COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN II

Cuentos

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN II

SÓCRATES NOLASCO | EL CUENTO EN SANTO DOMINGO  |  SELECCIÓN ANTOLÓGICA – TOMOS I Y II J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  CUENTOS DE POLÍTICA CRIOLLA JUAN BOSCH  |  MÁS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO VIRGILIO DÍAZ GRULLÓN  |  CRÓNICAS DE ALTOCERRO EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  TRADICIONES Y CUENTOS DOMINICANOS 

Cuentos

Introducción a la primera y segunda sección:

Diógenes Céspedes

Santo Domingo, República Dominicana 2008

Sociedad Dominicana de Bibliófilos

Dennis R. Simó Torres, Vicepresidente Manuel García Arévalo, Vicetesorero Antonio Morel, Tesorero

Mariano Mella, Presidente

CONSEJO DIRECTIVO

Octavio Amiama de Castro, Secretario Sócrates Olivo Álvarez, Vicesecretario Vocales

Edwin Espinal • Julio Ortega Tous • Mu-Kien Sang Ben Marino Incháustegui, Comisario de Cuentas asesores

Eugenio Pérez Montás • Miguel de Camps

José Alcántara Almánzar • Andrés L. Mateo • Manuel Mora Serrano Guillermo Piña Contreras • Emilio Cordero Michel • Raymundo González María Filomena González • Eleanor Grimaldi Silié • Tomás Fernández W. ex-presidentes Eduardo Fernández Pichardo • Virtudes Uribe • Amadeo Julián

Gustavo Tavares Espaillat • Frank Moya Pons • Juan Tomás Tavares K. Bernardo Vega • José Chez Checo • Juan Daniel Balcácer Jesús R. Navarro Zerpa, Director Ejecutivo

Enrique Apolinar Henríquez +

Banco de Reservas de la República Dominicana
Administrador General Miembro ex oficio Daniel Toribio

consejo de directores Secretario de Estado de Hacienda Presidente ex oficio Lic. Vicente Bengoa

Lic. Mícalo E. Bermúdez Vicepresidente Dra. Andreína Amaro Reyes Secretaria General Vocales Miembro

Lic. Luis A. Encarnación Pimentel Dr. Joaquín Ramírez de la Rocha Lic. Luis Mejía Oviedo Lic. Mariano Mella

Lic. Domingo Dauhajre Selman

Ing. Manuel Guerrero V.

Suplentes de Vocales Lic. Héctor Herrera Cabral Lic. Danilo Díaz

Ing. Manuel Enrique Tavárez Mirabal Lic. Estela Fernández de Abreu Lic. Ada N. Wiscovitch C.

Ing. Ramón de la Rocha Pimentel

Esta publicación, sin valor comercial, es un producto cultural de la conjunción de esfuerzos del Banco de Reservas de la República Dominicana y la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Inc.

COMITÉ DE EVALUACIÓN Y SELECCIÓN Orión Mejía Director General de Comunicaciones y Mercadeo, Coordinador Luis O. Brea Franco Gerente de Cultura, Miembro Juan Salvador Tavárez Delgado Gerente de Relaciones Públicas, Miembro Emilio Cordero Michel Sociedad Dominicana de Bibliófilos Asesor Raymundo González Sociedad Dominicana de Bibliófilos Asesor María Filomena González Sociedad Dominicana de Bibliófilos Asesora Jesús Navarro Zerpa Director Ejecutivo de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos Secretario Los editores han decidido respetar los criterios gramaticales utilizados por los autores en las ediciones que han servido de base para la realización de este volumen

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN II

SÓCRATES NOLASCO | EL CUENTO EN SANTO DOMINGO  |  SELECCIÓN ANTOLÓGICA – TOMOS I Y II J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  CUENTOS DE POLÍTICA CRIOLLA JUAN BOSCH  |  MÁS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO VIRGILIO DÍAZ GRULLÓN  |  CRÓNICAS DE ALTOCERRO EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  TRADICIONES Y CUENTOS DOMINICANOS 

Cuentos

ISBN: Colección completa: 978-9945-8613-9-6 ISBN: Volumen II: 978-9945-457-01-08

Coordinadores: Luis O. Brea Franco, por Banreservas; y Jesús Navarro Zerpa, por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos
Ilustración de la portada: Rafael Hutchinson  |  Diseño y arte final: Ninón León de Saleme  Corrección de pruebas: Jaime Tatem Brache  |  Impresión: Amigo del Hogar Santo Domingo, República Dominicana. Junio, 2008

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contenido

Presentación Origen de la Colección Pensamiento Dominicano y criterios de reedición.............................. Daniel Toribio Administrador General del Banco de Reservas de la República Dominicana Exordio. .................................................................................................................................... Mariano Mella Presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos Introducción a la primera sección. ....................................................................................... Diógenes Céspedes Sócrates nolasco El Cuento en Santo Domingo. selección antológica Tomo I: Aparición y evolución del cuento en Santo Domingo. Noticias preliminares. .... Tomo II............................................................................................................................... J. m. sanz lajara El Candado (Prólogo): Manuel Valldeperes . ...................................................................................... juan BOSCH cuentos escritos en el exilio y Apuntes sobre el arte de escribir cuentos Apuntes sobre el arte de escribir cuentos............................................................................ Cuentos escritos en el exilio................................................................................................ Introducción a la segunda sección....................................................................................... Diógenes Céspedes emilio rodríguez demorizi Cuentos de política criolla (Prólogo): Un libro de cuentos políticos. ............................................................................... Juan Bosch Juan BOSCH mÁs cuentos escritos en el exilio................................................................ virgilio díaz grullón Crónicas de Altocerro. Cuentos (Prólogo): Carlos Curiel..................................................................................................... emilio rodríguez demorizi Tradiciones y cuentos dominicanos Presentación ....................................................................................................................... Semblanza de Julio D. Postigo, editor de la Colección Pensamiento Dominicano............
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presentación

Origen de la Colección Pensamiento Dominicano y criterios de reedición
Es con suma complacencia que, en mi calidad de Administrador General del Banco de
Reservas de la República Dominicana, presento al país la reedición completa de la Colección Pensamiento Dominicano realizada con la colaboración de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, que abarca cincuenta y cuatro tomos de la autoría de reconocidos intelectuales y clásicos de nuestra literatura, publicada entre 1949 y 1980. Esta compilación constituye un memorable legado editorial nacido del tesón y la entrega de un hombre bueno y laborioso, don Julio Postigo, que con ilusión y voluntad de Quijote se dedica plenamente a la promoción de la lectura entre los jóvenes y a la difusión del libro dominicano, tanto en el país como en el exterior, durante más de setenta años. Don Julio, originario de San Pedro de Macorís, en su dilatada y fecunda existencia ejerce como pastor y librero, y se convierte en el editor por antonomasia de la cultura dominicana de su generación. El conjunto de la Colección versa sobre temas variados. Incluye obras que abarcan desde la poesía y el teatro, la historia, el derecho, la sociología y los estudios políticos, hasta incluir el cuento, la novela, la crítica de arte, biografías y evocaciones. Don Julio Postigo es designado en 1937 gerente de la Librería Dominicana, una dependencia de la Iglesia Evangélica Dominicana, y es a partir de ese año que comienza la prehistoria de la Colección. Como medida de promoción cultural para atraer nuevos públicos al local de la Librería y difundir la cultura nacional organiza tertulias, conferencias, recitales y exposiciones de libros nacionales y latinoamericanos, y abre una sala de lectura permanente para que los estudiantes puedan documentarse. Es en ese contexto que en 1943, en plena guerra mundial, la Librería Dominicana publica su primer título, cuando aún no había surgido la idea de hacer una colección que reuniera las obras dominicanas de mayor relieve cultural de los siglos XIX y XX. El libro publicado en esa ocasión fue Antología Poética Dominicana, cuya selección y prólogo estuvo a cargo del eminente crítico literario don Pedro René Contín Aybar. Esa obra viene posteriormente recogida con el número 43 de la Colección e incluye algunas variantes con respecto al original y un nuevo título: Poesía Dominicana. En 1946 la Librería da inicio a la publicación de una colección que denomina Estudios, con el fin de poner al alcance de estudiantes en general, textos fundamentales para complementar sus programas académicos. Es en el año 1949 cuando se publica el primer tomo de la Colección Pensamiento Dominicano, una antología de escritos del Lic. Manuel Troncoso de la Concha titulada Narraciones Dominicanas, con prólogo de Ramón Emilio Jiménez. Mientras que el último volumen, el número 54, corresponde a la obra Frases dominicanas, de la autoría del Lic. Emilio Rodríguez Demorizi, publicado en 1980.
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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  POESÍA Y TEATRO

Una reimpresión de tan importante obra pionera de la bibliografía dominicana del siglo XX, como la Colección Pensamiento Dominicano, presenta graves problemas para editarse acorde con parámetros vigentes en nuestros días, debido a que originariamente no fue diseñada para desplegarse como un conjunto armónico, planificado y visualizado en todos sus detalles. Esta hazaña, en sus inicios, se logra gracias a la voluntad incansable y al heroísmo cotidiano que exige ahorrar unos centavos cada día, para constituir el fondo necesario que permita imprimir el siguiente volumen –y así sucesivamente– asesorándose puntualmente con los más destacados intelectuales del país, que sugerían medidas e innovaciones adecuadas para la edición y títulos de obras a incluir. A veces era necesario que ellos mismos crearan o seleccionaran el contenido en forma de antologías, para ser presentadas con un breve prólogo o un estudio crítico sobre el tema del libro tratado o la obra en su conjunto, del autor considerado. Los editores hemos decidido establecer algunos criterios generales que contribuyen a la unidad y coherencia de la compilación, y explicar el porqué del formato condensado en que se presenta esta nueva versión. A continuación presentamos, por mor de concisión, una serie de apartados de los criterios acordados:

 Al considerar la cantidad de obras que componen la Colección, los editores, atendiendo a razones vinculadas con la utilización adecuada de los recursos técnicos y financieros disponibles, hemos acordado agruparlas en un número reducido de volúmenes, que podrían ser 7 u 8. La definición de la cantidad dependerá de la extensión de los textos disponibles cuando se digitalicen todas las obras.

 Se han agrupado las obras por temas, que en ocasiones parecen coincidir con algunos

géneros, pero ésto sólo ha sido posible hasta cierto punto. Nuestra edición comprenderá los siguientes temas: poesía y teatro, cuento, biografía y evocaciones, novela, crítica de arte, derecho, sociología, historia, y estudios políticos.

 Cada uno de los grandes temas estará precedido de una introducción, elaborada por un especialista destacado de la actualidad, que será de ayuda al lector contemporáneo, para comprender las razones de por qué una determinada obra o autor llegó a considerarse relevante para ser incluida en la Colección Pensamiento Dominicano, y lo auxiliará para situar en el contexto de nuestra época, tanto la obra como al autor seleccionado. Al final de cada tomo se recogen en una ficha técnica los datos personales y profesionales de los especialistas que colaboran en el volumen, así como una semblanza de don Julio Postigo y la lista de los libros que componen la Colección en su totalidad.  De los tomos presentados se hicieron varias ediciones, que en algunos casos modificaban el texto mismo o el prólogo, y en otros casos más extremos se podía agregar otro volumen al anteriormente publicado. Como no era posible realizar un estudio filológico para determinar el texto correcto críticamente establecido, se ha tomado como ejemplar original la edición cuya portada aparece en facsímil en la página preliminar de cada obra.
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PRESENTACIÓN  |   Daniel Toribio, Administrador General de Banreservas

 Se decidió, igualmente, respetar los criterios gramaticales utilizados por los autores

o curadores de las ediciones que han servido de base para la realización de esta publicación.

 Las portadas de los volúmenes se han diseñado para esta ocasión, ya que los planteamientos gráficos de los libros originales variaban de una publicación a otra, así como la tonalidad de los colores que identificaban los temas incluidos.  Finalmente se decidió que, además de incluir una biografía de don Julio Postigo y
una relación de los contenidos de los diversos volúmenes de la edición completa, agregar, en el último tomo, un índice onomástico de los nombres de las personas citadas, y otro índice, también onomástico, de los personajes de ficción citados en la Colección.

En Banreservas nos sentimos jubilosos de poder contribuir a que los lectores de nuestro tiempo, en especial los más jóvenes, puedan disfrutar y aprender de una colección bibliográfica que representa una selección de las mejores obras de un período áureo de nuestra cultura. Con ello resaltamos y auspiciamos los genuinos valores de nuestras letras, ampliamos nuestro conocimiento de las esencias de la dominicanidad y renovamos nuestro orgullo de ser dominicanos.

Daniel Toribio Administrador General

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exordio

Como presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, siento una gran emoción al

Reedición de la Colección Pensamiento Dominicano: una realidad

poner a disposición de nuestros socios y público en general la reedición completa de la Colección Pensamiento Dominicano, cuyo creador y director fue don Julio Postigo. Los 54 libros que componen la Colección original fueron editados entre 1949 y 1980. Salomé Ureña, Sócrates Nolasco, Juan Bosch, Manuel Rueda, Emilio Rodríguez Demorizi, son algunos autores de una constelación de lo más excelso de la intelectualidad dominicana del siglo XIX y del pasado siglo XX, cuyas obras fueron seleccionadas para conformar los cincuenta y cuatro tomos de la Colección Pensamiento Dominicano. A la producción intelectual de todos ellos debemos principalmente que dicha Colección se haya podido conformar por iniciativa y dedicación de ese gran hombre que se llamó don Julio Postigo. Qué mejor que las palabras del propio señor Postigo para saber cómo surge la idea o la inspiración de hacer la Colección. En 1972, en el tomo n.º 50, titulado Autobiografía, de Heriberto Pieter, en el prólogo, Julio Postigo escribió lo siguiente: (…) “Reconociendo nuestra poca idoneidad en estos menesteres editoriales, un sentimiento de gratitud nos embarga hacia Dios, que no sólo nos ha ayudado en esta labor, sino que creemos fue Él quien nos inspiró para iniciar esta publicación” (…); y luego añade: (…) “nuestra más ferviente oración a Dios es que esta Colección continúe publicándose y que sea exponente, dentro y fuera de nuestra tierra, de nuestros más altos valores”. En estos extractos podemos percibir la gran humildad de la persona que hasta ese momento llevaba 23 años editando lo mejor de la literatura dominicana. La reedición de la Colección Pensamiento Dominicano es fruto del esfuerzo mancomunado de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, institución dedicada al rescate de obras clásicas dominicanas agotadas, y del Banco de Reservas de la República Dominicana, el más importante del sistema financiero dominicano, en el ejercicio de una función de inversión social de extraordinaria importancia para el desarrollo cultural. Es justo valorar el permanente apoyo del Lic. Daniel Toribio, Administrador General de Banreservas, para que esta reedición sea una realidad. Agradecemos al señor José Antonio Postigo, hijo de don Julio, por ser tan receptivo con nuestro proyecto y dar su permiso para la reedición de la Colección Pensamiento Dominicano. Igualmente damos las gracias a los herederos de los autores por conceder su autorización para reeditar las obras en el nuevo formato que condensa en 7 u 8 volúmenes los 54 tomos de la Colección original. Mis deseos se unen a los de Postigo para que esta Colección se dé a conocer en nuestro territorio y en el extranjero, como exponente de nuestros más altos valores. Mariano Mella Presidente Sociedad Dominicana de Bibliófilos
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mentirosas historias y fantasías2. carecemos de testimonio.o 12. 7) Afirma también Nolasco que “en El Conde Lucanor vino además el cuento correcto. pero lo cierto es que el cuentista dominicano tiene su propia versión de por qué el cuento no fructificó en Santo Domingo si teníamos la fuente directa de España: “Aquel modelo de ‘cuento universal’.) Existen pruebas documentales de remisión a las Antillas y Tierra Firme de estas obras de don Juan Manuel y Cervantes y otros autores de la misma época por parte de los mercaderes de libros de Sevilla. pertenecientes a los siglos anteriores al siglo XIX. Sócrates Nolasco1 afirma que el cuento antiguo como género cultivado en España desde el Renacimiento –y cita a El Conde Lucanor.” (Ibíd. fácilmente traslaticio. y antes que el romance. 265-280. familiar y repetido para entretenimiento en las veladas nocturnas. México: Fondo de Cultura Económica. sobre todo si carecemos de testimonios. Los libros del conquistador. pero la ausencia de imprenta entre los siglos XV y XVIII. de enseñanzas y moraleja sin moral rígida. salvo que no trataran de asuntos religiosos o morales. tan pronto se formaron nuestras ciudades abandonó el vecindario urbano. que figura en el tomo I del libro El cuento en Santo Domingo. como ejemplos– llegó a Santo Domingo. donde se conservó “sin esenciales alteraciones”.” (I. se refugió entre aldeanos logrando perdurar con variantes adquiridas y bautizado con el pintoresco apelativo de cuento de camino. se haya aposentado en las Antillas y que estas hayan producido cuentistas siglos antes de la introducción de la imprenta en América hispánica. a) Visión del presentador 17 . 1957 (dos tomos). 222. pp. y siguiendo los ejemplos del precavido y atildado don Juan Manuel. 1979.introducción a la primera sección Diógenes Céspedes Sócrates Nolasco: El cuento en Santo Domingo En la introducción titulada “Aparición y evolución del cuento en Santo Domingo”. 2 Irving Leonard. explica la ausencia de escritores que escribieran acerca de temas profanos. (I. la décima y la copla. las Antillas pudieron producir cuentistas siglos antes de que el cuento y la leyenda se imprimieran en los países del continente americano. No sé si Nolasco conoció la polémica entre Irving Leonard y Pedro Henríquez Ureña acerca de este tema. Las citas remiten directamente al tomo y la página.12. y el “Rinconete y Cortadillo”. Colección Pensamiento Dominicano n. el género tal como lo conocemos hoy. 1 Ciudad Trujillo: Librería Dominicana. de Cervantes. 7-8) Harto difícil es el creer que el cuento correcto al modo de El conde Lucanor o Cervantes. Pero si alguno de nuestros hombres de letras. de don Juan Manuel. ni juego descriptivo de una realidad impresionante. amén de la prohibición imperial de imprimir libros en las colonias. es decir. se entretuvo en un género que pasó a ser por mucho tiempo desestimado. sin otro sitio determinado ni sabor regional.

aparte de que en ultramar muy pocos poseyeron un ejemplar. como lo prueba el caso paradigmático de Fabio Fiallo. o “La domadora”. ya que esta es criticidad radical de los discursos y prácticas de una sociedad. un escritor de talento. sino a la inteligencia personal de ese intelectual. según la expresión del referido antólogo.” (Ibíd. modelo para otros aclimatadores de cuentos exóticos.) ¿Cuál fue el resultado de la aclimatación de esos cuentos y autores naturalistas. sumado a la demanda y la oferta del mercado francés y la prontitud de entrega con respecto al mercado español. Pedro Henríquez Ureña será ese intelectual crítico que la cultura dominicana no produjo en el período que he considerado 3 Obras completas. el valor agregado de una moda diferente: el exotismo. Volumen II. “Soika”. si suscribiera yo. Este tipo de intelectual (sea el cuentista. atravesado por la crisis del imperio (guerra de Cuba y guerra hispano-norteamericana en las Filipinas). “Ernesto de Anquises”. el novelista. De esto se desprende que si la cultura de lengua española ofrecía. “modelos sobresalientes para el estudio y la pintura de tipos. La modernización.) La moda y la traducción. 9) El antólogo precisa que la primera gran antología de cuentos españoles de Antonio Paz y Meliá. “Tiranías”. el poeta o el ensayista) es el que Santo Domingo no produjo en aquel final de siglo XIX y principio de siglo XX. quizá expliquen la preferencia de los autores franceses. pero no su modernidad. que no es el caso. Y cita Nolasco en apoyo de su tesis a Rubén Darío y Manuel Díaz Rodríguez.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS El mismo Nolasco sugiere que después de la introducción de la imprenta en el continente americano. Andreiev y Chéjov. así como de otros extranjeros. Gorki. publicada en 1890. Aunque Nolasco achaca el resultado de esa aclimatación a un historicismo: la aparición tardía del cuento moderno en América. cuyos cuentos “no pierden la gracia de productos de escritorio. pero además. 18 . La aparición de un poeta. la técnica y la tecnología pueden explicar el desarrollo capitalista de un país con respecto a otro que no haya accedido a esa especificidad histórica. de un escritor que asuma en su sociedad esta crítica radical. y para entenderlo así bastaba con fijarse en “Rinconete y Cortadillo”. pero que no cambia el ritmo de la cuentística dominicana hasta que no abandona esas frivolidades literarias plenas de exotismo y retórica contenidas en Cuentos frágiles. esas dos nociones del sentido de la historia. un Casal o una Avellaneda y Venezuela el de un Díaz Rodríguez. “La condesita del Castañar”. 1980. “Entre ellas”. no obedece al alto grado de su sistema educativo. Santo Domingo: Editora de Santo Domingo. del tipo “Yubr”. citados por el propio Nolasco. La aparición de esta criticidad radical es el verdadero “progreso” y “desarrollo” de una sociedad. con la picaresca. los cuales ofrecían también lo mismo que los cuentistas franceses. de Cervantes (I. Sociedad Dominicana de Bibliófilos. tales como Tolstoi. este mito racionalista no explica la ausencia de grandes cuentistas en Santo Domingo cuando Nicaragua ofrece el ejemplo de un Darío y Cuba el de un Martí. 8). producido por “observadores de un mundo remoto y desconocido. “Rivales” y “El nabab”3. así como el acceso a tales traducciones.” (I. que abre el libro. los grandes cuentistas hispanoamericanos son deudores del cuento francés del siglo XIX –Alfonso Daudet y Guy de Maupassant– y no del cuento español. ¿por qué ir a abrevar en el naturalismo francés a fin de aprender a fijar en el marco del cuento artístico lo esencial de la vida circunstante?” (Ibíd. rusos por lo demás. modernistas y rusos en el ambiente literario y cultural dominicano? Un bello artificio. no surtió la influencia esperada en América hispánica porque tampoco la tuvo en la Península. A finales del segundo decenio del siglo XX y hasta su muerte en 1946.

España y los Estados Unidos y con menos peso en el Caribe y el resto de la América hispánica por razones explicables conforme a su exilio político e intelectual. Naturalmente. 4) la originalidad como virtud. mientras que el lugar y el ambiente son ideologías que oponen lo nacional a lo extranjero. con la salvedad de que los efectos de su labor se sintieron con toda eficacia en México y Argentina. aun con grandes y pequeños defectos. Y luego de su llegada al país en octubre de 1961. Pero sospecho que en la época de la escritura de Nolasco esta corrección conveniente tenía que ver con la gramática normativa. José Ramón López. se pelean por aparecer con su firma en revistas. 2) lugar y ambiente. lo inasible. aunque se la ha confundido con la novedad desde los tiempos de Aristóteles. Augusto Franco Bidó. las cuales cambian las de Nolasco y las que se conocían acerca de este género en América hispana. periódicos y suplementos. a lo verosímil. comerciantes. Rafael Deligne. según Nolasco. En el siglo XIX. nuevas reglas más específicas a lo literario. Asombra que sin vocación ni necesidad tantas personas honorables se dieran a producir tan pobres resultados. La realidad del personaje remite a lo convincente. Solo el dominio del idioma o corrección conveniente sí es uno de los atributos específicos del valor literario. pero si se le concibe como remisión a la especificidad cultural puede ser semánticamente productivo. fueron Virginia Elena Ortea. y 5) la no confusión entre anécdota y cuento. honestas señoritas y señoras. Ha de suponerse que cada uno de estos autores aplicó en sus cuentos la teoría que define a finales del siglo XIX y principio del XX los rasgos distintivos del género. tal como la rechaza Nolasco con respecto al uso que hicieron algunos aficionados al cuento con Alfonso Daudet y Guy de Maupassant o con los cuentistas rusos. 19 . Pararon de repente sorprendidos por los cuentos de dos maestros del modernismo: Manuel Díaz Rodríguez y Rubén Darío…” (Ibíd. La originalidad. Abogados.) Nolasco suministra en nota al calce una lista larga de esos “cuentistas” y asiduos colaboradores de la revista de Garrido. salvo que no sea el salir del anonimato y la chatura a que les reduce el capitalismo. pero como copia o imitación. compitiendo por ser cuentistas llenaban La Revista Ilustrada de Miguel Ángel Garrido –1898-1900– creyendo seguir el dechado de Francia. De ahí el resultado obtenido por la cultura dominicana y que Nolasco explica tan lúcidamente: “Los críticos no han tenido la oportunidad de decir que aquel modelo exótico produjo en nuestro país engendros endebles. Rafael Justino Castillo. carentes de vocación y que competían por figurear en la referida publicación. numerosos y afectados. cuya introducción es nada más y nada menos que el célebre ensayo publicado en Caracas. tiene hoy vigorosa vigencia en nuestro medio social: cantidad enorme de hombres y mujeres de todas las clases sociales. notarios. a medio siglo de haber sido formulada. cuyos antecedentes remiten a los años 40 del siglo pasado en La Habana. Fabio Fiallo. a un cierto nacionalismo como ideología literaria.INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes más arriba. a saber: 1) realidad del personaje. en 1960. el aparentar o el escalar socialmente. Tres años más tarde. Federico García Godoy. ya se sabe. Julio D. Ulises Heureaux hijo y ocasionalmente Federico Henríquez y Carvajal. sin vocación ni necesidad. que no remite a nada y sí a lo indemostrable. 3) dominio del idioma o corrección conveniente. con esos rasgos distintivos o atributos del cuento no se mide el valor literario. dice Nolasco que quienes “le dieron realidad precisa al cuento en la República Dominicana”. Esta observación del antólogo. con los mismos resultados endebles y afectados de ayer. Juan Bosch esbozará en el ensayo publicado en Caracas con el título de Apuntes sobre el arte de escribir cuentos. Postigo emprende la publicación del libro Cuentos escritos en el exilio.

Sin embargo. del cual fue Senador en el Congreso. es decir.) Este solo párrafo bastó para que la generación de escritores surgida luego del ajusticiamiento de Trujillo. que implican selección obtenida mediante examen comparativo de los ejemplares de cada autor. tanto en su prólogo como en su selección. sin la pasión política que obnubila. De acuerdo a la visión del presentador de la antología. 25) Y promete “pronto dar a la publicidad otro volumen en el cual tendrán cabida autores de no menor calidad y reputación que los comprendidos en el presente. rechazara en bloque la antología de Nolasco. 12) y como.” (I. con criterios estrictamente literarios y la propaganda trujillista contenida en sus páginas debe ser situada en sus efectos políticos e ideológicos. ya que estos participan de las mismas ideas de Nolasco en política y literatura. al copiar a su primo Max Henríquez Ureña y a la autoridad literaria de la cual estaba investido. Esto explica que los criterios de Nolasco para escoger los cuentos que forman su obra sean los de “una recopilación intentada sin mayor rigor de florilegio”.” (Ibíd. sin conciliación ni atribuciones de responsabilidad al tiempo o a las circunstancias. 4 Publicada en Río de Janeiro en 1945 para la época en que fue embajador en Brasil. muchos de los cuales estaban todavía vivos en 1957. Creo que el libro de Nolasco no tuvo el tiempo necesario para ejercer influencia en la generación de cuentistas que surgió luego de la caída de la dictadura trujillista.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS De modo que este texto teórico. hombre literariamente conservador y políticamente vinculado con el trujillismo. A casi cincuenta años de aquellos acontecimientos. Nolasco tenía la siguiente esperanza al entregar al público el primer tomo de su obra: “Responde a estas observaciones la recopilación que se entrega al público sin la severidad que requieren los florilegios. pues las imágenes del mundo que surgió después del 30 de mayo de 1961 no cabían en el recetario de Nolasco. literatura y sujeto. 20 . como él mismo aclara (I. Es dicho párrafo una hábil maniobra literaria que responsabilizaba al editor del contenido de una alabanza a Trujillo que se convirtió en aquellos 31 años en un estereotipo obligado.) El párrafo final explica la selección sin rigor de florilegio hecha por Nolasco: “Librería Dominicana. Tampoco ejerció Nolasco influencia en los antologados. sucumbió a la misma idea de don Max al escribir su Panorama histórico de la literatura dominicana en 19454. sepulta las ideas acerca de lo que es el valor literario del cuento. A partir de 1964 y en la misma colección donde se publicaron los dos tomos de Nolasco en 1957. realiza ahora un nuevo aporte como entusiasta colaboradora en la obra del desarrollo cultural que le imprime sin desmayo a la república de las letras el Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva. Nolasco no leyó la definición de lo que era el cuento para Bosch y esta le encaja perfectamente a casi todos los textos de su antología.” (Ibíd. la antología de Nolasco hay que verla. el valor de la antología de Noslasco es principalmente histórico como documento de primera mano para el estudio antropológico de la mentalidad y la cultura dominicanas de fin de siglo XIX y principio del XX. tal vez. que Nolasco leyó sin duda. abrió Bosch el camino para una generación nueva que surgía sin una idea clara de las características del cuento. lo que aquella cultura de treinta años de autoritarismo entendió por cuento. entendiendo que el cuento en nuestro país ha alcanzado su plenitud durante la era de Trujillo. Salvo que el libro de Emilio Rodríguez Demorizi titulado Cuentos de política criolla no tuviera en su edición de 1963 el prólogo de Bosch (reproducido en la segunda edición de 1977).

aunque no siempre. 9). Ramón Lacay Polanco. 95) y “Ángel Liberata” (II. Virgilio Díaz Ordóñez. de José Rijo. se infiere. rasgo exigido por Nolasco. ya que no cumplen con los rasgos que él ha dado a conocer en el prólogo a su libro: En “El forastero” (II. En ese primer tomo. En “El regidor Payano” (II. figuran en la antología de Nolasco. se cumplen las leyes del cuento boschiano.INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes En la antología de Nolasco todos los cuentistas elegidos son funcionarios del régimen. 203) dominan la estampa y el exotismo. M. procedimiento que han seguido. Sanz Lajara. 87). 159). de modo que casi todos los escritores y escritoras incluidos en la obra de Nolasco debieron leer los cuentos de Bosch. con sus dos leyes de la palabra precisa para describir la acción y la fluencia constante. Haré una lista de los textos que más se aproximan a lo que Bosch entendió por cuento. así como el nacionalismo literario que primó en la era de Trujillo y que luego fue recogido por la teoría marxista del compromiso literario. casi todos nuestros antólogos literarios. la cual repugnaba por artificiales o exóticos los cuentos que trataran temas sin vinculación con la historia y la cultura dominicanas. Los dos libros de cuentos de Pichardo son de 1917 y 1927. En “Mujeres” (II. domina el procedimiento de los cuadros de costumbres. de Bosch. 81). Aunque pocas veces Nolasco da la procedencia de los textos incluidos en los dos volúmenes. pero las digresiones y desvíos a que el narrador somete a los personajes les inhabilitan para calificar como cuentos bien logrados. En “Ma Paula se fue al otro mundo” (II. la acción no se detiene. Néstor Caro y José Rijo. J. Nolasco se incluyó en su propia antología. casi todos los textos son posteriores a Camino real. de José María Pichardo. En “Pero él era así” (p. propios del realismo mágico. 45). el hombre que en 1933 cambió para siempre la forma de escribir cuentos en el país con Camino real quedó excluido de esa antología a causa de su condición de exiliado político y líder del partido de oposición más importante en el exilio. pero que el propio Nolasco les encuentra defectos. prevalece el procedimiento artificial y exótico de Fabio Fiallo. En “El tren no expreso” (II. Hay que acotar que Hilma Contreras fue siempre una disidente discreta del régimen y que no llegó nunca ostentar cargos públicos de responsabilidad política en el régimen de Trujillo. Aunque quienes siguieron su enseñanza y escribieron influidos por él (Hilma Contreras. aunque aparece el contexto local. salvo una que otra excepción. Ramón Marrero Aristy. que el cuento antologado se encuentra en las obras de los autores que se citan al calce. Nolasco debió leer estos dos libros de viajes y cuentos. hombres o mujeres. de Francisco Moscoso Puello. publicado en 1933. 37) y “El fugitivo” (II. 179). el primero publicado en 1949 y el segundo en 1950. recusado por Nolasco. pero algunos de los cuentos contenidos en este volumen vieron la luz antes de su inclusión en el referido volumen.II. de Marrero Aristy. Y sin embargo. Nolasco 21 b) Visión de cada obra . para citar a los más importantes). En “Floreo” (I. como son Aconcagua y Cotopaxi. Sanz Lajara no figura en la obra quizá debido a la ideología literaria del nacionalismo de la antología de Nolasco. 105) los dos temas son excelentes. pero contiene zonas donde la palabra precisa para la descripción de la acción no es la perfecta. de Ángel Rafael Lamarche. se cumple el procedimiento de la estampa literaria localista. y que el lector puede encontrar en “El príncipe del mar” (I.

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aplicó a los dos textos el principio de la moraleja sin moral rígida y los dejó en estampas clásicas regionales del Sur. “Los diamantes de Plutón” (II, 123), de Virginia Elena Ortea, es considerado por Nolasco como “un puente entre el cuento moderno y el cuento antiguo” y personificación del “mito heleno de Perséfone” (I, 10), carente de sitio y tiempo, defectos del modelo de cuento del antólogo, pero con “estilo sobrio, claro y animado”, lo cual no significa nada. “A mí no me apunta nadie con carabina vacía” (I, 29), de Julín Varona, tiene, al igual que “El forastero”, de Pichardo, el mismo mérito: la acción no se detiene nunca y las palabras que describen las acciones del personaje principal, Ismenio, y del asaltante, Benceslao, son las precisas. Este es un cuento de la estirpe de los de Camino real. El pintoresquismo del idioma del Sur es igual al pintoresquismo del español cibaeño que tan bien domina Bosch. Es una ideología lingüística de época, propia del realismo de la novela de la tierra. En “Cielo negro” y “Guanuma” (I, 43, 48), de Néstor Caro, coexisten dos temas boschianos –el buey y el diablo como personajes– cultivados desde Camino real con “La pájara” y reanudados en Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio con “El funeral”, “Maravilla” y “El Socio”. Igualmente, “La cuenta del malo” (II, 171), de Freddy Prestol Castillo, se queda en estampa del tema del diablo, muy ligado al cuento de camino que emigró al campo dominicano. En “La eracra de oro” (II, 131), de Virginia de Peña de Bordas, existe un mayor acercamiento a las reglas del cuento de Nolasco, pues la cultura taína empalma con la afrohispana como parte de la historia dominicana, es decir, que este texto responde a la exigencia de lo local, del sitio y tiempo, dominio del idioma y, también, a las dos leyes del cuento boschiano. Igualmente, responden a las mismas exigencias los cuentos “El centavo” (I, 39), de Manuel del Cabral, “La Virgen del aljibe” (I, 55), de Hilma Contreras, “Aquel hospital” (I, 79), de Virgilio Díaz Ordóñez, “Deleite” (I, 145), de Tomás Hernández Franco, y “Mi traje nuevo” (I, 163), de Miguel Ángel Jiménez. Con respecto a “La conga se va” (I, 123), de Max Henríquez Ureña, y “La sombra” (I, 139), de Pedro Henríquez Ureña, hay que decir que no responden a la exigencia nolasqueña de lo local, pues ambos textos están ubicados el primero, en Santiago de Cuba, y el segundo no determina sitio ni tiempo. Ambos responden a las dos leyes boschianas del cuento y en esta teoría no es pertinente la determinación del espacio geográfico o la fecha de la escritura para que un texto tenga valor literario, como lo prueban los cuentos de ambiente y época hispanoamericana escritos por Bosch, verbigracia “La muchacha de La Guaira”, “El indio Manuel Sicuri”, “El hombre que lloró”, “La muerte no se equivoca dos veces”, “Rumbo al puerto de origen”, “La mancha indeleble”, por no citar otros. Finalmente, el cuento “La bruja” (I, 189) anda cerca de la exigencia boschiana, pero hay digresiones y desvíos que matan el interés del lector. El texto de Gustavo Díaz “Dos veces capitán” (I, 73) es una ideología patriótica que cae perfectamente en la tradición al estilo de Penson o Troncoso de la Concha. Lo mismo se puede decir de “La cita” (I, 93) de Federico García Godoy. Igualmente, caen en las tradiciones dominicanas los textos de Antonio Hoepelman “Nobleza castellana” (I, 157) y “Honor trinitario” (I, 171) de Miguel Ángel Jiménez, ideología hispánica el primero e ideología patriótica el segundo, aunque este último tiene madera de cuento con final sorprendente. Pero en la teoría boschiana este es un rasgo que puede estar presente o ausente del cuento. El texto “El general José Pelota” (II, 53), de Miguel Ángel Monclús, y “Cándido Espuela” (II, 215), de Vigil Díaz, son, al igual que “El general Fico”, de José Ramón López, cuadros de costumbres de la época montonera o de Concho Primo.
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En cambio, “Las tres tumbas misteriosas” (II, 149), ¿cuento gótico con moraleja sin moral rígida?, de José Joaquín Pérez, y “Una decepción” (II, 189) y “El proceso a Santín” (II, 196), de Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, así como “Humorada trágica” (I, 113), de Federico Henríquez y Carvajal, y “Modus vivendi” (I, 65), de Rafael Damirón, bien escritas, con las dos leyes boschianas presentes y con los requisitos nolasqueños en acción, son, sin embargo, tradiciones dominicanas en el mejor sentido. Los textos de Ramón Emilio Jiménez titulados “La escalera inesperada” (II, 179) y “Duelo comercial” (II, 183) son perfectos cuadros de costumbres pintorescos y picarescos, llenos de malicia cibaeña, de gracejo y humor. En “El sueño del guerrero” (I, 105), del general Máximo Gómez, existe determinación de sitio y tiempo (Cuba, Cuartel de la Demajagua, junio de 1889) y con una contra-ideología que recusa la matanza de los indios por Colón y los conquistadores del Nuevo Mundo y coloca al Almirante en un limbo o purgatorio donde expía sus crímenes, sin posibilidad de acceder al Paraíso. Y, finalmente, “Por qué el negro tiene la piel así” (II, 220) es, como su nombre lo indica, un verdadero cuento de camino, no exento de una ideología legendaria y mítica que no atina a explicar el racismo en contra de los negros sino por mediación de una fabulación. c) Visión de hoy Todos estos textos, sean estampas, anécdotas, cuadro de costumbres o tradiciones han envejecido con las circunstancias que les dieron origen. No han envejecido, sin embargo, “Floreo”, de Rijo, “Aquel hospital”, de Díaz Ordóñez, “Mi traje nuevo”, de Miguel Ángel Jiménez, “El centavo”, de Manuel del Cabral, y “Deleite”, de Hernández Franco. Hay que señalar que el envejecimiento no significa que no leamos dichos textos con curiosidad a fin de saber qué temas prefirieron nuestros escritores y cuáles teorías literarias e históricas pusieron en juego a finales del siglo XIX y un poco más allá de la mitad del siglo XX. Son documentos que simbolizan la arqueología del cuento dominicano y sus vicisitudes antes de llegar a las puertas del hecho-tema único y las leyes de la palabra precisa para describir la acción y la fluencia constante de Bosch. A pesar de las circunstancias de época, los cuentos que no han envejecido tienen un valor humano indudable y no han perdido el interés del lector gracias al ritmo que anima los sentidos y las acciones del hecho-tema único de cada uno de ellos.

J. M. Sanz Lajara5 : El Candado
Si existen dos temas ideológicos que definen la cuentística de J. M. Sanz Lajara, de acuerdo al diagnóstico de Manuel Valldeperes y al del propio autor, son el vitalismo y el americanismo. Esos dos leit-motiv son, por supuesto, conceptos pertenecientes a una teoría literaria: el nacionalismo literario, el cual surgió primeramente como metáfora política a partir del movimiento de independencia de las colonias americanas del imperio español y luego como
5 Ciudad Trujillo: Editorial Librería Dominicana, Colección Pensamiento Dominicano n.º 16, 1959, 154pp. Solo daré para las citas, el número de la página.

a) Visión del presentador

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concepto literario con Martí, Hostos, Pedro Henríquez Ureña y una legión de escritores, filósofos y críticos literarios. Ese nacionalismo literario tuvo diferentes aplicaciones y resultados según la especificidad de cada república hispanoamericana. En el prólogo de Valldeperes al libro de cuentos El candado, el conocido crítico remontaba al año 1949 la aparición del vitalismo y el americanismo de Sanz Lajara con la publicación de Cotopaxi, libro de viajes y cuentos “de ambiente americano”6. (I) Pero Sanz Lajara toma estas nociones literarias de un discurso ajeno, pues en la presentación de su obra afirmó: “Alguien dijo, hablando de la vida (en 1939, DC) que en ella existe toda plasmación. Añadiremos que la fantasía en literatura está desapareciendo, si no ha desaparecido ya. Este libro se formó en la vida, con ella y de ella. Los hombres que voy a presentar cruzaron sus caminos con el mío. Las mujeres pasaron por mi puerta y algunas –¡benditas sean!– dejaron un beso, una caricia y una que otra lágrima, que sin dolor no hay sentido del propio destino.” ( (Ibíd.) La teoría y la práctica son dialécticamente inseparables. Por eso pasaron idénticas de Cotopaxi a Aconcagua y de estas dos obras a El candado con el nombre de realismo o verismo literario. Existe quizá un malentendido que es preciso aclarar. Cuando Sanz Lajara dice que la fantasía está en camino de desaparecer, si no ha desaparecido ya en 1949, en modo alguno se refiere él a la capacidad de imaginar, fantasear, crear mundos no vistos o que no existen en la vida real, sino que se refiere a un subgénero entendido como evasión literaria donde el compromiso del texto en cuestión es el olvido de lo político. Esa es la característica de la literatura frívola, de ensueño o light. Ni siquiera el cuento fantástico escapa a lo político, como podía pensarse, pues sus sentidos están orientados al prevalecimiento de la justicia en contra de los desafueros de los poderosos. Quede claro, pues, que los cuentos de Sanz Lajara son ficción, no documentos o testimonios históricos. Y las crónicas de viaje, aunque no son cuentos, están salpicadas de ficción, son más signo que símbolo. Algunos cuentos de Sanz Lajara podrán no tener valor literario, pero son una invención, no una crónica de viaje. El nudo de sus cuentos radica en la experiencia del otro, de los demás. Ese trabajo artístico de la cotidianidad es lo simbolizado en los cuentos de El candado. Puede decirse incluso que casi todos los héroes de los cuentos de esta obra son negros, negras e indios elevados a la categoría de sujetos. Aunque Valldeperes sí reparó en este detalle, no toda la crítica de la época lo hizo. Si bien lo puramente rural jerarquizado por la teoría de la novela de la tierra va de paso, en los textos de Sanz Lajara prima más lo semi-urbano y lo urbano con su constelación de pobres y grupos étnicos olvidados, los cuales constituyen un significante social. ¿Cuál fue la recepción de Valldeperes a los cuentos de El candado en 1959? ¿Con los términos de la Poesía Sorprendida? Oigamos lo que dice: “El americanismo de este libro –americanismo con anhelos y angustias para y por el hombre universal– no discrimina: presenta los hechos con toda su intrínseca e influyente veracidad. Por eso, precisamente, el hombre de América se reconoce en sus páginas. Se reconoce como colectividad con un destino común y con la sola ambición de este destino.” (III) Existen también ideas de época y puntos de contacto con el mesoamericanismo postumista de Moreno Jimenes y con la teoría y la práctica del cuento de Camino real de Juan
6 El prólogo no tiene numeración de página. Le he puesto números romanos para distinguirlo de los números arábigos de los cuentos.

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Bosch. La vida del hombre o la mujer comunes es el tema por excelencia de los cuentistas del realismo dominicano. Ser humano y ambiente, según Valldeperes: “Y a descubrir esta felicidad, después de haber descubierto el hombre y el paisaje americanos –su naturaleza incitante–, tienden las inquietantes y sutiles páginas de El candado. A descubrir esta felicidad al través de la vida cotidiana, con todo lo que hay en ella de alegre y de bueno y también de angustia y sufrimiento.” (Ibíd.) Los rasgos pertinentes para el nacionalismo literario de Nolasco, Valldeperes y los partidarios de esta teoría son, como se ha visto, el ser humano y el ambiente, es decir, lo nacional, local o regional, la corrección conveniente, la originalidad como virtud y si universalizada, mejor. En la teoría de Bosch estos elementos pueden estar presentes o ausentes, pero no definen el valor del cuento, ya que solo el hecho-tema único, la ley de la palabra precisa para describir la acción y la ley de la fluencia constante constituyen la calidad de un cuento. Las características literarias de la escritura de Sanz Lajara han sido realzadas por Valldeperes, de la siguiente manera: “estilo impresionista, ágil; descripción clara y precisa; escritor de temple que sabe descubrir en la actualidad viva lo que hay de legendario en América, diversidad de tipos y temas americanos captados en un instante de vida, captación de la sana alegría de vivir, que es la gran esperanza y el gran estímulo del hombre.” (IV) Refuta Valldeperes la teoría que sostiene que “el cuento literario es la transformación de la verdad verdadera, al través de una mente apasionada, hasta convertirla en una mentira bella.” (Ibíd.) Para el crítico, Sanz Lajara es original y no se queda “nunca en el interés puramente descriptivo” y por eso “se mantiene en ese punto intermedio, vital y emotivo al mismo tiempo, entre el desprecio de los hechos, que conduce a un lirismo estéril, y la supervaloración de estos, que nos sitúa en el campo estricto del reportaje.” (V) El crítico literario también consideró que Sanz Lajara fue “un escritor original, de la estirpe de los grandes de América, porque contempla la vida con afán analítico.” (Ibíd.) Y agrega además que el autor de El candado “no desarma nunca la estructura interna de la realidad para narrar los hechos. Tampoco cae en el boceto costumbrista, porque en sus narraciones hay emoción.” (Ibíd.) ¿Cuáles son los rasgos de los personajes de los cuentos de Sanz Lajara? Valldeperes los ve de esta manera: “son reales, vivos, arrancados de la desnuda y aleccionadora realidad de cada día y el autor no los aparta, al darles vida literaria, de esa realidad, de su realidad. Son seres que no se miran vivir, sino que viven. Sus miradas se vuelven hacia dentro para verse tal como son, para mostrarse, en la plenitud de su vigencia humana, tal como son.” (Ibíd.) Otra característica de los personajes de estos cuentos, según el crítico literario, es que no presentan “el más mínimo atisbo de falsedad.” (V-VI) Ha encontrado Valldeperes que lo más impresionante de los cuentos de Sanz Lajara no son los personajes y su existencia real, “sino su vida espiritual, con todo lo que hay en ella de videncia y de presentimiento, de sugestión de otras vidas. Se trata de un trasunto de lo individual a lo universal y humano al través del cual trata de descubrir el sentido superior del hombre como paso seguro hacia la fijación de su destino.” (VI) Rechaza también el crítico la teoría de una obligada nacionalidad de los temas de la cuentística de Sanz Lajara. Valldeperes ve solamente en lo textos del autor prologado, “una necesidad intrínseca de su obra y, por consiguiente, un atributo de esta: la fuerza y la vivencia del origen. Por eso, a pesar del ámbito americano de los cuentos de Sanz Lajara, la presencia del dominicano está latente en todos ellos.” (Ibíd.)
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b) Visión de cada obra A casi cincuenta años de la publicación de El candado, los distintos textos que componen la obra no han perdido su valor de época, excepto quizá “Ñico”, que se asemeja más a la tradición o a la estampa, si bien su técnica está elaborada con la recomendación boschiana del personaje central único, aunque las diferentes anécdotas contadas por Ñico a los niños, incluido el autor José Mariano, vuelto también personaje del cuento, disgregan lo que debe ser el hecho tema-único, si bien el hilo que sostiene las acciones corre por cuenta del mismo protagonista, quien es personaje-narrador. Mantiene la vigencia de los cuentos un humor que, manifestado de varias formas, produce en quien los lee una orientación del sentido en contra de la dominación y la injusticia que el sistema social y los poderosos ejercen sobre los personajes que pueblan el mundo americano que Sanz Lajara ha querido reivindicar, incluso en cuentos como “Curiosidad”, el cual no tiene que ver con un cambio o una crítica a lo social, aunque el personaje femenino ha experimentado una transformación de su concepción del amor al cambiar un sentimiento confuso previo entre amor y pasión que la había arrastrado a la infidelidad, a despecho de las razones valederas que pudo haber tenido a causa de la insatisfacción sexual en que la sumió su esposo, más interesado en los negocios que en el sexo con amor. Otras son las medidas por adoptar ante situación parecida, pero los personajes son lo que el texto nos presenta, no lo que quisiéramos que fueran, según nuestro deseo. c) Visión de hoy Pocos han sido los estudios que se han producido en la sociedad dominicana en torno a los cuentos, o incluso las novelas, de Sanz Lajara. Con excepción de las opiniones convencionales de las antologías y las historias literarias tradicionales, dos son los ensayos, que sobre este escritor –que vivió casi toda su vida en el extranjero en misión diplomática– han visto la luz en el país después de su muerte el 20 de junio de 1963 en Madrid7. Di Pietro ha sido el primero en llamar la atención acerca de la cuentística y la novelística de Sanz Lajara8 y el estatuto contradictorio entre su vida y sus textos literarios. La pregunta que se ha formulado Di Pietro es cómo Sanz Lajara, a pesar de escribir cuentos que plantean el problema social de campesinos, obreros y proletarios, no llega nunca a oponerse a la dictadura de Trujillo. El crítico ha analizado novelas como El príncipe y la comunista y Caonex y concluye en que la primera es una “pornografía política” y la segunda un “respaldo incondicional a la dictadura de Trujillo.” (Temas, 86) ¿Cuál ha sido la única teoría literaria que desde los griegos hasta hoy lee las obras literarias como un reflejo de la vida del autor? Desde los presocráticos, desde Aristóteles y Platón y todos sus epígonos hasta hoy
7 Véase “J. M. Sanz Lajara, su prosa de viajes y sus cuentos”, en Temas de literatura y de cultura dominicana. Santo Domingo: Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), 1993, pp.79-94. Di Pietro analizó parcialmente las novelas de Sanz Lajara en el libro citado y a “Caonex, una novela conservadora dominicana”, en Quince ensayos de novelística dominicana. Santo Domingo: Departamento de Publicaciones del Banco Central de la República Dominicana, 2006, pp.17-40. 8 Cabe realzar que la primera antología de cuentos que incluyó profusamente a Sanz Lajara (con cinco textos) fue La narrativa yugulada, de Pedro Peix. Santo Domingo: Biblioteca Nacional, 1981, pp.271-287. La de Diógenes Céspedes contiene un solo texto, “Curiosidad”, pero esta antología se fija esa cantidad como límite por cada autor. Santo Domingo: Editora de Colores, 1996, 1ª ed., y 2ª ed. Santo Domingo: Editora Búho, 2000. Los estudios académicos más serios hasta ahora son los de Di Pietro y el extenso prólogo titulado “Noticias”, de Andrés L. Mateo, a la edición de los cuentos de Sanz Lajara publicados en Santo Domingo por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos en 1994. Ambos autores partieron de lo ya hecho por Manuel Valldeperes en sus dos artículos sobre Sanz Lajara.

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esa ha sido la norma, el método de las poéticas aristotélicas, cuya culminación cierra una época con Buffon cuando proclamó que el estilo era el hombre. Lo que hicieron después en los siglos XIX y XX las teorías del arte por el arte, la sociología marxista de la literatura y los estructuralismos lingüísticos y semióticos fue confirmar el dogma buffoniano. Pero la poética meschonniciana plantea, desde 1970, que casi nunca la ideología del escritor es la de su obra. La vida de los escritores está hecha de intereses muy contradictorios, de ideologías y creencias ancestrales que se remontan al seno de la cultura familiar, las tradiciones repetidas desde la infancia y de las cuales es muy difícil desembarazarse, sin que importen la inteligencia del escritor y los estudios realizados en prestigiosas universidades. Pero sea revolucionaria o conservadora, la ideología de un escritor no pasa como biografía a la obra, pues eso sería producir un reflejo mecánico que identifica y lee las obras artísticas y literarias como vida del autor. Cuando el escritor tiene conciencia de lo que es la obra como valor, ¿qué hace? Como su vida y sus opiniones carecen de interés para que figuren en su obra literaria, él o ella dota, consciente o inconscientemente, a uno o varios personajes o a estructuras del sistema del texto, de sentidos que se orientan políticamente en contra de las ideologías o creencias que funcionan como verdades en la sociedad y en la época donde vive el escritor o escritora. En este sentido, la poética meschonniciana postula entonces que existe una homogeneidad entre el decir-vivir-escribir del sujeto de la escritura y la obra. El sujeto de la escritura no es idéntico al autor. El primero es contra-ideología, mientras que el segundo es ideología. Son escasísimos los casos donde autor y sujeto de la escritura son homogeneidad entre el decir y el hacer y el vivir-escribir. Talvez José Martí sea un caso único en América. El siglo XX encumbró el mito de que el hombre era el estilo, es decir, que la obra literaria se explicaba a través de la vida del autor. Y ese mismo siglo XX acabó con semejante mito. Las obras anónimas, según ese cliché literario, jamás podrán analizarse, ya que no conocemos a su autor. Pero sabemos todo lo contrario, que esas obras han sido muy bien analizadas. En este contexto tiene sentido la respuesta que busca Di Pietro al analizar “Hormiguitas”, ese cuento de El candado que el crítico lee simbólicamente como un sentido político orientado en contra de la dictadura de Trujillo. Pero no es Sanz Lajara como diplomático al servicio de la dictadura quien es antitrujillista. Esto no se produce en toda su vida. Sus variados intereses no se lo permitían. Entonces, él, como escritor, consciente o inconscientemente, estructura dos instancias que en el cuento “Hormiguitas” simbolizan esa crítica en contra del sistema: a) el personaje del idiota, y b) la estructura del narrador, quien, en el sistema de la obra, distribuye en el discurso literario la crítica a las ideologías de época que el régimen encarna. Tales ideologías son analizadas casi en su totalidad por Di Pietro y Mateo, aunque este último manifieste en poco de recelo con respecto al método utilizado por el primero. Mateo dice entender la propuesta de lectura de Di Pietro, y “aunque sigue siendo una propuesta” o tesis, “parecería arriesgado asumir[la]. (“Noticias”, 29) Lo que produce la duda en Mateo es la doblez que Di Pietro imprime al personaje del idiota, el cual encarna la parte rebelde de Sanz Lajara como intelectual consciente de lo que sucedía durante la dictadura, mientras que el coronel encarna al Sanz Lajara diplomático, conservador, trujillista y ex miembro del Capítulo de la Falange en Santo Domingo. Esta es la tesis estilística que lee la obra literaria como reflejo de la vida del autor. En la poética se examina cómo está orientada la política del sentido que el ritmo ha organizado
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en el discurso literario, pero a partir de instancias o estructuras del sistema semántico de la obra, no con conceptos prefabricados ad-hoc por otros discursos que no tienen nada que ver con la especificidad de lo literario, como es el de la biografía del autor. El resultado obtenido con el uso de conceptos extraños a la especificidad de la obra literaria es, como lectura, un determinismo político, histórico, social o biográfico que no pasa de ser una metáfora improductiva. Los cuentos de Sanz Lajara son una mezcla de hechos-temas únicos extraídos de tres canteras: a) la vida campesina, b) la vida de los indios y negros de los países latinoamericanos, y c) la vida semi-urbana o urbana de esos mismos países. La trashumancia como diplomático es la responsable de que Sanz Lajara, hombre extremadamente conservador, se volcara, aunque de manera paternalista a veces, a valorar desde su cuentística, la vida de la gente humilde. ¿Por qué eligió a los humildes si él provenía de la pequeña burguesía alta, de sangre española y enquistada con el trujillismo a través de Peña Batlle, cuya esposa, Carmen Defilló Sanz, era prima de José Mariano Sanz Lajara?9 En esto también el responsable, con la teoría y la práctica en acción, fue Juan Bosch, quien en 1933 les dejó Camino real como herencia a los escritores que surgieron después de su salida al exilio en 1938. La tesis de Bosch acerca del arte de escribir cuentos está implícita en Camino real, pero comenzó a hacerse más explícita en las notas de presentación que escribía para el Listín Dominical10 y finalmente el bosquejo en la revista Bohemia, de La Habana, de lo que habría de ser en 1958 el ensayo “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, publicado en la revista Shell, de Caracas11 y reproducido en varios libros, revistas y antologías dominicanas y extranjeras y desde 1964 en Cuentos escritos en el exilio (Santo Domingo: Colección Pensamiento Dominicano n.o 23). Esta es la herencia teórico-práctica de Bosch a los cuentistas de su país y desde su salida a Puerto Rico en 1938, él se preocupó por que sus mejores textos llegaran a manos de dichos intelectuales, ya fuera por mediación de sus amigos Mario Sánchez Guzmán o de sus colegas escritores Emilio Rodríguez Demorizi, Héctor Incháustegui Cabral, Ramón Marrero Aristy y otros, así como a través de viajeros ocasionales de extrema confianza y discreción. Por eso Sanz Lajara, Hilma Contreras, José Rijo, Lacay Polanco, Virgilio Díaz Ordónez12 y otros se beneficiaron de las ideas claras de Bosch acerca de cómo escribir cuentos y, sin duda, influyó decididamente en todos ellos y de todos fue amigo, relación que incrementó a su llegada al país en octubre de 1961. De igual manera, decisiva fue también su influencia en los cuentistas y novelistas surgidos después de la caída de la dictadura, pero esta influencia se atenuó un poco después de la irrupción del boom latinoamericano.
9 El dato de los lazos familiares con la familia Peña Batlle-Defilló Sanz lo confirma Manuel Núñez en su libro Peña Batlle en la era de Trujillo. Santo Domingo: Letra Gráfica, 2007, p.20. 10 En la carta dirigida a Silvia Hilcon (seudónimo de Hilma Contreras), de fecha 8 de marzo de 1937, están esbozados los grandes temas de la teoría del cuento de Bosch, tal como los conocemos hoy. Véase la carta en Hilma Contreras: La carnada. Cuentos. Santo Domingo: Editorial Letra Gráfica, 2007, pp.4-5. Para los escritos teóricos de La Habana que prefiguran el ensayo “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, véase su conferencia titulada “Características del cuento”, publicada en Mirador Literario. La Habana, julio de 1944, pp.6-9, reproducida en el libro de Guillermo Piña Contreras titulado Juan Bosch: imagen, trayectoria y escritura. Imágenes de una vida. Santo Domingo: Comisión Permanente de la Feria del Libro, t. I. pp.63-68. 11 Año IX n.º 37, diciembre de 1960, pp.44-49. 12 Hay que acotar que Bosch también fue amigo de Virgilio Díaz Grullón, hijo de Díaz Ordóñez, también buen cuentista que recibió la influencia boschiana, tal como él mismo lo confesaba a menudo y como se advierte en sus obras Crónicas de Altocerro, Un día cualquiera y Más allá del espejo.

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Para cerrar este excurso, creo que El candado, con su cuento que da títulado al libro, así como “El otro”, “Hormiguitas”, “El milagro”, y el último titulado “Curiosidad”, cuya influencia es patente en “El gato”, de Armando Almánzar Rodríguez, donde el felino y Ernesto simbolizan el gato, mientras que el perro simboliza al esperado amante innominado de “Curiosidad”; y, el ratón, a la amante asesinada. En el texto de Sanz Lajara, la amante se transforma en un sujeto femenino, mientras que en el de Almánzar Rodríguez la mujer es una víctima de su pareja, Ernesto, quien la asesina al regresar a su hogar luego de pasar un rato donde su amante Julián. Este asesinato simboliza en “El gato” un castigo a ese tipo de relación amorosa, condenado también por los Códigos Penales, mientras que en Sanz Lajara dicha relación simboliza la libertad y el fin de la moral convencional sobre el adulterio. Es decir, que en Almánzar Rodríguez no existe ni siquiera lo que Nolasco llama, como atributo del cuento, una moraleja sin moral rígida, mientras que en “Curiosidad” los sentidos están orientados políticamente a la ausencia total de castigo moral. En uno ideología, en el otro contraideología.

Juan Bosch: Cuentos escritos en el exilio
Los antecedentes teóricos de “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos” que figuran como prólogo o introducción a Cuentos escritos en el exilio13 son la carta a Silvia Hilcon14 (seudónimo de Hilma Contreras) que figura en su libro de cuentos La carnada y la conferencia “Características del cuento”15, dictada por Juan Bosch en 1944 en la Institución Hispanocubana de Cultura16. Esos mismos “Apuntes…” son los que figuran como visión del presentador17 de los cuentos que integran los dos tomos de Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio marcados con los números 23 y 32 de la Colección Pensamiento Dominicano publicados en 1962 y 1964, respectivamente. En los “Apuntes…” existen pocas referencias de Juan Bosch a los cuentos de estos dos volúmenes. La mayoría de las referencias a estos y otros cuentos, escritos o no en el exilio, figuran en entrevistas posteriores concedidas a los medios. Las dos referencias más famosas son las que Bosch asumió cuando dijo que su dominio de la técnica del cuento se consumó con la escritura de “El río y su enemigo” y que consideraba
13 Santo Domingo: Julio D. Postigo e hijos, Editores, Colección Pensamiento Dominicano n.º 23, 1964. Fue publicado en forma de folleto en la revista Shell, IX n.º 37, diciembre de 1960, Caracas, como ya se dijo. 14 En La carnada. Cuentos, bibliografía ya citada. 15 Publicada en Mirador Literario, La Habana, julio de 1944. 16 En Guillermo Piña Contreras, bibliografía ya citada. 17 Existe una Nota de los Editores que sirve, más que de presentación, de advertencia a los lectores y, de ninguna manera, aunque contiene opiniones sobre los cuentos y los apuntes, puede ser considerada, en este contexto, como un estudio. Dice así: “Los cuentos del presente volumen no fueron seleccionados ni por el autor ni por los Editores. Se reunieron los que estaban más a la mano, entre los originales de Bosch, antes de que él pudiera reorganizar su archivo a su vuelta a la República Dominicana. […] Los editores recomiendan muy especialmente a los lectores interesados la introducción del libro que aparece bajo el título de “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, pues en esa materia hay muy poco escrito en lengua española, e incluso lo que sobre el arte del cuento, considerado el más difícil de los géneros literarios, se ha publicado en otros idiomas como material de texto para Escuelas Superiores y Universidades, es generalmente incompleto. Creemos que este trabajo de Juan Bosch es el más amplio producido por un escritor profesional de cuentos de todos los que se han publicado hasta ahora.”

a) Visión del presentador

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que los textos que figuran en su libro Camino real, aunque aceptables, no tenían todavía la maestría de los que escribió en el exilio. Acaso tenga razón y los únicos cuentos que se salvan de Camino real sean “La mujer” y “Dos pesos de agua”, tan llevado y traído el primero por el realismo cuya ideología hace previsible el mecanismo de la escritura, y menor en el segundo cuento debido al trabajo de lo fantástico. Si se los compara con “La mancha indeleble”, “La Nochebuena de Encarnación Mendoza”, “El indio Manuel Sicuri”, “El hombre que lloró”, “Los amos” y “Luis Pie”, la apuesta política del sentido de estos textos de Cuentos escritos en el exilio es de transformación de las ideologías mayores de la sociedad dominicana y latinoamericana de la época: la crítica al partido único que es inseparable de cualquier dictadura de derechas o de izquierdas, en “La mancha…”; la crítica a la jerarquía militar y su espíritu corporativo en dictadura o democracia, en “La Nochebuena…”; la crítica a la justicia de los seres humanos prevista por los códigos en oposición al derecho natural donde las ofensas al honor se lavan con sangre, en “El indio…”; la crítica al racismo de los dominicanos en contra de los haitianos a causa de la enajenación ideológica, en “Luis Pie”; la crítica a la ética del deber y el sacrificio por la revolución opuestos a los valores del amor filial y familiar, en “El hombre que lloró” y, finalmente, en “Los amos”, la crítica a la explotación despiadada al campesino dominicano por parte de los terratenientes precapitalistas. Pero este excurso lo empalmo con los “Apuntes…”, lugar teórico donde todo lector de los cuentos de Bosch debe volver si desea constatar por sí mismo si la práctica de la escritura iguala y, luego, sobrepuja las ideas contenidas en el referido ensayo. En tres nudos de los “Apuntes…” debe concentrarse el lector de los cuentos boschianos para saber si estos responden al rigor implacable de la técnica: a) la ineludible ley de la fluencia constante, b) la ley ineludible de la palabra precisa para describir la acción, y c) el ineludible hecho-tema único. La primera ley, de la fluencia constante, consiste en que “la acción no puede detenerse jamás; tiene que correr con libertad en el cauce que le haya fijado el cuentista, dirigiéndose sin cesar al fin que persigue el autor; debe correr sin obstáculos y sin meandros; debe moverse al ritmo que imponga el tema –más lento, más vivaz– pero moverse siempre. La acción puede ser objetiva o subjetiva, externa o interna, física o psicológica; puede incluso ocultar el hecho que sirve de tema si el cuentista desea sorprendernos con un final inesperado. Pero no puede detenerse.” (1962: 31) “La segunda ley –dice Bosch– se infiere de lo que acabamos de decir y puede expresarse así: el cuentista debe usar solo las palabras indispensables para expresar acción. […] La palabra puede exponer la acción, pero no puede suplantarla. Miles de frases son incapaces de decir tanto como una acción. En el cuento, la frase justa y necesaria es la que dé paso a la acción, en el estado mayor de pureza que pueda ser compatible con la tarea de expresarla a través de palabras y con la manera peculiar que tenga cada cuentista de usar su propio léxico.” (1962: 32) Un rodeo antes de pasar al hecho-tema único, el cual es, junto a las dos leyes definidas más arriba, una de las tres características esenciales, necesarias, para quien desee dominar la técnica del cuento concebido como lenguaje (=tema), acción (=ritmo y economía lingüística o las palabras indispensables para describir la acción). El resto son los detalles o las variantes combinatorias asociadas a las tres características. Los detalles más importantes confluyen y están subordinadas al hecho-tema único y las dos leyes del cuento. Por ejemplo, la definición del cuento: “un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia.” (1962: 7)
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Si el meollo del suceso o hecho carece de importancia, estamos en presencia de “un cuadro, una escena, una estampa, pero no de un cuento.” (Ibíd.) Según Bosch, “la importancia no quiere decir novedad, caso insólito, acaecimiento singular” (Ibíd.), sino que la importancia radica en que el hecho es de indudable valor humano o humanizado. La técnica es el ritmo y el ritmo es la técnica y esta consiste en “mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión, la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento.” (1962: 10) La técnica exige que si hay descripción, esta debe ser muy breve y debe poner de inmediato al protagonista en acción, física o psicológica (1962: 11) ¿Cómo evitar que el lector se canse o se aburra? Bosch señala que hay que colocar el principio a poca “distancia del meollo mismo del cuento”. (Ibíd.) Al citar a Quiroga, Bosch dice que “un cuento es una flecha disparada hacia un blanco”. (Ibíd.) Lo de la flecha, el aviador o el tigre que nunca se desvían de su objetivo son las metáforas con que Bosch define el cuento como unidad de un hecho-tema único y sus dos leyes ineludibles, todo lo cual significa que hay que saber comenzar y terminar un cuento, integrar al lector, atraparle y no soltarle: “comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, sin una debilidad, sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento.” (1962: 12) De detalle es esconder o no al lector el hecho-tema único, pero el buen cuentista lo hace con sucesos secundarios subordinados a dicho hecho-tema, con palabras o ideas ajenas al hecho tema o “el cuentista esconde el hecho a la atención del lector” (1962: 16) y “lo va sustrayendo frase a frase de la visión de quien lee, pero lo mantiene presente en el fondo de la narración y no lo muestra sino sorpresivamente en las cinco a seis palabras finales del cuento.” (Ibíd.) Para Bosch es menos importante un final sorprendente en el cuento que el “mantener en avance continuo la marcha que lo lleva del punto de partida al hecho que ha escogido como tema.” (Ibíd.) Cuando el cuentista escoge este tipo de técnica de ocultamiento del hecho, a lo cual se prestan todos los temas, tal procedimiento consiste, en quien domina la técnica, en llevar “al lector hacia ese hecho que ha escogido como tema; y que debe llevarlo sin decirle en qué consiste el hecho. En ocasiones resulta útil desviar la atención del lector haciéndole creer, mediante una frase discreta, que el hecho es otro.” (1962: 17) La literatura de enredo, sobre todo en la comedia y el teatro, es especialista en ocultar el hecho-tema, pero en el cuento el desvío no puede ser tan brusco que el lector pierda el interés y se canse o se sienta descaminado y confundido: “El cuento debe ser presentado al lector como un fruto de numerosas cáscaras que van siendo desprendidas a los ojos de un niño goloso.” (Ibíd.) Un hecho tiene varios ángulos, vertientes o perspectivas. Según Bosch, el buen cuentista “tiene que estudiar el hecho para saber cuál de sus ángulos servirá para un cuento.” (1962: 19) El hecho que da el tema deber ser “humano o por lo menos humanizado” y debe responder a valores universales positivos o negativos. (1962: 18) Otro detalle importante, según Bosch, es el que marca la diferencia entre novela y cuento: “en la novela la acción está determinada por los caracteres de sus protagonistas, en el cuento el tema es la acción.” (1962: 21) Esto determina, a juicio de Bosch, que “los personajes de una novela pueden dedicar diez minutos a hablar de un cuadro que no tiene función en la trama de la novela: en el cuento no debe mencionarse siquiera un cuadro si él no es parte importante en el curso de la acción.” (Ibíd.)
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El lector y el tema del cuento están indisolublemente unidos. Son un significante y un significado, el anverso y el reverso de una hoja de papel. Si se corta la hoja, los dos componentes del texto –lector y tema– sufren la misma cortadura: “el lector y el tema tienen un mismo corazón. Se dispara a uno para herir al otro.” (1962: 22) En cuanto a las nociones trabajadas por Bosch en la tercera parte de sus “Apuntes…” (estilo como “el modo, la forma, la manera particular de hacer algo”), su concepto de la lengua como instrumento (1962: 23), su idea acerca del tema y la forma, su unidad indisoluble en música, pero no en la escritura (1962: 25), su creencia de que “en el cuento el tema importa más que en la novela”, son deudoras de la estilística dualista propia de las poéticas aristotélicas y de las cuales jamás saldría bien librado18, salvo en asuntos de intuiciones de escritor como la de que “el cuento es el relato de un hecho, uno solo, y ese hecho –que es el tema– tiene que ser importante, debe tener importancia por sí mismo, no por la manera de presentarlo.” (Ibíd.) El hecho es importante porque debe ser humano o humanizado y tiene categoría universal. El hecho es el tema y el tema es el hecho es un axioma que significa, en el método boschiano, una unidad indisoluble, es decir, una unidad dialéctica. Entendida la dialéctica como la contradicción indefinida, sin posibilidad de solución. b) Visión de cada obra La visión que tengo de los “Apuntes…” y de los cuentos incluidos en este volumen, y el de la crítica de mi generación, así como el juicio es, con respecto a la teoría, que esta será siempre una ayuda indispensable para los que se inician en la escritura del “género” cuento. Por lo menos, del cuento conocido y practicado hasta la época de Juan Bosch, es decir, el llamado cuento tradicional. ¿A qué se llama cuento no tradicional? Al que ha cuestionado los fundamentos esbozados por Poe, Quiroga, Alone, Chéjov y sistematizado por Bosch: el del hecho-tema único que obedece a las dos leyes ineludibles: la fluencia constante y la palabra imprescindible para describir la acción. Todos los cuentos de este volumen responden de manera irrestricta y rigurosa a esas tres características del cuento esbozadas por Bosch y él se aventura, en muchos de estos, luego de dominar el “género”, a navegar o crear todos los ardides y trampas que el buen cuentista avezado lanza al lector para esconderle el hecho y atraparle en su interés. Por supuesto, unos cuentos más que otros responden cabalmente al dominio de la técnica –teoría y práctica en acción– contenida en los “Apuntes…”. Por ejemplo, pienso en “La mancha indeleble”, “La Nochebuena de Encarnación Mendoza”, “El indio Manuel Sicuri”, “El hombre que lloró”, “Luis Pie”, “Los amos”, “Rumbo al puerto de origen”. En la medida en que la forma-tema del cuento se inscribe en el realismo puro, como “Los amos” o “Victoriano Segura”, las estructuras del sistema de los textos boschianos halan el sentido hacia soluciones morales binarias donde triunfa la fuerza del bien y se cumple el rasgo que Nolasco señala como “moraleja sin moral rígida”. En otros, como en “Los amos” no hay, de parte del sujeto de la escritura, condena moral en contra de don Pío, sino que se deja al lector, a quien se le ha presentado la acción, la posibilidad de orientar él mismo el sentido en contra de lo injusto del patrón.
18 Para la crítica y una valoración de las nociones y creencias literarias de Bosch en estos apuntes, véase mi libro Lenguaje y poesía en Santo Domingo en el siglo XX. Santo Domingo: Editora de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1985, pp.198-210.

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Pero aquí habría que escrutar el juicio de un lector que sea finquero y tenga la misma ideología precapitalista y los mismos intereses de don Pío para constatar si el cuento suscita el mismo espíritu de indignación y revuelta que en un proletario campesino o en un pequeño burgués revolucionario. c) Visión de hoy La dimensión nacional del liderato político ejercido por Juan Bosch desde octubre de 1961 hasta su muerte en 2001 opacó, en el ámbito histórico y social, su dimensión de escritor y teórico de la literatura. Dentro de 50 ó 100 años, cuando las pasiones o el fanatismo de quienes él animó desde 1940 hasta la hora de su muerte hayan desaparecido del escenario de la República Dominicana, no es principalmente por su condición de político que Juan Bosch será recordado, sino eternamente por su carrera de escritor, al lado de sus grandes cuentos, su novela La Mañosa y su teoría del cuento. Su magisterio en la política y su efímero paso por el poder merecerán, dentro de 50 ó 100 años, la misma cantidad de páginas que un historiador dedica hoy en un manual de historia dominicana al gobierno de Ulises Francisco Espaillat o en Venezuela al período de Rómulo Gallegos. Los proyectos políticos de los tres intelectuales no cuajaron, no porque estuvieron muy adelantados a su época, como sugeriría cualquier racionalismo historicista, sino debido a los intereses que afectó el simple conocimiento de la catadura ética y moral de los tres presidentes. Lo político tiene un peso extraordinario, en la hora actual, para juzgar a Bosch desde esa tribuna y él mismo impuso ese ucase al declarar, siempre que se presentaba la ocasión, que había decidido abandonar la literatura desde el momento en que abrazó para siempre la política. De modo que en los dos partidos que fundó y que llegaron a ejercer el poder político del país, el primado de lo político ahogó lo literario y esta última práctica fue siempre vista como un complemento instrumental del líder político. Por supuesto, eso mismo ocurrió con Balaguer cuando al contrario de Bosch, que la abrazó para defender ideales en contra del patrimonialismo y el clientelismo, el hombre de Navarrete decidió, para resolver problemas económicos de su familia empobrecida por la crisis de 1922 al 29, abrazar la política al lado de Trujillo y abandonar la literatura. Para Balaguer la literatura fue siempre un adorno instrumental que prestigiaba al político y le daba un aire de intelectual culto. Este mito es una herencia del siglo XIX, sobre todo a partir del romanticismo y luego con el modernismo. La prueba de que este mito no funciona para los escritores de oficio es que allí donde los intelectuales o los escritores han gobernado, han dejado intacto, o lo han reforzado, el patrimonialismo y el clientelismo, las dos plagas que han impedido en Hispanoamérica la fundación de verdaderos Estados nacionales como los surgidos en Europa y América del Norte con los Estados Unidos y Canadá entre el siglo XVIII y el XIX. Tal como veo hoy el valor de las obras literarias de Bosch, es esta situación la que me lleva a considerar que será la literatura la que terminará imponiéndose como el rasgo distintivo de la personalidad de Juan Bosch. Sus obras teóricas, hijas del contexto y la cultura de su época, caducarán cuando las condiciones sociales que denunció hayan desaparecido. En cambio, sus grandes cuentos de valor literario hablarán por él eternamente.
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No. 12

No. 13

el cuento en santo domingo
selección antológica
–Tomos I y II–

sócrates nolasco

1 Tomo I Noticias Preliminares En la página final del 2º tomo. Aquel modelo de “cuento universal”. donde lo leerían muy pocos o no se le conocía. Pero si alguno de nuestros hombres de letra. En El Conde Lucanor vino además el cuento correcto. No parece reacción de pensamiento llegar a la conclusión de que no era indispensable esperar a que en Francia fructificara la escuela naturalista para que aprendiéramos a fijar en el marco del cuento artístico lo esencial de la vida circunstante. carecemos de testimonio. facilitando su lectura entre nosotros la colección traducida por el francófilo Enrique Gómez Carrillo. se puso de moda. ofrecía la picaresca. y no fue raro que a fines del siglo XIX el lector dominicano. o folklórico. Pero el cuento francés moderno. cuando los mismos peninsulares. Importadas sus obras y entregadas a la comprensión de un medio social todavía precario. durante años aparecimos siendo de los rezagados en el cultivo de una expresión artística tan interesante. y antes que el romance. escogidos con exigente y depurado gusto en 1890 por don Antonio Paz y Meliá. familiar y repetido para entretenimiento en las veladas nocturnas. la décima y la copla.1 La aparición del cuento moderno fue en América un fenómeno tardío y de expresión vacilante. 37 . se incluye un ejemplar de Cuento de Camino. Modelos sobresalientes para el estudio y la pintura de tipos. tan pronto se formaron nuestras ciudades abandonó el vecindario urbano. se entretuvo en un género que pasó a ser por mucho tiempo desestimado. Ningún lector ignora que el señorío de las artes y su irradiante influjo. fácilmente traslaticio. y a pesar de Santo Domingo ser primero entre las sociedades del Nuevo Mundo. ni tienen patria ni residencia fijas: son veleidosos y las naciones alternan en la principalía. de pronto no parece que estábamos preparados para aprovechar su incitación a fijar en dimensiones breves el calor humano y los rasgos distintivos. y siguiendo los ejemplos del precavido y atildado don Juan Manuel. pertenecientes a los siglos anteriores al XIX. menos podía surtir efecto en el continente americano y en Santo Domingo. las Antillas pudieron producir cuentistas siglos antes de que el cuento y la leyenda se imprimieran en los países del continente americano. que lejos de restar interés universalizan. locales. en donde lo conservaron sin esenciales alteraciones. de espaldas al caudal propio. se refugió entre aldeanos logrando perdurar con variantes adquiridas. Autores y lectores cambian de gusto. Si el florilegio de cuentos clásicos españoles. de Cervantes. ni juego descriptivo de una realidad impresionante.aparición y evolución del cuento en santo domingo Cuando la cultura medieval se iluminaba con los albores del renacimiento embarcó en España y llegó el cuento antiguo a Santo Domingo. no bastó para detener a los noveleros de allá. esquema o trasunto de aspectos de una sociedad de viejo refinamiento. y para entenderlo así bastaba con fijarse en Rinconete y Cortadillo. sin sitio determinado ni sabor regional. de enseñanza y moraleja sin moral rígida. Alfonse Daudet y Guy de Maupassant acabaron siendo los favoritos. no continuara viendo el cuento español como arquetipo del género. vástago desprendido del solar materno y sin frecuentes relaciones. y bautizado con el pintoresco apelativo de cuento de camino. pasaban a ser imitadores de los franceses.

Esteban Buñols. con los primores de forma. y que por la misma pulcritud del apurado estilo en vez de animar trataban el posible impulso. Amelia Francasci. observadores de un mundo remoto y desconocido. A pesar de sus defectos abundantes. a las cualidades exigentes del cuentista. Rafael Justino Castillo. Rafael O. numerosos y afectados. El segundo. los dominicanos le deben agradecer a López que en El General Fico se asomara a ver una fisonomía. la carencia de realidad del personaje único y el olvido de lugar y ambiente. leídos con el respeto debido. Antón Chéjov. comerciantes. La primera. Rafael Deligne. A continuación de Maupassant y Daudet vinieron obras de León Tolstoy. Fabio F. José Ramón López. notarios. maestros que se entretenían y regodeaban jugando con el matiz. tendió un puente entre el cuento moderno y el antiguo.. etc. Acaso la facilidad adquirida en el ejercicio del periodismo se sobrepusiera. de lo criollo. como enemiga. aunque con desenfado notorio olvidó a menudo la corrección conveniente. su esfuerzo más apreciable: trazó con brío y le dio realidad local a un rústico mandatario de carne y hueso. etc. Con regocijada ligereza confundió más de una vez la anécdota con el cuento y no se percibe a simple vista si al contar consiguió todo lo que se propuso. Asombra que sin vocación ni necesidad tantas personas honorables se dieran a producir tan pobres frutos. José R. a quien hizo al fin morir en improvisada forma. Luis Garrido. Del conjunto de sus Cuentos Puertoplateños no están ausentes los rasgos característicos y la naturalidad y gracia corrientes. Luisa O. Fiallo. culta relatora de sobrio. Galván. E. “laureado en certamen con accésit al primer premio de prosa”. afirman. 2 “Cuentistas” y asiduos colaboradores de La Revista Ilustrada fueron Alberto Arredondo Miura. si interesara. Peynado. miró hacia adentro tratando de enfocar lo genuinamente nuestro. aunque dispersos en diferentes unidades. Todavía hoy. la tentativa podría aceptarse siquiera como cuento antiguo. en su tiempo intacta. y abundaron otros de significación menor. Al escribir El General Fico realizó José Ramón López. Augusto Franco Bidó. igual que varios autores antiguos no creyó que la originalidad era virtud y a ratos se sintió heredero de don Juan Manuel. A pesar de la acción flaca. López. ocasionalmente don Federico Henríquez y Carvajal. Luis A. ¿Quiénes y cuándo le dieron realidad precisa al cuento en la República Dominicana? Los cuentistas que sobresalieron a fines del siglo XIX y a principio del XX fueron Virginia Elena Ortea. Amalia Freites. Que el autor fue un buen periodista. Jacinto B. compitiendo por ser cuentistas llenaban La Revista Ilustrada de Miguel Ángel Garrido2 –1898-1900– creyendo seguir el dechado de Francia. Abogados. Castillo. en su más acabada producción personificó el mito heleno de Perséfone (Los Diamantes de Plutón) y sin determinar sitio ni tiempo. Rafael J. Prud’Homme. Pararon de repente sorprendidos por los cuentos de dos maestros del modernismo: Manuel Díaz Rodríguez y Rubén Darío.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Los críticos no han tenido oportunidad de decir que aquel modelo exótico produjo en nuestro país engendros endebles. Ulises Heureaux hijo. claro y animado estilo. Pero es oportuno reconocer que con José Ramón López la literatura cuentística se inclinó hacia las costumbres campesinas nuestras. Máximo Gorki. así como En Tu Glorieta (primer premio de certamen celebrado el 27 de febrero de 1899) sigue siendo la personalidad de la escritora. Pellerano. Federico García Godoy. 38 . y burlando la guardarraya entre lo suyo y lo ajeno. Jacinto de Castro. Andrés Freites. honestas señoritas y señoras. Bermúdez. los cuentos de Darío y Díaz Rodríguez pierden la gracia de productos de escritorio. Lo más importante de ese ejemplar. De su producción literaria suelen encomiar El Loco. que aparece en todos los propósitos de selección antológica realizados hasta la Colección Trujillo. Leónidas Andreyev.

El último Quijote combate por cerrar la independencia del Nuevo Mundo. porque fuera ante todo hombre de armas y no vislumbrara la importancia que el cuento alcanzaría en su patria después de cincuenta y ocho años de haber escrito. apuntó en Cuba irónicamente: —¡Y el viejo tuvo coqueteos literarios!… Fíjense: con menos desagrado hubiese tolerado él que le criticaran su estrategia que los frutos de su pluma”. de orgulloso abolengo dominicano. Fiallo fue amigo personal de Díaz Rodríguez y Rubén Darío. Sorprenderá que en el presente volumen figure Máximo Gómez entre escritores con un cuento legendario. ocupará Máximo Gómez el sitial de escritor que le corresponde. El crítico Juan Jerez Villarreal. Fabio Federico Fiallo se evadía de la realidad presente para darle vuelo a su imaginación de poeta lírico a la hora de escribir cuentos. A uno de los que primero se atrevieron a mirar sin desdén esa forma literaria. en humanísimo señor endurecido en sucesivas guerras. Abarca y pondera la suma de sacrificios a raíz de Martí y Maceo morir y. vagos. El publicista Manuel de Jesús Troncoso de la Concha puso a un lado momentáneamente la leyenda. totalmente desconocida de él y de los demás dominicanos. prueba que en cualquiera modalidad se logran triunfos. cultivada por él con pericia y jovial espíritu. pero se mantuvo romántico y libre del avasallamiento de ambos. Encarna en Cristóbal Colón el afán de los descubridores. Conoció sus cuentos. que autoriza la Colección Pensamiento Dominicano. como premio. El viejo posó ahí la garra y marcó su huella. pero nunca en Santo Domingo. Pero tratar de Gómez escritor ahora es salirse del marco destinado sólo a las noticias y apuntes que anteceden a la evolución del cuento en Santo Domingo. aunque no desdeñó el género. En su pésame a María Cabrales late tan profunda angustia que su lectura emocionará mientras el dolor exista. la mano fatigada se le cae sobre la pluma. Difundió sobre esta obra un hálito de simpatía tan sugestiva que hará siempre agradable su lectura. Cuando los críticos dominicanos rescaten nuestros valores literarios que ruedan dispersos en tierra ajena. Escudriña. cuando se tiene el don de escritor que era natural en Fiallo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Preciso y cuidadoso de las dimensiones. para concurrir en 1909 a un certamen 39 . El Príncipe del Mar. se entretuvo en él sólo en momentos circunstanciales. quizás. cuento de fantasía delicadísima. ensombrecido por el vaticinio de “la posible ingratitud de los hombres”. para. la saña y los trabajos imponderables de los exploradores y conquistadores y finalmente de los libertadores. no se le debe excluir de una recopilación intentada sin rigor de florilegio. beneficiarios extraños y de hostilidad disimulada. ¡Y qué coqueteos! La descripción de la Batalla de Mal Tiempo no ha sido superada en la épica antillana. ¿Capricho? Oleaje de pesimismo. Su relato de las andanzas y muerte de José Maceo tiene más valor de vida y emociona más que una de las Vidas Paralelas de Plutarco. del guerrero mandón la osadía con que Simón Bolívar dialoga todavía con el dios de Colombia sobre el Chimborazo. elegante y casi siempre correcto en el estilo. A uno de los más interesantes por el feliz desarrollo le encontró escenario en la Rusia de los Zares. en resumen. Del moribundo romanticismo puso lo desmesurado y el escrutar mirando atrás. El Sueño del Guerrero es página de campamento bosquejada en tregua nocturna (1898). Discurre la acción de otros en ámbitos indeterminados. Seis cuentos en tan largo tiempo dan testimonio suficiente para convencer de que el venerado maestro y periodista. Fabio F. Don Federico Henríquez y Carvajal escribió seis cuentos en veinte y nueve años: en 1895 Un Rey Destronado y Dualidad de Amor en 1924.

periodista. cuento de atisbos psicológicos. resaltan y para siempre jamás serán testimonio cierto de cómo fueron aquellos bosques vírgenes y terrenos exuberantes hoy convertidos en potreros y cañaverales. Puntualizó el momento definitivo en que se deja atrás la creación carente de realidad humana. Enrique A. viven. pero sobre todo. Del mismo tiempo es Manuel Florentino Cestero. de viejo escrito. lo desprendió y puso a vivir aparte. Quizás si aquella medalla de oro convenció al joven escritor de que la literatura es menos generosa que la política. ganado por el segundo. Todas sus grandes cualidades de escritor están palpitando en el ejemplar admirable que se inserta en la recopilación presente. Aunque su cuento El Tesoro de Moncada es más interesante por el enredo y el estilo vivaz. perspicaz y certero. palpitan. autor de Cuentos a Lila. El triunfo le sirvió de estribo para escalar posiciones en “la cosa pública”. Furcy Pichardo alcanzó otro galardón con asunto igual. García Godoy no tuvo un capricho sin precedentes: igual que él procedió Cervantes enriqueciendo Don Quijote de la Mancha y Persiles y Segismunda. El veterano ensayista y crítico Federico García Godoy escribió Carmelita y Sor Clara en 1898 y 1899. en Guanuma –”episodio nacional”– intercaló un cuento que es joya de primer orden. confirma el cuento nacional la propia fisonomía. Henríquez y Rafael Vidal y Torres mantuvieron en certámenes las características y el realce adquiridos por el cuento moderno. y en la antiquísima Ciropedia injertó Xenofonte aquella Pentea que. en que el autor redime a un seguidor del Gral. y con un relato de ardiente nacionalismo. Nino. Pedro Santana en los azares de “la anexión” o eclipse de la soberanía dominicana. En el feliz ensayo. con Margarita. otro primer premio. el insuperable don descriptivo. volumen publicado en 1912 por José María Pichardo. que es acertada caracterización de un tipo de mujer capitaleña a quien el crecimiento de la ciudad y la multiplicación de las familias ricas descartaron de las costumbres y relegaron a la memoria de algunos sobrevivientes. se evidencian en su autor cualidades literarias postergadas desde entonces. de nacionalismo auténtico.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS y ganar el primer premio con Una Decepción. Díaz (1910) Dos veces Capitán. había intentado realizar la novela corta. Con Pan de Flor. Por fin en 1914. o completamente desvanecidas. y las buenas letras trocaron al escritor por un político alerta. El periodista y novelista Rafael Damirón incluyó en sus Estampas volanderas (1938) un cuento. 40 . El periodista Antonio Hoepelman vuelve la mirada atrás y refresca anécdotas y episodios insuflándoles vida y valor artístico. y por lo que en las letras dominicanas significa como trasunto de la vida colonial. y en 1921 publicó Manuel Patín Maceo sus cuentos intitulados Serpentinas. El crítico Joaquín Balaguer. conflictivos. desvinculada de la obra histórica. se reproduce de tiempo en tiempo conservando vida fresca e imperecedera. Con medalla de oro le premiarona a Gustavo A. la embriaguez amorosa de los sentidos ante los panoramas y la maestría del narrador. A continuación el poeta J. Por aquel triunfo figura como uno de los primeros cultores del cuento moderno en la República Dominicana. con Tindito (historia de un toro joven) premiado al primero en certamen de 1916. y ya en 1888. Nuestro don Federico García Godoy fue superior cuentista en capítulos de sus “episodios nacionales” que en sus cuentos de juventud. aunque el fondo histórico del motivo hace olvidar el ambiente de la manigua. No parece que Balaguer haya tenido la intención de agrupar en su Historia de la Literatura Dominicana a aquel veterano del periodismo entre los escritores que califica como pertenecientes a la Era de Trujillo. se le da ahora preferencia a Nobleza Antillana por el escenario y el motivo de sabor histórico.

deteniéndose a meditar al término de cada cuadro. Con regocijado humor individualizó y animó en 1930 el sentimiento religioso del dominicano “común” en un azuano que anda por ahí desempeñando el oficio de músico de oído y viviendo de lo que Dios depare… Canta. mata porque matar le parece prudente y adecuado. periodista. sin que en ningún momento sienta que se le ha ensuciado el alma. cuando no se extasía ante las bellezas parciales levantadas con señorío por el concepto ponderado y el adjetivo exacto. y Miguel Ángel Monclús: autor de ensayos sobre el viejo caudillismo. pero ningún adulto de elevación moral terminará de leer La Eracra de Oro sin internos sacudimientos. pero en verdad se sobreentiende que Ligio Vizardi es cuentista que no ejercita con franqueza su vocación. peca. seguramente. de endeble civilización. Prepara y aceita una carabina y. elegante y evocador. de un Caleidoscopio de Haití loado en el extranjero. el rigor depurador de la idea y el castigo de la frase resaltan en sucesivos cuentos intercalados. Preocupado por su existir presente. Con esta fisonomía encantará a los niños. Aquel Hospital lleno de vidas en orto y ya lesionadas. En el grupo figura Julín Varona (Julio Acosta hijo). o para niños. La indigenista Virginia de Peña de Bordas. por la fértil imaginación. ensayista. bruñido y sugeridor. hijos de pura emoción estética. No en el estilo. A la autora le interesó el tema indígena en aspectos diversos y solía apuntar con disimulo que aquella familia rudimentaria. visión panorámica de las islas del Caribe. de la novela Cachón y de numerosos cuentos (Estampas Criollas). El lector se olvida de la concepción vasta. Pero. de ruta. poeta. sin él incurrir en gasto… después que lo socorra la muerte. se distingue sobre todo en el cuento de niño. Atraído por una tentación del arte los enhebró en novela itineraria. ¡Feliz el que sabe escribir cuentos así! Y llegan por fin los cuentistas de los últimos veinte y siete años. costumbrista y cuentista. Apunta el caso único en América. rama literaria que ningún dominicano ha sabido explotar como ella. reza. sintiendo fresca y aligerada la conciencia. biógrafo. ¿Cuáles son los cuentistas sobresalientes que han llegado a la plenitud de sus facultades a partir de 1930? Anticipos admirables son Ramón Emilio Jiménez. Que Tamayo fue implacable y duro defendiendo a los de su 41 . que arroba. y pocos sabrían exponer la ansiedad que sus problemas suscitan en prosa tan comedida y clara.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Del mismo tiempo es el incatalogable y desconcertante Otilio Vigil Díaz. seguro de que ella lo protegió durante la acción sangrienta y ahora lo cubre bajo su ancho manto florecido de piedad. celebrado autor de Orégano (1949). estremece de entrañable misericordia. por si acaso… promete ir de romero a Higüey. arrodillarse en el templo ante la imagen de la Virgen de la Altagracia. ni en el cuidadoso estudio de los motivos autóctonos enriquecidos de leyendas: la virtud superior de esta cuentista se transparenta en un don de ternura maternal. autora de la novela Toeya y de cuentos y novelas cortas. abre signos interrogantes a lo porvenir y nadie conseguirá cerrarlos sin perplejidad del ánimo. El sentimiento de simpatía. En Archipiélago (1947). Ligio Vizardi señala con emoción reprimida la dispersión de diez y nueve millones de seres humanos. era fácil de absorberse por la española mediante la devoción a Jesucristo. sin necesidad de recurrir al sistemático y devastador imperio de la fuerza puesto en ejecución por Fray Nicolás de Ovando y sus imitadores. la ductilidad del estilo vigoroso y su encanto de narradora natural. para después. quien también ha completado su destreza de escritor durante los últimos lustros. autor de un volumen de cuentos muy bien escritos que guarda con celo para que lo publiquen.

sin trucos. En la prosa de Hernández Franco se suceden las sorpresas desbordadas en rasgos bellos y desorbitados. Y Miguel Ángel Jiménez. el colorido y movimiento de muchedumbres. Al sorprendente Ramón Marrero Aristy. como dijo el viejo Hugo. “Tierra para llamarla mía… Patrimonio sin código con fronteras de Dios… Agrimensura de génesis en palabra de varón sin pecado por haber pecado mucho”. quizás si varios giros de aquel cuento egipcio (La Historia del Náufrago) del Imperio Medio de los Faraones. Con sus dos libros obtuvo dos ruidosos triunfos. Revestir la imagen y las ideas de esa o de otra manera. la sutileza y un espolvoreo de fino humor. que en los corazones de allá nunca se pierde. descriptor seguro. Del mismo ciclo es Tomás Hernández Franco. Flor del indigenismo. que la de ese cuadro. autor de la novela Over y de Balsié (libro de cuentos publicado en 1938) lo estampó en los días de su aparición un eminente crítico de hispanoamérica con sólo dos adjetivos: ignorante genial. Al escribir esa pequeña obra maestra Jiménez se empinó hasta alcanzar insospechada eminencia. ¿Qué es lo que ha sido? Lo mismo que será… En el retorno eterno. cuando se escribe con talento a nadie debe asustar. Sumada como ilustración al lugar que hoy lleva el nombre de Tamayo. Daba entonces la impresión de ser un guerrillero de las letras. comparables en el acierto de ejecución a La Conga se va. él es también el niño de la batata. cuando de súbito torció el rumbo y se dio entero al mundo de la política. Iba gradualmente cultivando el espíritu y ganando experiencia literaria. 42 . sin maestro. Manso no era. creación particularísima de un caballo loco sobre el cual pasa el jinete “asombrado por el poderío inédito que siente agigantarse bajo las rodillas”. refirieron y se repite. Está en el paisaje y en cada hombre y mujer que pinta y. fueran ya retazos de un traje viejo de nuestro joven impresionismo. El que estas líneas escribe es natural de la provincia Barahona y no conoce en las letras dominicanas copia más genuina de los campesinos de la región. que apunta el Eclesiastés. evidentemente. para producir el estremecimiento nuevo. si acaso le falta algo es un atisbo de la imponente belleza del Bahoruco y el vislumbre de esperanza. de preciso equilibrio mental. autor de varios cuentos premiados y cuya creación –Mi Traje Nuevo– puede parangonarse por la concepción curiosa.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS raza. Virginia de Peña lo limpia al presentarlo en edad adolescente. con particular lectura y a fuerza de tropezones. ni el que escribe saturado de vida rural: es un campesino más que tiene el don maravilloso de trasmutarse en cada uno de los personajes. dos de sus cuentos: Balsié y Mujeres. autocrítico. sin ñoñería reviste a aquel voluntarioso brote de hombre con atributos latentes que en los días de prueba levantaron hasta el heroísmo al guerrero irreductible. cuya culebra vuelve ahora a formar el círculo por verse otra vez la cola. poeta. En Mujeres Marrero no es el observador urbano que va con su libreta al campo a examinar y tomar apuntes para luego escribir. Comprueban la facultad extraordinaria que tiene para revelar al campesino hasta en los más íntimos repliegues y en los menores detalles. es La Eracra de Oro. “Bolas de equilibrio sobre las pértigas las gallinas recontaban las plumas de sus alas sin vuelo”. y de elegante y esmerada prosa. con ejemplares de Antón Chéjov. En un volumen (Cibao) insertó cinco cuentos y un relato: Deleite. más que el tributo debido es la resurrección: la resurrección que perpetúa a una gran figura defensora en América del derecho a ser libre. También pertenece a este período el cuentista José Rijo: cauteloso. la realización cabal. de Max Henríquez Ureña: cuento cumbre del realismo por la vitalidad. prosista brillante y relator bullente y salpicado de imágenes y giros impresionistas.

43 . que aísla. a Prestol Castillo se le convierte en caso dramático. o el nervio poderoso del escritor. Hoy se imagina que no le basta ser así no más. se adquiere frecuentemente por diligencia personal o aupado por propaganda de amigos. a la carrera y en gran escala está remediándose. retoca. lima. contando con ojos anchos de azoro cómo pasaron en el Este de la República los pequeños labrantíos y las parcelas de bosques vírgenes. La modestia es virtud literaria que no abrillanta ni después de la muerte. Al disconforme las intenciones. Sabe crear. el renombre.3 A continuación se distingue Freddy Prestol Castillo. ricos de ocurrencias oportunas. así como los de Rijo. que asoma en paisajes bien descritos y pasa de escotero. del ignaro entorpecido por la superstición al latifundio del extranjero ausente. de exuberancia vital y artista verdadero. en Chile. En otro de los mejores cuentos de Caro (Chano) el personaje principal discurre sombrío y amargo como algunos tipos de Gorki. En cuento emocionante y breve (Cielo Negro) sugiere Néstor Caro problemas de los trabajadores en cañaverales del Este de la República. Manuel del Cabral anda con su patria adentro. y de pronto el lector no sabe si admirar más la reducida exposición del drama contenido en cuadro tan limitado. En el más reciente (Guanuma) el misterio va rodeándolo todo gradualmente y el interés crece en un cuadro cuyo asunto central es la superstición de rústicos que cuchichean acerca de un jinete de vivir dudoso. y del Cabral es el cibaeño. En otra forma. desde antes de convertirse en ideas claras. Contín Aybar. en España y otra vez en la Argentina. Sus cuentos. afortunadamente. A simple vista se diría que al dejar el camino real por la vereda Dios no le 3 El crítico Pedro R. publicó en El Caribe un juicio nutrido de acertadas observaciones sobre Tomás Hernández Franco y su obra. por su cultura y cualidades sobresalientes se distingue Hilma Contreras. representativo en legaciones distantes: en la Argentina. El mal que Francisco Moscoso Puello expuso con criterio de sociólogo. Néstor Caro es un escritor económico de frases. Sus cuentos merecen que un dramaturgo los amplíe. Quien tenga la suerte de leer sus cuentos. están dispersos en los periódicos diarios: ¡infeliz manera de sostener la nombradía merecida! Entre los cuentistas jóvenes. le trabajan y punzan iguales que tumores en cuerpo dolorido. siempre solitario. No importa que a la vez sea poeta de virtudes universales: en él todo se entremezcla y se le vuelve Compadre Mon. en cuento dramático. le bastaría Deleite para mantener vivo su nombre. El cibaeño es un dominicano que difícilmente se desvincula de la república. Pero suele suceder que en el convencimiento del valer propio haya un grado de soberbia. Sus personajes viven naturalmente. preñados de problemas. elimina. que se rebela. la belleza formal o la recóndita simpatía a los explotados. La reputación. se plantea el drama apuntado por Prestol Castillo que. y muchas veces valores de superior calidad quedan limitados en estrecho círculo. escenifique y lleve al teatro. y extiende la mirada al cuento con pretensión de revolucionarlo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I A Tomás Hernández Franco. Autónomo cibaeño. comprenderá que la autora de La Virgen del Aljibe no necesita voces de estímulo ni adjetivos de ponderaciones. tiene conciencia de la importancia que ha adquirido el cuento y con pulso firme desde las primeras líneas agarra y subordina la atención del lector con interés que se mantiene encendido hasta el final. Ceñido a lo que juzga indispensable. cruzando océanos y en Tierra Firme. pero ni se amanera ni aminora la amplitud e intensidad del sentimiento decididamente trágico. Es artista. si no figurara ya entre los buenos escritores dominicanos. en el Perú.

cuento-parábola constreñido en sólo una página y escrito con sobriedad. irrumpen los abundantes de promesas: los nuevos. Y ahora. se corporiza y se le escapa huyendo. le había salido a Cabral de un desdoblamiento de las ideas. ¿Los demás?… Ganímedes sirviéndole a Zeus “el divinal licor” en copa de bronce. sentimiento que es suma de fuerza y valores para la patria. que le perturba. asomó en él un bromista macabro. revuelto. Mañana llegará. en riesgoso pretil bailan un carabiné y son capaces de contagiar al lector que los analice. lo alcanza a ver y reconoce que es verdad que “aquello” ha adquirido vida independiente. hasta en el de apariencia inofensiva se disimula un iconoclasta. a excepción de El Pata de Palo. no se columbra ni el más lejano peligro de que se pierda. Ellos se lo permiten. El autor medita sobre el fenómeno y luego se va detrás apuntando silenciosas interrogaciones. alabada en el país y reproducida con elogios en una revista extranjera. que ningún pueblo ha conseguido: porque en el comercio espiritual las creaciones artísticas trascienden y repercuten por remotas que parezcan y en similares circunstancias suelen dar parecidos frutos. le obsede impulsado por “idea-fuerza” que de repente salta del cráneo. Puede afirmarse sin jactancia que el cuento criollo fue ascendiendo hasta encontrar madurez desde que 44 . igualmente. Almas. Entre los cuentos de Cabral que mejor caracterizan esa fisonomía figura Odorico. crece. ¿Cuenta para asustar. Descuellan varios y entre ellos Ramón Lacay Polanco alzando el brazo y enseñando su enamorada Bruja. Impetuosos y ávidos de sustituciones. como Edgar Poe: es abstemio. Con menos de lo que a del Cabral está aleteándole en el cerebro le bastó a Maupassant para enloquecer y a Horacio Quiroga para acudir al suicidio. intrigado. aunque Yepe y otras diferentes representaciones de la locura le superen por la forma literaria. para ellos también. otro que le iguale en interés y extravagancia. que desvirtúan. experimentando el placer elevadísimo de sentirse compañeros. Lunáticos numerosos. Señales hay. avanzan con su carga de promesas que se cumplirán si trabajan más los motivos y no se engríen con los parabienes. ¡El primero!… que entre intelectuales nadie se satisface en Santo Domingo sin ser el primero. interviene en la conversación. Y siendo del Cabral un gran poeta. Reclaman el sitial que les corresponde: el primero… En un grupo de escritores mozos. No conozco en castellano.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS indica el rumbo. Se llama Odorico… Lo encuentra hablando con otro ser que. sequedad y sencillez dignas de un sabio. anunciando el día en que los escritores dominicanos aprenderán a entusiasmarse con la obra ajena. pero desde que en uno de sus poemas se vio de cuerpo presente. en el restaurante cercano o en la plazoleta. seres y cosas llenan el mundo con el fin único de servirle de escenario. El instinto y la razón dialogan y dicen razones tan extrañas que el padre de las criaturas. Penetra en la subconciencia y hurga hasta encontrar el asunto extravagante. pero los poetas guardan en la convicción de la grandeza propia talismán preservativo. empinándose arriba. por divertirse. ¿Qué autor extranjero ejerció influjo en nuestros cuentistas? Flor de entelequia es la originalidad absoluta. En la calle. últimos en el tiempo. como entre estudiantes de término. asistiendo a sus propios funerales y oyendo lo que opinaban del difunto. Pero su hallazgo extraordinario es El Centavo. el convencimiento de que aspirar a sustituir y ser el primero contrae el deber de estudiar y crear. no obstante. o procura encontrarle al cuento fases nuevas? Cuenta. Pero… En 30 Parábolas y 12 cuentos lanza un libro que sobresalta como una casa de orates. de José Espronceda. espectáculo y divertimiento. El autor no es un alcohólico.

El sano y jovial acento de un Manuel de Jesús Troncoso de la Concha. entendiendo que el cuento en nuestro país ha alcanzado su plenitud durante la Era de Trujillo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I el dominicano miró hacía adentro y comprendió lo suyo. con excepciones muy respetables. Responde a estas observaciones la recopilación que se entrega al público sin la severidad que requieren los florilegios. Librería Dominicana. hasta mantener libres sus persistentes características y los matices diferenciales adquiridos al través de los sucesivos eclipses de su fortuna. Pronto daremos a la publicidad otro volumen en el cual tendrán cabida autores de no menor calidad y reputación que los comprendidos en el presente. Labor ardua. en donde el cuento ha venido apareciendo con intermitencias y disperso en periódicos distintos y en fechas diversas. Entre las provincias hispánicas del Nuevo Mundo ninguna ha corrido tantos azares. Fuimos un pueblo sin temprana risa. Y como el nativo no es trabajador tenaz. 45 . que implican selección obtenida mediante examen comparativo de los ejemplares de cada autor. y que a menudo aparezca en su producción la nota sombría. como la dominicana. Es natural que los superficiales y los imitadores no abunden en una familia así. realiza ahora un nuevo aporte como entusiasta colaboradora en la obra del desarrollo cultural que le imprime sin desmayo a la república de las letras el Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva. cuando la sonrisa asoma en obras ingeniosísimas y del más fino humor –El Tren no Expreso – Mi Traje Nuevo– es florescencia equívoca de un viejo padecimiento con que el autor se ha connaturalizado. es caso raro. en la poesía y en el cuento encuentra el molde para su expresión más adecuada: no en la novela. que obliga a prolongado esfuerzo. y ahora. o del Ramón Emilio Jiménez de Al Amor del Bohío.

¡Ladronasso! ¡La Virgen te pudra er caco con tu careta de puerco! Y le contestó el bandido: —Epérame ahí. fundas de tostones de plátano y rosquetes de catibía. blancas panelas de dulce de leche. cruzó las poblaciones sin acordarse de los cartuchos. además del acostumbrado traje de penitente. antes de entrar en la zona peligrosa. Tenía puesto un antifaz de cuero negro de puerco y avanzó contra Ismenio con un machete desenvainado. *Julio Acosta hijo (Julín Varona). a los tres días de caminata ya había vaciado dos de sus tres canecas de aguardiente. siempre improvisaba alguna copla plañidera diciendo que iba a morir sin cumplir con la Milagrosa por faltarle aquella carabina. Por fin compadeció al cantor el jefe de un baile de enramada. ésta se metió en una espesura selvática tras de haber pasado. le salió repentinamente al encuentro el salteador que tanto temiera. Cuando creyó que había salvado la pelleja. voceándole —¡Alto! Pero el vale romero se desmontó de su mulita. por entre espinosas cercas de mayas. en un par de muletitas de plata. pero sin un solo cartucho. sin acompañante para no dividir su macuto de comida. mientras vadeaba una cañada. galletas de huevo. Autor de un volumen de cuentos inéditos. 46 . con la rapidez de un hurón. ¡Párate y no juigas! Pero cuando el salteador volvió sobre su víctima. entre Bayaguana y Hato Mayor. (pantalones y saco de áspera coleta). Animado en todo el camino por el contenido de sus canecas. 1888)* A mí no me apunta nadie con carabina vacía El cantor vale Ismenio hacía cuarenta años o más que debía una promesa y no había podido cumplirla porque en aquellos tiempos se contaban hazañas de bandoleros y para viajar desde Las Charcas hasta Higüey tenía el romero que portar una carabina de las que se cargaban con cartuchos de pistón y llamaban chisperos. Yo no quiero las polquerías de tus árganas! Pero no te me bas a dir con tu carabina. En las repletas árganas de su aparejo llevaba cecinas de chivo. le dio el frente para desahogarse vomitando insultos que llenaron el monte circundante de resonancias de las enérgicas “erres” y “eses” de la pronunciación sureña. quien le prestó un chispero en buen estado de uso. si yo hubiera tenío mi cachafú carrgao. Cabalgando en una mulita sanjuanera. ex-voto que llevaba colgado del cuello para ofrendarlo ante el altar del santuario y cumplir así la promesa que había hecho cuando era vagabundo mujeriego y estuvo a punto de quedar tullido a causa de un mal paso entre “ellas”. maihablao. por donde. y dándole la espalda al enmascarado. botellas de melado. café en polvo y calabazas y morritos para colarlo. –se decía entonces– merodeaban los salteadores y no dejaban con sus alforjas a los romeros mal armados. hijo de la gran puta. no hubiera sido tú quien me sarrteaba. Pero el tesoro de su peregrinación consistía. a la carrera se puso lejos de su alcance. Ismenio era muy pobre. Por este olvido se encontró indefenso cuando al oscurecer de una tarde. Esperaba apertrecharse. Al día siguiente partió de Las Charcas el bale Ismenio con su peregrinación hacia el lejano santuario de la Virgen de la Altagracia. mendigando los cartuchos en los pueblos de su ruta. raspaduras. Periodista. Voceó el asaltado: —Mira. y como vivía cantando mangulinas en las fiestas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS julio acosta hijo (Julín Varona) (N.

y lo llevaba ahora en un bolsillo de su ropa como medida de precaución.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Entonces su perseguidor. el huésped supo muy poco de los parcos moradores del bohío. hasta que se apagó la luz de un candil. según les dijo. el hombre de la casa. En cuanto a los perros presentes durante la plática. Pero la oveja escondida. Veló en la oscuridad y el silencio de la noche como gato desconfiado. pero en cuantico llegue a Higüey la mando a arreglar. que saliera del monte y viniera al camino para que hablaran como buenos amigos y comprarle su carabina. hijos y nietos. y si usté no desea benderla. —¿Y con qué alfoja ba a seguir caminando? —Le pediré limosna a los romeros cuando nos pechemo. —Béala en sus manos. desde ellas habló con mucha dulzura en el tono de su voz. y los retoños de esta pareja todos meneaban el rabo cuando los llamaban Saticos. Andando un poco más. y entre otros pormenores de su vida. entonces benga a mi casa que allá le podré dar cartuchos de una cartuchera que tengo llenesita. no respondió ni se dejó ver del taimado zorro. El hombre dijo llamarse Benseslao. —Yo creía que con lo que le ha pasao. los cuales no tenían nombre porque todavía estaban sin bautizar. su mujer Sinforosa. su compañera Garrapata Sata. Al paladear esa bebida el bale azuano recordó. Por su parte. —¿Y está descompuesta? –preguntó el hombre de la casa. La conversación se prolongó entrando los tres participantes en la intimidad de los informes biográficos. viejo santo. aunque había tenido incontables mujeres. que por poco no lo cuenta. Había entrado la noche cuando el vale Ismenio salía del bosque donde estuvo desorientado. Entonces supieron ellos que el huésped se llamaba Ismenio de Jesús. —Yo le juro que se la quiero comprá legalmente. que nunca se había casado. la encontró en un bohío de aislados moradores de aquellos contornos casi despolvados. Dijo a Ismenio que todo había sido una broma para asustarlo. uno se llamaba Sato Viejo. Sé que andando a pie llegaré con los pieses como mameyes de hinchaos y no me verá con la “ropa de promesa” que me han robado. No más le farta el martillo. Destornillándolo. —Yo me encomendé a la Virgen y bajo su amparo hasta su artar no paro. su mujer e Ismenio se bebieron una botella de ron misteriosamente sacada de algún escondite. en busca de posada para pernoctar. escudriñando con la vista el arma del huésped y expresando pena en la pregunta. A ellos contó lo que una hora antes le había pasado por viajar “con este chispero que no tira”. deteniéndose ante las mayas. Dios Todopoderoso siempre ayuda. Finalmente se dieron las buenas-noches para entregarse al sueño y el huésped subió a dormir en una alta barbacoa bajo el techo de su albergue. Muy en la madrugada se levantó el romero y despertó a toda la gente y a los perros de la casa para darles agradecido el adiós. como en una revelación providencial. En este lecho se tendió encima de su carabina y no cerró los ojos. había quitado el martillo a su carabina. Pero la buena siña Sinforosa no quiso que Ismenio 47 . el sabor inconfundible del aguardiente preparado con hojas de ajenjo que llevaba en sus canecas. y tener tres hijos que habían dado a una abuela de ellos. usté se diba a debolbé p’alas Charcas. Mientras hablaron en familia. como la zorra de la fábula le habló a la oveja.

ja! A mí no me apunte con carabina vacía. con su promesa cumplida y su conciencia limpia de culpas. Benseslao. ¡pendejo! Y le disparó certeramente a boca de jarro. 48 . Entonces le quitó la careta y salió de las fauces del herido agonizante un tufo de aguardiente preparado con ajenjo. —Dios se lo pague todo. En este asalto cabalgaba en la mulita que se había robado. abocándole el arma. Si me pinchas yo te rajo. ladronasso! –le replicó Ismenio. con una aventura más que agradecería a la Virgen en su santuario dominicano y que contaría en Las Charcas. ya armado caballero de chispero y machete. Salía el sol cuando dejó de cantar y ya violaba el silencio mañanero del camino el rumor de la cañada donde el vale Ismenio había sido asaltado en el atardecer del día anterior. tumbando al salteador de la montura. Allí se le apareció otra vez. Y el solitario romero volvió al camino del Este. —Ya te llegó tu hora. despidiéndole anticipadamente. —Agora si te quito el cachafú. por tener que irse a sacar unos “biberitos del conuco” antes de que saliera el sol. Sinforosa. Cuando hubo andado largo trecho. Pero dende hoy diré sin reírme como tú: ¡A mí no me apunta naide con carabina vacía! Y volviendo a montar su mulita sanjuanera prosiguió el azuano su camino hacia Higüey. y mientras ella preparaba esa colación matinal. Sinforosa. –dijo el peregrino al devolver vacío el morrito del café. –la gente borracha– en la lobreguez del rancho donde se desveló. ¡embustero! —Pero es con tu misma bala que te boy a tirar. recuerdo de la revelación providencial que había tenido Ismenio en la víspera de esta vindicta. alejándose de donde había pernoctado. —La Virgen lo acompañe y lo libre de mal en su camino. Benseslao: –le dijo al muerto– lo único que siento es no poder sacarte ahora del buche los tragos de mi caneca que vaciates. sacó de un bolsillo de su pantalón el martillo de la carabina. al regresar. ¡viejo mañoso! –voceó el bandido. el mismo salteador blandiendo su amenazante machete. Y der pueblo de Las Charcas con la epina prepará. Tolelá. Tolelá. a la orilla del mismo arroyo. —Hombre. No me juches tu marío. talé la-lá. Benseslao.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS se despidiera sin tomar el café. Asuanito cuar guasábara. —¡Ja. para reforzar sus pasos. hoyándolo esta vez con sus gastadas soletas. Tu serbana como er Soco. su marido se excusó del viajero. Poco después. improvisó unas coplas de caminante: Soy azuano como epina. lo atornilló en su sitio con una uña y la cargó con uno de los cartuchos que había sustraído de una cartuchera cuando la gente y los animales dormían. –le respondió ella con entonación cadenciosa de beata.

Vegetación y agua han desaparecido. Pero. La gente huye hacia el campo. Buenos Aires. rodea su casa. el centavo. *Manuel del Cabral: 30 Parábolas y 12 Cuentos . invade el pueblo. El centavo por minutos crece más y más. Sangre mayor. Sequía hacía astillas su silencio. Del Cabral ha escrito: Compadre Mon. en Impresora Dominicana. C. 1912)* El centavo Sequía. Los huéspedes secretos. Manuel del Cabral es. Un cuarto de siglo de poesía. pues donde el centavo se le quita un pedazo crece inmediatamente renovando lo perdido. posteriormente. Es doctor en derecho. da la sensación de que aquella fuerza sin límites es un instinto. tan valioso? Su dueño pensaba que aquello podría ser su gran mina de hierro.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I MANUEL DEL CABRAL (n. cubría ya la habitación de su amo. *Néstor Caro publicó Cielo Negro. rodea al avaro. 1917)* Cielo negro El empujón del viento tiró las cañas a la vera del camino. De este lado del mar. La carreta. Sin embargo. 1956. ni llanura. Se vuelven de metal calles y plazas. El usurero era frío. de súbito. de los poetas de la República Dominicana.Talleres Gráficos Lucania. fue inútil el silencio de Sequía. volumen de doce cuentos. la poca humanidad que quedaba en tierra alta ve a Sequía andando sobre la gran moneda. no perdió dos minutos en dirigirse a su casa para guardar el último centavo que le cobró sin escrúpulos a uno de sus pobres inquilinos. En tanto. Su casa sólo tenía un ruido: el oro de Sequía. se quitaba la sed. graduado en la Universidad de Santo Domingo. sale su grito en busca de caminos. Mas los picapedreros. Y una mañana se despertó sorprendido: encontró que la moneda tenía el doble de su tamaño. las dinamitas… Todo ha resultado inútil. porque el centavo es un huracán de hierro sin piedad… Hombres y bestias huyen a las montañas. Y una muda biografía: aquel centavo… Pero Sequía inquietóse… Iba a ver el centavo diariamente. Y el mundo comienza a morir bajo aquella extraña mole. La calle hecha ojos. El centavo. Desesperado. Sequía el avaro. un impulso premeditado y dirigido. Su silencio era cruel. NÉSTOR CARO (N. su gran masa de cobre se desplaza hacia los fugitivos. Ahora. el de más nombradía en habla castellana. el centavo ya no cabía en las manos ni en la caja de hierro de su dueño. en un rápido y extraño crecimiento. Ciudad Trujillo. No queda hondonada ni agujero. amenazando rajar y derrumbar las paredes de la casa. por momentos. Y con las lágrimas que caían de la gente que estaba en las montañas. en una desenfrenada hinchazón derriba el caserón y. clap. Chinchina busca el tiempo. Poco tiempo después. con Cielo Negro uncido al yugo. Clap. ¿a quién comunicarle un hecho tan útil. De pronto. Año 1949. Trópico negro. y como un agua sin cauce. el avaro. clap. por A. sigue por los trillos con su ruido penetrante. 49 . En periódicos ha publicado varios más. Pilón.

carretero. la novia que dejó en el Sur con su palabra envuelta en un pañuelo. —¿Cuándo venez tu negrita. Bagoruno”. por Dios. estoy bien. cuando llegó La Negra del Sur. —Sí. No sé por qué le pusieron Cielo Negro. ¡carijo!” El sol mira desde muy alto. Leticia. ¿qué quiere tú? Si te pasara dos o tres días entre el yerbaso del tablón aprenderías una cosa buena. Marcial. el muchacho aguador. los fogones le hinchan el hambre a la noche del batey. Niña Linda!” “¡Empuja Bagoruno!” “¡Arre. clap… —”¡Sube. Después que uno cae en este infierno no le queda otro camino. como los brazos abiertos del cielo. Cuando cantaron los ruiseñores la carreta de Marcial resbalaba ya sobre la grama: Clap. Cuando llamo mueve las orejas y mira por debajo del yugo. La última palabra. carretero? —Agora en el pago mandaré por ella. “Arre. y esta mañana le puse la mano a una palma verdecita. —Bon nuit. Se recrea en la espalda de Marcial el carretero. Cielo Negro! ¡Arre!” El cariño del boyero es ancho. carretero. bueye”. Si te oye un yuncú1 tienes que desgaritarte… Nonino.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —”Sube. huida de la voz de Leticia. No importa que sea estrecho el camino a los bateyes. —Ay. ¡Desconsiderao! Estos blancos del dianche. Así la vida te será mejor. La noche va cayendo sobre el silencio y sobre los hombres… Como luceros encendidos con luces de brujería. “Arre. Cielo Negro? En el “tiro”. —Cuanto antes. ¿Comme sa va? ¿Tú ta bián? —Sí. —Usté siempre quejándose. Hombres vencidos antes de ganar la esperanza. Cielo Negro”. Bon nuit. carijo!” El sábado en la tarde. “Cierra. ¿No es verdad. 50 . Se vive mejor entonce. —A este buey lo quiero porque me entiende. —Le dije que la quiero y tengo que traerla. he pasado todo el día meloso de una fiebre loca. entonces Marcial piensa mejor y pasa los días recordando a La Negra. pronto traeré mi negrita. agitando su látigo de fuego. Marcial. sol y tierra negra. Marcial veía los cañaverales muy lejos y el árbol más alto lo miraba pequeño. Niña Linda”. —Marcial. vale Nonino. cruza el potrero cercano. pa que viva conmigo. tráila. —Cállate. 1 Yuncú: hombre poderoso. cae sobre la primera lamentación de Nonino de Vargas. Cuando la carreta de Marcial entra en el batey. clap. “¡Arre. pasarán muchas zafras y cuando venga no servirá ni “pa oír los truenos de mayo”. en donde la sombra del último vagón asecha la algazara de Leticia Sanetils. aún queda un borrón de sol trepado sobre la tarde. Nino. Cuando la miseria le golpea la frente. Cielo Negro!” “¡Eh. carretero. Si espero la mejoría. Cuando no son la fiebre es la raquiña. Las voces de los peones surgen apagadas y sin eco frente a la bodega. “Atrinca. Hombres y cañas de azúcar. La bomba suena lejos. Ya no espero más. el capataz saborea comentarios de la gallera.

Marcial no pudo decirle que había llegado La Negra. Dame café que ya es hora de volver a la lucha. despierta. La casita de Marcial está pintada de cal. Su Negra del Sur. clap. Marcial. El sol se esconde tras una nube gruesa. ¡Libre! Sí.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Llegó La Negra de Marcial. con una rosa en la selva negra de los cabellos y una sonrisa más blanca que la leche de la vaca moruna. Dame café. temeroso de que Marcial crea que ha podido ayudar a Cielo Negro. pero sacudió los potreros con sus mugidos y vio en una cerca distante a su amigo Cacha e Palo. como un ángel. Marcial lo sigue con el lazo. Cielo Negro! Guanuma El llano verdeante está frente a los altos piramidales de Guanuma. por la ventana asoma la cara linda La Negra. junto al camino que conduce al abrevadero. Niña Linda! ¡Atesa. Desde lejos llega el ruido de la carreta: “Clap. Usté porque no ha dío. Aquella noche –pensaba Marcial– en la casita dormiría el amor bajo los luceros. Hace tiempo que lo vide. venía amarrado. —… Pero míster Bauer. Hubiera sido distinto. Aquella noche querían treparse sobre el techo de la casita en donde estaría durmiendo. jamás se pareció tanto al demonio como entonces. Ya no volverá hasta muy tarde. si Marcial le hubiera pedido siquiera un beso. La silueta del amo blanco. Los luceros de la noche lloran la suerte de Marcial. El buey volvía amarrado. Entre los cerros el camino alargado hasta perderse a la vista es sitio frecuente de “propios y recueros” que pasan cantando bajo espléndida luna o abrasados por el sol de fuego que hacia el mediodía 51 . pero el pensamiento se le quedó con La Negra en la casita pintada de cal. clap”. El rocío le besa los pies al infeliz carretero mientras suena la carreta: “Clap. ¡Válgame Dios. qué mujer se ha echao ese hombre! —Nonino. Marcial traía los ojos como brasas. —”¡Eh. y la chicharra echaría su grito feo en la alforja sin fondo del potrero. El de Marcial y la negra bonita. ¡Es linda como la flor del cajuil! ¿Le viste los ojos. Los luceros vagabundos mirarían la casita con el rubor de los niños. Yo mandaré a Nonino. clap. tiene que ir usted… Hasta luego. Niña Linda! ¡Atrinca. es que pa los laos del Sur la mujer sabe a canela. clap”. Bagoruno! ¡Maldito seas. —¡Marcial. el amor del Sur. Cielo Negro es un buey manso y cualquiera puede amarrarlo. porque había estado libre. te llama míster Bauer! Que vaya en seguida –anunció un peón sudoroso. En la madrugada Marcial regresó con Cielo Negro. Belarminio? Son grandes y con ojeras. —¡Cierra. La casita blanca estaba muerta de frío con el techo mojado del sereno. carijo! ¡Cieeeerren!” La Negra linda llora en la casita. ¡Maldita noche! ¡Maldito Cielo Negro! —Negra linda. maldito Cielo Negro! ¡Cierren. Marcial. prieta linda. —No. —¿Ha visto a Cielo Negro? —Va p’arriba. Esta gente no respeta ni los domingos. pero traía la cara levantada. Bagoruno! ¡Atesa tú.

al igual que en un ladrillo machacado. Frente al rancho de Ceferino Constanzo un relincho sugiere la presencia de la hembra esclavizada al cabestro. El Pancho Valera mentao palidece antes de musitar respetuoso: —Buenos días. o será un “parejero” con sombrero de cana que hace sonar las espuelas al pasar ante los ojos de una mujer? Más que al trueno los lugareños le temen al rayo. con una sonrisa para todos los días y un alegre cancionero en la mochila. Unas recostadas sobre las habladurías de los compadres y otras inverosímiles y crueles aferradas a la noche del viajante con luciérnagas y duendes que espantan el silencio. pasa el Pancho Valera mentao. Supremo vigilante del alto Guanuma. Es camino con historias. ¿Quién es el Pancho Valera mentao?. el llano del frente es verdeante y por él. 52 . Badalillo es solamente un manso hilo de agua que sesea en el llano antes de hundir la cola en Charcambrienta. El Pancho Valera mentao ha visto morir a su lado a “propios y recueros” fulminados por los rayos que le temen a él. el de esta tarde. la esperanza y el querer vivir mejor de los hombres que trabajan la tierra alta de Guanuma. ¿Será uno de esos que detienen aguaceros con cruces de cenizas y señales de oración.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS se prodiga en los lugares. Los lugareños de los altos piramidales de Guanuma bajan al llano por el afán y las urgencias. La brida se estira junto al cuello de la bestia y sangra la boca de donde partió el relincho. Detrás de la sombra rueda discreto un inmodesto cantar: Pancho Valera es mentao En el alto de Guanuma. Su sonrisa es de caimito Y el maldito es bien plantao. Ni come en plato prestao. antes de perderse entre las lomas. Usa sombrero de cana Y espolines plateaos… El caballo conoce el terreno que pisa y parece que cuenta las piedras del camino. don Cefe. Se sabe bien enjaezado y ya quisiera soldar su figura de bronce animado a la de su erguido jinete. Con el favor del sol la figura de un jinete comienza a escalar el alto. celosa laguna con la pupila de aguas azulosas y el fondo lleno de fango asesino. En cada rezongo del potro cansado se agrietan.  Sol muy alto. que no da tiempo a morir con oración. que tiene arreglos con el “socio” y viaja en la noche con la sonrisa de siempre y el cancionero madrugador. parecen preguntar los truenos que resuenan a lo largo del cielo de Guanuma. que va siendo legendaria. La voz del “socio” se anuncia en un trueno lejano que cruza veloz por todo el cielo asustando las nubes. macho sin entrega y sin lunares. No le importan pareceres. varón de la madrugada y de los amaneceres. Pero después de todo con afán y con urgencias.

y si uno le coje confianza lo empuja pa la laguna. don Cefe –contesta alguien desde un rincón cuajado de sombra espesa. —No diga eso. Pa’pleitos no tengo agallas. ya tenía el acero en la barriga y los cuajarones de sangre le cerraban la garganta. Lejos de parecer contrito y respetuoso. Ceferino Constanzo es altivo y clava su mirada de fiera en el hombre que tiene arreglos con el “socio” y llama Relámpago a su caballo. —Pues a mí… que me reviente la rueda de una carreta en el camino o me parta un rayo en el conuco. el tú o yo en este sitio– y cuando el Negro Trinidad quiso aclarar el punto. apenas si hablan los lugareños. que sea con Valera. El sol acabará muy pronto su tarea y luego vendrá la noche. secar el cuchillo con el pañuelo. que entonces no era mentao. ¿Quién anda en la noche en el alto de Guanuma? Sólo el Pancho Velera mentao es capaz de recorrer todo el lugar. Valera. Los dos dizque eran buenos amigos. Observen que cuando me mira se pone pálido. Sobre los árboles caerá un rosario de avemarías y todos los vecinos se persignarán y pedirán clemencia a las ánimas. sólo él es capaz de asomarse a los caminos en las noches largas del alto Guanuma. Si ocurre algo. —Esos cuentos los ha inventao él pa’cojerse el sitio. replica con bríos Ceferino Constanzo. porque es amigo del “socio” y le tiene el alma vendida por unos cuantos placeres. pero vino la mala –el “no te mereces mis atenciones”. En el pico de Santa María la lechuza dirá su deseo y en el instante. proferido por los difuntos. —A Ceferino Constanzo no le venden ésa. pero eso de tener líos con un amigo del “socio” y quedarse uno sin una tumba en el cementerio no me parece negocio. se oirá un grito largo. treparse al caballo impaciente y seguir sin rumbo como un pedazo del viento. Pálido hasta parecer febril el Pancho Valera hunde sus espuelas en los ijares del caballo y se aleja dejando a su espalda un hálito de misterio que se acuna en el silencio. El camino quedará borrado durante toda la noche y abrirá sus precipicios a la voluntad de los duendes. sólo él con un farol pintado de rojo. —El Valera es hombre de cuidado. coquetea y coquetea. –comenta con lengua temblorosa Simeón el higüeyano. el varón del sitio. Pa’mí to lo que se dice de él es mentira. Si está condenao con el “socio” cuando menos a mí me respeta. el de los espolines de plata y el sombrero grande de cana. Después… se vido al Pancho Valera. Tiene las mismas cosas de Badalillo. En el alto. un seco: —Buenos días. La otra noche lo vieron hablando con el “socio” y cuando se dio cuenta de que lo miraban hizo una señal y donde él estaba parao lo que encontraron fue candela. —El padre de toos los cuentos es el mismo Valera –informa una voz en el rancho que está frente al pico de Santa María. En el silencio ilímite del alto Guanuma. adolorido. Estampa fuerte ésta del encuentro del Pancho Valera con Ceferino Constanzo. en el “casi ya” de los vecinos. pero a este hombre no le temo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Para oír solamente. irá cuesta arriba y cuesta abajo con los ojos desorbitados como le gustan al “socio”. Yo recuerdo el lance que tuvo en Mata María con el Negro Trinidad. y hasta bebían tragos de la misma botella. Los vecinos imploran al sueño que les haga olvidar las historias llenas de duendes que recorren todos los caminos.  53 .

Edit. Y el maldito es bien plantao. crecía incontenible. Todos los lugareños van contritos y azorados hasta donde lo exige el menester. Usa sombrero de cana Y espolines plateaos. HILMA CONTRERAS (N. A medianoche se oyó en el sitio el galopar de un caballo magnífico y un grito prolongado. roncaba su garganta de batracio. 1955. Así. y el ensayo: Doña Endrina de Calatayud. entregada al temporal en un desborde de lujuria. 54 . lleno de miedo. y a él pedían cuenta de los sinsabores padecidos por los moradores de Cueva. La memoria pueblerina es prodigiosa. Dentro de la cisterna dormitaba el agua. C. A tal punto subió la agresividad que por las noches apedreaban el ruinoso caserón. Impresora “Arte y Cine”. 1913)* La virgen del aljibe En el lugar había una casa abandonada y en la casa. La malquerencia local llegaba hasta la calumnia. un escalofrío de renacuajo le recorría la carne húmeda. baja con ellos la última ocurrencia: —El Pancho Valera mentao ya no vive en el Alto de Guanuma.. y en una hemorragia bullente. de lo misterioso que va de mano por el mundo con la tiritante superstición. El agua de aljibe es una virgen agreste. En el decir. vomita sapos y mosquitos. con mechones de lama sobre el rostro cuadrangular. Todos conocían el motivo de ese abandono y tácitamente velaban por el mantenimiento de la interminable cuarentena impuesta a la vieja casona. Desde los cielos. la verdad y la fantasía se confundían. T. luceros semiapagados miran hacia el camino irregular que se pierde entre los altos piramidales. Las gotas de rocío dormidas sobre las hojas de los árboles ven pasar a los recueros recién salidos del sueño de la madrugada. A veces. profesora de francés. Si sobrevenían aguaceros torrenciales. en el silencio nocturno semejaba un tiroteo contestado por la carcajada tosigosa del zinc. a fuerza de tejer y tejer suposiciones y comentarios. y como aquella doncella envidiosa de los cuentos. un aljibe. A lo largo del camino el silencio se divisa. Ha publicado: 4 Cuentos. abusaban de la pasividad del aljibe. y en las épocas lluviosas. 1953. Pero el abandono de la gente tórnase maldición para su vientre. se contorcía en su ámbito. porque en los pueblos existe el culto del barroco narrativo. *Hilma Contreras. que siempre se asusta al caerle encima la violencia del chorro de los caños. Lentamente bajan del Alto Guanuma hombres que buscan en el favor del camino la satisfacción de las urgencias. el aljibe lo pasaba mal: el agua. salía al patio por la nariz del aljibe. Imposible pregonar la última ocurrencia. a él atribuían todo lo malo que en el pueblo acontecía. Stella. tan callado y sombrío. La noche estuvo cuajada de sombras espesas y los perros aullaron como nunca. agorero.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Amanecer distinto éste del Alto Guanuma. ¡Se lo llevó el diablo! Sobre el llano verdeante el viento silba un inmodesto cantar: No come en plato de naide. Ciudad Trujillo.

Y la vieja murió sola en medio de sus bacilos. Uno a uno se habían tuberculizado los miembros de la familia en esa casa. pero era por culpa de los hombres. para dar de beber a sus poros calenturientos. Y vino temprano al aljibe con un baño de zinc a cuestas. la abuela se la donó al nieto de la orilla. El estruendo del cántaro en el fondo. Desde entonces la gente le sacaba el cuerpo al callejón “Córdoba”. y de ahí el miedo supersticioso de los moradores. abordaron el sitio en masa. Así las cosas. Pasaron varios días. falleció el médico de servicio. Tal desgracia les había acaecido a todos por testarudos y apegados a la propiedad. es casi castigo inquisitorial. Los tanques se secaron. que la había heredado de su abuela materna. Del aljibe salían gemidos al filo de la medianoche. y uno a uno habían salido de ella para el cementerio. bajo un cielo de infierno. después de la Oración. Por algo se llamaba Prudencio. Dos meses sin lluvia. precisamente ponerse en remojo para amortiguar la fiebre que le resecaba la piel. 55 . Los hombres trabajan mal. Del cielo no caía ni una gota. Y no dejaba de tener sus razones el viejo sacristán. El agua andaba escasa. como para instalarse en el foco infeccioso. y por último esa historia siniestra del aljibe. y la sed y el hambre diezman el ganado. casi tres. Mas. los tres o cuatro choferes de Cueva preferían abastecer sus carros de gasolina a cualquier hora del día. un entrecejo contrariado porque apenas sube mediado. Como la cobardía individual suele trocarse en valor colectivo. Una semana. vigilaba sobre los solares que componían el resto de la cuadra. agua y más agua. Pero ya Prudencio no podía más. se abstuvo de probar el líquido embrujado. La casa pertenecía al sacristán Prudencio. Una rigurosa sequía se había apoderado de Cueva. como un centinela rubicundo. cuando el sol. Ese viernes amaneció nublado. La corriente del riachuelo se afiló hasta la ridiculez. por fin iba a llover. Una vez segados por la guadaña niveladora los herederos legítimos. a todos. el aljibe de la casona estaba maldito. que era algo anormal y muy cobarde. además del provocado por el temor al contagio. En la misma bomba se detenía poca gente. dos. fruto de los amores ilícitos de su hija mayor con un beodo despreciable. no había que pensar en alquilarla. mas la sed la mitigaron. y en los recodos bostezaba una lama pestilente. El primer día casi alcanzaron el agua con las manos. y con retemblores contra el brocal. y en lo que discutían si derribarla o no. —Déjenla ahí –dijo entonces el sacristán–. —¡Maldito lugar! La tuberculosis primero. El cántaro sonó en la oquedad como una profanación. ¿Y si no llovía? ¿Cuántas veces anunciaron lluvia las nubes y no la dieron? Era indispensable que se bañara. Los pobres recurrieron al aljibe abandonado. no era tan tonto el favorecido. Porque lo estaba. pero se temió una explosión en el puesto de gasolina contiguo. nadie la quería.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Sí. Necesitaba agua. Dios dirá lo que convenga. menos a él. luego las apariciones y los lamentos. La Sanidad habló de quemarla. ni tan ávido de bienestar. que no era más que un bastardo y vivía al margen de la familia. pero cubito a cubito reuniría bastante para refrescarse. unos gemidos muy quedos que erizaban los vellos a los trasnochadores. la burla del agua pajosa y gusaraposa dentro del baño. Pero no la vivía. Sólo Prudencio. En semejante trance pudo más el terror a la inanición que el miedo a la enfermedad.

con los pelos erizados.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Sacaba el cubo por quinta vez. tartajoso. Sus compueblanos abrían las puertas en ese momento. —Por el descanso del muerto. que se rematara el sacristán!… Y a propósito. Oyóle el sacristán esta vez y contestó: —Por el descanso de ese muerto. —Déjenmelo a mí. los más. Y se inclinó para explorar el fondo. —No es posible –murmuró. —Prudencio –dijo al fin con recelo– ¿por qué doblas? La voz monaguil se diluyó en el intenso plañido de los toques. se persignaron. dizque. Tlan. y dirigiéndose al monaguillo–: ¿por qué dobla Prudencio en vez de tocar tercero? El aludido abrió unos ojos entontecidos. señor Cura! El Padre lo miró como quien observa a un bicho raro. El cura se asustó. Gravemente tocaban a muerto las campanas. —Un momento –rogó el Cura. como idiotizado. —¿Qué es esto? –sofocó–. excesivamente sorprendido. Pero debía obedecer y se levantó con las piernas de trapo. unos para atender a sus quehaceres. De repente. —¿Qué por qué doblas? –chilló entonces el muchacho. Prudencio? —¡Una maldición. las campanas doblaron gravemente. ¿quiere subir y dar el tercer toque de misa? Aterrábale la idea de verse solo en el campanario. —Sin embargo. aullante. Bolo acaba de irse con un dolor. tembloroso. con los ojos desorbitados. sube a ver lo que pasa! La sotana del monaguillo aleteó en la prisa que requería el suceso. —¡Qué muerto ni qué vieja tuerta! ¡Toca pronto dejar! En la sacristía el Cura se mesaba los escasos cabellos en medio de las beatas alarmadas y de los curiosos que había congregado la desbocada carrera del sacristán. Pedritín. tin… tin… Había solemnidad tal en el espectáculo que Pedritín. 56 . se estuvo quieto. Metióse el fugitivo en la sacristía. eso parece –monologó desfalleciente– ¿Una qué…? Pero… ¡Ave María Purísima! Loco. otros reclamados por la iglesia. y la misma gravedad se extendía por la cara criolla de Prudencio. El Padre arqueó las cejas. —No quiere callarse –informó el monaguillo al entrar. —¿Qué le ocurre. —Por ahí va Prudencio –voceó el alcalde a su consorte– como alma que lleva el diablo. Otros. —Un… ¡Bah! –pronunció el venerable sacerdote– ¡Eso nos faltaba. acezoso por la rápida ascensión. —En el aljibe hay un muerto. ¡Este hombre se ha vuelto loco declarado! ¡Eh. que yo lo hago callar –prometió el dueño de la bomba. Algunos rieron. y los demás para pendenciar. se dio a la fuga.

Es el deber de la justicia. y la mirada puesta en Cueva. —De todos modos –argumentó el alcalde– hay que bajar a investigar el caso. —No veo nada –dijo–. y el aire electrizado oprimía los pechos de antemano agarrotados por la aprensión. parecía una manifestación obrera. Y así fue creciendo. espeluznante y macabro. pudorosa y joven. La gente corrió a guarecerse. A lo lejos se oía el atropello del chaparrón. la Autoridad a la cabeza. Una mujer del pueblo se deshizo en vómitos. El aguacero se nos viene encima. y con él los más cercanos. extrañamente regocijado–. Aquí no hay nada. jadeante. —¡Jesús… María y José! –exclamó el monaguillo–. Reía. blanqueando en el fondo. bramó al caerle encima el chorro de los caños. un cráneo luciente con las dos cuencas hambrientas de luz. Únicamente el Cura le restó importancia al hallazgo. De nuevo. un sapo arrugado saltó de su escondite y se posó en la frente pelada. —El miedoso de Prudencio vio visiones. Un silencio impresionante dormía su hastío en todo el patio. Cada uno urdió el drama conforme a su idiosincrasia. distinguíase. Tin… tin… tin… Tlan… Inclinóse el religioso sobre el brocal. hasta la noción del tiempo. Suicidio. Algo horrible. cuando la vista se acostumbraba a la penumbra del pozo. Un ruido ensordecedor lo ahogó todo. otras gritaron. hermosa y lujuriosa. olvidada de su vergüenza… 57 . ¡Una calavera! Efectivamente. Densas nubes ocultaban el sol. —¡Al aljibe! –gritaron varios. Los más simples se representaban el alma del difunto. desmayóse una jamona histérica. esto es inaguantable… Vamos todos al aljibe. reía. de suerte que cuando llegaron al callejón “Córdoba”. Importunado por la conversación. Dentro de la cisterna. Muerte accidental.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Por… por… –tartamudeó el tonsurado– Bueno. la virgen de vientre maldito. al viento la bufanda gris. Homicidio. sino agua. —¡Bah! –dijo– algún bromista tiraría ese cráneo en el aljibe. y en la boca el sabor putrefacto del cadáver. y los hombres empalidecidos. Cruel asesinato. sentían el agua estancada en el estómago. —Hoy no será –advirtió el Cura. hasta salir al patio por la nariz del aljibe. Venía galopando como un energúmeno. el agua reía para ocultar la repugnancia de sus entrañas. que venía gimiendo en las tinieblas a calentar su osamenta. Por encima de la cisterna vibraba el quejumbroso volteo de las campanas. En el camino se agregaron muchos.

Doña Nico hacía ya dos semanas que no regresaba a su casa. una fuerte epidemia de gripe azotaba la ciudad. Los yanquis en Santo Domingo. que la gente acomodada de la urbe gozaba de la más perfecta salud. pues. que cuando faltaba en su casa. ella murmuraba entre dientes: —Tan entremetidos y tan groseros… Doña Nico tenía por verdadero nombre el de Nicolasa. Periodista y poeta. Sátiras teatrales. que el divino mensajero de la cristiandad traería en las manos el devotísimo tributo que haría sonreír la cara alborozada de su fanática preceptora. La trova del recuerdo. y con esto. ya porque sabían pagar mejor sus solicitudes. era seguro. Estampas –1938–. 58 . que ahí viene ella. Revolución (cuadros de política) –1940–. miembro de una familia bien? Cuando doña Nico mandaba su precioso Niño Jesús de visita a casa de sus ricas creyentes. Autor de las novelas: Del Cesarismo –1911–. Doña Nico. Cuadros de costumbres: La Sombra de Concho –1921–. las hermanitas del Hospicio Santa Clara le decían Nico. Sin embargo. era cosa sabida. Mientras los otros ríen. Obras de teatro: Alma Criolla –1916–. desde que cayó en cama don Ramón. es decir. más gorda y más afanosa que antes. precisamente. por desgracia. dice uno de los tres Baturros de la comedia argentina así intitulada. y sabía. Pimentones (recopilación de artículos) –1940–. De modo que cuando los insidiosos vecinos de doña Nico no se explicaban cómo siendo tan pobre. entre la gente pudiente. naturalmente. pero de niña. *Rafael Damirón. cierta inquietud mantenía en expectativa a esos mismos vecinos. resultando más alarmante. y las que eran infalibles para aplacar el histerismo de las doncellas cuarentonas. Y no andaban errados sus vecinos al suponer que doña Nico leía con tanta puntualidad el diario de la ciudad porque algo había en él que la interesaba. suelen ver mayores peligros en quienes mejor pueden retribuir sus servicios profesionales. Doña Nico pasaba muy pocos días del mes en el seno de la pequeña casita que representaba su único haber en el mundo. y ya entonces. Una fiesta en El Castine. más que de buenos consejos. El monólogo de la locura –1914–. ya porque los médicos. apodo que ella aceptaba como testimonio de afecto y simpatía. se sabía al dedillo el padecimiento de cada uno de los ricos de la ciudad. sin temor de caer en error. en estos casos. más que los mismos médicos igualados de las casas. según aseguraban sus vecinos. ¿Qué cosa? ¿Quizá la que luego la hacía ausentarse por semanas enteras de su casa? ¿Quizá algún enfermo grave. Poesías dispersas en periódicos. Como cae la balanza. primero dejara de comer que de comprar el diario que circulaba a las siete de la mañana. ¡Ay de los vencidos! –1925–. porque. —¿Dónde estará doña Nico? –murmuraban. La Cacica –1944–. algún enfermo adinerado se encontraba en estado de gravedad. con un maletín en la mano que parecía repleto. y era ya muy notorio. el nombre de las inyecciones que servían para atenuar la neurosis de los viejos. Pero es lo cierto que el vecindario se preguntaba: —¿Dónde está doña Nico? Las telarañas cubrían ya totalmente la cerradura de la puerta de su casa. de filosóficas providencias.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS RAFAEL DAMIRÓN (1882-1956)* Modus vivendi Ca uno es como ca uno.

figúrate. dos trajes casi nuevos. te dejo porque no vine más que a darle un vistazo a la casa. —Ojalá. ¡Pero qué lucha!… Que cada hora una cucharada de esto. que los sobos en el bajo vientre. en cuanto se dio cuenta de su presencia en la casa. no puedo menos. que las criadas. —Bueno. por la madrugada. y cómo me quieren sus hijos. Tengo que irme enseguida. tan sufrida y tan buena. pan y mantequilla. yo creo que si hay gloria. porque a la verdad. por la tarde. galletas de soda. Ya de regreso en la casa. —Dios los conserve. algunas cajas de ampolletas sobrantes de suero. a las siete. leche con gengibre. otras de cacodilatos. y queso rosqueforte. me hubiera muerto primero que él… —Pero oye. llamó desde su ventana: —Doña Nico… doña Nico… dichosos los ojos… —¡Ay. que las visitas. eso sí. 59 . que el lechero. a las cuatro. bien te lo mereces. A mí no me falta nada en esa casa: jamón. hija de mi alma! ¡Estoy muerta! ¡Veinte noches sin dormir! No sé cómo me tengo en pies con tanto ajetreo como he tenido en estos últimos días. doña Nico –contesta la esposa. huevos. que esa pobre gente. algunas latas de conservas. La pobre señora no puede moverse sin mí. —Si yo no fuera de tan poco apetito estaría como una bola. que le regaló la esposa del enfermo. —¡Qué gusto! –exclama la vecina. se ha visto entre la vida y la muerte. ¡algo tremendo. chocolate. que cada media hora el gorro de hielo. —Así mismito. esa gente no tiene nada suyo. por sus valiosos servicios. regalo de la hija. tú sabes como es esa gente. y que vuelvas pronto. hija!. tres cortes de traje. —¡Qué bueno! ¡Lo que vale ser servicial como tú!… —¡Ay. que el purgante. varios pares de media y un millón de menesteres más con que la habían obsequiado generosamente. un tentenpiés riquísimo. parece que estás más gorda… —¡Ah!. no puede moverse sin mí. además de algunos billetitos de banco que ella cambiaría en oro acuñado para enterrarlo al pie del guayabo que crecía en el pequeño patio de su casa. hija!… Si no fuera porque soy mujer fuerte. que. Ya te he contado cómo me trata su mujer. —¡Adiós! —¡Adiós!  Doña Nico comenzó a colocar las cosas. —Más buena que el pan. ¡Adiós! —Adiós. chocolate. Sacó del maletín que había traído. pan fresco y mantequilla por la mañana. —Ahora –se dijo– déjame volver. pero hoy ha amanecido un poquito animado. lo primero que hace es tocarle la frente al enfermo. para allá voy el día que me muera.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Cierta vecina que se llevaba bien con ella. —Está fresco –exclama–. que la inyección. pero tú sabes que yo con don Ramón. —¿Y cómo está él? —Regularcito. otro banquete. a las doce. que el carbón. Nico. ¿Se tomó las cucharadas? —Sí. casi un banquete a mediodía. que el termómetro. en su puesto. Ahora mismo voy a ordenar una misa de salud. ya limpias.

recibe algún regalo que con pena y con cierta resistencia. hasta que la cruz llegue por el cadáver. no se apure. ¿Cómo va la esposa. déjenme ir a la cocina a calentar el agua. Doña Nico se adueña del muerto. pan y queso del velorio. don Ramón. para dedicarse. Pero la viuda la dice suplicante: —No me deje. ordena. Y empuja una puerta. cruza por entre las habitaciones. recoge en su corazón las lamentaciones de la esposa inconsolable. pero. —Bueno. así. los hijos y las hijas del difunto? Doña Nico enciende las velas de la ardiente capilla. y también súbitamente se ha ido de la vida. fatigada. vencida casi. con voz imperativa. se iría a buscar el reposo en su casa abandonada desde hace cerca de dos meses. llama a las criadas. DÍAZ (N.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Le pusieron el lavado? —Ah. los comentarios generales alrededor de la irreparable desaparición. doña Nico ordena y administra el reparto del café. la esperábamos. y días después. no. entonces. al fin acepta. pone a hervir el agua. usted sabe que él no quiere que nadie se los ponga más que usted. ¿Cómo voy a hacerme ahora sin Ramón? Y doña Nico se queda. Presidente del Senado. pide a los familiares dejarla sola. miembro de la Corte Suprema de Justicia. doña Nico. no se mueva… ahora… ve usted que bien. Díaz. los ayes de los hijos. así luego. manda. finalmente. doña Nico aún conserva la casi total administración de los asuntos de la casa. cierra otra. Consultor Jurídico en la Presidencia de la República. Dos veces capitán 60 . 1882)* El Capitán Diego Molina había alcanzado su grado. a leer las crónicas del diario que no tardarán mucho en hacerla saltar en un conmovido gesto de piedad hacia otro grave don Ramón que esté a punto de pasar a mejor vida. póngase así. así. doña Nico. estará al punto de todo. cuando todavía en las milicias nacionales existían grados subalternos y cada marcial insignia rememoraba una épica *Gustavo A. discute. Ha sido Encargado de Negocios. a atender a nada? ¿Cómo. —Yo quisiera irme ya –exclama dirigiéndose a la viuda inconsolada. y entonces. en tan duro trance. —Con cuidado. asiste a la lectura de la testamentaria. y. en fin. los abrazos condolidos de los amigos. Durante estos nueve días. doña Nico vestirá lujosamente a su bello Niño Jesús. Doña Nico. Licenciado en Derecho. GUSTAVO A.  Pero don Ramón de súbito se ha agravado. toma posesión de la absoluta dirección de la casa. Mientras tanto. para que comience sus visitas y retorne de ellas con el tesoro de sus manos llenas de brillantes lentejas. y entonces. en la tranquilidad de su casa. es obligación que se ha impuesto la de estar presente los nueve días subsiguientes para dirigir los rezos en favor del alma del difunto.

era la única cosa escrita que guardaba. Desde hoy eres Capitán del ejército de la Reina de España. Es una alta merced que he alcanzado para ti. desde soldado. Se le había llamado para otorgarle una distinción que más le llenó de congoja y de rubor que de alegría. lo había visto. de un cañón enemigo. en la rebelde soledad de su bohío. más que por todo precepto disciplinario. Fue como un viento de desolación lo que agitó su espíritu y aturdió su pensamiento. Dispuso en breve tiempo lo necesario para su viaje. una cicatriz profunda en la cabeza y su inmaculado despacho de Capitán de cazadores. porque te creo digno de ella. ¡El General Santana le había perdido! ¡Lo había hecho oficial de los españoles! ¡Y tener 61 . había creado. a su descuidada heredad de las orillas del Seybo. con su esfuerzo y con su sangre. Diego Molina hizo su carrera. cuando oyó el severo acento del General: —Ya lo sabes. fiero y huraño. A sus ojos asomó su alma. cuya única forma de expresión era un respeto casi trémulo que hacía del héroe un siervo. más que eso. una veneración ciega y fanática. el Capitán Molina no entró a la población. por ese rudo cariño que engendra en el alma de los bravos la comunión de peligros y victorias. su protector. arreglar el freno de su caballo. en un arrebato de acometividad salvaje. “porque eso él no lo había visto nunca. El día que en el Seybo se izó la bandera española. impasible ante la muerte. había obtenido que se le reconociera su grado de Capitán. que una bala había roto. Cuando volvió el rústico prócer. con honores de reliquia. Su grado era su honra. y el despacho en que se lo consignaron. Y se quedó. y empinar su coraje por sobre la eminencia de todos los peligros. lo agasajaba con su confianza. que es el severo cariño de los jefes. La bandera dominicana. Lo había visto apoderarse. y que allá en lo hondo de su pecho siempre tuvo la firmeza y el calor de las pasiones que acendran almas primitivas. ¡que en medio de aquel tremendo naufragio moral fue un leño que no zozobró jamás! Un día le llevaron una carta en que el General Santana lo requería a la Capital. que a sus ojos de guerrero fue siempre como la visión radiosa de la propia victoria. inconforme y como abrumado por el peso de una tremenda infamación. que lo había visto erguirse. radiante de bélica grandeza. la siguiente mañana de la batalla de Santomé. como él lo llamaba. ahora caía como un sudario sobre las muertas glorias de la República. y que jamás vio plegarse en derrota ante las acometidas enemigas. El General Santana –pensaba él– se había vuelto loco. y tras rápida jornada compareció ante su antiguo jefe. El General Santana. cuyas banderas defenderás conmigo. ¡que parecía de dolor! Se volvió a su retiro. ni lo quería ver”. o le habían echado algún maleficio. llevó al triste bohío: un recóndito orgullo en el alma. El Libertador. hosca y bravía. su “padrino de sangre”. La lúgubre tragedia moral de la Anexión se había consumado. Y se alejó lleno de una callada turbación que parecía de orgullo. su “padrino de sangre”. Pero sobrevinieron días de tristeza y de oprobio para la Patria que él también. en una muda protesta. y ya lo había hecho inscribir en la llamada Reserva activa del ejército español. y a quien se sentía sometido. Tenía para el viejo Libertador.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I proeza. a las órdenes del General Santana. que el propio General Santana había firmado. después de su última ruta.

La sombra iluminada (1929). que producía la impresión de un paredón de lujo contra el cual la muerte ejecutara una parte de sus habituales *Virgilio Díaz Ordóñez (Ligio Vizardi). se batió desesperadamente. hecha por quien llevaba honrosamente el grado que solicitaba. y dijo: —Mi General. Las altas empresas de la intrepidez llegaron pronto. Poeta: autor de Los Nocturnos del olvido (1925). Yo era Capitán. iluminó su pensamiento el albo resplandor de sus altivos ideales. ante su propia conciencia redimido. Licenciado en Derecho. desde su pasado. una bandera arrebatada a los españoles. Y se fue a la manigua. desde su propia conciencia. hasta la hora en que. fue proclamado Capitán del Ejército Restaurador. lo reclamó la Patria. Se incorporó bizarramente a las tropas revolucionarias. Yo quiero volver a ser el Capitán Diego Molina. Aquel hospital 62 . si es que esto vale algo.  La hora se la anunció un día la voz que desde la áspera manigua llamó a los dominicanos a la guerra santa de la Restauración. 1895)* Aquel hospital era tan moderno. —No. y se aprestó a renovar sus pasadas gallardías de soldado.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que resignarse! porque lo que era él no tenía voluntad para oponerse a lo que el General resolviera. O estaba aquel hombre trastornado por la emoción. Callado y taciturno. —¡Yo quiero mis galones de Capitán! El General Guzmán no comprendió aquella extraña petición. los desplegó en un altivo reproche. Actual Rector de la Universidad de Santo Domingo. —Capitán –le dijo– me parece muy extraño lo que le oigo decir. Tengo entendido que es ése precisamente su grado. o rechazaba inexplicablemente el ascenso. —Para los valientes son las recompensas. En su atormentado espíritu renacieron los vigores de otros tiempos. y. mi General. De un lado lo llamó un absurdo deber. a defender la bandera de España. y de las novelas: Alma Antillana y Archipiélago. por confesión suya nadie supo en el Seybo el resultado de aquella entrevista. Figuras de Barro (1930). trajo entre sus manos trémulas. de fachada tan elegante. bajo las órdenes del General Antonio Guzmán. Suya fue la primera victoria que se alcanzó después de su incorporación a las tropas. voy a pedir la recompensa que ambiciono. De otro lado. radiante de altivez. pero el General Santana me degradó. Ha representado al país como Embajador en varias naciones y en las Naciones Unidas. graduado en la Universidad de Santo Domingo. el bizarro Capitán Molina. bajo la bandera dominicana. VIRGILIO DÍAZ ORDÓÑEZ (Ligio Vizardi) (N. que inmortalizó el heroísmo. hecha jirones. Se fue como un león sobre el enemigo. Aquel mismo día. Un silencio amargo selló sus labios. y le brindaron a la gloriosa ambición que ardía en su pecho el anhelado instante. La presentó. cuando se reconcentraron las tropas después de terminada la batalla.

Una voz infantil. análisis: eran el registro. cirujanos y enfermeras se deslizaban calladamente. Pero el hospital era para niños. Centenares de pequeñas gavetas blancas tapizaban gran parte de las paredes. tutores o familiares. Aquellos rótulos parecían escritos con la sangre de alguien. Tabiques de cristal e instrumentos plateados daban la sensación de que se estaba frente a la vitrina de una joyería. A la Dirección entraban y salían técnicos y enfermeras. Quizás. repetía una frasecita que no pude comprender y que era dicha con modulación enternecedora cada vez que alguien cruzaba frente a aquella puerta. suplicante. Y allí el silencio era ya el único juguete que ellos. como sombras blancas también. pero en mis oídos quedó una voz que sonaba a música triste. que ignoraban la existencia de aquella discreta escalinata posterior por donde con frecuencia descendían las grandes cajas de violín y desde donde partían hacia el misterio los amiguitos que se ausentaban tendidos en un oscuro coche grande. que estaba abierta. en marcha muda y rápida. podían romper con frecuencia. en forma inédita. radiólogos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I fusilamientos diarios. producían un poco de angustia. los días viernes de cada semana. aséptico. especialistas. En aquellos diminutos nichos la experiencia hablaba en estadísticas y tosía números. Por el lado anterior. La disciplina interior era estrictísima. imponía su austeridad silenciosa como si fuera una sagrada capilla. de irreparables excesos de ciencia. Pasé junto a una de aquellas puertas. tantas personas sin palabras. Y aquel día era un viernes. Madres o padres. me llevó en ruta vertical a uno de los pisos altos y me depositó calladamente sobre uno de los amplios corredores. de inútiles recordatorios del primo non nocere consagrado por el apotegma hipocrático. como regla invariable. de dos a seis de la tarde. elegidos precoces de la enfermedad. sólo podían visitar a sus niños. diagramas de temperatura. La sala de cirugía. Se adivinaba que detrás de aquel alineamiento de puertas cerradas bullía un pequeño mundo de niños enfermos. tan pequeños que parecían estuches de grandes violines. como un 63 . por los pasillos silenciosos. Tanto silencio. notas. Cuando llegué a la dirección todavía resonaba en mi oído la vocecita tenue. insistente. Movimientos precisos y economía de palabras parecía ser la tácita consigna. el archivo. Se hubiera dicho que hasta el olor de aquel hospital era blanco. inocentes. diagnósticos. masa cúbica y blanca como tope de cristal grueso que. aquello era una colección de errores de diagnóstico. y los niños sonríen y juegan y cantan cuando el dolor. Junto al escritorio principal. Pasé sin mirar al interior. la cronología y la historia de las enfermedades que habían pasado por miles de cuerpecitos que acaso ya no existían. allí internados. frágil. Clínicos. la fiebre o el delirio no los abaten. casi lúgubremente silencioso. en los lechos. Las Oficinas de la Administración refulgían de orden y limpieza. Un ascensor silencioso. con un rótulo rojo sobre el bolsillo izquierdo de las blancas blusas. Esas pequeñas gavetas guardaban millares de fichas. una escalinata de cinco gradas impecablemente blancas hacía pensar en un pentagrama sereno en donde el mármol soñara vibrar en melodías de vida y de esperanza. Del lado opuesto. En aquellas gavetas estaban las enfermedades que habían perdido ya su cuerpo. otra escalinata más sencilla presenciaba cómo descendían a veces pequeños ataúdes. en los uniformes de médicos y enfermeras. con su lámpara cenital ovalada. Y por todas partes la nota blanca: en las paredes. laboratoristas. En el interior todo era nítido.

Otra vez las batas blancas con los hilillos rojos. –dijo la mujer–. esperaba una información que había solicitado. como yo. con algo de travesura infantil y como buscando las ausentes manecitas para las cuales estuvieron destinadas. Se encontraba en la sala destinada a los que habían sido dados de alta. 64 .COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS espejo verdoso. —No encuentro. llámela. el pequeño se quedó dormido con la cabeza apoyada sobre el bulto de sus modestas ropitas. Carmen. muchos vasos inagotables de agua fresca… No sé cuanto tiempo más tardaron en venir a buscarlo. cama número ciento cuarentitrés. se empeñaba en duplicar el rostro y los gestos del ocupadísimo Director. Supliqué a una enfermera que ofreciera un poco de agua a aquella criatura sedienta que decía a todos los que pasaban ante la puerta: ¡agüita. señor! Por fin conocí la letra de la música triste que había escuchado una hora antes. con huella de lágrimas en las mejillas. A los interesados se les avisa con suficiente anticipación para que estén allí en determinado día y hora. De pronto el Director detuvo el índice de su mano derecha y mostró en una columna del registro algo a la enfermera. Los registros fueron nuevamente consultados. Quizás hacía tres horas que sentía sed… Pero la disciplina es estricta: para aquella sala no hay asignado ningún servidor especial. señor! La enfermera fue generosa en explicaciones. El pequeño debió ser reclamado desde hacía tres horas. una pobre mujer humilde. y cómo. Director y enfermera cambiaron una mirada rápida y llena de comprensión. de siete años. el nombre de los padres. señor!. búsquela usted! Quiero verla hoy que es día en que está permitido visitar los enfermos. falleció el miércoles y fue sepultada ayer jueves. a las diez de la mañana… Mientras esas palabras caían. Carmen. acaso soñando felizmente con muchos. con un pequeño bulto sostenido en sus manos chupadas por el hambre y supliciadas por trabajos rudos. Y otra vez algo en que había dejado de pensar: la vocecita suplicante que repetía para mí una frase ininteligible. sobre la pobre mujer. Me detuve al fin frente a la puerta abierta y allí. pero los padres o familiares no acababan de llegar. las enfermeras y médicos presurosos y callados. —Yo dejé aquí a mi hijita el jueves pasado. Y yo no sé cuál fue la voz que dijo: —Carmen. No podría resistir otra semana más sin verla. Para esa sala no hay. yo vi cómo de sus manos resbaló el pequeño bulto envuelto en papel. Carmen. Mientras la enfermera monologaba sus explicaciones (que nadie había solicitado). Aquel niño tenía sed y pedía agua. Retorné hacia los ascensores por el mismo amplio corredor que me sirvió para llegar hasta la Dirección. se rasgó la frágil envoltura dejando en libertad un par de manzanas frescas y rosadas que rodaron casi alegremente. En aquella pequeña sala deben ser recogidos por sus familiares los enfermos dados de alta. al golpear sobre el suelo. me dijo: —¡Agüita. Durante una hora estuve en las oficinas de la Administración. a la internada número ciento cuarentitrés. ¡Por favor. ¡agüita. como una sentencia misteriosa e injusta. enfermeras asignadas. Se llama Carmen. repetía el Director después de preguntar otra vez por la fecha de ingreso. un niño. como es natural. con un paquete de ropitas humildes sobre las rodillas. –dijo una enfermera que se acercó al escritorio. doctor. Pero esta vez contuve un poco la marcha al acercarme al lugar de donde salía aquella súplica triste. la edad de la internada.

Y poniendo aquel soberbio pedestal a su temprana hermosura. y en el azul de sus grandes pupilas se reflejaba algo de la imponente y bravía inmensidad del mar. Canto a la Bandera –1925–. evocador de cierta leyenda sangrienta. —¿Te sorprende la palabra en mis labios? —¿A qué ocultártelo? —Pues. rojo y negro el otro. frontero al viejo torreón del castillo. ¿Acaso este ateo impenitente abrigaba la cándida superstición de los amuletos? Una noche. frente a frente. donde alguien había sorprendido el oculto tesoro de la más hermosa y rubia y ondulante cabellera. por fin. de roca en roca. La Comisión Nacionalista Dominicana –1939–. ni la blanca liga de desposada…. Vino a mí. poeta y prosista. me oí decir: el Hospital es perfecto. hasta alcanzar el abrupto peñón que se erguía en el mar. se sentó a mi lado sobre el césped. ni el fino pañuelo de batista que ostentaba una corona de marquesa por blasón. Cantaba el Ruiseñor –1910–. la misma actitud hostil que una noche adoptaron al encontrarse en aquella misma alcoba sus respectivas dueñas. ¿Qué les confiaba? No sé. moderno. que aún parecían conservar. Una tarde… ¡Oh!. Canciones de la Tarde –1920–. sólo un poco más de piedad… FABIO FEDERICO FIALLO (1866-1942)* El príncipe del mar Aquel cuartito de Octavio era un caprichoso museo de exquisitos despojos femeniles. Poema de la Niña que está en el Cielo –1935–. bajo un cielo espléndido. negro y rojo el uno. ni la sugestiva zapatilla azul que Octavio no tocaba sin besar. Traía al cuello esa sarta de caracolitos que ha sido aguijón de tu curiosidad. y me dijo: *Fabio Fiallo. la historia de un amor irreal. Pero. ni los dos antifaces. Primavera Sentimental –1902–. interrogué a Octavio: —¿Y esto? —¿Eso?… ¡Ay! Es una historia bien triste la que me pides. escucha: Todas las tardes ella bajaba a la playa y allí acudía yo tan sólo por verla saltar descalza. y presurosas y alegres se llevaban. digna del breve pie de la Cenicienta. casi a la orilla. teniendo frente a mí la perspectiva alegre del camino y dejando a mis espaldas la masa simétrica y blanca.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Y ya en el exterior. corrían alegres y presurosas a recibir. ni el abanico de blonda y nácar. Las Manzanas de Mefisto –1934–. La Canción de la Vida –1926–. ni la cajita de palo de rosa. 65 . de las ondas a las que ella hablaba con la gracia y la majestad de una reina enamorada. Autor de Cuentos Frágiles –1908–. El Balcón de Psiquis –1936–. admirable. modulando su canción de espuma. nada mortificaba tanto mi curiosidad como la sarta de lindos caracolitos guardada devotamente en rico estuche de marfil. nada. Lo único que le falta es un poco. Miré con extrañeza a mi amigo. Sin duda. se hacía contemplar de las ondas. ¡estaba más bella que nunca! Su flotante cabellera blonda parecía llenar el aire de átomos de oro. imponente y elegante del Hospital de Niños quedé sorprendido por mi propia voz cuando. La Cita –1924–. pensando en voz alta. embajadas de amor que las coquetuelas. Allí se encontraban trofeos de todas las conquistas. laureles de todos los triunfos.

sola en el mundo. ¿Ves estos caracolitos? Cuentan las veces que nos encontramos. sonrisa de mujer enamorada que corre al encuentro del amado. ¡esperar!… ¡Qué duro es esperar cuando el tiempo no marcha con la violencia que palpita el corazón! Y mientras exclamaba así. muchos. grutas de perlas y bosques inmensos de coral. Los tritones me recogerían y en su carro conduciríanme al palacio. Súpolo el Príncipe. muy feliz. —¿Cuándo es la boda? —No sé. el pecho alto y vigoroso. mi novio. Y al decir así. Cuando cierro los ojos y le contemplo tan bello. siento impulsos de correr a su encuentro y lanzarme al mar… —Te ahogarías. miraba con sus grandes pupilas azules las ondas que alegres murmuraban su canción. me contó: —Tú sabes que la tarde que enterraron a mi pobre madrecita quedé sola. ¡Qué feliz voy a ser! ¿no es verdad? —Sí. la frente pálida y hermosa. las envidiosas. sacudió con arrogancia sus cabellos. Yo estaba muy triste. y en su carro de perlas tirado por cuatro tritones acudió a consolarme. y mis ojos porque él se mira en ellos. preciosa niña. —No. Los conté: ¡doce! ¡Eran los mismos que me había enseñado! Desde aquel día no había vuelto el Príncipe y la visionaria se había lanzado al mar en su busca. ¡cuán bello es! Tiene la cabellera negra y ensortijada. ellos alfombran mi cabaña. 66 . con acento que mi recuerdo doloroso convertía en murmullo. Me rogó que no sufriera y me dijo que yo era muy bonita y que él se casaría conmigo. Serán mis pajes los delfines y las ondinas mis doncellas. Y se alejó susurrando dulcemente un canto de amor. para llorar con más desahogo. —¿Por qué esperar? —Mi palacio aún no está concluido. los ojos tristes y soñadores. Un palacio hermosísimo de granito más blanco que el mármol. Corrí a la playa donde yacía tendida sobre el abrupto peñón que tantas veces había servido de soberbio pedestal a su hermosura. y una noche. Tengo muchos. Hoy estamos a trece y ya tengo doce.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Sabes que me llaman loca? —¿Quién? —Ellas. el talle elegante y fino. ¡mucho tarda ya esa hora de suprema ventura! ¡Oh!. las que odian mis cabellos porque él los besa. vine a orillas del mar y aquí caí dormida. por sus labios amoratados parecía aún vagar una sonrisa. después. Un hilo de sangre corríale por la sien y manchaba de púrpura el oro de sus cabellos. el Príncipe del mar. el ademán firme y cortés. y del cándido cuello pendía la sarta de caracolitos que habían marcado las horas felices de aquel mes. Después prosiguió como en un ensueño: —Mi Príncipe. —Cuéntame tus amores. —¿Él? —Sí. Tres días después ocurrió el hecho fatal. con galerías de nácar. Miróme breves instantes en silencio. —Todas las noches durante mi sueño viene el Príncipe a visitarme. pero temo que mi Príncipe se enoje.

conquistada a fuego y sangre al enemigo. desparramadas irregularmente. fría. Novela corta: Margarita (1888) y Cuentos: Sor Clara (1898). Por dicha estamos solos… No te esperaba tan pronto. El enemigo solía acercarse para desde el borde del bosque disparar a mansalva algunos tiritos… En la Bomba. mantenían a toda hora una cuidadosa vigilancia. El río. Empezaba a declinar la tarde. los mil rumores confusos de un campamento en plena actividad venían de afuera. destacóse en el estrecho espacio de la puerta de la rudimentaria barraca… Un instante bastó para que el coronel Virico lo reconociese. Caía en aquel momento una lluvia muy tenue. De aquí y de allá (1916). que pase… La figura de un campesino vestido paupérrimamente. de suprema melancolía… En la sabana de Juan Álvarez.G. a veces creciendo de manera rápida e imprevista hasta hacer muy difícil el paso. colocadas en puntos bien escogidos. 67 . charcos de agua cenagosa cubiertos de obscura lama contrastan con el verde tierno del césped que se extiende hasta perderse de vista. hacía ya días que Santana había establecido el campamento de las tropas con que salió de Santo Domingo para aplastar la revolución estallada en el Cibao. Perfiles y Relieves (1907). Cerca de dos mil hombres allí acampados ponían sobre aquel trozo de llanura como una nota de vida continua e intensa. especie de Hércules de ébano que le servía de asistente. lluviosa. el Guanuma. chicas y grandes. —Que pase. El Derrumbe (obra ésta incinerada por el gobierno militar impuesto a la República Dominicana por Estados Unidos de América). Ensayos: José Martí. –le dijo un fornido negro. siéntate. Extensa y pintoresca. interceptando la luz. La hora que pasa (1910). –y le señalaba dos sillas serranas desvencijadas que había en el cuarto–. minúsculas cañadas. Literatura americana (1915). Aquí y allá. tiendas de campaña. Americanismo literario (1918). Guanuma. Impresiones (1899). Obras: Crítica literaria: Recuerdos y Opiniones (1888). corría sobre un lecho fangoso. Páginas efímeras (1912). a pesar de lo que me dijiste ayer… Como una especie de incesante zumbido de colmena. a veces como tenues susurros. lleno de manchas de lodo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I FEDERICO GARCÍA GODOY (1857-1924)* La cita Dormía voluptuosamente la siesta en una hamaca el coronel Virico García cuando un ruido de voces en la puerta del rancho en que se alojaba en compañía de dos oficiales de las reservas lo despertó de una manera algo brusca… —Coronel. Diversas avanzadas. Cobertizos muy prolongados sirven de alojamiento a la tropa. muy encajonado. aquí hay un hombre que quiere verle ahora mismo. a pesar de haberse por completo afeitado el bigote y llevar por todo calzado unas rústicas soletas. una tarde de cielo plomizo. Hizo además labor de periodista. Alma Dominicana. ocupan una vasta porción de la amplia sabana. En desordenada profusión. a veces como encrespamiento de oleaje rugiente. no sé qué tintes de cadavérica palidez sobre el paisaje circunstante. la sabana se dilataba hasta confundirse con los bosques que como espesa faja de un verde muy oscuro parecían por todas partes servirle de infranqueable límite. —¡Fonso! Acabas de llegar seguramente. bien resguardados se situaron el hospital y los almacenes. fue diputado al Congreso Nacional. que esparcía no sé qué tonos de lúgubre opacidad. Siéntate. Cosas y personas parecían como sumergidas en un ambiente gris. En la larga y rústica casa que sirve de hospital se amontonan en catres y hamacas los numerosísimos *F.G. chozas apresuradamente construidas.

algunos oficiales jugaban al dominó. El viento hace a cada momento oscilar las luces de las dos velas de un candelabro de metal colocado en la mesa que sirve de escritorio… El coronel Virico toca en un brazo a Fonso. óyense los ¡quién vive! de los vigilantes centinelas. Las fiebres palúdicas. acaso palpita en esos sones la visión de alguna casa de Cádiz o de Sevilla. Por falta de catres o hamacas. tan pronto cerró la noche. como movidos por la misma fuerza. En la silente noche. familiarmente. principiaban a brillar tenues luces en algunas chozas. Un sargento de Bailén mueve con hábil mano las cuerdas. se ceban en aquellos soldados peninsulares no acostumbrados al enervante clima de estos países intertropicales. Ambos. desde la hamaca en que está sentado dicta algo a un joven que sin levantar la cabeza escribe apresuradamente. álzase ahora una choza más grande y mejor construida que las otras en cuya puerta hace centinela un soldado con bayoneta calada. El coronel. En el interior. de imperativo gesto. tal vez en ellos flota la imagen de la mujer querida que lo aguarda. abriéndose camino al través de obstáculos en realidad insignificantes. Fonso Ortiz continúa con la vista fija en el Marqués de las Carreras… 68 . el resplandor de una que otra lejana estrella. El cielo obscurísimo. las perniciosas. Muy salteadas. esos sonidos impregnados de hondas nostalgias parecen como la evocación plañidera de cosas amadas perdidas en melancólicas lejanías… Tal vez en esos arpegios palpita el recuerdo de la madrecita que reza por él en la iglesia de su aldea. la disentería. aunque el tiempo no presentaba trazas de serenarse. Cerca del bohío. y le dice en voz baja: el general… Como fascinado. pero que la creciente obscuridad revestía de temerosos aspectos. sollozantes. donde en tiempos desvanecidos en tristes realidades apuró sendas copas de manzanilla en compañía de fácil y garrida moza tocada con vistosa mantilla… Siguen. Con las nuevas explicaciones de su compañero y con lo que había podido observar aquella tarde. quejumbrosas. algunos yacen tendidos en lechos de serones o de yaguas. salvando las cortaduras del terreno. bajo el cielo sombrío. en aquel augusto recogimiento de las cosas. lleno de nubes. de rudo aspecto. se escapan las dolientes notas de una guitarra. Fonso se detiene clavado en el suelo por una fuerza superior. Reinaba sepulcral silencio en algunas chozas. a guisa de paseo. algunos camaradas siguen con interés las jugadas comentándolas en alta voz… Noche. Las deserciones frecuentísimas de las milicias del país y las numerosas enfermedades han reducida considerablemente el número de hombres de aquella fuerte columna… Hacía rato que había escampado. se detienen repentinamente. que semejaban como tumbas de una vasta necrópolis. el primero con un farolillo en la mano.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS enfermos de la tropa española. en un tosco banco. En una de las chozas. bostezan o dormitan sus compañeros de guardia. a raros intervalos. noche intensamente negra. guiaba expertamente. de un gris intenso. siguen… Ante los dos exploradores nocturnos. Dos tiros lejanos interrumpen el silencio de la noche sin que parezcan llamar la atención del general y del secretario que llena con letra cursiva hoja tras hoja de papel. El coronel Virico y Fonso. la mejor alumbrada. empezaron a recorrer en todos sentidos el campamento. desechando los pantanos. El crepúsculo. descubre. creíase ya Fonso en capacidad de poder suministrar al gobierno provisional datos positivos que suponía de bastante importancia… Ambos avanzaban lentamente. lejanos. un hombre corpulento. se diluía lentamente en las primeras sombras de una triste noche de octubre. en escaso número. De un bohío inmediato. acostumbrado a inspecciones de vigilancia nocturna y gran conocedor del terreno. Agrupados en torno. A la distancia.

Después de Dios. en la lejanía. de fisonomía expresiva siempre iluminada por una sonrisa. No pretendo que traiciones a Santana. Coqueteó conmigo cuanto le dio la gana pero no pude conseguir nada de ella. casi blanco. corpulento. te acuerdas. regresé a Santo Domingo muy satisfecho de mi paseo a Santiago… —Se dijo poco después que te habías retirado del servicio… —Estaba disgustado con lo de la anexión. a sus lados lo mismo que por detrás. aquella noche de Carnaval en que corrimos juntos tamaña juerga? Estabas alegre. En ella todos son santanistas. los picos de las primeras estribaciones de la cordillera central se recortaban con perfecta limpidez en el horizonte todavía iluminado por los resplandores de la tarde que caía. Me había dedicado al comercio y empezaba a prosperar lo más quitado de bulla cuando al estallar la revolución me llamó el general para que lo acompañase al Cibao. todavía reinaba bastante claridad. uno detrás del otro. en el llano. verdadero tipo militar que a todo el mundo resultaba extremadamente simpático… Nadie hubiera podido percatarse de la presencia de ambos en aquel oculto rincón del bosque visitado sólo por algunos animales. adiós coronel Virico… Dos días después. nada. por entre las ramas estremecidas. como hundidos en un mar de extraño verdor pastaban sosegadamente algunos animales… Fonso Ortiz y el coronel Virico. Virico lo estaba también. sin despedirme de ti. penetraban los dardos solares a manera de largas rayas de luz. Lo que quiero es que me prestes tu ayuda para 69 . con algunos tragos más eras hombre al agua… —Nunca he olvidado esa noche en que me salvaste el pellejo. aquí y allá. y cuando ayer en el campamento recibí el papel que me enviaste con el vale Goyo me dio el corazón un vuelco. de treinticinco a cuarenta años. Inmediatamente resolví acudir a tu llamada y aquí me tienes… —No esperaba menos de ti. El coronel era un mulato muy claro. Allá todos te consideran como un buen dominicano. En nombre de él te hablo. continuaban abriéndose paso por entre la maleza cada vez más inextricable. corría un vientecillo sutil haciendo oscilar el tostado pajonal en que. Ante ellos. En el fondo de la llanura. La culpa la tuvo aquella mascarita del baile a que fuimos en los Chachases. ni pizca… Era una gran hembra… ¡Pero qué hombre aquel tan celoso. No podía negarme. lo que se dice muy alegre… Créelo. y a cada paso tropezaban con las raíces desparramadas sobre el suelo como formidables tentáculos de animales pertenecientes a no sé que misteriosa fauna desconocida… Suponiendo ya el lugar bastante resguardado. pues ya sabes que cuanto valgo se lo debo al general. surgían con profusión robustos troncos de árboles en cuyas copas frondosas. Virgen Santísima! Desde que principié a bailar con ella estaba acechándome… Y si tú no le desvías el brazo y lo sujetas en el momento en que me fue encima con un puñal. chico. a medida que avanzaban cautelosamente al través del ramaje entrelazado en busca de un paraje bien retirado del camino real donde pudiesen conversar a sus anchas sin el más leve temor de ser oídos. Era ya hora de que pusiesen en movimiento la lengua… —Y bien –interrogó Fonso– ¿qué ha sido de ti desde que nos separamos en Santiago.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I II En las vastas profundidades del bosque tropical. pues me dijeron que estabas en el campo. Sobre la llanura vasta y silenciosa. Don Benigno me dijo que conocía mucho tu familia. Pero soy dominicano. pues ya sé que no lo harías. créelo. empezaba la tarde a revestirse de tonos grises. Fonso Ortiz se detuvo algo cansado de aquella fatigosa caminata. a ti te debo el estarlo contando. pero eso no quita que quieran la libertad de su país. a esparcir jirones de tenue sombra sumergiendo los objetos en una semi-obscuridad que se espesaba lentamente… Afuera.

corrió tras el oficial. Si los nuestros llegan a ponerle la mano encima a Santana lo fusilan en lo que canta un gallo. y de ahí. El general tiene el alma en un hilo temiendo que el Seybo se descomponga. Los jefes españoles dicen que con excepción de Suero. Si hizo la Anexión. Empieza ya a sospechar de algunos en quienes tenía confianza. los Puello y algunos otros. Bueno es el viejo para soportar que nadie le tosa en la cara. Él esperaba que los blancos gobernasen mejor. Estaba ese día de pésimo genio. El sábado lo probó retebién. aburrido. –replicó presuroso el coronel Virico–. no es tan malo como dicen sus enemigos. júralo. amigo Fonso… ¡Pobre General! Él creía otra cosa.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS salir con bien de una empresa que me han confiado. Hay malos síntomas. El gobierno ha dado un decreto autorizando al jefe que lo aprese a romperle inmediatamente el pescuezo… —¡Pobre general! Créelo. —Y quedarse él y su gente con la batuta por los siglos de los siglos… —Entonces no hubiera renunciado el mando como lo hizo de su espontánea voluntad… Pero lo cierto es que el general está enfermo. puedes jurarlo. llevándoselo el diablo con las dificultades que para que fracase le pone día por día el Capitán General… —En el Bonao cuentan que los oficiales españoles le faltan el respeto a cada momento… —Embuste. En Santiago está ya instalado el gobierno provisional. El general tiene muy buen olfato y no quiere moverse sin dejar muy bien cubierta su espalda. En la Capital se asegura que de España viene una escuadra con mucha tropa. embuste. Las deserciones y las enfermedades aumentan. —Y es natural. Fonso. Pero eso no impide que puedas hacer algo por tu patria. No creyó jamás que al hacernos españoles lloverían sobre su país mayores desgracias que las producidas por las guerras con los haitianos… Mientras conversaban. se tiró de la hamaca. Había prohibido que los oficiales llevasen impermeables por “no ser prenda de vestuario”… Llovía que era un diluvio. De pronto ve a un teniente que pasaba muy bien arrebujado en su impermeable… Rápido. por lo menos tan pronto como se dice. Dime con franqueza… ¿Viene o no Santana al Cibao? —Creo que ni aun él mismo lo sabe. El general decía públicamente que tan pronto llegasen los refuerzos que había pedido a la Capital. La gratitud es el primer deber en todo hombre bien nacido. de un salto. ¡Virgen de la Altagracia!… El General en su rancho se mecía en una hamaca mirando hacia fuera. acto continuo. por muchísimas razones. La revolución avanza triunfante. Virico le seguía dando noticias pormenorizadas respecto del número y clase de tropa acampada en Guanuma. continuaría su movimiento de avance. siempre trajeado como un 70 . que tal avance no sería posible por ahora… Con esa celeridad con que acostumbraba tomar sus resoluciones. lo agarró por el cuello. No te lo censuro. para reponer las bajas sufridas por las deserciones y las enfermedades y pudiera dejar bien cubierta su retaguardia. Contreras. y después de quitarle la capa lo metió a empujones en el calabozo… —Pero ¿qué se propone actualmente? —No creo que piense ir al Cibao. y sin decir palabra. Cada uno debe estar con los suyos. fue para salvarnos de los haitianos para siempre. decidió Fonso. pero Virico creía. muy pocos. Los españoles sólo tienen en el Cibao el fuerte de Puerto Plata. Nunca supuso que al quitar la bandera iban a pasar tantas barbaridades. Fonso Ortiz se había levantado tomando ambos amigos la dirección del sitio en que habían dejado las monturas. Cumple con lo que crees tu deber no abandonando a Santana. todos los dominicanos que sirven a España están jugando a dos manos. trasladarse en persona al campamento de Guanuma.

El coronel Virico procuró disuadirlo de tan peligroso empeño. Si por cualquier casualidad se descubría quién era. Había que prever cualquier endiablado percance… Avanzaban con trabajo por en medio del bosque espeso. y es lo que importa. tampoco es del caso que lo sepas. cuatro tiros lo despacharían incontinente al otro mundo como espía. apenas doraba con sus últimos rayos las cimas de las altas montañas del Jatibonico: el alborotoso pájaro negro1. en mi hamaca de campaña. apenas fui amparado por la Fortuna. entra y se sienta. Quedéme un tanto sorprendido al apercibirme de aquel extraño desconocido que así se atrevía a faltar a esas horas a la consigna. es inútil que me lo preguntes pues no te lo diría.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I campesino. Esta noche escribiré al general Salcedo informándole de todo lo que he podido saber y mañana me presento en el campamento fingiendo ser un peón de la finca del vale Goyo. en un silencio solemne interrumpido solamente por el monótono estridor de los grillos y lejanos relinchos de caballos. Lo único que exijo de ti es que pongas lo que puedas de tu parte para que me acepten… No creo eso cosa difícil… El coronel Virico no opuso a esto ninguna objeción seria. un hombre. Anochecía… MÁXIMO GÓMEZ (1836-1905) El sueño del guerrero Para Clemencita Gómez Toro …Desaparecía el sol. y le permití que hablase. pero al fin accedí a su súplica. con blando paso que apenas se siente. los demás lo repitieron y apenas se extinguió el eco prolongado de esta consigna. Pasado un momento. Comenzaban a oírse vagos rumores. cuando quedó todo el campamento sumergido en el más profundo silencio y obscuridad. escondiéndose en el ramaje de las altísimas palmas y de los corpulentos árboles. lo que hizo de la manera siguiente: —”Mi nombre poco te importa saberlo. en el espacio. como quien no desea ser oído de otro. que iba atenuándose rápidamente. de un planeta muerto. Momentos después ambos se alejaban por distinto rumbo espoleando sus respectivas cabalgaduras. se filtraban aún al través del espeso ramaje. pronto el Destino me dejó huérfano. y quedé solo vagando entre los hombres como el fragmento. La naturaleza se aletargaba en una paz infinita. Y yo me tendí cuan largo soy. seguir viaje hasta la misma Capital y comunicar algunas instrucciones a la Junta secreta que dirigía allí el cotarro revolucionario. mi alumbramiento costó la vida a mi madre. puso término a su atormentadora algarabía… ………………………………………………………………………………………………………… Al fin el Corneta de Órdenes tocó silencio. que quiere colocarse en el servicio de convoyes que se mantiene con Santo Domingo. y la mansión de donde vengo. Hilos de tenue claridad muy vaga. Le recomendó únicamente que no llevara sobre sí ningún papel que pudiera comprometerle. un anciano de aspecto venerable. se acerca a mi tienda y. Nací pobre. Al salir del bosque se dieron un fuerte apretón de manos. 71 . es mi historia. Y con los pésimos antecedentes que tenía… —Tengo que ir y lo haré aunque pierda la vida. lo que quiero que sepas. pide permiso para hablarme. Para 1 Alusión al Cao.

y el trueno ahogó mi voz. Inútilmente interrogaba mi pasado. “Crucé entonces el océano y suplicante interrogué al mar y a la tempestad. y yo escuchaba asombrado. Largo tiempo –como un mendigo– vagué entre ellos cual un desconocido y apestado. Desesperado me precipité a los abismos para concluir con el dolor de mi existencia desapareciendo en sus insondables misterios. tan sólo el silencio y el vacío me circundaban. y cuánto he padecido después!… Cuántas veces he maldecido mi existencia. pesada como un fardo. colocado de pie encima de pedestal tan alto como el Sol. víctima de infamias y desprecios. Incorporado apenas. quise arrojarme al torrente y una mano invisible me separó del peligro. en un impulso irresistible de desesperación. Las naciones todas me rindieron adoración y respeto. pues. ¡Ah! ¡cuánto he sufrido antes. comprimida en el fondo de apagado volcán. “Yo no había hecho. No pudiendo resistir más mi existencia. pesándome hasta haber nacido…” Al mismo tiempo que aquel anciano proseguía en su narración. yo sentía en mi alma un secreto dolor que me consumía sin podérmelo explicar. y reyes hubo que se sintieron humillados y empequeñecidos ante la majestad y grandeza de mi gloria. perdido y desamparado. yo no había amado nunca sobre la tierra más que a dos deidades: la Ciencia y la Virtud. Sobre mi corazón y mi conciencia pesaba un insoportable remordimiento y en vano trataba de averiguar la causa. pude al fin realizar mi empresa. Era la tortura del criminal a solas temblando ante la presencia de su interno y severo juez. en fin. solo. puso Dios una idea en mi mente que a medida que el tiempo pasaba y los años maduraban mis juicios. y me devoraba el corazón. por entre peligros y escollos. que eso es amar a Dios. tan tremendo castigo de la inquietud tan acerba y constante que acosaba mi espíritu y que no me dejaba gozar de las delicias que proporcionan la Gloria y la Fama?… Loco me fui adonde el cóndor hace su nido y desde allí –en la soledad del desierto– llamé a los espíritus para que dijeran la causa de mi secreta angustia. como el apasionado de una belleza ideal que huyese al contacto de su ardiente mirada. su semblante se iluminaba con una aureola casi divina. ¿Por qué. pero una mano invisible me salvó medio muerto y me arrojó –como el despojo de un naufragio– sobre la arena de la playa. preparó la Envidia y la Calumnia que armadas me asaltaron en el camino. sino más bien provocar sonrisas y alegrías. No contento el Destino con el suplicio a que eternamente me había condenado. La blanca túnica de mi inocencia no estaba manchada con ningún crimen mundanal. oh cielos. —”Sometido a varias torturas y contrariedades. Los más pequeños me creyeron un Dios. derramar una lágrima. Rodeado de tanto agasajo y ovaciones humanas. tan cruel tortura? Decídmelo… ¿Cuál ha sido mi gran culpa? Los cielos guardaron silencio. sin más amparo que Dios. y los hombres se hicieron mis enemigos y me vejaron y me despreciaron. continuó. me contestaron. y besaban de rodillas mis vestiduras. sentí de nuevo en mi pecho el diente que me mordía y me devoraba… ¿por qué. porque se cumplió el plazo y abandoné la envoltura que aquí me retenía. y me apellidó El Glorioso. Después de una breve pausa. quemaba mi cerebro como lava ardiente. Y cuando creí curarme de mis dolores. Entonces el Universo entero me saludó entusiasmado. no sintió mi corazón –por fortuna mía– el tormento de la vanidad y la soberbia: antes por el contrario. alumbrando los rayos de mi gloria dos Mundos a la vez. ningún acto mío acusaba mi alma de maldad. y arranqué al Mundo –para el Mundo mismo– un portentoso secreto. y mi espíritu se sentía sobrecogido por una especie de religioso temor. y me detenía a escudriñar mi presente. yo no había hecho más que obras de bien. me 72 .COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS mi mayor tortura. y ni el desierto ni los espíritus.

porque ha caído sobre mí –como lava ardiente de encendido volcán– la sangre de una raza inocente extinguida. El interior se distribuía en cinco piezas: sala. había una casa de madera pintada a dos colores: azul i crema. En vez de condenarme. –dijo–. que convidaba a dormir la siesta bajo el quitasol esmeralda de su tupida fronda. 1889. tal vez en cármenes granadinos. Susana e Inocencia –respectivamente– eran sus nombres de pila. bárbaros y estúpidos. nacidas en andaluces lares. Junio. ilustre guerrero. tenían su morada en ese alegre hogar sin fogones ni estufas. —”Aguarda –me dijo con calma y gravedad aterratoras– aún no he terminado. asesino? –exclamé indignado. En el patio –un cuadrado con arbustos florales– erguíase un árbol. Casta y Niña. comedor i tres alcobas. insigne. No eran las Gracias del helenismo ni las Marías del cristianismo. Por ellas subía en espiras la trepadora madreselva. con la narración de sus desdichas. no me juzgues sin haber antes acabado de oírme. Y tú. sin poderme contener y borrándose de improviso en mi ánimo la impresión de compasión y de ternura que aquel ente singular y desconocido me había inspirado. Era evidente que de cada nombre propio fue deducido el que cada una de ellas llevaba i hasta con ufanía. i sacadas de pila con sendos nombres de esos que guarda el santoral o que ofrecen las hojas diarias del calendario. Circuíala una galería de torneadas columnas. aislada en su solar urbano. Eran cortesanas a la moda. con algunos rasgos de belleza juvenil i no pocos de buen humor. Era un sueño. como un hierro candente. por mí descubierta. y calló… Un sonido estridente me sacó de aquel estado: el corneta tocó diana. 73 . no familiares. sin asilo y sin fortuna. FEDERICO HENRÍQUEZ Y CARV AJAL (1848-1951) Humorada trágica ………………………………………………………………………………………………………… Sita en la linde oeste de la villa. En el mundo –el suyo– conocíaselas con estos apelativos disílabos: Pura. el crimen de haber descubierto un mundo y el de haberlo entregado a la barbarie y la usurpación. —¿Y tú quién eres. Con esos fueron inscritas en el registro parroquial del templo católico en que cada una de ellas recibió el agua del bautismo. Cuartel General de La Demajagua. y desde aquella terrible hecatombe quedó marcado sobre mi nombre y mi conciencia. en la mansión de los justos me está prohibido entrar sin el perdón de dos razas. vengo aquí –postrado a tus pies– a suplicarte me consigas el perdón de todos los tuyos y quede cumplida la Eterna Sentencia… Soy Colón” –dijo. y continuó: Si en la tierra fui un paria desheredado. Yo aparecí entonces manchado de sangre”.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I elevé a la mansión en donde termina el misterio de la vida. Demasiado desgraciado he sido. que ya estás en víspera de terminar la gran obra de la Redención de esta Tierra. Tres damiselas. Concepción. atalaya i nido de ruiseñores. En el mundo era otra cosa. con tu alma grande me tendrás lástima. “Recogieron los hijos de los nuevos pobladores la desgraciada herencia de tormentos y martirios que les legó la raza desaparecida al furor de los conquistadores.

por el contrario. o los recitaba. tenía el color i el brillo del alabastro. Las damas salían peor libradas que los caballeros. en cambio. ¡Quién sabe si todavía!… 74 . Era manso e ingenuo. Con él apuntalaban ellas la suya. mórbidas. menudos. Solían alternarlos con seguidillas i malagueñas o con soleares i cantares de la tierra de Mariasantísima. en ocasiones se veía pasar al venerable Cura de almas de la parroquia. abstraído. eran pequeñas. —Vas a reventar. constituía para todas la comidilla cuotidiana. lentamente. Bajo la copa del árbol. El tránsito por aquella calle limítrofe era escaso. Entre los transeúntes. como un globo inflado con aire –decíanle a menudo sus dos amigas. como él.  Lucía la tarde de un día festivo. Luego –en el medio día de su vida licenciosa– lo serían por el legado prematuro de su anómala existencia: el dolor. en el rostro. Tal vez lo llamaba la tierra… Memento homo… —Creí. Leían mui poco. Era el anciano presbítero don Vicente Villanueva. sin volver la cara e inclinado bajo el peso de su edad provecta o de su espíritu lleno de virtudes. Iba cabizbajo. chica. organizábase el concierto vocal en la galería i bajo la enredadera que ponía en la casa-quinta algo de misterio i algo de poesía. la inopia i el hospicio. en la noche i a guisa de serenata. Una los leía. era gruesa. los pies. La Niña. como rara golosina. como una aureola. —A ese viejo todos le debemos respeto. por eso. negro el pelo de ondulada caída. versos eróticos. deja en paz al señor Cura. a menudo. —¡Bah! Es un hombre i ha sido joven. Entreteníanse en ver la gente que iba o venía. El trío había formado la tertulia en la galería i frente a la calle. que el Cura era una de tantas… –dijo la Niña. mui buenas migas. casi redonda. A veces. El palique. Iba siempre. Seis a siete lustros contaba en aquel curato. dentro i fuera del templo. chica. delgadas i esbeltas. Era. “La murmuración –se ha dicho i no de ahora– es un puntal de la vida”. La villa estaba de gala. La gula había hecho presa en su insaciado organismo físico. encendíasele. Coincidían también en gustos i carácter. El buen humor daba sueltas a la lengua i la lengua suelta destilaba acíbar sobre los transeúntes. Padre Vicente le llamaba el vecindario. que eran parcas en el comer i sobrias en el beber. Un aura de respeto i de cariño lo envolvía. mui fina. Hacían la vida en común i como si fuesen hermanas: hermanas en la servidumbre del placer furtivo i efímero. en horas de siesta. ¡Claro! En la charla se habla de todo i aún de todos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Las tres estaban en la primavera de la vida i las tres eran hetairas. cuellicorta. En todo lo demás formaban un trío. Era un bueno i teníanle por un santo. por la falda. Pero en veces saboreaban. ¡Lástima de juventud florida que a diario se mustia i se deshoja al fuego de la lascivia! Dos de ellas –Casta i Pura– lucían el mismo color mate-moreno –suele decirse en el solar hispano– i ambas tenían. Su grosura no era óbice a su apetito desordenado. les cabían en las manos. En eso apareció el párroco. solían entonar canciones i puntos antillanos. como los ojos. según su costumbre. Hacían. Las manos. Tenía los ojos garzos y el cabello como oro en ascuas. aves de paso. a la caída de la tarde. —Anda. Gustábales el canto. –no sin énfasis declamatorio– i todas los celebraban. Es un santo. caritativo i casto. La piel. El de Paúl le servía de modelo. con oleadas de sangre a flor de cutis. Entonces entraba en juego la guitarra a la par alegre i triste.

La Niña echaba de menos un tercero. —Sea. esta misma noche. Otra cosa diríais. Eso decís porque estáis acompañadas. adquiría tonos subidos en color i ritmo. 75 . Era una cena opípara. Era un abuso. —¡Vanidosa! Pues yo apuesto a que te haría caer de rodillas i pedirle perdón por tu insolencia. pero ayuna de caricias. Se sonrió con una mueca satánica e hizo. como una saeta. si lo hiciésemos venir aquí. coreó la irreverente burla de la atrevida hetaira. —Apuesto –insistió la Niña– a que. Entre sorbo i sorbo. En todo era golosa. el pobrecito. —El padre Vicente es un santo. no cesaban de reír a mandíbula batiente. gustoso i listo. La conversación. Desde la puerta hizo el saludo ritual del oficiante: —¿El Señor sea con vosotros! Pudo haber dicho “con vosotras”. —Siempre ha vivido solo. El uno cortejaba a Pura. echó a correr con dirección a la morada del cura. esta afirmación provocativa: —Si el padre Vicente estuviese aquí lo haríamos caer en pecado… —No digas eso. La austera figura del levita se dibujó en su imaginación enardecida. La Niña cavilaba. Llamemos al párroco –concluyó Casta– antes de que la Niña se arrepienta o se despida en viaje por expreso para el otro barrio. Hai que llamar al Cura… —El caso es urgente i de conciencia… ¿Qué os parece? —La broma es pesada… —Pero digna de una tragicomedia –completó uno de los jóvenes. a dúo. Virgen i mártir. Ni ama de llaves ni sobrino tiene… —¡Oh! cuando se muera. El vino se les subía a la cabeza. Niña. —Eso mismo digo yo i voi en contra tuya. volaba el dicho agudo i picante. Pura escribió unas líneas i –ya en la puerta de la calle– puso el papel i una moneda en las manos de un adolescente que acertó a pasar por allí en aquel instante. en alta voz. egoístas. Ese mismo día.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Pues aseguran que nunca ha pecado. Estoi enferma i necesito de los auxilios espirituales. El mandadero. ajenos a la disputa. Sus canas le sirven de escudo. se quemaría en el fuego de todos los besos que arden en mi boca. será canonizado por sus virtudes i el almanaque traerá esta leyenda en su honor: San Vicente de la Aldea. Los jóvenes. a Casta. La Niña protestaba. El beso. Yo me voi a la cama. Hubo un rato de silencio. sellaba los labios agresivos. clamorosa. Costeábanla dos apuestos jóvenes cogidos en la jaula del trío. La Niña propuso: —Hágase la prueba. si estuviérais en mi caso. el otro. Había comido i bebido con exceso. por instantes. Se desquitaba comiendo i bebiendo. Una risa. hallábanse a la mesa. El es inviolable. en la prima noche. Los jóvenes se habían refugiado en el lado opuesto de la galería. Estaba harta i un poco ebria. —Santurronas.  Media hora había transcurrido cuando –en ejercicio de su ministerio i llevando consigo el ánfora de los santos óleos– llegaba el padre Vicente a la casa de la enferma fingida.

Bajo una guardabrisa. La risa les retozaba en el cuerpo. En aquella alcoba está la enferma. Miró de nuevo… La joven hetaira. El anciano miró con su cansada vista. in extremi con los santos óleos i con el beso de paz i de amor en Cristo. La joven hizo un esfuerzo. Estaba a dos pasos de sus compañeras e iba a morirse abandonada i sola. ¡Pero ya no! El bondadoso Cura de almas se hallaba a su lado. I le señalaban el aposento en donde estaba la Niña. —Entre. No se inmutó por eso. El anciano sacerdote entró solo a la alcoba. Este volvió a llamarla. El párroco tomó las manos de la muerta i se las puso en cruz encima del pecho. como un eco sin palabra. de haber pecado con su complicidad en tal aventura sacrílega. La Niña era presa de una apoplegía fulminante. harto efímero. con piedad i ternura. sonreía… Así. En el lecho había alguien. con un seno de la enferma i lo sintió vibrar al contacto de su mano. ¡La infeliz! Había intentado salir del lecho. Las dos hetairas. Oíase en la estancia un ronquido sordo. atenuaba la luz una lamparita. con mano trémula. habían creído ver que el anciano sacerdote deshojaba la flor de un beso en los burentes labios de la Niña. sonreída. fue perdonada por haber amado mucho i por haber creído. se produjo en la abultada i enrojecida garganta de la Niña. parecía una estatua yacente. i la subió hasta los hombros de la joven desnuda. ligeramente. i se hallaron con un cuadro de dolor y de muerte. seguidas por sus compañeros de orgía. Vengo a confesarte. Para confesarla había ido. la pecadora. Entraban a la alcoba. Eso hizo. No la despertéis de su último sueño. Sólo he podido ungirla. Oró por ella. Era la atrición. cada una de ellas le tomó una de las manos al venerable Cura de almas para besársela. Luego. Se moría con los ojos del alma fijos en el cielo. entró en el arcano del eterno sueño. desnuda. i no pudo. ¡Dios la acoja en su seno i en su gloria! Casta i Pura –sobrecogidas de espanto i de angustia– cayeron a los pies del lecho mortuorio. padre. la moribunda. como quien mira i no ve. ungió la frente de la pecadora con un ósculo de paz i de misericordia. Era el último dolor. Apenas había tiempo sino para administrarle la extremaunción. para ver i celebrar el triunfo del placer i de la vida. Se moría. Le cerró los ojos. Una mujer. musitando a dúo el padre nuestro. Magdalena. medroso. No pude confesarla. Su mano rozó. I siempre de rodillas –como la cortesana de Magdala con el dulce Nazareno– 76 . E inclinándose. con los ojos entreabiertos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Buenas noches. tomó la sábana de blanco lino. —Hermana: aquí estoi. color de ópalo. Pon tu fe i tu esperanza en el Cordero sin mancilla. El levita les salió al paso para decirles con voz unciosa: —Callaos. con un gesto fervoroso. Allegóse a la cama. Llegué tarde. i se quedó mirando dulcemente al venerable anciano. En vano: No contestó. Otro ronquido. sordo.  —¡La Niña ganó la apuesta! Era una algarada de voces ebrias i de risas locas. Al entrar tuvo la sensación de la penumbra. Se moría. articuló por sílabas esta frase de fe i de esperanza: —El padre Vicente es un santo i con su perdón i sus oraciones me abrirá las puertas del cielo. Luego. había querido gritar. La confesión era ya imposible. La broma se había convertido en un drama. casi afónica. sin duda. como si recuperase la conciencia.

abrazándose a la niña. como er freco ese que preguntaba aónde íbamo 77 . Nuevo silencio. —Si no’e por uté. —Boy con utedes. El padre Vicente trazó en el aire el signo de la cruz –símbolo de redención i de amor en Cristo– i las bendijo… Santiago de Cuba. ¿Cómo ‘e su grasia? —Mario Luna. 1922. Al cabo de un rato preguntó: —¿Y tú cómo te yama? —¿Yo? ¡Tengo un nombre má feo! Juaniquita Lafori… —No hay nombre feo si se sabe yebá bien. y rodó en el polvo. Tós son uno perdío. —No se asute bieja –exclamó con voz sosegada y firme el inesperado defensor–. que tengo trese y tó er mundo cree que ando en lo quinse. no pudo acabar la frase: junto a las dos mujeres apareció de súbito un mocetón de negra tez que le descargó en el rostro un tremendo puñetazo. Mira. que la jubentú de hoy no sirbe pa na. MAX HENRÍQUEZ UREÑA (N. ese condenao no jecha a perdé la noche. mejorando lo presente. Ese salao no se levanta deay en una hora. Si un polisía topa con él. joben –dijo la vieja al doblar la esquina. que a los pocos momentos rompió la vieja: —¡Ay! Entoabía me dura er suto. ¿Dónde biben utedes? —Aquí serquita. Él la miró a su vez y no dijo nada. —¡Qué grasioso! Parese que ere tan baliente como tan fino… Los dos se miraron y sonrieron. —No la merese. 1885) La conga se va… —¡No sea freco! ¡No te conoco! —¡Deja la muchacha quieta! ¡Sinvergüenza! —¡Adió! ¿Qué se habrá figurao la negra vieja? ¡ni que la chiquita fuera de seluloide! ¿De dónde vendrán a la dos de la mañana? Pa mí que… El impertinente que así hablaba –un mulato vestido de blanco–. —¡Qué bonito suena ese nombre! –murmuró la chiquilla. pasará la noche en el bibac. pa serbirle. mirándolo con sus grandes ojos expresivos. en San Mateo casi esquina Carbario. —Mucha grasia. que desde el borde de la estrecha acera se inclinaba con alcohólica efusión sobre la chiquilla.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I cubrieron de besos i bañaron con sus lagrimas aquellas manos –lirios de castidad i de pureza– que acababan de administrar el último sacramento a la hetaira súbitamente fenecida. —¡Jesú! –gritó la negra. Pareció vacilar un momento y tras breve pausa inquirió: —¿Y cuántos años tienes? —¿Yo? Ando en diesisei… —¿Na má? Pué parese tener má. Y los tres echaron a andar. Te pasa lo que a mí. Perdió el equilibrio el atrevido. muchacho.

¡Ese si ‘e baile fino! Hay mucha gente de arriba que pasa por ayí pa bela bailá. salimo nunca en una conga.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS de madrugá. Date tu bueta por acá uno de eto día. Ya sabe. ¿Qué saca un muchacho como tú. II Mario volvió días después y gradualmente se habituó a frecuentar aquella casa y a oír de labios de Ma Juana el recuento de toda su vida. y ella se puso a trabajar como lavandera para ganar su propio sustento y el de la única hija del matrimonio. que en gloria eté. pero ya no la bailamo má que lo biejo. Esteban había torneado los barrotes de madera recia que lucía la ventana. con andá en ese relajo? Un día saldrá deay con la boca rota y jata con puñalá en er corasón… —¡Ay. que aquí tiene tu casa. por su madre! Mario soltó la carcajada. que era el fruto de sus ahorros. Un fransé de Fransia tubo a bela una noche y dijo que se paresía a un baile de su tierra. Beníamo de la tumba fransesa ¿sabe? Dende chiquita aprendí a bailala. Esteban Lafori –criollo. muchacha. Ma Juana entretejía sus recuerdos como quien piensa en alta voz. La jubentú ‘e pa dibertirse. la cola pasaba toabía por la otra esquina… —Ahí taba yo –dijo Mario. lo blanco jasen su carnabale en febrero. que ni yo ni tu mamá. cuando no tán pensando en que yeguen lo carnabale pa salí en la conga. Adiós. que yo me muero por la conga! ¿No le guta ese cantico que dise: La conga se bá. Tó er que entra en la conga se siente alegre. parece que murió en la invasión a Occidente. bieja? –dijo–. Pero lo jóbene de ahora no tan má que por er son. —Adiooós. Y yo me boy tras eya…? —Céllate. —¿No lo dije? –interrumpió la abuela–. Después no hubo más noticias de Esteban. En lo periódico se quejan a vese de que la autoridá deja salí las conga. bieja. Mario. Juaniquita. mitad francés. no se sabe si de fiebre o de bala. Y tú no irá tampoco. desía que la yamaban minué. Pero si le quitan eso ar pueblo ¿qué le ban a dejá? —Aquí ‘e –dijo la abuela deteniéndose ante una vetusta casucha que en su reducido frente lucía un amplio portón y una ventana con barrotes de madera–. El nombre de su marido. grande… ¡Cuánta gente!… Cuando la cabesa yegaba a Carbario. agüela. Si eta jubentú tá perdía. pero lo bueno son lo carnabale de nosotro en julio. —¿Qué quiere usté. con flore y papelito. brotaba a cada momento en su charla: Esteban fue en su tiempo el mejor carpintero de Santiago de Cuba. y a él se debía casi toda la obra de carpintería de aquella casa. Mario. Esteban se fue al monte. agüela. que paese buena persona. Y que Dió te bendiga… —Grasia. no diga eso. —¿Y qué otra dibersión tenemo en lo carnabale de Santiago de Cuba? Mire. con mucha conga… El año pasao pasó por casa una conga grande. Y esa conga que salen ahora no son má que un relajo… —¡Ay! ¡Ma Juana. del tiempo de lo reye. ¡Qué lástima que Esteban no alcanzara a ver 78 . Yo yebo siempre a mi nieta pa que me acompañe y pa que aprenda. Cuando estalló la guerra de independencia. no diga eso. mitad cubano–.

que tantos enamorados tuvo. en armonía con las necesidades de la industria azucarera. a la hijita que dejó de pocos meses! ¡A Juanita no había otra mulata que le pusiera el pie delante! ¡La pobre! Si Esteban hubiera vivido no pasa lo que pasó… Juanita. que murió al dar a luz una niña… ¡Cómo se parecía Juaniquita a su madre: tenía su misma cara y su mismo cuerpo! Mario escuchaba entretenido. Consagrados los meses de invierno y primavera a la molienda de caña.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I convertida en mujer. complacíase en marcar el compás a contratiempo para girar después hasta el vértigo sobre sí misma y caer de nuevo en brazos de su galán. sino anhelos. mucho baile y mucha recholata. Después de extinguida la esclavitud. la tradición mantuvo la celebración de esa fiesta como diversión popular. ¡Ah! Y me han invitao a salí en una conga que dicen que ba a dejá chirriquiticas a toas las que se han bisto ata ahora. Esos amores fueron fatales para Juanita. como si esquivara la parlería torrencial de la vieja. marcaba el paso con gracia. ¿De qué hablaban? Juaniquita no hilvanaba recuerdos. Quiero dir manque sea una sola ves. sólo en el verano podían los esclavos libertarse del látigo del mayoral que les laceraba las espaldas y disfrutar de algunos momentos de solaz. Los amos les permitieron celebrar fiestas carnavalescas en los meses de julio y agosto. En más de una reunión familiar celebrada en el vecindario. erguido el busto donde los senos eréctiles parecían horadar el corpiño. Dende chiquita toy loca por dir a una conga. como su abuela. 79 . —¡Estos carnabales sí que han a tar bueno! –decía Mario a Juaniquita en los primeros días de julio–. mi negro. y si se separaban momentáneamente para hacer figuras de capricho. eso será la gloria! —No sé cómo te bas a arreglá… Yo no me atrebo. daba desde la acera las buenas noches y se detenía en la ventana a hablar con Juaniquita. Mario! ¡Yébame! —Pero muchacha. III Se acercaban los carnavales de verano. suspiraba por ser reina de carnavales. esa animada reconstrucción del pasado. Ba a ber mucho jaleo. bidita. que ‘e Santiago. si tu agüela no te ba a dejá… a eya no hay quién la conbensa… —No importa: yébame. puso un día los ojos en un desconocido que vino de otra provincia. durante horas. ¡Qué gustaso tan grande me boy a dar si tú me yeba! ¡Y contigo. en señal de abandono. —¿La conga no sale el benticuatro? —Sí. pero otras veces. y fue dejando pasar el tiempo sin decidirse por ninguno. y al otro día. Majestuosa y esbelta. Me han dicho que ban a sacá reina a una muchacha que trabaja en la fábrica de Martíne. sentía temblar sus pies ágiles con sólo evocar la idea del baile. Ansiaba romper con la paz de aquella vida que su abuela le había impuesto: soñaba con fiestas populares. y se dejó seducir por él. dispuestos a casarse. y en hermosa mujer. el día de Santa Cristina. Mario la sintió languidecer de deleite entre sus brazos al bailar el danzón: se unía a él con flexibilidad de serpiente. daba la vuelta al salón bajo la caricia de cien ojos codiciosos que sentía clavarse en cada uno de sus poros cual ósculos de fuego. La época de la esclavitud implantó esta costumbre. Al poco tiempo de conocerse eran novios. y todo su cuerpo se estremecía con la rítmica ondulación de sus caderas cuando. y buelbe a salí al día siguiente. que ‘e Santa Ana. Después que la abandonó se supo que era casado. ¡El baile! Ya en la tumba fransesa le concedían alguna vez un turno. —¡Ay.

—Bueno. ¡Aquí tá Mario! —¡Se acabó caña! –repitieron los demás– ¡Que biba Mario! —¡Bibaa! —Y viene acompañao –observó uno. de cantos y gritos… El rumor iba creciendo. Esa noche le digo a Critinita que no pué sé que me quede. —¡Aquí toy. 80 . señore –advirtió Mario–. ¡Qué buena hembra! —Cuidao. Mario! Si tú me quiere de berdá. —¡Se acabó caña! –contestóle un joven de rostro ancho y regocijado–. y tú me espera por ahí serca. Bururú. Cómo tá Miguel. —¿Y despué. —Ya lo creo. barará. Tú no sabe er gustaso que tú me da… ¿Por aquí biene la conga? —Por aquí tiene que pasá… ¡Ahí biene! ¡Óyela! Juaniquita prestó atención y percibió un vago rumor que por momentos se acrecentaba: ruido de atabal diluido en el viento. ecos confusos de voces humanas. —¡Cómo no! Si contigo tó tiene que salí bien… ¡Qué bueno ere! ¡Cómo nos bamo a dibertí!… IV Llegó el día de Santa Cristina. repitiendo sin desmayos la frase musical. Panchito! –gritó. ahí tán mis amigos –dijo Mario a Juaniquita–. que esa buena hembra ‘e mi nobia. Bámono con él… La inmensa ola humana llegó. señalando unos muchachones alegres que venían en primera línea. —Ni te ocupe. mi negro. Algunos portaban largas varas que remataban en farolillos de papel. Radiante de ilusión y de contento abandonó a temprana hora la fiesta familiar que le sirvió de pretexto para salir de casa con permiso de la abuela y fue a reunirse con Mario en una esquina próxima escogida por ambos como punto de cita. tú me yeba. —¡Pue que biba la nobia! —¡Que biba la buena hembra! —¡Bibaa!… –vocearon en coro. prenda. primitiva y breve como su letra: Bururú. Dios quiera que tó salga bien. esperado por Juaniquita con viva ansiedad. La muchacha tá pasá –agregó otro–. —Bamos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Pué yo me hoy ar Santo de Critinita y de por ayí nos bamo… Ma Juana siempre me deja dir sola temprano y de ayí me traen. barará. precedida de un grupo de chiquillos desarrapados que hacían cabriolas y marcaban el ritmo con el temblequeo incesante de sus hombros. y cada vez se hacía más distinto el rítmico tamborileo del bongó junto con el cuchicheo del güiro y el desenfrenado resonar de las maracas… Mil gargantas entonaban a un tiempo el canto popular. si tu agüela lo sabe? —Ya beremo… —¡Jum! ¡No me guta! —¡Ay.

—¡Y pá qué tamo aquí sino pa arrempujá? –contestó una voz fuerte detrás del grupo. atontada. giró en redondo sobre sus pies. estremecida y palpitante… De súbito oyó la voz de Mario. Bururú. y tras de recorrer algunas manzanas torció hacia la parte baja de la ciudad. Las casas y los faroles danzaban ante sus ojos como fantasmas. el canto seguía: En este mundo infinito. la mujer ej’un demonio y el hombre ej’un angelito. se abrazó a Panchito. siempre enlazada a su compañero. La agarró por el brazo y la separó bruscamente de Panchito. Cómo tá Miguel. Juaniquita. Ella guardó silencio. seca y enérgica: —Bámono. pero cada vez que Panchito pretendía de nuevo ceñirle el talle se escurría con donaire. pero al llegar frente al viejo portón se detuvo y volviéndose rápidamente besó a Mario con furia en la boca. mientras Juaniquita. Juaniquita. —¿Y Mario? –preguntó Juaniquita. cruzó bajo la catarata de luz de las vidrieras comerciales. y soltando después su pareja. caballeros! –gritó Panchito.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I El oleaje multánime los arrollaba y los apretujaba unos contra otros. Y abrazados. Ya eran el juguete de la multitud gesticulante que los arrastraba entre contorsiones lúbricas y respiraciones jadeantes. Entre tanto. —No sé –contestó Panchito. caminaba llevando el ritmo con todo su cuerpo. —Con tu permiso. Todos unieron sus voces para repetir en coro el estribillo que seguía a la estrofa: Bururú. arroyando! –vociferaron algunos. lo juro por San Antonio. Esas fueron las únicas palabras que Mario profirió en todo el trayecto hacia la casa de Juaniquita. atemorizada al sentir la presión constante del enorme gentío. —¡No arrempujen. marcó en el espacio vacío que precedía a la horda delirante algunos pasos de rumba. Mario –dijo Panchito. Ella se dejó conducir. —¡Arroyando. La conga irrumpió en una de las calles de mayor tráfico. barará… La ola humana los envolvió y siguieron la marcha juntos. mientras Mario se abría paso a empujones. apretándose más y más el uno contra el otro hasta sentir adoloridos los músculos. 81 . barará. ¿Cuánto tiempo transcurrió así? Juaniquita no habría podido decirlo. Y agarrando por el talle a Juaniquita la estrechó contra su pencho. se dejaron llevar por la muchedumbre. Juaniquita. —¡Maldita sea la hora en que te yebé a la conga! Por suerte no son má que las onse y tu agüela no sabrá ná. Juaniquita se sintió oprimida contra el joven de cara ancha a quien primero saludó Mario. después de dar una vuelta vertiginosa volvía hacia él.

los gestos incoherentes. Có-mo-tá Mi-guel… El ritmo lento. las voces enronquecidas ponían graves notas de miserere en la tonada popular. —¿Qué? –inquirió Juaniquita en tono de desafío. y de ahí nos bamo junto. ya entre nosotros no hay na. extraños símbolos que aparecían como absurdo remate de pértigas descomunales: un penacho de plumas rojas. deshaciéndose de Juaniquita. ¡Pero no te desperdigue como eta noche. alcanzó a distinguir un hombre que se despedía de ella en la ventana y se retiraba luego con andar presuroso. mi negro! —No me hable más de conga. los rostros desencajados. VI Al incorporarse con Panchito a la conga del día de Santa Ana no experimentó Juaniquita las mismas emociones del primer día. Y echó a andar calle arriba. Como ‘e Santa Ana. un aspecto de aquelarre. Alzó los ojos y vislumbró muy cerca una mano negra que esgrimía un puñal. que le parecieron enormes como los de un puerco cimarrón. Mañana no puedo dir a la conga. barará– cantaba con voz de 82 . —¡Na! –contestó él. —¿Era Panchito el que hablaba contigo? –dijo al llegar. tratando de bajar la voz por temor a que la abuela se enterara de lo que pasaba–. agregó: —¿Jesú! No te ponga tan guapo. –Bururú. que pué sé tu desgracia –contestó Mario en tono de disgusto. luego. Al cabo de tres días consecutivos de euforia carnavalesca. sacudidos por el viento quemante de la canícula. pero ten cuidao… ¡Que no te bea en la conga. aún más nutrida que la primera. daban a aquella conga. Paese que me ba a comé… ¿Tá seloso? —Óyeme –masculló Mario casi entre dientes.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Mario! –murmuró suplicante–. porque!… Quiso agregar algo que vagamente se traducía en un gesto amenazador. que el cansancio hacía más pausada: Bu-ru-rú. La muchedumbre ofrecía un aspecto extraño y lúgubre que le infundía temor. un estandarte negro en cuyo centro sonreía una calavera… Junto al macabro estandarte Juaniquita vio refulgir un relámpago. pero la ira ahogaba las palabras en sus labios trémulos. un rostro sonriente y terrible de un gigante de ébano. ba-ra-rá. V Cuando al anochecer del día siguiente se acercaba Mario a la casa de su novia. yo conseguiré que Ma Juana me deje ir a ber una amiga. a modo de plumero. Panchito me yebará. pero me tienes que yebá pasao mañana. iluminado por una doble hilera de blanquísimos dientes. Y al ver el rostro congestionado de Mario. como único saludo. Y se alejó. Juaniquita sonrió: —Bueno ¿y qué? Si tú no me quiere yebá a la conga. En el aire flotaban.

se retorcía y vibraba como si tuviera un solo cuerpo y una sola alma… Bururú. que la muchacha tá pulpita… Y ciñendo con el brazo la cintura de Juaniquita. claves. bururú. siguiendo el vaivén isócrono de la muchedunbre. frenética. De súbito se volvió hacia Panchito. que te matan! –clamó Juaniquita. Juaniquita quiso huir. voces infantiles rompieron a cantar: 1920 La conga se va. El puñal frustró en el aire su rítmico centelleo y el brazo negro y lustroso se alargó en la altura para descender con ímpetu hacia Mario. bururú. y el coro inmenso y jadeante. El calor era asfixiante. la levantó casi en vilo y avanzó con ella algunos pasos. Era Mario. barará… Bongoes. mientras con la hoja brillante y afilada trazaba rítmicamente en el aire signos cabalísticos. mostrando sus colmillos de jabalí: —No te lo quiera coger tó. pero Panchito la atrajo hacia sí con violencia. Mientras su cuerpo se desplomaba en brazos de Juaniquita. hombres y mujeres se agitaban con lúbricas contorsiones o saltaban ebrios de locura dionisíaca. barará. y su cabeza cayó pesadamente sobre el hombro de Panchito. Niños. y apretándola con frenesí la besó en la nuca. barará.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I trueno el negro hercúleo. Poco a poco la conga fue cobrando vida. epiléptica de lujuria. sólo acertaba a balbucir las primeras sílabas del estribillo popular. —¡Mario. A las voces veladas por la afonía se mezclaban alaridos que taladraban el aire como voceros de insania. al par que marcaba el compás con los relámpagos del acero que llevaba en la diestra. Por momentos el ritmo de la tonada se hizo más y más vivaz. barará. barará –repetía junto a Juaniquita el negro horrendo. al compás de su rítmico puñal. Con furioso golpe. bururú. su camino: Bururú. la conga siguió. repetidas con exaltación creciente hasta el infinito: Bururú. El olor acre y capitoso del sudor humano mezclado con el alcohol enardecía a la muchedumbre como un tufo afrodisíaco. trazando una parábola amenazante. güiros y maracas sonaban de manera incesante. al conjunto de manos febriles. Y yo me voy tras ella… 83 . atropellando la frase melódica. barará… Desde el balcón vecino. La conga. Un escalofrío de placer sacudió su cuerpo. una mano fuerte separó de la cintura de Juaniquita el brazo fornido que la ceñía. Mario se irguió como para defenderse y recibió el golpe en mitad del corazón.

al inglés lo pintaban ebrio. separado del cuerpo principal de la casa. que allí no se siente catleya vanidosa y envanecedora como en climas extraños. y mi cara estuvo a punto de chocar con otra cara. —Aquí no vive ningún inglés. iba definiendo formas. —Si quisiera… Pero de seguro está enojado porque vivimos en esta casa: él cree que es suya. y amenazando al perro desde una de ellas. ¡qué camiguamas!) no tuvo valor para afrontarlo y me pidió socorro. pero en actitud de amenaza. Al verme. —¡Adónde lo llevaré! Al dormirme. los rosales habían encogido su exuberancia de ramas dispares. pude 84 . No volvió a echarse en la galería. envejecida. en los naranjos se afianzaban las orquídeas familiares de las Antillas: la mariposa y la flor de lazo. no se inmutó. en la flojedad aprensiva de la somnolencia sentí desecha la felicidad de la tarde y envuelta la casa en aura de persecución: perros desconocidos… ingleses ebrios… Al día siguiente. A la tercera tarde. afilado de hocico. Abrí una ventana de la galería. ¡qué langostas!. Me miró. cerré la puerta. salieron a mirarlo. piel negra con manchas claras. y no hubo más. —Pero si yo lo he traído muchas veces… —Habrá vivido aquí antes que nosotros. en el fondo del terreno. Echado en actitud vigilante. Por la noche. como antes: se escurrió por el camino lateral hacia la cochera.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA (1884-1946) La sombra En la tarde. No entró a la galería delantera. Pero noches después divisé en la calle la sombra negra con manchas claras. sentí la fruición de las cosas bien logradas: el jardín. Nada extraño que hubiera atravesado el jardín y se hubiera plantado en la galería: en la feliz confianza de las tierras tropicales no hay verjas cerradas. —¿Y no sabe dónde vive ahora? Ha bebido mucho y no le entiendo lo que dice. con los ojos fijos en mí. —No lo conozco y no sé dónde vive. las enredaderas iban subiendo decididas. y se instaló en la cocina. —¿No será que el amo lo trata mal y que quiere venir a vivir aquí? ¿Quieres que lo dejemos? Estará mejor que con el inglés. al caer la tarde. Se lo mostré a mis hijos. Entré. se levantó del suelo. Allí. se levantó del suelo gruñendo. bastón en manos. Pero ahora las puertas se cierran. malhumorado. Si volviera y no nos amenazara… El animal volvió. Afortunadamente. el perro estaba de nuevo echado en mi galería. al llegar a mi nueva casa cerca del mar. de cochero. Lo amenacé con el bastón y huyó. Lo siento mucho. Pero en la galería encontré al perro desconocido. que recibimos en desorden salvaje. Me miró. a altas horas llamaron en la casa. rojo. recibió con gruñidos a la cocinera. el perro estaba allí otra vez. lo miré. Mediano de tamaño. En otro tiempo ni siquiera puertas cerradas. lo miré. La excelente Celia (¡qué tortugas!. —¿A qué señor? —Al inglés que vive aquí. la cocina tenía ventanas. y hablaron de él con niños del vecindario: supieron que había vivido en la casa y que su amo era inglés. al caer la tarde. —Aquí traigo al señor. grande. y yo cerré la mía.

sin aire de rencor. las crines y la cola mucho mas claras que el resto de la pelambre. lo encontramos inesperadamente en una confitería vecina. cabizbajo. tenía una tan horrible manera de poner los ojos en blanco. y nunca lo volvimos a ver. de rabia contra los intrusos que le vedaban su hogar. Nació de una estupenda yegua andaluza traída para recreo y vanidad por un Capitán General y de un semental inglés con más abuelos que un sumarai. pausadamente. el perro corrió ansioso al aposento principal. el gato es muy chico. Es una simple historia de un paquete de músculos de acero y de un tremendo haz de nervios que se agruparon. Mis hijos iban delante saltando. Después. Con todo. Se ve que el perro no sabe qué hacerse sin ella: al caer la tarde viene siempre a este barrio y ronda la casa. que era inglesa. manso. H. el potro desmentía todo aquello. por única vez en la historia. amistoso: al fin comprendíamos sus deseos. el inglés se mudó en seguida. ya aquel potro defraudaba completamente las esperanzas y los cálculos del dueño de aquella finca en los alrededores de Humacao. —¡Qué bueno! ¿No se peleará con el gatito? —Verás que no: él es grande ya. Publicó: Canciones del litoral Alegre (1936) y Yelidá (1942). recorrió todas las demás habitaciones. —Entonces… tendrá ganas de irse con nosotros. magnífico para cualquier burro.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I hacerlo huir. pero alguna vez había que contarla. A los tres días de haber nacido. TOMÁS HERNÁNDEZ FRANCO (1904-1952)* Deleite (Historia de un caballo) Esto es historia muy antigua. Ahí murió su ama. en el cuerpo flaco e inverosímil de un caballo de Puerto Rico. porque es fácil de hacerlo y porque no tiene mayores complicaciones. Se escapó. R. Le hicimos señas para que nos acompañara y se puso en camino con nosotros. debió haber nacido de un suave color de oro puro que se iría enrojeciendo después con los años. cuando íbamos olvidándonos de él. Y entonces. yo creo que le hará gracias. —¡Ah! ¿Pero la señora murió ahí? No sabíamos. Si quiere. con ladridos cortos de despecho. Allí observó. para mayor belleza. 85 . Sus amos vivían donde viven ustedes ahora. con ojos de conocido. sin mirarnos siquiera. salió de la casa. Me miró fijamente. Cuando se agarraba a las tetas de su madre importada. olfateó… De cuando en cuando nos miraba: al fin vimos en sus ojos el desconsuelo del vacío. Si la ciencia y la experiencia no fallaran. Nació con un profuso pelo largo color de peña sucia. Pero. nos lo llevaremos. pero imposible de admitir en un caballo de raza. de estirarse *T. 1935. Apenas abrimos la puerta de la casa. En 1951 publicó un volumen de seis cuentos: Cibao. —Sí. —Lo conozco bien –me dijo el dueño de la confitería. Lo llamé y se acercó. Semanas después. adonde acompañé a mis hijos en busca de caramelos y piñonates. era mucho más ridículo que feo. obras poéticas. guardando siempre. como quien cumple el deber sin la urgencia de la esperanza. Miré al animal: me devolvió la mirada sin temor y sin ira.

las palizas aumentaron ya sin órdenes previas. sin que antes no disparara un par de coces sobre lo que tuviera más a su alcance: animal. Felizmente. azucenas. el mejor mercado para los potros de Puerto Rico había sido. si ello hubiera sido posible. Los primeros palos. Su predilección. dado de común acuerdo por todos y cada día se las arregló para hacer algo que justificara más. entonces y después. gardenias y lirios. y mover lentamente la cabeza al Patrón. la propia mujer del Patrón. mascando raíces amargas. y se las arreglaba caminando desperdigado por el potrero. realizadas en lo que se refería a su propia alimentación. pública. Al fin y al cabo. llegó a parecer algo así como un alambre retorcido en forma de caballo y entonces comenzó la época en que debía fijarse su extraordinario destino. pues. deformados los cascos. Sus principales y más extraordinarias fantasías fueron. de lejos. aquel bautizo calificador. no se pudo averiguar mediante qué artes. la República Dominicana. Con todo eso. Los golpes le habían hinchado las cañas. a cualquier hora y por cualquier motivo. enmarañadas las crines. pero. Muy pronto dejó andar sola a su madre. así y todo. El Patrón sabía que “EL LOCO” no podía ser vendido a “nadie que tuviera ojos en la cara”. tan lamentable como estaba. roto el belfo. tenía un aspecto bien poco agradable. derrotaba a los perros y era el terror del patio. triscando y tragando hojas extrañas al pasto. sin contar las más bellas rosas de un rosal. situada al otro lado del Canal de la Mona y en donde guerras y distancias mantenían firme el medioeval concepto de “Dios y hombre a caballo”. Cambió el pelo cuando buenamente se le quiso caer aquel ominoso de burro que trajo al mundo y le nació otro desteñido color de caoba sin brillo. naturalmente. Como era “EL LOCO”. hundidos los sulcos. maltratados los ollares. desde siempre. desde luego. de escarbar la tierra con las manos. ordenada con voz frenética por la Doña. cosa o persona. voces y palos. Mucho antes de cumplir el año de vida. reír a la peonada. la yegua andaluza. De cuando en cuando. que sostenía su histeria. alguna tremenda pedrada. la ropa mojada que ponían a secar al sol: le encantaban los pantalones azules y las camisas blancas y los pañuelos rojos ya tenían que ser secados al humo apestoso de la cocina para que “EL LOCO” no los viera.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS sobre las patas traseras. sin embargo. no supo de esos pacientes mimos que los demás potros de la finca recibían en las largas horas de limpieza. al comienzo. para la exportación y con esa idea dio comienzo una de las más tremendas épocas en la vida de “EL LOCO”. también le llovía. Había que prepararlo. tenía la testera pelada. su nostalgia y su aburrimiento. Cada día le fueron descubriendo nuevas imperfecciones. sembrando flores en aquel tropical olor de estiércol fresco y de caballo sudado. satisfecha de aquel fracaso. Así fue como. en el jardín de la casa y tragarse deliberadamente un sembrado de claveles. El día en que logró introducirse. estirado hasta romperlo 86 . los manudillos y las cernejas. invariablemente. A esto y a que muy pronto dejó ver una irrefrenable voluntad de morderlo todo. fue siempre. pateaba las vacas los terneros y cuando tiraba las orejas hacia atrás y agachaba la cabeza casi a flor de tierra. por allí por donde más pecaba: las patas y la boca. Era imposible que empezara alguna de esas cabriolas que todos los potros del mundo y de todas las razas ejecutan con tanta gracia. cuando “EL LOCO” llegó a cumplir dieciocho meses de edad. A fuerza de cuerdas. ya tenía un nombre propio: “EL LOCO”. se debieron las primeras palizas. los peones no podían acercársele sin llevar algún leño en las manos. recibió la primera tunda oficial. se los administró la peonada fuera del alcance de la vista del Patrón y los recibía. que hacía. ni de la caricia larga y voluptuosa del cepillo.

Entonces. le desenmarañaron las crines y cola. salió “EL LOCO” para el puerto de Santo Domingo de Guzmán. “EL LOCO” sacó. “EL LOCO” tuvo una estupenda fama entre los estancieros del Cibao. Por fin. que podía tolerar por algunos minutos que un hombre le oprimiera los flancos y le pasara entre los riñones y la cruz. por una razón más. a la llegada de la “María Limpia”. “EL LOCO”. el precio. bien aleccionado. cuando ya casi no era ni siquiera un alambre retorcido. se le comparaba a otros caballos y se envidiaba ya a quien lograra ser su dueño. era una simple cosa viva.  El hombre del Cibao había hecho el viaje de cientos de kilómetros. atravesando montañas. vadeando ríos. le cortaron y limaron los cascos. cuyo verdadero nombre era ya un misterio. sorteando precipicios. le arrancaron unas garrapatas enormes que tenía desde siempre y terminaron por amarrarlo. apresado. en las largas veladas de las estancias de Higüey y de San Juan de la Maguana. en las orillas sucias del Ozama. No había engaño. realmente incomprensible para “un potro sin domar”. pocos días después. señalando los progresos de “EL LOCO” en el camino de la civilización. El Patrón leyó. en su batalla diaria y directa contra el hombre. de la incurable estupidez de los dominicanos y. a pesar de toda su voluntad de no dejarse tocar. Se suspiraba por él como por una mujer imposible. Así. más magullado todavía por el roleo. regocijado. metido a fuerzas de palos y de gritos en el vientre mal oliente de una goleta. y molerlo nuevamente a palos. costillas y piernas rotas. poca a poco. Puesto en tierra. lleno de improperios y maldiciones. Todavía entonces. encontraba fuerzas para lanzarse contra una pared o para revolcarse en el suelo. le limpiaron las orejas. Capitán: John. muchos meses después. se le comentaba. Brazos. alto y corto. enredado lastimosamente en la red. un hombre del Cibao escribió una carta enviando el dinero y pidiendo que le embarcaran aquella maravilla.  El Patrón sabía aquello de que “no hay mejor engaño que la verdad”. todos los recursos de lucha que había espontáneamente aprendido en su existencia libre. dando fe de que aquel potro correspondía exactamente al pedigree ya antes comunicado. Antes de que el hombre tuviera. siempre iracunda. el Capitán John. aquella carta a toda su peonada reunida en el patio. 87 . Así fue como pudo ver cómo “el potro de Puerto Rico” manoteaba en el aire sujeto en la primera lingada. convencida. Pero. “del potro que hay en Puerto Rico”. ni posibilidad de protesta. alejaba las proposiciones en firme. No quedó hombre en la finca que no recibiera su golpe. Había que “romperlo” un poco antes de tratar de venderlo. con sus peones y sus caballos. Por aquella carta. verdaderamente loco. se le discutía. desde los llanos de Montecristi hasta la Sabana de San Diego y hablaban de él. cruzando bosques y sabanas. Le hacían tirar de un pesado carromato cargado de piedras durante todo el día y al anochecer un negro le metía el freno entre los dientes sangrantes y se le encaramaba al puro lomo magullado.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I casi. desesperado. le puso entre las manos un papel: certificado oficial del Señor Alcalde de Humacao. le cortaron casi regularmente los pelos de la corona. presentaba un aspecto desdichado. con la advertencia de “potro sin domar” y con el precio absurdo de “mil pesos”. iban. Así fue como el pedigree de “EL LOCO” se copió en una larga carta para la República Dominicana. tiempo de hablar. entre un gran chillido de paleas. magullado. para estar presente en el puerto. en su estupor.

apenas si martillaba con más fuerzas el camino y si los ollares. le vino a la boca la ocurrencia: —Ensillen “eso”. animales. sin cambiar de postura en la silla. observarlo. en la medianoche. haciendo volar rotas las piedras del camino. convencido de que estaba presenciando algo sobrenatural. el patrón nos comunicaba algún nuevo descubrimiento hecho por su cuenta y cada día modificábamos. Sus iras. le preguntara: ¿Qué tal. horas del día. dejó que “eso” se adelantara y así continuó por todas las horas del día y de la noche. unida a una insólita y firme suavidad de pasos. El tenía su particular criterio sobre un montón de cosas: forrajes. estupefacto y feliz de ir descubriendo que se podía jinetear un relámpago o un torrente. dejando que aquella cosa absurda de azogue quisiera detenerse. se acercó a besar a su mujer y ésta. dos mil quinientos. a ver lo que es… Cuando el hombre montó sobre aquel pelado paquete de huesos no tenía otra idea que no fuera la de sacrificarse para dejar descansar unas horas sus caballos. borracho en el ritmo de aquel paso. contentos. que reventara en el aire aquel resorte animado por nadie sabe qué impulso. sin que le dejaran tiempo de saber que estaba pisando tierra firme. anotamos cuidadosamente ese capricho y evitamos sacarlo al sol alto de por el mediodía. ruidos. Apenas lograron sacarle un poco de brillo al pelo. sabíamos 88 . Se entendían en ese borde mismo que es la tragedia inevitable. un extravagante caso de resistencia atroz. sus resabios. perdido. De todos era sabido que era una especie de máquina incansable. pero. Cuando. Casi todos los días. dos mil. De tanto estudiarlo. a las pocas horas de abandonada la ciudad. Pero “eso” ni se rompía. amarlo.  Porque el caballo del hombre empezó a cojear. el hombre le cambió el nombre. para todos los estancieros de la comarca. entre sueños. eran un secreto entre él y su dueño. su increíble malgenio. llegó a ser un libro abierto para nosotros: el día que descubrimos que le irritaba caminar sobre su propia sombra. Así fue saludado “EL LOCO” a su llegada y así. nuestras relaciones con “Deleite”. ni se detenía. pero que tarda en llegar y como aquel caballo era siempre una especie de guerra y de aventura. Se llamó “Deleite” durante dos años y durante esos dos años llegó a valer mil quinientos. Por el Patrón. ni se gastaba. Cualquier ruido imprevisto le hacía pasar días enteros sin probar bocado y los ejercicios en el picadero le ponían los ojos de un temible color morado de ira. personas. sin mover la mano en las riendas. arneses. a fuerzas de precauciones y caricias. el potro?…. extasiado. Con todo. rota y deshecha en cualquier parte. mecido en la firmeza sonora de aquellos cascos golpeando la tierra dura. el hombre y “El Diablo” se entendían. No hubo forma de que aumentara en carnes. amplios y rojos. solamente pudo contestarle lo que era el fondo de su convicción: “¡No sé… tal vez el Diablo!”  Así estuvo llamándose durante muchos meses: “El Diablo”. asombrado por la revelación de aquel poderío inédito que sentía agigantarse bajo sus rodillas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Agarre “eso” y salgamos ahora mismo otra vez… No diga a nadie que yo he comprado “eso”… ni que “eso” es mío. tres mil pesos. emprendió el largo y fragoso camino que conduce a esa tierra de maravilla que es el Cibao. hacían silbar un poco el aire.

un buen día. empezaron a llegarnos noticias: don Fulano lo compró en quinientos pesos. estuvimos mucho tiempo sin noticias. luego. tan enorme a pie y tan chico para sus bríos. no mover las manos. cuando llovía mucho o cuando el calor era asfixiante. y lo contábamos luego con mejores y más brillantes detalles. todos llorábamos en la finca y todos hicimos el mismo comentario: “Era… el único caballo que había en el mundo”. pero no lo puede montar… Ahora le dicen “El Bronce” y dizque lo han castrado para quitarle bríos… Le rompió una pierna a don Zutano… Ya lo vendieron en veinte pesos para el Este… Dicen que lo tienen cargando piedras… Lo trajeron otra vez para el Cibao y lo vendieron en mil pesos… Lo tiene el Presidente… Lo tienen tirando una carreta en la finca de doña Mengana… Se nos fueron pasando los años. ‘El Bronce”. de nuestro Cibao. Cuando lo sacaron de la cuadra. el Patrón tenía que perdonarle que pasara su buena media hora haciendo tonterías. Una noche. pero se sabía que eso era imposible por no ofender la memoria del peón muerto en el patio. A esos que venían a preguntarnos cosas. La realidad de su existencia se nos confirmaba por rasgos invariables: sus iras inmotivadas. no obligarlo a dar vueltas inútiles. no variaba nunca el paso. nos dio la noticia: 89 . A veces. les inventábamos las fórmulas más pintorescas. obedecía ciegamente la más disimulada presión de las rodillas y si hacía estallar bajo sus cascos alguna ramilla seca. de nuestra Patria. pero siempre con la intención y la seguridad de halagar a “Deleite”. Después. alguno preguntaba: “¿Dónde estará “Deleite”. Después. no hacerlo cruzar agua sucia. menos que se declarara vencido por algo. tenía que estarse quieto en la silla. Para cumplir esa fórmula “Deleite” fue vendido por “cuarenta pesos”. su tremenda capacidad de recibir golpes. mató de una coz al peón que le limpiaba la cuadra y. de tiempo en tiempo. que pidió posada en medio del temporal. seguidas al pie de la letra. En cambio de todo eso. “El Loco”. Seguía de finca en finca. no levantar la voz. “Deleite” era casi un milagro de docilidad. rompiendo brazos. no se hacía viejo. sus bríos inagotables. estuviera en la condición que tuviera: “que le pongan cerca unos pantalones azules del dueño empapados en agua de azúcar”… “que le den a comer media docena de pañuelos de seda”… “que entierren todas las espuelas”… Como con aquel caballo todo era posible. A veces. Sabíamos todas sus terribles aventuras por todo el territorio. estábamos seguros de que todas nuestras recomendaciones eran. de muy lejos. costillas y piernas. a ruegos de la Señora hubo que venderlo “al primero que pasara”. moteados de noticias de “Deleite”. nunca supimos exactamente por qué. nos llegaban peones cansados que traían consultas: “¿Qué hay que hacer cuando “El Bronce” no quiere beber?”… “¿Qué qué se le hace al caballo cuando no quiere salir de la cuadra?”… “¿Qué qué se le hace cuando se muerde los ijares?”… Por esos mismos mensajeros sabíamos siempre historias nuevas de fracturas o de viajes tremendos realizados “de un tirón” por “Deleite” y nosotros aumentábamos todo eso en la finca. ahora?” Siempre vivimos en la esperanza de que volviera a la finca. tejiéndose una leyenda prodigiosa que era mantenida cada día más fresca en la perenne evocación de nuestro recuerdo. oscilando en precio. Pero. su resistencia en el camino. un hombre “de por la costa”. su inaudita facultad de realizar todos los trabajos. de los veinte a los tres mil pesos. inesperadamente “Deleite”.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I que éste. “Deleite”. una vez en camino.

A él os emplazo por estas líneas. Nuño Valderrama”. quien comenzó a odiar. escribió y envió la siguiente esquela: “Señor don Pedro Alcántara Ríos. Secretario del Presidente de la República (1924) y Presidente de la Cámara de Cuentas. Una tarde en que observara que doña Consolación besó una perfumada flor que le obsequiara don Pedro. mantenedores de estrecha personal amistad. Os aguardo en el solar yermo que está detrás de los muros que rodean el Alcázar. dama joven en la servidumbre de la Virreyna y la requerían de amores con esperanzas. Recibió y leyó don Pedro. inédito. que los galanteos y requiebros de don Pedro eran los recibidos con mayores complacencias por parte de la bella joven. Ha sido diputado al Congreso Nacional. gozaban de buenos miramientos y consideraciones en el seno de aquella pequeña corte y eran tenidos ambos por muy correctos y valientes caballeros. no pudo resistir la creciente ira que le consumía y tomando papel y pluma. Allí estaré antes de la salida del sol. la inesperada misiva. Envuelto en su capa y con la espada al cinto. jóvenes y apuestos cortesanos del Alcázar que alojaba a los Virreyes don Diego Colón y doña María de Toledo. 90 . con notoria sorpresa. Ya que presumís de caballero. si bien presumió que tal airado reto era producto de los celos o despecho por causa de un amor no correspondido. Tened por cosa sabida que os odio de todo corazón. Habíamos vivido muchos años de la historia de ese caballo. ANTONIO HOEPELMAN (N. de ser el agraciado y correspondido por la discreta castellana. Sus propias manos. *Periodista. Sed discreto si no sois cobarde. para desesperación de don Nuño. Validos del favor de sus Altezas. Vos me estorbais y suprimiros será mi mayor empeño. eran dos bravos. 1874)* Nobleza castellana Don Nuño Valderrama y don Pedro Alcántara Ríos. Autor de un volumen de cuentos y narraciones. encaminóse el madrugador don Pedro al lugar de la cita cuando los celajes de la aurora desaparecían en el horizonte y surgían por el otro los tenues rayos del sol. cada uno. al importuno rival. venid a demostrarlo en el campo del honor. El peón más viejo. el que más sabía de “animales”. tampoco. agitado por los celos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Al “Bronce” lo mató un rayo… Nos cayó encima un silencio enorme. hizo el único comentario: —Sólo de igual a igual podía perder. No era secreto que los dos habían puesto ojos interesados en la belleza y gracias miles de doña Consolación Olivo. preguntándose en cuál forma hubiese él ofendido a don Nuño. No era secreto.

—No os mataré. matadme ya que me véis desarmado. ¡Os perdono en nombre de aquella noble criatura. Don Pedro. Don Nuño. se lanzaba a fondo. paraba las acometidas desafortunadas de su atacante con quites oportunos que le enfurecían más y más. Recoged vuestra espada y vuestra capa e id en buen hora a roer vuestra desdicha y vuestro despecho. Vos queréis matarme y yo quiero que viváis.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Allí estaba. tembloroso y enfurecido don Nuño acometiendo a don Pedro. que no he de bautizar con sangre asesina la dicha que me posee. don Nuño. que la muerte la tenéis en la punta de mi espada! —Me asustaríais. si no queréis que os atraviese de parte a parte”. más sereno y dueño de sí. —Pues tirad de vuestra espada y ya veréis que sé cumplir el encargo que se me confía. aprovechando un descuido de don Nuño. que debéis renunciar al amor de doña Consolación. se desposaron doña Consolación y don Pedro. poniéndole en el pecho la punta de la suya le dijo: –”Teneos. Iba don Nuño a lanzarse para recuperar su arma. Consolación. Sabed. como quien solamente tenía un supremo interés: arrancar la vida a su rival. el caballero retador que al verle llegar le dijo: —”Puntual sois a vuestra cita con la muerte”. si no estáis ya por fortuna avisado. algunos días antes. cegado por la cólera tiraba mandobles. apadrinados por los Virreyes. paró el ataque con un quite maestro mientras gritaba al insensato atacante: —No os mataré. pero os arrancaré la lengua que me insulta. le descargó tremendo cintarazo sobre la diestra mano obligándole a dejar caer la espada. pálido. —¡Pues tened por seguro. ni vuestra misiva ni aquesta vuestra extraña salutación. en cambio. ya alzado el día. madrugador también. funesto resultado. determinó acabarla don Pedro quien. pero don Pedro. que estaba prevenido. quiero preveniros antes. Y como la lucha se prolongaba y el ruido de la pelea podría atraer la atención de algún vecino que acertase a pasar por el lugar. —No dudo de vuestra valentía sino de vuestro brazo. que no tiene culpa de vuestra desventura! Capa y espada recogió don Nuño y humillado abandonó en silencio el solar. pero sin esperanzas de ver cumplidas vuestras locas ilusiones. con más práctica en el uso del acero. me batiré con vos. —¿Muerte decís? Pues no la veo por parte alguna. que acometéis una temeraria empresa. Días después. don Pedro. porque ella me ha entregado su corazón y la desposaré en breve con la venia de sus Altezas los Virreyes. si no estimara que ha escogido mal representante la pálida y descarnada señora. Don Nuño. 91 . —Matadme sí. don Nuño. con la natural alegría de damas y caballeros que asistieron a los festejos ocurridos en el Alcázar. Allí iba él a buscar olvido a sus pesares o la muerte en los campos siboneyes. había embarcado con don Diego Velázquez a la conquista de Cuba. Este. pero. Más quiero la muerte que el martirio de vivir sin esperanzas. —¡Mentis! ¡mentís! –replicó. Tendréis la culpa del para vos. Y ya que así lo queréis. No comprendo. don Nuño. don Nuño. con bravura pero sin tino.

paño inglés. novela. Los dos restantes estaban en la lavandería. como yo. ¡Qué trazos. pero hubo necesidad de amenazar. A mí me llamaron para que ayudara. 92 . dejaron de caminar muchos transeúntes. sonó un grito de dolor y se oyó el ruido de unos frenos… El agente levantó las manos en cruz y al instante se pararon todas las máquinas. y de numerosos cuentos. A. Los últimos clientes salían con paquetes debajo del brazo. —¿Qué ocurre? —Un accidente. Pare. varios galardonados en certámenes. Una luz opalina bañaba los seres y las cosas. qué caída! ¡Una obra de arte! Me lo había puesto aquella tarde por necesidad. Yo me detuve al escuchar el grito. Con todo. A esa hora de la tarde en que los establecimientos comerciales van quedándose sin voces. En esa luz iba yo de regreso de mi oficina de trabajo. No habían reparado en mi traje nuevo. movía los brazos constantemente.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS MIGUEL ÁNGEL JIMÉNEZ (N. J. Existen los apasionados del accidente. 1885)* Mi traje nuevo Aconteció en una de las calles principales de la ciudad. Yo me había olvidado también. a la derecha. —Ese carro ha aplastado a un hombre –gritó una mujer. ya los curiosos rodeaban la máquina. como si paseara. Un agente de la policía. niños. ancianos. Caminaba despacio. Los agentes ordenaron que se alejaran. Por las aceras iban y venían diversos transeúntes: hombres jóvenes. pero no le era posible hacer nada. Con la exclamación viajaron las miradas hacia el vehículo rojo. ¡Mi traje nuevo! Gris perla. en la esquina cercana. Uno de los agentes me indicó: *M. El placa 406 sonó su pito de reglamento y comparecieron dos agentes. confeccionado a la medida. es autor de La hija de una cualquiera. Cada indicación del placa 406 mantenía el equilibrio de aquel río interminable de vehículos. El carro gris. hacia el verde. a la izquierda… Aquel personaje anónimo tenía muchas vidas aseguradas en los hilos invisibles de sus señales. pero con una larga hoja de servicio. —¡Vamos! Antes de llegar la policía. mozas garridas. siga. La muerte acechaba sus movimientos. eran de buen paño también. La tarde invitaba a la contemplación y yo vestía mi mejor traje. hacia el negro… Pero estaba cogido por el automóvil gris.

caballero. —Este hombre está mal. El carro gris fue de los primeros en ponerse en marcha. —Está bien. pero el contuso no pudo seguir hablando. pero el placa 406 me lo impidió. pongámoslo dentro del carro. tiene cogida la ropa del hombre. —Sí. —Conforme. ¡y arriba!. Nos colocamos como pudimos en el interior del automóvil y el placa 406 se alejó a reanudar el tránsito. —Debe ser paciente. yo… Al conductor le volvió la sangre a la cara. yo no tuve la culpa… —¡Cálmese!. —No. ¡levantemos! Alzaron el carro y yo así al hombre y tiré de él como pude. váyanse.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Trate de levantar esa rueda. pero el contuso dijo: 93 . Iba a continuar mi camino. —Pues andando. —No lo tuerza. –expresó desfalleciente. —Lo llevaremos en seguida al hospital más cercano. El placa 406 dijo: —Mejor es que nosotros cuatro levantemos las dos ruedas delanteras y que usted hale al hombre. —Está bien. puede subir. pero estaba sin afeitar. A mi lado hacía fuerza también el conductor del vehículo. El placa 406. –le dije e iba a sentarlo. estoy seguro. Tenía la ropa sucia. chofer. sus facciones eran correctas. sus compañeros. complázcalo. El placa 406 preguntó: —¿Este chófer podrá guiar bien? —Pero él no tuvo la culpa. —Sí. agente. —¡Listos! —¡Listos! El chofer aprovechó para decir: —Yo no tuve la culpa. Uno de los agentes tuvo que apartar todavía a los curiosos. —Yo puedo guiar. todo ha sido aquí en el pecho. puede tener roto el espinazo. –explicó. nosotros lo llevaremos. Obedecí. —Conduce con tino. de estatura mediana. Venga. –contesté. —Si quiere. hay uno poco distante. un negro delgado a quien se le había perdido el color. iré. gordo y blanco. gracias: estoy casi muerto. yo tengo que continuar mi servicio. No había vuelto a pensar en mi traje nuevo. pero el desgraciado indicó con su voz desfalleciente: —Venga usted también. llévenselo en seguida. el chofer y yo cargamos al hombre hasta el interior del automóvil. Era un hombre como de unos cuarenta años. a su interior volaron ahora las miradas de los curiosos. caballero. —Pónganme más a la derecha… —Sí. —Ay.

—Vendrán en seguida. No estoy herido. nos envolvía. me retiraron y ahora me dedicaba a ese otro oficio: vivía del accidente. —No es necesario. caminamos por un amplio salón y ascendimos después por una espaciosa escalera. Unas religiosas con tocas blancas ayudaron a acomodarlo. puede hacerle daño. —Sí. —Está bien. era empleado de comercio y ganaba bastante. señor del traje nuevo. pero ¡cómo me duele el pecho!… —No hable. el chofer y yo. –expresó el otro agente. no se impaciente. Pronto llegaremos. Cuando retornó el agente. El carro continuaba su marcha y ahora entraba en un sector muy tranquilo de la ciudad. estoy asustado ¿Dónde está el doctor? —Vendrá en seguida. es allí. lo acompañaré. Primero cruzamos una gran puerta de hierro.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —El señor bien vestido que me sostenga por el hombro. –expresé a uno de los agentes. Olía a drogas y un silencio que caía como de los altos paredones. —No me refería al golpe. —Entre todos podemos cargarlo. Las monjas fueron a buscarlo. Luego se dispusieron a marcharse llevándose al motorista. Miré al sujeto con extrañeza y pensé que deliraba. pero perdí la cabeza con el juego y la bebida. sí. quizás le diga el médico que no es cosa grave. –me contestó y se dirigió al interior del hospital. Detrás de la camilla íbamos los miembros de la policía. Los agentes se quedaron después. urgentemente. iré a avisar para que vengan con una camilla a buscarlo. todavía me suplicó: —No se vaya. señor. hablaba de mi trabajo. —Me siento mal de todos modos. un momento. Las luces amarillas del atardecer lo volvían más pálido. Así al desdichado por la parte superior de la espalda mientras uno de los agentes le indicaba al conductor la dirección del hospital. Se lo expliqué a la policía. porque el chofer no tuvo la culpa. —Muy bien. vino con tres mozos que acostaron al hombre en un pequeño catre y se dispusieron a llevarlo a un cuarto de emergencia. —Acompáñeme un poco más. —Esta vez me ha salido todo muy mal. El contuso estaba como desmayado. a solas con el hombre. –le recomendé–. —Está bien. En una habitación con ventanales de vidrio instalamos al contuso. pero al despedirme del desafortunado. El carro se detuvo delante de una magnífica construcción. pero él prosiguió: 94 . con los ojos cerrados y muy pálidos. no se vaya. Las religiosas salieron de la habitación y permanecí con el contuso. Yo también me iba. Hizo una pausa y después prosiguió: —En otros tiempos vivía bien. no he echado sangre. —Ya estamos llegando. caballero… —No desespere.

—¿Está muerto? —Sí. Se trataba de una labor arriesgada. —El médico debe estar al llegar. me informó. ¿Por qué no viene el médico? —Debe venir ya pronto. –prosiguió diciéndome. —Todos los hombres somos hermanos. pero es la pura verdad: esa era mi profesión. El continuó: —Mi nombre es José Luna. en continuar su relato. malditos errores! —No le doy algo porque no soy lo que usted ha imaginado. Hoy tenía que volver a trabajar y me había escogido a mí para que lo favoreciera. —Tal vez. soy pobre también. Luego tuvo un sacudimiento y se quedó como dormido. Yo guardé silencio mientras él lloraba. Cuando el médico llegó. Era como uno de esos trabajos peligrosos que efectúa muchísima gente. —¿Valiente?… Bueno. pero piense que pueden ser mis últimas palabras… Quise quedarme callado. y me producía para vivir. tan solo… —Yo se lo dije porque a lo mejor si se excita… —No crea. Me ataca por instante… Es como si quisiera destrozarme. resista un poco más. empero. —Quizás bebí demasiado con aquellos cuarenta pesos. ¿Es familiar suyo? —Es mi conocido de esta tarde. Tornó a llevarse las manos al pecho y se le humedecieron los ojos. usted es un hombre valiente. después de levantarle los párpados y tomarle el pulso: —Pero con éste ya no hay nada que hacer. Oiga. Aguardó a que pasara en su automóvil un rico de buen corazón. —¿Le duele otra vez? —Siento que me he hinchado por dentro. No me ha dado dinero. pero aquel hombre parecía tan triste. me parece que el dinero no me molestará más. él estaba empeñado. No hacía más de dos semanas que le había producido cuarenta pesos. Continué mirándolo con tristeza mientras de los altos paredones seguía cayendo aquel silencio compacto que lo envolvía todo. se mostraba cansado y con un bostezo agregó: 95 . le perjudica. yo no tengo madre. ni un hermano. —No se apure. estoy tranquilo. Indiqué al desdichado que guardara silencio. me vuelve el dolor. pero me dicen Serrucho… Ya el Serrucho no cortará más… Siento otra vez el dolor. Iba a decirle que estoy muy satisfecho de usted. señor… —No converse más. pero me ha consolado. pero le habían fallado los nervios. un auto lo… El galeno ya no me oía. —¡Maldito dinero. y agregó quejándose y con la frente sudorosa–: ay. pero él la dominaba. caballero.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Me explico su asombro. —¡Si así fuera realmente! Se llevó las manos al pecho y volvió a quejarse. ¡quién sabe!… Se necesita serlo para vivir de lo que yo he vivido. dijo en un tono muy frío. siento que me voy. y ¡zas!… Simuló que quería suicidarse tirándose sobre un botafango. No sabía qué contestar a aquel desgraciado y callé conmovido. que no se agitara.

Era ya de noche y de las estrellas descendía el polvo de la eternidad. encanecido. dijo monologando. abrió los ojos nerviosamente. Su mujer hacía tiempo que la habían enterrado debajo de aquella mata de jobo que estaba cerca de la morada. pero estaba pensando muchas. Marcelo se dirigió a la sala. no dijo una sola palabra. —¿Cómo dice el don? —Que vaya a decirle a Pancho que me mande el caballo y que le ponga la silla nueva. En aquella casa solamente vivían él y Guara. En la soledad de la vivienda. después se lo terció pasándose sobre el hombro izquierdo el cinturón de tela que sostenía la vaina. y luego agregó: —Ca hombre de vergüenza tiene su machete. ¡Quizás es por el encargo que le hicieron al jijo. le crecía una resolución. lo miró fijamente. —Le voy a dar una lección a ese muchacho que no parece de mi cata. Salió del aposento y volvió a la sala. con sus muebles severos y un no sé qué de rural señorío. hizo luz en ella encendiendo una lámpara de vidrio que había sobre la mesa. primero surgía una luz y después se escuchaba el estruendo. de la Línea Noroeste. Allí se sentó cerca de la puerta que daba al camino. y entró luego al dormitorio. era un hombre vigoroso a pesar de sus años. de buena estatura. La noche era cada vez más negra. Guata se pasó dos veces las manos sobre los ojos para espantarse el sueño. parecía que iba a llover. rechoncho. Cuando acabó de colocarse el machete. Ya en el camino. Después salimos de la habitación y yo volví a la calle. Volvió a meterse en su silencio por un rato.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Avisaré al director para que disponga según los reglamentos. hacía calor y tronaba del lado de los pomares. era un ruido como de rocas que se despeñan. Me sentía triste y como avergonzado de mi traje nuevo. no se distinguía mi árbol ni nada. Guara se apartó del rincón en donde estaba sentado sobre una mecedora vieja de baítoa. El peón que se había quedado medio dormido. salió luego del cuarto sin desperezarse. La luz de una lámpara jumiadora tiró su sombra contra la pared. don. ya tenía hogar aparte. 96 . La sala tenía un aire singular. y Chano. El hombrecito moreno. Hace dos días que viene preocupao. —Está bien. cerrada la noche. Abrió el baúl grande y sacó de él un machete de pelea. después monologó: —¿Qué le pasará a mi don?… Me jabló como quien va pa un desafío. blanco. con la carne apretada. con los brazos largos y las manos recias. Honor trinitario —Guata: dile a Pancho que me mande el caballo. en el comedor de la casa de tablas de pino. su hijo único. Con el arma puesta se veía bien. en dirección a los potreros. Pobre hombre! ¡Dios quiera que no pase na malo! Mientras Guata rompía las sombras. con emoción. La orden del viejo lo obligaba a salir de pronto porque le había hablado en un tono que empujaba. y tú eres el mío.

—El asunto es defici. ágil. se puso en pie y salió de la sala. seguramente. La noche lo envolvía como polvo de carbón. usted no debe eponerse. que parece que tienes vergüenza. —Perdóneme. ¡Si no fuera porque quizás yo no sirvo!… —No. La luz que salía por las puertas y ventanas tenía forma cuadrada. Las pisadas del caballo de Marcelo sonaban ya del otro lado. recogió los pies descalzos. y se quedó pensando en lo que le habían referido de la pelea en La Emboscada. pero óigame: usted no debería intervení en eso. yo no quise decirle más na al don. Terminó de hablar con una escupidura.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I El viejo Marcelo no reparaba en nada. A mi jijo ya lo he borrao. es un vendío. lo sacaron de su mundo adentro. endurecidos de transitar. no estaba en el mundo exterior. comenzó a masticar tabaco y luego se sentó sobre una piedra grande que había en la esquina de la vivienda. continuaba pensando con profundidad. pero a lo mejor con el que debió trabajar Chano. —¿Estaba en el primer cerceo? —Sí. yo sé que no debo meterme. mi don. cegado de soberbia. Guara acabó de bajarse del animal y después preguntó: —¿Y usté va a salir de una vez? —Ahora mimo. Guara mordió una ruea de andullo. luego agregó: —Y tú. —Lo consiguieron con facelidá –contestó éste mientras se apeaba. A poca distancia se escuchaba el rumor del río… —¡Esas aguas saben quién soy yo! ¡Ellas me vieron al lado de Serapio Reinoso! Las palabras finales del soldado de la Reconquista. ¡Cómo me duele que ese muchacho no haya cumplío!… Guara oyó con respeto y admiración a su amo. Si no he vuelto de madrugá. en su bojío. te quedas aquí. Los pasos del animal que había ido a buscar Guara. Guara. Tú ayudarás en lo que puedas cuando te llamen. 97 . ni se oía el viento correr en el monte. Guara. Toda una larga historia de actividades varoniles. encargao de las gallinas y de las cosas de la muerta. Guara lo vio penetrar de pronto en la oscuridad. un traidor. Con las dos últimas palabras Marcelo subió con ligereza de joven sobre el caballo alto y brioso. mientras los compañeros aguardan que cumpla con su encargo. impetuoso. a mí es a quien le toca. que caían como azotes sobre el recuerdo de su hijo. monologó. jugando barajas. ¡Cuántas ideas cruzaban por aquella cabeza! Episodios de la juventud y de su vida de hombre maduro. en el chiquito. mi don. —Está bien. En la oscuridad parecía otra piedra. decidido. más te estimo a ti. ahora trinitario. había disminuido la amenaza de lluvia porque ya no relampagueaba. Después el guerrero picó el caballo y se fue a escape. —¡Mi don!… —En este momento estará él. —Has vuelto pronto –le dijo al peón. cayeron sobre el peón como carbones encedidos. cruzó los brazos y se quedó pensando. dile a Pancho que atienda a la pulpería y que ponga al compay Lolo a cuidar los animales.

Aquel vallado daba al patio de la casa de su hijo. pero su silencio quemaba. el retrato del padre en su mocedad. después que no has sabido cumplir con tu deber?… —¿Cómo?… —Chano: tú no conoces el honor. ¡porquería! ¿Tú ves este machete?… —¡No debe ser más cortante que éste! Marcelo clavó los ojos en el arma que el joven había sacado de la vaina que pendía de su correa. abandonó su hamaca. se encaramó sobre dos travesaños y salvó la cerca. ¡tú no tienes vergüenza! ¡Cómo nos estarán maldiciendo los trinitarios! El mancebo sintió que le habían herido el rostro y le costó trabajo contenerse. —¿Qué hay. —¿Me desafías?… —Le explico que este colín tiene tuavía sangre de gente… —¿Cómo? —Y que Olegario no era trinitario. se apartó. ¡ése era un traidor! El soldado miró de hito en hito a su hijo. —Perdóneme. se fue para adelante y llamó a su hijo: —¡Chano!… ¡Chano!… El hombre joven. ni ruido. el patio estaba claro. una lunilla de cuarto creciente se había comido las tinieblas. era un vendío. debajo de los serones de guatapaná. viejo? ¡La bendición! Marcelo no profirió vocablo. se bajó de la silla. pero conseguí las armas y hace poco que las escondí en el rancho.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Todos los caminos estaban rebosados de tinieblas. Marcelo. A mí tenía que decírmelo Olegario y ése no era puro. Había llegado. después anduvo por un pequeño valle. pegó los oídos a uno de los setos de tablas de palma. pero no oyendo palabras. como una palma. caminó hacia ésta con sigilo y cuando pudo. cortó tres veces más la corriente y luego hizo alto frente a una cerca de palos. su montura conocía bien todos aquellos derrocaderos que llevaban a la vivienda de Chano y el viejo era buen jinete. y si no fuera porque es mi taita!… —Eh. fornido. pero como no lo lograba. En los minutos se agrandaba su inconformidad. Esperó ver a alguna persona. Cuando encontró un sitio apropiado. 98 . pero Marcelo Figueroa estaba acostumbrado a ver en la noche. —Marcelo ¡usted es el primer hombre que me insulta. yo no sabía na. —¿Me sale con eso. Primero cruzó el vado del río. —¿Y se fue Olegario? —¡A Olegario lo enterré en su propio cercao! Marcelo sonrió satisfecho y vio que su hijo se ponía grande. como un jabillo. Los dos rostros podían distinguirse bien ahora. miró entonces por un agujero y vio que la puerta del frente del bohío estaba abierta. vestido como estaba. amarró el caballo y después echó a caminar por entre unos matojos. alto. ni nada. y salió en el acto.

que. Oración panegírica –1938–. era lo que se llama. Las cuentas de Perucho eran siempre exigencias de buen apetito. que llegó a ser terror de cobradores. a las que deseaba ver siempre. holgándose en cuidarlos en dorada pajarera que su amor. porque los insultaba. Al amor del Bohío –1927-29–. durante varios años director del diario La Nación. “como un desesperado”. más ropa”. Obras: Lirios del trópico –1910–. Espumas en la roca –1917–. Si era de alabar su afición a la buena mesa. no hacían sino cumplir con su deber. Su mujer. en boca de acreedores. llegó a serlo también de vendedores. Y para colmo de desdicha sucedióle lo que acontece por lo general en estos casos: a medida que se le cerraba el crédito. *R. que llegó a inspirarles miedo. Espigas Sueltas –1938–. que hacía mesa moderada. lo cual fue causa de que. 99 . aunque a la madre en lo de bien hablados a la hora del pago. El sueldo de que disfrutaba en la agencia comercial de que era empleado. que llegó a comprometer la envidiable serenidad de su despensa. que han estado siempre al uso en todo tiempo y en cualquier medio. y de tal modo se condujo con éstos. fue director de la escuela Normal (C. era de lamentar su apego a la tacañería. “ser duro de pagar”. Fina de gusto. había una vez uno en la ciudad de Barahona. los que le fiaban los ricos jamones y los buenos quesos que eran su debilidad en un sentido. en rigor. como nada en la vida. Los cobradores éranle sencillamente detestables. E. antipático y todo. de Educación. le reprochaban a Perucho las señaladas muestras de disgusto con que recibía a cobradores que. le fiaran con dificultad aunque pagara con facilidad. como azote de comerciantes. cobróle afición a los pájaros. diciendo que alababa el gusto de los romanos. porque no les pagaba. Ya la filosofía vulgar lo ha sentenciado: “mientras más calor. que por el duro trato que les daba. conocido generalmente por Perucho. según suele decirse. la despensa. Pero aquel gastador de buena mesa. bien que los desesperados venían a ser. para los que era extremosa. que contaban entre sus platos favoritos las lenguas de ruiseñores. Jiménez. y su mujer solía desaprobarle esta conducta. hizo construir en el patio de la casa para regalo de su oído y maravilla de sus ojos. al menos. Es el peor oficio que pudo haberse inventado. salvo lo de la crianza de palomas. Comía. T. La Patria en la Canción –1933–. se le abría más el apetito. o porque. como la naturaleza la había hecho. y trabajos dispersos en periódicos y revistas. tocado de la magia de lo ingenuo. Perucho era de los que se acogían con el mayor buen humor del mundo a la apertura de crédito y con el peor humor de la tierra a la clausura del débito. Preocupábale. El Patriotismo y la escuela –1917–. sino muertas y servidas bajo sus manos armadas de cubiertos. y sus hijos. poeta y prosista.) y Secretario de E. es tan viejo como el mundo. Maestro. aunque su fortaleza en otro. cuanto más que no era culpa de ellos el haberles tocado el oficio de cobrar. según él. 1886)* La escalera inesperada De los tibios en arreglo de cuentas. Llegó a faltarle aquella facilidad en girar por cuenta propia. a la hora del cobro. y sufría cuando se hallaba flojo de dinero. a la larga. Y como le riñera su mujer por esta irreverencia contra lo que fue siempre en ella regalo de buen gusto espiritual. Periodista. Biografía de Trujillo –1945–. Del lenguaje dominicano –1941–. que habían salido a él en lo goloso. respondióle con otra brutalidad por el estilo de la primera. Cogía fiado con facilidad y pagaba con dificultad. menos por la cara infernal que les ponía cuando se le acercaban con recibos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I RAMÓN EMILIO JIMÉNEZ (N. Mas el temperamento de Perucho no se avenía con esta política de pájaros de su mujer. apenas si le alcanzaba para otro fin que el de la mesa. no vivas en su expresión de alas y de arrullos. Diana lírica –1920–.

Agudizaban su imaginación en el ardid para vencer en nuevas trampas. selecta clase y acabado de recibir. que extendió al desconfiado dependiente mientras le decía. Cierta vez. con un periódico en las manos fingiendo que leía. almanaques. —”¡Bájeme el jamón!” –volvió a ordenar al empleado. sino por erudición culinaria adquirida en los manuales de cocina que no le faltaban cerca de su mesa. que allí iba de compras atraída por el cebo de la ñapa. divisó. constituían el acicate de los mandaderos de oficio. que era en Santiago de los Caballeros a fines del pasado siglo y principios del actual. que no se hallaba lejos de aquel sitio. y también se la dieron. y el avisado dependiente aplicó a la pesada masa rubia un asador caliente. mientras paseaba por una de las calles de Barahona. Su vista. que empujó hasta perforarla. porque ahora me hace falta una escalera”. hecho lo cual retiró el utensilio y pagó las ocho libras que indicó la balanza. la frescura del artículo. pieles y cera. Cromos. con impertinencia de garra. pero éste aparentó no haber escuchado la orden de Perucho. Inquirió el precio. respecto de aquellos comerciantes: 100 . que tenía. y decían. únicos libros que leía con devoción. Cinco pesos. Llegóse a ella y quedó boquiabierto ante unas piernas de jamón que pendían. preferida de la servidumbre casera. confites de bolas. Y sabía esto acerca de tan original plato. y puñados de azúcar pardo. una recién abierta pulpería. como para dar tiempo a que llegara el dueño del establecimiento. no precisamente por lujo de conocimientos. de los que se pegaban entre sí y de los frascos. de que hablaban las crónicas antiguas. Otros vendedores de ese producto habían puesto piedras en el interior de la masa logrando mayor peso y burlando al comprador. No se corrían por esto los labriegos. que exportaba a los Estados Unidos de América. y a esto se debía el procedimiento del asador sobre un brasero en el patio de la tienda. atraídas por el olor que despedían. el de más negocio en tabaco. A lo que respondió Perucho sin demostrar la menor contrariedad y sacando de entre uno de los bolsillos del pantalón un billete de cinco pesos. entre el loco volar de las abejas que allí no faltaban en los sacos de azúcar. provocadoras. entre las aves que cuidaba. se clavó en la flamante envoltura de henequén. y el punzante instrumento de demostración no reveló nada anormal en la masa dorada y aromosa. Dependencias de la tienda eran el vasto almacén. al que se agregaba el de la cera. Era una atienda mixta. con dominio de la situación: —”¡Aquí tiene usted la escalera!” Un duelo comercial Pedro Antonio fue al establecimiento comercial de José Batlle. que al fin le respondió: —“Será en otro momento. un bello par de ruiseñores–. con el brillo particular de cosa nueva. y nuestro hombre ordenó al dependiente: “¡Bájeme una pierna de jamón!”. como aparato de escarmiento contra la industria y la malicia campesinas. de la parte más alta de los tramos. Repitió la operación en varias direcciones y el agudo instrumento salía sin dificultad por el extremo opuesto al de su entrada en la pasta de oro. y se lo dieron. Volvió otro día con nueva cera. los datos no podían ser más interesantes.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ¡Lástima de plato ya en desuso! –decía como para mortificar a la esposa. Llevaba Pedro Antonio una marqueta de ocho libras con la forma del caldero en que había sido derretida la cera. destinado a tabaco y el pequeño a pieles de chivo que llenaban la calle de groseras emanaciones. haciéndole el ambiente de confianza a Pedro Antonio.

Rezumaba miel la hoja y se ofrecía a la vista como seda. ni todos los agricultores procedían de tal suerte. En las compras de tabaco el campesino dejaba. Esta mujer tiene las orejas traspasadas por relucientes argollas. sonriente. 1925)* La bruja Sola en su rancho que ocultan las bayahondas. sus ojos son duros. del que se extrajeron varias sartas. y no en el corazón de piedra que ponen cuando compran. la bruja. en la venta de naranjas “de china”. más que engañado. Y el del pueblo exclamaba: —¡El más bruto del campo sirve para arzobispo! Claro que todos los comerciantes no procedían de igual modo. Comerciante y campesino tratábanse de mala fe. RAMÓN LACAY POLANCO (N. lo bailamos. elástico. prorrumpió éste en estrepitosas carcajadas. dando a probar las dulces en desquite de bebidas ligadas y libras incompletas. Había la romana corriente. incomprensibles para los espectadores. Es Nena. según típica frase: “el cuero en manos del comprador”.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Buscan la piedra en lo que les vendemos. que era la de vender. Fue abierto un serón. Se dio la orden de compra y Pedro Antonio salió. laxitudes sensuales. Tabaco bien pesado en el campo se aligeraba demasiado en el pueblo. penetrante. Hubo siempre lucha artera entre la astucia urbana y la rural. Tela al parecer bien medida en el pueblo. vestal tenebrosa de las tierras del Sur. —No. gasta pañuelo de cuadros amarillos envuelto en *Ramón Lacay Polanco. y su cuerpo firme adopta. de ordinario. en perjuicio de los agricultores. aseguróle que el tabaco era “de piedra adentro”. por el astuto campesino que. Largas piedras achatadas se hallaron entre las sartas de tabaco. Al día siguiente fueron vaciados los serones. que no sabían por qué reía el buen señor. y la “cargada”. burlado. pero el pecado de muchos en la violación del sexto mandamiento del Decálogo. Solía mezclar el campesino. y entre éstos debía de hallarse José Batlle. a veces. de la tienda. El del campo decía: —De hombre de pueblo no me fío. interesado en conocer la procedencia del fruto. La imaginación fue bien lejos en refinamientos de común superchería. semos como ellos son. pues habíalos ejemplares. Estornudos… Picazón en los ojos… adherencia en los dedos… ¡Inmejorable! —¿Es de Hato del Yaque? –inquirió don José. y parece gitana. se acortaba mucho de medida en el campo. Era un rico tabaco de olor. reunió la mayoría de éstos en un frente común contra el comercio cibaeño. Don José fue llamado en el acto a presenciar el burdo timo. 101 . barajando con agudeza la idea de lugar con la condición. Autor de una novela y de cuentos no publicados en volumen. que era la de comprar. –respondió el astuto vendedor. que esperaban la indignación del rico comerciante. En la mejilla izquierda ostenta tatuajes extraños. Como nos toquen el merengue. Cierta vez llegó Pedro Antonio con seis cargas de tabaco a la tienda de don José Batlle. con alarma de todos los que servían en el almacén. y con asombro de hombres y mujeres ocupados en la faena. las dulces con las agrias. de piedra adentro. Capa pura… Don José llamó al Encargado del Almacén. en la que una arroba venía a parar en treinta libras.

cada una de las cuales poseía un velón encendido. Cruzando amaneceres en el viaje de vuelta. cuando las lomas. el maroteo de siempre. Esta era una pieza atiborrada de imágenes de santos. Debió bailar en Veladero y Las Caobas y conocer las rutas de Puerto Príncipe. Quiero prepararte. con perros algebraicos y algodonales amplios. Los lugareños le temen. y de la cruz de Jericó del difunto. No oculta sus aventuras de contrabandista. y sin meditarlo se ayuntó con él. a través de las madrugadas foscas. ella supo conquistarle a la vida todo lo que quiso. Sola. —Ven –le dijo–. en el camino de San Juan… Y sus noches de vela. A su regreso. que asaltaba las recuas en el paso del Naranjal. Apegada a su hombre como la yedra al jabillo vigoroso.  Pero antes fue estampa de caminos. A su manera. Y sus recuerdos del monte la Urca. o en perro cada vez que los bandoleros le cruzaban el paso. invocó una tarde a los espíritus del mal y lo preparó para las luchas de guerrillas. La marcha larga sobre los trillos secretos que cortan las montañas y conducen a los poblados de Barahona. Bella. donde cada día ella clava una oración y eleva un canto de recuerdos rogando a Dios por el descanso de aquella ánima que todavía está penando. en junio. de jabalí o de pájaro y puebla de miedo los parajes oscuros). Estremece su relato el paso de la tarimba: la parihuela que conduce al muerto va rodeada de gentes vestidas con ropas de chillones colores. Explica historias del Bagá (espíritu diabólico que se aparece en forma de perro. amparada por los espíritus del agua y de la tierra. como las tórtolas que huyen a la orilla del Yaque. Y comenzaba la otra aventura. A su paso se santiguan. junto a Telésforo. llamando a Papá Legbá cuando el peligro la amenazaba o transformándose en piedra. ayuno de agua. con las distancias medidas por el paso de los ríos y las guardias ocultas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS la cabeza casi cana. Es la suya una historia de tierras enfebrecidas y noches ardientes. tan violenta como crece el maíz en la menguante. es un calendario de lunas y estrellas. bailando Los Palos del Espíritu Santo. La tambora enfebreció su carne al ritmo del vudú. En el fondo estaba un camastro pequeño 102 . asesino sin rival y vagabundo de rutas. o en tronco. escalas de la novela del alijo haitiano. Entonces cruzaba la raya cuando los cielos de la frontera eran sendas nocturnas de estrellas. Ella lo hizo cabecilla. Fue amante del negro Cinturón. la selva y las sabanas se juntan y confunden en un paisaje gris que tiembla vacilante. creció una pasión avasalladora. El calendario de Nena. su tristeza es hermana de la tierra. San Juan de la Maguana… siempre de noche por zonas de angustia. que beben. Es de esa estirpe que sabe vivir y morir en pie. vestal tenebrosa de las tierras del Sur. hombre realengo del Sur. en la ancestral orgía africana que enciende las noches de Haití. Hondo Valle. y el contrabando. de ojos asombrados. la bruja. la venta ilegal. bailan y cantan el rito en patois. Penetró en la habitación del rancho. y habla de sus tiempos cuando era caballo y se montaba con el espíritu de Ogún Balenyó. Ella conoció a Lico Bueyón. Es Nena. siempre. sus monturas se inclinaban al peso del clerén. y cañadas sedientas que se duermen al son de los atabales… Pero entre esta mujer que ahora tiene carnes flácidas y el bandolero Lico Bueyón. la bruja. de carnes duras como la sequía de la tierra. En sus anécdotas figura el gavillero Rafael Lucas. que luce a un lado del rancho llena de cascarones de huevos y trinitarias.

ya poderoso. Nena. un crucifijo. como si un enorme generador de electricidad hubiese descargado toda su potencia. Luego la hechicera. lleno de pinturas raras. desde entonces. la médium. aquel gavillero fornido. siempre murmurando misteriosas frases. Luego encendió un mechón de aceite que traía consigo y una llama azulada dio perfiles siniestros en la habitación. Con la pluma de ganso mojada en el líquido trazó diversos signos desde el nacimiento de la cintura hasta la parte alta de los pulmones. Sacó de su seno una tibia de algún pobre difunto y volviéndolo de perfil dióle con el hueso tres golpes en la frente. echó en él varios paquetitos de polvos de colores y empezó a mirar concentradamente el líquido tornasolado. sus pupilas brillaban con extraño fulgor. tomó un vaso de agua. —Ya está. Lleva esto siempre encima y te acordarás de mí –dijo– sacudiéndose como si tuviese frío. Empezó a traficar en Clerén. y empezó a tomar sus objetos. fue suplantada por Cecilia. dispersos. Luego se separó y procuró en uno de los baúles una bolsita de hule. La bruja quedó en éxtasis. Sus mandíbulas se movían con inquietud. tranquilamente. dio varios gritos espeluznantes y empezó a bailar alrededor del lecho donde estaba tirado su hombre. se cansó de ella. que le seguían por todas partes y acataban sus órdenes sin recelo. de bigotes largos y largas manos de verdugo. Sólo yo. Inmediatamente le lanzó en la espalda a Lico Bueyón aquella poción y lo frotó con un paño negro. una esponja y una pluma de ánade incrustada en un frasco alargado que contenía un líquido verdoso. la mujer del jefe. podían contemplarse unos cofrecillos oscuros y un baúl amarillento. había sido un clarín de guerra en la comarca. y en los cantones donde moraban después de los latrocinios y las incursiones. sobre la cama. Inmediatamente empezó una extraña oración mezclada con cánticos ininteligibles. Primero sintió un golpe de muerte sacudir todo su cuerpo. En el piso. Nena tomó a Lico por la mano y desnudó su cuerpo de ropajes. Con el vudú y sus sortilegios. y el dolor de las recuas. envuelta en sopor enervante. ebrio de clerén y café cargado. —Nadie podrá contigo. Entonces abrió un maletín. sacó varios objetos de cera. La bruja invocaba los espíritus del agua y las montañas. con el pelo rojizo y la boca grande. Lico estaba asombrado. y bajo el influjo de su voz profunda la estancia colmábase de corrientes magnéticas. quien cantaba lamentos y hacía ritos para la largueza de días de su hombre.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I cubierto con frazada roja. estaba Nena. a veces. que tengo la contra –agregó la médium. amarillento.  El galope de su caballo. Era un rito donde semejaban flotar duendes y vampiros de alas membranosas que le dejaban al paciente un raro calofrío en el organismo. pronunció palabras incoherentes. El hombre. empezó a seleccionar su grupo de forajidos. y cosiéndola con una aguja larga le puso un hilo oscuro y la colgó del cuello de su hombre. Cecilia curaba a los heridos con sus ungüentos y pócimas y preparaba sahumerios para ahuyentar a las ánimas 103 . Le ordenó que se pusiera boca abajo. Junto a ellos. Lico sentía una comezón extraña en la piel dibujada. Del vaso empezó a salir una espiral de humo perfumado que se extendía sobre las paredes y hacía pensar en los encantamientos. en la cual colocó unas insignias misteriosas. Pero he aquí que el bandido. sonrió. unos hombres duros como la tierra. Lico Bueyón vivía apegado a la negra. De sus manos parecían nacer hilos invisibles que alargaba con sus dedos amaestrados. y luego.

mientras en el centro una negra con cuerpo de junco mueve las caderas en el rito. 104 . y parecen legionarios de un mundo fantástico. con todo el sensualismo de su raza y toda la fiebre endemoniada de su tierra. aferrarse a su cuerpo. se pasan los calabacines de clerén. mientras de la tierra surgía un perfume angustiado de jazmines tronchados en las charcas y de guayabas exprimidas por el paso de los mulos. Este llama al sacerdote y le deja entre las manos un puñado de monedas. Ahora. tibia y anhelante. envuelve el ofrecimiento. que había contemplado cómo iba madurando su cuerpo en el espejo del río. hojas y estrellas. se expandía en la noche que iba creciendo. sacude los hombros en frenesí vehemente. Pasaba el tiempo y Cecilia conservaba siempre un cuerpo de doncella. Fue una noche de humedad y estrellas pequeñas cuando Lico y Cecilia se unieron. Aquella noche se encendió un bongó detrás de las lomas. Quien hubiera contemplado la sombra. Allá lejos sus notas caían sobre los campos recién mojados. con fatiga y sueño. se van retirando al caserío. creciendo en misterio y en extraña belleza. con los ojos semicerrados. y sus ojos guardaban el poder de mantener encendido el amor de los hombres. Se había bañado en un río secreto en noches de luna llena. Lico Bueyón. descubriría a una figura de mujer deslizarse hasta el lecho de Lico Bueyón. Pronto el escenario se ofrece ante sus ojos. en la distancia. por primera vez sintió como se angustiaron sus senos en aquella noche con estrellas grandes clavadas como ángeles de la brisa y del sueño sobre la selva. sobre las hojas que tumbó el viento y los luceros hundidos en las cañadas. irrumpe entre los festejantes. Todos se ponen en pie. Ella que era la novia de las supersticiones africanas. con grito ritual. y el jefe. Cecilia acaricia con sus ojos al bandolero. Le rodean. y un silencio sobrenatural. y su carne era carne esculpida en brisas. La bailarina. Cecilia tenía movimientos suaves y delicados. se deja guiar por el balsié que estremece la selva. Lico lleva el ala del sombrero agachada sobre el rostro. entonces. Varios negros tocan los parches. llevan dos heridos. y ofrecerle sus carnes y su alma. se convirtió en la amante del contrabandista. Le sigue su cuadrilla. en la hembra bravía del gavillero. Los más viejos le abrazan. sobre una estera. Hablan en creole y la bailarina le contempla entusiasmada. La tropa. el dios de las aguas. Tirados a ambos lados los otros lugareños se confunden con el lodo. La cuadrilla avanza sudorosa y cansada. En la alta noche traspasada de estrellas el bandido y su gente se acomodaron en los catres. sólo turbado por las gotas de agua que se balancean sobre las hojas y por los sapos que hablan en japonés. y las mujeres. de las fuentes misteriosas. Sus pasos son anchos y sus botas se clavan pesadas en el suelo. Agüe. —¡Alto! La voz del jefe sacude a los hombres. con niños desnudos a horcajadas en las cinturas. y la cañada de Juan Felipe y el Cerro de San Francisco. Brilla su rostro. Todo tiembla y vacila en el paisaje inhóspito. y lanza un grito estridente que hiere la noche: —¡Ohué! ¡Ohué! El sonido de los atabales empieza a adormecerse. Desde esa noche el bandolero tuvo una concubina negra.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS en pena. han contemplado sus hazañas. le comunicó el hechizo. Un coro humano. Beben clerén. Desenfunda el revólver y se tira de la montura. Lico Bueyón ha azotado a Bánica. —Bon suá. Detrás de los ramajes hay un claro iluminado por fogatas. en silencio avanza entre los árboles. Cecilia. pesado. en éxtasis. gran Agüe. Maravilloso cuerpo de ébano que le hizo creer al bandolero en los misterios de la jungla. se ha ofrecido mirando a las estrellas.

el bigote crecido. antaño expresivos. las lluvias de mayo. aun en noches de luna. de San Juan de la Maguana. adquirieron un brillo acerado que sorprendía. Dialoga con la tumba en las noches de luna. esta mujer desgarbada. eleva su cántico y deja una oración enterrada en el paisaje de La Culata. 105 . Y se tornaba más triste su rostro. Para su disciplina la ley era la ley y había que cumplirla. tenaz como el dolor. Tenía las cejas pobladas. Y los lugareños sentían escalofrío cuando pronunciaban aquel nombre. Sus largos brazos de simio le rozaban las rodillas. Y las viejas atacadas del reuma. los muchachos en cuero de los villorrios colindantes la contemplan asombrados. Y hasta su celo llegó la noticia de las correrías de Lico Bueyón. Nadie osaba cruzar las rutas. escondidos en las cejas de monte. y sus ojos. Y la leyenda llenaba de espanto los caminos. y la doncella. y las gallinas acezan por el calor y la sequía. arrancándole los hierbajos de cundeamor o cadillo que rastrean al lado del montículo. Porque Lico Bueyón regalaba un pasaporte seguro hacia la muerte. Ella y su rancho se hermanaron en el infortunio. y sus dientes largos surgen amarillentos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I  Todo esto lo recuerda Nena mientras prepara el cotidiano ramo de rosas para la tumba que luce a un lado del rancho agujereado. temerosos. triturando la breva que masca tesoneramente. y corren a los ranchos llevando la noticia. Y exclaman: —¡Animamea! ¡Jesú Manífica! Mientras los viejos murmuran por lo bajo: —¡Jú! Eto no e cosa de ete mundo. antes vigoroso. De lejos. de todos modos. El Comisario Basilio Peña. era duro como róqueda o páramo. Cuando realiza estos menesteres su cara manifiesta regocijo. Y su cuerpo. y los burros retozan en la tierra. fuerte como el odio. se internó hacia el Norte. De momento Nena va a salí volando prendía en candela…  Nena no se conformaba con su soledad. En su fabla gangosa ponía de manifiesto lo ladino de su espíritu. Y le trituraba el ánima el saber que Cecilia gozaba de sus favores y sus aventuras y correrías. volvióse flaco en el cambio de una luna. y las comadres. Cada día. Ella convive con el muerto. Y vivía apegada a su recuerdo. se santiguan. El miedo creció como fuego en hojarasca. y aunque pequeño. el bandolero de caminos. y cuida sus despojos con cariño enfermizo. Y sintió que el destino ponía a prueba su eficiencia. poseía una voluntad de hierro. mientras el crepúsculo dora las copas altas de las guásimas. y los villorrios desnutridos sintieron en su desmirriada expresión el paso de muerte de aquel emisario del demonio. Le habla. No han importado los soles implacables. Asoló las comarcas de Hato Nuevo y La Piña. de cuello abotagado. el polvo de septiembre. con el desprecio de su hombre. flaca como cerbatana. Pero la ley la hicieron los hombres para los hombres. y la parida. y los haraganes maridos.  Y he aquí que Lico.

y lomas. y las hojas del arbusto sufrido se teñían de sangre. sacudiendo las lontananzas. y tomó su camándula haitiana. Por el olor del monte y la altura de las estrellas comprendió que estaba al filo de la medianoche. Ese e jel parte de la capital. Era el recodo. Y el astro lucía encarnado.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Eto ya se va a acabá. Eran hombres avezados en la guerrilla. que se recuesta en el Yaque y lo vadea. Se amorró el madrás de cuadros amarillos en la cabeza.  Con la madrugada llegó a Las Charcas. Y a la cabeza de la legión. lejano. No querían despertar a los del lugar. Regresaban de sus latrocinios e iban en pos de Pedro Corto. Y apretó el paso. Iba rezando. Y cae la noche. Hay que traé a Lico Bueyón vivo o muerto. perdidos en la sombra. venían Lico Bueyón y sus hombres. Y no se fatigaba. por la seguridad del cuerpo de su hombre. avanzan. Bohíos derrengados. La mujer se sentó en una piedra. Con la fatiga lucía más desmirriada su figura. a veces. En la madrugada clarísima del Sur. Ahora dique va a saqueá a Pedro Corto. Áspera tierra caliza. Y salvó veredas. Y avanzan. pero alegre. y riachos. y no se prolongó su espera. Y esto lo experimentaba Nena por su hombre. la bruja. rogando a los santos. La ruta larga y seca. Y vuelve el alba temblorosa. ¿Pero e que ese hombre no se quiere? Y llamando a su edecán agregó: —Guelo: organiza a lo muchacho. El hombre se volvió. Ellos han cruzado a Santomé y queda un naufragio de árboles y matojos. Una luna redonda. Ni la sequía. Y el crepúsculo les da de frente. en un susurro. Nena. con signo de tragedia. Avanzan hacia Pedro Corto. es una obstinación desesperada. Y esto lo sentía aquella mujer por el bandolero. Ella lo columbró de in promptu. Soñó con cardosanto. Y organizó su tropa. Y la corneta grita. Y aunque las montañas son interminables. El amor. Y el pecho se expandía con la respiración fatigosa. Armados hasta los dientes. El Lico Bueyón del diache ya me tiene jarto. El presentimiento le golpeó las sienes. No se arredra ante nada. y el calor es sofocante. colgada en el Este. Basilio Peña y su gente. Todo queda detrás. Y avanzan. Levantóse rápidamente y contempló la luna. Su sentimiento despierta una fuerza sublime. tiembla de miedo ante los soldados. Ella sabía que habría de caminar mucho antes de llegar a su destino. —Lico… Lico… –dijo. el Comisario: duro. Esos hombres no conocen la fatiga. estaba cansada.  Nena tuvo un sueño terrible. Y los ojos se le agrandaban en el resuello. Avanzan. con la camándula en la diestra. cerrado como nublazón de mayo. Con la noche partió hacia Pedro Corto. Avanzan y avanzan. ni el sueño. No importa el sol. —¿Quién vive? 106 . Basilio Peña. como su sueño. Doblegadores de rutas y sabanas. que llega hasta el sacrificio. avanzan. cuando los hombres del Comisario sacuden a sus cabalgaduras. Desenfundó el revólver. Marchaban cautelosos. El cruce. Se sobresaltó en la noche. por la ruta de Vallejuedo. el nuevo can de Lico Bueyón. Cuentan los lugareños que allí sucedió el encuentro. a la orilla del camino.

 El encuentro fue trágico. suplicante. temeroso. Cecilia tuvo una expresión de triunfo. se perdieron en el monte. haciendo sangrar los ijares. —¿Qué quieres? —Que no vayas a Pedro Corto. le llega como una caricia. El bandolero dejó en el aire su carcaja escalofriante. Cecilia sonreía.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I La mujer se incorporó. No vayas. y el aire caliente. de la mujer. magullada. Y se aferró a las riendas. Lo empujan hacia la guásima. sacó del seno un puñal y cortó las sogas que ataban el cadáver. Levanta los ojos. le gritó. Parecía un naufragio la sabana de Pedro Corto. Y a los otros lo llevaremo pal pueblo. Los perros alzados y los cerdos consiguieron festín lujoso. Y suda. la bruja. Lucía magnífica. El corneta tocó: ¡Firme! … Y la voz de: ¡Fuego! salió de la garganta del Comisario como un rayo. Nena… La palabra le azotó el rostro. La plegaria de Nena lo estremece. Creyendo en tonterías… —Lico… Lico… El caballo pisoteó a la hembra. Nena rodó por el suelo. Los disparos cruzaron el aire. Una nube de polvo cubrió sus siluetas. Lo atan al palo. Y encarándose a Cecilia. Bajo el sol sureño. Y el piquete ya está preparado. Quítate de mi camino. triste. También Cecilia. La muerte vela sus latidos. La voz de Cecilia. Eto se pudrirán en la cárcel. sumisamente. y la mirada de amor. Lico. El Comisario Basilio Peña da la señal. Vine a avisarte. y sus ojos gozaron con el acontecimiento. desafiante: 107 . No vayas. Nena. soberbia. —Soy yo. Basilio Peña gritó: —Guelo: Suéltale la mano a la fiera eta pa que jaga su propio hoyo. La cabeza de Lico Bueyón se dobló sobre el pecho. una mujer. El bandolero está callado. La muchedumbre se agolpa. encabritó la montura. Te tienen una en Pedro Corto. Y Lico Bueyón ya estaba enmadrinao. llenaba la madrugada caliente. Los cadáveres se amontonaron. Sintió el odio brotarle de la entraña. Inmediatamente el hombre y su concubina. El bandolero ya está preso. Inmediatamente se abrió paso entre los asombrados asistentes. Basilio Peña y su gente tocaron a degüello. —Yo no quiero saber de ti. Lico Bueyón empieza a cavar su propia sepultura. El hombre. Los nudos son fuertes y le destrozan el pecho. Aquel hacinamiento de sangre le cayó en los brazos. Cuando llegaron a Las Charcas los vecinos quedaron asombrados. El toro del Sur había perdido. se la arrojó al rostro. violentamente. El sol fuerte calienta los caminos. con su canto monótono. La fronda de los aromos. Y arrancándose la bolsita de cuero que llevaba pendiente del cuello. Las sogas le aprietan la carne. aquel plañir melancólico anuncia la muerte. Y dos forajidos más que se salvaron milagrosamente. Murió sin decir palabra. Vamo a fusilá a ete como ejemplo. Yo soñé anoche… —Ja… ja… ja… ja… ¡Lárgate de ahí! ¡No me vengas con boberías! —No vayas. se le cuelan por los poros mostrándole la vida. que reseca los árboles y las almas. La chirona amansa los guapos. Ha terminado su faena. Está flojo. Entre los curiosos se levanta una voz: —Padre nuestro que estás en los cielos… Lico Bueyón experimenta un sacudimiento.

   ño    . Nena buscó un yaguacil y colocó los despojos de su hombre.  í    ó. 108 . ahora! Todos quedaron estupefactos. Bajo el sol del Sur que revienta las guazábaras. El Comisario Basilio Peña ordenó la retirada.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Quítamelo.           . la bruja quedó sola con su muerto.   á.              .    á    ó.           .          á  í á .

quien afirma en su antología de cuentistas que Ángel Rafael Lamarche es “uno de los dos representantes del cuento en la República Dominicana”. como si realmente le interesaran las volutas de humo que arrojaba con alarde por la boca. y Catharine tuvo tiempo de ponerlo otra vez todo en orden. —Trabajan también de noche. Ecuador. le dará al lector Pero él era así…. del crítico español Federico C. frente a frente. H. Había levantado los ojos grises de un azul acerado. Para prestigio del autor de Los Cuentos que New York no sabe. de B. por más de una ocasión lo intentó. de críticos renombrados de México. Se puso en pie. Enrique Gandía y Martín Luis Guzmán. y movió la cabeza con ese movimiento del que ve confirmada sus previsiones. y después salió de la sala. y concluyó con voz indiferente en apariencia: —Me ha prometido que la ampliación quedará muy bien… Quiso que lo comprobara… pero yo no podía detenerme. cuento psicológico admirablemente escrito. el autor de El Águila y la Serpiente. Cuando Rupert llegó estaba anocheciendo. que lo estuvo esperando con ansiedad. redoblando las chupadas a su pipa. sentados en la sala. de Ángel Rafael Lamarche. Allen W. hemos tenido la satisfacción de conocer Los Cuentos que New York no sabe. Con uno no le fue suficiente. se dijo: “Aguardaré a que pase la cena”. Werfeld. Robert G. Ahora. Al fin logró decidirse: —Rupert… ¿traerán hoy el retrato de Sim? El hombre. Tosió y tras de golpear la pipa en el viejo cenicero de peltre y atacarla nuevamente de tabaco rubio. Puerto Rico. Federico de Onís y Ricardo Rojas. George Pillment. su mujer. no se había atrevido a preguntar. Sanín Cano y Ricardo Rojas. Rupert se volvió para verla salir. bastaría el testimonio de tres grandes escritores de hispanoamérica: José María Chacón y Calvo. R. sin que de sus labios brotara la pregunta. La cena había terminado. Uruguay. Sainz Robles. Encendían mal. No ignoraba adonde se dirigía. cuya acción discurre y termina en un momento y perdura en la memoria. formulado bajo la sugestión de su inmediata lectura. Clara idea de la calidad y de la técnica del cuentista que es Ángel Rafael Lamarche. Y antes de proseguir. Catharine Lowell no pronunció una sola palabra. Phillip. Colombia. Chile. 1900)* Pero él era así… Rupert Lowell hacía rato que había regresado a la casa.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Tomo II ÁNGEL RAFAEL LAMARHE (N. 109 . y ella. Argentina. vale recordar que los cuentos de Lamarche han merecido elogios de los venerables Baldomero Sanín Cano. habló sin mirarla: —Esta noche… Eustace Addison me lo enviará con un mensajero. del célebre profesor florentino Oreste Macri. continuó: —Tienen mucho trabajo… Hizo otra pausa para encender un fósforo. y aún Catharine. del novelista francés Francis de Miomandre y del crítico. Murmuró: —Va a ser imposible… *Impresas ya las noticias preliminares de El Cuento en Santo Domingo. se cercioró de que estaban bien apagados los que tiró en el cenicero. todo el día. Más que un juicio particular. pero apenas lo pensaba se arrepentía. y preferí que tú y yo lo viéramos aquí juntos. también francés. Mead. si en el reconocimiento no figurara la aprobación de un Federico de Onís. de los catedráticos norteamericanos Frank Tannebaun. precisamente por eso. aparentemente para rectificar un pliegue indebido en el tapete de una mesa. de intenso dramatismo. Cuba.

dentro de un momento. en tanto que hoy le quedaría como una pena dulce el recuerdo de Sim. La desconcertaba aceptar que Louise no tendría en lo adelante para ella el interés que tuvo anteriormente. En un rincón se recostaban. ella avanzó por el pasillo hasta el cuarto de Sim. Levantando el brazo. Por esta ventana había visto regresar más de una vez a Sim. Pero su aturdimiento se renovó. sintió como nunca el deseo de visitar este cuarto. muchas veces al día. En la actualidad. Sim. y no tardaría en casarse con otro. había escrito: “Para que no dejes de pensar en mí constantemente. aunque le pareciese increíble. el bastón de esquiar y los puntiagudos esquís. como si realmente necesitara revivir sus recuerdos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Como su marido lo había sospechado. y no un hijo como son y se quieren los hijos. debía ser justa: Louise era sólo una muchacha y únicamente hubiera conseguido crearse una serie de complicaciones. Los cromos de lindas muchachas y el banderín triangular del equipo náutico de su escuela. o algunos años antes lo vio jugar en la calle con sus compañeros. entre el estrépito de la ducha y la algazara de una canción: “¡Eh. Los grandes ojos negros sonreían con extraña expresión de incertidumbre. Pero se le había ocurrido que. como si fuera posible que pudieran tener dudas respecto de quien entraba: “Es Sim”… Miró el retrato de la muchacha que estaba en la mesilla de noche. qué resultados tan enormes. Actualmente le parecía muy raro que este hijo fuese sólo un hijo muerto. Rupert y ella lo habían guardado cuidadosamente… Pero esta noche en que iba a ver la ampliación de la última fotografía que Sim se hiciera en Nueva York. Era Louise. le oirían entrar lo mismo que antes. Se dice la muerte. no!… No era eso… Simón Lowell fue desde temprano un muchacho estoico. ni siquiera Rupert y ella. buscó la bombilla e hizo luz. La cama con su colcha de raso a franjas blancas y azules. Aquella misma mañana lo había hecho. Pero cuando abrió. la ampliación. sin embargo. por las noches desde la cama. o tocarle la puerta del cuarto de baño y advertirle. lo ocultaba sin una queja. y todos. que se te va la hora!”… No. Catharine sí sabía lo que era la muerte. Pensó que Louise vendría a ver también. de visitarlo ahora. creen que comprenden su significación. darling”. diciéndose el uno al otro. Tuvo que luchar con la cerradura porque la puerta estaba cerrada y por allí no se veía bien. pero “Sim se hallaba muerto”. las botas de hule con que chapoteaba por los ríos y pantanos en las partidas de pesca. para repasarle la ropa y verle todas las mañanas tomando el desayuno. Ni Catherine ni Rupert tuvieron jamás que sufrir a causa de aquel hijo único… El hijo único. Y. no había olvidado la menor cosa… Ni aun era posible olvidar la afición de Sim por el pan de pasas y la sopa verde de guisantes… ¡Oh. Ahí estaban los “pull-overs” de bandas caprichosas. Catharine lo sabía bien. la ventana de la habitación que caía a la calle amplia y llena de ruido. Muerto. fingían abultarse más para que volviese a tomarlos una mano conocida. Desde que uno nace empieza a oír por dondequiera: la muerte… la muerte. dejaba penetrar la claridad de un farol próximo. Los libros vueltos de lomo en el pequeño estante. y 110 . como si esperaran el término de aquellas prolongadas vacaciones. con el libro al lado y metiéndose los dedos en los cabellos. esquinándose. Esto lo medía todo. y sobre el pecho una letra cuadrada. Si sus travesuras le proporcionaban un descalabro. no obstante. Abrió un cajón de la cómoda. Se acerco. Con frecuencia. vería mejor el retrato de Sim. Catharine se reprochó casi con encono: “Fue una estupidez que no se casaran antes de que él se fuera”… Pero inmediatamente se arrepintió. Todo se hallaba igual que cuando él se fue. Muerto: una sola palabra y. los calcetines y mitones de grueso estambre para los deportes de invierno… Todo se hallaba como él lo dejó la última noche que pasó aquí… Sí. Lo efectuaba diariamente. libre del obstáculo de las cortinas. con los ojos en blanco.

ese día que no se parece a ningún otro. con alegría. uno solo. padre. en eso no había dudas. el informe lo precisaba con claridad: “Murió como un valiente”. me siento sano y alegre… Ustedes saben bien que me gustaron siempre las empresas más peligrosas y las aventuras… Además. Pero no volvió. Pero no había vuelto… No. Me sirvió para celebrarla. cómo los recordé… y aún los estuve viendo. Detrás de mí. recuerda que me gustan las mujeres fuertes!… Por Navidad escribió: “Me parece advertir que ustedes quieren saber cómo me va con la nieve. de Sam. a la sordina. no olvides que me siento orgulloso de tu valor!”. ¿verdad?. derramaremos una sola lágrima”. Pero la observaba de reojo y no se le escapó que se sentaba lentamente como si en verdad la rindiese la fatiga. Tocándola día y noche a campo raso me convertí un poquito en el héroe de todos los sueños que desde la infancia me despertó y no pude vivir allá. Catharine. de Molly. Rupert pareció no apartar la atención del periódico que leía. hacían música. porque no es sino ése. Rupert lanzó el periódico y echó a andar 111 . como un muchacho enfadosamente “civilizado”. De modo que en vez de lamentar su abundancia. yo había avanzado unos pasos. pero los volvió a levantar y sonreír… Sonriendo de esa forma se fue… Entonces vinieron las cartas: “No creo que se preocupen por mí. En “Christmas eve” fue mucho mejor. mirando las estrellas. levanté la vista y parecían recién estrenadas las estrellas. imaginé todavía más: que estaba oyendo los hurras de toda la “banda”: de Bob. la he agradecido. Cubría con su blancura todo el terreno. y la propia noche tenía una especie de oscuridad azulada. en realidad. sino por momentos y como un muchacho esclavo de las horas y los libros. y se me antojó que “eran todas las estrellas de los árboles de las “Christmas” que pasé en compañía de ustedes… ¡Oh! Los recordé. volviese como volviere. canté también. querían que sucediera… Al regresar Catharine a la sala.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II que cuando la propia Louise tuviese novio o se fuere a casar. y esa noche estaba el cielo muy azul. mis camaradas. ha sido mucha. pero besándola con inocultable ternura. Un día. tantos como me lo permitieron el reglamento y la precaución. de Letty. en resumen. Y aun cuando “mother” lo dude. Fue un largo timbrazo. Desde luego. aquella muchacha de ojos verdiazules que me llamaba “Simón el pendenciero” y fue vecina nuestra y cantaba en Broadway. y bajó los ojos. mi canción… ¿El peligro? Bah… No me importa. sin decírselo. o que oía cantar a Gail Walker. ni ustedes ni yo. sus consultas y su confianza serían para la madre de otro hombre… Y con lo fácil que había resultado todo aquello… Catharine estaba convencida de que las cosas más grandes suceden así. la guerra vista a distancia es muy distinta a como se ve entre sus “mismas conmociones”… Era un tono idéntico al que empleaba cada vez que Rupert o ella parecían flaquear ante las inevitables cuestiones de la vida: “¡Eh. Pero ¡si nací y me crié entre ella!… Bueno. de la misma manera que me pareció ver a Louise… Y como el viento aullaba con fuerza. o con cara muy seria. con la mayor sencillez… Aun creía mirar a Sim aquel día: “Estamos en guerra”. a quien si la encuentran por ahí. pero no ignoran cómo me satisface. volvió a sentarse como avergonzada de su desconcierto. Ya volveré. vino el aviso intransformable. entonces. y como abundan los pinos. Y cuando vuelva. le decía a Catharine: “¡Hum. de un segundo a otro. yo mismo llegué a creerme una de esas figuritas que aparecen en el paisaje de las lindas tarjetas de “Christmas”. madre. que se había llegado a incorporar. les ruego la saluden de mi parte. dijo. Catharine estaba segura que cuando Rupert viera la ampliación no podría resistir e iba a suceder lo que precisamente ni su marido ni ella. ni creo tampoco mucho en el peligro. me molestaría.

Catharine vociferó: 112 . era la imagen de Sim. Sí. Rupert. Catharine no se había movido aún y miraba como fascinada el bulto. comunicarles algo. de un auténtico Sim. los labios. Al fin. señor –dijo confuso el muchacho. diríase que tras de mirar a los dos. Rupert se acercó y enderezó el cuadro un poco más. ayudado por el mensajero. sí. Al entrar allí. los ojos. al sonreír. y apoyarse igual que una mano cariñosa en el hombro del uno y del otro. Estaba escuchando. Rupert lo había seguido y no se limitó en la propina. en dirección de la puerta. Con los ojos húmedos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS precipitadamente. Tapándose los oídos. se veía aún el principio de la chaqueta color de arena a grandes cuadros de un gris azulado. inmóviles. Y se detuvo. Deslumbrada al descubrir el retrato de Sim. El papel estallaba como quejándose y resistiéndose. Con mano segura firmó el recibo y. aparecía perfectamente en calma. sonreía con enternecimiento al mirarles el corazón… Nervioso. el muchacho saludó: —Buenas noches. ya más tranquilo. parecían impasibles. no comprendía mucho más del busto. creía imposible que hubiesen esperado para conducirse de esa manera a que estuviese delante el propio Sim… Tan engolfados se hallaban en la disputa que no parecieron darse cuenta de la presencia de la muchacha. pero permaneció muda. se entreabrían como si acabaran de hablar o por el contrario se impacientaran por hacerlo. la sacudió un estremecimiento. de una transparencia infantil. pero se olvidó de cerrar la puerta. pero al fijarse en su mujer. señora. y en su mirada apareció visiblemente el miedo. sin objeción el mismo Sim. sin vacilar. —Gracias. Catharine le observó con inquietud. un Sim vivo y alegre: el cabello casi rubio partido escrupulosamente a un lado. Las voces se alzaban y las injurias se enardecían. El retrato apareció. en la solapa rojeaba un tulipán… Catharine y Rupert. brillaron de modo especial. pero al mirarla no tardó en responder con agresividad: —No sabes decir más que estupideses. Era Louise. El mensajero bajó los ojos y se devolvió por el pasillo. empezó a romper la envoltura. El mensajero se cercioró: —¿El señor Rupert Loweil? Era un muchacho quizá un poco más alto y delgado que Simón. Rupert retrocedió unos pasos. Rupert tuvo la certeza de que cuando Catharine lo viese pensaría lo propio que él había pensado: “Tiene la misma edad de Sim”. Ella estalló nuevamente: —Es preferible a ser un completo idiota. Alguien acabó de empujar la puerta. Era de tamaño considerable y estaba cuidadosamente protegido por un papel castaño fuerte. caminó paso entre paso. y que luego de escudriñarles ansiosamente la cara. pero se clavaban fuertemente los dedos contraídos en la palma de la mano. al verlo. Lowell sonrió. Cuando volvió. pero tal vez el mejor mensaje se encontraba en ese soplo de vigilancia que sentían Rupert y Catharine bullir entre los dos. la boca entreabierta quería. un indecible miedo y gritó: —¡Es que no lo vas a dejar tranquilo! Rupert se volvió estupefacto. retrocedió. Los ojos de Catharine. llevó el bulto hasta ponerlo sobre la inútil chimenea de la sala. Fue en ese momento cuando Catharine se aproximó. Era Sim. sin duda. se levantaban un tanto para no perder un solo detalle de lo que ocurriese en la puerta. como si temiera no llegar nunca.

al que soltó las riendas sobre el cuello. ¿Sim. y que lo dijese él: no habían derramado ni “una sola lágrima”. una cabeza sobre cuello apoplético. siguiendo a lo largo del camino en su caballo rucio avispado. rechonchos y sin lustre. y estaban envainadas en sendos pantalones. y dejando ver los pliegues de la camisa listada y la ancha correa de que pendían el sable truculento. El tronco era robusto.). Todo esto era extraño. por lo que el rocín iba paso entre paso. 113 . mirando paralelamente a la nariz de forma cónica. Manual de agricultura (1920). el cuchillo COLLIN de luciente y afilada hoja. imbécil? Rupert contestó con rabia: —Me voy a acostar… pero en el sofá… No puedo dormir junto a una infame de tu clase… Ella recalcó con agrio desdén: —Eso era lo que deseaba. rematada en trompa y como queriendo zamparse en la espaciosa boca de labios gordos y *Autor de: Cuentos Puertoplateños. fundas de los enormes pies que no se calzaban sino los domingos y fiestas de guardar. Las piernas encorvadas por el hábito de montar a caballo. JOSÉ RAMÓN LÓPEZ (1886-1922)* El general Fico A don Andrés Julio Montolío Venía cabizbajo de Las Escaleretas a la Palma. Tip. novela corta. con la faz cetrina teniendo por frente una pulgada de surcos rugosos entre el cabello apretado y las alborotadas cejas tras las cuales brillaban. encajaban sobre el cuerpo del animal circunvalándolo como una cincha. terrible con su chaquetita corta y mal traída. ordinariote. y su revólver de MITIGÜESO. En veinte años de matrimonio era ésta su primera disputa y la primera vez que no dormirían uno al lado del otro. quizá por coincidencia. Y como coronamiento de aquel sagitario tremebundo. anchos y sobre-cortos. dos ojillos negros de expresión felina. Sin embargo. imprimiendo al jinete un movimiento oscilatorio que le inclinaba tan pronto a uno como a otro lado de la bestia. terminaba ahora por separarlos? No. inmenso orgullo… Ahí estaba Sim. por una gran prueba. Pero mañana sería otra cosa… Ambos suspiraron con ese suspiro de los que acaban de pasar victoriosamente. El jinete era feo. un v. que dejaban en descubierto cuatro dedos de jarrete musculoso y peludo. Olga. hoy se sabían más unidos que nunca y Sim era el broche de esa unión. Nisia (1898). con anchos bolsillos donde guardaba el descomunal cachimbo de tape y la vejiga de toro henchida de picado andullo. Geografía (1915). y en otro instante semejante. Experimentaban orgullo. mal hombre. con enormes espuelas de cobre bien aseguradas. que los había unido tanto siempre. 1904. de aquel ecuestre Hércules pigmeo. a dos dedos de ella. entrecerrados ahora. emboscados como salteadores. folleto. huyéndole a la pretina de los calzones. y después unas medias de a real.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —¿Piensas pasar así toda la noche. no importa el sacrificio. caídas sobre los ZAPATOS DE OREJAS salpicados de lodo. al separarse en opuestos rumbos. de gusto y hechura rural. a ella le pasó igual. Santo Domingo (C. T.. La alimentación y las razas (1896). que así lo llamaba. Rupert acertó a volverse en momento que Catharine no lo veía y en sus ojos relampagueó como una pícara ternura. cuadrado.

dulces como una sonrisa.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS negruzcos. avivada por la pasión. y dos orejas espantadizas. Eso jueron lo golpe que oí. Ya no iba cabizbajo. y se quedó parado entre dos ceibas de alto y grueso tronco. De cuando en cuando espoleaba maquinalmente el rucio. sacó su revólver y se lanzó con paso cauteloso hacia la selva por entre la cual iba el camino. Cinco minutos hacía que andaba así. ondulado de colinas y vallejuelos. desconfiadas. Y regresó mascullando tacos y maldiciones al camino. echando pestes como si para eso y para hartarse solamente tuviera la boca: cuando no les llovía una granizada de puntapiés y garrotazos sin motivo alguno. Era el General Fico. No ar plazo que no se cumpla. su lozanía robusta y graciosa. —Ei diablo me yebe. El pensamiento airado no se refleja mansamente en la fisonomía: es el resplandor de un incendio que caldea el rostro y se propaga al ademán. que en la primera arrancada hacía traquetear el sable encabado. Estaba locamente enamorado de Rosa. Torció a la izquierda y ganó la vereda que conducía a casa del vale Pedro. que se veía sobre un cerrito a distancia de un cuarto de milla. como las venas hinchadas de sangre. y volvió a examinar los árboles. de tigre hambriento que olfatea la presa y se alista a caer de un brinco sobre ella. —No hay dúa –continuó–. De súbito se irguió como por resorte. con el gesto áspero de mastín en guardia. con los pómulos salientes. Pero ai freí será ei reí. sus ojos despedían relámpagos. El había perdido la tranquilidad de bestia saciada con los nuevos apetitos que le aguijoneaban. De ésta. cuando vociferó una interjección de rabia. se destacaban una chiva larga y puntiaguda. que parecía que iba a estallar como la concha de una granada y a avivar el sonrosado de las mejillas. Entre uno y otro parpadeo flameaban sus ojillos como brasas sopladas. Aquí taba ei picando el palo con su cuchiyo. Su pobre mujer y sus chiquitines andaban ahora temblando cuando él estaba en casa. a manera de velamen. adelantándose en acecho para oír mejor. contrastando su techo pajizo y su maderamen de tablas de palma con el verde panorama. hija del vale Pedro. ni deuda que no se pague. pero la muchacha se resistía a corresponder esa ferviente pasión carnal de groseras manifestaciones. Ideas salvajes de deseos. bagamundo je ofisio. Aguzó el oído. Recordaba en este momento las facciones de Rosa. y afectando las formas de un paraguas o de un hongo. porque se quedaba horas y más horas meciéndose en la hamaca. donde volvió a enhorquetarse sobre su caballo. y siguió marcha a la casa del vale Pedro. ¡Bien sabía yo que era beidá! Y me oyén eso do sinseibires. cacique el más temido en los alrededores. y en todo su ser se reflejó una expresión de fuerza bruta irritada. ei calabazo de agua en ei suelo y jasiendo un agujero en la tierra con el deo grande dei pié. y se aventaban sus narices a compás de las crispaduras de sus puños. Y por sobre todo ese conjunto abigarrado y monstruoso un breñal de cabellera amoldada al sombrero y al pañuelo que llevaba atado. sus 114 . holgazán consuetudinario que vivía cobrando el barato de todo en toda la comarca. que la rodeaba. y creció la ferocidad innata de su gesto. la más linda campesina de los alrededores. La señai no manca. Machetero brutal y alevoso. arrendó el caballo. golpeándolo sobre un costado de la silla. y sus músculos se marcaban con brusquedad sobre la piel. en su empeño de conquistarla a todo trance. le cuadraban la cara. venganza y exterminio azotaban el pequeño cerebro del General Fico. Se apeó del caballo. sin atrebeise a miraila y eya detrá de lotro palo con lo sojo bajo. que se abría hasta cerca del remate de las quijadas como agallas de tiburón que. y se han laigao! ¡Si yo cojo ese güele fieta y a esa arratrá! Aquí se contuvo. y desechaba las oportunidades de encontrarse con el fauno que no le perdía pies ni pisadas. escudriñando por entre el claro de los troncos y las malezas.

generai? A soidao… ¿Y poiqué? ¿Qué ha jecho ese bendito? Poi Dio… Déjelo quieto… —¡Y te atrebej a intereaite por ei alante mí. que disponía de todo. acopio virgen de bellezas tentadoras… Y que un patiporsuelo que iba a las fiestas sin chaqueta le disputara la posesión de ese tesoro. que de tan negro se tornasolaba. —No me digaj na que yo lo sé to. Y ella también estaba esa noche más adornada que de costumbre: estrenaba un trajecito blanco con chambra y falda de arandelas. tranquilizándole de sus celos de Fico. su pelo reluciente. Llevaba su calabazo de agua pendiente. Poique yo sor claro: de dai un mai paso se da con quien deje: con hombre que sean batante pa yebai qué comé y qué betí. que no ba ja bucai agua po la berea? —No. —¡Binge santa! ¿qué dise uté. Agora memo iba a desíselo a tu taita.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II ojos negros de miradas acariciadoras. si o acaban eso. y un ramito de clavellinas matizadas en el pelo ¡Qué muchacha! Olía a gloria y era de chuparse los dedos. y luego añadió: —¿Qué jeso? ¿Hay arguna laguna en ei monte. Qué poibení te quea co nese arrancao que no tiene conuco y anda de fieta en juego y de juego en fieta. Efectivamente había estado conversando en el monte con Julián. —Bueno día le dé Dio –le dijo Rosa toda asustada. —Bueno día –le contestó Fico acentuando mucho las silabas. y aún recordaba que Rosa se puso como una amapola cuando Julián. Mira: si diaquí a trej día no sé con seguridá 115 . y la turbó encontrarse con él toda sudorosa. poique ésa no son cosa de donseya honeta. Pero urgía proceder de firme y rápidamente. si esos tercos no entraban en razón. jue que… —Sí. del índice encorvado. —Pero. con el güiro en la mano. a él. bor a jasei que recluten pa soidao a Julián. general si yo con ninguno… –tartamudeó Rosa. a quien tenía que meter en cintura haciéndole sentir todo el peso de su autoridad. en lo que él ideaba algo que le asegurara la posesión de la muchacha. Un bagamundo que no tiene má sembrao que tre sepe plátano? Cuaiquiea te coje jata tirria. entonó unas décimas cuyo pie forzado era: “La mujei que te parió puede desir en beidá que tiene rosa en su casa sin tenei mata sembrá”. Y para ganar tiempo resolvía ponerlo en conocimiento del vale Pedro. Porque no le cabía duda: las negativas empecatadas de Rosa provenían de que andaba en teje-menejes con ese perdido de Julián. cosa de que espantara a Julián y vigilara a Rosa. al que hacía temblar a hombres y a mujeres y con su nombre se acallaba a los pequeñuelos traviesos… a él. ya se lo que e. Había visto sus cuchicheos en la fiesta del domingo anterior. Y como tengo que mirai poi tojutede. saliendo ella con pretexto de ir por agua al río. no podía ser! Aquello acabaría mal. por el agujero. Al desembocar a un recodo de la vereda se encontró con aquella. y aquel cuerpo de ondas firmes. cuando oyeron los pasos de éste. porque la cosa iba de largo: acababa de ver la señal de que hablaban en el monte. Se le había adelantado. al primer varón de Los Ranchos. que cobraba primicias así de las labranzas como de las muchachas casaderas!… ¡No. jadeante. temiendo que sospechara algo al verle los colores encandilados y el traje lleno de cadillo. una mantilla rosada.

cantaban los gallos. ¿para qué te ha entregado el mando el Gobierno?… ¡No faltaba más: perderle así el respeto!…  El sábado siguiente. La pobre Rosa de deshizo en lágrimas y ruegos: que no lo persiguiera. iba el pobre Julián entre cuatro cívicos. Ei sábado. El inmenso azul se teñía de franjas purpurinas que asomaban como cabellera hirsuta por la cima de los montes negruzcos que se veían al Oriente. bueno y fuerte. exaccione. Garrote y fandango: corromperlos. guiado como un marrano a la Fortaleza de Puerto Plata. mensajera del perfume de la selva. donde le meterían en el siniestro Cubo con los criminales más atroces. En aquella mañana tan hermosa comenzaban sus amarguras. aquel pobre muchacho. Que estupre. en los ganados relucientes y gordos que retozaban a distancia. Vamos. ni en los bohíos encaramados como cabras en lo alto de las colinas y picachos. subían alegres de las rústicas cocinas densas columnas de humo como matinal incienso al Dios que hizo del amor el génesis y el impulso de la vida. Ni se fijaba en los sombríos verdes y olorosos. y al suave murmurar del Bajabonico. Y el hombre también comenzaba su labor: hendiendo las nieblas que se disipaban. o a tomar las armas y batirse sin saber por qué ni para qué. la naturaleza saludaba la dicha de vivir con la alegría de sus cantos aurorales. Y el infeliz Julián. mujían tristemente llamando a sus becerros. para luego salir a montar la guardia y quedar condenado a envejecer bajo un fusil. aquella hermosura como flor silvestre que se iba derechamente a él para que la recibiera en sus brazos y la trasplantara a su corazón. Y en cambio de eso. atados los brazos a la espalda. Fico al fin la dejó plantada en medio de la trilla. camino e Pueito Plata. Fico. levantóse una brisita fresca y reposada. para que arree la manada a votar por el candidato oficial. 116 . Nada de prédica. El gorjeo de los ruiseñores se unía a los tiernos arrullos de la paloma.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que lo haj dejao. despertándolo todo. bordes del inmenso tazón de suelo fértil en que había vivido. recordándole al volverse su amenaza: ¿Soy o no autoridad?. nada de escuelas. y ella no podía ponerle mala cara a ese cristiano que se había criado junto con ella. Solamente cuando pasó frente a casa de Rosa salió del atontamiento en que su repentina desgracia le tenía sumido. nada de caminos. pegarles y sacarlos a bailar. cantando al pasar por entre las añosas ramas. mate… con tal que el día de guerra o de elecciones traiga su gente. esmaltados de rocío. pudiera el dolor arrancarle lágrimas. que se habían visto por casualidad. sultanes de su harem y las vacas con la ubre repleta. que qué mal le habían hecho ellos para que los tratara como a jíbaros… Pero no alcanzaba nada. de mirada enérgica y facciones agradables. Hor é lune. ba pai pueblo. veía todo eso con los ojos húmedos. amante y laborioso. mejor cuanto más malo. muy de mañanita. se preguntaba él. nada de policía. robe. Mientras él ahogaba los sollozos de dolor y rabia. Opresión brutal. no había de ser suya? ¿Por qué andaban las cosas tan destartaladas en el mundo? ¿Por qué el Gobierno escogía para representar la autoridad a un truhán como el general Fico? ¿Acaso no había buenos hombres en los Ranchos? ¡Ah! pero los del campo son el ganado humano: les ponen un mayoral. que el mayoral haga lo demás. aquel mozo robusto como una ceiba. y le parecía imposible que a su edad y entre esas lomas. ¿Cómo sería posible? Aquel trozo de alma. que se inclinaban para oírla. o me aj dicho que si o buela éi co nala de cabuya. ¿Perderla?… ¿y por qué? Por el capricho de un asno satiriaco (sic) y omnipotente. e inclinándose a susurrar secretos a los inmensos pastos de yerba de guinea.

El se quedó mirándola con los brazos cruzados.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Todo eso le trasteaba confusamente la cabeza a Julián: creía tener derecho a rebelarse contra tamaña iniquidad. Arrebatado por su pasión vehemente. por el que le ofrecía su poder omnímodo. sólo había pájaros y peces. no se defendería? ¿Y qué toro se igualaba al general Fico?… Luego pensó en su madre. no tardarían en rendirla. —Jesús –gritó Rosa–. sin auxilio. lo que la traía desasosegada e inquieta. su voluntad que dominaba las otras desde Tiburcio hasta Las Hojas Anchas. pero los otros lo dejaron sin sentido a culatazos. espantando a los atemorizados vecinos. quien los había señalado como objeto de su prevención y de su tirria. ora grave de máter dolorosa. suplicante a su vez. Bien se le alcanzaba que todo era obra de Fico. en la pobre viejecita que estaría a estas horas hecha un río de lágrimas. y tomó tal impulso que derribó a los dos que lo sujetaban. Traía a la memoria las horas de dicha en que bajo los mismos árboles relamía a hurtadillas con 117 . Él la contemplaba extasiado. que resonaron en la soledad confundiéndose con el bullicio argentino de la corriente. pero a los ocho días la esperó a la vera del río. le preguntó que cuál era su resolución. Se pasaban los días sin que a su puerta se oyera el ¡Alabado sea Dios! o el ¡Dios sea en esta casa! de una visita. su brazo omnipotente. implorando un jirón de amor. Y ella volvió a deshacerse en ruegos y protestas: que sacara a Julián de soldado porque no había nada entre los dos. quizá maltratada por ese mala casta… Estiró los brazos como para quebrar las cuerdas. Rosa y el vale Pedro comenzaron a notar aislamiento. y se arrodilló. No sabía nada de Julián. No transcurrió mucho sin que se esparcieran rumores funestos en toda la comarca que riega el Bajabonico. pero allí. Así había excomulgado a muchos. Rosa decía a veces con una sonrisa de enfermo que se le estaba olvidando ya el contestar ¡por siempre! Sospechaba el manejo oculto. como que tenía fuertes asideros en la carne. y allí daba rienda suelta a su llanto. desde el mar hasta La Cumbre. llevándole luego bien seguro y casi a rastras hasta la población. Entonces echó a correr por el repecho de la hoya. torvos los ojos. que ninguna clase de solidaridad querrían con los amenazados por el tiranuelo. con la delgadez semitransparente arrebolada de ideales. ¿Eso era Gobierno?… ¿Si un toro furioso le embestía en el camino.  Pasó una semana más sin que Fico se dejara ver por los alrededores de la casa de Rosa. tomó una de las manos de Rosa. Satanás enamorado debe tener la hermosura siniestra y tenebrosa que la fiebre del amor creó en Fico. sin amparo. vacío en torno de ellos. La miseria y el dolor. meciendo la cabeza sobre su cuello toruno. y estampó en ella besos de fuego. y cuando ella asomó pálida y ojerosa. En cuanto a lo otro no. hasta que salió al camino. pintado su dolor en el semblante. Pero Rosa tranquilizaba a su padre achacándolo a lo afanados que andaban en todas las casas con la madurez de la cosecha. fuera del monstruo. retirando con violencia la mano y haciendo un gesto de asco y de desprecio. como círculo de fuego. A veces se iba al monte para escapar a las miradas de su anciano padre. Arrobábale su hermosura. Estaba sentenciada. que si estaba desesperada era por la idea de que ella fuese la causa de la desgracia de un prójimo: fuera de ahí nada. porque primero moriría que tener frutos que no fueran de bendición. Miró a todos lados buscando un salvador. no insistiera.

es durísimo trance. al regresar del cercano monte. Le debía más que la vida. y rodeado de sus cuatro hombres. pero deshacerse de un ideal. Desde lejos lo vio venir cabalgando en su rucio. padre y madre al mismo tiempo: casi ni la había dejado ocasión de notar la falta de la que la echó al mundo.  Una tarde. y cuando Rosa quedara sola. y la llevó tras una mata de bambú muy ahijada. y quiso averiguar la causa: ella estuvo tentada a confesárselo todo. hasta dejarlos en la inopia y los tres bribones se encargarían de vender a medias en otra parte lo robado.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS la vista la varonil hermosura de su novio. Cuando asomaron los claros del día. con ternuras y delicadezas femeniles. acabar poco a poco con cuanto tenían. es la muerte del alma: sigue existiendo el cuerpo. ya su resolución era firme: se sacrificaba entregándose a aquel hombre implacable que le causaba horror. Y no daba espera la maldad del general Fico. No esperó mucho. ¿no lo haría? ¡Pero. se aterró: Julián era mozo y podía esperar a que las cosas cambiaran. pues lo oyó hablando a la vera del camino con tres de sus hombres. mañana un caballo. los brazos de sus maldades. más que por buscar agua para aguardar a Fico en el camino y tratar accediendo a sus infamias. y ahora se encontraba sola: el quién sabe cómo. aunque no le sorprendió la noticia. Oíase el segundo canto de los gallos cuando Rosa se deslizó como una sombra y se detuvo en la tranquera. Desprenderse de la riqueza. A la mañana siguiente iba a empezar la ejecución de sus planes tenebrosos. que cualquiera la dá. arrancarlo después que sus raíces profundizaron en el corazón. Ella estaría a media noche en la puerta tranquera. sonó una interjección seguida 118 . pero cuando se disponía a saltar las varas. pues ya lo venía temiendo. la encontró siña Nicolasa. Coló el café y salió luego con dos calabazos. mientras ella recogía leña en el monte. y la horrible transacción quedó consumada. y con misteriosos ademanes le indicó que quería hablarle de algo reservado. pero su pobre taita. pero no vive: las piedras crecen también. Rosa. pero previó la amargura del buen viejo. buscando una salida para todos! Pero no había otro remedio: para salvar a los demás precisaba que ella quedara en prenda. donde se recostó casi desvanecida. como enorme mazo de plumas gigantescas. viejecito que ya miraba al suelo. Otra sombra avanzó entonces y empezó a hablarle en voz baja. que venían a llevarse al vale Pedro. a la vida de amor idílico con Julián. después otra bestia… así irían llevándoselo todo. y él perdonaba al vale Pedro. que tal vez a cuáles extremos la conduciría. mientras el viejo se pudriera haciendo guardias. le debía una consagración idólatra. había sido para ella. se le iba a morir en el servicio. ella bajeada y perseguida por el enemigo de su recato. qué sacrificio era necesario! Entregar su virginidad como flor a un verraco. Su plan era reclutar para soldado al vale Pedro. Allí le contó que había sabido lo que el general Fico quería contra ellos. Le llamó aparte. Y ahora que estaba en sus manos el salvarlo. que ya consideraba como cosa hecha. Esa noche el vale Pedro notó la aflicción de su hija. Encenegarse con aquella fiera. y quién sabe si su rectitud en materia de honra pudiera llevarlo hasta a un combate en que de seguro moriría… y quiso economizarle esos dolores: sonrió forzadamente y dijo que estaba indispuesta… poca cosa… ¡Qué noche! ¡Cuánto ir y venir con la imaginación. de los goces materiales. hoy una vaca. desde el mes de nacida. y renunciar a la realidad de sus sueños.

1913)* Mujeres Había junta en “El Arroyo”. con algunos dientes menos. respondía al nombre de Tatica. se levantaba un viejo higo retorcido. se apostó en acecho cuando Fico se detuvo frente a la tranquera del vale Pedro. y en la boca el cachimbo. y la piel de su cara harto áspera. negro y musculoso. *R. RAMÓN MARRERO ARISTY (N. De un lado de la tumba. La más joven. El matador era Julián. agua de cielo y sol. Negro pelo se le enroscaba en dos moños a ambos lados de la cabeza. y cuando el vale Pedro salió a las voces. aguardando a que su hijo viniera una noche a buscarla. Recogieron algunas bestias. es autor de un volumen de cuentos: Balsié (1938) y de la novela Over (1939). En La Palma. los menos trajeron sus mujeres para que hicieran la comida en el bohío. 119 . Una era vieja. unos inclinados sobre la azada. y tenía bastante belleza. le imputaba. y al cabo de un mes nadie se acordaba de él sino para bendecir al que libró la comarca de tan perniciosa alimaña. y venía a ver a Rosa para ocultarse en cuanto amaneciera. Ha sido Diputado al Congreso Nacional y Secretario de Estado de Trabajo. al borde del monte. hasta el Gobierno abandonó su causa cuando dio las espaldas a este mundo. gigantesco. La otra era de color amarillento. M. delgada. salía un tenue humillo de la candela que tenían para conservar brasas y encender los cachimbos. A. se alcanzaban a ver los hombres como muñequillos bajo el sol. defendiéndose de las acusaciones que su amante. luchando entre los celos y el temor de alguna nueva infamia y. tentado de matarla. Se había escapado de la Fortaleza. cuidando la propiedad del vale Pedro mientras la vendían. otros con muchachos que ya podían tomar parte en el trabajo. y estaban en la cocina del bohío. negra. Unos vinieron solos. Desde el rancho de palos parados. refugio inviolable. de diecinueve años. resuelto a saberlo todo. etc. para salir goteando sangre al caer el cuerpo de este bandido. una mulatita fresca. con un sombrerito de hojas en lo alto. Las mujeres eran tres. tendiendo la vista hacia el lugar de las siembras. quedó la madre de Julián. saldo de cuentas de los que tienen alguna que arreglar con la justicia.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II del relampagueo de un cuchillo que se hundió en las entrañas del general Fico. Varios hombres del lugar estaban en la siembra. no había conocido más que agua del arroyo. En cuanto al general Fico. cuando reconoció en las tinieblas a Fico que entraba en la vereda. En el centro del batatal que había de por medio. echando cinco y seis granos de maíz en los hoyos y luego tapándolos con lo pies. por encima de batatales y guandules pequeños. al Este. Lo siguió andando por el monte sin perderlo de vista. refirióle lo acontecido. En la cabeza tenía el inseparable pañuelo de madrás que le ocultaba las canas. Su cuerpo era lleno y fuerte. otros echando el grano en el hoyo. y cargando con cuanto les fue posible. todavía sus dientes no habían sido ennegrecidos por el cachimbo y su cuerpo tenía toda la belleza de una fruta sana madurada en la mata. Ese día se estaba sembrando maíz en las tumbas nuevas que se abrieron en el terreno de las múcaras. Rosa. se encaminaron hacia los cortes de Jamao. tuvo que convenir en que era necesario escapar esa misma noche.

—Dende hacía tiempo Julito andaba tirándome puya. Una muchacha buena moza siempre jalla un hombre que la pueda poné en condición. lleno de locrio de gallina con auyama. y yo fuí a bucá un calabazo a l’arroyo. sobre la parte más delicada de su pasado: aquella que se refería a los amores. ya se creía que se la diba a pegá… No jija. En mi casa no lo veían con malo s’ojo. yo había llegao con mucho calor. cuándo diba yo a creé que naide me tuviera mirando. mientras que dipué que se mete co n’un fuñío. Lo que a mí me pasó fue má grande. Y yo creo que a toa la mujer de vergüenza que le pase tiene que hacé lo mimo. Lo que hay é aguantáse y no echase a perdé nuevecininga. Tatica. —Yo no tenía amore. por Dió! Toa nosotra semo maj vieja que tú… —Yo no he querío decí eso. —¿Pero cómo se hace una? –preguntó resignada. raspando los que ya lo estaban. qué podría sé… –exigió la vieja. y otra. y como no vide a naiden me fuí por la barranquita del lao allá y me pasé al bañadero e la mujere. Como sólo tenía unos diez años y era de carácter muy apacible. arreglando las brasas y volteando los que estaban allí asándose. Ya vé tú lo que hicite. y como toavía el sol picaba. se vuelve loca… —La falta de iperencia. murmuró: —Pa laj cosa no hay má que pedile suerte a Dió y confiá e n’El… —¿A Dió? –volvió a decir la más vieja–. hoy pudiera contá algo. y asina llena e confianza. –dijo la más vieja de todas–. pero yo nunca había pensao en meteme en ná co n’el. —Cuando yo vivía con Julián. que ni an amore teniaj con Julito cuando te fuite co n’él. despidiendo vapor por los hoyitos de una lata que le servía de tapa. Cuando un día se acabó e l’agua e bebé en la casa a eso de media tarde. dipué 120 . que era la encargada de raspar los plátanos. Dígame que él dende que una miraba a otro. Relojié pa toa parte. tá con hombre asina e una verdadera calamidá. pero Dió dice: “ayúdate que yo te ayudaré”. Yo me metí con’él porque cuando a una le dentra la gana e tené macho. Si tú viera pensao bien. y con la otra me metí e n’e l’agua… Yo taba lo má quitá de bulla bañándome porque como por’ahí no andaban hombre.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS En una barbacoa había un caldero grande. a eta s’hora pudiera viví mejor. é verdá. y dipué de tó tá arreglao. una sentada en el pilón pelando plátanos. si cuando yo me fui con el difunto Maleno hubiera sabío cómo eran las cosa. ¡ay jija! porque ese hombre na má sabía echale trozo a la mujer como si fuera una puerca. las mujeres no se cuidaban de hablar en mi presencia. ni con nadie. por tá de pendeja. De ahí que charlaran como si estuvieran solas. La llamada Tatica comenzó a relatar. tapado. se arregló la falda que le estaba dejando al descubierto los muslos. La aludida. Las mujeres estaban. pero me pasó una cosa que me comprometió má… —¿Noj quiere decí que te forzó? –terció la de rostro amarillento– ¡ay. antonce. —Vamo a vé. por loj lao del baoruco. Supónganse utede que a mí me querían llevá pal pueblo a la casa e don Luí. sin acordáse ni an siquiera de comprale un vetío. —No me vengaj con n’eso. Yo metía un cuchillo viejo en la candela tratando de mover una batata que pretendía asar. ese señor que é dueño de medio mundo e tierra. me llevé d’él y me juí… ¡Jesús! Cuando yo veo muchachitaj como eta que se meten en hombre sin calculá… Dijo esto dirigiéndose a la más joven. porque a mi pai tó se le diba en alabá lo trabajador que era y qué sé yó y qué sé cuando. y creyéndose obligada a decir algo. –decía la de tez amarillenta–. pa llená la tinaja. no le queda má que aguantá. otra en cuclillas. lo único que gané fueron golpe. Me puse en el caño e llená. Me quité el camisón y una enagua.

embollá en la ropa. no fuera cosa que me viera alguno que viniera de l’otro lao. y de un momento me puse a quitámela… —”¡Ay. señore!. Me dió un sangulutión po r’un brazo que el calabazo fué a caé por casa e la porra debaratao en pedazo. y si no voy a dejá el condenao calabazo botao y entonce cuando me pregunten tú verá lo que voy a decí… —”¡Pero Tatica. diciéndome: —¡Tatica. Parecía que se le habían prendío la j’abipa. se paró Julio… —”¡Anja. y me quité la enagua mojá. por Dió! –volvía él a decí– ¿qué te ha dentrao. pa que no me viera má de la cuenta. —El condenao. pero con casi to el cuerpo afuera. “¡Señore! Utede han de creé que e n’ese momento tuve al cojele pena… ¡Qué se yo!… Y entonce le dije: —”Mira. E l’hombre que se había mantenío alejao. que vergüenzas. Tatica!… ¡ofrécome!… Yo no creía que tú era loca… —”¡Quítate de ahí! –le vociaba yo–. va j’a vé lo que te vá a pasá. quítate de ahí. de atrá e la piedra esa que tá e n’el sitio adonde uno se quita la ropa. él diba ahí mimo. En’el l’agua me había pueto toa la ropa mojá. muchacha? ¡Si yo…! ¡bueno… ! ¡yo no sé que…! —”¡Quítate de ahí! –volvía yo a gritá casi llorando. que al prencipio taba demigajao de la risa. Yo salí má epantá que el Diache y a toa carrera l’eché mano a mi calabazo y me lo puse a la cabeza. muchacha!: ¿te ha dentrao lo malo? “Y yo le vociaba: —”¡Tú eré un abusador. no me meneo d’ete sitio. ¡por Dió! Y si tú no te vá. Me jinqué de epalda pa la chorrera. blanquito del suto. al vé que yo me tiré como una loca y casi me tuve al matá. Y él. E n’eso me fijé que tenía e n’el pecho una cuanta s’hoja. Tatica! Ya te vide –me djo “¡Ay. malvao! “¡Jesú! Yo taba casi fuera e mi juicio. Dió mío! Yo ni an sé cómo no me decalabré toa. Dió mío! Me dentraron gana e gritá. —¿Y qué hizo Julio? –preguntó la más vieja con gran ansiedad. pará en la corriente. se asutó. parao en l’orilla. yo taba encuerita en pelota e n’ese momento. cuando de ahí mismo en frente. porque se lo voy a decí a mi pai… “¡J’Ave María! Yo no sé qué fué lo que le dentró.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II de refrecame bien. me gritó: 121 . y prencipió a vociame: —”¡Pero bueno Tatica!: ¿tú ere loca? “¡Pero bueno. azorá como un animal cimarrón. con toa la ropa pegá del cuerpo y e l’agua a la rodilla. diciéndome: —”¡Pero bueno. “¡Ay. por Dió!… ¡Tatica!… ”Y se le atrabancaba lo que me quería decí. y casi echando chipa por lo s’ojo. señore. y por má que quería apretá el paso. salí p’afuera. ¡vete de ahí. apariao. o que le habían mentao su mai. —¡Julio el Diache! –le dije–. y entonce taba entripaita. condenao! “Y él me repondió: —”¡Qué voy yo a dí! Jata que no me prometa dite conmigo. ahora vino a acercáseme. de salí corriendo… ¡de tó! Y lo que atiné fue a echame la ropa embollá en laj pierna y a cojeme lo pecho con la mano. Julio: lo que yo quiero e que te vaya. casi pegao de mí. Yo prencipié a subí la barranca. “Al fin se quitó. Porque me dentró una cosa que parecía como el prencipio de un insulto. y me largué en la chorrera.

y la más vieja comentó… —Bueno… dipué de tó… cuando un hombre le ha vito a uno laj parte… —Juu… –sopló la otra por la nariz. y me fuí detrás del bohío a comer. ¿pero cómo se te pudo ocurrí. se paró. si dipué que un hombre la ha vito a una encuera ya se pué decí que la gobierna… digan su verdá… Esa frase desconcertó a las otras mujeres. en vé de otra cosa. —Y dipué que te cayó a pecozone. ya utede conocen el reto: ¡jata el día de hoy!… —¡Pero esa te la ganate tú! –dijo la vieja. y jalándome po r’un brazo. le he dicho! ¡Ahora mismo se va uté conmigo! ¡Camine po r’ahí. Permanecieron un momento en silencio. carajo! –me gritaba él. sin hablá una palabra. carajo!… “¡Ay señore! Consideren que yo me taba muriendo del miedo y de yo no sé qué. —¡Jesúu! Yo me taba volviendo loca. llorando– ¡por Dió! que si viene gente se vá a dá cuenta… —”Cállese. entonces me taba dando pecozone. porque yo me le atrabanco a cualquiera e n’el gañote!… y ahora se lo va já decí. Pero casi loco de rabia. porque no podía darme cuenta de lo que tenía. tá bien! “Señore: me echó por delante. animalá. ya en pie–: si hemo perdío toa la mañana hablando zanganá… A lo que respondió la otra. En ese momento se oyeron las voces de los hombres que venían del conuco. que yo taba como loca dipué que él me había vito ejnúa. Julio! –principié a decile. —¡Señore! –exclamó la más vieja. mojiganga. Ambas se ocuparon. y eso fué tó. ¡Y bien dicho!… “Y enseguida me cerró a pecozone… —¡Critiana! –interrumpió la de la piel amarillenta–. —Ahí vienen… –dijo Tatica muy apurada. decalentale la sangre a u n’hombre? —Sí señóo… –afirmó la otra. carajo. señore! –volvió a decir Tatica–. –continuó Tatica–. ¡mofia! ¡Si tú te cré que tú pai come gente tá equivocá. Primero me había vito encuera. —Animalá. de remover los plátanos en las brasas. jipiando del llanto. poniendo en una yagua nueva los plátanos que había raspado Tatica. pero no me podía aguantar y le volvía a decí: —”Por Dió. Julio: ¿qué vaj tú a cometé?… ¿Me va j’a matá?… “Ya me había dao como dié pecozone. —¡Yo sí creo! –afirmó la otra. 122 . negra y sucia de ceniza. Al fin la razón pudo más que todo. Julio. Julio! ¡Ay. durante un momento. ¿qué pasó? –preguntó la vieja. —¡Cómo va a sé. me volvió a decí: —”¡Cállese. como quien sabe que ha perdido una discusión y titubea antes de declararse vencido. a la vez. y lo único que pude fué decile: “¡Tá bien. Envolví mi manjar en una hoja de plátano. “Yo le quería obedecé. lo único que me se ocurría pensá era que él tenía razón… ¡Utede han de cré!… —”¡Ay. Las mujeres entraron súbitamente en gran actividad.: —¡Jesú!… Verdá que aonde na má hay mujere… Ya mi batata estaba asada. y al yo decí asina.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —”Mira. escupiendo.

El caballo no aminoró la velocidad. Un tercero. Pero antes de un minuto. Fue un segundo nada más. Al llegar a la primera esquina. El hombre pensaba que no había otro remedio que huir y llegar al paso del río. Al pasar frente a una casa de acera alta le hicieron un disparo. En la otra le humeaba el revólver pavón blanco con que acababa de matar. ante el agua. quiso titubear. caballo y jinete volaban por el camino real como una exhalación. Entonces el animal. De no ir el jinete ensordecido por el viento y por la fiebre de escapar. El fugitivo El hombre dio media vuelta. Este recobró más velocidad. El caballo se tendió a galope por la estrecha calle bordeada de bohíos cobijados de cana. El jinete tentó las bridas. atolondrado. El hombre sintió deseos de caer del otro lado. Se revolcó el mulo. el hombre echó el cuerpo a un lado y tiró de la brida izquierda. Volaba el caballo. por el ancho camino que iba entre dos alambradas que cercaban potreros y conucos. Parecía que se había estirado. Pasaron otros diez minutos de vértigo. El cuarto se enredó en las patas del animal y quedó pisoteado e inservible. con la boca abierta. quiso volverse para defender la cara y rodó violentamente raspándose el rostro. Un cañón que había salido por una ventana. desorientado. pero un segundo que casi fue fatal. Las espuelas volvieron a herirlo. Silbó una manjuilita que venía en largo y cansado vuelo y se metió en las ramas del gran jobobán. Rugieron veinte voces que se ahogaron en los tiros: 123 . que se iba a romper. cayó con medio cuerpo dentro del cuartel. El quinto. hubiera oído su resuello precipitado y recio.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II No se movía una hoja. se llevó la mano derecha al sobaco izquierdo y. huyéndose al sol. se elevaba a sus espaldas. Allí. Bajaba la cuesta el tiroteo. El rojo camino hacía un recodo a la izquierda y comenzaba a bajar. fue encontrada por el animal y se estrelló contra el pedregal que hacía de acera en su bohío. El jinete no volvió la cara. Al otro se le encabritó el caballo mientras luchaba por dominarlo con una mano. veinte. Apareció a la vista la ceja de monte que cubría la ribera del río. Las gallinas venían del conuco acezando. Comenzó a oírse un tiroteo que venía por la otra calle. cogió la bajada resbalando. Se disparó al cauce y se envolvió en millones de gotas que se elevaron como un surtidor. Se desgranaron como una mano de plátanos que cae de lo alto. Allí terminaban los alambres y comenzaba el monte sin cercas. Así corrió diez minutos. Por un momento pareció que el caballo iba a resbalar y caerse. Los tiros venían detrás. Enloqueció. Una vieja que salía de su casa. siempre detrás. Había perdido el control y corría a precipitarse. con las manos vacías no atinaba a coger la carabina que se le cayó al recibir el violento choque. La roja tierra del camino que había mojado la llovizna de la noche anterior. El animal quedó ciego y tropezó. Clavó otra vez las espuelas en los ijares del animal. Y sin perder un segundo que le hubiera sido fatal le hundió las espuelas en los ijares al bruto que saltó sobre un pelotón de cinco individuos armados de carabinas que pretendieron cerrarle el paso. Mujió una vaca bajo la guázuma. media hora. desapareció humeando. Tronó el fondo del río. que el caballo pechó de frente. exhalando un grito. el vientre y las manos. De cinco o seis resbalones cayó en el cascajal. espumajeando. El jinete se le acostó en el pescuezo. Dos se estrellaron de espaldas sobre las piedras sueltas. impelida por las patas del caballo. sentándose en las cañas traseras.

lo hizo saltar de flanco. —¡Vienen ahí! Espuelas. ¡Espuelas! El caballo no podía dar más.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Párate ahí! —¡Párate ahí! El hombre volvió la cara. Casi estallaron los músculos del animal. La lucha entre la bestia y el hombre seguía. Se encabritó. —¡Quieto que ahí vienen! Se tiró a los matojos en lucha con el animal. Dos espolazos más. y en la derecha sostenía el revólver. El caballo estaba loco. Veinte tiros se zambulleron a sus lados. —¡Párate ahí. ¡Tiros detrás! —¡Vienen ahí! Espuelas. —¡Hay que cojelo! —¡Hay que cojelo! —¡Párate ahí! —¡Párate ahí! ¡Otra descarga! El fugitivo apretaba los dientes. El hombre se lanzó a tierra. parado como un canguro en las cañas de atrás. Lo hizo evolucionar para que pusiera las ancas hacia el camino y se le metió detrás del pecho cuyos músculos temblaban bañados en sudor. Saltó el animal a la barranca que se elevaba ahí mismo. castañeando los dientes primero y luego lanzando una maldición. El bruto rompió el agua que se volvió a levantar en furioso surtidor. —¡Por ahí va! —¡Por ahí va! Sonó otra descarga. Un nuevo recodo a la derecha. El caballo estaba loco. El hombre lo sujetaba con la mano izquierda. Ahí venía el tropel. —¡Vienen ahí! –le dijo al caballo– ¡Vienen ahí! Otro recodo. Llegaban los perseguidores. Apuñaleó al animal con las espuelas. Su propio resuello le ahogaba. Nuevo acopio de bríos del animal. Veinte tiros más se enterraron en el barro. Siempre aferrado a las bridas se fue hacia la derecha con el caballo en dos patas. carajo! 124 . El caballo ya comenzaba a asentar las patas delanteras en tierra. El animal se sintió asesinado otra vez por las espuelas y casi pegó el hocico en tierra cuando se tendió a lo largo de la cuesta. Veinte balas rompieron el monte. en la misma barbada. Ahí venían los tiros. Cada vez dominaba mejor al animal. Se precipitaba el tropel. detrás. El trueno de los perseguidores cruzaba el río. tembloroso. El tirón inesperado. obedeciendo a la voz. —¡Párate ahí. Se abrazaba más al pescuezo del animal. Decía resollando: —¡Sitó! ¡Quieto! ¡Me quedan cinco tiros! Tenía el brazo y el hombro bañado de la espuma y el sudor del animal. Entonces el hombre rugió: —¡Carajo! ¡Ahora verán! Y tiró frenéticamente de las riendas. Una descarga más. Aparecerían en la curva y comenzarían a cazarlo. carajo! —¡Párate ahí! Dentro de un minuto sería blanco de sus perseguidores. —¡Sitó! ¡Quieto! El caballo se encabritaba.

le iba a amanecer al Jovero. cuentos. Se pulió en el hablar y consiguió propiedades que eran plantíos que hacía cultivar a los presos y a los dragones. El hombre esperaba detrás del caballo. Siempre a pie. la táctica de los jarretes. Era un todo estertor. Gritos. en el Sur y con seguridad en la parte del Este. Cachón. el José Pelota rústico. Desde joven. Jefe Comunal de La Matraca. 1893)* Una campaña del General Pelota En aquella ocasión era el General José Pelota. M. Voces: —¡Por ahí va.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —¡Párate ahí! Otra descarga. Le bañó el pecho de espuma y sudor. —¡Cinco tiros! Pero el caballo tiró de la brida. Se perdió la tropa en un recodo. el General recibió un mensajero. a favor de la oscuridad del pueblo. y Escenas Criollas. seguido por los más que podía arrastrar. A. el General había tomado parte en todas las asonadas que se provocaron en el Este o repercutieron en él y cuando fue jefe. el General José Pelota. Veinte caballos desbocados. Venía de la Capital y era portavoz de la Junta Revolucionaria recién establecida. tenía la confianza del Gobierno. Humo. cuentos y novelas cortas (1941). A fuerza de curtido en estas ocurrencias. le salía el sol sobre el pico de una loma en el corazón de la Cordillera. que por llevar algunos meses en el poder se estaba haciendo irresistible. Siguieron los tiros. carajo! —¡Por ahí va! Una nube de humo. El General trató la cosa con la marrulla consiguiente. estudio histórico (1943). Otra descarga más. Pasaron frente a los matojos como una exhalación. ensayos biográficos. El Caudillismo en la República Dominicana. MIGUEL ÁNGEL MONCLÚS (N. ha publicado: Cosas Criollas (1929). 125 . novela. adoptó militarmente una táctica propia. se hizo un personaje guerrero de proporciones nacionales. Jefe Comunal de La Matraca. Dijo que sí y dijo que no. Se le requería para que se sumara al movimiento que en breve se precipitaría en el Cibao. pero por fin. Con la cabeza le golpeó el codo. Galope desenfrenado. corta o larga. Y era prodigiosa su movilidad. carabinas. en una noche. Le prometían dinero. Con los días. Ya en campaña. y el examen sociológico: Caleidoscopio de Haití (1953). En aquella ocasión. pertrechos y las copias de los manifiestos al país que se estaban escribiendo. y manadas de reses que le pastoreaban sus compadres los pedáneos. Resoplaba: —¡Quieto! ¡Cinco tiros! ¡Cinco hombres! Ahí estaban. solía tirotear tres pueblos distantes y sin embargo. Una primanoche. Que él era el hombre que garantizaba los intereses y la propiedad. medio oculto en los matojos. Se fue apagando la gritería y a poco no se oyó más. Historia de Monte Plata. cuando le anochecía en Guaza. y después de muchas *M. Se impuso en su lugar como batuta y su nombre era citado con frecuencia en los corrillos politiqueros de la Capital. fusil al brazo. se convirtió en ente de mucha prosopopeya.

puede cruzar por donde quiera. Dígale al Gobierno que yo aquí me hago ceniza. sacó al General de la hamaca en que estaba. sí. el telefonista apresurado. voy a acuartelar las gentes. se colocó el auditivo con desconfianza. y ya en la calle. que eso aquí está escaso. Encendió un tercero. La paz reina en el país y si tiene sus pasaportes en regla. Aquí. bueno. pero asegúrelo bien o disponga de él allá. —………… —Juan Labraza. Al día siguiente. Aquí no hay más que un hombre peligroso. Entonces ordenó: —Vaya. haciendo salir antes al empleado de la habitación. ese de Los Cerritos es el único peligroso. que ha entrado un forastero? —Mis ojos no le han caído arriba. condúzcalo a la Comandancia. Era un compadre suyo. En esa inteligencia se fue el mensajero. Ayudante. Ayudante. se lo voy a remitir amarrado como un andullo. Mándeme de viaje el despacho de Jefe de Operaciones y las carabinas y los pertrechos. Por aquí no habrá quien se menee. con actividad a ver si logra en la plaza al forastero. con el aviso de que el Gobernador lo llamaba al aparato. o bien se apagaban de inmediato o se consumían en idas y vueltas al tabaco. compadre –replicó el General con aplomo. ese Juan Labraza. rayó al paso otro y comenzó a hablar con amplio ademán. pero dicen que ha dentrao. Pero la República sabe –y aquí alteró la voz– y lo saben en la Capital. si además de lo que le prometían lo nombraban Jefe de Operaciones. y se apagó también. porque es muy peligroso. fueron inútiles las diligencias del Ayudante. muchas gracias. campesino. compadre. apagó el tabaco que llevaba encendido y llamó al Ayudante: —Présteme sus fósforos. pierda el cuidado. y descuídense de aquí. No transcurrió mucho rato. tocó el pito repetidas veces en señal de alarma. compadre –agregó– estoy yo para hacer respetar los derechos y la propiedad. siempre está cabeciando y es muy enemigo de la situación… Pierda el cuidado. a disgusto con el cargo que sin paga alguna lo obligaba a permanecer en el pueblo. —¿Qué hay? ¿Cómo estamos?… ¡Anjá! Mire… y aquí ni propagandas. Se despidieron. que hasta aspira mi puesto y siempre me va a la contraria. 126 . —………… —Ah!. Rayó un palillo que se apagó. pero mándeme en seguida los cuartos para las raciones y que sean muchitos. Fue a la oficina y frente al teléfono. ¡que yo soy el horcón de La Matraca y la garantía y el respeto de la propiedad! El compadre aprobaba moviendo la cabeza. bueno. hasta que agotó la caja de fósforos. vaya. de Los Cerritos. que había entrado al pueblo un forastero… —Eso puede ser. Desde luego. Sí. Pero con la idea de hacerle ganar tiempo al mensajero. El General volvió a mirar con desconfianza al aparato. cuando se le presentó el Ayudante de Plaza. convino en que si no había papeles por medio él entraba. un cuarto y hablando siempre. buen padre de familia. como muchas veces se lo he dicho a usted. —¿Dice usted. que le habían informado. El Ayudante le informó. Gobernador. —Pues haga las pesquizas y si lo encuentra.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS vueltas. que decían. agricultor acomodado.

el General se aplicaba a un plato enladrillado de trozos de plátano que coronaba como trofeo una prominente pieza de carne. cuando sonaron en la puerta del patio. Que a él lo habían nombrado Jefe de Operaciones y que. A poco la tranquilidad habitual de La Matraca se transformó en un hervidero humano. Le dijo que el Gobernador le había comunicado que había un “meneo” contra el Gobierno. El Cura y el Presidente del Ayuntamiento. ¿y qué es lo que pasa? —Yo no sé. Campesinos con fundas y fusiles casi llenaban la barraca que tenía por sede la Comandancia de Armas. —¿Quién vá? 127 . Llamó luego aparte al Ayudante y confidencialmente le dijo que como él iría pronto de jefe grande a otro lugar. otras habían acontecido. el General arengó a la tropa. con las onzas recibidas para racionar la tropa y con varias mancornas de becerros de las contribuciones impuestas para mantener el cantón. A la luz de un mechero de gas. El era el horcón de La Matraca. que contara con eso y no se apurara pensando en sus intereses. Y como rigurosa consigna. unos golpecitos discretos. —Sí. hombre. Que eso de seguro era la obra de tres o cuatro vagabundos y que el General Tal les daría cuatro patadas. Los golpes se sucedían insistentes. —Yo me vuá dí con tiempo. Muchas veces había usado el General ese escape al sentir movimiento sospechoso en el poblado. respondería de los intereses y de la propiedad.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Acudieron presurosos el Ayudante. contando con ellos. —Eta va a sei goida. bohío que le había costado treinta pesos al General y que cedió al Gobierno a cambio de cuarenta caballerías de los terrenos del Estado. Comía despacio. jarreteando o no. junto a la mesa adosada a un seto. iban y venían azorados y el único pulpero del pueblo. De una a otro se oía la voz cuando se levantaba. cerrada. si seña Justa me dijo que uyó que poi el alambre decían: p’arriba se tá peliando. manejó las cosas de modo que se había quedado con el puesto. atrancaba presuroso las puertas de la tienda. y el General Pelota. que no respondieran sino vivas al General José Pelota. Dióles con energía la orden de acuartelarse y mandó a buscar su machete de cabo. El patio de ambos era un platanal que colindaba con el bosque que rodeaba el pueblo. La vivienda del General no estaba lejos del cuartel. En las esquinas se formaban corrillos. —Pero bueno. p’arriba se tá peliando. El General era buen diente. Cuando vino a anochecer. nada bueno ni nuevo. El General detuvo la labor y paró la oreja. Un poco tarde de aquella misma noche. —Y el forastero que dentró anoche… —Ese de seguro que venía de casa de Juan Labraza… —Como eso sí que es así. lo iba a hacer nombrar Jefe Comunal de La Matraca. les dio. desplazando metódicamente los trozos de la orilla para acometer por último a la carne. En eso estaba. los policías y algunos vecinos. —Y jata yo… Y así por dondequiera. el grupo acuartelado se había engrosado considerablemente. pero desde ayer se ve que la cosa está mala. Una nueva revolución: ¿qué traía? Para La Matraca de seguro nada.

primo José –dijo el aludido sin entrar. primo José. Juan… —¿Juan? —Sí. —Pero asíllate. —Pero. —Pué antonce. —Po antonce baje la lú. Juan Labraza avanzó algunos pasos hacia el interior. Juan. siéntate. guardándose de la claridad. —¿No anda nadie contigo? —No señó. ven. primo José. —Es que el negocio de que quiero hablarle… —No tengas cuidado. —Entra. ¿y qué Juan? —Juan Labraza. primo José. muchacho? —Que quiero verlo. primo José? —No. —Juan ¿quieres pasar? —Sería mejor que conversáramos afuera. Juan? —Sí señó… —¿Y qué te pasa. primo José. Juan. primo José. Juan. primo José. primo José. ¿ahí no hay gente. Juan. Juan. ¡abre la puerta del patio! Un muchachón surgió de un rincón de la penumbra y abrió la puerta. yo tengo mucha flusión y el frío de los plátanos me hace malo. —Que te vió el hombre decía… 128 . —¿Eres tú. el General se retiró a un extremo de la habitación y llamó alto: —Jacobo. Hubo una pausa embarazosa. entra. —Ven a cenar. —Asina mismo. ando de pronto y solamente viene… —Ve diciendo. —No. Se paró cautelosamente y se arrimó a la puerta cuya aldaba presionó con ambas manos y así siguió el diálogo. primo José.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Yo. —Está bajita. El General avanzó como al descuido un paso hacia la puerta del patio que estaba semi–abierta a la espalda de Labraza. —Muchacho. —¿Quién es yo? —Yo. —A decirle que el hombre me vido. —No atino. Precisamente y husmeando. no atino… —Soy yo. —Que le aproveche. tú mismo. pasaré… En puntillas. —¿Tú andas solo? —Sí señó. aquí no hay nadie. hacía tiempo que no te veía. —Pero. Juan. —Siéntate. por todo esto no zumba una mosca. el bohío está solo.

Juan. Yo José Pelota. y del orden. primo José. Las circunstancias –según decía– eran muy apremiantes y el Gobierno quería contar más que nunca con la lealtad y el celo de sus amigos. y con voz autoritaria le gritó a los recién llegados: —¡Hagan preso a ese hombre! Cayeron sobre Labraza y lo despojaron del revólver y del puñal que portaba. y me dijo del asunto. Gobernador. ni para rascarme la cabeza. poco militar y confiado. que mientras yo esté vivo… Al llegar a este punto las voces trascendían al extremo del caserío. sus parientes y parciales. pero… —Yo tengo muchos asuntos. que soy aquí en La Matraca la garantía del orden y de la propiedad. no hay petíguere por aquí que chille. ya el General tenía en empuñado el canto libre de la puerta.  El resto de la noche pasó en calma. gracias a su precaución de racionarlas a no más de cuatro balas. hombre flojo que no sabía de nada. —………… 129 . Ese que vino de la Ciudá. A poco sucedió la calma y surgió el General en el Cuartel. primo José. El General respondió que estaba dispuesto a hacerse ceniza en defensa del gobierno. me dijo que usted también convenía en entrar. pero reiteró con urgencia el pedido de parque. —Yo considero. –Iba alzando gradualmente la voz–. La emprendió con el Ayudante. Lamentaba que se hubiera llevado algunas carabinas. No tengo tiempo. Apresuradamente irrumpieron en la sala de la casa el Ayudante seguido por un escuadrón de hombres armados. El General con el machete en la mano. el dinero y el nombramiento que le habían ofrecido. pero no la madrugada. José Pelota.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —Sí. —En cuantico lleguen esas cosas. pero… ya yo tenía la cosa lista. El resultado no se hizo esperar. quien responde como quiera. porque yo me hago cenizas y respondo de la tranquilidad. —¿Dijiste de un hombre?… —Sí. echaba escarabajos por la boca y partía el mundo por la mitad. —¿Y qué te dijo. Con él no había quién se meneara. remedada por el eco. Otra vez era el Gobernador. y el fijo y tantas cosas que día a día son más. Cuando se llega la hora –y la voz siguió subiendo– soy yo. y la memoria se me está poniendo mala con tanta broma que dan las autoridades y el mando y los robos y los vagos. ¿a dónde se metía ese sarnoso que él no lo cogiera? El era el horcón de La Matraca. que lo vido a usted primero. Juan. Yo sé todo lo que pasa aquí. pero por suerte con pocas cápsulas. Juan? Mientras hablaba. formada en su mayoría por gentes de Los Cerritos. Labraza quiso teminar: —Bueno. —¡Ayudante!. sonaron tiros. Juan… Sí. gritos. El General rápidamente apuntaló la puerta con las espaldas. y un tropel de gentes corría en todas direcciones. Pero. Yo soy el respeto y la garantía de la propiedad y eso lo saben aquí y en todas partes. En eso estaba cuando volvieron a llamarlo por teléfono. ¿Cómo no? Pero tú sabrás Juan. retumbando en los vecinos cerros: Hor-hor-cón… garan… tíaaa… pro-pie…daddd. ¡enciérrelo con buena custodia! Se lo llevaron en tumulto y tras él. Había pasado que el preso se fugó en complicidad con la guardia. iba la voz del General. Antes de amanecer. —Tú tenías la cosa lista.

el General Pelota reunió el Ayuntamiento y requirió la asistencia del Cura. La tropa chapoteaba con el agua a la rodilla y el General también. Seguido. a trechos la arengaba: —¡Jarretes. y ya que usté lo manda le diré que venga. pero es que él nunca ha hablado por este bejuco. a los…” Después. pero hay un “meneo” contra el Gobierno y aquí mismo anoche se ha levantado ese bandolero de Juan Labraza. muchachos!… 130 . y tenía un cañón. Mis intereses particulares se los dejo encargado al Cura que está presente. —¡Por aquí muchachos!: arroyo arriba y por el cañón del río. yo no lo recomiendo para la Jefatura y más cuando yo puedo con las dos cosas… —………… —Bueno. el Jefe nato. y llegó a un arroyo. pero a mí me parece… —………… —Oiga. o se alojaban en la iglesia al amparo de los ruinosos paredones. El nombre de Juan Labraza estaba en todas las bocas y se le atribuían palabras y amenazas terribles que cumpliría con toda seguridad. y la garantía del orden y el respeto de la propiedad. puede que acepte. Eso soy yo. a fuerza de jarrete botamos a los españoles y botamos a Báez. para alante. tres cañones. dos cañones. a una hora de marcha a monte traviesa el General enderezó la ruta en sentido contrario al rumbo que había tomado a la salida. pero usted sabe que ese hombre es mi compadre. pues contaba con más tropa que hormigas había en La Matraca. se lo voy a llamar…. —Como ustedes saben. pero mire. espérelo. Bueno. —………… —Eso sí. Sin embargo. abultándose de más en más las propagandas. Frente a los atemorizados regidores. Y el General se paró.  Era la guerra. de Ayudante está bien. muchachos!. desfiló la tropa con el General al frente por un callejón que no iba hacia ninguna parte conocida. cuyos alambres y pedazos saltaron con estrépito. yo soy la primera autoridad de la Común. Entró apresuradamente el telefonista y se quedó pasmado frente a la hecatombe: —¡Por hablador. Los regidores acataron con un murmullo aprobatorio y el Cura juntó ambas manos con unción. Rodaban. sacó el sable y le cayó a machetazos al aparato. el General exigió que se levantara acta de aquello y el Secretario de la Corporación garrapateó en el libro: “En la Común y Pueblo de San Benito de la Matraca. Gobernador… —………… —Es que ahora mismo no esta aquí… —………… —Casualmente. el agua no pinta huellas. cuatro cañones… En esas apretadas circunstancias. Yo salgo en operaciones y he pensao descargar la autoridad en ustedes para que no sufra la población. el General desató su conocida oratoria. mi compadre el Ayudante. ¡jarretes. ¡jarretes!. Los habitantes de La Matraca liaban sus bártulos y las familias salían en cordón en todas direcciones hacia los campos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Bueno… –y el General miró con disgusto al aparato–. muchachos. ese diablo de bejuco? –sentenció el General. pero no está civilizado en esas cosas.

Alcalde? —Esa voce andan asina porei mundo. El General tocó muchas veces el pito y dio voces al Pedáneo. que estaba preso en el calabozo. y busque víveres que la tropa no ha comido. Anselmo? —Aquí tamos medio epantao. Alcalde: No haga por verlo. ¿y quién va a ser? El pedáneo se acercó y hablaron. reunió el Ayuntamiento e hizo comparecer al Tesorero Municipal y al 131 . Hágalo saber así a la Sección. muchachos!… –voceaba el General. Al otro día. Comieron y después de disponer la marcha. los cuales incesantemente atizaba el General. En seguida. mai jerío… —¿Y quién es el de esa propaganda. Pero antes consígame una mancorna de las reses que estén a la mano aunque sean de las ánimas. —¡Jarretes. que había dentrao ai Pueblo a sangre y fuego y mire que seña Casiana que etaba en La Loma le pareció que uyó lo tiro… —Lo que pasó. a tiempo de partir. —¿Cómo está ésto. fue que Juan Labraza. Los víveres y la mancorna aparecieron y las pailas empezaron a hervir sobre grandes fogones encendidos en la plazoleta. dígale que yo ando con doscientos leones. asigún lo que dijeron… —¿Y qué dijeron? —Po como le iba diciendo. el General le dio al Pedáneo sus últimas instrucciones: —Oiga. po yo lo hacía en ei Pueblo. Los perros ladraron y fue como el aviso para que los vividores se escurrieran como sombras monte adentro. pero si casualmente usted se ve con Juan Labraza. ¿ejusté? —Sí. Alcalde. se huyó y la guardia le hizo fuego y por cierto lo cortó.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II El cauce del arroyo se iba estrechando y ya trepaban por los barrancones como chivos. no le tiro. Comandante. hombre. pero que si no me tira. surgió Juan Labraza a la cabeza de sus parciales y lo ocupó militarmente en nombre de la Revolución. Alcalde. la emprendieron loma arriba y anduvieron hasta que ya oscureciendo divisaron a lo lejos los fundos de Las Palmitas. que por fin apareció agachándose: —Comandante. y ya de aquí mesmo parece que se han dío aiguno… —¿Adónde? —Como no va a séi pande Juan Labraza… —¿Y usted sabe de él? —Bueno. Comandante. una de las secciones más lejanas de la Común. forma inocua que lo colocaba a merced del elemento de armas que deseara hacerse cargo de él.  El pueblo de La Matraca había quedado bajo la autoridad del Municipio. Se acercaron al caserío. —¿Y por qué? —Je… yo toi viendo que lo de uté no há sío ná… —¿El qué? —Po aquí se suena que en ei pueblo había la dei préquete y que tá ei mueito ñango y que a uté lo habían jerío. Juan Labraza está cortado y ya la ronda debe haberlo cogido. Por fin el arroyo se extinguió en la falda de una loma.

¡aunque sea del faldón de las mujeres!… El Ayudante se vio negro para cumplir la orden. autonombrado General. Hombre poco previsor. cargó con ellos y con nueve pesos más que le reunieron en suscripción abierta en la Sala Capilar. esas gentes no se hubieran ariscado: —¡Aquí mismo. viró al sur. tomó nuevos rumbos. Al fin. En la Caja Comunal no había más que dos pesos con sesenta centavos.  El General Pelota anduvo con su tropa hacia el norte. consígale uno blanco. y todo el contingente lucía. Lo apuntaron hacia la entrada principal del Pueblo y para el caso de disparar. al suelo. en un ¡Sálvese quien pueda! Echó a correr cada quien por donde pudo. ni entendían y desaparecieron a escape. ei cañón que deplotó!… En Los Cerritos. tal como si hubiera estallado una bomba… Gritos. trataba de dirigirse a los jinetes: —¡Párense!. Ayudante!. El General encargó a la tropa que no disparara y. de barriga. oyó la explosión y le dijo a su compañera: —Acucha. encendieron. piedras y plomos rayados en cruz. Consiguió sin embargo los gallardetes y se los repartió a la tropa. Las casas estaban situadas en hileras hacia el fondo. un fogón que constantemente atizaban los artilleros. Magalena. desvelado en su tarima. Juan Labraza. La tienda del Batey estaba cerrada y pocas mujeres no lo habían abandonado. clavos. que no era militar ni sabía de nada. Sacaron de la iglesia un cañón que servía para celebrar las fiestas y lo cargaron imponentemente. voces. cuando hasta los centinelas dormían. arrastraba tras de sí un nutrido estado mayor. Los escasos vecinos que aún quedaban en el Pueblo. tiras de tela roja a manera de divisa. que en carrera desbocada. carreras. consígale a cada uno un trapo colorado.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Cura. pendiente de los sombreros o amarradas en las chamarras. inútil. El General las emprendió entonces con el Ayudante. Consígalo. un viejo veterano. braceando. la población se estremeció y siguió un estruendo. armado con machetes. una voz poderosa gritó obstinadamente: —¡No ha sío ná!… Señores. asomó a la sabaneta del batey La Batea. Se notó que de ellas se desprendieron jinetes. Se dieron a la tarea de trastear por las cocinas abandonadas y perseguir las gallinas y lechones que andaban realengos por el pueblo. La gente de Labraza eran en su mayoría vecinos de la sección de Los Cerritos. 132 . abandonando los fusiles. Y sucedió que a media noche. deteniéndose únicamente para comer. dos días antes. no lejos. consígale también uno prieto y por lo que pueda suceder. Si la tropa hubiera llevado su divisa colorada. Le dijo improperios. huían hacia los bosques. formaban en la tropa del General Pelota. se tiraron de las barbacoas y de los catres. entre ellos el Cura. ¡párense!… ¡todos somos uno!… ¡párense! Ni oían. pertrechándolo con grapas. La tropa. hasta la boca. Exigió dinero. como tá Juan limpiando ei campo. varios de los cuales. Eran pocos y portaban divisas rojas. hasta que al clarear de un día. ladridos de perros y escarceo de gallinas y el eco que se alejaba repercutiendo como un trueno.

Cuando Pelota entendió que se mezclaba en sus atribuciones y pretendía dictarle normas y procedimientos. sacaba por semana tajadas apreciables. —¡Viva el General José Pelota! —¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! –contestaron. ¡el que manda soy yo!… ¡Yo!. de seguro prevalido de su parentesco con su inmediato superior. compadre… —¡Ese es un atrevimiento!. —Sí. andaba en una operación muy importante que le había confiado el Gobierno. entonces. montó el disco de su decantada autoridad y del horcón y alterando la voz. llegó a los elementos. El General. A poco. casi toda reunida en torno. No tuvo tiempo de coger ni los zapatos. cuando llegaron los revoltosos. echando vivas a la Revolución y abajo el Gobierno. Liquín Canela. –contó–. Llegó un momento en que se volvió al Ayudante y le ordenó colérico: —¡Ajuste preso a este hombre!… ¡Tránquelo en la Ermita! Y se dirigió a la tropa. entonces. compadre… —De momento voy a fusilar uno para dar un ejemplo. con dos patadas acabaría con todo. Si era conveniente. sin sombrero y desgarrado. ni el puñal. Se le tenía por muy gobiernista y mandaba a la baqueta La Batea. y el General debía… Pero ahí fue Troya. Liquín Canela era sobrino del Gobernador. de donde por derechos de juegos y otras alcabalas. El General y Liquín entraron en explicaciones. compadre… —¡Yo no permito que se me abra gañote! —Sí. el Jefe de Orden del Batey. –y se tocaba en el pecho. —Sí. el General buscó al Ayudante para conferenciar: —Compadre: ¿Qué le parece ésto? —Yo. Sintió que fueron directamente a su casa con malas intenciones. enfurecido por el porfiado que no arriaba bandera y que alzaba el tono a la medida de él. Le parecía que no se debía permitir que los enemigos cogieren alas. Había tenido que salir huyendo. daba tiempo para que llegaran los refuerzos que le había anunciado el Gobernador y. para conocerlos bien. compadre… —Nadie sabe en lo que ando y ni el Gobierno tiene que meterse en eso. ni el revólver. con eso. Trataba de averiguar los ánimos de la Común y desde hacía tres días caminaba en eso. —¿Por qué no le había hecho fuego? –y Liquín reparó a la tropa y le extrañó el empavesamiento: —¿Y esa divisa roja?… El General trató de explicar y el disgusto sospechoso de Liquín crecía a medida que la explicación iba extendiéndose. debía hacerse boya frente a los ya declarados enemigos de la situación. Liquín era ardiente y rebosaba ira contra lo revoltosos. Eran de la gente de Juan Labraza. dijo. —Sí. compadre… Y bajando la voz: —¿Qué iba diciendo por el camino? 133 .SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II De esa manera estaban cuando surgió sin zapatos.

compadre… —A mí me solicitan toditos porque se sabe que yo soy el horcón de La Matraca y si yo doy un zapatazo… Y se dirigió a la Ermita cuya puerta abrió y cerrándola tras sí. compadre? —Sí. y espéralo. la cabecera de provincia y la Capital. Allí esperó alerta. Yo he procedido así contigo. hasta encontrar el camino real. pero no tiene más que cuatro gatos y le voy a cumplir la palabra que le dí a tu tío. usted vé… más le valiera al Diablo no jucharme. El General se adelantó hacia él. como el Gobernador. Así marchó mucho tiempo a la voz de: ¡Jarretes. Le entregó una talega que contaba veinte onzas y varias comunicaciones. De esta manera interceptaba toda comunicación entre La Matraca. A lo lejos acusaba ser persona extraña a la Común. tanto el Gobierno. Con la tarde. de los refuerzos que espero y que hoy mismo voy a alcanzar. Cuando yo meta mano. compadre. –Y agregó con tono familiar– Ahora. sé que me mandan hasta un cañón. de mandárselo amarrao como un andullo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Que dique le diba a mandá un propio a su tío. por la confianza y para imponerle disciplina a la tropa. —Acércate aquí. tu tío. ¡todo esto aquí se acabó! Ahora Liquín. Oye. La puerta se abrió y ambos salieron. En marcha abigarrada desfiló la tropa sin tomar ninguna vereda. —Usted vé. Liquín. en un alto. El Ayudante que no estaba lejos. muchachos!. Ya por lo pronto sé en qué pie está parado Juan Labraza. pero guárdeme el secreto. vé a ver si de pronto procuras con qué coma la tropa. Entonces. Liquín. me han encargado que antes de nada revise la Común y con toda la malicia estudie la gente. Calcula si no fuera así. Venía de la Capital enviado por la Junta Revolucionaria al General Pelota. pero que como él era carta viva. pensó en su simplicidad que él a la verdad no sabía de esas cosas. a través del pajonal. asomó un jinete. Se oyen pasos involuntarios. el General se dirigió a un sitio estratégico. —Mira. Liquín llevaba otra cara. porque si yo doy un zapatazo… —Sí. Liquín. como tú estás descansado y mi compadre el Ayudante no sirve para nada. por la confianza yo puedo abrirte mi pecho. pero date de pronto porque casi estamos saliendo. Escalonó la tropa en sucesivos barrancones en el cauce de un arroyo y se situó personalmente a retaguardia. contándole cómo taban la cosa… —Que se lo mande… que se lo mande… —Que dique uté taba a do boca… —¿Le dijo eso. penetró en el interior. te voy a mandar una columna para que defiendas tus intereses y hagas respetar aquí al Gobierno. —¡Liquín!… ¡Liquín!… ¿dónde estás tú? —Aquí –respondió una voz áspera. viendo aquello. mira. uno tiene sus actos bruscos y más cuando anda con las orejas calientes. cómo se pondrían esas gentes… A ti. poblado de mangos gruesos que dominaba el camino en una distancia considerable. El General las leyó atentamente e impuesto de su contenido le dijo al expreso que no contestaba por escrito porque no tenía papel. muchacho. Aquello estaba oscuro. le dijera a 134 . ese es el único aspavientoso. Mira.

Se despidieron. que ya Juan Labraza había caído en la trampa. había observado aquellas cosas. de lejos. y no se le olvide. El General se puso en cuclillas. El expreso era un oficial despierto y el General lo comprendió. —Descuide. contó veinticuatro morocotas. sobrino del Gobernador. Juan Labraza por un lado y Liquín Canela por el otro. pero quiero poner las cocas en claro y usted es una carta viva. eran largos serones como para llevar andullos. General Pelota. Se despidieron. con buena provisión de balas. Ambos portaban carabinas y el avío de los animales. que aquí estoy luchando con dos hombres a cual de los dos peor. ¿así es como quiere usted ganar galones y jefaturas? —Compadre. Lo que parecía andullos eran carabinas. mi amigo… —General. El General adujo que por estar en campaña. ¿a su casa. no tenía papel de oficio. —¿A su casa. Que tuvieran confianza en él y le señaló hacia los barrancones en donde se veía hormiguear la tropa. y siguieron presurosos. y de boca. notaba los bolsillos del General sobrecargados por el peso de los talegos. Uno es enemigo declarado de la Revolución y hombre muy peligroso. Este era un expreso del Gobernador. El General Pelota no tardó en divisar la recua y presuroso. Entrecortado se le arrimó al fin: —Compadre –dijo rascándose la cabeza– yo quisiera una licencia para dir a casa. —Justamente.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II los Generales de la Junta que él estaba como un trinquete y que nadie le echaría un paso adelante. el encargado del convoy le entregó al General una funda larga que parecía un calcetín y le pidió que en su presencia contara el contenido. son capaces de acabar con nosotros. porque el expreso era una carta viva. Ayudante?. —Dígale a los Generales de la Junta. además. se llama Liquín Canela y el otro es un “saltiador” que se ha metido para desacreditarnos. se ve que usted es militar. la vació en el suelo y una tras otra. El tocino le olía y no encontraba forma cómo abordarle. cada cual a su destino. es que yo tengo un compromisito de unos centavos… —No se ocupe. Cuando ya iba lejos el General le repitió a voces el encargo acerca de Labraza y Liquín Canela. No se ocupa sino de granjearnos enemigos y se llama Juan Labraza. ¡pero a gente así se le quita de en medio. El expreso había caminado media hora cuando se cruzó con dos viajeros a caballo que llevaban una mula del cabestro. no se ocupe de compromisos ahora… ¡Déjese de eso!… —Pero es que tengo la mujei ai cogei la cama… —Pero de seguro que usted no la va a partiar… —¡Ah!. cuyos gallardetes flotaban al aire. que lo tenía cercado en el Pueblo y que sólo esperaba esos pertrechos para caerle encima y que pronto de Labraza no iban a quedar los ripios. Aparatosamente y después de saludarlo. como eso no… 135 . Le exigió recibo y contestación a las cartas que portaba. con la piña tan agria como se está poniendo? —Pero vea que… —Compadre. Menudamente. el Ayudante. Ayudante. pero como contraseña le llevara al Gobernador una prenda que aquel conocía y se despojó de un anillo grueso que montaba piedra. justamente y me alegro que usted lo diga. Unos y otros se lanzaron miradas cargadas de sospechas. se dirigió a su encuentro.

en mi puesto queda Juan Labraza. mire. ya el Gobierno capituló.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Pues entonces… —Pero tengo que jacei la paga porella y pa lo demá preventivo… —Mire compadre. La República necesitaba a todos sus hijos para que la honraran con hechos contra sus enemigos y la engrandecieran con su trabajo. —Lo siento y me alegro al mismo tiempo. Juan Labraza recibió el parlamento entre inconforme y halagado. pero usted debe tener paciencia y tenerme confianza como a la Virgen de la Altagracia. me han nombrado Delegado y ahora voy de Adjunto a la Gobernación… —¿Se va uted. Un soldado se le acercó al General. Lo mejor es que todo termine así como hermanos. y eso no lo hacía por él. —Asimismo pienso yo. cristiano. sino por la gente que era muy mal intencionada. Debía evitarse el derramamiento de sangre entre hermanos. Usted tiene su parte. Malo era eso de recibirla en presencia de todos. compadre. si no lo sabe. deseo entregársela en presencia de todo el mundo y teniéndolo a usted. Era el Cura en efecto y habló al General. Cavilando en esto estuvo mucho rato. Padre y tengo poderes de la Revolución… —¿Cómo? —Sí. asimismo –repuso el General complacido. Juan. así es lo mejor… —Ahora. yo he recibido algunos chavitos que mandó el Gobernador. la anunciada funda de oro lo mareaba. —Ello. El General le dio a Labraza un abrazo efusivo que éste no esperaba y le repitió lo mismo que le había dicho al Cura. reconózcalo. para avisarle que del lado del Pueblo venía un parlamentario con bandera blanca y por el color del bulto parecía ser el Cura. Padre. siguiendo al General que. jarreteando. siempre estoy diciendo que venga como venga el palo. Mire. está demás. júrelo. Padre. —Además. traía el caballo del Presbítero al trote. Compadre…  Amaneció otro día. vaya al Pueblo y dígale eso a Juan. Padre. esperaba la ocasión de entregárselo en el Pueblo. Labraza se plantó en medio de la sabana y envió al Cura de emisario. Juan queda como Comandante de Armas. que en aquel sitio hablarían. –prosiguió–. aguántese. —Vaya. abrazó al General y partió foeteando el caballo que montaba. no hay más que José Pelota en La Matraca. pero que como yo soy hombre puro y delicado. Padre. hasta que por fin invitó al Cura y ambos tomaron el camino del campamento del General Pelota. Dígale que todos somos uno y que tengo una funda de dinero en oro que le han mandado de la Capital. pero aguántese. Comandante? —Sí. A prudente distancia. Padre. Que viniera el General. sobre todo. en presencia de todo el mundo. El Cura se fue y no tardó en retornar. por testigo. pero en cuanto al oro. —Eso lo sé yo por oficio hace rato. ¿Oyó? El Padre había oído y después de esto. la lucha aquí en La Matraca. pero que viniera solo. así será. usted la tiene. y si es el Cura déjelo pasar hasta aquí. 136 .

que yo mismo no sé lo que hay. Así como lo recibí lo entrego. seguido por la tropa. pero aguáitenle lo bolsillo. parecía azuzada por alguien y menudeaban las botellas de ron. lléveselo. Echando rayos por la boca. seguido por su tropa. el General Pelota se hizo el aludido: —Por mis manos lo que hicieron fue pasar. Mis cosas me gusta manejarla yo… Amá que aquí ta ei Cura de tetigo… —No digo lo contrario. En autos. lo tiene que no pué con ello… —Y ese agallú. maldiciendo al condenado que ni la casa del Cura respetaba. ya que todos eran uno.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —Pero mire. Se refugiaron en el Cuartel. penetró en la casa y lo cuestionó sobre el dinero a voces. transformó el talento de Labraza. onza por onza. Mientras los vidrios saltaban y se estremecían los setos. entréguele a Juan. Contó hasta nueve y el tintineo era grato. Dialogaban los soldados. Uno de los más atrevidos. después de saludar jubilosos a los hombres de Juan. —¡Péguele una soga. Era medio centenar de hombres. Labraza se refugió en la casa curial y hasta allí fue lo que era ya un tumulto vociferante. La intriga siguió ensanchándose. mas por obra de malas artes. Guárdenme media botella… Con la fresca entró al Pueblo el General Pelota. El Cura es testigo de que en su presencia le entregué la talega de morocotas que de la Ciudad le mandaron. en la calzada. daba grandes voces al General Pelota. —Iré con la fresca. pues mire Padre. Cuestionado el Cura afirmó la declaración de Pelota y entonces la conjura tomó forma y se hizo estridente. Labraza indignado desenvainó el sable y lo castigó. —Fue una funda apretada de morocotas… —¡Adió!. —¿Eran toas. harapientos y derrengados por las marchas. Aquello fue lo bastante para que el grueso cargara sobre él. primo José –arguyó el interesado–. no más de veinticinco. hizo agarrar por sus gentes a Labraza y se lo entregó al Ayudante. ni una menos. en la misma Fortaleza! –Y agregó: —Ayudante: ¡lleve otra soga para que amarre de camino a ese Liquín Canela y lo mancorne con él! 137 . todo acompañado de una gran algarabía. y entréguelo en la Ciudad. y la respetable mansión se convirtiera en un campo de Agramante. contadas. y manoteándole el rostro. pintorescamente armados. se hizo amable e invitó al General a que entrara al Pueblo con su tropa. ¿lo querrá tó parei? —A mí me da de cuaiquiei manera… —Y yo también quió lo mío… En presencia de uno de esos grupos. primo José. pero como soy tan legal… —Por eso no tenga pena. El contacto del oro. yo no niego lo que recibo… —Bueno. con chanzas y risotadas. no tardó en cundir por todas partes la noticia del dinero recibido por Labraza. El Cura desató la funda y fue sacando del fondo y depositando en las palmas de las manos de Labraza. Juan y más que lo ajeno llora por su dueño. primo José? —Ni una más. el levita. José Pelota compareció sable en mano. después que mi gente coma.

M. También inédita conserva la novela Sabanas y Fundos. Era capitaleño. fuera médico y José. Sus hijos naturales los tenía su madre. Es un estudio de valor imponderable. préstamos. Estaba satisfecho de su nueva mujer. con lustre de puño que gustaban mucho. y de una obra monumental relativa a la medicina y a los médicos que han vivido en este país desde los primeros días del descubrimiento de América. alcanzó envidiable prestigio. pero vivía. después de su novela Cañas y Bueyes. por lo bajo: —Juan lleva las morocotas. Demostró un valor extraordinario. Hacía hipotecas. Muy popular entre los obreros. bajo las órdenes del General Cabrera. Estuvo de aprendiz en una zapatería cuando tenía doce años. Pero la política le había hecho abandonar su oficio. casi ebanista. Sostenía muy buenas relaciones con dos o tres notarios de la ciudad. Navarijo. Fue un héroe. Llevaba una lista de las personas que tenían necesidad de dinero y las ponía en relación con los prestamistas. En los Montones. Desempeñó algunos cargos en sucesivas administraciones. obra que en su género no tiene par en nuestra producción literaria: contiene un caudal de observaciones sobre las costumbres y lacras de la familia dominicana reveladas con fino humor y sin asomo de amargura. pero ahora vivía de negocios. el Coronel restaurador Marcos Ledesma. fuera abogado. dos años antes de separarse de su esposa. y oiga: “¡con sus intereses. Entonces no eran las cosas como ahora. lo cual le colmaba de orgullo. Estaba divorciado hacía años. hacía de corredor. el mayorcito. Desde aquella época Payano era considerado como uno de los hombres más valientes de la República. sobre todo. de dos volúmenes de cuentos. aún inéditos. usted me responde de ellas! Y para dominar el tumulto. Más tarde trabajó con el maestro Cerón y entonces fue cuando aprendió todo lo que sabe. Cobraba cuentas comerciales. Trabajó mucho en caoba. Payano era un hombre de aspiraciones. *F. MOSCOSO PUELLO (N. no tuvo empeño en ello. graduado en la Universidad de Santo Domingo. al decir de sus compañeros. FRANCISCO E. es doctor en medicina y cirugía. Es autor. porque le trataba muy bien los hijos. el último de sus libros publicados. que contaba catorce años. que apenas tenía diez. Compraba y vendía propiedades. son nueve. P. Los quería mucho y estaba dispuesto a darles una buena educación. los legítimos vivían con él y Rosaura. después se colocó en una pulpería ganando tres pesos por mes. Pero no había tomado más las armas. 138 . una mulatica a quien le había puesto casa. publicó Cartas a Evelina. es narración de motivos que revisten la obra del interés que los franceses califican de petite histoire. obras finas. Continuamente se lamentaba de que no lo hubieran puesto a la escuela. Había sido carpintero. En aquella época el taller estaba especializado en hacer catres y mesitas de pino barnizadas para salas. No se lo reprochaba. además. Ha dictado numerosas conferencias de carácter científico. abundante en erratas. 1885)* El regidor Payano El Comandante Pantaleón Payano había nacido en los barrios altos de la ciudad. Moscoso Puello.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Y acercándose al Ayudante le dijo. El Comandante Payano tenía tres hijos naturales y dos legítimos. se empinó y gritó a todo pulmón: ¡Viva el Gobierno de la Revolución! ¡Viva el General Pelota! —¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! –respondieron a granel. sin embargo. Su padre. cargos de confianza. Luego entró en casa del maestro Cabral a aprender el oficio de carpintería. Aspiraba nada menos a que Pantaleoncito. y un examen sociológico e histórico intitulado La Odisea de la Española. F. Tenía sus asociados. No hacía grandes ganancias.

después que Payano se retiró a la vida privada. Fue un día feliz éste para el Comandante Payano. Él mismo no se daba cuenta de la estimación que se le tenía. por los cuales había sido felicitado por personas de valer. Ese paletó lo había mandado a hacer para el 27 de Febrero. se había entregado en cuerpo y alma a los intereses de la Común. Pero. en el Cabildo. hasta diez. su corbata negra y blanca. cuando las cosas van a suceder. porque fue un defensor celoso de los intereses de la ciudad y en particular de los obreros. Se sentía orgulloso. el Coronel restaurador Marcos Ledesma.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Después. Únicamente lamentó ese día no haber sido un orador para poder expresar todo lo que sentía y pensaba en aquellos momentos en que las notas del Himno Nacional le habían hecho poner las carnes de gallina. —Hombres así. la política. Lucía su elegante paletó de paño negro. día en que lo estrenó con motivo de los actos oficiales a que tenía que asistir. Payano. Porque él. su emoción llegó a sus límites. había sido solicitado su concurso. Marchó en compañía de sus compañeros a la Catedral. Un pantalón a rayas. con motivo de haber sido condecorado con la Orden del Libertador Simón Bolívar. A las nueve en punto estaba en el Ayuntamiento. gremio al cual se ufanaba en pertenecer. Habló muy bien. Había salvado la vida varias veces al General Cabrera. luego. Había dado órdenes a Rosaura de que le limpiara el paletó y le tuviera lista toda la ropa necesaria. Como el Comandante entran pocos en libra. oscuro. Sus hazañas en la pelea de los Montones eran muy conocidas. Este rasgo de justicia lo dejó satisfecho. teniendo a la espalda los retratos de los Padres de la Patria. henchido de patriotismo. Sus servicios eran muy estimados. Rivalizó con él en valor. Otros oradores tomaron la palabra. Muchos informes y proposiciones había presentado. aún cuando hacía tiempo que no trabajaba la carpintería. recordando las historias que tantas veces le había oído repetir a su padre. Le había llegado su día al General. las palabras del Presidente del Cabildo lo dejaron satisfecho. En San Miguel era casi un ídolo. y en una ocasión por el propio Presidente de la República. Quedó agradecido cuando este funcionario se refirió a la obra del Municipio. antes de que fuera herido. Ninguna iniciativa lograba éxito si no tenía en su favor la influencia del Comandante Payano. El Comandante mostraba una sonrisa de satisfacción. unos zapatos de charol y su chistera plegadiza. y cuando aludió a la buena colaboración que había tenido de sus demás compañeros. –se decían los políticos de San Miguel– son los que se necesitan. Había que contar con él para todo empeño. Las reuniones en las cuales no estaba presente resultaban frías. El Tedéum quedó solemne. Las fiestas en que él no tomaba una gran participación no quedaban lucidas. pues tenía intenciones de asistir al banquete con que obsequiaría al Presidente del Ayuntamiento un grupo de sus amigos. 139 . pero ninguno se expresó como el Presidente. En diferentes ocasiones. No pudo resistir a las solicitaciones de sus amigos y en las elecciones del 19… el Comandante Payano fue elegido Regidor de la Común de Santo Domingo. elogió al gobierno y lo puso bajo la égida de la Virgen de la Altagracia. Monseñor habló. de las mismas que usaban los diputados. hasta que en los Montones las circunstancias le hicieron desplegar un valor que le prestigió y le permitió cambiar de fortuna. por gente de primera. El Comandante aplaudió varias veces con entusiasmos. –solía decir en tono sentencioso– no hay quien las pueda evitar. Allí aumentó su prestigio. que le aseguraba que estaba satisfecho de haberlo llevado ahí y de sus actuaciones. Se encontró muy bien vestido. —Pero.

–contestó–. ofreciéndole sus servicios. Dos o tres Regidores le habían ya puesto la proa. Al cruzar la calle 19 de Marzo alcanzaron a ver al General Pérez. Payano celebró el trabajo. Encontró muy bueno el desagüe y mejor colocadas las plumas de agua. que yo tengo mis enemigos en el Ayuntamiento y no quiero que el pago de estos trabajos se retarde ni que discutan los precios. De allí siguieron para el Matadero. y Rodríguez. Le ha escrito varias cartas al Presidente. para que usted vea algunas obras ya terminadas de las que se me ordenaron ejecutar. Hacía días que se decía en la Plaza de Colón que el Síndico Rodríguez sería destituido. —¡Déjelos que hablen! Que vengan a ver este trabajo para que se convenzan de que el Ayuntamiento se ocupa. tocando a Payano por el codo le dijo: —¿Y este tipo. pero él contaba todavía con el resto y con su hermano Payano y gastaba muchas atenciones con éste. Como el nuestro no ha habido otro en la Capital. sobre todo sus bigotes.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS No había tenido ocasión de usar otra vez el paletó. Comandante. –un auto Packard con el escudo de la ciudad. Han salido un poco caritas. 140 . Basta que seamos hermanos masones. Pero como ahora estaba invitado a ese banquete. Rosaura lo tenía ya al sol. en qué está? Payano le contestó que en su opinión era un cohete tirado. Se informó del costo que no podía ser más bajo. Toda la vida había vivido explotando su figura. Y al subir de nuevo al carro exclamó: —¡Yo no sé lo que hacían con tanto dinero! —Eso pienso yo. para que demos un paseíto por ahí. —Por eso vine donde usted. frente a Payano. Se pusieron de pie y se dirigieron al carro. Payano y el Síndico entraron en intimidades. que el periódico tenía razón en haberse quejado. Después de preguntarle por los hijos y tocar algunos puntos sin importancia agregó: —Lo he venido a buscar. Usted sabe. Se habló de los chismes municipales y el Síndico volvió a repetir a Payano que contaba con él. pero ya eso se le acabó. —¿Qué dice el Comandante Payano? —¡Qué va a decir! ¿En qué puedo servirle?. deseo que usted quede bien impresionado. –dijo el Comandante–. Como usted es Miembro Interino de la Comisión de Fomento. Pase adelante y siéntese. Descendieron por la cuesta y se introdujeron en la calle Separación. cuando llegó el Síndico. porque es muy compinche de los enemigos. Rodríguez se sentía satisfecho de la aprobación que dio Payano a sus trabajos. Y añadió: —Según me han informando está haciendo curvasos. —No se preocupe. para que con su voto le allanara dificultades. para quitarle el polvo. Usted sabe que puede contar conmigo en todo tiempo. pero no le tiene confianza. Comandante. pero han quedado muy bien hechas. Se dirigieron al Hospedaje Municipal y allí inspeccionaron los trabajos de desagüe. Payano le manifestó a su amigo que en realidad aquello hedía mucho antes. Se le acusaba de mala administración. El Síndico se sentó en una mecedora. Lo encontró limpio y felicitó al Síndico. Payano se disponía a salir. Y conste que el presupuesto este año es más bajo que el otro. –agregó el Síndico–.

yo hablé mucho. —¿Dónde consiguió esa pintura?. Resulta que yo vendí mi sueldo a don Remigio y tenía que entregarle un piquito que le debo. y que así presentaría mejor aspecto. morenito presuntuoso: —¿Y usted qué desea? —Me dijeron que viniera donde usted. Y lo despidió amablemente. –exclamó el Comandante. que yo hablaré de eso. —Bueno. que yo trabajé mucho en las elecciones. Allí es donde solamente se mandan las órdenes del Ayuntamiento. —Bueno. le dijo: —¿Qué cargo es ése? —Auxiliar de la Secretaría. —¡Ah sí!. Uno le entregó una tarjeta del Diputado Díaz. —En el “Faro de Colón”. Por eso se había retrasado ese trabajo. El Síndico le manifestó enseguida que se podía conseguir una poca. pero parece que él se ha entendido con un joven de la Tesorería y no sé por qué no me quieren pagar. Y dirigiéndose al otro. Le aguardaban. Pensaba en esos momentos en que su casa estaba necesitada de una buena mano de pintura para remozarla. –agregó. ¿el que desempeñaba la Señorita Castro? —El mismo. —Me parece que han sobrado algunos potes. recibía visitas hasta de los tutumpotes de Gazcue. Yo arrastré mucha gente.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Payano rechazó una copita con la cual el Síndico quiso corresponder a sus cumplimientos. ¿Usted recuerda el molote que se armó en Santa Bárbara? Yo estaba ahí y si no es por mí rompen la urna. 141 . Le llevé otra tarjeta. Y le recordó el desastre del pasado Ayuntamiento. Dirigiéndose al primero. Usted sabe. rompí muchos votos contrarios. que era del partido y persona competente. —Pero si hay fondos. Usted me obsequia con esa pintura sobrante y dicen de una vez que estoy desfalcando al Municipio. ¿qué les pasó? Si quiere la pinturita me avisa. Payano levantó el brazo para subrayar un ¡no! seco y terminante. Usted sabe que aquí no van muy lejos para menear la lengua. señor. El tercero quería hablar en privado. un jovencito flacucho y casi blanco. De regreso Payano encontró algunas personas en su casa. ya que constantemente. –preguntó Payano volviendo la cara para ver por última vez a través del vidrio del carro el Matadero–. sin embargo. –le dijo el joven tembloroso. vuelva mañana. Parece muy buena. ¡Dios me ampare! El Síndico le advirtió que tampoco había que ser demasiado escrupuloso. compadre! y. porque no tenía existencia y hubo que esperar el vapor. para servirle. —¡Dios me libre de mal! Aquí las gentes hablan mucho y se fijan en todo. Otro venía a exponer una queja con motivo de un trabajo del que lo habían despedido. —¡Esos sí hicieron su agosto. Comandante. porque me podía arreglar eso. Aquí han venido ya varias personas a verme para eso y yo no me he comprometido todavía. ¿Usted vio al Presidente? —Sí. a mí no me gusta comprometer mi voto. Había un cargo vacante en la Secretaría y su amigo el Diputado Díaz le recomendaba al portador. si su trabajo no era muy grande. Usted sabe que yo tengo una hermana muy amiga del Síndico Rodríguez. El Comandante Payano pidió permiso para quitarse alguna ropa y volvió en mangas de camisa. con motivo de su cargo. —¡Ah! ¿Usted es Ricardito Peláez? —El mismo.

vestido de blanco. yo sé que hay. El que le dijo eso lo engañó. Hablaron otras cosas. —¿Y quiénes eran? –dijo curioso e impaciente el Comandante. Como se trata de usted no perdí tiempo. —Pues bien. yo lo averiguo. Quédese callado. Que usted le negó el voto a Pedro Soto. Ese muchacho es el que está encargado de cobrarle a don Remigio los cheques que le corresponden. pero me ponen inconvenientes. El Comandante se quedó callado un momento. dentro de un florero. Pero si usted oye algo. Y parece que como yo no se lo he vendido esta vez. Payano se quedó reflexionando.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Sí. —Muchas gracias. Tomaron asientos. Un escritorio de caoba. indio claro. —¿De qué color estaba vestido? —De dril blanco. más o menos. —¿Bajito o gordo? —Como yo. Pero como la política es política… Hubo otro silencio que el Comandante interrumpió. pero yo tuve que retirarme no fueran a sospechar que estaba oyendo. que el propio Comandante había hecho hacía quince años y tres sillas modestas. después que despidió al amigo que le dio esos informes. yo le arreglaré eso. Comandante. Dos profesores. un morenito vestido de casimir. pensativo. —¿El Síndico? –exclamó sin poder disimular su asombro el Comandante Payano–. Durante el almuerzo. eran los objetos que más se destacaban en la habitación. —Yo no se lo aseguro. me ponen inconvenientes. Luego preguntó: —¿Habla fañoso? —Sí. Estaba afeitado. —Yo he venido. Vuelva mañana. Yo no creo que sea el Síndico. allí decía esta mañana un grupo. Pantaleoncito refirió a su padre lo que había pasado en la escuela. porque la cara no se me ha olvidado. Que le habían dicho al Presidente que usted era un inconveniente. —Bueno. a informarle de algo que oí en los bajos del Palacio Municipal esta mañana. El Comandante hizo una señal al tercero y entraron a un departamento que hacía de oficina privada. –contestó el visitante. ¡Yo no sé! Había uno alto con un sombrero de pajita. con un sombrero de fieltro gris. de los que más enseñaban. —¿De qué color era? —Bueno. el que recomendó el Presidente para la oficina de Impuestos Municipales. tiene una vocesita rara. no volverían más. que a usted lo iban a sacar del Ayuntamiento. un retrato de la Tabacalera y un bouquet de flores de papel. Así. pero me puedo informar. —¿Y de qué se trata? —Bueno. El Síndico y yo somos de los más unidos en el Ayuntamiento. lo encontró Rosaura cuando lo llamó a comer. –agregó el Comandante– no repita eso. ¡Eso no puede ser! ¿El Síndico? No lo puedo creer. el señor Torrez y el señor Domínguez. vuelva por aquí. y el otro me dijeron que era el Síndico. sobre una mesita de caoba también. —¿Tenía bigotes? —No. 142 . Todo eso es una invención. —Bueno. Esta es su casa. Si usted tiene interés en asegurarse.

dilatándose hasta una distancia enorme en un ulular tremendo. Papá Sindo. Escritores de Puerto Rico (1953). Dicen que porque no quisieron firmar una hoja.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —Mira. Y respondiendo a la señal oficialmente pautada. —Pero el señor Torrez y el señor Domínguez saben mucho. le anunciaban al mundo un grave acontecimiento. el gafo guardián del colmenar sopló el fotuto de poderosa voz. Así no son las cosas. Y como el señor Domínguez. papá. 143 . Ya ves que se han dejado quitar por una tontería. Para mí han sido unos brutos. y si maquinalmente el jefe le apretaba la empuñadura al machete de cabo que le colgaba de una banda roja. etc. Cuando uno es empleado tiene que estar de buena fe. a mayor distancia. habló y sus palabras fueron atentamente escuchadas. y agregó: —Es que estos jovencitos se las dan mucho. papá? —¡Cómo no los van a encontrar competentes! Lo que se sobran aquí son profesores. —¡Ah! eso es por el voto de confianza al Presidente. y el prestigio de matón de súbditos del *Ha publicado: Cuentos del Sur –1938–. la señal anunciando el grave acontecimiento. hijo. precavidamente armados. contestaron otros. SÓCRATES NOLASCO (N. tres disparos de carabina. con toques de alerta que sucesivamente pasaban de fundo a fundo. era por la costumbre de arrear hombres en las peleas contra los enemigos de la república. desde el fundo de la Domingona. Viejas Memorias (1941). y otros más. como tú dices. llegó así a todos los conucos. en la planicie vecina. —Yo no sé. Si hubieran sido tan competentes. blanca y azul. El Gral. Ese es un toro en números. nadie para enseñar matemáticas. papá! —Ni tanto saben. etc. de que estaba orgulloso. y el Comandante Payano le echó una mirada a su pieza que le quedaba tan bien y con la cual había recibido tantas satisfacciones. seguido de uno.. A ese machete le debía el grado de comandante. del monte al llano. hicieron tronar otros y otros fotutos que. No se trataba de una de tantas incursiones del ejército de Haití. era hoy tranquilizadora. dos. 1884)* Al Dr. y horas después se acercaban a la aldea. Pedro Florentino y un momento de la Restauración –1938–. –decía Pantaleoncito entristecido–. sabrían que aquí hay que hacer lo que le mandan. El aviso. yo no sé cómo me voy a hacer. —¿Y qué chisme ha pasado? –preguntó el Comandante. ya a la oración agrupó a los recién llegados bajo el ramaje de una baría frondosa y con agria y autoritaria voz de domador de gente. La noticia. Rosaura fue al patio a recoger el paletó. El señor Torrez es muy buen profesor. Ramón Blanco Isusi Ma Paula se fue al otro mundo Un alarido de gargantas vigorosas. —Pero. los pobladores de las cercanas y las remotas viviendas. y más lejos. Están viviendo del Gobierno y quieren hacer lo que les da la gana. ¿y si nombran otros que no sepan. Detrás del caobal del cerro. ha dictado conferencias. el comandante del Puesto Cantonal de Petit-Trou. aunque parecía increíble. –exclamó el Comandante. porque se había puesto nublado.

—De que los hay los hay. Compañeros… –agregó cambiando de tono y mirando de soslayo–. que era de los biene de la difunta. por si acaso intentara salir a hacer de las suyas. Pero. A los del vecindario les parecía que el comandante no habló de la difunta con el miramiento debido. aparte de eso. se miraron todos y se dijeron: —¡Se murió Ma Paula! —En ella se ensuelva. Y así y todo habría que hacerle el hoyo bien hondo y ponerle arriba piedras pesadas. Compañeros… ¡Ma Paula se fue del mundo! A su lado el secretario Lorenzo. ¡Cómo si uno se olvidara de cuando el alazano rompió el lazo y se le etravió! Mediante un cabo e vela encendío al revé. y la voz se le rajó en la garganta—. con el respeto que a la muerte le rinde todo mortal. No quiero gresca. Mándenme los filete. pero hay que saber beberlo. la clara de un huevo crúo en aguardiente alcanforao. Cayó con la boca echando espuma y ya al minuto estaba tiesa como si fuera de palo. —Papá Sindo manda que no crean en brujos. Aquella novilla berrenda. puesta boca arriba sobre la barbacoa y el colchón de guajaca que le servía de cama. Ma Paula se fue del mundo —reiteró–. Varios opinaron que en la región no estarían preservados del espíritu de la bruja sino después del novenario. en donde la habían colocado. ordeno y mando que la beneficien para pasar el velorio. nuestros fusile y sobre todo con la cruz de nuestra bandera. alto y seco. que es cofrao de la Virgen de la Altagracia. podremo triunfar siempre de los enemigo. meno sabrán los haitiano inmunizarse con la malicia del diablo y la de sus Luase y Papá Bocó. de cuerpo presente. boca arriba.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Emperador Faustino Soulouque. en medio del patio de su vivienda. y los caprichos y rebeldía de la s le añadían gracia en vez de restarle elocuencia a sus arengas. Lorencito. y sin dizque ni que me dijeron. pero no malo. Tan pronto se alejó el áspero y autoritario jefe empezaron los comentarios y murmuraciones: “El era así. —¡Cállese el deslenguao! —regañó Papá Sindo. estaba ahí. resultaba tan imponente de cerca como de lejos. en lo que se presina un Cura loco la vieja hizo aparecé el caballo. estaba tiesa y más seria que cuando vivía. siempre que se veía en confusión se encerraba con la vieja a consultarla sobre política. Pero si él mismo. Espantados de oír lo increíble. Advierto que el aguardiente se hace para beberlo. Siempre. iba leyendo para sí el discurso que le había enseñado al superior. profirió un atrevido. He dicho. duro y seco. ¡se murió Ma Paula!” Allí. No cabía 144 . Siempre que recemo el Creo en Dios Padre defendiendo la república a tiro y a machetazo. Con nuestros machete. de que no se jactaba porque le parecía la cosa más natural del mundo. Tenía la lengua tan agria porque estaba del pecho y sabía que no tenía remedio. Papá Sindo. Y últimamente –dijo empinándose–. y una peseta fuerte pa San Antonio y real y medio pa Pedro Congo. —Compañeros… –dijo y esperó con calma a que se impusiera el silencio–. Los tonto que secretiaban que iba a vivir ciento setenta y siete año en cumplimiento del pacto que ella tenía con Sataná. En realidad. pero al decir que no crean en ellos atestigua que los hay –dijo uno reflexivamente. queden convencido de que si ni tan siquiera el arzobipo puede alargar la vida propia con oracione a Nuestro Señor Jesucrito. la verdá es la verdá. a ver si éste se equivocaba. Se acercaban al bohío en donde estaba la anciana.

decidió el punto: —El cadáver de un ser que vivió cerca de un siglo y hasta más de un siglo. Las fosas de la aplastada y ancha nariz eran dos agujeros tan prietos como la piel. de malagueta. nietas. la bruja parecía más larga. Larga y ancha bata blanca la tapaba del cuello a los pies. de un trabado. cabras y un bohío cómodo. y el otro se pudrió comido de viruelas. El cadáver de una persona de más de noventa años (y a Ma Paula le suponían no menos de ciento veinte) ¿debería ser velado con la circunspección requerida por un difunto que no había cumplido ochenta? Igual que si se tratara de un muerto recién nacido. que por ser capitaleño se creía en el deber de saber de todo. Las vecinas. que le temían a la bruja y nunca dejaron de maldecirla. y aquel ya las ha purgado todas a fuerza de tropezones y padecimientos. Un olor fuerte emanaba del cuerpo recién bañado con un cocimiento de hojas de salvia.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II duda. biznietas y tataranietas de la finada. y nadie quería acabar de llorar primero. En derredor del cadáver seguían gimiendo y lanzando lamentos las hijas. De los tres varones. trascendía una seriedad tétrica e imponente que acentuaban el ojo obstinado en mirar y el respeto que la hechicera inspiraba aún después de muerta. Lorencito. Lo secaron y volvía a filtrar. Estamos en el año 1858 de Nuestro Señor Jesucristo. —¿Y qué tiene que ver lo uno con lo otro? Abrevea… —De las siete hembras ni Dios distingue si alguna es más joven que el varón sobreviviente. El hule del rostro le relumbraba con el reflejo de las cuatro velas prendidas en las bocas de cuatro botellas vacías. Los nietos y demás descendientes se multiplican como marranos… —¿Y qué significa ese lío pa si se cantan o no se cantan décimas en el velorio? Lorencito era un capitaleño de asombrosa locuacidad y le gustaba lucirse y pasar por inteligente aun ante los habitantes de la más remota y aislada aldea de la república. ahora que la veían difunta rezaban por el descanso de su alma. Sólo tenía un ojo cerrado. Falta saber qué edad tendría la interfecta –subrayó afirmando su argumento–. sus compañeros de raza. El hijo menor de Ma Paula cree tener cincuenta y seis años. Este es un angelito que no tuvo culpas que purgar. mayores que él. Era un deber: la vieja dejaba herencia de vacas. aproximadamente. En el conjunto blanco sólo contrastaba la mancha negra localizada de la frente a la barbilla. Así. está sujeto a las mismas reglas que un trabado o muerto recién nacido. A la gente prieta tarde se le ve la edad. estirada en su cómodo colchón. puercos. dos murieron peleando contra los haitianos. 145 . seguro indicio de lo milagroso de tan larga vida. ya que no se podía pensar en la pureza de su alma. para brindar el café y el aguardiente. Del rostro. de guayuyo morado y de rompesaragüelles. licores imprescindibles en los velorios. Otras fregaban diminutas vasijas de higüerito cimarrón. Yo la deduzco… por lógica que no engaña. La habían tocado con cofia blanca y con blanco barbiquejo le apretaron la mandíbula floja. Sin faltar a la verdad no se podía negar que la vieja era fea. obstinado en continuar mirando. la engalanaron y la adornaban con flores de adelfa colocándole tres pétalos en los labios. ¿no podrían pasar la noche entretenidos en juegos de prenda y cantando el baquiní y echando décimas y coplas y cantos de plena? El secretario de Papá Sindo. olor que se mezclaba con el de la gente sudorosa que llegaba de los distintos fundos. Afuera de la enramada los hombres sostenían contrarios pareceres. El otro se lo cerraban y se volvía a abrir. así partido por la franja de trapo. En la comisura de los labios le asomaba un hilo de blanca espuma.

y por el martirio que padecites en el madero. hizo fuego y ahuyentó la sombra. Este hijo montaraz tuvo el sentido práctico de dejarles a las hembras de la familia el cuidado de la madre anciana. siga berreando y no se meta a opinar en cosas que son costumbres aristocráticas… –vociferó Lorencito. Es que todavía Ma Paula no era católica – continuó el orador–. Quería a Musundí y se acostaba con él por el prestigio. Disminuían los rezos abogando por el descanso del alma de la difunta. Pero tan duro así no podía seguir aullando. desde que lo alcanzaron a ver. gimiendo él. —A este Lorencito lo revientan a patás y a garrotazo de un momento a otro. –agregó. ¡Dizque venile a enseñá a la gente de aquí quién fue Ma Paula! Como si naide supiera que a ella y a otras como ella las cogién en lazo. hacia el gran árbol de caoba a cuya sombra Ma Paula les había domado el ímpetu a hijos y nietos haciéndoles entender los consejos a rebencazos. Sentía ese imperioso deber de hijo. Al oír pronunciar las palabras mágicas aristocracia y decencia. otra vez la región del Bahoruco quedó convertida en un baluarte de la libertad. 146 . Allí. —Ma Paula –continuaba Lorencito con su inmoderada verborrea de sabelotodo– fue una de las barraganas de Musundí. Tres sobrinos. ayudado por los tres sobrinos y nueve sobrinas. Negros criollos y hasta de Haití vinieron y se le agruparon y. que le chupara la sangre a los de teta o no se la chupara. Sentía un orgullo de tribu superior. trazó un círculo. Que comiera gente o no comiera. Se lo llevaron. con una pena parida de remordimientos. el canto de plena. no quiso saber de los franceses cuando los dominicanos pasaron a su bandera. se le acercaron y en voz baja le hicieron comprender su pifia contra las buenas costumbres. —¿Y qué necesidá tenía de comé gente en un sitio en que abundan tanto la vaca y el puerco cimarrón? –comentó otro. prorrumpió en clamores que ahogaban a los de las hembras. —Amigo. ni quita ni pone cuando se dice a sé bruja. dende que el comandante se descuide. liberto que se distinguió peleando a favor de España. el hijo sobreviviente de los varones de la difunta. El que no se crea decente que cierre su casa y entierre él solo su muerta. Venía de las monterías. juntó leña. Compungido ahora. Para descansar. borrosas y tartamudas ideas le apuntaban que los cantares y el juego de prendas quedarían en la memoria de los concurrentes testimoniando el desprestigio de la familia. las coplas. renovaron las lamentaciones con el inicial vigor. Y las mujeres. pero ni ella era todavía cristiana ni quería tener hijos con uno que no fuera congo o aradá. La curiosidad que iba despertando ahora borró el desdén a que se había hecho acreedor minutos antes. —No. apiádate del alma de Ma Paula. Después de cerrar la noche llegó Baltasar. Aprobaba que dijeran décimas por argumento y a lo divino. Baltasar quedó cohibido. Y cuando la directora rogó: —”¡Señor! Por la afrenta que sufrites con la cruz a cuesta. perplejo. sintiendo trasegada en él toda la autoridad del comandante de la región–. como si él fuera un segundo cacique Enriquillo. y el baquiní. los más adictos. barrió hojarasca. de Mucaral adentro.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Se enfrascó en la tarea de explicar cómo el Capitán Musundí. Aprovechaba la oportunidad para vociferar su amor filial detallando las virtudes de la difunta. de quien no le quedaron hijos. —Se los comería al momento de parí… –le interrumpieron. tu sierva”… la súplica quedó sin la reiteración coreada. En el cráneo de huidiza y achatada frente. con disimulo salió al patio a dar órdenes prohibiendo el juego de prendas.

Con las palabras rituales del voudou. roció las primicias hacia los cuatro puntos cardinales. mientras de su garganta. ¡aprotégeno!… —¡No nos disgreguemo! –imploró la directora de rezos–. mezcla de ginebrón y raíces maceradas que en un calabazo había traído de su fundo del Mucaral. fueron contagiosos. ¡el nombre!. lo repitió dos veces más y retrocedió y avanzó. en la entrega total. Quedó en medio del círculo. vacío de apetencias y pasiones materiales. abstraído. ¡Can ga li! En derredor del fuego Baltasar giraba ahora con rapidez. Ese grito. Can ga do ki la. ¡No me abandone. El funeral lamento. y se tragó el resto. y huyeron y gritaron todos: —Virgen del Amparo. que se le acerba. Entonces Papá Sindo. Con la vista fija en un punto avanzó y retrocedió hasta el centro. Can ga li. tembloroso. Can ga mun de ye. Miguel! –agregó sujetando al marido. y cuando quedó transportado. sable en mano. como si temiera que los haitianos estuvieran irrumpiendo por la frontera vecina. rodeándole. que era la suya. y huyó desamparando al jefe. Se estremeció atarazado por el fuego interno. y quedó siendo el centro. Con un brebaje. y avanzando hacia la muchedumbre se arrancó el barbiquejo y preguntó autoritariamente: —¿Y qué vagamundería son eta? —¡Detente animal feroz. Crugió la barbacoa. Miraba al cielo estrellado. le apretó la empuñadura al machete y se le oyó vocear: —Si avanzas… te rajo de un machetazo… ¡vieja del diablo! 147 . Un segundo más. que era un valiente. Dijo otra vez un nombre. invocaba y volvía a invocar al dios de la tribu aradá.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Cesaron por un momento las lamentaciones y un grupo de auténticos amigos de la familia se acercó a Baltasar. cantaba y mugía y. invocó un nombre. seguían saliendo las voces que le hervían en la sangre y los antepasados le cantaban dentro. lo más importante del velorio. ansiando y temiendo el encuentro con el poderoso espíritu. el terror y la fuga. ausente de todo lo circunstante. y ella en persona se enderezó. creciendo y volando sobre el terral despertó al Comandante Papá Sindo y lo hizo acudir corriendo. La cantidad ingerida por él hubiera sido bastante para emborrachar a diez hombres. Y entonces fue cuando sucedió lo asombroso. los tres sobrinos y nueve sobrinas coreaban alternativamente. batiendo con los pies el suelo y mugiendo y rugiendo para convencer al dios de la inmensa aflicción de una familia sumisa y buena. que antes de tú nacer nació el Hijo de Dios! –gritó Lorencito. que le ardía en el estómago y en las venas. Cayeron y se apagaron las cuatro velas que le alumbraban a Ma Paula el sendero definitivo. engalanada. superiores a la voluntad de él. el camastro de la difunta. Trataba de callar y se estremecía. alguien comenzó a cantar y aullar en él con lenguaje intraducible las palabras que la madre le enseñó a repetir y cuyo significado exacto ni ella sabía: ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! ¡Hen! ¡Hen! ¡Hen! Can ga bafió te.

una cartuchera. la música y las faldas. se derramaban sobre Cerro en Medio. si no se les ordenaba. Azua está en poder de España. Y Cambronal y Las Marías y Cerro en Medio. y la hamaca. El ejército del Sur –cuatro mil trescientos hombres– destruido. aniquilaron las avanzadas de los patriotas en Haina y en San Cristóbal. huyeron silenciosos como sombras. un machete. con el Sargento Payén. dispersos por los escuadrones y acosados por el espanto. y obligaba a morderse la lengua y a morir antes que soltar palabra que menguara el prestigio de la República y favoreciera al enemigo. ¡Fueron 820! ¡Puello! ¡Puello! Regresaban: ocho de Rincón. con el Capitán Antonio Blas. al que mandaba en todo el Sur. gritando también sus muertos. se separaron en Quita-Coraza tomando las rutas de Rincón y de Neiba. Y ellos. nueve de Pesquería. podían recorrer distancias enormes sin rendirse a la fatiga. nada más que hechos. su compadre de sacramento. educados así. a alimentarse de pie con plátanos y cecina cada veinte y cuatro horas. Los demás sobrevivientes. sentado en el taburete forrado de cuero crudo. habían visto con asombro al otro jefe. habituados a dormir a suelo raso. soletas dobles. y así habían pasado de su autoridad a la de Pedro Florentino. Así los había forjado él. treinta de Neiba. doce de Barahona. La Gándara y Puello (¡Puello! ¡Puello!.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Ángel Liberata ¡Fueron 820! Diezmados al principio por la infantería enemiga. porque inclinan a la molicie. con el auténtico Jefe. nueve de Pesquería. Un inmenso dolor se dilataba sobre el vasto valle de Neiba. Y el General Pedro Florentino. cinco de Petit-Trou. un concepto de hombría que les impedía recular en la pelea. dos de La Descubierta. treinta de Neiba. Contaba en silencio y volvía a contar de nuevo. subían hacia las lomas de Panzo perdiéndose en las laderas. Endurecidos por la ruda disciplina que había mantenido él. Extraía de los relatos. Tenían prohibidos el aguardiente y las barajas. En la noche lóbrega pasaron por Pueblo-Viejo. En Baní. de la de Pedro Florentino a la de Gregorio Luperón. y otra vez a la de Pedro Florentino. volaban sobre Cambronal y Las Marías. hechos. los banilejos se pasaron al enemigo y contribuyeron al exterminio. indigna del guerrero. ¡dominicano traidor y azote del Sur!). ¡Este era el cuadro consolador! Ensimismado en un silencio hostil. una carabina. asesinado. traicionado. con el Coronel Cabuya. siguiendo el atrecho de El Curro que los llevara a juntarse con su jefe natural. A medida que se generalizaban las noticias los crecientes clamores se multiplicaban. ¡Fueron 820! Pantalones y guerrillera de “fuerte-azul”. dos de La Descubierta… ¡Fueron 820! Pasó toda la mañana y lo dejaba la tarde bajo la baitoa del patio. ¡vendido! y asesinado. parecía sordo al lloro desgarrador de las mujeres. Nadie se atrevía a dirigirle la palabra. Las sombrías pupilas escudriñaban con ansias disimuladas las bocas de los caminos y los caminos estériles mantenían las cifras inalteradas: ocho de Rincón. Pasaría la noche y lo 148 . porque deshonran. doce de Barahona. desnudos de la bazofia de comentarios. Una arruga perpendicular partía su frente. orientados por el otro derrotero. devolvían el lamento funeral. cinco del Puesto Cantonal de Petit-Trou.

Le suplico que lo lea. pudo percibir trote de cabalgaduras que avanzaban por el lado de Azua. con las pupilas enrojecidas y exigentes clavadas en las bocas de los caminos. sirve de cocina. Duro mirar que se va suavizando hasta ganar triste dulzura en mi presencia… Este mulato es persona. Del lado afuera de la cerca se agazapaban sombras armadas de fusiles. Se restaura en El Cibao. Bohío con puertas ausentes. Pobre indumento. que tenía gracia natural. —Lo supongo. Había oído decir que era Brigadier y jefe de la artillería realista. (los vanos miran al norte y al sur). —Muy buena se la dé Dios. —General. De las soleras. 149 . sin tapa. —Desde El Seybo hasta la frontera. se dividen en banderías. Cara dura. sin duda para ganárselo. con plenos poderes. carentes de los recursos más elementales y de la más elemental disciplina. El café humeaba en dos diminutas vasijas de güira silvestre. donde los facciosos. Nervios en lugar de carnes. Haga el favor de sentarse y beba conmigo un cafecito.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II sorprendería otro sol sentado en el taburete forrado de cuero crudo. una niña y… miseria… miseria… ¿De qué vivirán en esta aldea? —Muy buenas tardes. que amenaza caer sobre apagado fogón. Estaban solos. vengo en misión de mi Gobierno. Prosiguió el ligero examen: Alta. Pocas gallinas. General. Ahora le bastaba advertir que se trataba de hombre de mando. ¿No habrán comido aquí hoy? Patio casi yermo. que empezó a acariciarse la descuidada y puntiaguda barba. Habla del destino deparado al General Gregorio Luperón. ellos no habían visto siquiera un hombre de armas. se ha impuesto la paz –continuó el español. seca estatura.  A pesar de los lamentos y de un repentino ladrar de los perros. en su país. Duras barbas de chivo que rozan el pecho. muchacha apetitosa. sin cerca. poca gente… Un hombre. desvaneciéndose las presunciones de Puello y confirmándose el criterio de La Gándara: En Azua fue destruida la resistencia del Sur. mujer de garbo. Uno del grupo se acercó anunciando título absurdo: —El Marqués de la Concordia. y deseos disimulados de ser agradable. El ojo experto del que anunciaron fiscalizó: —Rústico escenario. rígidos mostachos. Un oficial de alto rango. Enramada. guiado por un práctico y seguido de seis militares –españoles y criollos– se acercó luego preguntando por él. Duros. útiles de labranza. Botó en el taburete y pegó en la corva curvo sable pendiente de terciada y galana banda. y excusabaraja. Se dejaba examinar y parecía no interesarse en averiguar cómo era el recién llegado. Él aprobaba y callaba moviendo afirmativamente la cabeza. —Este pliego fue retirado de los papeles del infortunado General Pedro Florentino. Al responder al saludo se iba incorporando el hombre. suspensos en colmillos de cerdos monteses. Dispensará el ajuar: no es aparente y fino como los que se usan allá lejos. cuelgan ordinarios aperos de montar. En la travesía. para tratar con usted.

. Se levantó otra vez y. Es una lana ordinaria y enredosa. Cuando se retiraban se oyó que el Ayudante del Marqués preguntaba burlonamente: —¿El tío ese de las barbas es General? ¡Causa ganas de reír!… —Te reirás…. Varias mujeres desgarraban sábanas y enaguas volviéndolas hilachas para aplicar a las futuras heridas. el reconocimiento del grado de usted y de sus oficiales y los gastos efectuados por usted y por ellos. Se le ofrecen a usted. tomó el pliego y lo abrió y leyó en silencio. —Padrino. permítame explicar… La jefatura de toda la región de Neiba. A puerta cerrada trabajaban la esposa y la sobrina. fue hasta la empalizada y cortó una rama de guasábaras. disconforme. Los clamores se volvieron con la noche invasora más graves y lastimeros. Es el ramo de olivo. desenvainando el curvo sable. Ese río con la oscuridad es muy temeroso. –observó él. La arruga perpendicular se pronunció. —Perdóneme. dice mamá Lin que venga. sin miramientos. tras breve reflexión. mi señor. 150 ÁNGEL LIBERATA FÉLIX. No… No se trata de garantías. doliente como una herida. —El Gobierno admira el heroísmo de la gente del sur y lamenta su derroche innecesario e infructuoso. En seguida le arrancó al pulgar y al mayor un sonido bronco y seco como un latigazo. en lugar de Liberata escribe Libre. esta es mi paz. Tomó él la diminuta cartulina y leyó: y. —¿Cuántas tienen listas? –preguntó en voz baja. le contestaron entre dientes. Te debiste unir a un hombre manso. Y. —La madeja encarnada sólo dio doscientas once –respondió la esposa. ordenó: —Economiza el Félix… Después de todo en la guerra no debe uno pretender vivir siendo feliz. Llamaban del aposento.  El lucero del alba brillaba como lejano faro. En total: trescientas diez y seis… —Faltan más de la mitad. y dijo al joven que acudió al reclamo: —Pedro. A la lumbre del ardiente fogón se preparaban los emisarios que saldrían llevando órdenes en diversas direcciones. General: es la concordia. Es lo mejor de mi nombre y lo que vale más de la reliquia. —Es que la mano se cansa.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Él extendió el brazo. perdóname la penosa vida que te doy. los tres no me caben ya. La niña dormía tranquila sobre una estera extendida en el suelo. –protestó la joven. Al regresar traía las espinas empuñadas en la encallecida mano. Mire cómo van saliendo. Entró dejando detrás de sí la humareda que soltaba su cachimbo. Meditó y agregó dulcificando el tono: —Candelaria Ferrera. este Señor es Marqués… Acampáñalo hasta el Yaque. —Aprieta las letras. —Padrino. Y cuando te canses suprime el Ángel. y mostrándolas con el brazo estirado dio expresión a la respuesta: —Concordia. cuando no puedas más. De la amarilla llevamos preparadas ciento cinco.

Preservan de las balas cuando el que las tiene se defiende tirando a punto metido. torrencial. Pedro Florentino es de ímpetu inicial arrollador. oyendo que Pedro había regresado. y en la derrota lo enciende ferocidad 151 . “Luperón es directo. ¡Paz! ¡Retirarse con su familia a un rincón escogido del Cantábrico. y animal de raza fina. Se iba aburriendo de una aventura guerrera sin posible honra que abrillantara los laureles que había ganado entre iguales. mulatos. El se iba a ceñir la faja de Mariscal de Campo y. En el caudal de aguas ocres patalearon cuarenta y siete españoles heridos y diez muertos. Estas no las fabrican ahora: las hicieron en el extranjero y las “curaron” en Haití… Las conseguí por medio de mi compadre Bucán Ti Pie…. Pero desde que los asaltantes alcanzaron a ver formándose el clásico “cuadro”. Chocaron una balsa y tres bongos. cuando fueron atacados por los nativos que avanzaron hasta la margen occidental. y el pavor con que huyeron dejando sus muertos. y de mandíbulas apretadas. con sabor de picardía: —El hombre es fuerte cuando pone fe en un talismán. enredándose en las caña-brava. entremezclándose con las reses aterrorizadas. dificultaba el paso de las municiones y la artillería.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Y. se dispersaron dejando una docena de muertos: todos flacos. o del Mediterráneo!… Eusebio Pueblo tampoco quería responder. y el triunfo de los españoles facilísimo. cuando se le creía convencido. o vomitado río abajo por el remolino. Desde antes de salir de Santo Domingo había avanzado su opinión sobre los hombres que tenían que batir. cruzaban en sesgo de una a la otra orilla. El Excelentísimo Señor Don Manuel Pereyra y Abascal. Confiese que no era menester tanta cautela. —El 31 de enero –¡desde hace tres días Mariscal Puello!–. y de cuando en cuando lo invadía una honda nostalgia de paz. a pesar de eso. desarrapados. irresistible en la refriega. –dijo con sorna La Gándara. la espectacular demostración de fuerzas de La Gándara tendía a impresionar más al Ministro de Ultramar que a los campesinos sublevados… Sinceramente creía menos costoso y más cómodo pagar a cualquier precio la adhesión del Liberata que exponer a tres mil hombres a la fiebre amarilla y al vómito negro en tan ingratos andurriales. cuida al enemigo herido y fraterniza con los prisioneros. en creciente. veterano de las campañas del Danubio y de Crimea. En el recodo vecino recuperaron dos y el otro desapareció con dos cañones. como de gente bisoña que llegaba enardecida y no podía detenerse. Las frágiles canoas y las balsas y los bongos improvisados. Un salvaje que respondía con señales aprobatorias y. los bongos se desprendieron de las amarras y se deslizaron arrastrados por la corriente. Además. para él. deme la razón. a pesar de su desventajosa posición. Prefería ver exterminados a sus antiguos compañeros a que se desacreditaran de esa manera. pero en el fondo le mortificaba la torpeza con que atacaron los dominicanos. no quería expresar concepto sobre el Liberata ese. daba una vuelta y se presentaba con una rama de espinas.  La embestida fue violenta y torpe. dijo ¿Entienden ustedes? Y salió sin esperar respuesta. salimos de Azua y todavía se obstinaba usted en una marcha de tortuga para tan mezquina escaramuza. el Marqués de la Concordia. El Yaque. Marqués. Repugna las estratagemas. hundido. Por eso las reliquias nunca dejan de ser útiles. en un lugar que les era tan favorable. sentía un criollismo incurable. arrogante y noble hasta en el combate. Se acostumbraba a las bromas del Capitán General.

Y al primer encuentro el General Ángel Félix atacaba como un tonto y corría como un cobarde. En cuanto a las de Lemba eran ellas y su barrio 152 . les respondieron a gritos. plátanos. Las de Lemba y Las Saladillas fueron las que vieron “al romper el nombre” a Ángel Liberata. de lebranches. En el escándalo intervinieron las de El Naranjo. pelo lacio y vestidos de colores vivos que contrastaban con el luto general. de quéqueres y de huevas secas de pescado. Estaba casi convencido de su error de apreciación. pero con su testarudez natural insistió en que debían continuar a marcha lenta. pero los tiros fueron cediendo en disminución gradual. Ellas eran las que habían visto pasar por su sección a Ángel Liberata con los rinconeros y los de Petit Trou cargando muchos cañones. ¿Quiénes eran las de Lemba? Unas chinchosas y embusteras. Las de Cristoba eran las que habían visto al madrugar ese día a Pedro Inacia y a Angelito Liberata llegar por la laguna “pusando” un bongo nuevo. De improviso las mujeres de Cristoba. ¡Si conocerían ellas el caballo prieto del General! Para las de Lemba y Las Saladillas. que venían de Las Damas en compañía de “El Torito e May Juliana”. ¡Mentira!. cocos. las de Cristoba y El Naranjo eran unas piojosas. es cruel. Los disparos hostiles siguieron sonando toda la noche. graciosas. Al General le arañaba la barba el pecho al paso de su caballo. de los corrales vecinos. a miseria pública. Los soldados se juntaron con las mujeres piropeándolas y comprando lo que necesitaban y lo que no necesitaban. a macho cabrío. sin embargo. Dos días después llegaron a La Salina. Las de Cristoba y El Naranjo no le iban a hacer caso a esas infelices de Las Saladillas ¡Jesús! (Escupían cuando las mentaban). Varios muertos rodaron por un barranco y asustaron a los caimanes. cargadas de sartas y canastas de viajacas. llegaron como las de El Naranjo. y flotaba como si fuera emanación del pobre río. A la sombra de frondosos mangos y barías se agrupaban formando mercado al aire libre y discutiendo el trueque de los artículos de consumo. andullos de tabaco. Ángel Liberata Félix es la trampa. a Pedro y a los Florián. comenzaron a insultar a las de Lemba. El día cinco. Esas perras se querían lucir delante de la gente. quesos de chivas. pánfilas de comer viajacas con coco. Lo extraño esta vez fue que no se vio al enemigo y que las bajas que causó fueron en su mayor parte de oficiales: ¡como si los estuvieran seleccionando! Ocuparon Neyba al anochecer y la encontraron vacía de hombres.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS irrefrenable: le incomodan los heridos y los prisioneros. bajaron con rosquetes. de un trigueño pálido y de ojos lánguidos. oyeron cantar los gallos de Neyba y se disponían a entrar en la aldea cuando en Las Cabezadas de Las Marías atacaron la retaguardia. Embiste como Florentino y se escurre como la culebra”. con unas cargas grandes de cañones. ristras de cebollín.  Las mujeres de Cristoba. Parece genero como Luperón y. Durante media hora se mantuvieron a la ofensiva. trascendía del mercado. hasta reducirse a disparos intermitentes. Las de Lemba y Las Saladillas. al ponerse el sol. Lo pasaron del río Yaque por el caño de Rincón cargado de cañones y balas. desde que la artillería realista entró en acción y los invasores formaron el cuadro. Un pesado olor a pescado. de tostado rostro. El empuje fue fragoroso y violento al iniciarse. con el dorso de la mano izquierda en el cuadril y manoteando con la diestra. Eso había dicho.

SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II tan fatales que al pasar por allá al río se le salaba el agua. “El sonso ese va a sabé aonde carga el maco la manteca. cuando cruzaban caldeados de sol los áridos salitrales de La Madre del Muerto. El Capitán General tendría que ir caminando a pie. Enviaron a un pelotón a requisar bestias de carga del lado del sur. un oficial creyó divisar con sus catalejos. esperando órdenes. que son cruce”. Cada grupo corroboraba lo que decían las del otro. ni huella. en la linde casi imaginaria. ¡Como si el hijo de Liberata no pudiera está a la mesma vez en los lugare que que le dé la gana!” Se apretaban las verijas temiendo reventar de risa. a su generar con crecientes cargas de cañones. cocoteros. deseando que se precipitara el final de los sucesos. ocho disparos. En seguida se trabó la lucha de tal modo que lo oídos atentos apenas diferenciaban el estrépito simultáneo de la fusilería de los regulares. decepcionadas. iban comunicando el fuego de uno a otro cachimbo. para salir de tan inhóspitas tierras. De las de Cristoba y El Naranjo sí “que naide podían dací que les tenían la cola pisá… Lo único que podían decí de ellas era que sabían salir algunas puta… ¡Y eso!” Un soldado le dio aviso a un oficial y el oficial a La Gándara. los realistas. (Y formaban cinco cruces con los dedos de las manos). a los conucos de los Terrero. o cabalgando en un burro hasta Barahona. en los pequeños remansos croaron los batracios. Un silencio profundo bajó de los cerros. A una mujer. cuando les abrieron fuego del lado de oriente y cayeron 7. Se afirmó la ofensiva y regresaron. Los 3. Todas ellas era mujeres “honrás y de palabra. El combate se generalizó. Ni un hombre. 9 zapadores de la escolta del Capitán General.  Amanecieron degollados los centinelas y desjarretadas las cabalgaduras. Entró en acción la artillería. que nunca hablaban embuste”. ladeando los rostros. del graneado tiroteo de los nativos. El Marqués oía y callaba. Luego se despidieron hasta el sábado siguiente enviando mutuas memorias y riéndose del jefe español. en repliegue. “por ésta. Las mujeres se retiraron charlando amistosamente. por el Sur y por el Oeste. Una espulgó el pliegue del pañuelo que le aprisionaba la cabellera y extrajo un fósforo de peine. hizo fuego y encendió un cachimbito de barro. Sólo allá. ni señal del enemigo percibieron ese día. lo frotó reciamente en una chancleta. La Gándara acabó riendo con fingido asombro de las sandias salineras que la misma noche a la misma hora vieron llegar por el Este. que halaba su asno para librarlo 153 . seis. ceibas.000 hombres de La Gándara quedaron listos en un instante. mangos. 8. quien hizo llamar a las mujeres para someterlas a interrogatorio. A poco oyeron dos. El Marqués cañoneaba troncos de barías. Se juntaron unas a otras y. aunque fuera aventando al duende a cañonazos. Cuando llegaron a la presencia del jefe español estaban todas de acuerdo. detrás de los cuales salían mortíferas balas.  Cuando se borró la púrpura del poniente. El resultado fue desconsolador. contados con cerradas descargas. En la mañana siguiente amanecieron degollados los últimos centinelas. El General español podía jurarlo. Todas habían visto en la madrugada llegar por sus barrios respectivos a Ángel Liberata. ni eco alguno de voz varonil. la sombra de un jinete fugitivo. se impuso en la aldea y se extendió sobre el lago vecino.

acosados. a un deleite que asomaba. Las Siete que Brillan y se apagaron Los Ojitos de Santa Lucía… Empinado sobre un peñón de Las Balizas. y los españoles se fueron. de Baní y de San Cristóbal. hizo lumbre en su yesquero. españoles y dominicanos. Volvieron a sonar tronido y voz. La exaltación de la lucha fue cediendo a un sentimiento nuevo. el Ayudante del Marqués y un Teniente y muchos españoles. ordenó la voz terrible: ¡hazlo reír!… Y como el subalterno se apartó con el Ayudante prisionero. con pretensiones de recuperarlos. en un choque cuerpo a cuerpo. Rugían y volvían a rugir los cañones con que el Yaque contribuyó a luchar por la República y. le acariciaban el pecho. irritados. Adusta y sombría se alzaba a sus espaldas la cordillera maternal. en las espeluncas del Bahoruco y la sagrada cordillera se enarcó. La Isabela y Cachón Pipo se deslizaban cantando… porque en aquel lugar le habían cortado el ombligo al Jefe del Sur. El relincho de su caballo tuvo repercusiones de clarín. como el hálito que le denunciaba la existencia del Yaque lejano desembocando en la gran bahía de aguas tranquilas. buscando el mar. ahuyentó las visiones. y prisionero el Ayudante. La refriega continuó a lo largo del camino. 154 . Continuaron el tableteo agresivo y las descargas cerradas de la fusilería.  Se hundieron en occidente Las Tres Marías. repercutiendo. brumoso. pasándose la mano diestra por la cara. Se deslizaron los cañones del lado opuesto y. del lado suroeste. Cuando pasaron por el caserío de Rincón. —Capitán: me estorba ese hombre… ¡Cójelo!. Entonces. encendió el cachimbo. de los 820. Un silencio ancho y hondo bajaba de la eminencia y se extendía cubriendo el valle de Neiba. había adquirido los caracteres de la derrota. bajó con la voz matando a doce hombres. el paseo triunfal de los vencedores de Azua. porque Ángel Liberata había vuelto a pelear. El Uvero. Sus barbas de chivo padre. Con la aurora las luces creaban formas fantásticas a los ojos de Ángel Liberata Félix. semejante a un desprendimiento de la altura. Creía ver la aldea de Barahona transformada en una ciudad inmensa que comenzaba a vivir vida futura. junto a obreros de todas las naciones. quedaron abatidos el Teniente y dos soldados. barriendo al Marqués y dejando fuera de combate uno de su cañones. aguaitando. pisó estribos y tomó la ruta por donde iría a averiguar qué había sido de Candelaria Ferrera. meneadas por el terral. rugió la voz formidable: —¡Concordia. En las estrechuras los soldados de la impedimenta se escudaban con los heridos. Entonces fue cuando. 16 de agosto. Cuando La Gándara y Puello llegaron a Barahona. le explotó en el pecho una metralla. Volutas y grumos rojizos se desprendían de las gigantes chimeneas de fábricas donde trabajaban. miraba él cómo ardían las casas y miserables bohíos iluminando la orilla del mar por donde se retiraban los invasores.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS de riesgo. pacíficamente unidos. impreciso. los arroyos La Peñuela. ningún ojo vio cuando le alzaron el brazo y le abrieron la herida que hace enloquecer. y parte de la mujer y la cabeza del asno quedaron adheridas a una ceiba. de todos lo anónimos fundadores. desde la cresta de un cerro cercano. 1936. Ignoraban e ignorarían los sacrificios y los nombres de él. embistieron al cerro. esa es la paz! Y un tronido. Los Tres Reyes. pero muchos oídos oyeron una macabra carcajada y un cuerpo y una cabeza rodando ladera abajo.

presentando ejemplos. la Calumnia. y dirigiéndose a su habitación empezó una larga perorata llena de elocuencia. No hay para qué decir que Proserpina. y tales son los motivos por los cuales le hallamos tan sombrío. retratadas en sus rudas facciones todas las durezas de su corazón. ella. la más vil de mis hijas. la que arrojé de aquí. —Por qué estoy en este sombrío palacio. ¿no sabes que la tierra es un infierno.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II VIRGINIA ELENA ORTEA (1866-1903)* Los diamantes de Plutón Plutón. como energúmeno. y como su reino no estaba en condiciones de alegrar a nadie. ¡Reniego mil veces de la inmortalidad aquí. oh Destino? –gemía sin importarle nada las arrugas que se multiplicaban en la frente de Plutón–. *V. su cara mitad. Proserpina puso el “grito en el cielo”. la Envidia a mis pies! ¡Ver de continuo los feroces rostros de los hijos del infierno. no queriendo Plutón desacreditar su alardeado temple de voluntad y su poderío y no viendo que de otro modo pudiese calmar a su mitad. empezó a ceder y aun a tratarla con cierta dulzura desacostumbrada. se había encarado con él para decirle con sobrada impertinencia cuanto a la boca llevó su rebeldía. Son los mismos. ¡Cualquiera se habría acercado a calmarle en aquellos momentos. novelas y ensayó piezas de teatro. —¡Tonta! –exclamó él con desdén. mejor quisiera estar en la tierra! ¿Por qué me arrebataste de ella. el rey tomó el partido de convencer a la reina de que aún mucho peor que el infierno es nuestro desdichado valle de lágrimas. explicándose con calor. Eres reina. en sus días malos causaba verdadero pavor verle. ¡Tener el Vicio. —Valiente corte la tuya –exclamó ella con sorna–. había amanecido caprichosa. y que si allí fueras reina tendrías a tus pies una corte igual a la mía? —¡Mentira. aunque nadie le escuchaba. 155 . pero disfrazados hábilmente y guiados por aquella. cuando su rostro mostraba el sordo furor que rugía en su pecho! Plutón tenía mal genio de suyo. mis cortesanos. Parece que después de meditar detenidamente el asunto. tienes una corte a tus pies. Ahora bien. y allá fijó su residencia: la Hipocresía. por ella compartido. Proserpina. una mujercita fina y delicada como una alondra. gesticulando y hablando. Al escuchar el cruel insulto. la Crueldad. Plutón no quería pensar en ello. no tardando en declarar que abandonaría su triste mansión para volver a la tierra. y como hasta él llegaron sus lamentos y Júpiter se enterara de la desavenencia. en vista del terreno ganado. que sólo me causan horror! ¡Oh. exponiendo por primera vez desconocidas dotes de oratoria. en fin. mentira! Allí no tienen rostros tan feroces como los que aquí me rodean. haciendo verdaderos prodigios de perspicacia y tacto. Y aunque el rostro del marido habría impuesto respeto al mismo Hércules. Ortea escribió cuentos. inconforme. se sostuvo en la ofensiva. quejándose amargamente de la lobreguez de aquel reino. datos conmovedores. mi patria? —¡La tierra! –dijo Plutón con sorna también– Pero desdichada. con un humor más negro que su reino. E. se paseaba por las galerías de su palacio. que ella me condena a la eterna contemplación de vuestros sombríos dominios! —No te quejes –replicó él con admirable calma.

Yo te daré algo mejor para que te adornes –añadió metiendo la mano en un horno encendido que por allí había y sacando algunas brasas que apagó entre sus nervudos dedos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ¡Pero cualquiera convence a mujer de cabeza dura. Verdad que a cada razón del marido opuso ella una réplica más o menos oportuna. No se desanimó él. Y volvió a gemir sin consuelo. de viles deshonras. La Envidia había revuelto a los habitantes del Averno promoviendo una verdadera rebelión. —Te burlas de mí –clamó ella rechazando la mano de su esposo–. La Perfidia trabajaba activamente en ella. de infames crímenes. Proserpina se dedicó desde ese día por completo a sus nuevas joyas. el más desdichado. ya tienes las flores que aquí se producen. y arrancado los diamantes a la reina. y continuó demostrando con irrecusables verdades sus razones. que en joyas había convertido un diablillo inteligente a las “flores” del infierno. mohíno. no había tenido día tranquilo. Y no es esto sólo. que sin cesar adornaba con las fosforescentes luces de sus joyas… Llegó el caso de que el desdén de la reina alcanzara a su mismo compañero. librándose así de la furia que aún quedaba en el pecho de su rey y marido. se apretaba las manos una con otra. Plutón no pudo resistir su ira. —Toma. Nada tuvo que contestar el rey del Averno a esta verdad abrumadora y bajando la cabeza. y erre que erre. —Me voy para ese Paraíso que tales adornos produce –chillaba ella sin el menor respeto a su categoría. al verse vencida en aquel torneo de palabras. o más bien rugió trémulo de ira–. En tanto él se reía a más y mejor al depositar en la falda de su aturdida mitad los brilladores carbones. que por nuestra desgracia acertaron a caer en los abismos de la tierra. lanzando un grito de sorpresa y placer al ver los apagados carbones convertidos en piedras que lanzaban cascadas de luz fosforescente de un brillo fantástico. más pegada de su belleza. abre tus bellos ojos y mira… Ella por curiosidad miró lo que le ofrecía. Las cosas llegaron a su colmo el día que Proserpina. los arrojó con ímpetu al infinito. y a su vez habló interpelando a sus perdidos bienes: 156 . —¡Malditas! –gritó. que no entiende de razones! Toda aquella alocución cayó en saco roto. y ella. con menoscabo de su majestad y exposición de un rompimiento peligroso. radiante de pedrería. ¡Seréis fuego de infierno para quien os desee! A estas voces volvió en sí Proserpina. de modo que el rey. Sabido es que así sucede… casi siempre. más necia. de desdichas sin cuento. Proserpina cayó presa del más espantoso ataque nervioso. seguía en sus trece la diosa del Infierno. comenzó a llorar amargamente. y las delaciones se sucedían ante el trono. Plutón. —No me burlo. Seréis causa de crueles ambiciones. Atraeréis a la Envidia hacia vuestro brillo funesto. furia que desahogó él en las desdichadas joyas. deslumbrador. furioso. que con nada puedo realzar aquí mi belleza! —¡Flores dijiste! –gritó el dios. con tal fuerza. quiso subir al Olimpo. para lucir en él sus esplendores. por primera vez. quejándose… de que en la tierra había “algo” bueno que no tenían en el infierno… flores. la contemplaba cada día más vanidosa. mujer –dijo–. pero ello es que la Soberbia y el Orgullo se habían hecho consejeros favoritos de su Alteza. ¡Desdichada de mí. y la cegaban con maña. desde el malhadado asunto de los carbones. y empezaba a juzgarse.

—Aún me parece verlas: pálidas. añadió burlón: —¡Brillad. —Comprendo… musitó el padre y sus ojos se nublaron repentinamente. Un buen día decidió solicitar el permiso de su padre para ir en excursión a las montañas del Bahoruco. donde imaginaba que moraban aún las Ciguapas de luenga cabellera. pero… ya sé que pronto. ¿Acaso te encontraste con ellas alguna vez en tus andanzas por los montes? En la mirada del anciano relampagueó el recuerdo. Caobay: –el purgatorio. novela (1949). —¡Bah! –contestó despectivamente el chico–.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —¡Benditas! Ya que no puedo poseeros. escuchó la petición de su hijo con un destello de comprensión en la mirada y sus labios se comprimieron con gesto apenado. sobre las cabezas que queráis perder! VIRGINIA DE PEÑA DE BORDAS (1904–1948)* La eracra de oro1 (Cuento para niños) En esta tierra quisqueyana. osado e inteligente. ¡llevad al pecho de la mujer que os posea los encantos que el mío ha gozado! ¡Embelleced la garganta. padre. 157 . Así lo pregonaban el límpido fulgor de sus ojos y la dignidad y sosiego de su continente. Matunheri: –alteza. 1 Eracra: –templo. calmado su enojo. Creen que todos los humanos somos hijos de Maboyá. ¡pero mis pies fueron bastante ligeros para esquivarlas! Sabía que me esperaba en su compañía una muerte segura entre los despeñaderos. cuyos pies marcaban huellas en dirección contraria adonde se dirigían. —¿Es posible –preguntó en su sonoro idioma antillano– que te sea indiferente perder la vida? Has de saber que las selvas milenarias están cuajadas de peligros. El nitaíno. bien quisiera aprovecharlo. publicó Toeya. Pertenecía a la noble raza de los arahuacos. vivía en tiempos de Cristóbal Colón un indiecito de unos trece años. y Cuentos para Niños. iracundas. que todos llevamos en el alma el germen de la *Virginia de Peña de B. Turey: –cielo. llamado Tamayo. Nitaíno: –cacique subalterno. Por eso contestó con presteza: —Por el contrario. Era hijo de uno de los nitaínos más valientes y había aprendido de su padre a usar el arco y las flechas con maestría sin igual. pues no esperaba semejante confesión de su hijo. Atardecer en las Montañas. cuando cumpla los catorce años. Ciguapa: –mujer legendaria. el cabello sobre que os asentéis con fulgores de aureola! Y Plutón. pacíficos pero valientes en grado sumo. con la cabellera al viento y los ojos desorbitados. anciano de severo semblante y porte altivo. rica en leyendas gloriosas. Opia: –alma de los muertos… Maboyá: demonio. Sombra de pasión. y las Opias de sus mágicas leyendas. deslumbrando. como todos los hombres de su estirpe. Pero debo advertirte que la aventura que has soñado es harto peligrosa y otros más denodados que tú han perecido en la demanda. Su constitución emotiva demostraba que. y como me resta tan poco tiempo de libertad. ¿Acaso lo ignoras? La expresión del chico era el anverso de una decepción. era soñador y capaz de entregarse a la meditación. Nonum: –luna. ¿Por qué no desistes? Te asaltarán criaturas extrañas como jamás soñaste conocer. me veré precisado a laborar en las plantaciones y en las minas. lo he oído comentar muchas veces. Guabancex: –diosa de los huracanes.

más que nunca anhelo ahora subir al Bahoruco! Padre. La floresta. Está concedida tu petición. pensó entristecido: ¡la libertad! Y deseando que su hijo la disfrutase. Como sucede a menudo en el trópico. de pulida caoba. La luna en el horizonte era un espectro pálido. que moteaban el agua de sombra y sol. Pájaros diversos de vistosos plumajes. Eran criaturas pálidas. pero no avanzaba en modo alguno. padre –agradeció entusiasmado el adolescente–. no sabía qué partido debería de tomar. aunque mi hacha te serviría de poco: ¡hoy no es más que un símbolo! Trabajada con esmero y tesón durante mucho tiempo. Sin pensarlo más. El rostro oliváceo del indiecito se tornaba cada vez más jocundo. tan fieros como valientes. se deslizaba bajo los árboles de ramas caídas. como un manto. ornada de árboles florecientes. El ruido isócrono de los remos cesó de improviso. Hizo un supremo esfuerzo por darle impulso y los remos se quebraron. Estaba perplejo. Ya estaba allí y era indigno de un taíno volverse atrás. Bajo unas palmeras. En aquel paraje reinaba un silencio absoluto y se percibía la melodía del viento entre las hojas. que colgaba de un árbol de la ribera. saltaban audaces de rama en rama. ¿Sería la mano de algún Cemí que la retenía? ¿Es que estaba vedado pasar por allí? Algo semejante debía suceder. como una sombra. el crepúsculo caía rápidamente y el paisaje entero se envolvía en sombras de misterio. henchida de trepidaciones y ruidos apagados. Por eso te ofrezco la piragua: puede servirte mejor… ¡Ve. Percatóse con asombro de que su piragua se había inmovilizado. como si de repente hubiese echado raíces. aunque sentía clavados en él sus ojos desafiadores. astillándose. el nitaíno contestó: —Ambas están a tu disposición. creyó ver ojos humanos que le atisbaban. cuyas cabelleras luengas y sedosas las cubrían enteramente. Tamayo conocía sus implacables y frías decisiones. se deslizaba ante el sol. Todo era brillantez y luminosidad cegadoras. a despecho de las duras circunstancias de su vida. como de una gema que hiriese el sol. el Ser Supremo. hurañas. te proteja en el camino! Y arrancando una aromática rama de curía le tocó en el hombro. ¿Me prestas tu piragua y tu hacha de monte? Quizás es mucho pedir… Vencido por su amor paternal. por tanto debía proceder con cautela. llamándole la atención. bendiciéndole. Acto seguido se encaminó al grupo que le miraba con atención. El lago de Jaragua era una gema irisada de divinos matices. los Caribes. pues al tocar los remos la superficie lisa y brillante del lago arrancáronle chispas luminosas. Hoy es poco menos que inútil para defendernos de los guerreros de pecho de hierro que nos esclavizan. La piragua. según los frailes hispanos. Notó al acercarse 158 . según los indígenas: abortos de Luzbel. elevaba al cielo la alegría del trópico. fue confeccionada para procurarnos el sustento y defendernos de nuestros enemigos ancestrales. La canoa. No cabía duda: ¡eran ciguapas!.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ambición y el desenfreno… ¡Y quizás estén en lo cierto! No perdonan ni un pensamiento impuro ¿comprendes? —¡Ah. arrastró su piragua hasta la orilla y la ató cuidadosamente al tronco de una ceiba con un fuerte bejuco de jagüey. ¡La masa de sus aguas se había petrificado! Alrededor la tierra era toda bermeja. ¿me concedes tu permiso y me das tu bendición? El nitaíno no albergaba ya pensamientos de liberación. No le arredraban las enormes iguanas y caimanes que veía deslizarse sobre sus orillas porque sabía esquivarlos. —Gracias. me haces el más feliz de los mortales. y que Luquo. que se agrupaban en forma de templo. Aquella había sido la existencia bendita de sus antepasados. hijo mío. dijo blandamente: —Los indios no escatimamos la ocasión de hacer hombres valientes de nuestros varones.

donde todo es belleza y encantamiento –repuso la Indolencia con voz cansina. cuya voz alada tenía resonancias de cascabeles–. Y cuenta cierta conseja que el valiente que logre ceñir a su garganta esos preciosos ornamentos. revelando lo que bullía en su oscuro cerebro: —¡Pues bien. ni se ha pescado en nuestros ríos… Las frutas más tentadoras caen maduras al suelo sin que haya necesidad de tumbarlas. soy hijo de nitaíno. sino criaturas demasiado jóvenes y hermosas para causarle daño a ningún mortal. Harías bien en volverte por donde has venido y tratar de olvidar todo lo que has visto… El indiecito vivía la embriaguez de un sueño y repuso sin amilanarse. pues. Serás traidor a los tuyos. ni a bestias… —¡Ah. Ya veis que no os sirvo. Tan sólo debes probarnos que eres valiente a toda prueba… ¿No te tienta la aventura? —Sí que me tienta… pero no sé a que llamáis valor. Hasta ahora nadie había llegado a nosotras por determinación propia. mal que te pese! ¡Tus pies se adherirán a la tierra. ¿Cómo te llamas. golpeándose maquinalmente las rodillas con dedos que remataban en afiladas puntas. ¿Enfrentarse acaso a las bestias feroces? No existen en esta tierra nuestra animales. —¡Qué nombres más extraños! En fin. logrará vencer al opresor. Los ojos de la ciguapa Oscuridad lanzaron chispas de furor. pero hay criaturas que nos ofenden hoy más que las bestias: hombres vestidos que hacen daño a los nuestros… ¡Deben perecer todos! —Cierto. eres tan valiente como testarudo! –amonestó la más joven. pero no es de indios traicionar y les llamo hermanos desde que aprendí a amar a su Dios. ¿cómo os llamáis? —Somos la Indolencia. Si deseas conocer las maravillas que encierra esta tierra de tus antepasados. y he aprendido desde la cuna a no temerle a hombres. Por lo menos eso le sugería su mente de niño inocente. como lo fue Guacanagarí.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II que no eran como las imaginara. contemplando los ojos hipnotizantes: —¡Ah. la Oscuridad y la Superstición. —La felicidad existe en el bosque milenario de las ciguapas. permanece con nosotras una noche completa y conocerás los secretos de los Cemis: penetrarás en la eracra sagrada que guarda las cenizas de los Tres Behiques sabios que enseñaron las artes de tu tierra natal. Las ciguapas se miraron entre sí. lanzando al chico una mirada perversa. cuando su interlocutora lanzó una especie de alarido y exclamó exasperada. preguntas muchas cosas a la vez –contestó la que parecía de más edad– y eres demasiado joven para aventurarte por estas soledades. ya no podrás marcharte. —¡Ah. sin sombra de temor: —¿Serían tan amables en decirme qué paraje es éste y por qué motivo se ha encayado mi piragua en el lago? Me ha sido imposible moverla… —Forastero. es demasiado hermoso para olvidarlo! Y además. Allí existen tesoros incalculables. y añadió bostezando–: Jamás se ha cortado un árbol. deseaba conoceros y pensé que quizás me enseñaríais donde se encuentra la felicidad en esta tierra nuestra. chiquillo? —Yo me llamo Tamayo… Y vosotras. Las interpeló. amuletos que llevaron al cuello los caciques ya desaparecidos. ya comprendo! –masculló con sibilante acento–. quien creyó encontrar amigos en los maguacochíos y abandonó a los de su propia raza… ¡Infeliz! Ya el chico iba a dar la espalda malhumorado. como tu piragua al lago! Forzosamente pasarás esta noche entre nosotras y harás lo que se 159 . ni alimañas que ataquen al hombre… —No.

y el descenso era aún más vertiginoso que la ascensión. Tamayo comprobó que olvidándose de sí mismo sentía un agradable bienestar y aunque volar en compañía de aquellas hijas de Maboya era por lo menos anonadante. que los astros bajen hasta nosotros. si no quieres caerte desde las nubes –ordenó la ciguapa mayor– porque aunque no lo creas. como lo había hecho mil veces en compañía de sus amigos. Cortábale el aire la cara y zumbábanle los oídos. con que abandonarse a su sino sería lo más acertado… –y volvió a bostezar como si el sueño la venciese. 160 . a cada cual le llega su fin. muy semejante a un bufido. con que comienza a rezar por tu alma. buscando escondrijo entre los juncales del río. y dijo con sorna: —¡Vaya que eres valiente entre las mujeres! Al parecer sólo los hispanos te intimidan… Mira. experimentó la emoción incomparable de ser mago o cemí al trasladarse con tanta celeridad de un mundo a otro. llamada Indolencia– preocúpense o no los mortales. con que ya veis que no podéis intimidarme. además. agarrados unos a los otros. Tamayo sintió que se erizaba su cabellera porque se elevaban vertiginosamente. Por lo menos eres valiente y sereno –comentó con menos aspereza la ciguapa Oscuridad. —Pues agárrate bien. como si le abanicase un huracán. propicia para las moradoras del bosque. Descendían. ya vamos emprendiendo el vuelo. pero su altivo semblante apenas trasuntó una leve emoción.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS te ordene en todo momento. Dentro de unos instantes bajará hasta nosotros y nos servirá de carruaje. Seguro de hacerle frente a las más duras pruebas comenzó a nadar sosegadamente. —No tienes por qué intimidarte –bisbiseó la ciguapa más joven. pero adversa para los mortales. Es inconcebible. pero recordó las mágicas palabras de la Superstición y olvidó una vez más su condición de humano. de una belleza deslumbradora y tranquila. Los perfiles de las altas montañas hacíanle sentir una admiración reverente. De pronto sintióse sumergido en las aguas de un río y creyó que iba a perecer ahogado. —¡Pues tanto mejor! –dijo con aplomo al cabo de breves instantes–. Estás completamente a nuestra merced. Y allá abajo. esta noche la luna tiene dos alas. —Pues yo estoy convencido –aseveró el indiecito con entereza– que sólo Dios puede acelerar nuestros días. —¡Aquí no se puede respirar –suspiró el indiecito– y además hace un frío horrible! —Olvídate de tu condición de humano y será como si fueses divino –aconsejó la ciguapa Superstición con voz casi inaudible. Todo parecía escarchado y en penumbra. es la luna roja de las ciguapas. En el silencio que siguió a esta declaración tan inesperada se adivinaba la sorpresa del muchacho. ¡cuánto ruido! ¡Cuánta gente! Por eso dijo con llaneza infantil: —Mucho me gustaría poder permanecer aquí: ¡es más bello de lo que soñé!… —Desdichadamente tornamos a la tierra. Volaban por encima de la luna en fantástica procesión y el chico contemplaba a su placer lo que otros hombres imaginaban apenas. La luna se ha cansado de volar y tú has salido airoso de esta prueba. embozada en nubes. La suerte está echada… Me consuela que no podéis quitarme más que la vida: he aprendido de los frailes hispanos que el alma es intocable e imperecedera y en cambio la materia es barro vil y deleznable. La ciguapa Superstición lanzó una extraña carcajada. ¡Jamás oí decir semejante cosa! –añadió despectivo.

Que Luquo te conceda la mayor de las glorias humanas: ¡luchar por tu patria! Hieráticos y solemnes deslizáronse unos tras otros. seguido de cerca por sus celosas guardianas. un Ser Omnipotente. Tamayo guardó silencio. Apesadumbrado. que alumbraban a trecho los cocuyos formando cascadas de luz. le rodearon de nuevo. la guajaca colgaba de los árboles y flotaba con la brisa. Para él aquel inmenso bosque 161 . partirás con nosotros a la tierra de las sombras. cual si fueran arrastrados por el ímpetu de la corriente. se detuvo ante él con el brazo extendido en ademán de reto. parecían las de caciques destronados. Marchaban unos tras otros. Por fortuna. ya que la espesura del bosque era tal que apenas se filtraba la luz de la luna por entre el espeso ramaje y sólo podían avanzar marchando de uno en uno. Su rostro volvió a tomar su expresión jocunda. quien ha padecido ya bastante y temo por él. ¡Así me escuche Luquo! —¡Ah. Veía por todas partes criaturas semejantes a las que le acompañaban. —Está bien orientado. muere en el acto. Macorixes y Ciguayos. Entonces las ciguapas. algunas con aquella expresión intimidante en sus rostros de belleza perturbadora. oprimiéndose el pecho con orgullo–. en los cuales advirtió grupos que parecían solazarse en las aguas. el más valiente de los quisqueyanos. como lo sois vosotros. Y emprendieron el camino. Algún día cuando él sea tan sólo espíritu. Es de los nuestros… Así podemos marchar en paz a la región del Coaibay. creímos que eras cristiano! ¿Acaso es Luquo tu Dios? —Para mí. quizás largo tiempo desaparecidos. adornada de helechos arborescentes. coronadas de plumas sus cabezas de largas cabelleras. Matunhetí. La bondad inesperada de aquellas hijas de Maboyá le pareció un buen augurio. Como finos encajes. empuñaré las armas y haré la guerra contra los invasores a la manera de mis antepasados. todo clemencia y comprensión. –concedió el cacique de la Cibuqueira–. como para mi padre. diciendo: —Por segunda vez te ha salvado tu buena estrella… No tenemos reproche alguno que hacerte y ahora vas a conocer la eracra de oro y los orígenes milagrosos de tu pueblo. siempre vela por nosotros y perdona nuestros yerros. pero tengo un padre anciano. Tamayo reconoció entre el grupo a Caribes. No importa lo que le llaméis. como niñas traviesas y turbulentas. la más erguida. preferible mil veces a vivir avergonzado ante los hombres de tu estirpe. ni de día. No había allí claridad ni de noche. Mirándoles pasar caían sus lágrimas ocultas como lluvia de fuego sobre su corazón. cortinajes foliáceos y altísimas palmeras era un espectáculo imponente en su grandeza milenaria. compañeros. La vegetación lujuriante. Había riachuelos y cascadas. —Si no eres de los nuestros. Una sombra. Di. como fulminado por el rayo. había conservado puro su corazón y alimentado su alma con las enseñanzas milenarias de sus mayores. que quisimos morir por echar de nuestro suelo al usurpador. la planta del hombre jamás había hollado aquella tupida selva. Las sombras que le rodearon bajo las aguas no eran tan sólo las de las ciguapas. pero continuaba nadando rítmicamente. ¿qué eres? El indiecito sintió un tumulto en su corazón al proferir: —Soy indio y siento como indio. Luquo es Jesús. Mi rebeldía está aquí –confesó. de la raza que dejaba crecer sus cabellos como símbolos de su hidalguía. negras como la endrina.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Las aguas turbulentas se cerraron sobre su cabeza. altivos y desafiantes. En ninguna época ha pisado allí criatura viva y el impío que pasa inadvertidamente por aquel sacro recinto. que habían permanecido tranquilas y observantes. De su muñeca pendía el grillete que le permitió reconocer a Caonabo.

cuando sintió una terrible conmoción. La luna brillaba intensamente y el cielo estaba cuajado de estrellas. y sobre pulidas bateas. y una voz tenue se dejó oír por entre las reverberaciones: —Nosotros. Allí estaban colocados en nichos los Cemís adorados por sus antepasados. y avanzaba. el joven penetró en el sacro recinto y sus ojos le parecieron demasiado pequeños para admirar lo que se ocultaba a la vista de los profanos. con un fulgor inusitado en sus pupilas insomnes–. frustrado redentor de los suyos? El paisaje cambiaba. Escucha lo que nuestros abuelos dijeron a nuestros padres: estas islas son las cumbres de una tierra portentosa que la ira de Guabancex sepultó en el fondo de los mares… Nuestra raza desaparece y renacerá otra más fuerte. con medallas y amuletos. veíanse amontonadas joyas de complicados adornos. trillamos la senda para que las generaciones del futuro aprendiesen a ensancharla. apuntando hacia la eracra. como un gran escudo finamente labrado. Veíanse frutos exquisitos sobre los cuencos. ¿Verían de nuevo las opias de los caciques desaparecidos? ¿Podría platicar con el bravo Caonabo. Un soplo compensador de brisa. —¡Avanza! –ordenó imperiosamente la Oscuridad. que se le antojaba inaccesible. como de un sol que alumbrase a medianoche. sondeando sus ojos a cada instante. Imposible le hubiera sido avanzar un solo paso hacia aquel prodigio. a pesar de su ávida curiosidad. como si amenazase un cataclismo. en una barbacoa de roja ácana. Flamencos de color rosado se alzaban soñolientos. dando traspiés por aquella jungla enmarañada. y pirámides de cazabe. pero comprendiendo que estaban allí como ofrenda a los Cemís se abstuvo de tocarlos. ornado de arbustos y florecillas olorosas. De súbito vislumbró en lo alto un fulgor extraño. Caminaron durante varias horas en silencio: las ciguapas delante. En el fondo de la meseta revelóse a sus ojos la masa deslumbradora de la eracra sagrada. Vacilaban sus pies y se adherían a la tierra. Contemplábalo todo absorto y maravillado. Tamayo no había ingerido alimento alguno en muchas horas. Cesaba la espesura y se convertía en un opulento prado. Fortalecida el alma por lo que juzgaba un milagro. representados por caprichosas figuras en oro sólido. Como sobre un aparador. huyendo amedrentados a su paso. sin dar jamás la espalda. estaba colocada toda una vajilla del mismo precioso metal. que con sólo clavarle sus ojos hipnotizantes recobraba de nuevo el equilibrio y proseguía la ascensión. negándose a comprender. ¡quizás más tarde seamos tus jueces implacables! Tamayo siguió la ruta indicada. ennobleciéndola. los que estamos aquí sepultados durante siglos. hízole suponer aquel recinto un paraíso. apretando a sus labios el puño cerrado convulsivamente. Ahora somos tus ángeles. negras y brillantes como ébano. Ya sentía el frío de la madrugada y un temor reverente invadía su ánimo. Ya sólo faltaba el último picacho. fino y blanco como obleas. En él equivalía a un apostolado la felicidad de los suyos y ante aquella declaración un estremecimiento de rebeldía recorrió 162 . cargada de aromas. y el aroma apetitoso de aquellos frutos variadísimos producíale un cosquilleo en el estómago. Está escrito en el firmamento ¡pero seguiremos siendo cumbres! Tamayo escuchaba con intensa atención. como si la mano invisible del genio de la noche se hubiese extendido para darle paso. siempre cautelosas y desconfiadas. del que consumía la gente principal. con las ropas empapadas todavía.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS estaba inundado de sombras y misterio. pero tal era el dominio que ejercían sobre él aquellas mujeres tenebrosas. Agitaba su hermosa melena. Llegó al arqueado portal y los dorados goznes giraron suavemente. si una de las ciguapas no le hubiese tomado de la mano para conducirle. El templo osciló.

Ya se alzaba. Pensaba que al fin le habían abandonado sus exigentes guardianas y que podía marcharse libremente. Para ti son esos preciosos ornamentos. pero hablemos de ti: has triunfado en las tres pruebas decisivas y ya puedes marcharte en paz adonde los tuyos. No pudo menos que arrodillarse y de sus labios brotó espontáneamente esta plegaria: —¡Ah. admirando con curiosidad no exenta de veneración los extraños ídolos caídos a sus pies. pero se equivocaba. Desorbitados sus ojos en alucinación. emocionado. —No venimos a torturarte de nuevo –rió guturalmente la ciguapa Superstición– no somos tan pérfidas como nos suponen…. ¡Permite que cuando sea hombre yo pueda luchar por los míos… aunque en ello pierda la vida! ¡Queremos libertad o muerte! Su voz. pero las ciguapas recogieron aquellas riquezas. que contienen la sabiduría del universo. libre de sujeciones y tributos. las verdades austeras del cristianismo con las poéticas leyendas de su patria. Solamente podría ostentar aquellos ornamentos como vencedor. Las ciguapas habían desaparecido y el joven respiró aliviado. estremeciendo de nuevo el templo y algunos ídolos rodaron al suelo con estrépito. pregonaba la rebeldía de su corazón. cuando irrumpieron en la eracra sus tres jueces fortuitos. colocáronlas sobre una de las bateas y añadieron frutas y cazabe al ponerlas en sus manos. contemplaba el techo abovedado. Las ciguapas desaparecieron en un remolino de aire. escúchame y atiéndeme! Estamos exentos de ambiciones bastardas: no queremos oro. La frescura y virginidad de su alma habían desarmado a aquellas mujeres implacables. henchida de fervor patriótico. esperando ver allí algún nuevo prodigio. tendidas al viento las 163 . porque estás exento de soberbia. es menester alzarse hasta Nonum por nuestros propios merecimientos! Los ojos del indiecito ostentaban un brillo acerado y su rostro tenía una expresión confusa. aprende su idioma y estudia sus libros. —Si pretendes alzarte hasta el turey atiende a la Divinidad. Señor de los cielos. no aceptas el triunfo de otra raza sobre la nuestra… Eres denodado y resuelto y Luquo sabrá premiarte como mereces. ni riquezas. Reverberaba en su pecho el sentimiento inmortal que eleva el alma de los hombres y se persignó a la usanza cristiana. que es la fuente de todas las riquezas. ¡No basta morar en las cumbres. pero esta vez eran más blandas sus maneras. —Ahora márchate a enfrentar la vida… Ya amanece y ningún mortal debe contemplarme a la luz del sol… Así habló la Oscuridad. la voz hasta entonces apagada adquiría la claridad de un clarín. y que sea luminosa tu senda! Tamayo escuchaba con un sentimiento indefinible de alivio y quedó como extático ante aquella asombrosa concesión. ni civilización siquiera… ¡Todo cuanto te pedimos es la libertad! Vivir nuestra existencia pacífica de antaño. ¡Llévatelos. pero antes debo concederte el premio que mereces por tu fervor y desinterés de patriota innato. En tu alma no anida el rencor contra los opresores. El monólogo se había demorado un breve instante para proseguir con más pujanza. Entre esquivo y emocionado el indiecito no acertaba a dar las gracias debidamente.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II todo su cuerpo. daba fácil salida a sus emociones. esfuérzate en aprender lo bueno que te enseñan los naguacoquios: cultiva la tierra. y de aquel modo con gusto ofrendaría su vida… Pero… ¿merecería realmente tal gracia? ¿Acaso no eran todos los indios desinteresados y amantes de la libertad? Quizás era ésta una nueva celada. pensó con cierta duda todavía. mientras Tamayo con lágrimas en los ojos. que es más potente que las nuestras. que algún día ostentarás con orgullo. En su cerebro infantil amalgamábanse perfectamente la realidad y la ficción. En cambio.

sino un miserable candil de aceite de coco o una chorreosa vela de sebo criollo detrás de un velón de papel amarillento para alumbrar sus casas. y de allí descendió algo sujeto a una cuerda. besó a éste y exclamó: —¡Pobre hijo mío! ¡Adiós! La sociedad te condena. teniendo cuidado de poner a buen recaudo su tesoro. el cual. 164 . sintiendo que el sueño le vencía. Tamayo trataba de analizar el prodigio. Fue Ministro de Instrucción Pública.Contornos y Relieves (poesías). preguntándose cómo luciría a la luz brillante del sol. en marcha. tendióse satisfecho. con precipitación. Le habían trasladado dormido de un sitio al otro. Flor de Palma (novela) . diciéndoles: —¡Ya lo saben ustedes! A las cuatro. deteniéndose de vez en cuando. volvió y descubriendo el objeto. Llegó a una casucha de la calle de la Universidad. pensó entusiasmado. para disfrutar de un suculento refrigerio. Música más dulce no podía ser oída en parte alguna. Ejerció la profesión de Notario. que era un cesto donde había un niño recién nacido. En el ángulo único que forman los de la plazuela de San Juan de Dios. Su primer pensamiento fue para la eracra sagrada. Recordó al mismo tiempo el regalo de las ciguapas y advirtió la batea junto a sí. Allí estaba tal como la dejó. había el bulto de una persona. Poniéndose lenta y calmosamente en pie. ¡Yo rogaré a él por ti! *Autor de Fantasías Indígenas . porque la tristeza había huido de su corazón. a una mujer y a un hombre. Luego. A despertar ya era pleno día y el cielo estaba inundado de luz. pero Dios te salvará. El ambiente era fresco y convidaba al reposo. cargada con sus valiosos dones. no lejos de la eracra de oro. pero éste había desaparecido. moviéndose sus aguas al impulso de la brisa. JOSÉ JOAQUÍN PÉREZ (1845-1900)* Las tres tumbas misteriosas La hendida campana de la Puerta del Conde daba las doce de una noche oscura. se puso en movimiento. Sentóse bajo unos mameyes. ¿Es que no estaba ya bajo los mameyes? Miró hacia arriba. Bandadas de aves revoloteaban mansamente en torno suyo. Sentía una certidumbre tan profunda de su aventura que no la podía desterrar del pensamiento. De pronto se abrió la puerta de un balconcete. confundida con la oscuridad impenetrable.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS cabelleras e iluminadas sus frágiles siluetas por la luz imprecisa de la aurora. como las de aquellos tiempos en que los medrosos habitantes de esta ciudad antigua no tenían. con los astillados remos echados a un lado. ensayando trinos armoniosos. y allí entregó lo que traía. pues el extraño e increíble episodio revestía el carácter de divinos augurios. como para cerciorarse de que nadie venía por las calles. que fue recibido ansiosamente por el misterioso personaje. su rostro pareció transfigurarse. que no pudiese tornar jamás a aquel refugio o paraíso vedado. Miró con delectación hacia el templo. casi en su totalidad.Crítica literaria. Y el lago de Jaragua resplandecía al sol como una gema viviente. Con los párpados entumecidos aún por el sueño. y advirtió que le cobijaba la ceiba. a cuyo tronco había amarrado su piragua. sintiéndose bastante desconcertado. ¡Dios los proteja! Después de dar algunos pasos para salir.

doña Cándida Pedrozo. Los que recibieron el depósito eran unos infelices y honrados esposos. La casa de don Félix del Prado era una de las más respetables de esta ciudad en aquella época. bellísima y tierna adolescente. de buen porte. ir a misa. Somos ya padres. sólo por hacer un bien al prójimo. que sólo la madre de Margarita. llevando al infante. Ya sabemos. Aquel hogar servía de templo a las virtudes y a la piedad.  Nadie supo en casa de Margarita su estado. El Señor. el Gobierno confió una comisión importante a don Félix del Prado. eran las del esposo y de su mujer. que aquel niño fue la encarnación de aquel amor llamado sacrílego por la Iglesia. Y ese alguien único que visitaba constantemente aquella casa y era el árbitro. Familias de buena cepa. Pero éste iba atizando su fuego en el alma candorosa de Margarita con los deseos naturales de amar a alguien. se ocupaban sólo en rezar el rosario. El padre José se dejó llevar y cayó en las tentaciones dulcísimas de un amor sin límites. confesarse y comulgar a menudo. que vela por los inocentes. juez y confidente de todos. el padre José puede estar seguro de que le cuidaremos mucho a su hijo como si fuese nuestro. huyendo del contacto de los hombres como de cosa del diablo. a los siete meses del embarazo de ésta. y la vida de ambos cónyuges y de su única hija Margarita. recibió de su bija la confesión de su culpabilidad. caritativo. No debemos exigir que la seducción de unos ojos de fuego y de una boca modelada para el deleite se combata con ascéticas inclinaciones y prácticas. mimándolo. se llamaba el padre José de la Calzada. De aquí al pecado no hubo sino una ocasión propicia para consumarlo. donde se hospedaron en un bohío nuevo y cómodo. porque ella se valió de todos los medios que para tales casos inventa la necesidad de parecer honrada. Dios nos envía este hijo. nos lo premiará algún día. De manera. Hicieron viaje rápido hasta Higüero. En la madrugada salieron en buenas cabalgaduras los esposos por la Puerta del Conde. —Sí. y éste hubo de embarcarse para España.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II  Quien tal hizo y quien tal dijo era un sacerdote. como cómplices inocentes del suceso que vamos a narrar con la mayor brevedad posible. Sucedió que a los seis meses. que sorbió con avidez. con raíces nobiliares. nada hay como tener buen corazón para encontrar la felicidad. Y ambos acostaron al niño en una humilde cama. 165 . maneras distinguidas y gran ascendiente. Dejemos que esas buenas almas de beatos sigan criando al fruto de los amores del padre José. —Juana –dijo el marido–. y joven. Carne envuelve el espíritu de cualquier santo. y aquélla es flaca y frágil y se ladea hacia donde se la llama con afán y se la avisa con repetidos contactos. varón preclaro y virtuoso. voz meliflua. y con él los medios de vivir. pues. Martín. con todos los muebles campestres necesarios y una amplia fresca hamaca de cajón para el niño. mientras la mujer le ponía en los labios un chupón de leche de cabra. humilde.

Estos. No sabemos cómo Margarita se dio sus trazas para que el teniente coronel Uribe la tuviese por mujer honesta. Llegó el año 1822 y la invasión haitiana hizo también emigrar mucha gente. ilustrado y de buenas relaciones. el hijo de Margarita. vino a Santiago de Cuba. Al fin. víctima de la tristeza que le causó el golpe terrible de la deshonra de su hija. El padre Felipe Belgrano salió. don Félix. porque el padre José tuvo buen cuidado de no comunicar esto a nadie. quien tuvo encargo secreto de ponerla en manos de los esposos Belgrano. 166 . Dejó el padre José la mayor parte de su fortuna –que no era pequeña– a otro sacerdote. le revelaron todas y cada una de las circunstancias de su nacimiento sin poder decirle el nombre de su verdadera madre.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Gente de tal copete no hace escándalo ni pone su honra en la boca del pueblo. y a pesar de que ella no sentía inclinación hacia el galán. porque ninguno como él tan virtuoso. a quien él confesaba y administraba la comunión muy a menudo. poseedora de la pureza que había perdido. La familia de don Félix fue de las emigradas. Lo que sí sabemos es que fue modelo de esposas y que aquel hombre la amaba con locura. que recibió el padre José. hubo la emigración de muchas familias a la América del Sur y a Cuba y Puerto Rico. Ni a su esposo reveló doña Cándida el secreto. aunque sin ver más a Margarita. Muy estimado fue allí el padre Felipe. se le hizo creer que su hijo había muerto. la belleza saliente y de más fortuna para atraer cerca de sí a una corte de adoradores. arrió el cesto con el nietezuelo. su padre insistió tanto en que se verificase la boda. llamadas “Hijas de San Vicente de Paul”. porque su esposa. la que daba el tono a la moda. para justificar tan extraño acontecimiento ante su hijo. Aprendió en la Real y Pontificia Universidad. Recibió su título de Doctor y a los veinte y un años fue ordenado de sacerdote. debido a la cesión de la isla y a la entrada de Toussaint Louverture en la parte española. donde el obispo de aquella diócesis le nombró para el curato de la parroquia mayor. que ésta se celebró con inusitada pompa. En la Congregación de mujeres piadosas que él fundó. figuraba como funcionaria principal doña Margarita del Prado de Uribe. En esto murió el padre José y el duelo fue general. tan caritativo. Al cabo de algunos meses. hombre recto. un teniente coronel español hizo esfuerzos inauditos para obtener la mano de Margarita. Todo se arregló de manera que para no dar qué decir. tan en auge entonces en esta llamada Atenas del Nuevo Mundo y de la cual era profundo catedrático en ciencias teológicas el padre José de la Calzada. Estuvo en la Habana y no hallando allí colocación. pero sólo iba éste con su hija Margarita. alcanzó alto puesto en la judicatura y Margarita llegó a ser la niña mimada de los salones. continuó el padre José visitando la casa como antes. que le preguntaba siempre la causa de esa preferencia. Fueron a Santiago de Cuba. como otros. Corrieron los tiempos y Felipe Belgrano. que pasaba por hijo de los esposos Belgrano. yendo a establecerse en la isla de Cuba. tan humilde. ocupaba ya posición distinguida. A ésta. La madre fue la que en aquella noche oscura. cuando ya de regreso de España don Félix del Prado. El año 1801. había muerto tres meses antes.

hiriéndose con furia. con los ojos saliéndose de las órbitas. Opinaron los galenos que moriría. se arrojó a los brazos de su madre. quien. ante la revelación del secreto de su existencia. yendo a romper con grande estrépito varias botellas de ron en el aparador de la próxima cantina. ante la imagen del Redentor. atravesándole por la espalda el corazón. y algo como el soplo de la locura pasa por su espíritu. para mí y para mi pobre Margarita!  Pasó todo aquello rápidamente. Dios mío. Vetilio Alfau Durán. Rápidamente empuña su espada. y sólo unos cuantos jugadores Este cuento se consiguió por cortesía del Dr. hizo doña Margarita la relación de toda su vida pecadora al padre Felipe. novela –1917–. entre los estertores de la agonía —¡Perdón. De Pura Cepa: narración –1927–. *José María Pichardo: Periodista. porque ocurrió ya de madrugada. derramando ambos copiosas lágrimas en medio de la más profunda emoción. abre con cautela la puerta y presencia aquel cuadro que creía de aterradora realidad para la ofensa de su honra. pálido. Solos ambos en el amplio aposento. desde la pieza contigua. Y el secreto pavoroso quedó sellado con las lápidas misteriosas de tres tumbas en la necrópolis de Santiago de Cuba!1 JOSÉ MARÍA PICHARDO (Nino) (N. murmura.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Doña Margarita iba a tener el primer hijo de su matrimonio. aterrado. Fue el padre Felipe a recibir la confesión general de la enferma. quedó muy enferma. vacilante. contempla aquel cuadro. –¿Tú hijo?… Y atónito. lo perdió. y Tierra adentro. Los comentarios diversos y contradictorios fueron el tema de todas las conversaciones durante mucho tiempo. El proyectil rasguñó el robusto cuello de José. de cuentos: Pan de Flor. y un día estuvo grave. sobre cuyo rostro saltó la sangre del padre Felipe. 1 167 . y cayendo a los pies del ensangrentado lecho conyugal. hiriéndolo mortalmente. y se avanza sobre el sacerdote. El incidente sobrevino tan rápidamente que nadie pudo intervenir para evitarlo. los sollozos y los ayes. Sin pérdida de tiempo Paniagua le hizo fuego a su agresor. Al mismo tiempo Paco Marmolejo arrojó las barajas al suelo y desenfundando su revólver le hizo un disparo a quema ropa. Pocas personas lo presenciaron. mezclada de alegría y de pesar. cuando llegó el momento de dar a luz. exclamando: —¡Muere! ¡Infame! ¡Traidor!… Doña Margarita. y se la dispuso para la confesión y recibir los auxilios de buena cristiana. 1888)* El forastero José Paniagua se levantó de improviso de la mesa de juego musitando algo por cierto no muy agradable. Al oír el coronel Uribe. Vuelve entonces la punta de la espada hacia su pecho. hace esfuerzos para levantarse y grita: —¿Qué has hecho? ¡Has matado a mi hijo!… —¿Tu hijo?… exclamó el coronel Uribe. De resultas del alumbramiento. ve que su esposa cae también exánime. Autor de un v.

y allí se instaló. para el caso de que sean llamados a declarar. Poco después perdíase en las sombras de una callejuela vecina. distintas clases de frutas. Jinetes en potros briosos corren de un lado a otro. tardíamente. ni dijo una palabra. Como medida de precaución se alejó de las casas de juego. Se nota en todas partes un ajetreo de colmena laboriosa. El río Sonador. amigos –dijo José guardando su revólver–. había matado a tres hombres en el curso de su vida tempestuosa. y le colocaron cerca de la cabeza una vela encendida. lo sojuzgaban. José Paniagua. nunca visitó la cárcel por más de un mes. habichuela. tenía gran prestigio entre las mujeres. José Paniagua se retiró con serenidad por la puerta del patio. maíz. Un año más tarde el poblado de El Carrizal tuvo el honor de ser elegido por José Paniagua como sitio de su residencia. a la falda de una alta loma poblada de pinos. arroz. en la remota sección de El Memizo. espléndido. buen bailador. de malas leyes y de algún padrino influyente en la política. jugador consuetudinario. con sus alternativas y azares. no en busca de ganancias pecuniarias. acuden de las secciones vecinas y de los parajes próximos innúmeros campesinos a vender los productos de sus afanosas labores: café en grano. —Ustedes vieron lo que ha ocurrido. en la casa de la viuda Gonzalito. En los días de mercado. Se ven mujeres vestidas con 168 . y. hombre belicoso. construidas de tablas de palmera y techadas de hojas de cana. de aguas claras y rumorosas. José se dedicó a la compra de productos agrícolas. proporcionándole medios honestos de subsistencia. amante de las fiestas. valiéndose de artimañas. Recuerden los detalles de este desgraciado suceso. con encantadores paisajes bucólicos. levantando el acta correspondiente. El Carrizal. sogas y cuerdas fabricadas de pita. Su personalidad dominante le había granjeado muchos amigos. Presenta un bello panorama. Las autoridades del lugar –el alcalde pedáneo y un agente de la policía– llegaron como siempre. ubicado en un pequeño valle. raspaduras. galanteador y buen tipo. En su vieja guarida de Los Mameyes no se le volvió a ver. Él jugaba. en una extensa enramada con amplio patio. árganas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS estaban cerca y ninguno de ellos se movió. El cuerpo del muerto fue cubierto con una sábana en el mismo lugar donde cayó. cansado de vivir escondido. José se ocultó en los montes y luego se fue a otro lugar lejano. He matado a Paco en legítima defensa. que eran. Nadie lo siguió. ofrece un aspecto pintoresco. recados de montar. Después del trágico acontecimiento. sino por el placer de hacerlo. una vez a la semana. todo un primor de juventud y belleza. porque la emoción del juego. y muy pronto el negocio prosperó. Llegan constantemente recuas de animales de carga. llevando una vida cómoda y tranquila. quizá sobrecogidos por lo súbito de la trágica escena. En el centro del poblado queda el mercado público. prófugo de la justicia. especialmente de maíz y habichuelas. sólo tiene una calle que la forman dos hileras de casuchas primitivas. El Carrizal se anima en los días de mercado. Locuaz. corre cerca entre bosques de pomarrosas y gigantes jabillos. Y ya lo saben: a mí no se me puede ganar con barajas marcadas. encaminándose donde acostumbraba a dejar su caballo. tabaco en rama. macutos y serones hechos de hojas de palma cana tejidas. quien poseía el gran atractivo de tener una hija. su debilidad más grande. aunque no de oficio. miel de abeja. lo atraían. según él mismo decía.

suficientes para alojar con comodidad a la población escolar de El Carrizal y de las secciones cercanas. que se usa como combustible. Y él mismo se asombraba del espíritu de ahorro que lo dominaba. Él no se había preocupado nunca por ningún peligro. Tiene un anexo donde se reúnen los moradores del lugar. ocupa un gran espacio llano. en ratos de ocio y a primanoche a jugar naipes y dominó. de ojos tentadores. detrás de frondosos mangoteros. ni malgastaba el tiempo o el producto del trabajo. En la gallera lo engañaron un día con un gallo untado. con depósitos para la madera cortada y secada al aire libre. donde crecen lozanos rosales. riñen gallos. hechas de madera de pino y techadas de zinc. Abundan las mozas apuestas. Las casas de los trabajadores y empleados. y el pregón de las apuestas. a ventilar asuntos y a concertar negocios. –díjole un día a la muchacha–. Se levanta el templo en medio de un prado risueño. y presiento que me estoy enamorando de ti. situado a un kilómetro de distancia del poblado. se escuchan desde lejos. Así. Alicia ejercía en él una influencia irresistible. Le había hecho modificar su manera de pensar y vivir. cuyas suaves fragancias se sienten desde lejos. 169 . En la gallera. se limitó a dar las gracias por la negativa truculenta en vez de armar la camorra acostumbrada por lo que él consideraba un insulto intolerable. gigantescos girasoles. abundan las azucenas y lirios silvestres y gardenias. forman contraste con las otras viviendas rústicas. obligado a adoptar un nombre falso. desde que comenzó a dedicar sus pensamientos y sus atenciones a la hija de la viuda Gonzalito. alegres y bailadoras. —Yo soy una especie de abejón. creo que lo mejor es que conozcas algo acerca de mi permanencia en El Carrizal. y en un baile cuando le negaron una pareja ásperamente. Yo tuve que matar a un pícaro jugador de barajas en Los Mameyes. temeroso de que cualquier otro incidente o disputa revelara su identidad y se reanudara la persecución de la justicia por el suceso de Los Mameyes y tuviera que escurrir el bulto otra vez. Contribuye a la prosperidad de El Carrizal y la instalación de un moderno aserradero. La casa escuela. y las más jóvenes lucen ramos de flores silvestres. El acordeón y el tambor invitan a bailar el merengue cadencioso. con su alto y elegante campanario desde el cual se domina toda la campiña. lo atormentaba. sino en cuenta de cierto suceso desagradable que ocurrió hace algún tiempo. no es porque me guste. con grandes extensiones de grama y un gran huerto donde se hacen experimentos agrícolas. a vivir tranquilo y con recato. que pudiera perdonar una ofensa. El batey. a beber ron y ginebra. diminutas.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II sus mejores trajes. pues. Alicia. con cantores que entonan coplas populares. pero la idea de que era fugitivo de la ley lo perseguía. moderna. El olor de los pinos aserrados impregna el ambiente. que se levanta en una altura donde termina la calle. y no quiso reivindicar su derecho contra el fraude. que se extiende en dos alas abiertas. La razón por la cual me encuentro en este lugar. Se ven montones de aserrín. es el lugar de comercio y atracción más importante de la localidad. con una alta chimenea. llevando algunas pañuelos vistosos en la cabeza. El orgullo de El Carrizal es la pequeña y bella iglesia recién construida por contribución popular. evitando las discusiones acaloradas y pendencias. con jardín primoroso. se alza majestuosa más allá de la iglesia. y por eso estoy aquí. La bodega del aserradero donde se pueden adquirir mercancías diversas. Transcurrieron monótonos y largos los días para José Paniagua. Ya no era el hombre que perdía los estribos a la primera provocación. con aulas espaciosas y ventiladas. y resistir la tentación de enamorar a una mujer ajena. las exclamaciones ensordecedoras que lanzan los espectadores cada vez que un gallo pica o mata a su rival.

—Ninguna –afirmó Alicia–. y el día menos pensado pueden dejarme algo. Si todas fueron muertes en buena lid y no hubo asesinato. He comprado doscientas tareas a los Escotos. —Nosotros comenzamos un pliego limpio—. Tienes que creer mi palabra. —Mi palabra no vale mucho. porque son muy viejos. Esa ha sido la tercera vez que me he visto obligado a despachar a un ladrón. José le prometió no hablar más de un asunto que pertenecía a un pasado ya muerto y que no había razón para resucitarlo. Se deslizaron varios meses y el forastero no se mencionó más. y también te dije que todo estaba olvidado. ni en la casa de la viuda Gonzalito ni en la bodega. No importa lo ocurrido tiempos atrás. pero erró la puntería. En cuanto a matrimonio. Dime. Alicia me ama. No me creerán. puesta la mano en la cacha de su revólver. —¡Soy un tonto! –Se decía a sí mismo–. la besó en la boca. Él oyó una larga historia acerca de un forastero. No hice otra cosa sino defenderme. quien se puso de pie. Seré para ti la misma de siempre. desde donde se divisa todo el poblado voy a construir una casa. tiene que probar que me quieres. pero sin desfundarlo. Las pocas veces que José descubrió algún celo irrazonable queriendo echar raíces en su corazón. Alicia. En la bodega José escuchó un día una conversación referente al hombre de quien Alicia le había hablado. 170 . El extraño visitante era delgado y alto. —Lo haremos –asintió Paniagua–. Luego él habló a Alicia acerca de tan enojoso asunto. que todas fueron peleas rectas. recalcada con perversidad. El porvenir se presenta claro para nosotros. y ella replicó: —Ya te dije que una vez hubo un hombre. mirándolo fijamente en los ojos. y dijo a los murmuradores: —¡Dejen eso y no lo mencionen otra vez! Quienquiera que lo repita le pesará. En lo alto del cerro.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Qué te obligó a matarlo? –le preguntó Alicia. Era un guapo de oficio y disparó un segundo antes que yo lo hiciera. le dijo José–. Lo olvidado. ya eso pasó para nunca volver. —Hablemos de otra cosa—. y repetir el mismo alegato de defensa propia ya me parece una bagatela. José no la dejó continuar y tomándola entre sus brazos vigorosos. diciéndole: –Eres mía y sólo mía. Nunca disparé primero. olvidado está. eso no influirá adversamente en mí. porque ella lo dice así y porque ella lo ha demostrado. cuyo caballo tordillo muchas veces permanecía horas enteras amarrado ante la puerta de la casa de la viuda Gonzalito. con un luengo bigote rizado. Esta sugestión. pero puedes tomarla como oro puro. propuso Alicia. Lo único que deseo saber es si todas esas cosas establecerán alguna diferencia entre nosotros. irritó a Paniagua. Sólo que una vez hubo un hombre… Bueno. Te juro. bien parecido. ¿eres libre para permitirme que te enamore? ¿Quieres casarte conmigo? —¡Libre como el viento! –Exclamó Alicia entre risas–. —¿Por qué no regresas allá y explicas eso? –sugirió Alicia. Besando a Alicia muchas veces y estrechándola entre sus brazos. chiquita. Soy una mujer honrada y eso basta. trotando entre nubes de polvo por el camino real y desde entonces más nunca nadie lo había vuelto a ver… Y maliciosamente alguien sugirió que “quizá Alicia podía dar algún informe. Alicia. si ella deseaba hacerlo”. —No hubo más remedio. —Porque mi nombre luce mal en mis libros. lo alejó. ahora que sé que me quieres. Tengo parientes en el Este. Un sábado por la tarde el jinete misterioso montó su caballo.

José se detuvo en medio del camino. Alicia y su acompañante vacilaron un momento y luego se encaminaron hacia el sitio donde José acechaba. trató de mantener el equilibrio y cayó de bruces. y vete pronto. apuntando bacia el hombre que acompañaba a Alicia. dispersándose. Entonces su mirada se detuvo en un pedazo de papel blanco clavado con un alfiler sobre el paño de la mesa del comedor. José tenía el dedo en el gatillo. El ruido de un disparo de arma de fuego se repitió. Lo desprendió de un tirón. dos figuras humanas aparecieron en el umbral de la puerta de la casa de la viuda Gonzalito. Déjame recado para donde irás. Paniagua se deslizó entre los matorrales cercanos. dijo José en voz alta y un íntimo regocijo lo invadió. caminando despacio. y una sonrisa de inefable ternura asomó a sus labios cuando se encendió en una de las ventanas de la casa una luz como un pálido luminar. Al doblar un recodo. El crepúsculo comenzaba a purpurar las nubes sobre las lomas. Un momento después José salió de su escondite. vio de lejos la casa de a viuda Gonzalito. Ambos reían alegremente. Y cuando ellos se acercaron. Lentamente José levantó la escopeta hasta que el cañón reposó sobre una rama próxima. Una columna de humo blanco y ligero fluía de la escopeta de José. porque yo 171 . El cañón de la escopeta de José describió un amplio círculo. Su boca estaba seca y su respiración era anhelante. en dirección de la pareja que se alejaba. con risas ocasionales. —Es Alicia que me espera–. retumbando en ecos prolongados por el valle y las lomas. Sólo se escuchaba el mecánico tic-tac del reloj de pared y se sentía el grato olor de la cena ya dispuesta. y el corazón le dio un vuelco. José notó que el compañero de Alicia era todo un buenmozo. —¡Es él! –Exclamó José–. Él ha venido a hacerte preso por el hombre aquel que mataste en Los Mameyes.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Una cálida tarde del mes de agosto regresaba José por el camino real cansado de un largo día de trabajo infructuoso en una cacería. ocultándose en atisbo. huyendo en dirección del aserradero. La pareja pasó a veinte pasos de distancia del lugar donde José vigilaba. Decía: “Querido Pepe: Volveré tan pronto me sea posible. Uno de los brazos del hombre ceñía la cintura de Alicia. Es el forastero que vino en busca de Alicia. En su rostro se podían leer los efectos turbadores de la tragedia acaecida. estrechándola en apretado abrazo. rehuyendo la boca ardorosa que se empeñaba en besarla. Mientras José permanecía como petrificado en el camino. ese es su potro tordillo. hasta que logró desasirse de los tentáculos que la aprisionaban. Él se detuvo para pedir un vaso de agua. Hablaban en voz baja. José llamó en voz alta. y ella luchó con bríos por escapar. acercándose a la lámpara para leerlo. encaminándose hacia la casa de la viuda Gonzalito a buscar su montura. El caballo del forastero lo saludó con un relincho y él acarició su grupa al pasar. Dentro de la casa reinaba el silencio. Repentinamente el forastero se detuvo y atrajo hacia él a Alicia. Una era Alicia y la otra un hombre alto y delgado. No hay duda. lleno de confusión y temor. En ese mismo instante el forastero dio media vuelta. Salí a dar un paseo con un agente de la policía. y entonces notó que un caballo estaba atado junto a la puerta principal de la casa. Ya cerca de la casa. echando sangre por la boca. y su bigote luengo y rizado. pero descubrí quien era y lo que buscaba. Nadie le respondió.

porque fue levantado por los abuelos. flaco. los bueyes de una plantación extranjera sacaron a la vieja de su fundo. en medio del estruendo. de ese tamaño. –”Llévate su caballo. porque el tuyo está lejos”. Autor de cuentos publicados en periódicos y revistas. más viejo que el hombre que habitaba en él. como se ponen los pericos *Fredy Prestol Castillo: Licenciado en Derecho. Recuerda en la fiebre la casa del Notario. D. cargado de cruces como templario. dice estas palabras: —Perdóneme la Cruz de Mayo… esto es cosa de blancos… Entonces recuerda que es hijo de esa misma tierra. los veían los ojos hundidos de la vieja. propios del verano de San Juan. Las tierras las vendió su tío Leonardo. Ha sido juez. Pero ahora. Bueyes y mayorales siguen adelante como aguas descauzadas. cercas descuajadas como por obra de un terrible meteoro que asolara a tierras y hombres. el que subió a la Cruz por los justos. acaso por el hambre y las fiebres que tenía. El desalojo es una vorágine. Los bueyes desalojan de la tierra a los que nacieron en ella. hace tiempo. casi niña. como sangre. Un día vendió las tierras de la sobrina. graduado en la Universidad de Santo Domingo. sonar de látigos. Después vendió las pocas de él. Se quita el sombrero de anchas alas y. FREDY PRESTOL CASTILLO (N. boardilla oliente a papel viejo y a posturas de murciélago. 1913)* La cuenta del malo Marcelina perdió su fundo y su cacaotal y apenas sabe cómo fue. en aquellas épocas los bueyes fungían de diligentes alguaciles. con las manos en el pecho. lenta. rezumaba un líquido rojo. Todo es grito. como rostro de juez. –Alicia. ahí se detiene el negro que arrea y asusta la manada. Es Leonardo el endemoniado. La tierra queda asolada. desgarrado. El cielo era impasible. P. los campos de yuca. Así. el arbusto de piñón y las cruces caídas. Se arrastra de bohío en bohío implorando un pan. Quizás. raíces arrancadas. apenas quedan el calvario donde se evocó siempre el martirio de Cristo. Ella está segura de que allí no habló nada. con soles fuertes. Actúan hombres y bueyes. Decía Marcelina que era la sangre del Señor Jesús. el Leonardo la llevó a la Notaría. los ojos penitentes fijos en la tierra. la tarde es melancólica. las calmas de la fiebre la llevan a desandar el tiempo y recuerda que un día. Lo pisotean todo y lo destruyen todo. Ahora sólo tiene la tierra del camino y un bordón rústico. mientras de lo alto lo castiga un sol fuerte y un cielo impasible lo mira con ojos de desprecio. sola. Del fundo.  Un día.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS no puedo entretenerlo mucho tiempo”. Recuerda la Notaría. El “piñón” del Calvario que está frente al rancho. Sólo quedan árboles aplastados y ranchos quemados. Cuando llega frente a las cruces. y los bueyes eran grandes “como las lomas”. 172 . el viejo que se arrastra como rana y anda vestido de estameña. y hasta derriban los cacaotales cuando los acosan los mayorales y los caminos entre las plantaciones son muy estrechos. Destruyen los maizales.  Junio claro. Después. por su fundo también pasó otra manada. porque en el Este.

aunque cambie de dueño. porque le faltan vacas en la cuenta del Malo. ni verano. Pero hay algo más en el rancho: el “quijongo”. No había seca. Recuerdo las gruesas venas que rodeaban su cuello de pájaro como jirones de soga pardusca. el que le vendió sus tierras a ‘“los blancos”. en las tardes. y se las cobra… Y ahí anda cargao de cruces… “Nos vendió a toiticos y después vinién los bueyes a desalojarnos como a intrusos…  173 . como las hormigas sobre un pastel enorme. al venir la noche.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II cuando no hay maíz en los conucos. lenta como el arroyo del paraje. para pagá la deuda. el Malo vino a buscar su novilla y la rabisa de añojos que le pertenecían. ni cuaresma macho pa el Leonardo. de largas zancas y caminar lento y grave. No le quedó más que maldecir al Leonardo mientras huía a las reses que colmaban la sabana y que treparon los riscos y altozanos hasta la cúspide de las lomas. Su campo siempre verde y muchas cabras y bestias sueltas. desde los padres. En el rancho no hay ajuar. El potrero parece una gigantesca hoja de lechuga tendida de loma a loma. con el cual el mocetón. cuando pasan las perdices. Pasó la fiebre. Acabó vacas y bestias y tierra y too… Y tuvo que poné las onzas donde se había comprometío con el Diablo. ni sieteá… Al Leonardo le sale el Diablo por toas partes: en los conucos.  La tierra. Desde el camino la ven los ojos casi apagados de la vieja. A veces la vieja mira sus tierras perdidas. canta cantos melancólicos a la cruz y al Señor. ni comé. la vieja del fundo. “Lo malo es que todavía debe. acaso. la historia del Leonardo. Y se la cobra. y entonces monologa: —Me las dio el Señor y me la quitan hombres… ¡Alabado sea Dios! El Leonardo anda como rana. y allí se está en espera de su hijo que trabaja en la nueva finca. donde corre una sangre cansada. Es castigo del Señor. a la entrada de los caminos. No podía dormí. Cada sábado el mocetón viene al rancho con unos cuartos redondos que le caben en el bolsillo menor. de siglo en siglo. Pero quiso también engañá al Malo y cuando venció la fecha del trato. donde hubo plantaciones de cacao. Y otra vez repite: ¡No! No fue el señor don Manuel. su dueña. en las lomas. es como la yegua que relincha frente al amo que la crió. ¿Pero y qué? Ese mismo es el buen señor don Manuel ¡El señor don Manuel es bondadoso y ha bautizado a dos de sus hermanos! ¡No! ¡No pudo ser él! La fiebre lleva al delirio. a la vera del río… “Tuvo que vendelo to. ¡y Marcelina todavía pará!…  Una tarde me contó. —Tenía el Leonardo tratos con el Malo. Si tuviera palabra. ahora son potreros inmensos. Usaba leontina y chaleco y su cara semejaba un pájaro picudo. Allí los toros son más amables que los capataces. desde los abuelos. Y tenía la abundancia en su bojío. El pilón tumbado es el único asiento. Marcelina levantó su choza pajiza en el camino. Y cono siempre. esta tierra aclamaría a Marcelina. a la buena de Dios. las tres cruces y el arbolillo de “piñón” en todos los caminos del Seibo. ¡Y he aquí que el Leonardo había vendío el ganao y enterrao las morocotas!… —Desde entonces el Malo le salía por toas partes.

Volvía después de las comidas. Las cruces son la obsesión de su locura. Su ánima apenas tiene reposo. y cruces en el patio. a base de salazones y de azúcares. lo que nadie quería de unos pucheros miserables. cargado de cruces. Allí fenece lentamente. arrastra su mendicidad. claro. De noche le cerraban la puerta y tenía que dormir a la intemperie porque si se colaba para descansar en algún rincón se le echaba a puntapiés y con palabras que debían tener un significado terrible. abandonado por todos. Escuché los saludos al pasar el río. nada: los desperdicios. reza. 174 . mascullando rezos inútiles. y uno como silencio de tribunales cuando el juez va a dictar sentencia. A huir. lo que sobraba. comía. Licenciado en Derecho. acaso inútilmente. Amaneció en la sabana bañao de azufre y mordío de perros… Ahora le pagó su cuenta al Malo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Por los caminos de La Candelaria. —Ahora vamo a Magarín a enterrá a Leonardo Catedrá… . Me parecía una Diosa miserable. lejos de todo y de todos. sólo dijo estas palabras: —Es que Lucifer da la riqueza… pero la dicha. lejos de donde las mujeres lavan la mugre del fuerteazul. Hablando de la tragedia de Leonardo. o algo así como la buena bruja de la noche que ya emborronaba la sabana. En la puerta del rancho estaba. El viejo loco. la antigua tierra de Marcelina. las manadas inocentes de los crímenes de los hombres pacían tranquilamente los abundantes forrajes. El rancho del endemoniado se columbra desde lejos. entre atisbos y sobresaltos. pues le robó su novilla…  Volví al fundo de Marcelina cuando retornaba con mis ganados. Suyo. Leonardo Catedrá. como si fuera un robo. Lejos de donde llenan las potizas y las alcarrazas de uso familiar. abandonado al final de la inmensa sabana. siempre el hambre y un no explicado sentimiento le obligaban al regreso. La conseja afirma que la visión del Demonio le obsede sin cesar. reza. con libertad de posesión a medias. Entonces. reza. graduado en la Universidad de Santo Domingo. ¡sólo el Señor! JOSÉ RIJO (N. Todo un jardín de cruces delante del rancho. Una fila de hombres cabizbajos llamó mi atención. en total. Luego. sin tiempo para beber en las regolas que cruzan el poblado. Aun el agua tenía que beberla a prisa. Todo cuanto hacía estaba mal y ni siquiera se le criticaba en un lenguaje que pudiera entender.  Cielo del Seybo. 1915)* Floreo La casa era cada vez más hostil. En la finca próxima. pero el hambre. sereno. hasta de los muchachos barrigudos y enclenques que en la sequedad del paisaje jugaban con los caños a los ríos crecidos y a los barcos de vela naufragando. Vive solo. No sabiendo cómo corregirse se tiró a las calles. otra vez la calle. Ese día yo iba en pos de mi ganado extraviado. raída y serena. Muchas veces se internó en los roñosos guazabarales para buscar un poco de sombra o un camino que lo sacara de aquel *José Rijo: Es autor de cuentos no impresos en volumen. La visión es tétrica. los refajos sudados y los pañales de las paridas y los recién nacidos. sólo tenía el monte.

luego. Tuvo miedo y huyó. Rasando el suelo. El tiempo lo adaptaba a este vivir distinto que miraba pasar desde la puerta de su señor ocupado en números y planos. De un lado estaba el mar sonoramente rugidor. ni término posible. voces que hablaban aquel lenguaje odioso con que le echaban de la casa cuando quería dormir o robarse un bocado. Cuando despertó estaba tirado en un cuartucho miserable. Al reclamo. Era carne. Su misma agilidad lo abandonó. insistentes. Tanto sigilo hubo en su modo de acercarse. menos aquella en que cambió su vida. por otro. le gruñeron con malsana intención. corriendo con sus últimas fuerzas hasta dejar atrás el camino en donde nunca había encontrado ni techo. El colmillo de uno de esos canes con sarna y pelumbrosos lo había herido. la frontera amalgamada de casuchas pajizas y edificios de presuntuosa jerarquía oficial. Lo supo una noche que un grupo de perros sucios y canijos. pero la voz de un centinela voceó amenazante: —Otra vez esos malditos perros. Se iba poniendo flaco. que Floreo no supo si gruñir o menear el rabo. Cambió de dirección. borrosamente habría recordado cómo se le acercó aquel hombre. Y así los días y las noches. luego sobrevino el sueño. uno se le acercó con el respeto humildoso de los perros realengos ante la gente que se baña y viste ropa limpia. Por entonces su único pesar era la añoranza feliz de la casa lejana. Pero ya sabía que tendría que esperar mucho para salir de Pedernales. y los perros ociosos que odiaban su limpieza y su raza. a flor de piel. un tanto cariñoso. quizá en un campamento de cazadores o ladrones en la mitad del monte. correspondió obediente. y el patio enorme en donde su presencia era el mejor guardián. El edificio de la Fortaleza estaba cerca. Desde muy lejos había llegado a Pedernales. y siguió corriendo. lo olió. No dependió de él la docilidad que lo embargó. Así. se oían los tambores de una fiesta de luá. Los ojos antes brillantes. cualquiera le pega un tiro al primero que se acerque. rompiéndose siempre en la amenidad de sus olas bravas que se amansaban luego. quizá más allá de la frontera. y en el poblado los ladridos que anunciaban lascivas correrías de los perros bajo la luna sencilla y alta del cielo verdeazul que mira a Pedernales. ¿qué? El no era más que un perro. dejaron de seguir a una perrita renca y preñada para volverse contra él. Ya casi ni quería el regreso: era holgada la vida sin nada que guardar ni nadie que robara. Sólo había un camino y lo había emprendido muchas veces para volver siempre cansado de no hallar ni casas ni personas ni término posible. sin más verjas que el lindero del campo abierto a cielo y sol. se adormilaban en la opacidad de las pupilas que nunca alumbran una sola alegría o la humedad del llanto. Como siempre. Ni los perros ni muchos hombres pueden advertir detrás de cuál placer está el doblar del destino. Si lo hubiera tenido que referir. y lo siguió hasta no supo dónde. ni personas. Quizás todavía lo estaría pensando si no le hubiera puesto sobre el mismo hocico. y comió. Lo llevó el amo para su compañía. Ahí podría refugiarse. pero un perro distinto. dio una vuelta a su alrededor. La esbeltez de su raza se reabsorbía en la osamenta de su esqueleto casi desnudo. Floreo no pudo reaccionar al efecto del regalo apetitoso. un envoltorio de inevitable tentación. Lo demás no le importaba. por culpa de las miradas torvas que le negaban un mendrugo. del hombre que le ofreció la cena inesperada. hechas espuma y piedras de colores. tenaces. 175 .SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II sitio. Lejos. Debía ser un maestro del gateo y el asalto. torció el cuello hacia los otros y todos a una se le abalanzaron. Después de todo. Y se hizo un vagabundo del monte y los caminos. Detrás corría la jauría hambrienta ladrándole con furia.

Y surgieron comentarios. la misma que no le quitaban sino en las horas del nuevo entrenamiento. Mucho se prolongaron los días de enseñanza sin que Floreo supiera matar la presa mansa. todo volvió a ser un horno cociendo piedras y tostando espinas. Era un borrego de buena carne perseguido de cerca por una traílla de monteo y le cogió la delantera. Floreo lamió la yerba y la tierra hasta la última gota de coágulo. Lo demás. —Mira. era el hombre de la cena. Era su hora de comer también y le espantaron de nuevo amenazándolo con piedras y con palos. nunca aprendió a robar. Por eso era ahora un perro cimarrón bajo la ley del monte. como en aquella noche en que todavía las piedras quemaban como el sol que ardió sin tregua durante todo el día. Meneó el rabo. Zombí— y ése no era su nombre. ese perro es de alguno que anda monteando por aquí. Desde su cueva oía el rastrear de las iguanas y el seseo de las culebras mudándose a otros sitios en busca de aire o de rocío. Un día uno le gritó: —Zombí. que los perros mondaron hasta dejarle la osamenta inútil aun para otro perro. De haber sido un hombre habría llorado como lloran los hombres. A veces. Mordisqueó la cabeza y la dejó. Sólo eso quedó y el estiércol que regaron los perros al pelearse por las tripas y la panza repleta. —Eso voy a hacer –dijo uno que tenía una escopeta terciada. Tenía hambre y sed. —Quitémosle el chivo. Después. dando su aliento para que el cactus siguiera verdeando y las bayahondas cuajaran las yemas de sus flores moradas. Cayendo la madrugada hubo un momento de humedad. era poca el agua o difícil la caza. logró desjarretarlo. Las orejas y el instinto oyeron. Ya era en todas partes el intruso. —Un perro cimarrón. el paciente que va y que viene sin destino. desesperado. Eso y un rastro de sangre sobre la grama pobre. —Sí. Y lo dejaron libre por inútil. Esquivando el testuz del animalejo. Era sencillo. Nada ni nadie a quién brindarle un poco de gratitud. Pronto estuvo el animal descuartizado y metido en un saco. pero él era un perro… 176 . Un paisaje sin cambio que se animó de pronto por un rumor extraño. lo mismo que la piel. Fue un bostezo de Dios. ni siquiera el derecho de manifestarle a alguien la cantada fidelidad en los seres de su raza. escurriéndose allá y mordiendo aquí. pero hay que matar el perro. el deseo de otro perro o de una mano amiga venía a su recuerdo como a los hombres llega la nostalgia del país natal no visto desde niño.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Fue al querer salir cuando comprendió que en su cuello había una soga. Y no hubo necesidad de dispararle. Desde ahí miró desollar el animal y tirarle las vísceras a la jauría hambrienta. Para complacer al nuevo amo le habría bastado imitar los otros perros: descubrir el pasto de los rebaños y echarlos poco a poco a los lugares de apresamiento fácil. luego. Y ahí estaba el borrego casi motón aún. Floreo conocía esta vos y a este hombre. pero extraño a sus costumbres. ¿qué importa? Lo echaron hasta los matorrales. el dolido. ¡Cuánto hubiera agradecido que dijeran Floreo!. pero nada. Y volvió a la casa que se le hizo hostil porque ya el amo de los planos y los números no estaba en Pedernales. ¿y qué? Espanta el perro y llevémonos el chivo. Educado para saber guardar. Al verlo manso la gente reanudó el comentario. una dentellada al cuello. Había presencia de chivos. Al marcharse sólo dejaron la cabeza del chivo. olor de hombres y perros. Los perros y los hombres en la presa miraban la propiedad ajena. —Bueno. sobre todo cuando el calor arreciaba. le brilló la alegría.

parte de alguna nube escapada del cielo antes azul y limpio. La vida del mucaral. Ya no era Floreo. sin más destino que las rondas nocturnas y un mendrugo tirado. Tronquilis llevaba casi constantemente la palabra. Luego vendría el sol. y al inclinarse a un pozo. vuelto un perro cualquiera. dormía en una perrera con abrigo y jugaba en las alfombras con los niños. zapotes. Acompañado siempre de la mujer y no pocas veces de algunos vecinos de su calle. Doctor en Derecho: Elementos de Derecho administrativo (1939). Eso era él… Un perro como todos. sin lana. Como la gente del viejo Pedernales. Y seguía bajo el chaparrón tirado de limosna a la sequedad del mucaral y los cambrones. contundente. De las cuevas salían las iguanas con las sierras dorsales listas a destrozar una presa para el día. de J. era un perro cualquiera. Ya.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Quizá lloró mientras gacha la cabeza. levantó alto el hocico. un perro cualquiera. retrocedió espantado. De entre saltos y embestidas. ML. Narraciones dominicanas (1946). En el fondo del agua estaba él. rumores y gruñidos de fiera. El no quería ser eso: siempre sería Floreo. el perro de salón que comía helados. El agua limpiaba todo rastro y la sed lo maneaba. su hambre. Pronto el sol evaporaría el agua. El Brigadier Juan Sánchez Ramírez –ensayo histórico– (1944). Iba a beber para seguir el rastro. Harto como las bestias buscó otra vez el agua. *Obras de M. 177 . piñas y otras frutas de esta zona. salió la iguana muerta. y las culebras tentaban el ambiente con sus bífidas lenguas azuladas. al revés de él. guayabas. desgarbado como los perros que corren tras las perritas rencas y pulgosas en las noches que platea la luna. Negras nubes se arremolinaban y un viento de polvo y hojas secas volaba por el inhóspito paisaje. Un chubasco de prisa. husmeó de nuevo tras el rastro de los hombres que se fueron. El calor seguía subiendo. dio un aullido distinto a todos sus aullidos y emprendió una carrera sin dirección entre los matorrales husmeando en el viento un nuevo Pedernales. ¿Quién como él para ver claro? Y lo cierto es que en ocasiones empleaba al platicar una lógica asombrosa. De pronto comenzó a lloviznar. cuando desde una cueva la sierra de una iguana le asaltó amenazante. Se detuvo. después de la cena. luego la harina de agua se tornó aguacero. Quería hartarse con los ojos cerrados en algún hoyo hasta oír su propio estómago desplazando los gases. Fue Presidente de la República. que mira a Pedernales. y se miró de nuevo temblando ante aquel perro que retrataba el pozo. Y se convenció de que debía seguir las huellas de aquellos hombres y esos perros. tomaba asiento en su silla rústica. como algo que se da a disgusto. hubiese calentado los bancos de la escuela. No pudo más. astroso. la de El Conde. del Senado y de la Academia de la Historia. sencilla y alta. TRONCOSO DE LA CONCHA (1878-1955)* Una decepción ¡Qué cosas las de Tronquilis! Era de oírle sobre todo cuando en la prima noche. Anecdotario Dominicano (1942). también el bicho le negaba la comida y el agua y hubo de defenderse. Floreo caminaba arrastrando la lengua. Se lo decía el agua. lo gritaba su sed. a la luz de una vela de sebo y aspirando un oloroso ambiente de guineos. Troncoso de la Concha. su soledad. digna de quien. La azulada barriga vuelta al cielo tiñó de sangre el marfil de Floreo. DE JS. frente al mostrador del ventorrillo. Y apretando los músculos de su flácida carne.

para colmo de males. lucidor de los colores del iris y dispuesto en damajuanitas de cuello delgado y ancho fondo. Había venido a Santo Domingo en busca de fortuna y poco a poco. bajó sensiblemente. una riqueza completa. –exclamaba el pobre hombre. y tanto. con más alma que cuerpo y dos hileras de dientes que parecían querer salirse de la boca. ¿Qué es eso? —¡Mujer! ¡mujer! ¡nos acabamos! Esto no puede aguantarse ya. de la “gente del gobierno”. sin embargo. bravatero de continuo. 178 . Ugenito Lantigua. el “vale” Toribio. abandonó la vida de célibe. Con la mujer ¿quién lo duda? el viento de bonanza que le había estado soplando arreció. Martín “el brujo”. uniendo su suerte a la de una criolla. azuano. embaucador de campesinos y gran tocador de “cuatro”. “Enemencio” Mártir. sin sujetarse. Por grados fue reduciéndose hasta limitarse a una mesa el ventorrillo y la botillería disminuyó considerablemente. “Gollito” Rodríguez. Gracias que el “cuarto reservado” sostenía aún parte del negocio. habían irrumpido del Norte. Por varios años estuvieron la nata sobre la leche Tronquilis y su costilla. Pepito el Indio. “Periquito” Caballero. con tres cicatrices enormes que le formaban una N en el rostro. la confortadora ginebra holandesa Mañana Imperial o el bravo aguardiente Cañete. cogió hasta doce apuradas. el sitio. Veces hubo en que Tronquilis.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Era gallego. pero mucho menos los de afuera. adonde los de la cofradía de saco acudían a saborear el dulce y picante Licor Rosolio. solicitado “maquiñón”. por mal nombre “El Caimán”. a fuerza de economías. Entonces ocurrió algo nuevo: el número de los parroquianos. Habríales augurado cualquiera. capitán de cívicos. con lo cual no pocos se ahogaron y algunos quedaron con el agua al cuello. que no cumplía jamás sus amenazas. A libar en él iban con frecuencia Benito “el gambao”. A falta de tales parroquianos ¿qué habría sido de Tronquilis? Nueve meses llevaba el asedio. seibano machetero. muchacho de la orilla. Un día el gobierno se equivocó ¡quién lo creyera! y para aumentar el numerario hizo llover sobre el país un diluvio de “papeletas”. Ya cuarentón. sin que parecieran dispuestos a ceder los de adentro. el capitán “Apuntinodá”. Porque es de saberse que a modo de irresistible alud. antes de alcanzar una caneca llena. el “cuarto reservado” se vaciaba. en cuarto reservado. muchacha más buena que el pan y trabajadora como una abeja. que saltaba en su corcel. y otros tantos al servicio del gobierno sitiado. el “jefe” Hipólito. Tronquilis entre éstos. montecristeño. insustituible diluidor de penas. A los diez meses llegaron al oído del desventurado negociante rumores de capitulación. ¡Cómo que ya cada copita de Rosolio salía por un ojo de la cara y la caneca de ginebra se había subido hasta las nubes! Y a todas éstas. más malo que coger lo ajeno y encabezador habitual de cencerradas. que allá en Santomé cortó de sendos tajos la cabeza a dos “mañeses”. llegó a reunir unos realitos. coplero y soldado. que de dos subieron a cuatro las mesitas de frutas y hasta dieron las ganancias para establecer una regular venta de licores. para la vuelta de algún tiempo. ¿Qué más sino persistir en el trabajo y economizar cuanto se pudiera?  Los tiempos cambian. El gallero y su mujer comenzaban a desaparecer. las más grandes candeladas de San Juan. ¿Duraría esa situación toda la vida? Por otra parte. Tronquilis estaba descorazonado. del Sur y del Este los revolucionarios del 7 de julio contra Báez. “Toñico” Hernández.

Venía en forma de conspirador urbano. —Ya sí se cuajó– murmura con visible gozo. Tronquilis y su consorte no son ajenos al bullicio de la urbe. hablando. dio rienda suelta a su palabra de revolucionario convencido. mientras Tronquilis. En la del Arquillo y más aún en la de El Conde la animación es grande. que vienen a aumentar aquella continua circulación de gente. su desesperación inmensa.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Una mañana. Filas desordenadas de hombres y muchachos por la acera y variados grupos por en medio de la calle. salió a la puerta. —¿Qué pasa? Es que va a entrar. con cara de jugador afortunado. cuyos movimientos producen ondulaciones. Después. la esperanza sonrió en la casita de Tronquilis. cada vez más grande. unido a ello una gritería confusa. luego que el otro desahogó su pecho. sin embargo. Una avalancha de curiosos ha invadido la acera para abrir campo a un caballo que corcovea. en que todos hablan y casi nadie entiende. un verdadero mar de cabezas. Cuando le aseguro que ni en el paraíso vamos a estar mejor. A poco el hombre se marchaba. El matutino visitante. Asómase a la puerta la mujer. Váse ella un tanto atemorizada hacia el interior de la casa. Despáchate pronto que… No puede terminar la frase. que acudió a “tomar la mañana” allí. triunfante. viene de adentro para afuera. No había pagado la “mañana”. y cerciorado ya de que sólo Tronquilis y su mujer habían de oírle. cuando el alegrón de Tronquilis compensaba con creces el gasto?  Algo extraordinario ocurre en la ciudad. Alguien. Cada vía transversal es uno a modo de tributario de donde afluyen sin interrupción grandes y chicos. la Revolución. 179 . “como un veintisiete”. oyó las cuitas de aquellos consortes. Tal al menos habría cualquiera leído en la cara placentera que ambos tenían mientras el visitante peroraba. —Ven Tronquilis –dice–. ya están acercándose. se dirigen incesantemente al extremo oeste de la población. —¿De suerte y modo –observó Tronquilis a su interlocutor cuando éste hacía un paréntesis para trasegar en el estómago “tres dedos” de ginebra– que pronto cambiarán las cosas? —Pues ya lo creo que sí –repuso el conspirador–. pareció reflexionar. levantando a su paso nubes de polvo. quién sabe si no pasa ni una semana. cada vez más compacta. Al pie de la Puerta del Conde. a medida que la multitud avanza. dirigió escrutadoras miradas al Oriente y al Poniente. Inusitado movimiento se nota en sus calles principales. mas ¿qué falta hacía. —Y dice usted que… —Lo que le digo: que son gente nueva y buena y que usted verá cómo del infierno vamos a la gloria con zapatos. Antes bien ha querido él celebrar el fausto acontecimiento con su ropa dominguera y debido a tal circunstancia se halla todavía en el aposento cuando la avanzada revolucionaria está llegando al Rastrillo y en lo alto de El Conde suena un largo redoble de tambores. a manera de explorador del terreno. Mucho les habló y algo muy bueno debió de ser. va formándose una masa humana. gesticulando. su falta de fe en los días cercanos. —Pero… ¿y eso se dilatará mucho tiempo? —¡Qué va! ahorita mismo. es gente nueva la que viene y con muchísimos cuartos. empaquetado.

vaciló primero en hacerla partícipe de su negra pena. díjole en tono amargo y moviendo tristemente la cabeza: —¡Ay mujer. —Pues señor. si se le comparaba con la generalidad de las de aquellos tiempos. de grave continente. Suenan enseguida en la avanzada otras voces. Tronquilis corresponde al saludo. Natural de Cataluña. Primer premio en los juegos florales del 27 de febrero de 1909. dedicábase a los ramos de quincalla y loza. La apretada hilera de espectadores se lo impide. Me costará ver desde aquí. Tronquilis! —¡Viva el paisano! —¡Hasta luego. Forcejea para abrirse paso. Después. que la vio. huyendo. Pasó la avanzada. “Ugenito” Lantigua… Su mente se pierde en un mar de confusiones. quienes le van saludando son Martín “el brujo”. a tiempo que ella también iba a hablar. la mujer fue a su encuentro. De fortuna más que regular. No quiso ver más. Para cerciorarse recoge la mirada. Trepa en ella. El almacén de sus negocios se hallaba situado en las proximidades de la Atarazana. siendo muy joven. Nada. Desmorónase súbitamente. se apodera de su silla rústica. mujer! ¡Son los mesmos!…1 El proceso de Santín Don Bernardo Santín era uno de los comerciantes de mayor arraigo de la vieja ciudad de Santo Domingo. había venido a radicarse. que tiene al alcance de la mano. Juraría que aquel hombre es “Periquito” Caballero. con un pie en el estribo y el otro al aire. Ahí viene una guerrilla de francotiradores. Cerca de él. De improviso un jinete de la avanzada.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Intenta salir a la calle. Gollito Rodríguez. volvió al aposento de donde había momentos antes salido. a impulsos de una conmoción interna. ¿Dónde está la “gente nueva”? No vio más. Bajó de la silla entontecido con el desencanto pintado en el rostro y casi maquinalmente. en la capital de la antigua Española. Para poner su resolución en práctica. Tronquilis! ¡Tronquilis. el capitán Apuntinodá gesticula. Tronquilis! ¡memorias a la doña! Tronquilis no entiende aquello. el castillo de sus ensueños. grita estentóreamente. —¡Abur. Luego profiere entre dientes: —Periquito es. de aquel ruido que ya le molestaba. adiós! Entre confuso y afectuoso. Tronquilis. no hay fresco de que esta gente me deje el camino franco. Por encima de la general vocinglería se le oye gritar: —¡Ya si se acabó el mamey! ¡Ahora van a saber lo que es cajeta! En el ánimo de Tronquilis ha prendido la más cruel de las desilusiones. 1 180 . color mulato oscuro. Al ruido de sus pisadas. Sus ojos no le engañan. el vale Toribio. A su frente marcha un hombre. a la vez que agita un pañuelo: —¡Adiós. echando medio cuerpo afuera. Con toda seguridad. Es el jefe Hipólito. diríase.

varios toques dados a la puerta de entrada de la casa de Santín despertaron a cuantos dormían dentro. —Tenemos denuncia de un sacrilegio –dijo el oidor– y venimos a inquirirlo. don Bernardo Santín. ¿Dónde se halla el último cargamento que usted recibió? 181 . una noche. se alargaron para tomar de una mesita próxima la palmatoria. lugar de residencia de varias de las más linajudas personas de la ciudad. advirtió: —¡Cuidado con la puerta.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Creyente sincero. a causa del temblor que agitaba ya todo su cuerpo. inquirió: —¿Quién va? —En nombre del rey. La mujer de Santín. Procedía de Portugal. —¡La Santa Inquisición! Estas palabras llegaron a sus oídos con sonido lúgubre. sin embargo. No pudiendo sostenerla. Don Bernardo no contestó. exclamó entonces: —¡La Virgen de las Mercedes nos valga! Escucháronse de nuevo las voces: —¡Abrid sin tardanza! ¡Paso a la Santa Inquisición! Un tanto repuesto de la primera impresión. El primero en incorporarse fue Santín. hizo luz y fue hacia la puerta. abra seguido. en una casa de la calle del Caño. que lo había oído todo. pero que no había podido articular palabra. nunca había dado motivos para dudar de su fidelidad a la Iglesia. sucedió el miedo. recogió la palmatoria del suelo. principalmente esto último. Después dos más: un oidor y un amanuense de la Audiencia. exclamó: —¿Sacrilegio? ¿Quién? ¡Imposible! —Ya lo veremos. mediante un ligero examen del contenido de los bultos. exacto siempre en el pago de los tributos con que contribuía a las cargas del gobierno de la colonia. cumplidor de sus obligaciones como cristiano católico militante. cerca de la iglesia de Santa Bárbara. Esta vez. amante de las glorias de su rey. compuesta de su mujer y varios hijos. Las mercancías dirigidas a Santín fueron llevadas al almacén. En una de esas llegó al Puerto del Ozama un bujel de matrícula española. que allá vá! Apenas había abierto. Sosteniendo la palmatoria en la siniestra. Todo quincalla y loza. —¿Quién… dice?… –balbuceó. Sus manos frías por el terror que se apoderó de él. No habló. la palmatoria cayó al suelo. Gran parte de la carga venía destinada a don Bernardo. Casi no había occasion de la arribada de un barco en que don Bernardo no recibiese algún cargamento destinado a mantener en estado floreciente una de las líneas de su comercio. ni de su lealtad a la persona de su príncipe. Faltábale aliento. A la intranquilidad de los primeros momentos. poco después de la media. mientras con la diestra levantaba la aldaba. buscando a tientas. Minutos después resonaron los mismos toques. penetraron dos hombres: dos alguaciles. Luego de implorar mentalmente el auxilio del cielo. con voz entrecortada por la impression que había producido en su ánimo aquella intempestiva llamada. Vivía con su familia. Transcurridos varios días.

Desenvuélvalos. A poco. pero por orden de la Real Audiencia. relacionados indirectamente con mercaderes de Santo Domingo cuya identidad no se logró establecer y que la misma nave que trajo las mercaderías destinadas a la proyectada víctima fue portadora de un 182 . Oyéronse testigos. cuya pregunta. Dios mío. Lo que a la escasa luz de la palmatoria y el candil apareció ante la mirada atónita de los circunstantes fue algo que los ojos de don Bernardo Santín no habrían querido ver jamás: el fondo de algunos orinales mostraba en colores una imagen del Corazón de Jesús y otros la del Corazón de María. dirigiendo alternativas miradas a los sacrílegos objetos y al magistrado. que el proceso fue sobreseído. —Abra éste. —¿Está completo? —Tiene que estarlo. Vamos allá. el oidor extrajo de sus bolsillos varios papeles.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —En mi almacén. Se dijo que el siniestro plan había sido concebido y ejecutado por safardíes establecidos en Portugal. Luego de examinarlos detúvose en uno y en seguida examinó igualmente el exterior de los bultos que conteían los objetos recién depositados en el almacén. horriblemente empalidecido. y rompió a llorar como un niño. en realidad. dobló el cuerpo sobre un aparador. —Acabe de vestirse y traiga sus llaves. decía al mismo tiempo: —¿Qué es esto. buscando maquinalmente apoyo como para no caer. apoyándose en los codos. actuando como Tribunal del Santo Oficio. Con la seguridad de quien sabe lo que hace le ordenó a uno de los alguaciles. se le excarceló. Se usó bastante papel. sin remisión posible. no sé… Dio varios pasos con la cabeza cogida entrambas manos. tomando del brazo a Santín. se encaminaron al almacén de éste. los agentes del rey. El alguacil tomó de una bolsa de cuero que había llevado consigo dos o tres herramientas y ejecutó la orden. —Saque los orinales que están ahí. por las lóbregas calles que conducían a la Atarazana. La voz popular afirmó que todo había quedado reducido al esclarecimiento de una trama formada por rivales de Santín. Parece. Ya adentro. desfallecido. respondió: —No sé. Nunca se supo si se llegó a poner algo en claro. Esta vez. no había percibido. llevando a Santín delante. alumbrados por la palmatoria que llevó Santín y un candil que allí había. Don Bernardo Santín. Al menos. en quienes había hincado su envenenado diente el áspid de la envidia y los cuales habían querido perderlo. Tampoco se le descargó. sin embargo. Estuvo encerrado unos días en la Torre del Homenaje. ¡Conteste! Don Bernardo lo miró con ojos extraviados.  Se principió a sustanciar la sumaria. —¿Cómo justifica usted esto? –exclamó en tono grave el inquisidor. contra don Bernardo Santín no se fulminó sentencia. qué es esto? ¡Qué profanación! ¡Esto merece un castigo muy grande! —¿Cómo justifica usted la posesión de esas cosas sacrílegas? –volvió a hablar el inquisidor.

acaso. 183 . Hice un ligero esfuerzo de reconcentración sobre mí mismo. me puse a mirar a la mañana. Y comprendí que había llegado demasiado temprano. ¿Hacía. No había errado en mis cálculos. Él ha sido Rector de la Universidad de Santo Domingo. embajador del país en el extranjero. igual que yo. porque tengo la convicción de que dejé de mirar a la mañana. en el cual se le denunciaba las marcas de los bultos que los contenían. recapacité un tanto. de que todos llevaban maletas.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II escrito anónimo dirigido al Santo Oficio. estaba en Moca. tenía el aspecto de cuarto de enfermo. Lo cierto es que el asunto no volvió a tratarse más y don Bernardo Santín no sufrió ninguna nueva molestia. Era el presentimiento de que estaba cerca de algo insólito. pero que sabe que le ha de matar. a ese desinfectante que echan en los cuartos de los enfermos y que flota en el aire como si fuera un cartelón: –¡Peligro de contagio!– y que el enfermo finge no sentir. *Nota: Los cuentos de Vega Batlle no se han publicado en volumen. iba para Santos. Inspeccioné el carro. y así pude reconstruir los últimos acontecimientos. 1899)* El tren no expreso Yo experimentaba la sensación de que la mañana olía a alcoba de enfermo y que estaba invadida por esa inexplicable tristeza que no tiene causa. hecha de incertidumbres. mientras tanto. Comprendí que eran viajeros. Hasta podría decirse que olía a desinfectante. y debía hacer el viaje en ferrocarril. Sí. Cuando regresé de la anterior reconcentración. el último como debía corresponder a mi humildad. A poco subí yo. Tal vez hubo algún empeño de parte del humo para entrar en mis ojos. Yo había llegado de Santiago. comprobado a priori. sino más bien de un sentimiento. y me llevó a tal acierto el hecho. solo. Sí. en realidad. A poco me di cuenta de que. JULIO A. cuando un afilado estilete perforó mi cabeza. ¿qué hacía yo en aquel andén. me miraban varias personas desconocidas. Nos sentamos. abstraído. y a mi lado. que venía hecho cosa tangible. Nadie se movió en el andén. completamente solo? Bastóme otro ligero esfuerzo mental: yo esperaba que llegara la hora de la partida. etc. pero sólo íbamos seis: un matrimonio joven. Entonces se oyó una voz que dijo: –Los pasajeros que hagan el favor de subir. VEGA BATLLE (N. pero sostenida por hondos presentimientos. Desde la ventanilla. así era. que ahora se había vestido con el humo blanco del silbato. de un sentimiento de calor y ruido. que latía en el ambiente. no se trataba de un presentimiento. milenios que ya todos habíamos hecho el favor de subir? Yo continuaba asomado al ventanillo. Era grande. Sí. de oído a oído: era el silbato del tren que mataba mis ideas para indicarme que había llegado la hora de no esperar más. Pero. los vi subir al carro de pasajeros. como para treinta pasajeros. mirando a la mañana. me di con que frente a mí estaba la locomotora. de pie y silenciosas. En efecto. iba a continuar tan mayúsculas filosofías. Y comprendí que estaba cerca de una locomotora.

vale decir: detenerse. la meta del viaje. tranquilos. y en cada una de ellas el tren debía hacer una parada. nunca a la última. Puedo asegurar que la señora sin detalles recibió una pequeña herida en el temporal izquierdo. como llena de precoz desaliento del que se sabe inútil. como de viejo detective. el carro de pasajeros. pero debo hacerlo. seguir adelante un poco. Se había atado fuertemente al pasamanos del sillón. ¡Hombre precavido aquél! ¿Habrá ascendido en los grados de su cuerpo de seguridad pública?… Nos levantamos. y cuando comprendí que me era imposible. que ella disimuló rápidamente. aunque llenos de profunda vergüenza. aguda y femenina. y sólo ella. Su nombre oficial era Ferrocarril de Santana a Santiago. ya aquel raro movimiento había alcanzado las proporciones de un trote fuerte como de mula embravecida. un oficial de policía. calculé lo incorrecto de mi posición y tomé en levantarme. 184 . Hacía muchos. décadas. Observé que avanzaba diez metros. por el ventanillo. Sí: un leve resoplido salió de lo hondo de la locomotora: un pitido largo. con sus sillones pareados. dos estaciones intermedias entre Santana y Santiago. Sin embargo. gruesos. Después. ilesos. a la próxima solamente. de arriba hacia abajo. muchos años que rendía servicio. Tan pronto comprendí que estaba de bruces en el suelo. más tarde. diez y ocho vagones para la carga. esperar… pitar. casi microscópico. ¡Pobrecillo! No sabía él las terribles pruebas que el destino le reservaba… Me avergüenza contar cuál fue mi actitud. y sus olores. como de tienda de juguetería. una señora carente de detalles y yo. hasta agarrotarme la garganta. por ejemplo. en lugar de años. era notorio que nunca pudo salir de Santana ni llegar a Santiago. El esposo que fue el primero en reponerse. adulterados por el tiempo y su riente water-closet. En ese pequeño trayecto había diez y nueve diminutas estaciones. después. y decir. por último. Los primeros pasos fueron leves. daba la impresión de que sufría un gravísimo complejo de inferioridad: entonces comprendí que ella. y. por fin. distantes setenta y cuatro millas. Después. pero sólo un vago gemido salió de su boca: un pequeño gemido. solamente. hondos. pequeña. pitar. Una parada. Parece que el choque había hecho caer el cristal del ventanillo. que se me fueron cuerpo adentro. Todos… ¡ay!… menos el oficial de policía. que podía echarse el lujo de hacer juegos de palabras. pero siempre adelante hasta llegar a la próxima estación. ¡Horror! Allí estaba la mañana. treinta de retroceso y. Y se detuvo en seco. luego pitar. Su aspecto era enfermizo. a los cinco minutos de marcha. luego desanduvo quince. fija en mí. Un abundantísimo rubor debía cubrir mi rostro. con ese fuerte empeño de atrasarse que tiene el tiempo en todas las estaciones de ferrocarril.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS con una niña de brazos que siempre chupaba objetos. el carro fue tomando un movimiento ondulatorio y desarticulado. con la bravura del enfermo que se siente perturbado en su anhelada y nunca satisfecha soledad. negra. Tantos. una campanada. me puse a mirar hacia afuera. Su servicio se limitaba a ir y venir de Moca a Santos. largos pero vacíos. Quise sonreír. esperar de nuevo el transcurso del tiempo: ese tiempo que siempre está atrasado. quiso reír. yo vi su sangre. a través de la ventana. apenas un poco. el chirriar de todo el convoy. otros diez de avance. poco a poco. Escupí. pudo transmitir a la mañana ese ambiente de pesadumbre que llevaba dentro. acordes. Todos los pasajeros caímos al suelo. la marcha definitiva hacia Santos. El convoy se componía de la locomotora. porque nunca arribaba a la última… Algo me indicó que el tren se estaba poniendo en marcha.

después de diez y siete horas de viaje. Por fin abrió los ojos y musitó: —¿Pasajero? —Sí. Contemplé de nuevo a la mañana. Al sentirme. de pies ya. casi a mi oído: —Me es usted simpático y voy a hacerle una confidencia. Y sentí por él un gran cariño. —Pero… ¿tenía usted prácticas anteriores? —No.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II porque vi aquella pequeña y decente secreción de mis glándulas salivales rodar. pleno de un viejo y profundo cansancio. Habíamos llegado a la primera estación. que ahora parecía un monumento. Esta vez me di cuenta de que llevábamos mayor velocidad y más acopio de ruidos inéditos. díme con la señora sin detalles. por delante. por falta de alumnos. la gota de carbón escapada de la túnica del humo de la chimenea. Después de una pausa. ¿Ve usted esta casi imperceptible torcedura que llevo en el cuello? Es algo terrible que me arrastrará a la tumba. Oiga: Las estadísticas de la empresa demuestran que la resistencia física y moral del maquinista apenas alcanza para un año de servicio. —Con más frecuencia de la que usted pueda imaginar. Es un secreto de oficio. Tenía un copioso bigote de mandarín. Era flaco y pequeñito. rugir como una fiera acosada. Su causa obedece a que. Conversamos. para evitar choques con las vacas y otros animales que siempre la obstruyen. Saqué el reloj y le advertí la marcha del tiempo. Había perdido la razón. al incorporarnos por tercera vez levanté la cabeza. Y no es para menos. En dos días aprendí. agregó. ahora con una ligera variante: cuando. de modo que pueda ir mirando la vía. acosado por una fuerte y persistente manía persecutoria. a no ser porque oí cinco sonrisas a mi alrededor… Cinco sonrisas que patinaban por toda mi epidermis. me dijo: —¿Qué importa una hora más o menos? Nadie lleva prisa. arrobado. lentamente. Entonces comprendí que mi alma lloraba. Hubo maquinista que se vino a percatar de ello al llegar a Santos. al cabo de los cuales tuvo que ser recluido en una casa de salud. La miseria amenazaba a mi familia. seguido de otra brusca parada. cristal abajo. levantarse las ropas hasta más arriba del vientre. Ninguna importancia hubiera tenido aquel fracaso. sigue unido al convoy. mi mente es incapaz de reconstruir la magnitud de mi asombro. para llevar la certeza de que el último carro. Toda mi vida fui maestro de escuela. todos vinimos al suelo. junto a un señor que parecía dormir. y como es lógico. Si es cierto que hubo uno que estableció un récord de once meses. señor. los brazos al cielo. los ojos desorbitados. mientras el tren marcha. hasta perderse en el doble tabique del vagón. ¿Y usted? —Soy el conductor–maquinista. también es cierto que otro apenas duró ochenta días. Mas él apoyándose de nuevo en el respaldo del banco. dar un salto trascendental y lanzarse por la ventanilla. como que quiso despertar. —Pero… ¿suele desprenderse? –inquirí atónito. Hace algunos meses clausuraron el plantel. una respetuosa admiración. y decidí aceptar este puesto de maquinista. avergonzada. Bajé. y al mismo tiempo ir viendo hacia atrás. pero sé que sabrá guardarlo. que ya aparecía más adulta. arremolinada. Un pitido violento. necesito imprimirle a mi cabeza un movimiento semigiratorio. Luego nos dijimos cosas íntimas. 185 . Hoy. y… ya ve usted: no vamos tan mal. Le miré. y fui a sentarme en un banco del solitario andencillo. el de pasajeros. El viaje se reanudó. Media hora de inútil espera… y vuelta a la consabida escena. En la punta de cada pelo bailaba. —Soy padre de familia y tengo cincuenta años.

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Luego, según puede hoy colegir mi vacilante memoria, el tren siguió haciendo breves recorridos interrumpidos por luengas paradas. En una de ellas, la más larga, bajé de nuevo al andén. Ya la mañana no estaba allí. Se había quedado atrás. Debí presumir que caminábamos a gran velocidad. Tal vez… En cambio, había llegado la tarde, sana de cuerpo, como una rapaza de la montaña, llenos los vellos de sus piernas con los cadillos y las zarzas de estrellas y de las nebulosas que eran como un presagio de la noche que venía para poner a la tarde bajo el embozo de la sombra. La noche, sí, con los botones de las estrellas en los ojales de las nebulosas… Al cabo de centurias de minutos, me lancé a preguntar a mi amigo la causa de espera tan larga. Le encontré bajo un árbol, en el límite del bosque. Lloraba. Preguntéle la causa de su pena: —Señor –díjome–, se ha agotado el carbón. El tren no puede caminar. Vinieron lágrimas a mis ojos. Las columbraba, entre los hilos de mis pestañas, saltar, como pequeñas olas de un mar disperso. Cuando pude hablar le dije: —¿Y no es posible idearse algo para que camine? Si lo empujáramos… no cree usted –me aventuré a insinuar. —Imposible. Pesa demasiado. Entonces fue cuando sentí, en la obscuridad de mi cerebro, como que encendían el fósforo del genio, que sólo una vez es genio, y grité: —¿Y si desarmamos uno de los furgones de carga y lo utilizamos como combustible? Sentí el garfio del nervio que no tiene control en el entusiasmo súbito: eran las manos de mi amigo el maquinista que estrechaban las manos de su amigo el viajero. ¡Pobre alma buena! Le vi correr hacia la víctima… hacia la víctima, que era el carro número catorce… El tren caminó. Ya habían traído el paraguas de negro terciopelo de la noche. Eran las nueve. Entonces pude observar un cintillo negro en el brazo izquierdo del joven esposo. ¿Era, por ventura, un jirón de la noche? A mi pregunta respondió: —Es por la niña. La enterramos en la estación anterior. Fue en ese mismo momento cuando observé lleno de pavor, que el carro se deslizaba como en el aire; que luego le entraba un extraño melindre afectado, cual si le hubieran dado un pinchazo: eran las espuelas de la Muere que se clavaban en los ijares del convoy… Me percaté de que íbamos en vilo, por los elementos. Percibí un cambio radicalísimo en los ruidos. Luego un silencio atroz, que duró un instante. En mi cabeza entró el vacío… y perdí el conocimiento. Cuando volví a la razón, estaba en Santos, la dulce y bella pequeña villa, en la honda axila de la bahía… Allí lo supe todo. Yo era el único superviviente. El tren había llegado a Santos sin locomotora ni maquinista. La empresa explicó el hecho diciendo que ambos se fueron por un puente, desapareciendo en el fango, y que el resto del convoy, por impulso y desnivel, siguió corriendo hasta llegar a Santos. El pueblo, sin embargo, tuvo distintas maneras de interpretar aquello… Mas yo creo, francamente, que la máquina abandonó el carril y se fue por la jungla, desesperada, llena de remordimientos, plena de pensamientos suicidas, por la antropofagia cometida con el vagón de carga, que engulló en su vientre de llamas. Tal vez podría
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vérsela, corriendo, desaforada y sin rumbo, por bosques y montañas, en noches óquedas y tempestuosas, como un terrible fantasma de hierro y fuego, violador de mañanas enfermizas.

OTILIO VIGIL DÍAZ (N. 1880)*

Cándido Espuela
A Elías Brache hijo

En el plácido y pintoresco pueblecito de Jarabacoa –un nido en el corazón de la montaña– Cándido Espuela era el hombre polivalente. Político de fuste, secretario de todas las secretarías, maestro de escuela, agricultor, orador, curandero, boticario, negociante, corresponsal del Listín Diario, literato, hacedor de charadas, maquiñón, prestidigitador y gallero. Todos estos ejercicios eran circunstanciales y transitorios, y los cambiaba dado su temperamento inquieto, aventurero y guerrero, por las armas, que eran su delirio, su vocación permanente, básica, definitiva; por las armas reivindicadoras y vindicadoras, como decía él, seguido que estrellaba el primer cojetazo en uno de los cuatro puntos cardinales de la convulsiva República. No se habían cicatrizado aún las heridas profundas que habían hecho en el crédito político, económico y social, en el mismo corazón de la república, la llamada “Revolución de la Unión”, ese amasijo de felonías y fechorías, de ambiciones y de crímenes, en la que tomó parte activa, activísima y decisiva, el malicioso Cándido Espuela, cuando la llamada Revolución de la “Desunión”, la más cruenta y salvaje de todas las habidas, prendió de nuevo la tea de la guerra civil, cuyas llamas iluminaron, trágicamente, a esta tierra nuestra, la más dulce, la más bella, la más fecunda y desgraciada del mundo. Una de esas mañanas alegres, del precioso y canoro valle de La Vega Real –recargado siempre de perfumes bucólicos– se sintió, de súbito, un tá, tá, tí, tá, un toque de corneta de los lados de la Cigua, por donde un sobrino del polivalente Cándido Espuela, polivalente y bélico, llamado Turín, un muchacho medio civilizado, honrado y trabajador, ajeno por completo a ventajas y canallerías de la malvada política criolla, que tenía una pulpería buenaza, hecha de hombre a hombre, con honradez, con el sudor de su frente, que es como aconsejó Dios que se haga el dinero, para que no envenene el alma, el pensamiento, la vida y la muerte… —Esa tropa –murmuró el joven y honrado comerciante–, segurito que es de tío Cachito, como le decía él cariñosamente, y como si le hubieran tocado un botón eléctrico, saltó hacia la parte afuera del mostrador, en mangas de camisa. Apenas habían desfilado, de uno en fondo, frente al bien surtido establecimiento de Turín, los veinte o treinta infelices campesinos, jocundos y chachareros, regalando saludos y adioses, de boca, de manos y de sombreros, cuando irrumpió en la amplia enramada anexa a la pulpería, el Jefe de la Columna, que venía a lomo de Cañonga, su mula baya, cañas negras, su ñoña, como decía él, que estaba para ese entonces que se le podía jugar dados en las nalgas, redonditas y lustrosas.
*O. Vigil Díaz, autor de Góndolas (1912); Miserere Patricio (1915); Galeras de Pafos (1921); Del Sena al Ozama (1922); Orégano (1940); Lilís y Alejandrito (1956), y artículos y juicios críticos (fatamorgana) dispersos en diarios y revistas.

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Cándido Espuela venía armado hasta los dientes. Traía un sable de espejitos, un revólver nuvesiningo, cacha de nácar, con dos correas llenas de cápsulas preciosas. Un puñal pata e venao y un brogocito sobre las ingles. En el sombrero, con el ala levantada alante a lo mambí cubano, que le dejaba al descubierto la cara blanca, pero fuertemente tostada por el sol, un lazo grandísimo de candelón. En bandolera, la porturola, la cartuchera de búfalo, hecha en Santiago, y nuevecita también. —La bendición, tío Cachito. —Dios de bendiga, sobrino, y te haga un santo. —Desmóntese, tío; pa que tome café y se desayune. —Hombre sí, sobrino, te voy a complacei, poique eta milicia endiablá, me tiene, que a eta hora que tú ve, no me he echao ni un trago de jengibre en el buche. El malicioso, práctico y mentiroso Cándido Espuela, echó pie a tierra con dificultad, entorpecido por las armas superabundantemente innecesarias, y poco después de los abrazos, bendiciones y saludos, a familiares y extraños, tío y sobrino, con empalagosa amabilidad foránea, se sentaron a la mesa cibaeña, siempre oportuna, suculenta, nitrogenada, esa mesa digna de la caverna prehistórica, recargada de viandas humeantes, de huevos fritos con los cebollines y la clara achicharrada, de carne y longanizas fritas sin estáticas, sin burruqueos inciviles. Ya en el café, en el paladeo de ese aromático y sabroso café de La Vega, en el preciso momento filosófico en que Espuela encendía un cigarro, el sobrino, que lo quería y que ya tenía su trompo embollado, le rastrilló a boca de jarro: —Tío, perdóneme la pregunta, ¿pero para dónde va uté con esa tropita?… —Para dónde voy a dir, muchacho, parriba, pai sitio de la Capitai. —Dispénseme, tío Cachito, pero dígame, ¿cuándo e que usté va a entrai en juicio?… Uté no sabe que la cosa pallá arriba está que arde. A Eliseo y otro General colúo le han rompío la caja dei pecho de un cañonazo. Si a usté lo malogran en una de esas sabanas grandísimas, se lo comen los perros, ahí no entierran a nadie. Si uté se muere pacá, le llenan la sepultura de clavellina y estefanotas, toitico el mundo lo llora, le hacen un rincón bien gritao, y una misa con música. Cómo se le ocurre, cojei ahora parriba, licencie esa tropita en llegando a Pontón, y vuéivase, que usté es un hombre muy querío, útil, necesario, indispensable, sin uté su pueblo no es pueblo, quédese poi Dió, no vaya a paite. Espuela, con la barba sobre el pecho, afectadamente enternecido y agradecido por las cándidas reflexiones del sobrino, le contestó: —Tropita no, sobrino, tropa y de la buenaza, de la caliente, de esas que dejan el sitio pelaito largando plomo. Pero, después de to, no te preocupe, que yo nunca me adentro mucho en la chispa, yo peleo siempre detrá del jumo, que digamos, –y echándose la porturola, la cartuchera de búfalo, sobre el ombligo– ve, –le dijo, y fue sacando y poniendo sobre la mesa: Un pedacito de corcho, un cabo de vela de cera, tres cajas de fósforo, dos juegos de barajas españolas viboreá, dos dados cargados en tres suertes en la carrera, y una panela de dulce de leche. Sobrino, yo no he matao ni pienso matai a naide. Y hurgando de nuevo hasta el fondo de la porturola de búfalo, sacó y le mostró al sobrino algunas cápsulas, haciéndole notar sus condiciones inofensivas. —Ve, sobrino, son de güebo e chivo y mi carabina es un brogocito; y después de relojear los contornos de la pulpería, por si había moros en la corte, le dijo casi en el estribo del oído:
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SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II

—En el último sitio, en el de la Unión, yo me gané mil pesos. Déjame jacei, que yo no dentro en eta cosas sino poi negocio na má, yo no creo en nada ni en naide… Y le echó la pierna a Cañonga, que piafaba en la enramada, loca por tragar tierra caliente, tierra de guerra…

A la sombra de caoba corpulenta reposan Jesucristo y San Pedro, después de andar por el mundo mejorando la suerte de los mortales. El mal se alejaba momentáneamente de la tierra, y el divino Jesús quiso, además de todo el bien realizado, otorgarle un don a cada ejemplar de las razas humanas. Entonces fue cuando San Pedro hizo comparecer al indio, al blanco, al negro, al amarillo y al mulato. Trató de colocar al negro en lugar de preferencia, compadecido de haberlo visto trabajar de seis a seis, tostado por el sol y en ocasiones bajo torrenciales aguaceros. Y su mirada, a la que nada se esconde, notó que el negro se deslizaba, se evadía colocándose en la retaguardia. —Jesús –habló San Pedro– está satisfecho del regular comportamiento de ustedes y, compadecido por los viejos padecimientos de todos, quiere otorgarle un don a cada uno. Pídele tú lo que más deseas, –le ordenó al blanco. —Señor –suplicó el aludido arrodillándose ante el Redentor del mundo– dame una chispa de tu sabiduría. Tengo fe y con tu ayuda sabré descubrir medios para aliviar y mejorar la suerte de mis semejantes. —Otorgada te es: estudia y sabrás… –le dijo el Señor. —Pídele ahora tú, –le ordenó San Pedro al amarillo. —Señor, que una chispa de tu lumbre resplandezca en la hoja de mi espada: quiero ser un conquistador. Por la memoria del llavero eterno pasaron sombras diversas, chorreando sangre… y las pupilas se le nublaron. —Otorgada te es, y conquistarás mientras seas clemente; –díjole Dios. —Pídele tú, –le ordenó San Pedro al indio sin volver a mirar al amarillo. —Quiero una brasa de tu luz, Señor, para encender el tabaco de mi cachimbo, y fumar, y soñar… –suspiró éste. —Otorgada te es: tómala, fuma y… sueña; –le dijo Jesucristo envolviéndole las ideas en la humareda en que se convertía el tabaco de su cachimbo. —Pídele tú, –le ordenó San Pedro al mulato mirándole hasta el fondo de la conciencia y sin pizca de simpatía. —Dame, buen Dios, la chispita necesaria para mantener encendido el fuego de mis apetitos: quiero gozar… ¡Gozar y gozar y no perder el gusto! —Otorgada te es, –suspiró Jesús–. Peca y… arrepentido, reza. Y el negro, receloso, no se acercaba. Un viento manso venía de más allá del mar, voló sobre la llanura y, feliz, acarició durante un rato las sedosas y abundantes barbas del llavero eterno, quien, dulcificando aún más la voz, ordenó con simpatía:
*Este cuento de camino, o folklórico, le fue dictado en Enriquillo a Sócrates Nolasco por el señor Numa Pompilio Sánchez, ahora ciego, de setenta años de edad, quien fue Juez Alcalde durante varios años.

CUENTO DE CAMINO Por qué el negro tiene la piel así*

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—No seas tan tímido; acércate y pide. Entonces el negro, sospechando como ante un recodo del camino real, se rascó la cabeza y mirando de soslayo, precavidamente dijo: —Mire, Siño Jesucrito, y Uté, don San Pedro… no se preocupen por mí, que yo ando atrá d’esta gente: soy el encargao de llevale las maletas. Y desde aquel lejano día, por haber preferido a una chispita divina la desconfianza, hija de la malicia, anda y andará el negro con la piel a oscuras sabrá Dios hasta cuándo.

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No. 16

J. M. sanz lajara
el candado
Prólogo Manuel Valldeperes

prólogo
Cuando J. M. Sanz Lajara publicó en 1949, los primeros cuentos de ambiente americano en su libro Cotopaxi, hizo, en las palabras de presentación, una confesión que es válida para toda su obra posterior. “Alguien dijo, hablando de la vida –escribía hace diez años–, que en ella existe toda plasmación. Añadiremos que la fantasía en literatura está desapareciendo, si no ha desaparecido ya. Este libro se formó en la vida, con ella y de ella. Los hombres que voy a presentar cruzaron sus caminos con el mío. Las mujeres pasaron por mi puerta y algunas –¡benditas sean!– dejaron un beso, una caricia y una que otra lágrima, que sin dolor no hay sentido del propio destino”. Refiriéndonos a este libro –cuentos y narraciones ecuatorianos–, dijimos: “Sanz Lajara es un escritor que aspira a la máxima naturalidad y también a la más diáfana claridad descriptiva. Leyendo las páginas de Cotopaxi se siente la sensación del contacto directo con lo que en ellas se describe. El paisaje adquiere extraordinaria grandeza, no porque haya acertado a presentarlo en su natural fisonomía, sino por haber sabido descifrar su misterio y descubrírnoslo con emocionada sinceridad. Y si ha sabido calar hondo en la entraña de la tierra, de una tierra serena y colérica al mismo tiempo, poblada de volcanes, no ha sido menor su acierto al presentarnos a los hombres que la animan con sus cantos y que la riegan con sus lágrimas. Cotopaxi cuenta, pues, con el respaldo de la vida”. “La vida es el hombre –agregábamos–. Por eso Cotopaxi recoge las verdades de la vida, ora alegres ora trágicas, al través de lo cotidiano, de la simplicidad de lo cotidiano. El emético Pedro, el terrible Juan Manuel, la cerril Maruja y la romántica Sheila, para no citar más que algunos de los tipos que desfilan por ese retablo de amor, son seres arrancados de la realidad. Seres a quienes el autor ha visto amorosamente y ha tratado en su diario vivir. Sus huellas están en el libro en la plenitud de su vivencia espiritual. El fervor descriptivo es lo que Sanz Lajara ha puesto en ellos para que el instante de vida que ha captado tenga, además de verismo, impresa la huella de la emoción verdadera. Y esto es lo que hace que Cotopaxi sea, no sólo una biografía con alma, sino la captación amorosa –y por amorosa espiritualizada– del alma de un pueblo”. En Aconcagua, libro de cuentos publicado en 1951, Sanz Lajara sigue las mismas sendas vitales de Cotopaxi. Vitales y luminosas, porque ambos libros se formaron en la vida –con ella y de ella–, para ser vida a su vez: vida animada por un tesoro inapreciable de experiencias. Conocedor de América –hombre y paisaje, acción y ambiente–, Sanz Lajara nos presenta un “Aconcagua”, relatado con la emoción del observador inquieto, lo que su escrutadora mirada ha descubierto, fuera de lo común, por tierras del Perú, de Chile, del Brasil y de la Argentina. Son hombres y mujeres de América, con sus peculiaridades al descubierto, porque nos las presenta con el corazón palpitante, dentro de un ambiente tan real como incitante. En el libro de ahora, en El Candado –veinte cuentos de ambiente continental–, al igual que en Cotopaxi y en Aconcagua, el hombre de América y la América misma, palpitan. El americanismo de este libro –americanismo con anhelos y angustias para y por el hombre universal– no discrimina: presenta los hechos con toda su intrínseca e influyente veracidad. Por eso, precisamente, el hombre de América se reconoce en sus páginas. Se reconoce como colectividad con un destino común y con la sola ambición de este destino. Ha dicho Sanz Lajara, para resumir ese esencial americanismo: “…hay en esta América tanto y tanto de ver y de amar, que no hace falta mirar a otra parte. Bajo sus cielos azules,
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conviviendo con sus pueblos y razas, siendo parte de ellos, se acerca uno bastante a la felicidad”. Y a descubrir esta felicidad, después de haber descubierto el hombre y el paisaje americanos –su naturaleza incitante–, tienden las inquietantes y sutiles páginas de El Candado. A descubrir esta felicidad al través de la vida cotidiana, con todo lo que hay en ella de alegre y de bueno y también de angustia y sufrimiento. Las páginas de este libro resuman, como las de Cotopaxi, como las de Aconcagua, una profunda compenetración espiritual con el medio y un hondo conocimiento de la realidad. De esta comprensión y de esta penetración, tanto como de la manera directa y simple de narrar los hechos, no exenta de un dulce hálito poético, surge la impresionante sinceridad de los cuentos de El Candado. Escritor ávido de vida, Sanz Lajara capta lo que trasciende de esta tierra recatada y virgen y la ama. Este amor es lo que ha dejado flotando en el libro para hacer cierta su propia afirmación: para hablar de montañas hay que amar a las montañas, para hablar de hombres hay que amar y comprender a los hombres. Y de amor y comprensión está hecha su obra. Es sorprendente comprobar cómo, en un estilo impresionista, ágil y vigoroso al mismo tiempo, va arrancando Sanz Lajara los secretos a la naturaleza y al hombre para describirlos con precisión y claridad. Y es sorprendente comprobar, también, cómo se va perfilando la biografía de la vida, al través de pinceladas nerviosas, en las páginas emocionadas y emocionantes de El Candado. Esta difícil facilidad es la que acredita a Sanz Lajara como escritor de temple. Como un escritor de temple que sabe descubrir en la actualidad viva lo que hay de legendario en América y que el hombre no ha dejado morir para que perdure su singular contextura psicológica. Los tipos cuyo instante de vida ha captado Sanz Lajara en sus cuentos son diversos, con esa diversidad que hace infinita en matices la biografía del hombre. De esa diversidad ha sacado provecho el autor para ofrecernos una síntesis de la vida del hombre americano. Y si es cierto que nos ha presentado a todos y a cada uno de ellos con amor, también lo es que por ese amor, por su fidelidad a ese amor, no ha dejado de ser fiel a la verdad. De Camilo a Luis y de la joven María a la negra Ángela hay un abismo que vencer; pero flotando por sobre ese abismo de caracteres está la vida, triunfante, con su lastre de angustias y de dolores y también de sanas alegrías: la sana alegría de vivir, que es la gran esperanza y el gran estímulo del hombre. Y esto –el alma de un continente– es lo que late en los cuentos de Sanz Lajara.


Se ha dicho que el cuento literario es la transformación de la verdad verdadera, al través de una mente apasionada, hasta convertirla en una mentira bella. Esto no es el caso de Sanz Lajara, cuya originalidad, que es una transposición de la realidad más íntima, constituye una protección contra interferencias extrañas o, si se quiere, contra la violación, por ajenas sensibilidades, de una intimidad en carne viva. Ya hemos dicho que el autor de Cotopaxi, de Aconcagua y de El Candado aprehende, en sus cuentos, los secretos de la naturaleza y del hombre para describirlos con precisión y claridad, sin quedarse nunca en el interés puramente descriptivo. Por eso se mantiene en ese punto intermedio, vital y emotivo al mismo tiempo, entre el desprecio de los hechos, que conduce a un lirismo estéril, y la supervaloración de éstos, que nos sitúa en el campo estricto del reportaje.
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J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

Sanz Lajara es un escritor original, de la estirpe de los grandes de América, porque contempla la vida con afán analítico. La desnuda, la desmonta y la reconstruye con su propia personalidad revelada de adentro hacia afuera; pero no desarma nunca la estructura interna de la realidad para narrar los hechos. Tampoco cae en el boceto costumbrista, porque en sus narraciones hay emoción. Por eso sus cuentos son cauce de una expresión netamente americana. Todos los personajes de los cuentos de El Candado y de sus libros anteriores –Cotopaxi y Aconcagua– son reales, vivos, arrancados de la desnuda y aleccionadora realidad de cada día y el autor no los aparta, al darles vida literaria, de esa realidad, de su realidad. Son seres que no se miran vivir, sino que viven. Sus miradas se vuelven hacia adentro para verse tal como son, para mostrarse, en la plenitud de su vigencia humana, tal como son. En ninguno de los humildes personajes que nos presenta Sanz Lajara, tan llenos de vida, tan sublimes en el dolor, tan esperanzados, hay el más mínimo atisbo de falsedad. Son reales –algunas veces cruelmente reales– y, sin embargo, destilan poesía. La misma poesía con que el autor va creando el ambiente que les circunda. Así son María de La casa grande, tan serena en el amor; Paulo, el de la vida bien vivida, de El sueño; Isaías y Ángela, los negros felices de El milagro; el indio Osvaldo, sumergido en el recuerdo de Shirma… Así son todos los hombres y mujeres a cuya vida nos acerca. Es que Sanz Lajara nos presenta al hombre como parte articulada de la naturaleza, en su esencia humana y vinculado al medio para que su espíritu trascienda y se manifieste ampliamente. Así es como surge el fondo de poesía que hay en sus cuentos y, sobre todo, su calidad pictórica, alucinante y emotiva. Y así es como consigue que sus descripciones posean una emocionante y sugestiva plasticidad. Pero, a pesar de su poder de sugestión, no es la existencia de los personajes –lo real de esa existencia– lo que más nos impresiona en los cuentos de Sanz Lajara, sino su vida espiritual, con todo lo que hay en ella de videncia y de presentimiento, de sugestión de otras vidas. Se trata de un trasunto de lo individual a lo universal y humano al través del cual trata de descubrir el sentido superior del hombre como paso seguro hacia la fijación de su destino. La nacionalidad no es una obligación impuesta al escritor, sino una necesidad intrínseca de su obra y, por consiguiente, un atributo de ésta: la fuerza y la vivencia del origen. Por eso, a pesar del ámbito americano de los cuentos de Sanz Lajara, la presencia del dominicano está latente en todos ellos. Y es desde este espíritu, precisamente, que ve lo americano con claridad y simpatía, con amor y, sobre todo, con esperanza. Su estilo es claro porque ve las cosas con claridad y las dice de manera convincente. Prosa clara, diáfana, dinámica en la que las palabras, imbuidas de aliento poético y de humano temblor, nos dan una idea exacta de su valor: la más adecuada a las ideas y a los sentimientos que expresan. Esta claridad es parte muy importante de la originalidad que se manifiesta en El Candado. Ahora que la pasión creadora de América se ha concentrado, para dar en el cuento lo más peculiar y lo más auténtico de sí misma, J. M. Sanz Lajara ha de ser tenido por uno de los escritores más representativos de nuestro Continente, porque esta pasión creadora –reveladora– está viva en él, con toda su influencia trascendente. Manuel Valldeperes
Ciudad Trujillo, mayo de 1959.

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Sanz Lajara recoge en este libro un grupo de cuentos que ha recorrido América y Europa. Mundo Hispánico en Madrid, La Prensa en Lima, Clarín y el Nacional en Buenos Aires, Hablemos en New York, Américas en Washington, Correo da Manha y Tribuna de Imprensa en Río de Janeiro, publicaron oportunamente lo mejor de esta cosecha del escritor dominicano que ya es propiedad del gran público continental. Cuando el autor era embajador en el Brasil, un grupo de intelectuales formó en aquella capital una peña literaria que recibió el nombre de Rui Barbossa. La edición brasileña de estos cuentos dijo entonces: “El Candado, El Charco, El Otro, El Feo, no sólo caracterizan a un escritor, señalándolo definitivamente como uno de los artistas más perfectos, sino que, sobre todo, lo inscriben entre los creadores dotados en igual dosis de la llama del talento y del secreto de la artesanía, pues él es artista y artesano, como lo son pocos cuentistas contemporáneos que, frecuentemente, hacen cuentos perfectos a su manera, despreciando las reglas del género”. (O Cadeado, página 128). “Estos cuentos forman, desde ahora, parte de una antología del cuento americano que ha de ser hecha sin prejuicios y preconceptos. Para que un cuentista pueda ser llamado maestro en el género, para que sus historias se transformen en eso que se acostumbra llamar literatura en vida inmediata, en vida vivida y sufrida, no es necesario otra cosa, no se precisan otros elementos que esos usados por Sanz Lajara con tal fuerza –y firmeza– que después de la primera página de cualquiera de sus trabajos se cautiva al lector y después de la última lo obliga a quitarse el sombrero. Quitemos, pues, el sombrero”.

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J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

El candado
—¡Váyase, compadre! ¿No está viendo que bebió demasiado? —Sírvame otro, otro no me hará mal. Camilo inclinó la cabeza sobre la mesa y se hundió los puños en las mejillas. En la calle un viento frío golpeaba las casas dormidas. En la taberna el humo de los cigarros no podía salir. —Deme, –ordenó Camilo– este último será el mejor. No quería volver a casa. Estaba, de pronto, cansado de luchar contra su corazón que adoraba a Elena y contra su orgullo que deseaba matarla. Eran cosas de hombre y cosas de indio todos los pensamientos de Camilo. Apuró su trago y suspiró. Seguramente que llevaba caminados muchos suspiros aquella noche. Y muchas maldiciones, encerradas en su pecho, como el humo de la taberna que no podía salir. —Voy a cerrar –dijo el tabernero, con una voz sin apelación. Los indios se fueron levantando a regañadientes, como si la muerte les hubiese llegado en la última copa. Camilo quedó sentado, encogido dentro de su dolor. —¡Ándale, Camilo! –le suplicó el tabernero, cuando los dos estuvieron solos en el salón acallado. Se levantó, irguió la cabeza, se echó atrás el pelo, caminó hacia la puerta. Sentía que el piso le golpeaba con su oleaje y que las paredes estaban bailando una danza triste, como la música que los indios entonan en tiempo de sequía. En mitad de la calleja se detuvo y respiró con los brazos abiertos. —No se me pierda, compadre –oyó decir al tabernero–, mire que la Elena luego me echa la culpa. Camilo se movió cuesta arriba, sobre los adoquines que resbalaban en sus alpargatas. Las montañas se inclinaban para recoger, suavemente, a la arcaica ciudad violeta. Una luna de pizarra saltaba de un cerro al otro, borracha de distancias, como Camilo. En las puertas cerradas no había ningún candado. Los indios dormían, o hacían el amor, o sufrían, o rezaban, o estaban quietos, esperando morir en una noche así, de luna de pizarra encima de la ciudad violeta. Camilo sabía que en la puerta de su casa no habría candado. Era esa su ilusión, su gran esperanza, masticada entre tragos, soñada ante la mesa de la taberna, en las horas de sueños y de temores. Y si no había candado, podría tocar con escándalo para que Elena le abriese y en Elena descargar su hambre de besos y su fiebre de mimos. Iba solitario, luchando contra la calle que se alzaba y se caía, como el lecho tormentoso de un río, como las grietas misteriosas de un glaciar. Contó las puertas, contó las casas. En ésta nació un niño que no vería la luz del sol, en aquélla murió un viejo muy viejo, de cara ovejuna y nariz ganchuda, en esa otra presintió silencio, el silencio que dejan los hombres y las mujeres que no son más. Y Camilo estuvo frente a su puerta. Y sintió temblíos, porque en su puerta, colgado como un pezón, estaba el candado. Elena su mujer no había regresado, y Camilo tuvo ganas de llorar. Miró al candado, lo tocó con sus manos, lo acarició. Luego descargó en él una patada, y otras muchas, y en ellas su ira y su encono, sus furias de macho vencido. Se arrodilló, cerró los ojos. —¡Mi Elena! –monologó. ¡Mi Elena del alma! ¿Por qué te has ido? ¿No ves que te quiero, no ves que no puedo vivir sin ti?
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Sus palabras rebotaron en la calle desierta, de casa en casa, de esquina en esquina, desesperadas y calientes, como animalitos acabados de nacer. Después volvieron hasta su boca, abierta en la noche como un pozo insondable. —Un hombre sólo quiere a una mujer, Elena. Yo te quise desde niña, desde que jugábamos en el valle y nos bañábamos en el río. Tú no tienes otro dueño, yo no tengo otra dueña. Nos conocemos como la tierra al agua que baja de las nubes, Elena. ¿Por qué me haces caso? ¿No ves que soy el más bruto de los indios, el más imbécil de los hombres? ¡Mi Elena! Tú cerraste esta puerta, para dejarme en la calle, borracho como estoy, sufriendo como estoy… Se agrandaba el lamento, un lamento que iba perdiendo orgullo a medida que crecía y enjuagaba el candado con saliva. Camilo lloraba con lágrimas grandes. Hipaba, se contorsionaba. La luna se había aquietado sobre un cerro. La ciudad no se movía, a pesar de que los perros ladraban su intranquilidad. —Yo no puedo dejar de quererte, Elena, no podría jamás. ¿No sabías que tú eres la cosecha y la lluvia, la paz y el amor, mis hijos y mis locuras? Perdona mis golpes, perdona mis insultos, perdona a tu Camilo… Sé que he afrentado a tu cuerpo, pero también puse en él todas las ansias que traje de mi padre. ¡Elena…! El nombre de la mujer ausente se elevaba ante la puerta, hendía los maderos y entraba al cuarto oscuro y vacío, donde esa noche Elena no había venido a dormir, ni a esperar la paliza de Camilo. Y el indio siguió llorando, a la callandita, con unos ruidos que parecían de ratón, con unos ruidos que arañaban la puerta o hacían tintinear al candado, siempre colgado como un pezón. —¡Mentira que eres mala! ¿Me oyes? ¡Mentira! Son cosas que me invento para hacerte sufrir, para que sepas que yo soy el macho, que yo mando en mi casa, en mi cama, en tu cuerpo, en tu corazón. ¡Porque soy muy macho! Le parto el pescuezo al que te mire… No lo dudes, Elena. No me importa que los niños te hayan ablandado la barriga, ni que tus pechos no sean los palomos de nuestra juventud. ¡No me importa! Lo que me importa es tu abrazo, es tu llanto, son tus ojos que cuidan mi sueño de borracho, que saben cuando los niños tienen fiebre. Lo que quiero es que te quiero. ¡Y te quiero tanto que ya no tengo orgullo y te lloro, Elena, te lloro como si toditas mis lágrimas no me bastaran, y me fuera preciso irme al río, y allí mojarme los ojos, para llorar más! ¡Qué poco hombre he sido, Elena, qué poco macho que soy para ti! Comenzaba a bajar la niebla de la serranía. Del negro costillar de los volcanes fue cayendo la sábana envolvente, en la que pronto se arropó, llena de frío, la ciudad. Y los indios dormidos la sintieron llegar hasta sus lechos, encogiéndolos como bestias gastadas, como ramas de un árbol que arrancó el huracán. —¡Elena! –mugía Camilo, arrodillado ante el candado que no quería contestarle. Ya le dolían las piernas y las rodillas ante aquel altar solitario–. ¡Mi Elenita buena, mi Elenita mansa, mi Elenita santa, más santa y más buena que todas las santas…! Déjame entrar, Elena, déjame entrar a mi cama y besarte, besarte mucho, como yo sé que a ti te gusta que te besen cuando hace frío. Déjame que durmamos juntos, como siempre hemos dormido. No te he de pegar, Elena, no te he de pegar más. Camilo sintió frío, el frío seco y agudo de los indios que se emborrachan ante las zambas y en los zaguanes, el frío que mata los animales en los páramos o enloquece a los volcanes. Pero su llanto, saliéndole del pecho y corriéndole por las mejillas, le calentaba la boca y las manos, sus manos hechas zarpas sobre el candado.
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J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

—Elena, ya me estoy enojando, ya me están cargando tus indiferencias. ¡Abre esta puerta, Elena! Quita este maldito candado que no me deja verte, ni besar tu boca, ni morder tu pelo, ni decirte al oído, bien cerquita, todas las cosas que tanto te gustan… ¿Te recuerdas cuando nació el Emilio, y la Elenita, y los mellizos, y el Josecito, y las mellizas? Nuestro amor es grande, tan grande como los montes… Cayó el borracho sobre la calzada y cerró los ojos. En el principio de su sueño profundo le dio un beso a Elena. Y con el beso aquél, un abrazo apretado, un abrazo amoroso, de vuelta a la vida, de vuelta a su mujer que regresaba. Amaneció. El sol anduvo buscando camino en la cordillera y se coló al fin por el desfiladero, y entró a la ciudad sin premuras, como si su visita fuera cosa manoseada y común. Luego los indios, desperezándose, fueron asomando sus caras en las puertas entreabiertas y uno que otro levantó los ojos, saludando al sol, o persignándose, sin comprender el nuevo amanecer. —Ahí está el Camilo, borracho como siempre; ¡qué hombre, Dios mío! Pobre de la Elena! Aguantarse un marido que no sirve para nada… Tímidas como hormigas, despertadas de un sueño sin descanso, murmuraron las mujeres camino de la ciudad. Y los niños, emponchados, comenzaron a corretear en la calleja. Uno de ellos envió una piedra, que golpeó sonoramente el candado de la puerta de Camilo. Después llegó Elena, con la fila de los inditos detrás. —Sin ruido, hijos, que vuestro padre está mal otra vez. Pasó sobre el cuerpo de Camilo, abrió el candado con una llave grande y pesada y rogó a los hijos: —Ayúdadme… No le despertéis… Cargaron a Camilo, como en un entierro. Le llevaron a su cama y le arroparon cuidadosamente. Después Elena se asomó a la puerta y antes de guardar el candado, se puso a llorar silenciosamente en un rincón. Allí estuvo unos minutos, antes de comenzar a preparar el desayuno, usando de algunas de las lágrimas que tenía guardadas en el pecho, desde que era niña, hasta que fuera vieja.

La casa grande
Era una casa con historia. Casi con mil historias. Se alzaba en lo alto de la colina y se subía a ella por un caminito resquebrajado y pedregoso. Tenía ancha balconada y ventanas azules, que eran los ojos de la blanca pared de cal. Hubiera sido una casa más, de no ser por las luces que la abrillaban de noche y las risas que saltaban hasta el valle como cohetes. Además, en la casa grande siempre había hombres y mujeres, muchos hombres y muchas mujeres. Y risas, risas y risotadas y aun carcajadas. Nadie había buscado lágrimas en la casa grande. Cuando trajeron a María a la casa grande, María todavía era niña, un ovillo de carne acremada, con dos ojos profundos y verdes, como agua de mar tropical, y un cuerpito rosado y débil, tan débil que en él los movimientos parecían cansados antes de comenzar. La entregaron de noche y allí se quedó, remota y perdida, envuelta en las luces, el ruido, y el taconeo de las mujeres, desconocida por los hombres que no podían comprenderla. Después, con los años, María fue en la casa grande sólo una cosa, sin sexo, sin palabras, con el hálito de vida indispensable para no ser confundida con las alfombras o con la escupidera.
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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

Luis era del pueblo, como los árboles o las piedras. Y el padre de Luis, y el abuelo de Luis, también eran del pueblo. Y como Luis sabía que el padre suyo y el abuelo suyo conocían la casa grande, en Luis, desde muy niño, latió el deseo de conocer la casa grande. Le atraían las luces y las risas y sobre todo el perfume que un día percibió en una de las mujeres de la casa grande cuando ella pasó por su lado, en una calle del pueblo. Eran muy conocidas las mujeres de la casa grande. Como habían llegado de todos los caminos y sabían de todas las historias, y además amaban en todos los amores, la gente respetaba un poco a las mujeres de la casa grande. No tenían nombres exóticos ni grandes preocupaciones, algunas no sabían leer y la mayoría era holgazana, un rebaño de hembras que vivía de noche. Y esto último estaba muy de acuerdo con la voluntad y los deseos de los hombres del pueblo. Y aun de los hombres de algunos pueblos vecinos. Y hasta de otros pueblos que no eran vecinos. Por eso Luis oyó decir una vez que sin la casa grande toda aquella comarca hubiera sido de lo más aburrida. Los pensamientos de Luis respecto a la casa grande eran muy diversos. Noches hubo en que la comparó con un coche que corría por el bosque; noches en que odió la algazara que de ella salía hasta meterse debajo de su almohada, no dejándole dormir; noches en las que, sin entenderlo bien, deseó que la casa grande fuera un bote de río y él su piloto, para llevársela hasta el mar y dormirse en las olas. Eran pensamientos invertebrados, los pensamientos sin huesos de los niños que todavía no saben amar. Luis creció alto de cuerpo, un mulatón con el arqueo de un gorila y la fuerza de una locomotora, aunque una locomotora a vapor, no eléctrica, porque sería demasiada fuerza en un hombre. Gustaba cosas raras Luis. Gustaba de bañarse bajo la lluvia, de montar caballos al pelo, de comer frutas de ramas altas y luego, cuando la escuela le metió la lectura en el último recoveco del cráneo, gustó Luis de leer a solas libros de cuentos y novelas, imaginándose que él era siempre el héroe, malo o bueno, en derredor de quien la trama era urdida. Un día se encontraron en el río Luis y María. —¿Quién eres? –le preguntó ella. —Soy Luis. A nadie tengo miedo. María deseó reír, pero no se atrevio y dijo: —Yo soy María –y bajando los ojos, agregó–: Vivo en la casa grande. Luis la miró con curiosidad. Las mujeres de la casa grande no eran tan tímidas, ni andaban con los labios secos de pintura, ni hablaban, en el río, con mulatos como él. Luis decidió que aquella mujercita le engañaba y se mostró receloso. —No creo que seas de la casa grande. No estás perfumada –sentenció. —Y sin embargo –afirmó María–, soy de la casa grande. Luis la vio desaparecer en la hojarasca y oyó, minutos más tarde, el golpe aplastado de un cuerpo cayendo en el agua de la poza. Luis quiso ver aquel cuerpo, porque era el cuerpo de una mujer de la casa grande. Y Luis se abrió paso por entre las lianas, hasta encaramarse en la ribera. Y allí se quedó sin aliento, con los ojos y el corazón tumultuosos. Nunca más pudo dormir Luis tranquilamente, ni pensar con orden, ni sentirse héroe, ni comer con apetito. En Luis los sueños siempre llegaban con una moza desnuda que nadaba en aguas translúcidas, los pensamientos eran de una moza desnuda que besaba su frente, la heroicidad era salvar a una moza desnuda de un torrente y el hambre era poner suculentos manjares en la boca de una moza desnuda. En la boca de una moza de la casa grande. En la boca de una moza que él deseaba besar.
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hombres atormentados y hasta hombres avergonzados. un empellón. De seguro creía que a los hijos se les educa mejor a palos o que la vida es una cosa y no una vida. Y pensando en María. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO En las noches rieladas de otoño.J. la dueña de la casa–. o cuando las luces danzaban un vals en sus ojos. un mueble. —Entonces. —No es cuestión de prisa. ¿puedo ir a verla? —No hijo. —¿Por qué. María era un adorno. eso que no duerme ni responde ni sufre ni puede ir al baño ni mucho menos reír o llorar. Y era que en risas. Y Luis siguió aturdido y confuso. los afeites quedaban en la almohada y en la casa grande sólo se veían caras sucias. que él no tenía miedo. desarrollarte. Las mujeres de la casa grande estaban. —Explícate. porque no basta con ver a la casa grande para poder entenderla. M. Pensar en otra mujer que no fuese María era absurdo. demás ocupadas para ver a María y los hombres de la casa grande eran hombres enloquecidos. madre. un banderín desgarrado en una batalla. como un desierto en la lluvia. Y Luis siguió contemplando a la casa grande y soñando con la carne acremada y los ojos profundos y verdes de María. caras tristes o rostros espantados ante el espejo. En la casa grande. —Madre –le preguntó Luis a la vieja–. hija. Y cuando las risotadas tocaban la puerta de su oído. una sábana. la moza desnuda de la poza en el río. —Lo más que puedes esperar tú –le había dicho doña Nené. una caricia sin objeto. —Yo quiero conocer la casa grande –dijo al padre una tarde. muy seriamente. es cuestión de la vida. María. María era esa cosa que se llama a todas horas y en la que no se piensa. la mayor parte del tiempo. mi viejo? Yo no tengo prisa. un adefesio. de mañana. a veces un insulto. hijo. Las madres no podemos hablar de aquello que sabemos mejor que los padres. Luis cuajaba sus ansias de visitar y conocer la casa grande. había asentido con su cabeza gacha. una incomodidad. hijo mío. Pero Luis no quedaba convencido. le amonestó: —¡Desgraciado! ¡Atrevido! Ahí sólo hay vicio. como siempre. o cuando la música llegaba en la mecedora del viento. Eso. como si fueran palillos usados. 201 . Por eso María no fue objeto de sus búsquedas ni de sus desprecios. luces y música. Ella no quería gritar cuando el pueblo dormía. y en la casa grande a María. perdición… Te prohíbo que vuelvas a hablarme de eso. Y mirándole de hito en hito. muchacho. ni recibir el aliento de hombres a quienes no conocía. es engordar un poco. y ser una de las nuestras. contemplando a la casa grande. porque ese día estaba enojada con el marido. ni llorar cuando. Habrá que casarte. El padre de Luis era un padre sin imaginación. —Ya estás hecho un grandulón –le había dicho su padre–. aquel muchachote que en el río le asegurara. ¿qué hay en la casa grande para que yo no pueda visitarla? —Todas las cosas que a tu padre le gustaban cuando mozo –replicó ella. Y el viejo le clavó un bofetón en la curva de las mejillas. Luis se pasaba las horas en una hamaca. Pero a solas María se había atrevido a pensar y a comparar. a pesar de que el padre de Luis era un buen hombre y un no muy mal padre. Luis temblaba febrilmente y se sonaba los dedos. Y María comenzó a recordar a Luis. como un árbol azotado por la ventisca. una prenda interior. mientras tanto. era como bañarse sin estar sucio o comer sin tener hambre. —No.

—¿A María? –dijo la cabeza de colores. atrás. Indudablemente. Era sólo una casa llena de luces y de ruidos y de música. Le pareció bien poca cosa la casa grande. pero se contuvo y respondió: —Quiero ver a María. Le parecía mentira subir el camino pedregoso y poder volverse a mirar. Luis subió hasta la casa grande. el pueblo desde el cual tanto ansiara conocer la casa grande. María temblaba incoerciblemente. Por eso María admiró a Luis. la casa grande parecía un incendio. ¡Si la vuelves a ver te rompo la cabeza! Todas las mujeres de la casa grande son malas. un respeto mutuo nacía de sus cuerpos y aun de sus pensamientos. A Luis le entraron ganas de correr. ambos regresaron a la poza y en ella a encontrarse y a hablar. Sorprendidos hallaron que a medida que las palabras se entrelazaban. ¿dónde vive? —No importa. Y Luis sólo quería conversar con María. Y tocó a una de sus puertas. en las noches de la casa grande. estaba María. Ni en la vacilación del padre al salir del cuarto. no era tan grande. —Entonces. porque nunca había visto una cara más fea ni una voz tan desagradable. Sin embargo. ¿Cómo puedes andar con una mujer de la casa grande? —Ella no es de la casa grande –había asegurado Luis. de la cara de un Cristo lleno de espinas que ella conservaba escondido entre sus ropas. él se quedaba quieto. —¿Qué hay en la casa grande? –preguntaba Luis. O. Para María los hombres que iban a la casa grande no eran muy hombres. y alzando su voz desagradable. porque ninguno de los dos conocía el amor. Era noche vacía de estrellas y de cielo pegajoso. no reparó en la mirada de su madre. En la neblina de los cañaverales. No era amor el de ellos todavía. Los encuentros de los muchachos en la poza fueron un día del conocimiento de los padres de Luis. Luis era un verdadero héroe. mirando la imagen de ella en el agua. Luis defendía a María con la misma fuerza con que había prometido cargaría hasta el horizonte. —Yo soy tan fuerte –afirmaba él otras veces–. Y lo mejor de su admiración era el saber que Luis nunca había estado en la casa grande. Y a la noche siguiente. ¡Ella no es de la casa grande! Era el animal acorralado. —Te prohibimos –sentenciaron– ver a esa cualquiera. —¿Qué quieres? –le preguntó una cabeza de colores. quizás.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ¿Miedo de qué? María tenía miedo de los puntapiés de los borrachos. La casa grande. de las blasfemias. —¡Basta! –terminara el padre–. Y como María no respondía. Ella no lo dudó y al recordarlo. Como el río era para Luis y María el lugar de un recuerdo. de cerca. del amor. Como Luis no era más que un muchacho. mandó un grito por toda la casa grande–: ¡María!… ¡María!… 202 . Pero no era mentira. encontrando que el agua nunca había estado tan linda. en algún rincón. Pero Luis había leído tantos libros que a lo mejor eso era de alguno de los más aburridos. Y en ella. de los vasos rotos. Luis supo allí mismo que desobedecería a los viejos por la primera vez. una rosa roja clavada en el pecho negro de la muerte. que podría llevarte cargada hasta el horizonte. como si mirarlo frente a frente pudiera provocar entre ellos un choque inexplicable.

pero en la cabeza de Luis sonó como el pum. llévame contigo! No se volvieron. Pero el grito volvió y con él otra cara muy rara. Y el silencio estuvo de pronto en la balconada. y en los ojos. en la puerta de la casa grande. De las ventanas y de las puertas. Cesó la música de la casa grande. —María –dijo la voz de Luis. poco a poco.J. Soy fuerte. El otro Con las manos enlazadas en la nuca. ¡Quería verte tanto! —Yo también quería verte. Y hasta una tercera vez. en su cuartucho. pum de un cañón. Era una floración de cabezas y de ojos. hielo en el estómago y pensamientos gastados en el cerebro. —Yo soy María. ¿qué quieres? Luis miró dos veces. también rodeando a los dos muchachos que se miraban y remiraban. —¿Estás seguro. su María. encalmadamente–. Luis. quiero que vengas conmigo. Luis. como un abanico de carne y de humo. lo estoy. El grito seguía caminando por la casa grande. ni repararon en las risas recién nacidas que explotaban en la balconada. —Luis –dijo María. 203 . Luis. Pecho. y añadió–: ¡Luis! ¿Tú aquí? —Quiero verte. Te cargaré hasta el horizonte. la más vieja de ellas. —María –dijo Luis. Jorge cerró los ojos y trató de dormir. como la de un cirio que pudiera hablar. M. Le faltaba el aire y la camisa apretaba en su cuello como una soga de buey. más fuerte que todos los hombres de la casa grande. María. Pero no pudo dormir. ni en la música que de nuevo inundaba la casa grande. y hasta en la boca. Y el abanico rodeó. quiero que dejes la casa grande. Luis. más fuerte que nadie. Y eso también lo había presentido. como caminaba la angustia por el pecho de Luis. dijo: —¿Conque María? ¿Eh? ¡María…! ¡Ven acá. Y en la noche silenciosa de la casa grande. —Lo eres. La cara de cirio que hablaba se rió. Sabía que sería el último sueño en su cama. ni miraron nuevamente las cabezas raras enganchadas en puertas y ventanas. Yo lo sé. desgraciada…! Y entonces respondió la María que Luis deseaba ver. María. Y la risa hizo eco en otras risas que salieron de los cuartos de la casa grande. Y nuevamente. “¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!” Así fue la risa. ojos y boca estaban secos. caras de mujeres y de hombres se alzaron silenciosamente. María dijo: —¡Llévame contigo. a María y a Luis. pum. por los pasillos. porque las risas de la casa grande enmudecieron y hasta las cabezas de colores dejaron de reír. ni oyeron el murmullo. en aquella ciudad. Asomó la cabeza suave y menuda de María. Era curiosa la sensación que tuvo Luis en el pecho. porque no se puede dormir con sudor en las manos. —¡Usted no es María! ¡Quiero ver a María! Las dos cabezas de colores se reunieron y echaron humo de cigarrillos sobre Luis. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Luis experimentó la sensación de que se ahogaba. —Usted no es María –aseguró. Luis? ¿Estás seguro? —Lo estoy.

con sólo recordarla en su impudicia. Aceptemos que su amante se ha ido para siempre. —Usted –le dijo el médico–. echarla a la calle con los perros. con la única compañía de su gran amigo. amigo mío. Ni tampoco porque en la mesita de noche estaba el florero japonés que una vez él le regaló a ella. como casi todos los techos de los cuartos por donde había paseado sus remordimientos. del balcón por donde iban desfilando las nubes silenciosamente. en lo alto de un monte cubierto de pinares. Jorge se quedó quieto y miró al techo. Por todo esto prosiguió siendo amigo del criminal y hasta le cobró cariño. Y Jorge no lo volvió a ver más. A la semana del crimen la policía opinó que era un suicidio. en algún recodo de la vida. Se buscó un poblado chiquitín. sacarla de su cuarto. Y aquella tarde se cumplieron sus deseos y a ella la golpearon hasta la muerte. o con esas mujerzuelas que se venden en las esquinas oscuras. Indudablemente. Había deseado eliminarla. tan grande que nadie sabía dónde terminaba. La huida y la lucha estaban detrás. de la música que salía de la vitrola. Pero decidió que no era conveniente. Le parecía que era un hombre valiente aquel hombre que había matado a su amante. porque él era la respuesta y esta vez ni huiría ni lucharía. Como no fue posible. Veinte años para pensar no eran mucho tiempo. con un riachuelo que llegaba hasta sus laderas. Se mudó del cuarto dónde la habían matado. de su cama y de sus noches. lágrimas ni suspiros. no hay mujer que no podamos sustituir. En sus conversaciones con él. porque su amante no era mujer de quitarse la vida. Le bastaba pensar que el otro la había asesinado y que ella estaba definitivamente muerta. Allí Jorge pasó varios años. La razón de la mudanza era porque estaba muy nervioso. No porque las paredes marrones ni el cuadrito de Modigliani le recordaran algunas escenas de amor. En un principio no fue fácil vivir con la seguridad de que ella estaba muerta. había perdido el apetito y no se sentía nada bien de salud. sino de amargársela a otros. pero. los policías son hombres de poca imaginación. Pero ya no importaba. Pero como en el poblado no se sintiera feliz. quiso preguntarle por qué lo había hecho tan sorpresivamente. A él le dio risa. esperó que otro lo hiciera. Irene era demasiado bella quizás. Además. de los libros que nadie podía ahora perder. es un sentimental. Jorge vivió en el campo. lo rodeaba y se marchaba bosque abajo. Y así vivió. como un niño jugando al escondite. en su traición. ¿Y qué? ¿Y qué? Jorge no había obedecido a un médico tan desconcertante y tan pueril en sus raciocinios. en una cabaña. un techo lleno de sombras y vacío. para gozar mejor de su cama y de su cuarto.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS En la calle oyó el rechinar de frenos. ¡Matar a una mujer! Cierto que para él no hubo más insomnios ni cansancio. sin que mediara con la víctima ningún lazo de afecto o de pasión. luego portezuelas que se cerraban y voces de hombres en el zaguán. pero relativa. haciendo preguntas que él sabía de memoria cómo eran. poco se podía esperar de quien preguntaba incesantemente. La ausencia de ella era una ausencia cómoda. el asesino de su amante. La ciudad era muy grande. En su caso. ¿Y qué? Perdone la franqueza. Además. o demasiado inteligente. y mucho menos podía suicidarse una mujer golpeándose la cara con un bastón de acero. tan pequeño que todo el mundo sabía dónde estaba y el número exacto de sus habitantes. era una muerte suya. La cara ensangrentada de su amante no se podía borrar de un manotazo. Aquellos “¿Y qué?” no tenían sentido. 204 . y Jorge también se fue de la ciudad. por si descubría que también con el criminal le había engañado su amante. en su maldad.

con los años. por si se aflojara su ánimo y en la despedida se le aguaran los ojos. las encontró tan semejantes a sus pensamientos que llegó a dudar de si él mismo no las había dictado. al fin. Cuando comenzaron a llegarle las cartas de su amigo. Raras veces. que luego rompió disgustado. Su amigo permaneció un largo rato callado y luego contestó: —Yo nunca he tenido remordimientos. Porque no había la menor duda: Para matar era preciso ser audaz. alguna vez. raras veces pagaba una noche entera. él manifestó la irrevocable voluntad de quedarse allí. si quiere ser dueño de su propio destino. Una vez en el tren pudo respirar aliviado y tratar de olvidarlo. o de audacia. Pero no fue feliz. Si se cansaban de tantos pensamientos elevados. sin atreverse a volver la vista. consideró que al otro le tocaba recordarla y no a él. sin comprender que ellas le dejaban a él. a vivir entre el gentío. —No puede ser –habíale suplicado Jorge–. Con una tercera se empobreció. egocéntrico y sentimental. porque la poesía no tiene lugar en mitad del instinto. de esta forma. Conversaban en los atardeceres y en las noches. en cambio. en el pasado. tantas semejanzas entre él y su amigo. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO La suya fue una amistad interesante. fueron los remordimientos de un hombre que no ha hecho nada útil con su vida. Habían discutido todas las razones. A partir de ese momento. —¿Pero y tus remordimientos? había preguntado Jorge. El órgano inundaba la cabaña y chorreaba por el monte. Nunca debió haberlo hecho. Por otra sintió una gran pasión y le compuso varios sonetos. A una la amó durante un par de años. ni los tendré. Mientras Jorge ansiaba por el bullicio y el ruido. ¿cómo podríamos separarnos? Debes venir conmigo. mientras su amigo se había llevado la vida de ella. se decidió por las mujeres a precio. su amigo se sentía tan feliz que no pedía más nada. como aguacero estrepitoso. que siempre había sido timorato. Jorge se maravillaba de encontrar tantos puntos de contacto. por las calles de ruidos silenciosos. Comprendía. no como él. Como él sólo había tenido el amor y la traición de Irene. atontados y confusos. y eso porque era una extraña muchacha que no hablaba. pensaba en su amante muerta. cuando estaban juntos en el campo.J. el tráfico y las gentes. Escuchaban música de Bach. cuando hacía frío y ambos gustaban de beber interminables botellas de cerveza. —¡Imposible! Me quedo. Tuvo otras mujeres. Hasta que un día. a los pies de los edificios de hierro y cemento. sin convencerse. Para su sorpresa. Sus remordimientos. Las compraba por una hora o dos. 205 . Las encontró en el camino y en el camino las fue dejando. Otras veces leían a Goethe. y en mitad de la música Jorge y su amigo callaban. Por lo menos su amigo podía llamarse un asesino. Y aún más le sorprendía. recurrían a las revistas norteamericanas y en seguida se les calmaban ánimo y cerebro. a Cervantes o a Shakespeare. ahora. te ruego! Y Jorge había liado sus bártulos y se había marchado. Ella coleccionaba perlas y el cáncer de las ostras es bastante codiciado. Jorge volvió. como prendas de vestir gastadas por el uso. descubrir que entre el asesino y él sólo existía la diferencia de un único momento de valor. Jorge se cansó de vivir en el campo y así se lo dijo a su amigo. M. porque no tienen alma. de discos que llegaron a gastarse. ¡Eso es de los débiles! ¡Déjame. que hasta de las amistades el hombre debe libertarse.

a asaltar la propiedad ajena. En ella. Su rostro suave y apacible. pero no la había escrito su amigo. Se acercaban. a no ser que se sintió más cerca de la muerte. Queremos interrogarle… Era el mismo diálogo. en medio de su dolor. poco tiempo. 206 . en la tumba. o de mil quizás. lo más parecido a los viejos que existe. Recibió una carta. —¿Dónde vivió antes? —En otra casa. en memoria de su amigo el asesino. curioseando la ciudad. su conversación reposada. había sido un pobre hombre sin escrúpulos que había matado a una mujer con menos escrúpulos. hallando que el hombre. Era de su amigo ausente. en las mañanas. con muy pocas palabras. a olvidar a su amigo. arrastró los pies y descuidó la ropa. como la indiferencia del amigo que se muriera en la cabaña. Jorge miró por la ventana abierta. pero nada sacó en claro. Pero en vez de olvidarlo. por lo definitiva que es. Y en otra antes. Era como si su amigo no desease abandonarlo o no quisiese dejarlo a solas con el crimen de Irene. para limpiarse la boca de todas las blasfemias que había dicho en su vida. Jorge oyó los pasos de los hombres que subían la escalera. que la muerte no necesita explicarse. de toda angustia y de todo dolor. tenía en las piernas y en el pecho una armazón de hierro que no le dejaba moverse y los ojos. Se le aflojaron las carnes y le salieron los pómulos. Cultivó entonces la amistad de los niños y los encontró interesantes. Meditó acerca de tan sorprendente descubrimiento. de espaldas a la vida. sino porque sus amores ya hubiesen sido inútiles. él no tenía necesidad de complicarse la existencia con su recuerdo. En su cama. persiguiéndole como la cara ensangrentada de Irene. entrecerrados. al cielo que estaba color de noche. Y tocaron a su puerta. Faltaba muy poco para tenerlos frente a frente. con el egoísmo de un viejo. Le gustó sostener largas conversaciones con ellos. se le comunicaba que su amigo se había muerto. Y no amó más mujeres. Jorge comenzó a languidecer y a preocuparse. lanzadas alegremente por los senderos de un parque y vigiladas por los ojos de una niñera amodorrada o de un guarda reumático e indiferente. —¡Bien! ¡Bien! Nos gusta que coopere. Y Jorge procedió. Le pareció lo más apropiado. sus manerismos bonachones. lo tuvo presente a toda hora. Después de todo. ya juega a matarse. El hombre del impermeable marrón se echó el sombrero sobre la frente y preguntó: —¿Usted es Jorge? —Soy… —¿Vive aquí hace mucho tiempo? —No. aunque todas sus acciones sean jubilosas. decidió que ser viejo era una sensación manoseada y sin interés. como si pasara hambre. Era una carta impresa. sintiéndose como de cien. Así cumplió cincuenta años. adquirió el hábito de escupir. aun en la infancia. a la luna que se había posado sobre una chimenea. Como la muerte siempre le pasara lejos. ya tiene maldad en el corazón. a enamorar la mujer del prójimo. estuvieron en el cuarto de Jorge con mayor fuerza que en el pasado. No le decían de qué y a Jorge se le ocurrió. Y aun en otra mucho antes. Cuando se levantaba. vacilaban si abrirse al nuevo día o permanecer dormidos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Un día se vio en el espejo y se encontró viejo. porque si aquel amigo descansaba. No porque no le gustaran. Lloró bastante.

como se justifica el pisotón que damos a las cucarachas o el puntapié a los perros rabiosos. El hombre del impermeable marrón y el hombre del paraguas le miraban curiosamente. Afuera. sino el otro. se enredó en las cortinas. —¿Quién es su amigo? Jorge explicó detalladamente quién era su amigo. estar allí. arqueándolo. ni en el campo. comenzó a llover. Jorge. ¡Yo nunca habría matado a Irene! ¡Era tan linda! ¡Era tan mala! —¿Dónde está su amigo? —Mi amigo está muerto. Era una risa cortada y difícil. Jorge no pudo oír sus propias palabras. Jorge pensó que la lluvia siempre había llegado.J. Y explicó también por qué su amigo. ¿Quién es su amigo? —Mi amigo es el otro. él se habría sentido muchísimo mejor. —¿Cómo era Irene? –le preguntaron los hombres en la puerta. dictándole palabra por palabra. —¿Es decir que usted. sobre los tres hombres y su apretado diálogo. en el pueblecito. —¡Oh! ¿Irene mi amante? Debió decir muchas tonterías acerca de Irene. cuidadoso de que no cometiera errores o dijera mentiras. que a Irene la mató un amigo suyo. en la luna. de una mujer asesinada. sintiéndose más cansado que nunca–. nada tuvo que ver con su muerte. en la cabaña que juntos alquilamos en la cumbre del cerro. para él. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —¿Acerca de qué me quieren interrogar? —De un crimen…. en los oídos. Jorge tuvo la sensación de que el otro estaba a su lado. su querido e inolvidable amigo el asesino. Jorge pensó que si aquella risa terminaba. —¿Quién es su amigo? Lo contó todo. porque los hombres se miraron entre sí y sonrieron. Puedo contarles. agrandada. en la calle. su amigo el asesino. Era una risa que parecía llanto. Comenzó a vestirse. que usted ha callado ese secreto. Y a medida que hablaba. Jorge. hace muchos años. ni podían. mi amigo vivía conmigo en la ciudad. sin razón ni premeditación. Jorge ya estaba tan cansado que le dolían los párpados. durante veinte años. ¿Oye bien? ¡Nunca! Ni en la ciudad. ni en el pueblo. vuelto de la tumba para poner en su boca cosas que no debían. había matado a Irene. la mató mi amigo. —¿Y dice que su amigo murió en la cabaña? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Volvía la risa a enredarse donde nadie lo hubiese creído. Y Jorge no tuvo ganas de reír y comenzó a sollozar. —Bien –respondió. conozco el crimen. como si contra él soplara una ventisca furibunda. —¡Ah! Sería interesante que descubriéramos ahora un crimen castigable. pero los hombres querían saber más. M. Y agregó que el crimen de Irene fue un crimen justificado. —Usted nunca tuvo tal amigo. la mató mi amigo. en los momentos más inoportunos de su vida. Sus sollozos no pudieron con aquella risa desbordada y se quedaron en el pecho. a la policía de todo el país? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! La risa de los dos hombres salió hasta el balcón. porque no era él quien hablaba. en la ropa de Jorge. Pero la risa seguía. —La mató mi amigo. ¡Nunca! 207 .

quedó gritando: —¡Era tan linda y tan mala! ¡Pero no la maté! ¡No la maté! La mató mi pobre amigo. No tengo la culpa de que fuera él quien matara a mi amante. El coronel. —Ni la ley puede. En el cuarto se produjo un silencio sin risas. castigar un crimen. Jorge! La puerta se cerró en el cuarto de Jorge. un grupito de casas a la orilla del mar. de bruces en el piso de su cuarto. puedo repetir sus últimas palabras. Cálmese. después de veinte años.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Nunca? –preguntó Jorge. repítase hasta convencerse: ¡No es cierto! ¡No es cierto! Yo nunca tuve un amigo. un hombrecito que aun saliéndose de la multitud y gritando a voz en cuello que estaba vivo. Los dos hombres regresaron a la puerta y volviéndose hacia Jorge. en la forma en que mató a Irene. En el pueblo nadie era importante. Y Jorge refirió que su amigo había sido un hombre esbelto y macizo. no lo tome usted a mal. de clara mirada y ancha frente. en la cabaña donde murió. El pueblo era limpio y ordenado. Se levantaba todos los días a la misma hora. Si existió ese amigo suyo. —Y ese amigo memorable. 208 . había una casa verde con galería de zinc y ésa era la casa diferente. rugió–: ¡Mentira! ¡Mentira! Tuve un gran amigo. porque en ella vivía la amante del coronel. tomaba el mismo vaso de agua. Y Jorge. yo fui quien mató a Irene. era un militar excepcional. pero eso fue en un ciclón. ¿Oye? No lo tome usted a mal… Siempre que piense en su amigo. rodeado de palmeras y de cocos. Yo soy un asesino. un Jorge enclenque y debilucho. calma y sosegadamente: —Jorge. ¡La mató el otro…! Hormiguitas El coronel era un hombre metódico y era un hombre valiente. Ni el asesinato de Irene. aunque de tarde en tarde se ponía gris y aun bermejo. Y le dijo. El cielo era azul las más de las veces. ¿le dio a usted detalles del asesinato de Irene? —Todos… Sé hasta la forma en que ella cayó al suelo. se despidieron. se bañaba. un hombre que seducía con su sola presencia. El ruido de los pasos en la escalera se fue apagando. Nos vieron juntos. pero esta vez no rieron. El mar era también azul. con una voz que no era la suya. se vestía y procedía a realizar la misma minuciosa inspección del cuartel y de la tropa. ¿cómo puede probarnos su existencia? —Lo conoció todo el mundo. El coronel tenía la más brillante hoja de servicios y había recibido todas las condecoraciones. un inolvidable amigo. su amante. en el mismo momento que el sol aparecía sobre las palmeras. En las afueras del pueblo. nadie se hubiese molestado en creerlo. El del impermeable marrón se acercó a Jorge y le puso una mano en el hombro. sin embargo. se afeitaba. con sus palabras que eran órdenes y su talento que era luz. en todas las cosas que hablaron ustedes. sin lugar a dudas. El auto también se marchó por la calle mojada. —No se excite. ¡No lo olvide. ¡Ni siquiera derramó una lágrima de arrepentimiento! Los dos hombres se remiraron entre sí. aunque una mañana estuvo color chocolate. Nadie lo sabía mejor que él. hacía las mismas genuflexiones. Las casitas eran casi todas blancas y dentro de ellas sus habitantes eran casi todos negros. Y en seguida.

No había hablado nunca y babeaba como si fueran a salirle los dientes. Todas las tardes le dejaban sentarse a la vera del camino y allí tomaba tierra en las manos y la colocaba en otro lugar o. Indudablemente. Además. El coronel se rascó la cabeza y le dio la espalda a la vieja. el coronel nunca reparó en el idiota. con una ramita.J. hubo de descender y estaba muy aburrido porque tenía ganas de besar los labios hinchados de su amante la mulata. si las hormigas le picaban. por cierto muy respetuosamente: —Señor coronel. Todos reconocían en él a un verdadero héroe. El idiota era un pobre hombre con cara de niño. muchísimas. desde el cuartel adonde su amante. Su amor era algo privado. Era muy importante llevarse bien con el coronel. todas las tardes. en contra de lo que decía el coronel. se rió. vivía un idiota. porque. el coronel no había conocido a nadie que jugara con hormigas y se puso a observar al idiota con interés. él juega con las hormiguitas. también ordenadamente. —¿Cómo te llamas? –le preguntó al idiota–. El coronel nunca se equivocaba y decidió que eran hormigas muy tontas las que perdían el tiempo divirtiendo a un idiota. de muy mal humor. porque el pobre es idiota de nacimiento. Salían de la hierba. de los montículos de arena. el idiota parecía jugar con las hormigas. la verdad sea dicha. que caminaban ordenadamente. lleno de besos y suspiros y promesas y aun de discusiones. ¿cómo podría quejarse el idiota si no sabía hablar? —Señor coronel –dijo entonces la vieja–. Una mujer muy desgreñada salió de la choza y le dijo al coronel. que era muy celoso y a nadie permitía hablar con ella. pero siempre privado y detrás de las puertas cerradas. 209 . Había muchas filas de hormigas. aunque los dientes le habían salido ya. La gente del pueblo temía. La abuela del idiota respiró tranquila. de los troncos de las palmeras. Y la gente dejó de preocuparse del carácter del coronel. Cuando el coronel se trasladaba. —¡Ah! –exclamó el coronel–. el chevrolet se descompuso. El coronel. Eran verdaderos ejércitos –pensó el coronel sorprendido–. Indudablemente. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO La amante del coronel era una mulata estupenda y muy hermosa. pero el idiota. el idiota era el hombre menos importante del pueblo. porque si no el idiota era capaz de salir desnudo y eso hubiera disgustado al coronel. que no sabía hablar. En la carretera que saliendo del pueblo flirteaba con el mar y se perdía perezosamente en el vientre de una montaña muy fea. debía pasar siempre ante la casa del idiota. pero eso sólo lo sabía el coronel. Pero una vez. el coronel hablaba tan poco que su verdadero carácter era un misterio. pero como iba tan preocupado en que el pueblo estuviese limpio y sus habitantes no tramaran una revolución. tosió imperativamente y vino a parar ante la casa del idiota. No se peinaba ni se afeitaba y había que vestirlo todos los días. trabajaban ordenadamente y rodeaban al idiota por todos lados. Era la primera vez que alguien se reía del coronel. Son sus únicos juguetes. por si a él pudiese molestarle. el coronel se marchó donde su amante y el idiota siguió jugando con las hormiguitas. pero respetaba al coronel. Cuando el chevrolet estuvo sin tos en el motor. en su chevrolet. perdone usted a mi nieto. aunque. El idiota no hacía absolutamente nada de importancia. ¿Y qué hace con esa ramita? ¿No ve usted que está sentado encima de un hormiguero? Esas hormigas pican… Efectivamente. La amante del coronel no podía mezclarse con la gente del pueblo. M. el idiota estaba sentado sobre un hormiguero. pero. trazaba surcos que a nadie interesaban.

hubiese sido desagradable que el coronel se molestara con su nieto y las hormigas. pero así fue. asustando. el coronel no durmió más y comenzó a pasearse de un lado al otro. cumpliendo las órdenes del coronel. sentado en el suelo. El coronel pensó que castigar al idiota no era digno de un oficial como él y siguió en su chevrolet para casa de su amante la mulata. atrevidamente. –¿Me quiere usted decir –preguntó el coronel– que el idiota ha llevado las hormigas para allá? –No. Pero el sueño se repitió noches más tarde y aun otras noches después. y se fue a verlo inmediatamente. Pero como los soldados no gustan de pensar. Y a la quinta o sexta vez. esperaba que el sargento abriera la portezuela y descendía frente a la casa del 210 . debes respetar las órdenes que llevo impartidas. como todas las cosas que dicen las amantes en la cama. si el idiota no se riera. Y se sonrió el coronel. increíble—. Se hicieron el coronel y su amante el amor muchas veces. en el frente. muy pronto. a los centinelas que no estaban acostumbrados a recibir órdenes a la hora de la siesta. que lo peine y que no lo deje jugar con hormigas. el coronel decidió que esas pesadillas eran muy molestas y que había que tomar medidas. supo que ahora el idiota. La vieja asintió con grandes reverencias y el coronel se hubiese marchado satisfecho. se levantó agitado porque había soñado con el idiota. como una escoba rota. se fueron a cumplir con sus obligaciones y olvidaron. Y el idiota. como es natural. “Después de todo –se dijo–. Los soldados quedaron muy sorprendidos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS verdaderamente. sin embargo. pero ella le dijo al coronel que lo encontraba preocupado y que no era el mismo. Cuando preguntó a la vieja por él. —Increíble –se dijo el coronel–. El coronel siguió divisando al idiota desde su chevrolet. como antes. con la cabeza alzada. todas las tardes. llamando a la vieja–. idiota. Un día el coronel debió castigar a un soldado y lo mandó al calabozo. Se la iba a rascar otra vez. el coronel. que el coronel había perdonado a uno de ellos. Como era un sueño muy raro en que el coronel se veía jugando con hormigas y el idiota pasaba. dirigiendo sus filas de hormigas. el coronel detenía su chevrolet. la falta cometida no es grave”. señor coronel. en vez de hacerlo. Y desde ese día fueron amigos el coronel y el idiota. sin darle mayor importancia. es preciso que lave usted al idiota. Y se rascó la cabeza. imitó la sonrisa del coronel. antes de llegar a la casa donde vivía su amante la mulata. Las hormiguitas se fueron detrás de él. Cuando se llevaban al preso. Todas las tardes. ¡Señora! –dijo. el coronel pasó al patio trasero de la casa y vio al idiota. Un día el coronel pensó en el idiota sin estar soñando y decidió que ya eso era demasiado. Durante una siesta. El coronel continuó sin dar importancia al asunto. ¡Esto debo verlo! Y efectivamente. Es difícil describir o explicar la amistad de un coronel con un idiota. –Aunque no sepas hablar. —¡Ah! –exclamó el coronel–. El coronel se fue a ver al idiota. que nunca tuvo pesadillas. porque era la primera vez que el coronel se mostraba débil. con la cara muy triste. el coronel dio otra orden y lo perdonó. vestido de coronel en el chevrolet. jugaba con sus hormiguitas en la parte trasera de la casa. con su ramita. El coronel se rió de buena gana. porque eso era una tontería. cuando se le ocurrió que el orden de las hormigas del idiota era parecido al que él tenía establecido en el pueblo. no.

Lo recibió el Ministro de la Guerra y le dijo: —Señor coronel. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO idiota. Y se lo trajeron. habló en voz baja de insubordinación. En seguida llegaba al patio y se paraba. En cuanto al coronel. esta vez sin el chofer. este coronel es un tonto. orgullo mío. muy serios y obedientes. la chaqueta impecable y la 211 . de regreso al pueblo. no pegó los ojos esa noche y hasta llegó a decir algunas palabras bastante feas. Los soldados llegaban tarde al cuartel o andaban bebiendo ron en la playa. tan feas que no se pueden repetir. como caramelo abandonado. se lo llevaron a un calabozo. donde el idiota pasó la noche sin poder dormir. saludó marcialmente. o lo que fuera. con la cara bastante arrugada. túneles. muy tranquilamente. A las seis y media de la mañana sacaron al patio al idiota y le preguntaron cuál era su último deseo. A las seis y tres cuartos se formó el pelotón y colocaron al idiota frente a una pared pintada de blanco. tocándose entre ellas las narices. Nadie supo nunca cuáles fueron los pensamientos del coronel. El idiota volvió a reír. ¡que lo ejecuten! El idiota. algunos comenzaron a aprovecharse. Allí pasaba por lo menos una hora. hasta con la ramita en la mano. A las seis y cincuenta minutos bajó el coronel de sus habitaciones. descuida a la tropa y permite que le critiquen los hombres mismos de quienes debe hacerse respetar –y golpeó. —¡No es posible! –repetía en la plazuela o en las callejas–. ¿cómo podía el coronel. buscando en vano a sus hormiguitas. Todos los negros de las casas blancas comenzaron a murmurar acerca de las visitas del coronel al idiota. por vagancia. Y el coronel se rascó tanto y tanto la cabeza que comenzó a encalvecer. puede andar organizando a hormigas. los pescadores dejaron de pescar y un muchachón de cara chupada. Y los soldados. Además. Le fascinaba contemplar a las hormiguitas en sus correcorres. ¡nadie. tan metódico. y se fue a la capital. Llegó a tener casi un campo de fútbol en lo alto del cráneo. dio media vuelta y se marchó. golpeó los talones. No.J. por lo cual el sargento decidió que alguien tan estúpido estaría muy bien fusilado. desatiende sus obligaciones. pero con los zapatos muy lustrados. Mañana a las siete de la mañana. aun siendo palabras de un coronel. no era posible que un militar tan brillante se complaciera en hormigas y en un tonto. dispongo que se le fusile. Un oficial como usted. se rió. a espaldas del idiota. esto es imperdonable. sin que le temblara la voz: —Por causar desasosiego. ¡Fusile a ese idiota y se acabó! Como el coronel era un oficial muy obediente y no quería perder sus condecoraciones. M. Un día llegó un telegrama para el coronel. un montón de cartas sin firma–. como no podía hablar. transportando insectos muertos o partes de insectos. —¡Tráiganme al idiota! –ordenó al sargento de guardia. óiganme bien!. —No quiero oírle. construyendo diques. Sólo la omnipotente ramita del idiota presidía toda aquella actividad. dejar a su amante la mulata por visitar al idiota? Y con el murmurar de aquella gente. ¡O se pone usted enérgico o lo rebajo a capitán y lo hago mi ayudante! —Señor Ministro… –comenzó a decir el coronel. porque en este pueblo debe reinar el orden y nadie. sobre su escritorio. y aun haciéndose el amor en la vía pública. Y dijo el coronel. Y el coronel se puso todo colorado cuando lo leyó y tomó su chevrolet.

porque no se podía dejar en el suelo del patio del cuartel al cadáver de un oficial tan metódico y tan brillante como fuera en vida el señor coronel. como la de una ola que cae en la playa. Era un ojo de mujer. como ropa en armario de vieja. Estaba absolutamente seguro de haberse dejado caer en el sillón con un cansancio de muchos siglos. Ahora había que enterrar al coronel. No había duda: La cerradura estaba suspendida. —Está muy bien –se dijo el sargento–. El coronel no gustó de aquellas lágrimas y con voz estentórea. dando unos saltos simétricos por toda la estancia. —Absolutamente todo –decidió completar el capitán. que seguía con la cara alzada. pero a ratos era negro. le dijo: —¿Por qué lloras? Hay que morirse alguna vez. del capitán y hasta del coronel. sin lágrimas. Exactamente a las siete de la mañana. el coronel se llevó la pistola a la cabeza y se pegó un tiro. Aunque sabía muy bien que el idiota no podía hablar. como el coronel era un hombre y un oficial muy metódico. El coronel le tomó por el pelo y le alzó la cabeza. le preguntó: —¿Estás en paz con tu sentencia? ¿Tienes algo que decir antes de que te ejecute? El idiota no respondió. El sueño En un principio fue la cerradura. de ojos abiertos y sorprendidos. como la que usaba cuando era teniente. pero parecióle absurdo saber que era de mujer. pero infinitamente iluminados. Paulo estaba dormido. sonreído por haber descubierto que podía decir “hormiguitas…” Lo fusilarían más tarde. son iguales. va a ajusticiarlo él mismo. Pareció mentira.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS gorra con su insignia reluciente. Hay que morirse como los hombres. para ejemplo de la tropa. Miró entonces al idiota con una mirada mansa. con las ideas muy en orden. como se sienten las piedras en las catedrales o las aguas de algunos ríos silenciosos de la selva. se acercó al idiota y se lo quedó mirando. pues aspiraba a un ascenso. —Todo en orden –repitió el sargento. tan grandes que le cubrían las mejillas y le agrandaban la baba en la boca. del sargento. Un tiro seco y perfecto. —¿Todo en orden? –preguntó el coronel. entreabrió sus labios húmedos y. Pero era el suyo un sueño arreglado. como que fue disparado por un gran oficial y un mejor tirador. El ojo era azul. pero en los ojos del idiota había dos lágrimas grandes. como una estrellita inventada por algún poeta para un soneto romántico. suspendida en un muro blanco. para asombro del pelotón de fusilamiento. porque todos los ojos. Paulo gustaba de que sus ideas fuesen 212 . no empotrada en el muro. el coronel era un oficial sin tacha. Pero no sucedió así. Después salió el ojo de la cerradura y se puso a bailar. donde se la dejaran las manos del coronel. pronunció pesadamente las primeras palabras de su vida: —Hormiguitas… Hormiguitas… El coronel se quedó muy rígido y se quitó la gorra. Una cerradura cualquiera. Al idiota se lo llevaron de nuevo al calabozo. cuando andan sueltos y bailando. de pie. Y seguido del capitán y del sargento. —Veamos –dijo entonces el coronel. y sacó su pistola. Indudablemente. El idiota. Y el coronel cayó al suelo muerto.

tuvo que viajar en el avión. Los sentimientos de Paulo no eran tan ordenados como sus ideas. como sus primeros cheques y 213 . pero la verdad era que los sentimientos no son obedientes y Paulo había leído eso en algún libro. Paulo siempre fue conformista. A lo mejor el ojo decidía entrarse nuevamente en la cerradura y dejar el sueño de Paulo un poco más limpio. Por todas estas razones el avión iba volando muy ordenadamente. La idea de la muerte no era una idea ordenada y en seguida Paulo mudó a la idea del amor. El ojo del sueño de Paulo no se cansaba de bailar. El ojo del sueño de Paulo decidió quedarse tranquilo unos segundos. como arenas de desierto. No en la muerte suya o de todos los hombres que él conocía. pero Paulo no estaba disgustado con su vida y eso era suficiente. Lo que no había previsto Paulo era la cerradura y mucho menos. El avión volaba velozmente sobre cielos color chocolate y no se preocupaba con el sueño de Paulo. no devolvió la mirada y se enroscó detrás de la cerradura. Paulo quiso aconsejar al ojo que se dedicase a mirar. sino en una muerte desconcertante. Así se clavó en el muro blanco del sueño y se puso a girar para arriba y luego para abajo. Los sueños debían tener voces y no ser mudos. como si no tuviese otra cosa que hacer. No le gustaba ese avión ni ningún otro avión. pero el ojo. El avión era de metal por todas partes. Era como una vida distinguida. Hasta la gente del aeropuerto tenía la duda de que aquel avión volase ordenadamente. Puede que el libro no dijera todo lo que hay que decir de los sentimientos. aquel ojo de tantos colores que bailaba de un lado para el otro. ni aun despiertos. sin llegar a ser completamente distinguida. por lo menos respecto a su vida. que tenía ahora color violeta. La idea del amor no estaba muy clara. Esto lo desagradó. La vida de Paulo había sido una vida bien vivida. por supuesto. de esos que caen y el sol no se molesta en meter la cara detrás de las nubes. Al avión sólo le interesaba volar y volar bien. Estaba visto que era un ojo incansable y Paulo decidió no darle tanta importancia. Paulo viajaba en el avión. porque con el sueño no tenía que viajar en el avión. Paulo miró al ojo fijamente. Pero no sucedió así y Paulo siguió soñando. pero como Paulo era un hombre muy civilizado. Fue una suerte que su cansancio le diera sueño. tan pequeño que sólo tuvo un beso. Pero los ingenieros que diseñaron el avión eran unos ingenieros muy inteligentes y los mecánicos que prepararon el avión eran unos mecánicos muy preparados y los pilotos que piloteaban el avión eran unos pilotos muy competentes. Quizás porque el amor era también un sentimiento y en Paulo los sentimientos no podían hablar. Paulo recordó un amor diminuto de su infancia y se sonrió. Las ideas de Paulo no estaban del todo civilizadas. Se podía comprender que aquel avión era un avión de los mejores. M. El avión en el cual viajaba Paulo era un avión muy grande. Y no de un chubasco fuerte. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO siempre ordenadas a pesar de que alguna vez una idea u otra se le escapaba y andaba luego importunándole. Hacía mucho tiempo que no había pensado en aquel amor. pero Paulo tampoco gustaba de leer demasiado. de brazos verticales como en un cuadro de Guayasamín y de cara vacía. pero encontró que en su sueño no había voces. Y también con sus sentimientos. Los sueños no eran de la incumbencia del avión. Paulo pensó en la muerte. La lectura no pasaba de ser en Paulo como el agua de un chubasco. porque para eso lo habían construido. sino porque a los amores de infancia Paulo los había archivado. El avión estaba acostumbrado a que sus pasajeros soñaran como les viniera en gana. No porque fue un amor pequeño.J. sino de un chubasco pequeño.

la boca y el ojo y la cerradura y hasta el muro no quisieron caer con el avión y se quedaron arriba. con su sueño cansado. Lo último le pareció más acertado y Paulo miró a la boca. una tierra que lo abrazó con lujuria. Indudablemente que Paulo había besado alguna vez aquella boca o dejado en ella gran parte de sus instintos. Entonces tuvo la sensación de caer en un abismo y a pesar de agitar sus brazos desesperadamente. Y en lo alto del morro. En el muro del sueño de Paulo apareció una boca. Algunas porque Paulo no quiso besarlas más y otras porque Paulo las besó demasiado. Isaías había fabricado una casa de tablones. No porque recordara a aquella hermosa muchacha que él había seducido para abandonar en la esquina triste de una ciudad cualquiera. Por el contrario. que ya era un sueño desordenado y un sueño angustiado. la boca del sueño era una boca diferente. pero la boca nada le decía ahora. Paulo pensó que su sueño era un sueño bastante desordenado. Paulo no pudo sonreírse nuevamente y el amor pequeñito se subió al muro. porque los sollozos de una virgen no son como las ideas. Y con Paulo su sueño. Paulo no le dio importancia. Sólo en un sueño tan cansado como el suyo podía surgir aquel amor pequeñito de la infancia. como una boca que va a decir una mala palabra o proferir una maldición. Paulo se estremeció. En el primer momento fue una angustia controlada. En el morro había muchas chozas llenas de negros que cantaban canciones tristes y canciones alegres. Del amor de la infancia Paulo pasó a la angustia. con techo de latón y ventanas simuladas. Era una boca sin pintura. pero la boca comenzó a bailar. La negra Ángela llegó al morro en una noche estrellada vestida de rojo y con perfume de coco en el grueso cabello irredento. con la angustia de todos los sueños que no van a terminar. La trajo un camino enredado en la selva. En la vida de Paulo muchas bocas habían quedado esperando. porque era una tierra que odiaba a los aviones grandes y rígidos que solían volar sobre ella sin detenerse. En cambio Paulo bajó con el avión. sino porque el avión había dejado de volar ordenadamente y estaba cayendo por el cielo en una forma tan precipitada que hasta el angustiado sueño de Paulo comenzó a caer junto con el avión. ni siquiera como los sentimientos. el ojo y la boca– dieron grandes saltos por el muro blanco del sueño de Paulo. un camino 214 . que era un sueño que no tenía despertar. El milagro El morro era chato y negro.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS sus camisas viejas. Quizás así pudiera formar un rostro y ordenar un poco su sueño. ya hacía mucho tiempo. Los negros del morro tenían mucha estimación por el negro Isaías. pegado al mar que lo lamía con olas cansadas de tanto viajar. frente a su primer cuerpo desnudo de mujer. sus brazos no pudieron agarrar nada. Y la cerradura se despegó del ojo y los tres –la cerradura. El avión se hizo pedazos sobre una tierra negra. O como la angustia que Paulo sintió. todos encaramados en el cielo color chocolate. como heridas sin cicatrizar. Paulo deseó que la boca se colocase debajo del ojo. Y en el avión se quedó Paulo. La muchacha seducida no apareció en el muro blanco. como las angustias de las niñas de buenas familias. como la angustia de los animales que se pierden en un bosque. carnosa y sensual. al lado del ojo que había vuelto a danzar. porque era una boca de un sueño y las bocas de los sueños no pueden hablar. Sin embargo. pero luego su angustia fue una angustia mayor.

rebelde como toda mujer–. Mariano se permitió añadir: —Lo que pasa con Ángela es que no es una negra de morro. No muchas. Yo quiero agua dulce. Yo me quiero bañar. a la orilla del mar. —No puedes. Porque el agua era el gran problema del morro. Mariano era un negro con preocupaciones. y porque Dios trajera agua al morro para que todos se pudieran bañar en las mañanas y nadie oliera mal. El negro Isaías nunca gustó de pensar. el agua salada me pica en el cuerpo. a los dos días de casada. él sólo deseaba 215 . El cura se fue persignando por el morro abajo. Eso de buscar mañana lo que hace falta hoy. porque luego le dolía la cabeza. mi amor. Ángela debería vivir en las matas. con mucho respeto. después de todo. Isaías. Llegó alborotada y alegre porque quería vivir en el morro. Ángela era una negra muy limpia y cuando. La ciudad llena de autos y tranvías y de gente apresurada. le dijo: —Me quiero bañar. Hubo hasta trompeta irritando al viento y sambas sensuales y gritos sonoros y hojarasca pisada y las ventanas de la casa del negro Isaías parecieron alegres en la noche de bodas. M. se pudiera bañar. en el morro no hay agua para esos lujos. ya se le pasará. las casas donde vivía la gente que no baila sambas en los morros y mucho menos pone ventanas simuladas para engañar a los curiosos. Ángela lucía algunos sueños y una que otra ilusión. edúcala. —No hagas caso a Ángela –le aconsejó Mariano. No podemos –aclaróle Isaías– malgastarla bañándonos. un morro que. de ambiciones pequeñitas. que rezara por ellos y por el negro Isaías y la negra Ángela. no era acertado. Cuando se casaron el negro Isaías y la negra Ángela los negros del morro bebieron cachaza y saltaron como cascabeles en un carnaval. se sentó en lo alto del morro. adquirió confianza con su esposo Isaías. construidos de acuerdo a la ley. preocupado porque no tenía agua para que su mujer. —¡No! –le dijo ella. Para eso tenemos el mar. con su sotana negra. también pequeñitos. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO sin rumbo dormitando entre árboles. como agua de lluvia o lágrimas de monja. El agua es algo importante y no podemos malgastarla. Y el cura. rodeó al morro y no le dio agua. como una piedra gastada. su agua que venía de las chorreras en las montañas o de los ríos en la selva y que la ciudad se había cuidado de ordenar en canales y filtrar en depósitos para que nadie se pudiera quejar de dolores en el vientre después de beberla. Y los niños del morro le dijeron. Ángela tenía en el pecho un corazón pequeñito. Las cosas se hacían según se presentaban. un amigo suyo que no era tan negro como Isaías–. que también era de muy reducido tamaño. se retiró temprano porque no quería prohibir a los negros sus bailes y cánticos. y ahora. nadie deseaba ver enclavado allí.J. Edúcala. El agua es para cocinar y beber. En sus ojos. La ciudad era muy celosa con su agua. Se entendía muy bien que la ciudad no tenía tiempo para darle agua al morro. Seguramente que sus abuelos debieron ser simples. pero algunas. Isaías asustó sus ojos y se tiró de la oreja. con su cuerpo tan largo como hilo de teléfono y su cabecita que parecía un alfiler. a pesar de lo que le aconsejaba su amigo Mariano. El negro Isaías. la negra Ángela. Isaías era un negro demasiado simple. La ciudad necesitaba su agua para lavar las calles y los tranvías y para llenar los baños y los fregaderos de las casas de muchos pisos. a la misma orilla del mar. Isaías se tiraba siempre de la oreja cuando algo no le gustaba.

siguió muy escondida. en un mal día. Esto siempre le calmaba y además le daba apetito. que estaba en la ciudad y no en el morro. —¡Agua! ¡Agua! –gritó el negro Isaías. Y los negros fueron los negros más limpios y más importantes. porque era un sudor que le salía del cráneo pequeñito. celosas de ver aquella agua consumida sin el pago de impuestos. Y los negros y los negritos corrieron hacia donde estaba el negro Isaías. —Si la encuentro –se dijo Isaías–. Y hasta la vieja muy vieja se inclinó en su mecedora y murmuró una plegaria. no recuerda todavía el momento exacto en que sintió el pie mojado. porque las olas no le quitaron de la mollera la imagen de su Ángela sin poderse bañar.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que su Ángela se pudiera dar un baño. que seguía de ojos muy asustados. sin que Isaías la pudiera encontrar. Fue entonces que el morro se hizo importante. Los negros del morro cantaron y bailaron muchas sambas y abrazaron al negro Isaías. porque se puso a bailar las sambas y a cantar con una voz gorjeante bajo el cielo del morro. Pero no se le gastó y se le quedó lustradita y reluciente. latigazos de polvo entre la verde maraña. cuando ya todos supieron que el agua y el manantial eran de su marido Isaías. 216 . porque hubiera sido demasiado repicar la campana grande sólo por un manantial que no era un manantial grande. con los ojos más asustados que nunca–. Cuando las autoridades de la ciudad. Y el cura. mandó a repicar la campana pequeña del campanario de su iglesia pequeña. El agua que salía de debajo del mango era un agua insistente y no paró de manar en una hora. los negros pusieron unas caras tan negras que las autoridades dijeron que esa agua podía usarse libremente. como era un negro bastante distraído. pero lo cierto es que allá en lo alto del morro. no muy lejos de su casa con las ventanas simuladas. Y buscó agua debajo de los árboles y debajo de las rocas. cuando se enteró. la regalaré a todos. a mirar las olas sin verlas. para que se bañen a gusto. Era preciso tener apetito para comer luego la frijolada y digerirla sin acritud en la boca y sequedad en el paladar. con tanta y tanta agua que los negros del morro pensaron que se le iba a gastar la piel. como los diputados de la oposición. Pero al otro día. ¡Es agua del morro! ¡Agua del morro! Y el grito se agrandó en las orejas de todos los negros y hasta de los negritos y los de una negra muy vieja. subieron al morro a tomar providencias. porque era el único morro con agua en la ciudad. Y la siguió buscando y el agua. Pero Isaías estaba. la negra Ángela se dio un baño muy largo. Y los negros del morro aprendieron a bañarse. muy largo. como moneda en manos de rico. Muchos baños se dio la negra Ángela. indudablemente. La negra Ángela no pudo bañarse en seguida. Un baño no era un pecado ni mucho menos algo que debía prohibirse a los negros del morro. Isaías regresó al morro y caminó por los trillos. Y el negro Isaías aprendió a bañarse. Era como el agua de un manantial bastante importante. debajo de un mango muy regordete. Isaías vio brotar un hilillo de agua que comenzó a llorar por la vertiente y a salpicar las puertas abiertas de las chozas de los negros. —¡Voy a buscar agua! –se dijo resueltamente. tan vieja que nadie hablaba con ella. que de seguro era una plegaria muy vieja también. Isaías se sintió aturdido con tantos pensamientos complicados y se fue a la orilla del mar. ¡A todos! El negro Isaías. El negro Isaías comenzó a sudar un sudor muy desagradable. ni en un día ni en un año y sigue manando.

cortando las olas y ondeando la cola. Calamidad Una luna mulata se había trepado desde la sonochada en lo alto del cielo. ha sido y es un negro feliz. hijo. En el campanario del pueblo golpearon las ocho. Repetía 217 . Los cocoteros. una sombra monstruosa debajo del agua. Puede ser que no. A las cuatro te traigo percao… —Bien. Calamidad se ajustó los calzones. El negro Isaías. La playa le vio persignarse y rezar un Padre Nuestro. Todos en Boca Chica y en Andrés venían hablando de La Diabla desde hacía muchos años. La Diabla no tiene amigos. el día en que los negros se pudieron bañar. que se asemejaba a un látigo. Después. —No. a pesar de que son viejitos y ya no piensan tanto en bañarse como antes. M. como avergonzada de poder ella sola albergar a Dios. Cinco negros de bronce y ébano empujaron suavemente un bote por la arena. Puede ser. una docena de casas de madera frente a la playa y una iglesia pequeñita. Gentes hay que le llaman al agua del morro el milagro del negro Isaías. Y un viento que llegaba frío de sus rondas vagabundas. había proseguido su camino. isleta que suele parecerse a un buque sin luces que huye por el mar. con los movimientos de una hoja mecida por los vientos. hora de marineros en cita con el mar Caribe. que se agitaba velozmente. mai. Voy al arrecife. sin hacerle caso. ni tampoco de odios. Ella pasea mar afuera… —Hasta un día. que en esa época era un grupo de bohíos. El hambre no le había tocado y su fe era sencilla como guayaba madura. Él sólo la vio una noche. de la cual extrajo una docena de sardinas. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Isaías y Ángela también fueron importantes y todavía lo son. cerca de la Matita. siendo él tan negro. El negro llegó hasta su bote. el negro Isaías no tuvo que pensar más. Después. La luna mulata comenzaba a esconderse en las almohadas del horizonte. Los animales no diferencian. —Me cuidaré. No conocía de barba ni de amores. que de ligero era casi canoa. con quien pudiera conversar más a gusto o pedirle todas las cosas que andaban enrevesadas en su cerebro. Era Calamidad un mozalbete aún. también él con rumbo hacia la playa. estaba golpeando la bahía. Cerca de la Matita. Por eso a veces soñaba con un Dios de su color. empuñó los remos y comenzó a bogar.J. una creencia en que alguien ordenaba las puestas de sol y las alzas de la marea. Eran tan grande que por un instante puso a zozobrar su bote. bien. eran mecidos por la brisa. Lo arrastró al agua. arrugada en el umbral como papel con traza. Calamidad sonrió. muchacho. y un erizo. —No salgas mar afuera –le aconsejó la vieja. respiró fuertemente y abandonó la choza de sus padres. casi a cien metros del arrecife. clavados en la tierra como puñales de goma. pero cuídate de la raya. tan pequeñito como aquella primera gota de agua que le mojó el pie. Calamidad cruzó la aldehuela. ni tuvo dolores en su cráneo pequeñito. mai. Calamidad tiró la red. Uté sabe que La Diabla no gusta de arena. la noche se lo tragó en su silencio y el mar lo recibió para platicar con él la sempiterna canción del pescador. un alguien que Calamidad no podía explicar por qué era blanco. con su cuerpo largo como hilo de teléfono y sus ojos asustados. ¡Es natural! Desde que Ángela encontró agua para bañarse.

dando de latigazos. las palmeras. Calamidad divisó a La Diabla. con esa lucidez de los hombres que viven solitarios. Si era cierto que la marea estaba alta. si la dejo ir. con el rabo ondulante a los costados. Calamidad la buscó con ansiedad. Calamidad tropezó. de La Caleta. de Guayacanes. a ratos. sin embargo. ¡Porque aquella era La Diabla! No podía dudarlo. levantó los brazos inútilmente y cayó fuera del bote. mientras las olas le lamían suavemente los muslos. Las estrellas. era la raya famosa. La mota de furia y de poder vino a su lado y onduló suavemente entre él y el bote. Esa mota negruzca de tres metros de circunferencia. —Si me libro de este trance –se dijo–. a modo de arpón. para no agitar las aguas. En seguida. La bahía había quedado. —Si la toco.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS la operación cuando oyó chasquear el agua en forma para él no muy común. esperando o descansando junto a mí… Y Calamidad sopesó. hasta de la misma capital. andaba esa noche en los alrededores de la Matita. después de escaparse la luna. Calamidad se veía frente a la muerte y érale trabajoso. En seguida se levantó. Sólo pececillos auríferos saltaban. La raya se encontraba en un lugar peligroso de la bahía y Calamidad ni siquiera pensó en trabar duelo con ella. Cuando jalaba de ella. No podía explicarse cómo La Diabla. terror de pescadores. Diabla. La raya se acercó. En él lo que más había era curiosidad. en derredor del bote. Pensó en tantas cosas el pobre negro que los brazos se le quedaron fláccidos a ambos lados del pantalón. Súbitamente impresionado. Al rato. para quienes encontrarse con La Diabla hubiese valido más que la vida. óyeme. en mitad de sus angustias. comprender cuanto le ocurría. una sombra chata saltó a su diestra. la brisa y el bramido del mar. a punto de vararse en aquellos parajes de poca profundidad. también lo era que nunca antes se atrevió La Diabla a penetrar la barrera de los arrecifes e irrumpir en las aguas mansas del litoral. paralizado de terror. me muero –suspiró el negro–. Calamidad volvió a tirar la red y esperó. el monstruo nadaba sobre los bancos de arena. no me lo creen. suelen usar los pescadores de Boca Chica en la pesca y captura de rayas. y la sujetó nerviosamente. continuaban su coloquio sin edad. nunca volveré a hablar de ti. En seguida agarró la lanza que. pero todavía no quiso creer. ¡Ayúdame. negro que estás en la altura…! 218 . que se conmovió. —¡Válgame el cielo! –exclamó–: Pues no será bruta… ¿Y qué no sabe que por aquí no hay agua pa ella? La raya se había dado vuelta y cruzado velozmente junto a su bote. inició un círculo en derredor de Calamidad. Juguetón y nervioso. Santo Dios! Y Calamidad hizo la señal de la cruz sobre su frente húmeda. pero el selacio había desaparecido. No lo achacó a miedo. No podía pensar y rezó una plegaria simple. —¡Si Dios fuera negro! –murmuró–: ¡Entonces sí que me comprendería! Calamidad volvió a tirar lentamente de la red. —Es verdad –se dijo–. Pensó en que algún pez grande andaba suelto arrecife adentro y no prestó interés. La Diabla está aquí. percibió que el fondo del mar registraba un tono más oscuro. ¡Aunque me coma la lengua! ¡Óyeme Dios de los negros. chocando contra las rocas del arrecife. —¡Guaite con la traviesa! ¿Y qué querrá? El negro comenzaba a sentir cosquilleos en el estómago. La tenía toda a bordo cuando se le enganchó un pie en ella. llena de una apacible oscuridad. la significación de su aventura: Había pescadores de San Pedro.

bajo el rielar de la luna inflada. el corazón no me miente. Ya los otros botes estaban descansando en la playa y por detrás de los cocoteros los cangrejos huían de la luz del sol. el negro subió a su bote y remó hacia el poblado. como quien ha visto un fantasma y no se atreve a decirlo o siquiera confesarlo. Durante toda su vida –recordaba Ernesto– la piedra estuvo clavada en la ladera del monte como una nariz. golpeando la ropa sobre los guijarros–. los cantos y silbidos. sus vacas pardinegras. a convertirse en pescador de mar afuera. que no conoce esta historia. Verás. Casabe y plátanos. cuando Ernesto realmente comprendió a la piedra. alguien le oyó decir. como nunca antes tuviera Calamidad. La cabeza le daba vueltas y en los ojos había un brillo nuevo. a veces carne. posada a la vera del arroyo. Ernesto! ¿De dónde te sacas semejante entrevero? —Del corazón. Llegó. cómo te guardé el secreto? La gente. —Mai –dijo a la madre–. Amanecía. sin molestarse en recoger las sardinas que trajera. 219 . la veo igualita que anoche. Sin embargo. dejándole alma y voluntad en acecho. Chasqueó su cola una última vez y La Diabla nadó furiosamente. perdiéndose de vista. Bruñido por los vientos. el sudor cristalino y el andullo se convirtieron en una sola larga mirada triste que de los pastos y el cafetal se enredaba en la piedra y allí se quedaba. ¿Pero qué te pasa? —No pasa na… A mí no me pasa naa… Hubo otras noches de luna en Boca Chica y Calamidad volvió a hurgar en la bahía su triste encomienda de sardinas. posándola sobre el promontorio. —¡Y cómo no. debe pensar que Calamidad no fue más que un pobre negro loco. —Son cosas de la imaginación –había sentenciado su mujer. esta frase que nadie ha podido explicar: —¿Viste negro. la piedra no era la misma. Mischa. —¡Alabado sea el Señor. por insospechada. Algún cataclismo la movió de la cima. La gente cayó en cuenta de inmediato. ¡Hasta aquella mañana en que Ernesto reparó en la piedra! La revelación. le estuvo agria. —No. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Hirvieron de pronto las aguas con la arrancada de la raya. porque en Ernesto la alegría. una plegaria sin ensayos que Dios recibía sonreído. con la seguridad del granito. de esos hombres para quienes el mar. esa piedra nos odia. el algarrobo y el valle estrecho. eterna como el cielo o la envidia de los hombres. de esos bravos que luchan contra el viento y las olas. los domingos sancocho y todos los días arroz con habichuelas. pero él no se daba cuenta. el peñasco era aquella parte del paisaje que todos guardaban en la hondura del ojo. Atracó. recortado por los cerros abruptos y afilados. Calamidad permaneció inmovilizado sobre el banco de arena. Y cuando era viejo. con los años. los mangos frondosos. Era como si a la bucólica placidez del valle hubiese llegado la tormenta. difícil.J. que el año pasado. el agua y la muerte son sólo hermanos. M. averigüé que nosotros los negros tenemos Dios. En las noches. encaramó su embarcación en la arena y caminó lentamente hacia su casa. a la callandita. muchacho! Siempre tuvimos. Minutos u horas más tarde. La piedra El mundo de Ernesto fue siempre un mundo fácil y hermoso: Su casita blanca. negra.

adelantó su ritmo cuantas veces Ernesto conversó con la piedra. contemplar en silencio al valle y la casa. sin duelos. Ernesto. comiendo flores y bañándose en el río. solitario y misterioso. el guardia Cirilo y el ñato Santiago–. ni los besos calientes de Mischa en las noches de luna llena. sin hambre. Corroída su alma por el miedo. no puede ser –suplicaba Mischa– que una piedra venga a desgraciarnos. el conuco y el cafetal quedaron sin mimos y las lianas y los yerbajos desfilaron hasta la puerta misma de la casita blanca. con los pies encallecidos y las manos duras. cayendo. —Dime. angustia de ojos hundidos y brazos en postura de lápices usados. angustia de barba zahareña y piernas vacilantes. ni los consejos del ñato Santiago. donde. como si el valle fuese una presa demasiado fácil para tragarla sin suplicios o torturas. ¿quién te cambió la cara? ¿Qué quieres de mí o de los míos? ¿Por qué no te lanzas al barranco y te haces pedazos? ¡Maldita! Yo era feliz. pelada del diablo! La piedra jamás contestó sus denuestos. un hálito de hombre para quien la vida sólo fue sucesión de temblíos. trató. En vano. sin dolores. la ponía a ulular. Ernesto envejeció. poseído de sus angustias y enfermo de pesar. ¡ya pagaría por olvidarme de esa intrusa que nos quiere tan mal! Y la piedra parecía gemir en los atardeceres. mujer. Ni las amenazas del guardia Cirilo. porque los hombres que andan sobre la tierra. Ernesto! –le amonestaban las comadres y la mulata Dolores. —No puedo –aseguraba Ernesto–. para que la sangre no caiga sobre nadie”. Nadie pudo redimir a Ernesto. Sólo a ratos el viento. que ella ni tiene alma ni se mete con nadie. apurado y jadeante.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Ernesto. Vivía tranquilo. ¡lucha! —Déjame. Pero la piedra no tenía prisas y continuó clavada en lo alto del monte. para quien el demonio se podía ahuyentar con “un té de yerbabuena. a Ernesto. Nunca campesino alguno supo hasta dónde llegó la tortura de Ernesto. cantar bajo el sol de agosto. intrusa. fuera a perderse en el lecho del río. Mischa y los siete negritos con sus siete barrigas y sus siete ombligos. Si los siglos no habían podido conmoverla un ápice. ¿qué sabes tú de mi infortunio? Y pasaron los meses. Era esperar y esperar. son hombres sin lágrimas. ¡Hasta que la gente dejó de hacerle caso y se rió de él! Los siete negritos con sus siete barrigas y sus siete ombligos –sus hijos– crecieron y se regaron 220 . sin ruidos. sin ambiciones. Sólo el corazón. de empujar la piedra hacia la otra vertiente. sin miedo. Huyó la paz de aquel mundo fácil y hermoso. maldita!” Luego abandonó toda lucha y se refugió en la angustia. —No es posible. ¡Tú has venido a buscarme y tengo frío en el estómago. Las vacas fueron descuidadas. bien cubierto de pecho. Y Ernesto se estremecía de pavor. Anímate. ni los vaticinios de la mulata Dolores. vive tu vida y olvida a la piedra. En un principio Ernesto. un pobre loco triste que sólo hablaba de su piedra y lo mucho que ella le odiaba y malquería. Ernesto se convirtió en una sombra dolorosa. hablando a solas con los algarrobos y los mangos. convencido de que la piedra acabaría con él y con los suyos. cuando nadie lo veía. frontera de locura. como árboles que se han muerto de pie. dos velas en el patio y un puerquito matado en viernes. con sus golpetazos sin rumbo. ¿cómo iban los brazos y las manos de Ernesto a trocar la pétrea voluntad del granito? Muchas noches recogió la torrentera el grito de impotencia: “¡Maldita.

en un aguacero cualquiera de los que vienen sobre la cordillera y se marchan luego arroyos y ríos abajo. Fue un día lleno de cartas y de dictados y de calor. que yo te perdono. El pico se alzaba y caía rítmicamente. cuando el sol se mecía en el ancho trapecio del cielo. Elsa saludó al portero. balanceóse coquetonamente y taconeó en la acera. La Mischa envejeció con él. La gente dijo que ella también era loca. Elsa se apoyó en la ventana y miró al negro que rompía el asfalto. El negro sembrado de músculos se pasó una mano por la frente. Un vaso de agua y un cigarrillo y otra tarde de cartas y de 221 . Y por último. en busca de más negritos con más barrigas y más ombligos. inhaló con la boca abierta y se marchó hacia su casa. en una mañana cualquiera. El charco Sobre la limpia superficie del asfalto cayó el primer picotazo. La ciudad se desperezaba. la piedra cayó del cerro y arrancó de sus cimientos a la casita blanca donde fueran felices Ernesto. Mischa y los siete negritos con las siete barrigas y los siete ombligos. Al mediodía tomó café y comió un sandwich con sabor a resina. con un clavel en la boca. El asfalto se fue abriendo y en la llaga quedaron a la luz cemento y piedra. Entró al baño.J. de las cosas intestinales de la ciudad. Por la orilla del mar pasó un automóvil y en seguida otro. desde el asiento. cuando tuviera tiempo. las miradas cansadas de algunos hombrecitos. Cuando Elsa llegó a su oficina. El ronco reloj de la iglesia anunció que eran las siete. Era su asfalto. Y un día Ernesto el loco se murió tranquilamente. Hoy tendría que ir hasta la esquina a tomar el ómnibus. Elsa se subió al ómnibus y comenzó. pero hosca y vacía. que no hagas más daño…” La Mischa lloró sobre el cuerpo del loco Ernesto y unos días más tarde se murió también. Los dejó al lado de una novelita intrascendente que quería leer. tuvo que pasar ante la mirada vacía del ascensorista. Después que Elsa pasó ante todas aquellas miradas. En la esquina el sereno encendió un cigarrillo. vidriando los ojos en dirección de la piedra y murmurando: “Que Dios te perdone. La piel de la ciudad era una piel sin resistencia. la diaria contemplación de calles y plazas. En seguida Elsa guardó sus pensamientos. desconociendo a este Ernesto que ya no le traía flores del valle ni la trepaba en su potro bayo ni le regalaba amores al oído. Elsa era también una cosa de la ciudad. El agua de la ducha era su único amante. Aquel asfalto era un asfalto blanco y dócil y el pico del negro era un pico lleno de rabias y de odios y de venganza. El negro sintió la sangre caliente en sus brazos poderosos. rodeado de margaritas. Elsa dejó que el chorro de agua resbalara sobre su cuerpo desnudo. en una tarde bermeja. El negro que rompía el asfalto la miró con curiosidad y demoró el ritmo del pico. la mirada codiciosa de su jefe y la mirada perdida de la mujer que barría los pisos. pudo sentarse a su escritorio y comenzar a trabajar. M. aunque la mulata Dolores aseguró que su locura era sólo de amor por Ernesto. la mirada idiota de las compañeras. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO por los caminos. el pulido paño gris que llenaba su calle y que ella cruzaba todos los días. Bostezó. de parques y gente. Se estremeció. El sol apuntó su nariz colorada en el cielo lleno de bruma. Elsa pensó en que el saludo del portero era la primera palabra dedicada a su oído desde la tarde anterior.

Elsa regresó a su calle cuando oscurecía. de gente que se reía sola.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS dictados y de miradas que llegaban hasta su rincón. sacó sus pensamientos y quedóse quieta. como si sobre el mundo se estuviese oyendo un solo chiste graciosísimo. contemplando la muerte del asfalto de su calle. Seguramente que había vuelto a su pueblo y le había contado a las viejas chismosas que el asfalto estaba roto. Se consoló pensando que quizás el asfalto estaba enfermo y había que sacarle sus males y curarlo. comenzaban a marcharse por la ciudad en silencio. Elsa se encaramó en su ventana. pero no interrumpieron el picoteo ni aliviaron el dolor de la calle revuelta. Llovió. Recordaba haber salido nuevamente a la ventana. como la luna cuando huye entre nubes negras. su tranquilidad. Su pueblo era mucho mejor. pero era un pueblo que estaba lejos. hasta casi cubrir la calle de acera a acera. —¡Pobrecito asfalto! –se dijo Elsa. Elsa hubiese querido protegerlos de los picotazos. en su sueño. pero él se rió y Elsa no gustaba de la risa de su novio. Elsa pensó que era una aorta de la ciudad con mala circulación y la fosa que abrían los negros le pareció un cáncer. En la noche los negros encendieron luces y cenaron pan y carne sobre los pedazos de asfalto. Era preferible vivir en esta ciudad de asfalto. estaba cantando a solas. con un novio que no la quería y aun la engañaba. encaramado en un cerro. Y vio también que la fosa estaba llena de aguas sucias y que los negros. ¡Pobrecita mi calle! Ya nunca será igual. El mar era confidente de las preocupaciones de Elsa. Y a su novio le habló del asfalto. Otros negros llenos de músculos se habían unido al primero y varios picos golpeaban ahora al asfalto. el cáncer del asfalto. Las gotas resbalaron sobre las espaldas desnudas de los negros y mojaron el asfalto. en cambio. pero que Elsa no sentía. Era un pueblo perdido. Los hombres y las mujeres y los niños dormían todavía y la ciudad no hablaba. Elsa se durmió aquella noche con un sueño agitado y en varias ocasiones despertó. con un hermano borracho y muchas viejas que la señalaban y la criticaban. 222 . Elsa sólo quería ver a su asfalto enfermo. regresar a la ciudad y ver cómo estaba el asfalto. que por su tamaño y su voz disonante debía ser el capataz. sin asfalto. dejando al charco de la calle sin amigos y sin consuelo. ordenó usar los taladros eléctricos para llegar más pronto a la cañería accidentada. —Es la cañería central… La de las aguas muertas… Sus compañeros dieron asentimiento con las cabezas y uno de ellos. Elsa era una mujercita desolada y solitaria y sufría siempre con los sufrimientos de los demás. pero no en aquel día. A medianoche. antes de que llegara la mañana. un negro dio un grito de júbilo y de la herida del asfalto manó un chorro de agua sucia y maloliente. para ver con asombro que los negros habían agrandado la fosa. Elsa decidió. Elsa soñó una última vez. de madrugada. Elsa se detuvo y los miró. Apresuró las diligencias del despertar y bajó a la calle. Elsa había perdido el apetito. El mar. cuando Elsa bostezaba un poco. como si fuera en su cabeza que golpearan los taladros y se hundieran los picos de los negros. Estaba intrigada con la suerte de su calle y de su asfalto. Pensó que su asfalto estaba horrible y desfigurado y que aquellos hombres no tenían corazón. devolverles su tersa fisonomía. pero fue un sueño que no pudo recordar después. antes de que el sol viniera con sus luminosidades a llenarle las olas de crestas blancas y la playa de espuma danzarina. antes de acostarse en su cama sin calor–. al parecer cansados. porque era una risa engañosa. Eran miradas de la ciudad y Elsa no gustaba de la ciudad. llena de miradas y de calles iguales.

Se sintió dueña del charco y de la calle y del asfalto y de la ciudad. Los Pacolola El día en que nació Lola.J. El tablón era firme y sólido. calles retorcidas y música de mariachis que no duermen nunca. Su calle estaba herida en muy mala forma. porque estaba formado de la sangre de su calle y de su asfalto. esa ciudad mexicana bordada en la falda de la sierra con casitas de tejas rojas. la canción de un hombre que tampoco había dormido. Se oyó música en la calle y junto al charco. había aprendido bien lo único que podía darle su pueblo lejano. El charco lo cerraron después. Nadie podía ver su gesto infantil. En el mar Elsa sólo había mojado sus muslos y se había enjuagado la cara y el pelo. porque Elsa no sabía cantar. Elsa se sintió inmensamente feliz con su travesura. Era una canción deprimente. En su pueblo. en hacerle algunas preguntas. La ciudad poco dijo. de orilla a orilla. una criatura venida al mundo única y exclusivamente para usar el paladar. Elsa pensó que al fin realizaba algo que los hombres y las mujeres de la ciudad no podían hacer libremente. junto al tablón que creyó puente para travesuras. Experimentaba cierta voluptuosidad en estar a solas con él. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Caminó lentamente hacia el charco. desde un principio. Sobre el charco los negros habían colocado un largo tablón. porque era una ciudad acostumbrada a encontrar cuerpos de hombres y mujeres sin historia. puesto que con bordearlo se podía fácilmente pasar al otro lado de la calle. era su charco. no se sabe si por coincidencia. Y Elsa se ahogó en lo hondo del charco. nunca vio más agua que la del baño. Era como un puente para cruzarlo. la desolación. 223 . Elsa. El negro musculoso fue el primero en verlo y en pregonar su asombro por la calle que se despertaba. en cambio. faltó vinagre en todas las tiendas de provisiones de su pueblo. ni nadie se reiría de ella. frente a los mudos pedazos de asfalto que los negros habían arrancado a su calle. Lola nunca jugó con muñecas ni tuvo momentos de solaz en el jardín de su casa. Elsa deseó encaramarse en él y cruzar el charco. Sabía que no podía nadar. Y Elsa tropezó. sin dejar salir el grito de espanto que venía viajando desde su pecho desolado. De niña –recuerdan quienes la conocieron bien–. Y Elsa quiso rezar. Se llevó una mano a la nariz. pero en realidad no era un puente necesario. Pero se vio en mitad de las aguas pútridas y empezó a hundirse en ellas. Y lo usó con tanto deleite que ya a los seis años de edad parecía uno de esos globitos que se venden en las ferias o en los parques y que si los niños sueltan se van volando por los cielos. pero la boca se le llenó de aguas pútridas y el estómago se le arqueó. evadiendo el olor desagradable. encaramado en el cerro. hija de hacendado y poetisa. perdidos en sus calles o durmiendo para siempre en algún parque lleno de frondas y de aromas. Lola. que por supuesto el charco iba a dejar sin contestación. Fue. subió el precio del cacao en los mercados internacionales. Cerró los ojos horrorizada y miró hacia el cielo. Indudablemente. El agua lo lamía con un chapoteo imperceptible. Elsa dio los primeros pasos. el día en que nació Paco. quizás por casualidad. Elsa no pudo tararearla. El cuerpo de Elsa flotó solitario. sufría tanto como Elsa. Por eso ahora las aguas del charco se la tragaban definitivamente. Además. pasó su niñez en Cuernavaca. Y los negros se fueron con sus picos en busca de otros charcos. M. cuando la cañería fue debidamente reparada.

lo que estoy es muy gorda. Luego alguien compuso una canción ranchera acerca de un elefante y un puñal y la gente en seguida la denominó el Canto de los Pacolola. negocio cómodo para él porque podía confundirse con la mercancía cuantas veces algún amigo o acreedor venía a conversarle. jóvenes ambos. —¿Y eso qué ser…? —preguntaban los gringos. después de ver las pirámides. cada vez más señalados por el infortunio de la curiosidad populachera. Las comadres de Cuernavaca refieren que un día de lluvia su madre. —Pues la mujer más gorda del mundo y el hombre más flaco. Paco. hijo de un militar amargado que jamás pasó de teniente y de una acapulqueña que soñaba con la playa distante. pero Paco tuvo que abandonar la universidad porque los profesores tenían dificultad en ver con quién hablaban y Lola regresó de Jalisco porque un alcalde. tropezó con Paco. Lola engullendo bombones en cantidades astronómicas y Paco chupándose los dedos o tocando una guitarra que le regalara un tío compasivo. viejo politicastro marrullero. una confitería especializada en bombones. Lola se relamía con caramelos. y no sea mentiroso. la fama de los dos desgraciados y un sentimiento de mutua comprensión y ayuda entre ambos. ¿Está tomado? 224 . más requeteflaco de México y del mundo. que venía de ver en el cine una película de vaqueros.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Paco. mano… –solían decir los cicerones de las agencias turísticas. por su flacura. Una noche de diciembre Lola. Lola puso. indicio de que la niña era precoz. quizás en la creencia de que la saliva era alimento. en vez de desaparecer. Y así fue como. fue confundido al nacer. Lola siguió engordando hasta convertirse en una curiosidad turística que los norteamericanos retrataban tan pronto llegaban a Cuernavaca y Paco enflaqueció más todavía. Lola y Paco se encontraron en Cuernavaca sin tener dónde ir y con una amargura infinita hacía la vida y la humanidad en general. ¡está usted rechula! —Vamos. Pasaron los años y con ellos crecieron las hacendillas de Paco y Lola hasta convertirse en verdaderas fortunas. Paco. continuó con los años. Vivían relativamente tranquilos. con el dinero heredado. –Aquí –le anunciaban a uno en los grandes hoteles de Ciudad de México–. vestida y acicalada para irse a la iglesia y rezar una salve. pero con dos corazones de oro. Lola. —Lola. lo usó para barrer el patio de las aguas inundantes. Un día murieron los padres de ambos. hasta perfilarlo por todos lados. colocándole en la cabeza una escoba. casi en la misma calle. Eran dos jóvenes deformes. hay que ver a los Pacolola. por ver si el muchacho se agarraba en algo y el viento no se lo llevaba hasta la cumbre del Popocatepelt. Paco estudió en Ciudad de México y Lola en Guadalajara. Paco y Lola fueron a la misma escuela y mientras Paco se chupaba los dedos. con un bastón. consideró que aquella gorda desentonaba con las clásicas bellezas de la tierra de María Félix. montó una tienda de alfileres. —No. se ve usted esta noche pero que muy bien… —Ándele. acercándose peligrosamente a la invisibilidad. como una varilla de acero. Esta flacura. De ahí que los guías comenzaron a llamar a la calle de los dos infortunados como la de los Pacolola. Paco.

Y del cura y del jefe de los mariachis de Morelos. llena de ruidos que comenzaban a morirse en la noche calurosa de verano. continuaban. a Paco y a Lola. replicó: —Sí. al pronunciar las palabras bíblicas. ni en la luna. una pandilla de mocosos y mocosas atestiguaba que aquel matrimonio era feliz y que el mundo ni las gentes les interesaban un bledo. donde no repararon en el saludo de amigos y amigas. Perdieron pues los Pacolola su fama internacional y huyeron de su callejuela los turistas. la tomo. Claro está que algunas de las hijas de los Pacolola engullen bombones y pastelería que da miedo y unos cuantos de los hijos se chupan el dedo. del alcalde y del gobernador. inmortalizándose. En un principio la gente no se dio cuenta. mujeres más rechonchitas existían que Lola y hombres más verdes y más flácidos que Paco se consumían en los bancos de la plaza. manito –decía un político con ambición de llegar a diputado– no sabemos organizar el turismo en este país. padre. con detrimento del fisco de Cuernavaca. como su legítima esposa…? Pero Paco. con todas sus ventajas. a esta mujer. pues con los tacos y las tortillitas y los huacamoles. cuando era soltero. que en bandadas revoltosas. en efecto. aplana a hombres y mujeres en un anonimato que da lástima. en vez de resguardarlos en jaulas. pero de nada les vale. M. preguntando a Paco: —Paco del Castañedo. que ya no eran el hombre más flaco de México ni la mujer más gorda del mundo. Porque la verdad es que el matrimonio. Un humo pardo y vacío llegaba por el cielo y se desdoblaba sobre los álamos y en los estanques del bosque. —Es que. y a ella por ser la mujer más gorda del mundo. Y de las palomas. aunque usted la crea un globo. sin detenerse. que desde el cielo quería también enterarse de la conversación. 225 . digo. Y volvieron a transcurrir los meses y los años. ¿toma usted a este globo. algunos de los cuales. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Y el diálogo. hacia Tasco o Acapulco. Hemos abandonado a los Pacolola a su suerte. concurrieron al atrio de la iglesia a ver a la gorda y al flaco uniendo sus tristes destinos. Mas en la casita bermeja donde Paco y Lola tenían su nido de amor. El hombre de la ventana tiró a la calle su cigarrillo y apuró un trago largo de whiskey. los llevó por las callejas y los empujó hasta la plaza. chata y pícara. Y ni siquiera de Morelos. La posteridad sólo recordará a sus padres. Y Cuernavaca entera cayó en cuenta de que. El gato se acurrucó en el alero y bostezó. La ciudad seguía iluminada. hasta que un turista señaló con desagrado: —Estos Pacolola son puro cuento… Ninguno excepcional. con el beneplácito del síndico. a él por ser el hombre más flaco de México. Fue un acto conmovedor. como Romeo o como Fausto. sin ellos darse cuenta. registrándose un curiosísimo fenómeno: Paco comenzó a engordar y Lola a perder peso.J. Curiosidad En el tejado oscuro el gato se movió con lentitud y miró hacia la ventana donde estaba el hombre fumando el cigarrillo. Paco y Lola se casaron un mes más tarde. no se equivocara. pero no hubiese resultado memorable si el señor cura. para la admiración del mundo entero. el amor había transformado en tal forma a los esposos. también cuando soltera.

Por eso la mujer había decidido escuchar las frases galantes. La mujer achacó a curiosidad el encontrarse allí y en aquella situación de desprendimiento. —¡Amado mío! —¡Idolatrada! Los amantes no eran originales y cambiaron en un abrazo su ausencia de palabras. La mujer no gustó del beso tranquilo y se sonrió. Días después se encontraron a la salida de un cinema. como gotas de agua en la misma orilla de sus oídos atentos. Prefirió no decir nada al esposo. tomados de las manos. Era una mujer apresurada y una mujer nerviosa y tenía. en las noches. con bastante sueño. 226 . además. con el temblor de una tierra movediza. se reía con una risa galopante. en otro lugar de la casa. Eran palabras. tanto que los amantes tuvieron tiempo de pensar y aun de recordar. que ya avanzaba hacia el zaguán. Y alguien más. hubiera seguido en la sombra. un disco gastado de Bach. El hombre estuvo convencido de que al fin lograría la posesión de aquella mujer hermosísima. un beso tranquilo como el agua de los estanques del bosque. pero los amantes no conocían nada mejor. Alguien escuchaba. el hombre tuvo para ella frases galantes que producían cosquillas. El gato presentía que su enemigo el perro no estaba muy lejos y todo lo relativo al perro tenía suma gravedad. Cuando se conocieron. La mujer apresurada se entró por la puerta y tomó el ascensor. en una fiesta olvidada ya. Ella había mirado a su esposo y el esposo conversaba con otra mujer. El hombre comprendió aquella sonrisa y cambió el beso tranquilo por un beso fuerte y húmedo. Los amantes decidieron besarse. que el hombre agarró en la nariz y lo guardó en el pecho. Los amantes se asomaron a la ventana. El humo pardo y vacío se tornaba negro. Si aquella mujer no hubiera sido la amiga del hombre de la ventana. su marido la besaba con rabia y la hacía dormir agotada.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Un taxi se detuvo en la esquina y de él descendió una mujer. La ciudad comenzaba a apagarse. Duró mucho aquel beso. Tomaron té en un salón muy chic y allí él repitió las frases galantes. La música de Bach era ahora música de Beethoven y la risa de ametralladora fue una blasfemia incontenible que trepidó en el alero donde se acurrucaba el gato. los recuerdos bastante cursis. un cuerpo mordido de deseos y tembloroso. muchísimo menos elegante que ella. En seguida estuvo su cuerpo. como el tableteo de una ametralladora. Comenzaron con un beso tímido que se desfloró a flor de labios. A pesar de que ella se sentía gozosa como una gatita cuando. mientras tomaba una y otra vez sus manos. pero eso era porque la ciudad perdía sus luces y no porque el humo hubiese dejado de ser pardo. indudablemente. que se resistían. su figura se hubiese quedado tranquilamente en la calle o su taconeo. Al cuarto llegó primero su perfume. porque no hubiese comprendido que tomar las manos no es cosa importante. hasta perderse a la vuelta de la esquina. Los pensamientos fueron bastante comunes. Era suficiente. la ecuación del miedo en los ojos azules. Era una situación a la que el gato estaba absolutamente acostumbrado. El gato permanecía en el alero. que ella no había escuchado en los labios de su marido. Continuaron los encuentros y el hombre arreciaba las palabras y hasta llegó a pronunciarlas muy quedamente. detrás de una pared.

La mujer se vio vestida nuevamente. Era la de ellos una amistad de gente complicada. música apropiada para sorber menta y fumar cigarrillos rubios. Pero como eran lágrimas de la casualidad. la risa convertida en blasfemia y el maullar del gato en acecho. Sobre la ciudad la noche envejecía con ruidos muertos sobre los hombres y las mujeres y los niños y unos pocos viejos. porque de memoria sabía que todas las mujeres regresaban. como una nube haciendo la siesta. arreglándose el desaliño del vestido y yendo a sentarse en el sofá. Y él no la escuchó. La entrega no podía demorarse una noche más. al menos el suyo. —¿Qué te sucede? –le preguntó. porque el aliento del hombre salía caliente y pesado. aun estando los párpados humedecidos por una que otra lágrima. Ella siguió en silencio. arropándoles en una mortaja que no dejaba pasar los ruidos de la ciudad. observándole fría e imperturbablemente. El marido. sofocada como una bestiezuela. dibujando el rouge en su carita inocente. se volvió hacia él y dijo. —No volveremos a vernos –sentenció la mujer. La mujer empezó a temblar. rumbo al abismo. su enemigo. Del alero del tejado brotó un maullido desconsolador y se pudo ver al gato huyendo por entre las chimeneas. llenos de un humo que subía voluptuosamente hasta el techo y se quedaba tranquilo. Y sin embargo. que eran hijitos de los dos. Ella estaba en la puerta.J. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Después el hombre de mundo la llevó a su departamento y oyeron ambos música romántica. Los besos fueron esta vez más largos y húmedos. La mujer cerró los ojos. para aquel hombre. para desquitarse. El hombre volvió primero. —¿Qué te sucede? –repitió el hombre. mientras pensaba que aquello era muy aburrido. Allí se detuvo. que todavía esperaba la aparición del perro. El hombre la cubrió con sus caricias y ambos corrieron por una selva en llamas. A ella le pareció que era la puesta de un sol de verano. El coñac. M. —¡Dé jame! –dijo la mujer. Así. Y el abrazo se extendió sobre los dos. el hombre creyó oportuno ofrecerle un coñac. Y algunos amantes. La luz de la ventana del cuarto donde el hombre había fumado cigarrillos se apagó y una brisa refrescante movió las cortinas. antes de salir: —No valía la pena. ¡Prefiero a mi marido! 227 . o de gente aburrida. en mitad de las explosiones de un volcán. La mujer se levantó y se dirigió hacia la puerta. sólo hablaba de sus hijitos. como en una garganta que no ha bebido agua en muchos días. —¡Déjame! –repitió ella. como los vecinos del gato. no obstante haberse apagado la luz. la música de Beethoven. porque era una palabra gastada en su departamento de mundano. Además. El hombre no esperó respuesta. en el matrimonio no había tiempo para pasar las tardes con el marido bebiendo menta y fumando cigarrillos rubios. sólo hablaba de negocios y ella. Para el hombre la virtud era una prenda incómoda y aquella mujer la había usado. que la caída es una sola. tan cansada que le dolían los párpados. y la mujer comenzó a gozar con aquellos encuentros inocentes. nadie la vio desnuda. tuvo un escalofrío y remiró a su amante. era la bebida apropiada en todos los finales. —¡No! –contestó él. porque había perdido el interés unos minutos atrás. arqueada e impúdica. Era un temblor muy raro y las rodillas quedaron flojas y en las mejillas se prendió un color de rosa que casi era el sangrante de una puesta de sol.

Sebastián trabajó desde los diez años. Había que llevar yuca. en mitad del llanto de esposa. niño todavía. arroz y café para el sustento de la madre que se destrozaba las manos lavando en el río. Es tierra roja y tierra verde. Regresó al balcón y encendió un cigarrillo. Y en sus horas vacías. familiares y vecinos. mamá. reía o lloraba ante su rostro arrugado o sus manos que sólo me brindaron amor y sosiego: En el macizo de nuestra cordillera central. preguntó a la madre: —¿Dónde está la sombra que mató a papá? —¡Yo qué sé. ojillos tristes y unos brazos tan largos que nunca sabía dónde tenerlos. las palabras que nunca olvidaría Sebastián. sus amores y sus leyendas. acurrucado en el alero. De él lograba su padre el diario sustento. déjame en paz! Búscala tú. —No. clavada en la mitad del Mar Caribe. Desde allí vio al taxi doblando la esquina. El frío de las heladas y el hervor del sol quisqueyano le endurecieron la piel. fue un odio caliente hacia aquella montaña que. ante el cadáver. confundiéndose el azabache de su cuerpo con los troncos de árboles centenarios. La sombra en el cerro Mi tierra es una isla. Era también bueno. cuando yo. encaramado en un montículo o corriendo por los senderillos. se le convirtieron en garras. Era un gigante de cráneo oblongo. anciana a quien nunca olvidaré. —Es la sombra del cerro que lo mató. vacilaba. llevándose al padre. gozador de la naturaleza sin saber que es el mejor regalo de Dios. como una cuchara de sombra en el festín de la noche. es la tierra donde los taínos dieron batalla al conquistador europeo y donde vive hoy un pueblo con su historia. Y así. ¡Era hermoso el negro Sebastián! —Los niños como tú –díjole la madre muchas veces– debían nacer con otro color del que tu padre y yo te dimos. en bohío de yaguas prendido al monte como una estrella al cielo. cortando troncos y vendiendo tablones de pino en los villorrios del Cibao. el amor duro y necesario del progenitor. Pero una tarde fría de diciembre trajeron al leñador con una herida en el vientre de la que murió horas más tarde. su trabajo. alzada en montañas y dormida en playas. Y una anciana pronunció. y los pies. matizó su vida en forma imborrable. El niño.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS El hombre no contestó. días más tarde. a medida que crecía. Sebastián vivió sus primeros años en esa cándida existencia del campesino. En un principio fue un temor leve que le causaba temblores en piernas y brazos. robara de su infancia la protección. donde el trópico se enfría con la altura y los valles se cuajan en pinares. no diga eso –respondía él– que me gusta ser negrito. Sebastián nació en los bosques aledaños a Constanza. que fueron los más. grande y hermosa. era necesario llenar las barrigas 228 . feliz y montaraz. el afecto. sin embargo. Y vio también al gato. ¡Sombra maldita! –había dicho la vieja persignándose. muchacho. de una bondad que no conocía límites y que se prodigó sobre cuantos le trataron o le pidieron alguna vez un favor. Vivía Sebastián frente a un cerro en cuya cumbre balanceábanse los pinares en danza continua con el viento. El hombre bostezó. La tragedia. en una tarde de sol. que volvía del abismo y se disponía a dormir. vivió el negro Sebastián. de corrotear por los espinares. Este relato me lo hizo mi abuela. Infante aún solía perdérsele a la madre por los barrancos. Sebastián evitaba pensar en el cerro que dominaba el pueblo con su mole redonda y maciza. en el corazón de América. luego.

no comió nada. un chisme que llegó a los últimos confines de la región. sudor y andanzas por el bosque. En sus oídos. en sus parlerías nocturnas ante las jumiadoras. me das risa!” Sebastián comenzó a trepar el senderillo vagabundo por donde. hizo de sus cuitas una sabrosa historia. Comenzaron unos a abusar de él con palabras y otros con la acción. de pecho desnudo. Eran diez horas diarias de gritos. débil en un principio. la mulata Mariela. se petrificó frente a la montaña. prestan siempre a aquél de ellos que se impone por la astucia. “Ayúdame. tal y como su madre lo presintiera. En su cerebro de lentos movimientos la montaña se había convertido en algo lleno de misterio y aun de espanto. por ejemplo. habían bajado el cadáver de su padre. Fue un aullido. con unos ojos quemados por las lágrimas. creció luego hasta ensordecerlo. con su salerosa actitud de hembra que todo lo puede. que conocía muchos bravos. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO redondas. —Te estás haciendo cobarde –decíale la madre–. pero sin jamás subir al cerro donde muriera el padre. Serían las tres de la madrugada. lo que es decir. Y era más que miedo aquella sensación cosquilleante de Sebastián. un pobre negro a quien nadie dio importancia. negro. Sebastián. se le entraba por el corazón y le cortaba el aliento en pedacitos. año atrás. trémulo de sollozos. —¡Ah. El niño se hacía hombre. sin que el rubor pudiera brotar a su piel de cacao viejo. una ululación que. Un resplandor argentaba el cerro y las tripadas de sus farallones. al atardecer. —¿Conque me dicen que tú eres el que no sube al cerro? –le dijo. casi quemándole la nuca. el talento o la fuerza todopoderosa de los puños. La flacura le sacó los huesos al nivel de la piel. Fue. “¡Pobre de mí!” –pensó. La gente. con lagrimones que le agriaban la boca. Sebastián aprendió a montar en caballejos de estampa esquelética y guiar el hato de ganado de un ricachón con finca en las proximidades del pueblo. Ese día Sebastián se cayó del caballo. que tronara en la cordillera para que Sebastián se refugiara en alguna cueva y se tendiera en el suelo. —¿Qué te importa? –contestó. Quiso huir cuando. con sus caderas de mariposa y su cintura de alfanje. Allí oyó el grito que le petrificó. Bastaba. con sus desparpajos y su impudicia. el aliento de Mariela provocóle: 229 . tuvo la denigrante reputación de cobarde. a los veinte años. M. me das risa! –y con una mueca le dejó plantado. ya jadeante. negro. Y la Mariela. al menos la importancia que los hombres. pero siguió adelante. A la semana de ver pasar a Sebastián camino de los potreros. resonaban las palabras de Mariela: “¡Ay. Sebastián fue un árbol roto en el río del miedo. se enamoró del negro Sebastián. Sebastián el negro comenzó a languidecer. como los animales en un rebaño. vengativo. como aldabonazos. le hundió los ojillos y le brotó los pómulos. que ya no aguanto más”. No sabía si rezaba o si maldecía. Llegó a un bolinguín natural que la hierba había formado en la ladera siniestra del monte y se detuvo. Fue el suyo un amor terremótico. desde entonces. a mustiarse en su infortunio. comió menos que de costumbre. sólido ahora. a tu padre en el cielo le debes causar náuseas. y al volver a su hamaca. Dios. que ni tiempo había tenido para mirarse en ojos de moza. en noche de luna chata. Sebastián se levantó y descalzo. sintió como si un alfiler le pinchara el pecho. a modo de saludo. Y Sebastián. la Mariela se le acercó y lo trabó en conversación. Sólo el viento gemía por entre los pinares. cruzó el poblado y caminó. Así. Así las cosas arribó al villorrio.J. una pasión de esas que consumen al ser humano como vela de entierro en brisa mañanera. El miedo.

mientras viviesen. estaría construida para ellos con un recuerdo. negro. donde terminaban los pinares. con Greene. ¡Ya no tengo miedo! —¿No te lo decía? –replicóle ella. —En nada…. ahora riéndose solo. Mariela le soltó de la mano y antes de entrar a su bohío se despidió: —Hasta luego. de vuelta al villorrio. Luego. pero añadió. la torre de la soledad y de la desesperación. madre. Después descendieron lentamente. mamacita del alma. en todo. se abría el valle de la Vega Real como un abanico al que las jumiadoras en los bohíos motearan de lentejuelas. ¡Dame un beso en la boca! Ella tuvo que agarrarlo. Sebastián. sólo dijo: —Mamá. incrédulo. me hiciera este cuento. La mañana comenzaba a explotar en los cielos. —Bésame. Los muertos quietos Era una bandeja de plata en el rielar de la luna el cayuco de Vale Juan. y vigilados por las yaguasas y las palomas. por los trillos dormidos de hojarasca. estuvieron los dos un largo rato sin pronunciar palabra. como en todos los cuentos. —Sebastián. ¿y la sombra del cerro? —No la vi. Se miraron frente a frente y ella le tomó de la mano. La mulata estaba allí. mi negro guapo… El se bamboleó indeciso y prosiguió. dondequiera. —¿En qué piensas? –preguntóle ella al fin. La soledad. que el cerro. quiero ver la luna desde lo alto del monte. un beso húmedo en la cumbre de un cerro sin sombras. hasta hacer que los labios se juntaran. llegaban al más alto promontorio del cerro. huérfanos de energía.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Estoy contigo. era un poquito menos esa noche. negro –invitó ella–. ¡Era la noche grande y definitiva para Vale Juan! 230 . por una angosta callejuela. por la primera vez en su vida. Y treparon y treparon… La noche agonizaba en el horizonte cuando Sebastián y la mulata Mariela. como liberó Mariela a Sebastián. La oyó nuestro miedo. que el negro y la mulata vivieron felices. el amor sería. ella nunca me dijo que Mariela besara a Sebastián. El beso primero se prolongaba en otros y los ojos de entrambos se cerraban. como él. Sebastián se estremeció. las sombras no matan. El grito salvaje no se había repetido y Sebastián. Los hombres no pueden ser cobardes… Han pasado muchos años desde que Mamá Teresa. ¿pero y el grito? —Estaba en tu cabeza. se me ocurre que siempre. El viejo murió trabajando. silenciosos. El bosque se mecía blandamente con los ábregos y allende las torrenteras. hasta que un amor de mujer lo libera de sus angustias o de la sombra en el cerro. de pronto. cansados hasta una eternidad. Le pareció. hay un hombre que llora en una torre. en adelante. a su madre que lo esperaba angustiada. poniendo sus manos en la espalda dura y desnuda. Como yo era niño. ¡sigue! Sebastián se volvió. Caminaron. —Sí. Caminaron entre los primeros ranchos. con alborozo. he subido al cerro. Allí. entre el asombro de las comadres y el gorjeo de los chiquillos. también temblorosa. Sin embargo a mí. coreados por ruiseñores. sentía desaparecer de su cuerpo los temblíos. Mariela. aun siendo aterrador. en la mía. —Llévame a la cumbre. mi abuela.

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El negro, enroscado en la proa, respiró hondamente, mientras el sudor le bañaba frente y tórax. Los brazos, largos y felinos, se entraron en el agua y bogaron sin ruido, cual si al cayuco le hubiesen salido garras. Los labios, de vez en vez, runrunearon palabras quedas, válvulas en mitad de los salivazos de andullo. Pedrico, en la popa, habló primero: —¡Vuélvase, Vale, que esto no tiene remedio! —Lo tendrá –replicó el otro– porque entonces mejor es no andar vivos. Pedrico no conocía el miedo. Lo había perdido años atrás en mitad de las sabanas, encaramado en los potros, siempre en pos del Vale Juan. Pero lo de esa noche era suicidio y ambos lo sabían. Dos hombres solos, acosados y perseguidos, ¿qué podían hacer? Pedrico recordó lo que entrambos realizaran con la vida. De niños, de adolescentes, de jóvenes, el juego de la guerra los atrajo como una droga. Comenzaron sin darse cuenta, siguiendo un día a un grupo de campesinos que se iba, armado de machetes, a defender sus tierras. Después, dominada esa revuelta, vino otra y otra más, y luego, con los años, la historia sangrienta del país que no se redimía fue la de ellos también, fue polvo y sudor y sangre y hambre; y cansancio de andar a tiros en mitad de sinrazones. Así, volvieron al pueblo. Nada pedían a Dios sino paz, un techo, un pedazo de pan y una hamaca para construir sueños. Los dos casaron tempranamente, formando hogares donde el amor fue dueño de las noches y el trabajo de los días. Vale Juan y Pedrico, sin ser mejores que otros campesinos, fueron, sin embargo, los dos más bravos de la comarca entera. Quizás debióse a eso que los revolucionarios cebaran su saña en ambos. En noche brumosa cayeron sobre el pueblecito, saqueando e incendiando en minutos todo cuanto estuvo en su paso. A Vale Juan y a Pedrico no les quedó más que olor a metralla y la sangre de los suyos en las manos. Sin lágrimas, porque el dolor que ha sido presentido está demasiado hondo para mostrarse en el rostro, los dos compadres se unieron a otros ultrajados y marcharon por los montes tras los asesinos. Cuando al fin se toparon con ellos, los rifles derribaron amigos como a árboles en un ciclón y sólo Vale Juan y Pedrico habían quedado vivos, para agrandar la venganza y no poder dormir. —¡Volvamos! –repitió Pedrico. —Digo que no –susurró Vale Juan–, y le repito que usted puede volverse. A mí tienen que matarme. Quedaron flotando las palabras. Pedrico, sin interrumpir el rítmico movimiento del remo, frunció la frente y rezongó: —No, Vale, o los dos o ninguno. ¡Eche pa adelante! Relampagueó. Un trueno se fue de bruces hasta el horizonte y se encaramó en la luna. Mientras las chicharras gritaban sus nostalgias, llegaron a las torrenteras. De un golpe rápido en el agua, Vale Juan empujó el cayuco hacia la ribera y lo escondió en el matorral. —Allí están –murmuró, señalando con la barbilla a luces débiles que se entreveían a un centenar de metros. A los oídos llegó el tañer de una guitarra y voces de hombres que discutían. Los dos negros, arrastrándose, iniciaron el avance, como raíces que al crecer se van moviendo en la selva. El andullo se amargaba en la boca del Vale Juan y las espinas, al clavársele en el pecho, en los brazos y en el rostro, no dolían ni quemaban, que no puede haber sensación cuando el alma anda empecinada en emociones. Se iban acercando. Los hombres tomaban formas concisas en derredor de una hoguera, las jumiadoras olían a esa distancia y la guitarra resumó lascivias en una canción de burdel.
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El campamento de los saqueadores celebraba su último crimen. Y Vale Juan y Pedrico estuvieron, de pronto, en el límite de la espesura, a varios alientos de la venganza. —¿Y ahora? –preguntó Pedrico. —Ahora nos aguantamos y pensamos –contestó el otro–, que Dios es grande… Sentía Vale Juan que la angustia, sólida, arqueante como un vómito, le subía por el esófago y se le prendía en el paladar. Cerró los ojos y pudo ver a su mujer, dormida por los balazos, rumbo a la eternidad, suplicando que perdonara. Y vio a los hijitos, desparramados como muñecos rotos, huérfanos de risas ante la muerte, y Vale Juan tuvo ganas tremendas de llorar. Se palpó el calzón y bajo él el cuchillo y en el cuchillo se le calentó la mano como en una caricia. —¡Malditos! ¡Malditos mil veces! –sollozó–. Os tengo que matar a todos para yo poder vivir. —¿Qué le pasa, compadre? –preguntó Pedrico. El compañero no pudo responder. Las lágrimas de macho salen sin ruido, jamás con prisas. Pedrico tuvo temblíos en su cráneo de coco maduro. Transcurrieron horas interminables. En el campamento crecía la borrachera y con ella la alegría y los desenfrenos. Habían llegado mujeres, negras vestidas de percal, mulatas aceitadas y ampulosas y la guitarra, los timbales y el balsié atacaban los merengues con compases rápidos, llenos de sudor y de ron. La luna, fatigada de tramontar, huyó tras las sierras. Ahora se acercaba la tormenta, queriendo llegar antes que el sol de la mañana. Grandes saetazos de luz ametrallaron el cielo, barridos luego por el bramar de los truenos. —Va a aclarar –advirtió Pedrico–, decidamos, Vale. —Rece, compadre, rece, que en seguida nos tiramos al degüello. —Entonces nos morimos –y en la voz de Pedrico hubo cansancio, hastío de estar vivo, deseo de terminar, sed de sangre, hambre de muerte… —Nos morimos, si la Virgen del Cerro1 así lo quiere –sentenció Vale Juan. Por las fisuras del bosque inicióse el danzar de la lluvia. Gotas flacas primero, rechonchas después, comenzaron a patinar en la hojarasca. Gallos lejanos interrumpieron sus buenos días mientras las sombras emprendían retirada. Los dos negros, aplanados y rígidos, reconocieron a nuevos latidos en los corazones. Vale Juan arqueó las piernas, extendió la mano diestra en la que ya ondeaba el cuchillo y dio de pronto un grito salvaje, agudo, como el de la bestia que va al sacrificio. —¡Ahoraaa! –gritó, mientras corrían hacia el campamento, donde nadie los esperaba. Los dos primeros en volverse hacia los negros no tuvieron tiempo de respirar, cayendo ovillados en la hierba. Vale Juan saltaba como un simio; Pedrico le seguía, asestando puñaladas que todavía la música del merengue no descubría. Pero repentinamente, asaltantes y asaltados quedaron rígidos. Fue una fracción de segundo o un segundo largo como siglo. En los pies la tierra había comenzado a bailar grotescamente y un bramido se levantó de la espesura. —¡Tiembra, tiembla! –gritaron hombres y mujeres. El bosque se alzaba como una bandera, los árboles se reunían y separaban, el río se salía de cauce, grietas oscuras rajaban el monte y succionaban lluvia y hombres, empavorecidos hombres y mujeres, tragados en la mueca de la naturaleza desbocada.
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La Virgen del Santo Cerro, imagen existente en un santuario de la Cordillera Central de la República Dominicana.

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—Virgencita mía –dijo Pedrico, arrodillándose–, ¡perdónanos! —¡Dios! –rugió Vale Juan–, déjame terminar con ellos… Pero el terremoto continuaba con mayor bastedad, desjarretando la savia de la tierra. Los borrachos caían en las zanjas, chocaban contra los troncos de los árboles, huían en vano. En un minuto sólo quedaron unos pocos, petrificados en el suelo por el terror. Y esos miraban a Vale Juan sin comprender. El cuchillo del negro también temblaba, pero de rabia, de desesperación, de impotencia. Sonó un tiro seco. Vale Juan abrió la boca y vidrió los ojos. En seguida se fue desplomando, como un ceibo abatido por un rayo. Después, el negro quedó muerto, de cara a la lluvia que le agrandaba la sangre sobre la tetilla, un muerto quieto y vencido, como todos los muertos, como todos los hombres que acaban de pronto su angustia y entran por la puerta de la eternidad. Pedrico corrió hacia su amigo, se abrazó al tórax de azabache y gimeteó sollozos que parecían de niño. —Pobre Vale Juan! –lloró–. ¡Pobre Vale Juan! Que Dios te perdone, como a mí… También le abatieron de un balazo. La tierra fatigada tornó a tranquilizarse, y la lluvia, amurallada en catarata, siguió cayendo con su canción aguanosa. A lo lejos, en la serranía, el sol no pudo alumbrar la sangrienta mañana de los muertos quietos.

Shirma
Allá encima del nevado, donde el hielo era transparente y las nubes revoloteaban en escuadrones, se clavaban, mañana a mañana, las miradas de Osvaldo el pintor. No podía evitarlo. Cuando, vuelto de sueños donde miles de paisajes celebraban danzas multicolores, Osvaldo abría la ventana y tragaba el aire de la sierra, la montaña siempre le hacía una mueca burlona y le invitaba a vivir. Era desafío y requiebro, intimación y huída. —Alguna vez –se decía– escalaré la cima y traspasaré a mis lienzos el albo resplandor que me enceguece. Pero aquello tenía en su magín la rapidez de un relámpago y Osvaldo, perdido en fiebres, medicándose con ocres, naranjas y verdinegros, viajaba por un cielo donde no había montañas y sólo rostros atormentados, hombres quejumbrosos y niños pidiendo pan. Osvaldo era indio, con cuarenta siglos de orgullo y sesenta mil años de piedad en el alma. Una herencia mágica le vino prendida en los dedos, mariposa creadora de luces y de sombras, madre de las angustias de su raza, más vieja que los volcanes, más hermética que los pedregales o los páramos. —Yo pinto –solía decir– como llueve en la selva o como hay olas en el mar. Si mis ojos se beben la vida, mi corazón siempre anda triste. Y mi tristeza es como el nevado: todos lo ven y nadie lo domina. Así nació en él, poco a poco, el deseo de definirse a sí mismo, de encontrar, de una vez por todas, la razón de sus temores y sus odios, de sus amores y sus ambiciones. Una noche fría de enero Osvaldo decidió hurgar el monte y sacar de los hielos alguno de sus misterios, o al menos aquél de ellos que debía pintar, si es que los misterios tienen color: Después, no recordaba exactamente qué ocurrió. Sabía que la cima no llegó a estar lejos y que el aire estuvo lacerante, un cuchillo que al perforar el pecho dolía con todos los dolores. Pero entre las rocas o la alfombra gris de la lava, vio por primera vez a la niña de
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tez aceitunada y cabellera dormida, de ojos fosforescentes y voz como gemido lánguido, confundible con el viento. —Shirma… ¡Shirmaaa! –la saludó en su lengua ancestral. Y cuando quiso besarla, preguntarla si se hallaba perdida, si precisaba de ayuda, la niña se esfumó en el volcán. El artista era hombre de mundo y tenía treinta baúles en la cabeza con treinta pedazos de vida como treinta novelas. Por eso a nadie habló de Shirma. No iban a creerle y todos, de seguro, hubiesen trocado en sarcasmo su cándido cuento. Y Shirma se le prendió en la curva del pecho, donde los pintores mecen su cuna de sueños. Osvaldo se hizo famoso. Su fama rompió la cordillera y paseó por ciudades llenas de luz y de vicio. La gente admiró la originalidad de sus cuadros, donde un rostro de niña aparecía siempre en mitad de otros rostros dolorosos, fuente de agua en mitad de una selva. —¿Quién es? –le decían–. ¿Dónde sacaste esa cara y esos ojos que, siendo dulcísimos, llevan tanta y tanta tristeza? ¿Dónde está, dónde está esta visión tuya que no podemos olvidar? Y Osvaldo sonreía, y aun los críticos que alguna vez le combatieran, declararon que la niña de sus cuadros era indudablemente genial y que el genio, besando la frente del artista, era el único responsable de aquel toque mágico, irreal y fascinante. Pasó mucho tiempo. Osvaldo viajó por el mundo entero y comenzó a envejecer. Su caminar, despacioso y reposado, sus ojos menos brillantes, sus canas prematuras, le dieron al fin un aire de neurótico, un matiz de hombre que conoce todos los caminos, los ha descrito hábilmente y no ha encontrado en ninguno a la felicidad. —Tienes en el rostro –le dijo alguien una vez– un paisaje angustiante, como de seguro es tu alma. Y Osvaldo no respondía jamás. Hubiese sido ridículo confesar que soñaba con la niña del volcán, que buscaba por doquier una cara de mujer que se asemejara a Shirma, la dueña de sus sueños y de sus pesadillas. Y mientras la seguía dibujando en los fondos de sus cuadros, su corazón sollozaba por ella. Un día decidió regresar a su país y no viajar más. Ante la consternación de parásitos y la incredulidad de íntimos, Osvaldo volvió a vivir tranquilamente en su casa de la sierra, nuevamente frente al blanco resplandor del nevado. —Aquí –se dijo el pintor– estoy cerca de Shirma y nadie podrá enturbiar mi amor por ella. Su atelier convirtióse en remanso y torrentera. Allí creaba quimeras y sueños, allí morían las horas en un concierto de pinceles, allí corría, ladeaba la cabeza, sudaba, giraba y se estremecía cuantas veces la imagen de Shirma quedaba presa en los óleos o en las acuarelas. Pero no fue feliz. Shirma, que era suya, se le iba en vagabundas rondas y él seguía vacío, sin una piel caliente en la cual dejar un beso o unos ojos donde posar blanduras y encalmar angustias. ¡Pobre Osvaldo el pintor! Era Dios un segundo y un pobre artista siempre. Fueron pasando los años de pláticas con el volcán, de amores con Shirma, la niña triste del nevado. Y un día llegó al atelier un mendigo que pedía monedas para comprar pan. Tenía una barba mal traída, dos manos largas y huesudas y un bastón nudoso, con el que golpeaba los senderos vacilantemente. —¿Qué quieres, anciano? –le preguntó el pintor. —Hablar contigo de penas.
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—Yo no tengo penas, soy alegre como el sol. Pinto cuadros hermosos que la gente compra. Dicen que soy brillante. La fama es mi esposa, el halago de los hombres llega hasta mi puerta. ¿Para qué quiero más? —¿No quieres a Shirma? Osvaldo sintióse temblar y miró al viejo de hito en hito. —¿Quién te dio su nombre? ¿Cómo sabes de ella? —Lo sé todo, pintor. Tu angustia es mi angustia, tu amor uno de los míos. —¿Qué puedo hacer, mendigo? ¿Cómo creer en ti que nada tienes, ni siquiera cuadros que se venden o críticos que te ensalzan? —La vanidad se me perdió en un camino, el dinero nunca me acompañó. —Sigue, mendigo, ¡te suplico! —Ven, Osvaldo, vamos hasta el volcán. Pocos saben el final de esta historia, porque pocos fueron quienes vieron a Osvaldo y al mendigo escalar la montaña. Como era noche cerrada y relampagueaba sobre la cordillera, los indios estaban acurrucados en sus chozas y los callejones de la ciudad sólo reflejaban una que otra luz mortecina, como velón de entierro de fraile. El pintor Osvaldo apareció muerto en el helero, con los ojos vidriados y fijos en alguna visión desconocida. Quienes lo encontraron afirmaron que había en su rostro una dulce y plácida sonrisa de paz. Era como si todas sus angustias y sus dolores hubiesen salido para siempre del pecho, dejándole un sueño final en el que todos los hombres atormentados y quejumbrosos huyeran de su camino y en su lugar dejaran un mundo maravilloso, sin dolores y sin odios, sin ambiciones ni envidias, sin niños pidiendo pan. De esto hace mucho tiempo. Con la muerte, los cuadros de Osvaldo andan por el mundo como gorriones dispersos por el vendaval y mientras su cuerpo descansa a la sombra de un ciprés, su fama ha crecido hasta los últimos confines del globo. Sin embargo, muy pocos, fuera de su pueblo natal, saben que en el atelier se encontró el día en que lo enterraban, un cuadro de niña con tez aceitunada y cabellera dormida, descalcita sobre un nevado blanco, caminando en las nieves con los brazos suplicantes y los ojos fosforescentes. Como es natural, el cuadro pasó a ser propiedad de los indios que tanto le amaran y hoy no se conoce exactamente dónde está. Empero, hay quien asegure que el cuadro viaja de choza en choza, manoseado respetuosamente por hombres y mujeres y que en las noches de luna, cuando el volcán resplandece, los indios le sacan bajo las estrellas y en los campos sólo se oye una plegaria rítmica y alargada: “¡Shirma! ¡Shiiirmaaaa!”

El geófago
He viajado bastante en mi vida. Han querido la suerte y mi carrera que mis andanzas fuesen numerosas, pero aún no he podido dominar o controlar civilizadamente la emoción que me causa un viaje en barco o por tren. Muchas veces me he preguntado si entre mis antepasados no hubo algún marinero o, por lo menos, el maquinista de alguna asmática locomotora. El caso es que a mí, cuando el paisaje se mueve, me baila el alma. Y aclaro todo esto para que no se ponga en tela de juicio por qué diablos me metí en aquel trencito, en aquella inolvidable noche de invierno y llegué a conocer a Tomás
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y a su mujer, la rubia Gladis. Recuerdo haber estado indeciso, en la tarde, de si tomar un avión o regresar a mi casa en auto. Como ambos medios de transporte son hoy en día de lo más vulgares, a mi se me ocurrió que el tren, aquel renqueante trencito de opereta, valía una mala noche y algunos malos ratos. Me inclino a creer que no hemos perdido todavía, los hombres empequeñecidos por la civilización, el sabroso placer de la aventura. La salida estaba anunciada en los pizarrones para las ocho, pero no fue hasta bien entrada la medianoche cuando tosió el convoy, rechinaron las ruedas y dejamos atrás la estación del balneario. Hacía muchísimo frío. La nieve cubría la comarca entera y se le helaba a uno hasta la digestión. Me parece que fueron dos las copas de coñac que ingerí en el restaurant para calentarme. La sinceridad, sin embargo, me obliga a decir que las tomé porque me gusta el coñac y no en busca de calor. Cuando me echaba al coleto la última, entraron Tomás y Gladis. Ella, alta, con una hermosura relumbrona y con el pelo horriblemente teñido, me desagradó desde un principio. ¡Para que hablen de atracción de los sexos! Además, considero que una mujer puede ser fea en cualquier parte de su anatomía, menos en su nariz, y Gladis tenía la nariz más dura, más grande y más desagradable que he visto hasta la fecha. Para colmo, aquel apéndice le servía de brújula, de norte, pues lo movía siempre segundos antes de hablar. Tomás, por el contrario, era la antítesis de su mujer, lo que en sí no es extraño; era, el infeliz, uno de esos hombres a quien lo del cero a la izquierda se les hizo a medida. Gesticulaba, comía, hasta pensaba, siempre y cuando le diera permiso su mujer… con la nariz. Como yo era el único pasajero que tomaba coñac, o mejor dicho, el único pasajero con inquietud suficiente para beber en esa noche, de inmediato le fui sospechoso a Gladis. Diremos que su nariz olfateó que era mala compañía para su esposo. La casualidad, esa vez en forma de barman deseoso de matar su aburrimiento con cualquier clase de conversación, nos amigó, aun a nuestro pesar. Así, sin ton ni son, una vez que Gladis ordenó para ella un vodka con limón y una limonada, bien dulce, para su Tomás, el Barman consideró que las murallas de Jericó estaban en el suelo y nos aunó a los tres. —Señores, la noche está que da miedo, –dijo. Pensé que lo que menos tenía él era miedo, pero dos coñacs, cuando uno viaja solo, tienen efecto impresionante y me sometí. —Da… –dije, y volviéndome a Tomás, pregunté–: ¿Van ustedes hasta Wilmington o siguen hasta Washington? —Seguimos a Washington –replicó y, en seguida, como un eco, Gladis aseguró–: A Washington… ¿El señor es extranjero? A mí me han espetado la misma pregunta en veinte países, pero nunca me supo a balazo, a trueno, a inquisición, como esa vez. Los ojos de Gladis, clavados en mí, parecían los de un investigador que acaba de descubrir a un microbio insignificante en el fondo de un tubo de laboratorio. Nadie podría criticarme si apuré mi copa de coñac y pedí, con énfasis, una tercera. Por cautela o precaución decidí suspender inmediatamente todo contacto con aquella singular pareja. Así, me volví hacia una ventanilla y me quedé mirando, sin ver, los copos de nieve que chocaban contra los vidrios, desintegrándose. Gladis sorbía lentamente su vodka y Tomás su limonada. El trencito proseguía su marcha. Tomás comenzó a dormitar con los ojos abiertos.
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—Es preciso –oí decir a Gladis en voz baja– que aprendas a no familiarizarte con extraños. Un día vas a tener un disgusto. —Pero, mujer, ¿qué de malo hay en hablarle a otro viajero? –Y el hombrecito se llevó los dedos al cuello, como ahogándose. —¡No me discutas! ¡Eres un cándido! Pasaron unos minutos. El barman, convencido de que éramos tres irreconciliables, nos había dado la espalda y puéstose a limpiar, con olímpica elegancia, las copas del vasar. Con los años he descubierto que habría mucha más inteligencia en el mundo si todos los hombres tuviésemos siempre a mano un vasar lleno de copas y vasos vacíos para limpiarlos cuando alguien no nos agrada. O para tirarlos –se me ocurre ahora–, a la cabeza de algunas señoras como Gladis. Me entraron unas ganas tremendas de charlar. Fueron cosquillas incoercibles en la punta de la lengua que no calmaban ni el cigarrillo ni el coñac. Y me metí en honduras. —La marcha de este tren –aventuré–, me recuerda la de uno en el cual viajé hace años, de Quito a Guayaquil, en Ecuador. —¡Muy interesante! ¿Y por qué? –preguntó Tomás, con el rostro iluminado, como un chiquillo a quien le ofrecen un chocolatín que la madre le tiene prohibido. —A mí no parece –intervino, tajante, Gladis–, pues he oído decir que en Sur América hay indios y aquí no. —Señora –afirmé yo, con la misma sensación de quien pincha, en la escuela, con un lápiz, al compañero que menos nos gusta–, los indios, aunque a usted le cueste trabajo creerlo, son de lo más simpáticos. —¡Je, je! –rió Tomás, con una risita que fue un grito de independencia. Gladis se quedó rígida y bermeja, como un tomate al que van a convertir en jugo. —¿De qué ríes, tonto? –dijo–. ¿Cuál es la gracia? Este señor sin duda es medio indio y le encanta hablar de ellos. —Señora, soy indio del todo –respondí, pidiendo mentalmente perdón a mis padrecitos baturros. —Usted, ¡indio! –y Tomás se paralizaba de estupefacción. —No un piel roja, pero en fin, un indio con corbata que bebe coñac –me vi obligado a afirmar. —El señor es un guasón –amonestó Gladis–. ¿Cómo puedes creer tontería semejante? —Le aseguro, señora –insistí yo maliciosamente– que no guaseo. Además de indio, soy geófago y experto en problemas metapsíquicos, mis ojos son estemáticos y cultivo la anaptixis. Gladis se irguió en su banqueta, Tomás sonrió y el barman dejó caer una copa. Tuve la sensación que seguramente experimentó el mariscal Ney en Waterloo. Tomás, con una candidez desconcertante, exclamó: —¡Es! ¿Quiere usted repetir? —Imposible –aseguré–, porque a mi mismo me costaría trabajo. Nosotros los indios expresamos nuestro pensamiento una sola vez. Tomás pidió otra limonada que, no sé por qué, presumí cargada con ginebra por el barman, como para unirnos todos en contra de Gladis. Ella, mientras tanto, habíase quedado mirando hacia las ventanillas, como si la nieve estuviese de pronto, de lo más desconcertante. Así estuvimos un rato largo, ensimismados en nuestros vasos y en nuestros pensamientos. De pronto Tomás dijo:
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—¿Sabe usted una cosa? Cuando lleguemos a Washington, voy a querer que nos dé una conferencia en nuestra escuela. —Amigo, los indios no dan conferencias. Las escuchan. —No importa, será usted el primero. ¡Ande!, le pago otro coñac. Después, sé que Gladis abandonó olímpicamente el bar y que Tomás, el barman y yo entablamos una charla caliente y efusiva, como la de tres náufragos abandonados en una isla desierta. Reímos juntos, nos ofrecimos préstamos, casas, autos, medicamentos contra el reuma, teléfonos de chicas lindas, amistad y consuelo eternos. Y decidimos, casi al final, cuando amanecía, que un mundo sin Gladis, sin mujeres con narices grandes y pelo teñido, sería indudablemente un mundo mejor. Tomás, con lágrimas en los ojos, me abrazó, como si yo fuese el libertador de todos los hombres oprimidos. Y yo me lo creí, sin pensar que Tomás había ingerido cinco limonadas con ginebra. Llegamos a Washington cuando clareaba el sol sobre las cúpulas de los edificios gubernamentales y las riberas del Potomac. En el andén de la estación Tomás me abrazó efusivamente, Gladis me estrechó la mano con friura y ambos se fueron en un taxi amarillo. Pasaron unos meses. Una noche, en el fover del Statler, me los volví a encontrar. Tomás caminaba erguido, hasta con desplante, mientras Gladis parecía seguirle humildemente. En un principio no comprendí y me quedé mirando a ambos, abobado. Fue Tomás quien, agarrándome por el brazo, me dijo al oído: —¿Cómo está el indio con corbata que bebe coñac? ¡Cuánto le hemos recordado! —Muchas gracias –repliqué–; yo a ustedes también. —¿Querrá creerme que mi mujer es otra desde que charlamos con usted en el tren? –dijo Tomás. —¿Cómo así? —Esa mañana, cuando llegamos a casa, busqué un diccionario y después de enterarme de lo que es un geófago, decidí convertirme en tal. ¡Gladis casi se muere del susto! Desde entonces ni me contradice ni me vigila. Es una santa. Evité una carcajada, remiré a ambos y le pregunté a Tomás, bajando mi voz: —¿En serio que ha comido usted tierra? —¡No, hombre, no! ¡Pero mi mujer tiene un miedo de que lo haga! Y nos despedimos, sin que Gladis levantara los ojos de la alfombra. Me dio pena, y lástima. Ya ni siquiera su enorme nariz se atrevía a dirigir a Tomás. Y él, orgulloso de su independencia, me lanzó como adiós: —¡Fíjese que hasta entiendo de problemas metapsíquicos…!

Los ojos en el lago
Salí del Llao Llao. La noche comenzaba a enfriar y el lago parecía de vidrio, un espejo recortado por los cerros abruptos. El viento me golpeaba en la cara y los grandes árboles parecían invitarme a la caminata nocturna. Tomé el senderillo que bajaba hacia la orilla del lago y muy pronto las luces del hotel y el ruido isócrono de la orquesta que hacia música de baile quedaron atrás. De muy lejos oí el suave bramido de un motor de yate que cruzaba el Nahuel Huapí. Estaba al fin solo frente al Ande, con esa agradable soledad que dan los propios pensamientos.
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—¡Eh, patrón! La voz venía del lago, del agua o de la noche, quizás de la montaña misma. Me detuve y hurgué en la oscuridad. —Aquí, patrón, aquí –repitió la voz, cascada y ronca. A pocos pasos de distancia distinguí al fin al vejete, sentado en la grama, con una humeante pipa en la boca, tocado de gorra, vestido con suéter y calzones estrechos. De no haberme hablado pude confundirlo con un tronco más. —Buenas noches –saludé. Muy buenas –me dijo y en seguida, sin sacarse la pipa de la boca, me invitó a sentarme a su lado. —Me aburría –expliqué innecesariamente–, no hemos venido a Bariloche para llevar la misma vida que en Buenos Aires. ¿No le parece? —Me parece, patrón –asintió–, pero muy pocos lo comprenden así. La gente huye en el verano de las ciudades y se viene al campo o se va a la playa a hacer exactamente lo mismo que en las ciudades. Bailan, beben, trasnochan, se fatigan más todavía. —Habla usted –le dije– como si nos criticara. —¿Criticar, patroncito? ¿Quién soy yo para criticarlos a ustedes, los señoritos? Además –y el tono de su voz adquirió de pronto una sorna tenue–, de los patrones vivo yo. Me pagan bien por llevarlos a pescar, por recorrer los lagos, por trepar a los cerros. Callamos un rato largo. De pronto perdí yo todo interés en conversar y la contemplación de las montañas, bajo el luar de febrero, me fue más grata que la charla aguda del vejete de la pipa. Motas de nieve inderretible, prendidas en las cumbres, se enjuagaban con la claridad de la noche indescriptible. Temblé repentinamente con un escalofrío, confundido quizás con la grandeza de aquel paisaje fueguino que jamás olvidaré. —Le conmueve –oí al anciano a mi lado–, a usted, a mí, a todo hombre con alma, con corazón o con recuerdos. Este paisaje lo hizo Dios para recordarnos cuán pequeños nacimos y cuán pequeños moriremos. —Cierto –respondí, sin quererlo–, me conmueve en extremo. Estos cerros tajantes, como cortados con cuchillo, esta luna translúcida, estas aguas sin fondo…, no puedo compararlos con nada… —Por eso, patrón, estoy aquí –dijo el viejo–, y si no le molesta, le cuento. —Cuénteme usted –asentí–, que me interesa. —De mozo, patrón –comenzó el viejo, vaciando la pipa y volviendo a llenarla de tabaco, que había sacado hábilmente de una bolsa– de mozo fui rico, tuve mujeres, todas las que quise… Viajé desde el Plata hasta la India, desde Belgrado a Vladivostock, desde Islandia hasta Borneo. Era yo uno de esos marineros para quien la única felicidad está en el mar y no en tierra, para quien un amor o unos besos saben mejor recordados desde la popa de un buque, cuando la estela, al ensancharse, nos va alejando de tierra más y más, separándonos para siempre de un momento inolvidable. —Buena vida la suya –no pude dejar de decir. —Pues fue, patrón, fue así no más…, durante años, de mocedad y de madurez, sin cansarme de ella nunca. Amé mucho, patrón, hasta que de puro cansado el corazón no era mío. Y siempre quería más, como si en cada playa la mujer fuera más hermosa que en la anterior. El viejo mordía ahora la pipa duramente, pues sentí sus dientes rechinando sobre la madera y el humo, a borbotones, saliendo de la poza y calentándome la cara. Le miré
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fijamente. Me parecieron sus ojos, bajo las cejas gruesas, dos ascuas encendidas por un fuego –Mas un día, patrón, llegó una playa y en ella una mujer. ¡Je, je! Como si no hubiera millones de mujeres en el mundo esperándome, me enamoré de una solita, misterioso. Como un borrego, necesitaba sus besos y los de nadie más; como un imbécil, me la enterré aquí –y se golpeó el pecho– y no me la pude sacar. ¡Y traté! Agarré un carguero y me largué a Australia, me bebí mil botellas de whiskey, trasnoché durante meses, me hundí en una orgía que me hiciera olvidar. ¡En vano! El hombre nace, ama y muere una sola vez: es ley, patrón. Quien diga lo contrario, miente. —Sin embargo, todo hombre civilizado se jacta de haber tenido muchas veces el corazón empeñado –me atreví a disentir. —De la boca afuera –contestóme el viejo– somos tenorios; de la boca adentro llevamos todos prendidos a una novia buena y dulce que nos amó de muchachos o a un amor duro y difícil de la madurez; pero convénzase, patrón, sólo se ama una vez. Las palabras roncas y despaciosas del anciano iban cayendo musicalmente en mis oídos, mientras la noche danzaba sus galas con el Ande y los lagos. El zumbido del yate retornaba, vibrando entre los copudos eucaliptos, los olmos y los cedros. —Un día, patrón, me convencí de lo inútiles que eran mis esfuerzos en olvidar a Irmgard y regresé, más viejo en mis canas, más enclenques mis rodillas de alcohólico, todo lleno de parches el corazón resquebrajado. Miré al viejo y no sé por qué presentí dos lágrimas en sus entrecerrados ojos. Evité así su mirada y le alenté a seguir. –La historia ya no se alarga, patroncito –prosiguió–, porque cuando volví por ella, mi Irmgard estaba muerta. ¡Muerta, patrón, muerta como los ruiseñores que mata el frío del invierno! Sólo que a Irmgard la mató mi amor. ¡Y yo de bruto huyendo de ella! ¡De bruto, patrón, de brutísimo…! —Pero entonces, ¿por qué vino usted tan lejos? ¿Qué le hizo buscar a Bariloche y el Nahuel Huapí como refugio? –pregunté. —Porque en las aguas de los mares y de los ríos que he conocido, siempre me imaginé ver reflejados los ojos de las mujeres que me amaron y en las aguas del Nahuel Huapí sólo se reflejan los ojos de mi Irmgard. —¿Únicamente los de ella? —Sólo los de ella, patrón, solitos y tristes, como invitándome a seguirla en la muerte. En lo alto del cielo, por encima de la cordillera gigantesca, explotó un trueno lejano, que fue luego huyendo por el horizonte. La luna, tímidamente, se acostaba en dirección de la pampa. —¿Se llamaba realmente Irmgard la moza de sus amores? –pregunté. —¡Ah, patrón! –aclaró el viejo, alargando interminablemente las palabras, como si le dolieran–, eso es cosa mía, y de mi corazón. El nombre de Irmgard me ha gustado siempre, pero el nombre de mi amada no se lo digo a nadie. —¿Y por qué? —Porque a lo mejor es ésa la condición para que yo vea, noche a noche, sus ojos en el lago. Es nuestro secreto, que me llevaré a la tumba, cuando Dios me pida estos huesos prestados o cuando yo suba detrás de la luna, en el humo de mi pipa. Me levanté y quise dar unas monedas al viejo, que fueron rechazadas. Di las buenas noches y caminé de vuelta al hotel, donde las luces del comedor y del salón de baile se
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apagaban. Subí por el jardín y, antes de retirarme, contemplé por última vez el Nahuel Huapí. Los ojos en el lago no quisieron mirarme…

Ñico
Yo tenía ocho años de edad cuando mi madre decidió pasar una temporada al lado de mi abuela, en la hidalga ciudad de Santiago de los Caballeros, en el Cibao. Recuerdo que salimos de la capital –entonces Santo Domingo– en una mañana húmeda de enero y arribamos al hogar de mi inolvidable mamá Teresa esa misma tarde. La llegada fue memorable. Ivonne, mi hermana, bufaba de hambre y yo, aun gastándomelas de caballerito, mostré rebeldía a los besos y los mimos con los que me recibieron mis parientes. Nos zambulleron en la cama al toque de oración. Hoy, no obstante los años transcurridos, guardo todavía en mi memoria la imagen de mamá Teresa, paliducha y huesuda, murmurando las palabras del Santo Rosario y sonriendo, de vez en vez, en cuantas ocasiones reparaba en nosotros. Al amanecer me despertó un coro de sonidos para mí inexplicable. Imaginé rugidos de leones, estornudos de elefantes y en las voces que al través de las paredes de madera llegaban a mi oído, creí reconocer las de algún pirata salgarino, de aquellos que ya para esa época conocía yo tan bien. Así, ¡gran decepción la mía al salir luego al patio y no encontrar otra cosa ni otros seres que unos cuantos negros campesinos y una recua de burros y caballejos! Mi tío Miguel Ángel poseía y regenteaba una farmacia, aledaña a la casa. Desde el patio se podían ver los anaqueles, repletos de frascos multicolores y a mi tío, de negro bigote y reposado caminar, hurgando allí y acá, con aires para mí de lo más misteriosos, con ese misterio que el mundo adquiere para los ochoabrileños, como era yo entonces. —Ven, sobrino –me dijo al divisarme–, quiero presentarte a unos amiguitos. Me tomó de una mano, abrió una puertecilla que en el muro del patio había e irrumpimos en el solar colindante. Allí vi más animales y más negros, oí más piafar de bestias y decires campesinos. Tío Miguel Ángel silbó cabalísticamente y surgieron de detrás de un mango un par de chiquillos, con pistolas al cinto y arrogancias de caciques. —Raymundo y Manuel –dijo mi tío–. Son tus vecinos y debes jugar con ellos. Formamos de seguida un conciliábulo, en el cual se decidió que para ser yo un capitaleño no estaba del todo mal. Raymundo me prestó una de sus pistolas y me anunció: —Eres raso, ¿me oyes? Manuel es el capitán y yo el coronel. Tienes que obedecernos. Aquello no fue muy de mi agrado y un rato más tarde le endosamos a mi hermanita Ivonne los deberes de un soldado raso y yo quedé ascendido a teniente. ¡Las cosas no iban tan mal! Sorteamos, entre los dóciles burriquitos presentes, al que sería mi Rocinante. —Ahora –me ordenó Raymundo–, tienes que montarlo. Admitir que no sabía hubiese sido imperdonable de mi parte y así, ante los alaridos de espanto de Ivonne, salté sobre el lomo de la bestia e iluminé mi rostro con destellos de héroe o de conquistador. El burro, que era muy burro, no estuvo de acuerdo y comenzó a lanzar coces. Volé por la primera vez en mi vida, cerrando los ojos en espera de un golpe morrocotudo. ¡Pero no caí! Algo suave y acojinado detuvo mi vuelo y cuando abrí los ojos me encontré en brazos del negro Ñico. —¡Negro Ñico! –exclamaban a coro Manuel y Raymundo.
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—¡Muchachitos malos! –dijo él. ¿De quién fue la idea de montar a mi burro Colasín? ¿No saben todavía que es indomable? El negro Ñico me colocó tiernamente en el suelo y me miró. Después a mi hermanita, quien, mujer al fin, lo examinaba con recelo. —¿Cómo os llamáis? Nos presentamos como mejor pudimos y el negro Ñico nos hizo sentar a todos bajo el mango. ¡Negro Ñico! Era muy flaco, de barbilla salida como una aguja, ojillos escondidos y curiosamente verdes, pelo hirsuto y casi del todo blanco, pecho y brazos simiescos. Se movía lentamente, agitaba sus manos a cada palabra y no pasaba un minuto sin que exclamara esta frasecilla, que era como una clave de su humor: ¡Uay ombe! Aquella mañana se inició nuestra amistad, amistad que debía durar todo el tiempo que estuvimos en Santiago. El negro Ñico era, de lo que luego he ido hilvanando, personaje muy discutido en el pueblo y en los campos. No era dominicano, pues hablaba el castellano castizamente; no era campesino, que sus manos sin callos jamás realizaron faena dura. Pero el negro Ñico siempre tenía dinero, lo gastaba a manos llenas y nunca hizo daño a nadie. Y por sobre todo, el negro Ñico, con sus cuentos, entretenía a nuestra pandilla de aventurerillos, para tranquilidad y reposo de mi madre, mi abuela y mi tío. ¡Por eso el negro Ñico podía entrar y salir como le viniera en gana! —Con lo único que no estoy de acuerdo –solía decir mi tío Miguel Ángel– es con las historietas que Ñico le hace a los niños. Eso no está bien. ¡No debes creerlas! –me advertía–. Son una sarta de mentiras. —Déjalo en paz –ordenaba mamá Teresa–. ¡Ya descubrirá José Mariano mentiras peores en la vida! Y así, consentido por mi abuelita, con mi madre haciéndose la sorda y mi tío resignado, el negro Ñico siguió brindándonos ratos inenarrables bajo el frondoso mango del patio. El único inconveniente era Ivonne. A mi hermanita no le interesaban los cuentos del negro Ñico y cuando él comenzaba a hablar, ella tomaba una de sus muñecas y se iba al más lejano rincón del patio. Desde allí, sola y herida, nos miraba con indiferencia olímpica. —Es mujer –comentaba el negro Ñico–. ¡Déjala en paz! ¡El mundo sería tan agradable sin las mujeres! Y Ñico alzaba sus manos y hablaba, hablaba por los codos, por la camisa, por los ojos. Relatábanos correrías por los montes, él en comando de una guerrilla de revolucionarios que siempre ganaba la revolución; de su entrevista con el “Presidente”, cuando Su Excelencia le ofreció un puesto de capitán que Ñico –¡negro astuto!— no aceptó, por no comprometerse con las amistades de los otros partidos. –Yo soy un caso único —decíanos–, yo soy negro de pelo en pecho. —Y eso, ¿qué es? –inquiríamos abobados. —Para ser de pelo en pecho hay que haber peleado mucho y no tenerle miedo a nada ni a nadie, como yo. —¿Tú no le tienes miedo a nada? –preguntaba Raymundo. —¡A nada! –aseguraba Ñico–. Cuando la guerra de Puerto Rico yo solo maté a veinte hombres. —¿Veinte? –y abríamos la boca de a vara. —Creo que treinta, o más. Y en Venezuela fui a pie desde el Orinoco hasta Panamá. ¡Uay ombe! Yo he nadado desde Higüey hasta Ponce.
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Luego, con los años, ante el mapa de América, iba yo a descubrir que las hazañas de Ñico superaban las de todos los héroes griegos y romanos. Pero entonces no había estudiado cosas tan complicadas y Ñico fue adquiriendo en mi cerebro las proporciones de un ídolo. Un ídolo tan humano como sólo puede crearlo un niño. —¡Cuántos años tienes, Ñico? –le pregunté un día. —¡Uay ombe! ¡Eso sí que no lo sé! —¿Y por qué, Ñico? Mi vida es muy complicada, muchacho. Gente como yo, que ha vivido en todas las islas del Caribe, no puede pensar exactamente cuándo nació. Madre decía que en el sesenta, padre que en el cincuenta. ¡Uay ombe! Podré tener ochenta años, pero me siento más fuerte que un toro de dos años. —¿Y de dónde sacas tanta plata? –guiso saber Raymundo, quien con sus doce años no creía a pie juntillas a Ñico. —¡Hum! –exclamó el negro–. ¡Esa es historia larga! Pero se las voy a hacer. Eso sí, me guardan el secreto. ¿Entienden? —¡Claro, Ñico! –juramos al unísono. —Bien… –comenzó–, cuando yo era pirata… —¡Pirata! –exclamamos. —¿No se los había dicho? ¡Claro que fui pirata! Me enrolé en una banda de ingleses que vino a Puerto Plata en el ochenta y cinco y en tres asaltos que dimos llegué a capitán. ¡Uay ombe! Si ustedes hubieran visto si negro Ñico con un puñal en la boca, gritando desde proa: “¡Enemiiigo a la vista!” Yo solito decidí una batalla frente a Mayagüez y Juan el Terrible… ¡Ese era mi Jefe…! Pues me dijo: “Ñico, tú eres el más bravo de mis bravos. Quiero regalarte mil pesos oro y nombrarte mi segundo”. Yo me rasqué la cabeza y le dije: “Juan, muchas gracias, pero no puedo aceptarle el nombramiento. Ñico no se puede amarrar con una obligación”. —¿Y qué dijo Juan el Terrible? –interrumpíamos sin aliento. —Juan me miró asombrado, escupió cinco veces, para quitarse la mala suerte de una negativa como la mía, y dijo: “Sabe, Ñico, que a otro lo hubiese hecho colgar del palo mayor, pero a ti debo perdonarte. Puedes irte. ¡Te ragalo dos mil pesos oro en vez de mil…!” Y yo me fui, sí, señores. Agarré un bote de vela y fue cuando me vine para Samaná. Y allí… –añadió, bajando la voz y alzando las manos al cielo–, en un islote que nadie conoce, escondí mis morocotas. ¡Je, je, je! Me puse a trabajar y gané más… y más… y llegué a ser el hombre más rico de Samaná, pero como era negro, un blanco gringo me quiso robar… Y entonces fue cuando yo encabecé la revolución del ochenta y ocho. ¡Que ganamos, uay ombe, que ganamos…! —Entonces, fue cuando me metí a contrabandista, el mejor de todos los contrabandistas desde La Habana a la Martinica. Vendía ron, quinina, piedras preciosas… De todo un poco. Un día me apresaron, en la Florida, pero escapé y trabajé de pescador en el Golfo de México. Adquirí miles de perlas, que luego vendí a precios fabulosos en Nueva Orleans… Y el negro Ñico, flexuoso y elástico, hablaba de todas sus hazañas, hazañas en las que él era el único vencedor. ¡Gran Ñico inolvidable! Una noche nos dijo mamá que regresábamos a casa. Ivonne comenzó a saborear la idea de volver a sus muñecas y sus amiguitas, al parque de la capital, los bombones, los autos, pero yo no pude dormir, febril y preocupado. Irme de Santiago, ¡cuando ya era coronel de
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mi pandilla! ¡Dejar a Ñico y sus cuentos! ¡Y lloré sobre mi almohada!, lloré con desconsuelo al comprender que se terminaban los veinte días más felices de mi vida. Por la mañana nos despertaron muy tempranito, mamá Teresa nos acicaló con cuidado y nos atiborró de dulces y golosinas; mi tío Miguel Ángel hasta me regaló un frasquito, lleno de un líquido verde, que siempre ambicioné poseer. Mas nada de eso me consolaba. Cuando llegó el supremo momento de la despedida, se me aguaron los ojos y busqué en mi derredor… ¿Dónde estaba el negro Ñico? ¡Ah! Al arrancar el auto con mi madre, mi hermana y yo, el viejo negro, jinete en su arisco Colasín, apareció a la vuelta de una esquina, alzó su mano diestra en un saludo rítmico y gritó: —¡Adiós, mi comandante, adiós…! Han pasado muchos años. Yo nunca volví a ver a Ñico ni a escuchar sus sabrosas historietas. Cuando la vida me enseñó lo que es verdad y es mentira, hubo en mí cierta rebeldía al pensar en Ñico. ¿Ñico embustero? ¡No! Ese negro bueno, ese negro de gran imaginación, no fue nunca un embustero. Aunque mi tío Miguel Ángel o mi hermana Ivonne ni siquiera lo recuerden, yo sé que el negro Ñico está en el cielo, esperándome impaciente con nuevas historias y quizás… –¿por qué no?– dispuesto a saludarme, a mi llegada, con un estentóreo: —¡Salve, mi comandante José Mariano, salve…!

El feo
El mayor enemigo de Cándido era el espejo. Nunca quiso, compasivamente, cambiar su nariz de albóndiga, sus cejas tupidas como bigotes, su mentón prognático, sus ojos tan pequeños que costaba trabajo encontrarlos en la cara repelente. Pero el espejo también había sido, en la vida de Cándido, un enemigo silencioso, con quien se podía conversar de todos los temores y las ansiedades, a quien se podía hacer confidencias, el único que jamás respondió con evasivas o estalló en carcajadas ante su grotesca cara de payaso. Y el espejo, para Cándido, fue el único leal compañero en los años de soledad y de desesperación. Cándido era viejo ya. Sus memorias, pocas y estrechas, podían guardarse en un solo bolsillo del corazón. Su miedo, tu timidez, sus vacilaciones, habían llegado a los cincuenta años como cachorros cansados de jugar a solas. Y su ansia de amar seguía en Cándido como un animal enjaulado, ansioso de salir a la luz del sol. Porque Cándido no conocía el amor. Tenía leídos muchos libros y registrados muchos suspiros, recordaba noches de insomnio y mañanas vacías, mañanas sin besos y sin palabras de mujer, pero el amor siempre estuvo en la mesa de al lado, siempre pasó por la acera de enfrente, o se sentó en la butaca de atrás, o se entró en la puerta de la casa que no era la suya. Por eso la vida de Cándido no era una vida digna de contarse y él no se atrevió jamás a compararla con otras vidas que pasaron a su lado. Era la suya una vida pequeña y apagada, una vida casi dolorosa, casi desesperada. La recibió del vientre de su madre y cuando ella lo dejó huérfano, Cándido quiso encontrar en su padre aquello que no podía definir, aquello que no se reía de su nariz ni de su cara, aquello que abría los brazos o bajaba hasta su frente y suspiraba, aquello que debía ser la bondad. Pero su padre huyó de él avergonzado. Como era hombre, consideró a Cándido un engaño o un castigo, nunca como a un hijo. Y Cándido vivió solo, únicamente acompañado por su fealdad.
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Cándido era profesor. En las aulas su talento, un talento construido con el tesón y el tiempo necesarios para derribar al más viejo de los árboles, era respetado y temido. Durante sus clases nadie podía reír del feo, porque el feo sabía más que todos los alumnos hermosos o las alumnas bellas. Y así navegaba Cándido su existencia, un viejo y renqueante remolcador, carcomido por aguas que de seguro terminarían un día en el olvidado puerto de la muerte. Hasta que una tarde, a Cándido se le ocurrió sentarse en un banco del parque que circundaba la universidad y dar de comer a las palomas. Oscurecía. Platos de sombras rellenaban el mantel del cielo y en las casas de la ciudad los hombres se lavaban de sus encuentros con el odio, la ambición o la maledicencia de otros hombres. La mujer que caminaba por el parque era bella, con la misma belleza que Cándido había idealizado, con la belleza de los cuadros que colgaban en las paredes de su casa. Cándido se estremeció cuando la desconocida tomó asiento al lado suyo, en el banco rodeado de palomas hambrientas. Cándido esperó. Sabía que ella, en el reojo de sus ojos zarcos, miraría hacia él y reiría, con la risa que todas las mujeres siempre regalaban al feo. Sabía también que una vez constatada, su fealdad la ahuyentaría y la vería marchar parque abajo, sin comprender que aquel hombrecillo sólo pedía unas palabras de misericordia o un saludo, un simple saludo que abarcara el tiempo, las palomas, el atardecer, un saludo que sin entrar en la amistad tocara siquiera el conocimiento. Pero no ocurrió así. Ella lo miró y lo remiró. Luego le dio las buenas tardes. Cándido, al contestarles temblaba como quien se zambulle en el mar por la primera vez. Y habló con la mujer. Sus palabras tropezaban, llegaban cojeando, pero salieron de su boca como chiquillos en vacaciones. —Me gusta el parque, me gustan los árboles, el rumor de las cascadas, el silbato de los guardas, las niñeras que se besan bajo los cedros, el ciclista que pedalea, el jinete y su arte difícil, hoy desusado… Cándido calló. Aun queriendo continuar, tuvo el valor de cerrar los labios y esperar que ella dijera algo a cambio. Como era su primer diálogo con una mujer en el parque, Cándido se sentía más feo que nunca, como si tal cosa fuese posible. —¿Usted es poeta? –preguntó ella. —No –le dijo Cándido–, no he podido hacer versos. Esa clase de belleza nunca pudo tocarme. Se sentía repentinamente fuerte y desafiador. Si aquella mujer, quizás por equivocación, llegó para romper su círculo de soledad, él podía provocarla, restregándole la amargura en la cara, por si quería irse ya y dejarlo tranquilo, dejarlo con su nariz de albóndiga y sus años cansados. —Sin embargo –contestó la mujer, derribando un poco la altivez de Cándido–, da usted de comer a las palomas. ¡Y las palomas son tan amigas mías! —Y mías –admitió Cándido–, ellas me conocen, ellas no me tienen miedo. La mujer sonrió con una sonrisa gastada y tranquila. Luego metió la mano en su bolso y sacó migas de pan, que regó por el césped. Cándido se agarraba a su paraguas, hacía girar su sombrero hongo en las manos, miraba al cielo, a uno que otro árbol. —¿No será que las palomas han querido reunirnos? –preguntó ella–. ¿No querrán presentarnos en esta tarde? ¡Hace tanto frío!
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era el más feliz de los hombres. Al inhalar la primera bocanada. Y el espejo del cuarto de Cándido no podría imaginarse que el feo. borraban en Cándido todo recuerdo de amarguras. el amor es una nube que cubre el mundo en que vivimos. ¿Le gusta mi nombre? Cándido gustó de él y sintió que le gustaba su dueña. En otra ocasión. amigo mío. sacó un cigarrillo. aunque ella se levantara y. El policía examinó su uniforme y continuó su ronda. Cándido medía el rostro ovalado. 246 . —Rosalía –contestó–. repleta de dientes ennegrecidos. —Cuando yo era niña –dijo ella–. Cándido y Rosalía conversaron en el banco del parque durante muchas horas. En el parque se sienten mejor. Por eso. Los niños y sus niñeras de seguro dormían. sin despedirse. —No podría. sin mentón prognático. con sus migas de pan en los picos. porque los besos colocados en las mejillas de su madre habían sido regalos. hablándose de cosas que. con el día muerto. pasase lo que pasase. que nos consume. se le quedó apretada. ¡Un beso! ¿Por qué no conseguir un solo beso de aquella mujer que no amaba a nadie? Él jamás había besado. se marchara para siempre del banco del parque. como adivinara. cejas como bigotes y ojos pequeñitos. mi casa es pequeña. La noche vino a ellos repentinamente y en el parque las farolas perforaron un poco la neblina. con sus hombres apresurados y sus mujeres que reían. discutía con su corazón el lugar exacto dónde poner sus labios. con el pelo recogido en un moño. en el horizonte. y su boca. Todavía no tuvo el coraje ni el valor de confesar. en esa noche. ¡El beso de una mujer! Se estremecía de pensar que con sólo inclinarse. murmurando en las riberas. Su fealdad también se había marchado. donde sólo los cerezos y los sauces podían hablar. —No. que ella no aceptó. Y mientras ella hablaba. Cándido se sintió egoísta y ambicioso. que casi era un hombre normal. cerrar los ojos y darle gracias a Dios. que nos arropa. Sus ojos se replegaron. Aunque ella se volviese y le quemase con un bofetón. Cándido se abrió el sobretodo. podía poner sus labios calientes en la cara de Rosalía y conseguir un beso. sería hermoso –admitió Cándido. mi madre no quería dejarme venir al parque ni dar de comer a las palomas. con una conversación tumultuosa. por sorpresa. Sí. Le preguntó a ella cómo se llamaba. —¿Querría cenar conmigo? –invitó Cándido. Para mí el amor es un sentimiento que no puede darse a nadie. como las fisuras de una pared mal encalada. con las manos de uñas largas y con venas azules. ¡Nos conocemos tan poco! Pero ella no se fue. con su cielo lleno de hollín y sus autos veloces. ¡Cómo gustaría de llevármelas a casa y darles todo el dinero que mamá me dejó! —Hágalo usted. Además. con los ojos grandes e inquietos. casi mordida en un gesto de impotencia y de desesperación. por intrascendentes. —Yo nunca he amado –le confesó Rosalía–. le pediría un beso. donde sólo las palomas gobernaban y los hombres todavía eran desconocidos. ofreció uno. las palomas son mis compañeras. —¿En qué piensa usted? –preguntó ella. desde que ella murió. Las palomas se habían ido. su pecho se expandió sosegadamente. rumbo a las ramas de los sauces. detrás de la nuca tersa y llena de lunares. Les parecía que la ciudad se había alejado y que ellos dos solos presidían un mundo silencioso. transparentes. las palomas gozan más en libertad. Todavía estaba lejos la ciudad. El río continuaba corriendo hacia el mar.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Cándido y la mujer se acercaban.

No sonrió. limpiándose de vez en rato sus plumas brillantes. de verde plumaje. Rosalía. ojillos traviesos y garras respetables. —¿Volverá usted? ¿Verdad que volverá. Cándido abrochó su sobretodo. Frente a frente. A diferencia de otros loros que he conocido. Para mí Sisebuto era algún poeta en quiebra o un filósofo aburrido. muy bien. Sisebuto. en derredor de una ambulancia. —¡Gracias. miré a mi amigo. Nada dijo. cruzándose con él. que no soy para usted el feo de quien ríen todos los hombres y las mujeres de la ciudad. comentaban: —¡Al fin la agarraron! ¡Pobre loca! ¿Sabes que cada vez que se escapa vuelve al manicomio diciendo que un hombre la ama…? ¡Es Rosalía. recamadas con la luz de una farola. alzó sus hombros hasta allí caídos. Rosalía echó atrás su cabeza y le miró de hito en hito. Regáleme unos minutos en las tardes. Me rasqué la cabeza. Luego. Sisebuto asistió a nuestra conversación con bastante decoro. como si quisiera probarme que él sabía más que yo: —¡Bien. el parque cantaba. muy requetebién…! Miré a Sisebuto. Las bocas estuvieron cerca. nos verán juntos. Rosalía? La voz de Cándido se resquebrajaba y era como el ruido de un trueno en mitad de la jungla. ¿No es eso lo que quiere? —Sí –dijo él–. Me agradó Sisebuto. volveré al parque. Ni pudo escuchar a dos novios que. Muéstreme. El aire estaba límpido. Sisebuto no se mostró parlanchín. amigo mío. Es preciso que nadie me vea en el parque a estas horas. se besó la mano y miró hacia el cielo. Se hace tarde. las palomas parecían regresar a su lado. sin embargo. Y a la vuelta del sendero. 247 . mi amigo me llevó a su casa y conocí a Sisebuto. Sisebuto pronunció una frase sonora. guiñándome un ojo o balanceándose en su pértiga con prosopopeya y ritmo. la loca romántica! El loro En varias ocasiones mi amigo mencionó a Sisebuto. eso es lo único que le pido. Así. a Cándido las piernas le bailaban temblorosas. sus amigas y mis amigas. Le puso luego ambas manos en los hombros. M. —Volveré. cuando mi amigo levantó la voz para imponerme un juicio suyo. gracias…! Pero ella se iba rápidamente de su lado. debo marcharme. Y no me pregunten ustedes por qué sé yo cuando un loro es distinguido o no. Por el contrario. se la tragó la neblina. alargando las palabras. Y acercando lentamente su cara a la de él. no pudo ver a un grupo de gente arremolinado en la calle.J. su talento y su tacto prodigioso de mundano. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —Amigo mío –dijo ella al fin–. La mujer se levantó en silencio. Sólo en una ocasión. que no se empavorece con mi rostro de payaso. ganchudo y fuerte pico. Él la siguió. No creo que le prestara mucha atención. resultó ser un loro de lo más distinguido. que no le asusto. entrometido ni quisquilloso. Y las palomas. depositó en la boca de Cándido un beso. para que conversemos de todas las cosas que usted conoce mejor que yo. Cándido dio un suspiro y se llevó una mano a los labios. caminando por el parque oscuro. Un día. un beso que quemó la boca del feo como un latigazo. empuñó su paraguas y caminó también hacia su casa. un solo beso suave y tibio. Rosalía.

dijo: “Muy mal. antes de hacer un negocio o comprar un bien raíz. ¿sólo sabe decir eso? ¿No te contradice nunca? —¡Jamás!– ¡Jamás! ¡Sisebuto es un loro inteligentísimo! –terminó mi amigo. —¿Cuál es el secreto de tu éxito? –inquirí yo de él. Cuentan que le sometió a Sisebuto un proyecto para terminar de una vez y por todas con las guerras y Sisebuto. me replicó mi amigo poeta a vuelta del correo. le preguntaba por Sisebuto antes de hacerlo por su mujer o sus hijos. —¿No le parece mentira? 248 El machazo . por cierto con muy poca originalidad. ¿O es que tú creías que la familia del difunto iba a conservar a un loro tan bruto?”. Los cañaverales. luego en millonario. —Y Sisebuto –insistí yo con malicia–. yermos y muertos por la zafra. en la sien derecha…” “¿Y Sisebuto?”. Antes de ir a estrados. Mi amigo progresó espléndidamente con los años. muy requetemalísimo…!” Fulano abandonó su casa. compró una pistola y se la aplicó. Hay mucho que caminar. un muchacho de quien siempre creí que sólo sabía componer sonetos clorofórmicos. muy bien. dejándole petrificado. —Sisebuto –me dijo–. muy requetemal. se enjuagaron las caras y las bocas. Al viajar yo. hay que cobrar y largarnos. en mi memorial. en el cielo de nácar. —¿Qué? –preguntó el otro. unas estrellas holgazanas jugaban a amanecer. haciendo gárgaras sonoras que asustaron a las gallinas de Juana la negra. —Las cinco –le dijo–. A lo lejos. “Lo vendieron esa tarde. Todavía no había salido el sol. Y me basta que Sisebuto diga “Bien. abrió los ojos y miró por la ventana. Me tranquilizaba saber que Sisebuto vivía en perfecto estado de salud y envejecía con dignidad y sapiencia. al rincón de los recuerdos empolvados y telarañosos. Cirilo se alzó del catre y se restregó los ojos. pues mi amigo fue orador político y arrastró con sus párrafos ditirámbicos a las multitudes. admiré a Sisebuto. especuló en la bolsa y sus pujas y repujas pusieron temblequeante al mercado. —No ande de impacientes compadre. me envió esta carta maravillosa: “Fulano se pegó un tiro. pregunté yo en otra carta. Balzac o Dostoiesky. olvidé un poco a mi amigo y su carrera meteórica. con agua del pozo. todavía dormido. llegó el momento. le leo mis defensas. su compañero. podía cambiar de opinión. En el patio. ¡Era de esperarse! Llegó a confiar tanto en Sisebuto. llegaban a lamer el bohío de Cirilo. redondo y brillante. ¿Cómo no asombrarme al leer una tarde en el diario que mi famoso amigo se había pegado un tiro? Escribí a mis conocidos y uno de ellos. Cuantas veces me topaba con mi amigo. —¡De ninguna manera! ¿No te dije que Sisebuto era admirable? Y desde esa tarde. Quiterio se rascó el cráneo. loro al fin. Ni amanece… Los dos hombres se vistieron con lentitud. Con el pie descalzo trató de zarandear a Quiterio.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Se lo enseñaste? –pregunté a mi amigo. Y al parecer lo era. Con el tiempo. escribió novelas y hubo quien lo comparó con Dumas. —Nos vamos. él y Sisebuto pasaron. le consulto. Convirtióse en abogado de fama. tuvo amantes y hacia él acudieron las cortesanas más lindas y famosas de veinte países. muy requetebién…!” para saber que triunfaré.

Reían. de eso no me olvidé. Toño. en conversación con las locomotoras pequeñitas que acudían de los cuatro ámbitos del cañaveral. Encima de la sabana quemada podíase divisar la fábrica de azúcar. ya andamos por cuatro. ahora sí que no vamos a andar por los bateyes. con el final de la zafra. —¿No le dije? Mire qué bien hicimos llegando temprano. Cirilo y Quiterio caminaron. de eso no… —¿Qué va a hacer con la plata? Cirilo entrecerró los ojos y enmudeció unos segundos. no. rumbo al ingenio. y nunca pude… Verá… Los pesos que uno se gana no dan… Me llevé a la Petra. cuadrada y hosca. Algunos eran negros y no hablaban. —Paul… ¿Todo listo? —Cirilo. no saben lo que llevo trabajado cortando caña? Es poca la plata pa tanto sudor… —Boberías. Paul? —Dificile. como si él también fuera a cobrar su zafra. se le habían hinchado las aletas de la nariz y el pecho se le arqueaba suavemente. Yo me voy hasta mi pueblo na más. con sus narices de hierro llenas de humo. Quiterio. —Buen día. Salió el sol y se trepó en el cielo con prisa. A lo mejor me la guardo. Cirilo. boberías… Ya son nuestros los pesos. Vientos en caracol soplaron de la costa y el salitre se sintió en las narices. para quienes también. Mire. —¡Eh. ¿qué importa? ¿No era peor andar por los cañaverales cortando caña? ¿O ya se me olvidó usted del calor y de los alacranes? —No. ¿usted cree que mis callos y mi espalda. Otros hombres se echaban al camino y se emparejaban con ellos. Como las puertas de las oficinas todavía estaban cerradas. Quiterio! ¿Qué va a hacer con la plata? —No sé entoavía. —¡Cuatro! 249 . ¡Va a haber unas colas pa cobrar…! —Aunque las haya. —¿Y no agarró la lengua? A lo mejor el año que viene ya la sabe hablar. bromeaban. por el lago Enriquillo. ¿No sabía? —Buena obra. M. Perfume a melao rondaba por la tierra y en las camisas de los hombres. Cuando habló nuevamente. compadre. muy dificile. dos. —Le haré la casa a la vieja y a los muchachos. envuelto en una que otra astillita de bagazo huida de las trituradoras. Cirilo y Quiterio se acomodaron debajo de una palmera y comenzaron a roer pedazos de pan que habían traído en el bolsillo. Cirilo. mientras la polvareda crecía en el camino.J. allende la cordillera. Ante las bodegas los hombres hicieron alto. como los haitianos? —Como ellos no. Techo pa la familia está bien… —Toa la vida lo pensé. Iban alegres. como el grupo de hombres. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —A mí. Eran los haitianos. uté sabe cómo es de religiosa… Vinieron los hijos… Uno. se saludaban. tou é bien. que no hay día en que no duelan. tou é bien. —Con la gracia de Dios… —¿Conque se va. ¿no. Ellos van de camión y bien lejos. había llegado el día de rehacer el largo camino y volver a su tierra. luego nos casamos. tintineándoles en el cerebro la pequeña fortuna que cobrarían dentro de poco. Le dominiquén é compliqué.

¡Esta vez se hace! —¡A cobrar…! ¡A cobrar…! El grito jubiloso recorrió el grupo de hombres. y a mí me ha dao brega. compadre. replicó: —Vaya usted. hasta luego. ¿eh. por prestarles lo suficiente para la botellita de ron de los sábados. por tenerles de huéspedes durante toda la zafra. En el cruce.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Ellos llegan con el pan debajo del brazo. la caña cansa. se echó el fajo al bolsillo y comenzó a silbar un merengue. dice el refrán. que los otros corearon. —Ciento y treinta. Juana. temblequeando la montaña de sus carnes como en un terremoto. Se estrecharon las manos. En el pueblo trabajo más a gusto. Cirilo sinvergüenza! ¿Cómo le gustaría que lo viera su mujer? El camino. —Ca hombre piensa como Dios se lo enseña. estirado entre los bateyes. —¡Ah. Usted sabe cómo le doy al romito… Los dos amigos desandaron el camino hacia la casa de Juana la negra. Yo le espero aquí fuera. con su rechonchez y sus pechos enormes. Ahora me vuelvo con los trescientos pesos y el bohío se hace. Cirilo pensó en la casa que sus sueños habían construido y no vaciló. Ella estaba. —Pué ser. ñato? —Está bueno –sonrió el pagador–. —Yo. La Petra lava ropa y por lo menos los muchachos no pasan hambre. las sonrisas estuvieron con ellos. trescientos con cuarenta –tronó el pagador. vio a los amigos alejarse de la choza de Juana. —Bueno. —¿Y por eso se vino al ingenio? —Por eso. Gano. Otros hombres también caminaban. Quien no paga no vuelve. vale. veo que no usaste ni un chele. Por lavarles la ropa. ¿no. Lo mío es la cal y la pintura. que encontró seco y pastoso. Zanjaron sus cuentas con Juana. Cirilo. Se acercaron. ¿nos echamos un trago? Cirilo se pasó la lengua por el paladar. —¿Y usted? –preguntó a Quiterio. Quiterio propuso: —Mientras llega la guagua. Cirilo contó los billetes cuidadosamente. —Pérez. Cirilo se abrió la camisa y se limpió con su pañuelo las gotas de sudor que se le enredaban en las tetillas zahareñas. caracoleando los pies como potros que quieren dejar los corrales. rumbo a la carretera. Ya nos vamos. Sudando. no –afirmó Cirilo–. Pero a veces cuesta darles el pan. Cirilo dio una nalgada cariñosa en la grupa de Juana. por el arroz con habichuelas. Y al viajar el dinero a las manos de la negra. Y el turno llegó para Cirilo y Quiterio. estrallándose los dedos. 250 . no dan más que pa la comida y los trapos. levantándole. —¿Regresan el año próximo? —Dios dirá. quien ya venía detrás. los fritos y la carne. —¿Creía que nos íbamos? Le pago… —Ansí me gusta. trabajo como burro. No tengo pies pa andar entre matas. vale? –rezongó Juana. Ella rió con su batallón de dientes. —Los cuarenta pa tabaco. ¡No entro! Se alzó duramente la mañana en el cielo. por darles camas. Aquí uno consigue un poco más y todo junto. frente a la pulpería enguirnaldada. ¿pa qué? Cuando contamos los pesos. por el tabaco y el andullo. —No me diga que tiene miedo. debajo del sol que ya quemaba. vigilante en la puerta.

Eta mañana etaba bien. no me culpe. de algarrobos y de pinos. la serranía reverdecida y húmeda. ¡Que nos vamos! El otro salió. el condenao falla y lo que es yo.J. ¡Quién sabe! A lo mejor esto no anda más. buenaza le digo… Se encaramaron en el vehículo. —¿Le entra a la casa de que hablaba? –preguntó uno de los campesinos. muchos kilómetros hasta el villorrio donde Cirilo había dejado a su mujer. Cirilo. de puertas azules que parecían ojos de gringas. No se molestó en contestar. —No hay caso –dijo el chofer. los bohíos blancos. Además. M. Como voy al pueblo. dale que dale a la ropa. sus hijos y sus ansias. —¡Buenas. llena de hombres y de mujeres. la diviso en el río. la mojazón podía extenderse como un guaraguao y clavársele en todo el cuerpo? ¿Quién mejor que él para saber lo que era beber. ¿Va a querer que yo camine? ¿Pa eso paga una los pesos? —Mal. preñada de ceibos y de mangos. El gallego estaba sentado en una mesa con tres hombres. Ya ve. como si hubiesen bebido. compadre. —Estaba buenaza. con sus ruedas amarillas y su techo blanco. ya llego yo con plata pa acabar ciertas cosas. no entiendo. con las margaritas y los claveles. los arroyuelos jubilosos bajo puentes que la vegetación parecía estar esperando para cubrir amorosamente… —Es lindo. enroscada en la nariz y en el bigote. La pulpería. Cirilo y Quiterio se echaron a la carretera y dejaron atrás la guagua con los berridos de los niños y las protestas de los pasajeros. Mecánico no hay por estos entreveros. Tenían sed. —¡Quiterio! –gritó–. ¿Uté cree que podemos esperar allí? —Guaite. la guagua estaba llegando. vale. mejor era no entrar. las rosas y las azucenas jugando al escondite en la yerba. con las dos jumiadoras encendidas detrás de las puertas abiertas. que podía terminar una botella de añejo sin pestañear? No. pagaron el pasaje y comenzó el viaje. los cocoteros siempre meciéndose. ¿Qué hago? Cirilo sacó la mirada hacia el paisaje y dijo: —Estamos a la vuelta de la pulpería del gallego. ¡Y la Petra tan cerca! —¡Y mire usted –dijo el gallego– que su mujer está hecha un pimpollo! —¿La vio últimamente? —Casi todos los días. Bebían. la carretera asfaltada donde una que otra mano amiga quedaba levantada en un saludo y voces mansas se alborozaban al pasar la guagua. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —¿Y con este calor usté afuera. —Es lindo tó esto… ¿No? Y lo era. vale. ¿Cómo explicarles que si entraba. Cirilo! ¿A pie? —La guagua no quiso llegar. con los cuadrados llaneros de maíz y de plátanos. vale? –le preguntaron los amigos que entraban a mojar el gaznate. invitaba. 251 . Era larga la cosa. después de meter su cráneo en el cráneo lleno de cilindros y de tubos y de bloques–. es la tierra nuestra… Oscurecía cuando se descompuso el motor. limpiándose la espuma de la cerveza. Todos tenían machetes. —¡Ah. y de niños que sólo sabían llorar. como algodón. La llanura calcinada. él. —Pobre –aclaró triunfalmente Cirilo–. ñato! –rezongó una mulata llena de hijos–.

¿Por qué no aceptar ahora una copita? Una sola no le haría daño. —¿Alguna fiesta? —Ujú. ¡No pue sé! Romo no tomo. Tenía oído relatos de algunos amigos y sabía que no existían muchas diferencias con el ron. a cualquier hora. Quiterio no tiene familia. —¿Alguna promesa. vale? –preguntó uno de los señores de corbata. ¡Al fin iba a tener casa propia! A la vera del camino se detuvo un auto grande y charolado. Los hombres se sirvieron y comenzaron a beber. ¿qué va a ser? ¿Ron o cerveza? —Pa mí. Y no bebo ron. ¿Una botella? —Si. en la capital. Cuatro hombres vestidos de dril y encorbatados se bajaron de él.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Claro! ¿Pa qué cree que me chupé toa la zafra? —Bueno –cortó el gallego–. ¡déjeme la cerveza! ¡Bébase un trago de macho! –le dijo Quiterio–. Y al sentirse los billetes. Cirilo daba sorbos de su cerveza y pensaba: “¡Si la Petra supiera! ¡Cómo va a gozar ella estos pesos que le traigo! Compraré la madera y el zinc. —Oiga. —¡Caro! Pero en este clima. pa los suelos. el jardincito para que los niños no salieran a jugar a la carretera. Lo que yo digo. los ingleses inventaron una bebida que les dio un imperio. aquel a quien el gallego llamara don Carlos. La cerveza llena demasiado…” —Este whiskey es de calidad. el romo –dijo Quiterio. señor. y hielo y soda. me le ablandan la barriga. pero él no pudo jamás gastarse sus pocos pesos en beber cosa tan cara. que la piedra tenemos. agrupados en su bolsillo como soldados en atención. —¡Eh. Cirilo. cal y un poquito de cemento. El pue bebé lo que quiera. ¡Qué si cuestan! Y luego me la ponen a Petra gorda. y del bueno. invitó con malicia: —¿Aceptaría usted un whiskey. Whiskey es bueno. compadre? Cirilo se rascó la cabeza con ostensible indecisión. —¿Es cierto que ellos lo beben sólo con agua. Todos se volvieron sonriendo hacia Cirilo. También me hacen falta clavos. Vamos a beber en regla esta noche. ¿No ve que ya casi está en su casa? —Casa no tengo –replicó Cirilo–. para usted tengo whiskey. sí. colocó todo en la mesa. No está bien eso de andar en la tierra. La pulpería no será como le manda Dios. aunque lo beba Quiterio. señor. gallego –decía en la otra mesa uno de los señores–. relamiéndose. Nuevamente vio la casa. don Carlos. —Parecido…. hielo de la nevera y vasos. quema si se bebe así. Hoy no bebo. en cualquier parte. gallego! ¿Tienes whiskey? —Buenas noches. la guagua todo el día… Cerveza no hace mal… No es como el romo. que no pudo dejar de oír a los dos campesinos. pero la voy a tené. Nunca habido whiskey en su vida. no. el techo pegadito. pero surtida lo está. Sí. le subió a los labios una ancha sonrisa. Hay que calentar el bocao para llegar bien metido. sin hielo? –preguntó otro. la letrina pintada del mismo color. por lo menos en sus efectos. que me pone raro… La Petra no debe tener más muchachos… Cuestan. ¡Claro que no! 252 . Con las muchachitas de hoy hay que tener coraje. carajo. compadre. —Pa mí una cerveza –asintió Cirilo. Después de abrir la soda. ¡Que si no…! El gallego extrajo una botella del vasar. por los niños… Esta cerveza sabe sabrosa… Es el calor. Y uno de ellos.

o perdidos. ya se está creyendo que toítas son suyas”. El fajo de billetes se replegó sobre la mesa. comenzaron a clavársele en el corazón. la Petra por el patio. El gallego. Un sorbo. los niños jugando sobre el suelo de cemento. y dejó de calcular. “¡Esto es buenazo!” pensó Cirilo. ¡Tú. —¡Un merengue! –interrumpió Quiterio. don Carlos. su dinero dormía intacto en la hondura del bolsillo. el algarrobo y los mangos. —Pues beba. él llevaba muchos meses sin gozarse unos tragos. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —La verdad –contestó–. Cirilo apuró otro trago. —¡Mucho! –y Cirilo se relamió disimuladamente. no es para tanto. ¡He dicho que les pago una botella y la pago! Nadie contradijo. Quiterio. ¡Beba! El segundo vaso aflojó los resortes más íntimos de Cirilo. ¿Qué mal había? Estaba cerca de la Petra. —Hombre –replicó don Carlos–. Cirilo pudo a ratos ver la casa con el techo de zinc. “¡Buenazo de verdad!” —¿Le gusta? –preguntó don Carlos. haciéndole compañía. Y después las cinco botellas. Los tragos pasaban ahora como escopetazos. Sintió que entraba un río caliente por la garganta y bajaba hasta la última cueva de su vientre. me das un placer y bebo a tu salud. como una araña dispuesta a luchar. —Cortesía. Los sueños de Cirilo. gracias. —Entonces. Alguien cantaba: “General Bimbín. rumbo al mar. otro sorbito. que lo pago yo –ordenó Cirilo. En la noche llena de jumiadoras y luna. la pulpería brillaba como una luciérnaga y las voces roncas de los borrachos asustaban a los sapos en el río. la verdad. ¿Pero no crees que es mejor guardar tus pesos. La borrachera se les entregaba. Le agradó aquello. que hoy pago yo. Pero como la niebla alejaba aquella casa y él no podía ver bien las caras de la Petra y de los niños. gallego. en pugna con su baba. perdidos en el tiempo. 253 . don Carlos –dijo Cirilo– es ley de esta tierra. El gallego puso ante los bebedores la otra botella. El campesino tenía en el rostro muchos árboles encrespados. —Así no –desafió Cirilo–. déjese de bullas. —¡Guaite con el compadre! ¡Bebe con autoridad! –decía Quiterio. había que darse gustos de hombre. Y Cirilo lo llevó lentamente hacia los labios. ven –le dijeron–. que tanto te ha costado ganar? Se acabaron las pautas y las advertencias. todos miraron a Cirilo. Los hombres entraron en la selva de sueños y desgajaron los árboles de la vacilación. El whiskey traía buena ganancia. como mujer a precio. la próxima botella la pago yo. Hoy tengo plata… —Muchacho –aclaró el hacendado–. compadre. sus sueños eran suyos y debían estar a su lado. Los sueños no podían dejarse desparramados. —Un merengue. ofrece a los muchachos de nuestra botella! El pulpero corrió a complacerles. los hombres. El gallego calculaba en su cabezota las cuatro botellas. Sí. El whiskey cuesta mucho… De todos modos. Dentro de la niebla que cubría su cerebro. No.J. El gallego lo había llenado hasta la mitad con el líquido amarillo. que no lo he probao. La pulpería quedó silenciosa. —Don Carlos –se oyó decir a Cirilo con una voz que caminaba firme y segura–. ¡Si todo el mundo bebiera whiskey! ¡Qué ricos serían los pulperos! Cirilo miró su vaso. M.

llegada desde el bosque de sus sueños. Don Carlos suspiró y dio las gracias. Las yaguazas se lavaban bajo los sauces. Nos vamos. ¿Es que no le duele la cabeza? Cirilo no respondió. Los ojos eran dos pozos bermejos. compadre? —Me duele la cabeza. la carretera no tenía ruidos. y los ojos estaban helados–. Cirilo gritaba: —¡Se jueron! Vamo a bebé sin pepillos. doblado en su silla como una interrogación. Gallego. —¡Cirilo…! Era Quiterio. hijo. Llovería. que se relamía. —¿Qué fue. El cielo estaba color de cofre. dormitando sobre sus manos callosas. ¡venga otra! Cuando amaneció. No está bien que tires el dinero así. Las mesas se habían vaciado de hombres. carretera adelante. pero todavía no lograban sujetarse a las raíces cruzadas ante ellos. apuraba rápidamente un trago más. el blanquito no quié bebé conmigo”. pero tú deberías irte ya para casa. Como si me picasen las avispas. me voy ahoritica. El sabor en las bocas roía piedras. ¿Me oye? En la cabeza de Cirilo se abrían círculos que llegaban a mojar una casa y un piso y un patio. o pone la botella aquí –y Cirilo golpeó la mesa– o Dios sabe lo que va a pasá. don Carlos –dijo. —Mire. Cirilo –y el hacendado se rascó la cabeza–. en busca de más whiskey. ¿por qué no bebe con más coraje? —Mira.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Bueno. Como era domingo. no! —Entonces. Cirilo y la niebla 254 . nosotros debemos proseguir viaje. —¿Tiene miedo? –preguntó la arrogancia de Cirilo. abrió la puerta de la pulpería y se fue tropezando. —Yo no aguanto más –intervino Quiterio–. El gallego había vuelto a roncar en el mostrador. ¿Quieres que pague todo esto y te lleve? No me cuesta nada retroceder un poco. ayudado por su tambaleo–. ridiez? —Otra botella. —Cirilo. ¿uté se volvió loco? Ahora resulta que se lo quié bebé todito. compadre. Quiterio suspiró. El gallego roncaba. ¿Qué hora é? Regresaban vacilantemente del abismo. yo voy a seguí… Los hombres de corbata se iban. El auto arrancó. —Usted no me lleva. El ábrego inclinaba de vez en cuando las palmeras y un puerco cebado husmeaba a la vera del camino. —¿Miedo? ¡No. Con las manos aferradas al vaso. —¿Qué pasa. El piso no se estaba quieto. Me voy. —¡Pues váyase! Buen viaje… —Cirilo. Los ojos lagañosos se inventaban cucarachas. —Déjese de avispas. la pulpería estaba callada. El dinero de Cirilo se hizo un charquito verde ante los ojos del gallego. El dinero de don Carlos se levantó en las manos de Cirilo y regresó al bolsillo de su dueño. Cirilo –se levantó don Carlos. sin luz. “Me desprecia –pensó Cirilo–. Pero los círculos volvían. antes de seguir viaje. me gusta emborracharme y no me tiembla el pulso para hacer cualquier locura. —¡No! Se van a matar. —¡Gallego! ¡Gallego…! El pulpero levantó la cabeza. ¡qué bebedera! Se irguieron.

Pero Cirilo dio la espalda a Petra y los hijos y mientras caminaba por la carretera. El campaneo de la iglesia del pueblo no llegaba hasta la pulpería. no le dejó pagar. Sólo le cobré setenta pesos. gallego del diablo! ¡Mi dinero! —¿Qué dinero. que le regó el mentón. A varios centenares de metros. que es lo que le gusta ser. —Uté no me va a engañar –dijo Cirilo. ¡Soy rico!” Cirilo comenzó a tararear canciones tristes. Sí. Cirilo. “Haré la casa con piso de cemento. pensaba con dificultad: “Haré la casa. El dolor de cabeza viviría para siempre en su cráneo.J. Volvió a beber. La Petra podrá dormir tranquila. El sol no podía acompañarles. agarrándose de las sillas. Y con lástima y desprecio le dijo: —No me venga con lagrimeos. Desafió anoche a don Carlos. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO llenaban la pulpería. En seguida. El pulpero no había vuelto a hablar y le miraba con sus ojos adormecidos. —¡Mi dinero. todavía más abajo. Cirilo miró en dirección del pueblo. El aire tibio de la serranía le entró en la nariz. M. Tendrá piso de cemento. no dejó pagar a nadie en la pulpería. haré la casa. Los niños. ¿O es que no se recuerda? —Mi dinero. Como era domingo… —¡Dios! ¡Diooos…! Fue un grito alargado y rabioso. Consumieron diez botellas de whiskey. de regreso al ingenio. gallego! —Oiga. a los bateyes y al azúcar. 255 . gallego… ¿Dónde está? El pulpero recibía en la frente la angustia de Cirilo. sin alacranes y culebras debajo de la hamaca. El corazón de Cirilo ida delante. —¡Gallego! —¡Gallego! La mano de Cirilo salía del bolsillo horrorizada. En la carretera era domingo. lo jugó a los dados. como un machazo. ¡qué sé yo! Y no se me haga el incrédulo. Bebió. Mataré todas las culebras. con un frío que le calaba los huesos. Cirilo dio un portazo y se paró a la vera de la carretera. —¿Yo? ¿Cuándo tuve fama de mentiroso? –y el español se erizaba ofendido. casi todas mis provisiones. El resto. por si en él dormía alguna culebra. para que las culebras no suban hasta las hamacas. mis mejores cigarros. Cirilo llevó un último vaso a la boca. “¡Virgen de la Altagracia! ¿Soy loco? ¿Qué hice?” La cabeza de Cirilo fue bajando lentamente en el tiempo. y es bueno que lo recuerde. Cirilo? ¿Qué dinero…? El borracho estaba de pie. que estoy harto de oírle gritar lo machazo que es… Los dos hombres quedaron silenciosos. ¡Sí que la haré!” No se tocó más el bolsillo. de cal en la pared. ¡El dinero pa mi casa. Las moscas runruneaban en derredor de ellos. lo regaló…. —El dinero pa mi casa. Usted está bebiendo desde hace más de quince horas. oculto detrás de las palmeras y los mangos. que en el pecho de Cirilo mataba a la resignación. Será toda blanca. Las culebras se le enredaban en la garganta. se dirigió hacia la puerta y la abrió. de seguro jugaban en el río. su Petra lo esperaba. Nubes trotonas venían desde muy lejos para observar al borracho. Anoche hubo de todo aquí.

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23 cuentos escritos en el exilio apuntes sobre el arte de escribir cuentos y juan bosch .No.

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con signos algebraicos. No puede olvidar ciertas cantidades o ignorar determinados valores. o si al llegar a su escuela el niño halla que el maestro está enfermo o el edificio escolar se ha quemado la noche anterior. una estampa. porque no hay nada de importancia en su viaje diario a las clases. reconocido como el más difícil en todos los idiomas. si se quiere. como si fuera un maestro de emociones o de ideas. ¿Qué es un cuento? La respuesta ha resultado tan difícil que a menudo ha sido soslayada incluso por críticos excelentes. caso insólito. una escena. pero no es un cuento. Cuento quiere decir llevar cuenta de un hecho. y por tal razón el cuentista debe sentirse responsable de lo que escribe. o lo que es lo mismo. no tolera innovaciones sino de los autores que lo dominan en lo más esencial de su estructura. Pero nunca debe olvidarse que el género tiene una técnica y que ésta debe conocerse a fondo. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como tema de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo. pero tiene que llevar esa cuenta. Esa técnica es el oficio peculiar con que se trabaja el esqueleto de toda obra de creación. La palabra proviene del latín computus. De paso diremos que una vez adquirida la técnica. Llevar cuenta es ir ceñido al hecho que se computa. y la técnica se adquiere con la práctica más que con estudios. El interés que despierta el cuento puede medirse por los juicios que les merece a críticos. no es cuentista. Se dice a menudo que el cuento es una novela en síntesis y que la novela requiere más aliento en el que la escribe. Un niño que va a la escuela no es materia propicia para un cuento. expresarse como él crea que debe hacerlo. Aprender a discernir dónde hay un tema para cuento es parte esencial de la técnica. Pero no debe echarse en olvido que el género. presentar su obra desde su ángulo individual. Lo primero que debe aclarar una persona que se inclina a escribir cuentos es la intensidad de su vocación. es la “tekné” de los griegos o. convincente para la generalidad de los lectores. “Importancia” no quiere decir aquí novedad. con números árabes. pero hay sustancia para el cuento si el autobús en que va el niño se vuelca o se quema. pero puede afirmarse que un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia. lo que se escribe puede ser un cuadro. un buen escritor de cuentos tarda años en dominar la técnica del género. Su influencia en el desarrollo de la sensibilidad general puede ser muy grande. Si el suceso que forma el meollo del cuento carece de importancia. mas debe ser indudable. cuentistas y aficionados. A menos que se trate de un caso excepcional. Lo segundo se refiere al género. El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un suceso. aplicar su estilo personal. subjetivo u objetivo. Una persona puede llevar cuenta de algo con números romanos. la parte de artesanado imprescindible en el bagaje del artista. La importancia del hecho es desde luego relativa. En realidad los dos géneros son dos cosas 259 I . el cuentista puede escoger su propio camino. acaecimiento singular. Nadie que no tenga vocación de cuentista puede llegar a escribir buenos cuentos.apuntes sobre el arte de escribir cuentos El cuento es un género antiquísimo que a través de los siglos ha tenido y mantenido el favor público. ser “hermético” o “figurativo” como se dice ahora. y es inútil tratar de rehuir el significado esencial que late en el origen de los vocablos.

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS distintas. Probablemente es ahí donde se halla la causa de que el género sea tan difícil. En su origen. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento. no puede dejarlas libres ni tolerarles rebeliones. Hay grandes cuentistas. no se logra en tan corto tiempo. Quiroga afirma que un cuento es una flecha disparada hacia un blanco y ya se sabe que la flecha que se desvía no llega al blanco. como si ya estuviera el cuento escrito. lo cual requiere casi tanta tensión como escribir. de manera que con frecuencia una novela no termina como el novelista lo había planeado. A la deriva. Esa corta frase tenía –y tiene aún en la gente del pueblo– un valor de conjuro. La manera natural de comenzar un cuento fue siempre el “había una vez” o “érase una vez”. Esa voluntad de predominio del cuentista sobre sus personajes es lo que se traduce en tensión y por tanto en intensidad. que apenas lo usaron. como se piensa con frecuencia. sino como si estuviera ya elaborado. Comparar diez páginas de cuento con las doscientas cincuenta de una novela es una ligereza. No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo. ella sola bastaba para despertar el interés de los que rodeaban al relatador de cuentos. no tiene que premeditarla. capacidad de concentración y trabajo de análisis. como ha dicho alguien. que no se logra sin disciplina mental y emocional. La intensidad de un cuento no es producto obligado. La diferencia fundamental entre un género y el otro está en la dirección: la novela es extensa. el final sorprendente. Kipling refiere que para él era más importante lo que tachaba que lo que dejaba. Él es el padre y el dictador de sus criaturas. la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. El novelista crea caracteres y a menudo sucede que esos caracteres se le rebelan al autor y actúan conforme a sus propias naturalezas. el cuento debe tener su final natural como debe tener su principio. Una sola frase aún siendo de tres palabras que no esté lógica y entrañablemente justificada por ese destino manchará el cuento y le quitará esplendor y fuerza. un libro de cuentos que sea bueno y que tenga doscientas cincuenta páginas. es el fruto de la voluntad sostenida con que el cuentista trabaja su obra. al grado que logre dominarla en la misma forma en que el pintor consciente domina la pincelada: la da. el cuento tiene que ser obra exclusiva del cuentista. Una novela de esa dimensión puede escribirse en dos meses. Un final sorprendente impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento. lo conducirá sin piedad hacia el destino que previamente le ha trazado. El cuentista debe ver desde el primer momento su material organizado en tema. de Horacio Quiroga. Fundamentalmente el estado de ánimo del cuentista tiene que ser el mismo para recoger su material que para escribir. pero el tema debe ser visto no en su estado primitivo. y es más difícil lograr un buen libro de cuentos que una novela buena. no le permitirá el menor desvío. A partir del principio el cuentista debe ser implacable con el sujeto de su obra. Esa técnica no implica. directo o indirecto: el cuento debe comenzar interesando al lector. el cuento es intenso. A menudo parece más atrayente tal tema que tal otro. Seleccionar la materia de un cuento demanda esfuerzo. como Antón Chéjov. de su corta extensión. si no como los personajes de la obra lo determinan con sus hechos. Lo fundamental en ella es mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión. y eso no es fácil. no lo tiene. que el estilo del autor sea deliberadamente claro u oscuro. el cuento no empezaba con descripciones de paisajes. a menos que se tratara de un paisaje descrito con 260 . pues el cuentista necesita ejercer sobre sí mismo una vigilancia constante. El verdadero cuentista dedica muchas horas de su vida a estudiar la técnica del género. Una vez cogido en ese interés el lector está en manos del cuentista y éste no debe soltarlo más. En el cuento. la situación es diferente. y es una pieza magistral. Ahora bien.

son inalterables. asuntos de amor o de trabajo. la delicada arquitectura de un cuento. Un cuento que comienza bien casi siempre termina bien. a fin de evitar que el lector se canse. El antiguo “había una vez” o “érase una vez” tiene que ser suplido con algo que tenga su mismo valor de conjuro. sin una debilidad. los primeros párrafos de los mejores cuentos de Maupassant. el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento. conoce la “tekné” del género. con asuntos externos a su experiencia íntima. La búsqueda y la selección del material es una parte importante de la técnica. y debe hacerlo sin pérdida de tiempo. El cuentista serio estudia y practica sin descanso la entrada del cuento. El autor queda comprometido consigo mismo a mantener el nivel de su creación a la altura en que la inició. Es en la primera frase donde está el hechizo de un buen cuento. La acción se le impone. de Quiroga. Se halla en el momento apropiado para estudiar los principios en que descansa la profesión de cuentista. En sus primeros tiempos el cuentista crea en estado de somiinconsciencia. les faltó la capacidad para elaborar. El oficio es obra del trabajo asiduo. pero acción. uno por uno. comenzaba con éste. El cuento debe iniciarse con el protagonista en acción. ella determina el ritmo y la tensión de la pieza. Hay una sola manera de empezar un cuento con acierto. El oficio es la parte formal de la tarea. Sólo el que lo domine podrá transformar el cuento. episodios de hombres del pueblo o de niños. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de cuentista. 261 . no importa lo que crean algunos cuentistas noveles. El cuentista joven debe estudiar con detenimiento la manera en que inician sus cuentos los grandes maestros. de la dedicación apasionada. mejorarlo con una nueva modalidad. y pintándolo en actividad. Ese oficio es necesario para el que cuenta cuentos en un mercado árabe y para el que los escribe en una biblioteca de París. de Kipling. de la búsqueda y de la selección saldrá el tema. No adquirieron el oficio a tiempo. de la meditación constante. por lo menos. Aún hoy esa manera de comenzar es buena. despertando de golpe el interés del lector. y sin el oficio no podían construir. un torrente de palabras luminosas se lanza sobre él. No hay manera de conocerlo sin ejercerlo. quien fue quizá el más consciente de todos ellos en lo que a la técnica del cuento se refiere.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS escasas palabras para justificar la presencia o la acción del protagonista. Los principios del género. sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento. Saber comenzar un cuento es tan importante como saber terminarlo. escogerá el que más se avenga con su concepto general de la vida y con el tipo de cuento que se propone escribir. Mientras ese estado de ánimo dura. Cuentistas de apreciables cualidades para la narración han perdido su don porque mientras tuvieron dentro de sí temas escribieron sin detenerse a estudiar la técnica del cuento y nunca la dominaron. iluminarlo con el toque de su personalidad creadora. en la medida en que la obra humana lo es. los personajes y sus circunstancias le arrastran. Una vez obtenido el material. El buscará aquello que su alma desea. buscar es seleccionar. Nadie nace sabiéndolo. pero quien no domine ese lado formal no llegará a ser buen cuentista. aunque en ocasiones un cuentista nato puede producir un buen cuento por adivinación de artista. física o psicológica. de Sherwood Anderson. Pero no es así para el cuentista. el cuentista tiene que ir aprendiendo la técnica a fin de imponerse a ese mundo hermoso y desordenado que abruma su mundo interior. debe leer. El conocimiento de la técnica le permitirá señorear sobre la embriagante pasión como Yavé sobre el caos. Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión. cuando la veta interior se agotó. Parece que estas dos palabras –búsqueda y selección– implican lo mismo. motivos campesinos o de mar.

A menudo la gente se acerca a novelistas y cuentistas para contarles cosas que le han sucedido. y la yerba mala. al extremo de que un cuento no debe construirse sobre más de un hecho. Ya he dicho que aprender a discernir dónde hay un tema de cuento es parte esencial de la técnica del cuento. es esa parte de oficio o artesanado indispensable para construir una obra de arte.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Esa parte de la tarea es sagradamente personal. “temas para novelas y cuentos”. pero dominable. ha 262 . y para lograrlo tiene que aprender todo lo relativo a su oficio. está fuera de lugar y debe ser aniquilada tan pronto aparezca. toda idea ajena al asunto escogido es yerba mala. se afanará por dominar el género. Arte difícil. hay un consejo útil que dar a los cuentistas jóvenes: que estudien el material con minuciosidad y seriedad. y debidamente estudiado desde todos sus ángulos. el arte del cuento consiste en situarse frente a un hecho y dirigirse a él resueltamente. Otros lo han logrado. Ahora bien. pero lo mantiene presente en el fondo de la narración y no lo muestra sino sorpresivamente en las cinco o seis palabras finales del cuento. La primera tarea que el cuentista debe imponerse es la de aprender a distinguir con precisión cuál hecho puede ser tema de un cuento. Aislado el tema. Si encara su vocación con seriedad. el personaje y su ambiente. Pues cuando el cuentista tiene ante sí un hecho en su ser más auténtico. Técnica. el cuentista puede aproximarse a él como más le plazca. lo va sustrayendo frase a frase de la visión de quien lo lee. II El cuento es un género literario escueto. tiene el premio en su propia realización. con el lenguaje que le sea habitual o connatural. toda palabra que desvíe al autor un milímetro del tema. y en el cuento no hay lugar sino para un tema. Ahora bien. nadie puede intervenir en ella. debe ser arrancada de raíz. todos esos sucesos están subordinados al hecho hacia el cual va el cuentista. La única manera de cumplir con esa obligación es desenvolviendo sus dotes naturales. Hay mucho que decir sobre él. limpiarlo de apariencias hasta dejarlo libre de todo cuanto no sea expresión legítima de su sustancia. Pero en ningún momento perderá de vista que se dirige hacia ese hecho y no a otro punto. Cuando el cuentista esconde el hecho a la atención del lector. que es sin duda muy rebelde. como aconseja el Evangelio. él es el tema. debe saber aislarlo. El hecho es el tema. si nadie debe intervenir en la selección del tema. Habiendo dado con un hecho. trabajará. qué es un cuento y qué debe hacer para escribir buenos cuentos. como el aviador. estudiará a conciencia. e igual que el aviador se halla forzado a saber con seguridad adonde se dirige antes de poner la mano en las palancas que mueven su máquina. que no interesan al escritor porque nada le dicen a su sensibilidad. El cuentista. Toda palabra que pueda darle categoría de tema a un acto de los que se presentan en esa marcha hacia el tema. no levanta vuelo para ir a todas partes y ni siquiera a dos puntos a la vez. Pero lo más importante es esto: El que nace con la vocación de cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al servicio de la sociedad. Escribir cuentos es una tarea seria y además hermosa. estudiarlo con minuciosidad y responsabilidad. que estudien concienzudamente el escenario de su cuento. sin darles caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho. El también puede lograrlo. se halla frente a un verdadero tema. entendida en el sentido de la “tekné” griega. su mundo psicológico y el trabajo con que se gana la vida. en forma directa o indirecta. que no dejará crecer la espiga del cuento con salud.

En ese caso la marcha será zigzagueante. 263 . La experiencia íntima del hombre no ha traspasado los límites de su propia esencia. que vive orgánicamente en función de señor supremo de la actividad universal. Cada vez que comienza a caer una de las cáscaras. en el cuento no puede haber confusión de valores. elementos y objetos tienen alma humana. El cuentista avezado sabe que su tarea es llevar al lector hacia ese hecho que ha escogido como tema. creerá que ya no hay cortezas y que ha llegado el momento de gustar el anhelado manjar vegetal. mediante una frase discreta. El cuento debe ser presentado al lector como un fruto de numerosas cáscaras que van siendo desprendidas a los ojos de un niño goloso. para él. en ese instante de la selección del hecho-tema. En suma. en los relatos infantiles de Anderson como en las parábolas de Oscar Wilde. La selección del tema es un trabajo serio y hay que acometerlo con seriedad. Pero los casos en que puede hacer esto sin deformar el curso natural del relato no abundan. sin carácter. cualquier cosa. esperará la almendra de la fruta. Pues sucede que el cuento comienza a formarse en ese acto. Hay un oculto sentido matemático en la rigurosidad del cuento. el lector. pero se convierte en tal germen precisamente en el momento en que el cuentista lo escoge por tema.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS construido el cuento según la mejor tradición del género. el universo infinito y la materia mensurable existen como reflejo de su ser. que el hecho es otro. Ahora bien. por una actividad que en verdad no tiene otra finalidad que conducir al lector hacia el hecho. hay que dirigirse a él a través de sus sentimientos o de su pensamiento. Hace poco recordaba que cuento quiere decir llevar la cuenta de un hecho. el tema no es en verdad el germen del cuento. en cuanto al hecho que da el tema. Todo lo contrario resulta si el cuentista está dirigiéndose hacia dos hechos. En ocasiones resulta útil desviar la atención del lector haciéndolo creer. lo que el cuentista tendrá al final será una página confusa. estará oculta por las acciones accesorias. serán cáscaras que al desprenderse irán acercando el fruto a la boca del goloso. o por lo menos. El cuentista debe ejercitarse en el arte de distinguir con precisión cuándo un tema es apropiado para un cuento. El mejor tema para un cuento será siempre un hecho humano. él seguirá siendo por mucho tiempo el rey de la creación. El origen de la palabra que define el género está en el vocablo latino computus el mismo que hoy usamos para indicar que llevamos cuenta de algo. y que debe llevarlo sin decirle en qué consiste el hecho. animales. ¿cómo conviene que sea? Humano. En esta parte de la tarea entra a jugar el don nato del relatador. Nada interesa al hombre más que el hombre mismo. o por lo menos humanizado. De párrafo en párrafo. el lector deberá pensar que ya ha llegado al corazón del tema. A pesar de la creciente humildad a que lo somete la ciencia. sin embargo no está en él y ni siquiera ha comenzado a entrar en el círculo de sombras o de luz que separa el hecho del resto del relato. Por sí solo. si su presencia no coincide con la última escena del cuento. como en las matemáticas. Lo que pretende el cuentista es herir la sensibilidad o estimular las ideas del lector. Si el hecho se halla antes de llegar al final. En cada párrafo. la línea no podrá ser recta. luego. es decir. pero la manera de llegar a él fue recta y la marcha se mantuvo en ritmo apropiado. relatado en términos esencialmente humanos. pero no un cuento. la acción interna y secreta del cuento seguirá por debajo de la acción externa y visible. En las fábulas de Esopo como en los cuentos de Rudyard Kipling. Mucho más importante que el final de sorpresa es mantener en avance continuo la marcha que lo lleva del punto de partida al hecho que ha escogido como tema. se ha producido un buen cuento.

De donde puede colegirse por qué hemos insistido en que el hecho que sirve de tema debe estar libre de apariencias y de todo cuanto no sea expresión legítima de su sustancia. es parte importantísima en el arte de escribir cuentos. positivos o negativos. 264 . Pero en el cuento toda la obra es del cuentista y esa obra está determinada sobre todo por la calidad del tema. en el de la jungla americana o en el de los iglús esquimales. para un artículo de costumbres o para una página de buen humor. Todo lo dicho hasta ahora se resume en estas pocas palabras: si bien el cuentista tiene que tomar un hecho y aislarlo de sus apariencias para construir sobre él su obra. pero también puede estarlo por su ausencia. en cambio puede serlo. pero ni aún el mismo autor podrá garantizar de antemano qué saldrá de su trabajo cuando ponga la palabra final. y aun dentro de él hallar el aspecto útil para desarrollar el cuento. Ahora bien. el heroísmo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Si el tema no satisface ciertas condiciones. y resulta que hay tres temas distintos. y debe tener categoría universal. agente de policía. no basta para el caso un hecho cualquiera. lo cierto es que comúnmente el cuentista tiene que estudiar el hecho para saber cuál de sus ángulos servirá para un cuento. pero debe ser universal en su valor intrínseco. la generosidad. si en ocasiones esos hechos que nos rodean se presentan en tal forma que bastaría con relatarlos para tener cuentos. Los personajes de una novela contribuyen en la redacción del relato por cuanto sus caracteres. y en los tres la captura del joven delincuente es un camino hacia el corazón del hecho-tema. De esa especie de hechos está lleno el mundo. Por caso de adivinación. son valores universales. aunque se presenten en hombres y mujeres cuyas vidas no traspasan las lindes de lo local. en un cuentista nato de gran poder. puede darse un cuento muy bueno sin seguir esta regla. Aprender a ver un tema. y adonde quiera que el cuentista vuelva los ojos hallará hechos que son buenos temas. El tema requiere un peso específico que lo haga universal. El sufrimiento. Un ladronzuelo cogido in fraganti puede dar un cuento excelente si quien lo sorprende robando es un hermano. están llenos los días y las horas. en el tercero. En los tres casos el hecho-tema sería distinto. son universales en el habitante de las grandes ciudades. por sus motivaciones o por su apariencia formal. La rígida disciplina mental y emocional que el cuentista ejerce sobre sí mismo comienza a actuar en el acto de escoger el tema. el resultado será débil. el cuentista debe tener una idea precisa de cómo va a desenvolver su obra. el cuento será pobre o francamente malo aunque su autor domine a perfección la manera de presentarlo. otra cosa sucede si el cuentista trabaja conscientemente y organiza su construcción al nivel del tema que elige. Lo pintoresco. la avaricia. en el hambre de la madre. por ejemplo. y puede ser también un magnífico cuento si se trata del primer robo del autor y el cuentista sabe presentar el desgarrón psicológico que supone traspasar la barrera que hay entre el mundo normal y el mundo de los delincuentes. en el segundo. en el desgarrón psicológico. una vez creados. Pues en estos tres posibles cuentos el tema parece ser la captura del ladronzuelo mientras roba. Puede ser muy local en su apariencia. el amor. se hallaría en la circunstancia de que el hermano del ladrón es agente de policía. y muy bueno. la crueldad. saber seleccionarlo. A veces el cuento está determinado por la mecánica misma del hecho. En cambio. Si esta regla no se sigue. no tiene calidad para servir de tema. el sacrificio. Antes de sentarse a escribir la primera palabra. debe ser un hecho humano o que conmueva a los hombres. determinan en mucho el curso de la acción. o si la causa del robo es el hambre de la madre del descuidero. en el primero.

Pues sucede que en la oculta trama de ese arte difícil que es escribir cuentos. el majestuoso tigre se halla condenado a morir de hambre. Especialmente en el caso de la lengua. no puede desbordarse ni cumplirse en todas sus posibilidades. y en cada conjunto de reglas hay divisiones: las que dan a una obra su carácter como género. o instinto de tigre para seleccionar el tema y calcular con exactitud a qué distancia está su víctima y con qué fuerza debe precipitarse sobre ella. Al dar su salto asesino hacia el tema. La acción del cuento está determinada por el tema pero tiene que ser dictatorialmente regida por el cuentista. en arte. Según ella. novelista. en la tarea de escribir cuentos? Sí. el uso. en un cuento no debe mencionarse siquiera un cuadro si él no es parte importante en el curso de la acción. el medio de creación de que se sirve es la lengua. el lector y el tema tienen un mismo corazón. sino únicamente en los términos estrictamente imprescindibles al desenvolvimiento del cuento y entrañablemente vinculados al tema. y con frecuencia él las domina sin haberlas estudiado a fondo. Pero como cada cuento es un universo en sí mismo. piel.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Así como en la novela la acción está determinada por los caracteres de sus protagonistas. Unas y otras se mezclan para formar el todo de la obra artística. y las que rigen la materia con que se realiza. parece no haber duda de que el escritor nato trae al mundo un conocimiento instintivo de su mecanismo que a menudo resulta sorprendente. músculos. El cuento es el tigre de la fauna literaria. es producto de una suma de reglas. si le sobra un kilo de grasa o de carne no podrá garantizar la cacería de sus víctimas. la práctica o la costumbre en la ejecución de ésta o aquella obra implica un conjunto de reglas que debe ser tomado en cuenta a la hora de realizar esa obra. La diferencia más drástica entre el novelista y el cuentista se halla en que aquel sigue a sus personajes mientras que éste tiene que gobernarlos. el tigre de la fauna literaria está saltando también sobre el lector. En el caso del autor de cuentos. Cada forma. poeta. aunque tampoco parece haber duda de que ese don mejora mucho cuando el conocimiento instintivo se lleva a la conciencia por la vía del estudio. Los personajes de una novela pueden dedicar diez minutos a hablar de un cuadro que no tiene función en la trama de la novela. aflojan sus colmillos o debilitan sus poderosas garras. 265 . la manera particular de hacer algo. ¿Se conoce algún estilo. la forma. pero las que gobiernan la materia con que esa obra se realiza resultan determinantes en la manera peculiar de expresarse que tiene el artista. músico– las reglas son leyes misteriosas. en el sentido de modo o forma. escritor. que demanda el don creador en quien lo realiza. hagamos desde este momento una distinción precisa: el escritor de cuentos es un artista. pintor. Cuando los años le agregan grasa a su peso. escritas para él por un senado sagrado que nadie conoce. Esas son el bagaje primario del artista. el tigre está creado para atacar y dominar a las otras bestias de la selva. cuyo mecanismo debe conocer a cabalidad. le restan elasticidad en los músculos. y esas leyes son ineludibles. colmillos y garras nada más. El cuentista debe tener alma de tigre para lanzarse contra el lector. Del conjunto de reglas hagamos abstracción de las que gobiernan la materia expresiva. Se dispara a uno para herir al otro. en el cuento el tema da la acción. y para el artista –sea cuentista. Huesos. III Hay una acepción del vocablo “estilo” que lo identifica con el modo.

La pintura y la escultura abstractas son sólo materia y forma. y sólo a uno. Aunque estamos hablando del cuento. Por otra parte. Desde muy antiguo se sabe que en lo que atañe a la tarea de crearla. que no tienen intérpretes sino espectadores del orden intelectual. No se concibe música sin tema. La forma es importante en todo arte. En algunas artes la forma tiene más valor que el tema. anotemos de paso que la escultura. el modo de producir un cuento. Pues en su sentido estricto. y más adelante decía que “importancia no quiere decir aquí novedad. Pero en la novela y en el cuento. debe tener importancia por sí mismo. la pintura y la poesía de hoy se realizan con la vista puesta en la forma más que en el tema. La poesía actual se inclina a quedarse sólo con las palabras y la manera de usarlas. el cuento es el relato de un hecho. la expresión artística se descompone en dos factores fundamentales: tema y forma. La convicción de que el cuento tiene que ceñirse a un hecho. dado que precisamente esas artes han escapado a las leyes de la forma al abandonar sus antiguos modos de expresión. es lo que me ha llevado a definir el género como “el relato de un hecho que tiene indudable importancia”. uno solo. la marca divina que distingue al artista entre la multitud de sus pares. y desde luego mucho más importante que el estilo con que al autor se expresa. no levanta vuelo para ir a todas partes y ni siquiera a dos puntos a la vez. dan el sello individual. como el aviador. en nuestro caso. se halla forzado a saber con seguridad adonde se dirige antes de poner la mano en las palancas que mueven su máquina”. y el sueño de sus cultivadores es expulsar el tema en ambos géneros. expliqué en esa misma oportunidad que “la importancia del hecho es desde luego relativa. Pero en realidad. Volveremos sobre este asunto más tarde. Por ahora recordemos que hay un arte en el que tema y forma tienen igual importancia en cualquier época: es la música. no por la manera de presentarlo. el tema es más importante que la forma. Esas reglas establecen la forma. Todavía más: en el cuento el tema importa más que en la novela. lo mismo en el Mozart del siglo XVIII que en el Bartok del siglo XX. sobre todo en los últimos tiempos. ese es el caso de la escultura. e igual que el aviador. convincente para la generalidad de los lectores”. Antes dije que “un cuento no puede construirse sobre más de un hecho. el cuento. mas debe ser indudable. Ellas forman el estilo personal. y ese hecho –que es el tema– tiene que ser importante. el tema musical no podría existir sin la forma que lo expresa. nos lleva a tomar nota de que a menudo un cambio en el estilo de ciertos géneros artísticos influye en el estilo de otros. la pintura y la poesía.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Hagamos abstracción también de las reglas que se refieren a la manera peculiar de expresarse de cada autor. A fin de evitar que el cuentista novel entendiera por hecho de indudable importancia un suceso poco común. Esto puede parecer una observación estrafalaria. caso 266 . No nos hallamos ahora en el caso de investigar si en realidad se produce esa influencia con intensidad decisiva o si todas las artes cambian de estilo a causa de cambios profundos introducidos en la sensibilidad social por otros factores. lo que abandonaron fue su sujeción al tema para entregarse exclusivamente a la forma. al grado que muchos poemas modernos que nos emocionan no resistirían un análisis del tema que llevan dentro. El cuentista. Quedémonos por ahora con las reglas que confieren carácter a un género dado. determinada por el carácter que le imprime al artista la actitud del conglomerado social ante los problemas de su tiempo –de su generación–. La estrecha relación de todas las artes entre sí. Pero debemos admitir que hay influencias. Esta adecuación de tema y forma se explica debido a que la música debe ser interpretada por terceros.

de ambiente más variado. uso o práctica de hacer algo– para poder expresar la acción pura. y alcanzar ese nivel con personajes y ambientes cotidianos. traducción de Aquilino Duque (en Revista Nacional de Cultura. sin acabar de apercibirme de la dimensión interna. Caracas. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como temas de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo”. No importa que un cuento esté escrito en cuarenta páginas. así como no las tendrá si se dedica a relatar más de uno. Es probable que el cuento largo se desarrolle en el porvenir como el tipo de obra literaria de más difusión. de la fuerza genial que logran lo breve y lo suscinto que en su acaso admirable concisión encierran toda la plenitud de la vida y se elevan decididamente a un nivel épico… 267 . personajes más numerosos y tiempo más largo que el cuento. Obsérvese que el novelista sí da caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho central que sirve de tema a su relato.* “El arte del cuento consiste en situarse frente a un hecho y dirigirse a él resueltamente. y es la descripción de esos sucesos –a los que podemos calificar de secundarios– y su entrelazamiento con el suceso principal lo que hace de la novela un género de dimensiones mayores. marzo-abril de 1960. Esto se debe a que es el tiempo en que acaece un hecho –uno solo. ¿No es esto un privilegio en el mundo del arte? Aunque hayamos dicho que en el cuento el tema importa más que la forma. y el uso de ese tiempo en función de caldo vital del relato exige del cuentista una capacidad especial para tomar el hecho en su esencia. en sesenta. El cuento puede ser largo. en ciento diez. La causa está en que la epopeya es el relato de los actos heroicos. en las líneas más puras de la acción. repetimos–. es casi un milagro que confiere al cuento una categoría artística en verdad extraordinaria. La mayor importancia del *Debemos esta aguda observación a Thomas Mann. Thomas Mann sintió el aliento épico en algunos cuentos de Chéjov –y sin duda de otros autores–. aunque lo haga en una sola página. sino que podía ser liquidada en unos días o unas semanas por cualquier frívolo del Arte”. Venezuela. si mediante la virtud de describir la acción pura. pero no dejó constancia de que conociera la causa del aliento. de la narración breve que no exigía la heroica perseveración de años y decenios. acaecimiento singular. debemos reconocer que hay una forma –en cuanto manera. y el que los ejecuta –el héroe– es un artista de la acción. si se mantiene como relato de un solo hecho. siempre conservará sus características si es el relato de un solo acontecimiento. sin darles caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho…” dije antes. donde está el secreto de que el cuento pueda elevarse a niveles épicos. así. fuera de las fronteras de la historia y en prosa monda y lironda. un cuentista lleva a categoría épica el relato de un hecho realizado por hombres y mujeres que no son héroes en el sentido convencional de la palabra. pues el cuento tiene la posibilidad de llegar al nivel épico sin correr el riesgo de meterse en el terreno de la epopeya. el cuentista tiene el don de crear la atmósfera de la epopeya sin verse obligado a recurrir a los grandes actores del drama histórico y a los episodios en que figuraron. y hasta muy largo. págs. no un requisito de la forma. Es ahí. El tiempo del cuento es corto y concentrado.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS insólito. Pero la brevedad es una consecuencia natural de la esencia misma del género. Por todo esto abrigaba yo un cierto menosprecio (por la obra de Chéjov). en lo que podríamos llamar el poder de expresar la acción sin desvirtuarla con palabras. dice que Chéjov había sido para él “un hombre de la forma pequeña. Hasta ahora se ha tenido la brevedad como una de las leyes fundamentales del cuento. 52 y siguientes). quien en Ensayo sobre Chéjov. El cuento es breve porque se halla limitado a relatar un hecho y nada más que uno. y que sin sujetarse a ella no hay cuento de calidad.

Para el cuento hay una forma. los hay cuya finalidad es delinear un carácter o destacar el aspecto saliente de una personalidad. tiernos. que la forma puede ser manejada a capricho por el aspirante a cuentista. no son cuentos. y los diez cuentos pueden ser diez obras maestras. relatos. ¿cómo podríamos distinguir entre cuento. Santiago de Chile. pues. insistimos. Pero esa forma es la de cada cuento y cada autor. la forma está implícita en el tipo de cuento que se quiera escribir. cómo discutirlo? Ocurre que no son cuentos. Y al cuento. escultura y poesía. medio y fin. no deben llamarse cuentos. novela e historia. Y desde luego. pero ¿cómo negarlo. Son interesantísimos y. emocionales. La pintura. con diez temas distintos y con diez formas de expresión que no se parezcan entre sí. Ahora bien. son y pueden ser mil cosas más. otros ponen de manifiesto problemas sociales. los títulos. en cada caso el cuentista tiene que ir desenvolviendo el tema en forma apropiada a los fines que persigue. y esta actitud de pintores. en El Mercurio. pues. vagos. sacudiendo su sensibilidad con la presentación de un hecho trágico o dramático. que en los últimos tiempos. con abandono del tema. escenas. *Alona (Hernán Díaz Arrieta). 268 . Se aspira a crear un tipo de cuento –el llamado “cuento abstracto”–.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS tema en el género cuento no significa. retratos imaginarios. de ideas. ni un cuento con forma de novela o de relato histórico. ni una historia como si fuera novela o cuento. que acaso podrá llegar a ser un género literario nuevo. Si lo fuera. en los cuentistas nuevos de América se advierte una marcada inclinación a la idea de que el cuento debe acumular imágenes literarias sin relación con el tema.* Pero sucede que como hemos dicho hace poco. sin más consecuencias. 21 de agosto de 1955. trozos o momentos de vida. escultores y poetas ha influido en la concepción del cuento americano. producto de nuestro agitado y confuso siglo XX. tiernos. pero que no es ni será cuento. Crónica Literaria. políticos. Diez cuentistas diferentes pueden escribir diez cuentos dramáticos. Las palabras. otros buscan conmover al lector. humorísticos. con principio. elásticos. sin contornos definidos ni organización rigurosa. existen otros que flotan. cuadros. los nombres. cuento”. Los hay que se dirigen a relatar una acción. calificaciones y clasificaciones tienen por objeto aclarar y distinguir. no obscurecer o confundir las cosas. ¿Cómo se explica. a veces. Por eso al pan conviene llamarlo pan. estampas. la escultura y la poesía están dirigiéndose desde hace algún tiempo a la síntesis de materia y forma. el conocido y clásico. un cambio en el estilo de ciertos géneros artísticos se refleja en el estilo de otros. en la lengua española –porque no conocemos caso parecido en otros idiomas– se pretenda escribir cuentos que no son cuentos en el orden estricto del vocablo? Un eminente crítico chileno escribió hace algunos años que “junto al cuento tradicional” al cuento “que puede contarse”. Por una o por otra razón. la que cambia y se ajusta no sólo al tipo de cuento que se escribe sino también a la manera de escribir del cuentista. pero. de una extremada delicadeza. superan a menudo a sus parientes de antigua prosapia. colectivos o individuales. géneros parecidos pero diferentes? A pesar de la familiaridad de los géneros. son otra cosa: divagaciones. una novela no puede ser escrita con forma de cuento o de historia. ¿cuál es la forma del cuento? En apariencia. o el cuento de nuestra lengua ha resultado influido por las mismas causas que han determinado el cambio de estilo en pintura. los hay humorísticos.

269 . no porque las palabras con que se escribe el relato aspiren a expresar ternura. pero no puede suplantarla. la profunda. en el estado de mayor pureza que pueda ser compatible con la tarea de expresarla a través de palabras y con la manera peculiar que tenga cada cuentista de usar su propio léxico. La acción no puede detenerse jamás. entra en un museo para matar el tiempo. aristócratas. La segunda ley se infiere de lo que acabamos de decir y puede expresarse así: el cuentista debe usar sólo las palabras indispensables para expresar la acción. La primera ley es la ley de la fluencia constante. agua o aire. iguales para el cuento hablado y para el escrito. Es en la acción donde está la sustancia del cuento. la que el lector corriente no aprecia. qué le dirá. es lo que forma el cuento. Pero no puede detenerse. pues. cuando son animales o plantas. tierno. que rigen el alma del género lo mismo cuando los personajes son ficticios que cuando son reales. Esa forma tiene dos leyes ineludibles. La acción puede ser objetiva o subjetiva. Antes de salir ha pensado por dónde irá. la frase justa y necesaria es la que dé paso a la acción. De manera intuitiva o consciente. qué vehículo usará. sin embargo. más vivaz–. Ese hombre no se parece al que divaga. En el cuento. admira aquí el estilo impresionista de un pintor y más allá el arte abstracto de otro. sino que sabe lo que busca. puede incluso ocultar el hecho que sirve de tema si el cuentista desea sorprendernos con un final inesperado. y por su única virtualidad. Miles de frases son incapaces de decir tanto como una acción. No ha salido a ver qué encuentra. una forma sustancial. Puesto que el cuentista debe ceñir su relato al tratamiento de un solo hecho –y de no ser así no está escribiendo un cuento–. Por tanto. que no cambian porque el cuento sea dramático trágico. debe correr sin obstáculos y sin meandros. tiene que correr con libertad en el cauce que le haya fijado el cuentista. la acción debe producirse sin estorbos. a quién se dirigirá. humorístico. Así. externa o interna. Toda palabra que no sea esencial al fin que se ha propuesto el cuentista resta fuerza a la dinámica del cuento y por tanto lo hiere en el centro mismo de su alma. de ideas. no por el valor literario de las imágenes que lo exponen. superficial o profundo. debe moverse al ritmo que imponga el tema –más lento. esa forma ha sido cultivada con esmero por todos los maestros del cuento. Un cuento tierno debe ser tierno porque la acción en sí misma tenga cualidad de ternura. qué calles tomará. dirigiéndose sin cesar al fin que persigue el autor. social. observando una bella mujer que pasa. no se halla autorizado a desviarse de él con frases que alejen al lector del cauce que sigue la acción. oyendo hablar a dos niños. Lleva un propósito conocido. un cuento dramático lo es debido a la categoría dramática del hecho que le da vida. pasea. seres humanos. artistas o peones. física o psicológica. Podemos comparar el cuento con un hombre que sale de su casa a evacuar una diligencia. la acción por sí misma. a pesar de que a ella y sólo a ella se debe que el cuento que está leyendo le mantenga hechizado y atento al curso de la acción que va desarrollándose en el relato o al destino de los personajes que figuran en él. se mueve de cuadro en cuadro. se entretiene mirando flores en un parque. La palabra puede exponer la acción. sin que el cuentista se entrometa en su discurrir buscando impresionar al lector con palabras ajenas al hecho para convencerlo de que el autor ha captado bien la atmósfera del suceso.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Hay. pero moverse siempre.

En la naturaleza activa del cuento reside su poder de atracción. el que se ha puesto en acción para alcanzar algo. que alcanza a todos los hombres de todas las razas en todos los tiempos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Entre esos dos hombres. Caracas. el modelo del cuentista debe ser el primero. También el cuento es un tema en acción para llegar a un punto. 270 . septiembre de 1958. así la forma del cuento está regida por su naturaleza activa. Y así como los actos del hombre de marras están gobernados por sus necesidades.

pero había enfermado y don Pío no quería mantener gente enferma en su casa. aquella pinta que se aguaita allá debe haber parío anoche o por la mañana. La barba escasa parecía ensuciarle el rostro. —Mucha gracia. largo y negro. pero me toy sintiendo mal. —Vea. Había tenido gusanos en el ombligo y ahora correteaba y saltaba alegremente. que se hacía de madrugada. pero el rancho de los peones no tenía puertas ni ventanas. pero tengo calentura. y el pelo abundante. —Ta bien. Apenas se las distinguía. don. no tenía ni siquiera setos. Si se mejora. de pómulos salientes. Cristino se movió allá abajo. Desde las lomas de Terrero hasta las de San Francisco. —¿Usté cree. Al borde de los potreros. Cristino tenía tres años trabajando con él. y sobre los matorrales. que Dio se lo pague. mientras se cubría de nuevo la cabeza con el viejo sombrero de fieltro negro. Le pagaba un peso semanal por el ordeño. don Pío lo llamó y le dijo que iba a hacerle un regalo. Se trataba de uno que él había curado días antes. A la distancia estaban los matorrales que cubrían el paso del arroyo. si quiere. Cristino se había quitado el sombrero. todo fulgía bajo el sol. Cristino extendió una mano amarilla. Mucha gracia –oyó responder El sol hervía en cada diminuta hoja de la sabana. Don Pío caminó arriba. don Pío –dijo–. Le había salido trabajador y tranquilo aquel hombre. Usté está muy mal y no puede seguir trabajando. Don Pío tendió la vista. —Cuando llegue a su casa póngase en cura. bien lejos. Cristino. Don Pío era bajo. y hasta hacerse una tisana de cabrita. pero siguió con la vista al animal. —Le voy a dar medio peso para el camino.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Los amos Cuando ya Cristino no servía ni para ordeñar una vaca. Quisiera coger el camino ya. en el primer escalón. Bajó lentamente los escalones. —Ah. de ojos pequeños y rápidos. rechoncho. las atenciones de la casa y el cuido de los terneros. Al llegar al último escalón se detuvo un rato y se puso a mirar las vacas y los críos. don –dijo–. las nubes de mosquitos. —¿La calentura? 271 . cómo no. Cristino? Yo no la veo bien. Cristino tenía frío y la cabeza empezaba a dolerle. —Yo fuera a buscarla. —Dése una caminadita y me la arrea. don. perdidas hacia el norte. —Arrímese pa aquel lao y la verá. Eso es bueno. porque no le veo barriga. que le temblaba. Don Pío había mandado poner tela metálica en todas las puertas y ventanas de la casa. pero Cristino conocía una por una todas las reses. Cristino –oyó decir a don Pío. había dos vacas. vuelva. Don Pío salió a la galería y también se detuvo a ver las reses. —Qué animao ta el becerrito –comentó en voz baja. y don Pío quiso hacerle una última recomendación. le caía sobre el pescuezo. sí. —Puede quedarse aquí esta noche.

272 . Y ahorita mismo le dí medio peso para el camino. y ella entró a verlo. Se apretaba más los brazos sobre el pecho. Señaló hacia Cristino. y los pies descalzos llenos de polvo. con los ojos ansiosos. ahí enfrente. Sentía que el frío iba dominándolo. pero la lengua le pesaba. el becerrito… —¿Va a traérmela? –insistió la voz. De nada vale tratarlos bien. Hágame el favor. —Cogió ahora por la vuelta del arroyo –explicó desde la galería don Pío. Uno de los enfermitos llamó. Paso a paso. Pío! –comentó con voz cantarina. Me ta subiendo. con los brazos sobre el pecho. pero comenzó a ponerse de pie. Cristino seguía temblando. que ya era apenas una mancha sobre el verde de la sabana. que parecía demandar una explicación. que se alejaba con paso torpe. Ya estaba negro de tan viejo. Deje que se me pase el frío. —¡Qué día tan bonito. Pío –comentó. Resonaron pisadas arriba y Cristino pensó que don Pío iba a bajar. Cuando creía oír pisadas de bestias se lanzaba a la puerta. Ella asintió con la mirada. Cristino se sujetaba el pecho con los dos brazos descarnados. Calló medio minuto y miró a la mujer. deshecha. o tal vez el río. el condenado viento de la loma. como si fuera tropezando. Eso asustó a Cristino. —No quería ir a buscarme la vaca pinta. Vaya y tráigamela. un poco más: ¡nada! Sólo el camino amarillo y pedregoso. Mire que esa vaca se me va y puedo perder el becerro. y adentro se vivía entre tierra y hollín. Cristino? Tenía que responder. —Con el sol se le quita. Te lo he dicho mil veces. encorvado para no perder calor. con ganas de llorar pero sin lágrimas para hacerlo. temerosa de que nadie pasara. Cristino. que corría en el fondo del precipicio detrás del bohío. porque fuera de esa choza no tenía una yagua donde ampararse. esperó más. —Ello sí. ella lo sabía. Vestía una camisa de listado sucia y de tela tan delgada que no le abrigaba. —¿Va a buscármela. El hombre no contestó. —Malagradecidos que son. Con todo ese sol y las piernas temblándole. Una mujer se deslizó por la galería y se puso junto a don Pío. Ya usté está acostumbrado. El bohío era una miseria. don –dijo. Herminia –dijo–. después volvía al cuarto y se quedaba allí un rato largo. Corrió a la puerta. que parió anoche. Se volvería inhabitable desde que empezaran las lluvias. y sabía también que no podía dejarlo. sumida en una especie de letargo. voy a dir. don –dijo–. En un bohío La mujer no se atrevía a pensar. Y ambos se quedaron mirando a Cristino. Todo aquel sol. Don Pío le veía de espaldas. Esperó un rato. el peón empezó a cruzar la sabana. ya voy. Otra vez rumor de voces. Era el viento. —Eso no hace. que hacía gemir los pinos de la subida y los pomares de abajo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Unjú. Levantaba la frente. —Sí. Cristino.

Taba ahí y me trujo un pantalón. Era el delirio de la fiebre lo que hacía hablar así a su hijo. mama? Ella no se atrevía a contestar. pero algo le decía que sus hijos no podrían curarse en tal lugar. con los músculos del cuello tensos y los ojos duros. que aquel desconocido estaba deseando algo.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —Mama. La niña había salido temprano y no volvía. cayendo. tan pequeños. hallaría sólo cruces sembradas frente a los horcones del bohío. Tu taita viene dispués. sin sosiego alguno. allá abajo. se acercaba. Había mandado a la hembrita a Naranjal. porque se hallaba acostumbrada. De pronto vio un sombrero de cana que ascendía y coligió que un hombre subía la loma. montando caballo. tres. Miró hacia la subida. sólo la miraba con sus grandes ojos serenos. Pensaba que cuando su marido volviera. Lo halló tranquilo. —¿No era taita. Sintió pisadas. cayendo día y noche. no pudieron mantener limpio el conuco ni ir al monte para tumbar los palos que se necesitaban para arreglar los lienzos de palizada que se pudrían. Cuando el hombre estuvo a pocos pasos. —Yo lo vide. Esta vez no se engañaba: alguien. hasta que los torrentes dejaron sólo piedras y barro en el camino y se llevaron pedazos enteros de la palizada y llenaron el conuco de guijarros y el piso de tierra del bohío crió lamas y las yaguas empezaron a pudrirse. pero algo la sostuvo allí. se ponía en el lugar de Teo. El niño cerró los ojos y se puso de lado. Tocaba la frente del niño y la sentía arder. lo que le obligaba a distender las ventanas de la nariz. los niños enfermos. Pero mejor era no recordar esas cosas. Cuando él estuvo en el bohío por última vez –justamente dos días antes de entregarse– todavía el pequeño conuco se veía limpio. los huevos. una semana. un paño sucio en la cabeza y un viejo traje de listado– no podía apreciar ese olor. como clavada. más que comprendió. Su primer impulso fue el de entrar. con las sienes hundidas. y ella no tenía con qué comprarle una medicina. a una hora de camino. llena de ansiedad. dos. y el agua estuvo cayendo. porque le dijeron que podía probar la propia defensa y que no duraría en la cárcel. y los muchachos –la hembrita y los dos niños–. la había mandado con media docena de huevos que pudo recoger en nidales del monte para que los cambiara por arroz y sal. Había una serie de imágenes vagas pero amargas en la cabeza de la mujer: su hija. Desde que nació había sido callado. Aun en la oscuridad del aposento se le veía la piel lívida. ni tablas ni techo. Iba a derrumbarse. y sufría. La mujer vio al hombre acercarse y todavía no pensaba en nada. Era huesos nada más y silbaba al respirar. pero no se movía ni se quejaba. aquel condenado temporal. Debajo del sombrero apareció un rostro difuso. —Saludo –había dicho él. Teo. Después llegó el temporal. ella le miró los ojos y sintió. ¿no era taita? ¿No era taita. Salió al alero del bohío. Le dolía imaginar que Teo llegara y nadie saliera a recibirlo. El niño pareció dormitar y la madre se levantó para ver al otro. el pecho y finalmente el caballo. si era que algún día salía de la cárcel. El cuartucho hedía a tela podrida. mama? —No –negó–. Todo eso se borró de golpe a la voz del hombre. después los hombros. ella no pudo seguir trabajando porque enfermó. Y la madre ojeaba el camino. 273 . y de éste. Ahora esperaba. como los troncos viejos que se pudren por dentro y caen un día de golpe. Pero Teo se entregó. La mujer no podía seguir oyendo. mama. y el maíz. Sentía que le faltaba el aire. La madre –flaca. Sin comprender por qué. los frijoles y el tabaco se agitaban a la brisa de la loma.

tendría dinero. más tarde. sin bajar del caballo. que los niños no estaban enfermos. dueña de sí. llorando. La mujer entró. muerta de vergüenza. Su mirada debía cortar como una navaja. —¿Qué te pasó. y justamente en ese momento ella sintió sollozos afuera. —¡Diga pronto! —En el río –dijo la pequeña–. y de pronto. también. que no podía andar. Era una mujer flaca y sucia. jijo. que Teo llegaba. dentre. Era pequeña. Con los ojos turbios vio al hombre pasarle por el lado. deseaba a un hombre. y sus ojos no acertaban a fijarse en nada. ella se quedó respondiendo: —No. Tenía ganas de llorar y de estar muerta. y cuando lo vio tuvo que hacer un esfuerzo para darse cuenta de la situación. En el puñito tenía todo el arroz que había logrado salvar. La madre sintió que ya no podía más. —Mama –llamó el niño adentro– ¿No era taita? ¿No tuvo aquí taita? Pasándole la mano por la frente. Había olvidado por completo al hombre. Y de súbito en esa cabeza atormentada penetró la idea de que ese hombre volvía de La Vega. —Yo no más tengo medio peso –aventuró él. 274 . Ardía el sol sobre el caminante y enfrente mugía la brisa. Seguía llorando. Con una angustia que no le cabía en el alma se acercó a la puerta del aposento. medicinas. Agarró la jáquina del caballo y se puso a amarrarla al pie del bohío. mi muchacha… Váyase –dijo. que sin duda estaba sola y que sin duda. comprendió que era un hombre y que la veía como a mujer. ella extendió la mano y suplicó: —Déme algo. —Unjú. recostada contra las tablas del bohío. El hombre se le acercó. Se volvió. —Déme alguito –insistía ella. Entró. sintió que se moría. medio peso perdío”. pasando el río… Se mojó el papel y na más quedó esto. Minina? –preguntó la madre. Se sentía muy cansada y se arrimó a la puerta. arrimada al alero. Además. huesos y pellejo nada más. con la cabeza metida en el pecho. Ella pensaba: “Medio peso. El hombre se tiró del caballo. alguito. que ardía como hierro al sol. Entonces dio la cara al extraño y advirtió que hedía a sudor de caballo. que tenía mirada de loca. Salió a toda prisa. respirando sonoramente. quemada. ella dijo: —Ta bien. como los de los muertos. La niña sollozaba y no quería hablar. El hombre la midió con los ojos. desamarrar la jáquima y subir al caballo. después lo siguió mientras él se alejaba. El hombre perdió su recelo y pareció sentir una súbita alegría. La madre perdió la paciencia.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Sin saber cómo lo hacía. Tal vez llevaba comida. El hombre vio que los ojos de la mujer brillaban duramente. asomó la cabeza y vio a los niños dormitar. El hombre entró preguntando: —¿Aquí? Ella cerró los ojos e indicó que hiciera silencio. —Bájese –dijo ella. ya vencido el peor momento. Tu taita viene dispués. Serena ya. y si había ido a vender algo. con los ojos hinchados. hecha un haz de nervios. La niña estaba allí. —Vino la muchacha. aquí –afirmó ella.

pero el dolor había aumentado a tal grado que no podía mover la pierna. golpes internos le sacudían la ingle. después en la Josefita. 275 . e ignoraba que detrás estaba otra colonia. pití Mishé va a ta esperán to la noche a son per. Medio ciego por el dolor de la cabeza y la debilidad. sobre las secas hojas de la caña. Luis Pie se sentó en el suelo. y en ese caso los tres hijitos le esperarían junto a la hoguera que Miguel. después recorriendo las soleadas carreteras del Este. Y siguió arrastrándose. —Ah… Pití Mishé ta eperán a mué –dijo con amargura. Quería estar seguro de que el mal le había entrado por la herida y no que se debía a obra de algún desconocido que deseaba hacerle daño. con su trocha medio kilómetro más lejos. a su retorno del trabajo. Esto ocurría el sábado. Allí estaba. los niños le esperarían hasta que el sueño los aturdiera y se quedarían dormidos allí. primero en la Colonia Carolina. buscando el fresco de la tierra. y como iba muy alegre. Se trataba de una herida que no alcanzaba la pulgada. —No. rayó un fósforo y trató de ver la herida. junto a la hoguera consumida. ta sien pacá –afirmó resuelto. Hubiera querido quedarse allí descansando. y que don Valentín Quintero. Si él se perdía. Su rostro brillante y sus ojos inteligentes se mostraban angustiados ¿Habría perdido el rumbo debido al dolor o la oscuridad lo confundía? Temía no llegar al camino en toda la noche. y no supo qué responderse. a veces pegando el pecho a la tierra. no ta sien pallá. podría pasar una carreta o un peón montado que fuera a la fiesta de esa noche. Arrastrándose a duras penas. encendía de noche para que el padre pudiera prepararles con rapidez harina de maíz o les salcochara plátanos. —Oh Bonyé! –gimió Luis Pie. Luis Pie llegó de su tierra meses antes y se puso a trabajar. en el dedo grueso de su pie derecho. a lo que se negó porque temía entregarse a la debilidad. el mayor. al iniciarse la noche. Pero sí había pasado a distancia un motor. Y entonces sintió ganas de llorar. con sus ojos cargados por la fiebre. Pero de pronto alzó la cabeza: hacia su espalda sonaba algo como un auto. en busca de unos pesos. se le muriera un día. Escudriñó la pequeña cortada. hasta verse en la región de los centrales de azúcar. luego a lo largo de todo el Cibao. y cuando la alzó de nuevo le pareció que había transcurrido mucho tiempo. tenía un viejo Ford en el cual iba al batey a emborracharse y a pegarles a las mujeres que llegaban hasta allí. y el haitiano encendió otro. como se le murió la mujer. caminando sin cesar. por la zafra. Cuando volvió a levantar la cabeza ya no se oía el ruido del motor. primero a través de las lomas. Luis Pie emprendió el camino. El haitiano meditó un minuto. el dueño de la Gloria. Además de que sentía la pierna endurecida. Luis Pie sentía a menudo un miedo terrible de que sus hijos no comieran o de que Miguel. Luis Pie pegó la frente al suelo. Lo que debía hacer era buscar el rumbo y avanzar. en el cruce de la frontera dominicana. mas de pronto el instinto le hizo sacudir la cabeza. con la frente sobre el brazo y la pierna sacudida por temblores–. al pisar un pedazo de hierro viejo mientras tumbaba caña en la colonia Josefita. pero estaba llena de lodo. andando a veces a gatas. Don Valentín acababa de pasar por aquella trocha en su estrepitoso Ford. la Gloria. donde tal vez alguien le ayudaría a seguir hacia el batey. Para que no les faltara comida Luis Pie cargó con ellos desde Haití. que era enfermizo. Un golpe de aire apagó el fósforo. Se había cortado el dedo la tarde anterior.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Luis Pie A eso de las siete la fiebre aturdía al haitiano Luis Pie. Necesariamente debía salir al camino. después quiso levantarse y andar.

envueltas en un humo negro que iba cubriendo todo el lugar. Mas el fuego se extendía con demasiada rapidez para que Luis Pie no supiera de qué se trataba. Echándose sobre las cañas. Sin embargo siguió moviéndose. sí señor. Pegado a la tierra. que cayó encendido entre las cañas. voces de mando y tiros. —¡Bonyé. Pero de pronto oyó chasquidos y una llamarada gigantesca se levantó inesperadamente hacia el cielo. las llamas avanzaban ávidamente. como si tuvieran vida. hasta que tropezó y cayó de bruces. Iba cojeando. irrumpiendo por entre las cañas. Dando la mayor amplitud posible a su voz. iba con la esperanza de salir a la trocha cuando notó el resplandor. que está cogío! ¡Corran. fuera de sí. Quiso huir. —¡Bonyé. Golpeando en la espalda al chofer. Luis Pie se incorporó y corrió. y más alto aún: —¡Bonyéeee! Gritó de tal manera y llegó a tanto su terror. Se puso de rodillas y se preguntaba qué era aquello. Luis Pie lo reconoció así y se preparó a lo peor. ayuda a mué. veía crecer el fuego cuando le pareció oír tropel de caballos. que por un instante perdió la voz y el conocimiento. el enemigo que le había echado el mal se valió de fuerzas poderosas. Disparando ruidosamente el Ford se perdió en dirección del batey para llegar allá antes de que Luis Pie hubiera avanzado trescientos metros. acababa de aparecer un hombre a caballo. El haitiano temió que iba a quedar cercado. muchos de ellos a pie y la mayoría armado de mochas. Bonyé –clamó casi llorando–. gran Bonyé que ta ayudán a mué… En ese mismo instante la alegría le cortó el habla. por aquí! ¡Corran. gran Bonyé. un salvador. Al principio no comprendió. don Valentín dijo: —Esa Lucía es una sinvergüenza. Tal vez esa distancia había logrado arrastrase el haitiano. Pero le pareció que nada podría salvarle.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS pensando en la fiesta de esa noche. buscó con los ojos la presencia de esos dominicanos generosos que iban a sacarlo del infierno de llamas en que se hallaba. porque sabía que el corte empieza siempre junto a una trocha. —¡Aquí está. pero sin saber verdad qué hacía. que el auto pasaba junto al cañaveral. Se levantó y pretendió correr a saltos sobre una sola pierna. iluminando el lugar con un tono rojizo. que se puede ir! Olvidándose de su fiebre y de su pierna. Volvió a pararse al tiempo que miraba hacia el cielo y mascullaba: —Oh Bonyé. La esperanza le embriagó. ¡pero qué hembra! Y en ese momento lanzó el fósforo. 276 . Trataba de llegar a la orilla del corte de la caña. corran! –demandó el hombre dirigiéndose a los que le seguían. gritó estentóreamente: —¡Dominiquén bon. Aplicó el oído para saber en qué dirección estaban sus presuntos salvadores. Inmediatamente aparecieron diez o doce. jamás había visto él un incendio en el cañaveral. Todos gritaban insultos y se lanzaban sobre Luis Pie. Quienquiera que fuera. tratando de escapar. cuando encendió el tabaco. Luis Pie se quedó inmóvil del asombro. La voz decía: —¡Por aquí. dominiquén bon! Entonces oyó que alguien vociferaba desde el otro lado del cañaveral. dando saltos. Lui Pié! ¡Salva a mué. Rápidamente levantó la cabeza. Bonyé! –empezó a aullar. tú salva a mué de murí quemá! ¡Iba a salvarlo el buen Dios de los desgraciados! Su instinto le hizo agudizar todos los sentidos. los tallos disparaban sin cesar y por momentos el fuego se producía en explosiones y ascendía a golpes hasta perderse en la altura. con sus ojos desorbitados por el pavor. pues a su frente. aquí ta mué. no tomó en cuenta.

—¡Oh Bonyé. Pero como no sabía explicarse en español no podía decir que había encendido dos fósforos para verse la herida y que el viento los había apagado. mon per! Y se quedó inmóvil.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —¡Hay que matarlo ahí mismo. todo el mundo vio el resplandor del interés en sus ojos. Le encontraron en los bolsillos una caja con cuatro o cinco fósforos. Luis Pie. Puesto de rodillas. se alzó en medio del silencio diciendo: —¡Pití Mishé. Después abatió la cabeza. yo ta bien. Y de pronto la voz de Luis Pie. salva a mué pa llevá manyé a mon pití! Una mocha cayó de plano en su cabeza. el haitiano se sintió capaz de levantarse. tú sé gran! –clamó volviendo al cielo una honda mirada de gratitud. le había echado encima a todos los terribles dioses de Haití. sin mover un músculo. y él fue el primero en dar el ejemplo. y el acero resonó largamente. salva a mué. La primera arremetida de la infección había pasado. mon pití? ¿Tú ta bien? El mayor de los niños. que apenas entendía el idioma. El que así gritaba era don Valentín Quintero. arrastrando su pierna enferma. Se le veía que no podía ya más. ¡No. que estaba exhausto y a punto de caer desfallecido. haciendo saltar la sangre. ¿Qué había ocurrido? Luis Pie no lo comprendía. to nosotro ta bien. no pudo contener sus palabras. uí. Luis Pie. Tardó una hora en llegar al batey. que tendría seis años y que presenciaba la escena llorando amargamente. ¡Denle golpe. Todavía cojeaba bastante cuando dos soldados lo echaron por delante y lo sacaron al camino. –afirmaba el haitiano. destacados por una hoguera que iluminaba adentro la vivienda. perro! –ordenó un soldado. donde la gente se agolpó para verlo pasar. y Luis Pie. pero no lo maten! ¡Hay que dejarlo vivo para que diga quienes son sus cómplices! ¡Le han pegado fuego también a la Gloria. El grupo se acercaba a un miserable bohío de yaguas paradas. —¿Qué ta pasán? –preguntó Luis Pie lleno de miedo. Le pegó al haitiano en la nariz. confiesa que prendiste candela! —Uí. Aunque la luz era escasa todo el mundo vio a Luis Pie cuando su rostro pasó de aquella impresión de vencido a la de atención. alzaba los brazos y pedía perdón por un daño que no había hecho. Después siguieron otros. —¡Levántate. que temía a esas fuerzas ocultas. a golpes y empujones. y que se achicharre con la candela ese maldito haitiano! –se oyó vociferar. no iba a luchar contra ellas porque sabía que era inútil. pero él lo ignoraba. asombrado de que sus hijos no se hallaran bajo el poder de las tenebrosas fuerzas que le perseguían. La gente que se agrupaba alrededor de Luis Pie era ya mucha y pareció dudar entre seguirlo o detenerse para ver a los niños. estaban tres niños desnudos que contemplaban la escena sin moverse y sin decir una palabra. en el que apenas cabía un hombre y en cuya puerta. mon pití Mishé! ¿Tú no ta enferme. una voz llena de angustia y de ternura. mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. Su poderoso enemigo acabaría con él. Con gran asombro suyo. hablando bien alto: —¡Sí. dijo entre su llanto. no! –ordenaba alguien que corría–. Iba echando sangre por la cabeza. aunque a veces le era imposible sufrir el dolor en la ingle. per. con la ropa desgarrada y una pierna a rastras. Era tal el momento que nadie habló. después. debió seguir sin detenerse. —¡Canalla. y empezó a caminar de nuevo. rogaba enternecido: —¡Ah dominiquén bon. pero como no tardó en comprender que el espectáculo 277 . bandolero. mientras Luis Pie. pegó la barbilla al pecho para que no lo vieran llorar. gimiendo.

En cambio. donde empezó a equivocarse fue al sacar conclusiones de esa observación. sin duda para ver una vez más a sus hijos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que ofrecía Luis Pie era más atrayente. estaba perdido. y él se preguntaba si debía internarse en los cerros que tenía a su derecha o en el cañaveral que le quedaba a la izquierda. Durante un segundo esperó el ruido. Pero el chasquido del golpe no llegó a sonar. Si cualquiera de los hombres que habitaban los bohíos de por allí bajaba aquel día para vender bastimentos en la bodega del batey y acertaba a verlo. mirando hacia el cielo y hasta ligeramente sonreído. que yacía bocarriba tendido sobre hojas de caña. y si Mundito apuraba el paso haría el viaje a la bodega antes de que comenzaran a transitar los caminos los habituales borrachos del día de Nochebuena. Anduvo acertado en su cálculo. donde estarían desde temprano consumiendo ron. La Nochebuena de Encarnación Mendoza Con su sensible ojo de prófugo Encarnación Mendoza había distinguido el perfil de un árbol a veinte pasos. hablando a gritos y tratando de alegrarse como lo mandaba la costumbre. Por otra parte la brisa era fresca y tal vez llovería. y aunque no se hablaba del asunto todos los vecinos de la comarca sabían que aquel que le viera debía dar cuenta inmediata al puesto de guardia más cercano. El conocía bien el lugar. el soldado se contuvo. cuando comenzó el destino a jugar en su contra. razón por la cual pensó que la noche iba a decaer. Con esos centavos podía mandar a Mundito a 278 . porque tenía la seguridad de que había escogido el mejor lugar para esconderse durante el día. las familias que vivían en las hondonadas producían leña. además. decidió ir tras él. Hora y media más tarde el sol del día 24 alumbraba los campos y calentaba ligeramente a Encarnación Mendoza. Sólo una muchacha negra de acaso doce años se demoró frente a la casucha. No podía darse cuenta porque iba caminando como un borracho. La madre de Mundito tenía unos cuantos centavos que había ido guardando de lo poco que cobraba lavando ropa y revendiendo gallinas en el cruce de la carretera. La muchacha llegó al grupo justamente cuando el militar levantaba el puño para pegarle a Luis Pie. de haber tirado hacia los cerros no podría sentirse tan seguro. En leguas a la redonda no había quien se atreviera a silenciar el encuentro. Pareció que iba a dirigirse hacia los niños. —¡Ya ta bueno de hablar con la familia! –rugía el soldado. Para su desgracia. escogió el cañaveral. Tenía la mano demasiado adolorida por el uso que le había dado esa noche. Pues a esa hora la madre de Mundito pensaba igual que el prófugo: nadie pasaría por las trochas en la mañana. Empezaba a sentirse tranquilo Encarnación Mendoza. a casi medio día de marcha. que le quedaba al poniente. Pues aunque deseaba pegar. nadie había pasado por las trochas cercanas. y. que iba doblando una esquina. y uno de los soldados pareció llenarse de ira. A las siete de la mañana los hechos parecían estar sucediéndose tal como había pensado el fugitivo. yuca y algún maíz. y como estaba asustada cerró los ojos para no ver la escena. como casi todos los años en Nochebuena. Pues como el día se acercaba era de rigor buscar escondite. Y aunque no lloviera los hombres no saldrían de la bodega. comprendió que por duro que le pegara Luis Pie no se daría cuenta de ello. Luis Pie había vuelto el rostro. Jamás sería perdonado el que encubriera a Encarnación Mendoza. pero al fin echó a correr tras la turba.

bacalao y algo de manteca. jugando con las hojas de caña. Porque ocurrió que cuando. De otra manera no se explicaba su presencia allí y mucho menos su postura. y en él había puesto Mundito todo el interés que la falta de ternura había acumulado en su pequeña alma. Pero le parecía un crimen dejar a Azabache abandonado. Estaba clara la mañana. siquiera fuera comiendo frituras de bacalao. quería celebrar la Nochebuena con sus seis pequeños hijos. la mayor parte techadas de yaguas. El negro cachorrillo correteó. expuesto al peligro de que el muerto se molestara con sus ladridos y lo reventara apretándolo con las manos. que lo voy a llevar allí! Oyéranle o no. el niño Mundito pasaba frente al tablón de caña donde estaba escondido el fugitivo. ¿Por qué ir solo. donde seis semanas antes una perra negra había parido seis cachorros. Durante un segundo temió que el muchacho fuera la avanzada de algún grupo. ya él había pedido autorización. Para mayor seguridad. y cuando vio al fugitivo echado empezó a soltar diminutos y graciosos ladridos. Mundito se detuvo un momento en medio del barro seco por donde en los días de zafra transitaban las carretas cargadas de caña. Incapaz de irse sin el animalito e incapaz de quedarse allí. se cubrió la cara con el sombrero. fija la mirada en el difunto. Allí. Azabache se metió en el cañaveral. mientras el perrillo reculaba y lanzaba sus pequeños ladridos. tomó el animalejo en brazos y salió corriendo. a toda marcha. Los dueños del animal habían regalado cinco. En el primer momento pensó huir. En su miedo. El terror le dejó frío. Aunque lo hiciera pobremente. corrió hacia la casucha gritando: —¡Doña Ofelia. y gateando para avanzar. pegó un salto sobre el cachorrillo. empréstame a Azabache. temblando. él podía ver hasta donde se lo permitía el barullo de tallos y hojas. cansado. Al salir de la suya. Rápidamente calculó que si lo hallaban atisbando era hombre perdido. al cual 279 . o simplemente movido por esa especie de indiferencia por lo actual y curiosidad por lo inmediato que es privilegio de los animales pequeños. Entró como un torbellino. sin pensarlo. Mundito sentía que esa idea casi le autorizaba a disponer del perrito. Era largo el trayecto hasta la bodega. Llamándolo a voces. pretendiendo saltar. era grata la brisa y dulcemente triste el silencio. y hacerlo en silencio para que el cadáver no se diera cuenta. y eso bastaba. poco antes de las nueve. era un cadáver. pretendió adelantarse al muerto. porque no podría hacer tanta distancia por sí solo. Y así empezó el destino a jugar en los planes de Encarnación Mendoza. con el encargo de ir a la bodega.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS la bodega para que comprara harina. al alcance de su mirada. Pero para él no era simplemente un hombre sino algo imponente y terrible. el niño sentía que desfallecía. hasta que se perdió a lo lejos. Mundito iba acercándose cuando de pronto quedó paralizado: había visto al hombre. De súbito. lo mejor sería hacerse el dormido. pero quedaba uno “para amamantar a la madre”. torpe de movimientos. El caserío donde ellos vivían –del lado de los cerros. Encarnación Mendoza oyó la voz del niño ordenando al perrito que se detuviera. radiante de luz que se esparcía sobre el horizonte de cogollos de caña. Sin intervención de su voluntad levantó una mano. Con sus nueve años cargados de precoz sabiduría. en el camino que dividía los cañaverales de las tierras incultas– tendría catorce o quince malas viviendas. Encarnación Mendoza no tenía pelo de tonto. dando la espalda al lado por donde sentía el ruido. aburriéndose de caminar por trochas siempre iguales? Durante diez segundos Mundito pensó entrar al bohío vecino. El cielo se veía claro. Mundito estaba seguro de que el cadáver iba a levantarse de momento. el niño era consciente de que si llevaba al cachorillo tendría que cargarlo casi todo el tiempo. Con su agudo ojo de prófugo. no estaba el niño.

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS agarró con nerviosa violencia por el pescuezo. sin un peso para celebrar la fiesta. ahí. Eso no había entrado en los planes de Encarnación Mendoza. Era cosa de ponerse a pensar si el muchacho hablaría o se quedaría callado. Escondiéndose de día y caminando de noche había recorrido leguas y leguas. y a seguidas. en la provincia del Seybo. gritó señalando hacia el lejano lugar de su aventura: —¡En la Colonia Adela hay un hombre muerto! A lo que un vozarrón áspero respondió gritando: —¿Qué tá diciendo ese muchacho? Y como era la voz del sargento Rey. Acaso hubiera sido prudente alejarse de allí. la luz de la lámpara iluminando la habitación donde se reunían cuando él volvía del trabajo y los muchachos le rodeaban para que él los hiciera reír con sus ocurrencias. Se había ido corriendo. que por no ofender no bebía y que no tenía más afán que su familia. En toda la región se sabía que él había dado muerte al cabo Pomares. A las nueve de la noche podría salir. y tal vez pensó que se trataba de un peón dormido. corrales y cortes de árboles o quema de tierras. El cuerpo le pedía ver hasta el sucio camino. tal vez llorando por él. jefe de puesto del Central. Sucediera lo que sucediera. que se hacía lodazal en los tiempos de lluvia. Y los vería sólo una hora o dos. Sólo imaginar que Nina y los muchachos estarían tristes. Necesariamente debía ver a su mujer y a sus hijos. cortándose el rostro y las manos. El propósito de Encarnación Mendoza era pasar la Nochebuena con su mujer y sus hijos. y estaría en su casa a las once. a punto de desfallecer por el esfuerzo y el pavor. cabeceando contra las cañas. pues fue el día de San Juan cuando ocurrieron los hechos que costaron la vida al cabo Pomares. porque si tenía la fatalidad de que alguien pasara por la trocha de ida o de vuelta. Encarnación Mendoza estaba acostumbrado a hacer lo que deseaba. le partía el alma y le hacía maldecir de dolor. No debía dejarse ver de persona alguna. por de pronto estaba seguro. caminar con cautela orillando los cerros. El día de Nochebuena no podía contarse con el juez de La Romana para hacer el levantamiento del cadáver. Tenía que ir o se moriría de una pena tremenda. rehuyendo todo encuentro y esquivando bohíos. ahogándose. Pero además necesitaba ver la casucha. obtuvo el mayor interés de parte de los presentes así como los datos que solicitó del muchacho. Por respeto a sí mismo sucedió lo del día de San Juan. desde las primeras estribaciones de la Cordillera. cuando el cabo Pomares le faltó pegándole en la cara. No debía precipitarse. Pero el plan se había enredado algo. Sin embargo valía la pena pensarlo dos veces. echó a correr hacia la bodega. Encarnación Mendoza pasaría la Nochebuena en su bohío. y nadie ignoraba que era hombre condenado donde se le encontrara. Con todo y ser tan limpio de sentimientos. Era un impulso bestial el que le empujaba a ir. impulsado por el terror. era hombre perdido. Al llegar allí. excepto de Nina y de sus hijos. y aunque el mismo Diablo hiciera oposición. Encarnación Mendoza comprendía que con el deseo de abrazar a su mujer y de contarles un cuento a los niños iba confundida una sombra de celos. y le veía cruzando el camino y le reconocía. nunca deseaba nada malo y se respetaba a sí mismo. pues debía andar por la Capital disfrutando sus vacaciones de fin de año. a él. durante la Nochebuena. una fuerza ciega a la cual no podía resistir. a lo que pudo colegir Encarnación por la rapidez de los pasos. tal vez a las once y un cuarto. meterse en otro tablón de caña. Pero el sargento era expeditivo: quince minutos después de haber oído a Mundito el sargento Rey iba con dos números y diez o doce curiosos hacia el sitio donde yacía el presunto cadáver. Tenía ya seis meses huyendo. Sabía lo que 280 .

que yo voy por aquí! ¡Usté. solamente le vide la ropa. muchacho? –preguntó el sargento. sin perder un minuto. —¿Tú ta seguro que fue aquí. sargento. Feas para él y feas para el muchacho. cuidándose de que el ruido que pudiera hacer se confundiera con el de las hojas del cañaveral batidas por la brisa.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS iba a hacer. quédese por aquí! Se oían murmullos y comentarios. Pero el número Solito Ruiz interrumpió la escenificación de Mundito preguntando: —¿Cómo era el muerto? —Yo no le vide la cara –dijo el niño. Encarnación podía colegir que había varios hombres en el grupo que le buscaba. y ya iba atravesando la trocha para meterse en un tercero 281 . El momento. Despertó al tropel de pasos y a la voz del niño que decía: —Taba ahí. que lo llenó de pavor. Había que salir de allí pronto. —¿Pero en cuál tablón. de lao… —¿De qué color era el pantalón? –inquirió el sargento. pues. la barbilla saliente. no era de dudar. —Azul. De todas maneras. los ojos oscuros y brillantes. sino de actuar. porque de lo que no había duda era de que ya había gente localizando al fugitivo. yo venía por aquí con Azabache –empezó a explicar Mundito– y lo diba corriendo asina –lo cual dijo al tiempo que ponía el perrito en el suelo–. con ganas de llorar. Seguramente en la noche le saldría en la casa y lo perseguiría toda la vida. “En ése” podía significar que el muchacho estaba señalando hacia el que ocupaba Encarnación. en ése o en el de allá? —En ése –aseguró el niño. A su infantil idea de las cosas. la boca carnosa. —Sí. tal vez en un punto intermedio entre varios tablones de caña. La situación era realmente grave. Solito. Dependía de hacia dónde estaba señalando el niño cuando decía “ése”. bastante asustado ya. Nemesio. Porque cuando el sargento Rey y el número Nemesio Arroyo recorrieron el tablón de caña en que se habían metido. Lo mejor sería descansar. El sargento clavó en el niño una mirada fija. quienquiera que fuese. se hallaba aterrorizado. llamaría por la ventana de la habitación en voz baja y le diría a Nina que abriera. Cambiar de tablón en pleno día era correr riesgo. y él cogió y se metió ahí. —Son cosa de muchacho. agachado. en ese tablón de cañas no darían con el cadáver. empezaron a creer que era broma lo del hombre muerto en la Colonia Adela. Encarnación Mendoza comenzó a gatear con suma cautela. sargento. supiéralo o no Mundito. Rápido en la decisión. y la camisa como amarilla. Encarnación Mendoza había cruzado con sorprendente celeridad hacia otro tablón. Mientras se alejaba. Ese momento de la llegada era la razón de ser de su vida. Tenía un sombrero en la cara. maltratando los tallos más tiernos y cortándose las manos y los brazos. su marido. temblando de miedo–. dormir. no podía arriesgarse a ser cogido antes. Sin duda las cosas estaban poniéndose feas. y después hacia otros más. Taba asina. el muerto se había ido de allí sólo para vengarse de su denuncia y hacerlo quedar como un mentiroso. Oyó la áspera voz del sargento: —¡Métase por ahí. Porque a juzgar por las voces y el sargento se hallaban en la trocha. y no vieron cadáver alguno. escalofriante. —Mire. con paso felino. ahí no hay nadie –terció el número Arroyo. Ya le parecía estar viendo a Nina con su negro pelo caído sobre las mejillas. que era él. hacia uno vecino o hacia el de enfrente. y tenía un sombrero negro encima de la cara… Pero el pobre Mundito apenas podía hablar. aquí era –afirmó Mundito.

Encarnación Mendoza sabía ya que estaba más o menos cercado. y con él los soldados y curiosos que le acompañaban. recomendándose prudencia cuando alguno amagaba meterse entre las cañas. viejo en su oficio. pues era arriesgado tirar si gente amiga estaba al otro extremo. y una voz proclamó a todo pulmón: —¡Allá va. él pensaba que el registro del cañaveral obedecía al propósito de echarle mano y cobrarle lo ocurrido el día de San Juan. corrían y corrían. cada militar iba seguido de tres o cuatro peones. era suspicaz: —Vea. corriendo por las trochas. huyendo con la velocidad de una sombra fugaz. ahogándose. el fugitivo se atenía a su instinto y a su voluntad de escapar. se dispersaron en grupos y la cacería se extendió a varios tablones. Lentamente. Al cruzar una trocha fue visto de lejos. con el perrillo bajo el brazo. Su miedo lo paró en seco al ver el dorso y una pierna del difunto que entraban en el cañaveral. hacia donde señalaba el peón que había visto el prófugo. el revólver en la mano. lleno de lástima consigo mismo por el lío en que se había metido. Sin saber a ciencia cierta dónde estaban los soldados. preguntando a todo hijo de Dios que cruzaba si “ya lo habían cogido”. —¡Que vaya uno al batey y diga de mi parte que me manden do número! –ordenó a gritos el sargento. El sargento. sólo un momento. las pequeñas nubes azul oscuro que descansaban al ras del horizonte empezaron a crecer y a ascender cielo arriba. Era poco más de media mañana. allá va. Y así empezó la cacería. Encarnación se dejó ver sobre una trocha distante. buscando aquí y allá. Pero no se hallaba seguro y seguía pasando de tablón a tablón. A la distancia se veían pasar de pronto un soldado y cuatro o cinco peones. Repartidos en grupos. ¡Rodiemo ese tablón ni una ve! –gritó. Sólo que a diferencia de sus perseguidores –que ignoraban a quién buscaban–. Estaba ya a tanta distancia de ellos que si se hubiera quedado tranquilo hubiese podido esperar hasta el oscurecer sin peligro de ser localizado. sargento. y a seguidas echó a correr. pegando voces. —Cosa de muchacho –dijo calmosamente Nemesio Arroyo. zigzagueando. y no dio tiempo al número Solito Ruiz para apuntarle su fusil. Pero el sargento. No podía ser otro. y se parece a Encarnación Mendoza! ¡Encarnación Mendoza! De golpe todo el mundo quedó paralizado ¡Encarnación Mendoza! —¡Vengan! –demandó el sargento a gritos. ta aquí! –gritó señalando hacia el punto por donde se había perdido el fugitivo–. 282 .COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS cuando el niño. sin que los cazadores supieran qué pieza perseguían. todos un poco bebidos y todos excitados. y se corría de un tablón a otro. Era ya cerca de mediodía. los perseguidores corrían de un lado a otro dándose voces entre sí. pasaba corriendo. sino tres números y como nueve o diez peones más. disparando sobre las cañas. lo cual entorpecía los movimientos. dado que la ropa era la que había visto por la mañana. —¡Ta aquí. se habían vuelto al oír la voz del chiquillo. excitados. Llegaron no dos. los cazadores del hombre apenas lo notaban. y aunque los crecientes nubarrones convertían en sofocante y caluroso el ambiente. esquivando el encuentro con los soldados. y en la bodega no quedó sino el dependiente. despachado por el sargento. algo hay. Del batey iban saliendo hombres y hasta alguna mujer. Nerviosos. sargento. respirando sonoramente y tratando de mirar hacia todos los ángulos a un tiempo. ¡Dentró ahí! Y como tenía mucho miedo siguió su carrera hacia su casa. Pasó el mediodía.

Serían más de las siete. pasan con frecuencia vehículos y él podría detener un automóvil. Y el sargento estaba pensando algo. sin duda más temprano que de costumbre por efectos de la lluvia. los soldados echaron mano a pedazos de yaguas. Estaba muerto Encarnación Mendoza. un tiro certero le rompió la columna vertebral al tiempo que cruzaba para internarse en la maleza. razón por la cual la marcha se tornó lenta. si lo llevaba al batey tendría que coger allí un tren del ingenio para ir a La Romana. manando sangre. Varios peones. Seguido por dos soldados y tres curiosos. tal vez demasiado tarde para trasladarse a Macorís. antes de llegar al primer caserío. El sargento no quería perder tiempo. Cuando el cuerpo estuvo suelto llamó a la puerta de una casucha justo a tiempo para que la mujer que 283 . cuando uno de los peones dijo: —Allá se ve una lucecita. Cubiertos sólo con sus sombreros de reglamento al principio. Así. y al hablar observaba a los hombres que se afanaban en la tarea de librar el cadáver de cuerdas. Oscureció del todo. vivo o muerto. no en el batey. pues los soldados iban disparándole a medida que se acercaban. la mayor parte del tiempo en silencio aunque de momento la voz de un soldado comentaba: —Vea ese sinvergüenza. pasadas ya las cuatro. en el camino que dividía el cañaveral de los cerros. cuando la lluvia arreciaba más. No resultó fácil el camino. La lúgubre comitiva anduvo sin cesar. y con la oscuridad el camino se hizo más difícil. ordenó con su áspera voz: —Desamarren ese muerto y tírenlo ahí adentro. Pero a eso de las tres. que ya empezaba a formarse. El sargento quería algo más. O simplemente aludía al cabo Pomares. cuando recibió catorce tiros más. Tres veces. y apenas llovía entonces. Este resoplaba y hacía esfuerzos para trotar entre el barro. o se guarecían en el cañaveral de rato en rato. Y justamente entonces empezaban a caer las primeras gotas de la lluvia que había comenzado a insinuarse a media mañana. esto es. Si él sacaba el cadáver a la carretera. cuando un cuarto de hora después se vio frente a la primera casucha del lugar. y eso. de hojas grandes arrancadas a los árboles. —Sí. Comenzaba a llover. cuya sangre había sido al fin vengada. colocaron el cadáver atravesado sobre el asno y lo amarraron como pudieron. estorbándose los unos a los otros. si bien por entonces no con fuerza. cuando el aguacero pesado hacía sonar sin descanso los sembrados de caña. y al instante urdió un plan del que se sintió enormemente satisfecho. el sargento ordenó la marcha bajo la lluvia. a más de dos horas del batey. Decía esto cuando la lluvia era tan escasa que parecía a punto de cesar. Se revolcaba en la tierra. No apareció caballo sino burro. que estaba hacia el poniente. que no podemo seguir mojándono. Era día de Nochebuena y él había salido de la Cordillera a pasar la Nochebuena en su casa. aunque tenía los dientes destrozados por un balazo de máuser. y como el tren podría tardar mucho en salir llegaría a la ciudad tarde en la noche. podía llevarlo ese mismo día a Macorís y entregarle ese regalo de Pascuas al capitán. Conservaba las líneas del rostro. el muerto resbaló y quedó colgando bajo el vientre del asno. hacer bajar la gente y meter el cadáver o subirlo sobre la carga de un camión. del caserío –explicó el sargento. a los que escogió para que arrearan el burro. Pues al sargento no le bastaba la muerte de Encarnación Mendoza. —¡Búsquese un caballo ya memo que vamo a sacar ese vagabundo a la carretera! –dijo dirigiéndose al que tenía más cerca.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Encarnación Mendoza no era hombre fácil. En la carretera las cosas son distintas.

un toro como Joquito era una amenaza para todo el vecindario. a poco oyó un bramido corto y el sordo trote de la bestia. de pronto una mujer gritó que el toro venía sobre ellos. hasta que a tres pasos paró y corrió desolada sobre el cadáver al tiempo que gritaba: —¡Ay m’shijo. que no le era favorable porque no había salida sino hacia atrás. los niños salieron de la habitación. se han quedao guérfano… han matao a Encarnación! Espantados. bramando de cuando en cuando. y llevándose una mano a la boca comenzó a retroceder lentamente. el cuerpo de Encarnación Mendoza. don Braulio dispuso que llevaran las vacas hacia las cercanías de la casa. Estudiaba la situación. Don Braulio montaba su potro bayo. Suelto en aquel lugarejo. chorros impetuosos arrastraban piedras y levantaban un estrépito que asustaba a las vacas. Despeñándose por los flancos de la loma. verdadera joya entre caballos. Aconsejado por ellos. que sin duda correteaba alegremente por el camino real. decían que pronto se les resblandecerían las pezuñas. a la hora de las dos luces. atropellándose. cerca del camino real. que oían a las reses bramar. sin embargo no desesperó hasta el atardecer.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS salió a abrir recibiera sobre los pies. lo que le daba a su rostro antes sereno y bondadoso la apariencia de estar haciendo una mueca horrible. y tenía los dientes destrozados por un tiro. Llevaban media hora de marcha y los hombres iban charlando alegremente. La mujer miró aquella masa inerte. Al iniciarse la noche se oyó el toro hacia el fundo del potrero. sangre y lodo. Los entendidos en ganado. Poco antes del amanecer don Braulio oyó a los perros que ladraban en forma agitada muy cerca de la casa. y para eso salió don Braulio con sus peones y unos cuantos perros. Avanzaba en una carrera de paso parejo. y encabezaba el grupo. más tarde. pegado a las lomas. de manera que había que encerrarlo en el potrero cuanto antes. lo que indicaba que corría el campo sin cesar y de seguir así no tardaría en saltar sobre la alambrada. Con efecto. Las infelices mugían y se acercaban a las puertas del potrero. mi mama! ¡Ese fue el muerto que yo vide hoy en el cañaveral! El funeral Cuando empezaron a caer las lluvias de mayo el agua fue tanta que se posó en los potreros formando lagunatos. los perros comenzaron a ladrar y a correr hacia el frente. Joquito no tardó en dejarse ver. y hacía retumbar la tierra bajo sus patas. como rogando que las sacaran de ese sitio. Bramó también unas cuantas veces al día siguiente. Joquito no parecía dispuesto a volver por 284 . lanzándose a las faldas de la madre. tirado como el de un perro. lanzó bramidos tan dolorosos que hicieron ladrar de miedo a todos los perros de la comarca. Entonces se oyó una voz infantil en la que se confundían llanto y horror: —¡Mama. Joquito. Al tropezar con los perros se detuvo un momento y miró en semicírculo. pues. se quedó solo en el potrero: Estuvo inquieto toda la tarde y pasó la noche bajo un memizo. El muerto estaba empapado en agua. Como en un frenesí. como si hubieran olido a Joquito. m’shijo. donde no había más reses que las ventanitas de don Braulio. sus ojos cobraron de golpe la inexpresiva fijeza de la locura. ladeándose con gracia juvenil. pero se negó resueltamente a que Joquito bajara con ellas. sin duda convencido de que sus compañeras no regresarían. con las cabezas altas. noticia que produjo alguna confusión.

se metió en el conuco y en menos de un minuto tumbó dos troncos jóvenes de plátano. El cansancio. Pero don Braulio era un viejo duro. arremeter ciegamente con la cola erecta. Los perros se envalentonaron. De súbito el caballo salió disparado y cayó sobre las espinosas mayas que orillaban el camino. De súbito pateó la tierra. Pero también don Braulio había perdido la suya. y del golpe echó abajo un lienzo de tablas. y era un milagro que a medio día Joquito siguiera vivo. después dobló las rodillas. Dos veces más se repitió el caso. sudados. La cola parecía saltarle de un lado a otro. pegó el pescuezo en tierra y pareció ver con indecible tristeza su propia sangre. molidos. la idea de todos los daños que tendría que pagar. con pasos cada vez más tardos. fueteándole las ancas. le encolerizaron a tal punto que espoleó al bayo sin tomar precauciones. Con graves ojos. pero no con espíritu agresivo. Apareció el toro. destrozó la yuca y malogró un paño de maíz tierno. Los hombres se habían quedado inmóviles. y en señal de que los menospreciaba. don Braulio sacó su revólver y disparó. haciendo llorar de miedo a los niños y asustando a las mujeres. arremetió con todo su peso. Al ver ante sí un hueco abierto. que durante unos segundos interminables vio cómo Joquito mantenía en el aire al bayo. Joquito no dudó un segundo: con la cabeza baja. fuera de sí. de un bohío cercano alguien gritó que Joquito llegaba. y de su vientre salió un chorro de sangre que parecía negra. Nando se lamentaba a gritos y don Braulio pensaba cuanto iba a costarle esa tropelía de su toro. la vergüenza de haber fracasado. y quizá hasta el hambre. mientras don Braulio hacía esfuerzos por sujetarse al pescuezo de su caballo. moviéndose con la mayor naturalidad. los peones pedían reposo para comer. —¡Ahora veremos si somos hombres o qué! –gritó don Braulio. cuya nariz iba rozando el suelo. Pero los perros estaban de caza. el choque fue inevitable. 285 . Por lo visto Joquito no quería luchar. Joquito se detuvo en seco. en el término de media hora: una en el arrozal del viejo Morillo. y en viendo al toro comenzaron a ladrar de nuevo. que le salía por la nariz y se confundía con el lodo del camino. Desde el suelo. el toro se llenaba de ira y rascaba la tierra con sus patas delanteras. y éste. Joquito caminó. cansados. sólo pedía libertad para correr a su gusto y para comer lo que le pareciera.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS donde había llegado. El animal había perdido otra vez la cabeza. Joquito giró violentamente y en rápida embestida atacó a sus perseguidores. Joquito pareció llenarse de una diabólica alegría. Don Braulio pensó que tendría que matar al toro. otra en el bohío de Anastasio. Plantado en su caballo. Habían recorrido a paso largo todo el sitio. y uno de ellos llevó su atrevimiento hasta morderle una pata. más allá del arroyo. Joquito se volvió a ellos. que hizo huir a los perros. Así. donde Joquito batió la tierra y confundió las espigas con el lodo. desde la loma hasta el fundo de Morillo. en cuyo jardín entró. En eso. y diciendo algunas palabras bastantes puercas se adelantó hacia el animal. bajó la testuz y lanzó un bramido retumbante. Como los peones gritaban y le tiraban sogas al tiempo que los perros lo atormentaban con sus ladridos. Los peones vieron esa mole rojiza. de brillante pelamen. ramoneaba tranquilamente a lo largo del camino. El golpe paralizó a la peonada. don Braulio se sentía humillado. adonde había sido lanzado. Entre los gritos de los peones resonaron cinco disparos. se lanzó con tanta fuerza sobre la sombra del caballo que fue a dar contra la palizada del conuco de Nando. tornó a ramonear. Don Braulio ladeó su bayo y eludió el encuentro. desde la Cortadera hasta el Jagüey. Algunos vecinos se habían unido a la persecución y los perros acezaban. A las dos de la tarde. Don Braulio volvió a pasar frente al animal.

no había vacas ni toros. Igual que el toro. Entonces se arrimó a la puerta un viejo campesino y se puso a observar los matorrales. Una vaca pasó al trote y fue a juntarse con el toro y la vaca que daban vueltas en el lugar donde había caído Joquito. Era el velorio de un hermano. cargó de pesadumbre los cuatro vientos. Pero de pronto resonó en la vuelta del camino un bramido lleno de tristeza y de ira a la vez. abriendo los hoyos de la nariz. apenas respiraban. pues? El viejo campesino explicó que cuanta res oyera aquellos bramidos iría al sitio. resonaban los angustiosos gemidos de las bestias. Juntando los cuernos parecían hacerse preguntas sobre lo que había ocurrido allí. La gente se asomaba a la puerta a ver qué sucedía. Los perros se hartaron con los pedazos inservibles de la víctima. buscando. apareció por el recodo. Pero no era Joquito. a mover las colas con apenada lentitud. Un toro negro. y el toro volvió hacia allá sus desolados ojos. También ella gritó. nunca visto en el lugar. Daban vueltas y vueltas y vueltas. era desconocida en el lugar e igual que él se acercó. a cruzar los pescuezos entre sí. Olían la tierra. En efecto. toretes y becerros se amontonaban en el sitio donde cayó Joquito. Inesperadamente reventó cerca otro potente bramido. a agitarse. En el aposento de don Braulio. Debió sufrir golpes. porque les pareció que el propio Joquito bramaba desde más allá de la vida. Y de pronto llegaron por caminos insospechados seis o siete reses más. impresionante. En alocada carrera. dijo: —Desuéllenlo ahí mismo. varios hombres se lanzaron sobre Joquito. donde las mujeres colocaban cataplasmas en las caderas del amo. Ahí pareció terminar todo. Aquel lugar no era sitio de ganadería. bueyes. —Horita ta esto cundío de toros –dijo. vacas. y a poco empezaron todas a bramar a un tiempo. novillas. como forzadas. y ninguna faltaría a la cita. oliendo el lodo. después caminó más. que engrosaba a medida que la tarde caía. Parecía esperar algo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Hasta los perros callaron. y tornaban a quejarse. y el agua borró el último rastro de la sangre de Joquito. Por los lados de la loma respondió otro bramido. Tornó a lloviznar. pegó el hocico en tierra. ¿De dónde salían tantas reses? Ya había más de docena y media. que hicieron lo mismo que las otras tres. De pronto vieron aparecer una vaca gris. Los niños de la casa no se atrevían a moverse. aunque tuviera que caminar horas y horas. y con un grito angustioso. y de algún lugar no lejano salió otro. y cuando se acercaban las cuatro de la tarde nada parecía haber sucedido y nada indicaba que Joquito había sido muerto y descuartizado en el camino real. no detenía la marcha de otras que se veían llegar a lo largo de los callejones. así eran. al cabo alzó otra vez la cabeza. y una hora más tarde la carne del toro. estuvo un momento. olió y lanzó un doliente quejido. Juntas ya. Extrayendo los cuchillos de las cinturas. como ciegas. y con la excepción de las reses de don Braulio. gemían y se restregaban los 286 . Seguía cayendo fina y susurrante la llovizna. olió el lodo y revolvió el fango con patas pesadas. los niños llenaron los vanos de las puertas. ¿De dónde salían las que llegaban. las dos reses empezaron a patear. por lo menos durante un rato. porque se sujetaba las caderas y tenía la cara descompuesta. Cuando lo conducían hacia la casa. era llevada a la cocina de don Braulio. Algunos peones corrieron para ayudar a don Braulio a ponerse de pie. Allí. caminó con el pescuezo alargado. y tornó a bramar como antes. Media hora después. y la lluvia. partida en grandes piezas. olfateando. venteó. —Son asina esos animales –dijo.

un minuto más tarde comenzaba a dispersarse todo aquel concierto acongojador. Había pasado ya más de una hora desde que llegó el toro negro. y resonaban bajo ella los roncos gemidos de los bueyes viejos. ni sus amigos. pues. antes de que se produjera tal golpe. Hollaban el lodo con sus pezuñas y parecían preguntar llenos de dolor. —Unjú. y parecían preguntar a la noche. y quién sabía a cuántas les caerían gusanos en las heridas que recibirían esa noche. rompieron en un impresionante crescendo final. qué justicia tan bárbara era la de los hombres. y el imponente lloro ascendió a los cielos y flotó allá arriba. que algunas de esas reses se estropearían con las raíces y los tocones. llegaban para llorar por aquel que no habían conocido. más lejano a medida que transcurrían los segundos y a medida que la noche crecía. Habían cumplido su deber. y al fin. como reclamando la sangre de Joquito que ella se había bebido. Con su pesado andar. por qué le habían asesinado. a los cielos y al camino qué habían hecho de su hermano. y los perros buscaban abrigo en los rincones de los bohíos. Los quejidos fueron oyéndose cada vez más y más distantes. la removían y la olían. atropellándose con majestuosa lentitud. y que debían recorrer grandes distancias para llegar a la cita. otras se cortarían con las púas de los alambres. Asustados por aquel concierto lúgubre. —¿Sin conocerlo? –preguntaron los niños. Las reses son asina. en forma de nube sonora que oprimía los corazones. de su vigoroso y bravo compañero. más de las cinco y el día lluvioso iba a ser corto. Eran. Y el viejo campesino pensó con satisfacción en la ventaja de ser hombre. habían ido al funeral de Joquito. y al cabo de otro minuto más sólo se oía en la distancia el bramido de algún toro que abandonaba el lugar. por un corte súbito de la escasa luz que todavía quedaba sobre el mundo.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS unos a los otros. Cansados de llorar. que muchas vacas y novillas cruzarían arroyos y lodazales en busca de sus querencias. Inesperadamente. ni nadie en fin perdía su sueño a causa de que en un camino real cayera muerto un señor desconocido. el grupo seguía mugiendo y cada vez se enardecía y se desesperaba más. que nadie sabía para donde iban. Desde las vueltas distantes de los callejones seguían saliendo compañeros. toros enormes que sin duda habían roto las alambradas de sus potreros. Pareció que la noche iba a hacerse de golpe. que ya se insinuaba. los quejidos de las vacas. los balidos de los pequeños se confundían en una imponente música funeral. Lo dijo así él. Mientras crecía sin cesar. 287 . después fue debilitándose. finas novillas hendían las yerbas de los pastos y se dirigían al lugar de la tragedia. sin conocerlo. los animales. cuando la oscuridad empezaba a adensarse. dónde estaba su hermano. Atravesando arroyos. Porque ni él. desde las lomas descendían viejos y graves bueyes cargadores de pinos. cada vez parecía ser menor el número de los que gritaban. como si un maestro invisible los hubiera dirigido. El crescendo se mantuvo un rato. Pero no importaba lo que pudieran sufrir. se oía uno que otro bramido perdido. Los bramidos de los toros. El viejo campesino pensó que muchos de los bueyes que llegaron allí andarían toda esa noche sin descanso. echando a rodar las piedras. primero en comenzar el funeral de Joquito. los toros empezaron a remover la tierra con sombría desesperación. Se hacían más roncos sus gritos de dolor. Iban y venían de una a otra orilla del camino. y tendrían que trepar lomas. los caballos de la vecindad erizaban las orejas y se quedaban temblando. a los montes.

firme y gallarda como si la tripulara el diablo. Juan de la Paz maniobró para girar en redondo y situarse de manera que él quedara a babor. Eso pasó. Podía dirigirse hacia la cayería. Con efecto. la paloma debió haber recibido un golpe en el ala izquierda. a la pálida y agobiante luz de la hora. favorecido por una suave pero sostenida brisa que soplaba desde el este. Pues moviéndose a velocidad asombrosa. Pero Juan de la Paz no se preocupó. y en la costa del Golfo y en la Isla de Pinos todo el mundo sabía que había estado veinte años en presidio.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Rumbo al puerto de origen Habiendo hecho sus cálculos con toda corrección. pues sobre ese lado se debatía sin cesar moviendo con loco impulso la derecha y levantando la pequeña cabeza. minutos más. que la había 288 . visto que el ave lograba avanzar unos pasos hacia estribor. El mar había sido un plato y probablemente seguiría siéndolo toda la noche. la vela resultaría batida con inesperada fuerza. estando solo a bordo. El cambio de luces del atardecer daba al momento una ominosa solemnidad de cementerio. la balandra viró y enderezó hacia la paloma. el movimiento de la balandra le llevó a sacar todo el cuerpo fuera del casco. entonces vio. Había dispuesto llevarle ese regalo a Emilia y ya nada podía evitar que lo hiciera. el aleteo de la paloma sobre el agua. seis horas alejados de la tierra más cercana. En relampagueante fracción de tiempo el hombre sintió la muerte triturándole el alma y un tumulto de ideas le asaltó de improviso. pero entonces se alejaría más de la balandra. incapaz de comprender lo que estaba sucediendo. aprovechada en toda su extensión por la brisa. sin embargo eso significaba exponerse a los tiburones. y Juan de la Paz se vio súbitamente lanzado al agua. Gentilmente. pero su resultado no pudo ser peor. animal que nada tenía de marino. El terror de aquel animal de tierra y aire abandonado a su suerte en el mar era de tal naturaleza que cuando advirtió la proximidad de la balandra pretendió saltar para alejarse. en pos de Punta del Este. la balandra se alejaba al favor de la brisa. Un segundo después de haber visto tal cosa Juan de la Paz comprendió que no podría alcanzar su embarcación y que él y la paloma estaban solos en medio del mar. Pues ocurrió que impulsada por la sostenida brisa del este la balandra se alejó unos palmos de la paloma precisamente en el momento en que Juan de la Paz abandonaba vela y timón para inclinarse sobre el agua en pos del ave. Aunque estaba hecho a pensar con la rapidez del rayo quedó aturdido durante algunos segundos. en absoluto ajeno a la idea de que. y tal vez dándole un beso. rumbo noroeste franco. Así se explica que a Juan de la Paz le resultara fácil ver. si bien lo hizo maquinalmente. Pero jamás pensó él que en un atardecer tan plácido. A Juan de la Paz le habían sucedido muchos y graves contratiempos. Podía tratar de nadar hacia Isla de Pinos. le ocurriría caer al mar a causa de estar persiguiendo una paloma. En esos instantes se demudó. La maniobra salió limpia. acaso a los caimanes. y sin demorar un segundo maniobró para acercarse al ave. clavó mano en el ave. eso sí. al iniciarse la noche. Con la acostumbrada rapidez de toda su vida el solitario navegante pensó que estaría herida y que sería un buen regalo para Emilia. minutos menos. y fue después de tenerla sujeta cuando volvió atrás los pequeños y pardos ojos. Cuando pensó tomar una decisión se acordó de la paloma. En su imaginación veía a la niña echándole los brazos al cuello en prenda de gratitud. Así. Juan de la Paz llegó a la altura de Punta del Este a las seis de la tarde. y desde luego llegar a las corrientes de los canales completamente agotado. y ésta era su único haber en el mundo. con verdadera indiferencia.

del todo solo en la inmensidad del mar. ni cosa parecida. Por momentos aquella luz fulgía lejos. desatada dentro de su atormentada cabeza. A ratos se acordaba de la paloma. que estaba en el horizonte al caerse de la balandra. nadando lenta pero firmemente hacia Cayo Largo. una vez y otra vez y otra más. en medio de brincos imposibles. con una voz que chillaba a efectos del terror y que cada vez iba siendo menos audible. De improviso su estado de ánimo cambió. En la terrible lucha por salvar la vida su instinto animal era capaz de sobreponerse a todo. Esforzándose a más no poder trataba de dar saltos para dominar más distancia. de esa manera se recuperaría y a la vez recuperaría el rumbo. Pero he aquí que de súbito Juan de la Paz se dijo a sí mismo que estaba perdiendo el juicio. Juan de la Paz nadaba con economía de esfuerzos. acaso influyera en ello el ejercicio. le invadió por dentro y trastocó del todo sus ideas. iluminaba ya la vasta extensión de agua. y Juan de la Paz quería reconocerla a cada nueva aparición. a la vez un pesado olor de petróleo se imponía al yodado del mar. tal vez la oscura idea de que mientras el mar se mantuviera tranquilo podría nadar sin alterar el lento pero seguro ritmo que había logrado imponerse a sí mismo. sin acabar de hundirse. mientras al favor de la posición de la luna mantenía el rumbo hacia Cayo Largo –a sus cálculos. fue acostumbrándose a su nueva situación. pero cuando se sintió desnudo le aterrorizó la idea de que en llegando a aguas bajas una barracuda lo dejara inútil como hombre. Mas a eso de las once. Así. allá. a medida que pasaba el tiempo y comprobaba que ninguno de sus temores se cumplían. se la quitó y la fue abandonando tras sí. para descansar un poco y observar la luna. de mezcla delirante entre esperanza y pavor. la tierra más cercana–. la imagen de la paloma. ahora 289 . de vapor o de algún bote pescador.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS apretado sin darse cuenta con dedos de hierro y que la pobre ave herida agonizaba entre temblores. le abrumaba. sin embargo a la vez la luna lo llenaba de pavor porque se decía que la claridad favorecía la posibilidad de que los tiburones le vieran de lejos. y pensaba que acaso había derivado a favor de la corriente. pero no era joven ya. había una luz! Fuera de sí cambió el rumbo y empezó a nadar de prisa. ¡Sí. Pero le era imposible sobreponerse al horizonte y ver casco alguno de barco. De golpe comenzó a gritar. Por ejemplo. A medianoche alcanzó a ver rojizos y cárdenos reflejos ante sí. abandonada. surgiera de pronto. No había tal barco. a lanzar estentóreos “¡aquí. Jadeante. y temía agotarse antes de tocar tierra. y otros muchos que no sabía distinguir. La luna. siluetas de peces que saltaban alrededor suyo a cierta distancia. flotando panza arriba bajo la luna. temió que la ropa le estorbara. muerta ya. un cuarto de hora después Juan de la Paz reanudaba su marcha. Poco a poco –y esto es lo cierto–. tal vez a varias millas. sobre todo. él estaba solo. de gritos que se perdían en la tremenda soledad líquida. aquí. un ala rota y la otra extendida. El miedo. sobre el mar. le pareció ver una luz en el horizonte. y nadie más que él era responsable de su vida. a la distancia. ansioso. distinguir si era de goleta. Sentía el corazón golpeándole desusadamente y resolvió flotar un rato bocarriba. con bastante frecuencia. quiso levantarse sobre el agua. Hasta poco antes le había sido fácil ver. pues a partir de tal momento comenzó a luchar como un loco para sobreponerse al miedo y para salvar la vida. aquí!”. Y era curioso que en esa lucha por salvar la vida. cogido por un salvaje impulso de vida. cada vez más de prisa. los brazos y las piernas abiertos. y pensó que gracias a su luz algún pescador solitario podía verlo y rescatarlo. las rojas patas encogidas y desordenadas las plumas de la cola. y cobró instantáneo reposo. Y esa fue su última sensación consciente. Hecho al mar. En ese instante –cosa rara– sintió acumulados todos los miedos que había ido dejando según avanzaba. Una especie de oleada de locura.

Como lo pensó lo hizo. Los buenos estuvieron patentes cuando a eso de las dos de la mañana vio a distancia de una milla. hasta rendirse. el arenazo en que había tocado quedaba fuera de las rutas de los pescadores. pues con seguridad esa corriente iba a dar a uno de los cayos que corren en hilera irregular desde la Punta de Zapata hasta la altura de Punta del Este. a las marismas de Cayo Azul. No. Despertó varias veces. lo cual tuvo buenos y malos resultados. y más allá de prolongados bajíos. Cuando tocó tierra. nadando en los cortos canalizos. Allí abusaron de él el sol y el petróleo. los muslos y los hombros estaban cargados de ampollas. el que era sólo diente de perro pelado o tenía arena y yerba. agua fresca. en ruta hacia Cienfuegos. Sí. podía ser vegetación marina. había llegado. Pero no tardó en darse cuenta de que era lodo. Donde se hallaba no podía tener esperanza de rescate. Juan de la Paz echó a andar hacia afuera para recorrer. eran tres. buscando en la media luz del amanecer el cornudo espinazo del cocodrilo. varios! Entonces se levantó y aguzó los pardos ojuelos. y Juan de la Paz siguió. Si el petróleo era de tal barco lo mejor sería internarse en la extensión que él cubriera y ayudarse de la corriente que lo arrastraba. uno solo. Ahora bien. la espalda. se movió cuanto pudo. maltratándose los pies con los tallos de los nacientes mangles. Mas no le fue posible sobreponerse al agotamiento. o para beber. Había llegado. el cuello. y desde luego mucho más lejos aun del paso habitual de los barcos. que no tenía fuerzas para otra cosa que para dejarse caer en una sombra y dormir. para su mal. la negruzca mancha de una tierra atravesada en medio del mar. por fin. cuatro. Pensó que escarbando en la arena podía hallar alguna. otra vez bajo la noche que se acercaba. porque comprendía que se quemaba. su propia respiración pegaba como fuego. pues allí se veía un madero que flotaba. anduvo como un ciego algunos pasos y se dejó caer sobre un arenazo. Serían las tres. En los labios hinchados y adoloridos. los malos habían de verse mucho más tarde. y lo que tenía por delante era una marcha agotadora sobre suelo cenagoso y en medio del agua. que a menudo se refugia en esas marismas. el que tenía agua dulce y el que no. actuando a impulsos de una fuerza ciega. el más frecuentado por los pescadores de Batabanó y el más alejado de las rutas usadas a diario. pero sin recuperar el dominio de sí mismo. y de improviso Juan de la Paz recordó que. Al mediar la tarde. los canalizos que los esperaban. el camino que había hecho entre el 290 . a juicio de Juan de la Paz. ¡Lodo! ¡Había llegado. Necesitaba agua dulce. rodeado de marismas. o cosa así. Aquello podía ser lodo. La providencia le mandaba esos maderos para que saliera de allí. cuando en un movimiento de natación sintió que su pie derecho tocaba algo blando. a eso de las ocho. ¿adónde? Cuando pudo responderse a esta pregunta clareaba ya el sol. Sin embargo había que seguir. secos de sed. adoloridos los ojos a causa del esfuerzo hecho para ver si ante su paso pululaban los temibles piojos del mar que se guarecen en la uretra y desgracian al hombre. Sin pensarlo. podía ser un pulpo o simplemente el revuelo del agua que deja a su paso un pez mayor. Juan de la Paz conocía uno por uno todos esos cayos. tan pronto el calor del sol pegara en el petróleo que se había incrustado en el nacimiento de cada uno de los pelos que le cubrían el cuerpo. cayéndose a ratos y levantándose con mil trabajos. de donde podía inferirse que había una prolongada mancha de aceite crudo o de petróleo deslizándose en el mar. Pero de pronto su atención se volvió hacia la orilla de la marisma que había recorrido para llegar al arenazo. no era uno. el que tenía mangles y cacería.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS eso había dejado de ocurrir desde hacía acaso media hora. un barco había encallado días antes en los bajos del Golfo. Poco a poco fue dejándose descender. lo que le puso al borde de repetir la desenfrenada media hora que había padecido cuando creyó ver la luz de un barco. por fin! Temeroso de algo inesperado fue aplicando un pie. él.

que soplaba frío y grueso. Ese plan descansaba. Juan de la Paz despertó. Al borde del desfallecimiento y hostigado por el miedo a los jejenes. La sed no le preocupaba tanto. con amargo llanto de infante desvalido. a pesar de que había sufrido ya la condena de los hombres. agotado por el sol. el náufrago sólo acertaba a ver en su imaginación a la paloma y a la niña. y de súbito. se oía el viento. Nadie puede describir lo que pasó entonces por el alma de Juan de la Paz. a la sed y al ardor de las ampollas se sumaban las picadas de los jejenes. tú que todo lo puedes! –exclamó. clavó los ojos y las manos al cielo y pidió perdón: —¡Perdóname. Juan de la Paz se echó a dormir con la mayor parte del cuerpo en el agua y la cabeza en la arena de la orilla. en hallar algo cortante. Pequeño. en conservar los maderos –cuatro piezas aserradas. sobre todo. Pues era el caso que se oía el mar. cuando la inmensa mole de agua se veía tranquila de un confín al otro. la luna parecía medio moverse con gran trabajo allá arriba. a la vez. muerta pero no sumergida. mustia y espantada. Antes de entregarse al sueño estuvo buen rato madurando un plan. más numerosos y agresivos cada vez. y además de oírse el mar según pudo él notar tan pronto se puso de pie y dejó su húmedo lecho. y a medida que tal estado de ánimo se definía metiéndose como una despaciosa invasión de agua por todos los antros de su cuerpo. el reseco pelo pegado a la frente. Desnudo. y al levantarse se asustó. comprendió que de las redondas líneas que formaban la carita de Emilia surgía la de Rosalía. Temblando de fiebre y de frío. mientras iba doblándose sobre sí mismo hasta quedar con los codos clavados en la arena. Algo estalló en ella en tal momento. porque el aire húmedo lo refrescaba. algo horrible y bárbaro. Virgen de la Caridad. adolorida la llagada piel. rodeado por un mar cuyas olas poco a poco se levantaban más y más. que serían de seis por ocho pulgadas y de cinco pies de largo–. cosa increíble horas antes. Juan de la Paz era la imagen dolorosa y ridícula. Debatiéndose en medio de grises y ventrudas nubes. Y a seguidas se echó a llorar. que más que el de un ser humano parecía el de una poderosa bestia 291 . Lo que le hacía sufrir eran las quemaduras y los jejenes. Juan de la Paz comprendió de pronto cuán inútil había sido todo su esfuerzo y qué duro castigo le había reservado Dios para el final de sus días. que con la llegada de las primeras sombras se hacían presentes en oleadas. Ello quería decir que la lluvia no andaba lejos. con los brazos en alto y las manos crispadas allá arriba. él. que le hizo ponerse de pie y comenzar a correr. solo bajo la oscurecida luna. llenándole de espanto. evidentemente con fiebre. Desde la caída de la tarde habían empezado a formarse nubes hacia el nordeste y el viento estuvo enfriando. Casi anochecía ya. desnudo en medio de la noche y del mar. mientras gritaba con un alarido espantoso. en alguna oscura parte de su conciencia iban tomando cuerpo la figura de la paloma. por último pensaba que metiéndose de nuevo en la marisma podría cortar ramas de mangle y sacar de ellas fibra con que amarrar los maderos en forma de balsa. aguijoneado por los insectos.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS amanecer y el día. Cuando retornó al arenazo iba empujando los maderos y correteando de un lado a otro para no perder ninguno. y ya bebería cuando cayera. aunque se tratara de una concha de caracol de la que pudiera sacar esquirlas con alguna pesada piedra. De súbito Juan de la Paz se derrumbó. bastante pasada la media noche. y el rostro de Emilia. derivando corriente abajo. pero también consumido por el sufrimiento. como un musulmán en oración. rojo y negro de ampollas y de petróleo. que apenas tenía ya fuerzas para sentir miedo. con ligera tendencia a soplar desde el norte. cayó de rodillas en la arena. tan pálido y sin embargo tan sonreído. después. Del fondo de su ser empezó a crecer un amargo sentimiento de lástima consigo mismo. del desamparo.

la paloma y Rosalía. fue dejándose llevar por las dos piezas. asombrados. El caso es que él contestó: —Por coger una paloma. muchos años atrás. por dentro estaba confundido. agregó: —Me caí. el agua de que estaban saturados los hacía pesados. —Esto es cosa rara. En cambio ahí estaban. Se le veía estragado. chapoteando. Rodeado de marineros. moviéndose entre quejidos para rehuir el contacto del duro colchón con la quemada piel. a popa. Y sin embargo no se iban. entre cuatro y media y cinco de la tarde. nada le decían. De todas maneras quizá valía la pena aclarar las cosas. Los que le rodeaban oyeron y les pareció extraño que un pescador se cayera de su barco por coger una paloma. Aunque mantenía los ojos abiertos se hallaba inconsciente y por tanto no podía hablar. porque ayer vimos tu balandra navegando con viento de amura. sólo los rápidos y desconfiados ojuelos parecían vivir en él. que estaba bajo cubierta. y se la sirvieron a cucharadas. Juan –dijo el patrón–. y aunque lo pagó con veinte años en Isla de Pinos. Tal vez eso ocurrió en un canalizo. uno en cada mano. con tanta velocidad como si hubiera seguido una línea recta. A las once se le dio un poco de ron y a media noche se le sirvió sopa caliente de pescado. aunque nada tenían que ver con lo que estaba pasando. Ninguna de las dos vivía. interesado ahora oscuramente más en huir que en salvarse. Hacía esfuerzos por recordar a Emilia. eso no importaba. acaso la paloma volaba de cayo a cayo y tropezó con el barco. Además. Juan de la Paz había cometido un crimen espantoso. donde el viento norte hacía subir las olas a respetable altura. todos los cuales le conocían bien. con manos y pies. se lanzó sobre los maderos y cogió dos. y eso. Juan de la Paz? Juan de la Paz parecía dormitar. Entonces oyó la voz del patrón: —¿Y cómo te caíste. Pegando saltos. con despaciosa y clara voz: 292 . el patrón insistió: —¿Por coger una paloma? ¿Y pa qué querías tú esa paloma. a ratos. A las nueve de la noche se le oyó murmurar algo así como “agua”. acaso a resultas del bien que le produjo la sopa de pescado. pero cuando hubo dado unos veinte pasos dio vuelta. Era imposible pedirle que contara detalles. La paloma y Rosalía habían muerto. mientras los circunstantes se miraban entre sí. Loco. Pero quién sabe. Juan de la Paz? Si le oían o no. según el patrón “por la divina gracia de Dios”. a la altura de Cayo Avalos. Sin embargo se le oyó contestar. volviendo a ratos la cabeza con una impresionante mirada de terror. y no podía. totalmente fuera de sí se lanzó otra vez hacia la marisma. porque cierta vez. destruido. Juan de la Paz se perdió en dirección al mar abierto. Así. Cogido a los maderos se tiró sobre el agua. pues además del tamaño. como si se hallaran presentes. Y agarrado como un loco. Juan de la Paz tomó su sopa con gran esfuerzo. El náufrago fue tendido en la cámara de la tripulación. —Iba sola –explicó Juan de la Paz con voz apenas perceptible. ni siquiera su nombre surgía a la memoria. a nadie le constaba que no fuera capaz de cometer otro. Era increíble que pudiera cargarlos. en medio del mal tiempo. pues tenía los labios destrozados. sin saber adonde iba.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS alanceada cerca del corazón. si bien sabía que tenía una hijita y que trataba de pensar en ella. Juan de la Paz fue recogido por un vivero de Batabanó que acertó a dar con él. Nada le recordaban. después suspiró y se quedó mirando hacia el patrón. Y después. Estaba tendido en el camastro.

—Sí. a una niña de nueve años llamada Rosalía. —¿No le jalla algo raro al día? –preguntó la mujer. pero se quedó callada porque Nicasio parecía no ponerle atención. —Ello sí. Había algo simpático y viril en aquel 293 . —Unq unq –negó ella–. encima se veían nubes cargadas. y que bien podía éste llevar allí los frijoles para que no los dañara la lluvia. dijo Rosalía. cada vez con más vigor. Pa mí como que se va a poner un tiempo de agua. Afuera soplaba el norte. de una condena de treinta. sobre los firmes de la loma la luz se debatía con el peso de las nubes. Lo peor que pué pasar es que llueva. que llueva. por haber asesinado. para violarla. Nicasio cogió una mazorca de maíz y se puso a desgranarla. Desde el patio vecino una voz de mujer gritó los buenos días. y Nicasio observaba hacia allá. Mala cosa era coger el camino a pie y que le cayera arriba el aguacero y se botara el río y se llenara de lodo la vereda del conuco. después se puso de pie y tomó la escalerilla para salir a cubierta. o irrumpían en la cocina. uno por uno. Rosalía de la Paz. Nicasio espantó las gallinas. Revoloteando y nerviosas. y seguía atendiendo a las gallinas. —¿Oí mal o dijo Rosalía. mascaba un grano de maíz. Un silencio total siguió a estas palabras. rojo como la huella de un golpe. El patrón miró a los circunstantes. Estaba empezando el sol a subir. con impresionante lentitud. La desgracia El viejo Nicasio no acababa de hallarse a gusto con el aspecto de la mañana. Sin hablar. Me da el corazón que algo malo va a pasar. flaqueaba los cerros y se perdía en la distancia. que saltaban sobre su mano. Fumaba.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —Pa llevársela de regalo a Rosalía. Tornó a ver el cielo. las gallinas se lanzaban a sus pies. persiguiendo cucarachas. no ande creyendo zanganá. los demás le siguieron. Más exactamente. Todos ellos sabían que había cumplido veinte años. —Eso quiere decir que Juan de la Paz está volviendo al puerto de origen –explicó el patrón. La mujer no entendía bien a Nicasio. aleteando para treparse en las barbacoas en busca de granitos de arroz. y bien claro –aseguró el interpelado. los viejos se ponen raros y caprichosos. porque el frijol no se pué secar y se malogra la cosechita. Magina lo veía con placer. Nicasio se fue acercando a la palizada. Con aspecto de hambrientas. todo a un tiempo. Tengo mucho bejuco cortao. —¿Que llueva? –preguntó ella intrigada. Magina. El camino del Tireo. —Sí. Cuando se quedan solos. Nicasio tardó en responder. Yo hablo de otra cosa. después asomó su rostro de cuatro líneas y el paño negro sobre la cabeza. Y nadie más habló. Gallego? –preguntó el patrón a uno de sus hombres. las pocas gallinas del viejo se metían al bohío. Anoche sentí un perro llorando. Magina hubiera querido contestar que el bohío de Inés no quedaba muy lejos del conuco de su padre. —Vea Magina –dijo Nicasio al rato–. Pues todos conocían bien la historia de Juan de la Paz.

Había pasado la hora de comer cuando el viejo alcanzó el bohío. La puerta de la cocina sí estaba abierta. —Ahora le traigo café –oyó decir a Magina. cuando vivía la mujer de Nicasio. Se dijo que ese sol tan picante era de agua. porque sabía que iba a llover. 294 . Cuando Nicasio desapareció entre los matorrales frente al pinar. Pero era tarde para volver atrás. esperó un rato. Comenzó a trabajar inmediatamente. se agarraba a los arbustos. el color casi traslúcido. A Nicasio le parecía una locura de Manuel hacer el bohío en lugar tan extraviado. Resbalaba. sólo así. Le agradaba ver a los nietos. y cuando pasó por el aposento que daba al lado del patio sintió ruido y voces. afincaba el machete en tierra. a seguidas se desató un chaparrón. Trepar la loma era difícil. En un momento el conuco parecía un río. y lamentó haber salido. Cayeron unas gotas pesadas. Magina? Eso dijo. No lo logró. comenzó a oscurecer. Chorreaba sudor cuando llegó al conuco. Era triste el niño. Tendría seis años. como si atardeciera. Después se puso a hervir leche y no se acordó más de su vecino. Se le veía el vientre crecido. Había pasado el tiempo y los dos se habían ido gastando poco a poco… Alzó la voz: —Lleve el bejuco al bohío de su hija. acaso los negros ojillos llenos de vigor o el blanco bigote hirsuto. —Tendré que dirme pa onde Inés –dijo Nicasio en voz alta. y de paso por el bohío cogió el machete y un macuto. Nicasio recogió los bejucos que tenía cortados. —¿Cómo voy a trepar esa loma cargao. a pesar de su pelo cano y de sus dientes gastados y negros. La puerta que daba al camino estaba cerrada. y el viejo saludó antes de entrar. Años antes. Nicasio se fue corriendo bajo el alero. Del lado del patio comenzó a ladrar un perro. sin embargo. En diez minutos toda la loma estaba ahogada entre la lluvia. Iba a ver a la hija sólo cuando le quedaba en camino de alguna diligencia. “Ojalá y no llueva”. ella se dio cuenta de que le gustaba su vecino. y no era posible ver a cinco pasos. gruesas. pues la lluvia seguía cayendo con todo su vigor. Nicasio le miró. Nicasio cruzó los brazos y echó a andar. tal vez porque la difunta andaba muy enferma… Ya no podía ser. Se desató el viento. para buscar abrigo. que le pidió la bendición de rodillas. pero no se hallaba bien en casa ajena. y pensó que el viejo estaba fuerte todavía. En tiempos de agua. podía nadie ir a casa de Manuel. El se volvió repentinamente a la mujer. rojiza y más abundante cada vez. después dijo adiós. Magina le vio tomar el callejón y salir a la sabana con paso rápido.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS hombre. pensó con cierta ternura. se lo tomó en dos sorbos. —Dios lo bendiga –dijo el abuelo. Con esas palabras pareció conjurar a los elementos. totalmente arriba. Observando cómo el sol despejaba por completo las nubes. pero en realidad no era por la loma por lo que no llevaba el bejuco a casa de Inés. palabras dichas en tono bajo. pero él nunca le dijo nada. Vio el agua descender en avenidas. y deseaba tener cortado todo el bejuco de frijol antes de que cayera el agua. Nicasio tuvo que meterse bajo un árbol. los ojos dolientes. Nicasio empezó a sentir el sol en la subida del Portezuelo. los llevó a un rincón y pensó buscar hojas de plátanos para cubrirlos. que azotaba árboles y tierra. Lo cierto es que a Nicasio no le gustaba visitar a nadie. Inés vivía arriba. podía apostar pesos contra piedras a que llovería. Magina volvió a su cocina. Junto al fogón se hallaba el nieto. Llegó la mujer con el café. pero no había tiempo. El chaparrón degeneró en aguacero violento.

—Ella ta mala y Ezequiel vino a curarla –explicó Liquito. —Mama sí ta –dijo la niña con voz fina y alegre. —¡Que no se vaya ese sinvergüenza! –gritó el viejo. los dos miraban hacia abajo. le temblaban las manos. Oyó a la hija decir algo y le pareció que alguien abría una ventana. —¿Y tu mama? ¿Y Manuel? –preguntó. ¡Váyase! –decía Nicasio. Entonces Nicasio se volvió violentamente hacia el bohío. Con andar ligero. la mato! La veía y veía a la difunta. Llevaba todavía el machete en la mano. ¡En el catre de tu marío. Deseaba que dijera que no. con los ojos llenos de pavor. Nicasio se dirigió a Inés. La hija se recogió hacia un rincón. los ojos quemaban. con los labios exangües. —¿Y tu mama? ¿No ta aquí tu mama? Se había doblado sobre el niño y esperaba ansiosamente la respuesta. Con un dedito en la boca. Miraba siempre al padre. miró al hombre. Miró a su hija. Oyó pasos adentro. Nicasio no se movió. la niña miraba atentamente al abuelo. y con él cruzó el patio lleno de agua. Los dos estaban demacrados. —No. y al hablar le parecía que estaba comiéndose sus propios dientes. aturdido. Inés empezó a llorar. A Nicasio le resultó sorprendente la respuesta del niño porque había oído voz de hombre en el aposento. Le tentaba el deseo de levantar el machete y abrirle la cabeza. le miraba con expresión de miedo. —¡Perra! –dijo–. y con su trenza oscura repartida a ambos lados del cuello y su expresión inteligente parecía una mujer que no hubiera crecido. —¡Váyase antes que la mate! No quiero verla otra vé. —Taita no ta –dijo el niño. Pegada a la pared. Sacudió el machete. No se atrevía a seguir pensando en lo que temía. con su piel amarilla y su cabello castaño! 295 . Daba asco ese desgraciado. Le ardía el pecho. como si pretendiera ver a través de las tablas del seto. El viejo sentía la ira arderle en la cabeza. —¡Abran! –ordenó. El perro gruñó al ver al viejo. casi al borde de usarlo. y a Nicasio le parecía un gusano comparado con Manuel. caminó derechamente hacia el aposento y golpeó en la puerta con el cabo del machete. Ezequiel. Cargó con el cuerpo sobre la puerta y oyó la aldaba caer al piso. El nieto le miró con mayor tristeza. pretendía saltar por la ventana. Nicasio entró en el bohío. ¡Y era bonita la condenada. Su mayor dolor era que una hija de la difunta hiciera tal cosa. Afuera caía la lluvia a chorros. pero Nicasio corrió hacia allá y le cerró el camino. de pronto la cruzó y salió a saltos. –¡No llore. y precisamente por eso no quería precipitarse. perra! Ezequiel –un garabato en vez de un hombre– se fue corriendo pegado a la pared. El salió pa La Vega dende ayer. ¡Si la veo llorar. La sospecha y el temor de Nicasio se aclararon de golpe. No vuelva a ponerse ante mi vista. sinvergüenza! –gritó el viejo–.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Detrás del fogón estaba la niña. hasta que llegó a la puerta. pálido. Un impulso irresistible le impedía esperar. en dirección a la puerta. Siempre que hablaba parecía que iba a llorar. —¿Que no? –preguntó. Nicasio sonrió al verla. Era más pequeña. ella iba moviéndose lentamente.

Pero se rehizo pronto. los niños se dejaban llevar sin preguntar a qué se debía el viaje. y ella pensó que los viejos. Magina no entendió. Era indigna de verlos después de lo que había hecho. y se asombró de verlas. aunque hubiera sido sólo con una lágrima. Vio a su hija lanzarse al agua. cuando Nicasio se dio cuenta de que había habido desgracia en la familia. Cuando la hija estuvo en el vano de la puerta. Se cogía la cabeza con ambas manos. Silenciosos. —¡Liquito! –llamó–. Y alejó la mirada hacia las nubes que salían por detrás de las lomas. tal vez a dormir. —¡Por esa puerta no! –dijo. que corría arrastrando lodo. —Taita… Perdón. Si hubiera sabido llorar lo hubiera hecho. —Sí –respondió lentamente Nicasio. y sintió deseos de echarse sobre una silla a descansar. La vieja parecía aturdida. morirse no es desgracia. Busque el burro y póngase un pantalón que se van pa casa conmigo Inesita y usté. con la punta del machete levantó la aldaba y al mismo tiempo obligaba a Inés a avanzar. aquellas malditas nubes por las cuales había él llegado a la casa de Inés. ninguna. cruzó el bohío y salió hacia la cocina. se vuelven raros y difíciles de comprender. —¿Pero de qué murió? ¿Usté ha visto qué desgracia? Entonces Nicasio levantó la cara. —¡Que ni en la muerte tenga reposo tu alma! –gritó. El viejo la tomó por un brazo y la condujo hacia la puerta que daba al camino. Se murió Inés ayer. Que yo sepa. comerciante y natural de Maracaibo. y a la lluvia que caía a torrentes. Hay cosas peores que morirse. según afirmaba su cédula. Pero el padre le conoció la intención. y el teniente Ontiveros sabía que hasta unas horas antes Juvenal Gómez había sido. Nicasio la miró un instante. Inés pensó que el camino más corto era hacia el patio. Fue al otro día por la mañana. —Vea Magina –dijo mientras miraba fijamente a la vieja–. Saber es peor. y sabía además que Juvenal Gómez y Alirio 296 . al decir Magina que a pesar de sus prevenciones nada malo había ocurrido. cuando se quedan solos en el mundo. taita –musitaba. El hombre que lloró A la escasa luz del tablero el teniente Ontiveros vio las lágrimas cayendo por el rostro del distinguido Juvenal Gómez. Inés comenzó a temblar y a llorar. —¿Cómo? –preguntó Magina llena de asombro– ¿Y los muchachos? ¿Y Manuel? —Los muchachos vinieron conmigo anoche. Nicasio iba detrás. Salieron bajo la lluvia. la empujó y la maldijo. arreando el asno y esforzándose en no pensar. con extraños ojos de loco. Le parecía inconcebible que la hija viera a sus hijos. Manuel ta pal pueblo en el entierro. —¿Peor que morirse? –preguntó Magina–. El distinguido Juvenal Gómez iba supuestamente destinado a San Cristóbal.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Como Nicasio avanzaba sobre ella. el ciudadano Alirio Rodríguez. —Sí pasó –explicó mientras echaba maíz a las gallinas–.

JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Rodríguez eran en verdad Régulo Llamozas. visiblemente alegre. la abuela había tenido un nombre muy bonito: Adela. habían empezado a acumularse ese día a las cuatro de la tarde. Tampoco había llovido el año anterior. los caobos de calles y paseos se veían mustios. un perfil naciente pero expresivo. Una criada salió de la quinta Mercedes. a dos cuadras del sudeste de la Avenida Facultad. La calle. Estaba disfrutando de manera tan intensa su bicicleta y su juego con el cachorro. Las lágrimas. estaba pintada de azul claro y tenía bien destacado en letras metálicas el nombre de Mercedes. pegado a la acera de su lado. corta. De pronto cayó en la cuenta de que en toda su familia no había una mujer con ese nombre. Aun de lado se le notaba la sonrisa que llevaba. tras él. de pómulos anchos. A las cuatro de la tarde Régulo Llamozas se había asomado a la veneciana. Pronto no habría quien dijera “misias” a las señoras. que no podía haber nada importante para él en ese momento. Todo el mundo la llamaba Misia Adela. Se oían afuera el canto metálico de algunas chicharras y adentro el discurrir del agua que se escapaba en la taza del servicio. en realidad. Y ningún otro ruido. dirigiéndose al niño: —¡Pon cuidao a lo carro. con tanta abundancia y en forma tan impetuosa que sin duda el distinguido Juvenal Gómez no se daba cuenta de que estaba atravesando Maracay. dando saltos. brillaban con apasionada alegría cuando comenzó a maniobrar en su bicicleta. para distraerse mirando hacia el pedazo de calle en que se hallaba. El calor era insufrible. un sol de fuego caía sobre Caracas. se inclinaba. era tranquila como si se hallara en un pueblo abandonado de Los Llamos. canarios. por lo menos en Caracas. Régulo miró al niño y le sorprendió su expresión de vitalidad. se dijo Régulo. de quien nadie podía esperar reacción tan insólita. tipo Miami. Mediaba julio y no llovía. pero ni el propio Régulo Llamozas pudo sospecharlo entonces. Las lágrimas corrían por el rostro cetrino. Esto sucedía en Caracas. Laura sí. había traspuesto ya el millón de habitantes. “La mamá debe llamarse Mercedes”. Urbanización los Chaguaramos. Era la estampa de la alegría. atiende a lo que te digo! ¡Ten cuiado con el carro el dotó! El pequeño ciclista pasó como una exhalación frente a la ventana de Régulo. Pedaleaba con sorprendente rapidez. La quinta de la que había salido el niño no era nada del otro mundo. su propia mujer se llamaba Aurora. Sus pequeños ojos aindiados. El teniente Ontiveros no hizo el menor comentario. giraba en forma vertiginosa “Ese va a ser un campeón”. Régulo Llamozas había entreabierto la hojilla de la veneciana a tiempo que de la quinta de enfrente salía un niño en bicicleta. Por el color y por la estampa debía ser de Barlovento. correteaba un cachorro pardo. 297 . se llenaba de edificios altos. “Mercedes”. que horita llega el dotó pa ve a tu agüelo! Pero el niño ni siquiera levantó la cabeza para oírla. sin duda con mezcla de perro pastor alemán. y también de italianos. Gritó. y Julia. velados y sucios por el polvo que la brisa levantaba en los cerros desmontados por urbanizadores y en los tramos de avenidas que iban removiendo cuadrillas de trabajadores. Los araguaneyes. negrísimos y vivaces. Pensó Régulo. coronado con un mechón de negro pelo lacio que le caía sobre las cejas. un hombre de corazón firme y nervios duros. las acacias. tostándola desde Petare hasta Catia. Caracas crecía por horas. huyendo al cachorro que se lanzaba sobre él ladrando. portugueses. levantando una de las hojillas metálicas. La quinta estaba sola a esa hora. La muchacha gritó más: —¡Muchacho el carrizo. Régulo le vio el perfil.

las bichas”. no se dejaría coger fácilmente. Se sintió encolerizado con la negra. todas piezas de nylon. Colocó la cartera sobre la cama. y se dirigió al closet. tan breve y tan fácil de decir. y eso le producía sensaciones extrañas. los papeles y su única remuda de interiores y medias. Se metió en el bolsillo izquierdo del pantalón dos peines cargados y se colocó el arma en la cintura. A esa altura tuvo la impresión de que su energía se había duplicado. los ladridos juguetones del cachorro. las chicharras de la calle. En el acto comprendió que ese simple “sí”. “Guá. Allí estaban “las bichas” –tres granadas de piña. que debía estar correteando todavía tras el pequeño ciclista. y en ese momento sintió que le faltaba aire. Esperaba oír de momento la marcha veloz y el frenazo potente de un auto de la Seguridad Nacional. había llegado al punto que había estado esperando desde hacía tres meses. todo su cuerpo se hallaba tenso y la conciencia del peligro lo hacía más receptivo. lo abrió y de la tabla de abajo sacó una gran cartera negra. Se sorprendió. después. que no se llevaba al muchacho y con la señora Mercedes. Pero ahora estaba frente a la realidad. pero acudió al teléfono. Nadie sabía eso mejor que él mismo. tratando de dominarse. En escasos minutos su organismo había sido sacudido y llevado a extremos opuestos. habían dado con su escondite. sin embargo no la cogió. —¿Es ahí donde alquilan una habitación? –dijo una voz de hombre tan pronto Régulo había descolgado. ver el espectáculo de ese niño entregado con tal pasión a su juego era un deslumbramiento. sin saber quién era ella. con movimientos rápidos. Todavía. No esperaba llamada alguna. Por primera vez en tres meses tenía una emoción desligada de su tarea. Estaba ella cerrando la puerta tras sí cuando a las espaldas de Régulo sonó el teléfono. —Entonces voy a verla dentro de una hora –dijo la voz. Era una Lüger que le había regalado en Panamá un amigo dominicano. descolgó su paltó y fue a coger su corbata. Pero su atención estaba puesta en los automóviles. se dirigió a la habitación y del cajón de la mesa de noche sacó su pistola. Durante una fracción de minuto hizo esfuerzos por serenarse. Régulo Llamozas. se dijo de pronto.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Para Régulo Llamozas. —Está bien. desgraciadamente. y además con idea clara de su función y de los peligros que se desprendían de ella. De la cintura arriba le subió un golpe de sangre cálida. que estaba en el espaldar de una silla. llegaba en sustitución de la que había huido a los ignorados antros del cuerpo cuando oyó a través del teléfono la pregunta sobre la habitación que se alquilaba. no se daba cuenta de la fuerza con que esa imagen iba a remover su alma. A través del niño la vida se le presentaba en su aspecto más común y constante. Oyó con mayor claridad el ruido del agua que caía en la taza del servicio. correría peligro. sin embargo. Haló el zíper. porque alguna fuerza oscura le llevó a sacar de la cartera una 298 . sobre la parte derecha del vientre. un hombre que se jugaba la vida a conciencia. La barloventeña volvió a entrar en la Quinta Mercedes. Luego. había sido tembloroso. —Sí –respondió. La sola idea de que el niño pudiera ser herido le atormentó fieramente y le produjo cólera. pintadas de amarillo–. Colgó. tal como era ella para la generalidad de las gentes. El era un hombre duro. Si eso sucedía y el niño se hallaba todavía en calle. Probablemente cuando sus compañeros llegaran ya habrían estado allí los hombres de la Seguridad Nacional. A causa del niño estaba olvidando cosas importantes. porque él. pues. un tanto perturbadoras. sujetándola con el cinturón. lo espero –contestó Régulo.

estaba sentado en la acera de la Quinta Mercedes. estos corotos van a quedar inservibles”. Ahora sí sonaba un auto en la calle. “Si tengo que defenderme aquí. —¿Muñoz y Guaramato? –preguntó Régulo. mirando a su amigo con ojos alegres y húmedos de ternura. Régulo halló que esa sala se parecía a muchas. El que hacía de chófer puso el carro en movimiento. cerró la puerta tras sí y en dos pasos estuvo en el automóvil. “A Aurora le gustarían estos muebles”. que sopesó cuidadosamente en la mano mientras clavaba la mirada con creciente intensidad en el peligroso artefacto. “La bicha. tal vez un poco más de prisa de lo que convenía. recordó que en la casa del pequeño ciclista estaban esperando al doctor para ver al abuelo. Los dos habían estado con él en una reunión. la Seguridad iría a su casa. por lo visto. La quinta en que se hallaba tenía sólo dos dormitorios. después se puso la corbata y el paltó. No se veía otro auto en la calle. sin saber por qué. Cautamente tomó a entreabrir la persiana. Los inquilinos eran un matrimonio sin hijos. La impresión fue clara: que todo lo que bullía en su cuerpo se había detenido de golpe. De ese amarillo y pesado huevo metálico. imponiéndose a sí mismo valor. tal vez la torturarían. entre otras razones porque hacía sólo dos días que lo habían llevado a esa nueva “concha”. sujetó ésta. Desconfiado de sus propios oídos. compañero –dijo. cuya cáscara estaba formada por cuadros. con una granada de nuevo en la mano derecha. “La primera sorprendida sería ella si le dijeran que yo estoy en Venezuela”. otro atrás. Sin duda alguna se sentía mejor. y Aurora no podría decir una palabra porque él no había querido ni siquiera enviarle un recado. sintió la paralización total de su ser. pensó. En la sala había muebles pesados. La negra salía corriendo en pos del niño y el perro saltaba tras ella. un florero con rosas de papel sobre la mesita del centro y dos grupos de loza imitación de porcelana en dos rinconeras. “Esos vergajos van a saber lo que es un hombre”. De inmediato se halló recordando otra vez a su mujer. pensó. un Corazón de Jesús de buen tamaño. la lengua colgándole por un lado de la boca. pues muy bien podía haber gente a pie vigilándole ya. Reaccionó con toda el alma. Si lo mataban o si lograba huir. y en un instante se halló en el dormitorio. corrió a la sala. una oreja enhiesta y la otra caída. pero nadie podía saber cuánto faltaba para que llegara la Seguridad Nacional.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS granada. primero la bicha”. Régulo entreabrió de nuevo una hojilla de la veneciana. fue emanando una sensación de seguridad que en escaso tiempo devolvió a Régulo Llamozas el dominio de sus nervios. —Qué hay. salió a la calle. A seguidas metió la granada en la cartera. Mala cosa. dijo. de manera súbita. “Esos doctores se tardan a veces cuatro y cinco horas”. A seguidas volvió a colocar la granada en la cartera. Régulo había hablado poco con ellos. Faltaba casi toda la hora para que llegaran sus amigos. —Cayeron Muñoz y Guaramato –dijo el de atrás. uno al timón. Había dos hombres dentro. salían temprano y no volvían hasta las siete y media o las ocho de la noche. En una fracción de segundo Régulo reconoció al de atrás. algunos retratos familiares. El cachorro se había rendido. Régulo abandonó el sitio y se fue a la sala. se dijo. pensó. detendría a Aurora. De inmediato. se dijo. Régulo volvió el rostro. 299 . tres noches atrás. Un Buick verde venía pegándose a su acera. Otra vez. muy erguido. Enfrente sólo se veía al muchacho felizmente entregado a su incansable pedalear. ella maestra y él vendedor de licores.

una ciudad que estaba dejando de ser lo que había sido sin que nadie supiera decir qué sería en el porvenir. nada más. vale. Hay que trasladar el retrato de tu cédula a otro papel. Su compañero comentó: —Pavoso el hombre. millones de venezolanos podían hacerlo. ¿sería una locura ver a Aurora? Pero claro que sería una locura. sin embargo. —Bueno. —¿Habrán hablado Muñoz y Guaramato? –preguntó Régulo. tres meses en las tinieblas metido en el corazón de una ciudad que ya no era su Caracas. llevando la conversación al punto en que había quedado–. otros le llevaban y le traían. viendo compañeros de paso en reuniones subrepticias. pero él no podía decir qué vía le parecía más segura. Todo el mundo podía hacerlo. instruyendo a hombres y mujeres de la resistencia. pero eso está arreglado. transmitiendo órdenes que había recibido en Costa Rica. Un automóvil negro pasó rozando el Buick. la casa de su familia tenía vigilancia día y noche. saliendo sólo de noche. Ese camino está ahora despejado. No había podido ver el Avila a la luz del sol ni había podido salir a comerse unas caraotas en el restorán criollo. “Colinas de Bello Monte”. Lo que venga que te coja afuera. Durante un instante Régulo temió que el auto negro se atravesaría delante del Buick y que los cuatro hombres saltarían a tierra armados de ametralladoras. pensó. desde mediados de abril hasta ese día de julio. El teniente Ontiveros llegó manejando una ranchera justo a la hora acordada. Pero ya tú sabes: el tigre come por lo ligero. el distinguido Juvenal Gómez. Régulo Llamozas. —Oye. que se perdían hacia Petare. de los cuatro hombres que iban en él. —Entra por la calle Edison y trata de pegarte al cerro –dijo el de atrás hablando con el que guiaba. De manera que el otro se había dado cuenta… Era gente muy alerta la que le rodeaba. en la casa de un ingeniero. Ya no está ahí Rojas Pinilla. y que desde una ventana había estado mirando a sus pies las luces vivas y ordenadas de la Autopista del Este y de la Avenida Miranda. No pasó nada. Iban con él y por él. y de paso. Tres meses. Si la Seguridad Nacional sabía que él estaba en Venezuela. Figúrate que vas a ser soldado. convertido ahora en el distinguido 300 . uno se quedó mirando a Régulo. y habló poco pero actuó con seguridad. vale. Tú vas a viajar seguro. —¿Un teniente? –preguntó. ¿Pero de verdad o como yo? —De verdad vale… El teniente Ontiveros. cambiando impresiones a media voz. el camino de aquí a la frontera es largo –dijo. —Esos compañeros no hablan. él no. Por Colombia… Rojas Pinilla había caído hacía dos meses… Desde luego. —Sí –aseguró el otro. y los huecos iluminados de docenas de altos edificios.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Yo creo que es mejor ir por las Colinas de Bello Monte –opinó el que manejaba. Esta misma noche estás raspando. Durante tres meses no había podido decir una sola vez que quería ir a tal sitio. —¿Por dónde me voy? —Por Colombia. Régulo sonrió. que se levantaban en dirección de Sabana Grande y de Chacao con apariencia de cerros cargados de fogatas en cuadro. para ir a Colombia había que pasar por Valencia. vale. Régulo Llamozas no pudo opinar. había semivivido en Caracas. y que te va a llevar un teniente en su propio auto. De pronto recordó que había estado en esa urbanización dos semanas atrás. tres meses jugándose la vida.

Lo mejor era mirar a todos lados. sólo ahora. —Turmero –dijo el teniente cuando las luces del poblado parpadearon por entre ramas de árboles. Cada vez se concentraba más en sí mismo. ese aire. “Hasta Turmero cambia”. Camino hacia Maracay. en medio de la oscuridad de la carretera. simple tierra con casas. —Vamos a parar en Turmero –dijo de pronto el teniente–. una especie de corriente intensa. que en ese tiempo había sido un extraño para sí mismo. Régulo Llamozas se dejaba ganar por la extraña sensación de que ahora. el teniente Ontiveros guió la ranchera hacia el centro de la especie de plazoleta que separa a los dos comercios más importantes del lugar. Sin embargo tenía conciencia de otra sensación. volviendo a su ser real. No debía hacerse el misterioso. que no procedía de nada ligado a su misión. 301 . Creo que usted lo conoce. él sabía que había muchos militares dispuestos a sacrificarse. más o menos. Había a los lados maquinaria de la empleada en la construcción de la autopista. calles y autopistas encima. En un movimiento rápido. Vio al teniente que bebía algo frente al mostrador y que volvía la cabeza a un sitio y a otro. encontraba a su Venezuela. En verdad. esa misma tarde. cierto tono. un sonido especial que conmovía el corazón. Mientras la ranchera rodaba en la noche. sin duda tratando de dar con el compañero que viajaría con ellos. y la de gotas amargas que destilaban a lo largo de la grieta. él saboreaba lentamente una emoción a la vez intensa y amarga. La brisa movía las hojas de un árbol que quedaba cerca. la de una grieta que se abría lentamente en su alma. ¿Quién puede dar un corte seco. y que solo al final. Agua. —Está bien –aceptó Régulo. Serían las once de la noche.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Juvenal Gómez –con todo y uniforme— comenzó a sentirse más confiado cuando dejó atrás la alcabala de Los Teques. —Quédese aquí. Esos campos. por mí no. Iba pensando que había estado tres meses viviendo en un estado de tensión. que separe al hombre de su pasado? Esa patria por la cual estaba jugándose la vida no era un mero hecho geográfico. con toda el alma puesta en su tarea. no en el asiento. El compañero viene conmigo dentro de un momento –explicó Ontiveros. Va a subir ahí un compañero. por Venezuela”. antes del exilio y en el exilio mismo. sino en las duras sombras que cubrían los campos. sino a la simple imagen de un niño que jugaba en bicicleta al sol de la tarde. Cruzaban los valles de Aragua. Régulo no respondió palabra. algo que siempre había envuelto a Régulo. como si la rajara. cada vez más parecía clavado. eran Venezuela. pero no se haga el enterado mientras no salgamos de Turmero. a su izquierda. Había algo que brotaba de ella. silenciosos él y el compañero. No. en la de La Victoria. eso no le causaba asombro. “El teniente éste está jugándose la vida por mí. cuando se encaminaba de nuevo al destierro. Trató de no llamar la atención. minutos antes de que sonara el teléfono. iba consustanciándose con su tierra. y la brisa disipaba el calor que el sol sembraba durante doce horas en una tierra sedienta de agua. ni él ni el teniente tuvieron siquiera que bajar del vehículo. había dado con una emoción que era personalmente suya. agua como la que sonaba sin cesar en la taza del servicio. pensó. y él sabía que eran Venezuela aunque no pudiera verlos. y de alguna llave que él no podía ver caía agua. camiones de carga y numerosos hombres chachareando afuera mientras otros se movían dentro de los botiquines. En realidad. se dijo. que no terminaba en su piel porque se integraba con Venezuela.

sí. —No. en Caracas. vale –dijo–. Estoy pensando que si pasamos por Valencia después de la una podría llegar un momento a la casa. puso la luz y la ranchera echó a andar. y en una de las voces reconoció a un amigo. Pero si Aurora no vive en Valencia. como para ver mejor a Régulo. en Los Chaguaramos. Régulo trató de dominar su voz. Pero se hizo el desinteresado. siempre en la línea. Régulo Llamozas sentía necesidad de decir un chiste. —¿Cómo en Caracas? ¿Desde cuándo? –inquirió casi a gritos. en una quinta que se llama Mercedes. de los caídos. —Pues ya lo ves. Régulo. Vive en Caracas. de las tareas clandestinas. Régulo no pudo hacer otra pregunta. el teniente dio la vuelta y entró por el lado izquierdo al tiempo que el otro tomaba asiento en el extremo derecho. por lo que pudiera suceder. distinguido Gómez. allí donde el pequeño ciclista pedaleaba sin cesar. El distinguido Gómez. qué alegría! Nunca pensé que te vería en este viaje. Se sentía castigado por olas de calor que le quemaban el rostro. —Yo tenía reunión con Leonardo la noche de su muerte –dijo Luis. todavía con la granada en la mano se corrió hacia el centro. solitario como la calle de un pueblo abandonado. temeroso de hacer un papel ridículo. pero tengo sospechas de que la Seguridad esté vigilando los alrededores. en el pedazo de calle de Los Chaguaramos. Miró de refilón. Aquí estoy. seguido por el cachorro. Régulo Llamozas sintió que le daban un latigazo en el centro del alma. Régulo Llamozas se volvió al recién llegado y le echó un brazo por el hombro. —Pués sí –explicó Luis–… Ella vive en la calle Madariaga. Me dijeron que debía acompañarte hasta Barquisimeto y he venido a hacerlo. de los desterrados. —¡Vale Luis. —¿Pero tú no lo sabías? –preguntó el amigo. de saludar con efusión al amigo que le había salido al camino en momento tan difícil. Córrase un poco. El teniente Ontiveros encendió el motor. —Podemos ir los tres delante –dijo el teniente Ontiveros–. Los faros iban destacando uno por uno los árboles de la carretera. Comenzó a pasarse una mano por la barbilla y sus negros ojos se endurecían por momentos. Hablaron un poco más. Súbitamente liberado de su reciente inquietud. tratando de no dar el rostro: eran el teniente y el compañero. El teniente mencionó a Omaña. —¿En Valencia? –preguntó Luis. porque estaban llegando a la alcabala de Maracay. Hablaban con toda naturalidad.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS allá en Caracas. Yo entré por Puerto la Cruz y todavía no he estado en Valencia. En ese instante oyó pasos. La sacó de la cartera y empezó a palparla. Tengo tres meses aquí y hace cuatro que salí de Costa Rica. —Desde que su papá se puso grave. con acento de sorpresa–. No estando el teniente con él. de Barquisimeto en adelante te acompañará otro. y preguntó de pronto: —¿Cómo está Aurora? ¿Hallaste grande a Regulito? —No los he visto –explicó Régulo–. contó cosas suyas. de manera que lo mejor era tener una granada en la mano. Movió el cuerpo hacia su izquierda. Alguien se acercaba a la ranchera. En un instante Turnero quedó atrás. y de pronto hubo silencio. se sentía intranquilo. Fue después que les dieron paso cuando Luis inició un tema nuevo. 302 .

lo amenazó con su palo y le gritó algunas malas palabras. Por de pronto. que se quedara adentro y no le abriera la puerta a nadie. Esa sensación se agravaba debido a que Victoriano Segura jamás se dirigía a nadie en la calle. si no llovía –porque cuando llovía la calle se volvía un lodazal–. porque cuando –al tomar la esquina– Victoriano Segura se detuvo como para hablar. de…cente”. El lugar era una calle todavía en esbozo. las restantes daban directamente a la hierba o al polvo. de ojos saltones y manchados de sangre. probablemente de más de seis pies. pues a las pocas semanas de hallarse viviendo allí se presentaron en su puerta dos policías y se lo llevaron por delante. según afirmaba con su graciosa tartamudez el anciano Tancredo Rojas. Con lo cual aludía a los viajes de Victoriano Segura seguido de esas escoltas policiales. muy callado. La casa que alquiló Victoriano tenía hacia el este un solar cubierto de matorrales y arbustos.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS No se oyeron más palabras. donde el vecindario tiraba latas viejas. el pelo áspero y la nariz muy fina. Ahora bien. Victoriano Segura Todo lo malo que se había pensado de Victoriano Segura estaba sin duda justificado. La gente comentó durante varios días el valor del hijo de don Tancredo y acabó asegurando que los gritos eran de la mujer de Victoriano. hacia el oeste vivían dos hermanas viejecitas. y la brisa de las calles llegaba fresca después de su paso por los samanes de la llanura. Interrogada por él. una expresión que no podía definirse. que ponía pavor en el corazón de las mujeres y bastante preocupación en la mente de los hombres. la vieja medio ciega dijo que había oído gritos. una de ellas sorda como una tapia y la otra casi ciega. En la primera ocasión su mujer salió a la puerta y estuvo mirando a su marido y a los policías hasta que doblaron. la gente comenzó a temer que de momento asaltaría a las viejas. papeles y hasta basura. su propia llegada al lugar tuvo algo de misteriosa. pero hacia la casa de Victoriano Segura. Pero en otra ocasión los agentes del orden público llegaron muy de mañana y al parecer con mala sangre. Ya estaban en Maracay. Victoriano era alto. Cuando se corrió la voz de que las dos veces Victoriano había sido llevado a la policía por robo. uno de ellos le empujó. en la segunda ni eso pudieron ver los vecinos. Aquella vez era bastante avanzada la tarde. El contraste entre su silencio y su voz producía malísima impresión. la gente que vivía allí era “de…cente. Armado de machete. de la alta y seca figura de Victoriano comenzó a emerger un prestigio siniestro. no sonreía ni contestaba saludos. pues sólo hablaba de tarde en tarde para llamar a la mujer y pedirle café. Además. y tenía sobre todo un aire extraño. en la que tal vez no habría más de veinte casas. Una noche. a quien ese malvado maltrataba. El teniente Ontiveros volvió el rostro y a la luz del tablero vio con asombro las lágrimas cayendo por las mejillas del distinguido Juvenal Gómez. pues él le dijo a voces que no le diera gusto a la gente. nada más esas tres tenían aceras. el hijo de don Tancredo corrió para volver a poco diciendo que allí nada ocurría. 303 . muy flaco. se oyeron desgarradores gritos femeninos que salían de la casa de las dos ancianas. y de esas sólo tres podían considerarse de algún valor. y en consecuencia. Debía ser media noche. a eso de las nueve. de quienes se decía que guardaban algún dinero. En poco tiempo el miedo a ese asalto y la posibilidad de que se produjera –tal vez con asesinato y otros agravantes– dominó en todos los hogares. tenía la piel cobriza. y entonces su voz grave y dura se expandía por gran parte de aquella pequeña calle dejando la convicción de que Victoriano era un hombre autoritario y violento.

El viejo Abud no era tan viejo. Pero se notaba que el aturdido libanés y su mujer no entendían. con una calleja tan pequeña. a nadie preguntó quién era el dueño ni cuánto cobraban por alquilarla. bajen! –gritaban desde la calle. De primera intención todo el mundo creyó que había muerto la madre de José Abud. después que las sirenas de los aserraderos. con la silla arrimada en el seto de tablas. Allá arriba. según decían en el barrio. Entonces de todas las bocas surgió el grito: —¡Fuego! ¡Es fuego en la casa de José Abud! Atropelladamente. las campanas de las dos iglesias y millares de cohetes dieron la señal de que había comenzado un año nuevo. Pero con incontenible estupor la gente que se asomaba a las puertas y a las ventanas vio penetrar en sus casas una extraña claridad rojiza. salía muy temprano a trabajar y a eso de media tarde se sentaba a la puerta de la calle. Súbitas y violentas llamaradas salían con pasmosa y siniestra agilidad. se veía a la mujer. La vieja Adelina Abud. y los gritos nocturnos bajo su techo. y nadie vio a Victoriano Segura llegar a verla. —Pobrecita –comentaban las mujeres cuando la veían–. Todo lo malo imaginable podía pensarse de Victoriano Segura.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Eso. Agudos lamentos de mujeres y voces de hombres íbanle dando al terrible espectáculo el tono de pavor que merecía. José. quedó paralítica. además. tenía tres niños preciosos y. y por eso creían que la escalera se conservaba todavía 304 . En medio de la noche se oyeron golpes de puertas que se abrían y voces que resonaban preguntando qué pasaba. debido a castigo de Dios porque no era católica. Su acento libanés no podía confundirse. que era una criatura callada. —¡Que bajen por la escalera antes de que se queme. José Abud se había casado pocos años antes con la hija de un compatriota. bellos ojos negros y boca muy bien dibujada. Y era José Abud. a su madre. tener que vivir con un hombre así… La casa en que vivían había estado vacía muchos meses. usando su propia carreta. de cabellos crespos. Su casa era la mejor del vecindario. donde otro mulo descansaba día por medio. Sólo en esas ocasiones. por debajo del balcón de la gran casa. con dos hijos bajo los brazos. según se decía en la calleja. De buenas a primeras amaneció un día allí. seguro que no tenía sesenta años. y cuando iba a comprar algo. que bajen por la escalera! ¡Baja. La noche de San Silvestre. abajo era de ladrillo. Anciana ya. aumentó la sensación de malestar que producía el hombre. sus dos detenciones acusado de robo. Alguna que otra tarde se oía su voz. Inmediatamente la gente pensó: “Es José Abud”. corriendo por el balcón de un extremo a otro. y a la mujer con otro en alto. vestidos a medias. se oían el chasquido del fuego y el trepidar de las puertas. más oscura que el marido pero muy bonita. guardaba la carreta en el patio y soltaba el mulo en el solar vecino. Abajo estaba el comercio y arriba vivía la familia. Él era carretero. mujeres y muchachos comenzaron a corretear por la calleja. donde todos se conocían y todos se llevaban bien y se trataban con cariño. que había emigrado de su lejana tierra ya de años. apenas hablaba con claridad. Sin duda se había mudado a medianoche. era cuando llamaba a su mujer para pedirle café. agréguese a él el comportamiento del hombre. la única de dos plantas. arriba de madera. más bien baja. de pocas carnes. hombres. Por eso resultó tan sorprendente la conducta del extraño sujeto cuando la desgracia se hizo presente por vez primera en aquel naciente pedazo de calle. como enloquecidos. se veía a José. Ese solo hecho dio lugar a muchas conjeturas. A lo mejor ignoraban que el comercio era pasto del fuego. se oyeron gritos de socorro. y hablando con toda propiedad.

donde más fuerte debía ser el fuego en tal momento. fuerte. se va a asfixiar! ¡Salga de ahí Victoriano! –gritaron varias voces a un tiempo. el humo salió por allí. —¡Sí. se va a matar. un brillo imponente le alumbró los ojos. Al parecer no atendía más que al súbito e incesante crecer y decrecer de las llamaradas. —¿Dónde está la vieja? ¡Dígame dónde está la vieja! –demandó más que preguntó. Después se supo que efectivamente era eso lo que pensaban José Abud y su mujer. y era fácil advertir que los músculos de la cara estaban contrayéndosele. como un enorme gato flaco y ágil. baja. con voz que parecía llegada de otro mundo: —¡Mamá. 305 . y su voz de piedra. como un alto y flaco e inmóvil muñeco de cobre que resultara a ratos iluminado por el aleteo de las llamas. Se paró en la acera de la casa de don Julio Sánchez.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS en buen estado. pues cuando la familia se dio cuenta del siniestro fue cuando vieron las llamas reventando. y se vio a varios hombres meterse a toda prisa escaleras arriba. aunque de una sola planta. por la pared de atrás de la casa. mamá está arriba! ¡Mamá se quema! Entonces. Victoriano Segura se había levantado. no pensó así. con agrio olor. Pero la mujer de José Abud. braceando como si nadara. —¡La última de allá. Victoriano Segura avanzó. los brazos cruzados sobre el pecho. que era joven y estaba desesperada por la tragedia. Pero la gente no perdió tiempo. así que ellos ignoraban que el comercio ardía. hacia el fondo. callado. se impuso al tumulto. Mas ya era tarde para que Victoriano Segura pudiera oírlo. “Este quiere entrar para robar”. porque tenía la camisa abierta. se le vio saltar todavía más. que pegaba con la de José Abud y era también de ladrillos. cuando oyó a José Abud exclamar. como gigantesca flor viva. Debió vestirse muy de prisa. Victoriano Segura la miró a fondo durante diez o doce segundos. Se metió de un salto por la puerta de la escalera. que podía moverse sin hacer ruido y sin mostrar esfuerzo. No podía ser de otra manera. esa voz que aterrorizaba al vecindario. dura. y gritó que estaba en su habitación. Allí. picante. Cálido. que estaban aterrorizados. La gente sintió su presencia. Las llamas iluminaban su rostro cobrizo y su pelo áspero. a los gritos y a las quejas. —¡Hay que abrir esa puerta pronto! –gritó alguien. La gente se quedó muda. Aquella extraña mirada se convirtió de pronto en la de una fiera. refiriéndose a la puerta de la escalera. de allá! –explicaba entre llanto a la vez que indicaba con la mano que el sitio estaba hacia el fondo y hacia el oriente. tal vez porque alguien acertó a decirle que ese hombre pretendía aprovechar el desconcierto para ir a robar. golpearon la puerta e hicieron saltar los cierres. podía vérsele enrojeciendo y brillando. pensaron muchos. atento al siniestro. Cuando retornaron llevaban a los niños en brazos y empujaban a José y a su mujer. En un instante apareció un hombre con un pico y otro con una barreta. —¡No. se oyó el crepitar de las tables. Esa noche –¡por fin– no se mantuvo apartado. no. A seguidas se vio el impetuoso río de fuego abrir brecha en el lienzo de manera que dividía la escalera del comercio. y tras el crepitar entraron las múltiples llamas ensanchándose y despidiendo chispas. y ya había trepado y consumido en un momento parte de los altos. esto es. —¡Se va a matar ese hombre! –gritó de pronto una mujer. si bien tampoco se mezcló con la gente. usté no! –gritó José Abud al tiempo que trataba de agarrarlo para que no fuera.

aunque la casa no esté ardiendo. Por fin. sin gritar y sin moverse. Por el extremo este. Aunque no había dudas de que todos pensaban en la vieja paralítica. pero es indudable que todos lo sintieron. Sobre el constante abejoneo se alzaba de improviso un clamor. bonita. un comentario quejumbroso o una observación que salía del corazón mismo de la multitud. desaparecería a los ojos de todos con la fortuna de Abud. los ayes de las mujeres. Los vecinos de la calleja sentían deseos de acercarse a ella y hablarle sobre su marido. atraídos por el resplandor y por el escándalo. subir a una casa. resultan un largo tiempo para perderla. una vez transcurridos cinco minutos podían darse por muertos a Victoriano Segura y a la vieja Adelina Abud. Cinco minutos no son nada. de grandes ojos negros y de cutis oscuro que el fuego enrojecía. Si el balcón cogía fuego. Gentes de las calles cercanas y hasta del centro del pueblo habían llegado de todas direcciones. los bomberos y todos los recién llegados hacían la misma pregunta: —¿Cómo empezó? Y todos oían las atropelladas noticias de que allá arriba había una vieja paralítica y un hombre que se había metido a salvarla. sacar de su lecho a una anciana paralítica y conducirla a la calle. con inteligente y demoníaca maldad. de momento aparecería Victoriano en el balcón y daría un salto o haría algo diabólico. sin embargo. Es probable. salvaje. hacia el lado de allá. y para las personas que tenían esa sospecha. y nadie puede en cinco minutos. Para el expectante vecindario. en cuya puerta. sino buscando el sitio donde José Abud guardaba su dinero. 306 . envolvió y pareció acariciar la balaustrada. Llegaron policías que comenzaron a dar órdenes y a apartar a la multitud. se veía a su mujer. que no son nada para salvar una vida. ¿qué iba a ser de Victoriano y de la vieja? Las voces comenzaron a hacerse más altas. De súbito se la vio abrir la boca. es inclemente. Los policías. mientras la casa de José Abud ardía. en grupos dispersos comenzaron a llegar los bomberos. la imagen de Victoriano Segura. Las conversaciones eran como un mar. —¡Victoriano! –dijo y corrió hacia el fuego. Instintivamente la gente volvía la cabeza hacia la casa de Victoriano. a pesar de que no podrían hacer nada allí debido a que no había de dónde sacar agua. el balcón comenzó a arder. Por eso los que llegaban se ponían a mirar hacia “allá arriba” con tanta angustia como los vecinos de la calleja. Tal vez nadie pensó eso aquella noche de San Silvestre. recordando que habían dejado las puertas abiertas y que las circunstancias eran propicias para que se metieran por ellas los rateros. con rasgos cada vez más fuertes. por muy de prisa que lo haga todo. lo cual indicaba que su probable muerte –la horrible muerte por el fuego– comenzaba a ganarle simpatías. De manera que una carrera entre el hombre y el fuego es muy desigual para el hombre. más frecuentes. sobre el seto del alto. Ahora bien el fuego es un elemento muy veloz. y así. la lamió y en un instante la hizo arder. Había llegado ya el momento en que la gente lanzaba maldiciones por la lentitud del hombre en salir. tal vez muy angustiada pero de todas maneras muy dueña de sí misma.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS A esa hora la multitud era ya grande. podía advertirse que sobre ese pensamiento iba superponiéndose. que todavía hubiera alguien pensando que Victoriano no estaba tratando de sacar a la enferma. pequeña. Las señoras del vecindario corrían de nuevo hacia sus casas. cinco minutos. Aquel hombre parecía llamado a promover en torno suyo una atmósfera dramática. un mar en el que de pronto se levanta una ola y a poco vuelve a caer. y su entraña maligna está fuera del tiempo. Una llamarada surgió.

otra más lejos. El hombre había hallado el dinero y andaba buscando por dónde escapar. que se convertían en dos varas y media desde el pasamanos. alguien les gritó que subieran la escalera para ayudar a Victoriano. Mientras tanto. La multitud comprendió de inmediato que el plan de Victoriano consistía en romper la balaustrada para sacar por ahí a la vieja. para bajar la escalera. Pero parecía muy tarde. cosa que todos aseguraban en voz baja. El espacio que el hombre tenía que recorrer sería de tres varas solamente. Pero nadie ponía atención en los bomberos ni en los policías. ella se había quedado inmóvil.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS El hombre había salido al balcón. comenzó a golpear la balaustrada del balcón por el extremo que daba al techo de la casa de don Julio Sánchez. y tres o cuatro hombres la agarraron al tiempo que otros trepaban hacia el techo. precisamente cuando Victoriano se acercaba al extremo que él mismo había roto poco antes. Victoriano Segura iba destrozando la balaustrada. favorecidas por una ligera brisa. A poco un enorme clamoreo subió de todas las bocas y hubo muchos que aplaudieron. Por cierto una parte cayó. 307 . y el balcón podía caerse. Al favor de las llamas se vio entonces que a pesar de su delgadez era musculoso y fuerte como un animal joven. mas en esas tres varas dominaba ya el fuego. Cuando lo hizo saltar se detuvo un poco para quitarse la camisa. asomó hacia la multitud su rostro duro. y brutalmente. requería mucho esfuerzo y un gasto de tiempo que ya no podía hacerse. Lo hizo durante un instante. consumido por el fuego. También estaban seguros. El humo iba saliendo por las puertas. Es el caso que apareció una escalera. o aún entregársela a alguien de los que estaban sobre el techo de la casa de don Julio. pero que el hombre sí. Ya había sido eliminada totalmente la última sospecha. La gente bramó cuando vio ese pedazo de balcón. aunque de manera dispersa. como con miedo: Victoriano Segura había aparecido en el balcón con la anciana en los brazos. las llamas avanzaban y cubrían todo el sitio. indiferente al fuego del balcón que avanzaba hacia sus espaldas. No se daban cuenta de que Victoriano había pasado a ser el objeto de la preocupación general. y entró de nuevo a toda prisa. A ese tiempo éste había hecho saltar todos los balaustres y había entrado de nuevo en la casa. podía haber una vara de espacio vacío de una casa a la otra. lo haló. con una seguridad y una fiereza impresionantes. Entre el piso del balcón y ese techo podía haber una diferencia de vara y media. Colocarse de espaldas al fuego. con la boca cubierta por una mano y los ojos fijos en el balcón. y además. En medio de la angustia los sentimientos iban desplazándose. —¡Que suban algunos al techo de don Julio! –comenzó a pedir la gente. si no seguía arriesgándose. Mucha gente pensó que la anciana no podría salvarse. La anciana no podía salvarse. dos por allá. en violentas bocanadas gris negras que avanzaban como impetuosos remolinos. Logró romper el pasamanos y se prendió de él con terrible fuerza. porque. A seguidas volvió a salir. armado de un palo que seguramente había sido la pata de una mesa. caer entre chispas y estruendo. Parecía imposible librarse de su efecto. Tal vez era de los bomberos. Después de haber gritado el nombre de su marido. Ese movimiento acentuó las sospechas de los que las tenían. Seis o siete hombres que se movían tropezando y estorbándose lograron ganar el techo de la casa de don Julio. a tal altura. una voz por aquí. además. no era cosa de salir corriendo y dejar caer a Adelina. allá arriba. de que Victoriano iba en busca de la vieja. Inconscientemente. la multitud empezó a moverse hacia el sitio donde se hallaba su mujer. lo removió. Fue admirable la prontitud con que apareció una escalera. con la anciana en brazos. La menor dilación.

La enferma se movía igual que un péndulo. después empezó a dar una vuelta. a ese ser impenetrable. pidió paso y se lo dieron. imponiéndose con su dura mirada y su gran tamaño. De rato en rato un muchacho señalaba hacia la casa de Victoriano Segura y decía: —Mire. Estaba tan aislado allá arriba como se mantenía en su casa. en el techo vecino. Confusamente. Cuando algunos quisieron buscarlo para hablar con él. Debía ser muy importante lo que decía la mujer. porque Victoriano se volvió a los hombres que se agrupaban bajo él. y con ellas los sentimientos a que han dado origen. de manera que quedó sentado con las piernas al aire y la vieja Adelina en ellas. Un segundo después. acuérdate! ¿Que se acordara de qué? ¿Qué significaban esas palabras? ¿Había alguna razón por la cual él no debía dejarse matar o inutilizar por el fuego? La gente se miró entre sí. pero nadie pedía aceptar a esa altura la idea de que muriera Victoriano. Victoriano se sentó. Había llegado al borde del balcón y durante un segundo se le vio dudar. Las opiniones pueden cambiar en un minuto. Como todo el mundo. por segunda vez en esa doliente noche. La gente se distrajo viendo esa caída y esas chispas. mas la naturaleza humana no varía tan de prisa. y levantando sordo estrépito cayó a la calle envuelto en chorros de fulgurantes chispas. déjela caer! –gritaban los hombres agrupados bajo los pies de la anciana. a quien los otros recibieron en tumulto. —¡Allá va! –dijo estentóreamente. duro y callado. Ahora bien. razón por la cual muy pocos se dieron cuenta de que Victoriano Segura había corrido por el techo de la casa de don Julio y había saltado después a la calle. el marido oyó a su mujer. Se concebía ya hasta que la vieja muriera. dándoles la espalda. Victoriano. su voz metálica e impresionante. A seguidas crujió el resto del balcón. La oyó porque se le vio buscarla con los ojos. ellos no pensaban tanto en Adelina como en Victoriano. Por momentos salían huyendo. Ya allí. del continuo estallido de las maderas que ardían. Por un momento su mujer perdió la serenidad. y hasta alguna mujer. suéltala y tírate! Y en medio del tumulto. El misterio seguía rodeando a ese hombre flaco y alto. luego tomó a la vieja por las axilas y comenzó a bajarla. y dejó oír. hacían grupos frente al lugar del siniestro y cambiaban impresiones. corrió hacia el fuego y gritó: —¡Victoriano. porque las llamas avanzaban sobre ellos. Durante todo el día de Año Nuevo estuvieron humeando los escombros de la que había sido la mejor construcción en la pequeña calle. Ella dijo entonces: —¡Acuérdate. Tranquilamente. era tarde. lo cual hubiera sido una locura. con la agilidad de un enorme gato. 308 . Los de abajo tendían las manos y daban gritos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Pero Victoriano no volvió la cabeza. de aquel mar de voces. a quien una corta dilación convertiría en víctima. Hombres y muchachos. más como una gran muñeca de madera que como un ser vivo. Victoriano se tiró. Y soltó a la anciana. —¡Déjela caer. él vive ahí. Ese Victoriano Segura que estaba jugándose la vida en el balcón era el mismo que dejaba sin contestar los saludos de sus vecinos. Tal vez pensaba lanzarse con la anciana en brazos. los seis o siete hombres que estaban en el techo de don Julio le invitaban a algo. Gesticulando y gritando. inerte. se había oído el golpe de su puerta. era evidente que a aquel hombre no le importaban gran cosa los demás. Era impresionante ver que esas llamas casi envolvían a la paralítica y sin embargo no la conmovían.

—Pero… pero… pero… –comenzó a decir don Tancredo. Algún día se sabría la verdad. y como en los días siguientes se le oyó martillar. si bien de manera mucho más dramática. se pensaba que tenía relación con ese misterio que le rodeaba. fueron a visitarlo. Todavía hoy. La gente muy madrugadora alcanzaba a oír el ruido de su carreta. Perdónenme señores… –Pero váyanse. Por entonces el mes de febrero iba muy avanzado. Fue a eso de las nueve de la mañana. él no está aquí –dijo–. Sólo persistía esa atmósfera de misterio en torno suyo. sólo ahora la sabrán. Pero le dice que vinimos a verlo. Muchos de los vecinos le vieron meter esas tablas en la casa. El aire iba y venía cargado con los presagios del carnaval y la Semana Santa. —¿Qué desean? –preguntó. debía ser muy celoso. Se había puesto nerviosa y se agarraba a la hoja de la puerta como si temiera que algún espíritu maligno pudiera abrirla del todo. hé… roe de. unos cuantos vecinos. si bien ya no causaba mala impresión. En medio de tal ambiente. Queríamos saber si estaba bien y si necesitaba algo. Entonces intervino don Julio. El no quiere que venga gente a la casa. si es que alguno de ellos lee esta historia. El grupo cambió miradas. la mayoría recordaba los gritos de mujer aquella noche. a juzgar por la recepción se les hizo a los señores que estuvieron en su casa después del incendio. pero no salía más. Con su graciosa tartamudez. hé… roe. de. ocurrió la partida de Victoriano Segura. A juicio del vecindario Victoriano era un hombre extraño. Mejor váyanse. tal vez hacía una mesa para comer o remendaba una ventana rota. —Muy bien.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Pero nadie vio a Victoriano ese día. señora. dulce y limpio. Pues Victoriano Segura se esfumó tan extrañamente como había llegado. encabezados por José Abud. Algunas mujeres parloteaban desde sus puertas con las 309 . se pensó que estaba haciendo arreglos en la vivienda. de…” Pero la mujer no deseaba oír más. cuya voz era muy aguda. Pero el miedo de que pudiera asaltar a las ancianas del lado se había disipado del todo. mientras hacía moverse de un lado a otro la empuñadura de su bastón. El pobre José Abud. por lo demás. y en aquella pequeña calle que estaba surgiendo a la orilla misma de los campos. el frecuente canto de los pájaros y el murmullo de los árboles hacían más sensibles esos rasgos de profunda esencia musical con que se embellecen los días sin importancia. en cuya vida había algún misterio. Evidentemente la mujer no sabía que hacer. Caminaba junto a sus compañeros de comisión como quien marcha tras el entierro de un ser querido. Esa conducta. Una adorable paz ganaba el corazón de la gente. Muy pocos aludían a sus prisiones. señora. Y como tampoco se le vio salir al siguiente. muy bien –dijo–. aquellos a quienes tanto intrigaba su conducta ignoran esa verdad. sino sólo un poco. Ocurrió que una tarde llegó a la calleja con su carreta cargada de tablas. pero no abrió del todo. Adiós. abrumado por la desgracia. A las llamadas en la puerta salió la mujer. don Tancredo Rojas comenzó a tratar de decir que todos ellos querían saludar al “hé… roe. cuya puntera había clavado en tierra. al cabo de los años. no abría la boca. —Ay. llenaba de confusión a todo el mundo. lo cual quiere decir que había brisas cuaresmales y el cielo estaba brillante. señores… Miren. en cuanto al repetido “¡acuérdate!” que le lanzó la suya la noche del fuego. Volvía a media tarde. Los días fueron transcurriendo sin que volviera a verse a Victoriano Segura sentado a la puerta de su casa. desde luego.

Tenía canas y algunas arrugas. al otro extremo apareció luego la mujer. viéndole luchar con el ataúd. Se le veía endurecido por la tensión. uno de los que despertaron sobresaltados la noche del siniestro en la casa de José Abud. dándoles vueltas de las palmas a los dorsos. labraba un pedazo de madera con una pequeña cuchilla y parecía aislado en medio de sus compañeros. —Sí. Retornó a su soledad. —Yo lo conocí a usté –dije–. a esa áspera soledad en que viviera siempre. Cuando se puso de pie para ir a su camastro los demás le abrieron paso en silencio. No era fácil hacer rodar el ataúd. Después de eso entró en la casa. Estuvo largo rato mirándose las manos. y allí estuvo largas horas labrando su pedazo de madera. —Usté es Victoriano Segura –le dije atravesándome en su camino. Tambaleante y despaciosa. Tras ella. tocado de sombrero negro. Vivíamos casi enfrente. Yo estaba junto a mi madre. la otra para impedir que se moviera hacia atrás. Victoriano Segura dio tres “¡arres!” en voz alta. era su misma mirada metálica. sin duda camino del cementerio. Victoriano puso dos piedras junto a una de las ruedas. Ella llevaba en la mano una vela encendida y al parecer había comenzado a rezar. cargando con un extremo de ataúd. A mi me pareció que algo veló el brillo de su mirada. Secándose los ojos con la mano. Se presumió que él había vuelto de noche para llevarse los enseres y el otro mulo. la mujer no cesaba de llorar. Le reconocí inmediatamente. Cuando ocurrieron los sucesos en que él fue protagonista yo era un muchacho. y nada más. Pero no dijo una palabra. Inesperadamente se abrió el portón que daba al patio donde Victoriano guardaba la carreta y se oyó su dura voz arreando al mulo. adonde me habían llevado mis ideas políticas. con la mano de la vela mecánicamente alzada. Hábilmente conducida. la carreta quedó parada junto a la puerta de la casa. impresionante y reservada. Se fue a su camastro. sino porque su estancia en la calleja me había causado mucha impresión y por tanto no lo olvidé. el hombre colocó la punta del féretro en el borde de la carreta. junto con otros presos. Usando toda su fuerza. uno de los que oían hablar de él y de la misteriosa atmósfera que le rodeaba. algunos muchachos jugaban dando carreras o empinaban papalotes. Fue una semana más tarde cuando yo me atreví a preguntarle por su mujer. Estaba en una gran celda. ¿por qué? –contestó. se le vio entrar en la casa con su mujer. y cerrar la puerta. que debía ser mucha.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS vecinas. Fue cuando se quemó la casa de José Abud. Bajo aquel sol límpido era una estampa dura la de esa mujer llorando en silencio mientras su marido luchaba con el impresionante cargamento. no sólo porque había cambiado muy poco –si bien algo de su rostro denunciaba el paso del tiempo–. tocándoselas una con otra. Nunca más volvió la gente de la pequeña calle a verlos. se perdió la mujer. salir a poco. Pero yo vi a Victoriano Segura muchos años más tarde. Era su misma voz dura de otros tiempos. Ni siquiera movía la cabeza. Cachazudamente. Sin subirse en la carreta. y la lúgubre carga iba entrando lentamente en la carreta. El hombre logró al fin llevar el ataúd a donde quería. después tomó la que cargaba la mujer y comenzó a empujar. ¿Quién podía prever lo que sucedió inmediatamente? Algunos minutos más tarde la puerta se abrió de par en par y Victoriano Segura salió de espaldas. Victoriano lo removía de un lado a otro. Al fin dijo: 310 . Volvimos a encontrarnos en la cárcel. una para impedir que se moviera hacia adelante. algunas gallinas picoteaban las manchas de yerba que se veía aquí y allá. dominando el mulo desde afuera. la carreta se perdió en la esquina. la cabeza baja. la mañana en que él se fue.

relampagueante. Sin embargo lo que veía indicaba que la separación entre lo que fui y lo que sería no podía medirse en términos humanos. Me le acerqué para preguntarle si quería que visitara a su mujer en el leprocomio. y la alfombra similar que cruzaba a todo lo largo por el centro. Usté la conoció cuando era bonita. donde algunos reclusos charlaban y se movían sin cesar. Se sentó allí y se dedicó a contemplar el patio. es como si la viera yo. aunque les faltaba el flujo de la sangre bajo la piel. casi como si estuvieran vivas. Durante cierto tiempo me sentí paralizado por el terror. del otro lado de la puerta. Al parecer halló que había hablado demasiado. Tenía la impresión de que todo lo que veía estaba hablando a un tiempo: el piso de mármol negro y blanco. Entonces yo tuve un vislumbre.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —En el lazareto. mientras él me clavaba su imperiosa mirada—… Aquel ataúd era… —Su mamá –dijo–. Seguramente en esas vitrinas no entraba aire contaminado. como la de una estatua. con tanto miedo que a duras penas me oía a mí mismo. y la que iba a iniciar en ese momento. yo estaba allí: había pasado el umbral y tenía que entregar mi cabeza. Sólo sabía a ciencia cierta que ninguna de las innumerables cabezas de las vitrinas había emitido el menor sonido. Ya no volví a dirigirle la palabra sino cuando un mes después se me avisó que recogiera mis pertenencias porque iban a dejarme en libertad ese mismo día. la alfombra roja que iba de la escalinata a la gran mesa del recibidor. Parecía que no había distancia entre la vida que había dejado atrás. que se cubrían con lujosos tapices. Y he aquí lo que me dijo entonces Victoriano Segura mirándome a los ojos: —No vaya. porque se puso de pie y se fue a un rincón. la voz llenaba todo el salón y resonaba entre las paredes. Nadie podría evitarme esa macabra experiencia. Su mamá perdió la nariz y tal vez ella la pierda también. pregunté: —¿Y cómo me la quito? 311 . —Claro… ¿Cuál va a ser? A pesar de que no era autoritaria. las grandes columnas de mayólica. que a mí me pareció de mármol. las cornisas de cubos dorados. y yo las veía colocadas en una larga hilera de vitrinas que estaban adosadas a la pared de enfrente. La situación era en verdad aterradora. las dos enormes lámparas colgantes de cristal de Bohemia. Yo no podía saber de dónde salía. A poco recomendó: —Que no lo sepa nadie. que murió lázara. de que su antigua soledad se había debido… —Ahora me explico –empecé a decir. tal vez de cuatro. pues las cabezas se conservaban en forma admirable. Debo confesar que el espectáculo me produjo un miedo súbito e intenso. Físicamente. la mamá de mi mujer. Y me dio la espalda. la distancia sería de tres metros. Tal vez con el deseo inconsciente de ganar tiempo. Pero era el caso que aún incapacitado para pensar y para actuar. —¿La mía? –pregunté. —Entregue su cabeza –dijo una voz suave. así. La mancha indeleble Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas. Si usté la ve ahora con mi consentimiento.

Pero no puedo despojarme de mi cabeza así como así. Es el resumen de mi propia vida. Callé. Me di cuenta de que alguna gente se alarmó al verme correr. En medio de mi terror actué como un autómata. —¿No ha oído o no ha comprendido? –dijo la voz. No había la menor señal de vida. —Aquí no tiene que pensar. ¿con qué voy a pensar? La parrafada no me salió de golpe. y de que millones de seres minúsculos e invisibles acechaban mi pensamiento. Pensaremos por usted. tire hacia arriba y verá con qué facilidad sale. y me pareció que la voz emitía un ligero gruñido. Mi necesidad de huir era imperiosa. lo cual me hizo sentirme tan desamparado como un niño perdido en una gran ciudad. —Sí. Sentí que alguien iba a entrar. me hubiera perseguido. pero ninguna estaba abierta. Me lancé impetuosamente hacia la puerta. Volví los ojos a los dos extremos del gran salón. Al fin apoyé las dos manos en la mesa. Además. más bien tranquilo. he oído y he comprendido –dije–. si me quedo sin ella. mientras me hallaba de pie y solitario en medio de un lujoso salón. Colóquela después sobre la mesa. Había también puertas en esos extremos. no nos haga perder tiempo. Comprendía que llevaba el rostro pálido y los ojos desorbitados. Pero la voz no era humana: no podía relacionarse con un ser de carne y hueso. y huía como loco. y volví la cara hacia la puerta. Eso estaba sucediéndome en pleno estado de lucidez. y de haber habido por allí un policía. Tal vez por eso me parecía tan terrible. Déme algún tiempo para pensarlo. Sólo yo me hallaba en ese salón imponente. sin emociones propias? —pregunté. Estaba seguro de que el dueño de esa voz había repetido la orden tantas veces que ya no le daba la menor importancia a lo que decía. sin mis ideas. Me ahogaba.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Sujétela fuertemente con las dos manos. Pero no era una pesadilla. Comprenda que ella está llena de mis ideas. como de risa burlona. estaban mirándome desde las paredes. empujé al que entraba y salté a la calle. Peor aún: estábamos la voz y yo. En cuanto a sus recuerdos. Por la abertura de la puerta se advertía que afuera había poca luz. no me importaba. Estaba cerrada. Pero en la 312 . y un pie se posaba en el umbral. de mis recuerdos. Al fin logré hablar. que hay otros en turno –dijo la voz. No es fácil explicar lo que esas palabras significaron para mí. necesitaba sentarme o agarrarme a algo. una mano sujetaba el borde de la gran hoja de madera brillante y la empujaba hacia adentro. Sin duda era la hora indecisa entre el día que muere y la noche que todavía no ha cerrado. Resulta aterrador oír la orden de quitarse la cabeza dicha con tono normal. también sin vida. que ya no estaría más tiempo solo. Instintivamente miré hacia la puerta por donde había entrado. Durante una semana no me atreví a salir de la casa. y como temblaba de arriba abajo debido al frío mortal que se había desatado en mis venas. No se veía una silla. tal vez pensaron que había robado o que había sido sorprendido en el momento de robar. Dos veces tuve que parar para tomar aire. No me había equivocado. De todas maneras. Me hallaba bajo la impresión de que miles de ojos malignos. Oía día y noche la voz y veía en todas partes los millares de ojos sin vida y los centenares de cabezas sin cuerpo. no va a necesitarlos más: va a empezar una vida nueva. Ya dije que la voz no era autoritaria sino suave. —¿Vida sin relación conmigo mismo. Si se hubiera tratado de una pesadilla me hubiera explicado la orden y mi situación. El espacio era largo y de techo alto. —Por favor. apoyando los pulgares en las curvas de las quijadas.

la mujer de Manuel. El cholo Jacinto Muñiz fue perseguido de manera implacable. Al lado de la mesa que ocupé había otra vacía. primero en el Perú. Jacinto Muñiz no podía liberarse de esa persecución. y además debía sembrar la papa y la quinua y la cañahua –los cereales de la puna–. quien debía cuidar de los animales era María Sisa. Uno tenía los ojos sombríos. era de corazón ingenuo como un niño. aliviado de mi miedo. obsedido por la visión de un paisaje que le daba la impresión de no avanzar jamás. 313 . Mientras me esfuerzo en hacer desaparecer la mancha oigo sin cesar las últimas palabras del hombre de los ojos sombríos: —… Después que ya estaba inscrito… El miedo me hace sudar frío. desde luego. A poco. tratando de lavar la camisa. Manuel Sicuri cuidaba de un rebaño de ovejas y de nueve llamas. María tenía siete meses de embarazo. María estaba embarazada. a un cafetucho de mala muerte. me arriesgué a ir a la esquina. como un animal asustado. Ahora estoy en casa. a medio lomo. Pero resultaba que no sucedía así porque Manuel era huérfano de padre y madre y tenía tres hermanitos –dos de ellos hembras– y él quería a esos niños con toda la fuerza de su alma. El indio Manuel Sicuri Manuel Sicuri. Mi mal es que no tengo otra camisa ni manera de adquirir una nueva. pero era la costumbre de los aimarás del altiplano y Manuel Sicuri seguía la costumbre. por el confín del altiplano. He usado jabón. El factor más importante. me miró con intensidad y luego dijo al otro: —Ese fue el que huyó después que ya estaba… Yo tomaba en ese momento una taza de café. Propiamente. lo cual le llevó a irse corriendo. desde el pelo hasta el ojo derecho. me parece que a cada esfuerzo por borrarla se destaca más. Y yo sé que no podré librarme de este miedo. y para fatalidad suya era fácil de identificar porque tenía una cicatriz en la frente. y eso no se lo perdonarían ni en el Perú ni en Bolivia. porque no era fácil que en aquella zona sus ovejas se mezclaran con otras. Al contrario. las ovejas llevaban prendidas en la lana. indeleble. Cuando llegó a la choza del indio Manuel Sicuri el cholo Jacinto Muñiz contó que ésa era la huella de una caída. cepillo y un producto químico especial para el caso que hallé en el baño. Pero además Manuel Sicuri podía seguir las huellas de un hombre hasta en las pétreas vertientes de los Andes y esa noche hubo luna llena. cintas de color azul. y de no haber sido así no se habrían dado los hechos que le llevaron a la cárcel en La Paz. sin embargo. que lo sentiré ante cualquier desconocido. indio aimará. pues el hombre debía irse a t