COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN II

Cuentos

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN II

SÓCRATES NOLASCO | EL CUENTO EN SANTO DOMINGO  |  SELECCIÓN ANTOLÓGICA – TOMOS I Y II J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  CUENTOS DE POLÍTICA CRIOLLA JUAN BOSCH  |  MÁS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO VIRGILIO DÍAZ GRULLÓN  |  CRÓNICAS DE ALTOCERRO EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  TRADICIONES Y CUENTOS DOMINICANOS 

Cuentos

Introducción a la primera y segunda sección:

Diógenes Céspedes

Santo Domingo, República Dominicana 2008

Sociedad Dominicana de Bibliófilos

Dennis R. Simó Torres, Vicepresidente Manuel García Arévalo, Vicetesorero Antonio Morel, Tesorero

Mariano Mella, Presidente

CONSEJO DIRECTIVO

Octavio Amiama de Castro, Secretario Sócrates Olivo Álvarez, Vicesecretario Vocales

Edwin Espinal • Julio Ortega Tous • Mu-Kien Sang Ben Marino Incháustegui, Comisario de Cuentas asesores

Eugenio Pérez Montás • Miguel de Camps

José Alcántara Almánzar • Andrés L. Mateo • Manuel Mora Serrano Guillermo Piña Contreras • Emilio Cordero Michel • Raymundo González María Filomena González • Eleanor Grimaldi Silié • Tomás Fernández W. ex-presidentes Eduardo Fernández Pichardo • Virtudes Uribe • Amadeo Julián

Gustavo Tavares Espaillat • Frank Moya Pons • Juan Tomás Tavares K. Bernardo Vega • José Chez Checo • Juan Daniel Balcácer Jesús R. Navarro Zerpa, Director Ejecutivo

Enrique Apolinar Henríquez +

Banco de Reservas de la República Dominicana
Administrador General Miembro ex oficio Daniel Toribio

consejo de directores Secretario de Estado de Hacienda Presidente ex oficio Lic. Vicente Bengoa

Lic. Mícalo E. Bermúdez Vicepresidente Dra. Andreína Amaro Reyes Secretaria General Vocales Miembro

Lic. Luis A. Encarnación Pimentel Dr. Joaquín Ramírez de la Rocha Lic. Luis Mejía Oviedo Lic. Mariano Mella

Lic. Domingo Dauhajre Selman

Ing. Manuel Guerrero V.

Suplentes de Vocales Lic. Héctor Herrera Cabral Lic. Danilo Díaz

Ing. Manuel Enrique Tavárez Mirabal Lic. Estela Fernández de Abreu Lic. Ada N. Wiscovitch C.

Ing. Ramón de la Rocha Pimentel

Esta publicación, sin valor comercial, es un producto cultural de la conjunción de esfuerzos del Banco de Reservas de la República Dominicana y la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Inc.

COMITÉ DE EVALUACIÓN Y SELECCIÓN Orión Mejía Director General de Comunicaciones y Mercadeo, Coordinador Luis O. Brea Franco Gerente de Cultura, Miembro Juan Salvador Tavárez Delgado Gerente de Relaciones Públicas, Miembro Emilio Cordero Michel Sociedad Dominicana de Bibliófilos Asesor Raymundo González Sociedad Dominicana de Bibliófilos Asesor María Filomena González Sociedad Dominicana de Bibliófilos Asesora Jesús Navarro Zerpa Director Ejecutivo de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos Secretario Los editores han decidido respetar los criterios gramaticales utilizados por los autores en las ediciones que han servido de base para la realización de este volumen

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN II

SÓCRATES NOLASCO | EL CUENTO EN SANTO DOMINGO  |  SELECCIÓN ANTOLÓGICA – TOMOS I Y II J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  CUENTOS DE POLÍTICA CRIOLLA JUAN BOSCH  |  MÁS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO VIRGILIO DÍAZ GRULLÓN  |  CRÓNICAS DE ALTOCERRO EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  TRADICIONES Y CUENTOS DOMINICANOS 

Cuentos

ISBN: Colección completa: 978-9945-8613-9-6 ISBN: Volumen II: 978-9945-457-01-08

Coordinadores: Luis O. Brea Franco, por Banreservas; y Jesús Navarro Zerpa, por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos
Ilustración de la portada: Rafael Hutchinson  |  Diseño y arte final: Ninón León de Saleme  Corrección de pruebas: Jaime Tatem Brache  |  Impresión: Amigo del Hogar Santo Domingo, República Dominicana. Junio, 2008

8

contenido

Presentación Origen de la Colección Pensamiento Dominicano y criterios de reedición.............................. Daniel Toribio Administrador General del Banco de Reservas de la República Dominicana Exordio. .................................................................................................................................... Mariano Mella Presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos Introducción a la primera sección. ....................................................................................... Diógenes Céspedes Sócrates nolasco El Cuento en Santo Domingo. selección antológica Tomo I: Aparición y evolución del cuento en Santo Domingo. Noticias preliminares. .... Tomo II............................................................................................................................... J. m. sanz lajara El Candado (Prólogo): Manuel Valldeperes . ...................................................................................... juan BOSCH cuentos escritos en el exilio y Apuntes sobre el arte de escribir cuentos Apuntes sobre el arte de escribir cuentos............................................................................ Cuentos escritos en el exilio................................................................................................ Introducción a la segunda sección....................................................................................... Diógenes Céspedes emilio rodríguez demorizi Cuentos de política criolla (Prólogo): Un libro de cuentos políticos. ............................................................................... Juan Bosch Juan BOSCH mÁs cuentos escritos en el exilio................................................................ virgilio díaz grullón Crónicas de Altocerro. Cuentos (Prólogo): Carlos Curiel..................................................................................................... emilio rodríguez demorizi Tradiciones y cuentos dominicanos Presentación ....................................................................................................................... Semblanza de Julio D. Postigo, editor de la Colección Pensamiento Dominicano............
9

11 15

17

37 109 193

259 271 363

385 475 599 655 771

presentación

Origen de la Colección Pensamiento Dominicano y criterios de reedición
Es con suma complacencia que, en mi calidad de Administrador General del Banco de
Reservas de la República Dominicana, presento al país la reedición completa de la Colección Pensamiento Dominicano realizada con la colaboración de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, que abarca cincuenta y cuatro tomos de la autoría de reconocidos intelectuales y clásicos de nuestra literatura, publicada entre 1949 y 1980. Esta compilación constituye un memorable legado editorial nacido del tesón y la entrega de un hombre bueno y laborioso, don Julio Postigo, que con ilusión y voluntad de Quijote se dedica plenamente a la promoción de la lectura entre los jóvenes y a la difusión del libro dominicano, tanto en el país como en el exterior, durante más de setenta años. Don Julio, originario de San Pedro de Macorís, en su dilatada y fecunda existencia ejerce como pastor y librero, y se convierte en el editor por antonomasia de la cultura dominicana de su generación. El conjunto de la Colección versa sobre temas variados. Incluye obras que abarcan desde la poesía y el teatro, la historia, el derecho, la sociología y los estudios políticos, hasta incluir el cuento, la novela, la crítica de arte, biografías y evocaciones. Don Julio Postigo es designado en 1937 gerente de la Librería Dominicana, una dependencia de la Iglesia Evangélica Dominicana, y es a partir de ese año que comienza la prehistoria de la Colección. Como medida de promoción cultural para atraer nuevos públicos al local de la Librería y difundir la cultura nacional organiza tertulias, conferencias, recitales y exposiciones de libros nacionales y latinoamericanos, y abre una sala de lectura permanente para que los estudiantes puedan documentarse. Es en ese contexto que en 1943, en plena guerra mundial, la Librería Dominicana publica su primer título, cuando aún no había surgido la idea de hacer una colección que reuniera las obras dominicanas de mayor relieve cultural de los siglos XIX y XX. El libro publicado en esa ocasión fue Antología Poética Dominicana, cuya selección y prólogo estuvo a cargo del eminente crítico literario don Pedro René Contín Aybar. Esa obra viene posteriormente recogida con el número 43 de la Colección e incluye algunas variantes con respecto al original y un nuevo título: Poesía Dominicana. En 1946 la Librería da inicio a la publicación de una colección que denomina Estudios, con el fin de poner al alcance de estudiantes en general, textos fundamentales para complementar sus programas académicos. Es en el año 1949 cuando se publica el primer tomo de la Colección Pensamiento Dominicano, una antología de escritos del Lic. Manuel Troncoso de la Concha titulada Narraciones Dominicanas, con prólogo de Ramón Emilio Jiménez. Mientras que el último volumen, el número 54, corresponde a la obra Frases dominicanas, de la autoría del Lic. Emilio Rodríguez Demorizi, publicado en 1980.
11

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  POESÍA Y TEATRO

Una reimpresión de tan importante obra pionera de la bibliografía dominicana del siglo XX, como la Colección Pensamiento Dominicano, presenta graves problemas para editarse acorde con parámetros vigentes en nuestros días, debido a que originariamente no fue diseñada para desplegarse como un conjunto armónico, planificado y visualizado en todos sus detalles. Esta hazaña, en sus inicios, se logra gracias a la voluntad incansable y al heroísmo cotidiano que exige ahorrar unos centavos cada día, para constituir el fondo necesario que permita imprimir el siguiente volumen –y así sucesivamente– asesorándose puntualmente con los más destacados intelectuales del país, que sugerían medidas e innovaciones adecuadas para la edición y títulos de obras a incluir. A veces era necesario que ellos mismos crearan o seleccionaran el contenido en forma de antologías, para ser presentadas con un breve prólogo o un estudio crítico sobre el tema del libro tratado o la obra en su conjunto, del autor considerado. Los editores hemos decidido establecer algunos criterios generales que contribuyen a la unidad y coherencia de la compilación, y explicar el porqué del formato condensado en que se presenta esta nueva versión. A continuación presentamos, por mor de concisión, una serie de apartados de los criterios acordados:

 Al considerar la cantidad de obras que componen la Colección, los editores, atendiendo a razones vinculadas con la utilización adecuada de los recursos técnicos y financieros disponibles, hemos acordado agruparlas en un número reducido de volúmenes, que podrían ser 7 u 8. La definición de la cantidad dependerá de la extensión de los textos disponibles cuando se digitalicen todas las obras.

 Se han agrupado las obras por temas, que en ocasiones parecen coincidir con algunos

géneros, pero ésto sólo ha sido posible hasta cierto punto. Nuestra edición comprenderá los siguientes temas: poesía y teatro, cuento, biografía y evocaciones, novela, crítica de arte, derecho, sociología, historia, y estudios políticos.

 Cada uno de los grandes temas estará precedido de una introducción, elaborada por un especialista destacado de la actualidad, que será de ayuda al lector contemporáneo, para comprender las razones de por qué una determinada obra o autor llegó a considerarse relevante para ser incluida en la Colección Pensamiento Dominicano, y lo auxiliará para situar en el contexto de nuestra época, tanto la obra como al autor seleccionado. Al final de cada tomo se recogen en una ficha técnica los datos personales y profesionales de los especialistas que colaboran en el volumen, así como una semblanza de don Julio Postigo y la lista de los libros que componen la Colección en su totalidad.  De los tomos presentados se hicieron varias ediciones, que en algunos casos modificaban el texto mismo o el prólogo, y en otros casos más extremos se podía agregar otro volumen al anteriormente publicado. Como no era posible realizar un estudio filológico para determinar el texto correcto críticamente establecido, se ha tomado como ejemplar original la edición cuya portada aparece en facsímil en la página preliminar de cada obra.
12

PRESENTACIÓN  |   Daniel Toribio, Administrador General de Banreservas

 Se decidió, igualmente, respetar los criterios gramaticales utilizados por los autores

o curadores de las ediciones que han servido de base para la realización de esta publicación.

 Las portadas de los volúmenes se han diseñado para esta ocasión, ya que los planteamientos gráficos de los libros originales variaban de una publicación a otra, así como la tonalidad de los colores que identificaban los temas incluidos.  Finalmente se decidió que, además de incluir una biografía de don Julio Postigo y
una relación de los contenidos de los diversos volúmenes de la edición completa, agregar, en el último tomo, un índice onomástico de los nombres de las personas citadas, y otro índice, también onomástico, de los personajes de ficción citados en la Colección.

En Banreservas nos sentimos jubilosos de poder contribuir a que los lectores de nuestro tiempo, en especial los más jóvenes, puedan disfrutar y aprender de una colección bibliográfica que representa una selección de las mejores obras de un período áureo de nuestra cultura. Con ello resaltamos y auspiciamos los genuinos valores de nuestras letras, ampliamos nuestro conocimiento de las esencias de la dominicanidad y renovamos nuestro orgullo de ser dominicanos.

Daniel Toribio Administrador General

13

exordio

Como presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, siento una gran emoción al

Reedición de la Colección Pensamiento Dominicano: una realidad

poner a disposición de nuestros socios y público en general la reedición completa de la Colección Pensamiento Dominicano, cuyo creador y director fue don Julio Postigo. Los 54 libros que componen la Colección original fueron editados entre 1949 y 1980. Salomé Ureña, Sócrates Nolasco, Juan Bosch, Manuel Rueda, Emilio Rodríguez Demorizi, son algunos autores de una constelación de lo más excelso de la intelectualidad dominicana del siglo XIX y del pasado siglo XX, cuyas obras fueron seleccionadas para conformar los cincuenta y cuatro tomos de la Colección Pensamiento Dominicano. A la producción intelectual de todos ellos debemos principalmente que dicha Colección se haya podido conformar por iniciativa y dedicación de ese gran hombre que se llamó don Julio Postigo. Qué mejor que las palabras del propio señor Postigo para saber cómo surge la idea o la inspiración de hacer la Colección. En 1972, en el tomo n.º 50, titulado Autobiografía, de Heriberto Pieter, en el prólogo, Julio Postigo escribió lo siguiente: (…) “Reconociendo nuestra poca idoneidad en estos menesteres editoriales, un sentimiento de gratitud nos embarga hacia Dios, que no sólo nos ha ayudado en esta labor, sino que creemos fue Él quien nos inspiró para iniciar esta publicación” (…); y luego añade: (…) “nuestra más ferviente oración a Dios es que esta Colección continúe publicándose y que sea exponente, dentro y fuera de nuestra tierra, de nuestros más altos valores”. En estos extractos podemos percibir la gran humildad de la persona que hasta ese momento llevaba 23 años editando lo mejor de la literatura dominicana. La reedición de la Colección Pensamiento Dominicano es fruto del esfuerzo mancomunado de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, institución dedicada al rescate de obras clásicas dominicanas agotadas, y del Banco de Reservas de la República Dominicana, el más importante del sistema financiero dominicano, en el ejercicio de una función de inversión social de extraordinaria importancia para el desarrollo cultural. Es justo valorar el permanente apoyo del Lic. Daniel Toribio, Administrador General de Banreservas, para que esta reedición sea una realidad. Agradecemos al señor José Antonio Postigo, hijo de don Julio, por ser tan receptivo con nuestro proyecto y dar su permiso para la reedición de la Colección Pensamiento Dominicano. Igualmente damos las gracias a los herederos de los autores por conceder su autorización para reeditar las obras en el nuevo formato que condensa en 7 u 8 volúmenes los 54 tomos de la Colección original. Mis deseos se unen a los de Postigo para que esta Colección se dé a conocer en nuestro territorio y en el extranjero, como exponente de nuestros más altos valores. Mariano Mella Presidente Sociedad Dominicana de Bibliófilos
15

.

2 Irving Leonard. tan pronto se formaron nuestras ciudades abandonó el vecindario urbano. de don Juan Manuel. Los libros del conquistador. (I. 1 Ciudad Trujillo: Librería Dominicana. y el “Rinconete y Cortadillo”. que figura en el tomo I del libro El cuento en Santo Domingo. se haya aposentado en las Antillas y que estas hayan producido cuentistas siglos antes de la introducción de la imprenta en América hispánica. 1979. Las citas remiten directamente al tomo y la página. como ejemplos– llegó a Santo Domingo. sin otro sitio determinado ni sabor regional. Colección Pensamiento Dominicano n. la décima y la copla. sobre todo si carecemos de testimonios. donde se conservó “sin esenciales alteraciones”. familiar y repetido para entretenimiento en las veladas nocturnas. Pero si alguno de nuestros hombres de letras. pp.” (Ibíd. ni juego descriptivo de una realidad impresionante. mentirosas historias y fantasías2. 7) Afirma también Nolasco que “en El Conde Lucanor vino además el cuento correcto. salvo que no trataran de asuntos religiosos o morales. y antes que el romance.) Existen pruebas documentales de remisión a las Antillas y Tierra Firme de estas obras de don Juan Manuel y Cervantes y otros autores de la misma época por parte de los mercaderes de libros de Sevilla. y siguiendo los ejemplos del precavido y atildado don Juan Manuel. carecemos de testimonio. pero la ausencia de imprenta entre los siglos XV y XVIII.introducción a la primera sección Diógenes Céspedes Sócrates Nolasco: El cuento en Santo Domingo En la introducción titulada “Aparición y evolución del cuento en Santo Domingo”. pero lo cierto es que el cuentista dominicano tiene su propia versión de por qué el cuento no fructificó en Santo Domingo si teníamos la fuente directa de España: “Aquel modelo de ‘cuento universal’. 7-8) Harto difícil es el creer que el cuento correcto al modo de El conde Lucanor o Cervantes. las Antillas pudieron producir cuentistas siglos antes de que el cuento y la leyenda se imprimieran en los países del continente americano. el género tal como lo conocemos hoy. se entretuvo en un género que pasó a ser por mucho tiempo desestimado. amén de la prohibición imperial de imprimir libros en las colonias.” (I. explica la ausencia de escritores que escribieran acerca de temas profanos. No sé si Nolasco conoció la polémica entre Irving Leonard y Pedro Henríquez Ureña acerca de este tema. fácilmente traslaticio. 1957 (dos tomos). México: Fondo de Cultura Económica.12. 222. 265-280. a) Visión del presentador 17 . se refugió entre aldeanos logrando perdurar con variantes adquiridas y bautizado con el pintoresco apelativo de cuento de camino. pertenecientes a los siglos anteriores al siglo XIX. de enseñanzas y moraleja sin moral rígida. Sócrates Nolasco1 afirma que el cuento antiguo como género cultivado en España desde el Renacimiento –y cita a El Conde Lucanor. de Cervantes.o 12. es decir.

si suscribiera yo. Gorki. “Ernesto de Anquises”. 1980. según la expresión del referido antólogo. con la picaresca. la técnica y la tecnología pueden explicar el desarrollo capitalista de un país con respecto a otro que no haya accedido a esa especificidad histórica. Santo Domingo: Editora de Santo Domingo. A finales del segundo decenio del siglo XX y hasta su muerte en 1946. el novelista. Pedro Henríquez Ureña será ese intelectual crítico que la cultura dominicana no produjo en el período que he considerado 3 Obras completas. el poeta o el ensayista) es el que Santo Domingo no produjo en aquel final de siglo XIX y principio de siglo XX. los cuales ofrecían también lo mismo que los cuentistas franceses. “Tiranías”. o “La domadora”. un escritor de talento. que abre el libro. pero que no cambia el ritmo de la cuentística dominicana hasta que no abandona esas frivolidades literarias plenas de exotismo y retórica contenidas en Cuentos frágiles. este mito racionalista no explica la ausencia de grandes cuentistas en Santo Domingo cuando Nicaragua ofrece el ejemplo de un Darío y Cuba el de un Martí. Y cita Nolasco en apoyo de su tesis a Rubén Darío y Manuel Díaz Rodríguez. 9) El antólogo precisa que la primera gran antología de cuentos españoles de Antonio Paz y Meliá. atravesado por la crisis del imperio (guerra de Cuba y guerra hispano-norteamericana en las Filipinas).COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS El mismo Nolasco sugiere que después de la introducción de la imprenta en el continente americano. Volumen II. así como de otros extranjeros. de un escritor que asuma en su sociedad esta crítica radical. los grandes cuentistas hispanoamericanos son deudores del cuento francés del siglo XIX –Alfonso Daudet y Guy de Maupassant– y no del cuento español. sino a la inteligencia personal de ese intelectual. publicada en 1890. del tipo “Yubr”. pero además. La aparición de un poeta. La aparición de esta criticidad radical es el verdadero “progreso” y “desarrollo” de una sociedad. 8). tales como Tolstoi. cuyos cuentos “no pierden la gracia de productos de escritorio. ¿por qué ir a abrevar en el naturalismo francés a fin de aprender a fijar en el marco del cuento artístico lo esencial de la vida circunstante?” (Ibíd.” (I. “Soika”. el valor agregado de una moda diferente: el exotismo. así como el acceso a tales traducciones. y para entenderlo así bastaba con fijarse en “Rinconete y Cortadillo”. De esto se desprende que si la cultura de lengua española ofrecía. modernistas y rusos en el ambiente literario y cultural dominicano? Un bello artificio. Sociedad Dominicana de Bibliófilos. 18 . quizá expliquen la preferencia de los autores franceses. un Casal o una Avellaneda y Venezuela el de un Díaz Rodríguez. “modelos sobresalientes para el estudio y la pintura de tipos. no obedece al alto grado de su sistema educativo. no surtió la influencia esperada en América hispánica porque tampoco la tuvo en la Península. “La condesita del Castañar”. Aunque Nolasco achaca el resultado de esa aclimatación a un historicismo: la aparición tardía del cuento moderno en América. La modernización. de Cervantes (I. citados por el propio Nolasco. rusos por lo demás. “Entre ellas”.) ¿Cuál fue el resultado de la aclimatación de esos cuentos y autores naturalistas. modelo para otros aclimatadores de cuentos exóticos. Este tipo de intelectual (sea el cuentista. que no es el caso. Andreiev y Chéjov. pero no su modernidad.” (Ibíd. ya que esta es criticidad radical de los discursos y prácticas de una sociedad. como lo prueba el caso paradigmático de Fabio Fiallo.) La moda y la traducción. esas dos nociones del sentido de la historia. sumado a la demanda y la oferta del mercado francés y la prontitud de entrega con respecto al mercado español. aparte de que en ultramar muy pocos poseyeron un ejemplar. producido por “observadores de un mundo remoto y desconocido. “Rivales” y “El nabab”3.

con la salvedad de que los efectos de su labor se sintieron con toda eficacia en México y Argentina. cuyos antecedentes remiten a los años 40 del siglo pasado en La Habana. según Nolasco. Abogados. notarios. 2) lugar y ambiente. Postigo emprende la publicación del libro Cuentos escritos en el exilio. Julio D. lo inasible.INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes más arriba. Esta observación del antólogo. pero como copia o imitación. Rafael Deligne. De ahí el resultado obtenido por la cultura dominicana y que Nolasco explica tan lúcidamente: “Los críticos no han tenido la oportunidad de decir que aquel modelo exótico produjo en nuestro país engendros endebles. en 1960. La originalidad. Asombra que sin vocación ni necesidad tantas personas honorables se dieran a producir tan pobres resultados. España y los Estados Unidos y con menos peso en el Caribe y el resto de la América hispánica por razones explicables conforme a su exilio político e intelectual. 19 . a lo verosímil. honestas señoritas y señoras. Federico García Godoy. comerciantes. 4) la originalidad como virtud. Ha de suponerse que cada uno de estos autores aplicó en sus cuentos la teoría que define a finales del siglo XIX y principio del XX los rasgos distintivos del género. se pelean por aparecer con su firma en revistas.) Nolasco suministra en nota al calce una lista larga de esos “cuentistas” y asiduos colaboradores de la revista de Garrido. cuya introducción es nada más y nada menos que el célebre ensayo publicado en Caracas. dice Nolasco que quienes “le dieron realidad precisa al cuento en la República Dominicana”. Ulises Heureaux hijo y ocasionalmente Federico Henríquez y Carvajal. La realidad del personaje remite a lo convincente. salvo que no sea el salir del anonimato y la chatura a que les reduce el capitalismo. ya se sabe. Fabio Fiallo. fueron Virginia Elena Ortea. las cuales cambian las de Nolasco y las que se conocían acerca de este género en América hispana. pero si se le concibe como remisión a la especificidad cultural puede ser semánticamente productivo. Augusto Franco Bidó. Juan Bosch esbozará en el ensayo publicado en Caracas con el título de Apuntes sobre el arte de escribir cuentos. compitiendo por ser cuentistas llenaban La Revista Ilustrada de Miguel Ángel Garrido –1898-1900– creyendo seguir el dechado de Francia. aun con grandes y pequeños defectos. Naturalmente. y 5) la no confusión entre anécdota y cuento. numerosos y afectados. tal como la rechaza Nolasco con respecto al uso que hicieron algunos aficionados al cuento con Alfonso Daudet y Guy de Maupassant o con los cuentistas rusos. aunque se la ha confundido con la novedad desde los tiempos de Aristóteles. En el siglo XIX. con esos rasgos distintivos o atributos del cuento no se mide el valor literario. a un cierto nacionalismo como ideología literaria. periódicos y suplementos. José Ramón López. a medio siglo de haber sido formulada. mientras que el lugar y el ambiente son ideologías que oponen lo nacional a lo extranjero. Pararon de repente sorprendidos por los cuentos de dos maestros del modernismo: Manuel Díaz Rodríguez y Rubén Darío…” (Ibíd. a saber: 1) realidad del personaje. Pero sospecho que en la época de la escritura de Nolasco esta corrección conveniente tenía que ver con la gramática normativa. carentes de vocación y que competían por figurear en la referida publicación. el aparentar o el escalar socialmente. tiene hoy vigorosa vigencia en nuestro medio social: cantidad enorme de hombres y mujeres de todas las clases sociales. nuevas reglas más específicas a lo literario. con los mismos resultados endebles y afectados de ayer. Rafael Justino Castillo. 3) dominio del idioma o corrección conveniente. que no remite a nada y sí a lo indemostrable. Y luego de su llegada al país en octubre de 1961. sin vocación ni necesidad. Tres años más tarde. Solo el dominio del idioma o corrección conveniente sí es uno de los atributos específicos del valor literario.

pues las imágenes del mundo que surgió después del 30 de mayo de 1961 no cabían en el recetario de Nolasco. Sin embargo. el valor de la antología de Noslasco es principalmente histórico como documento de primera mano para el estudio antropológico de la mentalidad y la cultura dominicanas de fin de siglo XIX y principio del XX. 4 Publicada en Río de Janeiro en 1945 para la época en que fue embajador en Brasil. al copiar a su primo Max Henríquez Ureña y a la autoridad literaria de la cual estaba investido. Nolasco no leyó la definición de lo que era el cuento para Bosch y esta le encaja perfectamente a casi todos los textos de su antología. del cual fue Senador en el Congreso. A partir de 1964 y en la misma colección donde se publicaron los dos tomos de Nolasco en 1957. la antología de Nolasco hay que verla. rechazara en bloque la antología de Nolasco.) El párrafo final explica la selección sin rigor de florilegio hecha por Nolasco: “Librería Dominicana.) Este solo párrafo bastó para que la generación de escritores surgida luego del ajusticiamiento de Trujillo. ya que estos participan de las mismas ideas de Nolasco en política y literatura. entendiendo que el cuento en nuestro país ha alcanzado su plenitud durante la era de Trujillo. A casi cincuenta años de aquellos acontecimientos. De acuerdo a la visión del presentador de la antología. que Nolasco leyó sin duda. que implican selección obtenida mediante examen comparativo de los ejemplares de cada autor.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS De modo que este texto teórico. realiza ahora un nuevo aporte como entusiasta colaboradora en la obra del desarrollo cultural que le imprime sin desmayo a la república de las letras el Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva. Salvo que el libro de Emilio Rodríguez Demorizi titulado Cuentos de política criolla no tuviera en su edición de 1963 el prólogo de Bosch (reproducido en la segunda edición de 1977). Esto explica que los criterios de Nolasco para escoger los cuentos que forman su obra sean los de “una recopilación intentada sin mayor rigor de florilegio”. 25) Y promete “pronto dar a la publicidad otro volumen en el cual tendrán cabida autores de no menor calidad y reputación que los comprendidos en el presente. hombre literariamente conservador y políticamente vinculado con el trujillismo.” (I. 12) y como. tal vez. como él mismo aclara (I.” (Ibíd. literatura y sujeto. sepulta las ideas acerca de lo que es el valor literario del cuento. Tampoco ejerció Nolasco influencia en los antologados. Creo que el libro de Nolasco no tuvo el tiempo necesario para ejercer influencia en la generación de cuentistas que surgió luego de la caída de la dictadura trujillista. Es dicho párrafo una hábil maniobra literaria que responsabilizaba al editor del contenido de una alabanza a Trujillo que se convirtió en aquellos 31 años en un estereotipo obligado. Nolasco tenía la siguiente esperanza al entregar al público el primer tomo de su obra: “Responde a estas observaciones la recopilación que se entrega al público sin la severidad que requieren los florilegios. lo que aquella cultura de treinta años de autoritarismo entendió por cuento. muchos de los cuales estaban todavía vivos en 1957. 20 . con criterios estrictamente literarios y la propaganda trujillista contenida en sus páginas debe ser situada en sus efectos políticos e ideológicos. sin la pasión política que obnubila.” (Ibíd. es decir. sucumbió a la misma idea de don Max al escribir su Panorama histórico de la literatura dominicana en 19454. sin conciliación ni atribuciones de responsabilidad al tiempo o a las circunstancias. tanto en su prólogo como en su selección. abrió Bosch el camino para una generación nueva que surgía sin una idea clara de las características del cuento.

de José Rijo. pero las digresiones y desvíos a que el narrador somete a los personajes les inhabilitan para calificar como cuentos bien logrados. 105) los dos temas son excelentes. que el cuento antologado se encuentra en las obras de los autores que se citan al calce. Sanz Lajara no figura en la obra quizá debido a la ideología literaria del nacionalismo de la antología de Nolasco. el primero publicado en 1949 y el segundo en 1950. 203) dominan la estampa y el exotismo. de Francisco Moscoso Puello. J. rasgo exigido por Nolasco. En “El tren no expreso” (II. para citar a los más importantes). de Ángel Rafael Lamarche. Néstor Caro y José Rijo. Virgilio Díaz Ordóñez. Haré una lista de los textos que más se aproximan a lo que Bosch entendió por cuento. Nolasco se incluyó en su propia antología. En “El regidor Payano” (II. 45). Hay que acotar que Hilma Contreras fue siempre una disidente discreta del régimen y que no llegó nunca ostentar cargos públicos de responsabilidad política en el régimen de Trujillo. 9). de Marrero Aristy. se infiere. Sanz Lajara. M. propios del realismo mágico. de Bosch. aunque aparece el contexto local. así como el nacionalismo literario que primó en la era de Trujillo y que luego fue recogido por la teoría marxista del compromiso literario. 87). y que el lector puede encontrar en “El príncipe del mar” (I. salvo una que otra excepción. Nolasco debió leer estos dos libros de viajes y cuentos. pero algunos de los cuentos contenidos en este volumen vieron la luz antes de su inclusión en el referido volumen. figuran en la antología de Nolasco. de modo que casi todos los escritores y escritoras incluidos en la obra de Nolasco debieron leer los cuentos de Bosch. 81). publicado en 1933. Ramón Lacay Polanco. prevalece el procedimiento artificial y exótico de Fabio Fiallo. casi todos nuestros antólogos literarios. hombres o mujeres. Y sin embargo. En “Mujeres” (II. ya que no cumplen con los rasgos que él ha dado a conocer en el prólogo a su libro: En “El forastero” (II. 95) y “Ángel Liberata” (II. Los dos libros de cuentos de Pichardo son de 1917 y 1927. con sus dos leyes de la palabra precisa para describir la acción y la fluencia constante. casi todos los textos son posteriores a Camino real. la cual repugnaba por artificiales o exóticos los cuentos que trataran temas sin vinculación con la historia y la cultura dominicanas. pero contiene zonas donde la palabra precisa para la descripción de la acción no es la perfecta. domina el procedimiento de los cuadros de costumbres. En “Ma Paula se fue al otro mundo” (II.INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes En la antología de Nolasco todos los cuentistas elegidos son funcionarios del régimen. se cumplen las leyes del cuento boschiano. 179). En “Floreo” (I. procedimiento que han seguido. Aunque quienes siguieron su enseñanza y escribieron influidos por él (Hilma Contreras. el hombre que en 1933 cambió para siempre la forma de escribir cuentos en el país con Camino real quedó excluido de esa antología a causa de su condición de exiliado político y líder del partido de oposición más importante en el exilio. Nolasco 21 b) Visión de cada obra . aunque no siempre. pero que el propio Nolasco les encuentra defectos. se cumple el procedimiento de la estampa literaria localista. Ramón Marrero Aristy. como son Aconcagua y Cotopaxi. 37) y “El fugitivo” (II. En ese primer tomo.II. recusado por Nolasco. la acción no se detiene. de José María Pichardo. Aunque pocas veces Nolasco da la procedencia de los textos incluidos en los dos volúmenes. En “Pero él era así” (p. 159).

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

aplicó a los dos textos el principio de la moraleja sin moral rígida y los dejó en estampas clásicas regionales del Sur. “Los diamantes de Plutón” (II, 123), de Virginia Elena Ortea, es considerado por Nolasco como “un puente entre el cuento moderno y el cuento antiguo” y personificación del “mito heleno de Perséfone” (I, 10), carente de sitio y tiempo, defectos del modelo de cuento del antólogo, pero con “estilo sobrio, claro y animado”, lo cual no significa nada. “A mí no me apunta nadie con carabina vacía” (I, 29), de Julín Varona, tiene, al igual que “El forastero”, de Pichardo, el mismo mérito: la acción no se detiene nunca y las palabras que describen las acciones del personaje principal, Ismenio, y del asaltante, Benceslao, son las precisas. Este es un cuento de la estirpe de los de Camino real. El pintoresquismo del idioma del Sur es igual al pintoresquismo del español cibaeño que tan bien domina Bosch. Es una ideología lingüística de época, propia del realismo de la novela de la tierra. En “Cielo negro” y “Guanuma” (I, 43, 48), de Néstor Caro, coexisten dos temas boschianos –el buey y el diablo como personajes– cultivados desde Camino real con “La pájara” y reanudados en Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio con “El funeral”, “Maravilla” y “El Socio”. Igualmente, “La cuenta del malo” (II, 171), de Freddy Prestol Castillo, se queda en estampa del tema del diablo, muy ligado al cuento de camino que emigró al campo dominicano. En “La eracra de oro” (II, 131), de Virginia de Peña de Bordas, existe un mayor acercamiento a las reglas del cuento de Nolasco, pues la cultura taína empalma con la afrohispana como parte de la historia dominicana, es decir, que este texto responde a la exigencia de lo local, del sitio y tiempo, dominio del idioma y, también, a las dos leyes del cuento boschiano. Igualmente, responden a las mismas exigencias los cuentos “El centavo” (I, 39), de Manuel del Cabral, “La Virgen del aljibe” (I, 55), de Hilma Contreras, “Aquel hospital” (I, 79), de Virgilio Díaz Ordóñez, “Deleite” (I, 145), de Tomás Hernández Franco, y “Mi traje nuevo” (I, 163), de Miguel Ángel Jiménez. Con respecto a “La conga se va” (I, 123), de Max Henríquez Ureña, y “La sombra” (I, 139), de Pedro Henríquez Ureña, hay que decir que no responden a la exigencia nolasqueña de lo local, pues ambos textos están ubicados el primero, en Santiago de Cuba, y el segundo no determina sitio ni tiempo. Ambos responden a las dos leyes boschianas del cuento y en esta teoría no es pertinente la determinación del espacio geográfico o la fecha de la escritura para que un texto tenga valor literario, como lo prueban los cuentos de ambiente y época hispanoamericana escritos por Bosch, verbigracia “La muchacha de La Guaira”, “El indio Manuel Sicuri”, “El hombre que lloró”, “La muerte no se equivoca dos veces”, “Rumbo al puerto de origen”, “La mancha indeleble”, por no citar otros. Finalmente, el cuento “La bruja” (I, 189) anda cerca de la exigencia boschiana, pero hay digresiones y desvíos que matan el interés del lector. El texto de Gustavo Díaz “Dos veces capitán” (I, 73) es una ideología patriótica que cae perfectamente en la tradición al estilo de Penson o Troncoso de la Concha. Lo mismo se puede decir de “La cita” (I, 93) de Federico García Godoy. Igualmente, caen en las tradiciones dominicanas los textos de Antonio Hoepelman “Nobleza castellana” (I, 157) y “Honor trinitario” (I, 171) de Miguel Ángel Jiménez, ideología hispánica el primero e ideología patriótica el segundo, aunque este último tiene madera de cuento con final sorprendente. Pero en la teoría boschiana este es un rasgo que puede estar presente o ausente del cuento. El texto “El general José Pelota” (II, 53), de Miguel Ángel Monclús, y “Cándido Espuela” (II, 215), de Vigil Díaz, son, al igual que “El general Fico”, de José Ramón López, cuadros de costumbres de la época montonera o de Concho Primo.
22

INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes

En cambio, “Las tres tumbas misteriosas” (II, 149), ¿cuento gótico con moraleja sin moral rígida?, de José Joaquín Pérez, y “Una decepción” (II, 189) y “El proceso a Santín” (II, 196), de Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, así como “Humorada trágica” (I, 113), de Federico Henríquez y Carvajal, y “Modus vivendi” (I, 65), de Rafael Damirón, bien escritas, con las dos leyes boschianas presentes y con los requisitos nolasqueños en acción, son, sin embargo, tradiciones dominicanas en el mejor sentido. Los textos de Ramón Emilio Jiménez titulados “La escalera inesperada” (II, 179) y “Duelo comercial” (II, 183) son perfectos cuadros de costumbres pintorescos y picarescos, llenos de malicia cibaeña, de gracejo y humor. En “El sueño del guerrero” (I, 105), del general Máximo Gómez, existe determinación de sitio y tiempo (Cuba, Cuartel de la Demajagua, junio de 1889) y con una contra-ideología que recusa la matanza de los indios por Colón y los conquistadores del Nuevo Mundo y coloca al Almirante en un limbo o purgatorio donde expía sus crímenes, sin posibilidad de acceder al Paraíso. Y, finalmente, “Por qué el negro tiene la piel así” (II, 220) es, como su nombre lo indica, un verdadero cuento de camino, no exento de una ideología legendaria y mítica que no atina a explicar el racismo en contra de los negros sino por mediación de una fabulación. c) Visión de hoy Todos estos textos, sean estampas, anécdotas, cuadro de costumbres o tradiciones han envejecido con las circunstancias que les dieron origen. No han envejecido, sin embargo, “Floreo”, de Rijo, “Aquel hospital”, de Díaz Ordóñez, “Mi traje nuevo”, de Miguel Ángel Jiménez, “El centavo”, de Manuel del Cabral, y “Deleite”, de Hernández Franco. Hay que señalar que el envejecimiento no significa que no leamos dichos textos con curiosidad a fin de saber qué temas prefirieron nuestros escritores y cuáles teorías literarias e históricas pusieron en juego a finales del siglo XIX y un poco más allá de la mitad del siglo XX. Son documentos que simbolizan la arqueología del cuento dominicano y sus vicisitudes antes de llegar a las puertas del hecho-tema único y las leyes de la palabra precisa para describir la acción y la fluencia constante de Bosch. A pesar de las circunstancias de época, los cuentos que no han envejecido tienen un valor humano indudable y no han perdido el interés del lector gracias al ritmo que anima los sentidos y las acciones del hecho-tema único de cada uno de ellos.

J. M. Sanz Lajara5 : El Candado
Si existen dos temas ideológicos que definen la cuentística de J. M. Sanz Lajara, de acuerdo al diagnóstico de Manuel Valldeperes y al del propio autor, son el vitalismo y el americanismo. Esos dos leit-motiv son, por supuesto, conceptos pertenecientes a una teoría literaria: el nacionalismo literario, el cual surgió primeramente como metáfora política a partir del movimiento de independencia de las colonias americanas del imperio español y luego como
5 Ciudad Trujillo: Editorial Librería Dominicana, Colección Pensamiento Dominicano n.º 16, 1959, 154pp. Solo daré para las citas, el número de la página.

a) Visión del presentador

23

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

concepto literario con Martí, Hostos, Pedro Henríquez Ureña y una legión de escritores, filósofos y críticos literarios. Ese nacionalismo literario tuvo diferentes aplicaciones y resultados según la especificidad de cada república hispanoamericana. En el prólogo de Valldeperes al libro de cuentos El candado, el conocido crítico remontaba al año 1949 la aparición del vitalismo y el americanismo de Sanz Lajara con la publicación de Cotopaxi, libro de viajes y cuentos “de ambiente americano”6. (I) Pero Sanz Lajara toma estas nociones literarias de un discurso ajeno, pues en la presentación de su obra afirmó: “Alguien dijo, hablando de la vida (en 1939, DC) que en ella existe toda plasmación. Añadiremos que la fantasía en literatura está desapareciendo, si no ha desaparecido ya. Este libro se formó en la vida, con ella y de ella. Los hombres que voy a presentar cruzaron sus caminos con el mío. Las mujeres pasaron por mi puerta y algunas –¡benditas sean!– dejaron un beso, una caricia y una que otra lágrima, que sin dolor no hay sentido del propio destino.” ( (Ibíd.) La teoría y la práctica son dialécticamente inseparables. Por eso pasaron idénticas de Cotopaxi a Aconcagua y de estas dos obras a El candado con el nombre de realismo o verismo literario. Existe quizá un malentendido que es preciso aclarar. Cuando Sanz Lajara dice que la fantasía está en camino de desaparecer, si no ha desaparecido ya en 1949, en modo alguno se refiere él a la capacidad de imaginar, fantasear, crear mundos no vistos o que no existen en la vida real, sino que se refiere a un subgénero entendido como evasión literaria donde el compromiso del texto en cuestión es el olvido de lo político. Esa es la característica de la literatura frívola, de ensueño o light. Ni siquiera el cuento fantástico escapa a lo político, como podía pensarse, pues sus sentidos están orientados al prevalecimiento de la justicia en contra de los desafueros de los poderosos. Quede claro, pues, que los cuentos de Sanz Lajara son ficción, no documentos o testimonios históricos. Y las crónicas de viaje, aunque no son cuentos, están salpicadas de ficción, son más signo que símbolo. Algunos cuentos de Sanz Lajara podrán no tener valor literario, pero son una invención, no una crónica de viaje. El nudo de sus cuentos radica en la experiencia del otro, de los demás. Ese trabajo artístico de la cotidianidad es lo simbolizado en los cuentos de El candado. Puede decirse incluso que casi todos los héroes de los cuentos de esta obra son negros, negras e indios elevados a la categoría de sujetos. Aunque Valldeperes sí reparó en este detalle, no toda la crítica de la época lo hizo. Si bien lo puramente rural jerarquizado por la teoría de la novela de la tierra va de paso, en los textos de Sanz Lajara prima más lo semi-urbano y lo urbano con su constelación de pobres y grupos étnicos olvidados, los cuales constituyen un significante social. ¿Cuál fue la recepción de Valldeperes a los cuentos de El candado en 1959? ¿Con los términos de la Poesía Sorprendida? Oigamos lo que dice: “El americanismo de este libro –americanismo con anhelos y angustias para y por el hombre universal– no discrimina: presenta los hechos con toda su intrínseca e influyente veracidad. Por eso, precisamente, el hombre de América se reconoce en sus páginas. Se reconoce como colectividad con un destino común y con la sola ambición de este destino.” (III) Existen también ideas de época y puntos de contacto con el mesoamericanismo postumista de Moreno Jimenes y con la teoría y la práctica del cuento de Camino real de Juan
6 El prólogo no tiene numeración de página. Le he puesto números romanos para distinguirlo de los números arábigos de los cuentos.

24

INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes

Bosch. La vida del hombre o la mujer comunes es el tema por excelencia de los cuentistas del realismo dominicano. Ser humano y ambiente, según Valldeperes: “Y a descubrir esta felicidad, después de haber descubierto el hombre y el paisaje americanos –su naturaleza incitante–, tienden las inquietantes y sutiles páginas de El candado. A descubrir esta felicidad al través de la vida cotidiana, con todo lo que hay en ella de alegre y de bueno y también de angustia y sufrimiento.” (Ibíd.) Los rasgos pertinentes para el nacionalismo literario de Nolasco, Valldeperes y los partidarios de esta teoría son, como se ha visto, el ser humano y el ambiente, es decir, lo nacional, local o regional, la corrección conveniente, la originalidad como virtud y si universalizada, mejor. En la teoría de Bosch estos elementos pueden estar presentes o ausentes, pero no definen el valor del cuento, ya que solo el hecho-tema único, la ley de la palabra precisa para describir la acción y la ley de la fluencia constante constituyen la calidad de un cuento. Las características literarias de la escritura de Sanz Lajara han sido realzadas por Valldeperes, de la siguiente manera: “estilo impresionista, ágil; descripción clara y precisa; escritor de temple que sabe descubrir en la actualidad viva lo que hay de legendario en América, diversidad de tipos y temas americanos captados en un instante de vida, captación de la sana alegría de vivir, que es la gran esperanza y el gran estímulo del hombre.” (IV) Refuta Valldeperes la teoría que sostiene que “el cuento literario es la transformación de la verdad verdadera, al través de una mente apasionada, hasta convertirla en una mentira bella.” (Ibíd.) Para el crítico, Sanz Lajara es original y no se queda “nunca en el interés puramente descriptivo” y por eso “se mantiene en ese punto intermedio, vital y emotivo al mismo tiempo, entre el desprecio de los hechos, que conduce a un lirismo estéril, y la supervaloración de estos, que nos sitúa en el campo estricto del reportaje.” (V) El crítico literario también consideró que Sanz Lajara fue “un escritor original, de la estirpe de los grandes de América, porque contempla la vida con afán analítico.” (Ibíd.) Y agrega además que el autor de El candado “no desarma nunca la estructura interna de la realidad para narrar los hechos. Tampoco cae en el boceto costumbrista, porque en sus narraciones hay emoción.” (Ibíd.) ¿Cuáles son los rasgos de los personajes de los cuentos de Sanz Lajara? Valldeperes los ve de esta manera: “son reales, vivos, arrancados de la desnuda y aleccionadora realidad de cada día y el autor no los aparta, al darles vida literaria, de esa realidad, de su realidad. Son seres que no se miran vivir, sino que viven. Sus miradas se vuelven hacia dentro para verse tal como son, para mostrarse, en la plenitud de su vigencia humana, tal como son.” (Ibíd.) Otra característica de los personajes de estos cuentos, según el crítico literario, es que no presentan “el más mínimo atisbo de falsedad.” (V-VI) Ha encontrado Valldeperes que lo más impresionante de los cuentos de Sanz Lajara no son los personajes y su existencia real, “sino su vida espiritual, con todo lo que hay en ella de videncia y de presentimiento, de sugestión de otras vidas. Se trata de un trasunto de lo individual a lo universal y humano al través del cual trata de descubrir el sentido superior del hombre como paso seguro hacia la fijación de su destino.” (VI) Rechaza también el crítico la teoría de una obligada nacionalidad de los temas de la cuentística de Sanz Lajara. Valldeperes ve solamente en lo textos del autor prologado, “una necesidad intrínseca de su obra y, por consiguiente, un atributo de esta: la fuerza y la vivencia del origen. Por eso, a pesar del ámbito americano de los cuentos de Sanz Lajara, la presencia del dominicano está latente en todos ellos.” (Ibíd.)
25

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

b) Visión de cada obra A casi cincuenta años de la publicación de El candado, los distintos textos que componen la obra no han perdido su valor de época, excepto quizá “Ñico”, que se asemeja más a la tradición o a la estampa, si bien su técnica está elaborada con la recomendación boschiana del personaje central único, aunque las diferentes anécdotas contadas por Ñico a los niños, incluido el autor José Mariano, vuelto también personaje del cuento, disgregan lo que debe ser el hecho tema-único, si bien el hilo que sostiene las acciones corre por cuenta del mismo protagonista, quien es personaje-narrador. Mantiene la vigencia de los cuentos un humor que, manifestado de varias formas, produce en quien los lee una orientación del sentido en contra de la dominación y la injusticia que el sistema social y los poderosos ejercen sobre los personajes que pueblan el mundo americano que Sanz Lajara ha querido reivindicar, incluso en cuentos como “Curiosidad”, el cual no tiene que ver con un cambio o una crítica a lo social, aunque el personaje femenino ha experimentado una transformación de su concepción del amor al cambiar un sentimiento confuso previo entre amor y pasión que la había arrastrado a la infidelidad, a despecho de las razones valederas que pudo haber tenido a causa de la insatisfacción sexual en que la sumió su esposo, más interesado en los negocios que en el sexo con amor. Otras son las medidas por adoptar ante situación parecida, pero los personajes son lo que el texto nos presenta, no lo que quisiéramos que fueran, según nuestro deseo. c) Visión de hoy Pocos han sido los estudios que se han producido en la sociedad dominicana en torno a los cuentos, o incluso las novelas, de Sanz Lajara. Con excepción de las opiniones convencionales de las antologías y las historias literarias tradicionales, dos son los ensayos, que sobre este escritor –que vivió casi toda su vida en el extranjero en misión diplomática– han visto la luz en el país después de su muerte el 20 de junio de 1963 en Madrid7. Di Pietro ha sido el primero en llamar la atención acerca de la cuentística y la novelística de Sanz Lajara8 y el estatuto contradictorio entre su vida y sus textos literarios. La pregunta que se ha formulado Di Pietro es cómo Sanz Lajara, a pesar de escribir cuentos que plantean el problema social de campesinos, obreros y proletarios, no llega nunca a oponerse a la dictadura de Trujillo. El crítico ha analizado novelas como El príncipe y la comunista y Caonex y concluye en que la primera es una “pornografía política” y la segunda un “respaldo incondicional a la dictadura de Trujillo.” (Temas, 86) ¿Cuál ha sido la única teoría literaria que desde los griegos hasta hoy lee las obras literarias como un reflejo de la vida del autor? Desde los presocráticos, desde Aristóteles y Platón y todos sus epígonos hasta hoy
7 Véase “J. M. Sanz Lajara, su prosa de viajes y sus cuentos”, en Temas de literatura y de cultura dominicana. Santo Domingo: Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), 1993, pp.79-94. Di Pietro analizó parcialmente las novelas de Sanz Lajara en el libro citado y a “Caonex, una novela conservadora dominicana”, en Quince ensayos de novelística dominicana. Santo Domingo: Departamento de Publicaciones del Banco Central de la República Dominicana, 2006, pp.17-40. 8 Cabe realzar que la primera antología de cuentos que incluyó profusamente a Sanz Lajara (con cinco textos) fue La narrativa yugulada, de Pedro Peix. Santo Domingo: Biblioteca Nacional, 1981, pp.271-287. La de Diógenes Céspedes contiene un solo texto, “Curiosidad”, pero esta antología se fija esa cantidad como límite por cada autor. Santo Domingo: Editora de Colores, 1996, 1ª ed., y 2ª ed. Santo Domingo: Editora Búho, 2000. Los estudios académicos más serios hasta ahora son los de Di Pietro y el extenso prólogo titulado “Noticias”, de Andrés L. Mateo, a la edición de los cuentos de Sanz Lajara publicados en Santo Domingo por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos en 1994. Ambos autores partieron de lo ya hecho por Manuel Valldeperes en sus dos artículos sobre Sanz Lajara.

26

INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes

esa ha sido la norma, el método de las poéticas aristotélicas, cuya culminación cierra una época con Buffon cuando proclamó que el estilo era el hombre. Lo que hicieron después en los siglos XIX y XX las teorías del arte por el arte, la sociología marxista de la literatura y los estructuralismos lingüísticos y semióticos fue confirmar el dogma buffoniano. Pero la poética meschonniciana plantea, desde 1970, que casi nunca la ideología del escritor es la de su obra. La vida de los escritores está hecha de intereses muy contradictorios, de ideologías y creencias ancestrales que se remontan al seno de la cultura familiar, las tradiciones repetidas desde la infancia y de las cuales es muy difícil desembarazarse, sin que importen la inteligencia del escritor y los estudios realizados en prestigiosas universidades. Pero sea revolucionaria o conservadora, la ideología de un escritor no pasa como biografía a la obra, pues eso sería producir un reflejo mecánico que identifica y lee las obras artísticas y literarias como vida del autor. Cuando el escritor tiene conciencia de lo que es la obra como valor, ¿qué hace? Como su vida y sus opiniones carecen de interés para que figuren en su obra literaria, él o ella dota, consciente o inconscientemente, a uno o varios personajes o a estructuras del sistema del texto, de sentidos que se orientan políticamente en contra de las ideologías o creencias que funcionan como verdades en la sociedad y en la época donde vive el escritor o escritora. En este sentido, la poética meschonniciana postula entonces que existe una homogeneidad entre el decir-vivir-escribir del sujeto de la escritura y la obra. El sujeto de la escritura no es idéntico al autor. El primero es contra-ideología, mientras que el segundo es ideología. Son escasísimos los casos donde autor y sujeto de la escritura son homogeneidad entre el decir y el hacer y el vivir-escribir. Talvez José Martí sea un caso único en América. El siglo XX encumbró el mito de que el hombre era el estilo, es decir, que la obra literaria se explicaba a través de la vida del autor. Y ese mismo siglo XX acabó con semejante mito. Las obras anónimas, según ese cliché literario, jamás podrán analizarse, ya que no conocemos a su autor. Pero sabemos todo lo contrario, que esas obras han sido muy bien analizadas. En este contexto tiene sentido la respuesta que busca Di Pietro al analizar “Hormiguitas”, ese cuento de El candado que el crítico lee simbólicamente como un sentido político orientado en contra de la dictadura de Trujillo. Pero no es Sanz Lajara como diplomático al servicio de la dictadura quien es antitrujillista. Esto no se produce en toda su vida. Sus variados intereses no se lo permitían. Entonces, él, como escritor, consciente o inconscientemente, estructura dos instancias que en el cuento “Hormiguitas” simbolizan esa crítica en contra del sistema: a) el personaje del idiota, y b) la estructura del narrador, quien, en el sistema de la obra, distribuye en el discurso literario la crítica a las ideologías de época que el régimen encarna. Tales ideologías son analizadas casi en su totalidad por Di Pietro y Mateo, aunque este último manifieste en poco de recelo con respecto al método utilizado por el primero. Mateo dice entender la propuesta de lectura de Di Pietro, y “aunque sigue siendo una propuesta” o tesis, “parecería arriesgado asumir[la]. (“Noticias”, 29) Lo que produce la duda en Mateo es la doblez que Di Pietro imprime al personaje del idiota, el cual encarna la parte rebelde de Sanz Lajara como intelectual consciente de lo que sucedía durante la dictadura, mientras que el coronel encarna al Sanz Lajara diplomático, conservador, trujillista y ex miembro del Capítulo de la Falange en Santo Domingo. Esta es la tesis estilística que lee la obra literaria como reflejo de la vida del autor. En la poética se examina cómo está orientada la política del sentido que el ritmo ha organizado
27

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

en el discurso literario, pero a partir de instancias o estructuras del sistema semántico de la obra, no con conceptos prefabricados ad-hoc por otros discursos que no tienen nada que ver con la especificidad de lo literario, como es el de la biografía del autor. El resultado obtenido con el uso de conceptos extraños a la especificidad de la obra literaria es, como lectura, un determinismo político, histórico, social o biográfico que no pasa de ser una metáfora improductiva. Los cuentos de Sanz Lajara son una mezcla de hechos-temas únicos extraídos de tres canteras: a) la vida campesina, b) la vida de los indios y negros de los países latinoamericanos, y c) la vida semi-urbana o urbana de esos mismos países. La trashumancia como diplomático es la responsable de que Sanz Lajara, hombre extremadamente conservador, se volcara, aunque de manera paternalista a veces, a valorar desde su cuentística, la vida de la gente humilde. ¿Por qué eligió a los humildes si él provenía de la pequeña burguesía alta, de sangre española y enquistada con el trujillismo a través de Peña Batlle, cuya esposa, Carmen Defilló Sanz, era prima de José Mariano Sanz Lajara?9 En esto también el responsable, con la teoría y la práctica en acción, fue Juan Bosch, quien en 1933 les dejó Camino real como herencia a los escritores que surgieron después de su salida al exilio en 1938. La tesis de Bosch acerca del arte de escribir cuentos está implícita en Camino real, pero comenzó a hacerse más explícita en las notas de presentación que escribía para el Listín Dominical10 y finalmente el bosquejo en la revista Bohemia, de La Habana, de lo que habría de ser en 1958 el ensayo “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, publicado en la revista Shell, de Caracas11 y reproducido en varios libros, revistas y antologías dominicanas y extranjeras y desde 1964 en Cuentos escritos en el exilio (Santo Domingo: Colección Pensamiento Dominicano n.o 23). Esta es la herencia teórico-práctica de Bosch a los cuentistas de su país y desde su salida a Puerto Rico en 1938, él se preocupó por que sus mejores textos llegaran a manos de dichos intelectuales, ya fuera por mediación de sus amigos Mario Sánchez Guzmán o de sus colegas escritores Emilio Rodríguez Demorizi, Héctor Incháustegui Cabral, Ramón Marrero Aristy y otros, así como a través de viajeros ocasionales de extrema confianza y discreción. Por eso Sanz Lajara, Hilma Contreras, José Rijo, Lacay Polanco, Virgilio Díaz Ordónez12 y otros se beneficiaron de las ideas claras de Bosch acerca de cómo escribir cuentos y, sin duda, influyó decididamente en todos ellos y de todos fue amigo, relación que incrementó a su llegada al país en octubre de 1961. De igual manera, decisiva fue también su influencia en los cuentistas y novelistas surgidos después de la caída de la dictadura, pero esta influencia se atenuó un poco después de la irrupción del boom latinoamericano.
9 El dato de los lazos familiares con la familia Peña Batlle-Defilló Sanz lo confirma Manuel Núñez en su libro Peña Batlle en la era de Trujillo. Santo Domingo: Letra Gráfica, 2007, p.20. 10 En la carta dirigida a Silvia Hilcon (seudónimo de Hilma Contreras), de fecha 8 de marzo de 1937, están esbozados los grandes temas de la teoría del cuento de Bosch, tal como los conocemos hoy. Véase la carta en Hilma Contreras: La carnada. Cuentos. Santo Domingo: Editorial Letra Gráfica, 2007, pp.4-5. Para los escritos teóricos de La Habana que prefiguran el ensayo “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, véase su conferencia titulada “Características del cuento”, publicada en Mirador Literario. La Habana, julio de 1944, pp.6-9, reproducida en el libro de Guillermo Piña Contreras titulado Juan Bosch: imagen, trayectoria y escritura. Imágenes de una vida. Santo Domingo: Comisión Permanente de la Feria del Libro, t. I. pp.63-68. 11 Año IX n.º 37, diciembre de 1960, pp.44-49. 12 Hay que acotar que Bosch también fue amigo de Virgilio Díaz Grullón, hijo de Díaz Ordóñez, también buen cuentista que recibió la influencia boschiana, tal como él mismo lo confesaba a menudo y como se advierte en sus obras Crónicas de Altocerro, Un día cualquiera y Más allá del espejo.

28

INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes

Para cerrar este excurso, creo que El candado, con su cuento que da títulado al libro, así como “El otro”, “Hormiguitas”, “El milagro”, y el último titulado “Curiosidad”, cuya influencia es patente en “El gato”, de Armando Almánzar Rodríguez, donde el felino y Ernesto simbolizan el gato, mientras que el perro simboliza al esperado amante innominado de “Curiosidad”; y, el ratón, a la amante asesinada. En el texto de Sanz Lajara, la amante se transforma en un sujeto femenino, mientras que en el de Almánzar Rodríguez la mujer es una víctima de su pareja, Ernesto, quien la asesina al regresar a su hogar luego de pasar un rato donde su amante Julián. Este asesinato simboliza en “El gato” un castigo a ese tipo de relación amorosa, condenado también por los Códigos Penales, mientras que en Sanz Lajara dicha relación simboliza la libertad y el fin de la moral convencional sobre el adulterio. Es decir, que en Almánzar Rodríguez no existe ni siquiera lo que Nolasco llama, como atributo del cuento, una moraleja sin moral rígida, mientras que en “Curiosidad” los sentidos están orientados políticamente a la ausencia total de castigo moral. En uno ideología, en el otro contraideología.

Juan Bosch: Cuentos escritos en el exilio
Los antecedentes teóricos de “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos” que figuran como prólogo o introducción a Cuentos escritos en el exilio13 son la carta a Silvia Hilcon14 (seudónimo de Hilma Contreras) que figura en su libro de cuentos La carnada y la conferencia “Características del cuento”15, dictada por Juan Bosch en 1944 en la Institución Hispanocubana de Cultura16. Esos mismos “Apuntes…” son los que figuran como visión del presentador17 de los cuentos que integran los dos tomos de Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio marcados con los números 23 y 32 de la Colección Pensamiento Dominicano publicados en 1962 y 1964, respectivamente. En los “Apuntes…” existen pocas referencias de Juan Bosch a los cuentos de estos dos volúmenes. La mayoría de las referencias a estos y otros cuentos, escritos o no en el exilio, figuran en entrevistas posteriores concedidas a los medios. Las dos referencias más famosas son las que Bosch asumió cuando dijo que su dominio de la técnica del cuento se consumó con la escritura de “El río y su enemigo” y que consideraba
13 Santo Domingo: Julio D. Postigo e hijos, Editores, Colección Pensamiento Dominicano n.º 23, 1964. Fue publicado en forma de folleto en la revista Shell, IX n.º 37, diciembre de 1960, Caracas, como ya se dijo. 14 En La carnada. Cuentos, bibliografía ya citada. 15 Publicada en Mirador Literario, La Habana, julio de 1944. 16 En Guillermo Piña Contreras, bibliografía ya citada. 17 Existe una Nota de los Editores que sirve, más que de presentación, de advertencia a los lectores y, de ninguna manera, aunque contiene opiniones sobre los cuentos y los apuntes, puede ser considerada, en este contexto, como un estudio. Dice así: “Los cuentos del presente volumen no fueron seleccionados ni por el autor ni por los Editores. Se reunieron los que estaban más a la mano, entre los originales de Bosch, antes de que él pudiera reorganizar su archivo a su vuelta a la República Dominicana. […] Los editores recomiendan muy especialmente a los lectores interesados la introducción del libro que aparece bajo el título de “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, pues en esa materia hay muy poco escrito en lengua española, e incluso lo que sobre el arte del cuento, considerado el más difícil de los géneros literarios, se ha publicado en otros idiomas como material de texto para Escuelas Superiores y Universidades, es generalmente incompleto. Creemos que este trabajo de Juan Bosch es el más amplio producido por un escritor profesional de cuentos de todos los que se han publicado hasta ahora.”

a) Visión del presentador

29

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

que los textos que figuran en su libro Camino real, aunque aceptables, no tenían todavía la maestría de los que escribió en el exilio. Acaso tenga razón y los únicos cuentos que se salvan de Camino real sean “La mujer” y “Dos pesos de agua”, tan llevado y traído el primero por el realismo cuya ideología hace previsible el mecanismo de la escritura, y menor en el segundo cuento debido al trabajo de lo fantástico. Si se los compara con “La mancha indeleble”, “La Nochebuena de Encarnación Mendoza”, “El indio Manuel Sicuri”, “El hombre que lloró”, “Los amos” y “Luis Pie”, la apuesta política del sentido de estos textos de Cuentos escritos en el exilio es de transformación de las ideologías mayores de la sociedad dominicana y latinoamericana de la época: la crítica al partido único que es inseparable de cualquier dictadura de derechas o de izquierdas, en “La mancha…”; la crítica a la jerarquía militar y su espíritu corporativo en dictadura o democracia, en “La Nochebuena…”; la crítica a la justicia de los seres humanos prevista por los códigos en oposición al derecho natural donde las ofensas al honor se lavan con sangre, en “El indio…”; la crítica al racismo de los dominicanos en contra de los haitianos a causa de la enajenación ideológica, en “Luis Pie”; la crítica a la ética del deber y el sacrificio por la revolución opuestos a los valores del amor filial y familiar, en “El hombre que lloró” y, finalmente, en “Los amos”, la crítica a la explotación despiadada al campesino dominicano por parte de los terratenientes precapitalistas. Pero este excurso lo empalmo con los “Apuntes…”, lugar teórico donde todo lector de los cuentos de Bosch debe volver si desea constatar por sí mismo si la práctica de la escritura iguala y, luego, sobrepuja las ideas contenidas en el referido ensayo. En tres nudos de los “Apuntes…” debe concentrarse el lector de los cuentos boschianos para saber si estos responden al rigor implacable de la técnica: a) la ineludible ley de la fluencia constante, b) la ley ineludible de la palabra precisa para describir la acción, y c) el ineludible hecho-tema único. La primera ley, de la fluencia constante, consiste en que “la acción no puede detenerse jamás; tiene que correr con libertad en el cauce que le haya fijado el cuentista, dirigiéndose sin cesar al fin que persigue el autor; debe correr sin obstáculos y sin meandros; debe moverse al ritmo que imponga el tema –más lento, más vivaz– pero moverse siempre. La acción puede ser objetiva o subjetiva, externa o interna, física o psicológica; puede incluso ocultar el hecho que sirve de tema si el cuentista desea sorprendernos con un final inesperado. Pero no puede detenerse.” (1962: 31) “La segunda ley –dice Bosch– se infiere de lo que acabamos de decir y puede expresarse así: el cuentista debe usar solo las palabras indispensables para expresar acción. […] La palabra puede exponer la acción, pero no puede suplantarla. Miles de frases son incapaces de decir tanto como una acción. En el cuento, la frase justa y necesaria es la que dé paso a la acción, en el estado mayor de pureza que pueda ser compatible con la tarea de expresarla a través de palabras y con la manera peculiar que tenga cada cuentista de usar su propio léxico.” (1962: 32) Un rodeo antes de pasar al hecho-tema único, el cual es, junto a las dos leyes definidas más arriba, una de las tres características esenciales, necesarias, para quien desee dominar la técnica del cuento concebido como lenguaje (=tema), acción (=ritmo y economía lingüística o las palabras indispensables para describir la acción). El resto son los detalles o las variantes combinatorias asociadas a las tres características. Los detalles más importantes confluyen y están subordinadas al hecho-tema único y las dos leyes del cuento. Por ejemplo, la definición del cuento: “un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia.” (1962: 7)
30

INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes

Si el meollo del suceso o hecho carece de importancia, estamos en presencia de “un cuadro, una escena, una estampa, pero no de un cuento.” (Ibíd.) Según Bosch, “la importancia no quiere decir novedad, caso insólito, acaecimiento singular” (Ibíd.), sino que la importancia radica en que el hecho es de indudable valor humano o humanizado. La técnica es el ritmo y el ritmo es la técnica y esta consiste en “mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión, la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento.” (1962: 10) La técnica exige que si hay descripción, esta debe ser muy breve y debe poner de inmediato al protagonista en acción, física o psicológica (1962: 11) ¿Cómo evitar que el lector se canse o se aburra? Bosch señala que hay que colocar el principio a poca “distancia del meollo mismo del cuento”. (Ibíd.) Al citar a Quiroga, Bosch dice que “un cuento es una flecha disparada hacia un blanco”. (Ibíd.) Lo de la flecha, el aviador o el tigre que nunca se desvían de su objetivo son las metáforas con que Bosch define el cuento como unidad de un hecho-tema único y sus dos leyes ineludibles, todo lo cual significa que hay que saber comenzar y terminar un cuento, integrar al lector, atraparle y no soltarle: “comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, sin una debilidad, sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento.” (1962: 12) De detalle es esconder o no al lector el hecho-tema único, pero el buen cuentista lo hace con sucesos secundarios subordinados a dicho hecho-tema, con palabras o ideas ajenas al hecho tema o “el cuentista esconde el hecho a la atención del lector” (1962: 16) y “lo va sustrayendo frase a frase de la visión de quien lee, pero lo mantiene presente en el fondo de la narración y no lo muestra sino sorpresivamente en las cinco a seis palabras finales del cuento.” (Ibíd.) Para Bosch es menos importante un final sorprendente en el cuento que el “mantener en avance continuo la marcha que lo lleva del punto de partida al hecho que ha escogido como tema.” (Ibíd.) Cuando el cuentista escoge este tipo de técnica de ocultamiento del hecho, a lo cual se prestan todos los temas, tal procedimiento consiste, en quien domina la técnica, en llevar “al lector hacia ese hecho que ha escogido como tema; y que debe llevarlo sin decirle en qué consiste el hecho. En ocasiones resulta útil desviar la atención del lector haciéndole creer, mediante una frase discreta, que el hecho es otro.” (1962: 17) La literatura de enredo, sobre todo en la comedia y el teatro, es especialista en ocultar el hecho-tema, pero en el cuento el desvío no puede ser tan brusco que el lector pierda el interés y se canse o se sienta descaminado y confundido: “El cuento debe ser presentado al lector como un fruto de numerosas cáscaras que van siendo desprendidas a los ojos de un niño goloso.” (Ibíd.) Un hecho tiene varios ángulos, vertientes o perspectivas. Según Bosch, el buen cuentista “tiene que estudiar el hecho para saber cuál de sus ángulos servirá para un cuento.” (1962: 19) El hecho que da el tema deber ser “humano o por lo menos humanizado” y debe responder a valores universales positivos o negativos. (1962: 18) Otro detalle importante, según Bosch, es el que marca la diferencia entre novela y cuento: “en la novela la acción está determinada por los caracteres de sus protagonistas, en el cuento el tema es la acción.” (1962: 21) Esto determina, a juicio de Bosch, que “los personajes de una novela pueden dedicar diez minutos a hablar de un cuadro que no tiene función en la trama de la novela: en el cuento no debe mencionarse siquiera un cuadro si él no es parte importante en el curso de la acción.” (Ibíd.)
31

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

El lector y el tema del cuento están indisolublemente unidos. Son un significante y un significado, el anverso y el reverso de una hoja de papel. Si se corta la hoja, los dos componentes del texto –lector y tema– sufren la misma cortadura: “el lector y el tema tienen un mismo corazón. Se dispara a uno para herir al otro.” (1962: 22) En cuanto a las nociones trabajadas por Bosch en la tercera parte de sus “Apuntes…” (estilo como “el modo, la forma, la manera particular de hacer algo”), su concepto de la lengua como instrumento (1962: 23), su idea acerca del tema y la forma, su unidad indisoluble en música, pero no en la escritura (1962: 25), su creencia de que “en el cuento el tema importa más que en la novela”, son deudoras de la estilística dualista propia de las poéticas aristotélicas y de las cuales jamás saldría bien librado18, salvo en asuntos de intuiciones de escritor como la de que “el cuento es el relato de un hecho, uno solo, y ese hecho –que es el tema– tiene que ser importante, debe tener importancia por sí mismo, no por la manera de presentarlo.” (Ibíd.) El hecho es importante porque debe ser humano o humanizado y tiene categoría universal. El hecho es el tema y el tema es el hecho es un axioma que significa, en el método boschiano, una unidad indisoluble, es decir, una unidad dialéctica. Entendida la dialéctica como la contradicción indefinida, sin posibilidad de solución. b) Visión de cada obra La visión que tengo de los “Apuntes…” y de los cuentos incluidos en este volumen, y el de la crítica de mi generación, así como el juicio es, con respecto a la teoría, que esta será siempre una ayuda indispensable para los que se inician en la escritura del “género” cuento. Por lo menos, del cuento conocido y practicado hasta la época de Juan Bosch, es decir, el llamado cuento tradicional. ¿A qué se llama cuento no tradicional? Al que ha cuestionado los fundamentos esbozados por Poe, Quiroga, Alone, Chéjov y sistematizado por Bosch: el del hecho-tema único que obedece a las dos leyes ineludibles: la fluencia constante y la palabra imprescindible para describir la acción. Todos los cuentos de este volumen responden de manera irrestricta y rigurosa a esas tres características del cuento esbozadas por Bosch y él se aventura, en muchos de estos, luego de dominar el “género”, a navegar o crear todos los ardides y trampas que el buen cuentista avezado lanza al lector para esconderle el hecho y atraparle en su interés. Por supuesto, unos cuentos más que otros responden cabalmente al dominio de la técnica –teoría y práctica en acción– contenida en los “Apuntes…”. Por ejemplo, pienso en “La mancha indeleble”, “La Nochebuena de Encarnación Mendoza”, “El indio Manuel Sicuri”, “El hombre que lloró”, “Luis Pie”, “Los amos”, “Rumbo al puerto de origen”. En la medida en que la forma-tema del cuento se inscribe en el realismo puro, como “Los amos” o “Victoriano Segura”, las estructuras del sistema de los textos boschianos halan el sentido hacia soluciones morales binarias donde triunfa la fuerza del bien y se cumple el rasgo que Nolasco señala como “moraleja sin moral rígida”. En otros, como en “Los amos” no hay, de parte del sujeto de la escritura, condena moral en contra de don Pío, sino que se deja al lector, a quien se le ha presentado la acción, la posibilidad de orientar él mismo el sentido en contra de lo injusto del patrón.
18 Para la crítica y una valoración de las nociones y creencias literarias de Bosch en estos apuntes, véase mi libro Lenguaje y poesía en Santo Domingo en el siglo XX. Santo Domingo: Editora de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1985, pp.198-210.

32

INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes

Pero aquí habría que escrutar el juicio de un lector que sea finquero y tenga la misma ideología precapitalista y los mismos intereses de don Pío para constatar si el cuento suscita el mismo espíritu de indignación y revuelta que en un proletario campesino o en un pequeño burgués revolucionario. c) Visión de hoy La dimensión nacional del liderato político ejercido por Juan Bosch desde octubre de 1961 hasta su muerte en 2001 opacó, en el ámbito histórico y social, su dimensión de escritor y teórico de la literatura. Dentro de 50 ó 100 años, cuando las pasiones o el fanatismo de quienes él animó desde 1940 hasta la hora de su muerte hayan desaparecido del escenario de la República Dominicana, no es principalmente por su condición de político que Juan Bosch será recordado, sino eternamente por su carrera de escritor, al lado de sus grandes cuentos, su novela La Mañosa y su teoría del cuento. Su magisterio en la política y su efímero paso por el poder merecerán, dentro de 50 ó 100 años, la misma cantidad de páginas que un historiador dedica hoy en un manual de historia dominicana al gobierno de Ulises Francisco Espaillat o en Venezuela al período de Rómulo Gallegos. Los proyectos políticos de los tres intelectuales no cuajaron, no porque estuvieron muy adelantados a su época, como sugeriría cualquier racionalismo historicista, sino debido a los intereses que afectó el simple conocimiento de la catadura ética y moral de los tres presidentes. Lo político tiene un peso extraordinario, en la hora actual, para juzgar a Bosch desde esa tribuna y él mismo impuso ese ucase al declarar, siempre que se presentaba la ocasión, que había decidido abandonar la literatura desde el momento en que abrazó para siempre la política. De modo que en los dos partidos que fundó y que llegaron a ejercer el poder político del país, el primado de lo político ahogó lo literario y esta última práctica fue siempre vista como un complemento instrumental del líder político. Por supuesto, eso mismo ocurrió con Balaguer cuando al contrario de Bosch, que la abrazó para defender ideales en contra del patrimonialismo y el clientelismo, el hombre de Navarrete decidió, para resolver problemas económicos de su familia empobrecida por la crisis de 1922 al 29, abrazar la política al lado de Trujillo y abandonar la literatura. Para Balaguer la literatura fue siempre un adorno instrumental que prestigiaba al político y le daba un aire de intelectual culto. Este mito es una herencia del siglo XIX, sobre todo a partir del romanticismo y luego con el modernismo. La prueba de que este mito no funciona para los escritores de oficio es que allí donde los intelectuales o los escritores han gobernado, han dejado intacto, o lo han reforzado, el patrimonialismo y el clientelismo, las dos plagas que han impedido en Hispanoamérica la fundación de verdaderos Estados nacionales como los surgidos en Europa y América del Norte con los Estados Unidos y Canadá entre el siglo XVIII y el XIX. Tal como veo hoy el valor de las obras literarias de Bosch, es esta situación la que me lleva a considerar que será la literatura la que terminará imponiéndose como el rasgo distintivo de la personalidad de Juan Bosch. Sus obras teóricas, hijas del contexto y la cultura de su época, caducarán cuando las condiciones sociales que denunció hayan desaparecido. En cambio, sus grandes cuentos de valor literario hablarán por él eternamente.
33

No. 12

No. 13

el cuento en santo domingo
selección antológica
–Tomos I y II–

sócrates nolasco

sin sitio determinado ni sabor regional. no continuara viendo el cuento español como arquetipo del género. y antes que el romance. de pronto no parece que estábamos preparados para aprovechar su incitación a fijar en dimensiones breves el calor humano y los rasgos distintivos. o folklórico. tan pronto se formaron nuestras ciudades abandonó el vecindario urbano. 37 . se puso de moda. en donde lo conservaron sin esenciales alteraciones. durante años aparecimos siendo de los rezagados en el cultivo de una expresión artística tan interesante. y a pesar de Santo Domingo ser primero entre las sociedades del Nuevo Mundo. y para entenderlo así bastaba con fijarse en Rinconete y Cortadillo.aparición y evolución del cuento en santo domingo Cuando la cultura medieval se iluminaba con los albores del renacimiento embarcó en España y llegó el cuento antiguo a Santo Domingo. y no fue raro que a fines del siglo XIX el lector dominicano. facilitando su lectura entre nosotros la colección traducida por el francófilo Enrique Gómez Carrillo. se entretuvo en un género que pasó a ser por mucho tiempo desestimado. cuando los mismos peninsulares. Autores y lectores cambian de gusto.1 La aparición del cuento moderno fue en América un fenómeno tardío y de expresión vacilante. las Antillas pudieron producir cuentistas siglos antes de que el cuento y la leyenda se imprimieran en los países del continente americano. se refugió entre aldeanos logrando perdurar con variantes adquiridas. Ningún lector ignora que el señorío de las artes y su irradiante influjo. ni juego descriptivo de una realidad impresionante. pertenecientes a los siglos anteriores al XIX. No parece reacción de pensamiento llegar a la conclusión de que no era indispensable esperar a que en Francia fructificara la escuela naturalista para que aprendiéramos a fijar en el marco del cuento artístico lo esencial de la vida circunstante. ni tienen patria ni residencia fijas: son veleidosos y las naciones alternan en la principalía. y siguiendo los ejemplos del precavido y atildado don Juan Manuel. carecemos de testimonio. pasaban a ser imitadores de los franceses. de enseñanza y moraleja sin moral rígida. Pero el cuento francés moderno. vástago desprendido del solar materno y sin frecuentes relaciones. donde lo leerían muy pocos o no se le conocía. Modelos sobresalientes para el estudio y la pintura de tipos. ofrecía la picaresca. la décima y la copla. Si el florilegio de cuentos clásicos españoles. se incluye un ejemplar de Cuento de Camino. esquema o trasunto de aspectos de una sociedad de viejo refinamiento. de Cervantes. Aquel modelo de “cuento universal”. que lejos de restar interés universalizan. Pero si alguno de nuestros hombres de letra. menos podía surtir efecto en el continente americano y en Santo Domingo. familiar y repetido para entretenimiento en las veladas nocturnas. fácilmente traslaticio. no bastó para detener a los noveleros de allá. En El Conde Lucanor vino además el cuento correcto. de espaldas al caudal propio. Importadas sus obras y entregadas a la comprensión de un medio social todavía precario. escogidos con exigente y depurado gusto en 1890 por don Antonio Paz y Meliá. 1 Tomo I Noticias Preliminares En la página final del 2º tomo. locales. y bautizado con el pintoresco apelativo de cuento de camino. Alfonse Daudet y Guy de Maupassant acabaron siendo los favoritos.

Ulises Heureaux hijo. E. Rafael Justino Castillo. A continuación de Maupassant y Daudet vinieron obras de León Tolstoy. etc. Leónidas Andreyev. y abundaron otros de significación menor. Pellerano. igual que varios autores antiguos no creyó que la originalidad era virtud y a ratos se sintió heredero de don Juan Manuel. Fabio F. Pero es oportuno reconocer que con José Ramón López la literatura cuentística se inclinó hacia las costumbres campesinas nuestras. su esfuerzo más apreciable: trazó con brío y le dio realidad local a un rústico mandatario de carne y hueso. con los primores de forma. Del conjunto de sus Cuentos Puertoplateños no están ausentes los rasgos característicos y la naturalidad y gracia corrientes. que aparece en todos los propósitos de selección antológica realizados hasta la Colección Trujillo. Con regocijada ligereza confundió más de una vez la anécdota con el cuento y no se percibe a simple vista si al contar consiguió todo lo que se propuso. Que el autor fue un buen periodista. numerosos y afectados. en su tiempo intacta. culta relatora de sobrio. los dominicanos le deben agradecer a López que en El General Fico se asomara a ver una fisonomía. 38 . Amalia Freites. ocasionalmente don Federico Henríquez y Carvajal. Al escribir El General Fico realizó José Ramón López. Castillo. Abogados. en su más acabada producción personificó el mito heleno de Perséfone (Los Diamantes de Plutón) y sin determinar sitio ni tiempo. a quien hizo al fin morir en improvisada forma. Esteban Buñols. de lo criollo. los cuentos de Darío y Díaz Rodríguez pierden la gracia de productos de escritorio. etc. claro y animado estilo. aunque con desenfado notorio olvidó a menudo la corrección conveniente. El segundo. Luis A. observadores de un mundo remoto y desconocido. la carencia de realidad del personaje único y el olvido de lugar y ambiente. afirman. Rafael Deligne. Todavía hoy. así como En Tu Glorieta (primer premio de certamen celebrado el 27 de febrero de 1899) sigue siendo la personalidad de la escritora. Jacinto de Castro. Lo más importante de ese ejemplar. Federico García Godoy. ¿Quiénes y cuándo le dieron realidad precisa al cuento en la República Dominicana? Los cuentistas que sobresalieron a fines del siglo XIX y a principio del XX fueron Virginia Elena Ortea. Antón Chéjov. Asombra que sin vocación ni necesidad tantas personas honorables se dieran a producir tan pobres frutos. a las cualidades exigentes del cuentista. Máximo Gorki. Jacinto B. José R. la tentativa podría aceptarse siquiera como cuento antiguo. De su producción literaria suelen encomiar El Loco. Rafael O. Bermúdez.. y burlando la guardarraya entre lo suyo y lo ajeno. honestas señoritas y señoras. 2 “Cuentistas” y asiduos colaboradores de La Revista Ilustrada fueron Alberto Arredondo Miura. A pesar de la acción flaca. Fiallo. leídos con el respeto debido. “laureado en certamen con accésit al primer premio de prosa”. aunque dispersos en diferentes unidades. como enemiga. notarios. maestros que se entretenían y regodeaban jugando con el matiz. compitiendo por ser cuentistas llenaban La Revista Ilustrada de Miguel Ángel Garrido2 –1898-1900– creyendo seguir el dechado de Francia. Augusto Franco Bidó. Luis Garrido.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Los críticos no han tenido oportunidad de decir que aquel modelo exótico produjo en nuestro país engendros endebles. Pararon de repente sorprendidos por los cuentos de dos maestros del modernismo: Manuel Díaz Rodríguez y Rubén Darío. Peynado. López. miró hacia adentro tratando de enfocar lo genuinamente nuestro. Amelia Francasci. Acaso la facilidad adquirida en el ejercicio del periodismo se sobrepusiera. Galván. tendió un puente entre el cuento moderno y el antiguo. y que por la misma pulcritud del apurado estilo en vez de animar trataban el posible impulso. Prud’Homme. Rafael J. La primera. José Ramón López. Andrés Freites. comerciantes. si interesara. A pesar de sus defectos abundantes. Luisa O.

en resumen. Discurre la acción de otros en ámbitos indeterminados. de orgulloso abolengo dominicano. El último Quijote combate por cerrar la independencia del Nuevo Mundo. A uno de los que primero se atrevieron a mirar sin desdén esa forma literaria. Pero tratar de Gómez escritor ahora es salirse del marco destinado sólo a las noticias y apuntes que anteceden a la evolución del cuento en Santo Domingo. aunque no desdeñó el género. apuntó en Cuba irónicamente: —¡Y el viejo tuvo coqueteos literarios!… Fíjense: con menos desagrado hubiese tolerado él que le criticaran su estrategia que los frutos de su pluma”. Fiallo fue amigo personal de Díaz Rodríguez y Rubén Darío. El crítico Juan Jerez Villarreal. Encarna en Cristóbal Colón el afán de los descubridores. Cuando los críticos dominicanos rescaten nuestros valores literarios que ruedan dispersos en tierra ajena. ensombrecido por el vaticinio de “la posible ingratitud de los hombres”. ocupará Máximo Gómez el sitial de escritor que le corresponde. que autoriza la Colección Pensamiento Dominicano. Sorprenderá que en el presente volumen figure Máximo Gómez entre escritores con un cuento legendario. Don Federico Henríquez y Carvajal escribió seis cuentos en veinte y nueve años: en 1895 Un Rey Destronado y Dualidad de Amor en 1924. El viejo posó ahí la garra y marcó su huella. cultivada por él con pericia y jovial espíritu. ¡Y qué coqueteos! La descripción de la Batalla de Mal Tiempo no ha sido superada en la épica antillana. El publicista Manuel de Jesús Troncoso de la Concha puso a un lado momentáneamente la leyenda. pero nunca en Santo Domingo. como premio. En su pésame a María Cabrales late tan profunda angustia que su lectura emocionará mientras el dolor exista. prueba que en cualquiera modalidad se logran triunfos. para concurrir en 1909 a un certamen 39 . Seis cuentos en tan largo tiempo dan testimonio suficiente para convencer de que el venerado maestro y periodista. Fabio Federico Fiallo se evadía de la realidad presente para darle vuelo a su imaginación de poeta lírico a la hora de escribir cuentos. cuento de fantasía delicadísima. Conoció sus cuentos. A uno de los más interesantes por el feliz desarrollo le encontró escenario en la Rusia de los Zares. Del moribundo romanticismo puso lo desmesurado y el escrutar mirando atrás. Escudriña. Su relato de las andanzas y muerte de José Maceo tiene más valor de vida y emociona más que una de las Vidas Paralelas de Plutarco. quizás.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Preciso y cuidadoso de las dimensiones. no se le debe excluir de una recopilación intentada sin rigor de florilegio. en humanísimo señor endurecido en sucesivas guerras. pero se mantuvo romántico y libre del avasallamiento de ambos. porque fuera ante todo hombre de armas y no vislumbrara la importancia que el cuento alcanzaría en su patria después de cincuenta y ocho años de haber escrito. Difundió sobre esta obra un hálito de simpatía tan sugestiva que hará siempre agradable su lectura. la saña y los trabajos imponderables de los exploradores y conquistadores y finalmente de los libertadores. totalmente desconocida de él y de los demás dominicanos. cuando se tiene el don de escritor que era natural en Fiallo. para. se entretuvo en él sólo en momentos circunstanciales. beneficiarios extraños y de hostilidad disimulada. Fabio F. del guerrero mandón la osadía con que Simón Bolívar dialoga todavía con el dios de Colombia sobre el Chimborazo. ¿Capricho? Oleaje de pesimismo. elegante y casi siempre correcto en el estilo. Abarca y pondera la suma de sacrificios a raíz de Martí y Maceo morir y. la mano fatigada se le cae sobre la pluma. vagos. El Príncipe del Mar. El Sueño del Guerrero es página de campamento bosquejada en tregua nocturna (1898).

había intentado realizar la novela corta. autor de Cuentos a Lila. en Guanuma –”episodio nacional”– intercaló un cuento que es joya de primer orden. el insuperable don descriptivo. El veterano ensayista y crítico Federico García Godoy escribió Carmelita y Sor Clara en 1898 y 1899. perspicaz y certero. Díaz (1910) Dos veces Capitán. Del mismo tiempo es Manuel Florentino Cestero. Enrique A. Aunque su cuento El Tesoro de Moncada es más interesante por el enredo y el estilo vivaz. o completamente desvanecidas. y por lo que en las letras dominicanas significa como trasunto de la vida colonial. lo desprendió y puso a vivir aparte. la embriaguez amorosa de los sentidos ante los panoramas y la maestría del narrador. En el feliz ensayo. desvinculada de la obra histórica. que es acertada caracterización de un tipo de mujer capitaleña a quien el crecimiento de la ciudad y la multiplicación de las familias ricas descartaron de las costumbres y relegaron a la memoria de algunos sobrevivientes. en que el autor redime a un seguidor del Gral. otro primer premio. pero sobre todo. y las buenas letras trocaron al escritor por un político alerta. de nacionalismo auténtico. se evidencian en su autor cualidades literarias postergadas desde entonces. Con medalla de oro le premiarona a Gustavo A. García Godoy no tuvo un capricho sin precedentes: igual que él procedió Cervantes enriqueciendo Don Quijote de la Mancha y Persiles y Segismunda. confirma el cuento nacional la propia fisonomía. conflictivos. No parece que Balaguer haya tenido la intención de agrupar en su Historia de la Literatura Dominicana a aquel veterano del periodismo entre los escritores que califica como pertenecientes a la Era de Trujillo. se reproduce de tiempo en tiempo conservando vida fresca e imperecedera. Con Pan de Flor. volumen publicado en 1912 por José María Pichardo. resaltan y para siempre jamás serán testimonio cierto de cómo fueron aquellos bosques vírgenes y terrenos exuberantes hoy convertidos en potreros y cañaverales. y en la antiquísima Ciropedia injertó Xenofonte aquella Pentea que. y ya en 1888. Pedro Santana en los azares de “la anexión” o eclipse de la soberanía dominicana. viven. con Margarita. El triunfo le sirvió de estribo para escalar posiciones en “la cosa pública”. Quizás si aquella medalla de oro convenció al joven escritor de que la literatura es menos generosa que la política. El periodista Antonio Hoepelman vuelve la mirada atrás y refresca anécdotas y episodios insuflándoles vida y valor artístico. Nuestro don Federico García Godoy fue superior cuentista en capítulos de sus “episodios nacionales” que en sus cuentos de juventud. palpitan. con Tindito (historia de un toro joven) premiado al primero en certamen de 1916. El periodista y novelista Rafael Damirón incluyó en sus Estampas volanderas (1938) un cuento. se le da ahora preferencia a Nobleza Antillana por el escenario y el motivo de sabor histórico. Por fin en 1914. y con un relato de ardiente nacionalismo. ganado por el segundo. Por aquel triunfo figura como uno de los primeros cultores del cuento moderno en la República Dominicana. Furcy Pichardo alcanzó otro galardón con asunto igual. El crítico Joaquín Balaguer. A continuación el poeta J.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS y ganar el primer premio con Una Decepción. cuento de atisbos psicológicos. de viejo escrito. aunque el fondo histórico del motivo hace olvidar el ambiente de la manigua. Henríquez y Rafael Vidal y Torres mantuvieron en certámenes las características y el realce adquiridos por el cuento moderno. Nino. Todas sus grandes cualidades de escritor están palpitando en el ejemplar admirable que se inserta en la recopilación presente. y en 1921 publicó Manuel Patín Maceo sus cuentos intitulados Serpentinas. Puntualizó el momento definitivo en que se deja atrás la creación carente de realidad humana. periodista. 40 .

deteniéndose a meditar al término de cada cuadro. ¡Feliz el que sabe escribir cuentos así! Y llegan por fin los cuentistas de los últimos veinte y siete años. y pocos sabrían exponer la ansiedad que sus problemas suscitan en prosa tan comedida y clara. autora de la novela Toeya y de cuentos y novelas cortas. mata porque matar le parece prudente y adecuado. era fácil de absorberse por la española mediante la devoción a Jesucristo. rama literaria que ningún dominicano ha sabido explotar como ella. ¿Cuáles son los cuentistas sobresalientes que han llegado a la plenitud de sus facultades a partir de 1930? Anticipos admirables son Ramón Emilio Jiménez. biógrafo. Pero. de un Caleidoscopio de Haití loado en el extranjero. autor de un volumen de cuentos muy bien escritos que guarda con celo para que lo publiquen. sin él incurrir en gasto… después que lo socorra la muerte. Apunta el caso único en América. No en el estilo. ni en el cuidadoso estudio de los motivos autóctonos enriquecidos de leyendas: la virtud superior de esta cuentista se transparenta en un don de ternura maternal. Con esta fisonomía encantará a los niños. poeta. estremece de entrañable misericordia. se distingue sobre todo en el cuento de niño. periodista. El lector se olvida de la concepción vasta. elegante y evocador. celebrado autor de Orégano (1949). y Miguel Ángel Monclús: autor de ensayos sobre el viejo caudillismo. Prepara y aceita una carabina y. Atraído por una tentación del arte los enhebró en novela itineraria. seguro de que ella lo protegió durante la acción sangrienta y ahora lo cubre bajo su ancho manto florecido de piedad. pero en verdad se sobreentiende que Ligio Vizardi es cuentista que no ejercita con franqueza su vocación. Ligio Vizardi señala con emoción reprimida la dispersión de diez y nueve millones de seres humanos. abre signos interrogantes a lo porvenir y nadie conseguirá cerrarlos sin perplejidad del ánimo. En el grupo figura Julín Varona (Julio Acosta hijo). ensayista.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Del mismo tiempo es el incatalogable y desconcertante Otilio Vigil Díaz. hijos de pura emoción estética. cuando no se extasía ante las bellezas parciales levantadas con señorío por el concepto ponderado y el adjetivo exacto. arrodillarse en el templo ante la imagen de la Virgen de la Altagracia. Con regocijado humor individualizó y animó en 1930 el sentimiento religioso del dominicano “común” en un azuano que anda por ahí desempeñando el oficio de músico de oído y viviendo de lo que Dios depare… Canta. que arroba. la ductilidad del estilo vigoroso y su encanto de narradora natural. quien también ha completado su destreza de escritor durante los últimos lustros. por si acaso… promete ir de romero a Higüey. de ruta. bruñido y sugeridor. visión panorámica de las islas del Caribe. Que Tamayo fue implacable y duro defendiendo a los de su 41 . sin necesidad de recurrir al sistemático y devastador imperio de la fuerza puesto en ejecución por Fray Nicolás de Ovando y sus imitadores. costumbrista y cuentista. El sentimiento de simpatía. pero ningún adulto de elevación moral terminará de leer La Eracra de Oro sin internos sacudimientos. sin que en ningún momento sienta que se le ha ensuciado el alma. En Archipiélago (1947). La indigenista Virginia de Peña de Bordas. Aquel Hospital lleno de vidas en orto y ya lesionadas. reza. peca. de la novela Cachón y de numerosos cuentos (Estampas Criollas). por la fértil imaginación. sintiendo fresca y aligerada la conciencia. A la autora le interesó el tema indígena en aspectos diversos y solía apuntar con disimulo que aquella familia rudimentaria. seguramente. de endeble civilización. para después. el rigor depurador de la idea y el castigo de la frase resaltan en sucesivos cuentos intercalados. Preocupado por su existir presente. o para niños.

de Max Henríquez Ureña: cuento cumbre del realismo por la vitalidad. que la de ese cuadro. autor de la novela Over y de Balsié (libro de cuentos publicado en 1938) lo estampó en los días de su aparición un eminente crítico de hispanoamérica con sólo dos adjetivos: ignorante genial. refirieron y se repite. “Bolas de equilibrio sobre las pértigas las gallinas recontaban las plumas de sus alas sin vuelo”. Flor del indigenismo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS raza. autocrítico. Está en el paisaje y en cada hombre y mujer que pinta y. y de elegante y esmerada prosa. que en los corazones de allá nunca se pierde. con particular lectura y a fuerza de tropezones. Daba entonces la impresión de ser un guerrillero de las letras. Virginia de Peña lo limpia al presentarlo en edad adolescente. comparables en el acierto de ejecución a La Conga se va. Al escribir esa pequeña obra maestra Jiménez se empinó hasta alcanzar insospechada eminencia. evidentemente. “Tierra para llamarla mía… Patrimonio sin código con fronteras de Dios… Agrimensura de génesis en palabra de varón sin pecado por haber pecado mucho”. sin ñoñería reviste a aquel voluntarioso brote de hombre con atributos latentes que en los días de prueba levantaron hasta el heroísmo al guerrero irreductible. para producir el estremecimiento nuevo. cuando de súbito torció el rumbo y se dio entero al mundo de la política. 42 . sin trucos. cuya culebra vuelve ahora a formar el círculo por verse otra vez la cola. Del mismo ciclo es Tomás Hernández Franco. es La Eracra de Oro. Al sorprendente Ramón Marrero Aristy. más que el tributo debido es la resurrección: la resurrección que perpetúa a una gran figura defensora en América del derecho a ser libre. la sutileza y un espolvoreo de fino humor. Sumada como ilustración al lugar que hoy lleva el nombre de Tamayo. prosista brillante y relator bullente y salpicado de imágenes y giros impresionistas. poeta. También pertenece a este período el cuentista José Rijo: cauteloso. con ejemplares de Antón Chéjov. descriptor seguro. En un volumen (Cibao) insertó cinco cuentos y un relato: Deleite. El que estas líneas escribe es natural de la provincia Barahona y no conoce en las letras dominicanas copia más genuina de los campesinos de la región. sin maestro. ¿Qué es lo que ha sido? Lo mismo que será… En el retorno eterno. ni el que escribe saturado de vida rural: es un campesino más que tiene el don maravilloso de trasmutarse en cada uno de los personajes. fueran ya retazos de un traje viejo de nuestro joven impresionismo. el colorido y movimiento de muchedumbres. cuando se escribe con talento a nadie debe asustar. En la prosa de Hernández Franco se suceden las sorpresas desbordadas en rasgos bellos y desorbitados. autor de varios cuentos premiados y cuya creación –Mi Traje Nuevo– puede parangonarse por la concepción curiosa. creación particularísima de un caballo loco sobre el cual pasa el jinete “asombrado por el poderío inédito que siente agigantarse bajo las rodillas”. como dijo el viejo Hugo. él es también el niño de la batata. si acaso le falta algo es un atisbo de la imponente belleza del Bahoruco y el vislumbre de esperanza. Manso no era. En Mujeres Marrero no es el observador urbano que va con su libreta al campo a examinar y tomar apuntes para luego escribir. Comprueban la facultad extraordinaria que tiene para revelar al campesino hasta en los más íntimos repliegues y en los menores detalles. Revestir la imagen y las ideas de esa o de otra manera. que apunta el Eclesiastés. quizás si varios giros de aquel cuento egipcio (La Historia del Náufrago) del Imperio Medio de los Faraones. Iba gradualmente cultivando el espíritu y ganando experiencia literaria. Y Miguel Ángel Jiménez. la realización cabal. Con sus dos libros obtuvo dos ruidosos triunfos. de preciso equilibrio mental. dos de sus cuentos: Balsié y Mujeres.

si no figurara ya entre los buenos escritores dominicanos. por su cultura y cualidades sobresalientes se distingue Hilma Contreras. ricos de ocurrencias oportunas. cruzando océanos y en Tierra Firme. contando con ojos anchos de azoro cómo pasaron en el Este de la República los pequeños labrantíos y las parcelas de bosques vírgenes. en el Perú. Sus cuentos merecen que un dramaturgo los amplíe. retoca. le bastaría Deleite para mantener vivo su nombre. Néstor Caro es un escritor económico de frases. representativo en legaciones distantes: en la Argentina. se adquiere frecuentemente por diligencia personal o aupado por propaganda de amigos. Al disconforme las intenciones. Quien tenga la suerte de leer sus cuentos. en España y otra vez en la Argentina. siempre solitario. se plantea el drama apuntado por Prestol Castillo que. No importa que a la vez sea poeta de virtudes universales: en él todo se entremezcla y se le vuelve Compadre Mon. la belleza formal o la recóndita simpatía a los explotados. y muchas veces valores de superior calidad quedan limitados en estrecho círculo. desde antes de convertirse en ideas claras. Contín Aybar. Ceñido a lo que juzga indispensable. que se rebela. Sabe crear. Sus personajes viven naturalmente. que asoma en paisajes bien descritos y pasa de escotero. comprenderá que la autora de La Virgen del Aljibe no necesita voces de estímulo ni adjetivos de ponderaciones. A simple vista se diría que al dejar el camino real por la vereda Dios no le 3 El crítico Pedro R. El mal que Francisco Moscoso Puello expuso con criterio de sociólogo. Autónomo cibaeño. Sus cuentos. que aísla. Es artista. preñados de problemas. del ignaro entorpecido por la superstición al latifundio del extranjero ausente. o el nervio poderoso del escritor. tiene conciencia de la importancia que ha adquirido el cuento y con pulso firme desde las primeras líneas agarra y subordina la atención del lector con interés que se mantiene encendido hasta el final. El cibaeño es un dominicano que difícilmente se desvincula de la república. y del Cabral es el cibaeño. 43 . a Prestol Castillo se le convierte en caso dramático. Pero suele suceder que en el convencimiento del valer propio haya un grado de soberbia. así como los de Rijo. elimina. a la carrera y en gran escala está remediándose. lima. afortunadamente. La reputación. En cuento emocionante y breve (Cielo Negro) sugiere Néstor Caro problemas de los trabajadores en cañaverales del Este de la República. le trabajan y punzan iguales que tumores en cuerpo dolorido. pero ni se amanera ni aminora la amplitud e intensidad del sentimiento decididamente trágico. están dispersos en los periódicos diarios: ¡infeliz manera de sostener la nombradía merecida! Entre los cuentistas jóvenes. Manuel del Cabral anda con su patria adentro. escenifique y lleve al teatro. Hoy se imagina que no le basta ser así no más. En otra forma.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I A Tomás Hernández Franco. publicó en El Caribe un juicio nutrido de acertadas observaciones sobre Tomás Hernández Franco y su obra. el renombre. En otro de los mejores cuentos de Caro (Chano) el personaje principal discurre sombrío y amargo como algunos tipos de Gorki. en Chile.3 A continuación se distingue Freddy Prestol Castillo. En el más reciente (Guanuma) el misterio va rodeándolo todo gradualmente y el interés crece en un cuadro cuyo asunto central es la superstición de rústicos que cuchichean acerca de un jinete de vivir dudoso. La modestia es virtud literaria que no abrillanta ni después de la muerte. de exuberancia vital y artista verdadero. y de pronto el lector no sabe si admirar más la reducida exposición del drama contenido en cuadro tan limitado. y extiende la mirada al cuento con pretensión de revolucionarlo. en cuento dramático.

¡El primero!… que entre intelectuales nadie se satisface en Santo Domingo sin ser el primero. se corporiza y se le escapa huyendo. Descuellan varios y entre ellos Ramón Lacay Polanco alzando el brazo y enseñando su enamorada Bruja. como Edgar Poe: es abstemio. que ningún pueblo ha conseguido: porque en el comercio espiritual las creaciones artísticas trascienden y repercuten por remotas que parezcan y en similares circunstancias suelen dar parecidos frutos. últimos en el tiempo. ¿Cuenta para asustar. o procura encontrarle al cuento fases nuevas? Cuenta. Impetuosos y ávidos de sustituciones. a excepción de El Pata de Palo. Entre los cuentos de Cabral que mejor caracterizan esa fisonomía figura Odorico. espectáculo y divertimiento. ¿Qué autor extranjero ejerció influjo en nuestros cuentistas? Flor de entelequia es la originalidad absoluta. lo alcanza a ver y reconoce que es verdad que “aquello” ha adquirido vida independiente. avanzan con su carga de promesas que se cumplirán si trabajan más los motivos y no se engríen con los parabienes. no se columbra ni el más lejano peligro de que se pierda. sentimiento que es suma de fuerza y valores para la patria. sequedad y sencillez dignas de un sabio. Reclaman el sitial que les corresponde: el primero… En un grupo de escritores mozos. hasta en el de apariencia inofensiva se disimula un iconoclasta. Lunáticos numerosos. que desvirtúan. experimentando el placer elevadísimo de sentirse compañeros. de José Espronceda. para ellos también. crece. revuelto. no obstante. Mañana llegará. cuento-parábola constreñido en sólo una página y escrito con sobriedad. que le perturba. en el restaurante cercano o en la plazoleta. alabada en el país y reproducida con elogios en una revista extranjera. aunque Yepe y otras diferentes representaciones de la locura le superen por la forma literaria. en riesgoso pretil bailan un carabiné y son capaces de contagiar al lector que los analice. El autor no es un alcohólico. igualmente. empinándose arriba. le obsede impulsado por “idea-fuerza” que de repente salta del cráneo. En la calle. Puede afirmarse sin jactancia que el cuento criollo fue ascendiendo hasta encontrar madurez desde que 44 . seres y cosas llenan el mundo con el fin único de servirle de escenario. asomó en él un bromista macabro. irrumpen los abundantes de promesas: los nuevos. Pero… En 30 Parábolas y 12 cuentos lanza un libro que sobresalta como una casa de orates.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS indica el rumbo. por divertirse. Almas. Ellos se lo permiten. Penetra en la subconciencia y hurga hasta encontrar el asunto extravagante. Y siendo del Cabral un gran poeta. Señales hay. Pero su hallazgo extraordinario es El Centavo. pero desde que en uno de sus poemas se vio de cuerpo presente. le había salido a Cabral de un desdoblamiento de las ideas. otro que le iguale en interés y extravagancia. No conozco en castellano. asistiendo a sus propios funerales y oyendo lo que opinaban del difunto. Se llama Odorico… Lo encuentra hablando con otro ser que. Y ahora. El instinto y la razón dialogan y dicen razones tan extrañas que el padre de las criaturas. como entre estudiantes de término. intrigado. anunciando el día en que los escritores dominicanos aprenderán a entusiasmarse con la obra ajena. Con menos de lo que a del Cabral está aleteándole en el cerebro le bastó a Maupassant para enloquecer y a Horacio Quiroga para acudir al suicidio. pero los poetas guardan en la convicción de la grandeza propia talismán preservativo. El autor medita sobre el fenómeno y luego se va detrás apuntando silenciosas interrogaciones. interviene en la conversación. ¿Los demás?… Ganímedes sirviéndole a Zeus “el divinal licor” en copa de bronce. el convencimiento de que aspirar a sustituir y ser el primero contrae el deber de estudiar y crear.

El sano y jovial acento de un Manuel de Jesús Troncoso de la Concha. Responde a estas observaciones la recopilación que se entrega al público sin la severidad que requieren los florilegios. Labor ardua. que obliga a prolongado esfuerzo. en donde el cuento ha venido apareciendo con intermitencias y disperso en periódicos distintos y en fechas diversas. Pronto daremos a la publicidad otro volumen en el cual tendrán cabida autores de no menor calidad y reputación que los comprendidos en el presente. que implican selección obtenida mediante examen comparativo de los ejemplares de cada autor.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I el dominicano miró hacía adentro y comprendió lo suyo. Y como el nativo no es trabajador tenaz. en la poesía y en el cuento encuentra el molde para su expresión más adecuada: no en la novela. Fuimos un pueblo sin temprana risa. realiza ahora un nuevo aporte como entusiasta colaboradora en la obra del desarrollo cultural que le imprime sin desmayo a la república de las letras el Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva. o del Ramón Emilio Jiménez de Al Amor del Bohío. como la dominicana. cuando la sonrisa asoma en obras ingeniosísimas y del más fino humor –El Tren no Expreso – Mi Traje Nuevo– es florescencia equívoca de un viejo padecimiento con que el autor se ha connaturalizado. 45 . Es natural que los superficiales y los imitadores no abunden en una familia así. y que a menudo aparezca en su producción la nota sombría. y ahora. Entre las provincias hispánicas del Nuevo Mundo ninguna ha corrido tantos azares. hasta mantener libres sus persistentes características y los matices diferenciales adquiridos al través de los sucesivos eclipses de su fortuna. entendiendo que el cuento en nuestro país ha alcanzado su plenitud durante la Era de Trujillo. es caso raro. con excepciones muy respetables. Librería Dominicana.

café en polvo y calabazas y morritos para colarlo. Voceó el asaltado: —Mira. Cabalgando en una mulita sanjuanera. mientras vadeaba una cañada. raspaduras. Pero el tesoro de su peregrinación consistía. Cuando creyó que había salvado la pelleja. por entre espinosas cercas de mayas. *Julio Acosta hijo (Julín Varona). le dio el frente para desahogarse vomitando insultos que llenaron el monte circundante de resonancias de las enérgicas “erres” y “eses” de la pronunciación sureña. En las repletas árganas de su aparejo llevaba cecinas de chivo. cruzó las poblaciones sin acordarse de los cartuchos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS julio acosta hijo (Julín Varona) (N. hijo de la gran puta. botellas de melado. Ismenio era muy pobre. a los tres días de caminata ya había vaciado dos de sus tres canecas de aguardiente. además del acostumbrado traje de penitente. ex-voto que llevaba colgado del cuello para ofrendarlo ante el altar del santuario y cumplir así la promesa que había hecho cuando era vagabundo mujeriego y estuvo a punto de quedar tullido a causa de un mal paso entre “ellas”. Yo no quiero las polquerías de tus árganas! Pero no te me bas a dir con tu carabina. –se decía entonces– merodeaban los salteadores y no dejaban con sus alforjas a los romeros mal armados. no hubiera sido tú quien me sarrteaba. voceándole —¡Alto! Pero el vale romero se desmontó de su mulita. le salió repentinamente al encuentro el salteador que tanto temiera. si yo hubiera tenío mi cachafú carrgao. Por fin compadeció al cantor el jefe de un baile de enramada. siempre improvisaba alguna copla plañidera diciendo que iba a morir sin cumplir con la Milagrosa por faltarle aquella carabina. Animado en todo el camino por el contenido de sus canecas. (pantalones y saco de áspera coleta). sin acompañante para no dividir su macuto de comida. en un par de muletitas de plata. Autor de un volumen de cuentos inéditos. quien le prestó un chispero en buen estado de uso. Por este olvido se encontró indefenso cuando al oscurecer de una tarde. ¡Párate y no juigas! Pero cuando el salteador volvió sobre su víctima. a la carrera se puso lejos de su alcance. y como vivía cantando mangulinas en las fiestas. pero sin un solo cartucho. blancas panelas de dulce de leche. antes de entrar en la zona peligrosa. fundas de tostones de plátano y rosquetes de catibía. Al día siguiente partió de Las Charcas el bale Ismenio con su peregrinación hacia el lejano santuario de la Virgen de la Altagracia. mendigando los cartuchos en los pueblos de su ruta. con la rapidez de un hurón. y dándole la espalda al enmascarado. por donde. ésta se metió en una espesura selvática tras de haber pasado. maihablao. entre Bayaguana y Hato Mayor. 46 . 1888)* A mí no me apunta nadie con carabina vacía El cantor vale Ismenio hacía cuarenta años o más que debía una promesa y no había podido cumplirla porque en aquellos tiempos se contaban hazañas de bandoleros y para viajar desde Las Charcas hasta Higüey tenía el romero que portar una carabina de las que se cargaban con cartuchos de pistón y llamaban chisperos. galletas de huevo. Periodista. Tenía puesto un antifaz de cuero negro de puerco y avanzó contra Ismenio con un machete desenvainado. ¡Ladronasso! ¡La Virgen te pudra er caco con tu careta de puerco! Y le contestó el bandido: —Epérame ahí. Esperaba apertrecharse.

Pero la oveja escondida. y tener tres hijos que habían dado a una abuela de ellos. Mientras hablaron en familia. —Yo creía que con lo que le ha pasao. —¿Y con qué alfoja ba a seguir caminando? —Le pediré limosna a los romeros cuando nos pechemo. Sé que andando a pie llegaré con los pieses como mameyes de hinchaos y no me verá con la “ropa de promesa” que me han robado. Muy en la madrugada se levantó el romero y despertó a toda la gente y a los perros de la casa para darles agradecido el adiós. la encontró en un bohío de aislados moradores de aquellos contornos casi despolvados. hijos y nietos. A ellos contó lo que una hora antes le había pasado por viajar “con este chispero que no tira”. había quitado el martillo a su carabina. y los retoños de esta pareja todos meneaban el rabo cuando los llamaban Saticos. como la zorra de la fábula le habló a la oveja. como en una revelación providencial. no respondió ni se dejó ver del taimado zorro. y si usté no desea benderla. Finalmente se dieron las buenas-noches para entregarse al sueño y el huésped subió a dormir en una alta barbacoa bajo el techo de su albergue. Destornillándolo. —Yo me encomendé a la Virgen y bajo su amparo hasta su artar no paro. deteniéndose ante las mayas. aunque había tenido incontables mujeres. Había entrado la noche cuando el vale Ismenio salía del bosque donde estuvo desorientado. La conversación se prolongó entrando los tres participantes en la intimidad de los informes biográficos. viejo santo. Al paladear esa bebida el bale azuano recordó. Dijo a Ismenio que todo había sido una broma para asustarlo. que nunca se había casado. No más le farta el martillo. y entre otros pormenores de su vida. el huésped supo muy poco de los parcos moradores del bohío.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Entonces su perseguidor. los cuales no tenían nombre porque todavía estaban sin bautizar. según les dijo. y lo llevaba ahora en un bolsillo de su ropa como medida de precaución. Pero la buena siña Sinforosa no quiso que Ismenio 47 . Veló en la oscuridad y el silencio de la noche como gato desconfiado. escudriñando con la vista el arma del huésped y expresando pena en la pregunta. Por su parte. En este lecho se tendió encima de su carabina y no cerró los ojos. En cuanto a los perros presentes durante la plática. el sabor inconfundible del aguardiente preparado con hojas de ajenjo que llevaba en sus canecas. Dios Todopoderoso siempre ayuda. su compañera Garrapata Sata. el hombre de la casa. hasta que se apagó la luz de un candil. —Yo le juro que se la quiero comprá legalmente. pero en cuantico llegue a Higüey la mando a arreglar. —Béala en sus manos. Entonces supieron ellos que el huésped se llamaba Ismenio de Jesús. desde ellas habló con mucha dulzura en el tono de su voz. Andando un poco más. en busca de posada para pernoctar. entonces benga a mi casa que allá le podré dar cartuchos de una cartuchera que tengo llenesita. que por poco no lo cuenta. que saliera del monte y viniera al camino para que hablaran como buenos amigos y comprarle su carabina. su mujer e Ismenio se bebieron una botella de ron misteriosamente sacada de algún escondite. —¿Y está descompuesta? –preguntó el hombre de la casa. su mujer Sinforosa. uno se llamaba Sato Viejo. usté se diba a debolbé p’alas Charcas. El hombre dijo llamarse Benseslao.

Benseslao: –le dijo al muerto– lo único que siento es no poder sacarte ahora del buche los tragos de mi caneca que vaciates. —Dios se lo pague todo. al regresar. Entonces le quitó la careta y salió de las fauces del herido agonizante un tufo de aguardiente preparado con ajenjo. En este asalto cabalgaba en la mulita que se había robado. 48 . ja! A mí no me apunte con carabina vacía. recuerdo de la revelación providencial que había tenido Ismenio en la víspera de esta vindicta. Benseslao. Sinforosa. sacó de un bolsillo de su pantalón el martillo de la carabina. Sinforosa. No me juches tu marío. ¡embustero! —Pero es con tu misma bala que te boy a tirar. lo atornilló en su sitio con una uña y la cargó con uno de los cartuchos que había sustraído de una cartuchera cuando la gente y los animales dormían. hoyándolo esta vez con sus gastadas soletas. abocándole el arma. despidiéndole anticipadamente. —Agora si te quito el cachafú. Asuanito cuar guasábara. Si me pinchas yo te rajo. Y der pueblo de Las Charcas con la epina prepará. —Hombre. con una aventura más que agradecería a la Virgen en su santuario dominicano y que contaría en Las Charcas. Cuando hubo andado largo trecho. tumbando al salteador de la montura. ¡viejo mañoso! –voceó el bandido. por tener que irse a sacar unos “biberitos del conuco” antes de que saliera el sol. con su promesa cumplida y su conciencia limpia de culpas. alejándose de donde había pernoctado. Salía el sol cuando dejó de cantar y ya violaba el silencio mañanero del camino el rumor de la cañada donde el vale Ismenio había sido asaltado en el atardecer del día anterior. –la gente borracha– en la lobreguez del rancho donde se desveló. Y el solitario romero volvió al camino del Este. talé la-lá. –le respondió ella con entonación cadenciosa de beata. y mientras ella preparaba esa colación matinal. Tu serbana como er Soco. —La Virgen lo acompañe y lo libre de mal en su camino. Tolelá. improvisó unas coplas de caminante: Soy azuano como epina. ya armado caballero de chispero y machete. para reforzar sus pasos. –dijo el peregrino al devolver vacío el morrito del café. Poco después. ¡pendejo! Y le disparó certeramente a boca de jarro. Allí se le apareció otra vez. su marido se excusó del viajero. el mismo salteador blandiendo su amenazante machete. ladronasso! –le replicó Ismenio. Benseslao. —Ya te llegó tu hora. Pero dende hoy diré sin reírme como tú: ¡A mí no me apunta naide con carabina vacía! Y volviendo a montar su mulita sanjuanera prosiguió el azuano su camino hacia Higüey.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS se despidiera sin tomar el café. —¡Ja. a la orilla del mismo arroyo. Tolelá.

Sangre mayor. De este lado del mar. cubría ya la habitación de su amo. graduado en la Universidad de Santo Domingo. su gran masa de cobre se desplaza hacia los fugitivos. el avaro. tan valioso? Su dueño pensaba que aquello podría ser su gran mina de hierro. el centavo ya no cabía en las manos ni en la caja de hierro de su dueño. el de más nombradía en habla castellana. Los huéspedes secretos. 49 . con Cielo Negro uncido al yugo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I MANUEL DEL CABRAL (n. Del Cabral ha escrito: Compadre Mon. en un rápido y extraño crecimiento. Sequía hacía astillas su silencio. la poca humanidad que quedaba en tierra alta ve a Sequía andando sobre la gran moneda. volumen de doce cuentos. Y una mañana se despertó sorprendido: encontró que la moneda tenía el doble de su tamaño. Y el mundo comienza a morir bajo aquella extraña mole. no perdió dos minutos en dirigirse a su casa para guardar el último centavo que le cobró sin escrúpulos a uno de sus pobres inquilinos. Mas los picapedreros. Ciudad Trujillo. clap. Trópico negro. de súbito. El usurero era frío. Desesperado. *Manuel del Cabral: 30 Parábolas y 12 Cuentos . Es doctor en derecho. las dinamitas… Todo ha resultado inútil. El centavo por minutos crece más y más. Y con las lágrimas que caían de la gente que estaba en las montañas. NÉSTOR CARO (N. Manuel del Cabral es. amenazando rajar y derrumbar las paredes de la casa. Sin embargo. rodea al avaro. Chinchina busca el tiempo. *Néstor Caro publicó Cielo Negro. El centavo. Poco tiempo después. da la sensación de que aquella fuerza sin límites es un instinto. por momentos. pues donde el centavo se le quita un pedazo crece inmediatamente renovando lo perdido. Y una muda biografía: aquel centavo… Pero Sequía inquietóse… Iba a ver el centavo diariamente. Vegetación y agua han desaparecido. De pronto. un impulso premeditado y dirigido. porque el centavo es un huracán de hierro sin piedad… Hombres y bestias huyen a las montañas. en Impresora Dominicana. se quitaba la sed. sale su grito en busca de caminos. posteriormente. No queda hondonada ni agujero. invade el pueblo. Ahora. ni llanura. 1956. La calle hecha ojos. Clap. C. 1917)* Cielo negro El empujón del viento tiró las cañas a la vera del camino. de los poetas de la República Dominicana. fue inútil el silencio de Sequía. y como un agua sin cauce. Su casa sólo tenía un ruido: el oro de Sequía. Su silencio era cruel.Talleres Gráficos Lucania. Buenos Aires. sigue por los trillos con su ruido penetrante. Se vuelven de metal calles y plazas. en una desenfrenada hinchazón derriba el caserón y. Sequía el avaro. rodea su casa. En tanto. La carreta. Pilón. Pero. La gente huye hacia el campo. En periódicos ha publicado varios más. Un cuarto de siglo de poesía. el centavo. ¿a quién comunicarle un hecho tan útil. por A. Año 1949. clap. 1912)* El centavo Sequía.

—Bon nuit. por Dios. clap… —”¡Sube. el capataz saborea comentarios de la gallera. Así la vida te será mejor. carretero? —Agora en el pago mandaré por ella. carretero. Bagoruno”. La última palabra. —A este buey lo quiero porque me entiende. Cielo Negro”. Niña Linda”. ¡carijo!” El sol mira desde muy alto. La bomba suena lejos. La noche va cayendo sobre el silencio y sobre los hombres… Como luceros encendidos con luces de brujería. “Cierra. No importa que sea estrecho el camino a los bateyes. Marcial. Si espero la mejoría. carretero. cuando llegó La Negra del Sur. —Le dije que la quiero y tengo que traerla. Las voces de los peones surgen apagadas y sin eco frente a la bodega. en donde la sombra del último vagón asecha la algazara de Leticia Sanetils. carijo!” El sábado en la tarde. —¿Cuándo venez tu negrita. ¿Comme sa va? ¿Tú ta bián? —Sí. pa que viva conmigo. Cuando cantaron los ruiseñores la carreta de Marcial resbalaba ya sobre la grama: Clap. Cuando no son la fiebre es la raquiña. ¿No es verdad. —Marcial. Hombres vencidos antes de ganar la esperanza. carretero. aún queda un borrón de sol trepado sobre la tarde. tráila. Leticia. Marcial. —Cállate. Cuando llamo mueve las orejas y mira por debajo del yugo. Cuando la carreta de Marcial entra en el batey. ¿qué quiere tú? Si te pasara dos o tres días entre el yerbaso del tablón aprenderías una cosa buena. Nino. —Cuanto antes. —Sí. 50 . clap. vale Nonino. bueye”. los fogones le hinchan el hambre a la noche del batey. Marcial veía los cañaverales muy lejos y el árbol más alto lo miraba pequeño. “¡Arre. —Usté siempre quejándose. pronto traeré mi negrita. “Atrinca. No sé por qué le pusieron Cielo Negro. pasarán muchas zafras y cuando venga no servirá ni “pa oír los truenos de mayo”. el muchacho aguador. Cuando la miseria le golpea la frente. Cielo Negro!” “¡Eh. y esta mañana le puse la mano a una palma verdecita. cae sobre la primera lamentación de Nonino de Vargas. Cielo Negro! ¡Arre!” El cariño del boyero es ancho. estoy bien. 1 Yuncú: hombre poderoso. Después que uno cae en este infierno no le queda otro camino. Hombres y cañas de azúcar. Se vive mejor entonce. sol y tierra negra. huida de la voz de Leticia. como los brazos abiertos del cielo. Bon nuit. agitando su látigo de fuego. ¡Desconsiderao! Estos blancos del dianche. Cielo Negro? En el “tiro”. he pasado todo el día meloso de una fiebre loca. “Arre. entonces Marcial piensa mejor y pasa los días recordando a La Negra. —Ay. Niña Linda!” “¡Empuja Bagoruno!” “¡Arre. Se recrea en la espalda de Marcial el carretero. cruza el potrero cercano.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —”Sube. Ya no espero más. Si te oye un yuncú1 tienes que desgaritarte… Nonino. la novia que dejó en el Sur con su palabra envuelta en un pañuelo. “Arre.

—No. Bagoruno! ¡Atesa tú. El de Marcial y la negra bonita. La casita blanca estaba muerta de frío con el techo mojado del sereno. Usté porque no ha dío. qué mujer se ha echao ese hombre! —Nonino. carijo! ¡Cieeeerren!” La Negra linda llora en la casita. Niña Linda! ¡Atrinca. venía amarrado. Ya no volverá hasta muy tarde. —¡Cierra. Hace tiempo que lo vide. porque había estado libre. clap”. Hubiera sido distinto. clap. pero el pensamiento se le quedó con La Negra en la casita pintada de cal. Aquella noche –pensaba Marcial– en la casita dormiría el amor bajo los luceros. ¡Válgame Dios. El buey volvía amarrado. Niña Linda! ¡Atesa. es que pa los laos del Sur la mujer sabe a canela. Esta gente no respeta ni los domingos. Cielo Negro es un buey manso y cualquiera puede amarrarlo. —”¡Eh. El rocío le besa los pies al infeliz carretero mientras suena la carreta: “Clap. despierta. si Marcial le hubiera pedido siquiera un beso. La casita de Marcial está pintada de cal. tiene que ir usted… Hasta luego. como un ángel. Marcial lo sigue con el lazo. el amor del Sur. En la madrugada Marcial regresó con Cielo Negro. Su Negra del Sur. Marcial. Marcial traía los ojos como brasas. Dame café. pero sacudió los potreros con sus mugidos y vio en una cerca distante a su amigo Cacha e Palo. Dame café que ya es hora de volver a la lucha.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Llegó La Negra de Marcial. te llama míster Bauer! Que vaya en seguida –anunció un peón sudoroso. Entre los cerros el camino alargado hasta perderse a la vista es sitio frecuente de “propios y recueros” que pasan cantando bajo espléndida luna o abrasados por el sol de fuego que hacia el mediodía 51 . ¡Libre! Sí. temeroso de que Marcial crea que ha podido ayudar a Cielo Negro. clap. por la ventana asoma la cara linda La Negra. Marcial. Yo mandaré a Nonino. clap”. La silueta del amo blanco. Bagoruno! ¡Maldito seas. pero traía la cara levantada. jamás se pareció tanto al demonio como entonces. Marcial no pudo decirle que había llegado La Negra. maldito Cielo Negro! ¡Cierren. Cielo Negro! Guanuma El llano verdeante está frente a los altos piramidales de Guanuma. El sol se esconde tras una nube gruesa. Los luceros vagabundos mirarían la casita con el rubor de los niños. ¡Maldita noche! ¡Maldito Cielo Negro! —Negra linda. ¡Es linda como la flor del cajuil! ¿Le viste los ojos. prieta linda. Aquella noche querían treparse sobre el techo de la casita en donde estaría durmiendo. —¡Marcial. junto al camino que conduce al abrevadero. —¿Ha visto a Cielo Negro? —Va p’arriba. con una rosa en la selva negra de los cabellos y una sonrisa más blanca que la leche de la vaca moruna. —… Pero míster Bauer. Los luceros de la noche lloran la suerte de Marcial. y la chicharra echaría su grito feo en la alforja sin fondo del potrero. Belarminio? Son grandes y con ojeras. Desde lejos llega el ruido de la carreta: “Clap.

que va siendo legendaria. 52 . ¿Será uno de esos que detienen aguaceros con cruces de cenizas y señales de oración. En cada rezongo del potro cansado se agrietan. Su sonrisa es de caimito Y el maldito es bien plantao. El Pancho Valera mentao ha visto morir a su lado a “propios y recueros” fulminados por los rayos que le temen a él. Badalillo es solamente un manso hilo de agua que sesea en el llano antes de hundir la cola en Charcambrienta. celosa laguna con la pupila de aguas azulosas y el fondo lleno de fango asesino. que no da tiempo a morir con oración. con una sonrisa para todos los días y un alegre cancionero en la mochila. Supremo vigilante del alto Guanuma. Unas recostadas sobre las habladurías de los compadres y otras inverosímiles y crueles aferradas a la noche del viajante con luciérnagas y duendes que espantan el silencio. varón de la madrugada y de los amaneceres. La brida se estira junto al cuello de la bestia y sangra la boca de donde partió el relincho. No le importan pareceres. Los lugareños de los altos piramidales de Guanuma bajan al llano por el afán y las urgencias. o será un “parejero” con sombrero de cana que hace sonar las espuelas al pasar ante los ojos de una mujer? Más que al trueno los lugareños le temen al rayo. Ni come en plato prestao. ¿Quién es el Pancho Valera mentao?.  Sol muy alto. Detrás de la sombra rueda discreto un inmodesto cantar: Pancho Valera es mentao En el alto de Guanuma. parecen preguntar los truenos que resuenan a lo largo del cielo de Guanuma. Con el favor del sol la figura de un jinete comienza a escalar el alto. macho sin entrega y sin lunares. que tiene arreglos con el “socio” y viaja en la noche con la sonrisa de siempre y el cancionero madrugador. El Pancho Valera mentao palidece antes de musitar respetuoso: —Buenos días. al igual que en un ladrillo machacado. La voz del “socio” se anuncia en un trueno lejano que cruza veloz por todo el cielo asustando las nubes. pasa el Pancho Valera mentao. Frente al rancho de Ceferino Constanzo un relincho sugiere la presencia de la hembra esclavizada al cabestro. Es camino con historias.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS se prodiga en los lugares. don Cefe. el llano del frente es verdeante y por él. la esperanza y el querer vivir mejor de los hombres que trabajan la tierra alta de Guanuma. antes de perderse entre las lomas. Pero después de todo con afán y con urgencias. Usa sombrero de cana Y espolines plateaos… El caballo conoce el terreno que pisa y parece que cuenta las piedras del camino. el de esta tarde. Se sabe bien enjaezado y ya quisiera soldar su figura de bronce animado a la de su erguido jinete.

apenas si hablan los lugareños.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Para oír solamente. Pa’pleitos no tengo agallas. La otra noche lo vieron hablando con el “socio” y cuando se dio cuenta de que lo miraban hizo una señal y donde él estaba parao lo que encontraron fue candela. en el “casi ya” de los vecinos. don Cefe –contesta alguien desde un rincón cuajado de sombra espesa.  53 . secar el cuchillo con el pañuelo. se oirá un grito largo. ¿Quién anda en la noche en el alto de Guanuma? Sólo el Pancho Velera mentao es capaz de recorrer todo el lugar. sólo él es capaz de asomarse a los caminos en las noches largas del alto Guanuma. —Pues a mí… que me reviente la rueda de una carreta en el camino o me parta un rayo en el conuco. pero eso de tener líos con un amigo del “socio” y quedarse uno sin una tumba en el cementerio no me parece negocio. En el alto. el tú o yo en este sitio– y cuando el Negro Trinidad quiso aclarar el punto. –comenta con lengua temblorosa Simeón el higüeyano. Sobre los árboles caerá un rosario de avemarías y todos los vecinos se persignarán y pedirán clemencia a las ánimas. un seco: —Buenos días. que sea con Valera. el de los espolines de plata y el sombrero grande de cana. El sol acabará muy pronto su tarea y luego vendrá la noche. En el pico de Santa María la lechuza dirá su deseo y en el instante. irá cuesta arriba y cuesta abajo con los ojos desorbitados como le gustan al “socio”. —A Ceferino Constanzo no le venden ésa. Ceferino Constanzo es altivo y clava su mirada de fiera en el hombre que tiene arreglos con el “socio” y llama Relámpago a su caballo. —El Valera es hombre de cuidado. Tiene las mismas cosas de Badalillo. Después… se vido al Pancho Valera. —El padre de toos los cuentos es el mismo Valera –informa una voz en el rancho que está frente al pico de Santa María. y hasta bebían tragos de la misma botella. Pa’mí to lo que se dice de él es mentira. El camino quedará borrado durante toda la noche y abrirá sus precipicios a la voluntad de los duendes. Pálido hasta parecer febril el Pancho Valera hunde sus espuelas en los ijares del caballo y se aleja dejando a su espalda un hálito de misterio que se acuna en el silencio. porque es amigo del “socio” y le tiene el alma vendida por unos cuantos placeres. sólo él con un farol pintado de rojo. coquetea y coquetea. ya tenía el acero en la barriga y los cuajarones de sangre le cerraban la garganta. pero a este hombre no le temo. adolorido. —No diga eso. Los vecinos imploran al sueño que les haga olvidar las historias llenas de duendes que recorren todos los caminos. Valera. Estampa fuerte ésta del encuentro del Pancho Valera con Ceferino Constanzo. Lejos de parecer contrito y respetuoso. Si ocurre algo. pero vino la mala –el “no te mereces mis atenciones”. Yo recuerdo el lance que tuvo en Mata María con el Negro Trinidad. Observen que cuando me mira se pone pálido. proferido por los difuntos. Los dos dizque eran buenos amigos. treparse al caballo impaciente y seguir sin rumbo como un pedazo del viento. que entonces no era mentao. replica con bríos Ceferino Constanzo. el varón del sitio. y si uno le coje confianza lo empuja pa la laguna. —Esos cuentos los ha inventao él pa’cojerse el sitio. Si está condenao con el “socio” cuando menos a mí me respeta. En el silencio ilímite del alto Guanuma.

Impresora “Arte y Cine”. Dentro de la cisterna dormitaba el agua. La malquerencia local llegaba hasta la calumnia. se contorcía en su ámbito. Así. vomita sapos y mosquitos. luceros semiapagados miran hacia el camino irregular que se pierde entre los altos piramidales. 1955. El agua de aljibe es una virgen agreste. profesora de francés. tan callado y sombrío. A veces. A medianoche se oyó en el sitio el galopar de un caballo magnífico y un grito prolongado. y en una hemorragia bullente. a él atribuían todo lo malo que en el pueblo acontecía. de lo misterioso que va de mano por el mundo con la tiritante superstición. un aljibe. T. porque en los pueblos existe el culto del barroco narrativo. C. Pero el abandono de la gente tórnase maldición para su vientre. 1913)* La virgen del aljibe En el lugar había una casa abandonada y en la casa.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Amanecer distinto éste del Alto Guanuma. crecía incontenible. y como aquella doncella envidiosa de los cuentos. Ha publicado: 4 Cuentos. agorero. Las gotas de rocío dormidas sobre las hojas de los árboles ven pasar a los recueros recién salidos del sueño de la madrugada. Edit. lleno de miedo. Ciudad Trujillo. A lo largo del camino el silencio se divisa. abusaban de la pasividad del aljibe. A tal punto subió la agresividad que por las noches apedreaban el ruinoso caserón. 1953. entregada al temporal en un desborde de lujuria. En el decir. Imposible pregonar la última ocurrencia. salía al patio por la nariz del aljibe. ¡Se lo llevó el diablo! Sobre el llano verdeante el viento silba un inmodesto cantar: No come en plato de naide. Y el maldito es bien plantao. Todos los lugareños van contritos y azorados hasta donde lo exige el menester. un escalofrío de renacuajo le recorría la carne húmeda. Stella. a fuerza de tejer y tejer suposiciones y comentarios. baja con ellos la última ocurrencia: —El Pancho Valera mentao ya no vive en el Alto de Guanuma. *Hilma Contreras. y a él pedían cuenta de los sinsabores padecidos por los moradores de Cueva. Usa sombrero de cana Y espolines plateaos. Todos conocían el motivo de ese abandono y tácitamente velaban por el mantenimiento de la interminable cuarentena impuesta a la vieja casona. y en las épocas lluviosas. y el ensayo: Doña Endrina de Calatayud.. 54 . La memoria pueblerina es prodigiosa. La noche estuvo cuajada de sombras espesas y los perros aullaron como nunca. Lentamente bajan del Alto Guanuma hombres que buscan en el favor del camino la satisfacción de las urgencias. con mechones de lama sobre el rostro cuadrangular. la verdad y la fantasía se confundían. roncaba su garganta de batracio. Si sobrevenían aguaceros torrenciales. HILMA CONTRERAS (N. que siempre se asusta al caerle encima la violencia del chorro de los caños. Desde los cielos. en el silencio nocturno semejaba un tiroteo contestado por la carcajada tosigosa del zinc. el aljibe lo pasaba mal: el agua.

¿Y si no llovía? ¿Cuántas veces anunciaron lluvia las nubes y no la dieron? Era indispensable que se bañara. La casa pertenecía al sacristán Prudencio. El cántaro sonó en la oquedad como una profanación. el aljibe de la casona estaba maldito. por fin iba a llover. dos. pero se temió una explosión en el puesto de gasolina contiguo. Los pobres recurrieron al aljibe abandonado. que no era más que un bastardo y vivía al margen de la familia. Dios dirá lo que convenga. los tres o cuatro choferes de Cueva preferían abastecer sus carros de gasolina a cualquier hora del día. casi tres. Necesitaba agua. pero cubito a cubito reuniría bastante para refrescarse. y en los recodos bostezaba una lama pestilente. fruto de los amores ilícitos de su hija mayor con un beodo despreciable. luego las apariciones y los lamentos. Por algo se llamaba Prudencio. Porque lo estaba. y la sed y el hambre diezman el ganado. Y no dejaba de tener sus razones el viejo sacristán. Del aljibe salían gemidos al filo de la medianoche. precisamente ponerse en remojo para amortiguar la fiebre que le resecaba la piel. Y vino temprano al aljibe con un baño de zinc a cuestas. Pero no la vivía. ni tan ávido de bienestar. un entrecejo contrariado porque apenas sube mediado. Los hombres trabajan mal. cuando el sol. Sólo Prudencio. y de ahí el miedo supersticioso de los moradores. Pasaron varios días. El primer día casi alcanzaron el agua con las manos. después de la Oración. falleció el médico de servicio. a todos. no había que pensar en alquilarla. Tal desgracia les había acaecido a todos por testarudos y apegados a la propiedad. y con retemblores contra el brocal. Y la vieja murió sola en medio de sus bacilos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Sí. Como la cobardía individual suele trocarse en valor colectivo. la burla del agua pajosa y gusaraposa dentro del baño. mas la sed la mitigaron. Desde entonces la gente le sacaba el cuerpo al callejón “Córdoba”. pero era por culpa de los hombres. En la misma bomba se detenía poca gente. Pero ya Prudencio no podía más. se abstuvo de probar el líquido embrujado. La Sanidad habló de quemarla. La corriente del riachuelo se afiló hasta la ridiculez. Dos meses sin lluvia. unos gemidos muy quedos que erizaban los vellos a los trasnochadores. Uno a uno se habían tuberculizado los miembros de la familia en esa casa. para dar de beber a sus poros calenturientos. bajo un cielo de infierno. El estruendo del cántaro en el fondo. vigilaba sobre los solares que componían el resto de la cuadra. Una rigurosa sequía se había apoderado de Cueva. Del cielo no caía ni una gota. El agua andaba escasa. que era algo anormal y muy cobarde. menos a él. es casi castigo inquisitorial. no era tan tonto el favorecido. Una semana. —¡Maldito lugar! La tuberculosis primero. En semejante trance pudo más el terror a la inanición que el miedo a la enfermedad. Los tanques se secaron. Ese viernes amaneció nublado. que la había heredado de su abuela materna. nadie la quería. Mas. como para instalarse en el foco infeccioso. 55 . —Déjenla ahí –dijo entonces el sacristán–. agua y más agua. la abuela se la donó al nieto de la orilla. y por último esa historia siniestra del aljibe. Así las cosas. abordaron el sitio en masa. y en lo que discutían si derribarla o no. Una vez segados por la guadaña niveladora los herederos legítimos. y uno a uno habían salido de ella para el cementerio. como un centinela rubicundo. además del provocado por el temor al contagio.

—¿Qué le ocurre. Tlan. Gravemente tocaban a muerto las campanas. —Sin embargo. eso parece –monologó desfalleciente– ¿Una qué…? Pero… ¡Ave María Purísima! Loco. excesivamente sorprendido. —¿Qué es esto? –sofocó–. Otros. aullante. los más.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Sacaba el cubo por quinta vez. se dio a la fuga. y los demás para pendenciar. señor Cura! El Padre lo miró como quien observa a un bicho raro. otros reclamados por la iglesia. Oyóle el sacristán esta vez y contestó: —Por el descanso de ese muerto. las campanas doblaron gravemente. unos para atender a sus quehaceres. tembloroso. —Un… ¡Bah! –pronunció el venerable sacerdote– ¡Eso nos faltaba. Pero debía obedecer y se levantó con las piernas de trapo. y dirigiéndose al monaguillo–: ¿por qué dobla Prudencio en vez de tocar tercero? El aludido abrió unos ojos entontecidos. se estuvo quieto. ¡Este hombre se ha vuelto loco declarado! ¡Eh. Y se inclinó para explorar el fondo. con los ojos desorbitados. Bolo acaba de irse con un dolor. tartajoso. El cura se asustó. Prudencio? —¡Una maldición. Pedritín. —No quiere callarse –informó el monaguillo al entrar. Sus compueblanos abrían las puertas en ese momento. sube a ver lo que pasa! La sotana del monaguillo aleteó en la prisa que requería el suceso. y la misma gravedad se extendía por la cara criolla de Prudencio. De repente. se persignaron. —En el aljibe hay un muerto. —Por ahí va Prudencio –voceó el alcalde a su consorte– como alma que lleva el diablo. —Un momento –rogó el Cura. que yo lo hago callar –prometió el dueño de la bomba. 56 . —Prudencio –dijo al fin con recelo– ¿por qué doblas? La voz monaguil se diluyó en el intenso plañido de los toques. —Por el descanso del muerto. Algunos rieron. que se rematara el sacristán!… Y a propósito. tin… tin… Había solemnidad tal en el espectáculo que Pedritín. como idiotizado. —¿Qué por qué doblas? –chilló entonces el muchacho. —¡Qué muerto ni qué vieja tuerta! ¡Toca pronto dejar! En la sacristía el Cura se mesaba los escasos cabellos en medio de las beatas alarmadas y de los curiosos que había congregado la desbocada carrera del sacristán. —No es posible –murmuró. dizque. El Padre arqueó las cejas. con los pelos erizados. Metióse el fugitivo en la sacristía. ¿quiere subir y dar el tercer toque de misa? Aterrábale la idea de verse solo en el campanario. —Déjenmelo a mí. acezoso por la rápida ascensión.

sino agua. —¡Bah! –dijo– algún bromista tiraría ese cráneo en el aljibe. Y así fue creciendo. La gente corrió a guarecerse. distinguíase. Cruel asesinato. un sapo arrugado saltó de su escondite y se posó en la frente pelada. Densas nubes ocultaban el sol. pudorosa y joven. blanqueando en el fondo. desmayóse una jamona histérica. —El miedoso de Prudencio vio visiones. reía. Los más simples se representaban el alma del difunto. esto es inaguantable… Vamos todos al aljibe. hasta salir al patio por la nariz del aljibe. Algo horrible. Aquí no hay nada. ¡Una calavera! Efectivamente. Únicamente el Cura le restó importancia al hallazgo. la Autoridad a la cabeza. Una mujer del pueblo se deshizo en vómitos. y la mirada puesta en Cueva. sentían el agua estancada en el estómago. hasta la noción del tiempo. otras gritaron.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Por… por… –tartamudeó el tonsurado– Bueno. Dentro de la cisterna. Reía. bramó al caerle encima el chorro de los caños. Venía galopando como un energúmeno. —No veo nada –dijo–. El aguacero se nos viene encima. espeluznante y macabro. y el aire electrizado oprimía los pechos de antemano agarrotados por la aprensión. Tin… tin… tin… Tlan… Inclinóse el religioso sobre el brocal. Cada uno urdió el drama conforme a su idiosincrasia. Por encima de la cisterna vibraba el quejumbroso volteo de las campanas. de suerte que cuando llegaron al callejón “Córdoba”. —¡Al aljibe! –gritaron varios. cuando la vista se acostumbraba a la penumbra del pozo. En el camino se agregaron muchos. Es el deber de la justicia. Un ruido ensordecedor lo ahogó todo. jadeante. De nuevo. y con él los más cercanos. extrañamente regocijado–. —Hoy no será –advirtió el Cura. Homicidio. parecía una manifestación obrera. y los hombres empalidecidos. A lo lejos se oía el atropello del chaparrón. un cráneo luciente con las dos cuencas hambrientas de luz. al viento la bufanda gris. Muerte accidental. hermosa y lujuriosa. la virgen de vientre maldito. el agua reía para ocultar la repugnancia de sus entrañas. Un silencio impresionante dormía su hastío en todo el patio. Suicidio. —De todos modos –argumentó el alcalde– hay que bajar a investigar el caso. Importunado por la conversación. —¡Jesús… María y José! –exclamó el monaguillo–. que venía gimiendo en las tinieblas a calentar su osamenta. olvidada de su vergüenza… 57 . y en la boca el sabor putrefacto del cadáver.

Doña Nico pasaba muy pocos días del mes en el seno de la pequeña casita que representaba su único haber en el mundo. es decir. Doña Nico hacía ya dos semanas que no regresaba a su casa. según aseguraban sus vecinos. Sin embargo. ¿Qué cosa? ¿Quizá la que luego la hacía ausentarse por semanas enteras de su casa? ¿Quizá algún enfermo grave. De modo que cuando los insidiosos vecinos de doña Nico no se explicaban cómo siendo tan pobre. y sabía. de filosóficas providencias. era cosa sabida. ¡Ay de los vencidos! –1925–. La trova del recuerdo. algún enfermo adinerado se encontraba en estado de gravedad. y ya entonces. Estampas –1938–. cierta inquietud mantenía en expectativa a esos mismos vecinos. ya porque sabían pagar mejor sus solicitudes. Autor de las novelas: Del Cesarismo –1911–. se sabía al dedillo el padecimiento de cada uno de los ricos de la ciudad. miembro de una familia bien? Cuando doña Nico mandaba su precioso Niño Jesús de visita a casa de sus ricas creyentes. y con esto. entre la gente pudiente. con un maletín en la mano que parecía repleto. Sátiras teatrales. Una fiesta en El Castine. apodo que ella aceptaba como testimonio de afecto y simpatía. suelen ver mayores peligros en quienes mejor pueden retribuir sus servicios profesionales. Poesías dispersas en periódicos. Pimentones (recopilación de artículos) –1940–. Pero es lo cierto que el vecindario se preguntaba: —¿Dónde está doña Nico? Las telarañas cubrían ya totalmente la cerradura de la puerta de su casa. más gorda y más afanosa que antes. más que los mismos médicos igualados de las casas. sin temor de caer en error. Periodista y poeta. pero de niña. naturalmente. y era ya muy notorio. que el divino mensajero de la cristiandad traería en las manos el devotísimo tributo que haría sonreír la cara alborozada de su fanática preceptora. Obras de teatro: Alma Criolla –1916–. dice uno de los tres Baturros de la comedia argentina así intitulada. más que de buenos consejos. Los yanquis en Santo Domingo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS RAFAEL DAMIRÓN (1882-1956)* Modus vivendi Ca uno es como ca uno. que cuando faltaba en su casa. desde que cayó en cama don Ramón. que la gente acomodada de la urbe gozaba de la más perfecta salud. en estos casos. Como cae la balanza. La Cacica –1944–. 58 . —¿Dónde estará doña Nico? –murmuraban. primero dejara de comer que de comprar el diario que circulaba a las siete de la mañana. pues. ella murmuraba entre dientes: —Tan entremetidos y tan groseros… Doña Nico tenía por verdadero nombre el de Nicolasa. por desgracia. era seguro. y las que eran infalibles para aplacar el histerismo de las doncellas cuarentonas. las hermanitas del Hospicio Santa Clara le decían Nico. El monólogo de la locura –1914–. una fuerte epidemia de gripe azotaba la ciudad. Cuadros de costumbres: La Sombra de Concho –1921–. *Rafael Damirón. Revolución (cuadros de política) –1940–. ya porque los médicos. el nombre de las inyecciones que servían para atenuar la neurosis de los viejos. Doña Nico. Mientras los otros ríen. que ahí viene ella. resultando más alarmante. Y no andaban errados sus vecinos al suponer que doña Nico leía con tanta puntualidad el diario de la ciudad porque algo había en él que la interesaba. precisamente. porque.

parece que estás más gorda… —¡Ah!. Ya te he contado cómo me trata su mujer. tan sufrida y tan buena. A mí no me falta nada en esa casa: jamón. —Si yo no fuera de tan poco apetito estaría como una bola. pero hoy ha amanecido un poquito animado. que el lechero. no puedo menos. ¡Pero qué lucha!… Que cada hora una cucharada de esto. Ahora mismo voy a ordenar una misa de salud. hija!. —¡Adiós! —¡Adiós!  Doña Nico comenzó a colocar las cosas. que le regaló la esposa del enfermo. que las criadas. que cada media hora el gorro de hielo. que. te dejo porque no vine más que a darle un vistazo a la casa. además de algunos billetitos de banco que ella cambiaría en oro acuñado para enterrarlo al pie del guayabo que crecía en el pequeño patio de su casa. leche con gengibre. en su puesto. a las doce. Nico. doña Nico –contesta la esposa. que el purgante. por la madrugada. que las visitas. tres cortes de traje. pero tú sabes que yo con don Ramón. chocolate. Tengo que irme enseguida. y cómo me quieren sus hijos. galletas de soda. bien te lo mereces. chocolate. ¿Se tomó las cucharadas? —Sí. que el carbón. hija de mi alma! ¡Estoy muerta! ¡Veinte noches sin dormir! No sé cómo me tengo en pies con tanto ajetreo como he tenido en estos últimos días. esa gente no tiene nada suyo. tú sabes como es esa gente. —Está fresco –exclama–. varios pares de media y un millón de menesteres más con que la habían obsequiado generosamente. otras de cacodilatos. yo creo que si hay gloria. —Dios los conserve. por la tarde. —Bueno. La pobre señora no puede moverse sin mí. algunas latas de conservas. —Ojalá. me hubiera muerto primero que él… —Pero oye. —Más buena que el pan. que los sobos en el bajo vientre. 59 . pan fresco y mantequilla por la mañana. eso sí. hija!… Si no fuera porque soy mujer fuerte.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Cierta vecina que se llevaba bien con ella. ¡algo tremendo. que esa pobre gente. —¿Y cómo está él? —Regularcito. lo primero que hace es tocarle la frente al enfermo. y que vuelvas pronto. un tentenpiés riquísimo. porque a la verdad. Sacó del maletín que había traído. regalo de la hija. casi un banquete a mediodía. otro banquete. ya limpias. a las siete. en cuanto se dio cuenta de su presencia en la casa. dos trajes casi nuevos. —¡Qué bueno! ¡Lo que vale ser servicial como tú!… —¡Ay. y queso rosqueforte. a las cuatro. ¡Adiós! —Adiós. —Ahora –se dijo– déjame volver. que el termómetro. para allá voy el día que me muera. no puede moverse sin mí. que la inyección. pan y mantequilla. —¡Qué gusto! –exclama la vecina. por sus valiosos servicios. figúrate. algunas cajas de ampolletas sobrantes de suero. —Así mismito. Ya de regreso en la casa. se ha visto entre la vida y la muerte. huevos. llamó desde su ventana: —Doña Nico… doña Nico… dichosos los ojos… —¡Ay.

—Bueno. entonces. Pero la viuda la dice suplicante: —No me deje. recibe algún regalo que con pena y con cierta resistencia. se iría a buscar el reposo en su casa abandonada desde hace cerca de dos meses. Díaz. GUSTAVO A. discute. manda. doña Nico aún conserva la casi total administración de los asuntos de la casa. al fin acepta. ¿Cómo va la esposa. es obligación que se ha impuesto la de estar presente los nueve días subsiguientes para dirigir los rezos en favor del alma del difunto. Dos veces capitán 60 . fatigada. hasta que la cruz llegue por el cadáver. usted sabe que él no quiere que nadie se los ponga más que usted. pide a los familiares dejarla sola. miembro de la Corte Suprema de Justicia.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Le pusieron el lavado? —Ah. y entonces. llama a las criadas. así. déjenme ir a la cocina a calentar el agua. y. los ayes de los hijos. Presidente del Senado. finalmente. póngase así. Y empuja una puerta. don Ramón. —Yo quisiera irme ya –exclama dirigiéndose a la viuda inconsolada. así luego. a leer las crónicas del diario que no tardarán mucho en hacerla saltar en un conmovido gesto de piedad hacia otro grave don Ramón que esté a punto de pasar a mejor vida. con voz imperativa. doña Nico. cruza por entre las habitaciones. cuando todavía en las milicias nacionales existían grados subalternos y cada marcial insignia rememoraba una épica *Gustavo A. doña Nico vestirá lujosamente a su bello Niño Jesús. Doña Nico se adueña del muerto. estará al punto de todo. ¿Cómo voy a hacerme ahora sin Ramón? Y doña Nico se queda.  Pero don Ramón de súbito se ha agravado. DÍAZ (N. no se apure. ordena. toma posesión de la absoluta dirección de la casa. en la tranquilidad de su casa. y entonces. 1882)* El Capitán Diego Molina había alcanzado su grado. los abrazos condolidos de los amigos. a atender a nada? ¿Cómo. Mientras tanto. para dedicarse. los hijos y las hijas del difunto? Doña Nico enciende las velas de la ardiente capilla. Consultor Jurídico en la Presidencia de la República. pero. Ha sido Encargado de Negocios. Doña Nico. —Con cuidado. recoge en su corazón las lamentaciones de la esposa inconsolable. Licenciado en Derecho. asiste a la lectura de la testamentaria. no. cierra otra. doña Nico ordena y administra el reparto del café. los comentarios generales alrededor de la irreparable desaparición. y también súbitamente se ha ido de la vida. pan y queso del velorio. doña Nico. y días después. la esperábamos. para que comience sus visitas y retorne de ellas con el tesoro de sus manos llenas de brillantes lentejas. así. Durante estos nueve días. pone a hervir el agua. en tan duro trance. vencida casi. en fin. no se mueva… ahora… ve usted que bien.

Y se alejó lleno de una callada turbación que parecía de orgullo. El General Santana –pensaba él– se había vuelto loco. lo había visto. su “padrino de sangre”. y empinar su coraje por sobre la eminencia de todos los peligros. desde soldado. con su esfuerzo y con su sangre. que es el severo cariño de los jefes. Dispuso en breve tiempo lo necesario para su viaje. llevó al triste bohío: un recóndito orgullo en el alma. que el propio General Santana había firmado. Pero sobrevinieron días de tristeza y de oprobio para la Patria que él también. después de su última ruta. El Libertador. más que por todo precepto disciplinario. y que jamás vio plegarse en derrota ante las acometidas enemigas. una cicatriz profunda en la cabeza y su inmaculado despacho de Capitán de cazadores. que a sus ojos de guerrero fue siempre como la visión radiosa de la propia victoria. fiero y huraño. ¡que parecía de dolor! Se volvió a su retiro. y el despacho en que se lo consignaron. hosca y bravía.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I proeza. era la única cosa escrita que guardaba. cuando oyó el severo acento del General: —Ya lo sabes. ahora caía como un sudario sobre las muertas glorias de la República. y que allá en lo hondo de su pecho siempre tuvo la firmeza y el calor de las pasiones que acendran almas primitivas. su protector. que lo había visto erguirse. y tras rápida jornada compareció ante su antiguo jefe. A sus ojos asomó su alma. cuya única forma de expresión era un respeto casi trémulo que hacía del héroe un siervo. porque te creo digno de ella. en un arrebato de acometividad salvaje. La bandera dominicana. ¡que en medio de aquel tremendo naufragio moral fue un leño que no zozobró jamás! Un día le llevaron una carta en que el General Santana lo requería a la Capital. por ese rudo cariño que engendra en el alma de los bravos la comunión de peligros y victorias. Se le había llamado para otorgarle una distinción que más le llenó de congoja y de rubor que de alegría. como él lo llamaba. una veneración ciega y fanática. Su grado era su honra. cuyas banderas defenderás conmigo. y ya lo había hecho inscribir en la llamada Reserva activa del ejército español. El día que en el Seybo se izó la bandera española. más que eso. Desde hoy eres Capitán del ejército de la Reina de España. el Capitán Molina no entró a la población. Tenía para el viejo Libertador. a su descuidada heredad de las orillas del Seybo. Diego Molina hizo su carrera. Y se quedó. La lúgubre tragedia moral de la Anexión se había consumado. El General Santana. había obtenido que se le reconociera su grado de Capitán. Fue como un viento de desolación lo que agitó su espíritu y aturdió su pensamiento. a las órdenes del General Santana. arreglar el freno de su caballo. inconforme y como abrumado por el peso de una tremenda infamación. Cuando volvió el rústico prócer. y a quien se sentía sometido. “porque eso él no lo había visto nunca. en una muda protesta. la siguiente mañana de la batalla de Santomé. ni lo quería ver”. con honores de reliquia. lo agasajaba con su confianza. o le habían echado algún maleficio. su “padrino de sangre”. ¡El General Santana le había perdido! ¡Lo había hecho oficial de los españoles! ¡Y tener 61 . radiante de bélica grandeza. Es una alta merced que he alcanzado para ti. en la rebelde soledad de su bohío. Lo había visto apoderarse. de un cañón enemigo. que una bala había roto. había creado. impasible ante la muerte.

Yo quiero volver a ser el Capitán Diego Molina. bajo las órdenes del General Antonio Guzmán. De otro lado. graduado en la Universidad de Santo Domingo. y. La presentó. desde su pasado. Yo era Capitán. Poeta: autor de Los Nocturnos del olvido (1925). y le brindaron a la gloriosa ambición que ardía en su pecho el anhelado instante. pero el General Santana me degradó. y de las novelas: Alma Antillana y Archipiélago. si es que esto vale algo. hasta la hora en que. Se fue como un león sobre el enemigo.  La hora se la anunció un día la voz que desde la áspera manigua llamó a los dominicanos a la guerra santa de la Restauración. mi General. O estaba aquel hombre trastornado por la emoción. Tengo entendido que es ése precisamente su grado. —Capitán –le dijo– me parece muy extraño lo que le oigo decir. o rechazaba inexplicablemente el ascenso. Aquel hospital 62 . Actual Rector de la Universidad de Santo Domingo. En su atormentado espíritu renacieron los vigores de otros tiempos. Se incorporó bizarramente a las tropas revolucionarias. Un silencio amargo selló sus labios. lo reclamó la Patria.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que resignarse! porque lo que era él no tenía voluntad para oponerse a lo que el General resolviera. De un lado lo llamó un absurdo deber. Callado y taciturno. que producía la impresión de un paredón de lujo contra el cual la muerte ejecutara una parte de sus habituales *Virgilio Díaz Ordóñez (Ligio Vizardi). y dijo: —Mi General. hecha jirones. de fachada tan elegante. se batió desesperadamente. una bandera arrebatada a los españoles. voy a pedir la recompensa que ambiciono. a defender la bandera de España. desde su propia conciencia. los desplegó en un altivo reproche. VIRGILIO DÍAZ ORDÓÑEZ (Ligio Vizardi) (N. Ha representado al país como Embajador en varias naciones y en las Naciones Unidas. fue proclamado Capitán del Ejército Restaurador. que inmortalizó el heroísmo. —Para los valientes son las recompensas. bajo la bandera dominicana. Suya fue la primera victoria que se alcanzó después de su incorporación a las tropas. el bizarro Capitán Molina. radiante de altivez. por confesión suya nadie supo en el Seybo el resultado de aquella entrevista. Y se fue a la manigua. cuando se reconcentraron las tropas después de terminada la batalla. —¡Yo quiero mis galones de Capitán! El General Guzmán no comprendió aquella extraña petición. La sombra iluminada (1929). Licenciado en Derecho. hecha por quien llevaba honrosamente el grado que solicitaba. Figuras de Barro (1930). 1895)* Aquel hospital era tan moderno. Aquel mismo día. ante su propia conciencia redimido. —No. trajo entre sus manos trémulas. iluminó su pensamiento el albo resplandor de sus altivos ideales. y se aprestó a renovar sus pasadas gallardías de soldado. Las altas empresas de la intrepidez llegaron pronto.

pero en mis oídos quedó una voz que sonaba a música triste. Un ascensor silencioso. Pasé sin mirar al interior. producían un poco de angustia. especialistas. notas. podían romper con frecuencia. elegidos precoces de la enfermedad.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I fusilamientos diarios. Tanto silencio. radiólogos. análisis: eran el registro. Clínicos. como regla invariable. aséptico. suplicante. en marcha muda y rápida. tantas personas sin palabras. como un 63 . La disciplina interior era estrictísima. que ignoraban la existencia de aquella discreta escalinata posterior por donde con frecuencia descendían las grandes cajas de violín y desde donde partían hacia el misterio los amiguitos que se ausentaban tendidos en un oscuro coche grande. me llevó en ruta vertical a uno de los pisos altos y me depositó calladamente sobre uno de los amplios corredores. Y por todas partes la nota blanca: en las paredes. frágil. En aquellos diminutos nichos la experiencia hablaba en estadísticas y tosía números. otra escalinata más sencilla presenciaba cómo descendían a veces pequeños ataúdes. Cuando llegué a la dirección todavía resonaba en mi oído la vocecita tenue. Las Oficinas de la Administración refulgían de orden y limpieza. en forma inédita. En aquellas gavetas estaban las enfermedades que habían perdido ya su cuerpo. En el interior todo era nítido. que estaba abierta. de irreparables excesos de ciencia. en los uniformes de médicos y enfermeras. Una voz infantil. imponía su austeridad silenciosa como si fuera una sagrada capilla. Madres o padres. cirujanos y enfermeras se deslizaban calladamente. Pasé junto a una de aquellas puertas. Se hubiera dicho que hasta el olor de aquel hospital era blanco. con su lámpara cenital ovalada. Aquellos rótulos parecían escritos con la sangre de alguien. Se adivinaba que detrás de aquel alineamiento de puertas cerradas bullía un pequeño mundo de niños enfermos. Por el lado anterior. sólo podían visitar a sus niños. Pero el hospital era para niños. Tabiques de cristal e instrumentos plateados daban la sensación de que se estaba frente a la vitrina de una joyería. Y allí el silencio era ya el único juguete que ellos. Esas pequeñas gavetas guardaban millares de fichas. Y aquel día era un viernes. Movimientos precisos y economía de palabras parecía ser la tácita consigna. Quizás. diagnósticos. repetía una frasecita que no pude comprender y que era dicha con modulación enternecedora cada vez que alguien cruzaba frente a aquella puerta. Junto al escritorio principal. como sombras blancas también. aquello era una colección de errores de diagnóstico. La sala de cirugía. y los niños sonríen y juegan y cantan cuando el dolor. por los pasillos silenciosos. de inútiles recordatorios del primo non nocere consagrado por el apotegma hipocrático. con un rótulo rojo sobre el bolsillo izquierdo de las blancas blusas. A la Dirección entraban y salían técnicos y enfermeras. insistente. masa cúbica y blanca como tope de cristal grueso que. laboratoristas. tutores o familiares. casi lúgubremente silencioso. en los lechos. Del lado opuesto. la fiebre o el delirio no los abaten. los días viernes de cada semana. de dos a seis de la tarde. inocentes. Centenares de pequeñas gavetas blancas tapizaban gran parte de las paredes. la cronología y la historia de las enfermedades que habían pasado por miles de cuerpecitos que acaso ya no existían. el archivo. tan pequeños que parecían estuches de grandes violines. una escalinata de cinco gradas impecablemente blancas hacía pensar en un pentagrama sereno en donde el mármol soñara vibrar en melodías de vida y de esperanza. diagramas de temperatura. allí internados.

con un pequeño bulto sostenido en sus manos chupadas por el hambre y supliciadas por trabajos rudos. como es natural. Me detuve al fin frente a la puerta abierta y allí. A los interesados se les avisa con suficiente anticipación para que estén allí en determinado día y hora. doctor. De pronto el Director detuvo el índice de su mano derecha y mostró en una columna del registro algo a la enfermera. Los registros fueron nuevamente consultados. pero los padres o familiares no acababan de llegar. como una sentencia misteriosa e injusta. Supliqué a una enfermera que ofreciera un poco de agua a aquella criatura sedienta que decía a todos los que pasaban ante la puerta: ¡agüita. –dijo la mujer–. Aquel niño tenía sed y pedía agua. el pequeño se quedó dormido con la cabeza apoyada sobre el bulto de sus modestas ropitas. 64 . Retorné hacia los ascensores por el mismo amplio corredor que me sirvió para llegar hasta la Dirección. con algo de travesura infantil y como buscando las ausentes manecitas para las cuales estuvieron destinadas. muchos vasos inagotables de agua fresca… No sé cuanto tiempo más tardaron en venir a buscarlo. cama número ciento cuarentitrés. Mientras la enfermera monologaba sus explicaciones (que nadie había solicitado). se empeñaba en duplicar el rostro y los gestos del ocupadísimo Director. enfermeras asignadas. –dijo una enfermera que se acercó al escritorio. —Yo dejé aquí a mi hijita el jueves pasado. el nombre de los padres. al golpear sobre el suelo. esperaba una información que había solicitado. Carmen. No podría resistir otra semana más sin verla. llámela. Quizás hacía tres horas que sentía sed… Pero la disciplina es estricta: para aquella sala no hay asignado ningún servidor especial. con un paquete de ropitas humildes sobre las rodillas. Durante una hora estuve en las oficinas de la Administración. El pequeño debió ser reclamado desde hacía tres horas. Y otra vez algo en que había dejado de pensar: la vocecita suplicante que repetía para mí una frase ininteligible. a las diez de la mañana… Mientras esas palabras caían.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS espejo verdoso. Carmen. repetía el Director después de preguntar otra vez por la fecha de ingreso. ¡Por favor. Otra vez las batas blancas con los hilillos rojos. señor! La enfermera fue generosa en explicaciones. señor!. señor! Por fin conocí la letra de la música triste que había escuchado una hora antes. Y yo no sé cuál fue la voz que dijo: —Carmen. se rasgó la frágil envoltura dejando en libertad un par de manzanas frescas y rosadas que rodaron casi alegremente. con huella de lágrimas en las mejillas. yo vi cómo de sus manos resbaló el pequeño bulto envuelto en papel. falleció el miércoles y fue sepultada ayer jueves. a la internada número ciento cuarentitrés. de siete años. Para esa sala no hay. como yo. Se llama Carmen. la edad de la internada. —No encuentro. Director y enfermera cambiaron una mirada rápida y llena de comprensión. Se encontraba en la sala destinada a los que habían sido dados de alta. las enfermeras y médicos presurosos y callados. y cómo. ¡agüita. una pobre mujer humilde. me dijo: —¡Agüita. búsquela usted! Quiero verla hoy que es día en que está permitido visitar los enfermos. un niño. Pero esta vez contuve un poco la marcha al acercarme al lugar de donde salía aquella súplica triste. Carmen. acaso soñando felizmente con muchos. sobre la pobre mujer. En aquella pequeña sala deben ser recogidos por sus familiares los enfermos dados de alta.

nada. casi a la orilla. ni la cajita de palo de rosa. que aún parecían conservar. hasta alcanzar el abrupto peñón que se erguía en el mar. interrogué a Octavio: —¿Y esto? —¿Eso?… ¡Ay! Es una historia bien triste la que me pides. escucha: Todas las tardes ella bajaba a la playa y allí acudía yo tan sólo por verla saltar descalza. ¿Acaso este ateo impenitente abrigaba la cándida superstición de los amuletos? Una noche. sólo un poco más de piedad… FABIO FEDERICO FIALLO (1866-1942)* El príncipe del mar Aquel cuartito de Octavio era un caprichoso museo de exquisitos despojos femeniles. y presurosas y alegres se llevaban. Allí se encontraban trofeos de todas las conquistas. La Canción de la Vida –1926–. Cantaba el Ruiseñor –1910–. moderno. modulando su canción de espuma. 65 . digna del breve pie de la Cenicienta. rojo y negro el otro. la historia de un amor irreal. Las Manzanas de Mefisto –1934–. corrían alegres y presurosas a recibir. admirable. ni los dos antifaces. y en el azul de sus grandes pupilas se reflejaba algo de la imponente y bravía inmensidad del mar. Vino a mí. ni el fino pañuelo de batista que ostentaba una corona de marquesa por blasón. frontero al viejo torreón del castillo. Sin duda. ¿Qué les confiaba? No sé. imponente y elegante del Hospital de Niños quedé sorprendido por mi propia voz cuando. evocador de cierta leyenda sangrienta. ni la sugestiva zapatilla azul que Octavio no tocaba sin besar. Traía al cuello esa sarta de caracolitos que ha sido aguijón de tu curiosidad. ni el abanico de blonda y nácar. —¿Te sorprende la palabra en mis labios? —¿A qué ocultártelo? —Pues. se hacía contemplar de las ondas. La Cita –1924–. nada mortificaba tanto mi curiosidad como la sarta de lindos caracolitos guardada devotamente en rico estuche de marfil. bajo un cielo espléndido. laureles de todos los triunfos. Canciones de la Tarde –1920–. Canto a la Bandera –1925–. Autor de Cuentos Frágiles –1908–. Primavera Sentimental –1902–. la misma actitud hostil que una noche adoptaron al encontrarse en aquella misma alcoba sus respectivas dueñas. frente a frente. negro y rojo el uno. Una tarde… ¡Oh!. y me dijo: *Fabio Fiallo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Y ya en el exterior. de las ondas a las que ella hablaba con la gracia y la majestad de una reina enamorada. embajadas de amor que las coquetuelas. pensando en voz alta. Lo único que le falta es un poco. teniendo frente a mí la perspectiva alegre del camino y dejando a mis espaldas la masa simétrica y blanca. donde alguien había sorprendido el oculto tesoro de la más hermosa y rubia y ondulante cabellera. ni la blanca liga de desposada…. La Comisión Nacionalista Dominicana –1939–. por fin. se sentó a mi lado sobre el césped. Pero. ¡estaba más bella que nunca! Su flotante cabellera blonda parecía llenar el aire de átomos de oro. de roca en roca. me oí decir: el Hospital es perfecto. Miré con extrañeza a mi amigo. Poema de la Niña que está en el Cielo –1935–. Y poniendo aquel soberbio pedestal a su temprana hermosura. poeta y prosista. El Balcón de Psiquis –1936–.

y del cándido cuello pendía la sarta de caracolitos que habían marcado las horas felices de aquel mes. —Cuéntame tus amores. para llorar con más desahogo. el Príncipe del mar. Corrí a la playa donde yacía tendida sobre el abrupto peñón que tantas veces había servido de soberbio pedestal a su hermosura. Un hilo de sangre corríale por la sien y manchaba de púrpura el oro de sus cabellos. las que odian mis cabellos porque él los besa. el talle elegante y fino. sonrisa de mujer enamorada que corre al encuentro del amado. —¿Cuándo es la boda? —No sé. ¿Ves estos caracolitos? Cuentan las veces que nos encontramos. —No. por sus labios amoratados parecía aún vagar una sonrisa. vine a orillas del mar y aquí caí dormida. después. —Todas las noches durante mi sueño viene el Príncipe a visitarme. preciosa niña. y una noche. Tres días después ocurrió el hecho fatal. Y se alejó susurrando dulcemente un canto de amor. las envidiosas. grutas de perlas y bosques inmensos de coral. con galerías de nácar. Me rogó que no sufriera y me dijo que yo era muy bonita y que él se casaría conmigo. Tengo muchos. el pecho alto y vigoroso. miraba con sus grandes pupilas azules las ondas que alegres murmuraban su canción. ¡Qué feliz voy a ser! ¿no es verdad? —Sí. Cuando cierro los ojos y le contemplo tan bello. Miróme breves instantes en silencio. ¡cuán bello es! Tiene la cabellera negra y ensortijada. el ademán firme y cortés. ellos alfombran mi cabaña. mi novio. la frente pálida y hermosa. Hoy estamos a trece y ya tengo doce. Los conté: ¡doce! ¡Eran los mismos que me había enseñado! Desde aquel día no había vuelto el Príncipe y la visionaria se había lanzado al mar en su busca. Súpolo el Príncipe. sola en el mundo. muy feliz.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Sabes que me llaman loca? —¿Quién? —Ellas. Los tritones me recogerían y en su carro conduciríanme al palacio. sacudió con arrogancia sus cabellos. Serán mis pajes los delfines y las ondinas mis doncellas. —¿Él? —Sí. Y al decir así. y en su carro de perlas tirado por cuatro tritones acudió a consolarme. Después prosiguió como en un ensueño: —Mi Príncipe. con acento que mi recuerdo doloroso convertía en murmullo. Yo estaba muy triste. los ojos tristes y soñadores. siento impulsos de correr a su encuentro y lanzarme al mar… —Te ahogarías. y mis ojos porque él se mira en ellos. muchos. ¡mucho tarda ya esa hora de suprema ventura! ¡Oh!. pero temo que mi Príncipe se enoje. 66 . Un palacio hermosísimo de granito más blanco que el mármol. ¡esperar!… ¡Qué duro es esperar cuando el tiempo no marcha con la violencia que palpita el corazón! Y mientras exclamaba así. me contó: —Tú sabes que la tarde que enterraron a mi pobre madrecita quedé sola. —¿Por qué esperar? —Mi palacio aún no está concluido.

fue diputado al Congreso Nacional. Cerca de dos mil hombres allí acampados ponían sobre aquel trozo de llanura como una nota de vida continua e intensa. mantenían a toda hora una cuidadosa vigilancia. a veces creciendo de manera rápida e imprevista hasta hacer muy difícil el paso. aquí hay un hombre que quiere verle ahora mismo. muy encajonado. Americanismo literario (1918). Obras: Crítica literaria: Recuerdos y Opiniones (1888). una tarde de cielo plomizo.G. el Guanuma. –y le señalaba dos sillas serranas desvencijadas que había en el cuarto–. que esparcía no sé qué tonos de lúgubre opacidad. Perfiles y Relieves (1907). Ensayos: José Martí. 67 . lleno de manchas de lodo. Siéntate. –le dijo un fornido negro. Extensa y pintoresca.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I FEDERICO GARCÍA GODOY (1857-1924)* La cita Dormía voluptuosamente la siesta en una hamaca el coronel Virico García cuando un ruido de voces en la puerta del rancho en que se alojaba en compañía de dos oficiales de las reservas lo despertó de una manera algo brusca… —Coronel. lluviosa. bien resguardados se situaron el hospital y los almacenes. a veces como tenues susurros. —¡Fonso! Acabas de llegar seguramente. que pase… La figura de un campesino vestido paupérrimamente. hacía ya días que Santana había establecido el campamento de las tropas con que salió de Santo Domingo para aplastar la revolución estallada en el Cibao. desparramadas irregularmente. de suprema melancolía… En la sabana de Juan Álvarez. En desordenada profusión. a pesar de haberse por completo afeitado el bigote y llevar por todo calzado unas rústicas soletas. la sabana se dilataba hasta confundirse con los bosques que como espesa faja de un verde muy oscuro parecían por todas partes servirle de infranqueable límite. corría sobre un lecho fangoso. Guanuma. Empezaba a declinar la tarde. no sé qué tintes de cadavérica palidez sobre el paisaje circunstante. De aquí y de allá (1916).G. En la larga y rústica casa que sirve de hospital se amontonan en catres y hamacas los numerosísimos *F. Literatura americana (1915). Novela corta: Margarita (1888) y Cuentos: Sor Clara (1898). La hora que pasa (1910). interceptando la luz. especie de Hércules de ébano que le servía de asistente. —Que pase. Aquí y allá. El río. Por dicha estamos solos… No te esperaba tan pronto. fría. Páginas efímeras (1912). Cosas y personas parecían como sumergidas en un ambiente gris. ocupan una vasta porción de la amplia sabana. a veces como encrespamiento de oleaje rugiente. conquistada a fuego y sangre al enemigo. tiendas de campaña. destacóse en el estrecho espacio de la puerta de la rudimentaria barraca… Un instante bastó para que el coronel Virico lo reconociese. chicas y grandes. minúsculas cañadas. colocadas en puntos bien escogidos. los mil rumores confusos de un campamento en plena actividad venían de afuera. a pesar de lo que me dijiste ayer… Como una especie de incesante zumbido de colmena. Cobertizos muy prolongados sirven de alojamiento a la tropa. Hizo además labor de periodista. charcos de agua cenagosa cubiertos de obscura lama contrastan con el verde tierno del césped que se extiende hasta perderse de vista. Diversas avanzadas. chozas apresuradamente construidas. siéntate. Alma Dominicana. Impresiones (1899). El enemigo solía acercarse para desde el borde del bosque disparar a mansalva algunos tiritos… En la Bomba. El Derrumbe (obra ésta incinerada por el gobierno militar impuesto a la República Dominicana por Estados Unidos de América). Caía en aquel momento una lluvia muy tenue.

De un bohío inmediato. Agrupados en torno. familiarmente. El coronel. lejanos. de un gris intenso. Muy salteadas. y le dice en voz baja: el general… Como fascinado. principiaban a brillar tenues luces en algunas chozas. esos sonidos impregnados de hondas nostalgias parecen como la evocación plañidera de cosas amadas perdidas en melancólicas lejanías… Tal vez en esos arpegios palpita el recuerdo de la madrecita que reza por él en la iglesia de su aldea. el primero con un farolillo en la mano. El cielo obscurísimo. siguen… Ante los dos exploradores nocturnos. algunos camaradas siguen con interés las jugadas comentándolas en alta voz… Noche. Por falta de catres o hamacas. la mejor alumbrada. en un tosco banco. Con las nuevas explicaciones de su compañero y con lo que había podido observar aquella tarde. donde en tiempos desvanecidos en tristes realidades apuró sendas copas de manzanilla en compañía de fácil y garrida moza tocada con vistosa mantilla… Siguen. Las deserciones frecuentísimas de las milicias del país y las numerosas enfermedades han reducida considerablemente el número de hombres de aquella fuerte columna… Hacía rato que había escampado. algunos yacen tendidos en lechos de serones o de yaguas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS enfermos de la tropa española. pero que la creciente obscuridad revestía de temerosos aspectos. lleno de nubes. El crepúsculo. El viento hace a cada momento oscilar las luces de las dos velas de un candelabro de metal colocado en la mesa que sirve de escritorio… El coronel Virico toca en un brazo a Fonso. que semejaban como tumbas de una vasta necrópolis. se detienen repentinamente. acaso palpita en esos sones la visión de alguna casa de Cádiz o de Sevilla. El coronel Virico y Fonso. noche intensamente negra. En una de las chozas. creíase ya Fonso en capacidad de poder suministrar al gobierno provisional datos positivos que suponía de bastante importancia… Ambos avanzaban lentamente. bajo el cielo sombrío. de rudo aspecto. se ceban en aquellos soldados peninsulares no acostumbrados al enervante clima de estos países intertropicales. Cerca del bohío. desechando los pantanos. en aquel augusto recogimiento de las cosas. descubre. empezaron a recorrer en todos sentidos el campamento. salvando las cortaduras del terreno. sollozantes. Reinaba sepulcral silencio en algunas chozas. abriéndose camino al través de obstáculos en realidad insignificantes. se diluía lentamente en las primeras sombras de una triste noche de octubre. Dos tiros lejanos interrumpen el silencio de la noche sin que parezcan llamar la atención del general y del secretario que llena con letra cursiva hoja tras hoja de papel. Un sargento de Bailén mueve con hábil mano las cuerdas. En el interior. Ambos. algunos oficiales jugaban al dominó. desde la hamaca en que está sentado dicta algo a un joven que sin levantar la cabeza escribe apresuradamente. de imperativo gesto. a raros intervalos. bostezan o dormitan sus compañeros de guardia. Fonso se detiene clavado en el suelo por una fuerza superior. álzase ahora una choza más grande y mejor construida que las otras en cuya puerta hace centinela un soldado con bayoneta calada. Fonso Ortiz continúa con la vista fija en el Marqués de las Carreras… 68 . la disentería. a guisa de paseo. tal vez en ellos flota la imagen de la mujer querida que lo aguarda. como movidos por la misma fuerza. óyense los ¡quién vive! de los vigilantes centinelas. las perniciosas. el resplandor de una que otra lejana estrella. tan pronto cerró la noche. aunque el tiempo no presentaba trazas de serenarse. en escaso número. se escapan las dolientes notas de una guitarra. quejumbrosas. un hombre corpulento. En la silente noche. A la distancia. acostumbrado a inspecciones de vigilancia nocturna y gran conocedor del terreno. Las fiebres palúdicas. guiaba expertamente.

Fonso Ortiz se detuvo algo cansado de aquella fatigosa caminata. ni pizca… Era una gran hembra… ¡Pero qué hombre aquel tan celoso. como hundidos en un mar de extraño verdor pastaban sosegadamente algunos animales… Fonso Ortiz y el coronel Virico. Inmediatamente resolví acudir a tu llamada y aquí me tienes… —No esperaba menos de ti. Después de Dios. pero eso no quita que quieran la libertad de su país. todavía reinaba bastante claridad. aquí y allá. verdadero tipo militar que a todo el mundo resultaba extremadamente simpático… Nadie hubiera podido percatarse de la presencia de ambos en aquel oculto rincón del bosque visitado sólo por algunos animales. Don Benigno me dijo que conocía mucho tu familia. casi blanco. en el llano. corría un vientecillo sutil haciendo oscilar el tostado pajonal en que. de fisonomía expresiva siempre iluminada por una sonrisa. en la lejanía. La culpa la tuvo aquella mascarita del baile a que fuimos en los Chachases. No podía negarme. por entre las ramas estremecidas. empezaba la tarde a revestirse de tonos grises. El coronel era un mulato muy claro. corpulento. Ante ellos. regresé a Santo Domingo muy satisfecho de mi paseo a Santiago… —Se dijo poco después que te habías retirado del servicio… —Estaba disgustado con lo de la anexión. continuaban abriéndose paso por entre la maleza cada vez más inextricable. sin despedirme de ti. lo que se dice muy alegre… Créelo. pues ya sabes que cuanto valgo se lo debo al general. uno detrás del otro. a ti te debo el estarlo contando. Era ya hora de que pusiesen en movimiento la lengua… —Y bien –interrogó Fonso– ¿qué ha sido de ti desde que nos separamos en Santiago. y a cada paso tropezaban con las raíces desparramadas sobre el suelo como formidables tentáculos de animales pertenecientes a no sé que misteriosa fauna desconocida… Suponiendo ya el lugar bastante resguardado. a sus lados lo mismo que por detrás. surgían con profusión robustos troncos de árboles en cuyas copas frondosas. En nombre de él te hablo. penetraban los dardos solares a manera de largas rayas de luz. a esparcir jirones de tenue sombra sumergiendo los objetos en una semi-obscuridad que se espesaba lentamente… Afuera. En el fondo de la llanura. Virico lo estaba también. pues ya sé que no lo harías.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I II En las vastas profundidades del bosque tropical. te acuerdas. con algunos tragos más eras hombre al agua… —Nunca he olvidado esa noche en que me salvaste el pellejo. En ella todos son santanistas. aquella noche de Carnaval en que corrimos juntos tamaña juerga? Estabas alegre. chico. Coqueteó conmigo cuanto le dio la gana pero no pude conseguir nada de ella. nada. los picos de las primeras estribaciones de la cordillera central se recortaban con perfecta limpidez en el horizonte todavía iluminado por los resplandores de la tarde que caía. No pretendo que traiciones a Santana. de treinticinco a cuarenta años. Virgen Santísima! Desde que principié a bailar con ella estaba acechándome… Y si tú no le desvías el brazo y lo sujetas en el momento en que me fue encima con un puñal. pues me dijeron que estabas en el campo. Pero soy dominicano. Sobre la llanura vasta y silenciosa. a medida que avanzaban cautelosamente al través del ramaje entrelazado en busca de un paraje bien retirado del camino real donde pudiesen conversar a sus anchas sin el más leve temor de ser oídos. créelo. Allá todos te consideran como un buen dominicano. Me había dedicado al comercio y empezaba a prosperar lo más quitado de bulla cuando al estallar la revolución me llamó el general para que lo acompañase al Cibao. Lo que quiero es que me prestes tu ayuda para 69 . adiós coronel Virico… Dos días después. y cuando ayer en el campamento recibí el papel que me enviaste con el vale Goyo me dio el corazón un vuelco.

siempre trajeado como un 70 . por muchísimas razones. —Y es natural. Virico le seguía dando noticias pormenorizadas respecto del número y clase de tropa acampada en Guanuma. Empieza ya a sospechar de algunos en quienes tenía confianza. La revolución avanza triunfante. No te lo censuro. embuste. aburrido. se tiró de la hamaca. Si los nuestros llegan a ponerle la mano encima a Santana lo fusilan en lo que canta un gallo. Si hizo la Anexión. Contreras. Los jefes españoles dicen que con excepción de Suero. que tal avance no sería posible por ahora… Con esa celeridad con que acostumbraba tomar sus resoluciones. Fonso. Estaba ese día de pésimo genio. En la Capital se asegura que de España viene una escuadra con mucha tropa. ¡Virgen de la Altagracia!… El General en su rancho se mecía en una hamaca mirando hacia fuera. De pronto ve a un teniente que pasaba muy bien arrebujado en su impermeable… Rápido.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS salir con bien de una empresa que me han confiado. Fonso Ortiz se había levantado tomando ambos amigos la dirección del sitio en que habían dejado las monturas. fue para salvarnos de los haitianos para siempre. puedes jurarlo. por lo menos tan pronto como se dice. No creyó jamás que al hacernos españoles lloverían sobre su país mayores desgracias que las producidas por las guerras con los haitianos… Mientras conversaban. Bueno es el viejo para soportar que nadie le tosa en la cara. –replicó presuroso el coronel Virico–. Los españoles sólo tienen en el Cibao el fuerte de Puerto Plata. Cumple con lo que crees tu deber no abandonando a Santana. para reponer las bajas sufridas por las deserciones y las enfermedades y pudiera dejar bien cubierta su retaguardia. Hay malos síntomas. y después de quitarle la capa lo metió a empujones en el calabozo… —Pero ¿qué se propone actualmente? —No creo que piense ir al Cibao. Nunca supuso que al quitar la bandera iban a pasar tantas barbaridades. y de ahí. no es tan malo como dicen sus enemigos. continuaría su movimiento de avance. En Santiago está ya instalado el gobierno provisional. júralo. El general decía públicamente que tan pronto llegasen los refuerzos que había pedido a la Capital. corrió tras el oficial. llevándoselo el diablo con las dificultades que para que fracase le pone día por día el Capitán General… —En el Bonao cuentan que los oficiales españoles le faltan el respeto a cada momento… —Embuste. Dime con franqueza… ¿Viene o no Santana al Cibao? —Creo que ni aun él mismo lo sabe. decidió Fonso. Había prohibido que los oficiales llevasen impermeables por “no ser prenda de vestuario”… Llovía que era un diluvio. muy pocos. —Y quedarse él y su gente con la batuta por los siglos de los siglos… —Entonces no hubiera renunciado el mando como lo hizo de su espontánea voluntad… Pero lo cierto es que el general está enfermo. El sábado lo probó retebién. Cada uno debe estar con los suyos. los Puello y algunos otros. trasladarse en persona al campamento de Guanuma. acto continuo. El general tiene el alma en un hilo temiendo que el Seybo se descomponga. El general tiene muy buen olfato y no quiere moverse sin dejar muy bien cubierta su espalda. de un salto. amigo Fonso… ¡Pobre General! Él creía otra cosa. Pero eso no impide que puedas hacer algo por tu patria. El gobierno ha dado un decreto autorizando al jefe que lo aprese a romperle inmediatamente el pescuezo… —¡Pobre general! Créelo. Él esperaba que los blancos gobernasen mejor. La gratitud es el primer deber en todo hombre bien nacido. lo agarró por el cuello. pero Virico creía. y sin decir palabra. Las deserciones y las enfermedades aumentan. todos los dominicanos que sirven a España están jugando a dos manos.

Para 1 Alusión al Cao. entra y se sienta. Hilos de tenue claridad muy vaga. pero al fin accedí a su súplica. de un planeta muerto. La naturaleza se aletargaba en una paz infinita. cuatro tiros lo despacharían incontinente al otro mundo como espía. puso término a su atormentadora algarabía… ………………………………………………………………………………………………………… Al fin el Corneta de Órdenes tocó silencio. lo que hizo de la manera siguiente: —”Mi nombre poco te importa saberlo. Al salir del bosque se dieron un fuerte apretón de manos. Nací pobre. y quedé solo vagando entre los hombres como el fragmento. es inútil que me lo preguntes pues no te lo diría. Le recomendó únicamente que no llevara sobre sí ningún papel que pudiera comprometerle. apenas doraba con sus últimos rayos las cimas de las altas montañas del Jatibonico: el alborotoso pájaro negro1. escondiéndose en el ramaje de las altísimas palmas y de los corpulentos árboles. Había que prever cualquier endiablado percance… Avanzaban con trabajo por en medio del bosque espeso. se filtraban aún al través del espeso ramaje. El coronel Virico procuró disuadirlo de tan peligroso empeño. un hombre. en mi hamaca de campaña. lo que quiero que sepas. en un silencio solemne interrumpido solamente por el monótono estridor de los grillos y lejanos relinchos de caballos. Momentos después ambos se alejaban por distinto rumbo espoleando sus respectivas cabalgaduras. Anochecía… MÁXIMO GÓMEZ (1836-1905) El sueño del guerrero Para Clemencita Gómez Toro …Desaparecía el sol. tampoco es del caso que lo sepas. Si por cualquier casualidad se descubría quién era. como quien no desea ser oído de otro. Y con los pésimos antecedentes que tenía… —Tengo que ir y lo haré aunque pierda la vida.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I campesino. y la mansión de donde vengo. 71 . pronto el Destino me dejó huérfano. y le permití que hablase. en el espacio. Comenzaban a oírse vagos rumores. apenas fui amparado por la Fortuna. Quedéme un tanto sorprendido al apercibirme de aquel extraño desconocido que así se atrevía a faltar a esas horas a la consigna. un anciano de aspecto venerable. Pasado un momento. mi alumbramiento costó la vida a mi madre. los demás lo repitieron y apenas se extinguió el eco prolongado de esta consigna. que iba atenuándose rápidamente. Lo único que exijo de ti es que pongas lo que puedas de tu parte para que me acepten… No creo eso cosa difícil… El coronel Virico no opuso a esto ninguna objeción seria. y es lo que importa. pide permiso para hablarme. Esta noche escribiré al general Salcedo informándole de todo lo que he podido saber y mañana me presento en el campamento fingiendo ser un peón de la finca del vale Goyo. es mi historia. con blando paso que apenas se siente. que quiere colocarse en el servicio de convoyes que se mantiene con Santo Domingo. se acerca a mi tienda y. Y yo me tendí cuan largo soy. seguir viaje hasta la misma Capital y comunicar algunas instrucciones a la Junta secreta que dirigía allí el cotarro revolucionario. cuando quedó todo el campamento sumergido en el más profundo silencio y obscuridad.

Y cuando creí curarme de mis dolores. Después de una breve pausa. y besaban de rodillas mis vestiduras. sin más amparo que Dios. alumbrando los rayos de mi gloria dos Mundos a la vez. y el trueno ahogó mi voz. me 72 . solo. y los hombres se hicieron mis enemigos y me vejaron y me despreciaron. La blanca túnica de mi inocencia no estaba manchada con ningún crimen mundanal. y yo escuchaba asombrado. y reyes hubo que se sintieron humillados y empequeñecidos ante la majestad y grandeza de mi gloria. no sintió mi corazón –por fortuna mía– el tormento de la vanidad y la soberbia: antes por el contrario. sino más bien provocar sonrisas y alegrías. como el apasionado de una belleza ideal que huyese al contacto de su ardiente mirada. sentí de nuevo en mi pecho el diente que me mordía y me devoraba… ¿por qué. y me apellidó El Glorioso. víctima de infamias y desprecios. y ni el desierto ni los espíritus. porque se cumplió el plazo y abandoné la envoltura que aquí me retenía. comprimida en el fondo de apagado volcán. No contento el Destino con el suplicio a que eternamente me había condenado. continuó. —”Sometido a varias torturas y contrariedades. y me detenía a escudriñar mi presente. en un impulso irresistible de desesperación. yo no había amado nunca sobre la tierra más que a dos deidades: la Ciencia y la Virtud. Los más pequeños me creyeron un Dios. que eso es amar a Dios. preparó la Envidia y la Calumnia que armadas me asaltaron en el camino. derramar una lágrima. en fin. “Yo no había hecho. colocado de pie encima de pedestal tan alto como el Sol. oh cielos. yo no había hecho más que obras de bien. tan cruel tortura? Decídmelo… ¿Cuál ha sido mi gran culpa? Los cielos guardaron silencio. ¿Por qué. y mi espíritu se sentía sobrecogido por una especie de religioso temor. tan sólo el silencio y el vacío me circundaban. quise arrojarme al torrente y una mano invisible me separó del peligro. puso Dios una idea en mi mente que a medida que el tiempo pasaba y los años maduraban mis juicios. pude al fin realizar mi empresa. Rodeado de tanto agasajo y ovaciones humanas. y me devoraba el corazón. No pudiendo resistir más mi existencia. ¡Ah! ¡cuánto he sufrido antes. Entonces el Universo entero me saludó entusiasmado. Inútilmente interrogaba mi pasado. me contestaron. por entre peligros y escollos. pesada como un fardo. Desesperado me precipité a los abismos para concluir con el dolor de mi existencia desapareciendo en sus insondables misterios. yo sentía en mi alma un secreto dolor que me consumía sin podérmelo explicar. tan tremendo castigo de la inquietud tan acerba y constante que acosaba mi espíritu y que no me dejaba gozar de las delicias que proporcionan la Gloria y la Fama?… Loco me fui adonde el cóndor hace su nido y desde allí –en la soledad del desierto– llamé a los espíritus para que dijeran la causa de mi secreta angustia. “Crucé entonces el océano y suplicante interrogué al mar y a la tempestad. Sobre mi corazón y mi conciencia pesaba un insoportable remordimiento y en vano trataba de averiguar la causa. Era la tortura del criminal a solas temblando ante la presencia de su interno y severo juez. perdido y desamparado. y cuánto he padecido después!… Cuántas veces he maldecido mi existencia. Largo tiempo –como un mendigo– vagué entre ellos cual un desconocido y apestado. Las naciones todas me rindieron adoración y respeto. y arranqué al Mundo –para el Mundo mismo– un portentoso secreto. pesándome hasta haber nacido…” Al mismo tiempo que aquel anciano proseguía en su narración. pero una mano invisible me salvó medio muerto y me arrojó –como el despojo de un naufragio– sobre la arena de la playa. ningún acto mío acusaba mi alma de maldad.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS mi mayor tortura. pues. quemaba mi cerebro como lava ardiente. su semblante se iluminaba con una aureola casi divina. Incorporado apenas.

Yo aparecí entonces manchado de sangre”. Era un sueño. porque ha caído sobre mí –como lava ardiente de encendido volcán– la sangre de una raza inocente extinguida. con la narración de sus desdichas. En el mundo era otra cosa. atalaya i nido de ruiseñores. no familiares. FEDERICO HENRÍQUEZ Y CARV AJAL (1848-1951) Humorada trágica ………………………………………………………………………………………………………… Sita en la linde oeste de la villa. con algunos rasgos de belleza juvenil i no pocos de buen humor. insigne. Concepción. el crimen de haber descubierto un mundo y el de haberlo entregado a la barbarie y la usurpación. como un hierro candente. tenían su morada en ese alegre hogar sin fogones ni estufas. Circuíala una galería de torneadas columnas. Y tú. En el patio –un cuadrado con arbustos florales– erguíase un árbol. nacidas en andaluces lares. sin poderme contener y borrándose de improviso en mi ánimo la impresión de compasión y de ternura que aquel ente singular y desconocido me había inspirado. Susana e Inocencia –respectivamente– eran sus nombres de pila. asesino? –exclamé indignado. “Recogieron los hijos de los nuevos pobladores la desgraciada herencia de tormentos y martirios que les legó la raza desaparecida al furor de los conquistadores. –dijo–. Demasiado desgraciado he sido. —”Aguarda –me dijo con calma y gravedad aterratoras– aún no he terminado. que convidaba a dormir la siesta bajo el quitasol esmeralda de su tupida fronda. había una casa de madera pintada a dos colores: azul i crema. No eran las Gracias del helenismo ni las Marías del cristianismo. que ya estás en víspera de terminar la gran obra de la Redención de esta Tierra. Con esos fueron inscritas en el registro parroquial del templo católico en que cada una de ellas recibió el agua del bautismo. En vez de condenarme. Casta y Niña. Eran cortesanas a la moda. El interior se distribuía en cinco piezas: sala. En el mundo –el suyo– conocíaselas con estos apelativos disílabos: Pura. y continuó: Si en la tierra fui un paria desheredado. vengo aquí –postrado a tus pies– a suplicarte me consigas el perdón de todos los tuyos y quede cumplida la Eterna Sentencia… Soy Colón” –dijo. y calló… Un sonido estridente me sacó de aquel estado: el corneta tocó diana. ilustre guerrero. aislada en su solar urbano.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I elevé a la mansión en donde termina el misterio de la vida. en la mansión de los justos me está prohibido entrar sin el perdón de dos razas. Era evidente que de cada nombre propio fue deducido el que cada una de ellas llevaba i hasta con ufanía. 1889. con tu alma grande me tendrás lástima. tal vez en cármenes granadinos. Tres damiselas. comedor i tres alcobas. i sacadas de pila con sendos nombres de esos que guarda el santoral o que ofrecen las hojas diarias del calendario. —¿Y tú quién eres. 73 . Por ellas subía en espiras la trepadora madreselva. y desde aquella terrible hecatombe quedó marcado sobre mi nombre y mi conciencia. no me juzgues sin haber antes acabado de oírme. por mí descubierta. Cuartel General de La Demajagua. Junio. sin asilo y sin fortuna. bárbaros y estúpidos.

chica. en la noche i a guisa de serenata. lentamente. en ocasiones se veía pasar al venerable Cura de almas de la parroquia. como rara golosina. la inopia i el hospicio. Tenía los ojos garzos y el cabello como oro en ascuas. casi redonda. a menudo. Seis a siete lustros contaba en aquel curato. solían entonar canciones i puntos antillanos. Era un bueno i teníanle por un santo. Las manos. El tránsito por aquella calle limítrofe era escaso. “La murmuración –se ha dicho i no de ahora– es un puntal de la vida”. como los ojos. cuellicorta. Las damas salían peor libradas que los caballeros. El buen humor daba sueltas a la lengua i la lengua suelta destilaba acíbar sobre los transeúntes. Una los leía. Iba siempre. Su grosura no era óbice a su apetito desordenado. por la falda. El de Paúl le servía de modelo. Leían mui poco. sin volver la cara e inclinado bajo el peso de su edad provecta o de su espíritu lleno de virtudes. que eran parcas en el comer i sobrias en el beber. Bajo la copa del árbol. Padre Vicente le llamaba el vecindario. Gustábales el canto. encendíasele. según su costumbre. —Vas a reventar. Pero en veces saboreaban. La piel. La Niña. abstraído. mui buenas migas. —A ese viejo todos le debemos respeto. a la caída de la tarde. les cabían en las manos. deja en paz al señor Cura. El palique. versos eróticos. Era. constituía para todas la comidilla cuotidiana. ¡Claro! En la charla se habla de todo i aún de todos. en cambio. ¡Quién sabe si todavía!… 74 . Coincidían también en gustos i carácter. Era manso e ingenuo. en el rostro. Entonces entraba en juego la guitarra a la par alegre i triste. Un aura de respeto i de cariño lo envolvía. Iba cabizbajo. En eso apareció el párroco. delgadas i esbeltas. —¡Bah! Es un hombre i ha sido joven. en horas de siesta. —Anda. Hacían. como él. dentro i fuera del templo. En todo lo demás formaban un trío.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Las tres estaban en la primavera de la vida i las tres eran hetairas. como un globo inflado con aire –decíanle a menudo sus dos amigas. como una aureola. Es un santo. ¡Lástima de juventud florida que a diario se mustia i se deshoja al fuego de la lascivia! Dos de ellas –Casta i Pura– lucían el mismo color mate-moreno –suele decirse en el solar hispano– i ambas tenían. era gruesa. por el contrario. organizábase el concierto vocal en la galería i bajo la enredadera que ponía en la casa-quinta algo de misterio i algo de poesía. Era el anciano presbítero don Vicente Villanueva. Solían alternarlos con seguidillas i malagueñas o con soleares i cantares de la tierra de Mariasantísima. tenía el color i el brillo del alabastro. eran pequeñas. chica. por eso. Luego –en el medio día de su vida licenciosa– lo serían por el legado prematuro de su anómala existencia: el dolor. mórbidas. o los recitaba.  Lucía la tarde de un día festivo. La gula había hecho presa en su insaciado organismo físico. A veces. caritativo i casto. aves de paso. Entreteníanse en ver la gente que iba o venía. los pies. menudos. Con él apuntalaban ellas la suya. con oleadas de sangre a flor de cutis. mui fina. –no sin énfasis declamatorio– i todas los celebraban. negro el pelo de ondulada caída. Entre los transeúntes. Hacían la vida en común i como si fuesen hermanas: hermanas en la servidumbre del placer furtivo i efímero. La villa estaba de gala. que el Cura era una de tantas… –dijo la Niña. El trío había formado la tertulia en la galería i frente a la calle. Tal vez lo llamaba la tierra… Memento homo… —Creí.

Se sonrió con una mueca satánica e hizo. sellaba los labios agresivos. Pura escribió unas líneas i –ya en la puerta de la calle– puso el papel i una moneda en las manos de un adolescente que acertó a pasar por allí en aquel instante. Ni ama de llaves ni sobrino tiene… —¡Oh! cuando se muera. Niña. será canonizado por sus virtudes i el almanaque traerá esta leyenda en su honor: San Vicente de la Aldea. Era un abuso. —Santurronas. Desde la puerta hizo el saludo ritual del oficiante: —¿El Señor sea con vosotros! Pudo haber dicho “con vosotras”. Había comido i bebido con exceso. hallábanse a la mesa. —Apuesto –insistió la Niña– a que. si estuviérais en mi caso. volaba el dicho agudo i picante. Llamemos al párroco –concluyó Casta– antes de que la Niña se arrepienta o se despida en viaje por expreso para el otro barrio. Eso decís porque estáis acompañadas. Era una cena opípara. por instantes. El es inviolable. —¡Vanidosa! Pues yo apuesto a que te haría caer de rodillas i pedirle perdón por tu insolencia. —Eso mismo digo yo i voi en contra tuya. —Siempre ha vivido solo. Sus canas le sirven de escudo. a dúo. El mandadero. Otra cosa diríais. Los jóvenes. —Sea. La Niña echaba de menos un tercero. como una saeta. el pobrecito. en la prima noche. pero ayuna de caricias. Costeábanla dos apuestos jóvenes cogidos en la jaula del trío. Yo me voi a la cama. El beso. Los jóvenes se habían refugiado en el lado opuesto de la galería. Hai que llamar al Cura… —El caso es urgente i de conciencia… ¿Qué os parece? —La broma es pesada… —Pero digna de una tragicomedia –completó uno de los jóvenes. Estaba harta i un poco ebria. Estoi enferma i necesito de los auxilios espirituales. egoístas. Entre sorbo i sorbo. El uno cortejaba a Pura. Hubo un rato de silencio. La Niña cavilaba. esta afirmación provocativa: —Si el padre Vicente estuviese aquí lo haríamos caer en pecado… —No digas eso. La Niña protestaba. Una risa. La Niña propuso: —Hágase la prueba. en alta voz. clamorosa. gustoso i listo. si lo hiciésemos venir aquí.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Pues aseguran que nunca ha pecado. esta misma noche. —El padre Vicente es un santo. no cesaban de reír a mandíbula batiente. La conversación. El vino se les subía a la cabeza. La austera figura del levita se dibujó en su imaginación enardecida. Virgen i mártir. el otro. a Casta. ajenos a la disputa. echó a correr con dirección a la morada del cura. 75 .  Media hora había transcurrido cuando –en ejercicio de su ministerio i llevando consigo el ánfora de los santos óleos– llegaba el padre Vicente a la casa de la enferma fingida. se quemaría en el fuego de todos los besos que arden en mi boca. En todo era golosa. Ese mismo día. adquiría tonos subidos en color i ritmo. Se desquitaba comiendo i bebiendo. coreó la irreverente burla de la atrevida hetaira.

No se inmutó por eso. como si recuperase la conciencia. de haber pecado con su complicidad en tal aventura sacrílega. En vano: No contestó. Oíase en la estancia un ronquido sordo. como quien mira i no ve. padre. con un gesto fervoroso. La joven hizo un esfuerzo. sordo. En el lecho había alguien.  —¡La Niña ganó la apuesta! Era una algarada de voces ebrias i de risas locas. había querido gritar. habían creído ver que el anciano sacerdote deshojaba la flor de un beso en los burentes labios de la Niña. in extremi con los santos óleos i con el beso de paz i de amor en Cristo. Este volvió a llamarla. i se quedó mirando dulcemente al venerable anciano. la moribunda. con piedad i ternura. Entraban a la alcoba. E inclinándose. Le cerró los ojos. Magdalena. color de ópalo. Oró por ella. La confesión era ya imposible. Otro ronquido. Llegué tarde. con los ojos entreabiertos. Vengo a confesarte. Apenas había tiempo sino para administrarle la extremaunción. Para confesarla había ido. ¡La infeliz! Había intentado salir del lecho. sonreída. parecía una estatua yacente. Su mano rozó. como un eco sin palabra. No pude confesarla. medroso.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Buenas noches. Era el último dolor. I siempre de rodillas –como la cortesana de Magdala con el dulce Nazareno– 76 . Eso hizo. sin duda. Pon tu fe i tu esperanza en el Cordero sin mancilla. No la despertéis de su último sueño. seguidas por sus compañeros de orgía. tomó la sábana de blanco lino. con mano trémula. Las dos hetairas. Miró de nuevo… La joven hetaira. ligeramente. sonreía… Así. La broma se había convertido en un drama. con un seno de la enferma i lo sintió vibrar al contacto de su mano. fue perdonada por haber amado mucho i por haber creído. i se hallaron con un cuadro de dolor y de muerte. para ver i celebrar el triunfo del placer i de la vida. atenuaba la luz una lamparita. Una mujer. —Entre. musitando a dúo el padre nuestro. ¡Pero ya no! El bondadoso Cura de almas se hallaba a su lado. i la subió hasta los hombros de la joven desnuda. i no pudo. Al entrar tuvo la sensación de la penumbra. la pecadora. Sólo he podido ungirla. Era la atrición. entró en el arcano del eterno sueño. cada una de ellas le tomó una de las manos al venerable Cura de almas para besársela. Se moría. I le señalaban el aposento en donde estaba la Niña. El párroco tomó las manos de la muerta i se las puso en cruz encima del pecho. ungió la frente de la pecadora con un ósculo de paz i de misericordia. Se moría con los ojos del alma fijos en el cielo. Se moría. casi afónica. articuló por sílabas esta frase de fe i de esperanza: —El padre Vicente es un santo i con su perdón i sus oraciones me abrirá las puertas del cielo. Allegóse a la cama. La Niña era presa de una apoplegía fulminante. El levita les salió al paso para decirles con voz unciosa: —Callaos. —Hermana: aquí estoi. ¡Dios la acoja en su seno i en su gloria! Casta i Pura –sobrecogidas de espanto i de angustia– cayeron a los pies del lecho mortuorio. El anciano miró con su cansada vista. La risa les retozaba en el cuerpo. Luego. desnuda. Estaba a dos pasos de sus compañeras e iba a morirse abandonada i sola. se produjo en la abultada i enrojecida garganta de la Niña. Bajo una guardabrisa. harto efímero. En aquella alcoba está la enferma. Luego. El anciano sacerdote entró solo a la alcoba.

¿Dónde biben utedes? —Aquí serquita. pasará la noche en el bibac. joben –dijo la vieja al doblar la esquina. abrazándose a la niña. en San Mateo casi esquina Carbario. Mira. Si un polisía topa con él. ¿Cómo ‘e su grasia? —Mario Luna. pa serbirle. Pareció vacilar un momento y tras breve pausa inquirió: —¿Y cuántos años tienes? —¿Yo? Ando en diesisei… —¿Na má? Pué parese tener má. —¡Qué bonito suena ese nombre! –murmuró la chiquilla. mirándolo con sus grandes ojos expresivos. Te pasa lo que a mí. muchacho. —Si no’e por uté. 1885) La conga se va… —¡No sea freco! ¡No te conoco! —¡Deja la muchacha quieta! ¡Sinvergüenza! —¡Adió! ¿Qué se habrá figurao la negra vieja? ¡ni que la chiquita fuera de seluloide! ¿De dónde vendrán a la dos de la mañana? Pa mí que… El impertinente que así hablaba –un mulato vestido de blanco–. que a los pocos momentos rompió la vieja: —¡Ay! Entoabía me dura er suto. Él la miró a su vez y no dijo nada. no pudo acabar la frase: junto a las dos mujeres apareció de súbito un mocetón de negra tez que le descargó en el rostro un tremendo puñetazo. —No se asute bieja –exclamó con voz sosegada y firme el inesperado defensor–. Ese salao no se levanta deay en una hora. que la jubentú de hoy no sirbe pa na. mejorando lo presente. que desde el borde de la estrecha acera se inclinaba con alcohólica efusión sobre la chiquilla. ese condenao no jecha a perdé la noche. —Mucha grasia. 1922. Tós son uno perdío. —Boy con utedes. El padre Vicente trazó en el aire el signo de la cruz –símbolo de redención i de amor en Cristo– i las bendijo… Santiago de Cuba. como er freco ese que preguntaba aónde íbamo 77 . —¡Qué grasioso! Parese que ere tan baliente como tan fino… Los dos se miraron y sonrieron. Nuevo silencio. Y los tres echaron a andar.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I cubrieron de besos i bañaron con sus lagrimas aquellas manos –lirios de castidad i de pureza– que acababan de administrar el último sacramento a la hetaira súbitamente fenecida. —¡Jesú! –gritó la negra. Perdió el equilibrio el atrevido. que tengo trese y tó er mundo cree que ando en lo quinse. —No la merese. MAX HENRÍQUEZ UREÑA (N. Al cabo de un rato preguntó: —¿Y tú cómo te yama? —¿Yo? ¡Tengo un nombre má feo! Juaniquita Lafori… —No hay nombre feo si se sabe yebá bien. y rodó en el polvo.

Pero si le quitan eso ar pueblo ¿qué le ban a dejá? —Aquí ‘e –dijo la abuela deteniéndose ante una vetusta casucha que en su reducido frente lucía un amplio portón y una ventana con barrotes de madera–. Un fransé de Fransia tubo a bela una noche y dijo que se paresía a un baile de su tierra. con andá en ese relajo? Un día saldrá deay con la boca rota y jata con puñalá en er corasón… —¡Ay. Pero lo jóbene de ahora no tan má que por er son. salimo nunca en una conga. mitad cubano–. Beníamo de la tumba fransesa ¿sabe? Dende chiquita aprendí a bailala. agüela. que ni yo ni tu mamá. que paese buena persona. lo blanco jasen su carnabale en febrero. Y tú no irá tampoco. no diga eso. agüela. por su madre! Mario soltó la carcajada. con flore y papelito. cuando no tán pensando en que yeguen lo carnabale pa salí en la conga. Tó er que entra en la conga se siente alegre. El nombre de su marido. no diga eso. La jubentú ‘e pa dibertirse. que yo me muero por la conga! ¿No le guta ese cantico que dise: La conga se bá. pero ya no la bailamo má que lo biejo. —Adiooós. Esteban Lafori –criollo. grande… ¡Cuánta gente!… Cuando la cabesa yegaba a Carbario. la cola pasaba toabía por la otra esquina… —Ahí taba yo –dijo Mario. Y que Dió te bendiga… —Grasia. Esteban se fue al monte. que aquí tiene tu casa. Y yo me boy tras eya…? —Céllate. que en gloria eté. II Mario volvió días después y gradualmente se habituó a frecuentar aquella casa y a oír de labios de Ma Juana el recuento de toda su vida. brotaba a cada momento en su charla: Esteban fue en su tiempo el mejor carpintero de Santiago de Cuba. ¿Qué saca un muchacho como tú. Si eta jubentú tá perdía. del tiempo de lo reye. Mario. Yo yebo siempre a mi nieta pa que me acompañe y pa que aprenda. ¡Qué lástima que Esteban no alcanzara a ver 78 . Y esa conga que salen ahora no son má que un relajo… —¡Ay! ¡Ma Juana. muchacha. mitad francés.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS de madrugá. Esteban había torneado los barrotes de madera recia que lucía la ventana. pero lo bueno son lo carnabale de nosotro en julio. —¿Y qué otra dibersión tenemo en lo carnabale de Santiago de Cuba? Mire. En lo periódico se quejan a vese de que la autoridá deja salí las conga. Juaniquita. Después no hubo más noticias de Esteban. con mucha conga… El año pasao pasó por casa una conga grande. y ella se puso a trabajar como lavandera para ganar su propio sustento y el de la única hija del matrimonio. bieja? –dijo–. Mario. no se sabe si de fiebre o de bala. ¡Ese si ‘e baile fino! Hay mucha gente de arriba que pasa por ayí pa bela bailá. —¿Qué quiere usté. y a él se debía casi toda la obra de carpintería de aquella casa. desía que la yamaban minué. que era el fruto de sus ahorros. Cuando estalló la guerra de independencia. bieja. Ya sabe. —¿No lo dije? –interrumpió la abuela–. Ma Juana entretejía sus recuerdos como quien piensa en alta voz. Date tu bueta por acá uno de eto día. parece que murió en la invasión a Occidente. Adiós.

y en hermosa mujer. —¿La conga no sale el benticuatro? —Sí. daba la vuelta al salón bajo la caricia de cien ojos codiciosos que sentía clavarse en cada uno de sus poros cual ósculos de fuego. III Se acercaban los carnavales de verano. a la hijita que dejó de pocos meses! ¡A Juanita no había otra mulata que le pusiera el pie delante! ¡La pobre! Si Esteban hubiera vivido no pasa lo que pasó… Juanita. el día de Santa Cristina. complacíase en marcar el compás a contratiempo para girar después hasta el vértigo sobre sí misma y caer de nuevo en brazos de su galán. La época de la esclavitud implantó esta costumbre. que murió al dar a luz una niña… ¡Cómo se parecía Juaniquita a su madre: tenía su misma cara y su mismo cuerpo! Mario escuchaba entretenido. y fue dejando pasar el tiempo sin decidirse por ninguno. que ‘e Santa Ana. la tradición mantuvo la celebración de esa fiesta como diversión popular. Mario la sintió languidecer de deleite entre sus brazos al bailar el danzón: se unía a él con flexibilidad de serpiente. daba desde la acera las buenas noches y se detenía en la ventana a hablar con Juaniquita. Me han dicho que ban a sacá reina a una muchacha que trabaja en la fábrica de Martíne. durante horas. que ‘e Santiago. en armonía con las necesidades de la industria azucarera. Ba a ber mucho jaleo. eso será la gloria! —No sé cómo te bas a arreglá… Yo no me atrebo. bidita. suspiraba por ser reina de carnavales. Majestuosa y esbelta. y buelbe a salí al día siguiente. puso un día los ojos en un desconocido que vino de otra provincia. si tu agüela no te ba a dejá… a eya no hay quién la conbensa… —No importa: yébame. Los amos les permitieron celebrar fiestas carnavalescas en los meses de julio y agosto. sentía temblar sus pies ágiles con sólo evocar la idea del baile. en señal de abandono. erguido el busto donde los senos eréctiles parecían horadar el corpiño. Ansiaba romper con la paz de aquella vida que su abuela le había impuesto: soñaba con fiestas populares. mucho baile y mucha recholata. —¡Ay. y si se separaban momentáneamente para hacer figuras de capricho. —¡Estos carnabales sí que han a tar bueno! –decía Mario a Juaniquita en los primeros días de julio–. ¡Ah! Y me han invitao a salí en una conga que dicen que ba a dejá chirriquiticas a toas las que se han bisto ata ahora. como su abuela. y todo su cuerpo se estremecía con la rítmica ondulación de sus caderas cuando. Mario! ¡Yébame! —Pero muchacha. marcaba el paso con gracia. y se dejó seducir por él. Al poco tiempo de conocerse eran novios. dispuestos a casarse. Después de extinguida la esclavitud. como si esquivara la parlería torrencial de la vieja. esa animada reconstrucción del pasado. sino anhelos. En más de una reunión familiar celebrada en el vecindario. y al otro día. Consagrados los meses de invierno y primavera a la molienda de caña. Esos amores fueron fatales para Juanita. ¡Qué gustaso tan grande me boy a dar si tú me yeba! ¡Y contigo. sólo en el verano podían los esclavos libertarse del látigo del mayoral que les laceraba las espaldas y disfrutar de algunos momentos de solaz. ¿De qué hablaban? Juaniquita no hilvanaba recuerdos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I convertida en mujer. mi negro. que tantos enamorados tuvo. Después que la abandonó se supo que era casado. pero otras veces. Dende chiquita toy loca por dir a una conga. ¡El baile! Ya en la tumba fransesa le concedían alguna vez un turno. 79 . Quiero dir manque sea una sola ves.

80 . Radiante de ilusión y de contento abandonó a temprana hora la fiesta familiar que le sirvió de pretexto para salir de casa con permiso de la abuela y fue a reunirse con Mario en una esquina próxima escogida por ambos como punto de cita. —¡Se acabó caña! –contestóle un joven de rostro ancho y regocijado–.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Pué yo me hoy ar Santo de Critinita y de por ayí nos bamo… Ma Juana siempre me deja dir sola temprano y de ayí me traen. esperado por Juaniquita con viva ansiedad. —¡Aquí toy. Tú no sabe er gustaso que tú me da… ¿Por aquí biene la conga? —Por aquí tiene que pasá… ¡Ahí biene! ¡Óyela! Juaniquita prestó atención y percibió un vago rumor que por momentos se acrecentaba: ruido de atabal diluido en el viento. y tú me espera por ahí serca. señore –advirtió Mario–. Algunos portaban largas varas que remataban en farolillos de papel. —Bueno. prenda. ¡Aquí tá Mario! —¡Se acabó caña! –repitieron los demás– ¡Que biba Mario! —¡Bibaa! —Y viene acompañao –observó uno. Panchito! –gritó. ecos confusos de voces humanas. y cada vez se hacía más distinto el rítmico tamborileo del bongó junto con el cuchicheo del güiro y el desenfrenado resonar de las maracas… Mil gargantas entonaban a un tiempo el canto popular. Cómo tá Miguel. mi negro. —¡Cómo no! Si contigo tó tiene que salí bien… ¡Qué bueno ere! ¡Cómo nos bamo a dibertí!… IV Llegó el día de Santa Cristina. si tu agüela lo sabe? —Ya beremo… —¡Jum! ¡No me guta! —¡Ay. Mario! Si tú me quiere de berdá. —¡Pue que biba la nobia! —¡Que biba la buena hembra! —¡Bibaa!… –vocearon en coro. Bururú. —Ya lo creo. barará. —¿Y despué. —Bamos. tú me yeba. que esa buena hembra ‘e mi nobia. La muchacha tá pasá –agregó otro–. barará. Esa noche le digo a Critinita que no pué sé que me quede. precedida de un grupo de chiquillos desarrapados que hacían cabriolas y marcaban el ritmo con el temblequeo incesante de sus hombros. ahí tán mis amigos –dijo Mario a Juaniquita–. Bámono con él… La inmensa ola humana llegó. de cantos y gritos… El rumor iba creciendo. ¡Qué buena hembra! —Cuidao. —Ni te ocupe. señalando unos muchachones alegres que venían en primera línea. repitiendo sin desmayos la frase musical. Dios quiera que tó salga bien. primitiva y breve como su letra: Bururú.

mientras Mario se abría paso a empujones. —¡Y pá qué tamo aquí sino pa arrempujá? –contestó una voz fuerte detrás del grupo. la mujer ej’un demonio y el hombre ej’un angelito. y tras de recorrer algunas manzanas torció hacia la parte baja de la ciudad. mientras Juaniquita. —No sé –contestó Panchito. pero al llegar frente al viejo portón se detuvo y volviéndose rápidamente besó a Mario con furia en la boca. Entre tanto. el canto seguía: En este mundo infinito. Ella se dejó conducir. La conga irrumpió en una de las calles de mayor tráfico. cruzó bajo la catarata de luz de las vidrieras comerciales. —¿Y Mario? –preguntó Juaniquita. y soltando después su pareja. 81 . barará… La ola humana los envolvió y siguieron la marcha juntos. —¡Maldita sea la hora en que te yebé a la conga! Por suerte no son má que las onse y tu agüela no sabrá ná. arroyando! –vociferaron algunos. Mario –dijo Panchito. marcó en el espacio vacío que precedía a la horda delirante algunos pasos de rumba. Todos unieron sus voces para repetir en coro el estribillo que seguía a la estrofa: Bururú. caminaba llevando el ritmo con todo su cuerpo. caballeros! –gritó Panchito. Bururú. ¿Cuánto tiempo transcurrió así? Juaniquita no habría podido decirlo. apretándose más y más el uno contra el otro hasta sentir adoloridos los músculos. Juaniquita. —¡Arroyando. Juaniquita. Ya eran el juguete de la multitud gesticulante que los arrastraba entre contorsiones lúbricas y respiraciones jadeantes. atontada. Juaniquita se sintió oprimida contra el joven de cara ancha a quien primero saludó Mario. —¡No arrempujen. Juaniquita. estremecida y palpitante… De súbito oyó la voz de Mario. Esas fueron las únicas palabras que Mario profirió en todo el trayecto hacia la casa de Juaniquita. lo juro por San Antonio. se abrazó a Panchito. La agarró por el brazo y la separó bruscamente de Panchito. Y agarrando por el talle a Juaniquita la estrechó contra su pencho. Ella guardó silencio. Cómo tá Miguel. pero cada vez que Panchito pretendía de nuevo ceñirle el talle se escurría con donaire. Y abrazados. atemorizada al sentir la presión constante del enorme gentío. —Con tu permiso.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I El oleaje multánime los arrollaba y los apretujaba unos contra otros. seca y enérgica: —Bámono. giró en redondo sobre sus pies. siempre enlazada a su compañero. barará. Las casas y los faroles danzaban ante sus ojos como fantasmas. se dejaron llevar por la muchedumbre. después de dar una vuelta vertiginosa volvía hacia él.

Paese que me ba a comé… ¿Tá seloso? —Óyeme –masculló Mario casi entre dientes. —¿Qué? –inquirió Juaniquita en tono de desafío. pero ten cuidao… ¡Que no te bea en la conga. yo conseguiré que Ma Juana me deje ir a ber una amiga. pero me tienes que yebá pasao mañana. alcanzó a distinguir un hombre que se despedía de ella en la ventana y se retiraba luego con andar presuroso. Y echó a andar calle arriba. VI Al incorporarse con Panchito a la conga del día de Santa Ana no experimentó Juaniquita las mismas emociones del primer día. Al cabo de tres días consecutivos de euforia carnavalesca. que le parecieron enormes como los de un puerco cimarrón. –Bururú. Panchito me yebará. los gestos incoherentes. aún más nutrida que la primera. que pué sé tu desgracia –contestó Mario en tono de disgusto. deshaciéndose de Juaniquita. En el aire flotaban. pero la ira ahogaba las palabras en sus labios trémulos. y de ahí nos bamo junto. —¡Na! –contestó él. daban a aquella conga. un estandarte negro en cuyo centro sonreía una calavera… Junto al macabro estandarte Juaniquita vio refulgir un relámpago. mi negro! —No me hable más de conga. como único saludo. Mañana no puedo dir a la conga. La muchedumbre ofrecía un aspecto extraño y lúgubre que le infundía temor. Juaniquita sonrió: —Bueno ¿y qué? Si tú no me quiere yebá a la conga. agregó: —¿Jesú! No te ponga tan guapo. que el cansancio hacía más pausada: Bu-ru-rú. porque!… Quiso agregar algo que vagamente se traducía en un gesto amenazador. barará– cantaba con voz de 82 . extraños símbolos que aparecían como absurdo remate de pértigas descomunales: un penacho de plumas rojas. un rostro sonriente y terrible de un gigante de ébano. las voces enronquecidas ponían graves notas de miserere en la tonada popular. Alzó los ojos y vislumbró muy cerca una mano negra que esgrimía un puñal.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Mario! –murmuró suplicante–. Có-mo-tá Mi-guel… El ritmo lento. a modo de plumero. ba-ra-rá. —¿Era Panchito el que hablaba contigo? –dijo al llegar. ¡Pero no te desperdigue como eta noche. sacudidos por el viento quemante de la canícula. tratando de bajar la voz por temor a que la abuela se enterara de lo que pasaba–. los rostros desencajados. ya entre nosotros no hay na. iluminado por una doble hilera de blanquísimos dientes. Y al ver el rostro congestionado de Mario. Y se alejó. Como ‘e Santa Ana. un aspecto de aquelarre. V Cuando al anochecer del día siguiente se acercaba Mario a la casa de su novia. luego.

hombres y mujeres se agitaban con lúbricas contorsiones o saltaban ebrios de locura dionisíaca. que te matan! –clamó Juaniquita. y su cabeza cayó pesadamente sobre el hombro de Panchito. frenética. repetidas con exaltación creciente hasta el infinito: Bururú. mostrando sus colmillos de jabalí: —No te lo quiera coger tó. La conga. y apretándola con frenesí la besó en la nuca. voces infantiles rompieron a cantar: 1920 La conga se va. Con furioso golpe. El olor acre y capitoso del sudor humano mezclado con el alcohol enardecía a la muchedumbre como un tufo afrodisíaco. Niños. El puñal frustró en el aire su rítmico centelleo y el brazo negro y lustroso se alargó en la altura para descender con ímpetu hacia Mario. siguiendo el vaivén isócrono de la muchedunbre. trazando una parábola amenazante. Y yo me voy tras ella… 83 . su camino: Bururú. güiros y maracas sonaban de manera incesante. bururú. barará. A las voces veladas por la afonía se mezclaban alaridos que taladraban el aire como voceros de insania. al par que marcaba el compás con los relámpagos del acero que llevaba en la diestra. la conga siguió. barará. Mario se irguió como para defenderse y recibió el golpe en mitad del corazón. y el coro inmenso y jadeante. atropellando la frase melódica. se retorcía y vibraba como si tuviera un solo cuerpo y una sola alma… Bururú. al conjunto de manos febriles. que la muchacha tá pulpita… Y ciñendo con el brazo la cintura de Juaniquita. barará. una mano fuerte separó de la cintura de Juaniquita el brazo fornido que la ceñía. bururú. bururú. barará… Bongoes. Mientras su cuerpo se desplomaba en brazos de Juaniquita. al compás de su rítmico puñal. pero Panchito la atrajo hacia sí con violencia. mientras con la hoja brillante y afilada trazaba rítmicamente en el aire signos cabalísticos. Era Mario. Un escalofrío de placer sacudió su cuerpo. Poco a poco la conga fue cobrando vida. El calor era asfixiante. sólo acertaba a balbucir las primeras sílabas del estribillo popular. barará –repetía junto a Juaniquita el negro horrendo. Juaniquita quiso huir.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I trueno el negro hercúleo. la levantó casi en vilo y avanzó con ella algunos pasos. De súbito se volvió hacia Panchito. —¡Mario. claves. barará… Desde el balcón vecino. epiléptica de lujuria. Por momentos el ritmo de la tonada se hizo más y más vivaz.

envejecida. Lo amenacé con el bastón y huyó. —¿No será que el amo lo trata mal y que quiere venir a vivir aquí? ¿Quieres que lo dejemos? Estará mejor que con el inglés. en la flojedad aprensiva de la somnolencia sentí desecha la felicidad de la tarde y envuelta la casa en aura de persecución: perros desconocidos… ingleses ebrios… Al día siguiente. y mi cara estuvo a punto de chocar con otra cara. recibió con gruñidos a la cocinera. grande. a altas horas llamaron en la casa. la cocina tenía ventanas. bastón en manos. Al verme. —Pero si yo lo he traído muchas veces… —Habrá vivido aquí antes que nosotros. —Si quisiera… Pero de seguro está enojado porque vivimos en esta casa: él cree que es suya. No entró a la galería delantera. En otro tiempo ni siquiera puertas cerradas. de cochero. Si volviera y no nos amenazara… El animal volvió. Pero noches después divisé en la calle la sombra negra con manchas claras. separado del cuerpo principal de la casa. Me miró. que recibimos en desorden salvaje. y se instaló en la cocina. Allí. Por la noche. y no hubo más. no se inmutó. al inglés lo pintaban ebrio. lo miré. y amenazando al perro desde una de ellas. Me miró.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA (1884-1946) La sombra En la tarde. y yo cerré la mía. ¡qué langostas!. al caer la tarde. el perro estaba de nuevo echado en mi galería. al llegar a mi nueva casa cerca del mar. Mediano de tamaño. —¡Adónde lo llevaré! Al dormirme. y hablaron de él con niños del vecindario: supieron que había vivido en la casa y que su amo era inglés. pero en actitud de amenaza. como antes: se escurrió por el camino lateral hacia la cochera. Echado en actitud vigilante. sentí la fruición de las cosas bien logradas: el jardín. rojo. Se lo mostré a mis hijos. al caer la tarde. pude 84 . lo miré. No volvió a echarse en la galería. piel negra con manchas claras. Nada extraño que hubiera atravesado el jardín y se hubiera plantado en la galería: en la feliz confianza de las tierras tropicales no hay verjas cerradas. —Aquí traigo al señor. ¡qué camiguamas!) no tuvo valor para afrontarlo y me pidió socorro. La excelente Celia (¡qué tortugas!. que allí no se siente catleya vanidosa y envanecedora como en climas extraños. con los ojos fijos en mí. en los naranjos se afianzaban las orquídeas familiares de las Antillas: la mariposa y la flor de lazo. Entré. en el fondo del terreno. el perro estaba allí otra vez. Afortunadamente. Pero en la galería encontré al perro desconocido. salieron a mirarlo. —¿A qué señor? —Al inglés que vive aquí. Abrí una ventana de la galería. las enredaderas iban subiendo decididas. iba definiendo formas. cerré la puerta. se levantó del suelo gruñendo. A la tercera tarde. —No lo conozco y no sé dónde vive. —¿Y no sabe dónde vive ahora? Ha bebido mucho y no le entiendo lo que dice. afilado de hocico. —Aquí no vive ningún inglés. Pero ahora las puertas se cierran. malhumorado. los rosales habían encogido su exuberancia de ramas dispares. Lo siento mucho. se levantó del suelo.

las crines y la cola mucho mas claras que el resto de la pelambre. pausadamente. salió de la casa. Ahí murió su ama. ya aquel potro defraudaba completamente las esperanzas y los cálculos del dueño de aquella finca en los alrededores de Humacao. Lo llamé y se acercó. era mucho más ridículo que feo. Nació de una estupenda yegua andaluza traída para recreo y vanidad por un Capitán General y de un semental inglés con más abuelos que un sumarai. para mayor belleza. Si la ciencia y la experiencia no fallaran. como quien cumple el deber sin la urgencia de la esperanza. nos lo llevaremos. en el cuerpo flaco e inverosímil de un caballo de Puerto Rico. —Entonces… tendrá ganas de irse con nosotros. Publicó: Canciones del litoral Alegre (1936) y Yelidá (1942). Y entonces. adonde acompañé a mis hijos en busca de caramelos y piñonates. Me miró fijamente. —Sí. Se ve que el perro no sabe qué hacerse sin ella: al caer la tarde viene siempre a este barrio y ronda la casa. pero alguna vez había que contarla. —¡Qué bueno! ¿No se peleará con el gatito? —Verás que no: él es grande ya. H. A los tres días de haber nacido. debió haber nacido de un suave color de oro puro que se iría enrojeciendo después con los años. con ojos de conocido. por única vez en la historia. el gato es muy chico. tenía una tan horrible manera de poner los ojos en blanco. obras poéticas. el perro corrió ansioso al aposento principal. pero imposible de admitir en un caballo de raza. Sus amos vivían donde viven ustedes ahora. que era inglesa.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I hacerlo huir. recorrió todas las demás habitaciones. Pero. el inglés se mudó en seguida. lo encontramos inesperadamente en una confitería vecina. Se escapó. Es una simple historia de un paquete de músculos de acero y de un tremendo haz de nervios que se agruparon. cuando íbamos olvidándonos de él. 85 . 1935. porque es fácil de hacerlo y porque no tiene mayores complicaciones. Con todo. —¡Ah! ¿Pero la señora murió ahí? No sabíamos. Mis hijos iban delante saltando. Nació con un profuso pelo largo color de peña sucia. —Lo conozco bien –me dijo el dueño de la confitería. sin mirarnos siquiera. R. Miré al animal: me devolvió la mirada sin temor y sin ira. Apenas abrimos la puerta de la casa. TOMÁS HERNÁNDEZ FRANCO (1904-1952)* Deleite (Historia de un caballo) Esto es historia muy antigua. En 1951 publicó un volumen de seis cuentos: Cibao. y nunca lo volvimos a ver. Si quiere. olfateó… De cuando en cuando nos miraba: al fin vimos en sus ojos el desconsuelo del vacío. magnífico para cualquier burro. Cuando se agarraba a las tetas de su madre importada. de estirarse *T. Le hicimos señas para que nos acompañara y se puso en camino con nosotros. sin aire de rencor. yo creo que le hará gracias. Después. con ladridos cortos de despecho. Semanas después. de rabia contra los intrusos que le vedaban su hogar. Allí observó. amistoso: al fin comprendíamos sus deseos. cabizbajo. guardando siempre. el potro desmentía todo aquello. manso.

desde luego. no se pudo averiguar mediante qué artes. Felizmente. pateaba las vacas los terneros y cuando tiraba las orejas hacia atrás y agachaba la cabeza casi a flor de tierra. la yegua andaluza. no supo de esos pacientes mimos que los demás potros de la finca recibían en las largas horas de limpieza. Muy pronto dejó andar sola a su madre. también le llovía. El Patrón sabía que “EL LOCO” no podía ser vendido a “nadie que tuviera ojos en la cara”. al comienzo. ya tenía un nombre propio: “EL LOCO”. pública. y se las arreglaba caminando desperdigado por el potrero. derrotaba a los perros y era el terror del patio. su nostalgia y su aburrimiento. que hacía. Cambió el pelo cuando buenamente se le quiso caer aquel ominoso de burro que trajo al mundo y le nació otro desteñido color de caoba sin brillo. Su predilección. para la exportación y con esa idea dio comienzo una de las más tremendas épocas en la vida de “EL LOCO”. si ello hubiera sido posible. enmarañadas las crines. la República Dominicana. hundidos los sulcos. Mucho antes de cumplir el año de vida. sin contar las más bellas rosas de un rosal. deformados los cascos. pero. en el jardín de la casa y tragarse deliberadamente un sembrado de claveles. reír a la peonada. desde siempre. Era imposible que empezara alguna de esas cabriolas que todos los potros del mundo y de todas las razas ejecutan con tanta gracia. Los golpes le habían hinchado las cañas. Así fue como. A fuerza de cuerdas. el mejor mercado para los potros de Puerto Rico había sido. de escarbar la tierra con las manos. mascando raíces amargas. los manudillos y las cernejas. triscando y tragando hojas extrañas al pasto. tan lamentable como estaba. los peones no podían acercársele sin llevar algún leño en las manos. se debieron las primeras palizas. la ropa mojada que ponían a secar al sol: le encantaban los pantalones azules y las camisas blancas y los pañuelos rojos ya tenían que ser secados al humo apestoso de la cocina para que “EL LOCO” no los viera. sin embargo. la propia mujer del Patrón. situada al otro lado del Canal de la Mona y en donde guerras y distancias mantenían firme el medioeval concepto de “Dios y hombre a caballo”. Con todo eso. cuando “EL LOCO” llegó a cumplir dieciocho meses de edad. Había que prepararlo. de lejos. satisfecha de aquel fracaso. las palizas aumentaron ya sin órdenes previas. alguna tremenda pedrada. gardenias y lirios. naturalmente. dado de común acuerdo por todos y cada día se las arregló para hacer algo que justificara más. Al fin y al cabo. entonces y después. pues. se los administró la peonada fuera del alcance de la vista del Patrón y los recibía. ordenada con voz frenética por la Doña. Como era “EL LOCO”. voces y palos. realizadas en lo que se refería a su propia alimentación. A esto y a que muy pronto dejó ver una irrefrenable voluntad de morderlo todo. azucenas. recibió la primera tunda oficial. así y todo. a cualquier hora y por cualquier motivo. De cuando en cuando. Sus principales y más extraordinarias fantasías fueron. y mover lentamente la cabeza al Patrón. fue siempre. que sostenía su histeria. por allí por donde más pecaba: las patas y la boca. llegó a parecer algo así como un alambre retorcido en forma de caballo y entonces comenzó la época en que debía fijarse su extraordinario destino. Los primeros palos. estirado hasta romperlo 86 . maltratados los ollares. ni de la caricia larga y voluptuosa del cepillo. cosa o persona. Cada día le fueron descubriendo nuevas imperfecciones. El día en que logró introducirse. tenía un aspecto bien poco agradable. tenía la testera pelada. roto el belfo. aquel bautizo calificador.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS sobre las patas traseras. sin que antes no disparara un par de coces sobre lo que tuviera más a su alcance: animal. invariablemente. sembrando flores en aquel tropical olor de estiércol fresco y de caballo sudado.

salió “EL LOCO” para el puerto de Santo Domingo de Guzmán. Por fin. le cortaron y limaron los cascos. cuyo verdadero nombre era ya un misterio. todos los recursos de lucha que había espontáneamente aprendido en su existencia libre. Así fue como el pedigree de “EL LOCO” se copió en una larga carta para la República Dominicana. le puso entre las manos un papel: certificado oficial del Señor Alcalde de Humacao. pocos días después. “EL LOCO” tuvo una estupenda fama entre los estancieros del Cibao. a la llegada de la “María Limpia”. sorteando precipicios. poca a poco. magullado. cruzando bosques y sabanas. metido a fuerzas de palos y de gritos en el vientre mal oliente de una goleta. a pesar de toda su voluntad de no dejarse tocar. lleno de improperios y maldiciones. le desenmarañaron las crines y cola. cuando ya casi no era ni siquiera un alambre retorcido. Así fue como pudo ver cómo “el potro de Puerto Rico” manoteaba en el aire sujeto en la primera lingada.  El hombre del Cibao había hecho el viaje de cientos de kilómetros. Así. presentaba un aspecto desdichado. verdaderamente loco. desde los llanos de Montecristi hasta la Sabana de San Diego y hablaban de él. un hombre del Cibao escribió una carta enviando el dinero y pidiendo que le embarcaran aquella maravilla. realmente incomprensible para “un potro sin domar”. en su batalla diaria y directa contra el hombre. iban. El Patrón leyó. por una razón más. bien aleccionado. apresado. siempre iracunda. vadeando ríos. costillas y piernas rotas. tiempo de hablar. desesperado. Capitán: John. Entonces.  El Patrón sabía aquello de que “no hay mejor engaño que la verdad”. se le comentaba. para estar presente en el puerto. señalando los progresos de “EL LOCO” en el camino de la civilización. Por aquella carta. alejaba las proposiciones en firme. Antes de que el hombre tuviera. más magullado todavía por el roleo. “EL LOCO” sacó. regocijado. Brazos. atravesando montañas. ni posibilidad de protesta. le cortaron casi regularmente los pelos de la corona. se le comparaba a otros caballos y se envidiaba ya a quien lograra ser su dueño. aquella carta a toda su peonada reunida en el patio. convencida. se le discutía.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I casi. y molerlo nuevamente a palos. “EL LOCO”. con la advertencia de “potro sin domar” y con el precio absurdo de “mil pesos”. “del potro que hay en Puerto Rico”. No había engaño. enredado lastimosamente en la red. el Capitán John. 87 . alto y corto. Pero. era una simple cosa viva. con sus peones y sus caballos. Había que “romperlo” un poco antes de tratar de venderlo. en las largas veladas de las estancias de Higüey y de San Juan de la Maguana. Todavía entonces. muchos meses después. en su estupor. en las orillas sucias del Ozama. Le hacían tirar de un pesado carromato cargado de piedras durante todo el día y al anochecer un negro le metía el freno entre los dientes sangrantes y se le encaramaba al puro lomo magullado. le arrancaron unas garrapatas enormes que tenía desde siempre y terminaron por amarrarlo. Se suspiraba por él como por una mujer imposible. Puesto en tierra. el precio. de la incurable estupidez de los dominicanos y. No quedó hombre en la finca que no recibiera su golpe. entre un gran chillido de paleas. que podía tolerar por algunos minutos que un hombre le oprimiera los flancos y le pasara entre los riñones y la cruz. encontraba fuerzas para lanzarse contra una pared o para revolcarse en el suelo. le limpiaron las orejas. dando fe de que aquel potro correspondía exactamente al pedigree ya antes comunicado.

arneses. ni se gastaba. a las pocas horas de abandonada la ciudad. se acercó a besar a su mujer y ésta. Así fue saludado “EL LOCO” a su llegada y así. Apenas lograron sacarle un poco de brillo al pelo. asombrado por la revelación de aquel poderío inédito que sentía agigantarse bajo sus rodillas. llegó a ser un libro abierto para nosotros: el día que descubrimos que le irritaba caminar sobre su propia sombra. observarlo. pero. sin cambiar de postura en la silla. le preguntara: ¿Qué tal. a fuerzas de precauciones y caricias. Se entendían en ese borde mismo que es la tragedia inevitable. Sus iras. Casi todos los días. el patrón nos comunicaba algún nuevo descubrimiento hecho por su cuenta y cada día modificábamos. solamente pudo contestarle lo que era el fondo de su convicción: “¡No sé… tal vez el Diablo!”  Así estuvo llamándose durante muchos meses: “El Diablo”. el potro?…. tres mil pesos. eran un secreto entre él y su dueño. su increíble malgenio. sin mover la mano en las riendas. Por el Patrón. mecido en la firmeza sonora de aquellos cascos golpeando la tierra dura. No hubo forma de que aumentara en carnes. Cualquier ruido imprevisto le hacía pasar días enteros sin probar bocado y los ejercicios en el picadero le ponían los ojos de un temible color morado de ira. rota y deshecha en cualquier parte. Pero “eso” ni se rompía. ni se detenía. dos mil. extasiado. emprendió el largo y fragoso camino que conduce a esa tierra de maravilla que es el Cibao. De tanto estudiarlo. De todos era sabido que era una especie de máquina incansable. el hombre y “El Diablo” se entendían.  Porque el caballo del hombre empezó a cojear. Con todo. Cuando. ruidos. nuestras relaciones con “Deleite”. anotamos cuidadosamente ese capricho y evitamos sacarlo al sol alto de por el mediodía. haciendo volar rotas las piedras del camino. contentos. para todos los estancieros de la comarca. hacían silbar un poco el aire. dos mil quinientos. a ver lo que es… Cuando el hombre montó sobre aquel pelado paquete de huesos no tenía otra idea que no fuera la de sacrificarse para dejar descansar unas horas sus caballos. el hombre le cambió el nombre. perdido. dejando que aquella cosa absurda de azogue quisiera detenerse. Se llamó “Deleite” durante dos años y durante esos dos años llegó a valer mil quinientos. personas. estupefacto y feliz de ir descubriendo que se podía jinetear un relámpago o un torrente. convencido de que estaba presenciando algo sobrenatural. sin que le dejaran tiempo de saber que estaba pisando tierra firme. apenas si martillaba con más fuerzas el camino y si los ollares. un extravagante caso de resistencia atroz. animales. borracho en el ritmo de aquel paso. sus resabios. horas del día. dejó que “eso” se adelantara y así continuó por todas las horas del día y de la noche. pero que tarda en llegar y como aquel caballo era siempre una especie de guerra y de aventura. amarlo. le vino a la boca la ocurrencia: —Ensillen “eso”. amplios y rojos. El tenía su particular criterio sobre un montón de cosas: forrajes. en la medianoche. que reventara en el aire aquel resorte animado por nadie sabe qué impulso. unida a una insólita y firme suavidad de pasos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Agarre “eso” y salgamos ahora mismo otra vez… No diga a nadie que yo he comprado “eso”… ni que “eso” es mío. sabíamos 88 . entre sueños.

nunca supimos exactamente por qué. pero siempre con la intención y la seguridad de halagar a “Deleite”. oscilando en precio. Una noche. no mover las manos. menos que se declarara vencido por algo. y lo contábamos luego con mejores y más brillantes detalles. su inaudita facultad de realizar todos los trabajos. estábamos seguros de que todas nuestras recomendaciones eran. tenía que estarse quieto en la silla. que pidió posada en medio del temporal. “El Loco”. Para cumplir esa fórmula “Deleite” fue vendido por “cuarenta pesos”. “Deleite” era casi un milagro de docilidad. de tiempo en tiempo. un buen día. mató de una coz al peón que le limpiaba la cuadra y. a ruegos de la Señora hubo que venderlo “al primero que pasara”. de nuestro Cibao. ahora?” Siempre vivimos en la esperanza de que volviera a la finca. Después. no variaba nunca el paso. luego. un hombre “de por la costa”. tejiéndose una leyenda prodigiosa que era mantenida cada día más fresca en la perenne evocación de nuestro recuerdo. el Patrón tenía que perdonarle que pasara su buena media hora haciendo tonterías. cuando llovía mucho o cuando el calor era asfixiante. sus bríos inagotables. A veces. ‘El Bronce”. no levantar la voz. empezaron a llegarnos noticias: don Fulano lo compró en quinientos pesos. A esos que venían a preguntarnos cosas. costillas y piernas. les inventábamos las fórmulas más pintorescas. Cuando lo sacaron de la cuadra. La realidad de su existencia se nos confirmaba por rasgos invariables: sus iras inmotivadas. de los veinte a los tres mil pesos. no se hacía viejo. rompiendo brazos. una vez en camino. todos llorábamos en la finca y todos hicimos el mismo comentario: “Era… el único caballo que había en el mundo”. no obligarlo a dar vueltas inútiles.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I que éste. Seguía de finca en finca. de muy lejos. su resistencia en el camino. “Deleite”. nos llegaban peones cansados que traían consultas: “¿Qué hay que hacer cuando “El Bronce” no quiere beber?”… “¿Qué qué se le hace al caballo cuando no quiere salir de la cuadra?”… “¿Qué qué se le hace cuando se muerde los ijares?”… Por esos mismos mensajeros sabíamos siempre historias nuevas de fracturas o de viajes tremendos realizados “de un tirón” por “Deleite” y nosotros aumentábamos todo eso en la finca. seguidas al pie de la letra. moteados de noticias de “Deleite”. Sabíamos todas sus terribles aventuras por todo el territorio. inesperadamente “Deleite”. estuvimos mucho tiempo sin noticias. A veces. obedecía ciegamente la más disimulada presión de las rodillas y si hacía estallar bajo sus cascos alguna ramilla seca. de nuestra Patria. su tremenda capacidad de recibir golpes. tan enorme a pie y tan chico para sus bríos. Pero. pero se sabía que eso era imposible por no ofender la memoria del peón muerto en el patio. En cambio de todo eso. pero no lo puede montar… Ahora le dicen “El Bronce” y dizque lo han castrado para quitarle bríos… Le rompió una pierna a don Zutano… Ya lo vendieron en veinte pesos para el Este… Dicen que lo tienen cargando piedras… Lo trajeron otra vez para el Cibao y lo vendieron en mil pesos… Lo tiene el Presidente… Lo tienen tirando una carreta en la finca de doña Mengana… Se nos fueron pasando los años. no hacerlo cruzar agua sucia. nos dio la noticia: 89 . estuviera en la condición que tuviera: “que le pongan cerca unos pantalones azules del dueño empapados en agua de azúcar”… “que le den a comer media docena de pañuelos de seda”… “que entierren todas las espuelas”… Como con aquel caballo todo era posible. alguno preguntaba: “¿Dónde estará “Deleite”. Después.

No era secreto. Envuelto en su capa y con la espada al cinto. 90 . Ya que presumís de caballero. la inesperada misiva. Vos me estorbais y suprimiros será mi mayor empeño. Tened por cosa sabida que os odio de todo corazón.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Al “Bronce” lo mató un rayo… Nos cayó encima un silencio enorme. A él os emplazo por estas líneas. venid a demostrarlo en el campo del honor. Nuño Valderrama”. el que más sabía de “animales”. Habíamos vivido muchos años de la historia de ese caballo. tampoco. Validos del favor de sus Altezas. Secretario del Presidente de la República (1924) y Presidente de la Cámara de Cuentas. Recibió y leyó don Pedro. escribió y envió la siguiente esquela: “Señor don Pedro Alcántara Ríos. encaminóse el madrugador don Pedro al lugar de la cita cuando los celajes de la aurora desaparecían en el horizonte y surgían por el otro los tenues rayos del sol. de ser el agraciado y correspondido por la discreta castellana. Una tarde en que observara que doña Consolación besó una perfumada flor que le obsequiara don Pedro. Sus propias manos. 1874)* Nobleza castellana Don Nuño Valderrama y don Pedro Alcántara Ríos. para desesperación de don Nuño. Allí estaré antes de la salida del sol. eran dos bravos. con notoria sorpresa. jóvenes y apuestos cortesanos del Alcázar que alojaba a los Virreyes don Diego Colón y doña María de Toledo. ANTONIO HOEPELMAN (N. Os aguardo en el solar yermo que está detrás de los muros que rodean el Alcázar. Ha sido diputado al Congreso Nacional. no pudo resistir la creciente ira que le consumía y tomando papel y pluma. El peón más viejo. gozaban de buenos miramientos y consideraciones en el seno de aquella pequeña corte y eran tenidos ambos por muy correctos y valientes caballeros. mantenedores de estrecha personal amistad. No era secreto que los dos habían puesto ojos interesados en la belleza y gracias miles de doña Consolación Olivo. que los galanteos y requiebros de don Pedro eran los recibidos con mayores complacencias por parte de la bella joven. dama joven en la servidumbre de la Virreyna y la requerían de amores con esperanzas. inédito. al importuno rival. cada uno. preguntándose en cuál forma hubiese él ofendido a don Nuño. quien comenzó a odiar. Autor de un volumen de cuentos y narraciones. hizo el único comentario: —Sólo de igual a igual podía perder. agitado por los celos. Sed discreto si no sois cobarde. si bien presumió que tal airado reto era producto de los celos o despecho por causa de un amor no correspondido. *Periodista.

don Nuño. el caballero retador que al verle llegar le dijo: —”Puntual sois a vuestra cita con la muerte”. que estaba prevenido. Don Pedro. si no queréis que os atraviese de parte a parte”. Recoged vuestra espada y vuestra capa e id en buen hora a roer vuestra desdicha y vuestro despecho. le descargó tremendo cintarazo sobre la diestra mano obligándole a dejar caer la espada. ¡Os perdono en nombre de aquella noble criatura. Este. si no estáis ya por fortuna avisado. Y como la lucha se prolongaba y el ruido de la pelea podría atraer la atención de algún vecino que acertase a pasar por el lugar. Sabed. algunos días antes. No comprendo. paraba las acometidas desafortunadas de su atacante con quites oportunos que le enfurecían más y más. que debéis renunciar al amor de doña Consolación. Iba don Nuño a lanzarse para recuperar su arma.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Allí estaba. me batiré con vos. Vos queréis matarme y yo quiero que viváis. pero. —¡Pues tened por seguro. porque ella me ha entregado su corazón y la desposaré en breve con la venia de sus Altezas los Virreyes. —No os mataré. funesto resultado. Tendréis la culpa del para vos. ya alzado el día. Y ya que así lo queréis. se desposaron doña Consolación y don Pedro. pero os arrancaré la lengua que me insulta. se lanzaba a fondo. había embarcado con don Diego Velázquez a la conquista de Cuba. madrugador también. Don Nuño. con más práctica en el uso del acero. determinó acabarla don Pedro quien. aprovechando un descuido de don Nuño. que no tiene culpa de vuestra desventura! Capa y espada recogió don Nuño y humillado abandonó en silencio el solar. cegado por la cólera tiraba mandobles. 91 . —¡Mentis! ¡mentís! –replicó. que acometéis una temeraria empresa. —Pues tirad de vuestra espada y ya veréis que sé cumplir el encargo que se me confía. que no he de bautizar con sangre asesina la dicha que me posee. pálido. Más quiero la muerte que el martirio de vivir sin esperanzas. pero sin esperanzas de ver cumplidas vuestras locas ilusiones. con la natural alegría de damas y caballeros que asistieron a los festejos ocurridos en el Alcázar. Consolación. que la muerte la tenéis en la punta de mi espada! —Me asustaríais. quiero preveniros antes. con bravura pero sin tino. en cambio. poniéndole en el pecho la punta de la suya le dijo: –”Teneos. Don Nuño. paró el ataque con un quite maestro mientras gritaba al insensato atacante: —No os mataré. si no estimara que ha escogido mal representante la pálida y descarnada señora. apadrinados por los Virreyes. más sereno y dueño de sí. tembloroso y enfurecido don Nuño acometiendo a don Pedro. matadme ya que me véis desarmado. don Nuño. don Pedro. ni vuestra misiva ni aquesta vuestra extraña salutación. —No dudo de vuestra valentía sino de vuestro brazo. Días después. —¿Muerte decís? Pues no la veo por parte alguna. Allí iba él a buscar olvido a sus pesares o la muerte en los campos siboneyes. don Nuño. —Matadme sí. pero don Pedro. como quien solamente tenía un supremo interés: arrancar la vida a su rival. don Nuño.

siga. 92 . Un agente de la policía. —¿Qué ocurre? —Un accidente. La tarde invitaba a la contemplación y yo vestía mi mejor traje. No habían reparado en mi traje nuevo. A esa hora de la tarde en que los establecimientos comerciales van quedándose sin voces. pero con una larga hoja de servicio. pero hubo necesidad de amenazar. —¡Vamos! Antes de llegar la policía. Por las aceras iban y venían diversos transeúntes: hombres jóvenes. Existen los apasionados del accidente. J. niños. A mí me llamaron para que ayudara. ¡Qué trazos. Yo me detuve al escuchar el grito. El carro gris. paño inglés. pero no le era posible hacer nada. a la derecha. mozas garridas. Pare. La muerte acechaba sus movimientos. El placa 406 sonó su pito de reglamento y comparecieron dos agentes. Caminaba despacio. qué caída! ¡Una obra de arte! Me lo había puesto aquella tarde por necesidad. Los dos restantes estaban en la lavandería. A. varios galardonados en certámenes. eran de buen paño también. confeccionado a la medida. hacia el negro… Pero estaba cogido por el automóvil gris. a la izquierda… Aquel personaje anónimo tenía muchas vidas aseguradas en los hilos invisibles de sus señales. Cada indicación del placa 406 mantenía el equilibrio de aquel río interminable de vehículos. novela. —Ese carro ha aplastado a un hombre –gritó una mujer. ¡Mi traje nuevo! Gris perla. Yo me había olvidado también. Uno de los agentes me indicó: *M. sonó un grito de dolor y se oyó el ruido de unos frenos… El agente levantó las manos en cruz y al instante se pararon todas las máquinas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS MIGUEL ÁNGEL JIMÉNEZ (N. 1885)* Mi traje nuevo Aconteció en una de las calles principales de la ciudad. hacia el verde. Una luz opalina bañaba los seres y las cosas. ancianos. Los últimos clientes salían con paquetes debajo del brazo. Los agentes ordenaron que se alejaran. Con todo. como si paseara. es autor de La hija de una cualquiera. como yo. ya los curiosos rodeaban la máquina. movía los brazos constantemente. y de numerosos cuentos. en la esquina cercana. Con la exclamación viajaron las miradas hacia el vehículo rojo. dejaron de caminar muchos transeúntes. En esa luz iba yo de regreso de mi oficina de trabajo.

llévenselo en seguida. gracias: estoy casi muerto. Uno de los agentes tuvo que apartar todavía a los curiosos. ¡levantemos! Alzaron el carro y yo así al hombre y tiré de él como pude. yo no tuve la culpa… —¡Cálmese!. A mi lado hacía fuerza también el conductor del vehículo. todo ha sido aquí en el pecho. pero el desgraciado indicó con su voz desfalleciente: —Venga usted también. —Lo llevaremos en seguida al hospital más cercano. Venga. yo… Al conductor le volvió la sangre a la cara. Iba a continuar mi camino. Obedecí. El carro gris fue de los primeros en ponerse en marcha. —Debe ser paciente. —Sí. —Conforme. sus compañeros. caballero. a su interior volaron ahora las miradas de los curiosos. –le dije e iba a sentarlo. iré. yo tengo que continuar mi servicio. puede tener roto el espinazo. Nos colocamos como pudimos en el interior del automóvil y el placa 406 se alejó a reanudar el tránsito. chofer. El placa 406 preguntó: —¿Este chófer podrá guiar bien? —Pero él no tuvo la culpa. un negro delgado a quien se le había perdido el color. —Yo puedo guiar. —Pues andando.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Trate de levantar esa rueda. —Este hombre está mal. pero el contuso dijo: 93 . El placa 406. el chofer y yo cargamos al hombre hasta el interior del automóvil. hay uno poco distante. —No. nosotros lo llevaremos. —¡Listos! —¡Listos! El chofer aprovechó para decir: —Yo no tuve la culpa. –expresó desfalleciente. Tenía la ropa sucia. tiene cogida la ropa del hombre. gordo y blanco. —Está bien. –explicó. váyanse. pero estaba sin afeitar. puede subir. de estatura mediana. —Pónganme más a la derecha… —Sí. pero el placa 406 me lo impidió. Era un hombre como de unos cuarenta años. No había vuelto a pensar en mi traje nuevo. El placa 406 dijo: —Mejor es que nosotros cuatro levantemos las dos ruedas delanteras y que usted hale al hombre. sus facciones eran correctas. complázcalo. ¡y arriba!. pero el contuso no pudo seguir hablando. —No lo tuerza. —Conduce con tino. agente. estoy seguro. —Está bien. pongámoslo dentro del carro. –contesté. —Sí. caballero. —Si quiere. —Ay.

—No me refería al golpe. —Esta vez me ha salido todo muy mal. no he echado sangre. estoy asustado ¿Dónde está el doctor? —Vendrá en seguida. –expresé a uno de los agentes. Las religiosas salieron de la habitación y permanecí con el contuso. no se vaya. lo acompañaré. –le recomendé–. —Ya estamos llegando. –expresó el otro agente. Miré al sujeto con extrañeza y pensé que deliraba. iré a avisar para que vengan con una camilla a buscarlo. urgentemente. pero él prosiguió: 94 . señor. Se lo expliqué a la policía. Olía a drogas y un silencio que caía como de los altos paredones. hablaba de mi trabajo. —Muy bien. me retiraron y ahora me dedicaba a ese otro oficio: vivía del accidente. Cuando retornó el agente. Detrás de la camilla íbamos los miembros de la policía. —Me siento mal de todos modos. el chofer y yo. pero al despedirme del desafortunado. No estoy herido. Luego se dispusieron a marcharse llevándose al motorista. quizás le diga el médico que no es cosa grave. Yo también me iba. El carro continuaba su marcha y ahora entraba en un sector muy tranquilo de la ciudad. —Acompáñeme un poco más. Primero cruzamos una gran puerta de hierro. porque el chofer no tuvo la culpa. a solas con el hombre. —Entre todos podemos cargarlo. señor del traje nuevo. todavía me suplicó: —No se vaya. vino con tres mozos que acostaron al hombre en un pequeño catre y se dispusieron a llevarlo a un cuarto de emergencia. un momento. con los ojos cerrados y muy pálidos. sí. —Está bien. —Está bien. pero ¡cómo me duele el pecho!… —No hable. El carro se detuvo delante de una magnífica construcción. Las monjas fueron a buscarlo. nos envolvía. —No es necesario. no se impaciente. El contuso estaba como desmayado. caminamos por un amplio salón y ascendimos después por una espaciosa escalera.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —El señor bien vestido que me sostenga por el hombro. –me contestó y se dirigió al interior del hospital. es allí. En una habitación con ventanales de vidrio instalamos al contuso. Así al desdichado por la parte superior de la espalda mientras uno de los agentes le indicaba al conductor la dirección del hospital. puede hacerle daño. caballero… —No desespere. era empleado de comercio y ganaba bastante. Unas religiosas con tocas blancas ayudaron a acomodarlo. pero perdí la cabeza con el juego y la bebida. —Sí. Las luces amarillas del atardecer lo volvían más pálido. Los agentes se quedaron después. Hizo una pausa y después prosiguió: —En otros tiempos vivía bien. Pronto llegaremos. —Vendrán en seguida.

me parece que el dinero no me molestará más. dijo en un tono muy frío. pero me dicen Serrucho… Ya el Serrucho no cortará más… Siento otra vez el dolor. Me ataca por instante… Es como si quisiera destrozarme. No me ha dado dinero. pero aquel hombre parecía tan triste. le perjudica. usted es un hombre valiente. después de levantarle los párpados y tomarle el pulso: —Pero con éste ya no hay nada que hacer. —¡Maldito dinero. soy pobre también. él estaba empeñado. —Tal vez. en continuar su relato. que no se agitara. ¡quién sabe!… Se necesita serlo para vivir de lo que yo he vivido. —¡Si así fuera realmente! Se llevó las manos al pecho y volvió a quejarse. Indiqué al desdichado que guardara silencio. ni un hermano. señor… —No converse más. y ¡zas!… Simuló que quería suicidarse tirándose sobre un botafango. Iba a decirle que estoy muy satisfecho de usted. Hoy tenía que volver a trabajar y me había escogido a mí para que lo favoreciera. Se trataba de una labor arriesgada. —¿Le duele otra vez? —Siento que me he hinchado por dentro. No hacía más de dos semanas que le había producido cuarenta pesos. tan solo… —Yo se lo dije porque a lo mejor si se excita… —No crea. pero le habían fallado los nervios. caballero. yo no tengo madre. pero me ha consolado. malditos errores! —No le doy algo porque no soy lo que usted ha imaginado. —No se apure.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Me explico su asombro. —Todos los hombres somos hermanos. Cuando el médico llegó. —El médico debe estar al llegar. Yo guardé silencio mientras él lloraba. Continué mirándolo con tristeza mientras de los altos paredones seguía cayendo aquel silencio compacto que lo envolvía todo. estoy tranquilo. —¿Está muerto? —Sí. empero. y agregó quejándose y con la frente sudorosa–: ay. un auto lo… El galeno ya no me oía. Oiga. Tornó a llevarse las manos al pecho y se le humedecieron los ojos. Luego tuvo un sacudimiento y se quedó como dormido. —¿Valiente?… Bueno. pero él la dominaba. y me producía para vivir. pero piense que pueden ser mis últimas palabras… Quise quedarme callado. siento que me voy. pero es la pura verdad: esa era mi profesión. —Quizás bebí demasiado con aquellos cuarenta pesos. ¿Es familiar suyo? —Es mi conocido de esta tarde. resista un poco más. se mostraba cansado y con un bostezo agregó: 95 . me informó. No sabía qué contestar a aquel desgraciado y callé conmovido. El continuó: —Mi nombre es José Luna. Era como uno de esos trabajos peligrosos que efectúa muchísima gente. me vuelve el dolor. ¿Por qué no viene el médico? —Debe venir ya pronto. –prosiguió diciéndome. Aguardó a que pasara en su automóvil un rico de buen corazón.

pero estaba pensando muchas. hacía calor y tronaba del lado de los pomares. después monologó: —¿Qué le pasará a mi don?… Me jabló como quien va pa un desafío. en el comedor de la casa de tablas de pino. Salió del aposento y volvió a la sala. ¡Quizás es por el encargo que le hicieron al jijo. no dijo una sola palabra. era un ruido como de rocas que se despeñan. dijo monologando. blanco. y entró luego al dormitorio. Guara se apartó del rincón en donde estaba sentado sobre una mecedora vieja de baítoa. lo miró fijamente. La sala tenía un aire singular. 96 . Ya en el camino. El peón que se había quedado medio dormido. rechoncho. Cuando acabó de colocarse el machete. con la carne apretada. y Chano. primero surgía una luz y después se escuchaba el estruendo. Guata se pasó dos veces las manos sobre los ojos para espantarse el sueño. y tú eres el mío. —Le voy a dar una lección a ese muchacho que no parece de mi cata. Volvió a meterse en su silencio por un rato. Abrió el baúl grande y sacó de él un machete de pelea. La luz de una lámpara jumiadora tiró su sombra contra la pared. La orden del viejo lo obligaba a salir de pronto porque le había hablado en un tono que empujaba. don. no se distinguía mi árbol ni nada. Honor trinitario —Guata: dile a Pancho que me mande el caballo. en dirección a los potreros. Marcelo se dirigió a la sala. le crecía una resolución. Su mujer hacía tiempo que la habían enterrado debajo de aquella mata de jobo que estaba cerca de la morada. salió luego del cuarto sin desperezarse. después se lo terció pasándose sobre el hombro izquierdo el cinturón de tela que sostenía la vaina. En la soledad de la vivienda. abrió los ojos nerviosamente. Me sentía triste y como avergonzado de mi traje nuevo. —Está bien. Después salimos de la habitación y yo volví a la calle. El hombrecito moreno. parecía que iba a llover. —¿Cómo dice el don? —Que vaya a decirle a Pancho que me mande el caballo y que le ponga la silla nueva. y luego agregó: —Ca hombre de vergüenza tiene su machete.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Avisaré al director para que disponga según los reglamentos. En aquella casa solamente vivían él y Guara. con emoción. su hijo único. Allí se sentó cerca de la puerta que daba al camino. de la Línea Noroeste. encanecido. de buena estatura. era un hombre vigoroso a pesar de sus años. ya tenía hogar aparte. Era ya de noche y de las estrellas descendía el polvo de la eternidad. con los brazos largos y las manos recias. con sus muebles severos y un no sé qué de rural señorío. Pobre hombre! ¡Dios quiera que no pase na malo! Mientras Guata rompía las sombras. La noche era cada vez más negra. Hace dos días que viene preocupao. hizo luz en ella encendiendo una lámpara de vidrio que había sobre la mesa. cerrada la noche. Con el arma puesta se veía bien.

pero a lo mejor con el que debió trabajar Chano. lo sacaron de su mundo adentro. —Perdóneme. mientras los compañeros aguardan que cumpla con su encargo. a mí es a quien le toca. Con las dos últimas palabras Marcelo subió con ligereza de joven sobre el caballo alto y brioso. monologó. endurecidos de transitar. impetuoso. —¿Estaba en el primer cerceo? —Sí. A mi jijo ya lo he borrao. Guara. comenzó a masticar tabaco y luego se sentó sobre una piedra grande que había en la esquina de la vivienda. y se quedó pensando en lo que le habían referido de la pelea en La Emboscada. —¡Mi don!… —En este momento estará él. Toda una larga historia de actividades varoniles. La luz que salía por las puertas y ventanas tenía forma cuadrada. luego agregó: —Y tú. te quedas aquí. —Lo consiguieron con facelidá –contestó éste mientras se apeaba. ahora trinitario. no estaba en el mundo exterior. pero óigame: usted no debería intervení en eso. —Has vuelto pronto –le dijo al peón. Guara acabó de bajarse del animal y después preguntó: —¿Y usté va a salir de una vez? —Ahora mimo. cruzó los brazos y se quedó pensando. Guara. yo sé que no debo meterme. En la oscuridad parecía otra piedra. recogió los pies descalzos. Las pisadas del caballo de Marcelo sonaban ya del otro lado. 97 . un traidor. cegado de soberbia. —Está bien. ¡Cuántas ideas cruzaban por aquella cabeza! Episodios de la juventud y de su vida de hombre maduro. A poca distancia se escuchaba el rumor del río… —¡Esas aguas saben quién soy yo! ¡Ellas me vieron al lado de Serapio Reinoso! Las palabras finales del soldado de la Reconquista. Terminó de hablar con una escupidura. se puso en pie y salió de la sala. Si no he vuelto de madrugá. —El asunto es defici. es un vendío. ¡Cómo me duele que ese muchacho no haya cumplío!… Guara oyó con respeto y admiración a su amo. seguramente. había disminuido la amenaza de lluvia porque ya no relampagueaba. ¡Si no fuera porque quizás yo no sirvo!… —No. que parece que tienes vergüenza. La noche lo envolvía como polvo de carbón. Tú ayudarás en lo que puedas cuando te llamen. Después el guerrero picó el caballo y se fue a escape. Guara lo vio penetrar de pronto en la oscuridad. dile a Pancho que atienda a la pulpería y que ponga al compay Lolo a cuidar los animales. ni se oía el viento correr en el monte. mi don. encargao de las gallinas y de las cosas de la muerta. usted no debe eponerse. yo no quise decirle más na al don. en su bojío. cayeron sobre el peón como carbones encedidos. decidido. continuaba pensando con profundidad.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I El viejo Marcelo no reparaba en nada. en el chiquito. ágil. que caían como azotes sobre el recuerdo de su hijo. Los pasos del animal que había ido a buscar Guara. Guara mordió una ruea de andullo. jugando barajas. mi don. más te estimo a ti.

pegó los oídos a uno de los setos de tablas de palma. Esperó ver a alguna persona. —¿Me desafías?… —Le explico que este colín tiene tuavía sangre de gente… —¿Cómo? —Y que Olegario no era trinitario. yo no sabía na.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Todos los caminos estaban rebosados de tinieblas. —Marcelo ¡usted es el primer hombre que me insulta. vestido como estaba. pero su silencio quemaba. A mí tenía que decírmelo Olegario y ése no era puro. era un vendío. viejo? ¡La bendición! Marcelo no profirió vocablo. como un jabillo. caminó hacia ésta con sigilo y cuando pudo. ¡porquería! ¿Tú ves este machete?… —¡No debe ser más cortante que éste! Marcelo clavó los ojos en el arma que el joven había sacado de la vaina que pendía de su correa. se bajó de la silla. Aquel vallado daba al patio de la casa de su hijo. Cuando encontró un sitio apropiado. ni ruido. se encaramó sobre dos travesaños y salvó la cerca. En los minutos se agrandaba su inconformidad. —¿Qué hay. ¡ése era un traidor! El soldado miró de hito en hito a su hijo. como una palma. —¿Y se fue Olegario? —¡A Olegario lo enterré en su propio cercao! Marcelo sonrió satisfecho y vio que su hijo se ponía grande. el retrato del padre en su mocedad. una lunilla de cuarto creciente se había comido las tinieblas. cortó tres veces más la corriente y luego hizo alto frente a una cerca de palos. pero como no lo lograba. debajo de los serones de guatapaná. su montura conocía bien todos aquellos derrocaderos que llevaban a la vivienda de Chano y el viejo era buen jinete. se apartó. 98 . y si no fuera porque es mi taita!… —Eh. Los dos rostros podían distinguirse bien ahora. alto. y salió en el acto. pero no oyendo palabras. amarró el caballo y después echó a caminar por entre unos matojos. se fue para adelante y llamó a su hijo: —¡Chano!… ¡Chano!… El hombre joven. Había llegado. el patio estaba claro. Primero cruzó el vado del río. Marcelo. —¿Me sale con eso. después que no has sabido cumplir con tu deber?… —¿Cómo?… —Chano: tú no conoces el honor. después anduvo por un pequeño valle. miró entonces por un agujero y vio que la puerta del frente del bohío estaba abierta. fornido. abandonó su hamaca. pero conseguí las armas y hace poco que las escondí en el rancho. ¡tú no tienes vergüenza! ¡Cómo nos estarán maldiciendo los trinitarios! El mancebo sintió que le habían herido el rostro y le costó trabajo contenerse. pero Marcelo Figueroa estaba acostumbrado a ver en la noche. —Perdóneme. ni nada.

Y para colmo de desdicha sucedióle lo que acontece por lo general en estos casos: a medida que se le cerraba el crédito. Las cuentas de Perucho eran siempre exigencias de buen apetito. respondióle con otra brutalidad por el estilo de la primera. y sus hijos. tocado de la magia de lo ingenuo. Oración panegírica –1938–. como la naturaleza la había hecho. llegó a serlo también de vendedores. hizo construir en el patio de la casa para regalo de su oído y maravilla de sus ojos. fue director de la escuela Normal (C. 1886)* La escalera inesperada De los tibios en arreglo de cuentas. Es el peor oficio que pudo haberse inventado. lo cual fue causa de que. holgándose en cuidarlos en dorada pajarera que su amor. Preocupábale. Perucho era de los que se acogían con el mayor buen humor del mundo a la apertura de crédito y con el peor humor de la tierra a la clausura del débito. era lo que se llama. El sueldo de que disfrutaba en la agencia comercial de que era empleado. como nada en la vida. que han estado siempre al uso en todo tiempo y en cualquier medio. Periodista. que llegó a comprometer la envidiable serenidad de su despensa. había una vez uno en la ciudad de Barahona. El Patriotismo y la escuela –1917–. Llegó a faltarle aquella facilidad en girar por cuenta propia. los que le fiaban los ricos jamones y los buenos quesos que eran su debilidad en un sentido. a la larga. Biografía de Trujillo –1945–. y trabajos dispersos en periódicos y revistas. aunque a la madre en lo de bien hablados a la hora del pago. no hacían sino cumplir con su deber.) y Secretario de E. durante varios años director del diario La Nación. que llegó a inspirarles miedo. Al amor del Bohío –1927-29–. cobróle afición a los pájaros. y de tal modo se condujo con éstos. cuanto más que no era culpa de ellos el haberles tocado el oficio de cobrar. no vivas en su expresión de alas y de arrullos. o porque. poeta y prosista. aunque su fortaleza en otro. antipático y todo. Jiménez. en rigor. *R. Mas el temperamento de Perucho no se avenía con esta política de pájaros de su mujer. porque no les pagaba. menos por la cara infernal que les ponía cuando se le acercaban con recibos. sino muertas y servidas bajo sus manos armadas de cubiertos. Espigas Sueltas –1938–. La Patria en la Canción –1933–. Pero aquel gastador de buena mesa. es tan viejo como el mundo. que habían salido a él en lo goloso. era de lamentar su apego a la tacañería. más ropa”. que contaban entre sus platos favoritos las lenguas de ruiseñores. a la hora del cobro. según suele decirse. Comía. a las que deseaba ver siempre. Los cobradores éranle sencillamente detestables. T. salvo lo de la crianza de palomas. que por el duro trato que les daba. en boca de acreedores. “ser duro de pagar”. Su mujer. diciendo que alababa el gusto de los romanos. Fina de gusto. como azote de comerciantes. Del lenguaje dominicano –1941–. porque los insultaba. le fiaran con dificultad aunque pagara con facilidad. y su mujer solía desaprobarle esta conducta. Obras: Lirios del trópico –1910–. al menos. apenas si le alcanzaba para otro fin que el de la mesa. Maestro. de Educación. Si era de alabar su afición a la buena mesa. le reprochaban a Perucho las señaladas muestras de disgusto con que recibía a cobradores que. se le abría más el apetito. Diana lírica –1920–. según él. que. bien que los desesperados venían a ser. Ya la filosofía vulgar lo ha sentenciado: “mientras más calor. Espumas en la roca –1917–. que hacía mesa moderada. la despensa. y sufría cuando se hallaba flojo de dinero. para los que era extremosa. Cogía fiado con facilidad y pagaba con dificultad. 99 . Y como le riñera su mujer por esta irreverencia contra lo que fue siempre en ella regalo de buen gusto espiritual. E.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I RAMÓN EMILIO JIMÉNEZ (N. “como un desesperado”. que llegó a ser terror de cobradores. conocido generalmente por Perucho.

que era en Santiago de los Caballeros a fines del pasado siglo y principios del actual. de la parte más alta de los tramos. haciéndole el ambiente de confianza a Pedro Antonio. divisó. Su vista. y el punzante instrumento de demostración no reveló nada anormal en la masa dorada y aromosa. respecto de aquellos comerciantes: 100 . con el brillo particular de cosa nueva. Agudizaban su imaginación en el ardid para vencer en nuevas trampas. Y sabía esto acerca de tan original plato. que tenía. pieles y cera. Llegóse a ella y quedó boquiabierto ante unas piernas de jamón que pendían. se clavó en la flamante envoltura de henequén. Cierta vez. y a esto se debía el procedimiento del asador sobre un brasero en el patio de la tienda. y decían. confites de bolas. que extendió al desconfiado dependiente mientras le decía. No se corrían por esto los labriegos. que exportaba a los Estados Unidos de América. preferida de la servidumbre casera. y se lo dieron. entre el loco volar de las abejas que allí no faltaban en los sacos de azúcar. Cinco pesos. sino por erudición culinaria adquirida en los manuales de cocina que no le faltaban cerca de su mesa. —”¡Bájeme el jamón!” –volvió a ordenar al empleado. los datos no podían ser más interesantes. el de más negocio en tabaco. que al fin le respondió: —“Será en otro momento. almanaques. con dominio de la situación: —”¡Aquí tiene usted la escalera!” Un duelo comercial Pedro Antonio fue al establecimiento comercial de José Batlle. Era una atienda mixta. mientras paseaba por una de las calles de Barahona. Repitió la operación en varias direcciones y el agudo instrumento salía sin dificultad por el extremo opuesto al de su entrada en la pasta de oro. entre las aves que cuidaba. no precisamente por lujo de conocimientos. pero éste aparentó no haber escuchado la orden de Perucho. y el avisado dependiente aplicó a la pesada masa rubia un asador caliente. y puñados de azúcar pardo. Otros vendedores de ese producto habían puesto piedras en el interior de la masa logrando mayor peso y burlando al comprador. al que se agregaba el de la cera. Dependencias de la tienda eran el vasto almacén. A lo que respondió Perucho sin demostrar la menor contrariedad y sacando de entre uno de los bolsillos del pantalón un billete de cinco pesos. como aparato de escarmiento contra la industria y la malicia campesinas. como para dar tiempo a que llegara el dueño del establecimiento. Cromos. Llevaba Pedro Antonio una marqueta de ocho libras con la forma del caldero en que había sido derretida la cera. con impertinencia de garra. atraídas por el olor que despedían. Volvió otro día con nueva cera. que no se hallaba lejos de aquel sitio. Inquirió el precio. con un periódico en las manos fingiendo que leía. hecho lo cual retiró el utensilio y pagó las ocho libras que indicó la balanza. y nuestro hombre ordenó al dependiente: “¡Bájeme una pierna de jamón!”. una recién abierta pulpería. destinado a tabaco y el pequeño a pieles de chivo que llenaban la calle de groseras emanaciones. porque ahora me hace falta una escalera”. provocadoras. que empujó hasta perforarla. de que hablaban las crónicas antiguas. un bello par de ruiseñores–. la frescura del artículo. de los que se pegaban entre sí y de los frascos. constituían el acicate de los mandaderos de oficio. que allí iba de compras atraída por el cebo de la ñapa. selecta clase y acabado de recibir. y también se la dieron.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ¡Lástima de plato ya en desuso! –decía como para mortificar a la esposa. únicos libros que leía con devoción.

Esta mujer tiene las orejas traspasadas por relucientes argollas. y parece gitana. más que engañado. de ordinario. Se dio la orden de compra y Pedro Antonio salió. que esperaban la indignación del rico comerciante. –respondió el astuto vendedor. Estornudos… Picazón en los ojos… adherencia en los dedos… ¡Inmejorable! —¿Es de Hato del Yaque? –inquirió don José. barajando con agudeza la idea de lugar con la condición. elástico. Largas piedras achatadas se hallaron entre las sartas de tabaco. Era un rico tabaco de olor. y no en el corazón de piedra que ponen cuando compran. sonriente. lo bailamos. se acortaba mucho de medida en el campo. Había la romana corriente. Autor de una novela y de cuentos no publicados en volumen. a veces. El del campo decía: —De hombre de pueblo no me fío. Al día siguiente fueron vaciados los serones. de la tienda. Solía mezclar el campesino. Y el del pueblo exclamaba: —¡El más bruto del campo sirve para arzobispo! Claro que todos los comerciantes no procedían de igual modo. según típica frase: “el cuero en manos del comprador”. semos como ellos son. La imaginación fue bien lejos en refinamientos de común superchería. sus ojos son duros. Es Nena. 101 . y con asombro de hombres y mujeres ocupados en la faena. en perjuicio de los agricultores. con alarma de todos los que servían en el almacén. Comerciante y campesino tratábanse de mala fe. de piedra adentro. Don José fue llamado en el acto a presenciar el burdo timo. burlado. en la que una arroba venía a parar en treinta libras. vestal tenebrosa de las tierras del Sur. Hubo siempre lucha artera entre la astucia urbana y la rural. En la mejilla izquierda ostenta tatuajes extraños. Tela al parecer bien medida en el pueblo. penetrante. Tabaco bien pesado en el campo se aligeraba demasiado en el pueblo. que era la de vender. y su cuerpo firme adopta. gasta pañuelo de cuadros amarillos envuelto en *Ramón Lacay Polanco. en la venta de naranjas “de china”.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Buscan la piedra en lo que les vendemos. Fue abierto un serón. y la “cargada”. dando a probar las dulces en desquite de bebidas ligadas y libras incompletas. ni todos los agricultores procedían de tal suerte. pero el pecado de muchos en la violación del sexto mandamiento del Decálogo. 1925)* La bruja Sola en su rancho que ocultan las bayahondas. pues habíalos ejemplares. que no sabían por qué reía el buen señor. las dulces con las agrias. Como nos toquen el merengue. interesado en conocer la procedencia del fruto. reunió la mayoría de éstos en un frente común contra el comercio cibaeño. Capa pura… Don José llamó al Encargado del Almacén. y entre éstos debía de hallarse José Batlle. Rezumaba miel la hoja y se ofrecía a la vista como seda. prorrumpió éste en estrepitosas carcajadas. —No. por el astuto campesino que. RAMÓN LACAY POLANCO (N. En las compras de tabaco el campesino dejaba. del que se extrajeron varias sartas. la bruja. que era la de comprar. incomprensibles para los espectadores. aseguróle que el tabaco era “de piedra adentro”. Cierta vez llegó Pedro Antonio con seis cargas de tabaco a la tienda de don José Batlle. laxitudes sensuales.

y habla de sus tiempos cuando era caballo y se montaba con el espíritu de Ogún Balenyó. que beben. o en tronco. Ella conoció a Lico Bueyón. escalas de la novela del alijo haitiano.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS la cabeza casi cana. invocó una tarde a los espíritus del mal y lo preparó para las luchas de guerrillas. Los lugareños le temen. Es de esa estirpe que sabe vivir y morir en pie. donde cada día ella clava una oración y eleva un canto de recuerdos rogando a Dios por el descanso de aquella ánima que todavía está penando. y cañadas sedientas que se duermen al son de los atabales… Pero entre esta mujer que ahora tiene carnes flácidas y el bandolero Lico Bueyón. El calendario de Nena. y sin meditarlo se ayuntó con él. la bruja. Esta era una pieza atiborrada de imágenes de santos. creció una pasión avasalladora. Sola. No oculta sus aventuras de contrabandista. cuando las lomas. bailan y cantan el rito en patois. llamando a Papá Legbá cuando el peligro la amenazaba o transformándose en piedra. Cruzando amaneceres en el viaje de vuelta. el maroteo de siempre. Penetró en la habitación del rancho. hombre realengo del Sur. Es la suya una historia de tierras enfebrecidas y noches ardientes. Explica historias del Bagá (espíritu diabólico que se aparece en forma de perro. es un calendario de lunas y estrellas. cada una de las cuales poseía un velón encendido. —Ven –le dijo–. tan violenta como crece el maíz en la menguante. la selva y las sabanas se juntan y confunden en un paisaje gris que tiembla vacilante. de ojos asombrados. sus monturas se inclinaban al peso del clerén. Apegada a su hombre como la yedra al jabillo vigoroso. que luce a un lado del rancho llena de cascarones de huevos y trinitarias. En sus anécdotas figura el gavillero Rafael Lucas. Y comenzaba la otra aventura. Hondo Valle. su tristeza es hermana de la tierra. Estremece su relato el paso de la tarimba: la parihuela que conduce al muerto va rodeada de gentes vestidas con ropas de chillones colores. Entonces cruzaba la raya cuando los cielos de la frontera eran sendas nocturnas de estrellas. San Juan de la Maguana… siempre de noche por zonas de angustia. Debió bailar en Veladero y Las Caobas y conocer las rutas de Puerto Príncipe. asesino sin rival y vagabundo de rutas. y el contrabando. en la ancestral orgía africana que enciende las noches de Haití. amparada por los espíritus del agua y de la tierra. vestal tenebrosa de las tierras del Sur. con las distancias medidas por el paso de los ríos y las guardias ocultas. ayuno de agua. ella supo conquistarle a la vida todo lo que quiso. a través de las madrugadas foscas. La tambora enfebreció su carne al ritmo del vudú.  Pero antes fue estampa de caminos. Es Nena. A su manera. o en perro cada vez que los bandoleros le cruzaban el paso. siempre. Fue amante del negro Cinturón. de carnes duras como la sequía de la tierra. en el camino de San Juan… Y sus noches de vela. y de la cruz de Jericó del difunto. como las tórtolas que huyen a la orilla del Yaque. junto a Telésforo. la bruja. A su regreso. bailando Los Palos del Espíritu Santo. en junio. A su paso se santiguan. la venta ilegal. Bella. Ella lo hizo cabecilla. con perros algebraicos y algodonales amplios. En el fondo estaba un camastro pequeño 102 . de jabalí o de pájaro y puebla de miedo los parajes oscuros). La marcha larga sobre los trillos secretos que cortan las montañas y conducen a los poblados de Barahona. Y sus recuerdos del monte la Urca. que asaltaba las recuas en el paso del Naranjal. Quiero prepararte.

y empezó a tomar sus objetos. Cecilia curaba a los heridos con sus ungüentos y pócimas y preparaba sahumerios para ahuyentar a las ánimas 103 . Luego se separó y procuró en uno de los baúles una bolsita de hule. Era un rito donde semejaban flotar duendes y vampiros de alas membranosas que le dejaban al paciente un raro calofrío en el organismo. se cansó de ella. tomó un vaso de agua. —Nadie podrá contigo. quien cantaba lamentos y hacía ritos para la largueza de días de su hombre.  El galope de su caballo. —Ya está. a veces. y luego. y bajo el influjo de su voz profunda la estancia colmábase de corrientes magnéticas. echó en él varios paquetitos de polvos de colores y empezó a mirar concentradamente el líquido tornasolado. fue suplantada por Cecilia. Entonces abrió un maletín. empezó a seleccionar su grupo de forajidos. Junto a ellos. ebrio de clerén y café cargado. la médium. La bruja invocaba los espíritus del agua y las montañas. envuelta en sopor enervante. ya poderoso. sacó varios objetos de cera. Sacó de su seno una tibia de algún pobre difunto y volviéndolo de perfil dióle con el hueso tres golpes en la frente. Empezó a traficar en Clerén. Luego la hechicera. Sus mandíbulas se movían con inquietud. un crucifijo. y en los cantones donde moraban después de los latrocinios y las incursiones. desde entonces. Lico estaba asombrado. la mujer del jefe. en la cual colocó unas insignias misteriosas. Inmediatamente le lanzó en la espalda a Lico Bueyón aquella poción y lo frotó con un paño negro. lleno de pinturas raras. Con la pluma de ganso mojada en el líquido trazó diversos signos desde el nacimiento de la cintura hasta la parte alta de los pulmones. pronunció palabras incoherentes. una esponja y una pluma de ánade incrustada en un frasco alargado que contenía un líquido verdoso. siempre murmurando misteriosas frases. En el piso. podían contemplarse unos cofrecillos oscuros y un baúl amarillento. sus pupilas brillaban con extraño fulgor. Lico Bueyón vivía apegado a la negra. dispersos. sobre la cama. dio varios gritos espeluznantes y empezó a bailar alrededor del lecho donde estaba tirado su hombre. había sido un clarín de guerra en la comarca. como si un enorme generador de electricidad hubiese descargado toda su potencia.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I cubierto con frazada roja. y cosiéndola con una aguja larga le puso un hilo oscuro y la colgó del cuello de su hombre. Luego encendió un mechón de aceite que traía consigo y una llama azulada dio perfiles siniestros en la habitación. Pero he aquí que el bandido. Del vaso empezó a salir una espiral de humo perfumado que se extendía sobre las paredes y hacía pensar en los encantamientos. que le seguían por todas partes y acataban sus órdenes sin recelo. tranquilamente. Sólo yo. de bigotes largos y largas manos de verdugo. El hombre. Nena tomó a Lico por la mano y desnudó su cuerpo de ropajes. y el dolor de las recuas. unos hombres duros como la tierra. amarillento. Le ordenó que se pusiera boca abajo. aquel gavillero fornido. La bruja quedó en éxtasis. Con el vudú y sus sortilegios. De sus manos parecían nacer hilos invisibles que alargaba con sus dedos amaestrados. Inmediatamente empezó una extraña oración mezclada con cánticos ininteligibles. estaba Nena. Lleva esto siempre encima y te acordarás de mí –dijo– sacudiéndose como si tuviese frío. Primero sintió un golpe de muerte sacudir todo su cuerpo. Nena. Lico sentía una comezón extraña en la piel dibujada. con el pelo rojizo y la boca grande. sonrió. que tengo la contra –agregó la médium.

le comunicó el hechizo. Fue una noche de humedad y estrellas pequeñas cuando Lico y Cecilia se unieron. Aquella noche se encendió un bongó detrás de las lomas. en la hembra bravía del gavillero. Todos se ponen en pie. y parecen legionarios de un mundo fantástico. irrumpe entre los festejantes. sobre las hojas que tumbó el viento y los luceros hundidos en las cañadas. Lico Bueyón. por primera vez sintió como se angustiaron sus senos en aquella noche con estrellas grandes clavadas como ángeles de la brisa y del sueño sobre la selva. llevan dos heridos. Maravilloso cuerpo de ébano que le hizo creer al bandolero en los misterios de la jungla. Quien hubiera contemplado la sombra. y el jefe. Los más viejos le abrazan. que había contemplado cómo iba madurando su cuerpo en el espejo del río. y ofrecerle sus carnes y su alma. y su carne era carne esculpida en brisas. en éxtasis. mientras en el centro una negra con cuerpo de junco mueve las caderas en el rito. en silencio avanza entre los árboles. Varios negros tocan los parches. La bailarina. se ha ofrecido mirando a las estrellas. Brilla su rostro. —¡Alto! La voz del jefe sacude a los hombres. Detrás de los ramajes hay un claro iluminado por fogatas. sólo turbado por las gotas de agua que se balancean sobre las hojas y por los sapos que hablan en japonés. La tropa. hojas y estrellas. creciendo en misterio y en extraña belleza. Lico lleva el ala del sombrero agachada sobre el rostro. En la alta noche traspasada de estrellas el bandido y su gente se acomodaron en los catres. —Bon suá. de las fuentes misteriosas. aferrarse a su cuerpo. Pasaba el tiempo y Cecilia conservaba siempre un cuerpo de doncella. Desenfunda el revólver y se tira de la montura. se van retirando al caserío. Cecilia acaricia con sus ojos al bandolero. se deja guiar por el balsié que estremece la selva. Ella que era la novia de las supersticiones africanas. pesado. Agüe. se expandía en la noche que iba creciendo. Tirados a ambos lados los otros lugareños se confunden con el lodo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS en pena. gran Agüe. Beben clerén. Allá lejos sus notas caían sobre los campos recién mojados. 104 . descubriría a una figura de mujer deslizarse hasta el lecho de Lico Bueyón. Desde esa noche el bandolero tuvo una concubina negra. Le sigue su cuadrilla. Un coro humano. Lico Bueyón ha azotado a Bánica. La cuadrilla avanza sudorosa y cansada. sacude los hombros en frenesí vehemente. Todo tiembla y vacila en el paisaje inhóspito. Este llama al sacerdote y le deja entre las manos un puñado de monedas. Le rodean. Se había bañado en un río secreto en noches de luna llena. sobre una estera. y un silencio sobrenatural. y lanza un grito estridente que hiere la noche: —¡Ohué! ¡Ohué! El sonido de los atabales empieza a adormecerse. Ahora. en la distancia. Cecilia tenía movimientos suaves y delicados. han contemplado sus hazañas. entonces. tibia y anhelante. mientras de la tierra surgía un perfume angustiado de jazmines tronchados en las charcas y de guayabas exprimidas por el paso de los mulos. con grito ritual. se pasan los calabacines de clerén. y la cañada de Juan Felipe y el Cerro de San Francisco. Pronto el escenario se ofrece ante sus ojos. envuelve el ofrecimiento. se convirtió en la amante del contrabandista. y sus ojos guardaban el poder de mantener encendido el amor de los hombres. el dios de las aguas. Hablan en creole y la bailarina le contempla entusiasmada. con niños desnudos a horcajadas en las cinturas. con fatiga y sueño. y las mujeres. Cecilia. Sus pasos son anchos y sus botas se clavan pesadas en el suelo. con todo el sensualismo de su raza y toda la fiebre endemoniada de su tierra. con los ojos semicerrados.

Y sintió que el destino ponía a prueba su eficiencia. Sus largos brazos de simio le rozaban las rodillas. y sus dientes largos surgen amarillentos. se santiguan. En su fabla gangosa ponía de manifiesto lo ladino de su espíritu. el bandolero de caminos. el bigote crecido. volvióse flaco en el cambio de una luna. y cuida sus despojos con cariño enfermizo. Y las viejas atacadas del reuma. 105 . Y su cuerpo. y las gallinas acezan por el calor y la sequía. con el desprecio de su hombre. Y exclaman: —¡Animamea! ¡Jesú Manífica! Mientras los viejos murmuran por lo bajo: —¡Jú! Eto no e cosa de ete mundo. y la parida. Pero la ley la hicieron los hombres para los hombres. Y se tornaba más triste su rostro. de San Juan de la Maguana. se internó hacia el Norte. y los burros retozan en la tierra. y corren a los ranchos llevando la noticia. Para su disciplina la ley era la ley y había que cumplirla. Cuando realiza estos menesteres su cara manifiesta regocijo. No han importado los soles implacables. Nadie osaba cruzar las rutas. El miedo creció como fuego en hojarasca. temerosos. Y vivía apegada a su recuerdo. Ella y su rancho se hermanaron en el infortunio. aun en noches de luna. las lluvias de mayo. Tenía las cejas pobladas. y los haraganes maridos. Porque Lico Bueyón regalaba un pasaporte seguro hacia la muerte.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I  Todo esto lo recuerda Nena mientras prepara el cotidiano ramo de rosas para la tumba que luce a un lado del rancho agujereado. De momento Nena va a salí volando prendía en candela…  Nena no se conformaba con su soledad. de todos modos. triturando la breva que masca tesoneramente. antes vigoroso. adquirieron un brillo acerado que sorprendía. fuerte como el odio. y sus ojos. Cada día. Y los lugareños sentían escalofrío cuando pronunciaban aquel nombre. y aunque pequeño. era duro como róqueda o páramo. El Comisario Basilio Peña. mientras el crepúsculo dora las copas altas de las guásimas. escondidos en las cejas de monte.  Y he aquí que Lico. Y hasta su celo llegó la noticia de las correrías de Lico Bueyón. Asoló las comarcas de Hato Nuevo y La Piña. de cuello abotagado. antaño expresivos. poseía una voluntad de hierro. Dialoga con la tumba en las noches de luna. los muchachos en cuero de los villorrios colindantes la contemplan asombrados. De lejos. esta mujer desgarbada. y los villorrios desnutridos sintieron en su desmirriada expresión el paso de muerte de aquel emisario del demonio. Y la leyenda llenaba de espanto los caminos. Ella convive con el muerto. Le habla. Y le trituraba el ánima el saber que Cecilia gozaba de sus favores y sus aventuras y correrías. el polvo de septiembre. tenaz como el dolor. flaca como cerbatana. arrancándole los hierbajos de cundeamor o cadillo que rastrean al lado del montículo. eleva su cántico y deja una oración enterrada en el paisaje de La Culata. y las comadres. y la doncella.

Se amorró el madrás de cuadros amarillos en la cabeza. Soñó con cardosanto. Cuentan los lugareños que allí sucedió el encuentro. El amor. con signo de tragedia. Regresaban de sus latrocinios e iban en pos de Pedro Corto. como su sueño. el nuevo can de Lico Bueyón. Y aunque las montañas son interminables. Esos hombres no conocen la fatiga. En la madrugada clarísima del Sur. por la seguridad del cuerpo de su hombre. Todo queda detrás. Y esto lo sentía aquella mujer por el bandolero. que llega hasta el sacrificio. Y la corneta grita. La mujer se sentó en una piedra. Ese e jel parte de la capital. pero alegre. el Comisario: duro. —Lico… Lico… –dijo. Ella sabía que habría de caminar mucho antes de llegar a su destino. y no se prolongó su espera. es una obstinación desesperada. avanzan. y tomó su camándula haitiana. No importa el sol. El presentimiento le golpeó las sienes. Y el astro lucía encarnado. Y el pecho se expandía con la respiración fatigosa. colgada en el Este. Áspera tierra caliza.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Eto ya se va a acabá. Bohíos derrengados. Hay que traé a Lico Bueyón vivo o muerto. estaba cansada. Y los ojos se le agrandaban en el resuello. Doblegadores de rutas y sabanas. Desenfundó el revólver. con la camándula en la diestra. Y esto lo experimentaba Nena por su hombre. Por el olor del monte y la altura de las estrellas comprendió que estaba al filo de la medianoche. Iba rezando. tiembla de miedo ante los soldados. Y cae la noche. Avanzan. Y avanzan. Marchaban cautelosos. a veces. sacudiendo las lontananzas. No se arredra ante nada. El cruce. Y el crepúsculo les da de frente. cuando los hombres del Comisario sacuden a sus cabalgaduras. Y salvó veredas. Y apretó el paso. Y avanzan. Basilio Peña. Una luna redonda. y el calor es sofocante. Se sobresaltó en la noche. Avanzan y avanzan. Armados hasta los dientes. Era el recodo. por la ruta de Vallejuedo. lejano. perdidos en la sombra. en un susurro. Ahora dique va a saqueá a Pedro Corto. Con la noche partió hacia Pedro Corto. ni el sueño. venían Lico Bueyón y sus hombres. Levantóse rápidamente y contempló la luna. rogando a los santos. Basilio Peña y su gente. Nena.  Nena tuvo un sueño terrible. Y vuelve el alba temblorosa. la bruja. Y no se fatigaba. El hombre se volvió. El Lico Bueyón del diache ya me tiene jarto. que se recuesta en el Yaque y lo vadea. y riachos. cerrado como nublazón de mayo. La ruta larga y seca. y lomas. —¿Quién vive? 106 . ¿Pero e que ese hombre no se quiere? Y llamando a su edecán agregó: —Guelo: organiza a lo muchacho. Y organizó su tropa. Eran hombres avezados en la guerrilla. Ellos han cruzado a Santomé y queda un naufragio de árboles y matojos. Y a la cabeza de la legión. y las hojas del arbusto sufrido se teñían de sangre.  Con la madrugada llegó a Las Charcas. No querían despertar a los del lugar. Ella lo columbró de in promptu. Avanzan hacia Pedro Corto. Su sentimiento despierta una fuerza sublime. Ni la sequía. Con la fatiga lucía más desmirriada su figura. avanzan. a la orilla del camino.

No vayas. se la arrojó al rostro. Creyendo en tonterías… —Lico… Lico… El caballo pisoteó a la hembra. Y Lico Bueyón ya estaba enmadrinao. Bajo el sol sureño. Y a los otros lo llevaremo pal pueblo. desafiante: 107 . —Soy yo. y la mirada de amor. Yo soñé anoche… —Ja… ja… ja… ja… ¡Lárgate de ahí! ¡No me vengas con boberías! —No vayas. La muchedumbre se agolpa. Las sogas le aprietan la carne. Y se aferró a las riendas. Cuando llegaron a Las Charcas los vecinos quedaron asombrados. aquel plañir melancólico anuncia la muerte. —¿Qué quieres? —Que no vayas a Pedro Corto. La muerte vela sus latidos. Nena rodó por el suelo. Y el piquete ya está preparado. Parecía un naufragio la sabana de Pedro Corto. sacó del seno un puñal y cortó las sogas que ataban el cadáver. Los nudos son fuertes y le destrozan el pecho. No vayas. encabritó la montura. Eto se pudrirán en la cárcel. Está flojo. Basilio Peña gritó: —Guelo: Suéltale la mano a la fiera eta pa que jaga su propio hoyo. le gritó. y sus ojos gozaron con el acontecimiento. El bandolero ya está preso. Nena. Entre los curiosos se levanta una voz: —Padre nuestro que estás en los cielos… Lico Bueyón experimenta un sacudimiento.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I La mujer se incorporó. violentamente. temeroso. la bruja. Sintió el odio brotarle de la entraña. se le cuelan por los poros mostrándole la vida. El toro del Sur había perdido. triste. sumisamente. Levanta los ojos. Cecilia sonreía. El hombre. La voz de Cecilia. La fronda de los aromos. Los cadáveres se amontonaron. La chirona amansa los guapos.  El encuentro fue trágico. Nena… La palabra le azotó el rostro. Y dos forajidos más que se salvaron milagrosamente. Te tienen una en Pedro Corto. llenaba la madrugada caliente. Lico. Lico Bueyón empieza a cavar su propia sepultura. Inmediatamente se abrió paso entre los asombrados asistentes. El corneta tocó: ¡Firme! … Y la voz de: ¡Fuego! salió de la garganta del Comisario como un rayo. Vine a avisarte. Los disparos cruzaron el aire. El bandolero está callado. magullada. El sol fuerte calienta los caminos. de la mujer. y el aire caliente. También Cecilia. Basilio Peña y su gente tocaron a degüello. Ha terminado su faena. Una nube de polvo cubrió sus siluetas. Y encarándose a Cecilia. Aquel hacinamiento de sangre le cayó en los brazos. una mujer. con su canto monótono. haciendo sangrar los ijares. Murió sin decir palabra. Quítate de mi camino. La cabeza de Lico Bueyón se dobló sobre el pecho. Lucía magnífica. El Comisario Basilio Peña da la señal. soberbia. le llega como una caricia. Los perros alzados y los cerdos consiguieron festín lujoso. Lo atan al palo. El bandolero dejó en el aire su carcaja escalofriante. que reseca los árboles y las almas. Y suda. La plegaria de Nena lo estremece. Lo empujan hacia la guásima. se perdieron en el monte. suplicante. Cecilia tuvo una expresión de triunfo. Vamo a fusilá a ete como ejemplo. Inmediatamente el hombre y su concubina. —Yo no quiero saber de ti. Y arrancándose la bolsita de cuero que llevaba pendiente del cuello.

 í    ó.          á  í á . ahora! Todos quedaron estupefactos.           . la bruja quedó sola con su muerto.    á    ó. El Comisario Basilio Peña ordenó la retirada.   á. Nena buscó un yaguacil y colocó los despojos de su hombre.              .COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Quítamelo. 108 . Bajo el sol del Sur que revienta las guazábaras.           .    ño    .

de B.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Tomo II ÁNGEL RAFAEL LAMARHE (N. Y antes de proseguir. 109 . Había levantado los ojos grises de un azul acerado. Colombia. se dijo: “Aguardaré a que pase la cena”. del novelista francés Francis de Miomandre y del crítico. todo el día. le dará al lector Pero él era así…. Encendían mal. Más que un juicio particular. quien afirma en su antología de cuentistas que Ángel Rafael Lamarche es “uno de los dos representantes del cuento en la República Dominicana”. como si realmente le interesaran las volutas de humo que arrojaba con alarde por la boca. de críticos renombrados de México. de Ángel Rafael Lamarche. Tosió y tras de golpear la pipa en el viejo cenicero de peltre y atacarla nuevamente de tabaco rubio. Mead. Sanín Cano y Ricardo Rojas. sin que de sus labios brotara la pregunta. frente a frente. y Catharine tuvo tiempo de ponerlo otra vez todo en orden. George Pillment. H. Allen W. Werfeld. No ignoraba adonde se dirigía. Sainz Robles. pero apenas lo pensaba se arrepentía. y preferí que tú y yo lo viéramos aquí juntos. Al fin logró decidirse: —Rupert… ¿traerán hoy el retrato de Sim? El hombre. de los catedráticos norteamericanos Frank Tannebaun. 1900)* Pero él era así… Rupert Lowell hacía rato que había regresado a la casa. cuya acción discurre y termina en un momento y perdura en la memoria. precisamente por eso. Cuba. Rupert se volvió para verla salir. se cercioró de que estaban bien apagados los que tiró en el cenicero. vale recordar que los cuentos de Lamarche han merecido elogios de los venerables Baldomero Sanín Cano. y movió la cabeza con ese movimiento del que ve confirmada sus previsiones. Se puso en pie. Argentina. Robert G. La cena había terminado. por más de una ocasión lo intentó. Ahora. del crítico español Federico C. su mujer. aparentemente para rectificar un pliegue indebido en el tapete de una mesa. Federico de Onís y Ricardo Rojas. Cuando Rupert llegó estaba anocheciendo. continuó: —Tienen mucho trabajo… Hizo otra pausa para encender un fósforo. Puerto Rico. no se había atrevido a preguntar. y después salió de la sala. bastaría el testimonio de tres grandes escritores de hispanoamérica: José María Chacón y Calvo. Catharine Lowell no pronunció una sola palabra. y concluyó con voz indiferente en apariencia: —Me ha prometido que la ampliación quedará muy bien… Quiso que lo comprobara… pero yo no podía detenerme. Murmuró: —Va a ser imposible… *Impresas ya las noticias preliminares de El Cuento en Santo Domingo. R. del célebre profesor florentino Oreste Macri. habló sin mirarla: —Esta noche… Eustace Addison me lo enviará con un mensajero. Ecuador. Uruguay. Con uno no le fue suficiente. cuento psicológico admirablemente escrito. sentados en la sala. Clara idea de la calidad y de la técnica del cuentista que es Ángel Rafael Lamarche. Para prestigio del autor de Los Cuentos que New York no sabe. que lo estuvo esperando con ansiedad. y ella. —Trabajan también de noche. Enrique Gandía y Martín Luis Guzmán. si en el reconocimiento no figurara la aprobación de un Federico de Onís. redoblando las chupadas a su pipa. Phillip. y aún Catharine. formulado bajo la sugestión de su inmediata lectura. el autor de El Águila y la Serpiente. también francés. de intenso dramatismo. Chile. hemos tenido la satisfacción de conocer Los Cuentos que New York no sabe.

por las noches desde la cama. y sobre el pecho una letra cuadrada. dejaba penetrar la claridad de un farol próximo. Y. y no un hijo como son y se quieren los hijos. la ventana de la habitación que caía a la calle amplia y llena de ruido. libre del obstáculo de las cortinas. con el libro al lado y metiéndose los dedos en los cabellos. ella avanzó por el pasillo hasta el cuarto de Sim. Los grandes ojos negros sonreían con extraña expresión de incertidumbre. Pero se le había ocurrido que. qué resultados tan enormes. Catharine sí sabía lo que era la muerte. Actualmente le parecía muy raro que este hijo fuese sólo un hijo muerto. Se dice la muerte. dentro de un momento. En la actualidad. Con frecuencia. Sim. Levantando el brazo. vería mejor el retrato de Sim. pero “Sim se hallaba muerto”. no!… No era eso… Simón Lowell fue desde temprano un muchacho estoico. La desconcertaba aceptar que Louise no tendría en lo adelante para ella el interés que tuvo anteriormente. Pero su aturdimiento se renovó. Catharine se reprochó casi con encono: “Fue una estupidez que no se casaran antes de que él se fuera”… Pero inmediatamente se arrepintió. y todos. Muerto: una sola palabra y. el bastón de esquiar y los puntiagudos esquís. como si realmente necesitara revivir sus recuerdos. como si fuera posible que pudieran tener dudas respecto de quien entraba: “Es Sim”… Miró el retrato de la muchacha que estaba en la mesilla de noche. como si esperaran el término de aquellas prolongadas vacaciones. Los libros vueltos de lomo en el pequeño estante. Desde que uno nace empieza a oír por dondequiera: la muerte… la muerte. En un rincón se recostaban. Esto lo medía todo. Aquella misma mañana lo había hecho. Los cromos de lindas muchachas y el banderín triangular del equipo náutico de su escuela. le oirían entrar lo mismo que antes. las botas de hule con que chapoteaba por los ríos y pantanos en las partidas de pesca. ni siquiera Rupert y ella. o tocarle la puerta del cuarto de baño y advertirle. lo ocultaba sin una queja. Tuvo que luchar con la cerradura porque la puerta estaba cerrada y por allí no se veía bien. Pero cuando abrió. de visitarlo ahora. y no tardaría en casarse con otro. o algunos años antes lo vio jugar en la calle con sus compañeros. entre el estrépito de la ducha y la algazara de una canción: “¡Eh. la ampliación.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Como su marido lo había sospechado. no obstante. buscó la bombilla e hizo luz. darling”. con los ojos en blanco. sin embargo. Todo se hallaba igual que cuando él se fue. Se acerco. Catharine lo sabía bien. Ahí estaban los “pull-overs” de bandas caprichosas. Ni Catherine ni Rupert tuvieron jamás que sufrir a causa de aquel hijo único… El hijo único. debía ser justa: Louise era sólo una muchacha y únicamente hubiera conseguido crearse una serie de complicaciones. Abrió un cajón de la cómoda. esquinándose. en tanto que hoy le quedaría como una pena dulce el recuerdo de Sim. que se te va la hora!”… No. Lo efectuaba diariamente. sintió como nunca el deseo de visitar este cuarto. creen que comprenden su significación. La cama con su colcha de raso a franjas blancas y azules. Si sus travesuras le proporcionaban un descalabro. Rupert y ella lo habían guardado cuidadosamente… Pero esta noche en que iba a ver la ampliación de la última fotografía que Sim se hiciera en Nueva York. Muerto. Por esta ventana había visto regresar más de una vez a Sim. muchas veces al día. aunque le pareciese increíble. Pensó que Louise vendría a ver también. Era Louise. y 110 . los calcetines y mitones de grueso estambre para los deportes de invierno… Todo se hallaba como él lo dejó la última noche que pasó aquí… Sí. para repasarle la ropa y verle todas las mañanas tomando el desayuno. no había olvidado la menor cosa… Ni aun era posible olvidar la afición de Sim por el pan de pasas y la sopa verde de guisantes… ¡Oh. fingían abultarse más para que volviese a tomarlos una mano conocida. había escrito: “Para que no dejes de pensar en mí constantemente. diciéndose el uno al otro.

yo mismo llegué a creerme una de esas figuritas que aparecen en el paisaje de las lindas tarjetas de “Christmas”. Catharine. madre. y la propia noche tenía una especie de oscuridad azulada. le decía a Catharine: “¡Hum. hacían música.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II que cuando la propia Louise tuviese novio o se fuere a casar. me molestaría. o que oía cantar a Gail Walker. Desde luego. y esa noche estaba el cielo muy azul. como un muchacho enfadosamente “civilizado”. pero besándola con inocultable ternura. querían que sucediera… Al regresar Catharine a la sala. Fue un largo timbrazo. volviese como volviere. dijo. en realidad. mis camaradas. Ya volveré. aquella muchacha de ojos verdiazules que me llamaba “Simón el pendenciero” y fue vecina nuestra y cantaba en Broadway. Pero no había vuelto… No. la guerra vista a distancia es muy distinta a como se ve entre sus “mismas conmociones”… Era un tono idéntico al que empleaba cada vez que Rupert o ella parecían flaquear ante las inevitables cuestiones de la vida: “¡Eh. Pero no volvió. me siento sano y alegre… Ustedes saben bien que me gustaron siempre las empresas más peligrosas y las aventuras… Además. Pero la observaba de reojo y no se le escapó que se sentaba lentamente como si en verdad la rindiese la fatiga. volvió a sentarse como avergonzada de su desconcierto. y bajó los ojos. Me sirvió para celebrarla. Rupert lanzó el periódico y echó a andar 111 . derramaremos una sola lágrima”. Tocándola día y noche a campo raso me convertí un poquito en el héroe de todos los sueños que desde la infancia me despertó y no pude vivir allá. les ruego la saluden de mi parte. Cubría con su blancura todo el terreno. pero los volvió a levantar y sonreír… Sonriendo de esa forma se fue… Entonces vinieron las cartas: “No creo que se preocupen por mí. sino por momentos y como un muchacho esclavo de las horas y los libros. ni creo tampoco mucho en el peligro. no olvides que me siento orgulloso de tu valor!”. y se me antojó que “eran todas las estrellas de los árboles de las “Christmas” que pasé en compañía de ustedes… ¡Oh! Los recordé. Un día. ni ustedes ni yo. con la mayor sencillez… Aun creía mirar a Sim aquel día: “Estamos en guerra”. De modo que en vez de lamentar su abundancia. padre. sus consultas y su confianza serían para la madre de otro hombre… Y con lo fácil que había resultado todo aquello… Catharine estaba convencida de que las cosas más grandes suceden así. pero no ignoran cómo me satisface. recuerda que me gustan las mujeres fuertes!… Por Navidad escribió: “Me parece advertir que ustedes quieren saber cómo me va con la nieve. imaginé todavía más: que estaba oyendo los hurras de toda la “banda”: de Bob. en resumen. de un segundo a otro. ese día que no se parece a ningún otro. ha sido mucha. canté también. o con cara muy seria. porque no es sino ése. cómo los recordé… y aún los estuve viendo. de la misma manera que me pareció ver a Louise… Y como el viento aullaba con fuerza. en eso no había dudas. Y cuando vuelva. mirando las estrellas. a la sordina. y como abundan los pinos. yo había avanzado unos pasos. tantos como me lo permitieron el reglamento y la precaución. entonces. Catharine estaba segura que cuando Rupert viera la ampliación no podría resistir e iba a suceder lo que precisamente ni su marido ni ella. levanté la vista y parecían recién estrenadas las estrellas. con alegría. uno solo. vino el aviso intransformable. En “Christmas eve” fue mucho mejor. el informe lo precisaba con claridad: “Murió como un valiente”. Y aun cuando “mother” lo dude. Pero ¡si nací y me crié entre ella!… Bueno. mi canción… ¿El peligro? Bah… No me importa. la he agradecido. Rupert pareció no apartar la atención del periódico que leía. Detrás de mí. sin decírselo. de Letty. ¿verdad?. a quien si la encuentran por ahí. que se había llegado a incorporar. de Sam. de Molly.

El papel estallaba como quejándose y resistiéndose. los ojos. pero tal vez el mejor mensaje se encontraba en ese soplo de vigilancia que sentían Rupert y Catharine bullir entre los dos. la boca entreabierta quería. brillaron de modo especial. y que luego de escudriñarles ansiosamente la cara. el muchacho saludó: —Buenas noches. y apoyarse igual que una mano cariñosa en el hombro del uno y del otro. empezó a romper la envoltura. Ella estalló nuevamente: —Es preferible a ser un completo idiota. Era Louise. la sacudió un estremecimiento. sonreía con enternecimiento al mirarles el corazón… Nervioso. se entreabrían como si acabaran de hablar o por el contrario se impacientaran por hacerlo. Con los ojos húmedos. sin duda. Rupert tuvo la certeza de que cuando Catharine lo viese pensaría lo propio que él había pensado: “Tiene la misma edad de Sim”. Al fin. Catharine le observó con inquietud.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS precipitadamente. llevó el bulto hasta ponerlo sobre la inútil chimenea de la sala. El retrato apareció. Catharine vociferó: 112 . Era de tamaño considerable y estaba cuidadosamente protegido por un papel castaño fuerte. al sonreír. Alguien acabó de empujar la puerta. Catharine no se había movido aún y miraba como fascinada el bulto. Los ojos de Catharine. en la solapa rojeaba un tulipán… Catharine y Rupert. de un auténtico Sim. Tapándose los oídos. pero se olvidó de cerrar la puerta. inmóviles. como si temiera no llegar nunca. ya más tranquilo. pero permaneció muda. creía imposible que hubiesen esperado para conducirse de esa manera a que estuviese delante el propio Sim… Tan engolfados se hallaban en la disputa que no parecieron darse cuenta de la presencia de la muchacha. ayudado por el mensajero. Rupert. los labios. Lowell sonrió. un indecible miedo y gritó: —¡Es que no lo vas a dejar tranquilo! Rupert se volvió estupefacto. Con mano segura firmó el recibo y. Estaba escuchando. Sí. diríase que tras de mirar a los dos. al verlo. parecían impasibles. Rupert se acercó y enderezó el cuadro un poco más. aparecía perfectamente en calma. un Sim vivo y alegre: el cabello casi rubio partido escrupulosamente a un lado. El mensajero se cercioró: —¿El señor Rupert Loweil? Era un muchacho quizá un poco más alto y delgado que Simón. Rupert lo había seguido y no se limitó en la propina. señor –dijo confuso el muchacho. —Gracias. pero al mirarla no tardó en responder con agresividad: —No sabes decir más que estupideses. y en su mirada apareció visiblemente el miedo. Fue en ese momento cuando Catharine se aproximó. Deslumbrada al descubrir el retrato de Sim. Era Sim. señora. se veía aún el principio de la chaqueta color de arena a grandes cuadros de un gris azulado. de una transparencia infantil. sin vacilar. era la imagen de Sim. no comprendía mucho más del busto. caminó paso entre paso. sí. Y se detuvo. sin objeción el mismo Sim. pero se clavaban fuertemente los dedos contraídos en la palma de la mano. retrocedió. Rupert retrocedió unos pasos. en dirección de la puerta. El mensajero bajó los ojos y se devolvió por el pasillo. pero al fijarse en su mujer. se levantaban un tanto para no perder un solo detalle de lo que ocurriese en la puerta. comunicarles algo. Cuando volvió. Las voces se alzaban y las injurias se enardecían. Al entrar allí.

caídas sobre los ZAPATOS DE OREJAS salpicados de lodo. y su revólver de MITIGÜESO. al que soltó las riendas sobre el cuello. rechonchos y sin lustre. a ella le pasó igual. dos ojillos negros de expresión felina. Y como coronamiento de aquel sagitario tremebundo. En veinte años de matrimonio era ésta su primera disputa y la primera vez que no dormirían uno al lado del otro. por una gran prueba. imbécil? Rupert contestó con rabia: —Me voy a acostar… pero en el sofá… No puedo dormir junto a una infame de tu clase… Ella recalcó con agrio desdén: —Eso era lo que deseaba. T. imprimiendo al jinete un movimiento oscilatorio que le inclinaba tan pronto a uno como a otro lado de la bestia. una cabeza sobre cuello apoplético. quizá por coincidencia. Manual de agricultura (1920). mirando paralelamente a la nariz de forma cónica. terminaba ahora por separarlos? No. JOSÉ RAMÓN LÓPEZ (1886-1922)* El general Fico A don Andrés Julio Montolío Venía cabizbajo de Las Escaleretas a la Palma. Nisia (1898). entrecerrados ahora. y en otro instante semejante. terrible con su chaquetita corta y mal traída. con anchos bolsillos donde guardaba el descomunal cachimbo de tape y la vejiga de toro henchida de picado andullo. mal hombre. rematada en trompa y como queriendo zamparse en la espaciosa boca de labios gordos y *Autor de: Cuentos Puertoplateños. Geografía (1915). inmenso orgullo… Ahí estaba Sim. y después unas medias de a real.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —¿Piensas pasar así toda la noche. ordinariote. Experimentaban orgullo. no importa el sacrificio. fundas de los enormes pies que no se calzaban sino los domingos y fiestas de guardar. Todo esto era extraño. que así lo llamaba. El jinete era feo. Tip. siguiendo a lo largo del camino en su caballo rucio avispado. anchos y sobre-cortos. un v. encajaban sobre el cuerpo del animal circunvalándolo como una cincha. Olga. Las piernas encorvadas por el hábito de montar a caballo. al separarse en opuestos rumbos. que los había unido tanto siempre. 1904. Sin embargo. Rupert acertó a volverse en momento que Catharine no lo veía y en sus ojos relampagueó como una pícara ternura. Santo Domingo (C. emboscados como salteadores. cuadrado. con la faz cetrina teniendo por frente una pulgada de surcos rugosos entre el cabello apretado y las alborotadas cejas tras las cuales brillaban. El tronco era robusto. y que lo dijese él: no habían derramado ni “una sola lágrima”. huyéndole a la pretina de los calzones. que dejaban en descubierto cuatro dedos de jarrete musculoso y peludo. novela corta. con enormes espuelas de cobre bien aseguradas. por lo que el rocín iba paso entre paso.). 113 . ¿Sim. y estaban envainadas en sendos pantalones.. Pero mañana sería otra cosa… Ambos suspiraron con ese suspiro de los que acaban de pasar victoriosamente. folleto. y dejando ver los pliegues de la camisa listada y la ancha correa de que pendían el sable truculento. de aquel ecuestre Hércules pigmeo. hoy se sabían más unidos que nunca y Sim era el broche de esa unión. a dos dedos de ella. La alimentación y las razas (1896). de gusto y hechura rural. el cuchillo COLLIN de luciente y afilada hoja.

a manera de velamen. arrendó el caballo. y siguió marcha a la casa del vale Pedro. Ya no iba cabizbajo. de tigre hambriento que olfatea la presa y se alista a caer de un brinco sobre ella. bagamundo je ofisio. donde volvió a enhorquetarse sobre su caballo. y volvió a examinar los árboles. Aquí taba ei picando el palo con su cuchiyo. y se aventaban sus narices a compás de las crispaduras de sus puños. Y regresó mascullando tacos y maldiciones al camino. —Ei diablo me yebe. como las venas hinchadas de sangre. cuando vociferó una interjección de rabia. Machetero brutal y alevoso. La señai no manca. sus ojos despedían relámpagos. escudriñando por entre el claro de los troncos y las malezas. con los pómulos salientes. su lozanía robusta y graciosa. que parecía que iba a estallar como la concha de una granada y a avivar el sonrosado de las mejillas. avivada por la pasión. y en todo su ser se reflejó una expresión de fuerza bruta irritada. Ideas salvajes de deseos. Se apeó del caballo. ¡Bien sabía yo que era beidá! Y me oyén eso do sinseibires. en su empeño de conquistarla a todo trance. sacó su revólver y se lanzó con paso cauteloso hacia la selva por entre la cual iba el camino. desconfiadas. ei calabazo de agua en ei suelo y jasiendo un agujero en la tierra con el deo grande dei pié. que la rodeaba. De cuando en cuando espoleaba maquinalmente el rucio. y se quedó parado entre dos ceibas de alto y grueso tronco. la más linda campesina de los alrededores. sus 114 . ondulado de colinas y vallejuelos. se destacaban una chiva larga y puntiaguda. porque se quedaba horas y más horas meciéndose en la hamaca. De ésta. con el gesto áspero de mastín en guardia. venganza y exterminio azotaban el pequeño cerebro del General Fico. sin atrebeise a miraila y eya detrá de lotro palo con lo sojo bajo. El pensamiento airado no se refleja mansamente en la fisonomía: es el resplandor de un incendio que caldea el rostro y se propaga al ademán. y desechaba las oportunidades de encontrarse con el fauno que no le perdía pies ni pisadas. Y por sobre todo ese conjunto abigarrado y monstruoso un breñal de cabellera amoldada al sombrero y al pañuelo que llevaba atado. le cuadraban la cara. y sus músculos se marcaban con brusquedad sobre la piel. que se abría hasta cerca del remate de las quijadas como agallas de tiburón que. Entre uno y otro parpadeo flameaban sus ojillos como brasas sopladas. pero la muchacha se resistía a corresponder esa ferviente pasión carnal de groseras manifestaciones. y se han laigao! ¡Si yo cojo ese güele fieta y a esa arratrá! Aquí se contuvo. El había perdido la tranquilidad de bestia saciada con los nuevos apetitos que le aguijoneaban. Pero ai freí será ei reí. Estaba locamente enamorado de Rosa. contrastando su techo pajizo y su maderamen de tablas de palma con el verde panorama. golpeándolo sobre un costado de la silla. holgazán consuetudinario que vivía cobrando el barato de todo en toda la comarca. que en la primera arrancada hacía traquetear el sable encabado. hija del vale Pedro. y dos orejas espantadizas. echando pestes como si para eso y para hartarse solamente tuviera la boca: cuando no les llovía una granizada de puntapiés y garrotazos sin motivo alguno. que se veía sobre un cerrito a distancia de un cuarto de milla. y afectando las formas de un paraguas o de un hongo. cacique el más temido en los alrededores. adelantándose en acecho para oír mejor. dulces como una sonrisa. —No hay dúa –continuó–. y creció la ferocidad innata de su gesto. No ar plazo que no se cumpla. ni deuda que no se pague. Era el General Fico. Recordaba en este momento las facciones de Rosa. De súbito se irguió como por resorte. Cinco minutos hacía que andaba así. Aguzó el oído. Torció a la izquierda y ganó la vereda que conducía a casa del vale Pedro. Su pobre mujer y sus chiquitines andaban ahora temblando cuando él estaba en casa. Eso jueron lo golpe que oí.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS negruzcos.

—No me digaj na que yo lo sé to. que cobraba primicias así de las labranzas como de las muchachas casaderas!… ¡No. —Bueno día –le contestó Fico acentuando mucho las silabas. al que hacía temblar a hombres y a mujeres y con su nombre se acallaba a los pequeñuelos traviesos… a él. acopio virgen de bellezas tentadoras… Y que un patiporsuelo que iba a las fiestas sin chaqueta le disputara la posesión de ese tesoro. Se le había adelantado. generai? A soidao… ¿Y poiqué? ¿Qué ha jecho ese bendito? Poi Dio… Déjelo quieto… —¡Y te atrebej a intereaite por ei alante mí. su pelo reluciente. ya se lo que e. —Pero. Había visto sus cuchicheos en la fiesta del domingo anterior. Porque no le cabía duda: las negativas empecatadas de Rosa provenían de que andaba en teje-menejes con ese perdido de Julián. Llevaba su calabazo de agua pendiente. bor a jasei que recluten pa soidao a Julián. —Bueno día le dé Dio –le dijo Rosa toda asustada. cuando oyeron los pasos de éste. general si yo con ninguno… –tartamudeó Rosa. Agora memo iba a desíselo a tu taita. y un ramito de clavellinas matizadas en el pelo ¡Qué muchacha! Olía a gloria y era de chuparse los dedos. entonó unas décimas cuyo pie forzado era: “La mujei que te parió puede desir en beidá que tiene rosa en su casa sin tenei mata sembrá”. saliendo ella con pretexto de ir por agua al río. Efectivamente había estado conversando en el monte con Julián. Y para ganar tiempo resolvía ponerlo en conocimiento del vale Pedro. a él. jadeante. Qué poibení te quea co nese arrancao que no tiene conuco y anda de fieta en juego y de juego en fieta. no podía ser! Aquello acabaría mal. al primer varón de Los Ranchos. a quien tenía que meter en cintura haciéndole sentir todo el peso de su autoridad. que no ba ja bucai agua po la berea? —No. y la turbó encontrarse con él toda sudorosa. Y como tengo que mirai poi tojutede. por el agujero. porque la cosa iba de largo: acababa de ver la señal de que hablaban en el monte. si o acaban eso. cosa de que espantara a Julián y vigilara a Rosa. Al desembocar a un recodo de la vereda se encontró con aquella. del índice encorvado. que disponía de todo. Mira: si diaquí a trej día no sé con seguridá 115 . que de tan negro se tornasolaba. jue que… —Sí. en lo que él ideaba algo que le asegurara la posesión de la muchacha. —¡Binge santa! ¿qué dise uté. Un bagamundo que no tiene má sembrao que tre sepe plátano? Cuaiquiea te coje jata tirria.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II ojos negros de miradas acariciadoras. temiendo que sospechara algo al verle los colores encandilados y el traje lleno de cadillo. y aquel cuerpo de ondas firmes. Pero urgía proceder de firme y rápidamente. poique ésa no son cosa de donseya honeta. una mantilla rosada. Y ella también estaba esa noche más adornada que de costumbre: estrenaba un trajecito blanco con chambra y falda de arandelas. si esos tercos no entraban en razón. y luego añadió: —¿Qué jeso? ¿Hay arguna laguna en ei monte. y aún recordaba que Rosa se puso como una amapola cuando Julián. Poique yo sor claro: de dai un mai paso se da con quien deje: con hombre que sean batante pa yebai qué comé y qué betí. con el güiro en la mano. tranquilizándole de sus celos de Fico.

nada de caminos. Garrote y fandango: corromperlos. Vamos. muy de mañanita. mensajera del perfume de la selva. aquel mozo robusto como una ceiba. Fico al fin la dejó plantada en medio de la trilla. y le parecía imposible que a su edad y entre esas lomas. que se habían visto por casualidad. veía todo eso con los ojos húmedos. o me aj dicho que si o buela éi co nala de cabuya. no había de ser suya? ¿Por qué andaban las cosas tan destartaladas en el mundo? ¿Por qué el Gobierno escogía para representar la autoridad a un truhán como el general Fico? ¿Acaso no había buenos hombres en los Ranchos? ¡Ah! pero los del campo son el ganado humano: les ponen un mayoral. mejor cuanto más malo. se preguntaba él. para luego salir a montar la guardia y quedar condenado a envejecer bajo un fusil. donde le meterían en el siniestro Cubo con los criminales más atroces. Solamente cuando pasó frente a casa de Rosa salió del atontamiento en que su repentina desgracia le tenía sumido. o a tomar las armas y batirse sin saber por qué ni para qué. pegarles y sacarlos a bailar. 116 . Y en cambio de eso. Ei sábado. que el mayoral haga lo demás. ¿Perderla?… ¿y por qué? Por el capricho de un asno satiriaco (sic) y omnipotente. Y el hombre también comenzaba su labor: hendiendo las nieblas que se disipaban. Ni se fijaba en los sombríos verdes y olorosos. Y el infeliz Julián. bueno y fuerte. Nada de prédica. Mientras él ahogaba los sollozos de dolor y rabia. sultanes de su harem y las vacas con la ubre repleta. y al suave murmurar del Bajabonico. despertándolo todo. la naturaleza saludaba la dicha de vivir con la alegría de sus cantos aurorales. esmaltados de rocío. que se inclinaban para oírla. Opresión brutal. ¿Cómo sería posible? Aquel trozo de alma. de mirada enérgica y facciones agradables. atados los brazos a la espalda. ba pai pueblo. que qué mal le habían hecho ellos para que los tratara como a jíbaros… Pero no alcanzaba nada. ni en los bohíos encaramados como cabras en lo alto de las colinas y picachos. bordes del inmenso tazón de suelo fértil en que había vivido. subían alegres de las rústicas cocinas densas columnas de humo como matinal incienso al Dios que hizo del amor el génesis y el impulso de la vida. amante y laborioso. iba el pobre Julián entre cuatro cívicos. y ella no podía ponerle mala cara a ese cristiano que se había criado junto con ella. cantaban los gallos. mujían tristemente llamando a sus becerros. ¿para qué te ha entregado el mando el Gobierno?… ¡No faltaba más: perderle así el respeto!…  El sábado siguiente. El gorjeo de los ruiseñores se unía a los tiernos arrullos de la paloma. robe. mate… con tal que el día de guerra o de elecciones traiga su gente. Que estupre. guiado como un marrano a la Fortaleza de Puerto Plata. en los ganados relucientes y gordos que retozaban a distancia. nada de escuelas. levantóse una brisita fresca y reposada. El inmenso azul se teñía de franjas purpurinas que asomaban como cabellera hirsuta por la cima de los montes negruzcos que se veían al Oriente. aquella hermosura como flor silvestre que se iba derechamente a él para que la recibiera en sus brazos y la trasplantara a su corazón. cantando al pasar por entre las añosas ramas. nada de policía. Fico. exaccione.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que lo haj dejao. En aquella mañana tan hermosa comenzaban sus amarguras. Hor é lune. recordándole al volverse su amenaza: ¿Soy o no autoridad?. e inclinándose a susurrar secretos a los inmensos pastos de yerba de guinea. pudiera el dolor arrancarle lágrimas. camino e Pueito Plata. La pobre Rosa de deshizo en lágrimas y ruegos: que no lo persiguiera. para que arree la manada a votar por el candidato oficial. aquel pobre muchacho.

pero a los ocho días la esperó a la vera del río. quien los había señalado como objeto de su prevención y de su tirria. tomó una de las manos de Rosa. lo que la traía desasosegada e inquieta. sin amparo. porque primero moriría que tener frutos que no fueran de bendición. El se quedó mirándola con los brazos cruzados. pero allí. Bien se le alcanzaba que todo era obra de Fico. Rosa decía a veces con una sonrisa de enfermo que se le estaba olvidando ya el contestar ¡por siempre! Sospechaba el manejo oculto. como que tenía fuertes asideros en la carne. pero los otros lo dejaron sin sentido a culatazos. quizá maltratada por ese mala casta… Estiró los brazos como para quebrar las cuerdas. ¿Eso era Gobierno?… ¿Si un toro furioso le embestía en el camino. no se defendería? ¿Y qué toro se igualaba al general Fico?… Luego pensó en su madre. Se pasaban los días sin que a su puerta se oyera el ¡Alabado sea Dios! o el ¡Dios sea en esta casa! de una visita. desde el mar hasta La Cumbre. suplicante a su vez. espantando a los atemorizados vecinos. como círculo de fuego. La miseria y el dolor. por el que le ofrecía su poder omnímodo. llevándole luego bien seguro y casi a rastras hasta la población. Traía a la memoria las horas de dicha en que bajo los mismos árboles relamía a hurtadillas con 117 . en la pobre viejecita que estaría a estas horas hecha un río de lágrimas. fuera del monstruo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Todo eso le trasteaba confusamente la cabeza a Julián: creía tener derecho a rebelarse contra tamaña iniquidad. que resonaron en la soledad confundiéndose con el bullicio argentino de la corriente. Así había excomulgado a muchos. torvos los ojos. y allí daba rienda suelta a su llanto. meciendo la cabeza sobre su cuello toruno. hasta que salió al camino. le preguntó que cuál era su resolución. No transcurrió mucho sin que se esparcieran rumores funestos en toda la comarca que riega el Bajabonico. su brazo omnipotente. su voluntad que dominaba las otras desde Tiburcio hasta Las Hojas Anchas. sin auxilio. pintado su dolor en el semblante. que ninguna clase de solidaridad querrían con los amenazados por el tiranuelo. y tomó tal impulso que derribó a los dos que lo sujetaban. sólo había pájaros y peces. A veces se iba al monte para escapar a las miradas de su anciano padre. Arrebatado por su pasión vehemente. —Jesús –gritó Rosa–. Estaba sentenciada. No sabía nada de Julián. y estampó en ella besos de fuego. vacío en torno de ellos. no insistiera. Pero Rosa tranquilizaba a su padre achacándolo a lo afanados que andaban en todas las casas con la madurez de la cosecha.  Pasó una semana más sin que Fico se dejara ver por los alrededores de la casa de Rosa. En cuanto a lo otro no. Él la contemplaba extasiado. retirando con violencia la mano y haciendo un gesto de asco y de desprecio. con la delgadez semitransparente arrebolada de ideales. que si estaba desesperada era por la idea de que ella fuese la causa de la desgracia de un prójimo: fuera de ahí nada. no tardarían en rendirla. implorando un jirón de amor. Arrobábale su hermosura. Y ella volvió a deshacerse en ruegos y protestas: que sacara a Julián de soldado porque no había nada entre los dos. y se arrodilló. Miró a todos lados buscando un salvador. y cuando ella asomó pálida y ojerosa. Entonces echó a correr por el repecho de la hoya. Satanás enamorado debe tener la hermosura siniestra y tenebrosa que la fiebre del amor creó en Fico. ora grave de máter dolorosa. Rosa y el vale Pedro comenzaron a notar aislamiento.

Y ahora que estaba en sus manos el salvarlo. y la horrible transacción quedó consumada. es durísimo trance. Coló el café y salió luego con dos calabazos. pero previó la amargura del buen viejo. aunque no le sorprendió la noticia. había sido para ella. Rosa. que ya consideraba como cosa hecha. pero no vive: las piedras crecen también. a la vida de amor idílico con Julián. Ella estaría a media noche en la puerta tranquera. pero cuando se disponía a saltar las varas. Cuando asomaron los claros del día. la encontró siña Nicolasa. los brazos de sus maldades. pues ya lo venía temiendo. y quiso averiguar la causa: ella estuvo tentada a confesárselo todo. que tal vez a cuáles extremos la conduciría. sonó una interjección seguida 118 . y ahora se encontraba sola: el quién sabe cómo. y él perdonaba al vale Pedro. al regresar del cercano monte. padre y madre al mismo tiempo: casi ni la había dejado ocasión de notar la falta de la que la echó al mundo. Le llamó aparte. Y no daba espera la maldad del general Fico. Oíase el segundo canto de los gallos cuando Rosa se deslizó como una sombra y se detuvo en la tranquera. y rodeado de sus cuatro hombres. hoy una vaca. mientras el viejo se pudriera haciendo guardias. acabar poco a poco con cuanto tenían. ¿no lo haría? ¡Pero. con ternuras y delicadezas femeniles. Desprenderse de la riqueza. y la llevó tras una mata de bambú muy ahijada. y quién sabe si su rectitud en materia de honra pudiera llevarlo hasta a un combate en que de seguro moriría… y quiso economizarle esos dolores: sonrió forzadamente y dijo que estaba indispuesta… poca cosa… ¡Qué noche! ¡Cuánto ir y venir con la imaginación. donde se recostó casi desvanecida. Allí le contó que había sabido lo que el general Fico quería contra ellos. A la mañana siguiente iba a empezar la ejecución de sus planes tenebrosos. arrancarlo después que sus raíces profundizaron en el corazón. No esperó mucho. pero deshacerse de un ideal. desde el mes de nacida. es la muerte del alma: sigue existiendo el cuerpo. y cuando Rosa quedara sola. viejecito que ya miraba al suelo. Desde lejos lo vio venir cabalgando en su rucio. mientras ella recogía leña en el monte. se aterró: Julián era mozo y podía esperar a que las cosas cambiaran. mañana un caballo. qué sacrificio era necesario! Entregar su virginidad como flor a un verraco. pues lo oyó hablando a la vera del camino con tres de sus hombres. Su plan era reclutar para soldado al vale Pedro. más que por buscar agua para aguardar a Fico en el camino y tratar accediendo a sus infamias. como enorme mazo de plumas gigantescas. Le debía más que la vida. se le iba a morir en el servicio. después otra bestia… así irían llevándoselo todo. que venían a llevarse al vale Pedro. y con misteriosos ademanes le indicó que quería hablarle de algo reservado.  Una tarde. hasta dejarlos en la inopia y los tres bribones se encargarían de vender a medias en otra parte lo robado. le debía una consagración idólatra. ya su resolución era firme: se sacrificaba entregándose a aquel hombre implacable que le causaba horror. y renunciar a la realidad de sus sueños. que cualquiera la dá. Otra sombra avanzó entonces y empezó a hablarle en voz baja. Esa noche el vale Pedro notó la aflicción de su hija. buscando una salida para todos! Pero no había otro remedio: para salvar a los demás precisaba que ella quedara en prenda. Encenegarse con aquella fiera.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS la vista la varonil hermosura de su novio. de los goces materiales. ella bajeada y perseguida por el enemigo de su recato. pero su pobre taita.

agua de cielo y sol. se encaminaron hacia los cortes de Jamao. otros con muchachos que ya podían tomar parte en el trabajo. Las mujeres eran tres. no había conocido más que agua del arroyo. La otra era de color amarillento. con un sombrerito de hojas en lo alto. Se había escapado de la Fortaleza. En la cabeza tenía el inseparable pañuelo de madrás que le ocultaba las canas. y en la boca el cachimbo. En cuanto al general Fico. Varios hombres del lugar estaban en la siembra. tendiendo la vista hacia el lugar de las siembras. *R. y cargando con cuanto les fue posible. por encima de batatales y guandules pequeños. delgada. Unos vinieron solos. etc. Una era vieja. se apostó en acecho cuando Fico se detuvo frente a la tranquera del vale Pedro. aguardando a que su hijo viniera una noche a buscarla. Negro pelo se le enroscaba en dos moños a ambos lados de la cabeza. salía un tenue humillo de la candela que tenían para conservar brasas y encender los cachimbos. Recogieron algunas bestias. Lo siguió andando por el monte sin perderlo de vista. para salir goteando sangre al caer el cuerpo de este bandido.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II del relampagueo de un cuchillo que se hundió en las entrañas del general Fico. luchando entre los celos y el temor de alguna nueva infamia y. cuidando la propiedad del vale Pedro mientras la vendían. Su cuerpo era lleno y fuerte. En el centro del batatal que había de por medio. Desde el rancho de palos parados. al Este. y venía a ver a Rosa para ocultarse en cuanto amaneciera. tuvo que convenir en que era necesario escapar esa misma noche. una mulatita fresca. es autor de un volumen de cuentos: Balsié (1938) y de la novela Over (1939). En La Palma. RAMÓN MARRERO ARISTY (N. al borde del monte. y al cabo de un mes nadie se acordaba de él sino para bendecir al que libró la comarca de tan perniciosa alimaña. de diecinueve años. se alcanzaban a ver los hombres como muñequillos bajo el sol. 1913)* Mujeres Había junta en “El Arroyo”. 119 . se levantaba un viejo higo retorcido. le imputaba. y cuando el vale Pedro salió a las voces. Ha sido Diputado al Congreso Nacional y Secretario de Estado de Trabajo. y la piel de su cara harto áspera. unos inclinados sobre la azada. otros echando el grano en el hoyo. echando cinco y seis granos de maíz en los hoyos y luego tapándolos con lo pies. los menos trajeron sus mujeres para que hicieran la comida en el bohío. M. A. todavía sus dientes no habían sido ennegrecidos por el cachimbo y su cuerpo tenía toda la belleza de una fruta sana madurada en la mata. refirióle lo acontecido. El matador era Julián. negra. cuando reconoció en las tinieblas a Fico que entraba en la vereda. y tenía bastante belleza. con algunos dientes menos. quedó la madre de Julián. negro y musculoso. hasta el Gobierno abandonó su causa cuando dio las espaldas a este mundo. respondía al nombre de Tatica. Rosa. De un lado de la tumba. resuelto a saberlo todo. saldo de cuentas de los que tienen alguna que arreglar con la justicia. defendiéndose de las acusaciones que su amante. Ese día se estaba sembrando maíz en las tumbas nuevas que se abrieron en el terreno de las múcaras. La más joven. tentado de matarla. gigantesco. y estaban en la cocina del bohío. refugio inviolable.

las mujeres no se cuidaban de hablar en mi presencia. De ahí que charlaran como si estuvieran solas. Y yo creo que a toa la mujer de vergüenza que le pase tiene que hacé lo mimo. raspando los que ya lo estaban. Dígame que él dende que una miraba a otro. no le queda má que aguantá. —Dende hacía tiempo Julito andaba tirándome puya. lo único que gané fueron golpe. —No me vengaj con n’eso. y con la otra me metí e n’e l’agua… Yo taba lo má quitá de bulla bañándome porque como por’ahí no andaban hombre. se vuelve loca… —La falta de iperencia. Una muchacha buena moza siempre jalla un hombre que la pueda poné en condición. murmuró: —Pa laj cosa no hay má que pedile suerte a Dió y confiá e n’El… —¿A Dió? –volvió a decir la más vieja–. y dipué de tó tá arreglao. arreglando las brasas y volteando los que estaban allí asándose. y yo fuí a bucá un calabazo a l’arroyo. si cuando yo me fui con el difunto Maleno hubiera sabío cómo eran las cosa. Lo que hay é aguantáse y no echase a perdé nuevecininga. y otra. por tá de pendeja. Supónganse utede que a mí me querían llevá pal pueblo a la casa e don Luí. ni con nadie. pero me pasó una cosa que me comprometió má… —¿Noj quiere decí que te forzó? –terció la de rostro amarillento– ¡ay. ya se creía que se la diba a pegá… No jija.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS En una barbacoa había un caldero grande. qué podría sé… –exigió la vieja. Si tú viera pensao bien. una sentada en el pilón pelando plátanos. Las mujeres estaban. mientras que dipué que se mete co n’un fuñío. sobre la parte más delicada de su pasado: aquella que se refería a los amores. antonce. Cuando un día se acabó e l’agua e bebé en la casa a eso de media tarde. ese señor que é dueño de medio mundo e tierra. —Vamo a vé. por loj lao del baoruco. –dijo la más vieja de todas–. —¿Pero cómo se hace una? –preguntó resignada. Me puse en el caño e llená. Relojié pa toa parte. y creyéndose obligada a decir algo. despidiendo vapor por los hoyitos de una lata que le servía de tapa. por Dió! Toa nosotra semo maj vieja que tú… —Yo no he querío decí eso. y como toavía el sol picaba. se arregló la falda que le estaba dejando al descubierto los muslos. porque a mi pai tó se le diba en alabá lo trabajador que era y qué sé yó y qué sé cuando. pa llená la tinaja. hoy pudiera contá algo. yo había llegao con mucho calor. Lo que a mí me pasó fue má grande. y asina llena e confianza. sin acordáse ni an siquiera de comprale un vetío. lleno de locrio de gallina con auyama. a eta s’hora pudiera viví mejor. Tatica. que ni an amore teniaj con Julito cuando te fuite co n’él. La aludida. La llamada Tatica comenzó a relatar. Yo metía un cuchillo viejo en la candela tratando de mover una batata que pretendía asar. Yo me metí con’él porque cuando a una le dentra la gana e tené macho. —Yo no tenía amore. –decía la de tez amarillenta–. ¡ay jija! porque ese hombre na má sabía echale trozo a la mujer como si fuera una puerca. otra en cuclillas. Ya vé tú lo que hicite. Como sólo tenía unos diez años y era de carácter muy apacible. tá con hombre asina e una verdadera calamidá. —Cuando yo vivía con Julián. me llevé d’él y me juí… ¡Jesús! Cuando yo veo muchachitaj como eta que se meten en hombre sin calculá… Dijo esto dirigiéndose a la más joven. é verdá. pero yo nunca había pensao en meteme en ná co n’el. cuándo diba yo a creé que naide me tuviera mirando. Me quité el camisón y una enagua. que era la encargada de raspar los plátanos. tapado. dipué 120 . y como no vide a naiden me fuí por la barranquita del lao allá y me pasé al bañadero e la mujere. En mi casa no lo veían con malo s’ojo. pero Dió dice: “ayúdate que yo te ayudaré”.

al vé que yo me tiré como una loca y casi me tuve al matá. él diba ahí mimo. ¡vete de ahí. E l’hombre que se había mantenío alejao. no fuera cosa que me viera alguno que viniera de l’otro lao. no me meneo d’ete sitio. y si no voy a dejá el condenao calabazo botao y entonce cuando me pregunten tú verá lo que voy a decí… —”¡Pero Tatica. que vergüenzas. pa que no me viera má de la cuenta. “Al fin se quitó. Parecía que se le habían prendío la j’abipa. porque se lo voy a decí a mi pai… “¡J’Ave María! Yo no sé qué fué lo que le dentró. y me largué en la chorrera. parao en l’orilla. y entonce taba entripaita. Yo prencipié a subí la barranca.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II de refrecame bien. —¿Y qué hizo Julio? –preguntó la más vieja con gran ansiedad. y prencipió a vociame: —”¡Pero bueno Tatica!: ¿tú ere loca? “¡Pero bueno. se paró Julio… —”¡Anja. diciéndome: —¡Tatica. de salí corriendo… ¡de tó! Y lo que atiné fue a echame la ropa embollá en laj pierna y a cojeme lo pecho con la mano. Yo salí má epantá que el Diache y a toa carrera l’eché mano a mi calabazo y me lo puse a la cabeza. blanquito del suto. condenao! “Y él me repondió: —”¡Qué voy yo a dí! Jata que no me prometa dite conmigo. ahora vino a acercáseme. muchacha? ¡Si yo…! ¡bueno… ! ¡yo no sé que…! —”¡Quítate de ahí! –volvía yo a gritá casi llorando. de atrá e la piedra esa que tá e n’el sitio adonde uno se quita la ropa. y de un momento me puse a quitámela… —”¡Ay. va j’a vé lo que te vá a pasá. Tatica!… ¡ofrécome!… Yo no creía que tú era loca… —”¡Quítate de ahí! –le vociaba yo–. por Dió!… ¡Tatica!… ”Y se le atrabancaba lo que me quería decí. que al prencipio taba demigajao de la risa. por Dió! –volvía él a decí– ¿qué te ha dentrao. malvao! “¡Jesú! Yo taba casi fuera e mi juicio. y casi echando chipa por lo s’ojo. salí p’afuera. azorá como un animal cimarrón. embollá en la ropa. Dió mío! Me dentraron gana e gritá. y por má que quería apretá el paso. apariao. quítate de ahí. ¡por Dió! Y si tú no te vá. casi pegao de mí. Y él. Tatica! Ya te vide –me djo “¡Ay. cuando de ahí mismo en frente. señore. E n’eso me fijé que tenía e n’el pecho una cuanta s’hoja. Me jinqué de epalda pa la chorrera. yo taba encuerita en pelota e n’ese momento. En’el l’agua me había pueto toa la ropa mojá. pero con casi to el cuerpo afuera. o que le habían mentao su mai. con toa la ropa pegá del cuerpo y e l’agua a la rodilla. Dió mío! Yo ni an sé cómo no me decalabré toa. Me dió un sangulutión po r’un brazo que el calabazo fué a caé por casa e la porra debaratao en pedazo. y me quité la enagua mojá. muchacha!: ¿te ha dentrao lo malo? “Y yo le vociaba: —”¡Tú eré un abusador. Julio: lo que yo quiero e que te vaya. se asutó. me gritó: 121 . —¡Julio el Diache! –le dije–. Porque me dentró una cosa que parecía como el prencipio de un insulto. —El condenao. señore!. pará en la corriente. “¡Señore! Utede han de creé que e n’ese momento tuve al cojele pena… ¡Qué se yo!… Y entonce le dije: —”Mira. diciéndome: —”¡Pero bueno. “¡Ay.

durante un momento. lo único que me se ocurría pensá era que él tenía razón… ¡Utede han de cré!… —”¡Ay. –continuó Tatica–. sin hablá una palabra. ¡Y bien dicho!… “Y enseguida me cerró a pecozone… —¡Critiana! –interrumpió la de la piel amarillenta–. si dipué que un hombre la ha vito a una encuera ya se pué decí que la gobierna… digan su verdá… Esa frase desconcertó a las otras mujeres. poniendo en una yagua nueva los plátanos que había raspado Tatica. me volvió a decí: —”¡Cállese. ¡mofia! ¡Si tú te cré que tú pai come gente tá equivocá. 122 .: —¡Jesú!… Verdá que aonde na má hay mujere… Ya mi batata estaba asada. carajo. Julio. como quien sabe que ha perdido una discusión y titubea antes de declararse vencido. Ambas se ocuparon. porque yo me le atrabanco a cualquiera e n’el gañote!… y ahora se lo va já decí. En ese momento se oyeron las voces de los hombres que venían del conuco. ya en pie–: si hemo perdío toa la mañana hablando zanganá… A lo que respondió la otra. y eso fué tó. a la vez. que yo taba como loca dipué que él me había vito ejnúa. ya utede conocen el reto: ¡jata el día de hoy!… —¡Pero esa te la ganate tú! –dijo la vieja. animalá. Envolví mi manjar en una hoja de plátano. Pero casi loco de rabia. negra y sucia de ceniza. —¡Cómo va a sé.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —”Mira. y lo único que pude fué decile: “¡Tá bien. y me fuí detrás del bohío a comer. pero no me podía aguantar y le volvía a decí: —”Por Dió. señore! –volvió a decir Tatica–. le he dicho! ¡Ahora mismo se va uté conmigo! ¡Camine po r’ahí. escupiendo. tá bien! “Señore: me echó por delante. Primero me había vito encuera. de remover los plátanos en las brasas. —Ahí vienen… –dijo Tatica muy apurada. ¿pero cómo se te pudo ocurrí. “Yo le quería obedecé. y jalándome po r’un brazo. en vé de otra cosa. entonces me taba dando pecozone. porque no podía darme cuenta de lo que tenía. Permanecieron un momento en silencio. Julio! –principié a decile. —Animalá. carajo! –me gritaba él. y al yo decí asina. jipiando del llanto. Las mujeres entraron súbitamente en gran actividad. se paró. —¡Jesúu! Yo me taba volviendo loca. Julio! ¡Ay. —Y dipué que te cayó a pecozone. llorando– ¡por Dió! que si viene gente se vá a dá cuenta… —”Cállese. y la más vieja comentó… —Bueno… dipué de tó… cuando un hombre le ha vito a uno laj parte… —Juu… –sopló la otra por la nariz. Julio: ¿qué vaj tú a cometé?… ¿Me va j’a matá?… “Ya me había dao como dié pecozone. decalentale la sangre a u n’hombre? —Sí señóo… –afirmó la otra. —¡Señore! –exclamó la más vieja. ¿qué pasó? –preguntó la vieja. carajo!… “¡Ay señore! Consideren que yo me taba muriendo del miedo y de yo no sé qué. —¡Yo sí creo! –afirmó la otra. mojiganga. Al fin la razón pudo más que todo.

El fugitivo El hombre dio media vuelta. se elevaba a sus espaldas. hubiera oído su resuello precipitado y recio. Los tiros venían detrás. El jinete tentó las bridas. Tronó el fondo del río. El jinete no volvió la cara. ante el agua. Dos se estrellaron de espaldas sobre las piedras sueltas. Entonces el animal. quiso titubear. Se desgranaron como una mano de plátanos que cae de lo alto. Pasaron otros diez minutos de vértigo. El hombre pensaba que no había otro remedio que huir y llegar al paso del río. El animal quedó ciego y tropezó. Fue un segundo nada más. Pero antes de un minuto. desorientado. Y sin perder un segundo que le hubiera sido fatal le hundió las espuelas en los ijares al bruto que saltó sobre un pelotón de cinco individuos armados de carabinas que pretendieron cerrarle el paso. Mujió una vaca bajo la guázuma. En la otra le humeaba el revólver pavón blanco con que acababa de matar. Así corrió diez minutos. huyéndose al sol. pero un segundo que casi fue fatal. el hombre echó el cuerpo a un lado y tiró de la brida izquierda. con las manos vacías no atinaba a coger la carabina que se le cayó al recibir el violento choque. Se revolcó el mulo. Las gallinas venían del conuco acezando. se llevó la mano derecha al sobaco izquierdo y. Las espuelas volvieron a herirlo. El rojo camino hacía un recodo a la izquierda y comenzaba a bajar. Al pasar frente a una casa de acera alta le hicieron un disparo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II No se movía una hoja. Bajaba la cuesta el tiroteo. Silbó una manjuilita que venía en largo y cansado vuelo y se metió en las ramas del gran jobobán. De cinco o seis resbalones cayó en el cascajal. El jinete se le acostó en el pescuezo. sentándose en las cañas traseras. De no ir el jinete ensordecido por el viento y por la fiebre de escapar. caballo y jinete volaban por el camino real como una exhalación. quiso volverse para defender la cara y rodó violentamente raspándose el rostro. Había perdido el control y corría a precipitarse. El cuarto se enredó en las patas del animal y quedó pisoteado e inservible. el vientre y las manos. El caballo se tendió a galope por la estrecha calle bordeada de bohíos cobijados de cana. que se iba a romper. desapareció humeando. siempre detrás. exhalando un grito. Por un momento pareció que el caballo iba a resbalar y caerse. El quinto. Se disparó al cauce y se envolvió en millones de gotas que se elevaron como un surtidor. atolondrado. por el ancho camino que iba entre dos alambradas que cercaban potreros y conucos. veinte. Este recobró más velocidad. El caballo no aminoró la velocidad. Un tercero. Volaba el caballo. Un cañón que había salido por una ventana. Allí terminaban los alambres y comenzaba el monte sin cercas. con la boca abierta. Rugieron veinte voces que se ahogaron en los tiros: 123 . cayó con medio cuerpo dentro del cuartel. cogió la bajada resbalando. Enloqueció. que el caballo pechó de frente. La roja tierra del camino que había mojado la llovizna de la noche anterior. Apareció a la vista la ceja de monte que cubría la ribera del río. Al otro se le encabritó el caballo mientras luchaba por dominarlo con una mano. Una vieja que salía de su casa. El hombre sintió deseos de caer del otro lado. Allí. Parecía que se había estirado. Al llegar a la primera esquina. fue encontrada por el animal y se estrelló contra el pedregal que hacía de acera en su bohío. espumajeando. impelida por las patas del caballo. Clavó otra vez las espuelas en los ijares del animal. media hora. Comenzó a oírse un tiroteo que venía por la otra calle.

Apuñaleó al animal con las espuelas. El caballo ya comenzaba a asentar las patas delanteras en tierra. El bruto rompió el agua que se volvió a levantar en furioso surtidor. Veinte balas rompieron el monte. —¡Vienen ahí! Espuelas. ¡Espuelas! El caballo no podía dar más. Saltó el animal a la barranca que se elevaba ahí mismo. Se abrazaba más al pescuezo del animal. El caballo estaba loco. Casi estallaron los músculos del animal. castañeando los dientes primero y luego lanzando una maldición. en la misma barbada. Decía resollando: —¡Sitó! ¡Quieto! ¡Me quedan cinco tiros! Tenía el brazo y el hombro bañado de la espuma y el sudor del animal. Veinte tiros más se enterraron en el barro. Aparecerían en la curva y comenzarían a cazarlo. Se encabritó. El hombre se lanzó a tierra. Llegaban los perseguidores. Veinte tiros se zambulleron a sus lados. parado como un canguro en las cañas de atrás. obedeciendo a la voz. La lucha entre la bestia y el hombre seguía. Se precipitaba el tropel. —¡Vienen ahí! –le dijo al caballo– ¡Vienen ahí! Otro recodo. El hombre lo sujetaba con la mano izquierda. —¡Párate ahí. detrás. —¡Quieto que ahí vienen! Se tiró a los matojos en lucha con el animal. —¡Sitó! ¡Quieto! El caballo se encabritaba. El tirón inesperado. El trueno de los perseguidores cruzaba el río. tembloroso.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Párate ahí! —¡Párate ahí! El hombre volvió la cara. Siempre aferrado a las bridas se fue hacia la derecha con el caballo en dos patas. Su propio resuello le ahogaba. El caballo estaba loco. y en la derecha sostenía el revólver. Lo hizo evolucionar para que pusiera las ancas hacia el camino y se le metió detrás del pecho cuyos músculos temblaban bañados en sudor. ¡Tiros detrás! —¡Vienen ahí! Espuelas. Entonces el hombre rugió: —¡Carajo! ¡Ahora verán! Y tiró frenéticamente de las riendas. Un nuevo recodo a la derecha. Ahí venía el tropel. —¡Párate ahí. —¡Hay que cojelo! —¡Hay que cojelo! —¡Párate ahí! —¡Párate ahí! ¡Otra descarga! El fugitivo apretaba los dientes. Nuevo acopio de bríos del animal. —¡Por ahí va! —¡Por ahí va! Sonó otra descarga. carajo! —¡Párate ahí! Dentro de un minuto sería blanco de sus perseguidores. Cada vez dominaba mejor al animal. lo hizo saltar de flanco. Ahí venían los tiros. Dos espolazos más. Una descarga más. El animal se sintió asesinado otra vez por las espuelas y casi pegó el hocico en tierra cuando se tendió a lo largo de la cuesta. carajo! 124 .

Una primanoche. Se perdió la tropa en un recodo. 1893)* Una campaña del General Pelota En aquella ocasión era el General José Pelota. solía tirotear tres pueblos distantes y sin embargo. Se pulió en el hablar y consiguió propiedades que eran plantíos que hacía cultivar a los presos y a los dragones. y después de muchas *M. A fuerza de curtido en estas ocurrencias. estudio histórico (1943). que por llevar algunos meses en el poder se estaba haciendo irresistible. medio oculto en los matojos. Voces: —¡Por ahí va. Le bañó el pecho de espuma y sudor. Venía de la Capital y era portavoz de la Junta Revolucionaria recién establecida. seguido por los más que podía arrastrar. Que él era el hombre que garantizaba los intereses y la propiedad. y el examen sociológico: Caleidoscopio de Haití (1953). carajo! —¡Por ahí va! Una nube de humo. tenía la confianza del Gobierno. —¡Cinco tiros! Pero el caballo tiró de la brida. le salía el sol sobre el pico de una loma en el corazón de la Cordillera. el José Pelota rústico. Con la cabeza le golpeó el codo. El hombre esperaba detrás del caballo. En aquella ocasión. Pasaron frente a los matojos como una exhalación. Le prometían dinero. adoptó militarmente una táctica propia. Historia de Monte Plata. se hizo un personaje guerrero de proporciones nacionales. se convirtió en ente de mucha prosopopeya. Se le requería para que se sumara al movimiento que en breve se precipitaría en el Cibao. el General recibió un mensajero. Gritos. el General José Pelota. el General había tomado parte en todas las asonadas que se provocaron en el Este o repercutieron en él y cuando fue jefe. Jefe Comunal de La Matraca. Siguieron los tiros. pero por fin. Siempre a pie. la táctica de los jarretes. Se fue apagando la gritería y a poco no se oyó más. Se impuso en su lugar como batuta y su nombre era citado con frecuencia en los corrillos politiqueros de la Capital. pertrechos y las copias de los manifiestos al país que se estaban escribiendo. le iba a amanecer al Jovero. M. Y era prodigiosa su movilidad. y Escenas Criollas. cuentos y novelas cortas (1941). Desde joven. carabinas. ensayos biográficos. 125 . Humo. El Caudillismo en la República Dominicana. corta o larga. y manadas de reses que le pastoreaban sus compadres los pedáneos. Cachón. El General trató la cosa con la marrulla consiguiente. A. cuando le anochecía en Guaza.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —¡Párate ahí! Otra descarga. MIGUEL ÁNGEL MONCLÚS (N. ha publicado: Cosas Criollas (1929). Jefe Comunal de La Matraca. en una noche. Galope desenfrenado. novela. Ya en campaña. Otra descarga más. Dijo que sí y dijo que no. a favor de la oscuridad del pueblo. cuentos. Con los días. fusil al brazo. Resoplaba: —¡Quieto! ¡Cinco tiros! ¡Cinco hombres! Ahí estaban. en el Sur y con seguridad en la parte del Este. Era un todo estertor. Veinte caballos desbocados.

rayó al paso otro y comenzó a hablar con amplio ademán. se colocó el auditivo con desconfianza. Mándeme de viaje el despacho de Jefe de Operaciones y las carabinas y los pertrechos. pero dicen que ha dentrao. un cuarto y hablando siempre. sacó al General de la hamaca en que estaba. La paz reina en el país y si tiene sus pasaportes en regla. vaya. ese de Los Cerritos es el único peligroso. se lo voy a remitir amarrado como un andullo. o bien se apagaban de inmediato o se consumían en idas y vueltas al tabaco. si además de lo que le prometían lo nombraban Jefe de Operaciones. El Ayudante le informó. Pero la República sabe –y aquí alteró la voz– y lo saben en la Capital. bueno. ese Juan Labraza. apagó el tabaco que llevaba encendido y llamó al Ayudante: —Présteme sus fósforos. ¡que yo soy el horcón de La Matraca y la garantía y el respeto de la propiedad! El compadre aprobaba moviendo la cabeza. Al día siguiente. compadre –replicó el General con aplomo. Desde luego. que decían. Ayudante. pierda el cuidado. —………… —Ah!. pero mándeme en seguida los cuartos para las raciones y que sean muchitos. —………… —Juan Labraza. muchas gracias. y ya en la calle. y se apagó también. que había entrado al pueblo un forastero… —Eso puede ser. —Pues haga las pesquizas y si lo encuentra. compadre. El General volvió a mirar con desconfianza al aparato. de Los Cerritos. —¿Qué hay? ¿Cómo estamos?… ¡Anjá! Mire… y aquí ni propagandas. Aquí no hay más que un hombre peligroso. hasta que agotó la caja de fósforos. convino en que si no había papeles por medio él entraba. haciendo salir antes al empleado de la habitación. bueno. con el aviso de que el Gobernador lo llamaba al aparato. Por aquí no habrá quien se menee. Entonces ordenó: —Vaya. como muchas veces se lo he dicho a usted. a disgusto con el cargo que sin paga alguna lo obligaba a permanecer en el pueblo. 126 . voy a acuartelar las gentes. que le habían informado. campesino. Dígale al Gobierno que yo aquí me hago ceniza. y descuídense de aquí. Rayó un palillo que se apagó. el telefonista apresurado. con actividad a ver si logra en la plaza al forastero. compadre –agregó– estoy yo para hacer respetar los derechos y la propiedad. Ayudante. puede cruzar por donde quiera. Fue a la oficina y frente al teléfono. Aquí. porque es muy peligroso. En esa inteligencia se fue el mensajero. Era un compadre suyo. cuando se le presentó el Ayudante de Plaza. condúzcalo a la Comandancia. buen padre de familia. que ha entrado un forastero? —Mis ojos no le han caído arriba. Gobernador.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS vueltas. Pero con la idea de hacerle ganar tiempo al mensajero. agricultor acomodado. que eso aquí está escaso. No transcurrió mucho rato. sí. Encendió un tercero. pero asegúrelo bien o disponga de él allá. que hasta aspira mi puesto y siempre me va a la contraria. tocó el pito repetidas veces en señal de alarma. Se despidieron. siempre está cabeciando y es muy enemigo de la situación… Pierda el cuidado. —¿Dice usted. Sí. fueron inútiles las diligencias del Ayudante.

De una a otro se oía la voz cuando se levantaba. con las onzas recibidas para racionar la tropa y con varias mancornas de becerros de las contribuciones impuestas para mantener el cantón. manejó las cosas de modo que se había quedado con el puesto. —Eta va a sei goida. otras habían acontecido. —Y el forastero que dentró anoche… —Ese de seguro que venía de casa de Juan Labraza… —Como eso sí que es así. Llamó luego aparte al Ayudante y confidencialmente le dijo que como él iría pronto de jefe grande a otro lugar. les dio. unos golpecitos discretos. ¿y qué es lo que pasa? —Yo no sé. A la luz de un mechero de gas. —Pero bueno. En eso estaba. El Cura y el Presidente del Ayuntamiento. cerrada. el General arengó a la tropa. contando con ellos. los policías y algunos vecinos. Los golpes se sucedían insistentes. —¿Quién vá? 127 . pero desde ayer se ve que la cosa está mala. que contara con eso y no se apurara pensando en sus intereses. bohío que le había costado treinta pesos al General y que cedió al Gobierno a cambio de cuarenta caballerías de los terrenos del Estado. El era el horcón de La Matraca. desplazando metódicamente los trozos de la orilla para acometer por último a la carne. hombre. Y como rigurosa consigna. jarreteando o no. que no respondieran sino vivas al General José Pelota. Que eso de seguro era la obra de tres o cuatro vagabundos y que el General Tal les daría cuatro patadas. La vivienda del General no estaba lejos del cuartel. Dióles con energía la orden de acuartelarse y mandó a buscar su machete de cabo. nada bueno ni nuevo. Muchas veces había usado el General ese escape al sentir movimiento sospechoso en el poblado. Comía despacio. Un poco tarde de aquella misma noche. El General era buen diente. lo iba a hacer nombrar Jefe Comunal de La Matraca. p’arriba se tá peliando. si seña Justa me dijo que uyó que poi el alambre decían: p’arriba se tá peliando. cuando sonaron en la puerta del patio. el grupo acuartelado se había engrosado considerablemente. —Yo me vuá dí con tiempo. Cuando vino a anochecer. el General se aplicaba a un plato enladrillado de trozos de plátano que coronaba como trofeo una prominente pieza de carne. En las esquinas se formaban corrillos. —Sí.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Acudieron presurosos el Ayudante. A poco la tranquilidad habitual de La Matraca se transformó en un hervidero humano. iban y venían azorados y el único pulpero del pueblo. Le dijo que el Gobernador le había comunicado que había un “meneo” contra el Gobierno. El patio de ambos era un platanal que colindaba con el bosque que rodeaba el pueblo. respondería de los intereses y de la propiedad. Campesinos con fundas y fusiles casi llenaban la barraca que tenía por sede la Comandancia de Armas. atrancaba presuroso las puertas de la tienda. junto a la mesa adosada a un seto. Que a él lo habían nombrado Jefe de Operaciones y que. y el General Pelota. Una nueva revolución: ¿qué traía? Para La Matraca de seguro nada. El General detuvo la labor y paró la oreja. —Y jata yo… Y así por dondequiera.

—No atino. primo José –dijo el aludido sin entrar. siéntate. primo José. Hubo una pausa embarazosa. el General se retiró a un extremo de la habitación y llamó alto: —Jacobo. —Que le aproveche. primo José. —¿No anda nadie contigo? —No señó. yo tengo mucha flusión y el frío de los plátanos me hace malo. hacía tiempo que no te veía. Juan. por todo esto no zumba una mosca. ando de pronto y solamente viene… —Ve diciendo. —No. primo José. Juan? —Sí señó… —¿Y qué te pasa. —Juan ¿quieres pasar? —Sería mejor que conversáramos afuera. primo José. —A decirle que el hombre me vido. primo José? —No. Juan. —Pué antonce. —Muchacho. ¿y qué Juan? —Juan Labraza. —Pero. ¡abre la puerta del patio! Un muchachón surgió de un rincón de la penumbra y abrió la puerta. —¿Tú andas solo? —Sí señó. —Pero. Juan… —¿Juan? —Sí. Juan. —¿Quién es yo? —Yo. tú mismo. Juan. Precisamente y husmeando. no atino… —Soy yo. ¿ahí no hay gente. Juan. pasaré… En puntillas. primo José. entra. —Entra. —Po antonce baje la lú. —Ven a cenar. ven. —Que te vió el hombre decía… 128 . —Siéntate. muchacho? —Que quiero verlo. —Está bajita. aquí no hay nadie. primo José.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Yo. Se paró cautelosamente y se arrimó a la puerta cuya aldaba presionó con ambas manos y así siguió el diálogo. —Pero asíllate. guardándose de la claridad. Juan Labraza avanzó algunos pasos hacia el interior. —¿Eres tú. —Asina mismo. primo José. Juan. el bohío está solo. primo José. —Es que el negocio de que quiero hablarle… —No tengas cuidado. El General avanzó como al descuido un paso hacia la puerta del patio que estaba semi–abierta a la espalda de Labraza.

—Yo considero. no hay petíguere por aquí que chille. y me dijo del asunto. primo José. gritos. ya el General tenía en empuñado el canto libre de la puerta. pero reiteró con urgencia el pedido de parque. El General respondió que estaba dispuesto a hacerse ceniza en defensa del gobierno. formada en su mayoría por gentes de Los Cerritos. Gobernador. —Tú tenías la cosa lista. sus parientes y parciales. Yo soy el respeto y la garantía de la propiedad y eso lo saben aquí y en todas partes. echaba escarabajos por la boca y partía el mundo por la mitad. Juan? Mientras hablaba. —¿Y qué te dijo. pero… —Yo tengo muchos asuntos. Otra vez era el Gobernador. Yo sé todo lo que pasa aquí. ni para rascarme la cabeza. No tengo tiempo. –Iba alzando gradualmente la voz–. Apresuradamente irrumpieron en la sala de la casa el Ayudante seguido por un escuadrón de hombres armados. que mientras yo esté vivo… Al llegar a este punto las voces trascendían al extremo del caserío. Pero. gracias a su precaución de racionarlas a no más de cuatro balas. y del orden. El General con el machete en la mano. me dijo que usted también convenía en entrar. —¡Ayudante!. Labraza quiso teminar: —Bueno. iba la voz del General. Ese que vino de la Ciudá. —En cuantico lleguen esas cosas. Había pasado que el preso se fugó en complicidad con la guardia. quien responde como quiera. —¿Dijiste de un hombre?… —Sí. y con voz autoritaria le gritó a los recién llegados: —¡Hagan preso a ese hombre! Cayeron sobre Labraza y lo despojaron del revólver y del puñal que portaba. —………… 129 . La emprendió con el Ayudante. y el fijo y tantas cosas que día a día son más. Antes de amanecer. ¡enciérrelo con buena custodia! Se lo llevaron en tumulto y tras él. Juan. Lamentaba que se hubiera llevado algunas carabinas. Las circunstancias –según decía– eran muy apremiantes y el Gobierno quería contar más que nunca con la lealtad y el celo de sus amigos. José Pelota. que soy aquí en La Matraca la garantía del orden y de la propiedad. ¿Cómo no? Pero tú sabrás Juan. Yo José Pelota.  El resto de la noche pasó en calma. y un tropel de gentes corría en todas direcciones. poco militar y confiado. remedada por el eco. primo José. Juan… Sí. El resultado no se hizo esperar. El General rápidamente apuntaló la puerta con las espaldas. sonaron tiros. hombre flojo que no sabía de nada. pero… ya yo tenía la cosa lista. el dinero y el nombramiento que le habían ofrecido. Juan. pero por suerte con pocas cápsulas. pero no la madrugada. Con él no había quién se meneara. ¿a dónde se metía ese sarnoso que él no lo cogiera? El era el horcón de La Matraca. porque yo me hago cenizas y respondo de la tranquilidad. A poco sucedió la calma y surgió el General en el Cuartel. En eso estaba cuando volvieron a llamarlo por teléfono. retumbando en los vecinos cerros: Hor-hor-cón… garan… tíaaa… pro-pie…daddd. que lo vido a usted primero. y la memoria se me está poniendo mala con tanta broma que dan las autoridades y el mando y los robos y los vagos. Cuando se llega la hora –y la voz siguió subiendo– soy yo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —Sí.

¡jarretes!. pero a mí me parece… —………… —Oiga. desfiló la tropa con el General al frente por un callejón que no iba hacia ninguna parte conocida. pero hay un “meneo” contra el Gobierno y aquí mismo anoche se ha levantado ese bandolero de Juan Labraza. ¡jarretes. pero usted sabe que ese hombre es mi compadre. muchachos!. cuyos alambres y pedazos saltaron con estrépito. muchachos. Entró apresuradamente el telefonista y se quedó pasmado frente a la hecatombe: —¡Por hablador. —………… —Eso sí. abultándose de más en más las propagandas. y la garantía del orden y el respeto de la propiedad. muchachos!… 130 . y llegó a un arroyo.  Era la guerra. Mis intereses particulares se los dejo encargado al Cura que está presente. —Como ustedes saben. Frente a los atemorizados regidores. el General desató su conocida oratoria. pero mire. —¡Por aquí muchachos!: arroyo arriba y por el cañón del río. Los habitantes de La Matraca liaban sus bártulos y las familias salían en cordón en todas direcciones hacia los campos. el agua no pinta huellas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Bueno… –y el General miró con disgusto al aparato–. pues contaba con más tropa que hormigas había en La Matraca. Y el General se paró. espérelo. Eso soy yo. el General exigió que se levantara acta de aquello y el Secretario de la Corporación garrapateó en el libro: “En la Común y Pueblo de San Benito de la Matraca. o se alojaban en la iglesia al amparo de los ruinosos paredones. mi compadre el Ayudante. a los…” Después. ese diablo de bejuco? –sentenció el General. yo no lo recomiendo para la Jefatura y más cuando yo puedo con las dos cosas… —………… —Bueno. a una hora de marcha a monte traviesa el General enderezó la ruta en sentido contrario al rumbo que había tomado a la salida. y tenía un cañón. El nombre de Juan Labraza estaba en todas las bocas y se le atribuían palabras y amenazas terribles que cumpliría con toda seguridad. cuatro cañones… En esas apretadas circunstancias. Yo salgo en operaciones y he pensao descargar la autoridad en ustedes para que no sufra la población. Seguido. el Jefe nato. y ya que usté lo manda le diré que venga. Bueno. a trechos la arengaba: —¡Jarretes. Sin embargo. de Ayudante está bien. pero no está civilizado en esas cosas. Los regidores acataron con un murmullo aprobatorio y el Cura juntó ambas manos con unción. yo soy la primera autoridad de la Común. Rodaban. tres cañones. dos cañones. pero es que él nunca ha hablado por este bejuco. para alante. se lo voy a llamar…. puede que acepte. La tropa chapoteaba con el agua a la rodilla y el General también. a fuerza de jarrete botamos a los españoles y botamos a Báez. sacó el sable y le cayó a machetazos al aparato. el General Pelota reunió el Ayuntamiento y requirió la asistencia del Cura. Gobernador… —………… —Es que ahora mismo no esta aquí… —………… —Casualmente.

El General tocó muchas veces el pito y dio voces al Pedáneo. po yo lo hacía en ei Pueblo. dígale que yo ando con doscientos leones. Anselmo? —Aquí tamos medio epantao. no le tiro. que estaba preso en el calabozo. —¿Y por qué? —Je… yo toi viendo que lo de uté no há sío ná… —¿El qué? —Po aquí se suena que en ei pueblo había la dei préquete y que tá ei mueito ñango y que a uté lo habían jerío. ¿y quién va a ser? El pedáneo se acercó y hablaron. Comieron y después de disponer la marcha. Los víveres y la mancorna aparecieron y las pailas empezaron a hervir sobre grandes fogones encendidos en la plazoleta. se huyó y la guardia le hizo fuego y por cierto lo cortó. que por fin apareció agachándose: —Comandante. reunió el Ayuntamiento e hizo comparecer al Tesorero Municipal y al 131 . y busque víveres que la tropa no ha comido. fue que Juan Labraza. Hágalo saber así a la Sección. que había dentrao ai Pueblo a sangre y fuego y mire que seña Casiana que etaba en La Loma le pareció que uyó lo tiro… —Lo que pasó.  El pueblo de La Matraca había quedado bajo la autoridad del Municipio. Juan Labraza está cortado y ya la ronda debe haberlo cogido. forma inocua que lo colocaba a merced del elemento de armas que deseara hacerse cargo de él. muchachos!… –voceaba el General. surgió Juan Labraza a la cabeza de sus parciales y lo ocupó militarmente en nombre de la Revolución. En seguida. Por fin el arroyo se extinguió en la falda de una loma. los cuales incesantemente atizaba el General. Alcalde. Los perros ladraron y fue como el aviso para que los vividores se escurrieran como sombras monte adentro. a tiempo de partir. la emprendieron loma arriba y anduvieron hasta que ya oscureciendo divisaron a lo lejos los fundos de Las Palmitas. —¿Cómo está ésto. mai jerío… —¿Y quién es el de esa propaganda. Comandante. Alcalde? —Esa voce andan asina porei mundo. Alcalde: No haga por verlo. ¿ejusté? —Sí. Al otro día. Comandante. el General le dio al Pedáneo sus últimas instrucciones: —Oiga. —¡Jarretes. una de las secciones más lejanas de la Común. Alcalde. pero si casualmente usted se ve con Juan Labraza. hombre. asigún lo que dijeron… —¿Y qué dijeron? —Po como le iba diciendo. Pero antes consígame una mancorna de las reses que estén a la mano aunque sean de las ánimas. pero que si no me tira.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II El cauce del arroyo se iba estrechando y ya trepaban por los barrancones como chivos. y ya de aquí mesmo parece que se han dío aiguno… —¿Adónde? —Como no va a séi pande Juan Labraza… —¿Y usted sabe de él? —Bueno. Se acercaron al caserío.

consígale uno blanco. de barriga. tomó nuevos rumbos. ni entendían y desaparecieron a escape. Al fin. en un ¡Sálvese quien pueda! Echó a correr cada quien por donde pudo. En la Caja Comunal no había más que dos pesos con sesenta centavos. varios de los cuales. Hombre poco previsor. hasta la boca. Y sucedió que a media noche. 132 . entre ellos el Cura. Los escasos vecinos que aún quedaban en el Pueblo. consígale también uno prieto y por lo que pueda suceder. El General encargó a la tropa que no disparara y. no lejos. Juan Labraza. armado con machetes. tiras de tela roja a manera de divisa. desvelado en su tarima. formaban en la tropa del General Pelota. un viejo veterano. tal como si hubiera estallado una bomba… Gritos. Sacaron de la iglesia un cañón que servía para celebrar las fiestas y lo cargaron imponentemente. Consiguió sin embargo los gallardetes y se los repartió a la tropa. carreras. como tá Juan limpiando ei campo. abandonando los fusiles.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Cura. voces. la población se estremeció y siguió un estruendo. deteniéndose únicamente para comer. que no era militar ni sabía de nada. La gente de Labraza eran en su mayoría vecinos de la sección de Los Cerritos. ei cañón que deplotó!… En Los Cerritos. Eran pocos y portaban divisas rojas. esas gentes no se hubieran ariscado: —¡Aquí mismo. dos días antes. Exigió dinero. asomó a la sabaneta del batey La Batea. Lo apuntaron hacia la entrada principal del Pueblo y para el caso de disparar. una voz poderosa gritó obstinadamente: —¡No ha sío ná!… Señores. arrastraba tras de sí un nutrido estado mayor. Consígalo. Las casas estaban situadas en hileras hacia el fondo. Ayudante!. trataba de dirigirse a los jinetes: —¡Párense!. cuando hasta los centinelas dormían. La tropa. ¡párense!… ¡todos somos uno!… ¡párense! Ni oían. clavos. se tiraron de las barbacoas y de los catres. pendiente de los sombreros o amarradas en las chamarras. viró al sur. El General las emprendió entonces con el Ayudante. Se notó que de ellas se desprendieron jinetes. consígale a cada uno un trapo colorado. que en carrera desbocada. La tienda del Batey estaba cerrada y pocas mujeres no lo habían abandonado. inútil. Magalena. piedras y plomos rayados en cruz. pertrechándolo con grapas. Se dieron a la tarea de trastear por las cocinas abandonadas y perseguir las gallinas y lechones que andaban realengos por el pueblo.  El General Pelota anduvo con su tropa hacia el norte. Le dijo improperios. ladridos de perros y escarceo de gallinas y el eco que se alejaba repercutiendo como un trueno. huían hacia los bosques. hasta que al clarear de un día. un fogón que constantemente atizaban los artilleros. Si la tropa hubiera llevado su divisa colorada. autonombrado General. braceando. ¡aunque sea del faldón de las mujeres!… El Ayudante se vio negro para cumplir la orden. cargó con ellos y con nueve pesos más que le reunieron en suscripción abierta en la Sala Capilar. y todo el contingente lucía. encendieron. al suelo. oyó la explosión y le dijo a su compañera: —Acucha.

el General buscó al Ayudante para conferenciar: —Compadre: ¿Qué le parece ésto? —Yo. enfurecido por el porfiado que no arriaba bandera y que alzaba el tono a la medida de él. compadre… Y bajando la voz: —¿Qué iba diciendo por el camino? 133 . Si era conveniente. montó el disco de su decantada autoridad y del horcón y alterando la voz. Le parecía que no se debía permitir que los enemigos cogieren alas. y el General debía… Pero ahí fue Troya. para conocerlos bien. debía hacerse boya frente a los ya declarados enemigos de la situación. llegó a los elementos. –y se tocaba en el pecho. Liquín Canela era sobrino del Gobernador. Se le tenía por muy gobiernista y mandaba a la baqueta La Batea. Liquín Canela. Eran de la gente de Juan Labraza. —Sí. Liquín era ardiente y rebosaba ira contra lo revoltosos. ni el revólver. —¿Por qué no le había hecho fuego? –y Liquín reparó a la tropa y le extrañó el empavesamiento: —¿Y esa divisa roja?… El General trató de explicar y el disgusto sospechoso de Liquín crecía a medida que la explicación iba extendiéndose. cuando llegaron los revoltosos. echando vivas a la Revolución y abajo el Gobierno. compadre… —¡Yo no permito que se me abra gañote! —Sí. sacaba por semana tajadas apreciables. de donde por derechos de juegos y otras alcabalas. andaba en una operación muy importante que le había confiado el Gobierno. entonces. dijo. Cuando Pelota entendió que se mezclaba en sus atribuciones y pretendía dictarle normas y procedimientos. daba tiempo para que llegaran los refuerzos que le había anunciado el Gobernador y. ni el puñal. Llegó un momento en que se volvió al Ayudante y le ordenó colérico: —¡Ajuste preso a este hombre!… ¡Tránquelo en la Ermita! Y se dirigió a la tropa. A poco. entonces. No tuvo tiempo de coger ni los zapatos. sin sombrero y desgarrado.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II De esa manera estaban cuando surgió sin zapatos. de seguro prevalido de su parentesco con su inmediato superior. El General. El General y Liquín entraron en explicaciones. —Sí. ¡el que manda soy yo!… ¡Yo!. con eso. compadre… —Nadie sabe en lo que ando y ni el Gobierno tiene que meterse en eso. Trataba de averiguar los ánimos de la Común y desde hacía tres días caminaba en eso. Había tenido que salir huyendo. casi toda reunida en torno. el Jefe de Orden del Batey. compadre… —¡Ese es un atrevimiento!. Sintió que fueron directamente a su casa con malas intenciones. compadre… —De momento voy a fusilar uno para dar un ejemplo. con dos patadas acabaría con todo. —¡Viva el General José Pelota! —¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! –contestaron. —Sí. –contó–.

—Usted vé. Liquín. Ya por lo pronto sé en qué pie está parado Juan Labraza. El Ayudante que no estaba lejos. Liquín llevaba otra cara. A lo lejos acusaba ser persona extraña a la Común. viendo aquello. te voy a mandar una columna para que defiendas tus intereses y hagas respetar aquí al Gobierno. y espéralo. como tú estás descansado y mi compadre el Ayudante no sirve para nada. La puerta se abrió y ambos salieron. Venía de la Capital enviado por la Junta Revolucionaria al General Pelota. Se oyen pasos involuntarios. compadre. de mandárselo amarrao como un andullo. vé a ver si de pronto procuras con qué coma la tropa. porque si yo doy un zapatazo… —Sí. en un alto. la cabecera de provincia y la Capital. sé que me mandan hasta un cañón. Aquello estaba oscuro. cómo se pondrían esas gentes… A ti. Mira. Le entregó una talega que contaba veinte onzas y varias comunicaciones. a través del pajonal. contándole cómo taban la cosa… —Que se lo mande… que se lo mande… —Que dique uté taba a do boca… —¿Le dijo eso. pero date de pronto porque casi estamos saliendo. Escalonó la tropa en sucesivos barrancones en el cauce de un arroyo y se situó personalmente a retaguardia. poblado de mangos gruesos que dominaba el camino en una distancia considerable. le dijera a 134 . Con la tarde. Entonces. compadre… —A mí me solicitan toditos porque se sabe que yo soy el horcón de La Matraca y si yo doy un zapatazo… Y se dirigió a la Ermita cuya puerta abrió y cerrándola tras sí. uno tiene sus actos bruscos y más cuando anda con las orejas calientes. tanto el Gobierno. El General las leyó atentamente e impuesto de su contenido le dijo al expreso que no contestaba por escrito porque no tenía papel. compadre? —Sí. tu tío. ¡todo esto aquí se acabó! Ahora Liquín. pero que como él era carta viva. me han encargado que antes de nada revise la Común y con toda la malicia estudie la gente. Calcula si no fuera así. –Y agregó con tono familiar– Ahora. —Acércate aquí. pero guárdeme el secreto. el General se dirigió a un sitio estratégico. Yo he procedido así contigo. Liquín. por la confianza y para imponerle disciplina a la tropa. usted vé… más le valiera al Diablo no jucharme. de los refuerzos que espero y que hoy mismo voy a alcanzar. por la confianza yo puedo abrirte mi pecho. Así marchó mucho tiempo a la voz de: ¡Jarretes. pero no tiene más que cuatro gatos y le voy a cumplir la palabra que le dí a tu tío. penetró en el interior.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Que dique le diba a mandá un propio a su tío. Allí esperó alerta. muchacho. mira. Cuando yo meta mano. —Mira. El General se adelantó hacia él. muchachos!. como el Gobernador. hasta encontrar el camino real. pensó en su simplicidad que él a la verdad no sabía de esas cosas. Oye. —¡Liquín!… ¡Liquín!… ¿dónde estás tú? —Aquí –respondió una voz áspera. Liquín. En marcha abigarrada desfiló la tropa sin tomar ninguna vereda. asomó un jinete. ese es el único aspavientoso. De esta manera interceptaba toda comunicación entre La Matraca.

se llama Liquín Canela y el otro es un “saltiador” que se ha metido para desacreditarnos. ¡pero a gente así se le quita de en medio. ¿a su casa. Que tuvieran confianza en él y le señaló hacia los barrancones en donde se veía hormiguear la tropa. —Dígale a los Generales de la Junta. cuyos gallardetes flotaban al aire. Lo que parecía andullos eran carabinas. como eso no… 135 . Uno es enemigo declarado de la Revolución y hombre muy peligroso. General Pelota. El General adujo que por estar en campaña. eran largos serones como para llevar andullos. el Ayudante. de lejos. Entrecortado se le arrimó al fin: —Compadre –dijo rascándose la cabeza– yo quisiera una licencia para dir a casa. Se despidieron. —Descuide. No se ocupa sino de granjearnos enemigos y se llama Juan Labraza. Unos y otros se lanzaron miradas cargadas de sospechas. El tocino le olía y no encontraba forma cómo abordarle. El General se puso en cuclillas. Cuando ya iba lejos el General le repitió a voces el encargo acerca de Labraza y Liquín Canela. Ambos portaban carabinas y el avío de los animales. el encargado del convoy le entregó al General una funda larga que parecía un calcetín y le pidió que en su presencia contara el contenido. no se ocupe de compromisos ahora… ¡Déjese de eso!… —Pero es que tengo la mujei ai cogei la cama… —Pero de seguro que usted no la va a partiar… —¡Ah!. es que yo tengo un compromisito de unos centavos… —No se ocupe. El General Pelota no tardó en divisar la recua y presuroso. y siguieron presurosos. y no se le olvide. con la piña tan agria como se está poniendo? —Pero vea que… —Compadre. mi amigo… —General. El expreso había caminado media hora cuando se cruzó con dos viajeros a caballo que llevaban una mula del cabestro. sobrino del Gobernador. Se despidieron. Juan Labraza por un lado y Liquín Canela por el otro. Le exigió recibo y contestación a las cartas que portaba. ¿así es como quiere usted ganar galones y jefaturas? —Compadre. Menudamente. El expreso era un oficial despierto y el General lo comprendió. Aparatosamente y después de saludarlo. pero quiero poner las cocas en claro y usted es una carta viva. Ayudante?. que lo tenía cercado en el Pueblo y que sólo esperaba esos pertrechos para caerle encima y que pronto de Labraza no iban a quedar los ripios. con buena provisión de balas. cada cual a su destino. no tenía papel de oficio. contó veinticuatro morocotas. Este era un expreso del Gobernador. había observado aquellas cosas. porque el expreso era una carta viva. que aquí estoy luchando con dos hombres a cual de los dos peor. se ve que usted es militar. Ayudante.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II los Generales de la Junta que él estaba como un trinquete y que nadie le echaría un paso adelante. la vació en el suelo y una tras otra. se dirigió a su encuentro. justamente y me alegro que usted lo diga. y de boca. que ya Juan Labraza había caído en la trampa. —Justamente. —¿A su casa. además. son capaces de acabar con nosotros. notaba los bolsillos del General sobrecargados por el peso de los talegos. pero como contraseña le llevara al Gobernador una prenda que aquel conocía y se despojó de un anillo grueso que montaba piedra.

pero en cuanto al oro. si no lo sabe. Padre. para avisarle que del lado del Pueblo venía un parlamentario con bandera blanca y por el color del bulto parecía ser el Cura. Malo era eso de recibirla en presencia de todos. Labraza se plantó en medio de la sabana y envió al Cura de emisario. Juan queda como Comandante de Armas. —Ello. traía el caballo del Presbítero al trote. La República necesitaba a todos sus hijos para que la honraran con hechos contra sus enemigos y la engrandecieran con su trabajo. jarreteando. pero aguántese. me han nombrado Delegado y ahora voy de Adjunto a la Gobernación… —¿Se va uted. Debía evitarse el derramamiento de sangre entre hermanos. siguiendo al General que. y si es el Cura déjelo pasar hasta aquí. en mi puesto queda Juan Labraza. abrazó al General y partió foeteando el caballo que montaba. hasta que por fin invitó al Cura y ambos tomaron el camino del campamento del General Pelota. así es lo mejor… —Ahora. 136 . –prosiguió–. Juan Labraza recibió el parlamento entre inconforme y halagado. Era el Cura en efecto y habló al General. —Además. Padre. está demás. Compadre…  Amaneció otro día. siempre estoy diciendo que venga como venga el palo. Lo mejor es que todo termine así como hermanos. mire. A prudente distancia. pero que como yo soy hombre puro y delicado. asimismo –repuso el General complacido. sobre todo. Juan. Padre. Padre. Dígale que todos somos uno y que tengo una funda de dinero en oro que le han mandado de la Capital. ya el Gobierno capituló. —Eso lo sé yo por oficio hace rato. reconózcalo. y eso no lo hacía por él. que en aquel sitio hablarían. la lucha aquí en La Matraca. —Vaya. Usted tiene su parte. en presencia de todo el mundo. —Lo siento y me alegro al mismo tiempo. El General le dio a Labraza un abrazo efusivo que éste no esperaba y le repitió lo mismo que le había dicho al Cura. ¿Oyó? El Padre había oído y después de esto. sino por la gente que era muy mal intencionada. no hay más que José Pelota en La Matraca. pero que viniera solo. esperaba la ocasión de entregárselo en el Pueblo. usted la tiene. El Cura se fue y no tardó en retornar. júrelo. Que viniera el General. cristiano. yo he recibido algunos chavitos que mandó el Gobernador. compadre. —Asimismo pienso yo. Padre y tengo poderes de la Revolución… —¿Cómo? —Sí. Cavilando en esto estuvo mucho rato. Un soldado se le acercó al General. aguántese. la anunciada funda de oro lo mareaba. Mire. Padre. Comandante? —Sí. así será.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Pues entonces… —Pero tengo que jacei la paga porella y pa lo demá preventivo… —Mire compadre. pero usted debe tener paciencia y tenerme confianza como a la Virgen de la Altagracia. vaya al Pueblo y dígale eso a Juan. por testigo. deseo entregársela en presencia de todo el mundo y teniéndolo a usted.

seguido por la tropa. penetró en la casa y lo cuestionó sobre el dinero a voces. primo José –arguyó el interesado–. seguido por su tropa. Dialogaban los soldados. Mis cosas me gusta manejarla yo… Amá que aquí ta ei Cura de tetigo… —No digo lo contrario. transformó el talento de Labraza. en la calzada. pero como soy tan legal… —Por eso no tenga pena. el levita. primo José? —Ni una más. —Iré con la fresca. Contó hasta nueve y el tintineo era grato. —¡Péguele una soga. —Fue una funda apretada de morocotas… —¡Adió!. y entréguelo en la Ciudad. daba grandes voces al General Pelota. el General Pelota se hizo el aludido: —Por mis manos lo que hicieron fue pasar. El Cura es testigo de que en su presencia le entregué la talega de morocotas que de la Ciudad le mandaron. ya que todos eran uno. lo tiene que no pué con ello… —Y ese agallú. después de saludar jubilosos a los hombres de Juan. Se refugiaron en el Cuartel. hizo agarrar por sus gentes a Labraza y se lo entregó al Ayudante. mas por obra de malas artes. Echando rayos por la boca. Aquello fue lo bastante para que el grueso cargara sobre él. Mientras los vidrios saltaban y se estremecían los setos. El contacto del oro. después que mi gente coma. Labraza indignado desenvainó el sable y lo castigó. Uno de los más atrevidos. maldiciendo al condenado que ni la casa del Cura respetaba. y la respetable mansión se convirtiera en un campo de Agramante. pintorescamente armados. en la misma Fortaleza! –Y agregó: —Ayudante: ¡lleve otra soga para que amarre de camino a ese Liquín Canela y lo mancorne con él! 137 . se hizo amable e invitó al General a que entrara al Pueblo con su tropa. yo no niego lo que recibo… —Bueno. Guárdenme media botella… Con la fresca entró al Pueblo el General Pelota. todo acompañado de una gran algarabía. Cuestionado el Cura afirmó la declaración de Pelota y entonces la conjura tomó forma y se hizo estridente. harapientos y derrengados por las marchas. primo José. que yo mismo no sé lo que hay. contadas. parecía azuzada por alguien y menudeaban las botellas de ron. El Cura desató la funda y fue sacando del fondo y depositando en las palmas de las manos de Labraza. La intriga siguió ensanchándose. y manoteándole el rostro. pero aguáitenle lo bolsillo. José Pelota compareció sable en mano. Labraza se refugió en la casa curial y hasta allí fue lo que era ya un tumulto vociferante. Juan y más que lo ajeno llora por su dueño. —¿Eran toas. pues mire Padre. lléveselo. ¿lo querrá tó parei? —A mí me da de cuaiquiei manera… —Y yo también quió lo mío… En presencia de uno de esos grupos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —Pero mire. no más de veinticinco. con chanzas y risotadas. Así como lo recibí lo entrego. Era medio centenar de hombres. no tardó en cundir por todas partes la noticia del dinero recibido por Labraza. entréguele a Juan. En autos. onza por onza. ni una menos.

Pero la política le había hecho abandonar su oficio. Estaba satisfecho de su nueva mujer. Fue un héroe. En aquella época el taller estaba especializado en hacer catres y mesitas de pino barnizadas para salas. En los Montones. con lustre de puño que gustaban mucho. usted me responde de ellas! Y para dominar el tumulto. de dos volúmenes de cuentos. Navarijo. Sus hijos naturales los tenía su madre. Payano era un hombre de aspiraciones. obras finas. Muy popular entre los obreros. que apenas tenía diez. P. Es un estudio de valor imponderable. Estuvo de aprendiz en una zapatería cuando tenía doce años. Los quería mucho y estaba dispuesto a darles una buena educación. No hacía grandes ganancias. Su padre. Desempeñó algunos cargos en sucesivas administraciones. por lo bajo: —Juan lleva las morocotas. Más tarde trabajó con el maestro Cerón y entonces fue cuando aprendió todo lo que sabe. Era capitaleño. cargos de confianza. Sostenía muy buenas relaciones con dos o tres notarios de la ciudad. Pero no había tomado más las armas. Tenía sus asociados. Desde aquella época Payano era considerado como uno de los hombres más valientes de la República. el mayorcito. M. Luego entró en casa del maestro Cabral a aprender el oficio de carpintería. el último de sus libros publicados. alcanzó envidiable prestigio. sin embargo. fuera abogado. aún inéditos. que contaba catorce años. son nueve. no tuvo empeño en ello. pero ahora vivía de negocios. obra que en su género no tiene par en nuestra producción literaria: contiene un caudal de observaciones sobre las costumbres y lacras de la familia dominicana reveladas con fino humor y sin asomo de amargura. Llevaba una lista de las personas que tenían necesidad de dinero y las ponía en relación con los prestamistas. una mulatica a quien le había puesto casa. Moscoso Puello. después se colocó en una pulpería ganando tres pesos por mes. el Coronel restaurador Marcos Ledesma. abundante en erratas. los legítimos vivían con él y Rosaura. es doctor en medicina y cirugía. bajo las órdenes del General Cabrera. Hacía hipotecas. y un examen sociológico e histórico intitulado La Odisea de la Española. Trabajó mucho en caoba. Había sido carpintero. También inédita conserva la novela Sabanas y Fundos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Y acercándose al Ayudante le dijo. porque le trataba muy bien los hijos. fuera médico y José. El Comandante Payano tenía tres hijos naturales y dos legítimos. dos años antes de separarse de su esposa. 1885)* El regidor Payano El Comandante Pantaleón Payano había nacido en los barrios altos de la ciudad. Compraba y vendía propiedades. 138 . No se lo reprochaba. Es autor. y de una obra monumental relativa a la medicina y a los médicos que han vivido en este país desde los primeros días del descubrimiento de América. graduado en la Universidad de Santo Domingo. se empinó y gritó a todo pulmón: ¡Viva el Gobierno de la Revolución! ¡Viva el General Pelota! —¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! –respondieron a granel. después de su novela Cañas y Bueyes. FRANCISCO E. Cobraba cuentas comerciales. F. publicó Cartas a Evelina. al decir de sus compañeros. y oiga: “¡con sus intereses. pero vivía. Demostró un valor extraordinario. Continuamente se lamentaba de que no lo hubieran puesto a la escuela. Aspiraba nada menos a que Pantaleoncito. Entonces no eran las cosas como ahora. MOSCOSO PUELLO (N. préstamos. hacía de corredor. sobre todo. además. Estaba divorciado hacía años. casi ebanista. *F. lo cual le colmaba de orgullo. Ha dictado numerosas conferencias de carácter científico. es narración de motivos que revisten la obra del interés que los franceses califican de petite histoire.

Como el Comandante entran pocos en libra. su emoción llegó a sus límites. Se sentía orgulloso. A las nueve en punto estaba en el Ayuntamiento. pero ninguno se expresó como el Presidente. —Hombres así. En San Miguel era casi un ídolo. Las fiestas en que él no tomaba una gran participación no quedaban lucidas. y cuando aludió a la buena colaboración que había tenido de sus demás compañeros. Rivalizó con él en valor. porque fue un defensor celoso de los intereses de la ciudad y en particular de los obreros. Quedó agradecido cuando este funcionario se refirió a la obra del Municipio. Porque él. Otros oradores tomaron la palabra. de las mismas que usaban los diputados. henchido de patriotismo. y en una ocasión por el propio Presidente de la República. En diferentes ocasiones. Marchó en compañía de sus compañeros a la Catedral. con motivo de haber sido condecorado con la Orden del Libertador Simón Bolívar. El Comandante aplaudió varias veces con entusiasmos. aún cuando hacía tiempo que no trabajaba la carpintería. Muchos informes y proposiciones había presentado. antes de que fuera herido. hasta diez. Le había llegado su día al General. –se decían los políticos de San Miguel– son los que se necesitan. 139 . Él mismo no se daba cuenta de la estimación que se le tenía. —Pero. Payano. El Tedéum quedó solemne. Había salvado la vida varias veces al General Cabrera. teniendo a la espalda los retratos de los Padres de la Patria. Únicamente lamentó ese día no haber sido un orador para poder expresar todo lo que sentía y pensaba en aquellos momentos en que las notas del Himno Nacional le habían hecho poner las carnes de gallina. Se encontró muy bien vestido. se había entregado en cuerpo y alma a los intereses de la Común. pues tenía intenciones de asistir al banquete con que obsequiaría al Presidente del Ayuntamiento un grupo de sus amigos. Allí aumentó su prestigio. Las reuniones en las cuales no estaba presente resultaban frías. la política. Un pantalón a rayas. Habló muy bien. Monseñor habló. unos zapatos de charol y su chistera plegadiza. Sus servicios eran muy estimados. Pero. el Coronel restaurador Marcos Ledesma. Lucía su elegante paletó de paño negro. Había que contar con él para todo empeño. por gente de primera. Ninguna iniciativa lograba éxito si no tenía en su favor la influencia del Comandante Payano. su corbata negra y blanca. Este rasgo de justicia lo dejó satisfecho. elogió al gobierno y lo puso bajo la égida de la Virgen de la Altagracia. por los cuales había sido felicitado por personas de valer. El Comandante mostraba una sonrisa de satisfacción. las palabras del Presidente del Cabildo lo dejaron satisfecho. Había dado órdenes a Rosaura de que le limpiara el paletó y le tuviera lista toda la ropa necesaria. había sido solicitado su concurso. oscuro. en el Cabildo. –solía decir en tono sentencioso– no hay quien las pueda evitar. después que Payano se retiró a la vida privada. que le aseguraba que estaba satisfecho de haberlo llevado ahí y de sus actuaciones. gremio al cual se ufanaba en pertenecer. recordando las historias que tantas veces le había oído repetir a su padre.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Después. día en que lo estrenó con motivo de los actos oficiales a que tenía que asistir. luego. Ese paletó lo había mandado a hacer para el 27 de Febrero. hasta que en los Montones las circunstancias le hicieron desplegar un valor que le prestigió y le permitió cambiar de fortuna. Sus hazañas en la pelea de los Montones eran muy conocidas. cuando las cosas van a suceder. No pudo resistir a las solicitaciones de sus amigos y en las elecciones del 19… el Comandante Payano fue elegido Regidor de la Común de Santo Domingo. Fue un día feliz éste para el Comandante Payano.

pero han quedado muy bien hechas. para quitarle el polvo. porque es muy compinche de los enemigos. Payano se disponía a salir. Se dirigieron al Hospedaje Municipal y allí inspeccionaron los trabajos de desagüe. pero ya eso se le acabó. –un auto Packard con el escudo de la ciudad. Encontró muy bueno el desagüe y mejor colocadas las plumas de agua.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS No había tenido ocasión de usar otra vez el paletó. Lo encontró limpio y felicitó al Síndico. Han salido un poco caritas. Rosaura lo tenía ya al sol. que yo tengo mis enemigos en el Ayuntamiento y no quiero que el pago de estos trabajos se retarde ni que discutan los precios. Dos o tres Regidores le habían ya puesto la proa. –dijo el Comandante–. Se le acusaba de mala administración. Hacía días que se decía en la Plaza de Colón que el Síndico Rodríguez sería destituido. que el periódico tenía razón en haberse quejado. Al cruzar la calle 19 de Marzo alcanzaron a ver al General Pérez. para que demos un paseíto por ahí. Después de preguntarle por los hijos y tocar algunos puntos sin importancia agregó: —Lo he venido a buscar. Payano y el Síndico entraron en intimidades. deseo que usted quede bien impresionado. Y al subir de nuevo al carro exclamó: —¡Yo no sé lo que hacían con tanto dinero! —Eso pienso yo. –contestó–. cuando llegó el Síndico. en qué está? Payano le contestó que en su opinión era un cohete tirado. Comandante. Comandante. De allí siguieron para el Matadero. Toda la vida había vivido explotando su figura. Payano celebró el trabajo. pero no le tiene confianza. Usted sabe que puede contar conmigo en todo tiempo. pero él contaba todavía con el resto y con su hermano Payano y gastaba muchas atenciones con éste. Como usted es Miembro Interino de la Comisión de Fomento. Se pusieron de pie y se dirigieron al carro. y Rodríguez. Rodríguez se sentía satisfecho de la aprobación que dio Payano a sus trabajos. Descendieron por la cuesta y se introdujeron en la calle Separación. Como el nuestro no ha habido otro en la Capital. —¡Déjelos que hablen! Que vengan a ver este trabajo para que se convenzan de que el Ayuntamiento se ocupa. Pero como ahora estaba invitado a ese banquete. frente a Payano. El Síndico se sentó en una mecedora. para que usted vea algunas obras ya terminadas de las que se me ordenaron ejecutar. —Por eso vine donde usted. –agregó el Síndico–. Usted sabe. Le ha escrito varias cartas al Presidente. —¿Qué dice el Comandante Payano? —¡Qué va a decir! ¿En qué puedo servirle?. —No se preocupe. Se habló de los chismes municipales y el Síndico volvió a repetir a Payano que contaba con él. para que con su voto le allanara dificultades. sobre todo sus bigotes. Y añadió: —Según me han informando está haciendo curvasos. Y conste que el presupuesto este año es más bajo que el otro. Pase adelante y siéntese. Se informó del costo que no podía ser más bajo. Basta que seamos hermanos masones. Payano le manifestó a su amigo que en realidad aquello hedía mucho antes. ofreciéndole sus servicios. tocando a Payano por el codo le dijo: —¿Y este tipo. 140 .

–le dijo el joven tembloroso. El Comandante Payano pidió permiso para quitarse alguna ropa y volvió en mangas de camisa. y que así presentaría mejor aspecto. –exclamó el Comandante. compadre! y. —¡Ah sí!. –preguntó Payano volviendo la cara para ver por última vez a través del vidrio del carro el Matadero–. Y lo despidió amablemente. —¡Dios me libre de mal! Aquí las gentes hablan mucho y se fijan en todo. —Me parece que han sobrado algunos potes. ¿el que desempeñaba la Señorita Castro? —El mismo. ¡Dios me ampare! El Síndico le advirtió que tampoco había que ser demasiado escrupuloso. si su trabajo no era muy grande. Parece muy buena. Por eso se había retrasado ese trabajo. —En el “Faro de Colón”. con motivo de su cargo. Pensaba en esos momentos en que su casa estaba necesitada de una buena mano de pintura para remozarla. Yo arrastré mucha gente. —Bueno. —Pero si hay fondos. porque me podía arreglar eso. Había un cargo vacante en la Secretaría y su amigo el Diputado Díaz le recomendaba al portador. El tercero quería hablar en privado. ya que constantemente. Allí es donde solamente se mandan las órdenes del Ayuntamiento. —¡Ah! ¿Usted es Ricardito Peláez? —El mismo. Usted sabe. señor. ¿Usted vio al Presidente? —Sí. —¿Dónde consiguió esa pintura?. ¿qué les pasó? Si quiere la pinturita me avisa. —¡Esos sí hicieron su agosto. Comandante. morenito presuntuoso: —¿Y usted qué desea? —Me dijeron que viniera donde usted. a mí no me gusta comprometer mi voto. un jovencito flacucho y casi blanco. —Bueno. sin embargo. Le aguardaban. Y dirigiéndose al otro. Le llevé otra tarjeta. Aquí han venido ya varias personas a verme para eso y yo no me he comprometido todavía. recibía visitas hasta de los tutumpotes de Gazcue. Resulta que yo vendí mi sueldo a don Remigio y tenía que entregarle un piquito que le debo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Payano rechazó una copita con la cual el Síndico quiso corresponder a sus cumplimientos. ¿Usted recuerda el molote que se armó en Santa Bárbara? Yo estaba ahí y si no es por mí rompen la urna. –agregó. Uno le entregó una tarjeta del Diputado Díaz. Dirigiéndose al primero. rompí muchos votos contrarios. Otro venía a exponer una queja con motivo de un trabajo del que lo habían despedido. 141 . que era del partido y persona competente. para servirle. que yo trabajé mucho en las elecciones. porque no tenía existencia y hubo que esperar el vapor. El Síndico le manifestó enseguida que se podía conseguir una poca. Usted sabe que yo tengo una hermana muy amiga del Síndico Rodríguez. Y le recordó el desastre del pasado Ayuntamiento. Usted sabe que aquí no van muy lejos para menear la lengua. Usted me obsequia con esa pintura sobrante y dicen de una vez que estoy desfalcando al Municipio. Payano levantó el brazo para subrayar un ¡no! seco y terminante. pero parece que él se ha entendido con un joven de la Tesorería y no sé por qué no me quieren pagar. De regreso Payano encontró algunas personas en su casa. vuelva mañana. yo hablé mucho. que yo hablaré de eso. le dijo: —¿Qué cargo es ése? —Auxiliar de la Secretaría.

más o menos. después que despidió al amigo que le dio esos informes. —¿Bajito o gordo? —Como yo. —Muchas gracias. –contestó el visitante. Ese muchacho es el que está encargado de cobrarle a don Remigio los cheques que le corresponden. El Síndico y yo somos de los más unidos en el Ayuntamiento. yo lo averiguo. —¿Y quiénes eran? –dijo curioso e impaciente el Comandante. vuelva por aquí. El Comandante hizo una señal al tercero y entraron a un departamento que hacía de oficina privada. pensativo. que a usted lo iban a sacar del Ayuntamiento. Durante el almuerzo. Como se trata de usted no perdí tiempo. que el propio Comandante había hecho hacía quince años y tres sillas modestas. pero me ponen inconvenientes. 142 . –agregó el Comandante– no repita eso. dentro de un florero. y el otro me dijeron que era el Síndico. tiene una vocesita rara. un retrato de la Tabacalera y un bouquet de flores de papel. yo sé que hay. el señor Torrez y el señor Domínguez. Pero si usted oye algo. Pantaleoncito refirió a su padre lo que había pasado en la escuela. El Comandante se quedó callado un momento. —¿Y de qué se trata? —Bueno. Quédese callado. Luego preguntó: —¿Habla fañoso? —Sí. Payano se quedó reflexionando. —¿De qué color era? —Bueno. a informarle de algo que oí en los bajos del Palacio Municipal esta mañana. vestido de blanco. Hablaron otras cosas. Estaba afeitado. Y parece que como yo no se lo he vendido esta vez. —¿Tenía bigotes? —No. el que recomendó el Presidente para la oficina de Impuestos Municipales. —Yo no se lo aseguro. Todo eso es una invención.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Sí. Pero como la política es política… Hubo otro silencio que el Comandante interrumpió. El que le dijo eso lo engañó. Que le habían dicho al Presidente que usted era un inconveniente. pero me puedo informar. porque la cara no se me ha olvidado. lo encontró Rosaura cuando lo llamó a comer. —Bueno. Así. Esta es su casa. Si usted tiene interés en asegurarse. indio claro. Un escritorio de caoba. sobre una mesita de caoba también. me ponen inconvenientes. Vuelva mañana. un morenito vestido de casimir. eran los objetos que más se destacaban en la habitación. Dos profesores. —Yo he venido. —¿El Síndico? –exclamó sin poder disimular su asombro el Comandante Payano–. Tomaron asientos. —Pues bien. Comandante. con un sombrero de fieltro gris. —Bueno. —¿De qué color estaba vestido? —De dril blanco. Que usted le negó el voto a Pedro Soto. ¡Eso no puede ser! ¿El Síndico? No lo puedo creer. allí decía esta mañana un grupo. yo le arreglaré eso. no volverían más. pero yo tuve que retirarme no fueran a sospechar que estaba oyendo. Yo no creo que sea el Síndico. ¡Yo no sé! Había uno alto con un sombrero de pajita. de los que más enseñaban.

de que estaba orgulloso. Rosaura fue al patio a recoger el paletó. No se trataba de una de tantas incursiones del ejército de Haití. y si maquinalmente el jefe le apretaba la empuñadura al machete de cabo que le colgaba de una banda roja. —Pero. etc. El Gral. hicieron tronar otros y otros fotutos que.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —Mira. ha dictado conferencias. —¡Ah! eso es por el voto de confianza al Presidente. –decía Pantaleoncito entristecido–. y horas después se acercaban a la aldea. llegó así a todos los conucos. precavidamente armados. –exclamó el Comandante. Y respondiendo a la señal oficialmente pautada. papá? —¡Cómo no los van a encontrar competentes! Lo que se sobran aquí son profesores. Detrás del caobal del cerro. dilatándose hasta una distancia enorme en un ulular tremendo. del monte al llano. contestaron otros. le anunciaban al mundo un grave acontecimiento. Si hubieran sido tan competentes. y el Comandante Payano le echó una mirada a su pieza que le quedaba tan bien y con la cual había recibido tantas satisfacciones. La noticia. a mayor distancia. Están viviendo del Gobierno y quieren hacer lo que les da la gana. era hoy tranquilizadora. habló y sus palabras fueron atentamente escuchadas. 1884)* Al Dr. porque se había puesto nublado. dos. y más lejos. aunque parecía increíble. A ese machete le debía el grado de comandante. ¿y si nombran otros que no sepan. SÓCRATES NOLASCO (N.. como tú dices. tres disparos de carabina. la señal anunciando el grave acontecimiento. y otros más. blanca y azul. —¿Y qué chisme ha pasado? –preguntó el Comandante. Pedro Florentino y un momento de la Restauración –1938–. en la planicie vecina. papá! —Ni tanto saben. 143 . con toques de alerta que sucesivamente pasaban de fundo a fundo. nadie para enseñar matemáticas. Y como el señor Domínguez. Cuando uno es empleado tiene que estar de buena fe. los pobladores de las cercanas y las remotas viviendas. El aviso. y agregó: —Es que estos jovencitos se las dan mucho. Ya ves que se han dejado quitar por una tontería. Viejas Memorias (1941). era por la costumbre de arrear hombres en las peleas contra los enemigos de la república. papá. Papá Sindo. Ramón Blanco Isusi Ma Paula se fue al otro mundo Un alarido de gargantas vigorosas. Así no son las cosas. —Yo no sé. Escritores de Puerto Rico (1953). desde el fundo de la Domingona. el comandante del Puesto Cantonal de Petit-Trou. hijo. Para mí han sido unos brutos. y el prestigio de matón de súbditos del *Ha publicado: Cuentos del Sur –1938–. ya a la oración agrupó a los recién llegados bajo el ramaje de una baría frondosa y con agria y autoritaria voz de domador de gente. el gafo guardián del colmenar sopló el fotuto de poderosa voz. etc. seguido de uno. sabrían que aquí hay que hacer lo que le mandan. Ese es un toro en números. Dicen que porque no quisieron firmar una hoja. yo no sé cómo me voy a hacer. —Pero el señor Torrez y el señor Domínguez saben mucho. El señor Torrez es muy buen profesor.

por si acaso intentara salir a hacer de las suyas. se miraron todos y se dijeron: —¡Se murió Ma Paula! —En ella se ensuelva. Ma Paula se fue del mundo —reiteró–. la clara de un huevo crúo en aguardiente alcanforao. pero al decir que no crean en ellos atestigua que los hay –dijo uno reflexivamente. He dicho. A los del vecindario les parecía que el comandante no habló de la difunta con el miramiento debido. Pero si él mismo. Espantados de oír lo increíble. Y así y todo habría que hacerle el hoyo bien hondo y ponerle arriba piedras pesadas. y los caprichos y rebeldía de la s le añadían gracia en vez de restarle elocuencia a sus arengas. Varios opinaron que en la región no estarían preservados del espíritu de la bruja sino después del novenario. estaba tiesa y más seria que cuando vivía. que es cofrao de la Virgen de la Altagracia. Tan pronto se alejó el áspero y autoritario jefe empezaron los comentarios y murmuraciones: “El era así. nuestros fusile y sobre todo con la cruz de nuestra bandera. Compañeros… –agregó cambiando de tono y mirando de soslayo–. y una peseta fuerte pa San Antonio y real y medio pa Pedro Congo. Siempre que recemo el Creo en Dios Padre defendiendo la república a tiro y a machetazo. alto y seco. Mándenme los filete. ¡Cómo si uno se olvidara de cuando el alazano rompió el lazo y se le etravió! Mediante un cabo e vela encendío al revé. Cayó con la boca echando espuma y ya al minuto estaba tiesa como si fuera de palo. siempre que se veía en confusión se encerraba con la vieja a consultarla sobre política. y sin dizque ni que me dijeron. boca arriba. No quiero gresca. pero no malo. resultaba tan imponente de cerca como de lejos. Compañeros… ¡Ma Paula se fue del mundo! A su lado el secretario Lorenzo. aparte de eso. en medio del patio de su vivienda. ¡se murió Ma Paula!” Allí.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Emperador Faustino Soulouque. —¡Cállese el deslenguao! —regañó Papá Sindo. en lo que se presina un Cura loco la vieja hizo aparecé el caballo. Pero. meno sabrán los haitiano inmunizarse con la malicia del diablo y la de sus Luase y Papá Bocó. queden convencido de que si ni tan siquiera el arzobipo puede alargar la vida propia con oracione a Nuestro Señor Jesucrito. En realidad. Tenía la lengua tan agria porque estaba del pecho y sabía que no tenía remedio. —Compañeros… –dijo y esperó con calma a que se impusiera el silencio–. profirió un atrevido. Lorencito. iba leyendo para sí el discurso que le había enseñado al superior. la verdá es la verdá. de que no se jactaba porque le parecía la cosa más natural del mundo. Aquella novilla berrenda. duro y seco. pero hay que saber beberlo. y la voz se le rajó en la garganta—. Se acercaban al bohío en donde estaba la anciana. Advierto que el aguardiente se hace para beberlo. de cuerpo presente. a ver si éste se equivocaba. puesta boca arriba sobre la barbacoa y el colchón de guajaca que le servía de cama. Siempre. en donde la habían colocado. estaba ahí. No cabía 144 . Los tonto que secretiaban que iba a vivir ciento setenta y siete año en cumplimiento del pacto que ella tenía con Sataná. —De que los hay los hay. —Papá Sindo manda que no crean en brujos. con el respeto que a la muerte le rinde todo mortal. podremo triunfar siempre de los enemigo. Con nuestros machete. Y últimamente –dijo empinándose–. que era de los biene de la difunta. ordeno y mando que la beneficien para pasar el velorio. Papá Sindo.

para brindar el café y el aguardiente. y nadie quería acabar de llorar primero. puercos. Estamos en el año 1858 de Nuestro Señor Jesucristo. En el conjunto blanco sólo contrastaba la mancha negra localizada de la frente a la barbilla. Falta saber qué edad tendría la interfecta –subrayó afirmando su argumento–. ya que no se podía pensar en la pureza de su alma. Larga y ancha bata blanca la tapaba del cuello a los pies. trascendía una seriedad tétrica e imponente que acentuaban el ojo obstinado en mirar y el respeto que la hechicera inspiraba aún después de muerta. Lo secaron y volvía a filtrar. olor que se mezclaba con el de la gente sudorosa que llegaba de los distintos fundos. y el otro se pudrió comido de viruelas. sus compañeros de raza. Del rostro. la engalanaron y la adornaban con flores de adelfa colocándole tres pétalos en los labios. la bruja parecía más larga. El hijo menor de Ma Paula cree tener cincuenta y seis años. Otras fregaban diminutas vasijas de higüerito cimarrón. El hule del rostro le relumbraba con el reflejo de las cuatro velas prendidas en las bocas de cuatro botellas vacías. En la comisura de los labios le asomaba un hilo de blanca espuma. Así. 145 . En derredor del cadáver seguían gimiendo y lanzando lamentos las hijas. Yo la deduzco… por lógica que no engaña. así partido por la franja de trapo. decidió el punto: —El cadáver de un ser que vivió cerca de un siglo y hasta más de un siglo. Afuera de la enramada los hombres sostenían contrarios pareceres. seguro indicio de lo milagroso de tan larga vida. Sin faltar a la verdad no se podía negar que la vieja era fea. mayores que él. Sólo tenía un ojo cerrado.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II duda. El otro se lo cerraban y se volvía a abrir. que por ser capitaleño se creía en el deber de saber de todo. —¿Y qué tiene que ver lo uno con lo otro? Abrevea… —De las siete hembras ni Dios distingue si alguna es más joven que el varón sobreviviente. licores imprescindibles en los velorios. cabras y un bohío cómodo. A la gente prieta tarde se le ve la edad. de guayuyo morado y de rompesaragüelles. La habían tocado con cofia blanca y con blanco barbiquejo le apretaron la mandíbula floja. Este es un angelito que no tuvo culpas que purgar. Era un deber: la vieja dejaba herencia de vacas. que le temían a la bruja y nunca dejaron de maldecirla. de un trabado. aproximadamente. Lorencito. de malagueta. Las fosas de la aplastada y ancha nariz eran dos agujeros tan prietos como la piel. y aquel ya las ha purgado todas a fuerza de tropezones y padecimientos. ¿no podrían pasar la noche entretenidos en juegos de prenda y cantando el baquiní y echando décimas y coplas y cantos de plena? El secretario de Papá Sindo. biznietas y tataranietas de la finada. está sujeto a las mismas reglas que un trabado o muerto recién nacido. Un olor fuerte emanaba del cuerpo recién bañado con un cocimiento de hojas de salvia. estirada en su cómodo colchón. Las vecinas. obstinado en continuar mirando. Los nietos y demás descendientes se multiplican como marranos… —¿Y qué significa ese lío pa si se cantan o no se cantan décimas en el velorio? Lorencito era un capitaleño de asombrosa locuacidad y le gustaba lucirse y pasar por inteligente aun ante los habitantes de la más remota y aislada aldea de la república. El cadáver de una persona de más de noventa años (y a Ma Paula le suponían no menos de ciento veinte) ¿debería ser velado con la circunspección requerida por un difunto que no había cumplido ochenta? Igual que si se tratara de un muerto recién nacido. dos murieron peleando contra los haitianos. nietas. ahora que la veían difunta rezaban por el descanso de su alma. De los tres varones.

el canto de plena. siga berreando y no se meta a opinar en cosas que son costumbres aristocráticas… –vociferó Lorencito. ni quita ni pone cuando se dice a sé bruja. tu sierva”… la súplica quedó sin la reiteración coreada. juntó leña. Sentía un orgullo de tribu superior. —Se los comería al momento de parí… –le interrumpieron. Aprobaba que dijeran décimas por argumento y a lo divino. La curiosidad que iba despertando ahora borró el desdén a que se había hecho acreedor minutos antes. —Ma Paula –continuaba Lorencito con su inmoderada verborrea de sabelotodo– fue una de las barraganas de Musundí. otra vez la región del Bahoruco quedó convertida en un baluarte de la libertad. liberto que se distinguió peleando a favor de España. —A este Lorencito lo revientan a patás y a garrotazo de un momento a otro. dende que el comandante se descuide. ¡Dizque venile a enseñá a la gente de aquí quién fue Ma Paula! Como si naide supiera que a ella y a otras como ella las cogién en lazo. Es que todavía Ma Paula no era católica – continuó el orador–. Aprovechaba la oportunidad para vociferar su amor filial detallando las virtudes de la difunta. que le chupara la sangre a los de teta o no se la chupara. perplejo. prorrumpió en clamores que ahogaban a los de las hembras. hizo fuego y ahuyentó la sombra.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Se enfrascó en la tarea de explicar cómo el Capitán Musundí. Sentía ese imperioso deber de hijo. Pero tan duro así no podía seguir aullando. ayudado por los tres sobrinos y nueve sobrinas. apiádate del alma de Ma Paula. de quien no le quedaron hijos. como si él fuera un segundo cacique Enriquillo. Compungido ahora. —No. Este hijo montaraz tuvo el sentido práctico de dejarles a las hembras de la familia el cuidado de la madre anciana. Al oír pronunciar las palabras mágicas aristocracia y decencia. no quiso saber de los franceses cuando los dominicanos pasaron a su bandera. Que comiera gente o no comiera. Y cuando la directora rogó: —”¡Señor! Por la afrenta que sufrites con la cruz a cuesta. —¿Y qué necesidá tenía de comé gente en un sitio en que abundan tanto la vaca y el puerco cimarrón? –comentó otro. Y las mujeres. las coplas. renovaron las lamentaciones con el inicial vigor. –agregó. Baltasar quedó cohibido. barrió hojarasca. trazó un círculo. borrosas y tartamudas ideas le apuntaban que los cantares y el juego de prendas quedarían en la memoria de los concurrentes testimoniando el desprestigio de la familia. Después de cerrar la noche llegó Baltasar. —Amigo. hacia el gran árbol de caoba a cuya sombra Ma Paula les había domado el ímpetu a hijos y nietos haciéndoles entender los consejos a rebencazos. el hijo sobreviviente de los varones de la difunta. y el baquiní. con disimulo salió al patio a dar órdenes prohibiendo el juego de prendas. se le acercaron y en voz baja le hicieron comprender su pifia contra las buenas costumbres. 146 . Para descansar. Disminuían los rezos abogando por el descanso del alma de la difunta. gimiendo él. En el cráneo de huidiza y achatada frente. Allí. y por el martirio que padecites en el madero. desde que lo alcanzaron a ver. los más adictos. El que no se crea decente que cierre su casa y entierre él solo su muerta. Negros criollos y hasta de Haití vinieron y se le agruparon y. Se lo llevaron. de Mucaral adentro. Quería a Musundí y se acostaba con él por el prestigio. Tres sobrinos. Venía de las monterías. pero ni ella era todavía cristiana ni quería tener hijos con uno que no fuera congo o aradá. sintiendo trasegada en él toda la autoridad del comandante de la región–. con una pena parida de remordimientos.

fueron contagiosos. Y entonces fue cuando sucedió lo asombroso. Can ga li. Un segundo más. los tres sobrinos y nueve sobrinas coreaban alternativamente. el terror y la fuga. ¡No me abandone. Crugió la barbacoa. roció las primicias hacia los cuatro puntos cardinales. que antes de tú nacer nació el Hijo de Dios! –gritó Lorencito. y cuando quedó transportado. que era un valiente. en la entrega total. ¡Can ga li! En derredor del fuego Baltasar giraba ahora con rapidez. le apretó la empuñadura al machete y se le oyó vocear: —Si avanzas… te rajo de un machetazo… ¡vieja del diablo! 147 . Can ga do ki la. Entonces Papá Sindo. Con la vista fija en un punto avanzó y retrocedió hasta el centro. creciendo y volando sobre el terral despertó al Comandante Papá Sindo y lo hizo acudir corriendo. cantaba y mugía y. Miguel! –agregó sujetando al marido. Can ga mun de ye. ¡aprotégeno!… —¡No nos disgreguemo! –imploró la directora de rezos–. Quedó en medio del círculo. alguien comenzó a cantar y aullar en él con lenguaje intraducible las palabras que la madre le enseñó a repetir y cuyo significado exacto ni ella sabía: ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! ¡Hen! ¡Hen! ¡Hen! Can ga bafió te. lo más importante del velorio. batiendo con los pies el suelo y mugiendo y rugiendo para convencer al dios de la inmensa aflicción de una familia sumisa y buena. seguían saliendo las voces que le hervían en la sangre y los antepasados le cantaban dentro. ausente de todo lo circunstante. Con un brebaje. superiores a la voluntad de él. el camastro de la difunta. Ese grito. Se estremeció atarazado por el fuego interno.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Cesaron por un momento las lamentaciones y un grupo de auténticos amigos de la familia se acercó a Baltasar. que se le acerba. que le ardía en el estómago y en las venas. invocó un nombre. y ella en persona se enderezó. y se tragó el resto. lo repitió dos veces más y retrocedió y avanzó. El funeral lamento. Miraba al cielo estrellado. ansiando y temiendo el encuentro con el poderoso espíritu. y huyó desamparando al jefe. Dijo otra vez un nombre. rodeándole. Trataba de callar y se estremecía. y avanzando hacia la muchedumbre se arrancó el barbiquejo y preguntó autoritariamente: —¿Y qué vagamundería son eta? —¡Detente animal feroz. ¡el nombre!. como si temiera que los haitianos estuvieran irrumpiendo por la frontera vecina. Cayeron y se apagaron las cuatro velas que le alumbraban a Ma Paula el sendero definitivo. y quedó siendo el centro. La cantidad ingerida por él hubiera sido bastante para emborrachar a diez hombres. abstraído. tembloroso. y huyeron y gritaron todos: —Virgen del Amparo. vacío de apetencias y pasiones materiales. sable en mano. mientras de su garganta. mezcla de ginebrón y raíces maceradas que en un calabazo había traído de su fundo del Mucaral. engalanada. invocaba y volvía a invocar al dios de la tribu aradá. Con las palabras rituales del voudou. que era la suya.

asesinado. cinco de Petit-Trou. Extraía de los relatos. los banilejos se pasaron al enemigo y contribuyeron al exterminio. nueve de Pesquería. un machete. con el Coronel Cabuya. Una arruga perpendicular partía su frente. con el Sargento Payén. y la hamaca. hechos. aniquilaron las avanzadas de los patriotas en Haina y en San Cristóbal. traicionado. doce de Barahona. la música y las faldas. soletas dobles. dos de La Descubierta… ¡Fueron 820! Pasó toda la mañana y lo dejaba la tarde bajo la baitoa del patio. porque deshonran. podían recorrer distancias enormes sin rendirse a la fatiga. Un inmenso dolor se dilataba sobre el vasto valle de Neiba. ¡Fueron 820! ¡Puello! ¡Puello! Regresaban: ocho de Rincón. Y Cambronal y Las Marías y Cerro en Medio. y así habían pasado de su autoridad a la de Pedro Florentino. nada más que hechos. un concepto de hombría que les impedía recular en la pelea. habían visto con asombro al otro jefe. orientados por el otro derrotero. ¡vendido! y asesinado. Contaba en silencio y volvía a contar de nuevo. una carabina. Nadie se atrevía a dirigirle la palabra. El ejército del Sur –cuatro mil trescientos hombres– destruido. doce de Barahona.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Ángel Liberata ¡Fueron 820! Diezmados al principio por la infantería enemiga. ¡Fueron 820! Pantalones y guerrillera de “fuerte-azul”. ¡Este era el cuadro consolador! Ensimismado en un silencio hostil. a alimentarse de pie con plátanos y cecina cada veinte y cuatro horas. se separaron en Quita-Coraza tomando las rutas de Rincón y de Neiba. huyeron silenciosos como sombras. volaban sobre Cambronal y Las Marías. educados así. dispersos por los escuadrones y acosados por el espanto. una cartuchera. indigna del guerrero. En la noche lóbrega pasaron por Pueblo-Viejo. su compadre de sacramento. Y el General Pedro Florentino. treinta de Neiba. siguiendo el atrecho de El Curro que los llevara a juntarse con su jefe natural. Y ellos. A medida que se generalizaban las noticias los crecientes clamores se multiplicaban. de la de Pedro Florentino a la de Gregorio Luperón. Así los había forjado él. sentado en el taburete forrado de cuero crudo. con el Capitán Antonio Blas. Azua está en poder de España. desnudos de la bazofia de comentarios. subían hacia las lomas de Panzo perdiéndose en las laderas. treinta de Neiba. Pasaría la noche y lo 148 . habituados a dormir a suelo raso. porque inclinan a la molicie. y obligaba a morderse la lengua y a morir antes que soltar palabra que menguara el prestigio de la República y favoreciera al enemigo. al que mandaba en todo el Sur. dos de La Descubierta. si no se les ordenaba. La Gándara y Puello (¡Puello! ¡Puello!. cinco del Puesto Cantonal de Petit-Trou. con el auténtico Jefe. se derramaban sobre Cerro en Medio. ¡dominicano traidor y azote del Sur!). En Baní. nueve de Pesquería. y otra vez a la de Pedro Florentino. Endurecidos por la ruda disciplina que había mantenido él. Los demás sobrevivientes. parecía sordo al lloro desgarrador de las mujeres. gritando también sus muertos. Las sombrías pupilas escudriñaban con ansias disimuladas las bocas de los caminos y los caminos estériles mantenían las cifras inalteradas: ocho de Rincón. Tenían prohibidos el aguardiente y las barajas. devolvían el lamento funeral.

—Lo supongo. Cara dura. Del lado afuera de la cerca se agazapaban sombras armadas de fusiles. sin tapa. mujer de garbo. —Desde El Seybo hasta la frontera. —General. carentes de los recursos más elementales y de la más elemental disciplina. (los vanos miran al norte y al sur). con las pupilas enrojecidas y exigentes clavadas en las bocas de los caminos. suspensos en colmillos de cerdos monteses.  A pesar de los lamentos y de un repentino ladrar de los perros. En la travesía. rígidos mostachos. donde los facciosos. Le suplico que lo lea. Él aprobaba y callaba moviendo afirmativamente la cabeza. Un oficial de alto rango. —Muy buena se la dé Dios. Duro mirar que se va suavizando hasta ganar triste dulzura en mi presencia… Este mulato es persona. con plenos poderes. General. Habla del destino deparado al General Gregorio Luperón.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II sorprendería otro sol sentado en el taburete forrado de cuero crudo. Pobre indumento. Duros. Se dejaba examinar y parecía no interesarse en averiguar cómo era el recién llegado. una niña y… miseria… miseria… ¿De qué vivirán en esta aldea? —Muy buenas tardes. para tratar con usted. desvaneciéndose las presunciones de Puello y confirmándose el criterio de La Gándara: En Azua fue destruida la resistencia del Sur. que empezó a acariciarse la descuidada y puntiaguda barba. pudo percibir trote de cabalgaduras que avanzaban por el lado de Azua. sin duda para ganárselo. Ahora le bastaba advertir que se trataba de hombre de mando. Pocas gallinas. guiado por un práctico y seguido de seis militares –españoles y criollos– se acercó luego preguntando por él. se dividen en banderías. De las soleras. que amenaza caer sobre apagado fogón. Duras barbas de chivo que rozan el pecho. Se restaura en El Cibao. poca gente… Un hombre. 149 . ¿No habrán comido aquí hoy? Patio casi yermo. Prosiguió el ligero examen: Alta. sin cerca. en su país. Uno del grupo se acercó anunciando título absurdo: —El Marqués de la Concordia. vengo en misión de mi Gobierno. —Este pliego fue retirado de los papeles del infortunado General Pedro Florentino. Botó en el taburete y pegó en la corva curvo sable pendiente de terciada y galana banda. seca estatura. Había oído decir que era Brigadier y jefe de la artillería realista. y excusabaraja. Enramada. cuelgan ordinarios aperos de montar. útiles de labranza. El ojo experto del que anunciaron fiscalizó: —Rústico escenario. se ha impuesto la paz –continuó el español. y deseos disimulados de ser agradable. Bohío con puertas ausentes. que tenía gracia natural. El café humeaba en dos diminutas vasijas de güira silvestre. Al responder al saludo se iba incorporando el hombre. sirve de cocina. Estaban solos. Nervios en lugar de carnes. Haga el favor de sentarse y beba conmigo un cafecito. Dispensará el ajuar: no es aparente y fino como los que se usan allá lejos. ellos no habían visto siquiera un hombre de armas. muchacha apetitosa.

Los clamores se volvieron con la noche invasora más graves y lastimeros. .  El lucero del alba brillaba como lejano faro. Varias mujeres desgarraban sábanas y enaguas volviéndolas hilachas para aplicar a las futuras heridas. el reconocimiento del grado de usted y de sus oficiales y los gastos efectuados por usted y por ellos. En seguida le arrancó al pulgar y al mayor un sonido bronco y seco como un latigazo. Es lo mejor de mi nombre y lo que vale más de la reliquia. ordenó: —Economiza el Félix… Después de todo en la guerra no debe uno pretender vivir siendo feliz. sin miramientos. Meditó y agregó dulcificando el tono: —Candelaria Ferrera. Y. y mostrándolas con el brazo estirado dio expresión a la respuesta: —Concordia. Llamaban del aposento. Ese río con la oscuridad es muy temeroso. La arruga perpendicular se pronunció. fue hasta la empalizada y cortó una rama de guasábaras. Y cuando te canses suprime el Ángel. Es el ramo de olivo. Tomó él la diminuta cartulina y leyó: y. A la lumbre del ardiente fogón se preparaban los emisarios que saldrían llevando órdenes en diversas direcciones. dice mamá Lin que venga. 150 ÁNGEL LIBERATA FÉLIX. —Padrino. Cuando se retiraban se oyó que el Ayudante del Marqués preguntaba burlonamente: —¿El tío ese de las barbas es General? ¡Causa ganas de reír!… —Te reirás…. tomó el pliego y lo abrió y leyó en silencio. los tres no me caben ya. —¿Cuántas tienen listas? –preguntó en voz baja. –observó él. esta es mi paz. La niña dormía tranquila sobre una estera extendida en el suelo. en lugar de Liberata escribe Libre. –protestó la joven. este Señor es Marqués… Acampáñalo hasta el Yaque. General: es la concordia.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Él extendió el brazo. perdóname la penosa vida que te doy. disconforme. Al regresar traía las espinas empuñadas en la encallecida mano. De la amarilla llevamos preparadas ciento cinco. doliente como una herida. desenvainando el curvo sable. —Perdóneme. No… No se trata de garantías. Te debiste unir a un hombre manso. mi señor. Mire cómo van saliendo. —Aprieta las letras. —Es que la mano se cansa. Entró dejando detrás de sí la humareda que soltaba su cachimbo. tras breve reflexión. A puerta cerrada trabajaban la esposa y la sobrina. y dijo al joven que acudió al reclamo: —Pedro. —La madeja encarnada sólo dio doscientas once –respondió la esposa. cuando no puedas más. Se levantó otra vez y. En total: trescientas diez y seis… —Faltan más de la mitad. le contestaron entre dientes. Es una lana ordinaria y enredosa. Se le ofrecen a usted. —Padrino. —El Gobierno admira el heroísmo de la gente del sur y lamenta su derroche innecesario e infructuoso. permítame explicar… La jefatura de toda la región de Neiba.

Además. hundido. Se acostumbraba a las bromas del Capitán General. daba una vuelta y se presentaba con una rama de espinas. y el pavor con que huyeron dejando sus muertos. ¡Paz! ¡Retirarse con su familia a un rincón escogido del Cantábrico. la espectacular demostración de fuerzas de La Gándara tendía a impresionar más al Ministro de Ultramar que a los campesinos sublevados… Sinceramente creía menos costoso y más cómodo pagar a cualquier precio la adhesión del Liberata que exponer a tres mil hombres a la fiebre amarilla y al vómito negro en tan ingratos andurriales. El Yaque. Las frágiles canoas y las balsas y los bongos improvisados. y el triunfo de los españoles facilísimo. dijo ¿Entienden ustedes? Y salió sin esperar respuesta.  La embestida fue violenta y torpe. cuando fueron atacados por los nativos que avanzaron hasta la margen occidental. –dijo con sorna La Gándara. en un lugar que les era tan favorable. Pero desde que los asaltantes alcanzaron a ver formándose el clásico “cuadro”. o del Mediterráneo!… Eusebio Pueblo tampoco quería responder. Desde antes de salir de Santo Domingo había avanzado su opinión sobre los hombres que tenían que batir. cuida al enemigo herido y fraterniza con los prisioneros. torrencial. Repugna las estratagemas. Por eso las reliquias nunca dejan de ser útiles. oyendo que Pedro había regresado. el Marqués de la Concordia. deme la razón. Se iba aburriendo de una aventura guerrera sin posible honra que abrillantara los laureles que había ganado entre iguales. cuando se le creía convencido. En el caudal de aguas ocres patalearon cuarenta y siete españoles heridos y diez muertos. y en la derrota lo enciende ferocidad 151 . salimos de Azua y todavía se obstinaba usted en una marcha de tortuga para tan mezquina escaramuza. en creciente. Marqués. como de gente bisoña que llegaba enardecida y no podía detenerse.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Y. sentía un criollismo incurable. Estas no las fabrican ahora: las hicieron en el extranjero y las “curaron” en Haití… Las conseguí por medio de mi compadre Bucán Ti Pie…. o vomitado río abajo por el remolino. pero en el fondo le mortificaba la torpeza con que atacaron los dominicanos. Chocaron una balsa y tres bongos. veterano de las campañas del Danubio y de Crimea. desarrapados. dificultaba el paso de las municiones y la artillería. entremezclándose con las reses aterrorizadas. arrogante y noble hasta en el combate. los bongos se desprendieron de las amarras y se deslizaron arrastrados por la corriente. cruzaban en sesgo de una a la otra orilla. y de mandíbulas apretadas. para él. a pesar de su desventajosa posición. enredándose en las caña-brava. Un salvaje que respondía con señales aprobatorias y. con sabor de picardía: —El hombre es fuerte cuando pone fe en un talismán. “Luperón es directo. En el recodo vecino recuperaron dos y el otro desapareció con dos cañones. El Excelentísimo Señor Don Manuel Pereyra y Abascal. a pesar de eso. se dispersaron dejando una docena de muertos: todos flacos. —El 31 de enero –¡desde hace tres días Mariscal Puello!–. Pedro Florentino es de ímpetu inicial arrollador. Preservan de las balas cuando el que las tiene se defiende tirando a punto metido. y de cuando en cuando lo invadía una honda nostalgia de paz. irresistible en la refriega. Confiese que no era menester tanta cautela. y animal de raza fina. El se iba a ceñir la faja de Mariscal de Campo y. Prefería ver exterminados a sus antiguos compañeros a que se desacreditaran de esa manera. no quería expresar concepto sobre el Liberata ese. mulatos.

bajaron con rosquetes. Lo pasaron del río Yaque por el caño de Rincón cargado de cañones y balas. oyeron cantar los gallos de Neyba y se disponían a entrar en la aldea cuando en Las Cabezadas de Las Marías atacaron la retaguardia. El día cinco. cocos. Un pesado olor a pescado. desde que la artillería realista entró en acción y los invasores formaron el cuadro. pelo lacio y vestidos de colores vivos que contrastaban con el luto general. a Pedro y a los Florián. Los disparos hostiles siguieron sonando toda la noche. de los corrales vecinos. Las de Lemba y Las Saladillas fueron las que vieron “al romper el nombre” a Ángel Liberata. ¡Mentira!. Ángel Liberata Félix es la trampa. quesos de chivas. En cuanto a las de Lemba eran ellas y su barrio 152 . comenzaron a insultar a las de Lemba.  Las mujeres de Cristoba. ¡Si conocerían ellas el caballo prieto del General! Para las de Lemba y Las Saladillas. Durante media hora se mantuvieron a la ofensiva. A la sombra de frondosos mangos y barías se agrupaban formando mercado al aire libre y discutiendo el trueque de los artículos de consumo. El empuje fue fragoroso y violento al iniciarse. trascendía del mercado. De improviso las mujeres de Cristoba. Dos días después llegaron a La Salina. plátanos. Parece genero como Luperón y. Las de Cristoba y El Naranjo no le iban a hacer caso a esas infelices de Las Saladillas ¡Jesús! (Escupían cuando las mentaban). pero con su testarudez natural insistió en que debían continuar a marcha lenta. pero los tiros fueron cediendo en disminución gradual. andullos de tabaco. Lo extraño esta vez fue que no se vio al enemigo y que las bajas que causó fueron en su mayor parte de oficiales: ¡como si los estuvieran seleccionando! Ocuparon Neyba al anochecer y la encontraron vacía de hombres.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS irrefrenable: le incomodan los heridos y los prisioneros. En el escándalo intervinieron las de El Naranjo. Eso había dicho. graciosas. cargadas de sartas y canastas de viajacas. Las de Lemba y Las Saladillas. ristras de cebollín. de tostado rostro. Embiste como Florentino y se escurre como la culebra”. y flotaba como si fuera emanación del pobre río. Y al primer encuentro el General Ángel Félix atacaba como un tonto y corría como un cobarde. Los soldados se juntaron con las mujeres piropeándolas y comprando lo que necesitaban y lo que no necesitaban. con unas cargas grandes de cañones. Las de Cristoba eran las que habían visto al madrugar ese día a Pedro Inacia y a Angelito Liberata llegar por la laguna “pusando” un bongo nuevo. al ponerse el sol. llegaron como las de El Naranjo. es cruel. las de Cristoba y El Naranjo eran unas piojosas. pánfilas de comer viajacas con coco. con el dorso de la mano izquierda en el cuadril y manoteando con la diestra. Al General le arañaba la barba el pecho al paso de su caballo. sin embargo. Ellas eran las que habían visto pasar por su sección a Ángel Liberata con los rinconeros y los de Petit Trou cargando muchos cañones. Varios muertos rodaron por un barranco y asustaron a los caimanes. Esas perras se querían lucir delante de la gente. de quéqueres y de huevas secas de pescado. a macho cabrío. de lebranches. ¿Quiénes eran las de Lemba? Unas chinchosas y embusteras. les respondieron a gritos. de un trigueño pálido y de ojos lánguidos. que venían de Las Damas en compañía de “El Torito e May Juliana”. Estaba casi convencido de su error de apreciación. hasta reducirse a disparos intermitentes. a miseria pública.

¡Como si el hijo de Liberata no pudiera está a la mesma vez en los lugare que que le dé la gana!” Se apretaban las verijas temiendo reventar de risa. detrás de los cuales salían mortíferas balas. seis. que nunca hablaban embuste”. cocoteros. cuando cruzaban caldeados de sol los áridos salitrales de La Madre del Muerto. El Capitán General tendría que ir caminando a pie. “por ésta. Sólo allá. se impuso en la aldea y se extendió sobre el lago vecino. a su generar con crecientes cargas de cañones. quien hizo llamar a las mujeres para someterlas a interrogatorio. En la mañana siguiente amanecieron degollados los últimos centinelas. El General español podía jurarlo. Las mujeres se retiraron charlando amistosamente. ni eco alguno de voz varonil.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II tan fatales que al pasar por allá al río se le salaba el agua. Todas ellas era mujeres “honrás y de palabra. “El sonso ese va a sabé aonde carga el maco la manteca. ocho disparos. esperando órdenes.  Cuando se borró la púrpura del poniente. Un silencio profundo bajó de los cerros. Se juntaron unas a otras y. para salir de tan inhóspitas tierras. del graneado tiroteo de los nativos. iban comunicando el fuego de uno a otro cachimbo. o cabalgando en un burro hasta Barahona. ni señal del enemigo percibieron ese día. Cada grupo corroboraba lo que decían las del otro. A poco oyeron dos. 8. los realistas. decepcionadas. A una mujer. 9 zapadores de la escolta del Capitán General. hizo fuego y encendió un cachimbito de barro. ni huella. ladeando los rostros. Luego se despidieron hasta el sábado siguiente enviando mutuas memorias y riéndose del jefe español. a los conucos de los Terrero. Ni un hombre. en la linde casi imaginaria. Se afirmó la ofensiva y regresaron. en repliegue. El Marqués cañoneaba troncos de barías. (Y formaban cinco cruces con los dedos de las manos). Enviaron a un pelotón a requisar bestias de carga del lado del sur. contados con cerradas descargas. lo frotó reciamente en una chancleta. deseando que se precipitara el final de los sucesos. El resultado fue desconsolador. La Gándara acabó riendo con fingido asombro de las sandias salineras que la misma noche a la misma hora vieron llegar por el Este. El Marqués oía y callaba.  Amanecieron degollados los centinelas y desjarretadas las cabalgaduras. que son cruce”. un oficial creyó divisar con sus catalejos. ceibas. De las de Cristoba y El Naranjo sí “que naide podían dací que les tenían la cola pisá… Lo único que podían decí de ellas era que sabían salir algunas puta… ¡Y eso!” Un soldado le dio aviso a un oficial y el oficial a La Gándara. Los 3. mangos. Entró en acción la artillería. En seguida se trabó la lucha de tal modo que lo oídos atentos apenas diferenciaban el estrépito simultáneo de la fusilería de los regulares. Todas habían visto en la madrugada llegar por sus barrios respectivos a Ángel Liberata. que halaba su asno para librarlo 153 . Una espulgó el pliegue del pañuelo que le aprisionaba la cabellera y extrajo un fósforo de peine. aunque fuera aventando al duende a cañonazos. por el Sur y por el Oeste. la sombra de un jinete fugitivo. Cuando llegaron a la presencia del jefe español estaban todas de acuerdo. en los pequeños remansos croaron los batracios. El combate se generalizó.000 hombres de La Gándara quedaron listos en un instante. cuando les abrieron fuego del lado de oriente y cayeron 7.

pisó estribos y tomó la ruta por donde iría a averiguar qué había sido de Candelaria Ferrera. buscando el mar. embistieron al cerro.  Se hundieron en occidente Las Tres Marías. había adquirido los caracteres de la derrota. junto a obreros de todas las naciones. de Baní y de San Cristóbal. Continuaron el tableteo agresivo y las descargas cerradas de la fusilería. de todos lo anónimos fundadores. y prisionero el Ayudante. a un deleite que asomaba. Las Siete que Brillan y se apagaron Los Ojitos de Santa Lucía… Empinado sobre un peñón de Las Balizas. y los españoles se fueron. españoles y dominicanos. Se deslizaron los cañones del lado opuesto y. 154 . brumoso. pacíficamente unidos. Volutas y grumos rojizos se desprendían de las gigantes chimeneas de fábricas donde trabajaban. de los 820. Cuando La Gándara y Puello llegaron a Barahona. ahuyentó las visiones. impreciso. le explotó en el pecho una metralla. El Uvero. irritados. En las estrechuras los soldados de la impedimenta se escudaban con los heridos. desde la cresta de un cerro cercano. barriendo al Marqués y dejando fuera de combate uno de su cañones. Adusta y sombría se alzaba a sus espaldas la cordillera maternal. en las espeluncas del Bahoruco y la sagrada cordillera se enarcó. Creía ver la aldea de Barahona transformada en una ciudad inmensa que comenzaba a vivir vida futura. bajó con la voz matando a doce hombres. miraba él cómo ardían las casas y miserables bohíos iluminando la orilla del mar por donde se retiraban los invasores. El relincho de su caballo tuvo repercusiones de clarín. Cuando pasaron por el caserío de Rincón. el Ayudante del Marqués y un Teniente y muchos españoles. semejante a un desprendimiento de la altura. La Isabela y Cachón Pipo se deslizaban cantando… porque en aquel lugar le habían cortado el ombligo al Jefe del Sur. —Capitán: me estorba ese hombre… ¡Cójelo!. Los Tres Reyes. el paseo triunfal de los vencedores de Azua. 16 de agosto. los arroyos La Peñuela.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS de riesgo. Rugían y volvían a rugir los cañones con que el Yaque contribuyó a luchar por la República y. quedaron abatidos el Teniente y dos soldados. La refriega continuó a lo largo del camino. como el hálito que le denunciaba la existencia del Yaque lejano desembocando en la gran bahía de aguas tranquilas. Ignoraban e ignorarían los sacrificios y los nombres de él. esa es la paz! Y un tronido. le acariciaban el pecho. encendió el cachimbo. Entonces fue cuando. del lado suroeste. ningún ojo vio cuando le alzaron el brazo y le abrieron la herida que hace enloquecer. Entonces. pero muchos oídos oyeron una macabra carcajada y un cuerpo y una cabeza rodando ladera abajo. acosados. Sus barbas de chivo padre. Con la aurora las luces creaban formas fantásticas a los ojos de Ángel Liberata Félix. con pretensiones de recuperarlos. y parte de la mujer y la cabeza del asno quedaron adheridas a una ceiba. meneadas por el terral. ordenó la voz terrible: ¡hazlo reír!… Y como el subalterno se apartó con el Ayudante prisionero. porque Ángel Liberata había vuelto a pelear. rugió la voz formidable: —¡Concordia. Volvieron a sonar tronido y voz. aguaitando. Un silencio ancho y hondo bajaba de la eminencia y se extendía cubriendo el valle de Neiba. 1936. pasándose la mano diestra por la cara. hizo lumbre en su yesquero. en un choque cuerpo a cuerpo. La exaltación de la lucha fue cediendo a un sentimiento nuevo. repercutiendo.

Son los mismos. Proserpina puso el “grito en el cielo”. la Crueldad. había amanecido caprichosa. —Por qué estoy en este sombrío palacio. datos conmovedores. la Envidia a mis pies! ¡Ver de continuo los feroces rostros de los hijos del infierno. no tardando en declarar que abandonaría su triste mansión para volver a la tierra. mentira! Allí no tienen rostros tan feroces como los que aquí me rodean. se había encarado con él para decirle con sobrada impertinencia cuanto a la boca llevó su rebeldía. y como su reino no estaba en condiciones de alegrar a nadie. cuando su rostro mostraba el sordo furor que rugía en su pecho! Plutón tenía mal genio de suyo. ¡Cualquiera se habría acercado a calmarle en aquellos momentos. oh Destino? –gemía sin importarle nada las arrugas que se multiplicaban en la frente de Plutón–. presentando ejemplos. empezó a ceder y aun a tratarla con cierta dulzura desacostumbrada. el rey tomó el partido de convencer a la reina de que aún mucho peor que el infierno es nuestro desdichado valle de lágrimas. mejor quisiera estar en la tierra! ¿Por qué me arrebataste de ella. se sostuvo en la ofensiva. tienes una corte a tus pies. inconforme. que sólo me causan horror! ¡Oh. Eres reina. ¿no sabes que la tierra es un infierno. haciendo verdaderos prodigios de perspicacia y tacto. su cara mitad. Ortea escribió cuentos. 155 . la más vil de mis hijas. quejándose amargamente de la lobreguez de aquel reino. y tales son los motivos por los cuales le hallamos tan sombrío. ¡Reniego mil veces de la inmortalidad aquí. la que arrojé de aquí. una mujercita fina y delicada como una alondra. Al escuchar el cruel insulto. retratadas en sus rudas facciones todas las durezas de su corazón. —¡Tonta! –exclamó él con desdén. Y aunque el rostro del marido habría impuesto respeto al mismo Hércules. Parece que después de meditar detenidamente el asunto. *V. gesticulando y hablando. novelas y ensayó piezas de teatro. en sus días malos causaba verdadero pavor verle. exponiendo por primera vez desconocidas dotes de oratoria. mis cortesanos. E. explicándose con calor.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II VIRGINIA ELENA ORTEA (1866-1903)* Los diamantes de Plutón Plutón. por ella compartido. mi patria? —¡La tierra! –dijo Plutón con sorna también– Pero desdichada. Plutón no quería pensar en ello. la Calumnia. aunque nadie le escuchaba. Ahora bien. no queriendo Plutón desacreditar su alardeado temple de voluntad y su poderío y no viendo que de otro modo pudiese calmar a su mitad. y como hasta él llegaron sus lamentos y Júpiter se enterara de la desavenencia. con un humor más negro que su reino. y que si allí fueras reina tendrías a tus pies una corte igual a la mía? —¡Mentira. que ella me condena a la eterna contemplación de vuestros sombríos dominios! —No te quejes –replicó él con admirable calma. como energúmeno. en vista del terreno ganado. No hay para qué decir que Proserpina. y dirigiéndose a su habitación empezó una larga perorata llena de elocuencia. en fin. ¡Tener el Vicio. se paseaba por las galerías de su palacio. ella. y allá fijó su residencia: la Hipocresía. pero disfrazados hábilmente y guiados por aquella. Proserpina. —Valiente corte la tuya –exclamó ella con sorna–.

que no entiende de razones! Toda aquella alocución cayó en saco roto. más necia. por primera vez. Y no es esto sólo. Yo te daré algo mejor para que te adornes –añadió metiendo la mano en un horno encendido que por allí había y sacando algunas brasas que apagó entre sus nervudos dedos. Plutón no pudo resistir su ira.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ¡Pero cualquiera convence a mujer de cabeza dura. Nada tuvo que contestar el rey del Averno a esta verdad abrumadora y bajando la cabeza. Seréis causa de crueles ambiciones. deslumbrador. más pegada de su belleza. que por nuestra desgracia acertaron a caer en los abismos de la tierra. ¡Seréis fuego de infierno para quien os desee! A estas voces volvió en sí Proserpina. y empezaba a juzgarse. Proserpina se dedicó desde ese día por completo a sus nuevas joyas. mohíno. no había tenido día tranquilo. y las delaciones se sucedían ante el trono. de viles deshonras. Proserpina cayó presa del más espantoso ataque nervioso. para lucir en él sus esplendores. lanzando un grito de sorpresa y placer al ver los apagados carbones convertidos en piedras que lanzaban cascadas de luz fosforescente de un brillo fantástico. Las cosas llegaron a su colmo el día que Proserpina. —No me burlo. pero ello es que la Soberbia y el Orgullo se habían hecho consejeros favoritos de su Alteza. que con nada puedo realzar aquí mi belleza! —¡Flores dijiste! –gritó el dios. Verdad que a cada razón del marido opuso ella una réplica más o menos oportuna. de modo que el rey. furioso. y a su vez habló interpelando a sus perdidos bienes: 156 . la contemplaba cada día más vanidosa. y erre que erre. furia que desahogó él en las desdichadas joyas. —Toma. de desdichas sin cuento. y la cegaban con maña. los arrojó con ímpetu al infinito. y arrancado los diamantes a la reina. —¡Malditas! –gritó. Y volvió a gemir sin consuelo. quejándose… de que en la tierra había “algo” bueno que no tenían en el infierno… flores. seguía en sus trece la diosa del Infierno. Atraeréis a la Envidia hacia vuestro brillo funesto. o más bien rugió trémulo de ira–. y continuó demostrando con irrecusables verdades sus razones. se apretaba las manos una con otra. Plutón. con menoscabo de su majestad y exposición de un rompimiento peligroso. La Perfidia trabajaba activamente en ella. No se desanimó él. y ella. que sin cesar adornaba con las fosforescentes luces de sus joyas… Llegó el caso de que el desdén de la reina alcanzara a su mismo compañero. radiante de pedrería. abre tus bellos ojos y mira… Ella por curiosidad miró lo que le ofrecía. quiso subir al Olimpo. —Me voy para ese Paraíso que tales adornos produce –chillaba ella sin el menor respeto a su categoría. Sabido es que así sucede… casi siempre. desde el malhadado asunto de los carbones. mujer –dijo–. ya tienes las flores que aquí se producen. En tanto él se reía a más y mejor al depositar en la falda de su aturdida mitad los brilladores carbones. de infames crímenes. el más desdichado. librándose así de la furia que aún quedaba en el pecho de su rey y marido. con tal fuerza. —Te burlas de mí –clamó ella rechazando la mano de su esposo–. ¡Desdichada de mí. que en joyas había convertido un diablillo inteligente a las “flores” del infierno. comenzó a llorar amargamente. al verse vencida en aquel torneo de palabras. La Envidia había revuelto a los habitantes del Averno promoviendo una verdadera rebelión.

sobre las cabezas que queráis perder! VIRGINIA DE PEÑA DE BORDAS (1904–1948)* La eracra de oro1 (Cuento para niños) En esta tierra quisqueyana. —Aún me parece verlas: pálidas. 157 . Era hijo de uno de los nitaínos más valientes y había aprendido de su padre a usar el arco y las flechas con maestría sin igual. Matunheri: –alteza. como todos los hombres de su estirpe. donde imaginaba que moraban aún las Ciguapas de luenga cabellera. y Cuentos para Niños. Opia: –alma de los muertos… Maboyá: demonio. Atardecer en las Montañas. pero… ya sé que pronto. llamado Tamayo. Creen que todos los humanos somos hijos de Maboyá. bien quisiera aprovecharlo. cuyos pies marcaban huellas en dirección contraria adonde se dirigían. ¿Acaso te encontraste con ellas alguna vez en tus andanzas por los montes? En la mirada del anciano relampagueó el recuerdo. Un buen día decidió solicitar el permiso de su padre para ir en excursión a las montañas del Bahoruco. añadió burlón: —¡Brillad. pues no esperaba semejante confesión de su hijo. iracundas. rica en leyendas gloriosas. Ciguapa: –mujer legendaria. Nonum: –luna. Pertenecía a la noble raza de los arahuacos. Sombra de pasión. —Comprendo… musitó el padre y sus ojos se nublaron repentinamente. El nitaíno. escuchó la petición de su hijo con un destello de comprensión en la mirada y sus labios se comprimieron con gesto apenado. publicó Toeya. —¿Es posible –preguntó en su sonoro idioma antillano– que te sea indiferente perder la vida? Has de saber que las selvas milenarias están cuajadas de peligros. Nitaíno: –cacique subalterno. era soñador y capaz de entregarse a la meditación. Su constitución emotiva demostraba que. con la cabellera al viento y los ojos desorbitados. anciano de severo semblante y porte altivo. ¡llevad al pecho de la mujer que os posea los encantos que el mío ha gozado! ¡Embelleced la garganta. me veré precisado a laborar en las plantaciones y en las minas. padre. vivía en tiempos de Cristóbal Colón un indiecito de unos trece años. pacíficos pero valientes en grado sumo. ¿Acaso lo ignoras? La expresión del chico era el anverso de una decepción. calmado su enojo. osado e inteligente. Caobay: –el purgatorio. ¿Por qué no desistes? Te asaltarán criaturas extrañas como jamás soñaste conocer. deslumbrando. el cabello sobre que os asentéis con fulgores de aureola! Y Plutón. Guabancex: –diosa de los huracanes. 1 Eracra: –templo. lo he oído comentar muchas veces. ¡pero mis pies fueron bastante ligeros para esquivarlas! Sabía que me esperaba en su compañía una muerte segura entre los despeñaderos. cuando cumpla los catorce años. y las Opias de sus mágicas leyendas.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —¡Benditas! Ya que no puedo poseeros. Pero debo advertirte que la aventura que has soñado es harto peligrosa y otros más denodados que tú han perecido en la demanda. Por eso contestó con presteza: —Por el contrario. —¡Bah! –contestó despectivamente el chico–. que todos llevamos en el alma el germen de la *Virginia de Peña de B. Turey: –cielo. Así lo pregonaban el límpido fulgor de sus ojos y la dignidad y sosiego de su continente. novela (1949). y como me resta tan poco tiempo de libertad.

que se agrupaban en forma de templo. henchida de trepidaciones y ruidos apagados. como si de repente hubiese echado raíces. tan fieros como valientes. creyó ver ojos humanos que le atisbaban. más que nunca anhelo ahora subir al Bahoruco! Padre. ¡La masa de sus aguas se había petrificado! Alrededor la tierra era toda bermeja. bendiciéndole. hijo mío. aunque sentía clavados en él sus ojos desafiadores. Por eso te ofrezco la piragua: puede servirte mejor… ¡Ve. ¿Me prestas tu piragua y tu hacha de monte? Quizás es mucho pedir… Vencido por su amor paternal. Notó al acercarse 158 . En aquel paraje reinaba un silencio absoluto y se percibía la melodía del viento entre las hojas. Acto seguido se encaminó al grupo que le miraba con atención. se deslizaba bajo los árboles de ramas caídas. Todo era brillantez y luminosidad cegadoras. el Ser Supremo. —Gracias. El lago de Jaragua era una gema irisada de divinos matices. el crepúsculo caía rápidamente y el paisaje entero se envolvía en sombras de misterio. La canoa. La piragua. que moteaban el agua de sombra y sol. a despecho de las duras circunstancias de su vida. llamándole la atención. El rostro oliváceo del indiecito se tornaba cada vez más jocundo. Eran criaturas pálidas. Bajo unas palmeras. el nitaíno contestó: —Ambas están a tu disposición. pensó entristecido: ¡la libertad! Y deseando que su hijo la disfrutase. Hizo un supremo esfuerzo por darle impulso y los remos se quebraron. dijo blandamente: —Los indios no escatimamos la ocasión de hacer hombres valientes de nuestros varones. y que Luquo. hurañas. no sabía qué partido debería de tomar. Sin pensarlo más. pero no avanzaba en modo alguno. Hoy es poco menos que inútil para defendernos de los guerreros de pecho de hierro que nos esclavizan. No le arredraban las enormes iguanas y caimanes que veía deslizarse sobre sus orillas porque sabía esquivarlos. cuyas cabelleras luengas y sedosas las cubrían enteramente. Ya estaba allí y era indigno de un taíno volverse atrás. ornada de árboles florecientes. Percatóse con asombro de que su piragua se había inmovilizado. Pájaros diversos de vistosos plumajes. que colgaba de un árbol de la ribera. Estaba perplejo. arrastró su piragua hasta la orilla y la ató cuidadosamente al tronco de una ceiba con un fuerte bejuco de jagüey. elevaba al cielo la alegría del trópico. Tamayo conocía sus implacables y frías decisiones. saltaban audaces de rama en rama. ¿Sería la mano de algún Cemí que la retenía? ¿Es que estaba vedado pasar por allí? Algo semejante debía suceder. me haces el más feliz de los mortales. pues al tocar los remos la superficie lisa y brillante del lago arrancáronle chispas luminosas. los Caribes. según los indígenas: abortos de Luzbel. fue confeccionada para procurarnos el sustento y defendernos de nuestros enemigos ancestrales. como un manto. por tanto debía proceder con cautela. según los frailes hispanos. La floresta. te proteja en el camino! Y arrancando una aromática rama de curía le tocó en el hombro.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ambición y el desenfreno… ¡Y quizás estén en lo cierto! No perdonan ni un pensamiento impuro ¿comprendes? —¡Ah. Aquella había sido la existencia bendita de sus antepasados. Está concedida tu petición. La luna en el horizonte era un espectro pálido. No cabía duda: ¡eran ciguapas!. como de una gema que hiriese el sol. Como sucede a menudo en el trópico. El ruido isócrono de los remos cesó de improviso. ¿me concedes tu permiso y me das tu bendición? El nitaíno no albergaba ya pensamientos de liberación. padre –agradeció entusiasmado el adolescente–. astillándose. de pulida caoba. aunque mi hacha te serviría de poco: ¡hoy no es más que un símbolo! Trabajada con esmero y tesón durante mucho tiempo. como una sombra. se deslizaba ante el sol.

revelando lo que bullía en su oscuro cerebro: —¡Pues bien. amuletos que llevaron al cuello los caciques ya desaparecidos. pero no es de indios traicionar y les llamo hermanos desde que aprendí a amar a su Dios. Serás traidor a los tuyos. ni a bestias… —¡Ah. Allí existen tesoros incalculables. sino criaturas demasiado jóvenes y hermosas para causarle daño a ningún mortal. soy hijo de nitaíno. quien creyó encontrar amigos en los maguacochíos y abandonó a los de su propia raza… ¡Infeliz! Ya el chico iba a dar la espalda malhumorado. Ya veis que no os sirvo. lanzando al chico una mirada perversa. sin sombra de temor: —¿Serían tan amables en decirme qué paraje es éste y por qué motivo se ha encayado mi piragua en el lago? Me ha sido imposible moverla… —Forastero. ¿Enfrentarse acaso a las bestias feroces? No existen en esta tierra nuestra animales. Si deseas conocer las maravillas que encierra esta tierra de tus antepasados. cuando su interlocutora lanzó una especie de alarido y exclamó exasperada. logrará vencer al opresor. contemplando los ojos hipnotizantes: —¡Ah. deseaba conoceros y pensé que quizás me enseñaríais donde se encuentra la felicidad en esta tierra nuestra. donde todo es belleza y encantamiento –repuso la Indolencia con voz cansina. —La felicidad existe en el bosque milenario de las ciguapas. Los ojos de la ciguapa Oscuridad lanzaron chispas de furor. preguntas muchas cosas a la vez –contestó la que parecía de más edad– y eres demasiado joven para aventurarte por estas soledades. Hasta ahora nadie había llegado a nosotras por determinación propia. Las interpeló. eres tan valiente como testarudo! –amonestó la más joven. mal que te pese! ¡Tus pies se adherirán a la tierra. Tan sólo debes probarnos que eres valiente a toda prueba… ¿No te tienta la aventura? —Sí que me tienta… pero no sé a que llamáis valor. la Oscuridad y la Superstición. como lo fue Guacanagarí. ya comprendo! –masculló con sibilante acento–. golpeándose maquinalmente las rodillas con dedos que remataban en afiladas puntas. ya no podrás marcharte. —¡Qué nombres más extraños! En fin. como tu piragua al lago! Forzosamente pasarás esta noche entre nosotras y harás lo que se 159 . es demasiado hermoso para olvidarlo! Y además. ni se ha pescado en nuestros ríos… Las frutas más tentadoras caen maduras al suelo sin que haya necesidad de tumbarlas. y añadió bostezando–: Jamás se ha cortado un árbol. Harías bien en volverte por donde has venido y tratar de olvidar todo lo que has visto… El indiecito vivía la embriaguez de un sueño y repuso sin amilanarse. ¿Cómo te llamas. pues. cuya voz alada tenía resonancias de cascabeles–. pero hay criaturas que nos ofenden hoy más que las bestias: hombres vestidos que hacen daño a los nuestros… ¡Deben perecer todos! —Cierto. Y cuenta cierta conseja que el valiente que logre ceñir a su garganta esos preciosos ornamentos. ni alimañas que ataquen al hombre… —No. —¡Ah. chiquillo? —Yo me llamo Tamayo… Y vosotras. permanece con nosotras una noche completa y conocerás los secretos de los Cemis: penetrarás en la eracra sagrada que guarda las cenizas de los Tres Behiques sabios que enseñaron las artes de tu tierra natal. ¿cómo os llamáis? —Somos la Indolencia. Por lo menos eso le sugería su mente de niño inocente.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II que no eran como las imaginara. y he aprendido desde la cuna a no temerle a hombres. Las ciguapas se miraron entre sí.

con que ya veis que no podéis intimidarme. de una belleza deslumbradora y tranquila. Todo parecía escarchado y en penumbra. que los astros bajen hasta nosotros. La ciguapa Superstición lanzó una extraña carcajada. —Pues yo estoy convencido –aseveró el indiecito con entereza– que sólo Dios puede acelerar nuestros días. —Pues agárrate bien. Dentro de unos instantes bajará hasta nosotros y nos servirá de carruaje. pero recordó las mágicas palabras de la Superstición y olvidó una vez más su condición de humano. como lo había hecho mil veces en compañía de sus amigos. La suerte está echada… Me consuela que no podéis quitarme más que la vida: he aprendido de los frailes hispanos que el alma es intocable e imperecedera y en cambio la materia es barro vil y deleznable. ya vamos emprendiendo el vuelo. además. La luna se ha cansado de volar y tú has salido airoso de esta prueba. Descendían. ¡Jamás oí decir semejante cosa! –añadió despectivo. a cada cual le llega su fin. Tamayo comprobó que olvidándose de sí mismo sentía un agradable bienestar y aunque volar en compañía de aquellas hijas de Maboya era por lo menos anonadante. ¡cuánto ruido! ¡Cuánta gente! Por eso dijo con llaneza infantil: —Mucho me gustaría poder permanecer aquí: ¡es más bello de lo que soñé!… —Desdichadamente tornamos a la tierra. si no quieres caerte desde las nubes –ordenó la ciguapa mayor– porque aunque no lo creas. esta noche la luna tiene dos alas. llamada Indolencia– preocúpense o no los mortales. En el silencio que siguió a esta declaración tan inesperada se adivinaba la sorpresa del muchacho. como si le abanicase un huracán. es la luna roja de las ciguapas. con que abandonarse a su sino sería lo más acertado… –y volvió a bostezar como si el sueño la venciese. —No tienes por qué intimidarte –bisbiseó la ciguapa más joven. Los perfiles de las altas montañas hacíanle sentir una admiración reverente. muy semejante a un bufido. Tamayo sintió que se erizaba su cabellera porque se elevaban vertiginosamente. De pronto sintióse sumergido en las aguas de un río y creyó que iba a perecer ahogado. 160 . —¡Pues tanto mejor! –dijo con aplomo al cabo de breves instantes–. con que comienza a rezar por tu alma. y dijo con sorna: —¡Vaya que eres valiente entre las mujeres! Al parecer sólo los hispanos te intimidan… Mira. pero adversa para los mortales. Por lo menos eres valiente y sereno –comentó con menos aspereza la ciguapa Oscuridad. embozada en nubes. —¡Aquí no se puede respirar –suspiró el indiecito– y además hace un frío horrible! —Olvídate de tu condición de humano y será como si fueses divino –aconsejó la ciguapa Superstición con voz casi inaudible. y el descenso era aún más vertiginoso que la ascensión. Es inconcebible. experimentó la emoción incomparable de ser mago o cemí al trasladarse con tanta celeridad de un mundo a otro. Estás completamente a nuestra merced. Volaban por encima de la luna en fantástica procesión y el chico contemplaba a su placer lo que otros hombres imaginaban apenas. Seguro de hacerle frente a las más duras pruebas comenzó a nadar sosegadamente. pero su altivo semblante apenas trasuntó una leve emoción.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS te ordene en todo momento. agarrados unos a los otros. propicia para las moradoras del bosque. Y allá abajo. buscando escondrijo entre los juncales del río. Cortábale el aire la cara y zumbábanle los oídos.

que habían permanecido tranquilas y observantes. diciendo: —Por segunda vez te ha salvado tu buena estrella… No tenemos reproche alguno que hacerte y ahora vas a conocer la eracra de oro y los orígenes milagrosos de tu pueblo. siempre vela por nosotros y perdona nuestros yerros. ni de día. No había allí claridad ni de noche.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Las aguas turbulentas se cerraron sobre su cabeza. Su rostro volvió a tomar su expresión jocunda. Había riachuelos y cascadas. Luquo es Jesús. el más valiente de los quisqueyanos. En ninguna época ha pisado allí criatura viva y el impío que pasa inadvertidamente por aquel sacro recinto. Es de los nuestros… Así podemos marchar en paz a la región del Coaibay. cual si fueran arrastrados por el ímpetu de la corriente. un Ser Omnipotente. Tamayo reconoció entre el grupo a Caribes. la guajaca colgaba de los árboles y flotaba con la brisa. Apesadumbrado. De su muñeca pendía el grillete que le permitió reconocer a Caonabo. oprimiéndose el pecho con orgullo–. creímos que eras cristiano! ¿Acaso es Luquo tu Dios? —Para mí. ¿qué eres? El indiecito sintió un tumulto en su corazón al proferir: —Soy indio y siento como indio. Entonces las ciguapas. Las sombras que le rodearon bajo las aguas no eran tan sólo las de las ciguapas. Por fortuna. Algún día cuando él sea tan sólo espíritu. Y emprendieron el camino. la planta del hombre jamás había hollado aquella tupida selva. coronadas de plumas sus cabezas de largas cabelleras. empuñaré las armas y haré la guerra contra los invasores a la manera de mis antepasados. como niñas traviesas y turbulentas. Macorixes y Ciguayos. pero continuaba nadando rítmicamente. como fulminado por el rayo. Que Luquo te conceda la mayor de las glorias humanas: ¡luchar por tu patria! Hieráticos y solemnes deslizáronse unos tras otros. que alumbraban a trecho los cocuyos formando cascadas de luz. que quisimos morir por echar de nuestro suelo al usurpador. La bondad inesperada de aquellas hijas de Maboyá le pareció un buen augurio. —Está bien orientado. de la raza que dejaba crecer sus cabellos como símbolos de su hidalguía. le rodearon de nuevo. como para mi padre. parecían las de caciques destronados. como lo sois vosotros. Para él aquel inmenso bosque 161 . seguido de cerca por sus celosas guardianas. pero tengo un padre anciano. adornada de helechos arborescentes. negras como la endrina. ¡Así me escuche Luquo! —¡Ah. Una sombra. Como finos encajes. No importa lo que le llaméis. ya que la espesura del bosque era tal que apenas se filtraba la luz de la luna por entre el espeso ramaje y sólo podían avanzar marchando de uno en uno. en los cuales advirtió grupos que parecían solazarse en las aguas. quizás largo tiempo desaparecidos. La vegetación lujuriante. altivos y desafiantes. compañeros. había conservado puro su corazón y alimentado su alma con las enseñanzas milenarias de sus mayores. muere en el acto. la más erguida. Matunhetí. todo clemencia y comprensión. Di. –concedió el cacique de la Cibuqueira–. cortinajes foliáceos y altísimas palmeras era un espectáculo imponente en su grandeza milenaria. algunas con aquella expresión intimidante en sus rostros de belleza perturbadora. partirás con nosotros a la tierra de las sombras. preferible mil veces a vivir avergonzado ante los hombres de tu estirpe. Veía por todas partes criaturas semejantes a las que le acompañaban. —Si no eres de los nuestros. se detuvo ante él con el brazo extendido en ademán de reto. Mi rebeldía está aquí –confesó. Tamayo guardó silencio. quien ha padecido ya bastante y temo por él. Marchaban unos tras otros. Mirándoles pasar caían sus lágrimas ocultas como lluvia de fuego sobre su corazón.

Allí estaban colocados en nichos los Cemís adorados por sus antepasados. siempre cautelosas y desconfiadas. En el fondo de la meseta revelóse a sus ojos la masa deslumbradora de la eracra sagrada. del que consumía la gente principal. —¡Avanza! –ordenó imperiosamente la Oscuridad. Un soplo compensador de brisa. Cesaba la espesura y se convertía en un opulento prado. Ya sentía el frío de la madrugada y un temor reverente invadía su ánimo. trillamos la senda para que las generaciones del futuro aprendiesen a ensancharla. Como sobre un aparador. a pesar de su ávida curiosidad. pero comprendiendo que estaban allí como ofrenda a los Cemís se abstuvo de tocarlos. ¡quizás más tarde seamos tus jueces implacables! Tamayo siguió la ruta indicada. Escucha lo que nuestros abuelos dijeron a nuestros padres: estas islas son las cumbres de una tierra portentosa que la ira de Guabancex sepultó en el fondo de los mares… Nuestra raza desaparece y renacerá otra más fuerte. Ya sólo faltaba el último picacho. De súbito vislumbró en lo alto un fulgor extraño. Imposible le hubiera sido avanzar un solo paso hacia aquel prodigio. sin dar jamás la espalda. Agitaba su hermosa melena. en una barbacoa de roja ácana. ¿Verían de nuevo las opias de los caciques desaparecidos? ¿Podría platicar con el bravo Caonabo. ornado de arbustos y florecillas olorosas. apuntando hacia la eracra. Fortalecida el alma por lo que juzgaba un milagro. como de un sol que alumbrase a medianoche. Flamencos de color rosado se alzaban soñolientos. que se le antojaba inaccesible. ennobleciéndola. Tamayo no había ingerido alimento alguno en muchas horas. La luna brillaba intensamente y el cielo estaba cuajado de estrellas. dando traspiés por aquella jungla enmarañada. y el aroma apetitoso de aquellos frutos variadísimos producíale un cosquilleo en el estómago. cuando sintió una terrible conmoción. y una voz tenue se dejó oír por entre las reverberaciones: —Nosotros. apretando a sus labios el puño cerrado convulsivamente. con un fulgor inusitado en sus pupilas insomnes–. negándose a comprender. el joven penetró en el sacro recinto y sus ojos le parecieron demasiado pequeños para admirar lo que se ocultaba a la vista de los profanos. Caminaron durante varias horas en silencio: las ciguapas delante. los que estamos aquí sepultados durante siglos. veíanse amontonadas joyas de complicados adornos. Llegó al arqueado portal y los dorados goznes giraron suavemente. frustrado redentor de los suyos? El paisaje cambiaba. En él equivalía a un apostolado la felicidad de los suyos y ante aquella declaración un estremecimiento de rebeldía recorrió 162 . fino y blanco como obleas. representados por caprichosas figuras en oro sólido. estaba colocada toda una vajilla del mismo precioso metal. sondeando sus ojos a cada instante. como si la mano invisible del genio de la noche se hubiese extendido para darle paso. con medallas y amuletos. que con sólo clavarle sus ojos hipnotizantes recobraba de nuevo el equilibrio y proseguía la ascensión. negras y brillantes como ébano. Contemplábalo todo absorto y maravillado. El templo osciló. como un gran escudo finamente labrado. como si amenazase un cataclismo. Vacilaban sus pies y se adherían a la tierra. cargada de aromas. con las ropas empapadas todavía. y pirámides de cazabe. Ahora somos tus ángeles.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS estaba inundado de sombras y misterio. hízole suponer aquel recinto un paraíso. y sobre pulidas bateas. y avanzaba. si una de las ciguapas no le hubiese tomado de la mano para conducirle. pero tal era el dominio que ejercían sobre él aquellas mujeres tenebrosas. Está escrito en el firmamento ¡pero seguiremos siendo cumbres! Tamayo escuchaba con intensa atención. Veíanse frutos exquisitos sobre los cuencos. huyendo amedrentados a su paso.

Para ti son esos preciosos ornamentos. Las ciguapas habían desaparecido y el joven respiró aliviado. Pensaba que al fin le habían abandonado sus exigentes guardianas y que podía marcharse libremente.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II todo su cuerpo. y de aquel modo con gusto ofrendaría su vida… Pero… ¿merecería realmente tal gracia? ¿Acaso no eran todos los indios desinteresados y amantes de la libertad? Quizás era ésta una nueva celada. Las ciguapas desaparecieron en un remolino de aire. No pudo menos que arrodillarse y de sus labios brotó espontáneamente esta plegaria: —¡Ah. contemplaba el techo abovedado. Entre esquivo y emocionado el indiecito no acertaba a dar las gracias debidamente. cuando irrumpieron en la eracra sus tres jueces fortuitos. El monólogo se había demorado un breve instante para proseguir con más pujanza. henchida de fervor patriótico. —No venimos a torturarte de nuevo –rió guturalmente la ciguapa Superstición– no somos tan pérfidas como nos suponen…. En cambio. Señor de los cielos. porque estás exento de soberbia. —Si pretendes alzarte hasta el turey atiende a la Divinidad. ¡Llévatelos. emocionado. La frescura y virginidad de su alma habían desarmado a aquellas mujeres implacables. no aceptas el triunfo de otra raza sobre la nuestra… Eres denodado y resuelto y Luquo sabrá premiarte como mereces. es menester alzarse hasta Nonum por nuestros propios merecimientos! Los ojos del indiecito ostentaban un brillo acerado y su rostro tenía una expresión confusa. mientras Tamayo con lágrimas en los ojos. tendidas al viento las 163 . ¡No basta morar en las cumbres. pero las ciguapas recogieron aquellas riquezas. libre de sujeciones y tributos. estremeciendo de nuevo el templo y algunos ídolos rodaron al suelo con estrépito. que es más potente que las nuestras. ni civilización siquiera… ¡Todo cuanto te pedimos es la libertad! Vivir nuestra existencia pacífica de antaño. colocáronlas sobre una de las bateas y añadieron frutas y cazabe al ponerlas en sus manos. pregonaba la rebeldía de su corazón. daba fácil salida a sus emociones. En su cerebro infantil amalgamábanse perfectamente la realidad y la ficción. pero se equivocaba. Desorbitados sus ojos en alucinación. que es la fuente de todas las riquezas. que contienen la sabiduría del universo. esfuérzate en aprender lo bueno que te enseñan los naguacoquios: cultiva la tierra. pero hablemos de ti: has triunfado en las tres pruebas decisivas y ya puedes marcharte en paz adonde los tuyos. y que sea luminosa tu senda! Tamayo escuchaba con un sentimiento indefinible de alivio y quedó como extático ante aquella asombrosa concesión. aprende su idioma y estudia sus libros. Reverberaba en su pecho el sentimiento inmortal que eleva el alma de los hombres y se persignó a la usanza cristiana. escúchame y atiéndeme! Estamos exentos de ambiciones bastardas: no queremos oro. Ya se alzaba. las verdades austeras del cristianismo con las poéticas leyendas de su patria. pero antes debo concederte el premio que mereces por tu fervor y desinterés de patriota innato. —Ahora márchate a enfrentar la vida… Ya amanece y ningún mortal debe contemplarme a la luz del sol… Así habló la Oscuridad. la voz hasta entonces apagada adquiría la claridad de un clarín. Solamente podría ostentar aquellos ornamentos como vencedor. admirando con curiosidad no exenta de veneración los extraños ídolos caídos a sus pies. pero esta vez eran más blandas sus maneras. que algún día ostentarás con orgullo. esperando ver allí algún nuevo prodigio. pensó con cierta duda todavía. ni riquezas. En tu alma no anida el rencor contra los opresores. ¡Permite que cuando sea hombre yo pueda luchar por los míos… aunque en ello pierda la vida! ¡Queremos libertad o muerte! Su voz.

¡Dios los proteja! Después de dar algunos pasos para salir. Allí estaba tal como la dejó. Y el lago de Jaragua resplandecía al sol como una gema viviente. con precipitación. Poniéndose lenta y calmosamente en pie. como las de aquellos tiempos en que los medrosos habitantes de esta ciudad antigua no tenían. volvió y descubriendo el objeto. como para cerciorarse de que nadie venía por las calles. con los astillados remos echados a un lado. Sentía una certidumbre tan profunda de su aventura que no la podía desterrar del pensamiento. deteniéndose de vez en cuando. su rostro pareció transfigurarse. De pronto se abrió la puerta de un balconcete. a cuyo tronco había amarrado su piragua. ¡Yo rogaré a él por ti! *Autor de Fantasías Indígenas . en marcha. Sentóse bajo unos mameyes. preguntándose cómo luciría a la luz brillante del sol. pensó entusiasmado. Luego. cargada con sus valiosos dones. teniendo cuidado de poner a buen recaudo su tesoro. que no pudiese tornar jamás a aquel refugio o paraíso vedado.Contornos y Relieves (poesías). Le habían trasladado dormido de un sitio al otro. Su primer pensamiento fue para la eracra sagrada. sintiéndose bastante desconcertado. 164 . A despertar ya era pleno día y el cielo estaba inundado de luz. El ambiente era fresco y convidaba al reposo. ¿Es que no estaba ya bajo los mameyes? Miró hacia arriba. ensayando trinos armoniosos. sino un miserable candil de aceite de coco o una chorreosa vela de sebo criollo detrás de un velón de papel amarillento para alumbrar sus casas. Recordó al mismo tiempo el regalo de las ciguapas y advirtió la batea junto a sí. y allí entregó lo que traía. pues el extraño e increíble episodio revestía el carácter de divinos augurios. Bandadas de aves revoloteaban mansamente en torno suyo. besó a éste y exclamó: —¡Pobre hijo mío! ¡Adiós! La sociedad te condena. Tamayo trataba de analizar el prodigio. no lejos de la eracra de oro. Música más dulce no podía ser oída en parte alguna. En el ángulo único que forman los de la plazuela de San Juan de Dios. se puso en movimiento. pero éste había desaparecido. Llegó a una casucha de la calle de la Universidad. casi en su totalidad. para disfrutar de un suculento refrigerio. y de allí descendió algo sujeto a una cuerda. y advirtió que le cobijaba la ceiba. a una mujer y a un hombre.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS cabelleras e iluminadas sus frágiles siluetas por la luz imprecisa de la aurora. Miró con delectación hacia el templo. JOSÉ JOAQUÍN PÉREZ (1845-1900)* Las tres tumbas misteriosas La hendida campana de la Puerta del Conde daba las doce de una noche oscura. Fue Ministro de Instrucción Pública. porque la tristeza había huido de su corazón. que fue recibido ansiosamente por el misterioso personaje. sintiendo que el sueño le vencía. tendióse satisfecho. Flor de Palma (novela) . que era un cesto donde había un niño recién nacido. diciéndoles: —¡Ya lo saben ustedes! A las cuatro. pero Dios te salvará.Crítica literaria. confundida con la oscuridad impenetrable. había el bulto de una persona. moviéndose sus aguas al impulso de la brisa. Ejerció la profesión de Notario. Con los párpados entumecidos aún por el sueño. el cual.

Sucedió que a los seis meses. 165 . y con él los medios de vivir. Ya sabemos. confesarse y comulgar a menudo. recibió de su bija la confesión de su culpabilidad. llevando al infante. Hicieron viaje rápido hasta Higüero. Dejemos que esas buenas almas de beatos sigan criando al fruto de los amores del padre José. En la madrugada salieron en buenas cabalgaduras los esposos por la Puerta del Conde. —Sí. Y ese alguien único que visitaba constantemente aquella casa y era el árbitro. mimándolo. con raíces nobiliares. Carne envuelve el espíritu de cualquier santo. El padre José se dejó llevar y cayó en las tentaciones dulcísimas de un amor sin límites. y éste hubo de embarcarse para España. que sorbió con avidez. nos lo premiará algún día. juez y confidente de todos. ir a misa. sólo por hacer un bien al prójimo. Y ambos acostaron al niño en una humilde cama. que vela por los inocentes. bellísima y tierna adolescente. doña Cándida Pedrozo. y la vida de ambos cónyuges y de su única hija Margarita. pues. No debemos exigir que la seducción de unos ojos de fuego y de una boca modelada para el deleite se combata con ascéticas inclinaciones y prácticas. huyendo del contacto de los hombres como de cosa del diablo. caritativo. Aquel hogar servía de templo a las virtudes y a la piedad. De manera. Pero éste iba atizando su fuego en el alma candorosa de Margarita con los deseos naturales de amar a alguien. que aquel niño fue la encarnación de aquel amor llamado sacrílego por la Iglesia. porque ella se valió de todos los medios que para tales casos inventa la necesidad de parecer honrada.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II  Quien tal hizo y quien tal dijo era un sacerdote. donde se hospedaron en un bohío nuevo y cómodo. y aquélla es flaca y frágil y se ladea hacia donde se la llama con afán y se la avisa con repetidos contactos. nada hay como tener buen corazón para encontrar la felicidad. maneras distinguidas y gran ascendiente. Los que recibieron el depósito eran unos infelices y honrados esposos. como cómplices inocentes del suceso que vamos a narrar con la mayor brevedad posible. que sólo la madre de Margarita. eran las del esposo y de su mujer. Martín. de buen porte. y joven. humilde. a los siete meses del embarazo de ésta. El Señor. —Juana –dijo el marido–. el padre José puede estar seguro de que le cuidaremos mucho a su hijo como si fuese nuestro. se llamaba el padre José de la Calzada. De aquí al pecado no hubo sino una ocasión propicia para consumarlo. con todos los muebles campestres necesarios y una amplia fresca hamaca de cajón para el niño. se ocupaban sólo en rezar el rosario. el Gobierno confió una comisión importante a don Félix del Prado. mientras la mujer le ponía en los labios un chupón de leche de cabra.  Nadie supo en casa de Margarita su estado. Dios nos envía este hijo. Somos ya padres. varón preclaro y virtuoso. La casa de don Félix del Prado era una de las más respetables de esta ciudad en aquella época. voz meliflua. Familias de buena cepa.

porque su esposa. tan en auge entonces en esta llamada Atenas del Nuevo Mundo y de la cual era profundo catedrático en ciencias teológicas el padre José de la Calzada. El año 1801. figuraba como funcionaria principal doña Margarita del Prado de Uribe. quien tuvo encargo secreto de ponerla en manos de los esposos Belgrano. que ésta se celebró con inusitada pompa. la que daba el tono a la moda. La familia de don Félix fue de las emigradas. víctima de la tristeza que le causó el golpe terrible de la deshonra de su hija. continuó el padre José visitando la casa como antes. donde el obispo de aquella diócesis le nombró para el curato de la parroquia mayor. En esto murió el padre José y el duelo fue general. A ésta. La madre fue la que en aquella noche oscura. que le preguntaba siempre la causa de esa preferencia. que recibió el padre José. Estos. un teniente coronel español hizo esfuerzos inauditos para obtener la mano de Margarita. En la Congregación de mujeres piadosas que él fundó. tan humilde. No sabemos cómo Margarita se dio sus trazas para que el teniente coronel Uribe la tuviese por mujer honesta. alcanzó alto puesto en la judicatura y Margarita llegó a ser la niña mimada de los salones. le revelaron todas y cada una de las circunstancias de su nacimiento sin poder decirle el nombre de su verdadera madre. el hijo de Margarita. Ni a su esposo reveló doña Cándida el secreto. tan caritativo. hubo la emigración de muchas familias a la América del Sur y a Cuba y Puerto Rico. porque el padre José tuvo buen cuidado de no comunicar esto a nadie.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Gente de tal copete no hace escándalo ni pone su honra en la boca del pueblo. la belleza saliente y de más fortuna para atraer cerca de sí a una corte de adoradores. cuando ya de regreso de España don Félix del Prado. ocupaba ya posición distinguida. hombre recto. Todo se arregló de manera que para no dar qué decir. a quien él confesaba y administraba la comunión muy a menudo. Recibió su título de Doctor y a los veinte y un años fue ordenado de sacerdote. para justificar tan extraño acontecimiento ante su hijo. Llegó el año 1822 y la invasión haitiana hizo también emigrar mucha gente. Al cabo de algunos meses. y a pesar de que ella no sentía inclinación hacia el galán. como otros. debido a la cesión de la isla y a la entrada de Toussaint Louverture en la parte española. arrió el cesto con el nietezuelo. poseedora de la pureza que había perdido. Muy estimado fue allí el padre Felipe. que pasaba por hijo de los esposos Belgrano. llamadas “Hijas de San Vicente de Paul”. porque ninguno como él tan virtuoso. Estuvo en la Habana y no hallando allí colocación. Al fin. Lo que sí sabemos es que fue modelo de esposas y que aquel hombre la amaba con locura. El padre Felipe Belgrano salió. Corrieron los tiempos y Felipe Belgrano. Dejó el padre José la mayor parte de su fortuna –que no era pequeña– a otro sacerdote. pero sólo iba éste con su hija Margarita. Fueron a Santiago de Cuba. don Félix. ilustrado y de buenas relaciones. aunque sin ver más a Margarita. su padre insistió tanto en que se verificase la boda. yendo a establecerse en la isla de Cuba. Aprendió en la Real y Pontificia Universidad. 166 . se le hizo creer que su hijo había muerto. había muerto tres meses antes. vino a Santiago de Cuba.

murmura. –¿Tú hijo?… Y atónito.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Doña Margarita iba a tener el primer hijo de su matrimonio. ante la imagen del Redentor. Vuelve entonces la punta de la espada hacia su pecho. Opinaron los galenos que moriría. Fue el padre Felipe a recibir la confesión general de la enferma. y Tierra adentro. 1 167 . vacilante. abre con cautela la puerta y presencia aquel cuadro que creía de aterradora realidad para la ofensa de su honra. derramando ambos copiosas lágrimas en medio de la más profunda emoción. Sin pérdida de tiempo Paniagua le hizo fuego a su agresor. Y el secreto pavoroso quedó sellado con las lápidas misteriosas de tres tumbas en la necrópolis de Santiago de Cuba!1 JOSÉ MARÍA PICHARDO (Nino) (N. El proyectil rasguñó el robusto cuello de José. cuando llegó el momento de dar a luz. Solos ambos en el amplio aposento. lo perdió. y se la dispuso para la confesión y recibir los auxilios de buena cristiana. con los ojos saliéndose de las órbitas. hiriéndose con furia. yendo a romper con grande estrépito varias botellas de ron en el aparador de la próxima cantina. ante la revelación del secreto de su existencia. se arrojó a los brazos de su madre. De Pura Cepa: narración –1927–. los sollozos y los ayes. atravesándole por la espalda el corazón. Autor de un v. y algo como el soplo de la locura pasa por su espíritu. para mí y para mi pobre Margarita!  Pasó todo aquello rápidamente. porque ocurrió ya de madrugada. y un día estuvo grave. ve que su esposa cae también exánime. El incidente sobrevino tan rápidamente que nadie pudo intervenir para evitarlo. Los comentarios diversos y contradictorios fueron el tema de todas las conversaciones durante mucho tiempo. exclamando: —¡Muere! ¡Infame! ¡Traidor!… Doña Margarita. hizo doña Margarita la relación de toda su vida pecadora al padre Felipe. y sólo unos cuantos jugadores Este cuento se consiguió por cortesía del Dr. Vetilio Alfau Durán. sobre cuyo rostro saltó la sangre del padre Felipe. Rápidamente empuña su espada. entre los estertores de la agonía —¡Perdón. hace esfuerzos para levantarse y grita: —¿Qué has hecho? ¡Has matado a mi hijo!… —¿Tu hijo?… exclamó el coronel Uribe. desde la pieza contigua. contempla aquel cuadro. quien. 1888)* El forastero José Paniagua se levantó de improviso de la mesa de juego musitando algo por cierto no muy agradable. y cayendo a los pies del ensangrentado lecho conyugal. y se avanza sobre el sacerdote. de cuentos: Pan de Flor. De resultas del alumbramiento. Al oír el coronel Uribe. quedó muy enferma. Dios mío. hiriéndolo mortalmente. pálido. mezclada de alegría y de pesar. *José María Pichardo: Periodista. aterrado. Pocas personas lo presenciaron. novela –1917–. Al mismo tiempo Paco Marmolejo arrojó las barajas al suelo y desenfundando su revólver le hizo un disparo a quema ropa.

El cuerpo del muerto fue cubierto con una sábana en el mismo lugar donde cayó. Se nota en todas partes un ajetreo de colmena laboriosa. Llegan constantemente recuas de animales de carga. Recuerden los detalles de este desgraciado suceso. José se ocultó en los montes y luego se fue a otro lugar lejano. a la falda de una alta loma poblada de pinos. llevando una vida cómoda y tranquila. en una extensa enramada con amplio patio. En su vieja guarida de Los Mameyes no se le volvió a ver. Su personalidad dominante le había granjeado muchos amigos. todo un primor de juventud y belleza. sogas y cuerdas fabricadas de pita. ni dijo una palabra. que eran. valiéndose de artimañas. Locuaz. Después del trágico acontecimiento. porque la emoción del juego. hombre belicoso. —Ustedes vieron lo que ha ocurrido. y allí se instaló. y le colocaron cerca de la cabeza una vela encendida. macutos y serones hechos de hojas de palma cana tejidas. árganas. El Carrizal se anima en los días de mercado. ubicado en un pequeño valle.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS estaban cerca y ninguno de ellos se movió. en la casa de la viuda Gonzalito. amigos –dijo José guardando su revólver–. según él mismo decía. José se dedicó a la compra de productos agrícolas. José Paniagua se retiró con serenidad por la puerta del patio. Las autoridades del lugar –el alcalde pedáneo y un agente de la policía– llegaron como siempre. corre cerca entre bosques de pomarrosas y gigantes jabillos. maíz. de malas leyes y de algún padrino influyente en la política. sólo tiene una calle que la forman dos hileras de casuchas primitivas. con sus alternativas y azares. distintas clases de frutas. y muy pronto el negocio prosperó. una vez a la semana. espléndido. buen bailador. y. galanteador y buen tipo. Como medida de precaución se alejó de las casas de juego. raspaduras. amante de las fiestas. en la remota sección de El Memizo. nunca visitó la cárcel por más de un mes. tenía gran prestigio entre las mujeres. había matado a tres hombres en el curso de su vida tempestuosa. no en busca de ganancias pecuniarias. quien poseía el gran atractivo de tener una hija. Y ya lo saben: a mí no se me puede ganar con barajas marcadas. cansado de vivir escondido. Un año más tarde el poblado de El Carrizal tuvo el honor de ser elegido por José Paniagua como sitio de su residencia. Nadie lo siguió. miel de abeja. especialmente de maíz y habichuelas. aunque no de oficio. encaminándose donde acostumbraba a dejar su caballo. construidas de tablas de palmera y techadas de hojas de cana. para el caso de que sean llamados a declarar. lo sojuzgaban. ofrece un aspecto pintoresco. El río Sonador. Presenta un bello panorama. habichuela. tabaco en rama. El Carrizal. jugador consuetudinario. José Paniagua. arroz. Poco después perdíase en las sombras de una callejuela vecina. su debilidad más grande. con encantadores paisajes bucólicos. tardíamente. acuden de las secciones vecinas y de los parajes próximos innúmeros campesinos a vender los productos de sus afanosas labores: café en grano. sino por el placer de hacerlo. prófugo de la justicia. En el centro del poblado queda el mercado público. levantando el acta correspondiente. Jinetes en potros briosos corren de un lado a otro. Se ven mujeres vestidas con 168 . lo atraían. Él jugaba. He matado a Paco en legítima defensa. quizá sobrecogidos por lo súbito de la trágica escena. recados de montar. En los días de mercado. proporcionándole medios honestos de subsistencia. de aguas claras y rumorosas.

ni malgastaba el tiempo o el producto del trabajo. Transcurrieron monótonos y largos los días para José Paniagua. desde que comenzó a dedicar sus pensamientos y sus atenciones a la hija de la viuda Gonzalito. La razón por la cual me encuentro en este lugar. Ya no era el hombre que perdía los estribos a la primera provocación. donde crecen lozanos rosales. Las casas de los trabajadores y empleados. es el lugar de comercio y atracción más importante de la localidad. con grandes extensiones de grama y un gran huerto donde se hacen experimentos agrícolas. y por eso estoy aquí. Se ven montones de aserrín. con jardín primoroso. se limitó a dar las gracias por la negativa truculenta en vez de armar la camorra acostumbrada por lo que él consideraba un insulto intolerable. Alicia. –díjole un día a la muchacha–. Tiene un anexo donde se reúnen los moradores del lugar. y presiento que me estoy enamorando de ti. pero la idea de que era fugitivo de la ley lo perseguía.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II sus mejores trajes. de ojos tentadores. gigantescos girasoles. Así. pues. La casa escuela. Alicia ejercía en él una influencia irresistible. lo atormentaba. diminutas. temeroso de que cualquier otro incidente o disputa revelara su identidad y se reanudara la persecución de la justicia por el suceso de Los Mameyes y tuviera que escurrir el bulto otra vez. Abundan las mozas apuestas. con aulas espaciosas y ventiladas. las exclamaciones ensordecedoras que lanzan los espectadores cada vez que un gallo pica o mata a su rival. Y él mismo se asombraba del espíritu de ahorro que lo dominaba. detrás de frondosos mangoteros. y no quiso reivindicar su derecho contra el fraude. forman contraste con las otras viviendas rústicas. en ratos de ocio y a primanoche a jugar naipes y dominó. situado a un kilómetro de distancia del poblado. El olor de los pinos aserrados impregna el ambiente. 169 . con depósitos para la madera cortada y secada al aire libre. Le había hecho modificar su manera de pensar y vivir. cuyas suaves fragancias se sienten desde lejos. llevando algunas pañuelos vistosos en la cabeza. hechas de madera de pino y techadas de zinc. se escuchan desde lejos. evitando las discusiones acaloradas y pendencias. y el pregón de las apuestas. y en un baile cuando le negaron una pareja ásperamente. con su alto y elegante campanario desde el cual se domina toda la campiña. a beber ron y ginebra. que se extiende en dos alas abiertas. y resistir la tentación de enamorar a una mujer ajena. con cantores que entonan coplas populares. —Yo soy una especie de abejón. que se levanta en una altura donde termina la calle. suficientes para alojar con comodidad a la población escolar de El Carrizal y de las secciones cercanas. ocupa un gran espacio llano. con una alta chimenea. En la gallera. a vivir tranquilo y con recato. Él no se había preocupado nunca por ningún peligro. El batey. moderna. que se usa como combustible. se alza majestuosa más allá de la iglesia. riñen gallos. Yo tuve que matar a un pícaro jugador de barajas en Los Mameyes. En la gallera lo engañaron un día con un gallo untado. que pudiera perdonar una ofensa. abundan las azucenas y lirios silvestres y gardenias. y las más jóvenes lucen ramos de flores silvestres. La bodega del aserradero donde se pueden adquirir mercancías diversas. alegres y bailadoras. obligado a adoptar un nombre falso. El acordeón y el tambor invitan a bailar el merengue cadencioso. a ventilar asuntos y a concertar negocios. sino en cuenta de cierto suceso desagradable que ocurrió hace algún tiempo. creo que lo mejor es que conozcas algo acerca de mi permanencia en El Carrizal. no es porque me guste. Contribuye a la prosperidad de El Carrizal y la instalación de un moderno aserradero. Se levanta el templo en medio de un prado risueño. El orgullo de El Carrizal es la pequeña y bella iglesia recién construida por contribución popular.

—Lo haremos –asintió Paniagua–. Luego él habló a Alicia acerca de tan enojoso asunto. recalcada con perversidad. la besó en la boca. si ella deseaba hacerlo”. El extraño visitante era delgado y alto. Un sábado por la tarde el jinete misterioso montó su caballo. Las pocas veces que José descubrió algún celo irrazonable queriendo echar raíces en su corazón. En la bodega José escuchó un día una conversación referente al hombre de quien Alicia le había hablado. Tengo parientes en el Este. Sólo que una vez hubo un hombre… Bueno. ¿eres libre para permitirme que te enamore? ¿Quieres casarte conmigo? —¡Libre como el viento! –Exclamó Alicia entre risas–. No hice otra cosa sino defenderme. mirándolo fijamente en los ojos. Seré para ti la misma de siempre. —¡Soy un tonto! –Se decía a sí mismo–. José le prometió no hablar más de un asunto que pertenecía a un pasado ya muerto y que no había razón para resucitarlo. tiene que probar que me quieres. El porvenir se presenta claro para nosotros. Te juro. Esa ha sido la tercera vez que me he visto obligado a despachar a un ladrón. pero sin desfundarlo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Qué te obligó a matarlo? –le preguntó Alicia. —Mi palabra no vale mucho. Él oyó una larga historia acerca de un forastero. —No hubo más remedio. le dijo José–. propuso Alicia. —Nosotros comenzamos un pliego limpio—. pero puedes tomarla como oro puro. y también te dije que todo estaba olvidado. y dijo a los murmuradores: —¡Dejen eso y no lo mencionen otra vez! Quienquiera que lo repita le pesará. chiquita. Era un guapo de oficio y disparó un segundo antes que yo lo hiciera. 170 . José no la dejó continuar y tomándola entre sus brazos vigorosos. quien se puso de pie. —¿Por qué no regresas allá y explicas eso? –sugirió Alicia. eso no influirá adversamente en mí. Lo único que deseo saber es si todas esas cosas establecerán alguna diferencia entre nosotros. Si todas fueron muertes en buena lid y no hubo asesinato. ni en la casa de la viuda Gonzalito ni en la bodega. trotando entre nubes de polvo por el camino real y desde entonces más nunca nadie lo había vuelto a ver… Y maliciosamente alguien sugirió que “quizá Alicia podía dar algún informe. Dime. porque ella lo dice así y porque ella lo ha demostrado. desde donde se divisa todo el poblado voy a construir una casa. Esta sugestión. —Porque mi nombre luce mal en mis libros. No me creerán. Lo olvidado. olvidado está. Nunca disparé primero. —Ninguna –afirmó Alicia–. En lo alto del cerro. y repetir el mismo alegato de defensa propia ya me parece una bagatela. En cuanto a matrimonio. puesta la mano en la cacha de su revólver. con un luengo bigote rizado. Alicia. He comprado doscientas tareas a los Escotos. bien parecido. ahora que sé que me quieres. —Hablemos de otra cosa—. lo alejó. Alicia me ama. irritó a Paniagua. No importa lo ocurrido tiempos atrás. ya eso pasó para nunca volver. que todas fueron peleas rectas. Alicia. Tienes que creer mi palabra. Se deslizaron varios meses y el forastero no se mencionó más. Soy una mujer honrada y eso basta. diciéndole: –Eres mía y sólo mía. porque son muy viejos. cuyo caballo tordillo muchas veces permanecía horas enteras amarrado ante la puerta de la casa de la viuda Gonzalito. y ella replicó: —Ya te dije que una vez hubo un hombre. Besando a Alicia muchas veces y estrechándola entre sus brazos. y el día menos pensado pueden dejarme algo. pero erró la puntería.

Ya cerca de la casa. Nadie le respondió. Sólo se escuchaba el mecánico tic-tac del reloj de pared y se sentía el grato olor de la cena ya dispuesta. huyendo en dirección del aserradero. Mientras José permanecía como petrificado en el camino. acercándose a la lámpara para leerlo. Es el forastero que vino en busca de Alicia. José se detuvo en medio del camino. y una sonrisa de inefable ternura asomó a sus labios cuando se encendió en una de las ventanas de la casa una luz como un pálido luminar. Lo desprendió de un tirón. estrechándola en apretado abrazo. dijo José en voz alta y un íntimo regocijo lo invadió. Al doblar un recodo. y el corazón le dio un vuelco. Lentamente José levantó la escopeta hasta que el cañón reposó sobre una rama próxima. pero descubrí quien era y lo que buscaba. Salí a dar un paseo con un agente de la policía. y vete pronto. El ruido de un disparo de arma de fuego se repitió. La pareja pasó a veinte pasos de distancia del lugar donde José vigilaba. caminando despacio. José tenía el dedo en el gatillo. dos figuras humanas aparecieron en el umbral de la puerta de la casa de la viuda Gonzalito. Su boca estaba seca y su respiración era anhelante. ocultándose en atisbo. En su rostro se podían leer los efectos turbadores de la tragedia acaecida. Y cuando ellos se acercaron. José notó que el compañero de Alicia era todo un buenmozo. Una era Alicia y la otra un hombre alto y delgado. Ambos reían alegremente. encaminándose hacia la casa de la viuda Gonzalito a buscar su montura. apuntando bacia el hombre que acompañaba a Alicia. y entonces notó que un caballo estaba atado junto a la puerta principal de la casa. Entonces su mirada se detuvo en un pedazo de papel blanco clavado con un alfiler sobre el paño de la mesa del comedor. porque yo 171 . El crepúsculo comenzaba a purpurar las nubes sobre las lomas. con risas ocasionales. —Es Alicia que me espera–. Déjame recado para donde irás. lleno de confusión y temor. Hablaban en voz baja. Dentro de la casa reinaba el silencio. Un momento después José salió de su escondite. trató de mantener el equilibrio y cayó de bruces. Él se detuvo para pedir un vaso de agua. Alicia y su acompañante vacilaron un momento y luego se encaminaron hacia el sitio donde José acechaba. José llamó en voz alta. ese es su potro tordillo. El caballo del forastero lo saludó con un relincho y él acarició su grupa al pasar. En ese mismo instante el forastero dio media vuelta. El cañón de la escopeta de José describió un amplio círculo. y ella luchó con bríos por escapar. —¡Es él! –Exclamó José–. rehuyendo la boca ardorosa que se empeñaba en besarla. Decía: “Querido Pepe: Volveré tan pronto me sea posible. dispersándose. retumbando en ecos prolongados por el valle y las lomas.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Una cálida tarde del mes de agosto regresaba José por el camino real cansado de un largo día de trabajo infructuoso en una cacería. Repentinamente el forastero se detuvo y atrajo hacia él a Alicia. en dirección de la pareja que se alejaba. hasta que logró desasirse de los tentáculos que la aprisionaban. vio de lejos la casa de a viuda Gonzalito. No hay duda. y su bigote luengo y rizado. Paniagua se deslizó entre los matorrales cercanos. Uno de los brazos del hombre ceñía la cintura de Alicia. echando sangre por la boca. Una columna de humo blanco y ligero fluía de la escopeta de José. Él ha venido a hacerte preso por el hombre aquel que mataste en Los Mameyes.

Las tierras las vendió su tío Leonardo. Ha sido juez. boardilla oliente a papel viejo y a posturas de murciélago. porque fue levantado por los abuelos. porque en el Este. 1913)* La cuenta del malo Marcelina perdió su fundo y su cacaotal y apenas sabe cómo fue. flaco. Bueyes y mayorales siguen adelante como aguas descauzadas. rezumaba un líquido rojo. sonar de látigos. Cuando llega frente a las cruces. Todo es grito. más viejo que el hombre que habitaba en él. Así. cercas descuajadas como por obra de un terrible meteoro que asolara a tierras y hombres. con las manos en el pecho. Ella está segura de que allí no habló nada. lenta. raíces arrancadas.  Un día. los campos de yuca. Se arrastra de bohío en bohío implorando un pan. la tarde es melancólica. Los bueyes desalojan de la tierra a los que nacieron en ella. 172 . y hasta derriban los cacaotales cuando los acosan los mayorales y los caminos entre las plantaciones son muy estrechos. mientras de lo alto lo castiga un sol fuerte y un cielo impasible lo mira con ojos de desprecio. Después vendió las pocas de él. por su fundo también pasó otra manada. El “piñón” del Calvario que está frente al rancho.  Junio claro. Quizás. Lo pisotean todo y lo destruyen todo. de ese tamaño. el que subió a la Cruz por los justos. las calmas de la fiebre la llevan a desandar el tiempo y recuerda que un día. los ojos penitentes fijos en la tierra. los veían los ojos hundidos de la vieja. el viejo que se arrastra como rana y anda vestido de estameña. desgarrado. sola. como rostro de juez. como se ponen los pericos *Fredy Prestol Castillo: Licenciado en Derecho. Sólo quedan árboles aplastados y ranchos quemados. Decía Marcelina que era la sangre del Señor Jesús. porque el tuyo está lejos”. P. ahí se detiene el negro que arrea y asusta la manada. Recuerda en la fiebre la casa del Notario. –”Llévate su caballo. La tierra queda asolada. casi niña. Actúan hombres y bueyes. el Leonardo la llevó a la Notaría. Ahora sólo tiene la tierra del camino y un bordón rústico. apenas quedan el calvario donde se evocó siempre el martirio de Cristo. como sangre. con soles fuertes.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS no puedo entretenerlo mucho tiempo”. Es Leonardo el endemoniado. graduado en la Universidad de Santo Domingo. El cielo era impasible. Del fundo. D. Autor de cuentos publicados en periódicos y revistas. Recuerda la Notaría. Un día vendió las tierras de la sobrina. los bueyes de una plantación extranjera sacaron a la vieja de su fundo. propios del verano de San Juan. el arbusto de piñón y las cruces caídas. El desalojo es una vorágine. FREDY PRESTOL CASTILLO (N. Después. dice estas palabras: —Perdóneme la Cruz de Mayo… esto es cosa de blancos… Entonces recuerda que es hijo de esa misma tierra. –Alicia. en medio del estruendo. Se quita el sombrero de anchas alas y. en aquellas épocas los bueyes fungían de diligentes alguaciles. cargado de cruces como templario. acaso por el hambre y las fiebres que tenía. Destruyen los maizales. hace tiempo. y los bueyes eran grandes “como las lomas”. Pero ahora.

el que le vendió sus tierras a ‘“los blancos”. No podía dormí. con el cual el mocetón. a la buena de Dios. cuando pasan las perdices. Pasó la fiebre. ni cuaresma macho pa el Leonardo. Es castigo del Señor. porque le faltan vacas en la cuenta del Malo. Pero hay algo más en el rancho: el “quijongo”. y se las cobra… Y ahí anda cargao de cruces… “Nos vendió a toiticos y después vinién los bueyes a desalojarnos como a intrusos…  173 . No había seca. esta tierra aclamaría a Marcelina. el Malo vino a buscar su novilla y la rabisa de añojos que le pertenecían. Su campo siempre verde y muchas cabras y bestias sueltas. Si tuviera palabra. —Tenía el Leonardo tratos con el Malo. lenta como el arroyo del paraje. es como la yegua que relincha frente al amo que la crió. ni comé. A veces la vieja mira sus tierras perdidas. acaso. y entonces monologa: —Me las dio el Señor y me la quitan hombres… ¡Alabado sea Dios! El Leonardo anda como rana. de siglo en siglo. ahora son potreros inmensos. donde hubo plantaciones de cacao. canta cantos melancólicos a la cruz y al Señor. Acabó vacas y bestias y tierra y too… Y tuvo que poné las onzas donde se había comprometío con el Diablo. para pagá la deuda. su dueña. Desde el camino la ven los ojos casi apagados de la vieja. la vieja del fundo. de largas zancas y caminar lento y grave. Y tenía la abundancia en su bojío.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II cuando no hay maíz en los conucos. desde los padres. Pero quiso también engañá al Malo y cuando venció la fecha del trato. como las hormigas sobre un pastel enorme. aunque cambie de dueño. a la vera del río… “Tuvo que vendelo to. El potrero parece una gigantesca hoja de lechuga tendida de loma a loma. Allí los toros son más amables que los capataces. Y otra vez repite: ¡No! No fue el señor don Manuel. Y cono siempre. en las lomas. donde corre una sangre cansada. y allí se está en espera de su hijo que trabaja en la nueva finca. El pilón tumbado es el único asiento. desde los abuelos. No le quedó más que maldecir al Leonardo mientras huía a las reses que colmaban la sabana y que treparon los riscos y altozanos hasta la cúspide de las lomas.  La tierra. ¿Pero y qué? Ese mismo es el buen señor don Manuel ¡El señor don Manuel es bondadoso y ha bautizado a dos de sus hermanos! ¡No! ¡No pudo ser él! La fiebre lleva al delirio. Cada sábado el mocetón viene al rancho con unos cuartos redondos que le caben en el bolsillo menor. ¡y Marcelina todavía pará!…  Una tarde me contó. Marcelina levantó su choza pajiza en el camino. “Lo malo es que todavía debe. en las tardes. Recuerdo las gruesas venas que rodeaban su cuello de pájaro como jirones de soga pardusca. Y se la cobra. ¡Y he aquí que el Leonardo había vendío el ganao y enterrao las morocotas!… —Desde entonces el Malo le salía por toas partes. ni sieteá… Al Leonardo le sale el Diablo por toas partes: en los conucos. ni verano. a la entrada de los caminos. la historia del Leonardo. En el rancho no hay ajuar. Usaba leontina y chaleco y su cara semejaba un pájaro picudo. al venir la noche. las tres cruces y el arbolillo de “piñón” en todos los caminos del Seibo.

comía. —Ahora vamo a Magarín a enterrá a Leonardo Catedrá… . arrastra su mendicidad. reza. y cruces en el patio. Me parecía una Diosa miserable. sólo tenía el monte. en total. otra vez la calle. Aun el agua tenía que beberla a prisa. abandonado al final de la inmensa sabana. Escuché los saludos al pasar el río. Ese día yo iba en pos de mi ganado extraviado. Suyo. Lejos de donde llenan las potizas y las alcarrazas de uso familiar. El rancho del endemoniado se columbra desde lejos. ¡sólo el Señor! JOSÉ RIJO (N. las manadas inocentes de los crímenes de los hombres pacían tranquilamente los abundantes forrajes. mascullando rezos inútiles.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Por los caminos de La Candelaria. lejos de donde las mujeres lavan la mugre del fuerteazul. pues le robó su novilla…  Volví al fundo de Marcelina cuando retornaba con mis ganados. En la finca próxima. acaso inútilmente. En la puerta del rancho estaba. nada: los desperdicios. a base de salazones y de azúcares. Hablando de la tragedia de Leonardo. siempre el hambre y un no explicado sentimiento le obligaban al regreso. Muchas veces se internó en los roñosos guazabarales para buscar un poco de sombra o un camino que lo sacara de aquel *José Rijo: Es autor de cuentos no impresos en volumen. Todo un jardín de cruces delante del rancho. Todo cuanto hacía estaba mal y ni siquiera se le criticaba en un lenguaje que pudiera entender. sin tiempo para beber en las regolas que cruzan el poblado. reza. lo que sobraba. La visión es tétrica. Las cruces son la obsesión de su locura. sereno. o algo así como la buena bruja de la noche que ya emborronaba la sabana. la antigua tierra de Marcelina. Volvía después de las comidas. cargado de cruces. como si fuera un robo. El viejo loco. Su ánima apenas tiene reposo. Entonces. los refajos sudados y los pañales de las paridas y los recién nacidos. A huir. y uno como silencio de tribunales cuando el juez va a dictar sentencia. Vive solo. con libertad de posesión a medias. lejos de todo y de todos. claro. Licenciado en Derecho. abandonado por todos. raída y serena. 174 . Allí fenece lentamente. No sabiendo cómo corregirse se tiró a las calles. sólo dijo estas palabras: —Es que Lucifer da la riqueza… pero la dicha. Amaneció en la sabana bañao de azufre y mordío de perros… Ahora le pagó su cuenta al Malo. De noche le cerraban la puerta y tenía que dormir a la intemperie porque si se colaba para descansar en algún rincón se le echaba a puntapiés y con palabras que debían tener un significado terrible. Luego.  Cielo del Seybo. hasta de los muchachos barrigudos y enclenques que en la sequedad del paisaje jugaban con los caños a los ríos crecidos y a los barcos de vela naufragando. pero el hambre. 1915)* Floreo La casa era cada vez más hostil. Leonardo Catedrá. graduado en la Universidad de Santo Domingo. La conseja afirma que la visión del Demonio le obsede sin cesar. reza. entre atisbos y sobresaltos. Una fila de hombres cabizbajos llamó mi atención. lo que nadie quería de unos pucheros miserables.

pero un perro distinto. Lo demás no le importaba. Detrás corría la jauría hambrienta ladrándole con furia. De un lado estaba el mar sonoramente rugidor. por culpa de las miradas torvas que le negaban un mendrugo. dio una vuelta a su alrededor. Se iba poniendo flaco. Quizás todavía lo estaría pensando si no le hubiera puesto sobre el mismo hocico. que Floreo no supo si gruñir o menear el rabo. se adormilaban en la opacidad de las pupilas que nunca alumbran una sola alegría o la humedad del llanto. y los perros ociosos que odiaban su limpieza y su raza. uno se le acercó con el respeto humildoso de los perros realengos ante la gente que se baña y viste ropa limpia.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II sitio. Floreo no pudo reaccionar al efecto del regalo apetitoso. torció el cuello hacia los otros y todos a una se le abalanzaron. Pero ya sabía que tendría que esperar mucho para salir de Pedernales. luego. El colmillo de uno de esos canes con sarna y pelumbrosos lo había herido. Como siempre. 175 . y lo siguió hasta no supo dónde. sin más verjas que el lindero del campo abierto a cielo y sol. Ni los perros ni muchos hombres pueden advertir detrás de cuál placer está el doblar del destino. El tiempo lo adaptaba a este vivir distinto que miraba pasar desde la puerta de su señor ocupado en números y planos. hechas espuma y piedras de colores. Debía ser un maestro del gateo y el asalto. ¿qué? El no era más que un perro. ni término posible. Tanto sigilo hubo en su modo de acercarse. Lejos. Por entonces su único pesar era la añoranza feliz de la casa lejana. y el patio enorme en donde su presencia era el mejor guardián. se oían los tambores de una fiesta de luá. del hombre que le ofreció la cena inesperada. corriendo con sus últimas fuerzas hasta dejar atrás el camino en donde nunca había encontrado ni techo. un tanto cariñoso. quizá en un campamento de cazadores o ladrones en la mitad del monte. ni personas. luego sobrevino el sueño. un envoltorio de inevitable tentación. insistentes. No dependió de él la docilidad que lo embargó. Desde muy lejos había llegado a Pedernales. y siguió corriendo. pero la voz de un centinela voceó amenazante: —Otra vez esos malditos perros. Lo llevó el amo para su compañía. Rasando el suelo. Y se hizo un vagabundo del monte y los caminos. y comió. Era carne. la frontera amalgamada de casuchas pajizas y edificios de presuntuosa jerarquía oficial. lo olió. Si lo hubiera tenido que referir. Después de todo. Ahí podría refugiarse. por otro. Cambió de dirección. El edificio de la Fortaleza estaba cerca. tenaces. rompiéndose siempre en la amenidad de sus olas bravas que se amansaban luego. La esbeltez de su raza se reabsorbía en la osamenta de su esqueleto casi desnudo. menos aquella en que cambió su vida. Al reclamo. Lo supo una noche que un grupo de perros sucios y canijos. Sólo había un camino y lo había emprendido muchas veces para volver siempre cansado de no hallar ni casas ni personas ni término posible. le gruñeron con malsana intención. Los ojos antes brillantes. Y así los días y las noches. Así. Tuvo miedo y huyó. cualquiera le pega un tiro al primero que se acerque. y en el poblado los ladridos que anunciaban lascivas correrías de los perros bajo la luna sencilla y alta del cielo verdeazul que mira a Pedernales. quizá más allá de la frontera. correspondió obediente. Cuando despertó estaba tirado en un cuartucho miserable. Su misma agilidad lo abandonó. borrosamente habría recordado cómo se le acercó aquel hombre. dejaron de seguir a una perrita renca y preñada para volverse contra él. a flor de piel. voces que hablaban aquel lenguaje odioso con que le echaban de la casa cuando quería dormir o robarse un bocado. Ya casi ni quería el regreso: era holgada la vida sin nada que guardar ni nadie que robara.

Lo demás. una dentellada al cuello. Mordisqueó la cabeza y la dejó. Mucho se prolongaron los días de enseñanza sin que Floreo supiera matar la presa mansa. Después. Desde ahí miró desollar el animal y tirarle las vísceras a la jauría hambrienta. —Sí. ¡Cuánto hubiera agradecido que dijeran Floreo!. Y volvió a la casa que se le hizo hostil porque ya el amo de los planos y los números no estaba en Pedernales. Sólo eso quedó y el estiércol que regaron los perros al pelearse por las tripas y la panza repleta. —Quitémosle el chivo. escurriéndose allá y mordiendo aquí. olor de hombres y perros. —Un perro cimarrón. Al verlo manso la gente reanudó el comentario.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Fue al querer salir cuando comprendió que en su cuello había una soga. Era un borrego de buena carne perseguido de cerca por una traílla de monteo y le cogió la delantera. luego. lo mismo que la piel. ¿y qué? Espanta el perro y llevémonos el chivo. desesperado. Por eso era ahora un perro cimarrón bajo la ley del monte. pero extraño a sus costumbres. ¿qué importa? Lo echaron hasta los matorrales. Ya era en todas partes el intruso. Para complacer al nuevo amo le habría bastado imitar los otros perros: descubrir el pasto de los rebaños y echarlos poco a poco a los lugares de apresamiento fácil. Floreo conocía esta vos y a este hombre. era el hombre de la cena. pero hay que matar el perro. —Mira. —Eso voy a hacer –dijo uno que tenía una escopeta terciada. Cayendo la madrugada hubo un momento de humedad. la misma que no le quitaban sino en las horas del nuevo entrenamiento. como en aquella noche en que todavía las piedras quemaban como el sol que ardió sin tregua durante todo el día. dando su aliento para que el cactus siguiera verdeando y las bayahondas cuajaran las yemas de sus flores moradas. Esquivando el testuz del animalejo. el deseo de otro perro o de una mano amiga venía a su recuerdo como a los hombres llega la nostalgia del país natal no visto desde niño. Y surgieron comentarios. Las orejas y el instinto oyeron. —Bueno. que los perros mondaron hasta dejarle la osamenta inútil aun para otro perro. Un día uno le gritó: —Zombí. ese perro es de alguno que anda monteando por aquí. Nada ni nadie a quién brindarle un poco de gratitud. Los perros y los hombres en la presa miraban la propiedad ajena. Pronto estuvo el animal descuartizado y metido en un saco. sobre todo cuando el calor arreciaba. Educado para saber guardar. Fue un bostezo de Dios. Al marcharse sólo dejaron la cabeza del chivo. Y lo dejaron libre por inútil. el paciente que va y que viene sin destino. era poca el agua o difícil la caza. el dolido. A veces. Zombí— y ése no era su nombre. Era sencillo. logró desjarretarlo. Era su hora de comer también y le espantaron de nuevo amenazándolo con piedras y con palos. Había presencia de chivos. De haber sido un hombre habría llorado como lloran los hombres. le brilló la alegría. pero nada. ni siquiera el derecho de manifestarle a alguien la cantada fidelidad en los seres de su raza. Tenía hambre y sed. Y ahí estaba el borrego casi motón aún. Eso y un rastro de sangre sobre la grama pobre. Floreo lamió la yerba y la tierra hasta la última gota de coágulo. todo volvió a ser un horno cociendo piedras y tostando espinas. pero él era un perro… 176 . Desde su cueva oía el rastrear de las iguanas y el seseo de las culebras mudándose a otros sitios en busca de aire o de rocío. Un paisaje sin cambio que se animó de pronto por un rumor extraño. Meneó el rabo. nunca aprendió a robar. Y no hubo necesidad de dispararle.

El no quería ser eso: siempre sería Floreo. digna de quien. desgarbado como los perros que corren tras las perritas rencas y pulgosas en las noches que platea la luna. De entre saltos y embestidas. De pronto comenzó a lloviznar. vuelto un perro cualquiera. El Brigadier Juan Sánchez Ramírez –ensayo histórico– (1944). y las culebras tentaban el ambiente con sus bífidas lenguas azuladas. Tronquilis llevaba casi constantemente la palabra. y al inclinarse a un pozo. Floreo caminaba arrastrando la lengua. zapotes. también el bicho le negaba la comida y el agua y hubo de defenderse. El calor seguía subiendo. dio un aullido distinto a todos sus aullidos y emprendió una carrera sin dirección entre los matorrales husmeando en el viento un nuevo Pedernales. Como la gente del viejo Pedernales. a la luz de una vela de sebo y aspirando un oloroso ambiente de guineos. Harto como las bestias buscó otra vez el agua. Troncoso de la Concha. del Senado y de la Academia de la Historia. Acompañado siempre de la mujer y no pocas veces de algunos vecinos de su calle. luego la harina de agua se tornó aguacero. ¿Quién como él para ver claro? Y lo cierto es que en ocasiones empleaba al platicar una lógica asombrosa. Y apretando los músculos de su flácida carne. era un perro cualquiera. parte de alguna nube escapada del cielo antes azul y limpio. Luego vendría el sol. un perro cualquiera. Y seguía bajo el chaparrón tirado de limosna a la sequedad del mucaral y los cambrones. después de la cena. En el fondo del agua estaba él. su soledad. como algo que se da a disgusto. sin más destino que las rondas nocturnas y un mendrugo tirado. cuando desde una cueva la sierra de una iguana le asaltó amenazante. rumores y gruñidos de fiera. Se lo decía el agua. su hambre. Eso era él… Un perro como todos. Se detuvo. Narraciones dominicanas (1946). *Obras de M. Pronto el sol evaporaría el agua. El agua limpiaba todo rastro y la sed lo maneaba. Iba a beber para seguir el rastro. al revés de él.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Quizá lloró mientras gacha la cabeza. Anecdotario Dominicano (1942). Quería hartarse con los ojos cerrados en algún hoyo hasta oír su propio estómago desplazando los gases. salió la iguana muerta. tomaba asiento en su silla rústica. Y se convenció de que debía seguir las huellas de aquellos hombres y esos perros. De las cuevas salían las iguanas con las sierras dorsales listas a destrozar una presa para el día. dormía en una perrera con abrigo y jugaba en las alfombras con los niños. que mira a Pedernales. Negras nubes se arremolinaban y un viento de polvo y hojas secas volaba por el inhóspito paisaje. contundente. Ya no era Floreo. frente al mostrador del ventorrillo. La vida del mucaral. Fue Presidente de la República. lo gritaba su sed. el perro de salón que comía helados. ML. hubiese calentado los bancos de la escuela. No pudo más. DE JS. piñas y otras frutas de esta zona. Doctor en Derecho: Elementos de Derecho administrativo (1939). astroso. y se miró de nuevo temblando ante aquel perro que retrataba el pozo. sin lana. Ya. TRONCOSO DE LA CONCHA (1878-1955)* Una decepción ¡Qué cosas las de Tronquilis! Era de oírle sobre todo cuando en la prima noche. retrocedió espantado. sencilla y alta. guayabas. Un chubasco de prisa. levantó alto el hocico. 177 . la de El Conde. de J. La azulada barriga vuelta al cielo tiñó de sangre el marfil de Floreo. husmeó de nuevo tras el rastro de los hombres que se fueron.

¿Duraría esa situación toda la vida? Por otra parte. Martín “el brujo”. A libar en él iban con frecuencia Benito “el gambao”. capitán de cívicos. Por grados fue reduciéndose hasta limitarse a una mesa el ventorrillo y la botillería disminuyó considerablemente. con tres cicatrices enormes que le formaban una N en el rostro. que saltaba en su corcel. adonde los de la cofradía de saco acudían a saborear el dulce y picante Licor Rosolio. de la “gente del gobierno”. más malo que coger lo ajeno y encabezador habitual de cencerradas. antes de alcanzar una caneca llena. sin que parecieran dispuestos a ceder los de adentro. sin embargo. que allá en Santomé cortó de sendos tajos la cabeza a dos “mañeses”. seibano machetero. muchacha más buena que el pan y trabajadora como una abeja. con más alma que cuerpo y dos hileras de dientes que parecían querer salirse de la boca. Con la mujer ¿quién lo duda? el viento de bonanza que le había estado soplando arreció. bajó sensiblemente. ¿Qué más sino persistir en el trabajo y economizar cuanto se pudiera?  Los tiempos cambian. Había venido a Santo Domingo en busca de fortuna y poco a poco. que de dos subieron a cuatro las mesitas de frutas y hasta dieron las ganancias para establecer una regular venta de licores. pero mucho menos los de afuera. azuano. llegó a reunir unos realitos. A falta de tales parroquianos ¿qué habría sido de Tronquilis? Nueve meses llevaba el asedio. 178 . “Enemencio” Mártir. el capitán “Apuntinodá”. el sitio. muchacho de la orilla. por mal nombre “El Caimán”. Tronquilis estaba descorazonado. ¡Cómo que ya cada copita de Rosolio salía por un ojo de la cara y la caneca de ginebra se había subido hasta las nubes! Y a todas éstas. “Gollito” Rodríguez. el “vale” Toribio. lucidor de los colores del iris y dispuesto en damajuanitas de cuello delgado y ancho fondo. coplero y soldado. a fuerza de economías. montecristeño. insustituible diluidor de penas. uniendo su suerte a la de una criolla. con lo cual no pocos se ahogaron y algunos quedaron con el agua al cuello. del Sur y del Este los revolucionarios del 7 de julio contra Báez. ¿Qué es eso? —¡Mujer! ¡mujer! ¡nos acabamos! Esto no puede aguantarse ya. Gracias que el “cuarto reservado” sostenía aún parte del negocio. Porque es de saberse que a modo de irresistible alud. cogió hasta doce apuradas. Habríales augurado cualquiera. Entonces ocurrió algo nuevo: el número de los parroquianos. A los diez meses llegaron al oído del desventurado negociante rumores de capitulación. las más grandes candeladas de San Juan. Pepito el Indio. “Periquito” Caballero. solicitado “maquiñón”. para la vuelta de algún tiempo. embaucador de campesinos y gran tocador de “cuatro”. que no cumplía jamás sus amenazas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Era gallego. Ugenito Lantigua. habían irrumpido del Norte. Veces hubo en que Tronquilis. “Toñico” Hernández. Por varios años estuvieron la nata sobre la leche Tronquilis y su costilla. una riqueza completa. abandonó la vida de célibe. en cuarto reservado. –exclamaba el pobre hombre. bravatero de continuo. y otros tantos al servicio del gobierno sitiado. El gallero y su mujer comenzaban a desaparecer. sin sujetarse. Ya cuarentón. Un día el gobierno se equivocó ¡quién lo creyera! y para aumentar el numerario hizo llover sobre el país un diluvio de “papeletas”. la confortadora ginebra holandesa Mañana Imperial o el bravo aguardiente Cañete. para colmo de males. Tronquilis entre éstos. el “cuarto reservado” se vaciaba. el “jefe” Hipólito. y tanto.

—Ya sí se cuajó– murmura con visible gozo. la esperanza sonrió en la casita de Tronquilis. Asómase a la puerta la mujer. la Revolución. empaquetado. Mucho les habló y algo muy bueno debió de ser. dirigió escrutadoras miradas al Oriente y al Poniente. cada vez más compacta. y cerciorado ya de que sólo Tronquilis y su mujer habían de oírle. Venía en forma de conspirador urbano. No había pagado la “mañana”. con cara de jugador afortunado. pareció reflexionar. —Y dice usted que… —Lo que le digo: que son gente nueva y buena y que usted verá cómo del infierno vamos a la gloria con zapatos. salió a la puerta. Una avalancha de curiosos ha invadido la acera para abrir campo a un caballo que corcovea. Filas desordenadas de hombres y muchachos por la acera y variados grupos por en medio de la calle. va formándose una masa humana. su falta de fe en los días cercanos. quién sabe si no pasa ni una semana. cuando el alegrón de Tronquilis compensaba con creces el gasto?  Algo extraordinario ocurre en la ciudad. que vienen a aumentar aquella continua circulación de gente. 179 . sin embargo. —¿De suerte y modo –observó Tronquilis a su interlocutor cuando éste hacía un paréntesis para trasegar en el estómago “tres dedos” de ginebra– que pronto cambiarán las cosas? —Pues ya lo creo que sí –repuso el conspirador–. a manera de explorador del terreno. Cada vía transversal es uno a modo de tributario de donde afluyen sin interrupción grandes y chicos. viene de adentro para afuera. mas ¿qué falta hacía. Inusitado movimiento se nota en sus calles principales. Despáchate pronto que… No puede terminar la frase. Cuando le aseguro que ni en el paraíso vamos a estar mejor. en que todos hablan y casi nadie entiende. a medida que la multitud avanza. “como un veintisiete”. luego que el otro desahogó su pecho. mientras Tronquilis. gesticulando. Tronquilis y su consorte no son ajenos al bullicio de la urbe. que acudió a “tomar la mañana” allí. es gente nueva la que viene y con muchísimos cuartos. A poco el hombre se marchaba. cuyos movimientos producen ondulaciones. se dirigen incesantemente al extremo oeste de la población. hablando. dio rienda suelta a su palabra de revolucionario convencido. un verdadero mar de cabezas. Antes bien ha querido él celebrar el fausto acontecimiento con su ropa dominguera y debido a tal circunstancia se halla todavía en el aposento cuando la avanzada revolucionaria está llegando al Rastrillo y en lo alto de El Conde suena un largo redoble de tambores. En la del Arquillo y más aún en la de El Conde la animación es grande. oyó las cuitas de aquellos consortes. Al pie de la Puerta del Conde. levantando a su paso nubes de polvo. —Pero… ¿y eso se dilatará mucho tiempo? —¡Qué va! ahorita mismo. su desesperación inmensa. —¿Qué pasa? Es que va a entrar. Tal al menos habría cualquiera leído en la cara placentera que ambos tenían mientras el visitante peroraba. El matutino visitante. cada vez más grande. —Ven Tronquilis –dice–. Alguien. ya están acercándose. Váse ella un tanto atemorizada hacia el interior de la casa. unido a ello una gritería confusa.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Una mañana. triunfante. Después.

Ahí viene una guerrilla de francotiradores. Bajó de la silla entontecido con el desencanto pintado en el rostro y casi maquinalmente. A su frente marcha un hombre. que la vio. Por encima de la general vocinglería se le oye gritar: —¡Ya si se acabó el mamey! ¡Ahora van a saber lo que es cajeta! En el ánimo de Tronquilis ha prendido la más cruel de las desilusiones. Es el jefe Hipólito. Cerca de él. Con toda seguridad. —¡Abur. a tiempo que ella también iba a hablar. en la capital de la antigua Española. Desmorónase súbitamente. a la vez que agita un pañuelo: —¡Adiós. Pasó la avanzada. “Ugenito” Lantigua… Su mente se pierde en un mar de confusiones. adiós! Entre confuso y afectuoso. con un pie en el estribo y el otro al aire. mujer! ¡Son los mesmos!…1 El proceso de Santín Don Bernardo Santín era uno de los comerciantes de mayor arraigo de la vieja ciudad de Santo Domingo. Nada. siendo muy joven. De fortuna más que regular. Después. quienes le van saludando son Martín “el brujo”. Juraría que aquel hombre es “Periquito” Caballero. Tronquilis! ¡memorias a la doña! Tronquilis no entiende aquello. Trepa en ella. de aquel ruido que ya le molestaba. Gollito Rodríguez. Primer premio en los juegos florales del 27 de febrero de 1909. volvió al aposento de donde había momentos antes salido. ¿Dónde está la “gente nueva”? No vio más. Al ruido de sus pisadas. De improviso un jinete de la avanzada. Natural de Cataluña. diríase. que tiene al alcance de la mano. dedicábase a los ramos de quincalla y loza. Luego profiere entre dientes: —Periquito es. echando medio cuerpo afuera. se apodera de su silla rústica. color mulato oscuro. había venido a radicarse. No quiso ver más. a impulsos de una conmoción interna. Tronquilis! ¡Tronquilis. Tronquilis! —¡Viva el paisano! —¡Hasta luego. 1 180 . grita estentóreamente.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Intenta salir a la calle. La apretada hilera de espectadores se lo impide. Para poner su resolución en práctica. no hay fresco de que esta gente me deje el camino franco. El almacén de sus negocios se hallaba situado en las proximidades de la Atarazana. Sus ojos no le engañan. el capitán Apuntinodá gesticula. Para cerciorarse recoge la mirada. vaciló primero en hacerla partícipe de su negra pena. el castillo de sus ensueños. de grave continente. —Pues señor. Tronquilis. si se le comparaba con la generalidad de las de aquellos tiempos. díjole en tono amargo y moviendo tristemente la cabeza: —¡Ay mujer. Suenan enseguida en la avanzada otras voces. Forcejea para abrirse paso. Tronquilis corresponde al saludo. la mujer fue a su encuentro. el vale Toribio. Me costará ver desde aquí. huyendo.

Transcurridos varios días. sucedió el miedo. cumplidor de sus obligaciones como cristiano católico militante. nunca había dado motivos para dudar de su fidelidad a la Iglesia. exclamó entonces: —¡La Virgen de las Mercedes nos valga! Escucháronse de nuevo las voces: —¡Abrid sin tardanza! ¡Paso a la Santa Inquisición! Un tanto repuesto de la primera impresión. sin embargo. buscando a tientas. lugar de residencia de varias de las más linajudas personas de la ciudad. La mujer de Santín. en una casa de la calle del Caño. pero que no había podido articular palabra. Gran parte de la carga venía destinada a don Bernardo. —Tenemos denuncia de un sacrilegio –dijo el oidor– y venimos a inquirirlo. exacto siempre en el pago de los tributos con que contribuía a las cargas del gobierno de la colonia. amante de las glorias de su rey.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Creyente sincero. Don Bernardo no contestó. poco después de la media. Procedía de Portugal. No pudiendo sostenerla. El primero en incorporarse fue Santín. que lo había oído todo. mientras con la diestra levantaba la aldaba. mediante un ligero examen del contenido de los bultos. exclamó: —¿Sacrilegio? ¿Quién? ¡Imposible! —Ya lo veremos. cerca de la iglesia de Santa Bárbara. No habló. —¡La Santa Inquisición! Estas palabras llegaron a sus oídos con sonido lúgubre. Vivía con su familia. A la intranquilidad de los primeros momentos. Faltábale aliento. advirtió: —¡Cuidado con la puerta. Sus manos frías por el terror que se apoderó de él. Casi no había occasion de la arribada de un barco en que don Bernardo no recibiese algún cargamento destinado a mantener en estado floreciente una de las líneas de su comercio. penetraron dos hombres: dos alguaciles. una noche. que allá vá! Apenas había abierto. En una de esas llegó al Puerto del Ozama un bujel de matrícula española. se alargaron para tomar de una mesita próxima la palmatoria. a causa del temblor que agitaba ya todo su cuerpo. Las mercancías dirigidas a Santín fueron llevadas al almacén. ni de su lealtad a la persona de su príncipe. Sosteniendo la palmatoria en la siniestra. inquirió: —¿Quién va? —En nombre del rey. recogió la palmatoria del suelo. con voz entrecortada por la impression que había producido en su ánimo aquella intempestiva llamada. compuesta de su mujer y varios hijos. Después dos más: un oidor y un amanuense de la Audiencia. hizo luz y fue hacia la puerta. —¿Quién… dice?… –balbuceó. Todo quincalla y loza. Esta vez. ¿Dónde se halla el último cargamento que usted recibió? 181 . Minutos después resonaron los mismos toques. varios toques dados a la puerta de entrada de la casa de Santín despertaron a cuantos dormían dentro. la palmatoria cayó al suelo. abra seguido. don Bernardo Santín. principalmente esto último. Luego de implorar mentalmente el auxilio del cielo.

buscando maquinalmente apoyo como para no caer. apoyándose en los codos. Parece. —Acabe de vestirse y traiga sus llaves. dirigiendo alternativas miradas a los sacrílegos objetos y al magistrado. dobló el cuerpo sobre un aparador. cuya pregunta. —Abra éste. contra don Bernardo Santín no se fulminó sentencia. Se usó bastante papel. A poco. sin embargo. tomando del brazo a Santín. por las lóbregas calles que conducían a la Atarazana. —¿Cómo justifica usted esto? –exclamó en tono grave el inquisidor. se encaminaron al almacén de éste. Luego de examinarlos detúvose en uno y en seguida examinó igualmente el exterior de los bultos que conteían los objetos recién depositados en el almacén. los agentes del rey. sin remisión posible. desfallecido. el oidor extrajo de sus bolsillos varios papeles. Se dijo que el siniestro plan había sido concebido y ejecutado por safardíes establecidos en Portugal. Tampoco se le descargó. Ya adentro. horriblemente empalidecido. se le excarceló. Estuvo encerrado unos días en la Torre del Homenaje. no sé… Dio varios pasos con la cabeza cogida entrambas manos. Don Bernardo Santín.  Se principió a sustanciar la sumaria. La voz popular afirmó que todo había quedado reducido al esclarecimiento de una trama formada por rivales de Santín. qué es esto? ¡Qué profanación! ¡Esto merece un castigo muy grande! —¿Cómo justifica usted la posesión de esas cosas sacrílegas? –volvió a hablar el inquisidor. llevando a Santín delante. alumbrados por la palmatoria que llevó Santín y un candil que allí había. Al menos. decía al mismo tiempo: —¿Qué es esto. Vamos allá. Oyéronse testigos. no había percibido. Desenvuélvalos. Esta vez. que el proceso fue sobreseído. ¡Conteste! Don Bernardo lo miró con ojos extraviados. Lo que a la escasa luz de la palmatoria y el candil apareció ante la mirada atónita de los circunstantes fue algo que los ojos de don Bernardo Santín no habrían querido ver jamás: el fondo de algunos orinales mostraba en colores una imagen del Corazón de Jesús y otros la del Corazón de María. respondió: —No sé. —¿Está completo? —Tiene que estarlo. —Saque los orinales que están ahí. Con la seguridad de quien sabe lo que hace le ordenó a uno de los alguaciles. Dios mío. El alguacil tomó de una bolsa de cuero que había llevado consigo dos o tres herramientas y ejecutó la orden. en realidad.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —En mi almacén. y rompió a llorar como un niño. actuando como Tribunal del Santo Oficio. Nunca se supo si se llegó a poner algo en claro. pero por orden de la Real Audiencia. en quienes había hincado su envenenado diente el áspid de la envidia y los cuales habían querido perderlo. relacionados indirectamente con mercaderes de Santo Domingo cuya identidad no se logró establecer y que la misma nave que trajo las mercaderías destinadas a la proyectada víctima fue portadora de un 182 .

y debía hacer el viaje en ferrocarril. de que todos llevaban maletas. Lo cierto es que el asunto no volvió a tratarse más y don Bernardo Santín no sufrió ninguna nueva molestia. pero que sabe que le ha de matar. Y comprendí que había llegado demasiado temprano. acaso. me miraban varias personas desconocidas. que latía en el ambiente. y me llevó a tal acierto el hecho. Era el presentimiento de que estaba cerca de algo insólito. Nos sentamos. Desde la ventanilla. cuando un afilado estilete perforó mi cabeza. sino más bien de un sentimiento. 183 . recapacité un tanto. 1899)* El tren no expreso Yo experimentaba la sensación de que la mañana olía a alcoba de enfermo y que estaba invadida por esa inexplicable tristeza que no tiene causa. etc. A poco me di cuenta de que. Yo había llegado de Santiago. iba a continuar tan mayúsculas filosofías. JULIO A. Comprendí que eran viajeros. no se trataba de un presentimiento. de pie y silenciosas. abstraído. iba para Santos. Sí. el último como debía corresponder a mi humildad. Sí. A poco subí yo. Cuando regresé de la anterior reconcentración. los vi subir al carro de pasajeros. Hasta podría decirse que olía a desinfectante. Pero.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II escrito anónimo dirigido al Santo Oficio. así era. a ese desinfectante que echan en los cuartos de los enfermos y que flota en el aire como si fuera un cartelón: –¡Peligro de contagio!– y que el enfermo finge no sentir. que ahora se había vestido con el humo blanco del silbato. de un sentimiento de calor y ruido. en el cual se le denunciaba las marcas de los bultos que los contenían. Inspeccioné el carro. porque tengo la convicción de que dejé de mirar a la mañana. pero sostenida por hondos presentimientos. Entonces se oyó una voz que dijo: –Los pasajeros que hagan el favor de subir. Nadie se movió en el andén. completamente solo? Bastóme otro ligero esfuerzo mental: yo esperaba que llegara la hora de la partida. *Nota: Los cuentos de Vega Batlle no se han publicado en volumen. Y comprendí que estaba cerca de una locomotora. Era grande. me puse a mirar a la mañana. comprobado a priori. hecha de incertidumbres. como para treinta pasajeros. Hice un ligero esfuerzo de reconcentración sobre mí mismo. ¿Hacía. mientras tanto. VEGA BATLLE (N. igual que yo. En efecto. solo. milenios que ya todos habíamos hecho el favor de subir? Yo continuaba asomado al ventanillo. en realidad. embajador del país en el extranjero. y a mi lado. Tal vez hubo algún empeño de parte del humo para entrar en mis ojos. mirando a la mañana. Él ha sido Rector de la Universidad de Santo Domingo. de oído a oído: era el silbato del tren que mataba mis ideas para indicarme que había llegado la hora de no esperar más. tenía el aspecto de cuarto de enfermo. me di con que frente a mí estaba la locomotora. Sí. estaba en Moca. que venía hecho cosa tangible. pero sólo íbamos seis: un matrimonio joven. y así pude reconstruir los últimos acontecimientos. ¿qué hacía yo en aquel andén. No había errado en mis cálculos.

en lugar de años. ¡Horror! Allí estaba la mañana. pudo transmitir a la mañana ese ambiente de pesadumbre que llevaba dentro. después. ¡Pobrecillo! No sabía él las terribles pruebas que el destino le reservaba… Me avergüenza contar cuál fue mi actitud. con ese fuerte empeño de atrasarse que tiene el tiempo en todas las estaciones de ferrocarril. fija en mí. yo vi su sangre. aunque llenos de profunda vergüenza. como llena de precoz desaliento del que se sabe inútil. un oficial de policía. y en cada una de ellas el tren debía hacer una parada. poco a poco. 184 . treinta de retroceso y. que se me fueron cuerpo adentro. Un abundantísimo rubor debía cubrir mi rostro. quiso reír. más tarde. apenas un poco. pitar. otros diez de avance. a la próxima solamente. muchos años que rendía servicio. esperar de nuevo el transcurso del tiempo: ese tiempo que siempre está atrasado. Y se detuvo en seco. esperar… pitar. por fin. daba la impresión de que sufría un gravísimo complejo de inferioridad: entonces comprendí que ella. una señora carente de detalles y yo. distantes setenta y cuatro millas. pequeña. décadas. una campanada. acordes. el chirriar de todo el convoy. Se había atado fuertemente al pasamanos del sillón. con sus sillones pareados. era notorio que nunca pudo salir de Santana ni llegar a Santiago. dos estaciones intermedias entre Santana y Santiago. el carro de pasajeros. el carro fue tomando un movimiento ondulatorio y desarticulado. y sólo ella. que ella disimuló rápidamente. pero sólo un vago gemido salió de su boca: un pequeño gemido. y sus olores. seguir adelante un poco. Su nombre oficial era Ferrocarril de Santana a Santiago. a los cinco minutos de marcha. por el ventanillo. Tan pronto comprendí que estaba de bruces en el suelo. por último. pero siempre adelante hasta llegar a la próxima estación. diez y ocho vagones para la carga. y cuando comprendí que me era imposible. calculé lo incorrecto de mi posición y tomé en levantarme. Sí: un leve resoplido salió de lo hondo de la locomotora: un pitido largo. aguda y femenina. tranquilos. vale decir: detenerse. solamente. Tantos. pero debo hacerlo. hasta agarrotarme la garganta. la meta del viaje. ya aquel raro movimiento había alcanzado las proporciones de un trote fuerte como de mula embravecida. El esposo que fue el primero en reponerse. Hacía muchos. Escupí. luego pitar. Después. Después. casi microscópico. porque nunca arribaba a la última… Algo me indicó que el tren se estaba poniendo en marcha. como de viejo detective. Sin embargo. por ejemplo. con la bravura del enfermo que se siente perturbado en su anhelada y nunca satisfecha soledad. a través de la ventana. como de tienda de juguetería. hondos. me puse a mirar hacia afuera. En ese pequeño trayecto había diez y nueve diminutas estaciones. ¡Hombre precavido aquél! ¿Habrá ascendido en los grados de su cuerpo de seguridad pública?… Nos levantamos. Su aspecto era enfermizo. la marcha definitiva hacia Santos. adulterados por el tiempo y su riente water-closet. ilesos. gruesos. Puedo asegurar que la señora sin detalles recibió una pequeña herida en el temporal izquierdo. Los primeros pasos fueron leves. y. luego desanduvo quince. Todos… ¡ay!… menos el oficial de policía. El convoy se componía de la locomotora. nunca a la última. y decir.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS con una niña de brazos que siempre chupaba objetos. que podía echarse el lujo de hacer juegos de palabras. de arriba hacia abajo. Observé que avanzaba diez metros. Su servicio se limitaba a ir y venir de Moca a Santos. Una parada. largos pero vacíos. negra. Quise sonreír. Todos los pasajeros caímos al suelo. Parece que el choque había hecho caer el cristal del ventanillo.

que ya aparecía más adulta. lentamente.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II porque vi aquella pequeña y decente secreción de mis glándulas salivales rodar. ahora con una ligera variante: cuando. Conversamos. Hubo maquinista que se vino a percatar de ello al llegar a Santos. pleno de un viejo y profundo cansancio. rugir como una fiera acosada. también es cierto que otro apenas duró ochenta días. y fui a sentarme en un banco del solitario andencillo. Entonces comprendí que mi alma lloraba. acosado por una fuerte y persistente manía persecutoria. una respetuosa admiración. arremolinada. de modo que pueda ir mirando la vía. me dijo: —¿Qué importa una hora más o menos? Nadie lleva prisa. pero sé que sabrá guardarlo. Contemplé de nuevo a la mañana. Media hora de inútil espera… y vuelta a la consabida escena. Habíamos llegado a la primera estación. Oiga: Las estadísticas de la empresa demuestran que la resistencia física y moral del maquinista apenas alcanza para un año de servicio. Si es cierto que hubo uno que estableció un récord de once meses. En dos días aprendí. Tenía un copioso bigote de mandarín. y… ya ve usted: no vamos tan mal. dar un salto trascendental y lanzarse por la ventanilla. hasta perderse en el doble tabique del vagón. mientras el tren marcha. Mas él apoyándose de nuevo en el respaldo del banco. Es un secreto de oficio. todos vinimos al suelo. al incorporarnos por tercera vez levanté la cabeza. junto a un señor que parecía dormir. Hoy. al cabo de los cuales tuvo que ser recluido en una casa de salud. los brazos al cielo. a no ser porque oí cinco sonrisas a mi alrededor… Cinco sonrisas que patinaban por toda mi epidermis. de pies ya. Bajé. Por fin abrió los ojos y musitó: —¿Pasajero? —Sí. Le miré. y decidí aceptar este puesto de maquinista. el de pasajeros. Ninguna importancia hubiera tenido aquel fracaso. los ojos desorbitados. como que quiso despertar. por falta de alumnos. agregó. La miseria amenazaba a mi familia. para llevar la certeza de que el último carro. Y no es para menos. para evitar choques con las vacas y otros animales que siempre la obstruyen. Era flaco y pequeñito. 185 . Un pitido violento. seguido de otra brusca parada. Y sentí por él un gran cariño. Su causa obedece a que. Luego nos dijimos cosas íntimas. ¿Ve usted esta casi imperceptible torcedura que llevo en el cuello? Es algo terrible que me arrastrará a la tumba. Había perdido la razón. Toda mi vida fui maestro de escuela. por delante. necesito imprimirle a mi cabeza un movimiento semigiratorio. avergonzada. En la punta de cada pelo bailaba. señor. arrobado. Al sentirme. y como es lógico. ¿Y usted? —Soy el conductor–maquinista. después de diez y siete horas de viaje. Después de una pausa. cristal abajo. mi mente es incapaz de reconstruir la magnitud de mi asombro. Esta vez me di cuenta de que llevábamos mayor velocidad y más acopio de ruidos inéditos. y al mismo tiempo ir viendo hacia atrás. Hace algunos meses clausuraron el plantel. —Pero… ¿tenía usted prácticas anteriores? —No. casi a mi oído: —Me es usted simpático y voy a hacerle una confidencia. —Con más frecuencia de la que usted pueda imaginar. levantarse las ropas hasta más arriba del vientre. la gota de carbón escapada de la túnica del humo de la chimenea. —Soy padre de familia y tengo cincuenta años. díme con la señora sin detalles. que ahora parecía un monumento. Saqué el reloj y le advertí la marcha del tiempo. —Pero… ¿suele desprenderse? –inquirí atónito. El viaje se reanudó. sigue unido al convoy.

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

Luego, según puede hoy colegir mi vacilante memoria, el tren siguió haciendo breves recorridos interrumpidos por luengas paradas. En una de ellas, la más larga, bajé de nuevo al andén. Ya la mañana no estaba allí. Se había quedado atrás. Debí presumir que caminábamos a gran velocidad. Tal vez… En cambio, había llegado la tarde, sana de cuerpo, como una rapaza de la montaña, llenos los vellos de sus piernas con los cadillos y las zarzas de estrellas y de las nebulosas que eran como un presagio de la noche que venía para poner a la tarde bajo el embozo de la sombra. La noche, sí, con los botones de las estrellas en los ojales de las nebulosas… Al cabo de centurias de minutos, me lancé a preguntar a mi amigo la causa de espera tan larga. Le encontré bajo un árbol, en el límite del bosque. Lloraba. Preguntéle la causa de su pena: —Señor –díjome–, se ha agotado el carbón. El tren no puede caminar. Vinieron lágrimas a mis ojos. Las columbraba, entre los hilos de mis pestañas, saltar, como pequeñas olas de un mar disperso. Cuando pude hablar le dije: —¿Y no es posible idearse algo para que camine? Si lo empujáramos… no cree usted –me aventuré a insinuar. —Imposible. Pesa demasiado. Entonces fue cuando sentí, en la obscuridad de mi cerebro, como que encendían el fósforo del genio, que sólo una vez es genio, y grité: —¿Y si desarmamos uno de los furgones de carga y lo utilizamos como combustible? Sentí el garfio del nervio que no tiene control en el entusiasmo súbito: eran las manos de mi amigo el maquinista que estrechaban las manos de su amigo el viajero. ¡Pobre alma buena! Le vi correr hacia la víctima… hacia la víctima, que era el carro número catorce… El tren caminó. Ya habían traído el paraguas de negro terciopelo de la noche. Eran las nueve. Entonces pude observar un cintillo negro en el brazo izquierdo del joven esposo. ¿Era, por ventura, un jirón de la noche? A mi pregunta respondió: —Es por la niña. La enterramos en la estación anterior. Fue en ese mismo momento cuando observé lleno de pavor, que el carro se deslizaba como en el aire; que luego le entraba un extraño melindre afectado, cual si le hubieran dado un pinchazo: eran las espuelas de la Muere que se clavaban en los ijares del convoy… Me percaté de que íbamos en vilo, por los elementos. Percibí un cambio radicalísimo en los ruidos. Luego un silencio atroz, que duró un instante. En mi cabeza entró el vacío… y perdí el conocimiento. Cuando volví a la razón, estaba en Santos, la dulce y bella pequeña villa, en la honda axila de la bahía… Allí lo supe todo. Yo era el único superviviente. El tren había llegado a Santos sin locomotora ni maquinista. La empresa explicó el hecho diciendo que ambos se fueron por un puente, desapareciendo en el fango, y que el resto del convoy, por impulso y desnivel, siguió corriendo hasta llegar a Santos. El pueblo, sin embargo, tuvo distintas maneras de interpretar aquello… Mas yo creo, francamente, que la máquina abandonó el carril y se fue por la jungla, desesperada, llena de remordimientos, plena de pensamientos suicidas, por la antropofagia cometida con el vagón de carga, que engulló en su vientre de llamas. Tal vez podría
186

SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II

vérsela, corriendo, desaforada y sin rumbo, por bosques y montañas, en noches óquedas y tempestuosas, como un terrible fantasma de hierro y fuego, violador de mañanas enfermizas.

OTILIO VIGIL DÍAZ (N. 1880)*

Cándido Espuela
A Elías Brache hijo

En el plácido y pintoresco pueblecito de Jarabacoa –un nido en el corazón de la montaña– Cándido Espuela era el hombre polivalente. Político de fuste, secretario de todas las secretarías, maestro de escuela, agricultor, orador, curandero, boticario, negociante, corresponsal del Listín Diario, literato, hacedor de charadas, maquiñón, prestidigitador y gallero. Todos estos ejercicios eran circunstanciales y transitorios, y los cambiaba dado su temperamento inquieto, aventurero y guerrero, por las armas, que eran su delirio, su vocación permanente, básica, definitiva; por las armas reivindicadoras y vindicadoras, como decía él, seguido que estrellaba el primer cojetazo en uno de los cuatro puntos cardinales de la convulsiva República. No se habían cicatrizado aún las heridas profundas que habían hecho en el crédito político, económico y social, en el mismo corazón de la república, la llamada “Revolución de la Unión”, ese amasijo de felonías y fechorías, de ambiciones y de crímenes, en la que tomó parte activa, activísima y decisiva, el malicioso Cándido Espuela, cuando la llamada Revolución de la “Desunión”, la más cruenta y salvaje de todas las habidas, prendió de nuevo la tea de la guerra civil, cuyas llamas iluminaron, trágicamente, a esta tierra nuestra, la más dulce, la más bella, la más fecunda y desgraciada del mundo. Una de esas mañanas alegres, del precioso y canoro valle de La Vega Real –recargado siempre de perfumes bucólicos– se sintió, de súbito, un tá, tá, tí, tá, un toque de corneta de los lados de la Cigua, por donde un sobrino del polivalente Cándido Espuela, polivalente y bélico, llamado Turín, un muchacho medio civilizado, honrado y trabajador, ajeno por completo a ventajas y canallerías de la malvada política criolla, que tenía una pulpería buenaza, hecha de hombre a hombre, con honradez, con el sudor de su frente, que es como aconsejó Dios que se haga el dinero, para que no envenene el alma, el pensamiento, la vida y la muerte… —Esa tropa –murmuró el joven y honrado comerciante–, segurito que es de tío Cachito, como le decía él cariñosamente, y como si le hubieran tocado un botón eléctrico, saltó hacia la parte afuera del mostrador, en mangas de camisa. Apenas habían desfilado, de uno en fondo, frente al bien surtido establecimiento de Turín, los veinte o treinta infelices campesinos, jocundos y chachareros, regalando saludos y adioses, de boca, de manos y de sombreros, cuando irrumpió en la amplia enramada anexa a la pulpería, el Jefe de la Columna, que venía a lomo de Cañonga, su mula baya, cañas negras, su ñoña, como decía él, que estaba para ese entonces que se le podía jugar dados en las nalgas, redonditas y lustrosas.
*O. Vigil Díaz, autor de Góndolas (1912); Miserere Patricio (1915); Galeras de Pafos (1921); Del Sena al Ozama (1922); Orégano (1940); Lilís y Alejandrito (1956), y artículos y juicios críticos (fatamorgana) dispersos en diarios y revistas.

187

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

Cándido Espuela venía armado hasta los dientes. Traía un sable de espejitos, un revólver nuvesiningo, cacha de nácar, con dos correas llenas de cápsulas preciosas. Un puñal pata e venao y un brogocito sobre las ingles. En el sombrero, con el ala levantada alante a lo mambí cubano, que le dejaba al descubierto la cara blanca, pero fuertemente tostada por el sol, un lazo grandísimo de candelón. En bandolera, la porturola, la cartuchera de búfalo, hecha en Santiago, y nuevecita también. —La bendición, tío Cachito. —Dios de bendiga, sobrino, y te haga un santo. —Desmóntese, tío; pa que tome café y se desayune. —Hombre sí, sobrino, te voy a complacei, poique eta milicia endiablá, me tiene, que a eta hora que tú ve, no me he echao ni un trago de jengibre en el buche. El malicioso, práctico y mentiroso Cándido Espuela, echó pie a tierra con dificultad, entorpecido por las armas superabundantemente innecesarias, y poco después de los abrazos, bendiciones y saludos, a familiares y extraños, tío y sobrino, con empalagosa amabilidad foránea, se sentaron a la mesa cibaeña, siempre oportuna, suculenta, nitrogenada, esa mesa digna de la caverna prehistórica, recargada de viandas humeantes, de huevos fritos con los cebollines y la clara achicharrada, de carne y longanizas fritas sin estáticas, sin burruqueos inciviles. Ya en el café, en el paladeo de ese aromático y sabroso café de La Vega, en el preciso momento filosófico en que Espuela encendía un cigarro, el sobrino, que lo quería y que ya tenía su trompo embollado, le rastrilló a boca de jarro: —Tío, perdóneme la pregunta, ¿pero para dónde va uté con esa tropita?… —Para dónde voy a dir, muchacho, parriba, pai sitio de la Capitai. —Dispénseme, tío Cachito, pero dígame, ¿cuándo e que usté va a entrai en juicio?… Uté no sabe que la cosa pallá arriba está que arde. A Eliseo y otro General colúo le han rompío la caja dei pecho de un cañonazo. Si a usté lo malogran en una de esas sabanas grandísimas, se lo comen los perros, ahí no entierran a nadie. Si uté se muere pacá, le llenan la sepultura de clavellina y estefanotas, toitico el mundo lo llora, le hacen un rincón bien gritao, y una misa con música. Cómo se le ocurre, cojei ahora parriba, licencie esa tropita en llegando a Pontón, y vuéivase, que usté es un hombre muy querío, útil, necesario, indispensable, sin uté su pueblo no es pueblo, quédese poi Dió, no vaya a paite. Espuela, con la barba sobre el pecho, afectadamente enternecido y agradecido por las cándidas reflexiones del sobrino, le contestó: —Tropita no, sobrino, tropa y de la buenaza, de la caliente, de esas que dejan el sitio pelaito largando plomo. Pero, después de to, no te preocupe, que yo nunca me adentro mucho en la chispa, yo peleo siempre detrá del jumo, que digamos, –y echándose la porturola, la cartuchera de búfalo, sobre el ombligo– ve, –le dijo, y fue sacando y poniendo sobre la mesa: Un pedacito de corcho, un cabo de vela de cera, tres cajas de fósforo, dos juegos de barajas españolas viboreá, dos dados cargados en tres suertes en la carrera, y una panela de dulce de leche. Sobrino, yo no he matao ni pienso matai a naide. Y hurgando de nuevo hasta el fondo de la porturola de búfalo, sacó y le mostró al sobrino algunas cápsulas, haciéndole notar sus condiciones inofensivas. —Ve, sobrino, son de güebo e chivo y mi carabina es un brogocito; y después de relojear los contornos de la pulpería, por si había moros en la corte, le dijo casi en el estribo del oído:
188

SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II

—En el último sitio, en el de la Unión, yo me gané mil pesos. Déjame jacei, que yo no dentro en eta cosas sino poi negocio na má, yo no creo en nada ni en naide… Y le echó la pierna a Cañonga, que piafaba en la enramada, loca por tragar tierra caliente, tierra de guerra…

A la sombra de caoba corpulenta reposan Jesucristo y San Pedro, después de andar por el mundo mejorando la suerte de los mortales. El mal se alejaba momentáneamente de la tierra, y el divino Jesús quiso, además de todo el bien realizado, otorgarle un don a cada ejemplar de las razas humanas. Entonces fue cuando San Pedro hizo comparecer al indio, al blanco, al negro, al amarillo y al mulato. Trató de colocar al negro en lugar de preferencia, compadecido de haberlo visto trabajar de seis a seis, tostado por el sol y en ocasiones bajo torrenciales aguaceros. Y su mirada, a la que nada se esconde, notó que el negro se deslizaba, se evadía colocándose en la retaguardia. —Jesús –habló San Pedro– está satisfecho del regular comportamiento de ustedes y, compadecido por los viejos padecimientos de todos, quiere otorgarle un don a cada uno. Pídele tú lo que más deseas, –le ordenó al blanco. —Señor –suplicó el aludido arrodillándose ante el Redentor del mundo– dame una chispa de tu sabiduría. Tengo fe y con tu ayuda sabré descubrir medios para aliviar y mejorar la suerte de mis semejantes. —Otorgada te es: estudia y sabrás… –le dijo el Señor. —Pídele ahora tú, –le ordenó San Pedro al amarillo. —Señor, que una chispa de tu lumbre resplandezca en la hoja de mi espada: quiero ser un conquistador. Por la memoria del llavero eterno pasaron sombras diversas, chorreando sangre… y las pupilas se le nublaron. —Otorgada te es, y conquistarás mientras seas clemente; –díjole Dios. —Pídele tú, –le ordenó San Pedro al indio sin volver a mirar al amarillo. —Quiero una brasa de tu luz, Señor, para encender el tabaco de mi cachimbo, y fumar, y soñar… –suspiró éste. —Otorgada te es: tómala, fuma y… sueña; –le dijo Jesucristo envolviéndole las ideas en la humareda en que se convertía el tabaco de su cachimbo. —Pídele tú, –le ordenó San Pedro al mulato mirándole hasta el fondo de la conciencia y sin pizca de simpatía. —Dame, buen Dios, la chispita necesaria para mantener encendido el fuego de mis apetitos: quiero gozar… ¡Gozar y gozar y no perder el gusto! —Otorgada te es, –suspiró Jesús–. Peca y… arrepentido, reza. Y el negro, receloso, no se acercaba. Un viento manso venía de más allá del mar, voló sobre la llanura y, feliz, acarició durante un rato las sedosas y abundantes barbas del llavero eterno, quien, dulcificando aún más la voz, ordenó con simpatía:
*Este cuento de camino, o folklórico, le fue dictado en Enriquillo a Sócrates Nolasco por el señor Numa Pompilio Sánchez, ahora ciego, de setenta años de edad, quien fue Juez Alcalde durante varios años.

CUENTO DE CAMINO Por qué el negro tiene la piel así*

189

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

—No seas tan tímido; acércate y pide. Entonces el negro, sospechando como ante un recodo del camino real, se rascó la cabeza y mirando de soslayo, precavidamente dijo: —Mire, Siño Jesucrito, y Uté, don San Pedro… no se preocupen por mí, que yo ando atrá d’esta gente: soy el encargao de llevale las maletas. Y desde aquel lejano día, por haber preferido a una chispita divina la desconfianza, hija de la malicia, anda y andará el negro con la piel a oscuras sabrá Dios hasta cuándo.

190

No. 16

J. M. sanz lajara
el candado
Prólogo Manuel Valldeperes

prólogo
Cuando J. M. Sanz Lajara publicó en 1949, los primeros cuentos de ambiente americano en su libro Cotopaxi, hizo, en las palabras de presentación, una confesión que es válida para toda su obra posterior. “Alguien dijo, hablando de la vida –escribía hace diez años–, que en ella existe toda plasmación. Añadiremos que la fantasía en literatura está desapareciendo, si no ha desaparecido ya. Este libro se formó en la vida, con ella y de ella. Los hombres que voy a presentar cruzaron sus caminos con el mío. Las mujeres pasaron por mi puerta y algunas –¡benditas sean!– dejaron un beso, una caricia y una que otra lágrima, que sin dolor no hay sentido del propio destino”. Refiriéndonos a este libro –cuentos y narraciones ecuatorianos–, dijimos: “Sanz Lajara es un escritor que aspira a la máxima naturalidad y también a la más diáfana claridad descriptiva. Leyendo las páginas de Cotopaxi se siente la sensación del contacto directo con lo que en ellas se describe. El paisaje adquiere extraordinaria grandeza, no porque haya acertado a presentarlo en su natural fisonomía, sino por haber sabido descifrar su misterio y descubrírnoslo con emocionada sinceridad. Y si ha sabido calar hondo en la entraña de la tierra, de una tierra serena y colérica al mismo tiempo, poblada de volcanes, no ha sido menor su acierto al presentarnos a los hombres que la animan con sus cantos y que la riegan con sus lágrimas. Cotopaxi cuenta, pues, con el respaldo de la vida”. “La vida es el hombre –agregábamos–. Por eso Cotopaxi recoge las verdades de la vida, ora alegres ora trágicas, al través de lo cotidiano, de la simplicidad de lo cotidiano. El emético Pedro, el terrible Juan Manuel, la cerril Maruja y la romántica Sheila, para no citar más que algunos de los tipos que desfilan por ese retablo de amor, son seres arrancados de la realidad. Seres a quienes el autor ha visto amorosamente y ha tratado en su diario vivir. Sus huellas están en el libro en la plenitud de su vivencia espiritual. El fervor descriptivo es lo que Sanz Lajara ha puesto en ellos para que el instante de vida que ha captado tenga, además de verismo, impresa la huella de la emoción verdadera. Y esto es lo que hace que Cotopaxi sea, no sólo una biografía con alma, sino la captación amorosa –y por amorosa espiritualizada– del alma de un pueblo”. En Aconcagua, libro de cuentos publicado en 1951, Sanz Lajara sigue las mismas sendas vitales de Cotopaxi. Vitales y luminosas, porque ambos libros se formaron en la vida –con ella y de ella–, para ser vida a su vez: vida animada por un tesoro inapreciable de experiencias. Conocedor de América –hombre y paisaje, acción y ambiente–, Sanz Lajara nos presenta un “Aconcagua”, relatado con la emoción del observador inquieto, lo que su escrutadora mirada ha descubierto, fuera de lo común, por tierras del Perú, de Chile, del Brasil y de la Argentina. Son hombres y mujeres de América, con sus peculiaridades al descubierto, porque nos las presenta con el corazón palpitante, dentro de un ambiente tan real como incitante. En el libro de ahora, en El Candado –veinte cuentos de ambiente continental–, al igual que en Cotopaxi y en Aconcagua, el hombre de América y la América misma, palpitan. El americanismo de este libro –americanismo con anhelos y angustias para y por el hombre universal– no discrimina: presenta los hechos con toda su intrínseca e influyente veracidad. Por eso, precisamente, el hombre de América se reconoce en sus páginas. Se reconoce como colectividad con un destino común y con la sola ambición de este destino. Ha dicho Sanz Lajara, para resumir ese esencial americanismo: “…hay en esta América tanto y tanto de ver y de amar, que no hace falta mirar a otra parte. Bajo sus cielos azules,
193

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

conviviendo con sus pueblos y razas, siendo parte de ellos, se acerca uno bastante a la felicidad”. Y a descubrir esta felicidad, después de haber descubierto el hombre y el paisaje americanos –su naturaleza incitante–, tienden las inquietantes y sutiles páginas de El Candado. A descubrir esta felicidad al través de la vida cotidiana, con todo lo que hay en ella de alegre y de bueno y también de angustia y sufrimiento. Las páginas de este libro resuman, como las de Cotopaxi, como las de Aconcagua, una profunda compenetración espiritual con el medio y un hondo conocimiento de la realidad. De esta comprensión y de esta penetración, tanto como de la manera directa y simple de narrar los hechos, no exenta de un dulce hálito poético, surge la impresionante sinceridad de los cuentos de El Candado. Escritor ávido de vida, Sanz Lajara capta lo que trasciende de esta tierra recatada y virgen y la ama. Este amor es lo que ha dejado flotando en el libro para hacer cierta su propia afirmación: para hablar de montañas hay que amar a las montañas, para hablar de hombres hay que amar y comprender a los hombres. Y de amor y comprensión está hecha su obra. Es sorprendente comprobar cómo, en un estilo impresionista, ágil y vigoroso al mismo tiempo, va arrancando Sanz Lajara los secretos a la naturaleza y al hombre para describirlos con precisión y claridad. Y es sorprendente comprobar, también, cómo se va perfilando la biografía de la vida, al través de pinceladas nerviosas, en las páginas emocionadas y emocionantes de El Candado. Esta difícil facilidad es la que acredita a Sanz Lajara como escritor de temple. Como un escritor de temple que sabe descubrir en la actualidad viva lo que hay de legendario en América y que el hombre no ha dejado morir para que perdure su singular contextura psicológica. Los tipos cuyo instante de vida ha captado Sanz Lajara en sus cuentos son diversos, con esa diversidad que hace infinita en matices la biografía del hombre. De esa diversidad ha sacado provecho el autor para ofrecernos una síntesis de la vida del hombre americano. Y si es cierto que nos ha presentado a todos y a cada uno de ellos con amor, también lo es que por ese amor, por su fidelidad a ese amor, no ha dejado de ser fiel a la verdad. De Camilo a Luis y de la joven María a la negra Ángela hay un abismo que vencer; pero flotando por sobre ese abismo de caracteres está la vida, triunfante, con su lastre de angustias y de dolores y también de sanas alegrías: la sana alegría de vivir, que es la gran esperanza y el gran estímulo del hombre. Y esto –el alma de un continente– es lo que late en los cuentos de Sanz Lajara.


Se ha dicho que el cuento literario es la transformación de la verdad verdadera, al través de una mente apasionada, hasta convertirla en una mentira bella. Esto no es el caso de Sanz Lajara, cuya originalidad, que es una transposición de la realidad más íntima, constituye una protección contra interferencias extrañas o, si se quiere, contra la violación, por ajenas sensibilidades, de una intimidad en carne viva. Ya hemos dicho que el autor de Cotopaxi, de Aconcagua y de El Candado aprehende, en sus cuentos, los secretos de la naturaleza y del hombre para describirlos con precisión y claridad, sin quedarse nunca en el interés puramente descriptivo. Por eso se mantiene en ese punto intermedio, vital y emotivo al mismo tiempo, entre el desprecio de los hechos, que conduce a un lirismo estéril, y la supervaloración de éstos, que nos sitúa en el campo estricto del reportaje.
194

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

Sanz Lajara es un escritor original, de la estirpe de los grandes de América, porque contempla la vida con afán analítico. La desnuda, la desmonta y la reconstruye con su propia personalidad revelada de adentro hacia afuera; pero no desarma nunca la estructura interna de la realidad para narrar los hechos. Tampoco cae en el boceto costumbrista, porque en sus narraciones hay emoción. Por eso sus cuentos son cauce de una expresión netamente americana. Todos los personajes de los cuentos de El Candado y de sus libros anteriores –Cotopaxi y Aconcagua– son reales, vivos, arrancados de la desnuda y aleccionadora realidad de cada día y el autor no los aparta, al darles vida literaria, de esa realidad, de su realidad. Son seres que no se miran vivir, sino que viven. Sus miradas se vuelven hacia adentro para verse tal como son, para mostrarse, en la plenitud de su vigencia humana, tal como son. En ninguno de los humildes personajes que nos presenta Sanz Lajara, tan llenos de vida, tan sublimes en el dolor, tan esperanzados, hay el más mínimo atisbo de falsedad. Son reales –algunas veces cruelmente reales– y, sin embargo, destilan poesía. La misma poesía con que el autor va creando el ambiente que les circunda. Así son María de La casa grande, tan serena en el amor; Paulo, el de la vida bien vivida, de El sueño; Isaías y Ángela, los negros felices de El milagro; el indio Osvaldo, sumergido en el recuerdo de Shirma… Así son todos los hombres y mujeres a cuya vida nos acerca. Es que Sanz Lajara nos presenta al hombre como parte articulada de la naturaleza, en su esencia humana y vinculado al medio para que su espíritu trascienda y se manifieste ampliamente. Así es como surge el fondo de poesía que hay en sus cuentos y, sobre todo, su calidad pictórica, alucinante y emotiva. Y así es como consigue que sus descripciones posean una emocionante y sugestiva plasticidad. Pero, a pesar de su poder de sugestión, no es la existencia de los personajes –lo real de esa existencia– lo que más nos impresiona en los cuentos de Sanz Lajara, sino su vida espiritual, con todo lo que hay en ella de videncia y de presentimiento, de sugestión de otras vidas. Se trata de un trasunto de lo individual a lo universal y humano al través del cual trata de descubrir el sentido superior del hombre como paso seguro hacia la fijación de su destino. La nacionalidad no es una obligación impuesta al escritor, sino una necesidad intrínseca de su obra y, por consiguiente, un atributo de ésta: la fuerza y la vivencia del origen. Por eso, a pesar del ámbito americano de los cuentos de Sanz Lajara, la presencia del dominicano está latente en todos ellos. Y es desde este espíritu, precisamente, que ve lo americano con claridad y simpatía, con amor y, sobre todo, con esperanza. Su estilo es claro porque ve las cosas con claridad y las dice de manera convincente. Prosa clara, diáfana, dinámica en la que las palabras, imbuidas de aliento poético y de humano temblor, nos dan una idea exacta de su valor: la más adecuada a las ideas y a los sentimientos que expresan. Esta claridad es parte muy importante de la originalidad que se manifiesta en El Candado. Ahora que la pasión creadora de América se ha concentrado, para dar en el cuento lo más peculiar y lo más auténtico de sí misma, J. M. Sanz Lajara ha de ser tenido por uno de los escritores más representativos de nuestro Continente, porque esta pasión creadora –reveladora– está viva en él, con toda su influencia trascendente. Manuel Valldeperes
Ciudad Trujillo, mayo de 1959.

195

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

Sanz Lajara recoge en este libro un grupo de cuentos que ha recorrido América y Europa. Mundo Hispánico en Madrid, La Prensa en Lima, Clarín y el Nacional en Buenos Aires, Hablemos en New York, Américas en Washington, Correo da Manha y Tribuna de Imprensa en Río de Janeiro, publicaron oportunamente lo mejor de esta cosecha del escritor dominicano que ya es propiedad del gran público continental. Cuando el autor era embajador en el Brasil, un grupo de intelectuales formó en aquella capital una peña literaria que recibió el nombre de Rui Barbossa. La edición brasileña de estos cuentos dijo entonces: “El Candado, El Charco, El Otro, El Feo, no sólo caracterizan a un escritor, señalándolo definitivamente como uno de los artistas más perfectos, sino que, sobre todo, lo inscriben entre los creadores dotados en igual dosis de la llama del talento y del secreto de la artesanía, pues él es artista y artesano, como lo son pocos cuentistas contemporáneos que, frecuentemente, hacen cuentos perfectos a su manera, despreciando las reglas del género”. (O Cadeado, página 128). “Estos cuentos forman, desde ahora, parte de una antología del cuento americano que ha de ser hecha sin prejuicios y preconceptos. Para que un cuentista pueda ser llamado maestro en el género, para que sus historias se transformen en eso que se acostumbra llamar literatura en vida inmediata, en vida vivida y sufrida, no es necesario otra cosa, no se precisan otros elementos que esos usados por Sanz Lajara con tal fuerza –y firmeza– que después de la primera página de cualquiera de sus trabajos se cautiva al lector y después de la última lo obliga a quitarse el sombrero. Quitemos, pues, el sombrero”.

196

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

El candado
—¡Váyase, compadre! ¿No está viendo que bebió demasiado? —Sírvame otro, otro no me hará mal. Camilo inclinó la cabeza sobre la mesa y se hundió los puños en las mejillas. En la calle un viento frío golpeaba las casas dormidas. En la taberna el humo de los cigarros no podía salir. —Deme, –ordenó Camilo– este último será el mejor. No quería volver a casa. Estaba, de pronto, cansado de luchar contra su corazón que adoraba a Elena y contra su orgullo que deseaba matarla. Eran cosas de hombre y cosas de indio todos los pensamientos de Camilo. Apuró su trago y suspiró. Seguramente que llevaba caminados muchos suspiros aquella noche. Y muchas maldiciones, encerradas en su pecho, como el humo de la taberna que no podía salir. —Voy a cerrar –dijo el tabernero, con una voz sin apelación. Los indios se fueron levantando a regañadientes, como si la muerte les hubiese llegado en la última copa. Camilo quedó sentado, encogido dentro de su dolor. —¡Ándale, Camilo! –le suplicó el tabernero, cuando los dos estuvieron solos en el salón acallado. Se levantó, irguió la cabeza, se echó atrás el pelo, caminó hacia la puerta. Sentía que el piso le golpeaba con su oleaje y que las paredes estaban bailando una danza triste, como la música que los indios entonan en tiempo de sequía. En mitad de la calleja se detuvo y respiró con los brazos abiertos. —No se me pierda, compadre –oyó decir al tabernero–, mire que la Elena luego me echa la culpa. Camilo se movió cuesta arriba, sobre los adoquines que resbalaban en sus alpargatas. Las montañas se inclinaban para recoger, suavemente, a la arcaica ciudad violeta. Una luna de pizarra saltaba de un cerro al otro, borracha de distancias, como Camilo. En las puertas cerradas no había ningún candado. Los indios dormían, o hacían el amor, o sufrían, o rezaban, o estaban quietos, esperando morir en una noche así, de luna de pizarra encima de la ciudad violeta. Camilo sabía que en la puerta de su casa no habría candado. Era esa su ilusión, su gran esperanza, masticada entre tragos, soñada ante la mesa de la taberna, en las horas de sueños y de temores. Y si no había candado, podría tocar con escándalo para que Elena le abriese y en Elena descargar su hambre de besos y su fiebre de mimos. Iba solitario, luchando contra la calle que se alzaba y se caía, como el lecho tormentoso de un río, como las grietas misteriosas de un glaciar. Contó las puertas, contó las casas. En ésta nació un niño que no vería la luz del sol, en aquélla murió un viejo muy viejo, de cara ovejuna y nariz ganchuda, en esa otra presintió silencio, el silencio que dejan los hombres y las mujeres que no son más. Y Camilo estuvo frente a su puerta. Y sintió temblíos, porque en su puerta, colgado como un pezón, estaba el candado. Elena su mujer no había regresado, y Camilo tuvo ganas de llorar. Miró al candado, lo tocó con sus manos, lo acarició. Luego descargó en él una patada, y otras muchas, y en ellas su ira y su encono, sus furias de macho vencido. Se arrodilló, cerró los ojos. —¡Mi Elena! –monologó. ¡Mi Elena del alma! ¿Por qué te has ido? ¿No ves que te quiero, no ves que no puedo vivir sin ti?
197

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

Sus palabras rebotaron en la calle desierta, de casa en casa, de esquina en esquina, desesperadas y calientes, como animalitos acabados de nacer. Después volvieron hasta su boca, abierta en la noche como un pozo insondable. —Un hombre sólo quiere a una mujer, Elena. Yo te quise desde niña, desde que jugábamos en el valle y nos bañábamos en el río. Tú no tienes otro dueño, yo no tengo otra dueña. Nos conocemos como la tierra al agua que baja de las nubes, Elena. ¿Por qué me haces caso? ¿No ves que soy el más bruto de los indios, el más imbécil de los hombres? ¡Mi Elena! Tú cerraste esta puerta, para dejarme en la calle, borracho como estoy, sufriendo como estoy… Se agrandaba el lamento, un lamento que iba perdiendo orgullo a medida que crecía y enjuagaba el candado con saliva. Camilo lloraba con lágrimas grandes. Hipaba, se contorsionaba. La luna se había aquietado sobre un cerro. La ciudad no se movía, a pesar de que los perros ladraban su intranquilidad. —Yo no puedo dejar de quererte, Elena, no podría jamás. ¿No sabías que tú eres la cosecha y la lluvia, la paz y el amor, mis hijos y mis locuras? Perdona mis golpes, perdona mis insultos, perdona a tu Camilo… Sé que he afrentado a tu cuerpo, pero también puse en él todas las ansias que traje de mi padre. ¡Elena…! El nombre de la mujer ausente se elevaba ante la puerta, hendía los maderos y entraba al cuarto oscuro y vacío, donde esa noche Elena no había venido a dormir, ni a esperar la paliza de Camilo. Y el indio siguió llorando, a la callandita, con unos ruidos que parecían de ratón, con unos ruidos que arañaban la puerta o hacían tintinear al candado, siempre colgado como un pezón. —¡Mentira que eres mala! ¿Me oyes? ¡Mentira! Son cosas que me invento para hacerte sufrir, para que sepas que yo soy el macho, que yo mando en mi casa, en mi cama, en tu cuerpo, en tu corazón. ¡Porque soy muy macho! Le parto el pescuezo al que te mire… No lo dudes, Elena. No me importa que los niños te hayan ablandado la barriga, ni que tus pechos no sean los palomos de nuestra juventud. ¡No me importa! Lo que me importa es tu abrazo, es tu llanto, son tus ojos que cuidan mi sueño de borracho, que saben cuando los niños tienen fiebre. Lo que quiero es que te quiero. ¡Y te quiero tanto que ya no tengo orgullo y te lloro, Elena, te lloro como si toditas mis lágrimas no me bastaran, y me fuera preciso irme al río, y allí mojarme los ojos, para llorar más! ¡Qué poco hombre he sido, Elena, qué poco macho que soy para ti! Comenzaba a bajar la niebla de la serranía. Del negro costillar de los volcanes fue cayendo la sábana envolvente, en la que pronto se arropó, llena de frío, la ciudad. Y los indios dormidos la sintieron llegar hasta sus lechos, encogiéndolos como bestias gastadas, como ramas de un árbol que arrancó el huracán. —¡Elena! –mugía Camilo, arrodillado ante el candado que no quería contestarle. Ya le dolían las piernas y las rodillas ante aquel altar solitario–. ¡Mi Elenita buena, mi Elenita mansa, mi Elenita santa, más santa y más buena que todas las santas…! Déjame entrar, Elena, déjame entrar a mi cama y besarte, besarte mucho, como yo sé que a ti te gusta que te besen cuando hace frío. Déjame que durmamos juntos, como siempre hemos dormido. No te he de pegar, Elena, no te he de pegar más. Camilo sintió frío, el frío seco y agudo de los indios que se emborrachan ante las zambas y en los zaguanes, el frío que mata los animales en los páramos o enloquece a los volcanes. Pero su llanto, saliéndole del pecho y corriéndole por las mejillas, le calentaba la boca y las manos, sus manos hechas zarpas sobre el candado.
198

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

—Elena, ya me estoy enojando, ya me están cargando tus indiferencias. ¡Abre esta puerta, Elena! Quita este maldito candado que no me deja verte, ni besar tu boca, ni morder tu pelo, ni decirte al oído, bien cerquita, todas las cosas que tanto te gustan… ¿Te recuerdas cuando nació el Emilio, y la Elenita, y los mellizos, y el Josecito, y las mellizas? Nuestro amor es grande, tan grande como los montes… Cayó el borracho sobre la calzada y cerró los ojos. En el principio de su sueño profundo le dio un beso a Elena. Y con el beso aquél, un abrazo apretado, un abrazo amoroso, de vuelta a la vida, de vuelta a su mujer que regresaba. Amaneció. El sol anduvo buscando camino en la cordillera y se coló al fin por el desfiladero, y entró a la ciudad sin premuras, como si su visita fuera cosa manoseada y común. Luego los indios, desperezándose, fueron asomando sus caras en las puertas entreabiertas y uno que otro levantó los ojos, saludando al sol, o persignándose, sin comprender el nuevo amanecer. —Ahí está el Camilo, borracho como siempre; ¡qué hombre, Dios mío! Pobre de la Elena! Aguantarse un marido que no sirve para nada… Tímidas como hormigas, despertadas de un sueño sin descanso, murmuraron las mujeres camino de la ciudad. Y los niños, emponchados, comenzaron a corretear en la calleja. Uno de ellos envió una piedra, que golpeó sonoramente el candado de la puerta de Camilo. Después llegó Elena, con la fila de los inditos detrás. —Sin ruido, hijos, que vuestro padre está mal otra vez. Pasó sobre el cuerpo de Camilo, abrió el candado con una llave grande y pesada y rogó a los hijos: —Ayúdadme… No le despertéis… Cargaron a Camilo, como en un entierro. Le llevaron a su cama y le arroparon cuidadosamente. Después Elena se asomó a la puerta y antes de guardar el candado, se puso a llorar silenciosamente en un rincón. Allí estuvo unos minutos, antes de comenzar a preparar el desayuno, usando de algunas de las lágrimas que tenía guardadas en el pecho, desde que era niña, hasta que fuera vieja.

La casa grande
Era una casa con historia. Casi con mil historias. Se alzaba en lo alto de la colina y se subía a ella por un caminito resquebrajado y pedregoso. Tenía ancha balconada y ventanas azules, que eran los ojos de la blanca pared de cal. Hubiera sido una casa más, de no ser por las luces que la abrillaban de noche y las risas que saltaban hasta el valle como cohetes. Además, en la casa grande siempre había hombres y mujeres, muchos hombres y muchas mujeres. Y risas, risas y risotadas y aun carcajadas. Nadie había buscado lágrimas en la casa grande. Cuando trajeron a María a la casa grande, María todavía era niña, un ovillo de carne acremada, con dos ojos profundos y verdes, como agua de mar tropical, y un cuerpito rosado y débil, tan débil que en él los movimientos parecían cansados antes de comenzar. La entregaron de noche y allí se quedó, remota y perdida, envuelta en las luces, el ruido, y el taconeo de las mujeres, desconocida por los hombres que no podían comprenderla. Después, con los años, María fue en la casa grande sólo una cosa, sin sexo, sin palabras, con el hálito de vida indispensable para no ser confundida con las alfombras o con la escupidera.
199

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

Luis era del pueblo, como los árboles o las piedras. Y el padre de Luis, y el abuelo de Luis, también eran del pueblo. Y como Luis sabía que el padre suyo y el abuelo suyo conocían la casa grande, en Luis, desde muy niño, latió el deseo de conocer la casa grande. Le atraían las luces y las risas y sobre todo el perfume que un día percibió en una de las mujeres de la casa grande cuando ella pasó por su lado, en una calle del pueblo. Eran muy conocidas las mujeres de la casa grande. Como habían llegado de todos los caminos y sabían de todas las historias, y además amaban en todos los amores, la gente respetaba un poco a las mujeres de la casa grande. No tenían nombres exóticos ni grandes preocupaciones, algunas no sabían leer y la mayoría era holgazana, un rebaño de hembras que vivía de noche. Y esto último estaba muy de acuerdo con la voluntad y los deseos de los hombres del pueblo. Y aun de los hombres de algunos pueblos vecinos. Y hasta de otros pueblos que no eran vecinos. Por eso Luis oyó decir una vez que sin la casa grande toda aquella comarca hubiera sido de lo más aburrida. Los pensamientos de Luis respecto a la casa grande eran muy diversos. Noches hubo en que la comparó con un coche que corría por el bosque; noches en que odió la algazara que de ella salía hasta meterse debajo de su almohada, no dejándole dormir; noches en las que, sin entenderlo bien, deseó que la casa grande fuera un bote de río y él su piloto, para llevársela hasta el mar y dormirse en las olas. Eran pensamientos invertebrados, los pensamientos sin huesos de los niños que todavía no saben amar. Luis creció alto de cuerpo, un mulatón con el arqueo de un gorila y la fuerza de una locomotora, aunque una locomotora a vapor, no eléctrica, porque sería demasiada fuerza en un hombre. Gustaba cosas raras Luis. Gustaba de bañarse bajo la lluvia, de montar caballos al pelo, de comer frutas de ramas altas y luego, cuando la escuela le metió la lectura en el último recoveco del cráneo, gustó Luis de leer a solas libros de cuentos y novelas, imaginándose que él era siempre el héroe, malo o bueno, en derredor de quien la trama era urdida. Un día se encontraron en el río Luis y María. —¿Quién eres? –le preguntó ella. —Soy Luis. A nadie tengo miedo. María deseó reír, pero no se atrevio y dijo: —Yo soy María –y bajando los ojos, agregó–: Vivo en la casa grande. Luis la miró con curiosidad. Las mujeres de la casa grande no eran tan tímidas, ni andaban con los labios secos de pintura, ni hablaban, en el río, con mulatos como él. Luis decidió que aquella mujercita le engañaba y se mostró receloso. —No creo que seas de la casa grande. No estás perfumada –sentenció. —Y sin embargo –afirmó María–, soy de la casa grande. Luis la vio desaparecer en la hojarasca y oyó, minutos más tarde, el golpe aplastado de un cuerpo cayendo en el agua de la poza. Luis quiso ver aquel cuerpo, porque era el cuerpo de una mujer de la casa grande. Y Luis se abrió paso por entre las lianas, hasta encaramarse en la ribera. Y allí se quedó sin aliento, con los ojos y el corazón tumultuosos. Nunca más pudo dormir Luis tranquilamente, ni pensar con orden, ni sentirse héroe, ni comer con apetito. En Luis los sueños siempre llegaban con una moza desnuda que nadaba en aguas translúcidas, los pensamientos eran de una moza desnuda que besaba su frente, la heroicidad era salvar a una moza desnuda de un torrente y el hambre era poner suculentos manjares en la boca de una moza desnuda. En la boca de una moza de la casa grande. En la boca de una moza que él deseaba besar.
200

Las mujeres de la casa grande estaban. —No es cuestión de prisa. —Lo más que puedes esperar tú –le había dicho doña Nené. —Entonces. —Yo quiero conocer la casa grande –dijo al padre una tarde. 201 . una incomodidad. la moza desnuda de la poza en el río. luces y música. —Explícate. le amonestó: —¡Desgraciado! ¡Atrevido! Ahí sólo hay vicio. un adefesio. Luis cuajaba sus ansias de visitar y conocer la casa grande. y en la casa grande a María. caras tristes o rostros espantados ante el espejo. El padre de Luis era un padre sin imaginación. Pensar en otra mujer que no fuese María era absurdo. una sábana. un banderín desgarrado en una batalla. un empellón. Eso. de mañana. una prenda interior. hijo mío. En la casa grande. como si fueran palillos usados. ¿qué hay en la casa grande para que yo no pueda visitarla? —Todas las cosas que a tu padre le gustaban cuando mozo –replicó ella. madre. hombres atormentados y hasta hombres avergonzados. De seguro creía que a los hijos se les educa mejor a palos o que la vida es una cosa y no una vida. aquel muchachote que en el río le asegurara. Y mirándole de hito en hito. Luis se pasaba las horas en una hamaca. muchacho. mientras tanto. como un desierto en la lluvia. María era un adorno. los afeites quedaban en la almohada y en la casa grande sólo se veían caras sucias. la mayor parte del tiempo. ni llorar cuando. Y cuando las risotadas tocaban la puerta de su oído. la dueña de la casa–. —¿Por qué. que él no tenía miedo. Ella no quería gritar cuando el pueblo dormía. demás ocupadas para ver a María y los hombres de la casa grande eran hombres enloquecidos. M. como un árbol azotado por la ventisca. o cuando la música llegaba en la mecedora del viento. una caricia sin objeto. Y era que en risas. porque ese día estaba enojada con el marido. María. ¿puedo ir a verla? —No hijo. es engordar un poco. ni recibir el aliento de hombres a quienes no conocía. Y Luis siguió aturdido y confuso. Y el viejo le clavó un bofetón en la curva de las mejillas. Y Luis siguió contemplando a la casa grande y soñando con la carne acremada y los ojos profundos y verdes de María. muy seriamente. Las madres no podemos hablar de aquello que sabemos mejor que los padres. hija. —Madre –le preguntó Luis a la vieja–. era como bañarse sin estar sucio o comer sin tener hambre. un mueble. contemplando a la casa grande. o cuando las luces danzaban un vals en sus ojos. eso que no duerme ni responde ni sufre ni puede ir al baño ni mucho menos reír o llorar. Pero a solas María se había atrevido a pensar y a comparar.J. a veces un insulto. Y María comenzó a recordar a Luis. Pero Luis no quedaba convencido. Y pensando en María. desarrollarte. había asentido con su cabeza gacha. Por eso María no fue objeto de sus búsquedas ni de sus desprecios. hijo. como siempre. es cuestión de la vida. porque no basta con ver a la casa grande para poder entenderla. —No. mi viejo? Yo no tengo prisa. y ser una de las nuestras. —Ya estás hecho un grandulón –le había dicho su padre–. a pesar de que el padre de Luis era un buen hombre y un no muy mal padre. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO En las noches rieladas de otoño. Habrá que casarte. perdición… Te prohíbo que vuelvas a hablarme de eso. María era esa cosa que se llama a todas horas y en la que no se piensa. Luis temblaba febrilmente y se sonaba los dedos.

en las noches de la casa grande. Como el río era para Luis y María el lugar de un recuerdo. ¿Cómo puedes andar con una mujer de la casa grande? —Ella no es de la casa grande –había asegurado Luis. de cerca. de las blasfemias. —Yo soy tan fuerte –afirmaba él otras veces–. Luis subió hasta la casa grande. Sorprendidos hallaron que a medida que las palabras se entrelazaban.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ¿Miedo de qué? María tenía miedo de los puntapiés de los borrachos. encontrando que el agua nunca había estado tan linda. Y como María no respondía. la casa grande parecía un incendio. María temblaba incoerciblemente. un respeto mutuo nacía de sus cuerpos y aun de sus pensamientos. Le parecía mentira subir el camino pedregoso y poder volverse a mirar. de los vasos rotos. Y tocó a una de sus puertas. Y a la noche siguiente. Ella no lo dudó y al recordarlo. Para María los hombres que iban a la casa grande no eran muy hombres. mirando la imagen de ella en el agua. porque nunca había visto una cara más fea ni una voz tan desagradable. quizás. En la neblina de los cañaverales. como si mirarlo frente a frente pudiera provocar entre ellos un choque inexplicable. ambos regresaron a la poza y en ella a encontrarse y a hablar. que podría llevarte cargada hasta el horizonte. ¿dónde vive? —No importa. el pueblo desde el cual tanto ansiara conocer la casa grande. O. no reparó en la mirada de su madre. estaba María. una rosa roja clavada en el pecho negro de la muerte. Pero no era mentira. —¡Basta! –terminara el padre–. no era tan grande. del amor. Le pareció bien poca cosa la casa grande. mandó un grito por toda la casa grande–: ¡María!… ¡María!… 202 . y alzando su voz desagradable. Era noche vacía de estrellas y de cielo pegajoso. Pero Luis había leído tantos libros que a lo mejor eso era de alguno de los más aburridos. Los encuentros de los muchachos en la poza fueron un día del conocimiento de los padres de Luis. —Entonces. Luis defendía a María con la misma fuerza con que había prometido cargaría hasta el horizonte. ¡Si la vuelves a ver te rompo la cabeza! Todas las mujeres de la casa grande son malas. él se quedaba quieto. ¡Ella no es de la casa grande! Era el animal acorralado. —Te prohibimos –sentenciaron– ver a esa cualquiera. —¿Qué hay en la casa grande? –preguntaba Luis. —¿A María? –dijo la cabeza de colores. porque ninguno de los dos conocía el amor. pero se contuvo y respondió: —Quiero ver a María. No era amor el de ellos todavía. Como Luis no era más que un muchacho. Luis era un verdadero héroe. Indudablemente. atrás. Por eso María admiró a Luis. La casa grande. Sin embargo. de la cara de un Cristo lleno de espinas que ella conservaba escondido entre sus ropas. Y en ella. A Luis le entraron ganas de correr. Ni en la vacilación del padre al salir del cuarto. —¿Qué quieres? –le preguntó una cabeza de colores. en algún rincón. Luis supo allí mismo que desobedecería a los viejos por la primera vez. Y lo mejor de su admiración era el saber que Luis nunca había estado en la casa grande. Y Luis sólo quería conversar con María. Era sólo una casa llena de luces y de ruidos y de música.

Y nuevamente. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Luis experimentó la sensación de que se ahogaba. Sabía que sería el último sueño en su cama. María. pum de un cañón. su María. ni repararon en las risas recién nacidas que explotaban en la balconada. ni miraron nuevamente las cabezas raras enganchadas en puertas y ventanas. dijo: —¿Conque María? ¿Eh? ¡María…! ¡Ven acá. Era curiosa la sensación que tuvo Luis en el pecho. —Lo eres. Soy fuerte. La cara de cirio que hablaba se rió. Y eso también lo había presentido. De las ventanas y de las puertas. como un abanico de carne y de humo. El otro Con las manos enlazadas en la nuca. Luis. —Yo soy María. Luis. Pero no pudo dormir. lo estoy. —María –dijo Luis. caras de mujeres y de hombres se alzaron silenciosamente. “¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!” Así fue la risa. ni en la música que de nuevo inundaba la casa grande. pero en la cabeza de Luis sonó como el pum. Yo lo sé. encalmadamente–. ojos y boca estaban secos. Luis. la más vieja de ellas. Luis? ¿Estás seguro? —Lo estoy. también rodeando a los dos muchachos que se miraban y remiraban. María dijo: —¡Llévame contigo. —Usted no es María –aseguró. poco a poco. hielo en el estómago y pensamientos gastados en el cerebro. en aquella ciudad. Jorge cerró los ojos y trató de dormir. porque no se puede dormir con sudor en las manos.J. pum. más fuerte que nadie. Y en la noche silenciosa de la casa grande. como caminaba la angustia por el pecho de Luis. llévame contigo! No se volvieron. Pero el grito volvió y con él otra cara muy rara. quiero que dejes la casa grande. M. —Luis –dijo María. ni oyeron el murmullo. como la de un cirio que pudiera hablar. y añadió–: ¡Luis! ¿Tú aquí? —Quiero verte. El grito seguía caminando por la casa grande. más fuerte que todos los hombres de la casa grande. Pecho. Y el silencio estuvo de pronto en la balconada. Era una floración de cabezas y de ojos. Cesó la música de la casa grande. —¿Estás seguro. desgraciada…! Y entonces respondió la María que Luis deseaba ver. Luis. a María y a Luis. María. y en los ojos. —María –dijo la voz de Luis. Asomó la cabeza suave y menuda de María. ¡Quería verte tanto! —Yo también quería verte. Y hasta una tercera vez. Te cargaré hasta el horizonte. Le faltaba el aire y la camisa apretaba en su cuello como una soga de buey. Y el abanico rodeó. por los pasillos. en su cuartucho. —¡Usted no es María! ¡Quiero ver a María! Las dos cabezas de colores se reunieron y echaron humo de cigarrillos sobre Luis. ¿qué quieres? Luis miró dos veces. y hasta en la boca. porque las risas de la casa grande enmudecieron y hasta las cabezas de colores dejaron de reír. Y la risa hizo eco en otras risas que salieron de los cuartos de la casa grande. 203 . quiero que vengas conmigo. en la puerta de la casa grande.

—Usted –le dijo el médico–. en una cabaña. lágrimas ni suspiros. Había deseado eliminarla. esperó que otro lo hiciera. Se buscó un poblado chiquitín. sin que mediara con la víctima ningún lazo de afecto o de pasión. haciendo preguntas que él sabía de memoria cómo eran. Por todo esto prosiguió siendo amigo del criminal y hasta le cobró cariño. La ciudad era muy grande. 204 . con sólo recordarla en su impudicia. tan pequeño que todo el mundo sabía dónde estaba y el número exacto de sus habitantes. en algún recodo de la vida. los policías son hombres de poca imaginación. La cara ensangrentada de su amante no se podía borrar de un manotazo. tan grande que nadie sabía dónde terminaba. lo rodeaba y se marchaba bosque abajo. es un sentimental. Le parecía que era un hombre valiente aquel hombre que había matado a su amante. Y Jorge no lo volvió a ver más. en su maldad. amigo mío. quiso preguntarle por qué lo había hecho tan sorpresivamente. pero. ¿Y qué? Perdone la franqueza. porque su amante no era mujer de quitarse la vida. Jorge se quedó quieto y miró al techo. porque él era la respuesta y esta vez ni huiría ni lucharía. había perdido el apetito y no se sentía nada bien de salud. con un riachuelo que llegaba hasta sus laderas. La ausencia de ella era una ausencia cómoda. Allí Jorge pasó varios años. Le bastaba pensar que el otro la había asesinado y que ella estaba definitivamente muerta. Jorge vivió en el campo. Indudablemente. Veinte años para pensar no eran mucho tiempo. de su cama y de sus noches. sino de amargársela a otros. Aquellos “¿Y qué?” no tenían sentido. poco se podía esperar de quien preguntaba incesantemente. Se mudó del cuarto dónde la habían matado. Como no fue posible. luego portezuelas que se cerraban y voces de hombres en el zaguán. el asesino de su amante. y Jorge también se fue de la ciudad. Pero decidió que no era conveniente. o con esas mujerzuelas que se venden en las esquinas oscuras. por si descubría que también con el criminal le había engañado su amante. pero relativa.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS En la calle oyó el rechinar de frenos. en lo alto de un monte cubierto de pinares. Pero como en el poblado no se sintiera feliz. un techo lleno de sombras y vacío. para gozar mejor de su cama y de su cuarto. Además. no hay mujer que no podamos sustituir. del balcón por donde iban desfilando las nubes silenciosamente. ¿Y qué? ¿Y qué? Jorge no había obedecido a un médico tan desconcertante y tan pueril en sus raciocinios. Aceptemos que su amante se ha ido para siempre. No porque las paredes marrones ni el cuadrito de Modigliani le recordaran algunas escenas de amor. como casi todos los techos de los cuartos por donde había paseado sus remordimientos. ¡Matar a una mujer! Cierto que para él no hubo más insomnios ni cansancio. sacarla de su cuarto. A la semana del crimen la policía opinó que era un suicidio. en su traición. de la música que salía de la vitrola. En sus conversaciones con él. Irene era demasiado bella quizás. Ni tampoco porque en la mesita de noche estaba el florero japonés que una vez él le regaló a ella. era una muerte suya. o demasiado inteligente. echarla a la calle con los perros. de los libros que nadie podía ahora perder. y mucho menos podía suicidarse una mujer golpeándose la cara con un bastón de acero. Y así vivió. Pero ya no importaba. con la única compañía de su gran amigo. Además. En su caso. como un niño jugando al escondite. La huida y la lucha estaban detrás. La razón de la mudanza era porque estaba muy nervioso. A él le dio risa. En un principio no fue fácil vivir con la seguridad de que ella estaba muerta. Y aquella tarde se cumplieron sus deseos y a ella la golpearon hasta la muerte.

SANZ LAJARA  |  EL CANDADO La suya fue una amistad interesante. ¿cómo podríamos separarnos? Debes venir conmigo. Cuando comenzaron a llegarle las cartas de su amigo. Por otra sintió una gran pasión y le compuso varios sonetos. Mientras Jorge ansiaba por el bullicio y el ruido. sin comprender que ellas le dejaban a él. atontados y confusos. o de audacia. a Cervantes o a Shakespeare. de discos que llegaron a gastarse. se decidió por las mujeres a precio. descubrir que entre el asesino y él sólo existía la diferencia de un único momento de valor. Para su sorpresa. Las compraba por una hora o dos. Su amigo permaneció un largo rato callado y luego contestó: —Yo nunca he tenido remordimientos. Tuvo otras mujeres. te ruego! Y Jorge había liado sus bártulos y se había marchado. Raras veces. si quiere ser dueño de su propio destino. El órgano inundaba la cabaña y chorreaba por el monte. mientras su amigo se había llevado la vida de ella. a vivir entre el gentío. en cambio. Otras veces leían a Goethe. Escuchaban música de Bach. ni los tendré. Jorge se maravillaba de encontrar tantos puntos de contacto. por si se aflojara su ánimo y en la despedida se le aguaran los ojos. sin convencerse. Porque no había la menor duda: Para matar era preciso ser audaz. Como él sólo había tenido el amor y la traición de Irene. tantas semejanzas entre él y su amigo. Sus remordimientos. Y aún más le sorprendía. y eso porque era una extraña muchacha que no hablaba. A partir de ese momento. y en mitad de la música Jorge y su amigo callaban. de esta forma. ¡Eso es de los débiles! ¡Déjame. —No puede ser –habíale suplicado Jorge–. como prendas de vestir gastadas por el uso. que hasta de las amistades el hombre debe libertarse. su amigo se sentía tan feliz que no pedía más nada. como aguacero estrepitoso. —¡Imposible! Me quedo. alguna vez. pensaba en su amante muerta. Si se cansaban de tantos pensamientos elevados. Habían discutido todas las razones. Con una tercera se empobreció. Ella coleccionaba perlas y el cáncer de las ostras es bastante codiciado. porque no tienen alma. Una vez en el tren pudo respirar aliviado y tratar de olvidarlo. Comprendía. que siempre había sido timorato. 205 . fueron los remordimientos de un hombre que no ha hecho nada útil con su vida. porque la poesía no tiene lugar en mitad del instinto. Por lo menos su amigo podía llamarse un asesino. él manifestó la irrevocable voluntad de quedarse allí. A una la amó durante un par de años. no como él. Pero no fue feliz. por las calles de ruidos silenciosos. Conversaban en los atardeceres y en las noches. —¿Pero y tus remordimientos? había preguntado Jorge. Jorge volvió. con los años. que luego rompió disgustado. ahora. Jorge se cansó de vivir en el campo y así se lo dijo a su amigo. sin atreverse a volver la vista. en el pasado. Nunca debió haberlo hecho. las encontró tan semejantes a sus pensamientos que llegó a dudar de si él mismo no las había dictado. al fin. Hasta que un día. el tráfico y las gentes. Las encontró en el camino y en el camino las fue dejando. recurrían a las revistas norteamericanas y en seguida se les calmaban ánimo y cerebro. cuando estaban juntos en el campo. egocéntrico y sentimental. M. cuando hacía frío y ambos gustaban de beber interminables botellas de cerveza. consideró que al otro le tocaba recordarla y no a él. raras veces pagaba una noche entera. a los pies de los edificios de hierro y cemento.J.

sino porque sus amores ya hubiesen sido inútiles. persiguiéndole como la cara ensangrentada de Irene. porque si aquel amigo descansaba. de espaldas a la vida. vacilaban si abrirse al nuevo día o permanecer dormidos. Pero en vez de olvidarlo. lo más parecido a los viejos que existe. Faltaba muy poco para tenerlos frente a frente. 206 . Jorge comenzó a languidecer y a preocuparse. Recibió una carta. Era como si su amigo no desease abandonarlo o no quisiese dejarlo a solas con el crimen de Irene. sintiéndose como de cien. de toda angustia y de todo dolor. tenía en las piernas y en el pecho una armazón de hierro que no le dejaba moverse y los ojos. estuvieron en el cuarto de Jorge con mayor fuerza que en el pasado. él no tenía necesidad de complicarse la existencia con su recuerdo. en las mañanas. como si pasara hambre. arrastró los pies y descuidó la ropa. El hombre del impermeable marrón se echó el sombrero sobre la frente y preguntó: —¿Usted es Jorge? —Soy… —¿Vive aquí hace mucho tiempo? —No. había sido un pobre hombre sin escrúpulos que había matado a una mujer con menos escrúpulos. su conversación reposada.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Un día se vio en el espejo y se encontró viejo. aunque todas sus acciones sean jubilosas. Se le aflojaron las carnes y le salieron los pómulos. ya tiene maldad en el corazón. Así cumplió cincuenta años. pero no la había escrito su amigo. Y no amó más mujeres. Y aun en otra mucho antes. para limpiarse la boca de todas las blasfemias que había dicho en su vida. aun en la infancia. Jorge miró por la ventana abierta. a no ser que se sintió más cerca de la muerte. Y tocaron a su puerta. en medio de su dolor. a enamorar la mujer del prójimo. lanzadas alegremente por los senderos de un parque y vigiladas por los ojos de una niñera amodorrada o de un guarda reumático e indiferente. en memoria de su amigo el asesino. a olvidar a su amigo. entrecerrados. ya juega a matarse. Y Jorge procedió. Queremos interrogarle… Era el mismo diálogo. No le decían de qué y a Jorge se le ocurrió. como la indiferencia del amigo que se muriera en la cabaña. por lo definitiva que es. hallando que el hombre. Cultivó entonces la amistad de los niños y los encontró interesantes. Era de su amigo ausente. poco tiempo. al cielo que estaba color de noche. —¡Bien! ¡Bien! Nos gusta que coopere. Era una carta impresa. Meditó acerca de tan sorprendente descubrimiento. adquirió el hábito de escupir. decidió que ser viejo era una sensación manoseada y sin interés. Jorge oyó los pasos de los hombres que subían la escalera. Como la muerte siempre le pasara lejos. —¿Dónde vivió antes? —En otra casa. curioseando la ciudad. sus manerismos bonachones. o de mil quizás. se le comunicaba que su amigo se había muerto. En ella. Cuando se levantaba. Después de todo. En su cama. en la tumba. No porque no le gustaran. Le gustó sostener largas conversaciones con ellos. a asaltar la propiedad ajena. pero nada sacó en claro. que la muerte no necesita explicarse. con el egoísmo de un viejo. a la luna que se había posado sobre una chimenea. Se acercaban. Su rostro suave y apacible. Lloró bastante. Le pareció lo más apropiado. con muy pocas palabras. Y en otra antes. lo tuvo presente a toda hora.

—¡Ah! Sería interesante que descubriéramos ahora un crimen castigable. sin razón ni premeditación. su amigo el asesino. Y Jorge no tuvo ganas de reír y comenzó a sollozar. pero los hombres querían saber más. en el pueblecito. ¡Yo nunca habría matado a Irene! ¡Era tan linda! ¡Era tan mala! —¿Dónde está su amigo? —Mi amigo está muerto. Y a medida que hablaba. hace muchos años. —¿Es decir que usted. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —¿Acerca de qué me quieren interrogar? —De un crimen…. mi amigo vivía conmigo en la ciudad. Y explicó también por qué su amigo. en los momentos más inoportunos de su vida. —Usted nunca tuvo tal amigo. nada tuvo que ver con su muerte. —Bien –respondió. arqueándolo. —¿Y dice que su amigo murió en la cabaña? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Volvía la risa a enredarse donde nadie lo hubiese creído. M. Jorge tuvo la sensación de que el otro estaba a su lado. había matado a Irene. ni en el campo. Y agregó que el crimen de Irene fue un crimen justificado. para él. —¿Quién es su amigo? Jorge explicó detalladamente quién era su amigo. ¡Nunca! 207 . ni podían. Jorge. sino el otro. sobre los tres hombres y su apretado diálogo. en la cabaña que juntos alquilamos en la cumbre del cerro. conozco el crimen. que a Irene la mató un amigo suyo. vuelto de la tumba para poner en su boca cosas que no debían. en la ropa de Jorge. a la policía de todo el país? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! La risa de los dos hombres salió hasta el balcón. como se justifica el pisotón que damos a las cucarachas o el puntapié a los perros rabiosos. —La mató mi amigo. ni en el pueblo. Era una risa cortada y difícil. ¿Quién es su amigo? —Mi amigo es el otro. la mató mi amigo. Comenzó a vestirse. durante veinte años. estar allí. Pero la risa seguía. dictándole palabra por palabra. Era una risa que parecía llanto. Jorge pensó que la lluvia siempre había llegado. sintiéndose más cansado que nunca–. se enredó en las cortinas. comenzó a llover. agrandada. porque no era él quien hablaba. Sus sollozos no pudieron con aquella risa desbordada y se quedaron en el pecho. en la luna. Jorge. Jorge no pudo oír sus propias palabras. en la calle. en los oídos. él se habría sentido muchísimo mejor. Afuera. Puedo contarles. —¿Quién es su amigo? Lo contó todo.J. El hombre del impermeable marrón y el hombre del paraguas le miraban curiosamente. como si contra él soplara una ventisca furibunda. —¡Oh! ¿Irene mi amante? Debió decir muchas tonterías acerca de Irene. —¿Cómo era Irene? –le preguntaron los hombres en la puerta. la mató mi amigo. ¿Oye bien? ¡Nunca! Ni en la ciudad. Jorge pensó que si aquella risa terminaba. cuidadoso de que no cometiera errores o dijera mentiras. de una mujer asesinada. su querido e inolvidable amigo el asesino. Jorge ya estaba tan cansado que le dolían los párpados. que usted ha callado ese secreto. porque los hombres se miraron entre sí y sonrieron.

puedo repetir sus últimas palabras. rugió–: ¡Mentira! ¡Mentira! Tuve un gran amigo. ¿Oye? No lo tome usted a mal… Siempre que piense en su amigo. castigar un crimen. en todas las cosas que hablaron ustedes. repítase hasta convencerse: ¡No es cierto! ¡No es cierto! Yo nunca tuve un amigo. con sus palabras que eran órdenes y su talento que era luz. El pueblo era limpio y ordenado. aunque de tarde en tarde se ponía gris y aun bermejo. En el cuarto se produjo un silencio sin risas. nadie se hubiese molestado en creerlo. pero esta vez no rieron. ¡Ni siquiera derramó una lágrima de arrepentimiento! Los dos hombres se remiraron entre sí. rodeado de palmeras y de cocos. sin embargo. Y Jorge. No tengo la culpa de que fuera él quien matara a mi amante. Cálmese. se bañaba.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Nunca? –preguntó Jorge. se despidieron. un hombrecito que aun saliéndose de la multitud y gritando a voz en cuello que estaba vivo. había una casa verde con galería de zinc y ésa era la casa diferente. en la forma en que mató a Irene. era un militar excepcional. En el pueblo nadie era importante. El del impermeable marrón se acercó a Jorge y le puso una mano en el hombro. aunque una mañana estuvo color chocolate. —Y ese amigo memorable. un inolvidable amigo. —No se excite. no lo tome usted a mal. Si existió ese amigo suyo. de clara mirada y ancha frente. porque en ella vivía la amante del coronel. quedó gritando: —¡Era tan linda y tan mala! ¡Pero no la maté! ¡No la maté! La mató mi pobre amigo. El coronel tenía la más brillante hoja de servicios y había recibido todas las condecoraciones. El ruido de los pasos en la escalera se fue apagando. un hombre que seducía con su sola presencia. Y Jorge refirió que su amigo había sido un hombre esbelto y macizo. ¿le dio a usted detalles del asesinato de Irene? —Todos… Sé hasta la forma en que ella cayó al suelo. se afeitaba. calma y sosegadamente: —Jorge. El auto también se marchó por la calle mojada. pero eso fue en un ciclón. ¿cómo puede probarnos su existencia? —Lo conoció todo el mundo. Jorge! La puerta se cerró en el cuarto de Jorge. Nadie lo sabía mejor que él. Yo soy un asesino. En las afueras del pueblo. 208 . El coronel. en el mismo momento que el sol aparecía sobre las palmeras. ¡La mató el otro…! Hormiguitas El coronel era un hombre metódico y era un hombre valiente. El mar era también azul. ¡No lo olvide. sin lugar a dudas. después de veinte años. se vestía y procedía a realizar la misma minuciosa inspección del cuartel y de la tropa. Se levantaba todos los días a la misma hora. Nos vieron juntos. Las casitas eran casi todas blancas y dentro de ellas sus habitantes eran casi todos negros. Los dos hombres regresaron a la puerta y volviéndose hacia Jorge. Y le dijo. Ni el asesinato de Irene. en la cabaña donde murió. tomaba el mismo vaso de agua. su amante. El cielo era azul las más de las veces. —Ni la ley puede. un grupito de casas a la orilla del mar. con una voz que no era la suya. yo fui quien mató a Irene. Y en seguida. hacía las mismas genuflexiones. un Jorge enclenque y debilucho. de bruces en el piso de su cuarto.

que caminaban ordenadamente. —¡Ah! –exclamó el coronel–. con una ramita. El coronel nunca se equivocaba y decidió que eran hormigas muy tontas las que perdían el tiempo divirtiendo a un idiota. En la carretera que saliendo del pueblo flirteaba con el mar y se perdía perezosamente en el vientre de una montaña muy fea. pero siempre privado y detrás de las puertas cerradas. Había muchas filas de hormigas. perdone usted a mi nieto. aunque. ¿cómo podría quejarse el idiota si no sabía hablar? —Señor coronel –dijo entonces la vieja–. el coronel se marchó donde su amante y el idiota siguió jugando con las hormiguitas. Cuando el coronel se trasladaba. el coronel no había conocido a nadie que jugara con hormigas y se puso a observar al idiota con interés. porque el pobre es idiota de nacimiento. muchísimas. la verdad sea dicha. el coronel hablaba tan poco que su verdadero carácter era un misterio. el idiota era el hombre menos importante del pueblo. Indudablemente. el chevrolet se descompuso. tosió imperativamente y vino a parar ante la casa del idiota. pero eso sólo lo sabía el coronel. El coronel. El coronel se rascó la cabeza y le dio la espalda a la vieja. 209 . debía pasar siempre ante la casa del idiota. Era la primera vez que alguien se reía del coronel. también ordenadamente. desde el cuartel adonde su amante. de los montículos de arena. No había hablado nunca y babeaba como si fueran a salirle los dientes. Además. pero el idiota. en contra de lo que decía el coronel. el idiota estaba sentado sobre un hormiguero. vivía un idiota. Son sus únicos juguetes. el idiota parecía jugar con las hormigas. ¿Y qué hace con esa ramita? ¿No ve usted que está sentado encima de un hormiguero? Esas hormigas pican… Efectivamente. M. si las hormigas le picaban. trabajaban ordenadamente y rodeaban al idiota por todos lados. porque si no el idiota era capaz de salir desnudo y eso hubiera disgustado al coronel. en su chevrolet. aunque los dientes le habían salido ya. él juega con las hormiguitas. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO La amante del coronel era una mulata estupenda y muy hermosa. Salían de la hierba. El idiota era un pobre hombre con cara de niño. Indudablemente. de muy mal humor. hubo de descender y estaba muy aburrido porque tenía ganas de besar los labios hinchados de su amante la mulata. Su amor era algo privado. pero como iba tan preocupado en que el pueblo estuviese limpio y sus habitantes no tramaran una revolución. El idiota no hacía absolutamente nada de importancia. Cuando el chevrolet estuvo sin tos en el motor. Era muy importante llevarse bien con el coronel. Todas las tardes le dejaban sentarse a la vera del camino y allí tomaba tierra en las manos y la colocaba en otro lugar o. La abuela del idiota respiró tranquila. de los troncos de las palmeras. Una mujer muy desgreñada salió de la choza y le dijo al coronel. que era muy celoso y a nadie permitía hablar con ella.J. —¿Cómo te llamas? –le preguntó al idiota–. pero respetaba al coronel. Pero una vez. trazaba surcos que a nadie interesaban. por si a él pudiese molestarle. se rió. La amante del coronel no podía mezclarse con la gente del pueblo. que no sabía hablar. Eran verdaderos ejércitos –pensó el coronel sorprendido–. pero. todas las tardes. No se peinaba ni se afeitaba y había que vestirlo todos los días. porque. lleno de besos y suspiros y promesas y aun de discusiones. Todos reconocían en él a un verdadero héroe. La gente del pueblo temía. por cierto muy respetuosamente: —Señor coronel. el coronel nunca reparó en el idiota. Y la gente dejó de preocuparse del carácter del coronel.

El coronel siguió divisando al idiota desde su chevrolet. hubiese sido desagradable que el coronel se molestara con su nieto y las hormigas. el coronel. supo que ahora el idiota. Todas las tardes. vestido de coronel en el chevrolet. Un día el coronel pensó en el idiota sin estar soñando y decidió que ya eso era demasiado. El coronel pensó que castigar al idiota no era digno de un oficial como él y siguió en su chevrolet para casa de su amante la mulata. como antes. con la cabeza alzada. pero así fue. Y desde ese día fueron amigos el coronel y el idiota. como todas las cosas que dicen las amantes en la cama. sin embargo. Se la iba a rascar otra vez. si el idiota no se riera. la falta cometida no es grave”. Y se rascó la cabeza. y se fue a verlo inmediatamente. Cuando preguntó a la vieja por él. pero ella le dijo al coronel que lo encontraba preocupado y que no era el mismo. con su ramita. jugaba con sus hormiguitas en la parte trasera de la casa. el coronel no durmió más y comenzó a pasearse de un lado al otro. sin darle mayor importancia. como una escoba rota. es preciso que lave usted al idiota. muy pronto. Las hormiguitas se fueron detrás de él. Un día el coronel debió castigar a un soldado y lo mandó al calabozo. el coronel pasó al patio trasero de la casa y vio al idiota. no. señor coronel. como es natural. que nunca tuvo pesadillas. en vez de hacerlo. en el frente. Como era un sueño muy raro en que el coronel se veía jugando con hormigas y el idiota pasaba. ¡Esto debo verlo! Y efectivamente. atrevidamente. Durante una siesta. sentado en el suelo. cuando se le ocurrió que el orden de las hormigas del idiota era parecido al que él tenía establecido en el pueblo. que el coronel había perdonado a uno de ellos. cumpliendo las órdenes del coronel. idiota. asustando. Y el idiota. increíble—. llamando a la vieja–. –Aunque no sepas hablar. imitó la sonrisa del coronel. el coronel detenía su chevrolet. Pero el sueño se repitió noches más tarde y aun otras noches después. esperaba que el sargento abriera la portezuela y descendía frente a la casa del 210 . Es difícil describir o explicar la amistad de un coronel con un idiota. —Increíble –se dijo el coronel–. El coronel se rió de buena gana. el coronel decidió que esas pesadillas eran muy molestas y que había que tomar medidas. Y se sonrió el coronel. “Después de todo –se dijo–. Se hicieron el coronel y su amante el amor muchas veces. Los soldados quedaron muy sorprendidos. Pero como los soldados no gustan de pensar. Cuando se llevaban al preso. porque eso era una tontería. el coronel dio otra orden y lo perdonó. se fueron a cumplir con sus obligaciones y olvidaron. –¿Me quiere usted decir –preguntó el coronel– que el idiota ha llevado las hormigas para allá? –No. La vieja asintió con grandes reverencias y el coronel se hubiese marchado satisfecho. ¡Señora! –dijo. dirigiendo sus filas de hormigas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS verdaderamente. debes respetar las órdenes que llevo impartidas. El coronel continuó sin dar importancia al asunto. El coronel se fue a ver al idiota. se levantó agitado porque había soñado con el idiota. antes de llegar a la casa donde vivía su amante la mulata. todas las tardes. Y a la quinta o sexta vez. a los centinelas que no estaban acostumbrados a recibir órdenes a la hora de la siesta. con la cara muy triste. que lo peine y que no lo deje jugar con hormigas. —¡Ah! –exclamó el coronel–. porque era la primera vez que el coronel se mostraba débil.

la chaqueta impecable y la 211 . dio media vuelta y se marchó. como caramelo abandonado. descuida a la tropa y permite que le critiquen los hombres mismos de quienes debe hacerse respetar –y golpeó. túneles. por vagancia. muy serios y obedientes. construyendo diques. En seguida llegaba al patio y se paraba. —¡No es posible! –repetía en la plazuela o en las callejas–. Y el coronel se puso todo colorado cuando lo leyó y tomó su chevrolet. y se fue a la capital. este coronel es un tonto. se lo llevaron a un calabozo. porque en este pueblo debe reinar el orden y nadie. Sólo la omnipotente ramita del idiota presidía toda aquella actividad. un montón de cartas sin firma–. se rió. esto es imperdonable. Nadie supo nunca cuáles fueron los pensamientos del coronel. ¡O se pone usted enérgico o lo rebajo a capitán y lo hago mi ayudante! —Señor Ministro… –comenzó a decir el coronel. dejar a su amante la mulata por visitar al idiota? Y con el murmurar de aquella gente. tan metódico. ¡que lo ejecuten! El idiota. Un oficial como usted. Además. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO idiota. ¿cómo podía el coronel. habló en voz baja de insubordinación. A las seis y tres cuartos se formó el pelotón y colocaron al idiota frente a una pared pintada de blanco. Un día llegó un telegrama para el coronel. No. sobre su escritorio. A las seis y cincuenta minutos bajó el coronel de sus habitaciones.J. y aun haciéndose el amor en la vía pública. desatiende sus obligaciones. Los soldados llegaban tarde al cuartel o andaban bebiendo ron en la playa. saludó marcialmente. tocándose entre ellas las narices. aun siendo palabras de un coronel. Y se lo trajeron. óiganme bien!. Y los soldados. no era posible que un militar tan brillante se complaciera en hormigas y en un tonto. A las seis y media de la mañana sacaron al patio al idiota y le preguntaron cuál era su último deseo. En cuanto al coronel. muy tranquilamente. los pescadores dejaron de pescar y un muchachón de cara chupada. con la cara bastante arrugada. ¡nadie. Y dijo el coronel. Lo recibió el Ministro de la Guerra y le dijo: —Señor coronel. orgullo mío. Todos los negros de las casas blancas comenzaron a murmurar acerca de las visitas del coronel al idiota. —¡Tráiganme al idiota! –ordenó al sargento de guardia. pero con los zapatos muy lustrados. de regreso al pueblo. Le fascinaba contemplar a las hormiguitas en sus correcorres. M. dispongo que se le fusile. Y el coronel se rascó tanto y tanto la cabeza que comenzó a encalvecer. transportando insectos muertos o partes de insectos. por lo cual el sargento decidió que alguien tan estúpido estaría muy bien fusilado. hasta con la ramita en la mano. El idiota volvió a reír. a espaldas del idiota. golpeó los talones. Llegó a tener casi un campo de fútbol en lo alto del cráneo. buscando en vano a sus hormiguitas. algunos comenzaron a aprovecharse. ¡Fusile a ese idiota y se acabó! Como el coronel era un oficial muy obediente y no quería perder sus condecoraciones. sin que le temblara la voz: —Por causar desasosiego. tan feas que no se pueden repetir. puede andar organizando a hormigas. como no podía hablar. esta vez sin el chofer. Allí pasaba por lo menos una hora. —No quiero oírle. o lo que fuera. Mañana a las siete de la mañana. donde el idiota pasó la noche sin poder dormir. no pegó los ojos esa noche y hasta llegó a decir algunas palabras bastante feas.

—Absolutamente todo –decidió completar el capitán. donde se la dejaran las manos del coronel. que seguía con la cara alzada. va a ajusticiarlo él mismo. Estaba absolutamente seguro de haberse dejado caer en el sillón con un cansancio de muchos siglos. porque no se podía dejar en el suelo del patio del cuartel al cadáver de un oficial tan metódico y tan brillante como fuera en vida el señor coronel. como la que usaba cuando era teniente. pues aspiraba a un ascenso. le dijo: —¿Por qué lloras? Hay que morirse alguna vez. suspendida en un muro blanco. El coronel no gustó de aquellas lágrimas y con voz estentórea. como una estrellita inventada por algún poeta para un soneto romántico. no empotrada en el muro. para ejemplo de la tropa. porque todos los ojos. Y el coronel cayó al suelo muerto. entreabrió sus labios húmedos y. para asombro del pelotón de fusilamiento. pero parecióle absurdo saber que era de mujer. como ropa en armario de vieja. —Todo en orden –repitió el sargento. El idiota. Era un ojo de mujer. como el coronel era un hombre y un oficial muy metódico. Después salió el ojo de la cerradura y se puso a bailar. El coronel le tomó por el pelo y le alzó la cabeza. Un tiro seco y perfecto. Miró entonces al idiota con una mirada mansa. con las ideas muy en orden. como que fue disparado por un gran oficial y un mejor tirador. Paulo gustaba de que sus ideas fuesen 212 . El ojo era azul. de ojos abiertos y sorprendidos. Exactamente a las siete de la mañana. el coronel se llevó la pistola a la cabeza y se pegó un tiro. Hay que morirse como los hombres. le preguntó: —¿Estás en paz con tu sentencia? ¿Tienes algo que decir antes de que te ejecute? El idiota no respondió. son iguales. el coronel era un oficial sin tacha. Pareció mentira. se acercó al idiota y se lo quedó mirando. dando unos saltos simétricos por toda la estancia. cuando andan sueltos y bailando. El sueño En un principio fue la cerradura. pronunció pesadamente las primeras palabras de su vida: —Hormiguitas… Hormiguitas… El coronel se quedó muy rígido y se quitó la gorra. de pie. Indudablemente. del sargento. y sacó su pistola.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS gorra con su insignia reluciente. Pero no sucedió así. —Está muy bien –se dijo el sargento–. tan grandes que le cubrían las mejillas y le agrandaban la baba en la boca. pero infinitamente iluminados. como se sienten las piedras en las catedrales o las aguas de algunos ríos silenciosos de la selva. como la de una ola que cae en la playa. sin lágrimas. —Veamos –dijo entonces el coronel. del capitán y hasta del coronel. Al idiota se lo llevaron de nuevo al calabozo. Ahora había que enterrar al coronel. pero en los ojos del idiota había dos lágrimas grandes. Una cerradura cualquiera. Paulo estaba dormido. Aunque sabía muy bien que el idiota no podía hablar. sonreído por haber descubierto que podía decir “hormiguitas…” Lo fusilarían más tarde. —¿Todo en orden? –preguntó el coronel. pero a ratos era negro. Pero era el suyo un sueño arreglado. Y seguido del capitán y del sargento. No había duda: La cerradura estaba suspendida.

No en la muerte suya o de todos los hombres que él conocía. Puede que el libro no dijera todo lo que hay que decir de los sentimientos. por supuesto. Y no de un chubasco fuerte. como arenas de desierto. Al avión sólo le interesaba volar y volar bien. no devolvió la mirada y se enroscó detrás de la cerradura. ni aun despiertos. Hacía mucho tiempo que no había pensado en aquel amor. Paulo recordó un amor diminuto de su infancia y se sonrió. sino en una muerte desconcertante. M. pero Paulo tampoco gustaba de leer demasiado. de brazos verticales como en un cuadro de Guayasamín y de cara vacía. aquel ojo de tantos colores que bailaba de un lado para el otro. Paulo pensó en la muerte. Quizás porque el amor era también un sentimiento y en Paulo los sentimientos no podían hablar. Paulo siempre fue conformista. Hasta la gente del aeropuerto tenía la duda de que aquel avión volase ordenadamente. El avión en el cual viajaba Paulo era un avión muy grande. La lectura no pasaba de ser en Paulo como el agua de un chubasco. de esos que caen y el sol no se molesta en meter la cara detrás de las nubes. Los sueños no eran de la incumbencia del avión. La idea de la muerte no era una idea ordenada y en seguida Paulo mudó a la idea del amor. Era como una vida distinguida. A lo mejor el ojo decidía entrarse nuevamente en la cerradura y dejar el sueño de Paulo un poco más limpio. No le gustaba ese avión ni ningún otro avión. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO siempre ordenadas a pesar de que alguna vez una idea u otra se le escapaba y andaba luego importunándole. sino de un chubasco pequeño. Se podía comprender que aquel avión era un avión de los mejores. El ojo del sueño de Paulo decidió quedarse tranquilo unos segundos. sin llegar a ser completamente distinguida. porque para eso lo habían construido. tan pequeño que sólo tuvo un beso. pero Paulo no estaba disgustado con su vida y eso era suficiente. La idea del amor no estaba muy clara. pero el ojo. Pero no sucedió así y Paulo siguió soñando. Esto lo desagradó. Así se clavó en el muro blanco del sueño y se puso a girar para arriba y luego para abajo. Lo que no había previsto Paulo era la cerradura y mucho menos. Los sentimientos de Paulo no eran tan ordenados como sus ideas. La vida de Paulo había sido una vida bien vivida. como si no tuviese otra cosa que hacer. tuvo que viajar en el avión. Los sueños debían tener voces y no ser mudos. por lo menos respecto a su vida. que tenía ahora color violeta. No porque fue un amor pequeño. pero como Paulo era un hombre muy civilizado. El ojo del sueño de Paulo no se cansaba de bailar. El avión era de metal por todas partes. Paulo quiso aconsejar al ojo que se dedicase a mirar. pero la verdad era que los sentimientos no son obedientes y Paulo había leído eso en algún libro. porque con el sueño no tenía que viajar en el avión. Paulo viajaba en el avión. como sus primeros cheques y 213 . Por todas estas razones el avión iba volando muy ordenadamente. Fue una suerte que su cansancio le diera sueño. Paulo miró al ojo fijamente. Las ideas de Paulo no estaban del todo civilizadas. sino porque a los amores de infancia Paulo los había archivado. Estaba visto que era un ojo incansable y Paulo decidió no darle tanta importancia. El avión volaba velozmente sobre cielos color chocolate y no se preocupaba con el sueño de Paulo. El avión estaba acostumbrado a que sus pasajeros soñaran como les viniera en gana. pero encontró que en su sueño no había voces. Pero los ingenieros que diseñaron el avión eran unos ingenieros muy inteligentes y los mecánicos que prepararon el avión eran unos mecánicos muy preparados y los pilotos que piloteaban el avión eran unos pilotos muy competentes. Y también con sus sentimientos.J.

como heridas sin cicatrizar. La trajo un camino enredado en la selva. En la vida de Paulo muchas bocas habían quedado esperando. carnosa y sensual. En cambio Paulo bajó con el avión. con su sueño cansado. como las angustias de las niñas de buenas familias. con la angustia de todos los sueños que no van a terminar. pero la boca nada le decía ahora. Algunas porque Paulo no quiso besarlas más y otras porque Paulo las besó demasiado. Y en lo alto del morro. ni siquiera como los sentimientos. Y con Paulo su sueño. frente a su primer cuerpo desnudo de mujer. porque era una tierra que odiaba a los aviones grandes y rígidos que solían volar sobre ella sin detenerse. Sólo en un sueño tan cansado como el suyo podía surgir aquel amor pequeñito de la infancia. como una boca que va a decir una mala palabra o proferir una maldición. el ojo y la boca– dieron grandes saltos por el muro blanco del sueño de Paulo. una tierra que lo abrazó con lujuria. pero la boca comenzó a bailar. sus brazos no pudieron agarrar nada. todos encaramados en el cielo color chocolate. porque era una boca de un sueño y las bocas de los sueños no pueden hablar. la boca y el ojo y la cerradura y hasta el muro no quisieron caer con el avión y se quedaron arriba. En el muro del sueño de Paulo apareció una boca. con techo de latón y ventanas simuladas. que ya era un sueño desordenado y un sueño angustiado. que era un sueño que no tenía despertar. Del amor de la infancia Paulo pasó a la angustia. El avión se hizo pedazos sobre una tierra negra.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS sus camisas viejas. ya hacía mucho tiempo. Paulo pensó que su sueño era un sueño bastante desordenado. Quizás así pudiera formar un rostro y ordenar un poco su sueño. Y en el avión se quedó Paulo. Y la cerradura se despegó del ojo y los tres –la cerradura. sino porque el avión había dejado de volar ordenadamente y estaba cayendo por el cielo en una forma tan precipitada que hasta el angustiado sueño de Paulo comenzó a caer junto con el avión. porque los sollozos de una virgen no son como las ideas. En el morro había muchas chozas llenas de negros que cantaban canciones tristes y canciones alegres. Entonces tuvo la sensación de caer en un abismo y a pesar de agitar sus brazos desesperadamente. Lo último le pareció más acertado y Paulo miró a la boca. En el primer momento fue una angustia controlada. Por el contrario. Era una boca sin pintura. pero luego su angustia fue una angustia mayor. Isaías había fabricado una casa de tablones. Los negros del morro tenían mucha estimación por el negro Isaías. Paulo no pudo sonreírse nuevamente y el amor pequeñito se subió al muro. Indudablemente que Paulo había besado alguna vez aquella boca o dejado en ella gran parte de sus instintos. Paulo deseó que la boca se colocase debajo del ojo. No porque recordara a aquella hermosa muchacha que él había seducido para abandonar en la esquina triste de una ciudad cualquiera. un camino 214 . El milagro El morro era chato y negro. Sin embargo. pegado al mar que lo lamía con olas cansadas de tanto viajar. La negra Ángela llegó al morro en una noche estrellada vestida de rojo y con perfume de coco en el grueso cabello irredento. Paulo se estremeció. La muchacha seducida no apareció en el muro blanco. Paulo no le dio importancia. al lado del ojo que había vuelto a danzar. la boca del sueño era una boca diferente. O como la angustia que Paulo sintió. como la angustia de los animales que se pierden en un bosque.

con mucho respeto. porque luego le dolía la cabeza. y porque Dios trajera agua al morro para que todos se pudieran bañar en las mañanas y nadie oliera mal. Cuando se casaron el negro Isaías y la negra Ángela los negros del morro bebieron cachaza y saltaron como cascabeles en un carnaval. El agua es para cocinar y beber. su agua que venía de las chorreras en las montañas o de los ríos en la selva y que la ciudad se había cuidado de ordenar en canales y filtrar en depósitos para que nadie se pudiera quejar de dolores en el vientre después de beberla. un amigo suyo que no era tan negro como Isaías–. rodeó al morro y no le dio agua. Y los niños del morro le dijeron. pero algunas. no era acertado. El negro Isaías. Isaías era un negro demasiado simple. Ángela debería vivir en las matas. rebelde como toda mujer–. también pequeñitos. edúcala. Isaías. El agua es algo importante y no podemos malgastarla. nadie deseaba ver enclavado allí. él sólo deseaba 215 . La ciudad necesitaba su agua para lavar las calles y los tranvías y para llenar los baños y los fregaderos de las casas de muchos pisos. Yo me quiero bañar. Isaías asustó sus ojos y se tiró de la oreja. se retiró temprano porque no quería prohibir a los negros sus bailes y cánticos. se sentó en lo alto del morro. En sus ojos. Ángela lucía algunos sueños y una que otra ilusión. Mariano se permitió añadir: —Lo que pasa con Ángela es que no es una negra de morro. Se entendía muy bien que la ciudad no tenía tiempo para darle agua al morro. a los dos días de casada. Las cosas se hacían según se presentaban. a la orilla del mar. en el morro no hay agua para esos lujos. Ángela era una negra muy limpia y cuando. No podemos –aclaróle Isaías– malgastarla bañándonos. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO sin rumbo dormitando entre árboles. Yo quiero agua dulce. Seguramente que sus abuelos debieron ser simples. que también era de muy reducido tamaño. —¡No! –le dijo ella. le dijo: —Me quiero bañar. El negro Isaías nunca gustó de pensar. Hubo hasta trompeta irritando al viento y sambas sensuales y gritos sonoros y hojarasca pisada y las ventanas de la casa del negro Isaías parecieron alegres en la noche de bodas. Y el cura. mi amor. la negra Ángela. La ciudad llena de autos y tranvías y de gente apresurada. a la misma orilla del mar. que rezara por ellos y por el negro Isaías y la negra Ángela. Mariano era un negro con preocupaciones. Ángela tenía en el pecho un corazón pequeñito. preocupado porque no tenía agua para que su mujer. un morro que. —No puedes. Porque el agua era el gran problema del morro. el agua salada me pica en el cuerpo. Para eso tenemos el mar. ya se le pasará. La ciudad era muy celosa con su agua. —No hagas caso a Ángela –le aconsejó Mariano. construidos de acuerdo a la ley. Eso de buscar mañana lo que hace falta hoy. de ambiciones pequeñitas. M. se pudiera bañar. y ahora. No muchas. después de todo.J. Isaías se tiraba siempre de la oreja cuando algo no le gustaba. como agua de lluvia o lágrimas de monja. Llegó alborotada y alegre porque quería vivir en el morro. las casas donde vivía la gente que no baila sambas en los morros y mucho menos pone ventanas simuladas para engañar a los curiosos. con su cuerpo tan largo como hilo de teléfono y su cabecita que parecía un alfiler. con su sotana negra. Edúcala. a pesar de lo que le aconsejaba su amigo Mariano. adquirió confianza con su esposo Isaías. El cura se fue persignando por el morro abajo. como una piedra gastada.

—Si la encuentro –se dijo Isaías–. Y los negros del morro aprendieron a bañarse. Y hasta la vieja muy vieja se inclinó en su mecedora y murmuró una plegaria. Y el cura. Y la siguió buscando y el agua. Era como el agua de un manantial bastante importante. Pero Isaías estaba. Y el negro Isaías aprendió a bañarse. la regalaré a todos. latigazos de polvo entre la verde maraña. la negra Ángela se dio un baño muy largo. como los diputados de la oposición. que estaba en la ciudad y no en el morro. como moneda en manos de rico. La negra Ángela no pudo bañarse en seguida. Y los negros fueron los negros más limpios y más importantes. Cuando las autoridades de la ciudad. Pero al otro día. ni en un día ni en un año y sigue manando. Y buscó agua debajo de los árboles y debajo de las rocas. que seguía de ojos muy asustados. mandó a repicar la campana pequeña del campanario de su iglesia pequeña. Pero no se le gastó y se le quedó lustradita y reluciente. —¡Voy a buscar agua! –se dijo resueltamente. debajo de un mango muy regordete. celosas de ver aquella agua consumida sin el pago de impuestos. Un baño no era un pecado ni mucho menos algo que debía prohibirse a los negros del morro. que de seguro era una plegaria muy vieja también. en un mal día. cuando ya todos supieron que el agua y el manantial eran de su marido Isaías. El agua que salía de debajo del mango era un agua insistente y no paró de manar en una hora. tan vieja que nadie hablaba con ella. Era preciso tener apetito para comer luego la frijolada y digerirla sin acritud en la boca y sequedad en el paladar. como era un negro bastante distraído. indudablemente. ¡Es agua del morro! ¡Agua del morro! Y el grito se agrandó en las orejas de todos los negros y hasta de los negritos y los de una negra muy vieja. a mirar las olas sin verlas. Isaías vio brotar un hilillo de agua que comenzó a llorar por la vertiente y a salpicar las puertas abiertas de las chozas de los negros. —¡Agua! ¡Agua! –gritó el negro Isaías. Muchos baños se dio la negra Ángela. Los negros del morro cantaron y bailaron muchas sambas y abrazaron al negro Isaías. no muy lejos de su casa con las ventanas simuladas. subieron al morro a tomar providencias.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que su Ángela se pudiera dar un baño. muy largo. no recuerda todavía el momento exacto en que sintió el pie mojado. porque las olas no le quitaron de la mollera la imagen de su Ángela sin poderse bañar. cuando se enteró. porque hubiera sido demasiado repicar la campana grande sólo por un manantial que no era un manantial grande. Isaías se sintió aturdido con tantos pensamientos complicados y se fue a la orilla del mar. con tanta y tanta agua que los negros del morro pensaron que se le iba a gastar la piel. Esto siempre le calmaba y además le daba apetito. Fue entonces que el morro se hizo importante. para que se bañen a gusto. sin que Isaías la pudiera encontrar. Isaías regresó al morro y caminó por los trillos. pero lo cierto es que allá en lo alto del morro. Y los negros y los negritos corrieron hacia donde estaba el negro Isaías. los negros pusieron unas caras tan negras que las autoridades dijeron que esa agua podía usarse libremente. El negro Isaías comenzó a sudar un sudor muy desagradable. porque era el único morro con agua en la ciudad. ¡A todos! El negro Isaías. siguió muy escondida. 216 . porque era un sudor que le salía del cráneo pequeñito. con los ojos más asustados que nunca–. porque se puso a bailar las sambas y a cantar con una voz gorjeante bajo el cielo del morro.

La playa le vio persignarse y rezar un Padre Nuestro. isleta que suele parecerse a un buque sin luces que huye por el mar. muchacho. Después. ni tampoco de odios. que se agitaba velozmente. Calamidad se ajustó los calzones. Los animales no diferencian. Eran tan grande que por un instante puso a zozobrar su bote. Después. como avergonzada de poder ella sola albergar a Dios. —No salgas mar afuera –le aconsejó la vieja. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Isaías y Ángela también fueron importantes y todavía lo son. Calamidad tiró la red. —No. respiró fuertemente y abandonó la choza de sus padres. Uté sabe que La Diabla no gusta de arena. cerca de la Matita. Calamidad Una luna mulata se había trepado desde la sonochada en lo alto del cielo. con los movimientos de una hoja mecida por los vientos. pero cuídate de la raya. de la cual extrajo una docena de sardinas. El negro Isaías. El negro llegó hasta su bote. A las cuatro te traigo percao… —Bien. Cerca de la Matita. M. El hambre no le había tocado y su fe era sencilla como guayaba madura. sin hacerle caso. clavados en la tierra como puñales de goma. que de ligero era casi canoa. arrugada en el umbral como papel con traza. ha sido y es un negro feliz. Todos en Boca Chica y en Andrés venían hablando de La Diabla desde hacía muchos años. eran mecidos por la brisa. siendo él tan negro. que en esa época era un grupo de bohíos. el negro Isaías no tuvo que pensar más. empuñó los remos y comenzó a bogar. a pesar de que son viejitos y ya no piensan tanto en bañarse como antes. una docena de casas de madera frente a la playa y una iglesia pequeñita. había proseguido su camino. hora de marineros en cita con el mar Caribe. Puede ser. Lo arrastró al agua. con quien pudiera conversar más a gusto o pedirle todas las cosas que andaban enrevesadas en su cerebro. una creencia en que alguien ordenaba las puestas de sol y las alzas de la marea. Gentes hay que le llaman al agua del morro el milagro del negro Isaías.J. Por eso a veces soñaba con un Dios de su color. Ella pasea mar afuera… —Hasta un día. la noche se lo tragó en su silencio y el mar lo recibió para platicar con él la sempiterna canción del pescador. Calamidad sonrió. casi a cien metros del arrecife. un alguien que Calamidad no podía explicar por qué era blanco. mai. Los cocoteros. No conocía de barba ni de amores. tan pequeñito como aquella primera gota de agua que le mojó el pie. En el campanario del pueblo golpearon las ocho. Puede ser que no. Voy al arrecife. La luna mulata comenzaba a esconderse en las almohadas del horizonte. el día en que los negros se pudieron bañar. y un erizo. que se asemejaba a un látigo. Era Calamidad un mozalbete aún. Él sólo la vio una noche. Calamidad cruzó la aldehuela. La Diabla no tiene amigos. bien. Y un viento que llegaba frío de sus rondas vagabundas. Cinco negros de bronce y ébano empujaron suavemente un bote por la arena. una sombra monstruosa debajo del agua. hijo. ¡Es natural! Desde que Ángela encontró agua para bañarse. mai. cortando las olas y ondeando la cola. estaba golpeando la bahía. también él con rumbo hacia la playa. —Me cuidaré. con su cuerpo largo como hilo de teléfono y sus ojos asustados. Repetía 217 . ni tuvo dolores en su cráneo pequeñito.

Cuando jalaba de ella. La tenía toda a bordo cuando se le enganchó un pie en ella. a punto de vararse en aquellos parajes de poca profundidad. la brisa y el bramido del mar. suelen usar los pescadores de Boca Chica en la pesca y captura de rayas. me muero –suspiró el negro–. —Si me libro de este trance –se dijo–. terror de pescadores. comprender cuanto le ocurría. Sólo pececillos auríferos saltaban. No lo achacó a miedo. La mota de furia y de poder vino a su lado y onduló suavemente entre él y el bote. levantó los brazos inútilmente y cayó fuera del bote. la significación de su aventura: Había pescadores de San Pedro. La Diabla está aquí. para no agitar las aguas. a ratos. Esa mota negruzca de tres metros de circunferencia. —¡Válgame el cielo! –exclamó–: Pues no será bruta… ¿Y qué no sabe que por aquí no hay agua pa ella? La raya se había dado vuelta y cruzado velozmente junto a su bote. pero el selacio había desaparecido. en derredor del bote. Calamidad volvió a tirar la red y esperó. para quienes encontrarse con La Diabla hubiese valido más que la vida. también lo era que nunca antes se atrevió La Diabla a penetrar la barrera de los arrecifes e irrumpir en las aguas mansas del litoral. después de escaparse la luna. con el rabo ondulante a los costados. pero todavía no quiso creer. Pensó en que algún pez grande andaba suelto arrecife adentro y no prestó interés. Santo Dios! Y Calamidad hizo la señal de la cruz sobre su frente húmeda. Al rato. y la sujetó nerviosamente. Súbitamente impresionado. negro que estás en la altura…! 218 . no me lo creen. —¡Si Dios fuera negro! –murmuró–: ¡Entonces sí que me comprendería! Calamidad volvió a tirar lentamente de la red. dando de latigazos. el monstruo nadaba sobre los bancos de arena. Las estrellas. No podía explicarse cómo La Diabla. —¡Guaite con la traviesa! ¿Y qué querrá? El negro comenzaba a sentir cosquilleos en el estómago. una sombra chata saltó a su diestra. Juguetón y nervioso. andaba esa noche en los alrededores de la Matita. En seguida se levantó. de La Caleta. sin embargo. llena de una apacible oscuridad. Si era cierto que la marea estaba alta. ¡Ayúdame. inició un círculo en derredor de Calamidad. nunca volveré a hablar de ti. La raya se encontraba en un lugar peligroso de la bahía y Calamidad ni siquiera pensó en trabar duelo con ella. —Es verdad –se dijo–. Calamidad divisó a La Diabla. ¡Porque aquella era La Diabla! No podía dudarlo. esperando o descansando junto a mí… Y Calamidad sopesó. Pensó en tantas cosas el pobre negro que los brazos se le quedaron fláccidos a ambos lados del pantalón. En seguida agarró la lanza que. chocando contra las rocas del arrecife. La raya se acercó. En seguida. ¡Aunque me coma la lengua! ¡Óyeme Dios de los negros. En él lo que más había era curiosidad. No podía pensar y rezó una plegaria simple. Calamidad se veía frente a la muerte y érale trabajoso. si la dejo ir. que se conmovió. las palmeras. continuaban su coloquio sin edad. de Guayacanes. en mitad de sus angustias. Calamidad tropezó. paralizado de terror. hasta de la misma capital. La bahía había quedado. Calamidad la buscó con ansiedad. percibió que el fondo del mar registraba un tono más oscuro. óyeme.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS la operación cuando oyó chasquear el agua en forma para él no muy común. con esa lucidez de los hombres que viven solitarios. Diabla. mientras las olas le lamían suavemente los muslos. a modo de arpón. —Si la toco. era la raya famosa.

—Son cosas de la imaginación –había sentenciado su mujer. Mischa.J. ¡Hasta aquella mañana en que Ernesto reparó en la piedra! La revelación. perdiéndose de vista. el corazón no me miente. Sin embargo. La piedra El mundo de Ernesto fue siempre un mundo fácil y hermoso: Su casita blanca. por insospechada. muchacho! Siempre tuvimos. encaramó su embarcación en la arena y caminó lentamente hacia su casa. como nunca antes tuviera Calamidad. Era como si a la bucólica placidez del valle hubiese llegado la tormenta. cómo te guardé el secreto? La gente. con la seguridad del granito. negra. Llegó. porque en Ernesto la alegría. Durante toda su vida –recordaba Ernesto– la piedra estuvo clavada en la ladera del monte como una nariz. Minutos u horas más tarde. le estuvo agria. posándola sobre el promontorio. recortado por los cerros abruptos y afilados. que el año pasado. M. En las noches. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Hirvieron de pronto las aguas con la arrancada de la raya. a veces carne. sin molestarse en recoger las sardinas que trajera. el negro subió a su bote y remó hacia el poblado. el algarrobo y el valle estrecho. —¡Alabado sea el Señor. La gente cayó en cuenta de inmediato. Calamidad permaneció inmovilizado sobre el banco de arena. debe pensar que Calamidad no fue más que un pobre negro loco. pero él no se daba cuenta. Verás. sus vacas pardinegras. alguien le oyó decir. 219 . Bruñido por los vientos. los domingos sancocho y todos los días arroz con habichuelas. posada a la vera del arroyo. con los años. los cantos y silbidos. averigüé que nosotros los negros tenemos Dios. Ya los otros botes estaban descansando en la playa y por detrás de los cocoteros los cangrejos huían de la luz del sol. Chasqueó su cola una última vez y La Diabla nadó furiosamente. dejándole alma y voluntad en acecho. el agua y la muerte son sólo hermanos. que no conoce esta historia. —No. el peñasco era aquella parte del paisaje que todos guardaban en la hondura del ojo. bajo el rielar de la luna inflada. ¿Pero qué te pasa? —No pasa na… A mí no me pasa naa… Hubo otras noches de luna en Boca Chica y Calamidad volvió a hurgar en la bahía su triste encomienda de sardinas. la veo igualita que anoche. los mangos frondosos. esa piedra nos odia. Ernesto! ¿De dónde te sacas semejante entrevero? —Del corazón. difícil. de esos bravos que luchan contra el viento y las olas. a convertirse en pescador de mar afuera. el sudor cristalino y el andullo se convirtieron en una sola larga mirada triste que de los pastos y el cafetal se enredaba en la piedra y allí se quedaba. Amanecía. cuando Ernesto realmente comprendió a la piedra. golpeando la ropa sobre los guijarros–. Y cuando era viejo. —¡Y cómo no. esta frase que nadie ha podido explicar: —¿Viste negro. Algún cataclismo la movió de la cima. la piedra no era la misma. una plegaria sin ensayos que Dios recibía sonreído. como quien ha visto un fantasma y no se atreve a decirlo o siquiera confesarlo. eterna como el cielo o la envidia de los hombres. La cabeza le daba vueltas y en los ojos había un brillo nuevo. Atracó. a la callandita. de esos hombres para quienes el mar. Casabe y plátanos. —Mai –dijo a la madre–.

solitario y misterioso. Y Ernesto se estremecía de pavor. para quien el demonio se podía ahuyentar con “un té de yerbabuena. convencido de que la piedra acabaría con él y con los suyos. el guardia Cirilo y el ñato Santiago–. Era esperar y esperar. el conuco y el cafetal quedaron sin mimos y las lianas y los yerbajos desfilaron hasta la puerta misma de la casita blanca. donde. Huyó la paz de aquel mundo fácil y hermoso. Sólo el corazón. ¿qué sabes tú de mi infortunio? Y pasaron los meses. intrusa. Ernesto envejeció. porque los hombres que andan sobre la tierra. Ernesto! –le amonestaban las comadres y la mulata Dolores. para que la sangre no caiga sobre nadie”. que ella ni tiene alma ni se mete con nadie. Si los siglos no habían podido conmoverla un ápice. sin miedo. de empujar la piedra hacia la otra vertiente. con los pies encallecidos y las manos duras. Anímate. —Dime. la ponía a ulular. mujer. Las vacas fueron descuidadas. sin dolores. vive tu vida y olvida a la piedra. Nadie pudo redimir a Ernesto. hablando a solas con los algarrobos y los mangos. pelada del diablo! La piedra jamás contestó sus denuestos. Ernesto se convirtió en una sombra dolorosa. sin ambiciones. dos velas en el patio y un puerquito matado en viernes. son hombres sin lágrimas. —No puedo –aseguraba Ernesto–. frontera de locura. poseído de sus angustias y enfermo de pesar. con sus golpetazos sin rumbo. sin hambre. ¡Tú has venido a buscarme y tengo frío en el estómago. Sólo a ratos el viento.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Ernesto. cantar bajo el sol de agosto. cuando nadie lo veía. sin ruidos. —No es posible. comiendo flores y bañándose en el río. ni los besos calientes de Mischa en las noches de luna llena. a Ernesto. ni los vaticinios de la mulata Dolores. cayendo. maldita!” Luego abandonó toda lucha y se refugió en la angustia. no puede ser –suplicaba Mischa– que una piedra venga a desgraciarnos. sin duelos. ¿cómo iban los brazos y las manos de Ernesto a trocar la pétrea voluntad del granito? Muchas noches recogió la torrentera el grito de impotencia: “¡Maldita. Vivía tranquilo. Corroída su alma por el miedo. angustia de ojos hundidos y brazos en postura de lápices usados. Mischa y los siete negritos con sus siete barrigas y sus siete ombligos. En vano. un pobre loco triste que sólo hablaba de su piedra y lo mucho que ella le odiaba y malquería. angustia de barba zahareña y piernas vacilantes. como si el valle fuese una presa demasiado fácil para tragarla sin suplicios o torturas. ¡lucha! —Déjame. trató. Ernesto. ¿quién te cambió la cara? ¿Qué quieres de mí o de los míos? ¿Por qué no te lanzas al barranco y te haces pedazos? ¡Maldita! Yo era feliz. un hálito de hombre para quien la vida sólo fue sucesión de temblíos. apurado y jadeante. Nunca campesino alguno supo hasta dónde llegó la tortura de Ernesto. contemplar en silencio al valle y la casa. adelantó su ritmo cuantas veces Ernesto conversó con la piedra. como árboles que se han muerto de pie. ¡Hasta que la gente dejó de hacerle caso y se rió de él! Los siete negritos con sus siete barrigas y sus siete ombligos –sus hijos– crecieron y se regaron 220 . En un principio Ernesto. ¡ya pagaría por olvidarme de esa intrusa que nos quiere tan mal! Y la piedra parecía gemir en los atardeceres. Pero la piedra no tenía prisas y continuó clavada en lo alto del monte. bien cubierto de pecho. ni los consejos del ñato Santiago. Ni las amenazas del guardia Cirilo. fuera a perderse en el lecho del río.

Cuando Elsa llegó a su oficina. La Mischa envejeció con él. El asfalto se fue abriendo y en la llaga quedaron a la luz cemento y piedra. Se estremeció. La gente dijo que ella también era loca. Fue un día lleno de cartas y de dictados y de calor. En seguida Elsa guardó sus pensamientos. con un clavel en la boca. Y por último. Bostezó. en una tarde bermeja. La piel de la ciudad era una piel sin resistencia. Por la orilla del mar pasó un automóvil y en seguida otro. La ciudad se desperezaba. El pico se alzaba y caía rítmicamente. El sol apuntó su nariz colorada en el cielo lleno de bruma. tuvo que pasar ante la mirada vacía del ascensorista. el pulido paño gris que llenaba su calle y que ella cruzaba todos los días. El agua de la ducha era su único amante. balanceóse coquetonamente y taconeó en la acera. en busca de más negritos con más barrigas y más ombligos. en un aguacero cualquiera de los que vienen sobre la cordillera y se marchan luego arroyos y ríos abajo. que no hagas más daño…” La Mischa lloró sobre el cuerpo del loco Ernesto y unos días más tarde se murió también. El negro sintió la sangre caliente en sus brazos poderosos. que yo te perdono. rodeado de margaritas. El charco Sobre la limpia superficie del asfalto cayó el primer picotazo. Era su asfalto. El ronco reloj de la iglesia anunció que eran las siete. inhaló con la boca abierta y se marchó hacia su casa. cuando el sol se mecía en el ancho trapecio del cielo. la mirada codiciosa de su jefe y la mirada perdida de la mujer que barría los pisos. las miradas cansadas de algunos hombrecitos. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO por los caminos. desconociendo a este Ernesto que ya no le traía flores del valle ni la trepaba en su potro bayo ni le regalaba amores al oído. Después que Elsa pasó ante todas aquellas miradas. M. Elsa pensó en que el saludo del portero era la primera palabra dedicada a su oído desde la tarde anterior. Entró al baño. desde el asiento. en una mañana cualquiera. Elsa saludó al portero. El negro que rompía el asfalto la miró con curiosidad y demoró el ritmo del pico. Mischa y los siete negritos con las siete barrigas y los siete ombligos. Los dejó al lado de una novelita intrascendente que quería leer. Un vaso de agua y un cigarrillo y otra tarde de cartas y de 221 . Elsa se apoyó en la ventana y miró al negro que rompía el asfalto. de las cosas intestinales de la ciudad. la piedra cayó del cerro y arrancó de sus cimientos a la casita blanca donde fueran felices Ernesto.J. pudo sentarse a su escritorio y comenzar a trabajar. Al mediodía tomó café y comió un sandwich con sabor a resina. la mirada idiota de las compañeras. de parques y gente. Elsa era también una cosa de la ciudad. cuando tuviera tiempo. Y un día Ernesto el loco se murió tranquilamente. Elsa dejó que el chorro de agua resbalara sobre su cuerpo desnudo. pero hosca y vacía. Elsa se subió al ómnibus y comenzó. Hoy tendría que ir hasta la esquina a tomar el ómnibus. Aquel asfalto era un asfalto blanco y dócil y el pico del negro era un pico lleno de rabias y de odios y de venganza. la diaria contemplación de calles y plazas. El negro sembrado de músculos se pasó una mano por la frente. vidriando los ojos en dirección de la piedra y murmurando: “Que Dios te perdone. En la esquina el sereno encendió un cigarrillo. aunque la mulata Dolores aseguró que su locura era sólo de amor por Ernesto.

Elsa se durmió aquella noche con un sueño agitado y en varias ocasiones despertó. Apresuró las diligencias del despertar y bajó a la calle. ordenó usar los taladros eléctricos para llegar más pronto a la cañería accidentada. Otros negros llenos de músculos se habían unido al primero y varios picos golpeaban ahora al asfalto. Elsa había perdido el apetito. llena de miradas y de calles iguales. en su sueño. antes de que el sol viniera con sus luminosidades a llenarle las olas de crestas blancas y la playa de espuma danzarina. El mar. A medianoche. como la luna cuando huye entre nubes negras. Y a su novio le habló del asfalto. En la noche los negros encendieron luces y cenaron pan y carne sobre los pedazos de asfalto. 222 . dejando al charco de la calle sin amigos y sin consuelo. Estaba intrigada con la suerte de su calle y de su asfalto. sacó sus pensamientos y quedóse quieta. Las gotas resbalaron sobre las espaldas desnudas de los negros y mojaron el asfalto. de madrugada. regresar a la ciudad y ver cómo estaba el asfalto. para ver con asombro que los negros habían agrandado la fosa. pero era un pueblo que estaba lejos. Elsa regresó a su calle cuando oscurecía. encaramado en un cerro. ¡Pobrecita mi calle! Ya nunca será igual. El mar era confidente de las preocupaciones de Elsa. Elsa soñó una última vez. Elsa se detuvo y los miró. con un novio que no la quería y aun la engañaba. estaba cantando a solas. como si fuera en su cabeza que golpearan los taladros y se hundieran los picos de los negros. Pensó que su asfalto estaba horrible y desfigurado y que aquellos hombres no tenían corazón. de gente que se reía sola. Era un pueblo perdido. Elsa hubiese querido protegerlos de los picotazos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS dictados y de miradas que llegaban hasta su rincón. pero no en aquel día. pero fue un sueño que no pudo recordar después. Elsa se encaramó en su ventana. comenzaban a marcharse por la ciudad en silencio. —Es la cañería central… La de las aguas muertas… Sus compañeros dieron asentimiento con las cabezas y uno de ellos. su tranquilidad. Eran miradas de la ciudad y Elsa no gustaba de la ciudad. Los hombres y las mujeres y los niños dormían todavía y la ciudad no hablaba. Elsa decidió. —¡Pobrecito asfalto! –se dijo Elsa. en cambio. porque era una risa engañosa. un negro dio un grito de júbilo y de la herida del asfalto manó un chorro de agua sucia y maloliente. Elsa pensó que era una aorta de la ciudad con mala circulación y la fosa que abrían los negros le pareció un cáncer. antes de acostarse en su cama sin calor–. Seguramente que había vuelto a su pueblo y le había contado a las viejas chismosas que el asfalto estaba roto. sin asfalto. al parecer cansados. Llovió. hasta casi cubrir la calle de acera a acera. contemplando la muerte del asfalto de su calle. pero él se rió y Elsa no gustaba de la risa de su novio. que por su tamaño y su voz disonante debía ser el capataz. Elsa sólo quería ver a su asfalto enfermo. devolverles su tersa fisonomía. con un hermano borracho y muchas viejas que la señalaban y la criticaban. Se consoló pensando que quizás el asfalto estaba enfermo y había que sacarle sus males y curarlo. Recordaba haber salido nuevamente a la ventana. el cáncer del asfalto. pero no interrumpieron el picoteo ni aliviaron el dolor de la calle revuelta. Y vio también que la fosa estaba llena de aguas sucias y que los negros. Su pueblo era mucho mejor. pero que Elsa no sentía. Elsa era una mujercita desolada y solitaria y sufría siempre con los sufrimientos de los demás. cuando Elsa bostezaba un poco. antes de que llegara la mañana. como si sobre el mundo se estuviese oyendo un solo chiste graciosísimo. Era preferible vivir en esta ciudad de asfalto.

La ciudad poco dijo. pero en realidad no era un puente necesario. Pero se vio en mitad de las aguas pútridas y empezó a hundirse en ellas. porque estaba formado de la sangre de su calle y de su asfalto. evadiendo el olor desagradable. sufría tanto como Elsa.J. sin dejar salir el grito de espanto que venía viajando desde su pecho desolado. desde un principio. Era una canción deprimente. Se sintió dueña del charco y de la calle y del asfalto y de la ciudad. el día en que nació Paco. Sabía que no podía nadar. El charco lo cerraron después. Elsa no pudo tararearla. encaramado en el cerro. Lola. Nadie podía ver su gesto infantil. perdidos en sus calles o durmiendo para siempre en algún parque lleno de frondas y de aromas. Indudablemente. Y los negros se fueron con sus picos en busca de otros charcos. El agua lo lamía con un chapoteo imperceptible. Elsa se sintió inmensamente feliz con su travesura. junto al tablón que creyó puente para travesuras. Elsa deseó encaramarse en él y cruzar el charco. de orilla a orilla. Y Elsa quiso rezar. pasó su niñez en Cuernavaca. porque Elsa no sabía cantar. El negro musculoso fue el primero en verlo y en pregonar su asombro por la calle que se despertaba. porque era una ciudad acostumbrada a encontrar cuerpos de hombres y mujeres sin historia. calles retorcidas y música de mariachis que no duermen nunca. Experimentaba cierta voluptuosidad en estar a solas con él. Elsa dio los primeros pasos. había aprendido bien lo único que podía darle su pueblo lejano. Era como un puente para cruzarlo. Y lo usó con tanto deleite que ya a los seis años de edad parecía uno de esos globitos que se venden en las ferias o en los parques y que si los niños sueltan se van volando por los cielos. Y Elsa tropezó. Se llevó una mano a la nariz. era su charco. Sobre el charco los negros habían colocado un largo tablón. 223 . De niña –recuerdan quienes la conocieron bien–. El tablón era firme y sólido. puesto que con bordearlo se podía fácilmente pasar al otro lado de la calle. Elsa pensó que al fin realizaba algo que los hombres y las mujeres de la ciudad no podían hacer libremente. Lola nunca jugó con muñecas ni tuvo momentos de solaz en el jardín de su casa. Por eso ahora las aguas del charco se la tragaban definitivamente. El cuerpo de Elsa flotó solitario. no se sabe si por coincidencia. faltó vinagre en todas las tiendas de provisiones de su pueblo. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Caminó lentamente hacia el charco. que por supuesto el charco iba a dejar sin contestación. la canción de un hombre que tampoco había dormido. la desolación. Fue. Y Elsa se ahogó en lo hondo del charco. hija de hacendado y poetisa. Su calle estaba herida en muy mala forma. Los Pacolola El día en que nació Lola. en cambio. una criatura venida al mundo única y exclusivamente para usar el paladar. cuando la cañería fue debidamente reparada. nunca vio más agua que la del baño. pero la boca se le llenó de aguas pútridas y el estómago se le arqueó. frente a los mudos pedazos de asfalto que los negros habían arrancado a su calle. quizás por casualidad. En su pueblo. Además. Elsa. En el mar Elsa sólo había mojado sus muslos y se había enjuagado la cara y el pelo. en hacerle algunas preguntas. Se oyó música en la calle y junto al charco. esa ciudad mexicana bordada en la falda de la sierra con casitas de tejas rojas. subió el precio del cacao en los mercados internacionales. ni nadie se reiría de ella. M. Cerró los ojos horrorizada y miró hacia el cielo.

mano… –solían decir los cicerones de las agencias turísticas. pero con dos corazones de oro. montó una tienda de alfileres. viejo politicastro marrullero. con el dinero heredado. Lola se relamía con caramelos. Lola y Paco se encontraron en Cuernavaca sin tener dónde ir y con una amargura infinita hacía la vida y la humanidad en general. ¡está usted rechula! —Vamos. con un bastón. indicio de que la niña era precoz. Paco y Lola fueron a la misma escuela y mientras Paco se chupaba los dedos. —Lola. Lola engullendo bombones en cantidades astronómicas y Paco chupándose los dedos o tocando una guitarra que le regalara un tío compasivo. tropezó con Paco. acercándose peligrosamente a la invisibilidad. y no sea mentiroso. lo usó para barrer el patio de las aguas inundantes. Paco estudió en Ciudad de México y Lola en Guadalajara. Luego alguien compuso una canción ranchera acerca de un elefante y un puñal y la gente en seguida la denominó el Canto de los Pacolola. una confitería especializada en bombones. más requeteflaco de México y del mundo. Paco. Lola siguió engordando hasta convertirse en una curiosidad turística que los norteamericanos retrataban tan pronto llegaban a Cuernavaca y Paco enflaqueció más todavía. vestida y acicalada para irse a la iglesia y rezar una salve. Lola. Lola puso. después de ver las pirámides. por ver si el muchacho se agarraba en algo y el viento no se lo llevaba hasta la cumbre del Popocatepelt. Paco. Y así fue como. en vez de desaparecer. quizás en la creencia de que la saliva era alimento. colocándole en la cabeza una escoba. Eran dos jóvenes deformes. Una noche de diciembre Lola. continuó con los años. hijo de un militar amargado que jamás pasó de teniente y de una acapulqueña que soñaba con la playa distante. —Pues la mujer más gorda del mundo y el hombre más flaco. fue confundido al nacer. casi en la misma calle. Un día murieron los padres de ambos. Pasaron los años y con ellos crecieron las hacendillas de Paco y Lola hasta convertirse en verdaderas fortunas. se ve usted esta noche pero que muy bien… —Ándele. consideró que aquella gorda desentonaba con las clásicas bellezas de la tierra de María Félix. De ahí que los guías comenzaron a llamar a la calle de los dos infortunados como la de los Pacolola. pero Paco tuvo que abandonar la universidad porque los profesores tenían dificultad en ver con quién hablaban y Lola regresó de Jalisco porque un alcalde. la fama de los dos desgraciados y un sentimiento de mutua comprensión y ayuda entre ambos. lo que estoy es muy gorda. Paco. cada vez más señalados por el infortunio de la curiosidad populachera. por su flacura. Esta flacura. hay que ver a los Pacolola. Las comadres de Cuernavaca refieren que un día de lluvia su madre.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Paco. hasta perfilarlo por todos lados. —No. Vivían relativamente tranquilos. –Aquí –le anunciaban a uno en los grandes hoteles de Ciudad de México–. que venía de ver en el cine una película de vaqueros. ¿Está tomado? 224 . como una varilla de acero. negocio cómodo para él porque podía confundirse con la mercancía cuantas veces algún amigo o acreedor venía a conversarle. —¿Y eso qué ser…? —preguntaban los gringos. jóvenes ambos.

Un humo pardo y vacío llegaba por el cielo y se desdoblaba sobre los álamos y en los estanques del bosque. pero no hubiese resultado memorable si el señor cura. también cuando soltera. que desde el cielo quería también enterarse de la conversación. Y volvieron a transcurrir los meses y los años. la tomo. que ya no eran el hombre más flaco de México ni la mujer más gorda del mundo. replicó: —Sí. que en bandadas revoltosas. Y de las palomas. hasta que un turista señaló con desagrado: —Estos Pacolola son puro cuento… Ninguno excepcional. una pandilla de mocosos y mocosas atestiguaba que aquel matrimonio era feliz y que el mundo ni las gentes les interesaban un bledo. y a ella por ser la mujer más gorda del mundo. a él por ser el hombre más flaco de México. digo. como Romeo o como Fausto. preguntando a Paco: —Paco del Castañedo. aplana a hombres y mujeres en un anonimato que da lástima. Paco y Lola se casaron un mes más tarde. concurrieron al atrio de la iglesia a ver a la gorda y al flaco uniendo sus tristes destinos. sin ellos darse cuenta. pero de nada les vale. a Paco y a Lola. Mas en la casita bermeja donde Paco y Lola tenían su nido de amor. Porque la verdad es que el matrimonio. hacia Tasco o Acapulco. registrándose un curiosísimo fenómeno: Paco comenzó a engordar y Lola a perder peso. pues con los tacos y las tortillitas y los huacamoles. 225 . En un principio la gente no se dio cuenta. no se equivocara. Curiosidad En el tejado oscuro el gato se movió con lentitud y miró hacia la ventana donde estaba el hombre fumando el cigarrillo. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Y el diálogo. ni en la luna. los llevó por las callejas y los empujó hasta la plaza. Fue un acto conmovedor. La ciudad seguía iluminada. sin detenerse. inmortalizándose. Perdieron pues los Pacolola su fama internacional y huyeron de su callejuela los turistas. padre. cuando era soltero. con detrimento del fisco de Cuernavaca. Claro está que algunas de las hijas de los Pacolola engullen bombones y pastelería que da miedo y unos cuantos de los hijos se chupan el dedo. del alcalde y del gobernador. Y Cuernavaca entera cayó en cuenta de que. ¿toma usted a este globo. Y del cura y del jefe de los mariachis de Morelos. chata y pícara. mujeres más rechonchitas existían que Lola y hombres más verdes y más flácidos que Paco se consumían en los bancos de la plaza. Y ni siquiera de Morelos. a esta mujer. en efecto. como su legítima esposa…? Pero Paco. el amor había transformado en tal forma a los esposos. con el beneplácito del síndico. para la admiración del mundo entero. en vez de resguardarlos en jaulas. El hombre de la ventana tiró a la calle su cigarrillo y apuró un trago largo de whiskey. algunos de los cuales. aunque usted la crea un globo. La posteridad sólo recordará a sus padres. donde no repararon en el saludo de amigos y amigas. manito –decía un político con ambición de llegar a diputado– no sabemos organizar el turismo en este país. continuaban. al pronunciar las palabras bíblicas. El gato se acurrucó en el alero y bostezó. con todas sus ventajas. Hemos abandonado a los Pacolola a su suerte. M. —Es que. llena de ruidos que comenzaban a morirse en la noche calurosa de verano.J.

además. A pesar de que ella se sentía gozosa como una gatita cuando. Alguien escuchaba. tanto que los amantes tuvieron tiempo de pensar y aun de recordar. El gato presentía que su enemigo el perro no estaba muy lejos y todo lo relativo al perro tenía suma gravedad. los recuerdos bastante cursis. La ciudad comenzaba a apagarse. tomados de las manos. se reía con una risa galopante. como el tableteo de una ametralladora. En seguida estuvo su cuerpo. en una fiesta olvidada ya. El gato permanecía en el alero. Y alguien más. —¡Amado mío! —¡Idolatrada! Los amantes no eran originales y cambiaron en un abrazo su ausencia de palabras. muchísimo menos elegante que ella. Era suficiente. Si aquella mujer no hubiera sido la amiga del hombre de la ventana. El hombre estuvo convencido de que al fin lograría la posesión de aquella mujer hermosísima. que ya avanzaba hacia el zaguán.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Un taxi se detuvo en la esquina y de él descendió una mujer. El humo pardo y vacío se tornaba negro. indudablemente. como gotas de agua en la misma orilla de sus oídos atentos. 226 . Duró mucho aquel beso. Era una situación a la que el gato estaba absolutamente acostumbrado. su figura se hubiese quedado tranquilamente en la calle o su taconeo. el hombre tuvo para ella frases galantes que producían cosquillas. un cuerpo mordido de deseos y tembloroso. El hombre comprendió aquella sonrisa y cambió el beso tranquilo por un beso fuerte y húmedo. La mujer apresurada se entró por la puerta y tomó el ascensor. que se resistían. Por eso la mujer había decidido escuchar las frases galantes. que ella no había escuchado en los labios de su marido. mientras tomaba una y otra vez sus manos. pero eso era porque la ciudad perdía sus luces y no porque el humo hubiese dejado de ser pardo. La mujer no gustó del beso tranquilo y se sonrió. Era una mujer apresurada y una mujer nerviosa y tenía. pero los amantes no conocían nada mejor. Los amantes se asomaron a la ventana. Días después se encontraron a la salida de un cinema. con el temblor de una tierra movediza. detrás de una pared. Eran palabras. hubiera seguido en la sombra. Los pensamientos fueron bastante comunes. su marido la besaba con rabia y la hacía dormir agotada. la ecuación del miedo en los ojos azules. con bastante sueño. en las noches. Al cuarto llegó primero su perfume. un disco gastado de Bach. en otro lugar de la casa. Comenzaron con un beso tímido que se desfloró a flor de labios. Tomaron té en un salón muy chic y allí él repitió las frases galantes. que el hombre agarró en la nariz y lo guardó en el pecho. Cuando se conocieron. hasta perderse a la vuelta de la esquina. Ella había mirado a su esposo y el esposo conversaba con otra mujer. Continuaron los encuentros y el hombre arreciaba las palabras y hasta llegó a pronunciarlas muy quedamente. porque no hubiese comprendido que tomar las manos no es cosa importante. Prefirió no decir nada al esposo. La mujer achacó a curiosidad el encontrarse allí y en aquella situación de desprendimiento. Los amantes decidieron besarse. un beso tranquilo como el agua de los estanques del bosque. La música de Bach era ahora música de Beethoven y la risa de ametralladora fue una blasfemia incontenible que trepidó en el alero donde se acurrucaba el gato.

La mujer cerró los ojos. antes de salir: —No valía la pena. El marido. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Después el hombre de mundo la llevó a su departamento y oyeron ambos música romántica. su enemigo. nadie la vio desnuda.J. —¡Déjame! –repitió ella. Así. el hombre creyó oportuno ofrecerle un coñac. La entrega no podía demorarse una noche más. rumbo al abismo. —¿Qué te sucede? –repitió el hombre. La luz de la ventana del cuarto donde el hombre había fumado cigarrillos se apagó y una brisa refrescante movió las cortinas. —¡Dé jame! –dijo la mujer. A ella le pareció que era la puesta de un sol de verano. como en una garganta que no ha bebido agua en muchos días. o de gente aburrida. como una nube haciendo la siesta. que eran hijitos de los dos. porque había perdido el interés unos minutos atrás. Del alero del tejado brotó un maullido desconsolador y se pudo ver al gato huyendo por entre las chimeneas. La mujer se levantó y se dirigió hacia la puerta. El hombre la cubrió con sus caricias y ambos corrieron por una selva en llamas. porque era una palabra gastada en su departamento de mundano. Allí se detuvo. la música de Beethoven. llenos de un humo que subía voluptuosamente hasta el techo y se quedaba tranquilo. porque el aliento del hombre salía caliente y pesado. Para el hombre la virtud era una prenda incómoda y aquella mujer la había usado. Y él no la escuchó. se volvió hacia él y dijo. para aquel hombre. La mujer empezó a temblar. sofocada como una bestiezuela. arqueada e impúdica. música apropiada para sorber menta y fumar cigarrillos rubios. en mitad de las explosiones de un volcán. era la bebida apropiada en todos los finales. M. arreglándose el desaliño del vestido y yendo a sentarse en el sofá. mientras pensaba que aquello era muy aburrido. sólo hablaba de sus hijitos. la risa convertida en blasfemia y el maullar del gato en acecho. La mujer se vio vestida nuevamente. dibujando el rouge en su carita inocente. Pero como eran lágrimas de la casualidad. Y el abrazo se extendió sobre los dos. Los besos fueron esta vez más largos y húmedos. porque de memoria sabía que todas las mujeres regresaban. Ella estaba en la puerta. al menos el suyo. que todavía esperaba la aparición del perro. Era la de ellos una amistad de gente complicada. y la mujer comenzó a gozar con aquellos encuentros inocentes. Además. —¿Qué te sucede? –le preguntó. Ella siguió en silencio. El coñac. arropándoles en una mortaja que no dejaba pasar los ruidos de la ciudad. Y algunos amantes. para desquitarse. Sobre la ciudad la noche envejecía con ruidos muertos sobre los hombres y las mujeres y los niños y unos pocos viejos. Y sin embargo. —¡No! –contestó él. en el matrimonio no había tiempo para pasar las tardes con el marido bebiendo menta y fumando cigarrillos rubios. ¡Prefiero a mi marido! 227 . —No volveremos a vernos –sentenció la mujer. como los vecinos del gato. El hombre no esperó respuesta. observándole fría e imperturbablemente. que la caída es una sola. sólo hablaba de negocios y ella. no obstante haberse apagado la luz. aun estando los párpados humedecidos por una que otra lágrima. El hombre volvió primero. tan cansada que le dolían los párpados. tuvo un escalofrío y remiró a su amante. Era un temblor muy raro y las rodillas quedaron flojas y en las mejillas se prendió un color de rosa que casi era el sangrante de una puesta de sol.

Regresó al balcón y encendió un cigarrillo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS El hombre no contestó. en bohío de yaguas prendido al monte como una estrella al cielo. vivió el negro Sebastián. es la tierra donde los taínos dieron batalla al conquistador europeo y donde vive hoy un pueblo con su historia. gozador de la naturaleza sin saber que es el mejor regalo de Dios. en mitad del llanto de esposa. Sebastián nació en los bosques aledaños a Constanza. ¡Sombra maldita! –había dicho la vieja persignándose. Y así. La sombra en el cerro Mi tierra es una isla. como una cuchara de sombra en el festín de la noche. no diga eso –respondía él– que me gusta ser negrito. Desde allí vio al taxi doblando la esquina. cuando yo. Era un gigante de cráneo oblongo. ¡Era hermoso el negro Sebastián! —Los niños como tú –díjole la madre muchas veces– debían nacer con otro color del que tu padre y yo te dimos. familiares y vecinos. grande y hermosa. acurrucado en el alero. matizó su vida en forma imborrable. las palabras que nunca olvidaría Sebastián. —Es la sombra del cerro que lo mató. ante el cadáver. era necesario llenar las barrigas 228 . a medida que crecía. reía o lloraba ante su rostro arrugado o sus manos que sólo me brindaron amor y sosiego: En el macizo de nuestra cordillera central. llevándose al padre. —No. Sebastián trabajó desde los diez años. La tragedia. de corrotear por los espinares. Vivía Sebastián frente a un cerro en cuya cumbre balanceábanse los pinares en danza continua con el viento. su trabajo. cortando troncos y vendiendo tablones de pino en los villorrios del Cibao. feliz y montaraz. El niño. Pero una tarde fría de diciembre trajeron al leñador con una herida en el vientre de la que murió horas más tarde. sus amores y sus leyendas. Este relato me lo hizo mi abuela. clavada en la mitad del Mar Caribe. días más tarde. Había que llevar yuca. Y en sus horas vacías. mamá. Infante aún solía perdérsele a la madre por los barrancos. El hombre bostezó. en una tarde de sol. encaramado en un montículo o corriendo por los senderillos. Y una anciana pronunció. se le convirtieron en garras. arroz y café para el sustento de la madre que se destrozaba las manos lavando en el río. alzada en montañas y dormida en playas. confundiéndose el azabache de su cuerpo con los troncos de árboles centenarios. vacilaba. Y vio también al gato. que fueron los más. déjame en paz! Búscala tú. Sebastián vivió sus primeros años en esa cándida existencia del campesino. preguntó a la madre: —¿Dónde está la sombra que mató a papá? —¡Yo qué sé. ojillos tristes y unos brazos tan largos que nunca sabía dónde tenerlos. En un principio fue un temor leve que le causaba temblores en piernas y brazos. luego. niño todavía. que volvía del abismo y se disponía a dormir. sin embargo. robara de su infancia la protección. El frío de las heladas y el hervor del sol quisqueyano le endurecieron la piel. De él lograba su padre el diario sustento. en el corazón de América. muchacho. Es tierra roja y tierra verde. anciana a quien nunca olvidaré. fue un odio caliente hacia aquella montaña que. donde el trópico se enfría con la altura y los valles se cuajan en pinares. y los pies. el afecto. de una bondad que no conocía límites y que se prodigó sobre cuantos le trataron o le pidieron alguna vez un favor. Sebastián evitaba pensar en el cerro que dominaba el pueblo con su mole redonda y maciza. el amor duro y necesario del progenitor. Era también bueno.

No sabía si rezaba o si maldecía. comió menos que de costumbre. prestan siempre a aquél de ellos que se impone por la astucia. El miedo. habían bajado el cadáver de su padre. una pasión de esas que consumen al ser humano como vela de entierro en brisa mañanera. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO redondas.J. Dios. con sus desparpajos y su impudicia. —¿Qué te importa? –contestó. resonaban las palabras de Mariela: “¡Ay. Eran diez horas diarias de gritos. El niño se hacía hombre. vengativo. pero sin jamás subir al cerro donde muriera el padre. una ululación que. y al volver a su hamaca. el talento o la fuerza todopoderosa de los puños. Sebastián el negro comenzó a languidecer. lo que es decir. en noche de luna chata. de pecho desnudo. desde entonces. con sus caderas de mariposa y su cintura de alfanje. —¡Ah. casi quemándole la nuca. Allí oyó el grito que le petrificó. Sebastián. A la semana de ver pasar a Sebastián camino de los potreros. “¡Pobre de mí!” –pensó. Quiso huir cuando. La gente. al menos la importancia que los hombres. tuvo la denigrante reputación de cobarde. se petrificó frente a la montaña. se le entraba por el corazón y le cortaba el aliento en pedacitos. Sólo el viento gemía por entre los pinares. Ese día Sebastián se cayó del caballo. “Ayúdame. sólido ahora. Así las cosas arribó al villorrio. negro. en sus parlerías nocturnas ante las jumiadoras. que tronara en la cordillera para que Sebastián se refugiara en alguna cueva y se tendiera en el suelo. pero siguió adelante. Y Sebastián. un chisme que llegó a los últimos confines de la región. le hundió los ojillos y le brotó los pómulos. a tu padre en el cielo le debes causar náuseas. se enamoró del negro Sebastián. tal y como su madre lo presintiera. como los animales en un rebaño. que conocía muchos bravos. como aldabonazos. Fue un aullido. a mustiarse en su infortunio. con lagrimones que le agriaban la boca. —Te estás haciendo cobarde –decíale la madre–. sudor y andanzas por el bosque. la mulata Mariela. Bastaba. me das risa! –y con una mueca le dejó plantado. —¿Conque me dicen que tú eres el que no sube al cerro? –le dijo. el aliento de Mariela provocóle: 229 . negro. sin que el rubor pudiera brotar a su piel de cacao viejo. sintió como si un alfiler le pinchara el pecho. Sebastián aprendió a montar en caballejos de estampa esquelética y guiar el hato de ganado de un ricachón con finca en las proximidades del pueblo. la Mariela se le acercó y lo trabó en conversación. Y era más que miedo aquella sensación cosquilleante de Sebastián. Y la Mariela. que ni tiempo había tenido para mirarse en ojos de moza. a los veinte años. a modo de saludo. La flacura le sacó los huesos al nivel de la piel. Un resplandor argentaba el cerro y las tripadas de sus farallones. Serían las tres de la madrugada. no comió nada. En sus oídos. Fue. Fue el suyo un amor terremótico. En su cerebro de lentos movimientos la montaña se había convertido en algo lleno de misterio y aun de espanto. Sebastián se levantó y descalzo. hizo de sus cuitas una sabrosa historia. trémulo de sollozos. Así. Sebastián fue un árbol roto en el río del miedo. me das risa!” Sebastián comenzó a trepar el senderillo vagabundo por donde. por ejemplo. creció luego hasta ensordecerlo. ya jadeante. con su salerosa actitud de hembra que todo lo puede. un pobre negro a quien nadie dio importancia. Llegó a un bolinguín natural que la hierba había formado en la ladera siniestra del monte y se detuvo. cruzó el poblado y caminó. que ya no aguanto más”. al atardecer. año atrás. con unos ojos quemados por las lágrimas. Comenzaron unos a abusar de él con palabras y otros con la acción. débil en un principio. M.

por los trillos dormidos de hojarasca. mi negro guapo… El se bamboleó indeciso y prosiguió. llegaban al más alto promontorio del cerro. de pronto. Luego. pero añadió. de vuelta al villorrio. La oyó nuestro miedo. como él. que el negro y la mulata vivieron felices. las sombras no matan. Sebastián. donde terminaban los pinares. con alborozo. —Bésame. silenciosos. hay un hombre que llora en una torre. con Greene. madre. hasta que un amor de mujer lo libera de sus angustias o de la sombra en el cerro. un beso húmedo en la cumbre de un cerro sin sombras. Como yo era niño. era un poquito menos esa noche. se abría el valle de la Vega Real como un abanico al que las jumiadoras en los bohíos motearan de lentejuelas. entre el asombro de las comadres y el gorjeo de los chiquillos. Caminaron.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Estoy contigo. Se miraron frente a frente y ella le tomó de la mano. La mulata estaba allí. ¡Ya no tengo miedo! —¿No te lo decía? –replicóle ella. El beso primero se prolongaba en otros y los ojos de entrambos se cerraban. La mañana comenzaba a explotar en los cielos. sólo dijo: —Mamá. Después descendieron lentamente. La soledad. Los muertos quietos Era una bandeja de plata en el rielar de la luna el cayuco de Vale Juan. ella nunca me dijo que Mariela besara a Sebastián. estuvieron los dos un largo rato sin pronunciar palabra. como liberó Mariela a Sebastián. en adelante. Mariela. —En nada…. mientras viviesen. me hiciera este cuento. hasta hacer que los labios se juntaran. Los hombres no pueden ser cobardes… Han pasado muchos años desde que Mamá Teresa. por la primera vez en su vida. Le pareció. Mariela le soltó de la mano y antes de entrar a su bohío se despidió: —Hasta luego. Sin embargo a mí. —¿En qué piensas? –preguntóle ella al fin. ¿pero y el grito? —Estaba en tu cabeza. ¡Dame un beso en la boca! Ella tuvo que agarrarlo. coreados por ruiseñores. incrédulo. por una angosta callejuela. estaría construida para ellos con un recuerdo. que el cerro. y vigilados por las yaguasas y las palomas. El viejo murió trabajando. sentía desaparecer de su cuerpo los temblíos. quiero ver la luna desde lo alto del monte. también temblorosa. El bosque se mecía blandamente con los ábregos y allende las torrenteras. mamacita del alma. como en todos los cuentos. Y treparon y treparon… La noche agonizaba en el horizonte cuando Sebastián y la mulata Mariela. la torre de la soledad y de la desesperación. en todo. —Sebastián. ahora riéndose solo. ¿y la sombra del cerro? —No la vi. ¡sigue! Sebastián se volvió. se me ocurre que siempre. dondequiera. el amor sería. aun siendo aterrador. en la mía. ¡Era la noche grande y definitiva para Vale Juan! 230 . negro. cansados hasta una eternidad. —Sí. he subido al cerro. mi abuela. a su madre que lo esperaba angustiada. poniendo sus manos en la espalda dura y desnuda. Allí. negro –invitó ella–. Caminaron entre los primeros ranchos. El grito salvaje no se había repetido y Sebastián. huérfanos de energía. Sebastián se estremeció. —Llévame a la cumbre.

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

El negro, enroscado en la proa, respiró hondamente, mientras el sudor le bañaba frente y tórax. Los brazos, largos y felinos, se entraron en el agua y bogaron sin ruido, cual si al cayuco le hubiesen salido garras. Los labios, de vez en vez, runrunearon palabras quedas, válvulas en mitad de los salivazos de andullo. Pedrico, en la popa, habló primero: —¡Vuélvase, Vale, que esto no tiene remedio! —Lo tendrá –replicó el otro– porque entonces mejor es no andar vivos. Pedrico no conocía el miedo. Lo había perdido años atrás en mitad de las sabanas, encaramado en los potros, siempre en pos del Vale Juan. Pero lo de esa noche era suicidio y ambos lo sabían. Dos hombres solos, acosados y perseguidos, ¿qué podían hacer? Pedrico recordó lo que entrambos realizaran con la vida. De niños, de adolescentes, de jóvenes, el juego de la guerra los atrajo como una droga. Comenzaron sin darse cuenta, siguiendo un día a un grupo de campesinos que se iba, armado de machetes, a defender sus tierras. Después, dominada esa revuelta, vino otra y otra más, y luego, con los años, la historia sangrienta del país que no se redimía fue la de ellos también, fue polvo y sudor y sangre y hambre; y cansancio de andar a tiros en mitad de sinrazones. Así, volvieron al pueblo. Nada pedían a Dios sino paz, un techo, un pedazo de pan y una hamaca para construir sueños. Los dos casaron tempranamente, formando hogares donde el amor fue dueño de las noches y el trabajo de los días. Vale Juan y Pedrico, sin ser mejores que otros campesinos, fueron, sin embargo, los dos más bravos de la comarca entera. Quizás debióse a eso que los revolucionarios cebaran su saña en ambos. En noche brumosa cayeron sobre el pueblecito, saqueando e incendiando en minutos todo cuanto estuvo en su paso. A Vale Juan y a Pedrico no les quedó más que olor a metralla y la sangre de los suyos en las manos. Sin lágrimas, porque el dolor que ha sido presentido está demasiado hondo para mostrarse en el rostro, los dos compadres se unieron a otros ultrajados y marcharon por los montes tras los asesinos. Cuando al fin se toparon con ellos, los rifles derribaron amigos como a árboles en un ciclón y sólo Vale Juan y Pedrico habían quedado vivos, para agrandar la venganza y no poder dormir. —¡Volvamos! –repitió Pedrico. —Digo que no –susurró Vale Juan–, y le repito que usted puede volverse. A mí tienen que matarme. Quedaron flotando las palabras. Pedrico, sin interrumpir el rítmico movimiento del remo, frunció la frente y rezongó: —No, Vale, o los dos o ninguno. ¡Eche pa adelante! Relampagueó. Un trueno se fue de bruces hasta el horizonte y se encaramó en la luna. Mientras las chicharras gritaban sus nostalgias, llegaron a las torrenteras. De un golpe rápido en el agua, Vale Juan empujó el cayuco hacia la ribera y lo escondió en el matorral. —Allí están –murmuró, señalando con la barbilla a luces débiles que se entreveían a un centenar de metros. A los oídos llegó el tañer de una guitarra y voces de hombres que discutían. Los dos negros, arrastrándose, iniciaron el avance, como raíces que al crecer se van moviendo en la selva. El andullo se amargaba en la boca del Vale Juan y las espinas, al clavársele en el pecho, en los brazos y en el rostro, no dolían ni quemaban, que no puede haber sensación cuando el alma anda empecinada en emociones. Se iban acercando. Los hombres tomaban formas concisas en derredor de una hoguera, las jumiadoras olían a esa distancia y la guitarra resumó lascivias en una canción de burdel.
231

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

El campamento de los saqueadores celebraba su último crimen. Y Vale Juan y Pedrico estuvieron, de pronto, en el límite de la espesura, a varios alientos de la venganza. —¿Y ahora? –preguntó Pedrico. —Ahora nos aguantamos y pensamos –contestó el otro–, que Dios es grande… Sentía Vale Juan que la angustia, sólida, arqueante como un vómito, le subía por el esófago y se le prendía en el paladar. Cerró los ojos y pudo ver a su mujer, dormida por los balazos, rumbo a la eternidad, suplicando que perdonara. Y vio a los hijitos, desparramados como muñecos rotos, huérfanos de risas ante la muerte, y Vale Juan tuvo ganas tremendas de llorar. Se palpó el calzón y bajo él el cuchillo y en el cuchillo se le calentó la mano como en una caricia. —¡Malditos! ¡Malditos mil veces! –sollozó–. Os tengo que matar a todos para yo poder vivir. —¿Qué le pasa, compadre? –preguntó Pedrico. El compañero no pudo responder. Las lágrimas de macho salen sin ruido, jamás con prisas. Pedrico tuvo temblíos en su cráneo de coco maduro. Transcurrieron horas interminables. En el campamento crecía la borrachera y con ella la alegría y los desenfrenos. Habían llegado mujeres, negras vestidas de percal, mulatas aceitadas y ampulosas y la guitarra, los timbales y el balsié atacaban los merengues con compases rápidos, llenos de sudor y de ron. La luna, fatigada de tramontar, huyó tras las sierras. Ahora se acercaba la tormenta, queriendo llegar antes que el sol de la mañana. Grandes saetazos de luz ametrallaron el cielo, barridos luego por el bramar de los truenos. —Va a aclarar –advirtió Pedrico–, decidamos, Vale. —Rece, compadre, rece, que en seguida nos tiramos al degüello. —Entonces nos morimos –y en la voz de Pedrico hubo cansancio, hastío de estar vivo, deseo de terminar, sed de sangre, hambre de muerte… —Nos morimos, si la Virgen del Cerro1 así lo quiere –sentenció Vale Juan. Por las fisuras del bosque inicióse el danzar de la lluvia. Gotas flacas primero, rechonchas después, comenzaron a patinar en la hojarasca. Gallos lejanos interrumpieron sus buenos días mientras las sombras emprendían retirada. Los dos negros, aplanados y rígidos, reconocieron a nuevos latidos en los corazones. Vale Juan arqueó las piernas, extendió la mano diestra en la que ya ondeaba el cuchillo y dio de pronto un grito salvaje, agudo, como el de la bestia que va al sacrificio. —¡Ahoraaa! –gritó, mientras corrían hacia el campamento, donde nadie los esperaba. Los dos primeros en volverse hacia los negros no tuvieron tiempo de respirar, cayendo ovillados en la hierba. Vale Juan saltaba como un simio; Pedrico le seguía, asestando puñaladas que todavía la música del merengue no descubría. Pero repentinamente, asaltantes y asaltados quedaron rígidos. Fue una fracción de segundo o un segundo largo como siglo. En los pies la tierra había comenzado a bailar grotescamente y un bramido se levantó de la espesura. —¡Tiembra, tiembla! –gritaron hombres y mujeres. El bosque se alzaba como una bandera, los árboles se reunían y separaban, el río se salía de cauce, grietas oscuras rajaban el monte y succionaban lluvia y hombres, empavorecidos hombres y mujeres, tragados en la mueca de la naturaleza desbocada.
1

La Virgen del Santo Cerro, imagen existente en un santuario de la Cordillera Central de la República Dominicana.

232

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

—Virgencita mía –dijo Pedrico, arrodillándose–, ¡perdónanos! —¡Dios! –rugió Vale Juan–, déjame terminar con ellos… Pero el terremoto continuaba con mayor bastedad, desjarretando la savia de la tierra. Los borrachos caían en las zanjas, chocaban contra los troncos de los árboles, huían en vano. En un minuto sólo quedaron unos pocos, petrificados en el suelo por el terror. Y esos miraban a Vale Juan sin comprender. El cuchillo del negro también temblaba, pero de rabia, de desesperación, de impotencia. Sonó un tiro seco. Vale Juan abrió la boca y vidrió los ojos. En seguida se fue desplomando, como un ceibo abatido por un rayo. Después, el negro quedó muerto, de cara a la lluvia que le agrandaba la sangre sobre la tetilla, un muerto quieto y vencido, como todos los muertos, como todos los hombres que acaban de pronto su angustia y entran por la puerta de la eternidad. Pedrico corrió hacia su amigo, se abrazó al tórax de azabache y gimeteó sollozos que parecían de niño. —Pobre Vale Juan! –lloró–. ¡Pobre Vale Juan! Que Dios te perdone, como a mí… También le abatieron de un balazo. La tierra fatigada tornó a tranquilizarse, y la lluvia, amurallada en catarata, siguió cayendo con su canción aguanosa. A lo lejos, en la serranía, el sol no pudo alumbrar la sangrienta mañana de los muertos quietos.

Shirma
Allá encima del nevado, donde el hielo era transparente y las nubes revoloteaban en escuadrones, se clavaban, mañana a mañana, las miradas de Osvaldo el pintor. No podía evitarlo. Cuando, vuelto de sueños donde miles de paisajes celebraban danzas multicolores, Osvaldo abría la ventana y tragaba el aire de la sierra, la montaña siempre le hacía una mueca burlona y le invitaba a vivir. Era desafío y requiebro, intimación y huída. —Alguna vez –se decía– escalaré la cima y traspasaré a mis lienzos el albo resplandor que me enceguece. Pero aquello tenía en su magín la rapidez de un relámpago y Osvaldo, perdido en fiebres, medicándose con ocres, naranjas y verdinegros, viajaba por un cielo donde no había montañas y sólo rostros atormentados, hombres quejumbrosos y niños pidiendo pan. Osvaldo era indio, con cuarenta siglos de orgullo y sesenta mil años de piedad en el alma. Una herencia mágica le vino prendida en los dedos, mariposa creadora de luces y de sombras, madre de las angustias de su raza, más vieja que los volcanes, más hermética que los pedregales o los páramos. —Yo pinto –solía decir– como llueve en la selva o como hay olas en el mar. Si mis ojos se beben la vida, mi corazón siempre anda triste. Y mi tristeza es como el nevado: todos lo ven y nadie lo domina. Así nació en él, poco a poco, el deseo de definirse a sí mismo, de encontrar, de una vez por todas, la razón de sus temores y sus odios, de sus amores y sus ambiciones. Una noche fría de enero Osvaldo decidió hurgar el monte y sacar de los hielos alguno de sus misterios, o al menos aquél de ellos que debía pintar, si es que los misterios tienen color: Después, no recordaba exactamente qué ocurrió. Sabía que la cima no llegó a estar lejos y que el aire estuvo lacerante, un cuchillo que al perforar el pecho dolía con todos los dolores. Pero entre las rocas o la alfombra gris de la lava, vio por primera vez a la niña de
233

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

tez aceitunada y cabellera dormida, de ojos fosforescentes y voz como gemido lánguido, confundible con el viento. —Shirma… ¡Shirmaaa! –la saludó en su lengua ancestral. Y cuando quiso besarla, preguntarla si se hallaba perdida, si precisaba de ayuda, la niña se esfumó en el volcán. El artista era hombre de mundo y tenía treinta baúles en la cabeza con treinta pedazos de vida como treinta novelas. Por eso a nadie habló de Shirma. No iban a creerle y todos, de seguro, hubiesen trocado en sarcasmo su cándido cuento. Y Shirma se le prendió en la curva del pecho, donde los pintores mecen su cuna de sueños. Osvaldo se hizo famoso. Su fama rompió la cordillera y paseó por ciudades llenas de luz y de vicio. La gente admiró la originalidad de sus cuadros, donde un rostro de niña aparecía siempre en mitad de otros rostros dolorosos, fuente de agua en mitad de una selva. —¿Quién es? –le decían–. ¿Dónde sacaste esa cara y esos ojos que, siendo dulcísimos, llevan tanta y tanta tristeza? ¿Dónde está, dónde está esta visión tuya que no podemos olvidar? Y Osvaldo sonreía, y aun los críticos que alguna vez le combatieran, declararon que la niña de sus cuadros era indudablemente genial y que el genio, besando la frente del artista, era el único responsable de aquel toque mágico, irreal y fascinante. Pasó mucho tiempo. Osvaldo viajó por el mundo entero y comenzó a envejecer. Su caminar, despacioso y reposado, sus ojos menos brillantes, sus canas prematuras, le dieron al fin un aire de neurótico, un matiz de hombre que conoce todos los caminos, los ha descrito hábilmente y no ha encontrado en ninguno a la felicidad. —Tienes en el rostro –le dijo alguien una vez– un paisaje angustiante, como de seguro es tu alma. Y Osvaldo no respondía jamás. Hubiese sido ridículo confesar que soñaba con la niña del volcán, que buscaba por doquier una cara de mujer que se asemejara a Shirma, la dueña de sus sueños y de sus pesadillas. Y mientras la seguía dibujando en los fondos de sus cuadros, su corazón sollozaba por ella. Un día decidió regresar a su país y no viajar más. Ante la consternación de parásitos y la incredulidad de íntimos, Osvaldo volvió a vivir tranquilamente en su casa de la sierra, nuevamente frente al blanco resplandor del nevado. —Aquí –se dijo el pintor– estoy cerca de Shirma y nadie podrá enturbiar mi amor por ella. Su atelier convirtióse en remanso y torrentera. Allí creaba quimeras y sueños, allí morían las horas en un concierto de pinceles, allí corría, ladeaba la cabeza, sudaba, giraba y se estremecía cuantas veces la imagen de Shirma quedaba presa en los óleos o en las acuarelas. Pero no fue feliz. Shirma, que era suya, se le iba en vagabundas rondas y él seguía vacío, sin una piel caliente en la cual dejar un beso o unos ojos donde posar blanduras y encalmar angustias. ¡Pobre Osvaldo el pintor! Era Dios un segundo y un pobre artista siempre. Fueron pasando los años de pláticas con el volcán, de amores con Shirma, la niña triste del nevado. Y un día llegó al atelier un mendigo que pedía monedas para comprar pan. Tenía una barba mal traída, dos manos largas y huesudas y un bastón nudoso, con el que golpeaba los senderos vacilantemente. —¿Qué quieres, anciano? –le preguntó el pintor. —Hablar contigo de penas.
234

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

—Yo no tengo penas, soy alegre como el sol. Pinto cuadros hermosos que la gente compra. Dicen que soy brillante. La fama es mi esposa, el halago de los hombres llega hasta mi puerta. ¿Para qué quiero más? —¿No quieres a Shirma? Osvaldo sintióse temblar y miró al viejo de hito en hito. —¿Quién te dio su nombre? ¿Cómo sabes de ella? —Lo sé todo, pintor. Tu angustia es mi angustia, tu amor uno de los míos. —¿Qué puedo hacer, mendigo? ¿Cómo creer en ti que nada tienes, ni siquiera cuadros que se venden o críticos que te ensalzan? —La vanidad se me perdió en un camino, el dinero nunca me acompañó. —Sigue, mendigo, ¡te suplico! —Ven, Osvaldo, vamos hasta el volcán. Pocos saben el final de esta historia, porque pocos fueron quienes vieron a Osvaldo y al mendigo escalar la montaña. Como era noche cerrada y relampagueaba sobre la cordillera, los indios estaban acurrucados en sus chozas y los callejones de la ciudad sólo reflejaban una que otra luz mortecina, como velón de entierro de fraile. El pintor Osvaldo apareció muerto en el helero, con los ojos vidriados y fijos en alguna visión desconocida. Quienes lo encontraron afirmaron que había en su rostro una dulce y plácida sonrisa de paz. Era como si todas sus angustias y sus dolores hubiesen salido para siempre del pecho, dejándole un sueño final en el que todos los hombres atormentados y quejumbrosos huyeran de su camino y en su lugar dejaran un mundo maravilloso, sin dolores y sin odios, sin ambiciones ni envidias, sin niños pidiendo pan. De esto hace mucho tiempo. Con la muerte, los cuadros de Osvaldo andan por el mundo como gorriones dispersos por el vendaval y mientras su cuerpo descansa a la sombra de un ciprés, su fama ha crecido hasta los últimos confines del globo. Sin embargo, muy pocos, fuera de su pueblo natal, saben que en el atelier se encontró el día en que lo enterraban, un cuadro de niña con tez aceitunada y cabellera dormida, descalcita sobre un nevado blanco, caminando en las nieves con los brazos suplicantes y los ojos fosforescentes. Como es natural, el cuadro pasó a ser propiedad de los indios que tanto le amaran y hoy no se conoce exactamente dónde está. Empero, hay quien asegure que el cuadro viaja de choza en choza, manoseado respetuosamente por hombres y mujeres y que en las noches de luna, cuando el volcán resplandece, los indios le sacan bajo las estrellas y en los campos sólo se oye una plegaria rítmica y alargada: “¡Shirma! ¡Shiiirmaaaa!”

El geófago
He viajado bastante en mi vida. Han querido la suerte y mi carrera que mis andanzas fuesen numerosas, pero aún no he podido dominar o controlar civilizadamente la emoción que me causa un viaje en barco o por tren. Muchas veces me he preguntado si entre mis antepasados no hubo algún marinero o, por lo menos, el maquinista de alguna asmática locomotora. El caso es que a mí, cuando el paisaje se mueve, me baila el alma. Y aclaro todo esto para que no se ponga en tela de juicio por qué diablos me metí en aquel trencito, en aquella inolvidable noche de invierno y llegué a conocer a Tomás
235

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

y a su mujer, la rubia Gladis. Recuerdo haber estado indeciso, en la tarde, de si tomar un avión o regresar a mi casa en auto. Como ambos medios de transporte son hoy en día de lo más vulgares, a mi se me ocurrió que el tren, aquel renqueante trencito de opereta, valía una mala noche y algunos malos ratos. Me inclino a creer que no hemos perdido todavía, los hombres empequeñecidos por la civilización, el sabroso placer de la aventura. La salida estaba anunciada en los pizarrones para las ocho, pero no fue hasta bien entrada la medianoche cuando tosió el convoy, rechinaron las ruedas y dejamos atrás la estación del balneario. Hacía muchísimo frío. La nieve cubría la comarca entera y se le helaba a uno hasta la digestión. Me parece que fueron dos las copas de coñac que ingerí en el restaurant para calentarme. La sinceridad, sin embargo, me obliga a decir que las tomé porque me gusta el coñac y no en busca de calor. Cuando me echaba al coleto la última, entraron Tomás y Gladis. Ella, alta, con una hermosura relumbrona y con el pelo horriblemente teñido, me desagradó desde un principio. ¡Para que hablen de atracción de los sexos! Además, considero que una mujer puede ser fea en cualquier parte de su anatomía, menos en su nariz, y Gladis tenía la nariz más dura, más grande y más desagradable que he visto hasta la fecha. Para colmo, aquel apéndice le servía de brújula, de norte, pues lo movía siempre segundos antes de hablar. Tomás, por el contrario, era la antítesis de su mujer, lo que en sí no es extraño; era, el infeliz, uno de esos hombres a quien lo del cero a la izquierda se les hizo a medida. Gesticulaba, comía, hasta pensaba, siempre y cuando le diera permiso su mujer… con la nariz. Como yo era el único pasajero que tomaba coñac, o mejor dicho, el único pasajero con inquietud suficiente para beber en esa noche, de inmediato le fui sospechoso a Gladis. Diremos que su nariz olfateó que era mala compañía para su esposo. La casualidad, esa vez en forma de barman deseoso de matar su aburrimiento con cualquier clase de conversación, nos amigó, aun a nuestro pesar. Así, sin ton ni son, una vez que Gladis ordenó para ella un vodka con limón y una limonada, bien dulce, para su Tomás, el Barman consideró que las murallas de Jericó estaban en el suelo y nos aunó a los tres. —Señores, la noche está que da miedo, –dijo. Pensé que lo que menos tenía él era miedo, pero dos coñacs, cuando uno viaja solo, tienen efecto impresionante y me sometí. —Da… –dije, y volviéndome a Tomás, pregunté–: ¿Van ustedes hasta Wilmington o siguen hasta Washington? —Seguimos a Washington –replicó y, en seguida, como un eco, Gladis aseguró–: A Washington… ¿El señor es extranjero? A mí me han espetado la misma pregunta en veinte países, pero nunca me supo a balazo, a trueno, a inquisición, como esa vez. Los ojos de Gladis, clavados en mí, parecían los de un investigador que acaba de descubrir a un microbio insignificante en el fondo de un tubo de laboratorio. Nadie podría criticarme si apuré mi copa de coñac y pedí, con énfasis, una tercera. Por cautela o precaución decidí suspender inmediatamente todo contacto con aquella singular pareja. Así, me volví hacia una ventanilla y me quedé mirando, sin ver, los copos de nieve que chocaban contra los vidrios, desintegrándose. Gladis sorbía lentamente su vodka y Tomás su limonada. El trencito proseguía su marcha. Tomás comenzó a dormitar con los ojos abiertos.
236

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

—Es preciso –oí decir a Gladis en voz baja– que aprendas a no familiarizarte con extraños. Un día vas a tener un disgusto. —Pero, mujer, ¿qué de malo hay en hablarle a otro viajero? –Y el hombrecito se llevó los dedos al cuello, como ahogándose. —¡No me discutas! ¡Eres un cándido! Pasaron unos minutos. El barman, convencido de que éramos tres irreconciliables, nos había dado la espalda y puéstose a limpiar, con olímpica elegancia, las copas del vasar. Con los años he descubierto que habría mucha más inteligencia en el mundo si todos los hombres tuviésemos siempre a mano un vasar lleno de copas y vasos vacíos para limpiarlos cuando alguien no nos agrada. O para tirarlos –se me ocurre ahora–, a la cabeza de algunas señoras como Gladis. Me entraron unas ganas tremendas de charlar. Fueron cosquillas incoercibles en la punta de la lengua que no calmaban ni el cigarrillo ni el coñac. Y me metí en honduras. —La marcha de este tren –aventuré–, me recuerda la de uno en el cual viajé hace años, de Quito a Guayaquil, en Ecuador. —¡Muy interesante! ¿Y por qué? –preguntó Tomás, con el rostro iluminado, como un chiquillo a quien le ofrecen un chocolatín que la madre le tiene prohibido. —A mí no parece –intervino, tajante, Gladis–, pues he oído decir que en Sur América hay indios y aquí no. —Señora –afirmé yo, con la misma sensación de quien pincha, en la escuela, con un lápiz, al compañero que menos nos gusta–, los indios, aunque a usted le cueste trabajo creerlo, son de lo más simpáticos. —¡Je, je! –rió Tomás, con una risita que fue un grito de independencia. Gladis se quedó rígida y bermeja, como un tomate al que van a convertir en jugo. —¿De qué ríes, tonto? –dijo–. ¿Cuál es la gracia? Este señor sin duda es medio indio y le encanta hablar de ellos. —Señora, soy indio del todo –respondí, pidiendo mentalmente perdón a mis padrecitos baturros. —Usted, ¡indio! –y Tomás se paralizaba de estupefacción. —No un piel roja, pero en fin, un indio con corbata que bebe coñac –me vi obligado a afirmar. —El señor es un guasón –amonestó Gladis–. ¿Cómo puedes creer tontería semejante? —Le aseguro, señora –insistí yo maliciosamente– que no guaseo. Además de indio, soy geófago y experto en problemas metapsíquicos, mis ojos son estemáticos y cultivo la anaptixis. Gladis se irguió en su banqueta, Tomás sonrió y el barman dejó caer una copa. Tuve la sensación que seguramente experimentó el mariscal Ney en Waterloo. Tomás, con una candidez desconcertante, exclamó: —¡Es! ¿Quiere usted repetir? —Imposible –aseguré–, porque a mi mismo me costaría trabajo. Nosotros los indios expresamos nuestro pensamiento una sola vez. Tomás pidió otra limonada que, no sé por qué, presumí cargada con ginebra por el barman, como para unirnos todos en contra de Gladis. Ella, mientras tanto, habíase quedado mirando hacia las ventanillas, como si la nieve estuviese de pronto, de lo más desconcertante. Así estuvimos un rato largo, ensimismados en nuestros vasos y en nuestros pensamientos. De pronto Tomás dijo:
237

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

—¿Sabe usted una cosa? Cuando lleguemos a Washington, voy a querer que nos dé una conferencia en nuestra escuela. —Amigo, los indios no dan conferencias. Las escuchan. —No importa, será usted el primero. ¡Ande!, le pago otro coñac. Después, sé que Gladis abandonó olímpicamente el bar y que Tomás, el barman y yo entablamos una charla caliente y efusiva, como la de tres náufragos abandonados en una isla desierta. Reímos juntos, nos ofrecimos préstamos, casas, autos, medicamentos contra el reuma, teléfonos de chicas lindas, amistad y consuelo eternos. Y decidimos, casi al final, cuando amanecía, que un mundo sin Gladis, sin mujeres con narices grandes y pelo teñido, sería indudablemente un mundo mejor. Tomás, con lágrimas en los ojos, me abrazó, como si yo fuese el libertador de todos los hombres oprimidos. Y yo me lo creí, sin pensar que Tomás había ingerido cinco limonadas con ginebra. Llegamos a Washington cuando clareaba el sol sobre las cúpulas de los edificios gubernamentales y las riberas del Potomac. En el andén de la estación Tomás me abrazó efusivamente, Gladis me estrechó la mano con friura y ambos se fueron en un taxi amarillo. Pasaron unos meses. Una noche, en el fover del Statler, me los volví a encontrar. Tomás caminaba erguido, hasta con desplante, mientras Gladis parecía seguirle humildemente. En un principio no comprendí y me quedé mirando a ambos, abobado. Fue Tomás quien, agarrándome por el brazo, me dijo al oído: —¿Cómo está el indio con corbata que bebe coñac? ¡Cuánto le hemos recordado! —Muchas gracias –repliqué–; yo a ustedes también. —¿Querrá creerme que mi mujer es otra desde que charlamos con usted en el tren? –dijo Tomás. —¿Cómo así? —Esa mañana, cuando llegamos a casa, busqué un diccionario y después de enterarme de lo que es un geófago, decidí convertirme en tal. ¡Gladis casi se muere del susto! Desde entonces ni me contradice ni me vigila. Es una santa. Evité una carcajada, remiré a ambos y le pregunté a Tomás, bajando mi voz: —¿En serio que ha comido usted tierra? —¡No, hombre, no! ¡Pero mi mujer tiene un miedo de que lo haga! Y nos despedimos, sin que Gladis levantara los ojos de la alfombra. Me dio pena, y lástima. Ya ni siquiera su enorme nariz se atrevía a dirigir a Tomás. Y él, orgulloso de su independencia, me lanzó como adiós: —¡Fíjese que hasta entiendo de problemas metapsíquicos…!

Los ojos en el lago
Salí del Llao Llao. La noche comenzaba a enfriar y el lago parecía de vidrio, un espejo recortado por los cerros abruptos. El viento me golpeaba en la cara y los grandes árboles parecían invitarme a la caminata nocturna. Tomé el senderillo que bajaba hacia la orilla del lago y muy pronto las luces del hotel y el ruido isócrono de la orquesta que hacia música de baile quedaron atrás. De muy lejos oí el suave bramido de un motor de yate que cruzaba el Nahuel Huapí. Estaba al fin solo frente al Ande, con esa agradable soledad que dan los propios pensamientos.
238

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

—¡Eh, patrón! La voz venía del lago, del agua o de la noche, quizás de la montaña misma. Me detuve y hurgué en la oscuridad. —Aquí, patrón, aquí –repitió la voz, cascada y ronca. A pocos pasos de distancia distinguí al fin al vejete, sentado en la grama, con una humeante pipa en la boca, tocado de gorra, vestido con suéter y calzones estrechos. De no haberme hablado pude confundirlo con un tronco más. —Buenas noches –saludé. Muy buenas –me dijo y en seguida, sin sacarse la pipa de la boca, me invitó a sentarme a su lado. —Me aburría –expliqué innecesariamente–, no hemos venido a Bariloche para llevar la misma vida que en Buenos Aires. ¿No le parece? —Me parece, patrón –asintió–, pero muy pocos lo comprenden así. La gente huye en el verano de las ciudades y se viene al campo o se va a la playa a hacer exactamente lo mismo que en las ciudades. Bailan, beben, trasnochan, se fatigan más todavía. —Habla usted –le dije– como si nos criticara. —¿Criticar, patroncito? ¿Quién soy yo para criticarlos a ustedes, los señoritos? Además –y el tono de su voz adquirió de pronto una sorna tenue–, de los patrones vivo yo. Me pagan bien por llevarlos a pescar, por recorrer los lagos, por trepar a los cerros. Callamos un rato largo. De pronto perdí yo todo interés en conversar y la contemplación de las montañas, bajo el luar de febrero, me fue más grata que la charla aguda del vejete de la pipa. Motas de nieve inderretible, prendidas en las cumbres, se enjuagaban con la claridad de la noche indescriptible. Temblé repentinamente con un escalofrío, confundido quizás con la grandeza de aquel paisaje fueguino que jamás olvidaré. —Le conmueve –oí al anciano a mi lado–, a usted, a mí, a todo hombre con alma, con corazón o con recuerdos. Este paisaje lo hizo Dios para recordarnos cuán pequeños nacimos y cuán pequeños moriremos. —Cierto –respondí, sin quererlo–, me conmueve en extremo. Estos cerros tajantes, como cortados con cuchillo, esta luna translúcida, estas aguas sin fondo…, no puedo compararlos con nada… —Por eso, patrón, estoy aquí –dijo el viejo–, y si no le molesta, le cuento. —Cuénteme usted –asentí–, que me interesa. —De mozo, patrón –comenzó el viejo, vaciando la pipa y volviendo a llenarla de tabaco, que había sacado hábilmente de una bolsa– de mozo fui rico, tuve mujeres, todas las que quise… Viajé desde el Plata hasta la India, desde Belgrado a Vladivostock, desde Islandia hasta Borneo. Era yo uno de esos marineros para quien la única felicidad está en el mar y no en tierra, para quien un amor o unos besos saben mejor recordados desde la popa de un buque, cuando la estela, al ensancharse, nos va alejando de tierra más y más, separándonos para siempre de un momento inolvidable. —Buena vida la suya –no pude dejar de decir. —Pues fue, patrón, fue así no más…, durante años, de mocedad y de madurez, sin cansarme de ella nunca. Amé mucho, patrón, hasta que de puro cansado el corazón no era mío. Y siempre quería más, como si en cada playa la mujer fuera más hermosa que en la anterior. El viejo mordía ahora la pipa duramente, pues sentí sus dientes rechinando sobre la madera y el humo, a borbotones, saliendo de la poza y calentándome la cara. Le miré
239

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

fijamente. Me parecieron sus ojos, bajo las cejas gruesas, dos ascuas encendidas por un fuego –Mas un día, patrón, llegó una playa y en ella una mujer. ¡Je, je! Como si no hubiera millones de mujeres en el mundo esperándome, me enamoré de una solita, misterioso. Como un borrego, necesitaba sus besos y los de nadie más; como un imbécil, me la enterré aquí –y se golpeó el pecho– y no me la pude sacar. ¡Y traté! Agarré un carguero y me largué a Australia, me bebí mil botellas de whiskey, trasnoché durante meses, me hundí en una orgía que me hiciera olvidar. ¡En vano! El hombre nace, ama y muere una sola vez: es ley, patrón. Quien diga lo contrario, miente. —Sin embargo, todo hombre civilizado se jacta de haber tenido muchas veces el corazón empeñado –me atreví a disentir. —De la boca afuera –contestóme el viejo– somos tenorios; de la boca adentro llevamos todos prendidos a una novia buena y dulce que nos amó de muchachos o a un amor duro y difícil de la madurez; pero convénzase, patrón, sólo se ama una vez. Las palabras roncas y despaciosas del anciano iban cayendo musicalmente en mis oídos, mientras la noche danzaba sus galas con el Ande y los lagos. El zumbido del yate retornaba, vibrando entre los copudos eucaliptos, los olmos y los cedros. —Un día, patrón, me convencí de lo inútiles que eran mis esfuerzos en olvidar a Irmgard y regresé, más viejo en mis canas, más enclenques mis rodillas de alcohólico, todo lleno de parches el corazón resquebrajado. Miré al viejo y no sé por qué presentí dos lágrimas en sus entrecerrados ojos. Evité así su mirada y le alenté a seguir. –La historia ya no se alarga, patroncito –prosiguió–, porque cuando volví por ella, mi Irmgard estaba muerta. ¡Muerta, patrón, muerta como los ruiseñores que mata el frío del invierno! Sólo que a Irmgard la mató mi amor. ¡Y yo de bruto huyendo de ella! ¡De bruto, patrón, de brutísimo…! —Pero entonces, ¿por qué vino usted tan lejos? ¿Qué le hizo buscar a Bariloche y el Nahuel Huapí como refugio? –pregunté. —Porque en las aguas de los mares y de los ríos que he conocido, siempre me imaginé ver reflejados los ojos de las mujeres que me amaron y en las aguas del Nahuel Huapí sólo se reflejan los ojos de mi Irmgard. —¿Únicamente los de ella? —Sólo los de ella, patrón, solitos y tristes, como invitándome a seguirla en la muerte. En lo alto del cielo, por encima de la cordillera gigantesca, explotó un trueno lejano, que fue luego huyendo por el horizonte. La luna, tímidamente, se acostaba en dirección de la pampa. —¿Se llamaba realmente Irmgard la moza de sus amores? –pregunté. —¡Ah, patrón! –aclaró el viejo, alargando interminablemente las palabras, como si le dolieran–, eso es cosa mía, y de mi corazón. El nombre de Irmgard me ha gustado siempre, pero el nombre de mi amada no se lo digo a nadie. —¿Y por qué? —Porque a lo mejor es ésa la condición para que yo vea, noche a noche, sus ojos en el lago. Es nuestro secreto, que me llevaré a la tumba, cuando Dios me pida estos huesos prestados o cuando yo suba detrás de la luna, en el humo de mi pipa. Me levanté y quise dar unas monedas al viejo, que fueron rechazadas. Di las buenas noches y caminé de vuelta al hotel, donde las luces del comedor y del salón de baile se
240

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

apagaban. Subí por el jardín y, antes de retirarme, contemplé por última vez el Nahuel Huapí. Los ojos en el lago no quisieron mirarme…

Ñico
Yo tenía ocho años de edad cuando mi madre decidió pasar una temporada al lado de mi abuela, en la hidalga ciudad de Santiago de los Caballeros, en el Cibao. Recuerdo que salimos de la capital –entonces Santo Domingo– en una mañana húmeda de enero y arribamos al hogar de mi inolvidable mamá Teresa esa misma tarde. La llegada fue memorable. Ivonne, mi hermana, bufaba de hambre y yo, aun gastándomelas de caballerito, mostré rebeldía a los besos y los mimos con los que me recibieron mis parientes. Nos zambulleron en la cama al toque de oración. Hoy, no obstante los años transcurridos, guardo todavía en mi memoria la imagen de mamá Teresa, paliducha y huesuda, murmurando las palabras del Santo Rosario y sonriendo, de vez en vez, en cuantas ocasiones reparaba en nosotros. Al amanecer me despertó un coro de sonidos para mí inexplicable. Imaginé rugidos de leones, estornudos de elefantes y en las voces que al través de las paredes de madera llegaban a mi oído, creí reconocer las de algún pirata salgarino, de aquellos que ya para esa época conocía yo tan bien. Así, ¡gran decepción la mía al salir luego al patio y no encontrar otra cosa ni otros seres que unos cuantos negros campesinos y una recua de burros y caballejos! Mi tío Miguel Ángel poseía y regenteaba una farmacia, aledaña a la casa. Desde el patio se podían ver los anaqueles, repletos de frascos multicolores y a mi tío, de negro bigote y reposado caminar, hurgando allí y acá, con aires para mí de lo más misteriosos, con ese misterio que el mundo adquiere para los ochoabrileños, como era yo entonces. —Ven, sobrino –me dijo al divisarme–, quiero presentarte a unos amiguitos. Me tomó de una mano, abrió una puertecilla que en el muro del patio había e irrumpimos en el solar colindante. Allí vi más animales y más negros, oí más piafar de bestias y decires campesinos. Tío Miguel Ángel silbó cabalísticamente y surgieron de detrás de un mango un par de chiquillos, con pistolas al cinto y arrogancias de caciques. —Raymundo y Manuel –dijo mi tío–. Son tus vecinos y debes jugar con ellos. Formamos de seguida un conciliábulo, en el cual se decidió que para ser yo un capitaleño no estaba del todo mal. Raymundo me prestó una de sus pistolas y me anunció: —Eres raso, ¿me oyes? Manuel es el capitán y yo el coronel. Tienes que obedecernos. Aquello no fue muy de mi agrado y un rato más tarde le endosamos a mi hermanita Ivonne los deberes de un soldado raso y yo quedé ascendido a teniente. ¡Las cosas no iban tan mal! Sorteamos, entre los dóciles burriquitos presentes, al que sería mi Rocinante. —Ahora –me ordenó Raymundo–, tienes que montarlo. Admitir que no sabía hubiese sido imperdonable de mi parte y así, ante los alaridos de espanto de Ivonne, salté sobre el lomo de la bestia e iluminé mi rostro con destellos de héroe o de conquistador. El burro, que era muy burro, no estuvo de acuerdo y comenzó a lanzar coces. Volé por la primera vez en mi vida, cerrando los ojos en espera de un golpe morrocotudo. ¡Pero no caí! Algo suave y acojinado detuvo mi vuelo y cuando abrí los ojos me encontré en brazos del negro Ñico. —¡Negro Ñico! –exclamaban a coro Manuel y Raymundo.
241

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

—¡Muchachitos malos! –dijo él. ¿De quién fue la idea de montar a mi burro Colasín? ¿No saben todavía que es indomable? El negro Ñico me colocó tiernamente en el suelo y me miró. Después a mi hermanita, quien, mujer al fin, lo examinaba con recelo. —¿Cómo os llamáis? Nos presentamos como mejor pudimos y el negro Ñico nos hizo sentar a todos bajo el mango. ¡Negro Ñico! Era muy flaco, de barbilla salida como una aguja, ojillos escondidos y curiosamente verdes, pelo hirsuto y casi del todo blanco, pecho y brazos simiescos. Se movía lentamente, agitaba sus manos a cada palabra y no pasaba un minuto sin que exclamara esta frasecilla, que era como una clave de su humor: ¡Uay ombe! Aquella mañana se inició nuestra amistad, amistad que debía durar todo el tiempo que estuvimos en Santiago. El negro Ñico era, de lo que luego he ido hilvanando, personaje muy discutido en el pueblo y en los campos. No era dominicano, pues hablaba el castellano castizamente; no era campesino, que sus manos sin callos jamás realizaron faena dura. Pero el negro Ñico siempre tenía dinero, lo gastaba a manos llenas y nunca hizo daño a nadie. Y por sobre todo, el negro Ñico, con sus cuentos, entretenía a nuestra pandilla de aventurerillos, para tranquilidad y reposo de mi madre, mi abuela y mi tío. ¡Por eso el negro Ñico podía entrar y salir como le viniera en gana! —Con lo único que no estoy de acuerdo –solía decir mi tío Miguel Ángel– es con las historietas que Ñico le hace a los niños. Eso no está bien. ¡No debes creerlas! –me advertía–. Son una sarta de mentiras. —Déjalo en paz –ordenaba mamá Teresa–. ¡Ya descubrirá José Mariano mentiras peores en la vida! Y así, consentido por mi abuelita, con mi madre haciéndose la sorda y mi tío resignado, el negro Ñico siguió brindándonos ratos inenarrables bajo el frondoso mango del patio. El único inconveniente era Ivonne. A mi hermanita no le interesaban los cuentos del negro Ñico y cuando él comenzaba a hablar, ella tomaba una de sus muñecas y se iba al más lejano rincón del patio. Desde allí, sola y herida, nos miraba con indiferencia olímpica. —Es mujer –comentaba el negro Ñico–. ¡Déjala en paz! ¡El mundo sería tan agradable sin las mujeres! Y Ñico alzaba sus manos y hablaba, hablaba por los codos, por la camisa, por los ojos. Relatábanos correrías por los montes, él en comando de una guerrilla de revolucionarios que siempre ganaba la revolución; de su entrevista con el “Presidente”, cuando Su Excelencia le ofreció un puesto de capitán que Ñico –¡negro astuto!— no aceptó, por no comprometerse con las amistades de los otros partidos. –Yo soy un caso único —decíanos–, yo soy negro de pelo en pecho. —Y eso, ¿qué es? –inquiríamos abobados. —Para ser de pelo en pecho hay que haber peleado mucho y no tenerle miedo a nada ni a nadie, como yo. —¿Tú no le tienes miedo a nada? –preguntaba Raymundo. —¡A nada! –aseguraba Ñico–. Cuando la guerra de Puerto Rico yo solo maté a veinte hombres. —¿Veinte? –y abríamos la boca de a vara. —Creo que treinta, o más. Y en Venezuela fui a pie desde el Orinoco hasta Panamá. ¡Uay ombe! Yo he nadado desde Higüey hasta Ponce.
242

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

Luego, con los años, ante el mapa de América, iba yo a descubrir que las hazañas de Ñico superaban las de todos los héroes griegos y romanos. Pero entonces no había estudiado cosas tan complicadas y Ñico fue adquiriendo en mi cerebro las proporciones de un ídolo. Un ídolo tan humano como sólo puede crearlo un niño. —¡Cuántos años tienes, Ñico? –le pregunté un día. —¡Uay ombe! ¡Eso sí que no lo sé! —¿Y por qué, Ñico? Mi vida es muy complicada, muchacho. Gente como yo, que ha vivido en todas las islas del Caribe, no puede pensar exactamente cuándo nació. Madre decía que en el sesenta, padre que en el cincuenta. ¡Uay ombe! Podré tener ochenta años, pero me siento más fuerte que un toro de dos años. —¿Y de dónde sacas tanta plata? –guiso saber Raymundo, quien con sus doce años no creía a pie juntillas a Ñico. —¡Hum! –exclamó el negro–. ¡Esa es historia larga! Pero se las voy a hacer. Eso sí, me guardan el secreto. ¿Entienden? —¡Claro, Ñico! –juramos al unísono. —Bien… –comenzó–, cuando yo era pirata… —¡Pirata! –exclamamos. —¿No se los había dicho? ¡Claro que fui pirata! Me enrolé en una banda de ingleses que vino a Puerto Plata en el ochenta y cinco y en tres asaltos que dimos llegué a capitán. ¡Uay ombe! Si ustedes hubieran visto si negro Ñico con un puñal en la boca, gritando desde proa: “¡Enemiiigo a la vista!” Yo solito decidí una batalla frente a Mayagüez y Juan el Terrible… ¡Ese era mi Jefe…! Pues me dijo: “Ñico, tú eres el más bravo de mis bravos. Quiero regalarte mil pesos oro y nombrarte mi segundo”. Yo me rasqué la cabeza y le dije: “Juan, muchas gracias, pero no puedo aceptarle el nombramiento. Ñico no se puede amarrar con una obligación”. —¿Y qué dijo Juan el Terrible? –interrumpíamos sin aliento. —Juan me miró asombrado, escupió cinco veces, para quitarse la mala suerte de una negativa como la mía, y dijo: “Sabe, Ñico, que a otro lo hubiese hecho colgar del palo mayor, pero a ti debo perdonarte. Puedes irte. ¡Te ragalo dos mil pesos oro en vez de mil…!” Y yo me fui, sí, señores. Agarré un bote de vela y fue cuando me vine para Samaná. Y allí… –añadió, bajando la voz y alzando las manos al cielo–, en un islote que nadie conoce, escondí mis morocotas. ¡Je, je, je! Me puse a trabajar y gané más… y más… y llegué a ser el hombre más rico de Samaná, pero como era negro, un blanco gringo me quiso robar… Y entonces fue cuando yo encabecé la revolución del ochenta y ocho. ¡Que ganamos, uay ombe, que ganamos…! —Entonces, fue cuando me metí a contrabandista, el mejor de todos los contrabandistas desde La Habana a la Martinica. Vendía ron, quinina, piedras preciosas… De todo un poco. Un día me apresaron, en la Florida, pero escapé y trabajé de pescador en el Golfo de México. Adquirí miles de perlas, que luego vendí a precios fabulosos en Nueva Orleans… Y el negro Ñico, flexuoso y elástico, hablaba de todas sus hazañas, hazañas en las que él era el único vencedor. ¡Gran Ñico inolvidable! Una noche nos dijo mamá que regresábamos a casa. Ivonne comenzó a saborear la idea de volver a sus muñecas y sus amiguitas, al parque de la capital, los bombones, los autos, pero yo no pude dormir, febril y preocupado. Irme de Santiago, ¡cuando ya era coronel de
243

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

mi pandilla! ¡Dejar a Ñico y sus cuentos! ¡Y lloré sobre mi almohada!, lloré con desconsuelo al comprender que se terminaban los veinte días más felices de mi vida. Por la mañana nos despertaron muy tempranito, mamá Teresa nos acicaló con cuidado y nos atiborró de dulces y golosinas; mi tío Miguel Ángel hasta me regaló un frasquito, lleno de un líquido verde, que siempre ambicioné poseer. Mas nada de eso me consolaba. Cuando llegó el supremo momento de la despedida, se me aguaron los ojos y busqué en mi derredor… ¿Dónde estaba el negro Ñico? ¡Ah! Al arrancar el auto con mi madre, mi hermana y yo, el viejo negro, jinete en su arisco Colasín, apareció a la vuelta de una esquina, alzó su mano diestra en un saludo rítmico y gritó: —¡Adiós, mi comandante, adiós…! Han pasado muchos años. Yo nunca volví a ver a Ñico ni a escuchar sus sabrosas historietas. Cuando la vida me enseñó lo que es verdad y es mentira, hubo en mí cierta rebeldía al pensar en Ñico. ¿Ñico embustero? ¡No! Ese negro bueno, ese negro de gran imaginación, no fue nunca un embustero. Aunque mi tío Miguel Ángel o mi hermana Ivonne ni siquiera lo recuerden, yo sé que el negro Ñico está en el cielo, esperándome impaciente con nuevas historias y quizás… –¿por qué no?– dispuesto a saludarme, a mi llegada, con un estentóreo: —¡Salve, mi comandante José Mariano, salve…!

El feo
El mayor enemigo de Cándido era el espejo. Nunca quiso, compasivamente, cambiar su nariz de albóndiga, sus cejas tupidas como bigotes, su mentón prognático, sus ojos tan pequeños que costaba trabajo encontrarlos en la cara repelente. Pero el espejo también había sido, en la vida de Cándido, un enemigo silencioso, con quien se podía conversar de todos los temores y las ansiedades, a quien se podía hacer confidencias, el único que jamás respondió con evasivas o estalló en carcajadas ante su grotesca cara de payaso. Y el espejo, para Cándido, fue el único leal compañero en los años de soledad y de desesperación. Cándido era viejo ya. Sus memorias, pocas y estrechas, podían guardarse en un solo bolsillo del corazón. Su miedo, tu timidez, sus vacilaciones, habían llegado a los cincuenta años como cachorros cansados de jugar a solas. Y su ansia de amar seguía en Cándido como un animal enjaulado, ansioso de salir a la luz del sol. Porque Cándido no conocía el amor. Tenía leídos muchos libros y registrados muchos suspiros, recordaba noches de insomnio y mañanas vacías, mañanas sin besos y sin palabras de mujer, pero el amor siempre estuvo en la mesa de al lado, siempre pasó por la acera de enfrente, o se sentó en la butaca de atrás, o se entró en la puerta de la casa que no era la suya. Por eso la vida de Cándido no era una vida digna de contarse y él no se atrevió jamás a compararla con otras vidas que pasaron a su lado. Era la suya una vida pequeña y apagada, una vida casi dolorosa, casi desesperada. La recibió del vientre de su madre y cuando ella lo dejó huérfano, Cándido quiso encontrar en su padre aquello que no podía definir, aquello que no se reía de su nariz ni de su cara, aquello que abría los brazos o bajaba hasta su frente y suspiraba, aquello que debía ser la bondad. Pero su padre huyó de él avergonzado. Como era hombre, consideró a Cándido un engaño o un castigo, nunca como a un hijo. Y Cándido vivió solo, únicamente acompañado por su fealdad.
244

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

Cándido era profesor. En las aulas su talento, un talento construido con el tesón y el tiempo necesarios para derribar al más viejo de los árboles, era respetado y temido. Durante sus clases nadie podía reír del feo, porque el feo sabía más que todos los alumnos hermosos o las alumnas bellas. Y así navegaba Cándido su existencia, un viejo y renqueante remolcador, carcomido por aguas que de seguro terminarían un día en el olvidado puerto de la muerte. Hasta que una tarde, a Cándido se le ocurrió sentarse en un banco del parque que circundaba la universidad y dar de comer a las palomas. Oscurecía. Platos de sombras rellenaban el mantel del cielo y en las casas de la ciudad los hombres se lavaban de sus encuentros con el odio, la ambición o la maledicencia de otros hombres. La mujer que caminaba por el parque era bella, con la misma belleza que Cándido había idealizado, con la belleza de los cuadros que colgaban en las paredes de su casa. Cándido se estremeció cuando la desconocida tomó asiento al lado suyo, en el banco rodeado de palomas hambrientas. Cándido esperó. Sabía que ella, en el reojo de sus ojos zarcos, miraría hacia él y reiría, con la risa que todas las mujeres siempre regalaban al feo. Sabía también que una vez constatada, su fealdad la ahuyentaría y la vería marchar parque abajo, sin comprender que aquel hombrecillo sólo pedía unas palabras de misericordia o un saludo, un simple saludo que abarcara el tiempo, las palomas, el atardecer, un saludo que sin entrar en la amistad tocara siquiera el conocimiento. Pero no ocurrió así. Ella lo miró y lo remiró. Luego le dio las buenas tardes. Cándido, al contestarles temblaba como quien se zambulle en el mar por la primera vez. Y habló con la mujer. Sus palabras tropezaban, llegaban cojeando, pero salieron de su boca como chiquillos en vacaciones. —Me gusta el parque, me gustan los árboles, el rumor de las cascadas, el silbato de los guardas, las niñeras que se besan bajo los cedros, el ciclista que pedalea, el jinete y su arte difícil, hoy desusado… Cándido calló. Aun queriendo continuar, tuvo el valor de cerrar los labios y esperar que ella dijera algo a cambio. Como era su primer diálogo con una mujer en el parque, Cándido se sentía más feo que nunca, como si tal cosa fuese posible. —¿Usted es poeta? –preguntó ella. —No –le dijo Cándido–, no he podido hacer versos. Esa clase de belleza nunca pudo tocarme. Se sentía repentinamente fuerte y desafiador. Si aquella mujer, quizás por equivocación, llegó para romper su círculo de soledad, él podía provocarla, restregándole la amargura en la cara, por si quería irse ya y dejarlo tranquilo, dejarlo con su nariz de albóndiga y sus años cansados. —Sin embargo –contestó la mujer, derribando un poco la altivez de Cándido–, da usted de comer a las palomas. ¡Y las palomas son tan amigas mías! —Y mías –admitió Cándido–, ellas me conocen, ellas no me tienen miedo. La mujer sonrió con una sonrisa gastada y tranquila. Luego metió la mano en su bolso y sacó migas de pan, que regó por el césped. Cándido se agarraba a su paraguas, hacía girar su sombrero hongo en las manos, miraba al cielo, a uno que otro árbol. —¿No será que las palomas han querido reunirnos? –preguntó ella–. ¿No querrán presentarnos en esta tarde? ¡Hace tanto frío!
245

La noche vino a ellos repentinamente y en el parque las farolas perforaron un poco la neblina. Aunque ella se volviese y le quemase con un bofetón. ¡Un beso! ¿Por qué no conseguir un solo beso de aquella mujer que no amaba a nadie? Él jamás había besado. que nos arropa. las palomas son mis compañeras. Cándido se sintió egoísta y ambicioso. Y mientras ella hablaba. donde sólo los cerezos y los sauces podían hablar. Todavía estaba lejos la ciudad. Cándido se abrió el sobretodo. discutía con su corazón el lugar exacto dónde poner sus labios. ¿Le gusta mi nombre? Cándido gustó de él y sintió que le gustaba su dueña. borraban en Cándido todo recuerdo de amarguras. era el más feliz de los hombres. sin mentón prognático. Su fealdad también se había marchado. amigo mío. Las palomas se habían ido. Les parecía que la ciudad se había alejado y que ellos dos solos presidían un mundo silencioso. el amor es una nube que cubre el mundo en que vivimos. Sus ojos se replegaron. Además. rumbo a las ramas de los sauces. en el horizonte. podía poner sus labios calientes en la cara de Rosalía y conseguir un beso. con una conversación tumultuosa. y su boca. por intrascendentes. cejas como bigotes y ojos pequeñitos. mi casa es pequeña. Al inhalar la primera bocanada. Los niños y sus niñeras de seguro dormían. se marchara para siempre del banco del parque. que casi era un hombre normal. repleta de dientes ennegrecidos. —¿Querría cenar conmigo? –invitó Cándido. —¿En qué piensa usted? –preguntó ella. su pecho se expandió sosegadamente. Le preguntó a ella cómo se llamaba. Para mí el amor es un sentimiento que no puede darse a nadie. detrás de la nuca tersa y llena de lunares. sacó un cigarrillo. Cándido y Rosalía conversaron en el banco del parque durante muchas horas. —Cuando yo era niña –dijo ella–. con sus hombres apresurados y sus mujeres que reían. murmurando en las riberas. Y el espejo del cuarto de Cándido no podría imaginarse que el feo. ¡Cómo gustaría de llevármelas a casa y darles todo el dinero que mamá me dejó! —Hágalo usted. ¡El beso de una mujer! Se estremecía de pensar que con sólo inclinarse. que nos consume. Sí. le pediría un beso. como adivinara. porque los besos colocados en las mejillas de su madre habían sido regalos. Cándido medía el rostro ovalado. las palomas gozan más en libertad. con sus migas de pan en los picos. con el pelo recogido en un moño. que ella no aceptó. El policía examinó su uniforme y continuó su ronda. —Yo nunca he amado –le confesó Rosalía–. transparentes. como las fisuras de una pared mal encalada. casi mordida en un gesto de impotencia y de desesperación.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Cándido y la mujer se acercaban. mi madre no quería dejarme venir al parque ni dar de comer a las palomas. cerrar los ojos y darle gracias a Dios. aunque ella se levantara y. ¡Nos conocemos tan poco! Pero ella no se fue. con su cielo lleno de hollín y sus autos veloces. —No podría. por sorpresa. sin despedirse. sería hermoso –admitió Cándido. hablándose de cosas que. Por eso. desde que ella murió. pasase lo que pasase. 246 . En otra ocasión. En el parque se sienten mejor. con los ojos grandes e inquietos. donde sólo las palomas gobernaban y los hombres todavía eran desconocidos. con el día muerto. El río continuaba corriendo hacia el mar. en esa noche. —No. Todavía no tuvo el coraje ni el valor de confesar. —Rosalía –contestó–. se le quedó apretada. con las manos de uñas largas y con venas azules. ofreció uno.

limpiándose de vez en rato sus plumas brillantes. su talento y su tacto prodigioso de mundano. 247 . Así. de verde plumaje. caminando por el parque oscuro. cuando mi amigo levantó la voz para imponerme un juicio suyo. un solo beso suave y tibio. ganchudo y fuerte pico. las palomas parecían regresar a su lado. Se hace tarde. alzó sus hombros hasta allí caídos. La mujer se levantó en silencio. Le puso luego ambas manos en los hombros. Las bocas estuvieron cerca. que no se empavorece con mi rostro de payaso. Sisebuto pronunció una frase sonora. Es preciso que nadie me vea en el parque a estas horas. Luego. Cándido abrochó su sobretodo. comentaban: —¡Al fin la agarraron! ¡Pobre loca! ¿Sabes que cada vez que se escapa vuelve al manicomio diciendo que un hombre la ama…? ¡Es Rosalía. Rosalía? La voz de Cándido se resquebrajaba y era como el ruido de un trueno en mitad de la jungla. cruzándose con él. para que conversemos de todas las cosas que usted conoce mejor que yo. No sonrió. Y las palomas. que no soy para usted el feo de quien ríen todos los hombres y las mujeres de la ciudad. eso es lo único que le pido. nos verán juntos. Y acercando lentamente su cara a la de él. Ni pudo escuchar a dos novios que. Y a la vuelta del sendero. —¿Volverá usted? ¿Verdad que volverá. debo marcharme. Regáleme unos minutos en las tardes.J. sin embargo. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —Amigo mío –dijo ella al fin–. Un día. mi amigo me llevó a su casa y conocí a Sisebuto. Rosalía echó atrás su cabeza y le miró de hito en hito. recamadas con la luz de una farola. que no le asusto. miré a mi amigo. amigo mío. ¿No es eso lo que quiere? —Sí –dijo él–. Rosalía. No creo que le prestara mucha atención. Muéstreme. M. Sisebuto asistió a nuestra conversación con bastante decoro. no pudo ver a un grupo de gente arremolinado en la calle. a Cándido las piernas le bailaban temblorosas. sus amigas y mis amigas. alargando las palabras. A diferencia de otros loros que he conocido. Sisebuto no se mostró parlanchín. el parque cantaba. depositó en la boca de Cándido un beso. un beso que quemó la boca del feo como un latigazo. Para mí Sisebuto era algún poeta en quiebra o un filósofo aburrido. empuñó su paraguas y caminó también hacia su casa. Por el contrario. entrometido ni quisquilloso. se besó la mano y miró hacia el cielo. Nada dijo. muy bien. resultó ser un loro de lo más distinguido. Y no me pregunten ustedes por qué sé yo cuando un loro es distinguido o no. Me rasqué la cabeza. la loca romántica! El loro En varias ocasiones mi amigo mencionó a Sisebuto. gracias…! Pero ella se iba rápidamente de su lado. —Volveré. Me agradó Sisebuto. guiñándome un ojo o balanceándose en su pértiga con prosopopeya y ritmo. Él la siguió. El aire estaba límpido. se la tragó la neblina. —¡Gracias. volveré al parque. Cándido dio un suspiro y se llevó una mano a los labios. Rosalía. en derredor de una ambulancia. muy requetebién…! Miré a Sisebuto. Frente a frente. ojillos traviesos y garras respetables. Sisebuto. Sólo en una ocasión. como si quisiera probarme que él sabía más que yo: —¡Bien.

en el cielo de nácar. un muchacho de quien siempre creí que sólo sabía componer sonetos clorofórmicos. abrió los ojos y miró por la ventana. dijo: “Muy mal. muy requetebién…!” para saber que triunfaré. me replicó mi amigo poeta a vuelta del correo. admiré a Sisebuto. En el patio. Antes de ir a estrados. ¡Era de esperarse! Llegó a confiar tanto en Sisebuto. luego en millonario. yermos y muertos por la zafra. —Sisebuto –me dijo–. Los cañaverales. —¿No le parece mentira? 248 El machazo . Convirtióse en abogado de fama.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Se lo enseñaste? –pregunté a mi amigo. —¡De ninguna manera! ¿No te dije que Sisebuto era admirable? Y desde esa tarde. Cuentan que le sometió a Sisebuto un proyecto para terminar de una vez y por todas con las guerras y Sisebuto. se enjuagaron las caras y las bocas. Hay mucho que caminar. con agua del pozo. muy requetemal. me envió esta carta maravillosa: “Fulano se pegó un tiro. Me tranquilizaba saber que Sisebuto vivía en perfecto estado de salud y envejecía con dignidad y sapiencia. muy bien. podía cambiar de opinión. olvidé un poco a mi amigo y su carrera meteórica. hay que cobrar y largarnos. él y Sisebuto pasaron. haciendo gárgaras sonoras que asustaron a las gallinas de Juana la negra. ¿Cómo no asombrarme al leer una tarde en el diario que mi famoso amigo se había pegado un tiro? Escribí a mis conocidos y uno de ellos. Cuantas veces me topaba con mi amigo. Con el tiempo. en la sien derecha…” “¿Y Sisebuto?”. en mi memorial. redondo y brillante. pues mi amigo fue orador político y arrastró con sus párrafos ditirámbicos a las multitudes. dejándole petrificado. —¿Cuál es el secreto de tu éxito? –inquirí yo de él. al rincón de los recuerdos empolvados y telarañosos. su compañero. Balzac o Dostoiesky. —Nos vamos. compró una pistola y se la aplicó. llegó el momento. Y me basta que Sisebuto diga “Bien. Mi amigo progresó espléndidamente con los años. A lo lejos. Quiterio se rascó el cráneo. loro al fin. Ni amanece… Los dos hombres se vistieron con lentitud. le preguntaba por Sisebuto antes de hacerlo por su mujer o sus hijos. —Y Sisebuto –insistí yo con malicia–. muy requetemalísimo…!” Fulano abandonó su casa. todavía dormido. tuvo amantes y hacia él acudieron las cortesanas más lindas y famosas de veinte países. antes de hacer un negocio o comprar un bien raíz. llegaban a lamer el bohío de Cirilo. ¿sólo sabe decir eso? ¿No te contradice nunca? —¡Jamás!– ¡Jamás! ¡Sisebuto es un loro inteligentísimo! –terminó mi amigo. —No ande de impacientes compadre. pregunté yo en otra carta. “Lo vendieron esa tarde. le consulto. Y al parecer lo era. —¿Qué? –preguntó el otro. Todavía no había salido el sol. le leo mis defensas. escribió novelas y hubo quien lo comparó con Dumas. Con el pie descalzo trató de zarandear a Quiterio. por cierto con muy poca originalidad. Cirilo se alzó del catre y se restregó los ojos. Al viajar yo. —Las cinco –le dijo–. unas estrellas holgazanas jugaban a amanecer. especuló en la bolsa y sus pujas y repujas pusieron temblequeante al mercado. ¿O es que tú creías que la familia del difunto iba a conservar a un loro tan bruto?”.

luego nos casamos. A lo mejor me la guardo. Le dominiquén é compliqué. como si él también fuera a cobrar su zafra. como el grupo de hombres. Cirilo y Quiterio se acomodaron debajo de una palmera y comenzaron a roer pedazos de pan que habían traído en el bolsillo. —Paul… ¿Todo listo? —Cirilo. Cirilo. Yo me voy hasta mi pueblo na más. tintineándoles en el cerebro la pequeña fortuna que cobrarían dentro de poco. en conversación con las locomotoras pequeñitas que acudían de los cuatro ámbitos del cañaveral. —¡Eh. compadre. boberías… Ya son nuestros los pesos. con el final de la zafra. allende la cordillera. de eso no… —¿Qué va a hacer con la plata? Cirilo entrecerró los ojos y enmudeció unos segundos. envuelto en una que otra astillita de bagazo huida de las trituradoras. dos. ¿usted cree que mis callos y mi espalda. Vientos en caracol soplaron de la costa y el salitre se sintió en las narices. ¿qué importa? ¿No era peor andar por los cañaverales cortando caña? ¿O ya se me olvidó usted del calor y de los alacranes? —No. Quiterio! ¿Qué va a hacer con la plata? —No sé entoavía. cuadrada y hosca. Ellos van de camión y bien lejos. ya andamos por cuatro. Toño. ¿No sabía? —Buena obra. —Con la gracia de Dios… —¿Conque se va. Salió el sol y se trepó en el cielo con prisa. Otros hombres se echaban al camino y se emparejaban con ellos. para quienes también. Perfume a melao rondaba por la tierra y en las camisas de los hombres. Mire. Cirilo y Quiterio caminaron. Techo pa la familia está bien… —Toa la vida lo pensé. Ante las bodegas los hombres hicieron alto. Paul? —Dificile. Como las puertas de las oficinas todavía estaban cerradas. Algunos eran negros y no hablaban. bromeaban. y nunca pude… Verá… Los pesos que uno se gana no dan… Me llevé a la Petra. mientras la polvareda crecía en el camino. —¡Cuatro! 249 . —Buen día. había llegado el día de rehacer el largo camino y volver a su tierra. ahora sí que no vamos a andar por los bateyes. Reían. no saben lo que llevo trabajado cortando caña? Es poca la plata pa tanto sudor… —Boberías. como los haitianos? —Como ellos no. ¡Va a haber unas colas pa cobrar…! —Aunque las haya. de eso no me olvidé. con sus narices de hierro llenas de humo. —¿Y no agarró la lengua? A lo mejor el año que viene ya la sabe hablar. M. ¿no. —Le haré la casa a la vieja y a los muchachos. Quiterio. no. que no hay día en que no duelan. rumbo al ingenio. se saludaban. Eran los haitianos. Encima de la sabana quemada podíase divisar la fábrica de azúcar. Iban alegres. Cirilo. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —A mí. se le habían hinchado las aletas de la nariz y el pecho se le arqueaba suavemente. muy dificile. tou é bien. Cuando habló nuevamente.J. por el lago Enriquillo. tou é bien. uté sabe cómo es de religiosa… Vinieron los hijos… Uno. —¿No le dije? Mire qué bien hicimos llegando temprano.

Ahora me vuelvo con los trescientos pesos y el bohío se hace. Y al viajar el dinero a las manos de la negra. trabajo como burro.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Ellos llegan con el pan debajo del brazo. no –afirmó Cirilo–. las sonrisas estuvieron con ellos. ñato? —Está bueno –sonrió el pagador–. Se acercaron. estrallándose los dedos. Por lavarles la ropa. trescientos con cuarenta –tronó el pagador. por darles camas. Cirilo. Usted sabe cómo le doy al romito… Los dos amigos desandaron el camino hacia la casa de Juana la negra. ¿nos echamos un trago? Cirilo se pasó la lengua por el paladar. Se estrecharon las manos. —Bueno. Cirilo pensó en la casa que sus sueños habían construido y no vaciló. Aquí uno consigue un poco más y todo junto. hasta luego. —Pué ser. por el tabaco y el andullo. ¿eh. temblequeando la montaña de sus carnes como en un terremoto. vio a los amigos alejarse de la choza de Juana. Y el turno llegó para Cirilo y Quiterio. Ella estaba. quien ya venía detrás. —¿Y usted? –preguntó a Quiterio. por prestarles lo suficiente para la botellita de ron de los sábados. Yo le espero aquí fuera. Ya nos vamos. caracoleando los pies como potros que quieren dejar los corrales. Juana. vale? –rezongó Juana. Cirilo dio una nalgada cariñosa en la grupa de Juana. ¡No entro! Se alzó duramente la mañana en el cielo. levantándole. se echó el fajo al bolsillo y comenzó a silbar un merengue. replicó: —Vaya usted. Sudando. compadre. que los otros corearon. rumbo a la carretera. debajo del sol que ya quemaba. y a mí me ha dao brega. La Petra lava ropa y por lo menos los muchachos no pasan hambre. Cirilo contó los billetes cuidadosamente. con su rechonchez y sus pechos enormes. Cirilo se abrió la camisa y se limpió con su pañuelo las gotas de sudor que se le enredaban en las tetillas zahareñas. Zanjaron sus cuentas con Juana. —Yo. Quien no paga no vuelve. Gano. los fritos y la carne. la caña cansa. Pero a veces cuesta darles el pan. Otros hombres también caminaban. —Pérez. vigilante en la puerta. Lo mío es la cal y la pintura. ¿pa qué? Cuando contamos los pesos. —¿Y por eso se vino al ingenio? —Por eso. por tenerles de huéspedes durante toda la zafra. Quiterio propuso: —Mientras llega la guagua. En el cruce. veo que no usaste ni un chele. —Ca hombre piensa como Dios se lo enseña. —No me diga que tiene miedo. por el arroz con habichuelas. que encontró seco y pastoso. ¡Esta vez se hace! —¡A cobrar…! ¡A cobrar…! El grito jubiloso recorrió el grupo de hombres. En el pueblo trabajo más a gusto. 250 . —¿Regresan el año próximo? —Dios dirá. frente a la pulpería enguirnaldada. Cirilo sinvergüenza! ¿Cómo le gustaría que lo viera su mujer? El camino. —Los cuarenta pa tabaco. ¿no. No tengo pies pa andar entre matas. no dan más que pa la comida y los trapos. —¡Ah. Ella rió con su batallón de dientes. estirado entre los bateyes. —¿Creía que nos íbamos? Le pago… —Ansí me gusta. dice el refrán. —Ciento y treinta. vale.

ñato! –rezongó una mulata llena de hijos–. dale que dale a la ropa. los cocoteros siempre meciéndose.J. Ya ve. como si hubiesen bebido. ¿Uté cree que podemos esperar allí? —Guaite. enroscada en la nariz y en el bigote. no entiendo. muchos kilómetros hasta el villorrio donde Cirilo había dejado a su mujer. vale? –le preguntaron los amigos que entraban a mojar el gaznate. —¡Quiterio! –gritó–. compadre. pagaron el pasaje y comenzó el viaje. Cirilo. ¡Que nos vamos! El otro salió. M. y de niños que sólo sabían llorar. llena de hombres y de mujeres. —¡Buenas. —¿Le entra a la casa de que hablaba? –preguntó uno de los campesinos. Mecánico no hay por estos entreveros. la serranía reverdecida y húmeda. él. como algodón. Además. mejor era no entrar. de algarrobos y de pinos. —¡Ah. con sus ruedas amarillas y su techo blanco. La llanura calcinada. Tenían sed. las rosas y las azucenas jugando al escondite en la yerba. Era larga la cosa. buenaza le digo… Se encaramaron en el vehículo. Como voy al pueblo. preñada de ceibos y de mangos. vale. Cirilo y Quiterio se echaron a la carretera y dejaron atrás la guagua con los berridos de los niños y las protestas de los pasajeros. después de meter su cráneo en el cráneo lleno de cilindros y de tubos y de bloques–. con las dos jumiadoras encendidas detrás de las puertas abiertas. ¡Y la Petra tan cerca! —¡Y mire usted –dijo el gallego– que su mujer está hecha un pimpollo! —¿La vio últimamente? —Casi todos los días. ¡Quién sabe! A lo mejor esto no anda más. los arroyuelos jubilosos bajo puentes que la vegetación parecía estar esperando para cubrir amorosamente… —Es lindo. limpiándose la espuma de la cerveza. ¿Qué hago? Cirilo sacó la mirada hacia el paisaje y dijo: —Estamos a la vuelta de la pulpería del gallego. Cirilo! ¿A pie? —La guagua no quiso llegar. de puertas azules que parecían ojos de gringas. no me culpe. vale. —No hay caso –dijo el chofer. es la tierra nuestra… Oscurecía cuando se descompuso el motor. —Es lindo tó esto… ¿No? Y lo era. que podía terminar una botella de añejo sin pestañear? No. ¿Va a querer que yo camine? ¿Pa eso paga una los pesos? —Mal. El gallego estaba sentado en una mesa con tres hombres. la carretera asfaltada donde una que otra mano amiga quedaba levantada en un saludo y voces mansas se alborozaban al pasar la guagua. 251 . —Estaba buenaza. con las margaritas y los claveles. la mojazón podía extenderse como un guaraguao y clavársele en todo el cuerpo? ¿Quién mejor que él para saber lo que era beber. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —¿Y con este calor usté afuera. la guagua estaba llegando. Eta mañana etaba bien. La pulpería. Todos tenían machetes. —Pobre –aclaró triunfalmente Cirilo–. invitaba. sus hijos y sus ansias. ¿Cómo explicarles que si entraba. los bohíos blancos. con los cuadrados llaneros de maíz y de plátanos. Bebían. No se molestó en contestar. el condenao falla y lo que es yo. ya llego yo con plata pa acabar ciertas cosas. la diviso en el río.

Whiskey es bueno. La cerveza llena demasiado…” —Este whiskey es de calidad. ¡Al fin iba a tener casa propia! A la vera del camino se detuvo un auto grande y charolado. a cualquier hora. ¿Una botella? —Si. No está bien eso de andar en la tierra. me le ablandan la barriga. Y uno de ellos. Y no bebo ron. gallego –decía en la otra mesa uno de los señores–. pero la voy a tené. cal y un poquito de cemento. gallego! ¿Tienes whiskey? —Buenas noches. agrupados en su bolsillo como soldados en atención. Nuevamente vio la casa. compadre. los ingleses inventaron una bebida que les dio un imperio. —¿Alguna promesa. Nunca habido whiskey en su vida. —¡Caro! Pero en este clima. en cualquier parte. Todos se volvieron sonriendo hacia Cirilo. Hay que calentar el bocao para llegar bien metido. ¿qué va a ser? ¿Ron o cerveza? —Pa mí. Lo que yo digo. Sí. que la piedra tenemos. la letrina pintada del mismo color. el jardincito para que los niños no salieran a jugar a la carretera. pa los suelos. También me hacen falta clavos. Tenía oído relatos de algunos amigos y sabía que no existían muchas diferencias con el ron. don Carlos. le subió a los labios una ancha sonrisa. ¿No ve que ya casi está en su casa? —Casa no tengo –replicó Cirilo–. pero él no pudo jamás gastarse sus pocos pesos en beber cosa tan cara. —Oiga. Los hombres se sirvieron y comenzaron a beber. Vamos a beber en regla esta noche. invitó con malicia: —¿Aceptaría usted un whiskey. ¿Por qué no aceptar ahora una copita? Una sola no le haría daño. —¡Eh. pero surtida lo está. hielo de la nevera y vasos. el romo –dijo Quiterio. carajo. Cirilo. relamiéndose. El pue bebé lo que quiera. Y al sentirse los billetes. no. ¡Claro que no! 252 . —Pa mí una cerveza –asintió Cirilo. quema si se bebe así. Hoy no bebo. ¡Que si no…! El gallego extrajo una botella del vasar. y hielo y soda. colocó todo en la mesa. para usted tengo whiskey. sí. Después de abrir la soda. —¿Alguna fiesta? —Ujú. ¡No pue sé! Romo no tomo. por lo menos en sus efectos. aquel a quien el gallego llamara don Carlos. el techo pegadito. ¡déjeme la cerveza! ¡Bébase un trago de macho! –le dijo Quiterio–. Cirilo daba sorbos de su cerveza y pensaba: “¡Si la Petra supiera! ¡Cómo va a gozar ella estos pesos que le traigo! Compraré la madera y el zinc. ¡Qué si cuestan! Y luego me la ponen a Petra gorda. Con las muchachitas de hoy hay que tener coraje. señor. que no pudo dejar de oír a los dos campesinos. la guagua todo el día… Cerveza no hace mal… No es como el romo. Cuatro hombres vestidos de dril y encorbatados se bajaron de él. por los niños… Esta cerveza sabe sabrosa… Es el calor. compadre? Cirilo se rascó la cabeza con ostensible indecisión. —¿Es cierto que ellos lo beben sólo con agua. que me pone raro… La Petra no debe tener más muchachos… Cuestan. y del bueno. en la capital. sin hielo? –preguntó otro. Quiterio no tiene familia. señor. La pulpería no será como le manda Dios.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Claro! ¿Pa qué cree que me chupé toa la zafra? —Bueno –cortó el gallego–. —Parecido…. vale? –preguntó uno de los señores de corbata. aunque lo beba Quiterio.

gallego. Los sueños de Cirilo. ¿Pero no crees que es mejor guardar tus pesos. había que darse gustos de hombre. La pulpería quedó silenciosa. Los sueños no podían dejarse desparramados. El gallego. El campesino tenía en el rostro muchos árboles encrespados. compadre. él llevaba muchos meses sin gozarse unos tragos. —Así no –desafió Cirilo–. —Cortesía. la Petra por el patio. —Don Carlos –se oyó decir a Cirilo con una voz que caminaba firme y segura–. o perdidos. —¡Mucho! –y Cirilo se relamió disimuladamente.J. ven –le dijeron–. El whiskey traía buena ganancia. sus sueños eran suyos y debían estar a su lado. La borrachera se les entregaba. ofrece a los muchachos de nuestra botella! El pulpero corrió a complacerles. M. Y Cirilo lo llevó lentamente hacia los labios. y dejó de calcular. ¡Si todo el mundo bebiera whiskey! ¡Qué ricos serían los pulperos! Cirilo miró su vaso. El gallego puso ante los bebedores la otra botella. El fajo de billetes se replegó sobre la mesa. No. Alguien cantaba: “General Bimbín. que lo pago yo –ordenó Cirilo. En la noche llena de jumiadoras y luna. rumbo al mar. otro sorbito. Los tragos pasaban ahora como escopetazos. El gallego lo había llenado hasta la mitad con el líquido amarillo. Hoy tengo plata… —Muchacho –aclaró el hacendado–. —Pues beba. ¿Qué mal había? Estaba cerca de la Petra. haciéndole compañía. Y después las cinco botellas. que hoy pago yo. —¡Guaite con el compadre! ¡Bebe con autoridad! –decía Quiterio. gracias. la pulpería brillaba como una luciérnaga y las voces roncas de los borrachos asustaban a los sapos en el río. don Carlos –dijo Cirilo– es ley de esta tierra. perdidos en el tiempo. todos miraron a Cirilo. su dinero dormía intacto en la hondura del bolsillo. —Entonces. que no lo he probao. los niños jugando sobre el suelo de cemento. El gallego calculaba en su cabezota las cuatro botellas. ya se está creyendo que toítas son suyas”. no es para tanto. Le agradó aquello. comenzaron a clavársele en el corazón. 253 . que tanto te ha costado ganar? Se acabaron las pautas y las advertencias. El whiskey cuesta mucho… De todos modos. como mujer a precio. Un sorbo. Sintió que entraba un río caliente por la garganta y bajaba hasta la última cueva de su vientre. la verdad. déjese de bullas. Cirilo pudo a ratos ver la casa con el techo de zinc. don Carlos. ¡He dicho que les pago una botella y la pago! Nadie contradijo. los hombres. el algarrobo y los mangos. Sí. en pugna con su baba. —Un merengue. Dentro de la niebla que cubría su cerebro. Cirilo apuró otro trago. “¡Buenazo de verdad!” —¿Le gusta? –preguntó don Carlos. —¡Un merengue! –interrumpió Quiterio. ¡Tú. la próxima botella la pago yo. Los hombres entraron en la selva de sueños y desgajaron los árboles de la vacilación. —Hombre –replicó don Carlos–. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —La verdad –contestó–. ¡Beba! El segundo vaso aflojó los resortes más íntimos de Cirilo. Pero como la niebla alejaba aquella casa y él no podía ver bien las caras de la Petra y de los niños. “¡Esto es buenazo!” pensó Cirilo. Quiterio. como una araña dispuesta a luchar. me das un placer y bebo a tu salud.

sin luz. Cirilo gritaba: —¡Se jueron! Vamo a bebé sin pepillos. ayudado por su tambaleo–. pero tú deberías irte ya para casa. el blanquito no quié bebé conmigo”. No está bien que tires el dinero así. y los ojos estaban helados–. Las mesas se habían vaciado de hombres. —¡Pues váyase! Buen viaje… —Cirilo. El gallego había vuelto a roncar en el mostrador. me voy ahoritica. o pone la botella aquí –y Cirilo golpeó la mesa– o Dios sabe lo que va a pasá. apuraba rápidamente un trago más. Los ojos lagañosos se inventaban cucarachas. —¿Miedo? ¡No. hijo. El piso no se estaba quieto. ¡venga otra! Cuando amaneció. —¿Tiene miedo? –preguntó la arrogancia de Cirilo. Gallego.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Bueno. ¿uté se volvió loco? Ahora resulta que se lo quié bebé todito. El sabor en las bocas roía piedras. ¿Es que no le duele la cabeza? Cirilo no respondió. Llovería. El dinero de Cirilo se hizo un charquito verde ante los ojos del gallego. El gallego roncaba. —¡Gallego! ¡Gallego…! El pulpero levantó la cabeza. ¡qué bebedera! Se irguieron. —Déjese de avispas. Don Carlos suspiró y dio las gracias. El dinero de don Carlos se levantó en las manos de Cirilo y regresó al bolsillo de su dueño. dormitando sobre sus manos callosas. pero todavía no lograban sujetarse a las raíces cruzadas ante ellos. Las yaguazas se lavaban bajo los sauces. El auto arrancó. Quiterio suspiró. compadre? —Me duele la cabeza. don Carlos –dijo. Cirilo –y el hacendado se rascó la cabeza–. en busca de más whiskey. ¿Quieres que pague todo esto y te lleve? No me cuesta nada retroceder un poco. antes de seguir viaje. Cirilo y la niebla 254 . no! —Entonces. —¿Qué pasa. Con las manos aferradas al vaso. Como si me picasen las avispas. me gusta emborracharme y no me tiembla el pulso para hacer cualquier locura. que se relamía. doblado en su silla como una interrogación. compadre. —¡No! Se van a matar. nosotros debemos proseguir viaje. yo voy a seguí… Los hombres de corbata se iban. —¿Qué fue. —Yo no aguanto más –intervino Quiterio–. “Me desprecia –pensó Cirilo–. llegada desde el bosque de sus sueños. la pulpería estaba callada. —Cirilo. El ábrego inclinaba de vez en cuando las palmeras y un puerco cebado husmeaba a la vera del camino. —Usted no me lleva. Cirilo –se levantó don Carlos. ¿Me oye? En la cabeza de Cirilo se abrían círculos que llegaban a mojar una casa y un piso y un patio. Como era domingo. ¿Qué hora é? Regresaban vacilantemente del abismo. Pero los círculos volvían. ¿por qué no bebe con más coraje? —Mira. carretera adelante. El cielo estaba color de cofre. Me voy. —¡Cirilo…! Era Quiterio. ridiez? —Otra botella. la carretera no tenía ruidos. Nos vamos. abrió la puerta de la pulpería y se fue tropezando. Los ojos eran dos pozos bermejos. —Mire.

Cirilo llevó un último vaso a la boca. pensaba con dificultad: “Haré la casa. Y con lástima y desprecio le dijo: —No me venga con lagrimeos. como un machazo. y es bueno que lo recuerde. Sí. Será toda blanca. El corazón de Cirilo ida delante. Nubes trotonas venían desde muy lejos para observar al borracho. Desafió anoche a don Carlos. La Petra podrá dormir tranquila. con un frío que le calaba los huesos. Cirilo miró en dirección del pueblo. —¿Yo? ¿Cuándo tuve fama de mentiroso? –y el español se erizaba ofendido. agarrándose de las sillas. que estoy harto de oírle gritar lo machazo que es… Los dos hombres quedaron silenciosos. El aire tibio de la serranía le entró en la nariz. lo regaló…. —¡Mi dinero. casi todas mis provisiones. que es lo que le gusta ser. mis mejores cigarros. El dolor de cabeza viviría para siempre en su cráneo. lo jugó a los dados. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO llenaban la pulpería. —El dinero pa mi casa. ¡El dinero pa mi casa. —¡Gallego! —¡Gallego! La mano de Cirilo salía del bolsillo horrorizada. todavía más abajo. no le dejó pagar. Tendrá piso de cemento. —Uté no me va a engañar –dijo Cirilo. A varios centenares de metros. no dejó pagar a nadie en la pulpería. “¡Virgen de la Altagracia! ¿Soy loco? ¿Qué hice?” La cabeza de Cirilo fue bajando lentamente en el tiempo. ¿O es que no se recuerda? —Mi dinero. ¡Sí que la haré!” No se tocó más el bolsillo. Bebió. haré la casa. de cal en la pared. Los niños. Como era domingo… —¡Dios! ¡Diooos…! Fue un grito alargado y rabioso. ¡Soy rico!” Cirilo comenzó a tararear canciones tristes. El pulpero no había vuelto a hablar y le miraba con sus ojos adormecidos. gallego del diablo! ¡Mi dinero! —¿Qué dinero. Anoche hubo de todo aquí. Las moscas runruneaban en derredor de ellos. para que las culebras no suban hasta las hamacas. El campaneo de la iglesia del pueblo no llegaba hasta la pulpería. gallego… ¿Dónde está? El pulpero recibía en la frente la angustia de Cirilo. El resto. que en el pecho de Cirilo mataba a la resignación. El sol no podía acompañarles. “Haré la casa con piso de cemento. 255 . sin alacranes y culebras debajo de la hamaca. por si en él dormía alguna culebra. Pero Cirilo dio la espalda a Petra y los hijos y mientras caminaba por la carretera. que le regó el mentón. gallego! —Oiga. de regreso al ingenio. Cirilo dio un portazo y se paró a la vera de la carretera. oculto detrás de las palmeras y los mangos. Consumieron diez botellas de whiskey. Volvió a beber. Usted está bebiendo desde hace más de quince horas. Sólo le cobré setenta pesos. Mataré todas las culebras. de seguro jugaban en el río. su Petra lo esperaba. Cirilo? ¿Qué dinero…? El borracho estaba de pie. En la carretera era domingo. Cirilo. a los bateyes y al azúcar. En seguida.J. ¡qué sé yo! Y no se me haga el incrédulo. M. se dirigió hacia la puerta y la abrió. Las culebras se le enredaban en la garganta.

.

No. 23 cuentos escritos en el exilio apuntes sobre el arte de escribir cuentos y juan bosch .

.

Un niño que va a la escuela no es materia propicia para un cuento. y por tal razón el cuentista debe sentirse responsable de lo que escribe. Nadie que no tenga vocación de cuentista puede llegar a escribir buenos cuentos.apuntes sobre el arte de escribir cuentos El cuento es un género antiquísimo que a través de los siglos ha tenido y mantenido el favor público. pero tiene que llevar esa cuenta. con signos algebraicos. convincente para la generalidad de los lectores. reconocido como el más difícil en todos los idiomas. La palabra proviene del latín computus. con números árabes. Su influencia en el desarrollo de la sensibilidad general puede ser muy grande. No puede olvidar ciertas cantidades o ignorar determinados valores. Pero nunca debe olvidarse que el género tiene una técnica y que ésta debe conocerse a fondo. Cuento quiere decir llevar cuenta de un hecho. Lo segundo se refiere al género. expresarse como él crea que debe hacerlo. Esa técnica es el oficio peculiar con que se trabaja el esqueleto de toda obra de creación. Pero no debe echarse en olvido que el género. “Importancia” no quiere decir aquí novedad. caso insólito. como si fuera un maestro de emociones o de ideas. no tolera innovaciones sino de los autores que lo dominan en lo más esencial de su estructura. De paso diremos que una vez adquirida la técnica. pero puede afirmarse que un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia. Si el suceso que forma el meollo del cuento carece de importancia. acaecimiento singular. La importancia del hecho es desde luego relativa. y es inútil tratar de rehuir el significado esencial que late en el origen de los vocablos. una escena. y la técnica se adquiere con la práctica más que con estudios. pero hay sustancia para el cuento si el autobús en que va el niño se vuelca o se quema. lo que se escribe puede ser un cuadro. subjetivo u objetivo. Llevar cuenta es ir ceñido al hecho que se computa. pero no es un cuento. Se dice a menudo que el cuento es una novela en síntesis y que la novela requiere más aliento en el que la escribe. Aprender a discernir dónde hay un tema para cuento es parte esencial de la técnica. o si al llegar a su escuela el niño halla que el maestro está enfermo o el edificio escolar se ha quemado la noche anterior. ser “hermético” o “figurativo” como se dice ahora. una estampa. cuentistas y aficionados. el cuentista puede escoger su propio camino. Una persona puede llevar cuenta de algo con números romanos. o lo que es lo mismo. no es cuentista. un buen escritor de cuentos tarda años en dominar la técnica del género. presentar su obra desde su ángulo individual. porque no hay nada de importancia en su viaje diario a las clases. es la “tekné” de los griegos o. Lo primero que debe aclarar una persona que se inclina a escribir cuentos es la intensidad de su vocación. El interés que despierta el cuento puede medirse por los juicios que les merece a críticos. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como tema de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo. si se quiere. la parte de artesanado imprescindible en el bagaje del artista. En realidad los dos géneros son dos cosas 259 I . A menos que se trate de un caso excepcional. aplicar su estilo personal. mas debe ser indudable. ¿Qué es un cuento? La respuesta ha resultado tan difícil que a menudo ha sido soslayada incluso por críticos excelentes. El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un suceso.

Quiroga afirma que un cuento es una flecha disparada hacia un blanco y ya se sabe que la flecha que se desvía no llega al blanco. lo cual requiere casi tanta tensión como escribir. como Antón Chéjov. sino como si estuviera ya elaborado. El verdadero cuentista dedica muchas horas de su vida a estudiar la técnica del género. el final sorprendente. El cuentista debe ver desde el primer momento su material organizado en tema. La manera natural de comenzar un cuento fue siempre el “había una vez” o “érase una vez”. un libro de cuentos que sea bueno y que tenga doscientas cincuenta páginas. El novelista crea caracteres y a menudo sucede que esos caracteres se le rebelan al autor y actúan conforme a sus propias naturalezas. si no como los personajes de la obra lo determinan con sus hechos. capacidad de concentración y trabajo de análisis. Lo fundamental en ella es mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión. el cuento tiene que ser obra exclusiva del cuentista. Kipling refiere que para él era más importante lo que tachaba que lo que dejaba. como si ya estuviera el cuento escrito. y es una pieza magistral. que no se logra sin disciplina mental y emocional. La diferencia fundamental entre un género y el otro está en la dirección: la novela es extensa. de su corta extensión. A partir del principio el cuentista debe ser implacable con el sujeto de su obra. Esa voluntad de predominio del cuentista sobre sus personajes es lo que se traduce en tensión y por tanto en intensidad. es el fruto de la voluntad sostenida con que el cuentista trabaja su obra. no le permitirá el menor desvío. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento. Fundamentalmente el estado de ánimo del cuentista tiene que ser el mismo para recoger su material que para escribir. a menos que se tratara de un paisaje descrito con 260 . Una novela de esa dimensión puede escribirse en dos meses. que el estilo del autor sea deliberadamente claro u oscuro. Seleccionar la materia de un cuento demanda esfuerzo. Comparar diez páginas de cuento con las doscientas cincuenta de una novela es una ligereza. el cuento es intenso.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS distintas. La intensidad de un cuento no es producto obligado. Él es el padre y el dictador de sus criaturas. como se piensa con frecuencia. la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. no puede dejarlas libres ni tolerarles rebeliones. y es más difícil lograr un buen libro de cuentos que una novela buena. Probablemente es ahí donde se halla la causa de que el género sea tan difícil. Un final sorprendente impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento. Esa técnica no implica. no se logra en tan corto tiempo. y eso no es fácil. En su origen. A la deriva. como ha dicho alguien. no lo tiene. directo o indirecto: el cuento debe comenzar interesando al lector. En el cuento. el cuento debe tener su final natural como debe tener su principio. de manera que con frecuencia una novela no termina como el novelista lo había planeado. lo conducirá sin piedad hacia el destino que previamente le ha trazado. la situación es diferente. Una sola frase aún siendo de tres palabras que no esté lógica y entrañablemente justificada por ese destino manchará el cuento y le quitará esplendor y fuerza. Ahora bien. pues el cuentista necesita ejercer sobre sí mismo una vigilancia constante. A menudo parece más atrayente tal tema que tal otro. No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo. el cuento no empezaba con descripciones de paisajes. no tiene que premeditarla. pero el tema debe ser visto no en su estado primitivo. Esa corta frase tenía –y tiene aún en la gente del pueblo– un valor de conjuro. al grado que logre dominarla en la misma forma en que el pintor consciente domina la pincelada: la da. Una vez cogido en ese interés el lector está en manos del cuentista y éste no debe soltarlo más. que apenas lo usaron. de Horacio Quiroga. Hay grandes cuentistas. ella sola bastaba para despertar el interés de los que rodeaban al relatador de cuentos.

Los principios del género. los personajes y sus circunstancias le arrastran. El antiguo “había una vez” o “érase una vez” tiene que ser suplido con algo que tenga su mismo valor de conjuro. Pero no es así para el cuentista. No hay manera de conocerlo sin ejercerlo. sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento. motivos campesinos o de mar. de Quiroga.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS escasas palabras para justificar la presencia o la acción del protagonista. Ese oficio es necesario para el que cuenta cuentos en un mercado árabe y para el que los escribe en una biblioteca de París. debe leer. Se halla en el momento apropiado para estudiar los principios en que descansa la profesión de cuentista. El cuentista joven debe estudiar con detenimiento la manera en que inician sus cuentos los grandes maestros. son inalterables. En sus primeros tiempos el cuentista crea en estado de somiinconsciencia. y sin el oficio no podían construir. Sólo el que lo domine podrá transformar el cuento. el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento. Mientras ese estado de ánimo dura. de la meditación constante. el cuentista tiene que ir aprendiendo la técnica a fin de imponerse a ese mundo hermoso y desordenado que abruma su mundo interior. El cuentista serio estudia y practica sin descanso la entrada del cuento. Aún hoy esa manera de comenzar es buena. El cuento debe iniciarse con el protagonista en acción. a fin de evitar que el lector se canse. la delicada arquitectura de un cuento. de la dedicación apasionada. y debe hacerlo sin pérdida de tiempo. comenzaba con éste. en la medida en que la obra humana lo es. episodios de hombres del pueblo o de niños. pero quien no domine ese lado formal no llegará a ser buen cuentista. buscar es seleccionar. pero acción. Hay una sola manera de empezar un cuento con acierto. asuntos de amor o de trabajo. Nadie nace sabiéndolo. uno por uno. quien fue quizá el más consciente de todos ellos en lo que a la técnica del cuento se refiere. Saber comenzar un cuento es tan importante como saber terminarlo. por lo menos. La acción se le impone. escogerá el que más se avenga con su concepto general de la vida y con el tipo de cuento que se propone escribir. cuando la veta interior se agotó. con asuntos externos a su experiencia íntima. mejorarlo con una nueva modalidad. aunque en ocasiones un cuentista nato puede producir un buen cuento por adivinación de artista. El autor queda comprometido consigo mismo a mantener el nivel de su creación a la altura en que la inició. un torrente de palabras luminosas se lanza sobre él. Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión. Parece que estas dos palabras –búsqueda y selección– implican lo mismo. despertando de golpe el interés del lector. los primeros párrafos de los mejores cuentos de Maupassant. de Sherwood Anderson. 261 . Una vez obtenido el material. iluminarlo con el toque de su personalidad creadora. física o psicológica. Un cuento que comienza bien casi siempre termina bien. sin una debilidad. Cuentistas de apreciables cualidades para la narración han perdido su don porque mientras tuvieron dentro de sí temas escribieron sin detenerse a estudiar la técnica del cuento y nunca la dominaron. de Kipling. no importa lo que crean algunos cuentistas noveles. de la búsqueda y de la selección saldrá el tema. El conocimiento de la técnica le permitirá señorear sobre la embriagante pasión como Yavé sobre el caos. El oficio es la parte formal de la tarea. les faltó la capacidad para elaborar. conoce la “tekné” del género. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de cuentista. El buscará aquello que su alma desea. ella determina el ritmo y la tensión de la pieza. No adquirieron el oficio a tiempo. Es en la primera frase donde está el hechizo de un buen cuento. La búsqueda y la selección del material es una parte importante de la técnica. El oficio es obra del trabajo asiduo. y pintándolo en actividad.

pero dominable. el arte del cuento consiste en situarse frente a un hecho y dirigirse a él resueltamente. todos esos sucesos están subordinados al hecho hacia el cual va el cuentista. Ahora bien. El también puede lograrlo. Pero lo más importante es esto: El que nace con la vocación de cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al servicio de la sociedad. Cuando el cuentista esconde el hecho a la atención del lector. e igual que el aviador se halla forzado a saber con seguridad adonde se dirige antes de poner la mano en las palancas que mueven su máquina. como el aviador. pero lo mantiene presente en el fondo de la narración y no lo muestra sino sorpresivamente en las cinco o seis palabras finales del cuento. Ahora bien. toda idea ajena al asunto escogido es yerba mala. Habiendo dado con un hecho. con el lenguaje que le sea habitual o connatural. en forma directa o indirecta. Ya he dicho que aprender a discernir dónde hay un tema de cuento es parte esencial de la técnica del cuento. Escribir cuentos es una tarea seria y además hermosa. que estudien concienzudamente el escenario de su cuento. está fuera de lugar y debe ser aniquilada tan pronto aparezca. debe saber aislarlo. Hay mucho que decir sobre él. el personaje y su ambiente. Si encara su vocación con seriedad. La única manera de cumplir con esa obligación es desenvolviendo sus dotes naturales. y debidamente estudiado desde todos sus ángulos. toda palabra que desvíe al autor un milímetro del tema. Pero en ningún momento perderá de vista que se dirige hacia ese hecho y no a otro punto. trabajará. que no interesan al escritor porque nada le dicen a su sensibilidad. Otros lo han logrado. al extremo de que un cuento no debe construirse sobre más de un hecho. lo va sustrayendo frase a frase de la visión de quien lo lee. entendida en el sentido de la “tekné” griega. es esa parte de oficio o artesanado indispensable para construir una obra de arte. II El cuento es un género literario escueto. Pues cuando el cuentista tiene ante sí un hecho en su ser más auténtico. él es el tema. que no dejará crecer la espiga del cuento con salud. nadie puede intervenir en ella. Toda palabra que pueda darle categoría de tema a un acto de los que se presentan en esa marcha hacia el tema. La primera tarea que el cuentista debe imponerse es la de aprender a distinguir con precisión cuál hecho puede ser tema de un cuento. tiene el premio en su propia realización. se halla frente a un verdadero tema. no levanta vuelo para ir a todas partes y ni siquiera a dos puntos a la vez. y para lograrlo tiene que aprender todo lo relativo a su oficio.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Esa parte de la tarea es sagradamente personal. sin darles caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho. El hecho es el tema. estudiará a conciencia. que es sin duda muy rebelde. el cuentista puede aproximarse a él como más le plazca. hay un consejo útil que dar a los cuentistas jóvenes: que estudien el material con minuciosidad y seriedad. Técnica. y la yerba mala. se afanará por dominar el género. debe ser arrancada de raíz. “temas para novelas y cuentos”. y en el cuento no hay lugar sino para un tema. su mundo psicológico y el trabajo con que se gana la vida. Aislado el tema. A menudo la gente se acerca a novelistas y cuentistas para contarles cosas que le han sucedido. qué es un cuento y qué debe hacer para escribir buenos cuentos. ha 262 . limpiarlo de apariencias hasta dejarlo libre de todo cuanto no sea expresión legítima de su sustancia. El cuentista. Arte difícil. si nadie debe intervenir en la selección del tema. como aconseja el Evangelio. estudiarlo con minuciosidad y responsabilidad.

La selección del tema es un trabajo serio y hay que acometerlo con seriedad. creerá que ya no hay cortezas y que ha llegado el momento de gustar el anhelado manjar vegetal. cualquier cosa. ¿cómo conviene que sea? Humano. el lector deberá pensar que ya ha llegado al corazón del tema. Mucho más importante que el final de sorpresa es mantener en avance continuo la marcha que lo lleva del punto de partida al hecho que ha escogido como tema. Por sí solo. que vive orgánicamente en función de señor supremo de la actividad universal. pero se convierte en tal germen precisamente en el momento en que el cuentista lo escoge por tema. pero la manera de llegar a él fue recta y la marcha se mantuvo en ritmo apropiado. es decir. se ha producido un buen cuento. luego. El origen de la palabra que define el género está en el vocablo latino computus el mismo que hoy usamos para indicar que llevamos cuenta de algo. Nada interesa al hombre más que el hombre mismo. El cuentista avezado sabe que su tarea es llevar al lector hacia ese hecho que ha escogido como tema. El cuento debe ser presentado al lector como un fruto de numerosas cáscaras que van siendo desprendidas a los ojos de un niño goloso. por una actividad que en verdad no tiene otra finalidad que conducir al lector hacia el hecho. Cada vez que comienza a caer una de las cáscaras. el universo infinito y la materia mensurable existen como reflejo de su ser. Pero los casos en que puede hacer esto sin deformar el curso natural del relato no abundan. el tema no es en verdad el germen del cuento. El cuentista debe ejercitarse en el arte de distinguir con precisión cuándo un tema es apropiado para un cuento. Lo que pretende el cuentista es herir la sensibilidad o estimular las ideas del lector. la acción interna y secreta del cuento seguirá por debajo de la acción externa y visible. el lector. en el cuento no puede haber confusión de valores. En ocasiones resulta útil desviar la atención del lector haciéndolo creer. A pesar de la creciente humildad a que lo somete la ciencia. 263 . Ahora bien. en los relatos infantiles de Anderson como en las parábolas de Oscar Wilde. y que debe llevarlo sin decirle en qué consiste el hecho. mediante una frase discreta. como en las matemáticas. La experiencia íntima del hombre no ha traspasado los límites de su propia esencia. sin embargo no está en él y ni siquiera ha comenzado a entrar en el círculo de sombras o de luz que separa el hecho del resto del relato. El mejor tema para un cuento será siempre un hecho humano. relatado en términos esencialmente humanos. hay que dirigirse a él a través de sus sentimientos o de su pensamiento. De párrafo en párrafo. pero no un cuento. Hay un oculto sentido matemático en la rigurosidad del cuento. En cada párrafo. Hace poco recordaba que cuento quiere decir llevar la cuenta de un hecho. En ese caso la marcha será zigzagueante. sin carácter. la línea no podrá ser recta. Todo lo contrario resulta si el cuentista está dirigiéndose hacia dos hechos. él seguirá siendo por mucho tiempo el rey de la creación. para él. En esta parte de la tarea entra a jugar el don nato del relatador. en ese instante de la selección del hecho-tema.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS construido el cuento según la mejor tradición del género. que el hecho es otro. En suma. Pues sucede que el cuento comienza a formarse en ese acto. estará oculta por las acciones accesorias. o por lo menos humanizado. elementos y objetos tienen alma humana. si su presencia no coincide con la última escena del cuento. En las fábulas de Esopo como en los cuentos de Rudyard Kipling. Si el hecho se halla antes de llegar al final. lo que el cuentista tendrá al final será una página confusa. en cuanto al hecho que da el tema. serán cáscaras que al desprenderse irán acercando el fruto a la boca del goloso. esperará la almendra de la fruta. o por lo menos. animales.

el resultado será débil. Por caso de adivinación. El sufrimiento. no tiene calidad para servir de tema. La rígida disciplina mental y emocional que el cuentista ejerce sobre sí mismo comienza a actuar en el acto de escoger el tema. De esa especie de hechos está lleno el mundo. El tema requiere un peso específico que lo haga universal. saber seleccionarlo. Todo lo dicho hasta ahora se resume en estas pocas palabras: si bien el cuentista tiene que tomar un hecho y aislarlo de sus apariencias para construir sobre él su obra. están llenos los días y las horas. el cuentista debe tener una idea precisa de cómo va a desenvolver su obra. y muy bueno. o si la causa del robo es el hambre de la madre del descuidero. aunque se presenten en hombres y mujeres cuyas vidas no traspasan las lindes de lo local. agente de policía. por sus motivaciones o por su apariencia formal. si en ocasiones esos hechos que nos rodean se presentan en tal forma que bastaría con relatarlos para tener cuentos. positivos o negativos. y adonde quiera que el cuentista vuelva los ojos hallará hechos que son buenos temas. son valores universales. el heroísmo. y debe tener categoría universal. A veces el cuento está determinado por la mecánica misma del hecho.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Si el tema no satisface ciertas condiciones. la avaricia. en el hambre de la madre. Pero en el cuento toda la obra es del cuentista y esa obra está determinada sobre todo por la calidad del tema. Aprender a ver un tema. son universales en el habitante de las grandes ciudades. el cuento será pobre o francamente malo aunque su autor domine a perfección la manera de presentarlo. Ahora bien. Si esta regla no se sigue. lo cierto es que comúnmente el cuentista tiene que estudiar el hecho para saber cuál de sus ángulos servirá para un cuento. en el segundo. Pues en estos tres posibles cuentos el tema parece ser la captura del ladronzuelo mientras roba. en el primero. la generosidad. Lo pintoresco. el sacrificio. Antes de sentarse a escribir la primera palabra. para un artículo de costumbres o para una página de buen humor. por ejemplo. Un ladronzuelo cogido in fraganti puede dar un cuento excelente si quien lo sorprende robando es un hermano. el amor. es parte importantísima en el arte de escribir cuentos. en el desgarrón psicológico. pero también puede estarlo por su ausencia. en el tercero. En los tres casos el hecho-tema sería distinto. la crueldad. puede darse un cuento muy bueno sin seguir esta regla. pero debe ser universal en su valor intrínseco. y aun dentro de él hallar el aspecto útil para desarrollar el cuento. una vez creados. determinan en mucho el curso de la acción. no basta para el caso un hecho cualquiera. Los personajes de una novela contribuyen en la redacción del relato por cuanto sus caracteres. otra cosa sucede si el cuentista trabaja conscientemente y organiza su construcción al nivel del tema que elige. pero ni aún el mismo autor podrá garantizar de antemano qué saldrá de su trabajo cuando ponga la palabra final. De donde puede colegirse por qué hemos insistido en que el hecho que sirve de tema debe estar libre de apariencias y de todo cuanto no sea expresión legítima de su sustancia. en el de la jungla americana o en el de los iglús esquimales. Puede ser muy local en su apariencia. se hallaría en la circunstancia de que el hermano del ladrón es agente de policía. y en los tres la captura del joven delincuente es un camino hacia el corazón del hecho-tema. En cambio. en cambio puede serlo. debe ser un hecho humano o que conmueva a los hombres. y puede ser también un magnífico cuento si se trata del primer robo del autor y el cuentista sabe presentar el desgarrón psicológico que supone traspasar la barrera que hay entre el mundo normal y el mundo de los delincuentes. y resulta que hay tres temas distintos. 264 . en un cuentista nato de gran poder.

Especialmente en el caso de la lengua. en la tarea de escribir cuentos? Sí. el uso. Unas y otras se mezclan para formar el todo de la obra artística. sino únicamente en los términos estrictamente imprescindibles al desenvolvimiento del cuento y entrañablemente vinculados al tema. pintor. el medio de creación de que se sirve es la lengua. músculos. colmillos y garras nada más. III Hay una acepción del vocablo “estilo” que lo identifica con el modo. en el sentido de modo o forma. La diferencia más drástica entre el novelista y el cuentista se halla en que aquel sigue a sus personajes mientras que éste tiene que gobernarlos. 265 . y las que rigen la materia con que se realiza. la forma. le restan elasticidad en los músculos. que demanda el don creador en quien lo realiza. novelista. y esas leyes son ineludibles. en un cuento no debe mencionarse siquiera un cuadro si él no es parte importante en el curso de la acción. La acción del cuento está determinada por el tema pero tiene que ser dictatorialmente regida por el cuentista. si le sobra un kilo de grasa o de carne no podrá garantizar la cacería de sus víctimas. Esas son el bagaje primario del artista. aunque tampoco parece haber duda de que ese don mejora mucho cuando el conocimiento instintivo se lleva a la conciencia por la vía del estudio. y para el artista –sea cuentista. ¿Se conoce algún estilo. músico– las reglas son leyes misteriosas. el lector y el tema tienen un mismo corazón. aflojan sus colmillos o debilitan sus poderosas garras.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Así como en la novela la acción está determinada por los caracteres de sus protagonistas. En el caso del autor de cuentos. la manera particular de hacer algo. hagamos desde este momento una distinción precisa: el escritor de cuentos es un artista. Pues sucede que en la oculta trama de ese arte difícil que es escribir cuentos. cuyo mecanismo debe conocer a cabalidad. pero las que gobiernan la materia con que esa obra se realiza resultan determinantes en la manera peculiar de expresarse que tiene el artista. el tigre de la fauna literaria está saltando también sobre el lector. Los personajes de una novela pueden dedicar diez minutos a hablar de un cuadro que no tiene función en la trama de la novela. El cuento es el tigre de la fauna literaria. es producto de una suma de reglas. y con frecuencia él las domina sin haberlas estudiado a fondo. escritor. Cada forma. en el cuento el tema da la acción. la práctica o la costumbre en la ejecución de ésta o aquella obra implica un conjunto de reglas que debe ser tomado en cuenta a la hora de realizar esa obra. parece no haber duda de que el escritor nato trae al mundo un conocimiento instintivo de su mecanismo que a menudo resulta sorprendente. el tigre está creado para atacar y dominar a las otras bestias de la selva. y en cada conjunto de reglas hay divisiones: las que dan a una obra su carácter como género. en arte. Según ella. piel. Pero como cada cuento es un universo en sí mismo. Del conjunto de reglas hagamos abstracción de las que gobiernan la materia expresiva. poeta. o instinto de tigre para seleccionar el tema y calcular con exactitud a qué distancia está su víctima y con qué fuerza debe precipitarse sobre ella. El cuentista debe tener alma de tigre para lanzarse contra el lector. Huesos. el majestuoso tigre se halla condenado a morir de hambre. no puede desbordarse ni cumplirse en todas sus posibilidades. Cuando los años le agregan grasa a su peso. Al dar su salto asesino hacia el tema. Se dispara a uno para herir al otro. escritas para él por un senado sagrado que nadie conoce.

y desde luego mucho más importante que el estilo con que al autor se expresa. la pintura y la poesía. nos lleva a tomar nota de que a menudo un cambio en el estilo de ciertos géneros artísticos influye en el estilo de otros. y el sueño de sus cultivadores es expulsar el tema en ambos géneros. sobre todo en los últimos tiempos. la expresión artística se descompone en dos factores fundamentales: tema y forma. La poesía actual se inclina a quedarse sólo con las palabras y la manera de usarlas. Ellas forman el estilo personal. caso 266 . Pero en realidad. debe tener importancia por sí mismo. al grado que muchos poemas modernos que nos emocionan no resistirían un análisis del tema que llevan dentro. La pintura y la escultura abstractas son sólo materia y forma. Quedémonos por ahora con las reglas que confieren carácter a un género dado. el tema musical no podría existir sin la forma que lo expresa. A fin de evitar que el cuentista novel entendiera por hecho de indudable importancia un suceso poco común. dado que precisamente esas artes han escapado a las leyes de la forma al abandonar sus antiguos modos de expresión. Volveremos sobre este asunto más tarde. la marca divina que distingue al artista entre la multitud de sus pares. Esas reglas establecen la forma. como el aviador. Pero debemos admitir que hay influencias. El cuentista. lo que abandonaron fue su sujeción al tema para entregarse exclusivamente a la forma. uno solo. se halla forzado a saber con seguridad adonde se dirige antes de poner la mano en las palancas que mueven su máquina”. el cuento es el relato de un hecho. determinada por el carácter que le imprime al artista la actitud del conglomerado social ante los problemas de su tiempo –de su generación–. Pero en la novela y en el cuento. no levanta vuelo para ir a todas partes y ni siquiera a dos puntos a la vez. Antes dije que “un cuento no puede construirse sobre más de un hecho. La convicción de que el cuento tiene que ceñirse a un hecho. que no tienen intérpretes sino espectadores del orden intelectual. en nuestro caso. La estrecha relación de todas las artes entre sí. el cuento. mas debe ser indudable. Esta adecuación de tema y forma se explica debido a que la música debe ser interpretada por terceros. lo mismo en el Mozart del siglo XVIII que en el Bartok del siglo XX.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Hagamos abstracción también de las reglas que se refieren a la manera peculiar de expresarse de cada autor. Pues en su sentido estricto. y sólo a uno. Esto puede parecer una observación estrafalaria. y ese hecho –que es el tema– tiene que ser importante. Por ahora recordemos que hay un arte en el que tema y forma tienen igual importancia en cualquier época: es la música. la pintura y la poesía de hoy se realizan con la vista puesta en la forma más que en el tema. el modo de producir un cuento. el tema es más importante que la forma. En algunas artes la forma tiene más valor que el tema. No nos hallamos ahora en el caso de investigar si en realidad se produce esa influencia con intensidad decisiva o si todas las artes cambian de estilo a causa de cambios profundos introducidos en la sensibilidad social por otros factores. convincente para la generalidad de los lectores”. anotemos de paso que la escultura. expliqué en esa misma oportunidad que “la importancia del hecho es desde luego relativa. La forma es importante en todo arte. Por otra parte. No se concibe música sin tema. dan el sello individual. es lo que me ha llevado a definir el género como “el relato de un hecho que tiene indudable importancia”. e igual que el aviador. no por la manera de presentarlo. Todavía más: en el cuento el tema importa más que en la novela. ese es el caso de la escultura. Aunque estamos hablando del cuento. Desde muy antiguo se sabe que en lo que atañe a la tarea de crearla. y más adelante decía que “importancia no quiere decir aquí novedad.

Pero la brevedad es una consecuencia natural de la esencia misma del género. No importa que un cuento esté escrito en cuarenta páginas. de ambiente más variado. ¿No es esto un privilegio en el mundo del arte? Aunque hayamos dicho que en el cuento el tema importa más que la forma. personajes más numerosos y tiempo más largo que el cuento. y el uso de ese tiempo en función de caldo vital del relato exige del cuentista una capacidad especial para tomar el hecho en su esencia. La causa está en que la epopeya es el relato de los actos heroicos.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS insólito. sin darles caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho…” dije antes. repetimos–. siempre conservará sus características si es el relato de un solo acontecimiento. donde está el secreto de que el cuento pueda elevarse a niveles épicos. Hasta ahora se ha tenido la brevedad como una de las leyes fundamentales del cuento. Venezuela. pero no dejó constancia de que conociera la causa del aliento. El tiempo del cuento es corto y concentrado. y alcanzar ese nivel con personajes y ambientes cotidianos.* “El arte del cuento consiste en situarse frente a un hecho y dirigirse a él resueltamente. 52 y siguientes). Es ahí. aunque lo haga en una sola página. y que sin sujetarse a ella no hay cuento de calidad. Thomas Mann sintió el aliento épico en algunos cuentos de Chéjov –y sin duda de otros autores–. en ciento diez. El cuento es breve porque se halla limitado a relatar un hecho y nada más que uno. fuera de las fronteras de la historia y en prosa monda y lironda. El cuento puede ser largo. así. Por todo esto abrigaba yo un cierto menosprecio (por la obra de Chéjov). dice que Chéjov había sido para él “un hombre de la forma pequeña. uso o práctica de hacer algo– para poder expresar la acción pura. así como no las tendrá si se dedica a relatar más de uno. pues el cuento tiene la posibilidad de llegar al nivel épico sin correr el riesgo de meterse en el terreno de la epopeya. no un requisito de la forma. marzo-abril de 1960. en sesenta. sino que podía ser liquidada en unos días o unas semanas por cualquier frívolo del Arte”. págs. de la narración breve que no exigía la heroica perseveración de años y decenios. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como temas de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo”. y hasta muy largo. es casi un milagro que confiere al cuento una categoría artística en verdad extraordinaria. de la fuerza genial que logran lo breve y lo suscinto que en su acaso admirable concisión encierran toda la plenitud de la vida y se elevan decididamente a un nivel épico… 267 . si se mantiene como relato de un solo hecho. La mayor importancia del *Debemos esta aguda observación a Thomas Mann. el cuentista tiene el don de crear la atmósfera de la epopeya sin verse obligado a recurrir a los grandes actores del drama histórico y a los episodios en que figuraron. un cuentista lleva a categoría épica el relato de un hecho realizado por hombres y mujeres que no son héroes en el sentido convencional de la palabra. Es probable que el cuento largo se desarrolle en el porvenir como el tipo de obra literaria de más difusión. debemos reconocer que hay una forma –en cuanto manera. acaecimiento singular. quien en Ensayo sobre Chéjov. Esto se debe a que es el tiempo en que acaece un hecho –uno solo. traducción de Aquilino Duque (en Revista Nacional de Cultura. sin acabar de apercibirme de la dimensión interna. en las líneas más puras de la acción. Obsérvese que el novelista sí da caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho central que sirve de tema a su relato. en lo que podríamos llamar el poder de expresar la acción sin desvirtuarla con palabras. Caracas. y el que los ejecuta –el héroe– es un artista de la acción. y es la descripción de esos sucesos –a los que podemos calificar de secundarios– y su entrelazamiento con el suceso principal lo que hace de la novela un género de dimensiones mayores. si mediante la virtud de describir la acción pura.

y los diez cuentos pueden ser diez obras maestras. ni una historia como si fuera novela o cuento.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS tema en el género cuento no significa. con principio. el conocido y clásico. géneros parecidos pero diferentes? A pesar de la familiaridad de los géneros. Para el cuento hay una forma. tiernos. no obscurecer o confundir las cosas. novela e historia. Ahora bien. en El Mercurio. no son cuentos. una novela no puede ser escrita con forma de cuento o de historia. en la lengua española –porque no conocemos caso parecido en otros idiomas– se pretenda escribir cuentos que no son cuentos en el orden estricto del vocablo? Un eminente crítico chileno escribió hace algunos años que “junto al cuento tradicional” al cuento “que puede contarse”. Pero esa forma es la de cada cuento y cada autor. la escultura y la poesía están dirigiéndose desde hace algún tiempo a la síntesis de materia y forma. Por una o por otra razón. Si lo fuera. colectivos o individuales. La pintura. ¿cuál es la forma del cuento? En apariencia. Las palabras. en los cuentistas nuevos de América se advierte una marcada inclinación a la idea de que el cuento debe acumular imágenes literarias sin relación con el tema. que la forma puede ser manejada a capricho por el aspirante a cuentista. ni un cuento con forma de novela o de relato histórico. insistimos. Se aspira a crear un tipo de cuento –el llamado “cuento abstracto”–. Diez cuentistas diferentes pueden escribir diez cuentos dramáticos. Los hay que se dirigen a relatar una acción. tiernos. retratos imaginarios. relatos. los títulos. los hay cuya finalidad es delinear un carácter o destacar el aspecto saliente de una personalidad. calificaciones y clasificaciones tienen por objeto aclarar y distinguir. otros buscan conmover al lector. sin más consecuencias. vagos. *Alona (Hernán Díaz Arrieta). son y pueden ser mil cosas más. que acaso podrá llegar a ser un género literario nuevo. cómo discutirlo? Ocurre que no son cuentos. 268 . Y al cuento. y esta actitud de pintores. son otra cosa: divagaciones.* Pero sucede que como hemos dicho hace poco. producto de nuestro agitado y confuso siglo XX. Santiago de Chile. sacudiendo su sensibilidad con la presentación de un hecho trágico o dramático. escultura y poesía. humorísticos. Crónica Literaria. otros ponen de manifiesto problemas sociales. pero que no es ni será cuento. con diez temas distintos y con diez formas de expresión que no se parezcan entre sí. estampas. los nombres. políticos. los hay humorísticos. Por eso al pan conviene llamarlo pan. Y desde luego. Son interesantísimos y. en cada caso el cuentista tiene que ir desenvolviendo el tema en forma apropiada a los fines que persigue. elásticos. la que cambia y se ajusta no sólo al tipo de cuento que se escribe sino también a la manera de escribir del cuentista. sin contornos definidos ni organización rigurosa. 21 de agosto de 1955. emocionales. la forma está implícita en el tipo de cuento que se quiera escribir. escenas. trozos o momentos de vida. con abandono del tema. cuento”. pero. ¿cómo podríamos distinguir entre cuento. pues. escultores y poetas ha influido en la concepción del cuento americano. de una extremada delicadeza. cuadros. que en los últimos tiempos. no deben llamarse cuentos. un cambio en el estilo de ciertos géneros artísticos se refleja en el estilo de otros. existen otros que flotan. o el cuento de nuestra lengua ha resultado influido por las mismas causas que han determinado el cambio de estilo en pintura. de ideas. superan a menudo a sus parientes de antigua prosapia. medio y fin. pues. ¿Cómo se explica. a veces. pero ¿cómo negarlo.

la frase justa y necesaria es la que dé paso a la acción. Lleva un propósito conocido. debe correr sin obstáculos y sin meandros. debe moverse al ritmo que imponga el tema –más lento. no se halla autorizado a desviarse de él con frases que alejen al lector del cauce que sigue la acción. la acción debe producirse sin estorbos. Por tanto. no por el valor literario de las imágenes que lo exponen. Así. Podemos comparar el cuento con un hombre que sale de su casa a evacuar una diligencia. La acción no puede detenerse jamás. humorístico. La acción puede ser objetiva o subjetiva. social. No ha salido a ver qué encuentra. se mueve de cuadro en cuadro. admira aquí el estilo impresionista de un pintor y más allá el arte abstracto de otro. pasea. artistas o peones. qué vehículo usará. qué le dirá. más vivaz–. la acción por sí misma. y por su única virtualidad. no porque las palabras con que se escribe el relato aspiren a expresar ternura. Esa forma tiene dos leyes ineludibles. La palabra puede exponer la acción. en el estado de mayor pureza que pueda ser compatible con la tarea de expresarla a través de palabras y con la manera peculiar que tenga cada cuentista de usar su propio léxico. cuando son animales o plantas. Toda palabra que no sea esencial al fin que se ha propuesto el cuentista resta fuerza a la dinámica del cuento y por tanto lo hiere en el centro mismo de su alma. oyendo hablar a dos niños. la que el lector corriente no aprecia. qué calles tomará. Antes de salir ha pensado por dónde irá. Pero no puede detenerse. pero no puede suplantarla. puede incluso ocultar el hecho que sirve de tema si el cuentista desea sorprendernos con un final inesperado. pero moverse siempre. una forma sustancial. tierno. La primera ley es la ley de la fluencia constante. a quién se dirigirá. aristócratas. seres humanos.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Hay. Puesto que el cuentista debe ceñir su relato al tratamiento de un solo hecho –y de no ser así no está escribiendo un cuento–. dirigiéndose sin cesar al fin que persigue el autor. se entretiene mirando flores en un parque. Un cuento tierno debe ser tierno porque la acción en sí misma tenga cualidad de ternura. agua o aire. esa forma ha sido cultivada con esmero por todos los maestros del cuento. superficial o profundo. En el cuento. externa o interna. es lo que forma el cuento. la profunda. que rigen el alma del género lo mismo cuando los personajes son ficticios que cuando son reales. La segunda ley se infiere de lo que acabamos de decir y puede expresarse así: el cuentista debe usar sólo las palabras indispensables para expresar la acción. física o psicológica. pues. 269 . tiene que correr con libertad en el cauce que le haya fijado el cuentista. Es en la acción donde está la sustancia del cuento. sino que sabe lo que busca. entra en un museo para matar el tiempo. iguales para el cuento hablado y para el escrito. que no cambian porque el cuento sea dramático trágico. Miles de frases son incapaces de decir tanto como una acción. de ideas. a pesar de que a ella y sólo a ella se debe que el cuento que está leyendo le mantenga hechizado y atento al curso de la acción que va desarrollándose en el relato o al destino de los personajes que figuran en él. Ese hombre no se parece al que divaga. De manera intuitiva o consciente. observando una bella mujer que pasa. sin que el cuentista se entrometa en su discurrir buscando impresionar al lector con palabras ajenas al hecho para convencerlo de que el autor ha captado bien la atmósfera del suceso. sin embargo. un cuento dramático lo es debido a la categoría dramática del hecho que le da vida.

Y así como los actos del hombre de marras están gobernados por sus necesidades.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Entre esos dos hombres. el modelo del cuentista debe ser el primero. También el cuento es un tema en acción para llegar a un punto. 270 . que alcanza a todos los hombres de todas las razas en todos los tiempos. Caracas. así la forma del cuento está regida por su naturaleza activa. el que se ha puesto en acción para alcanzar algo. septiembre de 1958. En la naturaleza activa del cuento reside su poder de atracción.

vuelva. Cristino tenía frío y la cabeza empezaba a dolerle. —¿Usté cree. que le temblaba. las nubes de mosquitos. bien lejos. le caía sobre el pescuezo. Le había salido trabajador y tranquilo aquel hombre. —Ta bien. todo fulgía bajo el sol. pero Cristino conocía una por una todas las reses. pero tengo calentura. Se trataba de uno que él había curado días antes. pero siguió con la vista al animal. perdidas hacia el norte. Eso es bueno. de pómulos salientes. Cristino? Yo no la veo bien. La barba escasa parecía ensuciarle el rostro. —Yo fuera a buscarla. no tenía ni siquiera setos. —Ah. Cristino –oyó decir a don Pío. Al llegar al último escalón se detuvo un rato y se puso a mirar las vacas y los críos. que Dio se lo pague. Don Pío había mandado poner tela metálica en todas las puertas y ventanas de la casa. Don Pío salió a la galería y también se detuvo a ver las reses. Le pagaba un peso semanal por el ordeño. Había tenido gusanos en el ombligo y ahora correteaba y saltaba alegremente. A la distancia estaban los matorrales que cubrían el paso del arroyo.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Los amos Cuando ya Cristino no servía ni para ordeñar una vaca. —Puede quedarse aquí esta noche. Apenas se las distinguía. —Arrímese pa aquel lao y la verá. don Pío –dijo–. mientras se cubría de nuevo la cabeza con el viejo sombrero de fieltro negro. don –dijo–. —Cuando llegue a su casa póngase en cura. —¿La calentura? 271 . don Pío lo llamó y le dijo que iba a hacerle un regalo. —Dése una caminadita y me la arrea. Cristino se había quitado el sombrero. Cristino tenía tres años trabajando con él. Don Pío tendió la vista. Cristino extendió una mano amarilla. cómo no. pero el rancho de los peones no tenía puertas ni ventanas. sí. Don Pío era bajo. Desde las lomas de Terrero hasta las de San Francisco. Si se mejora. y el pelo abundante. había dos vacas. y hasta hacerse una tisana de cabrita. porque no le veo barriga. que se hacía de madrugada. rechoncho. las atenciones de la casa y el cuido de los terneros. don. —Qué animao ta el becerrito –comentó en voz baja. —Vea. aquella pinta que se aguaita allá debe haber parío anoche o por la mañana. —Mucha gracia. en el primer escalón. y don Pío quiso hacerle una última recomendación. y sobre los matorrales. Cristino se movió allá abajo. largo y negro. Cristino. si quiere. Bajó lentamente los escalones. Usté está muy mal y no puede seguir trabajando. Mucha gracia –oyó responder El sol hervía en cada diminuta hoja de la sabana. Quisiera coger el camino ya. don. Don Pío caminó arriba. —Le voy a dar medio peso para el camino. de ojos pequeños y rápidos. Al borde de los potreros. pero me toy sintiendo mal. pero había enfermado y don Pío no quería mantener gente enferma en su casa.

Corrió a la puerta. Una mujer se deslizó por la galería y se puso junto a don Pío. y los pies descalzos llenos de polvo. Era el viento. —Cogió ahora por la vuelta del arroyo –explicó desde la galería don Pío. porque fuera de esa choza no tenía una yagua donde ampararse. pero la lengua le pesaba. sumida en una especie de letargo. Sentía que el frío iba dominándolo. Ya usté está acostumbrado. y ella entró a verlo. —Eso no hace. Esperó un rato. o tal vez el río. que corría en el fondo del precipicio detrás del bohío. Calló medio minuto y miró a la mujer. Mire que esa vaca se me va y puedo perder el becerro. voy a dir. Uno de los enfermitos llamó. Cristino? Tenía que responder. El bohío era una miseria. Se volvería inhabitable desde que empezaran las lluvias. Y ambos se quedaron mirando a Cristino. Deje que se me pase el frío. Todo aquel sol. don –dijo. Eso asustó a Cristino. Me ta subiendo. que ya era apenas una mancha sobre el verde de la sabana. Paso a paso. Herminia –dijo–. ella lo sabía. ahí enfrente. Vaya y tráigamela. don –dijo–. 272 . Se apretaba más los brazos sobre el pecho. que parió anoche. De nada vale tratarlos bien. que parecía demandar una explicación. ya voy. El hombre no contestó. un poco más: ¡nada! Sólo el camino amarillo y pedregoso. con ganas de llorar pero sin lágrimas para hacerlo. Levantaba la frente. que hacía gemir los pinos de la subida y los pomares de abajo. temerosa de que nadie pasara. con los ojos ansiosos. el condenado viento de la loma. Cristino seguía temblando. Vestía una camisa de listado sucia y de tela tan delgada que no le abrigaba. Hágame el favor. Señaló hacia Cristino. Cristino se sujetaba el pecho con los dos brazos descarnados. el becerrito… —¿Va a traérmela? –insistió la voz. Ella asintió con la mirada. En un bohío La mujer no se atrevía a pensar. el peón empezó a cruzar la sabana. Ya estaba negro de tan viejo. con los brazos sobre el pecho. Cristino. Cristino.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Unjú. —No quería ir a buscarme la vaca pinta. Pío –comentó. esperó más. Con todo ese sol y las piernas temblándole. —Sí. encorvado para no perder calor. Pío! –comentó con voz cantarina. pero comenzó a ponerse de pie. que se alejaba con paso torpe. y sabía también que no podía dejarlo. después volvía al cuarto y se quedaba allí un rato largo. —¿Va a buscármela. como si fuera tropezando. y adentro se vivía entre tierra y hollín. Resonaron pisadas arriba y Cristino pensó que don Pío iba a bajar. Te lo he dicho mil veces. deshecha. Cuando creía oír pisadas de bestias se lanzaba a la puerta. —¡Qué día tan bonito. Otra vez rumor de voces. —Malagradecidos que son. —Con el sol se le quita. Don Pío le veía de espaldas. Y ahorita mismo le dí medio peso para el camino. —Ello sí.

con los músculos del cuello tensos y los ojos duros. hasta que los torrentes dejaron sólo piedras y barro en el camino y se llevaron pedazos enteros de la palizada y llenaron el conuco de guijarros y el piso de tierra del bohío crió lamas y las yaguas empezaron a pudrirse. Sintió pisadas. mama? —No –negó–. aquel condenado temporal. Sin comprender por qué. Cuando el hombre estuvo a pocos pasos. los niños enfermos. tan pequeños. —¿No era taita. mama? Ella no se atrevía a contestar. Después llegó el temporal. Pero mejor era no recordar esas cosas. pero algo le decía que sus hijos no podrían curarse en tal lugar. Tocaba la frente del niño y la sentía arder. Desde que nació había sido callado. Sentía que le faltaba el aire. y ella no tenía con qué comprarle una medicina. después los hombros. Había una serie de imágenes vagas pero amargas en la cabeza de la mujer: su hija. mama. Había mandado a la hembrita a Naranjal. La madre –flaca. allá abajo. La mujer vio al hombre acercarse y todavía no pensaba en nada. Aun en la oscuridad del aposento se le veía la piel lívida. —Saludo –había dicho él. hallaría sólo cruces sembradas frente a los horcones del bohío. El niño pareció dormitar y la madre se levantó para ver al otro. Pensaba que cuando su marido volviera. El cuartucho hedía a tela podrida. y sufría. sin sosiego alguno. porque le dijeron que podía probar la propia defensa y que no duraría en la cárcel. Tu taita viene dispués. se ponía en el lugar de Teo. pero algo la sostuvo allí. Pero Teo se entregó. Era huesos nada más y silbaba al respirar. La mujer no podía seguir oyendo. ni tablas ni techo. cayendo día y noche. el pecho y finalmente el caballo. Le dolía imaginar que Teo llegara y nadie saliera a recibirlo. Iba a derrumbarse. Cuando él estuvo en el bohío por última vez –justamente dos días antes de entregarse– todavía el pequeño conuco se veía limpio. ¿no era taita? ¿No era taita. Teo. Debajo del sombrero apareció un rostro difuso. que aquel desconocido estaba deseando algo.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —Mama. con las sienes hundidas. si era que algún día salía de la cárcel. Salió al alero del bohío. y los muchachos –la hembrita y los dos niños–. una semana. cayendo. más que comprendió. Esta vez no se engañaba: alguien. La niña había salido temprano y no volvía. dos. no pudieron mantener limpio el conuco ni ir al monte para tumbar los palos que se necesitaban para arreglar los lienzos de palizada que se pudrían. Lo halló tranquilo. a una hora de camino. Y la madre ojeaba el camino. El niño cerró los ojos y se puso de lado. un paño sucio en la cabeza y un viejo traje de listado– no podía apreciar ese olor. llena de ansiedad. porque se hallaba acostumbrada. como los troncos viejos que se pudren por dentro y caen un día de golpe. y de éste. pero no se movía ni se quejaba. la había mandado con media docena de huevos que pudo recoger en nidales del monte para que los cambiara por arroz y sal. y el agua estuvo cayendo. Todo eso se borró de golpe a la voz del hombre. ella le miró los ojos y sintió. —Yo lo vide. Su primer impulso fue el de entrar. Taba ahí y me trujo un pantalón. Miró hacia la subida. De pronto vio un sombrero de cana que ascendía y coligió que un hombre subía la loma. Era el delirio de la fiebre lo que hacía hablar así a su hijo. los huevos. 273 . se acercaba. tres. montando caballo. Ahora esperaba. los frijoles y el tabaco se agitaban a la brisa de la loma. y el maíz. como clavada. lo que le obligaba a distender las ventanas de la nariz. ella no pudo seguir trabajando porque enfermó. sólo la miraba con sus grandes ojos serenos.

Su mirada debía cortar como una navaja. como los de los muertos. quemada.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Sin saber cómo lo hacía. El hombre la midió con los ojos. —Mama –llamó el niño adentro– ¿No era taita? ¿No tuvo aquí taita? Pasándole la mano por la frente. dentre. La madre sintió que ya no podía más. mi muchacha… Váyase –dijo. Con una angustia que no le cabía en el alma se acercó a la puerta del aposento. Había olvidado por completo al hombre. ya vencido el peor momento. pasando el río… Se mojó el papel y na más quedó esto. muerta de vergüenza. llorando. Tu taita viene dispués. —Yo no más tengo medio peso –aventuró él. y cuando lo vio tuvo que hacer un esfuerzo para darse cuenta de la situación. y justamente en ese momento ella sintió sollozos afuera. El hombre se tiró del caballo. Seguía llorando. Salió a toda prisa. ella dijo: —Ta bien. Con los ojos turbios vio al hombre pasarle por el lado. dueña de sí. El hombre perdió su recelo y pareció sentir una súbita alegría. Minina? –preguntó la madre. Serena ya. que no podía andar. y de pronto. desamarrar la jáquima y subir al caballo. con la cabeza metida en el pecho. Ella pensaba: “Medio peso. que ardía como hierro al sol. Era pequeña. huesos y pellejo nada más. Se sentía muy cansada y se arrimó a la puerta. Entonces dio la cara al extraño y advirtió que hedía a sudor de caballo. recostada contra las tablas del bohío. Además. El hombre se le acercó. Se volvió. Ardía el sol sobre el caminante y enfrente mugía la brisa. La niña sollozaba y no quería hablar. medio peso perdío”. comprendió que era un hombre y que la veía como a mujer. deseaba a un hombre. y sus ojos no acertaban a fijarse en nada. En el puñito tenía todo el arroz que había logrado salvar. hecha un haz de nervios. —Bájese –dijo ella. que los niños no estaban enfermos. con los ojos hinchados. aquí –afirmó ella. que Teo llegaba. alguito. después lo siguió mientras él se alejaba. sintió que se moría. El hombre entró preguntando: —¿Aquí? Ella cerró los ojos e indicó que hiciera silencio. Tenía ganas de llorar y de estar muerta. Entró. ella se quedó respondiendo: —No. —Vino la muchacha. 274 . La niña estaba allí. que sin duda estaba sola y que sin duda. que tenía mirada de loca. también. más tarde. y si había ido a vender algo. —¡Diga pronto! —En el río –dijo la pequeña–. Era una mujer flaca y sucia. respirando sonoramente. —¿Qué te pasó. El hombre vio que los ojos de la mujer brillaban duramente. arrimada al alero. —Unjú. sin bajar del caballo. —Déme alguito –insistía ella. ella extendió la mano y suplicó: —Déme algo. jijo. tendría dinero. asomó la cabeza y vio a los niños dormitar. La madre perdió la paciencia. Y de súbito en esa cabeza atormentada penetró la idea de que ese hombre volvía de La Vega. medicinas. Tal vez llevaba comida. Agarró la jáquina del caballo y se puso a amarrarla al pie del bohío. La mujer entró.

275 . junto a la hoguera consumida. andando a veces a gatas. Pero de pronto alzó la cabeza: hacia su espalda sonaba algo como un auto. a su retorno del trabajo. y cuando la alzó de nuevo le pareció que había transcurrido mucho tiempo. donde tal vez alguien le ayudaría a seguir hacia el batey. que era enfermizo. con sus ojos cargados por la fiebre. Cuando volvió a levantar la cabeza ya no se oía el ruido del motor. y el haitiano encendió otro. Don Valentín acababa de pasar por aquella trocha en su estrepitoso Ford. en el dedo grueso de su pie derecho. buscando el fresco de la tierra. Para que no les faltara comida Luis Pie cargó con ellos desde Haití. podría pasar una carreta o un peón montado que fuera a la fiesta de esa noche. —Oh Bonyé! –gimió Luis Pie. Quería estar seguro de que el mal le había entrado por la herida y no que se debía a obra de algún desconocido que deseaba hacerle daño. Su rostro brillante y sus ojos inteligentes se mostraban angustiados ¿Habría perdido el rumbo debido al dolor o la oscuridad lo confundía? Temía no llegar al camino en toda la noche. Necesariamente debía salir al camino. y que don Valentín Quintero. pero el dolor había aumentado a tal grado que no podía mover la pierna. Se había cortado el dedo la tarde anterior. después quiso levantarse y andar. se le muriera un día. con la frente sobre el brazo y la pierna sacudida por temblores–. Pero sí había pasado a distancia un motor. y no supo qué responderse. caminando sin cesar. la Gloria. Si él se perdía. rayó un fósforo y trató de ver la herida. después recorriendo las soleadas carreteras del Este. al iniciarse la noche. no ta sien pallá. Medio ciego por el dolor de la cabeza y la debilidad. e ignoraba que detrás estaba otra colonia. al pisar un pedazo de hierro viejo mientras tumbaba caña en la colonia Josefita. Además de que sentía la pierna endurecida. los niños le esperarían hasta que el sueño los aturdiera y se quedarían dormidos allí. Arrastrándose a duras penas. a lo que se negó porque temía entregarse a la debilidad. Y entonces sintió ganas de llorar. tenía un viejo Ford en el cual iba al batey a emborracharse y a pegarles a las mujeres que llegaban hasta allí. Luis Pie se sentó en el suelo. golpes internos le sacudían la ingle. el dueño de la Gloria. encendía de noche para que el padre pudiera prepararles con rapidez harina de maíz o les salcochara plátanos. —No. el mayor. ta sien pacá –afirmó resuelto. con su trocha medio kilómetro más lejos. Hubiera querido quedarse allí descansando. El haitiano meditó un minuto. Luis Pie emprendió el camino. Luis Pie pegó la frente al suelo. —Ah… Pití Mishé ta eperán a mué –dijo con amargura. luego a lo largo de todo el Cibao. por la zafra. primero en la Colonia Carolina. Luis Pie sentía a menudo un miedo terrible de que sus hijos no comieran o de que Miguel. Esto ocurría el sábado. Allí estaba. Lo que debía hacer era buscar el rumbo y avanzar. Se trataba de una herida que no alcanzaba la pulgada. y en ese caso los tres hijitos le esperarían junto a la hoguera que Miguel. primero a través de las lomas. como se le murió la mujer. mas de pronto el instinto le hizo sacudir la cabeza. sobre las secas hojas de la caña. después en la Josefita. y como iba muy alegre. Luis Pie llegó de su tierra meses antes y se puso a trabajar. Un golpe de aire apagó el fósforo. en el cruce de la frontera dominicana. Y siguió arrastrándose. hasta verse en la región de los centrales de azúcar. a veces pegando el pecho a la tierra. en busca de unos pesos. Escudriñó la pequeña cortada.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Luis Pie A eso de las siete la fiebre aturdía al haitiano Luis Pie. pero estaba llena de lodo. pití Mishé va a ta esperán to la noche a son per.

Luis Pie se quedó inmóvil del asombro. Se puso de rodillas y se preguntaba qué era aquello. los tallos disparaban sin cesar y por momentos el fuego se producía en explosiones y ascendía a golpes hasta perderse en la altura. no tomó en cuenta. que el auto pasaba junto al cañaveral. Mas el fuego se extendía con demasiada rapidez para que Luis Pie no supiera de qué se trataba. —¡Bonyé. las llamas avanzaban ávidamente. Quienquiera que fuera. que por un instante perdió la voz y el conocimiento. tratando de escapar. gran Bonyé. —¡Aquí está. corran! –demandó el hombre dirigiéndose a los que le seguían. tú salva a mué de murí quemá! ¡Iba a salvarlo el buen Dios de los desgraciados! Su instinto le hizo agudizar todos los sentidos. Sin embargo siguió moviéndose. por aquí! ¡Corran. Pero de pronto oyó chasquidos y una llamarada gigantesca se levantó inesperadamente hacia el cielo. Bonyé! –empezó a aullar. con sus ojos desorbitados por el pavor. Pero le pareció que nada podría salvarle. La esperanza le embriagó. Rápidamente levantó la cabeza. gran Bonyé que ta ayudán a mué… En ese mismo instante la alegría le cortó el habla. Golpeando en la espalda al chofer. ayuda a mué. Iba cojeando. veía crecer el fuego cuando le pareció oír tropel de caballos. Dando la mayor amplitud posible a su voz. acababa de aparecer un hombre a caballo. —¡Bonyé. un salvador. pero sin saber verdad qué hacía. Luis Pie lo reconoció así y se preparó a lo peor. 276 . y más alto aún: —¡Bonyéeee! Gritó de tal manera y llegó a tanto su terror. Aplicó el oído para saber en qué dirección estaban sus presuntos salvadores. Todos gritaban insultos y se lanzaban sobre Luis Pie. Quiso huir. dando saltos. Se levantó y pretendió correr a saltos sobre una sola pierna. muchos de ellos a pie y la mayoría armado de mochas. que cayó encendido entre las cañas. Echándose sobre las cañas. irrumpiendo por entre las cañas. Pegado a la tierra. Tal vez esa distancia había logrado arrastrase el haitiano. La voz decía: —¡Por aquí. cuando encendió el tabaco. envueltas en un humo negro que iba cubriendo todo el lugar. el enemigo que le había echado el mal se valió de fuerzas poderosas. hasta que tropezó y cayó de bruces. Inmediatamente aparecieron diez o doce. jamás había visto él un incendio en el cañaveral. fuera de sí. Disparando ruidosamente el Ford se perdió en dirección del batey para llegar allá antes de que Luis Pie hubiera avanzado trescientos metros. ¡pero qué hembra! Y en ese momento lanzó el fósforo. Lui Pié! ¡Salva a mué. Luis Pie se incorporó y corrió. dominiquén bon! Entonces oyó que alguien vociferaba desde el otro lado del cañaveral. como si tuvieran vida. porque sabía que el corte empieza siempre junto a una trocha. El haitiano temió que iba a quedar cercado. aquí ta mué. Volvió a pararse al tiempo que miraba hacia el cielo y mascullaba: —Oh Bonyé. iba con la esperanza de salir a la trocha cuando notó el resplandor. que está cogío! ¡Corran.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS pensando en la fiesta de esa noche. buscó con los ojos la presencia de esos dominicanos generosos que iban a sacarlo del infierno de llamas en que se hallaba. Bonyé –clamó casi llorando–. pues a su frente. Trataba de llegar a la orilla del corte de la caña. gritó estentóreamente: —¡Dominiquén bon. que se puede ir! Olvidándose de su fiebre y de su pierna. sí señor. don Valentín dijo: —Esa Lucía es una sinvergüenza. iluminando el lugar con un tono rojizo. voces de mando y tiros. Al principio no comprendió.

rogaba enternecido: —¡Ah dominiquén bon. el haitiano se sintió capaz de levantarse. bandolero. Se le veía que no podía ya más. asombrado de que sus hijos no se hallaran bajo el poder de las tenebrosas fuerzas que le perseguían. Con gran asombro suyo. le había echado encima a todos los terribles dioses de Haití. Luis Pie. haciendo saltar la sangre. aunque a veces le era imposible sufrir el dolor en la ingle. ¡No. y Luis Pie. La gente que se agrupaba alrededor de Luis Pie era ya mucha y pareció dudar entre seguirlo o detenerse para ver a los niños. mon pití Mishé! ¿Tú no ta enferme. Luis Pie. Después abatió la cabeza. to nosotro ta bien. a golpes y empujones. no! –ordenaba alguien que corría–. uí. Le encontraron en los bolsillos una caja con cuatro o cinco fósforos. yo ta bien. mientras Luis Pie. y que se achicharre con la candela ese maldito haitiano! –se oyó vociferar. después. pegó la barbilla al pecho para que no lo vieran llorar. salva a mué pa llevá manyé a mon pití! Una mocha cayó de plano en su cabeza.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —¡Hay que matarlo ahí mismo. sin mover un músculo. todo el mundo vio el resplandor del interés en sus ojos. estaban tres niños desnudos que contemplaban la escena sin moverse y sin decir una palabra. y el acero resonó largamente. se alzó en medio del silencio diciendo: —¡Pití Mishé. con la ropa desgarrada y una pierna a rastras. salva a mué. debió seguir sin detenerse. —¿Qué ta pasán? –preguntó Luis Pie lleno de miedo. —¡Oh Bonyé. pero como no tardó en comprender que el espectáculo 277 . gimiendo. Después siguieron otros. ¿Qué había ocurrido? Luis Pie no lo comprendía. y empezó a caminar de nuevo. mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. que temía a esas fuerzas ocultas. y él fue el primero en dar el ejemplo. pero él lo ignoraba. perro! –ordenó un soldado. Iba echando sangre por la cabeza. pero no lo maten! ¡Hay que dejarlo vivo para que diga quienes son sus cómplices! ¡Le han pegado fuego también a la Gloria. una voz llena de angustia y de ternura. no iba a luchar contra ellas porque sabía que era inútil. Su poderoso enemigo acabaría con él. tú sé gran! –clamó volviendo al cielo una honda mirada de gratitud. —¡Levántate. Aunque la luz era escasa todo el mundo vio a Luis Pie cuando su rostro pasó de aquella impresión de vencido a la de atención. El que así gritaba era don Valentín Quintero. Puesto de rodillas. Tardó una hora en llegar al batey. Todavía cojeaba bastante cuando dos soldados lo echaron por delante y lo sacaron al camino. arrastrando su pierna enferma. confiesa que prendiste candela! —Uí. Pero como no sabía explicarse en español no podía decir que había encendido dos fósforos para verse la herida y que el viento los había apagado. dijo entre su llanto. hablando bien alto: —¡Sí. per. La primera arremetida de la infección había pasado. Le pegó al haitiano en la nariz. ¡Denle golpe. Y de pronto la voz de Luis Pie. destacados por una hoguera que iluminaba adentro la vivienda. –afirmaba el haitiano. que tendría seis años y que presenciaba la escena llorando amargamente. donde la gente se agolpó para verlo pasar. —¡Canalla. mon per! Y se quedó inmóvil. que apenas entendía el idioma. alzaba los brazos y pedía perdón por un daño que no había hecho. no pudo contener sus palabras. mon pití? ¿Tú ta bien? El mayor de los niños. Era tal el momento que nadie habló. que estaba exhausto y a punto de caer desfallecido. El grupo se acercaba a un miserable bohío de yaguas paradas. en el que apenas cabía un hombre y en cuya puerta.

decidió ir tras él. que iba doblando una esquina. además. yuca y algún maíz. sin duda para ver una vez más a sus hijos. Pero el chasquido del golpe no llegó a sonar. hablando a gritos y tratando de alegrarse como lo mandaba la costumbre. El conocía bien el lugar. A las siete de la mañana los hechos parecían estar sucediéndose tal como había pensado el fugitivo. La muchacha llegó al grupo justamente cuando el militar levantaba el puño para pegarle a Luis Pie. En leguas a la redonda no había quien se atreviera a silenciar el encuentro. comprendió que por duro que le pegara Luis Pie no se daría cuenta de ello. a casi medio día de marcha. donde estarían desde temprano consumiendo ron. En cambio. que le quedaba al poniente. razón por la cual pensó que la noche iba a decaer. Pues como el día se acercaba era de rigor buscar escondite. —¡Ya ta bueno de hablar con la familia! –rugía el soldado. mirando hacia el cielo y hasta ligeramente sonreído. escogió el cañaveral. Si cualquiera de los hombres que habitaban los bohíos de por allí bajaba aquel día para vender bastimentos en la bodega del batey y acertaba a verlo. como casi todos los años en Nochebuena. Por otra parte la brisa era fresca y tal vez llovería. Sólo una muchacha negra de acaso doce años se demoró frente a la casucha. Con esos centavos podía mandar a Mundito a 278 . La madre de Mundito tenía unos cuantos centavos que había ido guardando de lo poco que cobraba lavando ropa y revendiendo gallinas en el cruce de la carretera. No podía darse cuenta porque iba caminando como un borracho. Y aunque no lloviera los hombres no saldrían de la bodega. y. nadie había pasado por las trochas cercanas. de haber tirado hacia los cerros no podría sentirse tan seguro. y uno de los soldados pareció llenarse de ira. Pareció que iba a dirigirse hacia los niños. Pues a esa hora la madre de Mundito pensaba igual que el prófugo: nadie pasaría por las trochas en la mañana. donde empezó a equivocarse fue al sacar conclusiones de esa observación. y si Mundito apuraba el paso haría el viaje a la bodega antes de que comenzaran a transitar los caminos los habituales borrachos del día de Nochebuena. Durante un segundo esperó el ruido. Pues aunque deseaba pegar. estaba perdido. Hora y media más tarde el sol del día 24 alumbraba los campos y calentaba ligeramente a Encarnación Mendoza. cuando comenzó el destino a jugar en su contra. Jamás sería perdonado el que encubriera a Encarnación Mendoza. Luis Pie había vuelto el rostro. las familias que vivían en las hondonadas producían leña. La Nochebuena de Encarnación Mendoza Con su sensible ojo de prófugo Encarnación Mendoza había distinguido el perfil de un árbol a veinte pasos. Empezaba a sentirse tranquilo Encarnación Mendoza. y aunque no se hablaba del asunto todos los vecinos de la comarca sabían que aquel que le viera debía dar cuenta inmediata al puesto de guardia más cercano.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que ofrecía Luis Pie era más atrayente. pero al fin echó a correr tras la turba. y él se preguntaba si debía internarse en los cerros que tenía a su derecha o en el cañaveral que le quedaba a la izquierda. el soldado se contuvo. Para su desgracia. porque tenía la seguridad de que había escogido el mejor lugar para esconderse durante el día. y como estaba asustada cerró los ojos para no ver la escena. que yacía bocarriba tendido sobre hojas de caña. Anduvo acertado en su cálculo. Tenía la mano demasiado adolorida por el uso que le había dado esa noche.

poco antes de las nueve. o simplemente movido por esa especie de indiferencia por lo actual y curiosidad por lo inmediato que es privilegio de los animales pequeños. quería celebrar la Nochebuena con sus seis pequeños hijos. el niño Mundito pasaba frente al tablón de caña donde estaba escondido el fugitivo. El negro cachorrillo correteó. porque no podría hacer tanta distancia por sí solo. Los dueños del animal habían regalado cinco. Para mayor seguridad. jugando con las hojas de caña. aburriéndose de caminar por trochas siempre iguales? Durante diez segundos Mundito pensó entrar al bohío vecino. cansado. hasta que se perdió a lo lejos. Durante un segundo temió que el muchacho fuera la avanzada de algún grupo. al alcance de su mirada. pero quedaba uno “para amamantar a la madre”. Con su agudo ojo de prófugo. con el encargo de ir a la bodega. y cuando vio al fugitivo echado empezó a soltar diminutos y graciosos ladridos. Rápidamente calculó que si lo hallaban atisbando era hombre perdido. ya él había pedido autorización. Allí. Y así empezó el destino a jugar en los planes de Encarnación Mendoza. sin pensarlo. Pero le parecía un crimen dejar a Azabache abandonado. era grata la brisa y dulcemente triste el silencio. Azabache se metió en el cañaveral. mientras el perrillo reculaba y lanzaba sus pequeños ladridos. dando la espalda al lado por donde sentía el ruido. pegó un salto sobre el cachorrillo. Pero para él no era simplemente un hombre sino algo imponente y terrible. En su miedo. al cual 279 . Estaba clara la mañana. Con sus nueve años cargados de precoz sabiduría. el niño sentía que desfallecía. El caserío donde ellos vivían –del lado de los cerros. lo mejor sería hacerse el dormido. pretendió adelantarse al muerto. en el camino que dividía los cañaverales de las tierras incultas– tendría catorce o quince malas viviendas. Sin intervención de su voluntad levantó una mano. él podía ver hasta donde se lo permitía el barullo de tallos y hojas. que lo voy a llevar allí! Oyéranle o no. corrió hacia la casucha gritando: —¡Doña Ofelia. ¿Por qué ir solo. siquiera fuera comiendo frituras de bacalao. El terror le dejó frío. y gateando para avanzar. a toda marcha. empréstame a Azabache. se cubrió la cara con el sombrero. fija la mirada en el difunto. Mundito iba acercándose cuando de pronto quedó paralizado: había visto al hombre. El cielo se veía claro. y eso bastaba. y en él había puesto Mundito todo el interés que la falta de ternura había acumulado en su pequeña alma. no estaba el niño. Al salir de la suya. Entró como un torbellino. Porque ocurrió que cuando. pretendiendo saltar. tomó el animalejo en brazos y salió corriendo. el niño era consciente de que si llevaba al cachorillo tendría que cargarlo casi todo el tiempo. donde seis semanas antes una perra negra había parido seis cachorros. Incapaz de irse sin el animalito e incapaz de quedarse allí. torpe de movimientos. Encarnación Mendoza no tenía pelo de tonto.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS la bodega para que comprara harina. De otra manera no se explicaba su presencia allí y mucho menos su postura. y hacerlo en silencio para que el cadáver no se diera cuenta. Era largo el trayecto hasta la bodega. En el primer momento pensó huir. De súbito. Mundito se detuvo un momento en medio del barro seco por donde en los días de zafra transitaban las carretas cargadas de caña. temblando. Mundito sentía que esa idea casi le autorizaba a disponer del perrito. era un cadáver. Mundito estaba seguro de que el cadáver iba a levantarse de momento. Aunque lo hiciera pobremente. radiante de luz que se esparcía sobre el horizonte de cogollos de caña. expuesto al peligro de que el muerto se molestara con sus ladridos y lo reventara apretándolo con las manos. bacalao y algo de manteca. la mayor parte techadas de yaguas. Encarnación Mendoza oyó la voz del niño ordenando al perrito que se detuviera. Llamándolo a voces.

Se había ido corriendo. No debía dejarse ver de persona alguna. nunca deseaba nada malo y se respetaba a sí mismo. Necesariamente debía ver a su mujer y a sus hijos. gritó señalando hacia el lejano lugar de su aventura: —¡En la Colonia Adela hay un hombre muerto! A lo que un vozarrón áspero respondió gritando: —¿Qué tá diciendo ese muchacho? Y como era la voz del sargento Rey. a lo que pudo colegir Encarnación por la rapidez de los pasos. a punto de desfallecer por el esfuerzo y el pavor. y estaría en su casa a las once. Escondiéndose de día y caminando de noche había recorrido leguas y leguas. y a seguidas. porque si tenía la fatalidad de que alguien pasara por la trocha de ida o de vuelta. sin un peso para celebrar la fiesta. Encarnación Mendoza estaba acostumbrado a hacer lo que deseaba. cabeceando contra las cañas. El propósito de Encarnación Mendoza era pasar la Nochebuena con su mujer y sus hijos. en la provincia del Seybo. Sólo imaginar que Nina y los muchachos estarían tristes. Con todo y ser tan limpio de sentimientos. El cuerpo le pedía ver hasta el sucio camino. Pero el sargento era expeditivo: quince minutos después de haber oído a Mundito el sargento Rey iba con dos números y diez o doce curiosos hacia el sitio donde yacía el presunto cadáver. No debía precipitarse. durante la Nochebuena. Era cosa de ponerse a pensar si el muchacho hablaría o se quedaría callado. caminar con cautela orillando los cerros. Y los vería sólo una hora o dos. jefe de puesto del Central. Sabía lo que 280 . corrales y cortes de árboles o quema de tierras. desde las primeras estribaciones de la Cordillera. impulsado por el terror.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS agarró con nerviosa violencia por el pescuezo. echó a correr hacia la bodega. Por respeto a sí mismo sucedió lo del día de San Juan. pues debía andar por la Capital disfrutando sus vacaciones de fin de año. a él. Encarnación Mendoza comprendía que con el deseo de abrazar a su mujer y de contarles un cuento a los niños iba confundida una sombra de celos. y aunque el mismo Diablo hiciera oposición. cuando el cabo Pomares le faltó pegándole en la cara. excepto de Nina y de sus hijos. la luz de la lámpara iluminando la habitación donde se reunían cuando él volvía del trabajo y los muchachos le rodeaban para que él los hiciera reír con sus ocurrencias. meterse en otro tablón de caña. A las nueve de la noche podría salir. pues fue el día de San Juan cuando ocurrieron los hechos que costaron la vida al cabo Pomares. tal vez llorando por él. tal vez a las once y un cuarto. Sucediera lo que sucediera. ahogándose. Pero además necesitaba ver la casucha. ahí. le partía el alma y le hacía maldecir de dolor. El día de Nochebuena no podía contarse con el juez de La Romana para hacer el levantamiento del cadáver. rehuyendo todo encuentro y esquivando bohíos. era hombre perdido. Tenía que ir o se moriría de una pena tremenda. Eso no había entrado en los planes de Encarnación Mendoza. Tenía ya seis meses huyendo. una fuerza ciega a la cual no podía resistir. y tal vez pensó que se trataba de un peón dormido. y nadie ignoraba que era hombre condenado donde se le encontrara. Acaso hubiera sido prudente alejarse de allí. En toda la región se sabía que él había dado muerte al cabo Pomares. Sin embargo valía la pena pensarlo dos veces. Era un impulso bestial el que le empujaba a ir. cortándose el rostro y las manos. Pero el plan se había enredado algo. que por no ofender no bebía y que no tenía más afán que su familia. Encarnación Mendoza pasaría la Nochebuena en su bohío. y le veía cruzando el camino y le reconocía. obtuvo el mayor interés de parte de los presentes así como los datos que solicitó del muchacho. Al llegar allí. que se hacía lodazal en los tiempos de lluvia. por de pronto estaba seguro.

Ese momento de la llegada era la razón de ser de su vida. llamaría por la ventana de la habitación en voz baja y le diría a Nina que abriera. Oyó la áspera voz del sargento: —¡Métase por ahí. pues. El sargento clavó en el niño una mirada fija. —Azul. porque de lo que no había duda era de que ya había gente localizando al fugitivo. que lo llenó de pavor. muchacho? –preguntó el sargento. Encarnación Mendoza comenzó a gatear con suma cautela. que yo voy por aquí! ¡Usté. su marido. “En ése” podía significar que el muchacho estaba señalando hacia el que ocupaba Encarnación. Nemesio. Pero el número Solito Ruiz interrumpió la escenificación de Mundito preguntando: —¿Cómo era el muerto? —Yo no le vide la cara –dijo el niño. temblando de miedo–. con ganas de llorar. se hallaba aterrorizado. sargento. en ese tablón de cañas no darían con el cadáver. quédese por aquí! Se oían murmullos y comentarios. escalofriante. Dependía de hacia dónde estaba señalando el niño cuando decía “ése”. —Mire. y no vieron cadáver alguno. de lao… —¿De qué color era el pantalón? –inquirió el sargento. solamente le vide la ropa. Había que salir de allí pronto. Solito. Encarnación Mendoza había cruzado con sorprendente celeridad hacia otro tablón. —Son cosa de muchacho. y tenía un sombrero negro encima de la cara… Pero el pobre Mundito apenas podía hablar. quienquiera que fuese. cuidándose de que el ruido que pudiera hacer se confundiera con el de las hojas del cañaveral batidas por la brisa. y después hacia otros más. dormir. sargento. en ése o en el de allá? —En ése –aseguró el niño. Mientras se alejaba. que era él. la boca carnosa. Rápido en la decisión. Sin duda las cosas estaban poniéndose feas. ahí no hay nadie –terció el número Arroyo. yo venía por aquí con Azabache –empezó a explicar Mundito– y lo diba corriendo asina –lo cual dijo al tiempo que ponía el perrito en el suelo–. no era de dudar. y ya iba atravesando la trocha para meterse en un tercero 281 . De todas maneras. Tenía un sombrero en la cara. sin perder un minuto. el muerto se había ido de allí sólo para vengarse de su denuncia y hacerlo quedar como un mentiroso. la barbilla saliente. no podía arriesgarse a ser cogido antes. El momento. Ya le parecía estar viendo a Nina con su negro pelo caído sobre las mejillas. —Sí. aquí era –afirmó Mundito. agachado. los ojos oscuros y brillantes. Cambiar de tablón en pleno día era correr riesgo. Feas para él y feas para el muchacho. Seguramente en la noche le saldría en la casa y lo perseguiría toda la vida. Porque a juzgar por las voces y el sargento se hallaban en la trocha. y él cogió y se metió ahí. Porque cuando el sargento Rey y el número Nemesio Arroyo recorrieron el tablón de caña en que se habían metido. sino de actuar. tal vez en un punto intermedio entre varios tablones de caña. supiéralo o no Mundito. Lo mejor sería descansar. bastante asustado ya. Encarnación podía colegir que había varios hombres en el grupo que le buscaba. La situación era realmente grave. Taba asina. —¿Tú ta seguro que fue aquí. Despertó al tropel de pasos y a la voz del niño que decía: —Taba ahí. maltratando los tallos más tiernos y cortándose las manos y los brazos. con paso felino. y la camisa como amarilla. empezaron a creer que era broma lo del hombre muerto en la Colonia Adela.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS iba a hacer. A su infantil idea de las cosas. —¿Pero en cuál tablón. hacia uno vecino o hacia el de enfrente.

Sólo que a diferencia de sus perseguidores –que ignoraban a quién buscaban–. recomendándose prudencia cuando alguno amagaba meterse entre las cañas. sin que los cazadores supieran qué pieza perseguían. Estaba ya a tanta distancia de ellos que si se hubiera quedado tranquilo hubiese podido esperar hasta el oscurecer sin peligro de ser localizado. los perseguidores corrían de un lado a otro dándose voces entre sí. respirando sonoramente y tratando de mirar hacia todos los ángulos a un tiempo. corrían y corrían. —¡Que vaya uno al batey y diga de mi parte que me manden do número! –ordenó a gritos el sargento. sargento. Era poco más de media mañana. Sin saber a ciencia cierta dónde estaban los soldados. y no dio tiempo al número Solito Ruiz para apuntarle su fusil. lo cual entorpecía los movimientos. y en la bodega no quedó sino el dependiente. Encarnación se dejó ver sobre una trocha distante. sino tres números y como nueve o diez peones más. esquivando el encuentro con los soldados. dado que la ropa era la que había visto por la mañana. ahogándose. Nerviosos. se habían vuelto al oír la voz del chiquillo. algo hay. pegando voces. Llegaron no dos. y con él los soldados y curiosos que le acompañaban. el fugitivo se atenía a su instinto y a su voluntad de escapar. ta aquí! –gritó señalando hacia el punto por donde se había perdido el fugitivo–. viejo en su oficio. el revólver en la mano. Pero no se hallaba seguro y seguía pasando de tablón a tablón. corriendo por las trochas. sólo un momento. Su miedo lo paró en seco al ver el dorso y una pierna del difunto que entraban en el cañaveral. buscando aquí y allá. Lentamente. No podía ser otro. ¡Dentró ahí! Y como tenía mucho miedo siguió su carrera hacia su casa. cada militar iba seguido de tres o cuatro peones. allá va. las pequeñas nubes azul oscuro que descansaban al ras del horizonte empezaron a crecer y a ascender cielo arriba. pues era arriesgado tirar si gente amiga estaba al otro extremo. zigzagueando. con el perrillo bajo el brazo. todos un poco bebidos y todos excitados. se dispersaron en grupos y la cacería se extendió a varios tablones. sargento. El sargento. excitados. Repartidos en grupos. Al cruzar una trocha fue visto de lejos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS cuando el niño. Encarnación Mendoza sabía ya que estaba más o menos cercado. disparando sobre las cañas. 282 . y una voz proclamó a todo pulmón: —¡Allá va. era suspicaz: —Vea. —Cosa de muchacho –dijo calmosamente Nemesio Arroyo. despachado por el sargento. los cazadores del hombre apenas lo notaban. hacia donde señalaba el peón que había visto el prófugo. y se parece a Encarnación Mendoza! ¡Encarnación Mendoza! De golpe todo el mundo quedó paralizado ¡Encarnación Mendoza! —¡Vengan! –demandó el sargento a gritos. lleno de lástima consigo mismo por el lío en que se había metido. y a seguidas echó a correr. y aunque los crecientes nubarrones convertían en sofocante y caluroso el ambiente. A la distancia se veían pasar de pronto un soldado y cuatro o cinco peones. y se corría de un tablón a otro. —¡Ta aquí. Pasó el mediodía. preguntando a todo hijo de Dios que cruzaba si “ya lo habían cogido”. él pensaba que el registro del cañaveral obedecía al propósito de echarle mano y cobrarle lo ocurrido el día de San Juan. Pero el sargento. Del batey iban saliendo hombres y hasta alguna mujer. Era ya cerca de mediodía. ¡Rodiemo ese tablón ni una ve! –gritó. pasaba corriendo. huyendo con la velocidad de una sombra fugaz. Y así empezó la cacería.

que no podemo seguir mojándono. Se revolcaba en la tierra. No apareció caballo sino burro. pues los soldados iban disparándole a medida que se acercaban. cuando uno de los peones dijo: —Allá se ve una lucecita. hacer bajar la gente y meter el cadáver o subirlo sobre la carga de un camión. colocaron el cadáver atravesado sobre el asno y lo amarraron como pudieron. Oscureció del todo. si bien por entonces no con fuerza. Serían más de las siete. Pero a eso de las tres. y con la oscuridad el camino se hizo más difícil. a más de dos horas del batey. a los que escogió para que arrearan el burro. los soldados echaron mano a pedazos de yaguas. pasan con frecuencia vehículos y él podría detener un automóvil. La lúgubre comitiva anduvo sin cesar. el sargento ordenó la marcha bajo la lluvia. sin duda más temprano que de costumbre por efectos de la lluvia. cuando recibió catorce tiros más. un tiro certero le rompió la columna vertebral al tiempo que cruzaba para internarse en la maleza. y al instante urdió un plan del que se sintió enormemente satisfecho. En la carretera las cosas son distintas. que ya empezaba a formarse. Este resoplaba y hacía esfuerzos para trotar entre el barro. O simplemente aludía al cabo Pomares. o se guarecían en el cañaveral de rato en rato. ordenó con su áspera voz: —Desamarren ese muerto y tírenlo ahí adentro. podía llevarlo ese mismo día a Macorís y entregarle ese regalo de Pascuas al capitán. en el camino que dividía el cañaveral de los cerros. No resultó fácil el camino. y apenas llovía entonces. —¡Búsquese un caballo ya memo que vamo a sacar ese vagabundo a la carretera! –dijo dirigiéndose al que tenía más cerca. Seguido por dos soldados y tres curiosos. Comenzaba a llover. Era día de Nochebuena y él había salido de la Cordillera a pasar la Nochebuena en su casa. antes de llegar al primer caserío. Cuando el cuerpo estuvo suelto llamó a la puerta de una casucha justo a tiempo para que la mujer que 283 . razón por la cual la marcha se tornó lenta. la mayor parte del tiempo en silencio aunque de momento la voz de un soldado comentaba: —Vea ese sinvergüenza. El sargento no quería perder tiempo. cuando un cuarto de hora después se vio frente a la primera casucha del lugar. tal vez demasiado tarde para trasladarse a Macorís. Si él sacaba el cadáver a la carretera. no en el batey. y al hablar observaba a los hombres que se afanaban en la tarea de librar el cadáver de cuerdas. cuya sangre había sido al fin vengada. Y justamente entonces empezaban a caer las primeras gotas de la lluvia que había comenzado a insinuarse a media mañana. aunque tenía los dientes destrozados por un balazo de máuser. Conservaba las líneas del rostro. Pues al sargento no le bastaba la muerte de Encarnación Mendoza. que estaba hacia el poniente. Estaba muerto Encarnación Mendoza. pasadas ya las cuatro. del caserío –explicó el sargento. cuando la lluvia arreciaba más. Así. Y el sargento estaba pensando algo. Decía esto cuando la lluvia era tan escasa que parecía a punto de cesar. de hojas grandes arrancadas a los árboles. Varios peones. estorbándose los unos a los otros. y eso.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Encarnación Mendoza no era hombre fácil. si lo llevaba al batey tendría que coger allí un tren del ingenio para ir a La Romana. el muerto resbaló y quedó colgando bajo el vientre del asno. Cubiertos sólo con sus sombreros de reglamento al principio. Tres veces. vivo o muerto. y como el tren podría tardar mucho en salir llegaría a la ciudad tarde en la noche. esto es. cuando el aguacero pesado hacía sonar sin descanso los sembrados de caña. El sargento quería algo más. —Sí. manando sangre.

Estudiaba la situación. a la hora de las dos luces. pegado a las lomas. y tenía los dientes destrozados por un tiro. pero se negó resueltamente a que Joquito bajara con ellas. noticia que produjo alguna confusión. hasta que a tres pasos paró y corrió desolada sobre el cadáver al tiempo que gritaba: —¡Ay m’shijo. los niños salieron de la habitación. sus ojos cobraron de golpe la inexpresiva fijeza de la locura. La mujer miró aquella masa inerte. bramando de cuando en cuando. sangre y lodo. pues. verdadera joya entre caballos. con las cabezas altas. donde no había más reses que las ventanitas de don Braulio. y encabezaba el grupo. sin embargo no desesperó hasta el atardecer.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS salió a abrir recibiera sobre los pies. de pronto una mujer gritó que el toro venía sobre ellos. Joquito no tardó en dejarse ver. más tarde. Poco antes del amanecer don Braulio oyó a los perros que ladraban en forma agitada muy cerca de la casa. que no le era favorable porque no había salida sino hacia atrás. y hacía retumbar la tierra bajo sus patas. Aconsejado por ellos. Al iniciarse la noche se oyó el toro hacia el fundo del potrero. Al tropezar con los perros se detuvo un momento y miró en semicírculo. Las infelices mugían y se acercaban a las puertas del potrero. Joquito. cerca del camino real. Como en un frenesí. lanzó bramidos tan dolorosos que hicieron ladrar de miedo a todos los perros de la comarca. atropellándose. sin duda convencido de que sus compañeras no regresarían. m’shijo. el cuerpo de Encarnación Mendoza. que sin duda correteaba alegremente por el camino real. los perros comenzaron a ladrar y a correr hacia el frente. Despeñándose por los flancos de la loma. Entonces se oyó una voz infantil en la que se confundían llanto y horror: —¡Mama. Bramó también unas cuantas veces al día siguiente. y llevándose una mano a la boca comenzó a retroceder lentamente. lo que le daba a su rostro antes sereno y bondadoso la apariencia de estar haciendo una mueca horrible. se han quedao guérfano… han matao a Encarnación! Espantados. Don Braulio montaba su potro bayo. Avanzaba en una carrera de paso parejo. Con efecto. y para eso salió don Braulio con sus peones y unos cuantos perros. mi mama! ¡Ese fue el muerto que yo vide hoy en el cañaveral! El funeral Cuando empezaron a caer las lluvias de mayo el agua fue tanta que se posó en los potreros formando lagunatos. de manera que había que encerrarlo en el potrero cuanto antes. don Braulio dispuso que llevaran las vacas hacia las cercanías de la casa. se quedó solo en el potrero: Estuvo inquieto toda la tarde y pasó la noche bajo un memizo. chorros impetuosos arrastraban piedras y levantaban un estrépito que asustaba a las vacas. Los entendidos en ganado. como rogando que las sacaran de ese sitio. Llevaban media hora de marcha y los hombres iban charlando alegremente. como si hubieran olido a Joquito. un toro como Joquito era una amenaza para todo el vecindario. El muerto estaba empapado en agua. que oían a las reses bramar. a poco oyó un bramido corto y el sordo trote de la bestia. decían que pronto se les resblandecerían las pezuñas. ladeándose con gracia juvenil. Suelto en aquel lugarejo. lanzándose a las faldas de la madre. tirado como el de un perro. Joquito no parecía dispuesto a volver por 284 . lo que indicaba que corría el campo sin cesar y de seguir así no tardaría en saltar sobre la alambrada.

En eso. Habían recorrido a paso largo todo el sitio. Por lo visto Joquito no quería luchar. Entre los gritos de los peones resonaron cinco disparos. que hizo huir a los perros. y en viendo al toro comenzaron a ladrar de nuevo. cuya nariz iba rozando el suelo. desde la loma hasta el fundo de Morillo. don Braulio sacó su revólver y disparó. el choque fue inevitable. en el término de media hora: una en el arrozal del viejo Morillo. y diciendo algunas palabras bastantes puercas se adelantó hacia el animal. con pasos cada vez más tardos. El cansancio. Así. Los peones vieron esa mole rojiza. cansados. Pero don Braulio era un viejo duro. Plantado en su caballo. moviéndose con la mayor naturalidad. Algunos vecinos se habían unido a la persecución y los perros acezaban.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS donde había llegado. A las dos de la tarde. y éste. Pero los perros estaban de caza. el toro se llenaba de ira y rascaba la tierra con sus patas delanteras. Al ver ante sí un hueco abierto. arremeter ciegamente con la cola erecta. donde Joquito batió la tierra y confundió las espigas con el lodo. De súbito el caballo salió disparado y cayó sobre las espinosas mayas que orillaban el camino. El golpe paralizó a la peonada. y uno de ellos llevó su atrevimiento hasta morderle una pata. —¡Ahora veremos si somos hombres o qué! –gritó don Braulio. le encolerizaron a tal punto que espoleó al bayo sin tomar precauciones. y quizá hasta el hambre. arremetió con todo su peso. Como los peones gritaban y le tiraban sogas al tiempo que los perros lo atormentaban con sus ladridos. molidos. Don Braulio pensó que tendría que matar al toro. se metió en el conuco y en menos de un minuto tumbó dos troncos jóvenes de plátano. otra en el bohío de Anastasio. don Braulio se sentía humillado. Desde el suelo. pero no con espíritu agresivo. destrozó la yuca y malogró un paño de maíz tierno. Nando se lamentaba a gritos y don Braulio pensaba cuanto iba a costarle esa tropelía de su toro. sólo pedía libertad para correr a su gusto y para comer lo que le pareciera. la vergüenza de haber fracasado. la idea de todos los daños que tendría que pagar. bajó la testuz y lanzó un bramido retumbante. que durante unos segundos interminables vio cómo Joquito mantenía en el aire al bayo. fueteándole las ancas. fuera de sí. que le salía por la nariz y se confundía con el lodo del camino. Apareció el toro. Joquito se volvió a ellos. Joquito se detuvo en seco. más allá del arroyo. se lanzó con tanta fuerza sobre la sombra del caballo que fue a dar contra la palizada del conuco de Nando. 285 . De súbito pateó la tierra. Los perros se envalentonaron. Joquito no dudó un segundo: con la cabeza baja. y en señal de que los menospreciaba. Joquito caminó. adonde había sido lanzado. y era un milagro que a medio día Joquito siguiera vivo. de brillante pelamen. Don Braulio ladeó su bayo y eludió el encuentro. Los hombres se habían quedado inmóviles. Joquito giró violentamente y en rápida embestida atacó a sus perseguidores. y de su vientre salió un chorro de sangre que parecía negra. después dobló las rodillas. El animal había perdido otra vez la cabeza. desde la Cortadera hasta el Jagüey. La cola parecía saltarle de un lado a otro. y del golpe echó abajo un lienzo de tablas. mientras don Braulio hacía esfuerzos por sujetarse al pescuezo de su caballo. Don Braulio volvió a pasar frente al animal. ramoneaba tranquilamente a lo largo del camino. sudados. en cuyo jardín entró. pegó el pescuezo en tierra y pareció ver con indecible tristeza su propia sangre. los peones pedían reposo para comer. tornó a ramonear. Joquito pareció llenarse de una diabólica alegría. haciendo llorar de miedo a los niños y asustando a las mujeres. Dos veces más se repitió el caso. Con graves ojos. Pero también don Braulio había perdido la suya. de un bohío cercano alguien gritó que Joquito llegaba.

En efecto. olió el lodo y revolvió el fango con patas pesadas. Seguía cayendo fina y susurrante la llovizna. También ella gritó. las dos reses empezaron a patear. Los niños de la casa no se atrevían a moverse. Ahí pareció terminar todo. Juntando los cuernos parecían hacerse preguntas sobre lo que había ocurrido allí. toretes y becerros se amontonaban en el sitio donde cayó Joquito. y el agua borró el último rastro de la sangre de Joquito. Entonces se arrimó a la puerta un viejo campesino y se puso a observar los matorrales. gemían y se restregaban los 286 . ¿De dónde salían tantas reses? Ya había más de docena y media. era desconocida en el lugar e igual que él se acercó. Era el velorio de un hermano. Por los lados de la loma respondió otro bramido. y cuando se acercaban las cuatro de la tarde nada parecía haber sucedido y nada indicaba que Joquito había sido muerto y descuartizado en el camino real. a mover las colas con apenada lentitud. ¿De dónde salían las que llegaban. Un toro negro. Extrayendo los cuchillos de las cinturas. Parecía esperar algo. abriendo los hoyos de la nariz. Cuando lo conducían hacia la casa. y de algún lugar no lejano salió otro. Y de pronto llegaron por caminos insospechados seis o siete reses más. apareció por el recodo. a agitarse. a cruzar los pescuezos entre sí. y la lluvia. así eran. olfateando. pegó el hocico en tierra. como ciegas. y tornaban a quejarse. La gente se asomaba a la puerta a ver qué sucedía. y con un grito angustioso. Los perros se hartaron con los pedazos inservibles de la víctima. no detenía la marcha de otras que se veían llegar a lo largo de los callejones.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Hasta los perros callaron. era llevada a la cocina de don Braulio. dijo: —Desuéllenlo ahí mismo. por lo menos durante un rato. no había vacas ni toros. cargó de pesadumbre los cuatro vientos. novillas. Olían la tierra. impresionante. como forzadas. En alocada carrera. caminó con el pescuezo alargado. Juntas ya. que hicieron lo mismo que las otras tres. —Horita ta esto cundío de toros –dijo. oliendo el lodo. al cabo alzó otra vez la cabeza. olió y lanzó un doliente quejido. que engrosaba a medida que la tarde caía. los niños llenaron los vanos de las puertas. partida en grandes piezas. Aquel lugar no era sitio de ganadería. y con la excepción de las reses de don Braulio. Tornó a lloviznar. y a poco empezaron todas a bramar a un tiempo. aunque tuviera que caminar horas y horas. Pero no era Joquito. buscando. porque les pareció que el propio Joquito bramaba desde más allá de la vida. varios hombres se lanzaron sobre Joquito. nunca visto en el lugar. vacas. y ninguna faltaría a la cita. Inesperadamente reventó cerca otro potente bramido. y una hora más tarde la carne del toro. Daban vueltas y vueltas y vueltas. pues? El viejo campesino explicó que cuanta res oyera aquellos bramidos iría al sitio. Media hora después. donde las mujeres colocaban cataplasmas en las caderas del amo. Algunos peones corrieron para ayudar a don Braulio a ponerse de pie. Una vaca pasó al trote y fue a juntarse con el toro y la vaca que daban vueltas en el lugar donde había caído Joquito. En el aposento de don Braulio. y tornó a bramar como antes. y el toro volvió hacia allá sus desolados ojos. Allí. Pero de pronto resonó en la vuelta del camino un bramido lleno de tristeza y de ira a la vez. —Son asina esos animales –dijo. bueyes. Igual que el toro. estuvo un momento. porque se sujetaba las caderas y tenía la cara descompuesta. Debió sufrir golpes. después caminó más. apenas respiraban. De pronto vieron aparecer una vaca gris. resonaban los angustiosos gemidos de las bestias. venteó.

Había pasado ya más de una hora desde que llegó el toro negro. que ya se insinuaba. y tendrían que trepar lomas. 287 . más de las cinco y el día lluvioso iba a ser corto. el grupo seguía mugiendo y cada vez se enardecía y se desesperaba más. más lejano a medida que transcurrían los segundos y a medida que la noche crecía. que muchas vacas y novillas cruzarían arroyos y lodazales en busca de sus querencias. los toros empezaron a remover la tierra con sombría desesperación. Eran. los balidos de los pequeños se confundían en una imponente música funeral. Con su pesado andar. El crescendo se mantuvo un rato. —Unjú. Asustados por aquel concierto lúgubre. como reclamando la sangre de Joquito que ella se había bebido. pues. a los cielos y al camino qué habían hecho de su hermano. Hollaban el lodo con sus pezuñas y parecían preguntar llenos de dolor. y parecían preguntar a la noche. Y el viejo campesino pensó con satisfacción en la ventaja de ser hombre. El viejo campesino pensó que muchos de los bueyes que llegaron allí andarían toda esa noche sin descanso. habían ido al funeral de Joquito. Atravesando arroyos. y al cabo de otro minuto más sólo se oía en la distancia el bramido de algún toro que abandonaba el lugar. y el imponente lloro ascendió a los cielos y flotó allá arriba. qué justicia tan bárbara era la de los hombres. antes de que se produjera tal golpe. Habían cumplido su deber. desde las lomas descendían viejos y graves bueyes cargadores de pinos. dónde estaba su hermano. a los montes. los caballos de la vecindad erizaban las orejas y se quedaban temblando. Se hacían más roncos sus gritos de dolor. y quién sabía a cuántas les caerían gusanos en las heridas que recibirían esa noche. después fue debilitándose. Inesperadamente. atropellándose con majestuosa lentitud. Los quejidos fueron oyéndose cada vez más y más distantes. Las reses son asina. sin conocerlo. —¿Sin conocerlo? –preguntaron los niños. como si un maestro invisible los hubiera dirigido. Porque ni él. y que debían recorrer grandes distancias para llegar a la cita. Desde las vueltas distantes de los callejones seguían saliendo compañeros. finas novillas hendían las yerbas de los pastos y se dirigían al lugar de la tragedia. en forma de nube sonora que oprimía los corazones. y los perros buscaban abrigo en los rincones de los bohíos. que nadie sabía para donde iban.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS unos a los otros. de su vigoroso y bravo compañero. cada vez parecía ser menor el número de los que gritaban. primero en comenzar el funeral de Joquito. por un corte súbito de la escasa luz que todavía quedaba sobre el mundo. rompieron en un impresionante crescendo final. llegaban para llorar por aquel que no habían conocido. que algunas de esas reses se estropearían con las raíces y los tocones. un minuto más tarde comenzaba a dispersarse todo aquel concierto acongojador. los quejidos de las vacas. Los bramidos de los toros. por qué le habían asesinado. y resonaban bajo ella los roncos gemidos de los bueyes viejos. cuando la oscuridad empezaba a adensarse. ni sus amigos. Lo dijo así él. toros enormes que sin duda habían roto las alambradas de sus potreros. Cansados de llorar. echando a rodar las piedras. Iban y venían de una a otra orilla del camino. Pero no importaba lo que pudieran sufrir. la removían y la olían. otras se cortarían con las púas de los alambres. los animales. Pareció que la noche iba a hacerse de golpe. ni nadie en fin perdía su sueño a causa de que en un camino real cayera muerto un señor desconocido. y al fin. Mientras crecía sin cesar. se oía uno que otro bramido perdido.

minutos más. En su imaginación veía a la niña echándole los brazos al cuello en prenda de gratitud. Cuando pensó tomar una decisión se acordó de la paloma. animal que nada tenía de marino. pues sobre ese lado se debatía sin cesar moviendo con loco impulso la derecha y levantando la pequeña cabeza. Con la acostumbrada rapidez de toda su vida el solitario navegante pensó que estaría herida y que sería un buen regalo para Emilia. aprovechada en toda su extensión por la brisa. clavó mano en el ave. y fue después de tenerla sujeta cuando volvió atrás los pequeños y pardos ojos. Pues moviéndose a velocidad asombrosa. firme y gallarda como si la tripulara el diablo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Rumbo al puerto de origen Habiendo hecho sus cálculos con toda corrección. a la pálida y agobiante luz de la hora. Pues ocurrió que impulsada por la sostenida brisa del este la balandra se alejó unos palmos de la paloma precisamente en el momento en que Juan de la Paz abandonaba vela y timón para inclinarse sobre el agua en pos del ave. la paloma debió haber recibido un golpe en el ala izquierda. incapaz de comprender lo que estaba sucediendo. En relampagueante fracción de tiempo el hombre sintió la muerte triturándole el alma y un tumulto de ideas le asaltó de improviso. y sin demorar un segundo maniobró para acercarse al ave. en absoluto ajeno a la idea de que. en pos de Punta del Este. Podía dirigirse hacia la cayería. Eso pasó. y desde luego llegar a las corrientes de los canales completamente agotado. favorecido por una suave pero sostenida brisa que soplaba desde el este. con verdadera indiferencia. le ocurriría caer al mar a causa de estar persiguiendo una paloma. Aunque estaba hecho a pensar con la rapidez del rayo quedó aturdido durante algunos segundos. eso sí. si bien lo hizo maquinalmente. minutos menos. Con efecto. la vela resultaría batida con inesperada fuerza. Pero Juan de la Paz no se preocupó. pero su resultado no pudo ser peor. y Juan de la Paz se vio súbitamente lanzado al agua. Juan de la Paz maniobró para girar en redondo y situarse de manera que él quedara a babor. El terror de aquel animal de tierra y aire abandonado a su suerte en el mar era de tal naturaleza que cuando advirtió la proximidad de la balandra pretendió saltar para alejarse. entonces vio. El cambio de luces del atardecer daba al momento una ominosa solemnidad de cementerio. Pero jamás pensó él que en un atardecer tan plácido. Gentilmente. A Juan de la Paz le habían sucedido muchos y graves contratiempos. el movimiento de la balandra le llevó a sacar todo el cuerpo fuera del casco. y tal vez dándole un beso. el aleteo de la paloma sobre el agua. seis horas alejados de la tierra más cercana. que la había 288 . En esos instantes se demudó. y en la costa del Golfo y en la Isla de Pinos todo el mundo sabía que había estado veinte años en presidio. estando solo a bordo. Podía tratar de nadar hacia Isla de Pinos. visto que el ave lograba avanzar unos pasos hacia estribor. El mar había sido un plato y probablemente seguiría siéndolo toda la noche. pero entonces se alejaría más de la balandra. la balandra se alejaba al favor de la brisa. rumbo noroeste franco. Juan de la Paz llegó a la altura de Punta del Este a las seis de la tarde. sin embargo eso significaba exponerse a los tiburones. Así. La maniobra salió limpia. Había dispuesto llevarle ese regalo a Emilia y ya nada podía evitar que lo hiciera. acaso a los caimanes. Así se explica que a Juan de la Paz le resultara fácil ver. Un segundo después de haber visto tal cosa Juan de la Paz comprendió que no podría alcanzar su embarcación y que él y la paloma estaban solos en medio del mar. al iniciarse la noche. y ésta era su único haber en el mundo. la balandra viró y enderezó hacia la paloma.

la tierra más cercana–. le invadió por dentro y trastocó del todo sus ideas. sobre todo. La luna. le pareció ver una luz en el horizonte. En la terrible lucha por salvar la vida su instinto animal era capaz de sobreponerse a todo. a la vez un pesado olor de petróleo se imponía al yodado del mar. con bastante frecuencia. y cobró instantáneo reposo. flotando panza arriba bajo la luna. sin embargo a la vez la luna lo llenaba de pavor porque se decía que la claridad favorecía la posibilidad de que los tiburones le vieran de lejos. tal vez a varias millas. con una voz que chillaba a efectos del terror y que cada vez iba siendo menos audible. abandonada. ansioso. Por momentos aquella luz fulgía lejos. para descansar un poco y observar la luna. fue acostumbrándose a su nueva situación. Pero he aquí que de súbito Juan de la Paz se dijo a sí mismo que estaba perdiendo el juicio. distinguir si era de goleta. temió que la ropa le estorbara. El miedo. allá. le abrumaba. del todo solo en la inmensidad del mar. había una luz! Fuera de sí cambió el rumbo y empezó a nadar de prisa. un ala rota y la otra extendida. iluminaba ya la vasta extensión de agua. Juan de la Paz nadaba con economía de esfuerzos. muerta ya. Así. ahora 289 . Por ejemplo. un cuarto de hora después Juan de la Paz reanudaba su marcha. desatada dentro de su atormentada cabeza. pero cuando se sintió desnudo le aterrorizó la idea de que en llegando a aguas bajas una barracuda lo dejara inútil como hombre. Y era curioso que en esa lucha por salvar la vida. tal vez la oscura idea de que mientras el mar se mantuviera tranquilo podría nadar sin alterar el lento pero seguro ritmo que había logrado imponerse a sí mismo. A medianoche alcanzó a ver rojizos y cárdenos reflejos ante sí. a la distancia. Jadeante. En ese instante –cosa rara– sintió acumulados todos los miedos que había ido dejando según avanzaba. Hecho al mar. mientras al favor de la posición de la luna mantenía el rumbo hacia Cayo Largo –a sus cálculos. aquí. Pero le era imposible sobreponerse al horizonte y ver casco alguno de barco. Hasta poco antes le había sido fácil ver. sobre el mar. a medida que pasaba el tiempo y comprobaba que ninguno de sus temores se cumplían. aquí!”. siluetas de peces que saltaban alrededor suyo a cierta distancia. y Juan de la Paz quería reconocerla a cada nueva aparición. él estaba solo. y temía agotarse antes de tocar tierra. Una especie de oleada de locura. Mas a eso de las once. cogido por un salvaje impulso de vida. los brazos y las piernas abiertos. Esforzándose a más no poder trataba de dar saltos para dominar más distancia. se la quitó y la fue abandonando tras sí. cada vez más de prisa. una vez y otra vez y otra más. surgiera de pronto. acaso influyera en ello el ejercicio. de vapor o de algún bote pescador. en medio de brincos imposibles. de mezcla delirante entre esperanza y pavor. Y esa fue su última sensación consciente. A ratos se acordaba de la paloma. quiso levantarse sobre el agua. Poco a poco –y esto es lo cierto–. la imagen de la paloma. y nadie más que él era responsable de su vida. de gritos que se perdían en la tremenda soledad líquida.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS apretado sin darse cuenta con dedos de hierro y que la pobre ave herida agonizaba entre temblores. y pensaba que acaso había derivado a favor de la corriente. a lanzar estentóreos “¡aquí. pues a partir de tal momento comenzó a luchar como un loco para sobreponerse al miedo y para salvar la vida. Sentía el corazón golpeándole desusadamente y resolvió flotar un rato bocarriba. pero no era joven ya. y pensó que gracias a su luz algún pescador solitario podía verlo y rescatarlo. que estaba en el horizonte al caerse de la balandra. No había tal barco. nadando lenta pero firmemente hacia Cayo Largo. De golpe comenzó a gritar. ¡Sí. y otros muchos que no sabía distinguir. De improviso su estado de ánimo cambió. de esa manera se recuperaría y a la vez recuperaría el rumbo. las rojas patas encogidas y desordenadas las plumas de la cola. ni cosa parecida. sin acabar de hundirse.

su propia respiración pegaba como fuego. podía ser vegetación marina. La providencia le mandaba esos maderos para que saliera de allí. agua fresca. o cosa así. Poco a poco fue dejándose descender. para su mal. lo cual tuvo buenos y malos resultados. En los labios hinchados y adoloridos. que no tenía fuerzas para otra cosa que para dejarse caer en una sombra y dormir. Sí. Pensó que escarbando en la arena podía hallar alguna. un barco había encallado días antes en los bajos del Golfo. y desde luego mucho más lejos aun del paso habitual de los barcos. la espalda. el que era sólo diente de perro pelado o tenía arena y yerba. rodeado de marismas. Sin embargo había que seguir. uno solo. y lo que tenía por delante era una marcha agotadora sobre suelo cenagoso y en medio del agua. varios! Entonces se levantó y aguzó los pardos ojuelos. por fin. Sin pensarlo. cayéndose a ratos y levantándose con mil trabajos. a las marismas de Cayo Azul. el que tenía mangles y cacería. Juan de la Paz conocía uno por uno todos esos cayos. ¿adónde? Cuando pudo responderse a esta pregunta clareaba ya el sol. los muslos y los hombros estaban cargados de ampollas. a eso de las ocho. había llegado. adoloridos los ojos a causa del esfuerzo hecho para ver si ante su paso pululaban los temibles piojos del mar que se guarecen en la uretra y desgracian al hombre. Aquello podía ser lodo. Necesitaba agua dulce. Juan de la Paz echó a andar hacia afuera para recorrer. Ahora bien. y de improviso Juan de la Paz recordó que. Pero no tardó en darse cuenta de que era lodo. por fin! Temeroso de algo inesperado fue aplicando un pie. pues con seguridad esa corriente iba a dar a uno de los cayos que corren en hilera irregular desde la Punta de Zapata hasta la altura de Punta del Este. el arenazo en que había tocado quedaba fuera de las rutas de los pescadores. el camino que había hecho entre el 290 . cuatro. Había llegado. tan pronto el calor del sol pegara en el petróleo que se había incrustado en el nacimiento de cada uno de los pelos que le cubrían el cuerpo. Donde se hallaba no podía tener esperanza de rescate. hasta rendirse. Al mediar la tarde. los canalizos que los esperaban. se movió cuanto pudo. él. Cuando tocó tierra. cuando en un movimiento de natación sintió que su pie derecho tocaba algo blando. no era uno. los malos habían de verse mucho más tarde. anduvo como un ciego algunos pasos y se dejó caer sobre un arenazo. actuando a impulsos de una fuerza ciega. Si el petróleo era de tal barco lo mejor sería internarse en la extensión que él cubriera y ayudarse de la corriente que lo arrastraba. la negruzca mancha de una tierra atravesada en medio del mar. secos de sed. porque comprendía que se quemaba. Despertó varias veces. ¡Lodo! ¡Había llegado. eran tres. y Juan de la Paz siguió. el más frecuentado por los pescadores de Batabanó y el más alejado de las rutas usadas a diario. el que tenía agua dulce y el que no. Mas no le fue posible sobreponerse al agotamiento. a juicio de Juan de la Paz. en ruta hacia Cienfuegos. Como lo pensó lo hizo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS eso había dejado de ocurrir desde hacía acaso media hora. No. podía ser un pulpo o simplemente el revuelo del agua que deja a su paso un pez mayor. Allí abusaron de él el sol y el petróleo. o para beber. buscando en la media luz del amanecer el cornudo espinazo del cocodrilo. que a menudo se refugia en esas marismas. pues allí se veía un madero que flotaba. pero sin recuperar el dominio de sí mismo. Pero de pronto su atención se volvió hacia la orilla de la marisma que había recorrido para llegar al arenazo. y más allá de prolongados bajíos. otra vez bajo la noche que se acercaba. Los buenos estuvieron patentes cuando a eso de las dos de la mañana vio a distancia de una milla. de donde podía inferirse que había una prolongada mancha de aceite crudo o de petróleo deslizándose en el mar. nadando en los cortos canalizos. Serían las tres. el cuello. lo que le puso al borde de repetir la desenfrenada media hora que había padecido cuando creyó ver la luz de un barco. maltratándose los pies con los tallos de los nacientes mangles.

cayó de rodillas en la arena. Desnudo. y el rostro de Emilia.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS amanecer y el día. aguijoneado por los insectos. mientras gritaba con un alarido espantoso. Pequeño. que soplaba frío y grueso. Ello quería decir que la lluvia no andaba lejos. aunque se tratara de una concha de caracol de la que pudiera sacar esquirlas con alguna pesada piedra. Casi anochecía ya. Pues era el caso que se oía el mar. Virgen de la Caridad. Temblando de fiebre y de frío. cosa increíble horas antes. muerta pero no sumergida. y a medida que tal estado de ánimo se definía metiéndose como una despaciosa invasión de agua por todos los antros de su cuerpo. que con la llegada de las primeras sombras se hacían presentes en oleadas. sobre todo. Cuando retornó al arenazo iba empujando los maderos y correteando de un lado a otro para no perder ninguno. y además de oírse el mar según pudo él notar tan pronto se puso de pie y dejó su húmedo lecho. rojo y negro de ampollas y de petróleo. Juan de la Paz despertó. que serían de seis por ocho pulgadas y de cinco pies de largo–. adolorida la llagada piel. mustia y espantada. desnudo en medio de la noche y del mar. con amargo llanto de infante desvalido. clavó los ojos y las manos al cielo y pidió perdón: —¡Perdóname. y al levantarse se asustó. que le hizo ponerse de pie y comenzar a correr. Desde la caída de la tarde habían empezado a formarse nubes hacia el nordeste y el viento estuvo enfriando. evidentemente con fiebre. después. solo bajo la oscurecida luna. más numerosos y agresivos cada vez. porque el aire húmedo lo refrescaba. Juan de la Paz comprendió de pronto cuán inútil había sido todo su esfuerzo y qué duro castigo le había reservado Dios para el final de sus días. la luna parecía medio moverse con gran trabajo allá arriba. Al borde del desfallecimiento y hostigado por el miedo a los jejenes. Lo que le hacía sufrir eran las quemaduras y los jejenes. rodeado por un mar cuyas olas poco a poco se levantaban más y más. Juan de la Paz era la imagen dolorosa y ridícula. en hallar algo cortante. a la sed y al ardor de las ampollas se sumaban las picadas de los jejenes. con ligera tendencia a soplar desde el norte. La sed no le preocupaba tanto. Debatiéndose en medio de grises y ventrudas nubes. en conservar los maderos –cuatro piezas aserradas. De súbito Juan de la Paz se derrumbó. mientras iba doblándose sobre sí mismo hasta quedar con los codos clavados en la arena. Ese plan descansaba. a la vez. tan pálido y sin embargo tan sonreído. que más que el de un ser humano parecía el de una poderosa bestia 291 . algo horrible y bárbaro. a pesar de que había sufrido ya la condena de los hombres. del desamparo. agotado por el sol. pero también consumido por el sufrimiento. tú que todo lo puedes! –exclamó. Y a seguidas se echó a llorar. el náufrago sólo acertaba a ver en su imaginación a la paloma y a la niña. en alguna oscura parte de su conciencia iban tomando cuerpo la figura de la paloma. el reseco pelo pegado a la frente. y ya bebería cuando cayera. por último pensaba que metiéndose de nuevo en la marisma podría cortar ramas de mangle y sacar de ellas fibra con que amarrar los maderos en forma de balsa. Juan de la Paz se echó a dormir con la mayor parte del cuerpo en el agua y la cabeza en la arena de la orilla. Antes de entregarse al sueño estuvo buen rato madurando un plan. él. llenándole de espanto. comprendió que de las redondas líneas que formaban la carita de Emilia surgía la de Rosalía. se oía el viento. que apenas tenía ya fuerzas para sentir miedo. Algo estalló en ella en tal momento. y de súbito. con los brazos en alto y las manos crispadas allá arriba. derivando corriente abajo. bastante pasada la media noche. Nadie puede describir lo que pasó entonces por el alma de Juan de la Paz. cuando la inmensa mole de agua se veía tranquila de un confín al otro. Del fondo de su ser empezó a crecer un amargo sentimiento de lástima consigo mismo. como un musulmán en oración.

mientras los circunstantes se miraban entre sí. a ratos. sin saber adonde iba. la paloma y Rosalía. con manos y pies. El caso es que él contestó: —Por coger una paloma. por dentro estaba confundido. con despaciosa y clara voz: 292 . Estaba tendido en el camastro. pero cuando hubo dado unos veinte pasos dio vuelta. según el patrón “por la divina gracia de Dios”. acaso a resultas del bien que le produjo la sopa de pescado. porque cierta vez. Pero quién sabe. aunque nada tenían que ver con lo que estaba pasando. A las once se le dio un poco de ron y a media noche se le sirvió sopa caliente de pescado. Ninguna de las dos vivía. fue dejándose llevar por las dos piezas. Nada le recordaban. agregó: —Me caí. pues tenía los labios destrozados. y se la sirvieron a cucharadas. destruido. —Iba sola –explicó Juan de la Paz con voz apenas perceptible. acaso la paloma volaba de cayo a cayo y tropezó con el barco. Pegando saltos. porque ayer vimos tu balandra navegando con viento de amura. Aunque mantenía los ojos abiertos se hallaba inconsciente y por tanto no podía hablar. muchos años atrás. El náufrago fue tendido en la cámara de la tripulación. después suspiró y se quedó mirando hacia el patrón. ni siquiera su nombre surgía a la memoria. Juan de la Paz? Juan de la Paz parecía dormitar. volviendo a ratos la cabeza con una impresionante mirada de terror. totalmente fuera de sí se lanzó otra vez hacia la marisma. —Esto es cosa rara. Juan de la Paz fue recogido por un vivero de Batabanó que acertó a dar con él. nada le decían. en medio del mal tiempo. Los que le rodeaban oyeron y les pareció extraño que un pescador se cayera de su barco por coger una paloma. Rodeado de marineros. Juan de la Paz tomó su sopa con gran esfuerzo. Y sin embargo no se iban. Sin embargo se le oyó contestar. todos los cuales le conocían bien. el patrón insistió: —¿Por coger una paloma? ¿Y pa qué querías tú esa paloma. Juan de la Paz se perdió en dirección al mar abierto. Juan de la Paz había cometido un crimen espantoso. y eso. interesado ahora oscuramente más en huir que en salvarse. sólo los rápidos y desconfiados ojuelos parecían vivir en él. donde el viento norte hacía subir las olas a respetable altura. Cogido a los maderos se tiró sobre el agua. De todas maneras quizá valía la pena aclarar las cosas. eso no importaba. A las nueve de la noche se le oyó murmurar algo así como “agua”. el agua de que estaban saturados los hacía pesados. Loco. Juan –dijo el patrón–. La paloma y Rosalía habían muerto. pues además del tamaño. Juan de la Paz? Si le oían o no. como si se hallaran presentes. Así. se lanzó sobre los maderos y cogió dos. uno en cada mano. a la altura de Cayo Avalos. Era imposible pedirle que contara detalles. si bien sabía que tenía una hijita y que trataba de pensar en ella. a nadie le constaba que no fuera capaz de cometer otro. que estaba bajo cubierta. entre cuatro y media y cinco de la tarde. Hacía esfuerzos por recordar a Emilia. y aunque lo pagó con veinte años en Isla de Pinos. Se le veía estragado. Y agarrado como un loco.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS alanceada cerca del corazón. con tanta velocidad como si hubiera seguido una línea recta. asombrados. Y después. Entonces oyó la voz del patrón: —¿Y cómo te caíste. Además. a popa. En cambio ahí estaban. moviéndose entre quejidos para rehuir el contacto del duro colchón con la quemada piel. Tal vez eso ocurrió en un canalizo. chapoteando. Era increíble que pudiera cargarlos. y no podía.

uno por uno. y bien claro –aseguró el interpelado. que llueva. todo a un tiempo. y Nicasio observaba hacia allá. Anoche sentí un perro llorando. y que bien podía éste llevar allí los frijoles para que no los dañara la lluvia. Un silencio total siguió a estas palabras. Rosalía de la Paz. Magina lo veía con placer. Yo hablo de otra cosa. —Sí. por haber asesinado. porque el frijol no se pué secar y se malogra la cosechita. Afuera soplaba el norte. a una niña de nueve años llamada Rosalía. El camino del Tireo. Y nadie más habló. Revoloteando y nerviosas. Pa mí como que se va a poner un tiempo de agua. encima se veían nubes cargadas. Fumaba. Me da el corazón que algo malo va a pasar. y seguía atendiendo a las gallinas. Nicasio espantó las gallinas. Nicasio se fue acercando a la palizada. sobre los firmes de la loma la luz se debatía con el peso de las nubes. Todos ellos sabían que había cumplido veinte años. o irrumpían en la cocina. aleteando para treparse en las barbacoas en busca de granitos de arroz. Mala cosa era coger el camino a pie y que le cayera arriba el aguacero y se botara el río y se llenara de lodo la vereda del conuco. de una condena de treinta. Con aspecto de hambrientas. Había algo simpático y viril en aquel 293 . —Vea Magina –dijo Nicasio al rato–. con impresionante lentitud. —Ello sí. —¿Que llueva? –preguntó ella intrigada. Pues todos conocían bien la historia de Juan de la Paz. después se puso de pie y tomó la escalerilla para salir a cubierta. La mujer no entendía bien a Nicasio. Gallego? –preguntó el patrón a uno de sus hombres. que saltaban sobre su mano. mascaba un grano de maíz. las pocas gallinas del viejo se metían al bohío. —Eso quiere decir que Juan de la Paz está volviendo al puerto de origen –explicó el patrón. El patrón miró a los circunstantes. los viejos se ponen raros y caprichosos. —¿No le jalla algo raro al día? –preguntó la mujer. Sin hablar. flaqueaba los cerros y se perdía en la distancia. —Sí. Nicasio cogió una mazorca de maíz y se puso a desgranarla. dijo Rosalía. persiguiendo cucarachas. Tengo mucho bejuco cortao. Magina. La desgracia El viejo Nicasio no acababa de hallarse a gusto con el aspecto de la mañana. cada vez con más vigor. después asomó su rostro de cuatro líneas y el paño negro sobre la cabeza. las gallinas se lanzaban a sus pies.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —Pa llevársela de regalo a Rosalía. Tornó a ver el cielo. no ande creyendo zanganá. —¿Oí mal o dijo Rosalía. los demás le siguieron. Más exactamente. Lo peor que pué pasar es que llueva. Nicasio tardó en responder. Cuando se quedan solos. rojo como la huella de un golpe. pero se quedó callada porque Nicasio parecía no ponerle atención. Desde el patio vecino una voz de mujer gritó los buenos días. Estaba empezando el sol a subir. para violarla. —Unq unq –negó ella–. Magina hubiera querido contestar que el bohío de Inés no quedaba muy lejos del conuco de su padre.

—Dios lo bendiga –dijo el abuelo. Era triste el niño. para buscar abrigo. Del lado del patio comenzó a ladrar un perro. a pesar de su pelo cano y de sus dientes gastados y negros. pero en realidad no era por la loma por lo que no llevaba el bejuco a casa de Inés. Magina volvió a su cocina. acaso los negros ojillos llenos de vigor o el blanco bigote hirsuto. Nicasio le miró. Chorreaba sudor cuando llegó al conuco. 294 . No lo logró. Después se puso a hervir leche y no se acordó más de su vecino. y de paso por el bohío cogió el machete y un macuto. —Ahora le traigo café –oyó decir a Magina. El chaparrón degeneró en aguacero violento. podía apostar pesos contra piedras a que llovería. se lo tomó en dos sorbos. Resbalaba. Nicasio recogió los bejucos que tenía cortados. los ojos dolientes. Nicasio se fue corriendo bajo el alero. Nicasio cruzó los brazos y echó a andar. podía nadie ir a casa de Manuel. y pensó que el viejo estaba fuerte todavía. En tiempos de agua. comenzó a oscurecer. Con esas palabras pareció conjurar a los elementos. pues la lluvia seguía cayendo con todo su vigor. después dijo adiós.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS hombre. Se le veía el vientre crecido. El se volvió repentinamente a la mujer. totalmente arriba. Inés vivía arriba. pero no se hallaba bien en casa ajena. a seguidas se desató un chaparrón. y no era posible ver a cinco pasos. afincaba el machete en tierra. pensó con cierta ternura. Trepar la loma era difícil. y cuando pasó por el aposento que daba al lado del patio sintió ruido y voces. y lamentó haber salido. —¿Cómo voy a trepar esa loma cargao. Se dijo que ese sol tan picante era de agua. Se desató el viento. como si atardeciera. y deseaba tener cortado todo el bejuco de frijol antes de que cayera el agua. La puerta de la cocina sí estaba abierta. Pero era tarde para volver atrás. A Nicasio le parecía una locura de Manuel hacer el bohío en lugar tan extraviado. Observando cómo el sol despejaba por completo las nubes. —Tendré que dirme pa onde Inés –dijo Nicasio en voz alta. sólo así. gruesas. Le agradaba ver a los nietos. Junto al fogón se hallaba el nieto. Años antes. Nicasio empezó a sentir el sol en la subida del Portezuelo. pero él nunca le dijo nada. porque sabía que iba a llover. Había pasado el tiempo y los dos se habían ido gastando poco a poco… Alzó la voz: —Lleve el bejuco al bohío de su hija. Cayeron unas gotas pesadas. Vio el agua descender en avenidas. cuando vivía la mujer de Nicasio. “Ojalá y no llueva”. pero no había tiempo. Había pasado la hora de comer cuando el viejo alcanzó el bohío. el color casi traslúcido. Lo cierto es que a Nicasio no le gustaba visitar a nadie. que le pidió la bendición de rodillas. Iba a ver a la hija sólo cuando le quedaba en camino de alguna diligencia. tal vez porque la difunta andaba muy enferma… Ya no podía ser. sin embargo. ella se dio cuenta de que le gustaba su vecino. que azotaba árboles y tierra. Tendría seis años. Magina? Eso dijo. rojiza y más abundante cada vez. y el viejo saludó antes de entrar. esperó un rato. Cuando Nicasio desapareció entre los matorrales frente al pinar. Comenzó a trabajar inmediatamente. La puerta que daba al camino estaba cerrada. En un momento el conuco parecía un río. Llegó la mujer con el café. Nicasio tuvo que meterse bajo un árbol. se agarraba a los arbustos. En diez minutos toda la loma estaba ahogada entre la lluvia. los llevó a un rincón y pensó buscar hojas de plátanos para cubrirlos. Magina le vio tomar el callejón y salir a la sabana con paso rápido. palabras dichas en tono bajo.

—Taita no ta –dijo el niño. y con su trenza oscura repartida a ambos lados del cuello y su expresión inteligente parecía una mujer que no hubiera crecido. Nicasio se dirigió a Inés. le miraba con expresión de miedo. aturdido. Cargó con el cuerpo sobre la puerta y oyó la aldaba caer al piso. —Mama sí ta –dijo la niña con voz fina y alegre. Era más pequeña. El nieto le miró con mayor tristeza. Un impulso irresistible le impedía esperar. Miraba siempre al padre. la mato! La veía y veía a la difunta. Entonces Nicasio se volvió violentamente hacia el bohío. Con andar ligero. Siempre que hablaba parecía que iba a llorar. Le ardía el pecho. casi al borde de usarlo. El viejo sentía la ira arderle en la cabeza. pálido. con los ojos llenos de pavor. pretendía saltar por la ventana. Oyó pasos adentro. —¿Y tu mama? ¿No ta aquí tu mama? Se había doblado sobre el niño y esperaba ansiosamente la respuesta. Deseaba que dijera que no. Ezequiel. ella iba moviéndose lentamente. No vuelva a ponerse ante mi vista. Daba asco ese desgraciado. —¡Abran! –ordenó. Los dos estaban demacrados. No se atrevía a seguir pensando en lo que temía. El salió pa La Vega dende ayer. La sospecha y el temor de Nicasio se aclararon de golpe. Miró a su hija. de pronto la cruzó y salió a saltos. con su piel amarilla y su cabello castaño! 295 . Su mayor dolor era que una hija de la difunta hiciera tal cosa. Le tentaba el deseo de levantar el machete y abrirle la cabeza. —¿Y tu mama? ¿Y Manuel? –preguntó. la niña miraba atentamente al abuelo. Nicasio sonrió al verla. y al hablar le parecía que estaba comiéndose sus propios dientes. en dirección a la puerta. Oyó a la hija decir algo y le pareció que alguien abría una ventana. y con él cruzó el patio lleno de agua. —Ella ta mala y Ezequiel vino a curarla –explicó Liquito. Pegada a la pared. con los labios exangües.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Detrás del fogón estaba la niña. perra! Ezequiel –un garabato en vez de un hombre– se fue corriendo pegado a la pared. sinvergüenza! –gritó el viejo–. El perro gruñó al ver al viejo. los dos miraban hacia abajo. —No. A Nicasio le resultó sorprendente la respuesta del niño porque había oído voz de hombre en el aposento. ¡En el catre de tu marío. Con un dedito en la boca. caminó derechamente hacia el aposento y golpeó en la puerta con el cabo del machete. La hija se recogió hacia un rincón. —¡Váyase antes que la mate! No quiero verla otra vé. ¡Váyase! –decía Nicasio. como si pretendiera ver a través de las tablas del seto. –¡No llore. ¡Si la veo llorar. ¡Y era bonita la condenada. y precisamente por eso no quería precipitarse. Llevaba todavía el machete en la mano. Afuera caía la lluvia a chorros. —¿Que no? –preguntó. y a Nicasio le parecía un gusano comparado con Manuel. pero Nicasio corrió hacia allá y le cerró el camino. le temblaban las manos. miró al hombre. —¡Perra! –dijo–. Inés empezó a llorar. Nicasio no se movió. Nicasio entró en el bohío. los ojos quemaban. hasta que llegó a la puerta. —¡Que no se vaya ese sinvergüenza! –gritó el viejo. Sacudió el machete.

—¡Por esa puerta no! –dijo. taita –musitaba. el ciudadano Alirio Rodríguez. y a la lluvia que caía a torrentes. aunque hubiera sido sólo con una lágrima. Hay cosas peores que morirse. tal vez a dormir. Que yo sepa. —Taita… Perdón. comerciante y natural de Maracaibo. —Sí pasó –explicó mientras echaba maíz a las gallinas–. —¿Cómo? –preguntó Magina llena de asombro– ¿Y los muchachos? ¿Y Manuel? —Los muchachos vinieron conmigo anoche. Se cogía la cabeza con ambas manos. Era indigna de verlos después de lo que había hecho. con extraños ojos de loco. El hombre que lloró A la escasa luz del tablero el teniente Ontiveros vio las lágrimas cayendo por el rostro del distinguido Juvenal Gómez. morirse no es desgracia. Busque el burro y póngase un pantalón que se van pa casa conmigo Inesita y usté. El distinguido Juvenal Gómez iba supuestamente destinado a San Cristóbal.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Como Nicasio avanzaba sobre ella. —¿Peor que morirse? –preguntó Magina–. cuando Nicasio se dio cuenta de que había habido desgracia en la familia. y sabía además que Juvenal Gómez y Alirio 296 . Y alejó la mirada hacia las nubes que salían por detrás de las lomas. Inés comenzó a temblar y a llorar. cruzó el bohío y salió hacia la cocina. —¡Liquito! –llamó–. Nicasio la miró un instante. —Vea Magina –dijo mientras miraba fijamente a la vieja–. ninguna. arreando el asno y esforzándose en no pensar. —¿Pero de qué murió? ¿Usté ha visto qué desgracia? Entonces Nicasio levantó la cara. Inés pensó que el camino más corto era hacia el patio. Si hubiera sabido llorar lo hubiera hecho. Le parecía inconcebible que la hija viera a sus hijos. Cuando la hija estuvo en el vano de la puerta. —¡Que ni en la muerte tenga reposo tu alma! –gritó. Manuel ta pal pueblo en el entierro. se vuelven raros y difíciles de comprender. y ella pensó que los viejos. que corría arrastrando lodo. El viejo la tomó por un brazo y la condujo hacia la puerta que daba al camino. y sintió deseos de echarse sobre una silla a descansar. Silenciosos. la empujó y la maldijo. con la punta del machete levantó la aldaba y al mismo tiempo obligaba a Inés a avanzar. y se asombró de verlas. Nicasio iba detrás. al decir Magina que a pesar de sus prevenciones nada malo había ocurrido. —Sí –respondió lentamente Nicasio. Fue al otro día por la mañana. según afirmaba su cédula. La vieja parecía aturdida. y el teniente Ontiveros sabía que hasta unas horas antes Juvenal Gómez había sido. Salieron bajo la lluvia. aquellas malditas nubes por las cuales había él llegado a la casa de Inés. Saber es peor. Pero el padre le conoció la intención. Se murió Inés ayer. Vio a su hija lanzarse al agua. los niños se dejaban llevar sin preguntar a qué se debía el viaje. Pero se rehizo pronto. Magina no entendió. cuando se quedan solos en el mundo.

correteaba un cachorro pardo. un hombre de corazón firme y nervios duros. Caracas crecía por horas. Gritó. a dos cuadras del sudeste de la Avenida Facultad. Mediaba julio y no llovía. tostándola desde Petare hasta Catia. Era la estampa de la alegría. sin duda con mezcla de perro pastor alemán. Esto sucedía en Caracas. dando saltos. Las lágrimas. en realidad. Aun de lado se le notaba la sonrisa que llevaba. la abuela había tenido un nombre muy bonito: Adela. había traspuesto ya el millón de habitantes. corta.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Rodríguez eran en verdad Régulo Llamozas. Sus pequeños ojos aindiados. “La mamá debe llamarse Mercedes”. y también de italianos. “Mercedes”. La quinta estaba sola a esa hora. estaba pintada de azul claro y tenía bien destacado en letras metálicas el nombre de Mercedes. 297 . se llenaba de edificios altos. dirigiéndose al niño: —¡Pon cuidao a lo carro. El calor era insufrible. Se oían afuera el canto metálico de algunas chicharras y adentro el discurrir del agua que se escapaba en la taza del servicio. que no podía haber nada importante para él en ese momento. Pensó Régulo. coronado con un mechón de negro pelo lacio que le caía sobre las cejas. se dijo Régulo. negrísimos y vivaces. canarios. su propia mujer se llamaba Aurora. las acacias. un sol de fuego caía sobre Caracas. Régulo miró al niño y le sorprendió su expresión de vitalidad. pero ni el propio Régulo Llamozas pudo sospecharlo entonces. huyendo al cachorro que se lanzaba sobre él ladrando. de pómulos anchos. velados y sucios por el polvo que la brisa levantaba en los cerros desmontados por urbanizadores y en los tramos de avenidas que iban removiendo cuadrillas de trabajadores. los caobos de calles y paseos se veían mustios. visiblemente alegre. La calle. Una criada salió de la quinta Mercedes. pegado a la acera de su lado. Tampoco había llovido el año anterior. habían empezado a acumularse ese día a las cuatro de la tarde. por lo menos en Caracas. para distraerse mirando hacia el pedazo de calle en que se hallaba. de quien nadie podía esperar reacción tan insólita. Pronto no habría quien dijera “misias” a las señoras. portugueses. El teniente Ontiveros no hizo el menor comentario. un perfil naciente pero expresivo. Las lágrimas corrían por el rostro cetrino. Régulo Llamozas había entreabierto la hojilla de la veneciana a tiempo que de la quinta de enfrente salía un niño en bicicleta. Los araguaneyes. giraba en forma vertiginosa “Ese va a ser un campeón”. levantando una de las hojillas metálicas. Estaba disfrutando de manera tan intensa su bicicleta y su juego con el cachorro. A las cuatro de la tarde Régulo Llamozas se había asomado a la veneciana. brillaban con apasionada alegría cuando comenzó a maniobrar en su bicicleta. Todo el mundo la llamaba Misia Adela. tras él. y Julia. Por el color y por la estampa debía ser de Barlovento. se inclinaba. que horita llega el dotó pa ve a tu agüelo! Pero el niño ni siquiera levantó la cabeza para oírla. Régulo le vio el perfil. atiende a lo que te digo! ¡Ten cuiado con el carro el dotó! El pequeño ciclista pasó como una exhalación frente a la ventana de Régulo. Urbanización los Chaguaramos. Pedaleaba con sorprendente rapidez. De pronto cayó en la cuenta de que en toda su familia no había una mujer con ese nombre. tipo Miami. La quinta de la que había salido el niño no era nada del otro mundo. Laura sí. con tanta abundancia y en forma tan impetuosa que sin duda el distinguido Juvenal Gómez no se daba cuenta de que estaba atravesando Maracay. Y ningún otro ruido. era tranquila como si se hallara en un pueblo abandonado de Los Llamos. La muchacha gritó más: —¡Muchacho el carrizo.

pintadas de amarillo–. Por primera vez en tres meses tenía una emoción desligada de su tarea. un hombre que se jugaba la vida a conciencia. La sola idea de que el niño pudiera ser herido le atormentó fieramente y le produjo cólera. Colgó. sin embargo. Nadie sabía eso mejor que él mismo. —Entonces voy a verla dentro de una hora –dijo la voz. y en ese momento sintió que le faltaba aire. Régulo Llamozas. se dirigió a la habitación y del cajón de la mesa de noche sacó su pistola. En el acto comprendió que ese simple “sí”. y además con idea clara de su función y de los peligros que se desprendían de ella. El era un hombre duro. un tanto perturbadoras. Haló el zíper. porque él. las chicharras de la calle. Luego. Allí estaban “las bichas” –tres granadas de piña. después. desgraciadamente. todo su cuerpo se hallaba tenso y la conciencia del peligro lo hacía más receptivo. Pero ahora estaba frente a la realidad. no se dejaría coger fácilmente. —Está bien. sujetándola con el cinturón. había sido tembloroso. No esperaba llamada alguna. sin saber quién era ella. —Sí –respondió. A través del niño la vida se le presentaba en su aspecto más común y constante. las bichas”. los ladridos juguetones del cachorro. con movimientos rápidos. A esa altura tuvo la impresión de que su energía se había duplicado. tal como era ella para la generalidad de las gentes. descolgó su paltó y fue a coger su corbata. y eso le producía sensaciones extrañas. De la cintura arriba le subió un golpe de sangre cálida. —¿Es ahí donde alquilan una habitación? –dijo una voz de hombre tan pronto Régulo había descolgado. tan breve y tan fácil de decir. Esperaba oír de momento la marcha veloz y el frenazo potente de un auto de la Seguridad Nacional. Se sorprendió. lo espero –contestó Régulo. ver el espectáculo de ese niño entregado con tal pasión a su juego era un deslumbramiento. Durante una fracción de minuto hizo esfuerzos por serenarse. Si eso sucedía y el niño se hallaba todavía en calle. Todavía. Se sintió encolerizado con la negra. La barloventeña volvió a entrar en la Quinta Mercedes. que estaba en el espaldar de una silla. pues. los papeles y su única remuda de interiores y medias. Estaba ella cerrando la puerta tras sí cuando a las espaldas de Régulo sonó el teléfono. se dijo de pronto. lo abrió y de la tabla de abajo sacó una gran cartera negra. habían dado con su escondite. sin embargo no la cogió. “Guá. correría peligro. En escasos minutos su organismo había sido sacudido y llevado a extremos opuestos. que debía estar correteando todavía tras el pequeño ciclista. porque alguna fuerza oscura le llevó a sacar de la cartera una 298 . Colocó la cartera sobre la cama. A causa del niño estaba olvidando cosas importantes. llegaba en sustitución de la que había huido a los ignorados antros del cuerpo cuando oyó a través del teléfono la pregunta sobre la habitación que se alquilaba. Se metió en el bolsillo izquierdo del pantalón dos peines cargados y se colocó el arma en la cintura. Oyó con mayor claridad el ruido del agua que caía en la taza del servicio. Era una Lüger que le había regalado en Panamá un amigo dominicano. pero acudió al teléfono. todas piezas de nylon. sobre la parte derecha del vientre. y se dirigió al closet. tratando de dominarse. había llegado al punto que había estado esperando desde hacía tres meses.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Para Régulo Llamozas. Probablemente cuando sus compañeros llegaran ya habrían estado allí los hombres de la Seguridad Nacional. que no se llevaba al muchacho y con la señora Mercedes. no se daba cuenta de la fuerza con que esa imagen iba a remover su alma. Pero su atención estaba puesta en los automóviles.

—Qué hay. pero nadie podía saber cuánto faltaba para que llegara la Seguridad Nacional. muy erguido. Los dos habían estado con él en una reunión. Sin duda alguna se sentía mejor. “La bicha. corrió a la sala.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS granada. compañero –dijo. En una fracción de segundo Régulo reconoció al de atrás. dijo. El que hacía de chófer puso el carro en movimiento. después se puso la corbata y el paltó. se dijo. algunos retratos familiares. La negra salía corriendo en pos del niño y el perro saltaba tras ella. sujetó ésta. y Aurora no podría decir una palabra porque él no había querido ni siquiera enviarle un recado. Un Buick verde venía pegándose a su acera. A seguidas metió la granada en la cartera. una oreja enhiesta y la otra caída. uno al timón. ella maestra y él vendedor de licores. por lo visto. con una granada de nuevo en la mano derecha. Otra vez. cuya cáscara estaba formada por cuadros. estos corotos van a quedar inservibles”. Había dos hombres dentro. pensó. un Corazón de Jesús de buen tamaño. detendría a Aurora. “Esos doctores se tardan a veces cuatro y cinco horas”. De inmediato. Régulo halló que esa sala se parecía a muchas. se dijo. A seguidas volvió a colocar la granada en la cartera. Régulo entreabrió de nuevo una hojilla de la veneciana. Los inquilinos eran un matrimonio sin hijos. y en un instante se halló en el dormitorio. Mala cosa. Faltaba casi toda la hora para que llegaran sus amigos. “Si tengo que defenderme aquí. sin saber por qué. la Seguridad iría a su casa. Ahora sí sonaba un auto en la calle. imponiéndose a sí mismo valor. Régulo abandonó el sitio y se fue a la sala. No se veía otro auto en la calle. primero la bicha”. Régulo había hablado poco con ellos. entre otras razones porque hacía sólo dos días que lo habían llevado a esa nueva “concha”. Régulo volvió el rostro. pues muy bien podía haber gente a pie vigilándole ya. “A Aurora le gustarían estos muebles”. 299 . —¿Muñoz y Guaramato? –preguntó Régulo. estaba sentado en la acera de la Quinta Mercedes. tal vez un poco más de prisa de lo que convenía. La quinta en que se hallaba tenía sólo dos dormitorios. un florero con rosas de papel sobre la mesita del centro y dos grupos de loza imitación de porcelana en dos rinconeras. recordó que en la casa del pequeño ciclista estaban esperando al doctor para ver al abuelo. de manera súbita. sintió la paralización total de su ser. la lengua colgándole por un lado de la boca. pensó. Desconfiado de sus propios oídos. De ese amarillo y pesado huevo metálico. —Cayeron Muñoz y Guaramato –dijo el de atrás. otro atrás. pensó. tres noches atrás. que sopesó cuidadosamente en la mano mientras clavaba la mirada con creciente intensidad en el peligroso artefacto. Enfrente sólo se veía al muchacho felizmente entregado a su incansable pedalear. Reaccionó con toda el alma. El cachorro se había rendido. fue emanando una sensación de seguridad que en escaso tiempo devolvió a Régulo Llamozas el dominio de sus nervios. De inmediato se halló recordando otra vez a su mujer. En la sala había muebles pesados. salían temprano y no volvían hasta las siete y media o las ocho de la noche. mirando a su amigo con ojos alegres y húmedos de ternura. tal vez la torturarían. “Esos vergajos van a saber lo que es un hombre”. Cautamente tomó a entreabrir la persiana. Si lo mataban o si lograba huir. La impresión fue clara: que todo lo que bullía en su cuerpo se había detenido de golpe. salió a la calle. cerró la puerta tras sí y en dos pasos estuvo en el automóvil. “La primera sorprendida sería ella si le dijeran que yo estoy en Venezuela”.

vale. otros le llevaban y le traían. Todo el mundo podía hacerlo. —Bueno. —¿Habrán hablado Muñoz y Guaramato? –preguntó Régulo. y que desde una ventana había estado mirando a sus pies las luces vivas y ordenadas de la Autopista del Este y de la Avenida Miranda. y de paso. el distinguido Juvenal Gómez. pero eso está arreglado. pensó. y habló poco pero actuó con seguridad. transmitiendo órdenes que había recibido en Costa Rica. Pero ya tú sabes: el tigre come por lo ligero. vale. pero él no podía decir qué vía le parecía más segura. Un automóvil negro pasó rozando el Buick. el camino de aquí a la frontera es largo –dijo. y que te va a llevar un teniente en su propio auto. en la casa de un ingeniero. Esta misma noche estás raspando. Ese camino está ahora despejado. No pasó nada. ¿Pero de verdad o como yo? —De verdad vale… El teniente Ontiveros. —Sí –aseguró el otro. Régulo Llamozas no pudo opinar. instruyendo a hombres y mujeres de la resistencia. De pronto recordó que había estado en esa urbanización dos semanas atrás. la casa de su familia tenía vigilancia día y noche. Lo que venga que te coja afuera. para ir a Colombia había que pasar por Valencia. convertido ahora en el distinguido 300 . Hay que trasladar el retrato de tu cédula a otro papel. El teniente Ontiveros llegó manejando una ranchera justo a la hora acordada. ¿sería una locura ver a Aurora? Pero claro que sería una locura. cambiando impresiones a media voz. —¿Por dónde me voy? —Por Colombia. Si la Seguridad Nacional sabía que él estaba en Venezuela. nada más. uno se quedó mirando a Régulo. Ya no está ahí Rojas Pinilla. Régulo sonrió. tres meses en las tinieblas metido en el corazón de una ciudad que ya no era su Caracas. No había podido ver el Avila a la luz del sol ni había podido salir a comerse unas caraotas en el restorán criollo. Tú vas a viajar seguro. Régulo Llamozas. —Oye. había semivivido en Caracas. de los cuatro hombres que iban en él. y los huecos iluminados de docenas de altos edificios. “Colinas de Bello Monte”.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Yo creo que es mejor ir por las Colinas de Bello Monte –opinó el que manejaba. Durante tres meses no había podido decir una sola vez que quería ir a tal sitio. saliendo sólo de noche. Su compañero comentó: —Pavoso el hombre. —¿Un teniente? –preguntó. sin embargo. tres meses jugándose la vida. que se levantaban en dirección de Sabana Grande y de Chacao con apariencia de cerros cargados de fogatas en cuadro. Iban con él y por él. Por Colombia… Rojas Pinilla había caído hacía dos meses… Desde luego. —Entra por la calle Edison y trata de pegarte al cerro –dijo el de atrás hablando con el que guiaba. desde mediados de abril hasta ese día de julio. vale. —Esos compañeros no hablan. llevando la conversación al punto en que había quedado–. viendo compañeros de paso en reuniones subrepticias. Tres meses. Durante un instante Régulo temió que el auto negro se atravesaría delante del Buick y que los cuatro hombres saltarían a tierra armados de ametralladoras. que se perdían hacia Petare. millones de venezolanos podían hacerlo. Figúrate que vas a ser soldado. De manera que el otro se había dado cuenta… Era gente muy alerta la que le rodeaba. una ciudad que estaba dejando de ser lo que había sido sin que nadie supiera decir qué sería en el porvenir. él no.

Cruzaban los valles de Aragua. —Vamos a parar en Turmero –dijo de pronto el teniente–. No. que separe al hombre de su pasado? Esa patria por la cual estaba jugándose la vida no era un mero hecho geográfico. Había a los lados maquinaria de la empleada en la construcción de la autopista. con toda el alma puesta en su tarea. El compañero viene conmigo dentro de un momento –explicó Ontiveros. se dijo. —Quédese aquí. eran Venezuela. había dado con una emoción que era personalmente suya. en medio de la oscuridad de la carretera. él saboreaba lentamente una emoción a la vez intensa y amarga. Camino hacia Maracay. ni él ni el teniente tuvieron siquiera que bajar del vehículo. antes del exilio y en el exilio mismo. No debía hacerse el misterioso. camiones de carga y numerosos hombres chachareando afuera mientras otros se movían dentro de los botiquines. “El teniente éste está jugándose la vida por mí. Iba pensando que había estado tres meses viviendo en un estado de tensión. pensó. silenciosos él y el compañero. sin duda tratando de dar con el compañero que viajaría con ellos. Agua. sólo ahora. un sonido especial que conmovía el corazón. Sin embargo tenía conciencia de otra sensación. agua como la que sonaba sin cesar en la taza del servicio. y la brisa disipaba el calor que el sol sembraba durante doce horas en una tierra sedienta de agua. Mientras la ranchera rodaba en la noche. no en el asiento. por mí no. volviendo a su ser real. iba consustanciándose con su tierra. que en ese tiempo había sido un extraño para sí mismo. Va a subir ahí un compañero. minutos antes de que sonara el teléfono. que no terminaba en su piel porque se integraba con Venezuela. eso no le causaba asombro. y él sabía que eran Venezuela aunque no pudiera verlos. como si la rajara. y de alguna llave que él no podía ver caía agua. Régulo no respondió palabra. a su izquierda. por Venezuela”. Serían las once de la noche. y la de gotas amargas que destilaban a lo largo de la grieta. En un movimiento rápido. simple tierra con casas. Vio al teniente que bebía algo frente al mostrador y que volvía la cabeza a un sitio y a otro. en la de La Victoria. Esos campos. pero no se haga el enterado mientras no salgamos de Turmero. encontraba a su Venezuela. calles y autopistas encima. Lo mejor era mirar a todos lados. —Está bien –aceptó Régulo. Cada vez se concentraba más en sí mismo. y que solo al final. Había algo que brotaba de ella. algo que siempre había envuelto a Régulo. ¿Quién puede dar un corte seco. esa misma tarde. En realidad. más o menos. cierto tono. cada vez más parecía clavado. él sabía que había muchos militares dispuestos a sacrificarse. ese aire. la de una grieta que se abría lentamente en su alma. Régulo Llamozas se dejaba ganar por la extraña sensación de que ahora. La brisa movía las hojas de un árbol que quedaba cerca. sino en las duras sombras que cubrían los campos. Creo que usted lo conoce. sino a la simple imagen de un niño que jugaba en bicicleta al sol de la tarde. que no procedía de nada ligado a su misión. Trató de no llamar la atención.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Juvenal Gómez –con todo y uniforme— comenzó a sentirse más confiado cuando dejó atrás la alcabala de Los Teques. “Hasta Turmero cambia”. 301 . En verdad. una especie de corriente intensa. cuando se encaminaba de nuevo al destierro. el teniente Ontiveros guió la ranchera hacia el centro de la especie de plazoleta que separa a los dos comercios más importantes del lugar. —Turmero –dijo el teniente cuando las luces del poblado parpadearon por entre ramas de árboles.

Alguien se acercaba a la ranchera. allí donde el pequeño ciclista pedaleaba sin cesar. La sacó de la cartera y empezó a palparla. Fue después que les dieron paso cuando Luis inició un tema nuevo. en Caracas. Se sentía castigado por olas de calor que le quemaban el rostro. Súbitamente liberado de su reciente inquietud. —Pues ya lo ves. Hablaban con toda naturalidad. No estando el teniente con él. qué alegría! Nunca pensé que te vería en este viaje. de los desterrados. Pero si Aurora no vive en Valencia. —Yo tenía reunión con Leonardo la noche de su muerte –dijo Luis. Miró de refilón. en Los Chaguaramos. solitario como la calle de un pueblo abandonado. de Barquisimeto en adelante te acompañará otro. En ese instante oyó pasos. se sentía intranquilo. de saludar con efusión al amigo que le había salido al camino en momento tan difícil. seguido por el cachorro. distinguido Gómez. —Pués sí –explicó Luis–… Ella vive en la calle Madariaga. todavía con la granada en la mano se corrió hacia el centro.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS allá en Caracas. como para ver mejor a Régulo. Aquí estoy. Pero se hizo el desinteresado. Hablaron un poco más. Régulo no pudo hacer otra pregunta. Estoy pensando que si pasamos por Valencia después de la una podría llegar un momento a la casa. Régulo. Yo entré por Puerto la Cruz y todavía no he estado en Valencia. por lo que pudiera suceder. Movió el cuerpo hacia su izquierda. Córrase un poco. —¿Cómo en Caracas? ¿Desde cuándo? –inquirió casi a gritos. —¿En Valencia? –preguntó Luis. vale –dijo–. puso la luz y la ranchera echó a andar. —Podemos ir los tres delante –dijo el teniente Ontiveros–. Régulo Llamozas sentía necesidad de decir un chiste. El teniente Ontiveros encendió el motor. —¿Pero tú no lo sabías? –preguntó el amigo. el teniente dio la vuelta y entró por el lado izquierdo al tiempo que el otro tomaba asiento en el extremo derecho. temeroso de hacer un papel ridículo. —¡Vale Luis. porque estaban llegando a la alcabala de Maracay. de manera que lo mejor era tener una granada en la mano. —No. Los faros iban destacando uno por uno los árboles de la carretera. y de pronto hubo silencio. de las tareas clandestinas. con acento de sorpresa–. Régulo trató de dominar su voz. El teniente mencionó a Omaña. contó cosas suyas. Tengo tres meses aquí y hace cuatro que salí de Costa Rica. Régulo Llamozas sintió que le daban un latigazo en el centro del alma. En un instante Turnero quedó atrás. 302 . Comenzó a pasarse una mano por la barbilla y sus negros ojos se endurecían por momentos. siempre en la línea. en una quinta que se llama Mercedes. y preguntó de pronto: —¿Cómo está Aurora? ¿Hallaste grande a Regulito? —No los he visto –explicó Régulo–. El distinguido Gómez. sí. de los caídos. Vive en Caracas. en el pedazo de calle de Los Chaguaramos. tratando de no dar el rostro: eran el teniente y el compañero. pero tengo sospechas de que la Seguridad esté vigilando los alrededores. —Desde que su papá se puso grave. Régulo Llamozas se volvió al recién llegado y le echó un brazo por el hombro. Me dijeron que debía acompañarte hasta Barquisimeto y he venido a hacerlo. y en una de las voces reconoció a un amigo.

Cuando se corrió la voz de que las dos veces Victoriano había sido llevado a la policía por robo. en la que tal vez no habría más de veinte casas. a eso de las nueve. Ya estaban en Maracay. una expresión que no podía definirse. y tenía sobre todo un aire extraño. Interrogada por él. y entonces su voz grave y dura se expandía por gran parte de aquella pequeña calle dejando la convicción de que Victoriano era un hombre autoritario y violento. de ojos saltones y manchados de sangre. tenía la piel cobriza. el pelo áspero y la nariz muy fina. y de esas sólo tres podían considerarse de algún valor. Aquella vez era bastante avanzada la tarde. y la brisa de las calles llegaba fresca después de su paso por los samanes de la llanura. Esa sensación se agravaba debido a que Victoriano Segura jamás se dirigía a nadie en la calle. su propia llegada al lugar tuvo algo de misteriosa. si no llovía –porque cuando llovía la calle se volvía un lodazal–. muy flaco. pero hacia la casa de Victoriano Segura. porque cuando –al tomar la esquina– Victoriano Segura se detuvo como para hablar. muy callado. Una noche. Por de pronto. la vieja medio ciega dijo que había oído gritos. pues a las pocas semanas de hallarse viviendo allí se presentaron en su puerta dos policías y se lo llevaron por delante. El contraste entre su silencio y su voz producía malísima impresión. que ponía pavor en el corazón de las mujeres y bastante preocupación en la mente de los hombres. La casa que alquiló Victoriano tenía hacia el este un solar cubierto de matorrales y arbustos. de…cente”. la gente que vivía allí era “de…cente. de quienes se decía que guardaban algún dinero. En poco tiempo el miedo a ese asalto y la posibilidad de que se produjera –tal vez con asesinato y otros agravantes– dominó en todos los hogares. Además. uno de ellos le empujó. no sonreía ni contestaba saludos. Victoriano Segura Todo lo malo que se había pensado de Victoriano Segura estaba sin duda justificado. el hijo de don Tancredo corrió para volver a poco diciendo que allí nada ocurría. las restantes daban directamente a la hierba o al polvo. una de ellas sorda como una tapia y la otra casi ciega. En la primera ocasión su mujer salió a la puerta y estuvo mirando a su marido y a los policías hasta que doblaron. papeles y hasta basura. Con lo cual aludía a los viajes de Victoriano Segura seguido de esas escoltas policiales. nada más esas tres tenían aceras. Debía ser media noche. pues sólo hablaba de tarde en tarde para llamar a la mujer y pedirle café. Armado de machete. a quien ese malvado maltrataba. pues él le dijo a voces que no le diera gusto a la gente. Ahora bien. 303 . según afirmaba con su graciosa tartamudez el anciano Tancredo Rojas. la gente comenzó a temer que de momento asaltaría a las viejas. Victoriano era alto. El teniente Ontiveros volvió el rostro y a la luz del tablero vio con asombro las lágrimas cayendo por las mejillas del distinguido Juvenal Gómez. El lugar era una calle todavía en esbozo.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS No se oyeron más palabras. Pero en otra ocasión los agentes del orden público llegaron muy de mañana y al parecer con mala sangre. y en consecuencia. donde el vecindario tiraba latas viejas. que se quedara adentro y no le abriera la puerta a nadie. hacia el oeste vivían dos hermanas viejecitas. se oyeron desgarradores gritos femeninos que salían de la casa de las dos ancianas. de la alta y seca figura de Victoriano comenzó a emerger un prestigio siniestro. La gente comentó durante varios días el valor del hijo de don Tancredo y acabó asegurando que los gritos eran de la mujer de Victoriano. probablemente de más de seis pies. en la segunda ni eso pudieron ver los vecinos. lo amenazó con su palo y le gritó algunas malas palabras.

bajen! –gritaban desde la calle. se oyeron gritos de socorro. era cuando llamaba a su mujer para pedirle café. Y era José Abud. con la silla arrimada en el seto de tablas. abajo era de ladrillo. Inmediatamente la gente pensó: “Es José Abud”. como enloquecidos. y cuando iba a comprar algo. agréguese a él el comportamiento del hombre. Todo lo malo imaginable podía pensarse de Victoriano Segura. quedó paralítica. con dos hijos bajo los brazos. —Pobrecita –comentaban las mujeres cuando la veían–. De buenas a primeras amaneció un día allí. Su acento libanés no podía confundirse.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Eso. Alguna que otra tarde se oía su voz. bellos ojos negros y boca muy bien dibujada. De primera intención todo el mundo creyó que había muerto la madre de José Abud. En medio de la noche se oyeron golpes de puertas que se abrían y voces que resonaban preguntando qué pasaba. seguro que no tenía sesenta años. La vieja Adelina Abud. arriba de madera. José. que era una criatura callada. corriendo por el balcón de un extremo a otro. más oscura que el marido pero muy bonita. y a la mujer con otro en alto. hombres. Súbitas y violentas llamaradas salían con pasmosa y siniestra agilidad. después que las sirenas de los aserraderos. y nadie vio a Victoriano Segura llegar a verla. se veía a la mujer. tenía tres niños preciosos y. y por eso creían que la escalera se conservaba todavía 304 . apenas hablaba con claridad. Entonces de todas las bocas surgió el grito: —¡Fuego! ¡Es fuego en la casa de José Abud! Atropelladamente. guardaba la carreta en el patio y soltaba el mulo en el solar vecino. sus dos detenciones acusado de robo. Él era carretero. A lo mejor ignoraban que el comercio era pasto del fuego. Su casa era la mejor del vecindario. Sólo en esas ocasiones. Por eso resultó tan sorprendente la conducta del extraño sujeto cuando la desgracia se hizo presente por vez primera en aquel naciente pedazo de calle. Agudos lamentos de mujeres y voces de hombres íbanle dando al terrible espectáculo el tono de pavor que merecía. según se decía en la calleja. donde todos se conocían y todos se llevaban bien y se trataban con cariño. a nadie preguntó quién era el dueño ni cuánto cobraban por alquilarla. —¡Que bajen por la escalera antes de que se queme. se oían el chasquido del fuego y el trepidar de las puertas. de cabellos crespos. la única de dos plantas. de pocas carnes. a su madre. se veía a José. con una calleja tan pequeña. que había emigrado de su lejana tierra ya de años. Allá arriba. mujeres y muchachos comenzaron a corretear por la calleja. las campanas de las dos iglesias y millares de cohetes dieron la señal de que había comenzado un año nuevo. tener que vivir con un hombre así… La casa en que vivían había estado vacía muchos meses. donde otro mulo descansaba día por medio. Ese solo hecho dio lugar a muchas conjeturas. José Abud se había casado pocos años antes con la hija de un compatriota. además. El viejo Abud no era tan viejo. salía muy temprano a trabajar y a eso de media tarde se sentaba a la puerta de la calle. Abajo estaba el comercio y arriba vivía la familia. más bien baja. Pero con incontenible estupor la gente que se asomaba a las puertas y a las ventanas vio penetrar en sus casas una extraña claridad rojiza. Sin duda se había mudado a medianoche. usando su propia carreta. Pero se notaba que el aturdido libanés y su mujer no entendían. Anciana ya. debido a castigo de Dios porque no era católica. y los gritos nocturnos bajo su techo. según decían en el barrio. y hablando con toda propiedad. aumentó la sensación de malestar que producía el hombre. vestidos a medias. que bajen por la escalera! ¡Baja. La noche de San Silvestre. por debajo del balcón de la gran casa.

que pegaba con la de José Abud y era también de ladrillos. Pero la gente no perdió tiempo. y se vio a varios hombres meterse a toda prisa escaleras arriba. con agrio olor. callado. donde más fuerte debía ser el fuego en tal momento. Victoriano Segura avanzó. baja. Victoriano Segura se había levantado. y tras el crepitar entraron las múltiples llamas ensanchándose y despidiendo chispas. Mas ya era tarde para que Victoriano Segura pudiera oírlo. Cuando retornaron llevaban a los niños en brazos y empujaban a José y a su mujer. porque tenía la camisa abierta. un brillo imponente le alumbró los ojos. cuando oyó a José Abud exclamar. y gritó que estaba en su habitación. por la pared de atrás de la casa. Las llamas iluminaban su rostro cobrizo y su pelo áspero. Después se supo que efectivamente era eso lo que pensaban José Abud y su mujer. La gente se quedó muda. Se paró en la acera de la casa de don Julio Sánchez. A seguidas se vio el impetuoso río de fuego abrir brecha en el lienzo de manera que dividía la escalera del comercio. Aquella extraña mirada se convirtió de pronto en la de una fiera. —¡La última de allá. podía vérsele enrojeciendo y brillando. se va a matar. se le vio saltar todavía más. Allí. como un alto y flaco e inmóvil muñeco de cobre que resultara a ratos iluminado por el aleteo de las llamas. Al parecer no atendía más que al súbito e incesante crecer y decrecer de las llamaradas. si bien tampoco se mezcló con la gente. aunque de una sola planta. —¿Dónde está la vieja? ¡Dígame dónde está la vieja! –demandó más que preguntó. atento al siniestro. el humo salió por allí. En un instante apareció un hombre con un pico y otro con una barreta. que podía moverse sin hacer ruido y sin mostrar esfuerzo. los brazos cruzados sobre el pecho. tal vez porque alguien acertó a decirle que ese hombre pretendía aprovechar el desconcierto para ir a robar. —¡Se va a matar ese hombre! –gritó de pronto una mujer. que era joven y estaba desesperada por la tragedia. se oyó el crepitar de las tables.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS en buen estado. esto es. usté no! –gritó José Abud al tiempo que trataba de agarrarlo para que no fuera. picante. y era fácil advertir que los músculos de la cara estaban contrayéndosele. golpearon la puerta e hicieron saltar los cierres. y ya había trepado y consumido en un momento parte de los altos. pensaron muchos. hacia el fondo. a los gritos y a las quejas. No podía ser de otra manera. fuerte. braceando como si nadara. dura. refiriéndose a la puerta de la escalera. y su voz de piedra. Esa noche –¡por fin– no se mantuvo apartado. Victoriano Segura la miró a fondo durante diez o doce segundos. Se metió de un salto por la puerta de la escalera. de allá! –explicaba entre llanto a la vez que indicaba con la mano que el sitio estaba hacia el fondo y hacia el oriente. esa voz que aterrorizaba al vecindario. se va a asfixiar! ¡Salga de ahí Victoriano! –gritaron varias voces a un tiempo. Pero la mujer de José Abud. como un enorme gato flaco y ágil. Cálido. se impuso al tumulto. —¡Hay que abrir esa puerta pronto! –gritó alguien. mamá está arriba! ¡Mamá se quema! Entonces. no pensó así. así que ellos ignoraban que el comercio ardía. Debió vestirse muy de prisa. con voz que parecía llegada de otro mundo: —¡Mamá. como gigantesca flor viva. pues cuando la familia se dio cuenta del siniestro fue cuando vieron las llamas reventando. La gente sintió su presencia. —¡Sí. que estaban aterrorizados. —¡No. no. “Este quiere entrar para robar”. 305 .

Cinco minutos no son nada. es inclemente. recordando que habían dejado las puertas abiertas y que las circunstancias eran propicias para que se metieran por ellas los rateros. y para las personas que tenían esa sospecha. —¡Victoriano! –dijo y corrió hacia el fuego. De súbito se la vio abrir la boca. Los vecinos de la calleja sentían deseos de acercarse a ella y hablarle sobre su marido. en cuya puerta. más frecuentes. Los policías. pero es indudable que todos lo sintieron. sin gritar y sin moverse. Por fin. una vez transcurridos cinco minutos podían darse por muertos a Victoriano Segura y a la vieja Adelina Abud. Aunque no había dudas de que todos pensaban en la vieja paralítica. podía advertirse que sobre ese pensamiento iba superponiéndose. resultan un largo tiempo para perderla. los bomberos y todos los recién llegados hacían la misma pregunta: —¿Cómo empezó? Y todos oían las atropelladas noticias de que allá arriba había una vieja paralítica y un hombre que se había metido a salvarla. Es probable. Si el balcón cogía fuego. de grandes ojos negros y de cutis oscuro que el fuego enrojecía. Llegaron policías que comenzaron a dar órdenes y a apartar a la multitud. que todavía hubiera alguien pensando que Victoriano no estaba tratando de sacar a la enferma. ¿qué iba a ser de Victoriano y de la vieja? Las voces comenzaron a hacerse más altas. Había llegado ya el momento en que la gente lanzaba maldiciones por la lentitud del hombre en salir. Ahora bien el fuego es un elemento muy veloz. la lamió y en un instante la hizo arder. con inteligente y demoníaca maldad. Instintivamente la gente volvía la cabeza hacia la casa de Victoriano. en grupos dispersos comenzaron a llegar los bomberos. bonita. y así.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS A esa hora la multitud era ya grande. sacar de su lecho a una anciana paralítica y conducirla a la calle. Para el expectante vecindario. Las señoras del vecindario corrían de nuevo hacia sus casas. cinco minutos. lo cual indicaba que su probable muerte –la horrible muerte por el fuego– comenzaba a ganarle simpatías. Tal vez nadie pensó eso aquella noche de San Silvestre. se veía a su mujer. subir a una casa. los ayes de las mujeres. aunque la casa no esté ardiendo. y nadie puede en cinco minutos. por muy de prisa que lo haga todo. con rasgos cada vez más fuertes. 306 . a pesar de que no podrían hacer nada allí debido a que no había de dónde sacar agua. sino buscando el sitio donde José Abud guardaba su dinero. la imagen de Victoriano Segura. hacia el lado de allá. sobre el seto del alto. atraídos por el resplandor y por el escándalo. desaparecería a los ojos de todos con la fortuna de Abud. y su entraña maligna está fuera del tiempo. Gentes de las calles cercanas y hasta del centro del pueblo habían llegado de todas direcciones. Por el extremo este. pequeña. de momento aparecería Victoriano en el balcón y daría un salto o haría algo diabólico. que no son nada para salvar una vida. un comentario quejumbroso o una observación que salía del corazón mismo de la multitud. Una llamarada surgió. un mar en el que de pronto se levanta una ola y a poco vuelve a caer. Sobre el constante abejoneo se alzaba de improviso un clamor. De manera que una carrera entre el hombre y el fuego es muy desigual para el hombre. Aquel hombre parecía llamado a promover en torno suyo una atmósfera dramática. el balcón comenzó a arder. Por eso los que llegaban se ponían a mirar hacia “allá arriba” con tanta angustia como los vecinos de la calleja. mientras la casa de José Abud ardía. envolvió y pareció acariciar la balaustrada. sin embargo. salvaje. Las conversaciones eran como un mar. tal vez muy angustiada pero de todas maneras muy dueña de sí misma.

Al favor de las llamas se vio entonces que a pesar de su delgadez era musculoso y fuerte como un animal joven. El humo iba saliendo por las puertas. las llamas avanzaban y cubrían todo el sitio. la multitud empezó a moverse hacia el sitio donde se hallaba su mujer. Pero nadie ponía atención en los bomberos ni en los policías. No se daban cuenta de que Victoriano había pasado a ser el objeto de la preocupación general. o aún entregársela a alguien de los que estaban sobre el techo de la casa de don Julio. precisamente cuando Victoriano se acercaba al extremo que él mismo había roto poco antes. El espacio que el hombre tenía que recorrer sería de tres varas solamente. y el balcón podía caerse. Entre el piso del balcón y ese techo podía haber una diferencia de vara y media. Después de haber gritado el nombre de su marido. para bajar la escalera. Fue admirable la prontitud con que apareció una escalera. alguien les gritó que subieran la escalera para ayudar a Victoriano. y brutalmente. La gente bramó cuando vio ese pedazo de balcón. Colocarse de espaldas al fuego. requería mucho esfuerzo y un gasto de tiempo que ya no podía hacerse. También estaban seguros. dos por allá. lo haló. además. Logró romper el pasamanos y se prendió de él con terrible fuerza. A ese tiempo éste había hecho saltar todos los balaustres y había entrado de nuevo en la casa. allá arriba. ella se había quedado inmóvil. pero que el hombre sí. consumido por el fuego. En medio de la angustia los sentimientos iban desplazándose. y además. Seis o siete hombres que se movían tropezando y estorbándose lograron ganar el techo de la casa de don Julio. A seguidas volvió a salir. a tal altura. aunque de manera dispersa. con la boca cubierta por una mano y los ojos fijos en el balcón. Lo hizo durante un instante. Parecía imposible librarse de su efecto. La multitud comprendió de inmediato que el plan de Victoriano consistía en romper la balaustrada para sacar por ahí a la vieja. favorecidas por una ligera brisa. no era cosa de salir corriendo y dejar caer a Adelina. en violentas bocanadas gris negras que avanzaban como impetuosos remolinos. Mucha gente pensó que la anciana no podría salvarse. El hombre había hallado el dinero y andaba buscando por dónde escapar. mas en esas tres varas dominaba ya el fuego. Inconscientemente. y entró de nuevo a toda prisa. Victoriano Segura iba destrozando la balaustrada. Ya había sido eliminada totalmente la última sospecha. podía haber una vara de espacio vacío de una casa a la otra. otra más lejos. comenzó a golpear la balaustrada del balcón por el extremo que daba al techo de la casa de don Julio Sánchez. con una seguridad y una fiereza impresionantes. armado de un palo que seguramente había sido la pata de una mesa. caer entre chispas y estruendo. cosa que todos aseguraban en voz baja. y tres o cuatro hombres la agarraron al tiempo que otros trepaban hacia el techo.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS El hombre había salido al balcón. Cuando lo hizo saltar se detuvo un poco para quitarse la camisa. Por cierto una parte cayó. una voz por aquí. —¡Que suban algunos al techo de don Julio! –comenzó a pedir la gente. 307 . La anciana no podía salvarse. Es el caso que apareció una escalera. Mientras tanto. lo removió. como con miedo: Victoriano Segura había aparecido en el balcón con la anciana en los brazos. porque. Tal vez era de los bomberos. Pero parecía muy tarde. si no seguía arriesgándose. de que Victoriano iba en busca de la vieja. que se convertían en dos varas y media desde el pasamanos. con la anciana en brazos. Ese movimiento acentuó las sospechas de los que las tenían. La menor dilación. asomó hacia la multitud su rostro duro. indiferente al fuego del balcón que avanzaba hacia sus espaldas. A poco un enorme clamoreo subió de todas las bocas y hubo muchos que aplaudieron.

La gente se distrajo viendo esa caída y esas chispas. Victoriano se sentó. luego tomó a la vieja por las axilas y comenzó a bajarla. 308 . Era impresionante ver que esas llamas casi envolvían a la paralítica y sin embargo no la conmovían. A seguidas crujió el resto del balcón. hacían grupos frente al lugar del siniestro y cambiaban impresiones. dándoles la espalda. Tranquilamente. El misterio seguía rodeando a ese hombre flaco y alto. Había llegado al borde del balcón y durante un segundo se le vio dudar. era tarde. más como una gran muñeca de madera que como un ser vivo. Gesticulando y gritando. Como todo el mundo. Por un momento su mujer perdió la serenidad. porque Victoriano se volvió a los hombres que se agrupaban bajo él. con la agilidad de un enorme gato. Confusamente. Victoriano. suéltala y tírate! Y en medio del tumulto. a ese ser impenetrable. en el techo vecino. Hombres y muchachos. ellos no pensaban tanto en Adelina como en Victoriano. pidió paso y se lo dieron. imponiéndose con su dura mirada y su gran tamaño. déjela caer! –gritaban los hombres agrupados bajo los pies de la anciana. él vive ahí. mas la naturaleza humana no varía tan de prisa. porque las llamas avanzaban sobre ellos. razón por la cual muy pocos se dieron cuenta de que Victoriano Segura había corrido por el techo de la casa de don Julio y había saltado después a la calle. Ya allí. Se concebía ya hasta que la vieja muriera. Tal vez pensaba lanzarse con la anciana en brazos. lo cual hubiera sido una locura. y con ellas los sentimientos a que han dado origen. y hasta alguna mujer.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Pero Victoriano no volvió la cabeza. se había oído el golpe de su puerta. Las opiniones pueden cambiar en un minuto. —¡Allá va! –dijo estentóreamente. y dejó oír. y levantando sordo estrépito cayó a la calle envuelto en chorros de fulgurantes chispas. a quien los otros recibieron en tumulto. corrió hacia el fuego y gritó: —¡Victoriano. Ella dijo entonces: —¡Acuérdate. La enferma se movía igual que un péndulo. Victoriano se tiró. de manera que quedó sentado con las piernas al aire y la vieja Adelina en ellas. Y soltó a la anciana. su voz metálica e impresionante. era evidente que a aquel hombre no le importaban gran cosa los demás. el marido oyó a su mujer. los seis o siete hombres que estaban en el techo de don Julio le invitaban a algo. duro y callado. a quien una corta dilación convertiría en víctima. Durante todo el día de Año Nuevo estuvieron humeando los escombros de la que había sido la mejor construcción en la pequeña calle. De rato en rato un muchacho señalaba hacia la casa de Victoriano Segura y decía: —Mire. pero nadie pedía aceptar a esa altura la idea de que muriera Victoriano. inerte. Los de abajo tendían las manos y daban gritos. Ahora bien. de aquel mar de voces. Un segundo después. Ese Victoriano Segura que estaba jugándose la vida en el balcón era el mismo que dejaba sin contestar los saludos de sus vecinos. Estaba tan aislado allá arriba como se mantenía en su casa. La oyó porque se le vio buscarla con los ojos. —¡Déjela caer. por segunda vez en esa doliente noche. después empezó a dar una vuelta. Por momentos salían huyendo. Debía ser muy importante lo que decía la mujer. Cuando algunos quisieron buscarlo para hablar con él. del continuo estallido de las maderas que ardían. acuérdate! ¿Que se acordara de qué? ¿Qué significaban esas palabras? ¿Había alguna razón por la cual él no debía dejarse matar o inutilizar por el fuego? La gente se miró entre sí.

a juzgar por la recepción se les hizo a los señores que estuvieron en su casa después del incendio. En medio de tal ambiente. Y como tampoco se le vio salir al siguiente. Por entonces el mes de febrero iba muy avanzado. Pues Victoriano Segura se esfumó tan extrañamente como había llegado. pero no abrió del todo. si es que alguno de ellos lee esta historia. Pero el miedo de que pudiera asaltar a las ancianas del lado se había disipado del todo. Adiós. —Ay. fueron a visitarlo. de…” Pero la mujer no deseaba oír más. la mayoría recordaba los gritos de mujer aquella noche. llenaba de confusión a todo el mundo. y como en los días siguientes se le oyó martillar. Mejor váyanse. no abría la boca. Perdónenme señores… –Pero váyanse. El grupo cambió miradas. La gente muy madrugadora alcanzaba a oír el ruido de su carreta. y en aquella pequeña calle que estaba surgiendo a la orilla misma de los campos. cuya puntera había clavado en tierra. Evidentemente la mujer no sabía que hacer. —Muy bien. Queríamos saber si estaba bien y si necesitaba algo. si bien de manera mucho más dramática. —Pero… pero… pero… –comenzó a decir don Tancredo. muy bien –dijo–. Sólo persistía esa atmósfera de misterio en torno suyo. Esa conducta. tal vez hacía una mesa para comer o remendaba una ventana rota. señora. mientras hacía moverse de un lado a otro la empuñadura de su bastón. hé… roe de. señora. Entonces intervino don Julio. al cabo de los años. unos cuantos vecinos. Los días fueron transcurriendo sin que volviera a verse a Victoriano Segura sentado a la puerta de su casa. cuya voz era muy aguda. Algún día se sabría la verdad. A las llamadas en la puerta salió la mujer. hé… roe. pero no salía más. lo cual quiere decir que había brisas cuaresmales y el cielo estaba brillante. El no quiere que venga gente a la casa. Muchos de los vecinos le vieron meter esas tablas en la casa. Volvía a media tarde. encabezados por José Abud. —¿Qué desean? –preguntó. El aire iba y venía cargado con los presagios del carnaval y la Semana Santa. señores… Miren. él no está aquí –dijo–. sólo ahora la sabrán. El pobre José Abud. aquellos a quienes tanto intrigaba su conducta ignoran esa verdad. de. en cuanto al repetido “¡acuérdate!” que le lanzó la suya la noche del fuego. se pensaba que tenía relación con ese misterio que le rodeaba. debía ser muy celoso. Ocurrió que una tarde llegó a la calleja con su carreta cargada de tablas. Pero le dice que vinimos a verlo. don Tancredo Rojas comenzó a tratar de decir que todos ellos querían saludar al “hé… roe. dulce y limpio. abrumado por la desgracia. si bien ya no causaba mala impresión. sino sólo un poco. se pensó que estaba haciendo arreglos en la vivienda. Algunas mujeres parloteaban desde sus puertas con las 309 . Con su graciosa tartamudez. Todavía hoy. el frecuente canto de los pájaros y el murmullo de los árboles hacían más sensibles esos rasgos de profunda esencia musical con que se embellecen los días sin importancia. Se había puesto nerviosa y se agarraba a la hoja de la puerta como si temiera que algún espíritu maligno pudiera abrirla del todo. A juicio del vecindario Victoriano era un hombre extraño. desde luego. Muy pocos aludían a sus prisiones. Una adorable paz ganaba el corazón de la gente. Caminaba junto a sus compañeros de comisión como quien marcha tras el entierro de un ser querido. Fue a eso de las nueve de la mañana. ocurrió la partida de Victoriano Segura. por lo demás. en cuya vida había algún misterio.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Pero nadie vio a Victoriano ese día.

Nunca más volvió la gente de la pequeña calle a verlos. Retornó a su soledad. Cuando ocurrieron los sucesos en que él fue protagonista yo era un muchacho. —Usté es Victoriano Segura –le dije atravesándome en su camino. Victoriano puso dos piedras junto a una de las ruedas. y allí estuvo largas horas labrando su pedazo de madera. impresionante y reservada. No era fácil hacer rodar el ataúd. uno de los que despertaron sobresaltados la noche del siniestro en la casa de José Abud. Fue una semana más tarde cuando yo me atreví a preguntarle por su mujer. la otra para impedir que se moviera hacia atrás. Se le veía endurecido por la tensión. Ni siquiera movía la cabeza. Bajo aquel sol límpido era una estampa dura la de esa mujer llorando en silencio mientras su marido luchaba con el impresionante cargamento. y cerrar la puerta. Se presumió que él había vuelto de noche para llevarse los enseres y el otro mulo. no sólo porque había cambiado muy poco –si bien algo de su rostro denunciaba el paso del tiempo–. sino porque su estancia en la calleja me había causado mucha impresión y por tanto no lo olvidé. —Yo lo conocí a usté –dije–. tocándoselas una con otra. Le reconocí inmediatamente. Estuvo largo rato mirándose las manos. se perdió la mujer. ¿por qué? –contestó. la carreta se perdió en la esquina. sin duda camino del cementerio. junto con otros presos. que debía ser mucha. tocado de sombrero negro. Era su misma voz dura de otros tiempos. viéndole luchar con el ataúd. la cabeza baja. A mi me pareció que algo veló el brillo de su mirada. El hombre logró al fin llevar el ataúd a donde quería. Fue cuando se quemó la casa de José Abud. Volvimos a encontrarnos en la cárcel. la carreta quedó parada junto a la puerta de la casa. Tenía canas y algunas arrugas. Ella llevaba en la mano una vela encendida y al parecer había comenzado a rezar. Victoriano Segura dio tres “¡arres!” en voz alta. la mañana en que él se fue. Victoriano lo removía de un lado a otro. Tras ella. ¿Quién podía prever lo que sucedió inmediatamente? Algunos minutos más tarde la puerta se abrió de par en par y Victoriano Segura salió de espaldas. Tambaleante y despaciosa. Usando toda su fuerza. Vivíamos casi enfrente. la mujer no cesaba de llorar. Sin subirse en la carreta. labraba un pedazo de madera con una pequeña cuchilla y parecía aislado en medio de sus compañeros. Secándose los ojos con la mano. adonde me habían llevado mis ideas políticas. después tomó la que cargaba la mujer y comenzó a empujar. uno de los que oían hablar de él y de la misteriosa atmósfera que le rodeaba. Hábilmente conducida. algunas gallinas picoteaban las manchas de yerba que se veía aquí y allá. Pero yo vi a Victoriano Segura muchos años más tarde. una para impedir que se moviera hacia adelante. dominando el mulo desde afuera. el hombre colocó la punta del féretro en el borde de la carreta. cargando con un extremo de ataúd. algunos muchachos jugaban dando carreras o empinaban papalotes. Al fin dijo: 310 . Después de eso entró en la casa. Pero no dijo una palabra. Se fue a su camastro. al otro extremo apareció luego la mujer.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS vecinas. Cuando se puso de pie para ir a su camastro los demás le abrieron paso en silencio. con la mano de la vela mecánicamente alzada. Estaba en una gran celda. se le vio entrar en la casa con su mujer. salir a poco. Cachazudamente. —Sí. y nada más. era su misma mirada metálica. dándoles vueltas de las palmas a los dorsos. a esa áspera soledad en que viviera siempre. Yo estaba junto a mi madre. Inesperadamente se abrió el portón que daba al patio donde Victoriano guardaba la carreta y se oyó su dura voz arreando al mulo. y la lúgubre carga iba entrando lentamente en la carreta.

como la de una estatua. que se cubrían con lujosos tapices. relampagueante. Físicamente. y la que iba a iniciar en ese momento. Usté la conoció cuando era bonita. del otro lado de la puerta. Yo no podía saber de dónde salía. la alfombra roja que iba de la escalinata a la gran mesa del recibidor. Parecía que no había distancia entre la vida que había dejado atrás. porque se puso de pie y se fue a un rincón. Si usté la ve ahora con mi consentimiento. Al parecer halló que había hablado demasiado. Entonces yo tuve un vislumbre. que murió lázara. Seguramente en esas vitrinas no entraba aire contaminado. la voz llenaba todo el salón y resonaba entre las paredes. Tal vez con el deseo inconsciente de ganar tiempo. Durante cierto tiempo me sentí paralizado por el terror. Su mamá perdió la nariz y tal vez ella la pierda también. donde algunos reclusos charlaban y se movían sin cesar. —Entregue su cabeza –dijo una voz suave. tal vez de cuatro. La mancha indeleble Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas. Y me dio la espalda. es como si la viera yo. yo estaba allí: había pasado el umbral y tenía que entregar mi cabeza. la distancia sería de tres metros. —¿La mía? –pregunté. así. Me le acerqué para preguntarle si quería que visitara a su mujer en el leprocomio. pregunté: —¿Y cómo me la quito? 311 . y yo las veía colocadas en una larga hilera de vitrinas que estaban adosadas a la pared de enfrente. Pero era el caso que aún incapacitado para pensar y para actuar. las dos enormes lámparas colgantes de cristal de Bohemia. Debo confesar que el espectáculo me produjo un miedo súbito e intenso. A poco recomendó: —Que no lo sepa nadie. casi como si estuvieran vivas. Nadie podría evitarme esa macabra experiencia. Sin embargo lo que veía indicaba que la separación entre lo que fui y lo que sería no podía medirse en términos humanos. pues las cabezas se conservaban en forma admirable. las cornisas de cubos dorados. Y he aquí lo que me dijo entonces Victoriano Segura mirándome a los ojos: —No vaya. mientras él me clavaba su imperiosa mirada—… Aquel ataúd era… —Su mamá –dijo–. con tanto miedo que a duras penas me oía a mí mismo. las grandes columnas de mayólica. —Claro… ¿Cuál va a ser? A pesar de que no era autoritaria. Tenía la impresión de que todo lo que veía estaba hablando a un tiempo: el piso de mármol negro y blanco. y la alfombra similar que cruzaba a todo lo largo por el centro. Sólo sabía a ciencia cierta que ninguna de las innumerables cabezas de las vitrinas había emitido el menor sonido. de que su antigua soledad se había debido… —Ahora me explico –empecé a decir. que a mí me pareció de mármol. Se sentó allí y se dedicó a contemplar el patio.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —En el lazareto. aunque les faltaba el flujo de la sangre bajo la piel. la mamá de mi mujer. La situación era en verdad aterradora. Ya no volví a dirigirle la palabra sino cuando un mes después se me avisó que recogiera mis pertenencias porque iban a dejarme en libertad ese mismo día.

Peor aún: estábamos la voz y yo. me hubiera perseguido. Pero no puedo despojarme de mi cabeza así como así. No se veía una silla. necesitaba sentarme o agarrarme a algo. y de haber habido por allí un policía. Estaba seguro de que el dueño de esa voz había repetido la orden tantas veces que ya no le daba la menor importancia a lo que decía. lo cual me hizo sentirme tan desamparado como un niño perdido en una gran ciudad. Sentí que alguien iba a entrar. Pero no era una pesadilla. Por la abertura de la puerta se advertía que afuera había poca luz. una mano sujetaba el borde de la gran hoja de madera brillante y la empujaba hacia adentro. más bien tranquilo. Comprendía que llevaba el rostro pálido y los ojos desorbitados. No me había equivocado. Me hallaba bajo la impresión de que miles de ojos malignos. Mi necesidad de huir era imperiosa. y volví la cara hacia la puerta. tal vez pensaron que había robado o que había sido sorprendido en el momento de robar. Sólo yo me hallaba en ese salón imponente. pero ninguna estaba abierta.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Sujétela fuertemente con las dos manos. no nos haga perder tiempo. ¿con qué voy a pensar? La parrafada no me salió de golpe. si me quedo sin ella. El espacio era largo y de techo alto. empujé al que entraba y salté a la calle. Es el resumen de mi propia vida. Había también puertas en esos extremos. No había la menor señal de vida. Oía día y noche la voz y veía en todas partes los millares de ojos sin vida y los centenares de cabezas sin cuerpo. y huía como loco. Pero en la 312 . Tal vez por eso me parecía tan terrible. Resulta aterrador oír la orden de quitarse la cabeza dicha con tono normal. Callé. Estaba cerrada. no me importaba. Comprenda que ella está llena de mis ideas. que hay otros en turno –dijo la voz. como de risa burlona. Al fin logré hablar. En medio de mi terror actué como un autómata. Colóquela después sobre la mesa. Sin duda era la hora indecisa entre el día que muere y la noche que todavía no ha cerrado. —Por favor. y un pie se posaba en el umbral. Eso estaba sucediéndome en pleno estado de lucidez. también sin vida. y de que millones de seres minúsculos e invisibles acechaban mi pensamiento. Déme algún tiempo para pensarlo. sin mis ideas. Volví los ojos a los dos extremos del gran salón. Pensaremos por usted. Me lancé impetuosamente hacia la puerta. de mis recuerdos. —¿No ha oído o no ha comprendido? –dijo la voz. Me di cuenta de que alguna gente se alarmó al verme correr. —Aquí no tiene que pensar. —¿Vida sin relación conmigo mismo. Además. apoyando los pulgares en las curvas de las quijadas. y como temblaba de arriba abajo debido al frío mortal que se había desatado en mis venas. Al fin apoyé las dos manos en la mesa. Si se hubiera tratado de una pesadilla me hubiera explicado la orden y mi situación. estaban mirándome desde las paredes. Durante una semana no me atreví a salir de la casa. Ya dije que la voz no era autoritaria sino suave. que ya no estaría más tiempo solo. En cuanto a sus recuerdos. y me pareció que la voz emitía un ligero gruñido. No es fácil explicar lo que esas palabras significaron para mí. —Sí. Me ahogaba. Dos veces tuve que parar para tomar aire. De todas maneras. mientras me hallaba de pie y solitario en medio de un lujoso salón. sin emociones propias? —pregunté. no va a necesitarlos más: va a empezar una vida nueva. he oído y he comprendido –dije–. Pero la voz no era humana: no podía relacionarse con un ser de carne y hueso. Instintivamente miré hacia la puerta por donde había entrado. tire hacia arriba y verá con qué facilidad sale.

porque no era fácil que en aquella zona sus ovejas se mezclaran con otras. y eso no se lo perdonarían ni en el Perú ni en Bolivia. Ahora estoy en casa. María tenía siete meses de embarazo. pero era la costumbre de los aimarás del altiplano y Manuel Sicuri seguía la costumbre. era de corazón ingenuo como un niño. Pero resultaba que no sucedía así porque Manuel era huérfano de padre y madre y tenía tres hermanitos –dos de ellos hembras– y él quería a esos niños con toda la fuerza de su alma. Esa medida sobraba. aliviado de mi miedo. fue que el cholo Jacinto Muñiz tuviera que huir del Perú y entrara en Bolivia por el Desaguadero. y de no haber sido así no se habrían dado los hechos que le llevaron a la cárcel en La Paz. obsedido por la visión de un paisaje que le daba la impresión de no avanzar jamás. Me temblaron las manos con tanta violencia que un poco de la bebida se me derramó en la camisa. como un animal asustado. lo cual le llevó a irse corriendo. por el confín del altiplano. desde luego. Pues en verdad ignoro si los dos hombres eran miembros o eran enemigos del Partido. El factor más importante. la mujer de Manuel. Está ahí. pues el hombre debía irse a trabajar a La Paz o tal vez a las minas. Y yo sé que no podré librarme de este miedo. cepillo y un producto químico especial para el caso que hallé en el baño. las ovejas llevaban prendidas en la lana. Al lado de la mesa que ocupé había otra vacía. indeleble. A poco. cosas ambas que contribuyeron al desarrollo de esos hechos. María estaba embarazada. a medio lomo. Uno tenía los ojos sombríos. Mi mal es que no tengo otra camisa ni manera de adquirir una nueva. que lo sentiré ante cualquier desconocido. tratando de lavar la camisa. lo cual desde luego era mentira. ya que no había más en millas a la redonda. Al contrario. desde el pelo hasta el ojo derecho. y después por los carabineros de Bolivia que recibían de tarde en tarde noticias de su paso por las desoladas aldeas de la puna.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS octava noche. Cuando llegó a la choza del indio Manuel Sicuri el cholo Jacinto Muñiz contó que ésa era la huella de una caída. Pero además Manuel Sicuri podía seguir las huellas de un hombre hasta en las pétreas vertientes de los Andes y esa noche hubo luna llena. Propiamente. Manuel Sicuri cuidaba de un rebaño de ovejas y de nueve llamas. El cholo Jacinto Muñiz fue perseguido de manera implacable. Jacinto Muñiz no podía liberarse de esa persecución. quien debía cuidar de los animales era María Sisa. y para fatalidad suya era fácil de identificar porque tenía una cicatriz en la frente. El indio Manuel Sicuri Manuel Sicuri. primero en el Perú. Además. dos hombres se sentaron a ella. Mientras me esfuerzo en hacer desaparecer la mancha oigo sin cesar las últimas palabras del hombre de los ojos sombríos: —… Después que ya estaba inscrito… El miedo me hace sudar frío. sin embargo. indio aimará. me arriesgué a ir a la esquina. 313 . a un cafetucho de mala muerte. me parece que a cada esfuerzo por b