Dentro del laberinto

Cuarta temporada

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A todas y todos aquellos y aquellas que alguna vez han sido parte del redil... redil... Maripa y Marime, Marivigilias

Fanfic Dentro del Laberinto
Cuando dos mundos se encuentran
Sarah se quedó inmóvil mirando por la ventana. No podía haberse equivocado, no era fácil confundir a una persona cuando conoces su figura, sus movimientos, mejor que los propios. Era él, había vuelto una vez más. Pareció como que le sostenía la mirada, que le enviaba un reto mudo desde la lejanía, pero tan rápido como regresó volvió a irse envuelto en una pálida nube donde Sarah aún pudo distinguir un instante sus cabellos. ¿Qué podía hacer después del encuentro, irse con Bill a tomar algo? No, definitivamente no. Salió de la biblioteca con taquicardia encontrando a su amigo en la puerta. Entre disculpas y prisas quería llegar a un lugar pequeño donde Jareth no pudiera esperarla en cada esquina. Dijo que no podía salir con él, que se encontraba mal y debía regresar a casa. Él, caballeroso, no dudó en ofrecerse. Poco después estaban en la moto de Bill atravesando avenidas casi vacías de regreso al hogar. No hubo despedidas entonces: Sarah devolvió el casco a Bill y corrió como alma que lleva el diablo hacia casa. Cerró la puerta principal con llave e hizo lo propio con la trasera, ventanas, balconadas de los dormitorios... Hasta el pequeño espacio recortado para que Merlín entrara y saliera a su antojo de la cocina, quedó asegurado con el pestillo. Claro que después Sarah se dio cuenta de lo estúpido de aquello: si Jareth podía viajar a su mundo sin ser invocado, de poco valía cerrar las ventanas. Dudaba que Sofía hubiera estado presa en el Laberinto todo aquel tiempo, por tanto él era capaz de ir y venir a su antojo, estaba claro; era el puñetero Rey de los Goblins de quien hablaba… Su exprometido. «Absurdo asegurar las ventanas», se dijo. Una semana después de aquello las cosas no podían estar peor. Todo lo que Sarah se había esforzado en mejorar tras el Laberinto se fue a pique con solo divisarle en la lejanía. La misma noche del encuentro regresaron las pesadillas donde veía el castillo hecho pedazos, a Ludo y Hoggle aplastados por las rocas de un nuevo terremoto mientras Dydimus no aparecía por ninguna parte. Los nervios iban grapados a su estado de ánimo: no conseguía concentrarse ni estudiar, no encontraba la calma aún en casa donde conocía cada rincón, por temor a girar una esquina y topar de frente con él. También, como sucedió a su regreso, perdió poco a poco el habla. Las palabras no querían abandonar sus labios y así se hacían fuertes en un mundo de sueños grotescos que no le dejaban descansar. La novedad al respecto era no tener miedo propiamente dicho. Pensaba en él y su instinto no le dictaba que en un hipotético encuentro tuviera que salir corriendo despavorida, no. Eran nervios, era ansiedad. No quería verle, sencillamente.

Las sensaciones incómodas crecían cuando pensaba ya no en él, sino en todos los que habían quedado atrás; aquello le atormentaba. Sarah no dejaba de preguntarse qué fue de Morgan, si Jareth finalmente le atrapó o no, si respiraría o no. ¿Y las hormigas? ¿Qué les tuvo reservado el destino? Cuando el Rey conquistó el hormiguero ellas pasaron de ser el enemigo a anexionarse al reino, de modo que ¿sobrevivieron?... Pero cuando peor lo pasaba era al hacer memoria y regresar al momento Sofía–reina hormiga. Por más que repasaba la escena una y otra vez, por más que lo intentaba no lograba recordar a Dydimus y Ludo en aquella sala. ¿Qué fue de ellos? Soñó que Jareth, queriendo evitar que se destapara su plan, los había empujado a morir en la batalla. Otra noche soñó que seguían vivos, pero iban apagándose poco a poco sirviendo de carnaza a las hormigas. Se despertaba gritando, sacudiéndoles a todos los atacantes de encima, jadeando porque en sus sueños también estaba ella intentado cargar con los dos, y hacerles abandonar el infierno al que les había empujado. Sus padres fueron testigos de cómo la recuperación de Sarah daba marcha atrás. Casi cada noche él acudía al dormitorio intentando tranquilizarla con un vaso de agua y una píldora en la mano. No eran pocos los desayunos donde la esperaban con un gesto grave en el rostro, preguntando sin preguntar cómo se encontraba. Aún cuando ella elegía las palabras para responder que mal, que no se sentía con fuerzas para ir a la universidad, que deseaba quedarse en casa, ellos no se lo permitieron. Querían que siguiera adelante con su vida, que dejara de temer a un enemigo invisible, que su mente no le torturara, y el mejor modo de hacerlo era, sin duda, que estuviera entretenida. No pensaban exigirle nada a final del semestre, solo querían que Sarah saliera cada día de casa y no se dejara dominar por lo que fuera que se había grabado a fuego en su mente. Por más que su cuerpo se negara cada mañana, siempre acababa por preparar la bolsa con los libros, besar a su padre en el parking de la universidad y darle las gracias por mantenerse más firme que su hija. Allí también alguien le apoyaba en silencio. Bill casi siempre estaba con ella desde el incidente en la biblioteca, y cuando no, era como si le buscara, como si se encontraran por todas partes premeditadamente pero sin querer. Sarah no pensaba en hombres, de hecho, tener una relación era lo último que le apetecería jamás, pero si hubiera estado un poco más atenta se habría dado cuenta de que Bill sí estaba interesado en que compartieran más que descansos entre clase y clase, o almuerzos. Estaba dispuesto a no forzar nada, puede que fuera de las pocas personas que no la miraran con extrañeza cuando alguien cuchicheaba jocoso que “ella era la rara esa que desapareció y no sabe dónde estuvo”. Bill no tenía por qué dudar de la palabra de nadie: creía en Sarah y la respetaba tanto que, educadamente, guardaba silencio cuando debía hacerlo y le hacía reír si era pertinente. Bill esperaba paciente su momento sin saber que el hecho de estar con ella era casi tan importante para Sarah como el respirar. Y así siguieron. Transcurrido casi un mes del encuentro, ella volvía a levantar cabeza con timidez. Tenía la sensación de que al evitar estar sola también escapaba de Jareth. Dudó seriamente que fuera a aparecer entre una multitud con su capa, su neblina y el atuendo real. Haciendo memoria aquello no había sucedido nunca. En su mundo Jareth solo se presentó sabiendo que iba a encontrarla sola, en el dormitorio. La compañía de Bill, que se había convertido en un gran amigo durante todo aquel tiempo, también era una bendición. –¿Vienes a tomar algo después?

–No puedo, tengo tutoría a última hora –dijo Sarah. Tampoco le apetecía realmente, en la cafetería del campus, donde los agotados estudiantes se reunían tras un día de esfuerzo intelectual, no se sentía demasiado cómoda. A él le encantaba, puede que esa fuera una de sus escasas diferencias. La reunión con el catedrático le había causado mucha inquietud. Sabía que estaba dispersa y le costaba concentrarse, pero tenía excelentes motivos para ello que no podía confesar así como así, de modo que algún profesor interesado por su caso, había añadido más leña al fuego mandándole trabajos extra sobre técnicas de concentración y rutinas que, supuestamente, podían ayudarle. Lo peor de todo era que aquellos ejercicios no fueran voluntarios, sino calificables, de modo que Sarah veía alarmada aumentar la pila de trabajo pendiente en su escritorio. Cuando faltaron diez minutos para las siete, se dirigió al despacho del catedrático que ni siquiera era profesor suyo... Supo que la bronca iba a ser magistralmente seria, como acostumbraba a darlas el señor Rives. En el cambio de clase se acumularon por los pasillos gran cantidad de estudiantes que, a cuestas con sus espíritus, se dirigían a las siguientes salas para afrontar la última hora. Sarah guardaba el libro de química girando una esquina cuando de nuevo lo vio: volvía a estar allí. Sintió un escalofrío trepándole desde los pies. Jareth llevaba puesto un pantalón vaquero y jersey de punto negro, grueso, tenía el cabello recogido en una coleta, nada llamativo. Parecía disfrutar mientras hablaba con Mina, una chica que Sarah conocía por compartir mesa en el laboratorio. Las amigas de esta habían formado un corrillo próximo sin perder de vista a la pareja, mientras cuchicheaban entre risas como si aquello fuera el instituto. Jareth la miró divertido, también ella le miró, aquello no le hacía ni puñetera gracia. Tembló mientras abría la puerta del despacho dejándolos a su espalda y la cerró más dispuesta que nunca a recibir aquella bronca sin abrir la boca, porque simple y llanamente, no podía articular palabra. *** Iban a expulsarla si su actitud no mejoraba. Lamentaban mucho lo que le había ocurrido, pero no podían tener mano suelta con unos y no con otros, las normas de aquella institución eran iguales para todos. Estaba claro, y también estaba claro que no iba a decir une mote al respecto. Los dos se habían posicionado: el catedrático poseía la verdad absoluta y ella el convencimiento de que su ex se proponía joderle la vida. Cuando el profesor pidió que se marchara, casi le besa en los labios. ¡Por supuesto que iba a marcharse! Ya no del despacho, ni de la universidad, se iba a marchar de la ciudad, del país. Eran las nueve cuando llegaba al patio, había oscurecido y Bill no estaba para acompañarla a casa, pero Sarah ni siquiera pensaba en ello. Tampoco hizo el menor caso a Mina, que con sus amigas participaba en un nuevo corrillo donde explicaba, no cabía duda, todo lo sucedido con Jareth, pero se equivocaba… en realidad Mina y las otras estaban esperando a Jareth. Por lo visto el artista recién llegado tenía que hablar unos asuntos con alguien a quien había ido a

buscar. De regreso con las chicas vio a Sarah cargar con la mochila y desaparecer sin mirar atrás, sin buscarle o preocuparse de si seguía estando por allí. No podía sentirse más herido. Habían pasado años en el Laberinto donde la añoranza, el sufrimiento y el dolor hicieron mella en él. La extrañaba tanto que le dolía cada movimiento, cada latido, pero aún así cumplió: no volvió a buscarla, dejó que continuara su vida de regreso a casa. Solo en una ocasión tuvo un desliz. Ocurrió meses atrás, cuando en pleno momento de desesperación volvió a romper la barrera mágica que les separaba y fue a verla. La rastreó como un sabueso hasta encontrarla en la universidad. Se materializó en el patio, Sarah estaba en la biblioteca y lo que vio por poco acaba con él: la encontró alegre, coqueta, un joven esperaba. Después, cuando sus miradas se cruzaron y quedó paralizada, Jareth supo que seguir su instinto había sido un grave error. Regresó al Laberinto, y lo hizo más hundido que nunca. Los goblins que se alegraron por su decisión de viajar tras el encierro, se mostraron inquietos cuando dejó de dar las pocas órdenes necesarias para que aquel universo continuara funcionando. En vez de mostrar una mejoría por leve que fuera, el Rey se hundió y con él el palacio, que tenía un aspecto peor que tras el temblor de las hormigas. Así Jareth se sintió el más pequeño y despreciable ser de la tierra. Sarah estaba decidida a olvidarle, él mismo la había visto con otro, de modo que nada nunca le haría recuperar las ganas de vivir. Urdió un plan sencillo que le empujaría al abismo, en el fondo lo deseaba: durante cada instante en que su corazón continuara latiendo, se arrepentiría haberla retenido a su lado. Así, quizá en otra vida, ella le perdonara y pudieran volver a estar juntos. Volvió el encierro, la pena y nubes negras sobre el castillo fueron más acuciantes que nunca, se respiraba el dolor del Rey en cada recóndito corredor del Laberinto, hasta que un amanecer algo cambió; llegó una carta. No era de ella, lógicamente, era de unos antiguos conocidos, unos seres por los que Jareth sintió admiración en algún momento, pero que con el tiempo y la implacabilidad de una promesa, se habían convertido en sus peores enemigos; se llamaban los sybaros. Habían aguardado a que el Laberinto volviera a organizarse tras la guerra, y lo hicieron pacientes, pues sabían que la densa población capitaneada ahora por el Rey de los goblins aumentó en miles de individuos, de modo que tras la espera se decidieron a tener noticias. Para ello le enviaban la misiva lacrada donde comunicaban que, acabada la batalla, el reclamo de su presencia en Sybare era obligatorio. Allí tenían aún dos prisioneros que Jareth había intentado rescatar hacía tiempo, pero tras los últimos sucesos olvidó por completo: los dos grandes amigos de la que fue su reina. Estaban bien custodiados, decían los sybaros, de hecho, no permitirían que salieran del palacio hasta que él mismo fuera a reclamarlos. La carta que en principio fue tomada más como una nueva amenaza, pronto tuvo otro cáliz. Jareth comenzó a verla como la oportunidad no para hacer el bien y rescatar a los que, a fin de cuentas, eran parte de su pueblo, sino como oportunidad de hacer regresar a Sarah. Aquella nota escrita en tinta azul cielo era la excusa perfecta para volver a acercarse a ella y que, en esta ocasión sí, decidiera qué suerte debía correr la vida de sus amigos. Si no hubiera sido porque tenían una estrecha relación con ella, la habría roto; tenerlos en el reino no haría más que aumentar su pena, la desgracia por todo aquello que había perdido

de modo tan repentino. Ya hizo que Hoggle desapareciera enviándolo a un páramo lejano con la excusa de capitanear los hormigueros, suponía que de haberse encontrado los otros en el castillo habrían corrido la misma suerte, pero lo cierto era que el destino no lo quiso y sus goblins presos brindaban la posibilidad de volver a hablar con ella, o al menos intentarlo. De haberse tratado de otros, los sybaros podrían hacer alfombras con sus pieles, o disecar sus cabezas y colgaras en la pared. Saber que tenía una baza que justificaba su visita le produjo un cosquilleo. Si Sarah se decidía a regresar para salvarlos, no vendría sola. Aunque lo suyo no volviera a arreglarse y continuara odiándole hasta que el tiempo demacrara sus bellas facciones, al menos la habría visto de nuevo. En la desesperación que de pronto se ve taimada por un extraordinario acontecimiento, Jareth planificó las cosas para que, si se decidía a volver, le costara más marcharse que la otra vez. Todo esto impulsó al Rey de los goblins a arriesgarse. Antes de abandonar su reino escribió a los sybaros rogando que mantuvieran con vida a sus prisioneros un tiempo más sin añadir otra explicación. Él debía viajar, debía reencontrarse con ella y una vez más, cumplir con su voluntad. El orgullo del Rey de los goblins, aquel carácter vanidoso y cruel, parecía solo un recuerdo cuando reapareció por sorpresa, implacable, volviendo a hincar la rodilla ante el solo recuerdo de la que un día debió convertirse en su reina. Pero entonces debía prepararse, no debía parecer desesperado aunque lo estuviera, por lo menos intentaría que Sarah no le viera caer tan bajo.

***

Sarah enfiló la avenida corriendo a toda velocidad, y aunque a mitad de camino hasta casa su corazón le ordenó detenerse porque no podía mantener el ritmo, ella continuó apretando hasta sentirse mareada. Aquella noche tenía más prisa que nunca por llegar, hablar con sus padres y decirles que ya era mayor para elegir, y elegía dejar atrás todo lo conocido. El mundo real era muchísimo más grande que el Laberinto y ella podría irse perfectamente, tal como le propusieron intentando animarla, a otro lugar. Les diría que ya se encontraba mejor y que viajar era lo que necesitaba en esos momentos de su vida. Muchos podrían tomar tal decisión como un signo de debilidad, pero no lo era: ya estaba bien de idioteces, de miedo y de jugar a la ruleta rusa con su cordura. Mientras el profesor le hablaba de todo aquello que iba a perder si no conseguía centrarse, ella sabía que antes de esforzarse entre apuntes tenía que hacerse fuerte y superar otro asunto: por más que Jareth volviera para destruir los cimientos, iba a construirse muy muy lejos de allí, una fortaleza infranqueable. Lo pasado pasado estaba, no podía dar marcha atrás ni enmendar sus errores, en eso consistía crecer, pensó, en darse cuenta de que uno es total y absolutamente responsable de sus actos. Como tal había decidido: no permitiría que su descanso, su vida, la normalidad y todo lo que tanto trabajo le había costado recuperar, corrieran peligro porque aquel cabrón con pintas seguía teniendo el hecho de joderle por bandera. Abrió la puerta llamando a gritos a su padre, diciéndole que había algo muy importante de qué hablar, pero nadie contestó. Tampoco la madrastra, ni siquiera Merlín tuvo la consideración de ladrar. ¡Para una vez que quería que estuvieran!... Soltó la mochila en el sofá y se sentó con los brazos cruzados, iba a esperarles allí, ya se había decidido cuando alguien llamó a la puerta. Sarah pensó en Bill. En días como aquellos cuando coincidían lo justo, pasaba por su casa, charlaban un rato y después iba a la suya entre acelerones de Kawasaki. Fue hacia la puerta, pero no era Bill quien esperaba al otro lado, de nuevo era Jareth. Sarah la cerró. Su corazón volvía a latir desbocado cuando escuchó una voz a su espalda. –Una simple puerta no puede detenerme. –¿Entonces para qué llamas? –consiguió decir con esfuerzo. –Mera formalidad, intento pasar desapercibido –dijo pausado, pero el tono no funcionó. Sarah temblaba de rabia teniéndolo delante con aquella falsa apariencia. No solo había regresado cuando le pidió que la dejara tranquila, lo hacía sin el menor decoro: estaba en su

casa vestido como si fuera alguien normal y corriente. Para colmo le decía que intentaba pasar desapercibido cuando se presentó ante todos en la universidad con el consiguiente revuelo. No quería preguntarle nada, quería que se marchara de una vez, pero al tiempo sí deseaba hacerlo. Fue él quien interrumpió el dilema de Sarah. –He venido a darte un mensaje –dijo ceremonioso. Se sentía extraño al tenerla tan cerca, al verla de frente y volver a notar el peso de sus ojos verdes clavándose en los suyos. Eran capaces de juzgarle de modo implacable, siempre lo hicieron y en aquel momento cuando Sarah continuaba en silencio temblando de rabia, eran más virulentos que nunca. –¿En serio? –dijo ella con los dientes apretados. –Sí. –¿Y puede saberse de quién? ¿Alguna hormiga me echa en falta? –No, no se trata de eso –dijo Jareth notando cómo los cuchillos le pasaban silbando por la oreja. –¿Entonces de qué se trata? ¿Qué justifica que OTRA VEZ rompas tus promesas? –No estoy rompiendo ninguna promesa –respondió él intentando que el tono de voz no delatara lo profundamente herido que estaba por sus palabras, y ante todo, lo terriblemente enfadado que comenzaba a sentirse. –¿Ah no? Volver a buscarme entonces no es romperla, claro… Eres despreciable, Rey de los goblins. –¿Quieres escuchar lo que tengo que decir? –No, no quiero. No quiero saber nada de ti. –No se trata de mí –dijo elevando el tono, entonces Sarah pareció contener el siguiente reproche a la espera de que continuara–. Ya sé que mi suerte no te importa. –No, para nada, parece que no quieras darte cuenta. Ni tu suerte ni la del Laberinto, ni la de NADA que tenga que ver contigo o lo otro. No me puedo creer que te hayas atrevido a molestarme otra vez. No tienes ni idea de todo lo que he pasado por tu culpa, de lo mucho que te odio y te desprecio –él se sintió a punto de explotar, aún así continuó sin decir palabra–. De verdad, ¡NO QUIERO SABER NADA DE TI! ¡ENTIÉNDELO DE UNA VEZ! –¿TAMPOCO QUIERES SABER NADA DE TUS AMIGOS? –gritó él, entonces fue Sarah quien tuvo que callar. De todos los argumentos que podía haber utilizado, echó mano del único que podía hacerla esperar con ansiedad noticias de los que dejó atrás tan repentinamente–. De ellos sí ¿verdad? –dijo el Rey con un reproche. –¿Qué pasa con ellos? –preguntó pensando en Ludo y Dydimus. Hoggle estaba a salvo, de eso estaba convencida. –Están en peligro, eso pasa.

–¿Por qué? –Por tu culpa –dijo el Rey sabiendo que esas palabras eran las peores que podía elegir. –¿Por mi culpa? ¿Por qué? –Porque cuando estalló la guerra contra las hormigas me rogaste que los pusiera a salvo y yo no tuve más opción que obedecerte, como siempre. –¿Qué les hiciste? –Inventarme una excusa y enviarlos a un reino vecino. –¿Y qué les han hecho en ese reino? –Nada de momento, pero se lo harán, de eso me han informado los propios reyes y es lo que he venido a contarte. –Bueno majestad –se mofó Sarah–, pues soy toda oídos –Jareth le dedicó una mirada furiosa antes de continuar. –Los sybaros aparecieron en el frente, no de modo activo pero los vieron rondando por allí. Cuando me enteré insistí en que Ludo y Sir Dydimus les llevaran una carta, así los quitaba de en medio… –¡Qué generoso, seguro que lo hiciste porque no querías que hubiera víctimas! –le interrumpió Sarah amargamente, recordando a Sofía. –…y lograba cumplir lo que te prometí. Después regresaste a tu mundo, pero ellos se quedaron allí. Ahora reclaman mi presencia para que vaya a liberarlos. –¡PUES VE A LIBERARLOS! ¿¡Cuánto tiempo has dejado que estén allí encarcelados y… ¡jodidos! mientras tú estabas haciendo vete a saber qué en tu maldito castillo!? ¿Qué tipo de Rey eres tú? –recriminó ella. –Un Rey monstruoso, lo has experimentado en tus propias carnes, no sé de qué te sorprendes –respondió terriblemente ofendido–. Por mí tus dos pulgosos amigos podrían pudrirse en el castillo de los sybaros. –Eres lo peor ¡la peor persona que he conocido y conoceré jamás en mi vida! –le gritó Sarah. –Posiblemente sí. –¿Has venido a propósito para decirme que vas a dejar morir a mis amigos? ¿En serio, Jareth? –preguntó conteniendo las lágrimas. –No Sarah, he venido porque he decidido darte la oportunidad de elegir su suerte. Quiero que me digas qué va a ocurrir con ellos. Yo SIEMPRE acabo errando en mis decisiones, así me lo has hecho saber todo este tiempo, y cuando más me equivoco es cuando hay alguna vida de por medio –dijo sarcástico. A Sarah no le pasó por alto la velada mención de Sofía, pero estaba

demasiado preocupada por sus amigos como para seguirle el juego–, así que lo que les ocurra va a ser solo cosa tuya. Viéndola pensativa, dudando, preocupada por lo que acababa de decir como si todo lo anterior, lo mal que él lo estuviera pasando no importara nada, Jareth se levantó del asiento para dirigirse a la puerta de entrada. –¿¡Dónde vas!? –Ya he dicho lo que tenía que decir, me vuelvo a mi mundo –dijo angustiado. –¿Sin más? ¿Me dices eso y te vas a tu castillo? ¿Qué se supone que tengo que hacer? –Sarah, tú decides, ya te lo he dicho. –¿ Pero cómo que yo decido? ¿Cómo puedo salvarlos si tú no lo vas a hacer? ¡Espera, Jareth! –pidió cuando él ya abría la puerta. –¿Qué? –Quiero ayudarles, llévame con los sybaros y… –pero Jareth la interrumpió sonriendo cansado. –No sabes lo que dices… Son peligrosos, no se parecen a las hormigas. –Claro, ellas eran angelitos, ¿no? –Mira Sarah, tendrías que pensarlo bien. Si te decides a hacerlo tendrás que hacerlo sola, yo no tengo intención de acceder a los deseos de esos seres –y así era en realidad, aunque saber que ella andaría tan cerca hacía que el peligro empezara a resultarle atractivo, poco pero algo. –Eres un cabrón egoísta… ¡están allí por tu culpa! –No es mi culpa, ¿es que no escuchas cuando te hablo? Están allí porque TÚ quisiste que estuvieran. –No perdona, yo no quise salvarlos enviándolos a un lugar peor que los hormigueros – Jareth levantó los hombros. Si Sarah no quería entrar en razón no lo haría por más que intentara hacerle ver que no era ni un monstruo ni un asesino en potencia–. ¿No vas a decir nada? –Cuando hayas pensado qué vas a hacer dilo, yo andaré cerca. –¿Cómo te lo hago saber? –Seguro que encuentras el modo. –Es increíble, increíble… –Cuando lo hayas decidido te llevaré hasta allí. Antes prepararás todo cuanto necesites, es una zona boscosa.

Y tras añadir aquello se marchó. Esa noche Sarah no pudo pegar ojo. Si en su momento verle en la lejanía ya le produjo lo que le produjo, encontrarlo en la proximidad, hablar con él, no podía hacerle efecto peor. No sentía nervios, ni siquiera miedo por el regreso, era rabia. Verlo tan entero e impasible comunicándole la noticia cuando él era el único responsable de la suerte que estaban corriendo Ludo y Dydimus hacía que le hirviera la sangre. Fue lo que ocurrió, mientras en el salón se desembarazaba del asunto como si nada. Sarah no temía ir al rescate de sus amigos, ya se internó una vez en un mundo desconocido para salvar a su hermano, no era eso lo que le enfurecía, era la pasividad de Jareth, que había vuelto a mover el universo para decirle “tienes un problema, nena, arréglalo como buenamente puedas”. Durante la recuperación tras su vuelta a casa tuvo momentos en que pensó con amargura que nunca debió leer el libro y si lo hizo debió tatuarse las palabras para no cometer en el error de olvidarlas nunca, pero en esos momentos, acostada en la cama dando fieros tirones a las sábanas, no sentía el menor asomo de amargura, sino alivio, un alivio enfermizo que se alegraba porque el vínculo que pudiera haber tenido con aquel hombre jamás se llegara a producir. Si se hubieran casado… No, es que no soportaría ser la esposa de alguien como él. Antes lo intuyó, pero entonces tenía la certeza: si se hubiera casado con él, habría muerto hacía mucho, no podría soportado. Sí, se quisieron, en realidad podría decirse que fue más que amor… No, tampoco era cuestión de engañarse a sí misma a esas alturas: Sarah vivía por y para Jareth, lo dio todo en aquella relación pese a lo catastrófica que fue desde el primer momento. El colmo fue el tema de la boda, la picadura y todo lo que pasó después, pero aún así estuvo dispuesta a abandonarlo todo, e hizo del Laberinto su hogar y de él su religión… ¡Qué equivocada estaba!, pensó entonces con amargura. Mientras ella se rompía de amor por el Rey goblin, él visitaba otra cama en su mundo. Sí, Sofía estaba muerta y aquello continuaba pesando en su conciencia pese a que ella no tuvo la culpa, pero la realidad fue que Jareth la engañó y Morgan tenía razón: el Rey de los goblins finalmente no se estaba preocupando por poner el reino a salvo, ni mucho menos… Estaba extraño ¡claro! porque en realidad tenía otras cosas en la cabeza. *** El amanecer la encontró tal cual se metió en la cama: despierta, enfadada y rabiosa. De camino a la universidad –tampoco sus padres le dieron tregua esa mañana–, su ánimo se fue debilitando más por cansancio, y esa debilidad que le produjo el pensamiento único de toda la noche. Sarah recordó mientras caminaba por la avenida, las cosas buenas, los grandes momentos que había vivido con aquel rubio bastardo. Le entregó su virginidad y sí, por pocas su mano aquella segunda vez previa a la guerra. También con él conoció la única referencia que tenía de lo que otros debían tener por “felicidad”. Vivió el sentimiento pleno, aquella corazonada de que nunca podría estar mejor que a su lado, y el amor sí, también le amó desesperadamente… ¡Qué ironía! Ya recorría los pasillos del edificio cuando unas voces llamaron su atención. De nuevo eran Mina y sus amigas riendo estúpidamente. Sarah rogó que no fuera él de nuevo el causante del

alboroto, pero como venía siendo costumbre volvía a estar equivocada. En esta ocasión Jareth lucía un pantalón gris perla de corte elegante, un jersey donde sus clavículas quedaban al descubierto y unos extremadamente lustrosos zapatos ingleses. Mina le sonreía frente a frente. «Cabrón hijo de puta…». Echando mano de toda la dignidad que pudo encontrar tras las largas horas de insomnio, hizo como si no hubiera visto nada y continuó su camino dejando aquello atrás. Por supuesto que si el plan para que le encontrara era acosarla y presentarse por todas partes, iba a resultar sencillo. La noche anterior se imaginó llamándole a través de un espejo… ¡Qué imbécil!

Mina llegaba tarde a clase, pensó Sarah dejando sus bultos en el suelo, junto a la mesa del laboratorio. Por supuesto estaba demasiado ocupada con él como para darse cuenta de que el timbre había sonado hacía más de cinco minutos. Ya creía que no la iba a ver esa mañana cuando alguien dio unos golpes en la puerta y, seguida por una mirada asesina del profesor, Mina se sentó junto a ella con su espléndida sonrisa. ¿Qué diablos se habría inventado Jareth para justificar las entradas y salidas de la universidad? ¿A qué estaba jugando? ¿Realmente le interesaba Mina o solo lo hacía por joder? Puede que su intención fuera simple y llanamente pasar un buen rato con ella, Mina era muy atractiva, además lucía siempre, nevara o tronara, un escote de esos que cautivan miradas por los pasillos. Sí, posiblemente ese malnacido quisiera beneficiársela… Pues bien, no era su problema; si Jareth quería acostarse con ella era completamente libre de hacerlo, total, Sarah no le había importado nunca, a la vista estaba. La clase llegó a su fin sin que se diera cuenta. Cogía la bolsa del suelo como si fuera una zombi cuando una voz femenina llamó su atención. –Hola –al levantar la cabeza allí estaba la nueva víctima de Jareth con su blanca y radiante sonrisa. –Hola –respondió ella con sequedad. –Qué rollo de clase, ¿verdad? –Sí. ¿Qué quieres? –Charlar un rato, creo que nunca nos hemos tomado nada juntas y bueno, podríamos hacerlo algún día. –Sí, algún día.

–¿Qué te parece hoy, ahora? –Me parece que no. ¿Qué quieres, Mina? –preguntó cansada de aquello. –Lo que te he dicho, tonta –rió la otra derrochando estupidez–. Conocerte un poco, bueno, y también si quieres podríamos hablar de tu amigo. –¿De cuál? –preguntó sabiendo de antemano la respuesta. –Del de los ojos bicolor… Aún no me ha dicho como se llama. –No es mi amigo. –¿En serio? Pues él dice que sí, de hecho para convencerme de que pose para él me ha dicho que hable contigo, que tú me puedes dar referencias –dijo guiñándole un ojo–. No sabía que te codearas con gente tan interesante. –¿Que poses para él? –Sí, para sus esculturas. Dice que tiene un montón en su casa, que por lo visto debe ser como una mansión. ¿Lo es? Me ha dicho que tú has estado. –Mira Mina, ahora mismo no estoy de humor para esto –dijo Sarah saliendo de la clase dejando a la otra confusa y con cientos de preguntas en la boca sobre el famoso artista que quería añadir a su listado de conquistas. Las siguientes horas fueron un castigo, pero más habría sufrido pensando que efectivamente la suerte de Ludo y Dydimus al Rey se la traía floja. Jareth era un cabrón, un egoísta y la peor persona de este universo y el que fuera el suyo. «¡Bastardo!», pensaba con ganas de gritarlo a los cuatro vientos. Se lo estaba pasando genial en su mundo, claro que sí, ¿qué más podía necesitar él, un ególatra resuelto, que la adoración de una tipa guapa? Era eso, claro. Con Sarah fuera de combate y la otra hecha trocitos necesitaba una nueva a quien trajinarse, por eso no se marchaba de allí. No le estaba dando tiempo para decidir, como dijo, ¡qué va!, él sabía de antemano que Sarah regresaría al Laberinto, lo que no quería era que cuando él también volviera, la habitación blanca que compartieron estuviera esperándole vacía. A él no le preocupaba nada más que su disfrute, por él se podían fundir universos, que mientras estuviera bien acompañado aquí paz y luego gloria. Bill la encontró en el lugar de costumbre, el banco del jardín donde solían comer sus bocadillos, solo que ese día Sarah estaba dispersa y ni siquiera se dio cuenta de que había aparecido ni cuando le tuvo sentado al lado. El motivo de la dispersión era sencillo: buscaba a Jareth. Cuando Bill le tocó el hombro a modo de saludo, no reaccionó demasiado bien. No obstante su fiel amigo recibió los improperios de Sarah con calma, paciente; la culpa había sido suya por no hacer más ruido. Además, no podía enfadarse con ella por tener esos arranques de vez en cuando, a Bill no se le olvidaba que Sarah lo pasó realmente mal hacía más bien poco. Debía aguardar antes de proponerle una cita, seguro que si era paciente las cosas empezarían a funcionar bien entre ellos…

Sarah estaba muy lejos de Bill, tanto que no comprendía ni siquiera de qué iba la conversación en que intentaba envolverla, estaba ocupada en otros asuntos. No podía estar celosa, Jareth le producía repulsión, pero seguía teniendo unas ganas locas de encontrarle, y allí, en mitad del campus, gritar a los cuatro vientos que era un grandísimo hijo de puta. El deseo se materializó más pronto que tarde. Antes de que Bill diera el primer mordisco a su bocadillo, Jareth apareció en el jardín de la universidad acompañado de Mina, que hablaba divertida mientras intentaba seguirle el paso. En cuanto vio a Sarah sentada al fondo le saludó con la mano, ella no tenía intención alguna de responder. Fue entonces cuando pidió a Mina que esperara unos momentos para acercarse a la pareja y, en el más cordial de los modos, hacerles llegar un nuevo saludo. –¿Cómo van las cosas? –Bien –respondió Bill encantado al poder estudiar de cerca al tipo que había causado semejante revuelo en la universidad. –¿Y tú, Sarah? ¿Lo estás pasando bien? –Tenemos que hablar –dijo levantándose para llevarle arrastrado del brazo hasta un aparte. Una vez se aseguró de que nadie les escuchaba…–. ¿A qué estás jugando, Jareth? –Ahora mismo a nada, pero te contaré esta noche. –¿Te estás riendo de mí? ¿Qué haces en la universidad? –Socializar, de vez en cuando está bien variar de compañías. –¿Y tienes que hacerlo aquí, yendo y viniendo, haciendo el ridículo? –¿El ridículo? No creo –se sorprendió él. –¿Cómo que no? ¿De qué vas? Te paseas por aquí sin más ni más, como si esto fuera un antro goblin ¿y te parece que es super normal? –Estoy buscando una musa, soy un escultor que ha venido hasta aquí para encontrarla, ¿no te parece que mi comportamiento es razonable? –¿No te parece que en vez de buscar musas –escupió Sarah– deberías estar haciendo algo útil por los tuyos, por tu real vida? –Y lo estoy haciendo, pero tenía muchas ganas de conocer otros mundos, además… –Claro, y tenías que venir a este porque nunca habías estado, ¿verdad? –Lo cierto es que me gusta lo que hay aquí. No te des por aludida, no hablo de ti –dijo echando una ojeada a Mina, gesto que a ella no le pasó inadvertido. –Mira, si la quieres lo único que tienes que hacer es chasquear los dedos, ¿sabes? Deja de venir aquí como si tuvieras DERECHO a hacerlo. ¿Quieres conservar algo de dignidad? Pues DESAPARECE.

–Oh… qué poco afortunadas palabras. Tengo derecho a hacer lo que me place, lo sabes bien. Nada de lo que digas, por más intención que pongas, va a hacer que olvide quién soy, Sarah, en tu mundo o en el mío: soy El Rey de los Goblins. –Precisamente, Jareth. Parece que no recuerdas dónde está tu lugar. ¿Qué vas a hacer con ella, llevarla al Laberinto? –Ese no es problema tuyo. –Te estás comportando como un puto gilipollas, es como si hicieras esfuerzos por ser más idiota cada vez. –¿Por qué dices eso, porque me sienta libre para hacer lo que me place? ¿Por Mina? ¿Estás celosa?... Es una chica muy simpática, parece además DÓCIL, y dispuesta a pasar un buen rato conmigo. Tiene todo lo que hay que tener para inspirarme. ¿Te molesta? ¿O es que no quieres que esté contigo pero tampoco con ella? ¿Por qué tipo de desgraciada criatura me tomas? –¿Pero qué…? ¿Quién ha dicho eso? No puedes ni siquiera hacer el esfuerzo de entender que… –No quiero hacer el esfuerzo, Sarah, ya he hecho bastantes esfuerzos todo este tiempo. Si te molesta lo que ves sencillamente no lo mires –dijo comenzando a caminar de regreso hasta la mesa donde Bill ya acababa su comida–. Mina es una chica increíble y muy guapa. Es la modelo perfecta –dijo haciéndole un guiño a Bill que él respondió. El género masculino muchas veces no precisaba más para ponerse en la mente de un compañero. –Pues que lo disfrutes –respondió ella a una pregunta que nadie le había hecho. Mientras se alejaba regresando con Mina, Sarah dirigió una mirada desafiante. No era un escultor, no era un hombre buscando la musa, tenía razón, era el puto Rey de los Goblins haciendo cuanto le daba la gana quien habló con ella. Pero había una cosa que cambió con el tiempo, tras los encuentros y tras tantas idas y venidas emocionales: sus veladas amenazas no le impresionaban. Tras tanto tiempo al fin Sarah le había perdido el miedo incluso teniéndole de frente. –Qué majo es tu colega. Me gustaría hablar con él para que me cuente de qué va todo el rollo ese de la escultura. Parece un buen tipo. –No lo es. *** No acudió a las siguientes clases, por primera vez se las saltó alegando encontrarse mal, pero en realidad lo que deseaba más que nada en el mundo era no volver a encontrarse con él y si debía hacerlo, saber que al menos sería de las últimas veces, porque ese algo que había venido a decirle, esa nota de rescate que le llevó, ya no volvería a ser el motivo: Sarah estaba dispuesta para ir a Sybare. En cuanto llegó a casa recogió unas cuantas cosas metiéndolas en su mochila de cuero marrón. Guardaba un par de calcetines cuando alguien llamó a la puerta, pero decidida a

ignorar a todo el mundo y dispuesta a aprovechar que estaba sola durante un rato, no abrió. Al instante Jareth se presentó en su dormitorio, de aparente mal humor. –¿Has huido? ¿No querías verme? –No quería verte pero no me he ido por eso… ¡Sorpresa! No todo el universo gira en torno a ti –reprochó Sarah. –¿Preparas el equipaje? –Evidentemente. Quiero ir a por Ludo y Dydimus, y quiero después recuperar mi vida –«y que desaparezcas». Nunca había despreciado tanto a nadie... Sin embargo él parecía extrañamente feliz. Aquella sonrisa que Sarah tomaba por la confirmación de que Mina era la siguiente, la próxima que caería en sus brazos, en realidad no era tal. Jareth había sido testigo en primera persona de cómo el favor hacia otra humana encolerizaba a Sarah. Aquello le produjo una pequeña satisfacción que llevaba demasiado tiempo sin sentir. De todos modos no se arrepentía del enfado, era lo único a lo que podía aspirar de la mujer por quien dio la vuelta al mundo y cambió el orden del tiempo. –Tu mundo no es tan malo como imaginaba –comentó más para entablar conversación que otra cosa–, realmente lo pensé distinto cuando venía a observarte. –Ya venías antes, seguro, pero te entiendo… Todo te está saliendo todo redondo. Estarás encantadísimo. –Si lo hubiera sabido habría venido más. –Has perdido el tiempo hasta ahora, está claro –reprochó ella, y pensó que tras decirlo el asunto quedaría zanjado por su parte, pero una brasa que ardía leve, casi imperceptible en lo más interno de su pecho, se encendió, y lo hizo clamando sacar a relucir todas las cosas que había estado callando durante sus semanas en silencio–. Eres un cabrón, Jareth. –No sé a qué te refieres. –Después de todo el daño que me hiciste –dijo ella dejando las cosas que guardaba en su bolsa de mala manera, decidida a encararlo–, después de todo lo que tuve que pasar por tu culpa, vuelves a mi mundo para seguir haciéndome daño. –No he venido a hacerte daño –comentó haciendo aparecer la bola de cristal con la que pensaba transportarlos hasta Sybare. –Sí lo has hecho. Si tu idea no fuera esa, al menos habrías intentado salvar a mis amigos antes. Pero no, vienes con una ridícula carta para que yo lo haga, además diciendo que no moverás un dedo. Te inventas una identidad absurda y te paseas como un idiota por mi universidad. ¿Crees que no lo veo? –Sarah, lo que creo es que aún piensas que tengo algún interés por ti.

–Me da igual si ahora te interesa Mina, Jareth, pero por lo que tuvimos, por lo bueno que vivimos juntos, deberías haber sido más persona. –Pero yo no soy una persona, soy un monstruo –dijo desafiante apoyando un hombro contra la pared, relajado en apariencia–, eso me dijiste. –¿Y te dolió?... Pues no sabes cuánto me dolió a mí ver morir a Sofía, que era exactamente igual que yo, y lo mejor de todo: descubrir que no había llegado casualmente a tu vida, sino que en todas esas veces que te busqué y no estabas, te estabas acostando con ella mientras yo pensaba que mi maravilloso prometido luchaba contra viento y marea para proteger su pueblo. –¿Cómo sabes tú eso? –preguntó lívido. –¿Qué más te da? ¿Te importa algo más que tú mismo? –preguntó Sarah notando rodar la primera lágrima. Jareth no se enterneció al verla, sintió la ira despegar. –Es gracioso que seas tú quien me dé lecciones ahora de qué está bien y qué no, sobre todo después de abandonarme por salvarte la vida, después de todo lo que hice y he hecho siempre por ti. –No has hecho nada por mí. Sofía no murió para salvarme, murió para salvarte a ti y a tu reino. Tú no me querías, Jareth. –Cállate Sarah, no tienes ni la más remota idea de lo que dices… ¡NI LA MÁS REMOTA IDEA! –dijo lanzando una bola de cristal contra el espejo de su dormitorio–. Nunca hiciste un mínimo esfuerzo por entender el por qué de las cosas, JAMÁS lo intentaste. Dices que con toda la desfachatez del mundo he vuelto para poner en tus manos la suerte de mis goblins, y ni siquiera te has parado a pensar por qué lo he hecho. Eso no es una novedad: jamás piensas que tenga un motivo para hacer las cosas. Pero te diré que tienes razón en algo, sí que visité a Sofía mientras estabas en el castillo, sí le hice el amor y jadeó como tú nunca lo harías. ¿Por qué lo hice? Eso ya no importa. Diga lo que diga tú, como siempre, sacarás tus propias conclusiones y dará igual que tenga un motivo o no. Siempre da igual. –O sea, me estás diciendo que te acostabas con ella, lo estás reconociendo y ¿ENCIMA me pides que te vea inocente? No Jareth, mis disculpas por haberte insultado antes, no eres un bastardo, eres un GRANDÍSIMO HIJO DE PUTA. –Se acabó, me he cansado de esto. ¿Quieres que sea así? Pues lo seré, todo lo malo que deseas… No voy a llevarte a Sybare. Si quieres que tus amigos vivan arréglatelas para llegar

hasta allí, no mereces más favores –dijo dándose la vuelta en dirección a la ventana. Estaba dispuesto a regresar al Laberinto solo, y allí quien sabe, quizá hubiera alguna navaja disponible para acabar con su sufrimiento. –¡No puedo llegar sola hasta allí! –¡Haberlo pensado antes, niñata insolente! ¿Quieres que sea tan malo como en tus fantasías? ¿Quieres realmente sentir la crueldad de un rey goblin? Pues tómala, y disfrútala, porque es toda tuya. –Ojala no te hubiera conocido nunca, ojala no hubieras existido. No mereces ni respirar – dijo Sarah llorando de rabia–. Ojala nunca hubiera dicho las palabras… –Fuiste una niña idiota. De haber tenido amigas y haber jugado con ellas nos podríamos haber ahorrado todo esto. –…ojala no hubiera encontrado el libro. Una bofetada, aquello fue como una bofetada para el Rey. Había perdido los papeles frente a ella, cierto, pero aún en el momento más álgido de la discusión, jamás hubiera dicho que se arrepentía de todo lo sucedido, incluso de lo bueno, ni que deseara no haberla conocido nunca. Jareth no temblaba de ira porque llevaba demasiado tiempo sin recibir un estímulo tan potente como para provocárselo, sólo se murió en aquella habitación. Dejó de ser quien era y pensó una vez más en lo que había dicho Sarah: ojala no hubiera encontrado el libro… Él que se lo quitó a Sofía y dejó al alcance de su mano, él que despertó porque Sarah lo leía, él que no podía vivir sin ella sintió el aliento de la muerte. Todo estaba perdido. No podía hacer más que recordar el orgullo mostrado instantes antes como si hubiera pasado una eternidad, hacer aparecer una nueva bola de cristal e indicar a Sarah que cogiera la bolsa. –¿Qué? ¿Me vas a llevar? –Deja una nota a tus padres, no estarás aquí para la cena –dijo Jareth pensando que después de llevarla a casa no volvería al Laberinto. Merecía abrazar la muerte en el castillo blanco, donde nunca vería la luz y nunca, jamás, volvería a ser el Rey de los goblins. –¿Tan pronto terminará todo? –Sí. A continuación hubo un momento incómodo. Por primera vez desde que ocurrió todo, Sarah tenía que volver a acercarse a él, abrazarse a su cintura como lo hizo antes e inhalar el perfume que tanto extrañó. Puso una mano a la altura de su cadera, la otra en su pecho, dejó descansar la frente al otro lado, inundándose muerta de rabia por ser tan débil, de quien adoró en noches de amor y ternura. Cerró los ojos… …los abrió para contemplar el Laberinto. *** –¿Qué hacemos aquí?

–Debes llevar equipamiento adecuado –dijo Jareth separándose de ella en la sala del trono. Se internó por una pequeña puerta lateral, la que daba a los calabozos y por donde aquella noche dejó que Morgan escapara. Nada seguía como recordaba. Pareció que la sala del trono nunca se hubiera repuesto del temblor de las hormigas. Las piedras se repartían por doquier, una pared estaba casi derruida. Se asomó para contemplar el reino desde allí, el Laberinto que había extrañado también mostraba una imagen que le erizó el vello: devastación, como si de aquella aventura vivida entre sus quiebros y rincones hubieran pasado cientos de años. La vegetación cerraba muchos caminos, incluso los muros parecían más bajos que antes, había agujeros en las paredes y los pocos goblins que vagaban por allí, como si fueran almas en pena, estaban desorientados y más harapientos que de costumbre. Ante la visión catastrófica, Sarah bajó las escaleras que daban al gran comedor. Sintió un escalofrío al ver que el caos también se había instalado en aquella planta. ¿Qué había ocurrido? Cuando ella quedó al mando del castillo trató por todos los medios de que volviera a mostrarse en todo su esplendor. Miró desubicada hacia todas partes hasta reconocer una pequeña figura tratando de encender fuego junto a la chimenea. Era Pelusilla, estaba casi convencida. Se le acercó por detrás sintiendo el corazón palpitar. –¿Pelusilla? –¿Qué quieres? –preguntó ruda la goblin sin volverse para ver quién le hablaba. –Pelusilla soy Sarah, su ilustrísima majestad –se corrigió, dudaba que la goblin recordara su nombre de pila. La goblin se volvió lentamente, con un gesto extraño en los labios y mirada desconfiada. –¿Qué haces aquí? –volvió a preguntar sin el menor signo de simpatía. –He venido a rescatar a Ludo y Sir Dydimus. Pero ¿cómo estás? ¿Cómo te ha tratado el tiempo? ¿Y Hoggle, dónde está él? –preguntó intentando no ofenderla al percatarse de que la “juventud” de la goblin, era solo un recuerdo. –Hoggle está en los hormigueros, el Rey le pidió que fuera hasta allí. Y a mí me va mal, muy mal, todo por tu culpa, no sé cómo tienes la desfachatez de volver. –¿Cómo? –Nada, márchate a tu mundo y déjanos tranquilos, bastante daño has hecho ya. –¿Yo? Pero, ¿cómo? ¡Ni siquiera he estado aquí! –Precisamente. Abandonaste al Rey y el Laberinto comenzó a desmoronarse. El Laberinto no sobrevive sin el Rey, y el Rey por pocas muere cuando te marchaste. Jamás se ha podido recuperar y ha sido todo por culpa tuya. Y ahora vuelves –Pelusilla se detuvo para tomar aire, empezaba a tener los carrillos de color verde pálido–, ahora vuelves y quieres ser amiga de todos, pues no, no serás amiga de Pelusilla, no señor, niña tonta.

–Yo…

–Tú nada. Nadie quiere escucharte, nadie te quiere aquí salvo el Rey, él sí lloraba por tu regreso mientras nuestro mundo se caía a pedazos. Le dijimos que no fuera a buscarte de nuevo, que se olvidara de ti, pero él quiso que salvaras a tus amigos para resarcirse de lo que le pasó a la señorita Sofía. ¡Qué niña más tonta eres! ¿La entregó a ella en vez de a ti para salvarnos a todos? Ohhh… ¡Qué pecado tan enorme hizo mi señor estando en guerra! Mi hermano no volvió de allí, ¿sabes? murió para ponerte a salvo, y tú abandonaste al Rey por querer sacrificar a una para salvar a todos. No te voy a perdonar y mi cuñada tampoco, no mereces estar aquí cuando tres mil goblins murieron siguiendo al Rey para que tú vivieras. No mereces que él te ayude ni nada del Rey de los goblins, es más, el Rey debería darte una patada y… –Pelusilla –llamó Jareth conciliador desde las escaleras. La goblin, tras echar una mirada de odio a Sarah, corrió hasta él haciendo una inclinación para desaparecer por el pasillo de las cocinas–. Ten –dijo tendiéndole otra bolsa a Sarah–, esto será más útil que lo que llevas ahí. –Gracias –respondió aún aturdida por el encuentro con la goblin. –Te llevaré a Sybare –dijo Jareth haciendo aparecer una nueva bola de cristal. En esta ocasión no pudo contenerse y mientras Sarah se abrazaba a su cintura él la rodeó por los hombros apoyándole la mejilla en el cabello. También había extrañado aquel aroma. *** –Esto es Sybare –dijo cuando abrió los ojos, la oscuridad se había hecho dueña de los de Jareth que parecían casi del mismo color. Sarah se los quedó mirando, sintiendo algo extraño en el estómago ¿qué era? ¿por qué venía entonces?–. Ya puedes soltarme –pidió él notando todavía el férreo abrazo de la que un día fue su reina. Acto seguido Sarah le liberó impresionada…

Sybare era blanco, como nevado pero manteniendo una agradable temperatura de veinte grados. Más que un reino parecía una colina coronada por un enorme castillo pálido. Sarah recordó haber leído un libro de anillos y señores donde el palacio élfico podría haber sido perfectamente aquel. Precediéndole podía percibirse un camino también blanco, del que sólo les separaba un pequeño conjunto de árboles; nada denso, nada espeso, podrían haber sido los mismos que había en cualquier parque de su ciudad. –¿Vas a acompañarme al castillo? –preguntó. Se sentía extraña, todavía los reproches de Pelusilla bailaban en sus recuerdos. –No, no pisaré este bosque, pero te diré dónde están las celdas… En la parte del castillo más alejada de la puerta principal encontrarás unas escaleras que suben, allí estarán tus amigos. –¿Los calabozos están arriba? –Estos sí. Bajo el castillo hay una caída enorme, al otro lado de esta colina no encontrarás tierra, encontrarás solo agua. Los sybaros agujerearon las celdas invitando a los presos a marcharse ellos mismos sin necesidad de que nadie más se ensuciara las manos. –Entiendo. –Pero el primer peligro al que debes enfrentarte es el bosque. –Esto no es un bosque, son árboles. –Piensas que lo sabes todo... Aquí nada es lo que parece –dijo él–. Godrick y Anöuk intentarán engañarte, intentarán que negocies con ellos, también las panteras te engañarán, y tú caerás en sus trampas. –Gracias, veo que tienes mucha confianza en que el rescate salga bien –replicó irónica. –No saldrá bien, ya te dije que ellos no son como las hormigas, no actúan en masa, son inteligentes… –¿Y piensas que yo no? También pensaste que no podría encontrar el camino hasta el Laberinto y lo hice –dijo Sarah en un arrebato de orgullo. Lo que le faltaba, tener que soportar sus paranoias. –Sé que eres osada en vez de inteligente, sé que eres impulsiva en vez de cauta. Sé que no darás media vuelta por más que te lo ruegue. –No lo haré –Jareth asintió–. No les dejaré. –Ya, a ellos no… –observó dolorido. –No. Son inocentes, no merecen acabar sus días encerrados. –No… Lo lamento, me equivoqué, no debí enviarles con la carta. Esto es culpa mía. –Pues ven a ayudarme, enmienda tu error.

–No puedo, de verdad. Hace tiempo tuve algo que ver con ellos, ahora lo más cerca que puedo estar de Sybare es aquí, en la entrada del bosque –confesó–. En cuanto lo pise aparecerán las panteras y ninguno tendrá posibilidad de salvarse. –¿Pero por qué? ¿Qué quieren de ti? –No te lo puedo decir –«lo quieren todo de mí, absolutamente todo, hasta a ti», pensó Jareth. –Bien, pues quédate, huye, vuelve a tu castillo a ponerte a salvo, abandónanos, no temas, sabremos cuidarnos –dijo Sarah a punto de llorar de pura impotencia–. Sobreviviremos, y no habrás tenido nada que ver. –Lo siento Sarah. –No sientes nada… ¿Por qué ahora te disculpas y hace escasos minutos eras un gilipollas impertinente? –estalló ella sintiendo formarse un agujero en el pecho. –Porque ahora no estoy actuando –dijo él dándose la vuelta para hacer aparecer una nueva bola de cristal–. Sé cauta y más lista que ellos, por favor. No les des nada importante a cambio, recuérdalo. –¿A cambio de qué? ¿Qué van a pedirme? –Cualquier cosa. –¿Crees que lo conseguiré? –preguntó con el corazón en un puño. –Depende íntegramente de ti, yo poco puedo hacer. –Bueno, entonces de verdad te vas –dijo en un último intento porque demostrara su arrepentimiento. –No tengo más opción. –Seguro que sí, ¡siempre se puede hacer algo! –exclamó enfadada. Por un momento había pensado que si se quedaba a su lado también habría alguna oportunidad para arreglar lo suyo, pero no, Jareth en definitiva quería marcharse… –Adiós Sarah, ten cuidado. –Adiós Jareth –dijo internándose en los árboles herida, tomando dirección al castillo. ***

Tenía razón, al menos en lo que al bosque se refería, porque eso era, un bosque en toda regla, no un grupito de árboles inofensivos. Cuando el primer ocaso se le vino encima lo recibió con sorpresa, cuando lo hizo el segundo, pensó que alguien le estaba tomando el pelo, pero cuando llegó la tercera noche y seguía allí perdida en aquella maldita masa informe de árboles sin orden ni criterio, creyó estar volviéndose loca: era imposible salir de allí. Al ver desde fuera los árboles hasta pensó que todo iba a resultar mucho más sencillo de lo que Jareth le decía, pensó que estaba intentando meterle miedo por algún motivo, pero en aquellos momentos, sintiendo la impotencia de modo tan violento, solo pudo buscar cobijo entre dos árboles que parecían estarse quietos comparados con los demás, y allí estirar la manta que tuvo la precaución de meter en su mochila. Esa noche fue la más horrible. Recordaba las palabras de Pelusilla acusándole de ser egoísta cuando estaba dispuesta a enfrentar peligros continuamente, ya no solo por el Laberinto, también por los seres que vivían allí. Tuvo horas y horas de silencio que dedicar a Jareth y su actitud, aunque más que a la despedida, lo que le quitaba el sueño era lo que había visto en el castillo. ¿Realmente estuvo tan mal? ¿Realmente ella no tenía derecho a pedirle que la llevara de vuelta a su mundo? Pelusilla había emitido un juicio de valor viendo todo en primera persona, pero ¿acaso se había equivocado ella abandonándole? ¿Acaso él no había actuado mal sacrificando a Sofía para salvarlos a todos? No lo sabía. Algo en su interior, ese mismo algo que aparecía cuando se sentía más débil y más le echaba en falta, decía que la goblin tenía razón, que quizá había obrado mal, aunque de haberse quedado… ¿podría soportar saber que una humana murió fríamente por su culpa? ¿era justo convivir con ello? Se adormecía familiarizada con los ruidos de alrededor. En tres noches ya sabía distinguir a las ardillas grandes –como gatos-, de las pequeñas, también podía advertir cuándo uno de aquellos estúpidos árboles comenzaba a desplazarse para cambiar de ubicación sin seguir una rutina aparente, podía detectar el ruido que hacían pequeños pajarillos entre sus ramas, incluso llegó a escuchar olfateos cuando dormía, pero lo que no detectó fue al cazador que acechaba en la distancia, ni a él ni las fechas que disparó certero, dejando su ropa anclada al suelo mientras dormía. Algo frío le tocaba la mejilla. Sarah abrió los ojos lentamente volviéndose pesada para ver qué le estaba tocando la cara cuando se dio cuenta de que no podía moverse, solo girar la cabeza para encontrar a Morgan apuntándole con una de sus flechas, luciendo una sádica sonrisa. –Volvemos a encontrarnos, y lo hacemos como la primera vez: tú en el bosque, yo cazándote. –¿Qué haces tú aquí?

–Esa no es la pregunta, la auténtica incógnita es ¿qué haces tú? –He venido a rescatar a mis amigos. –¿Tus amigos?... ¿Ludo y Dydimus? –Sí –respondió fría. –No Sarah, esto es el destino, siempre acaba por reencontrarnos… –No es el destino, Morgan, es puta mala suerte –dijo ella intentando liberarse de las flechas que todavía la mantenían anclada al suelo. –…y esta vez te ha traído hasta mi nuevo hogar ¿no es precioso? –Estás enfermo –dijo asqueada. –Lo estuve sí, estuve loco, pero ahora soy un hombre nuevo –comentó mientras arrancaba la primera flecha del suelo–. Ahora veo las cosas más claras. Esperé poder olvidarte e hice la promesa de vengarme de ti y tu prometido, pero los sybaros me enseñaron… Ahora ya no soy el mismo hombre –repitió. Sarah casi soltó una carcajada. En el momento en que estuvieran solos pero con un lecho cercano, vería si Morgan decía la verdad o era otra de sus mentiras. –Levántate –le dijo–, he de llevarte al palacio. –¿Así, sin más? –preguntó con una ceja interrogante, dudaba que la cosa fuera a ser tan sencilla como Morgan quería hacerle creer. –Vámonos, esta noche hay demasiadas panteras al acecho –dijo atándole las muñecas y una especie de lazo al cuello. Tiró de la cuerda un par de veces haciendo que Sarah casi cayera de bruces. Cuando en uno de los tirones Morgan se volvió con una mirada sádica, Sarah supo que mentía: no había cambiado en absoluto. –¿Dónde hay panteras? Yo no he visto ninguna. –Ni las verás, tus ojos son demasiado inexpertos. Pero olvídalas y piensa en esto: por fin vas a devolverme una parte de lo que me quitaste. Esta noche voy a ser yo quien te encierre como a un animal… ¿No es bonito? Estarás tan cómoda como yo en tu palacio, mi reina. *** De malos modos hizo que sus huesos dieran en la celda que, tal como advirtió Jareth, se encontraban al fondo, con las paredes llenas de agujeros. Morgan cerró los barrotes mientras continuaba con su historia. –Cuando escapé de tu palacio… –Tengo que ver a los reyes, Morgan, hazme ese último favor.

–Cuando escapé de tu palacio… –repitió ignorándola. –¡No es mi palacio! –dijo con rudeza. Ni Ludo ni Dydimus estaban allí–. Por favor, llévame a verlos… –Cuando lo logré –continuó molesto, por tercera vez–, todos los goblins que quedaban en el reino tenían orden de capturarme, así que no me quedó más remedio que volver a huir. Ya había abandonado mi hogar, lo había dejado todo siguiéndote, todo fue culpa tuya. No tenía nada así que ¿dónde podía esconderme?... Tras meditar caminando a ciegas pensé en el reino vecino. Todos sabíamos que Jareth tiene una deuda pendiente con ellos, de modo que como le odiaban tanto como yo, supe que estarían felices contando con un nuevo aliado. En seguida me dieron cobijo, comida… pude recuperar un poco de la dignidad que tú, princesa, me robaste. –Ya basta. No soy una princesa y no te he robado nada, Morgan –su carcelero se había levantado y paseaba de un lado a otro del calabozo haciendo que el arco golpeara los barrotes. Estaban solos, y Sarah sabía lo que ocurría cuando eso pasaba estando Morgan cerca. De un momento a otro entraría en la celda y después… Sarah no quiso ni pensarlo, el miedo volvió a ocupar un espacio de su mente que necesitaba si quería salir de aquella. Morgan sonrió como si adivinara sus pensamientos. Estaba disfrutando el momento, por supuesto que sí. Por una vez era Sarah quien estaba atrapada e indefensa detrás de los barrotes. –Ponte en pié. –¿Por qué? –Ven. –¿Para qué? –Para que te libere si lo deseas, claro –respondió divertido. Desconfiada, ella se acercó a los barrotes, de espaldas, intentando alejarse todo lo posible a aquel demente. Una vez se sintió libre, rogó de nuevo. –Por favor, llévame ante los reyes. –No. –Por favor Morgan, haré lo que quieras, pero déjame hablar con ellos. –Qué interesante, qué grande debe ser ese sentimiento de amistad que tienes para sacrificarte por esos seres… –Te lo ruego. –No puedo llevarte ante ellos: duermen. A los reyes sólo se les puede ver durante ocho horas, desde que el sol está en lo alto hasta el ocaso. Nadie puede hasta entonces –su voz

resonó en los calabozos vacíos–, pero podemos hacer algo para entretenernos –Sarah retrocedió instintiva, la risa de Morgan volvía a rebotar en las paredes–. Cuidado el fondo, está llena de agujeros por donde caben monturas goblins, y conducen a una muerte segura… No te aconsejaría retroceder demasiado. –Ya lo sabía –dijo ella alarmada por el acercamiento. –¿Ah sí? ¿Y quién te lo dijo? –Jareth. –¿Ha vuelto a hablar? ¿Ha revivido con tu regreso? ¡Increíble! –se burló el cazador–. ¡Ya pensábamos que nos haría un favor a todos y se quitaría de en medio! –¿No dices que debe algo a los sybaros? –atacó Sarah retrocediendo, dolida en el fondo por lo que acababa de decir Morgan–. No puede desaparecer sin más. –Ni tú, así que deja de acercarte al fondo o acabarás perdiéndote en un abismo y no puedes hacerlo: tienes una deuda que saldar. –¿Con quién? –le gritó ella. –¡Conmigo! *** Transcurrieron las horas, el cansancio hacía mella en el cuerpo de Sarah, pero pese a notar los ojos arder tras aquel día intenso en el bosque, el intento frustrado de sueño y la sorpresa posterior, no podía permitirse bajar la guardia con él tan cerca. Morgan vigilaba cada movimiento desde fuera, se había acomodado en un rincón donde continuaba arrugado, como si solo fuera un bulto de ropa sucia en el que brillaban dos ojos fríos, oscuros, que no se despegaron de Sarah. –¿Cómo te sientes ahí dentro? –preguntó tras horas en silencio, ella no respondió–. Sé que no estás cómoda, tú estás hecha para plumas y sedas, las cárceles laceran tu espíritu ¿verdad?... También laceraron el mío, te comprendo. Cuando Jareth me encarceló solo pude seguir cuerdo gracias a una cosa, ¿quieres que te lo cuente?... Bueno, lo haré de todos modos. Cada vez que el sol salía en el Laberinto, y cuando volvía a ponerse, estaba en la misma posición: intentaba moverme lo justo para guardar energías y seguir respirando pese a que el frío de los calabozos se me metía en los pulmones. Un pensamiento, Sarah, sólo eso me hizo falta para no caer en lo fácil y quitarme de en medio: tú. Este sitio no es apropiado para una casi reina, aún ahora que te tengo delante, que puedo hacer contigo cuanto desee porque eres débil, estás indefensa, sigo viéndote así; como una reina. Nuestra vida habría sido un cuento de hadas en mi fortaleza, te habría dado todo lo que él nunca te dio, hubiera hecho que tu felicidad fuera tanta como era la mía cuando estábamos juntos… Le elegiste a él, y te equivocaste. Durante el tiempo que te quede de vida te arrepentirás de haberlo hecho. Te amo pero ya no me inspiras el respeto que me inspiraste entonces… –Intentaste violarme, Morgan, creo que eso no es señal de inspirarte respeto.

–Pero lo es de deseo, de lujuria. –Eso no se le hace a alguien que amas. Dices todo eso ahora y lo dices desde la posición del carcelero. ¿Qué quieres que haga? No me arrepiento de haber peleado fieramente por mi derecho a elegir quién se mete entre mis piernas. No sé qué te hizo Jareth mientras yo seguía inconsciente, nunca me lo dijo y tampoco pregunté, pero te puedo confesar que recuerdo aquellos primeros días en tus dominios como algo bello, me sentí libre. –Fueron bellos. –Fueron mentira, nada era real. Recuerdo a una mujer intentando advertirme, rogando que tuviera cuidado contigo, aterroriza. Te temía tanto… Aquel no era un paraíso de felicidad, tú y yo no estábamos destinados, en algún momento tienes que darte cuenta. –Deberías controlar tu lengua, y tus ojos… deberías cerrarlos –amenazó él. Llevaba un rato encandilado con el fulgor que se filtraba hasta su rincón, desde los barrotes–. Lo destrozas todo. –¿¡Por qué todos me echáis la culpa de vuestros males!? ¡Hiciera lo que hiciese tanto tú como él tuvisteis siempre la opción de elegir que a mí no me dabais! Los dos os equivocasteis, y la culpa siempre recae sobre mí. –Porque la tienes. –¡No la tengo! –¡Tú eres quien juzga, nadie más! Cualquier otra criatura que sintiera algo parecido a lo que yo siento por ti te lo diría. –Quizá tengas razón –dijo Sarah pensando en Jareth y su comportamiento más que en Morgan–, quizá la culpa sea mía por no llegar a comprender cómo funcionaba el Laberinto hasta ahora. –No puedo creerlo ¿estás cediendo? –No estoy cediendo, es que sois demasiados los que coincidís en ello, al final puede que tengáis razón. Quizá fuera yo quien no veía cómo funcionaban las cosas. –¿Eso significa que tendré oportunidad de hablar contigo y no me juzgarás por ello? – preguntó avanzando de rodillas hasta sujetarse a los barrotes con las manos. Parecía como si llevara una vida entera esperando escucharla. –Morgan, de verdad que no te juzgo, no soy nadie para hacerlo, no tengo el suficiente poder –dijo Sarah pensando que el cambio de posiciones le podía aportar una ventaja significativa. Su carcelero parecía conmovido por lo que acababa de decir–. Y si lo tuviera no te castigaría. Tú siempre me gustaste, pero fuiste muy rudo, demasiado. Pensé que al fin iba a tener suerte bajo tu protección, pero de pronto las cosas comenzaron a torcerse, todo se volvió hostil… Y no te culpo, créeme –mintió–, seguro que me querías de un modo que no supe ver, seguro que fue culpa mía.

–Oh Sarah –comenzó él suspirando–, mi reina, mi dama de ojos crueles… No sabes lo que esas palabras significan para mí después de tantas hirientes. –Morgan –siguió ella acercándose también a los barrotes–, puede que sea una locura pero ¿por qué no empezamos una nueva vida juntos? Ya no estoy con Jareth, ¿por qué no nos vamos de aquí? Deja a los sybaros y llévame contigo a tu fortaleza, intentemos que nuestra relación sea menos brusca, desandemos lo andado… Puede funcionar –dijo repugnada, pero fingía no estarlo mientras acariciaba su mejilla. –¿Lo harías? ¿Realmente quieres eso? –Sí, quiero intentarlo. Él ya no es nadie para mí y tú… tú estás aquí, tú me amas ¿verdad? –Muchísimo. –Pues abre esta celda y vayámonos juntos… –No puedo, mi dama. –Claro que puedes, sólo tienes que meter la llave en la cerradura y abrazarme fuerte –dijo ella intentando hacerlo entre los barrotes mientras su estómago se zarandeaba en una danza macabra–, después de eso todo saldrá bien, te lo aseguro. Estoy dispuesta a descubrir quién eres en realidad, a dejarme amar todas las veces que quieras... –No puedo… –¿Ya no me deseas? –No puedo liberarte, los sybaros… –dijo perdiéndose en la piel suave de ella, besando el dorso de su mano. –No importan, nadie importa, sólo tú y yo, solo nuestra nueva vida juntos. –Sarah… –Abre la celda, valiente cazador. –Yo… –Ábrela –dijo sintiendo el pulso en la cabeza al ver que Morgan era un pelele estúpido pero resistente a sus tretas. –No puedo… –¡ÁBRELA! –le gritó dándole un fuerte tirón a su melena hecha rastas. Morgan se le quedó mirando retorcido, con ojos acuosos. –¡No puedo! –confesó sollozando, acto seguido fue de vuelta al rincón para quedarse hecho un ovillo, sin decir palabra hasta bien entrado el día. ***

–Ahora sí puedes verlos –dijo cuando comenzaba a hacer calor. Debían ser las doce, seguramente a aquella hora los monarcas de Sybare habían despertado de su sueño de marmota. Sarah se incorporó en la celda dispuesta a aprovechar cualquier descuido del carcelero y escapar a la carrera, pero para su sorpresa, Morgan no solo había resultado un idiota que se negaba a llevarla con él -lo que siempre quiso-, a su fortaleza, también era un siervo intachable. Antes de sacar la llave y abrir nada, pasó a Sarah entre los barrotes la misma cuerda que la llevó presa para que se la pusiera alrededor del su cuello. –Date la vuelta, hay que atarte también las manos. –No es necesaria tanta precaución, no voy a fugarme –mintió ella, que tenía toda la intención. –Lo siento, sé que las cuerdas dañan tu piel, y me duele más que a ti, mi reina, pero no puedo sacarte sin que las lleves puestas, es una norma. –Morgan por favor, atrévete ¡vámonos de aquí! ¡Estás irreconocible! No te pareces al del castillo goblin, ¿qué te ha ocurrido? –Son los sybaros, les debo tanto… –comentó haciendo un fuerte nudo. Poco después ya bajaban las escaleras para acceder a un largo y blanco corredor. La ausencia de personal en el palacio era un hecho: Sarah y Morgan no se cruzaron con nadie de camino a la gran sala del trono, donde dos asientos elaborados con hierro torneado y apliques florales permanecían absolutamente vacíos todavía. –Tendré que llevarte de nuevo a los calabozos, no podemos esperar aquí hasta que vengan. –No por favor –rogó ella divisando a su espalda la puerta de entrada al palacio abierta de par en par–. No me lleves de nuevo, vamos a cualquier otro lugar, ¡hazme tuya! ¡haz conmigo que quieras, donde quieras, pero no me encierres! –Llevo tanto tiempo esperando que podré hacerlo un poco más –dijo él acariciando su mejilla. –Entonces vayamos fuera, mi señor, me gustaría tomar el aire. Enternecido, Mogan la condujo por el corredor. No había nada de malo en que viera la belleza del palacio de día, el modo en que las paredes brillaban al contacto del sol, como si fueran la parte interna de conchas paradisíacas. Pasaban junto a un par de puertas abiertas, cuando Sarah echó una ojeada y vio a Ludo y Dydimus en la habitación, sentados frente a una mesa repleta de coloridos frutos, a punto de tomar lo que parecía un suculento desayuno. –¿Sir Dydimus?... ¡Ludo! –gritó desde fuera. ¡Estaban vivos! ¡Estaban vivos y sanos! Quiso correr hacia ellos llena de emoción, pero Morgan la retuvo dando un tirón a la cuerda del cuello. –Buenos días, señorita.

–¡Ven a abrazarme, Sir Dydimus! ¡Tenía tanto miedo de que os hubieran hecho algo!... ¡Ludo! ¿Por qué no vienes? ¡Tenía tantas ganas de veros! –dijo Sarah llorando lágrimas de alivio y agradecimiento a los sybaros, que respetaron la vida de sus amigos. El esperado momento en que debían hacerse uno abrazados se hizo de rogar, parecían incómodos porque alguien les interrumpiera el desayuno. Sarah de todos modos esperó el contacto acercándose a ellos tanto como Morgan y la cuerda se lo permitieron. –¿Qué hacéis aquí? –preguntó Sir Dydimus. –Rescataros –dijo Sarah en voz baja. –¿A nosotros? Nosotros no estamos presos, estamos en una misión real. –Lo sé, Jareth me lo contó todo, sé que os envió aquí hasta que la guerra con las hormigas terminara, pero no vino a buscaros y… –Estáis en un error, señorita: la guerra continúa. –No, Sir Dydimus, la guerra acabó hace mucho tiempo. –Sin duda nos habrían avisado… Esperaremos órdenes de nuestro Rey en cualquier caso. –Él no va a venir a buscaros –dijo Sarah con un nudo en la garganta. ¿Qué les pasaba a sus amigos? –Por supuesto que vendrá. Ahora si nos disculpáis, vamos a dar buena cuenta de nuestro desayuno –comentó el Sir dándose la vuelta. Ludo se quedó mirando a Sarah unos instantes antes de seguir al otro hasta la mesa. –Ludo… –se lamentó ella. ¿Los habían hechizado? ¿Por eso eran tan sumamente peligrosos los sybaros? ¿Qué tipo de poder tenían para hacer que dos de los seres más valientes que había conocido en su vida, a penas reconocieran a una amiga, no reaccionaran viéndola atada como un animal? ¿Qué le habían hecho a Ludo? ¿Por qué no la llamó como siempre “amiga”? ¿Por qué ninguno quiso abrazarla?

Su corazón se rompía a pedacitos, Sarah pensó que pese a todo estaban bien, que por más cosas malas que pudiera haber imaginado, estaban bien, y sintió alivio, pero de vuelta a la sala del trono para enfrentar la presencia de los sybaros supo que no, algo iba mal, realmente mal. *** –¿Qué es esto, Morgan? –Anöuk, una belleza de ojos negros que parecía moldeada en nieve fue la primera en hablar, a su lado en silencio Godrik, anciano soberano de Sybare, que con su barba rozando el suelo, seguía atento aprobando cada palabra de su hija. –Es una goblin –respondió Morgan echando una rápida ojeada a Sarah, como advirtiendo que mantuviera la tapadera. –¡Magnífico! –Anöuk se levantó del trono presa de la emoción–. ¿Traes noticias del Rey? –Sí y no… –dudó unos instantes–. Me ha enviado con una carta para solicitar la liberación de los dos goblins cautivos en este castillo. –¡No! –respondió airada Anöuk–. ¡No los liberaré hasta que él venga a buscarlos, ya se lo dije! –Querida… –rogó calma el padre–. ¿Dónde está esa carta, goblin? Quizá allí explique por qué manda una misiva. –Da igual lo que ponga la carta –protestó Anöuk–, no los liberaré si él no viene. –Su majestad… Jareth, el Rey de los goblins –se corrigió con rapidez– no tiene intención de venir a buscarlos, por eso me envía a mí a… –¡ESO ES MENTIRA! –exclamó la princesa–. ¡Mientes y pagarás por ello! –Cálmate, hija mía…

–Mi prometido está deseando verme, ¡lleva siglos deseándolo! Seguro que esta… esta mentirosa –dijo con desprecio la princesa–, se lo ha inventado todo. No me gustan los mentirosos, papá ¡sabes que los detesto! –¿Dónde está la carta, goblin? –repitió Godrik esta vez más rudo, molesto al ver negada la voluntad de su hija. –En el bosque, la llevaba en mi bolsa cuando él me atrapó –confesó Sarah. «¿Su prometido? ¿De qué va todo eso?». –Cazador, busca la bolsa de la goblin y trae esa carta ante nosotros –ordenó el rey. –¡Quiero que se le castigue por mentirosa! –exigía la princesa a su padre–. ¡Mi amor está deseando verme, lleva siglos deseándolo! –Por supuesto que sí, mi estrella –calmó Godrik a su hija–, debe haber sido un malentendido. –¡Ella miente! –Anöuk le señalaba con el dedo–. ¡MIENTE! –¡Ve a por la carta, vamos! –ordenó el rey a Morgan. –Sí majestad. –Y lleva a la goblin a los calabozos… Espero por tu bien que no estés mintiendo –le amenazó directamente Godrik–. Mi cordialidad es conocida por todos, igual que los castigos que impongo a quien me miente. Vete ya, cazador. –Sí majestad. Dicho y hecho. En un pestañeo Sarah estaba de vuelta en la prisión y Morgan, sin añadir palabra, salía a la carrera hacia el bosque en busca de la carta extraviada. Iba a ser una tarea especialmente difícil, pensó, los árboles estaban inquietos aquellas jornadas... Pero no solo los árboles, también nerviosismo de Sarah iba a más según se acercaba la noche y Morgan no volvía. ¿Jareth era el prometido de la princesa sybara? ¿por eso no había querido pisar el reino? ¿Qué le pasaba a Ludo y a Dydimus? ¿también estaban enfadados con ella? No, no estaban enfadados, estaban como en otro cuerpo, como si les hubieran robado algo y fueran completos desconocidos. Sarah se abrazó las rodillas en silencio. ¿Y a Morgan, qué le había pasado a él? Después de tanta insistencia y tantos asaltos fallidos cuando se lo puso todo en bandeja la rechazó evitando el plan de fuga ¿por qué? ¿Jareth iba a casarse con Anöuk? ¿De verdad? ¿Estaban prometidos desde hacía siglos, dijo ella? ¿Cómo era posible? ¿Por qué nunca se lo dijo? Es más, ¿cómo iban a casarse antes de lo de Sofía, si él estaba atado a una princesa de otro reino? Las horas pasaban y cada vez las preguntas llenaban su pensamiento con más ferocidad, casi desenfreno. ¿Cómo iba a rescatar a sus amigos si no era capaz de salir de allí? ¿Cómo iba a hacerlo si el poder que tenía sobre el carcelero se había esfumado? ¿Cómo iba a pedir ayuda a alguien cuando no había ni un alma en el palacio?... Se abrazó con más fuerza, desesperanzada en un rincón… Hubiera estado bien que todo aquello fuera un sueño.

*** –Despierta goblin… ¡Despierta! –¿Qué? –preguntó saliendo del sueño de pronto. Al final su cuerpo no pudo soportarlo más y cayó dormida. Miró alrededor alarmada, pero allí no había nadie. –Los reyes quieren verte –dijo una voz. –¿Quién habla? –Ponte la soga al cuello –entonces lo vio. Al fondo, mimetizada con la pared blanca había una criatura gigantesca. Era una pantera que hablaba sin mover el hocico–. ¡Vamos goblin, obedece! ¿o quieres ser mi desayuno? Sarah se arrastró hasta la cuerda que habían dejado junto a los barrotes, obediente la puso en torno a su cuello. Se quedó de pié esperando nuevas instrucciones, pero no llegaron. La pantera avanzó hacia los barrotes y ante sus ojos se convirtió en un fornido sybaro tan pálido como la princesa, pero tres veces más grande que el Rey. Completamente desnudo abrió la celda utilizando una llave que le colgaba al cuello. Volvió a tomar forma de pantera blanca en cuanto los barrotes cedieron. Sin más la condujo escaleras abajo hasta la sala del trono. Debía ser medio día, pensaba Sarah, el sueño la venció y ahora se encontraba completamente desarmada ante Anöuk y Godrik. Había sido una imbécil, tenía que haber preparado algo que decir, inventar una treta que la sacara de aquel lío, pero no. Según se aproximaban escuchó la voz de Anöuk extrañamente feliz. Con la poca relación que habían tenido, incluso Sarah se sorprendió al escuchar risas y algarabía por el corredor. Cuando entró en la sala del trono supo el motivo del cambio: Jareth estaba allí. Con su levita de cuero marrón, su ropa auténtica, su auténtico cabello, el Rey auténtico tomando la mano de Anöuk mientras Godrik celebraba la reunión de la pareja tras tanto tiempo. –Aquí está, querido. –Sí, esta es la criatura que envié, pero aún faltan los otros dos –dijo Jareth. –Tráelos cazador –dijo Anöuk sin dignarse a mirar al lívido Morgan, que enfrentado una vez más a Jareth, pensaba en cuánto tiempo pasaría hasta que lo matara como prometió. Se fue rápidamente de la sala. Mientras esperaban su regreso, ninguno de los tres dirigió una palabra a Sarah. La futura reina de Sybare comentaba detalles de la boda con su prometido, él permanecía a su lado, escuchaba y asentía sin hablar hasta que Morgan volvió con Ludo y Dydimus. –Estos son los prisioneros –dijo Jareth–. Libéralos Anöuk, deben regresar al Laberinto para dar la buena nueva. –Ya sabes que esa no es la costumbre –dijo ella con una mueca–, pero como me siento tan feliz de que hayas venido, te concederé el capricho… ¡Goblins, escuchad a vuestro Rey!

Fue entonces cuando Jareth, de espaldas al trono, habló con voz pausada fijando en Sarah sus ojos tristes: –Regresad al Laberinto, decidles a todos que la voluntad de mi padre finalmente se va a cumplir: me casaré con Anöuk, heredera de la luz, princesa de Sybare, tal como quiso –Ludo y Dydimus hicieron una reverencia, Sarah también, solo que más tarde, porque al escucharle viéndole los ojos, algo se le rompió dentro–. Marchad ya, deprisa. –Un momento –dijo la prometida–. Una cosa es que te dé el capricho, querido, otra que no pueda quedarme con nada de tus siervos. –¿Qué deseas, mi estrella? –preguntó Godrik. –Me gustó la osadía de la mediana, la arrogancia y convencimiento que tuvo al decirme que “el Rey no iba a venir” –rió Anöuk–. ¡Ridícula, estuvo ridícula pero única, por pocas le creí!... Lo quiero, quiero ese desparpajo, y también el color de sus ojos. –Permite que me oponga, Anöuk –dijo Jareth–. Tú no necesitas nada de eso, no necesitas en realidad nada de ninguno, pero menos aún de esa –señaló a Sarah con el mentón–. La conozco, es la criatura más miserable de mi reino, no tiene nada que ofrecerte. –Pero me gustan sus ojos, al menos quiero el color de sus ojos. –Los tuyos son más bellos, princesa. Los de ella son malvados, crueles… Ninguno de sus pérfidos atributos podrían ser merecedores de ti. Envíala de vuelta a mi castillo junto con los demás, y no te quedes nada suyo. –Pero… –Confía en mí, mi amor, échalos de aquí, que ninguno tenga el placer de seguir contemplándote. –Está bien –dijo Anöuk sonriendo los cumplidos–. Ya habéis escuchado a vuestro Rey, salid de aquí ahora mismo. –Pero Milady –dijo Dydimus–, éramos tan felices en vuestra compañía –Sarah le miró sin poder creer lo que escuchaba. –Rompe el encantamiento, Anöuk,y saca a estos inútiles de mi vista –pidió Jareth. –Oh, sí, ya no lo recordaba –dijo ella dirigiéndoles un gesto con la mano. Sarah tuvo que apartarse a un lado, porque en cuanto la magia de Anöuk dejó de funcionar, Ludo y Dydimus sufrieron una terrible sacudida que les hizo temblar. Por un momento quedaron como desubicados, pero más pronto que tarde, Dydimus miraba a ambos lados, sorprendido. –¿Qué hacemos aquí, Sir Ludo? ¿No estábamos en el bosque hace un momento? –Ludo no le respondió, se miraba las manos y las llevaba hasta su garganta, confuso–. Milady –dijo a Sarah–, qué alegría veros por aquí, pero ¿no deberíais estar vos en…? –¡Marchaos ya! –les gritó Jareth desde su posición junto a los tronos.

Por fortuna ni Anöuk ni Godrik llegaron a escuchar cómo llamaba Sir Dydimus a Sarah. Ella, bajo el imperativo de aquellos ojos bicolor, agarró a sus amigos y casi a rastras los sacó de la sala mientras Morgan, que no estaba de acuerdo con la resolución de la historia, corría hacia Godrik recordándole su promesa: le había dicho que tendría a quien deseaba, pero si dejaba que Sarah se fuera nunca tendría opción a liberarse del hechizo que Anöuk le había echado –el mismo que le hacía visitar la cama de la princesa cada noche, desearla con locura hasta el regreso de Jareth–. Si permitía que Sarah se fuera y no le liberaba a él, jamás saldría de Sybare. Morgan quería a Sarah, así se lo intentó explicar a Godrick, pero él estaba más preocupado por complacer y mantener la felicidad de su hija que por cumplir con la insignificante promesa de un plebeyo. Sarah, Ludo y Dydimus atravesaron apresurados el corredor, llegaron a la puerta y allí, bajo el cielo luminoso, ella sintió acumularse la pena con más intensidad que nunca en sus ojos verdes de la discordia. Lloró, lloró como hacía tiempo no recordaba. *** Ya habían andado medio camino blanco, pero sus amigos seguían confusos y heridos. No había sangre en sus cuerpos, pero Sarah sabía que les habían robado algo tan importante para ellos como el respirar. Ludo no podía hablar, nunca podría volver a llamar a las piedras, ni sería de nuevo el Ludo que ella conoció. Lloraba solo con pensar lo que podrían haberle quitado a Sir Dydimus, que por el momento parecía el de siempre, pero seguro que también le faltaba algo.

Supo qué al alcanzar el bosque. Estaban internándose cuando una de las ardillas que miraron con curiosidad a Sarah durante sus tres noches perdida, apareció en mitad del camino… los gritos entonces fueron horribles. Sir Dydimus, que había sido el más valiente de todos fuera cual fuera el oponente, se encaramó a Ludo gritando desesperado, muerto de miedo. Ludo intentaba hacerle ver que no ocurría nada, que aquel animalillo era inofensivo, pero no había modo de hacer que cesaran los chillidos. Sarah tuvo que contenerle ayudada por Ludo, para que no echara a correr por el traicionero bosque aterrorizado, perdiéndose para siempre. –Por favor Sir Dydimus –rogó desesperada–, por favor… –pero no pudo continuar, cayó de rodillas cubriéndose los ojos con las manos. Aquello era más de lo que podía soportar. Ludo la abrazó moviendo los labios, triste. Tampoco él llegaba a comprender por qué les habían hecho una cosa tan terrible como aquella–. No puedo seguir, Ludo –dijo mientras Dydimus continuaba en pleno ataque de pánico–. No puedo… Hasta que la luna estuvo bien en lo alto, se escucharon los lamentos de Dydimus, que finalmente cayó dormido junto a una pequeña hoguera improvisada con ramas secas. Sarah les observaba mordiéndose las uñas, con los ojos hinchados de tanto llorar. No se le ocurría nada que hacer para solucionar aquello. No podía ayudar a Jareth, a ellos, ni arreglar el Laberinto… estaba en blanco. Deprimida e impotente, también ella buscó cobijo en los brazos de Ludo, que tenía espacio para los dos. Sarah le besó antes de cerrar los ojos para abrirlos bruscamente poco después. Había escuchado algo, algo que no reconocía de los días que estuvo perdida entre aquellos árboles. Miró a sus amigos que seguían durmiendo y se levantó. Buscó un objeto contundente con que defenderse. Ya levantaba la rama para dar un buen golpe a lo que fuera que viniera a por ellos cuando… –¿Sarah? –¿Hoggle?

–¡Menos mal que llego a tiempo! ¡No puedes ir al palacio de los sybaros, escúchame, tienes que…! –¡Oh Hoggle! –exclamó ella arrodillándose para darle un húmedo abrazo. *** –¿Tan mal están? –Sí, les han robado parte de sí mismos. Ludo no puede hablar y Sir Dydimus –confesó temblándole la voz–, nunca le había visto así. –Esos malditos sybaros… ¡Bestias inmundas! No tienen piedad de nadie. Entonces ¿has visto a Jareth? –Sí, esta mañana. Va a casarse con la princesa –dijo en un escalofrío. –¡Maldito cabezota! ¡Le dije que no viniera, que vendría yo, pero siempre tiene que hacer lo que le da la gana! –¿Quería venir? –preguntó con un nudo en el estómago. –Claro, no tenía más opción si quería salvaros. –No lo entiendo Hoggle, es todo tan complicado que… –Tranquila, es una historia demasiado larga. –Cuéntamela, por favor –pidió ella. –De acuerdo, pero alejémonos un poco, no vayamos a despertarlos. –Estoy despierto Sir Hoggle –dijo Dydimus incorporándose. Sarah le observó expectante, no porque temiera un nuevo ataque de pánico, sino porque el propio caballero estaba como avergonzado por lo que habían tenido que presenciar sus amigos horas antes. Así de crueles eran los sybaros, Dydimus sentía vergüenza por haber hecho algo cuando no tuvo más elección. También Ludo estaba despierto. Finalmente los cuatro rodearon la hoguera dispuestos a escuchar la historia del recién llegado. –Yo estaba en los hormigueros, Jareth me envió allí en misión oficial para supervisar cómo iban las hormigas. –¡Malditas criaturas! –exclamó Dydimus. –No hermano, ahora son parte de nuestro pueblo, se mantienen en sus agujeros, viven independientemente, pero no son malvadas. He llegado a encontrar grandes amigas entre ellas. Además, los goblins que se han trasladado a los hormigueros son felices en su compañía, de verdad que yo la disfruté, bueno… sobre todo la de Abba –dijo sonrojándose. –¿Es una hormiga? –preguntó Sarah.

–No, es una goblin que les abastece azúcar. Te caería muy bien Sarah, es tan dulce como lo que les da a las hormigas; bonita, amable… –Sarah sonrió, Hoggle estaba enamorado. Sir Dydimus le instó a continuar–. El caso es que cada poco tenía que hacerle llegar noticias del hormiguero a Jareth y le envié una carta, pero no fue respondida por él, fue Pelusilla quien me escribió unas líneas –contó, Sarah se incomodó al escuchar el nombre–. Me dijo que habías vuelto –continuó sonrojándose de nuevo, esta vez al recordar cómo Pelusilla se refería a ella en la carta–, y yo decidí volver también al Laberinto para saludarte, te fuiste tan rápido que a penas me dio tiempo. –Tiene razón, desaparecisteis prácticamente, Milady ¿qué ocurrió? –Lo siento –dijo ella–, lo siento muchísimo. –No importa –Hoggle le había agarrado la mano cuando aún ella, avergonzada, recordaba cómo había escapado de allí sin decir adiós a sus amigos–. El caso es que cuando volví fui directamente al castillo, pensé que estarías, pero no solo estaba Jareth. Al principio no quiso recibirme, pero como insistí me dejaron subir a los aposentos. Estaba… nunca le había visto así. Estaba destrozado. Cuando le pregunté qué ocurría, cuando quise saber dónde estabas tú, no respondió, pero al ver que no tenía intención de marcharme sin más ni más, acabó diciendo que te había llevado a Sybare. ¡Me pareció una locura! ¡A Sybare, el reino de los hechiceros! ¡Nunca imaginé un lugar peor donde pudieran reunirse mis amigos! –dijo mirando también a Ludo y Dydimus–. Cuando me marché al hormiguero, un batallón de goblins fue en misión de rescate a por vosotros, por eso me costó comprender aún más qué hacías tú en ese infame reino. –¿Jareth envió a alguien para rescatarlos? –preguntó Sarah que a cada instante se sentía más culpable. –Sí, como doscientos goblins, yo salí el mismo día que partía el batallón, por eso me fui tranquilo, amigos. Cada uno por nuestro lado estábamos ayudando al Rey que en aquellos momentos seguía muy tan afectado por tu desaparición, Sarah. –Continúa, Sir Hoggle, ¿qué ocurrió después? –Que le dije a Jareth que estaba loco por permitírtelo. –¿Y qué dijo el Rey? –Que había intentado disuadirte, pero tú eres… –carraspeó–, pero te negaste y no tuvo más opción que llevarte a ese palacio de brujos y magia oscura. –Le dije que debió oponerse con más ímpetu, pero Jareth era como un reflejo de lo que fue. No tenía fuerza a penas para mantenerse en pié, estaba tan afectado que sentí lástima por él, y por ti, querida –dijo tomándola de la mano una vez más al ver que lloraba. –¿Y cómo os decidisteis a venir? –Porque sabía que nunca conseguiríais salir de aquí si no os advertía del peligro. Quería urdir un plan o avisarte aunque fuera de cómo son estas despreciables panteras, antes de que

cometieras un error irreparable. ¡Sentí mucha rabia cuando Jareth me dijo que no lo lograría! Pero él sabía que entrar en el palacio sybaro es firmar una sentencia de esclavitud eterna, que ellos negocian y roban lo más querido por cada uno, y aún así te dejó venir… No podía creerlo –dijo rotundo–. Le pedí que me trajera hasta aquí, me dejó en el sendero del bosque y se marchó, el muy cobarde… –No es un cobarde, es un suicida, se ha cambiado por todos nosotros. Sabía que solo así podría saldar su deuda conmigo y con Sofía... Me envió aquí pensando que nunca llegaría a ver a los reyes, pero él sí iba a venir, lo tenía planeado desde el principio, iba a liberaros. Yo no corría peligro, aún estaría perdida en el bosque de no ser porque Morgan me encontró, Jareth no sabía que Morgan está con los sybaros, no lo sospechaba, por eso quiso que hiciera lo que quisiese tan fácilmente, ¡por eso me dejó venir!... ¿Cómo no me he dado cuenta antes? ¡Quiere salvarnos a todos entregándose! –dijo Sarah con el corazón en un puño. Jareth estaba decidido a desaparecer con las cuentas saldadas, dispuesto a dejar que se equivocara una vez más para después acabar la historia de aquel modo. –¿Sofía? ¿Quién es Sofía? ¿Es una señorita? –Es una humana, una historia demasiado larga –dijo Sarah aún con el vello erizado por el plan suicida de Jareth.

–Y turbulenta –se lamentó Hoggle que sí estaba al corriente. –¡Tengo que salvarle! –exclamó Sarah levantándose presurosa, abandonando el corro. –¡Pero Milady…! –No puedo dejarle así, no puedo dejar que se sacrifique por nosotros. –Entonces iremos contigo –dijo Hoggle, Sir Dydimus tembló. –No, vosotros ya habéis hecho bastante, ya habéis corrido suficiente peligro por mi culpa.

–Sarah, somos tus amigos –replicó el recién llegado–. No vamos a abandonarte en algo como esto. –Hoggle, yo os dejé, me fui sin despedidas –dijo ella lacrimosa. –No te preocupes por eso, de verdad, tenías que marcharte, cualquiera en tu situación habría hecho lo mismo, no pienses que te guardamos rencor… que te lo guardo yo, porque estos dos ni siquiera se enteraron –rió Hoggle. –Eres el mejor amigo que una tonta como yo puede tener, te quiero, y también a ti Ludo, y a ti, Sir Dydimus, pero sigue siendo una misión suicida y no quiero meteros en esto. –Esto ya lo hemos vivido, me suena vagamente –rió pícaro Hoggle–. No vamos a marcharnos por más que digas, así que si te parece preciosa, siéntate junto al fuego y planeemos un buen rescate. *** Jareth no había conseguido dormir. Para colmo de males, a mitad de noche, cuando la leyenda decía que los sybaros adoptaban su forma auténtica convirtiéndose en panteras, recibió la visita de una Anöuk con forma e instintos muy humanos. La princesa anhelaba una celebración privada por el regreso de su prometido, pero cuando Jareth amablemente le invitó a suspender la ceremonia los gritos de protesta se alzaron retumbando en las paredes de palacio. No tuvo más remedio que ceder, dejarla entrar y escuchar las grandes esperanzas e ilusiones puestas en el enlace que había acumulado con el paso de los siglos. Hizo hincapié en que jamás dudó que acudiría al reino a cumplir con la promesa que ambos soberanos, el desaparecido padre de Jareth y Godrik, tuvieron a bien hacer para sus hijos. Nunca dudó, insistía, siempre supo que la profecía escrita en las estrellas era cierta. ¿Qué hizo Jareth mientras tanto? Asentir, mostrar una leve inclinación en los labios a modo de sonrisa y dejarla hablar cuanto quisiera, ¿de qué valdría otra cosa? Se iban a casar, sí, estaba escrito, sí, Anöuk no solo sería dueña de su vida, también lo sería de su cuerpo, su reino y movimientos, pero la mente de Jareth seguiría perteneciendo a otra. Mientras la sybara hablaba él estaba lejos, en un rincón del bosque, acompañado por dos goblins y Sarah, marchándose de allí en una fantasía donde ella al fin comprendió el por qué de sus actos, y le perdonó. Aunque hacía serios esfuerzos por mantener aquella imagen nítida, no lo lograba, las palabras de Anöuk, constantes como una canción monocorde, entraban en su fantasía, y lo hacían como un bandido en un hogar de ensueño: con falsedad y malas intenciones. Jareth sabía que en cuanto la ceremonia de su unión se completara llegaría el intercambio. Según la costumbre, tras ponerse los anillos ella entregaría una parte de su reino al novio, pero él… ¿qué le deparaba a él? ¿qué le robaría? ¿sería un recuerdo, la capacidad de soñar, o tal vez le robaría la consciencia para obrar a su antojo en el poderoso reino que se unificaría con la boda? No tenía ni idea, pero en el fondo de su alma deseó que Anöuk se quedara con todos sus recuerdos, que le pertenecieran completamente. De este modo la unión sería incluso favorable: jamás volvería a pensar en Sarah, ya no volvería a dolerle, no sentiría angustia al recordar su risa ni sus besos. Anöuk por más que quisiera, tampoco podría hacerle daño

llegado el caso, porque entonces Sarah estaría lejos, en su mundo, compartiendo su vida con Bill. Jareth lo había preparado todo para que de regreso pudiera volver a casa. Pelusilla tenía las instrucciones para hacerlo efectivo. «Se marchará de aquí, te recordará quizá como si solo fueses un sueño, será feliz, vivirá por los dos». También había tomado otra determinación: cuando perdiera la voluntad a manos de Anöuk abrazaría la muerte. No tendría fuerzas para hacerlo, cierto, pero a efectos prácticos moriría, jamás sería él de nuevo. Disfrutaría de una muerte dulce, quizá solo tuviera que mantener su penitencia por cinco o seis siglos, cuando la naturaleza al fin le devolviera a la tierra contra la voluntad de su inmortal esposa… Así se acabaría definitivamente el Rey de los goblins. Anöuk yacía en su cama, intentaba seducirle, pero él dándoselas de caballero intachable esquivó cuantos intentos de acercamiento hizo la sybara. Para que no gritara trató de ser cordial alegando proteger su virgo, y aunque le costó mantener lejos a la sybara, finalmente ella desistió; quedó dormida en el lecho con los ojos abiertos, como acostumbraban, pero cubiertos de un velo inquietante que los volvía azules en vez de negros. Jareth tenía una eterna noche por delante para pensar en Sarah, recordándole en cada momento bueno y malo, e imaginarla entonces, aterida de frío junto a Ludo y Sir Dydimus, quizá dormida, quizá buscando cobijo entre dos árboles. Solo deseó que en dos días, cuando la boda al fin se produjera, ya se encontrara de regreso a su mundo. Solo deseó lo de siempre, lo mejor para ella. El amanecer le encontró donde dejó la madrugada; en el gran balcón admirando el sol tímido a lo lejos, rompiendo la perfección de las vistas. Algo se movía en la linde del bosque más próxima al castillo, pero aún no podía distinguir qué. *** –¿Estáis listos? –Sí –dijo Sarah. –No –dijo Sir Dydimus. Ludo no dijo nada. –¡Vamos! –gritó Hoggle como si fuera el capitán de un ejército que comienza a correr a toda velocidad y total fiereza hacia el enemigo. Pronto tuvo que detenerse ahogado del esfuerzo, el palacio sybaro estaba más lejos de lo que parecía desde el bosque, de modo que fue adelantado por otros dos, que corrían con el corazón alborotado. Ellos lo hicieron en silencio, Sarah insistió en que así debía ser si no querían despertar a los guardias, aunque sir Dydimus insistía en que era prácticamente imposible hacerlo hasta que el sol se alzara en lo alto. De todos modos cualquier precaución era poca cuando se pretendía llevar a cabo un plan tan loco como el suyo.

Sarah y Ludo encabezaban la tropa de cuatro, Hoggle los seguía en la distancia, más atrás venía Dydimus, –luchando fieramente contra sí mismo para no darse la vuelta y esperar que todo acabara entre los árboles–. Según sus piernas la acercaban al palacio, ella solo tenía una idea en la cabeza: salvarle de aquellos seres, sea como fuere. No sabía dónde estaría, no tenía la más remota idea porque de la enorme construcción que era el palacio, solo alcanzó a ver con detenimiento los calabozos, pero no obstante iba a encontrarle y sacarle de allí, no permitiría que Jareth se sacrificara, aunque fuera haría que siguiera viviendo con la culpa, pero no iba a dejar que se consumiera entre panteras, no por ella. No hizo falta que ella le encontrara, él desde el balcón de su dormitorio, seguía el avance de los cuatro envuelto en sentimientos encontrados. Si bajaba, si acudía a su encuentro, aceptaría que aquella historia no debía acabar nunca, porque cuando la tuviera de frente enfadada y sudorosa, jamás dejaría que se fuera de allí sin él. Si se quedaba en el palacio, si les ignoraba, tenía la opción de acabar sus días de modo digno, no habría más sufrimiento, solo olvido, dulce olvido indoloro… *** –¡Hay que entrar por allí! –No, cuando se asedia siempre se hace por la puerta principal –dijo Dydimus a Hoggle. –¡Cuidado! –exclamó ella tomando en brazos al cobarde caballero. En la explanada previa al castillo, aquella zona que en el reino de Jareth era el propio Laberinto, en Sybare era un mar de panteras blancas camufladas en el suelo blanco. Sarah había visto cómo una desaparecía en las celdas, se camuflaba… «¡Por eso no había visto ninguna pantera ni ningún sirviente en el palacio –pensó–, están todos fuera, guardándolo de enemigos!»–. No hagáis ruido –rogó–, por favor, no solo son panteras, son guerreros, pueden cambiar de forma. –Pero yo no veo nada –dijo Hoggle. –Fíjate bien, mira allí –señaló ella. El goblin que hasta el momento había estado convencido de que el plan de rescate sería un rotundo éxito, sintió un escalofrío. Había cientos, miles de panteras durmiendo en la explanada–. Acerquémonos pero en silencio, por favor, no hagáis ningún ruido. –¿Tienen el oído afinado? –preguntó Dydimus nervioso al distinguirlas. –Si son como las de mi mundo lo tienen afinadísimo –dijo Sarah haciéndoles un gesto con la mano para invitarles a continuar en silencio. *** Jareth bajaba las escaleras a toda prisa. No sabía qué quería Sarah, qué había ido a decirle, quizá se estaba tomando la molestia de regresar al castillo para escupir el desprecio que sentía por él, o quizá quería despedirse sencillamente, no lo sabía, y eso era lo que se disponía a averiguar.

Había dejado a Anöuk dormida en el dormitorio, solo él debía estar despierto en el castillo, por eso cuando alcanzó la planta baja y topó con Morgan, su sorpresa fue inmensa: aquel malnacido podía hacer que su última oportunidad de hablar con Sarah se fuera al traste. –¿Qué haces despierto? –¿Y tú? –preguntó Morgan que estaba más sorprendido con el encuentro que el propio Jareth. –No es de tu incumbencia. Vuelve al agujero del que quiera que has salido. Muy lejos de molestarse, Morgan que entonces se sabía doblemente en peligro –antes por todo lo sucedido con Sarah, después por volver a encontrarse con el Rey goblin en un palacio lleno de panteras–, deshizo sus pasos hasta entrar en su dominio, el calabozo. Jareth avanzó hacia la puerta, pero retrocedió en seguida, debía asegurarse de que Morgan no saldría en cualquier momento para interrumpir lo que Sarah tuviera que decir. Subió las escaleras hasta el calabozo y cuando le vio dentro, admiró en su gesto una expresión de terror… Pero Jareth no había ido a matarle ni mucho menos: cerró la puerta de los calabozos desde fuera con el grueso tablón que hacía de pestillo sin que Morgan, que una vez fue uno de sus súbditos, hiciera más que una inclinación de asententimiento. Entonces sí bajó las escaleras y corrió atravesando el palacio. Llegaba a la puerta al tiempo que ella y tres goblins en vez de dos, también lo hacían. –Hoggle ¿qué haces aquí? –preguntó sorprendido, pero al goblin no le dio tiempo a contestar. Sarah agarró al Rey del brazo y, llevándole a un lado, se puso frente a él con emoción contenida.

–No puedes hacerlo, no puedes casarte con ella. –Tengo que hacerlo, si no nunca pagaré mi deuda ni... –No tienes ninguna deuda conmigo –dijo Sarah conteniendo la emoción.

–… ni cumpliré mi palabra. –No puedes, Jareth. –Mi padre dio su palabra a Godrik, al morir él esa promesa recayó en mí. Intenté evadirla mientras tuve algo por lo que luchar –confesó tocándole la mejilla–, pero he de dejarte ir, así debe ser. –¡No! ¡Tú eres el Rey de los Goblins, no le debes pleitesía a nadie! –dijo ella zanjando la caricia de Jareth con un manotazo. –No es pleitesía Sarah, es servidumbre. Me hará olvidar, y tú estarás a salvo… –No Jareth, no. Además, hay otro motivo por el que no puedes casarte con ella. –¿Cuál? –preguntó él con una sonrisa triste. –Una promesa. –No entiendo, ¿qué promesa? ¿a qué te refieres? –Dijiste: “témeme, ámame y yo seré tu esclavo”… No puedes ser esclavo de las dos. –¿Cómo dices? –¡Que no puedes ser esclavo de las dos! –repitió Sarah llorando, abrazándose a su cintura con fuerza, piel con piel, perdida en el aroma del Rey Goblin de la Discordia. Sintió la mano de Jareth posarse liviana en su cabeza, después sintió ambas en sus hombros y finalmente pudo notar en cada fibra de su cuerpo el abrazo férreo de aquel estúpido monarca caprichoso, cruel, mentiroso y torpe del que llevaba enamorada toda su vida. –Te quiero –dijo besándola con fuerza, como si aquel gesto que tanto había extrañado fuera lo único que necesitaba para volver a ser el mismo de siempre, el que se moría de ganas por ser libre y obrar su voluntad lejos de aquel reino maldito, con su preciosa niña tonta de tontos ojos verdes al lado. –Y yo. –Vámonos de aquí –dijo tomándola de la mano dirigiéndose hacia los goblins–. Escuchad, hay que marcharse cuanto antes, pero mi magia no tiene efecto dentro de Sybare, debemos… –Su majestad –dijo Dydimus temblando escandalosamente–, tenemos compañía… Una pantera se había despertado, se movía lenta como un reptil mientras les rodeaba peligrosa, con gesto más humano que animal en el rostro. Rugió imponente despertando más panteras cercanas. Sonreía, Sarah habría jurado que sonreía… –¡Entra ahí! –dijo Jareth metiéndola de un empujón en el palacio. Pero aquel día la pantera, al menos esa, no iba a tener suerte. Ludo interceptó su grácil salto agarrándole la cola. Entonces el enorme animal pareció un inofensivo felino, un peluche

que su peludo amigo hacía girar por encima de su cabeza antes de lanzarlo despedido hasta casi la linde del bosque. –¡Impresionante, Ludo! –dijo Jareth con admiración–. ¡Ahora acabemos con ellas! –gritó antes de chocar con la siguiente osada que iba directa a su yugular. Sarah contempló atónita cómo se deshacía de ella más pronto que tarde. Las panteras eran fuertes, pero Jareth pese a no tener una musculatura singular, era demasiado viejo y listo para impresionarse por su aspecto. Pronto la sybara criatura yacía en el suelo, inconsciente. –Esto va a ser pan comido –dijo echando un vistazo atrás, haciéndole un guiño a Sarah. Ella sonrió sintiendo también ganas de pelear por ser libre, pero sobre todo, ganas de recuperar todo TODO lo que era suyo. Mientras el Rey y los suyos luchaban en la entrada del palacio, Sarah subía escaleras para enfrentar sus propios asuntos pendientes. *** Se armó con un candelabro por el camino. Era ridículo tenerlos en un palacio donde la mayoría de seres que lo habitaban tenían visión nocturna, de modo que no lo echarían en falta. Buscó primero donde supuso que estarían las habitaciones, en la primera planta, en las puertas cerradas... Allí de todos modos solo había una abierta. Cual fue su sorpresa al encontrar de primera mano lo que andaba buscando… Se acercó a la cama con el candelabro por encima de la cabeza. –¡Despierta! –le dijo–. ¡Despierta, monstruo asqueroso! –repitió. La princesa de Sybare empezó a moverse adormilada, se había desperezado, ya casi había abierto los ojos cuando recibió un tremendo golpe en la cabeza con un candelabro torneado–. ¡PUTA! Anöuk cayó rodando de la cama. Descolocada y dolorida no acertaba a darse cuenta de qué estaba pasando, pero Sarah que había visto mucho cine y sabía que en cualquier momento podía tener las de perder, ni siquiera le dio oportunidad de reaccionar antes de subírsele encima para asestar otro golpe de candelabro. –¡Mala bestia! ¡Devuélvele a mis amigos lo que les has robado! –Anöuk hacía intentos por gritar ante el ataque de la que ella tenía por goblin–. ¡De–vuel–ve–se–loaho–ra–mis–mo! – decía mientras la agarraba el pescuezo acompañando cada sílaba con un golpe en el suelo–. ¡Cabrona! ¡Bicho asqueroso! ¡Haz que vuelvan a ser como eran o te juro que te meto con el candelabro otra vez! ¡De–vuel–ve–le–la–voz! ¡De–vuel–ve–le–la–va–len–ti–a cacho engendro! –pero lo cierto es que Anöuk no podía hacer nada de lo que le pedía porque Sarah seguía sobre ella atizándole, dándole bofetadas y en menor medida haciéndose valer del candelabro. Aún así logró liberar una mano y levantándola hacia el balcón, Anöuk describió un movimiento errático. Sarah aguardó, los ruidos de lucha que trepaban hasta la habitación de pronto cambiaron notablemente: escuchó el rugido de Ludo llamando a las piedras, y a las piedras del balcón respondiendo. También escuchó a Sir Dydimus de fondo… ¡¡¡Sir Dydimus llamando cobardes a las panteras!!!

***

Cuando echó una ojeada atrás, Sarah no estaba. Frente a él, sin embargo, había una importante cantidad de panteras despiertas, pero también estaban sus tres valientes súbditos decididos a pasar un buen rato a su costa. Ludo sencillamente las hacía volar, Hoggle aplaudía cada nuevo aterrizaje, y Sir Dydimus… bueno, Sir Dydimus corría unos metros tras ellas insultándolas hasta que se perdían en el horizonte, para después regresar a la posición inicial y plantar batalla al nuevo juguete que Ludo ya tenía preso por la cola. Jareth entró en el palacio y subió directo al primer piso, pero en vez de ir a la puerta abierta donde parecía que Sarah maldecía a diestro y siniestro, fue hacia la cerrada: el aposento del Rey Godrik: allí debía firmar su sentencia de muerte. –No hace falta que digas nada –aclaró el anciano–, la promesa que hicimos mi hermano y yo queda rota. –Gracias tío Godrik. –Eres un ingrato y pagarás por esto. –No me importa, la inmortalidad es un precio demasiado alto si he de compartirla con tu hija. –No sabes lo que tienes, estúpido. Mucha basura de otros mundos, como esa humana que tanto sacrificio merece, mataría por tener algo de lo que yo te regalé cuando os prometisteis. –Creo que tomas la vida eterna como un bien demasiado preciado. Yo estuve dispuesto a morir en el pasado, solo al pensar que ella, esa humana, moriría también. No quiero lo que me diste a cambio del compromiso, quédatelo y vive otro milenio más si te place.

–Eres un idiota, Rey de los Goblins –dijo Godrik haciendo un leve gesto con el que rodeó a Jareth arrancando de él algo que había vivido en su cuerpo, más fuerte que la magia, más fuerte que cualquier otra cosa, más fuerte incluso que el amor: la palabra, la vida eterna. –Gracias. –Ahora márchate de aquí y no regreses. –No pensaba hacerlo –se mofó él. El anciano captando la burla apretó los dientes con rabia. –¡Ingrato! –le gritó al salir mientras Jareth cerraba la puerta. *** –Ahora vas a bajar ahí y les vas a pedir disculpas a mis amigos por haber sido tan cabrona ¿me entiendes? –Sí –dijo Anöuk a la que Sarah tenía agarrada por el pelo, y llevaba a rastras fuera del dormitorio. –¡Sarah! –dijo Jareth que venía de la habitación de enfrente–. ¿Pero qué haces? –¿Que qué hago? Le enseño modales a este pedazo de zorrón –dijo mostrando los dientes– . Y si mis amigos tienen el valor de perdonarte –amenazó a la desmelenada–, te prometo que yo no voy a hacerlo y me voy a ocupar personalmente de darte de hostias hasta que me canse porque eres… –Ya, ya vale –pidió Jareth sin poder evitar reírse al verla tan enfadada. –¡Es que la mato, te juro que la mato! –Déjala… –dijo tomando a su princesa de las manos. Sarah se dejó, soltó el pelo de Anöuk y se acercó a Jareth para sentir su abrazo–. No vale la pena, ha salido todo bien. –Sí pero vamos, o se disculpa o te juro que… –Se disculpará, tranquila –dijo besándola en el borde de la escalera. Y la besaba de nuevo cuando Anöuk se levantó dispuesta a hacer que el final no fuera feliz para nadie. De un rabioso golpe empujó a Sarah que comenzó a caer rodando escaleras abajo. No sintió nada cuando impactó contra el mármol, solo se dejó mecer por la oscuridad, tan bien recibida cuando llegaba a un lugar donde solo había vida cuando el sol estaba en lo alto… *** Al abrir los ojos se encontró en casa, en su habitación, en su cama. No le dolía nada, pero el sudor había empapado las sábanas. «¿Ha sido un sueño?», se preguntó mirando a todas partes. El tocador estaba allí, su ropa, el escritorio hasta arriba de apuntes y libros, algún perfume, las tareas de la universidad… «No puede haber sido un sueño», se dijo levantándose. No le dolía nada, nada de nada, ni el cuerpo

ni la cabeza ni… –corrió hasta el tocador para verse la cara–. No tenía ningún golpe. Se levantó la ancha camiseta de dormir: nada de nada. «Increíble» se dijo mientras quedaba sentada en la cama, «absolutamente increíble… Ha sido tan real…». –Sarah –su madrastra llamaba a la puerta–, cariño ¿estás despierta? –¡Sí! –Vamos, están esperándote. ¿Quién? ¿Quién la esperaba? –¿Quién? –preguntó, pero era inútil, los tacones se alejaban escaleras abajo. Sarah cogió lo primero que tuvo a mano, unos pantalones vaqueros y una camiseta negra para vestírselas con el corazón en un puño. Si bajaba las escaleras y era Bill quien esperaba, todo habría sido un sueño. Salió de la habitación y trotó hasta la planta baja. Antes de entrar en el comedor tuvo que tomar aire temiendo qué encontraría en aquella habitación… –Buenos días. –¡Jareth! –exclamó a punto de llorar. Era él, tenía el cabello recogido, estaba vestido de calle con unos vaqueros y un jersey de punto blanco, como si tal cosa. Se abrazó a su cuello besándole con ganas. Su madrastra que había presenciado la escena tomó nota mental: aquella noche le iba a echar una bronca importante por el estallido público de hormonas. Por suerte Jareth no estaba tan fuera de sí como ella–. Qué susto, joder, ¡pensaba que todo había sido un sueño! –Te diste un buen golpe en la cabeza… –dijo sonriéndole, alejándose para conseguir una respetable distancia de seguridad entre sus cuerpos. Le colocó después un mechón rebelde de pelo tras la oreja–. Deberías calzarte, tenemos que marcharnos, nos están esperando. Sarah asintió sin preguntar más. ¡Había sucedido! ¡Todo era real! No fue un sueño como en una de esas historias cutres donde después de tantísimas aventuras el protagonista se despertaba y todo era producto de su imaginación… Odiaba aquellas cosas. Se calzó las botas altas y en un plis salía de casa junto a Jareth, mientras Anne supervisaba los pasos de la pareja desde la ventana. No le disgustaba el nuevo novio de su hija, quizá fuera un poco mayor, pero si le hacía feliz poco debía decir al respecto. Eso sí, la bronca se la llevaba. No estaba bien mostrarse tan efusiva en casa. –¿Dónde vamos? –Al coche. –¿Al coche? ¿No viajamos en una bola de cristal?

–No mientras nos observe tu madre –dijo Jareth con una sonrisa pícara. Cuando ambos estuvieron montados con los cinturones de seguridad puestos y Anne desapareció tras el visillo, continuó el interrogatorio. –Bueno, ¿y ahora dónde vamos? –A mi casa. –¿Al Laberinto? –No, a mi otra casa. –No me entero de nada Jareth, podrías ponerme en situación. –Uff… eso va a ser tremendamente complicado. Y no dijo más, mientras Sarah le bombardeaba con preguntas sobre qué había ocurrido en Sybare, Jareth se limitó a seguir conduciendo y subir la música. El coche comenzó a decelerar llegados a las afueras del pueblo, cuando una pequeña casa de piedra que siempre le encantó, comenzaba a asomar entre la espesura de los árboles. –¿Esta es tu nueva casa? –preguntó incrédula.

–No, esta es mi otra casa –dijo él saliendo del coche.

Sarah le siguió. Todavía no podía creer que Jareth se hubiera instalado allí. El lugar era precioso, de ensueño, pero irrisoriamente pequeño en comparación con el castillo. Cuando sacó las llaves y abrió la puerta, Sarah comprendió qué estaba ocurriendo allí. Las dos viviendas de Jareth comunicaban. Al fondo, en el hogar de su mundo, había una puerta abierta que comunicaba con una estancia del castillo de los goblins en el Laberinto. –¡Dios mío, esto es increíble! –Es magia –dijo abrazándola por la espalda. Al momento los goblins que trabajaban al otro lado corrieron el rumor de que su Ilustrísima Majestad estaba con El Rey, pero más rápido aún que los rumores estuvieron Ludo, Sir Dydimus, Hoggle, Pelusilla y todos los demás, que pronto anegaron el pequeño recibidor de piedra saludándola felices por su regreso. –¡Qué alegría Milady, estábamos deseando volver a veros! Hermano, Hermano, mirad, es Milady, ya está con nosotros. –Y yo, Sir Dydimus, ¡y yo! –dijo ella tomándole en brazos para darle vueltas de alegría y besos dulces como la miel. –¡Saaarah! ¡Sarah despiertaaaaa! –¡Sí Ludo, sí, aquí estoy! –dijo abrazando también a su peludo amigo. –Sarah… –¡Hoggle! –exclamó agachándose para besar en la cabeza a su fiel compañero. –Quiero presentarte a Abba, mi señora. –¿TE HAS CASADO, HOGGLE? –y Hoggle se puso rojo como las cerezas mientras una goblin más o menos de su altura, rubia y con aspecto sano, juvenil ¡y estupendo! se adelantaba para saludarla. –Yo soy Abba. –¡Hola Abba! ¡Estoy encantadísima de conocerte! –sonrió Sarah, estaba pletórica con todo aquello. Nunca imaginó que la aventura pudiera tener un final mejor, hasta que Jareth tomó la palabra. –Ahora que estamos todos, me gustaría que guardarais silencio unos instantes, tengo algo que decir –su obediente pueblo se volvió para admirar al Rey, que pese a los pantalones vaqueros seguía teniendo aquella presencia capaz de cautivaros a todos–. Han sucedido muchas cosas en poco tiempo, muchas aventuras y desventuras, juntos hemos reído y llorado también –dijo mirando a Sarah–, pero el Laberinto siempre ha prevalecido a la adversidad –los goblins aplaudieron y vitorearon a su Rey hasta que él hizo un gesto con las manos rogando silencio–. He estado solo al frente del reino desde que tengo memoria, he dirigido el Laberinto unas veces bien y otras menos bien, pero sinceramente –dijo tomando a Sarah de la mano–,

deseo continuar con mi labor acompañado a partir de ahora... Quiero aprovechar este momento de felicidad, esta plenitud para preguntarte algo, Sarah… Jareth se arrodilló ante ella, Sarah se puso roja. Acto seguido se inclinó hacia él para ayudarle a levantarse. Jareth tenía el ceño fruncido, no comprendía. –Cielo –dijo ella nerviosa, dándole tirones del jersey mientras todo el reino observaba–, vamos a tomárnoslo con calma… –¿Cómo?... –preguntó incrédulo, con los ojos tan abiertos como los de una lechuza… blanca, por ejemplo.

Fin

Si no nos conoces y te apetecemos, no dudes en buscarnos: Blogger - http://marivigilias.blogspot.com.es/ Facebook https://www.facebook.com/pages/Marivigilias Allí te esperamos. Ven dispuesto o dispuesta a dejar de contar ovejas. ;)

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