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La alegoría y la paradoja político-religiosa en El hombre que fue Jueves, de Chesterton

La alegoría y la paradoja político-religiosa en El hombre que fue Jueves, de Chesterton

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Publicado porBender Rodríguez
Esta tesis se basa en un análisis de la novela El Hombre que fue Jueves, del
escritor británico Gilbert Keith Chesterton (1874-1936). Consta de tres capítulos.
En el primero se ofrecerá una breve semblanza de la vida, época y contexto
literario de Chesterton. Se describirán asimismo las principales características de
su estilo. Cabe mencionar que el rasgo dominante en sus escritos es el empleo de
la paradoja.
En el segundo capítulo se abordará el tema de la paradoja. Se ofrecerá primero la
definición retórica y a continuación unas breves nociones filosóficas del concepto.
Se proporcionará una explicación de cómo y porqué emplea la paradoja
Chesterton.
El tercer capítulo es el estudio interpretativo de la obra propiamente dicho. Se
parte de la hipótesis de que la novela es una alegoría político-religiosa que
funciona con paradojas. De esta forma, el análisis se basa en dos figuras retóricas
(alegoría y paradoja) las cuales son analizadas separadamente con base en las
citas textuales.
Se ha elegido El Hombre que fue Jueves porque es, sin duda alguna, una de las
obras más representativas y entretenidas de Chesterton. Esperamos que esta
tesis contribuya a reavivar el interés por su obra y sirva de punto de partida a
futuros trabajos académicos.
Esta tesis se basa en un análisis de la novela El Hombre que fue Jueves, del
escritor británico Gilbert Keith Chesterton (1874-1936). Consta de tres capítulos.
En el primero se ofrecerá una breve semblanza de la vida, época y contexto
literario de Chesterton. Se describirán asimismo las principales características de
su estilo. Cabe mencionar que el rasgo dominante en sus escritos es el empleo de
la paradoja.
En el segundo capítulo se abordará el tema de la paradoja. Se ofrecerá primero la
definición retórica y a continuación unas breves nociones filosóficas del concepto.
Se proporcionará una explicación de cómo y porqué emplea la paradoja
Chesterton.
El tercer capítulo es el estudio interpretativo de la obra propiamente dicho. Se
parte de la hipótesis de que la novela es una alegoría político-religiosa que
funciona con paradojas. De esta forma, el análisis se basa en dos figuras retóricas
(alegoría y paradoja) las cuales son analizadas separadamente con base en las
citas textuales.
Se ha elegido El Hombre que fue Jueves porque es, sin duda alguna, una de las
obras más representativas y entretenidas de Chesterton. Esperamos que esta
tesis contribuya a reavivar el interés por su obra y sirva de punto de partida a
futuros trabajos académicos.

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ABSTRACT

Esta tesis se basa en un análisis de la novela El Hombre que fue Jueves, del escritor británico Gilbert Keith Chesterton (1874-1936). Consta de tres capítulos. En el primero se ofrecerá una breve semblanza de la vida, época y contexto literario de Chesterton. Se describirán asimismo las principales características de su estilo. Cabe mencionar que el rasgo dominante en sus escritos es el empleo de la paradoja. En el segundo capítulo se abordará el tema de la paradoja. Se ofrecerá primero la definición retórica y a continuación unas breves nociones filosóficas del concepto. Se proporcionará una explicación de cómo y porqué emplea la paradoja Chesterton. El tercer capítulo es el estudio interpretativo de la obra propiamente dicho. Se parte de la hipótesis de que la novela es una alegoría político-religiosa que funciona con paradojas. De esta forma, el análisis se basa en dos figuras retóricas (alegoría y paradoja) las cuales son analizadas separadamente con base en las citas textuales. Se ha elegido El Hombre que fue Jueves porque es, sin duda alguna, una de las obras más representativas y entretenidas de Chesterton. Esperamos que esta tesis contribuya a reavivar el interés por su obra y sirva de punto de partida a futuros trabajos académicos.

INTRODUCCIÓN

Hace tres años, tuve oportunidad de leer una novela con un título muy curioso. Se titulaba El hombre que fue Jueves. Su autor es Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), escritor británico nacido en Londres y considerado uno de los grandes clásicos europeos del siglo XX. La novela estaba construida paradojas, de contradicciones que, una y otra vez, causaban sorpresa y arrancaban una sonrisa. La lectura de esta novela me motivó a investigar un poco más a fondo sobre Chesterton. Han sido dos años en que he leído y disfrutado a Chesterton y se ha intentado captar el sentido de su obra. Hoy, guiado por un entusiasmo creciente, me propongo presentar una tesis basada en esta novela. El objetivo general de esta tesis es llevar a cabo un análisis de El hombre que fue Jueves para demostrar que la obra es una alegoría político-cristiana, y que el mecanismo que le da sentido es la paradoja. Los objetivos específicos son: hacer una breve semblanza de la época de Chesterton; ubicar, de un modo muy general, a Chesterton dentro la producción literaria inglesa de su tiempo; enumerar las principales características de su estilo; explicar cómo y porqué emplea la paradoja como rasgo estilístico-ideológico y por último, señalar su importancia y aportaciones de la novela. La tesis que el lector tiene en sus manos consta de tres capítulos. En el primero se dará una breve semblanza de la vida, obra y contexto histórico del autor. Esto es, se describirán, de modo general, la Época Victoriana y las primeras décadas del Siglo XX en Inglaterra. Se hará énfasis sobre las tendencias literarias de esos periodos y se establecerá la relación entre Chesterton y los escritores de su tiempo. Se ubicará, asimismo, a El Hombre que fue Jueves dentro de la totalidad de la producción literaria de Chesterton, y se enumerarán los principales rasgos de su estilo.

En el segundo capítulo, se expondrá una breve descripción de la evolución del concepto de “paradoja”, para determinar de qué modo utiliza nuestro autor este recurso retórico. En el tercer capítulo nos enfocaremos en el análisis de la obra. Basados en el texto, identificaremos la alegoría política y la alegoría religiosa. A continuación describiremos la forma como se manifiesta la paradoja y concluiremos dando una explicación de cómo y porqué se combinan estos recursos en la obra. Hemos elegido El hombre que fue Jueves porque es la primera novela en que Chesterton toca de manera abierta la defensa de la fe cristiana, y una de las que mejor ilustra el brillo de sus paradojas. Hay tan solo un aspecto que nos hemos decidido a dejar fuera del presente análisis y es el elemento onírico. Consideramos que esta característica de la obra merece ser tratada en trabajo aparte. Este es nuestro esquema de trabajo:

Chesterton: contexto histórico y biografía

Ø
El Hombre que fue Jueves: su lugar en la producción chestertoniana

Ø
La paradoja: definición y evolución histórica del concepto

Ø
Análisis de la obra: simbología y paradoja política y religosa.

Ø
Conclusión: Importancia y aportaciones de El Hombre que fue Jueves

La bibliografía en castellano sobre Chesterton es relativamente escasa; para elaborar esta tesis nos hemos basado en la edición de las Obras Completas, llevada a cabo por Plaza y Janés, en 1968. Se han citado extensamente diferentes escritos del autor, porque consideramos que en ellos encontrará el lector referencias para profundizar en la obra. En el caso específico de la novela, se ha citado la traducción hecha por Alfonso Reyes en 1919, y editada hoy día por la Colección Sepan Cuantos y por la Editorial Losada. Como bibliografía crítica, hemos citado principalmente a dos estudiosos: Joseph Pearce y Dale Alquist, además de diversos ensayos y entrevistas aisladas. Habiendo aclarado lo pertinente a nuestro método de trabajo, consideramos que es importante para el lector formarse una idea preliminar del contexto y la personalidad del autor. Gilbert Keith Chesterton nace en 1874 en Londres. Es un hombre cuya vida transcurre entre el final de la Era Victoriana y las primeras décadas del siglo XX. Bautizado en la Iglesia Anglicana, se convirtió al catolicismo en 1922. En sus escritos se advierte una constante preocupación por la defensa de la fe cristiana y por las discusiones de tinte filosófico. Las principales obras de Chesterton son las novelas El Napoleón de Notting Hill (1904), El hombre que fue jueves (1908) La esfera y la cruz (1909), El candor del Padre Brown (1911), Las aventuras de un hombre vivo (1912), La sabiduría del Padre Brown (1914) y El hombre que sabía demasiado (1922); los ensayos Herejes (1905), Ortodoxia (1908), El Hombre Eterno (1927) y Lo que está mal en el mundo (1909). Escribió también las biografías críticas de San Francisco de Asis (1923), Santo Tomás de Aquino (1933), George Bernard Shaw (1909) y Robert Louis Stevenson (1925). Es autor, además, de numerosos ensayos y de algunos poemas, si bien su producción lírica es la parte menos conocida de su obra.

Las principales características de la producción chestertoniana son: el relato policial, los elementos filosófico-religiosos, los elementos fantásticos, y el empleo de la paradoja como rasgo estilístico sobresaliente. A este respecto, es importante señalar que prácticamente toda su obra está construida e ideada con base en paradojas. La paradoja es el instrumento con el que el escritor construye su edificio literario. Pero no es simplemente un paradojista. A la luz de la paradoja, brilla una segunda intención: un propósito de concientización sobre lo extraño de la realidad cotidiana. Las paradojas de Chesterton provocan en el lector una sensación de sorpresa y le invitan a reflexionar; es difícil leer a Chesterton sin acostumbrarse a cuestionar lo que nos rodea. Chesterton parece querer que pensemos y nos hace pensar a través de la paradoja. Esto lo convierte en un autor de lectura no siempre fácil, por el constante fluir de un pensamiento que parece nunca detenerse, y por su gusto de sorprender a sus lectores hasta casi agotar el recurso. Hemos elaborado esta tesis porque consideramos que podemos dar a conocer una novela muy importante dentro del cosmos de la producción chestertoniana y con ello, mostrar la originalidad y valores literarios de Chesterton, avivar el interés por su obra y servir de paliativo a futuras investigaciones académicas basadas en este autor. .

CAPITULO 1 CHESTERTON, SU VIDA Y SU TIEMPO

1.1 Noticia biográfica

Gilbert Keith Chesterton nació en 1874 en el barrio londinense de Kensington. Hombre sosegado, algo flojo y descuidado en su aspecto, su vida ofrece poco atractivo para el aficionado a escándalos sentimentales y de otra índole. Polígrafo de primera categoría, recibió formación como dibujante, y desempeñó con éxito los oficios de periodista, filósofo, historiador, ensayista, novelista, crítico literario y poeta; es difícil imaginar una rama de las ciencias humanas que nuestro autor no haya abordado. Fue famoso entre la sociedad de su tiempo por su inconfundible estilo satírico, que arrancaba carcajadas aún a aquellos que eran objeto de sus burlas Chesterton, en palabras de Romeva: “era un hombre que amaba los goces simples e ingenuos, los juegos pueriles, las bromas enormes y sin malicia, las expansiones de la camaradería”. Su aspecto físico era ciertamente peculiar. De incipiente obesidad, con el cabello siempre despeinado y mirada ausente, podía inspirar en quien lo observaba ternura o una sonrisa burlesca. Romeva lo describe de este modo:

Le conocimos cuando debía andar por sus cincuenta años, y el recuerdo que de él tenemos es el de un señor alto, gordo, de hablar reposado y entrecortado, que cruzaba sobre la barriga unas manos regordetas y todavía bellas, y nos miraba, tras los cristales de sus lentes, con unos ojos húmedos y bondadosos, donde se escondía a veces una lucecita irónica. Su imponente humanidad le daba un aire de torpeza desmentido a cada punto por la lucidez y prontitud de sus reacciones mentales. (1968: II )

Chesterton, según todos los indicios, procedía de una familia acomodada, muy tradicional y ante todo, culta y profundamente inclinada al arte. Su padre, según el mismo dice, “era un hombre de gusto seguro y delicado, muy moderado en sus opiniones y universal en sus aficiones, inclinado a la pintura y a la arquitectura gótica.” (Autobiografía, 1968: 13 ) Su

madre era una mujer inteligente, de opiniones firmes, tolerante, que daba mucho valor a las cosas de la inteligencia y del espíritu. Sin duda, el haberse criado en un hogar así influyó de modo decisivo en el desarrollo de su temperamento. El joven Gilbert resultó un híbrido de las cualidades de sus mayores: heredó la sensibilidad artística del padre y la inteligencia de la madre. Chesterton era un apasionado de las ideas. Hizo de la discusión una afición y de esa afición un arte. A esto contribuyó también su círculo familiar. El mismo dice que el primer estimulante que halló en el camino de su formación ideológica fue su hermano menor, Cecil. En su Autobiografía, relata:

Mi hermano Cecil nació cuando yo tenía cinco años, y tras una breve pausa empezó a discutir. Se dio el caso de que en la familia hubieran dos aficionados a las discusiones. Discutimos durante toda nuestra infancia y durante toda nuestra adolescencia hasta convertirnos en una peste para nuestro círculo social. Y aunque el recuerdo de haber dado la lata de semejante modo no sea nada agradable, me alegro, por otros conceptos, de que desde tan jóvenes ventiláramos nuestros pensamientos y opiniones sobre todos los temas del mundo. Me regocija el pensar que durante todos aquellos años no dejamos de discutir y no nos peleamos una sola vez. (1968: 33, 38)

Las discusiones entre el joven Gilbert y su hermano alcanzaban proporciones épicas. Una vez enzarzados en una discusión, podían olvidarse completamente de todo cuanto los rodeaba. Romeva refiere una anécdota contada a su vez por el padre de los chicos:

Mr Chesterton refiere como los encontró entregados a su pasión favorita un día de lluvia torrencial, en medio de la calle, sin gabán ni paraguas. Cecil tenía la palabra y Gilbert

cortésmente esperaba su turno mientras la lluvia corría por su sombrero y a lo largo de su cuerpo, y Cecil estaba calado hasta los huesos. Ninguno tenía la menor idea de que ellos y el mundo entero estaban chorreando. (1968: VI )

Diremos, si nos es lícito, que Chesterton continuó discutiendo, si no con su hermano, al menos en sus obras literarias. Toda su producción podría interpretarse como una discusión de corte filosófico, filológico y literario. Del hogar paterno pasó Chesterton al colegio de San Pablo, en Hammersmith, donde cursó la enseñanza media. Al principio de su vida escolar aparentaba ser un niño de lento aprendizaje y a menudo era objeto de burlas; esta situación cambió cuando concluyó la enseñanza elemental. Inclusive, en una ocasión ganó el premio Milton, en un concurso estudiantil de poesía, y resultó premiado gracias a un poema sobre San Francisco Javier, el apóstol que predicó en China. Concuerdo con Romeva en que esto podría interpretarse como una prueba de que, a sus 17 años, le atraían ya ciertos temas que habían de ser tópicos recurrentes en su producción literaria. Concluida la enseñanza media, comenzó a asistir a la Academia de Bellas Artes, y todo parecía indicar que se convertiría en pintor. De hecho, durante su vida ejerció como ilustrador en algunos libros publicados por amigos suyos. Sin embargo, acabó convirtiéndose en periodista. Tal vez debido a su pasión intelectual, que provocaba que su gusto por el arte se inclinara más hacia la expresión y defensa escrita de las ideas. Junto con su hermano, asistía a los clubes y bares de Londres, donde había sociedades y grupos intelectuales que dictaban conferencias sobre los más diversos temas. En estas reuniones cosecharon los hermanos Chesterton grandes triunfos, protagonizaron acaloradas discusiones y convivieron con algunas de las figuras literarias más prominentes de su época: George Bernard Shaw, H.G. Wells, Conrad Noel, Hilaire Belloc, entre otros. Joseph

Pearce sostiene que fue ésta una etapa decisiva, en la que el joven Chesterton confirmó su habilidad como orador y su vocación literaria. Yo añadiría además que estas discusiones jugaron un papel importante en su producción, al despertar en él inclinación hacia los estudios críticos. En efecto, dentro de la producción chestertoniana sobresalen las biografías críticas de Charles Dickens, Geoffrey Chaucer, Robert Browning, Shaw, William Corbett y Robert Louis Stevenson. Dos de ellas, las de Dickens y Browning, fueron publicadas en 1901 y 1903, respectivamente. Es decir, aproximadamente hacia la misma época en que Chesterton asistía a sus reuniones. Chesterton comenzó a publicar poesía desde muy joven, y se inició como periodista cuando contaba 23 años. Durante su vida periodística, tuvo la habilidad de volverse indispensable aún para aquellos a quienes criticaba con una mordacidad y un ingenio que le eran muy propios y que le valieron la admiración aún de sus detractores. Era sumamente carismático y no le llevó mucho tiempo hacerse popular. En ese entonces, según Romeva,

Fleet Street conservaba algo de la vida bulliciosa y pintoresca, y sus bares y tabernas eran el centro de reunión de una bohemia obligarrada compuesta por impresores, periodistas y literatos. El gran escritor no tardó en convertirse en una de las figuras más populares de aquel lugar. Se le veía acurrucado en un rincón escribiendo sus artículos, o se le oía derramar su ingenio en animadas charlas. Era tan generoso con su dinero como con sus ideas y a menudo pagaba él la cuenta de su auditorio ( Prólogo, 1968: XII )

Desde 1898 y hasta 1914 colaboró en un buen número de periódicos, entre ellos el “Bookman”, el “Speaker” y el “Daily News”. Sus colaboraciones en éste último le valieron un público selecto y le dieron cierta fama. Supo hacer apreciable su estilo irónico y a la vez profundo, y sus iniciales G.K.C.- como acostumbraba firmar sus artículos – se convirtieron en una referencia obligada para los lectores del periódico. Hacia 1913 se separó de él por

diferencias ideológicas y empezó a publicar en el “Eye Witness”, dirigido primero por Belloc y luego por Cecil. Entre 1914 y 1918 – periodo en que se desarrolla la Primera Guerra Mundial – Chesterton padece un severo agotamiento nervioso, lo que le tiene varios meses entre la vida y la muerte; pierde a su hermano en campaña y eso le lleva a dirigir el “Eye Witness”. El periódico, mal administrado, se declara en quiebra y Chesterton funda el “G.K.’s Weekly”, desde donde continúa divirtiendo e intrigando al público inglés con sus artículos. Asimismo, comienza a colaborar regularmente con el “Ilustrated London News” En 1922 se produce el ingreso formal de Chesterton en la Iglesia Católica. Aunque para muchos, era un “creyente no converso”, dado que sus obras estaban salpicadas de filosofía cristiana, después de esa fecha declara abiertamente su fe inclusive en su producción. Entre 1923 y 1927 publica las biografías críticas de Santo Tomàs de Aquino y San Francisco de Asis, razonadas de modo brillante, y con las cuales trata de explicar el proceso de su propia conversión. En la última etapa de su vida (1922-1936) realiza algunos viajes al extranjero, dos a los Estados Unidos, donde es aclamado como un genio de la literatura, y otros dos a España. De ellos habla en algunos de sus libros. En su Autobiografía nos dice, con aquel humor que le es tan propio: “Después de todo, el país más extraño que he visitado es Inglaterra. Pero lo visité a una edad muy temprana, y se me contagió un poco su extrañeza.” (Autobiografía, 1968: 166 ) Murió en junio de 1936, habiendo escrito novela, poesía, teatro, estudios críticos e innumerables artículos periodísticos. Es considerado un autor importante en Inglaterra y en la comunidad europea en general y un defensor a ultranza de la fe cristiana; tras su muerte,

una comisión de obispos, sacerdotes y laicos argentinos escribió una carta al papa Pío XI pidiendo su canonización. ( Pearce, 1998: 12 )

1.2 La época y el contexto literario de Chesterton

Para aproximarnos a la producción de Chesterton, conviene hacer un breve resumen del contexto histórico que le tocó vivir. Su juventud corresponde a la última étapa de la Era Victoriana y su vida adulta a las primeras décadas del Siglo XX. Revisaremos a vuelo de pájaro cuales fueron las circunstancias sociopolíticas que privaron en Inglaterra en esos tiempos. La Era Victoriana abarca el reinado de Victoria I (1837-1901). Durante las poco más de seis décadas que comprende este periodo, Inglaterra se consolida como una potencia del colonialismo, siente las consecuencias de la revolución industrial, se convierte en un país donde la clase social dominante es la burguesía y su actividad cultural ofrece ancho campo para el surgimiento de distintas corrientes literarias y filosóficas. Pero también fue una época en que los levantamientos obreros, los intentos aislados de rebeldía en las colonias, las constantes tensiones políticas y las represiones morales estuvieron a la orden del día. Si desde el punto de vista histórico el periodo victoriano aparece como una época perfectamente definida, no se puede decir lo mismo de su actividad literaria. Las circunstancias que hemos mencionado más arriba favorecieron el surgimiento de una comunidad de escritores que no puede calificarse de uniforme y cuyos miembros mas destacados son, entre otros, Charles Dickens, Thomas Carlyle, John Stuart Mill, Robert Louis Stevenson, George Bernard Shaw, y Oscar Wilde, entre algunos otros. Aunque el objetivo de los escritores victorianos es siempre el mismo – la sociedad –, no resulta fácil

delimitar con exactitud cual es su postura respecto de ella. Los victorianos pueden parecer al mismo tiempo “ultramodernos y conservadores, autosuficientes y angustiados, materialistas o idealistas, respetuosos o irreverentes, optimistas o despiadados.” (Martín, 1974:188) Hay todo un cúmulo de ideas y filosofías opuestas, de doctrinas religiosas y políticas contradictorias, de posiciones encontradas. El edificio literario victoriano aparece pues como un ente polifacético. A decir de Felix Martín:

Se observa que dentro de sus recintos hay lugar para un mercado literario activo, que la misión literaria de las principales plumas se dirige hacia la sociedad misma, y que la controversia religiosa, el reformismo social, el debate político, la educación de las masas y el interés por el arte parcelan este castillo cultural. ( 1974: 192 )

Debemos señalar sin embargo que entre todas las controversias ideológicas propias de la época, destaca la que protagonizaron el utilitarismo, corriente filosófica representada por John Stuart Mill, que juzga todo acto humano en función de la utilidad que le reporta al individuo que lo realiza sin tener en cuenta la calidad moral, y el Movimiento de Oxford, encabezado por el Cardenal John Newman. Este choque-convivencia entre religión y filosofía moderna constituye, en palabras de Martín, “la paradoja fundamental de la Época Victoriana.” (1974:189) Cabe mencionar que hacia el final del periodo victoriano (1887) aparece una novela que prácticamente marcará el nacimiento del género policial en Inglaterra: Estudio en escarlata, de Sir Arthur Conan Doyle, protagonizada por el famoso detective Sherlock Holmes. Aunque su importancia radica en el género que representa, las descripciones y el estilo de Conan Doyle no se apartan mucho de las convenciones victorianas. Y es importante además porque el género policial estará presente en Inglaterra hasta bien entrado el Siglo XX, con autores como Ágatha Christie y el propio Chesterton.

En conclusión: el periodo victoriano es una etapa histórica heterogénea, donde se mezclan distintas tendencias intelectuales, donde conviven y se fusionan posturas filosóficas contradictorias, donde la sociedad inglesa experimenta al mismo tiempo las ventajas del progreso y la incertidumbre de la inestabilidad, las libertades de la filosofía utilitarista y las represiones de la religión puritana, Es, en suma, una época paradójica. Durante los primeros años del Siglo XX, la sociedad inglesa vive periodos de terrible inestabilidad política. La muerte de la Reina Victoria, cuya figura había llegado a ser emblemática, casi legendaria, tiene lugar el 22 de enero de 1901. Cunde entonces en las Islas Británicas una ola de desencanto y de nostalgia. A la muerte de Victoria sigue el breve reinado de Eduardo VII (1901-1910), y las tensiones políticas con la Alemania de Guillermo II, tensiones que desembocarán en la entrada de Inglaterra en la primera Guerra Mundial, en 1914. El estado de guerra permanece hasta 1918. Los años veinte, de aparente reconstrucción y progreso, acaban de manera caótica con la Gran Depresión de 1929 y durante los años treinta empiezan a sentirse en Europa las tensiones ideológicas y diplomáticas que darán lugar, en 1939, al estallido de la Segunda Guerra Mundial. En la literatura, Inglaterra experimenta un cambio importante. Hay una especie de ruptura con la Época Victoriana. A los retratos realistas de los escritores victorianos siguen los retratos psicológicos hechos por escritores del Modernismo. El modernismo es un movimiento de ruptura con el pasado, una postura que busca cambiar la forma de interpretar la realidad, posiblemente provocado por el desencanto y la inestabilidad que imperan a comienzos del Siglo XX. Para este grupo de literatos, no basta retratar a la sociedad desde el punto de vista del narrador; hay que enfocarse en los pensamientos del propio personaje. La realidad se define entonces como algo eminentemente subjetivo. El modernismo recurre pues a la técnica de la introspección y al hacerlo, crea lo que se ha

dado en llamar novela psicológica. Sus principales representantes son Virginia Wolf, D.H. Lawrence y James Joyce. En este ambiente cultural, enmarcado por el aparente esplendor y la diversidad de ideas de la Era Victoriana, y por la nostalgia y los terribles sucesos de principios de siglo, encuentra Chesterton el contexto para su producción literaria.

1.3 Lugar de G.K. Chesterton en las letras inglesas ( 1870-1940 )

Tratemos ahora de delimitar el lugar que ocupa nuestro autor en la producción literaria inglesa de su tiempo. Al hacerlo tropezamos con ciertas dificultades, ya que es, por así decirlo, un hombre entre dos siglos; su carrera literaria coincide exactamente con el inicio del Siglo XX y su juventud transcurre en la última etapa del periodo victoriano; podría considerársele pues un escritor moderno o un escritor victoriano. A primera vista, encasillar a nuestro autor dentro de un periodo o una tendencia literaria resulta extremadamente complicado. Romeva sostiene que: “Chesterton es un escritor único; no ha tenido imitadores, ni es verosímil que los tenga.” Si admitimos esto como válido, entonces Chesterton resulta sencillamente inclasificable. Sin embargo, desde nuestro punto de vista, a Romeva no le asiste toda la razón. Ciertamente, las características de la obra de Chesterton son sumamente originales. Más que relatos o retratos de una sociedad son, como veremos más adelante, tribunas donde el autor elabora una discusión filosófica acerca de unas ideas determinadas y en este sentido no se parece a nadie. Sin embargo, las dos épocas que le tocó vivir le proveen de su estilo y de los temas a desarrollar en su obra; nosotros nos inclinamos por definirlo como un modernista victoriano. Es victoriano porque hereda

las paradojas propias de ésta época y las plasma en sus escritos, y porque frecuentemente manifiesta su admiración hacia autores como Dickens, Browning o Stevenson. En diversos pasajes de los estudios críticos que elabora sobre ellos reconoce expresamente la influencia que tuvieron sobre su pensamiento y formación. Es victoriano porque frecuentemente revive en sus escritos la controversia entre religión y filosofía moderna que en la Era Victoriana protagonizaron el utilitarismo y el Movimiento de Oxford. Es moderno porque en sus obras se puede observar un cambio de técnica con respecto a los escritores victorianos. Sus obras no son el retrato fiel de la imagen o el comportamiento de una sociedad, sino el reflejo de las ideas, expresadas por boca de sus personajes, y eso le aleja del Siglo XIX y le acerca al XX. Aunque conviene señalar que no utiliza la técnica modernista de la introspección, sino la discusión expuesta en forma de diálogo. Es moderno porque da cabida en sus obras a la exposición de las ideas modernas, y comparte la nostalgia propia del modernismo, aunque va en búsqueda constante de un pasado que aparentemente ha quedado en el olvido. Es constante su añoranza por la época del progreso y la industrialización y es evidente su desprecio hacia una época moderna caracterizada por la inestabilidad política; asimismo, defiende la necesidad de la religión, particularmente la religión católica, frente a las tendencias filosóficas que desprecian la moralidad. Hay un solo punto evidente que permite comparar a Chesterton con otros escritores de su tiempo y es el hecho de que cultivó el género policial. Son seis las novelas que pueden hallar cabida en este género: cinco protagonizadas por el simpático y diminuto Padre Brown y El hombre que sabía demasiado, cuyo protagonista es el periodista Harold Marsh. Sin embargo, Chesterton va más allá de la novela policial y los relatos protagonizados por estos personajes no están exentos de alabanzas hacia la religiosidad y del desprecio hacia lo moderno que ya hemos mencionado anteriormente. Podemos concluir entonces que, aunque

Chesterton es original en cuanto a sus temas y su estilo, lo cual torna difícil establecer un parámetro adecuado para su ubicación, ideológicamente es un escritor moderno que defiende y busca retornar a las ideas de la Era Victoriana y quizá hacia un pasado más lejano, ese pasado donde la religión era el centro de la vida humana. . .

1.4 Cronología literaria de Chesterton

:

A continuación ofrecemos al lector un breve esbozo cronológico de las obras de

Chesterton; para ello, hemos establecido una clasificación de su producción en tres etapas, basándonos en las características de su obra y en acontecimientos de su vida personal

Primera Etapa: Los comienzos (1901-1911)

En esta etapa Chesterton sienta las bases de su estilo: la paradoja, la defensa de la fe cristiana y las discusiones filosóficas. Inaugura su faceta de crítico literario al publicar las biografías críticas de Dickens y Browning, personajes de gran importancia en la historia literaria de su país.

Obras principales de este periodo:

Robert Browning (1903), El Napoleón de Notting Hill (1904) Vida de Dickens (1906), El Hombre que fue Jueves (1908), Ortodoxia (1908), George Bernard Shaw (1909), Lo que esta mal en el mundo (1909), La esfera y la Cruz (1909)

Segunda Parte (1911-1922): Los relatos policiales

En esta etapa, Chesterton publica cuatro de los cinco libros sobre el personaje que le ha hecho mas famoso: el padre Brown, con lo que se gana un puesto importante entre los autores de novela policial en Inglaterra Con El Candor del padre Brown propone un nuevo concepto del detective, un cura bajito y de apariencia insignificante que no obstante, posee una inmensa capacidad de intuición, a diferencia de los héroes de Conan Doyle, Ágatha Christie o Wilkie Collins, cuyo punto de apoyo es el razonamiento lógico. El padre Brown ejerce además su ministerio, puesto que al final de cada relato, busca el arrepentimiento y l. Conversión del criminal, no su condena. Al mismo tiempo, el autor consolida su estilo, su preferencia por los temas filosóficos y religiosos

Obras importantes en este periodo:

El Candor del Padre Brown (1911) La hostería volante (1913) La sabiduría del Padre Brown (1914), El Club de los Negocios Raros (1916) La incredulidad del Padre Brown (1917), El escándalo del Padre Brown (1920)

Tercera etapa: La Conversión (1922-1936)

En 1922 Chesterton se convierte al catolicismo. Publica entonces las biografías críticas de dos de los pilares de la Iglesia católica: Santo Tomás de Aquino y San Francisco de Asis, con las cuales trata de explicar de alguna manera su propio proceso de conversión. Escribe

una serie de relatos detectivescos bajo el título de El Hombre que sabía demasiado. Termina de publicar la serie del Padre Brown y publica además su Autobiografía, obra terminada unas semanas antes de su muerte. Publica también un ensayo crítico sobre Robert Louis Stevenson.

Obras importantes de este periodo:

El hombre que sabía demasiado (1922) San Francisco de Asís (1923)) El secreto del Padre Brown (1929)) Santo Tomás de Aquino (1933) Autobiografía (1936)

1.5 Lugar de El Hombre que fue Jueves en la producción literaria de Chesterton

El Hombre que fue jueves se publica por primera vez en 1907. Pertenece, pues, a la etapa temprana de la producción chestertoniana. Tratemos de ubicarlo especialmente entre las obras de nuestro autor que van de 1900 a 1910. Tarea que se facilita en virtud de que Chesterton elige casi siempre un tema filosófico o religioso como punto de partida. La primera obra importante de Chesterton – después de las biografías de Dickens y Browning – es El Napoleón de Nothing Hill. Publicada en 1904, viene a ser una especie de crítica política que augura un negro futuro y un estado de totalitarismo en Inglaterra. Aunque la trama es algo simple, ya se pueden notar algunos de los juegos lingüísticos e ideológicos que caracterizan el estilo de nuestro autor. Juegos que desembocan irremediablemente en el empleo de la paradoja. A continuación vienen dos libros que son fundamentales para entender la base ideológica sobre la cual descansa la literatura chestertoniana: La esfera y la cruz y Ortodoxia,

publicados ambos en 1909. El primero es una apología del pensamiento cristiano en contraposición con la postura racionalista, cuya conclusión es que la religión tiene una base racional y que la razón necesita admitir la religiosidad. En esta novela de tintes fantásticos aparecen personajes como Lucifer y el arcángel Miguel. Ortodoxia es tal vez el libro intelectualmente más representativo de Chesterton. A lo largo de 108 páginas, el autor elabora un complicado ensayo sobre la religión y la forma de percibirla y llevarla a la práctica. Es un libro de difícil lectura, dado que utiliza frecuentemente frases que pueden parecer ilógicas. En síntesis, es la evolución del pensamiento religioso chestertoniano. Sus capítulos más importantes son “El Suicidio del pensamiento” y “Las Paradojas del Cristianismo”, ya que ayudan a entender el porqué del estilo y los temas de Chesterton. Junto a estas dos obras, está la serie de ensayos Lo que está mal en el mundo y la biografía crítica de George Bernard Shaw. En el primero Chesterton expone su particular visión de la moralidad en la Europa de su tiempo, sirviéndose en repetidas ocasiones de ejemplos banales e inclusive risibles, razonados no obstante con agudeza y sentido común. La biografía de Bernand Shaw es a la vez un tributo y una crítica de Chesterton hacia este dramaturgo irlandés, a quien nuestro autor admiraba y cuya posición estética e ideológica, sin embargo, no compartía. Chesterton hace una razonada defensa de sus ideas sin dejar de reconocer los méritos de su rival. . El Hombre que fue Jueves se halla entonces a mitad de camino entre El Napoleón de Nothing Hill y La Esfera y la Cruz. Es un híbrido entre estas dos novelas, y resulta sin duda mejor logrado. Posee una serie de características que permiten distintos niveles de lectura. Puede considerársele como una novela policial, como una novela filosófico-metafísica o

bien como una alegoría cristiana. Nosotros preferimos esta última interpretación y sobre ella trabajaremos más adelante.

1.6 Características generales de la obra de Chesterton.

Para hacer un análisis de las características que distinguen a la obra de nuestro autor debemos prestar atención a dos circunstancias curiosas, casi únicas. Una, que hemos mencionado anteriormente, es su desmedida pasión por las discusiones. La otra, acaso más importante, es su conversión al catolicismo. La primera sienta las bases de su estilo. La segunda, los temas que aborda. La gran mayoría de las novelas de Chesterton son en realidad discusiones filosóficas. A menudo se complace en emplear páginas enteras para explicar, por ejemplo, la diferencia que existe entre lo “imposible” y lo “improbable” Aunque no exentas de estructura narrativa y proceso argumental, las novelas de Chesterton son ante todo una exposición de ideas. Es un apasionado de las ideas. En palabras de Romeva:

Existe una constante y esa constante es el pensamiento. Chesterton ha escrito artículos, ensayos, novelas y poesía y todo le sirve para lo mismo: para la discusión y la exposición de ideas, Cambian los modos, las formas. La intención subsiste. Sus novelas no pueden llamarse novelas en el sentido acertado de la palabra. Son narraciones fantásticas, extravagantes, llenas de aventuras quiméricas, donde los episodios se siguen sin que apenas haya nada que los conduzca lógicamente a su conclusión. Sus personajes, a despecho del amor con que él se complace en describirlos y el colorido que les presta, no son, en su mayor parte, hombres de verdad. Son símbolos, encarnaciones de ideas y tesis contrapuestas, encargados de proseguir en el mundo imaginario las discusiones que su autor sostiene en el mundo real: Tunrbull o el ateísmo, McLean o el cristianismo, Gregory o el anarquismo, Syme o la ley y el orden. Todos hablan el mismo lenguaje, el lenguaje incisivo de Chesterton. Chesterton habla por boca de todos ellos. Chesterton es, en realidad, el único personaje de sus novelas (1968:XV) .

Es decir, las novelas de Chesterton se pueden definir en su mayoría como alegorías En el caso que nos ocupa, lo veremos más adelante, la alegoría es política y religiosa. Este rasgo estilístico tiene su origen en la afición a las discusiones, que nuestro autor simplemente traslada al papel. El hecho de elaborar y exponer discusiones en sus escritos le confiere la facultad de utilizar muchas frases ingeniosas, sarcásticas e incluso confusas, Es indudable que, como han señalado algunos críticos, esta tendencia puede resultar gravosa para el lector. Es posible. Sin embargo, consideramos que su estilo no es sino la consecuencia de su afición a las discusiones y del ardor con que defiende sus ideas. El único pecado de Chesterton consiste en recalcar ante el lector su postura ideológica. . Hemos establecido ya que Chesterton es un apasionado de la discusión. Sin embargo, no debemos detenernos aquí. Es necesario saber sobre qué y cómo discute. Al examinar sus escritos descubrimos que hay un tópico recurrente: la defensa de la religión, particularmente de la fe católica. Concuerdo con Jesús Guiza y Acevedo cuando apunta que: “No se puede hablar de Chesterton, ni se le puede juzgar, ni se pueden recoger sus enseñanzas, sin tener presente la verdad sobrenatural, primero, y después, la existencia de la Iglesia Católica.” En casi todos sus escritos – al menos los más conocidos - se encuentran, de manera expresa o velada, elementos religiosos y morales. Muchos de ellos pueden considerarse como una defensa abierta de la fe cristiana. Es ahí donde estriba la importancia de su conversión. Aunque, como hemos dicho, se convirtió formalmente hasta 1922, era en realidad un “creyente no converso” desde los primeros años del siglo XX. En un artículo publicado en 1925, admite que:

Aunque hace sólo algunos años que soy católico, sé sin embargo que el problema “porqué soy católico” es distinto del problema “porqué me convertí al catolicismo”.

Tantas cosas motivaron mi conversión y tantas otras siguen surgiendo después. Todas ellas se ponen en evidencia cuando la primera de ellas empuja hacia la conversión. Todas ellas son tan numerosas y tan distintas las unas de las otras que en el fondo la razón principal puede llegar a perecernos insignificante y falta de sentido. La “confirmación” de la fe, es decir, su fortalecimiento, puede venir, tanto el sentido real como en el sentido ritual, antes o después de la conversión(...) El motivo de mi conversión estriba en que el catolicismo es verdadero. (Chesterton, 1925: 1 y ss: )

Romeva, por su parte, nos dice:

Como sabemos, Chesterton fue un convertido al catolicismo. Nada sabemos de lo que haya sido su conversión en su aspecto más íntimo y efectivo (...). En cambio, el proceso que podríamos llamar intelectual y reflexivo de su conversión se halla presente y manifiesto en gran parte de su obra. Algunos han atribuido su conversión a su estrecha amistad con Hilaire Belloc. Otros le atribuyen el haber despreciado las tendencias de su tiempo, a los Bernard Shaw, Wells, a los socialistas, a los plutócratas, a los peseudocientíficos. (...) Pero cualesquiera que hayan sido sus vacilaciones, su mente debió poseer desde el principio un instinto certero que le llevó pronto por los caminos de la verdad cristiana, y pocos adivinan, por el contenido de sus escritos, que su ingreso formal en la Iglesia Católica se produjo hasta 1922 (1968:XVII ) .

Concuerdo con Romeva en que Chesterton, abiertamente o no, era un converso casi desde principios del siglo XX. Sólo un converso puede escribir un ensayo tan complicado y brillante como Ortodoxia; sólo un converso puede escribir toda una reflexión acerca de la verdad del cristianismo como La Esfera y la Cruz. Sólo un converso puede escribir historias detectivescas con un sacerdote católico como protagonista, y puede incluir, al lado del elemento policial, el elemento moral de la redención. . Sólo un converso puede concebir una novela como El hombre que fue Jueves, cuyo punto central es la alegoría religiosa unida a la alegoría política. Concluimos entonces que las dos características principales de la producción chestertoniana son, por una parte, la concepción de la novela como una discusión alegórica

y por otra, la presencia de la religión como tópico recurrente Diremos ahora unas pocas palabras acerca de su estilo. Chesterton amaba la controversia y la discusión. Debía elegir, en consecuencia, un rasgo estilístico que favoreciera la discusión en sus obras y que al mismo tiempo, le permitiera atrapar el interés de sus lectores. Este recurso es la paradoja. La paradoja supone una constante del estilo chestertoniano. Prácticamente todas sus obras están construidas a base de paradojas. Algunas incluso semejan un castillo de paradojas superpuestas que dan sentido a una trama sumamente original. En las tres novelas principales que se ubican en el primer periodo de su producción – El Hombre que fue Jueves, La esfera y la Cruz– la paradoja está presente de diferentes formas. En El hombre que fue Jueves, la paradoja se manifiesta en el orden político, religioso. Mientras, La esfera y la Cruz es una reflexión de la “religiosidad de la razón y la racionalidad de la religión”, expresada y entretejida a través de la paradoja. . En la novela del Padre Brown, la paradoja se establece en el tratamiento que Chesterton da a su personaje: lo describe diciendo que era tan tonto que cualquier tonto lo podría tomar por tonto. Es este un juego de palabras verdaderamente ingenioso y rigurosamente exacto. No obstante ser un “curita desmedrado”, de no intervenir mucho, de que los otros personajes parecen en ocasiones olvidarse de su presencia y de que en uno de los relatos le colocan unas orejas de burro, el sacerdote resulta ser un genio. Más aún, es paradójico que Chesterton, que no practicaba el catolicismo al momento de publicar la novela (1911), se atreviese a escribir con un sacerdote católico como personaje principal, que lo hiciera hablar como sacerdote y que no cometiera errores graves tomando en cuenta los principios filosóficos de la Iglesia Católica Romana. Y esto es solo el principio, En las siguientes dos etapas nuestro autor no abandona nunca la paradoja como su principal rasgo estilístico.

La crítica ha reconocido a la paradoja como la piedra angular sobre la cual descansa el estilo de Chesterton. Romeva nos dice que: .

A menudo, Chesterton apoya sus argumentos en ejemplos y comparaciones de cosas vulgares que su fantasía o su humor hacen brillar en cómicos contrastes. (...) Para él, la realidad es más extraña que cualquier ficción. (....)Todo esto linda con la paradoja, la paradoja es una constante tentación para Chesterton. Muchos miran la paradoja con disgusto, como un juego poco serio. Pero muchas veces es más que un simple juego intelectual; es un chispazo para deslumbrar. Es el resultado de una visón aguda de las cosas ordinarias que las hace parecer extrañas. ( 1968: XXI)

Hemos llegado pues al punto central de la cuestión: la paradoja. Se trata de un concepto curioso y complejo, que conviene definir antes de abordar el análisis de El hombre que fue Jueves, y describir como la concibe y la utiliza Chesterton. A tal efecto consagraremos el capítulo siguiente.

CAPITULO II LA IDEA DE LA PARADOJA

2.1 Generalidades sobre el concepto de paradoja.

Son dos los objetivos a desarrollar en este segundo capítulo. En primer lugar establecer una definición confiable del término paradoja. Una vez hecho esto, procederemos a analizar cómo la define Chesterton. JoséFerrater Mora, en su Diccionario de filosofía, nos dice que la palabra paradoja se deriva del griego paradoxa, de para, contra y doxa, opinión. (1981:323). Atendiendo a la raíz etimológica, paradoja significa pues lo contrario a la opinión común. Y añade que la paradoja maravilla, porque ofrece una visión asombrosa de las cosas, y sin embargo, estas pueden ser tal como la paradoja las describe. El elemento central de la paradoja es la contradicción aparente. Un ejemplo de paradoja es el precepto del Evangelio: “aquel que se enaltece será humillado y el que se humille será enaltecido”. O bien, el refrán romano Festina lente: apresúrate despacio. . Algunos autores consideran a la paradoja como una figura retórica.Helena Beristáin la

define así:

Figura de pensamiento que altera la lógica de la expresión pues aproxima dos ideas opuestas y en apariencia irreconciliables, razón por la cual manifestarían un absurdo si se tomaran al pie de la letra, pero que contienen una profunda y sorprendente coherencia en su sentido figurado. La paradoja llama la atención por su forma aparentemente ilógica y absurda, sorprende y alerta por su aspecto de oposición irreductible, aunque la

contradicción es aparente porque se resuelve en un sentido más amplio del literalmente enunciado. (1998: 387)

He aquí pues, que la paradoja se define como una contradicción aparente. La paradoja puede ciertamente considerarse una “figura retórica” porque se puede expresar en palabras y como tal afecta al lenguaje; Sin embargo, creemos que va más allá de la retórica; es un problema que también a la lógica, puesto que su esencia reside en la aparente falta de ella. Al afectar a la lógica se acerca a la filosofía. Puede decirse que su verdadera razón de ser es filosófica. Sobre ella han tratado, de manera directa o referida, autores como Zenón de Elea, Aristóteles, Quintiliano, Epícteto, Plutarco, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Inmanuel Kant, Bertrand Russell, Blaise Pascal, Soren Kierkegard y Miguel de Unamuno. Ofreceremos una breve síntesis de la opinión que cada uno de estos pensadores tiene sobre la paradoja. Hemos de hacer notar que, aunque la paradoja es un concepto complejo, el elemento común a todos ellos es la presencia de la contradicción. Empecemos con los ejemplos. Zenón deElea, (Grecia, La paradoja de Zenón, llamada Epiménides o el mentiroso de Creta, le ha hecho famoso. Según la misma, se afirma lo siguiente:

Epiménides es cretense y afirma que todos los cretenses son mentirosos.

Si Epiménides es cretense y todos los cretenses son mentirosos, su afirmación es cierta. Pero si Epiménides estuviese diciendo la verdad, caería en una autocontradicción. Porque si dijese la verdad, no podría ser mentiroso, y según él mismo dice, todos los cretenses son mentirosos. La afirmación solo podría considerarse verdadera si y solo si Epiménides no fuera cretense. Pero es cretense, y no obstante el razonamiento lógico que hemos expuesto

más arriba, en el cuál se procede por deducción sin fallas aparentes, sólo podemos concluir que la afirmación hecha por Epiménides es falsa. Es éste un ejemplo que ha llamado la atención de los filósofos a lo largo del tiempo. Por su parte, Aristóteles (Grecia, Siglo III A.C.) aunque no habla abiertamente de paradoja, adelanta en cierto modo en el estudio de este concepto, al describir ampliamente la lógica y plantear los principios de la afirmación y negación, los cuales con el tiempo serán las bases de la paradoja.. Los pensadores latinos Quintiliano y Plutarco abordan un concepto filosófico próximo a la paradoja: la antinomia. Plutarco define la antinomia como una confrontación de dos leyes o conceptos contrarios: blanco y negro, bueno y malo, orden y caos. Quintialiano va un poco más allá e intuye que una ley engendra por fuerza a su concepto contrario. San Agustín y Santo Tomás de Aquino, pilares de la filosofía medieval y piedras angulares del pensamiento teológico católico, tampoco hablan abiertamente de paradoja, pero abordan el concepto de forma indirecta. La divisa de San Agustín es significativa: creo porque quiero comprender. Para San Agustín no importa que el cristianismo parezca ser absurdo. Busca una verdad que no sólo satisfaga a su mente, sino a su corazón; la verdadera felicidad se encuentra en la posesión de la verdad completa. Y San Agustín encuentra la verdad en el Cristianismo. Para él, la fe es lo que apoya y da sentido a la razón. La fe es el sostén de la razón. Santo Tomás, en cambio, va en dirección opuesta. Para él la razón es el sustento de la fe. La razón no debe temer, siempre que proceda rectamente, encontrar nada contrario a la fe. A lo sumo, la razón se topará con problemas que no puede resolver por si misma y es entonces cuando la fe viene en su auxilio. Lo verdaderamente importante de estos dos pensadores no es que aborden la paradoja como tal, sino que dentro de su filosofía ofrecen

cada cual a su manera una explicación para un problema que todavía hoy a muchos les resulta contradictorio: la relación entre fe y razón. El concepto de antinomia será retomado, varios siglos más tarde, por el filósofo alemán Inmanuel Kant quien, retomando a su vez los conceptos de Hegel, dará a los supuestos contrarios los nombres de tesis y antítesis y tratará de probar que al contradecirse justifican su propia existencia. Como dice Ferrater Mora, “una antinomia sólo tiene validez si la existencia de la tésis y la antítesis puede probarse con certeza”. ¿Qué diferencia existe entre paradoja y antinomia? Según Ferrater Mora, ambos términos pueden usarse como sinónimos, dado que los conceptos contienen la misma esencia: un contenido aparentemente ilógico que, si se mira con mayor detenimiento, resulta completamente válido. . Soren A. Kierkegard, filósofo danés, propuso un tipo interesante de paradoja: la paradoja existencial, esto es, la que atañe directamente al comportamiento humano. En la paradoja existencial no hay contradicción, sino un choque de dos conceptos que podrían reflejar un absurdo. La paradoja existencial, dice Ferrater Mora, se propone establecer la verdad, en cuanto verdad profunda, frente a las verdades de la opinión común y hasta del pensamiento filosófico y científico. Es en cierto sentido un regreso al significado etimológico de paradoja. Así es como entiende la paradoja Kierkegard. Para él, la paradoja se manifiesta, por ejemplo, en el hecho de que el hombre elige creer en Dios mediante un acto de rebelión contra Dios. La paradoja no es entonces irracional; se vuelve lógica. Para que un hombre pueda revelarse contra Dios es preciso que admita a Dios. El propio concepto de paradoja se vuelve entonces paradójico. Miguel de Unamuno, filósofo español, defiende la inutilidad de la pura lógica como instrumento para conocer la realidad. Unamuno se rebela contra el imperio de la lógica y

define al hombre como un haz de contradicciones. El racionalismo y el cientificismo son instrumentos que conducen al suicidio, utilizados por quienes, en su afán de ser antiteologistas, no ven en la contradicción el único modo de pensar y de sentir del hombre existencial..

2.2 Chesterton y la paradoja

Hemos efectuado un breve repaso histórico del concepto de paradoja y expresado algunas definiciones que han ofrecido de ella diferentes pensadores a lo largo del tiempo Ahora nos corresponde, por tanto, decir unas palabras acerca del concepto chestertoniano de paradoja y lo que la crítica ha apuntado al respecto. Para entender la relación que existe entre Chesterton y la paradoja, hay que partir del supuesto de que nuestro autor considera al hombre y al mundo como dos entes contradictorios por naturaleza, luego entonces, considera que el mundo solo se puede entender a través de paradojas. El autor nos dice en el primer capítulo de La esfera y la Cruz:

Los que miran la cuestión muy superficialmente consideran que la paradoja es cosa de chanza, propia del periodismo ligero. A este tipo pertenece la frase expresada por el galán de cierta comedia decadente: “La vida es demasiado importante como para tomarla en serio”. Los que miran la cuestión con un poco más de profundidad, consideran que la paradoja es cosa propia de las religiones. A este tipo pertenece la frase: “Los mansos heredarán la tierra”. Pero aquellos que sienten el punto fundamental del problema saben que la paradoja es algo inherente a la existencia del hombre. ( Chesterton, 1944: 6 )

He aquí la primera característica importante del concepto chestertoniano de paradoja. Para Chesterton, la paradoja está presente en todas las cosas. Él mismo admite que para

algunos, la paradoja puede parecer una cosa sin sentido; no obstante, le concede una importancia capital La crítica coincide en este punto. Romeva nos dice que: “La paradoja existe en la realidad misma de muchas cosas. Y a menudo las paradojas de Chesterton tienen este carácter; no son suyas, sino de la realidad.” (1968:XXV) La primera cualidad que le concede Chesterton a la paradoja es la de ser universal, componente esencial de la realidad cotidiana. Es notoria asimismo la relación que para Chesterton existe entre la lógica y la paradoja. En ese mismo primer capítulo, cuando Lucifer califica a la cruz como un animal irracional de cuatro patas, utiliza estas palabras, puestas en boca del monje Miguel, para defender las paradojas propias del cristianismo:

Lo que usted dice es cierto. Pero nosotros gustamos de las contradicciones manifiestas. El hombre es una contradicción manifiesta. Es un animal cuya superioridad sobre los otros animales consiste en haber caído. Esa cruz es, como usted dice, una colisión eterna. Es una lucha en piedra. Cada forma de vida es una lucha en carne. La forma de la cruz es irracional, cabalmente como la forma del ser humano es irracional. Dice usted que la cruz es un cuadrúpedo con una extremidad más larga que todo lo demás. Yo digo que el hombre es un cuadrúpedo que camina solamente sobre dos de sus patas. (1944:19)

Más adelante,Chesterton admite la necesidad de ir más allá de la lógica; en Oxtodoxia nos dice que el lógico es aquel que pretende meter el mundo en su cabeza; por eso su cabeza revienta. En La esfera y la Cruz, cuando Lucifer defiende la lógica pura como único camino para encontrar la verdad, Miguel responde:

Una vez conocí a un hombre como usted, Lucifer (...). Opinaba también que la cruz era un símbolo de barbarie y sinrazón. (...) Esa es la parábola de todos los racionalistas como usted. Empiezan ustedes rompiendo la cruz y acaban destruyendo el mundo habitable. Parten ustedes odiando lo irracional y acaban odiándolo todo, porque todo es irracional. (1944: 19)

Más significativo aún es este pasaje de Ortodoxia:

La verdadera dificultad con este mundo nuestro, no es que sea un mundo razonable ni que sea un mundo razonable. La dificultad más común, es que es aproximadamente razonable; pero no del todo. La vida no es ilógica; pero es una trampa para los lógicos. Parece un poco más matemática y regular de lo que es; su exactitud es evidente, pero su inexactitud está escondida. Su salvajismo yace en acecho. (1998: 61)

Si bien es cierto que estos pasajes son relativos a la encarnizada defensa que hace Chesterton de la fe cristiana, el mensaje de estas palabras es claro: para Chesterton, la vida está llena de contradicciones. Todo apunta a que, desde el punto de vista de nuestro autor, el hombre no puede aspirar a entender todo cuanto le rodea utilizando simplemente la lógica. Tiene, por fuerza, que admitir la existencia de lo ilógico, entendido no como aquello que va contra la lógica, sino como aquello que parece ir o va más allá de lo puramente lógico; visto así, lo ilógico es un camino válido. Chesterton toma conciencia de ello e impulsado por esta convicción, tiende frecuentemente esa trampa para los lógicos que es la paradoja. La paradoja, a primera vista, parece arremeter contra la lógica. No obstante, en realidad forma parte de ella. Hasta aquí hemos visto que Chesterton define a la paradoja como algo universal y como una trampa lógica. Otra definición interesante es aquella que relaciona a la paradoja con el sentido común. En La incredulidad del Padre Brown, en un momento en que el sacerdote expresa una idea, uno de los personajes le pregunta si lo que dijo es una paradoja. El sacerdote responde:

No. Yo lo llamaría sentido común. Un hombre solo puede ser bueno, si toma conciencia de hasta donde llega en él la maldad. (1968: 568 )

Analicemos esto un poco más a fondo Para entender el concepto de nuestro autor, daremos primero una noción personal de lo que es el sentido común. Desde nuestro punto de vista se define como la habilidad que posee el hombre para intuir aquello que no es conocido directamente, a través de la expresión de un concepto relacionado con ese ente desconocido. Por ejemplo, si hay blanco, puedo intuir, aplicando el sentido común, y aplicando una relación de antagonismo, que hay algo que se define como negro. Chesterton aplica el sentido común cuando afirma que solo se puede encontrar la verdad con la lógica si puede encontrarse sin ella, o bien cuando apunta: El ateo es el que cree en Dios. Si no existiera Dios, no existirían los ateos. La paradoja se establece entonces como un concepto más complejo Chesterton, al relacionarlo con el sentido común, lo define como la interrelación de dos conceptos contradictorios que no se repelen, sino se complementan y que al complementarse justifican mutuamente su existencia, desde el punto de vista estrictamente conceptual. Bien mirado, podemos pensar que tiene razón; retomando el ejemplo del Padre Brown, diríamos que un hombre no puede concebir lo que es el bien si no tiene idea de lo que significa el mal. Aunque el bien y el mal son dos conceptos antagónicos por naturaleza, el que un hombre conozca alguno de los dos le confiere la posibilidad de identificar y definir el otro. Lo mismo ocurre con Dios y el ateísmo y con la relación lógico-ilógico. Un hombre puede estar sin Dios, solo cuando reconoce el concepto de Dios. Y un hombre solo puede reconocer una verdad lógica cuando sabe que hay una verdad ilógica. Para ofrecer una explicación completamente satisfactoria de la paradoja y el sentido común, hemos de retomar la primera cualidad que le atribuye Chesterton: la de ser parte integrante de la realidad. Porque para que el hombre pueda definir algo, es necesario que le sea posible conocerlo. Y el hombre sólo puede conocer aquello que existe. Retomemos los

ejemplos que hemos utilizado anteriormente. Si el bien existe – aunque solo fuera en forma de concepto – entonces el concepto del mal tiene sentido. Si existe algo que se define como lógico, entonces también habrá algo que pueda considerarse. Ilógico. El ejemplo de Dios y los ateos es algo más complejo pero igualmente válido. El ateo niega a Dios. Pero al negarlo, está reconociendo su existencia. No tendría sentido negar algo que no existe, porque lo que no existe no puede ser afirmado ni negado. Sólo se puede afirmar o negar aquello que existe y el ateo niega a Dios; luego entonces, Dios existe. Dediquemos ahora unas palabras al objeto que persigue Chesterton con empleo de la paradoja. En primera instancia podríamos imaginar que su meta es la búsqueda de la verdad. La crítica ha apuntado cosas interesantes en este sentido. Para Jesús Guiza y Acevedo, “Chesterton era ante todo un hombre lógico. Las palabras, para él, significaban ideas. Y esta pasión por lo lógica y por la búsqueda de la verdad le lleva al empleo de la ironía y de sus crueles paradojas.” (1937:65) En tanto, Augusto Assía sostiene: “Chesterton vivió perpetuamente desosegado por la idea de la verdad, y sus paradojas no eran sino el doble lazo con que pretendía coger por los cuernos tan elusivo toro.”(1998:II) Chesterton mismo, en algunas de sus obras, relaciona la paradoja con la verdad. Una referencia al respecto la encontramos precisamente en El Hombre que fue Jueves. Podríamos pensar que la paradoja nos hace tomar conciencia de lo que las cosas son y no solo aparentan ser Esta es una interpretación posible. Sin embargo, creemos que Chesterton va un poco más allá con sus paradojas. Son la expresión de verdades tan comunes y evidentes que nos cuesta trabajo pensar en ellas. Sirvámonos una vez más de los ejemplos que hemos venido utilizando. Es razonable suponer que un hombre, hallándose encasillado en lo que él considera lógica pura, se rehuse a admitir aquello que está fuera de ella y que se cataloga como ilógico. Es comprensible que un hombre, siendo bueno, evite y rehuya el mal; es

entendible que un ateo se cierre y no quiera aceptar que Dios existe. Pero en estos casos y por lo que hemos expuesto anteriormente, podemos afirmar que el hecho de un ateo niegue a Dios, de que un hombre bueno no admita lo malo, o de que un lógico esté en contra de lo ilógico, no supone la inexistencia de aquello que se rechaza. Y según dice Chesterton, la paradoja puede ayudar a que los hombres recordemos esa verdad olvidada, a saber: que aquello que nos resistimos a aceptar, de todas formas existe. Insistimos: no tendría sentido negar algo que ni siquiera puede definirse. En palabras de Romeva

En sus especulaciones, Chesterton concede una importancia capital a los datos o nociones primeras, verdades no aprendidas, intuiciones del espíritu, comunes a todos los hombres, que se hallan al alcance de todos sin distinción. La verdad de la paradoja se insinúa en nuestro espíritu mientras la pluma del escritor parece complacerse en el absurdo y la contradicción. (1968:XXIII)

El empleo de la paradoja confiere también a Chesterton ciertos defectos de estilo. Como hemos dicho, las digresiones en las que tiende a caer – de las cuales la paradoja forma parte importante – puede hacer que la lectura de sus libros se torne difícil. Sin embargo, el defiende su manera de proceder. En su Autobiografía, nos dice: “No he comprendido por qué un argumento sólido se vuelve menos sólido cuando se le ilustra del modo más elaborado posible”. ¿Cuál es su propósito? Como hemos apuntado mas arriba, Chesterton posee una concepción peculiar de la paradoja. No es la expresión de lo “negro” que parece “blanco”, sino la expresión de lo “negro” porque hay “blanco”. La paradoja chestertoniana no tiene una relación de contradicción, sino una relación de causa y efecto. . Chesterton toma conciencia de que la realidad está hecha de contradicciones y por ende, la explica a través de contradicciones. En apariencia, el método de Chesterton constituye un desafío a la lógica. Mas no es así. En realidad, la paradoja chestertoniana encierra una

lógica muy simple, cuyo punto de partida es la esencia misma del objeto estudiado; lo que queremos llamar “la filosofía de la correspondencia”. Nuestro autor elabora su razonamiento a partir de dos objetos que se contraponen, tan solo para concluir que la esencia de uno es precisamente lo que da razón de ser al otro. Chesterton entiende la paradoja no como una “contradicción aparente” sino como la expresión implícita de la antítesis del objeto expresado. Si existe A (negro) es porque B (blanco) le da sentido. Para que una cosa tenga sentido, tiene necesariamente que existir su contraparte. La

contradicción cumple entonces una función copulativa y no antagónica. De ahí la doble funcionalidad del Consejo Supremo en el plano moral y político y de ahí la necesidad de aceptar la existencia de Dios en relación con la existencia del hombre. En El Hombre que fue Jueves hay diversos pasajes que confirman la visión que tiene Chesterton de la paradoja; analicemos dos de ellos. En el Capítulo XII, Syme dice a sus compañeros:

Óiganme ustedes. ¿Quieren que les diga el secreto del mundo? Pues el secreto está en que sólo vemos las espaldas del mundo. Sólo lo vemos por detrás. Por eso nos parece brutal. (Chesterton, 1968:163)

El sentido de las palabras de nuestro protagonista es claro. Para entender el mundo es necesario admitir la existencia de sus “dos caras”. El bien y mal, el orden y el caos, el hombre y Dios. El mundo está hecho no de contradicciones, sino de conceptos antagónicos que al contraponerse, se enriquecen y se dan sentido mutuamente. Al darnos cuenta de la necesidad que tienen el mal del bien, el hombre de Dios, y el caos del orden, el mundo, parafraseando a Syme, no nos parece tan brutal. Sin embargo, para entender – o empezar a entender – el mundo, es necesario haber experimentado, como nuestros personajes, las dos caras de la moneda: ser policías y al

mismo tiempo anarquistas, haber defendido el orden y el caos, estar cerca de caer en la tentación (personificada por Gregory) y sin embargo, terminar acercándose a la luz representada por el Domingo. En el plano físico, es el policía quien da razón de ser al anarquista, y en el metafísico es Gregory y sus tentaciones quienes dan razón al Domingo. Al mismo tiempo, el Consejo y el Domingo se justifican mutuamente en su papel de “creador” y “entes creados” El sentido de la paradoja se deja ver en el capítulo final de la novela. Al concluir esta fantástica serie de aventuras, el autor es capaz de decir, por boca de Gabriel Syme:

Ya entiendo lo que pasa. ¿Por qué han de pelear entre sí todas las cosas de la tierra? ¿Por qué cada cosa insignificante se ha de sublevar contra el mundo? ¿Por qué quiere combatir la mosca al universo? ¿por qué la florecita dorada ha de combatir al universo?.Por la misma razón que me obligó a estar en el Supremo consejo de los días. Para que todo lo que obedezca a una ley merezca la gloria y el asentimiento del anarquista. Para que todo el que lucha por el orden sea tan bravo, tan honrado como el dinamitero. (1968:175)

Estas palabras de Syme dejan entrever otro concepto que cobra gran importancia en el proceso chestertoniano: el del equilibrio necesario. En efecto, debemos tomar en cuenta que, inherente a la existencia de la paradoja hay una correspondencia perpetua entre los dos conceptos que se contraponen. Si alguno de ellos faltase, el otro se queda sin razón de ser; y al mismo tiempo, los defensores de un concepto deben reconocer, cuando menos, que el concepto antagónico existe. El equilibrio y el reconocimiento de lo opuesto son indispensables para la existencia de la paradoja, tal como Chéster ton la entiende; por eso Syme dice que “todo lo que este sujeto a una ley debe merecer el reconocimiento del anarquista, y todo defensor de la ley debe ser tan bravo y han honrado como el dinamitero. Para Chéster ton la paradoja no es solamente una contradicción; es un proceso según el cual dos conceptos opuestos se vuelven necesarios para la inteligencia y cobran sentido

mutuamente, mediante un proceso de contradicción. Es necesario apuntar además que nuestro autor prefiere una paradoja existencial, manifestada en los cambios de conducta, parecida a la propuesta por Kierkegard. Chesterton hace que sus personajes experimenten continuos cambios en su accionar y se comporten como dos entes de naturaleza totalmente opuesta: anarquistas que se transforman en policías, como en El Hombre que fue Jueves; ateos que se transforman en creyentes, como en La esfera y la cruz; ladrones que se transforman en detectives, como en la saga del padre Brown Sin embargo, Chesterton no es simplemente un paradojista. ¿Qué buscaba al presentar la posible duplicidad de la conducta moral, mediante la paradoja de Syme y compañía? ¿Por qué, como veremos más adelante, confiere cualidades sobrenaturales a Domingo, y le hace actuar casi con crueldad hacia los demás personajes? ¿Cuál fue el propósito que lo animó a escribir una novela construida basándose en contradicciones, y de hecho, a edificar toda su producción literaria en los cimientos de la paradoja? Pienso que existen dos respuestas posibles. Una es el deseo que tiene Chesterton de rebelarse contra la monotonía de la vida. Chesterton propone una visión profunda de todo cuanto le rodea; por eso se acerca a la paradoja. La otra es la fascinación que ejerce sobre él la infancia. En opinión de Chesterton, el mundo sólo puede mirarse con ojos abiertos si se posee la agudeza, la inocencia y la curiosidad de un niño. He aquí las ideas que expresa sobre la infancia en su Autobiografía:

Era yo un personaje mucho más sabio y completo a los seis años que a los dieciséis. La adolescencia es una cosa compleja e incomprensible. Ni aún habiéndola pasado se entiende bien lo que es. Un hombre no comprende del todo a un chico, aún habiendo sido niño. Crece, por encima de lo que fue el niño, una especie de protección que pica como pelo; una dureza, una indiferencia, una combinación extraña de energía dispersa y sin objeto mezclada con cierta disposición a aceptar las convenciones, (1968: 38 y ss ) .

Chesterton sostiene que el hombre pierde con la experiencia la capacidad

de

sorprenderse ante el mundo. La época dorada, la etapa en que nos preguntamos por las causas de todo y en la cual todos nos maravilla, es la infancia. Varias veces, en su Autobiografía, revela el autor su anhelo de no perder el derecho a cuestionarse todo, a admirar todo, a maravillarse por todo, cual si siguiera siendo un niño. Nos parece que las paradojas presentes en sus libros guardan cierta relación con esta veneración a la infancia. Chesterton quiere que el lector piense, que reflexione acerca de la realidad de las cosas, que no acepte todo lo que ve con esa docilidad propia del adulto, sino que indague, que se maraville y se cuestione todo como un niño. Chesterton se asoma al mundo con ojos infantiles e invita al lector a ver a través de ellos; esta actitud le convierte en lo bastante sencillo como para dejarse sorprender por todo y lo bastante complejo como para sorprender a todos. Tiene la virtud de volver común lo extraño y lo extraño fascinante. La paradoja se convierte en el instrumento ideal para provocar esa sensación de asombro propia de los infantes. Al mismo tiempo, la paradoja le sirve para ridiculizar a una sociedad - y no solo la inglesa, sino la occidental en términos generales.- que continuamente cae en contradicciones, que continuamente se deja llevar por las apariencias y no por el fondo, a la que no le importa presentar máscaras falsas, o ponerle al león piel de cordero. Chesterton toma la paradoja como un método. Las que aparecen en sus libros obedecen también a un propósito moralizante. A la hora de examinar las paradojas chestertonianas, no debe perderse de vista el hecho de que su conversión religiosa haya sido un proceso lento, fraguado a lo largo de muchos años. Está consciente de que el cristianismo es esencialmente paradójico; de hecho, reconoce abiertamente que lo que primero me atrajo del catolicismo es algo que tendría que haberme causado repudio, por lo absurdo. Chesterton sabe que el cristianismo es paradójico y lo muestra en su obra con paradojas,

con preguntas contradictorias, como veremos más adelante. Chesterton, cuando escribe sobre el cristianismo, defiende sus paradojas mediante el empleo de la paradoja. En conclusión:Chesterton define a la paradoja como una trampa lógica, inherente a la realidad, que encierra una indudable aprensible a través del sentido común, y que es un instrumento para llegar al conocimiento de la verdad, de la verdad cristiana que él defiende con tanto ahínco. La paradoja es un recurso que provoca en el lector la sensación de la admiración infantil ante el mundo de que habla el autor, y de paso, sirve para hacernos reflexionar y reírnos de nuestros propios defectos. Sin embargo, para que eso ocurra tenemos que dejarnos envolver por sus escritos. Chesterton, con sus paradojas, se nos revela como un escritor original y en extremo exigente.

CAPITULO III ANÁLISIS DE EL HOMBRE QUE FUE JUEVES

3.1 Resumen de la trama

El Hombre que fue Jueves (1908) narra la historia de dos individuos, Gabriel Syme y Lucian Gregory, que se encuentran en el Safron Park de Londres y se enzarzan en una acalorada discusión sobre poesía y anarquismo. Gregory se declara anarquista y Syme manifiesta sus dudas al respecto. Para convencer a su compañero, Gregory le invita a una reunión del Consejo Supremo de Anarquistas. Syme acepta y casi al mismo tiempo revela que es un policía encubierto. El Consejo Supremo está compuesto de siete miembros, designados con los nombres de los días de la semana. Nuestro protagonista asiste a la reunión y gracias a la sagacidad de sus argumentos logra que se le elija como “Jueves”, o tercero al mando, en la sociedad, y que Gregory, candidato ideal para el puesto, sea expulsado como charlatán. Una vez elegido, Syme asiste a una tertulia con los seis miembros restantes del consejo. El jefe supremo de la sociedad, el Domingo, un hombre cuya identidad no es revelada en ningún momento al lector y que provoca temor y confusión en sus dirigidos, dice que en la reunión “hay un intruso”. Aunque Syme cree que el presidente se refiere a él, es el Martes, un individuo de nombre Gogol, quien resulta ser también un policía. A partir de ahí la trama se convierte en una serie de sorpresas para el lector; uno a uno, los seis miembros de la sociedad – de “Lunes” a “Sábado” – se descubren como policías. Coinciden asimismo en haber sido reclutados por un “hombre que habita en un cuarto oscuro”, cuya identidad desconocen. Los seis aventureros deciden unirse para averiguar quien es Domingo y

emprenden una fantástica persecución, durante la cual el presidente arroja a los camaradas seis enigmáticos mensajes. El libro termina con una reunión de los seis con el presidente. Justo cuando Syme parece haber comprendido el significado de su aventura, despierta y se da cuenta de que todo ha sido una pesadilla. . El hombre que fue Jueves es una novela en la que confluyen las dos posturas básicas que dan sentido al mundo: el bien y el mal, el orden y el caos, el creador y lo creado. Es una alegoría política y religiosa con algunos elementos policiales que utiliza la paradoja como punto de partida

3.2 La alegoría política

Sería conveniente, antes de abordar el análisis de la obra, definir el concepto alegoría. En palabras de Helena Beristáin, alegoría es “un conjunto de elementos figurativos usados con valor translaticio y que guarda relación con un sistema de conceptos o realidades, lo que permite que haya un sentido aparente o literal que se borra, y que permite que haya un sentido más profundo, que es el que realmente funciona y que es el sentido alegórico.” (Diccionario, 1998:25) A nuestro parecer, el mecanismo de la novela se ajusta cabalmente a esta definición. Si analizamos con cuidado a los personajes que deambulan por la obra, descubriremos que no son sólo entes protagónicos o secundarios. Representan la encarnación de una idea, por la cual abogan y debaten a lo largo de toda la novela. Las ideas representadas por ellos pertenecen al ámbito político y religioso. Analicemos primero la alegoría política, la más sencilla y que funciona como base de la alegoría religiosa. Para captar el sentido de la alegoría política (lo que Beristáin llamaría el sentido literal o aparente) debemos tener en cuenta, ante todo, a dos personajes que aparecen al principio

de la novela: Gabriel Syme y Lucian Gregory. Como quedó apuntado, en el primer capítulo los dos se enzarzan en una acalorada discusión cuyo tema parecer ser la naturaleza de la poesía. Sin embargo, lo importante es la defensa que cada uno hace de sus propias ideas. Tratemos ahora de definir en qué consisten dichas ideas. A tal efecto, es importante analizar el diálogo que sostienen ambos. En cierto momento, cuando Syme le pregunta a Gregory sobre qué tema versa su discusión, este responde:

De esto y de esto: del orden y de la anarquía. Aquí tiene usted su dichoso orden, aquí en esta miserable lámpara de hierro, fea y estéril; y mire usted en cambio la anarquía rica, viviente, productiva, en este espléndido árbol de oro (1968:17) .

La respuesta de Syme no deja de ser irónica a la par que significativa: : Sin embargo, mire usted que gracias a la luz del farol puede ver el árbol. No estoy muy seguro de que pudiera usted ver el farol a la luz del árbol. (1968: 17)

He aquí, pues, el verdadero sentido de la discusión: en realidad, no se trata de saber qué es un poeta o qué cosa puede considerarse poética. Se trata de un debate sobre dos principios opuestos, que se hallan en eterna lucha entre sí: el orden y el caos. La mención de la poesía no es más que el punto de partida trivial gracias al que tiene lugar una discusión trascendente. Para comprender del todo el verdadero fondo de la discusión, también es importante tener en cuenta el modo en que Chesterton describe a sus personajes.

Veamos primero cómo describe a Gregory

La verdad es que valía la pena oír hablar a Mr. Lucian Gregory, el poeta de los cabellos rojos, aun cuando fuera para reírse de él. Disertaba el hombre sobre la patraña de la anarquía del arte y el arte de la anarquía, con tan impúdica jovialidad que – no siendo para mucho tiempo – tenía su encanto. (1968:12)

He aquí la descripción de Syme:

Gabriel Syme no era un detective que se había hecho poeta; era realmente un poeta que se había hecho detective. Su odio a la anarquía no era fingido. Era Syme uno de esos hombres a quienes la aterradora locura de las revoluciones empuja, desde edad temprana, a un conservatismo excesivo; su amor a la respetabilidad era espontáneo y se había manifestado de pronto como una rebelión contra la rebelión. (1968: 40) .

La defensa del orden y la anarquía es leitmotiv el de la discusión. Fiel a su estilo, Chesterton hace que sus personajes vuelvan una y otra vez sobre el tema; sin embargo, creemos que es importante entresacar las frases que nos parecen más significativas. Analicemos primero los argumentos esgrimidos por Gregory. En su discurso resaltan estas palabras:

El artista es uno con el anarquista. Son términos intercambiables. El anarquista es un artista. Artista es el que lanza una bomba, porque todo lo sacrifica a un supremo instante. Para él es más que un relámpago deslumbrador, el estruendo de una detonación perfecta, que los vulgares cuerpos de unos cuantos policías sin contorno definido. El artista niega todo gobierno, acaba con toda convención. Sólo el desorden place al poeta (1968:18)

El primer argumento de Gregory es la identificación del poeta con el anarquismo. Alaba los actos de rebelión como si de obras artísticas se tratasen; apela a la sensibilidad del alma

humana y considera un acto de insurrección como un acto sublime. Más adelante, Gregory continúa con su exposición y este pasaje es aún más claro:

Vamos a ver: ¿por qué tienen ese aspecto de tristeza y desolación todos los obreros y empleados que toman el subterráneo? Pues porque saben que el tranvía anda bien; que no puede menos de llevarlos al sitio para el que han comprado billete. Que después de Sloane Square tienen que llegar a la estación Victoria y no a otra. Pero ¡oh rapto indescriptible, ojos fulgurantes como estrellas, almas reintegradas en las alegrías del Edén, si la próxima estación resultara ser Baker Street! (1968:12)

Gregory va más lejos ahora. Sostiene que el caos se identifica con la belleza y la alegría. Si los individuos que tomen el tren se sienten desolados y sin ánimo, es gracias a la existencia del orden. Sólo el desorden y sus consecuencias pueden dotar de sentido a la vida humana. El argumento final de Gregory es contundente: nos dice que el poeta es el sublevado sempiterno, y que el único crimen del gobierno está en el hecho de que gobierne. Con lo primero no hace más que hilar el pretexto de la poesía con el verdadero fondo de su argumento. Pero lo segundo reviste mayor importancia en virtud de que permite que los conceptos de orden y caos se transformen de simples nociones abstractas en acciones vinculadas a la vida práctica. En otras palabras, permite que la idea de gobierno se asocie a la de orden y el desgobierno con la de anarquismo.

Los argumentos que utiliza Syme en la discusión con Gregory son elocuentes. A las aseveraciones de Gregory en el sentido de que la poesía se identifica con el anarquismo y de que la sublevación es poética, Syme replica:

¿Y qué hay de poético en la sublevación? Ya puede usted decir que es muy poético estar mareado. La enfermedad es una sublevación. Enfermar o sublevarse puede ser la última salida en situaciones desesperadas. Pero que me cuelguen si es cosa poética. En principio, la sublevación verdaderamente subleva y no es más que un vómito. (....) Lo poético es que las cosas salgan bien(1968:14).

Gabriel Syme es un encarnizado defensor del orden; condena la anarquía y la califica sin vacilar como un vómito, como un concepto despreciable. Es importante señalar que, como ya hemos dicho, la poesía no es sino un pretexto usado por Chesterton para establecer una discusión cuyo tema es el choque entre el orden y el caos. Los dos personajes se definen como poetas y sostienen que el verdadero poeta debe buscar los fundamentos de su oficio ya en el orden, ya en la anarquía. Un argumento que podría parecer trivial sirve de base para entablar una discusión de índole política, cuyo punto central es la necesidad de gobierno orden o desgobierno caos. Porque Lucian Gregory es un poeta, si, pero es un poeta que, de acuerdo a los datos proporcionados por el autor, defiende el caos. Es un poeta anarquista. Gabriel Syme, por su parte, es también un poeta, pero sus tendencias ideológicas son diametralmente opuestas a las de su compañero: aboga por el orden y aborrece la rebelión. De este modo podemos inferir la alegoría y declarar que Syme es la personificación del orden, de la respetabilidad y el buen sentido; Gregory, por su parte, representa la anarquía, el desdén contra el sistema establecido.

GABRIEL SYME

Æ Æ

orden

LUCIAN GREGORY

anarquía

3.3 La alegoría religiosa

Además de la alegoría política orden-anarquía, en la obra está presente la alegoría religiosa. En la novela hay elementos religiosos camuflajeados. Conviene establecer cuales son esos elementos y como están representados. Para analizar la alegoría religiosa debemos responder una pregunta: ¿Qué es o que representa, ese ente misterioso y monstruoso llamado Domingo, que en la obra desempeña el papel de Presidente del Supremo Consejo Anarquista? El propio Chesterton nos ofrece una posible respuesta en su Autobiografía:

Me han preguntado muchas veces qué es lo que quería expresar con el ogro monstruoso llamado Sunday. Y algunos han sugerido, en cierto sentido no sin razón, que quería ser una visión blasfema del Creador. (1968: 92 )

En términos generales, nos sentimos inclinados a compartir esta hipótesis. Consideramos que en la novela hay diversas citas textuales que dejan abierta la posibilidad de que Domingo sea en realidad la figura de Dios. A este respecto es significativo un pasaje del segundo capítulo de la obra. Cuando Syme le pregunta a Gregory quién es el Domingo, éste responde:

Inútil. No lo conoce usted. En esto consiste su grandeza. César y Napoleón agotaron su genio para que se hablara de ellos y lo han conseguido. Pero éste aplica su genio a que no se hable de él y también lo ha conseguido. Pero no puede usted estar a su lado sin sentir que César y Napoleón son unos niños comparados con él. (1968:25)

Con éstas palabras se acentúa el misterio del Domingo. La imagen de un ser “magnífico” y desconocido” a quién Gregory hace referencia remite inmediatamente a un ser superior. Lo mismo ocurre cuando el personaje compara al Presidente con personajes históricos de la talla de Napoleón y Julio César, dos genios militares que marcaron toda una época, calificándolos prácticamente de “enanos” junto a él. Lo que para los humanos es un genio, solo puede ser un niño al lado de algo superior; al lado de lo divino. El hecho de que César y Napoleón sean unos niños solo tiene sentido si admitimos que el Domingo es en la obra la personificación de lo Divino. El pasaje del capítulo XII en que el Domingo se dirige a los seis miembros del consejo es aún más significativo al respecto:

¿Yo? ¿Qué soy yo? Quieren ustedes saber qué soy, ¿no es verdad? Bull, usted es un hombre de ciencia. Escarbe las raíces de esos árboles y pídales su secreto. Syme, usted es un poeta; contemple las nubes de esta mañana y dígame o díganos qué verdad encierran. Oigan ustedes lo que les digo: antes descubrirán el secreto del último árbol y de la última nube, que mi secreto. Antes entenderán ustedes el mar; yo seguiré siendo un enigma. Averiguarán ustedes lo que son las estrellas; no averiguarán lo que soy yo. Desde el principio del mundo todos los hombres me han perseguido como a un lobo, los reyes y los sabios, los poetas y los legisladores, todas las Iglesias y todas las filosofías. Pero nadie ha logrado cazarme. Los cielos se derrumbarán antes de que yo me vea reducido a los últimos aullidos.(...) Una cosa puedo decir sin embargo: yo soy el hombre del cuarto oscuro que os ha hecho a todos policías. (1968:149-150)

Consideramos que este pasaje resume por completo la figura de Domingo como Dios. Viene a resultar en cierto sentido una paráfrasis chestertoniana de algunos pasajes de la Biblia. Varios puntos destacan: el hecho de que el Domingo advierta que su secreto es un

secreto insondable e imposible de descifrar, a cual ningún hombre ha podido llegar a lo largo de la historia; que advierta que la historia y el tiempo se cumplirán antes de que él deje de existir, y sobretodo, que les confiese a los seis aventureros que él ha sido quien los ha transformado en policías, de tal manera que la trama de la obra funciona de acuerdo con sus designios, solo encaja con la idea de Dios. Hasta ahora, hemos deducido que el presidente posee dos cualidades propias de un ente sobrenatural, y más propiamente, de ese ente sobrenatural a quien los creyentes dan el nombre de Dios: es grandioso, único e ininteligible. Pero hay algo más. En distintos momentos del relato, el presidente descubre otra característica propia de lo Divino; se revela como omnisciente. En el capítulo V, descubre al espía sin ninguna pista:

Ya comprenderéis que sólo hay un motivo para prohibir la libertad de hablar en este festival de la libertad. No importa que los extraños nos oigan. Para ellos somos unos guasones. Pero lo que tiene una importancia enorme es que entre nosotros, se encuentra uno que no es de los nuestros, uno que no comparte nuestras convicciones. No he de gastar palabras. Su nombre....su nombre es Gogol (1968: 64)

¿Cómo podía saber el presidente que Gogol era un espía? ¿Cómo podía adivinar que traía algo en el bolsillo del chaleco? Y no sólo sabe el secreto de Gogol; sabe el secreto de todo el consejo. En ese mismo capítulo V, el presidente increpa al secretario con estas palabras:

Eso es, eso es, usted no comprende, no comprende nunca. Diga usted, asno entre los asnos ¿usted no quiere que le oigan los espías, no es verdad? ¿Y quien le asegura que ahora mismo no le están oyendo? (1968:66)

Conforme avanza la trama, nos enteramos de que, efectivamente, todos los miembros del Consejo son en realidad detectives de Scotland Yard. Por lo tanto, cada uno de ellos tenía sobrados motivos para temer por su propia persona y para considerarse un espía. De hecho,

se describe como Syme pasa un momento de extremo terror y cómo experimenta un paroxismo de alivio, cuando descubre que el espía es otro. Sin embargo, para cuando Chesterton pone en boca del Domingo las palabras que hemos citado más arriba, todos creen ser anarquistas al servicio de una terrible sociedad. Luego entonces, ¿Cómo podía el Domingo insinuar que, posiblemente, allí había otros espías? Porque lo sabe todo y lo ve todo; porque, al igual que Dios, es omnisciente. Es significativo además que Domingo asuma en la obra el rol de Presidente del Consejo. Al hacerlo, ostenta además el mando, e impone su voluntad sobre los seis miembros. Voluntad que para ellos se manifiesta de un modo caprichoso, sorpresivo, desesperante. Podemos hacer una analogía y decir que Dios, como el Domingo, es el “Presidente” del universo e impone su voluntad sobre los hombres, aunque estos se sientan a menudo confundidos o sorprendidos por sus designios. El papel principal de Domingo y las continuas transformaciones que hace experimentar a los personajes son, en realidad, una alegoría chestertoniana de la relación entre Dios y el hombre; la función del hombre se reduce sólo a actuar según los designios del Ser supremo. Domingo también revela su intención de seguir disponiendo de la voluntad y el destino de sus dirigidos, al decirles en el capítulo XIII:

Yo soy el hombre que os ha hecho correr a todos. Y lo voy a seguir haciendo (1968:148)

Es decir, el Presidente parece no tener límites para manejar a su antojo a sus dirigidos. Como ocurre entre Dios y los hombres. Dios es ese ser misterioso que hace correr al hombre en su busca, como Domingo hace correr a los seis miembros del Consejo.

Por último, hemos escogido este pasaje del Capítulo XIII. Cuando uno de los seis aventureros le pregunta sobre sus propósitos, Domingo responde:

Quieren ustedes saber qué soy y qué son. ¿No es verdad? Pues bien: consiento en descubrir el velo de al menos uno de esos misterios. Si quieren ustedes saber lo que son, tengan por sabido que son una colección de asnos jóvenes, animados de las mejores intenciones. (1968:149)

Estas palabras resultan duras, irónicas, pero no dejan de ser ciertas. Domingo dice que consiente en responder al menos a una pregunta de las que le han sido planteadas por sus dirigidos. Pero en realidad, no revela la clave del misterio. Sólo ofrece una contestación que podría sonar como una cruel mofa. Se atreve a calificar a los aventureros como asnos bienintencionados. Desde nuestro punto de vista, este pasaje es una paráfrasis chestertoniana de la actitud de Dios ante el hombre. Dios, como el Domingo, no revela la respuesta a todas las interrogantes que pueden surgir en la vida; y a menudo ofrece respuestas irónicas e inclusive crueles. Podemos hacer un resumen de la alegoría religiosa. Hasta ahora, hemos establecido que el Consejo y su presidente representan en la obra las ideas de Dios y de los hombres, respectivamente; el Domingo es Dios; sus dirigidos, los hombres. Pero la alegoría no acaba ahí. Pensamos que también está presente en la obra la “antítesis” de Dios, aquel que se opone a sus designios y que hace todo para desbaratar su voluntad. Dicho personaje es el Diablo y está representado, según todas las indicaciones, por el anarquista expulsado, Gregory. Desde el mismo primer capítulo, en la discusión que este personaje sostiene con Gabriel Syme, encontramos un pasaje significativo:

¡Queremos abolir a Dios! No nos basta aniquilar algunos déspotas y uno que otro regimiento de policía. Hay una clase de anarquismo que sólo eso pretende; pero no es mas que una rama del conformismo. Nosotros miramos más hondo y queremos volar más alto. Queremos abolir esas distinciones arbitrarias entre el vicio y la virtud, entre el honor y el deshonor en que se fundan los simples rebeldes. Nosotros odiamos tanto los derechos como los tuertos y a unos y a otros los abolimos. (1968:19)

Estas palabras expresan claramente la verdadera naturaleza de Gregory. Es un anarquista, sí, pero un anarquista muy especial. Según sus propias palabras, no sólo pretende destruir el orden, sino a Dios. Además, pretende destruir lo que él llama las distinciones absurdas ente vicio y virtud. El suyo es un anarquismo metafísico. Gregory es el anarquista que se rebela contra todo. Y puede equiparársele con Satanás, porque éste, como Gregory, pretende destruir todo. Pretende perder al hombre, no importando si es derecho o tuerto y como Gregory, se declara abiertamente rebelde contra Dios. En ese mismo primer capítulo, Gregory dirige a Syme estas palabras:

Bien, ¿puedo decirle a usted que jure por todos los dioses y todos los santos de su creencia que no revelará usted a ningún hijo de Adán y sobretodo, a ningún policía lo que ahora voy a comunicarle? ¿Lo jura usted? Si acepta usted este solemne compromiso, si usted acepta cargar su alma con el peso de un juramento que más le valiera no pronunciar, y con el conocimiento de cosas que no ha soñado siquiera, entonces yo le prometo en cambio, una noche muy divertida (1968:19)

Estas palabras nos traen a la memoria aquel pasaje de los Evangelios en que Jesús es tentado por el Diablo, quien le promete todos los reinos y riquezas de la tierra, a cambio de que Jesús se ponga de rodillas para adorarlo. También recuerda el pasaje del Génesis, cuando la serpiente ofrece a Adán y Eva el conocimiento de todas las cosas si comen del fruto prohibido. Gregory advierte a Syme que más le valiera no comprometerse y sin embargo, lo impulsa a hacerlo poniéndole el sebo de una noche muy divertida. Las palabras de Gregory son una paráfrasis de diversos pasajes bíblicos que expresan la idea de

tentación. Gregory, al dirigirse a Syme en la forma en que lo hace, se transforma en el Diablo que se acerca al hombre para tentarlo. Este pasaje, también perteneciente a la discusión, nos ofrece otra pista interesante:

He predicado día y noche sangre y matanzas a esas pobres mujeres y bien sabe Dios que me confiarían los cochecitos en que sacan a paseo a sus nenes (1968:25)

Gregory se describe aquí como un ente malvado y sanguinario, que se dedica a fomentar sangre y matanzas. Pero también nos dice que es alguien engañoso, capaz de hacer que gente inocente o bienintencionada crea en él, no obstante su naturaleza maligna. Pero aún el propio Domingo nos ofrece razones para suponer cual es el verdadero papel de Gregory. En el capítulo XII, se dirige a los seis miembros del consejo con estas palabras:

Pero erais hombres. Guardasteis el secreto de vuestro honor aún cuándo el cosmos entero se convirtió en máquina de tortura para arrancároslo. Sé que anduvisteis muy cerca del Infierno. Sé que tu, Jueves, cruzaste tu acero con el rey Satanás y que tu Miércoles, me nombraste a la hora de la desesperación. (1968:173)

Recuérdese, en efecto, que Syme (que ocupa el cargo de Jueves) “cruza su espada” con Gregory al entablar polémica con él antes de iniciar su aventura y que además resulta vencedor, puesto que logra infiltrarse en el consejo. La idea de Gregory como “Satanás” cobra sentido si atendemos a estas palabras que Chesterton pone en boca del Doctor Bull, en el último capítulo de la obra, justo en el momento en que el personaje hace su aparición:

Y llegó el día en que los hijos de Dios se presentaron ante el Señor y también el propio Satanás compareció entre ellos. (1968 174)

Mas adelante, el propio Gregory dice, dirigiéndose a Gabriel Syme

Tu nunca has odiado porque tu nunca has vivido. Os conozco a todos, desde el primero hasta el último. Sois los poderosos, sois la policía. Gran Disparate. Nosotros, los sublevados, disparatamos frecuentemente sobre este y el otro crimen del Gobierno. El único delito del poder supremo consiste en que es supremo. (1968:175)

Las palabras de Bull parecen ser una paráfrasis bíblica (Job 1, 1-6) Al ver regresar al perdedor, el que el Presidente expulsó del Consejo por considerarlo “falso anarquista”, se le compara con Satanás, el ángel que como Gregory, fue expulsado del paraíso por querer rebelarse contra Dios. El mismo Gregory confirma su papel de villano cuando se autoproclama el verdadero anarquista que quiere destruir al mundo. Satanás es para Dios y para los hombres el “anarquista”, el que va en contra del orden establecido, el que se acerca al hombre y le habla, como hace con Syme, para tratar de sembrar la confusión y el caos. Al definirse Gregory como el villano y declarar que va en contra del mundo y del Domingo, reafirma la idea de que el Domingo encarna la idea de lo bueno y lo sublime. Es así como se consuma en la obra la alegoría religiosa: Gregory es Satanás, el ángel caído que fue expulsado del paraíso por tratar de combatir a Dios. Como en el Génesis, el Diablo “tienta” al hombre y le intenta seducir con promesas fabulosas. Podemos concluir entonces que el Consejo Supremo Anarquista y su Presidente son entonces una metáfora de lo divino y lo humano. El Presidente es Dios y los seis miembros el hombre. Las peripecias de los seis aventureros son las peripecias de la vida, por las que Dios hace pasar a los hombres. La simbología religiosa se ilustra en el siguiente esquema:

DOMINGO (DIOS: VOLUNTAD)

Ø CONSEJO SUPREMO ANARQUISTA (EL HOMBRE: AVERNTURAS) Ø GREGORY: TENTACION Ø SYME: HOMBRE BAJO PRUEBA

3.5 La paradoja política

Hasta ahora nos hemos concentrado en la alegoría que encierra la novela. Ahora intentaremos determinar cual es el mecanismo que la hace funcionar. A nuestro parecer, el recurso utilizado por el autor para darle fondo a la alegoría es la paradoja. Chesterton apela a su ingenio y a su gusto por sorprender al lector y nos presenta a policías que se transforman en anarquistas y viceversa. En el caso de El Hombre que fue Jueves, la paradoja adquiere un claro matiz existencial y conductual; el objeto es el ser humano y su realidad, su capacidad de apreciar juzgar y ejercer la conducta moral, su condición de ente creado y el proceso que le lleva a tomar conciencia de ello. Solo el ser humano es capaz de cambiar de conducta y manifestar en sí mismo la tendencia hacia el bien y el mal, hacia el orden y la anarquía, hacia la religiosidad y el ateismo. Aquello que permite la presencia de la paradoja existencial en la obra es la condición del hombre en cuanto ser libre, pensante y ante todo, mutable. La mutabilidad se manifiesta aquí como la condición suprema de la paradoja; si aplicamos el modelo chestertoniano, tendremos que el hombre es “ordenado” porque puede ser “anárquico” y que es “ateo” porque puede ser “religioso”. La misma

mutabilidad confiere a la paradoja un doble sentido. El religioso puede transformarse en ateo y de ateo en creyente. De ahí las transformaciones sufridas por Syme y Gregory y por el Consejo supremo de anarquistas. Así cómo en la obra hay alegoría política y religiosa, también podemos distinguir la paradoja política y la paradoja religiosa. Analicemos primero la paradoja política. El punto de partida de dicha paradoja es la discusión sostenida por nuestros dos personajes ala principio de la obra, y aquello que la hace posible, es el Supremo Consejo Anarquista. Los miembros de dicho consejo son:

Lunes: Secretario Martes: Gogol Miércoles: Marqués de San Eustaquio (Inspector Ractlife) Jueves: Gabriel Syme Viernes: Profesor de Worms Sábado: Doctor Bull

En la arenga que tiene lugar entre Syme y Gregory, la paradoja empieza a manifestarse en la novela desde su nivel más simple, bajo la forma de una sola frase. Cuando Gregory ofrece disculpas a Syme por ser los anarquistas tan ordenados, éste replica:

No se moleste usted. Ya conozco el amor que tienen ustedes al orden y a la ley. (1968:22)

Verdaderamente esta frase resulta ingeniosa. ¿Cómo puede concebirse que un anarquista, cuya ideología consiste en ir en contra del orden establecido, tenga amor y respeto por la

ley, tal como dice Syme? Estas palabras encierran una fina ironía y al mismo tiempo, vienen a confirmar de algún modo el concepto chestertoniano de la paradoja como correspondencia. Porque al poner en boca de Syme estas palabras nos dice que aún aquellas personas que se jactan de ir contra la ley creen en ella, puesto que siguen sus propias normas de conducta. Un anarquista solo es anarquista si cree en la ley y el orden, porque no puede destruir algo en lo que no cree. Si no existieran las leyes, no tendría sentido que existieran los anarquistas, puesto que no hay leyes que quebrantar. Sin embargo, la paradoja sube de tono y adquiere, como ya hemos dicho, la forma de un patrón de conducta. Esto se empieza a hacer evidente en el segundo capítulo de la obra. Antes de entrar a formar parte del consejo Supremo Anarquista, Syme y Gregory asisten a una reunión en la cual se habrá de elegir al que delegue, en el Consejo Supremo Anarquista, las funciones de Jueves. Tiene lugar una dilatada intervención de Gregory, en la cual éste sostiene:

Inútil deciros cuál es mi conducta, porque es asimismo la vuestra. Nuestro credo ha sido calumniado, desfigurado, muy confundido y también muy disimulado. Pero nadie ha logrado por eso alterarlo en nada. Los que hablan del anarquismo y sus peligros, sacan su información de todas partes, menos de aquí, menos de la fuente. El que oye decir que somos una plaga viviente, no oye, en cambio, nuestra respuesta. Se nos persigue como a los antiguos cristianos, porque somos tan inofensivos como ellos. Y si como a ellos, se nos toma por unos locos furiosos, es que somos en el fondo tan inofensivos como ellos. (1968: 31)

Vemos cómo nuestro personaje empieza a caer en contradicciones. Gregory, en principio, abogaba por el anarquismo, la destrucción del orden, la rebelión. Eran patentes su agresividad y su inconfundible deseo de ir en contra de lo establecido. Sus palabras parecen tener otro sentido. Ahora describe a los anarquistas como unos entes inofensivos, incomprendidos e injustamente perseguidos. En lugar de exaltar los actos de terrorismo,

parece ponerse del lado de los ciudadanos que son víctimas de ellos. Aboga, ya no por la insurrección y la falta de cordura, sino por la compasión, cuando aparentemente es un anarquista. Es en este cambio de conducta donde manifiesta la paradoja existencial. Se transforma en un instante de defensor de la anarquía a defensor del orden. Syme experimenta un proceso enteramente opuesto. He aquí sus palabras:

En el discurso del camarada Gregory no ha habido una sola palabra que no hubiera regocijado a un cura. (...) El camarada Gregory nos ha dicho, como pidiendo indulgencia, que no somos enemigos de la sociedad. Pero yo os digo que somos enemigos de la sociedad y tanto peor para la sociedad. Somos enemigos de la sociedad, porque la sociedad es la enemiga de la humanidad, su más antigua y despiadada enemiga. (1968: 33)

A estas alturas el lector ya está consciente de que Syme es un policía encubierto. Luego entonces, resulta contradictorio que sea él y no Gregory, quien defienda a la anarquía y sostenga firmemente que los anarquistas son enemigos acérrimos de la sociedad. La paradoja de Syme va de la defensa del orden a la defensa de la anarquía. Pero la paradoja alcanza niveles aún más elevados. De ser una simple frase, alcanza primero a nuestros dos personajes y luego permite que, merced al discurso citado más arriba, sea Syme, el detective de la Policía y no Gregory, el supuesto anarquista, el elegido para Jueves. Con esto asume Syme un rol protagónico en la obra. La paradoja alcanza luego a los seis miembros del Consejo; el lector descubre que son exactamente lo opuesto de lo que aparentaban ser. No son miembros de ningún Consejo Supremo Anarquista. Son sólo “un hatajo de imbéciles policías que se vigilaban estúpidamente unos a otros”, como dice el doctor Bull al final de la obra, en el Capítulo XII.

La paradoja funciona entonces de forma ascendente.. Tenemos en principio a dos personajes que dicen ser miembros de grupos antagonistas; Syme es un policía y Gregory un anarquista. La policía representa la tendencia política al orden y a la ley, representa el “buen gobierno”; y el anarquismo es el desorden, el “desgobierno”. La oposición entre estos dos términos es evidente y sin embargo, los personajes cambian los papeles: Syme primero representa “el orden”, luego se mueve en el plano del “caos”, y regresa finalmente al “orden”. El consejo funciona del mismo modo, si se toma en cuenta que, como vamos descubriendo a lo largo de la obra, todos sus miembros fueron ingresados por el hombre del cuarto oscuro, que aparentemente les hizo entrar en la policía. El esquema de la paradoja política se resume así:

PARADOJA EXISTENCIAL-CONDUCTUAL

Gabriel Syme: Orden Æ Anarquía Æ Orden Consejo Supremo Anarquista: Anarquia Æ Orden

NIVELES DE PARADOJA

FRASE DE SYME A GREGORY

Ø
GREGORY: ANARQUIA A ORDEN

Ø
SYME: DE ORDEN A ANARQUIA

Ø

SYME ES ELEGIDO JUEVES

Ø
CONSEJO SUPREMO ANARQUISTA: DE ANARQUIA A ORDEN

La paradoja política, al igual que la alegoría, sirve de punto de partida para tratar el tema religioso. La paradoja política es la base sobre la que Chesterton construye su referencia a la paradoja religiosa. De ella nos ocuparemos enseguida.

3.6 La paradoja religiosa.

Establecidos los diferentes símbolos religiosos, podemos ocuparnos de la paradoja Esta se manifiesta, ante todo, en los personajes del consejo anarquista, que a lo largo de la obra toman conciencia de que son entes creados, pero no logran descubrir por quien. La paradoja se manifiesta en los personajes como una evolución de conciencia, y tiene, desde nuestro punto de vista, tres etapas diferentes. Estas etapas son: a) La toma de conciencia de los personajes con respecto a Domingo; b) La persecución de Domingo, y c) La confrontación directa del Domingo con los miembros del consejo Supremo Anarquista. Analizaremos por separado cada una de ellas.

a) La toma de conciencia

Esta es la primera etapa de la paradoja y se basa en el descubrimiento del Presidente y su naturaleza. Los personajes saben que Domingo existe, no aciertan a explicarse claramente

su naturaleza y tratan de acercarse a él para formularle preguntas. La identificación que llevan a cabo los personajes tiene varias etapas; distinguimos básicamente ocho:

La intuición de lo “desconocido” Encuentro con lo “desconocido” Lo “desconocido” como algo “razonable, fuerte y bondadoso” Lo “desconocido” como algo “ininteligible”, que escapa a la compresión humana. Lo “desconocido” como algo “confuso” Lo “desconocido” como algo “paradójico” Lo “desconocido” como algo “impredecible y engañoso” Lo desconocido como algo que causa temor

Veamos como funciona cada una de éstas etapas. Comencemos por la intuición que tienen los personajes del ser desconocido. Esta se lleva a cabo el capítulo XII, cuando los personajes se encuentran huyendo de la gente que los supone anarquistas. Varios de ellos manifiestan confianza en el hombre que los reclutó, un hombre cuyo rostro o naturaleza no conocen. El inspector Ractlife, por ejemplo, sostiene que:

A pesar de todas nuestras desventuras, conservo aún un poco de esperanza. La deposito en un hombre a quien nunca he visto. (1968:142)

A lo que el doctor Bull replica:

Ya sé a quien se refiere usted. Al hombre del cuarto oscuro. Pero a estas alturas es muy posible que haya perecido a manos del Domingo. (1968:142)

La primera pista que tenemos del encuentro de los personajes con el Domingo nos la da Syme, cuando nos enteramos de que ha sido hecho policía por un hombre protegido por la oscuridad, de quien no consigue distinguir sus facciones. En capítulo IV, se narra:

Intrigado y deslumbrado a la a vez, Syme se dejó conducir hasta una puerta lateral del edificio de Scotland Yard. Fue de pronto introducido en un cuarto cuya absoluta oscuridad le impresionó casi como un relámpago. No era la oscuridad ordinaria, que siempre permite adivinar vagamente las formas, sino una oscuridad como la de una ceguera súbita (1968:42)

Conforme transcurre la trama nos damos cuenta de que los seis miembros del consejo comparten esta característica. Nos encontramos entonces, tomando en cuenta la simbología que hemos descrito un poco más arriba, ante el descubrimiento que hace el hombre del “ente desconocido” que da sentido a su vida, piedra angular de la paradoja religiosa Pero también, nos encontramos ante la gran pregunta ¿quién es ese ser? Syme, como el hombre, no llega a descubrirlo. Cuando se halla en su presencia, lo envuelve una oscuridad como la de una ceguera súbita, con lo cual se prueba que ese ser, cualquiera que sea su naturaleza, es cosa que escapa a la percepción y el entendimiento humanos. Mas claro aún resulta el pasaje del capítulo V en el que Syme se acerca a Domingo:

A Syme no se le había ocurrido preguntar si aquel hombre tan monstruoso, que casi llenaba el balcón y lo derrumbaba con su peso, era el temido presidente. Al atravesar la sala que daba al balcón, la amplía cara de Domingo pareció ensancharse todavía; y se apoderó de Syme el temor de que, al acercarse más, aquella cara crecería demasiado para ser una cara posible. (1968:55)

La cita podría interpretarse como una metáfora de la aproximación del hombre al Ser Supremo. Syme se aproxima a Dios. Pero Dios se revela como algo imposible de alcanzar para el entendimiento humano y paradójicamente, mientras más se aproxima Syme, más

confusa se vuelve la imagen. Este hecho, de suyo, encierra una naturaleza eminentemente paradójica. Sin embargo, la paradoja religiosa empieza a cobrar sentido en el momento en que el Domingo se descubre a sí mismo como el hombre del cuarto oscuro. A partir de ahí, los personajes reflexionan e intercambian impresiones acerca del efecto que les ha causado la personalidad del Presidente. Veamos lo que dice cada uno de ellos al respecto. La aceptación de Domingo es palpable en estas palabras que Chesterton pone en boca del profesor de Worms:

Pues por eso, en cierto modo, me gusta el viejo Domingo. No es que me cause la estúpida admiración de la fuerza, sino que tiene cierta alegría, como la del que trae siempre buenas noticias. (1968:159)

El profesor asume una actitud de callada admiración hacia el presidente. Insinúa que es alguien capaz de convencer por la razón y no tanto por la fuerza. Además, da cierta idea del Domingo como alguien “bondadoso”. Esta imagen del “jefe razonable y de buenos sentimientos” es el primer paso de la conciencia del hombre a la existencia de Dios. El adjetivo “viejo” puede revestir importancia en virtud de que la forma tradicional de representar la figura de Dios es equiparándolo con un hombre de edad avanzada. Sin embargo, los miembros del Consejo también descubren a su líder como alguien “imposible de entender”. El mismo inspector Ractlife, después de pasar por tantas y tan interesantes aventuras, dice a sus compañeros:

Son ustedes muy exagerados. El presidente Domingo es cosa excesiva para la inteligencia. (1968:160)

He aquí al tercer paso. Dios, como el Domingo, “es cosa excesiva” para la inteligencia humana; sin embargo, el hecho mismo de admitir la impotencia de la sola razón frente a él (cosa que hace el inspector Ractlife) constituye una aceptación tácita de su existencia. Más significativo aún es el pasaje en que el profesor de Worms describe sus sensaciones:

Pienso algo que no acierto a formular claramente, o más bien, tampoco lo pienso claramente. Algo como esto: la primera parte de mi vida como usted sabe, fue muy incoherente y dispersa. Pues bien: cuando veo la cara del Domingo pienso, como todo el mundo, que es muy vasta y dispersa, y también incoherente como mi juventud. (1968:161)

La cuarta etapa de la conciencia humana con respecto a la existencia de Dios se ha cumplido. De Worms admite aquí que el Presidente es algo ininteligible, como ya lo había apuntado el inspector. Sin embargo, el profesor añade al propio tiempo una cualidad del Domingo que reviste suma importancia. Esto es, el profesor vislumbra la capacidad de universalidad y contradicción del Domingo, al decir que “es incoherente y disperso” y sin embargo, forma parte de toda la vida del personaje. Si De Worms llega a intuir la naturaleza contradictoria del Domingo, Syme da el paso definitivo hacia la identificación del Domingo como Ser Superior al describirlo en esta forma:

Cuando vi por primera vez al Domingo, pensé que era una bestia vestida de hombre. Pero cuando le vi la cara, me asustó: no por su brutalidad, sino al contrario, por su hermosura, por su bondad. (1968:162) : En efecto, para el hombre (representado en este caso por Syme) puede parecer algo aterrador el encontrarse con alguien que rebasa su naturaleza, de tal manera que, a sus ojos, puede tomar la apariencia de una “bestia”. Sin embargo, tal como ocurre con nuestro

protagonista, si el hombre se decide a “mirar de frente” descubrirá que en realidad el ser misterioso es “bondadoso”. La característica que resalta aquí es la naturaleza, aparentemente contradictoria, del Domingo y la sensación, también contradictoria, que produce en sus dirigidos. El Domingo tiene pues la capacidad de concentrar en sí mismo lo maravilloso y lo que provoca temor, tiene la capacidad de irradiar bondad y provocar confusión, tiene la capacidad de darse a conocer sin revelar completamente su personalidad, lo cual resulta netamente paradójico. También el inspector Ractlife se queja de que el Presidente es impredecible y confuso. En el mismo capítulo XII, dice a sus compañeros:

¿Qué significa? Significa que somos hombres muertos. ¿Acaso no conoce usted al Domingo? ¿No sabe usted que sus golpes son tan sencillos y enormes que nunca se les espera? ¿Hay nada más conforme a la táctica de Domingo que poner a sus enemigos en el Supremo Consejo y después cuidarse de que este Consejo no pueda ser supremo? Les aseguro a ustedes que ha comprado todas las confianzas, ha cortado todos los cables, tiene en su mano todas las líneas del ferrocarril y ésta especialmente. Todo el movimiento está regido por él. (1968:151)

Ractlife se hace consciente de que el Domingo, ese ser confuso que es el presidente del consejo, es un ser escurridizo y tramposo, cuyos designios no pueden nunca adivinarse, y aunque con evidente resignación, parece aceptar este hecho como algo natural. Al mismo tiempo, reconoce que es alguien con poderes sobrenaturales, dueño de una fuerza capaz de regular los destinos del universo, ya que “todo el movimiento está regido por él.” Por último, el profesor de Worms atribuye a Domingo otra cualidad interesante; lo describe como un ser grandioso que inspira temor:

Si, creo que tiene usted razón. Creo que solo de él podemos obtener la revelación de este misterio. Pero confieso que por mi parte, me espanto de tan sólo preguntar al Domingo que casta de pájaro es él. (1968:142)

El profesor sabe que Domingo puede explicarle el sentido real de las aventuras corridas por los seis camaradas; no obstante, manifiesta temor de acercarse a él, como hace el hombre ante Dios. Las ocho etapas por las que pasan los personajes en su toma de conciencia son perfectamente compatibles con la idea y las características de Dios. Dios, como el Domingo para los seis miembros del Consejo, es ese ser invisible, confuso, contradictorio, que tiene designios inesperados y a veces exasperantes, que puede producir miedo y desconcierto en el hombre, pero que conserva intacta su inclinación a la bondad. Pero los personajes no sólo descubren a Dios, también van tras él y lo persiguen, para satisfacer sus deseos de encontrar la respuesta a sus interrogantes.

b) La persecución de Domingo.

La segunda etapa por la que pasan los personajes es la persecución del Presidente En la novela todo un capítulo, el XIII, es dedicado a esta parte de la trama. La persecución tiene algo de fantasiosa y también un cierto dejo de comicidad. Tiene lugar a través d la ciudad; el Domingo primero huye en globo y después toma un elefante del parque zoológico, sin que los seis camaradas cejen en su empeño por darle alcance. Al momento de dar inicio a la persecución, ya están concientes de su objetivo. He aquí el diálogo que sostienen Syme y el inspector. El inspector dice:

Esto ya va mejor; somos seis para pedirle a uno que conecte claramente sus verdaderos propósitos. (1968:147)

Y Syme replica:

No lo veo tan fácil. Somos seis para pedirle a uno que nos explique que es lo que realmente nos proponemos nosotros (1968:147)

Siguiendo con la analogía que hasta ahora hemos aplicado, la persecución representa esa etapa en la que, una vez descubierto el Ser supremo, el hombre va en su busca para tratar de explicarse el sentido real de las cosas. Syme y el inspector están deseosos de saber porqué y para qué han hecho todo cuanto han hecho. Y por eso van en busca de Domingo, porque suponen que Domingo, como ser superior que es, habrá de resolver todas sus dudas. Mas no ocurre así. El hecho de que el Domingo, en vez de responderles claramente, les arroje seis mensajes, a cuál más enigmáticos, a los seis miembros del Consejo, parece significar que la búsqueda emprendida por los seis aventureros es una búsqueda inútil, porque los mensajes que reciben, lejos de aclararles el significado de todas sus aventuras, les provocan aún más confusión e incertidumbre; sin embargo, si bien en el sentido práctico la persecución resulta totalmente infructuosa, tiene validez en sí misma; al final, los seis aventureros logran entrevistarse con el presidente y formularle todas las interrogantes pertinentes. Es en sí, una paráfrasis de la actitud religiosa del hombre.

c) El encuentro

La parte más significativa de la paradoja y la simbología religiosa es sin duda la entrevista que tiene lugar entre el Domingo y los seis miembros del consejo. Es el momento

cumbre de la simbología religiosa propuesta por Chesterton y es la etapa que descubre mas claramente la paradoja que encierra. Una vez descubierto el ser Supremo y emprendida una búsqueda que es al mismo tiempo válida e inútil, el hombre tiene oportunidad de comunicarse con Dios y plantearle sus dudas e inquietudes con respecto a su papel en la vida. Las palabras del profesor de Worms son elocuentes:

No podemos perder tiempo en bufonadas. Hemos venido a preguntarle qué significa todo esto. ¿Quién es usted? ¿Qué es usted? ¿Porqué nos ha reunido usted aquí? ¿Sabe usted quienes somos y que somos nosotros? ¿Es usted un gracioso que se divierte en hacer de conspirador o un hombre de talento que se hace el loco? (1968 149)

Este pasaje resume de modo muy propio las interrogantes más comunes que el hombre le formula a Dios. ¿Quiénes somos? ¿Para qué somos? ¿Cómo y por qué estamos aquí? Sin embargo, a nuestro parecer la más importante de todas es la última ¿Es Dios un gracioso que maneja a los hombres como títeres y juega a las escondidillas con ellos, o es realmente un ser poderoso, con designios definidos aunque inexplicables? Chesterton parece inclinarse por la segunda explicación. Pinta a Domingo, no como lo haría un ateo ni alguien resentido con Dios, sino como alguien que acepta sus designios, aunque no logre entenderlos Esto lo hace a través de los seis personajes en el último capítulo de la obra. Veamos en qué términos se dirige cada uno de ellos al presidente.

Ractlife al Domingo:

Me parece tan insensato que hayas estado en los dos bandos y te hayas combatido a ti mismo. (1968:171)

Bull al Domingo:

Yo no entiendo nada, pero soy feliz y siento que el sueño empieza a dominarme.

De Worms al Domingo: Yo no soy feliz, porque no comprendo. Me has obligado a acercarme demasiado al infierno.

Gogol al Domingo: Yo quisiera saber porque me has hecho sufrir tanto. (1968:173-74)

:

Estos pasajes representan, desde nuestro punto de vista, diferentes actitudes que el

hombre puede adoptar con respecto a lo divino. Desde la falta de comprensión de Ractlife al saber que Dios “se puede combatir a sí mismo” por medio de los ateos y la existencia del mal, hasta la indeferencia manifestada por el doctor Bull, y el legítimo deseo de comprender el sentido real del sufrimiento que exteriorizan el profesor De Worms y Gogol. Sin embargo, la actitud más centrada y ecuánime es la que adopta Gabriel Syme. He aquí sus palabras:

No. Yo no estoy tan indignado. Yo te agradezco no solo el vino y la hospitalidad que me has dado, sino mis hermosas aventuras. Pero te quisiera conocer. Mi alma y mi corazón se sienten tan dichosos y quietos como este dorado jardín. Pero mi corazón está llorando. Yo quisiera conocer, yo quiero conocer. (1968:175)

Syme simboliza entonces la imagen del hombre sensato, el que entiende la impotencia de lo humano frente a lo divino y que acepta los designios de Dios, por incomprensibles que resulten, como algo natural. Conserva, sin embargo, una curiosidad que es completamente válida para tratar de entender a lo divino.

Las aventuras de Syme y sus compañeros sirven de excusa a Chesterton para plantear una serie de preguntas que son inherentes a todas las religiones y en especial al cristianismo. Preguntas cuya naturaleza es filosófica y cuyo punto de partida es la paradoja. ¿Cómo puede concebirse un Creador como algo “desconocido”, si es el origen de todo “lo conocido”? ¿Por qué ese creador, ese ente de naturaleza superior, hace correr al hombre detrás de él como hace correr a los personajes de la novela? ¿ Porque, si tradicionalmente se le identifica con “lo bueno”, permite que exista “lo malo”, y obliga al hombre a “sufrir” y a “acercarse demasiado al infierno” como ocurre con Gogol y con el Profesor de Worms? ¿Por qué, siendo ese ser superior bueno, “se combate a sí mismo” permitiendo que haya una fuerza que esté contra suya? . Podemos resumir la paradoja religiosa según el siguiente esquema:

TOMA DE CONCIENCIA DE LOS SEIS MIEMBROS DEL CONSEJO (LOS HOMBRES) Ø PERSECUCIÓN DEL DOMINGO (PERSECUCIÓN DE DIOS POR EL HOMBRE) Ø COMUNICACIÓN DEL HOMBRE CON DIOS Y DIFERENTES ACTITUDES QUE PUEDE TOMAR EL HOMBRE (RESIGNACIÓN, CURIOSIDAD, RESENTIMIENTO)

Podemos concluir entonces que la paradoja religiosa en la obra conlleva un proceso de concientización por parte de los personajes; un proceso que les lleva a reconocer que

dependen de algo o alguien más, la búsqueda de ese alguien y finalmente, el encuentro con él. Sin embargo, para entender el sentido de la paradoja religiosa en la obra debemos remitirnos a la paradoja que encierran en sí mismas las religiones, particularmente el cristianismo. Lo que intenta decirnos Chesterton al presentar las analogías religiosas en la novela es que la creencia religiosa puede resultar tan paradójica como las aventuras y el comportamiento de los miembros del consejo y el Domingo, y que sin embargo, no deja de ser un camino válido para explicarse el sentido de la vida. En efecto, es paradójico que el hombre pueda creer realmente en un Dios cuya presencia solo es capaz de intuir, pero no verificar de un modo visible ni a través de la sola razón; es paradójico que ese Dios se nos revele como la encarnación suprema de la bondad, y sin embargo, pueda permitir la existencia del mal y de experiencias adversas en la vida. Es paradójico que el hombre pueda formularse preguntas con respecto a la naturaleza y designios del Ser supremo, y no obstante, pueda pasarse la vida entera sin encontrar respuestas que le satisfagan. Porque al fin y al cabo, la realidad de los personajes no es más que el campo de acción de Domingo y Domingo puede resultar, como hemos visto, ininteligible e impredecible como Dios.

CONCLUSIONES

La obra de Gilbert Keith Chesterton posee una serie de características que le confieren una extremada originalidad y la vuelven, aparentemente, difícil de clasificar. Pero nosotros pensamos que sus escritos constituyen un puente histórico entre la Inglaterra Victoriana, con sus paradojas y su aglomeración de estilos y conceptos y la sociedad inglesa del siglo XX y su desaforado deseo de romper con todo lo pasado. Chesterton manifiesta añoranza hacia todo lo que ya fue, y eso le lleva a asomarse al mundo con una mirada llena de infantil asombro. Al mismo tiempo, invita a los lectores a participar de este ejercicio intelectual. En parte, es debido a esta intención que utiliza la paradoja como rasgo dominante de su estilo. La paradoja ayuda a que tomemos conciencia de que el mundo siempre puede asombrarnos, porque las cosas pueden ser – y muchas veces son – más de lo que aparentan ser. La paradoja, nos dice Gabriel Syme, ayuda a que los hombre recordemos verdades olvidadas. Tiene razón. La paradoja, en cierto sentido, nos ayuda a tomar conciencia de que siempre podremos hacer renacer en nosotros la inocencia y admiración infantiles. Hace que seamos lo suficientemente sencillos como para recordar las cosas más simples, tan simples que son fácilmente olvidables. Provoca que pongamos en tela de juicio verdades que antes se nos antojaban irrefutables. .

Podemos apuntar que Chesterton no entiende la paradoja como una simple expresión lógica-contradictoria. Como hemos visto, la paradoja chestertoniana es un fenómeno de correspondencia en el que dos conceptos antagónicos se dotan mutuamente de sentido y es también un fenómeno existencial que guarda cierta relación con la propuesta de Soren Kierkegard. Una segunda razón para el empleo de la paradoja es el proceso razonado que constituye la conversión de Chesterton. El autor está conciente de que la religión encierra

muchas paradojas, y defiende una y otra vez las verdades del cristianismo, precisamente, a través de paradojas. Las características que hemos enumerado – el gusto por sorprender al lector, la paradoja como mecanismo existencial, la defensa de la religión. – se aglomeran de manera brillante en El Hombre que fue Jueves. Es sin duda una de las obras más representativas de nuestro autor. La novela es una alegoría político-cristiana cuyo punto de partida es la paradoja. La alegoría política se establece con el personaje de Syme en su papel de policía, con Gregory como su opositor, con el Domingo como presidente y con los seis miembros del Supremo Consejo Anarquista como los enemigos del orden. Sin embargo, la paradoja existencial se manifiesta cuando Syme y sus compañeros resultan ser policías. Al mismo tiempo, las citas textuales dan idea de que el Domingo desempeña en realidad el papel de Dios, Gregory el del diablo y los seis miembros del consejo el de los hombres. La realidad que viven los personajes es una paráfrasis de la realidad cotidiana, en la que Dios establece sus designios, a veces incompresibles y sorpresivos De este modo la obra se transforma en una alegoría cristiana y la paradoja existencial se establece como una paráfrasis chertertoniana de la relación entre Dios y el hombre. Chesterton es un escritor exigente, con el lector y para el lector. Es exigente con el lector porque le demanda tiempo y paciencia con su estilo. Es exigente para el lector porque trata temas esencialmente filosóficos y mas aún, cavila sobre ellos e invita al lector a hacer lo mismo. Sin embargo, si nos mostramos dispuestos a convivir con él, descubriremos que no podemos leerlo sin tomar una actitud algo distinta ante la vida.

BIBIBLIOGRAFÍA

Las obras a que se hace referencia son obras consultadas u obras citadas. I.- SOBRE EL CONTEXTO LITERARIO Y FILOSÓFICO Anthony, Matheus et al. (1966) Chesterton and the Victorian Age New York: Haskell House, Beristáin, Helena. (1998) Diccionario de Retórica y Poética. México: Porrúa, Ferrater Mora, José. (1981) Diccionario de Filosofía Madrid: Alianza Editorial Pérez Gallego, Cándido et al. (1988) Historia de la Literatura Inglesa II. Madrid: Taurus Vines, Sherard. (1950) One hundred years of English Literature. London: Duckworth, 1950

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