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AL MARGEN DE LA HISTORIA

AL MARGEN DE LA HISTORIA

Textos originales a partir de la edición de 1924 de Imprenta Nacional. Con autorización de sus herederos.

Paco Moncayo Gallegos Alcalde Metropolitano de Quito

Presidente del Directorio del Fondo de Salvamento del Patrimonio Cultural de Quito

Carlos Pallares Sevilla

Director Ejecutivo del Fondo de Salvamento del Patrimonio Cultural de Quito

FONSAL, 2003 Fondo de Salvamento del Patrimonio Cultural de Quito Venezuela 914 y Chile / Telfs.: (593-2) 2584-961 / 2584-962 E-mail: fonsal@andinanet.net

Al MARGEN DE LA HISTORIA, Leyendas de pícaros, frailes y caballeros. Colección Biblioteca Básica de Quito I.

Primera Edición:

Imprenta Nacional, enero de 1924.

ISBN-9978-43-089-X

Estudio Introductorio: Fernando Jurado Noboa Cuidado de la Edición: Alfonso Ortíz Crespo Levantamiento de Textos: María Luisa Velasco

Edición y Diseño: TRAMA Dirección de Arte: Rómulo Moya Peralta/ TRAMA Diagramación: Meliza Martínez Sarango/ TRAMA Preprensa e Impresión: TRAMA

Dirección:

Eloy Alfaro N34-85 / Telfs.: (593-2) 2246-315 / 2246-317

www.trama.com.ec

Impreso en Quito-Ecuador, 3000 ejemplares, junio del 2003

AL MARGEN DE LA HISTORIA

LEYENDAS DE PICAROS, FRAILES Y CABALLEROS

Por Don

Cristóbal de Gangotena y Jijón

AL MARGEN DE LA HISTORIA LEYENDAS DE PICAROS, FRAILES Y CABALLEROS Por Don Cristóbal de Gangotena

QUITO - 2003

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Presentación

A l cumplir Quito sus 25 años como Patrimonio de la Humanidad, gracias al recono- cimiento de la UNESCO, en 1978, de las excepcionales características de su ubica- ción geográfica, de su rico patrimonio arquitectónico y de su extenso legado artísti-

co, especialmente en los campos de la escultura y pintura, la Municipalidad puede mostrar importantes avances en el rescate de sus bienes culturales para ponerlos al servicio de las

generaciones actuales y futuras, constituyéndolos en el soporte fundamental de la identidad

y autoestima del pueblo quiteño.

La ciudad antigua, considerada un bien cultural excepcional en el mundo porque eso significa

la designación como patrimonio constituye, sin duda, el más preciado tesoro histórico de nues-

tro país, en el campo artístico y cultural. Ese tesoro se encontraba en acelerado proceso de de- terioro por la despreocupación y descuido, tanto del poder público, cuanto de la propia socie- dad quiteña; pero, en la actualidad, gracias a un trabajo sostenido de la Municipalidad, muestra otra vez, en todo su esplendor, los encantos y atractivos que parecían destinados a perderse.

Pero no se trata de solamente rescatar los hermosos edificios coloniales y republicanos, o las preciosas esculturas y pinturas, sino también la rica y variada producción literaria que recoge de distintos modos y con diferentes estilos, la esencia misma de nuestro devenir como pueblo. Por esta razón, hemos decidido publicar una Biblioteca Básica de lo escrito sobre Quito, des- tinada a poner al alcance de la población, tanto de la ciudad como del resto del país. Aque- llas obras literarias, que se refieran a nuestra historia, costumbres, tradiciones, geografía; en fin,

a todo lo que nos permita reconocernos, identificarnos y poner fundamentos a la construcción de un presente y futuro de grandeza y prosperidad.

Para hacer realidad estas aspiraciones de quienes amamos a Quito, se ha escogido, y creo que con el mayor acierto, iniciar con la publicación de la obra de Cristóbal de Gangotena y Jijón:

“Al Margen de la Historia”, que recoge, según el propio autor, “leyendas de pícaros, frailes y ca- balleros” de antaño. Cuentos tradicionales de nuestra ciudad y país, que el escritor pensó co- rrectamente nos agradarían: “porque te gustarán las cosas que son tuyas”. Leer esta obra tan bien escrita, que recoge narraciones con siglos de antigüedad, nos ayudará a entender el carácter de nuestra comunidad, nuestra cultura y valores; nuestras grandes virtudes y no pocos defectos.

Espero que la reedición de “Al Margen de la Historia” sirva especialmente a maestros y alumnos de escuelas, colegios y universidades, para que las actuales y próximas generacio- nes puedan, a la vez que disfrutan de una amena lectura, descubrir desde la leyenda y la anécdota las raíces de nuestra cultura. Esta publicación contribuirá, sin duda, al fortaleci- miento de nuestra identidad y nos recordará que cada generación tiene el deber de preser- var, valorar y enriquecer el patrimonio de su cultura.

San Francisco de Quito, julio del 2003

Gral. Paco Moncayo Gallegos ALCALDE METROPOLITANO DE QUITO

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AL MARGEN DE LA HISTORIA 9 Introducción a la biografía de Gangotena P oco antes de

Introducción a la biografía de Gangotena

P oco antes de cumplir sus 40 años de edad, don Cristóbal de Gangotena dejó la parte más seria de la historia académica, para entregar a la colec- tividad un formato muy interesante de sus Leyendas de Pícaros, Frailes y

Caballeros, como él mismo las llamó. Y digo muy interesantes, porque se apar- tó de la línea plena de la oralidad fantasmal en cuanto a tradiciones y relatos, para extraerlos de los auténticos procesos y juicios coloniales que él pudo ver- los con sus propios ojos en los inmensos depósitos de la Biblioteca Nacional, entidad en la que él fue su Director durante varios años. Siendo pues un aven-

tajado discípulo de Ricardo Palma, le tocó en el Ecuador, junto con José Gabriel Pino Roca y con Modesto Chávez Franco «guayaquileños los dos» iniciar la se- rie del tradicionalismo documentado.

Don Cristóbal fue un personaje enormemente popular y original: unía en su interior los rechazos de varias personalidades disímiles, podría decirse que la propia manera de firmar su nombre con los pomposos “de” e “y” ya pasados de moda en un siglo entero, le deban la categoría de un erudito nacido afue-

Esta visión ponía su complemento en su labor de apasionado

coleccionista de cuanto cachivache caía en su poder. Pero por otro lado era

ra de tiempo.

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un hombre generoso con sus datos, simpático como el que más, gran conver- sador y tertuliero, empujador de cuanto proyecto noble se le ponía por delan- te, reconocer de méritos ajenos y aparte de ello, amante de las buenas cosas, de la buena mesa, del pecado y otras yerbas de lo cotidianamente quiteño.

No era un chulla plenamente quiteño quizás, pero si era un quiteño enorme- mente típico, con todas las gracias y defectos de la gente profundamente enrai- zada en la ciudad. Quizás por eso, este su mejor libro titulado AL MARGEN DE LA HISTORIA, revela la más profunda visión de sí mismo: modesto, porque no era en lo absoluto marginal a la historia, pero él si era marginal a una socie- dad que se las pasaba de gazmoña. Con los cronicones de pícaros, de seguro que identificaba una parte de su alma bohemia, en esa parte picarona hecha por supuesto de astucia y de travesura, no en otras adjetivaciones que da la ri- queza de la lengua castellana. Quiso un día ser fraile franciscano y vivió muy pegado a esa Orden y fue por supuesto también un caballero marginal, sin ca- ballo y con alcurnia, desinteresado y respetable y por sobre todo “caballero an- dante” que anduvo por el mundo quiteño buscando aventuras, sea en la letra gótica o miniada, en el madero corroído, en el árbol genealógico desgajado o en los brazos de alguna mozuela cercana a su casona de la Plaza Victoria, que un día habrá que reconstruirla como testimonio de una vida cívicamente y bo- hémicamente quiteñísimas.

Quito, abril 9 de 2003

Fernando Jurado Noboa Director de Publicaciones de la Academia Nacional de Historia

quiteñísimas. Quito, abril 9 de 2003 Fernando Jurado Noboa Director de Publicaciones de la Academia Nacional

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Cristóbal de Gangotena Estudio Biocrítico 1

LOS AÑOS FORMATIVOS: 1884-1907

Fernando Jurado Noboa

C ristóbal Gangotena nace en Quito en la casa esquinera de los Jijón en San Francisco, el 1 de mayo de 1884, y es bautizado en el Sagrario con los nombres de Cristóbal Mauricio 2 .

Infancia privilegiada la suya, crece en un medio urbano y rural absolutamente feudal, en épocas de cosechas son los paseos y las estancias en Capiola, Zuleta, Cotogchoa o Pantaví en Imbabura o en la misma provincia de Pichincha, en San Antonio de Pasochoa, San Nicolás de Chillo, Santa Ana de Pasochoa, Santo Cristo o Pacaipamba 3 . En todas estas haciendas él se nutre de una inmensa di- ferencia social entre patronos, mayordomos y sirvientes indígenas, su espíritu se impregna del método señorial, basado en las comodidades urbanas y en la gran

1 Publicado originalmente en el número 47 de la colección de Estudios Históricos-Genealógicos

2 Arch. Sagrario, Baut. 1884, Quito

3 Carlos Marchán: Estructura agraria en la Sierra Centro-Norte, Tomos 1 y 2

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tenencia de la tierra; empieza a interesarse únicamente por lo que es igual a su estructura, de allí que en su obra posterior estarán totalmente ausentes la clase media y los indígenas.

Su ambiente familiar es más bien escaso, viven en la misma casa sus tres her- manos, sus padres, la abuela Rosa Larrea y los primos Jijón Ascázubi, con quienes se cría, pues desde 1880 son huérfanos de Cristóbal Jijón Larrea, quien anteriormente había ya estado separado de su esposa María Ascázubi 4 . Con quien mayor afinidad tiene es con su prima Dolores Jijón Ascázubi, su contemporánea.

En sus recuerdos infantiles, están demasiado borrosas las sombras del tío Fran- cisco Jijón, muerto prematuramente en 1886 y del abuelo materno (el dueño de casa) Manuel Jijón Carrión, que murió en julio de 1887, como uno de los ma- yores latifundistas de la sierra, pues llegó a poseer 33 haciendas, tanto en Im- babura como en Pichincha 5 . Varias temporadas de su infancia y adolescencia transcurren en las propiedades de sus primos los Jijón Ascázubi: Capiola, Cua- lavi, Jatunyacu, La Compañía, Pantaví, Pucará, San Vicente, El Galpón, Guay- tacama o Pucará de Tungurahua, pues que debido a que los Ascázubi venían de los Matéu, su radio de propiedad geográfica avanzaba hasta Tungurahua 6 . En las tertulias aprendió de su abuela, datos del bisabuelo Modesto Larrea Carrión

y de su madre, los primeros esbozos de genealogía. Como el padre de Cristó-

bal era uno de los últimos hijos de sus padres, los tíos paternos eran ya ancia- nos a fines de siglo, de tal manera, que gran parte de ellos murieron entre 1889

y 1901 7 . En 1890 murió también a los 22 años, su hermano mayor, Víctor Gan- gotena.

Uno de los sucesos que más le impactó en su infancia, fue el suicidio en 1897 de su tío carnal Federico Gangotena, a los 57 años. Era un solterón, poseía cuatro haciendas en Carchi e Imbabura y su sitio predilecto era Zuleta, en Ca- yambe. Padecía de epilepsia y sus familiares lograron enviarlo a Francia, de donde regresó al parecer curado hacia 1895. Un buen día, le repitió el ataque

4 Inf. de D. S. María Gangotena de Mancheno, 1982

5 Carlos Marchán: Id. 1 y 2.

6 Isaías Toro: Más Próceres de la Independencia, ver Matheu

7 Arch. Sagrario, Quito, Defunc. 1889-1901.

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en Zuleta y se ahorcó, decepcionado de que no estaba curado 8 . Los medrosos vecinos, se negaban a comprar la hacienda, hasta que en 1906, José María - Lasso, la adquirió.

Luego de terminar sus estudios primarios, ingresó en 1896 al colegio San Gabriel, en plena era liberal, donde estuvo solo poco tiempo, pues luego sus familiares de- terminaron pasarlo al Seminario Menor, con el propósito de que se haga sacerdo- te 9 . Mas aquí, en 1898, le cogió la crisis de la adolescencia y determinó dejar el plantel, donde había aprendido un buen latín. Entonces viajó a Francia, ingresan- do al colegio de San Alberto el Grande de Arcueil en París, donde se bachille- ró en 1903, pasando enseguida a la Facultad de Letras de la Universidad de Paris, carrera que la cortó a menos de la mitad del camino.

Volvió a Quito hacia 1905 y tras siete años de ausencia, su padre había muer- to el 7 de enero de este año 10 , y sin duda vino por asuntos de testamentaría. En 1902 había muerto la abuela Rosa Larrea de Jijón, dejando a su hija Dolores el coche y la casa de San Francisco 11 y ya en Quito, Cristóbal se enteró de los gra- vísimos problemas que había tenido su padre a principios de 1904, cuando el dramaturgo Francisco Aguirre Guarderas, había amenazado sacar al público la comedia “Receta para heredar” en donde se satirizaba en forma burlesca y des- comedida contra don Víctor, sacándose a luz un severo problema familiar. Lue- go de unos bastonazos en Quito, entre los protagonistas 12 , Aguirre fue atacado y quedó maltrecho durante un año, hasta su muerte en febrero de 1905, justa- mente un mes después del deceso de don Víctor, de cuya agonía Aguirre, se enteró en su lecho del dolor. Para Cristóbal le quedó entonces claro, que pro- blemas aparentemente secretos estaban expuestos a la vindicta pública y a la sátira, de la agresiva sociedad de su tiempo. Sin duda las tertulias olvidadas de la infancia, unidas a este hecho doloroso, empezaron a definir al futuro ge- nealogista de élite.

El mismo año de 1905 sucede un hecho de enorme interés: llegan a Quito des- de Lima sus tíos lejanos, los jóvenes Noboa Caamaño, Ernesto es apenas un

8 Inf. Galo Plaza, Quito 1984.

9 Carlos M. Larrea: Discurso, Boletín A. N. H., Quito, 1956

10 Arch. Sagrario, defunciones 1905.

11 Fernando Jurado: Los Larrea, Quito 1986.

12 El Comercio, Quito, 9 de septiembre 1984, 2.

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adolescente de 16 años, que viene a cursar 4to. curso del colegio en el San Ga- briel, pero tiene ya fama de una gran inteligencia y de un gran estro poético; la educación recibida en Lima, había sido mucho mejor que la quiteña, por lo que decide cortar sus estudios y dedicarse a la poesía, y más tarde a la gran bohe- mia modernista, contando desde 1907 con la amistad de Arturo Borja. Gango- tena fue uno de sus mejores amigos y luego su cirineo, no obstante que jamás participó de aquellos episodios literarios ni bohemios. El mismo año 1905 murió Pedro Noboa Carbo, padre de aquellos.

En 1906 viaja a Lima, allí conoce en el Club de la Unión al viejo General Igna- cio de Veintimilla, quien llegaba a la tarde y se retiraba todos los días a las cua- tro de la madrugada en compañía del General Cannevaro 13 . Allí conoció a un anciano de 73 años, don Ricardo Palma, Director de la Biblioteca Nacional de Lima y erudito autor desde 1872 de las “Tradiciones Peruanas”, obra que la ad- quirió Gangotena y que le impresionó de manera muy grata, no obstante las acerbas críticas de Manuel González Prada 14 .

LA INFLUENCIA DE GONZALEZ SUAREZ: 1907-1913

D e regreso a Quito, empieza en 1907 a frecuentar las tertulias semanales

de Monseñor González Suárez en el propio palacio arzobispal; con su

genio clarividente González Suárez había reunido a su rededor a ocho

jóvenes aficionados a la historia y empezó a prepararlos tanto en criterio, como en técnica de investigación; el más joven, era un adolescente de apenas 17 años, Jacinto Jijón, no obstante el más brillante del grupo. De aquí nació para Gangotena su amistad imperecedera con Juan León Mera Iturralde y con Luis Felipe Borja, ambos le pasaban con algunos años (Mera con diez años y Borja con seis). Mera residiría varias veces en casa de don Cristóbal, dedicados los dos a miniar pergaminos o a labores de mano 15 .

Por entonces había total despreocupación por los documentos históricos, tan- to que aún en 1934, los libros de cabildos de Quito estaban arrumados en los

13 Luis Robalino: Borrero y Veintimilla, I

14 Rodolfo Pérez: Diccionario Biográfico, V. 208

15 Id. a la 3. Inf. de Eugenia Tinajero de Sevilla: 1982-84.

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servicios higiénicos municipales, con un inconfundible olor a amoníaco. De

allí que González Suárez aconsejó a sus discípulos, que cuando vieran un do- cumento importante se lo apropiaran, pues era una manera de salvarlo. Larrea, Jijón, Gangotena, Flores Caamaño y Celiano Monge, se tomaron tan en serio es-

te consejo, que formaron sus propios archivos personales 16 .

En julio de 1909, el Arzobispo y los brillantes jóvenes formalizaron sus conver-

saciones, fundaron la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos, convertida luego en 1920 en la actual Academia Nacional de Historia. Que- riendo sin duda el sabio, asentar el prestigio de la institución, no publicó hasta su muerte en 1917 ningún órgano de la nueva entidad. El 3 de octubre de 1899, el Arzobispo le encargó conseguir documentos sobre la Independencia.

El mismo año y seguramente debido a que era primo segundo del político Car-

los Freile Zaldumbide, consiguió el cargo de Secretario del Senado, Cámara que

funcionaba en el mismo palacio de gobierno; cada año asistían al congreso, 30 senadores, dos por cada provincia. Gangotena se notaba ya como eminente- mente conservador, aunque moderado en su forma, de allí que en 1910 se opu- so a las reformas liberales y a la ley de divorcio; apostando con el cuencano Francisco Tálbot, a que Alfaro no las aprobaría y cuando don Eloy, aprobó las reformas, Cristóbal se desalentó 17 .

A mediados de 1910, el joven Cristóbal Gangotena Jijón, aparece como direc-

tor de la revista “La Ilustración Ecuatoriana”, publicación que la había iniciado Celiano Monge el 20 de febrero de 1909, bajo la administración de Roberto Cruz. Solamente dos números dirigió Gangotena, el 23, que apareció el 1 de junio de 1910 y el 24, que lo hizo el 25 de ese mismo mes y año. En estos números la administración la hacia la Librería de Roberto Cruz. Luego de Gangotena, la dirección fue a manos de Nicolás Jiménez y la administración, a los talleres gráficos de José Domingo Laso.

Pero la vinculación de Cristóbal de Gangotena con la Ilustración Ecuatoriana venía de antes. En el número 11 aparecido el 10 de agosto 1909, centenario del primer Grito de la Independencia, publicó su primera leyenda: “Sacrilegio”, dedicada a Celiano Monge. En el siguiente número (12, 1 o de septiembre de

16 Inf. de Jorge Salvador Lara

17 Eugenio de Janón: El Viejo Luchador, II.

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1909) publicó “El Cucurucho de San Agustín”, en el 13 (18 septiembre 1909),

en el 14 (9 de octubre de 1909) salió “Un Hidalgo a Carta

Cabal”, dedicado a José María Fernández Salvador, en el 15 (20 de noviembre de 1909) “los Artículos de la Fe”, dedicado a Juan León Mera I. y por último,

en el número 17 (15 de enero de 1910) publicó “El Descabezado de Riobamba”. Estas leyendas, ligeramente modificadas, con otras 21 las reunirá luego en “Al Margen de la Historia”.

“Ir por lana

”,

En 1911 seguía de Secretario del Senado y en este año se dio un hecho de enor- me importancia: su amigo el poeta Noboa (el Zambo Noboa como le decían sus amigos por su rubia y rizada cabellera) había enfermado de sífilis, contagia- do en una de sus aventuras nocturnas. Gangotena consiguió que le atendiera el afamado médico francés Demarquet, que pensaba radicarse en Quito y al pa- recer la terapia con arsenicales sufrió efecto y el poeta sanó. Mas, lamentable- mente el estado de postración en que quedó, hizo que le recetaran morfina, con lo cual se hizo adicto, encontrando él y Borja un maravilloso paraíso artificial por medio de la droga 18 . En el fondo, la curación del francés fue solo ilusoria. A fines de 1911 y sin duda por influencia de su primo el Presidente del Senado, Carlos Freile, don Cristóbal, se convierte en tenaz enemigo de don Eloy Alfaro; llega a tanto su odio que Gangotena encabeza la lista de enero de 1912, pidien- do que los prisioneros sean traídos a Quito, para su condigno castigo 19 . Junto con Gangotena, firman entre otros, sus amigos Alfredo Flores, Luis Felipe Borja hijo y su primo Modesto Larrea.

Gangotena no se imaginó que la carta, más otros caracteres, se convertirían en dinamita. El 28 de enero de 1912 los seis generales fueron vilmente arrastra- dos en Quito, en un movimiento dirigido por los mismos liberales derechiza- dos, según el propio General Julio Andrade 20 . A las doce de este día, don Cris- tóbal estaba en su automóvil por la calle Rocafuerte, tomó allí noticias de los Ministros Rendón y Díaz; a las doce y cuarto, cuando Gangotena se hallaba en su casa con sus amigos, Alberto y Carlos Mena Caamaño, sonó la noticia que bajaban los cadáveres arrastrados, según él mismo lo declara; hizo subir a su casa a un empleado de la Eléctrica y por medio de la escalera, treparon por una tapia al techo y vieron desde la esquina posterior de la casa, el macabro

18 Raúl Andrade: Gobelinos de Niebla, 63. Francisco Guarderas: Arturo Borja, Rev. América 105

19 Arch. de Oswaldo Albornoz Peralta, Quito.

20 Raúl Andrade: Biografía de Julio Andrade, 1962.

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espectáculo 21 . Escribiría a poco “mil años viviré, que no olvidaré nunca lo que he visto”. A las cuatro y media, aún muy horrorizado, fue al Ejido a ver las cuatro piras formadas. El 29 a las tres y media de la tarde y con Emilio Gar- cía Silva, subió al Penal a recoger más datos históricos.

Un año más tarde, en enero de 1913, cuando su amigo Juan León Mera, deci- dió entrar de franciscano, decepcionado por la boda de Aurelia Cárdenas Gan- gotena, resolvió acompañarlo y ambos estuvieron un tiempo de prenovicios. Pero como salían las noches de farra y con hábito, ambos decidieron dejar el convento. No obstante, de aquella temporada quedó un gran conocimiento tanto del archivo franciscano, con su célebre libro de genealogías, cuanto de las numerosas obras de arte que guarda el convento.

SEGUNDA ESTADIA EN EUROPA: 1913-1919

E l segundo gobierno de Plaza, con cuya línea política se había identificado Gangotena, lo nombró en 1913 Cónsul en Valencia, España. El 28 de ju- nio de este año, don Cristóbal había pedido dispensa de parentesco para

casarse con Rosa Victoria Noboa Caamaño 22 , una bella mujer guayaquileña de apenas 22 años y hermana del poeta; la boda se celebró cuatro meses después, el 8 de octubre en el Sagrario, quizás tal manera, obedecía a la for- malidad externa del enlace. No tuvieron sucesión. Doña Rosa era persona simpática, pero muy encerrada en si mismo y con poco sentido social. La co-

hesión fue solamente externa o social 23 . A principios de 1914 fundó en Qui- to la revista quincenal “Apolo” 24 .

Viajó entonces en 1914 con su flamante mujer a España; en Madrid un día cual- quiera asistió a un besamanos de Alfonso XIII, el joven monarca de 28 años, que había subido al trono en 1902. Luego de terminar y como no tenía nada que hacer, se volvió a colocar en la cola, para repetir el besamanos, volvió a re- petir el asunto como siete veces; al fin, a la octava, el rey le detuvo al joven ecuatoriano y le dijo:

21 Revista Cultura 2: Sucesos recientes que pueden interesar al porvenir por Cristóbal de Gangotena.

22 Arch. Curia, Quito, dispensas 1913.

23 Id. a la 3.

24 Eugenio de Janón: Id, II.

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“Oiga señor, a usted le he conocido en alguna parte”. “Quizás” respondió don Cristóbal, pero ya no le quedaron ganas de vol- ver a besar la mano del Monarca 25 .

En Europa le sorprendió la primera Guerra Mundial, sin embargo en Valencia pudo tomar contacto con el Palacio Ducal de Gandía y se gestó allí su interés primario en los Borja del Ecuador, a los que dedicaría uno de sus mejores libros. En Madrid visitó algunas veces la sección manuscritos de la Biblioteca Nacio- nal, consultando entre otros, el Libro Becerro General de Linajes de España y el Libro de los Blasones, de Jorge de Montemayor; obtuvo certificación de blaso- nes de su propio apellido, del Rey de Armas, Julián de Rújula. En viaje turísti- co al norte de la Península, estuvo en Berriz y en el Baztán, cunas de sus ape- llidos paternos 26 . Visitó también el Archivo Histórico Nacional en la sección de Órdenes Nobiliares, según consta en su estudio sobre Gómez de la Torre. Pa- ra entonces la genealogía y la heráldica le habían calado muy hondo.

¿Qué motivaciones invisibles y visibles, le habían hecho genealogista? Creemos que varias:

En el orden genético, su tío segundo el Coronel Teodoro Gómez de la Torre, ha- bía sido un genealogista especial del siglo XIX; solía tener delegados en todas las capitales de provincia, que le tenían con noticias frescas de todos los peca- dos sociales. Había desde luego en él, un innegable afán enfermizo; otros an- tepasados, el Oidor Juan Dionisio de Larrea y su hijo Francisco Javier, habían dejado varias obras manuscritas sobre la materia en el siglo XVIII. De seguro que estaban los originales en casa de los Gangotena.

En el orden formativo, contribuyeron a ella, las pláticas de su abuela Rosa La- rrea y de su madre doña Dolores Jijón. En la parte ideológica hemos ya mani- festado sus experiencias de corte feudal.

En otro orden había una especie de fantasma familiar en su genealogía paterna, aún sonaba en Quito la gran resistencia que hizo su tatarabuelo Joaquín Tina- jero Larrea al enlace de su hija Manuela, en 1792 27 ; los asuntos graves de “Re- ceta para heredar” ocurridos en 1904, aumentaron sin duda el afán.

25 Inf. de Francisco Darquea Moreno, Quito 1989.

26 Gangotena, Rev. Ceruga 6, Quito 1985.

27 Arch. Sagrario, Quito, 1914, Def. y Matrim.

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Mientras tanto en Quito, noviembre de 1914, fue un mes trágico para su fami- lia: el día 1º murió su madre y como estaba ya planeada la boda de su herma- na Lucila con Heliodoro Dávalos Donoso, riobambeño, ésta quedó en cele- brarse el día once; lastimosamente en este preciso día ardió en llamas la casa familiar de San Francisco, incluidos muebles, enseres y cortinajes. Se salva- ron apenas dos elementos decorativos. La boda debió celebrarse en medio del dolor, pero terminó el nuevo matrimonio, la misma noche, en que el señor Dávalos se regresó a Riobamba 28 .

Como la vida en España, debido a la guerra, se puso difícil, buscó en Quito quien le ayudara a recibir sus herencias, en 1915 ante el notario segundo otor- gó escritura cancelando un préstamo que le había hecho Alejandro Cevallos. Y en 1916, su primo Jacinto Jijón le dio 9.425 sucres, por un exceso de herencia que Jijón se había tomado de los abuelos Jijón-Larrea en varias haciendas de Imbabura 29 .

La Academia Española de la Historia le nombró Miembro Correspondiente 30 .

El gobierno de Baquerizo Moreno le nombró en 1916, Cónsul en El Havre, don- de permaneció hasta 1918; en este último año estuvo en París y visitó entonces la famosa sastrería de Debacker en el número 36-bis de la calle de la Opera, donde el mariscal de Mac-Mahon se había hecho su célebre casaca. Treinta años después, refiere así el encuentro, a su amigo Luis Robalino Dávila:

“Allá por el año de 1918 estaba yo en París y con objeto de hacerme un buen sobretodo, fui a dar a esa casa que no había conocido. La famosa sastrería ocu- paba todo el primer piso del inmueble. Al tratar conmigo se me preguntó de dónde era. Sabiendo que del Ecuador, el sastre me dijo: Venga Ud. a ver lo que conservamos de su país. Y me llevó ante un cuadro, en el que se veía un dibujo, como se hacen en los figurines: la famosa casaca. La inscripción reza- ba si es que no me equivoco así:

“Casaca militar bordada de oro, ejecutada para SE el señor Capitán General Ig- nacio de Veintimilla, Presidente de la República del Ecuador”.

28 Ver nota anterior e Inf. de Blanca Castillo.

29 ANH, Quito, Not. 2a. 1915-16.

30 Ver La Casa de Borja.

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“Vio el sastre mi interés y ponderaba la magnífica casaca: Es la obra maestra de la casa, estamos orgullosos de ella y por eso conservamos este modelo31 . Más tarde don Cristóbal tuvo la faja-cinturón de este uniforme, tejida de oro y seda roja, con borlas en los cabos.

Gangotena y su mujer llegaron a París como a casa propia, en la de su tía Vic- toria Caamaño de Díaz Erazo, esposa del pastuso Felipe Díaz, uno de los ma- yores potentados del París de entonces. Díaz había sido administrador de adua- nas en Guayaquil en tiempos de su cuñado el Presidente Caamaño 32 y había lo- grado generar una gran fortuna; vivía en París en la 10 rue Bassano y murió en 1916 33 . Don Cristóbal logró convencer a doña Victoria, ya viuda de Díaz, se hiciera cargo de los pasajes y curación de su sobrino el poeta Noboa, aqueja- do desde 1911 de una grave adicción.

A mediados de 1919 los cónyuges regresaron a Quito, dos años antes había muerto el sabio González Suárez; Gangotena guardó en su museo dos retratos muy antiguos del sabio, uno de ellos obra de Joaquín Pinto.

AUGE DE LOS ESTUDIOS GENEALÓGICOS, CRISIS CON ALFREDO FLORES: 1919-1926

A lfredo Flores Caamaño, pariente de Gangotena y primo hermano de su esposa, había nacido en Guayaquil (1879), era un excelente investiga- dor, de los primeros que en Quito investigó en notarías y en archivos

parroquiales, habiendo otros investigadores saqueado sus datos, sin siquiera nombrarlo 34 . Padecía sin embargo de un severo trastorno conductual, (hemofí- lico) con relaciones interpersonales muy deficientes. Habiendo sino uno de los fundadores de la Academia, nunca llegó a publicar trabajo alguno en el boletín; desde 1904 a 1919 había editado diez trabajos históricos por su cuenta, dos temporadas había vivido en España y otra en los EE. UU.; refutó a Destruge y a Roberto Andrade, sin mayor éxito 35 .

31 Luis Robalino: Id. I.

32 Jorge Vivanco: Reportaje a Pedro Concha, VISTAZO, 13, Junio 1958.

33 Sergio E. Ortiz: Felipe Díaz Erazo, Bogotá 1970.

34 Por ejemplo el P. José María Vargas en sus biografías de Samaniego y Rodríguez.

35 Carlos M. Larrea: In Memorian, Alfredo Flores, Boletín ANH, Quito, enero-junio 1970.

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Desde 1913 al 18, Flores estuvo en completo silencio editorial, parece que preparaba varios trabajos genealógicos. Cuando Gangotena llegó en 1919, preparó con la ayuda de Flores, varios trabajos: Salinas, Ascázubi, Caamaño, Gangotena, Posse y Zaldumbide, muy escuetos. Seguramente, Flores pretendía que Gangotena le hiciera constar como co-autor y allí saltó la chispa.

En 1919 don Cristóbal en el tomo III de la Sociedad de Estudios Históricos Ame- ricanos, publicó siete trabajos, dos de ellos eran las genealogías de los Salinas y los Montúfar; la primera en homenaje a su prima Lola Jijón de Gangotena; y la segunda en homenaje a su amigo Alfonso Barba Aguirre. En el primer artí- culo (sobre Salinas) se había documentado en el archivo del Sagrario, desde 1713 a 1809 y una partida de 1741 creyó ser la del prócer, ignorando que este en realidad había sido bautizado en Sangolquí. No se sabe por qué no utilizó los documentos de familia que tenían los Bonifaz Jijón, sus parientes, o quizás no lo supo 36 .

En el trabajo de los Montúfar hay varios errores y se ve que ignoraba por com- pleto la descendencia de la rama de Joaquín Montúfar en España. Se ignora si los expedientes de los Montúfar Frasso y Montúfar Larrea los consultó en Madrid o si los vio en Quito, en casa de Alfonso Barba. Para este trabajo, re- visó partidas entre 1730 y 1782, aunque no completa la serie.

En este tomo III, aparte los dos artículos aludidos, Gangotena publicó dos do- cumentos inéditos y un comentario bibliográfico: se había iniciado así el ge- nealogista, el bibliófilo y el archivista público y privado.

El mismo año de 1919, el Presidente de la Corte Suprema de Justicia le pidió que arreglara el archivo de la Corte, que contenía los protocolos de las seis an- tiguas notarias de Quito, presentando Gangotena un informe escrito 37 . En este trabajo estuvo de julio a diciembre de 1919 y formó 36 secciones.

La chispa con Flores saltó en 1920: sabedor de que don Cristóbal tenía listo pa- ra la imprenta el artículo sobre los Caamaño, Flores, a base de una copia, lo público por su cuenta y bajo su nombre. Conocemos y poseemos un raro ejemplar, gracias al bibliófilo don Pedro Santamaría. La amistad quedó rota,

36 Banco Central: Fondo Bonifaz.

37 Ver Boletín de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos, 1919-20.

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posteriormente se descubrió una venta de documentos que el señor Flores ha- bía hecho al gobierno peruano y la Academia de Historia se vio obligada a ex- pulsarlo de su seno, no obstante ser cuñado de Jacinto Jijón, quien costeaba el lujoso boletín de la institución. La esposa de Jijón, le obligó a su vez a su es- poso, en 1925, a separarse de la institución, que pasó a publicar un modesto boletín externo, pero con buen contenido científico 38 .

Flores publicó aún en Quito y en Lima numerosos trabajos más, dejó Quito pa- ra siempre en los años 50 y murió en Lima en abril de 1970, dejando sus po- cos bienes para el hospital San Juan de Dios.

El mismo año 1919, Gangotena envió a Ernesto Noboa a que se curara en Pa- rís, al parecer este logró un buen resultado; estuvo luego en España, pasó agra- dables momentos con los poetas de Madrid, recayó, visitó varias veces la cos- ta del Cantábrico, algunos meses pasó en Santillana del Mar, cuidado por una alegre enfermera, que ya ningún sentimiento pudo despertar en el vate, pues éste se hallaba sumido en un profundo dolor psíquico. Reaccionado, regresó en 1921 y al pasar por La Habana, gracias a dos adictos ecuatorianos, volvió a recaer 39 .

La crisis con el pariente de Flores, originó un prolífico año 20, fue el año que mas trabajos publicó en toda su vida (once), de ellos tres fueron genealogías:

los Matéu, los Fernández Salvador y los Gómez de la Torre. Para el segundo contó con la ayuda de los Fernández Salvador del Campo, dueños de proban- zas de familia muy valiosas y para el tercero, Carlos Freile Larrea, su pariente, le prestó los papeles de los Gómez de la Torre, que guardaba el Coronel Teo- doro. Muchos años después, se descubrieron en estos últimos papeles, dos par- tidas falsificadas 40 .

En el estudio sobre los Matéu, Gangotena utilizó los expedientes nobiliarios de la familia y las partidas del Sagrario entre 1703 y 1710. En el caso de los Fer- nández-Salvador, varias ramas de esta familia guardaban parentesco con él, por el matrimonio de tías abuelas, Gangotena Tinajero, con dos miembros de aque- lla familia.

38 Inf. Dr. Jorge Salvador Lara y D. Pedro Santamaría.

39 Raúl Andrade y Francisco Guarderas: Id, Id.

40 Clemente Pino: Apuntes genealógicos sobre los apellidos Pino e Icaza, Madrid, 1960.

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En 1919 había colaborado también con la Revista de la Asociación Católica de la Juventud Ecuatoriana. Como en 1920, fue elegido Director de la Biblioteca Nacional publicó en el boletín de esta institución, tres artículos históricos: so- bre los primeros bibliotecarios, sobre don Antonio de Villavicencio y la tradi- ción sobre el Tedeum del Obispo Santander. Al mismo tiempo, empezó a en- viar unos formularios impresos y muy elegantes a las familias de Quito, en los cuales les pedía que los fueran llenando con datos. Pudimos ver algunos de estos en el archivo de su amigo Carlos Manuel Larrea.

En 1921 se dio un distanciamiento con su cuñado Ernesto Noboa, recientemente llegado de Europa, pero gracias a Julio Moncayo se convino en un avenimiento; entonces Gangotena se dedicó a recoger las poesías originales, a ordenarlas y por fin incentivó a que Noboa las publicara en 1922 en la imprenta de la Universi- dad. Así pudo salir al público, su único y bello libro: “Romanza de las Horas”.

En este mismo año de 1921 fue electo Secretario de la Academia de Historia y el Secretario de la Corte Suprema se quejó a la Academia de que Gangotena ha- bía abandonado su trabajo de arreglo del archivo de la Corte. Este manifestó que había laborado más de un año, sin cobrar un centavo, que estaba a disgus- to con dos ayudantes que le habían puesto y que sus labores en la biblioteca le impedían mantener la ocupación de la Corte.

En 1921 publicó apenas tres trabajos, uno en el boletín de la Academia y dos en el de la Biblioteca. En la Academia vio la luz su estudio sobre los Villarro- cha; para este revisó partidas entre 1704 y 1847 y tuvo a la vista los papeles de familia de los Escudero-Eguiguren a quienes les correspondía el mayoraz- go. En la biblioteca a través de su boletín y durante cuatro años, aparecieron sus valiosas notas sobre los abogados recibidos ante nuestra Audiencia.

En 1922 fue un año grato, en él aparecieron al público cinco trabajos suyos, entre ellos su primer libro: “Monografía de la Provincia de Pichincha”, por las fiestas centenarias y en el boletín de su biblioteca aparecieron, “Orígenes de la Marquesa de Solanda” y “Los amores de Sucre”, uno de sus más simpáticos trabajos. A su vez desde 1923 hasta 1924 y en cuatro tomos del boletín de la Academia salieron sus Notas Históricas.

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Mientras tanto, según puede coligarse de la lectura de sus trabajos, tenía obras de Flores de Ocariz, las de Luis de Salazar y Castro, de Juan Carlos de Guerra, etc., y se había revisado parcialmente el archivo parroquial de Santa Bárbara.

En la revista “El Ejército Nacional” número 3, páginas 140-144 apareció tam- bién en este año su primer trabajo: “Los preliminares de Pichincha, la batalla de Tapi, 21 de abril de 1822”, reproducido muchos años más tarde por Jorge Garcés en la revista Museo Histórico.

1923 fue uno de sus años espectaculares, de nuevo estuvieron algún tiempo en el convento e iglesia de San Francisco, con su íntimo amigo, Juan León Mera y allí hicieron la travesura de depositar en tubos un manuscrito con datos de la economía de ese tiempo y conteniendo vaticinios para el futuro. En 1988, 65 años después, lo descubrió la historiadora Soledad Castro Ponce.

El año 23, salieron al público nada menos que doce publicaciones, de estas ocho aparecieron en el tomo V de la Academia de Historia: citamos la genealogía de los Guarderas dedicada a su amigo Pancho Guarderas, en esta de alguna manera vencía el prejuicio contra Francisco Aguirre Guarderas, el tenaz enemigo de su pa- dre; revisó partidas en el Sagrario de 1782 a 1800, a parte de papeles de familia.

Las primeras Notas Históricas aparecidas en este boletín, nos hablan de su me- ticulosidad y curiosidad:

Fundación de Latacunga Patronos de la ciudad de Quito El estandarte real Alférez real (en el cual aclara que la concesión del título a los Carrera, na- da tuvo que ver con la revolución de las alcabalas, según hizo constar el P. Velasco en su Historia). Medias annatas Equivalencia de las monedas antiguas Primeros Tesoreros de Zamora de los alcaldes Médicos Una calle de Quito

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Las niguas Monedas antiguas del Ecuador en 1858 Baeza y Archidona Un curioso soneto del siglo XVII (encontrado por él en Madrid)

Entre sus notas bibliográficas publicó una acerba crítica contra el cuencano Oc- tavio Cordero Palacios, autor de la vida de Abdón Calderón. Allí decía: “no es

entonces, es mejor callar?, así más fácil, pero

menos útil”. Relata además aquí, que en 1921 fue miembro de la comisión que buscó en la cripta de El Tejar, los restos de Calderón, pero que un Canónigo los

había trasigado totalmente y era entonces la cripta un sumando desarreglado de osamentas; recogía además la seria tradición de que Calderón había muerto en una casa del barrio de La Chilena.

tarea agradable la de criticar

En otras notas bibliográficas que publicó en el tomo VI de la Academia, atacó al Dr. Reimburg, que había publicado en Francia un tratado sobre Gastronomía Ecuatoriana (sabiendo a través de esta nota que don Cristóbal sabía mucho de cocina vernácula y que no quería mucho a la cocina francesa ni a los france- ses) y otro en contra del falso erudito Vasco Segundo Ispizúa.

En el tomo VII, num. 18 de la Academia, aparecieron sus nuevas notas sobre:

Quien mató al depositario Bellido? (lo fue Juan Velásquez Dávila) Casa de Niños Expósitos El mal de siete días Una bandera patriota de 1816 Un nuevo honor Una curiosa condecoración La guardia del Libertador, año de 1822 Escuelas públicas de Quito en 1825

En el boletín 19 publicó un artículo sobre los Ascázubi, dedicado a su amigo don Gabriel García del Alcázar; las fuentes bibliográficas de este trabajo fueron más numerosas: el juicio original de hidalguía del fundador del linaje; las secciones militar y abogados del Archivo de la Corte Suprema; el Archivo del Sagrario; los

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libros de la Tesorería de Quito y legajos de los estantes 126 y 127 del Archivo de Indias de Sevilla, sin saber nosotros si él mismo investigó personalmente en aquella ciudad o por qué vía los obtuvo.

Varias personas le ayudaban y le corregían, en lo referente a las últimas gene- raciones que aparecían en sus genealogías, una de ellas era su vecina, doña Ro- sa Elena Villacís Chiriboga de Barba, muy hipercrítica para el menor desliz del autor 41 . El mismo año 23, editó un folleto de 108 páginas acerca de “Documen- tos referentes a la batalla de Ibarra”.

1924 fue un año tan prolífico como el anterior, editó otros diez trabajos, tres de ellos libros, el primero “Al margen de la historia, leyendas de pícaros, frailes y caballeros”, su obra más popular, en poco más de 300 páginas en su primera edición, era producto de su mayor parte de la lectura de varios juicios colonia- les tomados del archivo de la Corte Suprema 42 . Enseguida salió otro volumino- so libro en 269 páginas: “Documentos sobre la familia Icaza”, haciendo refe- rencia a que había sido una de las cuatro familias, que al finalizar el régimen colonial, había sido señalada para un título nobiliario, lo mismo había pasado con los Guarderas de Quito; así pues, se veía su disposición a estudiar a la an- tigua nobleza titulada. Luego apareció el tercer libro del año “Ensayo de una iconografía del Gran Mariscal de Ayacucho y algunas reliquias suyas y del Li- bertador que se conservan en Quito” en 86 páginas de lujo. Datan de este mis- mo año 24, sus extensas genealogías sobre los Icaza, los Arteta y los Carrión; por la primera se conoce que había estudiado la obra de Zazo “Biblioteca de Casas Nobles de España”, así como muchos papeles de familia, seguramente proporcionados por el Ministro Octavio Icaza y por los Ycaza Gómez.

En las diez genealogías publicadas hasta entonces, había tratado de linajes no ascendientes del autor, pero en Arteta se dio la excepción, pues eran progeni- tores de él y de su esposa; se valió del expediente de Pedro Arteta Larrabeytia y de informes seguramente de Nicolás Arteta García; con alguna prevención, hizo constar que doña Rosario Arteta de Álvarez, había tenido un solo hijo en su primer enlace.

Las notas históricas del boletín 21-23, trataron acerca de:

41 Testimonio de su nieto el testigo presencial, Antonio Álvarez Barba.

42 Ver nota en la página 69 del citado boletín.

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Honras de Felipe II Jura de Felipe III Condenas pronunciadas por el Gral. Toribio Montes contra algunos patriotas en 1812 Los indios Cayapas. Oidores de la Real Audiencia de Quito de 1691 a 1779 Cómo era la Sala de la Real Audiencia de Quito La cárcel de Corte en 1779 La cárcel de Santa Marta en 1779. Fiscales de la Real Audiencia de Quito de 1691 a 1779

Este año y al comentar en el mismo boletín del primer tomo de la “Biblioteca Histórico Genealógica Asturiana” escribió lo que define su ideología: “La no- bleza española, alma de la resistencia nacional, que al cabo de 7 siglos de ru- do batallar, arrojó a los moros al África” (boletines 21-23. página 288) Como se sabe, es falso que los moros fueron arrojados, pues en su mayor parte siguie- ron viviendo en la Península.

En los boletines 24-26 de la Academia, realizaron un trabajo conjunto con To- bar Donoso, éste publicó una biografía del Obispo Carrión, mientras Gango- tena, publicó la genealogía de este apellido, que también eran sus ascendien- tes. No cabe duda que le otorgaron ayuda, Luis Stacey Guzmán, el eximio genealogista lojano, Canónigo Fernando Lequerica y el Dr. Rafael Riofrío Eguiguren.

Don Cristóbal tenía en su poder una extensa probanza de los Carrión, en la que, como es lógico, habían varios errores, por ejemplo, allí se dice que el tronco español de la familia, se casó en Cuenca con una señora Alarcón, hija de españoles, cuando en realidad se casó en Zaruma y no era hija de chapeto- nes, lo que pasaba es que Zaruma al ser lugar de mineros, se consideraba co- mo dato un tanto lesivo. Hizo constar que había consultado la obra “Las Mi- siones de los jesuitas en el Marañón Español” por el Padre Chantre; proporcio- na el dato utilísimo que Gonzalo Farfán de los Godos, sevillano, estuvo en Ca- jamarca en la prisión de Atahualpa (ver nota 4 en la pag. 167 de la genealo- gía). En las páginas 177 y 178 de este mismo trabajo, se nota un tratamiento

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diferenciado entre “don” y “señor”, para señalizar matrimonios con nobles o con personas de “media escalera” como se decía entonces. ¡Prejuicios!

Recibió también ayuda de la familia Mancheno-Ribadeneyra, que guardaba papeles de familia 43 . Bruscamente en 1925, se dio un gran bajón, la razón era obvia; a principios de este año, Jacinto Jijón se separó para siempre de la Aca- demia y la institución perdió el gran apoyo que tenía, en muchísimos órdenes; Jijón en los boletines había publicado 19 trabajos de primer orden en siete años; el mismo año, Gangotena siguió en la dirección de la Biblioteca Nacio- nal, donde aún aparece en 1927.

Gangotena se sintió aliado con su primo y en el boletín de este año nada sa- lió de su cosecha, mas en el boletín de la biblioteca apareció su bibliografía sobre el periodismo en el Ecuador y en la Gaceta Municipal en cinco páginas “El Testamento de Sucre” personaje de su predilección.

En 1926 siguió alejado de la academia, editó en el boletín del Hospital San Juan de Dios, un artículo en 17 páginas sobre esta institución; en enero pronun- ció un discurso al inaugurarse las obras de reparación de El Belén, discurso que lo editó el mismo año en 13 páginas.

Había que curar en cierto modo la herida honda de su primo Jacinto: fue así como este año empezó a trabajar sobre los Jijón y le dirigió cartas a Benjamín Pinto Guzmán, en Otavalo, en pos de datos sobre esta familia en este lugar; a poco, le pidió que sacara testamentos y partidas en Quito y Otavalo, pues Ja- cinto pensaba de nuevo pedir dos títulos nobiliarios, que le habían sido nega- dos en 1915 44 45 . El mismo año 26 y muy generosamente editó de su peculio un libro al gran poeta Jorge Carrera Andrade 46 .

43 Inf. de las hermanas Mancheno-Ribadeneyra, Quito 1986, sus cuadernos genealógicos le fueron dados en préstamo al Dr. Alfonso Anda Aguirre, quien los guarda en su poder.

44 J. Alejandro Guzmán: Títulos nobiliarios en el Ecuador, Madrid 1957.

45 Arch. del P. Jorge Villalba, Quito.

46 Rodolfo Pérez: Diccionario Biográfico del Ecuador, ver biografía de Jorge Carrera Andrade.

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EL PERÍODO DE LATENCIA: 1927-1939

A penas siete trabajos publicó don Cristóbal en estos largos años, induda- blemente no era simple coincidencia. El 27 seguía en la Biblioteca Na- cional y era cónsul de Panamá en Quito.

En 1927 y en el boletín de la Biblioteca Nacional editó la traducción de Paúl Rivet de su artículo “Coutumes funeraries jeux indieus” 47 . A fines de este año, murió luego de largos años de agonía su cuñado el poeta Ernesto Noboa. En 1929 murió su cuñada y prima Dolores Jijón, volcando Cristóbal sus efectos en su sobrina Inés de 15 años, su preferida. En todos estos años, cayó también ba- jo el peso de la burocracia institucional, pues que empleado en la Cancillería, fue sucesivamente: Historiador de la Cancillería, Director de Límites, Subsecre- tario de Relaciones Exteriores, más tarde Encargado de Negocios en Bogotá, siendo nombrado correspondiente de la Academia Colombiana de Historia; luego pasó como Ministro en Guatemala, Embajador en Misión especial en la República Dominicana. Al mismo tiempo, varias instituciones lo llamaron a su seno: fue nombrado correspondiente de las academias de Panamá, Venezuela y Argentina, miembro del Instituto de Historia del Perú, del Centro de Investigacio- nes Genealógicas de Perú, de la Sociedad Geográfica de Lima, de la Sociedad Geográfica de Lisboa, de la Academia de Historia de Chile y del Centro Chileno de Investigaciones Genealógicas 48 .

Después de estos años de silencio y de enojo, al conmemorarse en 1930 el centenario de la República, don Cristóbal dejó los afectos a un lado y se rein- corporó a la Academia, publicando seis trabajos; en la revista El Ejército Na- cional salieron sus artículos “Bolívar y Olmedo en Quito” (número 13) y otro sobre “Notas históricas, un patriota desconocido” (número 14), en la que se re- fiere al indígena Lucas Tipán, única vez que topó esta clase de temas. Publi- có en diario El Comercio sus “Églogas Virgilianas”, traducción de diez églogas de Virgilio en prosa; y en el tomo XI de la Academia salieron dos trabajos: una genealogía sobre los Malo y una nota histórica acerca de una medalla regala- da por su amigo Carlos Manuel Larrea. Durante diez años y hasta 1940 dejó de colaborar en el boletín, ¿por qué?.

47 Id, ver biografía de Paul Rivet.

48 Cegan: El Libro de la Ciudad de San Francisco de Quito hasta 1951.

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Para los Malo, le ayudó desde Cuenca, Federico Malo, pero don Cristóbal se ol- vidó de hacer constar la rama Toral-Malo, por lo que don Daniel Toral en sus Memorias publicadas en 1987, reclama tal hecho, indudablemente con toda justicia.

El mismo año de 1930 se dio un hecho singular, su primo hermano, Alejandro Gangotena Carbo, publicó en Guayaquil la genealogía de los Santiesteban, as- cendientes de ambos primos. Sin duda tal hecho en algo le animó y en 1931 (en que murió su suegra) se dedicó a recoger datos para su obra destinada a los Borja. Habían dos antecedentes, su estancia en Valencia en 1914 y la publica- ción en 1924 del expediente del Dr. Borja Larráspuru en el Archivo de Indias en 1757 y que parece lo guardaban sus herederos en Quito.

Cincuenta páginas dedicó al desarrollo de la parte europea, tratando por pri- mera vez y abiertamente las numerosas ilegitimidades del linaje, había leído

a Gregorovius, a Víctor Hugo y sobre todo a Fernández de Bethencourt en su

“Historia Genealógica y Heráldica de la Monarquía Española”. Dato de ex- tremo interés es el que lo refiere en la página 46, de que monedas, reliquias

y la venera de Santiago, que pertenecieron a San Francisco de Borja, se conser- varon en Quito hasta 1786.

Don Cristóbal pretendió haber sido el primero en descubrir que la sangre de San Francisco había venido a América, pero no es así, pues ya Flores de Oca- riz en 1674 habla de la familia del nieto del Santo en Bogotá; en Quito, y en el archivo de la familia Lasso pudo ver impreso el juicio colonial de 1755 por la posesión del Ducado de Gandía, en el cual participó la rama quiteña. Consul- tó también las partidas del Sagrario entre 1719 y 1810.

Varias personas le ayudaron en este trabajo: Leocadia Freile Donoso, Pacífico Chiriboga Gangotena, Luis F. Borja hijo, Lola Lasso de Uribe, Rosa Borja de Ycaza, los Borja Larrea de Ambato, Carlos Manuel Larrea (sobre los Lizarzabu- ru), Diego Salvador González, Alfonso Barba Aguirre, Rosa Villacís de Barba. Cometió el error de incluir a todos los Arteta en este libro, cuando en realidad vienen de Leonor Calisto Muñoz y no Calisto Borja.

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Fue indudablemente su mejor libro genealógico: un joven de 16 años, Enrique Ponce Carbo le ayudó mucho en la rama Borja Yerovi, en uno de cuyos oríge- nes, no había unión eclesiástica; don Cristóbal decía que eso no tenía impor- tancia, que lo único que había faltado era la bendición del cura y que los haría constar. Al final no lo hizo, causando gran malestar a esa rama. El tiraje de 313 ejemplares se hizo entre junio y julio de 1932.

Publicó también con el libro, la famosa bula de los Borja, que el Papa Clemente les había otorgado en 1530, por ella los Borja estaban perdonados de poner, “ma- nos violentas” a sacerdotes, de homicidio intencionado o casual, de adulterio, in- cesto, fornicación, sacrilegio, “por graves que sean”. Un torpe descendiente lle- gó a agredir físicamente a un clérigo cuencano, basado en esta horripilante bula.

El mismo mes que salió su libro sobre los Borja, se cruzó algunas cartas polé- micas con Carlos Emilio Grijalva, quien había encontrado que don José de Gri- jalva no se había suicidado, conforme sentaba Gangotena en “Al margen de la historia”. Don Cristóbal le contestó que así lo había leído en el proceso, pero la verdad es que dice otra cosa 49 .

Mantenía por esos años, una sabrosa tertulia en casa de doña Leocadia Freile en la calle Mejía, entre Benalcázar y Cuenca, donde eran contertulios fijos también Luis F. Borja hijo y Diego Salvador González; allí, asistió algunas ocasiones, Jorge Salvador Lara, muy niño, nieto de este último, quien se ha servido darnos el dato.

Este año 33, reeditó en Guayaquil en el Boletín del Centro de Investigaciones Históricas, la genealogía de los Caamaño, que le fuera pirateada en 1920. Por 1934 le hizo un bellísimo óleo el pintor cuencano Crespo Ordóñez.

Del 33 al 37, fueron sus años más improductivos; en 1935 le llamó de nuevo a la Cancillería su amigo el General Chiriboga 50 . Por entonces viajó a Ambato, pues quería ver la partida de su bisabuelo Gangotena, le asustó la espantosa letra del clérigo Pedro Naranjo, que en una hoja sentaba 20 partidas en garabatos indes- cifrables 51 . Se vino decepcionado, sin ver los libros y conoció a Isaías Toro, a quien le había animado desde el boletín de la Biblioteca Nacional en los años 20.

49 Arch. del Dr. Guillermo Grijalva, Quito: genealogía de los Grijalva.

50 Boletín de la Academia de Historia, 1956, primer semestre, sección correspondencia.

51 Inf. de Isaías Toro, Ambato.

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Por entonces vivía en el piso bajo de la casa familiar en San Francisco, los 50 años le habían cogido flaco y moreno, daba la impresión que ponía distancia con la gente, pero en el fondo era muy tratable y agradable 52 . Visitaba mucho

a su prima hermana Joaquina Gangotena de Barba, su vecina de al lado,

exactamente de su misma edad, cuya admiración hacia el primo era inmen- sa. Algún día la sorprendió el historiador con gran acopio de papeles viejos, en mitad del patio y dispuesta a quemarlos: ¡eran los papeles de los Condes de Selva Florida!, lo salvó estupefacto y se quedó con ellos 53 .

Integraba también la Junta de Defensa Artística 54 y en 1935 participó en la reu- nión en la Recoleta de San Diego, en defensa del arte quiteño, le acompañaban

el Dr. Ponce Enrique, el pintor José Enrique Guerrero y el P. Vargas 55 .

Data también de esta temporada una sabrosa anécdota; don Cristóbal tenía un automóvil, que lo manejaba muy mal; tanto que un día lo llamó por teléfono una de sus primas y le preguntó si iba a salir en coche. Sorprendido, él le in- quirió el motivo de la pregunta y la prima le replicó: “Es que tengo necesidad de salir a la calle y esta semana no he comulgado” 56 .

En 1936 el poeta Crespo Toral publicó en el boletín de la Academia un elogio- so comentario al libro de los Borja. Los comentarios de Crespo, rebasan el lí- mite de lo increíble, en su concepción feudal y arcaica del mundo.

Por entonces empieza a cartearse con Robles Chambers y es Gangotena quien

le enseña a no poner don y doña antes de los nombres, pues eso le ha traído

muchos problemas, Robles acepta de fondo el consejo pero a Gangotena de na- da le sirve. Aún hoy sobreviven los resentimientos.

En 1937 publicó un folleto de 66 páginas (con su biografía de prefacio, hecha por Hugo Román) acerca de varios documentos de nobleza de la familia de Pe- dro Vicente Maldonado. Este mismo año, recibió la visita de un joven guaya- quileño de 25 años, que desde hacia tres años, estaba muy interesado en su genealogía personal: era Clemente Pino Ycaza; don Cristóbal con generosidad

52 Inf. de Da. Esperanza Mateus de Peña, Guayaquil, 1989.

53 Inf. de Pedro Robles, Guayaquil, 1969.

54 Cegan: id.

55 Arch. de Ximena Escudero de Terán, Quito.

56 Abel Alvear: Anecdotario quiteño, Quito 1978.

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le prestó durante un mes la copia que tenía de los papeles de los Bustamante, Mazo y Sierra, así como la obra inédita de Juan Dionisio de Larrea, que el jo- ven se los copió 57 .

En 1939 siente reanimarse; ha terminado la reconstrucción de su quinta en la plazoleta de La Victoria, cuyos vecinos le vieron algún tiempo con su larga ca- pa española controlando su finalización. La quinta, al estilo colonial, con jar- dín delantero, ha quedado bellísima; en sus puertas tiene varios escudos herál- dicos y a ella dedicará todas las tardes, pues tiene allí su biblioteca; lee además en este año, la mejor obra genealógica publicada hasta entonces en el país, la de Pedro Robles Chambers y le escribe:

“Hasta ahora yo fui el mejor, ahora Ud. me ha superado” 58

El 39 también se reconcilia con la Academia, pues es electo Subdirector de la misma. Su latencia tan larga ha terminado. Pero si los frutos intelectuales han sido escasos, en otras áreas ha conseguido otras cosas: le gusta divertirse, tie- ne en Quito arrendadas unas seis habitaciones, primorosamente decoradas con muebles antiguos y libros viejos, allí pasa saltatoriamente de tarde en tarde y con buenas compañías 59 , por otra parte su archivo se ha enriquecido notable- mente, ha logrado adquirir por varias vías documentos sobre Atahualpa, sobre Pizarro, sobre Pedro de Puelles y reposan ya en su casa, varios protocolos de los más antiguos de Quito. (Ver ANEXO)

EL ÚLTIMO EMPUJE: 1940-1954

L a amistad que iniciaba con el joven de 27 años, Pedro Robles le hizo sen- tir un gran empuje. Muy poco después, el Coronel Salvador de Moya, des- de el Brasil le incitaría a fundar un Instituto Genealógico en Quito, que ha-

biéndolo podido hacer, Gangotena se resistió durante 14 años. En efecto, aquí vivían varios y buenos aficionados a la genealogía como Luis Stacey, Nicolás Barba, Jorge Pareja, Alberto Gortayre, Pacífico Chiriboga, Carlos Manuel Larrea,

57 Inf. de Clemente Pino Ycaza, Guayaquil.

58 Rodolfo Pérez: id. ver biografía de Pedro Robles.

59 Inf. del testigo presencial y amigo de Gangotena, Hugo Moncayo.

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César Villavicencio Enríquez y José Alejandro Guzmán, no obstante, don Cris- tóbal prefirió sentirse un rey solitario.

Inclusive a nivel nacional, la genealogía tenía ya sus cultores, incitados indirec- tamente y sin duda por los trabajos de don Cristóbal. Con varios sus relaciones no eran buenas, por ejemplo con Carlos Emilio Grijalva (que en Tulcán había publicado en 1937 su revolucionario y descarnado libro sobre los Del Hierro) y con Cristóbal Tobar Subía, quien le tenía ojeriza, pues no hizo constar a su ra- ma en la Casa de Borja, por el consabido prejuicio linajista. En Riobamba exis- tían cuatro aficionados liderados por su ex cuñado Heliodoro Dávalos y por lo tanto la relación era también especial (los otros eran Leonardo Dávalos, José María Román Freile y Carlos Freile); sin embargo se hubiera podido contar en provincias con el Canónigo Navas, con Benjamín Pinto, con Isaías Toro, con Márquez y con Albornoz en Cuenca y ni se diga con el grupo de Guayaquil.

En 1940 fue jefe de Registro Civil de Quito, el 31 de marzo de este año, un día antes de que se casara una de sus sobrinas con el joven Camilo Ponce, recibió la visita de Pedro Robles, desde Guayaquil, donde Robles y sus amigos lo ha- cían pasear en automóvil, gozaban con la conversación del quiteño y le inci- taban a poner fechas en las genealogías, a lo que don Cristóbal decía que las fechas “no sirven para nada” 60 . Cuando en esta década, sus viejos pecados le hicieron contraer una dolencia orgánica crónica, era Robles quien le conseguía los medicamentos en Guayaquil.

A pesar de lo larga que fue la correspondencia Gangotena-Robles, los resulta- dos científicos fueron pobres; conocemos que Gangotena le envió la probanza del Dr. Sáenz de Viteri Torres, algunos datos sobre los Aguirre, los Caamaño, los Ribadeneira; las cartas se contraían a eso y poco más. Alguna vez le envió da- tos sobre el Condado de Selva Florida, cuyos documentos originales los tenía don Cristóbal.

Tres cortos trabajos publicó en 1940 en el boletín de la Academia: dos notas bibliográficas y el discurso en la inhumación de Celiano Monge; en una de sus notas colocaba a Robles, con justicia entre las mayores autoridades del conti- nente en genealogía.

60 Inf. de Pedro Robles.

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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En 1941 aparecieron en el boletín de la Academia, su extenso estudio sobre los Jijón y varias notas bibliográficas. En el primero de estos trabajos aparecen al- gunos aspectos biográficos, merced a consultas a Destruge, Francisco Campos, González Suárez, etc. y dos aspectos más: la identificación por primera vez, de cuatro líneas ilegítimas ya ecuatorianas (sin duda influenciado por el trabajo de Carlos Emilio Grijalva) y un evidente conflicto con la rama Jijón-Gómez de la Torre, en cuyo caso, señala la mitad de los hijos existentes, lo cual era muy co- nocido por él. Como la madre de este hogar, era persona muy ducha en genea- logía, quizás ello originó un conflicto de competición.

Pasó entonces a ser Jefe de Protocolo en la Cancillería, nombrado por Arroyo del Río; a pesar de conocer perfectamente el manejo del protocolo, se gastaba sus bromas pesadas con las señoras, haciéndolas tomas asiento junto a caballe- ros “especiales”. Para esa época tenía en su casa, en su biblioteca, una sección que él la había bautizado como el Disparatorio, con hojas sueltas mordaces, li- teratura pornográfica y las obras completas de Eduardo Cevallos García 61 .

Muy suelto de huesos, solía concurrir a las matinés de los domingos en el tea- tro Bolívar, con capa y en compañía de unas damas diminutas, con quienes les separaba una enorme diferencia cultural, lo que hacía que sus conocidos, eva- dieran el saludarlo, entre risas y nervios. Hacia 1942 pagó de su peculio, la res- tauración de la capillita anexa al monasterio de la Concepción 62 .

En 1943 y en el boletín 62 de la Academia, editó dos trabajos más: una genea- logía de los Bustamante y un documento; la primera lo dedicó a José Rafael Bustamante y corrigió al Pbro. Mateo Escagedo, en vista de las probanzas de fa- milia que guardaban los Bustamante Donoso y cuyas copias tenía.

En 1944 se le nombró miembro correspondiente de la recién creada Casa de la Cultura; este año y el siguiente murieron sus dos únicos hermanos, Enrique y Lucila; murió también por entonces su hijo preferido Jaime Gangotena, al ini- ciar la adolescencia, el retrato guardó en sitio especial hasta su final 63 . En car- tas a Pedro Robles, le habló del inmenso dolor por la muerte de Jaime. Este año 44, contribuyó también con varios datos sobre los García Moreno, los Klinger,

61 Inf. de Jaime Dousdebés, Quito 1989.

62 Inf. de Jorge Salvador Lara, Quito 1989.

63 Inf. de doña María Gangotena de Mancheno.

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los Pallares y los Ascázubi, proporcionándolos a Luis Robalino Dávila, quien preparaba su biografía de García Moreno 64 .

Nuevo silencio editorial tuvieron los años 44 y 45. Los dolores morales habían emblanquecido totalmente su pelo y creado por encima de su nariz, un clarísi- mo signo de melancolía, según se ve claramente en sus fotografías de esa épo- ca. Solía levantarse tarde, tomaba un baño diario y cerca del mediodía salía a la Plaza Mayor a tomar noticias frescas; luego del almuerzo, reposaba un poco y hacia las cinco iba a su quinta de La Victoria, donde vivía su cuñado Pedro Noboa y dos empleadas. Allí estaba su espléndida biblioteca en tres salas, que daban al jardín delantero de la quinta. Un día casi desfallece, cuando al entrar por la puerta principal encontró a una vendedora de mote, que expendía el ali- mento en hojas arrancadas de sus libros genealógicos. ¿Qué había pasado?, pues con la cocinera Estévez dolida de que su amo, no le aumentaba el sueldo, se dedicó a vender libros de genealogía al peso, en la tienda de al frente, de allí hojas “poco servibles” pasaban a la señora del mote. Estuvo entonces 15 días enfermo 65 . El jardinero tenía muy bien conservado el jardín. En unas piezas ba- jas, hacia San Diego, vivía su hijo Jorge.

Por los años 45, recibió la grata visita del joven licenciado cuencano Miguel Díaz Cueva, muy entusiasta ya en asuntos históricos y bibliográficos: su parien- te Herminia Cueva Guerrero, antigua secretaria de Gangotena en la Biblioteca Nacional logró el contacto.

Al joven Díaz le impresionaron vivamente el museo y la biblioteca que tenía en San Francisco; en el museo lucían los puños ensangrentados de la camisa de García Moreno, con varias autenticaciones; igualmente constaban allí los im- pertinentes de la esposa de Flores, que eran unos lentes cambiantes para detec- tar movimientos de las personas 66 . Allí estaban en el orden pictórico, obras tan excelentes como “El Velorio” de Joaquín Pinto y los múltiples cuadros de ante- pasados, y de personajes célebres, siendo de destacar el del General Barriga, el del General Matéu, el del Dr. Manuel Espinoza, el del primer Conde de Casa Ji- jón, el del Presidente de Charcas Ignacio Flores, el del bisabuelo Modesto La- rrea y de su madre Rosa Carrión, etc.

64 Luis Robalino: García Moreno, 1949

65 Inf. del Dr. Aníbal Torres Carrión, actor de lo relatado.

66 Inf. del Dr. Miguel Díaz Cueva, Quito 1989.

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En los años 40 hizo también varios trabajos para los franciscanos, como restau- ración de marcos antiguos, reto que de varios cuadros, imitaba perfectamente y copiaba cuadros coloniales, a tal punto, que no se sabía cuál era el original. Las mañanas pasaba en San Francisco pintando escudos nobiliarios, trabajando en asuntos de carpintería, cortando vidrios o haciendo espejos 67 .

Fruto de estas continuas visitas a San Francisco, fue la lectura detenida de los manuscritos genealógicos, de Juan Mena Ribadeneyra, aunque estamos seguros que don Cristóbal desconoció esta autoría (descubierta por nosotros en enero de 1982) y la obtención en préstamo de varios legajos del archivo franciscano, que no alcanzaron a ser devueltos a sus dueños 68 .

En los boletines de 1946 publicó tres estudios: notas bibliográficas, notas his- tóricas y los testamentos de los padres de Espejo. Al comentar la “Historia de familias cubanas”, reconoce que las genealogías no pueden reducirse a simple enumeración y elogia el trabajo de Santa Cruz y Mallén. Este año proporcionó a su amigo el Dr. Augusto Egas, varios datos sobre la familia Moreno de Quito, con motivo del matrimonio de su hija 69 .

En 1947 trabó amistad con el historiador venezolano Ángel Grisanti, a quien pro- porcionó varios datos sobre las Carcelén y sobre Modesto Larrea Carrión, bisa- buelo de Gangotena 70 . En el boletín 69 editó en cinco páginas “Quito en 1825”.

1948 fue un año activo, quizás el último de su vida: envió varios datos a Ro- balino Dávila sobre la familia de Veintemilla y su vida en Europa y Lima (le dio equivocadamente el nombre de la esposa del Presidente, cuando en realidad era su madrastra); publicó en doce páginas, y en el boletín 71, su “Contribución al estudio de la imprenta en América”; con Larrea y con Varro, editaron el dic- tamen sobre el escudo de armas de Ibarra y él sólo, otro dictamen en torno a un concurso biográfico sobre Pedro Vicente Maldonado. Data de este año el matrimonio de su sobrino Enrique. De enero a julio del 48 prestó al dominico Martín Anda Aguirre, estudiante de paleografía entonces, varios legajos: el de Solanda (700 folios), el de Carrión (300 folios) y dos sobre los Condes de Selva Florida. Anda ha publicado tres libros en base a estos legajos.

67 Id. a la 60.

68 Inf. del P. Agustín Moreno Proaño.

69 Inf. del Sr. Jorge Moreno Egas, Quito 1966.

70 Ángel Grisanti: Vida matrimonial del Gral. Sucre y la Marquesa de Solanda, Caracas 1955.

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Nuevamente pasó inactivo los años 49 y 50, atosigado por nuevos pesares, sin embargo en 1949 hizo el escudo heráldico para el primer Obispo de Ambato,

el

franciscano Bernardino Echeverría, con el lema de “Paz y Bien” 71 ; entre 1949

y

1954 solía ir al mediodía a la Plaza Grande y reunirse a hablar de política y

genealogía con Luis Stacey, José Joaquín Riofrío Mosquera y Alfonso Barba. Al- gunas tardes asistía a casa de Stacey, a comentar datos enviados por Pedro Ro- bles y otros menesteres.

Nunca dejaron de apasionarle las antigüedades, por eso su amistad con Jorge Arteaga Molina, cuando en 1949 éste estuvo de novio con Blanca Toral Vega; fue Gangotena quien alborozado en las primeras horas de la mañana fue a la habitación de Jorge a despertarlo pues quería hacerle conocer que la novia era también Arteaga y por lo tanto parientes

72

En 1951 publicó un artículo sobre los Lasso de la Vega, habiendo recibido ayu- da de doña Lola Lasso de Uribe; los 67 años no estaban en vano, algunos lap- sus, como hacer casar a una señorita con dos primos al mismo tiempo, demos- traban su senectud y daban pesadillas a los interesados.

El mismo año 51 se interesó vivamente en los Ponce, debido a su sobrino polí- tico, el Dr. Ponce Enríquez; toda la descendencia del prócer Miguel Ponce de León, incluidas las fechas se lo proporcionó el joven clérigo Alfredo Ponce Ri-

badeneira. Pero don Cristóbal buscaba al antepasado chapetón. Un buen día pensó, que el prócer no podía ser hijo sino del escribano canario de sus apelli- dos que vivió en Quito a fines de la Colonia y de cuya hija Clara, tenía varios datos proporcionados por Hipatia Cárdenas de Bustamante. Gangotena amarró

la fanesca y así la publicó en 1952. Lástima, que el prócer Miguel nacía cuan-

do su padre tenía sólo cinco años de edad 73 . ¿Era otro índice de que su vitali-

dad se venía en marcha acelerada hacia abajo?

En 1952 los guayaquileños crearon el Instituto Genealógico de Guayaquil. En el mismo año tomó contacto con el periodista riobambeño Gerardo Chiribo- ga, muy interesado en su apellido; don Cristóbal había dejado su antigua ge- nerosidad, pues Gerardo en sus papeles se queja de la poca ayuda que le dio

71 Inf. de Marcia de Valdivieso, Quito 1988-89.

72 Inf. de Jorge Arteaga Molina, Guayaquil 1973, Cuenca, 1983.

73 Arch. del P. Alfredo Ponce Ribadeneira, Quito.

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Gangotena 74 . Para entonces, las vocaciones de Chiriboga y de Luis Gerardo Gallegos (de 57 y 47 años respectivamente) empezaban a cobrar vigencia. El apellido Chiriboga fue uno de los que mayores problemas le dio, pues no al- canzó a conocer detalles del origen y la trascendencia de la vieja rama riobam- beña, sino solo de la quiteña.

En 1953 ayudado por Luis Robalino, Julio Tobar y Roberto Páez, a más que por los manuscritos de Juan Mera, publicó los Donoso; sin embargo, eliminó conscientemente toda la sucesión del prócer Javier Donoso Chiriboga, con el objeto de que no figurara su antipático cuñado Heliodoro Dávalos. Publicado en el boletín, las protestas no se hicieron esperar. El señor José Freile, de Rio- bamba, descendiente de Javier, tuvo oportunidad de tratarlo en el duelo de su hermana Lola de Román y le propuso enviarle las rectificaciones correspon- dientes. No todas las utilizó Gangotena, pero sacó una separata con una pági- na más en el mismo año de 1953.

En el mismo año, prestó a Wilfrido Loor, el retrato más viejo de García Moreno, una bellísima joya de 1849, que Loor la sacó en el primer tomo de las Cartas de García Moreno, (Quito, 1954).

En este año pidió en préstamo al párroco del Sagrario, el primer tomo de bau- tismos para estudiarlo. A la muerte de Gangotena, el párroco se puso en sus- tos, pues allí estaba el bautismo de Mariana de Jesús. Ventajosamente pudo ser recuperado.

En 1953 le diagnosticaron los médicos gangrena en un miembro inferior por ci- garrillo. En la Clínica Pichincha hubo de amputársele una pierna; con heroica resignación pasó varios meses recluido en su dolor físico, varias veces dijo a sus íntimos que aquellos dolores se los tenía merecidos por todos sus pecados. Mu- rió en la Clínica el 18 de enero de 1954 a los 70 años exactos.

El día 19 se lo sepultó en el Mausoleo de don José Carrión Jijón en San Die- go, muy cerca de su cuñado Ernesto, a su suegra y a su padre don Víctor Gan- gotena 75 . El municipio, presidido por Luis Román Pérez, sacó un acuerdo en su homenaje y comisionó a Carlos Manuel Larrea, el que lo despidiera en el

74 Arch. de Alfonso Castro, Quito, genealogía de los Chiriboga. 75 Id. a la 60.

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Cementerio. Isaac Barrera lo despidió en nombre de las Academias de Historia

y de la Lengua, habló al público del segundo tomo de Leyendas, que don Cris-

tóbal había anunciado a sus amigos y dijo que “la historia no solamente social, sino del pensamiento, se podrá componer con la colaboración genealógica” 76 .

El boletín 83 de la Academia publicó un documento de 1798 sobre aranceles, que quedó en el escritorio de Gangotena, sin las notas que él hubiera deseado poner. La genealogía de los Guerrero que la había ofrecido al público desde 1932, era una de sus obsesiones, la había ofrecido publicar pronto a Francisco Lasso Guerrero, tío de su yerno el ingeniero Julio Mancheno Lasso. Sus origi- nales fueron tomados por su amigo Alberto Gortayre, quien con pocos adita- mentos lo publicó en el boletín 86 de la Academia.

El boletín 91 de 1958 editó un artículo suyo sobre “La descendencia de Ata- hualpa” con novedosos datos sobre la madre del Inca.

Los bibliógrafos han recogido 79 fichas publicadas por este autor, 26 acerca de comentarios bibliográficos, 20 sobre genealogías y el resto sobre documentos y tradiciones, 24 de ellas sobre documentaciones. Quizás ese orden define sus preferencias: primero el bibliógrafo, segundo el documentólogo y archivista y tercero, el genealogista. Sus genealogías fueron demasiadas breves, escuetas, prejuiciosas, serias, no pudo unir a la enumeración genealógica, la biografía (que tanto elogió en Gustavo Arboleda), la nota breve de sus mismos impulsos

y el sabor anecdótico, identificado en sus Leyendas, pero quizás separadamen-

te nos dio, a los genealogistas sociales del futuro, una pauta tenue, para un me-

jor devenir.

Quito, abril 22-23 de 1989.

tenue, para un me- jor devenir. Quito, abril 22-23 de 1989. 7 6 Boletín de la

76 Boletín de la Academia de Historia, Quito, 1956, primer semestre. * Foto: De izquierda a derecha: Carlos Manuel Larrea, Cristóbal de Gangotena y Jijón y Juan León Mera Iturralde. Foto de Jacinto Jijón y Caamaño hacia 1920. Fondo fotográfico del Banco Central del Ecuador.

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Anexo
Anexo

NÓMINA DE LOS LIBROS DE PROTOCOLOS DE QUITO, QUE PASARON A PODER DE DON JACINTO JIJÓN Y DE DON CRISTÓBAL DE GANGOTENA

ESCRIBANO

AÑOS

DEPOSITARIO

Alonso Dorado de Vergara

1594-99

Jacinto Jijón

Francisco García Durán

1595-98

Jacinto Jijón

Diego Pareja

1601

Payo Trigo

1603-4

José Madrigal

1603-5

Diego Suárez de Figueroa

1605-16

Jerónimo de Heredia

1617-19

Juan García Rubio

1623-24

Diego Rodríguez de Ocampo

1624-32

Juan del Castillo

1626-28

Luis López de Solís

1635

Juan de Peralta

1641-83

Mateo Delgado

1640-44

Baltasar de Montesdeoca

1643-52

Francisco de Atiencia

1654-56

Francisco Hernández

1654-62

Juan Martínez de Miranda

1662-65

Andrés Muñoz de la Concha

1673-90

Nicolás de la Muela

1669-71

Francisco Gómez de Acevedo

1671-1683

Diego Castillo de la Concha

1675-79

Antonio López de Urquía

1716-22

Manuel Cabezas Almendáriz

1783-91

José Cevallos Velasco

1792-96

Fernando Romero

1821-29

Ramón Batallas

1808-15 y 1812-21

Diego Arboleda

1810-19

José Antonio Arboleda

1838-39 y 1820-21

Antonio Llerena

1813-20

José María Tejada

1833-38

Pedro Robles

1596-99

Juan Briones

1600 -9

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Domingo Muñoz

1609-16

Jerónimo Pérez Castro

1615-17

Esteban Hidalgo

1810-12

Francisco Rivadeneira

1821-29

Mariano Sosa

1829-36

Mariano Santacruz

1836-48 y 1821

Jácome Freile

1562-67

Jacinto Jijón

Mariano Navarrete

1581-87

Francisco Martínez

1592

Diego Núñez

1697

Gregorio López

1704

Juan de Arboleda

1680

Diego Melian de Betancourt

1684

Melchor del Mármol

1702-3

Fermín Tobar de Alvarado

1703

Francisco Gómez Jurado

1703

Juan López de Salazar

1721-23

Pedro Mariano Jurado

1776

Francisco Matute

1820

Manuel Calisto Muñoz

1820

Mariano Salazar

1866

Gaspar de Aguilar

siglo XVI

Jacinto Jijón

Luis de Cabrera

siglo XVI

Jacinto Jijón

NOTAS

En el Catálogo del Fondo Jijón Caamaño, tomo I, página IV, consta que en ese fondo hay 17 volúmenes de notarías y se identifican los que hemos expuesto, que son apenas 5. De los otros 64 volúmenes, 12 deben estar en el Fondo Jijón y los 52 restantes en poder de los herederos de Gangotena.

Esta lista la hemos compulsado, del análisis de la Gaceta Judicial número 32 de enero 18 de 1908 (archivo de Jaime Dousdebés) en que los seis notarios de Quito, declararon sus fondos, con la Guía del Archivo Nacional, publicada por Alfredo Costales en 1981, páginas 61-77.

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Al Lector

AL MARGEN DE LA HISTORIA Al Lector E STA COLECCIÓN de leyen- das de pícaros, frailes

E

AL MARGEN DE LA HISTORIA Al Lector E STA COLECCIÓN de leyen- das de pícaros, frailes
AL MARGEN DE LA HISTORIA Al Lector E STA COLECCIÓN de leyen- das de pícaros, frailes

STA COLECCIÓN de leyen- das de pícaros, frailes y caballeros de antaño, que te ofrezco, lector, no tiene otra

pretensión que la de diver- tirte un rato. Son cuentos tradicionales de tu tierra. Están escritos al margen de la historia; para formarlos, he recogido, como pobre, aquellas migajas que, desechadas por los historiadores graves, mesurados y sesudos, caen de su

45

46

AL MARGEN DE LA HISTORIA

mesa solemne. Me atrevo a creer que se verá logrado mi deseo de agradarte, porque

te gustarán las cosas que son tuyas. No

encontrarás aquí altisonante estilo; el lenguaje no está erizado de términos cien- tíficos: para imprimir el libro no necesité de

alfabetos extraños. Busco la amenidad, y trato sólo de “minucias de varia, leve y entretenida erudición”.

Al pensar en la suerte que los libros sabios

tienen, en la de aquellos de los que muchos hablan con encomio superlativo sin

haberse atrevido a abrirlos, y en la que quisiera que tenga este mío, me consuela el españolísimo Marcial:

Illa, tamen, laudant omnes, mirantur, adorant, Confiteor: laudant illa, isla legunt.

Y

si, lector, fueres tan severo, tan grave

y

solemne como aquellos avinagrados

personajes cuyas migajas aquí he recogido,

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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si temes que algún ligero verdor te ofenda, recuerda al mismo epigramático latino:

Epigrammata illis scribuntur qui solent spectare Floralia. Non intret et Cato theatrum nostrum, aut, si intraverit, spectet.

Puedo asegurarte además, lector, que no he copiado a nadie: en esto no me he conformado con la moda del día. El libro, por ser mío, no carece de defectos, pero con Alfred de Musset te digo:

Que I´on fasse, aprés tout, un enfant blond ou brun, Pulmonique ou bossu, borgne ou paralitique, C´est dejá trés joli quand on en a fait un.

tout, un enfant blond ou brun, Pulmonique ou bossu, borgne ou paralitique, C´est dejá trés joli

El Cucurucho

de San Agustín

El Cucurucho de San Agustín

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AL MARGEN DE LA HISTORIA 51 El Cucurucho de San Agustín V IVIA, allá por los

El Cucurucho de San Agustín

AL MARGEN DE LA HISTORIA 51 El Cucurucho de San Agustín V IVIA, allá por los
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AL MARGEN DE LA HISTORIA 51 El Cucurucho de San Agustín V IVIA, allá por los
AL MARGEN DE LA HISTORIA 51 El Cucurucho de San Agustín V IVIA, allá por los

V IVIA, allá por los años de 1650, en esta Muy Noble Ciudad de Quito, y en la calle que hoy llama el pueblo El

Cucurucho, en las solariegas casas de su morada, un noble español, don Lorenzo de Moncada, natural de Madrid, y casado en Quito con una señora tan linajuda como él, doña María de Peñaflor y Velasco.

tan linajuda como él, doña María de Peñaflor y Velasco. De este matrimonio, quinta esencia de

De este matrimonio, quinta esencia de la créme, como se dice, nació doña María de Moncada y

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

Peñaflor, una de esas trigueñas que quitan el resuello y que van derramando sal por donde pasan.

Tenía don Lorenzo como administrador o ma- yordomo de sus cuantiosos bienes a un tal don Jerónimo de Esparza y García, hijodalgo español, que, habiéndose metido en negocios infructuosos, había quedado como el santo padre Job, tan pelado, que no le quedaban sino manos para rascarse el escozor de haber perdido su hacienda. Don Lorenzo de Moncada, hombre caballeroso, había recogido a su paisano don Jerónimo, en la seguridad, que entonces se tenía, de que un hijodalgo había de hacer las cosas, por mal que las hiciera, mejor que un pechero. Así también, el pobre hombre, que no tenía sino su ejecutoria, no se moriría de ham- bre con su hijo don Pedro, y la madre de éste, doña Josefa Piñera, con quien años atrás y haciendo una mesalianza, se había casado don Jerónimo.

El administrador y su familia estaban siempre

¡pues,

en casa de don Lorenzo y sucedió

AL MARGEN DE LA HISTORIA

Que

doña Magdalena, con sus fogosos quince años

le cobró afecto a don Pedro, real mozo de vein-

titrés, a quien le iba la gorguera a las maravillas

y cuyos nacientes y atusados bigotes tenían no

Don Pedro no fue tam-

poco insensible a las fechas de Cupido, y menos que doña Magdalena era necesario para que él se enamorara de ella perdidamente. Ya he dicho que Magdalena era lo que se llama una chica de rechupete y de no hay más allá.

sé qué de conquistador

hombre! ¡sucedió lo que era de cajón

!

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Se vieron, se hablaron, se entendieron, y en fin, se amaron con ese vehemente amor propio de la edad que ambos tenían.

Por algo se dirá que en donde hay fuego hay humo: algún tufillo sospechoso habría hus- meado doña María de Peñaflor, pues a poco se dio cuenta de lo que pasaba en su hija. Al punto, la buena señora, participó el descubri-

miento a su esposo, quien no pudo menos que indignarse al saber que el hijo de su favorecido pretendiese a Magdalena. Resolvióse a hablar

a la niña, y al punto hizo comparecer a ésta

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

ante el terrible tribunal compuesto por él y doña María.

La autoridad de un padre de familia, en aquella dichosa época, era, para un hijo, así como la autoridad de Dios, y sus palabras una sentencia sin apelación. Hechas estas consideraciones, ya

puede el lector juzgar lo temblorosa que se pre- sentaría la pobre doña Magdalena ante su señor

y padre. El rubor que cubría sus mejillas, bien

daba a entender que ella sospechaba la causa del

paternal llamamiento.

Don Lorenzo increpó duramente a su hija de tener lo que él llamaba sentimientos tan bajos,

y declaróla que al punto echaría a la calle a don

Jerónimo, ya que su hijo había tenido la osadía de poner en ella los ojos. Nada valieron las negociaciones, las lágrimas y las súplicas de doña Magdalena para ablandar a su padre, y, no teniendo otra cosa que hacer, otro recurso, retiróse la niña a su aposento, a llorar, único consuelo que las mujeres tienen.

Don Lorenzo, que era hombre expeditivo, en seguida hizo saber su resolución a don

AL MARGEN DE LA HISTORIA

55

Jerónimo de Esparza, quien, renegado de su hijo, hubo de dejar su oficio.

Doña Magdalena siguió llorando y consumién- dose, sin salir sino a misa, con su madre, a la próxima iglesia de los frailes agustinos, modes- ta, pero ricamente vestida, cual convenía a su rango y calidad, con su faldellín redondo de paño, lleno de cintas, su mantón ricamente bordado, cuyo color armonizaba con el del faldellín, y sus zapatitos, también de paño, pero negros, rebajados sobre la media blanca de seda.

Privados de verse como antes, a todas horas, en casa de don Lorenzo, doña Magdalena y don Pedro se veían furtivamente en la iglesia:

ella, arrodillada en su estrado bajo cubierto de rica alfombra fabricada en Latacunga, que tras ella traía una negra esclava, y él apoya- do en una de las pilastras que sostienen la bóveda del templo. Alguna vez que doña Magdalena iba sin su madre, don Pedro la esperaba en la puerta y la ofrecía agua ben- dita a la salida

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

Estos amores, no podían durar así. Sobre todo haría la vista gorda don Lorenzo, menos sobre la falta absoluta de fortuna de don Pedro: éste así lo comprendía y por ello se devanaba los sesos buscando un medio de adquirir riquezas para llegar a la meta de sus aspiraciones.

En aquel heroico tiempo en que con tantas y tan famosas hazañas se ilustraban nuestros mayores, se organizaba la expedición de don Martín de la Riva y Agüero a las provincias de Oriente. Nuestro don Pedro, deseoso de ganar nombre y fortuna, se alistó bajo las banderas de este capitán, y, tras una misiva de despedi- da a su adorada doña Magdalena, partió para las desconocidas tierras que baña el Marañón, lleno de ilusiones con las protestas de fidelidad de su amante.

Como es sabido, la expedición tuvo un fin de- sastroso, y muy pronto se supo en Quito su entera destrucción. Corrió la voz de la muerte de varios individuos que la compusieran: entre los muertos se contaba a don Pedro de Es- parza.

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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doña Magdalena lloró desconsolada por su cuasi novio, pero -¡qué quieren ustedes!- las lágrimas se agotan al fin y al cabo, y, cuando se tiene quince años, no se puede vivir llorando…

En esto, llegó de España un hijodalgo, segundón de solar conocido, gallardísimo mozo, y que, a falta de hacienda cuantiosa, traía muchas esperanzas de adquirirla, ya que venía recomendado con mucha particularidad al Virrey y a la Audiencia. Era el tal hidalgo el señor don Mateo de León y Moncada, que, por su madre, tenía deudo con el padre de doña Magdalena, don Lorenzo.

Guapo, como era, rumboso y galante, reciente- mente salido de la Villa y Corte, no pudo menos de gustar a don Lorenzo para yerno, de manera que su propuesta de matrimonio con doña Magdalena fue aceptada por los padres de ella con sumo agrado.

Aquí es necesario que recordemos, lector amigo, una vez más, lo que era la autoridad paterna en aquellos patriarcales tiempos. A doña

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

Magdalena le impusieron el novio, y ella tuvo que aceptarlo, aunque tuviera muy viva la memoria de don Pedro. Ella, para decir verdad, lo aceptó sólo porque sabía la muerte de su amante, que de saberlo vivo, preferiría meterse en un convento, ¡ya lo creo!

Se fijó el día del matrimonio para un sábado 27 de marzo de 1655, por la noche.

Encontrábase la víspera doña Magdalena ocupada en arreglar su equipo, cuando una esclava suya le entregó una esquela. Abrióla la niña, y no se desvaneció porque entonces no se usaban los vapores, pues, de estar, como ahora, a la moda, no dejaría de hacerlo, ya que, para ello, en verdad, había razón muy sobrada. La esquela decía así:

Señora de mi dueña: Sé que mañana os ca- sáis con un guapo mozo que os vale. Me creí- ais muerto, y aún vivo para adoraros. ¿Consentiréis en que os vea esta noche en vuestra reja? Os besa los pies. -DON PEDRO DE ESPARZA.

AL MARGEN DE LA HISTORIA

No hay para qué ponderar lo que sentiría doña Magdalena a la lectura de esta carta: un rayo que a sus pies cayera no le causara mayor

espanto. Vivía su don Pedro, a quien tanto había querido, ¡y mañana iba a ser de otro! ¿Qué hacer en trance tan difícil? ¿Cómo romper el compromiso? ¡Qué escándalo se formaría…!

Y luego

no era posible

La

no…!

¡Había que someterse al desti-

su padre, su honor

Decididamente,

Eso le imponía el deber, el honor

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fe que debía guardar al que mañana sería su esposo le prohibía ver a don Pedro en la reja…

Con el alma destrozada, tomó la pluma de ave,

y contestó así:

Mañana, como sabéis, me caso: no me pertenezco ya, don Pedro. Vos mismo lo ha- béis querido así, ya que me habéis dejado creeros muerto. Mi honor me prohíbe hablaros. Olvidadme. Adiós. -MAGDLENA.

Esta carta, cuyas palabras querían mostrar indiferencia, llegó a las manos de don Pedro, empapada en las lágrimas de la niña.

60

AL MARGEN DE LA HISTORIA

Por fin amaneció Dios el día en que habían de juntarse los destinos de doña Magdalena de Moncada y de don Mateo de León, día aciago para la novia, cuyo amor para el antiguo amante había renacido más vivaz al saberlo en este pícaro mundo.

Era costumbre de nuestros abuelos el que, la niña que se casaba, el día de su matrimonio, repartiera por su propia mano limosnas a los pobres que se presentaran en su casa. Este acto de caridad se hacía con el objeto de impe- trar del Cielo la felicidad para el nuevo hogar.

A casa tan rica, tan linajuda y de tantas campa-

nillas como la de don Lorenzo de Moncada, no hubo, como es de suponer, pobre que no acu- diera: fue todo el día una procesión de mancos, ciegos y tullidos: allí se vio cuanta miseria nos legó nuestro padre Adán. No hay para qué decir

que los vergonzantes, como ahora los llamamos, y que entonces eran conocidos con el nombre de cucuruchos, por su vestido talar y la amplia capucha que les cubría el rostro, no faltaron a

la cita.

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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La novia a todos y cada uno de los que se pre- sentaban entregaba un patacón, pidiendo a Dios que le hiciera olvidar a ese don Pedro que le bailaba en el alma

Ya entrada la tarde, presentóse un cucurucho, al tiempo en que doña Magdalena se preparaba a su tocado. No quiso la niña dejar al pobre sin su limosna y, abandonando su espejo, bajó a

¡cosa

curiosa!

sí, su mismo

cuerpo

Magdalena, sacando de su escarcela una mo- neda, se acercó al mendigo, alargó su mano, el cucurucho avanzó, y, febrilmente, sacando un puñal de entre los pliegues de su hábito, lo

Esta da un

grito, y cae muerta

calle

su ama, otros van en busca del asesino, pero no van lejos: casi al frente de la puerta de la casa, apoyado al muro del convento de San Agustín, ven a don Pedro de Esparza, con el hábito de cucurucho, la capilla tirada a la espalda y el

clavó en el pecho de la novia

El asesino huye a la

Los criados se precipitan al auxilio de

¡ilusión debía de ser…! Doña

ra de don Pedro de Esparza

el cucurucho tenía la misma estatu-

dar la última caridad del día, y

pero

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

puñal en la mano

gritos de “¡favor al Rey!” y don Pedro es con-

ducido a la cárcel de corte.

La guardia acude a los

Tal es la leyenda que el pueblo quiteño ha con- servado, llamando a la cuarta cuadra de la Carrera Flores El Cucurucho de San Agustín.

que el pueblo quiteño ha con- servado, llamando a la cuarta cuadra de la Carrera Flores

Simplicidad evangélica

Simplicidad evangélica

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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AL MARGEN DE LA HISTORIA 65 Simplicidad evangélica Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos

Simplicidad evangélica

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos será el Reino de Dios.

P
P

OR muerte del presidente Narváez y por suspensión en el oficio de Oidor de su Chancillería de Quito, del licenciado Aun- cibay, tan célebre en nuestra his- toria, gobernaba la Audiencia el licenciado don Pedro Venegas del Cañaveral, hombre ya entrado en

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

años y dominado completamente por doña Magdalena de Anaya, su legítima costilla.

En este tiempo de vacancia de la Presidencia de Quito, conocieron nuestros abuelos la ver- güenza de verse gobernados por el marimacho terrible de doña Magdalena, quien no contenta con influir en el ánimo del chocho de su ma- rido, hasta tomaba parte en las deliberaciones del Tribunal.

La provincia de Popayán dependía entonces, como se sabe, del gobierno de Quito, y, por consecuencia, los derechos del Real Patronato en los asuntos eclesiásticos de aquella diócesis competían al Presidente de la Real Audiencia que en Quito residía.

Corría el año de gracia de 1582, y era Obispo de Popayán el señor don fray Agustín de la Coruña, religioso que había sido de la orden del Gran Padre de la Iglesia, cuyo nombre llevaba.

El carácter del Ilmo. señor Coruña era muy complejo: mezcla de preclaras virtudes cristianas

AL MARGEN DE LA HISTORIA

67

y de puerilidades ridículas, en quien, como él,

había alcanzado tan alta dignidad. Rígido y hasta terco en el cumplimiento de sus deberes, en los medios que usaba para poner en práctica

las virtudes que le adornaban, no sabía discernir

lo risible de lo verdaderamente meritorio.

La índole preponderante del licenciado Caña- veral no podría menos que encontrar en el Obispo de Popayán un escollo en que estrellarse:

pronto llegó la ocasión en que Presidente y Prelado tuvieron que habérselas el uno con el otro.

Provisto de Cédula Real, vino a Popayán cierto clérigo a quien Su Majestad, como Patrono de las Iglesias de Indias, hacía merced de la dig- nidad de Chantre de esa Catedral. Al recibo del regio documento, don fray Agustín de la Coruña se propuso obedecerlo, pero, antes, había de ser examinado el candidato, según lo dispuesto por cánones y concilios.

Infatuado el clérigo, no obstante la supina igno- rancia de que adolecía, se presentó al examen:

68

AL MARGEN DE LA HISTORIA

sus conocimientos en sacra teología, en cánones, patrología, rúbricas y demás ciencias de que todo eclesiástico debe de tener siquiera rudimentos, resultaron nulos a la prueba, de suerte que el tribunal, compuesto del Obispo y dos capitulares, no pudo menos que reprobarlo.

Aquí fueron los aprietos del Obispo y las furias del clérigo: el señor Coruña en buena con- ciencia, no podía investir del elevado cargo de Chantre de su Catedral a un clérigo más igno- rante que un lego, y, por otra parte, el rescripto del Real Patrono le mandaba darle posesión de la Silla. El clérigo, aunque convencido de su crasa ignorancia, no quería perder la prebenda, resguardados, como creía, sus derechos por la Real Cédula de merced.

El señor Coruña, hombre recto, que ante todo quería estar en paz con su conciencia, optó por negar la investidura, y el clérigo, furioso, se vino para Quito, a intentar recurso de fuerza contra el Prelado. La Cédula Real quedaba obe- decida y no ejecutada: era lo que nuestros abuelos llamaron una hostia sin consagrar.

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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El licenciado Cañaveral, y sobre todo su esposa doña Magdalena, no podían menos que apro- vechar la oportunidad de hacer sentir su autori- dad en trance tan brillante.

El muerto se hace pesado cuando tiene quien lo cargue. Humillar al Obispo, imponiéndole dar cumplimiento a la Cédula Real era un bocado demasiado sabroso para doña Magdalena de Anaya. Así, la Audiencia de Quito despachó primera, segunda y tercera cartas Reales al Obispo mandándole ejecutar la real voluntad.

El Obispo, representaba a la Audiencia las razones que le asistían para oponerse, pero, ante el capricho de don Pedro del Cañaveral, ninguna razón tenía valimiento y, por el con- trario, cada argumento del Prelado no servía sino para irritar más al voluntarioso viejo. Al ver la resistencia del señor Coruña, el Presidente decretó que el enérgico Obispo fuera desterrado de las Indias y remitido a España bajo partida de registro.

Para dar cumplimiento fiel a este decreto, la audiencia despachó de Quito a Popayán al

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

capitán don Juan López de Galarza, Alguacil Mayor, con doce hombres de armas y un escribano que notificara al Prelado remiso la sentencia del Tribunal. El documento estaba solemnemente redactado en nombre de Su Majestad, con todos los títulos de sus Reinos y Señoríos, lo que hacía de tales escritos algo tan largo como la letanía de los santos.

Llegó el capitán Galarza a Popayán e hízose público que al otro día había de notificar, con toda solemnidad, al señor Coruña, la real Provisión emanada del Tribunal que repre- sentaba en estas partes a la Real Persona.

El bueno del Obispo, con una candorosidad admirable, creyó conjurado todo peligro metiéndose en su Catedral desde el alba del día señalado para la notificación, convencido de que, refugiado en la casa de Dios, no había de atreverse López de Galarza a llevar a término su desacatada misión. Mas el señor Coruña no contaba con el Alguacil Mayor venía con la lec- ción bien aprendida y con que era hombre que no le tenía miedo ni al lucero matutino.

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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Para colmo de precauciones, Su Ilustrísima había revestido los hábitos pontificales, y

esperaba a los sayones con mitra en la cabeza, casulla de rico brocado, empuñado el pastoral

Sentado en su silla, bajo el purpura-

do dosel, aguardaba hierático.

cayado

Así lo encontró el capitán Galarza, quien, no dando con el Prelado en su Palacio, se trasla- dó a la Catedral, resuelto a ejecutar su comisión.

Llegaron al Obispo, escribano, capitán y solda- dos, y el primero leyó al señor Coruña la orden de la Audiencia que, en nombre de don Felipe, por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de Aragón, etc., le ordenaba darse preso. Atento oyó el Prelado la lectura del documento, y, cuando hubo acabado la lectura el notario, -Dadme acá, dijo, esa orden de nuestro Rey, para obedecerla.- Y tomando la Carta Pro- visión, después de examinarla detenidamente. - ¡Ah! dijo. – ¡No es del Rey, que es del li- cenciado Cañaveral! Y se desató en protestas. -¿Cómo se entiende, señor capitán? ¿Así se

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

guarda la inmunidad eclesiástica? ¿Así se respeta el asilo de los templos? ¡Sois excomul- gado si intentáis cumplir tal iniquidad!

Galarza, por toda respuesta, hizo seña a sus soldados que se acercasen al Prelado. Este pa- rodiando a Cristo nuestro bien, cuando en el Huerto de los Olivos vinieron a prenderle. -¿Quem quaeritis? preguntó: ¿A quién buscáis?

- Ni vuestra señoría es Cristo, ni nosotros fariseos,-le respondió un soldado de apellido Jiménez, que tendría sus barnices de bachiller, echando el guante al Obispo, que se resiste, grita, patalea, se contorsiona, viniendo al fin al suelo en medio de su resistencia, y, en tan mala postura, que, rodando la mitra y el báculo pastoral, las ropas pontificales se van, con la sotana, a la cabeza de su ilustrísima y dejan de manifiesto la penitencia y mortificación cris- tiana del señor Coruña, tan evangélicamente pobre, que no llevaba ni siquiera calzoncillos Bajo la sotana, el santo Obispo estaba en cueros

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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A la vista de espectáculo tan cómico, los solda- dos, con la risa, soltaron al acontecido buen señor. Cuando éste pudo desembarazarse de las vestiduras que le tapaban el rostro y lo ahogaban, se dio cuenta de lo ridículo de su situación.

Siempre candoroso, creyó salvarla con la amonestación que hizo Cristo a San Pedro en el Tabor, y: ¡Visionem quem vidistis nemini di- xeritis! - ¡La visión que habéis visto, no la

Y aprovechando que sol-

dados, capitán y escribano estaban para nada con la risa que los ahogaba, volvió a arre- llanarse en su sitial, calándose de nuevo la mitra en la cabeza.

diréis a nadie! dijo

Repuesto un tanto de su risa, Galarza quiso poner fin al sainete. Era el señor Coruña un viejecito bajito y muy enjuto de carnes, el capitán hombre robusto y fornido; así, el Alguacil Mayor cargó fácilmente al Obispo, con silla y todo, y como a una pluma, lo sacó fuera de la iglesia.

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

En la puerta del templo dejó su mitra y sus pontificales vestidos el Ilmo. Coruña, y ya no hizo más resistencia, dejándose pacíficamente conducir en unas angarillas hasta Quito.

el Ilmo. Coruña, y ya no hizo más resistencia, dejándose pacíficamente conducir en unas angarillas hasta

Un hidalgo a carta cabal

Un hidalgo a carta cabal

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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AL MARGEN DE LA HISTORIA 77 Un hidalgo a carta cabal D ESCENDIENTES de antiguo y

Un hidalgo a carta cabal

AL MARGEN DE LA HISTORIA 77 Un hidalgo a carta cabal D ESCENDIENTES de antiguo y
AL MARGEN DE LA HISTORIA 77 Un hidalgo a carta cabal D ESCENDIENTES de antiguo y
AL MARGEN DE LA HISTORIA 77 Un hidalgo a carta cabal D ESCENDIENTES de antiguo y
AL MARGEN DE LA HISTORIA 77 Un hidalgo a carta cabal D ESCENDIENTES de antiguo y

D ESCENDIENTES de antiguo y conocido solar, sito en Villos- lada, cerca de Soria, en Castilla la Vieja, vinieron a Quito, por

los años de 1770, dos her- manos, cargados con las eje- cutorias de su añejo abolengo y con las recomendaciones dirigidas a las autoridades locales, y en las que se hacía mérito de sus prendas propias y de las heredadas de sus abuelos.

de sus prendas propias y de las heredadas de sus abuelos. Eran estos dos nobles hijosdalgo

Eran estos dos nobles hijosdalgo castellanos don Andrés Fernández Salvador, doctor in utroque

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

jure por la Universidad de Salamanca, y su her- mano don Juan.

Radicáronse en Quito los dos, y pronto alcan- zaron puestos de mucho honor en la olvidada colonia, sobre todo don Andrés, quien a su esclarecida nobleza, unía los méritos de esos tiempos, una inteligencia despejada y una brillante palabra, circunstancias que le hicieron admirar en los estrados de la Chancillería Real.

En el año de 1792, había alcanzado don Andrés uno de los ejemplos concejiles de más honor: era Fiel Ejecutor del Cabildo de Quito, oficio que hoy no tenemos, y que, como su nombre lo indica, consistía en interponer su autoridad para hacer que las leyes tuvieran perfecto cumplimiento en la Ciudad y sus cinco leguas. ¡Cuánta falta nos hace hoy un Fiel

¡la

Ejecutor! Hay tantas leyes que son ahora carabina de Ambrosio!

El año ya citado, un tal Gregorio Díaz había cometido en Cotocollao un asesinato horrible, con circunstancias que, para un hombre de

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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honor, atenuaban el delito: había lavado en la sangre del seductor la honra mancillada de su

La Ley es rígida: quien quita la

vida a otro, debe morir a manos del verdugo. Gregorio Díaz fue condenado a la horca.

hermana

El reo fue, en consecuencia, puesto en capilla en una mazmorra de la cárcel pública, en don- de, en su calidad de plebeyo, se hallaba detenido.

En ese tiempo ocupaba la cárcel el local que hoy ocupan las caballerizas de gobierno, en la calle Angosta.

Función era del Fiel Ejecutor hacer una última visita a los sentenciados a muerte, en la noche que precedía a su ejecución. En esta macábrica entrevista el alto funcionario preguntaba al reo si tenía alguna gracia que pedir, y, si esta era compatible con las leyes, desde luego este último consuelo le era concedido.

El 27 de octubre, entre eso de las nueve de la noche, salió, pues, Su Señoría de su casa, sita en la plaza de San Francisco, casa que es la

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

misma que ahora está marcada con el N° 37 de la carrera Pichincha. Con lento y mesurado paso se dirigió don Andrés a la cárcel pública, para visitar por última vez a Gregorio Díaz, que a la mañana siguiente, debía ser ajusticiado en la Plaza Mayor.

Entró el fiel ejecutor, y un corchete, con un mortecino farolillo en la mano, lo condujo a la mazmorra en donde, auxiliado por un fraile que cabeceaba, sufría ya una lenta agonía el pobre preso.

Al ver al magistrado, se incorporó el reo. Don Andrés Fernández Salvador le manifestó el objeto de su postrimera visita, y preguntóle cuál era la gracia que solicitaba.

Señor, le dijo el sentenciado, quisiera hablar con vueseñoria a solas. Mande que se retire el religioso.

Mandó el Fiel Ejecutor al fraile que los dejara solos, y -Ahora bien, dijo, ¿qué es lo que quiere hermano?

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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Solos ya, el reo dejó estallar su dolor, y de sus ojos, hasta entonces secos, alocados por la idea fija de la muerte inevitable, rodaron las lá- grimas a torrentes.

-¡Señor! dijo- ¡Señor! vueseñoría me perdone:

lloro como un niño, después de haber matado a un hombre; pero vueseñoría sabe que mi crimen tiene su explicación: talvez vueseñoría, en mi caso, hubiera hecho otro tanto… ¡Tengo mujer e

hijos, Señor! Tengo siete hijos, todos pequeñitos; van a quedar mañana sin padre que los prote-

¡Señor! No tengo nada que dejarles: nada

ja

más que un nombre de asesino, un nombre de

ajusticiado

¡La infamia, en fin, por única he-

rencia! Quiero, señor, bendecirlos antes de morir, verlos, abrazarlos, decirles un adiós úl-

timo

Y el pobre reo se ahogaba en su llanto.

Don Andrés sentíase conmovido hasta el fondo más íntimo de su alma y, volteándose para, talvez, ocultar una lágrima importuna.

- Y bien, dijo, ¿qué es lo que queréis? - Señor, dijo el reo, ¡tened misericordia de mí!

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

Dadme cuatro horas para ir a abrazar a mi familia, y os juro por lo más sagrado, os juro sobre la cabeza de esos siete angelitos que mañana no tendrán padre, que, al expirar el plazo, estaré de vuelta.

El hombre hablaba con acento tan conmovedor,

había tal sinceridad en sus palabras, estaba tan emocionado el magistrado por sus desgarra-

dores sollozos, que,-Anda, le dijo, ¡vete mismo le sacó hasta la puerta.

!, y él

El reo se echó de hinojos ante el caballero, y abrazando sus rodillas, bendiciéndole mil veces, besó sus manos y emprendió luego su carrera, y, antes de que don Andrés refle- xionara, ya había el preso doblado la esquina.

Produjo tan honda impresión en el ánimo del doctor Fernández Salvador lo que acababa de pasar que, de pronto, no se dio cuenta de las terribles consecuencias que podía tener su ge- nerosidad. Poco a poco, como de un sueño, fue volviendo a la realidad, y, al comprender la peligrosa situación en que le había colocado su

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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piedad, al pensar en que talvez su honor esta- ba perdido para siempre, su agitación nerviosa subía de punto, se volvía loco.

Inhábil para cualquier descanso, comenzó a pasear febrilmente de San Francisco a la esquina que entonces se llamaba de Corte.

Las horas de espera fueron para el caritativo Fiel

¿Volvería el reo?

¿Y si no volvía?

en sus palabras! Si, pero

Pero, ¡mucha sinceridad había

Ejecutor siglos de infierno

¡una vez afuera

!

El plazo terminaba a las dos de la madrugada:

por fin sonaron lentas, sordas, dos cam- panadas que cayeron desde la torre de las

Casas Reales sobre la cabeza del Fiel Ejecutor

como dos martillazos

tiempo parecía, esta vez, que aceleraba su

carrera

ranza de que el condenado volviera iba acabándose en el ánimo de don Andrés, que, cada vez más nervioso, se paseaba a largos trancos. En fin se decidió a bajar hacia la Plaza Mayor, siguiendo las Casas Reales.

Sonaron las dos y media, y la espe-

El reo no volvía, y el

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

Absorto en la enorme responsabilidad que sobre él pesaba, iba caminando, ya sin espe- ranza alguna, cuando a la altura de la puerta

lateral de la Audiencia, oyó, en medio de la noche, una respiración anhelante, fatigosa, y precipitados pasos que venían hacia donde él

estaba

con él, y cayó desplomado a sus pies.

Paróse, y el hombre que corría tropezó

¡Perdón, Señor, dijo, perdóneme vueseñoría! Comprendo las horas horribles que ha debido pasar: son las tres de la mañana: vueseñoría ha

debido pensar que yo no volvería más: ha debido sufrir horriblemente una hora de espantoso tor- mento; ¡perdóneme, Señor! La despedida ha sido muy tierna. Mis hijitos me tenían abrazado, mi

mujer me aconsejaba huir

bendiciendo vuestra piedad. Estoy listo para morir: no me importa ya la muerte.

Aquí estoy ya, señor,

Pasmado, absorto, le oía el Fiel Ejecutor: no podía comprender que en un criminal hubiera tanta caballerosidad. El también estaba

reconocido: el reo había vuelto

sereno, pensando en todas las consecuencias que podrían sobrevenirle.

Y ahora,

AL MARGEN DE LA HISTORIA

-Vete, le dijo, vete, y ¡no te dejes coger cargo con toda la responsabilidad

!

Yo

85

Y lentamente se dirigió a su casa.

responsabilidad ! Yo 85 Y lentamente se dirigió a su casa. Al día siguiente se presentó

Al día siguiente se presentó el doctor don Andrés Fernández Salvador en la Sala del Crimen de la Audiencia Real y se denunció a sí mismo. El alegato que presentó en su descargo fue una brillante pieza de elocuencia.

En caso tan raro, los Oidores no supieron qué partido tomar. Apresar al Fiel Ejecutor, hombre tan noble en la reducida colonia, además de no conducir a nada, sería hacer un escándalo

Reunido el Real Acuerdo, fue de parecer que se debía diferir la causa al Consejo de Indias y tratar, mientras viniera la resolución de Su Majestad, de echar tierra al asunto

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

Así se hizo, y, en el primer galeón que partió para el Istmo, salió la causa con dirección a España, acompañada del alegato del doctor Andrés Fernández Salvador.

Ocho meses pasaron antes de que el asunto se resolviera: por fin llegó el cajón de España, que así se llamaba entonces el correo, y en él la re- solución del Rey.

Condenábase a don Andrés Fernández Salvador a la pérdida de su oficio de Fiel Ejecutor de Quito, para que su acción, irregular ante la Ley, tuviera una sanción, pero, al mismo tiempo, Su Majestad le enviaba Real Título de Regidor Perpetuo del Cabildo.

En cuanto al reo Gregorio Díaz, se le declaraba absuelto de culpa y pena. Si esto no es nobleza e hidalguía, ¡que venga Cristo y lo diga!

Díaz, se le declaraba absuelto de culpa y pena. Si esto no es nobleza e hidalguía,
Sacrilegio
Sacrilegio

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AL MARGEN DE LA HISTORIA 89 Sacrilegio F UE el miércoles 20 de enero de 1649

Sacrilegio

AL MARGEN DE LA HISTORIA 89 Sacrilegio F UE el miércoles 20 de enero de 1649

F UE el miércoles 20 de enero de 1649 un día de consternación para la entonces tan católica ciu- dad de Quito: un sacrílego robo

se había perpetrado en la iglesia del monasterio de las monjas clarisas o -mejor dicho- en la sala que les servía de iglesia pro- visional, mientras la definitiva se acababa.

Manos criminales se habían llevado el tabernáculo con los vasos sagrados y el

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

Sacramento adentro. El descubrimiento de tan horrible crimen sumió en la desesperación a las pobres enclaustradas: se dio inmediato aviso al Obispo doctor Ugarte y Saravia, las campanas tocaron a rebato, y en breve, la población ín- tegra de la muy noble ciudad se transportó a Santa Clara.

En medio de la consternación general se to- maron averiguaciones, se recorrieron los alrededores, y al fin, en la que desde entonces tomó el nombre de quebrada de Jerusalén, se encontró el sagrario, junto con muchas formas de las que el copón contenía. Un enjambre de solícitas hormigas rebullía en rededor del Pan de los Ángeles, que yacía en medio de inmundicias

Las formas fueron recogidas con cuidado y entre un pueblo que daba alaridos, conducidas con gran pompa a Santa Clara, en donde, en una misa solemne que se celebró, se consu- mieron todas. Sin embargo faltaban algunas, faltaban, además, los copones que las contu- vieran

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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El Obispo fulminó excomunión mayor contra los sacrílegos y contra sus encubridores, si en el perentorio término de tres días no aparecían los vasos robados.

El vecindario de Quito vistió de luto, las cam- panas y los órganos de las iglesias de la ciudad enmudecieron, la fúnebre ceremonia de lanzar la excomunión se repetía todos los días. El Obispo de Quito había dado, para ello, la fór- mula teatral en el edicto que sobre el suceso publicó: los curas y capellanes, al tiempo del ofertorio de la misa, debían salir delante del presbiterio, con cruz alta cubierta de velo negro, y anatematizar a los sacrílegos, cantando las proféticas maldiciones que David lanzó contra Judas en el salmo Deus, laudem meam ne tacueris, y luego, en voz alta, exclamar la espeluznante maldición ritual: “Maldito sea el pan, vino, carne y sal, pescado y otras cosas que comieron y bebieron; sus obras sean hechas en pecado mortal y el diablo, padre de todo mal, sea a su diestra; cuando fueren a juicio, siempre sean vencidos; sus mujeres viu- das y sus hijos huérfanos, anden mendigando

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

de puerta en puerta y no hallen quien les so- corra; la maldición de Dios y la de los biena- venturados apóstoles San Pedro y San Pablo vengan sobre ellos, la de Sodoma y Gomorra, en que llovió fuego del cielo y las abrasó, y las de Datán y Abirón que, por sus pecados, los tragó vivos la tierra…”

Después, apagando una candela ardiente en el agua, el sacerdote decía: “!Así mueran sus

almas en los infiernos como esta candela en el

Y los circundantes, aterrados, respon-

dían: ¡Amén, amén !

agua!”

Un

escalofrío de espanto corría en la multitud

! agua!” Un escalofrío de espanto corría en la multitud Después de tres meses de luto,

Después de tres meses de luto, un buen día de

abril apareció el copón: encontrósele tirado en

la puerta de San Francisco ladrones? ¡Ni pelo de ellos!

Pero ¿los

En Santa Clara, las monjas que, encerradas, poco o nada podían hacer para descubrir a los

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autores del crimen, mientras la audiencia y demás autoridades lo pesquisaban, habían adoptado, en su candor angelical, un arbitrio:

como podían cantar los cantos del Señor, ¿por qué no averiguar por su medio por los sacrí- legos ladrones? Así pues, en el mismo tono en que canta la Letanía de los Santos, todo el tiempo, en todas las funciones de su iglesia, diéronse a cantar con sus vocecillas gangosas:

-¿Quién se robó los copones?

Pero si las gestiones de los magistrados eran hasta entonces inútiles, los cantos de las mon- jas no lo eran menos. Las investigaciones de los Oidores, aún a la larga, y a pesar de su jerga curialesca, no debían ser tan empalagosas como ese sempiterno ¿Quién se robó los copones? Repetido mil veces en el mismo toni- to gangoso

Había un sacristán en Santa Clara, un pobre mestizo, de esos que por toda renta tienen los cabos de las velas que los devotos ponen a los santos, de aquellos de quienes está escrito que poseerán el reino de los cielos, porque son

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

A este infeliz, en medio de

su simpleza, llegó a cargarle el cantito de las

monjas, a él, ¡que lo estaba oyendo a todas horas!

pobres de espítiru

Un día en que ayudaba, vestido de la raída sotana, a una de las muchas ceremonias que en la iglesia de las monjas se celebraban, entonaron éstas, como siempre, su eterno ¿Quién se robó los copones…?

No pudo más el sacristán: perdió los estribos, y loco, sin saber lo que se hacía, subió al altar y, cuando resonó la última nota gangosa del siempre invariable ¿Quién se robó los copones?, volvióse y, como un sacerdote que dijera Dominus vobiscum, abriendo los brazos, en el mismo tono que las monjas, les respondió

al eterno estribillo

¡¡LOS LADRONES!!

Y, ¿los ladrones? ¿Parecieron al fin? Sí: los cogieron en Conocoto, los trajeron a Quito, los ahorcaron y ¿qué más? Pues, nada, simple- mente, los descuartizaron.

cogieron en Conocoto, los trajeron a Quito, los ahorcaron y ¿qué más? Pues, nada, simple- mente,
¿Terror ? ¿Esperanza
¿Terror
?
¿Esperanza

?

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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AL MARGEN DE LA HISTORIA 97 ¿Terror ? ¿Esperanza ? RA el año de 1851 y

¿Terror

?

¿Esperanza

?

RA el año de 1851 y el señor don Diego Noboa y Arteta, Presidente de la República de- rrocado por su compadre Ur- vina, bogaba ya en un buqueAL MARGEN DE LA HISTORIA 97 ¿Terror ? ¿Esperanza ? que, salido de Guayaquil con derrotero

que, salido de Guayaquil con derrotero al norte, hacia Cen- tro América, gracias a los tem- porales y a la habilidad de los pilo- tos, fue a anclar por fin en Paita.

habilidad de los pilo- tos, fue a anclar por fin en Paita. Urvina proclamado Jefe Supremo
habilidad de los pilo- tos, fue a anclar por fin en Paita. Urvina proclamado Jefe Supremo

Urvina proclamado Jefe Supremo de esta asen- dereada República, por una de las innumerables

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

revoluciones de cuartel que la han afligido, estaba próximo a entrar en Quito.

El escuadrón Taura, compuesto casi en su tota- lidad de terribles negros montubios, era la fuerza más terrible con que Urvina había contado para adueñarse del poder.

Los Tauras, en el viaje del nuevo gobernante a la capital, venían sembrando por doquiera el desconcierto y la desolación: no había abuso que no cometieran esos forajidos, cuya fama, aún peor que sus hechos, los había precedido a su entrada en Quito, en donde a cada vecino no le llegaba la camisa al cuerpo al pensar en los horrores que iban seguramente a cometer esos desalmados en la ciudad indefensa.

La alarma crecía por momentos a medida que

Urvina y sus Tauras se acercaban a Quito

se daba como un hecho que el Jefe Supremo concedería a sus terribles soldados unas cuantas horas de saqueo en premio de sus buenos

¡Y cómo no había de ser cierto!

Si Urvina era un liberalote que -¡Jesús! se

servicios

Ya

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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persignaban al nombrarle las beatas de Quito, quienes, dicho sea de paso, eran más nu- merosas, si es posible, en aquellos tiempos, que ahora.

Por supuesto que, con esos temores, no hubo títere con faldas y que contara con valimiento en los conventos de monjas, que no se refugia- ra en alguna de las casas de las vírgenes del Señor. Los monasterios estaban que no cabían de gente, y las monjas en ellos, atareadísimas en atender a las asiladas, casi todas señoras de las altas clases sociales.

Ellas, a pesar de estar encerradas y bien prote- gidas por las terribles censuras eclesiásticas, que prohíben la entrada de pantalones a la clausura monacal, no se creían aún bastante seguras: ¡Urvina era tan liberalote! ¿y sus Tauras? ¡San José bendito! ¡Esos eran unos bárbaros que no le tenían miedo ni a Dios ni al Diablo…!

Y allí eran los rezos, y las rogativas y el estarse con el alma en un hilo

100

AL MARGEN DE LA HISTORIA

Al fin, Urvina llegaba a Quito, y en efecto, los

terribles Tauras venían a la cabeza del ejército.

El miedo crece por instantes: en todas partes se

cuchichea los horrores que cada uno prevé, dándolos ya por ciertos y el terror llega a su colmo con la presencia de esos negrazos apenas entrevistos por el ojo de las cerraduras. Porque huelga el decirlo, no hubo puerta que no se cerrara y atrancara con cuanto cada cual encontró a mano.

Si el terror se había apoderado en Quito de todas cuantas se visten por la cabeza y se

desvisten por los pies,-y aún de muchos que usan pantalones ¡cuánto más no sería de las castas y timoratas esposas del Señor! En aque- llas pobres cabecitas en que se alojan tan té- tricas pinturas de Satanás, las ideas que evoca- ba la expectativa en que todo el mundo estaba, debían concordar con las terribles pinturas que les hacía el padre capellán cuando del infierno las hablaba. Si para las beatas de Quito Urvina y sus Tauras eran un aborto del infierno, Atila

y los hunos, para las monjas debían ser la

propia legión que San Miguel venciera al grito

de ¡Quién cómo Dios!

AL MARGEN DE LA HISTORIA

101

El convento de Santa Catalina, uno de los que más asiladas albergara, contaba entre sus religiosas monjas que habían abrazado la vida claustral desde su infancia, y que, en esto más felices que nosotros, poco o nada sabían de este perro mundo en que vivimos.

La curiosidad es el flaco de las mujeres: esta verdad es ya consagrada. En estas pobres monjitas, reclusas toda su vida, la expectativa de los horrores que iban a pasar engendraba ideas para ellas extrañas: ¡el saqueo! ¡Terrible palabra, evocadora de cosas tan estupendas, tremendas, vedadas, pecaminosas…!

Y cuenta mi cuento, lector, que había en Santa Catalina una monjita joven a quien tentó el diablo, que se dejó llevar con delectación mo- rosa, a pensar en el saqueo, a representarse con mucha viveza que los terribles Tauras

rompían las puertas que, el día de su profesión,

se habían cerrado tras ella para siempre

Y la

tentación, dice el cuento, que fue terrible, y que la monjita llegó, por instigación de Satanás, a casi, casi desear que viniera algún acontecimiento

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

raro a romper la monotonía de la vida del claustro.

raro a romper la monotonía de la vida del claustro. Los Tauras asomaron al fin. Por

Los Tauras

asomaron al fin. Por la Recoleta, iban entran- do a la desbandada, en grupos terroríficos, y atravesaban la ciudad silenciosa como un sepulcro, de sur a norte, por las diferentes calles, para reunirse en Ejido.

Urvina entraba ya en Quito

Pasan unos por Santa Catalina, enormes,

musculados, fornidos. La calle escueta resue- na con los pasos de los soldados que se ale-

jan

del grupo

Luego viene otro, que se ha atrasado

Al pasar por frente a la iglesia, oye una voz que le interpela, ansiosa, angustiada, con mo- dulaciones de esperanza, de miedo, de ilusión:

¡Señor soldadito, señor soldadito! ¿A qué hora

principia el

saqueo…?

AL MARGEN DE LA HISTORIA

103

Era la monjita de mi cuento que así interrogaba al fornido Taura, desde la torre de Santa Catalina.

al fornido Taura, desde la torre de Santa Catalina. Y ese día pasó como tantos otros

Y ese día pasó como tantos otros en aquella

vida monótona

Aquel día no hubo saqueo

Y ¿qué fue de la monjita?

Pues, que arrepentida, y renunciando a la ilusión de saber lo que era aquello del saqueo, hizo penitencia, Flevit amare, como San Pedro, y siguió su vida, monótona y siempre igual,

Un Cielo gris,

Un horizonte oscuro,

Y andar, andar

procurando desechar, desde entonces, toda tentación de infidelidad contra el divino esposo.

oscuro, Y andar, andar procurando desechar, desde entonces, toda tentación de infidelidad contra el divino esposo.

Más pobre que Cristo

Más pobre que Cristo

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AL MARGEN DE LA HISTORIA 107 Más pobre que Cristo R EGÍA los destinos de las

Más pobre que Cristo

AL MARGEN DE LA HISTORIA 107 Más pobre que Cristo R EGÍA los destinos de las

R

AL MARGEN DE LA HISTORIA 107 Más pobre que Cristo R EGÍA los destinos de las

EGÍA los destinos de las Indias Occidentales la Católica y Real Majestad de don Felipe II, y en su Real Nombre go- bernaba la Real Audiencia de Quito el Excmo. señor doc- tor don Miguel Barros de Sanmillán.

Eran esos lejanos tiempos de aquellos en que aún se creía en España que no había más que liar el petate y venirse a América para que, en

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

llegando, la Madre Gallega, vulgo fortuna, le hubiera de salir al encuentro a cualquier pela- gatos que tuviera el suficiente valor para emprender una navegación de dos o tres meses, y una tan generosa constitución que, por ella, llegara a estas benditas tierras con los hígados sanos. El oro americano había sido tan ponderado en la Madre Patria, que muchos creían que era tal su abundancia en este suelo, que no había más que bajarse para cogerlo, y así los más atrevidos se aventuraban a pasar el gran charco en las cáscaras de nuez que entonces se llamaron carabelas, confiados en tan halagadoras esperanzas.

Que los tiempos del reinado del demasiado católico monarca don Felipe II no debían de ser de una alegría loca en España, bien claro parece, si tomamos en cuenta la austeridad, la crueldad misma del devoto Rey. Todo, bajo su cetro, tomó un aspecto rígido, tétrico, monacal:

los trajes eran negros, el arte severo y los pla- ceres reales edificar monasterios, erigir regios panteones. La Inquisición, ese tribunal espan- toso, que floreció entonces como en ninguno

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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otro período de la historia, arrancó a España la alegría de vivir. Prisiones misteriosas, críme- nes, más adivinados que sabidos, amores crue-

les del Rey con la Princesa Eboli, a la que en un

, desastrosas que asolaban el país en que se cebaba el hambre, la misteriosa muerte del Príncipe heredero, circunstancias eran que hicieron ciertamente de esta época tiempo poco menos que invivible en la Península.

acceso de rabia arrancó un ojo

guerras

Considerado todo esto, y teniendo como reali- dades se daban en España sobre la riqueza de América, sobraba gente que se echara al mar.

La desgracia era que, llegados a estas tierras, no encontraban que los indios fueran dorados, sino haraposos; que también en América había Inquisición, y que aquí, como en todas partes, regía la maldición de Dios al primer hombre:

comerás el pan con el sudor de tu frente.

que aquí, como en todas partes, regía la maldición de Dios al primer hombre: comerás el

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

Mal avenido con la suerte y llevando la misma vida que el Buscón de Quevedo, comiendo el día que no almorzaba, y durmiendo para entre- tener la pena de no haber cenado, vivía entonces en Sevilla, Pedro de Alderete. Cansado de no llevar encima sino un medio jubón, del que una mala capa cubría apenas las injuriosas ras- gaduras, cansado de haber recorrido cuanto oficio creó el ingenio humano para sacarle al prójimo unos cuartos de la faltriquera, sin que sus heroicos esfuerzos bastaran para lograr este honrado fin, Pedro de Alderete se resolvió a venirse a Indias, y, con el encapillado, se embarcó en Sanlucar en el primer galeón que topó en el puerto.

Mal que bien, después de fatigosa navegación, dio con su humanidad en Portovelo, y tras mil penalidades, se vino de allí al Perú, rico de ilusio- nes que al pobre se le iban desvaneciendo en cuanto recorría la tierra que, a su salida de España, había creído empedrada de tejuelos de oro.

Siempre a la caza de un peso, llegó Pedro de Alderete, peregrinando por los ásperos caminos

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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de la Sierra, al Reino de Quito, término ambi- cionado de su viaje. Pero ¡quiá! los pesos y los tejuelos ¡eran aquí más raros que el ave Fénix!

Así llegó al pueblo de San Luis, cerca de Riobamba, miserable aldea perdida en mitad de la planicie andina. -Era la Semana Santa, y el cura, un buen viejo, se preparaba a celebrar, con toda la pompa posible en esos trigos, los divinos misterios de nuestra redención. A la casa parroquial fue a golpear el pobre Alderete y el cura, ejerciendo las obras de misericordia, dio posada al cansado peregrino.

-¡Padre, ya no puedo más! principió el infeliz cuando hubo consolado su estómago con el buen puchero parroquial.-Y allí fue la confesión de sus miserias, de sus fatigas, de sus esperan- zas fallidas. -Déme vuesa paternidad un consejo:

¿Qué haré para no morirme de hambre en esta tierra extraña, en donde creí toparme, a lo mejor, con la fortuna?

-¡Ay hijo! ¡Todos creemos en España lo mismo! Los tesoros, si los hubo en América, se evaporaron

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

como un sueño: aquí no hay oro, sino miseria y trabajo; no hay abundancia, sino cortedad en

todo. ¡Tarde hemos llegado, hermano! ¿queréis ganar unos veinte patacones?

Pero,

-¿Veinte patacones, decís, padre? ¡Uno quisiera yo, con la bendición de Dios! ¿En dónde está ese tesoro escondido? ¿Qué debo hacer para adueñármele?

-Aquí mismo lo tendréis, don Pedro, pero… Porque, habéis de saber que el negocio tiene un pero

-Así tuviere tantos peros y manzanos, cuantos en Galicia dan la sidra. Hombre soy, padre, capaz de las mayores empresas.

-Pues ello es que tenéis que dejaros crucificar.

-¡Ay padre!, ¡que me parecéis Judas! Y decidme, ¿esa crucifixión será de veras, como la de nuestro Salvador? Porque si es así, ¿para qué necesitaré los patacones sino para que los cobréis vos por mi sepultura?

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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El buen clérigo, que ciertamente, en algo quería favorecer al español, le explicó entonces cómo los indios, para rememorar la pasión del Señor, solían figurar, en los días santos, las escenas de nuestra Redención, y cómo, el Viernes Santo, en San Luis, a falta de una imagen del crucifi- cado, colocaban a un hombre de carne y hueso en la cruz durante el sermón de las Tres Horas; díjole, además, que ese año les faltaba un hom- bre a propósito para que figurara a Cristo, y que ese hombre podía ser él, Alderete.

Tres horas de crucifixión, por veinte pesos, mal pagado era: Dios Nuestro Señor sacó mayor provecho, pues que nos ganó a todos para el Cielo. Pero, como la diferencia entre Cristo y Alderete es bastante perceptible, el pobre se convino en el negocio, en que, al fin y al cabo, no arriesgaba sino un poco de can- sancio.

Llegó el Viernes Santo, y Alderete, que era bien parecido, blanco y rubio, hizo muy buen papel en su Cruz.

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

¿Para qué hablar de los infinitos calambres que al pobre le atacaron en el árbol de nuestra salud? Tres horas de inmovilidad en una posi-

ción forzada, ¡son un martirio! El pseudo Cristo renegaba de su suerte y puede decirse que daba

a todos los diablos al buen Cura que hacía

aspavientos y ponderaba, desde el púlpito, la Pasión del Salvador del Mundo, que, ante sus sufrimientos, le parecía una friolera. Las siete

palabras se le antojaban al infeliz Alderete un mar de palabras, todo el diccionario, y, cuando, por fin, el Cura acabó de pronunciarlas, con toda su alma agradeció a Dios.

Ya la gente salía y la iglesia se vaciaba.

Una vieja quedó, la última, y llorosa, supli- cante, antes de salir, se arrodilló ante el crucifi-

jo viviente, y

-¡Dios mío! ¡Por tu pasión santísima, por tu afrentosa muerte, salvadme! Sacadme de esta pobreza que me oprime: dadme unos trescien- tos pesos!

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Con esto no pudo más el pobre Alderete, y perdiendo ya la paciencia ante pretensión seme- jante,

-¡Trescientos pesos! gritó furioso. ¡Pedirme trescientos pesos, a mí, que estoy crucificado por veinte! Lárguese, hermana, antes que yo la acogote

furioso. ¡Pedirme trescientos pesos, a mí, que estoy crucificado por veinte! Lárguese, hermana, antes que yo

Los artículos de la fe

Los artículos de la fe A Juan León Mera, afectuosamente

A Juan León Mera, afectuosamente

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AL MARGEN DE LA HISTORIA 119 Los artículos de la fe G OBERNABA la Diócesis de

Los artículos de la fe

G
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AL MARGEN DE LA HISTORIA 119 Los artículos de la fe G OBERNABA la Diócesis de

OBERNABA la Diócesis de Quito el ilustrísimo doctor don José Pérez Calama, y su inaudita facilidad para pro- nunciar autos condenato- rios y lanzar excomuniones, tenía, como vulgarmente se dice, metidos en un zapato a los clérigos del Obispado.

se dice, metidos en un zapato a los clérigos del Obispado. Con todos los disolutos había

Con todos los disolutos había podido la severi- dad del Prelado: sólo uno le traía a mal andar. Este hombre irreductible se llamaba el doctor

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

don José Albuja. Su afición a la guitarra hacía que murieran, casi al tiempo en que nacían con las amonestaciones del Obispo, sus propósitos de nunca jamás volver a ofender a Dios

Era el doctor Albuja un buen mozo de una vez:

nada le faltaba para ser un temible seductor:

su donaire, su figura, su voz de barítono, que cuando cantaba uno de esos tonitos sentimen- tales de la tierra, que saben retorcer el alma, se armonizaba tan bien con las notas que él mismo arrancaba de la vihuela, eran otros tan- tos alicientes que adornaban su persona.

Tal era el simpático clérigo que contaba por cientos las confesadas guapas y al que todo el mundo acudía a oír cuando cantaba en el coro de la Catedral alguna misa de fiesta gorda.

A cada escándalo que cometía el doctor Albuja, al Obispo le salían canas verdes, como si dijéramos. Lo encerraba, ya en San Francisco, ya en el tétrico convento de San Diego, y cada vez salía el doctor Albuja arrepentido, lloroso, compungido, pero, como ya dije ¡ay!, sus

AL MARGEN DE LA HISTORIA

buenos propósitos se evaporaban apenas veía una guitarra o pasaba cerca de él el frú-frú de

unas faldas

¡Era su fatalidad!.

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El señor Calama ya había perdido su latín, que no era poco, con el clérigo: ya las tunas y gatu- perios del doctor Albuja se contaban por las estrellas del cielo.

Llegó la cuaresma, y el santo sacerdote andaba de lo más divertido y el Obispo cada vez más preocupado.

Grande fue la sorpresa de Su Ilustrísima al ver entrar un buen día en su despacho, compungi- do y humillado, a su rompe-cabezas, el doctor Albuja, que, sobre poco más o menos, le dijo:

Ilustrísimo señor, perdone Vuestra Señoría que ose presentársele este pecador empedernido. Reconozco mis faltas, y estoy listo a repararlas. Soy indigno de todo perdón, pero la bondad de Dios es grande: El me llama, Ilustrísimo Señor:

oigo su voz que clama, como amoroso pastor por la oveja descarriada. Vengo a Vuestra Señoría

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

para que me ayude a salvar mi alma de las garras de Satanás. Ilustrísimo Señor: quiero entrar a los ejercicios de San Ignacio que se dan en este tiempo en la santa casa de la reco- lección de la Merced: estoy seguro de que la gracia de Dios me ha tocado, y que saldré de esos ejercicios convertido

El bueno del Obispo, lleno de santo júbilo dio crédito a las palabras del clérigo, y le facilitó inmediatamente la entrada al Tejar.

El doctor Albuja dio en aquellos ejercicios ejem- plo de verdadero arrepentimiento: de sus ojos vertían tan abundantes las lágrimas, que se hubiera dicho que quería lavar en ellas su alma renegrida por el pecado: salió del Tejar en las mejores disposiciones para llevar una vida ejemplar.

En efecto, así sucedió: el doctor Albuja fue un modelo de virtud.

mejores disposiciones para llevar una vida ejemplar. En efecto, así sucedió: el doctor Albuja fue un

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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Paseábase un día el Ilustrísimo Calama por la Loma Grande, rodeado de sus familiares y con el aparato que, entonces, gastaba todo Obispo, cuando se le acercó un hombre, y

-Señor ilustrísimo, le dijo, allí está el doctor Albuja dando un escándalo. Es una lástima ver cómo los sacerdotes de Dios andan así perdidos en francachelas

-¡Miente, hermano!-le interrumpió el Obispo indignado. -¡Eso es imposible! El doctor Albuja lleva ahora una vida ejemplar. No lo puedo creer sin verlo

-Pues si vuestra señoría quiere, vamos, que cerca está.

-Vamos,-dijo el Prelado- Y, siguiendo al denun- ciante, se dirigió con su séquito a la Mama Cuchara.

En una casita de la plazoleta se oía el rasgar de una guitarra que, de estar allí San Pascual, de seguro se ponía a bailar aunque fuera en la corona del Obispo

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

Entró éste, y parándose en la puerta de un aposento que daba al zaguán, vio al doctor Albuja que, pañuelo en mano, estaba bailando, con una guapísima chola, una de esas “¡alza, que te han visto!” que quitan el hipo.

La música, a la vista del Obispo, paró en medio de un compás: el doctor Albuja se quedó in- móvil, en la postura en que el Prelado le sorprendiera. Este, furioso, le increpaba:

-¡Pero, doctor Albuja!

¡Esto es para nunca

acabar! ¡Esto es la vida perdurable

!

Y él, mohíno y cabizbajo, le contesta:

-¡No señor, esto es

carne

!

¡Era su fatalidad!

la resurrección de la

! Y él, mohíno y cabizbajo, le contesta: -¡No señor, esto es carne ! ¡Era su

Nobleza de abolengo, nobleza de alma

Nobleza de abolengo, nobleza de alma Para Dn. José Modesto Larrea y Jijón, mi primo.

Para Dn. José Modesto Larrea y Jijón, mi primo.

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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AL MARGEN DE LA HISTORIA 127 Nobleza de abolengo, nobleza de alma L A atrevida y

Nobleza de abolengo, nobleza de alma

DE LA HISTORIA 127 Nobleza de abolengo, nobleza de alma L A atrevida y heroica tentativa

L

DE LA HISTORIA 127 Nobleza de abolengo, nobleza de alma L A atrevida y heroica tentativa

A atrevida y heroica tentativa que los quiteños habían hecho en 1809 para sacudir el yugo español, había acabado trá- gicamente: la flor de la libertad había durado lo que sus her- manas las rosas, hasta dejar

caer sus últimos pétalos a orillas

De los próceres que

escaparan a las matanzas del dos de agosto de 1810, unos andaban prófugos por los montes, inseguros hasta en sus últimos y más secretos

del Guáitara

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

escondites; otros, acogidos al indulto real, vivían en las ciudades una vida llena de zozobras bajo el ojo escudriñador de las autoridades españo- las. Corría el año de 1813, época en que toda esperanza de ver resurgir, en este Reino de Quito, la causa de la patria, parecía muy incier- ta y lejana: la catástrofe de don Carlos Mon- túfar en Ibarra, había dejado sumida en honda consternación a toda alma patriota.

Achacoso, más que por su edad, por dolencias y desengaños, vivía en sus históricas casas de Santa Bárbara, el Marqués de San José, don Manuel de Larrea y Jijón, Diputado que había sido de la extinguida Junta Suprema del Año Heroico.

Sin esperar ya sino muy remotamente que volvieran a lucir para la patria días esplen- dentes, la vida del Marqués, atacado entonces de parálisis, se consumía entre los cuidados de su cuantiosísima fortuna y aquellos que requería la exquisita educación que se había propuesto dar al único hijo que la Marquesa, doña Rosa Carrión y Velasco, le había dado.

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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Era una noche de octubre del año mencionado:

la lluvia caía abundante, y las aguas corrían

torrentosas por las acequias que toda calle de Quito tenía, en esa época, destapadas, en su parte media.

El rudimentario alumbrado de velas de sebo,

acababa de expirar en alguno que otro farolillo:

las nueve de la noche sonaban en las torres de los conventos, y los vecinos, después de toma- do el clásico chocolate, a esas horas, para nosotros tempraneras y para ellos avanzadas, reposaban tranquilos entre las sábanas. Dicho esto, ya se comprende que las calles de Quito estaban desiertas

ya se comprende que las calles de Quito estaban desiertas Consuelo era, y muy grande, para

Consuelo era, y muy grande, para el Marqués

de

San José la lectura: hombre de ingenio vivo,

y

que había alcanzado a acopiar los más

conocimientos que en su época se podía en la atrasada colonia, el trato con don Juan de Dios Morales, con Humboldt, con Espejo, que había

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

sido su médico, le habían dado el gusto de instruirse: la cultura francesa principiaba a ha- cerse sentir en América y las obras de D´Alambert, por ejemplo, eran la última novedad en las colonias.

Absorto se encontraba el Marqués, con un libro abierto sobre las rodillas y sentado en un gran sillón de vaqueta. Sólo el ruido de la lluvia se oía y el rodar del agua en las acequias de la calle. -Ajeno a toda preocupación, de pronto no prestó interés a algún ruido que le pareció oír en la vecina pieza, que era el salón de la casa. Era este salón, por su suntuosidad, afamado en Quito: el cielo estaba sostenido por dos órdenes de columnas; rica alfombra latacungueña cubría el piso, soberbios damascos de Aranjuez formaban amplios cortinajes en los anchos ventanales. Aquel salón que había visto desfi- lar a los más encumbrados y tiesos personajes del reino, era en aquel momento teatro de esce- na muy diversa: una de sus ventanas, abierta, por la que penetraba el aire húmedo y frío de la oscura noche, daba también paso a varios per- sonajes embozados en aquellas capas de varias

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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esclavinas adornadas, que llamaban entonces de barragán, de grueso y pesado paño veinti- doceno de Segovia, impermeable a la lluvia.

La escasa luz que, de la pieza en que el Marqués leía penetraba en el salón, dejaba ver que los embozados traían, además, las caras tapadas con antifaz que les ocultaba las faccio- nes.

Sigilosamente, a paso de lobo, uno a uno, en-

traban por la ventana: quien, oculto en el salón

estuviera, habría contado cinco ban esas sombras.

Así avanza-

Ibant obscure soli sub nocte per umbras.

Pero, la humana extirpe está sujeta a flaquezas incontenibles: la lluvia, el frío, habían, sin duda, acatarrado a uno de los enmascarados, que no pudo retener un estornudo. ¡Fatalidad! Pensaron que estuvieron descubiertos, y suspensos, esperaron un tanto. Nada, sin embargo, sintieron que les confirmara en sus temores: sólo notaron que la luz de la vecina

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

pieza se había apagado y, como nada oyeran, creyeron que, o el aire que por la abierta ven- tana entraba, la había matado, o que el Mar- qués ya en el lecho, se disponía a dormir. Así, sosegados, volvieron a su interrumpida tarea de avanzar hacia un gran arcón que en uno de los ángulos del aposento había, mueble en que se guardaban los caudales de la casa.

El señor de San José, mientras tanto, había dejado su libro y apagado la vela. Apoyado en el par de bastones de que hacía tiempo se servía para ayudar a sus achacosas piernas, se dirigió con el mayor sigilo al salón. Llegó a la puerta de su alcoba, que con la gran pieza comunicaba, y pudo ver aquellos negros bultos que se deslizaban silenciosamente en la noche.

Mil terrores, mil presentimientos funestos estallaron en la mente del anciano indefenso: a su imaginación exaltada se le presentaron pavorosas ideas de persecución, de asesinato, y llegó, en su agitación febril, creyendo fueran genízaros del gobierno español, que contra su persona venían, a no poder reprimir un grito,

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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que, seguramente, para los embozados, debió alcanzar la magnitud que tendrá, en el valle de Josafat, aquella famosa trompeta que ha de despertar a los muertos.

Al grito del Marqués, sus criados acudieron con

presteza, penetrando atropelladamente en el salón. Los fieles servidores, creyendo a su amo en peligro, habían volado en su socorro, y entraban con luces en la estancia.

Don Manuel de Larrea había avanzado hasta una de las columnas del salón, en la que se apoyaba para no caer. Al entrar los criados, los ladrones, que no otra cosa eran aquellos enmascarados, trataron de huir precipitada- mente por la ventana: unos llegaron a hacerlo:

de cinco que eran, cuatro se pusieron en salvo.

En medio de la confusión general, un fornido negro, esclavo del Marqués, llegó a apercollar

al

único que no había podido salvarse: ladrón

y

esclavo luchaban furiosamente, el primero

por desasirse de los robustos brazos que le oprimían, el otro, por no soltar su presa. Aquel

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

movimiento desordenado de lucha los había acercado a la columna en que el Marqués esta- ba apoyado: éste pudo entonces ver la escena que el espesor de la columna le ocultaba.

Ahí, a su lado, el grupo del esclavo y del ladrón, jadeaba, se retorcía… Fijos, atónitos los ojos, el Marqués miraba la escena, sin poder moverse, pues había dejado caer sus bastones:

los otros criados hablaban todos a la vez, iban, venían en revuelta confusión. Y el grupo seguía luchando. De repente, en un movimiento brusco de la lucha, se arrancó el cordoncillo que tenía sujeto el negro antifaz sobre la cara del ladrón, y sus facciones quedaron al descubierto.

Como si de pronto el achacoso Marqués hubie- ra recobrado el perfecto uso de sus entorpecidos miembros, dio un salto, y agarrándose a los combatientes para no caer, con la mano que le quedaba libre, tomó rápidamente el antifaz, que de una oreja del ladrón pendía, y se lo apli- có al rostro. -¡Tápate, por Dios!, le dijo: ¡que no te conozcan! Luego, dirigiéndose al negro que, absorto, se limitaba a tener sujeto al ladrón:

AL MARGEN DE LA HISTORIA

-¡Suelta,

¡Pronto, fuera!.

Mateo!

-¡Y

salid

todos

vosotros!

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Sin entender orden tan extraña, se retiraron todos: don Manuel de Larrea había reconocido en el ladrón a un amigo suyo

Cuando se quedaron solos, cabizbajo el embo-

El Marqués de

zado, hizo ademán de hablar

San José no le dejó hacerlo, y mansamente,

-Retírate por donde entraste, dijo: nadie sabrá

nada

Yo procuraré olvidar esta noche.

dijo: nadie sabrá nada Yo procuraré olvidar esta noche. Al otro día, el ladrón veía entrar

Al otro día, el ladrón veía entrar por el ancho portalón de su casa un criado del Marqués de San José, que al entregarle un taleguito, le entregó también esta carta:

Amigo mío y dueño de mi afecto:

El portador, mi criado Mateo, te entregará las cien onzas de que me hablaste anteriormente:

puedes guardarlas hasta cuando te plazca.

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

Dios te gde. ms. as.

El Marqués de San José

Son 100 onz.

Así, el noble anciano hizo tres caridades: per- donar las injurias, salvar el honor y remediar la necesidad de un infeliz.

el noble anciano hizo tres caridades: per- donar las injurias, salvar el honor y remediar la

El descabezado de Riobamba

El descabezado de Riobamba

AL MARGEN DE LA HISTORIA

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AL MARGEN DE LA HISTORIA 139 El descabezado de Riobamba E N los años fatídicos de

El descabezado de Riobamba

E
E

N los años fatídicos de 1814

o 1815, como lo sabe un niño

de teta, los patriotas andaban

a salto de mata.

un niño de teta, los patriotas andaban a salto de mata. Riobamba, en aquella época, era,

Riobamba, en aquella época, era, por las noches, lo que eran todas las villas y lugares de por aquí: una boca de lobo de mala conciencia.

y lugares de por aquí: una boca de lobo de mala conciencia. Sonaba la media noche,

Sonaba la media noche, hora en que brujas y almas en pena salen a hacer de las suyas por

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AL MARGEN DE LA HISTORIA

esos trigos, cuando se oyó el galope de un caballo. Como en aquel tiempo cada hijo de vecino dormía con un solo ojo, en expectativa de las nuevas de la guerra, los riobambeños echáronse a medio vestir a las ventanas, creyendo sería algún posta que traía noticias al Corregidor, mas quedáronse clavados de terror en el sitio: ¡el asunto no era para menos! Lo que veían no era cosa de este mundo: era sin duda el alma condenada de algún insurgente

Sobre un caballo negro iba jinete un hombre sin cabeza: cubríale el cuerpo un poncho negro como el caballo, y llevaba calzón negro

El Descabezado fue al día siguiente el tema obligado de la conversación de los riobambeños que, al encontrarse en la calle, se preguntaban:

¿Sabe Ud. la novedad don Fulano? -¡Pues anoche por poco me quedo muerto! ¡Figúrese

que vi al Descabezado!

-Para mi santiguada

que debe ser el alma de alguna mala pécora que anda recogiendo sus pasos de pícaro en la tierra

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El Descabezado hizo su primera aparición un sábado: el sábado siguiente la cosa volvióse a repetir y así todos los sábados. A los riobam- beños ya no les llegaba la camisa al cuerpo pensando que, pues el Descabezado venía del campo y se volvía al campo después de un largo paseo por la ciudad, algún maleficio debía estar tramando en ella. Cada títere con cal- zones o con faldas creía tener la espada de Damocles suspendida sobre la coronilla.

Dejemos por un rato a los turulatos vecinos de Riobamba, y nosotros, que no le tenemos miedo, sigamos al pavoroso fantasma.

que no le tenemos miedo, sigamos al pavoroso fantasma. Desde que Juvenal, en la antigüedad clásica,

Desde que Juvenal, en la antigüedad clásica, dijo:

“Nulla fere causa est in qua non femina litem moverit”,

se sabe que, en todo misterio, hay faldas de por medio.

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Si recordamos que

En vano más de una vez Se sigue al crimen la huella Por no preguntar al juez ¿Quién es ella?,

y, aprovechando la lección que encierran estos versitos de Bretón de los Herreros, nos pregun- tamos ¿quién es ella?, pronto daremos, a las afueras de la ciudad, con una casita, y en ella, con una hija de Eva, de esas del chupe, de esas a quienes provoca decirlas con Espronceda:

Tienen un boquitris Tan chiquitirris, Que me lo comeriba Con tomatirris.

¡Y hasta sin salsa era de comerse ésta!

Si nos quedamos en el umbral de la casita un sábado a la hora en que, al oír el galope del infernal caballo negro, se les paran los pelos a los timoratos vecinos, veremos penetrar al fatídico animal en el patio de la casita y apearse el Descabezado tranquilamente de su cabalgadura.

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Quítase el poncho negro y el misterio se aclara. Vemos que el Descabezado tiene cabeza, una cabeza que lleva un sombrero de fieltro duro, de esos que usan los indios, con las alas bajas

y sobre las que reposaba el poncho. En la es-

calera está la mocita que, como ya he dicho, es

un manojito de claveles.

Dejándolos de hablar en parábolas, narremos la historia con sus pelos y señales:

Cura era del pueblo de San Luis, contiguo a

¿Quieren Uds. que lo

llamemos Pedrosa? Pues bien, el doctor Pe- drosa, hombre de muy buenas prendas, deci- dor y galante si los hay, distinguido por su calidad, y que de clérigo no tenía más que la sotana.

Riobamba el doctor

¿En dónde conoció el doctor Pedrosa a Mari-

quita Fuentes? No tenemos para qué averi- guarlo, ni viene a cuento. Bástenos saber que

el

doctor de la Pedrosa supo engatusar tan bien

a

la muchacha, que en breve la chica capituló,

la

fortaleza se rindió y

¡voló la paila!

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El cura, que no era bobo, se puso a excogitar el medio mejor de ver a su dulcinea sin escándalo, y ninguno halló más apropiado que el de fingirse aparición de la otra vida. Montaba, pues, en su pueblo, en el caballo negro y se cortaba la cabeza en el camino, poniéndose el poncho encima del sombrero. En esta figura daba unas cuantas vueltas por las calles de Riobamba, asustando a la gente, a la que más gana le venía de atrancar la puerta y meterse en el último rincón que de seguirlo, y luego, pacíficamente, como hemos visto entraba libre de inquietudes en el Sancta Sanctorum de sus delicias.

Lo mismo hacía para volverse a su presbiterio

y ¡hasta más ver!

hacía para volverse a su presbiterio y ¡hasta más ver! Entre tanto el Descabezado seguía siendo

Entre tanto el Descabezado seguía siendo el coco de los riobambeños. No había quien se atreviese a poner la nariz fuera de la casa los sábados por la noche, aunque se le estuviera muriendo la suegra.

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Más, el diablo que siempre paga mal a sus devo- tos, les metió en la mollera a dos mozos alegres, de esos que son capaces de hacerle una volada hasta el Santo Padre de Roma, el cerciorarse de si era aquel Descabezado de éste o del otro barrio.

Vivían nuestros calaveras frente a frente, y,

para lograr su intento, decidieron templar una cuerda de una ventana a la otra, a través de la calle. Las casas de Riobamba, que en su ma- yoría eran bajas, les ofrecían grandes facili- dades para la ejecución del proyecto. Instaláronse, pues, un buen sábado por la noche, cada uno en su ventana y cada uno con una punta del cabestro. Sonaron las doce

y apareció el Descabezado jinete en su fogoso

caballo negro, que venía a galope. Los mozos armándose de valor, templaron la cuerda y rematándola en las rejas de la ventana, espe- raron el desenlace: de ser el Descabezado

ánima solamente, el cabestro había de pasarle

a través del bulto.

Llegó el fantasma y, notando que había gente, picó al caballo que apretó a correr.

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Mas el cabestro estaba templado, y dándole al jinete en el pecho, con el ímpetu que iba el ani- mal, tiró rodando al suelo al Descabezado. Ahí fueron las risas de los mocitos y el echarse a la calle, provistos de velas a reconocer al fantasma.

Allí encontraron al infeliz ahogándose en el pon- cho, y lleno de contusiones. Lograron los mozos

quitarle la indumentaria y ayudarle a levantarse.

Su risa creció de punto al reconocer al cura de

San Luis, y al ver los apuros del atortolado cléri-

go que no acertaba a dar explicación al suceso.

A la mañana siguiente era voz pública en

Riobamba que no volvería a aparecer el Descabezado, mientras que cada cual contaba,

en secreto, naturalmente, a sus amigos, que el

fantasma era de carne y hueso y el mismísimo doctor de la Pedrosa, cura del asiento de San Luis. Dicen que desde entonces los riobam- beños son muy valientes para eso de apari- ciones y almas en pena, y que no creen en esas cosas si no están bien comprobadas.

son muy valientes para eso de apari- ciones y almas en pena, y que no creen

Piedra con palo

Piedra con palo

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AL MARGEN DE LA HISTORIA 149 Piedra con palo A MEDIADOS del siglo XVIII, la ciudad

Piedra con palo

AL MARGEN DE LA HISTORIA 149 Piedra con palo A MEDIADOS del siglo XVIII, la ciudad

A MEDIADOS del siglo XVIII, la ciudad de Cuenca, ahora tan pulcra y simpática, era, en lo material, un horror: sus calles

eran unos verdaderos mulada- res, en donde los vecinos arro- jaban desde sus casas toda clase de inmundicias: ni una sola calle era empedrada, y nume- rosas piaras de cerdos se paseaban por aquellos albañales, intransitables por el polvo en verano, y en donde, en invierno, perecían

de cerdos se paseaban por aquellos albañales, intransitables por el polvo en verano, y en donde,

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ahogadas en el fango hasta las caballerías Nuestros abuelos, consecuentes con el antiguo refrán de que hay que barrer para afuera, así lo hacían, pero se contentaban con dejar la basura en el portón.

Cuenca, hasta 1771, había sido un simple corregimiento: en esa fecha fue eregida en Gobernación, siendo su primer gobernador don Francisco Antonio Fernández, a quien sucedió el tan célebre don José Antonio Vallejo y Tacón.

sucedió el tan célebre don José Antonio Vallejo y Tacón. Era el tal, un español de

Era el tal, un español de abolengo, nacido en Cartagena de Levante, de padres muy califica- dos. Desde su mocedad se había dedicado a la marina, en las galeras reales, en las que había seguido la carrera con lucimiento, ganando sus grados uno a uno, como antaño se estilaba. ¡Lo que va de tiempo en tiempo!

Habituado a la dura disciplina del mar y a la ri- gurosa limpieza de a bordo, quedóse horrorizado

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Vallejo al ver el aspecto que presentaba la ciu- dad que venía a gobernar, y desde que se po- sesionó de su destino de gobernador de Cuenca y su distrito, en diciembre de 1776, se propuso gobernar más con la escoba que con la vara de justicia.

Alguien dijo que muchas veces hay que hacer el bien a palos, y a fe que el tal parece que ha vivido entre nosotros, en donde se evidencia el tal proverbio.

En su afán de mejorar el aseo de la ciudad, encontró el nuevo gobernador obstáculos que, para carácter menos enérgico, hubieran sido insuperables: tuvo que luchar contra viento y marea, para lograr su intento, pues que se lan- zaron contra él frailes y beatas, gentes que vivían en olor de santidad, como si dijéramos ¡Con razón me digo yo, que el olor de santidad nada tiene que ver con el de un perfume de Lenthéric!

En su entusiasmo civilizador, Vallejo creó un cuerpo de milicianos como no se había visto

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hasta entonces en Cuenca, perfectamente uni- formados, a la moda de los cadetes de España, limpios, disciplinados

Y, los frailes franciscanos tuviéronlo tan a mal, que un Jueves Santo, extremando el desacato a su señoría el gobernador, en el Monumento, vistieron a Judas con el uniforme de los mili- cianos. Los agustinos predicaban horrores contra Vallejo, con alusiones mal veladas, hasta tal punto, que uno de ellos tuvo que salir desterrado de Cuenca.

Con todo esto, las relaciones entre las dos potestades, civil y eclesiásticas, estaban de lo más tirantes: los empleados civiles y los señores de la curia eclesiástica andaban como perros y gatos: su excelencia el gobernador y Su Ilustrísima el Obispo no se podían ver ni en pintura.

y Su Ilustrísima el Obispo no se podían ver ni en pintura. La diócesis de Cuenca

La diócesis de Cuenca fue establecida por Carlos III en 1779, desmembrando el territorio

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del inmenso obispado de Quito, del que era Obispo el ilustrísimo señor don Blas Sobrino y Minayo, hombre de admirables virtudes, que

tuvo la inocente manía de legarnos sus retratos por docenas, y cuyo ánimo bondadoso se echó

a perder con el tal desmembramiento.

Fue el primer Obispo de Cuenca el ilustrísimo Sr. José Carrión y Marfil, natural de Estepona en el Reino de Málaga, y primo hermano del Presidente Don Juan José de Villalengua y Marfil, que, en esa época, gobernaba la Audiencia de Quito.

El señor Carrión y Marfil, que vino a América en compañía del Arzobispo Virrey de Bogotá, don Antonio Caballero y Góngora, debía a tan alta protección sus rápidos ascensos: en Bogotá se encontraba como Obispo auxiliar, cuando fue promovido al obispado de Cuenca, del que tomó posesión en 1785.

Una vez en su Obispado, el señor Carrión llegó

a encarnar en su persona lo que podemos lla-

mar la oposición al Gobierno. -Oficios van,

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notas vuelven entre prelado y Gobernador: el uno reclama que los clérigos y los frailes se moderen en sus predicaciones, el otro contesta haciendo valer las inmunidades eclesiásticas ; el Gobernador sostiene el Real Patronato, y el Obispo la dignidad de la Iglesia, y en tan ar- dientes polémicas, los ánimos se van agriando cada vez más

polémicas, los ánimos se van agriando cada vez más Era en Jueves Santo del año de

Era en Jueves Santo del año de 1786, primer año en que se habían de celebrar en Cuenca los oficios pontificales de la Semana Santa. La concurrencia a las sagradas ceremonias era enorme, por lo grande de los misterios que se conmemoraban en aquel santo día, y por la novedad de ver pontificar al Obispo.

Y por supuesto, que allí estaba, en su escaño de honor, y como representante de la autoridad del Regio Patrono, el gobernador. El Muy Ilus- tre Cabildo y Regimiento de la ciudad, asistía en corporación a las sacras ceremonias, senta- dos sus miembros al lado de la epístola, como

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el gobernador lo estaba al lado del evangelio,

cerca del altar en que el señor Carrión y Marfil,

asistido de sus canónigos, oficiaba.

A cada Dominus vobiscum, el prelado y el go-

bernador se mostraban casi los dientes

Llegó por fin el momento de la comunión ge- neral. Al gobernador, como representante de la persona del monarca, le tocaba comulgar primero.

Con las manos sobre el pecho, en actitud re- verente y devota se acerca Vallejo a recibir de manos del Obispo la Sagrada Forma.

“Ecce agnus Dei, ecce qui tollit peccata mundi” pronuncia vuelto al pueblo el Obispo:

todos rezan, se golpean los pechos, pidiendo al Altísimo que les quite los últimos tufillos del pecado que no hubiera hecho desaparecer el sacramento de la penitencia

El Gobernador, a los pies del Obispo espera. -Corpus Domini nostri Jesu Christi, dice éste, y

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Vallejo abre la boca, cierra los ojos contrito para recibir el Cuerpo de Dios. -Mas, ¡oh poder del odio, oh poder de la venganza! No recibe la Sagrada Forma, sino un terrible puñetazo, que le incrusta en los labios la esposa del Obispo, y que, de poco, le vuela los dientes. El Señor Carrión, no le deja tiempo para la protesta, sino que le tapa la boca - es el caso de decirlo -con la santidad misma del Sagrado Sacramento, - y al tiempo que el golpe en los labios, Vallejo siente que sobre su lengua se ha posado la majestad de Dios…

Así se encontraron, piedra con palo

El gobernador desterraba frailes irreverentes, el Obispo irreverente, aporreaba al gobernador.

piedra con palo El gobernador desterraba frailes irreverentes, el Obispo irreverente, aporreaba al gobernador.

Yo fumo y

tú escupes
escupes

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AL MARGEN DE LA HISTORIA 159 Yo fumo y tú escupes N O me averigüen Uds.

Yo fumo y tú

escupes

N
N
AL MARGEN DE LA HISTORIA 159 Yo fumo y tú escupes N O me averigüen Uds.

O me averigüen Uds. el año en que pasaba lo que voy a contarles: ello es, que eran los tiempos de Maricastaña, época tan poblada de histo-

rias fabulosas, abracada- brantes, que debía de ser unlos tiempos de Maricastaña, época tan poblada de histo- puro portento. Y no es que yo

puro portento.

Y no es que yo no sepa en qué tiempo, en qué año, en qué fecha sucedía el verídico caso asunto de esta tradición; ¡no señor, que sí lo sé, y es que no quiero decirlo! Diré tan sólo,

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porque esto es necesario a mi cuento, que en Quito había un Presidente con peluca empolva- da, casaca bordada, espadín al cinto y calzón corto; diré, además, que las señoras vestían faldellín, que los franciscanos andaban calza- dos y vestidos de azul, que había muchos menos militares y muchos más frailes que ahora: he dicho que blasón de la católica España nos tenía en tutela.

Pues, señor, el caso es que, a despecho de las leyes y pragmáticas reales que prohibían a los que no fueran españoles que vinieran a estos dominios de Su Majestad, no sé cómo así, vino

a dar en este olvidado rincón del mundo, un francés que, probablemente, creyó que la fortu-

na

en estos reinos no se le mostraría arisca.

La

absoluta escasez de médicos y lo rudimen-

tario de los conocimientos que entonces se

exigía en un galeno, hicieron que el francés de

mi cuento, al que llamaremos Jean Montblanc,

se decidiera a ganarse la vida, mientras encon- trar medios más expeditivos, sangrando al pró-

jimo en una pulmonía o aplicándole una de las

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tantísimas y tan bárbaras recetas de que se queja Diego de Torres Villarroel, en su “Vida”, libro tan bien escrito como chusco.

Instrumento de la Divina Providencia, matando a unos, aliviando a otros, se ganaba honrada- mente la vida en Quito el buen francés, al que, ya todos llamaban el doctor de Monteblanco.

En una cosa solamente ponían sus reparos nuestros buenos abuelos: al doctor de Mon- teblanco no se le veía en ninguna de las innu-

merables fiestas de iglesia que entonces eran el

pan nuestro de cada día

que todo gabacho tenía que ser hereje, no deja- ba de preocupar a las personas graves, y aún al Comisario del Santo Oficio que, en cumplimien- to de su deber, tenía que meter por todas partes

las narices en busca de la herética parvedad para, por medio de las suaves amonestaciones del tormento y la hoguera, conducir las ovejas descarriadas al aprisco.

Esto, y la idea de

Sin embargo de estas suspicacias, como el doc- tor era tan caritativo, y como sus servicios eran

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tan necesarios en la población, los más pensa- ban que, si no se le veía en las iglesias, eran que oía la misa de alba, y que sus enfermos no le dejaban tiempo para mayores devociones. ¡Al fin y al cabo, se decían, también orar es ejercer las obras de misericordia! ¡Buen cris- tiano será cuando visita a los enfermos! Y con esto nadie molestaba a Montblanc, que seguía, como todo médico, despachando tranquila- mente gente para el otro barrio.

No hay deuda que no se pague, ni amor que no tenga fin: también al pobre Monteblanco le llegó el turno de liar el petate, y la caritativa comadre que cuidaba de su casa, creyó de su deber ayudarlo, en lo posible, a preparar el equipaje y, sin consultar al galeno enfermo, fuese derecho a Santo Domingo en demanda de un fraile que curara el alma del que tantos cuer- pos había curado.

Monteblanco, que estaba a las puertas de la muerte, gracias a un batatazo que se había dado en una de las quebradas de Quito, una noche que había sido llamado a la cabecera de

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un enfermo, como del oficio que era, se guardó bien de llamar a un colega para que lo atendiese, convencido de que lo despacharía más pronto. Conservaba toda su lucidez y, habituado a ver la muerte tantas veces muy de cerca, consi- derándose perdido, esperaba a la Pelada sereno

y tranquilo, pues sus convicciones de perfecto

materialista así se lo permitían, ya que, según ellas, después de su muerte, volvía su cuerpo al gran todo del universo, de donde procedían los átomos que lo había formado.

Lleno de santo celo se presentó el dominico en casa del doctor francés, para oír la confesión del moribundo, al que se apresuró a reconfortar con los consuelos que nos da la religión para tan apu- rado trance. Montblanc oía, oía atento al parecer,

al robusto fraile, que al fin y a la postre le dice:

-Doctor, mejor que nadie sabéis vos que la dolencia que Dios se ha servido enviaros, es grave, y que, por tanto, os habéis de preparar para comparecer ante su Divina Majestad. Confesad vuestras culpas, para que el señor os reciba en su seno.

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-Padre, responde el moribundo, os he oído hablar con mucha elocuencia: no he hecho daño a nadie, podéis estar seguro de ello. Bien sé que con mis medicamentos y mis drogas he despachado a más de uno, pero, ¿qué médico no hace lo propio? En cuanto a confesaros lo que vos creéis mis pecados, no lo haré, re- verendo padre: ¡no me lo exijáis!

Una víbora que hubiera picado al buen reli- gioso le hubiera hecho menos efecto, le hubiera causado menos horror.

-¿Cómo se entiende? dice: -¿No creéis, pues en Dios, en ese Dios que os sacó de la nada, en ese Dios que os redimió muriendo por vos en igno- minioso patíbulo, en ese Dios que os ha guiado a través de vuestra vida?

-No, reverendo padre.

-¡Así, pues, sois hereje! ¡Qué digo! ¡Sois algo peor! ¡Sois ateo!

-Sí, reverendo padre.

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-¡Virgen Santísima! ¡Santo Domingo me valga! ¡Ilumínale, angélico doctor! Pero infeliz, ¿en qué creéis? ¿No tenéis religión alguna?

-No, reverendo padre, no la tengo, y os ruego me dejéis morir tranquilo.

-¡Pero si os iréis al infierno! ¡Si una legión de diablos circunda en este momento vuestro lecho! ¡Fugite partes adversae! ¡Mors impio- rum pessima! Os esperan tormentos eternos, infinitos; os vaís a sumir en el fuego eterno: ibi erit fletus et stridor dentium…

Y el fraile ponía en su acento, en sus gestos,