Crimen de Género. Veredicto : Inocente.

Si señor Juez, lo que dicen es cierto, no lo niego, golpeé a esa mujer en la cabeza, con una botella de un tercio de cerveza sin alcohol. Repetidas e incontroladas veces. Puede que le produjera la muerte, no lo pensé ni me importó. Fue un maravilloso acto de salvaje huida, de redención de mi vida miserable. Fue una culpable defensa propia. Sin embargo hasta entonces no era un asesino ni un hombre violento. Me tenía por un hombre justo y ecuánime. Ahora ya si, ahora soy un criminal y soy culpable. Debo ser condenado. Le explicaré señor Juez : Aquella tarde estaba pasando un día complicado con mi hijo de cinco años, al que desde hace dos, por decisión judicial, veo solamente una vez cada quince días, ya que parece que quedó demostrado que no tengo la autoridad ni la firmeza necesaria para educar a un infante sangre de mi sangre. Después de quedarme viudo y tras la reclamación legal de mis suegros de que el niño iba a estar mejor atendido con ellos, funcionarios jubilados los dos, que conmigo, licenciado en filología en paro, y eventual obrero de la construcción, taxista o camarero, no menos en paro intermitente, la justicia decidió la procedencia de la reclamación, quitándome lo único que me quedaba y que me podía recordar tiempos felices. Mi hijo cada vez es mas díscolo y se acuerda menos de mi. Ya no me llama papá sino “el hombre”, que parece que es como se refiere a mi s u abuela materna. Es muy desobediente y maleducado y coge frecuentes pataletas en cuanto se le niega cualquier capricho. Bueno, pues aquel domingo antes de devolverle a la casa donde vive con sus abuelos, nos paramos a merendar en una cafetería, no se cual, debe ser esa que dicen los testigos, una de tantas, pero particularmente diferente porque allí fue precisamente donde sucedieron los hechos. Nos sentamos en una mesa y pedí una cerveza sin alcohol para mi y un batido de fresa y un par de ensaimadas que se tomó el chaval en un visto y no visto. No me extrañó, pues le había hecho correr y saltar toda la tarde en el parque y aunque le había arrancado alguna sonrisa y hasta carcajadas, la mayoría del tiempo se lo pasó amenazándome con no volver a verme si no lo llevaba a merendar. En un anaquel lateral de la cafetería estaba el objeto. Una figurita de plástico coloreado, de apenas cinco centímetros de tamaño, que parecía ser un pato Donald dibujado por un niño de preescolar. Estaba lleno de anises de color rosa y amarillo que dejaban trazas de anilina sobre las zonas transparentes de su prisión. Una pequeña etiqueta naranja y pegada al bies indicaba su precio de venta : 4,50€. En cuanto la vio, el niño la quiso. Vino a cogerme de la mano para llevarme, sin

palabras frente a la criselefantina figura. Ante mi negativa, también sin palabras, empezó una exhibición de toda la gama técnica de su repertorio. Desde los mimos y las súplicas hasta las amenazas y pataleos. Alguna patada me llevé cuando traté de devolverle a la mesa. Y fue entonces cuando apareció la víctima. Era una mujer cincuentona, bajita y regordeta, de cara sonrosada y pelo rubio de frasco con bucles redondos que mas parecían rulos de plástico amarillo. Llegó muy segura y sonriente, cogió la figurita y se la puso en las manos a Luquitas. El niño me miró y sonrió con una sonrisa de triunfo inenarrable. Yo, algo tenso la verdad, se la arrebaté de las manos y se la devolví a la mujer indicándole, por favor, que no se metiera en la educación de mi hijo. Pero ella seguía sonriendo con beatífica y estólida sonrisa y señalándose el pecho con un dedo dijo con un fuerte acento alemán “Yo pago” mientras con la otra mano volvía a poner la figurita en manos de mi hijo. Me puse serio, dejé la figurita en la vitrina , no sin recibir algún arañazo al abrir el puño de mi hijo y poniendo blanda pero firmemente mis manos en su cogote y hombros, como hacía mi padre conmigo en momentos complicados, y que me relajaba totalmente, volvimos a la mesa sin mas palabras ni explicaciones. Afortunadamente ya había pagado las consumiciones , por lo que recogí mis gafas y la vuelta y con el niño de la mano me dispuse a salir a la calle. No quería mas provocaciones. Señor Juez, todos somos asesinos en potencia, todos en un momento determinado somos capaces de saltarnos nuestras mas pacíficas reglas y matar. Solo tienen que coincidir unas pocas circunstancias banales; la viudedad, el paro, un desahucio, perder la custodia y el respeto de tu hijo, y que por ende venga una teutona indocumentada a demostrarte lo mierda que eres. El niño se me escapó de un tirón y fue hacia la alemana que continuaba junto al funesto patito de los anises, quien sonriendo lo volvió a coger de la estantería y se lo entregó. Inmediatamente después se volvió hacia mi levantándolo victorioso. Señor juez, no quiero mentirle, no lo vi todo rojo ni enloquecí por un momento, al revés, el tiempo se paró y sentí una extraña sensación de paz, tranquilidad y triunfo, mientras volvía a la mesa y cogía la cerveza sin alcohol que no había podido ni empezar. Con ella en las manos empecé a aporrear con todas mis fuerzas la cabeza de “Fraü Merkel”. La botella se rompió y yo seguí hincando los picos de cristal en el cuero cabelludo de aquella estúpida mujer mientras saltaban a mi cara cuajaringones de sangre mezclados con cerveza. Si, Señor juez, me declaro culpable, me lo merezco; comida, cama y cobijo. Entienda su señoría, ya no tengo esposa, ni hijo, ni trabajo, ni hogar , ni futuro, además no genero confianza. Exijo para mi la máxima pena, sin poderme acoger a ningún beneficio de redención de condena. Porque es que, sabe usted señor Juez, el caso es que no me arrepiento ni en una coma de lo que hice. Modesto Sanecrab Siul

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful