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Beashley, W.G., Historia Contemporánea de Japón. Alianza, Madrid, 1995.

Capítulo 6
Los préstamos culturales (1860-1912)

En 1894, un periódico japonés, Yorozu Shimbun, publicaba una tira de dibujos


animados para ilustrar las etapas de la relación de Japón con Occidente a lo largo de los
últimos veinte o treinta años. En la primera de las tres caricaturas, Japón estaba figurado,
según explicaba el ministro británico en Tokio al enviar un ejemplar a Londres, como «un
niño sin remedio en presencia de un maestro extranjero enojado y despótico». En la segunda,
el maestro dormía mientras el niño crecía. En la última, el maestro se despertaba y descubría
a un alumno fuerte y robusto «capaz de vengarse de los anteriores malos tratos y de tirar de la
barba a su atemorizado y ahora completamente sometido maestro».
La caricatura ejemplifica un aspecto de la respuesta de Japón a Occidente en el siglo
xix, es decir, el dar prioridad al logro de una fuerza nacional a la occidental. Muchos ja-
poneses, siguiendo las directrices marcadas por el shogun Tokugawa en 1865, vieron que la
primera tarea del país era adquirir los conocimientos y las técnicas con las que «utilizar al
bárbaro para controlar al bárbaro». Pero había otras formas de considerar la relación. Una era
la social darwinista, manifestada en el reconocimiento de que Occidente había subido más
alto que Japón en la escala evolucionista, implicando que la finalidad del estudio era adquirir
«civilización». Hacer eso requería aprender acerca de las normas de conducta, del derecho y
la filosofía de Occidente, así como de su ciencia e industria. A un nivel diferente estaba el
simple deseo de satisfacer la curiosidad. Durante doscientos años de aislamiento, Japón había
estado sediento de información sobre el misterioso Occidente. Después de 1868, se aprestó a
saciar la sed celebrando su libertad de beber en una oleada de moda por lo que Aizawa
Seishisai había denominado «artefactos novedosos» y que ahora se extendía a la comida,
indumentaria, música, arte y casi todos los aspectos de la vida occidental.
No sorprende que esto ocasionara quejas de los que creían que la propia cultura
japonesa estaba siendo socavada. Los dirigentes políticos, que no podían darse el lujo de
pasar por no japoneses, tenían que tomar en serio tales quejas. A los ojos del gobierno, en
efecto, la unidad política exigía un brochazo de conservadurismo cultural. Ya lo hemos visto
expresado en la constitución de Meiji y en la ideología oficial. En los años que cierran el
siglo se reflejó también en la reforma legal y educativa, así como en gran parte de ios escritos
de la época.
Aprendizaje sobre Occidente
La mayor parte de los japoneses enviados por el Bakufu al extranjero antes de 1868
tenían que volver con información de diversos temas. Además, tenían la tarea de preparar
lugares idóneos de formación para los estudiantes que el Bakufu había elegido o aprobado.
De 1862 a 1867 no hubo menos de 68. Algunos señoríos habían seguido el ejemplo del
Bakufu, aunque hasta 1866 la iniciativa era ilegal: Choshu permitió a Ito Hirobumi y a Inoue
Kaoru el ir secretamente a Londres en 1863; Satsuma en 1865 despachó un grupo de 14
estudiantes a Europa todos con nombres falsos. En otros señoríos se tomaron medidas si-
milares tan pronto como se autorizaron. El resultado fue que el número de estudiantes

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enviados al extranjero antes de la Restauración, incluyendo los del Bakufu, llegaba a 150.
Generalmente se les exigía que se dedicaran a materias cuyo dominio contribuiría
directamente al logro de la fuerza nacional, como ciencia militar, naútica, fabricación naval y
otros temas de tecnología, pero a algunos se les permitió escoger derecho o medicina o
pedagogía, disciplinas en las que también se veía un valor práctico. Algunos, una vez en el
extranjero, ampliaban el alcance de sus estudios por propia iniciativa. Por ejemplo, Nishi
Amane, a quien el Bakufti había enviado a Holanda en 1862 para estudiar derecho y
economía, pasó bastante tiempo en Leiden aprendiendo acerca de la filosofía occidental.
Después de 1868, el gobierno de Meiji amplió la definición de lo que debía
considerarse útil tomando como modelo el acercamiento de Japón a China en los siglos xvi y
xvii, cuando el objeto había sido comprender una cultura y no sólo adquirir unas
determinadas técnicas. Prueba de ello fue la misión de Iwakura de 1871-1873. Ya en los años
del derrocamiento del Bakufu se había hablado de enviar una misión diplomática a
Occidente, tanto para buscar el reconocimiento del nuevo régimen como para examinar los
elementos de la civilización occidental que Japón pudiera tomar en préstamo de la manera
más provechosa. Los problemas de la reforma política nacional impidieron que la idea
progresara, pero una vez que los señoríos quedaron abolidos en 1871, volvió a hablarse de lo
mismo. Iwakura Tomomi, que había sido quien originalmente presentó la idea, tenía que ser
el que lógicamente fuera al frente de la misión. Kido y Okubo pidieron acompañarle, pues los
dos querían aprender más sobre los problemas internacionales que el país podría afrontar.
Juntos, formaron un grupo de presión irresistible. Tanto es así que en octubre de 1871 se
hicieron planes de una misión oficial a los gobiernos de Occidente encabezada por Iwakura y
con Kido y Okubo como delegados. El poderoso núcleo, que representaba respectivamente a
la Corte, a Choshu y a Satsuma, iría reforzado por casi 50 funcionarios, entre ellos ho
Hirobumi, y acompañado por 59 estudiantes que habrían de quedar matriculados en las
escuelas y universidades de diferentes países del mundo.
El ganar el reconocimiento diplomático del régimen de Meiji era uno de los objetivos
declarados de la misión. Otro, el dar ímpetu a la adquisición de préstamos culturales, estaba
relacionado con la revisión de los tratados. Como se expresaba en las instrucciones dadas a
los enviados, Japón había «perdido sus derechos y había quedado sujeto a los insultos de los
demás». Era ahora, por lo tanto, necesario empezar a restaurar su derecho a la igualdad, tarea
que sólo podía ejecutarse remediando «los fallos de nuestras leyes e instituciones» y
convenciendo a las potencias de que habían sido abandonadas «las arbitrarias costumbres del
pasado». Con este fin el personal de la misión estaba organizado en tres secciones: a la
primera se les asigné el estudio de las constituciones y las leyes; a la segunda, el de las
finanzas, comercio, industria y comunicaciones, y a la tercera, el de los sistemas educativos.
Cualquier información sobre organización, formación y equipo militar que pudiera
«beneficiar a nuestro país» sería recogida por todos los miembros de la misión cuando hu-
biera ocasión.
En diciembre de 1871, los integrantes de la misión zarparon de Yokohama en vapor. En
Estados Unidos pasaron siete meses, seguidos de cuatro en Gran Bretaña, después visitaron
más brevemente Francia, Bélgica y Holanda, antes de llegar a Alemania en marzo de 1873.
De ahí, algunos de sus miembros regresaron a Japón vía Rusia y otros vía los países
mediterráneos. Por donde pasaban Iwakura, Kido y Okubo eran recibidos por jefes de Estado
sosteniendo conversaciones con los principales ministros (incluyendo al canciller Bismarck,
pero no al primer ministro inglés Gladstone). Inspeccionaron departamentos
gubernamentales, instituciones militares, parlamentos, juzgados, iglesias, museos, escuelas,
bancos y fábricas de todo tipo. Se tomaron copiosos apuntes. Como resultado, aunque el

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progreso en el tema de la revisión de los tratados fue escaso, se llevaron a Japón un cuerpo de
hechos y opiniones que fue publicado en cinco volúmenes en 1878, constituyendo una guía
para la modernización en todos sus aspectos. Lo que es más, la actitud de los hombres de la
misión quedó profundamente influida por las experiencias de este viaje. Kido volvió
convertido en un reformador constitucional, Okubo sería el resto de su vida un abogado de la
industrialización, mientras que Iwakura, aunque siguió siendo en casi todo un conservador,
desde entonces aceptó la opinión de que el camino hacia adelante tenía que pasar por
Occidente.
Los estudiantes que fueron con la misión de Iwakura no fueron de ninguna manera los
únicos en ir al extranjero. Se ha calculado que en el periodo 1871-1873 había hasta 350
subvencionados por el gobierno. De éstos, dos quintas partes estaban en Estados Unidos
estudiando tecnología, minería, comercio y agricultura. Los enviados a Gran Bretaña,
aproximadamente una tercera parte, se concentraban en ingeniería, industria y comercio, los
de Francia en derecho, los de Alemania en ciencias políticas y medicina y, posteriormente, en
ciencias naturales. El reglamento publicado en enero de 1871 establecía el criterio de
selección de estos estudiantes, el periodo de estancia y la subvención concedida. El
desembolso total por estas becas representó alrededor del 10 por ciento del presupuesto de
educación de 1872-1873.
Debido en parte a estos gastos, el número de estudiantes se fue reduciendo a medida
que se desarrollaba el propio sistema educativo japonés. Después de 1875, el gobierno estaba
todavía preparado para subvencionar la formación avanzada de potenciales expertos que ya
habían completado su educación básica en Japón, pero no para subvencionar mucho más. Por
otro lado, este último periodo presenció el aumento continuo de estudiantes que iban al
extranjero por su cuenta. Alrededor de 900 fueron a Estados Unidos entre 1868 y 1900. Iban a
estudiar humanidades y ciencias sociales, además de las disciplinas aprobadas por el gobierno
Meiji, divulgándose así más extensamente entre las elites del país el conocimiento de la
civilización occidental.
El proceso de aprendizaje comprendió también la contratación de asesores y expertos
extranjeros para trabajar en Japón. En sus años finales, el Bakufu había empleado en torno a
doscientos de estos extranjeros, aparte de las misiones militares. En toda la era Meiji (1868-
1912) puede bien haber habido hasta cuatro mil o-yatoi, como se los llamaba, a poco más de
la mitad de los cuales es posible identificarlos por nombre, empleo y nacionalidad. Más o
menos la mitad de esa mitad identificable eran británicos en los primeros años, proporción
que después se redujo a un tercio. Francia, Alemania y Estados Unidos aportaron cada uno
una quinta parte o algo menos, disminuyendo con el tiempo los franceses y aumentando los
otros. La inmensa mayoría, sobre todo en la década de 1870-1880, iban a Japón con un
trabajo determinado: construcción de ferrocarriles, servicio de faros en las costas, capitanear
vapores, instalación de maquinarias en fábricas, enseñanza en las escuelas. En casi todos los
casos, se contaba con que también pudieran instruir a los japoneses para sucederlos, si bien
no era ésta su tarea principal. Habia una minoría formada por asesores adjuntos a los
diferentes ministerios del gobierno como especialistas en técnicas administrativas
occidentales. Muchos de éstos eran abogados. Todos estaban con contratos cuyos términos,
bien ceñidos, habían sido acordados en 1870, y trabajaban bajo la supervisión inequívoca de
funcionarios japoneses. Se les despedía tan pronto como había japoneses competentes
capaces de sustituirlos. Recibían salarios mucho más altos que los de cualquier ciudadano
comparable del país donde habían trabajado antes. En otras palabras, eran instrumentos de
reforma —Hazel Jones los llama «máquinas vivas»—, caros y apreciados, pero no
autorizados a ser reformadores por su cuenta.

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El conocimiento con que regresaban los estudiantes japoneses o los proporcionados por
esos extranjeros se propagaban mediante una variedad creciente de traducciones, libros sobre
Occidente y artículos periodísticos que aparecieron en la década iniciada en 1870. Uno de los
primeros ejemplos fue Seiyo Jijo («Asuntos de Occidente») de Fukuzawa Yukichi, publicado
en tres partes entre 1866 y 1870. Fukuzawa era un samurai de rango bajo de Kuushu que
había empezado estudiando artillería y holandés, después inglés y medicina, hasta que visitó
Europa y Estados Unidos como intérprete de las misiones del Bakufu después de la apertura
de los puertos. Seiyo Jijo era un compendio de los apuntes que él tomó de los gobiernos,
economías e instituciones sociales de Occidente explicando su funcionamiento de la forma
más clara posible. Su éxito fue inmediato. Por un lado, sus ventas le proporcionaron a
Fukuzawa los fondos necesarios para fundar Keio Gijuku, una de las dos universidades
privadas japonesas de mas renombre. Por otro, contribuyó a una causa patriótica. Como
escribiría el mismo Fukuzawa muchos años después en su autobiografía, su obra fue «no
sólo... para unir a los jóvenes y darles el beneficio de libros extranjeros, sino para abrir este
“cerrado” país nuestro y ponerle enteramente a la luz de la civilización occidental.
Otra publicación también encidopédica en su forma y propósito fue Meiroku Zasshí, la
revista de la primera sociedad erudita de Japón, la Meirokusha o «Sociedad de 1973». En sus
43 números, aparecidos en 1874-1875, figuraban contribuciones de la mayoría de los
japoneses considerados como comentaristas destacados del mundo exterior. Había artículos
sobre aranceles y reformas legislativas, sobre la idiosincrasia nacional; sumarios de libros
occidentales famosos y de escuelas filosóficas, y una variedad de traducciones. La mayor
parte eran producto de las conferencias de la sociedad y venían expuestas en una prosa
sencilla. A veces eran polémicas provocando problemas con la censura después de la
introducción de la Ley de Prensa de 1875.
Además se publicó una amplia gama de traducciones completas o parciales de obras
occidentales, a veces separadamente, a veces serialmente en periódicos y revistas. En 1871
Nakamura Keiu tradujo Ayúdate a ti mismo, de Samuel Smiles, y La libertad, de J. 5. Mill.
Ernest Maltraveis, de Bulwer-Lytton, traducido en 1878-1879, fue imitadísimo como novela
y estimado como fuente de información sobre la buena educación en Occidente. La vuelta al
mundo en ochenta días, de Julio Verne (1878), estuvo muy de moda como especie de manual
anotado para viajar al extranjero. Aparecieron también traducciones por estos años de
fragmentos de El Quijote, de Robinson Crusoe, Las fábulas, de Esopo, Las mil y una noches
y El viaje del peregrino desde este mundo alfuturo, de J. Bunyan, por no decir nada de La
utopía, de More, ni de El contrato social, de Rousseau. Diez años después la atención se
desvió a escritores europeos modernos: Turgueniev, Dostoievsky, Tolstoy, Ibsen, Victor
Hugo. [Hubo también en estos años (1889) una traducción de El alcalde de Zalamea. N. del
Ti. Antes de fin de siglo el estudiante japonés sin conocimiento de lenguas europeas podía,
sin embargo, conocer muchas de las grandes obras de la literatura universal.
La existencia de todas esas traducciones, aunada con las visitas a Occidente de autores
individuales o el contacto con las ideas occidentales por medio del cristianismo, produjo una
generación de novelistas japoneses con un concepto de su arte totalmente diferente del de sus
predecesores de la era Tokugawa. Casi siempre usaban una prosa moderna y directa.
Descubrieron también un nuevo rnterés en el individuo, como sujeto cuya vida y pensa-mien-
to debían ser explorados a menudo de manera semiautobiográfica. Sin embargo, esto no
quiere decir que los escritores de fines de Meiji fueran completamente occidentales en sus
técnicas y convenciones literarias. Un rasgo común en muchos autores nacidos por el tiempo
de la Restauración, en 1868, era que poseían una conciencia mucho más vívida del cambio
cultural que los que vinieron antes o después. No era infrecuente que hubieran tenido una

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educación sino-japonesa en sus primeros años, después otra de corte occidental en la
universidad o en otro lugar, y que se ganaran la vida como intelectuales urbanos. Tal
experiencia les hizo excepcionalmente conscientes de la discordia entre su identidad cultural
occidental y japonesa. Varios de ellos realizaron esfuerzos considerables por mantener un
vínculo con la tradición histórica y literaria de su propio país: a través de la poesía, por
ejemplo, o del tema-argumento de algunas de sus novelas.
Había un importante aspecto visual en el proceso del aprendizaje japonés, lo cual era de
esperar teniendo en cuenta que una imagen vale más que mil palabras, como reza el dicho. La
pintura occidental se enseñaba desde 1876 en una escuela especial del gobierno. Aunque
llevaba mucho tiempo influyendo a bastantes y destacados pintores japoneses, es irónico
constatar que se puso de moda justo cuando en Europa más estaban impactando las formas
artísticas deJapón. La arquitectura de estilo occidental de pronto se convirtió de rigor en las
oficinas del gobierno, bancos y estaciones ferroviarias. Los peinados tradicionales de los
samurais desaparecieron rápidamente —la aprobación oficial del cambio se dio en 1871— y
los japoneses empezaron a aparecer en público en varias formas de indumentaria
internacional. Se dice que en 1873 unos samurais de Satsuma que se dejaron ver en Tokio con
sus antiguos vestidos «eran observados con tanta curiosidad como lo habían sido antes los
extranjeros». A partir de entonces, el ejemplo de la Corte, que adoptó la indumentaria
protocolaria occidental a fines de 1872, reforzado por el de los funcionarios del gobierno con
sus levitas y de los militares y policías con sus uniformes, contribuyó a dar amplia aceptación
al nuevo modo de vestir. Antes de 1900 era ya usado casi en todo Japón entre la clase alta, al
menos en ocasiones públicas y de negocios.
La comida occidental siguió siendo algo de lujo para los japoneses de estos años,
aunque la costumbre de comer en restaurantes empezó a tomar cierto arraigo progresista.
La música occidental se oía en los años ochenta en el Rokumeikan, un salón construido
en Tokio en donde los altos funcionarios de Japón podían conocer a los diplomáticos y a otros
residentes extranjeros. Ahí tocaban también las bandas del ejército y de la marina, así como
los músicos de la Corte en las galas de baile. La música occidental no tardó en ser un
complemento de la buena educación. Se estudiaba en la Escuela de Música de Tokio, fundada
en 1887, la cual contribuyó en 1903 al montaje de la primera ópera en japonés, una
traducción del Orfeo, de Gluck. El gusto popular se inclinaba más a la música marcial,
también de estilo occidental, como las marchas y las canciones que se enseñaban en las
escuelas y se tocaban en conciertos al aire libre.
Claramente lo que ocurría en Japón a partir de 1870 era algo más que un debate sobre la
mejor manera de hacer las cosas a la occidental. Costumbres y formas de pensamiento de
Occidente todavía no habían penetrado mucho más allá de las clases altas urbanas —las
zonas rurales y la mayor parte de la población apenas habían sido tocadas—, pero iban siendo
lo bastante influyentes como para hacer sonar la alarma entre los que valoraban las
tradiciones. El resultado fue que la corriente en favor de «civilización e ilustración» (bunmei-
kaika) pronto perdió parte de su fuerza.
Las leyes y la educación
Las primeras manifestaciones de leyes japonesas escritas procedían de China y databan
de los siglos vii y viii. Como en China, los códigos que enmarcaban esas leyes, eran
declaraciones de prácticas administrativas y no reglas a las que pudieran apelar gobernantes y
gobernados por igual. Casi todas las disputas entre súbditos sobre derechos, a menos que no
tocaran asuntos tributarios o de orden público, caían enteramente fuera de ellos. La situación

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siguió casi igual cuando Japón adquirió a partir del siglo xii un sistema feudal. El modelo
chino tenía que ser ajustado a una situación en la cual la autoridad política estaba
fragmentada geográficamente y era dominada por una clase militar gobernante; aún así,
secciones del mismo se mantuvieron en uso al lado de las tramitaciones acostumbradas
relativas a tierras y herencias. De esa manera, el derecho japonés, tal como le llegó al
gobierno de Meiji, era a la vez feudal y chino. Es decir, daba cuerpo a gran parte de los
códigos imperiales chinos, apenas distinguía entre el deber del funcionario como juez y como
guardián del orden, y sus disposiciones y maquinaria variaban según el lugar (territorio
feudal> y la posición del individuo (señor, samurai, plebeyo).
Considerando que la primera etapa de las reformas políticas de la era Meiji fue en
apariencia una reversión a las instituciones del siglo viii y de corte chino, no resulta sor-
prendente ver que el derecho siguiera un camino parecido. El derecho penal, por ejemplo, se
codificó en 1871 según directrices chinas. Sin embargo, ni el código en sí ni el aparato con
que se administraba, merecieron la aprobación de las potencias extranjeras. En uno y otro
aspecto, el derecho claramente debía ser modificado si iban a abrígarse esperanzas de una
revisión de los tratados desiguales, a la vez que de la abolición de los señoríos se siguieron
necesariamente otros cambios.
La reforma de los procesos jurídicos se inició en 1871 con la creación de juzgados
locales y regionales presididos por jueces nombrados en sustitución a los juzgados operados
por los antiguos señores feudales. En 1875 se añadió la creación de una Corte Suprema
tomando del Ministerio de Justicia la posición de la más alta corte de apelaciones. El poder
del ministro a retirar o destituir jueces fue limitado en 1886, decidiéndose cuatro años
después que el nombramiento de los jueces sería por oposición y de por vida. Así, antes de
acabar la centuria, Japón había dado algunos pasos en el camino de disociar lo jurídico de lo
político.
También las leyes fueron revisadas. La redacción de un proyecto de derecho penal se
inició en 1875 bajo un asesor francés, Gustave Boisssonade de Fonterabie. Se completó a
fines de 1877, aunque el examen del Consejo Ejecutivo llevó algunos años más. Fue en 1882
cuando se publicó y entró en vigor la versión final. En cambio, el derecho comercial buscó
precedentes en Alemania. Hermann Roesler, el mismo que asesoraba a ho en el tema de la
Constitución, fue el encargado de trabajar a partir de 1881 en un derecho comercial integro;
pero su borrador, listo en 1884, no se promulgó hasta 1890 después de ser revisado por los
Ministerios de Justicia y de Exteriores. Incluso entonces hubo quejas de que el resultado era
demasiado occidental para servir de marco al comercio interior del país. En consecuencia, no
fue hasta 1899 que entró en pleno vigor este código.
El código civil fue en algunos aspectos todavía más difícil. Aunque sin relevancia
directa con la jurisdicción consular o el comercio exterior, razones de coherencia y de
prestigio internacional hacían aconsejable que fuera también occidental en la forma. Aplicar,
sin embargo, reglas occidentales a asuntos como el matrimonio o la propiedad, temas
centrales en una completa diversidad de costumbres tradicionales, parecía arriesgarse
demasiado a sembrar inquietudes y a despertar polémicas. Y, en efecto, el riesgo resultó
cierto. El proyecto de ley se empezó en los años setenta tomando como base una traducción
del código civil francés. La primera versión fue rechazada por el gobierno en 1878 por ser en
conjunto demasiado «extranjera», igual que el borrador de la Constitución del Genro-in por
las mismas fechas. La siguiente, preparada por Boissonade en 1886-1888, encontró
objeciones en círculos políticos y académicos por establecer un equilibrio inadecuado entre
sus componentes europeos y japoneses. El debate consiguiente demoró hasta 1898 una

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decisión final, si bien no hizo a la versión publicada mucho más «japonesa».
Como cabría esperar, el tema de la educación despertaba sentimientos tan vivos como
los provocados por el tema de las leyes. Estaba caracterizado por desacuerdos entre los que
veían el proceso como una preparación necesaria para la competencia internacional y los que
temían que las formas de vida heredadas del pasado estaban siendo erosionadas. Japón
empezó con la ventaja de contar con un legado educacional premoderno, el cual tanto en
calidad como en escala era mucho mejor que el que habían tenido casi todas las sociedades
modernas: más de doscientas escuelas públicas administradas por el Bakufu y los grandes
señoríos, en donde se formaba a los samurais en las artes marciales y en algunos fundamentos
de la filosofía confuciana; más de 1.500 escuelas privadas y academias similares en muchos
aspectos, pero en donde en lugar de disciplina militar se enseñaban oficios «útiles» como
correspondía a alumnos de inferior posición; y unas 10.000 escuelas del «templo», en donde
sacerdotes y otros dignatarios locales enseñaban a los hijos de los plebeyos las letras, los
números y un pequeño cuerpo de preceptos morales. Se ha calculado que antes de 1860 se
hallaban matriculados en estas escuelas hasta un millón de estudiantes, lo cual garantizaba
una elevada proporción de japoneses capaces de leer y escribir aunque fuera a un nivel
mínimo.
Los esfuerzos del gobierno Meiji de erigir un sistema nacional de educación debieron
muchísimo a este legado del pasado. Así y todo, eran esfuerzos sumamente ambiciosos. La
Ley sobre Educación de 1872 dispuso para la educación un criterio vocacional que en
conjunto resultaría reconocible para los contemporáneos occidentales. Iba a ser el medio que
hiciera posible para todo el mundo el aprender «el cultivo de la ética, la mejora del intelecto y
el progreso en los oficios», de manera tal que se le permitiera al educando «ascender, guardar
su propiedad y prosperar en sus negocios»; además, satisfacería todas las necesidades «desde
el lenguaje, la escritura y el cálculo para el uso diario hasta los conocimientos necesarios para
los funcionarios, campesinos, comerciantes y artesanos»39. Debía haber, se decía en esa ley,
escuelas en todas las ciudades y aldeas. Con este fin, el país quedó dividido en ocho regiones
educacionales, en cada una de las cuales habría una universidad y 32 escuelas secundarias. A
su vez, todos los distritos secundarios tendrían 210 escuelas primarias —una por 600
habitantes— en donde todos los niños con seis años cumplidos deberían pasar dieciocho
meses.
El contenido de la educación, según se desprendía de los objetivos mencionados, sería
occidental y utilitario. Muchas de las escuelas habían sido escuelas de templos, pero en los
puestos claves se colocó a asesores y profesores occidentales; por otra parte, los libros de
texto (incluso los usados en las clases de lectura) estaban modelados o directamente
traducidos de libros publicados en Occidente. Esto constituyó una fuente de quejas: esos
libros guardaban escasa relación con el entorno geográfico o social de Japón. Tampoco los
entendían muy bien la mayoría de los profesores, que no tenían mucha formación en algo que
no fuera chino o japonés. Lo que es más, la educación, aunque obligatoria, no era gratuita.
Pese a la improvisación de los locales de enseñanza y a la mala paga de los docentes, los
gastos de escolarización estaban por encima de la economía de las familias más pobres, lo
cual vino a ser uno de los temas de protestas constantes, a veces incluso de disturbios, de la
población japonesa.
No obstante, antes de 1880 había 28.000 escuelas primarias con más de dos millones de
alumnos (aproximadamente el 40 por ciento de los niños en edad escolar) y había sido
posible aumentar el periodo de escolarización obligatoria a tres años. En 1886, el porcentaje
de asistencia escolar era del 46 por ciento y el periodo de escolarización se aumentó un año

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más. Desde entonces, los números siguieron en escala ascendente de forma continua. La
asistencia era del 60 por ciento en 1895, del 90 por ciento en 1900. En el mismo periodo, la
educación secundaria y no obligatoria estaba haciéndose especializada, al añadir el gobierno
escuelas normales (1872) para compensar las deficiencias en la docencia, escuelas medias
(1881), escuelas medias superiores (1886, rebautizadas en 1894 como escuelas secundarias) y
escuelas secundarias femeninas (1889). Para completar la pirámide en 1877 se amalgamaron
diferentes instituciones de enseñanza superior, derivadas del tiempo del Bakufu, quedando
reorganizadas en 1886 en la Universidad Imperial de Tokio. En 1903 se estableció otra
universidad similar en Kioto.
Un papel clave en las etapas posteriores de este progreso lo tuvo Mori Arinori, de
Satsuma, que había estudiado en Europa y Estados Unidos entre 1865 y 1868. Trabajó como
enviado en Estados Unidos antes de hacerse cargo de la cartera del Ministerio de Educación
de 1885 a 1889. Sus ordenanzas dieron al sistema la configuración que retendría durante
veinte años, es decir, un periodo de ocho años de escuela primaria de los cuales cuatro eran
obligatorios; otro periodo de escuela secundaria de cuatro años; después una escala de
educación superior que llegaba a la recién creada universidad. Había dos características: una,
el estrecho control del gobierno: el Ministerio prescribía todos los libros de texto y ejercía la
supervisión de las escuelas públicas a través de los gobiernos locales, mientras que a las
privadas se les sometía a licencia e inspección. Otra, la bien marcada distinción establecida
entre e1 nivel inferior y el superior. Para la inmensa mayoría de los japoneses, la educación
consistía en la adquisición en la etapa primaria obligatoria de los conocimientos básicos de
corte occidental. Los que tenían los medios para pasar a la enseñanza secundaria podían
acceder a empleos en los niveles más bajos de la burocracia, pero a partir de ahí no había una
progresión regular. El ingreso en las escuelas superiores se reservaba a una pequeña minoría
destinada a convertirse en la élite, es decir, se trataba de potenciales universitarios formados
para ser los miembros de los niveles superiores de la burocracia, o los expertos en alguna de
las ramas de la ciencia, o intelectuales capaces de ejercer con sus escritos influencia en la
sociedad. No era un sistema de privilegiados en el sentido de que todo dependía de la cuna,
sino en el de que los realmente pobres no solían ingresar en la Universidad de Tokio excepto,
quizás, por medio del mecenazgo.
Para una generación no muy alejada del sistema estratificado del Japón feudal, no había
nada de raro en todo esto. Lo que sí les parecía a muchos inaceptable era la naturaleza del
contenido de la enseñanza. Los conocimientos occidentales eran muy útiles, pero las ideas
occidentales eran subversivas al menos a juicio de los que volvían la vista con respeto a la
filosofía de los eruditos de la era de los Tokugawa. Un número de éstos, incluyendo a Motoda
Eifu, tutor confuciano del emperador, ocupaban cargos en el palacio desde donde podían
ejercer cierta presión sobre los ministros que de otra forma apenas les hubieran hecho caso.
En 1879, convencieron al emperador para que promulgara un rescripto condenando «la
emulación indíscriminada de las costumbres occidentales» que se veía en la educación. La
enseñanza, se decía en él, debía acentuar más «los grandes principios regidores de la relación
entre gobernante y súbdito, padre e hijo». También en el Rescripto sobre Educación de 1890
el tema central volvía a ser la lealtad y la piedad filial, aunque se le exhortaba a la población a
que las combinara con los deberes cívicos más comunes: «haced avanzar el bien público y
promoved el interés común. Respetad siempre la Constitución y observad las leyes; y, en el
caso de una emergencia, ofreceos valerosamente al Estado».
Con el estímulo generado por estos rescriptos, los conservadores lograron ganar mayor
prominencia en la inclusión de los valores japoneses dentro del sistema educativo nacional.
Después de 1890, los libros de texto, no sólo los de ética, eran cuidadosamente escudriñados

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en busca de muestras indeseables de influencias extranjeras. A la moral, al patriotismo y «al
espíritu de reverencia al emperador» se les daba explicitamente prioridad en la formación de
la juventud. En consecuencia, la conciencia de una dicotomía cultural, que se había
manifestado en la Constitución y en los debates sobre el derecho, quedó también implantada
en las mentes de las futuras generaciones de japoneses.
Ilustración y conservadurismo cultural
Si a los residentes extranjeros en Kobe y Yokohama se les hubiera preguntado en la
década de los ochenta del siglo xix qué tenía que ofrecer Occidente a Japón aparte de los
beneficios del comercio, seguramente la mayoría habría contestado que el cristianismo. En el
siglo xix, la evangelización era una señal de la autoconfianza con que se movía Occidente en
todas las partes del mundo. Los misioneros habían entrado en los puertos de los tratados tan
pronto como los comerciantes y, aunque en principio iban para atender a la comunidad
extranjera, aprovecharon todas las ocasiones para propagar el Evangelio también entre los
nativos. En 1873 era legal hacerlo así, debido a que la presión diplomática extranjera acabó
por fin con el veto de los Tokugawa a la «secta malvada».
Claro que con esto no se eliminaron los prejuicios contra el cristianismo. Pero en la
oleada de entusiasmo por todo lo occidental de los años setenta, los misioneros empezaron a
abrir brecha. Algunos de los nuevos conversos eran simples «cristianos de cocina». Otros
eran estudiantes que aceptaban la religión porque les ofrecía una «ventana al Occidente»
accesible a los que no podían darse el lujo de viajar fuera. Pero había también muchos
hombres y mujeres con influencia y posición —familias de ex samurais, por ejemplo—
capaces de dar al cristianismo en la sociedad japonesa una voz más poderosa de lo que
simples cifras pueden dan a entender. Las cifras, en efecto, eran pequeñas. Pese a la gran
inversión de fondos y de esfuerzos humanos, el total oficial de cristianos hasta 1907 no
superaba los 140.000 conversos, cifra que se desglosaba en 60.000 católicos, con un
arzobispo en Tokio y obispos en Osaka, Nagasaki y Sendai, menos de 50.000 protestantes de
varias denominaciones, y 29.000 seguidores de la confesión ortodoxa que había sido
propagada con notable éxito por un puñado de sacerdotes rusos. Todas estas Iglesias dieron
pasos para formar a un clero japonés. Los católicos y los protestantes se ocuparon, además,
activamente de la medicina y la educación fundando varias escuelas, núcleos de futuras
universidades.
No obstante, es indudable que las creencias religiosas de Occidente eran para los
japoneses menos atractivas que las seculares. No se trataba simplemente de un asunto de
«riqueza y fuerza» merecedor de prioridad por parte de los gobernantes de Meiji. A los
intelectuales, en concreto, les preocupaba además el tema de la «civilización e ilustración» (
bunmei~kaika) , que reflejaba una creencia en la superioridad de la cultura occidental que
Japón, se afirmaba, hacía bien en emular. Ejemplos notorios de esta idea a mediados y a fines
de la era Meiji los ofrecían Fukuzawa Yukichí (1835-1901) y Tokutomi Sobo (1863-1957).
El planteamiento de Fukuzawa estaba recogido de la manera más completa en un libro
que publicó en 1875 con el título de Bunmeí-ron no Gairyaku («Idea general de una teoría de
la civilización»). En un lenguaje socio-darwinista identificaba a Japón como uno de los países
semicivilizados del mundo a la par de Turquía y China; reconocía que era, por lo tanto,
inferior a los de Occidente «en literatura, arte, comercio, industria, desde las cosas más
grandes hasta las más pequeñas»; y postulaba que a fin de avanzar al siguiente estado más
alto en la evolución, Japón necesitaría adquirir, no sólo tecnología y fuerza militar, sino
también «el espíritu de la civilización». Con esta finalidad, «la primera obligación está en

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eliminar cualquier apego ciego a las costumbres pasadas»41. Con esto Fukuzawa se refería
específicamente a las tradiciones absolutistas y autoritarias del confucianismo. Por ser estas
tradiciones chinas, el abandonarlas no constituía en su opinión un rechazo a la cultura
indígena japonesa, sino más bien se trataba de sustituir un elemento chino por otro occidental
mejor. Los poderes arbitrarios que, de acuerdo con los preceptos confucianos, ejercía el
gobernante sobre el súbdito, el padre sobre el hijo, el marido sobre la mujer, eran, según él,
inconsistentes con la civilización. Así, mientras que la institución imperial, inequívocamente
japonesa, debía preservarse, era necesario erigir debajo de ella una estructura política que le
diera a la población en general una voz en la política y un sistema legal que garantizara los
derechos básicos.
Tokutomi, asimismo, contemplaba un proceso de modernización de tipo diferente al
elegido por el gobierno de Meiji. En un libro titulado Shorai no Nihon («El Japón del
Futuro»), publicado en 1886, tomaba como punto de partida las ideas de la obra de Herbert
Spencer, Principios de la Sociología, especialmente su caracterización de dos tipos de
sociedad, una «militar» (guerrera, autoritaria, hostil al comercio) y una «industrial» (amante
de la paz, comprometida en las libertades individuales, económicamente guiada por el
laissez-faire). Identificando a la primera con las realidades de los Tokugawa y a la segunda
con las aspiraciones de Meiji, Tokutomi fue capaz de desarrollar una crítica del lema «riqueza
y fuerza» desde un punto de vista progresista más que tradicionalista. Como él lo veía, lo que
se necesitaba en el mundo configurado en el siglo xix era la habilidad de competir
económicamente. Esto a su vez requería una sociedad mucho más acorde a los intereses del
comercio y de la industria y, por lo tanto, de la gente plebeya ocupada en ellos, que la
sociedad que Japón estaba en el proceso de crear.
La occidentalización de la vida pública japonesa de los años ochenta —el Gabinete, el
Consejo Privado, el Estado Mayor General del Ejército, la Constitución, el servicio civil, los
nuevos cuerpos legislativos son todos ejemplos— no era bien recibida por todos. Hombres
como Fukuzawa y Tokutomi, por su parte, la consideraban en gran parte una distorsión de los
principios occidentales que estaba contribuyendo a la creación de un Estado poderoso y no de
una sociedad civilizada. En cambio, los tradicionalistas, de los que Motoda Eifu puede
tomarse como prototipo, creían que el país estaba en peligro de perder la rectitud por su
persecución de lo novedoso. Entre ambos puntos de vista estaba la opinión de los miembros
de una generación más joven, criada en la aceptación del modelo occidental, pero preocupada
por el papel demasiado prominente que estaba dándosele. En 1889, uno de sus portavoces,
Kuga Katsunan, escribía lo siguiente en el periódico Nihon [«Japón»]:
“Reconocemos la excelencia de la civilización occidental. Valoramos las teorías
occidentales de los derechos, de la libertad y de la igualdad; respetamos la ética y la filosofía
occidental... Por encima de todo, apreciamos la ciencia, la economía y la industria de
Occidente. Todo esto, sin embargo, no debe adoptarse simplemente porque es occidental.
Debe adoptarse solamente si puede contribuir al bienestar de Japón”.
Este planteamiento más escéptico insistiendo en que la cultura y las tradiciones
japonesas poseían virtudes propias, iba a ser mucho más característico de finales de los años
ochenta y de la década de los noventa. Tanto Fukuzawa como Tokutomi, al observar cómo se
extendía el imperialismo en Asia y Africa, se quedaron consternados ante la incapacidad de
Occidente de practicar lo que predicaba, tal como ellos dos lo concebían, y en cierta manera
volvieron atrás en algunas de sus ideas de antes. El resentimiento de Tokutomi, de hecho, se
tiñó de tonos racistas. En un mundo dominado por Occidente, escribía, no regiría ni la paz ni
la tolerancia. Japón se había hecho a sí mismo «la nación más progresiva, desarrollada,

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civilizada y poderosa de Oriente», pero todavía tenía que aguantar el «desdén de los pueblos
blancos». Concluía Tokutomi que Asia estaba en peligro y que Japón podía y debía salvarla
destruyendo «el monoplio mundial y... los derechos especiales de las razas blancas». Esto a
su vez tenía implicaciones para la naturaleza de la sociedad japonesa. Lo que se necesitaba,
afirmaba, era hacer hincapié en las cualidades especiales de Japón y no simplemente remedar
a Occidente, era también alentar el «vigor bárbaro» y el «espíritu de servicio patriótico», era,
en fin, buscar la armonía y la igualdad social expresadas en lealtad a un emperador
trascendente.
De esa forma, Tokutomi venía a situarse en definitiva en una posición no muy diferente
de la del gobierno de Meiji. Otros siguieron un camino diferente. El argumento de Okakura
Tenshin, por ejemplo, historiador y crítico de arte, era que el pasado de Japón era una fuente
de fortaleza no un motivo de vergüenza. En 1904, escribía que la absorción a lo largo de los
siglos de otras culturas asiáticas le había dado al país una «libertad y virilidad desconocidas
en China y en la India», como consecuencia de la cual «somos capaces de comprender y
apreciar con más facilidad que nuestros vecinos los elementos de la civilización occidental
que es deseable que adquiramos»44. Japón siempre había tomado prestado «sin violar su senti-
do de su tradición» y había conseguido trasladar parte de sus propias tradiciones a la vida
moderna. Por esto mismo había sido capaz de ponerse a salvo del peligro simbolizado por el
industrialismo y el individualismo.
El dilema al que Fukuzawa, Tokutomi y Okakura, cada uno a su modo, se enfrentaban
no era sólo el de controlar las repercusiones políticas y psicológicas de la modernización a la
occidental, sino también el de delimitar el lugar de Japón en el mundo. Nakae Chomin (1847-
1901), político radical y traductor de El contrato social, de Rousseau, trató de la relación
entre los dos problemas en un libro publicado en 1887. Titulado Sansuijin Keirin Mondo
(«Disquisiciones de tres borrachos sobre gobierno»), se presentaba en la forma de una
discusión de tres borrachos sobre un recurso para evitar la censura— que abogaban por
diferentes puntos de vista. Uno de ellos, el «Caballero del Aprendizaje Extranjero», afirmaba
que Japón no necesitaba armas para su defensa, sólo civilización e industria: «si adoptamos a
la libertad como ejército y marina, a la igualdad como fortaleza y a la fraternidad como
espada y cañón, ¿quién en el mundo osará atacarnos?». Otro, el «Campeón del Oriente»,
tomaba la opinión contraria equiparando civilización con fortaleza. Para un país atrasado,
decía, la civilización tiene que ser asegurada por la compra. Japón sólo puede obtener los
recursos necesarios para financiar esa civilización por medio de la expansión en ultramar,
preferiblemente en China, un vecino lo suficiente débil para proporcionar «a las naciones
pequeñas como la nuestra el alimento con que llenar nuestros estómagos». Para el tercer
miembro del grupo, el «Maestro», que quizá hablaba en nombre del autor, no era necesario
aceptar ni un extremo ni otro. Japón podía mantener su independencia con la ayuda de armas
puramente defensivas, explotando el equilibrio de poder de los países occidentales y
cultivando la relación con China como principal mercado».
Nakae no cerró el debate con una conclusión por todos aceptada. Tampoco lo cerró el
pueblo japonés. El debate seguiría en términos muy parecidos a lo largo de toda la historia
moderna del país alimentando poderosas emociones con respecto, no sólo al tema de la
expansión imperialista, sino también al de la relación entre tradición y modernidad.

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Capítulo 7
La industrialización: primera fase, 1860-1930
La industrialización no fue de ningún modo el único rasgo importante de la historia
económica japonesa después de la apertura de los puertos, pero es al que mayor atención se le
ha prestado. Fuera de Europa y de América del Norte antes de 1945, los logros industriales
del país fueron únicos tanto en escala como en complejidad. Esos logros son además
centrales para comprender al Japón del siglo xx, ya que no sólo fijaron las pautas del
comercio exterior y contribuyeron a orientar la expansión territorial, sino que también
provocaron dentro de Japón las mismas clases de cambios sociales y las mismas inquietudes
políticas existentes en otros países del mundo en etapas semejantes de desarrollo. Por estas
razones han sido tomados como principales hilos conductores de este capítulo. La agricultura
y el comercio serán tratados de forma subordinada.
Hay varios puntos polémicos relativos al crecimiento económico japonés en estos años
que será necesario tocar. Uno es la extensión en la que lo ocurrido en la era Meiji constituyó
la secuela natural o incluso inevitable de lo que ya había acaecido en la era Tokugawa,
dejando enteramente a un lado los cambios causados por la llegada de Occidente. Otro es el
papel de la política oficial, es decir, hasta qué punto hay que atribuir el mérito al Estado y no
a la empresa privada por la celeridad y la eficacia con que el país se industrializó. La verdad
es que las dos cuestiones se relacionan en tanto en cuanto las políticas económicas del
gobierno de Meiji eran en sí mismas y en importantes aspectos una respuesta a los peligros
juzgados como inherentes al imperialismo occidental. Por este motivo, los temas a tratar
primero aquí se refieren a la economía política y no a la economía en sentido más riguroso.
Las bases, 1860-1885
En los años de la apertura de los puertos, Japón poseía ya algunos de los atributos
necesarios para el crecimiento económico moderno. En algunas de las regiones más
avanzadas del país los campesinos ya estaban acostumbrados a operar en una economía
monetaria. Había un sistema de distribución de mercancías bastante desarrollado que llegaba
a zonas tanto rurales como urbanas. Un número bastante grande de japoneses tenían cierto
nivel de experiencia en las finanzas y el comercio, aunque no mucho en la manufactura,
mientras que algunos miembros de la clase gobernante poseían conocimientos de la
tecnología y de la ciencia occidental principalmente en sus aplicaciones militares y médicas;
una proporción considerable de la población ya sabía leer y escribir, lo cual facilitaba la
circulación de información y de ideas; por último, hay pruebas de acumulaciones de capital,
pequeñas pero ampliamente distribuidas entre los plebeyos, al lado de indicaciones de un
aumento de su nivel de vida en los últimos años de la era Tokugawa. Japón todavía no había
entrado en la fase del crecimiento moderno, pero da la impresión de que ya estaba movién-
dose en ese rumbo.
En tal situación los tratados desiguales tenían importantes consecuencias para el futuro
económico del país. Al poner a Japón en el escenario del comercio mundial, con los tratados
se aumentaron las oportunidades de la economía gracias al nuevo acceso a los modelos
institucionales, a la tecnología y a los mercados del extranjero. Al plantearse la amenaza de
una dependencia colonial o semicolonial, se dio pie a la reforma militar, el elevado costo de
la cual colocó a la política fiscal en el centro de la preocupación del gobierno. Una de las
ventajas percibidas de construir un Estado centralizado estaba en que aumentaba la capacidad
del régimen no sólo para estimular el crecimiento económico, sino también para beneficiarse
del mismo por medio del fisco.

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Al final de la era Tokugawa ya se iba promocionando la industria con fines militares; y,
aunque estas prácticas se continuaron después de 1868, no fue hasta 1874 cuando Okubo
Toshimichi, por entonces el dirigente más influyente del gobierno, fijó propuestas
encaminadas a algo de alcance más amplio. Aprovechando la experiencia ganada en la misión
de Iwakura a Estados Unidos y a Europa y citando en particular el ejemplo de Gran Bretaña
que a él le parecía comparable en tamaño y recursos, defendía que el país necesitaba un
aumento del «poder productivo» que sólo podría conseguirse por la industria manufacturera.
Considerando el atraso del país, escribía, no era probable que esto resultara de iniciativas
individuales solas. Se necesitaba, además, «el patrocinio y el aliento del gobierno y de sus
funcionarios»46. La tarea fue confiada a la sección industrial del propio Ministerio del Interior
de Okubo apoyada por el Ministerio de Obras Públicas bajo Ito Hirobumi.
Una parte fundamental de su trabajo era mejorar los transportes y las comunicaciones.
Ya en 1871 el gobierno había instituido un servicio postal entre Tokio y Osaka que fue
ampliado para reunir a 3.000 estafetas en los primeros tres años. Pronto se añadió un sistema
telegráfico nacional. La construcción ferroviaria estuvo al principio enteramente bajo el
control del gobierno, pero antes de final de siglo dos tercios del kilometraje total iban a ser
privados. Tokio, Osaka y Kioto tenían en 1877 acceso ferroviario a sus puertos de gran calado
más próximos (Yokohama y Kobe); en 1889 se había completado la ruta troncal que ponía a
las tres ciudades en comunicación; y dos años después quedaba abierta la línea de Tokio a
Aomori, en el norte del país.
En cuanto a los servicios marítimos, tanto costeros como de ultramar, se les sometió a
regulaciones del gobierno en parte con la mira de alejar la competencia extranjera. Un
beneficiado fue un anterior samurai de Tosa, Iwasaki Yataro, fundador de una compañía que
en 1873 era conocida como Mitsubishi. En 1871, se había hecho con unos cuantos barcos que
habían quedado en su señorío al ser disuelto. Después adquirió la línea marítima existente
entre Tokio y Osaka, amplió la flota con varios navíos militares de transporte, comprados por
el gobierno para una expedición a Taiwán en 1874, y finalmente inauguró rutas a Hong Kong
(1879) y a Vladivostock (1881). En 1885, bajo la presión del gobierno, permitió que sus
intereses navieros (pero no otras empresas suyas) se amalgamaran con los de algunos de sus
rivales para constituir la compañía Nippon Yusen Kaisha (NYK) compuesta de 58 barcos, con
un total de 65.000 toneladas. Los dividen-dos serían garantizados por el gobierno durante
quince años a un 8 por ciento. Además, la nueva corporación recibió subsidios, contratos de
correos y otras clases de ayuda oficial aceptando a cambio que sus rutas y operaciones fueran
supervisadas.
Los ministros se ocuparon también de que Japón dispusiera de un sistema financiero
capaz de costear el comercio exterior y la moderna empresa. En 1872, mientras se discutía la
reforma del sistema fiscal agrario, se promulgaban regulaciones para el establecimiento de
bancos privados según el modelo norteamericano, aunque no se sacó mucho provecho de
ellos por exigírseles que cualquier billete emitido debía ser redimible en oro. Una vez que se
eliminó esa restricción en 1876, empezaron a proliferar bancos y billetes bancarios. El
cambio coincidió con un agudo aumento del gasto público causado por la emisión de
obligaciones para las pensiones de los samurais (1876) y por el coste de la represión de la
rebelión de Sai-suma (1877). El resultado fue que la inflación también creció llegando a un
nivel en el que el papel moneda del yen no valía más del 55 por ciento de su valor facial en
plata. Tal era el principal problema al que hubo de enfrentarse Matsukata Masayoshi cuando
se hizo cargo del Ministerio de Finanzas en octubre de ese año. Su programa de reducir en los
siguientes cinco años el gasto público y de introducir nuevos impuestos (en el saké y el
tabaco, por ejemplo), le permitió conseguir un superávit presupuestario y empezar a redimir

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el gran número de billetes inconvertibles que había en circulación. Creó también Matsukata
instituciones centrales de control financiero: el Banco de Japón (1877), para regular el
sistema bancario y la moneda nacional, y el Banco de Fondos Efectivos de Yokohama,
reorganizado para controlar el cambio de divisas.
Al mismo tiempo, un mecanismo de ahorro postal aumentó los fondos de que disponía
el Ministerio de Finanzas para ser canalizados en las inversiones aprobadas.
Al hacer bajar los precios, la deflación de Matsukata causó bancarrotas y bastante
consternación en las zonas rurales, pero dejó al país con una base financiera estable para
emprender el futuro desarrollo industrial. Hasta ahora este desarrollo, como el que había
estado localizado en la industria no militar, había dependido estrechamente de la iniciativa
del gobierno, siendo llevado a cabo en el contexto del comercio exterior. En los años sesenta,
Japón había desarrollado un comercio de exportaciones, concentrándose en el té y la seda,
igual que China (y en competencia con ella). A estos productos se añadió después el carbón,
sobre todo el destinado a los barcos occidentales con escala en Shanghai, Singapur y Hong
Kong, si bien las ventas no alcanzaron volumen hasta que los gastos de producción quedaron
reducidos con la adopción de maquinadas y de sistemas de extracción minera occidentales.
Aparte de esto, seguía enviándose al mercado chino una pequeña cantidad de productos del
mar, como en la era Tokugawa. Las importaciones eran de dos clases. Había artículos
manufacturados occidentales destinados al consumidor japonés, especialmente productos
textiles de algodón, y había también máquinas y otros equipos (armas inclusive) exigidas para
el programa de modernización. El volumen del comercio era pequeno: con un valor anual de
menos de 55 millones de yenes en el periodo 1875-1879, representaba menos de la cuarta
parte del de China. El valor de las importaciones superaba constantemente el de las
exportaciones.
El gobierno de Meiji, a causa de que las estipulaciones de los tratados hacían imposible
emplear tarifas arancelarias para regular el comercio exterior, tuvo que buscarse otros medios
para corregir su desfavorable balanza de pagos. Uno fue impulsar las exportaciones no sólo
produciendo más té y seda, sino mejorando la estandarización y la calidad. Las regulaciones
para controlar el devanado de la seda, publicadas en 1873, fueron secundadas por el esta-
blecimiento de hilanderías financiadas por el gobierno en Maebashi y Tomioka en donde los
empresarios japoneses llegaron a conocer las técnicas de manufactura y los métodos de
fabricación de Occidente. Se enviaron estudiantes al extranjero para que se familiarizaran con
la industria europea de la seda, se hicieron circular ampliamente folletos sobre sericultura, y a
cuenta del gobierno se mandaron instructores a las regiones sericícolas del país. Entre 1868 y
1883, la producción de seda cruda aumentó en un 60 por ciento y las exportaciones en más
del 100 por cien. Más de la mitad de esas exportaciones iban destinadas al final de dicho
periodo a Estados Unidos, cuyo mercado de seda estaba creciendo rápidamente esos mismos
anos.
Bastante más lenta en sus efectos fue la sustitución de las importaciones. Hubo algunos
intentos patrocinados por el gobierno para introducir métodos occidentales en la industria
textil del algodón, pero los logros fueron escasos hasta 1885, siendo por lo tanto más
apropiado tomarlos en cuenta en la próxima sección de este capítulo. Todavía más sujetas a la
política oficial eran las tentativas para reducir la dependencia japonesa del material de
construcción y de la maquinaria extranjera; el capital requerido era, en efecto, más fuerte. En
1871, se estableció una fábrica de máquinas con el fin de que sirviera de centro de
aprendizaje para los estudiantes de la escuela de formación del gobierno. En breve la
siguieron fábricas con energía de vapor para la producción de cemento (1875), vidrio (1875)

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y ladrillos blancos (1878). La construcción naval era también importante en este contexto, ya
que los astilleros comenzados en la era Tokugawa no habían demostrado ser en su tecnología
lo suficiente avanzados como para evitar el tener que realizar costosas compras en el
extranjero. Se ampliaron los astilleros de Nagasaki y Yokosuka construidos por el Bakufu y
se estableció uno nuevo en Hyogo (Kobe). Mientras que el de Yokosuka siguió dedicado
enteramente a la construcción de navíos, en los otros dos se fabricaban ya en 1885 vapores
pequeños para usos del comercio. Los tres astilleros contaban con amplios talleres de
máquinas.
En el periodo 1868-1885, el gasto público en transportes y en industria totalizó 130
millones de yenes, es decir, el equivalente a dos años de ingresos fiscales ordinarios (según el
nivel de después de 1873) en el curso de los dieciocho años de dicho periodo. No es
sorprendente, por tanto, que el coste del programa fuera uno de los objetivos del impulso
económico dado por Matsukata. En marzo de 1882 anunció el proyecto de privatizar las
fábricas del gobierno, explicándolo como la retirada de unos negocios en los que el Estado no
debía meterse. Lo que al Estado le incumbía, decía, era «la educación, el armamento y la po-
licía», no el comercio ni la industria, pues nunca podría rivalizar en «astucia, previsión e
iniciativa con el individuo que actúa motivado por el interés propio»47. Expresado en
términos más prácticos, la política era desembarazar al Ministerio de Finanzas de fábricas con
pérdidas y de recuperar el capital invertido en ellas (aunque la mayoría no fueran vendidas
hasta la bajada de los precios en 1884). Las unidades más importantes fueron a parar a las
compañías que habrían de figurar en la lista del zaibatsu del siglo xx: la hilandería de seda en
Tomioka a Mitsui, los astilleros en Nagasaki a Mitsubishi, las fábricas de cemento y de
ladrillos a Furukawa, varias minas a Asano y Kuhara.
No estaría completo el tratamiento de este periodo sin considerar la importancia de la
agricultura en la economia, especialmente al proporcionar una gran proporción de los
recursos necesarios para la modernización. Dado el lugar dominante en las exportaciones de
productos primarios, como el té y la seda, y el hecho de que el gobierno siguió obteniendo la
mitad de sus ingresos de las contribuciones o impuestos agrarios hasta los años noventa, era
de importancia primaria que la producción agrícola se incrementara rápidamente. El indice
(1921-1925 100) se elevó de 28,6 en 1873 a 50,1 en 1890 y a 65,3 en 1900. El cultivo básico
era todavía el arroz, cuya cosecha promedio en el periodo 1880-1884 era de unos 30 millones
de koku y de 40 millones en 1890-1894 (1 koku equivale aproximadamente a 180 litros o algo
más de 3 fanegas). Este crecimiento era en parte una continuación de la tendencia de la era
Tokugawa, pero el nuevo gobierno también contribuyó a ello, al igual que con respecto al
comercio y la mdustria. Algunas iniciativas —animar al campesino a que tuviera ovejas o
cultivara olivos, por ejemplo— no tuvieron éxito, pero el impulso principal de lo que hizo el
gobierno —divulgar por todo el país el conocimiento de las mejores prácticas agropecuarias
existentes— fue muy efectivo. Se establecieron escuelas agrícolas en Sapporo y Komaba
(1877), una granja de experimentación (1885) y una sociedad agraria nacional (1881), la cual,
patrocinada por Tokio, ofrecía guía técnica a las sociedades locales constituidas por
terratenientes y campesinos. El resultado fue una mejora de las semillas y de las técnicas de
plantación, un control más eficaz de las plagas y un empleo más general y variado de
fertilizantes (harina de pescado de Hokkaido, pasta de soja de Manchuria, fosfatos químicos).
Todo esto, ayudado por la ampliación de los sistemas de riego gracias a fondos públicos y
privados, contribuyó a una mejora en la productividad.
Es importante reconocer que estos cambios no supusieron una revolución agraria en el
sentido europeo con grandes inversiones de capital y desarrollo de grandes fincas. Las tierras
cultivadas sujetas a contribución (excluyendo a Hokkaido) aumentaron en aproximadamente

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el 13 por ciento entre 1880 y 1900 comparado con un 30 por ciento de aumento de la
producción por hectárea. No hubo una consolidación importante de las propiedades rurales ni
cambios grandes en el volumen de la mano de obra agraria o en el uso de la maquinada
agrícola. En otras palabras, la agricultura japonesa siguió dependiendo del cultivo intensivo
de pequeñas parcelas —en propiedad o alquiler— llevado a cabo por una mano de obra
familiar. Un corolario fue que la población, al empezar a desplazarse masivamente del campo
a la ciudad, lo hacía así liberada gracias a las mejoras en la tecnología agrícola y no
expulsada por una racionalización o cercamientos de tierras.
Crecimiento industrial y comercio exterior 1885-1930
Considerando lo ocurrido en la economía japonesa después de 1885, es justo poner de
relieve menos la iniciativa del gobierno y más el papel desempeñado por la empresa y el
capital privado. Puede verse un ejemplo de esto en la manera de llevar el comercio exterior.
Parte por las ventajas disfrutadas por los comerciantes extranjeros gracias a los tratados, parte
por la inexperiencia en comercio exterior de los japoneses y por carecer de un sistema
bancario a su disposición, las exportaciones y las importaciones fueron manejadas casi
enteramente por los extranjeros en los primeros veinticinco años siguientes a la apertura de
los puertos. Los japoneses controlaban la compra y venta dentro del país de los artículos del
comercio exterior. Poco a poco, sin embargo, empezaron a darse cuenta de la gran pérdida de
ganancias potenciales que esto suponía sobre todo con respecto a la seda. En consecuencia,
algunos se pusieron a establecer sus propios lazos con mercados de Europa y Estados Unidos;
a veces corporativamente —la compañía de comercio Mitsui, fundada en 1876, fue un
ejemplo destacado— a veces individualmente. En los años finales del siglo, el éxito empezó a
hacerse ostensible. Se calcula que en 1887 estaba todavía en manos extranjeras hasta el 90
por ciento del comercio de la seda; en 1900 el porcentaje era de sólo el 60 por ciento.
El sector que mejor ilustra el uso de capital privado en la industria manufacturera es el
textil. La hilatura, el devanado y la tejeduría exigían una inversión inicial menor y una
tecnología inferior a las de la ingeniería pesada; eran operaciones realizables en pequeños
talleres y utilizaban un tipo de mano de obra que podían suministrar fácilmente las familias
del campo. Por lo tanto, se trataba de algo sobre lo que los empresarios ya existentes en Japón
tenían la técnica y los recursos necesarios para hacerlo una vez que vieron que había
ganancias de por medio. A partir de mediados de los años ochenta, ya no cabían dudas al
respecto.
La constante subida de la demanda exterior, sobre todo en Estados Unidos, le permitió a
la industria de la seda seguir expandiéndose a lo largo de todo el periodo aquí considerado.
Antes de 1929, el porcentaje de familias campesinas ocupadas como actividad secundaria en
la cría de gusanos de seda era del 40 por ciento. Parte de la cosecha se destinaba todavía al
mercado interno en donde los métodos tradicionales de devanado y tejeduría iban a persistir
hasta entrado el siglo xx, pero en la destinada al comercio exterior, que requería mejor
estandarización y control de calidad, la tendencia apuntaba a la organización en fábricas y al
uso de maquinada. Fue este subsector el que al final determinó el carácter de la industria. En
1893, Japón tenía 2.300 telares, cada uno de los cuales daba empleo a 10 trabajadores o más.
En su mayor parte eran pequeños —sólo 124 del total tenía más de 100 bandejas— pero en
1929 el devanado era casi por completo un comercio de fábrica realizado en menos pero
mayores hilanderías. La participación del gobierno en todo esto se limitaba a crear un marco
de regulaciones dentro del cual el precio y la calidad lo determinaban las asociaciones m-
dependientes de comerciantes. Las empresas más grandes, como también los bancos, ponían
los préstamos y anticipos en que se basaban muchos productores a pequeña escala, pero por

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lo general no participaban directamente en la manufactura.
El desarrollo de la industria del algodón no fue menos rápido, pero desde el principio
quedó integrado en volúmenes de producción bastante más grandes. Pese a las iniciativas del
gobierno de los primeros años de Meiji, dirigidas a promover la sustitución de las
importaciones, no fue hasta que Shibusawa Eiichi fundó en 1882 la Compañía de Hilados de
Algodón de Osaka, usando las variedades menos caras de tecnología occidental pero
compensando su relativa ineficacia con una mano de obra barata en turnos de toda la noche,
cuando los empresarios de la región de Osaka quedaron convencidos y cambiaron los
métodos y equipos tradicionales por modernos. Impulsados por la idea de que Shibusawa
podía pagar dividendos del 18 por ciento en 1884, otros muchos empresarios abrieron nuevas
hilanderías, con el resultado de que su número se cuadriplicó y que la producción de hilaza
aumentó en siete en el periodo 1886-1890. Este exceso de producción provocó entonces
restricciones temporales (organizadas por la Asociación de Hilanderos de Algodón de Japón),
pero vinieron acompañadas de un esfuerzo por encontrar nuevos mercados en el continente
asiático. En 1894, el gobierno abolió el impuesto de exportación por hilaza de algodón y en
1896, al aumentar de nuevo la producción, eliminó el impuesto de importación de algodón en
rama. Gracias al privilegiado acceso al mercado chino y coreano del que gozaban los
comerciantes japoneses por la victoria sobre China en 1895 (véase capítulo 9), estas medidas
contribuyeron a una fase de crecimiento orientado a la exportación. El numero de hilanderías
en uso se elevó de 382.000 en 1893 a 2.400.000 en 1913 y a 6.600.000 en 1929. El tamaño de
las compañías aumentó en proporción: siete de éstas poseían en 1929 más del 50 por ciento
de las hilanderías. La producción de hilaza alcanzó un volumen promedio cercano a los 80
millones de kilogramos en 1894-1898 y casi seis veces más en el periodo 1925-1929.
Además, después de 1913 el algodón se usaba cada vez más en el tejido de artículos tanto
para el mercado exterior como interior en lugar de ser exportado en forma de hilaza.
La importancia del sector textil en el desarrollo económico de Japón es indicada por el
hecho de que en 1930 representaba más del 36 por ciento por valor añadido de la producción
industrial del país (el segundo sector más grande era el de comidas y bebidas, con el 16 por
ciento). No obstante, el cambio más significativo en la orientación del desarrollo con el nuevo
siglo fue hacia la industria pesada a gran escala. Según los índices de manufactura por
volumen físico (1910-1914 = 100), el sector textil aumentó de 70 en 1905-1909 a 270 en
1925-1929, es decir, estuvo cerca de cuadriplicarse en veinte años. El sector metalúrgico y de
maquinaria (de 61 a 255) se comportó sólo un poco mejor, pero el químico y cerámico (de 53
a 453) creció el doble más rápido, mientras que el de electricidad y gas (de 27 a 653) tuvo un
ritmo de crecimiento seis veces superior al textil. La distribución del empleo y el tamaño de
las fábricas mostró trayectorias similares reflejando la transición a una etapa más madura de
desarrollo industrial. Dos factores especiales influyeron en el crecimiento de la industria
pesada. Uno fue la guerra. Con las victorias sobre China en 1894-1895 y sobre Rusia en
1904-1905, Japón se convirtió en una potencia mundial entrando en rivalidades que exigían
un aparato militar mucho mayor que en el pasado. El aumento del presupuesto en arma-
mentos y en industrias relacionadas con la guerra repercutió en toda la economía. La
participación, aunque a distancia, en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) tuvo dos efectos
suplementarios: dio ocasión para exportar los productos de la industria pesada del país, pese a
las deficiencias de producción reflejadas en el elevado coste; y redujo temporalmente el
suministro de casi cualquier tipo de maquinaria extranjera creándose así más oportunidades
para los fabricantes japoneses en el mercado interno. De esa manera la guerra aceleró el
desarrollo de la industria pesada japonesa más que cualquier otra circunstancia. También le
dio al gobierno razones adicionales para intervenir en el sector (ya no lo hacía en el textil, por
ejemplo). Por un lado, el Ministerio de Finanzas, o el Banco Industrial (fundado en 1900 con

17
el patrocinio del gobierno), aportó capital donde el procedente de fuentes privadas no era
suficiente: para los Altos Hornos de Yawata, que empezaron a producir en 1901; para la
nacionalización en 1906 de las principales líneas ferroviarias que estaban en manos privadas;
para inversiones en el extranjero por medio de empresas como la Compañía Ferroviaria del
Sur de Manchuria establecida el mismo año. Además, había subsidios para el transporte
marítimo y la construcción naval y ayuda indirecta en forma de contratos oficiales.
La minería de carbón demostró ser el subsector menos necesitado de ayudas de todo el
sector de industria pesada. Propiedad de algunas de las mayores compañías de Japón —
Mitsui, en concreto, tenía una participación sustancial—, las minas aumentaron su
producción de menos de un millón de toneladas antes de 1885 a 21 millones en 1914 y a 34
millones en 1929. En 1894 esto dejaba tres millones de toneladas para la exportación, pero el
aumento del consumo industrial —el uso doméstico necesitaba poco— había hecho a Japón
un importador neto. En cambio, el acero y el hierro producido en el país nunca fueron
suficientes para cubrir las necesidades de Japón antes de 1930. La producción en 1914 estaba
en torno al cuarto de millón de toneladas de hierro en lingotes y otro tanto de acero, lo cual
representaba la mitad y una tercera parte, respectivamente, del consumo interno. En los
quince años siguientes, la producción de lingotes de hierro se elevó por encima del millón de
toneladas (en torno al 60 por ciento de lo necesitado) y la de acero alcanzó el doble de esa
cantidad (el 70 por ciento). La mayor parte del mineral venía de Corea y China.
La construcción naval era uno de los destinos más importantes del hierro y e1 acero,
aunque a escala internacional la industria se mantuvo a niveles modestos. En 1914, había seis
astilleros capaces de fabricar navíos de más de mil toneladas y con un volumen de
producción anual de 50.000 toneladas como promedio. A partir de esa fecha la producción
variaba considerablemente: más de 600.000 toneladas hacia la mitad de la década de los
veinte, 165.000 en 1929. Se trataba, sin embargo, de una producción suficiente para asegurar
que la gran flota mercante japonesa, de un millón y medio de tonelaje en 1914 y de casi 4
millones en 1929, fuera casi toda de fabricación nacional.
En otros sectores el progreso era más irregular. La fabricación de locomotoras de vapor
y de equipos eléctricos se inició justo antes de la guerra con China en 1894-1895 y progresó
rápidamente desde entonces. En 1930 se logró que el país tuviera material rodante para
20.000 kilómetros de vía férrea, además de una planta capaz de generar energía eléctrica dç
cuatro millones de kilovatios. También se pudo fabricar bicicletas y algunos tipos de maqui-
naria textil. De hecho, la maquinada y los vehículos representaban en 1930 el 11,6 por ciento
de la producción industrial por valor añadido. Aun así, el país seguía dependiendo mucho de
las importaciones de máquinas herramientas, automóviles y motores de combustión interna.
Fue inevitable que cambios de esta magnitud tuvieran un gran efecto en la naturaleza
del comercio exterior. Explicado simplemente, las importaciones japonesas en 1894-1898
comprendían más artículos manufacturados (34 por ciento) que materias primas (22.5 por
ciento), mientras que en 1921-1925 las de materias primas representaban el 49 por ciento y
las de artículos manufacturados menos del 18 por ciento. La marcha de las exportaciones era
opuesta: materias primas, el 10,7 por ciento en 1894-1898 y sólo el 6 por ciento en 1921-
1925; artículos manufacturados, el 26,5 por ciento y el 38,6 por ciento, respectivamente; los
artículos semimanufacturados (incluida la seda) se mantuvieron más o menos constantes y
próximos al 45 por ciento. También el valor del comercio exterior se incrementó
enormemente entre uno y otro periodo. El de las exportaciones se triplicó con creces entre
1890-1894 y 1900-1904, se duplicó otra vez en los diez años siguientes y volvió a triplicarse
en 1920-1924, subiendo a un promedio anual de 85 millones de yenes al principio y hasta

18
1.800 millones de yenes al final. Las importaciones, siempre de más valor que las
exportaciones exceptoen los años de la Primera Guerra Mundial (1915-1919), aumentaron de
casi 86 millones de yenes al año en 1890-1894 a más de 2.400 millones en 1920-1924.
En cuanto a la composición de las exportaciones por tipo de mercancía, el té, que había
representado el 26 por ciento del total exportado en 1880, bajó al 3 por ciento en 1910 y
siguió bajando en los años siguientes. La seda en hebra siguió siendo el principal artículo sin
sufrir apenas variaciones: el 30 por ciento en 1880 y el 28 por ciento en 1930. La fibra y los
tejidos de algodón eran en 1880 productos de exportación sin gran relevancia. Pero en 1910,
las exportaciones de fibra de algodón habían crecido hasta representar el 10 por ciento del
total; y las de los otros artículos de algodón el 4 por ciento. En los veinte años siguientes, sin
embargo, las hilanderías de China, con tecnología y capital extranjero —incluyendo el
procedente de inversores japoneses— y con una mano de obra barata, fueron las grandes
rivales, con el resultado de que la fibra bajó a un simple 1 por ciento del total exportado y el
tejido de algodón, principalmente en los géneros más bastos, se elevó al 18 por ciento.
Entre las importaciones, el algodón en rama era de importancia primordial subiendo de
menos del 1 por ciento del total importado en 1880 al 34 por ciento en 1910. Ese fue el
porcentaje más alto (bajó a un 23 por ciento en 1930) y las bajas sucesivas reflejaron no una
disminución de la demanda japonesa, sino su sustitución por la fibra barata de algodón de
China. A partir más o menos de la Guerra Ruso-Japonesa (1904-1905), cuando empezaba a
desarrollarse más rápidamente la industria pesada, hubo un crecimiento en las importaciones
de metales y productos químicos: 100 millones de yenes en 1904 y ocho veces más en 1919.
Al principio, los minerales se llevaban una buena parte de esa cantidad, pero al incrementarse
la producción industrial, se añadieron a la lista el hierro en lingotes, la chatarra y el petróleo.
En 1930, los metales y los minerales representaban el 19 por ciento de las importaciones
japonesas, comparado con el 30 por ciento del algodón, lana y rayón. También los alimentos
constituían artículos importantes, pues la producción agrícola nacional era incapaz de
abastecer a partir de 1900 a una población creciente; una gran proporción procedía, sin
embargo, de las colonias japonesas —el arroz de Corea, azúcar y arroz de Taiwán—, por lo
cual las estadísticas no lo incluyen como parte del comercio «exterior».
En cuanto a la distribución geográfica del comercio exterior japonés, aunque ya se ha
dicho algo de paso, convendrá presentar ahora un sumario de la misma a modo de conclusión
del tema. A Estados Unidos iban sobre todo las exportaciones de seda, principal elemento de
un comercio que llegó a representar alrededor del 30 por ciento de las exportaciones
japonesas en el primer cuarto del siglo xx. A China se vendía —al principio principalmente
tejidos de algodón y luego también otros artículos de consumo- un poco más del 20 por
ciento en 1914, porcentaje mantenido o ligeramente superado en años posteriores. Más
variadas en especie y origen eran las importaciones. Estados Unidos las abastecía en más o
menos un 15 por ciento antes de 1914 y en un 25 por ciento después de ese año, cuando a la
maquinaria y al algodón se añadieron cantidades considerables de petróleo, hierro y acero. En
cambio, Gran Bretaña, principal abastecedor en el siglo xix de maquinada y manufacturas,
vio caer sus ventas en picado en el siglo xx, bajando a menos del 10 por ciento en los años
veinte, baja compensada en cierto grado con las importaciones de algodón y después de hie-
rro en lingotes de la India británica: el 10 por ciento de las importaciones japonesas en 1890-
1894, el 20 por ciento en 1910-1914 y bastante más que el 12 por ciento en la década
siguiente. La contribución china a las importaciones solía oscilar entre el 12 y el 15 por
ciento, excepto en los años de la guerra (1915-1919), cuando llegó al 18 por ciento. Se incluía
aquí el algodón y después la hilaza de algodón; de Manchuria, soja y otras leguminosas; a
partir de 1905, del norte de China y también de Manchuria, materías primas para la industria

19
pesada, especialmente carbón, hierro en mena y en lingotes. La capacidad de China para
proporcionar estos materiales iba a ser de importancia creciente para las relaciones entre los
dos países a medida que avanzaba el siglo. En efecto, sólo Japón de entre todos los países
industriales del mundo dependía hasta tal punto de las importaciones para mantener su
industria pesada, hecho que habría dc jugar un papel clave en la politica exterior de los años
treinta.
La economía en los años veinte
La industrialización japonesa no llevó a exactamente el mismo tipo de estructuras
económicas y sociales que caracterizaron el proceso de modernización de Occidente. Las
razones hay que buscarlas parte en diferencias congénitas, parte en el hecho de que Japón
mantuvo una independencia financiera suficiente para resistir las presiones a la conformidad.
La agricultura y el comercio de la era Tokugawa habían llevado a una acumulación de capital
en manos privadas que posibilitó la financiación de las primeras etapas de crecimiento, una
vez que el gobierno había asegurado una infraestructura y establecido los mecanismos
necesarios para canalizar las inversiones en la dirección correcta. Por consiguiente, Japón no
tuvo ni necesidad de grandes aportaciones de capital extranjero, ni ninguna deuda exterior
considerable antes de la Guerra Ruso-Japonesa. Occidente aportaba la tecnología, además del
conocimiento de los métodos de organización empresarial, introducidos en Japón por
asesores y expertos extranjeros, pero no tuvo una participación importante en la propiedad ni
en la administración de las empresas. Esto aumentó el alcance de las modificaciones del
modelo occidental.
Pero tampoco esto quiere decir que la industrialización japonesa fuera sui generis. Si se
deja a un lado la etapa preliminar de la industria relacionada con la defensa y financiada por
el gobierno, el desarrollo siguió una secuencia «natural», es decir, primero surgió la industria
ligera, después la pesada. No fue hasta los años veinte que el proceso quedó razonablemente
terminado. Además, había habido bastantes fluctuaciones y cambios de ritmo antes de que se
alcanzara ese estado de madurez, igual que las había habido en Occidente unas generaciones
antes. Los últimos veinte años del siglo xix tuvieron fases de crecimiento explicadas en parte
por la deflación de Matsukata. Las siguió un retroceso en los primeros años del siglo xx
debido a las tensiones impuestas por unos gastos militares más elevados y por el efecto que
en el precio de las exportaciones tuvo la adopción de la normativa de oro de 1897. Pero el
progreso fue reanudado después de 1905 y continuó, salvo el pequeño alto de 1910-1911,
hasta 1918. En ese momento, el final de la Primera Guerra Mundial trajo una depresión
económica mundial que también tocó a Japón, ya que gran parte de su industria perdió sus
mercados extranjeros. Después, en septiembre de 1925, un terremoto catastrófico sacudió la
región de Kanto —la zona de Tokio-— destruyendo gran parte de la capital y de Yokohama.
Esto obstaculizó la recuperación, al ser necesario destinar capital a las obras de
reconstrucción. Además, Japón tenía que enfrentarse ahora a una renovada competencia
comercial con Occidente, mientras que las crecientes importaciones de alimentos de las
colonias sirvieron para contener los precios. El resultado fue que los años veinte no fueron
una década en que la economía en conjunto avanzara notablemente, no obstante el hecho
reconocido de que la industria y el comercio alcanzaran un puesto en la vida japonesa más
importante que en cualquier época anterior. Fueron años cuya marcha económica da pie a
establecer algunas consideraciones sobre la naturaleza de la sociedad industrial japonesa tal
como existía entonces.
La renta nacional a nivel de los precios de 1928-1932 aumentó de 2.300 millones de
yenes en 1890 a 12.700 millones en 1930. En ese total la industria primaria se llevaba tres

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quintas partes al comienzo del periodo y alrededor de un quinto al final, no obstante su
incremento de más del 70 por ciento en valor. La industria secundaria (principalmente
manufactura) casi triplicaba su proporción (del 10 al 28 por ciento) y la industria terciaria
(incluyendo al comercio) no llegaba a doblarla (del 28 al 52 por ciento). Dentro del sector de
la manufactura, la industria pesada (productos químicos, acero, metales no ferrosos,
maquinaria) tenía una participación de en torno a un sexto al comienzo del siglo, que
aumentó a casi el doble durante y después de la guerra de 1914-1918; los textiles se
mantuvieron en torno al 30 por ciento a lo largo de todo el periodo, y los alimentos,
principalmente los productos tradicionales como el saké, la salsa de soja y la pasta de sopa
miso, tenían el resto, es decir, el 35 por ciento en 1900 y el 25 por ciento en los años veinte.
Estas cifras describen una situación en el año 1930 o inmediatamente antes que habría
sido bastante normal para un país de Europa occidental en la misma época. Sin embargo,
algunas de las estructuras subyacentes son menos conocidas en términos occidentales. Por
ejemplo, había todavía un importante sector de la industria que estaba produciendo, incluso
en fábricas con máquinas eléctricas, artículos propios de una forma de vida tradicional y no
moderna. Además, la respuesta de la industria con sus bajos indices de crecimiento de los
años veinte —cárteles, racionalización, adopción de una mejor tecnología— tuvo el efecto de
poner de relieve ciertos otros rasgos típicos de la economía.
Uno era el dualismo económico. Japón tenía en un extremo un número muy grande de
pequeñas y medianas empresas compitiendo encarnizadamente entre si sin contar con
demasiado capital ni tecnología. En el otro extremo tenía unas cuantas empresas mucho
mayores que, con una tecnología avanzada y capitales considerables, podían alcanzar altos
niveles de productividad, sobre todo en industrias como las del hierro y el acero, maquinaria,
minería, cemento y refinado del azúcar. Generalmente habían crecido en un proceso de
amalgamas a lo largo de los años y, gracias a sus dimensiones, estaban en posición de man-
tener los precios y la participación en el mercado usando prácticas restrictivas. Controlaban
también una gran proporción de la industria japonesa. En 1909, las compañías capitalizadas
en 5 millones de yenes o más constituían el 0.3 por ciento en número y el 36 por ciento en
capital, pero veinte años después los porcentajes respectivos eran el 1,6 y el 65 por ciento. La
banca estaba igualmente concentrada. Los Cinco Grandes (Mitsui, Mitsubishi, Yasuda,
Sumitomo y Dai-Ichi) capitalizaban en conjunto 50 millones de yenes en 1914 y 280 millones
en 1927, controlando ya el 19 por ciento del capital bancario privado.
Los ejemplos con más relieve de empresas a gran escala eran los grandes
conglomerados agrupados bajo el nombre de zaibatsu, todos con una compañía tenedora fa-
miliar al frente. Uno de ellos era Mitsui, que existía desde el siglo xvii como un negocio de
venta al por menor y de finanzas. Un grupo de capaces ex-samurais reorganizó la empresa en
la era Meiji, añadiéndole en 1876 una compañía dedicada al comercio exterior y un banco.
Después la ramificaron en intereses de minas de carbón, textiles, fabricación de papel,
refinado de azúcar y transporte marítimo. En los años veinte sus ramificaciones se extendían
a 120 empresas distintas, o bien en propiedad y administración directas, o bien en control
mediante la teneduría de
acciones y el nombramiento de directores generales. El siguiente conglomerado más
grande era Mitsubishi, que se inició en la era Meiji con los intereses navieros de Iwasaki
Yataro extendidos después al comercio exterior, minería, construcción naval y diversos
sectores de la industria a los que se agregaron posteriormente aviones y automóviles. Hubo
también un banco Mitsubishi fundado en 1880. Otro era Sumitomo, que, a diferencia de los
otros dos, tenía su sede en Osaka y no en Tokio y que se desarrolló de una empresa

21
premoderna con intereses en la minería de cobre. Los metales siguieron en el centro de sus
actividades, aunque poco a poco éstas se extendieron mucho más al igual que las de otros
zaibatsu. Yasuda fue también la creación de otro fundador ex samurai de principios de la era
Meiji que adquirió una propiedad en el sector moderno de la industria mediante intereses
iniciales en el comercio y la banca. La banca fue, de hecho, un factor crucial en el desarrollo
de estos cuatro conglomerados empresariales. No sólo les daba acceso a un capital escaso en
sus años de formación, sino que también les permitía ejercer influencia, cuando no control,
sobre una variedad de compañías ajenas a sus propios grupos. Se ha calculado que antes de
1930 los bancos de Mitsui, Mitsubishi, Sumitomo y Yasuda tenían el 27 por ciento de las
obligaciones emitidas por las empresas que no eran zaibatsu.
El hecho de que supergrupos como ésos —había otros cuatro o cinco que podían
añadirse a los mencionados— tuvieran intereses en todo, del comercio nacional al exterior, de
los textiles a la industria pesada, de las finanzas a los armamentos, les hacía resistentes a los
bajones de la economía y, por ende, les daba ventaja sobre sus rivales. Esto los colocaba en
una categoría especial dentro del mundo empresarial japonés. Siempre mantenían estrechas
relaciones con el gobierno, aunque antes de los anos veinte sería dudoso llamarlos clientes
del mismo. Sus tentáculos en la economía iban más allá de lo que pudiera dar a entender una
simple descripción de las operaciones que realizaban directamente, llevadas a cabo por medio
de préstamos a productores de seda particulares o por medio de lazos con los subcontratistas,
y que servían a sus ramas de fabricación. Pero había otras empresas igualmente modernas que
no encajaban en ese modelo. Las constructoras, las de las grandes tiendas, algunas
productoras de artículos de consumo, una o dos compañías innovadoras en el campo de la
ingeniería (Toyota, por ejemplo) se mantenían a menudo independientes y poseían
dimensiones considerables. Algunas ni siquiera tenían un fondo social. Aún más
característico de los intereses de estas compañías «no-zaibatsu» era la fabricación en talleres
o pequeñas plantas por todo el país de artículos de consumo como jabones y calcetería o
tejidos y cerámicas de consumo nacional. Antes de 1930 había más de un millón de estas
compañías, que con frecuencia empleaban a menos de cinco personas, pero que en total
sumaban más de la mitad del total de mano de obra descrita como ocupada en la manufactura.
La diferencia entre las empresas grandes y las pequeñas en el tema del capital,
tecnología y organización iba paralela a la diferencia en el tema de la administración y mano
de obra. Para uno y otro tipo de puestos, de administrativos y obreros, las pequeñas empresas
echaban mano sobre todo a los miembros de la propia familia. En cambio, los zaibatsu y otras
grandes empresas empezaron con el comienzo del siglo a acudir a las universidades para
cubrir los puestos de trabajo administrativo igual que hacía la burocracia del gobierno. Mitsui
y Mitsubishi contrataban a graduados de la Universidad Keio Gijuku, la fundada por
Fukuzawa, y después también de la Universidad de Tokio. Con objeto de ofrecer una
educación empresarial más específica, se fundó en 1887 la Escuela Superior de
Comercio de Tokio (ahora convertida en Universidad de Hitotsubashi). Ya a principios
de siglo, los altos cargos ejecutivos de las mayores empresas solían salir de algunas de esas
tres instituciones. En efecto, según una encuesta sobre los directores de empresa de 1929,
más de la mitad de los mismos habían recibido formación en esos centros. Fueron estos
hombres más que nadie los que introdujeron métodos profesionales en la gestión empresarial
japonesa: hombres que habían estudiado economía, que habían leído libros sobre los métodos
empresariales norteamericanos, que tomaban decisiones sobre la introducción de nuevas
tecnologías con una atención escrupulosa al rendimiento de la inversión.
En este periodo seguía siendo minoritario entre los japoneses el empleo en una empresa

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de tipo moderno. En 1920, de un total de fuerza laboral de 27 millones, más de la mitad
trabajaba en la agricultura y silvicultura y sólo el 16 por ciento en la manufactura. Un simple
6 por ciento era de operarios en fábricas. Las mejoras en la productividad agrícola habían
hecho que bastante mano de obra rural fuera a las ciudades, aunque casi la totalidad de esta
mano de obra, no obstante la calidad del sistema educativo, era semiespecializada o no
especializada, consiguiendo a lo sumo colocarse en el comercio o en la industria de servicios.
Los administradores de las fábricas con tecnología avanzada se enfrentaban, por lo tanto, a
dos problemas: cómo encontrar un personal especializado (preferentemente hombres en el
caso de la industria pesada) y cómo encontrar formas de que no se les fueran, atraídos por
otros empleos o competidores. De aquí se desarrolló, especialmente al sindicalizarse más la
mano de obra industrial (véase capítulo 8), la práctica de ofrecer no sólo más altos salarios,
sino otros incentivos: un empleo más seguro, pagas extras, sobresueldos por veteranía en la
empresa y beneficios de seguridad social. Fue en estos años cuando empezó a configurarse, si
bien no en su forma definitiva, la estructura de relaciones laborales que ha venido a ser
considerada típicamente japonesa. Se aplicaba esta estructura a las principales industrias de
alta tecnología que se habían ramificado según parece a partir de la construcción naval y el
comercio de técnicas de ingeniería, aunque induso en estos sectores sólo beneficiaba a una
parte de la mano de obra. Los trabajadores no especializados o semiespecializados, que no
escaseaban, no podían optar al mismo tratamiento independiente de quien les empleara. En
otras palabras, lo que estaba surgiendo era una élite laboral similar a la constituida en el
mundo empresarial por los zaibatsu y algunas otras empresas. Era el precio que tenía que
pagar la mayoría a cambio de un rápido crecimiento económico.
Los agricultores podían alegar que el precio que ellos tenían que pagar era incluso más
alto. La producción agrícola había seguido aumentando después de 1900, pero más
lentamente, pues se había acercado al límite de la capacidad de producción sin que se
alteraran radicalmente el sistema de tenencia de tierras ni los métodos de cultivo. El indice de
la producción agrícola (1925-1929 = 100) ascendió de 67 en 1900 a 110 en 1930, la de arroz,
concretamente, de unos 45 millones de koku a 60 millones en el mismo periodo.
Considerando que el número de agricultores en realidad descendió (de 15.800.000 a
13.700.000 entre los dos años mencionados), se dio un considerable aumento en la
productividad por trabajador debido en parte a la aplicación de técnicas más cientificas a
tierras de baja calidad. No obstante, la agricultura estaba perdiendo de forma constante su
posición de prestigio en la economía nacional. Al crecer la población, menguaba el porcentaje
de campesinos. Y, aunque algunos se habían diversificado en cultivos de mayor valor
comercial, su contribución a la producción nacional era muy inferior a la de antes a causa de
la mayor expansión del comercio y la industria. Además, ya no podían dar de comer al país
sin ayuda de fuera. Poco después de 1895, Japón se hizo un importador neto de arroz y antes
de acabar los anos veinte del nuevo siglo importaba nada menos que 10 millones de koku al
año además de otros alimentos.
La agricultura, en efecto, estaba siendo reconocida como un «problema» por derecho
propio. Ante la imposibilidad de que los ingresos de los campesinos subiercpan igual que
habían subido los de los empleados por la industria, la gente del campo se encontraba en una
desventaja relativa y no era todo esto. Los precios agrícolas de hecho descendieron. Habían
subido sustancialmente antes de 1918, protegidos hasta cierto punto de la competencia
extranjera por unos aranceles impuestos al arroz importado en 1905. Al final del boom de la
guerra, al consumidor japonés le costaba el arroz cuatro veces más que al comienzo de siglo.
Después vino la recesión, los disturbios urbanos contra la subida de los precios, la abolición
de los aranceles por el arroz importado de Corea y Taiwán. El precio del arroz se redujo a la
mitad en 1920-1921. Y aunque la crisis fue breve, la recuperación nunca fue completa: pese

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al apoyo y a la intervención directa del gobierno, los ingresos de los campesinos habían
descendido un 50 por ciento o más al final de la década comparado con una baja de
aproximadamente una cuarta parte en los gastos. Muchos campesinos se vieron, por tanto, en
dificultades durante cierto tiempo, hasta la depresión mundial del comercio internacional de
1929 y 1930, que agravó sus problemas con la baja de los ingresos que podían obtener de la
seda. Su resentimiento, como el de otros grupos subprivilegiados, se había convertido por
entonces en un factor en la política nacional.

Capítulo 8
Capitalismo y política interna, 1890-1930
Los líderes japoneses de la era Meiji se embarcaron en cambiar la naturaleza de la
economía y de la política del país con la meta principal de darle la fuerza capaz de resistir a
Occidente. Fue una meta a la que llegaron, como se verá en el capítulo próximo. Pero, como
les ha pasado a otros reformadores radicales, consiguieron también resultados que fueron
ajenos a sus intenciones. Al fundar una burocracia y configurar una élite gobernante, agravia-
ron a muchos que quedaron al margen del poder y de la influencia del sistema recién trazado.
Al crear una riqueza que también redistribuyeron, dieron aspiraciones políticas a unos y
dejaron a otros descontentos y en desventaja. Las tensiones resultantes iban a estar en el
núcleo de la política de la primera parte del siglo xx.
El desarrollo económico y los cambios sociales
En 1873 la población total japonesa era de unos 35 millones. Treinta años después era
de 46 y en 1925 había llegado a los 60 millones de habitantes. En un extremo y otro de ese
periodo los japoneses ocupados en la agricultura y silvicultura sumaban poco más de 14
millones (hacia 1900 eran, sin embargo, más). Por lo tanto, los millones de brazos restantes
se ganaban la vida en el comercio y la industria. Vivían también mayormente en ciudades. La
era de Meiji se había iniciado con más de noventa ciudades o villas de 10.000 habitantes o
más y con cinco ciudades de por lo menos 100.000 habitantes. En 1920, algo más del 30 por
ciento de la población del país vivía en ciudades de estas segundas proporciones, es decir, 18
millones, mientras que las seis ciudades más grandes tenía cada una el medio millón de
habitantes. Tokio albergaba a 2.200.000 almas dentro de sus distritos metropolitanos, más
1.200.000 en los periféricos. Osaka, urbe renovada a mediados de la era Meiji como un
moderno centro económico y que había doblado su población en los diez años siguientes a
1887, tenía dos millones de habitantes en los años veinte del siglo xx, siendo la segunda
ciudad del país. La mayoría de las demás ciudades importantes, como Nagoya, eran antiguas
ciudades-castillo transformadas por el desarrollo comercial e industrial. Kioto era una excep-
ción. También lo eran otras cuyas funciones apuntaban a orígenes más recientes: Yokohama
(comercio exterior), Yawata (el acero), Sapporo (desarrollo económico de la isla de
Hokkaido).
Dentro de estas urbes, la vida era muy diferente de lo que había sido en la era
Tokugawa. Sus mismas dimensiones hacían que en muchos casos sus habitantes ya no pu-
dieran vivir donde trabajaban. La mejora de los sistemas de transporte público hacía posible
la vida en zonas residenciales bastante agradables para los que podían permitirse el lujo de
ello, pero la gente más pobre se veía condenada a los suburbios industriales, a no ser que

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prefirieran quedar-se a vivir en las apreturas de las oscuras viviendas-tiendas de los viejos
distritos comerciales. El centro de las ciudades tenía calles pavimentadas, iluminación
pública y edificios occidentales destinados a bancos, oficinas y grandes tiendas. En cambio,
las casas seguían siendo pequeñas, de un solo piso y básicamente tradicionales, aunque con
algunos refinamientos como el uso de bloques de estera de paja en el suelo (tatamñ y puertas
correderas de papel de arroz (shojz), antes privilegios de samurais. Sólo después del final de
la era Meiji, la gente pudiente, a diferencia de los muy ricas, empezaron a añadir en sus casas
una habitación de es-tilo occidental destinada a recibir visitas.
Las villas más pequeñas y los pueblos apenas cambiaron en comparación con las
ciudades. El transporte moderno se tradujo en un mejor suministro de productos, incluso
domésticos, como lámparas de keroseno y una mayor variedad de alimentos. También le hizo
más fácil a la mayoría de la gente de todo el país el dar rienda suelta al afán aparentemente
insaciable de viajar. Por otro lado, el aspecto físico, de casas o gentes, cambiaba muy
despacio; la modernización de la agricultura marcó más diferencia en la producción que en el
ritmo de la vida rural; y las actitudes sociales de la gente del campo permanecieron mucho
menos «ilustradas» que las de los citadinos. Con algo de razón los conservadores seguían
volviendo la vista a las aldeas como si de santuarios de las virtudes del pasado se tratase.
No es fácil decidir qué significaba todo esto en términos de nivel de vida. Entre 1890 y
1925 se registró un aumento del 10 por ciento en el consumo de arroz por persona, aparte de
un consumo mayor de alimentos como azúcar, fruta y pescado. En cuanto a los textiles, quizá
se vendía un 20 por ciento más en el mercado nacional, sobre todo textiles para vestidos. El
promedio de renta per cápita aumentó en casi el 30 por ciento, el de salarios reales en
aproximadamente lo mismo en el periodo anterior a 1914, y bastante más en la década
siguiente. Todo esto sugiere una mejora gradual en la nutrición y el confort. En contraste con
eso, es evidente que habías grandes disparidades entre los diferentes grupos ocupacionales y
sociales. Según una estimación, el promedio de la renta per cápita nacional en 1893-1897 era
de 170 yenes anuales y en 1918-1922 de 220 yenes. Las cifras de los obreros de la industria
estaban por encima de ese promedio: de 316 a 444 yenes en los mismos períodos y no cabe
duda de que las de los trabajadores especializados en la industria pesada eran todavía más
altas, mientras que la renta en la agricultura y silvicultura subió sólo de 83 a 163 yenes.
Mejores cosechas y mayores ganancias, aunadas a la mejora en la oportunidades de
empleo fuera de la agricultura, supusieron para los campesinos un aumento en su renta real
disponible. Induso la mayor incidencia de los arriendos rurales en estos años se puede
explicar parcialmente teniendo en cuenta que los que labraban la tierra aceptaban más terreno
porque sacaban beneficio. Sin embargo, las mejoras en la agricultura durante la era Meiji no
llegaron a todas las regiones del país: el noreste, en concreto, seguía atrasado y pobre.
Tampoco el crecimiento se mantenía constante. Por ejemplo, la competencia con el arroz
importado a partir de 1920 hizo la vida excepcionalmente difícil para los campesinos, una
situación tanto más dura de soportar cuanto que siguió a los años de guerra, años de cierta
prosperidad. Por otro lado, mientras que los campesinos de regiones más fértiles y accesibles
podían responder a situaciones difíciles diversificando las cosechas o dedicando más
esfuerzos a tareas no agrícolas, los de otras regiones carecían de esa opción. En algunas
partes del país hubo extremos de pobreza sumada a un trabajo incesante. Es significativo que
jóvenes de ambos sexos que se iban de sus pueblos al ejército o a las fábricas textiles con
frecuencia comparaban favorablemente su suerte con la sus mayores. La conclusión es que
los que se quedaban en casa bien podían crear motivos de queja. A un visitante extranjero en
Japón justo antes de 1920 le dijeron en una aldea: Antes el campesino no se quejaba; pensaba
que su suerte no podía cambiar. Se le prohibía adoptar una nueva profesión y por ley se le

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limitaba a llevar una vida frugal. Ahora, los campesinos pueden ser soldados, comerciantes o
funcionarios y vivir como quieran. Empieza a comparar su nivel de vida con el de otras
profesiones.
La modernización estaba haciendo perder a los aldeanos el sentido de comunidad unida
que a los idealistas les gustaba pensar que tenían o debían tener. Es cierto que todavía se
podía encontrar al terrateniente reformador y residente en el campo de la era Meiji, pero en
muchos casos sus descendientes se iban a la ciudad, invertían en negocios, participaban en la
política. Incluso los que se quedaban en el campo se veían a sí mismos con una función social
menos importante, ya que ahora las técnicas agrícolas se aprendían en escuelas, y el mediar
en los pleitos de la comunidad había pasado a ser incumbencia de los burócratas del lugar y
de asociaciones voluntarias. Otro cambio fue que los arrendatarios se habían convertido en un
elemento de más importancia social en la aldea. La superficie de tierra arrendada alcanzó un
promedio nacional del 45 por ciento del total a fines de la era Meiji y se mantuvo a ese nivel
hasta la Guerra del Pacífico. Teniendo en cuenta que el campesino arrendatario era el pobre
del campo —una encuesta del gobierno en 1927-1928 concluía que de la renta familiar el
arrendatario tenía que gastarse el 57 por ciento en comida en comparación con el 49 por
ciento que gastaba el campesino propietario- resultaba que había una importante
diferenciación en los niveles de vida entre un grupo de familias y las demás.
Después de 1900 las asociaciones de arrendatarios se hicieron numerosas e influyentes.
Aunque su razón de ser a menudo declarada era el estudio y mejora de las técnicas agrícolas,
no tardaron en representar los intereses colectivos de los arrendatarios en contra de los
terratenientes, sobre todo con respecto al arriendo y seguridad de la tenencia. A partir de 1927
esto iba a ocasionar un nivel creciente de disputas sobre arrendamientos a veces con violencia
e intervención policial. El fenómeno ha sido interpretado de diferentes modos. Según una
escuela de pensamiento, la integración más estrecha de la agricultura en la economía
comercial habría intensificado la presión en los campesinos menos favorecidos, hasta el
punto de hacerlos expresar abiertamente su resentimiento contra la explotación de los
terratenientes. Según otra, más reciente, los arrendatarios reflejarían no tanto un aumento de
las dificultades cuanto una conciencia de oportunidades económicas, es decir, buscarían
mejores condiciones en sus contratos como una forma de maximizar sus ingresos. El hecho
de que las disputas casi siempre tuvieran lugar en zonas en donde la agricultura estaba
técnicamente más avanzada —en las cercanías de Osaka y en las regiones sericícolas—, se
cita como prueba de esta segunda interpretación (si bien debe añadirse que éstas eran también
las zonas en donde las cosechas comerciales eran más comunes y donde se sentían con más
viveza las presiones del mercado).
Las ciudades, sobre todo las industriales, eran tan turbulentas y problemáticas como los
pueblos, pero de forma diferente. En 1920, Japón contaba con una mano de obra cercana a los
27 millones, de la cual algo más de una sexta parte trabajaba en la manufactura. Alrededor de
1.600.000 lo hacía en las fábricas (740.000 hombres y 870.000 mujeres), otros 400.000 en la
minería. Los sueldos, aunque más altos que en el campo, eran contenidos lo más posible por
los patronos con el pretexto de que sólo así Japón podría competir con las industrias de Occi-
dente técnicamente avanzadas y de más capital. Con eso y todo, los salarios subieron más
rápidamente que el coste de la vida. En 1900, un obrero de una fábrica ganaba un promedio
de 40 senes al día, cifra que aumentó a más de 190 senes en 1920 (100 senes = 1 yen). Las
mujeres recibian la mitad, lo cual aparentemente se debía a que no tenían familias que
mantener, por ser la mayoría de ellas jóvenes, solteras y traídas del campo para trabajar en la
industria textil en condiciones apenas mejores que si se tratara de aprendices. La situación en
el trabajo, tanto para los hombres como para las mujeres, era dura, a menudo a causa de los

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muchos poderes que el patrón daba a los supervisores y capataces. La minería tenía un récord
especialmente negativo de brutalidad y de bajos niveles de seguridad con 600 muertes al año
en la década de los veinte. Teniendo en cuenta que esta mano de obra había salido
mayormente de las cárceles en la era Meiji y después de grupos desfavorecidos, como los
parias y los coreanos, todos los cuales eran tratados como condenados a trabajos forzados, no
es sorprendente que las protestas cuando ocurrían fueran violentas. En febrero de 1907, por
ejemplo, los obreros de la mina de cobre de Ashio, de la empresa Furukawa, al habérseles
negado una mejora laboral y salarial, protagonizaron un altercado al que sólo se pudo poner
fin cuando los funcionarios enviaron la milicia. Unos meses después hubo otro estallido
similar en la mina de Besshi, de Sumitomo, que volvió a exigir la presencia del ejército. Tras
estos dos incidentes, más de cien mineros fueron condenados por cargos criminales. En todas
las industrias la jornada laboral era larga. Hasta 1900, incluso las mujeres y los niños
trabajaban normalmente en turnos de doce horas en las fábricas textiles. Las iniciativas de los
burócratas para acortar la jornada encontraban la firme oposición del patrón, hasta que una
ola de disturbios industriales en 1907 dio estimulo a la reforma y llevó por fin al Decreto
sobre Fábricas de 1911 (aunque no entró en vigor hasta 1916). Se introducía una jornada
laboral de once horas para mujeres y niños de menos de quince años, máximo que quedó
reducido a diez horas en 1923. Los turnos nocturnos para mujeres y niños no serían
prohibidos hasta 1929.
A partir de los últimos años de la década 1880-1890, los obreros, sin esa protección
acordada a mujeres y niños, empezaron a organizarse en sindicatos empezando con grupos de
trabajadores especializados como los impresores y obreros del hierro. En 1897, Takano
Fusataro y Katayama Sen fundaron la Sociedad para la Formación de Sindicatos Obreros
(Rodo Kumiai Kiseikai) modelada según la Federación Americana del Trabajo (American Fe-
deration of Labor). Sin embargo, las actividades de sus miembros apuntaban a poco más que
a conseguir seguro por enfermedad y desempleo, ya que la policía —con el respaldo del
Decreto del Orden Público de 1900— trataba como ilegales las huelgas y las negociaciones
colectivas. La consecuencia fue que los sindicatos se redujeron en la mayor parte a grupos de
estudio, aunque en 1912 Suzuki Bunji estableció la Yuaikai una sociedad de amigos, cuyo fin
declarado era promover la armonía en la industria. Los años de la guerra contribuyeron
mucho más que eso a lograrlo. La subida de los precios y la expansión de la mano de obra en
la industria pesada, seguidas de la depresión de la postguerra, crearon una situación en la que
las negociaciones salariales y la solidaridad obrera ganaron números crecientes de partidarios.
La misma Yuaikai se vio metida en setenta disputas en 1917, al tiempo que empezaban a
surgir también otras organizaciones más militantes. En 1919, Japón contaba con 187
sindicatos que participaron en un total de casi 500 disputas. A los disturbios urbanos contra la
subida de los precios de alimentos acompañaron huelgas importantes de maestros,
impresores, carteros y obreros de la construcción naval; la Yuaikai se remodeló en la
Federación de Trabajo (Sodomeí), que en 1925 afirmaba contar con 250.000 miembros. Al
mismo tiempo, las tentativas de represión gubernamental, aunadas al sistema activo de
esquiroles organizado por los patrones, dieron un giro cada vez más a la izquierda a todo el
movimiento.
Por esta época, los sindicatos se enfrentaban a una cohorte «moderna» de empresarios y
administrativos. Los hombres que habían llevado a cabo los planes del gobierno de Meiji para
establecer en Japón empresas de corte occidental, tenían orígenes diversos: ex-samurais,
comerciantes urbanos a la antigua usanza y «agricultores ricos» (gono). A causa de esos
mismos orígenes tenían todos un compromiso con la ética confuciana como guía de conducta
personal. Además, la experiencia de haber vivido en el turbulento periodo que siguió a la
apertura de los puertos les hacía creer fácilmente que lo que estaban haciendo era un deber

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patriótico. Esos eran los dos pilares de su ideología. Sin embargo, la generación siguiente,
que procedía de universidades y de escuelas técnicas, no compartía en conjunto esas
actitudes. Eran ahora burócratas de grandes empresas, con una dosis de lealtad repartida por
igual entre la compañía y la nación, y que median sus logros en términos de ganancias o de
ventas. Perseguían sus aspiraciones más a través de cuerpos colectivos, como asociaciones o
cámaras de comercio, que como magnates individuales. Muchas de estas organizaciones
resultaron ser en extremo influyentes. El Club Industrial, fundado en 1917 para representar
casi doscientos zaibatsu y otros grandes intereses, contaba en 1928 con mil afiliados,
mientras que otros muchos grupos comparables, algunos que se remontaban a antes de 1890,
quedaron integrados en 1922 bajo la tutela de la Cámara de Comercio de Japón (Nissho). Así
se daba a los hombres de negocios una voz en los asuntos de política económica nacional.
Formaban también de esa forma un grupo de presión política —hostil al socialismo y a los
sindicatos, opuestos a grandes presupuestos, partidarios de la propiedad privada y del go-
bierno de las leyes— que los gobiernos ignoraban a su propio riesgo. En este aspecto también
Japón adquirió las conocidas características de una sociedad industrial.
Conservadurismo, liberalismo, socialismo
Los hombres que, como ministros o altos funcionarios, ostentaban el poder en elJapón
de finales de la era de Meiji creían en la tradición como un antídoto contra revoluciones. Ya
antes de 1890 habían hecho uso de ella en varios contextos: al incorporar parte de la ética
confuciana en el Rescripto sobre Educación y en la enseñanza escolar, y al adoptar la doctrina
sintoísta del linaje divino del emperador como uno de los principios de la Constitución. Des-
pués de 1905, el acento lo pusieron más específicamente en la conservación de la unidad
social. Unidad que había que asegurar, decían, mediante la igualdad de todos los japoneses
ante el emperador y mediante los valores de la familia y la comunidad, y no por la
participación en elegir un gobierno representativo como era habitual en Occidente.
Para esta forma de pensar era central la idea sobre el emperador. El prestigio de éste fue
realzado en gran medida con las victorias que, en calidad de jefe supremo, se lograron sobre
China y Rusia. Su presencia se hizo sentir más ampliamente con la introducción de fiestas
nacionales vinculadas a la Casa Imperial, como la de Kigensetsu (11 de febrero) en que se
celebraba la entronización de Jimmu, el mítico primer emperador de Japón. Se escribía
muchísimo en los libros de texto escolares y en la prensa oficial sobre la importancia del
emperador como centro de la vida familiar y de la adoración a los ancestros. En 1908 se le
asociaba además en un rescripto a las virtudes del ahorro, de la frugalidad y del trabajo, que
constituían la mejor salvaguarda para la prosperidad del país.
Esta apelación a la ideología imperial se reforzó con el desarrollo de la política y las
instituciones. Entre éstas, figuraba el llamado Movimiento para la Mejora Regional, que
databa de los años siguientes a la Guerra Ruso-Japonesa y cuyo punto de partida era la
creencia de que los asentamientos rurales y las aldeas de Japón no sólo eran el enclave de los
valores tradicionales, sino también el segmento de la sociedad más expuesto al riesgo de los
cambios económicos. Su corrupción por la conducta y el pensamiento «moderno» entrañaría,
según publicaba el periódico Tokio Asahi en 1914, «primero, la pérdida del espíritu patriótico
que forma el eje de nuestra idiosincrasia nacional; segundo, la penetración del individualismo
extremo que es el enemigo del nacionalismo; tercero, el brote del socialismo que execra a los
que están en el poder». Bajo la influencia de estas razones, los dirigentes políticos tomaron
varias medidas para salvar esos peligros. Una fue proporcionar ayuda a los campesinos-
propietarios para resistir los efectos adversos de la comercialización, por ejemplo,
patrocinando cooperativas rurales y asociaciones de ahorro, apoyando las sociedades

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dedicadas a fomentar las virtudes identificadas en el rescripto de 1908, estimulando a los
funcionados y residentes en los pueblos a colaborar estrechamente en la planificación
económica local. Se hicieron asimismo esfuerzos para desarrollar más directamente la
fidelidad de la gente del campo a la máquina de la burocracia central por medio sobre todo de
la transferencia del sentir de las aldeas tradicionales (buraku) a los pueblos (inura) del
sistema de Meiji, en donde los funcionarios ejercían más control. No es de extrañar que esto
provocara resentimientos ocasionales, el impulso de los cuales fue contrario a los objetivos
del gobierno.
En estos mismos años se tomaron otras medidas que tuvieron más éxito en movilizar un
apoyo masivo a Tokio. Una fue la creación de una red por todo el país de asociaciones
juveniles (Seinendan), en principio formada a nivel local, pero convertida en 1910 en un
organismo nacional bajo la supervisión del Ministerio del Interior. Para las autoridades
centrales su finalidad era prolongar hasta los primeros años de la edad adulta del ciudadano la
enseñanza del curso de ética de las escuelas. Similar en este aspecto pero agregando el
elemento de «conducta marcial» se encontraba la Asociación de la Reserva Militar (Zaigo
Gunjinkai) establecida en 1910 por dos oficiales del ejército con mentalidad de politicos,
Terauchi Masatake y lanaka Giichi (los dos serían después primeros ministros). Una de sus
metas era dotar al país de ciudadanos disciplinados necesarios para el arte moderno de la
guerra, a la vez que de esa manera el ejército ganaba una firme base de apoyo popular para su
función política interna. Otra meta era contrarrestar la influencia «inmoral» del capitalismo.
Cor estos fines la Gunjinkai abogaba por la «solidaridad y cooperación» dentro de la familia-
estado organizada de acuerdo con los principios confucianos. De sus miembros —había tres
millones hacia los años treinta— se esperaba que vivieran en sus respectivas comunidades
fieles a esos ideales y que demostraran el interés del ejército en el bienestar del pueblo
participando como voluntarios en tareas sociales..
El conservadurismo de esta especie era una tentativa de crear defensas contra los
cambios menos agradables que el desarrollo económico había causado o iba a causar en la
sociedad japonesa. En cambio, el liberalismo acogía con agrado los cambios e intentaba
impulsarlos aún más. Uno de sus orígenes descansaba en el principio de risshin-shusse
(«abrirse camino en el mundo»), derivado, con cierta inexactitud, de Herbert Spencer y de
Samuel Smiles. Al igual que los autores del Decreto sobre Educación de 1872, los liberales
ponían de relieve la importacia de la educación como un estimulo al esfuerzo y como un
medio para prosperar en la vida. Dieron también al individualismo un valor mucho mayor
que el que tenía en cualquier sistema tradicional de ideas. Considerando que el budismo
trataba las ambiciones humanas como algo que tenía que ser negado y que el confucianismo
subordinaba el individuo a la sociedad y al Estado, el liberalismo quedaba así expuesto a la
acusación de ser no sólo extranjero, sino incluso subversivo contra el credo ético-religioso
japonés.
En un contexto diferente, los liberales se adhirieron a la causa de los grupos que habían
ganado o perdido con el crecimiento del comercio o la industria: los que se habían enri-
quecido o al menos prosperado, pero que todavía estaban exduidos del poder político; los
que, en la otra punta, estaban empobrecidos pero cuya pobreza seguía siendo un problema sin
resolver. Japón, decían, después de haber logrado estabilidad en casa y prestigio fuera, no
necesitaba preocuparse de la «fuerza» como antes de 1894. Más bien debía atender a la
«riqueza» a fin de construir una sociedad mejor: una sociedad menos paternalista, que
proporcionara al pueblo llano un nivel de vida más alto y que promoviera un alcance más
extensivo del disfrute de los derechos humanos.

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Las manifestaciones especificas de esas ideas podían verse en los programas de los
partidos «burgueses» que serán tratados en la sección siguiente de este capítulo. Se centraban
en reclamar el sufragio universal, limitar la función constitucional de los nobles de linaje,
elegir (y no nombrar) a los gobernadores de las prefecturas, y poner freno al poder policial en
la represión de la disidencia. Social y económicamente, como se comprueba por ejemplo en
los escritos de Ishibashi Tanzan —editor en 1924 de Toyo Keizai Shimpo («El Economista
Oriental»)—, su programa era más variado: legalización de los sindicatos, leyes efectivas
para la industria, seguridad social para el obrero, reforma del sistema de arriendos de la tierra,
industrialización de las regiones atrasadas (para diversificar el empleo), y dotación de
cualquier medio disponible para liberar a la empresa privada de la mano muerta de la
burocracia gubernamental. A la larga lista de males contemporáneos, Ishibashi y sus colegas
añadían también el polémico tema de la posición de la mujer en Japón, criticando la doctrina,
tan acariciada por los conservadores, de la mujer como esposa-y-madre. A las mujeres,
mantenían estos liberales, se les debería dar la oportunidad de abrirse camino en el mundo.
Los liberales de la clase de Ishibashi, con sus contribuciones a las muchas revistas de
gusto medianamente cultas fundadas a principios de siglo, eran gradualistas que sin rechazar
en bloque al Japón que habían heredado deseaban verlo mejorado. Los socialistas, como
cabría esperar, no estaban de acuerdo. Al igual que los miembros más radicales de los
movimientos populares derechistas de la década 1880-1890, querían algo más cercano a una
revolución, es decir, la destitución de la autoridad del sistema existente y su transferencia a
los que la usarían directamente en nombre de pobres y marginados. El argumento está bien
ilustrado en la obra y en la carrera de Kotoku Shusui. El tono acerca de los juicios sobre su
país a raíz de la guerra contra China era claramente ético: un gobierno que «pisotea nuestro
sistema constitucional con el uso del dinero», políticos «en busca de influencia y beneficios
personales». Sus conclusiones, por otro lado, eran francamente políticas: «para prevenir la
corrupción y la degeneración de hoy se debe.., reformar fundamentalmente la organización de
la sociedad»50. De estas ideas a la opinión de que el cambio exigía medidas
extraparlamentarias en las que él debía participar, había un paso muy corto que Kotoku no
vaciló en dar. En 1907 apoyó a los obreros amotinados de las minas de cobre de Ashio. Al ser
reprimidos por la fuerza, quedó involucrado en planes para asesinar el emperador Meiji, sólo
para ser arrestado, cuando se descubrió la conspiración de 1910, y ejecutado con otros diez en
enero del año siguiente.
Otra vertiente del socialismo era la moderada y cristiana. La representaban las
actividades de Suzuki Bunji, un abogado, Kawaga Tomohiko (o Toyohilço), un
evangelizador, y Abe Isoo, un profesor de la Universidad de Waseda, que participaron en el
establecimiento en 1898 de la Asociacion para el Estudio del Socialismo y en 1901 del
Partido Democrático Socialista. Este partido fue pronto prohibido por el gobierno pues entre
sus fines figuraba el de la abolición de clases, el desarme y la propiedad pública de la tierra y
del capital; también lo fue el Partido Socialista de Japón, fundado en 1906, bastante distinto
del anterior y que sobrevivió poco más de un año. De hecho, no fue hasta que la Revolución
Rusa y la derrota de Alemania en 1917-1918 crearon un ambiente de efervescencia intelectual
y de inquietud industrial, que el socialismo abrió realmente brecha en Japón. En diciembre de
1920 se creó la Liga Socialista, que reflejaba la influencia de las ideas eutopeas y cuyo
objetivo era crear un amplio movimiento popular que abarcara todas las variantes del
pensamiento de izquierda. Esta liga buscó apoyo en las organizaciones laborales de la
industria y en los sindicatos agrarios pensando que tendría a su disposición un acopio de
mano de obra y de recursos mucho mayor que el que habían podido reunir los radicales de
antes de la guerra.

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Pese a la existencia de este cuerpo, la izquierda de Japón seguía fragmentada. Había
una división tajante entre los que no favorecían los métodos parlamentarios y los que sí, tal
como ya ha quedado demostrado con Kotoku y los socialistas cristianos. El surgimiento del
Partido Comunista Japonés en 1921 exacerbó la división. La política de este partido, dictada
por el Comintern, se basaba en la idea de que en Japón habría una revolución en dos fases,
comenzando con una primera burguesa y democrática. No todos sus miembros aceptaban la
necesidad, implicada por esa idea, de un frente popular. Ni siquiera tenía razón la policía para
creer en la legalidad de las intenciones de los comunistas, ya que rechazaban abiertamente el
«sistema del emperador». La persecución policial, a su vez, fortaleció la imagen extremista
del partido atrayendo a unos y alejando a otros. El economista Kawakami Hajime, por
ejemplo, hombre despojado de pobreza y de interés personal, y que se acercó al socialismo
por considerarlo altruista y al marxismo como un camino a la modernización económica,
tardó más de doce años, una vez que en 1919 se hizo marxista, en disipar sus dudas acerca de
afiliarse al Partido Comunista.
La presencia de hombres como Abe y Kawakami en el movimiento socialista pone de
relieve otra de sus características: su excesiva dependencia de los intelectuales. Cierto que
existía un subestrato de clase obrera organizado, pero fueron muy pocos los dirigentes
socialistas que salieron de sus filas. La mayoría eran hijos desilusionados de terratenientes o
de ex samurais. A casi todos se les daba mucho mejor escribir que obrar, circunstancia que
contribuyó a hacer ineficaz su socialismo una vez metidos en el juego político del toma y
daca. Kawai Eijiro, cuando respondía en 1939 al tribunal que le juzgaba en virtud de la
legislación contra «ideas peligrosas», era un buen ejemplo de una actitud nada infrecuente:
«Aunque hablo de socialismo..., no me dirijo a la plebe baja. Y jamás he tratado del
socialismo en un mitin de obreros». Con la debida consideración de las condiciones bajo las
cuales se hizo esa declaración, no deja de ser elocuente de la incapacidad del socialismo
japonés para desafiar eficazmente al sistema de Meiji.
Política de partidos
Aunque la constitución de Meiji imponía graves desventajas a cualquier grupo que
ofreciera oposición a los hombres en el poder, no garantizaba que ésas fueran decisivas ni que
duraran para siempre. Los dirigentes del gobierno, después de todo, a la vez que creían en
gabinetes «trascendentales», es decir, en gabinetes por encima de intereses seccionales y, por
ende, por encima de partidos, exigían también cierta dosis de cooperación por parte del
parlamento o Dieta que era la que ponía en función sus decisiones políticas. De forma similar,
los miembros de los partidos, si bien dedicados casi por completo antes de 1890 a una
politica de protesta, no eran impasibles a las tentaciones de un cargo político por poco poder
real que éste revistiera. No es, por lo tanto, descabellado concluir que la constitución pudiera
estar hecha para funcionar.
Los sucesos de sus primeros años pusieron en duda esa conclusión. En julio de 1890,
siendo primer ministro Yamagata Aritomo, se celebraron las elecciones para la cámara baja
(de diputados). En una población de 40 millones, sólo estaba cualificado para votar alrededor
de medio millón de personas que, por definición, eran hombres de posición más que
acomodada inclinados probablemente a optar por la estabilidad política. Aun así, la decisión
de esos votantes no satisfizo a Yamagata. De los 300 escaños, 160 fueron a parar a los
partidos de la oposición, resultado que serviría de base para que, tan pronto como se
inaugurase la sesión parlamentaria en noviembre, se produjeran enfrentamientos sobre el
tema de los presupuestos, enfrentamientos sólo superados con el uso extensivo de amenazas y
sobornos por parte del gobierno. Otra prueba parecida de fuerza se presentó al año siguiente

31
estando al frente del gabinete Matsukata Masayoshi; esta vez acabó en disolución. En febrero
de 1892 volvieron a celebrarse elecciones, marcadas por la intervención policial con el saldo
de 25 muertos y casi 400 heridos, pero la siguiente sesión no fue menos tumultuosa que la de
1891. Matsukata dimitió siendo sustituido por Ito Hirobumi. En febrero de 1893, ante. una
moción de censura, Ito logró un mensaje imperial dirigido a la Dieta y en favor del gabinete,
pero ni siquiera este recurso bastó para aplacar el tumulto. Hubo otra disolución en
diciembre, nuevas elecciones en marzo de 1894, una nueva sesión en mayo y otra disolución
de la cámara baja a comienzos de junio.
La Guerra Sino-Japonesa trajo un breve respiro al unir-se los políticos de todos los
signos en la celebración de las victorias. Después, la vida parlamentaria empezó por fin a
moverse por la vía del compromiso, compromiso originado por el reconocimiento por parte
del gabinete y de los estadistas más veteranos —fue por estos años que empezó a emplearse
el término «Genro» para referirse a las figuras dominantes del gobierno de Meiji, aunque no
figuraran entre los miembros del gabinete del momento de que no podían poner en marcha la
maquinaria constitucional si la Dieta era permanentemente obstructiva. También los partidos
aceptaron que, a falta de una revolución, la posición del sistema era inexpugnable. En
consecuencia, cuando una parte ofrecía un pequeño número de cargos ministeriales o de
concesiones menores en política, los otros lo aceptaban como base suficiente para suspender
las hostilidades.
En 1895, Ito dio el Ministerio del Interior a Itagaki Taisuke, líder del Partido Liberal
(Jtiyuto). Al año siguiente, Matsukata se alió con el Partido Progresista (Shimpoto) de Okuma
Shigenobu en términos parecidos. Ninguno de los dos arreglos funcionó muy bien, por lo que
en 1898 Ito probó poniendo a los dos hombres de la oposición al frente de lo que en teoría era
el primer gobierno de partidos en la historia japonesa. Con la ruptura, sin embargo, que
sobrevino en cuestión de meses por los desacuerdos de sus respectivos seguidores en materia
fiscal y de repartos políticos, hizo su reaparición Yamagata.
En esta época, Ito y Yamagata estaban consolidándose como rivales con políticas
divergentes en una amplia gama de asuntos de política interior y exterior. El segundo,
siempre decidido adversario del gobierno de partidos, ejercía una influencia considerable en
la cámara alta (de los nobles) y en muchos segmentos de los gobiernos regionales que
reforzaban su base de poder inicial en el ejército, influencia que las relaciones de Ito con la
Corte Imperial no bastaban para contrarrestar completamente. En septiembre de 1900, Ito
decidió fortalecer su posición con la formación de un partido propio. Denominado «Asocia-
ción de Amigos Políticos» (Seiyukai), mayormente una versión renovada del Partido Liberal
de Itagaki, ofrecía el premio de puestos en el gabinete a cambio de aceptar la idea
constitucional de Ito de que los gabinetes deben permanecer independientes de los partidos.
Con su apoyo, Ito volvió a ejercer de primer ministro, aunque su administración fue efímera.
Cuando acabó (junio de 1901), Ito y Yamagata dejaron de participar personalmente en
los gabinetes y pasaron a estar representados por sus respectivos protegés, Saionji Kinmochi
y Katsura Taro. Estos dos hombres se alternarían en el cargo de primer ministro en los
siguientes doce años, periodo conocido como <la tregua Katsura-Saionji» por el
entendimiento tácito entre los dos principales grupos políticos. Saionji, que había sucedido a
Ito como presidente del Saiyukai en 1903, lideraba una mayoría dócil en la cámara baja y
contaba con el apoyo de los amigos de su mentor. Katsura disponía de los intereses de
Yamagata, como la cámara alta. Cualquiera de los dos podía gobernar en tanto tuviera el
consentimiento del otro sin el cual ninguno podía hacer nada.

32
Fue Hara Kei, representante de Saionji y miembro del Seiyukai, un inteligente político
y ex samurai ajeno a las camarillas de Satsuma-Choshu, el que configuró en esta situación un
sistema de política de partidos. Las reformas introducidas entre 1870 y 1890 ya habían
posibilitado que los ciudadanos más acomodados del país participaran en la vida pública:
como empleados en la burocracia, como miembros de las asambleas prefecturales o cámaras
de comercio, como votantes de los diputados de la Dieta o incluso como diputados ellos
mismos (el requisito para el sufragio en 1912 seguía siendo el pago de 15 yenes al año en
impuesto nacional, con lo cual se limitaba el electorado al 3 por ciento de la población). Hara
intentó reorientar la fidelidad de esos hombres al Seiyukai, o sea, intentó cambiar el
equilibrio de poder dentro del marco existente, atrayendo a su partido al ciudadano
acomodado de los niveles intermedio e inferior.
La palanca usada para ello consistió en la concesión de los cargos ministeriales ganados
por el Seiyukai como precio por apoyar a Saionji después de la Guerra Ruso-Japonesa. Entre
1905 y 1915, el mismo Hara sirvió tres veces como ministro del Interior. Desde esa posición
ventajosa pudo utilizar su influencia en decidir nombramientos y despidos para convencer a
muchos de los nuevos burócratas con formación universitaria de los gobiernos central y
regional para que se afiliaran al Seiyukai. Esto le dio un numero de funcionados seguidores
comparable al de Yamagata, aunque sin el elemento militar. Se atrajo también a grupos con
intereses regionales mediante la manipulación de las asignaciones del gasto público,
especialmente en la construcción ferroviaria y en otros proyectos de desarrollo. Antes de
1912, fecha de la muerte del emperador Meiji, estas estrategias habían convertido al Seiyukai
en una formidable maquinaria política, con control de la cámara baja de la Dieta y con
capacidad para negociar ventajosamente con cualquiera que quisiera su ayuda.
Tampoco sus oponentes eran ya tan disciplinados como antes. Katsura Taro, tomando
otra vez el relevo a Saionji en diciembre de 1912, decidió jugársela a una carta por su cuenta
y riesgo, es decir, formar un partido, escapando así de la dependencia del Seiyukai, y
manipular la autoridad imperial, como Ito había hecho antes, a fin de controlar de algún
modo al Genro. Al final, sólo consiguió unir a casi todo el mundo en contra de su propia
«dictadura». En febrero de 1913, el Seiyukai lanzó violentos ataques contra él en la Dieta.
Fuera del edificio había miles de personas alborotando, asaltando las oficinas de los
periódicos pro gobierno. Katsura dimitió.
Esta incapacidad de hallar una fórmula alternativa para un gobierno esencialmente
burocrático marcó el final de una era en la política japonesa. Los restantes miembros del
Genro fueron desapareciendo de la escena uno a uno —Ito había sido asesinado en 1909,
Inoue Kaoru murió en 1915, Yamagata en 1922, Matsukata en 1924—, que dando sólo
Saionji para hacer su papel. Hubo también un cambio de generación entre los líderes del
partido: Katsura sobrevivió sólo unos meses a su dimisión de 1913, Itagaki murió en 1919 y
Okuma Shigenobu tres años después. Hara sustituyó a Saionji como líder del Seiyukai en
1913. El nuevo líder juzgó más prudente seguir de momento apoyando a los gabinetes
pluripartidistas, incluyendo al del general Terauchi Masatake que llegó al poder en 1916, pero
exigió a cambio que le dieran algunos puestos claves. Hara dio la puntilla también a la
decisión de Yama-gata, establecida en 1900, de que los ministros de la Guerra y de la Marina
debían ser oficiales en servicio y no en la reserva.
El robustecimiento que todo esto supuso para su partido dio lugar a la polarización
política de la Dieta, al verse obligados los grupos más pequeños a formar un tipo de coalición
anti-Seiyukai, con objeto de tener alguna esperanza de influencia. En 1916, esta coalición
quedó bautizada como Kenseikai (Asociación Constitucional), nombre que pervivió hasta

33
1927 como principal rival parlamentario del Seiyukai. Su figura más destacada fue Kato
Takaaki (Komei), hijo de un samurai de rango inferior de Nagoya, que se había graduado de
derecho en la Universidad de Tokio en 1881, entrado en la compañía Mitsubishi, casado en
1886 con la hija mayor de Iwasaki Yataro y después emprendido la carrera diplomática con el
patrocinio de Mutsu Munemitsu y de Okuma Shigenobu. En 1912 fue nombrado ministro de
Exteriores en el gabinete de Katsura, al que sucedió al año siguiente como presidente del
Doshikai, uno de los partidos incorporados al Kenseikai. En 1914, sirvió como ministro de
Exteriores en el gabinete de Okuma, en cuyo desempeño ofendió hasta tal punto al Genro en
el tema de las Veintiún Peticiones (véase capítulo 9) que fue condenado al ostracismo político
unos cuantos años.
En comparación, Hara, del Seiyukai, demostró en conjunto ser más aceptable, al haber
demostrado en numerosas ocasiones su disponibilidad de llegar a un compromiso con las
realidades del poder. Su recompensa fue el nombramiento de primer ministro en 1918,
cuando la subida de precios provocó a niveles peligrosos el descontento popular con el
gabinete de Terauchi. De esa forma Japón tuvo como primer ministro a un plebeyo, es decir, a
un hombre que nunca había tenido ningún título, aunque era de cuna suficientemente buena.
Es significativo constatar que Hara escogió como colegas en su gabinete a sólo miembros de
su partido, salvo en el caso de los «especialistas» encargados de las carteras de Guerra,
Marina y Exterior.
Para los que saludaron esto como una victoria del liberalismo y la democracia, los tres
años siguientes serían decepcionantes. Como buen hombre de partido, Hara trató, y en parte
lo consiguió, de colocar a sus seguidores en los gobiernos de las prefecturas y de las colonias,
cargos hasta entonces reservados a los burócratas, pero mostró escaso entusiasmo en ir más
allá con las reformas. Su posición dependía todavía demasiado del Genro y de la cámara alta
como para permitirse el lujo de aventuras constitucionales, garantizándose así que, en tanto él
se mantuviera en el cargo, las propuestas para una extensión del sufragio serían
sistemáticamente descartadas. Las ideas socialistas eran suprimidas implacablemente y las
señales de corrupción ignoradas. Así, su asesinato en noviembre de 1921, a manos de un
joven fanático cuyos motivos nunca quedaron datos, robó al movimiento del partido de su
politico más capaz, pero no del hombre que probablemente hubiera hecho avanzar al país por
el camino de las libertades populares.
Como era de esperar, sus partidarios inseguros, del terreno que pisaban, volvieron a la
práctica de usar la mayoría del Seiyukai para apoyar a gobiernos pluripartidistas. Pero la
marcha de los tiempos estaba en su contra. Las insistentes peticiones de Kato de gabinetes
responsables de un solo partido, según el modelo británico que había aprendido a admirar
siendo embajador en Londres, estaban recibiendo un apoyo creciente. Kato logró forzar una
disolución parlamentaria sobre este tema a principios de 1924 y ganar las elecciones
subsiguientes. Esto le dejó la vía libre para formar una administración, primero en la base de
una coalición de grupos no pertenecientes al Seiyukai y por fin, en agosto de 1925, de grupos
de sólo el Kenseikai.
Kato llevó a cabo algunas de las medidas en que Hara se había embarcado. Por razones
económicas la burocracia se redujo en 20.000 puestos. El gasto de las fuerzas armadas se
recortó a un 30 por ciento del presupuesto nacional, comparado con el 40 por ciento de unos
anos antes, con lo que el ejército perdió cuatro divisiones. La reforma de la cámara de los
nobles todavía estaba fuera de alcance, pero en mayo de 1925, el Decreto de Sufragio
Universal Masculino dio capacidad de votar a todos los varones de más de 25 años,
aumentándose así el electorado de tres millones a más de 13. Contra eso, sólo una semana

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después vino una nueva Ley para el Mantenimiento de la Paz, en virtud de la cual se
establecían penas de hasta diez años en prisión por tomar parte en las formas más extremas de
actividades izquierdistas.
Una legislación tan represiva como ésta señaló otro cambio en la política japonesa.
Tanto los parlamentarios existentes como los que votaban por ellos procedían de segmentos
de la población para quienes el socialismo era anatema: gentes alarmadas por el crecimiento a
partir de 1918 de los sindicatos y por el surgimiento en 1921 del Partido Comunista,
alarmadas no menos también por la ambivalencia de la izquierda en conjunto hacia el
gobierno parlamentado. Las iniciativas para crear en 1925 un partido proletario y así
aprovechar la reforma del sufragio no contribuyeron en nada a mitigar su hostilidad, pues
preludiaban un cambio en una parcela de la vida política japonesa en donde hasta entonces
habían tenido ventaja. La respuesta casi inevitable fue apoyar la Ley para el Mantenimiento
de la Paz. Una ley que rápidamente entró en vigor. El Partido Campesino-Obrero, de signo
radical y constituido en diciembre de 1925, quedó prohibido después de sólo treinta minutos
de existencia. Una réplica moderada, el Partido Obrero-Campesino, fundado en 1926, salió
mejor librado, pero se desintegró por disensiones internas a los pocos meses. En las
elecciones de 1928, las organizaciones de izquierdas que habían logrado sobrevivir
(excluyendo a los comunistas, que no participaban) fueron capaces de obtener algo menos de
medio millón de votos. La policía aprovechó enseguida la ocasión para lanzar incursiones a
gran escala contra los activistas y simpatizantes de izquierdas de cualquier signo que fueran.
La represión de la izquierda no hizo que a los dos partidos «liberales» —el Minseito
(Partido Democrático) había sustituido al Kensikai en 1927— se les uniera automáticamente
una multitud de seguidores. La causa fue las considerables críticas que suscitaban sus mismas
actitudes y conductas. Y eran muchas las razones. Las diferencias de política no tenían
comparativamente importancia en la vida parlamentaria y el éxito dependía más de hacer
tratos que de entablar debates; por esto, las decisiones, incluso las tomadas por los gabinetes
partidistas, tendían a ser acuerdos concertados a puertas cerradas y no siempre en
consonancia con los compromisos electorales. La fidelidad al partido era una virtud rara y los
cargos generalmente tenían prioridad sobre los principios. Los parlamentarios del montón no
mostraban más escrúpulos ni mucha menos corrección que sus líderes: sabiendo que los
principales asuntos no dependían de lo que sucedía en la Dieta, limitaban los debates al nivel
de lo trivial o simplemente acallaban con gritos a sus rivales. Ni siquiera resultó desconocido
el uso de la violencia dentro del edificio de la Dieta. Y, por si esto no fuera bastante, el
público sabía bien que la corrupción era un rasgo común de la política nacional. En 1914, el
gabinete de Yamamoto había tenido que d.irnitir tras revelaciones de soborno en contratos de
armamento naval en donde resultó implicada la empresa Siemens. Con Hara, en 1921, la
Compañía Ferroviaria de Manchuria del Sur fue acusada de contribuir ilegalmente a la
financiación del partido Seiyukai. Del líder de este partido en 1925, el general Tanaka Giichi,
se dijo que había aceptado sobornos en la concesión de contratos militares, que había vendido
títulos nobiliarios y haber sido influenciado indebidamente en el nombramiento de los
miembros del gabinete.
Muchas de esas acusaciones eran exageradas y algunas pura invención, pues esto era
también parte del sistema de la política japonesa. Aun así, no hay duda de que la naturaleza
de la relación entre los partidos y las empresas hacía harto probable cierto grado de
corrupción o de fraude político. El dinero siempre era necesario para lubricar el sistema; y su
influencia no se ejercía solamente sobre los hombres del gabinete. Las familias del zaibatsu
tenían bastantes lazos de matrimonio con destacados hombres de Estado. En 1930, uno de
cada ocho miembros de la cámara baja de la Dieta, proporción válida para los dos principales

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partidos, y más de uno de cada cuatro de la cámara de los nobles ocupaban cargos en alguna
empresa de zaibatsu o tenían parientes cercanos que lo ocupaban. Además, el hecho de que
aproximadamente una tercera parte de los miembros de las dos cámaras se describieran a sí
mismos como «hombres de negocios», sugiere que las empresas menores, sin los poderosos
contactos de zaibatsu, podían sin embargo confiar en que la Dieta las tratara con
benevolencia.
El apoyo empresarial, aunque en la década de los años veinte la burocracia daba fuerza
a los partidos vis-ti-vis, era sospechoso no sólo de contribuir a la mala reputación de ésos.
Dada la debilidad de las instituciones parlamentarias, el empresario no necesitaba al político
en el mismo grado que éste necesitaba a aquél. Así, en la lucha por el poder desarrollada en la
década siguiente, no resultó difícil convencer a las empresas, por lo menos a las más im-
portantes, de que sus mejores intereses estaban fuera de la Dieta. Y si el capitalismo había
contribuido a dotar a los políticos moderados de una mayor voz en decidir cómo funcionaban
las cosas, también había alimentado a un socialismo a título de rival. Con ello había dado
ímpetu a una reacción de la derecha que demostraría ser una amenaza mucho más peligrosa
para un gobierno democrático.

Capítulo 9
Independencia e imperio, 1873-1919
Al comienzo del periodo Meiji Japón todavía se tenía que relacionar con el mundo
desde una posición de debilidad. En estas circunstancias la única decisión realista del
gobierno de Meiji, como había sido la del Bakufu antes, era actuar con cautela pese a las
protestas a menudo vociferantes o violentas de los patriotas. Sin embargo, el éxito de la
puesta en marcha del pro yectofukoku-kyohei («enriquecer al país-fortalecer al ejército»)
había ido eliminando la necesidad de ser tan cauteloso. Al llegar la última década del siglo
xix, Japón era lo suficiente fuerte, militar y económicamente, para afirmar su independencia y
poner fin a los «tratados desiguales». Además, el pueblo japonés, como cualquier otro, se
apercibió de que la preocupación por la defensa llevaba fácilmente a razones de expansión.
Las guerras con China (1894-1895) y con Rusia (1904-1905) le dio los elementos de un
imperio.
La victoria trajo problemas de un tipo diferente. Ahora Japón se vio metido en
competencias internacionales a un nivel que amenazaba con exceder sus recursos. El país
descubrió también que su expansión territorial suscitaba entre sus vecinos un resentimiento
que estorbaba su comercio y que por eso se hizo desagradable para muchos japoneses cuyo
sustento dependía de la industria y el comercio. Consiguientemente, cambió el enfoque de los
debates sobre política exterior. Después de 1905, el tema en cuestión no era tanto la elección
entre aventura o cautela, sino más bien la elección de las diferentes formas de extender a
ultramar la influencia japonesa.
Los años de cautela, 1873-1894
Mientras la misión de Iwakura estaba en Norteamérica y Europa en 1872-1873 hubo en
Japón una crisis en las relaciones de Japón con Corea. Los problemas entre los dos países
habían empezado en 1868, cuando el gobierno coreano se sintió ofendido por el lenguaje que
empleó Japón para anunciar la Restauración de Meiji (al implicarse que el gobernante
japonés tenía una posición superior al coreano). El rechazo coreano del anuncio fue entonces

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considerado por Japón como una afrenta a la dignidad nacional. Al fracasar en el año o dos
años siguientes la tentativa de calmar los ánimos, surgió en Japón un «partido belicista»
ansioso de vengar la afrenta y demostrar que el poder japonés, si bien insuficiente de cara a
Occidente, era muy capaz de vérselas con vecinos recalcitrantes. El líder de este grupo era
Saigo Takamori. En el verano de 1873 convenció al Consejo Ejecutivo para que tomara la
decisión de enviarle a él mismo a Corea o bien para buscar una solución o para provocar un
conflicto.
Iwakura, Kido y Okubo, de vuelta de Europa en ese momento con un bagaje de
conocimientos recién adquiridos sobre el Occidente mucho más rico que sus colegas en el
gobierno, pensaban que una confrontación con Corea podría ser desastrosa para Japón. En su
opinión, las finanzas del país no eran lo suficiente estables para aguantar la carga del coste de
una guerra y, en cualquier caso, la energía y los recursos del país estarían mejor empleados en
llevar adelante las reformas, las cuales, a la luz del inmenso abismo que existía entre el
poderío de Occidente y el de Japón, tendrían que ser de un alcance mucho mayor de lo que en
un principio se había pensado. Además, en una guerra entre Japón y Corea las potencias
occidentales podrían encontrar fácilmente una invitación para pescar en río revuelto en
perjuicio sin duda de Japón. Estas razones no convencieron lo más mínimo a Saigo ni a sus
partidarios. El «partido reformista», como se le llamó, recurrió entonces a la intriga. Iwakura
se ganó al emperador; Kido y Okubo hicieron campaña entre los funcionarios samurais
amenazando con dimitir si no se salían con la suya; y los tres, en fin, ejercieron tal presión
sobre Sanjo Sanetomi, el jefe nominal del gobierno, que lo pusieron al borde del colapso
mental. Su cargo lo ocupó Iwakura. Entonces, con el apoyo de Kido y Okubo, consiguió
recomendar que la aprobación definitiva del emperador fuera retirada de la política acordada
ese mismo año.
Un resultado del incidente fue provocar la primera gran división en el seno de la
coalición gobernante. Otro fue comprometer a los ganados por esas razones a un programa de
reformas occidentales en el país, programa que tendría prioridad sobre cualquier tentativa de
afirmar los intereses nacionales en ultramar. No era una postura fácil de mantener, habida
cuenta de la creciente sensación de confianza que iba reinando en el país, pero en los
siguientes veinte años los gobiernos japoneses se plantearon en política exterior la estrategia
de evitar cualquier conflicto de gravedad con las potencias. Un tema al que no se le dio tregua
en este periodo fue el de la revisión de los tratados. La misión de Iwakura ya había hecho
pesquisas sobre la posibilidad de enmendar los tratados, pero sólo obtuvo la negativa por
respuesta. Desde entonces, los representantes de Japón aprovechaban todas las ocasiones para
procurar mitigar en algo sus motivos principales de queja: la extraterritorialidad, según la
cual los residentes extranjeros en Japón estaban bajo la jurisdicción local de sus respectivos
consulados, y el control arancelario, que negaba a Japón el derecho unilateral de modificar
los aranceles impuestos al comercio exterior. Pero la resistencia era firme por parte de las
potencias de los tratados, sobre todo de Gran Bretaña. En 1878-1879 se convenció a Estados
Unidos para que aceptara la autonomía arancelada, aunque condicionada a que las otras
potencias aceptaran también. Solamente se negaron los ingleses. Nuevamente en 1882 Gran
Bretaña volvió a mostrarse inflexible en el tema del derecho extraterritorial. Se llegó entonces
a un compromiso que incluía un proyecto de juzgados mixtos con jueces japoneses y ex-
tranjeros, proyecto que tuvo que abandonarse después de un estallido en 1886 de indignación
popular.
Los mismos dirigentes japoneses estaban divididos en este tema de los tratados. Una
línea de pensamiento, representada por Inoue Kaoru, amigo de Ito Hirobumi, era que los
beneficios económicos derivados de una revisión de los tratados tendrían mayor peso que

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cualquier pérdida temporal de la dignidad nacional en asuntos jurídicos. Escribiendo en 1887,
Inoue afirmaba que «el libre contacto con los pueblos de Occidente» no sólo ayudaría a Japón
a establecer un «Estado civilizado», sino también «llevada a la inversión de capital extranjero
en Japón» y «a auxiliarnos en la imitación de las industrias extranjeras». En cambio, la línea
de los conservadores, como Tani Kanjo, insistía en que se debía «actuar atrevidamente en
nuestros tratos con los países extranjeros». No era correcto, escribía este último, revisar las
leyes japonesas porque a los extranjeros les parecieran inaceptables. Hacerlo así, sería perder
«todo sentido de independencia».
A la vista de estas discrepancias, Okuma Shigenobu, como ministro de Exteriores, tuvo
la valentía de reanudar las conversaciones en 1888, pero confiaba en hacer progresos
negociando en el ambiente más tranquilo de las capitales occidentales y no en Tokio. Se
equivocó. Aunque consiguió la aceptación general de la abolición de la extraterritorialidad,
sujeta al fallo de juzgados mixtos en caso de apelación, hubo una inmediata tormenta de
protestas públicas en Tokio cuando se filtró la información en el rotativo londinense Times.
En octubre de 1889, Okuma resultó herido al ser lanzada contra su carruaje una bomba por un
fanático nacionalista. Las negociaciones se paralizaron.
Tras la apertura de la Dieta al año siguiente, los miembros de la oposición, ocupados en
reñidas luchas con los sucesivos gabinetes, utilizaron al máximo el sentir popular en el tema
de los asuntos exteriores. En el contexto de la revisión de los tratados, esto a veces constituía
un motivo de desconcierto, pero por lo menos a los ministros les daba un argumento
diplomático que antes no habían tenido. Cuando Mutsu Munemitsu, ministro de Exteriores en
el gabinete de Ito, decidió reanudar en el verano de 1893 las conversaciones de Londres,
pudo alegar que la opinión pública japonesa no se contentaría con menos de la completa
abolición de la extraterritorialidad. Incluso pudo insinuar que si no se revisaban los tratados,
podrían tener que revocarse. Esta velada amenaza, al ir acompañada de la oferta de ventajas
comerciales, resultó ser suficiente para poner otra vez en marcha las negociaciones. En los
meses siguientes se acordaron los detalles. Según éstos, la extraterritorialidad acabaría una
vez que entrara en vigor el nuevo código civil japonés (esto ocurriría en 1899); a los
comerciantes extranjeros se les permitiría el acceso en todo Japón y no sólo en los puertos de
los tratados, y un nuevo acuerdo sobre aranceles sustituida al existente. En julio de 1894 se
firmó el nuevo tratado. Poco después, ya que el ejemplo de los ingleses era decisivo, se llegó
a acuerdos parecidos con las demás potencias.
El otro punto central en la política exterior de estos años era la relación de Japón con
sus vecinos. Con Rusia, por ser demasiado fuerte para ser desafiada, era con quien menos
problemas había: en 1875 Japón se hizo con la parte norte del archipiélago de las islas
Curiles, a cambio de renunciar a la soberanía sobre Sajalin, algo a lo que Rusia había acce-
dido fácilmente. De forma similar, ni Gran Bretaña ni Estados Unidos presentaron objeciones
a la petición japonesa de las islas Bonin en 1873. En cuanto a China, un tratado de 1871 había
abierto el comercio entre los dos países en términos de igualdad —Japón había intentado sin
éxito conseguir un status en China equivalente al de las potencias occidentales—, pero los
años siguientes estarían salpicados por desacuerdos. Después de la abolición de los señoríos,
Japón había afirmado que las islas Ryukyu eran parte de su territorio, citando como
justificación la autoridad que Satsuma había ejercido en ellas desde comienzos del siglo xvii.
China protestó. Y volvió a protestar infructuosamente en 1879 cuando las islas quedaron
convertidas en la prefectura de Okinawa. En 1873-1874 hubo una disputa sobre Taiwán
surgida por la petición japonesa de una compensación después de que nativos taiwaneses
(bajo jurisdicción china) atacaran a unos marinos de Ryukyu (supuestamente súbditos
japoneses). Japón envió una expedición de castigo en 1874 y se habló en Tokio de la posible

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ocupación de la isla, pero cuando Okubo Toshimichi se reunió en Pekín ese mismo año con
Li Hung Chang, prevaleció la prudencia. Se estuvo de acuerdo en que Japón había tenido el
derecho de intervenir, pero la cuestión de la soberanía fue cuidadosamente puesta a un lado.
Los asuntos tocantes a Corea eran todavía más conflictivos, como cabría esperar tras la
ola de protestas de 1873. Tanto chinos como coreanos se veían de cara a Japón dentro del
mismo barco, un barco de varios siglos. En cambio, los dirigentes japoneses, por muy
variadas que fueran sus ideologías, compartían todos el deseo de meter a Corea dentro de la
órbita japonesa, pero diferían en cómo hacerlo. Había algunos, los descendientes espirituales
del partido belicista de Saigo, que estaban listos para usar la fuerza. Otros, más atentos a la
reacción de Occidente, preferían formas de penetración que pudieran ser consideradas con-
formes al sistema de tratados portuarios vigentes ya en el Asia oriental. Al ser capaz unos y
otros de ejercer una influencia dominante en la política a intervalos diferentes, la actitud de
Japón hacia Corea después de 1873 se caracterizó por dar dos pasos adelante y uno hacia
atrás.
La primera iniciativa consistió en una expedición naval no muy diferente a la que en
1853 había traído al comodoro Perry a aguas japonesas. Fue seguida de un enfrentamiento —
tal vez urdido por Japón— entre naves de reconocimiento japonesas y baterías costeras
coreanas en septiembre de 1875 que llevó a la negociación de un tratado al año siguiente, con
lo que quedaron abiertos al comercio los puertos coreanos. Entre las cláusulas del tratado
había una que describía a Corea como país independiente con <dos mismos derechos
soberanos que Japón», lo cual podía leerse como negar que su lugar en el «sistema tributario»
tradicional de China le hacía un Estado vasallo de este país. China puso objeciones, y bajo la
guía de Li Hung Chang iba a hacer todo lo posible en los años siguientes para convencer a
Corea de que firmara también tratados con las potencias de Occidente para así diluir la
influencia japonesa. China reforzó también sus relaciones con la familia real coreana; Japón
respondió buscando aliados entre los funcionarios coreanos e invitando a jóvenes coreanos a
Japón para que recibieran una formación moderna.
Estas maniobras, casi inevitablemente, provocaron disturbios en la capital coreana. En
diciembre de 1884 se llegó a una crisis cuando un grupo de activistas japoneses y de
reformistas coreanos, en estrecha colaboración con la embajada japonesa, intentaron llevar a
cabo un golpe de estado. Pero un conflicto por tal incidente excedía a lo que Pekín o Tokio
deseaban —China ocupada en una guerra con Francia, Japón en un rosario de cambios cons-
titucionales—, por lo que en la primavera de 1885 Ito Hirobumi y Li Hung Chang se
reunieron en Tientsin para sellar un acuerdo de no intervención en Corea. Su efecto fue
desviar ambas partes a métodos menos complicados para ejercer presión, por lo menos
momentáneamente, una tarea en la que China tuvo más éxito. En los diez años siguientes,
este país, representado en Seúl por Yuan Shih Kai, fortaleció su posición con la ampliación
del comercio sino-coreano a costa sobre todo de los japoneses.
La frustración consiguiente, aunada al sentimiento de poderío creciente que reinaba en
Japón, como lo demostraban ya los resultados de la modernización política y económica,
hicieron que la crisis siguiente, cuando se presentó, fuera menos fácil de resolver. En junio de
1894, se desató en Corea un número de revueltas regionales organizadas por grupos
tradicionalistas y anti-occidentales llamados «Tong-haks». El monarca coreano, al amparo de
su posición tributaria, pidió ayuda a China. Este país la envió enseguida. Japón, sin embargo,
interpretó la medida como contraria al acuerdo de Tientsin de 1885 y despachó fuerzas para
conservar su propia posición, con lo cual se desvió la atención de los Tong-haks al tema
mucho más peligroso de la rivalidad sino-nipona.

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Había varias razones especificas de por qué el gobierno japonés no se inclinó en esta
ocasión a actuar comedidamente. El ejército, al mando de Yamagata Aritomo, había llegado a
considerar Corea como un elemento potencial de la defensa de Japón, en parte porque Rusia
había empezado a construir un ferrocarril hasta sus propias posesiones del norte. Los partidos
políticos de la Dieta, apremiados por activistas patrioteros y por un público volátil, reclama-
ban que el honor nacional estaba en juego. Esto dificultaba cualquier iniciativa de prudencia.
Con más sobriedad, el primer ministro, ho Hirobumi, y el ministro de Exteriores, Mutsu
Munemitsu, contemplaron una posibilidad de ganancias políticas y económicas suficientes
como para hacer que valiera la pena una guerra con China. En consecuencia, Ito se dispuso a
forzar una confrontación. A fines de junio de 1894, lejos de retirar las tropas japonesas, como
exigía China, anunció su intención de mantenerlas en la península coreana hasta que el
gobierno coreano hubiera llevado a cabo un extenso programa de reformas, la idea clave del
cual era sustituir la influencia china por la japonesa. En julio, advirtió a China para que no
enviara más tropas. Poco después, las suyas se apoderaron del palacio real coreano. Y como
China estaba también bajo presiones internas, no hubo forma ya de evitar la guerra. La
declaración oficial de la misma sobrevino al comienzo de agosto.
Una potencia en Asia oriental, 1894-1905
Al acabar septiembre de 1894, y para sorpresa no sólo de China sino del mundo entero,
el ejército japonés controlaba la mayor parte de Corea, mientras que su marina dominaba el
mar Amarillo. En octubre, dos divisiones al mando de Yamagata se adentraron en el sur de
Manchuria. Otras tres bajo Oyama Iwao se movieron a la península de Liaotung capturando
Port Arthur el mes siguiente. La ocupación de Weihaiwei, en febrero de 1895, le dio entonces
a Japón avanzadillas a los dos lados de los accesos por mar a Pekín. China tuvo que ceder y
Li Hung Chang fue enviado a negociar con Ito en Shimonoseki.
Las ambiciones de Japón habían crecido con la noticia de las victorias hasta llegar a
superar con creces el objetivo original de librar a Corea de la tutela china. Esas ambiciones,
tal como se le expusieron a Li Hung Chang a principios de 1895, comprendían el pago de una
indemnización de guerra, la entrega de Taiwán (que ni siquiera había sido ocupada) y de la
península de Liaotung, y la concesión de un tratado de comercio que daría a los japoneses los
mismos privilegios en China que tenían las potencias extranjeras. Además, Weihaiwei sería
conservada por Japón hasta que fuera pagada la indemnización. El representante chino no
tuvo más remedio que acceder, con el resultado de que en abril quedó firmado un tratado de
paz según esas lineas.
Para el pueblo japonés los frutos de la victoria parecían muy dulces. A su gobierno, en
cambio, le parecían arriesgados, pues estaban sujetos a la competencia de las potencias.
Debido en parte a esto, al tratado comercial se le induyeron varios beneficios, largo tiempo
pretendidos por comerciantes extranjeros, que todas las potencias podrían compartir en virtud
de la cláusula de nación más favorecida. Ningún beneficio, en cambio, fue aplicado a la
cesión de Liaotung. Japón mantenía que esta península era necesaria para la defensa de
Corea. Rusia, por otro lado, vio en ello una amenaza a su ruta a China vía Manchuria. Así, el
23 de abril de 1895, el representante ruso en Tokio, con el apoyo del francés y del alemán,
informaron a Mutsu Munemitsu que su gobierno veía con inquietud la perspectiva de que
Liaotung fuera transferida a Japón, pues esto amenazaría a Pekín y, por lo tanto, a la paz en
Asia. Se «aconsejaba» a Japón que la devolviera a China. Sabiendo que Rusia, por lo menos,
parecía dispuesta a secundar su petición con el uso de la fuerza y ante la escasa probabilidad
de ayuda inglesa o norteamericana, el gabinete de Ito cedió (5 de mayo). Todo lo que Japón
pudo hacer para poner a salvo su orgullo fue subir el precio de la indemnización.

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Y tal como se veían las cosas desde Tokio, orgullo no cabe duda era lo que estaba en el
meollo de la cuestión. La pérdida de la cláusula relativa a Liaotung no mermaba de ningún
modo el valor del tratado, pero la forma de esa pérdida caló hondo en la opinión pública
japonesa. La guerra había provocado una formidable oleada de entusiasmo popular que
incluso había acallado a los críticos parlamentados del gobierno. La victoria había sido acla-
mada con júbilo. Pero enseguida vino el cruel recordatorio de que el trabajo de medio siglo
seguía sin haber puesto al país en una posición de ignorar o rechazar el «consejo» de una de
las principales potencias. Fue un jarro de agua fría y no es de extrañar que engendrase
amarguras.
A corto plazo, sin embargo, el efecto en los funcionarios a cargo fue de inducirles a una
vuelta a la cautela tras la euforia de 1894. Una prueba fue el rearme destinado a asegurar que
cualquier futuro atentado a la dignidad nacional seda desagraviado adecuadamente. En 1896,
se añadieron al ejército regular seis nuevas divisiones, duplicándose así su fuerza de línea de
combate. En 1893, se organizaron como cuerpos independientes la caballería y la artillería.
Además, se hicieron los máximos esfuerzos para mejorar el equipo militar y las instalaciones
que lo fabricaban. Antes de 1904 estos objetivos habían sido en gran parte conseguidos. Al
país se le hizo también en todo lo posible autosuficiente en armamento naval, a la vez que la
marina aumentaba considerablemente en volumen, iniciándose en 1896-1897 un programa de
construcción naval encaminado a añadir a la flota cuatro barcos de guerra, 16 cruceros y
23destructores. El coste total era elevado. Los gastos militares subieron de menos de 15
millones de yenes en 1893 a 53 millones en 1896 manteniéndose después a ese nivel. El
presupuesto naval, más variable, se quedó en 13 millones de yenes en 1893, en casi cuatro
veces más en 1898, cayendo otra vez a 28 millones en 1903.
En el campo de los asuntos exteriores Corea seguía siendo una parcela problemática,
pues los sucesos de 1895 habían sustituido a Rusia por China como el rival de Japón en esa
región. Los esfuerzos de la guerra para poner al país más estrechamente bajo influencia
japonesa, refrenados por la Triple Intervención en la primavera de ese año, habían sido
enteramente sacrificados en octubre por una tentativa desperdiciada de hacerse con el control
del palacio real de Seúl. Los grupos que participaron en ella, así como sus métodos, eran casi
los mismos que en 1884, pero en esta ocasión la reina coreana resultó asesinada. Unos meses
más tarde, el rey huyó de sus protectores japoneses y se refugió en la embajada de Rusia,
dando a este país una importante arma política. Pronto hubo un préstamo ruso a Corea
garantizado con los ingresos arancelanos, una misión militar rusa en Seúl y el proyecto de
unir telegráficamente esta ciudad con la frontera ruso-coreana. A Japón se le dejó sólo con
oportunidades económicas cuya confirmación tenía que tratar directamente con Rusia. Sin
embargo, el acuerdo Nishi-Rosen de abril de 1898, en virtud del cual ambas partes se
comprometían a abstenerse de interferir en la política coreana y de consultarse antes de enviar
asesores militares o financieros a Corea, le dio a Japón cierta dosis de tranquilidad en este
asunto.
De importancia más general para Japón eran los cambios que por esas fechas estaban
teniendo lugar en China.
La derrota china en 1894-1895 había llevado a algunas de las potencias a dudar del
futuro de la viabilidad del sistema de tratados portuarios y a considerar otras formas de
asegurar sus intereses. En primer lugar, los que habían «salvado» a China de Japón después
de lo de Shimonoseki pidieron que se les saldara su deuda concediéndoles esferas de
influencia en diferentes partes del país, es decir, derechos exclusivos ferroviarios y mineros
en zonas especificas defendidas por un pequeño territorio en arrendamiento y por una base

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naval. Francia se buscó esta esfera en las provincias del sur limítrofes con Indochina, y Ale-
mania en Shantung, en el norte. Rusia hizo lo propio en Manchuria, en donde se apoderó de
Port Arthur, en Liaotung —sólo recientemente negado a Japón a petición rusa—, que estaría
unida por vía férrea con la compañía de propiedad rusa Ferrocarriles del Este de China, ya en
construcción entre Vladivostock y Baikal.
Todo esto ocurrió entre 1896 y 1898. Gran Bretaña y Estados Unidos lo miraban con
desaprobación, pero no emprendieron ninguna medida inmediata para detener lo que estaba
ocurriendo. Japón, que también lo desaprobaba, era demasiado débil para hacer algo. El
rechazo a su acercamiento a China, con la mira de obtener privilegios en Fukien, enfrente de
Taiwán, demostró que le faltaban los medios para competir. En cualquier caso, su atención
fue desviada pronto por los sucesos del norte. En 1899 y 1900, se extendió por las provincias
del norte de China una serie de estallidos xenófobos dirigidos por grupos llamados boxers.
Las embajadas de las potencias en Pekín fueron asediadas y en los meses siguientes Japón
ganó fama internacional al suministrar el grueso de las tropas expedicionarias que las liberó.
Pero inmediatamente después se vio enfrentado a un desafío más considerable, especialmente
con respecto a su posición en Corea: Rusia acababa de apoderarse de la mayor parte de
Manchuria con el pretexto de que los boxers amenazaban sus instalaciones ferroviarias en esa
región.
Todos estos sucesos dieron pie a una realineación de las potencias. Francia y Alemania
siguieron apoyando a Rusia, como habían hecho en 1895, aunque sin entusiasmo. Ingleses y
americanos se unieron en lo que se llamó la «política de puerta abierta», destinada a mantener
la igualdad de oportunidades en el comercio exterior de China. Esto ponía a Japón en la
disyuntiva de elegir uno de los dos grupos rivales, puesto que no podía estar solo. La elección
no resultó nada fácil. Por un lado, la libre competencia en el comercio de China no le gustaba
en absoluto, pues su industria no había alcanzado un nivel que le permitiera rivalizar con el
bloque anglo-americano. Por otro, la cooperación con Rusia solamente podía ser posible a
costa de aceptar el dominio ruso en los territorios al norte de la Gran Muralla. En otras
palabras, la elección estaba entre ampliar el comercio con las provincias del centro y sur de
China bajo el dominio de Gran Bretaña o conseguir un mayor dominio en Corea como precio
de un acuerdo con Rusia. El dilema habría de ser de una forma u otra central en la política
japonesa de los siguientes treinta años.
La primera ocasión para debatirlo surgió en el verano de 1901 de las propuestas para
una alianza con Gran Bretaña. Ya había habido sondeos privados dando a entender que tal
acuerdo sería factible debido al común interés en oponerse al avance ruso. Para Gran Bretaña
la cuestión todavía sin resolver era si por la ayuda japonesa valía la pena abandonar la
política de splendid isolation. Para Japón la cuestión era lo que Rusia podría ofrecer por no
aliarse con los ingleses. Ito Hirobumi prefería esperar hasta que hubiera un acercamiento a
San Petersburgo para ver lo que Rusia podría ofrecer, pero el primer ministro, Katsura Taro, y
su padrino, Yamagata Aritomo, creían que la confrontación con Rusia seda inevitable a no
tardar mucho, lo cual les hacía reacios a realizar esfuerzos para evitarla. Por consiguiente, se
pasó por alto la opinión de Ito y hubo apremios a que se negociara con Gran Bretaña. El 30
de enero de 1902, se firmó un tratado de alianza estipulándose que cada signatario permane-
cería neutral si el otro se veía envuelto en una guerra en el Extremo Oriente, pero actuarían
juntos si uno era atacado por dos o más potencias. Esto significaba que Gran Bretaña estaría
en condiciones de impedir cualquier posible resurgimiento de la Triple Intervención. Además,
este país reconocía que Japón poseía intereses en Corea «a nivel político, así como comercial
e industrial, en un grado peculiar».

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En abril de 1902, y aparentemente como respuesta a esta presión, Rusia convino en
retirar sus fuerzas de Manchuria en etapas semestrales. Pero la segunda etapa, debida en abril
de 1903, fue retrasada sin explicación. Entonces, el gobierno japonés decidió buscar un
acuerdo más general con Rusia ahora que podía hacerlo desde una posición de más fuerza y
guiándose por el principio de lo que el ministro de Exteriores, Komura Jutaro, llamó Man-
Kan kokan («cambio de Manchuria por Corea»). Se contemplaba con ello que los dos países
respetaran la integridad territorial de China y Corea, que a Rusia se le reconocieran los
derechos del ferrocarril en Manchuria y a Japón intereses mucho más amplios en Corea. La
contrapetición rusa (octubre de 1903) exigía más para Rusia en Manchuria y menos para
Japón en Corea, condiciones que Komura, de cara a una opinión pública japonesa cada vez
más agresiva, no podía aceptar. El ministro japonés volvió a formular sus exigencias en forma
de un ultimátum (enero de 1904) que era claramente un preludio de la guerra.
La guerra se declaró el 10 de febrero, aunque las hostilidades habían empezado dos días
antes. Hubo primero combates en Corea y a lo largo de la costa hacia Liaotung. En abril, una
victoria naval cerca de Port Arthur le dio a Japón el control marítimo necesario para desplazar
sus refuerzos, permitiendo así que su Primera Flota navegara en mayo rumbo al norte, hacia
Manchuria, por el río Yalu y que su Segundo Ejército desembarcara unos días después en la
península de Liaotung. En un mes, el Tercer Ejército, al mando de Nogi Maresuke, había
puesto asedio a Port Arthur. Siguió casi un año de campaña: una batalla alrededor de
Liaoyang en agosto y primeros de septiembre de 1904, la toma de Port Arthur al comienzo de
enero de 1905 y luego el avance contra Mukden en febrero y marzo con la participación de
no menos de 16 divisiones japonesas. Como golpe de gracia a las esperanzas rusas, la Flota
Báltica, después de haber navegado por medio mundo para romper el bloqueo de
Vladivostock, fue encarada en mayo por las fuerzas del almirante Togo Heihachiro en los
estrechos de Tsushima y derrotada decisivamente.
Las dos partes tenían buenos motivos para poner fin a la contienda. Rusia estaba
enfrentándose con una revolución en casa y Japón era incapaz de seguir sosteniendo bajas y
gastos a tan alto nivel. En consecuencia, cuando Estados Unidos se ofreció como mediador,
se acordó una tregua y después una conferencia de paz en Portsmouth, New Hampshire, en
agosto de 1905. El representante de Japón fue Komura. Su objetivo principal había sido
durante mucho tiempo asegurar para su país una posición desde la cual pudiera defender sus
intereses en el continente asiático sin ayuda exterior, en el caso de que las rivalidades entre
las potencias acabaran con China. Esto lo formuló en julio de 1904, cuando escribió que
Corea «debe ser puesta de forma efectiva dentro de la esfera de nuestra soberanía»,
Manchuria «debe ser convertida en cierto grado en esfera de interés» y en los territorios
rusos, en el norte, tendría que haber una extensión de los privilegios económicos de Japón.
Pese a la debilidad de Japón al acabar la guerra, gran parte de todo esto pervivió en las
negociaciones de paz. Japón obtuvo el reconocimiento ruso de su libertad de acción en Corea
y se hizo cargo de Liaotung (Kuantung), además de la línea del ferrocarril que unía esta
península con Harbin (rebautizado como «Ferrocarril de Manchuria del Sur»). Se obtuvo,
asimismo, la cesión de la mitad meridional de Sajalin (Karafuto). No hubo indemnización,
pero Komura tenía buenas razones para estar satisfecho con el Tratado de Portsmouth, que
firmó el 5 de septiembre 1905. Aun así, no satisfizo las extravagantes esperanzas del pueblo
japonés. Al conocerse los detalles del tratado, hubo disturbios en Tokio teniendo que ser
impuesta un día o dos la ley marcial.
Primero entre iguales, 1905-1919
Los llamamientos más ruidosos a una actitud «fuerte» en el extranjero en estos años

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venían de japoneses perteneciente a las «sociedades patrióticas», la primera de las cuales,
Genyosha, la habían formado en 1881 hombres deseosos de proseguir con la tradición de la
política de Saigo Takemori hacia Corea. Dentro del país, sus miembros constituían un grupo
de presión que pretendía influir en la opinión pública y en los políticos. Fuera del país, habían
estado involucrados semioficialmente en actividades secretas como las de participar en los
intentos de hacerse con el poder en la corte coreana en 1884 y 1895. En 1901, dos de estos
miembros —Toyama Mitsuru y Uchida Ryohei, ex samurais con acceso a las esferas más
altas del gobierno— fundaron una organización todavía más célebre, la Kokuryukai o
«Sociedad del Río Amur», mejor conocida entre los extranjeros como «Sociedad del Dragón
Negro». Su fin declarado era extender <da misión del Japón imperial» a Manchuria,
Mongolia y Siberia, además de a Corea, aunque a su debido tiempo también fijó su atención
en el sur de China.
Las ideas de estas sociedades eran populares entre los oficiales del ejército, para
quienes la formulación de Komura —soberanía en Corea y una esfera de intereses en
Manchuria— era axiomática pasado 1905. Después de todo, se había derramado sangre
japonesa para asegurarse un pie en esas tierras. Eran tierra santa. Además, había la
posibilidad de una revancha rusa contra la que habría que defenderse con algo más que
privilegios economicos: como mínimo con el control de las líneas férreas y las co-
municaciones, y con los medios de mantener la ley y el orden entre la población civil. De
estas ambiciones y a raíz de la guerra contra los rusos, surgió el primer enfrentamiento entre
los líderes civiles y militares japoneses.
En el invierno de 1905-1906, Kodama Gentaro, jefe del Estado Mayor del Ejército,
intentó conseguir que se obligaba a China a conceder, como precio a la retirada japonesa de
las provincias del sur de Manchuria, un número de derechos administativos que excedían la
común definición de una esfera de intereses. Sus homólogos civiles veían en tal postura dos
peligros: uno, se lastimaban los sentimientos del pueblo chino, con lo que se hacía peligrar el
comercio japonés en otras parte de China; dos, se provocaba a ingleses y americanos, que
habían concedido préstamos en tiempo de guerra convencidos de que Japón estaba
firmemente comprometido con la política de Puerta Abierta. A hombres como Inoue Kaoru
esto les parecía especialmente alarmante, pues creían que Japón necesitada más aportaciones
de capital extranjero para el desarrollo de las minas y de los ferrocarriles de Manchuria (bajo
la tutela de la Compañía Ferroviaria de Manchuria del Sur, constituida en junio de 1906).
Convocaron, por tanto, una reunión de altos estadistas y de jefes militares en la que Ito
Hirobumi intervino de forma decisiva para conseguir el rechazo a las ideas de Kodama. Las
buenas relaciones con China y con las potencias, sostenía lic, eran más importantes que la
capacidad de intervenir en Manchuria. Tampoco cabía duda acerca de la legalidad.
«Manchuri», afirmaba lic, «no es en ningún sentido territorio japonés. La responsabilidad de
su administración le concierne al gobierno chino».
El triunfo de lic y de sus aliados no significó el fin del desacuerdo. En los años
siguientes, mientras que por un lado el Ministerio de Exteriores se hacía portavoz de las ideas
del dúo Ito-Inoue buscando apoyo en los círculos financieros, el ejército, por otro lado —
especialmente el Ejército de Kuantung, establecido en el territorio arrendado de Liaotung—
aprovechaba cualquier ocasión para expresar su independencia de criterio en este asunto. Una
consecuencia de esta divergencia fue que Japón llegó a tratar la cuestión de Manchuria como
algo aparte y ajeno a la política de Puerta Abierta. Otra fue un reacercamiente regional a
Rusia. Así, en julio de 1910, los dos países llegaron a un acuerdo secreto en el que se fijaba la
división de esferas en Manchuria, Rusia al norte y Japón al sur, quedando implicada la
voluntad de cooperar de cara a cualquier intento de otras potencias de aplicar en esta región la

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política de Puerta Abierta.
No había dificultades de ese orden para elaborar la política hacia Corea, asunto sobre el
cual apenas había discrepancias entre los japoneses que no tenían razón para temer una
intervención extranjera. En los años de la guerra, Japón había utilizado su status de «aliado»
para asegurar-se una posición de dominio en Corea. En noviembre de 1905, habiendo
comprobado que ni Gran Bretaña ni Estados Unidos iban a poner objeciones, Japón negoció
un tratado de protectorado nombrando a lic como residente general en Seúl. Esto posibilitó la
obtención de privilegios en forma de derechos ferroviarios, mineros y pesqueros, aparte de
concesiones madereras y de terrenos para los japoneses residentes. Pero esto no acallaba la
oposición coreana. En junio de 1907, el gobernante coreano envió en secreto una embajada a
La Haya para conseguir la declaración internacional de independencia. No se logró y Japón
utilizó este incidente para forzar la abdicación del monarca coreano y fortalecer las funciones
de los japoneses que había dentro del gobierno coreano. A continuación se licenció a la mayor
parte del ejército de Corea.
Tras esto, los disidentes anti-japoneses de Corea recurrieron a la violencia. En la
primavera de 1909, y en un ambiente de crecientes revueltas, el gabinete japonés, con
Katsura otra vez como primer ministro, decidió finalmente que el control indirecto no bastaba
a sus necesidades. Se decidió pasar a la anexión directa; el ministro de la Guerra, Terauchi
Masatake, fue enviado a Seúl como residente general (en octubre lic había sido asesinado en
la ciudad de Harbin por un patriota coreano) y se fortaleció el destacamento militar japonés.
El 22 de agosto de 1910, con todos los preparativos hechos, Terauchi firmó un tratado de
anexión sacado a la fuerza de la Corte coreana, quedándose él mismo como primer
gobernador general de la colonia.
Por estos mismos años, Japón había estado consolidando una posición económica
considerable en China (véase capítulo 7), actuando en concierto con las demás potencias de
los tratados. Al igual que éstas, por lo tanto, vio que tenía mucho que perder cuando los
disturbios en China se convirtieron por fin en una revolución contra los manchúes en el
invierno de 1911-1912. El desenlace inmediato fue la confusión. Pasarían unos meses antes
de que estuviera claro que se trataba del fin del gobierno manchú, y un año o más antes de
que Yuan Shi Kai, con el apoyo de gran parte de la burocracia prerrevolucionaria, superara a
Sun Yat Sen en la lucha por el poder. En esta situación, a los políticos japoneses les resultaba
difícil decidir la mejor forma de promover los intereses de Japón. El ejército patrocinó dos
intentonas semioficiales —y fallidas— para organizar una Manchuria independiente bajo una
figura decorativa manchú. La sociedad Kokuryukaí y sus simpatizantes dieron su apoyo a Sun
Yat Sen, proporcionando armas a sus seguidores con la ayuda de Mitsui y de otras empresas
que esperaban así obtener ventajas comerciales. Los gabinetes, en cambio, solían seguir los
pasos de Occidente y preferían a Yuan Shi Kai, pues era el más probable candidato chino a
establecer un estado de orden en donde pudiera volver a florecer el comercio; pero esta
preferencia no fue lo bastante convincente como para convencer a Yuan Shi Kai de que Japón
podía ser confiado como amigo. El resultado de estas diferentes inclinaciones fue que la
victoria de Yuan sobre Sun en 1913 no le dejó a Tokio con apenas nada de qué presumir a
cambio de dos años de intromisiones.
No obstante, todos los grupos japoneses implicados —gobierno, ejército, empresa,
patriotas— compartían la convicción de que Japón debía tratar de relacionarse con la nueva
república china de manera más estrecha y más claramente bilateral de lo que hasta ahora
había sido posible bajo el sistema de tratados portuarios. Una buena ocasión al respecto la
ofreció el estallido de la guerra en Europa en agosto de 1914. Según las condiciones de la

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alianza anglo-nipona, Japón no tenía que adherirse a las hostilidades contra Alemania, pero el
gabinete de Okuma decidió que podía ganarse mucho siendo uno de los beligerantes. En
consecuencia, exigió a Alemania la retirada o el desarme de los buques de guerra que tenía en
aguas del Extremo Oriente y la entrega del territorio arrendado de Shantung. Al ser ignorado
este ultimátum, Japón declaró la guerra y desembarcó tropas en Shantung apoderándose de
las bases alemanas. Además, las operaciones navales iniciadas en octubre terminaron con la
ocupación de todas las islas del Pacífico de posesión alemana situadas al norte del ecuador.
Una vez dados estos pasos, estaba abierto el camino para solucionar algunos de los
principales asuntos de la relación de Japón con China. Como ministro de Exteriores, Kato
Takaaki había heredado ciertas cuestiones inacabadas. En Manchuria, Japón había estado
intentando por cierto tiempo conseguir nuevos derechos ferroviarios y prórrogas de los
arrendamientos tomados de Rusia en 1905. Más al sur estaba el asunto de la compañía de
hierro y carbón de Hanyeping de la que se decía que Yuan Shi Kai queda nacionalizar. Había
importantes intereses en juego por tratarse de una de las principales empresas proveedoras
que suministraba material a la planta de Yawata y que estaba sumida en una fuerte deuda con
bancos japoneses. El uso de los derechos ferroviarios y mineros alemanes de Shantung, ahora
objeto de las ambiciones japonesas, era otro asunto que restaba por resolver. En una
perspectiva más amplia, el ejército deseaba que se nombrasen asesores militares en el go-
bierno chino para que influyeran en asuntos de defensa, mientras que la Kokuryukai, en un
documento que Uchida Ryohei presentó en noviembre, hablaba de algo más parecido a un
protectorado japonés sobre toda China.
A fines de 1914, todas estas piezas fueron ensambladas por el ministro de Exteriores
para formar lo que fue conocido como las «Veintiún Peticiones». Además de los puntos
específicos relativos a Manchuria, Shantung y Hanyeping, se incluía en ellas una cláusula por
la que se le exigía a Pekín «no ceder ni arrendar a ninguna otra potencia ningún puerto, bahía
o isla de las costas chinas». En un apartado final (grupo V), y que habría de despertar la ma-
yor polémica, se pedía que se consultase previamente con Japón cualquier préstamo
extranjero para el desarrollo del transporte en la provincia de Fukien, la concesión ferroviaria
en el valle del do Yangtse, el empleo de «japoneses influyentes» como asesores políticos,
financieros y militares, y la prioridad a las empresas japonesas en el suministro de los equipos
militares chinos. Aunque a estos puntos del grupo V se les describía como «sumamente de-
seables» y «no absolutamente esenciales» como los otros, era imposible concebir que fueran
otorgados sin deformar la estructura del sistema de tratados portuarios.
Las Veintiún Peticiones le fueron presentadas en privado a Yuan Shi Kai en enero de
1915 junto con una oferta de ventajas personales y políticas. Yuan buscó en vano la ayuda de
ingleses y americanos. Cuando vio que ésta no llegaba, Kató apremió renunciando a las
peticiones del grupo V, pero dando a todas las demás el carácter de un ultimátum. Los
tratados se firmaron el 25 de mayo yendo acompañados de un intercambio de apostillas que
en conjunto le daban a Japón todo lo que su gobierno, si no el ejército ni los patriotas,
deseaban.
Este triunfo no fue recibido sin críticas en Tokio. En concreto, Yamagata Aritomo veía
peligros futuros por la forma en que se había logrado. Kato, afirmaba Yamagata, había
despertado sin necesidad la hostilidad de China y de las potencias de los tratados y esto
quería decir que Japón no podría contar con la buena voluntad china cuando, acabada la
guerra, se enfrentara, como de hecho se enfrentó, con nuevas rivalidades de Occidente.
Yamagata hubiera preferido con mucho una reconciliación con los dirigentes chinos, a
condición sólo de obtener el reconocimiento del dominio japonés en Manchuria.

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Algo muy parecido a esta idea movía las acciones de su protegido, Terauchi Masatake,
primer ministro en octubre de 1916. En febrero de 1917, Terauchi envió a Pekín a Nishihara
Kamezo, un empresario con experiencia en Corea, como su diputado personal. El gobierno
chino lo encabezaba ahora Tuan Chi Jui —Yuan había muerto en junio de 1916— y un
objetivo de la misión de Nishihara era, no sólo conseguir la amistad de Tuan hacia Japón,
sino también ayudarle contra sus rivales en China. Con este fin, en 1917 y 1918, se negoció
una serie de préstamos con los que Japón financiaría el desarrollo de la economía china y de
esa forma sostendría el poder militar y político de Tuan. Esta política garantizaría también el
primer puesto para las empresas japonesas en el sector del ferrocarril, minas y telégrafos
chinos. Se confiaba de esa forma, según Nishihara escribía a un colega de Tokio, «en desa-
rrollar los ilimitados recursos naturales de China y la industria de Japón, coordinando unos y
otra de modo que fuera posible un proyecto de auto-suficiencia a tenor del cual Japón y China
se hicieran una entidad única».
El primer intento de formular un papel económico japonés en China que iba más allá de
las normas habituales de comercio y de inversiones fijadas en el sistema de tratados
portuarios, constituyó un fracaso, en parte porque a Tuan le faltaba una base política
suficientemente fuerte y en parte porque se le hizo aparecer como una marioneta japonesa en
el momento en que la ola de nacionalismo chino empezaba a moverse con brío. Los tratados
de 1915 habían despertado inevitablemente en China mucha hostilidad popular contra Japón.
Pero la expresión más violenta del sentimiento nacionalista sobrevino al final de la guerra con
Alemania, cuando Japón intentó atrincherar sus ganancias en los acuerdos de paz de
Versalles.
Japón había trabajado mucho para convencer a las otras potencias de los tratados (en la
mayoría de los casos eran aliados de guerra) de que aceptaran los cambios que el mismo
Japón había precipitado en China. Un tratado secreto con Rusia en julio de 1916 había
incluido el reconocimiento de la ampliación de sus intereses ferroviarios y mineros en
Manchuria. Por el acuerdo con Gran Bretaña en febrero de 1917, conseguía Japón el apoyo
de Londres a su opción a los antiguos intereses alemanes en Shantung y en las islas del
Pacifico. Francia e Italia se comprometieron poco después a algo parecido. A fines de ese
año, Estados Unidos, al entrar en guerra, acordó emitir un comunicado vagamente formulado
de que la «vecindad territorial> le daba a Japón una posición especial en el continente
asiático, posición que le autorizaba a proteger.
Armado de esas promesas, en el invierno de 1918, Saionji Kinmochi partió hacia
Versalles como principal representante japonés. Su suerte fue variada. El lugar de su país en
el mundo era de respeto —país miembro del Consejo de la Liga de Naciones después de la
conferencia, aunque no del comité interno de los países vencedores operativo en el transcurso
de la misma—, pero en los puntos concretos e importantes Saionji consiguió menos de lo que
esperaba. Su propuesta de una cláusula de igualdad racial en la carta de la Liga de Naciones
se estrelló contra la oposición de norteamericanos y australianos. Las islas alemanas del
Pacífico Norte quedaron bajo control japonés, pero como mandato de la Liga y no como
posesiones libres. En cuanto a Shantung y a las otras cuestiones de China, los aliados
respaldaron al final las acciones japonesas, pero la noticia de esta decisión provocó tal
erupción de indignación popular en China (manifestaciones del 4 de mayo de 1919) que la
delegación china de Versalles se negó a firmar el tratado. De esa forma, Japón se quedó en
posesión de sus ganancias, pero con grandes dificultades para disfrutarlas.

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