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TRANSFERENCIA PERVERSA Y TRANSPOSICIÓN DE LOS ROLES

JUAN DITTBORN SANTA CRUZ

INTRODUCCIÓN
A pesar de las discusiones acerca de la conveniencia o inconveniencia de
la utilización del término perversión en la producción científica del
Psicoanálisis, fundamentalmente en razón de sus connotaciones peyorativas de
tonalidad condenatoria, en la práctica de las descripciones tanto teóricas como
clínicas de los Psicoanalistas, lo que se observa, porfiadamente, es la aparición
del término perversión una y otra vez. Si esto ha sucedido así, es porque, de
alguna manera, se ha considerado que una porción de la realidad clínica pareciera
no comportarse tal cual describen las clásicas categorías de Psicosis, Neurosis,
Organización limítrofe y otras. El propio Stoller, en uno de sus libros pioneros
formuló esta cuestión de la siguiente manera: “¿Por qué motivo elegiría uno en
esta época iluminada como título de un libro la palabra “perversión”, término que
va cayendo en desuso?” Agrega: “Sin embargo sostengo… que la perversión
existe”. (Citado por Janine Chasseguet- Smirgel, Pág. 687 (1998)
Existe, y uno de los lugares de privilegio en donde hace su solapada
aparición, es en la interacción con los pacientes en la consulta, es decir, en la
transferencia. Desde esta fuente, la llamada transferencia perversa ha sido motivo
de importantes estudios desde diversos marcos de referencia al interior del
Psicoanálisis, contándose en la actualidad con valiosas descripciones tanto de la
fenomenología de sus manifestaciones, como de su metapsicología.
Una cuestión de relativo consenso en las descripciones es que su forma de
manifestarse difiere de las formas psicóticas y neuróticas de la transferencia. No
posee aquella característica de distorsión franca y abierta con afectos de
naturaleza “… prematura y precipitada…y cuya fragilidad contrasta notoriamente
con la tenacidad con la que es mantenida” (Bion, 1957), propia de la transferencia
psicótica. Tampoco tienden a aparecer aquellos afectos modulados consecuencia
de “un desenvolvimiento más gradual de las relaciones objetales internalizadas, a
medida que el paciente regresa” (Kernberg, 1979), propios de la transferencia
neurótica.
Para la fenomenología de la transferencia perversa se han señalado
algunas cuestiones que le otorgarían un sello distintivo, por ejemplo: cierta tenue
cualidad de tono polémico que impregna la asociación libre (“transformación de
la pulsión en ideología” Etchegoyen, 1986); un uso particular del lenguaje verbal
y paraverbal que va poco a poco impregnando la contratransferencia del analista
de una cierta soterrada emocionalidad exaltada (“proyección de la excitación” y
“erotización del vínculo” Joseph, 1971); cierta forma de narrar las prácticas
sexuales impregnada de exhibicionismo pretendiendo ubicar al analista en una
posición escoptofílica (“fantasía del espejo” Malcom, 1970); atmósfera de
narraciones que fascinan y tienden a seducir al analista incitándolo a establecer
una suerte de complicidad secreta (“discurso perverso” Baranger et al, 1980)
De estas descripciones, parece poder colegirse la presencia de un cierto
factor común: una corriente subterránea que impregna la situación analítica en un
esfuerzo del paciente tendiente “a descolocar al analista de su acostumbrado rol y

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convertir el procedimiento en otro” (Meltzer, Pág. 219, 1974), sin que todo esto
tienda a ser advertido por ninguno de los participantes.

TRANSFERENCIA PERVERSA, NARCISISMO Y


TRANSPOSICIÓN DE LOS ROLES
Este factor común que se manifiesta de esta manera en la fenomenología
del consultorio, parece ser la expresión de ciertos procesos subyacentes que la
metapsicología psicoanalítica ha atribuido a despliegues del narcisismo.
Narcisismo, es entendido aquí en un sentido amplio como un movimiento del Self
tendiente al logro de una supresión del objeto como fuente necesaria e
indispensable de abastecimiento para su desarrollo y supervivencia. Se
implementa a través de la estructuración de una fantasía inconsciente construida
sobre diversas tramas argumentales donde siempre priman aspiraciones basadas
en la omnipotencia, la completud y la omnisciencia. Desde esta situación interna,
las estrategias movilizadas para darle cumplimiento en la realidad cotidiana serán
variadas, pero hay una de ellas que es particularmente frecuente, probablemente
por la eficacia en el logro de sus objetivos, y de la que intentaremos dar cuenta en
este trabajo con la exposición de un material clínico. Las reflexiones que se
realizan se apoyan, especialmente, en la perspectiva teórica adoptada por analistas
post kleinianos y kleinianos latinoamericanos contemporáneos, en tanto que el
material presentado se aborda desde postulaciones que enfatizan la transferencia
como situación total.
Rosenfeld (1964) se refirió al intento efectuado por pacientes narcisistas
tendiente a suprimir la vivencia de separación con los objetos mediante el uso de
la identificación proyectiva. A través de la obtención de esta suerte de unicidad, y
al suspenderse las diferencias sujeto/objeto, tienden a desaparecer los
sentimientos que produce la dependencia de otro y el reconocimiento de su
bondad: la frustración, la envidia, la humillación, dejan de sentirse si ya no hay
más un otro del cual se depende para obtener aquello que no se posee. Con
particular claridad se tienden a apreciar estos procesos en períodos en los cuales
el objeto se ausenta, complejizándose, por ejemplo, los tratamientos analíticos en
períodos de vacaciones. Las interrupciones de tratamientos y/o los acting outs
masivos que se producen hacia estos períodos en pacientes con patologías
psicóticas o limítrofes, suelen ser la expresión de la proliferación del uso de la
identificación proyectiva masiva con la finalidad recién descrita.
Cuando entran en juego aspectos perversos de la personalidad (1), las
tensiones narcisistas que se producen por la percepción de la separación con el
objeto, son manejadas con una cierta idiosincrasia, que consiste, esencialmente,
en una inversión de los roles a través de un silencioso acting in en la
transferencia. A diferencia del acting out masivo, aquí, la relación terapeútica y el
encuadre se observan incólumes; no obstante, examinando con detenimiento la

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Sanchez Medina (1997), siguiendo a Bion en sus planteamientos sobre las partes psicóticas y
neuróticas de la personalidad, postula la existencia de una parte perversa de la personalidad. En
ella predominaría una suerte de convivencia entre la identificación proyectiva normal y la
patológica, de tal suerte que el contacto con la realidad sería “realista” y “distorsionado” al mismo
tiempo.

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situación, notaremos que ha tenido lugar un giro más o menos radical que, por el
momento, sumariamente, describiremos, siguiendo a Ahumada (Ahumada, 1999)
como una transposición del Self (infantil, necesitado, dependiente) y el Objeto
(primario, nutricio). La situación de dependencia queda invertida: es el paciente
quién se hace cargo de la alimentación del analista.
Ilustraremos esta dinámica con el material clínico de la primera sesión de
análisis de un paciente con una estructura perversa, que estuvo en tratamiento por
varios años.
EL CASO CLÍNICO (SR. X)
Tiene cuarenta años de edad al momento de consultar, empresario,
soltero. Vivió su infancia en el extranjero, maltratado por sus compañeros de
colegio quienes lo trataban de “sudaca” afeminado; debido a esto, y en un
esfuerzo consciente y planificado, intentó controlar sus modales adoptando una
cierta rudeza en el trato con los demás que conserva hasta hoy. Si se suelta, según
dice, podrían aparecer comportamientos amanerados. Esto ha sido posible de
observar en el transcurso de su análisis, alternando momentos de hablar golpeado
junto a movimientos toscos y “varoniles”, con otros en los que se traslucen gestos
en el caminar, en la forma de arreglarse el pelo y en la musicalidad de su voz,
identificables con lo femenino. Hijo mayor, la madre, siempre lo consideró
especial, el más buenmozo, inteligente y único, profesando por él una suerte de
idolatría, acompañada por frecuentes conductas de clara tonalidad seductora:
caricias, abrazos, besos en la boca al saludarlo. El padre, ha sido despreciado y
desvalorizado, a pesar de haberse desempeñado como empresario con cierto
éxito. La madre, en cambio, es descrita “como una colorina de gran belleza” y
llena de valores espirituales: “ambos tenemos el mismo color de ojos”, afirma.
Para el paciente no existe ninguna duda de que él es superior a su padre, y que su
madre, claramente lo prefiere, incluso, sin que ella lo confiese, en el mismo plano
sexual.
Desde el punto de vista laboral, el funcionamiento del Sr. X es aceptable,
siempre y cuando trabaje como profesional independiente. Tiene varios negocios
que le permiten un buen pasar, pero cuando trabaja en grupo, fuertes sentimientos
de humillación por mínimos detalles le empiezan a hacer muy dificultosas las
relaciones. Para una mirada externa, aparece como una persona de éxito,
adinerada, segura de sí misma, siempre con un automóvil último modelo, que
todo se le da fácil, imitando de buena manera el ideal socialmente apetecido del
Yuppie exitoso.
Desde fines de su adolescencia, el Sr. X solamente mantiene actividad
sexual con niños en latencia, con prepúberes y adolescentes del sexo masculino.
Dichas actividades suelen seguir un riguroso protocolo: los excita practicándoles
sexo oral en los genitales y en el ano, a veces seguido por actividad homosexual
donde sólo tolera el rol pasivo. En ocasiones como parte de los preliminares, hace
el papel de mujer poniéndose un sostén.
Por momentos, toda esta situación descrita, se le hace claramente
egodistónica, cayendo en estados de profunda depresión. Esto fue lo que lo llevó
a buscar tratamiento psicoanalítico como última alternativa. Había tenido una
experiencia terapéutica anterior con una psicóloga de orientación cognitivo-
conductual por varios años, y un breve tratamiento psiquiátrico con fármacos.

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Ya desde las primeras entrevistas quedó claro que se trataba de una
patología narcisista grave con un funcionamiento que evidenciaba una profunda
disociación de la personalidad.

PRIMERA SESIÓN DE ANÁLISIS


Aceptó la indicación de análisis sin problemas. De hecho, ya se había
preocupado de indagar sobre el tratamiento psicoanalítico a través de diversas
lecturas y en conversaciones con conocidos. Estaba en conocimiento de las
características del método…
“y ya estoy al tanto de sus ambiciosos objetivos destinados a la modificación
de la personalidad…un verdadero kamikaze a la estructura ¿o no Dr.?”(2)
(Comentó, sin esperar respuesta.)
Quisiera señalar, antes de presentar el material, que las notas de esta
primera sesión fueron tomadas casi textualmente y consideradas “como no de
gran relevancia” en algunas reflexiones que en los comienzos del análisis efectué
sobre el caso: pareció tratarse de una sesión de colaboración inicial, sin grandes
contratiempos, sin sueños, “de menor espectacularidad” y significación que otros
materiales del mismo paciente. Al releerla, después de transcurridos varios años
de tratamiento, tuve una apreciación distinta: había condensadas en ella
problemáticas centrales relacionadas con su psicopatología. Dichas problemáticas
se desplegaron con fuerza durante el transcurso posterior del análisis. Aquel
aserto que han formulado algunos analistas (Ganzaraín, 1972) de que la primera
sesión de análisis sería un resumen de todo el análisis, pareció confirmarse.
Concurrió a su primera sesión según lo estipulado, se tendió en el
diván y empezó a hablar de su tratamiento con la terapeuta anterior:
“Estuve varios años con ella, intentó conmigo todas las técnicas que conocía
para suprimir síntomas, hasta plantearme la idea de que durante la semana
hiciera un esfuerzo por realizar al máximo mi parafilia (nombre con el que el
propio paciente se refería a su conducta sexual con niños), me dijo que tuviera el
máximo de relaciones sexuales pues así se produciría una saturación conductual
y empezaría a disminuir el deseo sexual, tal vez a apagarse y extinguirse la
conducta”.
Me di cuenta que en este relato inicial había mucha angustia y que la idea
de no contar con la posibilidad de sus prácticas sexuales, era algo que
racionalmente quería, pero que en el fondo lo aterraba. Se dejaba traslucir
también la imagen de una terapeuta deseosa de obtener logros con él:
“ella estuvo siempre dispuesta a jugársela por mi mejoría con todo lo que
estuviera de su parte”.
Le comenté algo en el sentido de que si bien él quería entender todas las
cosas que le sucedían y para las cuales no tenía respuesta, al mismo tiempo sentía
mucho temor de sentirse como despojado de algo que sentía importante, parte de
si mismo:
“bueno”, contestó, “yo no sé si Ud. se ha puesto en el caso de que fuera a un
tratamiento psicológico y supiera que le van a quitar su heterosexualidad qué es

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Es claro que este comentario con respecto al Kamikaze, contiene una fantasía muy destructiva
acerca de lo que esperaba sería el tratamiento analítico. Es también, pienso, una alusión a la
fantasía sado-masoquista de la escena primaria, cuestión remarcada por muchos analistas para los
pacientes con estructura perversa.

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lo que sentiría, pero, por otro lado siento tan anómalo lo que me pasa con los
niños”.
Tuve la impresión que había tomado bien mi intervención y que se había
sentido entendido en su angustia y sentimiento interno de no tener salida: o lo
despojaban de algo vital para su equilibrio psíquico, o continuaba con una
sexualidad que, por momentos, lo hacía sentirse muy mal.
A continuación dio detalles acerca de su terapeuta, dijo que era una mujer
poco mayor que él:
“experta en temas de sexualidad y especialmente de homosexualidad”. Dijo
que era muy agradable en su trato con él, muy preocupada y “siempre me hizo
sentir muy bien, muy valorado y se notaba que me estimaba y me apreciaba por
lo que yo era. Durante el tiempo que estuve en terapia con ella, yo trabajaba en
una consultora relacionada con temas bursátiles y me había ido muy bien con la
compra de acciones, gané buena plata vendiendo y comprando acciones y Ana
María (se refería a ella por su nombre de pila), probablemente utilizando
técnicas relacionadas con los refuerzos positivos, me preguntaba datos de la bolsa
y yo se los daba. Pero… no es que quiera dejarla mal a ella”, replica, “ni
desprestigiarla pues creo que todo lo que hacía era intentando aplicar lo mejor
posible sus conocimientos para ayudarme”. “Era muy buena moza”, continúa,
“casada y con dos hijos, muy preocupada por mi, incluso en momentos en que
estuve deprimido me dio su teléfono celular y yo la llamaba y hablábamos de
cualquier cosa por unos minutos. Siempre estuvo entusiasmada con mi evolución
y yo me sentía respaldado y más de igual a igual que con mi psiquiatra anterior,
que era hombre y con el que no tuve feeling y me fui por sentirlo muy duro.
Estuve como seis años con ella, una vez por semana, en ocasiones en que yo
estaba mal, o en que alguna técnica que estaba aplicando requería de más
contacto, nos veíamos más seguido. Ella era muy profesional, tenía los historiales
de dos pacientes homosexuales a los que había tratado y que habían superado su
homosexualidad. Tenía la ficha clínica de ellos, incluso con sus fotos en un cajón
de su escritorio, y la habían autorizado para exponer los antecedentes de sus
tratamientos y así se contribuía a la cura de futuros pacientes. Era como una
contribución al avance científico, las sacaba y me las mostraba cundo veía que yo
flaqueaba”.
Continuó dando detalles relativos al sentimiento de incondicionalidad que
había sentido de su parte hacia él.
Le comuniqué que en esta, su primera sesión de análisis, estaba tratando
de mostrarme lo importante que era para él tener una sensación de seguridad y de
certeza de que yo, como analista, utilizaría todo los recursos a mi alcance para
ayudarlo.
Permaneció en silencio por un rato sin comentar nada.
No obstante esta intervención, una vaga inquietud se había empezado a
instalar en mi, y si bien era cierto que para el paciente, la estabilidad, seguridad y
esfuerzo de quién pretendía ayudarlo, eran esenciales, no dejaba también de ser
cierto que algunas de las conductas descritas para la práctica de mi colega,
dejaban entrever que cierta anomalía se había instalado en la relación terapéutica
anterior.
Después de unos minutos continuó:
“Ana María era muy reforzante, refuerzo en el sentido de las técnicas
conductuales de condicionamiento operante”, me aclaró. “En algún momento del
trabajo, me confesó que si ella me hubiera conocido en otras circunstancias, ella
tal vez se habría enamorado de mi, se habría casado conmigo, que yo reunía las
características de un hombre que cumplía con sus expectativas; esto me halagó

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mucho y me vino a demostrar que yo no era una persona tan mala como casi
siempre me siento, me di cuenta que había alguien que me aceptaba tal cual yo
era. Ella siempre contribuyó a subir mi autoestima”, dijo.
Continuó con algunas descripciones de este tipo, cuestión que poco a poco
fue perfilando en mí, ya de manera más clara, un sentimiento contratransferencial
de crítica a la colega, quién con sus conductas habría incurrido en francas
transgresiones relativas a la ética profesional. Afirmó a continuación el Sr. X:
“ella era de orientación cognitivo-conductual, aunque a veces funcionaba
más eclécticamente, combinando diversas técnicas… siempre me iba explicando”.
Pensé, entonces, en mis reparos hacia el eclecticismo: desde esta postura
podría encontrar justificación el uso de un ilimitado e irrestricto arsenal de
intervenciones con un paciente.
Me sorprendió, estando yo en todas estas cavilaciones críticas que
cuestionaban cada vez con más fuerza su experiencia terapéutica anterior, una
petición que, casi de sopetón, me formuló:
“Dr. yo entiendo esto que me dice de sentir seguridad con alguien, que se las
jugará por mi, pero me gustaría que pudiera comentarme algo con respecto a mi
pronóstico analítico”
Me sentí algo desconcertado, como dije, y mantuve silencio tratando de
entender su inquietud dentro del contexto de lo que habíamos estado hablando.
Insistió:
“¿Dr...?”.
Pensé que podría darme tiempo para pensar, a pesar de su presión para que
le respondiera. Pasados unos minutos, y cuando me disponía a decirle algo
general respecto de su pregunta, algo en la misma línea de lo que había venido
diciéndole, volvió a sorprenderme, exclamando en un tono seguro:
“¡Esto es lo que yo necesito!”, “¡Siii, este tipo de terapia es exactamente lo
que yo requiero!” afirmó, aludiendo a una suerte de rápida comprensión de mi
actitud técnica de silencio neutral.
Me sentí instantáneamente con una sensación de alivio, ya que el Sr. X
había tolerado que no le respondiera de inmediato y de la manera que, supuse, él
esperaba que yo lo hiciera. Acto seguido tuve un claro sentimiento de
satisfacción. Estaba con un paciente cuyo pronóstico mejoraba al ser capaz de
valorar la técnica analítica y el encuadre: aquí ya no pasaría lo que aconteció en
su experiencia terapéutica anterior. Como analista, revaloricé el método
psicoanalítico y recordé los planteamientos de Etchegoyen(1986) que enfatizaban
el nexo entre Técnica y Ética.
Terminada la sesión, se paró del diván y con un rostro de satisfacción, se
despidió con amabilidad
“muchas gracias, Dr.”

COMENTARIOS
Se despliegan en esta primera sesión varios elementos relacionados con la
Psicopatología del Sr. X. El foco interpretativo inicial estuvo básicamente
centrado en elementos del material que manifestaban la necesidad de encontrar un
objeto capaz de acoger la intensidad de sus problemas y de utilizar todos los
recursos al alcance para alcanzar la solución de sus agobiantes problemas. Su
actitud fue de franca colaboración y la regla básica se cumplió sin mayor
necesidad de que el analista utilizara recursos adicionales para obtener

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asociaciones. Una lectura igualmente plausible del material referido a las
cuestionables prácticas utilizadas por su anterior terapeuta, podía también hacer
pensar en ansiedades paranoides presentes en esta primera sesión, pero
proyectadas en la psicóloga: el contacto íntimo exponía al abuso.
Desde la formulación de estas hipótesis iniciales establecidas a partir de la
decodificación del material, el foco de atención analítico progresivamente
empieza a desplazarse hacia la contratransferencia, y poco a poco empiezan a
producirse en mi afectos cada vez de mayor intensidad, todos ellos montados
sobre el diagnóstico de que en su anterior relación terapéutica había acontecido
una seducción y se había establecido un vínculo con claros componentes
perversos y psicopáticos. De todo esto parecía no haber duda.
Ahora bien, la sospecha de que las cosas no estaban siendo tan simples y
claras como aparecen en estas descripciones, empezó a producirse después de los
efectos que tuvo en mí aquel comentario exclamatorio que transcribí y que fue
efectuado con el especial subrayado de voz al que aludí: “¡Dr. Pero si esto es
exactamente lo que yo necesito!”. El “Dr.”, ya contenía algo muy sutilmente
envolvente, en tanto que el contenido del comentario ubicaba al psicoanálisis
claramente en el costado opuesto de todo aquello que había realizado la colega de
orientación cognitivo-conductual, quién habría incurrido en un grosero acting out
de su contratransferencia – había rotulado yo con decisión -.
Así, y examinadas las cosas con mayor detenimiento, lo que parecía haber
ocurrido, era que se había establecido una nueva dupla portadora de la esperanza,
pero a costa del establecimiento de otra dupla, que contenía todos los desperdicios
de una mala práctica psicoterapéutica: la psicopatía, la perversión, el acting out.
En suma, y “sin que nadie se lo hubiera propuesto”, teníamos instalada en la
situación analítica, por un lado a un hijo cuerdo, inteligente y capaz de valorar sin
tapujos el encuadre, y, por otra, a una madre insuflada y orgullosa de su método,
presa de una especial excitación al poder brindarle a ese hijo los cuidados que
este empezaba a requerir de ella.
Creemos notar en esta situación, no sólo la presencia de una escisión a
partir de la cual lo malo ha quedado proyectado afuera, en la psicóloga anterior,
sino que también aquella soterrada transposición Self/Objeto (Ahumada, 1999) a
la que aludimos anteriormente. El analista-mamá- Objeto nutricio ha quedado en
una posición de dependencia y necesidad con respecto al paciente-self infantil-
carenciado: este último es quién alimentará la relación a través de su presencia,
inteligencia, irrestricta capacidad de colaboración, creatividad, etc. (Pertinente
parece volver a citar aquí las descripciones que hicimos más arriba: “la madre,
siempre lo consideró especial, el más buenmozo, inteligente y único, profesando
por él una suerte de idolatría…”, Pág. 3)
Lo que fue desembozado en su anterior relación terapéutica y en su
historia infantil con la madre, se ha reproducido veladamente a través de un
acting in de la transferencia en esta primera sesión de análisis.

REFLEXIÓN FINAL: PERVERSION E IDENTIFICACIÓN


PROYECTIVA
Soterradamente, veladamente, solapado, son descriptores que abundan en
las reflexiones que hemos realizado. Algo oculto se esconde tras una colaboración

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casi siempre ejemplar: he aquí algo importante a la base de la transferencia
perversa, elemento relevante que la separa de la transferencia psicótica y
neurótica, y que con frecuencia parece darse también en el tratamiento de
estructuras de personalidad no perversas. Esto, descriptivamente hablando.
La actuación que hemos creído advertir en el material clínico presentado,
parece constituirse a partir de dos movimientos de identificación proyectiva
implementados por distintos aspectos del Self, uno hacia la realidad interna a
través del cual se consuma un acto apropiatorio “sobre un objeto parcial al que
engloba y cuyas cualidades nutricias y de bondad usurpa”. (Ahumada, Pág. 81) y
otro, por el cual aspectos del Self infantil carenciado son proyectados en un
objeto externo (el analista, en este caso). En la sesión presentada estaría ilustrado
este doble movimiento.
Finalmente, si se intentara una consideración aclaratoria más general
sobre su psicopatología, el primer movimiento de apropiación lo ha trasformado
en un hombre-mujer-mamá-pecho, por ejemplo: si no hace un esfuerzo consciente
y deliberado le aparece claramente lo femenino y amanerado; en sus prácticas
sexuales se pone sostén; y refiere compartir el color de ojos con la madre (clara
alusión a su identificación con ella). Si a esto se suma el segundo movimiento
proyectivo, y los niños a los que frecuenta se transforman en depositarios de
aspectos carenciados propios, estarían sentadas algunas de las bases inconscientes
para el advenimiento de conductas paidofílicas.

BIBLIOGRAFÍA
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Chasseguet-Smirgel, J (1998) “Perversión, sexualidad, narcisismo” Rev.de
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Amorrortu Editores
Ganzaraín, R (1972) Conferencia desgrabada dictada en la Universidad de Chile
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Estados psicóticos. Ed Horme
Sanchez-Medina, A (1997) “La parte perversa de la personalidad”. Rev. de la
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