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Tus pasos me dicen: Sígueme. Tu sonrisa y tu mirada me hablan de tu inocencia.

El
dulce murmullo de tu risa es un canto de ingenuidad. Tus ojos, y pronto también los míos
ven lo hermoso que es el mundo, porque lo es. Pero es el corazón del hombre el que le da el
contraste que temo, pues es engañoso y perverso.
Y te veo caminar, con tu jovial alegría, con tu infantil inocencia. Y pienso: hermoso
camino el que recorre, jamás se desvíe de él. Y advierto un pensamiento ajeno: “¿Quién la
guarda de ser víctima de un secuestro?”
Tan frágil, tan vulnerable. No te arrebate una emoción. No seas víctima de un
sentimiento manipulado. Porque en mi debilidad y frustración me exploré a mi mismo, yo tan
ingenuo y sin experiencia, pero hombre por virtud y también por desgracia. Desgracia
porque hemos tropezado con nuestro propio egoísmo. Somos buenos y somos malos. Y no
sabemos vivir, mientras no sepamos amar. Cuestioné antes de amar porque fui herido. Y sé.
Cada pensamiento es una oportunidad de extraviarse, y encontrarse amando o encontrarse
esclavo de la perversidad del corazón herido que ha perdido la razón y en monstruo se ha
convertido.
Pero me guía tu sonrisa, me guía tu mirada y esas historias me duelen, por quienes las
viven, porque jamás son las mías. Frágil es el corazón, que aunque se arme de sabiduría,
ante el amor se descubre y se derrama con locura. El corazón herido, cuando en la guerra
permanece, enmienda su armadura con necedad, orgullo y prejuicio.
No es el amor el que hiere, pero es sin duda el que sufre. Pero la ilusión se desvive
despertando emociones ante palabras dulces pero lisonjeras y promesas falsas, coloridas
pero amargas. Te conocen, te entienden, lo hacen porque te observan. Saben que palabras
descubren tu piel desnuda, que cual caricia recorren tu cuerpo, y que en tu suspiro te
invaden hasta lo más íntimo y profundo. Alborotan con fuego tus entrañas, llevan su fiesta
por tu sangre y confunden tu mente. Te conducen según la voluntad de aquel que las
profiere.
Somos buenos y somos malos, siempre egoístas. Todos prometemos amar, sin haber
siquiera aprendido. Somos buenos, puedes verlo. No te arriesgues a enseñarnos, si no hemos
visto tu luz, si no hemos visto tu camino. Tu luz es pequeña y puede apagarse, no salgas sola
nunca, sino que otros con su luz te acompañen. Porque nos vislumbraste y nos percibiste
buenos, porque tu luz era pequeña. Pero otra luz me ha descubierto y pude ver que era
malo, porque engañoso y perverso es el corazón del hombre, y tomé esta luz por mía para no
andar en tinieblas.
Porque si a tientas caminamos, tal vez hoy somos buenos y mañana malos. No
corresponde a tu ingenuidad conocernos. Tu luz es pequeña para que dos caminen y vean. Y
quien siempre anduvo a tientas te seguirá con torpeza y tal vez por accidente tu luz apague
y no te des cuenta.
Tu luz es pequeña. Tu fragilidad es tu hermosura, es la sencillez con que te
emocionas y amas respondiendo aún a los detalles. Entre tus virtudes destaca tu inocencia.
Tu ingenuidad es tu gracia. Pero por sobre todo es tu luz lo que te guarda y mantiene bella.
Dale siempre su lugar, no sea que te distraigas, te confundas y tropieces.

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