -Está bien mamá. ¿Pero, irás? Los compañeros lo habían visto competir y sabían que era invencible en todos los estilos. Sin embargo aceptaron las pruebas para cumplir las exigencias del Director.
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Apenas triunfó de la primera prueba que fue hacer diez piscinas en estilo pecho fue aclamado tan ruidosamente que alguien gritó: “Es un tiburón negro”. De ahí en adelante lo llamaron “el pez negro”. Al término de las pruebas, que duraron dos horas, Jesús abrazó a su madre delante de todos. Un amigo le preguntó si ella había sido nadadora y ella río y respondió: -De ducha apenas, hijo. La fama, el prestigio y el nombre de Jesús Londoño se hicieron populares en todos los medios estudiantiles y en toda la ciudad. Celebrado en todos los lugares. Hay va el pez negro, decían. El tiempo pasó. Llegaron los exámenes finales de bachillerato y Jesús siguió siendo el primero en natación y uno de los mejores alumnos del Liceo. Por ese tiempo, existía la regla de que los alumnos que pasaran su bachillerato con calificación promedio de cuatro, tenían derecho de entrar sin examen de admisión a cualquiera de las carreras que ofrecía la universidad: Medicina, odontología, derecho y ciencias políticas y en todas las escuelas auxiliares. Jesús, después de examinar sus dotes, aficiones y deseos, escogió la medicina. Era una de las carreras de mayor prestigio. Coincidía con su carácter serio y reservado. Fue a la secretaría de la facultad a inscribirse. Por poco no lo dejan acceder a la oficina por los saludos, charlas, felicitaciones de los muchachos y amigos que encontró a su paso. El que recibía las inscripciones era un señor alto, de tez blanca y ras179

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gos finos. Lo saludó como a persona conocida. Los compañeros de fila lo saludaron de mano. El empleado recibió el resumen de notas y sin decir palabra, salió de la oficina. Las muchachas de la oficina lo saludaron, lo felicitaron, una de ellas, la más simpática, sacó una cámara fotográfica y le pidió a una compañera que les tomara una fotografía juntos. Las otras aplaudieron. Él sonrió. Esperó al empleado, ya con fastidio. Al fin llegó. Dijo que los cupos estaban agotados, pero que a las dos se reuniría el cuerpo directivo de admisiones para resolver su caso. Que volviera a las cuatro de la tarde. Jesús creyó todo. Que había demorado por error la fecha de inscripción. Que los directivos lo aprobarían por ser el mejor deportista del Liceo y por tener un promedio de 4.7 sobre cinco. Esto lo hizo pensar que todo iba bien. A las cuatro de la tarde estuvo en la oficina del secretario. Vio que estaban recibiendo nuevas credenciales. En su espíritu sin malicia, comprendió que la asamblea había aceptado otros candidatos. Cuando le correspondió su turno, el secretario le dijo que no habían aceptado más cupos. Que le ofrecían enfermería, que tenía mucho que ver con la medicina. Escuchó la decisión, se apartó de la taquilla y se fue hacia una de las bancas que había en un campo cercano. Allí se sentó, saludó con desgano a muchos que lo saludaban al pasar. -¿A quién espera, Jesús? Le dijo un alumno de medicina que lo conocía de tiempo atrás. -No me admitieron en medicina – dijo.
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-¿Cómo? ¿A ti? ¿Quién te lo dijo? -El señor de recepción. Vine esta mañana, me dijo que había llegado tarde. Me citó para las cuatro porque había consejo de admisiones y que llevaría mi caso allá. Ahora me dijo que no había cupo. Me propuso que estudiara enfermería, que tenía que ver con la medicina. -¿Así fue la cosa? ¿Te dijo por la mañana que ya no había cupo? Pero si hoy es martes, hay plazo hasta el martes de la semana entrante. Son cosas de ese viejo lambe ladrillos. ¿Sabes quién es él? Un fracasado de medicina. Se llama Tulio Jiménez. Alcanzó hasta un segundo año y en premio, porque es sobrino del doctor Emilio Jiménez quien ni siquiera trabaja en la facultad, es el que inscribe a los estudiantes y ha conseguido en cinco años, ser el director de las secretarias. Quien hablaba era estudiante de quinto año de medicina y había sido campeón, en el Liceo, del equipo de waterpolo. Se llamaba Gerardo Gónima y era uno de los líderes de los estudiantes de la facultad: buen estudiante, deportista y amigo de todos los estudiantes. Era liberal, lopista y había hecho una vigorosa campaña, entre los estudiantes, por el doctor Alfonso López Pumarejo. -Venga “pez negro” – le dijo, vamos a ver al viejo Jiménez, yo hablo con él. Apenas entraron al salón, volvieron las muchachas a aplaudir al “pez negro”, cómo le decía Gónima:

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El empleado Jiménez los vio juntos y se puso nervioso. Respetaron el turno, pero cuando le llegó, Gónima, que tenía una voz de trueno, le dijo a Jiménez: Don Tulio, por favor, ¿quiere decirme qué es lo que pasa con la matrícula de este joven que usted se niega a aceptarla? Jiménez empezó a temblar, vacilar, y luego le dijo: -Esas son decisiones del doctor Robledo, señor. -¿Me puede asegurar que es asunto del doctor Robledo? -Bueno. Él estaba en la reunión cuando se aprobó. -¿Qué se aprobó, Jiménez? -Que él no podía entrar a medicina. -¿Por qué? -Por el color, señor. La norma es que no aceptan negros. -¡Ah! Qué bien. Vamos “pez negro” a donde él. Salieron de la oficina de admisiones y subieron una pequeña escalera, estuvieron frente a una placa de bronce que decía: “A. Robledo O. Ph.D. Médico Cirujano. U. de A.” abrió Gónima la puerta y se encontró frente a una pared llena de diplomas, en español, inglés, francés y alemán, un gran diploma de doctor, con K. había que seguir a un despacho privado. Una dama los anunció, por cierto, reconoció a Jesús y le dijo, cariñosamente:
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-Cómo está tiburón. Jesús soltó la risa. -Bien, muy bien. Respondió. En ese momento se abrió la puerta y los jóvenes vieron a un anciano, de cabeza pelada, sin una hebra de pelo. Gafas de marco de oro y mostrando disgusto por la sorpresiva visita. Jesús, que estaba en la sala observando un retrato de Max Planck se admiró de su parecido con el Dr. Robledo.: blanco puro. Descendientes de los hijos del profeta. -Buenos días, jóvenes, ¿En qué les puedo servir? – dijo el doctor. Gónima le pidió a Jesús que le dejara hablar a él. -Dr. Robledo la queja que tiene el bachiller Londoño es insólita, terminó su bachillerato con una calificación promedia de 4.7 sobre cinco. Es un modelo de estudiante como lo dice el informe oficial. Es un deportista de fama en toda la ciudad. -Sí. Ya lo sé, usted es “el pez negro”, ¿verdad? Interrumpió el médico que mostraba fastidio ante la acentuada y enfática exposición de Gónima. -¿Cuál comité de admisiones lo ha rechazado? ¿Por qué? Preguntó con disgusto el Dr. Robledo. -Eso lo queremos saber, doctor, usted pertenece a todos los comités de la facultad. Dijo enfático Gónima. -Señor – dijo Robledo – esto es asunto de admisiones, yo no tengo qué ver con ello.
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-No, señor. Usted sabe que el señor Jiménez es un inepto y que solamente sigue las órdenes del comité. Dijo Gónima. El Dr. Robledo, con una ira mal disimulada, le respondió: -Mire, señor Gónima, la Facultad de Medicina de la Universidad es autónoma. Si ella resuelve por cualquier razón que un estudiante cualquiera, no merece entrar a hacer estudios en ella, pues no puede entrar. Y punto. -¿Y dónde quedan los derechos humanos, la democracia que se pregona? -A mí no me venga con demagogia, señor. Dijo enfático el Dr. Robledo. -Señor, acaba de llegar a la presidencia de Colombia un demócrata liberal. Usted sabe que su opinión es injusta y antipatriótica. De modo que si el día de hoy no recibe la autorización para matricularse Londoño en la Facultad de Medicina, mañana no habrá clases en la Universidad. El médico guardó silencio. Eran las cinco de la tarde. Las muchachas salían de la oficina. -¡Es urgente! – le dijo a su secretaria. Vaya a Admisiones. Que inscriban la admisión del pez negro y se olviden de todo. Un día estaba cosiendo Luz María una de las tres camisas largas o camisolas de dril blanco que le había pedido el profesor de Anatomía a Jesús: Hasta la
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espinilla, tres bolsillos. De pronto suspendió el pedaleo. Levantó la cabeza de la tela y empezó a pensar. Había pasado por su mente la idea fugaz que la atormentaba: casarse con Ricardo. Detuvo su trabajo y lo meditó con calma. Era el hombre que la hizo viuda e infeliz por largo tiempo. ¿Cómo podía pensar en él ahora? Ella, a pesar de su ignorancia, pensaba, analizaba, dejaba, dejaba que las cosas fluyeran y volvía a meditarlo. Solo tuvo escuela primaria, pero la vida, el pasar de las cosas, sus noches en la selva mirando los árboles iluminados por la luna. Los peligros que había pasado. Los temores de todo, la habían educado para pensar en su vida y su futuro. Recordó a Jesús, un hombre recio, mal humorado, celoso, rabioso, pero dulce y tierno en el lecho, un hombre completo… Ahora pensaba en él. Pero él ya no existía. Existió. Fue un buen esposo, a pesar de sus iras. Pero ya había pasado, y ella sufría su ausencia y soledad. Ahí estaba su hijo mayor, era todo un hombre. Iba para adelante, y ella estaba dando su vida por él y su hermano. Muchas veces se sentía sola, muy sola. La imagen de un hombre a su lado le hacía falta. Pero, ¿Cómo el asesino de su hombre podía ocupar su pensamiento? Abandonó su trabajo. Eran casi las cinco de la tarde. Pronto llegarían sus hijos. Ella tendría que decirles que estaba cansada. Que estaba triste. Que necesitaba sus vidas. Llegaron sus hijos. Eran altos, tallados en granito negro. Jesús la abrazó primero, luego la besó: -¿Mamá, estás llorando?
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-No esa nada, hijo. Estaba cansada de pedalear en la máquina. Estoy bien. Tornó a mirar a Mario y lo vio triste. -¿Problemas? Preguntó ¿Sufres en verdad, mamá? -Si, hijo. La soledad me acosa. Siento como si algo se estuviera agotando en mi alma. Los hermanos se miraron entre sí. Tal vez ambos lo habían pensado. Por eso cuando Jesús le dijo: -¿Por qué no piensas en serio en Ricardo? -¿Qué quiere decir en serio, hijo? ¿Quieres que yo me case con el asesino de tu padre? Jesús guardó silencio. Pero pensó que su madre sufría. Pensó en su soledad. Esperando solamente educarlos. Era una cosecha tardía, al terminar, ella siempre se sentiría sola. Resolvió afrontarla… Como ellos, los hermanos, habían visto que la presencia de Ricardo no le era indiferente sino grata… y sabían que lo había perdonado, ¿por qué manifestaba ante ellos un odio aparente? ¿Era vergüenza? ¿Se sentía cohibida? -Vamos, madre, habla ante nosotros con sinceridad – dijo Jesús. Tú eres joven todavía. Amaste con sinceridad a mi padre. Vino el destino, o lo provocó con los celos, y ocurrió la tragedia que todos vivimos. Tú quedaste sola defendiéndote con tus propias manos. Todos sabemos cómo hemos vivido. Y todo seguirá igual. Pero nosotros sabemos que el tío Ricardo daría su sangre por nosotros. ¿Por qué en186

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tonces no darle curso a los hechos y casarte con él, tener otros hijos y tener todos la protección y ayuda de Ricardo? -¿Tú lo crees posible? – preguntó Luz María. -Sí, mamá. Es posible. Tú lo quieres y nosotros estamos de acuerdo y felices de que estés bien. Pasaron las semanas. Hacía más de veinte días que la familia Londoño no tenía noticias de Ricardo, hasta que una tarde de noviembre apreció conduciendo su carro crema. Hizo sonar el pito y se bajó sonriente, portando una bolsa blanca con el sello del Astor. Llevaba dulces como para atender a un colegio. Tocó la puerta y escuchó el pedaleo de la máquina antes de abrir. Abrió Luz María, despeinada, en chancletas y cansada ya del golpe del día. -¿Sabe usted, señora, si aquí vive una morena alta, muy bella, a quien la gente llama Luz María? – dijo a modo de saludo el hombre, quien tomó con su mano izquierda la respectiva ala de la puerta, dejando ver la elegancia de su vestido: un terno azul claro de paño delgado, camisa blanca de cuello abierto, zapatos negros y sobre la muñeca izquierda un reloj de oro marcando las cinco de la tarde. ¡Ah! Y una sonrisa apenas insinuada. -Sí, señor. Hasta hace poco la vi pedaleando esa máquina, creo que está por aquí. Pero, entre, se refresca con jugo de naranja y la espera que se quite el cansancio de encima con una ducha fría. Después lo atiende. -Excelente propuesta, señora. ¿Puedo seguir?
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La abrazó, le dio un beso largo sobre el rostro sudoroso. Le entregó la bolsa de dulces. Se sentó en un sillón blanco y le dijo: báñate hija, mientras yo leo este cuento que me compré. Luz María lo vio sacar del bolsillo del saco un libro pequeño con el título: “Los campesinos”. -¿Quién es el autor? -Yo ni sé, un tal Antón Chejov. -¡Uy! Permiso. Ella se bañó, se arregló el cabello, cambió el vestido por una falda rosada y una blusa blanca de manga corta. Vestida así parecía muy joven. Conservaba las líneas de su cuerpo sin huellas visibles de su vida anterior. -Leíste mucho. Preguntó Luz María entrando a la sala. -No tanto. Pero déjame decirte que te ves muy bella. -Gracias, señor Ricardo. ¿Quieres tomar un jugo de naranja? Hace un calor terrible. ¿Qué horas son? -Te acepto el jugo, y son las cinco de la tarde. La razón para que yo esté aquí es que quiero contarte algo que es importante para nosotros. Ya habían hablado de su matrimonio en otra ocasión. Solo los hijos de Luz María ignoraban esta decisión, pues era como un pacto secreto. Lo que quería comunicar Ricardo era que un compañía de seguros lo había llamado para proponerle un negocio:
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él haría el presupuesto de los daños sufridos por un carro accidentado y ellos lo compensarían con el trabajo de reparación menos un porcentaje que se discutiría en cada caso. -Pero ellos pueden someter a otros técnicos tu evaluación y encontrar mejores precios. Dijo ella. Ricardo se maravilló del juicio de Luz María. Lo pensó y lo encontró correcto. -¡Qué maravilla! Le dijo. Tienes muy buen sentido común. Pero si yo hago un presupuesto realista, es decir, ajustado a los costos del mercado, más la utilidad honesta de mi trabajo, yo gano al tener todos los carros accidentados. Así estaré dentro de cualquier presupuesto y el porcentaje que yo aceptaría tendría que ser pequeño. -¡Ojo con ese porcentaje! Dijo ella. De las noticias económicas que llenaban de ilusión a Ricardo, pasaron a asuntos más personales. Ella preguntó por lo que contaba el libro que leía. -Apenas llevo tres páginas del cuento- dijo. -Lees muy despacio – le dijo – y se echó a reír. -Tú no me dejas aplicarme a la lectura. Tú me rondas la cabeza, me encegueces y me llevas a pensar en otras cosas. Pero sí encontré en esas tres páginas un refrán ruso que me hizo pensar en lo que significa el hogar. Dice un enfermo campesino en la ciudad: “En mi casa, hasta las paredes me ayudan”. Porque son paredes propias, son su apoyo, su ayuda. ¿Lo ves?
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-Claro que lo veo. Y es hermoso ese refrán. Con razón nuestros pobres dicen: “Tener casa no es riqueza, pero no tenerla es la mayor pobreza”. Cuánta verdad hay en los dichos populares. Dijo Luz María. Ricardo le dijo, entonces: -Por eso, Luz María, hace tiempo compré una casa para ti. No sé, tal vez fue el azar, o un milagro anticipado de nuestra unión. La casa está vacía esperándonos. Queda a ocho cuadras de aquí. En un barrio mejor que este y para Mario, está a seis cuadras del Liceo. No recordaba Luz María cuánto tiempo había pasado, tal vez los años de estudio de Jesús y los de Mario, que ya estudiaba mecánica en el Pascual Bravo. Desde ese tiempo ya me quería. Pensó. Él no sabía desde cuando, la verdad era que esa casa en Niquitao los estaba esperando. Durante ese tiempo la casa había sido arrendada dos veces, y ahora estaba vacía. Ricardo quiso que, con los muchachos que ya habían llegado, fueran a ver la casa. Era mucho más amplia que la que habitaban en Buenos Aires. Mejor situada. De mejor presencia y tendía más al centro de Medellín. Todos estuvieron de acuerdo en que una ceremonia de matrimonio era inútil. Ella pasaba de los 35 y él de los 54. Ella no quería por ningún motivo meterse en fiestas de muchachas. Conocía su edad y había vivido lo suficiente para conocer lo que podía ofrecer. De modo que de un día para otro la familia Londoño ocupó la casa.
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En la tarde del día siguiente, el padre, Ricardo; los hijos, Jesús y Mario, y la madre Luz María Ortiz, negros famosos por los trofeos ganados por el “pez negro”, ocuparon la casa. Ricardo visitó por primera vez la casa completa, pues cuando la compró con el afán de servirle a su hermano (y a Luz María) no se ocupó de detalles de la construcción: eran tres cuartos seguidos. Una sala grande. Un zaguán y un patio de cinco por seis metros, un campo enyerbado, donde resonaban los ruidos de los vecinos, pero aislado por tapias. Ricardo, que había tenido la casa alquilada durante más de seis años, notó que había sufrido varios deterioros. Contrató un albañil conocido para que, sin necesidad de remover nada, hiciera las reparaciones necesarias. Durante tres días soportaron la presencia del trabajador. Cuando terminó, los inquilinos se sintieron libres. Ricardo le pidió a Luz María que por favor, no aceptara más contratos de costura, pues no tenía necesidad de ello y debía descansar. -¿Descansar? Dijo ella. -Como lo oyes. Has trabajado mucho y ahora me corresponde a mí toda la responsabilidad. Dijo Ricardo. -He trabajado toda mi vida. – dijo Luz María – No me voy a morir de tedio sola, sin ocupación y esperándolos a todos para comer.
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-No estarás sola. Tendrás una o dos sirvientas. Les darás órdenes y tú leerás los libros que quieras. -No lo veo claro, Ricardo – le respondió. A mí me da sueño la lectura. -Bueno, dijo él. Pero disminuyes un poco tanto esfuerzo. -Lo que se me ocurre es ensayar el diseño y la fabricación de trajes de mujer, típicos del Chocó: faldas, blusas y pañoletas, de las que se usan en las fiestas. Dijo Luz María, animada. A Ricardo le pareció excelente la idea. Si alguien quisiera hablar de un hogar de paz, de silencios afines con la sabiduría y los recuerdos interiores, hablaría del hogar de los Londoño. No de sus pesares y tragedias que quedaron sepultados por el perdón y el olvido. El verdadero amor tiene tantos rincones escondidos que siempre será imposible medirlos y conocerlos todos. Por el amor cambiamos historias y recuerdos tristes por sueños nuevos, nuevas ilusiones, figuras fantásticas hijas de los deseos y propósitos de revivir. En el hogar de Niquitao Luz María encontró la forma de cambiar el odio por el amor. Fue como un amanecer después de varias noches de pesadillas. Encontró la calma, el perdón, la paz sincera. El conocimiento de que la vida es un cruel juego de azar. Que la vida es un contraste entre lo posible y lo imposible, y que todo está en el corazón. Por eso no pensó en el odio sino en la paz. Su amor fue total.
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Completo. Burló el tiempo. Sintió que su pecho estaba virgen, que sus senos no lucían vencidos sino que florecían como la primera vez, y el amor de su alma lo sintió cruzando un hermoso atardecer. Sabía que sus hijos no se escandalizaban de su unión. Recibió de ellos confianza, ilusión, amor por la vida, y, de paso, les enseñó a vivir sin odiar. Así era la familia Londoño. Nadie recordó otra cosa que ideales. A medida que progresaban los estudiantes, que reconocían en la educación la llave de todos los éxitos, comprendían lo que había significado Luz María. Luz María asumió el papel de madre y señora de casa, con un juicio que no parecía natural. Se levantaba a las cinco de la mañana, lloviera o hiciera uno de esos amaneceres de primavera. En un momento tenía hecho el café para el desayuno. Sacaba de la nevera la masa de maíz molido mezclado con queso y armaba las arepas. Las asaba hasta que tomaban ese color del pandequeso que les encantaba a sus comensales. Ella gozaba sintiendo la satisfacción de su esposo y de sus hijos cuando saboreaban su desayuno. Y luego de lavarse la boca, cada cual partía para su trabajo: los muchachos a estudiar y Ricardo a dirigir su taller. Después, animada, volvía a sus costuras. Estaba fabricando faldas de colores, de flores, plisadas, amplias y voladoras, como de gitanas que ahora vendían en las tiendas y almacenes de Guayaquil. Allí las vendía con ganancias y sin necesidad de rendirle cuentas a nadie. Pasaba los días entretenida esperando que a más tardar, a las doce y media, llegaban sus comensales a almorzar. Así pasaba los días, aten193

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diendo a la comida, a su trabajo y a todos los deberes de su hogar. La noche la alcanzaba cansada, pero siempre animosa. Un día le dijo feliz a su marido que le parecía que estaba embarazada. La noticia llenó de alegría a Ricardo. Era su tercera experiencia en esos compromisos, como él mismo lo decía. Ahora era una realidad que había soñado por mucho tiempo. Él tenía 54 años: había tenido amores de paso y ocasión, pero no se había casado ni comprometido con la seriedad que consideraba su unión con Luz María. Ella, para él, era como una reina, una jugada de buena suerte: la amaba, le parecía bella, señora, elegante, digna y su presencia como señor de hogar lo engrandecía y dignificaba. Abrazó a Luz María, le dio públicas gracias a Dios. Lo consideró un milagro y besó y acarició tantas veces a Luz María que la llevó sin quererlo al llanto. Lloraron juntos de felicidad. Él le aconsejó que nada les contara todavía a sus hijos y que visitaran a un especialista antes de tamaña noticia. Así lo hicieron. Mientras los muchachos andaban en sus estudios, él la acompañó. Llevaba años de no hacerse examinar nada. El médico, antes de hacerle ningún examen, la abrumó de preguntas sobre su salud. Se admiró, para sí, de la estructura de esa negra quien además de estar muy bien hecha, era alta y bonita. Todo empezó con un análisis de sangre. Se extrañó que no hubiera conocido lo grave que estaba su salud. A los ocho días del examen, aún sin dar la noticia a sus hijos, el médico le dijo a Ricardo, para él solo, que los días de su mujer estaban contados.
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-¿Cuántos años hace que no la trae al médico? Ricardo le contó toda la historia: que él se había casado con ella hacía apenas cinco meses. Y le refirió toda la historia suya y de Luz María. El médico pensó cuán triste es la vida de tantas gentes del pueblo que viven, tienen hijos, crían esos hijos, abrazan la vida como si fueran eternos, sin un solo examen de su salud, y así viven y mueren unos más tarde que otros, haciendo de su vida un honor a la fortaleza de la raza, pero disminuyendo sus resistencias por las enfermedades. Sintió pesar por esa mujer, seguramente de una raza fuerte pero minada por males que tal vez hubieran sido detenidos… Cuando Ricardo le dijo que ella era la madre del famoso nadador al que llamaban “el pez negro”, el médico lo miró: -Pero él es un atleta mayor, ¿está seguro? -Si, señor. El médico no le creyó. -¿Es verdad lo que me dice? -Sí, doctor. -¿Dónde la conoció usted? Entonces Ricardo se desmoronó. Suspiró y dijo: -Yo soy el hermano de su primer esposo. Yo lo maté, en defensa propia. Venía enamorado de ella y al fin accedió a ser mi esposa. Éste es nuestro primer hijo. El médico le dio la espalda. Pensó en la clase de historia que estaba escuchando. Volvió a mirarlo y le preguntó si había otros hijos.
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-Si, doctor, un joven que está terminado el bachillerato. -¡Aja! Pues la muerte de su mujer es cosa de días. Tiene una anemia perniciosa irreversible, además de un cáncer de matriz. Usted ha sido, involuntariamente, por su puesto, el verdugo de la mujer que ama. Es su destino. Es su suerte don Ricardo. Por primera vez le dijo don. Ricardo cayó en la desolación. Se apoyó en la pared del despacho del médico y lloró como un niño. La enfermera que había llevado a Luz María a una revisión fuera del consultorio, volvió para decirle que ella estaba descansando. Pasando el dolor de una prueba que le practicó. Vio llorando a Ricardo y comprendió que el médico le había comunicado el estado verdadero de la salud de Luz María. Sintió pesar. Los médicos son humanos, aunque parezcan inconmovibles. -Resignación es todo lo que puedo aconsejarle, don Ricardo. Le dijo el médico. Dos meses duró todavía Luz María, entre dolores indecibles y sueños inducidos por los medicamentos. Un día, en la hora de la lucidez, le pidió permiso a su enfermera para que la dejara conversar con su familia a solas. La enfermera comprendió que quería despedirse de su familia y le dijo: -Conversa hija con ellos. Diles todo lo que necesitas decirles. Y salió cerrando la puerta.
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-Yo guardé esperanzas hasta ahora, les dijo a Ricardo, Jesús y Mario, que la escuchaban de frente a su cama, estáticos, mudos ante el dolor y la pena que leían en aquella mujer ayer fuerte, robusta, enamorada y optimista, convertida por sus males en un espectro, con los ojos amarillos destacando en su rostro huesudo, vacilante, que parecía un esqueleto negro de voz oscura y fatigada. Dijo: - Ya se agotaron los medios de la ciencia ante la tenacidad de la muerte. Me queda la última esperanza. Me queda la última esperanza: la de mi propia alma: creo en Dios. Creo que no me disolveré en la nada. Creo que renaceré entre un bosque de orquídeas como las que tantas vi en mi vida, trepadas a los árboles y con las que fui feliz, visitándolas diariamente, sólo viéndolas, sin tocarlas, sin marchitarlas, eternas en sus colores y armonía. Así será el cielo que espero. Sin penas ni dolores. Días y noches iguales, comunicándome con almas llegadas de muy lejos, contándome historias vividas en su mundo, y yo refiriendo las mías de ríos extensos, prados, árboles, cielo claro tachonado de estrellas. Ese es el mundo que yo espero. Poco a poco se fue quedando dormida: se recostó en la almohada y vieron todos de cerró los ojos. Se miraron, ninguno de ellos creyó la dolorosa idea de la muerte. Llamaron a la enfermera a fin de que la observara. -Está dormida. Pueden estar tranquilos. Les dijo. Todos asumieron una secreta y tímida esperanza. ¿En qué? ¿Vivirá más? ¿Por qué se callaron todos al
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mismo tiempo y esperaron, en el fondo de sus almas, que se daría un milagro y que de pronto estaría entre nosotros así, bella como la vieron todos? No era fácil pensar que los dolores insoportables la llevaran así no más al cielo que soñaba. Salieron al corredor de la sala de enfermos terminales. Era sobria, con bancas largas donde varias personas esperaban el mismo desenlace. Casi nadie lloraba. Estaban en silencio. Se divertían mirando en las paredes paisajes abstractos, un pintor desconocido había decorado aquel pasillo con pinturas cuyo significado quedaba a voluntad del observador, como si significaran lo que el observador deseara. De pronto salió del salón una hermanita de la caridad, llamó discretamente a una persona y con un signo de aprobación apenas perceptible le indicó que ya había llegado la hora. Un leve susto, nada más. Un musitar inaudible, un signo de resignación. Un alma que se apartaba de la vida. Ricardo, Jesús y Mario esperaban en silencio sentados en una larga banca blanca. Jesús pensaba en bosques, veía montañas y ríos. Paradójicamente no pensaba en Luz María. Ella era una parte de sus vidas que ellos llevaban en el alma. Jesús, por largo rato, venía pensando en su segundo semestre de fisiología; el curso más intenso que seguiría pronto, lo orientaba el moderno texto del equipo de fisiología de la Universidad de Buenos Aires, encabezados por el eminente profesor Bernardo A. Houssay. En eso pensaba, olvidado transitoriamente de su madre, que agonizaba a seis metros de donde estaba.

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Ricardo pensaba en el carburador de un lujoso carro Ford 28, que le habían llevado accidentado a principios de la semana y que debía entregarlo al otro día y aún no había podido sincronizarlo. Mario llevaba su mente ocupada por un partido de fútbol que debía jugar ese fin de semana. Era delantero. Todos en silencio. Miraban instintivamente a la puerta de salida de la sala donde, en una tolda blanca y aislada, yacía el catre blanco donde agonizaba su madre y esposa de Ricardo. Día luminoso. Pero lo olores de los medicamentos le daban a su claridad el aire de Hospital. Todos miraban los cuadros enigmáticos, sugiriéndoles los más extraños pensamientos: unos parecían cosas de la vida, otros de la muerte. De repente, la enfermera que la atendía salió con una leve sonrisa en sus labios. Les dijo: -Despertó, está tranquila y quiere verlos. Todos volvieron como de un sueño. Se miraron entre sí, sin pronunciar palabra, fueron hacia la entrada de la sala. Se dirigieron a la especia de tolda donde yacía, encontrándose con el rostro demacrado pero sonriente de Luz María. El primero en acercarse a la cama fue Ricardo. - Hija, -le dijo, acercándose a besarla. ¿Cómo estás mi amor? -Bien, Richi. -¿Dormiste un rato?
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-No, amor. -¿Descansaste? -Creo que si. No me duele nada. Estoy como nueva. Dijo ella sonriendo. Sus dientes blancos, grandes y parejos le dieron vida a su rostro. Me dormí pensando en la muerte, - continuó - pero como no sabemos cual es la hora, ahora pienso que una buena práctica de alejar la muerte debe ser pensar mucho en ella. Ricardo se sonrió de buen grado. Jesús y Mario gozaban escuchándola y se hacían la ilusión de que, en verdad, estaba mejorando. De pronto Luz María les dijo: -Siéntense que vamos a seguir nuestra conversación. Yo voy a morirme, pero este mal es de todos los humanos y decirlo no aumenta ni disminuye la hora. Quiero que piensen en su futuro. En el de todos, y sé que Ricardo les lleva una ventaja. Él ha vivido más que ustedes, mis hijos. Veníamos muy bien. Mario a punto de elegir su carrera; Jesús casi a la mitad de la suya y yo, hijo, no te imaginas lo que he pensado sobre el trabajo que te espera. Porque no ejercerás la medicina en la ciudad, no. En la ciudad hay medios, que se apliquen con justicia depende de los médicos, del gobierno y el corazón bueno de las gentes. Pero tú sabes lo que son los pueblos y los pueblos negros, sobre todo. Allá la gente vive abandonada del Estado, de la caridad, y de sí misma. Como no tenemos educación, nos falta todo. En el monte se nos confunde con la naturaleza, vivimos todavía como los árboles… el suelo nos cuida: si es fértil, crecemos; si es estéril, perecemos. Tu papel, Jesús, será solamente trabajar por los negros, desde que nacen hasta que
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mueren. Verás y tendrás ocasión de comparar la fortaleza de nuestra raza cuando se le da ayuda. Verás los mejores deportistas. Los más agudos observadores. Los más fieles con su trabajo. En fin, harás descubrimientos de una raza que ni siquiera los investigadores más agudos la conoce. Hijo: no abandones tu raza. Enséñalos a vivir. Yo espero que en tus manos los niños mueran solo si Dios quiere. Nuestro hogar, que fue un sueño, no lo dejen acabar. Consigue una mujer buena, que te sirva para todo. Que quiera a tus muchachos. A ti te lo encargo. Ya estoy cansada, hijos. Déjenme dormir. Se durmió para siempre. Eran las nueve de la noche. Ricardo se encargó de todo.

Cali, marzo de 2007 Ángel Zapata Ceballos

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Este libro se terminó de imprimir en el mes de julio de 2007 en Todográficas Ltda. todograficas@une.net.co

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