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Levi-Strauss - Las Tres Fuentes de La Reflexion Etnologica

Levi-Strauss - Las Tres Fuentes de La Reflexion Etnologica

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' l..A\ :! RES FUENTES DE -LA REFLEXION ETNOLOGil;,.
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Parece obvio ·que Ja etnología disponga de pla7..a reservada en una
compilación consagrada a las ciencias humanas. La etnología, en efec·
to, tiene por objeto de estudio al hombre y en principio sólo se distin·
gue de las demás ciencias humanas por lo acusadamente alejado, en
espacio y tiempo, de las formas de vida, pensamiento y actividad
humana que trata de describir y analizar. ¿No hacia otro tanto, con
una simple diferencia de grado, ei humanismo clásico al intentar
reflexionar acerca del hombre desde aquellas civilizaciones diferen·
tes a las del observador, y de las que la. literatura y los monumentos
grecorromanos le mostraban el reflejo? Pues éstas constituían, por
aquel entonces; las civilizaciones más distantes de entre aquellas a las
que se podía tener acceso. Las humanidades no clásicas han intenta· '
do extender el campo de acción, y Ja etnología, desde este punto de
vista, no ha hecho sino prolongar hasta sus limites últimos el tipo
de curiosidad 'y actitud mental cuya orientación no se hai modifi·
cado desde el Renacimiento, y que· sólo en la observación y en la
reflexión etnoiógicas encuentra definitivo cumplimiento. De esta ma'-
nera, Ja. etnología aparece como Ja forma reciente del humanismo,
adaptando éste a las condiciones del mundo finito en que se ha con·
vertido el globo terrestre en el siglo xx: siglo a partir del cúal de
hecho, y no sólo de derecho, como antes, nada humano puede ser
ajeno al hombre.
Sin embargo, ia di(erencia de grado no es tan simple, pues va
unida a una transfonnación obligatoria de los métodos a emplear. Las
sociedades de las que se ocupa el etnólogo, si bien tan humanas como
cualesquiera otras, difieren, sin embargo, de las estudiadas por las
humanidades clásiqas u orientales, en que en su mayor parte no cono-
cen la escritura; y en que, varias de entre ellas poseen bien pocos, por
no decir ninguno, monumentos representativos de figuras animadas
o que estas últimas, hechas con materiales perecederos, sólo nos son
conocidas a través de las obras más recientes. La ctnologfa puede,
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q11e rnobje!o, fiel a la tradiH ·Huma-
. .0 prw· lo q11e se 1-:cfi1:rc._,1 .. 5¡¡s métodos, dado qt,' ,1 mayo·
: ,c1c las veces echa en falla los medios -tex!os y monv .. cntos-
utd1zaclos por nquéll:i. De esta forma, la etnología se ve co,,streñida
n. nuel'as .11erspcc.til';is. la imposibilidad de seguir !os pro·
ccd11111cntns clásicos ele llH'pst1gnc1ón, Je es necesario valerse de todos
los medios a .q1 alcance: y;i sen $ituándosc, pnra ello, bien lejos del
h?rnl:r:c en su de pensante, como hacen In antropolo-
g1:i f1s1cn. In tccnolog1n y la prehistoria, que pretenden descubrir l'er-
d;ides sobre el hombre a partir de los huesos y ele las secreciones o a
partir de Jn, utrnsilios construidos; yn sea, por el contrario, situándo-
se mucho m;1s ccrr;i ele lo que lo están el historiador o el filólogo, Jo
;iconr_ccc el etnógrafo (es clecír, el observador de campo)
de 1de1111f1c;ir-:e c0n el grupo q1ya manera de vivir comparte.
Siempre forz;iclo n pcrr11nnccer.c11 el nq11e11de o c11 el allende del huma·
n!smo fraclicio1i:il, el rinólogo, haciendo de la necesidad virtud, llega
s111 quererlo n dotar.a éste de instrumentos que no dependen neccsa-·
rinmcnlc ele las ciencias humanas, y que han sido a menudo tomados
ª. pré.stnmo '.ic ];is ci.cncias natmales y exactas, por un lado y, de las
sociales, por otro. La originalidad de Ja etnología reside
en C'l l,1cclw de que siendo, como es, por hipótesis una
c1c11c1a humana, no puede, embargo, permitir que se Ja aísle de ];:is
ciencias natmnlcs y 'sociales con bs que varios ele sus propios méto·
dos mn11ticnc11 t;ipt;is cosns en común. Desde este punto de vista, la
clnoiop.in no sólo 1 r;insform;i el humanismo cuantitativamente hablan·
do (incorporándole un número cada \'CZ mayor de civilizaciones) sino
también cualitativamente, dacio que ];:is barreras tradicionalmente Je-
vnntaci;is entre Iris diversos órdenes de conocimiento, no constituyen
para ella sino que forwsamcntc debe vencer para pro·
, gresar. Por lo demás, esta necesidad la empiernn a sentir cada un;:i
de las restantes 111odaliclnclcs ele investigación humanistri, si bien por
lo que a éstns respectn, de forma mucho más ta'rdía y provisionalmen-
te.en menor grado.
..
Los problemas que se plantean a la ctnologla moderna sólo pueden
aprehenderse clararpente ;¡ In luz dci desarrollo histórico q.ue.les ha
dndo origen. ! .a etnología es una ciencia jO\'.en. Ciert.amente, varios
au rores ele In an I igiiecl;ic! rccÓgicron el réla to ·de' costumbres extrañas,
prnqt icadns por pueblos próximos o lejnnos. Asf Jo hicieron Hcrodoto,
Diocloro y P:rnsanías. Pero en todos estos casos la narración perma-
nece bien <llcjncln ele tocl::i observación auténtica, con el objeto prin·
cipnl. de clcsacredilnr n los propios ad\'ersarios, como acontece a me-
nudo en bs relaciones que se dnn acerca de las pretendidas costum-
bres. de los persas; o bien, se reducen a una escueta anotación de
costumbres hclcróclit;is cuya diversidad y singularidad no parece haya
llegado a suscilat: 1en sus observadores curiosidad intelectual verdade-
ra ni inquietud n10rnl alguna. Es sorprendente, por ejemplo, que
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en Moralra, Plutarco se contente con yuxtaponer interprétaciones
corrientes acerc:i de ciertas costumbres griegas o romanas; sin plan-
tearse la cuestión de su valor relativo y sin interrogarse sobre los ·
1
problemas (de los apenas se da cuenta y abandona una vez for-
mulados). . · . i! -: '"f
Las preocupaciones etnológicas se remontan a una fecha mucho
más reciente, y en su expresión moderna se sitúan, por as{ decirlo, en
un.a encrucijada: n;:icen, no lo olvidemos, del encuentro de varias co-
rrientes. pensamiento heterogéneas, lo que en cierta medida, C:Jpll·
ca las d1f1cultads de las que Ja etnología, aún hoy, no es sino heredera
atonnentada. · ·1 • , ,
La más importante de dichas influencias está directamente réla·
cionada con el descubrimiento del Nuevo Mundo. En la actividacJ; nos
sentimos inclinados a valorar este hecho en función de consideracio-
nes geográficas, políticas o económicas, pero para los hombres del
siglo XVI fue antes que nada una revelación cuyas consecuenciaslnte- :•
lectualcs y morales permanecen aún vivas en el pensamiento moder·
no, sin que constituya obstáculo el que ya casi no nos acordemos de
ur; verdadero origen. De manera imprevista y dramática,· el descubrl-. i ..
1
miento del Nuevo Mundo forzó el enfrentamiento de dos humanlda- i '
des, sin duda hermanas, pero no por ello menos extrañas desde el : :,
punto de vista de sus normas de vida material y· espiritual.' Pues' el
hombre americano -en un contraste realmente turbador...:. podla
ser contemplado como habiendo sido desprovisto de la gracias y de •
la revelación de Cristo y a la vez como ofreciendo una imagen que
evocaba inmediatamente reminiscencias antiguas y bíblicas: la de una
edad dorada y de una vida primitiva que simultáneamente se presen-
taban en y fuera del pecado. Por primera vez, el hombre cristiano no
estuvo solo o cuanto menos en Ja exclusiva presencia de paganos
cuya condenación se remontaba a las Escrituras, y a propósito de los
cuales no cabía. experimentar ninguna suerte de turbación Interior.
Con el hombre americano lo que sucedió fue algo totalmente·diferen-
te: existe11cia de tal hombre 110 1tabfa sido prevista por nadie o, Jo
que es aún más importante, su s1íbita aparición verificaba y desmen-
tía al unísono el divino mensaje (cuanto menos así se creía 'entonces)
puesto que la pureza de corazón, la conformidad con Ja naturaleza; la
generosidad tropical y el desprecio por las complicaciones modernas,
si ei;i su conjunto hacían recordar irremisiblemente el paraíso tei-re-
nal, también producían el alerrorizador efecto contrario al dar cons·
tanda de que la caída original no suponía obligatoriamente que el
hombre debiera quedar incluclablemcnte desterrado de aquel Jugar.
Simultáneamente, el acceso a los recursos tropicales, que suponen
tma gama de variedades mucho más densa y que Ja que pueden -í ,
suministrar con sus propios recursos !;:is regiones templadas,'provoca-
ba en Europa el nacimiento de una sensualidad más sutil, y añadfa con
ello un elemento de experiencia directa a las reflexiones precedentes.
Ante el ardor extraordinario 'con que se acoge el lujo exótico: made·
ras de tintes varios, especias y curiosidades que ejemplifican los f
monos y aquellos loros que -<:orno se lec en el inventario de un ·: -
- u AITTllDl'Oux:iA aneo CTF.NCTA
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n:wkro ele n:p.rcsn a Europn. en los primeros años del siglo XVI-- •ha·
bl:m y;i nlp.1111as p;il:\hrns en frnncés•, se tiene In impresión de que la
Europ;i culta ciesc11brc dentro de sí iné<litas posibilidades cle delccta·
ción r C'Tlll'íf!I! ele esta forma de un pasado medieval elaborado, al
menos rn parte, a hnse de insípidos nlimentos y monotonía sensorial,
tocio ln cu:il nlrnuhilah:i J:i cor1.ciencia que-el hombre podía tener de
sí mismo v ele su conclidón terrestre.
En es ,·crdndcramcntc en .suelo nmericnno donde el hombre
empic1.a a pl;rntc;irsc, de forma concreta, el problema de sí mismo
y de :ilp.l1na m:inrrn a cxp,crimcntarlo.en su propia carne. Las irnílge·
nes, fuera ele: toda clucln exactas, que nos h:icernos ele la conquista
están pobl:id:is ele m:itarm:is :iíroces, rapifü:is y explotaciones elesen(re·
nadas. Sin cmbnrgo, no debemos olvidar que con ocasión de ello la
·corona ele Castilla, nsisticla por comisiones ele expertos, pudo formu·
lar la ímica poJítica colonial reflexiva y sisternálica hnsta ahora cono-
cida, lo que hizo con l':il amplitud, profundidad y cuid:ido por las
respons:i:.;;;dacles tíltimas que el hombre debe al hombre que, si bien
es cierto ql1c no se pusieron en práctica, no lo es menos el que a nivel
teórico al que la h:in reducido Ja brutalidad, la indisciplina y la avi-
dez de sus ejecutores, sigue siendo un gran monumento de sociología
aplicada. Poclemns sonreír ante l:is que hoy llamaríamos comisiones
•cient,fficas•, compuestas por: sncerdotes enviados al Nuevo Mundo
con el solo objeto de zanjar la cuestión relativa a saber si los indfgc-
nns ernn meros animales o también seres humanos dotados de alma
inmortal. Hahb m::ís nobleza en el plnnteamiento ingenuo de estos pro-
blemas que en el mero aplicnrsc, como se hnrá más adelante, a matan-
zas y explot<1cioncs desprovistas de toda preocupación teórica. Si a
esto añadimos que los desgraciados indígenas adoptaban la misma acti-
tud -acnmpando clt11 ante varios días junto a. los cadáveres de los
que hnb!nn ahogado, a fin de obscn•ar si se corrompían
o si por el contrario poseían una naturalc1.a inmortal- se debe reco-
nocer en t:ilcs episodios, a la vez grotescos y sublimes, el testimonio
fehaciente de la grn,,eclncl con que se encara el problema 'del hombre
y donde ya se re\"elan los modestos indicios de una. actitud verdadera-
mente antropol6p.icn, pese. a la niclcza propia de la época en que por
primera vez aparecieron. América ha ocupado durante tanto tiempo un
lugar privilegiado en Jos estudios nntropológicos. por haber colocado
a la hurn:iniclnd ante su primer gran caso de conciencia. Durante tres
siglos, el inclfgenn americnno dejaría el pensamiento europeo gravado
de la noslalgia y el reproche, que una renovada experiencia similar
llegará en el si¡!lo .xvnr con la apertura de los mares del Sur a las
ansias c:'lploraclorns. Que «el buen salvaje» conozca en el estado de
naturaleza el bienestar que se niega al hombre civilizado es, en sí
misma, una proposición absurda y doblemente inexacta, puesto que el
. estado tic nnlurnlcz.a no ha existido jainás, ni el sal\'aje es o ha sido
más o menos necesariamente bueno o dichoso que el hombre civili-
zado. Pero tnl milo encubría un hallazgo positivo y más peligroso: en
adelante Europa supo que existen otras formas de vida económica,
orros regímenes poi íticos, otros usos morales y otras creencias rcligio-
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cho y revelación .de origen igualmente divino y respecto a lo eual'sólo ' t ! J
cabfa poseerlos para su pleno disfrute o carecer absolut:imcnle de ' : :·,.
ellos. A partir de ahí todo pudo ser puesto en entredicho. No resulta
casual que en Montaignc, la primera expresión de las reivindlc.acioncs
que sólo más tarde verán Ja lU7. del dfa en la Declaración de Derechos
Humanos sea pues ta en boca de indios brasileños. La antropología
haoía llegado a ser práctica incluso antes de haber alcanzado el nivel
de los estudios teóricos. ' , • ·
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En tales 'condiciones no deja de resultar curioso que el segunélo
impulso que debían experimentar las preocupaciones etnológicas pro-
ceda de Ja reacción política e ideológica que sigue inmediatamente
a la Revolución Francesa y a las ruinas dej\ldas por las conquistas
napoleónicas. Y sin embargo, esta paradoja incontrovertible puede
explicarse fácilmente. En Jo que va del siglo XVI al siglo XVIII, el
ejemplo suministrado por los pueblos indígenas habla alimentado ln
crítica social de dos modos diversos: la coexistencia, en cl presente,
de formas sociales profundamente heterogéneas, planteaba la cues·
tión de su recíproca relatividad y permitía poner en duda a cada una
de ellas. Por otro l11do, la mayor simplicidad de las llamadas socie-
dades salvajes o primitivas suministraba un punto de partida concre•
to para una teoría acerca del progreso indefinido de la humanidad:
pues si se había partido de un lugar tan bajo, no habla razón alguna
para s'uponer que el movimiento hacia adelante debiera detenerse i y
que las actuales fonnas sociales representaren un ideal definitivo, im·
posible de mejorar. , ·
Ahora bien, el inicio del siglo XIX sorprend<; a la sociedad europea:'
tradicional en un estado de profunda desintegración: el orden social
del antiguo régir,ncn ha ·sido definiliv.amente sacudido y la naciente
revolución industrial tras toma los marcos· de la vida económica sin
que puedan aún discernirse las nuevas estructuras que ella misma
alumbrará. No se ve sino desorden en todas partes y, ante ello, se '
pretende definir el destino del hombre más bien en función de un
pasado transfigurado por la nostalgia del orden. antiguo, que no por
un porvenir imposible de precisar. Pnra las antiguas clases- privile·
giadas, que sólo en una mínima fracción VLtelven a encontrar su posi-
ción anterior, la historia no puede ser aprendida como el aparecer
ele algo que se hace 'sino, por el contrario, como el de una cosa que
se deshace. No tratan de comprender un hipotético cprogreso•, en
lo que les S!Jncierne vacío ele sentido, sino la catástrofe que les ha
maltratado y que filósóficamente no puede ser aceptada sino como ln
incidencia particular ele un movimiento de descomposición que deja 11
sentir su verdadero estilo en la historia humana. Y este punto de vista,
que no es otro que el ele los principios del rpmanticismo, modifica· y
enriquece la indagación etnográfica. Ln modifica por cuanto hace del
primit,ivismo (en todas sus formas), no tanto la búsqueda de un
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_r,111.111 :1 de p;irtid;i del pro¡;rc.so !n1niano, como la ele un ;crío·
el? pr en que el l:abrn diF_frntaelo ele virtudes hoy
t ctcl;is. Y_ c11nq11ccc 1ntroduc1cndo, por primera vez,
rn;JCup.1c iones folklonr:1s con que adornar en el seno mismo ele la
so;'.1ecl.0c.I !ns condicio.!JCS ;intiguas. supcrviventcs y las
m.is v1c_1:'1s ! rád1no11es. El Renacimierito habla ya conoCido en sus orí-
genes un<i actitud nn;ílop.;i c1rnndo, tras J;i toma de Constantinopla
r:or 1454, creía ser el t'mico depositario de la herencia
fr:?st'if1ca, c1cnt1f.1ca y de In a111igiicdad. Pero esta beatería,
c:<:clus1va111c11te ol pas;ido, debln quedar bien pronto
dcsbo1 dacia por el 1492. de l;is virtualidades insospe·
del 10_ que una creciente confianza y espc·
.1anw en el porrcrnr. los m1c1os del siglo xrx, por el contrario,
de .una p;irte el pcsi111ismo social y de otra el despertar ele las nacio·
oricnt;in_ la inl'eslignción hacia un pasado a la vez lejano,
circunscn to en el espacio y cargado de significación.
Pero sirm.rlt;ín:arnente se prodt1jo t111a transfom1ación importante.
Er;i contracl1ctono concebir e! curso de la historia en el sentido de
un.:i rlec_ndencia cunndn, por otra parte, los l\echos de que se
ev1de11c1ab;111 i:i re;ilid:itl del progreso técnico y cientffico, as[ como
lo ni'm se ttnclin a considerar como un progresivo rcfinmniento
ele lns co.st11111hres. Para hacer sostenible la.posición pesimista a la
cunl se \'lflculaban tantas rarnnes políticas y sentimentales, se hada
necesario, pues, empla7.ar la evolución humana en un terreno dis·
tinto e.n el que i:i contrndicción cntre los hechos y su interpretación no
se hlcrer:i tan llnrnnli1·a. Ahorn bien, con el crecimiento d,e la pobla·
c1on v la llltiltiplicnci611 ele !ns relaciones e intercambios resultantes
de ia cil'ili7.acicí11, hny ciertamente algo que de forma ineli1ctable se
desh:icc: In intcµriclntl ·rrsica de los grt1pos humanos, en otro tiempo
,aislncios unos, de otros ciado s11 reducido número, la falta de medios
de comunicación y el estado de general ignorancia y ho!ililidad e:ds·
lentes. A part'ir del hecho de su intercomunicación las razas se mez.
clan y tienden a homogcnei?.arse. No necesitaríl más Gobincau para,
a f1ortir ele ;1hí, asocinr arbitrariamente n In noción cie raza ciertns
disposiciones: fundamentales de naturalc7.a ·intelectual o afectiva y
otorp.alcs el \'alor significnlirn con qt1é establecer un sistema de ex-
plicación qt1e, allá de las apariencias superficiales, pt1eda dar
ct1cnta del íne\'itable declinar de una humanidad dentro de la cu;il
los valores vitales 'S¡e dih1yen progresivamente h:ista llegar a su total
cclipsarnicnlo. esta manera, son exigencins filosóficas las que,
poniendo en primer pl:mo la noción ele ra7.a, fundamentnn, al unísono,
el interés orícn!ado hacía. los documentos ostcológicos, contemporá·
neos o arcaicos, en el preciso momento en gue -en parte debido a
los·grnndes trabajos exigidos por la rcrnlución industrial- Ja atcncitÍn
se ciirip,ía hacia los que, en nt'1111cro creciente, estaban pt1cstos al día.
Sin embnrgo. at111 en este caso, no se trata de un fenómeno ab,.;o-
lt1tnmentc nuevo. La crisis política y social que resulta de la fronda,
en frnncin, ni el siuln xvrn .. había ya. llevado a rastrear, en
1111 pasado lejano, las causns el origen de u
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na situación contradicto·
20
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ria que entonces se ligaba al doble origen de la poblaciqn ·
la nobleza franca
1
.y el pueblo galorromnno. La nueva tentativa iba a
ser más duradera, y debía experimentar una completa transformación
en su primitivisrno, a Ja vez que preparaba el terreno para una ter·
cera y más nueva orientación. 1
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Uno ele los acontecimientos más decisivos de la lústorill cient!Clca
del siglo XIX estaba, verdaderamente, a punto de producirse. Sólo
cinco años separan la publicación. del Ensayo sobre ta desigWJ}dbd
de las razas lw111a11as a la del Origen de Tas especies. Preparada por
las investigaciones de Boucher de Perlhes en arqueología prehistpríca
y por el progreso de los estudios geológicos, debido a Jos trabajos de
Agassjz y de Lyell, Ja teoría evolucionista de Darwin iba, en efecto, a
sumin_istrar una interpretación global de Ja h!i;toria biológica dentro
de Ja Ct!al los documentos relativos al hombre, hasta entonces reco-
gidos en forma dispersa, podían encontrar su Jugar adecuado y recibir
su plena significación.
En adelante, ya no .nos las habremos de ver con construcciones
filosóficas tales como la teoría del progreso indefinido del siglo xvrn,
o Ja del declinar de las razas humanas del, siglo xrx. La concepción de
una evolución gradt¡al de las especies vivientes; operando a lo largo
de inmensos períodos geológicos, sugiere fácilmente pensar otro
"tanto sobre la historia de la especie humana. Los documentos osteoló-
gicos y los sHex tallados que les acompañaban ya no son contempl;<·
dos como vestigios de una í1umanidad antediluviana,_ destruida por
algún cataclismo. Por el contrario, ahora se ven como testimonios
normales de Ja lenta evolución que, desde los estadios más lejanos,
debió conducir a los antepasados del hombre moderno hasta las for·
mas actuales. Y en la medida en que el utillaje prehistórico se par :ce'
al utilizado todavía en numerosos pueblos primitivos contemporáneos.
cabe aventurarse a ve1: en éslos la viva imagen de los diferentes esta-
dios por Jos que, en su marcha progresiva, la humanidad habla discu·
rrido durante miienios.
Los objetos patrimonio de los salvajes, las descripciones de las
cosrumbres· extrañas y lejanas, lo visto y relatado por los viajeros, la
mayoría de las veces deja de ser considerado como si se tratase de
curiosidndcs exóticas o de pretextos desde los que fundamentnr
vaticinios ele ínelolc filosófica o moral. Ahora se les promueve al esta·
do privativo de los documentos científicos, con el mismo derecho que
ostentan Jos fósiles y las colecciones botánicas y zoológicas. A partir
de ahí, no hace falta sino describirlos, clasificarlos, apercibirse de ..
las relaciones históricas y geográficas que les unen o les distinguen,
todo ello encaminado a elaborar una visión coherente de las diferentes
etapas por las que ha transcurrido la humanidad, en su paso del salva-
_ci}'l:Jismo a la barbarie y de la barbarie a la civilización. •
· <b\.í Taml1ña5 ambiciones no son ya las nuestras. Incluso los progre-
'b-" , 21 ·

sos del evolucionismo biológico tienen lugar según una concepción
'e>i!{9' .l{ '· .. -
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i11íiní.1;.111w11te mfis. rn;11iwd:i y más.consciente de los problemas)• ele
las cld1c11ll:iclcs c:-:1stcntes que la habida entre los primeros fundado-
res. Ello rslimub a los ctntiiogos a desentenderse ele las tesis del evo-
l11cinnis1110 _snciolt'igico, qttc por lo demás es anlerior al biológico y que
por l;1I r;-iwn padece de un exceso de ingenuidad.
:::;in c111l
1
.1r¡!n; clC' cslas primeras espera-m:as nlgo quecla: la convíc-
cit"in ele cpH.: el 111is1110 tipo de problemas, aunqttc no sean del mismo
orden de 111:ig11it11d, pttcden jugarse por el mismo método cientírico,
, y que etnolo¡:ia, ;il ir,11;il que las ciencias nnturales y según el ejem·
pin ele csí;-is, puede 111uy bien confiar.descubrir las relaciones constan-·
tes cxiqc·nlc·s entre los fenómenos: bien sea que no pretenda· sino
tipiíic;1r cicrlns aspectos privilegiados ele las actividades humanas
Y. rntrc l'.J'. !ipos creados relaciones de compa-
til)ll1nad e i11co111pat11Ji11oao; lllen que se proponga, a más largo plazo,
unir lod;wi;-i más esLrechamente la etnología a las ciencias naturales,
a par1ír del 1110111cntO'en que puedan comprenderse las circunstancias
objetivas q11c h;n1 presidido la aparición de la cultura en el seno
rnis1110 de !:1 11:i111ralem, y de la que, sin embargo, la primera, prescin-
diendo de s11s caracteres específicos, no es sino una manifestación.
Estri 1-e;-nl11cirin no una ntptura con el pasado, sino más
bien 1:1 intcp.rac:ión, a ni\'el de síntesis cientffica, de todas las corrien-
tes de pensnn1ic11to cuya rictuación hemos revelado.
Por otra parte, ci puede p/-cscntarse como una teoría
cícntííic:n pues conscrv;i si bien de acuerdo con la teoría
del progreso tril c:omo ha siclo formulada en el siglo XVIII, la ambición
-s;ihí:ill\entc reprimida en la mayoría de nosotros- ele descubrir
el p11nlo ele parlicfa y el sentido de. In evolución humana, ns! como de
ordenar scri;idamcntc las diferentes ctap;-is de la$ que ciertas formas
tic civilización han consen,ado seguramente la imagen.
Y, sin embargo, incluso la etnología más decididamente eyo\ncio-
nista, como lo fue la ele Tylor y lviorgan, no puede permanecer ciega
ante el hecho conslritndo de que la humanidad no se transforma,
según el eo;quema ciarwiniano, exclusivamente por acumulación de
vari;icionr.s y sekccic'.111 natuml. L'1 etnología, asimismo constata fcncí-
mcnos ele otro tipo: transmisión de técnicns, difüsión de inventos.
fusic'ln de crcl'ncias y cQstumbres a rcsultás de las emigraciones, de
las gucrrns. tic !;is influencias y de las imitaciones. Todos estos pro·
cesos tienden a e:-:tc11der rasgos en principio circunscritos a grupos
pri\'ilcgiados que, ror el hecho mismo de la difusión, tienden igual·
mente a cqnipararse ri lo.s demíls. Mientras que, en el orden sistemá·
tico b etnologí;i se mantiene dentro de la tradición filosófica del
si¡:do xv111, por lo que respecta a sus formas descriptivas, fundadas
en ia clistrihucic'in espacio-temporal de rasgos culturales, no hace sino
prolo11f!<1r Iris interpretaciones regresivas propias de la primera mitad
del siglo x ! x, que por esta ra?.ón experimentan una renovada vitalidnd.
pues, la clnologia, en la penúltima cuarta parte del siglo xrx,
se constituye en base a caracteres híbridos y equívocos, que hacen con-
fluir en ella las aspiraciones de la ciencia, de la filosofía y de la histo-
rh. /\prision:ida por t;intos laws, no romperá ninguno sin pesar. En
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un tiempo en que todo el mundo se lamenta del '
tuilo de la cultura clásica, de la sequedad e inhumanidad de la cultura
científica, Ja etnología, si permanece fiel a todas sus tradiciones, con· . , ,
tribuirá posiblemente a mostrnr el camino que conduce a un humanis-
mo concreto, fundado sobre la práctica científica cotidiana y a la que
la refle;y;ión moral permanecerá aliada irremisiblemente:

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