Las terrazas Rita Candame

Aquí estoy, dándole al ojo, parece que es lo que mejor se me da. Pero tengo que atreverme a salir de noche, tengo que cambiar esta costumbre de quedarme aquí, pegada a esta terraza.

Cuando llegué el sábado al apartamento me puse nerviosa, me preguntaba si sería el portal. La verdad es que no recordaba si doña Virtudes me había dado bien el número cuando fui a por las llaves. Estaba inquieta porque no me gusta deber favores, pero esta oferta que me estaban haciendo era una tentación. No la podía desaprovechar, era una oportunidad, y es que, con la pensión que me quedó de la viudedad, ahora estoy más desahogada, porque ya se fueron las chicas de casa y tengo un trabajo, pero, aún así, no me llega para florituras. Además la señora Virtudes está agradecida conmigo porque le ayudo con su madre, dos días en semana, que aunque me paga, le hago precio especial y además lo hago con todo el cariño y eso no tiene precio.

El apartamento está muy bien situado, céntrico, de la playa a un paseo, y cómodo y fácil de limpiar. Se lo tengo que dejar como estaba cuando llegué. Ya me he fijado en todo. Pero lo que más me gusta es la terraza, porque es fresquita y de noche resulta muy agradable. No vengo con intención de salir por la noche, la verdad es que donde vivo no me atrevo a salir sola cuando oscurece y no tengo costumbre. No hace mucho que se murió mi Rafael , va para dos años. Con él era diferente, no teníamos pereza para salir, nos gustaba mucho pasear, tanto de vacaciones, cuando viajábamos, que no era mucho y sobre todo en nuestro barrio, dábamos buenos paseos Rafael y yo. Él me decía Rita, prepárate que nos vamos y yo dejaba lo que estuviera haciendo y me ponía las zapatillas, sin ninguna pereza y por lo menos una hora estábamos andando. Nos gustaba, sobre todo, después de cenar ¡ Ay mi Rafael! ¡como lo hecho de menos!, éramos uña y carne, ni una palabra más alta que la otra y siempre de acuerdo, parecíamos siameses. Más que marido y mujer parecíamos hermanos, bueno más que hermanos.

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Pero mis compañeras del trabajo me dicen que tengo que empezar a salir y a distraerme, que estoy muy joven todavía y muy entera. Eso es verdad, que tengo buen aspecto, siempre lo tuve, cuando paría me quedaba muy bien enseguida y, aunque como de todo, siempre he tenido un cuerpo agradecido. Pronto llegaré a los 60, pero como dicen mis hijas, los tiempos han cambiado y ahora 60 no es como antes. Vamos que me animan, la verdad.

Bueno desde la terraza veo que la gente sale a pasear por la noche y a mi me entran muchas ganas, la verdad es que me traje ropa un poco especial por si me animaba, no sé, a tomar una copa y sentarme en alguna terraza y distraerme, oír música y, sobre todo, me gustaría bailar, que como digo yo, aquí no me conoce nadie y tengo la sensación de que puedo hacer lo que quiera.

Es raro, solo llevo cuatro días, hoy estamos a martes y me queda una semana entera más por delante y me siento rara, esto de no trabajar en la calle, de no ir a la oficina y de tener vacaciones, que hacía mucho que no las tenía. El año pasado, porque era el primer año sin mi Rafael y no tenía ánimos y el año anterior, porque estaba enfermo y había que cuidarlo, ¡qué poco duró desde que le diagnosticaron su enfermedad!

Bueno mis hijas me dicen que me distraiga y yo quería que la Reme hubiera venido conmigo aquí al apartamento, nos llevamos bien, trabajamos juntas y podíamos haber hecho coincidir nuestras vacaciones, pero cuando me dijo que no podía, que tenía líos con el turno y que cambiara yo la fecha, me sorprendí diciéndole que no podía. Era como si quisiera venirme sola a este viaje y es que me está sentando bien estar a mi aire, que hace mucho que no sabía lo que era esto, siempre cuidando a otros, las hijas, mi suegra, mi madre, el marido.

En fin, no me organizo mal, por la mañana aprovecho la playa desde temprano que es lo que más me gusta, como cualquier cosa, unas tapitas o compro algo rápido y por la tarde, me doy mis buenos paseos por la playa, hasta que me canso, pero por la noche, después de cenar, me quedo aquí en la terraza a la fresquita y al principio me entretenía pero ahora pienso que necesito
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despejarme, porque me estoy obsesionando, porque lo que comenzó siendo una buena compañía hasta que me entraba el sueño, lo prefería a leer, pero ahora, tengo que salir de esto. Creo que no debe ser bueno.

A la caída de la noche, ya el primer día de mi llegada, después de ir a la playa, pasear, hacer reconocimiento del terreno, ver sitios posibles baratos y agradables para comer, estaba en el apartamento de vuelta, cuando salí a la terraza para secarme el pelo, que luego, con la humedad, no me gusta acostarme con el pelo mojado, me acomodé en una butaca de playa que encontré en un armario empotrado bien enfundada en bolsas de plástico y periódicos y allí estaba, haciendo reconocimiento del terreno, empezando por la izquierda y haciendo un barrido con la vista hacia la derecha, los bloque que habían eran todos casi de la misma altura de 4 a 6 plantas, el que tenía enfrente era un hotel, de esos antiguos, de los años 60, que no han arreglado y que ahora será hasta barato. Para otro año ya lo se, a ver si me animo, porque en un hotel no tienes ni que limpiar el polvo, que como me dice Reme: ¡estoy harta de limpiar lo de los demás y aún tengo que continuar en casa! Y es verdad, aunque es peor limpiar en las casas que en las oficinas, en las oficinas siempre puedes hablar con alguien de los que se quedan a completar horarios. Yo estoy contenta con mi trabajo, hay una jefa estupenda, una tal Lola, que siempre que paso por su sitio se está mirando en un pequeño espejo y peinándose, que digo yo que no tendrá otra cosa que hacer, pero bueno, ella es agradable conmigo y me da conversación mientras limpio, sus temas favoritos son la ciencia ficción y los efectos paranormales, en fin, que me entretengo.

Si, soy cotilla y siempre lo he sido, por eso leo novelas, una detrás de otra y sin parar desde los 12 años. Me ha dado igual estar contenta que triste, siempre me han gustado las historias. No he viajado mucho por España y menos al extranjero, pero gracias a las novelas es como si conociera el comportamiento de muchos tipos de personas. Yo, en mi trabajo, por lo que hay en las papeleras, me imagino como serán esas personas a las que nunca veo, porque mi turno es por la tarde y entro cuando los trabajadores ya se han ido, la mayoría. Pero eso es mucho lío de recordar y ahora estoy de vacaciones en un sitio nuevo para mí.
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En el hotel de enfrente, enseguida me fijé en un señor de más de 60 con un poco de barriga, tomando el fresco, en su pequeña terraza. Yo enseguida le puse nombre, Roberto, porque me recordaba a un jefe que había en la oficina, muy educado y amable que era de los pocos que me saludaban, ya sabemos que a las limpiadoras no todo el mundo las ve, parece que formamos parte del mobiliario. Bueno, en fin, que me enrollo como las persianas, el caso es que ese Roberto, el del hotel, no el de la oficina, me daba la impresión de ser un hombre solitario, como yo, pensé, la verdad es que los demás días nunca lo vi acompañado, siempre mirando desde la terraza, como yo. Pero a eso de las 11, como un reloj, se metía para adentro y yo pensaba, éste se va ahora a tomar algo. La verdad es que me daba envidia, porque aunque yo no soy miedosa y no me da miedo lo oscuro y tampoco soy de las que piensan que le van a pasar cosas malas, no termino de arrancar, no me atrevo a salir más que de día. El caso es que poco después de las 11 lo veía salir por la puerta del hotel y se dirigía a un pub, de esos irlandeses, a los que van los guiris, que había en la esquina de enfrente. Yo me había fijado en ese local porque, en mi trajín de ir cada mañana a la playa, pasaba por delante y me fijaba en un cartel que decía: karaoke desde las 10 p.m.

Al otro lado de la calle había un bloque y de todas las terrazas me quedé con una, la del segundo, porque había una chica que tenía un perrito muy nervioso, que no paraba de dar saltos. Ella, cada noche, se asomaba a la terraza y cuando llegaba el que debía ser su novio, un muchacho muy moreno y bajito, que le silbaba desde el portal, ella cogía al perrito y lo sacaba a la terraza y se le veía abrir la puerta de su casa y nada más, porque bajaba las persianas y no las volvía a subir hasta una hora después, que no sé como podían centrarse con un perro ladrando todo el rato, menos mal que era pequeño y ladraba bajito. A esa la llamé Lourdes. Pues Lourdes después de subir la persiana, le daba muchos besos a su perrito y lo metía para adentro y eran ellos los que se iban a la calle. Me daban envidia también ¡ salir a la fresquita!

Cada día me fijaba en los que yo llamaba los fijos que eran Ricardo, Lourdes e iba agregando las historias de otras terrazas. Pero ya iban siendo muchas. Los de ayer me parecían estupendos, ayer me desvelé y estuve hasta las tantas, más de las 3, como me compré una tarrina de helado, me puse hasta varias
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veces una tacita llena hasta arriba, de turrón, ¡buenísimo! y es que el levante es estupendo para los helados. Bueno pues, en esta ocasión, vi como llegaban en un coche una pareja de unos 50 años, que pararon en la esquina de la

derecha de la calle, en la que hay otro bloque de casas, por supuesto que con sus terrazas, con un letrero arriba, que pone: Pensión El Rincón. Abajo hay un local, un garaje de esos a pie de calle. Ella se bajó del coche y se puso a sus cosas con mucho interés mientras lo esperaba a él, que se bajo por el otro lado y se puso también manos a la obra. Ella, de rasgos latinos, más bien del caribe, oscura de piel, pero rara, sin opulencias de carnes, ni apretada de ropa, que yo conozco a muchas, del metro, que de Usera salen muchas a trabajar como yo, a las mismas horas. Esta era sencilla de ropa y rara porque llevaba un ordenador pequeño de esos de ahora, una tablet, de la que no se despegaba, como haciendo cosas de importancia, mirando para abajo constantemente. Mientras tanto, él sacaba cosas del coche de forma ordenada y rutinaria, debía ser su tarea habitual, sacaba bultos envueltos en fundas, como si de instrumentos musicales se tratara, él vestido de blanco con prendas veraniegas, pantalón corto y camiseta sin mangas, apretadas, pero porque se le hubiera quedado pequeño el conjunto, por haber engordado de un año para otro o, porque hubiera encogido la ropa en uno de los lavados. No se miraron en ningún momento, cada uno a lo suyo y cuando acabaron, cada uno con sus faenas, con el coche todavía subido encima de la acera, se miraron y me sorprendió que se dieran un beso en la mejilla y un abrazo cálido, que parecía de agradecimiento y de fin de tarea en equipo. A esos, les puse Los Tangueros, me los imaginé tocando en cualquier lugar de la noche, ella al piano o cantando y él, pues con la percusión, los bongos o similar y, si hacía falta, bailando los dos un tango para amenizar cualquier terraza. Me gustaron, parecían tranquilos, pero ¿cómo llegaron a España? Mi imaginación se desbordaba, estaba ya exhausta, ¿serían los dueños de la pensión o estaban de paso hospedados en ella y les habían dejado la cochera e iban de pueblo en pueblo con su equipo musical, su coche y su tablet?, no sabía y ¡cómo iba a saber!, ¡las posibilidades eran tantas!, cuando pensé que la terraza me estaba empezando a pesar.

Me acosté, pero no me podía dormir, pensando en tantas terrazas, tantas vidas. Yo tenía que tomar un rumbo, hacer algo con mi vida además de trabajar y la
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casa, mis hijas ya mayores, en fin. ¿Cómo se hacían esas cosas?, tomar decisiones, no sabía por donde empezar, a lo mejor además de pensar lo que había que hacer, era ir poco a poco, cambiando las pequeñas cosas que quisiera cambiar, por ejemplo salir de noche y olvidarme de las terrazas de una vez. Eso igual era el principio.

Ya los días de vacaciones transcurrían con normalidad e incluso con rutina, rutina de la de las vacaciones, debían ser: recoger el apartamento un poco, antes de salir a la playa, tomar el aperitivo, comprar algo para comer, la siesta, ya iba necesitando echarla, porque cada día dormía menos de noche y es que ¡con tanta terraza nocturna!

Por la noche además de revisar las otras terrazas, ver si estaban los fijos, si había algo nuevo, alguna nueva terraza que incorporar, también aprovechaba para pensar en mí y qué iba a hacer ahora que estaba sola y no tenía que cuidar de nadie. Pensaba que podía escribir, ya que tanto me fijaba en lo que me rodeaba, o bien, podía estudiar, siempre fui lista para memorizar, algo relacionado con las personas, como por ejemplo, relaciones públicas, podría trabajar en un hotel de la costa, a poder ser en la costa, una costa como ésta, llena de gente que compra corriendo para poder ir a la playa o tomar el aperitivo, que se convierte en el objetivo del día, vivir en un sitio como éste, viendo el mar a todas horas, para que se me llenaran los pulmones o, porqué no, estudiar teatro y a la vejez-viruelas, entrar a formar parte de una compañía y viajar y conocer gentes y lugares y sobre todo hacer de camaleón, podría interpretar la vida de otros, pensé, de otras terrazas y me dio la risa y en esto oí unos ruidos de frenazos de coche. Mi vista giró hacía el aparcamiento que había a la izquierda de mi terraza, uno de esos aparcamientos horrorosos, un bloque de hormigón gris, un piso extraño de casas, pero que en vez de personas habitan coches, que son muy ruidosos. La verdad es que estaban tan cerca los edificios que rodeaban mi terraza que se podían ver a las personas y no distinguir las conversaciones, pero casi. Lo que pasaba era que en esa ciudad turística y en el mes de agosto, el ruido era constante, se unía la mañana con la noche y había público para todas las horas. La ciudad no dormía nunca. Ese bloque no me daba juego, tan sólo se oían los frenazos de los coches o los ruidos de las ruedas al girar en las curvas. Pero, en esta
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ocasión si hubiera habido más silencio casi me hubiera podido enterar de lo que se decían esa mujer y ese hombre, que lo más probable era que fueran pareja. Debían haber dejado el coche aparcado en algunos de los pisos altos. Yo los veía de frente a mi terraza, pero ellos no me podían ver a mí porque yo estaba a oscuras y porque la barandilla me tapaba. Ellos tenían que estar de frente a la máquina de pagar. Él, bien parecido, moreno y musculoso, muy guapo y brillante, parecía querer leer algún cartel en el que aparecieran los precios, posiblemente. Ella, pequeña de tamaño y muy tapada, para el calor que hacía, miraba para abajo y se mantenía a la espera y callada. Llevaba una sillita con un niño tumbado, mayor para ir en silla y otro más pequeño como echado encima del anterior, parecía que los habían echado de cualquier forma uno encima del otro, por supuesto dormidos. Me dio un escalofrío. ¿Irían a dar una vuelta por el centro a tomar algún helado? En el ambiente se cocía la tragedia. Él debió pedirle algo a ella, pero de forma autoritaria, ella abrió el bolso y empezó a rebuscar muy deprisa, él empezó a dar voces y a hacer aspavientos y yo ya me estaba poniendo nerviosa, pensaba que igual soltaba el cochecito ella, sin querer y que podía ocurrir una desgracia, con todo cuestas en ese edificio de coches. Ella se quedó quieta, agarrada al cochecito, y en menos de unos segundos estaba recogiendo sus gafas, que se habían caído por el puñetazo que le acababan de dar. Yo no me podía creer lo que estaba viendo, rápidamente desaparecieron de mi vista. Me dejó una desazón enorme aquella escena, para mí escena, para ella su vida de horror. Desde luego que ese hombre era un maltratador, que dicen ahora. Yo he tenido mucha suerte y nunca me han tratado mal los hombres, ni mi padre, ni mis hermanos, ni mucho menos mi Rafael, pero claro, cada uno tiene sus circunstancias y nunca se sabe lo que te puede ocurrir, porque si la vida te cruza con una persona que primero es muy bueno y agradable y cuando ya estás colada empieza a tratarte mal, primero de palabras y después con hechos……estás perdida, porque salir de ahí tiene que ser muy difícil ¡y con hijos! A veces pienso que es mejor estar sola a que la compañía que tengas te haga sufrir y otras veces pienso que si no hay pasión, emoción, no hay vida. Ya no tenía ganas de quedarme allí, en esa terraza, ya no me entretenía ni Lourdes, la chica del perrito, ni esperar a los tangueros, así es que miré el móvil y eran ¡hombre las 11!, que casualidad, ¿será una premonición?, entonces tomé la decisión de ponerme la ropa que había traído para salir de
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fiesta y después cerré la puerta por fuera del apartamento y me fui a la calle a dar una vuelta.

Agosto, 2013

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