Los caballeros andantes

Héctor Caño

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo las sanciones establecidas de las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento incluidos la reprografía y el tratamiento informático. © 2013 Los caballeros andantes © Héctor Caño © 2013 Editorial: Liber Factory c/ Magnolias 35 bis 28029 Madrid. España www.liberfactory.com Tel: +0034 91 3117696 ISBN: 978-84-9949-319-0 Depósito legal: M-XXXX-2013 Maquetación y Diseño cubierta: eneasbeat Las opiniones expresadas en este trabajo son exclusivas del autor. No reflejan necesariamente las opiniones del editor, que queda eximido de cualquier responsabilidad derivada de las mismas. Disponible en préstamo, en formato electrónico, en www.bibliotecavisionnet.com Disponible en papel y ebook www.vnetlibrerias.com www.terrabooks.com Pedidos: pedidos@visionnet.es Si quiere recibir información periódica sobre las novedades de nuestro grupo editor envíe un correo electrónico a: subscripcion@visionnet.es

Índice

El Cine Imperio ...................................................................... 5 Confesiones en la Noche .......................................................13 Los caballeros andantes ....................................................... 22 Un vestido azul de tirantes................................................... 40 Manos blandas de chocolate ................................................ 43 Papá en Atlanta, con los párpados cerrados ........................ 50 Tal vez, eximir a los culpables.............................................. 58 Un ventilador y un radiador................................................. 70 Lenguas voraces ................................................................... 79 Avalon................................................................................... 89

¿Por qué tiritaba?

El Cine Imperio Ángel miraba la hora con insistencia. Cada poco, giraba la muñeca y comprobaba que las manillas seguían avanzando, que el mecanismo del reloj no estaba roto. Pasan veinte minutos de las siete, pensó, es increíble. Aunque no era la primera vez que esto le ocurría, todavía no se había acostumbrado a las esperas, se le hacían interminables. El uniforme de oficial, recién planchado y con la tirantez del almidón fastidiándole por todas partes, se estropeaba de estar apoyado en aquella esquina de la calle. Deseaba sentarse en un banco, pero seguía de pie para no parecer cansado cuando Almudena llegara. El pequeño ramillete de flores que había comprado en la plaza de Zocodover se hacía ingobernable. Debía mantenerlo sujeto, y además, escondido tras la espalda para que fuera una sorpresa. Almudena llegaría de un momento a otro, le vería de lejos, se aproximaría a la esquina, y por fin, le alcanzaría sin que las flores delatasen su presencia. Luego, intercambiarían un beso, y como colofón, Ángel descubriría el ramillete, regalo inesperado. Bueno, inesperado aunque adecuado, y seguramente anhelado. Pues el ramillete, en vilo durante veinte largos minutos, en la incómoda postura del brazo, doblado y atravesado a la espalda, con un cuidado muy especial para no aplastarlo, tal y como se había apostado en la esquina, el ramillete hacía que se le agarrotaran los dedos, el codo y el hombro derecho. Por tanto, con el brazo libre se miraba compulsivamente el reloj, y casi, casi llevaba la cuenta de cada segundo transcurrido en la enredosa espera. A veces opinaba que semejantes retrasos eran coquetas pruebas de resistencia que Almudena provocaba, para observar si era paciente o impaciente, si conservaba la calma y el buen aspecto, sobretodo si el carácter de Ángel era tolerante, o malhumorado. Por eso, entre otras cosas, omitía las quejas y evitaba sentarse en el banco. Quería aparentar que veinte minutos de pie no eran nada para él, y desde luego, en la Academia de Infantería hacía esfuerzos mucho peores y más absurdos, aunque los hacía protestando por lo bajo y maldiciendo de toda la jerarquía militar, empezando por el sargento y acabando por el general de todos los ejércitos. Tenía que admitir que Almudena era más agradable que su sargento, y que un esfuerzo como éste merecía la pena. Almudena dedicaba dos horas, por lo menos, a elegir el vestido y arreglarse. Se perfumó, se aplicó sombra de ojos y
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carmín, y colorete en las mejillas. Pidió un par de buenos pendientes a su madre, que se los cedió a cambio de prometer mucho cuidado, y desfiló delante de su padre, que dio su beneplácito envidiando la suerte del muchacho al que dirigía tantas atenciones. Ángel, a su vez, se puso el uniforme recién recogido de la lavandería, mirándose al espejo conforme se estiraba las solapas, compungido por los nervios. Corregía sus aires de colegial despavorido, haciendo muecas al espejo y figurándose que no era su reflejo, sino Almudena quien le observaba. Sé cariñoso, sé educado, pensaba, que sepa cuánto te gusta, pero sin atosigarla. Así, ¡ale!, date bríos de buen mozo, Angelillo. Y salía de la Academia con mucha antelación, puesto que debía recorrer toda la bajada del Valle, y el puente de Alcántara, y subir la cuesta de Armas hasta Zocodover. Andaba en tramos de cien o doscientos metros y paraba, para no cansarse, porque tenía que llegar a la cita en perfectas condiciones, sin cara de pasmo ni arrugas en el traje. Por el camino le sobraba el tiempo, así que se anticipaba la velada, se imaginaba giros románticos y suspiros de fémina tierna, hacía el trayecto con la imagen de Almudena en mente, y antes de darse cuenta, ya estaba en Zocodover. Almudena, mientras tanto, iba y venía de su alcoba cien mil veces, se colocaba un pelo rebelde, añadía una pizca de perfume, perfilaba sus pestañas, y muchísimas otras cosas que se le ocurrían justo antes de franquear la puerta de su casa, en el último instante. Ya estaba despidiéndose cuando, con un preámbulo de pánico escénico, volvía sobre sus pasos al trote, y retocaba una vez más el maquillaje. Ángel, apoyado en la esquina, con el ramo de flores escondido tras la espalda y mirando el reloj de pulsera como en trance, padecía los retoques de última hora de Almudena, cuya única intención era dar su mejor aspecto. Porque cuando Almudena llegaba, andando por la calle Comercio con pasos cortos, el bolso de mujercita oscilando al roce de su cadera, el cabello peinado con encanto y la preciosa diadema, Ángel olvidaba los veinte minutos y el reloj, y además, sacudía los brazos descubriendo sin querer el ramo de flores, y la perspectiva de una tarde en su compañía le liberaba del servilismo, del uniforme que le apretaba, aunque se lo ponía en todas las citas porque le daba un porte más formal, se libraba de los sargentos, las marchas y las guardias, y solamente pensaba en cosas agradables, que se le esfumaban antes de decirlas en voz alta. En la taquilla del cine Imperio, Ángel pedía dos entradas para la sesión de tarde, que incluía un programa doble: una película nacional, protagonizada por la estrella del cante o el comicastro que tocase, y una extranjera, casi 6

siempre de indios y vaqueros, de las buenas. Con las entradas en el bolsillo, y Almudena agarrada del brazo, se tomaban una horchata en las terrazas, y se entretenían charlando de temas que iban de lo esencial a lo mundano, mientras se acercaba el momento de iniciar la sesión. Las rosas, hay que ver cómo le gustaban las rosas. Las sonreía, las decía cositas, las acariciaba. Elegía la más granate, y se la colocaba en el pelo como un medallón en mi-tad del mar moreno. Ángel, que no entendía gran cosa de flores, sólo sabía lo que significaban para Almudena. Lo de ir al cine, al fin y al cabo, era una excusa. Aunque pasaran cerca de cuatro horas mirando una pantalla, arrimados, era la horchata que tomaban en la terraza lo que justificaba sus trémulos ardores, sus presunciones y supersticiones. El acceso al cine Imperio era como el de un gran hotel, lujoso pero venido a menos. Para sus visitantes, los estragos del tiempo y su deterioro no importaban, si acaso lo daban un toque de adustez. Eran tantos los años de confianza, que la vieja sala de cine era una extensión de su casa, en la que se ponían cómodos, y poco a poco, perdían la compostura y se despatarraban en los asientos como lo hacían en su propia alcoba o sala de estar. Así, el cine Imperio suponía una simpática trasgresión, la de ocupar un habitáculo de lujo y, con las luces apagadas, vulnerar el venerable escenario, más o menos como ponían los zapatos por encima de la colcha, comían con los codos hincados en la mesa, o miraban de soslayo a una muchacha en los entreactos del sermón de misa grande. La decoración del cine, con sus dorados embellecedores, el suelo de mármol, las columnas veteadas y los espejos inmensos, que devolvían la imagen de docenas de personajes bien vestidos, ilusionados y amigables, transmitía a los espectadores la sensación de asistir a un baile de gala, la estancia en un palacio o museo antiguo, y luego, éstos se distendían con su asilvestrada conducta. No lo hacían por gamberrismo, de verdad que no, solamente pasaban de un primer impacto al trato ufano que se profesaban entre ellos, pues al fin y al cabo no eran caballeros sino gente corriente, que en vez de hacerse reverencias, se saludaban con un tic de la cabeza, y en vez de fumar puros, abrían y comían pipas saladas, y en vez de avanzar por el hall como un destacamento de alta alcurnia, correteaban y se instalaban en la butaca con la película empezada. Un timbre como el de un descomunal teléfono, que traía a la memoria el patio de un colegio o la entrada de una fábrica, sonaba cinco minutos antes de empezar la sesión, y sonaba de nuevo cuando se apagaban las luces del audi7

torio. Los niños soltaban la mano de sus padres, y suplicaban un veloz posicionamiento en la butaca, iban como heraldos a tomar posesión del sitio, y quedaban hechizados por la raída pantalla de celuloide. Había conserjes y acomodadores, con uniformes coloridos, como cómicas levitas recargadas de botones, flecos y cremalleras, y un gorro que era una simbiosis chocante de bonete y visera. Éstos, indicaban el camino hacia la sala, el patio de butacas o el paraíso, bien llamado paraíso porque ahí, en la segunda planta, abundaban los besuqueos, los sonrojos intangibles y las rimas consonantes dichas a la oreja. El patio de butacas, también llamado gallinero, más concentrado en el argumento de los filmes, intercambiaba comentarios poco procedentes y restos de bocadillo, pataleaba viendo al malo, y carcajeaba cuando los protagonistas sufrían un traspiés. También lo pasaban francamente mal cada vez que los pistoleros entraban en la boca del lobo, y hallaban paralelismos, algo pillados por los pelos, entre los conflictos de la ficción y sus combates cotidianos. Un papel de periódico se desenvolvía, sacando de su interior una empanada de atún, luego se arrugaba con ruido y se hacía pelota. Una señora irritable chicheaba imponiendo silencio, y la pelota de papel con migas de bonito y pan volaba sobre las butacas y aterrizaba en su cocorota, frustrando sus intentos de achicar el murmullo. Un bebé rompía en llanto, que con el eco sonaba como a sirena de ambulancia. El contorno de una mujer joven se perfilaba contra la pantalla luminosa con el niño en ristre, y se desplazaba a trompicones hacia los baños. Una vozarrona ronca de bandolero vituperaba a la madre, molesto por el manchón negro de su silueta tapando la pantalla, mientras otro impertinente mandaba callar al bebé, y así la madre, fastidiando tanto si se quedaba como si se llevaba al niño con su lloro inoportuno, le pedía a su pareja que le contase todo al volver, y en su fuga, se disculpaba al pisar con sus tacones a los vecinos de la fila. Un oficial de mecánica lampiño ponía su mano sobre la de su acompañante, que cubría su embarazo con una sonrisa de reserva. Ruborizada, la chica notaba la palma de él, que trepidaba, y perdía el hilo de la película, como él, igual que él ignoraba el nombre de los actores, el título, el tema y los vericuetos de la trama, y sólo pensaba en matices tangenciales de su cita y de su chica. Quería saber en qué pensaba ella, como ella, igual que ella quería saber en qué pensaba él, y así, pensaban lo mismo, lo mismo exactamente. Se hacían cábalas en base a nada, o a poco: a una mano sobre otra, al silencio entre los dos, a la expectación y a la película que no atendían. 8

A la salida del cine, Ángel acompañaba a Almudena de vuelta a casa. Querían prolongar el viaje, y se detenían a ver los escaparates de las tiendas. Señalaban prendas y artilugios cuyos precios estaban fuera de su alcance, como si en un arrebato hubieran podido comprarlo todo, dejando además una propina equivalente al sueldo de un año. Era obligado comentar la película que habían visto, pero como ninguno prestó atención, y lo disimulaban con gracia, cada uno reinventaba el argumento a su manera: -Qué a punto han estado de pasarlas canutas, si no llega a ser por el sheriff -decía Ángel. -El sheriff... ¡ah! Claro, pero, ¿y la dama de las camelias? A todos los del pueblo les tenía embelesados -decía Almudena-, porque ¡ay que ver cómo cantaba, la dama! -Por bulerías, la cantarina. Lo mejor, oyes, lo valiente que era la chica, ¿eh? Porque cualquiera se atreve a hacerle ése desplante al capataz de las minas. Menos mal que ahí estaba el sheriff para salvar el día. -Porque era bueno de corazón, el sheriff. Y en el fondo, la quería. Quien les oyera, pensaría que habían visto cualquier otra película menos ésa, que trataba de un robo al banco. La dama de las camelias regentaba un burdel, el sheriff era un cazador de recompensas, y el capataz de mina, el dueño de una finca. Ángel llegó a Toledo en agosto para hacer el servicio militar. Le destinaron a la Academia por sorteo, y se fue de León en un tren que atravesaba las dos Castillas, deteniéndose en lo que parecían cientos de estaciones al paso. Cada pocos minutos, el tren disminuía de velocidad y frenaba en un poblacho, subían montones de pasajeros, y los vagones se inundaban de baúles y maletas, jaulas con pollos, bicicletas y cestos de los que sobresalían embutidos y hogazas de pan tostado. El sofocante bochorno se condensaba en los vagones de cola, los más atestados, con tanto viajero y trasto que apenas sobraba espacio para el aire. Ángel, que nunca salió de su pueblo, no sabía si dormitaba o se desmayaba, y creía que la falta de fuerzas era debida a la distancia que lo alejaba de su hogar. En la Academia, se levantaba del camastro a horas intempestivas y desempeñaba funciones bárbaras que lo dejaban exhausto al cabo del día. El calor intenso que le hizo mella desde que subiese al tren ya nunca dejó de abrumarlo. Comenzaba a eso de media mañana, se recrudecía a la hora de la siesta, que nunca echaba, y no hacía sino empeorar hasta que al fin, el sol se ocultaba al caer la tarde. No sería tan cargante si no estuviera constantemente desfilando, montando guardia, corriendo campo a través y 9

soportando las fanfarronadas de su sargento, quien pensaba que los soldados a su cargo eran incombustibles, y como arcilla para moldear. En todo su ejercicio de instrucción, Ángel no halló consuelo dentro del recinto enladrillado del cuartel, ni con sus compañeros de litera. Sólo las salidas de permiso le entusiasmaban, porque mantenían la alentadora idea de que había un mundo exterior civilizado, sin cornetas ni fusiles desmontables, ni sargentos. Encontró un placer inusual en deambular por calles con gente, y se aficionó al cine, cosa que antes de comenzar el servicio sólo conocía por las revistas. Era cuestión de tiempo que, con su buena planta, una chica de su edad se fijara en él. Los carteles de las películas le fascinaban. Lograban un sorprendente parecido con los actores, pero además eran expresivos y sabían suscitar una inmensa curiosidad por la película. Los títulos -La Sombra de la Sospecha, El Misterio de la Montaña, Duelo en la Planicie- no hacían sino formular interrogantes que se instalaban en la mente y no cesaban de emitir señales y llamamientos, hasta que uno capitulaba y pedía una entrada en la taquilla. Pero era el estilo de los pintores lo que hacía que Ángel se plantara delante del rótulo anunciador, lo contemplara largo rato, y lo escrutara como la pieza más valiosa de una pinacoteca. Brochazos gruesos y decisivos que combinaban los colores de una paleta intensa, creaban la sensación de un prisma que proyectaba la ilusión de la película cuyo tema inspiraba. Caleidoscopios que prometían emociones fuertes, aventuras y lecciones vitales resumidas en noventa minutos apasionantes. En aquellos tiempos, las portadas de los libros, las imágenes publicitarias, las revistas, almanaques, cuadernos, incluso las etiquetas de toda clase de productos, medicamentos, comestibles, etcétera, se promocionaban mediante dibujos o pinturas maravillosas, impresas en los envoltorios, solapas y cartelas. Pero algo especialmente sugestivo había en los carteles de los cines, puesto que el producto era un secreto, no se palpaba ni oteaba, había que pagar antes de verlo, y los únicos indicios de propiedad o atribución había que suponerlos por el cartel, leyendo entre líneas el póster. Una pistola en primer término, es que habría persecuciones y actividades criminales. Una señorita con el rimel corrido, es que había lances amorosos, sinsabores y cuitas sentimentales. Un caballo desbocado, gigantes californianos y bandidos. Una explosión, es que había complots y agonía en las trincheras. Una pareja que se abrazaba, vaticinaba un amor imposible, con tropiezos, y un ardoroso final de sacar el pañuelo. En sus paseos de fin de semana, inevitablemente, recalaba en la fachada del cine Imperio y examinaba los car10

teles, con las manos en los bolsillos y la mirada fija, admirando a ésos artistas que sabían condensar las películas en una estampa de gran empaque. Una tarde, que Almudena había ido con sus amigas a ver la última de Linda Hogarth, se topó con el soldado que inspeccionaba los prometedores carteles. Al terminar la sesión, una marabunta de espectadores salía del cine con el apetito saciado. Entre el público, que comentaba el sorpresivo desenlace de la película y debatía punto por punto los instantes de mayor interés o aburrimiento -siempre habría un inconformista al que nunca le colmaban las historias-, Ángel permanecía estático, mirando fijamente el bonito póster del exterior. Almudena se acercó a él, distanciándose de sus amigas, y empezó una sencilla conversación que sería la primera de muchas: -Dígame, ¿le ha gustado la película? -¿Eh? -Ángel se medio giró, descubriendo a la chica que le inquiría-. No sabría decirle. No la he visto, aunque tiene buena pinta. -¿Ah, no? -Almudena adoptaba entonces un aire de cinéfila experta-. Pues le diré: una película excelente, sobrecogedora. La Hogarth en una de sus mejores interpretaciones, más desenvuelta que en La Carta Delatora, casi al mismo nivel que en Delitos del Pasado. -Sabe usted mucho de esto -Ángel oscilaba con los pies, y por dentro de los bolsillos, ocultaba sus manos rígidas-. En el pueblo de León donde vivía no hay sala de cine. Aquí anuncian un estreno para la semana que viene. El cartel, por lo menos, lo hace muy apetecible. -Horizontes de Inmensidad. Es posible. Trabaja Jonathan Harper -Almudena fruncía el ceño-. Oh, y Brenda Stevenson. Estaba fenomenal en otra que vimos no hace mucho. Sí, muy recomendable. Si quiere, podríamos verla y comentarla después. Yo vendré con mis amigas -señaló al grupúsculo de chicas que espiaban el diálogo, reunidas en cónclave a pocos metros. -Bien, si consigo escapar del cuartel unas horas, vendré encantado. Almudena se alejó, y a veinte metros volvió la cabeza, con una convulsión de risitas por parte de las amigas que aturdió al soldado. Ángel no tartamudeó, ni salieron perdigones de saliva de su boca, ni balbució los arranques de cada frase. Por lo menos, no dándose cuenta. Ése calor que hacía en lo alto de la Academia de Infantería... En ésta parte de Castilla los termómetros se volvían locos. Las camisas marrones de tela gruesa, que no ventilaban en absoluto, eran como un caparazón sellado. Presentando armas en el gran patio central, en posición de firmes 11

y escuchando el himno nacional con tonillo de prosopopeya, los centenares de ventanas que rodeaban la plaza orientadas al solano desde los despachos, comedores, bibliotecas y salas de conferencias, parecían moverse como una centrifugadora. Los soldados, que habían adquirido la ventajosa capacidad de separar cuerpo y mente, dejaban que los músculos se agarrotaran, ignoraban las agujetas y los tendones punzantes, y su pensamiento deliraba en el ojo del huracán formado por los ventanales del tío-vivo. Una mañana, el oficial de mecánica Cipriano Descartes le envió al almacén de vehículos. Se presentó en el taller y elevaron un todo terreno con una palanca hidráulica. Desde abajo del vehículo podían verse los ejes de las ruedas, el árbol de transmisión, las ballestas amortiguadoras, el entramado de barras paralelas y cruzadas que constituía el cuerpo del todo terreno averiado. Cipriano, exento del impecable vestuario marcial, sólo llevaba una camiseta de franela, pero manchada de grasa negra, aceite y sudor en abundancia. Ángel nunca había reparado en el taller, donde Cipriano Descartes trabajaba con denuedo en las furgonetas, sidecares, incluso los coches particulares de los mandatarios que exigían, además, un trato preferencial. Mientras los cadetes marchaban por el patio de armas al son del quisquilloso sargento, mientras los jerarcas clavaban chinchetas en los mapas geográficos de la región, calculando con cartabones y compás las escaramuzas del divertido simulacro bélico, Cipriano Descartes se mantenía ocupado en el taller, ensuciaba sus manos de un modo auténtico, pragmático, y hacía las reparaciones en la escuadra motorizada del cuartel. Ángel solicitó, al acabar la instrucción esencial reglamentaria, instalarse en el taller como aprendiz de mecánica, bajo exclusiva supervisión de Cipriano, el cual, cómo no, agradecía un par de manos extra y alguien a quien quejarse del rácano sueldo, los cochecitos del jerifalte y el maltrato indiscriminado en los cambios de velocidades, la columna de dirección y los filtros, nunca revisados, que convertían las piezas en chatarra por su mala conducción. Apurando sus vasos de horchata, en las terrazas de Zocodover, Ángel anunciaba a Almudena que le habían nombrado suboficial de mecánica. En unos meses, puede que ascendiera de rango. Eso dependía de cuánto se aplicara, y de que Cipriano le recomendase. La mecánica de los coches, decía, es un complicado arte, como el de los relojeros, porque se disponen muchas piezas, que operan al unísono, y se logra un movimiento perfecto, armónico. Ésta pictórica, o poética descripción del oficio le brindó a Almudena, que sorbía con pajita los restos de su horchata. A con12

tinuación, la pareja de novios, que desde hacía tiempo evitaban la compañía de las amigas alcahuetas, y sorteaban a los demás cabos de la Academia que disfrutaban su día de permiso... la pareja se fue al cine Imperio, cuya cúpula depauperada y modernista habían convertido en templo de comunión. La veterana azafata que expendía el ticket en el cuartito de la taquilla, ya les recibía con familiaridad, sabiendo que los boletos unificaban al soldado leonés y su chica con diadema. Ángel y Almudena entraban al deslumbrante hall del viejo cine, conforme venían haciéndolo durante meses, cada vez con menos embargo, y los brazos enlazados como en la marcha nupcial. El vasto conocimiento de Almudena sobre los astros cinematográficos dejó paso a un vacío casi total, pues a partir del día que vieron juntos Horizontes de Inmensidad, la pobre se volvió incapaz de discernir una sola línea del guión, ni los portentos de interpretación, ni siquiera la bella fotografía en technicolor, y sólo hermanecía inmóvil, con cada fibra de su piel haciéndole cosquillas y el obtuso pensamiento puesto en el uniformado Ángel. Ángel, que hasta ése día nunca quiso remover por debajo del vestido hermoso de la chica, empezó a vislumbrar el futuro que les aguardaba, los hijos que vendrían, la casa que comprarían en la calle Alfileritos, con un amplio balcón desde cuyo mirador Almudena tejería mantas y fundas para edredones, y esperaría que los niños volvieran de la escuela para comer un guiso irrepetible: irrepetible. Ante la puerta de la casa de sus padres, Ángel besó a Almudena en la boca, su boca entornada en forma de O, una O como un anillo de compromiso en el que cupieron sus anhelos, todos los anhelos, en el que cupieron sus anhelos para siempre.

Confesiones en la Noche
Raquel despedía una llamada telefónica en antena. Anunció el boletín de noticias de las tres en punto, y vio a su madre asomada al control de sonido, que la saludaba tras la cristalera. Su madre, Sagrario Corrochano, habitual de las tertulias matinales de Onda Centro, en las que participaba por su voz autorizada y crítica, era una verdadera institución del periodismo. Recordada por su etapa de corresponsal en París, presenció las míticas revueltas estudiantiles, lo que daba a su pasado un porte casi homérico y dibujaba su perfil de vieja romántica y vividora. Miembro fundacional del periódico El Presente, se labró una gran reputación. 13

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