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¿DÓNDE LA BUSCAN?

Y LA

¿DÓNDE LA ENCUENTRAN?

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JAVIER ELZO

LO S JÓVENE S

Y E.A FELICIDA D

¿Dónde la buscan? ¿Dónde la encuentran?

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Diseno: Estudio SM

© 2006, Javier Elzo Imaz

© 2006, PPC, Editorial y Distribuidora, SA Impresores, 15 Urbanización Prado del Espino 28660 Boadilla del Monte (Madrid) ppcedit@ppc-editorial.com www.ppc-editorial.com

ISBN 84-288-1573-9 Depósito legal: M-36.257-2006 Impreso en España / Printed in Spain Imprime Grefol, S.L.

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INTRODUCCIÓN

Sería febrero o marzo de 2005 cuando Adela Cortina me invitó a participar, en Valencia, en un curso en el marco de los que orga- niza allí la Universidad Internacional Menéndez Pelayo durante el verano. El tema genérico del curso era «Felicidad y proyectos de vida buena». Me pidió que reflexionara sobre la felicidad y los jóvenes. Acepté inmediatamente y preparé unas páginas que ahora se han convertido en el embrión de este libro. Obviamente, al comenzar una reflexión acerca de si los jóve- nes son felices o qué es lo que entienden por felicidad, cómo al- canzarla, etc., hay una cuestión previa, a saber, preguntarnos qué es lo que ponemos bajo la capucha del término «felicidad». Pero responder a tal cuestión me hubiera llevado toda la confe- rencia, y aquí todo el libro. Además, otras personas con más co- nocimiento y dedicación al tema se han ocupado del asunto. Además me vino a la memoria un suceso, que paso a relatar brevemente, que me disuadió de empecinarme en ese empeño. En San Sebastián, allá a comienzos de los años ochenta, un grupo de personas dedicó un año entero, con reuniones quince- nales de mañana y tarde, a estudiar la cultura vasca. Para ello se necesitaba desentrañar previamente cuáles podrían ser las es- pecificidades, particularidades, componentes, etc. de la cultura vasca, para saber en qué fijarse. Al término del año pregunté a uno de los componentes del grupo por las conclusiones del tra- bajo. Me contestó que no habían llegado a ponerse de acuerdo, no sobre lo que podrían suponer los elementos de una cultura vasca, sino, más simple y básicamente, sobre lo que habría que entender por cultura. Creo que con el término «felicidad» puede suceder lo mismo. Si el lector tiene alguna duda, le recomiendo que se acerque,

como lo hice yo al inicio d e este texto, a u n reciente libro d e Gustavo Bueno qu e lleva po r título El mito de la felicidad \ 394 páginas donde podemos encontrar, entre otras cosas, mil y una definiciones d e felicidad en los cinco estratos o ámbitos que comprende, según el autor, el campo d e abordaje d e la felici- dad: las dimensiones psicológicas, conceptual, la de las ideas con sus teorías (concatenación de conceptos) y doctrinas (con- catenación de ideas). No voy a adentrarme en esos vericuetos que, además de no ser los míos, llenarían en demasía las pági- nas de este trabajo. Abordaré la cuestión más simplemente preguntándome so- bre la percepción que tienen los jóvenes de su talante vital. ¿Se sienten felices los jóvenes? ¿Qué es para ellos la felicidad? ¿Quienes son los más felices? Esto nos llevará, en primer lu- gar, a preguntarnos directamente qué responden los jóvenes

cuando se les pregunta si se sienten felices, vida. Estaremos atentos a lo que ellos mismos

la felicidad. Pero iremos más allá. Parece normal pensar que, salvo masoquismo colectivo, las personas anhelan la felicidad, luego parece lógico pensar que hay correlación entre lo que les parece más importante en su vida, los objetivos que quieren al- canzar en ella, el tiempo que dedican a esto y aquello, especial- mente el tiempo libre, y la felicidad. Veo difícil, pongo por caso, que quien deteste el fútbol vaya todos los domingos al campo de fútbol. Asimismo, quien solo piense en sí mismo y en su bien- estar, difícilmente se comprometerá a ir los fines de semana a colaborar en una ONG. Estos dos simples ejemplos nos indican que hay también una forma indirecta de abordar el tema de la felicidad de los jóvenes: analizar cuáles son las prioridades, en qué emplean su tiempo y su dinero, cuáles son los comporta- mientos que consideran aceptables y cuáles rechazables, qué esperan de la familia, de la amistad, si su mundo se reduce a lo empíricamente contrastable o hay una apertura a lo metaempí-

contentos e n la dicen que les d a

G. BUENO, El mito de la felicidad. Barcelona, Ediciones B, 2005.

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rico -apertura a la trascendencia, diríamos en lenguaje cris-

tiano- (y también qué lectura d e la trascendencia), y cotejar

todo esto con el sentido de la felicidad, con la percepción que

tienen de su felicidad.

Cuestión compleja y que, no sin cierto temor, abordo en estas

páginas. Pero quiero decir

d e entrada dos cosas: primera, n o

quiero probar tesis alguna, y segunda, si hubiera tal tesis, ha- bría que tratarla con sumo cuidado, pues mostraría no pocas excepciones. Sin embargo, sí creo que cabe sostener una línea básica de fondo: la felicidad, la sensación personal de felicidad, de sentirse bien, está más correlacionada con la virtud y con cierto desprendimiento que con la mera búsqueda de satisfac- ción inmediata, y ello desde la perspectiva del individualismo de deseo, dejando a un lado el individualismo de construcción

personal. A primera vista parecería que los jóvenes, al menos muchos jóvenes, serían epicúreos, en el sentido trivial del término: el que solamente busca el placer, un gozador, un libredisfrutador, como definimos en Jóvenes españoles 1999 2 al quinto «cluster» de nuestra tipología: «Hedonista, libredisfrutador», que se man- tendrá en la tipología de 2005 3 . Pero hay otros jóvenes, otros muchos jóvenes, que saben aliar la responsabilidad con la di- versión, el tiempo d e trabajo con el de ocio, jóvenes que se divierten con red, que de alguna manera saben limitar sus de- seos a lo posible, a lo alcanzable. No me atrevo a decir que se acerquen al concepto de eudaimonía de Epicuro, con su análisis de los deseos naturales y los necesarios, limitando solo a ellos sus deseos para alcanzar la felicidad. De ahí que más prosaica-

2 J. ELZO (dir.)

/

F. ANDRÉS ORIZO /

J. GONZÁLEZ-ANLEO /

P. GONZÁLEZ

BLASCO / M. T. LAESPADA / L. SALAZAR, jóvenes españoles 1999. Madrid, Funda-

ción Santa María - SM, 1999.

3 R GONZÁLEZ BLASCO (dir.) / J. GONZÁLEZ-ANLEO / J. ELZO / J. M . GONZÁ-

LEZ- ANLEO SÁNCHEZ / J. A . LÓPEZ RUIZ / M . VALLS IPARRAGUIRRE, Jóvenes espa-

ñoles 2005. Madrid, Fundación Santa María - SM, 2006. Este es el principal li- bro fuente para este trabajo, pero la redacción de lo que aquí se escribe es, en más del 90%, inédita.

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mente he dicho que son jóvenes que se divierten con red, saben distinguir los tiempos, jerarquizar sus deseos, limitarlos, bali- zarlos e incluso posponerlos. Un mero recordatorio del principio socrático de que no existe felicidad sin virtud, y que la virtud es la condición necesaria y suficiente para la felicidad, nos sirve par afirmar que también cabe aplicarla, aunque solo a una parte, y cada día más exigua, de nuestra juventud. Sí, además de los libredisfrutadores y de los jóvenes bien integrados y «correctos», en nuestra sociedad también tenemos la saga menguante de los jóvenes altruistas y comprometidos, que son, junto a los integrados, los jóvenes que comparativamente con el conjunto juvenil español más arriba se colocan en la escala de los jóvenes «metro-felices», valga la expresión. En ellos se conjuga la felicidad total de quienes vi- viendo bien también se comportan bien. Disfrute y virtud, la fe- licidad socrática. Pero ciertamente no faltan, y no son cuatro o cinco, los que si- guiendo al pragmático Aristóteles entienden que la virtud no da necesariamente la felicidad (pues hay virtuosos infelices) y que es necesario un poco de suerte en la vida: haber nacido, si no en una familia diez, sí en una familia no muy desquiciada, tener una inteligencia suficiente, si no hermosura, tampoco es- tar marcados por fealdad o discapacidad grave. También, y so- bre todo, la suerte, la fortuna, la inmensa fortuna de tener bue- nos amigos. Ya lo veremos, buena familia y buenos amigos -sin olvidar la salud-, he aquí, si no el colmo de la felicidad, sí las condiciones sine qua non es impensable la felicidad para los jó- venes de hoy. Pero, ¿como se ven los jóvenes a sí mismos?

1. Los jóvenes, ¿se dicen felices o infelices?

Muchas veces se oye decir que tenemos una juventud desarrai- gada, indolente, vaga, acomodada en casa, triste, errante y hasta violenta. Puede que haya algo de esto en algunos jóvenes (¿y en los adultos no?) e incluso que en algún segmento juvenil

esos aspectos negativos sean los prevalentes. Pero, como he- mos mostrado en infinidad de trabajos, la juventud como cate- goría sociológica uniforme no existe. Sin estar completamente de acuerdo con la boutade de Bourdieu, cuando dijo aquello de que «la juventud no es sino una palabra», es evidente que es absolutamente central distinguir entre unos jóvenes y otros. De ahí la importancia de trabajar con tipologías de jóvenes, pese al riesgo de etiqueta que conllevan, aunque siempre me- nor que cuando se etiqueta al conjunto juvenil de esto o de aquello. Pero ya de entrada cabe preguntarse en esta cuestión de la fe- licidad cómo se ven los jóvenes a sí mismos, si felices o infeli- ces. De hecho, al considerar las respuestas de los mismos jóve- nes, que contrapesan a la vez variados aspectos de sus propias vidas, podemos afirmar que los jóvenes españoles están mayo- ritariamente satisfechos con sus propias vidas. Preguntados di- rectamente en el citado estudio de Jóvenes españoles 1999 sobre cómo valoran la vida que llevan, el 82% responde que su vida le satisface mucho o bastante. Un 14% se sitúa en términos un tanto «pasotas»: simplemente vive, y no se plantea problemas de ningún tipo. Un muy escaso 4% de jóvenes responde que está poco o nada contento con la vida que lleva. Así, en el capí- tulo de reflexiones finales del estudio, concluíamos que la cifra del 82% de los jóvenes españoles afirmando que está contento con la vida que lleva nos parecía relevante. Según ellos mismos, estamos, en efecto, ante una juventud contenta, feliz, bien in- serta en la sociedad, sin mayores problemas ni con los profeso- res, ni con sus padres, ni con sus hermanos. Menos aún con sus compañeros y amigos.

A mayor abundamiento, en el estudio de 2005, el 69% dice te- ner un nivel adecuado de libertad; el 22%, más libertad de la que, a su juicio, debería tener, y un escaso 9% señala que tiene menos libertad de la que debería tener, lo que otros estudios posteriores han confirmado. Llamativa constatación que, a nuestro juicio, no es sino una soterrada e implícita demanda de referentes, de balizas de comportamiento, de concreción de

indicadores de lo que vale y no vale, de lo que está bien y de lo que está mal. Es un grito silencioso de demanda de sentido. De

hecho se sienten y, cuando se les pregunta, se dicen libres, pero no son libres. Tienen fuertes ataduras con la familia de origen y viven muchos años, demasiados, en la dependencia familiar, escolar, social, experimentando en lo que quieren, pero sin la responsabilidad de tener que dar cuenta de lo que hacen. Quiero significar que nunca generación alguna ha sido tan au- tónoma, con un horizonte menos predeterminado, más abierto. Esta es su ventaja y su riesgo, su fuerza y su debilidad. Detengámonos brevemente en el Informe 2004 Juventud en España, realizado en el marco de los que habitualmente realiza el INJUVE, del Ministerio de Asuntos Sociales, en el que hay un

apartado

«afirman que son más felices que los adultos, y cuando los com- paramos con nuestros vecinos europeos indican índices de feli- cidad superiores a la media», señala el autor de esta parte del Informe, Jaume Andreu (p. 483). En los gráficos y tablas que se ofrecen en el estudio podemos leer que, con formulaciones si- milares, los jóvenes, en cifras que varían entre el 81% y el 89%, se dicen felices (muy o bastante felices) en diversas investiga- ciones realizadas en España entre 1991 y 2003. Asimismo, se- gún una encuesta social europea que se reproduce, en una es- cala de felicidad de elaboración propia, de 1 a 10 los jóvenes españoles se sitúan en el punto 7,9, siendo los valores extremos los de Dinamarca, con 8,2, en el extremo superior y, sorpren- dentemente para el que suscribe, Grecia e Italia en el extremo inferior, con cifras de 7,1 y 6,7 respectivamente 5 . En todo caso, con cifras no muy diferenciadas.

donde se aborda esta cuestión 4 . Los jóvenes españoles

4 Informe 2004, juventud en España. Madrid, INJUVE. Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, 2005. Cf. pp . 483ss (se pued e consultar el estudio en la web del Ministerio).

5 Por el contexto, supongo que el autor ha privilegiado la dimensión eco- nómica, pues en los primeros lugares están, además de Dinamarca, Finlandia, Noruega y Suiza, y en el inferior, además de Italia y Grecia, Polonia, Hungría y la República Checa.

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En otro momento se preguntan los autores del estudio qué es lo que hace felices a los jóvenes. Pese al excesivo agrupamiento de indicadores en el segundo ítem, nos parece interesante transcribir la tabla en la que los investigadores de este estudio resumen las razones que dieron los jóvenes españoles cuando se les preguntó, en pregunta abierta, los años 1991, 2000 y 2004, por las «causas de su felicidad».

Tabla 1. Las causas de la felicidad juvenil. Evolución en los últimos quince años (en %)

 

1991 2000

2004

Relaciones personales

39

40

44

Estado personal (salud, independencia personal, estado de ánimo, autoimagen, aceptación)

31

19

15

Ocupación profesional (estudio/trabajo)

15

7

9

Diversión, viajes

9

10

8

Bienes materiales

3

5

5

Asuntos colectivos

2

1

-

Todo

-

15

15

Nada

-

2

1

Otros

-

-

3

N =

1.226

6.492

5.014

Estudios de la juventud de INJUVE. Siempre preguntas abiertas. El año 1991, máximo de tres respuestas. En 2000 y 2004, solo una respuesta admitida

Fuente: INJUVE, Informe 2004, Juventud en España, p. 485

La conclusión que retiene Jaume Andreu es la siguiente:

«A los jóvenes, lo que les hace felices son las relaciones que mantienen con sus familiares, amistad y pareja. Mantener un entorno íntimo armonioso es clave para que un joven se sienta feliz. Esta paz externa con su entorno más cercano hace que la mayoría de ellos conteste en las encuestas que se siente bas- tante feliz». A lo largo de este trabajo, y especialmente en el úl- timo capítulo, vamos a profundizar en esta afirmación que consideramos de todo punto acertada, aunque precise profun- dización y matizaciones.

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En todo caso, los jóvenes parecen estar contentos con sus vi- das. Así, en la última frase del capítulo de reflexiones finales del estudio de la Fundación Santa María del año 1999 decíamos que los jóvenes españoles «están bastante contentos con el trabajo los que trabajan, con los estudios los que estudian, y la gran mayo- ría razonablemente satisfecha con la vida en general». Trabajos posteriores, y entre ellos el del año 2005 de la misma Fundación Santa María, nos hacen atemperar un poco esa afirmación. En realidad es la lectura del investigador la que pone en duda la propia aseveración del investigado. Cuestión siempre peligrosa, pero, como vamos a ver inmediatamente, no es una proyección del investigador, de Javier Elzo en este caso, y de su escala de va- lores sobre los investigados, los jóvenes españoles de hoy, sino consecuencia de la lectura de otros datos que nos suministran los propios jóvenes. Concretamente vamos a analizar ahora cuá- les son, según ellos mismos, los rasgos que les definen. Después nos detendremos en la comparación de las dos percepciones que los jóvenes nos transmiten de sí mismos: sus sentimientos de fe- licidad e infelicidad y los rasgos que según ellos les definen.

2.

Imagen que los jóvenes tienen de sí mismos

En una investigación realizada durante los meses de octubre y noviembre de 2003 a 393 jóvenes, con edades comprendidas en- tre los 18 y los 25 años, de ambos sexos, en las ciudades de Ma- drid, Barcelona y Sevilla, mediante entrevista personal, se pre- tende obtener, en primer lugar, una autoimagen de ellos mismos, y a continuación cuáles son las marcas comerciales que más les atraen 6 .

6 MILLWARD BROWN SPAIN,

LOS jóvenes españoles y sus marcas. Noviembr e

d e

2003. Millward Brown Spain pertenece a una empresa internacional de inves- tigación en cultura, entretenimiento y mercados. Hay otro trabajo suyo muy interesante, y similar al que aquí presentamos, pero con trabajo de campo cualitativo entre la juventud europea. Cf. http://www.emprendedorxxi.es/ html/publicaciones_home.asp (20 d e agosto 2004).

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Respecto a la primera cuestión, la única que aquí nos inte- resa, formulada abiertamente, llegaron a este ranking de res- puestas, limitándonos en esta presentación a las que obtuvieron como mínimo un 10% de menciones.

Tabla 2. Adjetivos que, según los jóvenes, mejor les definen (cinco adjetivos máximo)

Adjetivo calificativo de la juventud actual

Porcentajes de menciones

Divertida

51

Trabajadora

23

Dinámica

22

Extrovertida

19

Libre

18

Pasota

17

Moderna

14

Irresponsable

13

Inconformista

11

Liberal

10

Responsable

10

Viciosa

10

N = 393

Fuente: MILLWARD BROWN SPAIN, Los jóvenes españoles y sus marcas. Noviembre de 200

Aunque la comparación con los estudios de la Fundación Santa María es mu y difícil de realizar (la lista de adjetivos pro- puesta en estos últimos es distinta, la edad es diferente, así como, muy probablemente, el sistema de obtención de informa- ción, domiciliaria en la Fundación y, suponemos, que en la calle en Millward Brown, así y todo las diferencias que obtenemos no soy muy relevantes, bien al contrario, son más las similitudes. En efecto, observará el lector que hay muchos elementos co- munes en ambos estudios: los jóvenes se ven trabajadores, con- sumistas, egoístas/irresponsables, rebeldes/inconformistas, etc. En realidad, la mayor diferencia viene del hecho de que en nuestros trabajos no hemos introducido el adjetivo de juventud

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«divertida», que es, por el contrario, el que en mayor grado es mencionado en el estudio de Millward Brown Spain, indicador, evidente a nuestro juicio, de la importancia del tiempo libre y de ocio en sus vidas.

Tabla 3. Rasgos que caracterizan a los jóvenes. Comparación 1994-1999-2005. En % de menciones el año 2005 (respuestas múltiples)

Rasgos atribuidos a los jóvenes de su edad

2005

1999 1994

Consumistas

59,8

46,4

50,5

Rebeldes

54,1

42,9

50,9

Pensando sólo en el presente

38,3

31,9

-

Independientes

34,1

38,2

55,1

Egoístas

31,0

21,7

22,7

Poco sentido del deber

26,7

20,7

16,9

Leales en amistad

25,5

29,5

-

Poco sentido del sacrificio

24,8

16,6

16,8

Solidarios

22,5

27,9

25,9

Tolerantes

20,3

27,2

17,8

Trabajadores

20,3

24,7

Generosos

13,4

13,6

17,7

Maduros

11,4

21,1

16,9

NS/NC

1,5

0,3

0,6

4.000 3.853 2.028

2005-1994

Evolución rasgos

Positivos

Negativos

 

+9,3

+9,3

+3,2

+3,2

+6,4

+6,4

-21,0

-21,0

 

+8,3

+8,3

+9,8

+9,8

-4,0

-4,0

 

+8,0

+8,0

-3,4

-3,4

 

+2,5

+2,5

-4,4

-4,4

-4,3

-4,3

-5,5

-5,5

-40,1

+41,8

Fuente: Jóvenes españoles 2005. Fundación Santa María.

Centrándonos en la tabla 3 con los datos de la Fundación Santa María de los últimos diez años, la observación mayor que hay que retener es la baja autoestima de los jóvenes cuando se les pregunta por los rasgos que les caracterizan. En los datos de 2005 constataremos cómo los rasgos de «consumistas», «pensando solo en el presente», «egoístas» y «con poco sentido del deber y del sacrificio» aparecen entre los que el mayor nú- mero de encuestados señalan atribuyéndoselos al conjunto de los jóvenes. En sentido contrario, y mencionados comenzando

por el que menos, la condición de «maduros», «generosos», «to- lerantes», «trabajadores», «solidarios» y «leales en amistad» se sitúan como los rasgos que, a su juicio, menos caracterizan a los jóvenes españoles de hoy. En otras palabras, los jóvenes se atri- buyen en notorio mayor grado los rasgos negativos que los po- sitivos. Probablemente estemos ante una de las notas más nega- tivas da la juventud española a tenor de los datos del presente estudio. Qué haya en esta valoración de asunción de lo que perciben de la atribución del mundo adulto hacia la juventud actual (identidad externa) y qué de introspección de su propia conciencia de su forma de ser y estar en la sociedad (identidad interna) es cuestión particularmente compleja, aunque a priori nos inclinaríamos más por subrayar la dimensión inducida del exterior, aun sin olvidar su cómoda instalación en la adolescen- cia despreocupada. Los jóvenes, precisamente por su condición de tales, reproducen en su «imaginario» (aunque menos en sus actos) lo que perciben del mundo exterior.

Además, este diagnóstico se ha acentuado en los últimos años de forma palmaria. Hay más jóvenes el año 2005 que el año 1994 que consideran a la juventud de su momento concreto, esto es, a sí mismos como colectividad, consumistas, presentistas, egoís- tas, etc., y menos que los ven (que se ven) maduros, generosos, trabajadores, solidarios y leales en la amistad. La tabla 3 es con- cluyente al respecto. Con la única excepción del rasgo de tole- rantes, y por bien poco, en todos los demás caracteres sube la proporción de atribuciones negativas (41,8% más de atribucio- nes negativas) a la par que desciende cuando de rasgos positi- vos se trata (40,1% menos el año 2005 que el año 1994). Es preocupante que, en comparación con los jóvenes de 1994, los del año 2005 se consideren todavía mas consumistas, pen- sando en mayor grado en el presente y obviando el futuro, que se vean a sí mismos aún más egoístas, con poco sentido del de- ber, con poco sentido del sacrificio, rasgos todos ellos negativos que, además de mencionarlos entre los que en mayor grado los definen, lo hacen aún con mayor intensidad el año 2005 que diez años antes. Además, es particularmente llamativo que el

año 1994, el rasgo que en mayor grado se atribuyeran los jóve- nes fuera el de ser independientes, con un 55% de menciones, y que descienda 21 puntos el año 2005, dejando en primer y des- tacado lugar en el ranking de atribuciones el de consumistas, coincidiendo en esta atribución, por cierto, con el que resumiría a los jóvenes según el trabajo de Millward Brown Spain arriba referenciado. La condición de «rebeldes» e «independientes» exige un breve comentario aparte. Los jóvenes se han considerado siem- pre «rebeldes». Así lo indica más del 50% de los jóvenes el año 2005, incluso unos pocos más que el año 1994. No lo considera- mos en ningún polo -aunque nos inclinaríamos a situarlo en el positivo- por la dificultad de interpretar su significado, má- xime visto el conjunto de sus auto-atribuciones. Por el contra- rio, el rasgo de independiente es más claro y, si se me permite el juicio de valor, más preocupante. En efecto, como acabamos de ver, cada día hay menos jóvenes que se sienten independientes:

55% el año 1994, 38% el año 1999 y apenas el 34% el año 2005. Es difícil no pensar en una juventud que se siente en stand by, relativamente instalada, que se dirá feliz aunque en realidad lo es menos de lo que incluso se dice.

Todo este conjunto de datos de alta atribución de los rasgos más negativos y baja de los más positivos no admite dudas en el triste autodiagnóstico que se hacen de sí mismos los jóvenes es- pañoles el año 2005. Más aún si analizamos los datos de forma diacrónica. Estamos ante una juventud que se valora poco, que tiene muy baja imagen de sí misma. Si la felicidad hubiera de medirse por la virtud, por hacer el bien, preocuparse de los de- más, etc., no cabe decir que esta juventud se perciba feliz. Peor aún, cada vez menos feliz y cada vez más dependiente, no autó- noma, precisamente cuando una de sus notas dominantes es la de querer ser autónoma, construir el puzzle de su vida ella sola, ella con su sola experiencia y durante un período prolongado, lo que dure la adolescencia hasta que se hagan, propiamente ha- blando, jóvenes, básicamente en su grupo de conocidos y ami- gos con los que comparten su tiempo libre.

3. Plan y contenido del libro

Tras esta introducción, donde hemos abordado sucintamente el concepto de felicidad y unos datos elementales de estudios re- cientes que nos muestran hasta qué punto se sientes felices los jóvenes, nos centraremos, en los tres primeros capítulos, en tres aspectos que consideramos importantes en la juventud actual, antes de abordar en el cuarto una tipología inédita de los jóve- nes españoles. En el quinto, recogiendo parte de lo que hemos ofrecidos en los capítulos anteriores, presentaremos un ensayo sobre la felicidad subjetiva de esos mismos jóvenes. Cerrare- mos el libro con unas reflexiones finales sobre los jóvenes de hoy y los de mañana, atendiendo a su felicidad. En el capítulo 1, que hemos titulado «La educación familiar en un mundo en cambio», de forma muy sucinta estudiamos la realidad de la sociedad actual como un mundo en mutación, con unas referencias a la sociedad española de 2006, y la necesi- dad de abordar, en este contexto, la educación de forma global. Veremos dónde reside, a nuestro juicio, lo esencial del cambio familiar hoy en España, y nos interrogaremos sobre sus capaci- dades para educar a las nuevas generaciones. En el capítulo 2 hemos reflexionado sobre la realidad de la violencia juvenil en España. Tras unos breves datos de su pre- valencia, nos detenemos en algunas teorías que explican los orí- genes de la violencia juvenil y la necesidad de introducir la lec- tura que el propio joven realiza de la violencia para entenderla y abordarla. Tras presentar algunas modalidades actuales de violencia juvenil (familiar, escolar, en relación con el ocio y con- sumo abusivo de alcohol y drogas, etc.), nos detendremos en sus causas o factores y en la forma de prevenirlos. Cerramos el capítulo con unos elementos interpretativos de la violencia ac- tual en los adolescentes españoles. Nadie pondrá en duda la conveniencia de introducir los dos capítulos anteriores en un libro que aborde la felicidad ju- venil. Además, como se comprobará en el capítulo 5, forman parte de la construcción del índice subjetivo de felicidad. Pero

introducir un capítulo sobre la dimensión religiosa, máxime -lo adelanto- cuando su papel en el referido índice al final será menor, muchos lectores quizá no lo entiendan. Sin em- bargo hay dos razones básicas para este capítulo. En primer lugar la importancia que concedemos a la dimensión reli- giosa, que, aunque en declive en gran parte de la juventud, especialmente en su dimensión institucional, resulta, sin em- bargo, muy relevante para comprender determinados com- portamientos. En segundo lugar, la escasez en la literatura es- pañola de trabajos concernientes a la religiosidad juvenil (los que hay son relativamente breves, aunque fundamentados en datos sólidos). Este será, en consecuencia, el capítulo 3 de este trabajo. Entre otras cuestiones, pasaremos revista en ese capítulo, de forma casi telegráfica, a las prácticas religiosas, creencias, nive- les de oración, asociacionismo religioso, la cuestión de las voca- ciones religiosas, las actitudes de los jóvenes hacia la Iglesia ca- tólica, la dimensión experiencial de lo religioso en los jóvenes y los agentes de socialización religiosa. Concluiremos el capítulo con dos apartados. En el primero ofreceremos a la considera- ción crítica de los lectores una explicación sociológica de las re- laciones de los jóvenes con la Iglesia católica y, en el segundo, propugnaremos un nuevo paradigma para la Iglesia en la socie- dad de hoy. En el capítulo 4 presentamos una tipología de los jóvenes es- pañoles de 2005 redactada para este libro, por tanto no incluida en el Informe de ese año presentado en abril de 2006. Además, y tras un somero repaso a la tipología de 1999, que tuvo un eco importante en varios ambientes de la sociedad española, com- paro ambas tipologías. Esto nos permitirá observar cuál ha sido la evolución de los jóvenes españoles en estos seis años, con la ayuda del instrumento sintético que es la tipología y, sin per- dernos en detalles, subrayar las líneas de fuerza subyacentes en el cambio habido. Pues cambio hay. En el capítulo 5, que hemos titulado «¿Es maravilloso ser jo- ven?», hemos elaborado un índice subjetivo de felicidad en la

juventud actual española. Insistimos que, con este índice, no so- mos nosotros los que vamos a decir quiénes son los jóvenes más felices y quiénes menos. De eso hablaremos en el capítulo final. En este capítulo 5 comenzamos por pasar revista a varios estudios recientes, todos posteriores al año 2000, en los que he- mos participado y que abordan la cuestión de la felicidad juve- nil, para extraer de ellos las conclusiones principales. A conti- nuación, y en base al reciente estudio de la Fundación Santa María Jóvenes españoles 2005, hemos construido para este libro un índice que nos permitirá alinear, en un ranking de felicidad subjetiva, los cinco colectivos que conforman la tipología que hemos presentado en el capítulo precedente. Si en todo el libro hay bastantes tablas, en este aún más, y más complejas, pero es necesario para justificar, con rigor científico -y por tanto critica- ble-, el índice que presentamos.

Sí, en este libro hay muchas tablas, pero hemos cuidado la re- dacción de tal modo que todo lector alérgico a los números y a las cifras pueda seguir la lectura sin necesidad de detenerse a leer las tablas. Incluso cuando hago referencia explícita a las ta- blas (estoy obligado a hacerlo para significar en qué datos me baso), el lector puede seguir su lectura haciendo caso omiso de mis referencias. Por último, el capítulo 6, el de las reflexiones finales, ya sin tablas, pretende ser el colofón de todo el trabajo. Lo dividi- mos en tres partes. En primer lugar analizamos los cinco co- lectivos de nuestra tipología en orden a sus niveles de felici- dad. En segundo lugar nos detenemos en los rasgos y perfiles de los jóvenes atendiendo a su felicidad y ofrecemos un cua- dro resumen de los factores que cabe asociar a los mayores ni- veles de felicidad. Pero todo esto está pensado y trabajado con informaciones sobre los jóvenes de hoy. Ser feliz hoy no quiere decir que ese joven vaya a serlo mañana, ya adulto. De ahí que el libro se cierre con el interrogante de saber, a pro- pósito de los jóvenes de hoy y que he analizado en este libro, cuáles tienen mas probabilidades de serlo en un futuro pró- ximo cuando sean adultos. Arriesgado trabajo que aquí no

pretende el marchamo de cientificidad, obviamente, pero sí el de la racionalidad. Quiero agradecer a PPC la atención y paciencia que ha tenido conmigo. Pero más aún a mi esposa, a mi hijo y a mi hija, que me han visto pegado al ordenador tantos días y tantos fines de semana.

Donostia / San Sebastián, 3 de mayo de 2006

20

1

LA EDUCACIÓN FAMILIAR Y ESCOLAR EN UN MUNDO EN CAMBIO

En noviembre de 2005 fui invitado por la Universidad Pontificia Comillas a pronunciar la conferencia inaugural de un congreso sobre «Educación y familia». Estas fueron las preguntas que me formularon y sobre las que me pedían unas reflexiones: «¿Qué retos impone la sociedad actual en cambio a los padres en la educación de sus hijos? ¿Está educando la familia a sus hijos? ¿En qué está educando? ¿Qué relación puede tener la respuesta a estas cuestiones con el sistema educativo formal?». Cuestiones de gran calado que llevo trabajando estos últimos años. En estas páginas voy a presentar, resumidas, algunas de las reflexiones que ofrecí en Comillas, aunque completadas con otras de nuevo cuño. Comenzaremos con una brevísima pero fundamental re- flexión sobre la importancia de tomar conciencia de que vivimos realmente en un mundo en cambio, en mutación histórica. Des- pués reflexionaremos sobre la educación en ese contexto. En ter- cer lugar nos detendremos en varios modelos de familia emer- gentes en estos momentos y en su capacidad educadora, para, en cuarto lugar, centrarnos en lo que consideramos central y bá- sico en la educación actual de los adolescentes, a saber, el paso del modelo tradicional, mediterráneo y católico, de familia al modelo posmoderno, nórdico y protestante.

1. Un mundo en cambio, un mundo en mutación

El mundo está cambiando a pasos acelerados, delante de nues- tros ojos, sin que apenas nos demos cuenta. Por concretar, dis- tinguiré los cambios en el ámbito occidental, aun sin olvidar, como se verá, el globo terráqueo y, dentro del mundo occiden- tal, los cambios en España.

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a) La dimensión occidental

Vivimos un período de mutación histórica. Un período que, en su fase cumbre, abarca el último cuarto del siglo xx y lo que lle- vamos del presente, solamente equiparable a otros señalados períodos de la historia que solemos asociar, por simplificación,

a acontecimientos concretos: la revolución rusa en los inicios

del siglo xx; la revolución industrial a mediados del xix; la revo- lución francesa en los finales del xvm; la creación de la im- prenta, el descubrimiento de América y la Reforma de Lutero, a caballo entre los siglos xv y xvi.

En los últimos tiempos hay unos cambios y transformacio- nes en la sociedad que hacen difícil la percepción de lo que es esencial respecto a lo accesorio. Aquí vale aquello de que el bosque no permite ver el árbol. Unos hablarán de la crisis de valores, otros del pensamiento único, los terceros del nuevo papel de la mujer, sin olvidar a los que señalarán como para- digmático el terrorismo como la forma de violencia del si- glo xxi, etc. En realidad, lo que subyace es la cada día más evi- dente constatación de que nos encontramos ante una nueva etapa, ante una mutación histórica, ante el tránsito de la lla-

mada sociedad moderna hacia la posmodernidad, sea como «modernidad avanzada» o como «alta modernidad», como di- jera en un libro poco leído José Luis Pinillos 7 , sea, más radi- calmente, como nueva sociedad, apareciendo la globalización

y el desafío de las nuevas tecnologías como dos de los elemen-

tos centrales y configuradores, a los que suelo añadir, con fuerza, el nuevo papel de la mujer en la sociedad del denomi- nado mundo occidental, auténtica revolución silenciosa de la nueva sociedad. Uno de los mayores retos al que nos enfrenta la actual situa- ción de globalización y desarrollo tecnológico desbrujulado, y socialmente incontrolado, es el de un individualismo creciente,

7 J. L. PINILLOS, El corazón del laberinto. Madrid, Espasa Calpe, 1997.

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temeroso, apocado, con la percepción en la gran mayoría de las personas de pequenez, fragilidad, en definitiva, de incertidum- bre, término este que probablemente define mejor el rasgo capi- tal de los ciudadanos de la sociedad occidental en la que esta- mos inmersos. Una sociedad con abundancia de bienes, pero temerosa de perderlos, que siente a veces el escozor de su ri- queza cuando no puede por menos de compararse con la suerte que corren las gentes de otros países. La globalización y mun- dialización, junto a la irrupción de las nuevas tecnologías, de las que Internet aparece como el buque insignia en estos últi- mos años, atraviesan la realidad social creando nuevas dualida- des entre los que saben acomodarse o adelantarse a los nuevos tiempos (aunque muchas veces por mera habilidad en el ma- nejo de los instrumentos, pero sin capacidad de controlar la fi- nalidad de su uso) y los que, perplejos o adormecidos, ven pa- sar la historia arrinconados en sus seguridades y temores. Solamente el que sea capaz de controlar el alfabeto, la lengua y el lenguaje informáticos y haya adquirido la formación para «aprender a aprender», como señala el olvidado Informe De- lors sobre la educación, estará en condiciones de ser compe- tente en el siglo entrante.

Además, cuando, desde una perspectiva diacrónica, se analiza la evolución de los valores en la sociedad en muta- ción en la que nos encontramos, constatamos que hay una gran línea de fuerza que atraviesa todo este proceso: en la so- ciedad moderna existía la plausibilidad de un proyecto glo- bal, holístico, de una idea matriz, de un norte como faro de acción social, a diferencia de lo que sucede en la sociedad emergente, que se caracteriza por la incertidumbre, la duda, el repliegue en lo cotidiano, en lo emocional, en la proxemia. Así valoramos lo subjetivo sobre lo objetivo, la fiesta sobre la for- mación y el trabajo, la responsabilidad diferida sobre la auto- responsabilidad, la dimensión experiencial de lo religioso, dando crédito a toda suerte de fenómenos para-religiosos so- bre la institucionalización en Iglesias que, también hay que de- cirlo, a veces se anquilosan en añoranzas estériles. Aceptamos

23

el compromiso puntual, sobre todo si es lejano, pero no nos comprometemos en lo duradero, valoramos el presente sobre el futuro, quedando relegado el pasado a entretenimiento cul- tural, aunque, cada vez más, adquirirá fuerza como referente. Como la familia extensa, dicho sea de paso, si la experiencia francesa se confirma.

b) La dimensión española

En España vivimos obviamente la mutación occidental con al- gunas especificidades que solamente voy a apuntar, detenién- dome en lo que considero más central para el tema que nos ocupa. Nadie discutirá que hemos pasado de ser un país de emigrantes a otro de inmigrantes, y que nuestra situación eco- nómica y social es de las mejores del mundo. Ahora bien, con la actual tasa de natalidad no somos capaces de reproducirnos y, dada la calidad de nuestra sanidad, cada vez nos morimos con más edad, generando una pirámide de edades que cada día es menos pirámide. Tras cuarenta años de la dictadura franquista pasamos, sin solución de continuidad, a cuarenta de terrorismo etarra, para vivir ahora, tras la matanza del 11 de marzo, con la amenaza del terrorismo de origen islámico. En consecuencia, España se repliega y los sentimientos localistas y regionalistas o nacionalistas se hacen más fuertes (es la cara opuesta a la mun- dialización, como es bien sabido), sin que eso suponga, si sabe- mos ser social y políticamente inteligentes, que deba hacerse en detrimento de la españolidad. Sería letal -creo que debo de- cirlo- que se instaurara un conflicto de identidades, peor aún de sentimientos de pertenencia contrapuestos en el interior del Estado español, en el interior de España. Tengo miedo de que la tenebrosa historia de las dos Españas vuelva a implantarse en- tre nosotros. Esa es una amenaza para nuestra convivencia y la de nuestros hijos. La labor educativa en los medios de comuni- cación, en las escuelas, en los discursos políticos y, por su- puesto, en las familias, es central en ese punto.

De todas formas, el telón de fondo que está atravesando la sociedad española es el de la secularización. En realidad es lo que sucedió en Europa durante el siglo pasado, y aquí lo hemos vivido, quizá con la excepción de Cataluña, que viene de más lejos, durante los últimos treinta años. Y de forma extremada- mente acelerada, desordenada, cuando no revanchista. No puedo entrar en este punto aquí, pero las encuestas europeas de valores que manejamos nos muestra paladinamente esta realidad. Como señala el profesor Kerkhofs, fundador de la En- cuesta Europea de Valores, cuando vino invitado por nosotros al «Forum Deusto» para hablarnos de la evolución de valores en Europa: «Nuestras encuestas de 1981,1990 y 1999-2000 reve-

lan unas tendencias en las que participan la mayor parte de los países. Nombro en primer lugar la individualización progre-

la secularización, cada día mas generali-

zada. Estas dos tendencias, de hecho, están religadas entre sí.

Las causas principales han sido, en primer lugar, la demo-

cratización de la enseñanza y a continuación la industrializa- ción, con el impacto fulminante de las nuevas tecnologías. En un segundo momento hay que subrayar la democratización de la enseñanza secundaria y superior en las chicas. Este último factor es de enorme importancia, pues son las madres las que transmiten los valores. Su emancipación es probablemente el fenómeno más importante del período posterior a la segunda guerra mundial». Aplicado a España, modifico algo las fe- chas: es probablemente el fenómeno más importante entre los años 1975 y 2000. Hoy, en la universidad española, hay mas chi- cas estudiando que chicos, obtienen mejores calificaciones que los chicos, más becas que los chicos y, en determinados ámbitos profesionales, hay ya más chicas que chicos. Se divierten hasta el amanecer como los chicos (aunque saben hacerlo, al menos la mayoría, con red), y saben congeniar mejor que los chicos la di- versión con el trabajo y la formación. Pero solamente el 4% se proyecta en el futuro como amas de casa, con lo que un modelo de familia, que más adelante mostramos, está irremisiblemente tocado de ala. Mortalmente tocado de ala, sospecho.

( )

siva, en seguida (

)

En este contexto, muy esquemática y parcialmente esbozado, hay que entender la evolución de la familia y la educación en España y la imbricación entre ambas.

2. Una educación en cambio

Hablando de la educación suelo traer a colación un documento de trabajo de la Comisión de las Comunidades Europeas titu- lado Memorándum sobre la educación a lo largo de toda la vida, fe- chado en Bruselas el 30 de noviembre de 2000 (SEC-2000,1832), con la pretensión de abrir un debate sobre la educación en la Unión Europea. El Memorándum señala la urgencia del empeño, pues 1) Eu- ropa ha evolucionado hacia una sociedad y una economía basa- das en el conocimiento, y 2) los europeos de hoy viven en un mundo social y político complejo, de tal suerte que más que nunca los ciudadanos que desean planear sus propias vidas tie- nen que participar activamente en la sociedad y deben apren- der a convivir de forma positiva con la diversidad cultural, ét- nica y lingüística. «La educación, en el más amplio sentido de la palabra, es la clave para aprender y comprender cómo afrontar esos retos», concluye. En este punto distingue tres modalidades -aunque sabidas, poco asimiladas- de aprendizaje: formal, no formal e informal. (Obsérvese que no se habla de enseñanza, sino de aprendizaje.)

desarrolla en los centros de educa-

ción y formación, y conduce a la obtención de diplomas y cuali- ficaciones reconocidos. Es lo que hasta ahora han hecho las uni- versidades y los centros docentes.

2) El aprendizaje no formal se realiza paralelamente a los principales sistemas de educación y formación, y no suele proporcionar títulos formales. Este tipo de aprendizaje puede adquirirse, por ejemplo, merced a organizaciones o servicios establecidos para completar los sistemas formales (como cursos

1) El aprendizaje formal se

de arte, música, idiomas, habilidades sociales, reciclajes, con- gresos, etc.).

3) El aprendizaje informal es un complemento natural de la vida cotidiana. A diferencia del aprendizaje formal y no for- mal, el aprendizaje informal no es necesariamente intencio- nado y, por ello, puede no ser reconocido por los propios inte- resados como positivo para sus conocimientos y aptitudes. Lo hacemos en nuestra casa, en nuestra vida cotidiana, en el ocio, en el uso del tiempo libre, en la amistad, en los medios de co- municación, etc.

Añade el Memorándum, creo que con razón, que «el aprendi- zaje informal corre el riesgo de quedar excluido por completo del panorama, a pesar de que es la forma más antigua de apren- der y sigue formando la base del aprendizaje en la primera in- fancia. La aparición de la tecnología informática en las casas an- tes que en las escuelas subraya la importancia del aprendizaje informal. Los contextos informales representan una enorme re- serva educativa y podrían ser una importante fuente de inno- vación para los métodos didácticos». Añadimos nosotros que es cada día más importante en la primera infancia, en la adoles- cencia y en todas las edades de la vida, pese a la brecha digital que, según un reciente trabajo del BBVA, puede estar instalán- dose en España.

Hablando de la escuela y de nosotros, los profesores, una de las explicaciones, que se me antoja muy importante, aunque quizá no la más importante, viene de lo que vengo señalando desde hace años en la priorización que de hecho damos a la la- bor y las funciones de la escuela. Entre otras funciones asignadas a la escuela cabe recordar es- tas tres: 1) la transmisión de conocimientos, de tal suerte que ob- tengamos alumnos lo más instruidos y cultos posibles, 2) la for- mación, para que obtengan las habilidades necesarias a fin de que puedan insertarse socialmente en un puesto de trabajo, y 3) la educación, con el objetivo de lograr alumnos que se conviertan en ciudadanos responsables. Estoy plenamente de

acuerdo con el profesor Defrance 8 cuando, estudiando el fenó- meno de la violencia escolar, señala que de las tres es la tercera la más urgente e importante hoy en día, y no solamente en el tema de la violencia escolar, me permito añadir. Pero los que es- tamos en la docencia sabemos que no es esa, en absoluto, la pri- mera de nuestras prioridades en nuestra labor cotidiana, más allá de proclamaciones, idearios, objetivos programáticos, etc. Por otra parte, preguntados los escolares españoles por las razones para estudiar, la obtención de un título y conseguir un trabajo son, indiscutiblemente, las que más les motivan y adu- cen en primer lugar 9 . Predomina la dimensión instrumental de los estudios sobre la expresiva-afectiva, y no digamos forma- tiva, como señala González-Anleo, lo que explica no poco la es- casa importancia que conceden a la escuela como agente de so- cialización, como mostraremos en el capítulo 3. No extrañará que, preguntados los universitarios de mi Universidad de Deusto por las razones por las que habían escogido esa Univer- sidad para cursar sus estudios superiores, dándoseles tres op- ciones de respuesta, el 61% adujera su prestigio, el 52%, su cer- canía, y solamente el 6% mencionara el carácter religioso del

titular

Sin embargo, y volviendo al Memorándum europeo y a las tres modalidades de aprendizaje, es evidente que la escuela es el es- pacio por excelencia del aprendizaje formal, por su sistematici- dad, continuidad y control", pero a condición, permítaseme re- petirlo una vez más, de que sepa aliar la función instructora con la educadora, sabiendo que la buena calidad de ambas ayudará al joven en su inserción laboral y social.

de la Universidad 10 .

8 B. DEFRANCE, «Violence de l'école», en Panoramiques 44 (2000), p. 101.

9 Jóvenes españoles 1999. Fundació n Santa María, o. c, cf. p . 170 y comenta-

rios de GONZÁLEZ-ANLEO. 10 En J. ELZO / T. LAESPADA / T. VICENTE, La religiosidad en los universitarios de

Deusto. Cuadernos de Teología Deusto 32. Bilbao, Universidad de Deusto, 2004.

11 Me he ocupado de este tema en L'educado del futur i els valors. Debats d'Educació. Barcelona, Fundació Jaume Bofill, 2005. El original en castellano puede consultarse e imprimirse en la web de la Fundación Bofill.

3. Una familia en cambio

Es un lugar común decir que la familia está viviendo un rápido

y profundo proceso de cambio. También en España. Creo que

hay dos dimensiones que debemos distinguir en este punto: la dimensión formal, con las nuevas modalidades de familia o de parejas, por un lado, y la evolución en el seno de la familia nu- clear y de la pareja (hombre y mujer) que la origina, por el otro. Con la evolución formal de la familia nos referimos a la emer- gencia y consolidación de familias monoparentales, familias re- constituidas, familias interraciales e interreligiosas, parejas del mismo sexo, etc. Con la evolución del contenido de las familias nucleares nos referimos a la capacidad educadora de diferentes tipos de familia.

a) Las nuevas formas de la familia

La composición de los hogares españoles, según se desprende del Informe del Instituto Nacional de Estadística dado a cono- cer en mayo de 2004, nos muestra que todavía el modelo nu-

clear tradicional de familia (padre, madre con o sin hijos) sigue siendo el mayoritario en la sociedad española actual. Bajo el concepto de «otro tipo de hogar» se engloba al 12% de hogares

y a casi el 15% de personas. Si añadimos un 7% de hogares con-

formados por adultos con hijos (donde caben los viudos con hi- jos y las denominadas familias monoparentales), que agrupan al 6% de personas, llegamos al 20% de hogares españoles. Si se prefiere, alrededor del 80% de hogares y personas viven hoy, en España, según el modelo tradicional, nuclear, al incluir ahí tam- bién las personas solteras sin hijos a cargo.

Otra cosa distinta es que, según la misma fuente, del año 1996 al 2002 se haya casi doblado el porcentaje de hijos nacidos fuera del matrimonio, que pasa en las fechas señaladas del 11,7% al 21,4%. Este hecho muestra que, más allá de la continuación del modelo tradicional del hogar familiar, no solamente las relacio-

nes sexuales, sino también los nacimientos, tienen lugar cada vez en mayor medida fuera del hogar. Con estos datos emitiría- mos esta hipótesis: la perdurabilidad, y hasta el deseo de mante- ner la familia tradicional (como muestran la alta valoración que reciben en las encuestas), se están disociando cada vez más, de facto, de la procreación. El íter y los perfiles diferenciales de esta disociación, así como la percepción de lo que la familia sea, me- recen atención preferente. En el apartado sobre la evolución del contenido en las familias nucleares avanzaremos unas reflexio- nes en ese sentido, pero antes, por su pertinencia mediática, un párrafo dedicado al tema de las uniones homosexuales. En reali- dad trascribo un anécdota, que es más que una anécdota, de lo sucedido en un congreso español sobre la familia.

Composición de los hogares españoles el año 2001

Situación

Hogares (en %)

Personas (en %)

Pareja sin hijos

19,4

12,8

Pareja con un hijo

18,5

18,3

Pareja con dos hijos

22,2

29,2

Pareja con tres hijos o más

8,1

14,0

Total hogar tradicional/nuclear

68,2

74,3

Persona sola menor de 65 años

5,0

1,6

Persona sola de 65 años o más

8,0

2,6

Un adulto con hijos

7,0

5,9

Otro tipo de hogar

12,0

15,6

Total otros tipos de hogares

32,0

25,7

Fuente: INE 6/2004 (reelaboración propia).

«Es lo que le pasó en agosto (supongo que del año 2005) a Tu- rid Noack, una flemática profesora de sociología de la Universi- dad de Oslo. La señora Noack vino a El Escorial a dictar una ponencia sobre la evolución de las parejas homosexuales regis- tradas en Noruega durante los doce años de vigor de la ley en ese país. Una norma que las excluye expresamente de la adop- ción y el acceso a la reproducción asistida. "Los homosexuales se casan en menor proporción que los heterosexuales. Hay más

30

uniones de gays que de lesbianas. Ambos se divorcian en mayor grado que los heterosexuales. Y, atención, las lesbianas se sepa- ran el doble que los gays y el triple que los heterosexuales"», vino a decir, según trascribe Luz Sánchez-Mellado en su intere- sante reportaje en El País Semanal del 9 de octubre de 2005 titu- lado «La revolución familiar», de donde tomo literalmente esta anécdota, que continúa así:

«Fue luego, en el debate, cuando claudicó ante el bombardeo de preguntas de los asistentes. "¿Es usted partidaria de que los homosexuales adopten? ¿Cómo evolucionan los hijos en las fa- milias homoparentales? ¿Qué le parece la ley española de ma- trimonio gay?" Noack, muy científica, presentó sus excusas:

"Solo tenemos 70 niños nacidos en parejas del mismo sexo, y aún no hay datos sobre su desarrollo. Y, por supuesto, no tengo opinión al respecto. Creo que se está produciendo una sobreva- loración de un fenómeno que es aislado. La familia más común en Noruega es la de un hombre y una mujer que se casan y tie- nen dos hijos", zanjó sobrepasada». Hasta aquí la anécdota. Permítaseme añadir que yo comulgo con los planteamientos de la profesora noruega, que no me siento para nada sobrepasado y que estoy seguro de que no vamos a ne- cesitar doce años para llegar a las mismas conclusiones que ella. Yo también creo que estamos sobrevalorando un fenómeno cuando el fondo del problema está en otro sitio: no tanto en que haya cada vez más divorcios, no en que haya cada vez más fa- milias reconstituidas, familias con parejas del mismo sexo, todo esto es obvio y muy visible en una sociedad en mutación, en sus estructuras y hasta en sus valores. Pero hay un cambio más sote- rrado, menos visible, pero no por ello menos profundo. Bien al contrario. Me refiero al hecho de que en las familias nucleares cada vez son menos las que educan, que las parejas y su promo- ción social son cada vez más importantes que las familias como unidad social, e incluso que en las parejas los individuos buscan más su propia promoción y desarrollo personal que el de la pa- reja, origen -aunque no sea más que cronológico- de la familia futura. Esta sí, esta es la gran revolución de la familia española,

31

esta es la revolución a la que debiéramos prestar tiempo y refle- xión. Mucho más importante es, a nuestro juicio, que los padres dejen de serlo que las parejas, ya irremisiblemente rotas, bus- quen una nueva oportunidad. Mucho más importante es discu- tir sobre la capacidad educadora de la unidad parental que ha- cerlo sobre la forma que esta adopte y las modificaciones que, a lo largo de una existencia con una esperanza de vida cada día mayor, puedan darse. Digo que es lo más importante porque pongo el acento en la parte más débil en esta aventura de la vida: los niños, que, no lo olvidemos, son siempre los hijos de alguien. De ahí mi insistencia estos últimos tiempos en la capa- cidad educadora de la familia nuclear, todavía la mayoritaria y la más deseada por la gran mayoría de ciudadanos españoles de toda edad, sexo, condición social e ideología política y religiosa. No pongamos en demasía la lupa en los fenómenos, reales y dignos de análisis, pero minoritarios, desenfocando, arrinco- nando y ocultado la realidad mayoritaria, que es otra. Volveré a este punto central al final de este capítulo, pero antes quiero trasladar aquí los resultados de otro trabajo que considero im- portante y que he tenido ocasión de presentar en diferentes fo- ros y congresos. Lo traigo aquí de forma resumida y centrada, al final, en la capacidad educativa de la familia.

b) La capacidad educadora de las familias nucleares

Hace ya cuatro años que presentamos una tipología de familias españolas atendiendo, entre otros criterios, a su capacidad so- cializadoras 12 . Recuerdo aquí, brevemente, los tipos resultantes. Hay dos tipos o modelos de familia nuclear que tienen escasa o nula capacidad socializadora, y otros dos con capacidad sociali- zadora fuerte, por utilizar la terminología de González Blasco.

12

E.

MECÍAS (coord.) /

J.

ELZO /

I. MECÍAS /

S. MÉNDEZ /

F. J. NAVARRO

/

E. RODRÍGUEZ, Hijos y padres: comunicación y conflictos. Madrid, FAD, 2002. Cf. el capítulo de la tipología.

Las dos primeras son las que denominé como familia «nominal» (43% de las familias españolas) y familia «conflictiva» (15%), que rozan ambas el 60% de las familias nucleares españolas, y que, a nuestro juicio, tienen muy escasa capacidad educadora. Las que sí tienen esa capacidad son la familia que denominé «fa- milista endogámica» (24% de las familias) y la «adaptativa», con el 18%, lo que juntas nos dan algo más del 40% de las familias nucleares españolas. Lafamilia nominal, la más numerosa de las familias españolas, tiene de familia solamente el nombre. En su seno hay una situa- ción de coexistencia pacífica que pensamos que ha llegado tam- bién a cierta «convivialidad democrática» en no pocas familias. No hay conflictos en casa, sencillamente porque los padres han decidido que no los haya. Es el liberalismo familiar del laissez faire, laissez passer, dejar hacer y mirar a otro lado si algo no gusta. Cada cónyuge acusa al otro de no ocuparse de los hijos y de dejarles hacer lo que quieran, y ambos acusan de lo mismo a la escuela. Evidentemente, la capacidad socializadora, de forma tematizada y holística, de esta familia es prácticamente nula. Pero lo hace al modo del xirimiñ vasco, que no moja pero cala, lo que al final, en este caso, puede ser peor. La familia conflictiva es aquella en que los hijos y los padres están a la greña continua. Sospecho que en muchos casos, no en todos, la causa está en la impotencia de los padres para enten- der el cambio social, el miedo ante las derivas de algunos jóve- nes (drogas, alcohol, robos, etc.), de tal suerte que ante la pri- mera manifestación en ese sentido de un hijo suyo reaccionan fuertemente, ahondando una distancia que -quizá al inicio- era pequeña. Aquí la socialización puede ser contrasocialización, los hijos adoptando valores antitéticos de los de sus padres. Los hijos se afirman negando los que se suponen que son los valo- res de sus padres. La familia familista, así llamada siguiendo a Andrés Orizo, es vina familia muy centrada en sí misma, una familia en la que las relaciones son excelentes, los conflictos muy escasos, si no in- existentes, los hijos contentos con sus padres y los padres con los

hijos. Lógicamente, esta familia es transmisora de valores, y además de forma tematizada, estructurada. El riesgo de esta fa- milia, cuando la transmisión de valores esté anclada básica- mente en la sutura emocional más que en la vertebración inte- lectual, es que no prepare suficientemente al hijo para el momento en que salga a la intemperie, cuando salga del nicho familiar y tenga que crear su propia familia o, simplemente, salga de casa a estudiar lejos del hogar paterno. Es el riesgo de la sobreprotección emocional, que hace que «pase» el discurso ideológico, el constructo intelectual, el universo de valores, sin resistencia alguna, esto es, sin haber sido matizado, internali- zado por el cedazo de la duda, de la reflexión personal, de la asunción personal. Además, y esto es clave en perspectiva de futuro, hay que añadir que este modelo familiar pivota sobre una figura que, estadística y sociológicamente hablando, está desapareciendo ante nuestros ojos: la figura del ama de casa. Sería nefasto, lo digo con rotundidad, que se proyectara el fu- turo de la familia exclusivamente sobre este modelo. Equival- dría a ponerse una venda en los ojos, habida cuenta de la fragi- lidad sobre la que se asienta. Los datos de las Encuestas de Valores nos dicen, por ejemplo, que en España solamente uno de cada tres jóvenes entre los 18 y 24 años están «muy o bas- tante» de acuerdo con la idea de que «ser ama de casa llena tanto como trabajar por un salario», y todavía menos con la afirmación de que «un trabajo está bien, pero lo que la mayoría de las mujeres quieren en realidad es un hogar y unos hijos». Esta vez, poco mas de uno de cada cuatro (el 26%) están de acuerdo con el ítem, menos aún entre los universitarios (23%), y aunque no tengo la cifra, no me cabe duda de que entre las chi-

cas universitarias la cifra

es

todavía inferior 13 .

13 Cf. F. ANDRÉS ORIZO / J. ELZO (dirs. ) / M. AYERBE / J. CORRAL / J. DÍEZ NI - COLÁS / J. GONZÁLEZ-ANLEO / P. GONZÁLEZ BLASCO / M. L. SETIÉN / L. SIERRA

/ M. SILVESTRE / C. VALDIVIA, España 2000, entre el localismo y la globalidad. La Encuesta Europea de Valores en su tercera aplicación, 1981-1999. Madrid-Bilbao,

Universidad d e Deusto - SM, 2000. Cf. el capítulo d e Carme n la familia en la página 138, tabla y comentarios.

Valdivia sobre

Queda el cuarto modelo, el que hemos denominado familia adaptativa, que puede parecer un cajón de sastre, pero que tiene algunas notas muy definidas, como la búsqueda de acomodo, de adaptación a las nuevas condiciones, a los nuevos papeles del hombre y de la mujer en el microcosmos familiar de hoy, el reconocimiento del creciente protagonismo de los hijos, que vienen pidiendo autonomía nómica (quieren crear «su» uni- verso de valores) y que también pretenden libertad en el uso y disfrute del tiempo libre, a la par que acompañamiento (dis- creto, pero efectivo) de los padres en su inexorable autonomiza- ción, etc. Se trata de una familia con buena comunicación entre padres e hijos, con capacidad y voluntad de transmitir opiniones y creencias, de ser una familia educadora, abierta al exterior, fa- milia no exenta de conflictos, de desavenencias, a veces graves, fruto básicamente de situaciones nuevas en los papeles de sus integrantes, mujer y hombre, madre y padre, padres e hijos. A diferencia de lo que sucede con el modelo anterior, en el que los papeles y estatus están claros, en este modelo las responsa- bilidades de cada uno están en revisión continua y el trabajo o las acciones familiares, en tanto que familiares, no resultan evi- dentes y son objeto de tanteos y de incertidumbres. De ahí la presencia de conflictos derivados de un ajuste de roles en las nuevas estructuras familiares y societales, de la necesidad de ir creando una nueva cultura, de la búsqueda conjunta de un acuerdo ante las nuevas formas de trabajo y ocio de las genera- ciones emergentes, de la imperiosa necesidad de conciliar vida laboral y vida familiar, etc.

Esta familia (mosaico de familias, más exactamente) emer- gente, que hemos denominado adaptativa, parece ser la familia de la «negociación», de la búsqueda, del acomodo, no llegando siempre, y menos aún a corto plazo, a los resultados deseados. Pero las familias que atraviesen con éxito la prueba de la adap- tación a la modernidad permitirán a las nuevas generaciones insertarse con mayores garantías en la sociedad del futuro. Au- sencia de conflicto en la adolescencia, en el seno de las familias,

no es garantía de solidez en las estructuras nómicas adquiridas

y conformadas con las que andar por la vida, ya adultos, con

criterios autónomos, en una sociedad individualista a ultranza. Es precisamente este individualismo lo que puede ser letal para la familia si esta lo adopta mimética y acríticamente. Lo voy a ilustrar trayendo a colación las opiniones sobre la familia de dos pensadores en boga y el avance de resultados de una en- cuesta recientemente presentada.

c) El reto del individualismo en el futuro de las familias

Gilíes Lipovetsky, en la conferencia que pronunció en el con- greso de 2003, «La familia en la sociedad del siglo xxi», lo dice con claridad meridiana con estas palabras: «La familia posmo- derna es la familia en la que los individuos construyen y vuel- ven a construir libremente, durante todo el tiempo que les de la gana y como les de la gana. No se respeta la familia como fami-

lia, no se respeta la familia como institución, pero se respeta la familia como instrumento de complemento psicológico de las

Es como una prótesis individualista. La familia es

personas. (

ahora una institución dentro de la cual los derechos y los deseos subjetivos son más fuertes que las obligaciones colectivas» u . Este modelo de familia (que yo prefiero llamar pareja) existe,

qué duda cabe. Pero no es el único, ni es el, estadísticamente ha- blando, más numeroso, ni tampoco el más deseado por hombres

y mujeres jóvenes en edad de emancipación de la familia de ori-

gen y con deseos de conformar, sea una familia propia, sea una pareja estable. Al menos en España al día de hoy. La segunda referencia la tomo de Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim, dada su fuerte presencia en España entre los estudiosos de la sociología de la familia. En su libro de 1990, tra-

)

14 Cf. «La familia ante el reto d e la tercera mujer: amor y trabajo», en po - nencias del Congreso La familia en la sociedad del siglo xxi. Madrid, FAD, 2003, p. 83.

ducido al español ocho años después bajo el título de El normal caos del amor. Las nuevas formas de la relación amorosa, tras señalar en la introducción que «los matrimonios que se mantienen han sido posibles porque la elección de la pareja ya no está sujeta a

influencias y poderes ajenos (

ideal del amor romántico», afirman con fuerza en sus conclusio- nes que «la individualización produce el ideal del matrimonio

por amor» 15 . En el cuerpo del libro desarrollan las siguientes te-

sis. «¿No se está creando quizá (

mato, más allá -subrayan ellos- de las grandes tradiciones de sentido, una utopía no tradicional (no codificable, no institucío- nalizable, no obligada a legitimarse) adaptada a la base de la

existencia individualizada

diatamente después dónde encontrar «un sentido poscristiano e mframoderno -subrayan ellos-» a esta nueva realidad, para res- ponder que «este sentido es el amor». De ahí que titulen el capí- tulo como «la religión terrenal del amor», amor que «constituye el modelo de sentido para los mundos de la vida individualiza- dos, para la arquitectura de su vida, de lo que consideran "so- cial", de lo que tienen que inventar por su propia cuenta. Para el amor destradicionalizado, todo se presenta en forma de "yo": la verdad, el derecho, la moral, la salvación, el más allá y la autenticidad -subra- yan los autores-. Este amor moderno tiene su fundamento en sí mismo, por tanto en los individuos que lo viven» (p. 236).

En otras palabras, no hay norma externa a la pareja. La norma la establece cada pareja, cuando no cada individuo en la pareja. Son o pretenden ser autónomos, esto es, creadores de sus pro- pias normas. Esta es la fuerza y la debilidad del matrimonio mo- derno y la causa del vértigo y de sus múltiples incertidumbres. No otra cosa es lo que llevamos años diciendo cuando nos re- ferimos al modo de socialización de los jóvenes y adolescentes de la llamada posmodernidad, en el ámbito occidental, que se

),

puesto que corresponden al

)

una utopía de pequeño for-

(p. 234). Y se preguntan inme-

15 U. BECK / E. BECK-GERNSHEIM, El normal caos del amor. Las nuevas formas de la relación amorosa. Barcelona, Paidós, 1998 (las citas provienen de las pp. 13 y 263, respectivamente).

realiza básicamente desde la experimentación grupal (compar- tir y ensayar conductas y valores) con otros adolescentes y jóve- nes, y no tanto desde la reproducción, aun crítica, de lo trans- mitido por otras instancias históricas de socialización como la familia, la escuela, las Iglesias, los partidos políticos e incluso los medios de comunicación social. Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim han continuado su reflexión en un libro más reciente que lleva el significativo tí- tulo de La individualización: el individualismo institucionalizado y sus consecuencias sociales y políticas 16 . El libro dedica un lugar más que destacado a la cuestión familiar, pues dos terceras par- tes de sus 350 páginas se refieren a lo que denominan ya en el encabezamiento del capítulo 6, «Hacia la familia posfamiliar:

de la comunidad de necesidades a las afinidades electivas». No es difícil adivinar el contenido del capítulo, luego no nos ocu- paremos aquí de ello. Pero hay un aspecto del trabajo de los Beck que quiero resaltar: los hijos ocupan en toda su reflexión un segundo lugar. No digo que no los tengan en cuenta. El ca- pítulo 12 se titula «Hijos de la libertad», pero se refiere, entre otras cosas, a los nuevos valores de los que han nacido tras la caída del muro de Berlín. Pero si uno se fija en el índice analí- tico que se incluye al final de la publicación, es particularmente llamativo que no aparezcan los términos de «padre», «madre» e «hijo», sino los de «hombre» (2 veces), «mujer» (26 veces) y «ni- ños» (10 veces). Por último, la encuesta a la que me he referido más arriba, de la que todavía tengo referencia limitada, señala que los padres con estudios universitarios son mayoría en los grupos menos implicados en la crianza. «Es un efecto paradójico, porque a mayor nivel educativo debería haber mayor preocupación y mayor reflexión sobre la importancia de la educación», afirma Itziar Etxebarria, una de las autoras. «Ocurre que, además de la

16 U. BECK / E. BECK-GERNSHEIM, La individualización: el individualismo insti- tucionalizado y sus consecuencias sociales y políticas. Barcelona, Paidós, 2003 (el original alemán es de 2001).

38

presión laboral, se ha elevado el nivel social de expectativas y el

acceso a mayores comodidades y goces» 17 .

extremadamente revelador. Si los padres y madres de las élites abandonan la crianza y educación de sus hijos, por mor de sus expectativas de bienestar social, las señales de alarma para la familia se han puesto en rojo. Nos enfrentamos a una decisión de fondo. Si priorizamos el éxito y la promoción individual sobre la educación amorosa y personalizada de los hijos (que serán, en ese supuesto, mera- mente niños), Lipovetsky, Beck y toda la sociología familiar in- dividualista tendrán razón: la familia (en realidad, la pareja) será una prótesis individualista como complemento psicoló- gico de cada miembro de la pareja, que, como toda prótesis, será desechada cuando sea inservible. Ahora bien, si prioriza- mos la educación de los hijos será preciso que no dejemos a los padres solos en la asunción de semejante responsabilidad. Me- nos aún culpabilicemos a las madres pidiéndoles, sin más, que vuelvan a casa. Se impone una acción de toda la sociedad, a tra- vés de los poderes públicos, para que se haga corresponsable de la educación de los hijos, sin menoscabo de la autonomía nó- mica de los padres y de la legítima promoción social de los pa- dres (padre y madre). Pero eso no solamente en los discursos, sino en la práctica, esto es, en los presupuestos que se aprueben en los parlamentos correspondientes y en la legislación laboral pertinente.

Ahí está el dilema y el futuro de la familia, tal como yo lo

El futuro de la familia, de su capacidad de educar y de

Este dato me parece

veo.

transmitir valores, depende, en primera y última instancia, de los valores que prioricemos en el futuro. Un futuro que ya

es presente.

17 María José Ortiz e Itziar Etxebarria, investigadoras de la Facultad de Psi- cología de la Universidad del País Vasco, en San Sebastián, han elaborado el estudio a partir de encuestas a 3.700 padres y madres de centros escolares pú- blicos y privados de Andalucía, Castilla-León, Extremadura y País Vasco (en El Diario Vasco, 5 de octubre de 2005).

39

2

LA VIOLENCIA EN LOS JÓVENES

Vengo diciendo estos últimos años que en nuestra sociedad actual probablemente hay menos violencia juvenil que la que teníamos hace treinta o cuarenta años, pero más grave. Mi hipótesis, en esta dimensión diacrónica, señalaría dos co- sas. Por u n lado, que hoy la sensibilidad social ante la vio- lencia es mayor que la existente hace treinta años, lo que hace también que los adolescentes, como víctimas o agredi- dos, soporten más difícilmente cualquier burla, menosprecio y maltrato psicológico, pero también que hoy los actos vio- lentos, aunque en menor número que antaño -lo repito-, pueden sin embargo ser más graves, siendo la frontera me- nos clara entre la violencia tolerable y la intolerable, la «co- rrecta» y la «incorrecta», la permisible y la rechazable, tanto para el agresor o victimario como para el agredido o víc- tima.

Recordemos, antes de avanzar, que la violencia juvenil no es de hoy, no hay que olvidarlo. Hay mucha literatura en el campo sociológico, psicológico, pedagógico, etc. que lo atesti- gua. Recuérdense los trabajos de Cohén sobre las bandas ju- veniles 18 , por ejemplo, ya en los años cincuenta.

18 A. K. COHÉN, Delinquent Boys: The culture of the gang. Glencoe, IL, Free Press, 1955. En castellano cabe citar, de épocas algo más cercanas, a D. J. WEST, La delincuencia juvenil. Barcelona, Labor, 1973. La Fundación Santa María, y ya en fechas más próximas a las actuales, edita el trabajo d e E. GONZÁLEZ GON- ZÁLEZ, Delincuencia juvenil. Sus causas. Madrid, SM, 1987. Cito también el estu-

dio de P. O. COSTA / J. M. PÉREZ TORNERO / F. TROPEA, Tribus urbanas. El ansia

de identidad juvenil: entre el culto a la imagen y la autoafirmación a través de la vio- lencia. Barcelona, Paidós, 1996, así como el trabajo d e C. FEIXA, De jóvenes, ban- das y tribus. Barcelona, Ariel, 1998.

Cuando leemos el Informe d e la Fundación Encuentro «Es- paña 2005» 19 , constatamos dos cosas. En primer lugar que, analizando los datos oficiales, la violencia en su conjunto, n o solamente la juvenil, ha aumentado en España los últimos años. El gráfico que ofrece sobre «la evolución de los delitos y faltas conocidos por el Cuerpo Nacional d e Policía y la Guar- dia Civil entre los años 1980 y 2003» (p. 9) no admite duda al- guna, aunque siempre los estudiosos de este tema decimos que no hay que confundir la violencia existente con la conocida, menos aún con la controlada. Es sabido, por ejemplo, que, en Es- paña, el terrorismo de ETA centró durante muchos años la labor de la policía. Asimismo, en el mismo estudio de la Fundación Encuentro podemos leer en detalle la naturaleza de esos «delitos conocidos» por la Policía Nacional, Guardia Civil y Ertzaintza (en el caso del País Vasco) entre los años 1998 y 2003, siempre con una resultante final al alza e n el cómputo d e los delitos (pp. 24 y 25). Finalmente, esta vez sobre la base de los diferentes informes de la Fiscalía General del Estado entre los años 1998 a 2003, se llega a la misma conclusión (p. 26).

Pero, en segundo lugar, al referirse el Informe d e la Funda- ción Encuentro más en concreto al tema que aquí nos ocupa, ti- tula muy significativamente el epígrafe correspondiente como «violencia juvenil y matonismo escolar» (cf. las pp. 34-38). A l introducirnos en la lectura del apartado constataremos que n o ofrece un solo estudio sobre violencia juvenil por la sencilla ra- zón de que solamente hay uno de ámbito español 20 , como vengo señalando desde el año 1997. El Informe de la Fundación Encuentro se limita a presentar datos de violencia escolar, del también único estudio existente de ámbito español, realizado por encargo del entonces Defensor del Pueblo, Fernando Álva-

19 Cf. el capítulo 1 (pp. 1-71) del Informe España 2005. Una interpretación de su realidad social, trabajo colectivo coordinado por J. M. MARTÍN PATINO. Ma- drid, Fundación Encuentro, 2005.

20 C. RECHEA / R. BARBERET / J. MONTAÑÉS / L. ARROYO, La delincuencia juve-

nil en España. Autoinforme de los jóvenes. Universidad de Castilla-La Mancha. Madrid, Ministerio de Justicia e Interior, 1995.

42

rez de Miranda, y que circuló en literatura gris hasta su publi- cación el año 2000 21 . Hay estudios parciales (yo hice uno en Ca- taluña, por ejemplo), hay preguntas sobre violencia juvenil en investigaciones sobre la juventud, pero no hay más que las que he indicado que tengan como universo la totalidad de la pobla- ción juvenil española. Esa es la miseria de la investigación sobre la violencia juvenil en España. Siendo muy conocidos los datos del Defensor del Pueblo y la investigación de Cristina Rechea, ya u n tanto alejada en el tiempo (por tanto con un contexto social y cultural distinto), me limitaré a presentar algunas cifras oficiales, pocas, de violencia asociada a menores, y ofreceré más abajo algunas cifras mués- trales referidas a jóvenes. José Miguel d e la Rosa Cortina, fiscal del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, al comienzo de su trabajo El fenómeno de la delincuencia juvenil: causas y tratamientos, señala «sobre la base al Informe del Defensor del Pueblo del año 2002 que el número de menores detenidos en el año 2001 ascendió a 22.906, lo que representa el 10,48% del total d e personas detenidas durante ese período». En todo caso, añade, «la valoración de estos datos de delincuencia juvenil en relación con otros países de nuestro entorno cultural no es especialmente negativa» 22 .

21 C . DEL BARRIO MARTÍNEZ /

E.

MARTÍN ORTEGA (dirs.)

/

E . OCHAÍTA (co -

ord.), Violencia escolar: el maltrato entre iguales en la Enseñanza Secundaria Obli- gatoria. Madrid, Oficina del Defensor del Pueblo, 2000. Quiero añadir un ex- traordinario trabajo en siete volúmenes, prácticamente desconocido, qu e solamente la amistad con alguno de los autores me permitió acceder gratuita- mente al mismo, y que probablemente dormita en algún cajón del Ministerio. Esta es la referencia del volumen que nos interesa en este campo: A. Bouj Gi- MENO ET AL., Diagnóstico del sistema educativo. La escuela secundaria obligatoria. 4. Funcionamiento de los centros. Madrid, Instituto Nacional de Calidad y Evalua- ción. Ministerio de Educación y Cultura. 1998 (cf. pp. 84ss). 22 El texto d e De la Rosa Cortina puede consultarse en www.encuentros- multidisciplinares.org/Revistan°13/2003 (26 de agosto de 2004). Para las apo- yaturas estadísticas, además de a la del Informe del Fiscal General del Estado, las remite al trabajo de C. HERRERO, «Tipologías de delitos y de delincuentes

en la

Penal (noviembre de 2002).

delincuencia juvenil actual. Perspectiva criminológica», e n Actualidad

43

Tabla 1. Menores detenidos en España

 

1995

1996

1997

1998

1999

2000

Menores de 14 años

3.303

3.663

3.052

3.685

3.885

2.766

14

y 15 años

5.095

5.163

4.587

6.027

7.040

7.660

16

y 17 años

12.831

13.123

11.398

13.489

14.931

17.252

Total

21.229

21.949

19.037

23.201

23.856

27.678

Fuente: Ministerio de Interior.

Para la tipificación de los delitos cometidos por los menores traslado la tabla realizada por Jesús Morant sin mayores co- mentarios, dada la claridad de la misma.

Tabla 2.

Delitos cometidos por menores el año 2000

Infracción

Menores

14-15

16-17

de 14 años

años

años

Total

Homicidio-asesinato

3

19

57

79

Lesiones

89

257

718

1.064

Contra la libertad sexual

78

124

145

347

Robo con violencia o intimidación

520

1.337

2.415

4.272

Robo con fuerza

563

1.580

3.097

5.240

Hurto

207

513

1.211

1.931

Tirones

49

168

446

663

Sustracción en interior de vehículos

177

527

1.839

2.543

Sustracción de vehículos

467

1.545

2.687

4.699

Otros delitos contra el patrimonio

179

343

938

1.460

Tráfico de estupefacientes

47

116

779

892

Otros delitos

387

1.131

2.920

4.432

N =

2.766

7.660

17.252

27.678

Fuente: Anuario Estadístico del Ministerio del Interior. Madrid, 2001. Elaboración de J. MORANT en Noticias Jurídicas (julio de 2003).

En mayo de 2005, el fiscal jefe de Madrid, Manuel Moix, se- ñaló que si bien el número de faltas y delitos cometidos por menores de 18 años registró un ligero descenso en 2004 res- pecto a 2003, sin embargo los hechos delictivos que protagoni- zan son cada vez más graves, concretamente el uso de armas y

44

las agresiones con lesiones. El número total de delitos cometi- dos por menores en 2004, según la Fiscalía de Menores de Ma- drid, ascendió a 7.553, ligeramente menor que los 7.800 del año anterior. Pero varios de los delitos más graves crecieron. Así, las lesiones han pasado de 1.520 en 2003 a 1.789 durante 2004, subiendo, en consecuencia, en un 17,7%. Los homici- dios, que incluyen aquellos en grado de tentativa y los consu- mados, también aumentan: de 19 en 2003 a 22 en 2004. Y los

el año

2004 frente a los 104 de 2003. Según leo en la prensa del día si- guiente, el Sr. Moix, en cita textual, señala que «es u n fenó- meno que se consolida. Es necesario que se plantee el pro- blema de que hay que atajarlo no solo con medidas legales, sino también sociales, de forma que los menores sean educa- dos en la concepción de valores como la vida o el respeto a las personas». No puedo sino estar plenamente de acuerdo con su diagnóstico.

ataques contra la libertad sexual suben u n 10,5%: 115

1. Tres teorías explicativas de la etiología

de la violencia juvenil

Tres teorías generales se utilizan, desde la psicología social y la criminología, para explicar las «causas» de la delincuencia ju- venil 23 : la teoría del control, la del aprendizaje y la de la tensión. La teoría del control viene a decir que los individuos delincuen- tes escapan a la normas convencionales de la sociedad, tienen una integración social deficitaria que incluso puede ser un re- chazo de integración social si se siguen los análisis de la crimi- nología crítica tan en boga en España en los años setenta y co-

23 Seguimos, en gran parte, la ponencia pronunciada por L. BEGUE, director del Departamento de Psicología en la Universidad Pierre Mendés-France- Grenoble 2, titulada «Les causes de la délinquance», en un Coloquio interdis- ciplinar en octubre de 2002 y que conforma el capítulo 2 (pp. 85-106) de N. Si- LLAMY (ed.), Jeunes-Ville-Violence. París, L'Harmattan, 2004, a modo de actas del citado Coloquio.

45

mienzos de los ochenta 24 , y hoy casi en el olvido. Estos plantea- mientos del control e integración social han sido teorizados ya desde Durkheim, y más recientemente, entre otros, por Hirchi. El control puede ser externo e interno. Por decirlo en dos pala- bras, el externo se refiere por ejemplo a las leyes y su aplicación, o aplicabilidad, añadiría yo, pues es bien sabido que hay leyes saludadas positivamente y que nunca se han aplicado por falta de recursos, por ejemplo la ley del menor en España del año 2000. Pero el control externo lo realizan también -lo digo en lenguaje sociológico- los agentes de socialización, y en primer lugar la familia y la escuela. Desde esta perspectiva es imposi- ble pasar por alto, cuando se estudia la delincuencia juvenil, y más ampliamente la violencia juvenil, la situación de las fami- lias y de la escuela en el momento en que se efectúa el análisis,

como

Pero los teóricos del déficit del control social como causa (yo prefiero ser más modesto y hablar de concomitancia o de correlación estadística) señalan justamente la importancia del control interno, esto es, la justificación de los comportamien- tos delictivos o violentos por parte de los sujetos, los adoles- centes en nuestro caso. Ciertamente es un tema clave y se po- dría empapelar más de una habitación con datos de nuestras propias Encuestas de Valores, aplicadas tanto a jóvenes como a adultos, siguiendo un modelo ya avalado por centenares de estudios en el marco del European Valúes Study cuando estu- diamos los «valores» como justificación de comportamientos, los «valores» como criterios de acción social. Hay más de mil evidencias empíricas, en trabajos de toda solvencia a través de

agentes de socialización 25 .

24 Cf. I. TAYLOR / P. WALTON / J. YOUNG, Criminología crítica. México, Si-

glo XXI, 1977.

25 Los agentes socializadores de la juventud española los hemos analizado, por ejemplo, en J. ELZO, «El papel d e la escuela como agente d e socialización», en Contextos educativos y acción tutorial. Actas del Curso de Verano de 2003 ce- lebrado en Segovia en la Fundación Universidad de Verano de Castilla y León. Madrid, Instituto Superior de Formación del Profesorado. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, 2004, pp. 129-152.

toda Europa, que muestran la correlación entre la justificación

de determinados comportamientos (suicidio, causar destrozos en la calle, pena de muerte, terrorismo, rechazo a la autoridad legítima, etc.) y la práctica de la violencia en general y de los comportamientos delictivos más en concreto. Asimismo, la justificación del consumo abusivo de drogas va a la par con la de su mayor consumo. Mas aún, la percepción del riesgo

y el balance riesgos-ventajas en el consumo de drogas es más

favorable a las ventajas entre los más consumidores o, si se prefiere, la percepción del riesgo es menor entre los que más

consumen. Sabiendo la correlación estadísticamente positiva entre consumo y comportamientos violentos, la conclusión es obvia.

A esta teoría de control se le ha venido a superponer, que no

a contraponer, la teoría del aprendizaje, que casi con la misma

terminología, si mis recuerdos de antiguo profesor de «con- ducta desviada» no me traicionan, ya denominaba en la década de los años treinta del siglo xx Sutherland como la teoría del aprendizaje diferencial, últimamente desarrollada entre otros por R. L. Akers. La idea central viene a decir que la conducta desviada o delincuencial no es tanto consecuencia de una au- sencia de control social cuanto de procesos de imitación y re- producción adquiridos en ámbitos delincuenciales del orden que sean. Los que ha nacido en la cultura del robo, robar les pa- recerá desde su infancia la cosa más natural del mundo. En el País Vasco, en otro orden de cosas, la teoría del aprendizaje di- ferencial es pertinente para explicar la kale borroka. Los jóvenes

que la practicaban no lo hacían por ausencia de control social externo (aunque sí interno), sino básicamente por imitar mode- los referenciales que justifican la práctica del terrorismo, básica- mente en su familia o entre sus amigos, cuando no en ambos a la vez. Un tercer ejemplo, también desgraciadamente próximo

a nosotros, lo tenemos en el terrorismo islámico, donde la teoría

del aprendizaje tiene plena validez. Los tres casos que hemos dado como ejemplos del aprendizaje diferencial nos permiten mostrar, al mismo tiempo, la pertinencia de la teoría y su insu-

ficiencia, pues a todas luces no se puede meter en el mismo saco las bandas de ladrones, las mafias, la kale borroka y el terro- rismo islámico, aunque se pueda explicar su paso al acto por la inmersión de sus componentes en una subcultura de la delin- cuencia o de la violencia. En este punto es imposible no tener en cuenta la influencia del grupo de amigos en el aprendizaje del consumo de drogas, especialmente cuando el consumo ad- quiere valores importantes. La teoría de la tensión tampoco es de ahora. Tiene sus orí- genes en un famoso trabajo del sociólogo americano Robert

K. Merton escrito el año 1938 26 . La tesis central de Merton

viene a decir que la delincuencia es el fruto de la tensión que se produce cuando hay una «disociación entre las aspiraciones culturalmente prescritas (en una sociedad concreta) y las vías

socialmente estructuradas para realizar esas aspiraciones». Ciertamente hay que observar que Merton se refiere en sus análisis a la sociedad americana de su época, pero, aun con in- finitos debates posteriores, la línea central de su razonamiento arriba expresada sigue siendo válida, a condición de adecuarla a la realidad concreta de cada momento y sociedad concretos. La teoría de la tensión sostenida últimamente por Agnew 27 es un esfuerzo por esa actualización. Nosotros, modestamente, con la ayuda inestimable del maestro José Jiménez Blanco, pre- sentamos en nuestro trabajo sobre la juventud vasca del año

1986 28 otra actualización de contexto vasco de entonces.

la teoría mertoniana aplicada al

26 R. K. MERTON, «Estructura social y anomía», en Teoría y estructuras socia-

les. México, FCE, 1987 (2 a reimp. de la

27 R. AGNEW, «Foundation for a general strain theory of crime and delin- quency», en Criminology 30 (1992), pp. 47-87.

28 Cf. Cf. «Anomía y cambio social. Tipología», pp . 511-514, en J. ELZO (dir.)

/ F. ANDRÉS ORIZO / S. ATESTARÁN / M. J. AZURMENDI / M. GONZÁLEZ DE AUDÍ-

CANA / P. GONZÁLEZ BLASCO / J. JIMÉNEZ BLANCO / J. J. TOHARIA CORTÉS, Juven-

tud vasca 1986. Informe sociológico sobre comportamientos, actitudes y valores de la

3 a ed. en inglés), pp. 209-274.

juventud

vasca actual. Vitoria-Gasteiz, Servicio Central de Publicaciones del

Gobierno Vasco, 1986.

Actualmente se pone el acento en otras fuentes de tensión distintas a las del éxito social que estaban en la base de la teo- ría mertoniana aplicada a la sociedad americana. No que esas circunstancias hayan desaparecido, pues hoy en día, en la so- ciedad española, gran parte de los conflictos provienen preci- samente de la disociación entre los objetivos socialmente pres- critos para ser feliz, para tener presencia socialmente valorada (tal marca, tal coche, tal viaje, etc.), y la dificultad para procu- rarse, por vías legales, los recursos para alcanzarlos, y ello, en muchos casos, independientemente de la clase social de perte- nencia. Pero además han surgido otras fuentes de tensiones que tienen mucho que ver, en última instancia, con los valores do- minantes de nuestra sociedad. Así, la tensión que se produce cuando el disfrute del gozo deseado es imposible de alcanzar o simplemente es diferido en el tiempo, y no digamos si requiere un esfuerzo prolongado. Es exactamente lo que sucede en no pocos casos en la juventud actual. Cuando afirmamos que nues- tros jóvenes, en una gran proporción, aunque obviamente con acentos distintos, son inmediatistas y presentistas, es exacta- mente esto lo que queremos decir. Obviamente lo son con acen- tuaciones diversas y que parten de estructuras psicológicas, educativas y familiares propias en cada individuo, confor- mando personalidades diferentes. Aquí el sociólogo debe callar y estar atento a lo que diga el psicólogo o el psiquiatra, según los casos.

Laurent Begue, cuyo hilo conductor, aun críticamente, estoy siguiendo en estas líneas acaba sosteniendo que esta teoría de la tensión sería la que mejor da cuenta de la situación actual de la delincuencia juvenil 29 , a la que asocia lo esencial de las dos teorías anteriores. Siguiendo a Agnew añade que el riesgo de conductas delincuentes consecutivas a la tensión vivida está

29 Desde su específica perspectiva, aunque obviamente no olvida -ni yo con él- la dimensión genética o biosocial, lo que aprovecho para subrayar su importancia, aunque no debo ni puedo entrar en ellas por incompetencia manifiesta.

modulado por cuatro características asociadas a esa tensión, de tal suerte que el riesgo de delinquir aumenta cuando la tensión es percibida como injusta (sentimiento de injusticia), es intensa (y continuada), se asocia con un débil control social (primera de las teorías arriba mostradas) y crea presiones o incitaciones para comprometerse hacia un final delincuencial en la tensión vivida (segunda de las teorías). Al final es un compendio de to- das las teorías mostradas, pero privilegiando la tercera, la del tensionamiento vivido por el adolescente. Estos planteamientos, bien conocidos en la criminología y en lo que antaño se llamaba la sociología de la conducta desviada, requieren, a nuestro juicio, un complemento en razón del pro- pio actor social y de la lectura que él hace de su comporta- miento violento. En efecto, no se puede obviar cuál es la razón, motivación o legitimación que el agente activo de la violencia, el delincuente en el derecho penal, el victimario en la literatura criminológica actual, se da a sí mismo y presenta ante los de- más, sea para justificar, sea para explicar su comportamiento violento. Desde este punto de vista llevamos años ofreciendo una tipología de modalidades de violencia que presento, actua- lizada, a continuación.

2. Una tipología de modalidades de la violencia atendiendo a la «justificación» dada por el sujeto

1) La violencia de signo claramente racista, en la que cabe in- cluir los movimientos neonazi y skinhead, muchas veces cerca- nos a la derecha extrema, que los justifica, ampara y encubre, cuando no aupa.

2) La violencia de carácter xenófobo, que, sin ser puramente racista, se le parece, si no en la ideología sí en la práctica. Es la que ve al extranjero como un peligro para su propia comodi- dad, su nivel de vida. Es una modalidad de violencia que, me temo, está desgraciadamente más extendida de lo que parece.

También en España, y pienso que es una de las modalidades que hay que tener en cuenta ya, aunque no solamente en los jó- venes. El último trabajo de la Fundación Encuentro ya nos ad- vierte de esta realidad, que vemos corroborada en el estudio Jó- venes españoles 2005, de la Fundación Santa María, lo que ya anticipábamos en el estudio de 1999 de la misma Fundación 30 . Hay diferentes causas para ello. Citemos sin más el miedo y la inseguridad ante una sociedad día a día más abierta, más competitiva, la percepción de fracaso vital, ya desde la escuela, cuando no se es capaz de seguir el ritmo impuesto, siendo ma- yor el riesgo en los chicos; la búsqueda de la identidad por dife- renciación, sea étnica, sea nacional (o nacionalista, de la nación que sea), sea meramente grupal; el aumento de las diferencias en los niveles de vida entre los diferentes países, con la conse- cuencia de las fuertes corrientes migratorias, grandes desplaza- mientos y enormes diferencias en las tasas de natalidad de los diferentes países o colectivos. De hecho, mucha gente de los países del primer mundo acaba temiendo al de fuera, al otro. De ahí a aborrecerlo hay un paso que muchos han franqueado ya. Consecuencia: las expresiones como: «Los franceses pri- mero», de Le Pen, reciben excelente acogida, con todo lo que ello conlleva.

En efecto, no hay que olvidar nunca que debajo de muchas actitudes racistas y xenófobas está el temor a perder los niveles de vida, los estándares de vida de las sociedades ricas, opulen- tas y saciadas.

3) La violencia nacionalista, con carga fundamentalmente ét- nica, en la que cabe incluir los casos irlandés, palestino-israelí, kurdo, toda la problemática de la ex-Yugoslavia, Chechenia

4) La violencia de signo revolucionario-nacionalista, que he- mos padecido en el País Vasco con el autodenominado Movi- miento de Liberación Nacional Vasco, que comprende, entre

30 Para el estudi o d e 2005, cf. las pp . 157ss. Par a el estudi o d e 1999, las pp. 27ss.

oíros, a ETA, Jarrai, Haika, Segi, etc., y los diversos comandos

que protagonizaron desde el año 1994 la llamada kale borroka (violencia callejera), por centrarme en la violencia juvenil 31 , aunqu e no hay que olvidar que las bombas de ETA y la kale bo-

rroka formaban un todo.

5) La violencia antisocial, que se puede parecer a una violen- cia de revuelta social protagonizada por jóvenes desarraigados que, frustrados por su imposibilidad o gran dificultad de ad- quirir los bienes que les ofrece la sociedad del bienestar (socie- dad de la opulencia, dirán otros), sencillamente «se revuelven» a las primeras de cambio. Los sucesos de Francia, con la quema de coches durante últimos meses de 2005, tienen su encaje, al menos parcial, en esta modalidad de violencia. Es en este tipo de violencia en el que se piensa cuando se habla de «potencial de violencia» en ciertas capas de la juventud, o de factores so- ciales que pueden engendrar situaciones «explosivas» por mar- ginación de un número importante de jóvenes. Pienso que en este registro cabe incluir no pocas de las manifestaciones de violencia juvenil que se pueden encontrar en las capas más des- favorecidas de la sociedad, aunque sin duda alguna esta no es la causa principal de violencia juvenil en España. En efecto, vi- vimos en uno de los países de todo el planeta, y ya es decir, donde las diferencias de clases sociales son menores, aún ha- biéndolas, obviamente.

6) Una manifestación particular de esta violencia antisocial, y que está adquiriendo alguna fuerza en fechas recientes, es la adoptada por las bandas organizadas. Son nuevas manifesta- ciones de un fenómeno ya conocido: el de las bandas callejeras.

31 He tratado este tema en «The Problem of Violence in the Basque

Country» , e n J. S.

terdam, Elseviers Science, 1997, pp. 203-210. En español en «Problemática de

la violencia e n el recientemente, J.

juveniles encuadrados en el MLNV», en Ayer. Revista de Historia Contemporá-

GRISOLÍA ET AL. (eds.), Violence: From Biology to Society. Áms -

País Vasco», en La Factoría 4 (octubre d e 1997), pp . 41-50. Má s ELZO / F. ARRIETA, «Historia y sociología de los movimientos

nea 59 (2005), pp. 173-197.

52

Según leí en la prensa catalana hace unos meses 32 , esta

dad de violencia en Cataluña la generan treinta grupos de skin- heads nazis y unas diez células o capítulos de los Latin Kings y Netas. En total son casi un millar de jóvenes con problemas que buscan su identidad personal y colectiva en las calles de Barce- lona y en las ciudades de su entorno. El auge de la inmigración en Cataluña ha hecho resurgir los grupos violentos de inspira- ción nazi o ultraderechista. Según un experto policial en este fe- nómeno, «se trata de grupúsculos formados por varias decenas de jóvenes, de entre 14 y 27 años. La mayoría de ellos no ha leí- do Mi lucha, de Adolf Hitler, ni sabe nada de Franco». Y añade:

«Sin embargo, han hecho de la caza del inmigrante o del mili- tante de izquierdas una forma de vida». Aunque los miembros de estos colectivos no tienen formación ideológica, las conexio- nes con grupos de la extrema derecha parecen probadas y pue- den ser los que los manipulen para sus fines. La principal preocupación policial es una posible confronta- ción entre esos grupos de inmigrantes, en su mayoría ecuatoria- nos, y los skins. Alguna conversación personal con altos respon- sables policiales me confirma lo que leo en la prensa. La Brigada Provincial de Información de la Comunidad de Ma- drid señaló, en mayo de 2005, que había identificado en los últi- mos meses a 410 integrantes de las bandas de los Netas y los Latin Kings que actúan en Madrid capital y en la Comunidad 33 .

7) La violencia gratuita, término que, cual comodín, estamos utilizando quizá sin demasiada precisión. Decimos gratuita, pues no parece responder ni a objetivos estratégicos (como las violen- cias racistas, revolucionarias o nacionalistas) ni corresponderse a situaciones de marginalidad o desarraigo social. Es la violencia que se manifiesta, por ejemplo, en la rotura de los faros de un coche, en quemar una bolsa de basura, pero que también puede

modali-

32 Cf.

el

dossier qu e le

dedica El Periódico de Catalunya el 4 d e abril

d e 2004.

33 En

El

País de 30 d e

mayo d e 2005. Cf. también el capítulo 1 del Informe

«España 2005», de la Fundación Encuentro.

53

tener una mayor gravedad, como la quema de un anciano desva- lido, sin que aparentemente seamos capaces de denotar una moti- vación a esos actos. Difícil de olvidar el dramático episodio vivido en diciembre de 2005 en Barcelona, donde tres jóvenes, tras atacar y maltratar a una mendiga que se había refugiado en el habitácu- lo de un cajero automático, acabaron con su vida rociándola con gasolina y prendiéndole fuego posteriormente. Las imágenes captadas por la cámara de seguridad de la entidad crediticia donde se había refugiado la mujer muestran la tranquilidad y de- terminación con la que los victimarios procedieron al asesinato. Pero no hay violencia que no responda a una insatisfacción, necesidad o falta. Distinguiría, sucintamente, varias causalida- des o motivaciones.

- En unos casos se puede tratar de un mero juego (trágico,

ciertamente, pero juego al fin). De ahí que se hable también de violencia lúdica. Muchas veces esta manifestación de violencia no es sino la consecuencia del aburrimiento, hastío y falta de alicientes en la vida cotidiana de no pocos adolescentes y jóve- nes. Puede ser indicador de la necesidad de llenar un vacío vi- tal, más profundo de lo que pensamos los adultos.

- Pero en otros casos se puede tratar de una violencia «iden-

titaria», una violencia que no es sino la manifestación de una búsqueda de identidad. Pero nos referimos en este punto a la identidad meramente grupal, sin connotaciones ideológicas, ét- nicas, religiosas o nacionales, que requiere tratamiento propio. Esta violencia grupal adquiere carta de naturaleza como mo- delo de identificación. Más aún, la repetición de actos violentos se corresponde con una forma («la» forma, en no pocos casos) de identidad en determinados adolescentes y jóvenes. Es lo que puede hacer que conductas que en un primer momento pueden entenderse como violencias instintivas, agresividades con paso al acto, aunque no planificadas, pueden pasar a ser sistemáti- cas, estratégicas, organizadas y, a la postre, modos de vida. También desde este registro cabe entender los comportamien- tos de los adolescentes incendiarios de los arrabales franceses del otoño de 2005.

54

- Un ejemplo particular de violencia identitaria, que podría

también denominar violencia de género, la encontramos en ciertas manifestaciones de la violencia en los chicos que se sien- ten relegados, por ejemplo en la escuela, por el empuje y prota- gonismo de las chicas. En una especie de revival del machismo, pero con otras connotaciones a las tradicionales. No obstante, la violencia de carácter sexual exige tratamiento propio. Baste aquí haberla mentado 34 .

- En este heteróclito colchón de la denominada violencia gra-

tuita, por último, pero no por ello menos importante -mucho menos en la actual generación juvenil-, hay que destacar la vio- lencia como consecuencia de la dificultad de asumir cualquier frustración y diferir en el tiempo lo deseado en el presente, la no aceptación del límite, sea el que sea, así como todo lo que con- note autoridad exterior a la del grupo de pares. Esta modalidad de violencia, que tiene su origen, en última instancia, en la falla de los sistemas de valores dominantes en la educación (familiar, escolar, societal, etc.) en las últimas décadas, explica no pocas de las específicas manifestaciones de violencia imputadas a los adolescentes y jóvenes de hoy. Esta es una modalidad de violen- cia a la que concedemos una gran importancia, especialmente cuando va acompañada de alcohol y/ o drogas en un ambiente nocturno. Creo que, en el estado actual de las cosas, seguirá siendo importante esta modalidad de violencia, aparentemente inexplicable, en jóvenes «que tienen de todo», pero que siempre quieren más, que no saben qué hacer con lo que tienen, que lo que quieren lo quieren en el momento y que no toleran ninguna dilación al respecto. ¿Violencia de frustración? Pero, a la postre, todas son violencias de frustración de algo. Esta modalidad de violencia me parece extremadamente importante para ser anali- zada en una sociedad donde la evolución de la familia hace que haya perdido gran parte de su capacidad educadora. Los hijos, cada día en mayor número, crecen más solos.

34 Hemos abordado este tema en «Chicos y chicas: tan similares y tan dife- rentes», en Educación Social 29 (enero-abril de 2005), pp. 39-61.

55

3. Algunos ámbitos singulares de violencia juvenil

a) La violencia de ámbito familiar

Un Informe del Centro de Estudios Jurídicos, d e la Consejería de Justicia de la Generalidad de Cataluña, presentado el 7 de ju- nio de 2005, señala que las denuncias presentadas por los pa- dres contra sus hijos en Cataluña ascendieron en 2004 a 178. Su- pone el 2,9% de los delitos cometidos por los menores, cifra que parece ir en aumento, aunque no se sabe hasta dónde quepa imputar el aumento a la ley d e menores, modificada el año 2003, haciendo delito o falta lo que antes se archivaba, o al he- cho de que realmente haya aumentado esa modalidad de vio- lencia. En todo caso, estas situaciones no son nuevas, y son más preocupantes de lo que esas cifras muestran. En un estudio que presenté el año 2001 sobre los comportamientos problemáticos en jóvenes escolarizados de Cataluña (12 a 18 años), el 2,6% d e jóvenes (199 escolares sobre los 7.416 encuestados) afirma que «ha amenazado o agredido a su padre o a su madre». En España, según los datos del estudio Jóvenes españoles 2005, el 11,4% de los jóvenes entre los 15 y 24 años de edad dicen que sus padres les han pegado 35 . En todos estos casos estamos hablando de jóvenes violentos. Pero también hay jóvenes violentados, agredidos. En muchos casos, los agresores son también otros jóvenes, ciertamente, pero en no pocos casos son personas adultas. Es evidente que hay jóvenes violentos, pero la correlación «jóvenes-violencia» no deja de ser un constructo social inexacto e injusto. No sola- mente porque ni todos ni la mayoría de los jóvenes sean violen-

35 Estas son las referencias: foventut i seguretat a Catalunya: els comportaments problematics deis joves escolaritzats. Enquesta ais joves escolaritzats d e 12 a 18 anys. Curs 2000-2001 (por encargo deis Departament d'Ensenyament i Depar-

tament d'Interior, de dacción original del

2001. Se puede consultar en www.gencat.net. Para España, Jóvenes españoles

2005, o. c. Cf. también la tipología en esta publicación.

la Generalitat de Catalunya). 176 pp . + cuestionario (re- Informe en castellano por Javier Elzo). Noviembre d e

56

tos, sino porque está lejos de haberse demostrado que los jóve- nes sean más violentos que los adultos.

En efecto, a raíz de los datos de la Consejería de Justicia de la Generalidad de Cataluña mostré en un artículo de prensa 36 que,

si bien es cierto que hay violencia de hijos hacia sus padres (hay

que añadir que la violencia la dirigen en mayor grado y exten- sión hacia las madres, especialmente cuando se trata de madres solteras, separadas o divorciadas), hay que subrayar que toda- vía hay más violencia de los padres hacia sus hijos. Y mostré algunos datos. Preguntados los escolares catalanes del estudio

de 2001 sobre los lugares en los que consideraban que se produ- cían agresiones físicas a la gente joven, el 17% señala la «propia familia», del que el 3,8% dice que tales agresiones se producen «muchas o bastantes veces». En España, durante año 1999, el 15,2% d e alumnos de Primaria y ESO decía que sus padres les habían pegado (el 1,3%, varias veces). En San Sebastián, en una investigación propia del año 2002 37 , también en escolares de 12

a 18 años, casi uno de cada tres afirma que «mis padres me cas-

tigan con dureza», de los que hay un 13% que señala que eso ha ocurrido «bastantes» o «muchas» veces. También en San Sebas- tián -atención a la cifra-, el 16% dijo que sus padres les habían pegado, y el 4,3% que muchas o bastantes veces. Sí, hay hijos que agreden a sus padres, pero son más los pa- dres que agreden a sus hijos. Tenemos una imagen muy ideali- zada de la familia. Ciertamente, en la mayor parte de las fami- lias no hay violencia. En bastantes familias existe incluso una muy buena convivencia. En otras familias, en otras muchas fa- milias, la cosa no pasa de coexistencia, eso sí, coexistencia pací- fica. Pero queda u n resto que, e n razón de nuestros estudios, me atrevo a cifrar en alrededor del 15% que no he dudado en

36 «La violencia más oculta», en El Periódico de Catalunya (6 de junio de 2005).

37

J. ELZO (dir.) /

N . GARCÍA /

M . T. LAESPADA /

M . ZULUETA, Drogas y es-

cuela. VI. Evolución del consumo de drogas en escolares donostiarras (1981-2002). San Sebastián, Escuela Universitaria de Trabajo Social, 2003 (incluye cuestio- narios en castellano y euskera).

57

denominar «familias violentas» 38 , familias donde hay un evi- dente nivel de violencia, física en algunos casos, aunque en otros, en los hijos precisamente, la violencia psicológica (no ha- cerles caso, el menosprecio, la comparación negativa con un hermano, etc.) puede ser sentida con mayor daño. La cifra negra de la violencia, la menos conocida, la que en mayor grado permanece oculta, pues en gran medida es ocul- tada por víctimas y victimarios, es, ciertamente, la violencia in- trafamiliar. La llamada violencia de género aflora, al fin, estos últimos tiempos. Algo sabemos de la violencia contra los pa- dres por parte de sus hijos. Muchos menos sabemos de la vio- lencia contra las personas ancianas, aunque ya hay algún estu- dio al respecto, pero prácticamente nada de la violencia contra los hijos por parte de sus padres.

b) La violencia escolar

Hay que comenzar diciendo que muchos estudios, la mayoría incluso, cuando tratan de violencia escolar se refieren a violen- cia dentro de la escuela e incluso a violencia dentro del aula es- colar. Otros estudios tratan de violencia juvenil en general y, si cabe, hacen una distinción entre jóvenes escolarizados y jóvenes no escolarizados, pero dentro de un mismo universo de estudio, jóvenes de tal a cual edad. Sin embargo sostenemos que cada día es menos válida, para entender en profundidad las manifesta- ciones de violencia juvenil, la distinción entre la violencia «fuera de la escuela» y la violencia «dentro de la escuela». El objeto de estudio deben ser los jóvenes escolarizados, victimas o victima- rios, tanto dentro como fuera de la escuela. Otra cosa es que se aborde la forma de prevenir, atajar o reconducir la violencia que se da dentro del recinto escolar, cuestión central para los escola- res, sus profesores y padres, sin hablar del rendimiento escolar, no solamente académico, por supuesto.

Hijos y padres, comunicación y conflictos, o. c , cf. capítulo 7.

58

Nos limitamos en este texto, sin una sola cifra, a presentar una tipología de cuatro modalidades de violencia en relación con la escuela. La violencia interna asociada a la masificación, a los problemas inherentes a la propia estructura escolar, a los conflictos entre los objetivos manifiestos y las estructuras la- tentes del sistema escolar. Violencia exógena a la escuela, vio- lencia extema a la escuela, violencia en la sociedad, de la socie- dad donde esté ubicada la escuela, y que tiene su traslado con las incidencias presumibles en la propia escuela. Violencia an- tiescolar, a veces como consecuencia de los problemas inheren-

tes a la escuela y que el alumno revierte al centro escolar, en el personal, profesores principalmente, o contra el mobiliario.

A veces el alumno ve en la institución escolar, en la obligato-

riedad de la presencia en la escuela, el obstáculo para su eman- cipación o para sus objetivos inmediatos, y recurre a la violen- cia. Busca en algunos casos que le expulsen. En fin, violencia identitaria también exógena a la escuela, también antiescolar, viendo a la escuela como la institución que les impide crecer y desarrollar su propia identidad colectiva -real o pretendida, poco importa-, pero identidad que evidentemente consideran pura y sin mezclas. La escuela se les aparece a los escolares como el agente institucionalizado por el poder para impedir que su identidad personal y colectiva se desarrolle. En estas cuatro modalidades de violencia estamos hablando de lógicas distintas que exigen planteamientos diferentes en su abordaje

y resolución.

Estas cuatro modalidades son síntomas y manifestaciones de cuatro formas de fracaso escolar. La primera procede de la pro- pia institución, de la propia organización del sistema escolar. Sea de forma estructural, por desajustes en la organización de los escolares y de los profesores, sea de forma curricular, por la selección y priorización de determinados contenidos en lugar de otros, sea en fin por la optimización de unos u otros objeti- vos del sistema educativo, el objetivo de transmitir conocimien- tos, el de preparar para la salida laboral o el de educar al ado- lescente y hacerle ciudadano.

59

En la segunda modalidad, el fracaso vendrá de un repliegue de cada centro a la mera labor transmisora de conocimientos, al margen del contexto concreto en el que está inserto. Aquí el fra- caso vendrá de hacer una formación sin tener en cuenta dónde, en qué circunstancias, y con qué alumnado haya de ejercerse la docencia. Es obvio que no es idéntico el contexto en España que en Colombia, Argentina o México, por citar solamente estos países. Además, en cada país, e incluso en cada municipio, hay que estudiar con rigor el entorno de cada centro escolar. Similar consideración cabe hacer de la tercera modalidad de fracaso es- colar, especialmente cuando me refiero a la decisión del alumno de querer abandonar el centro porque no ve utilidad alguna a su presencia en él, pues puede subvenir a sus necesidades con comodidad fuera del centro escolar. Es lo que sucede en deter- minadas localidades turísticas con fuerte necesidad de mano de obra barata y joven. O también en situación de fuertes carencias económicas en la familia de origen.

Por último, el cuarto modelo de violencia identitaria es evi- dente que puede conllevar un absentismo escolar, un desinterés

por las enseñanzas recibidas, cuando no una revuelta frente a ellas que incluso pueden ser leídas por los escolares como vehícu- los de desidentificación nacional. Es lo que hemos visto en algu- nos escolares en el País Vasco, sucede muy marcadamente en Francia y me temo que cada vez va a ser más fuerte en España al ser ya un país de inmigrantes. Entramos ya aquí en un tema que

considero central en la España de los próximos años y décadas 39 .

39 Hemos desarrollado, a veces con detalle, estos puntos en varios trabajos nuestros. Una referencia, creemos que la que recoge nuestra aportación más reciente y centrada directamente en el tema, aunque ignoro si está publicada, es esta: «La violencia en jóvenes escolarizados», en mi intervención en el curso de «Orientación escolar» organizado por la Fundación Universidad de

Castilla y León en Segovia el día 12 de septiembre de 2003. Cf. también en J. ELZO (dir.), Drogas y escuela. VI. Evolución del consumo de drogas en escolares do-

nostiarras (1981-2002),

o. c , capítulo

5, con profusión de datos. También en Va-

lencia en el / Congreso Internacional sobre «Educación e inmigración: el reto de la inierculturalidad para la educación del siglo xxi», organizado por la Consejería de

Educación de la Generalidad de Valencia en noviembre de 2004, con un texto

Últimamente se habla mucho de maltrato escolar. Es un tér- mino ya acuñado en la literatura científica sobre el tema de la vio- lencia escolar como maltrato entre iguales, con abuso de poder y de forma reiterada. El iniciador de este planteamiento fue el sueco Dan Olweus, que comenzó a realizar estas investigaciones el año 1973 en la Universidad de Bergen. Después ha tenido buena fortuna y muchos investigadores le han seguido. Entre no- sotros citemos a Rosario Ortega en Sevilla, María José Aguado en Madrid, Félix Echeverría en San Sebastián, los estudios del Gabi- nete del Defensor del Pueblo (Alvarez de Miranda y después Múgica Herzog) y un etcétera cada vez más largo. Nos limitamos aquí a presentar unos pocos resultados de dos trabajos en los que hemos participado. En el primero, sobre los escolares catalanes, nos inspiramos también, para una parte del estudio, en los traba- jos anteriores. En el estudio de San Sebastián repetimos, de forma abreviada y a efectos comparativos, nuestro informe catalán.

¿Cuál es la realidad del maltrato escolar entre los escolares donostiarras en comparación con la que hemos encontrado de los escolares catalanes? Vale la pena que le lector sepa con clari- dad qué es lo que preguntamos a los escolares como maltrato escolar. Esta es la pregunta que se les formulaba:

«A ti, durante este curso, ¿te han tratado mal otros alumnos

de tu centro escolar?» y más en concreto, estos son los ítems

o

las cuestiones que les planteamos:

 

- Se han burlado de ti, se han reído de ti o te han insultado.

- Te han robado, te han roto o estropeado cosas.

- Te han golpeado o pegado, te han dado patadas o te han encerrado en algún lugar para molestarte

Te han amenazado para obligarte a hacer cosas que tú no querías. Les dábamos tres opciones de respuesta: «Nunca», «una

-

o

dos veces» o bien «tres o más veces».

que titulé: «Juventud e inmigración: las actitudes de los jóvenes europeos ante la inmigración», aunque las Actas del Congreso no se han publicado en el momento de redactar estas líneas.

En la tabla siguiente ofrecemos los resultados comparados de las respuestas dadas por los escolares de 12 a 18 años donostia- rras y catalanes 40 .

Comparación de maltrato escolar padecido en escolares de San Sebastián y Cataluña (en % verticales)

Nunca

Una o dos veces

Tres o más veces

NS/NC

N =

 

Te han dado

Te han amenaza-

Se han burlado o reído de ti o te han insultado

Te

o

han robado

destrozado

cosas tuyas

golpes o pegado

patadas o te han encerrado

do para obligarte

a hacer cosas que tú no querías

Cat.

S.S.

Cat.

S.S.

Cat.

S.S.

Cat.

S.S.

56,4

64,2

82,7

81,4

84,8

91,7

95,8

95,0

25,8

24,7

13,4

15,3

10,0

6,0

2,6

3,6

17,2

10,5

3,2

2,8

4,6

1,8

0,9

0,9

0,6

0,6

0,6

0,5

0,6

0,5

0,6

0,5

7.426

2.329

7.416

2.329

7.416

2.329

7.416

2.329

100%

Campo: Cataluña: Auto administrado en 112 centros, 325 aulas, a una muestra de 7.416 alumnos entre los 12 y los 18 años (con 216 fuera de esos límites de edad, de los que 145 con más de 18 años), durante los meses de noviembre y diciembre de 2000. San Sebastián: Auto administrado en 15 centros, 107 aulas, a una muestra de 2.329 alumnos entre los 12 y 18 años (con 108 alumnos de 19 años y más), durante los meses de febrero y marzo de 2002.

40 La comparación es lo más exacta posible. Trabajamos con los mismos segmentos de edad y con los mismos niveles educativos. El proceso de reco- gida de información es también idéntico. Las preguntas de San Sebastián han sido adaptadas del cuestionario catalán. En la redacción de los mismos ha es- tado la misma persona, J. Elzo, así como en el análisis posterior. Las diferen- cias vienen, en primer lugar, de la siempre problemática comparabilidad de dos enclaves distintos, San Sebastián y Cataluña. Pensamos en comparar San Sebastián con Gerona, pero rápidamente nos preguntamos que por qué Ge- rona y no Lérida o Tarragona. Además, ¿cómo neutralizamos el factor kale bo- rroka en San Sebastián o el factor inmigración en Cataluña? Optamos por no tocar los marginales totales y presentar la comparación tal cual, aun advir- tiendo de estos sesgos posibles. No son los únicos. Añadamos dos. El primero es raramente indicado en los estudios científicos. En el cuestionario catalán, las preguntas de maltrato vienen al inicio del cuestionario, mientras que en el de San Sebastián lo están al final, después de cuestiones de mayor calado en

62

Señalemos, de entrada, que los datos son perfectamente com- parables, y en algunos supuestos (robo y amenazas) práctica- mente idénticos. Las cifras nos hablan de un escolar de cada diez en San Sebastián (uno cada seis en Cataluña) que refieren ser objeto repetido de maltrato psicológico en su centro por parte de sus propios compañeros. No son cifras triviales. Ni en número estadístico ni en gravedad para el que lo padece. En el informe catalán, orientado básicamente al estudio de los com- portamientos problemáticos de los escolares, y muy secunda- riamente a los temas de drogadicción, exactamente la acentua- ción contraria a la del trabajo de San Sebastián, constatamos que los escolares consideraban, en la mayoría de los casos, más grave, más dañoso, más difícilmente soportable el maltrato psi- cológico que el físico. La burla, el menosprecio, la desconside- ración, el insulto son duramente percibidos por los que lo su- fren. A veces más que un puñetazo o el robo de algún objeto. El robo lo padecen dos de cada diez escolares, y el 3% de forma reiterada. La violencia física (recibir patadas, golpes, ser encerrado contra su voluntad) es referido por el 8% de los jóve- nes donostiarras, y no llega al 2% el que señala que esa circuns- tancia es repetida, siendo esta cifra del 5% en los escolares cata- lanes. En consecuencia, no cabe hablar de escolares que reciben violencias físicas más que en niveles, estadísticamente ha- blando, muy reducidos. No hay agresiones físicas en nuestras escuelas de forma reiterada. En fin, las amenazas para que ha- gan lo que no quieren hacer (racket llaman a esto los franceses, cuando además hay violencia) no llegan al 5% de los casos, y solamente en un escolar sobre cien de forma reiterada. Aunque

la percepción imaginaría de los ciudadanos en lo que a fenómenos de desvia- ción se refiere. De ahí que en la comparación pueda haber un ligero sesgo a la baja en las cifras de maltrato señaladas por los escolares donostiarras. Pero, por el contrario, el trabajo de campo tuvo lugar en Cataluña entre el 15 de no- viembre y el 12 de diciembre de 2000. El de San Sebastián, entre el 4 y el 22 de marzo de 2002. Esta vez el sesgo juega a favor de un aumento del maltrato se- ñalado entre los escolares de San Sebastián. Quizá lo uno compense lo otro, pero no es evidente.

63

en estos puntos también cabe decir que una sola patada, más aún una amenaza con violencia, es ya digna de ser mencionada, los datos informan rotundamente de que estemos ante una si- tuación de violencia física, o amenazas de tal, de forma genera- lizada en los centros analizados. Otra cosa es -repetimos- la violencia psicológica. Señalemos brevemente que el maltrato psicológico lo pade- cen en mayor medida los escolares en edades comprendidas entre los 12 y los 15 años, chicos mayoritariamente, con mala re- lación eos sus compañeros, y algo más entre los menos aventa-

jados de la clase. Hay correlación entre el maltrato psicológico y

el físico. El que padece el psicológico tiene más probabilidades

de sufrir también el físico y viceversa. El perfil de los maltratadores nos señala que son mayoría los chicos: 60% de chicos frente a poco más del 40% de chicas.

Cuando de maltrato reiterado se refiere, la proporción de chicos maltratados dobla claramente al de chicas. Al igual que entre los maltratados, hay mayor presencia de escolares -entre los 12

y los 15 años- entre los maltratadores, pero las diferencias, se-

gún la edad, son ahora menores. Es decir, siendo básicamente una violencia de preadolescentes en edades comprendidas en- tre los 12 y los 15 años, así y todo esta afirmación es más exacta en los «que reciben» que en los «que dan» (entre los que hay no

pocos de más de 15 años). Dar y recibir, no se olvide, se refiere al maltrato psicológico. Si nos referimos a su valoración del rendimiento escolar, de nuevo los que peores rendimientos señalan son los que en que en mayor grado refieren agresiones a sus compañeros. Pero -y el pero se nos antoja digno de mención- no hay linealidad en la correlación. Los escolares que dicen tener los mejores ren- dimientos escolares siguen a los que señalan los peores rendi- mientos a la hora de «confesar» maltrato a sus compañeros. Esto es, no es evidente que la «inquina» por sus compañeros esté motivada por el bajo rendimiento escolar. Hay otras varia- bles que habrá que considerar con tiento. Valga aquí esta pre- caución. Por último, señalemos que la clase social se nos apa-

64

rece como no discriminante. Allí donde hay inmigrantes en proporción destacable, como en Cataluña, tampoco. No se ol- vide que hablamos de emigrantes escolarizados.

c) La violencia relacionada con el alcohol y las drogas

Llevo muchos años trabajando este tema de la relación entre la violencia juvenil el alcohol y las drogas. Mi conocimiento en esta campo es acumulativo, eliminando hipótesis, confirmando algunas e introduciendo nuevas. En estas breves líneas resumo lo esencial de mis planteamientos y las conclusiones a las que he llegado después de más de veinte años analizando el tema.

1) El contexto geográfico y temporal en el que se enmarca la relación droga-delincuencia es clave. No se pueden comparar, sin más, datos referentes a Estados Unidos, con una sociedad muy desestructurada, particularmente en las grandes ciudades, y donde más estudios se realizan, con los datos resultantes de los estudios en España. Afinando más, incluso en Comunida- des Autónomas, como en el caso del País Vasco, donde más he- mos investigado, las conclusiones a las que llegábamos hace quince o veinte años requieren matizaciones y hasta rectifica- ciones en nuestros días. Asimismo considero que en un mismo marco geográfico, España, en cada Comunidad Autónoma hay que tener en cuenta la evolución sociodemográfica y actitudi- nal de los jóvenes en los últimos años

2) Que hay alguna relación entre drogas y delincuencia pa- rece claro. Pero con afirmar eso poco hemos avanzado, mien- tras no seamos capaces de «cuantificar» esa afirmación con pre- cisión superior a la que hasta ahora se está dando y, sobre todo, se lleve a cabo una «cuantificación comparativa» con otras cir- cunstancias o factores que se pueden relacionar con la delin- cuencia, el alcohol por un lado y la situación de «necesidad grave» por el otro, por poner dos ejemplos que nos parecen par- ticularmente relevantes. Asimismo parece fundamental no per-

65

der de vista la dimensión lúdica en determinadas manifestacio- nes d e la violencia juvenil, como hemos señalado más arriba.

3) Pero no solamente cuantificar la relación entre delincuen- cia y droga (y qué drogas), sino «cualificar» esa relación. N o deja de ser llamativo que mientras la percepción social concede una gravedad particular a la delincuencia asociada a las drogas

ilegales, que en la mayoría d e los lugares tiene una incidencia

casi exclusiva e n

misma percepción en delitos relacionados con el alcohol, que tienen una incidencia mucho mayor en delitos contra las perso- nas. Además, pese a los avances documentales de los últimos años, aún estamos ayunos de estudios rigurosos sobre este fe- nómeno. Hay demasiado opinión y ausencia casi total de estu- dios científicos. Nosotros mostramos, en un estudio publicado el año 1992 sobre la base del estudio de las sentencias judiciales de la Comunidad Autónoma Vasca, que la delincuencia relacio- nada con el alcohol era superior en cantidad y gravedad a la re- lacionada con las drogas ilegales 41 .

delitos contra la propiedad, n o se d é esa

4) En efecto, hace años que sostenemos que, si revisamos la li- teratura científica sobre este tema y si la comparamos con la lite- ratura n o científica, así como con la percepción social, má s acorde con esta última, constataremos que se da un hiato claro entre ambas literaturas. Mientras para la percepción social y la li- teratura no científica la relación entre delincuencia y drogas es muy grande, hasta el punto de que para muchos vendrían prác- ticamente a superponerse, especialmente en los delitos contra la propiedad, la literatura científica es mucho más cauta. Ya decía- mos hace seis años que «la correlación droga-delincuencia-des- viación social (y valdría la pena continuar el análisis con la intro-

41

J. ELZO (dir.) /

J. M . LIDON /

M . L. URQUIJO (colaboradores: A. HUARTE /

A . MINTIAGA / M . A . REMÍREZ / A . I. DEL VALLE), Delincuencia y drogas: análisis

jurídico y sociológico de sentencias emitidas en las audiencias provinciales y en los juzgados de I a Instancia de la C. A. V. Vitoria, Servicio Central de Publicaciones del Gobierno Vasco, 1992.

ducción de conceptos tales como "marginación" y "exclusión so- cial"), si bien existe y se confirma en relaciones estadísticamente significativas, no es capaz por sí sola de dar cuenta ni del hecho de la drogadicción, ni del hecho de la delincuencia, ni del hecho de la desviación social (ni de la marginación ni de la exclusión so- cial). Más aún, no se puede afirmar que la mayor parte de las personas que se drogan delinquen, menos aún que sean "desvia- das", ni que la mayor parte de las personas que delinquen sean drogadictas, ni que la mayor parte de las personas marginadas (auto o heteromarginadas) sean delincuentes o drogadictas» 42 .

5) En ese mismo texto sostuvimos que «un estilo de vida, un determinado sistema de valores o un proyecto de vida (incluso la ausencia de proyecto puede ser, d e forma latente, u n pro- yecto de vida alternativo al dominante), puede asociarse a u n determinado modo d e consumir drogas (ciertas drogas), así como lo fue una cierta disidencia social y política en tiempos no muy lejanos (y lo es todavía, pero en tono mucho menor y con menor capacidad de explicación en nuestros días)». Aun sin ne- gar toda validez a ese planteamiento, pensamos que hoy debe- mos poner el acento en otras dimensiones como el uso del tiempo libre, la capacidad socializadora de unos y otros mode- los familiares, el papel fundamental del grupo de pares y la re- lación del joven escolarizado con su centro docente.

6) Más recientemente, e n otro trabajo nuestro, Drogas y es- cuela VI, constatamos que los escolares con dificultades e n las relaciones con sus padres y renqueando en su rendimiento es- colar son los que más probablemente tendrán comportamientos inadecuados con sus profesores. Es un dramático círculo el que así se va cerrando. Escolares con dificultad para integrarse y sentirse emocionalmente asentados en su familia son los que peor rendimiento escolar presentan, los que mayores cotas de

42 En J. ELZO, «Jóvenes en crisis. Aspectos de jóvenes violentos. Violencia y drogas», e n Cuadernos de Derecho Penal. II. La criminología aplicada. Madrid, Consejo General del Poder Judicial, 1999, pp. 195-221.

conflictividad con sus profesores alcanzan, con lo que al déficit de inserción y asentamiento afectivo familiar añaden el escolar. No extrañará, en consecuencia, que sea entre ellos donde en- contremos los mayores consumidores de drogas.

Por otra parte, en la tipología de adolescentes que presenta- mos en el capítulo 4 de este libro comprobamos la relación exis- tente entre un determinado estilo de vida y sus valores asocia- dos, tanto con el consumo de drogas como con las diferentes modalidades de actitudes violentas.

4. Causas o factores de violencia juvenil

Son muchas las «causas» o «factores» que se pueden aducir a la hora de explicar las diversas modalidades de violencia juvenil. Distinguiré dos ámbitos de explicación: las de orden más gené- rico y global, y las de orden más cercano, más próximo. Siendo extremadamente limitativo, distinguiré en cada caso tres facto- res que creo pueden dar cuenta de más del 90% de las manifes- taciones de las violencias juveniles.

a) Factores genéricos y globales de violencia juvenil

1) Las situaciones de marginación social. Todo parece indi- car que, salvo cambio de rumbo, las diferencias entre países así como las diferencias en el interior de los países están aumen- tando y, lo que puede ser peor, las diferencias entre las expecta- tivas y las posibilidades, esto es, las diferencias entre lo que es expuesto como deseable y exigible para aparecer como triunfa- dor en la vida y las posibilidades de conseguirlo por las vías normalizadas, están en aumento constante.

2) El auge de los fundamentalismos de todo color: político, religioso, étnico, racial, nacional, etc. en un mundo que se dice plural, pero que debajo del pluralismo esconde el relativismo

total, que hay que distinguir cuidadosamente de la necesaria relatividad de toda pretensión absolutista de poseer la única verdad absoluta. Entre la deriva fundamentalista, «solo yo y los míos somos portadores de la única verdad y proyecto legíti- mos», por un lado, y el relativismo total del «todo vale», por otro, parece que ya no queda espacio para la reflexión, el dis- cernimiento, el respeto al «otro», para la resolución de los con- flictos mediante las reglas democráticas. Pero sí para la violen- cia como medio para defender la «única verdad» en el primer caso o como deriva identitaria en el segundo.

3) La incapacidad para asumir el límite, prácticamente cual- quier límite, como consecuencia de un tipo de educación e ideo- logía dominantes en el mundo occidental, que ha privilegiado ciertos valores sobre otros. En dos palabras: se ha hecho hinca- pié, y con razón, en los valores inherentes a los derechos de la persona, pero se ha olvidado que esos valores no son traducibles en la práctica si no llevan el correlato de determinados deberes.

b) Factores más próximos e inmediatos

Señalaré, sin mayores comentarios, tres, pues son muy conocidos.

1) Las familias destrozadas así como las familias que, por di- versas causas, han dimitido de su función educadora. Los psi- cólogos y psiquiatras insisten en la importancia de los primeros años de la vida. Los datos sociológicos hablan de correlaciones entre situaciones de carencias familiares y manifestaciones de violencia en la juventud (así como en la edad adulta). Tanto cuando los padres son prepotentes y quieren reproducir en sus hijos, como único válido, el mundo en el que ellos se educaron siendo jóvenes, como cuando son impotentes porque no entien- den nada del nuevo mundo en el que estamos entrando.

2) Los estragos del consumo abusivo de las drogas y, de modo particular, del alcohol. Todos los trabajos científicos son forma-

les en este punto. El control del modo y circunstancias de con- sumo desenfrenado de alcohol y drogas durante los fines de se- mana y en las fiestas en general nos parece una causa cercana de primer orden en no pocas de las manifestaciones de violencia juvenil en nuestra sociedad española hoy. También en Latino- américa. Por ejemplo en las modalidades de violencia sexual, violencia «gratuita» y, aunque en menor medida, también en la que he denominado violencia «antisocial». Asimismo, para de- sencadenar físicamente una agresión en las manifestaciones vio- lentas raciales, xenófobas y a veces en las de signo revoluciona- rio y nacionalista, el factor alcohol también está muy presente.

3) Aunque hay mucha discusión en este punto, parece que la trivialización de la violencia, por su repetición, su carácter In- dico y su presencia como exigencia para lograr fines, aun posi- tivos, en los medios de comunicación social, especialmente en la televisión, puede ser un factor que, en determinados jóvenes, puede ser inductor de imitación.

5. La prevención de la violencia juvenil

Como hemos señalado más arriba, bajo la denominación de vio- lencia juvenil se incluyen diversas modalidades de violencia que responden a realidades muy diversas. En consecuencia, para ha- blar de prevención habrá que delimitar de qué violencia estamos hablando. Me atrevería incluso a decir que la primera medida que hay que adoptar cuando de prevención de violencia juvenil se trata será la de diagnosticar, lo más precisamente posible, el al- cance, motivaciones, justificaciones, ramificaciones, actores, etc. de la violencia cuyas manifestaciones se quieren prevenir. En efecto, las medidas preventivas serán distintas si nos en- frentamos a la violencia de signo racista o xenófoba, a las violen- cias de matriz nacionalista o revolucionario-nacionalista o si nos referimos a las violencias de carácter antisocial, así como la que hemos denominado más arriba como violencia gratuita y sus di-

ferentes raíces y motivaciones, que nos hemos limitado a enume- rar y que requieren, evidentemente, un más amplio tratamiento. De todas formas, más del 90% de las manifestaciones de vio- lencia juvenil responden a tres grandes capítulos, como acaba- mos de indicar: en respuesta a situaciones de marginación so- cial, como consecuencia de algún tipo de fundamentalismo y fruto de la disociación entre «objetivos y medios», instaurando un sistema de valores en el que el goce de lo deseado no puede ser diferido, mucho menos cuestionado. Las situaciones de marginación social se previenen, hasta donde sea posible, mediante la eliminación de la injusticia so- cial, mediante la lucha contra la exclusión social. Es un pro- blema, en última instancia, de orden político, salvo que haya- mos dimitido en favor del mercado como único referente de acción social. No se puede pedir a la educación ni al sistema educativo, aun al mejor y más dotado en cantidad y calidad, que resuelva problemas que son anteriores y previos a la educación. No se puede pedir a la educación, como se soñó en la década de los sesenta con la teoría de la igualdad de oportunidades, que se resuelvan las desigualdades sociales. No quiero negar con esto la bondad del principio de la igualdad de oportunidades. Quiero señalar, sencillamente, que la reiteración del principio e incluso los intentos de aplicarlo no resuelven la desigualdad ori- ginaria, que es una desigualdad de estratificación social.

Los otros dos capítulos explicativos de la violencia juvenil tienen mucho que ver con la educación, en el sentido más am- plio del término. La lucha contra los fundamentalismos, esto es, la pretensión de que uno es portador de la única verdad, exige educar en la tolerancia activa, en la instauración del pluralismo como modo de regular la vida ciudadana, teniendo como norte la defensa de los derechos de la persona, de cada persona, sea quien sea y haya hecho lo que haya hecho. Asimismo, el tercer y más actual rasgo de la violencia, el que proviene de la dificultad para afrontar toda frustración, así como diferir en el tiempo lo deseado en cada momento o acep- tar un límite en su tiempo de ocio, exige un cambio de rumbo

en los sistemas de valores que padres y profesores tratamos de inculcar en los adolescentes, así como en los modelos educati-

vos al uso para transmitir esos valores. Respecto a los sistemas de valores que inculcar, pienso, de forma particular, en la nece- sidad de introducir la responsabilidad en la vida diaria, fami- liar, escolar y social de los adolescentes y jóvenes. El concepto de responsabilidad se corresponde con el del deber. Las encues- tas de opinión indican que nos encontramos ante una pobla- ción, especialmente la más joven, que apuesta más por exigir a los demás la resolución de sus problemas que por la iniciativa personal para afrontarlos con el esfuerzo que ello conlleva. Las causas de este estado de cosas son múltiples y de órdenes di- versos. En mi opinión, algunas explicaciones, las más de fondo, aunque puedan parecer las más alejadas de problemáticas indi- viduales actuales y de resolución más compleja, corresponden

a los sistemas de valores dominantes en la sociedad occidental

durante los últimos años y que se reflejan en los sistemas de va- lores que, consiguientemente, han adoptado los jóvenes.

Refiriéndome a los jóvenes he sostenido que, junto a graves

situaciones estructurales carenciales, que sería ceguera negar (el problema de la carestía de la vivienda, por tanto las posibilida- des de emancipación familiar difíciles y el horizonte inmediato

a la hora de su inserción en la sociedad precario), han recibido

una socialización que no les ha armado, me atrevo a decir que ni psicológicamente, para afrontar convenientemente la sociedad en la que les ha tocado vivir. Mi tesis es que gran parte de los ac- tuales adolescentes, los que provienen de la gran clase media que conforma la mayoría de la sociedad actual, han crecido en una infancia dulce, sobreprotegida, con más recursos materiales que adolescencia y juventud alguna hayan tenido en la historia de este pueblo, a la par que nadie, o casi nadie, les ha hablado y educado en la importancia del sacrificio para la obtención de fi- nes, en la abnegación, en el esfuerzo, en una palabra, en la auto- responsabilidad. Nunca juventud alguna ha accedido a la uni- versidad en la proporción en la que lo hace la actual, y puede estar tantos años en la universidad con tan escaso rendimiento

72

sin provenir necesariamente de las clases adineradas, sino del amplio colchón de la clase media. En definitiva, la prevención de la violencia juvenil exige, a mi juicio, comenzar por un diagnóstico exacto de lo que estamos hablando para aplicar medidas de prevención específica a cada situación concreta. Como prevención global, o inespecífica, hay que trabajar en dos registros principalmente: en el de la elimi- nación de la exclusión social, por un lado, y en una educación en el respeto a los derechos humanos y en la responsabilidad de lo que se hace y dice, tanto por parte de los alumnos como por parte de los padres y educadores, por el otro. Educar en la res- ponsabilidad, en el valor del esfuerzo, del trabajo, de la disci- plina, de la abnegación, etc., es poner en su lugar unos «valo- res» no suficientemente reconocidos en los últimos tiempos, pero sin los cuales otros «valores», esto sí, muy reconocidos (y justamente reconocidos), como la solidaridad, la tolerancia, el rechazo de la exclusión social, etc., no son sino papel mojado. La prevención de la violencia juvenil pasa por fomentar la tole- rancia y la solidaridad, pero el ejercicio concreto de la toleran- cia y la solidaridad, además de la justa proclamación de su conveniencia y absoluta necesidad, exige día a día esfuerzo y trabajo, constancia y disciplina, reflexión y estudio.

6. A modo de resumen interpretativo de la situación actual de la violencia en los adolescentes y jóvenes

Sería injusto e inexacto decir que la totalidad de la cultura domi- nante en nuestra sociedad fomenta, incita o crea las coordena- das de base para la proliferación de actos delictivos, de compor- tamiento violentos. Según la moderna sociología europea de los valores, hay un acuerdo en señalar que, aun con fallas impor- tantes, cabe hablar de tres órdenes de valores a los que cabe de- nominar de valores universales, en el sentido de que suscitan el consenso y la aquiescencia de una gran mayoría de ciudadanos. Nos referimos a la asunción del carácter inalienable de los dere-

73

chos individuales y, aunque con más dificultades, también los colectivos, derechos de los individuos constituidos en personas en lo particular, ciudadanos en lo social. En segundo lugar, en- contraríamos el rechazo al uso de toda violencia para la resolu- ción de los conflictos, con la exclusión de la legítimamente utili- zada por los agentes del Estado. En fin, en tercer lugar, la necesidad de encontrar un acuerdo planetario de la raza hu- mana con los animales y, en general, lo que ha dado en llamar el medio ambiente, la tierra en su conjunto. No es poca cosa, y so- lamente este «acuerdo» con todas las fragilidades e incumpli- mientos concretos, imposibles de olvidar, sin embargo infirma la idea de que el mal esté instalado en el mundo occidental, como a veces se oye en voces de los que Juan XXIII hubiera de- nominado «profetas de calamidades».

Ahora bien, dicho lo anterior, y con fuerza, hay que decir, con la misma fuerza, que también hay elementos de la cultura domi- nante que favorecen no solo la delincuencia, sino las modalida- des de delincuencia que hemos reseñado. Dado el tenor de este texto, parece normal que nos detengamos en estos aspectos. - Vivimos en una cultura de la transgresión, de la trivialización, de la ordinariez en muchos medios de comunicación, en la eroti- zación de la publicidad y de los contenidos de las revistas para jó- venes, especialmente las que van dirigidas a las chicas, en la lenta pero persistente deriva de los telediarios de la información polí- tica y social hacia la de los sucesos, cuanto mas truculentos, mejor. - Se ha hecho mucha investigación sobre las correlaciones entre violencia en los medios y violencia real, sin llegar a nin-

conclusión clara. Ahora algunos estudiosos 43 empiezan a

apuntar a que el catastrofismo de los «telediarios», la repetición constante de los hechos más terribles y el paso inmediato de esas noticias a otras ligeras es lo que crea la idea de la trivializa- ción de la violencia. Esa forma de dar las noticias sería un factor

guna

43 Se leerá con sumo provecho el dossier elaborado por M. DAGNEAU, «Me- dias et violence. L'état du débat», en el n. 886 (marzo de 2003) de La Docu- mentatíon Frangaise.

potenciador de la violencia. Además, creo yo, aunque no puedo probarlo científicamente, que la trivialización de la violencia se relaciona en el fondo con la trivialización de todo. Muchos pro- gramas crean o fomentan un contexto de desresponsabiliza- ción, generando un caldo de cultivo en el que todo se reduce al principio del placer.

- Hay una nivelación de valores, y más aún un rechazo a

toda jerarquización de valores bajo el sacrosanto principio de que cada cual puede decir y pensar lo que quiera con tal de ha- cerlo sin violencia (y no siempre) y en tanto que respete los de- rechos del otro (y no siempre, piénsese en el martirio de los an- cianos faltos de recursos económicos y que viven en espacios de ocio nocturno de fin de semana).

- En España hemos pasado muy rápidamente de una moral

religiosa, que en su vertiente extrema basaba la salvación en el sufrimiento (y aún quedan secuelas preocupantes), a una moral de la salvación por el cambio político, el cambio de estructuras políticas, pensando ilusa y trágicamente que así se cambiada la sociedad (piénsese en la experiencia de la dictadura soviética y la ceguera de décadas de los intelectuales europeos), que ha dado paso a una moral centrada en el bienestar, en el disfrute del momento presente, a lo que Paul Valadier ha denominado, no recuerdo dónde, la moral libertaria. La última razón de este deslizamiento, en mi opinión, hay que verla en la gran muta- ción histórica a la que estamos asistiendo, lo que provoca zozo- bras, incertidumbres y al final repliegues en zonas de intimi- dad, personal y colectiva, que, en última instancia, pueden provocar reagrupamientos en colectivos de afinidades de toda suerte. Vivimos en Europa una sociedad rica en recursos y po- bre en proyectos colectivos.

- Los jóvenes españoles de hoy están centrados en lo pró-

ximo, en lo actual, en lo cercano, en lo cotidiano, etc., la historia como pasado no les interesa más que anecdóticamente, y el fu- turo, que lo quieren alejar lo más posible, lo vislumbran con más temor en lo personal que en lo profesional. (Aunque no hay que olvidar nunca que no hay juventud, sino jóvenes.) Asimismo,

frente al «gran discurso», a la explicación holista (que se les es- capa por inasible conceptualmente), prefieren el «pequeño re- lato», la concreción del día a día, la respuesta a sus cuestiones habituales. Sin embargo, las grandes preguntas, aun no explici- tadas, no formuladas temáticamente, están ahí, en lo más pro- fundo y en la periferia de ellos mismos: quién soy yo, de dónde vengo, a dónde voy, qué sentido tiene mi vida, por qué hacer el bien y no el mal, por qué he de ocuparme del otro y no cen- trarme en mí mismo, si el mundo se acaba aquí, si hay un más

allá

más básica y fundamentalmente, elementos para aproximarse a esas grandes cuestiones con la fuerza de la razón y la determi- nación de la voluntad. Es la falla de la teoría del control la que aquí encontramos. De ahí la fragilidad intelectual y volitiva en no pocos jóvenes y el riesgo de que puedan ser presa de colecti- vos que, esos sí, saben lo que quieren, y aquí encontramos el peso de la teoría de la afinidad selectiva. Nunca la filosofía, la ética, la espiritualidad y la religión para los creyentes (aunque sin la pretensión de ser los únicos depositarios de la única ver-

dad revelada) han sido tan necesarias como en estos tiempos.

- La familia está en un proceso de cambio vertiginoso, y nos encontramos ante muchos hijos únicos en el seno de un hogar en el que la madre ha salido de casa sin que el padre haya en- trado. En la familia está buena parte de la clave del problema, aunque me temo que no la solución. En este punto hay acuerdo entre los investigadores, que sitúan en la crisis de la institución familiar, en las familias que se buscan, en la reordenación de los roles paterno y materno, uno de los factores centrales de las modalidades de violencia juvenil. Hay un 15% de familias en España con un clima de agresividad que puede llegar a derivar en violencia física. Y luego hay otro tipo de convivencia fami- liar que, si bien no propicia la violencia, tampoco arma a los jó- venes contra la modalidad de violencia que hemos definido como «gratuita» más arriba. Es lo que hemos denominado «fa- milia nominal»: aquella en la que los padres han dimitido de la tarea de educar. No es un fenómeno aislado: estamos hablando

Y no encuentran quién les dé, no diré respuestas, sino,

de más del 40% de las familias españolas en este supuesto 44 . Aquí falla el control familiar, la educación familiar, y algunos muchachos terminan juntándose con jóvenes matones.

- La educación que no educa y que se limita a instruir y, a lo

que parece, tampoco demasiado bien. Necesitamos pasar de la mera transmisión de conocimientos, siempre necesarios, por supuesto, a la formación, a la educación de personas autóno- mas y responsables. Nunca la educación, el aprendizaje, más precisamente, han sido tan importantes como en un momento en el que la socialización del joven se hace cada vez más al modo individual y experiencial en el grupo -«solipsismo gru- pal e imitativo, pretendidamente autónomo» lo vengo defi- niendo-, siendo el último referente de lo bueno y de lo malo, de lo correcto e incorrecto, de lo esencial y secundario el pro- pio joven. Nunca se dirá suficientemente que «todo pasa por la educación».

- Al final todo se conjuga. Es la conjunción de la trivializa-

ción de la violencia con el hecho de que los jóvenes crecen so- los, sin que nadie les proponga y, si fuera preciso, imponga lí- mites, balizas de comportamiento, en un clima festivo en el que el alcohol y las drogas forman parte de un hábito para demasia- dos jóvenes, lo que conlleva la presencia de la violencia, espe- cialmente la que hemos denominado «violencia gratuita».

44 Cf. el capítulo tipológico de Hijos y padres: comunicación y conflictos, o. c. Más recientemente, J. ELZO, «Tipología y socialización de las familias españo- las», en Arbor 702, tom o CLXXVIII: «La familia en el XXV aniversario d e la Constitució n Española» , ed . po r S . UKL CAMI' O (juni o d e 2004) , pp . 205-229 , dond e concreto y avanzo algunas reflexiones más sobre el texto anterior. Cf. también mi texto: «Padres e hijos. Valores de ida y vuelta», conferencia de clau- sura en la Jornada «Los hijos raros», celebrada en Madrid el 3 de noviembre de 2004. Madrid, DAD, 2005. pp. 117-142. Más allá de estudios empíricos, es de justicia reseñar el trabajo, profesional e investigador, de Javier URRA desde su vertiente de psicología clínica y su enorme conocimiento de la realidad de los menores. Su publicación Escuela práctica para padres. Madrid, La Esfera de los Libros, 1994, es un compendio de su saber. Nos decía cuando lo publicó «que se había vaciado» en ese libro. Pero cerrando estas páginas saludo ya un nuevo libro suyo: El pequeño dictador. Madrid, La Esfera de los Libros, 2006.

- Otero López, en la tercera hipótesis de un importante tra- bajo suyo del año 1994 sobre la relación entre delincuencia y

drogas, afirma que «no existe relación causal entre ambas con-

ductas (

conductas son el resultado de factores comunes, de manera que

los sujetos expuestos a esos factores pueden desarrollar las dos

conductas

el año 1989 que «el factor más explicativo, el más concomitante con el consumo abusivo de las drogas, no convencionales espe-

es el que se refiere al mundo valorativo, al modo

de entender la sociedad, a la mentalidad con la que el joven se enfrenta a la sociedad en la que vive», y que nos inclinábamos, en última instancia, por interpretaciones de signo cultural para dar cuenta del fenómeno de la drogodependencia juvenil en el País Vasco 46 . Más de quince años después, seguimos soste- niendo, y es nuestra tesis de fondo, que un estilo de vida, un determinado sistema de valores o un determinado proyecto de vida (incluso la ausencia de proyecto) puede asociarse a un de- terminado modo de consumir drogas (ciertas drogas) y a deter- minadas actitudes y comportamientos de carácter violento. De- fendemos el planteamiento de orden cultural, pues nos parece mucho más explicativo que el meramente social, aun sin ne- garlo, por supuesto. Pensamos que hoy más que nunca debe- mos poner el acento en dimensiones como el uso del tiempo li- bre, introduciendo también Internet y los chats, la capacidad educadora de unos y otros modelos familiares, el mundo aso- ciativo de unos y otros jóvenes, el peso de los diferentes agentes de socialización, el papel fundamental del grupo de pares y la relación del joven escolarizado con su centro docente y, por en- cima de todo, lo reitero, su proyecto vital, tematizado o no, la- tente o manifiesto, pero siempre presente. Así como no hay gente sin valores, tampoco hay nadie sin proyecto de vida.

cialmente (

indistinta o conjuntamente» 45 . Nosotros ya decíamos

y que la relación es artificiosa o espuria, y que ambas

)

),

45

J. M. OTERO LÓPEZ, Delincuencia y droga: concepto, medida y estado actúa] del conocimiento. Madrid, Eudema, 1994. J. Hi.zo, Los jóvenes y su relación con las drogas. Vitoria-Gasteiz, Ediciones del Gobierno Vasco, 1989, pp . 138ss.

4 ''

3

LA DIMENSIÓN RELIGIOSA DE LOS JÓVENES

En este capítulo vamos a presentar varios aspectos significati- vos de la dimensión religiosa de los jóvenes españoles, sir- viéndonos básicamente de los últimos estudios de la Funda- ción Santa María. Pretendemos ofrecer al lector una síntesis para que, en un número limitado de páginas, tenga lo esencial de nuestros estudios y le sirva de introducción comprensiva de este aspecto de la realidad juvenil tan poco conocida y muchas veces adulterada. Pasaremos revista a la práctica religiosa do- minical, las creencias religiosas de los jóvenes, lo que supone ser religioso para ellos, la presencia de los jóvenes en las asocia- ciones juveniles, especialmente en los nuevos movimientos reli- giosos, y el juicio que les merecen, la impronta de las sectas en la juventud española, las actitudes que manifiestan ante la Igle- sia, etc. Cerraremos con unas reflexiones propugnando un nuevo paradigma en las relaciones entre la Iglesia y el Estado, entre la Iglesia y la sociedad. Nos serviremos de un número im- portante de tablas para ilustrar y dar fe de lo que decimos, pero el lector alérgico a las cifras podrá seguir el texto sin apenas consultar las tablas.

1. La práctica religiosa

Así como hace veinte años se concedía, incluso en la propia Iglesia institucional, escasa importancia a la práctica religiosa en detrimento de otros indicadores, ya desde comienzos de los años noventa del siglo pasado, en los estudios de sociología re- ligiosa, la práctica religiosa aparece como uno de los más po- tentes predictores y delimitadores de la dimensión religiosa con

su traslado a los comportamientos de los jóvenes y adultos. En la tabla 1 presentamos la evolución de esta práctica, ir a misa, en los jóvenes españoles, ajustando los datos de los diferentes estudios a la franja de edad de los 15 a los 24 años.

Tabla 1. Evolución de la práctica religiosa (ir a la iglesia) de los jóvenes españoles (15-24 años), excluyendo bodas, bautizos y funerales (en %)

Más de una vez a la semana

Una vez a la semana

Una vez al mes

Por Navidad, Semana Santa y en algunas festividades concretas Con ocasión de una romería, reunión de confirmación, peregrinación, año santo, visita a monasterios, fiestas de la localidad donde vivo, etc.

En ocasiones comprometidas (exámenes, enfermedades, búsqueda de trabajo, problemas afectivos, etc.)

Una vez al año o con menos frecuencia

Nunca, prácticamente nunca

N =

1984

1989

1994

1999

2002

2005

3

4

2

1

3

1

17

17

15

11

10

4

10

10

9

9

6

5

13

16

16

14

10

 

27

-

-

12

10

9

-

-

5

8

7

5

12

16

-

-

-

-

43

37

50

53

57

69

3.343 4.585 2.028

3.853

935

4.000

Fuente: Estudios de la Fundación Santa María.

La práctica religiosa semanal está disminuyendo paulatina- mente, así como la mensual. En la sociología europea ya se en- tiende como persona practicante la que al menos una vez al mes va a la iglesia, a misa o a un oficio religioso, según la dife- rente confesión religiosa. En España, entre los jóvenes de 15 a 24 años, si el año 1984 iban a misa, al menos una vez al mes, el 30%, esta cifra se sitúa el año 2005 en el 10%. Aunque básica- mente el descenso se produce en la misa semanal, también des- ciende la práctica mensual. Además, dato muy importante, lo que Toharia llamaba hace veinte años el «desenganche total», no ir nunca o prácticamente nunca a la iglesia, se ha movido en

estos últimos cinco años hacia arriba (más desenganche), y ahora estamos en cifras que nos dicen que siete de cada diez jó- venes no pisan nunca, o prácticamente nunca, una iglesia, ex- cepción hecha de bodas, bautizos y, sobre todo, pensamos, fu- nerales. Nos acercamos ya a una práctica religiosa semanal, en los jóvenes, que cabe hablar de residual: 5% el año 2005, uno de cada veinte. Cualquiera que se asome un domingo a la eucaris- tía observará que, además de poca gente, pues la práctica reli-

giosa no solamente ha descendido en la población joven, se

acentúa aún más en la juventud.

2. Las creencias religiosas

Nos detenemos ahora en la evolución de las creencias religio-

sas, en primer lugar en la lista de creencias que se ofrecen en las encuestas europeas de valores (EVS) del año 1980 y a continua- ción en la idea de Dios y del más allá que introdujimos nosotros

a partir del año 1990. Veamos en la tabla 2 la evolución de creencias siguiendo la lista de la EVS.

Tabla 2. Evolución de las creencias religiosas de los jóvenes españoles en edades comprendidas entre 18 y 24 años (en %)

Dios

Vida después de la muerte Infierno

Cielo

Pecado

Resurrección de los muertos

Resurrección de Jesucristo

Reencarnación

N =

1981

1984

1989

1999

2002

2005

78

71

71

65

68

54

44

42

42

43

46

31

20

15

16

21

23

-

34

27

32

34

35

-

41

36

38

36

38

26

- -

-

24

23

16

- -

-

-

-

25

- -

-

27

27

17

543

2.239

3.079

2.665

786

4.000

Fuentes: Para 2002,1999,1989 y 1984, los trabajos de juventud de la Fundación Santa María. Para 1981, la submuestra de 18-24 años de Andrés Orizo 1983 (detalles en el estudio 1999).

Algunos han discutido la validez de estos indicadores, seña- lando que no sabemos bien qué entienden los jóvenes por pe- cado, vida después de la muerte y, no digamos, cielo o infierno, por ejemplo. Ciertamente, pero yo no limitaría la duda a los jó- venes, sino también a los adultos, incluidos sacerdotes y religio- sos, sin olvidar a los teólogos. Pero, y es la razón central para mantener los ítems, la evolución en el tiempo y la comparación con los datos de otros países (la lista de ítems proviene de los es- tudios europeos de valores) permite situar bien a nuestros jóve- nes y analizar las tendencias. Es lo que hace González-Anleo en los dos últimos estudios de la Fundación Santa Maria, y a ellos remito al lector. Nosotros decíamos comentando estos datos en el estudio sobre las vocaciones religiosas 47 que «la estabilidad de las cifras (hasta el año 2002) es, posiblemente, el dato más significativo y el que hay que situar en primer lugar. Así y todo, hay que señalar que hay un significativo descenso en el porcen- taje de jóvenes que dicen creer en Dios y que, sin embargo, ma- nifiesta un repunte en el estudio que habrá que comprobar, si se confirma, en estudios posteriores». Pues bien, el estudio de 2005 nos muestra claramente, tanto en este dato como en la mayoría de los demás, que las cifras de 2002 son un diente de sierra, pues los datos de 2005 confirman la tendencia de los últimos años. Es más, la tendencia se acelera en los últimos cinco o seis años, lo que nos confirma en la importancia del cambio que está teniendo lugar ante nuestros ojos con los actuales adolescentes y jóvenes, que tiene también su traslado en su dimensión reli- giosa. Es particularmente importante constatar que apenas uno de cada dos jóvenes españoles dicen creer en Dios. La cuestión es todavía más importante cuando profundizamos en el Dios en el que dicen creer, como nos muestra la tabla 3.

47 J. ELZO, «Jóvenes españoles y vocación», en Seminarios sobre los ministe- rios en la Iglesia 172-173 (abril-septiembre de 2004), pp. 151-400. Número completo con un a introducción de Alonso MORATA. Cf. el capítulo 2, que se- guimos parcialmente en estas hojas, aunque modificadas a tenor de los datos del estudio de 2005.

Tabla 3. Evolución de la idea de Dios y ante la posibilidad de que haya algo o alguien superior a los hombres en los jóvenes (15-24 años). En %

Dios existe y se ha dado a conocer en la persona de Jesucristo

Lo que llamamos Dios no es otra cosa

que lo que hay de positivo en los hombres

y en las mujeres

Dios es Algo superior que creó todo

y de quien depende todo

Dios es nuestro Padre bondadoso que nos cuida y nos ama

Dios es el Juez supremo, de él dependemos

y él nos juzgará

Hay fuerzas o energías que no controlamos en el universo, que influyen en la vida de los hombres y mujeres

No sé si Dios existe o no, pero no tengo motivos para creer en él

Yo paso de Dios. No me interesa el tema

Para mí Dios no existe N =

1994

1999

2002

2005

2005-1994

70

60

54

42

-28

54

43

31

31

-23

59

46

34

35

-24

58

46

44

34

-24

51

39

-

28

-23

52

52

63

44

-8

25

32

34

30

+5

18

24

20

25

+7

18

22

21

28

+10

2.028 3.853

935

4.000

Fuentes: Estudios de la Fundación Santa María.

Las creencias claramente cristianas han descendido varios puntos. Así, la idea del «Dios revelado en Jesucristo» pasa de un 70% de jóvenes, que manifiesta su acuerdo con esa fórmula el año 1994, al 42%, once años después. Descenso importante y continuado. El «Padre bondadoso que nos ama y nos cuida» recibe el acuerdo del 58% de jóvenes el año 1994 y desciende al 34% en los jóvenes del año 2005. También descenso importante en el ítem que habla del «Dios creador» y del «Dios Juez», imágenes tradicionales de Dios en la catequesis de la Iglesia católica. También desciende de forma clarísima la concepción esotérica de un Dios como «lo que hay de positivo en hombres y mujeres», pero ha crecido, particularmente los últimos años, la creencia en el Dios-energía-del-universo, idea que, como

señala González-Anleo, se alimenta probablemente en las mis- mas fuentes que las querencias ecologistas de nuestros tiem- pos. No podemos dejar de señalar que en el estudio de 2005 es esta última imagen, aún en descenso respecto a 1994, la que suscita el mayor porcentaje de adeptos entre los jóvenes espa- ñoles. En efecto, hay más jóvenes que sostienen que «hay fuer- zas o energías que no controlamos en el universo, que influyen en la vida de los hombres y mujeres» que jóvenes que creen que «Dios existe y se ha manifestado en la persona de Jesu- cristo». La imagen cosmovitalista supera ya a la del Dios de Je- sucristo, y no digamos a la del Dios Creador o el Dios Juez. Asimismo, los planteamientos agnósticos, no creyentes o indi- ferentes ante la idea de Dios han crecido estos últimos años, así como la proporción de jóvenes que o no saben o no contestan a estas cuestiones.

¿Que decir? La idea de algo superior sigue viva y presente en los jóvenes, aunque cada vez en menor número. La idea pura- mente inmanentista, no hay nada mas allá de lo material, de lo empírico, de lo físicamente constatable, no alcanza a la mitad de los jóvenes españoles, pero se acerca claramente. Sin em- bargo, es claro el descenso del «imaginario» clásico de la tradi- ción católica. No corresponde a este sociólogo aventurarse en cuestiones teológicas, pero ¿es plausible en la sociedad actual la secuencia de una creación donde se sitúa a los primeros hom- bres en un paraíso, hombre y mujer, que a las primeras de cam- bio cometen un pecado cuyas consecuencia abarcan al resto de la humanidad y que solamente la muerte de Jesús en la cruz vendrá a liberar? Si bien es cierto que la inmanencia gana algu- nos enteros en la juventud actual, es el «imaginario» de la tras- cendencia cristiana el que pierde claramente terreno. Preci- sando más cabria decir que es ese «imaginario» concreto el que está perdiendo terreno inexorablemente y que otros «imagina- rios», otras explicaciones de la creación y de la salvación no han pasado de la discusión de los teólogos.

3. Quién es una persona religiosa

Por primera vez en el estudio de Jóvenes españoles 1999 quisimos conocer qué significa para un joven ser religioso. La pregunta, largamente meditada dentro y fuera del equipo redactor, pues no conocemos referentes en la literatura científica, estaba así formulada: «Quisiera tu opinión sobre las condiciones que se requieren para que uno pueda ser considerado como una per- sona religiosa. Tú, personalmente, ¿qué esperarías del compor- tamiento de una persona que se diga religiosa?». Se le ofrecía una batería de posibles respuestas de las que podía seleccionar tantas cuantas considerara pertinentes. En el estudio de 1999 llegamos a la siguiente conclusión:

A fin de cuentas, para los jóvenes, ser una persona reli- giosa quiere decir, y por este orden, creer en Dios y ser hon- rado, humanitario, en primer lugar; rezar, aunque sea de vez en cuando, y tener alguna práctica religiosa, en segundo lugar; mantener alguna ligazón con su Iglesia, en tercer lu- gar; y, por último, preguntarse por el sentido de la vida. Te- ner una práctica sexual acorde con la doctrina oficial de la Iglesia católica, así como aquiescer con su postura ante el aborto y la eutanasia, no aparecen como condiciones para ser una persona religiosa 48 .

Seis años después, en el último trabajo del año 2005, refor- mulamos exactamente la misma pregunta, de la misma forma, esto es, sin limitación de respuestas. En la tabla 4 reproducimos los resultados obtenidos en los dos estudios. La similitud es llamativa, aunque con un ligero descenso en casi todas las manifestaciones, indicativo del menor peso de la di- mensión religiosa en sus vidas. Pero hay que remarcar la simili- tud de resultados, pues nos indica que, muy probablemente, esta- mos ante una certeza científica. Aquí tenemos el reflejo de lo que los jóvenes españoles entienden que es una persona religiosa, y

Jóvenes españoles 1999, o. c , p. 288.

estamos tentados de decir que los jóvenes «dan en el clavo». Ser una persona religiosa quiere decir estar abierto a la trascendencia, creer en Dios, lo que supone mantener algún tipo de relación con esa trascendencia, mediante una práctica religiosa o mediante la oración, a la par que esa religiosidad debe traducirse en una hon- rada apertura a los demás, ayudando a los necesitados. Amor a Dios y amor al prójimo. La mayoría de los jóvenes españoles es- tán de acuerdo con esta visión de lo que supone ser religioso, de las condiciones requeribles a una persona para ser calificada como persona religiosa. Son las condiciones de la trascendencia y de la solidaridad las que son señaladas por delante de las de las normas de comportamiento, como «no mantener relaciones se- xuales completas hasta formar una pareja para casarse» (sola- mente el 6% lo señala) o no tomar drogas (el 8% lo dice). Una y mil veces hay que decir que, para los adolescentes y jóvenes espa- ñoles, la religión va por delante de la moral y de la norma. Espe- cialmente de la norma sexual, aunque mucho menos de la norma genérica que supone decirse perteneciente a una Iglesia.

En medio, para algo más de uno de cada dos jóvenes, la reli- giosidad va también ligada a la eclesialidad. «Pertenecer a una Iglesia», «seguir las normas de la Iglesia», es señalado como condición para ser considerada una persona religiosa por uno de cada cuatro jóvenes, cifra que está en consonancia con el por- centaje de jóvenes que dicen tener alguna confianza en la Iglesia católica. Pero bastantes menos señalan al hecho de «casarse por la Iglesia» como requisito para considerarse una persona reli- giosa, indicador también del descenso de jóvenes que proyectan casarse por la Iglesia, aunque esa cifra es todavía del 43%. Queremos llamar la atención sobre el 71% de jóvenes que el año 2005 señala que decirse una persona religiosa quiere decir creer en Dios. Cuando sabemos por las tablas anteriores que so- lamente el 54% dicen creer en Dios y que el Dios que se ha ma- nifestado en Jesucristo es aceptado por el 42% de los jóvenes, el Dios creador por el 35% y el Dios Juez por el 28%, es inevitable reflexionar sobre el hiato que existe entre el Dios que ellos per- ciben en la Iglesia católica con la idea trascendente de que ser

religioso quiere decir creer en Dios, sostenida, lo repetimos, por mas del 70% de los jóvenes españoles. La idea de Dios, la con- cepción de Dios, está en el centro del debate socio-religioso, de- bate que se nos antoja tan teológico como sociológico, o quizá más teológico que sociológico.

Tabla 4. Condiciones para que una persona pueda ser considerada religiosa (en % ordenados según menciones. Sin límite de respuestas)

Creer en Dios

Ser una persona honrada

Ayudar a los necesitados, marginados, excluidos, etc.

Rezar, aunque sea de vez en cuando

Pertenecer a alguna Iglesia

Seguir las normas que establece la Iglesia

Preguntarse por el sentido de la vida, por qué estoy aquí, qué quiero hacer con mi vida, etc.

Que se case por su Iglesia

No aceptar el aborto y la eutanasia (ayudar a morir a alguien que tenga una enfermedad incurable)

No tomar drogas

No mantener relaciones sexuales completas hasta formar una pareja para casarse

N =

1999

78

45

44

34

26

26

15

14

11

8

6

2005

71

45

38

32

25

22

14

13

11

8

6

3.853 4.000

2005-1999

-7

-6

-2

-1

-A

-1

-1

=

=

=

=

Fuente: Estudios de la Fundación Santa María.

4. La oración

La oración es el reducto privilegiado de la religiosidad no ins- titucional, de lo que hace años venimos denominando como religiosidad experiencial, la religiosidad más personalizada. La oración representa en cierta manera el núcleo más íntimo de la religiosidad, en el que, como dice González-Anleo, a quien seguimos en gran parte en estas líneas, «confluyen mis- teriosamente creencias, sentimientos, esperanzas, nostalgias

religiosas y necesidades profundamente hincadas en el hon- dón del alma. Y en la biografía de cada persona. No debe ex- trañar, por eso, que casi el 40% de los españoles rece al menos una vez por semana, de los cuales el 25% lo hace diariamente», según datos del último estudio del CIS 49 . Los jóvenes rezan bastante menos que la población en gene- ral. La forma de oración que predomina entre los jóvenes es la oración de petición, 35%, seguida muy de cerca por las fórmu- las tradicionales como el Padrenuestro o el Avemaria, y la ora- ción libre y espontánea. La meditación y la oración en la parro- quia vienen a continuación, el 15% de los jóvenes lo indica, y proporciones menores de jóvenes señalan la acción de gracias, la lectura meditada de un texto religioso y la oración comunita- ria. La oración comunitaria, con un grupo de amigos, indica la existencia de núcleos de comunidades cristianas o asociaciones religiosas, básicamente alrededor de las parroquias o colegios religiosos, en notoria mayor proporción que en los nuevos mo- vimientos religiosos, como veremos más abajo. Son pocos, ape- nas el 6%, los jóvenes que se apuntan a este tipo de oración, que será mencionada, casi exclusivamente, por los jóvenes que se declaran «muy buenos católicos» o «católicos practicantes». Algo similar puede decirse de la oración en la parroquia, bas- tante frecuente en esos grupos de chicos y chicas católicos prac- ticantes y entre los creyentes de otra religión. Debe añadirse aquí que la práctica de la oración suele variar de forma concomitante con las demás prácticas instituidas y, obviamente, depende en gran medida de la religiosidad perso- nal. Con otras palabras, la oración no viene a llenar el hueco de- jado por la caída de la asistencia a misa. Lo confirman los datos de este Informe, y lo había comprobado Bertrand en el caso de Francia: «Mientras menos se practica, menos se reza» 50 .

49 A. PÉREZ AGOTE / J. A. GARCÍA, La situación de la religión en España a princi- pios del siglo xxi. Madrid, CIS, 2005, p. 81.

50 M. BERTRAND, Pratiques de la priére dans la France contemporaine. París, Cerf, 1993, p. 33.

88

Rezan más las chicas que los chicos, pero las demás variables tradicionales -edad, nivel de estudios, clase social, habitat- apenas introducen diferencias de importancia. Las mujeres se inclinan con más frecuencia por oraciones tradicionales, rezan con mayor libertad y espontaneidad y, sobre todo, acuden más frecuentemente a la oración de petición. En el marco de una mayor religiosidad femenina, puesta de manifiesto a lo largo de muchos análisis, es llamativo constatar que la diferencia en reli- giosidad entre ambos sexos sea muy reducida en la asistencia regular a misa, en parte por la escasez de tiempo disponible los fines de semana, circunstancia común a ambos sexos. La prác- tica de la oración, en cambio -en todas sus modalidades-, es significativamente más frecuente entre las chicas, quizá porque la oración, siendo más autónoma, depende en mayor grado de la maduración interior, que, como es sabido, en esas edades es superior en las chicas que en los chicos. Añadamos, para termi- nar, esta comparación de valores socio-religiosos según el sexo, que, a diferencia de lo que hasta ahora sucedía, las vocaciones religiosas, muy escasas en los últimos decenios, lo son todavía más entre las chicas. La explicación es evidente: la nueva condi- ción femenina hace más difícil la aceptación de la situación de la mujer en la Iglesia.

Tabla 5. Oración juvenil en sus diversas formas (en %)

 

Padre-

Oración

nuestro,

Avema-

libre y

espon-

Oración

de

petición

ria

tánea

Total

29

29

35

Varón

22

23

27

Mujer

35

35

42

 

Lectura

Oración

No rezo

Medita-

ción,

contem-

plación

medita-

da de un texto re-

comuni-

taria,

con

Acción

de

gracias

Oración

en la

parro-

quia

nunca o

prácti-

camente

ligioso

amigos

nunca

15

7

6

11

14

42

11

6

5

8

11

46

19

8

8

13

16

37

Hay un último dato que no queremos dejar de señalar. Ob- viamente, los jóvenes que se dicen religiosos son los que más acuden a la oración. Pero, como resalta con razón González- Anleo, «el hallazgo sobresaliente es el relativamente alto por-

89

centaje de jóvenes no religiosos que reconocen algún tipo de oración en sus vidas, sobre todo la de petición y la oración li- bre y espontánea. Los datos nos dicen que los porcentajes de jóvenes no religiosos que nunca rezan no superan en ningún caso el 60%, lo que indica un 40% que sí lo hace» (cf. en su ca- pítulo de Jóvenes españoles 2005 la tabla 26). Personalmente veo en este dato otro indicador más de una demanda implícita de trascendencia, manifiestamente no cubierta por las «ofertas» institucionales de las confesiones religiosas, lo que en España quiere decir, muy mayoritariamente, Iglesia católica, en todas sus manifestaciones.

5. El asociacionismo religioso

El asociacionismo juvenil, sabiendo la importancia de los ami- gos y su peso en la socialización, es un elemento central para entender el universo juvenil. De hecho, no hay organismo ofi- cial que no manifieste su inquietud y preocupación acerca del «encuadramiento juvenil» en toda suerte de asociaciones y or- ganismos existentes. La Iglesia tampoco, evidentemente. Seña- lemos, de entrada, que el nivel del asociacionismo juvenil espa- ñol, siendo históricamente escaso, lo es todavía más en los últimos tiempos, como mostramos en el estudio de 2005 de la Fundación Santa María y el de INJUVE para 2004. Además es inferior al de la media europea. Son muy pocos los jóvenes es- pañoles que pertenecen a una asociación. Una sola cifra: si el año 1999 el 41% de los jóvenes españoles pertenecía a alguna asociación, en el año 2005 la cifra había bajado al 26%.

Incluso en asociaciones juveniles (pensadas por y para los jó- venes) hay poco joven. De hecho, preguntados (los asociados) qué buscan en el asociacionismo juvenil, muy pocos señalan lo que, sin embargo, es esencial para ellos, estar juntos con los amigos. Estamos ante dos espacios y dos lógicas distintas, la ló- gica asociativa y la de la amistad, que se manifiesta básica- mente en el tiempo libre, al margen del asociacionismo.

Anotemos que hay una correlación prácticamente negativa entre las asociaciones que más aparecen en los medios de co- municación (feministas, antiglobalización) con las que más adeptos concitan entre los jóvenes, que son las asociaciones culturales, educativas, además de los grupos deportivos, obviamente. Hay más chicas en las asociaciones altruistas y más chicos en las deportistas, así como en los partidos políticos y, dato relati- vamente novedoso, también hay más chicos en las asociaciones religiosas, globalmente consideradas. Los jóvenes de izquierdas y los que se sitúan, bien como ca- tólicos practicantes, bien como agnósticos (a veces también como no creyentes/ateos), son los que en mayor grado partici- pan de los movimientos de carácter altruista y de ayuda a los demás. Obviamente, los católicos practicantes son los más en los organismos religiosos, así como, menos obviamente, los de derecha extrema e izquierda moderada, por este orden. Ape- nas hay diferencias en el asociacionismo deportivo, y casi siempre los jóvenes que se dicen indiferentes en materia reli- giosa (y también, aunque en menor medida, los católicos no muy practicantes), así como los que se posicionan en la dere- cha moderada, son, claramente, los jóvenes que menos están asociados. Incluso en las asociaciones deportivas o juveniles, luego su desinterés por las asociaciones juveniles no se explica solamente por el carácter altruista o ideológico de las demás asociaciones puestas a su consideración. Sencillamente «pa- san» de las asociaciones, de todas.

El 4% de los jóvenes dicen pertenecer a una asociación reli- giosa cuando se formula la pregunta al detalle de catorce asociaciones diferentes. No son las que salen en los medios (Legionarios de Cristo, Opus Dei, Neocatecumenales, Comu-

las que más adeptos tienen (no pasan

nión y Liberación

del 0,2% en nuestra encuesta), sino las parroquiales, los scouts católicos y las vinculadas a las congregaciones religio- sas de siempre. Veámoslo, dada su novedad, con detalle en la tabla 6.

)

Tabla 6. Pertenencia a determinadas asociaciones religiosas de los jóvenes españoles por sexo. En datos en número absolutos, excepto la primera columna, dada en porcentajes sobre el total de jóvenes

Todos

Sexo

 

En%

Absoluto

Hombre

Mujer

Comunidades parroquiales

1,2

50

21

29

Scouts católicos

0,6

25

12

12

Fraternidades o asociaciones vincu- ladas a una congregación religiosa,

0,5

19

11

8

como

franciscanos, marianistas

Acción Católica (JOC, JAC, JEC)

0,3

12

3

9

Cooperadores Salesianos

0,3

11

6

5

Cofradía/Hermandad

0,2

8

4

4

Comunión y Liberación

0,2

7

5

2

Neocatecumenales

0,2

6

3

3

Opus Dei

0,1

5

5

-

Comunidades Cristianas de Base

0,1

4

3

1

Focolares

0,1

3

-

3

Legión de María

0,1

2

1

1

Legionarios de Cristo

0,0

1

1

-

Otras

 

0,2

6

2

4

Ninguna

95,5

3.821

1.939

1.991

No Contesta

1,0

40

20

20

Pertenecen

4,0

159

78

81

A

más de una

0,5

20

10

11

Solamente a una

3,5

139

68

72

N

=

204%*

4.000

2.027

1.973

* Respuestas múltiples

Solamente resaltaremos un comentario ya adelantado. Así como señalábamos más arriba que no son las asociaciones que más salen en los medios de comunicación (feministas y antiglo- balización, por ejemplo) las que más adeptos concitan, aquí, al referirnos a las asociaciones religiosas específicas, tampoco son las que están en los medios de comunicación las que se llevan el

92

mayor porcentaje de jóvenes asociados. No pasan del 0,1%, con valores absolutos escasísimos, los jóvenes que dicen pertenecer al Opus Dei, a la Legión de María o a los Legionarios de Cristo. Solamente el 0,2% dice pertenecer al camino Neocatecumenal o a Comunión y Liberación. Los porcentajes de asociacionismo más elevados los encontramos en las comunidades parroquia-

les, en los scouts católicos o en asociaciones vinculadas a alguna

congregación religiosa. Pero esos jóvenes rara vez son noticia. Una vez más hay que decir que los espacios principales de

evangelización juvenil en la Iglesia española de hoy se encuen-

tran en las parroquias, en los centros religiosos y en los organis-

mos católicos de tiempo libre.

Apenas hay diferencias según el sexo. Quizá quepa decir que

las asociaciones parroquiales y la Acción Católica parecen des-

tacar por tener alguna mujer más, y los asociados a comunida-

des religiosas y los nuevos movimientos algún hombre más.

Digamos también que, en contra de lo que a veces se dice, a me-

dida que se avanza en edad, aumenta ligeramente el asociacio-

nismo religioso 51 .

A efectos comparativos, dada la escasez de datos en este

tema, y como validación de los resultados anteriores, traemos

aquí los datos de otras investigaciones donde se aborda esta

misma cuestión.

En una encuesta realizada a los universitarios de Deusto el

año 2003, ya referenciada, se les preguntó por el conocimiento que tenían de una serie de organismos y asociaciones de signo religioso, su nivel de pertenencia a ellos, así como el de sus pro- pios padres, y exclusivamente a los que habían señalado que conocían los organismos y asociaciones religiosas, les pregunta- mos por la valoración que les merecían. Trasladamos los resul- tados a la tabla 7.

51 Dada la escasísima afiliación a la mayoría de asociaciones religiosas, da- mos los datos en valores absolutos. El lector interesado puede calcular los porcentajes correspondientes.

93

Tabla 7. Identificación, pertenencia y valoraciones de diferentes asociaciones religiosas (en % y en medias)

Datos en porcentajes

He oído

hablar

de ellos

Pertenezco

a este

grupo

Valor medio

Mis padres

pertenecen 10-máximo

1-mínimo;

Acción Católica

26,7

2,0

0,6

4,44

Comunidades Cristianas de Base

12,3

1,5

1,2

4,47

Comunidades Pedro Arrupe

33,5

1,3

0,2

4,77

Fraternidades y asociaciones vincu- ladas a congregaciones religiosas:

franciscanos, jesuitas, marianistas, salesianos

74,7

3,5

1

5,13

Itaka

13,1

0,3

0,2

3,93

Legión de María

7,6

0

0,9

3,32

Neocatecumenales

7,8

0,4

0,2

3,21

Opus Dei

88,0

0,2

0,2

2,49

Renovación carismática

3,9

0

0,6

2,91

Scouts católicos

33,3

2,0

0,8

5,09

Otros

2,0

2,2

0,9

-

Fuente: Jóvenes de Deusto y religión, p. 104.

Andrés Canteras, en su último trabajo sobre este mismo tema 52 , formula una pregunta similar, aunque no tan completa como la nuestra en Deusto, al conjunto de jóvenes españoles de 15 a 29 años. Entre los que se dicen católicos, el 61,1% del total según su encuesta. Las cifras de pertenencia a los nuevos movi- mientos religiosos de signo católico son las que presentamos en la tabla 8. Como vemos, las cifras de los tres trabajos son concordantes y no se diferencian, en ningún caso, más allá de los márgenes de error admitidos en las encuestas. Lo que valida los resultados.

52 A. CANTERAS MURILLO, Sentido, valores y creencias en los jóvenes. Madrid, INJUVE - Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, 2003. Las referencias están tomadas de la tabla 3.45, p. 147. El trabajo de campo lo llevó a cabo el CIS con una muestra de 2.471 jóvenes, representativa del conjunto español.

La conclusión se impone. El asociacionismo juvenil religioso es escaso, ya lo sabemos. Pero el que hay no se encuentra princi- palmente, ni mucho menos, en los nuevos movimientos reli- giosos, como se dice muchas veces. Bien al contrario, la gran mayoría de jóvenes asociados en movimientos religiosos la en- contramos en las parroquias y las congregaciones religiosas tradicionales (tradicionales en el sentido de que no acaban de surgir recientemente) y que más trabajan con los jóvenes, así como en los espacios de ocio juvenil, particularmente los scouts católicos.

Tabla 8. Jóvenes católicos que pertenecen o han pertenecido a diferentes movimientos católicos

Movimiento

Camino Neocatecumenal

Comunión y Liberación

Opus Dei

Movimiento Carismático

Focolares

Verbum Dei

JV =

Base

Pertenece

Ha pertenecido,

actualmente

pero ya no pertenece

0,9

0,9

0,4

0,8

0,2

1,1

0,2

0,9

0,1

0,7

0,1

0,7

1.509 (100%)

Se dicen católicos

Fuente: A. CANTERAS, Sentido, valores y creencias en los jóvenes, p. 118.

6. La penetración de las sectas y de los nuevos movimientos religiosos no católicos

A pesar de la más que moderada atracción que las sectas pare-

cen ejercer sobre los jóvenes españoles y del juicio poco hala- güeño que les merecen, no debe olvidarse que la fascinación de las sectas no ha desaparecido. El contexto cultural de nuestros

tiempos les es propicio. Y en un contexto propicio cobran espe- cial relieve los tres déficits de que habla Juan González-Anleo:

el déficit religioso, el cultural y el social, de los que no faltan

síntomas en la juventud española actual. El déficit religioso, que consiste en un cierto desplazamiento de lo sagrado, desde un Dios personal a un dios-sin-rostro, y en el que ha jugado un pa- pel de primer orden el malestar religioso de los jóvenes -y de

no pocos adultos- con la Iglesia institucional y su oferta espiri- tual. El déficit cultural, el vacío o la debilidad e incoherencia de los valores actuales, y el rechazo juvenil consiguiente de la so- ciedad en la que vivimos, de sus objetivos, sus modelos y sus pautas de funcionamiento. Y el déficit social y comunitario, que brinda a las sectas la oportunidad de ofrecer a los jóvenes un te- jido social cálido, una válvula de escape para las tensiones de grupos fracasados o marginados, y consuelo para aliviar a los ansiosos, reintegrar a los marginados, orientar a los que han

la anomía, etc 53 . Veamos

algunas cifras en la tabla 9. El año 1999, el juicio más negativo, así como el conocimiento menor, recaía sobre Nueva Acrópolis, la Iglesia de la Cienciolo- gía y el Bahaísmo, de ahí que no los hayamos retenido en el úl- timo trabajo de 2003. Constatamos también que la Iglesia Moon

perdido objetivos sociales y viven en

53 «Hay un período en la historia de Europa que arroja una luz muy viva sobre la fascinación de las sectas o NRM. A medida que la Ilustración fue ga- nando terreno -explica Keith Thomas en un trabajo bien documentado sobre la religión y el declive de la magia (THOMAS, 1971)- se produjo un vuelco es- pectacular en la conciencia del hombre europeo: del fanatismo y el abandono en las oscuras fuerzas del destino, el hombre común se instaló plácidamente en una creciente confianza, nacida tanto de convicciones religiosas como ra- cional-científicas, de que podía modelar su propia vida e influir personal- mente en su destino. Muchas prácticas religiosas, espirituales y mágicas, tole- radas anteriormente por las mismas Iglesias, perdieron la mayor parte de su atractivo en las poblaciones europeas. Fue el triunfo de la primera seculariza- ción real del pensar religioso. Pero esta confianza empezó a cuartearse en el mundo occidental cuando la ciencia y la técnica se revelaron incapaces de proporcionar al hombre fines valiosos y sentidos últimos. Y, sobre todo, cuando esa misma técnica se convirtió en amenaza para el futuro mismo del hombre. El gran dique de contención de la magia y de las "religiones ocultas" -la razón luminosa y triunfadora- deja ya filtrar muchas aguas taciturnas» (J. GONZÁLEZ-ANLEO, «El zoco del espíritu», en Cuadernos de Realidades Sociales 35-36 [1990], pp. 102-103).

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y New Age son también fuertemente criticados por su apariencia

de negocio, y Haré Krishna por su orientación a la fantasía. Pero

el juicio, favorable o desfavorable, puede quedarse en un mero

juicio, con mejor o peor fundamento, pero sin el paso a la acción, es decir, a la pertenencia. Los jóvenes adeptos son escasos: el 0,5% de la muestra estudiada por Andrés Canteras en 1992 (p. 82). Y su perfil podría caracterizarse así, según el mismo au- tor: «En definitiva, si hubiéramos de etiquetar con algunos califi- cativos a dicho grupo de jóvenes pertenecientes a sectas, habría- mos de destacar la precariedad económica y cultural familiar de donde provienen, su mayor satisfacción con sus vidas a nivel es- piritual, su gusto por las ciencias ocultas, su radicalismo, paci- fismo, su posicionamiento ideológico como demócratas de iz- quierdas, su capacidad asociativa, su conservadurismo en cuanto a las prácticas sexuales y la multitud de problemas perso- nales -drogas- y familiares -malas relaciones- que padecen y les lleva a reclamar esas asociaciones en general, y de las sectas reli- giosas, comunicación, orientación y felicidad». Hay un estudio posterior del mismo autor que confirma estos predicamentos.

Tabla 9. Proporción de jóvenes (15-24 años) que conocen

los movimientos religiosos y dicen que es una

forma

de religión válida (solamente en 1999 y 2002)

Conocen

Es una forma de religión válida (base: conocen)

 

1999

2002

2005

1999

2002

Testigos de Jehová

89

82