Malentendido

(Romance) [ No en vano un refrán se invoca; que, a rebujo del conjuro, otro va que lo revoca o lo apuntala seguro: “Quien la tiene se equivoca” va tirándote a la vez de la lengua y te provoca “Por la boca muere el pez”. “De tal palo, tal astilla”. “De tal astilla, ¿tal palo?” (no es que suene a maravilla, pero no parece malo)… Sentar cátedra en la barra no está al alcance de todos, que en la barra se desbarra ¡justo por hincar los codos! ] Por estos limbos andaba de refraoníricos juegos cuando un ángel -¡no encajaba!se anunció pidiendo “¡¿Fuego?!” “¡¿Eh?!” le dije, boquiabierto, sin saber bien qué pasaba ni tener claro, por cierto, ser yo el tipo que fumaba (¡No me extraña!: pues, del humo del cigarrillo, los ojos me lloraban, y así uno es propenso a los antojos).
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Disipando ella mi niebla, descorriendo esa cortina insistía, en toda regla, con prender su nicotina. Claro que si una (a por lumbre), hecha al monte tal cintura, lo normal es que deslumbre a una mente más que oscura. A mí venirme con “¡¿Fuego?!”: esta tía ¡quiere marcha!, y despista haciendo el ruego tan fría como la escarcha. Y no estaba delirando, a pesar de lo incoherente de dejarme a mí temblando con demanda tan ardiente. “¿Estás sordo?, o ¿qué te pasa?” atizaba, cadenciosa, con su voz en mí la brasa de lectura más fogosa: “¡¿Conque quieres que te encienda?!”... Para mis fueros internos pensando yo “¡Qué jodienda, no acabar, ay, de entendernos!” Era hora de ir a muerte -¡me quemaba la colilla!-; resolví apostar más fuerte, y no sólo calderilla:
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Exageré la apostura -“¡No me achanta, vaya, ésta!”(Tal vez fuera una locura jugarme todo en la apuesta) y, al bolsillo mano echando -me sentía ¡tan seguro!-, me di cancha ya palpando... (era el mechero, ¡os lo juro!). Un “¡¿Pero qué haces tío guarro?!” de pronto quebró la calma; fue el principio de un desgarro de esos que parten el alma; tronó así, tan de repente, me dejó tan confundido tomarme por indecente, por ¡un pobre pervertido! (Ya ves tú, yo que, entre líneas, en alarde de recurso, ¡supe ver las curvilíneas hechuras de su discurso!) que, aunque tiraba la inercia, me empezó a caer muy gorda y, ante apreciación tan necia, hice ya la oreja sorda. Compungido y desolado -además ¡se me reía!-, me dejó tan chamuscado aquel jarro de agua fría
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que, en tanto que despectiva se alejaba entre aspavientos, con ella mi ardor se iba congelando en pensamientos: “Al mal tiempo, buena cara” que “llueve sobre mojado”; “mejor solo, si comparas, que tan sólo acompañado”. Contra el tópico manido -no lo digo por despecho-: de lo dicho a lo acaecido ¡de culo se va derecho! * Alma de cántaro

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