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El Régimen Conservador

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Colegio Francesco Faa di Bruno. Asignaturas: Sociedad y Estado 5º mercantil – 2009. El Régimen Conservador: La Exclusión Oligárquica y su Reforma Política Funcionamiento del Sistema Electoral
Después de los años de consolidación de la unidad nacional, el Estado pasó a ser controlado por la élite hegemónica que se autoproporcionaba distintos beneficios derivados del control estatal. El orden político posterior a 1880 consolidó esa situación de privilegio de la oligarquía asegurando su posicionamiento económico y con ello una distribución desigual del ingreso proveniente de la fuerza de trabajo nacional. Para perpetuarse en el gobierno y controlar el aparato estatal, la elite apeló a un conjunto de mecanismos que reciben el nombre genérico de fraude y, en nuestro caso, en la Argentina de fines del siglo XIX, el fraude asumió rasgos propios vinculados a nuestros factores históricos y al contexto internacional. Ya desde las elecciones bonaerenses en la década de 1820, se había permitido el sufragio universal. Podían participar en los comicios los varones mayores de veinticinco años, sin importar su fortuna personal o grado de alfabetización. Esta concesión del sufragio universal se anticipó a la mayoría de los países europeos. Francia, que estableció el carácter universal del voto luego de la Revolución de 1789, había limitado en la primera parte del siglo XIX la participación electoral de los sectores populares. Recién entre 1848 y 1852, otorgó el derecho a sufragio a todos los hombres mayores. Inglaterra siguió sus pasos en 1866 y un grupo numeroso de Estados europeos eliminó las restricciones censatarias a finales del siglo XIX y principios del XX. En Estados Unidos, más allá de las diferencias regionales, la participación de la población negra fue severamente limitada por distintas argucias legales. Si bien en nuestro país la concesión del sufragio universal fue muy temprana, las elecciones se caracterizaron por el bajo número de votantes y los enfrentamientos que precedían y sucedían al acto comicial. El principal ideólogo del nuevo orden estatal, Juan Bautista Alberdi, a pesar de desconfiar de la capacidad eleccionaria de los sectores populares, no estableció restricciones basadas en la riqueza o la instrucción. Sin embargo, con el fin de prevenir los peligros que entrañaba para las clases dirigentes la concesión del sufragio universal, la Constitución instituía el carácter indirecto de la elección del presidente y vicepresidente. El pueblo elegiría a un conjunto de notables, que tenían plena libertad para acordar el nombre del futuro titular del Ejecutivo. Además las cámaras legislativas eran – y aún lo son- la autoridad suprema a la hora de decidir la legitimidad de los títulos de los aspirantes a ingresar a ellas. Hacia 1880, entonces, la elite enfrentaba la dificultad de conciliar los potenciales riesgos de la participación ciudadana con su necesidad de asegurarse el gobierno, y para conseguir este objetivo, instrumentaron un sistema electoral que tenía las siguientes características: El voto era voluntario. Los electores debían inscribirse en un registro especial para participar en los comicios. El acto de sufragar se ejercía expresando a viva voz el nombre de la lista de preferencia. La lista que reunía el mayor número de sufragios obtenía todos los cargos en disputa (lista completa). Estas disposiciones facilitaban el control y la adulteración de las elecciones. La participación voluntaria disminuía el número de asistentes y el carácter público del voto permitía identificar, comprar o intimidar a eventuales opositores. El sistema de lista completa conformaba un poder legislativo homogéneamente oficialista, con escasísima presencia de la oposición. Sin embargo y a pesar del acento en las características excluyentes del sistema, es necesario destacar que los sectores populares intervenían en los comicios. No de manera autónoma, ni defendiendo sus propios intereses, sino como parte de los aparatos manejados por punteros locales. Se prolonga así una tradición histórica que ya se señaló desde en las primeras décadas que sucedieron a la Revolución de Mayo: las clases desfavorecidas son frecuentemente interpeladas y utilizadas como fuerza de choque en las contiendas electorales o en movilizaciones, en la explotación de los campos y en las campañas militares. El espacio público no era amplio y participativo, los comicios eran tramposos y sus resultados eran controlados por la oligarquía; y también es cierto que los participantes de las elecciones y de las movilizaciones urbanas pertenecían a los sectores populares. Nos encontramos entonces con la ejecución de un sistema completamente fraudulento, controlado desde lo alto de la pirámide social y protagonizado -de manera subordinada, manipulada, dirigida- por los grupos subalternos al servicio del oligarquía. Para falsear el resultado de las urnas, era fundamental designar a las autoridades escrutadoras y controlar a las fuerzas policiales encargadas de custodiar los comicios. Tales atribuciones eran patrimonio exclusivo del presidente y los gobernadores de provincia. Por ese motivo, es lícito hablar de "gobiernos-electores": no es la ciudadanía la que elige a sus gobernantes sino el propio gobierno saliente o en ejercicio. Sin embargo, no debe pensarse que la sucesión presidencial obedecía simplemente a los deseos del mandatario que controlaba los comicios, sino que el sistema fraudulento se perfeccionó durante la presidencia de Julio Argentino Roca. Éste militar tucumano organizó un complejo entramado de lealtades políticas, a través del partido oficialista de gobierno: el Partido Autonomista Nacional (PAN). Esta agrupación funcionaba como una red de alianzas entre el presidente y una liga de gobernadores. Roca mantuvo a los gobernadores provinciales que le eran fieles utilizando subsidios y patrocinios mientras controlaba a los opositores a través de comicios fraudulentos y del mecanismo de la intervención federal. A los gobernadores adictos, se les solicitaba que apoyasen al presidente y que los representantes de las provincias en el Congreso se comportaran dócilmente. Para asegurarse el poder, se necesitaban negociaciones permanentes entre los miembros de la elite oligárquica. La aparente estabilidad del sistema político escondió conflictos y tensiones agudas, tal como lo muestra la fácil emergencia de la Unión Cívica Radical poco tiempo después. Nuevos desafíos: La Unión Cívica Radical En 1890, con el telón de fondo de la crisis económica, estallaba en Buenos Aires la "Revolución del Parque". El movimiento, era conducido por sectores de la elite: entre sus principales dirigentes encontramos a Bartolomé Mitre, Leandro N. Alem y Aristóbulo del Valle. Las dos principales demandas de este movimiento eran la remoción del presidente Miguel Juárez Celman y la instauración de

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un sistema eleccionario sin fraude. La revolución logró la renuncia presidencial pero fracasó en sus intenciones de depuración de las prácticas políticas fraudulentas. Entre los dirigentes revolucionarios, Mitre aceptó negociar, esto oxigenó al grupo cercano a Roca y permitió una sucesión de mando pacífica con la asunción de Carlos Pellegrini a la presidencia (1890-1892); y las elecciones continuaron siendo fraudulentas. Una porción importante de los dirigentes revolucionarios que no aceptó negociar y eligió la vía de la oposición permanente, fundó en 1891 la Unión Cívica Radical. Sobre los motivos que llevaron a la constitución de esta nueva fuerza política hay algunos disensos, sin embargo, pueden señalarse ciertos rasgos sobre la conformación y objetivos iniciales de la Unión Cívica Radical: En sus orígenes, la dirigencia radical estuvo integrada por miembros de la elite; Sus principales demandas se referían a la eliminación del fraude, pero no se proponían reformas significativas del orden socioeconómico o una redistribución importante del ingreso. El radicalismo surgió entonces como una división intraoligárquica. No se puede adjudicar a su dirigencia una posición económica subordinada. Los motivos de su firme postura opositora deben rastrearse en la segregación política realizada por un grupo conservador. Así la eliminación del fraude permitiría la renovación de la clase gobernante dentro del mismo grupo social. Bajo el liderazgo de Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen, la Unión Cívica Radical adoptaría una serie de medidas destinadas a minar las bases del dominio conservador, entre ellas se encontraban la abstención electoral y la resistencia a todo tipo de pactos o negociación con el oficialismo para erosionar la legitimidad del gobierno. Luego los radicales sumaron a esta oposición por inacción, una postura revolucionaria que los llevó a protagonizar tres levantamientos armados en 1893, 1895 y 1905. El desafío radical ganó en novedad y fuerza cuando sus dirigentes incorporaron a los sectores medios. Con ese fin establecieron una red de comités que se ocupaban de agitar y captar nuevos adeptos que ingresaban por primera vez en la vida política. Esta ampliación en la participación de la clase media argentina evidenció aún más el carácter fraudulento de las elecciones y agudizó las tensiones del sistema político. Al mismo tiempo, otro tipo de oposición de distinto signo social y carácter, minaba el dominio conservador. Los movimientos sociales: ideología y organización Para explicar el surgimiento del sindicalismo y el perfil ideológico que adoptó en esta etapa, es necesario referiremos previamente al papel de la industria en el marco de la gran expansión de la economía primaria exportadora. La inserción de la Argentina en los mercados mundiales favoreció, en primer lugar, la instalación de aquellas industrias que procesaban materias primas destinadas a la exportación como los molinos harineros y los frigoríficos. En segundo lugar, progresaron las actividades dirigidas a producir bienes insumidos por los sectores agropecuarios y del transporte, tal es el caso de los talleres de reparación de material ferroviario y de maquinaria agrícola. En tercer lugar, la gran expansión agroexportadora produjo un incremento sustancial en los ingresos de la población que se tradujo en un aumento general de la demanda. El crecimiento de los sectores medios -que poco a poco se fortalecíacanalizó esa demanda hacia sectores específicos: fue notable la sustitución de importaciones en los rubros de alimentos, bebidas y textiles. En este aspecto colaboró el desarrollo de las comunicaciones: el ferrocarril principalmente, que conectó a las diferentes regiones en términos de un mercado nacional. Sin embargo, el progreso del transporte tuvo un signo dual: por una parte, benefició a las incipientes manufacturas localizadas en Buenos Aires y a las industrias azucarera del noroeste y la vitivinícola de Cuyo, pero por otra parte, ocasionó la ruina definitiva de las artesanías más tradicionales del interior, especialmente de las tejedurías que no contaban con recursos para competir. Finalmente, hay que destacar el papel de todas las actividades vinculadas a la construcción en un país cuya población crecía vertiginosamente por el ingreso masivo de inmigrantes. Entre 1895 y 1914, la población activa en la rama secundaria creció: pasó de 30,4 al 35,5% sobre la población total. En 1895 estaba distribuida así: 18,8% de nativos y 11,6% de extranjeros. En 1914, el reparto se hacía de la siguiente manera: 18,9% de nativos y 16,6% de extranjeros. El crecimiento del sector secundario fue menos importante en la Capital Federal donde en 1895 absorbía sólo el 40,2% y en 1914 eI 40,7 % mientras que fue en las provincias de Buenos Aires y Santa Fe donde empezaron a desarrollarse actividades industriales más modernas. En relación con el constante crecimiento de la construcción surgen y se fortalecen las actividades metalúrgicas y se produce una correlativa disminución de los rubros artesanales. Otro dato interesante, sobre el que valdría la pena reflexionar, es la participación -más que proporcional- de nativos en el sector secundario. Al respecto, Juan Bialet Massé, en su Informe sobre el estado de las clases obreras argentinas a comienzos del siglo (1904), reflexiona sobre la diferencia entre el trabajador nativo y el extranjero, argumentando que era un error que las autoridades prefirieran al europeo porque, a diferencia de éste, el nativo contaba con una mayor capacitación para el trabajo en este medio y con pautas culturales que lo llevaban a desconfiar de ideas socialistas. Esto se debería, en la especulación del funcionario, al rechazo que sentían por su pasado indígena de propiedad colectivista. Dentro del contexto de la Argentina del siglo XIX agropecuaria y liberal, integrada en el mercado mundial a partir de la división internacional del trabajo, se produjo una notable expansión de la economía. Al mismo tiempo, se constituyó un mercado de trabajo libre y unificado, gracias a la gran movilidad internacional de personas que permitió la inmigración masiva en nuestro país y transformó la oferta de mano de obra, tornándola lo suficientemente flexible con relación a la demanda de brazos que exigía la economía. Paralelamente a la constitución de este proceso y acompañando las reivindicaciones y luchas que la clase trabajadora libraba a escala internacional, el impacto inmigratorio se hizo sentir en la formación de un incipiente movimiento obrero vernáculo. Tempranamente surgieron las primeras sociedades gremiales que, aunque se formaron por la acción de los obreros más combativos, lograron el apoyo de los demás trabajadores. La organización proletaria alcanzó a casi todos los oficios y su accionar huelguístico tuvo una gran extensión e intensidad a partir de 1902. Paradójicamente, estos obreros combativos y violentos, impugnadores del orden económico y social triunfante con la consolidación del Estado nacional y del modelo agroexportador, fueron recibidos en calidad de inmigrantes por la oligarquía argentina como mensajeros del progreso. La mayor parte de los recién llegados se convirtieron en asalariados a pesar de sus sueños del negocio o la tierra propios. En general, sus trabajos eran fluctuantes, dependientes de las necesidades del mercado laboral y del modelo agroexportador. Como la demanda de mano de obra en el campo era estacional y concentrada principalmente en la época de cosecha o de esquila, los trabajadores alternaban sus faenas en las áreas rurales con ocupaciones urbanas, empleándose de manera temporaria como estibadores en el puerto o como peones en la construcción. La llegada masiva de inmigrantes sumada a la fluctuante demanda de trabajo permitió la explotación de los trabajadores. Hasta ese momento no existía una legislación social y laboral tendiente a proteger al asalariado en lo que respecta a horarios por jornada,

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salario, condiciones de trabajo e higiene y otras. A pesar de la existencia de instituciones republicanas, el dominio real de la alta burguesía terrateniente, financiera y comercial de los resortes del poder estatal estaba basado fundamentalmente en una combinación de la aplicación de prácticas caudillistas con la recurrencia del fraude electoral. Dentro de este sistema político excluyente, la policía y las fuerzas armadas se convirtieron en el recurso más utilizado, además de las leyes represivas como la de 1902: Ley de Residencia y la ley de 1910 de Defensa Social para controlar a un movimiento obrero que desestabilizaba la aparente tranquilidad de la Argentina posmoderna y liberal. En principio, las primeras organizaciones que se establecieron fueron de carácter mutualista, pero la influencia de la doctrina del socialismo europeo se hizo sentir gracias a la actividad desarrollada por militantes de ese origen que habían llegado a nuestro país hacia 1870. En especial la influencia fue francesa, debido a la migración forzada de militantes marxistas luego de la Comuna. Éstos organizaron tempranamente en 1872 una seccional francesa de la Asociación Internacional de Trabajadores. En 1874 se agregaron la sección italiana y la española. Si bien a partir de un periódico llamado El Trabajador, difundieron sus ideas e intentaron organizar a los trabajadores en sociedades gremiales, diversos factores obstaculizaron este proceso: las diferencias idiomáticas, el analfabetismo y la dispersión de los trabajadores en distintas partes del país, sumado a las disidencias ideológicas del movimiento obrero mundial que ocasionó la disolución de la Internacional en 1876. No obstante, aparecieron a fines de los 70 varios periódicos como La Vanguardia (1878) o La Anarquía (1880) que tuvieron un activo rol propagandístico. La primera huelga que se registra en nuestro país fue protagonizada por los tipógrafos de Buenos Aires en 1878, ante la reducción salarial y el aumento de las exigencias laborales. Estos operarios -más de mil- habían votado la decisión en asamblea ya que fueron los primeros en agruparse en una mutual, la Sociedad Tipográfica Bonaerense, fundada tempranamente en 1857 para luego convertirse en la Unión Tipográfica (1877). La huelga se resolvió a favor de los obreros por la firmeza en su posición y la solidaridad de sus colegas uruguayos que no aceptaron reemplazados. Gracias a este triunfo, el sindicato consiguió para su actividad la limitación del trabajo infantil, un aumento de sueldo y reducción de la jornada laboral a diez y doce horas. Durante los años siguientes se organizaron otros oficios como los de carpinteros, panaderos, maquinistas y fogoneros del ferrocarril -agrupados en La Fraternidad-, sombrereros, molineros, cocheros, marmoleros, tapiceros, albañiles y yeseros... Las sociedades eran pequeñas, con escasos recursos y no reconocidas por la patronal ni por el Estado, y estaban orientadas por militantes socialistas y anarquistas. A partir de entonces, las huelgas se fueron acentuando: en 1882 albañiles y yeseros; en 1883 carpinteros y telefónicos; en 1884, los panaderos de Rosario y en 1885 los cocheros de Tandil fueron al paro. La avalancha de huelgas se produjo entre 1888 y 1890 debido a la caída del poder adquisitivo del salario por la devaluación monetaria producto de la crisis financiera de 1890. Las reivindicaciones en los conflictos eran similares: aumento salarial, cumplimiento de pagos atrasados, reglamentación horaria y mejoras en los lugares de trabajo. En esta primera etapa fueron exitosas casi el 60% de las huelgas y el Estado, prácticamente no intervino para mediar en los conflictos. No obstante, y frente a esta situación, un actor social importante comienza a adquirir protagonismo: la policía. Actuaba dispersando a los obreros reunidos en una asamblea, allanando locales sindicales, o amenazando con detener a los dirigentes obreros. Por su parte, los patrones -que también trataban de resolver los conflictos individualmente- comenzaron a organizarse. Los industriales, para defender sus intereses corporativos, fundaron tempranamente -en 1887-la Unión Industrial Argentina (UIA); decidieron no reconocer a las organizaciones obreras y solicitaron al Poder Ejecutivo que no aceptara exigencias colectivas de obreros de uno o más talleres. En 1890, durante la crisis económica y política que desembocó en la renuncia de Juárez Celman, las sociedades gremiales se propagaron. El Comité Internacional creado en ese mismo momento incitó a la agrupación de todas las sociedades en una federación que reuniera en su totalidad al proletariado nacional. En 1891 se creó la Federación de Trabajadores de la República la Argentina (FTRA) y su órgano de expresión fue el periódico El Obrero, que difundía los principios del marxismo. Las nefastas consecuencias inmediatas de la crisis provocaron una gran desocupación que no benefició al movimiento obrero ya que muchos trabajadores se vieron obligados a emigrar y los que sí poseían un trabajo se aferraron a él, aceptando las reglas del juego. Es por ello que las organizaciones sindicales se debilitaron, reduciendo drásticamente sus actividades y provocando la desaparición de la Federación en 1892. Si bien hubo intentos de otras federaciones en 1894, en 1895 y en 1900, éstos fracasaron debido a las dos tendencias enfrentadas en el seno del movimiento obrero: la socialista y la anarquista. En un inicio, ambas corrientes coincidían, fundamentalmente, en su crítica al capitalismo como sistema explotador del hombre, en la necesidad de una revolución social que sería protagonizada esencialmente por los obreros y en la hermandad internacional de todos los trabajadores del mundo, independientemente de su nacionalidad. Con el tiempo, las diferencias se fueron materializando. Una de las disidencias irreconciliables se relacionaba con la distinta concepción respecto de las huelgas. Para los anarquistas éstas eran un mecanismo necesario para debilitar a la burguesía y abrir por su intermedio el camino de la revolución social; para los socialistas, en cambio, eran necesarias para presionar y ampliar los derechos electorales. En lo que respecta al socialismo, en los inicios de la década del 90 existían varios grupos socialistas de origen europeo como el Club Vorwarts ("Adelante"), fundado por inmigrante s alemanes con el propósito de difundir las ideas de la democracia socialista de su país,16 Les Egaux ("Los Iguales"), formado por franceses, y el Fascio di Lavoratori, creado por inmigrantes italianos. Entre los grupos socialistas argentinos encontramos el Centro Socialista Obrero y el Centro Socialista Universitario, fundados por Juan B. Justo y José Ingenieros respectivamente. En 1894 estas agrupaciones se federaron con el objetivo de crear un partido político y La Vanguardia se convirtió en la expresión propagandística de este objetivo. En 1896 y con la presencia de diecinueve centros socialistas y quince sociedades gremiales se constituyó formalmente el Partido Socialista Obrero Argentino que inició una intensa labor educativa y de propaganda a través de distintos recursos como folletos, conferencias, la utilización de periódicos, mítines, organización de una biblioteca, entre otros. Mucho se atribuye el fracaso de los intentos federativos del socialismo de este período a la subordinación de la acción sindical con la línea del partido. Al mismo tiempo, bajo las directivas de Justo y sus seguidores, se fueron alejando cada vez más del marxismo original. Defendían la acción partidaria dentro de la democracia parlamentaria, criticando el método de la huelga general porque "no dejaba de ser una agitación coercitiva, destructiva y a veces sangrienta". En especial, el partido estaba en contra de aquellas huelgas que se declaraban con fines de perturbar el orden y, en este sentido, su distancia y diferencia con el anarquismo era evidente. Si bien el poder electoral del Partido Socialista residía en la clase obrera nativa o nacionalizada, el partido en sí estaba controlado por grupos de clase media o alta, situación que se acentuó antes de la reforma electoral de 1912. Los socialistas procuraban concienciar a los obreros sobre la utilización de los derechos políticos y el sufragio. En este sentido, era obvia la crítica hacía la ley electoral vigente que permitía el fraude, aunque no por eso dejaban de presentarse a los comicios amañados por la oligarquía. También bregaban por lograr aumentos salariales, por la sanción de una legislación social tendiente a mejorar las condiciones de

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trabajo, por la reducción de la jornada laboral a ocho horas y por la extensión del sufragio femenino. Los socialistas eran antimilitaristas y anticlericales –la de aquel entonces Iglesia y el ejército eran las instituciones más tradicionales y vinculadas al aparato estatal en nuestro país, aún la Iglesia por encima de las encíclicas sociales papales -o a su vez, no criticaban la política económica liberal, ni la participación de las inversiones extranjeras en nuestra economía, lo que permite entender la composición social del partido al buscar la satisfacción de los sectores consumidores urbanos. Su objetivo no era controlar solamente a la clase obrera sino lograr una alianza urbana, con centro en Buenos Aires, suficientemente compacta y poderosa para reformar la desigualdad en la distribución del ingreso creada por la economía primario-exportadora. Estas demandas atrajeron más a los sectores medio-bajos -empleados del transporte, de la industria y el comercio-, tendientes al legalismo, al pacifismo y al mejoramiento de la calidad de vida a partir de mejoras en el consumo y en las condiciones de trabajo, que a los obreros no calificados. Los socialistas apuntaban a una centralización muy rígida de las estructuras partidarias. Sus programas eran muy detallados con objetivos máximos y mínimos, eran constitucionalistas, pacíficos, extremadamente organizados y reconocedores del significado de patriotismo. Trataban de conciliarlo con el internacionalismo marxista, afirmando que no había ningún antagonismo entre la bandera azul y blanca -representante de la soberanía política de la nación- y la roja -símbolo de las reivindicaciones humanas del proletariado universal-o Es por eso que una de las demandas más importantes del partido apuntaba a la nacionalización de los extranjeros, ya que éstos no podían acceder por su condición al ejercicio de los derechos políticos en nuestro país. Esta reorientación del socialismo en la Argentina acentuó aun más las divergencias con los anarquistas. Como el anarquismo criticaba en esencia el capitalismo y consideraba que la situación obrera del país nunca podría mejorar dentro de este sistema, su prédica se orientaba exclusivamente a la idea y la materialización de la revolución social como única vía de eliminación del capitalismo y del Estado. La acción libertaria la llevaron a cabo gracias al espíritu propagandista desde lo ideológico; en este sentido las sociedades gremiales eran vistas por los anarquistas como organizadores en donde se podían proponer y accionar huelgas y/o ensayos parciales de huelga general. El anarquismo fue una de las principales corrientes que influyó en los inicios del movimiento obrero. Esta ideología -introducida en 1870- se difundió principalmente entre los obreros de las sociedades de resistencia a través de la propaganda de destacados militantes europeos. Entre 1885 y 1889, Enrico Malatesta, un organizador y propagandista del anarquismo internacional, estuvo en la Argentina difundiendo su doctrina a través del periódico La Questione Sociale y organizó junto con Héctor Mattei la combativa sociedad de panaderos. No obstante, no se logró la activa participación de los anarquistas en las sociedades gremiales. Recién a partir de 1897 y con la creación del periódico La Protesta Humana, que se convertiría en el órgano más importante de propaganda, el anarquismo comienza a transitar la posibilidad de la organización sindical. Esta posición, defendida desde La Protesta, fue difundida a su vez por la llegada de otro militante internacional, Pietro Gori, quien entre 1898 y 1902 formó discípulos. Así, a principios del siglo XX nos encontramos con un anarquismo ejerciendo influencia en los medios sindicales y con ideas claras de organización de una federación obrera. El anarquismo [ ... ] no admitía para la clase trabajadora mejoras de ninguna especie. No quería reformas, que detenían el impulso revolucionario de las masas. Su lema era "todo o nada". Mediante la acción catastrófica, la revuelta de masas, se proponía destruir el régimen social existente para implantar inmediatamente, sobre sus ruinas, un mundo ideal, sin gobierno, sin control, sin trabas individuales, en el que cada cual gozara de la más absoluta libertad en un ambiente de igualdad absoluta. Entre las características más sobresalientes del anarquismo argentino se destaca el énfasis puesto en la acción colectiva, que implicaba la actuación del sindicato u organizaciones obreras para la satisfacción de las demandas obreras -en contraposición con el accionar individual o particular propuesto en general por la patronal de entonces-o La acción colectiva se complementaba con la acción directa, puesta de manifiesto en la utilización de la huelga general como el método de lucha más efectivo, en contraposición a los socialistas que pregonaban el enfrentamiento por la vía parlamentaria. A su vez, se oponían a los partidos políticos, dado que su objetivo no era la reforma del Estado sino su disolución. El internacionalismo, que no reconocía frontera alguna para los hombres nacidos en otros países, también era un rasgo distintivo que lo diferenciaba de la postura moderada y reformista del socialismo argentino. El lenguaje del internacionalismo obrero abría un camino de integración de los fragmentos de identidades nacionales con las que se identificaban los trabajadores. En las labores urbanas y rurales las personas dejaban de ser italianos o españoles, franceses, lituanos o rusos para convertirse en trabajadores. El anarquismo -cuyo lema era "sin Dios, sin patria y sin amo"- influyó decisivamente en los obreros de las últimas décadas del siglo XIX y principios del siglo xx. El alcance de esta corriente en la Argentina puede compararse con su impacto en Italia y España, principales centros difusores de la ideología. Ello se explica no sólo a partir de la llegada de intelectuales anarquistas europeos a nuestro país (Malatesta, Gori, Prat), en misión de propaganda y formación de discípulos, sino también porque la mayor parte de los inmigrantes provenían mayoritariamente de esos países, donde ya habían sido influidos por el pensamiento libertario. Además, las condiciones de vida y trabajo en no se correspondían con las prometidas por las campañas de inmigración, sumadas a la marginación la política en tanto y en cuanto no se nacionalizaran. El anarquismo tenía la capacidad de darle respuestas reivindicativas a las angustias y expectativas de los obreros, ya que una de sus preocupaciones centrales residía en convencer a la gente de que la sociedad anarquista era un paraíso sin fronteras y que ese paraíso se lograría a partir de la acción frontal y directa contra aquellos que estaban vinculados directamente a la explotación obrera: los patrones y el Estado. Frente a la complicada construcción teórica de los socialistas -que combinaba en los escritos de Juan B. Justo el marxismo original con el liberalismo decimonónico-, el anarquismo prometía el regreso a una vida social simple y apoyaba la acción directa, lo que resultaba más atractivo para personas vinculadas al trabajo manual no calificado. En 1901, varias sociedades gremiales promovieron un congreso que tenía el propósito de crear una federación obrera. Socialistas y anarquistas participaron en él; con una actitud conciliadora, lograron la creación de la Federación Obrera Argentina (FOA). Disidencias ideológicas y formales entre ambas corrientes hicieron que se organizara un segundo congreso para acordar ciertos puntos; se formaron las primeras federaciones de oficio que unían a las sociedades gremiales de varias localidades, entre otros, los portuarios, albañiles y cocheros.24 Este auge de las organizaciones obreras y del movimiento obrero en general coincidía con la gran expansión económica que atravesaba la Argentina en este período. A su vez, ante la organización y combatividad obrera reflejada en la huelga general nacional declarada por la FOA en 1902, el gobierno respondió decretando el estado de sitio, allanando los locales sindicales, deteniendo a los dirigentes y prohibiendo la circulación de la prensa revolucionaria. Acompañando estas acciones punitivas, el Congreso votó rápidamente una ley destinada a la represión del movimiento obrero: la Ley de Residencia que autorizaba al Poder Ejecutivo a expulsar del país -sin intervención del Poder Judicial- a cualquier extranjero acusado de perturbar el orden público o simplemente ser sospechoso de actividades o prédicas subversivas. Al respecto, en 1903, el presidente de la nación, Julio Argentino Roca, denunciaba que las huelgas amenazaban "la riqueza pública

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y las fuentes de prosperidad nacional en el momento de su más activo desarrollo". Muchos militantes anarquistas fueron deportados inmediatamente y la clase dominante argentina utilizó este instrumento en un intento por detener la agitación obrera que en esos tiempos iba in crescendo y preocupaba seriamente a los sectores vinculados con el modelo agroexportador. Frente al problema obrero los gobiernos oligárquicos adoptaron una doble actitud: por un lado, utilizaron mecanismos represivos contra los grupos más radicalizados y combativos; por el otro, apelaron a la cooptación de los grupos obreros reformistas, abriéndoles las puertas en el Parlamento y teniendo en cuenta sus proyectos de legislación social. Dentro de esta línea, el ministro del interior Joaquín V. González mostró una preocupación creciente acerca de una posible subversión masiva del orden en nuestro país. Este temor era compartido por muchos políticos y teóricos de su tiempo. González fue uno de los hombres clave de la clase gobernante y quien mejor comprendió que el Estado debía cambiar necesariamente su actitud ante los sectores populares. Se convirtió en una bisagra fundamental entre la rigidez de Roca y las presiones opositoras y marcó un antes y un después dentro de la corriente conservadora-reformista. Desde temprano, insistía en la necesidad de la extensión efectiva de una: …instrucción gratuita y obligatoria (porque) es simplemente una cuestión de defensa nacional. Es necesario extinguir la ignorancia, ese manantial de desorden que amenaza nuestro porvenir.29 Como vemos, para González el problema radicaba en las consecuencias políticas de la presencia de una población poco disciplinada que desembocaría en una revolución encabezada por grupos ideológicos minoritarios y exaltados. Es por ello que, conjuntamente con el énfasis puesto en la educación, el gobierno de Roca reorganizó el ejército a partir de la Ley de Conscripción Universal de 1901. Ésta preveía la realización de un registro nacional para toda la población masculina adulta, que estaba obligada a partir de la ley a enrolarse un año y cumplir servicio en los cuarteles. El objetivo del Estado era doble: disciplinar a partir de las ideas de orden, higiene, reglas, y homogeneizar a la población nativa e inmigrante, obrera y de clase media. Respecto del movimiento obrero, González estimaba que la causa más profunda de las perturbaciones que se producían en nuestro país se debía a que los trabajadores no tenían representantes en el Congreso. Para él había que imitar al modelo europeo y conseguir que los sectores populares tuviesen representación; de ahí su férrea convicción de reformar la ley electoral, a partir de las circunscripciones pequeñas, en donde se eligiera un diputado que, eventualmente, fuese opositor al régimen sin perturbar las estructuras gobernantes y oficiara como válvula de escape ante tanta presión de los sectores no representados. Gracias a la modificación de la ley electoral aplicada en 1904, que establecía el sistema de circunscripciones, Alfredo Palacios, perteneciente al Partido Socialista, fue elegido diputado por La Boca, típico barrio inmigrante italiano y obrero. Palacios se convirtió así en el primer diputado socialista en la Argentina y América. Bajo el influjo de Joaquín V. González, el gobierno de Roca encaró también las reformas sociales a partir de la encuesta que se le encargó a un reconocido especialista: Juan Bialet Massé, más una comisión asesora formada predominantemente por profesionales de orientación socialista como José Ingenieros, Enrique del Valle Iberlucea, Manuel Ugarte y Leopoldo Lugones -luego avenido hacia la derecha nacionalista- o El informe de Bialet Massé recomendaba tomar medidas acerca de varios temas como accidentes de trabajo, enfermedades, responsabilidad del patrón y empleado, pago al afectado, horarios, duración de la jornada laboral, descanso dominical, regulaciones para mujeres y niños. En el trabajo rural, proponía facilitar el acceso a la tierra por parte de los trabajadores. El propio González encaró en 1904 la elaboración de un proyecto de Ley Nacional de Trabajo cuyo objetivo respondía no sólo a la necesidad de hallar respuestas y poner freno al conflicto social sino también la integración plena de los trabajadores al sistema. Para él era necesario que los gobiernos comprendieran la magnitud de los problemas suscitados en la relación entre capital y trabajo. Sólo con una legislación integradora se podía eliminar todo aquel conflicto generado por las protestas obreras. Lo indispensable era lograr una "armonía permanente entre los dos factores esenciales del trabajo del hombre: la mano de obra y el capital". El proyecto de ley nacional del trabajo incluía muchas demandas obreras pero aspiraba a un control estatal sobre las organizaciones sindicales. Esta ley complementaba la de Residencia y, en ella, se implementaban las recomendaciones del informe de Bialet Massé y se agregaban disposiciones para reconocer y controlar la actividad sindical y la huelga. Asimismo, la ley penalizaba severamente el uso de la violencia en huelgas y otras manifestaciones y a toda paralización prolongada de los transportes nacionales. También autorizaba a intervenir o disolver los sindicatos, ante la evidencia de un accionar intemperante. El proyecto no prosperó debido a que la FOA -de clara orientación anarquista- la rechazó de plano y la UGT -integrada por socialistas y sindicalistas revolucionarios- no aceptaba la mayor parte de sus condiciones. Por otro lado la organización patronal reunida en la UIA no estaba dispuesta a admitir reformas referidas a mejoras salariales y laborales. A pesar de haber sido discutida, la norma no fue aprobada por el Congreso ya que la oposición en todos los frentes era demasiado fuerte. En líneas generales la ley fue indiferente para diputados y senadores a pesar de la insistencia del Poder Ejecutivo. Esto nos demuestra claramente ciertas fisuras entre el ejecutivo y el legislativo frente a la percepción y resolución de la cuestión social. Solamente se dictaron algunas leyes sociales referidas, por ejemplo, al descanso dominical o a la protección y regulación laboral de mujeres y niños, en 1905, y la ley de accidentes de trabajo en 1915. El establecimiento de un día de descanso en la semana también fue la razón para el estallido de numerosos conflictos y de acalorados debates entre trabajadores, autoridades y empresarios que contaron con la activa participación de la Iglesia Católica Apostólica Romana y de los Círculos de Obreros Católicos, que se habían organizado bajo el impulso del sacerdote Federico Grote. Los debates incluían los alcances de este beneficio -nacional o sólo en Capital Federal-, si el día de descanso debía ser pagado y si correspondía establecerlo el domingo o en un día en la semana. Como dijimos, si bien fue sancionada la Ley de Descanso Dominical, sólo se aplicaba en el ámbito de Ciudad de Buenos Aires y fue permanentemente violada por empresarios y trabajadores que, en algunos casos, preferían trabajar los domingos para recuperar parte de sus salarios, por ejemplo los albañiles cuando no podían trabajar en días de lluvia. Estas leyes implicaron la presencia de un Estado "mediador con intenciones de vincular las clases sociales en una relación de dominación que garantizara la reproducción del sistema en paz y armonía social". Así, la política estatal se hallaba establecida en dos frentes: por un lado, la acción represiva, a través de las fuerzas de seguridad; por otro, la estrategia preventiva integradora. Significativamente, el Ministerio del Interior controlaba los brazos ejecutores de esta política: la policía y el Departamento Nacional del Trabajo. Número de ley 4.461 5.291 8.999 9.148 9.653 9.688 Año de sanción 1905 1907 1912 1913 1915 1915 Concepto Descanso dominical Trabajo de mujeres y niños Reforma del Departamento Nacional de Trabajo Agencias Gratuitas de Colocación Jubilación de obreros ferroviarios Seguros de Accidentes de Trabajo Ya en el proyecto de Ley Nacional de Trabajo

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de Joaquín V. González, se establecía la necesidad de crear una Junta Nacional de Trabajo como órgano dependiente de la cartera política y asesor del Poder Ejecutivo en cuestiones laborales. En 1907, se retornó esta iniciativa con la ley que decretó la constitución del Departamento Nacional de Trabajo. En un principio, retenía solamente funciones de investigación, recopilación y estadística, pero cuando se lo reformó en 1912, incorporó atribuciones de inspección laboral en la jurisdicción federal, Los primeros años del siglo XX fueron de mucha intensidad y combatividad por parte del movimiento obrero; las huelgas no sólo se sucedían en la Capital sino también en ciudades del interior como Córdoba, Mendoza, Tucumán y Rosario. El año 1904 marcó el fortalecimiento de las dos centrales obreras: la FOA -convertida ahora en FORA, por el agregado del término "regional" y de orientación anarquista y la UGT. Las diferencias ideológicas se profundizaron aun más ya que la UGT se asimilaba cada día más al Partido Socialista, invitando a los trabajadores a obtener la ciudadanía y a ejercer los derechos políticos votando a los partidos que propusieran reformas respecto de la legislación obrera. Mientras la UGT rechazaba la huelga general con fines de violencia y revuelta, la FOA, partidaria de la revolución, creía que era el instrumento más importante para el logro de los objetivos desestabilizadores del statu quo. Frente a las posiciones divergentes y ante la recurrencia por parte del Estado a la represión, se agudizó la división del movimiento obrero. En ese contexto, apareció una tercera tendencia: el sindicalismo revolucionario, cuyo objetivo principal era conseguir la unidad de las organizaciones sindicales. Una fracción de sindicalistas de la FOA y principalmente de la UGT consideraba que la división debilitaba al movimiento obrero. Estos dirigentes apuntaban fundamentalmente a la unidad sindical en una organización independiente e ideológicamente neutral; para ello se basaban en las doctrinas del sindicalismo revolucionario sustentado en Europa por Arturo Labriola y George Sorel. Afirmaban que las luchas entre capital y trabajo se libraban fundamentalmente en el terreno económico y que, ante cada conquista en ese terreno, la clase obrera lograba socavar las bases del capitalismo, preparando así el terreno para la construcción de una nueva sociedad. Es por ello que los instrumentos de acción directa -como la huelga, por ejemplo- eran revolucionarios mientras que la acción parlamentaria cumplía un rol secundario, de propaganda y denuncia. En este contexto, el sindicato era la única y esencial forma de organización obrera que permitiría que la lucha fuera eficaz y fundara las bases de una nueva sociedad. La unidad era el requisito de la fuerza y la neutralidad política e ideológica su sostén fundamental. Como vemos, el sindicalismo tomó del anarquismo y del socialismo dos importantes características: la utilización de la huelga como instrumento de lucha y el parlamento como ámbito de agitación y propaganda, sin que esto significara la subordinación de los sindicatos a los partidos políticos. En 1905, la nueva tendencia se reflejó en La Acción Socialista, y muchas sociedades poco politizadas y que tendían naturalmente al economicismo adhirieron a su propuesta. La acentuación de la acción represiva por parte del gobierno de Manuel Quintana permitió la solidaridad y unidad entre la FOA, la UGT y el PS. En los actos recordatorios de los mártires de Chicago, los 1 de mayo de 1904 y 1905, la policía reprimió con dureza: murieron decenas de obreros y centenares fueron detenidos. Las centrales sindicales coincidieron, participando o apoyando en forma conjunta las sucesivas huelgas que se desataron entre 1905 y 1907. En 1909, la UGT se fusionaba con las sociedades que hasta ese momento se mantenían autónomas de las organizaciones existentes y con otras que se desprendieron de la FORA, que dio lugar a la Confederación Obrera Regional Argentina (CORA). Se producía la unión de gremios dirigidos por sindicalistas, socialistas, algunos anarquistas con una postura más abierta y otras sociedades sin definición ideológica. Ante esta confluencia heterogénea pero mayoritaria, la FORA fue perdiendo espacio y significación. Los años 1909 y 1910 fueron los más violentos del período, tanto por parte de los manifestantes como del Estado. La solidaridad internacional por la masacre de obreros en Barcelona o por el fusilamiento en España del educador anarquista Francisco Ferrer llevó al anarquismo en nuestro país a días de agitación y huelgas generales. Con motivo de la conmemoración del 1 de Mayo de 1909, un acto organizado por la FORA fue duramente reprimido por el jefe de la Policía, el coronel Ramón Falcón. El saldo fue de doce muertos y de ochenta heridos. Como consecuencia de esta situación la FORA, la UGT y otras organizaciones declararon la huelga general por tiempo indeterminado hasta tanto no se obtuviera la libertad de los compañeros detenidos y la apertura de locales obreros. Es así como se inició la Semana Roja en la cual casi 60 mil personas acompañaron el féretro de los obreros asesinados. Prácticamente la actividad se paralizó debido a que 220 mil obreros abandonaron sus puestos de trabajo. El gobierno entonces prometió cumplir con los reclamos obreros pero no obligó a renunciar al jefe de la policía que había encabezado la represión. Un herrero anarquista, Simón Radowitzky, arrojó una bomba al auto donde estaba Ramón Falcón provocando su deceso. Este tipo de accionar formaba parte de las reivindicaciones de algunos grupos anarquistas que también habían atentado contra los presidentes Manuel Quintana y José Figueroa Alcorta, sin lograr su objetivo. Los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo generaron una ola de repudio y huelgas. La CORA -con la adhesión de la FORAproclamó en esa fecha una huelga general contra la Ley de Residencia. El gobierno, anticipándose a cualquier disturbio, declaró nuevamente el estado de sitio, clausuró los locales sindicales y detuvo a los redactores de periódicos sindicales y anarquistas. Paralelamente un grupo de personas reunidas en la Sociedad Sportiva la Argentina realizaba manifestaciones "patrióticas". Con la complicidad de la policía incendiaron locales de diarios anarquistas, asaltaron locales sindicales, la CORA y otros centros y diarios socialistas. La situación generó el adelantamiento de la huelga general y un clima de violencia que es aprovechado por el gobierno para dictar un reforzamiento de la Ley de Residencia, la Ley de Defensa Social, que establecía un estricto control sobre el ingreso de inmigrantes a nuestro país, prohibiendo toda la propaganda anarquista y sus agrupaciones, exigiendo la autorización policial para la realización de reuniones y estableciendo graves penalidades -que llegan hasta la pena de muerte- por apología de la violencia, desorden público, destrucción de la propiedad, fabricación o tenencia de explosivos, sabotaje, incitación a la huelga o al boicot, insulto a las autoridades o a símbolos nacionales. Las luchas por el festejo del Centenario marcaron un antes y un después en la organización del movimiento obrero ya que los anarquistas -el grupo más combativo y con más presencia hasta ese momento en las luchas y protestas- se fueron desarticulando y debilitando, no sólo por las derrotas sufridas sino también por la acción policial que imposibilitaba cada vez más su actividad. Se preparaba un terreno más inclinado hacia una tendencia más moderada como la sindicalista. A partir de los sucesos y consecuencias del Centenario, la expansión del sindicalismo es vertiginosa. En parte, porque los grandes gremios controlados por esa corriente, como los ferroviarios o marítimos, comenzaron a tener más importancia, en función del desarrollo de la economía. Además, el sindicalismo tendía a negociar según el nivel de capacidad y estratificación de los trabajadores mientras que los anarquistas no distinguían por grado de calificación: simplemente luchaban por la solidaridad de todos los obreros. La tendencia a la negociación le permitió al sindicalismo entablar relaciones con la contradictoria política obrera del gobierno de Yrigoyen y lograr la adhesión de distintos tipos de trabajadores. No sólo por esa postura abierta a los intercambios con las autoridades, sino también porque no exigía ningún tipo de definición ideológica precisa, tornándolo especialmente atractivo dentro de la realidad obrera argentina, en donde existía una alta movilidad social ascendente. La agitación social no se limitaba únicamente a Buenos Aires. Las pésimas condiciones contractuales de arrendamiento de tierras de

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los colonos, en su mayoría inmigrantes, con respecto a los grandes terratenientes, provocó en 1912 el estallido de una enorme protesta de los pequeños productores en la provincia de Santa Fe, conocida como Grito de Alcorta. El conflicto, que evidenciaba las necesidades que pasaba el sector, se extendió rápidamente a las provincias de Buenos Aires y Córdoba. Los chacareros disconformes formaron la Federación Agraria Argentina. El movimiento, conocido como Grito de Alcorta, duró tres meses y logró que algunos propietarios disminuyeran el precio de los arrendamientos. Distintas amenazas se cernían entonces sobre la hegemonía conservadora. A la impugnación radical, fortalecida gracias a la incorporación de sectores medios, se sumaba la agitación de los trabajadores urbanos de diferente signo y el descontento social en el campo. En este contexto, el sector más lúcido de la clase gobernante se plantea la necesidad de provocar cambios en las instituciones políticas. Liberales reformistas, conservadores modernizadores, socialistas revisionistas, cívico-radicales y católicos sociales confluyen en un proyecto de conciliación y de ampliación de la participación en el poder. La generación reformista y sus proyectos La historiografía sobre el tema suele reducir la actuación de las clases dirigentes en nuestro país a meros comportamientos defensivos ante los conflictos que se planteaban a su hegemonía. Así, la concesión del voto secreto mediante el conjunto de reformas conocidas vulgarmente como Ley Sáenz Peña es interpretado como la reacción de los conservadores a la agitación popular y al desafío radical. La explicación contiene parte de la verdad, pero no toda la verdad. Si bien es cierto que los fantasmas de la disolución social por la vía de la acción de los anarquistas y de la pérdida del gobierno por la intervención de los seguidores de Yrigoyen aceleraron el proceso de cambio, la interpretación debe completarse con dos variables más. Por un lado, la existencia previa de un grupo dirigente favorable a la transformación de la sociedad en el marco de la gradualidad y el control desde arriba. Por el otro, un proceso micropolítico que se explica en términos internos a las fuerzas conservadoras y en la interacción de éstas con otros actores. Examinemos la primera variable. Entre los hijos y los discípulos de las generaciones de Caseros y del SO, surgió un grupo de personalidades intelectuales y políticas, que -pese a sus diferencias etarias, ideológicas o rivalidades familiares- coincidieron en una común actitud reformista a partir de 1890, Casi todos provenían de la misma elite gobernante -o estaban relacionados con ella- con la que diferían en su formación, y en los problemas particulares de su época a los que buscaron dar respuesta, Sin duda, el intelectual más brillante fue Ernesto Quesada (1858-1934), y el político más carismático, Hipólito Yrigoyen (1852-1933). Entre estos dos extremos, tensados por Max Weber en su hipótesis famosa acerca de la vocación,40 se despliega un número abundante y rico en matices; para mencionar a los más importantes, pensemos en Estanislao Zeballos, Rodolfo Rivarola, Roque Saénz Peña, Indalecio Gómez, José Nicolás Matienzo, Juan B. Justo, el general Ricchieri, los hermanos Carlos Octavio, Augusto, y Alejandro Bunge, José Ingenieros, Gustavo Francceschi, Emilio Coni, José María Ramos Mejía, Joaquín V. González, Enrique del Valle Iberlucea, Tomás Amadeo, Alfredo Palacios, Emilio Frers, y tantos otros. Los separaba la edad, el tipo y nivel de educación y las rencillas políticas, pero aun así confluyen en la intención común de reformar las estructuras, para hacer de la Argentina un país más viable, más equitativo, más pluralista. ¿Cuál era el origen de estas motivaciones? En primer lugar, un mayor nivel de educación, que incluía estudios en los países más desarrollados, manejo de otros idiomas, y el acceso a metodologías y experiencias comparadas. En segundo lugar, la conciencia de los nuevos problemas y la decisión de solucionados. Esta generación no es indiferente a la cuestión social en ninguno de sus aspectos. En tercer lugar, la convicción -sostenida seguramente por el extraordinario progreso argentino a comienzos del siglo XX- de que se podía ser optimista con respecto al futuro. Las reformas proyectadas y concretadas fueron muchas, abarcaron todos los aspectos de la cuestión social: la educación, la asistencia médica, la justicia, la vivienda, el salario, las condiciones de trabajo, la situación de la mujer, entre otras. Analicemos ahora la segunda variable explicativa: la dinámica política de las fuerzas conservadoras en el gobierno. En 1898, Roca asume por segunda vez la presidencia. En este período tuvo que enfrentar numerosos problemas: el conflicto con Chile, la actividad anarquista, el reclamo por una mayor autonomía de la universidad, la división de la coalición gobernante, cuya causa fue la ruptura entre el propio Roca y su principal socio, Pellegrini, la constante conspiración del radicalismo, entre otros. En 1904 surge una solución débil para suceder a Roca. La convención de notables convocada por él concluye eligiendo como fórmula presidencial a Manuel Quintana - José Figueroa Alcorta, a quienes las elecciones, una vez más digitadas, imponen, pero provocando un nuevo y más importante alzamiento cívico-militar, inspirado por Yrigoyen. Es reprimido, aunque deja heridas muy serias en la interna militar. El presidente Quintana, roquista, muere en 1906, y lo sucede Figueroa Alcorta, que era antirroquista. El conflicto entre ambas fracciones de la coalición gobernante estalla en 1907. Figueroa Alcorta resulta triunfador, cierra el Congreso -dominado por los partidarios del jefe de la Campaña del Desierto- porque le negaba la votación del presupuesto para 1908. Prorroga el del año anterior por decreto, y envía al ostracismo a Roca y a sus principales espadones, los viejos y casi eternos generales del ejército, que lo acompañaban desde 1879. Luego recurre a su amigo, también antirroquista, Roque Saénz Peña, al que unge presidente en 1910. Sáenz Peña, como ya se dijo, tiene una visión crítica y reformista. Con la ayuda de su ministro político, Indalecio Gómez, comienza el diálogo con todos los sectores opositores. Así es como se pergeña el acuerdo con Yrigoyen, quien compromete la participación del radicalismo en los comicios, si se les garantizaba la limpieza del acto. El nuevo régimen electoral le permitiría acceder al gobierno a la Unión Cívica Radical. Es discutible establecer si se pensó o no, por parte de los liberales devenidos en conservadores, en una cooptación de la mayoría opositora moderada. A la reforma electoral, promulgada en 1912, le siguió prontamente la muerte de Sáenz Peña en 1914, antes de completar su período presidencial. La reforma Sáenz Peña establecía el carácter secreto y obligatorio del voto y la utilización del padrón militar. Instituía el sistema de lista incompleta, adjudicando dos tercios de los cargos en disputa al partido que obtenía el mayor número de votos y el tercio restante a la fuerza que lo seguía en caudal. 4 El equilibrio al que se aspiraba, no se consiguió. En las elecciones de 1916 se impuso como presidente Hipólito Yrigoyen, iniciándose una etapa de conflictos entre el Poder Ejecutivo, el Legislativo y los gobiernos provinciales, que -sumados a la ineptitud de la oposición para organizarse como alternativa partidocrática, los cambios sociales y económicos y la crisis internacional- concluirá con en el golpe militar del 6 de septiembre de 1930.

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