COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN II

Cuentos

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN II

SÓCRATES NOLASCO | EL CUENTO EN SANTO DOMINGO  |  SELECCIÓN ANTOLÓGICA – TOMOS I Y II J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  CUENTOS DE POLÍTICA CRIOLLA JUAN BOSCH  |  MÁS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO VIRGILIO DÍAZ GRULLÓN  |  CRÓNICAS DE ALTOCERRO EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  TRADICIONES Y CUENTOS DOMINICANOS 

Cuentos

Introducción a la primera y segunda sección:

Diógenes Céspedes

Santo Domingo, República Dominicana 2008

Sociedad Dominicana de Bibliófilos

Dennis R. Simó Torres, Vicepresidente Manuel García Arévalo, Vicetesorero Antonio Morel, Tesorero

Mariano Mella, Presidente

CONSEJO DIRECTIVO

Octavio Amiama de Castro, Secretario Sócrates Olivo Álvarez, Vicesecretario Vocales

Edwin Espinal • Julio Ortega Tous • Mu-Kien Sang Ben Marino Incháustegui, Comisario de Cuentas asesores

Eugenio Pérez Montás • Miguel de Camps

José Alcántara Almánzar • Andrés L. Mateo • Manuel Mora Serrano Guillermo Piña Contreras • Emilio Cordero Michel • Raymundo González María Filomena González • Eleanor Grimaldi Silié • Tomás Fernández W. ex-presidentes Eduardo Fernández Pichardo • Virtudes Uribe • Amadeo Julián

Gustavo Tavares Espaillat • Frank Moya Pons • Juan Tomás Tavares K. Bernardo Vega • José Chez Checo • Juan Daniel Balcácer Jesús R. Navarro Zerpa, Director Ejecutivo

Enrique Apolinar Henríquez +

Banco de Reservas de la República Dominicana
Administrador General Miembro ex oficio Daniel Toribio

consejo de directores Secretario de Estado de Hacienda Presidente ex oficio Lic. Vicente Bengoa

Lic. Mícalo E. Bermúdez Vicepresidente Dra. Andreína Amaro Reyes Secretaria General Vocales Miembro

Lic. Luis A. Encarnación Pimentel Dr. Joaquín Ramírez de la Rocha Lic. Luis Mejía Oviedo Lic. Mariano Mella

Lic. Domingo Dauhajre Selman

Ing. Manuel Guerrero V.

Suplentes de Vocales Lic. Héctor Herrera Cabral Lic. Danilo Díaz

Ing. Manuel Enrique Tavárez Mirabal Lic. Estela Fernández de Abreu Lic. Ada N. Wiscovitch C.

Ing. Ramón de la Rocha Pimentel

Esta publicación, sin valor comercial, es un producto cultural de la conjunción de esfuerzos del Banco de Reservas de la República Dominicana y la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Inc.

COMITÉ DE EVALUACIÓN Y SELECCIÓN Orión Mejía Director General de Comunicaciones y Mercadeo, Coordinador Luis O. Brea Franco Gerente de Cultura, Miembro Juan Salvador Tavárez Delgado Gerente de Relaciones Públicas, Miembro Emilio Cordero Michel Sociedad Dominicana de Bibliófilos Asesor Raymundo González Sociedad Dominicana de Bibliófilos Asesor María Filomena González Sociedad Dominicana de Bibliófilos Asesora Jesús Navarro Zerpa Director Ejecutivo de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos Secretario Los editores han decidido respetar los criterios gramaticales utilizados por los autores en las ediciones que han servido de base para la realización de este volumen

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN II

SÓCRATES NOLASCO | EL CUENTO EN SANTO DOMINGO  |  SELECCIÓN ANTOLÓGICA – TOMOS I Y II J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  CUENTOS DE POLÍTICA CRIOLLA JUAN BOSCH  |  MÁS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO VIRGILIO DÍAZ GRULLÓN  |  CRÓNICAS DE ALTOCERRO EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  TRADICIONES Y CUENTOS DOMINICANOS 

Cuentos

ISBN: Colección completa: 978-9945-8613-9-6 ISBN: Volumen II: 978-9945-457-01-08

Coordinadores: Luis O. Brea Franco, por Banreservas; y Jesús Navarro Zerpa, por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos
Ilustración de la portada: Rafael Hutchinson  |  Diseño y arte final: Ninón León de Saleme  Corrección de pruebas: Jaime Tatem Brache  |  Impresión: Amigo del Hogar Santo Domingo, República Dominicana. Junio, 2008

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contenido

Presentación Origen de la Colección Pensamiento Dominicano y criterios de reedición.............................. Daniel Toribio Administrador General del Banco de Reservas de la República Dominicana Exordio. .................................................................................................................................... Mariano Mella Presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos Introducción a la primera sección. ....................................................................................... Diógenes Céspedes Sócrates nolasco El Cuento en Santo Domingo. selección antológica Tomo I: Aparición y evolución del cuento en Santo Domingo. Noticias preliminares. .... Tomo II............................................................................................................................... J. m. sanz lajara El Candado (Prólogo): Manuel Valldeperes . ...................................................................................... juan BOSCH cuentos escritos en el exilio y Apuntes sobre el arte de escribir cuentos Apuntes sobre el arte de escribir cuentos............................................................................ Cuentos escritos en el exilio................................................................................................ Introducción a la segunda sección....................................................................................... Diógenes Céspedes emilio rodríguez demorizi Cuentos de política criolla (Prólogo): Un libro de cuentos políticos. ............................................................................... Juan Bosch Juan BOSCH mÁs cuentos escritos en el exilio................................................................ virgilio díaz grullón Crónicas de Altocerro. Cuentos (Prólogo): Carlos Curiel..................................................................................................... emilio rodríguez demorizi Tradiciones y cuentos dominicanos Presentación ....................................................................................................................... Semblanza de Julio D. Postigo, editor de la Colección Pensamiento Dominicano............
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presentación

Origen de la Colección Pensamiento Dominicano y criterios de reedición
Es con suma complacencia que, en mi calidad de Administrador General del Banco de
Reservas de la República Dominicana, presento al país la reedición completa de la Colección Pensamiento Dominicano realizada con la colaboración de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, que abarca cincuenta y cuatro tomos de la autoría de reconocidos intelectuales y clásicos de nuestra literatura, publicada entre 1949 y 1980. Esta compilación constituye un memorable legado editorial nacido del tesón y la entrega de un hombre bueno y laborioso, don Julio Postigo, que con ilusión y voluntad de Quijote se dedica plenamente a la promoción de la lectura entre los jóvenes y a la difusión del libro dominicano, tanto en el país como en el exterior, durante más de setenta años. Don Julio, originario de San Pedro de Macorís, en su dilatada y fecunda existencia ejerce como pastor y librero, y se convierte en el editor por antonomasia de la cultura dominicana de su generación. El conjunto de la Colección versa sobre temas variados. Incluye obras que abarcan desde la poesía y el teatro, la historia, el derecho, la sociología y los estudios políticos, hasta incluir el cuento, la novela, la crítica de arte, biografías y evocaciones. Don Julio Postigo es designado en 1937 gerente de la Librería Dominicana, una dependencia de la Iglesia Evangélica Dominicana, y es a partir de ese año que comienza la prehistoria de la Colección. Como medida de promoción cultural para atraer nuevos públicos al local de la Librería y difundir la cultura nacional organiza tertulias, conferencias, recitales y exposiciones de libros nacionales y latinoamericanos, y abre una sala de lectura permanente para que los estudiantes puedan documentarse. Es en ese contexto que en 1943, en plena guerra mundial, la Librería Dominicana publica su primer título, cuando aún no había surgido la idea de hacer una colección que reuniera las obras dominicanas de mayor relieve cultural de los siglos XIX y XX. El libro publicado en esa ocasión fue Antología Poética Dominicana, cuya selección y prólogo estuvo a cargo del eminente crítico literario don Pedro René Contín Aybar. Esa obra viene posteriormente recogida con el número 43 de la Colección e incluye algunas variantes con respecto al original y un nuevo título: Poesía Dominicana. En 1946 la Librería da inicio a la publicación de una colección que denomina Estudios, con el fin de poner al alcance de estudiantes en general, textos fundamentales para complementar sus programas académicos. Es en el año 1949 cuando se publica el primer tomo de la Colección Pensamiento Dominicano, una antología de escritos del Lic. Manuel Troncoso de la Concha titulada Narraciones Dominicanas, con prólogo de Ramón Emilio Jiménez. Mientras que el último volumen, el número 54, corresponde a la obra Frases dominicanas, de la autoría del Lic. Emilio Rodríguez Demorizi, publicado en 1980.
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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  POESÍA Y TEATRO

Una reimpresión de tan importante obra pionera de la bibliografía dominicana del siglo XX, como la Colección Pensamiento Dominicano, presenta graves problemas para editarse acorde con parámetros vigentes en nuestros días, debido a que originariamente no fue diseñada para desplegarse como un conjunto armónico, planificado y visualizado en todos sus detalles. Esta hazaña, en sus inicios, se logra gracias a la voluntad incansable y al heroísmo cotidiano que exige ahorrar unos centavos cada día, para constituir el fondo necesario que permita imprimir el siguiente volumen –y así sucesivamente– asesorándose puntualmente con los más destacados intelectuales del país, que sugerían medidas e innovaciones adecuadas para la edición y títulos de obras a incluir. A veces era necesario que ellos mismos crearan o seleccionaran el contenido en forma de antologías, para ser presentadas con un breve prólogo o un estudio crítico sobre el tema del libro tratado o la obra en su conjunto, del autor considerado. Los editores hemos decidido establecer algunos criterios generales que contribuyen a la unidad y coherencia de la compilación, y explicar el porqué del formato condensado en que se presenta esta nueva versión. A continuación presentamos, por mor de concisión, una serie de apartados de los criterios acordados:

 Al considerar la cantidad de obras que componen la Colección, los editores, atendiendo a razones vinculadas con la utilización adecuada de los recursos técnicos y financieros disponibles, hemos acordado agruparlas en un número reducido de volúmenes, que podrían ser 7 u 8. La definición de la cantidad dependerá de la extensión de los textos disponibles cuando se digitalicen todas las obras.

 Se han agrupado las obras por temas, que en ocasiones parecen coincidir con algunos

géneros, pero ésto sólo ha sido posible hasta cierto punto. Nuestra edición comprenderá los siguientes temas: poesía y teatro, cuento, biografía y evocaciones, novela, crítica de arte, derecho, sociología, historia, y estudios políticos.

 Cada uno de los grandes temas estará precedido de una introducción, elaborada por un especialista destacado de la actualidad, que será de ayuda al lector contemporáneo, para comprender las razones de por qué una determinada obra o autor llegó a considerarse relevante para ser incluida en la Colección Pensamiento Dominicano, y lo auxiliará para situar en el contexto de nuestra época, tanto la obra como al autor seleccionado. Al final de cada tomo se recogen en una ficha técnica los datos personales y profesionales de los especialistas que colaboran en el volumen, así como una semblanza de don Julio Postigo y la lista de los libros que componen la Colección en su totalidad.  De los tomos presentados se hicieron varias ediciones, que en algunos casos modificaban el texto mismo o el prólogo, y en otros casos más extremos se podía agregar otro volumen al anteriormente publicado. Como no era posible realizar un estudio filológico para determinar el texto correcto críticamente establecido, se ha tomado como ejemplar original la edición cuya portada aparece en facsímil en la página preliminar de cada obra.
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PRESENTACIÓN  |   Daniel Toribio, Administrador General de Banreservas

 Se decidió, igualmente, respetar los criterios gramaticales utilizados por los autores

o curadores de las ediciones que han servido de base para la realización de esta publicación.

 Las portadas de los volúmenes se han diseñado para esta ocasión, ya que los planteamientos gráficos de los libros originales variaban de una publicación a otra, así como la tonalidad de los colores que identificaban los temas incluidos.  Finalmente se decidió que, además de incluir una biografía de don Julio Postigo y
una relación de los contenidos de los diversos volúmenes de la edición completa, agregar, en el último tomo, un índice onomástico de los nombres de las personas citadas, y otro índice, también onomástico, de los personajes de ficción citados en la Colección.

En Banreservas nos sentimos jubilosos de poder contribuir a que los lectores de nuestro tiempo, en especial los más jóvenes, puedan disfrutar y aprender de una colección bibliográfica que representa una selección de las mejores obras de un período áureo de nuestra cultura. Con ello resaltamos y auspiciamos los genuinos valores de nuestras letras, ampliamos nuestro conocimiento de las esencias de la dominicanidad y renovamos nuestro orgullo de ser dominicanos.

Daniel Toribio Administrador General

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exordio

Como presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, siento una gran emoción al

Reedición de la Colección Pensamiento Dominicano: una realidad

poner a disposición de nuestros socios y público en general la reedición completa de la Colección Pensamiento Dominicano, cuyo creador y director fue don Julio Postigo. Los 54 libros que componen la Colección original fueron editados entre 1949 y 1980. Salomé Ureña, Sócrates Nolasco, Juan Bosch, Manuel Rueda, Emilio Rodríguez Demorizi, son algunos autores de una constelación de lo más excelso de la intelectualidad dominicana del siglo XIX y del pasado siglo XX, cuyas obras fueron seleccionadas para conformar los cincuenta y cuatro tomos de la Colección Pensamiento Dominicano. A la producción intelectual de todos ellos debemos principalmente que dicha Colección se haya podido conformar por iniciativa y dedicación de ese gran hombre que se llamó don Julio Postigo. Qué mejor que las palabras del propio señor Postigo para saber cómo surge la idea o la inspiración de hacer la Colección. En 1972, en el tomo n.º 50, titulado Autobiografía, de Heriberto Pieter, en el prólogo, Julio Postigo escribió lo siguiente: (…) “Reconociendo nuestra poca idoneidad en estos menesteres editoriales, un sentimiento de gratitud nos embarga hacia Dios, que no sólo nos ha ayudado en esta labor, sino que creemos fue Él quien nos inspiró para iniciar esta publicación” (…); y luego añade: (…) “nuestra más ferviente oración a Dios es que esta Colección continúe publicándose y que sea exponente, dentro y fuera de nuestra tierra, de nuestros más altos valores”. En estos extractos podemos percibir la gran humildad de la persona que hasta ese momento llevaba 23 años editando lo mejor de la literatura dominicana. La reedición de la Colección Pensamiento Dominicano es fruto del esfuerzo mancomunado de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, institución dedicada al rescate de obras clásicas dominicanas agotadas, y del Banco de Reservas de la República Dominicana, el más importante del sistema financiero dominicano, en el ejercicio de una función de inversión social de extraordinaria importancia para el desarrollo cultural. Es justo valorar el permanente apoyo del Lic. Daniel Toribio, Administrador General de Banreservas, para que esta reedición sea una realidad. Agradecemos al señor José Antonio Postigo, hijo de don Julio, por ser tan receptivo con nuestro proyecto y dar su permiso para la reedición de la Colección Pensamiento Dominicano. Igualmente damos las gracias a los herederos de los autores por conceder su autorización para reeditar las obras en el nuevo formato que condensa en 7 u 8 volúmenes los 54 tomos de la Colección original. Mis deseos se unen a los de Postigo para que esta Colección se dé a conocer en nuestro territorio y en el extranjero, como exponente de nuestros más altos valores. Mariano Mella Presidente Sociedad Dominicana de Bibliófilos
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como ejemplos– llegó a Santo Domingo. fácilmente traslaticio. Pero si alguno de nuestros hombres de letras. de enseñanzas y moraleja sin moral rígida. se haya aposentado en las Antillas y que estas hayan producido cuentistas siglos antes de la introducción de la imprenta en América hispánica. 7) Afirma también Nolasco que “en El Conde Lucanor vino además el cuento correcto. 265-280.” (I. 1 Ciudad Trujillo: Librería Dominicana. el género tal como lo conocemos hoy. familiar y repetido para entretenimiento en las veladas nocturnas. 1979. explica la ausencia de escritores que escribieran acerca de temas profanos. que figura en el tomo I del libro El cuento en Santo Domingo. 7-8) Harto difícil es el creer que el cuento correcto al modo de El conde Lucanor o Cervantes. la décima y la copla. tan pronto se formaron nuestras ciudades abandonó el vecindario urbano. 222.) Existen pruebas documentales de remisión a las Antillas y Tierra Firme de estas obras de don Juan Manuel y Cervantes y otros autores de la misma época por parte de los mercaderes de libros de Sevilla. de Cervantes.introducción a la primera sección Diógenes Céspedes Sócrates Nolasco: El cuento en Santo Domingo En la introducción titulada “Aparición y evolución del cuento en Santo Domingo”. mentirosas historias y fantasías2. se entretuvo en un género que pasó a ser por mucho tiempo desestimado. las Antillas pudieron producir cuentistas siglos antes de que el cuento y la leyenda se imprimieran en los países del continente americano. México: Fondo de Cultura Económica. amén de la prohibición imperial de imprimir libros en las colonias. pero lo cierto es que el cuentista dominicano tiene su propia versión de por qué el cuento no fructificó en Santo Domingo si teníamos la fuente directa de España: “Aquel modelo de ‘cuento universal’. No sé si Nolasco conoció la polémica entre Irving Leonard y Pedro Henríquez Ureña acerca de este tema. sin otro sitio determinado ni sabor regional. (I. 2 Irving Leonard. donde se conservó “sin esenciales alteraciones”.12. a) Visión del presentador 17 . pertenecientes a los siglos anteriores al siglo XIX. se refugió entre aldeanos logrando perdurar con variantes adquiridas y bautizado con el pintoresco apelativo de cuento de camino. sobre todo si carecemos de testimonios.o 12. pero la ausencia de imprenta entre los siglos XV y XVIII. 1957 (dos tomos). Las citas remiten directamente al tomo y la página. es decir. carecemos de testimonio. y el “Rinconete y Cortadillo”. salvo que no trataran de asuntos religiosos o morales. de don Juan Manuel. Sócrates Nolasco1 afirma que el cuento antiguo como género cultivado en España desde el Renacimiento –y cita a El Conde Lucanor. Los libros del conquistador. pp. y antes que el romance. ni juego descriptivo de una realidad impresionante. y siguiendo los ejemplos del precavido y atildado don Juan Manuel. Colección Pensamiento Dominicano n.” (Ibíd.

los grandes cuentistas hispanoamericanos son deudores del cuento francés del siglo XIX –Alfonso Daudet y Guy de Maupassant– y no del cuento español. “Entre ellas”. quizá expliquen la preferencia de los autores franceses. A finales del segundo decenio del siglo XX y hasta su muerte en 1946. Andreiev y Chéjov.” (I.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS El mismo Nolasco sugiere que después de la introducción de la imprenta en el continente americano. Gorki. modernistas y rusos en el ambiente literario y cultural dominicano? Un bello artificio. “Soika”. no surtió la influencia esperada en América hispánica porque tampoco la tuvo en la Península. Pedro Henríquez Ureña será ese intelectual crítico que la cultura dominicana no produjo en el período que he considerado 3 Obras completas. rusos por lo demás. como lo prueba el caso paradigmático de Fabio Fiallo. que abre el libro. el novelista. un escritor de talento. Santo Domingo: Editora de Santo Domingo. “Tiranías”. tales como Tolstoi. el poeta o el ensayista) es el que Santo Domingo no produjo en aquel final de siglo XIX y principio de siglo XX. La aparición de un poeta. citados por el propio Nolasco. “La condesita del Castañar”. de un escritor que asuma en su sociedad esta crítica radical. según la expresión del referido antólogo. La aparición de esta criticidad radical es el verdadero “progreso” y “desarrollo” de una sociedad. “Ernesto de Anquises”.) ¿Cuál fue el resultado de la aclimatación de esos cuentos y autores naturalistas. Este tipo de intelectual (sea el cuentista. 18 . Y cita Nolasco en apoyo de su tesis a Rubén Darío y Manuel Díaz Rodríguez. cuyos cuentos “no pierden la gracia de productos de escritorio. La modernización. atravesado por la crisis del imperio (guerra de Cuba y guerra hispano-norteamericana en las Filipinas). no obedece al alto grado de su sistema educativo. que no es el caso. modelo para otros aclimatadores de cuentos exóticos. 1980. 9) El antólogo precisa que la primera gran antología de cuentos españoles de Antonio Paz y Meliá. pero además. el valor agregado de una moda diferente: el exotismo. sumado a la demanda y la oferta del mercado francés y la prontitud de entrega con respecto al mercado español. ¿por qué ir a abrevar en el naturalismo francés a fin de aprender a fijar en el marco del cuento artístico lo esencial de la vida circunstante?” (Ibíd. Sociedad Dominicana de Bibliófilos. “Rivales” y “El nabab”3. del tipo “Yubr”. Aunque Nolasco achaca el resultado de esa aclimatación a un historicismo: la aparición tardía del cuento moderno en América. De esto se desprende que si la cultura de lengua española ofrecía. esas dos nociones del sentido de la historia. Volumen II. así como el acceso a tales traducciones.) La moda y la traducción. este mito racionalista no explica la ausencia de grandes cuentistas en Santo Domingo cuando Nicaragua ofrece el ejemplo de un Darío y Cuba el de un Martí. de Cervantes (I. con la picaresca. si suscribiera yo. pero que no cambia el ritmo de la cuentística dominicana hasta que no abandona esas frivolidades literarias plenas de exotismo y retórica contenidas en Cuentos frágiles. sino a la inteligencia personal de ese intelectual. así como de otros extranjeros. pero no su modernidad.” (Ibíd. aparte de que en ultramar muy pocos poseyeron un ejemplar. y para entenderlo así bastaba con fijarse en “Rinconete y Cortadillo”. “modelos sobresalientes para el estudio y la pintura de tipos. producido por “observadores de un mundo remoto y desconocido. los cuales ofrecían también lo mismo que los cuentistas franceses. o “La domadora”. ya que esta es criticidad radical de los discursos y prácticas de una sociedad. la técnica y la tecnología pueden explicar el desarrollo capitalista de un país con respecto a otro que no haya accedido a esa especificidad histórica. un Casal o una Avellaneda y Venezuela el de un Díaz Rodríguez. publicada en 1890. 8).

numerosos y afectados. pero como copia o imitación. aun con grandes y pequeños defectos. Rafael Justino Castillo. el aparentar o el escalar socialmente. La realidad del personaje remite a lo convincente. mientras que el lugar y el ambiente son ideologías que oponen lo nacional a lo extranjero. Naturalmente. La originalidad. ya se sabe. Federico García Godoy. a lo verosímil. según Nolasco. Solo el dominio del idioma o corrección conveniente sí es uno de los atributos específicos del valor literario. comerciantes. cuya introducción es nada más y nada menos que el célebre ensayo publicado en Caracas. carentes de vocación y que competían por figurear en la referida publicación. salvo que no sea el salir del anonimato y la chatura a que les reduce el capitalismo. Fabio Fiallo. Julio D. En el siglo XIX. Y luego de su llegada al país en octubre de 1961. 19 . Postigo emprende la publicación del libro Cuentos escritos en el exilio. Pero sospecho que en la época de la escritura de Nolasco esta corrección conveniente tenía que ver con la gramática normativa. notarios. con los mismos resultados endebles y afectados de ayer. tal como la rechaza Nolasco con respecto al uso que hicieron algunos aficionados al cuento con Alfonso Daudet y Guy de Maupassant o con los cuentistas rusos. Abogados. periódicos y suplementos. a saber: 1) realidad del personaje. Augusto Franco Bidó. tiene hoy vigorosa vigencia en nuestro medio social: cantidad enorme de hombres y mujeres de todas las clases sociales. se pelean por aparecer con su firma en revistas. lo inasible. con la salvedad de que los efectos de su labor se sintieron con toda eficacia en México y Argentina. De ahí el resultado obtenido por la cultura dominicana y que Nolasco explica tan lúcidamente: “Los críticos no han tenido la oportunidad de decir que aquel modelo exótico produjo en nuestro país engendros endebles. que no remite a nada y sí a lo indemostrable. a un cierto nacionalismo como ideología literaria. cuyos antecedentes remiten a los años 40 del siglo pasado en La Habana. Ulises Heureaux hijo y ocasionalmente Federico Henríquez y Carvajal. Asombra que sin vocación ni necesidad tantas personas honorables se dieran a producir tan pobres resultados. en 1960. a medio siglo de haber sido formulada. Juan Bosch esbozará en el ensayo publicado en Caracas con el título de Apuntes sobre el arte de escribir cuentos. Tres años más tarde. 4) la originalidad como virtud. dice Nolasco que quienes “le dieron realidad precisa al cuento en la República Dominicana”. honestas señoritas y señoras. sin vocación ni necesidad. España y los Estados Unidos y con menos peso en el Caribe y el resto de la América hispánica por razones explicables conforme a su exilio político e intelectual. pero si se le concibe como remisión a la especificidad cultural puede ser semánticamente productivo. 2) lugar y ambiente. con esos rasgos distintivos o atributos del cuento no se mide el valor literario. compitiendo por ser cuentistas llenaban La Revista Ilustrada de Miguel Ángel Garrido –1898-1900– creyendo seguir el dechado de Francia. Esta observación del antólogo. aunque se la ha confundido con la novedad desde los tiempos de Aristóteles.) Nolasco suministra en nota al calce una lista larga de esos “cuentistas” y asiduos colaboradores de la revista de Garrido. Ha de suponerse que cada uno de estos autores aplicó en sus cuentos la teoría que define a finales del siglo XIX y principio del XX los rasgos distintivos del género. nuevas reglas más específicas a lo literario. fueron Virginia Elena Ortea.INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes más arriba. Pararon de repente sorprendidos por los cuentos de dos maestros del modernismo: Manuel Díaz Rodríguez y Rubén Darío…” (Ibíd. las cuales cambian las de Nolasco y las que se conocían acerca de este género en América hispana. y 5) la no confusión entre anécdota y cuento. Rafael Deligne. 3) dominio del idioma o corrección conveniente. José Ramón López.

que Nolasco leyó sin duda. es decir. realiza ahora un nuevo aporte como entusiasta colaboradora en la obra del desarrollo cultural que le imprime sin desmayo a la república de las letras el Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva. sepulta las ideas acerca de lo que es el valor literario del cuento. al copiar a su primo Max Henríquez Ureña y a la autoridad literaria de la cual estaba investido. 20 . Creo que el libro de Nolasco no tuvo el tiempo necesario para ejercer influencia en la generación de cuentistas que surgió luego de la caída de la dictadura trujillista. Tampoco ejerció Nolasco influencia en los antologados. De acuerdo a la visión del presentador de la antología. 4 Publicada en Río de Janeiro en 1945 para la época en que fue embajador en Brasil. Sin embargo. A partir de 1964 y en la misma colección donde se publicaron los dos tomos de Nolasco en 1957. del cual fue Senador en el Congreso. 12) y como. tanto en su prólogo como en su selección. literatura y sujeto. la antología de Nolasco hay que verla. entendiendo que el cuento en nuestro país ha alcanzado su plenitud durante la era de Trujillo.” (I. como él mismo aclara (I. Nolasco tenía la siguiente esperanza al entregar al público el primer tomo de su obra: “Responde a estas observaciones la recopilación que se entrega al público sin la severidad que requieren los florilegios.) Este solo párrafo bastó para que la generación de escritores surgida luego del ajusticiamiento de Trujillo. pues las imágenes del mundo que surgió después del 30 de mayo de 1961 no cabían en el recetario de Nolasco. sin la pasión política que obnubila. hombre literariamente conservador y políticamente vinculado con el trujillismo. Es dicho párrafo una hábil maniobra literaria que responsabilizaba al editor del contenido de una alabanza a Trujillo que se convirtió en aquellos 31 años en un estereotipo obligado. con criterios estrictamente literarios y la propaganda trujillista contenida en sus páginas debe ser situada en sus efectos políticos e ideológicos. 25) Y promete “pronto dar a la publicidad otro volumen en el cual tendrán cabida autores de no menor calidad y reputación que los comprendidos en el presente. Esto explica que los criterios de Nolasco para escoger los cuentos que forman su obra sean los de “una recopilación intentada sin mayor rigor de florilegio”.” (Ibíd. sucumbió a la misma idea de don Max al escribir su Panorama histórico de la literatura dominicana en 19454. tal vez.” (Ibíd. Salvo que el libro de Emilio Rodríguez Demorizi titulado Cuentos de política criolla no tuviera en su edición de 1963 el prólogo de Bosch (reproducido en la segunda edición de 1977). abrió Bosch el camino para una generación nueva que surgía sin una idea clara de las características del cuento. ya que estos participan de las mismas ideas de Nolasco en política y literatura. que implican selección obtenida mediante examen comparativo de los ejemplares de cada autor. rechazara en bloque la antología de Nolasco. lo que aquella cultura de treinta años de autoritarismo entendió por cuento. A casi cincuenta años de aquellos acontecimientos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS De modo que este texto teórico. Nolasco no leyó la definición de lo que era el cuento para Bosch y esta le encaja perfectamente a casi todos los textos de su antología. el valor de la antología de Noslasco es principalmente histórico como documento de primera mano para el estudio antropológico de la mentalidad y la cultura dominicanas de fin de siglo XIX y principio del XX. sin conciliación ni atribuciones de responsabilidad al tiempo o a las circunstancias.) El párrafo final explica la selección sin rigor de florilegio hecha por Nolasco: “Librería Dominicana. muchos de los cuales estaban todavía vivos en 1957.

de Ángel Rafael Lamarche. En “Pero él era así” (p. de José Rijo. Nolasco se incluyó en su propia antología. Hay que acotar que Hilma Contreras fue siempre una disidente discreta del régimen y que no llegó nunca ostentar cargos públicos de responsabilidad política en el régimen de Trujillo. 203) dominan la estampa y el exotismo. hombres o mujeres. aunque no siempre. Sanz Lajara. publicado en 1933. de Bosch. En ese primer tomo. Ramón Marrero Aristy. Virgilio Díaz Ordóñez. se cumple el procedimiento de la estampa literaria localista. ya que no cumplen con los rasgos que él ha dado a conocer en el prólogo a su libro: En “El forastero” (II. En “El tren no expreso” (II. domina el procedimiento de los cuadros de costumbres. con sus dos leyes de la palabra precisa para describir la acción y la fluencia constante. rasgo exigido por Nolasco. se infiere. prevalece el procedimiento artificial y exótico de Fabio Fiallo. Los dos libros de cuentos de Pichardo son de 1917 y 1927. 159). salvo una que otra excepción.II. y que el lector puede encontrar en “El príncipe del mar” (I. Y sin embargo. se cumplen las leyes del cuento boschiano. En “Ma Paula se fue al otro mundo” (II. Haré una lista de los textos que más se aproximan a lo que Bosch entendió por cuento. Nolasco 21 b) Visión de cada obra . 45). M. de Marrero Aristy. En “Mujeres” (II. propios del realismo mágico. el hombre que en 1933 cambió para siempre la forma de escribir cuentos en el país con Camino real quedó excluido de esa antología a causa de su condición de exiliado político y líder del partido de oposición más importante en el exilio. 179). 81). En “Floreo” (I. la cual repugnaba por artificiales o exóticos los cuentos que trataran temas sin vinculación con la historia y la cultura dominicanas. pero que el propio Nolasco les encuentra defectos. de Francisco Moscoso Puello. Aunque quienes siguieron su enseñanza y escribieron influidos por él (Hilma Contreras. casi todos los textos son posteriores a Camino real. J. En “El regidor Payano” (II. como son Aconcagua y Cotopaxi. pero algunos de los cuentos contenidos en este volumen vieron la luz antes de su inclusión en el referido volumen. 87). figuran en la antología de Nolasco. casi todos nuestros antólogos literarios.INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes En la antología de Nolasco todos los cuentistas elegidos son funcionarios del régimen. pero contiene zonas donde la palabra precisa para la descripción de la acción no es la perfecta. aunque aparece el contexto local. para citar a los más importantes). Sanz Lajara no figura en la obra quizá debido a la ideología literaria del nacionalismo de la antología de Nolasco. 9). recusado por Nolasco. de modo que casi todos los escritores y escritoras incluidos en la obra de Nolasco debieron leer los cuentos de Bosch. Nolasco debió leer estos dos libros de viajes y cuentos. el primero publicado en 1949 y el segundo en 1950. Ramón Lacay Polanco. pero las digresiones y desvíos a que el narrador somete a los personajes les inhabilitan para calificar como cuentos bien logrados. 95) y “Ángel Liberata” (II. la acción no se detiene. 105) los dos temas son excelentes. Aunque pocas veces Nolasco da la procedencia de los textos incluidos en los dos volúmenes. Néstor Caro y José Rijo. de José María Pichardo. procedimiento que han seguido. que el cuento antologado se encuentra en las obras de los autores que se citan al calce. así como el nacionalismo literario que primó en la era de Trujillo y que luego fue recogido por la teoría marxista del compromiso literario. 37) y “El fugitivo” (II.

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aplicó a los dos textos el principio de la moraleja sin moral rígida y los dejó en estampas clásicas regionales del Sur. “Los diamantes de Plutón” (II, 123), de Virginia Elena Ortea, es considerado por Nolasco como “un puente entre el cuento moderno y el cuento antiguo” y personificación del “mito heleno de Perséfone” (I, 10), carente de sitio y tiempo, defectos del modelo de cuento del antólogo, pero con “estilo sobrio, claro y animado”, lo cual no significa nada. “A mí no me apunta nadie con carabina vacía” (I, 29), de Julín Varona, tiene, al igual que “El forastero”, de Pichardo, el mismo mérito: la acción no se detiene nunca y las palabras que describen las acciones del personaje principal, Ismenio, y del asaltante, Benceslao, son las precisas. Este es un cuento de la estirpe de los de Camino real. El pintoresquismo del idioma del Sur es igual al pintoresquismo del español cibaeño que tan bien domina Bosch. Es una ideología lingüística de época, propia del realismo de la novela de la tierra. En “Cielo negro” y “Guanuma” (I, 43, 48), de Néstor Caro, coexisten dos temas boschianos –el buey y el diablo como personajes– cultivados desde Camino real con “La pájara” y reanudados en Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio con “El funeral”, “Maravilla” y “El Socio”. Igualmente, “La cuenta del malo” (II, 171), de Freddy Prestol Castillo, se queda en estampa del tema del diablo, muy ligado al cuento de camino que emigró al campo dominicano. En “La eracra de oro” (II, 131), de Virginia de Peña de Bordas, existe un mayor acercamiento a las reglas del cuento de Nolasco, pues la cultura taína empalma con la afrohispana como parte de la historia dominicana, es decir, que este texto responde a la exigencia de lo local, del sitio y tiempo, dominio del idioma y, también, a las dos leyes del cuento boschiano. Igualmente, responden a las mismas exigencias los cuentos “El centavo” (I, 39), de Manuel del Cabral, “La Virgen del aljibe” (I, 55), de Hilma Contreras, “Aquel hospital” (I, 79), de Virgilio Díaz Ordóñez, “Deleite” (I, 145), de Tomás Hernández Franco, y “Mi traje nuevo” (I, 163), de Miguel Ángel Jiménez. Con respecto a “La conga se va” (I, 123), de Max Henríquez Ureña, y “La sombra” (I, 139), de Pedro Henríquez Ureña, hay que decir que no responden a la exigencia nolasqueña de lo local, pues ambos textos están ubicados el primero, en Santiago de Cuba, y el segundo no determina sitio ni tiempo. Ambos responden a las dos leyes boschianas del cuento y en esta teoría no es pertinente la determinación del espacio geográfico o la fecha de la escritura para que un texto tenga valor literario, como lo prueban los cuentos de ambiente y época hispanoamericana escritos por Bosch, verbigracia “La muchacha de La Guaira”, “El indio Manuel Sicuri”, “El hombre que lloró”, “La muerte no se equivoca dos veces”, “Rumbo al puerto de origen”, “La mancha indeleble”, por no citar otros. Finalmente, el cuento “La bruja” (I, 189) anda cerca de la exigencia boschiana, pero hay digresiones y desvíos que matan el interés del lector. El texto de Gustavo Díaz “Dos veces capitán” (I, 73) es una ideología patriótica que cae perfectamente en la tradición al estilo de Penson o Troncoso de la Concha. Lo mismo se puede decir de “La cita” (I, 93) de Federico García Godoy. Igualmente, caen en las tradiciones dominicanas los textos de Antonio Hoepelman “Nobleza castellana” (I, 157) y “Honor trinitario” (I, 171) de Miguel Ángel Jiménez, ideología hispánica el primero e ideología patriótica el segundo, aunque este último tiene madera de cuento con final sorprendente. Pero en la teoría boschiana este es un rasgo que puede estar presente o ausente del cuento. El texto “El general José Pelota” (II, 53), de Miguel Ángel Monclús, y “Cándido Espuela” (II, 215), de Vigil Díaz, son, al igual que “El general Fico”, de José Ramón López, cuadros de costumbres de la época montonera o de Concho Primo.
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En cambio, “Las tres tumbas misteriosas” (II, 149), ¿cuento gótico con moraleja sin moral rígida?, de José Joaquín Pérez, y “Una decepción” (II, 189) y “El proceso a Santín” (II, 196), de Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, así como “Humorada trágica” (I, 113), de Federico Henríquez y Carvajal, y “Modus vivendi” (I, 65), de Rafael Damirón, bien escritas, con las dos leyes boschianas presentes y con los requisitos nolasqueños en acción, son, sin embargo, tradiciones dominicanas en el mejor sentido. Los textos de Ramón Emilio Jiménez titulados “La escalera inesperada” (II, 179) y “Duelo comercial” (II, 183) son perfectos cuadros de costumbres pintorescos y picarescos, llenos de malicia cibaeña, de gracejo y humor. En “El sueño del guerrero” (I, 105), del general Máximo Gómez, existe determinación de sitio y tiempo (Cuba, Cuartel de la Demajagua, junio de 1889) y con una contra-ideología que recusa la matanza de los indios por Colón y los conquistadores del Nuevo Mundo y coloca al Almirante en un limbo o purgatorio donde expía sus crímenes, sin posibilidad de acceder al Paraíso. Y, finalmente, “Por qué el negro tiene la piel así” (II, 220) es, como su nombre lo indica, un verdadero cuento de camino, no exento de una ideología legendaria y mítica que no atina a explicar el racismo en contra de los negros sino por mediación de una fabulación. c) Visión de hoy Todos estos textos, sean estampas, anécdotas, cuadro de costumbres o tradiciones han envejecido con las circunstancias que les dieron origen. No han envejecido, sin embargo, “Floreo”, de Rijo, “Aquel hospital”, de Díaz Ordóñez, “Mi traje nuevo”, de Miguel Ángel Jiménez, “El centavo”, de Manuel del Cabral, y “Deleite”, de Hernández Franco. Hay que señalar que el envejecimiento no significa que no leamos dichos textos con curiosidad a fin de saber qué temas prefirieron nuestros escritores y cuáles teorías literarias e históricas pusieron en juego a finales del siglo XIX y un poco más allá de la mitad del siglo XX. Son documentos que simbolizan la arqueología del cuento dominicano y sus vicisitudes antes de llegar a las puertas del hecho-tema único y las leyes de la palabra precisa para describir la acción y la fluencia constante de Bosch. A pesar de las circunstancias de época, los cuentos que no han envejecido tienen un valor humano indudable y no han perdido el interés del lector gracias al ritmo que anima los sentidos y las acciones del hecho-tema único de cada uno de ellos.

J. M. Sanz Lajara5 : El Candado
Si existen dos temas ideológicos que definen la cuentística de J. M. Sanz Lajara, de acuerdo al diagnóstico de Manuel Valldeperes y al del propio autor, son el vitalismo y el americanismo. Esos dos leit-motiv son, por supuesto, conceptos pertenecientes a una teoría literaria: el nacionalismo literario, el cual surgió primeramente como metáfora política a partir del movimiento de independencia de las colonias americanas del imperio español y luego como
5 Ciudad Trujillo: Editorial Librería Dominicana, Colección Pensamiento Dominicano n.º 16, 1959, 154pp. Solo daré para las citas, el número de la página.

a) Visión del presentador

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concepto literario con Martí, Hostos, Pedro Henríquez Ureña y una legión de escritores, filósofos y críticos literarios. Ese nacionalismo literario tuvo diferentes aplicaciones y resultados según la especificidad de cada república hispanoamericana. En el prólogo de Valldeperes al libro de cuentos El candado, el conocido crítico remontaba al año 1949 la aparición del vitalismo y el americanismo de Sanz Lajara con la publicación de Cotopaxi, libro de viajes y cuentos “de ambiente americano”6. (I) Pero Sanz Lajara toma estas nociones literarias de un discurso ajeno, pues en la presentación de su obra afirmó: “Alguien dijo, hablando de la vida (en 1939, DC) que en ella existe toda plasmación. Añadiremos que la fantasía en literatura está desapareciendo, si no ha desaparecido ya. Este libro se formó en la vida, con ella y de ella. Los hombres que voy a presentar cruzaron sus caminos con el mío. Las mujeres pasaron por mi puerta y algunas –¡benditas sean!– dejaron un beso, una caricia y una que otra lágrima, que sin dolor no hay sentido del propio destino.” ( (Ibíd.) La teoría y la práctica son dialécticamente inseparables. Por eso pasaron idénticas de Cotopaxi a Aconcagua y de estas dos obras a El candado con el nombre de realismo o verismo literario. Existe quizá un malentendido que es preciso aclarar. Cuando Sanz Lajara dice que la fantasía está en camino de desaparecer, si no ha desaparecido ya en 1949, en modo alguno se refiere él a la capacidad de imaginar, fantasear, crear mundos no vistos o que no existen en la vida real, sino que se refiere a un subgénero entendido como evasión literaria donde el compromiso del texto en cuestión es el olvido de lo político. Esa es la característica de la literatura frívola, de ensueño o light. Ni siquiera el cuento fantástico escapa a lo político, como podía pensarse, pues sus sentidos están orientados al prevalecimiento de la justicia en contra de los desafueros de los poderosos. Quede claro, pues, que los cuentos de Sanz Lajara son ficción, no documentos o testimonios históricos. Y las crónicas de viaje, aunque no son cuentos, están salpicadas de ficción, son más signo que símbolo. Algunos cuentos de Sanz Lajara podrán no tener valor literario, pero son una invención, no una crónica de viaje. El nudo de sus cuentos radica en la experiencia del otro, de los demás. Ese trabajo artístico de la cotidianidad es lo simbolizado en los cuentos de El candado. Puede decirse incluso que casi todos los héroes de los cuentos de esta obra son negros, negras e indios elevados a la categoría de sujetos. Aunque Valldeperes sí reparó en este detalle, no toda la crítica de la época lo hizo. Si bien lo puramente rural jerarquizado por la teoría de la novela de la tierra va de paso, en los textos de Sanz Lajara prima más lo semi-urbano y lo urbano con su constelación de pobres y grupos étnicos olvidados, los cuales constituyen un significante social. ¿Cuál fue la recepción de Valldeperes a los cuentos de El candado en 1959? ¿Con los términos de la Poesía Sorprendida? Oigamos lo que dice: “El americanismo de este libro –americanismo con anhelos y angustias para y por el hombre universal– no discrimina: presenta los hechos con toda su intrínseca e influyente veracidad. Por eso, precisamente, el hombre de América se reconoce en sus páginas. Se reconoce como colectividad con un destino común y con la sola ambición de este destino.” (III) Existen también ideas de época y puntos de contacto con el mesoamericanismo postumista de Moreno Jimenes y con la teoría y la práctica del cuento de Camino real de Juan
6 El prólogo no tiene numeración de página. Le he puesto números romanos para distinguirlo de los números arábigos de los cuentos.

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Bosch. La vida del hombre o la mujer comunes es el tema por excelencia de los cuentistas del realismo dominicano. Ser humano y ambiente, según Valldeperes: “Y a descubrir esta felicidad, después de haber descubierto el hombre y el paisaje americanos –su naturaleza incitante–, tienden las inquietantes y sutiles páginas de El candado. A descubrir esta felicidad al través de la vida cotidiana, con todo lo que hay en ella de alegre y de bueno y también de angustia y sufrimiento.” (Ibíd.) Los rasgos pertinentes para el nacionalismo literario de Nolasco, Valldeperes y los partidarios de esta teoría son, como se ha visto, el ser humano y el ambiente, es decir, lo nacional, local o regional, la corrección conveniente, la originalidad como virtud y si universalizada, mejor. En la teoría de Bosch estos elementos pueden estar presentes o ausentes, pero no definen el valor del cuento, ya que solo el hecho-tema único, la ley de la palabra precisa para describir la acción y la ley de la fluencia constante constituyen la calidad de un cuento. Las características literarias de la escritura de Sanz Lajara han sido realzadas por Valldeperes, de la siguiente manera: “estilo impresionista, ágil; descripción clara y precisa; escritor de temple que sabe descubrir en la actualidad viva lo que hay de legendario en América, diversidad de tipos y temas americanos captados en un instante de vida, captación de la sana alegría de vivir, que es la gran esperanza y el gran estímulo del hombre.” (IV) Refuta Valldeperes la teoría que sostiene que “el cuento literario es la transformación de la verdad verdadera, al través de una mente apasionada, hasta convertirla en una mentira bella.” (Ibíd.) Para el crítico, Sanz Lajara es original y no se queda “nunca en el interés puramente descriptivo” y por eso “se mantiene en ese punto intermedio, vital y emotivo al mismo tiempo, entre el desprecio de los hechos, que conduce a un lirismo estéril, y la supervaloración de estos, que nos sitúa en el campo estricto del reportaje.” (V) El crítico literario también consideró que Sanz Lajara fue “un escritor original, de la estirpe de los grandes de América, porque contempla la vida con afán analítico.” (Ibíd.) Y agrega además que el autor de El candado “no desarma nunca la estructura interna de la realidad para narrar los hechos. Tampoco cae en el boceto costumbrista, porque en sus narraciones hay emoción.” (Ibíd.) ¿Cuáles son los rasgos de los personajes de los cuentos de Sanz Lajara? Valldeperes los ve de esta manera: “son reales, vivos, arrancados de la desnuda y aleccionadora realidad de cada día y el autor no los aparta, al darles vida literaria, de esa realidad, de su realidad. Son seres que no se miran vivir, sino que viven. Sus miradas se vuelven hacia dentro para verse tal como son, para mostrarse, en la plenitud de su vigencia humana, tal como son.” (Ibíd.) Otra característica de los personajes de estos cuentos, según el crítico literario, es que no presentan “el más mínimo atisbo de falsedad.” (V-VI) Ha encontrado Valldeperes que lo más impresionante de los cuentos de Sanz Lajara no son los personajes y su existencia real, “sino su vida espiritual, con todo lo que hay en ella de videncia y de presentimiento, de sugestión de otras vidas. Se trata de un trasunto de lo individual a lo universal y humano al través del cual trata de descubrir el sentido superior del hombre como paso seguro hacia la fijación de su destino.” (VI) Rechaza también el crítico la teoría de una obligada nacionalidad de los temas de la cuentística de Sanz Lajara. Valldeperes ve solamente en lo textos del autor prologado, “una necesidad intrínseca de su obra y, por consiguiente, un atributo de esta: la fuerza y la vivencia del origen. Por eso, a pesar del ámbito americano de los cuentos de Sanz Lajara, la presencia del dominicano está latente en todos ellos.” (Ibíd.)
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b) Visión de cada obra A casi cincuenta años de la publicación de El candado, los distintos textos que componen la obra no han perdido su valor de época, excepto quizá “Ñico”, que se asemeja más a la tradición o a la estampa, si bien su técnica está elaborada con la recomendación boschiana del personaje central único, aunque las diferentes anécdotas contadas por Ñico a los niños, incluido el autor José Mariano, vuelto también personaje del cuento, disgregan lo que debe ser el hecho tema-único, si bien el hilo que sostiene las acciones corre por cuenta del mismo protagonista, quien es personaje-narrador. Mantiene la vigencia de los cuentos un humor que, manifestado de varias formas, produce en quien los lee una orientación del sentido en contra de la dominación y la injusticia que el sistema social y los poderosos ejercen sobre los personajes que pueblan el mundo americano que Sanz Lajara ha querido reivindicar, incluso en cuentos como “Curiosidad”, el cual no tiene que ver con un cambio o una crítica a lo social, aunque el personaje femenino ha experimentado una transformación de su concepción del amor al cambiar un sentimiento confuso previo entre amor y pasión que la había arrastrado a la infidelidad, a despecho de las razones valederas que pudo haber tenido a causa de la insatisfacción sexual en que la sumió su esposo, más interesado en los negocios que en el sexo con amor. Otras son las medidas por adoptar ante situación parecida, pero los personajes son lo que el texto nos presenta, no lo que quisiéramos que fueran, según nuestro deseo. c) Visión de hoy Pocos han sido los estudios que se han producido en la sociedad dominicana en torno a los cuentos, o incluso las novelas, de Sanz Lajara. Con excepción de las opiniones convencionales de las antologías y las historias literarias tradicionales, dos son los ensayos, que sobre este escritor –que vivió casi toda su vida en el extranjero en misión diplomática– han visto la luz en el país después de su muerte el 20 de junio de 1963 en Madrid7. Di Pietro ha sido el primero en llamar la atención acerca de la cuentística y la novelística de Sanz Lajara8 y el estatuto contradictorio entre su vida y sus textos literarios. La pregunta que se ha formulado Di Pietro es cómo Sanz Lajara, a pesar de escribir cuentos que plantean el problema social de campesinos, obreros y proletarios, no llega nunca a oponerse a la dictadura de Trujillo. El crítico ha analizado novelas como El príncipe y la comunista y Caonex y concluye en que la primera es una “pornografía política” y la segunda un “respaldo incondicional a la dictadura de Trujillo.” (Temas, 86) ¿Cuál ha sido la única teoría literaria que desde los griegos hasta hoy lee las obras literarias como un reflejo de la vida del autor? Desde los presocráticos, desde Aristóteles y Platón y todos sus epígonos hasta hoy
7 Véase “J. M. Sanz Lajara, su prosa de viajes y sus cuentos”, en Temas de literatura y de cultura dominicana. Santo Domingo: Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), 1993, pp.79-94. Di Pietro analizó parcialmente las novelas de Sanz Lajara en el libro citado y a “Caonex, una novela conservadora dominicana”, en Quince ensayos de novelística dominicana. Santo Domingo: Departamento de Publicaciones del Banco Central de la República Dominicana, 2006, pp.17-40. 8 Cabe realzar que la primera antología de cuentos que incluyó profusamente a Sanz Lajara (con cinco textos) fue La narrativa yugulada, de Pedro Peix. Santo Domingo: Biblioteca Nacional, 1981, pp.271-287. La de Diógenes Céspedes contiene un solo texto, “Curiosidad”, pero esta antología se fija esa cantidad como límite por cada autor. Santo Domingo: Editora de Colores, 1996, 1ª ed., y 2ª ed. Santo Domingo: Editora Búho, 2000. Los estudios académicos más serios hasta ahora son los de Di Pietro y el extenso prólogo titulado “Noticias”, de Andrés L. Mateo, a la edición de los cuentos de Sanz Lajara publicados en Santo Domingo por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos en 1994. Ambos autores partieron de lo ya hecho por Manuel Valldeperes en sus dos artículos sobre Sanz Lajara.

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esa ha sido la norma, el método de las poéticas aristotélicas, cuya culminación cierra una época con Buffon cuando proclamó que el estilo era el hombre. Lo que hicieron después en los siglos XIX y XX las teorías del arte por el arte, la sociología marxista de la literatura y los estructuralismos lingüísticos y semióticos fue confirmar el dogma buffoniano. Pero la poética meschonniciana plantea, desde 1970, que casi nunca la ideología del escritor es la de su obra. La vida de los escritores está hecha de intereses muy contradictorios, de ideologías y creencias ancestrales que se remontan al seno de la cultura familiar, las tradiciones repetidas desde la infancia y de las cuales es muy difícil desembarazarse, sin que importen la inteligencia del escritor y los estudios realizados en prestigiosas universidades. Pero sea revolucionaria o conservadora, la ideología de un escritor no pasa como biografía a la obra, pues eso sería producir un reflejo mecánico que identifica y lee las obras artísticas y literarias como vida del autor. Cuando el escritor tiene conciencia de lo que es la obra como valor, ¿qué hace? Como su vida y sus opiniones carecen de interés para que figuren en su obra literaria, él o ella dota, consciente o inconscientemente, a uno o varios personajes o a estructuras del sistema del texto, de sentidos que se orientan políticamente en contra de las ideologías o creencias que funcionan como verdades en la sociedad y en la época donde vive el escritor o escritora. En este sentido, la poética meschonniciana postula entonces que existe una homogeneidad entre el decir-vivir-escribir del sujeto de la escritura y la obra. El sujeto de la escritura no es idéntico al autor. El primero es contra-ideología, mientras que el segundo es ideología. Son escasísimos los casos donde autor y sujeto de la escritura son homogeneidad entre el decir y el hacer y el vivir-escribir. Talvez José Martí sea un caso único en América. El siglo XX encumbró el mito de que el hombre era el estilo, es decir, que la obra literaria se explicaba a través de la vida del autor. Y ese mismo siglo XX acabó con semejante mito. Las obras anónimas, según ese cliché literario, jamás podrán analizarse, ya que no conocemos a su autor. Pero sabemos todo lo contrario, que esas obras han sido muy bien analizadas. En este contexto tiene sentido la respuesta que busca Di Pietro al analizar “Hormiguitas”, ese cuento de El candado que el crítico lee simbólicamente como un sentido político orientado en contra de la dictadura de Trujillo. Pero no es Sanz Lajara como diplomático al servicio de la dictadura quien es antitrujillista. Esto no se produce en toda su vida. Sus variados intereses no se lo permitían. Entonces, él, como escritor, consciente o inconscientemente, estructura dos instancias que en el cuento “Hormiguitas” simbolizan esa crítica en contra del sistema: a) el personaje del idiota, y b) la estructura del narrador, quien, en el sistema de la obra, distribuye en el discurso literario la crítica a las ideologías de época que el régimen encarna. Tales ideologías son analizadas casi en su totalidad por Di Pietro y Mateo, aunque este último manifieste en poco de recelo con respecto al método utilizado por el primero. Mateo dice entender la propuesta de lectura de Di Pietro, y “aunque sigue siendo una propuesta” o tesis, “parecería arriesgado asumir[la]. (“Noticias”, 29) Lo que produce la duda en Mateo es la doblez que Di Pietro imprime al personaje del idiota, el cual encarna la parte rebelde de Sanz Lajara como intelectual consciente de lo que sucedía durante la dictadura, mientras que el coronel encarna al Sanz Lajara diplomático, conservador, trujillista y ex miembro del Capítulo de la Falange en Santo Domingo. Esta es la tesis estilística que lee la obra literaria como reflejo de la vida del autor. En la poética se examina cómo está orientada la política del sentido que el ritmo ha organizado
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en el discurso literario, pero a partir de instancias o estructuras del sistema semántico de la obra, no con conceptos prefabricados ad-hoc por otros discursos que no tienen nada que ver con la especificidad de lo literario, como es el de la biografía del autor. El resultado obtenido con el uso de conceptos extraños a la especificidad de la obra literaria es, como lectura, un determinismo político, histórico, social o biográfico que no pasa de ser una metáfora improductiva. Los cuentos de Sanz Lajara son una mezcla de hechos-temas únicos extraídos de tres canteras: a) la vida campesina, b) la vida de los indios y negros de los países latinoamericanos, y c) la vida semi-urbana o urbana de esos mismos países. La trashumancia como diplomático es la responsable de que Sanz Lajara, hombre extremadamente conservador, se volcara, aunque de manera paternalista a veces, a valorar desde su cuentística, la vida de la gente humilde. ¿Por qué eligió a los humildes si él provenía de la pequeña burguesía alta, de sangre española y enquistada con el trujillismo a través de Peña Batlle, cuya esposa, Carmen Defilló Sanz, era prima de José Mariano Sanz Lajara?9 En esto también el responsable, con la teoría y la práctica en acción, fue Juan Bosch, quien en 1933 les dejó Camino real como herencia a los escritores que surgieron después de su salida al exilio en 1938. La tesis de Bosch acerca del arte de escribir cuentos está implícita en Camino real, pero comenzó a hacerse más explícita en las notas de presentación que escribía para el Listín Dominical10 y finalmente el bosquejo en la revista Bohemia, de La Habana, de lo que habría de ser en 1958 el ensayo “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, publicado en la revista Shell, de Caracas11 y reproducido en varios libros, revistas y antologías dominicanas y extranjeras y desde 1964 en Cuentos escritos en el exilio (Santo Domingo: Colección Pensamiento Dominicano n.o 23). Esta es la herencia teórico-práctica de Bosch a los cuentistas de su país y desde su salida a Puerto Rico en 1938, él se preocupó por que sus mejores textos llegaran a manos de dichos intelectuales, ya fuera por mediación de sus amigos Mario Sánchez Guzmán o de sus colegas escritores Emilio Rodríguez Demorizi, Héctor Incháustegui Cabral, Ramón Marrero Aristy y otros, así como a través de viajeros ocasionales de extrema confianza y discreción. Por eso Sanz Lajara, Hilma Contreras, José Rijo, Lacay Polanco, Virgilio Díaz Ordónez12 y otros se beneficiaron de las ideas claras de Bosch acerca de cómo escribir cuentos y, sin duda, influyó decididamente en todos ellos y de todos fue amigo, relación que incrementó a su llegada al país en octubre de 1961. De igual manera, decisiva fue también su influencia en los cuentistas y novelistas surgidos después de la caída de la dictadura, pero esta influencia se atenuó un poco después de la irrupción del boom latinoamericano.
9 El dato de los lazos familiares con la familia Peña Batlle-Defilló Sanz lo confirma Manuel Núñez en su libro Peña Batlle en la era de Trujillo. Santo Domingo: Letra Gráfica, 2007, p.20. 10 En la carta dirigida a Silvia Hilcon (seudónimo de Hilma Contreras), de fecha 8 de marzo de 1937, están esbozados los grandes temas de la teoría del cuento de Bosch, tal como los conocemos hoy. Véase la carta en Hilma Contreras: La carnada. Cuentos. Santo Domingo: Editorial Letra Gráfica, 2007, pp.4-5. Para los escritos teóricos de La Habana que prefiguran el ensayo “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, véase su conferencia titulada “Características del cuento”, publicada en Mirador Literario. La Habana, julio de 1944, pp.6-9, reproducida en el libro de Guillermo Piña Contreras titulado Juan Bosch: imagen, trayectoria y escritura. Imágenes de una vida. Santo Domingo: Comisión Permanente de la Feria del Libro, t. I. pp.63-68. 11 Año IX n.º 37, diciembre de 1960, pp.44-49. 12 Hay que acotar que Bosch también fue amigo de Virgilio Díaz Grullón, hijo de Díaz Ordóñez, también buen cuentista que recibió la influencia boschiana, tal como él mismo lo confesaba a menudo y como se advierte en sus obras Crónicas de Altocerro, Un día cualquiera y Más allá del espejo.

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Para cerrar este excurso, creo que El candado, con su cuento que da títulado al libro, así como “El otro”, “Hormiguitas”, “El milagro”, y el último titulado “Curiosidad”, cuya influencia es patente en “El gato”, de Armando Almánzar Rodríguez, donde el felino y Ernesto simbolizan el gato, mientras que el perro simboliza al esperado amante innominado de “Curiosidad”; y, el ratón, a la amante asesinada. En el texto de Sanz Lajara, la amante se transforma en un sujeto femenino, mientras que en el de Almánzar Rodríguez la mujer es una víctima de su pareja, Ernesto, quien la asesina al regresar a su hogar luego de pasar un rato donde su amante Julián. Este asesinato simboliza en “El gato” un castigo a ese tipo de relación amorosa, condenado también por los Códigos Penales, mientras que en Sanz Lajara dicha relación simboliza la libertad y el fin de la moral convencional sobre el adulterio. Es decir, que en Almánzar Rodríguez no existe ni siquiera lo que Nolasco llama, como atributo del cuento, una moraleja sin moral rígida, mientras que en “Curiosidad” los sentidos están orientados políticamente a la ausencia total de castigo moral. En uno ideología, en el otro contraideología.

Juan Bosch: Cuentos escritos en el exilio
Los antecedentes teóricos de “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos” que figuran como prólogo o introducción a Cuentos escritos en el exilio13 son la carta a Silvia Hilcon14 (seudónimo de Hilma Contreras) que figura en su libro de cuentos La carnada y la conferencia “Características del cuento”15, dictada por Juan Bosch en 1944 en la Institución Hispanocubana de Cultura16. Esos mismos “Apuntes…” son los que figuran como visión del presentador17 de los cuentos que integran los dos tomos de Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio marcados con los números 23 y 32 de la Colección Pensamiento Dominicano publicados en 1962 y 1964, respectivamente. En los “Apuntes…” existen pocas referencias de Juan Bosch a los cuentos de estos dos volúmenes. La mayoría de las referencias a estos y otros cuentos, escritos o no en el exilio, figuran en entrevistas posteriores concedidas a los medios. Las dos referencias más famosas son las que Bosch asumió cuando dijo que su dominio de la técnica del cuento se consumó con la escritura de “El río y su enemigo” y que consideraba
13 Santo Domingo: Julio D. Postigo e hijos, Editores, Colección Pensamiento Dominicano n.º 23, 1964. Fue publicado en forma de folleto en la revista Shell, IX n.º 37, diciembre de 1960, Caracas, como ya se dijo. 14 En La carnada. Cuentos, bibliografía ya citada. 15 Publicada en Mirador Literario, La Habana, julio de 1944. 16 En Guillermo Piña Contreras, bibliografía ya citada. 17 Existe una Nota de los Editores que sirve, más que de presentación, de advertencia a los lectores y, de ninguna manera, aunque contiene opiniones sobre los cuentos y los apuntes, puede ser considerada, en este contexto, como un estudio. Dice así: “Los cuentos del presente volumen no fueron seleccionados ni por el autor ni por los Editores. Se reunieron los que estaban más a la mano, entre los originales de Bosch, antes de que él pudiera reorganizar su archivo a su vuelta a la República Dominicana. […] Los editores recomiendan muy especialmente a los lectores interesados la introducción del libro que aparece bajo el título de “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, pues en esa materia hay muy poco escrito en lengua española, e incluso lo que sobre el arte del cuento, considerado el más difícil de los géneros literarios, se ha publicado en otros idiomas como material de texto para Escuelas Superiores y Universidades, es generalmente incompleto. Creemos que este trabajo de Juan Bosch es el más amplio producido por un escritor profesional de cuentos de todos los que se han publicado hasta ahora.”

a) Visión del presentador

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que los textos que figuran en su libro Camino real, aunque aceptables, no tenían todavía la maestría de los que escribió en el exilio. Acaso tenga razón y los únicos cuentos que se salvan de Camino real sean “La mujer” y “Dos pesos de agua”, tan llevado y traído el primero por el realismo cuya ideología hace previsible el mecanismo de la escritura, y menor en el segundo cuento debido al trabajo de lo fantástico. Si se los compara con “La mancha indeleble”, “La Nochebuena de Encarnación Mendoza”, “El indio Manuel Sicuri”, “El hombre que lloró”, “Los amos” y “Luis Pie”, la apuesta política del sentido de estos textos de Cuentos escritos en el exilio es de transformación de las ideologías mayores de la sociedad dominicana y latinoamericana de la época: la crítica al partido único que es inseparable de cualquier dictadura de derechas o de izquierdas, en “La mancha…”; la crítica a la jerarquía militar y su espíritu corporativo en dictadura o democracia, en “La Nochebuena…”; la crítica a la justicia de los seres humanos prevista por los códigos en oposición al derecho natural donde las ofensas al honor se lavan con sangre, en “El indio…”; la crítica al racismo de los dominicanos en contra de los haitianos a causa de la enajenación ideológica, en “Luis Pie”; la crítica a la ética del deber y el sacrificio por la revolución opuestos a los valores del amor filial y familiar, en “El hombre que lloró” y, finalmente, en “Los amos”, la crítica a la explotación despiadada al campesino dominicano por parte de los terratenientes precapitalistas. Pero este excurso lo empalmo con los “Apuntes…”, lugar teórico donde todo lector de los cuentos de Bosch debe volver si desea constatar por sí mismo si la práctica de la escritura iguala y, luego, sobrepuja las ideas contenidas en el referido ensayo. En tres nudos de los “Apuntes…” debe concentrarse el lector de los cuentos boschianos para saber si estos responden al rigor implacable de la técnica: a) la ineludible ley de la fluencia constante, b) la ley ineludible de la palabra precisa para describir la acción, y c) el ineludible hecho-tema único. La primera ley, de la fluencia constante, consiste en que “la acción no puede detenerse jamás; tiene que correr con libertad en el cauce que le haya fijado el cuentista, dirigiéndose sin cesar al fin que persigue el autor; debe correr sin obstáculos y sin meandros; debe moverse al ritmo que imponga el tema –más lento, más vivaz– pero moverse siempre. La acción puede ser objetiva o subjetiva, externa o interna, física o psicológica; puede incluso ocultar el hecho que sirve de tema si el cuentista desea sorprendernos con un final inesperado. Pero no puede detenerse.” (1962: 31) “La segunda ley –dice Bosch– se infiere de lo que acabamos de decir y puede expresarse así: el cuentista debe usar solo las palabras indispensables para expresar acción. […] La palabra puede exponer la acción, pero no puede suplantarla. Miles de frases son incapaces de decir tanto como una acción. En el cuento, la frase justa y necesaria es la que dé paso a la acción, en el estado mayor de pureza que pueda ser compatible con la tarea de expresarla a través de palabras y con la manera peculiar que tenga cada cuentista de usar su propio léxico.” (1962: 32) Un rodeo antes de pasar al hecho-tema único, el cual es, junto a las dos leyes definidas más arriba, una de las tres características esenciales, necesarias, para quien desee dominar la técnica del cuento concebido como lenguaje (=tema), acción (=ritmo y economía lingüística o las palabras indispensables para describir la acción). El resto son los detalles o las variantes combinatorias asociadas a las tres características. Los detalles más importantes confluyen y están subordinadas al hecho-tema único y las dos leyes del cuento. Por ejemplo, la definición del cuento: “un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia.” (1962: 7)
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Si el meollo del suceso o hecho carece de importancia, estamos en presencia de “un cuadro, una escena, una estampa, pero no de un cuento.” (Ibíd.) Según Bosch, “la importancia no quiere decir novedad, caso insólito, acaecimiento singular” (Ibíd.), sino que la importancia radica en que el hecho es de indudable valor humano o humanizado. La técnica es el ritmo y el ritmo es la técnica y esta consiste en “mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión, la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento.” (1962: 10) La técnica exige que si hay descripción, esta debe ser muy breve y debe poner de inmediato al protagonista en acción, física o psicológica (1962: 11) ¿Cómo evitar que el lector se canse o se aburra? Bosch señala que hay que colocar el principio a poca “distancia del meollo mismo del cuento”. (Ibíd.) Al citar a Quiroga, Bosch dice que “un cuento es una flecha disparada hacia un blanco”. (Ibíd.) Lo de la flecha, el aviador o el tigre que nunca se desvían de su objetivo son las metáforas con que Bosch define el cuento como unidad de un hecho-tema único y sus dos leyes ineludibles, todo lo cual significa que hay que saber comenzar y terminar un cuento, integrar al lector, atraparle y no soltarle: “comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, sin una debilidad, sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento.” (1962: 12) De detalle es esconder o no al lector el hecho-tema único, pero el buen cuentista lo hace con sucesos secundarios subordinados a dicho hecho-tema, con palabras o ideas ajenas al hecho tema o “el cuentista esconde el hecho a la atención del lector” (1962: 16) y “lo va sustrayendo frase a frase de la visión de quien lee, pero lo mantiene presente en el fondo de la narración y no lo muestra sino sorpresivamente en las cinco a seis palabras finales del cuento.” (Ibíd.) Para Bosch es menos importante un final sorprendente en el cuento que el “mantener en avance continuo la marcha que lo lleva del punto de partida al hecho que ha escogido como tema.” (Ibíd.) Cuando el cuentista escoge este tipo de técnica de ocultamiento del hecho, a lo cual se prestan todos los temas, tal procedimiento consiste, en quien domina la técnica, en llevar “al lector hacia ese hecho que ha escogido como tema; y que debe llevarlo sin decirle en qué consiste el hecho. En ocasiones resulta útil desviar la atención del lector haciéndole creer, mediante una frase discreta, que el hecho es otro.” (1962: 17) La literatura de enredo, sobre todo en la comedia y el teatro, es especialista en ocultar el hecho-tema, pero en el cuento el desvío no puede ser tan brusco que el lector pierda el interés y se canse o se sienta descaminado y confundido: “El cuento debe ser presentado al lector como un fruto de numerosas cáscaras que van siendo desprendidas a los ojos de un niño goloso.” (Ibíd.) Un hecho tiene varios ángulos, vertientes o perspectivas. Según Bosch, el buen cuentista “tiene que estudiar el hecho para saber cuál de sus ángulos servirá para un cuento.” (1962: 19) El hecho que da el tema deber ser “humano o por lo menos humanizado” y debe responder a valores universales positivos o negativos. (1962: 18) Otro detalle importante, según Bosch, es el que marca la diferencia entre novela y cuento: “en la novela la acción está determinada por los caracteres de sus protagonistas, en el cuento el tema es la acción.” (1962: 21) Esto determina, a juicio de Bosch, que “los personajes de una novela pueden dedicar diez minutos a hablar de un cuadro que no tiene función en la trama de la novela: en el cuento no debe mencionarse siquiera un cuadro si él no es parte importante en el curso de la acción.” (Ibíd.)
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El lector y el tema del cuento están indisolublemente unidos. Son un significante y un significado, el anverso y el reverso de una hoja de papel. Si se corta la hoja, los dos componentes del texto –lector y tema– sufren la misma cortadura: “el lector y el tema tienen un mismo corazón. Se dispara a uno para herir al otro.” (1962: 22) En cuanto a las nociones trabajadas por Bosch en la tercera parte de sus “Apuntes…” (estilo como “el modo, la forma, la manera particular de hacer algo”), su concepto de la lengua como instrumento (1962: 23), su idea acerca del tema y la forma, su unidad indisoluble en música, pero no en la escritura (1962: 25), su creencia de que “en el cuento el tema importa más que en la novela”, son deudoras de la estilística dualista propia de las poéticas aristotélicas y de las cuales jamás saldría bien librado18, salvo en asuntos de intuiciones de escritor como la de que “el cuento es el relato de un hecho, uno solo, y ese hecho –que es el tema– tiene que ser importante, debe tener importancia por sí mismo, no por la manera de presentarlo.” (Ibíd.) El hecho es importante porque debe ser humano o humanizado y tiene categoría universal. El hecho es el tema y el tema es el hecho es un axioma que significa, en el método boschiano, una unidad indisoluble, es decir, una unidad dialéctica. Entendida la dialéctica como la contradicción indefinida, sin posibilidad de solución. b) Visión de cada obra La visión que tengo de los “Apuntes…” y de los cuentos incluidos en este volumen, y el de la crítica de mi generación, así como el juicio es, con respecto a la teoría, que esta será siempre una ayuda indispensable para los que se inician en la escritura del “género” cuento. Por lo menos, del cuento conocido y practicado hasta la época de Juan Bosch, es decir, el llamado cuento tradicional. ¿A qué se llama cuento no tradicional? Al que ha cuestionado los fundamentos esbozados por Poe, Quiroga, Alone, Chéjov y sistematizado por Bosch: el del hecho-tema único que obedece a las dos leyes ineludibles: la fluencia constante y la palabra imprescindible para describir la acción. Todos los cuentos de este volumen responden de manera irrestricta y rigurosa a esas tres características del cuento esbozadas por Bosch y él se aventura, en muchos de estos, luego de dominar el “género”, a navegar o crear todos los ardides y trampas que el buen cuentista avezado lanza al lector para esconderle el hecho y atraparle en su interés. Por supuesto, unos cuentos más que otros responden cabalmente al dominio de la técnica –teoría y práctica en acción– contenida en los “Apuntes…”. Por ejemplo, pienso en “La mancha indeleble”, “La Nochebuena de Encarnación Mendoza”, “El indio Manuel Sicuri”, “El hombre que lloró”, “Luis Pie”, “Los amos”, “Rumbo al puerto de origen”. En la medida en que la forma-tema del cuento se inscribe en el realismo puro, como “Los amos” o “Victoriano Segura”, las estructuras del sistema de los textos boschianos halan el sentido hacia soluciones morales binarias donde triunfa la fuerza del bien y se cumple el rasgo que Nolasco señala como “moraleja sin moral rígida”. En otros, como en “Los amos” no hay, de parte del sujeto de la escritura, condena moral en contra de don Pío, sino que se deja al lector, a quien se le ha presentado la acción, la posibilidad de orientar él mismo el sentido en contra de lo injusto del patrón.
18 Para la crítica y una valoración de las nociones y creencias literarias de Bosch en estos apuntes, véase mi libro Lenguaje y poesía en Santo Domingo en el siglo XX. Santo Domingo: Editora de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1985, pp.198-210.

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Pero aquí habría que escrutar el juicio de un lector que sea finquero y tenga la misma ideología precapitalista y los mismos intereses de don Pío para constatar si el cuento suscita el mismo espíritu de indignación y revuelta que en un proletario campesino o en un pequeño burgués revolucionario. c) Visión de hoy La dimensión nacional del liderato político ejercido por Juan Bosch desde octubre de 1961 hasta su muerte en 2001 opacó, en el ámbito histórico y social, su dimensión de escritor y teórico de la literatura. Dentro de 50 ó 100 años, cuando las pasiones o el fanatismo de quienes él animó desde 1940 hasta la hora de su muerte hayan desaparecido del escenario de la República Dominicana, no es principalmente por su condición de político que Juan Bosch será recordado, sino eternamente por su carrera de escritor, al lado de sus grandes cuentos, su novela La Mañosa y su teoría del cuento. Su magisterio en la política y su efímero paso por el poder merecerán, dentro de 50 ó 100 años, la misma cantidad de páginas que un historiador dedica hoy en un manual de historia dominicana al gobierno de Ulises Francisco Espaillat o en Venezuela al período de Rómulo Gallegos. Los proyectos políticos de los tres intelectuales no cuajaron, no porque estuvieron muy adelantados a su época, como sugeriría cualquier racionalismo historicista, sino debido a los intereses que afectó el simple conocimiento de la catadura ética y moral de los tres presidentes. Lo político tiene un peso extraordinario, en la hora actual, para juzgar a Bosch desde esa tribuna y él mismo impuso ese ucase al declarar, siempre que se presentaba la ocasión, que había decidido abandonar la literatura desde el momento en que abrazó para siempre la política. De modo que en los dos partidos que fundó y que llegaron a ejercer el poder político del país, el primado de lo político ahogó lo literario y esta última práctica fue siempre vista como un complemento instrumental del líder político. Por supuesto, eso mismo ocurrió con Balaguer cuando al contrario de Bosch, que la abrazó para defender ideales en contra del patrimonialismo y el clientelismo, el hombre de Navarrete decidió, para resolver problemas económicos de su familia empobrecida por la crisis de 1922 al 29, abrazar la política al lado de Trujillo y abandonar la literatura. Para Balaguer la literatura fue siempre un adorno instrumental que prestigiaba al político y le daba un aire de intelectual culto. Este mito es una herencia del siglo XIX, sobre todo a partir del romanticismo y luego con el modernismo. La prueba de que este mito no funciona para los escritores de oficio es que allí donde los intelectuales o los escritores han gobernado, han dejado intacto, o lo han reforzado, el patrimonialismo y el clientelismo, las dos plagas que han impedido en Hispanoamérica la fundación de verdaderos Estados nacionales como los surgidos en Europa y América del Norte con los Estados Unidos y Canadá entre el siglo XVIII y el XIX. Tal como veo hoy el valor de las obras literarias de Bosch, es esta situación la que me lleva a considerar que será la literatura la que terminará imponiéndose como el rasgo distintivo de la personalidad de Juan Bosch. Sus obras teóricas, hijas del contexto y la cultura de su época, caducarán cuando las condiciones sociales que denunció hayan desaparecido. En cambio, sus grandes cuentos de valor literario hablarán por él eternamente.
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No. 12

No. 13

el cuento en santo domingo
selección antológica
–Tomos I y II–

sócrates nolasco

ofrecía la picaresca. 1 Tomo I Noticias Preliminares En la página final del 2º tomo. ni juego descriptivo de una realidad impresionante. Ningún lector ignora que el señorío de las artes y su irradiante influjo. ni tienen patria ni residencia fijas: son veleidosos y las naciones alternan en la principalía. locales. menos podía surtir efecto en el continente americano y en Santo Domingo. Pero el cuento francés moderno. se puso de moda. fácilmente traslaticio.aparición y evolución del cuento en santo domingo Cuando la cultura medieval se iluminaba con los albores del renacimiento embarcó en España y llegó el cuento antiguo a Santo Domingo. no continuara viendo el cuento español como arquetipo del género. y siguiendo los ejemplos del precavido y atildado don Juan Manuel. Aquel modelo de “cuento universal”. durante años aparecimos siendo de los rezagados en el cultivo de una expresión artística tan interesante.1 La aparición del cuento moderno fue en América un fenómeno tardío y de expresión vacilante. pertenecientes a los siglos anteriores al XIX. escogidos con exigente y depurado gusto en 1890 por don Antonio Paz y Meliá. se refugió entre aldeanos logrando perdurar con variantes adquiridas. y a pesar de Santo Domingo ser primero entre las sociedades del Nuevo Mundo. cuando los mismos peninsulares. Autores y lectores cambian de gusto. donde lo leerían muy pocos o no se le conocía. de pronto no parece que estábamos preparados para aprovechar su incitación a fijar en dimensiones breves el calor humano y los rasgos distintivos. esquema o trasunto de aspectos de una sociedad de viejo refinamiento. pasaban a ser imitadores de los franceses. Importadas sus obras y entregadas a la comprensión de un medio social todavía precario. o folklórico. familiar y repetido para entretenimiento en las veladas nocturnas. se incluye un ejemplar de Cuento de Camino. No parece reacción de pensamiento llegar a la conclusión de que no era indispensable esperar a que en Francia fructificara la escuela naturalista para que aprendiéramos a fijar en el marco del cuento artístico lo esencial de la vida circunstante. de enseñanza y moraleja sin moral rígida. la décima y la copla. vástago desprendido del solar materno y sin frecuentes relaciones. las Antillas pudieron producir cuentistas siglos antes de que el cuento y la leyenda se imprimieran en los países del continente americano. Pero si alguno de nuestros hombres de letra. se entretuvo en un género que pasó a ser por mucho tiempo desestimado. de espaldas al caudal propio. Si el florilegio de cuentos clásicos españoles. En El Conde Lucanor vino además el cuento correcto. y para entenderlo así bastaba con fijarse en Rinconete y Cortadillo. y antes que el romance. y bautizado con el pintoresco apelativo de cuento de camino. tan pronto se formaron nuestras ciudades abandonó el vecindario urbano. facilitando su lectura entre nosotros la colección traducida por el francófilo Enrique Gómez Carrillo. y no fue raro que a fines del siglo XIX el lector dominicano. 37 . no bastó para detener a los noveleros de allá. carecemos de testimonio. Modelos sobresalientes para el estudio y la pintura de tipos. en donde lo conservaron sin esenciales alteraciones. de Cervantes. sin sitio determinado ni sabor regional. Alfonse Daudet y Guy de Maupassant acabaron siendo los favoritos. que lejos de restar interés universalizan.

Esteban Buñols. Federico García Godoy. honestas señoritas y señoras. numerosos y afectados. A pesar de sus defectos abundantes. ocasionalmente don Federico Henríquez y Carvajal. Máximo Gorki. los dominicanos le deben agradecer a López que en El General Fico se asomara a ver una fisonomía. en su tiempo intacta. culta relatora de sobrio. aunque dispersos en diferentes unidades. etc. observadores de un mundo remoto y desconocido.. Fabio F. Leónidas Andreyev. con los primores de forma. Rafael J. A pesar de la acción flaca. Acaso la facilidad adquirida en el ejercicio del periodismo se sobrepusiera. López. Asombra que sin vocación ni necesidad tantas personas honorables se dieran a producir tan pobres frutos. a quien hizo al fin morir en improvisada forma. Amalia Freites. y abundaron otros de significación menor. E. igual que varios autores antiguos no creyó que la originalidad era virtud y a ratos se sintió heredero de don Juan Manuel. Rafael Deligne. José Ramón López. tendió un puente entre el cuento moderno y el antiguo. compitiendo por ser cuentistas llenaban La Revista Ilustrada de Miguel Ángel Garrido2 –1898-1900– creyendo seguir el dechado de Francia. Abogados. la carencia de realidad del personaje único y el olvido de lugar y ambiente. si interesara. Luis Garrido. los cuentos de Darío y Díaz Rodríguez pierden la gracia de productos de escritorio. Augusto Franco Bidó.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Los críticos no han tenido oportunidad de decir que aquel modelo exótico produjo en nuestro país engendros endebles. su esfuerzo más apreciable: trazó con brío y le dio realidad local a un rústico mandatario de carne y hueso. miró hacia adentro tratando de enfocar lo genuinamente nuestro. A continuación de Maupassant y Daudet vinieron obras de León Tolstoy. Antón Chéjov. y que por la misma pulcritud del apurado estilo en vez de animar trataban el posible impulso. aunque con desenfado notorio olvidó a menudo la corrección conveniente. Prud’Homme. que aparece en todos los propósitos de selección antológica realizados hasta la Colección Trujillo. y burlando la guardarraya entre lo suyo y lo ajeno. Del conjunto de sus Cuentos Puertoplateños no están ausentes los rasgos característicos y la naturalidad y gracia corrientes. 2 “Cuentistas” y asiduos colaboradores de La Revista Ilustrada fueron Alberto Arredondo Miura. José R. en su más acabada producción personificó el mito heleno de Perséfone (Los Diamantes de Plutón) y sin determinar sitio ni tiempo. Jacinto B. Andrés Freites. Jacinto de Castro. Castillo. De su producción literaria suelen encomiar El Loco. “laureado en certamen con accésit al primer premio de prosa”. Peynado. Rafael Justino Castillo. Rafael O. notarios. ¿Quiénes y cuándo le dieron realidad precisa al cuento en la República Dominicana? Los cuentistas que sobresalieron a fines del siglo XIX y a principio del XX fueron Virginia Elena Ortea. a las cualidades exigentes del cuentista. como enemiga. de lo criollo. maestros que se entretenían y regodeaban jugando con el matiz. Todavía hoy. leídos con el respeto debido. la tentativa podría aceptarse siquiera como cuento antiguo. etc. Luisa O. Pero es oportuno reconocer que con José Ramón López la literatura cuentística se inclinó hacia las costumbres campesinas nuestras. Bermúdez. claro y animado estilo. comerciantes. Que el autor fue un buen periodista. El segundo. Galván. Al escribir El General Fico realizó José Ramón López. Pellerano. Lo más importante de ese ejemplar. Pararon de repente sorprendidos por los cuentos de dos maestros del modernismo: Manuel Díaz Rodríguez y Rubén Darío. así como En Tu Glorieta (primer premio de certamen celebrado el 27 de febrero de 1899) sigue siendo la personalidad de la escritora. afirman. 38 . Amelia Francasci. La primera. Luis A. Con regocijada ligereza confundió más de una vez la anécdota con el cuento y no se percibe a simple vista si al contar consiguió todo lo que se propuso. Ulises Heureaux hijo. Fiallo.

aunque no desdeñó el género. A uno de los más interesantes por el feliz desarrollo le encontró escenario en la Rusia de los Zares. no se le debe excluir de una recopilación intentada sin rigor de florilegio. Escudriña. El Príncipe del Mar. Don Federico Henríquez y Carvajal escribió seis cuentos en veinte y nueve años: en 1895 Un Rey Destronado y Dualidad de Amor en 1924. apuntó en Cuba irónicamente: —¡Y el viejo tuvo coqueteos literarios!… Fíjense: con menos desagrado hubiese tolerado él que le criticaran su estrategia que los frutos de su pluma”. de orgulloso abolengo dominicano. Discurre la acción de otros en ámbitos indeterminados. cuando se tiene el don de escritor que era natural en Fiallo. pero se mantuvo romántico y libre del avasallamiento de ambos. para. Sorprenderá que en el presente volumen figure Máximo Gómez entre escritores con un cuento legendario. se entretuvo en él sólo en momentos circunstanciales. porque fuera ante todo hombre de armas y no vislumbrara la importancia que el cuento alcanzaría en su patria después de cincuenta y ocho años de haber escrito. vagos. Fiallo fue amigo personal de Díaz Rodríguez y Rubén Darío. pero nunca en Santo Domingo. Fabio F. El crítico Juan Jerez Villarreal. en humanísimo señor endurecido en sucesivas guerras. beneficiarios extraños y de hostilidad disimulada. El viejo posó ahí la garra y marcó su huella. ensombrecido por el vaticinio de “la posible ingratitud de los hombres”. la saña y los trabajos imponderables de los exploradores y conquistadores y finalmente de los libertadores. la mano fatigada se le cae sobre la pluma. quizás. Conoció sus cuentos. totalmente desconocida de él y de los demás dominicanos. en resumen. Abarca y pondera la suma de sacrificios a raíz de Martí y Maceo morir y. ocupará Máximo Gómez el sitial de escritor que le corresponde. El último Quijote combate por cerrar la independencia del Nuevo Mundo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Preciso y cuidadoso de las dimensiones. El Sueño del Guerrero es página de campamento bosquejada en tregua nocturna (1898). El publicista Manuel de Jesús Troncoso de la Concha puso a un lado momentáneamente la leyenda. En su pésame a María Cabrales late tan profunda angustia que su lectura emocionará mientras el dolor exista. Pero tratar de Gómez escritor ahora es salirse del marco destinado sólo a las noticias y apuntes que anteceden a la evolución del cuento en Santo Domingo. Seis cuentos en tan largo tiempo dan testimonio suficiente para convencer de que el venerado maestro y periodista. como premio. cuento de fantasía delicadísima. A uno de los que primero se atrevieron a mirar sin desdén esa forma literaria. que autoriza la Colección Pensamiento Dominicano. ¡Y qué coqueteos! La descripción de la Batalla de Mal Tiempo no ha sido superada en la épica antillana. ¿Capricho? Oleaje de pesimismo. del guerrero mandón la osadía con que Simón Bolívar dialoga todavía con el dios de Colombia sobre el Chimborazo. Cuando los críticos dominicanos rescaten nuestros valores literarios que ruedan dispersos en tierra ajena. Difundió sobre esta obra un hálito de simpatía tan sugestiva que hará siempre agradable su lectura. Encarna en Cristóbal Colón el afán de los descubridores. elegante y casi siempre correcto en el estilo. prueba que en cualquiera modalidad se logran triunfos. Fabio Federico Fiallo se evadía de la realidad presente para darle vuelo a su imaginación de poeta lírico a la hora de escribir cuentos. cultivada por él con pericia y jovial espíritu. Del moribundo romanticismo puso lo desmesurado y el escrutar mirando atrás. para concurrir en 1909 a un certamen 39 . Su relato de las andanzas y muerte de José Maceo tiene más valor de vida y emociona más que una de las Vidas Paralelas de Plutarco.

El periodista y novelista Rafael Damirón incluyó en sus Estampas volanderas (1938) un cuento. Del mismo tiempo es Manuel Florentino Cestero. ganado por el segundo. confirma el cuento nacional la propia fisonomía. resaltan y para siempre jamás serán testimonio cierto de cómo fueron aquellos bosques vírgenes y terrenos exuberantes hoy convertidos en potreros y cañaverales. se le da ahora preferencia a Nobleza Antillana por el escenario y el motivo de sabor histórico. Furcy Pichardo alcanzó otro galardón con asunto igual. volumen publicado en 1912 por José María Pichardo. periodista. El veterano ensayista y crítico Federico García Godoy escribió Carmelita y Sor Clara en 1898 y 1899. Todas sus grandes cualidades de escritor están palpitando en el ejemplar admirable que se inserta en la recopilación presente. conflictivos. y con un relato de ardiente nacionalismo. García Godoy no tuvo un capricho sin precedentes: igual que él procedió Cervantes enriqueciendo Don Quijote de la Mancha y Persiles y Segismunda.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS y ganar el primer premio con Una Decepción. palpitan. con Tindito (historia de un toro joven) premiado al primero en certamen de 1916. otro primer premio. con Margarita. y en 1921 publicó Manuel Patín Maceo sus cuentos intitulados Serpentinas. había intentado realizar la novela corta. Con Pan de Flor. Aunque su cuento El Tesoro de Moncada es más interesante por el enredo y el estilo vivaz. y por lo que en las letras dominicanas significa como trasunto de la vida colonial. Díaz (1910) Dos veces Capitán. y ya en 1888. y en la antiquísima Ciropedia injertó Xenofonte aquella Pentea que. en que el autor redime a un seguidor del Gral. se evidencian en su autor cualidades literarias postergadas desde entonces. El crítico Joaquín Balaguer. de nacionalismo auténtico. lo desprendió y puso a vivir aparte. el insuperable don descriptivo. 40 . Quizás si aquella medalla de oro convenció al joven escritor de que la literatura es menos generosa que la política. Puntualizó el momento definitivo en que se deja atrás la creación carente de realidad humana. Por fin en 1914. pero sobre todo. y las buenas letras trocaron al escritor por un político alerta. o completamente desvanecidas. Pedro Santana en los azares de “la anexión” o eclipse de la soberanía dominicana. Nino. autor de Cuentos a Lila. A continuación el poeta J. Por aquel triunfo figura como uno de los primeros cultores del cuento moderno en la República Dominicana. de viejo escrito. El periodista Antonio Hoepelman vuelve la mirada atrás y refresca anécdotas y episodios insuflándoles vida y valor artístico. Nuestro don Federico García Godoy fue superior cuentista en capítulos de sus “episodios nacionales” que en sus cuentos de juventud. cuento de atisbos psicológicos. en Guanuma –”episodio nacional”– intercaló un cuento que es joya de primer orden. perspicaz y certero. aunque el fondo histórico del motivo hace olvidar el ambiente de la manigua. Enrique A. que es acertada caracterización de un tipo de mujer capitaleña a quien el crecimiento de la ciudad y la multiplicación de las familias ricas descartaron de las costumbres y relegaron a la memoria de algunos sobrevivientes. desvinculada de la obra histórica. Con medalla de oro le premiarona a Gustavo A. viven. No parece que Balaguer haya tenido la intención de agrupar en su Historia de la Literatura Dominicana a aquel veterano del periodismo entre los escritores que califica como pertenecientes a la Era de Trujillo. Henríquez y Rafael Vidal y Torres mantuvieron en certámenes las características y el realce adquiridos por el cuento moderno. la embriaguez amorosa de los sentidos ante los panoramas y la maestría del narrador. El triunfo le sirvió de estribo para escalar posiciones en “la cosa pública”. se reproduce de tiempo en tiempo conservando vida fresca e imperecedera. En el feliz ensayo.

de la novela Cachón y de numerosos cuentos (Estampas Criollas). o para niños. de ruta. poeta. sin él incurrir en gasto… después que lo socorra la muerte. para después. La indigenista Virginia de Peña de Bordas. ni en el cuidadoso estudio de los motivos autóctonos enriquecidos de leyendas: la virtud superior de esta cuentista se transparenta en un don de ternura maternal. arrodillarse en el templo ante la imagen de la Virgen de la Altagracia. costumbrista y cuentista. y pocos sabrían exponer la ansiedad que sus problemas suscitan en prosa tan comedida y clara. visión panorámica de las islas del Caribe. y Miguel Ángel Monclús: autor de ensayos sobre el viejo caudillismo. celebrado autor de Orégano (1949). Pero. se distingue sobre todo en el cuento de niño. sin necesidad de recurrir al sistemático y devastador imperio de la fuerza puesto en ejecución por Fray Nicolás de Ovando y sus imitadores. peca. abre signos interrogantes a lo porvenir y nadie conseguirá cerrarlos sin perplejidad del ánimo. pero en verdad se sobreentiende que Ligio Vizardi es cuentista que no ejercita con franqueza su vocación. pero ningún adulto de elevación moral terminará de leer La Eracra de Oro sin internos sacudimientos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Del mismo tiempo es el incatalogable y desconcertante Otilio Vigil Díaz. El sentimiento de simpatía. reza. quien también ha completado su destreza de escritor durante los últimos lustros. el rigor depurador de la idea y el castigo de la frase resaltan en sucesivos cuentos intercalados. periodista. Que Tamayo fue implacable y duro defendiendo a los de su 41 . por si acaso… promete ir de romero a Higüey. A la autora le interesó el tema indígena en aspectos diversos y solía apuntar con disimulo que aquella familia rudimentaria. seguramente. En Archipiélago (1947). Con esta fisonomía encantará a los niños. biógrafo. autor de un volumen de cuentos muy bien escritos que guarda con celo para que lo publiquen. Prepara y aceita una carabina y. por la fértil imaginación. de endeble civilización. El lector se olvida de la concepción vasta. ¡Feliz el que sabe escribir cuentos así! Y llegan por fin los cuentistas de los últimos veinte y siete años. Atraído por una tentación del arte los enhebró en novela itineraria. cuando no se extasía ante las bellezas parciales levantadas con señorío por el concepto ponderado y el adjetivo exacto. era fácil de absorberse por la española mediante la devoción a Jesucristo. autora de la novela Toeya y de cuentos y novelas cortas. ¿Cuáles son los cuentistas sobresalientes que han llegado a la plenitud de sus facultades a partir de 1930? Anticipos admirables son Ramón Emilio Jiménez. Ligio Vizardi señala con emoción reprimida la dispersión de diez y nueve millones de seres humanos. hijos de pura emoción estética. Con regocijado humor individualizó y animó en 1930 el sentimiento religioso del dominicano “común” en un azuano que anda por ahí desempeñando el oficio de músico de oído y viviendo de lo que Dios depare… Canta. elegante y evocador. estremece de entrañable misericordia. de un Caleidoscopio de Haití loado en el extranjero. rama literaria que ningún dominicano ha sabido explotar como ella. bruñido y sugeridor. sintiendo fresca y aligerada la conciencia. deteniéndose a meditar al término de cada cuadro. Preocupado por su existir presente. seguro de que ella lo protegió durante la acción sangrienta y ahora lo cubre bajo su ancho manto florecido de piedad. Aquel Hospital lleno de vidas en orto y ya lesionadas. la ductilidad del estilo vigoroso y su encanto de narradora natural. mata porque matar le parece prudente y adecuado. En el grupo figura Julín Varona (Julio Acosta hijo). sin que en ningún momento sienta que se le ha ensuciado el alma. Apunta el caso único en América. No en el estilo. ensayista. que arroba.

Comprueban la facultad extraordinaria que tiene para revelar al campesino hasta en los más íntimos repliegues y en los menores detalles. cuya culebra vuelve ahora a formar el círculo por verse otra vez la cola. para producir el estremecimiento nuevo. Revestir la imagen y las ideas de esa o de otra manera. que la de ese cuadro. Daba entonces la impresión de ser un guerrillero de las letras. poeta. de preciso equilibrio mental. Flor del indigenismo. que apunta el Eclesiastés. ¿Qué es lo que ha sido? Lo mismo que será… En el retorno eterno. refirieron y se repite. evidentemente. En un volumen (Cibao) insertó cinco cuentos y un relato: Deleite. él es también el niño de la batata. Al sorprendente Ramón Marrero Aristy. Manso no era. En Mujeres Marrero no es el observador urbano que va con su libreta al campo a examinar y tomar apuntes para luego escribir. En la prosa de Hernández Franco se suceden las sorpresas desbordadas en rasgos bellos y desorbitados. autor de la novela Over y de Balsié (libro de cuentos publicado en 1938) lo estampó en los días de su aparición un eminente crítico de hispanoamérica con sólo dos adjetivos: ignorante genial. que en los corazones de allá nunca se pierde. la sutileza y un espolvoreo de fino humor. creación particularísima de un caballo loco sobre el cual pasa el jinete “asombrado por el poderío inédito que siente agigantarse bajo las rodillas”.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS raza. es La Eracra de Oro. más que el tributo debido es la resurrección: la resurrección que perpetúa a una gran figura defensora en América del derecho a ser libre. como dijo el viejo Hugo. Al escribir esa pequeña obra maestra Jiménez se empinó hasta alcanzar insospechada eminencia. con ejemplares de Antón Chéjov. con particular lectura y a fuerza de tropezones. prosista brillante y relator bullente y salpicado de imágenes y giros impresionistas. cuando de súbito torció el rumbo y se dio entero al mundo de la política. autor de varios cuentos premiados y cuya creación –Mi Traje Nuevo– puede parangonarse por la concepción curiosa. Está en el paisaje y en cada hombre y mujer que pinta y. comparables en el acierto de ejecución a La Conga se va. quizás si varios giros de aquel cuento egipcio (La Historia del Náufrago) del Imperio Medio de los Faraones. Virginia de Peña lo limpia al presentarlo en edad adolescente. Y Miguel Ángel Jiménez. sin trucos. sin ñoñería reviste a aquel voluntarioso brote de hombre con atributos latentes que en los días de prueba levantaron hasta el heroísmo al guerrero irreductible. ni el que escribe saturado de vida rural: es un campesino más que tiene el don maravilloso de trasmutarse en cada uno de los personajes. si acaso le falta algo es un atisbo de la imponente belleza del Bahoruco y el vislumbre de esperanza. “Bolas de equilibrio sobre las pértigas las gallinas recontaban las plumas de sus alas sin vuelo”. “Tierra para llamarla mía… Patrimonio sin código con fronteras de Dios… Agrimensura de génesis en palabra de varón sin pecado por haber pecado mucho”. Con sus dos libros obtuvo dos ruidosos triunfos. descriptor seguro. Sumada como ilustración al lugar que hoy lleva el nombre de Tamayo. También pertenece a este período el cuentista José Rijo: cauteloso. de Max Henríquez Ureña: cuento cumbre del realismo por la vitalidad. fueran ya retazos de un traje viejo de nuestro joven impresionismo. el colorido y movimiento de muchedumbres. Iba gradualmente cultivando el espíritu y ganando experiencia literaria. Del mismo ciclo es Tomás Hernández Franco. 42 . El que estas líneas escribe es natural de la provincia Barahona y no conoce en las letras dominicanas copia más genuina de los campesinos de la región. sin maestro. y de elegante y esmerada prosa. dos de sus cuentos: Balsié y Mujeres. autocrítico. cuando se escribe con talento a nadie debe asustar. la realización cabal.

que aísla. del ignaro entorpecido por la superstición al latifundio del extranjero ausente. Sus cuentos. Al disconforme las intenciones. Ceñido a lo que juzga indispensable. de exuberancia vital y artista verdadero. pero ni se amanera ni aminora la amplitud e intensidad del sentimiento decididamente trágico.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I A Tomás Hernández Franco. cruzando océanos y en Tierra Firme. La modestia es virtud literaria que no abrillanta ni después de la muerte. contando con ojos anchos de azoro cómo pasaron en el Este de la República los pequeños labrantíos y las parcelas de bosques vírgenes. Pero suele suceder que en el convencimiento del valer propio haya un grado de soberbia. publicó en El Caribe un juicio nutrido de acertadas observaciones sobre Tomás Hernández Franco y su obra. a Prestol Castillo se le convierte en caso dramático. Hoy se imagina que no le basta ser así no más. En el más reciente (Guanuma) el misterio va rodeándolo todo gradualmente y el interés crece en un cuadro cuyo asunto central es la superstición de rústicos que cuchichean acerca de un jinete de vivir dudoso. por su cultura y cualidades sobresalientes se distingue Hilma Contreras. en España y otra vez en la Argentina. la belleza formal o la recóndita simpatía a los explotados. le bastaría Deleite para mantener vivo su nombre. están dispersos en los periódicos diarios: ¡infeliz manera de sostener la nombradía merecida! Entre los cuentistas jóvenes. En otro de los mejores cuentos de Caro (Chano) el personaje principal discurre sombrío y amargo como algunos tipos de Gorki. siempre solitario. lima. Quien tenga la suerte de leer sus cuentos. El mal que Francisco Moscoso Puello expuso con criterio de sociólogo. El cibaeño es un dominicano que difícilmente se desvincula de la república. que asoma en paisajes bien descritos y pasa de escotero. ricos de ocurrencias oportunas. en Chile. Sabe crear. así como los de Rijo. si no figurara ya entre los buenos escritores dominicanos. retoca. 43 .3 A continuación se distingue Freddy Prestol Castillo. y del Cabral es el cibaeño. escenifique y lleve al teatro. a la carrera y en gran escala está remediándose. Es artista. o el nervio poderoso del escritor. Néstor Caro es un escritor económico de frases. en cuento dramático. el renombre. se plantea el drama apuntado por Prestol Castillo que. que se rebela. La reputación. le trabajan y punzan iguales que tumores en cuerpo dolorido. En cuento emocionante y breve (Cielo Negro) sugiere Néstor Caro problemas de los trabajadores en cañaverales del Este de la República. Manuel del Cabral anda con su patria adentro. Autónomo cibaeño. y de pronto el lector no sabe si admirar más la reducida exposición del drama contenido en cuadro tan limitado. No importa que a la vez sea poeta de virtudes universales: en él todo se entremezcla y se le vuelve Compadre Mon. afortunadamente. y muchas veces valores de superior calidad quedan limitados en estrecho círculo. Contín Aybar. en el Perú. desde antes de convertirse en ideas claras. tiene conciencia de la importancia que ha adquirido el cuento y con pulso firme desde las primeras líneas agarra y subordina la atención del lector con interés que se mantiene encendido hasta el final. elimina. A simple vista se diría que al dejar el camino real por la vereda Dios no le 3 El crítico Pedro R. Sus personajes viven naturalmente. comprenderá que la autora de La Virgen del Aljibe no necesita voces de estímulo ni adjetivos de ponderaciones. preñados de problemas. En otra forma. y extiende la mirada al cuento con pretensión de revolucionarlo. Sus cuentos merecen que un dramaturgo los amplíe. representativo en legaciones distantes: en la Argentina. se adquiere frecuentemente por diligencia personal o aupado por propaganda de amigos.

revuelto. Entre los cuentos de Cabral que mejor caracterizan esa fisonomía figura Odorico. otro que le iguale en interés y extravagancia. El autor medita sobre el fenómeno y luego se va detrás apuntando silenciosas interrogaciones. Pero su hallazgo extraordinario es El Centavo. Con menos de lo que a del Cabral está aleteándole en el cerebro le bastó a Maupassant para enloquecer y a Horacio Quiroga para acudir al suicidio. asomó en él un bromista macabro. anunciando el día en que los escritores dominicanos aprenderán a entusiasmarse con la obra ajena. ¿Qué autor extranjero ejerció influjo en nuestros cuentistas? Flor de entelequia es la originalidad absoluta. Impetuosos y ávidos de sustituciones. como entre estudiantes de término. irrumpen los abundantes de promesas: los nuevos. Reclaman el sitial que les corresponde: el primero… En un grupo de escritores mozos. interviene en la conversación. avanzan con su carga de promesas que se cumplirán si trabajan más los motivos y no se engríen con los parabienes. en riesgoso pretil bailan un carabiné y son capaces de contagiar al lector que los analice. que ningún pueblo ha conseguido: porque en el comercio espiritual las creaciones artísticas trascienden y repercuten por remotas que parezcan y en similares circunstancias suelen dar parecidos frutos. Descuellan varios y entre ellos Ramón Lacay Polanco alzando el brazo y enseñando su enamorada Bruja. no obstante. le obsede impulsado por “idea-fuerza” que de repente salta del cráneo. Ellos se lo permiten. Mañana llegará. Señales hay. por divertirse. ¿Cuenta para asustar. lo alcanza a ver y reconoce que es verdad que “aquello” ha adquirido vida independiente. No conozco en castellano. El instinto y la razón dialogan y dicen razones tan extrañas que el padre de las criaturas. El autor no es un alcohólico. en el restaurante cercano o en la plazoleta. para ellos también. sentimiento que es suma de fuerza y valores para la patria. sequedad y sencillez dignas de un sabio. cuento-parábola constreñido en sólo una página y escrito con sobriedad. aunque Yepe y otras diferentes representaciones de la locura le superen por la forma literaria. Penetra en la subconciencia y hurga hasta encontrar el asunto extravagante. asistiendo a sus propios funerales y oyendo lo que opinaban del difunto. igualmente. Pero… En 30 Parábolas y 12 cuentos lanza un libro que sobresalta como una casa de orates. se corporiza y se le escapa huyendo. o procura encontrarle al cuento fases nuevas? Cuenta. a excepción de El Pata de Palo. pero desde que en uno de sus poemas se vio de cuerpo presente.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS indica el rumbo. le había salido a Cabral de un desdoblamiento de las ideas. alabada en el país y reproducida con elogios en una revista extranjera. de José Espronceda. ¿Los demás?… Ganímedes sirviéndole a Zeus “el divinal licor” en copa de bronce. Puede afirmarse sin jactancia que el cuento criollo fue ascendiendo hasta encontrar madurez desde que 44 . que desvirtúan. hasta en el de apariencia inofensiva se disimula un iconoclasta. intrigado. el convencimiento de que aspirar a sustituir y ser el primero contrae el deber de estudiar y crear. Y siendo del Cabral un gran poeta. ¡El primero!… que entre intelectuales nadie se satisface en Santo Domingo sin ser el primero. crece. Y ahora. últimos en el tiempo. empinándose arriba. seres y cosas llenan el mundo con el fin único de servirle de escenario. que le perturba. En la calle. Lunáticos numerosos. como Edgar Poe: es abstemio. espectáculo y divertimiento. pero los poetas guardan en la convicción de la grandeza propia talismán preservativo. Almas. experimentando el placer elevadísimo de sentirse compañeros. no se columbra ni el más lejano peligro de que se pierda. Se llama Odorico… Lo encuentra hablando con otro ser que.

en la poesía y en el cuento encuentra el molde para su expresión más adecuada: no en la novela. Labor ardua. que implican selección obtenida mediante examen comparativo de los ejemplares de cada autor. es caso raro. y que a menudo aparezca en su producción la nota sombría. Es natural que los superficiales y los imitadores no abunden en una familia así. 45 . cuando la sonrisa asoma en obras ingeniosísimas y del más fino humor –El Tren no Expreso – Mi Traje Nuevo– es florescencia equívoca de un viejo padecimiento con que el autor se ha connaturalizado. entendiendo que el cuento en nuestro país ha alcanzado su plenitud durante la Era de Trujillo. Entre las provincias hispánicas del Nuevo Mundo ninguna ha corrido tantos azares. Y como el nativo no es trabajador tenaz. con excepciones muy respetables. Responde a estas observaciones la recopilación que se entrega al público sin la severidad que requieren los florilegios. que obliga a prolongado esfuerzo. Librería Dominicana. hasta mantener libres sus persistentes características y los matices diferenciales adquiridos al través de los sucesivos eclipses de su fortuna. como la dominicana. o del Ramón Emilio Jiménez de Al Amor del Bohío. El sano y jovial acento de un Manuel de Jesús Troncoso de la Concha. y ahora. en donde el cuento ha venido apareciendo con intermitencias y disperso en periódicos distintos y en fechas diversas. Pronto daremos a la publicidad otro volumen en el cual tendrán cabida autores de no menor calidad y reputación que los comprendidos en el presente. Fuimos un pueblo sin temprana risa. realiza ahora un nuevo aporte como entusiasta colaboradora en la obra del desarrollo cultural que le imprime sin desmayo a la república de las letras el Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I el dominicano miró hacía adentro y comprendió lo suyo.

raspaduras. Esperaba apertrecharse. –se decía entonces– merodeaban los salteadores y no dejaban con sus alforjas a los romeros mal armados. Al día siguiente partió de Las Charcas el bale Ismenio con su peregrinación hacia el lejano santuario de la Virgen de la Altagracia. además del acostumbrado traje de penitente. Tenía puesto un antifaz de cuero negro de puerco y avanzó contra Ismenio con un machete desenvainado. café en polvo y calabazas y morritos para colarlo. con la rapidez de un hurón. ésta se metió en una espesura selvática tras de haber pasado. Pero el tesoro de su peregrinación consistía. sin acompañante para no dividir su macuto de comida. le dio el frente para desahogarse vomitando insultos que llenaron el monte circundante de resonancias de las enérgicas “erres” y “eses” de la pronunciación sureña. Animado en todo el camino por el contenido de sus canecas. mientras vadeaba una cañada. no hubiera sido tú quien me sarrteaba. quien le prestó un chispero en buen estado de uso. ¡Ladronasso! ¡La Virgen te pudra er caco con tu careta de puerco! Y le contestó el bandido: —Epérame ahí. pero sin un solo cartucho. blancas panelas de dulce de leche. botellas de melado. y como vivía cantando mangulinas en las fiestas. Por fin compadeció al cantor el jefe de un baile de enramada. antes de entrar en la zona peligrosa. Autor de un volumen de cuentos inéditos. ¡Párate y no juigas! Pero cuando el salteador volvió sobre su víctima. en un par de muletitas de plata. (pantalones y saco de áspera coleta). voceándole —¡Alto! Pero el vale romero se desmontó de su mulita. *Julio Acosta hijo (Julín Varona). por donde. galletas de huevo. Voceó el asaltado: —Mira. Por este olvido se encontró indefenso cuando al oscurecer de una tarde. a la carrera se puso lejos de su alcance. Periodista. 1888)* A mí no me apunta nadie con carabina vacía El cantor vale Ismenio hacía cuarenta años o más que debía una promesa y no había podido cumplirla porque en aquellos tiempos se contaban hazañas de bandoleros y para viajar desde Las Charcas hasta Higüey tenía el romero que portar una carabina de las que se cargaban con cartuchos de pistón y llamaban chisperos. En las repletas árganas de su aparejo llevaba cecinas de chivo. a los tres días de caminata ya había vaciado dos de sus tres canecas de aguardiente. cruzó las poblaciones sin acordarse de los cartuchos. fundas de tostones de plátano y rosquetes de catibía. siempre improvisaba alguna copla plañidera diciendo que iba a morir sin cumplir con la Milagrosa por faltarle aquella carabina. hijo de la gran puta. Yo no quiero las polquerías de tus árganas! Pero no te me bas a dir con tu carabina. si yo hubiera tenío mi cachafú carrgao. le salió repentinamente al encuentro el salteador que tanto temiera. 46 . entre Bayaguana y Hato Mayor. Cuando creyó que había salvado la pelleja. y dándole la espalda al enmascarado. mendigando los cartuchos en los pueblos de su ruta. ex-voto que llevaba colgado del cuello para ofrendarlo ante el altar del santuario y cumplir así la promesa que había hecho cuando era vagabundo mujeriego y estuvo a punto de quedar tullido a causa de un mal paso entre “ellas”. Cabalgando en una mulita sanjuanera. Ismenio era muy pobre. por entre espinosas cercas de mayas. maihablao.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS julio acosta hijo (Julín Varona) (N.

el sabor inconfundible del aguardiente preparado con hojas de ajenjo que llevaba en sus canecas. había quitado el martillo a su carabina. que por poco no lo cuenta. —Yo me encomendé a la Virgen y bajo su amparo hasta su artar no paro. Muy en la madrugada se levantó el romero y despertó a toda la gente y a los perros de la casa para darles agradecido el adiós. uno se llamaba Sato Viejo. entonces benga a mi casa que allá le podré dar cartuchos de una cartuchera que tengo llenesita. Entonces supieron ellos que el huésped se llamaba Ismenio de Jesús. su mujer e Ismenio se bebieron una botella de ron misteriosamente sacada de algún escondite. y los retoños de esta pareja todos meneaban el rabo cuando los llamaban Saticos. como la zorra de la fábula le habló a la oveja. Pero la buena siña Sinforosa no quiso que Ismenio 47 . Sé que andando a pie llegaré con los pieses como mameyes de hinchaos y no me verá con la “ropa de promesa” que me han robado. usté se diba a debolbé p’alas Charcas. Mientras hablaron en familia. —Yo le juro que se la quiero comprá legalmente. La conversación se prolongó entrando los tres participantes en la intimidad de los informes biográficos. Había entrado la noche cuando el vale Ismenio salía del bosque donde estuvo desorientado. no respondió ni se dejó ver del taimado zorro. —Béala en sus manos. que saliera del monte y viniera al camino para que hablaran como buenos amigos y comprarle su carabina. Por su parte. —Yo creía que con lo que le ha pasao. hijos y nietos. y tener tres hijos que habían dado a una abuela de ellos. y entre otros pormenores de su vida. deteniéndose ante las mayas. el hombre de la casa. desde ellas habló con mucha dulzura en el tono de su voz. —¿Y con qué alfoja ba a seguir caminando? —Le pediré limosna a los romeros cuando nos pechemo. Finalmente se dieron las buenas-noches para entregarse al sueño y el huésped subió a dormir en una alta barbacoa bajo el techo de su albergue. viejo santo. pero en cuantico llegue a Higüey la mando a arreglar. Al paladear esa bebida el bale azuano recordó. según les dijo. —¿Y está descompuesta? –preguntó el hombre de la casa. los cuales no tenían nombre porque todavía estaban sin bautizar. Pero la oveja escondida. En cuanto a los perros presentes durante la plática. Veló en la oscuridad y el silencio de la noche como gato desconfiado. y lo llevaba ahora en un bolsillo de su ropa como medida de precaución. El hombre dijo llamarse Benseslao. la encontró en un bohío de aislados moradores de aquellos contornos casi despolvados. su compañera Garrapata Sata. el huésped supo muy poco de los parcos moradores del bohío. Andando un poco más. Dios Todopoderoso siempre ayuda. No más le farta el martillo. como en una revelación providencial. y si usté no desea benderla. En este lecho se tendió encima de su carabina y no cerró los ojos. que nunca se había casado. su mujer Sinforosa.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Entonces su perseguidor. en busca de posada para pernoctar. Dijo a Ismenio que todo había sido una broma para asustarlo. A ellos contó lo que una hora antes le había pasado por viajar “con este chispero que no tira”. Destornillándolo. escudriñando con la vista el arma del huésped y expresando pena en la pregunta. hasta que se apagó la luz de un candil. aunque había tenido incontables mujeres.

Benseslao: –le dijo al muerto– lo único que siento es no poder sacarte ahora del buche los tragos de mi caneca que vaciates. tumbando al salteador de la montura. –dijo el peregrino al devolver vacío el morrito del café. el mismo salteador blandiendo su amenazante machete. —¡Ja. —Dios se lo pague todo. Y der pueblo de Las Charcas con la epina prepará. al regresar. ¡viejo mañoso! –voceó el bandido. Salía el sol cuando dejó de cantar y ya violaba el silencio mañanero del camino el rumor de la cañada donde el vale Ismenio había sido asaltado en el atardecer del día anterior.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS se despidiera sin tomar el café. ladronasso! –le replicó Ismenio. ¡embustero! —Pero es con tu misma bala que te boy a tirar. ja! A mí no me apunte con carabina vacía. con su promesa cumplida y su conciencia limpia de culpas. alejándose de donde había pernoctado. 48 . —Agora si te quito el cachafú. Sinforosa. Sinforosa. por tener que irse a sacar unos “biberitos del conuco” antes de que saliera el sol. a la orilla del mismo arroyo. Si me pinchas yo te rajo. sacó de un bolsillo de su pantalón el martillo de la carabina. despidiéndole anticipadamente. su marido se excusó del viajero. Allí se le apareció otra vez. —La Virgen lo acompañe y lo libre de mal en su camino. Asuanito cuar guasábara. Y el solitario romero volvió al camino del Este. —Ya te llegó tu hora. y mientras ella preparaba esa colación matinal. Tolelá. hoyándolo esta vez con sus gastadas soletas. Cuando hubo andado largo trecho. –la gente borracha– en la lobreguez del rancho donde se desveló. En este asalto cabalgaba en la mulita que se había robado. Tolelá. lo atornilló en su sitio con una uña y la cargó con uno de los cartuchos que había sustraído de una cartuchera cuando la gente y los animales dormían. abocándole el arma. Pero dende hoy diré sin reírme como tú: ¡A mí no me apunta naide con carabina vacía! Y volviendo a montar su mulita sanjuanera prosiguió el azuano su camino hacia Higüey. No me juches tu marío. ¡pendejo! Y le disparó certeramente a boca de jarro. improvisó unas coplas de caminante: Soy azuano como epina. Tu serbana como er Soco. –le respondió ella con entonación cadenciosa de beata. con una aventura más que agradecería a la Virgen en su santuario dominicano y que contaría en Las Charcas. ya armado caballero de chispero y machete. para reforzar sus pasos. Benseslao. Poco después. recuerdo de la revelación providencial que había tenido Ismenio en la víspera de esta vindicta. —Hombre. Entonces le quitó la careta y salió de las fauces del herido agonizante un tufo de aguardiente preparado con ajenjo. talé la-lá. Benseslao.

Poco tiempo después.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I MANUEL DEL CABRAL (n. Pilón. La gente huye hacia el campo. volumen de doce cuentos. Chinchina busca el tiempo. pues donde el centavo se le quita un pedazo crece inmediatamente renovando lo perdido. 49 . clap. da la sensación de que aquella fuerza sin límites es un instinto. en una desenfrenada hinchazón derriba el caserón y. porque el centavo es un huracán de hierro sin piedad… Hombres y bestias huyen a las montañas. Pero. la poca humanidad que quedaba en tierra alta ve a Sequía andando sobre la gran moneda. Los huéspedes secretos. C. clap. NÉSTOR CARO (N. Sangre mayor. Del Cabral ha escrito: Compadre Mon. El usurero era frío. No queda hondonada ni agujero. posteriormente. graduado en la Universidad de Santo Domingo. Trópico negro. con Cielo Negro uncido al yugo. El centavo. 1917)* Cielo negro El empujón del viento tiró las cañas a la vera del camino. Manuel del Cabral es. Y una mañana se despertó sorprendido: encontró que la moneda tenía el doble de su tamaño. De este lado del mar. Y una muda biografía: aquel centavo… Pero Sequía inquietóse… Iba a ver el centavo diariamente. sale su grito en busca de caminos. de los poetas de la República Dominicana. Un cuarto de siglo de poesía. el avaro. Ahora. En periódicos ha publicado varios más. La calle hecha ojos. el centavo. por A. Ciudad Trujillo. Y con las lágrimas que caían de la gente que estaba en las montañas. Buenos Aires. 1912)* El centavo Sequía. Es doctor en derecho. amenazando rajar y derrumbar las paredes de la casa. rodea al avaro. un impulso premeditado y dirigido. Clap. sigue por los trillos con su ruido penetrante. Desesperado. en un rápido y extraño crecimiento. Sequía el avaro. y como un agua sin cauce. De pronto. *Néstor Caro publicó Cielo Negro. ni llanura. en Impresora Dominicana. no perdió dos minutos en dirigirse a su casa para guardar el último centavo que le cobró sin escrúpulos a uno de sus pobres inquilinos. La carreta. rodea su casa.Talleres Gráficos Lucania. Sin embargo. Su silencio era cruel. ¿a quién comunicarle un hecho tan útil. Su casa sólo tenía un ruido: el oro de Sequía. invade el pueblo. se quitaba la sed. cubría ya la habitación de su amo. *Manuel del Cabral: 30 Parábolas y 12 Cuentos . Sequía hacía astillas su silencio. Mas los picapedreros. de súbito. su gran masa de cobre se desplaza hacia los fugitivos. las dinamitas… Todo ha resultado inútil. fue inútil el silencio de Sequía. El centavo por minutos crece más y más. por momentos. Y el mundo comienza a morir bajo aquella extraña mole. 1956. el centavo ya no cabía en las manos ni en la caja de hierro de su dueño. Se vuelven de metal calles y plazas. Año 1949. Vegetación y agua han desaparecido. tan valioso? Su dueño pensaba que aquello podría ser su gran mina de hierro. En tanto. el de más nombradía en habla castellana.

La última palabra. Cuando no son la fiebre es la raquiña. ¿Comme sa va? ¿Tú ta bián? —Sí. cuando llegó La Negra del Sur. Bagoruno”. carijo!” El sábado en la tarde. Si te oye un yuncú1 tienes que desgaritarte… Nonino. Después que uno cae en este infierno no le queda otro camino. tráila. como los brazos abiertos del cielo. —Sí. La bomba suena lejos. carretero. clap. por Dios. “¡Arre. bueye”. huida de la voz de Leticia. —Usté siempre quejándose. y esta mañana le puse la mano a una palma verdecita.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —”Sube. vale Nonino. —Le dije que la quiero y tengo que traerla. Niña Linda!” “¡Empuja Bagoruno!” “¡Arre. Nino. —Ay. carretero? —Agora en el pago mandaré por ella. el muchacho aguador. Cielo Negro!” “¡Eh. Cielo Negro? En el “tiro”. La noche va cayendo sobre el silencio y sobre los hombres… Como luceros encendidos con luces de brujería. Ya no espero más. Marcial veía los cañaverales muy lejos y el árbol más alto lo miraba pequeño. Si espero la mejoría. —A este buey lo quiero porque me entiende. “Atrinca. —Marcial. el capataz saborea comentarios de la gallera. carretero. Cielo Negro”. Hombres vencidos antes de ganar la esperanza. la novia que dejó en el Sur con su palabra envuelta en un pañuelo. ¿No es verdad. “Arre. pasarán muchas zafras y cuando venga no servirá ni “pa oír los truenos de mayo”. clap… —”¡Sube. Se recrea en la espalda de Marcial el carretero. pa que viva conmigo. —Cállate. ¿qué quiere tú? Si te pasara dos o tres días entre el yerbaso del tablón aprenderías una cosa buena. Cuando cantaron los ruiseñores la carreta de Marcial resbalaba ya sobre la grama: Clap. —¿Cuándo venez tu negrita. cruza el potrero cercano. ¡Desconsiderao! Estos blancos del dianche. en donde la sombra del último vagón asecha la algazara de Leticia Sanetils. 50 . sol y tierra negra. Así la vida te será mejor. Hombres y cañas de azúcar. pronto traeré mi negrita. Leticia. he pasado todo el día meloso de una fiebre loca. No sé por qué le pusieron Cielo Negro. Cuando la miseria le golpea la frente. 1 Yuncú: hombre poderoso. Niña Linda”. ¡carijo!” El sol mira desde muy alto. carretero. Bon nuit. cae sobre la primera lamentación de Nonino de Vargas. Marcial. entonces Marcial piensa mejor y pasa los días recordando a La Negra. Cuando llamo mueve las orejas y mira por debajo del yugo. “Arre. aún queda un borrón de sol trepado sobre la tarde. —Bon nuit. Marcial. agitando su látigo de fuego. Se vive mejor entonce. No importa que sea estrecho el camino a los bateyes. —Cuanto antes. Cuando la carreta de Marcial entra en el batey. “Cierra. Las voces de los peones surgen apagadas y sin eco frente a la bodega. Cielo Negro! ¡Arre!” El cariño del boyero es ancho. los fogones le hinchan el hambre a la noche del batey. estoy bien.

Hace tiempo que lo vide. Belarminio? Son grandes y con ojeras. La silueta del amo blanco. Usté porque no ha dío. Dame café. maldito Cielo Negro! ¡Cierren. jamás se pareció tanto al demonio como entonces. ¡Libre! Sí. clap”. y la chicharra echaría su grito feo en la alforja sin fondo del potrero. ¡Es linda como la flor del cajuil! ¿Le viste los ojos. pero sacudió los potreros con sus mugidos y vio en una cerca distante a su amigo Cacha e Palo. qué mujer se ha echao ese hombre! —Nonino. La casita de Marcial está pintada de cal. —”¡Eh. —¿Ha visto a Cielo Negro? —Va p’arriba. clap. por la ventana asoma la cara linda La Negra. Los luceros vagabundos mirarían la casita con el rubor de los niños. con una rosa en la selva negra de los cabellos y una sonrisa más blanca que la leche de la vaca moruna. Entre los cerros el camino alargado hasta perderse a la vista es sitio frecuente de “propios y recueros” que pasan cantando bajo espléndida luna o abrasados por el sol de fuego que hacia el mediodía 51 . Esta gente no respeta ni los domingos. si Marcial le hubiera pedido siquiera un beso.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Llegó La Negra de Marcial. tiene que ir usted… Hasta luego. Hubiera sido distinto. Marcial no pudo decirle que había llegado La Negra. —No. temeroso de que Marcial crea que ha podido ayudar a Cielo Negro. es que pa los laos del Sur la mujer sabe a canela. clap. Bagoruno! ¡Maldito seas. Cielo Negro! Guanuma El llano verdeante está frente a los altos piramidales de Guanuma. clap”. El de Marcial y la negra bonita. Niña Linda! ¡Atesa. Marcial lo sigue con el lazo. Marcial. Cielo Negro es un buey manso y cualquiera puede amarrarlo. ¡Maldita noche! ¡Maldito Cielo Negro! —Negra linda. Yo mandaré a Nonino. —… Pero míster Bauer. te llama míster Bauer! Que vaya en seguida –anunció un peón sudoroso. En la madrugada Marcial regresó con Cielo Negro. el amor del Sur. porque había estado libre. El sol se esconde tras una nube gruesa. ¡Válgame Dios. prieta linda. Su Negra del Sur. Desde lejos llega el ruido de la carreta: “Clap. Los luceros de la noche lloran la suerte de Marcial. pero el pensamiento se le quedó con La Negra en la casita pintada de cal. —¡Cierra. Ya no volverá hasta muy tarde. Dame café que ya es hora de volver a la lucha. Bagoruno! ¡Atesa tú. Niña Linda! ¡Atrinca. Marcial. como un ángel. venía amarrado. Aquella noche querían treparse sobre el techo de la casita en donde estaría durmiendo. El rocío le besa los pies al infeliz carretero mientras suena la carreta: “Clap. despierta. —¡Marcial. La casita blanca estaba muerta de frío con el techo mojado del sereno. El buey volvía amarrado. junto al camino que conduce al abrevadero. carijo! ¡Cieeeerren!” La Negra linda llora en la casita. Aquella noche –pensaba Marcial– en la casita dormiría el amor bajo los luceros. Marcial traía los ojos como brasas. pero traía la cara levantada.

Usa sombrero de cana Y espolines plateaos… El caballo conoce el terreno que pisa y parece que cuenta las piedras del camino. Su sonrisa es de caimito Y el maldito es bien plantao. o será un “parejero” con sombrero de cana que hace sonar las espuelas al pasar ante los ojos de una mujer? Más que al trueno los lugareños le temen al rayo. el de esta tarde. al igual que en un ladrillo machacado. Unas recostadas sobre las habladurías de los compadres y otras inverosímiles y crueles aferradas a la noche del viajante con luciérnagas y duendes que espantan el silencio. No le importan pareceres. celosa laguna con la pupila de aguas azulosas y el fondo lleno de fango asesino. don Cefe. ¿Quién es el Pancho Valera mentao?. que no da tiempo a morir con oración. Con el favor del sol la figura de un jinete comienza a escalar el alto. Los lugareños de los altos piramidales de Guanuma bajan al llano por el afán y las urgencias. con una sonrisa para todos los días y un alegre cancionero en la mochila. La brida se estira junto al cuello de la bestia y sangra la boca de donde partió el relincho. que va siendo legendaria. Supremo vigilante del alto Guanuma. macho sin entrega y sin lunares. Se sabe bien enjaezado y ya quisiera soldar su figura de bronce animado a la de su erguido jinete. varón de la madrugada y de los amaneceres.  Sol muy alto. La voz del “socio” se anuncia en un trueno lejano que cruza veloz por todo el cielo asustando las nubes. Es camino con historias. antes de perderse entre las lomas. que tiene arreglos con el “socio” y viaja en la noche con la sonrisa de siempre y el cancionero madrugador. El Pancho Valera mentao ha visto morir a su lado a “propios y recueros” fulminados por los rayos que le temen a él. ¿Será uno de esos que detienen aguaceros con cruces de cenizas y señales de oración. el llano del frente es verdeante y por él. Frente al rancho de Ceferino Constanzo un relincho sugiere la presencia de la hembra esclavizada al cabestro. El Pancho Valera mentao palidece antes de musitar respetuoso: —Buenos días. 52 . Badalillo es solamente un manso hilo de agua que sesea en el llano antes de hundir la cola en Charcambrienta. En cada rezongo del potro cansado se agrietan. Ni come en plato prestao. pasa el Pancho Valera mentao.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS se prodiga en los lugares. Pero después de todo con afán y con urgencias. parecen preguntar los truenos que resuenan a lo largo del cielo de Guanuma. la esperanza y el querer vivir mejor de los hombres que trabajan la tierra alta de Guanuma. Detrás de la sombra rueda discreto un inmodesto cantar: Pancho Valera es mentao En el alto de Guanuma.

proferido por los difuntos. —A Ceferino Constanzo no le venden ésa. —El Valera es hombre de cuidado. adolorido. secar el cuchillo con el pañuelo. pero vino la mala –el “no te mereces mis atenciones”.  53 . Pa’mí to lo que se dice de él es mentira. —El padre de toos los cuentos es el mismo Valera –informa una voz en el rancho que está frente al pico de Santa María. en el “casi ya” de los vecinos. El sol acabará muy pronto su tarea y luego vendrá la noche. Si está condenao con el “socio” cuando menos a mí me respeta. porque es amigo del “socio” y le tiene el alma vendida por unos cuantos placeres. apenas si hablan los lugareños. que entonces no era mentao. Observen que cuando me mira se pone pálido. Yo recuerdo el lance que tuvo en Mata María con el Negro Trinidad. un seco: —Buenos días. pero eso de tener líos con un amigo del “socio” y quedarse uno sin una tumba en el cementerio no me parece negocio. Los dos dizque eran buenos amigos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Para oír solamente. —Esos cuentos los ha inventao él pa’cojerse el sitio. irá cuesta arriba y cuesta abajo con los ojos desorbitados como le gustan al “socio”. ¿Quién anda en la noche en el alto de Guanuma? Sólo el Pancho Velera mentao es capaz de recorrer todo el lugar. don Cefe –contesta alguien desde un rincón cuajado de sombra espesa. el tú o yo en este sitio– y cuando el Negro Trinidad quiso aclarar el punto. Lejos de parecer contrito y respetuoso. coquetea y coquetea. replica con bríos Ceferino Constanzo. treparse al caballo impaciente y seguir sin rumbo como un pedazo del viento. Pa’pleitos no tengo agallas. —No diga eso. En el pico de Santa María la lechuza dirá su deseo y en el instante. se oirá un grito largo. –comenta con lengua temblorosa Simeón el higüeyano. y si uno le coje confianza lo empuja pa la laguna. Sobre los árboles caerá un rosario de avemarías y todos los vecinos se persignarán y pedirán clemencia a las ánimas. Tiene las mismas cosas de Badalillo. sólo él es capaz de asomarse a los caminos en las noches largas del alto Guanuma. Ceferino Constanzo es altivo y clava su mirada de fiera en el hombre que tiene arreglos con el “socio” y llama Relámpago a su caballo. Estampa fuerte ésta del encuentro del Pancho Valera con Ceferino Constanzo. que sea con Valera. el de los espolines de plata y el sombrero grande de cana. La otra noche lo vieron hablando con el “socio” y cuando se dio cuenta de que lo miraban hizo una señal y donde él estaba parao lo que encontraron fue candela. y hasta bebían tragos de la misma botella. El camino quedará borrado durante toda la noche y abrirá sus precipicios a la voluntad de los duendes. Pálido hasta parecer febril el Pancho Valera hunde sus espuelas en los ijares del caballo y se aleja dejando a su espalda un hálito de misterio que se acuna en el silencio. En el silencio ilímite del alto Guanuma. sólo él con un farol pintado de rojo. ya tenía el acero en la barriga y los cuajarones de sangre le cerraban la garganta. En el alto. Valera. Si ocurre algo. Los vecinos imploran al sueño que les haga olvidar las historias llenas de duendes que recorren todos los caminos. —Pues a mí… que me reviente la rueda de una carreta en el camino o me parta un rayo en el conuco. Después… se vido al Pancho Valera. pero a este hombre no le temo. el varón del sitio.

vomita sapos y mosquitos. agorero. A lo largo del camino el silencio se divisa. El agua de aljibe es una virgen agreste. La memoria pueblerina es prodigiosa. Si sobrevenían aguaceros torrenciales. tan callado y sombrío. entregada al temporal en un desborde de lujuria. La noche estuvo cuajada de sombras espesas y los perros aullaron como nunca. ¡Se lo llevó el diablo! Sobre el llano verdeante el viento silba un inmodesto cantar: No come en plato de naide. luceros semiapagados miran hacia el camino irregular que se pierde entre los altos piramidales. se contorcía en su ámbito. baja con ellos la última ocurrencia: —El Pancho Valera mentao ya no vive en el Alto de Guanuma.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Amanecer distinto éste del Alto Guanuma. Ha publicado: 4 Cuentos. Dentro de la cisterna dormitaba el agua. Edit. Lentamente bajan del Alto Guanuma hombres que buscan en el favor del camino la satisfacción de las urgencias. y el ensayo: Doña Endrina de Calatayud. crecía incontenible. Todos conocían el motivo de ese abandono y tácitamente velaban por el mantenimiento de la interminable cuarentena impuesta a la vieja casona. La malquerencia local llegaba hasta la calumnia. Desde los cielos. lleno de miedo. 54 . porque en los pueblos existe el culto del barroco narrativo. En el decir. el aljibe lo pasaba mal: el agua. a él atribuían todo lo malo que en el pueblo acontecía. que siempre se asusta al caerle encima la violencia del chorro de los caños. y como aquella doncella envidiosa de los cuentos. un escalofrío de renacuajo le recorría la carne húmeda. Stella. Todos los lugareños van contritos y azorados hasta donde lo exige el menester. salía al patio por la nariz del aljibe. y en una hemorragia bullente. 1955. 1913)* La virgen del aljibe En el lugar había una casa abandonada y en la casa. en el silencio nocturno semejaba un tiroteo contestado por la carcajada tosigosa del zinc. Impresora “Arte y Cine”. de lo misterioso que va de mano por el mundo con la tiritante superstición. T. 1953. Pero el abandono de la gente tórnase maldición para su vientre. A medianoche se oyó en el sitio el galopar de un caballo magnífico y un grito prolongado. *Hilma Contreras. la verdad y la fantasía se confundían. un aljibe.. Ciudad Trujillo. A tal punto subió la agresividad que por las noches apedreaban el ruinoso caserón. y a él pedían cuenta de los sinsabores padecidos por los moradores de Cueva. a fuerza de tejer y tejer suposiciones y comentarios. profesora de francés. y en las épocas lluviosas. con mechones de lama sobre el rostro cuadrangular. Imposible pregonar la última ocurrencia. A veces. HILMA CONTRERAS (N. Y el maldito es bien plantao. Usa sombrero de cana Y espolines plateaos. abusaban de la pasividad del aljibe. C. Las gotas de rocío dormidas sobre las hojas de los árboles ven pasar a los recueros recién salidos del sueño de la madrugada. roncaba su garganta de batracio. Así.

el aljibe de la casona estaba maldito. Porque lo estaba. fruto de los amores ilícitos de su hija mayor con un beodo despreciable. Del aljibe salían gemidos al filo de la medianoche. 55 . y en lo que discutían si derribarla o no. Pasaron varios días. Dos meses sin lluvia. los tres o cuatro choferes de Cueva preferían abastecer sus carros de gasolina a cualquier hora del día. En semejante trance pudo más el terror a la inanición que el miedo a la enfermedad. ni tan ávido de bienestar. y uno a uno habían salido de ella para el cementerio. falleció el médico de servicio. Y no dejaba de tener sus razones el viejo sacristán. como un centinela rubicundo. no era tan tonto el favorecido. además del provocado por el temor al contagio. se abstuvo de probar el líquido embrujado. pero se temió una explosión en el puesto de gasolina contiguo. Una semana. Y la vieja murió sola en medio de sus bacilos. Dios dirá lo que convenga. luego las apariciones y los lamentos. —Déjenla ahí –dijo entonces el sacristán–. Del cielo no caía ni una gota. no había que pensar en alquilarla. unos gemidos muy quedos que erizaban los vellos a los trasnochadores. Los tanques se secaron. Ese viernes amaneció nublado. En la misma bomba se detenía poca gente. vigilaba sobre los solares que componían el resto de la cuadra. La casa pertenecía al sacristán Prudencio. y de ahí el miedo supersticioso de los moradores. menos a él. Una vez segados por la guadaña niveladora los herederos legítimos. Desde entonces la gente le sacaba el cuerpo al callejón “Córdoba”. y con retemblores contra el brocal. agua y más agua. Pero ya Prudencio no podía más. y la sed y el hambre diezman el ganado. la burla del agua pajosa y gusaraposa dentro del baño. pero cubito a cubito reuniría bastante para refrescarse. El cántaro sonó en la oquedad como una profanación. Los pobres recurrieron al aljibe abandonado. que no era más que un bastardo y vivía al margen de la familia. Necesitaba agua. por fin iba a llover. es casi castigo inquisitorial. la abuela se la donó al nieto de la orilla. Uno a uno se habían tuberculizado los miembros de la familia en esa casa. Así las cosas. que era algo anormal y muy cobarde. El estruendo del cántaro en el fondo. Los hombres trabajan mal. Como la cobardía individual suele trocarse en valor colectivo. casi tres. pero era por culpa de los hombres. La corriente del riachuelo se afiló hasta la ridiculez. mas la sed la mitigaron. Por algo se llamaba Prudencio. Mas. abordaron el sitio en masa. dos. Pero no la vivía. después de la Oración. a todos. como para instalarse en el foco infeccioso. y en los recodos bostezaba una lama pestilente. El primer día casi alcanzaron el agua con las manos. precisamente ponerse en remojo para amortiguar la fiebre que le resecaba la piel. un entrecejo contrariado porque apenas sube mediado. El agua andaba escasa. ¿Y si no llovía? ¿Cuántas veces anunciaron lluvia las nubes y no la dieron? Era indispensable que se bañara. y por último esa historia siniestra del aljibe. cuando el sol. —¡Maldito lugar! La tuberculosis primero. Una rigurosa sequía se había apoderado de Cueva. bajo un cielo de infierno. Tal desgracia les había acaecido a todos por testarudos y apegados a la propiedad. Sólo Prudencio. Y vino temprano al aljibe con un baño de zinc a cuestas. para dar de beber a sus poros calenturientos. nadie la quería. que la había heredado de su abuela materna.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Sí. La Sanidad habló de quemarla.

¿quiere subir y dar el tercer toque de misa? Aterrábale la idea de verse solo en el campanario. y los demás para pendenciar. Tlan. Oyóle el sacristán esta vez y contestó: —Por el descanso de ese muerto. —¿Qué por qué doblas? –chilló entonces el muchacho. —Un momento –rogó el Cura. El Padre arqueó las cejas. las campanas doblaron gravemente. excesivamente sorprendido. —¡Qué muerto ni qué vieja tuerta! ¡Toca pronto dejar! En la sacristía el Cura se mesaba los escasos cabellos en medio de las beatas alarmadas y de los curiosos que había congregado la desbocada carrera del sacristán. Bolo acaba de irse con un dolor. —Déjenmelo a mí. Pero debía obedecer y se levantó con las piernas de trapo. —¿Qué le ocurre. dizque. tin… tin… Había solemnidad tal en el espectáculo que Pedritín. —Prudencio –dijo al fin con recelo– ¿por qué doblas? La voz monaguil se diluyó en el intenso plañido de los toques. De repente. Otros. tartajoso. Algunos rieron. los más. y la misma gravedad se extendía por la cara criolla de Prudencio. Prudencio? —¡Una maldición. Metióse el fugitivo en la sacristía. —Por ahí va Prudencio –voceó el alcalde a su consorte– como alma que lleva el diablo. —Un… ¡Bah! –pronunció el venerable sacerdote– ¡Eso nos faltaba. como idiotizado.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Sacaba el cubo por quinta vez. se estuvo quieto. aullante. eso parece –monologó desfalleciente– ¿Una qué…? Pero… ¡Ave María Purísima! Loco. se persignaron. —No quiere callarse –informó el monaguillo al entrar. y dirigiéndose al monaguillo–: ¿por qué dobla Prudencio en vez de tocar tercero? El aludido abrió unos ojos entontecidos. Y se inclinó para explorar el fondo. —No es posible –murmuró. con los pelos erizados. que yo lo hago callar –prometió el dueño de la bomba. acezoso por la rápida ascensión. señor Cura! El Padre lo miró como quien observa a un bicho raro. —Por el descanso del muerto. con los ojos desorbitados. ¡Este hombre se ha vuelto loco declarado! ¡Eh. unos para atender a sus quehaceres. El cura se asustó. 56 . Gravemente tocaban a muerto las campanas. —¿Qué es esto? –sofocó–. otros reclamados por la iglesia. —En el aljibe hay un muerto. Sus compueblanos abrían las puertas en ese momento. se dio a la fuga. que se rematara el sacristán!… Y a propósito. Pedritín. tembloroso. —Sin embargo. sube a ver lo que pasa! La sotana del monaguillo aleteó en la prisa que requería el suceso.

cuando la vista se acostumbraba a la penumbra del pozo. Una mujer del pueblo se deshizo en vómitos. Importunado por la conversación. —De todos modos –argumentó el alcalde– hay que bajar a investigar el caso. Los más simples se representaban el alma del difunto. otras gritaron. En el camino se agregaron muchos. espeluznante y macabro. Cruel asesinato. Un ruido ensordecedor lo ahogó todo. Tin… tin… tin… Tlan… Inclinóse el religioso sobre el brocal. Venía galopando como un energúmeno. y los hombres empalidecidos. de suerte que cuando llegaron al callejón “Córdoba”. la virgen de vientre maldito. Es el deber de la justicia. distinguíase. Aquí no hay nada.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Por… por… –tartamudeó el tonsurado– Bueno. —¡Bah! –dijo– algún bromista tiraría ese cráneo en el aljibe. Un silencio impresionante dormía su hastío en todo el patio. Por encima de la cisterna vibraba el quejumbroso volteo de las campanas. olvidada de su vergüenza… 57 . que venía gimiendo en las tinieblas a calentar su osamenta. Suicidio. extrañamente regocijado–. hermosa y lujuriosa. hasta la noción del tiempo. y en la boca el sabor putrefacto del cadáver. bramó al caerle encima el chorro de los caños. La gente corrió a guarecerse. al viento la bufanda gris. De nuevo. y el aire electrizado oprimía los pechos de antemano agarrotados por la aprensión. la Autoridad a la cabeza. —Hoy no será –advirtió el Cura. hasta salir al patio por la nariz del aljibe. Algo horrible. jadeante. y con él los más cercanos. blanqueando en el fondo. Muerte accidental. parecía una manifestación obrera. Densas nubes ocultaban el sol. Reía. Cada uno urdió el drama conforme a su idiosincrasia. un sapo arrugado saltó de su escondite y se posó en la frente pelada. sino agua. esto es inaguantable… Vamos todos al aljibe. ¡Una calavera! Efectivamente. Homicidio. Y así fue creciendo. A lo lejos se oía el atropello del chaparrón. Únicamente el Cura le restó importancia al hallazgo. reía. —El miedoso de Prudencio vio visiones. el agua reía para ocultar la repugnancia de sus entrañas. Dentro de la cisterna. un cráneo luciente con las dos cuencas hambrientas de luz. —¡Jesús… María y José! –exclamó el monaguillo–. pudorosa y joven. —¡Al aljibe! –gritaron varios. y la mirada puesta en Cueva. —No veo nada –dijo–. desmayóse una jamona histérica. sentían el agua estancada en el estómago. El aguacero se nos viene encima.

entre la gente pudiente. algún enfermo adinerado se encontraba en estado de gravedad. que el divino mensajero de la cristiandad traería en las manos el devotísimo tributo que haría sonreír la cara alborozada de su fanática preceptora. desde que cayó en cama don Ramón. Autor de las novelas: Del Cesarismo –1911–. con un maletín en la mano que parecía repleto. Sátiras teatrales. que la gente acomodada de la urbe gozaba de la más perfecta salud. era cosa sabida. suelen ver mayores peligros en quienes mejor pueden retribuir sus servicios profesionales. dice uno de los tres Baturros de la comedia argentina así intitulada. y con esto. Como cae la balanza. *Rafael Damirón. apodo que ella aceptaba como testimonio de afecto y simpatía. Doña Nico hacía ya dos semanas que no regresaba a su casa. resultando más alarmante. Una fiesta en El Castine. —¿Dónde estará doña Nico? –murmuraban. cierta inquietud mantenía en expectativa a esos mismos vecinos. era seguro. Cuadros de costumbres: La Sombra de Concho –1921–. más que los mismos médicos igualados de las casas. Doña Nico pasaba muy pocos días del mes en el seno de la pequeña casita que representaba su único haber en el mundo. de filosóficas providencias. una fuerte epidemia de gripe azotaba la ciudad. El monólogo de la locura –1914–. más que de buenos consejos. Los yanquis en Santo Domingo. según aseguraban sus vecinos. sin temor de caer en error. ya porque sabían pagar mejor sus solicitudes. Revolución (cuadros de política) –1940–.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS RAFAEL DAMIRÓN (1882-1956)* Modus vivendi Ca uno es como ca uno. se sabía al dedillo el padecimiento de cada uno de los ricos de la ciudad. Pero es lo cierto que el vecindario se preguntaba: —¿Dónde está doña Nico? Las telarañas cubrían ya totalmente la cerradura de la puerta de su casa. que cuando faltaba en su casa. Doña Nico. La trova del recuerdo. Pimentones (recopilación de artículos) –1940–. ¿Qué cosa? ¿Quizá la que luego la hacía ausentarse por semanas enteras de su casa? ¿Quizá algún enfermo grave. Sin embargo. las hermanitas del Hospicio Santa Clara le decían Nico. La Cacica –1944–. Periodista y poeta. en estos casos. es decir. pero de niña. por desgracia. De modo que cuando los insidiosos vecinos de doña Nico no se explicaban cómo siendo tan pobre. miembro de una familia bien? Cuando doña Nico mandaba su precioso Niño Jesús de visita a casa de sus ricas creyentes. primero dejara de comer que de comprar el diario que circulaba a las siete de la mañana. naturalmente. precisamente. ya porque los médicos. porque. Y no andaban errados sus vecinos al suponer que doña Nico leía con tanta puntualidad el diario de la ciudad porque algo había en él que la interesaba. y sabía. Poesías dispersas en periódicos. y las que eran infalibles para aplacar el histerismo de las doncellas cuarentonas. más gorda y más afanosa que antes. Obras de teatro: Alma Criolla –1916–. y ya entonces. Estampas –1938–. ¡Ay de los vencidos! –1925–. Mientras los otros ríen. ella murmuraba entre dientes: —Tan entremetidos y tan groseros… Doña Nico tenía por verdadero nombre el de Nicolasa. que ahí viene ella. 58 . pues. y era ya muy notorio. el nombre de las inyecciones que servían para atenuar la neurosis de los viejos.

pero tú sabes que yo con don Ramón. huevos. galletas de soda. algunas cajas de ampolletas sobrantes de suero. otras de cacodilatos. eso sí. ¡algo tremendo. ya limpias. que el lechero. hija!. que los sobos en el bajo vientre. —Está fresco –exclama–. por sus valiosos servicios. bien te lo mereces. que esa pobre gente. —¡Qué gusto! –exclama la vecina. en cuanto se dio cuenta de su presencia en la casa. que le regaló la esposa del enfermo. ¡Adiós! —Adiós. —Más buena que el pan. en su puesto. Nico. doña Nico –contesta la esposa. se ha visto entre la vida y la muerte. yo creo que si hay gloria. que cada media hora el gorro de hielo. chocolate. tan sufrida y tan buena. que el termómetro. varios pares de media y un millón de menesteres más con que la habían obsequiado generosamente. dos trajes casi nuevos. que la inyección. Ahora mismo voy a ordenar una misa de salud. —¡Adiós! —¡Adiós!  Doña Nico comenzó a colocar las cosas. por la tarde. a las cuatro. porque a la verdad. leche con gengibre. ¿Se tomó las cucharadas? —Sí. 59 . Ya de regreso en la casa. hija de mi alma! ¡Estoy muerta! ¡Veinte noches sin dormir! No sé cómo me tengo en pies con tanto ajetreo como he tenido en estos últimos días. tú sabes como es esa gente. Tengo que irme enseguida. —Si yo no fuera de tan poco apetito estaría como una bola. pan y mantequilla. A mí no me falta nada en esa casa: jamón. y que vuelvas pronto. pero hoy ha amanecido un poquito animado. para allá voy el día que me muera. que el carbón. —Dios los conserve. te dejo porque no vine más que a darle un vistazo a la casa. figúrate. chocolate. parece que estás más gorda… —¡Ah!. —¿Y cómo está él? —Regularcito. ¡Pero qué lucha!… Que cada hora una cucharada de esto. La pobre señora no puede moverse sin mí. algunas latas de conservas. a las doce. me hubiera muerto primero que él… —Pero oye. —Ojalá. Sacó del maletín que había traído. por la madrugada. y queso rosqueforte. hija!… Si no fuera porque soy mujer fuerte.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Cierta vecina que se llevaba bien con ella. y cómo me quieren sus hijos. pan fresco y mantequilla por la mañana. no puedo menos. además de algunos billetitos de banco que ella cambiaría en oro acuñado para enterrarlo al pie del guayabo que crecía en el pequeño patio de su casa. lo primero que hace es tocarle la frente al enfermo. Ya te he contado cómo me trata su mujer. esa gente no tiene nada suyo. no puede moverse sin mí. —Así mismito. casi un banquete a mediodía. llamó desde su ventana: —Doña Nico… doña Nico… dichosos los ojos… —¡Ay. que. otro banquete. —¡Qué bueno! ¡Lo que vale ser servicial como tú!… —¡Ay. que las criadas. que el purgante. que las visitas. tres cortes de traje. regalo de la hija. —Ahora –se dijo– déjame volver. a las siete. un tentenpiés riquísimo. —Bueno.

con voz imperativa. doña Nico aún conserva la casi total administración de los asuntos de la casa. ¿Cómo voy a hacerme ahora sin Ramón? Y doña Nico se queda. Y empuja una puerta. a leer las crónicas del diario que no tardarán mucho en hacerla saltar en un conmovido gesto de piedad hacia otro grave don Ramón que esté a punto de pasar a mejor vida. déjenme ir a la cocina a calentar el agua. Presidente del Senado. Ha sido Encargado de Negocios. no. Licenciado en Derecho. para que comience sus visitas y retorne de ellas con el tesoro de sus manos llenas de brillantes lentejas. en la tranquilidad de su casa. Doña Nico. y días después. Doña Nico se adueña del muerto. miembro de la Corte Suprema de Justicia. finalmente. no se mueva… ahora… ve usted que bien. estará al punto de todo. en tan duro trance.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Le pusieron el lavado? —Ah. doña Nico. pide a los familiares dejarla sola. DÍAZ (N. ¿Cómo va la esposa. cuando todavía en las milicias nacionales existían grados subalternos y cada marcial insignia rememoraba una épica *Gustavo A. vencida casi. los hijos y las hijas del difunto? Doña Nico enciende las velas de la ardiente capilla. Dos veces capitán 60 . y también súbitamente se ha ido de la vida. GUSTAVO A. usted sabe que él no quiere que nadie se los ponga más que usted. doña Nico vestirá lujosamente a su bello Niño Jesús. no se apure. para dedicarse. y entonces. doña Nico ordena y administra el reparto del café. cruza por entre las habitaciones. se iría a buscar el reposo en su casa abandonada desde hace cerca de dos meses. los ayes de los hijos. al fin acepta. discute. —Yo quisiera irme ya –exclama dirigiéndose a la viuda inconsolada.  Pero don Ramón de súbito se ha agravado. póngase así. recoge en su corazón las lamentaciones de la esposa inconsolable. en fin. 1882)* El Capitán Diego Molina había alcanzado su grado. —Bueno. llama a las criadas. cierra otra. Consultor Jurídico en la Presidencia de la República. así. los comentarios generales alrededor de la irreparable desaparición. toma posesión de la absoluta dirección de la casa. y entonces. y. ordena. pero. pone a hervir el agua. asiste a la lectura de la testamentaria. don Ramón. hasta que la cruz llegue por el cadáver. doña Nico. así. Díaz. manda. entonces. la esperábamos. los abrazos condolidos de los amigos. Pero la viuda la dice suplicante: —No me deje. fatigada. pan y queso del velorio. es obligación que se ha impuesto la de estar presente los nueve días subsiguientes para dirigir los rezos en favor del alma del difunto. Durante estos nueve días. recibe algún regalo que con pena y con cierta resistencia. así luego. —Con cuidado. Mientras tanto. a atender a nada? ¿Cómo.

que a sus ojos de guerrero fue siempre como la visión radiosa de la propia victoria. y el despacho en que se lo consignaron. radiante de bélica grandeza. y empinar su coraje por sobre la eminencia de todos los peligros. ¡que en medio de aquel tremendo naufragio moral fue un leño que no zozobró jamás! Un día le llevaron una carta en que el General Santana lo requería a la Capital. de un cañón enemigo. a las órdenes del General Santana. El Libertador. cuyas banderas defenderás conmigo. había obtenido que se le reconociera su grado de Capitán. una veneración ciega y fanática. ¡que parecía de dolor! Se volvió a su retiro. había creado. Es una alta merced que he alcanzado para ti. Tenía para el viejo Libertador. que el propio General Santana había firmado. ¡El General Santana le había perdido! ¡Lo había hecho oficial de los españoles! ¡Y tener 61 . con honores de reliquia. con su esfuerzo y con su sangre. El día que en el Seybo se izó la bandera española. Pero sobrevinieron días de tristeza y de oprobio para la Patria que él también. A sus ojos asomó su alma. hosca y bravía. y que allá en lo hondo de su pecho siempre tuvo la firmeza y el calor de las pasiones que acendran almas primitivas. desde soldado. su protector. o le habían echado algún maleficio. cuando oyó el severo acento del General: —Ya lo sabes. la siguiente mañana de la batalla de Santomé. Y se alejó lleno de una callada turbación que parecía de orgullo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I proeza. “porque eso él no lo había visto nunca. llevó al triste bohío: un recóndito orgullo en el alma. su “padrino de sangre”. y a quien se sentía sometido. que lo había visto erguirse. porque te creo digno de ella. en la rebelde soledad de su bohío. y tras rápida jornada compareció ante su antiguo jefe. Cuando volvió el rústico prócer. el Capitán Molina no entró a la población. Se le había llamado para otorgarle una distinción que más le llenó de congoja y de rubor que de alegría. lo había visto. a su descuidada heredad de las orillas del Seybo. fiero y huraño. en un arrebato de acometividad salvaje. después de su última ruta. Desde hoy eres Capitán del ejército de la Reina de España. y que jamás vio plegarse en derrota ante las acometidas enemigas. Fue como un viento de desolación lo que agitó su espíritu y aturdió su pensamiento. impasible ante la muerte. Su grado era su honra. por ese rudo cariño que engendra en el alma de los bravos la comunión de peligros y victorias. y ya lo había hecho inscribir en la llamada Reserva activa del ejército español. que es el severo cariño de los jefes. El General Santana. ahora caía como un sudario sobre las muertas glorias de la República. La lúgubre tragedia moral de la Anexión se había consumado. su “padrino de sangre”. inconforme y como abrumado por el peso de una tremenda infamación. arreglar el freno de su caballo. ni lo quería ver”. Diego Molina hizo su carrera. una cicatriz profunda en la cabeza y su inmaculado despacho de Capitán de cazadores. El General Santana –pensaba él– se había vuelto loco. que una bala había roto. era la única cosa escrita que guardaba. en una muda protesta. cuya única forma de expresión era un respeto casi trémulo que hacía del héroe un siervo. Y se quedó. lo agasajaba con su confianza. La bandera dominicana. Lo había visto apoderarse. más que por todo precepto disciplinario. Dispuso en breve tiempo lo necesario para su viaje. más que eso. como él lo llamaba.

Licenciado en Derecho. que producía la impresión de un paredón de lujo contra el cual la muerte ejecutara una parte de sus habituales *Virgilio Díaz Ordóñez (Ligio Vizardi). los desplegó en un altivo reproche. Callado y taciturno. Tengo entendido que es ése precisamente su grado. Aquel mismo día. Y se fue a la manigua. hasta la hora en que. De otro lado. y de las novelas: Alma Antillana y Archipiélago. radiante de altivez. Poeta: autor de Los Nocturnos del olvido (1925). una bandera arrebatada a los españoles. O estaba aquel hombre trastornado por la emoción. 1895)* Aquel hospital era tan moderno. —No. desde su pasado. bajo la bandera dominicana. mi General. se batió desesperadamente. fue proclamado Capitán del Ejército Restaurador. Yo quiero volver a ser el Capitán Diego Molina. De un lado lo llamó un absurdo deber. a defender la bandera de España. Un silencio amargo selló sus labios. y. Figuras de Barro (1930). Las altas empresas de la intrepidez llegaron pronto. Suya fue la primera victoria que se alcanzó después de su incorporación a las tropas. —Capitán –le dijo– me parece muy extraño lo que le oigo decir. La sombra iluminada (1929). voy a pedir la recompensa que ambiciono. cuando se reconcentraron las tropas después de terminada la batalla. Yo era Capitán. —Para los valientes son las recompensas. —¡Yo quiero mis galones de Capitán! El General Guzmán no comprendió aquella extraña petición. Actual Rector de la Universidad de Santo Domingo. Se fue como un león sobre el enemigo. Ha representado al país como Embajador en varias naciones y en las Naciones Unidas. VIRGILIO DÍAZ ORDÓÑEZ (Ligio Vizardi) (N. de fachada tan elegante. iluminó su pensamiento el albo resplandor de sus altivos ideales. y le brindaron a la gloriosa ambición que ardía en su pecho el anhelado instante. que inmortalizó el heroísmo. y se aprestó a renovar sus pasadas gallardías de soldado. el bizarro Capitán Molina. Aquel hospital 62 . por confesión suya nadie supo en el Seybo el resultado de aquella entrevista. trajo entre sus manos trémulas. bajo las órdenes del General Antonio Guzmán. Se incorporó bizarramente a las tropas revolucionarias. La presentó. lo reclamó la Patria. pero el General Santana me degradó. hecha jirones. hecha por quien llevaba honrosamente el grado que solicitaba. ante su propia conciencia redimido. o rechazaba inexplicablemente el ascenso.  La hora se la anunció un día la voz que desde la áspera manigua llamó a los dominicanos a la guerra santa de la Restauración. desde su propia conciencia. graduado en la Universidad de Santo Domingo. si es que esto vale algo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que resignarse! porque lo que era él no tenía voluntad para oponerse a lo que el General resolviera. En su atormentado espíritu renacieron los vigores de otros tiempos. y dijo: —Mi General.

allí internados. de irreparables excesos de ciencia. cirujanos y enfermeras se deslizaban calladamente. en marcha muda y rápida. Se adivinaba que detrás de aquel alineamiento de puertas cerradas bullía un pequeño mundo de niños enfermos. Centenares de pequeñas gavetas blancas tapizaban gran parte de las paredes. Aquellos rótulos parecían escritos con la sangre de alguien. aquello era una colección de errores de diagnóstico. Madres o padres. Tabiques de cristal e instrumentos plateados daban la sensación de que se estaba frente a la vitrina de una joyería. especialistas. tan pequeños que parecían estuches de grandes violines. Pasé junto a una de aquellas puertas. En aquellas gavetas estaban las enfermedades que habían perdido ya su cuerpo. Del lado opuesto. Se hubiera dicho que hasta el olor de aquel hospital era blanco. sólo podían visitar a sus niños. repetía una frasecita que no pude comprender y que era dicha con modulación enternecedora cada vez que alguien cruzaba frente a aquella puerta. Tanto silencio. tutores o familiares. masa cúbica y blanca como tope de cristal grueso que. Clínicos. producían un poco de angustia. de inútiles recordatorios del primo non nocere consagrado por el apotegma hipocrático. podían romper con frecuencia. como regla invariable. por los pasillos silenciosos. La disciplina interior era estrictísima. y los niños sonríen y juegan y cantan cuando el dolor. diagramas de temperatura. frágil. aséptico. Quizás. en los lechos. insistente. Y allí el silencio era ya el único juguete que ellos. suplicante. Movimientos precisos y economía de palabras parecía ser la tácita consigna. notas. en forma inédita. como sombras blancas también. que ignoraban la existencia de aquella discreta escalinata posterior por donde con frecuencia descendían las grandes cajas de violín y desde donde partían hacia el misterio los amiguitos que se ausentaban tendidos en un oscuro coche grande. laboratoristas. Junto al escritorio principal. En el interior todo era nítido. Cuando llegué a la dirección todavía resonaba en mi oído la vocecita tenue. los días viernes de cada semana. casi lúgubremente silencioso. la cronología y la historia de las enfermedades que habían pasado por miles de cuerpecitos que acaso ya no existían. Esas pequeñas gavetas guardaban millares de fichas. con su lámpara cenital ovalada. el archivo. diagnósticos. otra escalinata más sencilla presenciaba cómo descendían a veces pequeños ataúdes. Pero el hospital era para niños.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I fusilamientos diarios. una escalinata de cinco gradas impecablemente blancas hacía pensar en un pentagrama sereno en donde el mármol soñara vibrar en melodías de vida y de esperanza. Por el lado anterior. En aquellos diminutos nichos la experiencia hablaba en estadísticas y tosía números. A la Dirección entraban y salían técnicos y enfermeras. la fiebre o el delirio no los abaten. me llevó en ruta vertical a uno de los pisos altos y me depositó calladamente sobre uno de los amplios corredores. Y por todas partes la nota blanca: en las paredes. Una voz infantil. con un rótulo rojo sobre el bolsillo izquierdo de las blancas blusas. Pasé sin mirar al interior. análisis: eran el registro. Un ascensor silencioso. imponía su austeridad silenciosa como si fuera una sagrada capilla. de dos a seis de la tarde. pero en mis oídos quedó una voz que sonaba a música triste. como un 63 . radiólogos. tantas personas sin palabras. La sala de cirugía. elegidos precoces de la enfermedad. que estaba abierta. en los uniformes de médicos y enfermeras. Las Oficinas de la Administración refulgían de orden y limpieza. inocentes. Y aquel día era un viernes.

como es natural. pero los padres o familiares no acababan de llegar. Supliqué a una enfermera que ofreciera un poco de agua a aquella criatura sedienta que decía a todos los que pasaban ante la puerta: ¡agüita.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS espejo verdoso. Los registros fueron nuevamente consultados. —No encuentro. el nombre de los padres. enfermeras asignadas. –dijo una enfermera que se acercó al escritorio. Aquel niño tenía sed y pedía agua. Para esa sala no hay. sobre la pobre mujer. con algo de travesura infantil y como buscando las ausentes manecitas para las cuales estuvieron destinadas. repetía el Director después de preguntar otra vez por la fecha de ingreso. Retorné hacia los ascensores por el mismo amplio corredor que me sirvió para llegar hasta la Dirección. yo vi cómo de sus manos resbaló el pequeño bulto envuelto en papel. me dijo: —¡Agüita. muchos vasos inagotables de agua fresca… No sé cuanto tiempo más tardaron en venir a buscarlo. de siete años. al golpear sobre el suelo. De pronto el Director detuvo el índice de su mano derecha y mostró en una columna del registro algo a la enfermera. a las diez de la mañana… Mientras esas palabras caían. como una sentencia misteriosa e injusta. y cómo. –dijo la mujer–. Carmen. señor!. el pequeño se quedó dormido con la cabeza apoyada sobre el bulto de sus modestas ropitas. como yo. las enfermeras y médicos presurosos y callados. doctor. esperaba una información que había solicitado. ¡Por favor. Se encontraba en la sala destinada a los que habían sido dados de alta. un niño. Y otra vez algo en que había dejado de pensar: la vocecita suplicante que repetía para mí una frase ininteligible. falleció el miércoles y fue sepultada ayer jueves. se empeñaba en duplicar el rostro y los gestos del ocupadísimo Director. Quizás hacía tres horas que sentía sed… Pero la disciplina es estricta: para aquella sala no hay asignado ningún servidor especial. con un paquete de ropitas humildes sobre las rodillas. En aquella pequeña sala deben ser recogidos por sus familiares los enfermos dados de alta. señor! La enfermera fue generosa en explicaciones. ¡agüita. Pero esta vez contuve un poco la marcha al acercarme al lugar de donde salía aquella súplica triste. acaso soñando felizmente con muchos. Y yo no sé cuál fue la voz que dijo: —Carmen. Carmen. Director y enfermera cambiaron una mirada rápida y llena de comprensión. a la internada número ciento cuarentitrés. Otra vez las batas blancas con los hilillos rojos. con huella de lágrimas en las mejillas. Mientras la enfermera monologaba sus explicaciones (que nadie había solicitado). se rasgó la frágil envoltura dejando en libertad un par de manzanas frescas y rosadas que rodaron casi alegremente. A los interesados se les avisa con suficiente anticipación para que estén allí en determinado día y hora. la edad de la internada. No podría resistir otra semana más sin verla. El pequeño debió ser reclamado desde hacía tres horas. una pobre mujer humilde. cama número ciento cuarentitrés. Me detuve al fin frente a la puerta abierta y allí. Durante una hora estuve en las oficinas de la Administración. Se llama Carmen. llámela. señor! Por fin conocí la letra de la música triste que había escuchado una hora antes. con un pequeño bulto sostenido en sus manos chupadas por el hambre y supliciadas por trabajos rudos. —Yo dejé aquí a mi hijita el jueves pasado. búsquela usted! Quiero verla hoy que es día en que está permitido visitar los enfermos. 64 . Carmen.

se sentó a mi lado sobre el césped. ni la sugestiva zapatilla azul que Octavio no tocaba sin besar. modulando su canción de espuma. ni la cajita de palo de rosa. —¿Te sorprende la palabra en mis labios? —¿A qué ocultártelo? —Pues. la misma actitud hostil que una noche adoptaron al encontrarse en aquella misma alcoba sus respectivas dueñas. imponente y elegante del Hospital de Niños quedé sorprendido por mi propia voz cuando. digna del breve pie de la Cenicienta. y en el azul de sus grandes pupilas se reflejaba algo de la imponente y bravía inmensidad del mar. hasta alcanzar el abrupto peñón que se erguía en el mar. embajadas de amor que las coquetuelas. Primavera Sentimental –1902–. que aún parecían conservar. frente a frente. se hacía contemplar de las ondas. Una tarde… ¡Oh!. 65 . laureles de todos los triunfos. Vino a mí. y presurosas y alegres se llevaban. Las Manzanas de Mefisto –1934–. Autor de Cuentos Frágiles –1908–. Cantaba el Ruiseñor –1910–. ¡estaba más bella que nunca! Su flotante cabellera blonda parecía llenar el aire de átomos de oro. El Balcón de Psiquis –1936–. Traía al cuello esa sarta de caracolitos que ha sido aguijón de tu curiosidad. admirable. moderno. Poema de la Niña que está en el Cielo –1935–.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Y ya en el exterior. Sin duda. Canto a la Bandera –1925–. Y poniendo aquel soberbio pedestal a su temprana hermosura. donde alguien había sorprendido el oculto tesoro de la más hermosa y rubia y ondulante cabellera. Lo único que le falta es un poco. corrían alegres y presurosas a recibir. La Canción de la Vida –1926–. escucha: Todas las tardes ella bajaba a la playa y allí acudía yo tan sólo por verla saltar descalza. y me dijo: *Fabio Fiallo. de roca en roca. Pero. poeta y prosista. nada mortificaba tanto mi curiosidad como la sarta de lindos caracolitos guardada devotamente en rico estuche de marfil. Allí se encontraban trofeos de todas las conquistas. me oí decir: el Hospital es perfecto. bajo un cielo espléndido. negro y rojo el uno. nada. rojo y negro el otro. evocador de cierta leyenda sangrienta. ¿Acaso este ateo impenitente abrigaba la cándida superstición de los amuletos? Una noche. ni los dos antifaces. por fin. ni el abanico de blonda y nácar. teniendo frente a mí la perspectiva alegre del camino y dejando a mis espaldas la masa simétrica y blanca. sólo un poco más de piedad… FABIO FEDERICO FIALLO (1866-1942)* El príncipe del mar Aquel cuartito de Octavio era un caprichoso museo de exquisitos despojos femeniles. casi a la orilla. Canciones de la Tarde –1920–. interrogué a Octavio: —¿Y esto? —¿Eso?… ¡Ay! Es una historia bien triste la que me pides. La Comisión Nacionalista Dominicana –1939–. pensando en voz alta. ni la blanca liga de desposada…. de las ondas a las que ella hablaba con la gracia y la majestad de una reina enamorada. Miré con extrañeza a mi amigo. ni el fino pañuelo de batista que ostentaba una corona de marquesa por blasón. frontero al viejo torreón del castillo. La Cita –1924–. la historia de un amor irreal. ¿Qué les confiaba? No sé.

mi novio. 66 . —¿Él? —Sí. y una noche. Después prosiguió como en un ensueño: —Mi Príncipe. ¡mucho tarda ya esa hora de suprema ventura! ¡Oh!. sacudió con arrogancia sus cabellos. —No. ellos alfombran mi cabaña. Y se alejó susurrando dulcemente un canto de amor. grutas de perlas y bosques inmensos de coral. muy feliz. pero temo que mi Príncipe se enoje. Hoy estamos a trece y ya tengo doce. —¿Cuándo es la boda? —No sé. después. el Príncipe del mar. ¡esperar!… ¡Qué duro es esperar cuando el tiempo no marcha con la violencia que palpita el corazón! Y mientras exclamaba así. sonrisa de mujer enamorada que corre al encuentro del amado. Tres días después ocurrió el hecho fatal. el ademán firme y cortés. Un hilo de sangre corríale por la sien y manchaba de púrpura el oro de sus cabellos. Los conté: ¡doce! ¡Eran los mismos que me había enseñado! Desde aquel día no había vuelto el Príncipe y la visionaria se había lanzado al mar en su busca. sola en el mundo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Sabes que me llaman loca? —¿Quién? —Ellas. ¡cuán bello es! Tiene la cabellera negra y ensortijada. preciosa niña. Súpolo el Príncipe. para llorar con más desahogo. Yo estaba muy triste. ¡Qué feliz voy a ser! ¿no es verdad? —Sí. Corrí a la playa donde yacía tendida sobre el abrupto peñón que tantas veces había servido de soberbio pedestal a su hermosura. muchos. el talle elegante y fino. Tengo muchos. —¿Por qué esperar? —Mi palacio aún no está concluido. las envidiosas. —Cuéntame tus amores. siento impulsos de correr a su encuentro y lanzarme al mar… —Te ahogarías. con acento que mi recuerdo doloroso convertía en murmullo. Me rogó que no sufriera y me dijo que yo era muy bonita y que él se casaría conmigo. los ojos tristes y soñadores. las que odian mis cabellos porque él los besa. la frente pálida y hermosa. Un palacio hermosísimo de granito más blanco que el mármol. por sus labios amoratados parecía aún vagar una sonrisa. Y al decir así. Los tritones me recogerían y en su carro conduciríanme al palacio. con galerías de nácar. y mis ojos porque él se mira en ellos. miraba con sus grandes pupilas azules las ondas que alegres murmuraban su canción. Miróme breves instantes en silencio. y del cándido cuello pendía la sarta de caracolitos que habían marcado las horas felices de aquel mes. el pecho alto y vigoroso. Cuando cierro los ojos y le contemplo tan bello. me contó: —Tú sabes que la tarde que enterraron a mi pobre madrecita quedé sola. Serán mis pajes los delfines y las ondinas mis doncellas. vine a orillas del mar y aquí caí dormida. ¿Ves estos caracolitos? Cuentan las veces que nos encontramos. y en su carro de perlas tirado por cuatro tritones acudió a consolarme. —Todas las noches durante mi sueño viene el Príncipe a visitarme.

Caía en aquel momento una lluvia muy tenue. Guanuma. desparramadas irregularmente. especie de Hércules de ébano que le servía de asistente. Hizo además labor de periodista. a pesar de haberse por completo afeitado el bigote y llevar por todo calzado unas rústicas soletas. –le dijo un fornido negro. no sé qué tintes de cadavérica palidez sobre el paisaje circunstante. —¡Fonso! Acabas de llegar seguramente. fría. mantenían a toda hora una cuidadosa vigilancia. chicas y grandes. charcos de agua cenagosa cubiertos de obscura lama contrastan con el verde tierno del césped que se extiende hasta perderse de vista. a veces como encrespamiento de oleaje rugiente. En desordenada profusión. minúsculas cañadas. a veces creciendo de manera rápida e imprevista hasta hacer muy difícil el paso. Americanismo literario (1918). interceptando la luz. fue diputado al Congreso Nacional. 67 . Impresiones (1899). Por dicha estamos solos… No te esperaba tan pronto.G. En la larga y rústica casa que sirve de hospital se amontonan en catres y hamacas los numerosísimos *F. a pesar de lo que me dijiste ayer… Como una especie de incesante zumbido de colmena. Cerca de dos mil hombres allí acampados ponían sobre aquel trozo de llanura como una nota de vida continua e intensa. ocupan una vasta porción de la amplia sabana. que esparcía no sé qué tonos de lúgubre opacidad. que pase… La figura de un campesino vestido paupérrimamente. tiendas de campaña. siéntate. hacía ya días que Santana había establecido el campamento de las tropas con que salió de Santo Domingo para aplastar la revolución estallada en el Cibao. de suprema melancolía… En la sabana de Juan Álvarez. Perfiles y Relieves (1907). Cosas y personas parecían como sumergidas en un ambiente gris. Novela corta: Margarita (1888) y Cuentos: Sor Clara (1898). Aquí y allá. lluviosa. chozas apresuradamente construidas. Cobertizos muy prolongados sirven de alojamiento a la tropa. corría sobre un lecho fangoso. destacóse en el estrecho espacio de la puerta de la rudimentaria barraca… Un instante bastó para que el coronel Virico lo reconociese. El Derrumbe (obra ésta incinerada por el gobierno militar impuesto a la República Dominicana por Estados Unidos de América).G. a veces como tenues susurros. Siéntate. una tarde de cielo plomizo. El río. Literatura americana (1915).SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I FEDERICO GARCÍA GODOY (1857-1924)* La cita Dormía voluptuosamente la siesta en una hamaca el coronel Virico García cuando un ruido de voces en la puerta del rancho en que se alojaba en compañía de dos oficiales de las reservas lo despertó de una manera algo brusca… —Coronel. Extensa y pintoresca. muy encajonado. Empezaba a declinar la tarde. Diversas avanzadas. lleno de manchas de lodo. La hora que pasa (1910). conquistada a fuego y sangre al enemigo. Alma Dominicana. los mil rumores confusos de un campamento en plena actividad venían de afuera. bien resguardados se situaron el hospital y los almacenes. la sabana se dilataba hasta confundirse con los bosques que como espesa faja de un verde muy oscuro parecían por todas partes servirle de infranqueable límite. el Guanuma. Páginas efímeras (1912). Ensayos: José Martí. colocadas en puntos bien escogidos. De aquí y de allá (1916). –y le señalaba dos sillas serranas desvencijadas que había en el cuarto–. Obras: Crítica literaria: Recuerdos y Opiniones (1888). aquí hay un hombre que quiere verle ahora mismo. El enemigo solía acercarse para desde el borde del bosque disparar a mansalva algunos tiritos… En la Bomba. —Que pase.

empezaron a recorrer en todos sentidos el campamento. sollozantes. Fonso se detiene clavado en el suelo por una fuerza superior. álzase ahora una choza más grande y mejor construida que las otras en cuya puerta hace centinela un soldado con bayoneta calada. creíase ya Fonso en capacidad de poder suministrar al gobierno provisional datos positivos que suponía de bastante importancia… Ambos avanzaban lentamente. de un gris intenso. El cielo obscurísimo. como movidos por la misma fuerza. un hombre corpulento. Fonso Ortiz continúa con la vista fija en el Marqués de las Carreras… 68 . tal vez en ellos flota la imagen de la mujer querida que lo aguarda. la mejor alumbrada. que semejaban como tumbas de una vasta necrópolis. El crepúsculo. Muy salteadas. las perniciosas. algunos camaradas siguen con interés las jugadas comentándolas en alta voz… Noche. En el interior. aunque el tiempo no presentaba trazas de serenarse. descubre. El coronel Virico y Fonso. y le dice en voz baja: el general… Como fascinado. Dos tiros lejanos interrumpen el silencio de la noche sin que parezcan llamar la atención del general y del secretario que llena con letra cursiva hoja tras hoja de papel. lejanos. desde la hamaca en que está sentado dicta algo a un joven que sin levantar la cabeza escribe apresuradamente. se diluía lentamente en las primeras sombras de una triste noche de octubre. bostezan o dormitan sus compañeros de guardia. abriéndose camino al través de obstáculos en realidad insignificantes. a guisa de paseo. en un tosco banco. principiaban a brillar tenues luces en algunas chozas. acaso palpita en esos sones la visión de alguna casa de Cádiz o de Sevilla. de rudo aspecto. el primero con un farolillo en la mano. El viento hace a cada momento oscilar las luces de las dos velas de un candelabro de metal colocado en la mesa que sirve de escritorio… El coronel Virico toca en un brazo a Fonso. Cerca del bohío. se detienen repentinamente.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS enfermos de la tropa española. se ceban en aquellos soldados peninsulares no acostumbrados al enervante clima de estos países intertropicales. siguen… Ante los dos exploradores nocturnos. en escaso número. Con las nuevas explicaciones de su compañero y con lo que había podido observar aquella tarde. Por falta de catres o hamacas. Las deserciones frecuentísimas de las milicias del país y las numerosas enfermedades han reducida considerablemente el número de hombres de aquella fuerte columna… Hacía rato que había escampado. acostumbrado a inspecciones de vigilancia nocturna y gran conocedor del terreno. Un sargento de Bailén mueve con hábil mano las cuerdas. la disentería. familiarmente. salvando las cortaduras del terreno. guiaba expertamente. donde en tiempos desvanecidos en tristes realidades apuró sendas copas de manzanilla en compañía de fácil y garrida moza tocada con vistosa mantilla… Siguen. A la distancia. lleno de nubes. óyense los ¡quién vive! de los vigilantes centinelas. el resplandor de una que otra lejana estrella. noche intensamente negra. Las fiebres palúdicas. Reinaba sepulcral silencio en algunas chozas. Agrupados en torno. En la silente noche. algunos oficiales jugaban al dominó. desechando los pantanos. se escapan las dolientes notas de una guitarra. esos sonidos impregnados de hondas nostalgias parecen como la evocación plañidera de cosas amadas perdidas en melancólicas lejanías… Tal vez en esos arpegios palpita el recuerdo de la madrecita que reza por él en la iglesia de su aldea. tan pronto cerró la noche. Ambos. en aquel augusto recogimiento de las cosas. algunos yacen tendidos en lechos de serones o de yaguas. El coronel. quejumbrosas. bajo el cielo sombrío. pero que la creciente obscuridad revestía de temerosos aspectos. de imperativo gesto. a raros intervalos. De un bohío inmediato. En una de las chozas.

regresé a Santo Domingo muy satisfecho de mi paseo a Santiago… —Se dijo poco después que te habías retirado del servicio… —Estaba disgustado con lo de la anexión.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I II En las vastas profundidades del bosque tropical. empezaba la tarde a revestirse de tonos grises. en el llano. pues me dijeron que estabas en el campo. a esparcir jirones de tenue sombra sumergiendo los objetos en una semi-obscuridad que se espesaba lentamente… Afuera. por entre las ramas estremecidas. pues ya sé que no lo harías. Coqueteó conmigo cuanto le dio la gana pero no pude conseguir nada de ella. lo que se dice muy alegre… Créelo. adiós coronel Virico… Dos días después. Virico lo estaba también. Pero soy dominicano. La culpa la tuvo aquella mascarita del baile a que fuimos en los Chachases. nada. sin despedirme de ti. de treinticinco a cuarenta años. surgían con profusión robustos troncos de árboles en cuyas copas frondosas. En ella todos son santanistas. chico. Fonso Ortiz se detuvo algo cansado de aquella fatigosa caminata. créelo. Era ya hora de que pusiesen en movimiento la lengua… —Y bien –interrogó Fonso– ¿qué ha sido de ti desde que nos separamos en Santiago. casi blanco. corpulento. aquí y allá. como hundidos en un mar de extraño verdor pastaban sosegadamente algunos animales… Fonso Ortiz y el coronel Virico. No pretendo que traiciones a Santana. te acuerdas. y cuando ayer en el campamento recibí el papel que me enviaste con el vale Goyo me dio el corazón un vuelco. a sus lados lo mismo que por detrás. penetraban los dardos solares a manera de largas rayas de luz. pues ya sabes que cuanto valgo se lo debo al general. verdadero tipo militar que a todo el mundo resultaba extremadamente simpático… Nadie hubiera podido percatarse de la presencia de ambos en aquel oculto rincón del bosque visitado sólo por algunos animales. de fisonomía expresiva siempre iluminada por una sonrisa. uno detrás del otro. Ante ellos. aquella noche de Carnaval en que corrimos juntos tamaña juerga? Estabas alegre. En el fondo de la llanura. Inmediatamente resolví acudir a tu llamada y aquí me tienes… —No esperaba menos de ti. Allá todos te consideran como un buen dominicano. ni pizca… Era una gran hembra… ¡Pero qué hombre aquel tan celoso. En nombre de él te hablo. los picos de las primeras estribaciones de la cordillera central se recortaban con perfecta limpidez en el horizonte todavía iluminado por los resplandores de la tarde que caía. El coronel era un mulato muy claro. con algunos tragos más eras hombre al agua… —Nunca he olvidado esa noche en que me salvaste el pellejo. a medida que avanzaban cautelosamente al través del ramaje entrelazado en busca de un paraje bien retirado del camino real donde pudiesen conversar a sus anchas sin el más leve temor de ser oídos. No podía negarme. a ti te debo el estarlo contando. todavía reinaba bastante claridad. en la lejanía. Después de Dios. pero eso no quita que quieran la libertad de su país. y a cada paso tropezaban con las raíces desparramadas sobre el suelo como formidables tentáculos de animales pertenecientes a no sé que misteriosa fauna desconocida… Suponiendo ya el lugar bastante resguardado. Virgen Santísima! Desde que principié a bailar con ella estaba acechándome… Y si tú no le desvías el brazo y lo sujetas en el momento en que me fue encima con un puñal. Don Benigno me dijo que conocía mucho tu familia. Lo que quiero es que me prestes tu ayuda para 69 . Me había dedicado al comercio y empezaba a prosperar lo más quitado de bulla cuando al estallar la revolución me llamó el general para que lo acompañase al Cibao. corría un vientecillo sutil haciendo oscilar el tostado pajonal en que. continuaban abriéndose paso por entre la maleza cada vez más inextricable. Sobre la llanura vasta y silenciosa.

La revolución avanza triunfante. lo agarró por el cuello. El general decía públicamente que tan pronto llegasen los refuerzos que había pedido a la Capital. por muchísimas razones. decidió Fonso. Contreras. No creyó jamás que al hacernos españoles lloverían sobre su país mayores desgracias que las producidas por las guerras con los haitianos… Mientras conversaban. Fonso Ortiz se había levantado tomando ambos amigos la dirección del sitio en que habían dejado las monturas. embuste. —Y es natural. Si los nuestros llegan a ponerle la mano encima a Santana lo fusilan en lo que canta un gallo. La gratitud es el primer deber en todo hombre bien nacido. Los españoles sólo tienen en el Cibao el fuerte de Puerto Plata. ¡Virgen de la Altagracia!… El General en su rancho se mecía en una hamaca mirando hacia fuera. El gobierno ha dado un decreto autorizando al jefe que lo aprese a romperle inmediatamente el pescuezo… —¡Pobre general! Créelo. que tal avance no sería posible por ahora… Con esa celeridad con que acostumbraba tomar sus resoluciones. El general tiene muy buen olfato y no quiere moverse sin dejar muy bien cubierta su espalda. De pronto ve a un teniente que pasaba muy bien arrebujado en su impermeable… Rápido. Fonso. siempre trajeado como un 70 . y sin decir palabra. Estaba ese día de pésimo genio. Hay malos síntomas. acto continuo. se tiró de la hamaca. Bueno es el viejo para soportar que nadie le tosa en la cara. En Santiago está ya instalado el gobierno provisional. Virico le seguía dando noticias pormenorizadas respecto del número y clase de tropa acampada en Guanuma. para reponer las bajas sufridas por las deserciones y las enfermedades y pudiera dejar bien cubierta su retaguardia.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS salir con bien de una empresa que me han confiado. Cada uno debe estar con los suyos. aburrido. –replicó presuroso el coronel Virico–. corrió tras el oficial. amigo Fonso… ¡Pobre General! Él creía otra cosa. y después de quitarle la capa lo metió a empujones en el calabozo… —Pero ¿qué se propone actualmente? —No creo que piense ir al Cibao. Empieza ya a sospechar de algunos en quienes tenía confianza. por lo menos tan pronto como se dice. Las deserciones y las enfermedades aumentan. Dime con franqueza… ¿Viene o no Santana al Cibao? —Creo que ni aun él mismo lo sabe. Había prohibido que los oficiales llevasen impermeables por “no ser prenda de vestuario”… Llovía que era un diluvio. —Y quedarse él y su gente con la batuta por los siglos de los siglos… —Entonces no hubiera renunciado el mando como lo hizo de su espontánea voluntad… Pero lo cierto es que el general está enfermo. continuaría su movimiento de avance. llevándoselo el diablo con las dificultades que para que fracase le pone día por día el Capitán General… —En el Bonao cuentan que los oficiales españoles le faltan el respeto a cada momento… —Embuste. los Puello y algunos otros. Si hizo la Anexión. todos los dominicanos que sirven a España están jugando a dos manos. de un salto. El sábado lo probó retebién. muy pocos. puedes jurarlo. trasladarse en persona al campamento de Guanuma. No te lo censuro. no es tan malo como dicen sus enemigos. Los jefes españoles dicen que con excepción de Suero. Nunca supuso que al quitar la bandera iban a pasar tantas barbaridades. En la Capital se asegura que de España viene una escuadra con mucha tropa. y de ahí. Él esperaba que los blancos gobernasen mejor. júralo. El general tiene el alma en un hilo temiendo que el Seybo se descomponga. Pero eso no impide que puedas hacer algo por tu patria. fue para salvarnos de los haitianos para siempre. pero Virico creía. Cumple con lo que crees tu deber no abandonando a Santana.

se filtraban aún al través del espeso ramaje. Le recomendó únicamente que no llevara sobre sí ningún papel que pudiera comprometerle. un hombre. puso término a su atormentadora algarabía… ………………………………………………………………………………………………………… Al fin el Corneta de Órdenes tocó silencio. Comenzaban a oírse vagos rumores. de un planeta muerto. en el espacio. 71 . lo que quiero que sepas. Quedéme un tanto sorprendido al apercibirme de aquel extraño desconocido que así se atrevía a faltar a esas horas a la consigna. y es lo que importa. pero al fin accedí a su súplica. Al salir del bosque se dieron un fuerte apretón de manos. cuatro tiros lo despacharían incontinente al otro mundo como espía. es inútil que me lo preguntes pues no te lo diría. pronto el Destino me dejó huérfano. con blando paso que apenas se siente. Esta noche escribiré al general Salcedo informándole de todo lo que he podido saber y mañana me presento en el campamento fingiendo ser un peón de la finca del vale Goyo. Hilos de tenue claridad muy vaga. Momentos después ambos se alejaban por distinto rumbo espoleando sus respectivas cabalgaduras. Para 1 Alusión al Cao. en mi hamaca de campaña. apenas fui amparado por la Fortuna. se acerca a mi tienda y. cuando quedó todo el campamento sumergido en el más profundo silencio y obscuridad. que iba atenuándose rápidamente. Y con los pésimos antecedentes que tenía… —Tengo que ir y lo haré aunque pierda la vida. pide permiso para hablarme. y quedé solo vagando entre los hombres como el fragmento. los demás lo repitieron y apenas se extinguió el eco prolongado de esta consigna. Nací pobre. Si por cualquier casualidad se descubría quién era.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I campesino. y la mansión de donde vengo. y le permití que hablase. como quien no desea ser oído de otro. La naturaleza se aletargaba en una paz infinita. Había que prever cualquier endiablado percance… Avanzaban con trabajo por en medio del bosque espeso. lo que hizo de la manera siguiente: —”Mi nombre poco te importa saberlo. que quiere colocarse en el servicio de convoyes que se mantiene con Santo Domingo. apenas doraba con sus últimos rayos las cimas de las altas montañas del Jatibonico: el alborotoso pájaro negro1. seguir viaje hasta la misma Capital y comunicar algunas instrucciones a la Junta secreta que dirigía allí el cotarro revolucionario. es mi historia. entra y se sienta. un anciano de aspecto venerable. tampoco es del caso que lo sepas. Pasado un momento. Lo único que exijo de ti es que pongas lo que puedas de tu parte para que me acepten… No creo eso cosa difícil… El coronel Virico no opuso a esto ninguna objeción seria. escondiéndose en el ramaje de las altísimas palmas y de los corpulentos árboles. Y yo me tendí cuan largo soy. mi alumbramiento costó la vida a mi madre. El coronel Virico procuró disuadirlo de tan peligroso empeño. en un silencio solemne interrumpido solamente por el monótono estridor de los grillos y lejanos relinchos de caballos. Anochecía… MÁXIMO GÓMEZ (1836-1905) El sueño del guerrero Para Clemencita Gómez Toro …Desaparecía el sol.

Largo tiempo –como un mendigo– vagué entre ellos cual un desconocido y apestado. por entre peligros y escollos. perdido y desamparado. “Crucé entonces el océano y suplicante interrogué al mar y a la tempestad. La blanca túnica de mi inocencia no estaba manchada con ningún crimen mundanal. y me apellidó El Glorioso. sino más bien provocar sonrisas y alegrías. sentí de nuevo en mi pecho el diente que me mordía y me devoraba… ¿por qué. pesada como un fardo. Incorporado apenas. No contento el Destino con el suplicio a que eternamente me había condenado. solo. sin más amparo que Dios. tan sólo el silencio y el vacío me circundaban. Las naciones todas me rindieron adoración y respeto. y besaban de rodillas mis vestiduras. y reyes hubo que se sintieron humillados y empequeñecidos ante la majestad y grandeza de mi gloria. pude al fin realizar mi empresa. víctima de infamias y desprecios. continuó. y me devoraba el corazón. como el apasionado de una belleza ideal que huyese al contacto de su ardiente mirada. en fin. derramar una lágrima. alumbrando los rayos de mi gloria dos Mundos a la vez. y me detenía a escudriñar mi presente. Sobre mi corazón y mi conciencia pesaba un insoportable remordimiento y en vano trataba de averiguar la causa. oh cielos. Y cuando creí curarme de mis dolores. y cuánto he padecido después!… Cuántas veces he maldecido mi existencia. y ni el desierto ni los espíritus. Inútilmente interrogaba mi pasado. No pudiendo resistir más mi existencia. ¿Por qué. preparó la Envidia y la Calumnia que armadas me asaltaron en el camino. me 72 . su semblante se iluminaba con una aureola casi divina.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS mi mayor tortura. en un impulso irresistible de desesperación. puso Dios una idea en mi mente que a medida que el tiempo pasaba y los años maduraban mis juicios. y yo escuchaba asombrado. porque se cumplió el plazo y abandoné la envoltura que aquí me retenía. pues. y el trueno ahogó mi voz. que eso es amar a Dios. yo no había amado nunca sobre la tierra más que a dos deidades: la Ciencia y la Virtud. y mi espíritu se sentía sobrecogido por una especie de religioso temor. comprimida en el fondo de apagado volcán. me contestaron. ningún acto mío acusaba mi alma de maldad. pesándome hasta haber nacido…” Al mismo tiempo que aquel anciano proseguía en su narración. —”Sometido a varias torturas y contrariedades. Desesperado me precipité a los abismos para concluir con el dolor de mi existencia desapareciendo en sus insondables misterios. Era la tortura del criminal a solas temblando ante la presencia de su interno y severo juez. y arranqué al Mundo –para el Mundo mismo– un portentoso secreto. pero una mano invisible me salvó medio muerto y me arrojó –como el despojo de un naufragio– sobre la arena de la playa. yo sentía en mi alma un secreto dolor que me consumía sin podérmelo explicar. ¡Ah! ¡cuánto he sufrido antes. quemaba mi cerebro como lava ardiente. tan cruel tortura? Decídmelo… ¿Cuál ha sido mi gran culpa? Los cielos guardaron silencio. Entonces el Universo entero me saludó entusiasmado. colocado de pie encima de pedestal tan alto como el Sol. y los hombres se hicieron mis enemigos y me vejaron y me despreciaron. Los más pequeños me creyeron un Dios. “Yo no había hecho. Rodeado de tanto agasajo y ovaciones humanas. quise arrojarme al torrente y una mano invisible me separó del peligro. no sintió mi corazón –por fortuna mía– el tormento de la vanidad y la soberbia: antes por el contrario. tan tremendo castigo de la inquietud tan acerba y constante que acosaba mi espíritu y que no me dejaba gozar de las delicias que proporcionan la Gloria y la Fama?… Loco me fui adonde el cóndor hace su nido y desde allí –en la soledad del desierto– llamé a los espíritus para que dijeran la causa de mi secreta angustia. yo no había hecho más que obras de bien. Después de una breve pausa.

y desde aquella terrible hecatombe quedó marcado sobre mi nombre y mi conciencia. sin asilo y sin fortuna. en la mansión de los justos me está prohibido entrar sin el perdón de dos razas. Por ellas subía en espiras la trepadora madreselva. con algunos rasgos de belleza juvenil i no pocos de buen humor. aislada en su solar urbano. sin poderme contener y borrándose de improviso en mi ánimo la impresión de compasión y de ternura que aquel ente singular y desconocido me había inspirado. Y tú. Junio. No eran las Gracias del helenismo ni las Marías del cristianismo. que convidaba a dormir la siesta bajo el quitasol esmeralda de su tupida fronda. comedor i tres alcobas. vengo aquí –postrado a tus pies– a suplicarte me consigas el perdón de todos los tuyos y quede cumplida la Eterna Sentencia… Soy Colón” –dijo. como un hierro candente. había una casa de madera pintada a dos colores: azul i crema. por mí descubierta.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I elevé a la mansión en donde termina el misterio de la vida. Susana e Inocencia –respectivamente– eran sus nombres de pila. FEDERICO HENRÍQUEZ Y CARV AJAL (1848-1951) Humorada trágica ………………………………………………………………………………………………………… Sita en la linde oeste de la villa. asesino? –exclamé indignado. porque ha caído sobre mí –como lava ardiente de encendido volcán– la sangre de una raza inocente extinguida. atalaya i nido de ruiseñores. que ya estás en víspera de terminar la gran obra de la Redención de esta Tierra. bárbaros y estúpidos. 1889. —”Aguarda –me dijo con calma y gravedad aterratoras– aún no he terminado. i sacadas de pila con sendos nombres de esos que guarda el santoral o que ofrecen las hojas diarias del calendario. 73 . ilustre guerrero. Eran cortesanas a la moda. Era evidente que de cada nombre propio fue deducido el que cada una de ellas llevaba i hasta con ufanía. “Recogieron los hijos de los nuevos pobladores la desgraciada herencia de tormentos y martirios que les legó la raza desaparecida al furor de los conquistadores. con tu alma grande me tendrás lástima. —¿Y tú quién eres. y calló… Un sonido estridente me sacó de aquel estado: el corneta tocó diana. tal vez en cármenes granadinos. nacidas en andaluces lares. Era un sueño. En el mundo –el suyo– conocíaselas con estos apelativos disílabos: Pura. Cuartel General de La Demajagua. el crimen de haber descubierto un mundo y el de haberlo entregado a la barbarie y la usurpación. Con esos fueron inscritas en el registro parroquial del templo católico en que cada una de ellas recibió el agua del bautismo. Yo aparecí entonces manchado de sangre”. Concepción. Circuíala una galería de torneadas columnas. Casta y Niña. –dijo–. con la narración de sus desdichas. Tres damiselas. Demasiado desgraciado he sido. En vez de condenarme. no familiares. insigne. En el patio –un cuadrado con arbustos florales– erguíase un árbol. no me juzgues sin haber antes acabado de oírme. y continuó: Si en la tierra fui un paria desheredado. En el mundo era otra cosa. El interior se distribuía en cinco piezas: sala. tenían su morada en ese alegre hogar sin fogones ni estufas.

Entreteníanse en ver la gente que iba o venía. los pies. ¡Claro! En la charla se habla de todo i aún de todos. A veces. El trío había formado la tertulia en la galería i frente a la calle. Hacían la vida en común i como si fuesen hermanas: hermanas en la servidumbre del placer furtivo i efímero. Gustábales el canto. —A ese viejo todos le debemos respeto. Era. La Niña. en la noche i a guisa de serenata. Entre los transeúntes. como un globo inflado con aire –decíanle a menudo sus dos amigas. según su costumbre. La gula había hecho presa en su insaciado organismo físico. –no sin énfasis declamatorio– i todas los celebraban. El buen humor daba sueltas a la lengua i la lengua suelta destilaba acíbar sobre los transeúntes. en horas de siesta. ¡Lástima de juventud florida que a diario se mustia i se deshoja al fuego de la lascivia! Dos de ellas –Casta i Pura– lucían el mismo color mate-moreno –suele decirse en el solar hispano– i ambas tenían. Bajo la copa del árbol. a la caída de la tarde. tenía el color i el brillo del alabastro. Es un santo. eran pequeñas. Luego –en el medio día de su vida licenciosa– lo serían por el legado prematuro de su anómala existencia: el dolor. Era manso e ingenuo. Iba cabizbajo. por la falda. cuellicorta. aves de paso. a menudo. delgadas i esbeltas. El palique. en ocasiones se veía pasar al venerable Cura de almas de la parroquia. chica. La piel. El tránsito por aquella calle limítrofe era escaso. Coincidían también en gustos i carácter. abstraído. sin volver la cara e inclinado bajo el peso de su edad provecta o de su espíritu lleno de virtudes. Un aura de respeto i de cariño lo envolvía. mui buenas migas. caritativo i casto. chica. Leían mui poco. solían entonar canciones i puntos antillanos. deja en paz al señor Cura. en cambio. El de Paúl le servía de modelo. dentro i fuera del templo. Las damas salían peor libradas que los caballeros. La villa estaba de gala. Padre Vicente le llamaba el vecindario. que eran parcas en el comer i sobrias en el beber. Pero en veces saboreaban. En eso apareció el párroco. mórbidas. lentamente. encendíasele. casi redonda. —Vas a reventar. como él. Entonces entraba en juego la guitarra a la par alegre i triste. Las manos. como rara golosina. Con él apuntalaban ellas la suya. —¡Bah! Es un hombre i ha sido joven. ¡Quién sabe si todavía!… 74 . mui fina. era gruesa. En todo lo demás formaban un trío. constituía para todas la comidilla cuotidiana. —Anda. Su grosura no era óbice a su apetito desordenado. o los recitaba. como una aureola.  Lucía la tarde de un día festivo. negro el pelo de ondulada caída. les cabían en las manos. Seis a siete lustros contaba en aquel curato. por el contrario. organizábase el concierto vocal en la galería i bajo la enredadera que ponía en la casa-quinta algo de misterio i algo de poesía. Era un bueno i teníanle por un santo. “La murmuración –se ha dicho i no de ahora– es un puntal de la vida”. Solían alternarlos con seguidillas i malagueñas o con soleares i cantares de la tierra de Mariasantísima. versos eróticos. como los ojos. en el rostro. Era el anciano presbítero don Vicente Villanueva. que el Cura era una de tantas… –dijo la Niña. con oleadas de sangre a flor de cutis. menudos. por eso.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Las tres estaban en la primavera de la vida i las tres eran hetairas. Iba siempre. Tenía los ojos garzos y el cabello como oro en ascuas. la inopia i el hospicio. Hacían. Tal vez lo llamaba la tierra… Memento homo… —Creí. Una los leía.

75 . Ni ama de llaves ni sobrino tiene… —¡Oh! cuando se muera. Era un abuso. La Niña propuso: —Hágase la prueba. será canonizado por sus virtudes i el almanaque traerá esta leyenda en su honor: San Vicente de la Aldea. en alta voz. La Niña protestaba. Una risa. Eso decís porque estáis acompañadas. Era una cena opípara. Pura escribió unas líneas i –ya en la puerta de la calle– puso el papel i una moneda en las manos de un adolescente que acertó a pasar por allí en aquel instante. El uno cortejaba a Pura. El beso. Los jóvenes. sellaba los labios agresivos. como una saeta. Yo me voi a la cama. La Niña cavilaba. —Siempre ha vivido solo. Entre sorbo i sorbo. no cesaban de reír a mandíbula batiente. clamorosa. en la prima noche. echó a correr con dirección a la morada del cura. Estaba harta i un poco ebria. a Casta. el otro. —El padre Vicente es un santo. Virgen i mártir. por instantes. —Sea. a dúo. Sus canas le sirven de escudo. Hai que llamar al Cura… —El caso es urgente i de conciencia… ¿Qué os parece? —La broma es pesada… —Pero digna de una tragicomedia –completó uno de los jóvenes. pero ayuna de caricias.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Pues aseguran que nunca ha pecado. —Santurronas. Ese mismo día. La Niña echaba de menos un tercero. Había comido i bebido con exceso. Hubo un rato de silencio. si estuviérais en mi caso. El vino se les subía a la cabeza. —Eso mismo digo yo i voi en contra tuya. coreó la irreverente burla de la atrevida hetaira. —Apuesto –insistió la Niña– a que. el pobrecito. En todo era golosa. gustoso i listo. Se desquitaba comiendo i bebiendo. adquiría tonos subidos en color i ritmo. El mandadero. Los jóvenes se habían refugiado en el lado opuesto de la galería. esta misma noche. La conversación. hallábanse a la mesa. si lo hiciésemos venir aquí. Otra cosa diríais. El es inviolable. volaba el dicho agudo i picante. Estoi enferma i necesito de los auxilios espirituales. Llamemos al párroco –concluyó Casta– antes de que la Niña se arrepienta o se despida en viaje por expreso para el otro barrio. Costeábanla dos apuestos jóvenes cogidos en la jaula del trío. Niña. egoístas. —¡Vanidosa! Pues yo apuesto a que te haría caer de rodillas i pedirle perdón por tu insolencia. se quemaría en el fuego de todos los besos que arden en mi boca. ajenos a la disputa. Se sonrió con una mueca satánica e hizo. esta afirmación provocativa: —Si el padre Vicente estuviese aquí lo haríamos caer en pecado… —No digas eso. La austera figura del levita se dibujó en su imaginación enardecida. Desde la puerta hizo el saludo ritual del oficiante: —¿El Señor sea con vosotros! Pudo haber dicho “con vosotras”.  Media hora había transcurrido cuando –en ejercicio de su ministerio i llevando consigo el ánfora de los santos óleos– llegaba el padre Vicente a la casa de la enferma fingida.

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Buenas noches. ¡La infeliz! Había intentado salir del lecho. Apenas había tiempo sino para administrarle la extremaunción. I siempre de rodillas –como la cortesana de Magdala con el dulce Nazareno– 76 . articuló por sílabas esta frase de fe i de esperanza: —El padre Vicente es un santo i con su perdón i sus oraciones me abrirá las puertas del cielo. Llegué tarde. sonreía… Así. como quien mira i no ve. atenuaba la luz una lamparita. sordo. Este volvió a llamarla. El anciano sacerdote entró solo a la alcoba. Se moría. El párroco tomó las manos de la muerta i se las puso en cruz encima del pecho. color de ópalo. Luego. seguidas por sus compañeros de orgía. Magdalena. medroso. Miró de nuevo… La joven hetaira. No pude confesarla. El levita les salió al paso para decirles con voz unciosa: —Callaos. fue perdonada por haber amado mucho i por haber creído. de haber pecado con su complicidad en tal aventura sacrílega. harto efímero. se produjo en la abultada i enrojecida garganta de la Niña. Allegóse a la cama. En vano: No contestó. —Entre. ligeramente. Una mujer. Oíase en la estancia un ronquido sordo. I le señalaban el aposento en donde estaba la Niña. La joven hizo un esfuerzo. la pecadora. con los ojos entreabiertos. La risa les retozaba en el cuerpo. i se hallaron con un cuadro de dolor y de muerte. padre. tomó la sábana de blanco lino. musitando a dúo el padre nuestro. i se quedó mirando dulcemente al venerable anciano. ¡Pero ya no! El bondadoso Cura de almas se hallaba a su lado. como un eco sin palabra. habían creído ver que el anciano sacerdote deshojaba la flor de un beso en los burentes labios de la Niña. Vengo a confesarte. Oró por ella. El anciano miró con su cansada vista. ¡Dios la acoja en su seno i en su gloria! Casta i Pura –sobrecogidas de espanto i de angustia– cayeron a los pies del lecho mortuorio. Se moría con los ojos del alma fijos en el cielo. En el lecho había alguien. sin duda. E inclinándose. i no pudo. La broma se había convertido en un drama.  —¡La Niña ganó la apuesta! Era una algarada de voces ebrias i de risas locas. con un seno de la enferma i lo sintió vibrar al contacto de su mano. ungió la frente de la pecadora con un ósculo de paz i de misericordia. Bajo una guardabrisa. desnuda. in extremi con los santos óleos i con el beso de paz i de amor en Cristo. Las dos hetairas. Entraban a la alcoba. casi afónica. Otro ronquido. sonreída. para ver i celebrar el triunfo del placer i de la vida. entró en el arcano del eterno sueño. i la subió hasta los hombros de la joven desnuda. había querido gritar. como si recuperase la conciencia. parecía una estatua yacente. con mano trémula. Se moría. Luego. la moribunda. Era el último dolor. con un gesto fervoroso. Era la atrición. La Niña era presa de una apoplegía fulminante. Le cerró los ojos. Sólo he podido ungirla. con piedad i ternura. cada una de ellas le tomó una de las manos al venerable Cura de almas para besársela. Al entrar tuvo la sensación de la penumbra. La confesión era ya imposible. Estaba a dos pasos de sus compañeras e iba a morirse abandonada i sola. Eso hizo. Su mano rozó. En aquella alcoba está la enferma. —Hermana: aquí estoi. No la despertéis de su último sueño. Para confesarla había ido. No se inmutó por eso. Pon tu fe i tu esperanza en el Cordero sin mancilla.

joben –dijo la vieja al doblar la esquina. mejorando lo presente. 1885) La conga se va… —¡No sea freco! ¡No te conoco! —¡Deja la muchacha quieta! ¡Sinvergüenza! —¡Adió! ¿Qué se habrá figurao la negra vieja? ¡ni que la chiquita fuera de seluloide! ¿De dónde vendrán a la dos de la mañana? Pa mí que… El impertinente que así hablaba –un mulato vestido de blanco–. Nuevo silencio. —Mucha grasia. ese condenao no jecha a perdé la noche. Si un polisía topa con él. Tós son uno perdío. —¡Qué grasioso! Parese que ere tan baliente como tan fino… Los dos se miraron y sonrieron. mirándolo con sus grandes ojos expresivos. Él la miró a su vez y no dijo nada. El padre Vicente trazó en el aire el signo de la cruz –símbolo de redención i de amor en Cristo– i las bendijo… Santiago de Cuba. ¿Cómo ‘e su grasia? —Mario Luna. como er freco ese que preguntaba aónde íbamo 77 . MAX HENRÍQUEZ UREÑA (N. Pareció vacilar un momento y tras breve pausa inquirió: —¿Y cuántos años tienes? —¿Yo? Ando en diesisei… —¿Na má? Pué parese tener má. Ese salao no se levanta deay en una hora. que la jubentú de hoy no sirbe pa na. Al cabo de un rato preguntó: —¿Y tú cómo te yama? —¿Yo? ¡Tengo un nombre má feo! Juaniquita Lafori… —No hay nombre feo si se sabe yebá bien. Mira. y rodó en el polvo. Y los tres echaron a andar. pa serbirle. Perdió el equilibrio el atrevido. que desde el borde de la estrecha acera se inclinaba con alcohólica efusión sobre la chiquilla. pasará la noche en el bibac. en San Mateo casi esquina Carbario. —¡Jesú! –gritó la negra. —No se asute bieja –exclamó con voz sosegada y firme el inesperado defensor–.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I cubrieron de besos i bañaron con sus lagrimas aquellas manos –lirios de castidad i de pureza– que acababan de administrar el último sacramento a la hetaira súbitamente fenecida. abrazándose a la niña. —Si no’e por uté. —No la merese. ¿Dónde biben utedes? —Aquí serquita. —Boy con utedes. —¡Qué bonito suena ese nombre! –murmuró la chiquilla. muchacho. que tengo trese y tó er mundo cree que ando en lo quinse. que a los pocos momentos rompió la vieja: —¡Ay! Entoabía me dura er suto. Te pasa lo que a mí. no pudo acabar la frase: junto a las dos mujeres apareció de súbito un mocetón de negra tez que le descargó en el rostro un tremendo puñetazo. 1922.

que paese buena persona. no se sabe si de fiebre o de bala. con flore y papelito. —Adiooós. Tó er que entra en la conga se siente alegre. mitad cubano–. —¿Qué quiere usté. Yo yebo siempre a mi nieta pa que me acompañe y pa que aprenda. ¿Qué saca un muchacho como tú. lo blanco jasen su carnabale en febrero. En lo periódico se quejan a vese de que la autoridá deja salí las conga. ¡Qué lástima que Esteban no alcanzara a ver 78 . agüela. Beníamo de la tumba fransesa ¿sabe? Dende chiquita aprendí a bailala. ¡Ese si ‘e baile fino! Hay mucha gente de arriba que pasa por ayí pa bela bailá. que en gloria eté. la cola pasaba toabía por la otra esquina… —Ahí taba yo –dijo Mario. Después no hubo más noticias de Esteban. con andá en ese relajo? Un día saldrá deay con la boca rota y jata con puñalá en er corasón… —¡Ay. Adiós. con mucha conga… El año pasao pasó por casa una conga grande. La jubentú ‘e pa dibertirse. Pero si le quitan eso ar pueblo ¿qué le ban a dejá? —Aquí ‘e –dijo la abuela deteniéndose ante una vetusta casucha que en su reducido frente lucía un amplio portón y una ventana con barrotes de madera–. II Mario volvió días después y gradualmente se habituó a frecuentar aquella casa y a oír de labios de Ma Juana el recuento de toda su vida. desía que la yamaban minué. que ni yo ni tu mamá. Ma Juana entretejía sus recuerdos como quien piensa en alta voz. brotaba a cada momento en su charla: Esteban fue en su tiempo el mejor carpintero de Santiago de Cuba. muchacha. Pero lo jóbene de ahora no tan má que por er son. Esteban se fue al monte. y a él se debía casi toda la obra de carpintería de aquella casa. parece que murió en la invasión a Occidente. Juaniquita. y ella se puso a trabajar como lavandera para ganar su propio sustento y el de la única hija del matrimonio. pero ya no la bailamo má que lo biejo. —¿No lo dije? –interrumpió la abuela–. agüela. pero lo bueno son lo carnabale de nosotro en julio. no diga eso. Cuando estalló la guerra de independencia. Y esa conga que salen ahora no son má que un relajo… —¡Ay! ¡Ma Juana. mitad francés. grande… ¡Cuánta gente!… Cuando la cabesa yegaba a Carbario. Mario. Y tú no irá tampoco. que era el fruto de sus ahorros. El nombre de su marido. Date tu bueta por acá uno de eto día. cuando no tán pensando en que yeguen lo carnabale pa salí en la conga. por su madre! Mario soltó la carcajada. Y que Dió te bendiga… —Grasia. Un fransé de Fransia tubo a bela una noche y dijo que se paresía a un baile de su tierra. bieja? –dijo–. —¿Y qué otra dibersión tenemo en lo carnabale de Santiago de Cuba? Mire. del tiempo de lo reye. salimo nunca en una conga. Mario. no diga eso. Esteban Lafori –criollo. que yo me muero por la conga! ¿No le guta ese cantico que dise: La conga se bá.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS de madrugá. Y yo me boy tras eya…? —Céllate. bieja. Ya sabe. Si eta jubentú tá perdía. Esteban había torneado los barrotes de madera recia que lucía la ventana. que aquí tiene tu casa.

como su abuela. ¡Ah! Y me han invitao a salí en una conga que dicen que ba a dejá chirriquiticas a toas las que se han bisto ata ahora. ¿De qué hablaban? Juaniquita no hilvanaba recuerdos. pero otras veces. mucho baile y mucha recholata. Ba a ber mucho jaleo. a la hijita que dejó de pocos meses! ¡A Juanita no había otra mulata que le pusiera el pie delante! ¡La pobre! Si Esteban hubiera vivido no pasa lo que pasó… Juanita. complacíase en marcar el compás a contratiempo para girar después hasta el vértigo sobre sí misma y caer de nuevo en brazos de su galán. que ‘e Santa Ana. en armonía con las necesidades de la industria azucarera. y fue dejando pasar el tiempo sin decidirse por ninguno. Mario! ¡Yébame! —Pero muchacha. durante horas. y si se separaban momentáneamente para hacer figuras de capricho. bidita. esa animada reconstrucción del pasado. como si esquivara la parlería torrencial de la vieja. Majestuosa y esbelta. sentía temblar sus pies ágiles con sólo evocar la idea del baile. Me han dicho que ban a sacá reina a una muchacha que trabaja en la fábrica de Martíne. Esos amores fueron fatales para Juanita. eso será la gloria! —No sé cómo te bas a arreglá… Yo no me atrebo. 79 . La época de la esclavitud implantó esta costumbre. III Se acercaban los carnavales de verano. ¡Qué gustaso tan grande me boy a dar si tú me yeba! ¡Y contigo. Después de extinguida la esclavitud. suspiraba por ser reina de carnavales. si tu agüela no te ba a dejá… a eya no hay quién la conbensa… —No importa: yébame. que ‘e Santiago. Al poco tiempo de conocerse eran novios. —¿La conga no sale el benticuatro? —Sí. marcaba el paso con gracia. el día de Santa Cristina. y en hermosa mujer.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I convertida en mujer. y al otro día. —¡Estos carnabales sí que han a tar bueno! –decía Mario a Juaniquita en los primeros días de julio–. ¡El baile! Ya en la tumba fransesa le concedían alguna vez un turno. daba la vuelta al salón bajo la caricia de cien ojos codiciosos que sentía clavarse en cada uno de sus poros cual ósculos de fuego. y todo su cuerpo se estremecía con la rítmica ondulación de sus caderas cuando. y buelbe a salí al día siguiente. Consagrados los meses de invierno y primavera a la molienda de caña. Ansiaba romper con la paz de aquella vida que su abuela le había impuesto: soñaba con fiestas populares. En más de una reunión familiar celebrada en el vecindario. erguido el busto donde los senos eréctiles parecían horadar el corpiño. en señal de abandono. la tradición mantuvo la celebración de esa fiesta como diversión popular. y se dejó seducir por él. Mario la sintió languidecer de deleite entre sus brazos al bailar el danzón: se unía a él con flexibilidad de serpiente. puso un día los ojos en un desconocido que vino de otra provincia. —¡Ay. Quiero dir manque sea una sola ves. Después que la abandonó se supo que era casado. daba desde la acera las buenas noches y se detenía en la ventana a hablar con Juaniquita. Dende chiquita toy loca por dir a una conga. Los amos les permitieron celebrar fiestas carnavalescas en los meses de julio y agosto. que tantos enamorados tuvo. sino anhelos. sólo en el verano podían los esclavos libertarse del látigo del mayoral que les laceraba las espaldas y disfrutar de algunos momentos de solaz. que murió al dar a luz una niña… ¡Cómo se parecía Juaniquita a su madre: tenía su misma cara y su mismo cuerpo! Mario escuchaba entretenido. dispuestos a casarse. mi negro.

La muchacha tá pasá –agregó otro–. Esa noche le digo a Critinita que no pué sé que me quede. —¿Y despué. si tu agüela lo sabe? —Ya beremo… —¡Jum! ¡No me guta! —¡Ay. repitiendo sin desmayos la frase musical.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Pué yo me hoy ar Santo de Critinita y de por ayí nos bamo… Ma Juana siempre me deja dir sola temprano y de ayí me traen. y tú me espera por ahí serca. primitiva y breve como su letra: Bururú. ecos confusos de voces humanas. —¡Cómo no! Si contigo tó tiene que salí bien… ¡Qué bueno ere! ¡Cómo nos bamo a dibertí!… IV Llegó el día de Santa Cristina. barará. 80 . señore –advirtió Mario–. —¡Aquí toy. de cantos y gritos… El rumor iba creciendo. Tú no sabe er gustaso que tú me da… ¿Por aquí biene la conga? —Por aquí tiene que pasá… ¡Ahí biene! ¡Óyela! Juaniquita prestó atención y percibió un vago rumor que por momentos se acrecentaba: ruido de atabal diluido en el viento. —Ni te ocupe. barará. Bururú. —Ya lo creo. ahí tán mis amigos –dijo Mario a Juaniquita–. ¡Aquí tá Mario! —¡Se acabó caña! –repitieron los demás– ¡Que biba Mario! —¡Bibaa! —Y viene acompañao –observó uno. Cómo tá Miguel. —¡Pue que biba la nobia! —¡Que biba la buena hembra! —¡Bibaa!… –vocearon en coro. —¡Se acabó caña! –contestóle un joven de rostro ancho y regocijado–. tú me yeba. —Bamos. prenda. Algunos portaban largas varas que remataban en farolillos de papel. Mario! Si tú me quiere de berdá. —Bueno. ¡Qué buena hembra! —Cuidao. esperado por Juaniquita con viva ansiedad. precedida de un grupo de chiquillos desarrapados que hacían cabriolas y marcaban el ritmo con el temblequeo incesante de sus hombros. que esa buena hembra ‘e mi nobia. señalando unos muchachones alegres que venían en primera línea. Dios quiera que tó salga bien. y cada vez se hacía más distinto el rítmico tamborileo del bongó junto con el cuchicheo del güiro y el desenfrenado resonar de las maracas… Mil gargantas entonaban a un tiempo el canto popular. Bámono con él… La inmensa ola humana llegó. Radiante de ilusión y de contento abandonó a temprana hora la fiesta familiar que le sirvió de pretexto para salir de casa con permiso de la abuela y fue a reunirse con Mario en una esquina próxima escogida por ambos como punto de cita. Panchito! –gritó. mi negro.

La agarró por el brazo y la separó bruscamente de Panchito. se dejaron llevar por la muchedumbre. la mujer ej’un demonio y el hombre ej’un angelito. —¡Maldita sea la hora en que te yebé a la conga! Por suerte no son má que las onse y tu agüela no sabrá ná. cruzó bajo la catarata de luz de las vidrieras comerciales. barará. atemorizada al sentir la presión constante del enorme gentío. se abrazó a Panchito. Cómo tá Miguel. atontada. —¡Y pá qué tamo aquí sino pa arrempujá? –contestó una voz fuerte detrás del grupo. —¿Y Mario? –preguntó Juaniquita. arroyando! –vociferaron algunos. —Con tu permiso. caballeros! –gritó Panchito. Ella guardó silencio. Mario –dijo Panchito. Juaniquita. Y agarrando por el talle a Juaniquita la estrechó contra su pencho. Todos unieron sus voces para repetir en coro el estribillo que seguía a la estrofa: Bururú. Juaniquita se sintió oprimida contra el joven de cara ancha a quien primero saludó Mario. —No sé –contestó Panchito. seca y enérgica: —Bámono. mientras Mario se abría paso a empujones. y tras de recorrer algunas manzanas torció hacia la parte baja de la ciudad. después de dar una vuelta vertiginosa volvía hacia él. 81 . pero al llegar frente al viejo portón se detuvo y volviéndose rápidamente besó a Mario con furia en la boca. Ella se dejó conducir. el canto seguía: En este mundo infinito. estremecida y palpitante… De súbito oyó la voz de Mario. y soltando después su pareja. Bururú. Y abrazados. pero cada vez que Panchito pretendía de nuevo ceñirle el talle se escurría con donaire. La conga irrumpió en una de las calles de mayor tráfico. caminaba llevando el ritmo con todo su cuerpo. giró en redondo sobre sus pies. siempre enlazada a su compañero. Esas fueron las únicas palabras que Mario profirió en todo el trayecto hacia la casa de Juaniquita. Juaniquita. lo juro por San Antonio. marcó en el espacio vacío que precedía a la horda delirante algunos pasos de rumba. Las casas y los faroles danzaban ante sus ojos como fantasmas. Juaniquita. apretándose más y más el uno contra el otro hasta sentir adoloridos los músculos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I El oleaje multánime los arrollaba y los apretujaba unos contra otros. barará… La ola humana los envolvió y siguieron la marcha juntos. mientras Juaniquita. —¡Arroyando. Ya eran el juguete de la multitud gesticulante que los arrastraba entre contorsiones lúbricas y respiraciones jadeantes. ¿Cuánto tiempo transcurrió así? Juaniquita no habría podido decirlo. —¡No arrempujen. Entre tanto.

Có-mo-tá Mi-guel… El ritmo lento. extraños símbolos que aparecían como absurdo remate de pértigas descomunales: un penacho de plumas rojas. –Bururú. ¡Pero no te desperdigue como eta noche. La muchedumbre ofrecía un aspecto extraño y lúgubre que le infundía temor. pero ten cuidao… ¡Que no te bea en la conga. alcanzó a distinguir un hombre que se despedía de ella en la ventana y se retiraba luego con andar presuroso. pero la ira ahogaba las palabras en sus labios trémulos. Y echó a andar calle arriba. un estandarte negro en cuyo centro sonreía una calavera… Junto al macabro estandarte Juaniquita vio refulgir un relámpago. —¿Qué? –inquirió Juaniquita en tono de desafío. Mañana no puedo dir a la conga. aún más nutrida que la primera. que pué sé tu desgracia –contestó Mario en tono de disgusto. En el aire flotaban. que le parecieron enormes como los de un puerco cimarrón. y de ahí nos bamo junto. Al cabo de tres días consecutivos de euforia carnavalesca. barará– cantaba con voz de 82 . pero me tienes que yebá pasao mañana. que el cansancio hacía más pausada: Bu-ru-rú. —¡Na! –contestó él. daban a aquella conga. —¿Era Panchito el que hablaba contigo? –dijo al llegar. Panchito me yebará. yo conseguiré que Ma Juana me deje ir a ber una amiga. agregó: —¿Jesú! No te ponga tan guapo. iluminado por una doble hilera de blanquísimos dientes. un rostro sonriente y terrible de un gigante de ébano. un aspecto de aquelarre. los gestos incoherentes. mi negro! —No me hable más de conga. Como ‘e Santa Ana. sacudidos por el viento quemante de la canícula. ba-ra-rá. VI Al incorporarse con Panchito a la conga del día de Santa Ana no experimentó Juaniquita las mismas emociones del primer día. deshaciéndose de Juaniquita. las voces enronquecidas ponían graves notas de miserere en la tonada popular.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Mario! –murmuró suplicante–. Juaniquita sonrió: —Bueno ¿y qué? Si tú no me quiere yebá a la conga. Paese que me ba a comé… ¿Tá seloso? —Óyeme –masculló Mario casi entre dientes. Y al ver el rostro congestionado de Mario. a modo de plumero. los rostros desencajados. luego. tratando de bajar la voz por temor a que la abuela se enterara de lo que pasaba–. ya entre nosotros no hay na. Y se alejó. como único saludo. porque!… Quiso agregar algo que vagamente se traducía en un gesto amenazador. V Cuando al anochecer del día siguiente se acercaba Mario a la casa de su novia. Alzó los ojos y vislumbró muy cerca una mano negra que esgrimía un puñal.

Por momentos el ritmo de la tonada se hizo más y más vivaz. El calor era asfixiante. voces infantiles rompieron a cantar: 1920 La conga se va. trazando una parábola amenazante. una mano fuerte separó de la cintura de Juaniquita el brazo fornido que la ceñía. siguiendo el vaivén isócrono de la muchedunbre. su camino: Bururú. mientras con la hoja brillante y afilada trazaba rítmicamente en el aire signos cabalísticos. la conga siguió. que te matan! –clamó Juaniquita. Poco a poco la conga fue cobrando vida. Juaniquita quiso huir. mostrando sus colmillos de jabalí: —No te lo quiera coger tó. y el coro inmenso y jadeante. barará. La conga. que la muchacha tá pulpita… Y ciñendo con el brazo la cintura de Juaniquita. güiros y maracas sonaban de manera incesante. la levantó casi en vilo y avanzó con ella algunos pasos. A las voces veladas por la afonía se mezclaban alaridos que taladraban el aire como voceros de insania. Era Mario.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I trueno el negro hercúleo. Un escalofrío de placer sacudió su cuerpo. barará… Bongoes. —¡Mario. Mario se irguió como para defenderse y recibió el golpe en mitad del corazón. hombres y mujeres se agitaban con lúbricas contorsiones o saltaban ebrios de locura dionisíaca. bururú. barará. bururú. frenética. y apretándola con frenesí la besó en la nuca. sólo acertaba a balbucir las primeras sílabas del estribillo popular. al conjunto de manos febriles. y su cabeza cayó pesadamente sobre el hombro de Panchito. atropellando la frase melódica. claves. barará… Desde el balcón vecino. Niños. se retorcía y vibraba como si tuviera un solo cuerpo y una sola alma… Bururú. De súbito se volvió hacia Panchito. bururú. al compás de su rítmico puñal. Con furioso golpe. epiléptica de lujuria. Mientras su cuerpo se desplomaba en brazos de Juaniquita. al par que marcaba el compás con los relámpagos del acero que llevaba en la diestra. barará. El puñal frustró en el aire su rítmico centelleo y el brazo negro y lustroso se alargó en la altura para descender con ímpetu hacia Mario. pero Panchito la atrajo hacia sí con violencia. barará –repetía junto a Juaniquita el negro horrendo. El olor acre y capitoso del sudor humano mezclado con el alcohol enardecía a la muchedumbre como un tufo afrodisíaco. Y yo me voy tras ella… 83 . repetidas con exaltación creciente hasta el infinito: Bururú.

no se inmutó. se levantó del suelo. recibió con gruñidos a la cocinera. las enredaderas iban subiendo decididas. al llegar a mi nueva casa cerca del mar. —Si quisiera… Pero de seguro está enojado porque vivimos en esta casa: él cree que es suya. y mi cara estuvo a punto de chocar con otra cara. A la tercera tarde. con los ojos fijos en mí. —¡Adónde lo llevaré! Al dormirme. —No lo conozco y no sé dónde vive. se levantó del suelo gruñendo. iba definiendo formas. y hablaron de él con niños del vecindario: supieron que había vivido en la casa y que su amo era inglés. Mediano de tamaño. malhumorado. sentí la fruición de las cosas bien logradas: el jardín. Allí. a altas horas llamaron en la casa. de cochero. piel negra con manchas claras. Lo amenacé con el bastón y huyó. Me miró. salieron a mirarlo. No entró a la galería delantera. Afortunadamente. y amenazando al perro desde una de ellas. envejecida. Nada extraño que hubiera atravesado el jardín y se hubiera plantado en la galería: en la feliz confianza de las tierras tropicales no hay verjas cerradas. Si volviera y no nos amenazara… El animal volvió. como antes: se escurrió por el camino lateral hacia la cochera. rojo. —¿Y no sabe dónde vive ahora? Ha bebido mucho y no le entiendo lo que dice.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA (1884-1946) La sombra En la tarde. pude 84 . grande. lo miré. ¡qué langostas!. —Aquí traigo al señor. Me miró. cerré la puerta. bastón en manos. en los naranjos se afianzaban las orquídeas familiares de las Antillas: la mariposa y la flor de lazo. al inglés lo pintaban ebrio. al caer la tarde. y yo cerré la mía. lo miré. Pero noches después divisé en la calle la sombra negra con manchas claras. pero en actitud de amenaza. la cocina tenía ventanas. Pero ahora las puertas se cierran. en el fondo del terreno. el perro estaba allí otra vez. Abrí una ventana de la galería. —¿No será que el amo lo trata mal y que quiere venir a vivir aquí? ¿Quieres que lo dejemos? Estará mejor que con el inglés. ¡qué camiguamas!) no tuvo valor para afrontarlo y me pidió socorro. que recibimos en desorden salvaje. y se instaló en la cocina. Lo siento mucho. y no hubo más. Pero en la galería encontré al perro desconocido. Echado en actitud vigilante. Al verme. —Aquí no vive ningún inglés. separado del cuerpo principal de la casa. —¿A qué señor? —Al inglés que vive aquí. No volvió a echarse en la galería. Por la noche. al caer la tarde. los rosales habían encogido su exuberancia de ramas dispares. el perro estaba de nuevo echado en mi galería. en la flojedad aprensiva de la somnolencia sentí desecha la felicidad de la tarde y envuelta la casa en aura de persecución: perros desconocidos… ingleses ebrios… Al día siguiente. La excelente Celia (¡qué tortugas!. Entré. que allí no se siente catleya vanidosa y envanecedora como en climas extraños. —Pero si yo lo he traído muchas veces… —Habrá vivido aquí antes que nosotros. Se lo mostré a mis hijos. En otro tiempo ni siquiera puertas cerradas. afilado de hocico.

yo creo que le hará gracias. adonde acompañé a mis hijos en busca de caramelos y piñonates. de rabia contra los intrusos que le vedaban su hogar. H. Semanas después. el gato es muy chico. pausadamente. —¡Ah! ¿Pero la señora murió ahí? No sabíamos. en el cuerpo flaco e inverosímil de un caballo de Puerto Rico. recorrió todas las demás habitaciones. guardando siempre. Nació de una estupenda yegua andaluza traída para recreo y vanidad por un Capitán General y de un semental inglés con más abuelos que un sumarai.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I hacerlo huir. de estirarse *T. 1935. —Entonces… tendrá ganas de irse con nosotros. cuando íbamos olvidándonos de él. sin aire de rencor. las crines y la cola mucho mas claras que el resto de la pelambre. En 1951 publicó un volumen de seis cuentos: Cibao. —Lo conozco bien –me dijo el dueño de la confitería. el perro corrió ansioso al aposento principal. Mis hijos iban delante saltando. —Sí. Miré al animal: me devolvió la mirada sin temor y sin ira. Se ve que el perro no sabe qué hacerse sin ella: al caer la tarde viene siempre a este barrio y ronda la casa. cabizbajo. —¡Qué bueno! ¿No se peleará con el gatito? —Verás que no: él es grande ya. para mayor belleza. amistoso: al fin comprendíamos sus deseos. Me miró fijamente. con ojos de conocido. pero alguna vez había que contarla. Publicó: Canciones del litoral Alegre (1936) y Yelidá (1942). como quien cumple el deber sin la urgencia de la esperanza. olfateó… De cuando en cuando nos miraba: al fin vimos en sus ojos el desconsuelo del vacío. debió haber nacido de un suave color de oro puro que se iría enrojeciendo después con los años. era mucho más ridículo que feo. porque es fácil de hacerlo y porque no tiene mayores complicaciones. Se escapó. por única vez en la historia. con ladridos cortos de despecho. salió de la casa. Y entonces. que era inglesa. ya aquel potro defraudaba completamente las esperanzas y los cálculos del dueño de aquella finca en los alrededores de Humacao. Cuando se agarraba a las tetas de su madre importada. Con todo. y nunca lo volvimos a ver. obras poéticas. TOMÁS HERNÁNDEZ FRANCO (1904-1952)* Deleite (Historia de un caballo) Esto es historia muy antigua. Sus amos vivían donde viven ustedes ahora. nos lo llevaremos. Es una simple historia de un paquete de músculos de acero y de un tremendo haz de nervios que se agruparon. Si la ciencia y la experiencia no fallaran. manso. lo encontramos inesperadamente en una confitería vecina. Si quiere. Lo llamé y se acercó. el inglés se mudó en seguida. Nació con un profuso pelo largo color de peña sucia. A los tres días de haber nacido. el potro desmentía todo aquello. 85 . Le hicimos señas para que nos acompañara y se puso en camino con nosotros. Allí observó. magnífico para cualquier burro. Después. Apenas abrimos la puerta de la casa. sin mirarnos siquiera. R. Ahí murió su ama. pero imposible de admitir en un caballo de raza. Pero. tenía una tan horrible manera de poner los ojos en blanco.

desde siempre. enmarañadas las crines. la República Dominicana. Cambió el pelo cuando buenamente se le quiso caer aquel ominoso de burro que trajo al mundo y le nació otro desteñido color de caoba sin brillo. en el jardín de la casa y tragarse deliberadamente un sembrado de claveles. De cuando en cuando. entonces y después. sembrando flores en aquel tropical olor de estiércol fresco y de caballo sudado. su nostalgia y su aburrimiento. hundidos los sulcos. El Patrón sabía que “EL LOCO” no podía ser vendido a “nadie que tuviera ojos en la cara”. naturalmente. que hacía. de escarbar la tierra con las manos. si ello hubiera sido posible. sin que antes no disparara un par de coces sobre lo que tuviera más a su alcance: animal. Había que prepararlo. se los administró la peonada fuera del alcance de la vista del Patrón y los recibía. A fuerza de cuerdas. el mejor mercado para los potros de Puerto Rico había sido. Como era “EL LOCO”. para la exportación y con esa idea dio comienzo una de las más tremendas épocas en la vida de “EL LOCO”. no supo de esos pacientes mimos que los demás potros de la finca recibían en las largas horas de limpieza. las palizas aumentaron ya sin órdenes previas. llegó a parecer algo así como un alambre retorcido en forma de caballo y entonces comenzó la época en que debía fijarse su extraordinario destino. así y todo. Sus principales y más extraordinarias fantasías fueron. y mover lentamente la cabeza al Patrón. Los primeros palos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS sobre las patas traseras. satisfecha de aquel fracaso. triscando y tragando hojas extrañas al pasto. los manudillos y las cernejas. Muy pronto dejó andar sola a su madre. situada al otro lado del Canal de la Mona y en donde guerras y distancias mantenían firme el medioeval concepto de “Dios y hombre a caballo”. Así fue como. derrotaba a los perros y era el terror del patio. pública. pateaba las vacas los terneros y cuando tiraba las orejas hacia atrás y agachaba la cabeza casi a flor de tierra. estirado hasta romperlo 86 . la propia mujer del Patrón. recibió la primera tunda oficial. sin embargo. Al fin y al cabo. tenía un aspecto bien poco agradable. deformados los cascos. los peones no podían acercársele sin llevar algún leño en las manos. a cualquier hora y por cualquier motivo. Cada día le fueron descubriendo nuevas imperfecciones. maltratados los ollares. reír a la peonada. desde luego. ni de la caricia larga y voluptuosa del cepillo. mascando raíces amargas. Mucho antes de cumplir el año de vida. El día en que logró introducirse. al comienzo. por allí por donde más pecaba: las patas y la boca. pues. cosa o persona. A esto y a que muy pronto dejó ver una irrefrenable voluntad de morderlo todo. voces y palos. alguna tremenda pedrada. ordenada con voz frenética por la Doña. azucenas. no se pudo averiguar mediante qué artes. Era imposible que empezara alguna de esas cabriolas que todos los potros del mundo y de todas las razas ejecutan con tanta gracia. invariablemente. sin contar las más bellas rosas de un rosal. se debieron las primeras palizas. cuando “EL LOCO” llegó a cumplir dieciocho meses de edad. Los golpes le habían hinchado las cañas. tan lamentable como estaba. aquel bautizo calificador. Con todo eso. fue siempre. dado de común acuerdo por todos y cada día se las arregló para hacer algo que justificara más. que sostenía su histeria. de lejos. y se las arreglaba caminando desperdigado por el potrero. Su predilección. también le llovía. ya tenía un nombre propio: “EL LOCO”. la yegua andaluza. gardenias y lirios. Felizmente. tenía la testera pelada. roto el belfo. la ropa mojada que ponían a secar al sol: le encantaban los pantalones azules y las camisas blancas y los pañuelos rojos ya tenían que ser secados al humo apestoso de la cocina para que “EL LOCO” no los viera. pero. realizadas en lo que se refería a su propia alimentación.

cuando ya casi no era ni siquiera un alambre retorcido. todos los recursos de lucha que había espontáneamente aprendido en su existencia libre. le desenmarañaron las crines y cola. en las orillas sucias del Ozama. más magullado todavía por el roleo. se le discutía. desesperado. Se suspiraba por él como por una mujer imposible. desde los llanos de Montecristi hasta la Sabana de San Diego y hablaban de él. “EL LOCO” sacó. “del potro que hay en Puerto Rico”. atravesando montañas. 87 . lleno de improperios y maldiciones. en las largas veladas de las estancias de Higüey y de San Juan de la Maguana. en su estupor. tiempo de hablar. verdaderamente loco. entre un gran chillido de paleas. por una razón más. le puso entre las manos un papel: certificado oficial del Señor Alcalde de Humacao. de la incurable estupidez de los dominicanos y. metido a fuerzas de palos y de gritos en el vientre mal oliente de una goleta. le limpiaron las orejas. realmente incomprensible para “un potro sin domar”. “EL LOCO” tuvo una estupenda fama entre los estancieros del Cibao. El Patrón leyó. pocos días después. bien aleccionado. dando fe de que aquel potro correspondía exactamente al pedigree ya antes comunicado. para estar presente en el puerto. alejaba las proposiciones en firme. No quedó hombre en la finca que no recibiera su golpe. salió “EL LOCO” para el puerto de Santo Domingo de Guzmán. costillas y piernas rotas. un hombre del Cibao escribió una carta enviando el dinero y pidiendo que le embarcaran aquella maravilla. el Capitán John. cuyo verdadero nombre era ya un misterio. siempre iracunda. apresado. Así fue como el pedigree de “EL LOCO” se copió en una larga carta para la República Dominicana. el precio. Antes de que el hombre tuviera. Brazos. magullado. Por aquella carta. vadeando ríos. Pero. Todavía entonces. convencida. enredado lastimosamente en la red. muchos meses después. era una simple cosa viva. Capitán: John.  El hombre del Cibao había hecho el viaje de cientos de kilómetros. Por fin. Así. le cortaron casi regularmente los pelos de la corona. con sus peones y sus caballos. regocijado. “EL LOCO”. le cortaron y limaron los cascos. sorteando precipicios. se le comentaba. que podía tolerar por algunos minutos que un hombre le oprimiera los flancos y le pasara entre los riñones y la cruz. alto y corto. cruzando bosques y sabanas. en su batalla diaria y directa contra el hombre. a pesar de toda su voluntad de no dejarse tocar. se le comparaba a otros caballos y se envidiaba ya a quien lograra ser su dueño. Entonces. aquella carta a toda su peonada reunida en el patio. presentaba un aspecto desdichado.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I casi.  El Patrón sabía aquello de que “no hay mejor engaño que la verdad”. Así fue como pudo ver cómo “el potro de Puerto Rico” manoteaba en el aire sujeto en la primera lingada. encontraba fuerzas para lanzarse contra una pared o para revolcarse en el suelo. a la llegada de la “María Limpia”. Había que “romperlo” un poco antes de tratar de venderlo. Le hacían tirar de un pesado carromato cargado de piedras durante todo el día y al anochecer un negro le metía el freno entre los dientes sangrantes y se le encaramaba al puro lomo magullado. ni posibilidad de protesta. Puesto en tierra. con la advertencia de “potro sin domar” y con el precio absurdo de “mil pesos”. iban. le arrancaron unas garrapatas enormes que tenía desde siempre y terminaron por amarrarlo. y molerlo nuevamente a palos. señalando los progresos de “EL LOCO” en el camino de la civilización. No había engaño. poca a poco.

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Agarre “eso” y salgamos ahora mismo otra vez… No diga a nadie que yo he comprado “eso”… ni que “eso” es mío. Sus iras. pero que tarda en llegar y como aquel caballo era siempre una especie de guerra y de aventura. personas. rota y deshecha en cualquier parte. Cualquier ruido imprevisto le hacía pasar días enteros sin probar bocado y los ejercicios en el picadero le ponían los ojos de un temible color morado de ira. se acercó a besar a su mujer y ésta. convencido de que estaba presenciando algo sobrenatural. ni se detenía. Por el Patrón. sin que le dejaran tiempo de saber que estaba pisando tierra firme. anotamos cuidadosamente ese capricho y evitamos sacarlo al sol alto de por el mediodía.  Porque el caballo del hombre empezó a cojear. hacían silbar un poco el aire. Casi todos los días. emprendió el largo y fragoso camino que conduce a esa tierra de maravilla que es el Cibao. el potro?…. sabíamos 88 . apenas si martillaba con más fuerzas el camino y si los ollares. Con todo. Se entendían en ese borde mismo que es la tragedia inevitable. un extravagante caso de resistencia atroz. estupefacto y feliz de ir descubriendo que se podía jinetear un relámpago o un torrente. a ver lo que es… Cuando el hombre montó sobre aquel pelado paquete de huesos no tenía otra idea que no fuera la de sacrificarse para dejar descansar unas horas sus caballos. sin cambiar de postura en la silla. para todos los estancieros de la comarca. El tenía su particular criterio sobre un montón de cosas: forrajes. Apenas lograron sacarle un poco de brillo al pelo. borracho en el ritmo de aquel paso. su increíble malgenio. que reventara en el aire aquel resorte animado por nadie sabe qué impulso. Se llamó “Deleite” durante dos años y durante esos dos años llegó a valer mil quinientos. dejó que “eso” se adelantara y así continuó por todas las horas del día y de la noche. amplios y rojos. sus resabios. ruidos. entre sueños. unida a una insólita y firme suavidad de pasos. el hombre le cambió el nombre. arneses. De todos era sabido que era una especie de máquina incansable. en la medianoche. animales. a fuerzas de precauciones y caricias. llegó a ser un libro abierto para nosotros: el día que descubrimos que le irritaba caminar sobre su propia sombra. Así fue saludado “EL LOCO” a su llegada y así. ni se gastaba. horas del día. le preguntara: ¿Qué tal. dos mil. observarlo. a las pocas horas de abandonada la ciudad. eran un secreto entre él y su dueño. De tanto estudiarlo. asombrado por la revelación de aquel poderío inédito que sentía agigantarse bajo sus rodillas. el hombre y “El Diablo” se entendían. perdido. No hubo forma de que aumentara en carnes. sin mover la mano en las riendas. le vino a la boca la ocurrencia: —Ensillen “eso”. haciendo volar rotas las piedras del camino. extasiado. tres mil pesos. Cuando. contentos. pero. dos mil quinientos. nuestras relaciones con “Deleite”. el patrón nos comunicaba algún nuevo descubrimiento hecho por su cuenta y cada día modificábamos. mecido en la firmeza sonora de aquellos cascos golpeando la tierra dura. amarlo. dejando que aquella cosa absurda de azogue quisiera detenerse. solamente pudo contestarle lo que era el fondo de su convicción: “¡No sé… tal vez el Diablo!”  Así estuvo llamándose durante muchos meses: “El Diablo”. Pero “eso” ni se rompía.

un buen día. su inaudita facultad de realizar todos los trabajos. Después. “Deleite”. “Deleite” era casi un milagro de docilidad. alguno preguntaba: “¿Dónde estará “Deleite”. tejiéndose una leyenda prodigiosa que era mantenida cada día más fresca en la perenne evocación de nuestro recuerdo. el Patrón tenía que perdonarle que pasara su buena media hora haciendo tonterías. menos que se declarara vencido por algo. moteados de noticias de “Deleite”. de tiempo en tiempo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I que éste. ahora?” Siempre vivimos en la esperanza de que volviera a la finca. obedecía ciegamente la más disimulada presión de las rodillas y si hacía estallar bajo sus cascos alguna ramilla seca. Sabíamos todas sus terribles aventuras por todo el territorio. costillas y piernas. no hacerlo cruzar agua sucia. no obligarlo a dar vueltas inútiles. empezaron a llegarnos noticias: don Fulano lo compró en quinientos pesos. pero se sabía que eso era imposible por no ofender la memoria del peón muerto en el patio. Después. cuando llovía mucho o cuando el calor era asfixiante. nunca supimos exactamente por qué. En cambio de todo eso. no levantar la voz. de nuestra Patria. A esos que venían a preguntarnos cosas. oscilando en precio. inesperadamente “Deleite”. Pero. tan enorme a pie y tan chico para sus bríos. rompiendo brazos. no mover las manos. La realidad de su existencia se nos confirmaba por rasgos invariables: sus iras inmotivadas. estuvimos mucho tiempo sin noticias. su tremenda capacidad de recibir golpes. pero no lo puede montar… Ahora le dicen “El Bronce” y dizque lo han castrado para quitarle bríos… Le rompió una pierna a don Zutano… Ya lo vendieron en veinte pesos para el Este… Dicen que lo tienen cargando piedras… Lo trajeron otra vez para el Cibao y lo vendieron en mil pesos… Lo tiene el Presidente… Lo tienen tirando una carreta en la finca de doña Mengana… Se nos fueron pasando los años. estuviera en la condición que tuviera: “que le pongan cerca unos pantalones azules del dueño empapados en agua de azúcar”… “que le den a comer media docena de pañuelos de seda”… “que entierren todas las espuelas”… Como con aquel caballo todo era posible. su resistencia en el camino. A veces. mató de una coz al peón que le limpiaba la cuadra y. nos dio la noticia: 89 . sus bríos inagotables. de nuestro Cibao. estábamos seguros de que todas nuestras recomendaciones eran. Una noche. todos llorábamos en la finca y todos hicimos el mismo comentario: “Era… el único caballo que había en el mundo”. Cuando lo sacaron de la cuadra. ‘El Bronce”. seguidas al pie de la letra. y lo contábamos luego con mejores y más brillantes detalles. Para cumplir esa fórmula “Deleite” fue vendido por “cuarenta pesos”. “El Loco”. no variaba nunca el paso. Seguía de finca en finca. a ruegos de la Señora hubo que venderlo “al primero que pasara”. les inventábamos las fórmulas más pintorescas. de los veinte a los tres mil pesos. tenía que estarse quieto en la silla. nos llegaban peones cansados que traían consultas: “¿Qué hay que hacer cuando “El Bronce” no quiere beber?”… “¿Qué qué se le hace al caballo cuando no quiere salir de la cuadra?”… “¿Qué qué se le hace cuando se muerde los ijares?”… Por esos mismos mensajeros sabíamos siempre historias nuevas de fracturas o de viajes tremendos realizados “de un tirón” por “Deleite” y nosotros aumentábamos todo eso en la finca. un hombre “de por la costa”. no se hacía viejo. de muy lejos. A veces. luego. pero siempre con la intención y la seguridad de halagar a “Deleite”. que pidió posada en medio del temporal. una vez en camino.

venid a demostrarlo en el campo del honor. mantenedores de estrecha personal amistad. con notoria sorpresa. quien comenzó a odiar. No era secreto. para desesperación de don Nuño. Tened por cosa sabida que os odio de todo corazón. preguntándose en cuál forma hubiese él ofendido a don Nuño. Ha sido diputado al Congreso Nacional. El peón más viejo. Vos me estorbais y suprimiros será mi mayor empeño. eran dos bravos. tampoco. dama joven en la servidumbre de la Virreyna y la requerían de amores con esperanzas. Envuelto en su capa y con la espada al cinto. Sed discreto si no sois cobarde. 90 .COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Al “Bronce” lo mató un rayo… Nos cayó encima un silencio enorme. que los galanteos y requiebros de don Pedro eran los recibidos con mayores complacencias por parte de la bella joven. gozaban de buenos miramientos y consideraciones en el seno de aquella pequeña corte y eran tenidos ambos por muy correctos y valientes caballeros. la inesperada misiva. *Periodista. cada uno. 1874)* Nobleza castellana Don Nuño Valderrama y don Pedro Alcántara Ríos. Habíamos vivido muchos años de la historia de ese caballo. ANTONIO HOEPELMAN (N. No era secreto que los dos habían puesto ojos interesados en la belleza y gracias miles de doña Consolación Olivo. Autor de un volumen de cuentos y narraciones. Recibió y leyó don Pedro. Validos del favor de sus Altezas. el que más sabía de “animales”. Secretario del Presidente de la República (1924) y Presidente de la Cámara de Cuentas. Allí estaré antes de la salida del sol. Una tarde en que observara que doña Consolación besó una perfumada flor que le obsequiara don Pedro. encaminóse el madrugador don Pedro al lugar de la cita cuando los celajes de la aurora desaparecían en el horizonte y surgían por el otro los tenues rayos del sol. escribió y envió la siguiente esquela: “Señor don Pedro Alcántara Ríos. de ser el agraciado y correspondido por la discreta castellana. hizo el único comentario: —Sólo de igual a igual podía perder. si bien presumió que tal airado reto era producto de los celos o despecho por causa de un amor no correspondido. agitado por los celos. A él os emplazo por estas líneas. al importuno rival. Sus propias manos. Nuño Valderrama”. Ya que presumís de caballero. no pudo resistir la creciente ira que le consumía y tomando papel y pluma. inédito. Os aguardo en el solar yermo que está detrás de los muros que rodean el Alcázar. jóvenes y apuestos cortesanos del Alcázar que alojaba a los Virreyes don Diego Colón y doña María de Toledo.

determinó acabarla don Pedro quien. 91 . Vos queréis matarme y yo quiero que viváis. quiero preveniros antes. madrugador también. apadrinados por los Virreyes. que estaba prevenido. don Nuño. que no tiene culpa de vuestra desventura! Capa y espada recogió don Nuño y humillado abandonó en silencio el solar. don Nuño. ya alzado el día. que debéis renunciar al amor de doña Consolación. le descargó tremendo cintarazo sobre la diestra mano obligándole a dejar caer la espada. se lanzaba a fondo. como quien solamente tenía un supremo interés: arrancar la vida a su rival. —No os mataré. algunos días antes. tembloroso y enfurecido don Nuño acometiendo a don Pedro. el caballero retador que al verle llegar le dijo: —”Puntual sois a vuestra cita con la muerte”. Consolación. matadme ya que me véis desarmado. porque ella me ha entregado su corazón y la desposaré en breve con la venia de sus Altezas los Virreyes. don Nuño. Don Nuño. ni vuestra misiva ni aquesta vuestra extraña salutación. si no estimara que ha escogido mal representante la pálida y descarnada señora. Tendréis la culpa del para vos. que la muerte la tenéis en la punta de mi espada! —Me asustaríais. aprovechando un descuido de don Nuño. Iba don Nuño a lanzarse para recuperar su arma. funesto resultado. se desposaron doña Consolación y don Pedro. don Nuño. pero don Pedro. Y como la lucha se prolongaba y el ruido de la pelea podría atraer la atención de algún vecino que acertase a pasar por el lugar. si no queréis que os atraviese de parte a parte”. —¡Mentis! ¡mentís! –replicó. había embarcado con don Diego Velázquez a la conquista de Cuba. Días después. paró el ataque con un quite maestro mientras gritaba al insensato atacante: —No os mataré. Este. Don Nuño. —¡Pues tened por seguro. que no he de bautizar con sangre asesina la dicha que me posee. —No dudo de vuestra valentía sino de vuestro brazo. pero sin esperanzas de ver cumplidas vuestras locas ilusiones. pero os arrancaré la lengua que me insulta.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Allí estaba. cegado por la cólera tiraba mandobles. Sabed. —Pues tirad de vuestra espada y ya veréis que sé cumplir el encargo que se me confía. pero. pálido. con más práctica en el uso del acero. Recoged vuestra espada y vuestra capa e id en buen hora a roer vuestra desdicha y vuestro despecho. poniéndole en el pecho la punta de la suya le dijo: –”Teneos. Y ya que así lo queréis. don Pedro. —Matadme sí. —¿Muerte decís? Pues no la veo por parte alguna. No comprendo. Don Pedro. Allí iba él a buscar olvido a sus pesares o la muerte en los campos siboneyes. paraba las acometidas desafortunadas de su atacante con quites oportunos que le enfurecían más y más. con la natural alegría de damas y caballeros que asistieron a los festejos ocurridos en el Alcázar. ¡Os perdono en nombre de aquella noble criatura. me batiré con vos. en cambio. Más quiero la muerte que el martirio de vivir sin esperanzas. más sereno y dueño de sí. con bravura pero sin tino. si no estáis ya por fortuna avisado. que acometéis una temeraria empresa.

Con la exclamación viajaron las miradas hacia el vehículo rojo. Pare. Con todo. confeccionado a la medida. ¡Qué trazos. es autor de La hija de una cualquiera. —¡Vamos! Antes de llegar la policía. J. Existen los apasionados del accidente. pero hubo necesidad de amenazar. ya los curiosos rodeaban la máquina. en la esquina cercana. mozas garridas. dejaron de caminar muchos transeúntes. La muerte acechaba sus movimientos. como yo. hacia el verde. qué caída! ¡Una obra de arte! Me lo había puesto aquella tarde por necesidad. niños. pero con una larga hoja de servicio. eran de buen paño también. Cada indicación del placa 406 mantenía el equilibrio de aquel río interminable de vehículos. varios galardonados en certámenes.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS MIGUEL ÁNGEL JIMÉNEZ (N. ¡Mi traje nuevo! Gris perla. Los agentes ordenaron que se alejaran. siga. sonó un grito de dolor y se oyó el ruido de unos frenos… El agente levantó las manos en cruz y al instante se pararon todas las máquinas. como si paseara. 1885)* Mi traje nuevo Aconteció en una de las calles principales de la ciudad. A esa hora de la tarde en que los establecimientos comerciales van quedándose sin voces. El carro gris. hacia el negro… Pero estaba cogido por el automóvil gris. La tarde invitaba a la contemplación y yo vestía mi mejor traje. y de numerosos cuentos. Yo me detuve al escuchar el grito. ancianos. Un agente de la policía. novela. pero no le era posible hacer nada. El placa 406 sonó su pito de reglamento y comparecieron dos agentes. En esa luz iba yo de regreso de mi oficina de trabajo. paño inglés. —Ese carro ha aplastado a un hombre –gritó una mujer. a la derecha. —¿Qué ocurre? —Un accidente. Los dos restantes estaban en la lavandería. Caminaba despacio. A mí me llamaron para que ayudara. Uno de los agentes me indicó: *M. Los últimos clientes salían con paquetes debajo del brazo. Una luz opalina bañaba los seres y las cosas. Yo me había olvidado también. movía los brazos constantemente. a la izquierda… Aquel personaje anónimo tenía muchas vidas aseguradas en los hilos invisibles de sus señales. No habían reparado en mi traje nuevo. A. Por las aceras iban y venían diversos transeúntes: hombres jóvenes. 92 .

–le dije e iba a sentarlo. agente. váyanse. yo no tuve la culpa… —¡Cálmese!. —Sí. nosotros lo llevaremos. de estatura mediana. —Pues andando. —Sí. –expresó desfalleciente. Obedecí. El placa 406. —Está bien. yo… Al conductor le volvió la sangre a la cara. —No lo tuerza. –explicó. —Yo puedo guiar. iré. pero estaba sin afeitar. chofer. —Está bien. pero el contuso no pudo seguir hablando. Iba a continuar mi camino. Uno de los agentes tuvo que apartar todavía a los curiosos. Venga. –contesté.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Trate de levantar esa rueda. pongámoslo dentro del carro. Era un hombre como de unos cuarenta años. —Lo llevaremos en seguida al hospital más cercano. el chofer y yo cargamos al hombre hasta el interior del automóvil. —Este hombre está mal. —No. estoy seguro. —Pónganme más a la derecha… —Sí. todo ha sido aquí en el pecho. pero el contuso dijo: 93 . tiene cogida la ropa del hombre. a su interior volaron ahora las miradas de los curiosos. gracias: estoy casi muerto. pero el desgraciado indicó con su voz desfalleciente: —Venga usted también. A mi lado hacía fuerza también el conductor del vehículo. Tenía la ropa sucia. pero el placa 406 me lo impidió. gordo y blanco. hay uno poco distante. llévenselo en seguida. yo tengo que continuar mi servicio. ¡y arriba!. El carro gris fue de los primeros en ponerse en marcha. —Debe ser paciente. sus facciones eran correctas. caballero. —¡Listos! —¡Listos! El chofer aprovechó para decir: —Yo no tuve la culpa. sus compañeros. No había vuelto a pensar en mi traje nuevo. —Si quiere. —Ay. El placa 406 preguntó: —¿Este chófer podrá guiar bien? —Pero él no tuvo la culpa. caballero. ¡levantemos! Alzaron el carro y yo así al hombre y tiré de él como pude. puede subir. complázcalo. —Conforme. un negro delgado a quien se le había perdido el color. El placa 406 dijo: —Mejor es que nosotros cuatro levantemos las dos ruedas delanteras y que usted hale al hombre. —Conduce con tino. Nos colocamos como pudimos en el interior del automóvil y el placa 406 se alejó a reanudar el tránsito. puede tener roto el espinazo.

con los ojos cerrados y muy pálidos. —Esta vez me ha salido todo muy mal. pero ¡cómo me duele el pecho!… —No hable. no he echado sangre. –le recomendé–. puede hacerle daño. –me contestó y se dirigió al interior del hospital. iré a avisar para que vengan con una camilla a buscarlo. Miré al sujeto con extrañeza y pensé que deliraba. estoy asustado ¿Dónde está el doctor? —Vendrá en seguida. es allí. vino con tres mozos que acostaron al hombre en un pequeño catre y se dispusieron a llevarlo a un cuarto de emergencia. no se vaya. sí. quizás le diga el médico que no es cosa grave. —No es necesario. caminamos por un amplio salón y ascendimos después por una espaciosa escalera. Luego se dispusieron a marcharse llevándose al motorista. Las luces amarillas del atardecer lo volvían más pálido. —Entre todos podemos cargarlo. –expresé a uno de los agentes. —Muy bien. señor. Las monjas fueron a buscarlo. —Sí. Unas religiosas con tocas blancas ayudaron a acomodarlo. El carro se detuvo delante de una magnífica construcción. Pronto llegaremos. lo acompañaré. Yo también me iba. un momento. porque el chofer no tuvo la culpa. El carro continuaba su marcha y ahora entraba en un sector muy tranquilo de la ciudad. Cuando retornó el agente. –expresó el otro agente. todavía me suplicó: —No se vaya. urgentemente. era empleado de comercio y ganaba bastante. pero perdí la cabeza con el juego y la bebida. me retiraron y ahora me dedicaba a ese otro oficio: vivía del accidente. —Acompáñeme un poco más. —Está bien. caballero… —No desespere. Las religiosas salieron de la habitación y permanecí con el contuso. Detrás de la camilla íbamos los miembros de la policía. —Vendrán en seguida. pero al despedirme del desafortunado. señor del traje nuevo. —Ya estamos llegando. —No me refería al golpe. Se lo expliqué a la policía. —Me siento mal de todos modos. pero él prosiguió: 94 . Primero cruzamos una gran puerta de hierro.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —El señor bien vestido que me sostenga por el hombro. el chofer y yo. Olía a drogas y un silencio que caía como de los altos paredones. Hizo una pausa y después prosiguió: —En otros tiempos vivía bien. Los agentes se quedaron después. El contuso estaba como desmayado. En una habitación con ventanales de vidrio instalamos al contuso. no se impaciente. No estoy herido. —Está bien. nos envolvía. Así al desdichado por la parte superior de la espalda mientras uno de los agentes le indicaba al conductor la dirección del hospital. a solas con el hombre. hablaba de mi trabajo.

—Todos los hombres somos hermanos. pero me ha consolado. me parece que el dinero no me molestará más. malditos errores! —No le doy algo porque no soy lo que usted ha imaginado. y me producía para vivir. —¡Si así fuera realmente! Se llevó las manos al pecho y volvió a quejarse. caballero. dijo en un tono muy frío. Tornó a llevarse las manos al pecho y se le humedecieron los ojos. Luego tuvo un sacudimiento y se quedó como dormido. después de levantarle los párpados y tomarle el pulso: —Pero con éste ya no hay nada que hacer. El continuó: —Mi nombre es José Luna. Continué mirándolo con tristeza mientras de los altos paredones seguía cayendo aquel silencio compacto que lo envolvía todo. pero él la dominaba. —El médico debe estar al llegar. –prosiguió diciéndome. ¿Es familiar suyo? —Es mi conocido de esta tarde. —¿Está muerto? —Sí. pero es la pura verdad: esa era mi profesión. —¿Valiente?… Bueno. empero. pero piense que pueden ser mis últimas palabras… Quise quedarme callado. Cuando el médico llegó. le perjudica. ni un hermano. siento que me voy. yo no tengo madre. él estaba empeñado. No hacía más de dos semanas que le había producido cuarenta pesos. en continuar su relato. pero me dicen Serrucho… Ya el Serrucho no cortará más… Siento otra vez el dolor. —Tal vez. usted es un hombre valiente. —¡Maldito dinero. Me ataca por instante… Es como si quisiera destrozarme. No sabía qué contestar a aquel desgraciado y callé conmovido. tan solo… —Yo se lo dije porque a lo mejor si se excita… —No crea. que no se agitara. —Quizás bebí demasiado con aquellos cuarenta pesos. —¿Le duele otra vez? —Siento que me he hinchado por dentro. me vuelve el dolor. estoy tranquilo. se mostraba cansado y con un bostezo agregó: 95 . me informó. pero le habían fallado los nervios. Hoy tenía que volver a trabajar y me había escogido a mí para que lo favoreciera.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Me explico su asombro. ¡quién sabe!… Se necesita serlo para vivir de lo que yo he vivido. señor… —No converse más. No me ha dado dinero. Aguardó a que pasara en su automóvil un rico de buen corazón. Era como uno de esos trabajos peligrosos que efectúa muchísima gente. soy pobre también. y ¡zas!… Simuló que quería suicidarse tirándose sobre un botafango. Se trataba de una labor arriesgada. ¿Por qué no viene el médico? —Debe venir ya pronto. un auto lo… El galeno ya no me oía. Iba a decirle que estoy muy satisfecho de usted. pero aquel hombre parecía tan triste. Yo guardé silencio mientras él lloraba. y agregó quejándose y con la frente sudorosa–: ay. Indiqué al desdichado que guardara silencio. Oiga. —No se apure. resista un poco más.

lo miró fijamente. El peón que se había quedado medio dormido. El hombrecito moreno. primero surgía una luz y después se escuchaba el estruendo. en el comedor de la casa de tablas de pino. encanecido. cerrada la noche. Cuando acabó de colocarse el machete. Guata se pasó dos veces las manos sobre los ojos para espantarse el sueño. La orden del viejo lo obligaba a salir de pronto porque le había hablado en un tono que empujaba. de buena estatura. no dijo una sola palabra. hacía calor y tronaba del lado de los pomares. y luego agregó: —Ca hombre de vergüenza tiene su machete. de la Línea Noroeste. pero estaba pensando muchas. después monologó: —¿Qué le pasará a mi don?… Me jabló como quien va pa un desafío. En la soledad de la vivienda. Salió del aposento y volvió a la sala. con la carne apretada. Me sentía triste y como avergonzado de mi traje nuevo. abrió los ojos nerviosamente. Su mujer hacía tiempo que la habían enterrado debajo de aquella mata de jobo que estaba cerca de la morada. su hijo único. con los brazos largos y las manos recias. Honor trinitario —Guata: dile a Pancho que me mande el caballo. Era ya de noche y de las estrellas descendía el polvo de la eternidad. —Está bien. 96 . y entró luego al dormitorio. En aquella casa solamente vivían él y Guara. Allí se sentó cerca de la puerta que daba al camino. en dirección a los potreros. dijo monologando. Marcelo se dirigió a la sala. blanco. y tú eres el mío. con emoción. con sus muebles severos y un no sé qué de rural señorío. era un ruido como de rocas que se despeñan. Hace dos días que viene preocupao. don. le crecía una resolución. después se lo terció pasándose sobre el hombro izquierdo el cinturón de tela que sostenía la vaina. Después salimos de la habitación y yo volví a la calle. Pobre hombre! ¡Dios quiera que no pase na malo! Mientras Guata rompía las sombras. rechoncho. Volvió a meterse en su silencio por un rato.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Avisaré al director para que disponga según los reglamentos. Abrió el baúl grande y sacó de él un machete de pelea. La noche era cada vez más negra. era un hombre vigoroso a pesar de sus años. —Le voy a dar una lección a ese muchacho que no parece de mi cata. hizo luz en ella encendiendo una lámpara de vidrio que había sobre la mesa. —¿Cómo dice el don? —Que vaya a decirle a Pancho que me mande el caballo y que le ponga la silla nueva. La sala tenía un aire singular. parecía que iba a llover. Con el arma puesta se veía bien. La luz de una lámpara jumiadora tiró su sombra contra la pared. Ya en el camino. y Chano. ya tenía hogar aparte. Guara se apartó del rincón en donde estaba sentado sobre una mecedora vieja de baítoa. salió luego del cuarto sin desperezarse. no se distinguía mi árbol ni nada. ¡Quizás es por el encargo que le hicieron al jijo.

te quedas aquí. mi don. yo sé que no debo meterme. 97 . Los pasos del animal que había ido a buscar Guara. Terminó de hablar con una escupidura. lo sacaron de su mundo adentro. decidido. ágil. luego agregó: —Y tú. es un vendío. en su bojío. pero a lo mejor con el que debió trabajar Chano. encargao de las gallinas y de las cosas de la muerta. cayeron sobre el peón como carbones encedidos. —Está bien. Las pisadas del caballo de Marcelo sonaban ya del otro lado. monologó. había disminuido la amenaza de lluvia porque ya no relampagueaba. ahora trinitario. pero óigame: usted no debería intervení en eso. Guara. continuaba pensando con profundidad. a mí es a quien le toca. usted no debe eponerse. Tú ayudarás en lo que puedas cuando te llamen. en el chiquito. A mi jijo ya lo he borrao. En la oscuridad parecía otra piedra. La noche lo envolvía como polvo de carbón. dile a Pancho que atienda a la pulpería y que ponga al compay Lolo a cuidar los animales. que caían como azotes sobre el recuerdo de su hijo. más te estimo a ti. —El asunto es defici. cegado de soberbia. comenzó a masticar tabaco y luego se sentó sobre una piedra grande que había en la esquina de la vivienda. —Lo consiguieron con facelidá –contestó éste mientras se apeaba. Con las dos últimas palabras Marcelo subió con ligereza de joven sobre el caballo alto y brioso. Toda una larga historia de actividades varoniles. ¡Cuántas ideas cruzaban por aquella cabeza! Episodios de la juventud y de su vida de hombre maduro. yo no quise decirle más na al don. que parece que tienes vergüenza. endurecidos de transitar. cruzó los brazos y se quedó pensando. mi don. —Perdóneme. ni se oía el viento correr en el monte. no estaba en el mundo exterior. Guara mordió una ruea de andullo. Si no he vuelto de madrugá. —¿Estaba en el primer cerceo? —Sí. seguramente. mientras los compañeros aguardan que cumpla con su encargo. Guara lo vio penetrar de pronto en la oscuridad. Guara.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I El viejo Marcelo no reparaba en nada. un traidor. Después el guerrero picó el caballo y se fue a escape. ¡Cómo me duele que ese muchacho no haya cumplío!… Guara oyó con respeto y admiración a su amo. La luz que salía por las puertas y ventanas tenía forma cuadrada. —Has vuelto pronto –le dijo al peón. y se quedó pensando en lo que le habían referido de la pelea en La Emboscada. Guara acabó de bajarse del animal y después preguntó: —¿Y usté va a salir de una vez? —Ahora mimo. jugando barajas. se puso en pie y salió de la sala. recogió los pies descalzos. impetuoso. A poca distancia se escuchaba el rumor del río… —¡Esas aguas saben quién soy yo! ¡Ellas me vieron al lado de Serapio Reinoso! Las palabras finales del soldado de la Reconquista. —¡Mi don!… —En este momento estará él. ¡Si no fuera porque quizás yo no sirvo!… —No.

yo no sabía na. ¡porquería! ¿Tú ves este machete?… —¡No debe ser más cortante que éste! Marcelo clavó los ojos en el arma que el joven había sacado de la vaina que pendía de su correa. después que no has sabido cumplir con tu deber?… —¿Cómo?… —Chano: tú no conoces el honor. —¿Qué hay. Había llegado. y salió en el acto. viejo? ¡La bendición! Marcelo no profirió vocablo. como un jabillo. —¿Me desafías?… —Le explico que este colín tiene tuavía sangre de gente… —¿Cómo? —Y que Olegario no era trinitario. ni ruido. pero su silencio quemaba. pero Marcelo Figueroa estaba acostumbrado a ver en la noche. después anduvo por un pequeño valle. debajo de los serones de guatapaná. pero no oyendo palabras. Esperó ver a alguna persona. se fue para adelante y llamó a su hijo: —¡Chano!… ¡Chano!… El hombre joven. Cuando encontró un sitio apropiado. pero como no lo lograba. —Marcelo ¡usted es el primer hombre que me insulta. —Perdóneme. 98 . cortó tres veces más la corriente y luego hizo alto frente a una cerca de palos. caminó hacia ésta con sigilo y cuando pudo. pero conseguí las armas y hace poco que las escondí en el rancho. vestido como estaba. ¡ése era un traidor! El soldado miró de hito en hito a su hijo. el retrato del padre en su mocedad. alto. A mí tenía que decírmelo Olegario y ése no era puro. Marcelo. —¿Me sale con eso. —¿Y se fue Olegario? —¡A Olegario lo enterré en su propio cercao! Marcelo sonrió satisfecho y vio que su hijo se ponía grande. Los dos rostros podían distinguirse bien ahora. En los minutos se agrandaba su inconformidad. el patio estaba claro. ni nada. y si no fuera porque es mi taita!… —Eh. miró entonces por un agujero y vio que la puerta del frente del bohío estaba abierta. como una palma.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Todos los caminos estaban rebosados de tinieblas. se encaramó sobre dos travesaños y salvó la cerca. se bajó de la silla. su montura conocía bien todos aquellos derrocaderos que llevaban a la vivienda de Chano y el viejo era buen jinete. Aquel vallado daba al patio de la casa de su hijo. amarró el caballo y después echó a caminar por entre unos matojos. ¡tú no tienes vergüenza! ¡Cómo nos estarán maldiciendo los trinitarios! El mancebo sintió que le habían herido el rostro y le costó trabajo contenerse. una lunilla de cuarto creciente se había comido las tinieblas. abandonó su hamaca. Primero cruzó el vado del río. fornido. pegó los oídos a uno de los setos de tablas de palma. era un vendío. se apartó.

durante varios años director del diario La Nación. fue director de la escuela Normal (C. que habían salido a él en lo goloso. Pero aquel gastador de buena mesa. como nada en la vida. se le abría más el apetito. a la larga. sino muertas y servidas bajo sus manos armadas de cubiertos. Al amor del Bohío –1927-29–. Preocupábale. le fiaran con dificultad aunque pagara con facilidad. T. Su mujer. que han estado siempre al uso en todo tiempo y en cualquier medio. Y como le riñera su mujer por esta irreverencia contra lo que fue siempre en ella regalo de buen gusto espiritual. lo cual fue causa de que. que llegó a inspirarles miedo. le reprochaban a Perucho las señaladas muestras de disgusto con que recibía a cobradores que. Las cuentas de Perucho eran siempre exigencias de buen apetito. Mas el temperamento de Perucho no se avenía con esta política de pájaros de su mujer. y trabajos dispersos en periódicos y revistas. E. a la hora del cobro. holgándose en cuidarlos en dorada pajarera que su amor. más ropa”. que contaban entre sus platos favoritos las lenguas de ruiseñores. Es el peor oficio que pudo haberse inventado. 1886)* La escalera inesperada De los tibios en arreglo de cuentas. poeta y prosista. y sus hijos. porque los insultaba. diciendo que alababa el gusto de los romanos. y sufría cuando se hallaba flojo de dinero. “ser duro de pagar”. según suele decirse. bien que los desesperados venían a ser. había una vez uno en la ciudad de Barahona. al menos. Los cobradores éranle sencillamente detestables. Y para colmo de desdicha sucedióle lo que acontece por lo general en estos casos: a medida que se le cerraba el crédito. para los que era extremosa. apenas si le alcanzaba para otro fin que el de la mesa. no hacían sino cumplir con su deber. hizo construir en el patio de la casa para regalo de su oído y maravilla de sus ojos. menos por la cara infernal que les ponía cuando se le acercaban con recibos. Si era de alabar su afición a la buena mesa. a las que deseaba ver siempre. Perucho era de los que se acogían con el mayor buen humor del mundo a la apertura de crédito y con el peor humor de la tierra a la clausura del débito. que. Cogía fiado con facilidad y pagaba con dificultad. y su mujer solía desaprobarle esta conducta. Oración panegírica –1938–. los que le fiaban los ricos jamones y los buenos quesos que eran su debilidad en un sentido. respondióle con otra brutalidad por el estilo de la primera. salvo lo de la crianza de palomas. *R. o porque. tocado de la magia de lo ingenuo. El sueldo de que disfrutaba en la agencia comercial de que era empleado. llegó a serlo también de vendedores. que por el duro trato que les daba. era lo que se llama. conocido generalmente por Perucho. Jiménez. que hacía mesa moderada. 99 . no vivas en su expresión de alas y de arrullos. Obras: Lirios del trópico –1910–. La Patria en la Canción –1933–. era de lamentar su apego a la tacañería. en rigor. Espumas en la roca –1917–. y de tal modo se condujo con éstos. “como un desesperado”. es tan viejo como el mundo. cobróle afición a los pájaros. según él. Comía. antipático y todo. la despensa. aunque su fortaleza en otro. porque no les pagaba. Fina de gusto.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I RAMÓN EMILIO JIMÉNEZ (N. Espigas Sueltas –1938–. en boca de acreedores. Biografía de Trujillo –1945–. Diana lírica –1920–. aunque a la madre en lo de bien hablados a la hora del pago. Ya la filosofía vulgar lo ha sentenciado: “mientras más calor. de Educación. Maestro. como la naturaleza la había hecho. Del lenguaje dominicano –1941–.) y Secretario de E. como azote de comerciantes. que llegó a comprometer la envidiable serenidad de su despensa. El Patriotismo y la escuela –1917–. Periodista. cuanto más que no era culpa de ellos el haberles tocado el oficio de cobrar. Llegó a faltarle aquella facilidad en girar por cuenta propia. que llegó a ser terror de cobradores.

como para dar tiempo a que llegara el dueño del establecimiento. y puñados de azúcar pardo. Llevaba Pedro Antonio una marqueta de ocho libras con la forma del caldero en que había sido derretida la cera. Agudizaban su imaginación en el ardid para vencer en nuevas trampas. y nuestro hombre ordenó al dependiente: “¡Bájeme una pierna de jamón!”. —”¡Bájeme el jamón!” –volvió a ordenar al empleado. Y sabía esto acerca de tan original plato. y también se la dieron. que empujó hasta perforarla. mientras paseaba por una de las calles de Barahona. no precisamente por lujo de conocimientos. haciéndole el ambiente de confianza a Pedro Antonio. con dominio de la situación: —”¡Aquí tiene usted la escalera!” Un duelo comercial Pedro Antonio fue al establecimiento comercial de José Batlle. respecto de aquellos comerciantes: 100 . con impertinencia de garra. porque ahora me hace falta una escalera”. con el brillo particular de cosa nueva. y se lo dieron. únicos libros que leía con devoción. almanaques. y el avisado dependiente aplicó a la pesada masa rubia un asador caliente. divisó. sino por erudición culinaria adquirida en los manuales de cocina que no le faltaban cerca de su mesa. selecta clase y acabado de recibir.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ¡Lástima de plato ya en desuso! –decía como para mortificar a la esposa. Otros vendedores de ese producto habían puesto piedras en el interior de la masa logrando mayor peso y burlando al comprador. Inquirió el precio. que allí iba de compras atraída por el cebo de la ñapa. los datos no podían ser más interesantes. Cinco pesos. confites de bolas. No se corrían por esto los labriegos. destinado a tabaco y el pequeño a pieles de chivo que llenaban la calle de groseras emanaciones. se clavó en la flamante envoltura de henequén. Llegóse a ella y quedó boquiabierto ante unas piernas de jamón que pendían. con un periódico en las manos fingiendo que leía. y decían. de que hablaban las crónicas antiguas. de la parte más alta de los tramos. que al fin le respondió: —“Será en otro momento. entre el loco volar de las abejas que allí no faltaban en los sacos de azúcar. el de más negocio en tabaco. y el punzante instrumento de demostración no reveló nada anormal en la masa dorada y aromosa. pieles y cera. Era una atienda mixta. Cromos. al que se agregaba el de la cera. una recién abierta pulpería. Dependencias de la tienda eran el vasto almacén. que exportaba a los Estados Unidos de América. preferida de la servidumbre casera. Su vista. A lo que respondió Perucho sin demostrar la menor contrariedad y sacando de entre uno de los bolsillos del pantalón un billete de cinco pesos. que tenía. que era en Santiago de los Caballeros a fines del pasado siglo y principios del actual. que extendió al desconfiado dependiente mientras le decía. de los que se pegaban entre sí y de los frascos. Cierta vez. pero éste aparentó no haber escuchado la orden de Perucho. que no se hallaba lejos de aquel sitio. hecho lo cual retiró el utensilio y pagó las ocho libras que indicó la balanza. Repitió la operación en varias direcciones y el agudo instrumento salía sin dificultad por el extremo opuesto al de su entrada en la pasta de oro. atraídas por el olor que despedían. un bello par de ruiseñores–. y a esto se debía el procedimiento del asador sobre un brasero en el patio de la tienda. como aparato de escarmiento contra la industria y la malicia campesinas. entre las aves que cuidaba. constituían el acicate de los mandaderos de oficio. la frescura del artículo. provocadoras. Volvió otro día con nueva cera.

según típica frase: “el cuero en manos del comprador”. –respondió el astuto vendedor. Esta mujer tiene las orejas traspasadas por relucientes argollas. Al día siguiente fueron vaciados los serones. gasta pañuelo de cuadros amarillos envuelto en *Ramón Lacay Polanco. que esperaban la indignación del rico comerciante. laxitudes sensuales. En la mejilla izquierda ostenta tatuajes extraños. del que se extrajeron varias sartas. y entre éstos debía de hallarse José Batlle. y su cuerpo firme adopta. 101 . sonriente. de piedra adentro. que era la de comprar. Estornudos… Picazón en los ojos… adherencia en los dedos… ¡Inmejorable! —¿Es de Hato del Yaque? –inquirió don José. con alarma de todos los que servían en el almacén. En las compras de tabaco el campesino dejaba. Es Nena. El del campo decía: —De hombre de pueblo no me fío. que no sabían por qué reía el buen señor. y la “cargada”. Había la romana corriente. de la tienda. Se dio la orden de compra y Pedro Antonio salió. 1925)* La bruja Sola en su rancho que ocultan las bayahondas. elástico. Largas piedras achatadas se hallaron entre las sartas de tabaco. ni todos los agricultores procedían de tal suerte. vestal tenebrosa de las tierras del Sur. que era la de vender. pero el pecado de muchos en la violación del sexto mandamiento del Decálogo. Autor de una novela y de cuentos no publicados en volumen. aseguróle que el tabaco era “de piedra adentro”. sus ojos son duros. más que engañado. en la venta de naranjas “de china”.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Buscan la piedra en lo que les vendemos. Cierta vez llegó Pedro Antonio con seis cargas de tabaco a la tienda de don José Batlle. Don José fue llamado en el acto a presenciar el burdo timo. Y el del pueblo exclamaba: —¡El más bruto del campo sirve para arzobispo! Claro que todos los comerciantes no procedían de igual modo. de ordinario. Solía mezclar el campesino. Tabaco bien pesado en el campo se aligeraba demasiado en el pueblo. por el astuto campesino que. Rezumaba miel la hoja y se ofrecía a la vista como seda. La imaginación fue bien lejos en refinamientos de común superchería. reunió la mayoría de éstos en un frente común contra el comercio cibaeño. y con asombro de hombres y mujeres ocupados en la faena. Como nos toquen el merengue. en la que una arroba venía a parar en treinta libras. Tela al parecer bien medida en el pueblo. Fue abierto un serón. semos como ellos son. barajando con agudeza la idea de lugar con la condición. a veces. Era un rico tabaco de olor. pues habíalos ejemplares. penetrante. en perjuicio de los agricultores. burlado. —No. la bruja. y no en el corazón de piedra que ponen cuando compran. Hubo siempre lucha artera entre la astucia urbana y la rural. y parece gitana. interesado en conocer la procedencia del fruto. prorrumpió éste en estrepitosas carcajadas. lo bailamos. las dulces con las agrias. dando a probar las dulces en desquite de bebidas ligadas y libras incompletas. RAMÓN LACAY POLANCO (N. incomprensibles para los espectadores. Capa pura… Don José llamó al Encargado del Almacén. se acortaba mucho de medida en el campo. Comerciante y campesino tratábanse de mala fe.

ella supo conquistarle a la vida todo lo que quiso. Es Nena. sus monturas se inclinaban al peso del clerén. de jabalí o de pájaro y puebla de miedo los parajes oscuros). el maroteo de siempre. cuando las lomas. y cañadas sedientas que se duermen al son de los atabales… Pero entre esta mujer que ahora tiene carnes flácidas y el bandolero Lico Bueyón. Fue amante del negro Cinturón. El calendario de Nena. Apegada a su hombre como la yedra al jabillo vigoroso. y sin meditarlo se ayuntó con él. escalas de la novela del alijo haitiano. Hondo Valle. Y sus recuerdos del monte la Urca. y habla de sus tiempos cuando era caballo y se montaba con el espíritu de Ogún Balenyó. la venta ilegal. vestal tenebrosa de las tierras del Sur. A su paso se santiguan. que luce a un lado del rancho llena de cascarones de huevos y trinitarias. Los lugareños le temen. bailan y cantan el rito en patois. la bruja. Entonces cruzaba la raya cuando los cielos de la frontera eran sendas nocturnas de estrellas. es un calendario de lunas y estrellas. donde cada día ella clava una oración y eleva un canto de recuerdos rogando a Dios por el descanso de aquella ánima que todavía está penando. de ojos asombrados. a través de las madrugadas foscas. su tristeza es hermana de la tierra. Sola. y de la cruz de Jericó del difunto. como las tórtolas que huyen a la orilla del Yaque. Ella conoció a Lico Bueyón. tan violenta como crece el maíz en la menguante. Y comenzaba la otra aventura. en el camino de San Juan… Y sus noches de vela. junto a Telésforo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS la cabeza casi cana. Es de esa estirpe que sabe vivir y morir en pie. bailando Los Palos del Espíritu Santo. o en perro cada vez que los bandoleros le cruzaban el paso. y el contrabando. Quiero prepararte. hombre realengo del Sur. de carnes duras como la sequía de la tierra. que asaltaba las recuas en el paso del Naranjal. La marcha larga sobre los trillos secretos que cortan las montañas y conducen a los poblados de Barahona. Explica historias del Bagá (espíritu diabólico que se aparece en forma de perro. Debió bailar en Veladero y Las Caobas y conocer las rutas de Puerto Príncipe. la selva y las sabanas se juntan y confunden en un paisaje gris que tiembla vacilante. A su manera. con las distancias medidas por el paso de los ríos y las guardias ocultas. invocó una tarde a los espíritus del mal y lo preparó para las luchas de guerrillas. o en tronco. creció una pasión avasalladora. San Juan de la Maguana… siempre de noche por zonas de angustia.  Pero antes fue estampa de caminos. cada una de las cuales poseía un velón encendido. la bruja. Bella. asesino sin rival y vagabundo de rutas. en junio. amparada por los espíritus del agua y de la tierra. Esta era una pieza atiborrada de imágenes de santos. En sus anécdotas figura el gavillero Rafael Lucas. No oculta sus aventuras de contrabandista. —Ven –le dijo–. Es la suya una historia de tierras enfebrecidas y noches ardientes. En el fondo estaba un camastro pequeño 102 . La tambora enfebreció su carne al ritmo del vudú. llamando a Papá Legbá cuando el peligro la amenazaba o transformándose en piedra. con perros algebraicos y algodonales amplios. en la ancestral orgía africana que enciende las noches de Haití. Ella lo hizo cabecilla. Penetró en la habitación del rancho. Estremece su relato el paso de la tarimba: la parihuela que conduce al muerto va rodeada de gentes vestidas con ropas de chillones colores. A su regreso. Cruzando amaneceres en el viaje de vuelta. siempre. que beben. ayuno de agua.

Luego encendió un mechón de aceite que traía consigo y una llama azulada dio perfiles siniestros en la habitación. La bruja invocaba los espíritus del agua y las montañas. Inmediatamente empezó una extraña oración mezclada con cánticos ininteligibles. estaba Nena. aquel gavillero fornido. amarillento. ebrio de clerén y café cargado. Sacó de su seno una tibia de algún pobre difunto y volviéndolo de perfil dióle con el hueso tres golpes en la frente. con el pelo rojizo y la boca grande. Lico Bueyón vivía apegado a la negra. dispersos. Pero he aquí que el bandido. empezó a seleccionar su grupo de forajidos. y cosiéndola con una aguja larga le puso un hilo oscuro y la colgó del cuello de su hombre. envuelta en sopor enervante. Primero sintió un golpe de muerte sacudir todo su cuerpo. Luego se separó y procuró en uno de los baúles una bolsita de hule. sacó varios objetos de cera. sobre la cama. y en los cantones donde moraban después de los latrocinios y las incursiones. unos hombres duros como la tierra. pronunció palabras incoherentes. se cansó de ella. quien cantaba lamentos y hacía ritos para la largueza de días de su hombre. —Ya está. Sólo yo. un crucifijo. Del vaso empezó a salir una espiral de humo perfumado que se extendía sobre las paredes y hacía pensar en los encantamientos. había sido un clarín de guerra en la comarca. En el piso. fue suplantada por Cecilia. la mujer del jefe. Con el vudú y sus sortilegios. de bigotes largos y largas manos de verdugo. que tengo la contra –agregó la médium. dio varios gritos espeluznantes y empezó a bailar alrededor del lecho donde estaba tirado su hombre. Cecilia curaba a los heridos con sus ungüentos y pócimas y preparaba sahumerios para ahuyentar a las ánimas 103 . Lico estaba asombrado. la médium. Nena tomó a Lico por la mano y desnudó su cuerpo de ropajes. El hombre. Lleva esto siempre encima y te acordarás de mí –dijo– sacudiéndose como si tuviese frío. Con la pluma de ganso mojada en el líquido trazó diversos signos desde el nacimiento de la cintura hasta la parte alta de los pulmones. echó en él varios paquetitos de polvos de colores y empezó a mirar concentradamente el líquido tornasolado. tomó un vaso de agua. a veces. Era un rito donde semejaban flotar duendes y vampiros de alas membranosas que le dejaban al paciente un raro calofrío en el organismo. y el dolor de las recuas. y bajo el influjo de su voz profunda la estancia colmábase de corrientes magnéticas. De sus manos parecían nacer hilos invisibles que alargaba con sus dedos amaestrados. Sus mandíbulas se movían con inquietud. —Nadie podrá contigo. ya poderoso. y empezó a tomar sus objetos. Le ordenó que se pusiera boca abajo. en la cual colocó unas insignias misteriosas.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I cubierto con frazada roja. que le seguían por todas partes y acataban sus órdenes sin recelo. una esponja y una pluma de ánade incrustada en un frasco alargado que contenía un líquido verdoso. sonrió. Nena. desde entonces. tranquilamente. Lico sentía una comezón extraña en la piel dibujada.  El galope de su caballo. Inmediatamente le lanzó en la espalda a Lico Bueyón aquella poción y lo frotó con un paño negro. sus pupilas brillaban con extraño fulgor. Luego la hechicera. y luego. lleno de pinturas raras. La bruja quedó en éxtasis. como si un enorme generador de electricidad hubiese descargado toda su potencia. siempre murmurando misteriosas frases. Entonces abrió un maletín. podían contemplarse unos cofrecillos oscuros y un baúl amarillento. Junto a ellos. Empezó a traficar en Clerén.

con los ojos semicerrados. Ella que era la novia de las supersticiones africanas. sacude los hombros en frenesí vehemente. en la distancia. —Bon suá. Pronto el escenario se ofrece ante sus ojos. Tirados a ambos lados los otros lugareños se confunden con el lodo. Lico lleva el ala del sombrero agachada sobre el rostro. y sus ojos guardaban el poder de mantener encendido el amor de los hombres. con niños desnudos a horcajadas en las cinturas. y las mujeres. se pasan los calabacines de clerén. en silencio avanza entre los árboles. en la hembra bravía del gavillero. se van retirando al caserío. Brilla su rostro. envuelve el ofrecimiento. aferrarse a su cuerpo. y parecen legionarios de un mundo fantástico. y un silencio sobrenatural. irrumpe entre los festejantes. Pasaba el tiempo y Cecilia conservaba siempre un cuerpo de doncella. se convirtió en la amante del contrabandista. Todo tiembla y vacila en el paisaje inhóspito. 104 . Hablan en creole y la bailarina le contempla entusiasmada. Todos se ponen en pie. Beben clerén. de las fuentes misteriosas. y ofrecerle sus carnes y su alma. creciendo en misterio y en extraña belleza. Sus pasos son anchos y sus botas se clavan pesadas en el suelo. Se había bañado en un río secreto en noches de luna llena. Este llama al sacerdote y le deja entre las manos un puñado de monedas. Fue una noche de humedad y estrellas pequeñas cuando Lico y Cecilia se unieron. se expandía en la noche que iba creciendo. La bailarina. se deja guiar por el balsié que estremece la selva.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS en pena. tibia y anhelante. en éxtasis. La tropa. han contemplado sus hazañas. con todo el sensualismo de su raza y toda la fiebre endemoniada de su tierra. Quien hubiera contemplado la sombra. Los más viejos le abrazan. y su carne era carne esculpida en brisas. sobre una estera. el dios de las aguas. Detrás de los ramajes hay un claro iluminado por fogatas. y lanza un grito estridente que hiere la noche: —¡Ohué! ¡Ohué! El sonido de los atabales empieza a adormecerse. con grito ritual. gran Agüe. que había contemplado cómo iba madurando su cuerpo en el espejo del río. descubriría a una figura de mujer deslizarse hasta el lecho de Lico Bueyón. Desde esa noche el bandolero tuvo una concubina negra. Le sigue su cuadrilla. Allá lejos sus notas caían sobre los campos recién mojados. En la alta noche traspasada de estrellas el bandido y su gente se acomodaron en los catres. Lico Bueyón ha azotado a Bánica. Lico Bueyón. y la cañada de Juan Felipe y el Cerro de San Francisco. llevan dos heridos. Varios negros tocan los parches. Desenfunda el revólver y se tira de la montura. se ha ofrecido mirando a las estrellas. le comunicó el hechizo. hojas y estrellas. La cuadrilla avanza sudorosa y cansada. Un coro humano. Agüe. por primera vez sintió como se angustiaron sus senos en aquella noche con estrellas grandes clavadas como ángeles de la brisa y del sueño sobre la selva. Le rodean. Maravilloso cuerpo de ébano que le hizo creer al bandolero en los misterios de la jungla. mientras de la tierra surgía un perfume angustiado de jazmines tronchados en las charcas y de guayabas exprimidas por el paso de los mulos. Aquella noche se encendió un bongó detrás de las lomas. —¡Alto! La voz del jefe sacude a los hombres. Cecilia tenía movimientos suaves y delicados. Cecilia. mientras en el centro una negra con cuerpo de junco mueve las caderas en el rito. entonces. y el jefe. sólo turbado por las gotas de agua que se balancean sobre las hojas y por los sapos que hablan en japonés. Cecilia acaricia con sus ojos al bandolero. pesado. sobre las hojas que tumbó el viento y los luceros hundidos en las cañadas. Ahora. con fatiga y sueño.

las lluvias de mayo. Le habla. Porque Lico Bueyón regalaba un pasaporte seguro hacia la muerte. y corren a los ranchos llevando la noticia. y las gallinas acezan por el calor y la sequía. Cuando realiza estos menesteres su cara manifiesta regocijo. Ella convive con el muerto. arrancándole los hierbajos de cundeamor o cadillo que rastrean al lado del montículo. Y sintió que el destino ponía a prueba su eficiencia. Y hasta su celo llegó la noticia de las correrías de Lico Bueyón. Y exclaman: —¡Animamea! ¡Jesú Manífica! Mientras los viejos murmuran por lo bajo: —¡Jú! Eto no e cosa de ete mundo. escondidos en las cejas de monte. con el desprecio de su hombre. y aunque pequeño. y la parida. Y la leyenda llenaba de espanto los caminos. el bandolero de caminos. y los burros retozan en la tierra. No han importado los soles implacables. En su fabla gangosa ponía de manifiesto lo ladino de su espíritu. adquirieron un brillo acerado que sorprendía. tenaz como el dolor. antes vigoroso. De momento Nena va a salí volando prendía en candela…  Nena no se conformaba con su soledad. El miedo creció como fuego en hojarasca. de cuello abotagado. Y se tornaba más triste su rostro. se santiguan. y sus ojos. De lejos. El Comisario Basilio Peña. eleva su cántico y deja una oración enterrada en el paisaje de La Culata. antaño expresivos. Y su cuerpo. poseía una voluntad de hierro. se internó hacia el Norte. Y vivía apegada a su recuerdo. era duro como róqueda o páramo.  Y he aquí que Lico. Dialoga con la tumba en las noches de luna. triturando la breva que masca tesoneramente. temerosos. aun en noches de luna. fuerte como el odio. 105 . Pero la ley la hicieron los hombres para los hombres. y los haraganes maridos. y los villorrios desnutridos sintieron en su desmirriada expresión el paso de muerte de aquel emisario del demonio. volvióse flaco en el cambio de una luna. y las comadres. el bigote crecido. Ella y su rancho se hermanaron en el infortunio. Y le trituraba el ánima el saber que Cecilia gozaba de sus favores y sus aventuras y correrías. los muchachos en cuero de los villorrios colindantes la contemplan asombrados. Para su disciplina la ley era la ley y había que cumplirla. esta mujer desgarbada. Sus largos brazos de simio le rozaban las rodillas. el polvo de septiembre.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I  Todo esto lo recuerda Nena mientras prepara el cotidiano ramo de rosas para la tumba que luce a un lado del rancho agujereado. de San Juan de la Maguana. y sus dientes largos surgen amarillentos. y la doncella. Asoló las comarcas de Hato Nuevo y La Piña. Nadie osaba cruzar las rutas. y cuida sus despojos con cariño enfermizo. Y las viejas atacadas del reuma. Tenía las cejas pobladas. Cada día. Y los lugareños sentían escalofrío cuando pronunciaban aquel nombre. de todos modos. flaca como cerbatana. mientras el crepúsculo dora las copas altas de las guásimas.

Y el crepúsculo les da de frente. Basilio Peña. pero alegre. Con la noche partió hacia Pedro Corto. avanzan. Desenfundó el revólver. Ahora dique va a saqueá a Pedro Corto. como su sueño. —Lico… Lico… –dijo. Y cae la noche.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Eto ya se va a acabá. Ni la sequía. Y apretó el paso. Avanzan y avanzan. Y la corneta grita. Avanzan. Y esto lo sentía aquella mujer por el bandolero. Y avanzan. cerrado como nublazón de mayo. colgada en el Este. No querían despertar a los del lugar. Se sobresaltó en la noche. es una obstinación desesperada. Doblegadores de rutas y sabanas. No se arredra ante nada. —¿Quién vive? 106 . y riachos. por la ruta de Vallejuedo. El Lico Bueyón del diache ya me tiene jarto. Ese e jel parte de la capital. avanzan. Nena. Avanzan hacia Pedro Corto.  Nena tuvo un sueño terrible. Cuentan los lugareños que allí sucedió el encuentro. rogando a los santos. Esos hombres no conocen la fatiga. Levantóse rápidamente y contempló la luna. con la camándula en la diestra. por la seguridad del cuerpo de su hombre. El cruce. a veces. y tomó su camándula haitiana. Por el olor del monte y la altura de las estrellas comprendió que estaba al filo de la medianoche. Y salvó veredas. y las hojas del arbusto sufrido se teñían de sangre. el Comisario: duro. Y no se fatigaba. Y los ojos se le agrandaban en el resuello. Todo queda detrás. Y organizó su tropa. tiembla de miedo ante los soldados. sacudiendo las lontananzas. Bohíos derrengados. a la orilla del camino. en un susurro. perdidos en la sombra. Y el pecho se expandía con la respiración fatigosa. Ella sabía que habría de caminar mucho antes de llegar a su destino. Basilio Peña y su gente. Una luna redonda. ni el sueño. El amor. y no se prolongó su espera. Y el astro lucía encarnado. y el calor es sofocante. Era el recodo. que llega hasta el sacrificio. Y vuelve el alba temblorosa. En la madrugada clarísima del Sur. Marchaban cautelosos. con signo de tragedia. La ruta larga y seca. Ellos han cruzado a Santomé y queda un naufragio de árboles y matojos. La mujer se sentó en una piedra. Con la fatiga lucía más desmirriada su figura. Y aunque las montañas son interminables. Eran hombres avezados en la guerrilla. la bruja. Y esto lo experimentaba Nena por su hombre. y lomas. que se recuesta en el Yaque y lo vadea. lejano. El hombre se volvió. cuando los hombres del Comisario sacuden a sus cabalgaduras. Soñó con cardosanto. Ella lo columbró de in promptu. ¿Pero e que ese hombre no se quiere? Y llamando a su edecán agregó: —Guelo: organiza a lo muchacho. Y a la cabeza de la legión. venían Lico Bueyón y sus hombres. Se amorró el madrás de cuadros amarillos en la cabeza. El presentimiento le golpeó las sienes.  Con la madrugada llegó a Las Charcas. Áspera tierra caliza. Y avanzan. Hay que traé a Lico Bueyón vivo o muerto. Su sentimiento despierta una fuerza sublime. el nuevo can de Lico Bueyón. estaba cansada. Iba rezando. No importa el sol. Armados hasta los dientes. Regresaban de sus latrocinios e iban en pos de Pedro Corto.

Y encarándose a Cecilia. llenaba la madrugada caliente. Cecilia tuvo una expresión de triunfo. No vayas. El bandolero ya está preso. Basilio Peña y su gente tocaron a degüello. Vine a avisarte. Lucía magnífica. y la mirada de amor. Nena rodó por el suelo. soberbia. El bandolero está callado. se perdieron en el monte. No vayas. le gritó. suplicante.  El encuentro fue trágico. Y dos forajidos más que se salvaron milagrosamente. Entre los curiosos se levanta una voz: —Padre nuestro que estás en los cielos… Lico Bueyón experimenta un sacudimiento. temeroso. Vamo a fusilá a ete como ejemplo. Parecía un naufragio la sabana de Pedro Corto. Y a los otros lo llevaremo pal pueblo. Una nube de polvo cubrió sus siluetas. se le cuelan por los poros mostrándole la vida. Nena. encabritó la montura. Inmediatamente el hombre y su concubina. Los nudos son fuertes y le destrozan el pecho. El corneta tocó: ¡Firme! … Y la voz de: ¡Fuego! salió de la garganta del Comisario como un rayo. Levanta los ojos. La plegaria de Nena lo estremece. haciendo sangrar los ijares. Yo soñé anoche… —Ja… ja… ja… ja… ¡Lárgate de ahí! ¡No me vengas con boberías! —No vayas. La cabeza de Lico Bueyón se dobló sobre el pecho. La fronda de los aromos. Las sogas le aprietan la carne. Cecilia sonreía. Murió sin decir palabra. de la mujer. Lico. Y el piquete ya está preparado. Quítate de mi camino. Nena… La palabra le azotó el rostro. Cuando llegaron a Las Charcas los vecinos quedaron asombrados. la bruja. y el aire caliente. violentamente. El toro del Sur había perdido. Lo empujan hacia la guásima. triste. Creyendo en tonterías… —Lico… Lico… El caballo pisoteó a la hembra. Sintió el odio brotarle de la entraña. Basilio Peña gritó: —Guelo: Suéltale la mano a la fiera eta pa que jaga su propio hoyo. Y se aferró a las riendas. y sus ojos gozaron con el acontecimiento. El hombre. que reseca los árboles y las almas. También Cecilia. Los disparos cruzaron el aire. Y Lico Bueyón ya estaba enmadrinao.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I La mujer se incorporó. El bandolero dejó en el aire su carcaja escalofriante. una mujer. Los perros alzados y los cerdos consiguieron festín lujoso. se la arrojó al rostro. Te tienen una en Pedro Corto. —Soy yo. Lico Bueyón empieza a cavar su propia sepultura. El sol fuerte calienta los caminos. La voz de Cecilia. La muerte vela sus latidos. Los cadáveres se amontonaron. sacó del seno un puñal y cortó las sogas que ataban el cadáver. Ha terminado su faena. —¿Qué quieres? —Que no vayas a Pedro Corto. Y arrancándose la bolsita de cuero que llevaba pendiente del cuello. El Comisario Basilio Peña da la señal. Bajo el sol sureño. Eto se pudrirán en la cárcel. Aquel hacinamiento de sangre le cayó en los brazos. magullada. La chirona amansa los guapos. aquel plañir melancólico anuncia la muerte. sumisamente. Lo atan al palo. —Yo no quiero saber de ti. Inmediatamente se abrió paso entre los asombrados asistentes. Y suda. con su canto monótono. Está flojo. le llega como una caricia. La muchedumbre se agolpa. desafiante: 107 .

Bajo el sol del Sur que revienta las guazábaras. El Comisario Basilio Peña ordenó la retirada.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Quítamelo. la bruja quedó sola con su muerto.          á  í á . Nena buscó un yaguacil y colocó los despojos de su hombre.           .   á.  í    ó.    ño    . 108 . ahora! Todos quedaron estupefactos.    á    ó.           .              .

Puerto Rico. del crítico español Federico C. Uruguay. Rupert se volvió para verla salir. vale recordar que los cuentos de Lamarche han merecido elogios de los venerables Baldomero Sanín Cano. Tosió y tras de golpear la pipa en el viejo cenicero de peltre y atacarla nuevamente de tabaco rubio. Cuando Rupert llegó estaba anocheciendo. Murmuró: —Va a ser imposible… *Impresas ya las noticias preliminares de El Cuento en Santo Domingo. precisamente por eso. como si realmente le interesaran las volutas de humo que arrojaba con alarde por la boca. Había levantado los ojos grises de un azul acerado. sin que de sus labios brotara la pregunta. le dará al lector Pero él era así…. quien afirma en su antología de cuentistas que Ángel Rafael Lamarche es “uno de los dos representantes del cuento en la República Dominicana”. continuó: —Tienen mucho trabajo… Hizo otra pausa para encender un fósforo. del novelista francés Francis de Miomandre y del crítico. Sanín Cano y Ricardo Rojas. George Pillment. Para prestigio del autor de Los Cuentos que New York no sabe. y Catharine tuvo tiempo de ponerlo otra vez todo en orden. Ecuador. Con uno no le fue suficiente. frente a frente. también francés. Y antes de proseguir. Werfeld. de críticos renombrados de México. aparentemente para rectificar un pliegue indebido en el tapete de una mesa. Colombia. Phillip. y ella. Encendían mal. del célebre profesor florentino Oreste Macri. no se había atrevido a preguntar. de B. Clara idea de la calidad y de la técnica del cuentista que es Ángel Rafael Lamarche. hemos tenido la satisfacción de conocer Los Cuentos que New York no sabe.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Tomo II ÁNGEL RAFAEL LAMARHE (N. y aún Catharine. y después salió de la sala. el autor de El Águila y la Serpiente. de intenso dramatismo. habló sin mirarla: —Esta noche… Eustace Addison me lo enviará con un mensajero. Chile. No ignoraba adonde se dirigía. Argentina. y preferí que tú y yo lo viéramos aquí juntos. H. Robert G. su mujer. se dijo: “Aguardaré a que pase la cena”. —Trabajan también de noche. Sainz Robles. La cena había terminado. Ahora. Federico de Onís y Ricardo Rojas. se cercioró de que estaban bien apagados los que tiró en el cenicero. de los catedráticos norteamericanos Frank Tannebaun. bastaría el testimonio de tres grandes escritores de hispanoamérica: José María Chacón y Calvo. Más que un juicio particular. y movió la cabeza con ese movimiento del que ve confirmada sus previsiones. 109 . pero apenas lo pensaba se arrepentía. Mead. 1900)* Pero él era así… Rupert Lowell hacía rato que había regresado a la casa. Enrique Gandía y Martín Luis Guzmán. por más de una ocasión lo intentó. que lo estuvo esperando con ansiedad. y concluyó con voz indiferente en apariencia: —Me ha prometido que la ampliación quedará muy bien… Quiso que lo comprobara… pero yo no podía detenerme. R. todo el día. de Ángel Rafael Lamarche. formulado bajo la sugestión de su inmediata lectura. Cuba. Al fin logró decidirse: —Rupert… ¿traerán hoy el retrato de Sim? El hombre. si en el reconocimiento no figurara la aprobación de un Federico de Onís. cuento psicológico admirablemente escrito. Catharine Lowell no pronunció una sola palabra. Se puso en pie. redoblando las chupadas a su pipa. sentados en la sala. cuya acción discurre y termina en un momento y perdura en la memoria. Allen W.

Todo se hallaba igual que cuando él se fue. Esto lo medía todo. en tanto que hoy le quedaría como una pena dulce el recuerdo de Sim. o tocarle la puerta del cuarto de baño y advertirle. Y. la ventana de la habitación que caía a la calle amplia y llena de ruido. ni siquiera Rupert y ella. entre el estrépito de la ducha y la algazara de una canción: “¡Eh. Pero su aturdimiento se renovó. para repasarle la ropa y verle todas las mañanas tomando el desayuno. como si esperaran el término de aquellas prolongadas vacaciones. En la actualidad. no obstante. lo ocultaba sin una queja. dentro de un momento. Se acerco. y todos. Por esta ventana había visto regresar más de una vez a Sim. creen que comprenden su significación. por las noches desde la cama. Ni Catherine ni Rupert tuvieron jamás que sufrir a causa de aquel hijo único… El hijo único. vería mejor el retrato de Sim. aunque le pareciese increíble. sintió como nunca el deseo de visitar este cuarto. había escrito: “Para que no dejes de pensar en mí constantemente. las botas de hule con que chapoteaba por los ríos y pantanos en las partidas de pesca. no había olvidado la menor cosa… Ni aun era posible olvidar la afición de Sim por el pan de pasas y la sopa verde de guisantes… ¡Oh. Tuvo que luchar con la cerradura porque la puerta estaba cerrada y por allí no se veía bien. Los cromos de lindas muchachas y el banderín triangular del equipo náutico de su escuela. no!… No era eso… Simón Lowell fue desde temprano un muchacho estoico. como si realmente necesitara revivir sus recuerdos. como si fuera posible que pudieran tener dudas respecto de quien entraba: “Es Sim”… Miró el retrato de la muchacha que estaba en la mesilla de noche. Muerto. Abrió un cajón de la cómoda. Pensó que Louise vendría a ver también. sin embargo. La desconcertaba aceptar que Louise no tendría en lo adelante para ella el interés que tuvo anteriormente. o algunos años antes lo vio jugar en la calle con sus compañeros. dejaba penetrar la claridad de un farol próximo. Con frecuencia. qué resultados tan enormes. Aquella misma mañana lo había hecho. diciéndose el uno al otro. Desde que uno nace empieza a oír por dondequiera: la muerte… la muerte. muchas veces al día.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Como su marido lo había sospechado. Catharine sí sabía lo que era la muerte. Pero cuando abrió. Catharine lo sabía bien. Sim. debía ser justa: Louise era sólo una muchacha y únicamente hubiera conseguido crearse una serie de complicaciones. ella avanzó por el pasillo hasta el cuarto de Sim. Catharine se reprochó casi con encono: “Fue una estupidez que no se casaran antes de que él se fuera”… Pero inmediatamente se arrepintió. Los libros vueltos de lomo en el pequeño estante. el bastón de esquiar y los puntiagudos esquís. buscó la bombilla e hizo luz. Levantando el brazo. y no tardaría en casarse con otro. esquinándose. pero “Sim se hallaba muerto”. con el libro al lado y metiéndose los dedos en los cabellos. Si sus travesuras le proporcionaban un descalabro. Actualmente le parecía muy raro que este hijo fuese sólo un hijo muerto. que se te va la hora!”… No. darling”. de visitarlo ahora. En un rincón se recostaban. la ampliación. Era Louise. y 110 . Ahí estaban los “pull-overs” de bandas caprichosas. libre del obstáculo de las cortinas. La cama con su colcha de raso a franjas blancas y azules. Los grandes ojos negros sonreían con extraña expresión de incertidumbre. Pero se le había ocurrido que. le oirían entrar lo mismo que antes. Se dice la muerte. fingían abultarse más para que volviese a tomarlos una mano conocida. los calcetines y mitones de grueso estambre para los deportes de invierno… Todo se hallaba como él lo dejó la última noche que pasó aquí… Sí. con los ojos en blanco. Rupert y ella lo habían guardado cuidadosamente… Pero esta noche en que iba a ver la ampliación de la última fotografía que Sim se hiciera en Nueva York. Muerto: una sola palabra y. y no un hijo como son y se quieren los hijos. Lo efectuaba diariamente. y sobre el pecho una letra cuadrada.

me molestaría. sin decírselo. Catharine estaba segura que cuando Rupert viera la ampliación no podría resistir e iba a suceder lo que precisamente ni su marido ni ella. Pero no había vuelto… No. y esa noche estaba el cielo muy azul. Pero la observaba de reojo y no se le escapó que se sentaba lentamente como si en verdad la rindiese la fatiga. mi canción… ¿El peligro? Bah… No me importa. Me sirvió para celebrarla. ha sido mucha. querían que sucediera… Al regresar Catharine a la sala. yo había avanzado unos pasos. Fue un largo timbrazo. entonces. Desde luego. cómo los recordé… y aún los estuve viendo. de un segundo a otro. a quien si la encuentran por ahí. Pero ¡si nací y me crié entre ella!… Bueno. recuerda que me gustan las mujeres fuertes!… Por Navidad escribió: “Me parece advertir que ustedes quieren saber cómo me va con la nieve. levanté la vista y parecían recién estrenadas las estrellas. pero no ignoran cómo me satisface. o que oía cantar a Gail Walker. Detrás de mí. de Letty. padre. en resumen. madre. a la sordina. volviese como volviere. Catharine. mirando las estrellas. mis camaradas. canté también. Y aun cuando “mother” lo dude. porque no es sino ése. En “Christmas eve” fue mucho mejor. me siento sano y alegre… Ustedes saben bien que me gustaron siempre las empresas más peligrosas y las aventuras… Además. de Molly. de la misma manera que me pareció ver a Louise… Y como el viento aullaba con fuerza. De modo que en vez de lamentar su abundancia. vino el aviso intransformable. sino por momentos y como un muchacho esclavo de las horas y los libros. pero los volvió a levantar y sonreír… Sonriendo de esa forma se fue… Entonces vinieron las cartas: “No creo que se preocupen por mí. Y cuando vuelva. les ruego la saluden de mi parte. Tocándola día y noche a campo raso me convertí un poquito en el héroe de todos los sueños que desde la infancia me despertó y no pude vivir allá. con la mayor sencillez… Aun creía mirar a Sim aquel día: “Estamos en guerra”. la guerra vista a distancia es muy distinta a como se ve entre sus “mismas conmociones”… Era un tono idéntico al que empleaba cada vez que Rupert o ella parecían flaquear ante las inevitables cuestiones de la vida: “¡Eh. en realidad. y se me antojó que “eran todas las estrellas de los árboles de las “Christmas” que pasé en compañía de ustedes… ¡Oh! Los recordé. aquella muchacha de ojos verdiazules que me llamaba “Simón el pendenciero” y fue vecina nuestra y cantaba en Broadway.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II que cuando la propia Louise tuviese novio o se fuere a casar. sus consultas y su confianza serían para la madre de otro hombre… Y con lo fácil que había resultado todo aquello… Catharine estaba convencida de que las cosas más grandes suceden así. Ya volveré. de Sam. le decía a Catharine: “¡Hum. hacían música. como un muchacho enfadosamente “civilizado”. y como abundan los pinos. dijo. pero besándola con inocultable ternura. tantos como me lo permitieron el reglamento y la precaución. o con cara muy seria. el informe lo precisaba con claridad: “Murió como un valiente”. la he agradecido. ni creo tampoco mucho en el peligro. no olvides que me siento orgulloso de tu valor!”. imaginé todavía más: que estaba oyendo los hurras de toda la “banda”: de Bob. y bajó los ojos. Pero no volvió. que se había llegado a incorporar. uno solo. Rupert pareció no apartar la atención del periódico que leía. ni ustedes ni yo. en eso no había dudas. ¿verdad?. Rupert lanzó el periódico y echó a andar 111 . y la propia noche tenía una especie de oscuridad azulada. ese día que no se parece a ningún otro. con alegría. derramaremos una sola lágrima”. Cubría con su blancura todo el terreno. Un día. yo mismo llegué a creerme una de esas figuritas que aparecen en el paisaje de las lindas tarjetas de “Christmas”. volvió a sentarse como avergonzada de su desconcierto.

Era de tamaño considerable y estaba cuidadosamente protegido por un papel castaño fuerte. pero tal vez el mejor mensaje se encontraba en ese soplo de vigilancia que sentían Rupert y Catharine bullir entre los dos. pero al fijarse en su mujer. al sonreír. y apoyarse igual que una mano cariñosa en el hombro del uno y del otro. se veía aún el principio de la chaqueta color de arena a grandes cuadros de un gris azulado. Al fin. pero se olvidó de cerrar la puerta. El papel estallaba como quejándose y resistiéndose. sin duda. en dirección de la puerta. Rupert lo había seguido y no se limitó en la propina. Con mano segura firmó el recibo y. se levantaban un tanto para no perder un solo detalle de lo que ocurriese en la puerta. comunicarles algo. y que luego de escudriñarles ansiosamente la cara. Y se detuvo. Al entrar allí. Era Sim. llevó el bulto hasta ponerlo sobre la inútil chimenea de la sala. el muchacho saludó: —Buenas noches. sin vacilar. un indecible miedo y gritó: —¡Es que no lo vas a dejar tranquilo! Rupert se volvió estupefacto. Fue en ese momento cuando Catharine se aproximó. Era Louise. se entreabrían como si acabaran de hablar o por el contrario se impacientaran por hacerlo. parecían impasibles. inmóviles. empezó a romper la envoltura. El mensajero se cercioró: —¿El señor Rupert Loweil? Era un muchacho quizá un poco más alto y delgado que Simón. diríase que tras de mirar a los dos. brillaron de modo especial. un Sim vivo y alegre: el cabello casi rubio partido escrupulosamente a un lado. Rupert. sí. los ojos. no comprendía mucho más del busto. Tapándose los oídos. la sacudió un estremecimiento. Sí. pero se clavaban fuertemente los dedos contraídos en la palma de la mano. al verlo. Estaba escuchando. de un auténtico Sim. Alguien acabó de empujar la puerta.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS precipitadamente. pero permaneció muda. sonreía con enternecimiento al mirarles el corazón… Nervioso. caminó paso entre paso. —Gracias. Rupert retrocedió unos pasos. El mensajero bajó los ojos y se devolvió por el pasillo. Ella estalló nuevamente: —Es preferible a ser un completo idiota. ayudado por el mensajero. Rupert se acercó y enderezó el cuadro un poco más. pero al mirarla no tardó en responder con agresividad: —No sabes decir más que estupideses. Con los ojos húmedos. Cuando volvió. Catharine le observó con inquietud. en la solapa rojeaba un tulipán… Catharine y Rupert. Deslumbrada al descubrir el retrato de Sim. Las voces se alzaban y las injurias se enardecían. era la imagen de Sim. los labios. y en su mirada apareció visiblemente el miedo. El retrato apareció. sin objeción el mismo Sim. la boca entreabierta quería. Catharine no se había movido aún y miraba como fascinada el bulto. Rupert tuvo la certeza de que cuando Catharine lo viese pensaría lo propio que él había pensado: “Tiene la misma edad de Sim”. señor –dijo confuso el muchacho. ya más tranquilo. señora. aparecía perfectamente en calma. creía imposible que hubiesen esperado para conducirse de esa manera a que estuviese delante el propio Sim… Tan engolfados se hallaban en la disputa que no parecieron darse cuenta de la presencia de la muchacha. de una transparencia infantil. retrocedió. Catharine vociferó: 112 . como si temiera no llegar nunca. Lowell sonrió. Los ojos de Catharine.

SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —¿Piensas pasar así toda la noche. folleto. Y como coronamiento de aquel sagitario tremebundo. y después unas medias de a real. entrecerrados ahora. y su revólver de MITIGÜESO. rechonchos y sin lustre. a dos dedos de ella. que así lo llamaba. La alimentación y las razas (1896).. Nisia (1898). Olga. hoy se sabían más unidos que nunca y Sim era el broche de esa unión. imprimiendo al jinete un movimiento oscilatorio que le inclinaba tan pronto a uno como a otro lado de la bestia. y dejando ver los pliegues de la camisa listada y la ancha correa de que pendían el sable truculento. que los había unido tanto siempre. caídas sobre los ZAPATOS DE OREJAS salpicados de lodo. quizá por coincidencia. 113 . ordinariote. dos ojillos negros de expresión felina. y en otro instante semejante. Rupert acertó a volverse en momento que Catharine no lo veía y en sus ojos relampagueó como una pícara ternura. Tip. el cuchillo COLLIN de luciente y afilada hoja. JOSÉ RAMÓN LÓPEZ (1886-1922)* El general Fico A don Andrés Julio Montolío Venía cabizbajo de Las Escaleretas a la Palma. huyéndole a la pretina de los calzones. cuadrado. 1904. Todo esto era extraño. El jinete era feo. terminaba ahora por separarlos? No. Manual de agricultura (1920). Geografía (1915). anchos y sobre-cortos. con anchos bolsillos donde guardaba el descomunal cachimbo de tape y la vejiga de toro henchida de picado andullo. de aquel ecuestre Hércules pigmeo. En veinte años de matrimonio era ésta su primera disputa y la primera vez que no dormirían uno al lado del otro. un v. mal hombre. Pero mañana sería otra cosa… Ambos suspiraron con ese suspiro de los que acaban de pasar victoriosamente. con la faz cetrina teniendo por frente una pulgada de surcos rugosos entre el cabello apretado y las alborotadas cejas tras las cuales brillaban. y estaban envainadas en sendos pantalones. y que lo dijese él: no habían derramado ni “una sola lágrima”. Las piernas encorvadas por el hábito de montar a caballo. con enormes espuelas de cobre bien aseguradas. ¿Sim. Santo Domingo (C. a ella le pasó igual. una cabeza sobre cuello apoplético. al que soltó las riendas sobre el cuello. fundas de los enormes pies que no se calzaban sino los domingos y fiestas de guardar. de gusto y hechura rural. El tronco era robusto. siguiendo a lo largo del camino en su caballo rucio avispado. que dejaban en descubierto cuatro dedos de jarrete musculoso y peludo. inmenso orgullo… Ahí estaba Sim. por lo que el rocín iba paso entre paso. no importa el sacrificio. Experimentaban orgullo. rematada en trompa y como queriendo zamparse en la espaciosa boca de labios gordos y *Autor de: Cuentos Puertoplateños. Sin embargo. mirando paralelamente a la nariz de forma cónica. T. terrible con su chaquetita corta y mal traída. novela corta. al separarse en opuestos rumbos.). encajaban sobre el cuerpo del animal circunvalándolo como una cincha. por una gran prueba. imbécil? Rupert contestó con rabia: —Me voy a acostar… pero en el sofá… No puedo dormir junto a una infame de tu clase… Ella recalcó con agrio desdén: —Eso era lo que deseaba. emboscados como salteadores.

con los pómulos salientes. con el gesto áspero de mastín en guardia. Y por sobre todo ese conjunto abigarrado y monstruoso un breñal de cabellera amoldada al sombrero y al pañuelo que llevaba atado. y desechaba las oportunidades de encontrarse con el fauno que no le perdía pies ni pisadas. Aquí taba ei picando el palo con su cuchiyo. que se abría hasta cerca del remate de las quijadas como agallas de tiburón que. escudriñando por entre el claro de los troncos y las malezas. pero la muchacha se resistía a corresponder esa ferviente pasión carnal de groseras manifestaciones. Eso jueron lo golpe que oí. Ya no iba cabizbajo. sacó su revólver y se lanzó con paso cauteloso hacia la selva por entre la cual iba el camino. y se han laigao! ¡Si yo cojo ese güele fieta y a esa arratrá! Aquí se contuvo. y siguió marcha a la casa del vale Pedro. sus ojos despedían relámpagos. ¡Bien sabía yo que era beidá! Y me oyén eso do sinseibires. en su empeño de conquistarla a todo trance. se destacaban una chiva larga y puntiaguda. de tigre hambriento que olfatea la presa y se alista a caer de un brinco sobre ella. la más linda campesina de los alrededores. desconfiadas. ni deuda que no se pague. contrastando su techo pajizo y su maderamen de tablas de palma con el verde panorama. que se veía sobre un cerrito a distancia de un cuarto de milla. sin atrebeise a miraila y eya detrá de lotro palo con lo sojo bajo. y volvió a examinar los árboles. y en todo su ser se reflejó una expresión de fuerza bruta irritada. De cuando en cuando espoleaba maquinalmente el rucio. arrendó el caballo. Su pobre mujer y sus chiquitines andaban ahora temblando cuando él estaba en casa. y afectando las formas de un paraguas o de un hongo. Estaba locamente enamorado de Rosa. —No hay dúa –continuó–. cacique el más temido en los alrededores. ondulado de colinas y vallejuelos. y se aventaban sus narices a compás de las crispaduras de sus puños. La señai no manca. bagamundo je ofisio. No ar plazo que no se cumpla. De ésta. El pensamiento airado no se refleja mansamente en la fisonomía: es el resplandor de un incendio que caldea el rostro y se propaga al ademán. donde volvió a enhorquetarse sobre su caballo. a manera de velamen. Recordaba en este momento las facciones de Rosa. El había perdido la tranquilidad de bestia saciada con los nuevos apetitos que le aguijoneaban. avivada por la pasión. cuando vociferó una interjección de rabia. Entre uno y otro parpadeo flameaban sus ojillos como brasas sopladas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS negruzcos. venganza y exterminio azotaban el pequeño cerebro del General Fico. Pero ai freí será ei reí. porque se quedaba horas y más horas meciéndose en la hamaca. adelantándose en acecho para oír mejor. Y regresó mascullando tacos y maldiciones al camino. y se quedó parado entre dos ceibas de alto y grueso tronco. —Ei diablo me yebe. golpeándolo sobre un costado de la silla. y dos orejas espantadizas. Torció a la izquierda y ganó la vereda que conducía a casa del vale Pedro. De súbito se irguió como por resorte. Machetero brutal y alevoso. su lozanía robusta y graciosa. que en la primera arrancada hacía traquetear el sable encabado. que la rodeaba. holgazán consuetudinario que vivía cobrando el barato de todo en toda la comarca. como las venas hinchadas de sangre. Cinco minutos hacía que andaba así. Aguzó el oído. echando pestes como si para eso y para hartarse solamente tuviera la boca: cuando no les llovía una granizada de puntapiés y garrotazos sin motivo alguno. sus 114 . Era el General Fico. hija del vale Pedro. Se apeó del caballo. le cuadraban la cara. y sus músculos se marcaban con brusquedad sobre la piel. Ideas salvajes de deseos. ei calabazo de agua en ei suelo y jasiendo un agujero en la tierra con el deo grande dei pié. que parecía que iba a estallar como la concha de una granada y a avivar el sonrosado de las mejillas. dulces como una sonrisa. y creció la ferocidad innata de su gesto.

al primer varón de Los Ranchos. Y ella también estaba esa noche más adornada que de costumbre: estrenaba un trajecito blanco con chambra y falda de arandelas. Qué poibení te quea co nese arrancao que no tiene conuco y anda de fieta en juego y de juego en fieta. que cobraba primicias así de las labranzas como de las muchachas casaderas!… ¡No. Pero urgía proceder de firme y rápidamente. —Bueno día le dé Dio –le dijo Rosa toda asustada. y aún recordaba que Rosa se puso como una amapola cuando Julián.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II ojos negros de miradas acariciadoras. del índice encorvado. Y para ganar tiempo resolvía ponerlo en conocimiento del vale Pedro. una mantilla rosada. acopio virgen de bellezas tentadoras… Y que un patiporsuelo que iba a las fiestas sin chaqueta le disputara la posesión de ese tesoro. jadeante. Llevaba su calabazo de agua pendiente. a él. ya se lo que e. al que hacía temblar a hombres y a mujeres y con su nombre se acallaba a los pequeñuelos traviesos… a él. y aquel cuerpo de ondas firmes. que disponía de todo. tranquilizándole de sus celos de Fico. —¡Binge santa! ¿qué dise uté. poique ésa no son cosa de donseya honeta. y un ramito de clavellinas matizadas en el pelo ¡Qué muchacha! Olía a gloria y era de chuparse los dedos. si esos tercos no entraban en razón. Porque no le cabía duda: las negativas empecatadas de Rosa provenían de que andaba en teje-menejes con ese perdido de Julián. Y como tengo que mirai poi tojutede. que de tan negro se tornasolaba. generai? A soidao… ¿Y poiqué? ¿Qué ha jecho ese bendito? Poi Dio… Déjelo quieto… —¡Y te atrebej a intereaite por ei alante mí. porque la cosa iba de largo: acababa de ver la señal de que hablaban en el monte. Poique yo sor claro: de dai un mai paso se da con quien deje: con hombre que sean batante pa yebai qué comé y qué betí. Un bagamundo que no tiene má sembrao que tre sepe plátano? Cuaiquiea te coje jata tirria. cosa de que espantara a Julián y vigilara a Rosa. cuando oyeron los pasos de éste. entonó unas décimas cuyo pie forzado era: “La mujei que te parió puede desir en beidá que tiene rosa en su casa sin tenei mata sembrá”. con el güiro en la mano. Agora memo iba a desíselo a tu taita. si o acaban eso. Había visto sus cuchicheos en la fiesta del domingo anterior. saliendo ella con pretexto de ir por agua al río. general si yo con ninguno… –tartamudeó Rosa. —No me digaj na que yo lo sé to. —Bueno día –le contestó Fico acentuando mucho las silabas. Al desembocar a un recodo de la vereda se encontró con aquella. en lo que él ideaba algo que le asegurara la posesión de la muchacha. Efectivamente había estado conversando en el monte con Julián. a quien tenía que meter en cintura haciéndole sentir todo el peso de su autoridad. Se le había adelantado. su pelo reluciente. y luego añadió: —¿Qué jeso? ¿Hay arguna laguna en ei monte. bor a jasei que recluten pa soidao a Julián. —Pero. y la turbó encontrarse con él toda sudorosa. no podía ser! Aquello acabaría mal. jue que… —Sí. temiendo que sospechara algo al verle los colores encandilados y el traje lleno de cadillo. que no ba ja bucai agua po la berea? —No. Mira: si diaquí a trej día no sé con seguridá 115 . por el agujero.

cantando al pasar por entre las añosas ramas. nada de escuelas. y al suave murmurar del Bajabonico. en los ganados relucientes y gordos que retozaban a distancia. ba pai pueblo. pudiera el dolor arrancarle lágrimas. El gorjeo de los ruiseñores se unía a los tiernos arrullos de la paloma. que qué mal le habían hecho ellos para que los tratara como a jíbaros… Pero no alcanzaba nada. Ei sábado. Y el infeliz Julián. camino e Pueito Plata. Opresión brutal. no había de ser suya? ¿Por qué andaban las cosas tan destartaladas en el mundo? ¿Por qué el Gobierno escogía para representar la autoridad a un truhán como el general Fico? ¿Acaso no había buenos hombres en los Ranchos? ¡Ah! pero los del campo son el ganado humano: les ponen un mayoral. El inmenso azul se teñía de franjas purpurinas que asomaban como cabellera hirsuta por la cima de los montes negruzcos que se veían al Oriente. o me aj dicho que si o buela éi co nala de cabuya. despertándolo todo. que se habían visto por casualidad. amante y laborioso. pegarles y sacarlos a bailar. sultanes de su harem y las vacas con la ubre repleta. muy de mañanita. recordándole al volverse su amenaza: ¿Soy o no autoridad?. para que arree la manada a votar por el candidato oficial. Nada de prédica. Solamente cuando pasó frente a casa de Rosa salió del atontamiento en que su repentina desgracia le tenía sumido. esmaltados de rocío. que el mayoral haga lo demás. ¿Cómo sería posible? Aquel trozo de alma. nada de policía. veía todo eso con los ojos húmedos. levantóse una brisita fresca y reposada. mate… con tal que el día de guerra o de elecciones traiga su gente. cantaban los gallos. ¿para qué te ha entregado el mando el Gobierno?… ¡No faltaba más: perderle así el respeto!…  El sábado siguiente. Y en cambio de eso. aquel pobre muchacho. ¿Perderla?… ¿y por qué? Por el capricho de un asno satiriaco (sic) y omnipotente. robe. o a tomar las armas y batirse sin saber por qué ni para qué. Mientras él ahogaba los sollozos de dolor y rabia. aquel mozo robusto como una ceiba. donde le meterían en el siniestro Cubo con los criminales más atroces. nada de caminos. se preguntaba él. Vamos. ni en los bohíos encaramados como cabras en lo alto de las colinas y picachos. guiado como un marrano a la Fortaleza de Puerto Plata. para luego salir a montar la guardia y quedar condenado a envejecer bajo un fusil. exaccione. aquella hermosura como flor silvestre que se iba derechamente a él para que la recibiera en sus brazos y la trasplantara a su corazón. mejor cuanto más malo. En aquella mañana tan hermosa comenzaban sus amarguras. Hor é lune. y le parecía imposible que a su edad y entre esas lomas. Garrote y fandango: corromperlos. e inclinándose a susurrar secretos a los inmensos pastos de yerba de guinea. de mirada enérgica y facciones agradables. que se inclinaban para oírla.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que lo haj dejao. Ni se fijaba en los sombríos verdes y olorosos. iba el pobre Julián entre cuatro cívicos. 116 . Fico al fin la dejó plantada en medio de la trilla. bordes del inmenso tazón de suelo fértil en que había vivido. la naturaleza saludaba la dicha de vivir con la alegría de sus cantos aurorales. bueno y fuerte. subían alegres de las rústicas cocinas densas columnas de humo como matinal incienso al Dios que hizo del amor el génesis y el impulso de la vida. La pobre Rosa de deshizo en lágrimas y ruegos: que no lo persiguiera. mujían tristemente llamando a sus becerros. Que estupre. atados los brazos a la espalda. mensajera del perfume de la selva. Y el hombre también comenzaba su labor: hendiendo las nieblas que se disipaban. Fico. y ella no podía ponerle mala cara a ese cristiano que se había criado junto con ella.

Arrebatado por su pasión vehemente. Satanás enamorado debe tener la hermosura siniestra y tenebrosa que la fiebre del amor creó en Fico. retirando con violencia la mano y haciendo un gesto de asco y de desprecio. La miseria y el dolor. A veces se iba al monte para escapar a las miradas de su anciano padre. quien los había señalado como objeto de su prevención y de su tirria. Así había excomulgado a muchos. Rosa y el vale Pedro comenzaron a notar aislamiento. sin auxilio. porque primero moriría que tener frutos que no fueran de bendición. Se pasaban los días sin que a su puerta se oyera el ¡Alabado sea Dios! o el ¡Dios sea en esta casa! de una visita. ora grave de máter dolorosa. y tomó tal impulso que derribó a los dos que lo sujetaban. con la delgadez semitransparente arrebolada de ideales. como círculo de fuego.  Pasó una semana más sin que Fico se dejara ver por los alrededores de la casa de Rosa. El se quedó mirándola con los brazos cruzados. Bien se le alcanzaba que todo era obra de Fico. en la pobre viejecita que estaría a estas horas hecha un río de lágrimas. Arrobábale su hermosura. sólo había pájaros y peces. que si estaba desesperada era por la idea de que ella fuese la causa de la desgracia de un prójimo: fuera de ahí nada. su brazo omnipotente. fuera del monstruo. torvos los ojos. hasta que salió al camino. por el que le ofrecía su poder omnímodo. Rosa decía a veces con una sonrisa de enfermo que se le estaba olvidando ya el contestar ¡por siempre! Sospechaba el manejo oculto. lo que la traía desasosegada e inquieta. Traía a la memoria las horas de dicha en que bajo los mismos árboles relamía a hurtadillas con 117 . Estaba sentenciada. No transcurrió mucho sin que se esparcieran rumores funestos en toda la comarca que riega el Bajabonico. Pero Rosa tranquilizaba a su padre achacándolo a lo afanados que andaban en todas las casas con la madurez de la cosecha. sin amparo. pero a los ocho días la esperó a la vera del río. tomó una de las manos de Rosa. y se arrodilló. y cuando ella asomó pálida y ojerosa. —Jesús –gritó Rosa–. no tardarían en rendirla. En cuanto a lo otro no. meciendo la cabeza sobre su cuello toruno. que resonaron en la soledad confundiéndose con el bullicio argentino de la corriente. suplicante a su vez. implorando un jirón de amor. Miró a todos lados buscando un salvador. ¿Eso era Gobierno?… ¿Si un toro furioso le embestía en el camino. espantando a los atemorizados vecinos. no se defendería? ¿Y qué toro se igualaba al general Fico?… Luego pensó en su madre. No sabía nada de Julián. quizá maltratada por ese mala casta… Estiró los brazos como para quebrar las cuerdas. no insistiera. Entonces echó a correr por el repecho de la hoya. Él la contemplaba extasiado. desde el mar hasta La Cumbre. pero allí. llevándole luego bien seguro y casi a rastras hasta la población. y estampó en ella besos de fuego. vacío en torno de ellos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Todo eso le trasteaba confusamente la cabeza a Julián: creía tener derecho a rebelarse contra tamaña iniquidad. pero los otros lo dejaron sin sentido a culatazos. Y ella volvió a deshacerse en ruegos y protestas: que sacara a Julián de soldado porque no había nada entre los dos. y allí daba rienda suelta a su llanto. como que tenía fuertes asideros en la carne. pintado su dolor en el semblante. le preguntó que cuál era su resolución. su voluntad que dominaba las otras desde Tiburcio hasta Las Hojas Anchas. que ninguna clase de solidaridad querrían con los amenazados por el tiranuelo.

pero su pobre taita.  Una tarde. y rodeado de sus cuatro hombres. y quiso averiguar la causa: ella estuvo tentada a confesárselo todo. y la llevó tras una mata de bambú muy ahijada. pero no vive: las piedras crecen también. No esperó mucho. es durísimo trance. como enorme mazo de plumas gigantescas. buscando una salida para todos! Pero no había otro remedio: para salvar a los demás precisaba que ella quedara en prenda. la encontró siña Nicolasa. ella bajeada y perseguida por el enemigo de su recato. padre y madre al mismo tiempo: casi ni la había dejado ocasión de notar la falta de la que la echó al mundo. Su plan era reclutar para soldado al vale Pedro. y quién sabe si su rectitud en materia de honra pudiera llevarlo hasta a un combate en que de seguro moriría… y quiso economizarle esos dolores: sonrió forzadamente y dijo que estaba indispuesta… poca cosa… ¡Qué noche! ¡Cuánto ir y venir con la imaginación. Y no daba espera la maldad del general Fico.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS la vista la varonil hermosura de su novio. al regresar del cercano monte. pero previó la amargura del buen viejo. Rosa. de los goces materiales. hasta dejarlos en la inopia y los tres bribones se encargarían de vender a medias en otra parte lo robado. Desprenderse de la riqueza. qué sacrificio era necesario! Entregar su virginidad como flor a un verraco. aunque no le sorprendió la noticia. con ternuras y delicadezas femeniles. que venían a llevarse al vale Pedro. y la horrible transacción quedó consumada. Ella estaría a media noche en la puerta tranquera. arrancarlo después que sus raíces profundizaron en el corazón. sonó una interjección seguida 118 . había sido para ella. mañana un caballo. que ya consideraba como cosa hecha. es la muerte del alma: sigue existiendo el cuerpo. A la mañana siguiente iba a empezar la ejecución de sus planes tenebrosos. Oíase el segundo canto de los gallos cuando Rosa se deslizó como una sombra y se detuvo en la tranquera. Esa noche el vale Pedro notó la aflicción de su hija. desde el mes de nacida. y renunciar a la realidad de sus sueños. hoy una vaca. Coló el café y salió luego con dos calabazos. le debía una consagración idólatra. se le iba a morir en el servicio. que tal vez a cuáles extremos la conduciría. después otra bestia… así irían llevándoselo todo. Le debía más que la vida. y él perdonaba al vale Pedro. y cuando Rosa quedara sola. donde se recostó casi desvanecida. pues ya lo venía temiendo. Y ahora que estaba en sus manos el salvarlo. Allí le contó que había sabido lo que el general Fico quería contra ellos. pues lo oyó hablando a la vera del camino con tres de sus hombres. pero cuando se disponía a saltar las varas. ya su resolución era firme: se sacrificaba entregándose a aquel hombre implacable que le causaba horror. pero deshacerse de un ideal. mientras el viejo se pudriera haciendo guardias. ¿no lo haría? ¡Pero. Otra sombra avanzó entonces y empezó a hablarle en voz baja. a la vida de amor idílico con Julián. mientras ella recogía leña en el monte. los brazos de sus maldades. Desde lejos lo vio venir cabalgando en su rucio. Le llamó aparte. más que por buscar agua para aguardar a Fico en el camino y tratar accediendo a sus infamias. viejecito que ya miraba al suelo. y con misteriosos ademanes le indicó que quería hablarle de algo reservado. se aterró: Julián era mozo y podía esperar a que las cosas cambiaran. Cuando asomaron los claros del día. acabar poco a poco con cuanto tenían. que cualquiera la dá. y ahora se encontraba sola: el quién sabe cómo. Encenegarse con aquella fiera.

tentado de matarla. de diecinueve años. todavía sus dientes no habían sido ennegrecidos por el cachimbo y su cuerpo tenía toda la belleza de una fruta sana madurada en la mata. negra. y al cabo de un mes nadie se acordaba de él sino para bendecir al que libró la comarca de tan perniciosa alimaña. le imputaba. quedó la madre de Julián. La más joven. los menos trajeron sus mujeres para que hicieran la comida en el bohío. aguardando a que su hijo viniera una noche a buscarla. para salir goteando sangre al caer el cuerpo de este bandido. RAMÓN MARRERO ARISTY (N. agua de cielo y sol. se levantaba un viejo higo retorcido. La otra era de color amarillento. cuando reconoció en las tinieblas a Fico que entraba en la vereda. otros echando el grano en el hoyo. al Este. resuelto a saberlo todo. tendiendo la vista hacia el lugar de las siembras. Ese día se estaba sembrando maíz en las tumbas nuevas que se abrieron en el terreno de las múcaras. defendiéndose de las acusaciones que su amante. con un sombrerito de hojas en lo alto. otros con muchachos que ya podían tomar parte en el trabajo. Se había escapado de la Fortaleza. respondía al nombre de Tatica. Rosa. luchando entre los celos y el temor de alguna nueva infamia y. refugio inviolable. se alcanzaban a ver los hombres como muñequillos bajo el sol. Una era vieja. Lo siguió andando por el monte sin perderlo de vista. y tenía bastante belleza. Desde el rancho de palos parados. y cargando con cuanto les fue posible. M.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II del relampagueo de un cuchillo que se hundió en las entrañas del general Fico. etc. Unos vinieron solos. delgada. no había conocido más que agua del arroyo. 119 . Las mujeres eran tres. En la cabeza tenía el inseparable pañuelo de madrás que le ocultaba las canas. En La Palma. Negro pelo se le enroscaba en dos moños a ambos lados de la cabeza. se encaminaron hacia los cortes de Jamao. y cuando el vale Pedro salió a las voces. salía un tenue humillo de la candela que tenían para conservar brasas y encender los cachimbos. En el centro del batatal que había de por medio. echando cinco y seis granos de maíz en los hoyos y luego tapándolos con lo pies. refirióle lo acontecido. De un lado de la tumba. se apostó en acecho cuando Fico se detuvo frente a la tranquera del vale Pedro. es autor de un volumen de cuentos: Balsié (1938) y de la novela Over (1939). *R. y en la boca el cachimbo. tuvo que convenir en que era necesario escapar esa misma noche. Su cuerpo era lleno y fuerte. hasta el Gobierno abandonó su causa cuando dio las espaldas a este mundo. al borde del monte. por encima de batatales y guandules pequeños. una mulatita fresca. con algunos dientes menos. Ha sido Diputado al Congreso Nacional y Secretario de Estado de Trabajo. Recogieron algunas bestias. unos inclinados sobre la azada. cuidando la propiedad del vale Pedro mientras la vendían. y la piel de su cara harto áspera. y venía a ver a Rosa para ocultarse en cuanto amaneciera. saldo de cuentas de los que tienen alguna que arreglar con la justicia. 1913)* Mujeres Había junta en “El Arroyo”. gigantesco. A. y estaban en la cocina del bohío. Varios hombres del lugar estaban en la siembra. El matador era Julián. En cuanto al general Fico. negro y musculoso.

tá con hombre asina e una verdadera calamidá. pero me pasó una cosa que me comprometió má… —¿Noj quiere decí que te forzó? –terció la de rostro amarillento– ¡ay. —¿Pero cómo se hace una? –preguntó resignada. —Cuando yo vivía con Julián. y como no vide a naiden me fuí por la barranquita del lao allá y me pasé al bañadero e la mujere. Me quité el camisón y una enagua. por Dió! Toa nosotra semo maj vieja que tú… —Yo no he querío decí eso. por tá de pendeja. Las mujeres estaban. Si tú viera pensao bien. sobre la parte más delicada de su pasado: aquella que se refería a los amores. Yo me metí con’él porque cuando a una le dentra la gana e tené macho. arreglando las brasas y volteando los que estaban allí asándose. cuándo diba yo a creé que naide me tuviera mirando. porque a mi pai tó se le diba en alabá lo trabajador que era y qué sé yó y qué sé cuando. Lo que a mí me pasó fue má grande. qué podría sé… –exigió la vieja. –decía la de tez amarillenta–.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS En una barbacoa había un caldero grande. sin acordáse ni an siquiera de comprale un vetío. me llevé d’él y me juí… ¡Jesús! Cuando yo veo muchachitaj como eta que se meten en hombre sin calculá… Dijo esto dirigiéndose a la más joven. yo había llegao con mucho calor. murmuró: —Pa laj cosa no hay má que pedile suerte a Dió y confiá e n’El… —¿A Dió? –volvió a decir la más vieja–. hoy pudiera contá algo. tapado. ni con nadie. La llamada Tatica comenzó a relatar. raspando los que ya lo estaban. que ni an amore teniaj con Julito cuando te fuite co n’él. y con la otra me metí e n’e l’agua… Yo taba lo má quitá de bulla bañándome porque como por’ahí no andaban hombre. pero yo nunca había pensao en meteme en ná co n’el. —No me vengaj con n’eso. Como sólo tenía unos diez años y era de carácter muy apacible. se vuelve loca… —La falta de iperencia. y yo fuí a bucá un calabazo a l’arroyo. Me puse en el caño e llená. si cuando yo me fui con el difunto Maleno hubiera sabío cómo eran las cosa. Ya vé tú lo que hicite. —Vamo a vé. Dígame que él dende que una miraba a otro. y como toavía el sol picaba. —Yo no tenía amore. ya se creía que se la diba a pegá… No jija. lo único que gané fueron golpe. antonce. mientras que dipué que se mete co n’un fuñío. y creyéndose obligada a decir algo. dipué 120 . —Dende hacía tiempo Julito andaba tirándome puya. ese señor que é dueño de medio mundo e tierra. no le queda má que aguantá. En mi casa no lo veían con malo s’ojo. Tatica. las mujeres no se cuidaban de hablar en mi presencia. ¡ay jija! porque ese hombre na má sabía echale trozo a la mujer como si fuera una puerca. Y yo creo que a toa la mujer de vergüenza que le pase tiene que hacé lo mimo. pa llená la tinaja. despidiendo vapor por los hoyitos de una lata que le servía de tapa. La aludida. por loj lao del baoruco. y asina llena e confianza. Yo metía un cuchillo viejo en la candela tratando de mover una batata que pretendía asar. Lo que hay é aguantáse y no echase a perdé nuevecininga. Cuando un día se acabó e l’agua e bebé en la casa a eso de media tarde. –dijo la más vieja de todas–. que era la encargada de raspar los plátanos. De ahí que charlaran como si estuvieran solas. lleno de locrio de gallina con auyama. Relojié pa toa parte. y otra. se arregló la falda que le estaba dejando al descubierto los muslos. Supónganse utede que a mí me querían llevá pal pueblo a la casa e don Luí. y dipué de tó tá arreglao. Una muchacha buena moza siempre jalla un hombre que la pueda poné en condición. otra en cuclillas. a eta s’hora pudiera viví mejor. pero Dió dice: “ayúdate que yo te ayudaré”. é verdá. una sentada en el pilón pelando plátanos.

o que le habían mentao su mai. casi pegao de mí. y me largué en la chorrera. y de un momento me puse a quitámela… —”¡Ay. ahora vino a acercáseme. Parecía que se le habían prendío la j’abipa. al vé que yo me tiré como una loca y casi me tuve al matá. En’el l’agua me había pueto toa la ropa mojá.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II de refrecame bien. Me jinqué de epalda pa la chorrera. no fuera cosa que me viera alguno que viniera de l’otro lao. Dió mío! Yo ni an sé cómo no me decalabré toa. Yo salí má epantá que el Diache y a toa carrera l’eché mano a mi calabazo y me lo puse a la cabeza. Dió mío! Me dentraron gana e gritá. y me quité la enagua mojá. y prencipió a vociame: —”¡Pero bueno Tatica!: ¿tú ere loca? “¡Pero bueno. de salí corriendo… ¡de tó! Y lo que atiné fue a echame la ropa embollá en laj pierna y a cojeme lo pecho con la mano. quítate de ahí. Tatica!… ¡ofrécome!… Yo no creía que tú era loca… —”¡Quítate de ahí! –le vociaba yo–. —¡Julio el Diache! –le dije–. pero con casi to el cuerpo afuera. ¡vete de ahí. Y él. Julio: lo que yo quiero e que te vaya. de atrá e la piedra esa que tá e n’el sitio adonde uno se quita la ropa. “¡Señore! Utede han de creé que e n’ese momento tuve al cojele pena… ¡Qué se yo!… Y entonce le dije: —”Mira. parao en l’orilla. señore. y casi echando chipa por lo s’ojo. diciéndome: —”¡Pero bueno. señore!. pa que no me viera má de la cuenta. y por má que quería apretá el paso. —El condenao. que al prencipio taba demigajao de la risa. “Al fin se quitó. porque se lo voy a decí a mi pai… “¡J’Ave María! Yo no sé qué fué lo que le dentró. blanquito del suto. y si no voy a dejá el condenao calabazo botao y entonce cuando me pregunten tú verá lo que voy a decí… —”¡Pero Tatica. malvao! “¡Jesú! Yo taba casi fuera e mi juicio. muchacha!: ¿te ha dentrao lo malo? “Y yo le vociaba: —”¡Tú eré un abusador. condenao! “Y él me repondió: —”¡Qué voy yo a dí! Jata que no me prometa dite conmigo. ¡por Dió! Y si tú no te vá. él diba ahí mimo. E n’eso me fijé que tenía e n’el pecho una cuanta s’hoja. azorá como un animal cimarrón. Me dió un sangulutión po r’un brazo que el calabazo fué a caé por casa e la porra debaratao en pedazo. me gritó: 121 . pará en la corriente. que vergüenzas. E l’hombre que se había mantenío alejao. —¿Y qué hizo Julio? –preguntó la más vieja con gran ansiedad. muchacha? ¡Si yo…! ¡bueno… ! ¡yo no sé que…! —”¡Quítate de ahí! –volvía yo a gritá casi llorando. Tatica! Ya te vide –me djo “¡Ay. yo taba encuerita en pelota e n’ese momento. por Dió!… ¡Tatica!… ”Y se le atrabancaba lo que me quería decí. salí p’afuera. Porque me dentró una cosa que parecía como el prencipio de un insulto. cuando de ahí mismo en frente. embollá en la ropa. diciéndome: —¡Tatica. por Dió! –volvía él a decí– ¿qué te ha dentrao. va j’a vé lo que te vá a pasá. apariao. Yo prencipié a subí la barranca. se paró Julio… —”¡Anja. y entonce taba entripaita. no me meneo d’ete sitio. “¡Ay. con toa la ropa pegá del cuerpo y e l’agua a la rodilla. se asutó.

escupiendo. ¡mofia! ¡Si tú te cré que tú pai come gente tá equivocá.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —”Mira. porque no podía darme cuenta de lo que tenía. ¡Y bien dicho!… “Y enseguida me cerró a pecozone… —¡Critiana! –interrumpió la de la piel amarillenta–. carajo!… “¡Ay señore! Consideren que yo me taba muriendo del miedo y de yo no sé qué. negra y sucia de ceniza. decalentale la sangre a u n’hombre? —Sí señóo… –afirmó la otra. que yo taba como loca dipué que él me había vito ejnúa. en vé de otra cosa. se paró. me volvió a decí: —”¡Cállese. llorando– ¡por Dió! que si viene gente se vá a dá cuenta… —”Cállese. sin hablá una palabra. jipiando del llanto. 122 . tá bien! “Señore: me echó por delante. y la más vieja comentó… —Bueno… dipué de tó… cuando un hombre le ha vito a uno laj parte… —Juu… –sopló la otra por la nariz. durante un momento. y jalándome po r’un brazo. —¡Yo sí creo! –afirmó la otra. mojiganga. ya utede conocen el reto: ¡jata el día de hoy!… —¡Pero esa te la ganate tú! –dijo la vieja. a la vez. lo único que me se ocurría pensá era que él tenía razón… ¡Utede han de cré!… —”¡Ay. ¿pero cómo se te pudo ocurrí. “Yo le quería obedecé. Al fin la razón pudo más que todo. Ambas se ocuparon. Julio: ¿qué vaj tú a cometé?… ¿Me va j’a matá?… “Ya me había dao como dié pecozone. de remover los plátanos en las brasas. entonces me taba dando pecozone. le he dicho! ¡Ahora mismo se va uté conmigo! ¡Camine po r’ahí. Julio! –principié a decile. y lo único que pude fué decile: “¡Tá bien. —¡Cómo va a sé. Permanecieron un momento en silencio. Envolví mi manjar en una hoja de plátano. ¿qué pasó? –preguntó la vieja.: —¡Jesú!… Verdá que aonde na má hay mujere… Ya mi batata estaba asada. si dipué que un hombre la ha vito a una encuera ya se pué decí que la gobierna… digan su verdá… Esa frase desconcertó a las otras mujeres. señore! –volvió a decir Tatica–. —¡Jesúu! Yo me taba volviendo loca. —Ahí vienen… –dijo Tatica muy apurada. Primero me había vito encuera. Las mujeres entraron súbitamente en gran actividad. y eso fué tó. pero no me podía aguantar y le volvía a decí: —”Por Dió. ya en pie–: si hemo perdío toa la mañana hablando zanganá… A lo que respondió la otra. Julio. carajo. animalá. Pero casi loco de rabia. —Animalá. En ese momento se oyeron las voces de los hombres que venían del conuco. porque yo me le atrabanco a cualquiera e n’el gañote!… y ahora se lo va já decí. y me fuí detrás del bohío a comer. carajo! –me gritaba él. —Y dipué que te cayó a pecozone. –continuó Tatica–. como quien sabe que ha perdido una discusión y titubea antes de declararse vencido. Julio! ¡Ay. —¡Señore! –exclamó la más vieja. poniendo en una yagua nueva los plátanos que había raspado Tatica. y al yo decí asina.

SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II No se movía una hoja. huyéndose al sol. Al pasar frente a una casa de acera alta le hicieron un disparo. exhalando un grito. espumajeando. Una vieja que salía de su casa. El fugitivo El hombre dio media vuelta. Las espuelas volvieron a herirlo. veinte. caballo y jinete volaban por el camino real como una exhalación. Volaba el caballo. quiso titubear. El hombre sintió deseos de caer del otro lado. cogió la bajada resbalando. con la boca abierta. Se revolcó el mulo. media hora. Dos se estrellaron de espaldas sobre las piedras sueltas. se llevó la mano derecha al sobaco izquierdo y. Allí terminaban los alambres y comenzaba el monte sin cercas. Se desgranaron como una mano de plátanos que cae de lo alto. De no ir el jinete ensordecido por el viento y por la fiebre de escapar. Fue un segundo nada más. Pero antes de un minuto. Se disparó al cauce y se envolvió en millones de gotas que se elevaron como un surtidor. En la otra le humeaba el revólver pavón blanco con que acababa de matar. Por un momento pareció que el caballo iba a resbalar y caerse. El animal quedó ciego y tropezó. Mujió una vaca bajo la guázuma. Entonces el animal. Al otro se le encabritó el caballo mientras luchaba por dominarlo con una mano. La roja tierra del camino que había mojado la llovizna de la noche anterior. el hombre echó el cuerpo a un lado y tiró de la brida izquierda. impelida por las patas del caballo. El caballo no aminoró la velocidad. desapareció humeando. El jinete se le acostó en el pescuezo. Y sin perder un segundo que le hubiera sido fatal le hundió las espuelas en los ijares al bruto que saltó sobre un pelotón de cinco individuos armados de carabinas que pretendieron cerrarle el paso. Apareció a la vista la ceja de monte que cubría la ribera del río. por el ancho camino que iba entre dos alambradas que cercaban potreros y conucos. El jinete no volvió la cara. Allí. pero un segundo que casi fue fatal. El cuarto se enredó en las patas del animal y quedó pisoteado e inservible. Pasaron otros diez minutos de vértigo. ante el agua. hubiera oído su resuello precipitado y recio. Rugieron veinte voces que se ahogaron en los tiros: 123 . Había perdido el control y corría a precipitarse. sentándose en las cañas traseras. Bajaba la cuesta el tiroteo. Clavó otra vez las espuelas en los ijares del animal. que el caballo pechó de frente. atolondrado. Enloqueció. El hombre pensaba que no había otro remedio que huir y llegar al paso del río. El quinto. el vientre y las manos. Un cañón que había salido por una ventana. Parecía que se había estirado. Comenzó a oírse un tiroteo que venía por la otra calle. Al llegar a la primera esquina. que se iba a romper. Un tercero. Así corrió diez minutos. cayó con medio cuerpo dentro del cuartel. desorientado. quiso volverse para defender la cara y rodó violentamente raspándose el rostro. siempre detrás. fue encontrada por el animal y se estrelló contra el pedregal que hacía de acera en su bohío. El caballo se tendió a galope por la estrecha calle bordeada de bohíos cobijados de cana. Las gallinas venían del conuco acezando. Los tiros venían detrás. Este recobró más velocidad. El jinete tentó las bridas. Silbó una manjuilita que venía en largo y cansado vuelo y se metió en las ramas del gran jobobán. El rojo camino hacía un recodo a la izquierda y comenzaba a bajar. De cinco o seis resbalones cayó en el cascajal. Tronó el fondo del río. con las manos vacías no atinaba a coger la carabina que se le cayó al recibir el violento choque. se elevaba a sus espaldas.

Nuevo acopio de bríos del animal. —¡Párate ahí. ¡Espuelas! El caballo no podía dar más. Se abrazaba más al pescuezo del animal. —¡Por ahí va! —¡Por ahí va! Sonó otra descarga. Siempre aferrado a las bridas se fue hacia la derecha con el caballo en dos patas. Lo hizo evolucionar para que pusiera las ancas hacia el camino y se le metió detrás del pecho cuyos músculos temblaban bañados en sudor. en la misma barbada. Saltó el animal a la barranca que se elevaba ahí mismo. Veinte tiros más se enterraron en el barro.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Párate ahí! —¡Párate ahí! El hombre volvió la cara. El animal se sintió asesinado otra vez por las espuelas y casi pegó el hocico en tierra cuando se tendió a lo largo de la cuesta. Apuñaleó al animal con las espuelas. Casi estallaron los músculos del animal. Cada vez dominaba mejor al animal. El tirón inesperado. El caballo ya comenzaba a asentar las patas delanteras en tierra. —¡Vienen ahí! Espuelas. ¡Tiros detrás! —¡Vienen ahí! Espuelas. Una descarga más. Veinte balas rompieron el monte. Dos espolazos más. lo hizo saltar de flanco. Llegaban los perseguidores. Ahí venían los tiros. —¡Vienen ahí! –le dijo al caballo– ¡Vienen ahí! Otro recodo. carajo! 124 . —¡Sitó! ¡Quieto! El caballo se encabritaba. Se precipitaba el tropel. Su propio resuello le ahogaba. El caballo estaba loco. obedeciendo a la voz. Un nuevo recodo a la derecha. tembloroso. Ahí venía el tropel. —¡Párate ahí. parado como un canguro en las cañas de atrás. El hombre lo sujetaba con la mano izquierda. El trueno de los perseguidores cruzaba el río. Aparecerían en la curva y comenzarían a cazarlo. El hombre se lanzó a tierra. El bruto rompió el agua que se volvió a levantar en furioso surtidor. La lucha entre la bestia y el hombre seguía. El caballo estaba loco. Veinte tiros se zambulleron a sus lados. castañeando los dientes primero y luego lanzando una maldición. y en la derecha sostenía el revólver. Se encabritó. —¡Quieto que ahí vienen! Se tiró a los matojos en lucha con el animal. carajo! —¡Párate ahí! Dentro de un minuto sería blanco de sus perseguidores. Entonces el hombre rugió: —¡Carajo! ¡Ahora verán! Y tiró frenéticamente de las riendas. —¡Hay que cojelo! —¡Hay que cojelo! —¡Párate ahí! —¡Párate ahí! ¡Otra descarga! El fugitivo apretaba los dientes. detrás. Decía resollando: —¡Sitó! ¡Quieto! ¡Me quedan cinco tiros! Tenía el brazo y el hombro bañado de la espuma y el sudor del animal.

tenía la confianza del Gobierno. Se perdió la tropa en un recodo. solía tirotear tres pueblos distantes y sin embargo. en el Sur y con seguridad en la parte del Este. Dijo que sí y dijo que no. la táctica de los jarretes. Le prometían dinero. le iba a amanecer al Jovero. cuentos. Venía de la Capital y era portavoz de la Junta Revolucionaria recién establecida.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —¡Párate ahí! Otra descarga. adoptó militarmente una táctica propia. 1893)* Una campaña del General Pelota En aquella ocasión era el General José Pelota. Se fue apagando la gritería y a poco no se oyó más. A fuerza de curtido en estas ocurrencias. Con la cabeza le golpeó el codo. ensayos biográficos. corta o larga. pero por fin. el José Pelota rústico. Con los días. Le bañó el pecho de espuma y sudor. Desde joven. 125 . Siguieron los tiros. Siempre a pie. el General José Pelota. medio oculto en los matojos. Una primanoche. y después de muchas *M. Historia de Monte Plata. a favor de la oscuridad del pueblo. el General había tomado parte en todas las asonadas que se provocaron en el Este o repercutieron en él y cuando fue jefe. se hizo un personaje guerrero de proporciones nacionales. pertrechos y las copias de los manifiestos al país que se estaban escribiendo. Que él era el hombre que garantizaba los intereses y la propiedad. Jefe Comunal de La Matraca. Y era prodigiosa su movilidad. cuentos y novelas cortas (1941). Gritos. el General recibió un mensajero. Veinte caballos desbocados. carabinas. Ya en campaña. Pasaron frente a los matojos como una exhalación. Se le requería para que se sumara al movimiento que en breve se precipitaría en el Cibao. Galope desenfrenado. Otra descarga más. y manadas de reses que le pastoreaban sus compadres los pedáneos. El hombre esperaba detrás del caballo. Humo. Cachón. seguido por los más que podía arrastrar. carajo! —¡Por ahí va! Una nube de humo. A. cuando le anochecía en Guaza. Era un todo estertor. fusil al brazo. que por llevar algunos meses en el poder se estaba haciendo irresistible. Resoplaba: —¡Quieto! ¡Cinco tiros! ¡Cinco hombres! Ahí estaban. Voces: —¡Por ahí va. novela. estudio histórico (1943). y el examen sociológico: Caleidoscopio de Haití (1953). en una noche. y Escenas Criollas. MIGUEL ÁNGEL MONCLÚS (N. ha publicado: Cosas Criollas (1929). —¡Cinco tiros! Pero el caballo tiró de la brida. le salía el sol sobre el pico de una loma en el corazón de la Cordillera. Se pulió en el hablar y consiguió propiedades que eran plantíos que hacía cultivar a los presos y a los dragones. El Caudillismo en la República Dominicana. Jefe Comunal de La Matraca. En aquella ocasión. Se impuso en su lugar como batuta y su nombre era citado con frecuencia en los corrillos politiqueros de la Capital. M. El General trató la cosa con la marrulla consiguiente. se convirtió en ente de mucha prosopopeya.

Mándeme de viaje el despacho de Jefe de Operaciones y las carabinas y los pertrechos. 126 . Desde luego. apagó el tabaco que llevaba encendido y llamó al Ayudante: —Présteme sus fósforos. se colocó el auditivo con desconfianza. El Ayudante le informó. que decían. —¿Qué hay? ¿Cómo estamos?… ¡Anjá! Mire… y aquí ni propagandas. campesino. —Pues haga las pesquizas y si lo encuentra. Rayó un palillo que se apagó. Aquí no hay más que un hombre peligroso. ¡que yo soy el horcón de La Matraca y la garantía y el respeto de la propiedad! El compadre aprobaba moviendo la cabeza. buen padre de familia. de Los Cerritos. No transcurrió mucho rato. Entonces ordenó: —Vaya. bueno. sacó al General de la hamaca en que estaba. con actividad a ver si logra en la plaza al forastero. muchas gracias. rayó al paso otro y comenzó a hablar con amplio ademán. Gobernador. que había entrado al pueblo un forastero… —Eso puede ser. convino en que si no había papeles por medio él entraba. un cuarto y hablando siempre. siempre está cabeciando y es muy enemigo de la situación… Pierda el cuidado. y descuídense de aquí. Fue a la oficina y frente al teléfono. pero mándeme en seguida los cuartos para las raciones y que sean muchitos. —………… —Ah!. condúzcalo a la Comandancia. sí. compadre –agregó– estoy yo para hacer respetar los derechos y la propiedad. Al día siguiente. el telefonista apresurado. que le habían informado. si además de lo que le prometían lo nombraban Jefe de Operaciones. pero asegúrelo bien o disponga de él allá. y ya en la calle. Era un compadre suyo. Pero con la idea de hacerle ganar tiempo al mensajero. haciendo salir antes al empleado de la habitación. tocó el pito repetidas veces en señal de alarma. y se apagó también. hasta que agotó la caja de fósforos. que hasta aspira mi puesto y siempre me va a la contraria. cuando se le presentó el Ayudante de Plaza. que eso aquí está escaso. Sí. —………… —Juan Labraza. pierda el cuidado. —¿Dice usted. En esa inteligencia se fue el mensajero. o bien se apagaban de inmediato o se consumían en idas y vueltas al tabaco. compadre –replicó el General con aplomo. Pero la República sabe –y aquí alteró la voz– y lo saben en la Capital.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS vueltas. ese Juan Labraza. vaya. El General volvió a mirar con desconfianza al aparato. Por aquí no habrá quien se menee. a disgusto con el cargo que sin paga alguna lo obligaba a permanecer en el pueblo. voy a acuartelar las gentes. La paz reina en el país y si tiene sus pasaportes en regla. compadre. con el aviso de que el Gobernador lo llamaba al aparato. como muchas veces se lo he dicho a usted. bueno. agricultor acomodado. puede cruzar por donde quiera. Ayudante. pero dicen que ha dentrao. Se despidieron. que ha entrado un forastero? —Mis ojos no le han caído arriba. Ayudante. Aquí. ese de Los Cerritos es el único peligroso. se lo voy a remitir amarrado como un andullo. fueron inútiles las diligencias del Ayudante. Encendió un tercero. porque es muy peligroso. Dígale al Gobierno que yo aquí me hago ceniza.

bohío que le había costado treinta pesos al General y que cedió al Gobierno a cambio de cuarenta caballerías de los terrenos del Estado. p’arriba se tá peliando. —Pero bueno. A poco la tranquilidad habitual de La Matraca se transformó en un hervidero humano. El General era buen diente. jarreteando o no. cuando sonaron en la puerta del patio. Dióles con energía la orden de acuartelarse y mandó a buscar su machete de cabo. desplazando metódicamente los trozos de la orilla para acometer por último a la carne. manejó las cosas de modo que se había quedado con el puesto.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Acudieron presurosos el Ayudante. —Yo me vuá dí con tiempo. Que eso de seguro era la obra de tres o cuatro vagabundos y que el General Tal les daría cuatro patadas. el General se aplicaba a un plato enladrillado de trozos de plátano que coronaba como trofeo una prominente pieza de carne. el General arengó a la tropa. Cuando vino a anochecer. Y como rigurosa consigna. los policías y algunos vecinos. Le dijo que el Gobernador le había comunicado que había un “meneo” contra el Gobierno. Campesinos con fundas y fusiles casi llenaban la barraca que tenía por sede la Comandancia de Armas. El patio de ambos era un platanal que colindaba con el bosque que rodeaba el pueblo. lo iba a hacer nombrar Jefe Comunal de La Matraca. Los golpes se sucedían insistentes. A la luz de un mechero de gas. que contara con eso y no se apurara pensando en sus intereses. nada bueno ni nuevo. Que a él lo habían nombrado Jefe de Operaciones y que. En las esquinas se formaban corrillos. La vivienda del General no estaba lejos del cuartel. y el General Pelota. que no respondieran sino vivas al General José Pelota. unos golpecitos discretos. —Y el forastero que dentró anoche… —Ese de seguro que venía de casa de Juan Labraza… —Como eso sí que es así. hombre. —Sí. El era el horcón de La Matraca. El General detuvo la labor y paró la oreja. Una nueva revolución: ¿qué traía? Para La Matraca de seguro nada. Comía despacio. pero desde ayer se ve que la cosa está mala. les dio. Un poco tarde de aquella misma noche. El Cura y el Presidente del Ayuntamiento. Muchas veces había usado el General ese escape al sentir movimiento sospechoso en el poblado. —Eta va a sei goida. De una a otro se oía la voz cuando se levantaba. junto a la mesa adosada a un seto. iban y venían azorados y el único pulpero del pueblo. respondería de los intereses y de la propiedad. cerrada. En eso estaba. otras habían acontecido. ¿y qué es lo que pasa? —Yo no sé. —Y jata yo… Y así por dondequiera. el grupo acuartelado se había engrosado considerablemente. contando con ellos. —¿Quién vá? 127 . atrancaba presuroso las puertas de la tienda. si seña Justa me dijo que uyó que poi el alambre decían: p’arriba se tá peliando. con las onzas recibidas para racionar la tropa y con varias mancornas de becerros de las contribuciones impuestas para mantener el cantón. Llamó luego aparte al Ayudante y confidencialmente le dijo que como él iría pronto de jefe grande a otro lugar.

aquí no hay nadie. yo tengo mucha flusión y el frío de los plátanos me hace malo. —Que te vió el hombre decía… 128 . primo José. —¿Tú andas solo? —Sí señó. Juan Labraza avanzó algunos pasos hacia el interior. —Entra. —Es que el negocio de que quiero hablarle… —No tengas cuidado. —Ven a cenar. —Siéntate. por todo esto no zumba una mosca. —Pero. Juan… —¿Juan? —Sí. —¿No anda nadie contigo? —No señó. —Pero. no atino… —Soy yo. Juan. primo José –dijo el aludido sin entrar. primo José. primo José. primo José. tú mismo. entra. Juan. primo José. Juan. —Asina mismo. Juan. primo José? —No. guardándose de la claridad. primo José. Juan? —Sí señó… —¿Y qué te pasa. —Está bajita. ¡abre la puerta del patio! Un muchachón surgió de un rincón de la penumbra y abrió la puerta. Juan. —No atino. hacía tiempo que no te veía. el bohío está solo. —Po antonce baje la lú. —Pero asíllate.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Yo. el General se retiró a un extremo de la habitación y llamó alto: —Jacobo. muchacho? —Que quiero verlo. —Que le aproveche. —No. siéntate. —Muchacho. El General avanzó como al descuido un paso hacia la puerta del patio que estaba semi–abierta a la espalda de Labraza. ¿y qué Juan? —Juan Labraza. Precisamente y husmeando. —¿Eres tú. —Juan ¿quieres pasar? —Sería mejor que conversáramos afuera. ¿ahí no hay gente. —Pué antonce. ven. Hubo una pausa embarazosa. Juan. primo José. pasaré… En puntillas. —¿Quién es yo? —Yo. primo José. ando de pronto y solamente viene… —Ve diciendo. Se paró cautelosamente y se arrimó a la puerta cuya aldaba presionó con ambas manos y así siguió el diálogo. —A decirle que el hombre me vido.

Yo José Pelota. y la memoria se me está poniendo mala con tanta broma que dan las autoridades y el mando y los robos y los vagos. sus parientes y parciales. iba la voz del General. Juan? Mientras hablaba. El General rápidamente apuntaló la puerta con las espaldas. pero reiteró con urgencia el pedido de parque. pero por suerte con pocas cápsulas. José Pelota. primo José. Pero. Ese que vino de la Ciudá. poco militar y confiado. y el fijo y tantas cosas que día a día son más. Labraza quiso teminar: —Bueno. El General con el machete en la mano. No tengo tiempo. —………… 129 . En eso estaba cuando volvieron a llamarlo por teléfono. —¡Ayudante!. Había pasado que el preso se fugó en complicidad con la guardia. ya el General tenía en empuñado el canto libre de la puerta. primo José. gritos. hombre flojo que no sabía de nada. ¿a dónde se metía ese sarnoso que él no lo cogiera? El era el horcón de La Matraca. que lo vido a usted primero. no hay petíguere por aquí que chille. Juan… Sí. me dijo que usted también convenía en entrar. La emprendió con el Ayudante. El resultado no se hizo esperar. Yo soy el respeto y la garantía de la propiedad y eso lo saben aquí y en todas partes. Antes de amanecer. y con voz autoritaria le gritó a los recién llegados: —¡Hagan preso a ese hombre! Cayeron sobre Labraza y lo despojaron del revólver y del puñal que portaba. Las circunstancias –según decía– eran muy apremiantes y el Gobierno quería contar más que nunca con la lealtad y el celo de sus amigos. y del orden. —¿Y qué te dijo. —En cuantico lleguen esas cosas. Cuando se llega la hora –y la voz siguió subiendo– soy yo. retumbando en los vecinos cerros: Hor-hor-cón… garan… tíaaa… pro-pie…daddd. formada en su mayoría por gentes de Los Cerritos. porque yo me hago cenizas y respondo de la tranquilidad. ¡enciérrelo con buena custodia! Se lo llevaron en tumulto y tras él. remedada por el eco. –Iba alzando gradualmente la voz–. —Tú tenías la cosa lista. Juan. El General respondió que estaba dispuesto a hacerse ceniza en defensa del gobierno. que soy aquí en La Matraca la garantía del orden y de la propiedad.  El resto de la noche pasó en calma. pero no la madrugada. ¿Cómo no? Pero tú sabrás Juan. Juan. ni para rascarme la cabeza. pero… ya yo tenía la cosa lista. y un tropel de gentes corría en todas direcciones. sonaron tiros. —¿Dijiste de un hombre?… —Sí. Otra vez era el Gobernador. que mientras yo esté vivo… Al llegar a este punto las voces trascendían al extremo del caserío. Con él no había quién se meneara. gracias a su precaución de racionarlas a no más de cuatro balas. echaba escarabajos por la boca y partía el mundo por la mitad. pero… —Yo tengo muchos asuntos. Lamentaba que se hubiera llevado algunas carabinas.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —Sí. —Yo considero. A poco sucedió la calma y surgió el General en el Cuartel. Apresuradamente irrumpieron en la sala de la casa el Ayudante seguido por un escuadrón de hombres armados. quien responde como quiera. y me dijo del asunto. el dinero y el nombramiento que le habían ofrecido. Yo sé todo lo que pasa aquí. Gobernador.

se lo voy a llamar…. pero no está civilizado en esas cosas. el Jefe nato. dos cañones. a los…” Después. pero hay un “meneo” contra el Gobierno y aquí mismo anoche se ha levantado ese bandolero de Juan Labraza. sacó el sable y le cayó a machetazos al aparato. y la garantía del orden y el respeto de la propiedad. muchachos. a fuerza de jarrete botamos a los españoles y botamos a Báez. mi compadre el Ayudante.  Era la guerra. Yo salgo en operaciones y he pensao descargar la autoridad en ustedes para que no sufra la población. desfiló la tropa con el General al frente por un callejón que no iba hacia ninguna parte conocida. y ya que usté lo manda le diré que venga. —¡Por aquí muchachos!: arroyo arriba y por el cañón del río. Los habitantes de La Matraca liaban sus bártulos y las familias salían en cordón en todas direcciones hacia los campos. pero a mí me parece… —………… —Oiga. el agua no pinta huellas. el General Pelota reunió el Ayuntamiento y requirió la asistencia del Cura. yo no lo recomiendo para la Jefatura y más cuando yo puedo con las dos cosas… —………… —Bueno. Entró apresuradamente el telefonista y se quedó pasmado frente a la hecatombe: —¡Por hablador. de Ayudante está bien. el General desató su conocida oratoria. a trechos la arengaba: —¡Jarretes. muchachos!… 130 . pues contaba con más tropa que hormigas había en La Matraca. el General exigió que se levantara acta de aquello y el Secretario de la Corporación garrapateó en el libro: “En la Común y Pueblo de San Benito de la Matraca. yo soy la primera autoridad de la Común. Seguido. ese diablo de bejuco? –sentenció el General. pero mire. o se alojaban en la iglesia al amparo de los ruinosos paredones. pero usted sabe que ese hombre es mi compadre. tres cañones. Frente a los atemorizados regidores. Los regidores acataron con un murmullo aprobatorio y el Cura juntó ambas manos con unción. cuyos alambres y pedazos saltaron con estrépito. —………… —Eso sí. pero es que él nunca ha hablado por este bejuco. puede que acepte. abultándose de más en más las propagandas. Sin embargo. muchachos!. a una hora de marcha a monte traviesa el General enderezó la ruta en sentido contrario al rumbo que había tomado a la salida. Y el General se paró. —Como ustedes saben. ¡jarretes!. cuatro cañones… En esas apretadas circunstancias. Gobernador… —………… —Es que ahora mismo no esta aquí… —………… —Casualmente. Eso soy yo. espérelo. y tenía un cañón. Rodaban. Bueno. para alante. Mis intereses particulares se los dejo encargado al Cura que está presente. ¡jarretes. y llegó a un arroyo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Bueno… –y el General miró con disgusto al aparato–. La tropa chapoteaba con el agua a la rodilla y el General también. El nombre de Juan Labraza estaba en todas las bocas y se le atribuían palabras y amenazas terribles que cumpliría con toda seguridad.

dígale que yo ando con doscientos leones. Alcalde. que por fin apareció agachándose: —Comandante. y busque víveres que la tropa no ha comido. Juan Labraza está cortado y ya la ronda debe haberlo cogido. Se acercaron al caserío. —¡Jarretes. Los perros ladraron y fue como el aviso para que los vividores se escurrieran como sombras monte adentro. Comandante. que estaba preso en el calabozo. asigún lo que dijeron… —¿Y qué dijeron? —Po como le iba diciendo. mai jerío… —¿Y quién es el de esa propaganda. hombre. Al otro día. los cuales incesantemente atizaba el General. Anselmo? —Aquí tamos medio epantao.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II El cauce del arroyo se iba estrechando y ya trepaban por los barrancones como chivos. una de las secciones más lejanas de la Común. Comandante. En seguida. Los víveres y la mancorna aparecieron y las pailas empezaron a hervir sobre grandes fogones encendidos en la plazoleta. Alcalde? —Esa voce andan asina porei mundo. Hágalo saber así a la Sección.  El pueblo de La Matraca había quedado bajo la autoridad del Municipio. Pero antes consígame una mancorna de las reses que estén a la mano aunque sean de las ánimas. pero que si no me tira. forma inocua que lo colocaba a merced del elemento de armas que deseara hacerse cargo de él. se huyó y la guardia le hizo fuego y por cierto lo cortó. surgió Juan Labraza a la cabeza de sus parciales y lo ocupó militarmente en nombre de la Revolución. El General tocó muchas veces el pito y dio voces al Pedáneo. reunió el Ayuntamiento e hizo comparecer al Tesorero Municipal y al 131 . y ya de aquí mesmo parece que se han dío aiguno… —¿Adónde? —Como no va a séi pande Juan Labraza… —¿Y usted sabe de él? —Bueno. ¿y quién va a ser? El pedáneo se acercó y hablaron. pero si casualmente usted se ve con Juan Labraza. fue que Juan Labraza. —¿Cómo está ésto. Comieron y después de disponer la marcha. la emprendieron loma arriba y anduvieron hasta que ya oscureciendo divisaron a lo lejos los fundos de Las Palmitas. —¿Y por qué? —Je… yo toi viendo que lo de uté no há sío ná… —¿El qué? —Po aquí se suena que en ei pueblo había la dei préquete y que tá ei mueito ñango y que a uté lo habían jerío. po yo lo hacía en ei Pueblo. ¿ejusté? —Sí. que había dentrao ai Pueblo a sangre y fuego y mire que seña Casiana que etaba en La Loma le pareció que uyó lo tiro… —Lo que pasó. el General le dio al Pedáneo sus últimas instrucciones: —Oiga. Alcalde. Alcalde: No haga por verlo. no le tiro. a tiempo de partir. Por fin el arroyo se extinguió en la falda de una loma. muchachos!… –voceaba el General.

deteniéndose únicamente para comer. 132 . voces. Los escasos vecinos que aún quedaban en el Pueblo. oyó la explosión y le dijo a su compañera: —Acucha. Le dijo improperios.  El General Pelota anduvo con su tropa hacia el norte. pendiente de los sombreros o amarradas en las chamarras. huían hacia los bosques. desvelado en su tarima. Al fin. En la Caja Comunal no había más que dos pesos con sesenta centavos. asomó a la sabaneta del batey La Batea. El General encargó a la tropa que no disparara y. la población se estremeció y siguió un estruendo. ¡aunque sea del faldón de las mujeres!… El Ayudante se vio negro para cumplir la orden. Si la tropa hubiera llevado su divisa colorada. Las casas estaban situadas en hileras hacia el fondo. tal como si hubiera estallado una bomba… Gritos. Se dieron a la tarea de trastear por las cocinas abandonadas y perseguir las gallinas y lechones que andaban realengos por el pueblo. hasta la boca. de barriga.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Cura. ladridos de perros y escarceo de gallinas y el eco que se alejaba repercutiendo como un trueno. Se notó que de ellas se desprendieron jinetes. Ayudante!. Eran pocos y portaban divisas rojas. tomó nuevos rumbos. piedras y plomos rayados en cruz. varios de los cuales. ¡párense!… ¡todos somos uno!… ¡párense! Ni oían. consígale uno blanco. un fogón que constantemente atizaban los artilleros. entre ellos el Cura. cuando hasta los centinelas dormían. viró al sur. un viejo veterano. Y sucedió que a media noche. Sacaron de la iglesia un cañón que servía para celebrar las fiestas y lo cargaron imponentemente. Juan Labraza. se tiraron de las barbacoas y de los catres. no lejos. clavos. trataba de dirigirse a los jinetes: —¡Párense!. esas gentes no se hubieran ariscado: —¡Aquí mismo. Hombre poco previsor. La tienda del Batey estaba cerrada y pocas mujeres no lo habían abandonado. Consiguió sin embargo los gallardetes y se los repartió a la tropa. La gente de Labraza eran en su mayoría vecinos de la sección de Los Cerritos. abandonando los fusiles. braceando. ni entendían y desaparecieron a escape. una voz poderosa gritó obstinadamente: —¡No ha sío ná!… Señores. como tá Juan limpiando ei campo. consígale a cada uno un trapo colorado. en un ¡Sálvese quien pueda! Echó a correr cada quien por donde pudo. dos días antes. consígale también uno prieto y por lo que pueda suceder. inútil. que no era militar ni sabía de nada. carreras. La tropa. Consígalo. encendieron. pertrechándolo con grapas. al suelo. Exigió dinero. que en carrera desbocada. armado con machetes. ei cañón que deplotó!… En Los Cerritos. tiras de tela roja a manera de divisa. formaban en la tropa del General Pelota. Magalena. hasta que al clarear de un día. Lo apuntaron hacia la entrada principal del Pueblo y para el caso de disparar. autonombrado General. cargó con ellos y con nueve pesos más que le reunieron en suscripción abierta en la Sala Capilar. arrastraba tras de sí un nutrido estado mayor. El General las emprendió entonces con el Ayudante. y todo el contingente lucía.

con eso. llegó a los elementos. Se le tenía por muy gobiernista y mandaba a la baqueta La Batea. con dos patadas acabaría con todo. ni el revólver. El General. Cuando Pelota entendió que se mezclaba en sus atribuciones y pretendía dictarle normas y procedimientos. –contó–. Eran de la gente de Juan Labraza. Sintió que fueron directamente a su casa con malas intenciones. casi toda reunida en torno. —Sí. andaba en una operación muy importante que le había confiado el Gobierno. Si era conveniente. Liquín Canela era sobrino del Gobernador. sacaba por semana tajadas apreciables. entonces. —¿Por qué no le había hecho fuego? –y Liquín reparó a la tropa y le extrañó el empavesamiento: —¿Y esa divisa roja?… El General trató de explicar y el disgusto sospechoso de Liquín crecía a medida que la explicación iba extendiéndose.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II De esa manera estaban cuando surgió sin zapatos. –y se tocaba en el pecho. el Jefe de Orden del Batey. cuando llegaron los revoltosos. ¡el que manda soy yo!… ¡Yo!. compadre… —¡Ese es un atrevimiento!. dijo. y el General debía… Pero ahí fue Troya. entonces. el General buscó al Ayudante para conferenciar: —Compadre: ¿Qué le parece ésto? —Yo. compadre… —De momento voy a fusilar uno para dar un ejemplo. No tuvo tiempo de coger ni los zapatos. de donde por derechos de juegos y otras alcabalas. de seguro prevalido de su parentesco con su inmediato superior. ni el puñal. Liquín Canela. El General y Liquín entraron en explicaciones. Le parecía que no se debía permitir que los enemigos cogieren alas. montó el disco de su decantada autoridad y del horcón y alterando la voz. compadre… —Nadie sabe en lo que ando y ni el Gobierno tiene que meterse en eso. sin sombrero y desgarrado. compadre… Y bajando la voz: —¿Qué iba diciendo por el camino? 133 . debía hacerse boya frente a los ya declarados enemigos de la situación. enfurecido por el porfiado que no arriaba bandera y que alzaba el tono a la medida de él. —¡Viva el General José Pelota! —¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! –contestaron. para conocerlos bien. —Sí. compadre… —¡Yo no permito que se me abra gañote! —Sí. Llegó un momento en que se volvió al Ayudante y le ordenó colérico: —¡Ajuste preso a este hombre!… ¡Tránquelo en la Ermita! Y se dirigió a la tropa. Había tenido que salir huyendo. daba tiempo para que llegaran los refuerzos que le había anunciado el Gobernador y. —Sí. echando vivas a la Revolución y abajo el Gobierno. Trataba de averiguar los ánimos de la Común y desde hacía tres días caminaba en eso. Liquín era ardiente y rebosaba ira contra lo revoltosos. A poco.

en un alto. ¡todo esto aquí se acabó! Ahora Liquín. por la confianza yo puedo abrirte mi pecho. le dijera a 134 . la cabecera de provincia y la Capital. El General las leyó atentamente e impuesto de su contenido le dijo al expreso que no contestaba por escrito porque no tenía papel. Escalonó la tropa en sucesivos barrancones en el cauce de un arroyo y se situó personalmente a retaguardia. —Mira. Venía de la Capital enviado por la Junta Revolucionaria al General Pelota. compadre. contándole cómo taban la cosa… —Que se lo mande… que se lo mande… —Que dique uté taba a do boca… —¿Le dijo eso. Liquín. tanto el Gobierno. Liquín. sé que me mandan hasta un cañón. asomó un jinete. viendo aquello. Así marchó mucho tiempo a la voz de: ¡Jarretes. La puerta se abrió y ambos salieron. Liquín llevaba otra cara. mira. usted vé… más le valiera al Diablo no jucharme. compadre? —Sí. Le entregó una talega que contaba veinte onzas y varias comunicaciones. Ya por lo pronto sé en qué pie está parado Juan Labraza. pero que como él era carta viva. poblado de mangos gruesos que dominaba el camino en una distancia considerable. El Ayudante que no estaba lejos. cómo se pondrían esas gentes… A ti. Mira. a través del pajonal. penetró en el interior.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Que dique le diba a mandá un propio a su tío. —¡Liquín!… ¡Liquín!… ¿dónde estás tú? —Aquí –respondió una voz áspera. –Y agregó con tono familiar– Ahora. como el Gobernador. —Usted vé. Allí esperó alerta. el General se dirigió a un sitio estratégico. Entonces. compadre… —A mí me solicitan toditos porque se sabe que yo soy el horcón de La Matraca y si yo doy un zapatazo… Y se dirigió a la Ermita cuya puerta abrió y cerrándola tras sí. En marcha abigarrada desfiló la tropa sin tomar ninguna vereda. Liquín. pero date de pronto porque casi estamos saliendo. De esta manera interceptaba toda comunicación entre La Matraca. tu tío. Cuando yo meta mano. ese es el único aspavientoso. porque si yo doy un zapatazo… —Sí. vé a ver si de pronto procuras con qué coma la tropa. Aquello estaba oscuro. de mandárselo amarrao como un andullo. y espéralo. muchachos!. te voy a mandar una columna para que defiendas tus intereses y hagas respetar aquí al Gobierno. muchacho. Yo he procedido así contigo. —Acércate aquí. me han encargado que antes de nada revise la Común y con toda la malicia estudie la gente. pensó en su simplicidad que él a la verdad no sabía de esas cosas. uno tiene sus actos bruscos y más cuando anda con las orejas calientes. como tú estás descansado y mi compadre el Ayudante no sirve para nada. por la confianza y para imponerle disciplina a la tropa. Oye. Se oyen pasos involuntarios. Con la tarde. hasta encontrar el camino real. de los refuerzos que espero y que hoy mismo voy a alcanzar. Calcula si no fuera así. pero guárdeme el secreto. El General se adelantó hacia él. A lo lejos acusaba ser persona extraña a la Común. pero no tiene más que cuatro gatos y le voy a cumplir la palabra que le dí a tu tío.

el Ayudante. que lo tenía cercado en el Pueblo y que sólo esperaba esos pertrechos para caerle encima y que pronto de Labraza no iban a quedar los ripios. son capaces de acabar con nosotros. que ya Juan Labraza había caído en la trampa. Le exigió recibo y contestación a las cartas que portaba. Ayudante?. la vació en el suelo y una tras otra. con buena provisión de balas.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II los Generales de la Junta que él estaba como un trinquete y que nadie le echaría un paso adelante. Que tuvieran confianza en él y le señaló hacia los barrancones en donde se veía hormiguear la tropa. es que yo tengo un compromisito de unos centavos… —No se ocupe. El General adujo que por estar en campaña. El General Pelota no tardó en divisar la recua y presuroso. Este era un expreso del Gobernador. se ve que usted es militar. Uno es enemigo declarado de la Revolución y hombre muy peligroso. eran largos serones como para llevar andullos. justamente y me alegro que usted lo diga. el encargado del convoy le entregó al General una funda larga que parecía un calcetín y le pidió que en su presencia contara el contenido. no tenía papel de oficio. ¡pero a gente así se le quita de en medio. Menudamente. se llama Liquín Canela y el otro es un “saltiador” que se ha metido para desacreditarnos. de lejos. además. ¿a su casa. Cuando ya iba lejos el General le repitió a voces el encargo acerca de Labraza y Liquín Canela. El tocino le olía y no encontraba forma cómo abordarle. El expreso había caminado media hora cuando se cruzó con dos viajeros a caballo que llevaban una mula del cabestro. pero quiero poner las cocas en claro y usted es una carta viva. notaba los bolsillos del General sobrecargados por el peso de los talegos. Se despidieron. como eso no… 135 . El General se puso en cuclillas. No se ocupa sino de granjearnos enemigos y se llama Juan Labraza. se dirigió a su encuentro. con la piña tan agria como se está poniendo? —Pero vea que… —Compadre. Lo que parecía andullos eran carabinas. Unos y otros se lanzaron miradas cargadas de sospechas. porque el expreso era una carta viva. Juan Labraza por un lado y Liquín Canela por el otro. no se ocupe de compromisos ahora… ¡Déjese de eso!… —Pero es que tengo la mujei ai cogei la cama… —Pero de seguro que usted no la va a partiar… —¡Ah!. que aquí estoy luchando con dos hombres a cual de los dos peor. pero como contraseña le llevara al Gobernador una prenda que aquel conocía y se despojó de un anillo grueso que montaba piedra. y siguieron presurosos. mi amigo… —General. contó veinticuatro morocotas. —Justamente. ¿así es como quiere usted ganar galones y jefaturas? —Compadre. Aparatosamente y después de saludarlo. —¿A su casa. El expreso era un oficial despierto y el General lo comprendió. Se despidieron. Ayudante. y de boca. cada cual a su destino. sobrino del Gobernador. —Dígale a los Generales de la Junta. cuyos gallardetes flotaban al aire. —Descuide. Entrecortado se le arrimó al fin: —Compadre –dijo rascándose la cabeza– yo quisiera una licencia para dir a casa. General Pelota. y no se le olvide. Ambos portaban carabinas y el avío de los animales. había observado aquellas cosas.

¿Oyó? El Padre había oído y después de esto. 136 . traía el caballo del Presbítero al trote. Padre y tengo poderes de la Revolución… —¿Cómo? —Sí. hasta que por fin invitó al Cura y ambos tomaron el camino del campamento del General Pelota. Cavilando en esto estuvo mucho rato. aguántese. me han nombrado Delegado y ahora voy de Adjunto a la Gobernación… —¿Se va uted. júrelo. asimismo –repuso el General complacido. sobre todo. así es lo mejor… —Ahora. en presencia de todo el mundo. compadre. Comandante? —Sí. pero que como yo soy hombre puro y delicado. siempre estoy diciendo que venga como venga el palo. Compadre…  Amaneció otro día. Padre. Que viniera el General. —Vaya. para avisarle que del lado del Pueblo venía un parlamentario con bandera blanca y por el color del bulto parecía ser el Cura. Mire. deseo entregársela en presencia de todo el mundo y teniéndolo a usted. que en aquel sitio hablarían. —Eso lo sé yo por oficio hace rato. A prudente distancia. Debía evitarse el derramamiento de sangre entre hermanos. por testigo. —Además. Juan Labraza recibió el parlamento entre inconforme y halagado. cristiano. jarreteando. mire. Un soldado se le acercó al General. usted la tiene. siguiendo al General que. vaya al Pueblo y dígale eso a Juan. pero usted debe tener paciencia y tenerme confianza como a la Virgen de la Altagracia. y si es el Cura déjelo pasar hasta aquí. ya el Gobierno capituló. no hay más que José Pelota en La Matraca. Padre. Lo mejor es que todo termine así como hermanos. así será. —Asimismo pienso yo. pero que viniera solo. pero aguántese. en mi puesto queda Juan Labraza. Padre. abrazó al General y partió foeteando el caballo que montaba. yo he recibido algunos chavitos que mandó el Gobernador. —Ello. —Lo siento y me alegro al mismo tiempo. Padre. está demás. Usted tiene su parte. esperaba la ocasión de entregárselo en el Pueblo. y eso no lo hacía por él. El General le dio a Labraza un abrazo efusivo que éste no esperaba y le repitió lo mismo que le había dicho al Cura. Dígale que todos somos uno y que tengo una funda de dinero en oro que le han mandado de la Capital.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Pues entonces… —Pero tengo que jacei la paga porella y pa lo demá preventivo… —Mire compadre. Malo era eso de recibirla en presencia de todos. la lucha aquí en La Matraca. El Cura se fue y no tardó en retornar. Juan. Labraza se plantó en medio de la sabana y envió al Cura de emisario. reconózcalo. La República necesitaba a todos sus hijos para que la honraran con hechos contra sus enemigos y la engrandecieran con su trabajo. la anunciada funda de oro lo mareaba. Padre. –prosiguió–. si no lo sabe. pero en cuanto al oro. Era el Cura en efecto y habló al General. sino por la gente que era muy mal intencionada. Juan queda como Comandante de Armas.

El contacto del oro. ni una menos. Labraza indignado desenvainó el sable y lo castigó. Juan y más que lo ajeno llora por su dueño.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —Pero mire. Contó hasta nueve y el tintineo era grato. con chanzas y risotadas. seguido por la tropa. el levita. —¡Péguele una soga. Mis cosas me gusta manejarla yo… Amá que aquí ta ei Cura de tetigo… —No digo lo contrario. no tardó en cundir por todas partes la noticia del dinero recibido por Labraza. Así como lo recibí lo entrego. pues mire Padre. En autos. Uno de los más atrevidos. entréguele a Juan. harapientos y derrengados por las marchas. Guárdenme media botella… Con la fresca entró al Pueblo el General Pelota. lo tiene que no pué con ello… —Y ese agallú. El Cura es testigo de que en su presencia le entregué la talega de morocotas que de la Ciudad le mandaron. penetró en la casa y lo cuestionó sobre el dinero a voces. Cuestionado el Cura afirmó la declaración de Pelota y entonces la conjura tomó forma y se hizo estridente. El Cura desató la funda y fue sacando del fondo y depositando en las palmas de las manos de Labraza. —Iré con la fresca. se hizo amable e invitó al General a que entrara al Pueblo con su tropa. después que mi gente coma. en la calzada. y la respetable mansión se convirtiera en un campo de Agramante. —¿Eran toas. Aquello fue lo bastante para que el grueso cargara sobre él. ya que todos eran uno. Se refugiaron en el Cuartel. onza por onza. mas por obra de malas artes. parecía azuzada por alguien y menudeaban las botellas de ron. después de saludar jubilosos a los hombres de Juan. primo José –arguyó el interesado–. yo no niego lo que recibo… —Bueno. lléveselo. —Fue una funda apretada de morocotas… —¡Adió!. primo José? —Ni una más. Dialogaban los soldados. Labraza se refugió en la casa curial y hasta allí fue lo que era ya un tumulto vociferante. José Pelota compareció sable en mano. ¿lo querrá tó parei? —A mí me da de cuaiquiei manera… —Y yo también quió lo mío… En presencia de uno de esos grupos. y manoteándole el rostro. el General Pelota se hizo el aludido: —Por mis manos lo que hicieron fue pasar. que yo mismo no sé lo que hay. y entréguelo en la Ciudad. maldiciendo al condenado que ni la casa del Cura respetaba. Echando rayos por la boca. Era medio centenar de hombres. pero como soy tan legal… —Por eso no tenga pena. daba grandes voces al General Pelota. Mientras los vidrios saltaban y se estremecían los setos. en la misma Fortaleza! –Y agregó: —Ayudante: ¡lleve otra soga para que amarre de camino a ese Liquín Canela y lo mancorne con él! 137 . seguido por su tropa. primo José. pintorescamente armados. contadas. hizo agarrar por sus gentes a Labraza y se lo entregó al Ayudante. no más de veinticinco. La intriga siguió ensanchándose. pero aguáitenle lo bolsillo. transformó el talento de Labraza. todo acompañado de una gran algarabía.

Estuvo de aprendiz en una zapatería cuando tenía doce años. son nueve. préstamos. Era capitaleño. Continuamente se lamentaba de que no lo hubieran puesto a la escuela. Estaba satisfecho de su nueva mujer. Tenía sus asociados.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Y acercándose al Ayudante le dijo. FRANCISCO E. al decir de sus compañeros. Hacía hipotecas. Fue un héroe. Navarijo. además. pero vivía. En los Montones. Entonces no eran las cosas como ahora. Trabajó mucho en caoba. MOSCOSO PUELLO (N. una mulatica a quien le había puesto casa. Cobraba cuentas comerciales. 1885)* El regidor Payano El Comandante Pantaleón Payano había nacido en los barrios altos de la ciudad. P. Es un estudio de valor imponderable. Pero no había tomado más las armas. bajo las órdenes del General Cabrera. dos años antes de separarse de su esposa. Estaba divorciado hacía años. después se colocó en una pulpería ganando tres pesos por mes. es narración de motivos que revisten la obra del interés que los franceses califican de petite histoire. de dos volúmenes de cuentos. Más tarde trabajó con el maestro Cerón y entonces fue cuando aprendió todo lo que sabe. cargos de confianza. Sostenía muy buenas relaciones con dos o tres notarios de la ciudad. Pero la política le había hecho abandonar su oficio. lo cual le colmaba de orgullo. graduado en la Universidad de Santo Domingo. fuera abogado. no tuvo empeño en ello. Los quería mucho y estaba dispuesto a darles una buena educación. pero ahora vivía de negocios. y un examen sociológico e histórico intitulado La Odisea de la Española. Payano era un hombre de aspiraciones. y de una obra monumental relativa a la medicina y a los médicos que han vivido en este país desde los primeros días del descubrimiento de América. Ha dictado numerosas conferencias de carácter científico. fuera médico y José. que contaba catorce años. F. aún inéditos. usted me responde de ellas! Y para dominar el tumulto. En aquella época el taller estaba especializado en hacer catres y mesitas de pino barnizadas para salas. después de su novela Cañas y Bueyes. Demostró un valor extraordinario. Desempeñó algunos cargos en sucesivas administraciones. Muy popular entre los obreros. Sus hijos naturales los tenía su madre. alcanzó envidiable prestigio. Compraba y vendía propiedades. abundante en erratas. obras finas. sin embargo. se empinó y gritó a todo pulmón: ¡Viva el Gobierno de la Revolución! ¡Viva el General Pelota! —¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! –respondieron a granel. No hacía grandes ganancias. *F. hacía de corredor. casi ebanista. el mayorcito. es doctor en medicina y cirugía. Llevaba una lista de las personas que tenían necesidad de dinero y las ponía en relación con los prestamistas. que apenas tenía diez. porque le trataba muy bien los hijos. También inédita conserva la novela Sabanas y Fundos. el último de sus libros publicados. Desde aquella época Payano era considerado como uno de los hombres más valientes de la República. con lustre de puño que gustaban mucho. Moscoso Puello. y oiga: “¡con sus intereses. Su padre. No se lo reprochaba. Luego entró en casa del maestro Cabral a aprender el oficio de carpintería. sobre todo. M. por lo bajo: —Juan lleva las morocotas. Es autor. los legítimos vivían con él y Rosaura. 138 . el Coronel restaurador Marcos Ledesma. Aspiraba nada menos a que Pantaleoncito. publicó Cartas a Evelina. El Comandante Payano tenía tres hijos naturales y dos legítimos. obra que en su género no tiene par en nuestra producción literaria: contiene un caudal de observaciones sobre las costumbres y lacras de la familia dominicana reveladas con fino humor y sin asomo de amargura. Había sido carpintero.

en el Cabildo. y en una ocasión por el propio Presidente de la República. A las nueve en punto estaba en el Ayuntamiento. Únicamente lamentó ese día no haber sido un orador para poder expresar todo lo que sentía y pensaba en aquellos momentos en que las notas del Himno Nacional le habían hecho poner las carnes de gallina. el Coronel restaurador Marcos Ledesma. luego. Había salvado la vida varias veces al General Cabrera. con motivo de haber sido condecorado con la Orden del Libertador Simón Bolívar. las palabras del Presidente del Cabildo lo dejaron satisfecho. Como el Comandante entran pocos en libra. hasta que en los Montones las circunstancias le hicieron desplegar un valor que le prestigió y le permitió cambiar de fortuna. Habló muy bien. Había dado órdenes a Rosaura de que le limpiara el paletó y le tuviera lista toda la ropa necesaria. después que Payano se retiró a la vida privada. por gente de primera. Un pantalón a rayas. por los cuales había sido felicitado por personas de valer. —Hombres así. Se sentía orgulloso. El Comandante aplaudió varias veces con entusiasmos. Monseñor habló. hasta diez. pero ninguno se expresó como el Presidente. y cuando aludió a la buena colaboración que había tenido de sus demás compañeros. –solía decir en tono sentencioso– no hay quien las pueda evitar. Payano. Quedó agradecido cuando este funcionario se refirió a la obra del Municipio. Él mismo no se daba cuenta de la estimación que se le tenía. Muchos informes y proposiciones había presentado. –se decían los políticos de San Miguel– son los que se necesitan. 139 . Se encontró muy bien vestido. de las mismas que usaban los diputados. porque fue un defensor celoso de los intereses de la ciudad y en particular de los obreros. oscuro. Sus hazañas en la pelea de los Montones eran muy conocidas. Lucía su elegante paletó de paño negro.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Después. su corbata negra y blanca. día en que lo estrenó con motivo de los actos oficiales a que tenía que asistir. Allí aumentó su prestigio. Las fiestas en que él no tomaba una gran participación no quedaban lucidas. gremio al cual se ufanaba en pertenecer. Fue un día feliz éste para el Comandante Payano. que le aseguraba que estaba satisfecho de haberlo llevado ahí y de sus actuaciones. aún cuando hacía tiempo que no trabajaba la carpintería. había sido solicitado su concurso. En San Miguel era casi un ídolo. antes de que fuera herido. Porque él. la política. Marchó en compañía de sus compañeros a la Catedral. El Tedéum quedó solemne. cuando las cosas van a suceder. pues tenía intenciones de asistir al banquete con que obsequiaría al Presidente del Ayuntamiento un grupo de sus amigos. henchido de patriotismo. Había que contar con él para todo empeño. —Pero. teniendo a la espalda los retratos de los Padres de la Patria. elogió al gobierno y lo puso bajo la égida de la Virgen de la Altagracia. recordando las historias que tantas veces le había oído repetir a su padre. Este rasgo de justicia lo dejó satisfecho. Las reuniones en las cuales no estaba presente resultaban frías. El Comandante mostraba una sonrisa de satisfacción. Ninguna iniciativa lograba éxito si no tenía en su favor la influencia del Comandante Payano. Otros oradores tomaron la palabra. No pudo resistir a las solicitaciones de sus amigos y en las elecciones del 19… el Comandante Payano fue elegido Regidor de la Común de Santo Domingo. Le había llegado su día al General. Ese paletó lo había mandado a hacer para el 27 de Febrero. Pero. unos zapatos de charol y su chistera plegadiza. se había entregado en cuerpo y alma a los intereses de la Común. su emoción llegó a sus límites. Rivalizó con él en valor. En diferentes ocasiones. Sus servicios eran muy estimados.

Le ha escrito varias cartas al Presidente. –contestó–. Y conste que el presupuesto este año es más bajo que el otro. Y al subir de nuevo al carro exclamó: —¡Yo no sé lo que hacían con tanto dinero! —Eso pienso yo. para que con su voto le allanara dificultades. porque es muy compinche de los enemigos. Comandante. Descendieron por la cuesta y se introdujeron en la calle Separación. Como usted es Miembro Interino de la Comisión de Fomento. para que demos un paseíto por ahí. De allí siguieron para el Matadero. Hacía días que se decía en la Plaza de Colón que el Síndico Rodríguez sería destituido. Pase adelante y siéntese. Encontró muy bueno el desagüe y mejor colocadas las plumas de agua. que yo tengo mis enemigos en el Ayuntamiento y no quiero que el pago de estos trabajos se retarde ni que discutan los precios. Basta que seamos hermanos masones. pero ya eso se le acabó. en qué está? Payano le contestó que en su opinión era un cohete tirado. Toda la vida había vivido explotando su figura. El Síndico se sentó en una mecedora. Payano le manifestó a su amigo que en realidad aquello hedía mucho antes. –dijo el Comandante–. Al cruzar la calle 19 de Marzo alcanzaron a ver al General Pérez. —Por eso vine donde usted. para quitarle el polvo. —¿Qué dice el Comandante Payano? —¡Qué va a decir! ¿En qué puedo servirle?. Se le acusaba de mala administración. pero él contaba todavía con el resto y con su hermano Payano y gastaba muchas atenciones con éste. tocando a Payano por el codo le dijo: —¿Y este tipo. —¡Déjelos que hablen! Que vengan a ver este trabajo para que se convenzan de que el Ayuntamiento se ocupa. Pero como ahora estaba invitado a ese banquete. Payano celebró el trabajo. Y añadió: —Según me han informando está haciendo curvasos. —No se preocupe. 140 . Se habló de los chismes municipales y el Síndico volvió a repetir a Payano que contaba con él. Payano se disponía a salir. para que usted vea algunas obras ya terminadas de las que se me ordenaron ejecutar. Comandante. Se pusieron de pie y se dirigieron al carro. Dos o tres Regidores le habían ya puesto la proa. Se informó del costo que no podía ser más bajo. Se dirigieron al Hospedaje Municipal y allí inspeccionaron los trabajos de desagüe. Rosaura lo tenía ya al sol. frente a Payano. Lo encontró limpio y felicitó al Síndico. ofreciéndole sus servicios. Después de preguntarle por los hijos y tocar algunos puntos sin importancia agregó: —Lo he venido a buscar. y Rodríguez.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS No había tenido ocasión de usar otra vez el paletó. cuando llegó el Síndico. Usted sabe. deseo que usted quede bien impresionado. pero han quedado muy bien hechas. Usted sabe que puede contar conmigo en todo tiempo. Rodríguez se sentía satisfecho de la aprobación que dio Payano a sus trabajos. Payano y el Síndico entraron en intimidades. Como el nuestro no ha habido otro en la Capital. –agregó el Síndico–. pero no le tiene confianza. que el periódico tenía razón en haberse quejado. sobre todo sus bigotes. –un auto Packard con el escudo de la ciudad. Han salido un poco caritas.

un jovencito flacucho y casi blanco. —¡Dios me libre de mal! Aquí las gentes hablan mucho y se fijan en todo. De regreso Payano encontró algunas personas en su casa. Comandante. si su trabajo no era muy grande. porque no tenía existencia y hubo que esperar el vapor. le dijo: —¿Qué cargo es ése? —Auxiliar de la Secretaría. ¿Usted vio al Presidente? —Sí. recibía visitas hasta de los tutumpotes de Gazcue. —¡Ah! ¿Usted es Ricardito Peláez? —El mismo. Había un cargo vacante en la Secretaría y su amigo el Diputado Díaz le recomendaba al portador. El tercero quería hablar en privado. Le aguardaban. morenito presuntuoso: —¿Y usted qué desea? —Me dijeron que viniera donde usted. y que así presentaría mejor aspecto. ya que constantemente. ¿Usted recuerda el molote que se armó en Santa Bárbara? Yo estaba ahí y si no es por mí rompen la urna. Y dirigiéndose al otro. porque me podía arreglar eso. —En el “Faro de Colón”. –agregó. —Bueno. rompí muchos votos contrarios. Usted sabe que yo tengo una hermana muy amiga del Síndico Rodríguez. —¡Ah sí!. Usted me obsequia con esa pintura sobrante y dicen de una vez que estoy desfalcando al Municipio. –le dijo el joven tembloroso. —¿Dónde consiguió esa pintura?. Dirigiéndose al primero. ¿el que desempeñaba la Señorita Castro? —El mismo. Y le recordó el desastre del pasado Ayuntamiento. —¡Esos sí hicieron su agosto. a mí no me gusta comprometer mi voto. sin embargo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Payano rechazó una copita con la cual el Síndico quiso corresponder a sus cumplimientos. Por eso se había retrasado ese trabajo. que yo trabajé mucho en las elecciones. —Bueno. El Comandante Payano pidió permiso para quitarse alguna ropa y volvió en mangas de camisa. –preguntó Payano volviendo la cara para ver por última vez a través del vidrio del carro el Matadero–. ¡Dios me ampare! El Síndico le advirtió que tampoco había que ser demasiado escrupuloso. 141 . Parece muy buena. Usted sabe. ¿qué les pasó? Si quiere la pinturita me avisa. pero parece que él se ha entendido con un joven de la Tesorería y no sé por qué no me quieren pagar. —Me parece que han sobrado algunos potes. para servirle. Pensaba en esos momentos en que su casa estaba necesitada de una buena mano de pintura para remozarla. que yo hablaré de eso. que era del partido y persona competente. yo hablé mucho. vuelva mañana. Usted sabe que aquí no van muy lejos para menear la lengua. Y lo despidió amablemente. Aquí han venido ya varias personas a verme para eso y yo no me he comprometido todavía. –exclamó el Comandante. El Síndico le manifestó enseguida que se podía conseguir una poca. Yo arrastré mucha gente. Allí es donde solamente se mandan las órdenes del Ayuntamiento. compadre! y. Uno le entregó una tarjeta del Diputado Díaz. —Pero si hay fondos. con motivo de su cargo. Otro venía a exponer una queja con motivo de un trabajo del que lo habían despedido. Le llevé otra tarjeta. Resulta que yo vendí mi sueldo a don Remigio y tenía que entregarle un piquito que le debo. Payano levantó el brazo para subrayar un ¡no! seco y terminante. señor.

—¿El Síndico? –exclamó sin poder disimular su asombro el Comandante Payano–. de los que más enseñaban. El que le dijo eso lo engañó. —Bueno. Como se trata de usted no perdí tiempo. —¿De qué color estaba vestido? —De dril blanco. allí decía esta mañana un grupo. Un escritorio de caoba. el señor Torrez y el señor Domínguez. sobre una mesita de caoba también. el que recomendó el Presidente para la oficina de Impuestos Municipales. pero me puedo informar. tiene una vocesita rara. y el otro me dijeron que era el Síndico. que a usted lo iban a sacar del Ayuntamiento. Todo eso es una invención. Vuelva mañana. —¿Bajito o gordo? —Como yo. no volverían más. Así. ¡Yo no sé! Había uno alto con un sombrero de pajita. —Muchas gracias. Quédese callado.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Sí. Luego preguntó: —¿Habla fañoso? —Sí. yo sé que hay. El Comandante se quedó callado un momento. Y parece que como yo no se lo he vendido esta vez. –contestó el visitante. indio claro. Que le habían dicho al Presidente que usted era un inconveniente. pero me ponen inconvenientes. porque la cara no se me ha olvidado. —Yo he venido. me ponen inconvenientes. Si usted tiene interés en asegurarse. Durante el almuerzo. dentro de un florero. ¡Eso no puede ser! ¿El Síndico? No lo puedo creer. yo le arreglaré eso. —Bueno. Pero si usted oye algo. eran los objetos que más se destacaban en la habitación. –agregó el Comandante– no repita eso. un retrato de la Tabacalera y un bouquet de flores de papel. Pantaleoncito refirió a su padre lo que había pasado en la escuela. Payano se quedó reflexionando. a informarle de algo que oí en los bajos del Palacio Municipal esta mañana. —¿Y quiénes eran? –dijo curioso e impaciente el Comandante. Esta es su casa. con un sombrero de fieltro gris. Dos profesores. Ese muchacho es el que está encargado de cobrarle a don Remigio los cheques que le corresponden. Estaba afeitado. Hablaron otras cosas. —Pues bien. Tomaron asientos. pensativo. El Síndico y yo somos de los más unidos en el Ayuntamiento. 142 . después que despidió al amigo que le dio esos informes. El Comandante hizo una señal al tercero y entraron a un departamento que hacía de oficina privada. vuelva por aquí. yo lo averiguo. Yo no creo que sea el Síndico. —Yo no se lo aseguro. que el propio Comandante había hecho hacía quince años y tres sillas modestas. vestido de blanco. Pero como la política es política… Hubo otro silencio que el Comandante interrumpió. un morenito vestido de casimir. Comandante. —¿Y de qué se trata? —Bueno. más o menos. Que usted le negó el voto a Pedro Soto. —¿De qué color era? —Bueno. lo encontró Rosaura cuando lo llamó a comer. —¿Tenía bigotes? —No. pero yo tuve que retirarme no fueran a sospechar que estaba oyendo.

Viejas Memorias (1941). yo no sé cómo me voy a hacer. porque se había puesto nublado. hicieron tronar otros y otros fotutos que. dos. Pedro Florentino y un momento de la Restauración –1938–. Para mí han sido unos brutos. blanca y azul. El Gral. y otros más. llegó así a todos los conucos. —Yo no sé. Ese es un toro en números. No se trataba de una de tantas incursiones del ejército de Haití. aunque parecía increíble. —¿Y qué chisme ha pasado? –preguntó el Comandante. –exclamó el Comandante. Y como el señor Domínguez. era hoy tranquilizadora. y agregó: —Es que estos jovencitos se las dan mucho. El señor Torrez es muy buen profesor. Ramón Blanco Isusi Ma Paula se fue al otro mundo Un alarido de gargantas vigorosas. Papá Sindo. papá? —¡Cómo no los van a encontrar competentes! Lo que se sobran aquí son profesores. con toques de alerta que sucesivamente pasaban de fundo a fundo. del monte al llano. ¿y si nombran otros que no sepan. en la planicie vecina. Así no son las cosas. El aviso. —Pero el señor Torrez y el señor Domínguez saben mucho. y el Comandante Payano le echó una mirada a su pieza que le quedaba tan bien y con la cual había recibido tantas satisfacciones. Cuando uno es empleado tiene que estar de buena fe. Están viviendo del Gobierno y quieren hacer lo que les da la gana. SÓCRATES NOLASCO (N. ya a la oración agrupó a los recién llegados bajo el ramaje de una baría frondosa y con agria y autoritaria voz de domador de gente. La noticia. desde el fundo de la Domingona. etc. —¡Ah! eso es por el voto de confianza al Presidente. papá! —Ni tanto saben. sabrían que aquí hay que hacer lo que le mandan. y si maquinalmente el jefe le apretaba la empuñadura al machete de cabo que le colgaba de una banda roja. 1884)* Al Dr. precavidamente armados. Rosaura fue al patio a recoger el paletó. la señal anunciando el grave acontecimiento. le anunciaban al mundo un grave acontecimiento. hijo. habló y sus palabras fueron atentamente escuchadas. Escritores de Puerto Rico (1953). seguido de uno. –decía Pantaleoncito entristecido–. nadie para enseñar matemáticas. el comandante del Puesto Cantonal de Petit-Trou. Detrás del caobal del cerro. tres disparos de carabina. y el prestigio de matón de súbditos del *Ha publicado: Cuentos del Sur –1938–. contestaron otros. a mayor distancia. Dicen que porque no quisieron firmar una hoja. y horas después se acercaban a la aldea. Y respondiendo a la señal oficialmente pautada. era por la costumbre de arrear hombres en las peleas contra los enemigos de la república. el gafo guardián del colmenar sopló el fotuto de poderosa voz.. dilatándose hasta una distancia enorme en un ulular tremendo. los pobladores de las cercanas y las remotas viviendas. como tú dices. y más lejos. —Pero. A ese machete le debía el grado de comandante. etc. Ya ves que se han dejado quitar por una tontería. de que estaba orgulloso. papá. 143 .SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —Mira. ha dictado conferencias. Si hubieran sido tan competentes.

—Papá Sindo manda que no crean en brujos. pero al decir que no crean en ellos atestigua que los hay –dijo uno reflexivamente. Y así y todo habría que hacerle el hoyo bien hondo y ponerle arriba piedras pesadas. Se acercaban al bohío en donde estaba la anciana. He dicho. Los tonto que secretiaban que iba a vivir ciento setenta y siete año en cumplimiento del pacto que ella tenía con Sataná. —De que los hay los hay. y la voz se le rajó en la garganta—. Papá Sindo. pero no malo. puesta boca arriba sobre la barbacoa y el colchón de guajaca que le servía de cama. Advierto que el aguardiente se hace para beberlo. En realidad. se miraron todos y se dijeron: —¡Se murió Ma Paula! —En ella se ensuelva. iba leyendo para sí el discurso que le había enseñado al superior. y sin dizque ni que me dijeron. resultaba tan imponente de cerca como de lejos. alto y seco. A los del vecindario les parecía que el comandante no habló de la difunta con el miramiento debido. meno sabrán los haitiano inmunizarse con la malicia del diablo y la de sus Luase y Papá Bocó. pero hay que saber beberlo. No cabía 144 . aparte de eso. Lorencito. Espantados de oír lo increíble. queden convencido de que si ni tan siquiera el arzobipo puede alargar la vida propia con oracione a Nuestro Señor Jesucrito. —Compañeros… –dijo y esperó con calma a que se impusiera el silencio–. boca arriba. ordeno y mando que la beneficien para pasar el velorio. podremo triunfar siempre de los enemigo. duro y seco. Ma Paula se fue del mundo —reiteró–.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Emperador Faustino Soulouque. y los caprichos y rebeldía de la s le añadían gracia en vez de restarle elocuencia a sus arengas. que era de los biene de la difunta. Varios opinaron que en la región no estarían preservados del espíritu de la bruja sino después del novenario. a ver si éste se equivocaba. Pero si él mismo. en lo que se presina un Cura loco la vieja hizo aparecé el caballo. Aquella novilla berrenda. Pero. estaba tiesa y más seria que cuando vivía. Tenía la lengua tan agria porque estaba del pecho y sabía que no tenía remedio. y una peseta fuerte pa San Antonio y real y medio pa Pedro Congo. de que no se jactaba porque le parecía la cosa más natural del mundo. No quiero gresca. Tan pronto se alejó el áspero y autoritario jefe empezaron los comentarios y murmuraciones: “El era así. Siempre que recemo el Creo en Dios Padre defendiendo la república a tiro y a machetazo. Compañeros… –agregó cambiando de tono y mirando de soslayo–. Cayó con la boca echando espuma y ya al minuto estaba tiesa como si fuera de palo. siempre que se veía en confusión se encerraba con la vieja a consultarla sobre política. Con nuestros machete. Y últimamente –dijo empinándose–. ¡se murió Ma Paula!” Allí. en donde la habían colocado. —¡Cállese el deslenguao! —regañó Papá Sindo. estaba ahí. profirió un atrevido. Siempre. Mándenme los filete. Compañeros… ¡Ma Paula se fue del mundo! A su lado el secretario Lorenzo. de cuerpo presente. que es cofrao de la Virgen de la Altagracia. nuestros fusile y sobre todo con la cruz de nuestra bandera. con el respeto que a la muerte le rinde todo mortal. la verdá es la verdá. en medio del patio de su vivienda. ¡Cómo si uno se olvidara de cuando el alazano rompió el lazo y se le etravió! Mediante un cabo e vela encendío al revé. por si acaso intentara salir a hacer de las suyas. la clara de un huevo crúo en aguardiente alcanforao.

El otro se lo cerraban y se volvía a abrir. y aquel ya las ha purgado todas a fuerza de tropezones y padecimientos. Así. estirada en su cómodo colchón. Afuera de la enramada los hombres sostenían contrarios pareceres. Larga y ancha bata blanca la tapaba del cuello a los pies. de un trabado. ya que no se podía pensar en la pureza de su alma. A la gente prieta tarde se le ve la edad. de malagueta. Lorencito. Las fosas de la aplastada y ancha nariz eran dos agujeros tan prietos como la piel. licores imprescindibles en los velorios. mayores que él. la engalanaron y la adornaban con flores de adelfa colocándole tres pétalos en los labios. y el otro se pudrió comido de viruelas. En derredor del cadáver seguían gimiendo y lanzando lamentos las hijas. para brindar el café y el aguardiente. Un olor fuerte emanaba del cuerpo recién bañado con un cocimiento de hojas de salvia. dos murieron peleando contra los haitianos. ¿no podrían pasar la noche entretenidos en juegos de prenda y cantando el baquiní y echando décimas y coplas y cantos de plena? El secretario de Papá Sindo. nietas. El cadáver de una persona de más de noventa años (y a Ma Paula le suponían no menos de ciento veinte) ¿debería ser velado con la circunspección requerida por un difunto que no había cumplido ochenta? Igual que si se tratara de un muerto recién nacido. Sin faltar a la verdad no se podía negar que la vieja era fea. Otras fregaban diminutas vasijas de higüerito cimarrón. Falta saber qué edad tendría la interfecta –subrayó afirmando su argumento–. está sujeto a las mismas reglas que un trabado o muerto recién nacido. Lo secaron y volvía a filtrar. olor que se mezclaba con el de la gente sudorosa que llegaba de los distintos fundos. que le temían a la bruja y nunca dejaron de maldecirla. Las vecinas. Del rostro. así partido por la franja de trapo. Este es un angelito que no tuvo culpas que purgar. La habían tocado con cofia blanca y con blanco barbiquejo le apretaron la mandíbula floja. biznietas y tataranietas de la finada. que por ser capitaleño se creía en el deber de saber de todo. —¿Y qué tiene que ver lo uno con lo otro? Abrevea… —De las siete hembras ni Dios distingue si alguna es más joven que el varón sobreviviente. puercos. ahora que la veían difunta rezaban por el descanso de su alma. Era un deber: la vieja dejaba herencia de vacas. seguro indicio de lo milagroso de tan larga vida. la bruja parecía más larga. Sólo tenía un ojo cerrado. Estamos en el año 1858 de Nuestro Señor Jesucristo. aproximadamente. cabras y un bohío cómodo. sus compañeros de raza. 145 . En el conjunto blanco sólo contrastaba la mancha negra localizada de la frente a la barbilla.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II duda. y nadie quería acabar de llorar primero. Los nietos y demás descendientes se multiplican como marranos… —¿Y qué significa ese lío pa si se cantan o no se cantan décimas en el velorio? Lorencito era un capitaleño de asombrosa locuacidad y le gustaba lucirse y pasar por inteligente aun ante los habitantes de la más remota y aislada aldea de la república. El hijo menor de Ma Paula cree tener cincuenta y seis años. Yo la deduzco… por lógica que no engaña. El hule del rostro le relumbraba con el reflejo de las cuatro velas prendidas en las bocas de cuatro botellas vacías. En la comisura de los labios le asomaba un hilo de blanca espuma. trascendía una seriedad tétrica e imponente que acentuaban el ojo obstinado en mirar y el respeto que la hechicera inspiraba aún después de muerta. obstinado en continuar mirando. de guayuyo morado y de rompesaragüelles. De los tres varones. decidió el punto: —El cadáver de un ser que vivió cerca de un siglo y hasta más de un siglo.

¡Dizque venile a enseñá a la gente de aquí quién fue Ma Paula! Como si naide supiera que a ella y a otras como ella las cogién en lazo. —Amigo. Al oír pronunciar las palabras mágicas aristocracia y decencia. Para descansar. como si él fuera un segundo cacique Enriquillo. Y las mujeres. Pero tan duro así no podía seguir aullando. otra vez la región del Bahoruco quedó convertida en un baluarte de la libertad. gimiendo él. —No. y el baquiní. El que no se crea decente que cierre su casa y entierre él solo su muerta. los más adictos. Tres sobrinos. trazó un círculo. Aprobaba que dijeran décimas por argumento y a lo divino. renovaron las lamentaciones con el inicial vigor. –agregó. Después de cerrar la noche llegó Baltasar. desde que lo alcanzaron a ver. En el cráneo de huidiza y achatada frente. que le chupara la sangre a los de teta o no se la chupara. La curiosidad que iba despertando ahora borró el desdén a que se había hecho acreedor minutos antes. el hijo sobreviviente de los varones de la difunta. Es que todavía Ma Paula no era católica – continuó el orador–. liberto que se distinguió peleando a favor de España. pero ni ella era todavía cristiana ni quería tener hijos con uno que no fuera congo o aradá. se le acercaron y en voz baja le hicieron comprender su pifia contra las buenas costumbres. Sentía ese imperioso deber de hijo. hacia el gran árbol de caoba a cuya sombra Ma Paula les había domado el ímpetu a hijos y nietos haciéndoles entender los consejos a rebencazos. 146 . Disminuían los rezos abogando por el descanso del alma de la difunta. Baltasar quedó cohibido. dende que el comandante se descuide. —Se los comería al momento de parí… –le interrumpieron. con una pena parida de remordimientos. siga berreando y no se meta a opinar en cosas que son costumbres aristocráticas… –vociferó Lorencito. Allí. tu sierva”… la súplica quedó sin la reiteración coreada. Aprovechaba la oportunidad para vociferar su amor filial detallando las virtudes de la difunta. de quien no le quedaron hijos. Sentía un orgullo de tribu superior. Negros criollos y hasta de Haití vinieron y se le agruparon y. ayudado por los tres sobrinos y nueve sobrinas. juntó leña.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Se enfrascó en la tarea de explicar cómo el Capitán Musundí. Que comiera gente o no comiera. borrosas y tartamudas ideas le apuntaban que los cantares y el juego de prendas quedarían en la memoria de los concurrentes testimoniando el desprestigio de la familia. apiádate del alma de Ma Paula. Se lo llevaron. no quiso saber de los franceses cuando los dominicanos pasaron a su bandera. el canto de plena. Y cuando la directora rogó: —”¡Señor! Por la afrenta que sufrites con la cruz a cuesta. y por el martirio que padecites en el madero. hizo fuego y ahuyentó la sombra. sintiendo trasegada en él toda la autoridad del comandante de la región–. con disimulo salió al patio a dar órdenes prohibiendo el juego de prendas. de Mucaral adentro. Venía de las monterías. —Ma Paula –continuaba Lorencito con su inmoderada verborrea de sabelotodo– fue una de las barraganas de Musundí. ni quita ni pone cuando se dice a sé bruja. —A este Lorencito lo revientan a patás y a garrotazo de un momento a otro. las coplas. —¿Y qué necesidá tenía de comé gente en un sitio en que abundan tanto la vaca y el puerco cimarrón? –comentó otro. perplejo. Quería a Musundí y se acostaba con él por el prestigio. Este hijo montaraz tuvo el sentido práctico de dejarles a las hembras de la familia el cuidado de la madre anciana. Compungido ahora. prorrumpió en clamores que ahogaban a los de las hembras. barrió hojarasca.

invocaba y volvía a invocar al dios de la tribu aradá. mezcla de ginebrón y raíces maceradas que en un calabazo había traído de su fundo del Mucaral. roció las primicias hacia los cuatro puntos cardinales. el terror y la fuga. superiores a la voluntad de él. Con la vista fija en un punto avanzó y retrocedió hasta el centro. el camastro de la difunta. ¡aprotégeno!… —¡No nos disgreguemo! –imploró la directora de rezos–. Con las palabras rituales del voudou.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Cesaron por un momento las lamentaciones y un grupo de auténticos amigos de la familia se acercó a Baltasar. Un segundo más. y se tragó el resto. ausente de todo lo circunstante. mientras de su garganta. rodeándole. fueron contagiosos. Crugió la barbacoa. seguían saliendo las voces que le hervían en la sangre y los antepasados le cantaban dentro. Ese grito. que se le acerba. que le ardía en el estómago y en las venas. en la entrega total. vacío de apetencias y pasiones materiales. Entonces Papá Sindo. Can ga do ki la. El funeral lamento. y huyó desamparando al jefe. engalanada. ¡el nombre!. abstraído. como si temiera que los haitianos estuvieran irrumpiendo por la frontera vecina. Se estremeció atarazado por el fuego interno. y huyeron y gritaron todos: —Virgen del Amparo. tembloroso. y quedó siendo el centro. Y entonces fue cuando sucedió lo asombroso. ansiando y temiendo el encuentro con el poderoso espíritu. Con un brebaje. invocó un nombre. La cantidad ingerida por él hubiera sido bastante para emborrachar a diez hombres. creciendo y volando sobre el terral despertó al Comandante Papá Sindo y lo hizo acudir corriendo. Cayeron y se apagaron las cuatro velas que le alumbraban a Ma Paula el sendero definitivo. y ella en persona se enderezó. que era la suya. y cuando quedó transportado. Miguel! –agregó sujetando al marido. Can ga mun de ye. batiendo con los pies el suelo y mugiendo y rugiendo para convencer al dios de la inmensa aflicción de una familia sumisa y buena. alguien comenzó a cantar y aullar en él con lenguaje intraducible las palabras que la madre le enseñó a repetir y cuyo significado exacto ni ella sabía: ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! ¡Hen! ¡Hen! ¡Hen! Can ga bafió te. lo más importante del velorio. Quedó en medio del círculo. que era un valiente. ¡Can ga li! En derredor del fuego Baltasar giraba ahora con rapidez. lo repitió dos veces más y retrocedió y avanzó. ¡No me abandone. Dijo otra vez un nombre. que antes de tú nacer nació el Hijo de Dios! –gritó Lorencito. sable en mano. le apretó la empuñadura al machete y se le oyó vocear: —Si avanzas… te rajo de un machetazo… ¡vieja del diablo! 147 . los tres sobrinos y nueve sobrinas coreaban alternativamente. cantaba y mugía y. y avanzando hacia la muchedumbre se arrancó el barbiquejo y preguntó autoritariamente: —¿Y qué vagamundería son eta? —¡Detente animal feroz. Trataba de callar y se estremecía. Can ga li. Miraba al cielo estrellado.

treinta de Neiba. ¡dominicano traidor y azote del Sur!). soletas dobles. los banilejos se pasaron al enemigo y contribuyeron al exterminio. doce de Barahona. al que mandaba en todo el Sur. habían visto con asombro al otro jefe. podían recorrer distancias enormes sin rendirse a la fatiga. Y ellos. Las sombrías pupilas escudriñaban con ansias disimuladas las bocas de los caminos y los caminos estériles mantenían las cifras inalteradas: ocho de Rincón. ¡vendido! y asesinado. orientados por el otro derrotero. subían hacia las lomas de Panzo perdiéndose en las laderas. gritando también sus muertos. En Baní. doce de Barahona. siguiendo el atrecho de El Curro que los llevara a juntarse con su jefe natural. educados así. a alimentarse de pie con plátanos y cecina cada veinte y cuatro horas. ¡Fueron 820! Pantalones y guerrillera de “fuerte-azul”. se derramaban sobre Cerro en Medio. porque inclinan a la molicie. con el Capitán Antonio Blas. ¡Fueron 820! ¡Puello! ¡Puello! Regresaban: ocho de Rincón. Los demás sobrevivientes. En la noche lóbrega pasaron por Pueblo-Viejo. indigna del guerrero. parecía sordo al lloro desgarrador de las mujeres. dos de La Descubierta… ¡Fueron 820! Pasó toda la mañana y lo dejaba la tarde bajo la baitoa del patio. desnudos de la bazofia de comentarios. sentado en el taburete forrado de cuero crudo. Extraía de los relatos. Y el General Pedro Florentino. y así habían pasado de su autoridad a la de Pedro Florentino. dos de La Descubierta. y otra vez a la de Pedro Florentino. con el auténtico Jefe. cinco del Puesto Cantonal de Petit-Trou. Una arruga perpendicular partía su frente. nueve de Pesquería. un machete. y obligaba a morderse la lengua y a morir antes que soltar palabra que menguara el prestigio de la República y favoreciera al enemigo. Nadie se atrevía a dirigirle la palabra. devolvían el lamento funeral. un concepto de hombría que les impedía recular en la pelea. Así los había forjado él. Pasaría la noche y lo 148 . Contaba en silencio y volvía a contar de nuevo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Ángel Liberata ¡Fueron 820! Diezmados al principio por la infantería enemiga. A medida que se generalizaban las noticias los crecientes clamores se multiplicaban. y la hamaca. con el Sargento Payén. habituados a dormir a suelo raso. Endurecidos por la ruda disciplina que había mantenido él. Azua está en poder de España. hechos. Un inmenso dolor se dilataba sobre el vasto valle de Neiba. se separaron en Quita-Coraza tomando las rutas de Rincón y de Neiba. volaban sobre Cambronal y Las Marías. si no se les ordenaba. huyeron silenciosos como sombras. Y Cambronal y Las Marías y Cerro en Medio. aniquilaron las avanzadas de los patriotas en Haina y en San Cristóbal. Tenían prohibidos el aguardiente y las barajas. dispersos por los escuadrones y acosados por el espanto. La Gándara y Puello (¡Puello! ¡Puello!. nueve de Pesquería. una cartuchera. treinta de Neiba. la música y las faldas. asesinado. de la de Pedro Florentino a la de Gregorio Luperón. una carabina. cinco de Petit-Trou. con el Coronel Cabuya. El ejército del Sur –cuatro mil trescientos hombres– destruido. porque deshonran. traicionado. su compadre de sacramento. ¡Este era el cuadro consolador! Ensimismado en un silencio hostil. nada más que hechos.

De las soleras. Estaban solos. con las pupilas enrojecidas y exigentes clavadas en las bocas de los caminos. Cara dura. —Lo supongo. Uno del grupo se acercó anunciando título absurdo: —El Marqués de la Concordia. 149 . Había oído decir que era Brigadier y jefe de la artillería realista. desvaneciéndose las presunciones de Puello y confirmándose el criterio de La Gándara: En Azua fue destruida la resistencia del Sur. —Este pliego fue retirado de los papeles del infortunado General Pedro Florentino.  A pesar de los lamentos y de un repentino ladrar de los perros. rígidos mostachos. Del lado afuera de la cerca se agazapaban sombras armadas de fusiles. suspensos en colmillos de cerdos monteses. General. El café humeaba en dos diminutas vasijas de güira silvestre. una niña y… miseria… miseria… ¿De qué vivirán en esta aldea? —Muy buenas tardes. para tratar con usted. sin cerca. Nervios en lugar de carnes. Botó en el taburete y pegó en la corva curvo sable pendiente de terciada y galana banda. que amenaza caer sobre apagado fogón. en su país. —Muy buena se la dé Dios. Pocas gallinas. guiado por un práctico y seguido de seis militares –españoles y criollos– se acercó luego preguntando por él. útiles de labranza. Enramada. Bohío con puertas ausentes. sin duda para ganárselo. Se dejaba examinar y parecía no interesarse en averiguar cómo era el recién llegado. En la travesía. Prosiguió el ligero examen: Alta. se dividen en banderías. carentes de los recursos más elementales y de la más elemental disciplina. —Desde El Seybo hasta la frontera. ¿No habrán comido aquí hoy? Patio casi yermo. El ojo experto del que anunciaron fiscalizó: —Rústico escenario. cuelgan ordinarios aperos de montar. mujer de garbo. sirve de cocina. Se restaura en El Cibao. —General. Al responder al saludo se iba incorporando el hombre. ellos no habían visto siquiera un hombre de armas. con plenos poderes. se ha impuesto la paz –continuó el español. que empezó a acariciarse la descuidada y puntiaguda barba. vengo en misión de mi Gobierno. Un oficial de alto rango. Le suplico que lo lea. muchacha apetitosa. Duros. poca gente… Un hombre. Haga el favor de sentarse y beba conmigo un cafecito. pudo percibir trote de cabalgaduras que avanzaban por el lado de Azua. (los vanos miran al norte y al sur). seca estatura. y deseos disimulados de ser agradable. sin tapa. Él aprobaba y callaba moviendo afirmativamente la cabeza. Duras barbas de chivo que rozan el pecho. donde los facciosos. que tenía gracia natural. Duro mirar que se va suavizando hasta ganar triste dulzura en mi presencia… Este mulato es persona. Pobre indumento. Dispensará el ajuar: no es aparente y fino como los que se usan allá lejos. Habla del destino deparado al General Gregorio Luperón.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II sorprendería otro sol sentado en el taburete forrado de cuero crudo. y excusabaraja. Ahora le bastaba advertir que se trataba de hombre de mando.

En total: trescientas diez y seis… —Faltan más de la mitad.  El lucero del alba brillaba como lejano faro. y dijo al joven que acudió al reclamo: —Pedro. Y cuando te canses suprime el Ángel. —Padrino. Mire cómo van saliendo. le contestaron entre dientes. –protestó la joven. A puerta cerrada trabajaban la esposa y la sobrina. tomó el pliego y lo abrió y leyó en silencio. Los clamores se volvieron con la noche invasora más graves y lastimeros. Al regresar traía las espinas empuñadas en la encallecida mano. —Es que la mano se cansa. —Aprieta las letras.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Él extendió el brazo. este Señor es Marqués… Acampáñalo hasta el Yaque. La niña dormía tranquila sobre una estera extendida en el suelo. Entró dejando detrás de sí la humareda que soltaba su cachimbo. Ese río con la oscuridad es muy temeroso. mi señor. fue hasta la empalizada y cortó una rama de guasábaras. –observó él. perdóname la penosa vida que te doy. —¿Cuántas tienen listas? –preguntó en voz baja. Meditó y agregó dulcificando el tono: —Candelaria Ferrera. Se le ofrecen a usted. cuando no puedas más. sin miramientos. En seguida le arrancó al pulgar y al mayor un sonido bronco y seco como un latigazo. tras breve reflexión. General: es la concordia. Varias mujeres desgarraban sábanas y enaguas volviéndolas hilachas para aplicar a las futuras heridas. Y. ordenó: —Economiza el Félix… Después de todo en la guerra no debe uno pretender vivir siendo feliz. en lugar de Liberata escribe Libre. —Padrino. Es lo mejor de mi nombre y lo que vale más de la reliquia. dice mamá Lin que venga. —Perdóneme. permítame explicar… La jefatura de toda la región de Neiba. No… No se trata de garantías. . los tres no me caben ya. Tomó él la diminuta cartulina y leyó: y. —La madeja encarnada sólo dio doscientas once –respondió la esposa. La arruga perpendicular se pronunció. y mostrándolas con el brazo estirado dio expresión a la respuesta: —Concordia. esta es mi paz. Cuando se retiraban se oyó que el Ayudante del Marqués preguntaba burlonamente: —¿El tío ese de las barbas es General? ¡Causa ganas de reír!… —Te reirás…. Te debiste unir a un hombre manso. Se levantó otra vez y. Es una lana ordinaria y enredosa. doliente como una herida. el reconocimiento del grado de usted y de sus oficiales y los gastos efectuados por usted y por ellos. —El Gobierno admira el heroísmo de la gente del sur y lamenta su derroche innecesario e infructuoso. De la amarilla llevamos preparadas ciento cinco. disconforme. 150 ÁNGEL LIBERATA FÉLIX. A la lumbre del ardiente fogón se preparaban los emisarios que saldrían llevando órdenes en diversas direcciones. Llamaban del aposento. desenvainando el curvo sable. Es el ramo de olivo.

El Yaque. Confiese que no era menester tanta cautela. y de cuando en cuando lo invadía una honda nostalgia de paz. y el triunfo de los españoles facilísimo. cuida al enemigo herido y fraterniza con los prisioneros. “Luperón es directo. Se acostumbraba a las bromas del Capitán General. Por eso las reliquias nunca dejan de ser útiles. para él. arrogante y noble hasta en el combate. salimos de Azua y todavía se obstinaba usted en una marcha de tortuga para tan mezquina escaramuza. Repugna las estratagemas. el Marqués de la Concordia. dificultaba el paso de las municiones y la artillería. la espectacular demostración de fuerzas de La Gándara tendía a impresionar más al Ministro de Ultramar que a los campesinos sublevados… Sinceramente creía menos costoso y más cómodo pagar a cualquier precio la adhesión del Liberata que exponer a tres mil hombres a la fiebre amarilla y al vómito negro en tan ingratos andurriales. torrencial. Las frágiles canoas y las balsas y los bongos improvisados. daba una vuelta y se presentaba con una rama de espinas. oyendo que Pedro había regresado. pero en el fondo le mortificaba la torpeza con que atacaron los dominicanos. sentía un criollismo incurable. Preservan de las balas cuando el que las tiene se defiende tirando a punto metido. Chocaron una balsa y tres bongos. cuando fueron atacados por los nativos que avanzaron hasta la margen occidental. El se iba a ceñir la faja de Mariscal de Campo y. Estas no las fabrican ahora: las hicieron en el extranjero y las “curaron” en Haití… Las conseguí por medio de mi compadre Bucán Ti Pie…. veterano de las campañas del Danubio y de Crimea. Desde antes de salir de Santo Domingo había avanzado su opinión sobre los hombres que tenían que batir. o vomitado río abajo por el remolino. y de mandíbulas apretadas. –dijo con sorna La Gándara. cruzaban en sesgo de una a la otra orilla. a pesar de eso. Pero desde que los asaltantes alcanzaron a ver formándose el clásico “cuadro”. —El 31 de enero –¡desde hace tres días Mariscal Puello!–. o del Mediterráneo!… Eusebio Pueblo tampoco quería responder.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Y. con sabor de picardía: —El hombre es fuerte cuando pone fe en un talismán. Marqués. y el pavor con que huyeron dejando sus muertos. Pedro Florentino es de ímpetu inicial arrollador. los bongos se desprendieron de las amarras y se deslizaron arrastrados por la corriente. a pesar de su desventajosa posición. Prefería ver exterminados a sus antiguos compañeros a que se desacreditaran de esa manera. y en la derrota lo enciende ferocidad 151 . En el recodo vecino recuperaron dos y el otro desapareció con dos cañones. en un lugar que les era tan favorable. no quería expresar concepto sobre el Liberata ese. dijo ¿Entienden ustedes? Y salió sin esperar respuesta. Además. se dispersaron dejando una docena de muertos: todos flacos. Un salvaje que respondía con señales aprobatorias y. Se iba aburriendo de una aventura guerrera sin posible honra que abrillantara los laureles que había ganado entre iguales. desarrapados. enredándose en las caña-brava. entremezclándose con las reses aterrorizadas. como de gente bisoña que llegaba enardecida y no podía detenerse. en creciente. ¡Paz! ¡Retirarse con su familia a un rincón escogido del Cantábrico. En el caudal de aguas ocres patalearon cuarenta y siete españoles heridos y diez muertos. y animal de raza fina.  La embestida fue violenta y torpe. irresistible en la refriega. El Excelentísimo Señor Don Manuel Pereyra y Abascal. mulatos. cuando se le creía convencido. hundido. deme la razón.

A la sombra de frondosos mangos y barías se agrupaban formando mercado al aire libre y discutiendo el trueque de los artículos de consumo. graciosas. Durante media hora se mantuvieron a la ofensiva. Y al primer encuentro el General Ángel Félix atacaba como un tonto y corría como un cobarde. hasta reducirse a disparos intermitentes. a macho cabrío. En cuanto a las de Lemba eran ellas y su barrio 152 . Varios muertos rodaron por un barranco y asustaron a los caimanes. Esas perras se querían lucir delante de la gente.  Las mujeres de Cristoba. Las de Lemba y Las Saladillas fueron las que vieron “al romper el nombre” a Ángel Liberata. de un trigueño pálido y de ojos lánguidos. Eso había dicho. plátanos. llegaron como las de El Naranjo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS irrefrenable: le incomodan los heridos y los prisioneros. les respondieron a gritos. es cruel. con el dorso de la mano izquierda en el cuadril y manoteando con la diestra. y flotaba como si fuera emanación del pobre río. a Pedro y a los Florián. Embiste como Florentino y se escurre como la culebra”. bajaron con rosquetes. Los soldados se juntaron con las mujeres piropeándolas y comprando lo que necesitaban y lo que no necesitaban. cargadas de sartas y canastas de viajacas. ¿Quiénes eran las de Lemba? Unas chinchosas y embusteras. quesos de chivas. cocos. Parece genero como Luperón y. sin embargo. las de Cristoba y El Naranjo eran unas piojosas. Las de Lemba y Las Saladillas. ristras de cebollín. Las de Cristoba eran las que habían visto al madrugar ese día a Pedro Inacia y a Angelito Liberata llegar por la laguna “pusando” un bongo nuevo. Ellas eran las que habían visto pasar por su sección a Ángel Liberata con los rinconeros y los de Petit Trou cargando muchos cañones. Dos días después llegaron a La Salina. que venían de Las Damas en compañía de “El Torito e May Juliana”. pelo lacio y vestidos de colores vivos que contrastaban con el luto general. trascendía del mercado. Estaba casi convencido de su error de apreciación. andullos de tabaco. El empuje fue fragoroso y violento al iniciarse. pero los tiros fueron cediendo en disminución gradual. Lo extraño esta vez fue que no se vio al enemigo y que las bajas que causó fueron en su mayor parte de oficiales: ¡como si los estuvieran seleccionando! Ocuparon Neyba al anochecer y la encontraron vacía de hombres. El día cinco. al ponerse el sol. de los corrales vecinos. Las de Cristoba y El Naranjo no le iban a hacer caso a esas infelices de Las Saladillas ¡Jesús! (Escupían cuando las mentaban). desde que la artillería realista entró en acción y los invasores formaron el cuadro. En el escándalo intervinieron las de El Naranjo. de lebranches. a miseria pública. pero con su testarudez natural insistió en que debían continuar a marcha lenta. de quéqueres y de huevas secas de pescado. pánfilas de comer viajacas con coco. Los disparos hostiles siguieron sonando toda la noche. Ángel Liberata Félix es la trampa. Lo pasaron del río Yaque por el caño de Rincón cargado de cañones y balas. Al General le arañaba la barba el pecho al paso de su caballo. con unas cargas grandes de cañones. oyeron cantar los gallos de Neyba y se disponían a entrar en la aldea cuando en Las Cabezadas de Las Marías atacaron la retaguardia. de tostado rostro. ¡Si conocerían ellas el caballo prieto del General! Para las de Lemba y Las Saladillas. comenzaron a insultar a las de Lemba. Un pesado olor a pescado. ¡Mentira!. De improviso las mujeres de Cristoba.

o cabalgando en un burro hasta Barahona. aunque fuera aventando al duende a cañonazos. en repliegue. que halaba su asno para librarlo 153 . Se afirmó la ofensiva y regresaron. esperando órdenes. seis. Cada grupo corroboraba lo que decían las del otro. El General español podía jurarlo. se impuso en la aldea y se extendió sobre el lago vecino. El Capitán General tendría que ir caminando a pie. los realistas. mangos. deseando que se precipitara el final de los sucesos. Se juntaron unas a otras y. detrás de los cuales salían mortíferas balas. cocoteros. cuando les abrieron fuego del lado de oriente y cayeron 7. Sólo allá. Enviaron a un pelotón a requisar bestias de carga del lado del sur. Todas ellas era mujeres “honrás y de palabra. “El sonso ese va a sabé aonde carga el maco la manteca. Una espulgó el pliegue del pañuelo que le aprisionaba la cabellera y extrajo un fósforo de peine. a los conucos de los Terrero. “por ésta. decepcionadas. Entró en acción la artillería. Un silencio profundo bajó de los cerros. En la mañana siguiente amanecieron degollados los últimos centinelas. ni eco alguno de voz varonil. para salir de tan inhóspitas tierras. por el Sur y por el Oeste. lo frotó reciamente en una chancleta. que nunca hablaban embuste”. (Y formaban cinco cruces con los dedos de las manos). El combate se generalizó.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II tan fatales que al pasar por allá al río se le salaba el agua. Cuando llegaron a la presencia del jefe español estaban todas de acuerdo. El resultado fue desconsolador. A poco oyeron dos. 8. ocho disparos. El Marqués oía y callaba. hizo fuego y encendió un cachimbito de barro. quien hizo llamar a las mujeres para someterlas a interrogatorio. un oficial creyó divisar con sus catalejos. ni huella.000 hombres de La Gándara quedaron listos en un instante. Los 3. ceibas. En seguida se trabó la lucha de tal modo que lo oídos atentos apenas diferenciaban el estrépito simultáneo de la fusilería de los regulares. ¡Como si el hijo de Liberata no pudiera está a la mesma vez en los lugare que que le dé la gana!” Se apretaban las verijas temiendo reventar de risa. ni señal del enemigo percibieron ese día. De las de Cristoba y El Naranjo sí “que naide podían dací que les tenían la cola pisá… Lo único que podían decí de ellas era que sabían salir algunas puta… ¡Y eso!” Un soldado le dio aviso a un oficial y el oficial a La Gándara. Luego se despidieron hasta el sábado siguiente enviando mutuas memorias y riéndose del jefe español. la sombra de un jinete fugitivo. en los pequeños remansos croaron los batracios.  Amanecieron degollados los centinelas y desjarretadas las cabalgaduras. Todas habían visto en la madrugada llegar por sus barrios respectivos a Ángel Liberata. iban comunicando el fuego de uno a otro cachimbo. del graneado tiroteo de los nativos.  Cuando se borró la púrpura del poniente. Ni un hombre. cuando cruzaban caldeados de sol los áridos salitrales de La Madre del Muerto. que son cruce”. contados con cerradas descargas. a su generar con crecientes cargas de cañones. ladeando los rostros. El Marqués cañoneaba troncos de barías. Las mujeres se retiraron charlando amistosamente. La Gándara acabó riendo con fingido asombro de las sandias salineras que la misma noche a la misma hora vieron llegar por el Este. 9 zapadores de la escolta del Capitán General. en la linde casi imaginaria. A una mujer.

16 de agosto. había adquirido los caracteres de la derrota. quedaron abatidos el Teniente y dos soldados. 154 . con pretensiones de recuperarlos. El Uvero. La refriega continuó a lo largo del camino. acosados. Un silencio ancho y hondo bajaba de la eminencia y se extendía cubriendo el valle de Neiba. Los Tres Reyes. pero muchos oídos oyeron una macabra carcajada y un cuerpo y una cabeza rodando ladera abajo. meneadas por el terral. le explotó en el pecho una metralla. —Capitán: me estorba ese hombre… ¡Cójelo!. esa es la paz! Y un tronido. rugió la voz formidable: —¡Concordia. a un deleite que asomaba. de los 820. Entonces. el Ayudante del Marqués y un Teniente y muchos españoles. el paseo triunfal de los vencedores de Azua. bajó con la voz matando a doce hombres. pisó estribos y tomó la ruta por donde iría a averiguar qué había sido de Candelaria Ferrera. Se deslizaron los cañones del lado opuesto y. Volvieron a sonar tronido y voz. barriendo al Marqués y dejando fuera de combate uno de su cañones. Entonces fue cuando. porque Ángel Liberata había vuelto a pelear. repercutiendo. junto a obreros de todas las naciones. irritados. hizo lumbre en su yesquero. aguaitando. pasándose la mano diestra por la cara. como el hálito que le denunciaba la existencia del Yaque lejano desembocando en la gran bahía de aguas tranquilas.  Se hundieron en occidente Las Tres Marías. impreciso. pacíficamente unidos. en un choque cuerpo a cuerpo. ahuyentó las visiones. miraba él cómo ardían las casas y miserables bohíos iluminando la orilla del mar por donde se retiraban los invasores. los arroyos La Peñuela. En las estrechuras los soldados de la impedimenta se escudaban con los heridos. de Baní y de San Cristóbal. y los españoles se fueron. Las Siete que Brillan y se apagaron Los Ojitos de Santa Lucía… Empinado sobre un peñón de Las Balizas. semejante a un desprendimiento de la altura. brumoso. La Isabela y Cachón Pipo se deslizaban cantando… porque en aquel lugar le habían cortado el ombligo al Jefe del Sur. Cuando pasaron por el caserío de Rincón. Con la aurora las luces creaban formas fantásticas a los ojos de Ángel Liberata Félix. en las espeluncas del Bahoruco y la sagrada cordillera se enarcó. Cuando La Gándara y Puello llegaron a Barahona. embistieron al cerro. 1936. desde la cresta de un cerro cercano. y parte de la mujer y la cabeza del asno quedaron adheridas a una ceiba. españoles y dominicanos. Creía ver la aldea de Barahona transformada en una ciudad inmensa que comenzaba a vivir vida futura. Ignoraban e ignorarían los sacrificios y los nombres de él. Continuaron el tableteo agresivo y las descargas cerradas de la fusilería. Volutas y grumos rojizos se desprendían de las gigantes chimeneas de fábricas donde trabajaban. ordenó la voz terrible: ¡hazlo reír!… Y como el subalterno se apartó con el Ayudante prisionero. Rugían y volvían a rugir los cañones con que el Yaque contribuyó a luchar por la República y. buscando el mar. La exaltación de la lucha fue cediendo a un sentimiento nuevo. le acariciaban el pecho. Sus barbas de chivo padre. de todos lo anónimos fundadores.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS de riesgo. El relincho de su caballo tuvo repercusiones de clarín. encendió el cachimbo. y prisionero el Ayudante. del lado suroeste. ningún ojo vio cuando le alzaron el brazo y le abrieron la herida que hace enloquecer. Adusta y sombría se alzaba a sus espaldas la cordillera maternal.

novelas y ensayó piezas de teatro. exponiendo por primera vez desconocidas dotes de oratoria. retratadas en sus rudas facciones todas las durezas de su corazón. presentando ejemplos. gesticulando y hablando. ¡Cualquiera se habría acercado a calmarle en aquellos momentos. la Calumnia. oh Destino? –gemía sin importarle nada las arrugas que se multiplicaban en la frente de Plutón–. tienes una corte a tus pies. Proserpina. aunque nadie le escuchaba. ¡Reniego mil veces de la inmortalidad aquí. empezó a ceder y aun a tratarla con cierta dulzura desacostumbrada. se paseaba por las galerías de su palacio. Eres reina. y como su reino no estaba en condiciones de alegrar a nadie. Plutón no quería pensar en ello. ¿no sabes que la tierra es un infierno. ella. su cara mitad. por ella compartido. y dirigiéndose a su habitación empezó una larga perorata llena de elocuencia. ¡Tener el Vicio. mi patria? —¡La tierra! –dijo Plutón con sorna también– Pero desdichada. cuando su rostro mostraba el sordo furor que rugía en su pecho! Plutón tenía mal genio de suyo. en sus días malos causaba verdadero pavor verle. quejándose amargamente de la lobreguez de aquel reino. como energúmeno. el rey tomó el partido de convencer a la reina de que aún mucho peor que el infierno es nuestro desdichado valle de lágrimas. la Envidia a mis pies! ¡Ver de continuo los feroces rostros de los hijos del infierno. Proserpina puso el “grito en el cielo”. que sólo me causan horror! ¡Oh. y allá fijó su residencia: la Hipocresía. inconforme. pero disfrazados hábilmente y guiados por aquella. la más vil de mis hijas. Y aunque el rostro del marido habría impuesto respeto al mismo Hércules. mejor quisiera estar en la tierra! ¿Por qué me arrebataste de ella. mentira! Allí no tienen rostros tan feroces como los que aquí me rodean. —¡Tonta! –exclamó él con desdén.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II VIRGINIA ELENA ORTEA (1866-1903)* Los diamantes de Plutón Plutón. no tardando en declarar que abandonaría su triste mansión para volver a la tierra. 155 . *V. que ella me condena a la eterna contemplación de vuestros sombríos dominios! —No te quejes –replicó él con admirable calma. Ahora bien. mis cortesanos. había amanecido caprichosa. explicándose con calor. E. en vista del terreno ganado. y tales son los motivos por los cuales le hallamos tan sombrío. Ortea escribió cuentos. Al escuchar el cruel insulto. se había encarado con él para decirle con sobrada impertinencia cuanto a la boca llevó su rebeldía. una mujercita fina y delicada como una alondra. Son los mismos. —Por qué estoy en este sombrío palacio. la que arrojé de aquí. en fin. se sostuvo en la ofensiva. con un humor más negro que su reino. no queriendo Plutón desacreditar su alardeado temple de voluntad y su poderío y no viendo que de otro modo pudiese calmar a su mitad. y que si allí fueras reina tendrías a tus pies una corte igual a la mía? —¡Mentira. la Crueldad. haciendo verdaderos prodigios de perspicacia y tacto. Parece que después de meditar detenidamente el asunto. —Valiente corte la tuya –exclamó ella con sorna–. y como hasta él llegaron sus lamentos y Júpiter se enterara de la desavenencia. datos conmovedores. No hay para qué decir que Proserpina.

al verse vencida en aquel torneo de palabras. —Me voy para ese Paraíso que tales adornos produce –chillaba ella sin el menor respeto a su categoría. y la cegaban con maña. y ella. ya tienes las flores que aquí se producen. pero ello es que la Soberbia y el Orgullo se habían hecho consejeros favoritos de su Alteza. Plutón. —No me burlo. y empezaba a juzgarse. ¡Desdichada de mí. La Envidia había revuelto a los habitantes del Averno promoviendo una verdadera rebelión. —Te burlas de mí –clamó ella rechazando la mano de su esposo–. No se desanimó él. que no entiende de razones! Toda aquella alocución cayó en saco roto. En tanto él se reía a más y mejor al depositar en la falda de su aturdida mitad los brilladores carbones. el más desdichado. comenzó a llorar amargamente. deslumbrador. Y volvió a gemir sin consuelo. la contemplaba cada día más vanidosa. que por nuestra desgracia acertaron a caer en los abismos de la tierra. mohíno. para lucir en él sus esplendores. —¡Malditas! –gritó. furioso. Las cosas llegaron a su colmo el día que Proserpina. por primera vez. y a su vez habló interpelando a sus perdidos bienes: 156 . seguía en sus trece la diosa del Infierno. Y no es esto sólo. no había tenido día tranquilo. y las delaciones se sucedían ante el trono. más pegada de su belleza. los arrojó con ímpetu al infinito. con tal fuerza. se apretaba las manos una con otra. más necia. con menoscabo de su majestad y exposición de un rompimiento peligroso. Atraeréis a la Envidia hacia vuestro brillo funesto. Nada tuvo que contestar el rey del Averno a esta verdad abrumadora y bajando la cabeza. de infames crímenes. —Toma. y erre que erre. Seréis causa de crueles ambiciones. mujer –dijo–. quiso subir al Olimpo. librándose así de la furia que aún quedaba en el pecho de su rey y marido. radiante de pedrería. Verdad que a cada razón del marido opuso ella una réplica más o menos oportuna. desde el malhadado asunto de los carbones. o más bien rugió trémulo de ira–. furia que desahogó él en las desdichadas joyas. de modo que el rey. de viles deshonras. que sin cesar adornaba con las fosforescentes luces de sus joyas… Llegó el caso de que el desdén de la reina alcanzara a su mismo compañero. quejándose… de que en la tierra había “algo” bueno que no tenían en el infierno… flores.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ¡Pero cualquiera convence a mujer de cabeza dura. y arrancado los diamantes a la reina. Proserpina cayó presa del más espantoso ataque nervioso. Sabido es que así sucede… casi siempre. Proserpina se dedicó desde ese día por completo a sus nuevas joyas. que con nada puedo realzar aquí mi belleza! —¡Flores dijiste! –gritó el dios. que en joyas había convertido un diablillo inteligente a las “flores” del infierno. y continuó demostrando con irrecusables verdades sus razones. de desdichas sin cuento. La Perfidia trabajaba activamente en ella. Yo te daré algo mejor para que te adornes –añadió metiendo la mano en un horno encendido que por allí había y sacando algunas brasas que apagó entre sus nervudos dedos. abre tus bellos ojos y mira… Ella por curiosidad miró lo que le ofrecía. lanzando un grito de sorpresa y placer al ver los apagados carbones convertidos en piedras que lanzaban cascadas de luz fosforescente de un brillo fantástico. Plutón no pudo resistir su ira. ¡Seréis fuego de infierno para quien os desee! A estas voces volvió en sí Proserpina.

y como me resta tan poco tiempo de libertad. Así lo pregonaban el límpido fulgor de sus ojos y la dignidad y sosiego de su continente. era soñador y capaz de entregarse a la meditación. me veré precisado a laborar en las plantaciones y en las minas. escuchó la petición de su hijo con un destello de comprensión en la mirada y sus labios se comprimieron con gesto apenado. novela (1949). ¿Por qué no desistes? Te asaltarán criaturas extrañas como jamás soñaste conocer. rica en leyendas gloriosas. ¿Acaso lo ignoras? La expresión del chico era el anverso de una decepción. ¡llevad al pecho de la mujer que os posea los encantos que el mío ha gozado! ¡Embelleced la garganta. 1 Eracra: –templo. como todos los hombres de su estirpe. Un buen día decidió solicitar el permiso de su padre para ir en excursión a las montañas del Bahoruco. Nitaíno: –cacique subalterno. deslumbrando. pero… ya sé que pronto. publicó Toeya. Creen que todos los humanos somos hijos de Maboyá. El nitaíno. donde imaginaba que moraban aún las Ciguapas de luenga cabellera. Atardecer en las Montañas. Sombra de pasión. Guabancex: –diosa de los huracanes. Caobay: –el purgatorio. Su constitución emotiva demostraba que. Ciguapa: –mujer legendaria. anciano de severo semblante y porte altivo. Pero debo advertirte que la aventura que has soñado es harto peligrosa y otros más denodados que tú han perecido en la demanda. padre. vivía en tiempos de Cristóbal Colón un indiecito de unos trece años. Pertenecía a la noble raza de los arahuacos. Por eso contestó con presteza: —Por el contrario. cuando cumpla los catorce años. Era hijo de uno de los nitaínos más valientes y había aprendido de su padre a usar el arco y las flechas con maestría sin igual. y Cuentos para Niños. —¡Bah! –contestó despectivamente el chico–. pues no esperaba semejante confesión de su hijo. Opia: –alma de los muertos… Maboyá: demonio. pacíficos pero valientes en grado sumo. —Aún me parece verlas: pálidas. calmado su enojo. y las Opias de sus mágicas leyendas. lo he oído comentar muchas veces. —¿Es posible –preguntó en su sonoro idioma antillano– que te sea indiferente perder la vida? Has de saber que las selvas milenarias están cuajadas de peligros. que todos llevamos en el alma el germen de la *Virginia de Peña de B. Matunheri: –alteza. Turey: –cielo. ¿Acaso te encontraste con ellas alguna vez en tus andanzas por los montes? En la mirada del anciano relampagueó el recuerdo. iracundas. 157 . osado e inteligente. bien quisiera aprovecharlo. con la cabellera al viento y los ojos desorbitados. cuyos pies marcaban huellas en dirección contraria adonde se dirigían. añadió burlón: —¡Brillad. —Comprendo… musitó el padre y sus ojos se nublaron repentinamente. el cabello sobre que os asentéis con fulgores de aureola! Y Plutón. Nonum: –luna. sobre las cabezas que queráis perder! VIRGINIA DE PEÑA DE BORDAS (1904–1948)* La eracra de oro1 (Cuento para niños) En esta tierra quisqueyana. llamado Tamayo. ¡pero mis pies fueron bastante ligeros para esquivarlas! Sabía que me esperaba en su compañía una muerte segura entre los despeñaderos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —¡Benditas! Ya que no puedo poseeros.

No le arredraban las enormes iguanas y caimanes que veía deslizarse sobre sus orillas porque sabía esquivarlos. según los indígenas: abortos de Luzbel. Estaba perplejo. henchida de trepidaciones y ruidos apagados. El lago de Jaragua era una gema irisada de divinos matices. se deslizaba bajo los árboles de ramas caídas. por tanto debía proceder con cautela. ¿Sería la mano de algún Cemí que la retenía? ¿Es que estaba vedado pasar por allí? Algo semejante debía suceder. que colgaba de un árbol de la ribera. ¿Me prestas tu piragua y tu hacha de monte? Quizás es mucho pedir… Vencido por su amor paternal. te proteja en el camino! Y arrancando una aromática rama de curía le tocó en el hombro. y que Luquo. Sin pensarlo más. pues al tocar los remos la superficie lisa y brillante del lago arrancáronle chispas luminosas. como un manto. más que nunca anhelo ahora subir al Bahoruco! Padre. —Gracias. Notó al acercarse 158 . que moteaban el agua de sombra y sol. Hoy es poco menos que inútil para defendernos de los guerreros de pecho de hierro que nos esclavizan. Hizo un supremo esfuerzo por darle impulso y los remos se quebraron. me haces el más feliz de los mortales. Por eso te ofrezco la piragua: puede servirte mejor… ¡Ve. el Ser Supremo. el crepúsculo caía rápidamente y el paisaje entero se envolvía en sombras de misterio. arrastró su piragua hasta la orilla y la ató cuidadosamente al tronco de una ceiba con un fuerte bejuco de jagüey. Pájaros diversos de vistosos plumajes. dijo blandamente: —Los indios no escatimamos la ocasión de hacer hombres valientes de nuestros varones. hijo mío.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ambición y el desenfreno… ¡Y quizás estén en lo cierto! No perdonan ni un pensamiento impuro ¿comprendes? —¡Ah. hurañas. se deslizaba ante el sol. El rostro oliváceo del indiecito se tornaba cada vez más jocundo. Acto seguido se encaminó al grupo que le miraba con atención. Bajo unas palmeras. Como sucede a menudo en el trópico. el nitaíno contestó: —Ambas están a tu disposición. ornada de árboles florecientes. bendiciéndole. Aquella había sido la existencia bendita de sus antepasados. No cabía duda: ¡eran ciguapas!. En aquel paraje reinaba un silencio absoluto y se percibía la melodía del viento entre las hojas. de pulida caoba. saltaban audaces de rama en rama. Tamayo conocía sus implacables y frías decisiones. a despecho de las duras circunstancias de su vida. como una sombra. aunque sentía clavados en él sus ojos desafiadores. El ruido isócrono de los remos cesó de improviso. La canoa. Percatóse con asombro de que su piragua se había inmovilizado. La luna en el horizonte era un espectro pálido. elevaba al cielo la alegría del trópico. Está concedida tu petición. La floresta. ¡La masa de sus aguas se había petrificado! Alrededor la tierra era toda bermeja. como de una gema que hiriese el sol. según los frailes hispanos. no sabía qué partido debería de tomar. cuyas cabelleras luengas y sedosas las cubrían enteramente. llamándole la atención. La piragua. tan fieros como valientes. pero no avanzaba en modo alguno. Ya estaba allí y era indigno de un taíno volverse atrás. pensó entristecido: ¡la libertad! Y deseando que su hijo la disfrutase. Eran criaturas pálidas. que se agrupaban en forma de templo. como si de repente hubiese echado raíces. ¿me concedes tu permiso y me das tu bendición? El nitaíno no albergaba ya pensamientos de liberación. aunque mi hacha te serviría de poco: ¡hoy no es más que un símbolo! Trabajada con esmero y tesón durante mucho tiempo. fue confeccionada para procurarnos el sustento y defendernos de nuestros enemigos ancestrales. Todo era brillantez y luminosidad cegadoras. los Caribes. astillándose. padre –agradeció entusiasmado el adolescente–. creyó ver ojos humanos que le atisbaban.

Las ciguapas se miraron entre sí. —¡Qué nombres más extraños! En fin. ni alimañas que ataquen al hombre… —No. como tu piragua al lago! Forzosamente pasarás esta noche entre nosotras y harás lo que se 159 . ya comprendo! –masculló con sibilante acento–. pues. chiquillo? —Yo me llamo Tamayo… Y vosotras.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II que no eran como las imaginara. Serás traidor a los tuyos. pero hay criaturas que nos ofenden hoy más que las bestias: hombres vestidos que hacen daño a los nuestros… ¡Deben perecer todos! —Cierto. deseaba conoceros y pensé que quizás me enseñaríais donde se encuentra la felicidad en esta tierra nuestra. Hasta ahora nadie había llegado a nosotras por determinación propia. pero no es de indios traicionar y les llamo hermanos desde que aprendí a amar a su Dios. eres tan valiente como testarudo! –amonestó la más joven. Harías bien en volverte por donde has venido y tratar de olvidar todo lo que has visto… El indiecito vivía la embriaguez de un sueño y repuso sin amilanarse. —La felicidad existe en el bosque milenario de las ciguapas. quien creyó encontrar amigos en los maguacochíos y abandonó a los de su propia raza… ¡Infeliz! Ya el chico iba a dar la espalda malhumorado. Por lo menos eso le sugería su mente de niño inocente. contemplando los ojos hipnotizantes: —¡Ah. Si deseas conocer las maravillas que encierra esta tierra de tus antepasados. cuando su interlocutora lanzó una especie de alarido y exclamó exasperada. y añadió bostezando–: Jamás se ha cortado un árbol. y he aprendido desde la cuna a no temerle a hombres. Tan sólo debes probarnos que eres valiente a toda prueba… ¿No te tienta la aventura? —Sí que me tienta… pero no sé a que llamáis valor. logrará vencer al opresor. sino criaturas demasiado jóvenes y hermosas para causarle daño a ningún mortal. ¿cómo os llamáis? —Somos la Indolencia. como lo fue Guacanagarí. soy hijo de nitaíno. Ya veis que no os sirvo. donde todo es belleza y encantamiento –repuso la Indolencia con voz cansina. golpeándose maquinalmente las rodillas con dedos que remataban en afiladas puntas. ni se ha pescado en nuestros ríos… Las frutas más tentadoras caen maduras al suelo sin que haya necesidad de tumbarlas. la Oscuridad y la Superstición. mal que te pese! ¡Tus pies se adherirán a la tierra. —¡Ah. Los ojos de la ciguapa Oscuridad lanzaron chispas de furor. ya no podrás marcharte. ¿Cómo te llamas. ni a bestias… —¡Ah. permanece con nosotras una noche completa y conocerás los secretos de los Cemis: penetrarás en la eracra sagrada que guarda las cenizas de los Tres Behiques sabios que enseñaron las artes de tu tierra natal. sin sombra de temor: —¿Serían tan amables en decirme qué paraje es éste y por qué motivo se ha encayado mi piragua en el lago? Me ha sido imposible moverla… —Forastero. amuletos que llevaron al cuello los caciques ya desaparecidos. Y cuenta cierta conseja que el valiente que logre ceñir a su garganta esos preciosos ornamentos. preguntas muchas cosas a la vez –contestó la que parecía de más edad– y eres demasiado joven para aventurarte por estas soledades. es demasiado hermoso para olvidarlo! Y además. Allí existen tesoros incalculables. ¿Enfrentarse acaso a las bestias feroces? No existen en esta tierra nuestra animales. revelando lo que bullía en su oscuro cerebro: —¡Pues bien. cuya voz alada tenía resonancias de cascabeles–. Las interpeló. lanzando al chico una mirada perversa.

La suerte está echada… Me consuela que no podéis quitarme más que la vida: he aprendido de los frailes hispanos que el alma es intocable e imperecedera y en cambio la materia es barro vil y deleznable. a cada cual le llega su fin. —Pues agárrate bien. muy semejante a un bufido. llamada Indolencia– preocúpense o no los mortales. con que ya veis que no podéis intimidarme. —No tienes por qué intimidarte –bisbiseó la ciguapa más joven. De pronto sintióse sumergido en las aguas de un río y creyó que iba a perecer ahogado. Tamayo comprobó que olvidándose de sí mismo sentía un agradable bienestar y aunque volar en compañía de aquellas hijas de Maboya era por lo menos anonadante. Y allá abajo. Todo parecía escarchado y en penumbra. con que abandonarse a su sino sería lo más acertado… –y volvió a bostezar como si el sueño la venciese. Estás completamente a nuestra merced. 160 . Volaban por encima de la luna en fantástica procesión y el chico contemplaba a su placer lo que otros hombres imaginaban apenas. Tamayo sintió que se erizaba su cabellera porque se elevaban vertiginosamente. de una belleza deslumbradora y tranquila. como lo había hecho mil veces en compañía de sus amigos. Los perfiles de las altas montañas hacíanle sentir una admiración reverente. Dentro de unos instantes bajará hasta nosotros y nos servirá de carruaje. La ciguapa Superstición lanzó una extraña carcajada. La luna se ha cansado de volar y tú has salido airoso de esta prueba. pero adversa para los mortales.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS te ordene en todo momento. Seguro de hacerle frente a las más duras pruebas comenzó a nadar sosegadamente. pero recordó las mágicas palabras de la Superstición y olvidó una vez más su condición de humano. Descendían. que los astros bajen hasta nosotros. agarrados unos a los otros. En el silencio que siguió a esta declaración tan inesperada se adivinaba la sorpresa del muchacho. Es inconcebible. experimentó la emoción incomparable de ser mago o cemí al trasladarse con tanta celeridad de un mundo a otro. embozada en nubes. Cortábale el aire la cara y zumbábanle los oídos. y el descenso era aún más vertiginoso que la ascensión. con que comienza a rezar por tu alma. como si le abanicase un huracán. —¡Aquí no se puede respirar –suspiró el indiecito– y además hace un frío horrible! —Olvídate de tu condición de humano y será como si fueses divino –aconsejó la ciguapa Superstición con voz casi inaudible. si no quieres caerte desde las nubes –ordenó la ciguapa mayor– porque aunque no lo creas. buscando escondrijo entre los juncales del río. esta noche la luna tiene dos alas. y dijo con sorna: —¡Vaya que eres valiente entre las mujeres! Al parecer sólo los hispanos te intimidan… Mira. —¡Pues tanto mejor! –dijo con aplomo al cabo de breves instantes–. ¡cuánto ruido! ¡Cuánta gente! Por eso dijo con llaneza infantil: —Mucho me gustaría poder permanecer aquí: ¡es más bello de lo que soñé!… —Desdichadamente tornamos a la tierra. propicia para las moradoras del bosque. además. —Pues yo estoy convencido –aseveró el indiecito con entereza– que sólo Dios puede acelerar nuestros días. ¡Jamás oí decir semejante cosa! –añadió despectivo. es la luna roja de las ciguapas. pero su altivo semblante apenas trasuntó una leve emoción. ya vamos emprendiendo el vuelo. Por lo menos eres valiente y sereno –comentó con menos aspereza la ciguapa Oscuridad.

diciendo: —Por segunda vez te ha salvado tu buena estrella… No tenemos reproche alguno que hacerte y ahora vas a conocer la eracra de oro y los orígenes milagrosos de tu pueblo. quien ha padecido ya bastante y temo por él. Apesadumbrado. ya que la espesura del bosque era tal que apenas se filtraba la luz de la luna por entre el espeso ramaje y sólo podían avanzar marchando de uno en uno. empuñaré las armas y haré la guerra contra los invasores a la manera de mis antepasados.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Las aguas turbulentas se cerraron sobre su cabeza. preferible mil veces a vivir avergonzado ante los hombres de tu estirpe. –concedió el cacique de la Cibuqueira–. Como finos encajes. muere en el acto. Matunhetí. había conservado puro su corazón y alimentado su alma con las enseñanzas milenarias de sus mayores. la guajaca colgaba de los árboles y flotaba con la brisa. que alumbraban a trecho los cocuyos formando cascadas de luz. todo clemencia y comprensión. que habían permanecido tranquilas y observantes. compañeros. Para él aquel inmenso bosque 161 . Una sombra. la planta del hombre jamás había hollado aquella tupida selva. Macorixes y Ciguayos. Tamayo reconoció entre el grupo a Caribes. negras como la endrina. seguido de cerca por sus celosas guardianas. De su muñeca pendía el grillete que le permitió reconocer a Caonabo. ¿qué eres? El indiecito sintió un tumulto en su corazón al proferir: —Soy indio y siento como indio. En ninguna época ha pisado allí criatura viva y el impío que pasa inadvertidamente por aquel sacro recinto. ¡Así me escuche Luquo! —¡Ah. Luquo es Jesús. Había riachuelos y cascadas. partirás con nosotros a la tierra de las sombras. Es de los nuestros… Así podemos marchar en paz a la región del Coaibay. Mirándoles pasar caían sus lágrimas ocultas como lluvia de fuego sobre su corazón. le rodearon de nuevo. como para mi padre. en los cuales advirtió grupos que parecían solazarse en las aguas. Veía por todas partes criaturas semejantes a las que le acompañaban. coronadas de plumas sus cabezas de largas cabelleras. siempre vela por nosotros y perdona nuestros yerros. Que Luquo te conceda la mayor de las glorias humanas: ¡luchar por tu patria! Hieráticos y solemnes deslizáronse unos tras otros. quizás largo tiempo desaparecidos. creímos que eras cristiano! ¿Acaso es Luquo tu Dios? —Para mí. cortinajes foliáceos y altísimas palmeras era un espectáculo imponente en su grandeza milenaria. el más valiente de los quisqueyanos. Entonces las ciguapas. parecían las de caciques destronados. como fulminado por el rayo. altivos y desafiantes. —Si no eres de los nuestros. pero tengo un padre anciano. como niñas traviesas y turbulentas. se detuvo ante él con el brazo extendido en ademán de reto. Di. como lo sois vosotros. que quisimos morir por echar de nuestro suelo al usurpador. Y emprendieron el camino. la más erguida. pero continuaba nadando rítmicamente. No había allí claridad ni de noche. ni de día. cual si fueran arrastrados por el ímpetu de la corriente. adornada de helechos arborescentes. —Está bien orientado. Tamayo guardó silencio. No importa lo que le llaméis. Mi rebeldía está aquí –confesó. un Ser Omnipotente. Algún día cuando él sea tan sólo espíritu. de la raza que dejaba crecer sus cabellos como símbolos de su hidalguía. oprimiéndose el pecho con orgullo–. Marchaban unos tras otros. algunas con aquella expresión intimidante en sus rostros de belleza perturbadora. Las sombras que le rodearon bajo las aguas no eran tan sólo las de las ciguapas. La bondad inesperada de aquellas hijas de Maboyá le pareció un buen augurio. La vegetación lujuriante. Su rostro volvió a tomar su expresión jocunda. Por fortuna.

sondeando sus ojos a cada instante. De súbito vislumbró en lo alto un fulgor extraño. del que consumía la gente principal. cuando sintió una terrible conmoción. con medallas y amuletos. apuntando hacia la eracra. estaba colocada toda una vajilla del mismo precioso metal. que con sólo clavarle sus ojos hipnotizantes recobraba de nuevo el equilibrio y proseguía la ascensión. ornado de arbustos y florecillas olorosas. Tamayo no había ingerido alimento alguno en muchas horas. veíanse amontonadas joyas de complicados adornos. cargada de aromas. como un gran escudo finamente labrado. Allí estaban colocados en nichos los Cemís adorados por sus antepasados. el joven penetró en el sacro recinto y sus ojos le parecieron demasiado pequeños para admirar lo que se ocultaba a la vista de los profanos. Ya sólo faltaba el último picacho. Fortalecida el alma por lo que juzgaba un milagro. los que estamos aquí sepultados durante siglos. Llegó al arqueado portal y los dorados goznes giraron suavemente. Un soplo compensador de brisa.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS estaba inundado de sombras y misterio. Contemplábalo todo absorto y maravillado. a pesar de su ávida curiosidad. En él equivalía a un apostolado la felicidad de los suyos y ante aquella declaración un estremecimiento de rebeldía recorrió 162 . huyendo amedrentados a su paso. Flamencos de color rosado se alzaban soñolientos. siempre cautelosas y desconfiadas. Está escrito en el firmamento ¡pero seguiremos siendo cumbres! Tamayo escuchaba con intensa atención. fino y blanco como obleas. negras y brillantes como ébano. ennobleciéndola. Como sobre un aparador. con un fulgor inusitado en sus pupilas insomnes–. y pirámides de cazabe. —¡Avanza! –ordenó imperiosamente la Oscuridad. Ya sentía el frío de la madrugada y un temor reverente invadía su ánimo. ¿Verían de nuevo las opias de los caciques desaparecidos? ¿Podría platicar con el bravo Caonabo. Caminaron durante varias horas en silencio: las ciguapas delante. y el aroma apetitoso de aquellos frutos variadísimos producíale un cosquilleo en el estómago. como si amenazase un cataclismo. Cesaba la espesura y se convertía en un opulento prado. Ahora somos tus ángeles. en una barbacoa de roja ácana. Agitaba su hermosa melena. pero comprendiendo que estaban allí como ofrenda a los Cemís se abstuvo de tocarlos. Vacilaban sus pies y se adherían a la tierra. Imposible le hubiera sido avanzar un solo paso hacia aquel prodigio. que se le antojaba inaccesible. dando traspiés por aquella jungla enmarañada. trillamos la senda para que las generaciones del futuro aprendiesen a ensancharla. y avanzaba. como de un sol que alumbrase a medianoche. Veíanse frutos exquisitos sobre los cuencos. y una voz tenue se dejó oír por entre las reverberaciones: —Nosotros. El templo osciló. y sobre pulidas bateas. ¡quizás más tarde seamos tus jueces implacables! Tamayo siguió la ruta indicada. hízole suponer aquel recinto un paraíso. apretando a sus labios el puño cerrado convulsivamente. En el fondo de la meseta revelóse a sus ojos la masa deslumbradora de la eracra sagrada. si una de las ciguapas no le hubiese tomado de la mano para conducirle. frustrado redentor de los suyos? El paisaje cambiaba. negándose a comprender. como si la mano invisible del genio de la noche se hubiese extendido para darle paso. La luna brillaba intensamente y el cielo estaba cuajado de estrellas. sin dar jamás la espalda. pero tal era el dominio que ejercían sobre él aquellas mujeres tenebrosas. Escucha lo que nuestros abuelos dijeron a nuestros padres: estas islas son las cumbres de una tierra portentosa que la ira de Guabancex sepultó en el fondo de los mares… Nuestra raza desaparece y renacerá otra más fuerte. representados por caprichosas figuras en oro sólido. con las ropas empapadas todavía.

estremeciendo de nuevo el templo y algunos ídolos rodaron al suelo con estrépito. que es más potente que las nuestras. mientras Tamayo con lágrimas en los ojos. Las ciguapas habían desaparecido y el joven respiró aliviado. y de aquel modo con gusto ofrendaría su vida… Pero… ¿merecería realmente tal gracia? ¿Acaso no eran todos los indios desinteresados y amantes de la libertad? Quizás era ésta una nueva celada. pero se equivocaba. Reverberaba en su pecho el sentimiento inmortal que eleva el alma de los hombres y se persignó a la usanza cristiana. que es la fuente de todas las riquezas. Ya se alzaba.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II todo su cuerpo. es menester alzarse hasta Nonum por nuestros propios merecimientos! Los ojos del indiecito ostentaban un brillo acerado y su rostro tenía una expresión confusa. El monólogo se había demorado un breve instante para proseguir con más pujanza. En cambio. daba fácil salida a sus emociones. pero esta vez eran más blandas sus maneras. La frescura y virginidad de su alma habían desarmado a aquellas mujeres implacables. Desorbitados sus ojos en alucinación. ¡Llévatelos. cuando irrumpieron en la eracra sus tres jueces fortuitos. la voz hasta entonces apagada adquiría la claridad de un clarín. pensó con cierta duda todavía. que algún día ostentarás con orgullo. Señor de los cielos. que contienen la sabiduría del universo. ¡Permite que cuando sea hombre yo pueda luchar por los míos… aunque en ello pierda la vida! ¡Queremos libertad o muerte! Su voz. colocáronlas sobre una de las bateas y añadieron frutas y cazabe al ponerlas en sus manos. Para ti son esos preciosos ornamentos. porque estás exento de soberbia. pero hablemos de ti: has triunfado en las tres pruebas decisivas y ya puedes marcharte en paz adonde los tuyos. libre de sujeciones y tributos. Solamente podría ostentar aquellos ornamentos como vencedor. no aceptas el triunfo de otra raza sobre la nuestra… Eres denodado y resuelto y Luquo sabrá premiarte como mereces. ni riquezas. ni civilización siquiera… ¡Todo cuanto te pedimos es la libertad! Vivir nuestra existencia pacífica de antaño. y que sea luminosa tu senda! Tamayo escuchaba con un sentimiento indefinible de alivio y quedó como extático ante aquella asombrosa concesión. Entre esquivo y emocionado el indiecito no acertaba a dar las gracias debidamente. tendidas al viento las 163 . En su cerebro infantil amalgamábanse perfectamente la realidad y la ficción. las verdades austeras del cristianismo con las poéticas leyendas de su patria. —Si pretendes alzarte hasta el turey atiende a la Divinidad. pregonaba la rebeldía de su corazón. esperando ver allí algún nuevo prodigio. ¡No basta morar en las cumbres. henchida de fervor patriótico. emocionado. escúchame y atiéndeme! Estamos exentos de ambiciones bastardas: no queremos oro. Pensaba que al fin le habían abandonado sus exigentes guardianas y que podía marcharse libremente. aprende su idioma y estudia sus libros. pero antes debo concederte el premio que mereces por tu fervor y desinterés de patriota innato. contemplaba el techo abovedado. admirando con curiosidad no exenta de veneración los extraños ídolos caídos a sus pies. pero las ciguapas recogieron aquellas riquezas. —No venimos a torturarte de nuevo –rió guturalmente la ciguapa Superstición– no somos tan pérfidas como nos suponen…. No pudo menos que arrodillarse y de sus labios brotó espontáneamente esta plegaria: —¡Ah. En tu alma no anida el rencor contra los opresores. —Ahora márchate a enfrentar la vida… Ya amanece y ningún mortal debe contemplarme a la luz del sol… Así habló la Oscuridad. Las ciguapas desaparecieron en un remolino de aire. esfuérzate en aprender lo bueno que te enseñan los naguacoquios: cultiva la tierra.

Y el lago de Jaragua resplandecía al sol como una gema viviente. Ejerció la profesión de Notario. y allí entregó lo que traía. JOSÉ JOAQUÍN PÉREZ (1845-1900)* Las tres tumbas misteriosas La hendida campana de la Puerta del Conde daba las doce de una noche oscura. Flor de Palma (novela) . moviéndose sus aguas al impulso de la brisa. Sentía una certidumbre tan profunda de su aventura que no la podía desterrar del pensamiento. como las de aquellos tiempos en que los medrosos habitantes de esta ciudad antigua no tenían. para disfrutar de un suculento refrigerio. Bandadas de aves revoloteaban mansamente en torno suyo. había el bulto de una persona. porque la tristeza había huido de su corazón. no lejos de la eracra de oro. tendióse satisfecho. sintiendo que el sueño le vencía. Música más dulce no podía ser oída en parte alguna. pensó entusiasmado. a cuyo tronco había amarrado su piragua. Llegó a una casucha de la calle de la Universidad. Tamayo trataba de analizar el prodigio. deteniéndose de vez en cuando. Allí estaba tal como la dejó. pero Dios te salvará. teniendo cuidado de poner a buen recaudo su tesoro. besó a éste y exclamó: —¡Pobre hijo mío! ¡Adiós! La sociedad te condena. como para cerciorarse de que nadie venía por las calles. ¿Es que no estaba ya bajo los mameyes? Miró hacia arriba. en marcha. El ambiente era fresco y convidaba al reposo. Miró con delectación hacia el templo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS cabelleras e iluminadas sus frágiles siluetas por la luz imprecisa de la aurora. Con los párpados entumecidos aún por el sueño. se puso en movimiento. pues el extraño e increíble episodio revestía el carácter de divinos augurios. Sentóse bajo unos mameyes. que no pudiese tornar jamás a aquel refugio o paraíso vedado.Crítica literaria. pero éste había desaparecido. En el ángulo único que forman los de la plazuela de San Juan de Dios. volvió y descubriendo el objeto. diciéndoles: —¡Ya lo saben ustedes! A las cuatro. y de allí descendió algo sujeto a una cuerda. casi en su totalidad. con los astillados remos echados a un lado. con precipitación. sintiéndose bastante desconcertado. preguntándose cómo luciría a la luz brillante del sol. sino un miserable candil de aceite de coco o una chorreosa vela de sebo criollo detrás de un velón de papel amarillento para alumbrar sus casas. Fue Ministro de Instrucción Pública. confundida con la oscuridad impenetrable. Recordó al mismo tiempo el regalo de las ciguapas y advirtió la batea junto a sí. Su primer pensamiento fue para la eracra sagrada. Luego. el cual. que era un cesto donde había un niño recién nacido. A despertar ya era pleno día y el cielo estaba inundado de luz. 164 . ensayando trinos armoniosos. ¡Dios los proteja! Después de dar algunos pasos para salir. cargada con sus valiosos dones. a una mujer y a un hombre. ¡Yo rogaré a él por ti! *Autor de Fantasías Indígenas . Le habían trasladado dormido de un sitio al otro. su rostro pareció transfigurarse.Contornos y Relieves (poesías). que fue recibido ansiosamente por el misterioso personaje. Poniéndose lenta y calmosamente en pie. y advirtió que le cobijaba la ceiba. De pronto se abrió la puerta de un balconcete.

y la vida de ambos cónyuges y de su única hija Margarita. juez y confidente de todos. confesarse y comulgar a menudo. Aquel hogar servía de templo a las virtudes y a la piedad. Somos ya padres. El padre José se dejó llevar y cayó en las tentaciones dulcísimas de un amor sin límites. como cómplices inocentes del suceso que vamos a narrar con la mayor brevedad posible. recibió de su bija la confesión de su culpabilidad. que sorbió con avidez. y con él los medios de vivir. humilde. donde se hospedaron en un bohío nuevo y cómodo. con raíces nobiliares. Dejemos que esas buenas almas de beatos sigan criando al fruto de los amores del padre José. Los que recibieron el depósito eran unos infelices y honrados esposos. El Señor. Carne envuelve el espíritu de cualquier santo. huyendo del contacto de los hombres como de cosa del diablo. maneras distinguidas y gran ascendiente. y éste hubo de embarcarse para España. se ocupaban sólo en rezar el rosario. La casa de don Félix del Prado era una de las más respetables de esta ciudad en aquella época. el Gobierno confió una comisión importante a don Félix del Prado. —Sí. llevando al infante. —Juana –dijo el marido–. nos lo premiará algún día. con todos los muebles campestres necesarios y una amplia fresca hamaca de cajón para el niño. varón preclaro y virtuoso. mimándolo. Martín. a los siete meses del embarazo de ésta. se llamaba el padre José de la Calzada. porque ella se valió de todos los medios que para tales casos inventa la necesidad de parecer honrada. caritativo. No debemos exigir que la seducción de unos ojos de fuego y de una boca modelada para el deleite se combata con ascéticas inclinaciones y prácticas. el padre José puede estar seguro de que le cuidaremos mucho a su hijo como si fuese nuestro. que aquel niño fue la encarnación de aquel amor llamado sacrílego por la Iglesia. De manera.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II  Quien tal hizo y quien tal dijo era un sacerdote. Pero éste iba atizando su fuego en el alma candorosa de Margarita con los deseos naturales de amar a alguien. Familias de buena cepa.  Nadie supo en casa de Margarita su estado. bellísima y tierna adolescente. mientras la mujer le ponía en los labios un chupón de leche de cabra. Hicieron viaje rápido hasta Higüero. que sólo la madre de Margarita. De aquí al pecado no hubo sino una ocasión propicia para consumarlo. Y ese alguien único que visitaba constantemente aquella casa y era el árbitro. que vela por los inocentes. sólo por hacer un bien al prójimo. nada hay como tener buen corazón para encontrar la felicidad. Sucedió que a los seis meses. 165 . ir a misa. pues. voz meliflua. Dios nos envía este hijo. y aquélla es flaca y frágil y se ladea hacia donde se la llama con afán y se la avisa con repetidos contactos. doña Cándida Pedrozo. y joven. Ya sabemos. eran las del esposo y de su mujer. Y ambos acostaron al niño en una humilde cama. En la madrugada salieron en buenas cabalgaduras los esposos por la Puerta del Conde. de buen porte.

Recibió su título de Doctor y a los veinte y un años fue ordenado de sacerdote. porque su esposa. vino a Santiago de Cuba. que ésta se celebró con inusitada pompa. continuó el padre José visitando la casa como antes. figuraba como funcionaria principal doña Margarita del Prado de Uribe. arrió el cesto con el nietezuelo. llamadas “Hijas de San Vicente de Paul”. Todo se arregló de manera que para no dar qué decir. como otros. donde el obispo de aquella diócesis le nombró para el curato de la parroquia mayor. El año 1801. Ni a su esposo reveló doña Cándida el secreto. debido a la cesión de la isla y a la entrada de Toussaint Louverture en la parte española. Al cabo de algunos meses. hubo la emigración de muchas familias a la América del Sur y a Cuba y Puerto Rico. don Félix. A ésta. Corrieron los tiempos y Felipe Belgrano. quien tuvo encargo secreto de ponerla en manos de los esposos Belgrano. Llegó el año 1822 y la invasión haitiana hizo también emigrar mucha gente. La familia de don Félix fue de las emigradas. la belleza saliente y de más fortuna para atraer cerca de sí a una corte de adoradores. había muerto tres meses antes. ocupaba ya posición distinguida. Estos. Dejó el padre José la mayor parte de su fortuna –que no era pequeña– a otro sacerdote. yendo a establecerse en la isla de Cuba. para justificar tan extraño acontecimiento ante su hijo. cuando ya de regreso de España don Félix del Prado. ilustrado y de buenas relaciones. poseedora de la pureza que había perdido. su padre insistió tanto en que se verificase la boda. a quien él confesaba y administraba la comunión muy a menudo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Gente de tal copete no hace escándalo ni pone su honra en la boca del pueblo. hombre recto. Fueron a Santiago de Cuba. 166 . tan caritativo. porque el padre José tuvo buen cuidado de no comunicar esto a nadie. que le preguntaba siempre la causa de esa preferencia. el hijo de Margarita. En la Congregación de mujeres piadosas que él fundó. tan en auge entonces en esta llamada Atenas del Nuevo Mundo y de la cual era profundo catedrático en ciencias teológicas el padre José de la Calzada. Estuvo en la Habana y no hallando allí colocación. la que daba el tono a la moda. La madre fue la que en aquella noche oscura. Muy estimado fue allí el padre Felipe. porque ninguno como él tan virtuoso. se le hizo creer que su hijo había muerto. aunque sin ver más a Margarita. víctima de la tristeza que le causó el golpe terrible de la deshonra de su hija. En esto murió el padre José y el duelo fue general. El padre Felipe Belgrano salió. que pasaba por hijo de los esposos Belgrano. No sabemos cómo Margarita se dio sus trazas para que el teniente coronel Uribe la tuviese por mujer honesta. Al fin. alcanzó alto puesto en la judicatura y Margarita llegó a ser la niña mimada de los salones. que recibió el padre José. un teniente coronel español hizo esfuerzos inauditos para obtener la mano de Margarita. tan humilde. Lo que sí sabemos es que fue modelo de esposas y que aquel hombre la amaba con locura. pero sólo iba éste con su hija Margarita. Aprendió en la Real y Pontificia Universidad. le revelaron todas y cada una de las circunstancias de su nacimiento sin poder decirle el nombre de su verdadera madre. y a pesar de que ella no sentía inclinación hacia el galán.

Pocas personas lo presenciaron. Solos ambos en el amplio aposento. y se avanza sobre el sacerdote. –¿Tú hijo?… Y atónito. porque ocurrió ya de madrugada. Vuelve entonces la punta de la espada hacia su pecho. sobre cuyo rostro saltó la sangre del padre Felipe. De resultas del alumbramiento. y Tierra adentro. 1888)* El forastero José Paniagua se levantó de improviso de la mesa de juego musitando algo por cierto no muy agradable. mezclada de alegría y de pesar. contempla aquel cuadro. de cuentos: Pan de Flor. De Pura Cepa: narración –1927–. para mí y para mi pobre Margarita!  Pasó todo aquello rápidamente. 1 167 . ve que su esposa cae también exánime. quedó muy enferma. ante la imagen del Redentor. cuando llegó el momento de dar a luz. y algo como el soplo de la locura pasa por su espíritu. con los ojos saliéndose de las órbitas. y sólo unos cuantos jugadores Este cuento se consiguió por cortesía del Dr. los sollozos y los ayes. aterrado. y cayendo a los pies del ensangrentado lecho conyugal. yendo a romper con grande estrépito varias botellas de ron en el aparador de la próxima cantina. vacilante. exclamando: —¡Muere! ¡Infame! ¡Traidor!… Doña Margarita. Fue el padre Felipe a recibir la confesión general de la enferma. se arrojó a los brazos de su madre. abre con cautela la puerta y presencia aquel cuadro que creía de aterradora realidad para la ofensa de su honra. El proyectil rasguñó el robusto cuello de José. hizo doña Margarita la relación de toda su vida pecadora al padre Felipe. pálido. ante la revelación del secreto de su existencia. Opinaron los galenos que moriría. entre los estertores de la agonía —¡Perdón. Al oír el coronel Uribe. y un día estuvo grave. El incidente sobrevino tan rápidamente que nadie pudo intervenir para evitarlo. Y el secreto pavoroso quedó sellado con las lápidas misteriosas de tres tumbas en la necrópolis de Santiago de Cuba!1 JOSÉ MARÍA PICHARDO (Nino) (N. Dios mío. hace esfuerzos para levantarse y grita: —¿Qué has hecho? ¡Has matado a mi hijo!… —¿Tu hijo?… exclamó el coronel Uribe.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Doña Margarita iba a tener el primer hijo de su matrimonio. quien. Sin pérdida de tiempo Paniagua le hizo fuego a su agresor. novela –1917–. hiriéndose con furia. atravesándole por la espalda el corazón. Rápidamente empuña su espada. desde la pieza contigua. y se la dispuso para la confesión y recibir los auxilios de buena cristiana. hiriéndolo mortalmente. Autor de un v. Los comentarios diversos y contradictorios fueron el tema de todas las conversaciones durante mucho tiempo. murmura. lo perdió. Al mismo tiempo Paco Marmolejo arrojó las barajas al suelo y desenfundando su revólver le hizo un disparo a quema ropa. Vetilio Alfau Durán. derramando ambos copiosas lágrimas en medio de la más profunda emoción. *José María Pichardo: Periodista.

El río Sonador. y. en la casa de la viuda Gonzalito. su debilidad más grande. recados de montar. jugador consuetudinario. En los días de mercado. José se ocultó en los montes y luego se fue a otro lugar lejano. en la remota sección de El Memizo. sino por el placer de hacerlo. no en busca de ganancias pecuniarias. proporcionándole medios honestos de subsistencia. una vez a la semana. Nadie lo siguió. El cuerpo del muerto fue cubierto con una sábana en el mismo lugar donde cayó. ofrece un aspecto pintoresco. árganas. miel de abeja. quizá sobrecogidos por lo súbito de la trágica escena. macutos y serones hechos de hojas de palma cana tejidas. construidas de tablas de palmera y techadas de hojas de cana. Poco después perdíase en las sombras de una callejuela vecina. y muy pronto el negocio prosperó. José se dedicó a la compra de productos agrícolas. En el centro del poblado queda el mercado público. Locuaz. hombre belicoso. porque la emoción del juego.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS estaban cerca y ninguno de ellos se movió. espléndido. Presenta un bello panorama. valiéndose de artimañas. buen bailador. a la falda de una alta loma poblada de pinos. en una extensa enramada con amplio patio. Jinetes en potros briosos corren de un lado a otro. ubicado en un pequeño valle. había matado a tres hombres en el curso de su vida tempestuosa. Llegan constantemente recuas de animales de carga. Se nota en todas partes un ajetreo de colmena laboriosa. de malas leyes y de algún padrino influyente en la política. prófugo de la justicia. con sus alternativas y azares. Y ya lo saben: a mí no se me puede ganar con barajas marcadas. y allí se instaló. nunca visitó la cárcel por más de un mes. cansado de vivir escondido. encaminándose donde acostumbraba a dejar su caballo. corre cerca entre bosques de pomarrosas y gigantes jabillos. habichuela. maíz. José Paniagua. Las autoridades del lugar –el alcalde pedáneo y un agente de la policía– llegaron como siempre. aunque no de oficio. —Ustedes vieron lo que ha ocurrido. de aguas claras y rumorosas. Su personalidad dominante le había granjeado muchos amigos. Recuerden los detalles de este desgraciado suceso. amigos –dijo José guardando su revólver–. y le colocaron cerca de la cabeza una vela encendida. arroz. José Paniagua se retiró con serenidad por la puerta del patio. Después del trágico acontecimiento. Como medida de precaución se alejó de las casas de juego. ni dijo una palabra. He matado a Paco en legítima defensa. Un año más tarde el poblado de El Carrizal tuvo el honor de ser elegido por José Paniagua como sitio de su residencia. En su vieja guarida de Los Mameyes no se le volvió a ver. tabaco en rama. tenía gran prestigio entre las mujeres. Se ven mujeres vestidas con 168 . todo un primor de juventud y belleza. según él mismo decía. lo atraían. llevando una vida cómoda y tranquila. tardíamente. raspaduras. con encantadores paisajes bucólicos. sogas y cuerdas fabricadas de pita. para el caso de que sean llamados a declarar. galanteador y buen tipo. sólo tiene una calle que la forman dos hileras de casuchas primitivas. amante de las fiestas. acuden de las secciones vecinas y de los parajes próximos innúmeros campesinos a vender los productos de sus afanosas labores: café en grano. especialmente de maíz y habichuelas. Él jugaba. El Carrizal. levantando el acta correspondiente. El Carrizal se anima en los días de mercado. lo sojuzgaban. que eran. quien poseía el gran atractivo de tener una hija. distintas clases de frutas.

y no quiso reivindicar su derecho contra el fraude. lo atormentaba. obligado a adoptar un nombre falso. Le había hecho modificar su manera de pensar y vivir. detrás de frondosos mangoteros. se alza majestuosa más allá de la iglesia. de ojos tentadores. cuyas suaves fragancias se sienten desde lejos. con una alta chimenea. Las casas de los trabajadores y empleados. En la gallera lo engañaron un día con un gallo untado. que se levanta en una altura donde termina la calle. –díjole un día a la muchacha–. diminutas. y resistir la tentación de enamorar a una mujer ajena. pero la idea de que era fugitivo de la ley lo perseguía. El olor de los pinos aserrados impregna el ambiente. y las más jóvenes lucen ramos de flores silvestres. alegres y bailadoras. El batey. a beber ron y ginebra. 169 . Abundan las mozas apuestas. Tiene un anexo donde se reúnen los moradores del lugar. en ratos de ocio y a primanoche a jugar naipes y dominó. Yo tuve que matar a un pícaro jugador de barajas en Los Mameyes. llevando algunas pañuelos vistosos en la cabeza. a ventilar asuntos y a concertar negocios. Así. con depósitos para la madera cortada y secada al aire libre. La casa escuela. Contribuye a la prosperidad de El Carrizal y la instalación de un moderno aserradero. creo que lo mejor es que conozcas algo acerca de mi permanencia en El Carrizal. que se usa como combustible. ni malgastaba el tiempo o el producto del trabajo. hechas de madera de pino y techadas de zinc. no es porque me guste. Alicia ejercía en él una influencia irresistible. forman contraste con las otras viviendas rústicas. —Yo soy una especie de abejón. Ya no era el hombre que perdía los estribos a la primera provocación. En la gallera. gigantescos girasoles. Se ven montones de aserrín. es el lugar de comercio y atracción más importante de la localidad. La razón por la cual me encuentro en este lugar.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II sus mejores trajes. con jardín primoroso. La bodega del aserradero donde se pueden adquirir mercancías diversas. que se extiende en dos alas abiertas. y presiento que me estoy enamorando de ti. moderna. con cantores que entonan coplas populares. Alicia. y por eso estoy aquí. El orgullo de El Carrizal es la pequeña y bella iglesia recién construida por contribución popular. y el pregón de las apuestas. sino en cuenta de cierto suceso desagradable que ocurrió hace algún tiempo. pues. con su alto y elegante campanario desde el cual se domina toda la campiña. El acordeón y el tambor invitan a bailar el merengue cadencioso. riñen gallos. Y él mismo se asombraba del espíritu de ahorro que lo dominaba. evitando las discusiones acaloradas y pendencias. se limitó a dar las gracias por la negativa truculenta en vez de armar la camorra acostumbrada por lo que él consideraba un insulto intolerable. las exclamaciones ensordecedoras que lanzan los espectadores cada vez que un gallo pica o mata a su rival. con aulas espaciosas y ventiladas. Transcurrieron monótonos y largos los días para José Paniagua. y en un baile cuando le negaron una pareja ásperamente. temeroso de que cualquier otro incidente o disputa revelara su identidad y se reanudara la persecución de la justicia por el suceso de Los Mameyes y tuviera que escurrir el bulto otra vez. donde crecen lozanos rosales. abundan las azucenas y lirios silvestres y gardenias. desde que comenzó a dedicar sus pensamientos y sus atenciones a la hija de la viuda Gonzalito. se escuchan desde lejos. a vivir tranquilo y con recato. que pudiera perdonar una ofensa. Él no se había preocupado nunca por ningún peligro. suficientes para alojar con comodidad a la población escolar de El Carrizal y de las secciones cercanas. situado a un kilómetro de distancia del poblado. con grandes extensiones de grama y un gran huerto donde se hacen experimentos agrícolas. ocupa un gran espacio llano. Se levanta el templo en medio de un prado risueño.

lo alejó. —No hubo más remedio. Soy una mujer honrada y eso basta. José no la dejó continuar y tomándola entre sus brazos vigorosos. ni en la casa de la viuda Gonzalito ni en la bodega. bien parecido. —Porque mi nombre luce mal en mis libros. En lo alto del cerro. y dijo a los murmuradores: —¡Dejen eso y no lo mencionen otra vez! Quienquiera que lo repita le pesará. —Mi palabra no vale mucho. mirándolo fijamente en los ojos. Alicia. pero sin desfundarlo. olvidado está. recalcada con perversidad. He comprado doscientas tareas a los Escotos. porque ella lo dice así y porque ella lo ha demostrado. Él oyó una larga historia acerca de un forastero. —¿Por qué no regresas allá y explicas eso? –sugirió Alicia. y ella replicó: —Ya te dije que una vez hubo un hombre. trotando entre nubes de polvo por el camino real y desde entonces más nunca nadie lo había vuelto a ver… Y maliciosamente alguien sugirió que “quizá Alicia podía dar algún informe. —Hablemos de otra cosa—. y repetir el mismo alegato de defensa propia ya me parece una bagatela. porque son muy viejos. —Ninguna –afirmó Alicia–. Se deslizaron varios meses y el forastero no se mencionó más. propuso Alicia. eso no influirá adversamente en mí. pero puedes tomarla como oro puro. y el día menos pensado pueden dejarme algo. Alicia. ahora que sé que me quieres. ¿eres libre para permitirme que te enamore? ¿Quieres casarte conmigo? —¡Libre como el viento! –Exclamó Alicia entre risas–. desde donde se divisa todo el poblado voy a construir una casa. El porvenir se presenta claro para nosotros. Esa ha sido la tercera vez que me he visto obligado a despachar a un ladrón. En la bodega José escuchó un día una conversación referente al hombre de quien Alicia le había hablado. Esta sugestión. y también te dije que todo estaba olvidado. El extraño visitante era delgado y alto. Lo olvidado. No importa lo ocurrido tiempos atrás. Sólo que una vez hubo un hombre… Bueno. diciéndole: –Eres mía y sólo mía. Lo único que deseo saber es si todas esas cosas establecerán alguna diferencia entre nosotros. irritó a Paniagua. Alicia me ama. pero erró la puntería. 170 . puesta la mano en la cacha de su revólver. Te juro. la besó en la boca. Las pocas veces que José descubrió algún celo irrazonable queriendo echar raíces en su corazón. —Lo haremos –asintió Paniagua–. Besando a Alicia muchas veces y estrechándola entre sus brazos. con un luengo bigote rizado. tiene que probar que me quieres. chiquita. ya eso pasó para nunca volver. Tengo parientes en el Este. Era un guapo de oficio y disparó un segundo antes que yo lo hiciera. quien se puso de pie. Tienes que creer mi palabra. —¡Soy un tonto! –Se decía a sí mismo–. Seré para ti la misma de siempre. José le prometió no hablar más de un asunto que pertenecía a un pasado ya muerto y que no había razón para resucitarlo. le dijo José–. Si todas fueron muertes en buena lid y no hubo asesinato. No me creerán. Un sábado por la tarde el jinete misterioso montó su caballo. Luego él habló a Alicia acerca de tan enojoso asunto. No hice otra cosa sino defenderme. En cuanto a matrimonio. Nunca disparé primero. si ella deseaba hacerlo”. Dime. —Nosotros comenzamos un pliego limpio—. cuyo caballo tordillo muchas veces permanecía horas enteras amarrado ante la puerta de la casa de la viuda Gonzalito. que todas fueron peleas rectas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Qué te obligó a matarlo? –le preguntó Alicia.

porque yo 171 . Al doblar un recodo. Él ha venido a hacerte preso por el hombre aquel que mataste en Los Mameyes. José se detuvo en medio del camino. y ella luchó con bríos por escapar. ese es su potro tordillo. Dentro de la casa reinaba el silencio. Déjame recado para donde irás. Ambos reían alegremente. pero descubrí quien era y lo que buscaba. Salí a dar un paseo con un agente de la policía.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Una cálida tarde del mes de agosto regresaba José por el camino real cansado de un largo día de trabajo infructuoso en una cacería. El caballo del forastero lo saludó con un relincho y él acarició su grupa al pasar. encaminándose hacia la casa de la viuda Gonzalito a buscar su montura. con risas ocasionales. y una sonrisa de inefable ternura asomó a sus labios cuando se encendió en una de las ventanas de la casa una luz como un pálido luminar. echando sangre por la boca. —Es Alicia que me espera–. José tenía el dedo en el gatillo. ocultándose en atisbo. Y cuando ellos se acercaron. José notó que el compañero de Alicia era todo un buenmozo. huyendo en dirección del aserradero. Una columna de humo blanco y ligero fluía de la escopeta de José. apuntando bacia el hombre que acompañaba a Alicia. Entonces su mirada se detuvo en un pedazo de papel blanco clavado con un alfiler sobre el paño de la mesa del comedor. trató de mantener el equilibrio y cayó de bruces. Uno de los brazos del hombre ceñía la cintura de Alicia. Su boca estaba seca y su respiración era anhelante. Él se detuvo para pedir un vaso de agua. Alicia y su acompañante vacilaron un momento y luego se encaminaron hacia el sitio donde José acechaba. Es el forastero que vino en busca de Alicia. hasta que logró desasirse de los tentáculos que la aprisionaban. Mientras José permanecía como petrificado en el camino. rehuyendo la boca ardorosa que se empeñaba en besarla. Decía: “Querido Pepe: Volveré tan pronto me sea posible. vio de lejos la casa de a viuda Gonzalito. Paniagua se deslizó entre los matorrales cercanos. en dirección de la pareja que se alejaba. retumbando en ecos prolongados por el valle y las lomas. El crepúsculo comenzaba a purpurar las nubes sobre las lomas. estrechándola en apretado abrazo. dijo José en voz alta y un íntimo regocijo lo invadió. Una era Alicia y la otra un hombre alto y delgado. En su rostro se podían leer los efectos turbadores de la tragedia acaecida. lleno de confusión y temor. —¡Es él! –Exclamó José–. Repentinamente el forastero se detuvo y atrajo hacia él a Alicia. Nadie le respondió. El ruido de un disparo de arma de fuego se repitió. y el corazón le dio un vuelco. Hablaban en voz baja. caminando despacio. acercándose a la lámpara para leerlo. En ese mismo instante el forastero dio media vuelta. Ya cerca de la casa. La pareja pasó a veinte pasos de distancia del lugar donde José vigilaba. Lentamente José levantó la escopeta hasta que el cañón reposó sobre una rama próxima. y entonces notó que un caballo estaba atado junto a la puerta principal de la casa. dispersándose. José llamó en voz alta. dos figuras humanas aparecieron en el umbral de la puerta de la casa de la viuda Gonzalito. y vete pronto. y su bigote luengo y rizado. Sólo se escuchaba el mecánico tic-tac del reloj de pared y se sentía el grato olor de la cena ya dispuesta. Un momento después José salió de su escondite. El cañón de la escopeta de José describió un amplio círculo. No hay duda. Lo desprendió de un tirón.

Los bueyes desalojan de la tierra a los que nacieron en ella. cercas descuajadas como por obra de un terrible meteoro que asolara a tierras y hombres. los bueyes de una plantación extranjera sacaron a la vieja de su fundo. Pero ahora. Recuerda la Notaría. Lo pisotean todo y lo destruyen todo. Un día vendió las tierras de la sobrina. Autor de cuentos publicados en periódicos y revistas. Así. cargado de cruces como templario. mientras de lo alto lo castiga un sol fuerte y un cielo impasible lo mira con ojos de desprecio. y hasta derriban los cacaotales cuando los acosan los mayorales y los caminos entre las plantaciones son muy estrechos. Se quita el sombrero de anchas alas y. Ella está segura de que allí no habló nada. flaco. sonar de látigos. propios del verano de San Juan. –”Llévate su caballo. Del fundo. Ahora sólo tiene la tierra del camino y un bordón rústico. Sólo quedan árboles aplastados y ranchos quemados. Quizás. y los bueyes eran grandes “como las lomas”. P. Cuando llega frente a las cruces. el arbusto de piñón y las cruces caídas. en medio del estruendo. Después vendió las pocas de él. la tarde es melancólica. con soles fuertes. 172 . más viejo que el hombre que habitaba en él. raíces arrancadas. graduado en la Universidad de Santo Domingo. Ha sido juez.  Un día. La tierra queda asolada. porque el tuyo está lejos”. los veían los ojos hundidos de la vieja. desgarrado. acaso por el hambre y las fiebres que tenía. hace tiempo. Después. las calmas de la fiebre la llevan a desandar el tiempo y recuerda que un día. Recuerda en la fiebre la casa del Notario. El cielo era impasible. Las tierras las vendió su tío Leonardo. 1913)* La cuenta del malo Marcelina perdió su fundo y su cacaotal y apenas sabe cómo fue. los campos de yuca. Destruyen los maizales. boardilla oliente a papel viejo y a posturas de murciélago. El desalojo es una vorágine. en aquellas épocas los bueyes fungían de diligentes alguaciles. como sangre. lenta. el Leonardo la llevó a la Notaría. FREDY PRESTOL CASTILLO (N. ahí se detiene el negro que arrea y asusta la manada. –Alicia. casi niña. como se ponen los pericos *Fredy Prestol Castillo: Licenciado en Derecho. Es Leonardo el endemoniado.  Junio claro. porque fue levantado por los abuelos. Se arrastra de bohío en bohío implorando un pan. los ojos penitentes fijos en la tierra. por su fundo también pasó otra manada. apenas quedan el calvario donde se evocó siempre el martirio de Cristo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS no puedo entretenerlo mucho tiempo”. dice estas palabras: —Perdóneme la Cruz de Mayo… esto es cosa de blancos… Entonces recuerda que es hijo de esa misma tierra. rezumaba un líquido rojo. D. con las manos en el pecho. Todo es grito. Bueyes y mayorales siguen adelante como aguas descauzadas. Decía Marcelina que era la sangre del Señor Jesús. sola. como rostro de juez. Actúan hombres y bueyes. el viejo que se arrastra como rana y anda vestido de estameña. el que subió a la Cruz por los justos. porque en el Este. El “piñón” del Calvario que está frente al rancho. de ese tamaño.

cuando pasan las perdices. lenta como el arroyo del paraje. ni comé. esta tierra aclamaría a Marcelina. desde los padres. Recuerdo las gruesas venas que rodeaban su cuello de pájaro como jirones de soga pardusca. Cada sábado el mocetón viene al rancho con unos cuartos redondos que le caben en el bolsillo menor. de siglo en siglo. el que le vendió sus tierras a ‘“los blancos”.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II cuando no hay maíz en los conucos. No le quedó más que maldecir al Leonardo mientras huía a las reses que colmaban la sabana y que treparon los riscos y altozanos hasta la cúspide de las lomas. ahora son potreros inmensos. Acabó vacas y bestias y tierra y too… Y tuvo que poné las onzas donde se había comprometío con el Diablo. Es castigo del Señor. Y tenía la abundancia en su bojío. Pero quiso también engañá al Malo y cuando venció la fecha del trato. y entonces monologa: —Me las dio el Señor y me la quitan hombres… ¡Alabado sea Dios! El Leonardo anda como rana. Y otra vez repite: ¡No! No fue el señor don Manuel. Desde el camino la ven los ojos casi apagados de la vieja. ni sieteá… Al Leonardo le sale el Diablo por toas partes: en los conucos. a la entrada de los caminos. Pero hay algo más en el rancho: el “quijongo”. Si tuviera palabra.  La tierra. Marcelina levantó su choza pajiza en el camino. en las lomas. la historia del Leonardo. para pagá la deuda. —Tenía el Leonardo tratos con el Malo. y allí se está en espera de su hijo que trabaja en la nueva finca. En el rancho no hay ajuar. Y cono siempre. ni cuaresma macho pa el Leonardo. Usaba leontina y chaleco y su cara semejaba un pájaro picudo. porque le faltan vacas en la cuenta del Malo. el Malo vino a buscar su novilla y la rabisa de añojos que le pertenecían. como las hormigas sobre un pastel enorme. aunque cambie de dueño. es como la yegua que relincha frente al amo que la crió. ¡Y he aquí que el Leonardo había vendío el ganao y enterrao las morocotas!… —Desde entonces el Malo le salía por toas partes. Allí los toros son más amables que los capataces. ni verano. su dueña. la vieja del fundo. con el cual el mocetón. de largas zancas y caminar lento y grave. canta cantos melancólicos a la cruz y al Señor. Pasó la fiebre. “Lo malo es que todavía debe. desde los abuelos. El potrero parece una gigantesca hoja de lechuga tendida de loma a loma. ¿Pero y qué? Ese mismo es el buen señor don Manuel ¡El señor don Manuel es bondadoso y ha bautizado a dos de sus hermanos! ¡No! ¡No pudo ser él! La fiebre lleva al delirio. Y se la cobra. al venir la noche. donde hubo plantaciones de cacao. No había seca. A veces la vieja mira sus tierras perdidas. ¡y Marcelina todavía pará!…  Una tarde me contó. en las tardes. a la vera del río… “Tuvo que vendelo to. El pilón tumbado es el único asiento. a la buena de Dios. No podía dormí. las tres cruces y el arbolillo de “piñón” en todos los caminos del Seibo. donde corre una sangre cansada. acaso. Su campo siempre verde y muchas cabras y bestias sueltas. y se las cobra… Y ahí anda cargao de cruces… “Nos vendió a toiticos y después vinién los bueyes a desalojarnos como a intrusos…  173 .

lejos de todo y de todos. Entonces. Las cruces son la obsesión de su locura. Aun el agua tenía que beberla a prisa. en total. pues le robó su novilla…  Volví al fundo de Marcelina cuando retornaba con mis ganados. Ese día yo iba en pos de mi ganado extraviado. Vive solo. arrastra su mendicidad. Suyo. Amaneció en la sabana bañao de azufre y mordío de perros… Ahora le pagó su cuenta al Malo. De noche le cerraban la puerta y tenía que dormir a la intemperie porque si se colaba para descansar en algún rincón se le echaba a puntapiés y con palabras que debían tener un significado terrible. sin tiempo para beber en las regolas que cruzan el poblado. La conseja afirma que la visión del Demonio le obsede sin cesar. a base de salazones y de azúcares. Una fila de hombres cabizbajos llamó mi atención. siempre el hambre y un no explicado sentimiento le obligaban al regreso. A huir. 1915)* Floreo La casa era cada vez más hostil. Licenciado en Derecho. Su ánima apenas tiene reposo. Allí fenece lentamente. lo que sobraba. con libertad de posesión a medias. Me parecía una Diosa miserable. abandonado al final de la inmensa sabana. los refajos sudados y los pañales de las paridas y los recién nacidos. ¡sólo el Señor! JOSÉ RIJO (N. hasta de los muchachos barrigudos y enclenques que en la sequedad del paisaje jugaban con los caños a los ríos crecidos y a los barcos de vela naufragando. Muchas veces se internó en los roñosos guazabarales para buscar un poco de sombra o un camino que lo sacara de aquel *José Rijo: Es autor de cuentos no impresos en volumen. y uno como silencio de tribunales cuando el juez va a dictar sentencia. En la puerta del rancho estaba. entre atisbos y sobresaltos. La visión es tétrica. Todo un jardín de cruces delante del rancho. Lejos de donde llenan las potizas y las alcarrazas de uso familiar. sólo tenía el monte. las manadas inocentes de los crímenes de los hombres pacían tranquilamente los abundantes forrajes. y cruces en el patio. raída y serena. otra vez la calle. En la finca próxima. El viejo loco. Luego. abandonado por todos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Por los caminos de La Candelaria. Volvía después de las comidas. acaso inútilmente. nada: los desperdicios. la antigua tierra de Marcelina. lejos de donde las mujeres lavan la mugre del fuerteazul. —Ahora vamo a Magarín a enterrá a Leonardo Catedrá… . Escuché los saludos al pasar el río. o algo así como la buena bruja de la noche que ya emborronaba la sabana.  Cielo del Seybo. Todo cuanto hacía estaba mal y ni siquiera se le criticaba en un lenguaje que pudiera entender. claro. reza. mascullando rezos inútiles. Hablando de la tragedia de Leonardo. 174 . reza. El rancho del endemoniado se columbra desde lejos. lo que nadie quería de unos pucheros miserables. No sabiendo cómo corregirse se tiró a las calles. sereno. cargado de cruces. Leonardo Catedrá. como si fuera un robo. reza. graduado en la Universidad de Santo Domingo. sólo dijo estas palabras: —Es que Lucifer da la riqueza… pero la dicha. pero el hambre. comía.

ni término posible. y siguió corriendo. le gruñeron con malsana intención. Su misma agilidad lo abandonó. Detrás corría la jauría hambrienta ladrándole con furia. y comió. Era carne. El tiempo lo adaptaba a este vivir distinto que miraba pasar desde la puerta de su señor ocupado en números y planos. Los ojos antes brillantes. Tanto sigilo hubo en su modo de acercarse. quizá en un campamento de cazadores o ladrones en la mitad del monte. Lo supo una noche que un grupo de perros sucios y canijos. Cuando despertó estaba tirado en un cuartucho miserable. Pero ya sabía que tendría que esperar mucho para salir de Pedernales. Ya casi ni quería el regreso: era holgada la vida sin nada que guardar ni nadie que robara. Así. sin más verjas que el lindero del campo abierto a cielo y sol. se adormilaban en la opacidad de las pupilas que nunca alumbran una sola alegría o la humedad del llanto. Debía ser un maestro del gateo y el asalto. luego sobrevino el sueño. luego. quizá más allá de la frontera. La esbeltez de su raza se reabsorbía en la osamenta de su esqueleto casi desnudo. ¿qué? El no era más que un perro. Quizás todavía lo estaría pensando si no le hubiera puesto sobre el mismo hocico. Y se hizo un vagabundo del monte y los caminos. corriendo con sus últimas fuerzas hasta dejar atrás el camino en donde nunca había encontrado ni techo. Lejos. Sólo había un camino y lo había emprendido muchas veces para volver siempre cansado de no hallar ni casas ni personas ni término posible.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II sitio. dio una vuelta a su alrededor. y lo siguió hasta no supo dónde. cualquiera le pega un tiro al primero que se acerque. a flor de piel. pero un perro distinto. torció el cuello hacia los otros y todos a una se le abalanzaron. El colmillo de uno de esos canes con sarna y pelumbrosos lo había herido. del hombre que le ofreció la cena inesperada. Si lo hubiera tenido que referir. insistentes. pero la voz de un centinela voceó amenazante: —Otra vez esos malditos perros. Se iba poniendo flaco. dejaron de seguir a una perrita renca y preñada para volverse contra él. menos aquella en que cambió su vida. Lo llevó el amo para su compañía. hechas espuma y piedras de colores. un envoltorio de inevitable tentación. que Floreo no supo si gruñir o menear el rabo. se oían los tambores de una fiesta de luá. Después de todo. borrosamente habría recordado cómo se le acercó aquel hombre. uno se le acercó con el respeto humildoso de los perros realengos ante la gente que se baña y viste ropa limpia. ni personas. por culpa de las miradas torvas que le negaban un mendrugo. Desde muy lejos había llegado a Pedernales. De un lado estaba el mar sonoramente rugidor. correspondió obediente. 175 . un tanto cariñoso. por otro. y en el poblado los ladridos que anunciaban lascivas correrías de los perros bajo la luna sencilla y alta del cielo verdeazul que mira a Pedernales. lo olió. y el patio enorme en donde su presencia era el mejor guardián. y los perros ociosos que odiaban su limpieza y su raza. Lo demás no le importaba. Rasando el suelo. la frontera amalgamada de casuchas pajizas y edificios de presuntuosa jerarquía oficial. Al reclamo. Cambió de dirección. voces que hablaban aquel lenguaje odioso con que le echaban de la casa cuando quería dormir o robarse un bocado. Por entonces su único pesar era la añoranza feliz de la casa lejana. Tuvo miedo y huyó. tenaces. Como siempre. Ni los perros ni muchos hombres pueden advertir detrás de cuál placer está el doblar del destino. rompiéndose siempre en la amenidad de sus olas bravas que se amansaban luego. No dependió de él la docilidad que lo embargó. Floreo no pudo reaccionar al efecto del regalo apetitoso. Ahí podría refugiarse. El edificio de la Fortaleza estaba cerca. Y así los días y las noches.

Al verlo manso la gente reanudó el comentario. pero extraño a sus costumbres. Zombí— y ése no era su nombre. ¿y qué? Espanta el perro y llevémonos el chivo. Para complacer al nuevo amo le habría bastado imitar los otros perros: descubrir el pasto de los rebaños y echarlos poco a poco a los lugares de apresamiento fácil. Las orejas y el instinto oyeron. era poca el agua o difícil la caza. ¡Cuánto hubiera agradecido que dijeran Floreo!. ese perro es de alguno que anda monteando por aquí. Había presencia de chivos. Y surgieron comentarios. todo volvió a ser un horno cociendo piedras y tostando espinas. Y lo dejaron libre por inútil. como en aquella noche en que todavía las piedras quemaban como el sol que ardió sin tregua durante todo el día. desesperado. Fue un bostezo de Dios. —Un perro cimarrón. Pronto estuvo el animal descuartizado y metido en un saco. nunca aprendió a robar. Nada ni nadie a quién brindarle un poco de gratitud. Eso y un rastro de sangre sobre la grama pobre. olor de hombres y perros. Era sencillo. sobre todo cuando el calor arreciaba. pero hay que matar el perro. Cayendo la madrugada hubo un momento de humedad. Floreo conocía esta vos y a este hombre. Floreo lamió la yerba y la tierra hasta la última gota de coágulo. Ya era en todas partes el intruso. A veces. —Mira. Un día uno le gritó: —Zombí.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Fue al querer salir cuando comprendió que en su cuello había una soga. lo mismo que la piel. el deseo de otro perro o de una mano amiga venía a su recuerdo como a los hombres llega la nostalgia del país natal no visto desde niño. Un paisaje sin cambio que se animó de pronto por un rumor extraño. pero nada. Y ahí estaba el borrego casi motón aún. Después. le brilló la alegría. Tenía hambre y sed. que los perros mondaron hasta dejarle la osamenta inútil aun para otro perro. Por eso era ahora un perro cimarrón bajo la ley del monte. Desde ahí miró desollar el animal y tirarle las vísceras a la jauría hambrienta. Los perros y los hombres en la presa miraban la propiedad ajena. Era un borrego de buena carne perseguido de cerca por una traílla de monteo y le cogió la delantera. el dolido. Esquivando el testuz del animalejo. —Bueno. Era su hora de comer también y le espantaron de nuevo amenazándolo con piedras y con palos. el paciente que va y que viene sin destino. De haber sido un hombre habría llorado como lloran los hombres. luego. escurriéndose allá y mordiendo aquí. Mordisqueó la cabeza y la dejó. ¿qué importa? Lo echaron hasta los matorrales. —Sí. Lo demás. Mucho se prolongaron los días de enseñanza sin que Floreo supiera matar la presa mansa. pero él era un perro… 176 . logró desjarretarlo. una dentellada al cuello. Educado para saber guardar. Meneó el rabo. —Quitémosle el chivo. Al marcharse sólo dejaron la cabeza del chivo. Y no hubo necesidad de dispararle. Sólo eso quedó y el estiércol que regaron los perros al pelearse por las tripas y la panza repleta. era el hombre de la cena. —Eso voy a hacer –dijo uno que tenía una escopeta terciada. la misma que no le quitaban sino en las horas del nuevo entrenamiento. Y volvió a la casa que se le hizo hostil porque ya el amo de los planos y los números no estaba en Pedernales. Desde su cueva oía el rastrear de las iguanas y el seseo de las culebras mudándose a otros sitios en busca de aire o de rocío. ni siquiera el derecho de manifestarle a alguien la cantada fidelidad en los seres de su raza. dando su aliento para que el cactus siguiera verdeando y las bayahondas cuajaran las yemas de sus flores moradas.

sin lana. El calor seguía subiendo. Floreo caminaba arrastrando la lengua. Un chubasco de prisa. de J. y al inclinarse a un pozo. lo gritaba su sed. dormía en una perrera con abrigo y jugaba en las alfombras con los niños. que mira a Pedernales. piñas y otras frutas de esta zona. el perro de salón que comía helados. luego la harina de agua se tornó aguacero. del Senado y de la Academia de la Historia. Y seguía bajo el chaparrón tirado de limosna a la sequedad del mucaral y los cambrones. después de la cena. astroso. En el fondo del agua estaba él. Iba a beber para seguir el rastro. salió la iguana muerta. *Obras de M. El agua limpiaba todo rastro y la sed lo maneaba. guayabas. Se detuvo. ¿Quién como él para ver claro? Y lo cierto es que en ocasiones empleaba al platicar una lógica asombrosa. TRONCOSO DE LA CONCHA (1878-1955)* Una decepción ¡Qué cosas las de Tronquilis! Era de oírle sobre todo cuando en la prima noche. frente al mostrador del ventorrillo. Harto como las bestias buscó otra vez el agua.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Quizá lloró mientras gacha la cabeza. Negras nubes se arremolinaban y un viento de polvo y hojas secas volaba por el inhóspito paisaje. era un perro cualquiera. De entre saltos y embestidas. Como la gente del viejo Pedernales. Doctor en Derecho: Elementos de Derecho administrativo (1939). su hambre. De pronto comenzó a lloviznar. Ya. rumores y gruñidos de fiera. Pronto el sol evaporaría el agua. su soledad. DE JS. Eso era él… Un perro como todos. Narraciones dominicanas (1946). Fue Presidente de la República. Troncoso de la Concha. De las cuevas salían las iguanas con las sierras dorsales listas a destrozar una presa para el día. ML. La azulada barriga vuelta al cielo tiñó de sangre el marfil de Floreo. parte de alguna nube escapada del cielo antes azul y limpio. Luego vendría el sol. El Brigadier Juan Sánchez Ramírez –ensayo histórico– (1944). como algo que se da a disgusto. Y se convenció de que debía seguir las huellas de aquellos hombres y esos perros. Acompañado siempre de la mujer y no pocas veces de algunos vecinos de su calle. El no quería ser eso: siempre sería Floreo. sencilla y alta. sin más destino que las rondas nocturnas y un mendrugo tirado. y las culebras tentaban el ambiente con sus bífidas lenguas azuladas. digna de quien. dio un aullido distinto a todos sus aullidos y emprendió una carrera sin dirección entre los matorrales husmeando en el viento un nuevo Pedernales. Y apretando los músculos de su flácida carne. cuando desde una cueva la sierra de una iguana le asaltó amenazante. husmeó de nuevo tras el rastro de los hombres que se fueron. 177 . Se lo decía el agua. Ya no era Floreo. contundente. desgarbado como los perros que corren tras las perritas rencas y pulgosas en las noches que platea la luna. y se miró de nuevo temblando ante aquel perro que retrataba el pozo. a la luz de una vela de sebo y aspirando un oloroso ambiente de guineos. un perro cualquiera. la de El Conde. Anecdotario Dominicano (1942). zapotes. No pudo más. tomaba asiento en su silla rústica. vuelto un perro cualquiera. levantó alto el hocico. La vida del mucaral. Tronquilis llevaba casi constantemente la palabra. al revés de él. hubiese calentado los bancos de la escuela. Quería hartarse con los ojos cerrados en algún hoyo hasta oír su propio estómago desplazando los gases. también el bicho le negaba la comida y el agua y hubo de defenderse. retrocedió espantado.

muchacha más buena que el pan y trabajadora como una abeja. por mal nombre “El Caimán”. Habríales augurado cualquiera. ¿Duraría esa situación toda la vida? Por otra parte. “Enemencio” Mártir. A falta de tales parroquianos ¿qué habría sido de Tronquilis? Nueve meses llevaba el asedio. abandonó la vida de célibe. adonde los de la cofradía de saco acudían a saborear el dulce y picante Licor Rosolio. montecristeño. “Gollito” Rodríguez. para la vuelta de algún tiempo. Había venido a Santo Domingo en busca de fortuna y poco a poco. –exclamaba el pobre hombre. que saltaba en su corcel. que de dos subieron a cuatro las mesitas de frutas y hasta dieron las ganancias para establecer una regular venta de licores. pero mucho menos los de afuera. bajó sensiblemente. antes de alcanzar una caneca llena. las más grandes candeladas de San Juan. lucidor de los colores del iris y dispuesto en damajuanitas de cuello delgado y ancho fondo. Veces hubo en que Tronquilis. Ugenito Lantigua. uniendo su suerte a la de una criolla. Por varios años estuvieron la nata sobre la leche Tronquilis y su costilla. Pepito el Indio. del Sur y del Este los revolucionarios del 7 de julio contra Báez. Por grados fue reduciéndose hasta limitarse a una mesa el ventorrillo y la botillería disminuyó considerablemente. sin embargo. y otros tantos al servicio del gobierno sitiado. habían irrumpido del Norte. y tanto. una riqueza completa. muchacho de la orilla. Entonces ocurrió algo nuevo: el número de los parroquianos. más malo que coger lo ajeno y encabezador habitual de cencerradas. coplero y soldado. capitán de cívicos. que allá en Santomé cortó de sendos tajos la cabeza a dos “mañeses”. a fuerza de economías. que no cumplía jamás sus amenazas. el “vale” Toribio. con lo cual no pocos se ahogaron y algunos quedaron con el agua al cuello. A los diez meses llegaron al oído del desventurado negociante rumores de capitulación. con tres cicatrices enormes que le formaban una N en el rostro. sin sujetarse. azuano. “Periquito” Caballero. Con la mujer ¿quién lo duda? el viento de bonanza que le había estado soplando arreció. la confortadora ginebra holandesa Mañana Imperial o el bravo aguardiente Cañete. ¿Qué más sino persistir en el trabajo y economizar cuanto se pudiera?  Los tiempos cambian. cogió hasta doce apuradas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Era gallego. ¡Cómo que ya cada copita de Rosolio salía por un ojo de la cara y la caneca de ginebra se había subido hasta las nubes! Y a todas éstas. embaucador de campesinos y gran tocador de “cuatro”. Tronquilis estaba descorazonado. Porque es de saberse que a modo de irresistible alud. en cuarto reservado. insustituible diluidor de penas. Gracias que el “cuarto reservado” sostenía aún parte del negocio. solicitado “maquiñón”. A libar en él iban con frecuencia Benito “el gambao”. “Toñico” Hernández. para colmo de males. el “jefe” Hipólito. el “cuarto reservado” se vaciaba. 178 . de la “gente del gobierno”. Tronquilis entre éstos. Ya cuarentón. seibano machetero. llegó a reunir unos realitos. el capitán “Apuntinodá”. ¿Qué es eso? —¡Mujer! ¡mujer! ¡nos acabamos! Esto no puede aguantarse ya. bravatero de continuo. sin que parecieran dispuestos a ceder los de adentro. el sitio. Martín “el brujo”. Un día el gobierno se equivocó ¡quién lo creyera! y para aumentar el numerario hizo llover sobre el país un diluvio de “papeletas”. con más alma que cuerpo y dos hileras de dientes que parecían querer salirse de la boca. El gallero y su mujer comenzaban a desaparecer.

Cuando le aseguro que ni en el paraíso vamos a estar mejor. pareció reflexionar. y cerciorado ya de que sólo Tronquilis y su mujer habían de oírle. Antes bien ha querido él celebrar el fausto acontecimiento con su ropa dominguera y debido a tal circunstancia se halla todavía en el aposento cuando la avanzada revolucionaria está llegando al Rastrillo y en lo alto de El Conde suena un largo redoble de tambores. en que todos hablan y casi nadie entiende. hablando. con cara de jugador afortunado. mientras Tronquilis. a medida que la multitud avanza. oyó las cuitas de aquellos consortes. levantando a su paso nubes de polvo. triunfante. Una avalancha de curiosos ha invadido la acera para abrir campo a un caballo que corcovea. cuando el alegrón de Tronquilis compensaba con creces el gasto?  Algo extraordinario ocurre en la ciudad. Después. dio rienda suelta a su palabra de revolucionario convencido. cada vez más grande.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Una mañana. El matutino visitante. A poco el hombre se marchaba. Mucho les habló y algo muy bueno debió de ser. “como un veintisiete”. Tronquilis y su consorte no son ajenos al bullicio de la urbe. que vienen a aumentar aquella continua circulación de gente. ya están acercándose. Alguien. dirigió escrutadoras miradas al Oriente y al Poniente. Al pie de la Puerta del Conde. la esperanza sonrió en la casita de Tronquilis. su falta de fe en los días cercanos. la Revolución. se dirigen incesantemente al extremo oeste de la población. viene de adentro para afuera. —¿De suerte y modo –observó Tronquilis a su interlocutor cuando éste hacía un paréntesis para trasegar en el estómago “tres dedos” de ginebra– que pronto cambiarán las cosas? —Pues ya lo creo que sí –repuso el conspirador–. mas ¿qué falta hacía. Venía en forma de conspirador urbano. —Ven Tronquilis –dice–. No había pagado la “mañana”. Inusitado movimiento se nota en sus calles principales. unido a ello una gritería confusa. salió a la puerta. es gente nueva la que viene y con muchísimos cuartos. sin embargo. gesticulando. su desesperación inmensa. Váse ella un tanto atemorizada hacia el interior de la casa. va formándose una masa humana. En la del Arquillo y más aún en la de El Conde la animación es grande. —¿Qué pasa? Es que va a entrar. 179 . a manera de explorador del terreno. Cada vía transversal es uno a modo de tributario de donde afluyen sin interrupción grandes y chicos. luego que el otro desahogó su pecho. quién sabe si no pasa ni una semana. que acudió a “tomar la mañana” allí. cada vez más compacta. Filas desordenadas de hombres y muchachos por la acera y variados grupos por en medio de la calle. Tal al menos habría cualquiera leído en la cara placentera que ambos tenían mientras el visitante peroraba. Asómase a la puerta la mujer. un verdadero mar de cabezas. empaquetado. —Pero… ¿y eso se dilatará mucho tiempo? —¡Qué va! ahorita mismo. —Ya sí se cuajó– murmura con visible gozo. —Y dice usted que… —Lo que le digo: que son gente nueva y buena y que usted verá cómo del infierno vamos a la gloria con zapatos. Despáchate pronto que… No puede terminar la frase. cuyos movimientos producen ondulaciones.

Tronquilis! ¡memorias a la doña! Tronquilis no entiende aquello. Desmorónase súbitamente. Trepa en ella. No quiso ver más. Tronquilis corresponde al saludo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Intenta salir a la calle. —Pues señor. “Ugenito” Lantigua… Su mente se pierde en un mar de confusiones. De improviso un jinete de la avanzada. Al ruido de sus pisadas. a tiempo que ella también iba a hablar. diríase. dedicábase a los ramos de quincalla y loza. El almacén de sus negocios se hallaba situado en las proximidades de la Atarazana. Primer premio en los juegos florales del 27 de febrero de 1909. Gollito Rodríguez. Luego profiere entre dientes: —Periquito es. de grave continente. Tronquilis! —¡Viva el paisano! —¡Hasta luego. Por encima de la general vocinglería se le oye gritar: —¡Ya si se acabó el mamey! ¡Ahora van a saber lo que es cajeta! En el ánimo de Tronquilis ha prendido la más cruel de las desilusiones. de aquel ruido que ya le molestaba. en la capital de la antigua Española. Tronquilis. Con toda seguridad. huyendo. 1 180 . a la vez que agita un pañuelo: —¡Adiós. no hay fresco de que esta gente me deje el camino franco. había venido a radicarse. adiós! Entre confuso y afectuoso. grita estentóreamente. De fortuna más que regular. a impulsos de una conmoción interna. Pasó la avanzada. echando medio cuerpo afuera. La apretada hilera de espectadores se lo impide. díjole en tono amargo y moviendo tristemente la cabeza: —¡Ay mujer. Tronquilis! ¡Tronquilis. Natural de Cataluña. el capitán Apuntinodá gesticula. mujer! ¡Son los mesmos!…1 El proceso de Santín Don Bernardo Santín era uno de los comerciantes de mayor arraigo de la vieja ciudad de Santo Domingo. con un pie en el estribo y el otro al aire. Nada. ¿Dónde está la “gente nueva”? No vio más. Sus ojos no le engañan. Cerca de él. Para cerciorarse recoge la mirada. quienes le van saludando son Martín “el brujo”. Me costará ver desde aquí. color mulato oscuro. Juraría que aquel hombre es “Periquito” Caballero. volvió al aposento de donde había momentos antes salido. el castillo de sus ensueños. siendo muy joven. Ahí viene una guerrilla de francotiradores. A su frente marcha un hombre. si se le comparaba con la generalidad de las de aquellos tiempos. se apodera de su silla rústica. vaciló primero en hacerla partícipe de su negra pena. —¡Abur. Después. Forcejea para abrirse paso. Es el jefe Hipólito. Bajó de la silla entontecido con el desencanto pintado en el rostro y casi maquinalmente. Para poner su resolución en práctica. la mujer fue a su encuentro. el vale Toribio. Suenan enseguida en la avanzada otras voces. que la vio. que tiene al alcance de la mano.

Minutos después resonaron los mismos toques. advirtió: —¡Cuidado con la puerta. en una casa de la calle del Caño. mediante un ligero examen del contenido de los bultos. amante de las glorias de su rey. pero que no había podido articular palabra. La mujer de Santín. Gran parte de la carga venía destinada a don Bernardo. exclamó entonces: —¡La Virgen de las Mercedes nos valga! Escucháronse de nuevo las voces: —¡Abrid sin tardanza! ¡Paso a la Santa Inquisición! Un tanto repuesto de la primera impresión. Después dos más: un oidor y un amanuense de la Audiencia. se alargaron para tomar de una mesita próxima la palmatoria. cerca de la iglesia de Santa Bárbara. buscando a tientas. Todo quincalla y loza. El primero en incorporarse fue Santín. Faltábale aliento. inquirió: —¿Quién va? —En nombre del rey. don Bernardo Santín. la palmatoria cayó al suelo. mientras con la diestra levantaba la aldaba. Casi no había occasion de la arribada de un barco en que don Bernardo no recibiese algún cargamento destinado a mantener en estado floreciente una de las líneas de su comercio. No pudiendo sostenerla. que allá vá! Apenas había abierto. —Tenemos denuncia de un sacrilegio –dijo el oidor– y venimos a inquirirlo. exclamó: —¿Sacrilegio? ¿Quién? ¡Imposible! —Ya lo veremos. No habló. Don Bernardo no contestó. —¿Quién… dice?… –balbuceó. cumplidor de sus obligaciones como cristiano católico militante. Luego de implorar mentalmente el auxilio del cielo. sucedió el miedo. una noche. poco después de la media. nunca había dado motivos para dudar de su fidelidad a la Iglesia. lugar de residencia de varias de las más linajudas personas de la ciudad. Sosteniendo la palmatoria en la siniestra.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Creyente sincero. hizo luz y fue hacia la puerta. recogió la palmatoria del suelo. A la intranquilidad de los primeros momentos. que lo había oído todo. principalmente esto último. Transcurridos varios días. varios toques dados a la puerta de entrada de la casa de Santín despertaron a cuantos dormían dentro. Las mercancías dirigidas a Santín fueron llevadas al almacén. con voz entrecortada por la impression que había producido en su ánimo aquella intempestiva llamada. ni de su lealtad a la persona de su príncipe. Procedía de Portugal. sin embargo. En una de esas llegó al Puerto del Ozama un bujel de matrícula española. Vivía con su familia. ¿Dónde se halla el último cargamento que usted recibió? 181 . exacto siempre en el pago de los tributos con que contribuía a las cargas del gobierno de la colonia. compuesta de su mujer y varios hijos. —¡La Santa Inquisición! Estas palabras llegaron a sus oídos con sonido lúgubre. a causa del temblor que agitaba ya todo su cuerpo. Esta vez. abra seguido. penetraron dos hombres: dos alguaciles. Sus manos frías por el terror que se apoderó de él.

horriblemente empalidecido. alumbrados por la palmatoria que llevó Santín y un candil que allí había. dirigiendo alternativas miradas a los sacrílegos objetos y al magistrado. Ya adentro.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —En mi almacén. que el proceso fue sobreseído. los agentes del rey. no sé… Dio varios pasos con la cabeza cogida entrambas manos. —Saque los orinales que están ahí. pero por orden de la Real Audiencia. El alguacil tomó de una bolsa de cuero que había llevado consigo dos o tres herramientas y ejecutó la orden. sin remisión posible. —Abra éste. en realidad. decía al mismo tiempo: —¿Qué es esto. —¿Está completo? —Tiene que estarlo. por las lóbregas calles que conducían a la Atarazana. llevando a Santín delante. Desenvuélvalos. respondió: —No sé. dobló el cuerpo sobre un aparador. en quienes había hincado su envenenado diente el áspid de la envidia y los cuales habían querido perderlo. Dios mío. Oyéronse testigos. Parece. el oidor extrajo de sus bolsillos varios papeles.  Se principió a sustanciar la sumaria. Con la seguridad de quien sabe lo que hace le ordenó a uno de los alguaciles. ¡Conteste! Don Bernardo lo miró con ojos extraviados. Luego de examinarlos detúvose en uno y en seguida examinó igualmente el exterior de los bultos que conteían los objetos recién depositados en el almacén. Lo que a la escasa luz de la palmatoria y el candil apareció ante la mirada atónita de los circunstantes fue algo que los ojos de don Bernardo Santín no habrían querido ver jamás: el fondo de algunos orinales mostraba en colores una imagen del Corazón de Jesús y otros la del Corazón de María. Tampoco se le descargó. La voz popular afirmó que todo había quedado reducido al esclarecimiento de una trama formada por rivales de Santín. relacionados indirectamente con mercaderes de Santo Domingo cuya identidad no se logró establecer y que la misma nave que trajo las mercaderías destinadas a la proyectada víctima fue portadora de un 182 . Se dijo que el siniestro plan había sido concebido y ejecutado por safardíes establecidos en Portugal. se le excarceló. actuando como Tribunal del Santo Oficio. desfallecido. apoyándose en los codos. cuya pregunta. contra don Bernardo Santín no se fulminó sentencia. no había percibido. buscando maquinalmente apoyo como para no caer. qué es esto? ¡Qué profanación! ¡Esto merece un castigo muy grande! —¿Cómo justifica usted la posesión de esas cosas sacrílegas? –volvió a hablar el inquisidor. —Acabe de vestirse y traiga sus llaves. Estuvo encerrado unos días en la Torre del Homenaje. Al menos. se encaminaron al almacén de éste. y rompió a llorar como un niño. —¿Cómo justifica usted esto? –exclamó en tono grave el inquisidor. Esta vez. tomando del brazo a Santín. Don Bernardo Santín. A poco. sin embargo. Se usó bastante papel. Nunca se supo si se llegó a poner algo en claro. Vamos allá.

Sí. pero que sabe que le ha de matar. me miraban varias personas desconocidas. pero sólo íbamos seis: un matrimonio joven. 1899)* El tren no expreso Yo experimentaba la sensación de que la mañana olía a alcoba de enfermo y que estaba invadida por esa inexplicable tristeza que no tiene causa. de oído a oído: era el silbato del tren que mataba mis ideas para indicarme que había llegado la hora de no esperar más. A poco me di cuenta de que. no se trataba de un presentimiento. pero sostenida por hondos presentimientos. Desde la ventanilla. ¿qué hacía yo en aquel andén. tenía el aspecto de cuarto de enfermo. de un sentimiento de calor y ruido. y me llevó a tal acierto el hecho. Cuando regresé de la anterior reconcentración. que venía hecho cosa tangible. Hice un ligero esfuerzo de reconcentración sobre mí mismo. los vi subir al carro de pasajeros. ¿Hacía. mientras tanto. y debía hacer el viaje en ferrocarril. 183 . Inspeccioné el carro. No había errado en mis cálculos. Él ha sido Rector de la Universidad de Santo Domingo. me puse a mirar a la mañana. *Nota: Los cuentos de Vega Batlle no se han publicado en volumen. milenios que ya todos habíamos hecho el favor de subir? Yo continuaba asomado al ventanillo. Entonces se oyó una voz que dijo: –Los pasajeros que hagan el favor de subir. que latía en el ambiente. que ahora se había vestido con el humo blanco del silbato. Nadie se movió en el andén. solo. A poco subí yo. JULIO A. así era. porque tengo la convicción de que dejé de mirar a la mañana. hecha de incertidumbres. embajador del país en el extranjero. Y comprendí que había llegado demasiado temprano. Comprendí que eran viajeros. Lo cierto es que el asunto no volvió a tratarse más y don Bernardo Santín no sufrió ninguna nueva molestia. iba a continuar tan mayúsculas filosofías.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II escrito anónimo dirigido al Santo Oficio. Era el presentimiento de que estaba cerca de algo insólito. recapacité un tanto. el último como debía corresponder a mi humildad. completamente solo? Bastóme otro ligero esfuerzo mental: yo esperaba que llegara la hora de la partida. sino más bien de un sentimiento. igual que yo. Pero. comprobado a priori. En efecto. Y comprendí que estaba cerca de una locomotora. etc. y a mi lado. acaso. Yo había llegado de Santiago. mirando a la mañana. estaba en Moca. Sí. a ese desinfectante que echan en los cuartos de los enfermos y que flota en el aire como si fuera un cartelón: –¡Peligro de contagio!– y que el enfermo finge no sentir. en realidad. Tal vez hubo algún empeño de parte del humo para entrar en mis ojos. Era grande. de pie y silenciosas. cuando un afilado estilete perforó mi cabeza. Sí. me di con que frente a mí estaba la locomotora. iba para Santos. y así pude reconstruir los últimos acontecimientos. como para treinta pasajeros. de que todos llevaban maletas. en el cual se le denunciaba las marcas de los bultos que los contenían. Nos sentamos. Hasta podría decirse que olía a desinfectante. abstraído. VEGA BATLLE (N.

una señora carente de detalles y yo. y cuando comprendí que me era imposible. hondos. luego desanduvo quince. ¡Pobrecillo! No sabía él las terribles pruebas que el destino le reservaba… Me avergüenza contar cuál fue mi actitud. aguda y femenina. el chirriar de todo el convoy. y sólo ella. apenas un poco. por el ventanillo. y decir. acordes. Y se detuvo en seco. Sin embargo. aunque llenos de profunda vergüenza. seguir adelante un poco. un oficial de policía. gruesos. Puedo asegurar que la señora sin detalles recibió una pequeña herida en el temporal izquierdo. era notorio que nunca pudo salir de Santana ni llegar a Santiago. y. Tantos. El convoy se componía de la locomotora. porque nunca arribaba a la última… Algo me indicó que el tren se estaba poniendo en marcha. Después. En ese pequeño trayecto había diez y nueve diminutas estaciones. por ejemplo. que se me fueron cuerpo adentro. me puse a mirar hacia afuera.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS con una niña de brazos que siempre chupaba objetos. ¡Hombre precavido aquél! ¿Habrá ascendido en los grados de su cuerpo de seguridad pública?… Nos levantamos. a través de la ventana. tranquilos. Después. pequeña. Todos… ¡ay!… menos el oficial de policía. como de tienda de juguetería. pudo transmitir a la mañana ese ambiente de pesadumbre que llevaba dentro. distantes setenta y cuatro millas. hasta agarrotarme la garganta. con la bravura del enfermo que se siente perturbado en su anhelada y nunca satisfecha soledad. Escupí. vale decir: detenerse. Sí: un leve resoplido salió de lo hondo de la locomotora: un pitido largo. más tarde. Parece que el choque había hecho caer el cristal del ventanillo. fija en mí. con ese fuerte empeño de atrasarse que tiene el tiempo en todas las estaciones de ferrocarril. Se había atado fuertemente al pasamanos del sillón. la marcha definitiva hacia Santos. ilesos. Hacía muchos. Su servicio se limitaba a ir y venir de Moca a Santos. negra. treinta de retroceso y. pero debo hacerlo. como de viejo detective. Quise sonreír. por fin. y en cada una de ellas el tren debía hacer una parada. daba la impresión de que sufría un gravísimo complejo de inferioridad: entonces comprendí que ella. que podía echarse el lujo de hacer juegos de palabras. adulterados por el tiempo y su riente water-closet. que ella disimuló rápidamente. El esposo que fue el primero en reponerse. muchos años que rendía servicio. Observé que avanzaba diez metros. décadas. a la próxima solamente. una campanada. Todos los pasajeros caímos al suelo. yo vi su sangre. otros diez de avance. esperar… pitar. 184 . nunca a la última. en lugar de años. el carro fue tomando un movimiento ondulatorio y desarticulado. pitar. ¡Horror! Allí estaba la mañana. largos pero vacíos. pero siempre adelante hasta llegar a la próxima estación. Un abundantísimo rubor debía cubrir mi rostro. solamente. ya aquel raro movimiento había alcanzado las proporciones de un trote fuerte como de mula embravecida. Tan pronto comprendí que estaba de bruces en el suelo. y sus olores. el carro de pasajeros. Los primeros pasos fueron leves. dos estaciones intermedias entre Santana y Santiago. de arriba hacia abajo. por último. la meta del viaje. esperar de nuevo el transcurso del tiempo: ese tiempo que siempre está atrasado. casi microscópico. diez y ocho vagones para la carga. Su aspecto era enfermizo. pero sólo un vago gemido salió de su boca: un pequeño gemido. Una parada. quiso reír. luego pitar. después. poco a poco. a los cinco minutos de marcha. calculé lo incorrecto de mi posición y tomé en levantarme. con sus sillones pareados. como llena de precoz desaliento del que se sabe inútil. Su nombre oficial era Ferrocarril de Santana a Santiago.

Hace algunos meses clausuraron el plantel. y como es lógico. mientras el tren marcha. El viaje se reanudó. me dijo: —¿Qué importa una hora más o menos? Nadie lleva prisa. Si es cierto que hubo uno que estableció un récord de once meses. ¿Y usted? —Soy el conductor–maquinista. avergonzada. lentamente. Su causa obedece a que. una respetuosa admiración. Hoy. por falta de alumnos. levantarse las ropas hasta más arriba del vientre. que ya aparecía más adulta. pleno de un viejo y profundo cansancio. junto a un señor que parecía dormir. Saqué el reloj y le advertí la marcha del tiempo. Tenía un copioso bigote de mandarín. Por fin abrió los ojos y musitó: —¿Pasajero? —Sí. todos vinimos al suelo. Conversamos. Hubo maquinista que se vino a percatar de ello al llegar a Santos. Luego nos dijimos cosas íntimas. a no ser porque oí cinco sonrisas a mi alrededor… Cinco sonrisas que patinaban por toda mi epidermis. —Pero… ¿suele desprenderse? –inquirí atónito. Había perdido la razón. Era flaco y pequeñito. arremolinada. cristal abajo. ¿Ve usted esta casi imperceptible torcedura que llevo en el cuello? Es algo terrible que me arrastrará a la tumba. y al mismo tiempo ir viendo hacia atrás. también es cierto que otro apenas duró ochenta días. acosado por una fuerte y persistente manía persecutoria. Un pitido violento. por delante. al cabo de los cuales tuvo que ser recluido en una casa de salud. después de diez y siete horas de viaje. Después de una pausa. para llevar la certeza de que el último carro. —Con más frecuencia de la que usted pueda imaginar. En la punta de cada pelo bailaba. rugir como una fiera acosada. dar un salto trascendental y lanzarse por la ventanilla. seguido de otra brusca parada. Es un secreto de oficio. necesito imprimirle a mi cabeza un movimiento semigiratorio. señor. Y no es para menos. agregó. que ahora parecía un monumento. hasta perderse en el doble tabique del vagón. los ojos desorbitados. 185 . la gota de carbón escapada de la túnica del humo de la chimenea. Toda mi vida fui maestro de escuela. —Soy padre de familia y tengo cincuenta años. Le miré. como que quiso despertar. y… ya ve usted: no vamos tan mal. Al sentirme. mi mente es incapaz de reconstruir la magnitud de mi asombro. los brazos al cielo. y decidí aceptar este puesto de maquinista. Entonces comprendí que mi alma lloraba. de modo que pueda ir mirando la vía. de pies ya. Ninguna importancia hubiera tenido aquel fracaso. —Pero… ¿tenía usted prácticas anteriores? —No.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II porque vi aquella pequeña y decente secreción de mis glándulas salivales rodar. La miseria amenazaba a mi familia. Contemplé de nuevo a la mañana. sigue unido al convoy. En dos días aprendí. Oiga: Las estadísticas de la empresa demuestran que la resistencia física y moral del maquinista apenas alcanza para un año de servicio. Habíamos llegado a la primera estación. arrobado. díme con la señora sin detalles. Bajé. Y sentí por él un gran cariño. ahora con una ligera variante: cuando. Mas él apoyándose de nuevo en el respaldo del banco. para evitar choques con las vacas y otros animales que siempre la obstruyen. pero sé que sabrá guardarlo. casi a mi oído: —Me es usted simpático y voy a hacerle una confidencia. Esta vez me di cuenta de que llevábamos mayor velocidad y más acopio de ruidos inéditos. Media hora de inútil espera… y vuelta a la consabida escena. y fui a sentarme en un banco del solitario andencillo. el de pasajeros. al incorporarnos por tercera vez levanté la cabeza.

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Luego, según puede hoy colegir mi vacilante memoria, el tren siguió haciendo breves recorridos interrumpidos por luengas paradas. En una de ellas, la más larga, bajé de nuevo al andén. Ya la mañana no estaba allí. Se había quedado atrás. Debí presumir que caminábamos a gran velocidad. Tal vez… En cambio, había llegado la tarde, sana de cuerpo, como una rapaza de la montaña, llenos los vellos de sus piernas con los cadillos y las zarzas de estrellas y de las nebulosas que eran como un presagio de la noche que venía para poner a la tarde bajo el embozo de la sombra. La noche, sí, con los botones de las estrellas en los ojales de las nebulosas… Al cabo de centurias de minutos, me lancé a preguntar a mi amigo la causa de espera tan larga. Le encontré bajo un árbol, en el límite del bosque. Lloraba. Preguntéle la causa de su pena: —Señor –díjome–, se ha agotado el carbón. El tren no puede caminar. Vinieron lágrimas a mis ojos. Las columbraba, entre los hilos de mis pestañas, saltar, como pequeñas olas de un mar disperso. Cuando pude hablar le dije: —¿Y no es posible idearse algo para que camine? Si lo empujáramos… no cree usted –me aventuré a insinuar. —Imposible. Pesa demasiado. Entonces fue cuando sentí, en la obscuridad de mi cerebro, como que encendían el fósforo del genio, que sólo una vez es genio, y grité: —¿Y si desarmamos uno de los furgones de carga y lo utilizamos como combustible? Sentí el garfio del nervio que no tiene control en el entusiasmo súbito: eran las manos de mi amigo el maquinista que estrechaban las manos de su amigo el viajero. ¡Pobre alma buena! Le vi correr hacia la víctima… hacia la víctima, que era el carro número catorce… El tren caminó. Ya habían traído el paraguas de negro terciopelo de la noche. Eran las nueve. Entonces pude observar un cintillo negro en el brazo izquierdo del joven esposo. ¿Era, por ventura, un jirón de la noche? A mi pregunta respondió: —Es por la niña. La enterramos en la estación anterior. Fue en ese mismo momento cuando observé lleno de pavor, que el carro se deslizaba como en el aire; que luego le entraba un extraño melindre afectado, cual si le hubieran dado un pinchazo: eran las espuelas de la Muere que se clavaban en los ijares del convoy… Me percaté de que íbamos en vilo, por los elementos. Percibí un cambio radicalísimo en los ruidos. Luego un silencio atroz, que duró un instante. En mi cabeza entró el vacío… y perdí el conocimiento. Cuando volví a la razón, estaba en Santos, la dulce y bella pequeña villa, en la honda axila de la bahía… Allí lo supe todo. Yo era el único superviviente. El tren había llegado a Santos sin locomotora ni maquinista. La empresa explicó el hecho diciendo que ambos se fueron por un puente, desapareciendo en el fango, y que el resto del convoy, por impulso y desnivel, siguió corriendo hasta llegar a Santos. El pueblo, sin embargo, tuvo distintas maneras de interpretar aquello… Mas yo creo, francamente, que la máquina abandonó el carril y se fue por la jungla, desesperada, llena de remordimientos, plena de pensamientos suicidas, por la antropofagia cometida con el vagón de carga, que engulló en su vientre de llamas. Tal vez podría
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vérsela, corriendo, desaforada y sin rumbo, por bosques y montañas, en noches óquedas y tempestuosas, como un terrible fantasma de hierro y fuego, violador de mañanas enfermizas.

OTILIO VIGIL DÍAZ (N. 1880)*

Cándido Espuela
A Elías Brache hijo

En el plácido y pintoresco pueblecito de Jarabacoa –un nido en el corazón de la montaña– Cándido Espuela era el hombre polivalente. Político de fuste, secretario de todas las secretarías, maestro de escuela, agricultor, orador, curandero, boticario, negociante, corresponsal del Listín Diario, literato, hacedor de charadas, maquiñón, prestidigitador y gallero. Todos estos ejercicios eran circunstanciales y transitorios, y los cambiaba dado su temperamento inquieto, aventurero y guerrero, por las armas, que eran su delirio, su vocación permanente, básica, definitiva; por las armas reivindicadoras y vindicadoras, como decía él, seguido que estrellaba el primer cojetazo en uno de los cuatro puntos cardinales de la convulsiva República. No se habían cicatrizado aún las heridas profundas que habían hecho en el crédito político, económico y social, en el mismo corazón de la república, la llamada “Revolución de la Unión”, ese amasijo de felonías y fechorías, de ambiciones y de crímenes, en la que tomó parte activa, activísima y decisiva, el malicioso Cándido Espuela, cuando la llamada Revolución de la “Desunión”, la más cruenta y salvaje de todas las habidas, prendió de nuevo la tea de la guerra civil, cuyas llamas iluminaron, trágicamente, a esta tierra nuestra, la más dulce, la más bella, la más fecunda y desgraciada del mundo. Una de esas mañanas alegres, del precioso y canoro valle de La Vega Real –recargado siempre de perfumes bucólicos– se sintió, de súbito, un tá, tá, tí, tá, un toque de corneta de los lados de la Cigua, por donde un sobrino del polivalente Cándido Espuela, polivalente y bélico, llamado Turín, un muchacho medio civilizado, honrado y trabajador, ajeno por completo a ventajas y canallerías de la malvada política criolla, que tenía una pulpería buenaza, hecha de hombre a hombre, con honradez, con el sudor de su frente, que es como aconsejó Dios que se haga el dinero, para que no envenene el alma, el pensamiento, la vida y la muerte… —Esa tropa –murmuró el joven y honrado comerciante–, segurito que es de tío Cachito, como le decía él cariñosamente, y como si le hubieran tocado un botón eléctrico, saltó hacia la parte afuera del mostrador, en mangas de camisa. Apenas habían desfilado, de uno en fondo, frente al bien surtido establecimiento de Turín, los veinte o treinta infelices campesinos, jocundos y chachareros, regalando saludos y adioses, de boca, de manos y de sombreros, cuando irrumpió en la amplia enramada anexa a la pulpería, el Jefe de la Columna, que venía a lomo de Cañonga, su mula baya, cañas negras, su ñoña, como decía él, que estaba para ese entonces que se le podía jugar dados en las nalgas, redonditas y lustrosas.
*O. Vigil Díaz, autor de Góndolas (1912); Miserere Patricio (1915); Galeras de Pafos (1921); Del Sena al Ozama (1922); Orégano (1940); Lilís y Alejandrito (1956), y artículos y juicios críticos (fatamorgana) dispersos en diarios y revistas.

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Cándido Espuela venía armado hasta los dientes. Traía un sable de espejitos, un revólver nuvesiningo, cacha de nácar, con dos correas llenas de cápsulas preciosas. Un puñal pata e venao y un brogocito sobre las ingles. En el sombrero, con el ala levantada alante a lo mambí cubano, que le dejaba al descubierto la cara blanca, pero fuertemente tostada por el sol, un lazo grandísimo de candelón. En bandolera, la porturola, la cartuchera de búfalo, hecha en Santiago, y nuevecita también. —La bendición, tío Cachito. —Dios de bendiga, sobrino, y te haga un santo. —Desmóntese, tío; pa que tome café y se desayune. —Hombre sí, sobrino, te voy a complacei, poique eta milicia endiablá, me tiene, que a eta hora que tú ve, no me he echao ni un trago de jengibre en el buche. El malicioso, práctico y mentiroso Cándido Espuela, echó pie a tierra con dificultad, entorpecido por las armas superabundantemente innecesarias, y poco después de los abrazos, bendiciones y saludos, a familiares y extraños, tío y sobrino, con empalagosa amabilidad foránea, se sentaron a la mesa cibaeña, siempre oportuna, suculenta, nitrogenada, esa mesa digna de la caverna prehistórica, recargada de viandas humeantes, de huevos fritos con los cebollines y la clara achicharrada, de carne y longanizas fritas sin estáticas, sin burruqueos inciviles. Ya en el café, en el paladeo de ese aromático y sabroso café de La Vega, en el preciso momento filosófico en que Espuela encendía un cigarro, el sobrino, que lo quería y que ya tenía su trompo embollado, le rastrilló a boca de jarro: —Tío, perdóneme la pregunta, ¿pero para dónde va uté con esa tropita?… —Para dónde voy a dir, muchacho, parriba, pai sitio de la Capitai. —Dispénseme, tío Cachito, pero dígame, ¿cuándo e que usté va a entrai en juicio?… Uté no sabe que la cosa pallá arriba está que arde. A Eliseo y otro General colúo le han rompío la caja dei pecho de un cañonazo. Si a usté lo malogran en una de esas sabanas grandísimas, se lo comen los perros, ahí no entierran a nadie. Si uté se muere pacá, le llenan la sepultura de clavellina y estefanotas, toitico el mundo lo llora, le hacen un rincón bien gritao, y una misa con música. Cómo se le ocurre, cojei ahora parriba, licencie esa tropita en llegando a Pontón, y vuéivase, que usté es un hombre muy querío, útil, necesario, indispensable, sin uté su pueblo no es pueblo, quédese poi Dió, no vaya a paite. Espuela, con la barba sobre el pecho, afectadamente enternecido y agradecido por las cándidas reflexiones del sobrino, le contestó: —Tropita no, sobrino, tropa y de la buenaza, de la caliente, de esas que dejan el sitio pelaito largando plomo. Pero, después de to, no te preocupe, que yo nunca me adentro mucho en la chispa, yo peleo siempre detrá del jumo, que digamos, –y echándose la porturola, la cartuchera de búfalo, sobre el ombligo– ve, –le dijo, y fue sacando y poniendo sobre la mesa: Un pedacito de corcho, un cabo de vela de cera, tres cajas de fósforo, dos juegos de barajas españolas viboreá, dos dados cargados en tres suertes en la carrera, y una panela de dulce de leche. Sobrino, yo no he matao ni pienso matai a naide. Y hurgando de nuevo hasta el fondo de la porturola de búfalo, sacó y le mostró al sobrino algunas cápsulas, haciéndole notar sus condiciones inofensivas. —Ve, sobrino, son de güebo e chivo y mi carabina es un brogocito; y después de relojear los contornos de la pulpería, por si había moros en la corte, le dijo casi en el estribo del oído:
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SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II

—En el último sitio, en el de la Unión, yo me gané mil pesos. Déjame jacei, que yo no dentro en eta cosas sino poi negocio na má, yo no creo en nada ni en naide… Y le echó la pierna a Cañonga, que piafaba en la enramada, loca por tragar tierra caliente, tierra de guerra…

A la sombra de caoba corpulenta reposan Jesucristo y San Pedro, después de andar por el mundo mejorando la suerte de los mortales. El mal se alejaba momentáneamente de la tierra, y el divino Jesús quiso, además de todo el bien realizado, otorgarle un don a cada ejemplar de las razas humanas. Entonces fue cuando San Pedro hizo comparecer al indio, al blanco, al negro, al amarillo y al mulato. Trató de colocar al negro en lugar de preferencia, compadecido de haberlo visto trabajar de seis a seis, tostado por el sol y en ocasiones bajo torrenciales aguaceros. Y su mirada, a la que nada se esconde, notó que el negro se deslizaba, se evadía colocándose en la retaguardia. —Jesús –habló San Pedro– está satisfecho del regular comportamiento de ustedes y, compadecido por los viejos padecimientos de todos, quiere otorgarle un don a cada uno. Pídele tú lo que más deseas, –le ordenó al blanco. —Señor –suplicó el aludido arrodillándose ante el Redentor del mundo– dame una chispa de tu sabiduría. Tengo fe y con tu ayuda sabré descubrir medios para aliviar y mejorar la suerte de mis semejantes. —Otorgada te es: estudia y sabrás… –le dijo el Señor. —Pídele ahora tú, –le ordenó San Pedro al amarillo. —Señor, que una chispa de tu lumbre resplandezca en la hoja de mi espada: quiero ser un conquistador. Por la memoria del llavero eterno pasaron sombras diversas, chorreando sangre… y las pupilas se le nublaron. —Otorgada te es, y conquistarás mientras seas clemente; –díjole Dios. —Pídele tú, –le ordenó San Pedro al indio sin volver a mirar al amarillo. —Quiero una brasa de tu luz, Señor, para encender el tabaco de mi cachimbo, y fumar, y soñar… –suspiró éste. —Otorgada te es: tómala, fuma y… sueña; –le dijo Jesucristo envolviéndole las ideas en la humareda en que se convertía el tabaco de su cachimbo. —Pídele tú, –le ordenó San Pedro al mulato mirándole hasta el fondo de la conciencia y sin pizca de simpatía. —Dame, buen Dios, la chispita necesaria para mantener encendido el fuego de mis apetitos: quiero gozar… ¡Gozar y gozar y no perder el gusto! —Otorgada te es, –suspiró Jesús–. Peca y… arrepentido, reza. Y el negro, receloso, no se acercaba. Un viento manso venía de más allá del mar, voló sobre la llanura y, feliz, acarició durante un rato las sedosas y abundantes barbas del llavero eterno, quien, dulcificando aún más la voz, ordenó con simpatía:
*Este cuento de camino, o folklórico, le fue dictado en Enriquillo a Sócrates Nolasco por el señor Numa Pompilio Sánchez, ahora ciego, de setenta años de edad, quien fue Juez Alcalde durante varios años.

CUENTO DE CAMINO Por qué el negro tiene la piel así*

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—No seas tan tímido; acércate y pide. Entonces el negro, sospechando como ante un recodo del camino real, se rascó la cabeza y mirando de soslayo, precavidamente dijo: —Mire, Siño Jesucrito, y Uté, don San Pedro… no se preocupen por mí, que yo ando atrá d’esta gente: soy el encargao de llevale las maletas. Y desde aquel lejano día, por haber preferido a una chispita divina la desconfianza, hija de la malicia, anda y andará el negro con la piel a oscuras sabrá Dios hasta cuándo.

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No. 16

J. M. sanz lajara
el candado
Prólogo Manuel Valldeperes

prólogo
Cuando J. M. Sanz Lajara publicó en 1949, los primeros cuentos de ambiente americano en su libro Cotopaxi, hizo, en las palabras de presentación, una confesión que es válida para toda su obra posterior. “Alguien dijo, hablando de la vida –escribía hace diez años–, que en ella existe toda plasmación. Añadiremos que la fantasía en literatura está desapareciendo, si no ha desaparecido ya. Este libro se formó en la vida, con ella y de ella. Los hombres que voy a presentar cruzaron sus caminos con el mío. Las mujeres pasaron por mi puerta y algunas –¡benditas sean!– dejaron un beso, una caricia y una que otra lágrima, que sin dolor no hay sentido del propio destino”. Refiriéndonos a este libro –cuentos y narraciones ecuatorianos–, dijimos: “Sanz Lajara es un escritor que aspira a la máxima naturalidad y también a la más diáfana claridad descriptiva. Leyendo las páginas de Cotopaxi se siente la sensación del contacto directo con lo que en ellas se describe. El paisaje adquiere extraordinaria grandeza, no porque haya acertado a presentarlo en su natural fisonomía, sino por haber sabido descifrar su misterio y descubrírnoslo con emocionada sinceridad. Y si ha sabido calar hondo en la entraña de la tierra, de una tierra serena y colérica al mismo tiempo, poblada de volcanes, no ha sido menor su acierto al presentarnos a los hombres que la animan con sus cantos y que la riegan con sus lágrimas. Cotopaxi cuenta, pues, con el respaldo de la vida”. “La vida es el hombre –agregábamos–. Por eso Cotopaxi recoge las verdades de la vida, ora alegres ora trágicas, al través de lo cotidiano, de la simplicidad de lo cotidiano. El emético Pedro, el terrible Juan Manuel, la cerril Maruja y la romántica Sheila, para no citar más que algunos de los tipos que desfilan por ese retablo de amor, son seres arrancados de la realidad. Seres a quienes el autor ha visto amorosamente y ha tratado en su diario vivir. Sus huellas están en el libro en la plenitud de su vivencia espiritual. El fervor descriptivo es lo que Sanz Lajara ha puesto en ellos para que el instante de vida que ha captado tenga, además de verismo, impresa la huella de la emoción verdadera. Y esto es lo que hace que Cotopaxi sea, no sólo una biografía con alma, sino la captación amorosa –y por amorosa espiritualizada– del alma de un pueblo”. En Aconcagua, libro de cuentos publicado en 1951, Sanz Lajara sigue las mismas sendas vitales de Cotopaxi. Vitales y luminosas, porque ambos libros se formaron en la vida –con ella y de ella–, para ser vida a su vez: vida animada por un tesoro inapreciable de experiencias. Conocedor de América –hombre y paisaje, acción y ambiente–, Sanz Lajara nos presenta un “Aconcagua”, relatado con la emoción del observador inquieto, lo que su escrutadora mirada ha descubierto, fuera de lo común, por tierras del Perú, de Chile, del Brasil y de la Argentina. Son hombres y mujeres de América, con sus peculiaridades al descubierto, porque nos las presenta con el corazón palpitante, dentro de un ambiente tan real como incitante. En el libro de ahora, en El Candado –veinte cuentos de ambiente continental–, al igual que en Cotopaxi y en Aconcagua, el hombre de América y la América misma, palpitan. El americanismo de este libro –americanismo con anhelos y angustias para y por el hombre universal– no discrimina: presenta los hechos con toda su intrínseca e influyente veracidad. Por eso, precisamente, el hombre de América se reconoce en sus páginas. Se reconoce como colectividad con un destino común y con la sola ambición de este destino. Ha dicho Sanz Lajara, para resumir ese esencial americanismo: “…hay en esta América tanto y tanto de ver y de amar, que no hace falta mirar a otra parte. Bajo sus cielos azules,
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conviviendo con sus pueblos y razas, siendo parte de ellos, se acerca uno bastante a la felicidad”. Y a descubrir esta felicidad, después de haber descubierto el hombre y el paisaje americanos –su naturaleza incitante–, tienden las inquietantes y sutiles páginas de El Candado. A descubrir esta felicidad al través de la vida cotidiana, con todo lo que hay en ella de alegre y de bueno y también de angustia y sufrimiento. Las páginas de este libro resuman, como las de Cotopaxi, como las de Aconcagua, una profunda compenetración espiritual con el medio y un hondo conocimiento de la realidad. De esta comprensión y de esta penetración, tanto como de la manera directa y simple de narrar los hechos, no exenta de un dulce hálito poético, surge la impresionante sinceridad de los cuentos de El Candado. Escritor ávido de vida, Sanz Lajara capta lo que trasciende de esta tierra recatada y virgen y la ama. Este amor es lo que ha dejado flotando en el libro para hacer cierta su propia afirmación: para hablar de montañas hay que amar a las montañas, para hablar de hombres hay que amar y comprender a los hombres. Y de amor y comprensión está hecha su obra. Es sorprendente comprobar cómo, en un estilo impresionista, ágil y vigoroso al mismo tiempo, va arrancando Sanz Lajara los secretos a la naturaleza y al hombre para describirlos con precisión y claridad. Y es sorprendente comprobar, también, cómo se va perfilando la biografía de la vida, al través de pinceladas nerviosas, en las páginas emocionadas y emocionantes de El Candado. Esta difícil facilidad es la que acredita a Sanz Lajara como escritor de temple. Como un escritor de temple que sabe descubrir en la actualidad viva lo que hay de legendario en América y que el hombre no ha dejado morir para que perdure su singular contextura psicológica. Los tipos cuyo instante de vida ha captado Sanz Lajara en sus cuentos son diversos, con esa diversidad que hace infinita en matices la biografía del hombre. De esa diversidad ha sacado provecho el autor para ofrecernos una síntesis de la vida del hombre americano. Y si es cierto que nos ha presentado a todos y a cada uno de ellos con amor, también lo es que por ese amor, por su fidelidad a ese amor, no ha dejado de ser fiel a la verdad. De Camilo a Luis y de la joven María a la negra Ángela hay un abismo que vencer; pero flotando por sobre ese abismo de caracteres está la vida, triunfante, con su lastre de angustias y de dolores y también de sanas alegrías: la sana alegría de vivir, que es la gran esperanza y el gran estímulo del hombre. Y esto –el alma de un continente– es lo que late en los cuentos de Sanz Lajara.


Se ha dicho que el cuento literario es la transformación de la verdad verdadera, al través de una mente apasionada, hasta convertirla en una mentira bella. Esto no es el caso de Sanz Lajara, cuya originalidad, que es una transposición de la realidad más íntima, constituye una protección contra interferencias extrañas o, si se quiere, contra la violación, por ajenas sensibilidades, de una intimidad en carne viva. Ya hemos dicho que el autor de Cotopaxi, de Aconcagua y de El Candado aprehende, en sus cuentos, los secretos de la naturaleza y del hombre para describirlos con precisión y claridad, sin quedarse nunca en el interés puramente descriptivo. Por eso se mantiene en ese punto intermedio, vital y emotivo al mismo tiempo, entre el desprecio de los hechos, que conduce a un lirismo estéril, y la supervaloración de éstos, que nos sitúa en el campo estricto del reportaje.
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J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

Sanz Lajara es un escritor original, de la estirpe de los grandes de América, porque contempla la vida con afán analítico. La desnuda, la desmonta y la reconstruye con su propia personalidad revelada de adentro hacia afuera; pero no desarma nunca la estructura interna de la realidad para narrar los hechos. Tampoco cae en el boceto costumbrista, porque en sus narraciones hay emoción. Por eso sus cuentos son cauce de una expresión netamente americana. Todos los personajes de los cuentos de El Candado y de sus libros anteriores –Cotopaxi y Aconcagua– son reales, vivos, arrancados de la desnuda y aleccionadora realidad de cada día y el autor no los aparta, al darles vida literaria, de esa realidad, de su realidad. Son seres que no se miran vivir, sino que viven. Sus miradas se vuelven hacia adentro para verse tal como son, para mostrarse, en la plenitud de su vigencia humana, tal como son. En ninguno de los humildes personajes que nos presenta Sanz Lajara, tan llenos de vida, tan sublimes en el dolor, tan esperanzados, hay el más mínimo atisbo de falsedad. Son reales –algunas veces cruelmente reales– y, sin embargo, destilan poesía. La misma poesía con que el autor va creando el ambiente que les circunda. Así son María de La casa grande, tan serena en el amor; Paulo, el de la vida bien vivida, de El sueño; Isaías y Ángela, los negros felices de El milagro; el indio Osvaldo, sumergido en el recuerdo de Shirma… Así son todos los hombres y mujeres a cuya vida nos acerca. Es que Sanz Lajara nos presenta al hombre como parte articulada de la naturaleza, en su esencia humana y vinculado al medio para que su espíritu trascienda y se manifieste ampliamente. Así es como surge el fondo de poesía que hay en sus cuentos y, sobre todo, su calidad pictórica, alucinante y emotiva. Y así es como consigue que sus descripciones posean una emocionante y sugestiva plasticidad. Pero, a pesar de su poder de sugestión, no es la existencia de los personajes –lo real de esa existencia– lo que más nos impresiona en los cuentos de Sanz Lajara, sino su vida espiritual, con todo lo que hay en ella de videncia y de presentimiento, de sugestión de otras vidas. Se trata de un trasunto de lo individual a lo universal y humano al través del cual trata de descubrir el sentido superior del hombre como paso seguro hacia la fijación de su destino. La nacionalidad no es una obligación impuesta al escritor, sino una necesidad intrínseca de su obra y, por consiguiente, un atributo de ésta: la fuerza y la vivencia del origen. Por eso, a pesar del ámbito americano de los cuentos de Sanz Lajara, la presencia del dominicano está latente en todos ellos. Y es desde este espíritu, precisamente, que ve lo americano con claridad y simpatía, con amor y, sobre todo, con esperanza. Su estilo es claro porque ve las cosas con claridad y las dice de manera convincente. Prosa clara, diáfana, dinámica en la que las palabras, imbuidas de aliento poético y de humano temblor, nos dan una idea exacta de su valor: la más adecuada a las ideas y a los sentimientos que expresan. Esta claridad es parte muy importante de la originalidad que se manifiesta en El Candado. Ahora que la pasión creadora de América se ha concentrado, para dar en el cuento lo más peculiar y lo más auténtico de sí misma, J. M. Sanz Lajara ha de ser tenido por uno de los escritores más representativos de nuestro Continente, porque esta pasión creadora –reveladora– está viva en él, con toda su influencia trascendente. Manuel Valldeperes
Ciudad Trujillo, mayo de 1959.

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Sanz Lajara recoge en este libro un grupo de cuentos que ha recorrido América y Europa. Mundo Hispánico en Madrid, La Prensa en Lima, Clarín y el Nacional en Buenos Aires, Hablemos en New York, Américas en Washington, Correo da Manha y Tribuna de Imprensa en Río de Janeiro, publicaron oportunamente lo mejor de esta cosecha del escritor dominicano que ya es propiedad del gran público continental. Cuando el autor era embajador en el Brasil, un grupo de intelectuales formó en aquella capital una peña literaria que recibió el nombre de Rui Barbossa. La edición brasileña de estos cuentos dijo entonces: “El Candado, El Charco, El Otro, El Feo, no sólo caracterizan a un escritor, señalándolo definitivamente como uno de los artistas más perfectos, sino que, sobre todo, lo inscriben entre los creadores dotados en igual dosis de la llama del talento y del secreto de la artesanía, pues él es artista y artesano, como lo son pocos cuentistas contemporáneos que, frecuentemente, hacen cuentos perfectos a su manera, despreciando las reglas del género”. (O Cadeado, página 128). “Estos cuentos forman, desde ahora, parte de una antología del cuento americano que ha de ser hecha sin prejuicios y preconceptos. Para que un cuentista pueda ser llamado maestro en el género, para que sus historias se transformen en eso que se acostumbra llamar literatura en vida inmediata, en vida vivida y sufrida, no es necesario otra cosa, no se precisan otros elementos que esos usados por Sanz Lajara con tal fuerza –y firmeza– que después de la primera página de cualquiera de sus trabajos se cautiva al lector y después de la última lo obliga a quitarse el sombrero. Quitemos, pues, el sombrero”.

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J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

El candado
—¡Váyase, compadre! ¿No está viendo que bebió demasiado? —Sírvame otro, otro no me hará mal. Camilo inclinó la cabeza sobre la mesa y se hundió los puños en las mejillas. En la calle un viento frío golpeaba las casas dormidas. En la taberna el humo de los cigarros no podía salir. —Deme, –ordenó Camilo– este último será el mejor. No quería volver a casa. Estaba, de pronto, cansado de luchar contra su corazón que adoraba a Elena y contra su orgullo que deseaba matarla. Eran cosas de hombre y cosas de indio todos los pensamientos de Camilo. Apuró su trago y suspiró. Seguramente que llevaba caminados muchos suspiros aquella noche. Y muchas maldiciones, encerradas en su pecho, como el humo de la taberna que no podía salir. —Voy a cerrar –dijo el tabernero, con una voz sin apelación. Los indios se fueron levantando a regañadientes, como si la muerte les hubiese llegado en la última copa. Camilo quedó sentado, encogido dentro de su dolor. —¡Ándale, Camilo! –le suplicó el tabernero, cuando los dos estuvieron solos en el salón acallado. Se levantó, irguió la cabeza, se echó atrás el pelo, caminó hacia la puerta. Sentía que el piso le golpeaba con su oleaje y que las paredes estaban bailando una danza triste, como la música que los indios entonan en tiempo de sequía. En mitad de la calleja se detuvo y respiró con los brazos abiertos. —No se me pierda, compadre –oyó decir al tabernero–, mire que la Elena luego me echa la culpa. Camilo se movió cuesta arriba, sobre los adoquines que resbalaban en sus alpargatas. Las montañas se inclinaban para recoger, suavemente, a la arcaica ciudad violeta. Una luna de pizarra saltaba de un cerro al otro, borracha de distancias, como Camilo. En las puertas cerradas no había ningún candado. Los indios dormían, o hacían el amor, o sufrían, o rezaban, o estaban quietos, esperando morir en una noche así, de luna de pizarra encima de la ciudad violeta. Camilo sabía que en la puerta de su casa no habría candado. Era esa su ilusión, su gran esperanza, masticada entre tragos, soñada ante la mesa de la taberna, en las horas de sueños y de temores. Y si no había candado, podría tocar con escándalo para que Elena le abriese y en Elena descargar su hambre de besos y su fiebre de mimos. Iba solitario, luchando contra la calle que se alzaba y se caía, como el lecho tormentoso de un río, como las grietas misteriosas de un glaciar. Contó las puertas, contó las casas. En ésta nació un niño que no vería la luz del sol, en aquélla murió un viejo muy viejo, de cara ovejuna y nariz ganchuda, en esa otra presintió silencio, el silencio que dejan los hombres y las mujeres que no son más. Y Camilo estuvo frente a su puerta. Y sintió temblíos, porque en su puerta, colgado como un pezón, estaba el candado. Elena su mujer no había regresado, y Camilo tuvo ganas de llorar. Miró al candado, lo tocó con sus manos, lo acarició. Luego descargó en él una patada, y otras muchas, y en ellas su ira y su encono, sus furias de macho vencido. Se arrodilló, cerró los ojos. —¡Mi Elena! –monologó. ¡Mi Elena del alma! ¿Por qué te has ido? ¿No ves que te quiero, no ves que no puedo vivir sin ti?
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Sus palabras rebotaron en la calle desierta, de casa en casa, de esquina en esquina, desesperadas y calientes, como animalitos acabados de nacer. Después volvieron hasta su boca, abierta en la noche como un pozo insondable. —Un hombre sólo quiere a una mujer, Elena. Yo te quise desde niña, desde que jugábamos en el valle y nos bañábamos en el río. Tú no tienes otro dueño, yo no tengo otra dueña. Nos conocemos como la tierra al agua que baja de las nubes, Elena. ¿Por qué me haces caso? ¿No ves que soy el más bruto de los indios, el más imbécil de los hombres? ¡Mi Elena! Tú cerraste esta puerta, para dejarme en la calle, borracho como estoy, sufriendo como estoy… Se agrandaba el lamento, un lamento que iba perdiendo orgullo a medida que crecía y enjuagaba el candado con saliva. Camilo lloraba con lágrimas grandes. Hipaba, se contorsionaba. La luna se había aquietado sobre un cerro. La ciudad no se movía, a pesar de que los perros ladraban su intranquilidad. —Yo no puedo dejar de quererte, Elena, no podría jamás. ¿No sabías que tú eres la cosecha y la lluvia, la paz y el amor, mis hijos y mis locuras? Perdona mis golpes, perdona mis insultos, perdona a tu Camilo… Sé que he afrentado a tu cuerpo, pero también puse en él todas las ansias que traje de mi padre. ¡Elena…! El nombre de la mujer ausente se elevaba ante la puerta, hendía los maderos y entraba al cuarto oscuro y vacío, donde esa noche Elena no había venido a dormir, ni a esperar la paliza de Camilo. Y el indio siguió llorando, a la callandita, con unos ruidos que parecían de ratón, con unos ruidos que arañaban la puerta o hacían tintinear al candado, siempre colgado como un pezón. —¡Mentira que eres mala! ¿Me oyes? ¡Mentira! Son cosas que me invento para hacerte sufrir, para que sepas que yo soy el macho, que yo mando en mi casa, en mi cama, en tu cuerpo, en tu corazón. ¡Porque soy muy macho! Le parto el pescuezo al que te mire… No lo dudes, Elena. No me importa que los niños te hayan ablandado la barriga, ni que tus pechos no sean los palomos de nuestra juventud. ¡No me importa! Lo que me importa es tu abrazo, es tu llanto, son tus ojos que cuidan mi sueño de borracho, que saben cuando los niños tienen fiebre. Lo que quiero es que te quiero. ¡Y te quiero tanto que ya no tengo orgullo y te lloro, Elena, te lloro como si toditas mis lágrimas no me bastaran, y me fuera preciso irme al río, y allí mojarme los ojos, para llorar más! ¡Qué poco hombre he sido, Elena, qué poco macho que soy para ti! Comenzaba a bajar la niebla de la serranía. Del negro costillar de los volcanes fue cayendo la sábana envolvente, en la que pronto se arropó, llena de frío, la ciudad. Y los indios dormidos la sintieron llegar hasta sus lechos, encogiéndolos como bestias gastadas, como ramas de un árbol que arrancó el huracán. —¡Elena! –mugía Camilo, arrodillado ante el candado que no quería contestarle. Ya le dolían las piernas y las rodillas ante aquel altar solitario–. ¡Mi Elenita buena, mi Elenita mansa, mi Elenita santa, más santa y más buena que todas las santas…! Déjame entrar, Elena, déjame entrar a mi cama y besarte, besarte mucho, como yo sé que a ti te gusta que te besen cuando hace frío. Déjame que durmamos juntos, como siempre hemos dormido. No te he de pegar, Elena, no te he de pegar más. Camilo sintió frío, el frío seco y agudo de los indios que se emborrachan ante las zambas y en los zaguanes, el frío que mata los animales en los páramos o enloquece a los volcanes. Pero su llanto, saliéndole del pecho y corriéndole por las mejillas, le calentaba la boca y las manos, sus manos hechas zarpas sobre el candado.
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J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

—Elena, ya me estoy enojando, ya me están cargando tus indiferencias. ¡Abre esta puerta, Elena! Quita este maldito candado que no me deja verte, ni besar tu boca, ni morder tu pelo, ni decirte al oído, bien cerquita, todas las cosas que tanto te gustan… ¿Te recuerdas cuando nació el Emilio, y la Elenita, y los mellizos, y el Josecito, y las mellizas? Nuestro amor es grande, tan grande como los montes… Cayó el borracho sobre la calzada y cerró los ojos. En el principio de su sueño profundo le dio un beso a Elena. Y con el beso aquél, un abrazo apretado, un abrazo amoroso, de vuelta a la vida, de vuelta a su mujer que regresaba. Amaneció. El sol anduvo buscando camino en la cordillera y se coló al fin por el desfiladero, y entró a la ciudad sin premuras, como si su visita fuera cosa manoseada y común. Luego los indios, desperezándose, fueron asomando sus caras en las puertas entreabiertas y uno que otro levantó los ojos, saludando al sol, o persignándose, sin comprender el nuevo amanecer. —Ahí está el Camilo, borracho como siempre; ¡qué hombre, Dios mío! Pobre de la Elena! Aguantarse un marido que no sirve para nada… Tímidas como hormigas, despertadas de un sueño sin descanso, murmuraron las mujeres camino de la ciudad. Y los niños, emponchados, comenzaron a corretear en la calleja. Uno de ellos envió una piedra, que golpeó sonoramente el candado de la puerta de Camilo. Después llegó Elena, con la fila de los inditos detrás. —Sin ruido, hijos, que vuestro padre está mal otra vez. Pasó sobre el cuerpo de Camilo, abrió el candado con una llave grande y pesada y rogó a los hijos: —Ayúdadme… No le despertéis… Cargaron a Camilo, como en un entierro. Le llevaron a su cama y le arroparon cuidadosamente. Después Elena se asomó a la puerta y antes de guardar el candado, se puso a llorar silenciosamente en un rincón. Allí estuvo unos minutos, antes de comenzar a preparar el desayuno, usando de algunas de las lágrimas que tenía guardadas en el pecho, desde que era niña, hasta que fuera vieja.

La casa grande
Era una casa con historia. Casi con mil historias. Se alzaba en lo alto de la colina y se subía a ella por un caminito resquebrajado y pedregoso. Tenía ancha balconada y ventanas azules, que eran los ojos de la blanca pared de cal. Hubiera sido una casa más, de no ser por las luces que la abrillaban de noche y las risas que saltaban hasta el valle como cohetes. Además, en la casa grande siempre había hombres y mujeres, muchos hombres y muchas mujeres. Y risas, risas y risotadas y aun carcajadas. Nadie había buscado lágrimas en la casa grande. Cuando trajeron a María a la casa grande, María todavía era niña, un ovillo de carne acremada, con dos ojos profundos y verdes, como agua de mar tropical, y un cuerpito rosado y débil, tan débil que en él los movimientos parecían cansados antes de comenzar. La entregaron de noche y allí se quedó, remota y perdida, envuelta en las luces, el ruido, y el taconeo de las mujeres, desconocida por los hombres que no podían comprenderla. Después, con los años, María fue en la casa grande sólo una cosa, sin sexo, sin palabras, con el hálito de vida indispensable para no ser confundida con las alfombras o con la escupidera.
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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

Luis era del pueblo, como los árboles o las piedras. Y el padre de Luis, y el abuelo de Luis, también eran del pueblo. Y como Luis sabía que el padre suyo y el abuelo suyo conocían la casa grande, en Luis, desde muy niño, latió el deseo de conocer la casa grande. Le atraían las luces y las risas y sobre todo el perfume que un día percibió en una de las mujeres de la casa grande cuando ella pasó por su lado, en una calle del pueblo. Eran muy conocidas las mujeres de la casa grande. Como habían llegado de todos los caminos y sabían de todas las historias, y además amaban en todos los amores, la gente respetaba un poco a las mujeres de la casa grande. No tenían nombres exóticos ni grandes preocupaciones, algunas no sabían leer y la mayoría era holgazana, un rebaño de hembras que vivía de noche. Y esto último estaba muy de acuerdo con la voluntad y los deseos de los hombres del pueblo. Y aun de los hombres de algunos pueblos vecinos. Y hasta de otros pueblos que no eran vecinos. Por eso Luis oyó decir una vez que sin la casa grande toda aquella comarca hubiera sido de lo más aburrida. Los pensamientos de Luis respecto a la casa grande eran muy diversos. Noches hubo en que la comparó con un coche que corría por el bosque; noches en que odió la algazara que de ella salía hasta meterse debajo de su almohada, no dejándole dormir; noches en las que, sin entenderlo bien, deseó que la casa grande fuera un bote de río y él su piloto, para llevársela hasta el mar y dormirse en las olas. Eran pensamientos invertebrados, los pensamientos sin huesos de los niños que todavía no saben amar. Luis creció alto de cuerpo, un mulatón con el arqueo de un gorila y la fuerza de una locomotora, aunque una locomotora a vapor, no eléctrica, porque sería demasiada fuerza en un hombre. Gustaba cosas raras Luis. Gustaba de bañarse bajo la lluvia, de montar caballos al pelo, de comer frutas de ramas altas y luego, cuando la escuela le metió la lectura en el último recoveco del cráneo, gustó Luis de leer a solas libros de cuentos y novelas, imaginándose que él era siempre el héroe, malo o bueno, en derredor de quien la trama era urdida. Un día se encontraron en el río Luis y María. —¿Quién eres? –le preguntó ella. —Soy Luis. A nadie tengo miedo. María deseó reír, pero no se atrevio y dijo: —Yo soy María –y bajando los ojos, agregó–: Vivo en la casa grande. Luis la miró con curiosidad. Las mujeres de la casa grande no eran tan tímidas, ni andaban con los labios secos de pintura, ni hablaban, en el río, con mulatos como él. Luis decidió que aquella mujercita le engañaba y se mostró receloso. —No creo que seas de la casa grande. No estás perfumada –sentenció. —Y sin embargo –afirmó María–, soy de la casa grande. Luis la vio desaparecer en la hojarasca y oyó, minutos más tarde, el golpe aplastado de un cuerpo cayendo en el agua de la poza. Luis quiso ver aquel cuerpo, porque era el cuerpo de una mujer de la casa grande. Y Luis se abrió paso por entre las lianas, hasta encaramarse en la ribera. Y allí se quedó sin aliento, con los ojos y el corazón tumultuosos. Nunca más pudo dormir Luis tranquilamente, ni pensar con orden, ni sentirse héroe, ni comer con apetito. En Luis los sueños siempre llegaban con una moza desnuda que nadaba en aguas translúcidas, los pensamientos eran de una moza desnuda que besaba su frente, la heroicidad era salvar a una moza desnuda de un torrente y el hambre era poner suculentos manjares en la boca de una moza desnuda. En la boca de una moza de la casa grande. En la boca de una moza que él deseaba besar.
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María era esa cosa que se llama a todas horas y en la que no se piensa. muy seriamente. un banderín desgarrado en una batalla. porque ese día estaba enojada con el marido. mi viejo? Yo no tengo prisa. hijo mío. De seguro creía que a los hijos se les educa mejor a palos o que la vida es una cosa y no una vida. El padre de Luis era un padre sin imaginación. hija. Y era que en risas. Y Luis siguió aturdido y confuso. la dueña de la casa–. María era un adorno. y ser una de las nuestras. o cuando las luces danzaban un vals en sus ojos. contemplando a la casa grande. y en la casa grande a María. Pensar en otra mujer que no fuese María era absurdo. era como bañarse sin estar sucio o comer sin tener hambre. un adefesio. es cuestión de la vida. una caricia sin objeto. demás ocupadas para ver a María y los hombres de la casa grande eran hombres enloquecidos. Las madres no podemos hablar de aquello que sabemos mejor que los padres. Luis cuajaba sus ansias de visitar y conocer la casa grande. Por eso María no fue objeto de sus búsquedas ni de sus desprecios. porque no basta con ver a la casa grande para poder entenderla. Eso. muchacho. o cuando la música llegaba en la mecedora del viento. M. —Lo más que puedes esperar tú –le había dicho doña Nené. aquel muchachote que en el río le asegurara. Y Luis siguió contemplando a la casa grande y soñando con la carne acremada y los ojos profundos y verdes de María. —¿Por qué. madre. —Madre –le preguntó Luis a la vieja–. como un desierto en la lluvia. es engordar un poco. En la casa grande. una prenda interior. hombres atormentados y hasta hombres avergonzados. Las mujeres de la casa grande estaban. un empellón. Pero a solas María se había atrevido a pensar y a comparar. desarrollarte. ni recibir el aliento de hombres a quienes no conocía. la moza desnuda de la poza en el río. una incomodidad. —Ya estás hecho un grandulón –le había dicho su padre–. ¿qué hay en la casa grande para que yo no pueda visitarla? —Todas las cosas que a tu padre le gustaban cuando mozo –replicó ella. —Yo quiero conocer la casa grande –dijo al padre una tarde. de mañana. hijo. Luis se pasaba las horas en una hamaca. la mayor parte del tiempo. a pesar de que el padre de Luis era un buen hombre y un no muy mal padre. ni llorar cuando. caras tristes o rostros espantados ante el espejo. como si fueran palillos usados. como un árbol azotado por la ventisca. —Entonces. —No. Y mirándole de hito en hito. una sábana. Pero Luis no quedaba convencido. eso que no duerme ni responde ni sufre ni puede ir al baño ni mucho menos reír o llorar. Ella no quería gritar cuando el pueblo dormía. a veces un insulto.J. Habrá que casarte. había asentido con su cabeza gacha. mientras tanto. que él no tenía miedo. un mueble. —No es cuestión de prisa. perdición… Te prohíbo que vuelvas a hablarme de eso. luces y música. Luis temblaba febrilmente y se sonaba los dedos. ¿puedo ir a verla? —No hijo. —Explícate. 201 . los afeites quedaban en la almohada y en la casa grande sólo se veían caras sucias. Y cuando las risotadas tocaban la puerta de su oído. Y pensando en María. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO En las noches rieladas de otoño. le amonestó: —¡Desgraciado! ¡Atrevido! Ahí sólo hay vicio. Y el viejo le clavó un bofetón en la curva de las mejillas. como siempre. María. Y María comenzó a recordar a Luis.

Luis defendía a María con la misma fuerza con que había prometido cargaría hasta el horizonte. él se quedaba quieto. ¡Ella no es de la casa grande! Era el animal acorralado. Luis supo allí mismo que desobedecería a los viejos por la primera vez. Indudablemente. A Luis le entraron ganas de correr. una rosa roja clavada en el pecho negro de la muerte. del amor. Sorprendidos hallaron que a medida que las palabras se entrelazaban. de las blasfemias. En la neblina de los cañaverales. Y lo mejor de su admiración era el saber que Luis nunca había estado en la casa grande. porque ninguno de los dos conocía el amor. ambos regresaron a la poza y en ella a encontrarse y a hablar. no era tan grande. mirando la imagen de ella en el agua. Le pareció bien poca cosa la casa grande. Los encuentros de los muchachos en la poza fueron un día del conocimiento de los padres de Luis. Le parecía mentira subir el camino pedregoso y poder volverse a mirar. —Yo soy tan fuerte –afirmaba él otras veces–. —¡Basta! –terminara el padre–. Era noche vacía de estrellas y de cielo pegajoso. la casa grande parecía un incendio. estaba María. No era amor el de ellos todavía. Ella no lo dudó y al recordarlo. Para María los hombres que iban a la casa grande no eran muy hombres. de los vasos rotos. ¿dónde vive? —No importa. mandó un grito por toda la casa grande–: ¡María!… ¡María!… 202 . Luis subió hasta la casa grande. —¿Qué hay en la casa grande? –preguntaba Luis. Era sólo una casa llena de luces y de ruidos y de música. Y a la noche siguiente. quizás. Y Luis sólo quería conversar con María. Por eso María admiró a Luis. Pero Luis había leído tantos libros que a lo mejor eso era de alguno de los más aburridos. el pueblo desde el cual tanto ansiara conocer la casa grande. Y en ella. encontrando que el agua nunca había estado tan linda. de la cara de un Cristo lleno de espinas que ella conservaba escondido entre sus ropas. Como Luis no era más que un muchacho. —¿A María? –dijo la cabeza de colores. Y como María no respondía. La casa grande. Pero no era mentira. en las noches de la casa grande. atrás. no reparó en la mirada de su madre.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ¿Miedo de qué? María tenía miedo de los puntapiés de los borrachos. —Entonces. que podría llevarte cargada hasta el horizonte. Ni en la vacilación del padre al salir del cuarto. como si mirarlo frente a frente pudiera provocar entre ellos un choque inexplicable. Y tocó a una de sus puertas. ¿Cómo puedes andar con una mujer de la casa grande? —Ella no es de la casa grande –había asegurado Luis. porque nunca había visto una cara más fea ni una voz tan desagradable. Luis era un verdadero héroe. ¡Si la vuelves a ver te rompo la cabeza! Todas las mujeres de la casa grande son malas. Sin embargo. y alzando su voz desagradable. María temblaba incoerciblemente. en algún rincón. un respeto mutuo nacía de sus cuerpos y aun de sus pensamientos. —Te prohibimos –sentenciaron– ver a esa cualquiera. pero se contuvo y respondió: —Quiero ver a María. O. de cerca. —¿Qué quieres? –le preguntó una cabeza de colores. Como el río era para Luis y María el lugar de un recuerdo.

y hasta en la boca. Yo lo sé. Jorge cerró los ojos y trató de dormir. caras de mujeres y de hombres se alzaron silenciosamente. Y hasta una tercera vez. —Luis –dijo María. Luis? ¿Estás seguro? —Lo estoy. Te cargaré hasta el horizonte. Le faltaba el aire y la camisa apretaba en su cuello como una soga de buey. como caminaba la angustia por el pecho de Luis. ni en la música que de nuevo inundaba la casa grande. ojos y boca estaban secos. por los pasillos. quiero que vengas conmigo. Luis. —Yo soy María. Era curiosa la sensación que tuvo Luis en el pecho. más fuerte que todos los hombres de la casa grande. Y la risa hizo eco en otras risas que salieron de los cuartos de la casa grande. lo estoy. en aquella ciudad. ni miraron nuevamente las cabezas raras enganchadas en puertas y ventanas. ¡Quería verte tanto! —Yo también quería verte. hielo en el estómago y pensamientos gastados en el cerebro. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Luis experimentó la sensación de que se ahogaba. Asomó la cabeza suave y menuda de María. más fuerte que nadie. —¡Usted no es María! ¡Quiero ver a María! Las dos cabezas de colores se reunieron y echaron humo de cigarrillos sobre Luis.J. Luis. —Lo eres. Y eso también lo había presentido. Y en la noche silenciosa de la casa grande. Y el silencio estuvo de pronto en la balconada. Soy fuerte. —María –dijo Luis. dijo: —¿Conque María? ¿Eh? ¡María…! ¡Ven acá. pum. 203 . María dijo: —¡Llévame contigo. Cesó la música de la casa grande. ¿qué quieres? Luis miró dos veces. Sabía que sería el último sueño en su cama. su María. María. “¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!” Así fue la risa. poco a poco. también rodeando a los dos muchachos que se miraban y remiraban. Y el abanico rodeó. Luis. en la puerta de la casa grande. porque las risas de la casa grande enmudecieron y hasta las cabezas de colores dejaron de reír. María. llévame contigo! No se volvieron. la más vieja de ellas. —María –dijo la voz de Luis. en su cuartucho. El grito seguía caminando por la casa grande. pero en la cabeza de Luis sonó como el pum. y añadió–: ¡Luis! ¿Tú aquí? —Quiero verte. —¿Estás seguro. como un abanico de carne y de humo. y en los ojos. Pero no pudo dormir. ni oyeron el murmullo. Y nuevamente. Era una floración de cabezas y de ojos. quiero que dejes la casa grande. Luis. Pecho. La cara de cirio que hablaba se rió. —Usted no es María –aseguró. encalmadamente–. a María y a Luis. pum de un cañón. desgraciada…! Y entonces respondió la María que Luis deseaba ver. como la de un cirio que pudiera hablar. De las ventanas y de las puertas. porque no se puede dormir con sudor en las manos. El otro Con las manos enlazadas en la nuca. Pero el grito volvió y con él otra cara muy rara. ni repararon en las risas recién nacidas que explotaban en la balconada. M.

sin que mediara con la víctima ningún lazo de afecto o de pasión. Ni tampoco porque en la mesita de noche estaba el florero japonés que una vez él le regaló a ella. en su traición. pero. esperó que otro lo hiciera. de su cama y de sus noches. ¡Matar a una mujer! Cierto que para él no hubo más insomnios ni cansancio. luego portezuelas que se cerraban y voces de hombres en el zaguán. por si descubría que también con el criminal le había engañado su amante. Se mudó del cuarto dónde la habían matado. como un niño jugando al escondite. tan pequeño que todo el mundo sabía dónde estaba y el número exacto de sus habitantes. no hay mujer que no podamos sustituir. Y aquella tarde se cumplieron sus deseos y a ella la golpearon hasta la muerte. Como no fue posible. Pero ya no importaba. para gozar mejor de su cama y de su cuarto. A él le dio risa. pero relativa. el asesino de su amante. No porque las paredes marrones ni el cuadrito de Modigliani le recordaran algunas escenas de amor. con la única compañía de su gran amigo. Aquellos “¿Y qué?” no tenían sentido. La ausencia de ella era una ausencia cómoda. era una muerte suya. de la música que salía de la vitrola. La razón de la mudanza era porque estaba muy nervioso. Y así vivió. En un principio no fue fácil vivir con la seguridad de que ella estaba muerta. Le parecía que era un hombre valiente aquel hombre que había matado a su amante. con un riachuelo que llegaba hasta sus laderas. Por todo esto prosiguió siendo amigo del criminal y hasta le cobró cariño. Había deseado eliminarla. en una cabaña. Pero como en el poblado no se sintiera feliz. porque él era la respuesta y esta vez ni huiría ni lucharía. Se buscó un poblado chiquitín. Indudablemente. En su caso. en algún recodo de la vida. del balcón por donde iban desfilando las nubes silenciosamente. en su maldad. Además.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS En la calle oyó el rechinar de frenos. haciendo preguntas que él sabía de memoria cómo eran. ¿Y qué? ¿Y qué? Jorge no había obedecido a un médico tan desconcertante y tan pueril en sus raciocinios. Jorge vivió en el campo. en lo alto de un monte cubierto de pinares. echarla a la calle con los perros. como casi todos los techos de los cuartos por donde había paseado sus remordimientos. había perdido el apetito y no se sentía nada bien de salud. o demasiado inteligente. de los libros que nadie podía ahora perder. Aceptemos que su amante se ha ido para siempre. porque su amante no era mujer de quitarse la vida. Y Jorge no lo volvió a ver más. sino de amargársela a otros. Jorge se quedó quieto y miró al techo. los policías son hombres de poca imaginación. sacarla de su cuarto. Veinte años para pensar no eran mucho tiempo. Irene era demasiado bella quizás. quiso preguntarle por qué lo había hecho tan sorpresivamente. 204 . En sus conversaciones con él. —Usted –le dijo el médico–. lágrimas ni suspiros. Le bastaba pensar que el otro la había asesinado y que ella estaba definitivamente muerta. La ciudad era muy grande. Allí Jorge pasó varios años. La huida y la lucha estaban detrás. un techo lleno de sombras y vacío. ¿Y qué? Perdone la franqueza. lo rodeaba y se marchaba bosque abajo. con sólo recordarla en su impudicia. Además. y Jorge también se fue de la ciudad. Pero decidió que no era conveniente. tan grande que nadie sabía dónde terminaba. amigo mío. es un sentimental. poco se podía esperar de quien preguntaba incesantemente. y mucho menos podía suicidarse una mujer golpeándose la cara con un bastón de acero. A la semana del crimen la policía opinó que era un suicidio. o con esas mujerzuelas que se venden en las esquinas oscuras. La cara ensangrentada de su amante no se podía borrar de un manotazo.

consideró que al otro le tocaba recordarla y no a él. de discos que llegaron a gastarse. recurrían a las revistas norteamericanas y en seguida se les calmaban ánimo y cerebro. Como él sólo había tenido el amor y la traición de Irene. Ella coleccionaba perlas y el cáncer de las ostras es bastante codiciado. Jorge se cansó de vivir en el campo y así se lo dijo a su amigo. él manifestó la irrevocable voluntad de quedarse allí. cuando hacía frío y ambos gustaban de beber interminables botellas de cerveza. Con una tercera se empobreció. Escuchaban música de Bach. A partir de ese momento. Por lo menos su amigo podía llamarse un asesino. tantas semejanzas entre él y su amigo. sin comprender que ellas le dejaban a él. Nunca debió haberlo hecho. Jorge se maravillaba de encontrar tantos puntos de contacto. como prendas de vestir gastadas por el uso. te ruego! Y Jorge había liado sus bártulos y se había marchado. A una la amó durante un par de años. Su amigo permaneció un largo rato callado y luego contestó: —Yo nunca he tenido remordimientos. por las calles de ruidos silenciosos. y en mitad de la música Jorge y su amigo callaban. ni los tendré. Mientras Jorge ansiaba por el bullicio y el ruido. Comprendía. ahora. —No puede ser –habíale suplicado Jorge–. mientras su amigo se había llevado la vida de ella. en cambio. porque no tienen alma. Porque no había la menor duda: Para matar era preciso ser audaz. como aguacero estrepitoso. Por otra sintió una gran pasión y le compuso varios sonetos. descubrir que entre el asesino y él sólo existía la diferencia de un único momento de valor. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO La suya fue una amistad interesante. raras veces pagaba una noche entera. no como él. —¿Pero y tus remordimientos? había preguntado Jorge. Y aún más le sorprendía. sin convencerse. o de audacia. si quiere ser dueño de su propio destino. se decidió por las mujeres a precio.J. Raras veces. con los años. de esta forma. sin atreverse a volver la vista. en el pasado. fueron los remordimientos de un hombre que no ha hecho nada útil con su vida. que siempre había sido timorato. —¡Imposible! Me quedo. egocéntrico y sentimental. Las compraba por una hora o dos. ¿cómo podríamos separarnos? Debes venir conmigo. Las encontró en el camino y en el camino las fue dejando. al fin. Hasta que un día. ¡Eso es de los débiles! ¡Déjame. Una vez en el tren pudo respirar aliviado y tratar de olvidarlo. el tráfico y las gentes. Si se cansaban de tantos pensamientos elevados. a Cervantes o a Shakespeare. M. Sus remordimientos. porque la poesía no tiene lugar en mitad del instinto. cuando estaban juntos en el campo. a los pies de los edificios de hierro y cemento. Otras veces leían a Goethe. su amigo se sentía tan feliz que no pedía más nada. que luego rompió disgustado. 205 . Pero no fue feliz. Tuvo otras mujeres. pensaba en su amante muerta. las encontró tan semejantes a sus pensamientos que llegó a dudar de si él mismo no las había dictado. Jorge volvió. por si se aflojara su ánimo y en la despedida se le aguaran los ojos. atontados y confusos. Habían discutido todas las razones. Para su sorpresa. a vivir entre el gentío. El órgano inundaba la cabaña y chorreaba por el monte. Cuando comenzaron a llegarle las cartas de su amigo. que hasta de las amistades el hombre debe libertarse. Conversaban en los atardeceres y en las noches. y eso porque era una extraña muchacha que no hablaba. alguna vez.

se le comunicaba que su amigo se había muerto. Le gustó sostener largas conversaciones con ellos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Un día se vio en el espejo y se encontró viejo. a olvidar a su amigo. Cuando se levantaba. El hombre del impermeable marrón se echó el sombrero sobre la frente y preguntó: —¿Usted es Jorge? —Soy… —¿Vive aquí hace mucho tiempo? —No. pero no la había escrito su amigo. No porque no le gustaran. tenía en las piernas y en el pecho una armazón de hierro que no le dejaba moverse y los ojos. Se acercaban. Y aun en otra mucho antes. 206 . poco tiempo. vacilaban si abrirse al nuevo día o permanecer dormidos. lo tuvo presente a toda hora. había sido un pobre hombre sin escrúpulos que había matado a una mujer con menos escrúpulos. porque si aquel amigo descansaba. de espaldas a la vida. —¡Bien! ¡Bien! Nos gusta que coopere. No le decían de qué y a Jorge se le ocurrió. pero nada sacó en claro. como la indiferencia del amigo que se muriera en la cabaña. de toda angustia y de todo dolor. lanzadas alegremente por los senderos de un parque y vigiladas por los ojos de una niñera amodorrada o de un guarda reumático e indiferente. Su rostro suave y apacible. lo más parecido a los viejos que existe. Jorge comenzó a languidecer y a preocuparse. Y no amó más mujeres. Después de todo. Y en otra antes. Jorge oyó los pasos de los hombres que subían la escalera. entrecerrados. Pero en vez de olvidarlo. a asaltar la propiedad ajena. con el egoísmo de un viejo. Se le aflojaron las carnes y le salieron los pómulos. Meditó acerca de tan sorprendente descubrimiento. a enamorar la mujer del prójimo. ya tiene maldad en el corazón. al cielo que estaba color de noche. él no tenía necesidad de complicarse la existencia con su recuerdo. Recibió una carta. Era una carta impresa. como si pasara hambre. curioseando la ciudad. decidió que ser viejo era una sensación manoseada y sin interés. arrastró los pies y descuidó la ropa. Le pareció lo más apropiado. adquirió el hábito de escupir. en medio de su dolor. Así cumplió cincuenta años. su conversación reposada. Y Jorge procedió. Era de su amigo ausente. hallando que el hombre. —¿Dónde vivió antes? —En otra casa. en la tumba. Era como si su amigo no desease abandonarlo o no quisiese dejarlo a solas con el crimen de Irene. a la luna que se había posado sobre una chimenea. por lo definitiva que es. Jorge miró por la ventana abierta. persiguiéndole como la cara ensangrentada de Irene. o de mil quizás. Como la muerte siempre le pasara lejos. sintiéndose como de cien. aun en la infancia. Lloró bastante. a no ser que se sintió más cerca de la muerte. que la muerte no necesita explicarse. En ella. Faltaba muy poco para tenerlos frente a frente. en las mañanas. para limpiarse la boca de todas las blasfemias que había dicho en su vida. ya juega a matarse. Cultivó entonces la amistad de los niños y los encontró interesantes. con muy pocas palabras. en memoria de su amigo el asesino. En su cama. sino porque sus amores ya hubiesen sido inútiles. sus manerismos bonachones. Y tocaron a su puerta. estuvieron en el cuarto de Jorge con mayor fuerza que en el pasado. Queremos interrogarle… Era el mismo diálogo. aunque todas sus acciones sean jubilosas.

que usted ha callado ese secreto. Jorge ya estaba tan cansado que le dolían los párpados. mi amigo vivía conmigo en la ciudad. Y explicó también por qué su amigo. —¡Oh! ¿Irene mi amante? Debió decir muchas tonterías acerca de Irene. ¡Nunca! 207 . —¿Cómo era Irene? –le preguntaron los hombres en la puerta. su amigo el asesino. conozco el crimen. su querido e inolvidable amigo el asesino. Jorge. Puedo contarles. en la luna. Comenzó a vestirse. en la calle. en la ropa de Jorge. para él. hace muchos años. estar allí. Afuera. Jorge pensó que la lluvia siempre había llegado. —¿Es decir que usted. Era una risa cortada y difícil. —¿Quién es su amigo? Lo contó todo. arqueándolo. Era una risa que parecía llanto. sin razón ni premeditación. ni en el pueblo. —Bien –respondió. Jorge pensó que si aquella risa terminaba. la mató mi amigo. nada tuvo que ver con su muerte. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —¿Acerca de qué me quieren interrogar? —De un crimen…. ¡Yo nunca habría matado a Irene! ¡Era tan linda! ¡Era tan mala! —¿Dónde está su amigo? —Mi amigo está muerto. durante veinte años. ni podían. ni en el campo. El hombre del impermeable marrón y el hombre del paraguas le miraban curiosamente. Y agregó que el crimen de Irene fue un crimen justificado. —¿Y dice que su amigo murió en la cabaña? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Volvía la risa a enredarse donde nadie lo hubiese creído. sobre los tres hombres y su apretado diálogo. sintiéndose más cansado que nunca–. en los oídos. —La mató mi amigo. como si contra él soplara una ventisca furibunda. dictándole palabra por palabra. comenzó a llover. vuelto de la tumba para poner en su boca cosas que no debían. Y Jorge no tuvo ganas de reír y comenzó a sollozar. como se justifica el pisotón que damos a las cucarachas o el puntapié a los perros rabiosos. Pero la risa seguía. Jorge no pudo oír sus propias palabras. la mató mi amigo. que a Irene la mató un amigo suyo. porque los hombres se miraron entre sí y sonrieron. se enredó en las cortinas. cuidadoso de que no cometiera errores o dijera mentiras. Y a medida que hablaba. Jorge tuvo la sensación de que el otro estaba a su lado. ¿Quién es su amigo? —Mi amigo es el otro. sino el otro. —¿Quién es su amigo? Jorge explicó detalladamente quién era su amigo.J. en la cabaña que juntos alquilamos en la cumbre del cerro. pero los hombres querían saber más. Sus sollozos no pudieron con aquella risa desbordada y se quedaron en el pecho. —Usted nunca tuvo tal amigo. a la policía de todo el país? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! La risa de los dos hombres salió hasta el balcón. de una mujer asesinada. había matado a Irene. en el pueblecito. agrandada. porque no era él quien hablaba. Jorge. —¡Ah! Sería interesante que descubriéramos ahora un crimen castigable. él se habría sentido muchísimo mejor. M. en los momentos más inoportunos de su vida. ¿Oye bien? ¡Nunca! Ni en la ciudad.

sin embargo. El auto también se marchó por la calle mojada. se despidieron. ¿le dio a usted detalles del asesinato de Irene? —Todos… Sé hasta la forma en que ella cayó al suelo. —Ni la ley puede. un grupito de casas a la orilla del mar. Si existió ese amigo suyo. ¡No lo olvide. Los dos hombres regresaron a la puerta y volviéndose hacia Jorge. no lo tome usted a mal. Jorge! La puerta se cerró en el cuarto de Jorge. castigar un crimen. un hombre que seducía con su sola presencia. —No se excite. rodeado de palmeras y de cocos. Se levantaba todos los días a la misma hora. se afeitaba. En el cuarto se produjo un silencio sin risas. —Y ese amigo memorable. con una voz que no era la suya. un hombrecito que aun saliéndose de la multitud y gritando a voz en cuello que estaba vivo. tomaba el mismo vaso de agua. Y en seguida. porque en ella vivía la amante del coronel. un Jorge enclenque y debilucho. sin lugar a dudas. Yo soy un asesino. ¡Ni siquiera derramó una lágrima de arrepentimiento! Los dos hombres se remiraron entre sí. El cielo era azul las más de las veces. hacía las mismas genuflexiones. pero esta vez no rieron. Y Jorge. En el pueblo nadie era importante. ¿cómo puede probarnos su existencia? —Lo conoció todo el mundo. No tengo la culpa de que fuera él quien matara a mi amante. su amante. rugió–: ¡Mentira! ¡Mentira! Tuve un gran amigo. era un militar excepcional. 208 . El ruido de los pasos en la escalera se fue apagando. ¡La mató el otro…! Hormiguitas El coronel era un hombre metódico y era un hombre valiente. Y Jorge refirió que su amigo había sido un hombre esbelto y macizo. repítase hasta convencerse: ¡No es cierto! ¡No es cierto! Yo nunca tuve un amigo. de clara mirada y ancha frente. pero eso fue en un ciclón. Nos vieron juntos. yo fui quien mató a Irene. aunque de tarde en tarde se ponía gris y aun bermejo. en el mismo momento que el sol aparecía sobre las palmeras. Y le dijo. en la cabaña donde murió. en todas las cosas que hablaron ustedes. Ni el asesinato de Irene. El coronel. se bañaba. ¿Oye? No lo tome usted a mal… Siempre que piense en su amigo. calma y sosegadamente: —Jorge. aunque una mañana estuvo color chocolate. Cálmese. En las afueras del pueblo. se vestía y procedía a realizar la misma minuciosa inspección del cuartel y de la tropa. un inolvidable amigo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Nunca? –preguntó Jorge. quedó gritando: —¡Era tan linda y tan mala! ¡Pero no la maté! ¡No la maté! La mató mi pobre amigo. El del impermeable marrón se acercó a Jorge y le puso una mano en el hombro. puedo repetir sus últimas palabras. El mar era también azul. de bruces en el piso de su cuarto. El pueblo era limpio y ordenado. había una casa verde con galería de zinc y ésa era la casa diferente. nadie se hubiese molestado en creerlo. Las casitas eran casi todas blancas y dentro de ellas sus habitantes eran casi todos negros. con sus palabras que eran órdenes y su talento que era luz. después de veinte años. El coronel tenía la más brillante hoja de servicios y había recibido todas las condecoraciones. Nadie lo sabía mejor que él. en la forma en que mató a Irene.

se rió. —¡Ah! –exclamó el coronel–. Indudablemente. el coronel se marchó donde su amante y el idiota siguió jugando con las hormiguitas. tosió imperativamente y vino a parar ante la casa del idiota. Había muchas filas de hormigas. Era muy importante llevarse bien con el coronel. ¿cómo podría quejarse el idiota si no sabía hablar? —Señor coronel –dijo entonces la vieja–. M. con una ramita. el coronel no había conocido a nadie que jugara con hormigas y se puso a observar al idiota con interés. pero como iba tan preocupado en que el pueblo estuviese limpio y sus habitantes no tramaran una revolución. perdone usted a mi nieto. El coronel. Su amor era algo privado. No se peinaba ni se afeitaba y había que vestirlo todos los días. —¿Cómo te llamas? –le preguntó al idiota–. por si a él pudiese molestarle. pero. hubo de descender y estaba muy aburrido porque tenía ganas de besar los labios hinchados de su amante la mulata. aunque. porque. lleno de besos y suspiros y promesas y aun de discusiones. de los montículos de arena. en su chevrolet. el coronel hablaba tan poco que su verdadero carácter era un misterio. Además. muchísimas. Una mujer muy desgreñada salió de la choza y le dijo al coronel. trazaba surcos que a nadie interesaban. porque si no el idiota era capaz de salir desnudo y eso hubiera disgustado al coronel. pero respetaba al coronel. En la carretera que saliendo del pueblo flirteaba con el mar y se perdía perezosamente en el vientre de una montaña muy fea. por cierto muy respetuosamente: —Señor coronel. que era muy celoso y a nadie permitía hablar con ella. el idiota estaba sentado sobre un hormiguero. La gente del pueblo temía. que caminaban ordenadamente.J. pero el idiota. Todos reconocían en él a un verdadero héroe. El idiota era un pobre hombre con cara de niño. El coronel se rascó la cabeza y le dio la espalda a la vieja. No había hablado nunca y babeaba como si fueran a salirle los dientes. todas las tardes. de muy mal humor. Y la gente dejó de preocuparse del carácter del coronel. Pero una vez. pero siempre privado y detrás de las puertas cerradas. si las hormigas le picaban. Cuando el chevrolet estuvo sin tos en el motor. que no sabía hablar. trabajaban ordenadamente y rodeaban al idiota por todos lados. El coronel nunca se equivocaba y decidió que eran hormigas muy tontas las que perdían el tiempo divirtiendo a un idiota. Todas las tardes le dejaban sentarse a la vera del camino y allí tomaba tierra en las manos y la colocaba en otro lugar o. La amante del coronel no podía mezclarse con la gente del pueblo. 209 . Indudablemente. Cuando el coronel se trasladaba. la verdad sea dicha. el idiota parecía jugar con las hormigas. Eran verdaderos ejércitos –pensó el coronel sorprendido–. el chevrolet se descompuso. Son sus únicos juguetes. aunque los dientes le habían salido ya. debía pasar siempre ante la casa del idiota. también ordenadamente. ¿Y qué hace con esa ramita? ¿No ve usted que está sentado encima de un hormiguero? Esas hormigas pican… Efectivamente. el coronel nunca reparó en el idiota. porque el pobre es idiota de nacimiento. desde el cuartel adonde su amante. pero eso sólo lo sabía el coronel. Salían de la hierba. El idiota no hacía absolutamente nada de importancia. él juega con las hormiguitas. en contra de lo que decía el coronel. de los troncos de las palmeras. Era la primera vez que alguien se reía del coronel. el idiota era el hombre menos importante del pueblo. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO La amante del coronel era una mulata estupenda y muy hermosa. La abuela del idiota respiró tranquila. vivía un idiota.

si el idiota no se riera. se levantó agitado porque había soñado con el idiota. El coronel se rió de buena gana. porque era la primera vez que el coronel se mostraba débil. pero ella le dijo al coronel que lo encontraba preocupado y que no era el mismo. Un día el coronel pensó en el idiota sin estar soñando y decidió que ya eso era demasiado. el coronel decidió que esas pesadillas eran muy molestas y que había que tomar medidas. que el coronel había perdonado a uno de ellos. increíble—. –¿Me quiere usted decir –preguntó el coronel– que el idiota ha llevado las hormigas para allá? –No. idiota. imitó la sonrisa del coronel. en vez de hacerlo. dirigiendo sus filas de hormigas. hubiese sido desagradable que el coronel se molestara con su nieto y las hormigas. pero así fue. el coronel. como antes. muy pronto. –Aunque no sepas hablar. se fueron a cumplir con sus obligaciones y olvidaron. llamando a la vieja–. con la cara muy triste. asustando. Y se sonrió el coronel. El coronel siguió divisando al idiota desde su chevrolet. vestido de coronel en el chevrolet. que nunca tuvo pesadillas. supo que ahora el idiota. jugaba con sus hormiguitas en la parte trasera de la casa. como es natural. cuando se le ocurrió que el orden de las hormigas del idiota era parecido al que él tenía establecido en el pueblo. ¡Esto debo verlo! Y efectivamente. Y se rascó la cabeza. El coronel pensó que castigar al idiota no era digno de un oficial como él y siguió en su chevrolet para casa de su amante la mulata.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS verdaderamente. el coronel detenía su chevrolet. todas las tardes. El coronel continuó sin dar importancia al asunto. Se hicieron el coronel y su amante el amor muchas veces. Cuando preguntó a la vieja por él. ¡Señora! –dijo. Pero como los soldados no gustan de pensar. debes respetar las órdenes que llevo impartidas. Como era un sueño muy raro en que el coronel se veía jugando con hormigas y el idiota pasaba. señor coronel. como una escoba rota. con su ramita. que lo peine y que no lo deje jugar con hormigas. es preciso que lave usted al idiota. Pero el sueño se repitió noches más tarde y aun otras noches después. Las hormiguitas se fueron detrás de él. cumpliendo las órdenes del coronel. atrevidamente. la falta cometida no es grave”. Todas las tardes. “Después de todo –se dijo–. Es difícil describir o explicar la amistad de un coronel con un idiota. —Increíble –se dijo el coronel–. como todas las cosas que dicen las amantes en la cama. Y el idiota. antes de llegar a la casa donde vivía su amante la mulata. esperaba que el sargento abriera la portezuela y descendía frente a la casa del 210 . sentado en el suelo. el coronel pasó al patio trasero de la casa y vio al idiota. Durante una siesta. el coronel no durmió más y comenzó a pasearse de un lado al otro. Un día el coronel debió castigar a un soldado y lo mandó al calabozo. Los soldados quedaron muy sorprendidos. sin darle mayor importancia. sin embargo. porque eso era una tontería. el coronel dio otra orden y lo perdonó. con la cabeza alzada. —¡Ah! –exclamó el coronel–. Se la iba a rascar otra vez. El coronel se fue a ver al idiota. en el frente. Y a la quinta o sexta vez. Y desde ese día fueron amigos el coronel y el idiota. no. a los centinelas que no estaban acostumbrados a recibir órdenes a la hora de la siesta. y se fue a verlo inmediatamente. Cuando se llevaban al preso. La vieja asintió con grandes reverencias y el coronel se hubiese marchado satisfecho.

pero con los zapatos muy lustrados. túneles. ¡O se pone usted enérgico o lo rebajo a capitán y lo hago mi ayudante! —Señor Ministro… –comenzó a decir el coronel. o lo que fuera. Un día llegó un telegrama para el coronel. Le fascinaba contemplar a las hormiguitas en sus correcorres. aun siendo palabras de un coronel. Los soldados llegaban tarde al cuartel o andaban bebiendo ron en la playa. y aun haciéndose el amor en la vía pública. tan feas que no se pueden repetir. dispongo que se le fusile. sin que le temblara la voz: —Por causar desasosiego. se rió. Sólo la omnipotente ramita del idiota presidía toda aquella actividad. algunos comenzaron a aprovecharse. de regreso al pueblo. no pegó los ojos esa noche y hasta llegó a decir algunas palabras bastante feas. esta vez sin el chofer. Y el coronel se puso todo colorado cuando lo leyó y tomó su chevrolet. tocándose entre ellas las narices. ¡que lo ejecuten! El idiota. dio media vuelta y se marchó. Nadie supo nunca cuáles fueron los pensamientos del coronel. habló en voz baja de insubordinación. Mañana a las siete de la mañana. construyendo diques. la chaqueta impecable y la 211 . por vagancia. orgullo mío. Y se lo trajeron. óiganme bien!. un montón de cartas sin firma–. por lo cual el sargento decidió que alguien tan estúpido estaría muy bien fusilado. Allí pasaba por lo menos una hora. Y el coronel se rascó tanto y tanto la cabeza que comenzó a encalvecer. En cuanto al coronel. hasta con la ramita en la mano. saludó marcialmente. ¿cómo podía el coronel. como caramelo abandonado. El idiota volvió a reír. —¡Tráiganme al idiota! –ordenó al sargento de guardia. este coronel es un tonto. muy serios y obedientes. M. como no podía hablar. —¡No es posible! –repetía en la plazuela o en las callejas–. A las seis y cincuenta minutos bajó el coronel de sus habitaciones. sobre su escritorio. desatiende sus obligaciones. transportando insectos muertos o partes de insectos. a espaldas del idiota. buscando en vano a sus hormiguitas. porque en este pueblo debe reinar el orden y nadie.J. Y dijo el coronel. Además. con la cara bastante arrugada. No. puede andar organizando a hormigas. dejar a su amante la mulata por visitar al idiota? Y con el murmurar de aquella gente. ¡Fusile a ese idiota y se acabó! Como el coronel era un oficial muy obediente y no quería perder sus condecoraciones. ¡nadie. —No quiero oírle. A las seis y media de la mañana sacaron al patio al idiota y le preguntaron cuál era su último deseo. los pescadores dejaron de pescar y un muchachón de cara chupada. Un oficial como usted. muy tranquilamente. Lo recibió el Ministro de la Guerra y le dijo: —Señor coronel. no era posible que un militar tan brillante se complaciera en hormigas y en un tonto. golpeó los talones. Y los soldados. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO idiota. Llegó a tener casi un campo de fútbol en lo alto del cráneo. En seguida llegaba al patio y se paraba. donde el idiota pasó la noche sin poder dormir. A las seis y tres cuartos se formó el pelotón y colocaron al idiota frente a una pared pintada de blanco. se lo llevaron a un calabozo. Todos los negros de las casas blancas comenzaron a murmurar acerca de las visitas del coronel al idiota. descuida a la tropa y permite que le critiquen los hombres mismos de quienes debe hacerse respetar –y golpeó. y se fue a la capital. tan metódico. esto es imperdonable.

Paulo gustaba de que sus ideas fuesen 212 . que seguía con la cara alzada. Ahora había que enterrar al coronel. Una cerradura cualquiera. cuando andan sueltos y bailando. —Todo en orden –repitió el sargento. del capitán y hasta del coronel. para ejemplo de la tropa. donde se la dejaran las manos del coronel. porque todos los ojos. pues aspiraba a un ascenso. Y el coronel cayó al suelo muerto. Paulo estaba dormido. pero en los ojos del idiota había dos lágrimas grandes. No había duda: La cerradura estaba suspendida. Al idiota se lo llevaron de nuevo al calabozo. como se sienten las piedras en las catedrales o las aguas de algunos ríos silenciosos de la selva. Después salió el ojo de la cerradura y se puso a bailar. para asombro del pelotón de fusilamiento. —Está muy bien –se dijo el sargento–. entreabrió sus labios húmedos y. como ropa en armario de vieja. se acercó al idiota y se lo quedó mirando. pero parecióle absurdo saber que era de mujer. como la de una ola que cae en la playa. El ojo era azul. sonreído por haber descubierto que podía decir “hormiguitas…” Lo fusilarían más tarde. Pero no sucedió así.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS gorra con su insignia reluciente. Exactamente a las siete de la mañana. como que fue disparado por un gran oficial y un mejor tirador. —Veamos –dijo entonces el coronel. El idiota. son iguales. Miró entonces al idiota con una mirada mansa. porque no se podía dejar en el suelo del patio del cuartel al cadáver de un oficial tan metódico y tan brillante como fuera en vida el señor coronel. tan grandes que le cubrían las mejillas y le agrandaban la baba en la boca. el coronel era un oficial sin tacha. Aunque sabía muy bien que el idiota no podía hablar. Estaba absolutamente seguro de haberse dejado caer en el sillón con un cansancio de muchos siglos. y sacó su pistola. El coronel no gustó de aquellas lágrimas y con voz estentórea. sin lágrimas. Y seguido del capitán y del sargento. como el coronel era un hombre y un oficial muy metódico. Pareció mentira. el coronel se llevó la pistola a la cabeza y se pegó un tiro. Era un ojo de mujer. no empotrada en el muro. como una estrellita inventada por algún poeta para un soneto romántico. con las ideas muy en orden. Un tiro seco y perfecto. El sueño En un principio fue la cerradura. dando unos saltos simétricos por toda la estancia. le preguntó: —¿Estás en paz con tu sentencia? ¿Tienes algo que decir antes de que te ejecute? El idiota no respondió. pronunció pesadamente las primeras palabras de su vida: —Hormiguitas… Hormiguitas… El coronel se quedó muy rígido y se quitó la gorra. del sargento. de ojos abiertos y sorprendidos. Hay que morirse como los hombres. como la que usaba cuando era teniente. pero infinitamente iluminados. Pero era el suyo un sueño arreglado. le dijo: —¿Por qué lloras? Hay que morirse alguna vez. Indudablemente. suspendida en un muro blanco. —Absolutamente todo –decidió completar el capitán. El coronel le tomó por el pelo y le alzó la cabeza. pero a ratos era negro. —¿Todo en orden? –preguntó el coronel. de pie. va a ajusticiarlo él mismo.

Y no de un chubasco fuerte. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO siempre ordenadas a pesar de que alguna vez una idea u otra se le escapaba y andaba luego importunándole. La vida de Paulo había sido una vida bien vivida. Pero los ingenieros que diseñaron el avión eran unos ingenieros muy inteligentes y los mecánicos que prepararon el avión eran unos mecánicos muy preparados y los pilotos que piloteaban el avión eran unos pilotos muy competentes. pero Paulo tampoco gustaba de leer demasiado. por lo menos respecto a su vida. Y también con sus sentimientos. porque con el sueño no tenía que viajar en el avión. Paulo miró al ojo fijamente. El avión volaba velozmente sobre cielos color chocolate y no se preocupaba con el sueño de Paulo. pero Paulo no estaba disgustado con su vida y eso era suficiente. que tenía ahora color violeta. sino porque a los amores de infancia Paulo los había archivado. Paulo quiso aconsejar al ojo que se dedicase a mirar. tan pequeño que sólo tuvo un beso. de brazos verticales como en un cuadro de Guayasamín y de cara vacía. Los sueños no eran de la incumbencia del avión. No le gustaba ese avión ni ningún otro avión. Así se clavó en el muro blanco del sueño y se puso a girar para arriba y luego para abajo. Fue una suerte que su cansancio le diera sueño. porque para eso lo habían construido. El ojo del sueño de Paulo no se cansaba de bailar. sin llegar a ser completamente distinguida. La idea de la muerte no era una idea ordenada y en seguida Paulo mudó a la idea del amor. Paulo recordó un amor diminuto de su infancia y se sonrió. Estaba visto que era un ojo incansable y Paulo decidió no darle tanta importancia. El avión estaba acostumbrado a que sus pasajeros soñaran como les viniera en gana. Los sentimientos de Paulo no eran tan ordenados como sus ideas. Lo que no había previsto Paulo era la cerradura y mucho menos. No en la muerte suya o de todos los hombres que él conocía. Los sueños debían tener voces y no ser mudos. Era como una vida distinguida. Quizás porque el amor era también un sentimiento y en Paulo los sentimientos no podían hablar. El avión en el cual viajaba Paulo era un avión muy grande. Por todas estas razones el avión iba volando muy ordenadamente. sino de un chubasco pequeño. de esos que caen y el sol no se molesta en meter la cara detrás de las nubes. Paulo viajaba en el avión. pero el ojo. aquel ojo de tantos colores que bailaba de un lado para el otro. Hacía mucho tiempo que no había pensado en aquel amor. Paulo siempre fue conformista. no devolvió la mirada y se enroscó detrás de la cerradura. como sus primeros cheques y 213 . La lectura no pasaba de ser en Paulo como el agua de un chubasco. ni aun despiertos. pero encontró que en su sueño no había voces. Puede que el libro no dijera todo lo que hay que decir de los sentimientos. El avión era de metal por todas partes. por supuesto. tuvo que viajar en el avión. Hasta la gente del aeropuerto tenía la duda de que aquel avión volase ordenadamente.J. El ojo del sueño de Paulo decidió quedarse tranquilo unos segundos. Se podía comprender que aquel avión era un avión de los mejores. como arenas de desierto. pero como Paulo era un hombre muy civilizado. Al avión sólo le interesaba volar y volar bien. Paulo pensó en la muerte. Las ideas de Paulo no estaban del todo civilizadas. La idea del amor no estaba muy clara. Esto lo desagradó. Pero no sucedió así y Paulo siguió soñando. No porque fue un amor pequeño. sino en una muerte desconcertante. A lo mejor el ojo decidía entrarse nuevamente en la cerradura y dejar el sueño de Paulo un poco más limpio. como si no tuviese otra cosa que hacer. pero la verdad era que los sentimientos no son obedientes y Paulo había leído eso en algún libro. M.

La muchacha seducida no apareció en el muro blanco. con la angustia de todos los sueños que no van a terminar. La negra Ángela llegó al morro en una noche estrellada vestida de rojo y con perfume de coco en el grueso cabello irredento. que ya era un sueño desordenado y un sueño angustiado. En el muro del sueño de Paulo apareció una boca. como las angustias de las niñas de buenas familias. Era una boca sin pintura. Los negros del morro tenían mucha estimación por el negro Isaías. Paulo no le dio importancia. pero luego su angustia fue una angustia mayor. porque era una tierra que odiaba a los aviones grandes y rígidos que solían volar sobre ella sin detenerse. Sólo en un sueño tan cansado como el suyo podía surgir aquel amor pequeñito de la infancia. como una boca que va a decir una mala palabra o proferir una maldición. la boca y el ojo y la cerradura y hasta el muro no quisieron caer con el avión y se quedaron arriba. que era un sueño que no tenía despertar. Indudablemente que Paulo había besado alguna vez aquella boca o dejado en ella gran parte de sus instintos. pero la boca nada le decía ahora. Algunas porque Paulo no quiso besarlas más y otras porque Paulo las besó demasiado. Por el contrario. pero la boca comenzó a bailar. ya hacía mucho tiempo. Del amor de la infancia Paulo pasó a la angustia. Sin embargo. Quizás así pudiera formar un rostro y ordenar un poco su sueño. La trajo un camino enredado en la selva. como la angustia de los animales que se pierden en un bosque. Paulo se estremeció. Paulo deseó que la boca se colocase debajo del ojo. Lo último le pareció más acertado y Paulo miró a la boca. El avión se hizo pedazos sobre una tierra negra.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS sus camisas viejas. sus brazos no pudieron agarrar nada. el ojo y la boca– dieron grandes saltos por el muro blanco del sueño de Paulo. al lado del ojo que había vuelto a danzar. como heridas sin cicatrizar. O como la angustia que Paulo sintió. Paulo no pudo sonreírse nuevamente y el amor pequeñito se subió al muro. frente a su primer cuerpo desnudo de mujer. Y la cerradura se despegó del ojo y los tres –la cerradura. con techo de latón y ventanas simuladas. ni siquiera como los sentimientos. un camino 214 . sino porque el avión había dejado de volar ordenadamente y estaba cayendo por el cielo en una forma tan precipitada que hasta el angustiado sueño de Paulo comenzó a caer junto con el avión. No porque recordara a aquella hermosa muchacha que él había seducido para abandonar en la esquina triste de una ciudad cualquiera. todos encaramados en el cielo color chocolate. con su sueño cansado. Y en lo alto del morro. En el primer momento fue una angustia controlada. la boca del sueño era una boca diferente. una tierra que lo abrazó con lujuria. Y en el avión se quedó Paulo. En el morro había muchas chozas llenas de negros que cantaban canciones tristes y canciones alegres. porque era una boca de un sueño y las bocas de los sueños no pueden hablar. El milagro El morro era chato y negro. carnosa y sensual. Y con Paulo su sueño. Paulo pensó que su sueño era un sueño bastante desordenado. Isaías había fabricado una casa de tablones. Entonces tuvo la sensación de caer en un abismo y a pesar de agitar sus brazos desesperadamente. porque los sollozos de una virgen no son como las ideas. pegado al mar que lo lamía con olas cansadas de tanto viajar. En la vida de Paulo muchas bocas habían quedado esperando. En cambio Paulo bajó con el avión.

porque luego le dolía la cabeza. con su cuerpo tan largo como hilo de teléfono y su cabecita que parecía un alfiler. —No puedes. No podemos –aclaróle Isaías– malgastarla bañándonos. Ángela debería vivir en las matas. Las cosas se hacían según se presentaban. con su sotana negra. Cuando se casaron el negro Isaías y la negra Ángela los negros del morro bebieron cachaza y saltaron como cascabeles en un carnaval. Porque el agua era el gran problema del morro. Yo quiero agua dulce. también pequeñitos. a los dos días de casada. Isaías era un negro demasiado simple. M. las casas donde vivía la gente que no baila sambas en los morros y mucho menos pone ventanas simuladas para engañar a los curiosos. Ángela era una negra muy limpia y cuando. Yo me quiero bañar. Eso de buscar mañana lo que hace falta hoy. mi amor. él sólo deseaba 215 . —No hagas caso a Ángela –le aconsejó Mariano. No muchas. Y el cura. Llegó alborotada y alegre porque quería vivir en el morro. no era acertado. a pesar de lo que le aconsejaba su amigo Mariano. un morro que. como una piedra gastada. Y los niños del morro le dijeron. se retiró temprano porque no quería prohibir a los negros sus bailes y cánticos. pero algunas. un amigo suyo que no era tan negro como Isaías–. su agua que venía de las chorreras en las montañas o de los ríos en la selva y que la ciudad se había cuidado de ordenar en canales y filtrar en depósitos para que nadie se pudiera quejar de dolores en el vientre después de beberla. La ciudad era muy celosa con su agua. la negra Ángela. rebelde como toda mujer–. adquirió confianza con su esposo Isaías. Se entendía muy bien que la ciudad no tenía tiempo para darle agua al morro. construidos de acuerdo a la ley. Isaías. Ángela lucía algunos sueños y una que otra ilusión. se pudiera bañar. ya se le pasará. —¡No! –le dijo ella. El negro Isaías. que rezara por ellos y por el negro Isaías y la negra Ángela. le dijo: —Me quiero bañar. después de todo. rodeó al morro y no le dio agua. como agua de lluvia o lágrimas de monja. Edúcala. con mucho respeto. Isaías asustó sus ojos y se tiró de la oreja. a la orilla del mar. En sus ojos. Mariano se permitió añadir: —Lo que pasa con Ángela es que no es una negra de morro. en el morro no hay agua para esos lujos. se sentó en lo alto del morro. Isaías se tiraba siempre de la oreja cuando algo no le gustaba. Ángela tenía en el pecho un corazón pequeñito. y ahora. Para eso tenemos el mar. El agua es para cocinar y beber. Hubo hasta trompeta irritando al viento y sambas sensuales y gritos sonoros y hojarasca pisada y las ventanas de la casa del negro Isaías parecieron alegres en la noche de bodas. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO sin rumbo dormitando entre árboles. y porque Dios trajera agua al morro para que todos se pudieran bañar en las mañanas y nadie oliera mal.J. edúcala. de ambiciones pequeñitas. El cura se fue persignando por el morro abajo. Seguramente que sus abuelos debieron ser simples. La ciudad necesitaba su agua para lavar las calles y los tranvías y para llenar los baños y los fregaderos de las casas de muchos pisos. que también era de muy reducido tamaño. Mariano era un negro con preocupaciones. el agua salada me pica en el cuerpo. El agua es algo importante y no podemos malgastarla. El negro Isaías nunca gustó de pensar. La ciudad llena de autos y tranvías y de gente apresurada. nadie deseaba ver enclavado allí. preocupado porque no tenía agua para que su mujer. a la misma orilla del mar.

celosas de ver aquella agua consumida sin el pago de impuestos. mandó a repicar la campana pequeña del campanario de su iglesia pequeña. Isaías vio brotar un hilillo de agua que comenzó a llorar por la vertiente y a salpicar las puertas abiertas de las chozas de los negros. —¡Agua! ¡Agua! –gritó el negro Isaías. Y los negros fueron los negros más limpios y más importantes. que seguía de ojos muy asustados. Cuando las autoridades de la ciudad. subieron al morro a tomar providencias. Isaías se sintió aturdido con tantos pensamientos complicados y se fue a la orilla del mar. muy largo. sin que Isaías la pudiera encontrar. Y el negro Isaías aprendió a bañarse. El negro Isaías comenzó a sudar un sudor muy desagradable. porque era un sudor que le salía del cráneo pequeñito. Esto siempre le calmaba y además le daba apetito. siguió muy escondida. como era un negro bastante distraído. la negra Ángela se dio un baño muy largo. los negros pusieron unas caras tan negras que las autoridades dijeron que esa agua podía usarse libremente. ni en un día ni en un año y sigue manando. Pero Isaías estaba. porque era el único morro con agua en la ciudad. Y buscó agua debajo de los árboles y debajo de las rocas. —Si la encuentro –se dijo Isaías–. 216 . Y los negros y los negritos corrieron hacia donde estaba el negro Isaías. El agua que salía de debajo del mango era un agua insistente y no paró de manar en una hora. Pero no se le gastó y se le quedó lustradita y reluciente. la regalaré a todos. Era preciso tener apetito para comer luego la frijolada y digerirla sin acritud en la boca y sequedad en el paladar. Muchos baños se dio la negra Ángela. en un mal día. que estaba en la ciudad y no en el morro. Isaías regresó al morro y caminó por los trillos. ¡A todos! El negro Isaías. no recuerda todavía el momento exacto en que sintió el pie mojado. Fue entonces que el morro se hizo importante. cuando ya todos supieron que el agua y el manantial eran de su marido Isaías. Era como el agua de un manantial bastante importante. no muy lejos de su casa con las ventanas simuladas. Y los negros del morro aprendieron a bañarse. para que se bañen a gusto. cuando se enteró. Y la siguió buscando y el agua. La negra Ángela no pudo bañarse en seguida. Pero al otro día. porque se puso a bailar las sambas y a cantar con una voz gorjeante bajo el cielo del morro. latigazos de polvo entre la verde maraña. indudablemente. pero lo cierto es que allá en lo alto del morro. porque las olas no le quitaron de la mollera la imagen de su Ángela sin poderse bañar. con tanta y tanta agua que los negros del morro pensaron que se le iba a gastar la piel. Los negros del morro cantaron y bailaron muchas sambas y abrazaron al negro Isaías. porque hubiera sido demasiado repicar la campana grande sólo por un manantial que no era un manantial grande. con los ojos más asustados que nunca–. Y hasta la vieja muy vieja se inclinó en su mecedora y murmuró una plegaria. Un baño no era un pecado ni mucho menos algo que debía prohibirse a los negros del morro. que de seguro era una plegaria muy vieja también. como los diputados de la oposición. —¡Voy a buscar agua! –se dijo resueltamente.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que su Ángela se pudiera dar un baño. debajo de un mango muy regordete. a mirar las olas sin verlas. como moneda en manos de rico. Y el cura. tan vieja que nadie hablaba con ella. ¡Es agua del morro! ¡Agua del morro! Y el grito se agrandó en las orejas de todos los negros y hasta de los negritos y los de una negra muy vieja.

a pesar de que son viejitos y ya no piensan tanto en bañarse como antes. hijo. de la cual extrajo una docena de sardinas. clavados en la tierra como puñales de goma. que se asemejaba a un látigo. la noche se lo tragó en su silencio y el mar lo recibió para platicar con él la sempiterna canción del pescador. En el campanario del pueblo golpearon las ocho. M. con quien pudiera conversar más a gusto o pedirle todas las cosas que andaban enrevesadas en su cerebro. como avergonzada de poder ella sola albergar a Dios. Los cocoteros. respiró fuertemente y abandonó la choza de sus padres. La luna mulata comenzaba a esconderse en las almohadas del horizonte. Era Calamidad un mozalbete aún. casi a cien metros del arrecife. sin hacerle caso. Y un viento que llegaba frío de sus rondas vagabundas. y un erizo. La Diabla no tiene amigos. una creencia en que alguien ordenaba las puestas de sol y las alzas de la marea. —No salgas mar afuera –le aconsejó la vieja. siendo él tan negro. Puede ser que no. Los animales no diferencian. Todos en Boca Chica y en Andrés venían hablando de La Diabla desde hacía muchos años. El hambre no le había tocado y su fe era sencilla como guayaba madura. Ella pasea mar afuera… —Hasta un día. también él con rumbo hacia la playa. El negro llegó hasta su bote. Cinco negros de bronce y ébano empujaron suavemente un bote por la arena. Por eso a veces soñaba con un Dios de su color. La playa le vio persignarse y rezar un Padre Nuestro. un alguien que Calamidad no podía explicar por qué era blanco. Repetía 217 . ni tuvo dolores en su cráneo pequeñito. con su cuerpo largo como hilo de teléfono y sus ojos asustados. el negro Isaías no tuvo que pensar más. que se agitaba velozmente. Calamidad cruzó la aldehuela. empuñó los remos y comenzó a bogar. ¡Es natural! Desde que Ángela encontró agua para bañarse. isleta que suele parecerse a un buque sin luces que huye por el mar. ha sido y es un negro feliz. que en esa época era un grupo de bohíos. mai. Uté sabe que La Diabla no gusta de arena. una sombra monstruosa debajo del agua. hora de marineros en cita con el mar Caribe. el día en que los negros se pudieron bañar. A las cuatro te traigo percao… —Bien. cerca de la Matita. Eran tan grande que por un instante puso a zozobrar su bote. muchacho. había proseguido su camino. estaba golpeando la bahía. El negro Isaías. —Me cuidaré. Lo arrastró al agua. No conocía de barba ni de amores. Calamidad sonrió. Puede ser. Gentes hay que le llaman al agua del morro el milagro del negro Isaías. Después. una docena de casas de madera frente a la playa y una iglesia pequeñita. Después. tan pequeñito como aquella primera gota de agua que le mojó el pie. mai. Voy al arrecife. arrugada en el umbral como papel con traza. eran mecidos por la brisa. pero cuídate de la raya. cortando las olas y ondeando la cola. Calamidad Una luna mulata se había trepado desde la sonochada en lo alto del cielo.J. que de ligero era casi canoa. Él sólo la vio una noche. Cerca de la Matita. Calamidad se ajustó los calzones. ni tampoco de odios. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Isaías y Ángela también fueron importantes y todavía lo son. bien. con los movimientos de una hoja mecida por los vientos. Calamidad tiró la red. —No.

Súbitamente impresionado. No podía pensar y rezó una plegaria simple. a punto de vararse en aquellos parajes de poca profundidad. con el rabo ondulante a los costados. Sólo pececillos auríferos saltaban. pero todavía no quiso creer. si la dejo ir. Esa mota negruzca de tres metros de circunferencia. percibió que el fondo del mar registraba un tono más oscuro. suelen usar los pescadores de Boca Chica en la pesca y captura de rayas. continuaban su coloquio sin edad. —Si la toco. La raya se encontraba en un lugar peligroso de la bahía y Calamidad ni siquiera pensó en trabar duelo con ella. sin embargo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS la operación cuando oyó chasquear el agua en forma para él no muy común. ¡Ayúdame. En él lo que más había era curiosidad. una sombra chata saltó a su diestra. La Diabla está aquí. era la raya famosa. nunca volveré a hablar de ti. —Es verdad –se dijo–. dando de latigazos. de Guayacanes. mientras las olas le lamían suavemente los muslos. ¡Porque aquella era La Diabla! No podía dudarlo. que se conmovió. hasta de la misma capital. no me lo creen. Pensó en tantas cosas el pobre negro que los brazos se le quedaron fláccidos a ambos lados del pantalón. En seguida. llena de una apacible oscuridad. Santo Dios! Y Calamidad hizo la señal de la cruz sobre su frente húmeda. y la sujetó nerviosamente. inició un círculo en derredor de Calamidad. No podía explicarse cómo La Diabla. también lo era que nunca antes se atrevió La Diabla a penetrar la barrera de los arrecifes e irrumpir en las aguas mansas del litoral. Diabla. En seguida se levantó. negro que estás en la altura…! 218 . la significación de su aventura: Había pescadores de San Pedro. a ratos. —¡Válgame el cielo! –exclamó–: Pues no será bruta… ¿Y qué no sabe que por aquí no hay agua pa ella? La raya se había dado vuelta y cruzado velozmente junto a su bote. me muero –suspiró el negro–. La tenía toda a bordo cuando se le enganchó un pie en ella. Las estrellas. paralizado de terror. para quienes encontrarse con La Diabla hubiese valido más que la vida. la brisa y el bramido del mar. No lo achacó a miedo. andaba esa noche en los alrededores de la Matita. en derredor del bote. chocando contra las rocas del arrecife. La bahía había quedado. Calamidad la buscó con ansiedad. Calamidad tropezó. a modo de arpón. después de escaparse la luna. pero el selacio había desaparecido. Calamidad se veía frente a la muerte y érale trabajoso. las palmeras. Si era cierto que la marea estaba alta. levantó los brazos inútilmente y cayó fuera del bote. en mitad de sus angustias. Al rato. —¡Guaite con la traviesa! ¿Y qué querrá? El negro comenzaba a sentir cosquilleos en el estómago. óyeme. —¡Si Dios fuera negro! –murmuró–: ¡Entonces sí que me comprendería! Calamidad volvió a tirar lentamente de la red. de La Caleta. ¡Aunque me coma la lengua! ¡Óyeme Dios de los negros. con esa lucidez de los hombres que viven solitarios. esperando o descansando junto a mí… Y Calamidad sopesó. Calamidad divisó a La Diabla. —Si me libro de este trance –se dijo–. terror de pescadores. para no agitar las aguas. Pensó en que algún pez grande andaba suelto arrecife adentro y no prestó interés. Juguetón y nervioso. La raya se acercó. el monstruo nadaba sobre los bancos de arena. En seguida agarró la lanza que. Cuando jalaba de ella. La mota de furia y de poder vino a su lado y onduló suavemente entre él y el bote. comprender cuanto le ocurría. Calamidad volvió a tirar la red y esperó.

debe pensar que Calamidad no fue más que un pobre negro loco. dejándole alma y voluntad en acecho. En las noches. una plegaria sin ensayos que Dios recibía sonreído. Minutos u horas más tarde. a veces carne. la veo igualita que anoche. los mangos frondosos. golpeando la ropa sobre los guijarros–. bajo el rielar de la luna inflada. Atracó. La gente cayó en cuenta de inmediato. —¡Y cómo no. Algún cataclismo la movió de la cima. perdiéndose de vista. posándola sobre el promontorio. cuando Ernesto realmente comprendió a la piedra. alguien le oyó decir. muchacho! Siempre tuvimos. Mischa. —Mai –dijo a la madre–. —¡Alabado sea el Señor. con la seguridad del granito. ¡Hasta aquella mañana en que Ernesto reparó en la piedra! La revelación. sus vacas pardinegras. Chasqueó su cola una última vez y La Diabla nadó furiosamente. 219 . —Son cosas de la imaginación –había sentenciado su mujer. como quien ha visto un fantasma y no se atreve a decirlo o siquiera confesarlo. averigüé que nosotros los negros tenemos Dios. el sudor cristalino y el andullo se convirtieron en una sola larga mirada triste que de los pastos y el cafetal se enredaba en la piedra y allí se quedaba. La cabeza le daba vueltas y en los ojos había un brillo nuevo. sin molestarse en recoger las sardinas que trajera. a la callandita. Bruñido por los vientos. esta frase que nadie ha podido explicar: —¿Viste negro. eterna como el cielo o la envidia de los hombres. a convertirse en pescador de mar afuera. Ya los otros botes estaban descansando en la playa y por detrás de los cocoteros los cangrejos huían de la luz del sol. de esos bravos que luchan contra el viento y las olas. por insospechada. Verás. Calamidad permaneció inmovilizado sobre el banco de arena. el negro subió a su bote y remó hacia el poblado. esa piedra nos odia.J. los domingos sancocho y todos los días arroz con habichuelas. M. el peñasco era aquella parte del paisaje que todos guardaban en la hondura del ojo. porque en Ernesto la alegría. Era como si a la bucólica placidez del valle hubiese llegado la tormenta. La piedra El mundo de Ernesto fue siempre un mundo fácil y hermoso: Su casita blanca. Ernesto! ¿De dónde te sacas semejante entrevero? —Del corazón. la piedra no era la misma. el corazón no me miente. el agua y la muerte son sólo hermanos. ¿Pero qué te pasa? —No pasa na… A mí no me pasa naa… Hubo otras noches de luna en Boca Chica y Calamidad volvió a hurgar en la bahía su triste encomienda de sardinas. posada a la vera del arroyo. Llegó. Amanecía. difícil. Durante toda su vida –recordaba Ernesto– la piedra estuvo clavada en la ladera del monte como una nariz. los cantos y silbidos. Sin embargo. con los años. Y cuando era viejo. —No. encaramó su embarcación en la arena y caminó lentamente hacia su casa. negra. como nunca antes tuviera Calamidad. recortado por los cerros abruptos y afilados. Casabe y plátanos. de esos hombres para quienes el mar. cómo te guardé el secreto? La gente. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Hirvieron de pronto las aguas con la arrancada de la raya. pero él no se daba cuenta. el algarrobo y el valle estrecho. le estuvo agria. que el año pasado. que no conoce esta historia.

Ernesto envejeció. frontera de locura. vive tu vida y olvida a la piedra. ni los vaticinios de la mulata Dolores. —Dime. con sus golpetazos sin rumbo. solitario y misterioso. a Ernesto. que ella ni tiene alma ni se mete con nadie. son hombres sin lágrimas. intrusa. ¡lucha! —Déjame. fuera a perderse en el lecho del río. angustia de barba zahareña y piernas vacilantes. Ernesto se convirtió en una sombra dolorosa. Las vacas fueron descuidadas. ¿qué sabes tú de mi infortunio? Y pasaron los meses. maldita!” Luego abandonó toda lucha y se refugió en la angustia. ¿quién te cambió la cara? ¿Qué quieres de mí o de los míos? ¿Por qué no te lanzas al barranco y te haces pedazos? ¡Maldita! Yo era feliz. Huyó la paz de aquel mundo fácil y hermoso. adelantó su ritmo cuantas veces Ernesto conversó con la piedra. ni los consejos del ñato Santiago. ¡Tú has venido a buscarme y tengo frío en el estómago. sin dolores. ni los besos calientes de Mischa en las noches de luna llena. sin ambiciones. mujer. angustia de ojos hundidos y brazos en postura de lápices usados. cuando nadie lo veía. Anímate. contemplar en silencio al valle y la casa. hablando a solas con los algarrobos y los mangos. como árboles que se han muerto de pie. sin miedo. trató. ¿cómo iban los brazos y las manos de Ernesto a trocar la pétrea voluntad del granito? Muchas noches recogió la torrentera el grito de impotencia: “¡Maldita. Sólo el corazón. Nunca campesino alguno supo hasta dónde llegó la tortura de Ernesto. —No es posible. ¡ya pagaría por olvidarme de esa intrusa que nos quiere tan mal! Y la piedra parecía gemir en los atardeceres. bien cubierto de pecho. Era esperar y esperar. cayendo. cantar bajo el sol de agosto. Nadie pudo redimir a Ernesto. Mischa y los siete negritos con sus siete barrigas y sus siete ombligos. para que la sangre no caiga sobre nadie”. con los pies encallecidos y las manos duras. Ni las amenazas del guardia Cirilo. Si los siglos no habían podido conmoverla un ápice. sin ruidos. comiendo flores y bañándose en el río. el guardia Cirilo y el ñato Santiago–. Y Ernesto se estremecía de pavor. apurado y jadeante. convencido de que la piedra acabaría con él y con los suyos. no puede ser –suplicaba Mischa– que una piedra venga a desgraciarnos. porque los hombres que andan sobre la tierra. para quien el demonio se podía ahuyentar con “un té de yerbabuena. un hálito de hombre para quien la vida sólo fue sucesión de temblíos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Ernesto. el conuco y el cafetal quedaron sin mimos y las lianas y los yerbajos desfilaron hasta la puerta misma de la casita blanca. —No puedo –aseguraba Ernesto–. En un principio Ernesto. Corroída su alma por el miedo. sin hambre. un pobre loco triste que sólo hablaba de su piedra y lo mucho que ella le odiaba y malquería. ¡Hasta que la gente dejó de hacerle caso y se rió de él! Los siete negritos con sus siete barrigas y sus siete ombligos –sus hijos– crecieron y se regaron 220 . pelada del diablo! La piedra jamás contestó sus denuestos. Pero la piedra no tenía prisas y continuó clavada en lo alto del monte. Ernesto. Vivía tranquilo. Sólo a ratos el viento. donde. sin duelos. dos velas en el patio y un puerquito matado en viernes. poseído de sus angustias y enfermo de pesar. de empujar la piedra hacia la otra vertiente. como si el valle fuese una presa demasiado fácil para tragarla sin suplicios o torturas. la ponía a ulular. En vano. Ernesto! –le amonestaban las comadres y la mulata Dolores.

Fue un día lleno de cartas y de dictados y de calor.J. balanceóse coquetonamente y taconeó en la acera. rodeado de margaritas. En seguida Elsa guardó sus pensamientos. vidriando los ojos en dirección de la piedra y murmurando: “Que Dios te perdone. de parques y gente. Elsa era también una cosa de la ciudad. Por la orilla del mar pasó un automóvil y en seguida otro. Elsa pensó en que el saludo del portero era la primera palabra dedicada a su oído desde la tarde anterior. desconociendo a este Ernesto que ya no le traía flores del valle ni la trepaba en su potro bayo ni le regalaba amores al oído. las miradas cansadas de algunos hombrecitos. La piel de la ciudad era una piel sin resistencia. El charco Sobre la limpia superficie del asfalto cayó el primer picotazo. El negro que rompía el asfalto la miró con curiosidad y demoró el ritmo del pico. Los dejó al lado de una novelita intrascendente que quería leer. el pulido paño gris que llenaba su calle y que ella cruzaba todos los días. que no hagas más daño…” La Mischa lloró sobre el cuerpo del loco Ernesto y unos días más tarde se murió también. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO por los caminos. Cuando Elsa llegó a su oficina. desde el asiento. la mirada codiciosa de su jefe y la mirada perdida de la mujer que barría los pisos. de las cosas intestinales de la ciudad. Y por último. pudo sentarse a su escritorio y comenzar a trabajar. que yo te perdono. Se estremeció. Un vaso de agua y un cigarrillo y otra tarde de cartas y de 221 . cuando tuviera tiempo. El ronco reloj de la iglesia anunció que eran las siete. Era su asfalto. Elsa se subió al ómnibus y comenzó. en busca de más negritos con más barrigas y más ombligos. inhaló con la boca abierta y se marchó hacia su casa. la mirada idiota de las compañeras. la diaria contemplación de calles y plazas. El agua de la ducha era su único amante. tuvo que pasar ante la mirada vacía del ascensorista. aunque la mulata Dolores aseguró que su locura era sólo de amor por Ernesto. M. El negro sintió la sangre caliente en sus brazos poderosos. Mischa y los siete negritos con las siete barrigas y los siete ombligos. El pico se alzaba y caía rítmicamente. Aquel asfalto era un asfalto blanco y dócil y el pico del negro era un pico lleno de rabias y de odios y de venganza. Bostezó. El sol apuntó su nariz colorada en el cielo lleno de bruma. Entró al baño. La gente dijo que ella también era loca. Al mediodía tomó café y comió un sandwich con sabor a resina. Elsa dejó que el chorro de agua resbalara sobre su cuerpo desnudo. la piedra cayó del cerro y arrancó de sus cimientos a la casita blanca donde fueran felices Ernesto. El asfalto se fue abriendo y en la llaga quedaron a la luz cemento y piedra. Hoy tendría que ir hasta la esquina a tomar el ómnibus. con un clavel en la boca. Y un día Ernesto el loco se murió tranquilamente. En la esquina el sereno encendió un cigarrillo. Después que Elsa pasó ante todas aquellas miradas. La Mischa envejeció con él. Elsa saludó al portero. en una mañana cualquiera. La ciudad se desperezaba. El negro sembrado de músculos se pasó una mano por la frente. en una tarde bermeja. cuando el sol se mecía en el ancho trapecio del cielo. Elsa se apoyó en la ventana y miró al negro que rompía el asfalto. pero hosca y vacía. en un aguacero cualquiera de los que vienen sobre la cordillera y se marchan luego arroyos y ríos abajo.

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS dictados y de miradas que llegaban hasta su rincón. Eran miradas de la ciudad y Elsa no gustaba de la ciudad. como la luna cuando huye entre nubes negras. con un hermano borracho y muchas viejas que la señalaban y la criticaban. al parecer cansados. —¡Pobrecito asfalto! –se dijo Elsa. de gente que se reía sola. Llovió. de madrugada. Elsa había perdido el apetito. hasta casi cubrir la calle de acera a acera. pero era un pueblo que estaba lejos. estaba cantando a solas. pero él se rió y Elsa no gustaba de la risa de su novio. Seguramente que había vuelto a su pueblo y le había contado a las viejas chismosas que el asfalto estaba roto. El mar era confidente de las preocupaciones de Elsa. A medianoche. Era preferible vivir en esta ciudad de asfalto. pero no en aquel día. contemplando la muerte del asfalto de su calle. pero que Elsa no sentía. en su sueño. Y vio también que la fosa estaba llena de aguas sucias y que los negros. dejando al charco de la calle sin amigos y sin consuelo. cuando Elsa bostezaba un poco. pero fue un sueño que no pudo recordar después. Su pueblo era mucho mejor. Elsa se detuvo y los miró. para ver con asombro que los negros habían agrandado la fosa. como si fuera en su cabeza que golpearan los taladros y se hundieran los picos de los negros. Estaba intrigada con la suerte de su calle y de su asfalto. En la noche los negros encendieron luces y cenaron pan y carne sobre los pedazos de asfalto. antes de acostarse en su cama sin calor–. su tranquilidad. Elsa era una mujercita desolada y solitaria y sufría siempre con los sufrimientos de los demás. con un novio que no la quería y aun la engañaba. antes de que llegara la mañana. un negro dio un grito de júbilo y de la herida del asfalto manó un chorro de agua sucia y maloliente. sacó sus pensamientos y quedóse quieta. Recordaba haber salido nuevamente a la ventana. Elsa se encaramó en su ventana. Y a su novio le habló del asfalto. pero no interrumpieron el picoteo ni aliviaron el dolor de la calle revuelta. sin asfalto. en cambio. porque era una risa engañosa. Otros negros llenos de músculos se habían unido al primero y varios picos golpeaban ahora al asfalto. el cáncer del asfalto. llena de miradas y de calles iguales. Elsa soñó una última vez. ¡Pobrecita mi calle! Ya nunca será igual. encaramado en un cerro. ordenó usar los taladros eléctricos para llegar más pronto a la cañería accidentada. Elsa se durmió aquella noche con un sueño agitado y en varias ocasiones despertó. Elsa sólo quería ver a su asfalto enfermo. 222 . comenzaban a marcharse por la ciudad en silencio. regresar a la ciudad y ver cómo estaba el asfalto. —Es la cañería central… La de las aguas muertas… Sus compañeros dieron asentimiento con las cabezas y uno de ellos. Pensó que su asfalto estaba horrible y desfigurado y que aquellos hombres no tenían corazón. Las gotas resbalaron sobre las espaldas desnudas de los negros y mojaron el asfalto. Apresuró las diligencias del despertar y bajó a la calle. Elsa pensó que era una aorta de la ciudad con mala circulación y la fosa que abrían los negros le pareció un cáncer. Elsa decidió. antes de que el sol viniera con sus luminosidades a llenarle las olas de crestas blancas y la playa de espuma danzarina. Elsa regresó a su calle cuando oscurecía. que por su tamaño y su voz disonante debía ser el capataz. Elsa hubiese querido protegerlos de los picotazos. Los hombres y las mujeres y los niños dormían todavía y la ciudad no hablaba. Se consoló pensando que quizás el asfalto estaba enfermo y había que sacarle sus males y curarlo. El mar. devolverles su tersa fisonomía. como si sobre el mundo se estuviese oyendo un solo chiste graciosísimo. Era un pueblo perdido.

Era una canción deprimente. porque era una ciudad acostumbrada a encontrar cuerpos de hombres y mujeres sin historia. sufría tanto como Elsa. Pero se vio en mitad de las aguas pútridas y empezó a hundirse en ellas. subió el precio del cacao en los mercados internacionales. pasó su niñez en Cuernavaca. una criatura venida al mundo única y exclusivamente para usar el paladar. encaramado en el cerro. había aprendido bien lo único que podía darle su pueblo lejano. El tablón era firme y sólido. cuando la cañería fue debidamente reparada. Experimentaba cierta voluptuosidad en estar a solas con él. pero la boca se le llenó de aguas pútridas y el estómago se le arqueó. de orilla a orilla. Lola nunca jugó con muñecas ni tuvo momentos de solaz en el jardín de su casa. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Caminó lentamente hacia el charco. El agua lo lamía con un chapoteo imperceptible. Y lo usó con tanto deleite que ya a los seis años de edad parecía uno de esos globitos que se venden en las ferias o en los parques y que si los niños sueltan se van volando por los cielos. evadiendo el olor desagradable.J. Por eso ahora las aguas del charco se la tragaban definitivamente. el día en que nació Paco. sin dejar salir el grito de espanto que venía viajando desde su pecho desolado. De niña –recuerdan quienes la conocieron bien–. perdidos en sus calles o durmiendo para siempre en algún parque lleno de frondas y de aromas. Y Elsa se ahogó en lo hondo del charco. Su calle estaba herida en muy mala forma. El cuerpo de Elsa flotó solitario. Y Elsa tropezó. quizás por casualidad. Era como un puente para cruzarlo. Se sintió dueña del charco y de la calle y del asfalto y de la ciudad. esa ciudad mexicana bordada en la falda de la sierra con casitas de tejas rojas. Sobre el charco los negros habían colocado un largo tablón. calles retorcidas y música de mariachis que no duermen nunca. Se llevó una mano a la nariz. Elsa pensó que al fin realizaba algo que los hombres y las mujeres de la ciudad no podían hacer libremente. Cerró los ojos horrorizada y miró hacia el cielo. Se oyó música en la calle y junto al charco. en cambio. Además. Elsa. Sabía que no podía nadar. En el mar Elsa sólo había mojado sus muslos y se había enjuagado la cara y el pelo. ni nadie se reiría de ella. faltó vinagre en todas las tiendas de provisiones de su pueblo. Y Elsa quiso rezar. no se sabe si por coincidencia. M. Fue. El negro musculoso fue el primero en verlo y en pregonar su asombro por la calle que se despertaba. Elsa dio los primeros pasos. hija de hacendado y poetisa. puesto que con bordearlo se podía fácilmente pasar al otro lado de la calle. en hacerle algunas preguntas. porque Elsa no sabía cantar. La ciudad poco dijo. junto al tablón que creyó puente para travesuras. la desolación. 223 . En su pueblo. Y los negros se fueron con sus picos en busca de otros charcos. Nadie podía ver su gesto infantil. Lola. desde un principio. El charco lo cerraron después. que por supuesto el charco iba a dejar sin contestación. Los Pacolola El día en que nació Lola. Elsa se sintió inmensamente feliz con su travesura. frente a los mudos pedazos de asfalto que los negros habían arrancado a su calle. era su charco. la canción de un hombre que tampoco había dormido. Elsa no pudo tararearla. nunca vio más agua que la del baño. pero en realidad no era un puente necesario. Indudablemente. Elsa deseó encaramarse en él y cruzar el charco. porque estaba formado de la sangre de su calle y de su asfalto.

acercándose peligrosamente a la invisibilidad. ¿Está tomado? 224 . De ahí que los guías comenzaron a llamar a la calle de los dos infortunados como la de los Pacolola. Paco. casi en la misma calle. pero Paco tuvo que abandonar la universidad porque los profesores tenían dificultad en ver con quién hablaban y Lola regresó de Jalisco porque un alcalde. hijo de un militar amargado que jamás pasó de teniente y de una acapulqueña que soñaba con la playa distante. continuó con los años. la fama de los dos desgraciados y un sentimiento de mutua comprensión y ayuda entre ambos. —Lola. hay que ver a los Pacolola. se ve usted esta noche pero que muy bien… —Ándele. negocio cómodo para él porque podía confundirse con la mercancía cuantas veces algún amigo o acreedor venía a conversarle. Lola engullendo bombones en cantidades astronómicas y Paco chupándose los dedos o tocando una guitarra que le regalara un tío compasivo. Lola puso. Una noche de diciembre Lola. y no sea mentiroso. Paco y Lola fueron a la misma escuela y mientras Paco se chupaba los dedos. consideró que aquella gorda desentonaba con las clásicas bellezas de la tierra de María Félix. —¿Y eso qué ser…? —preguntaban los gringos. Lola.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Paco. pero con dos corazones de oro. por su flacura. con el dinero heredado. montó una tienda de alfileres. Y así fue como. viejo politicastro marrullero. Paco. Lola siguió engordando hasta convertirse en una curiosidad turística que los norteamericanos retrataban tan pronto llegaban a Cuernavaca y Paco enflaqueció más todavía. Pasaron los años y con ellos crecieron las hacendillas de Paco y Lola hasta convertirse en verdaderas fortunas. colocándole en la cabeza una escoba. con un bastón. Lola y Paco se encontraron en Cuernavaca sin tener dónde ir y con una amargura infinita hacía la vida y la humanidad en general. quizás en la creencia de que la saliva era alimento. en vez de desaparecer. Esta flacura. Eran dos jóvenes deformes. Lola se relamía con caramelos. como una varilla de acero. por ver si el muchacho se agarraba en algo y el viento no se lo llevaba hasta la cumbre del Popocatepelt. después de ver las pirámides. —No. Luego alguien compuso una canción ranchera acerca de un elefante y un puñal y la gente en seguida la denominó el Canto de los Pacolola. lo que estoy es muy gorda. una confitería especializada en bombones. Paco estudió en Ciudad de México y Lola en Guadalajara. fue confundido al nacer. vestida y acicalada para irse a la iglesia y rezar una salve. tropezó con Paco. cada vez más señalados por el infortunio de la curiosidad populachera. Paco. –Aquí –le anunciaban a uno en los grandes hoteles de Ciudad de México–. mano… –solían decir los cicerones de las agencias turísticas. hasta perfilarlo por todos lados. Las comadres de Cuernavaca refieren que un día de lluvia su madre. lo usó para barrer el patio de las aguas inundantes. Un día murieron los padres de ambos. jóvenes ambos. ¡está usted rechula! —Vamos. más requeteflaco de México y del mundo. —Pues la mujer más gorda del mundo y el hombre más flaco. que venía de ver en el cine una película de vaqueros. indicio de que la niña era precoz. Vivían relativamente tranquilos.

al pronunciar las palabras bíblicas. Y ni siquiera de Morelos. y a ella por ser la mujer más gorda del mundo. El gato se acurrucó en el alero y bostezó. manito –decía un político con ambición de llegar a diputado– no sabemos organizar el turismo en este país. preguntando a Paco: —Paco del Castañedo. inmortalizándose. sin ellos darse cuenta. sin detenerse. el amor había transformado en tal forma a los esposos. para la admiración del mundo entero. registrándose un curiosísimo fenómeno: Paco comenzó a engordar y Lola a perder peso. Y volvieron a transcurrir los meses y los años. donde no repararon en el saludo de amigos y amigas. Y de las palomas. mujeres más rechonchitas existían que Lola y hombres más verdes y más flácidos que Paco se consumían en los bancos de la plaza. Claro está que algunas de las hijas de los Pacolola engullen bombones y pastelería que da miedo y unos cuantos de los hijos se chupan el dedo. que en bandadas revoltosas. ¿toma usted a este globo. digo. a Paco y a Lola. los llevó por las callejas y los empujó hasta la plaza. llena de ruidos que comenzaban a morirse en la noche calurosa de verano. Curiosidad En el tejado oscuro el gato se movió con lentitud y miró hacia la ventana donde estaba el hombre fumando el cigarrillo. con todas sus ventajas. continuaban. Mas en la casita bermeja donde Paco y Lola tenían su nido de amor. con el beneplácito del síndico. Y Cuernavaca entera cayó en cuenta de que. hasta que un turista señaló con desagrado: —Estos Pacolola son puro cuento… Ninguno excepcional. 225 . en vez de resguardarlos en jaulas. Paco y Lola se casaron un mes más tarde. que desde el cielo quería también enterarse de la conversación. pues con los tacos y las tortillitas y los huacamoles. hacia Tasco o Acapulco. con detrimento del fisco de Cuernavaca. Perdieron pues los Pacolola su fama internacional y huyeron de su callejuela los turistas. En un principio la gente no se dio cuenta. Porque la verdad es que el matrimonio. pero no hubiese resultado memorable si el señor cura. chata y pícara. no se equivocara. Hemos abandonado a los Pacolola a su suerte. Y del cura y del jefe de los mariachis de Morelos. aplana a hombres y mujeres en un anonimato que da lástima. en efecto. que ya no eran el hombre más flaco de México ni la mujer más gorda del mundo. La posteridad sólo recordará a sus padres. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Y el diálogo. M. El hombre de la ventana tiró a la calle su cigarrillo y apuró un trago largo de whiskey. Un humo pardo y vacío llegaba por el cielo y se desdoblaba sobre los álamos y en los estanques del bosque. cuando era soltero. como Romeo o como Fausto.J. del alcalde y del gobernador. ni en la luna. Fue un acto conmovedor. —Es que. padre. replicó: —Sí. la tomo. pero de nada les vale. concurrieron al atrio de la iglesia a ver a la gorda y al flaco uniendo sus tristes destinos. una pandilla de mocosos y mocosas atestiguaba que aquel matrimonio era feliz y que el mundo ni las gentes les interesaban un bledo. a él por ser el hombre más flaco de México. también cuando soltera. algunos de los cuales. La ciudad seguía iluminada. como su legítima esposa…? Pero Paco. aunque usted la crea un globo. a esta mujer.

El hombre comprendió aquella sonrisa y cambió el beso tranquilo por un beso fuerte y húmedo. Prefirió no decir nada al esposo. Cuando se conocieron. en otro lugar de la casa. Los amantes decidieron besarse. pero los amantes no conocían nada mejor. hasta perderse a la vuelta de la esquina. El humo pardo y vacío se tornaba negro. Continuaron los encuentros y el hombre arreciaba las palabras y hasta llegó a pronunciarlas muy quedamente. La mujer apresurada se entró por la puerta y tomó el ascensor. Alguien escuchaba. Duró mucho aquel beso. 226 . en las noches. que ella no había escuchado en los labios de su marido. detrás de una pared. como el tableteo de una ametralladora. La mujer achacó a curiosidad el encontrarse allí y en aquella situación de desprendimiento. indudablemente. además. Al cuarto llegó primero su perfume. Y alguien más. su figura se hubiese quedado tranquilamente en la calle o su taconeo. Era suficiente. El hombre estuvo convencido de que al fin lograría la posesión de aquella mujer hermosísima. hubiera seguido en la sombra. porque no hubiese comprendido que tomar las manos no es cosa importante.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Un taxi se detuvo en la esquina y de él descendió una mujer. Tomaron té en un salón muy chic y allí él repitió las frases galantes. como gotas de agua en la misma orilla de sus oídos atentos. Era una mujer apresurada y una mujer nerviosa y tenía. Ella había mirado a su esposo y el esposo conversaba con otra mujer. pero eso era porque la ciudad perdía sus luces y no porque el humo hubiese dejado de ser pardo. Si aquella mujer no hubiera sido la amiga del hombre de la ventana. que el hombre agarró en la nariz y lo guardó en el pecho. el hombre tuvo para ella frases galantes que producían cosquillas. El gato permanecía en el alero. Días después se encontraron a la salida de un cinema. tanto que los amantes tuvieron tiempo de pensar y aun de recordar. Los pensamientos fueron bastante comunes. tomados de las manos. La ciudad comenzaba a apagarse. A pesar de que ella se sentía gozosa como una gatita cuando. con el temblor de una tierra movediza. Los amantes se asomaron a la ventana. El gato presentía que su enemigo el perro no estaba muy lejos y todo lo relativo al perro tenía suma gravedad. En seguida estuvo su cuerpo. La mujer no gustó del beso tranquilo y se sonrió. un cuerpo mordido de deseos y tembloroso. que se resistían. Era una situación a la que el gato estaba absolutamente acostumbrado. La música de Bach era ahora música de Beethoven y la risa de ametralladora fue una blasfemia incontenible que trepidó en el alero donde se acurrucaba el gato. se reía con una risa galopante. —¡Amado mío! —¡Idolatrada! Los amantes no eran originales y cambiaron en un abrazo su ausencia de palabras. Por eso la mujer había decidido escuchar las frases galantes. en una fiesta olvidada ya. mientras tomaba una y otra vez sus manos. muchísimo menos elegante que ella. su marido la besaba con rabia y la hacía dormir agotada. con bastante sueño. los recuerdos bastante cursis. la ecuación del miedo en los ojos azules. que ya avanzaba hacia el zaguán. Comenzaron con un beso tímido que se desfloró a flor de labios. Eran palabras. un beso tranquilo como el agua de los estanques del bosque. un disco gastado de Bach.

como en una garganta que no ha bebido agua en muchos días. porque el aliento del hombre salía caliente y pesado. Del alero del tejado brotó un maullido desconsolador y se pudo ver al gato huyendo por entre las chimeneas. al menos el suyo. la música de Beethoven. que eran hijitos de los dos. nadie la vio desnuda. El hombre no esperó respuesta. era la bebida apropiada en todos los finales. se volvió hacia él y dijo. que la caída es una sola. porque había perdido el interés unos minutos atrás. su enemigo. Además. El hombre la cubrió con sus caricias y ambos corrieron por una selva en llamas. ¡Prefiero a mi marido! 227 . Y el abrazo se extendió sobre los dos. Ella estaba en la puerta. La luz de la ventana del cuarto donde el hombre había fumado cigarrillos se apagó y una brisa refrescante movió las cortinas. Allí se detuvo. —¡No! –contestó él. Ella siguió en silencio. tuvo un escalofrío y remiró a su amante. música apropiada para sorber menta y fumar cigarrillos rubios. —¿Qué te sucede? –le preguntó. Era la de ellos una amistad de gente complicada. El marido. Así. El coñac. o de gente aburrida. en el matrimonio no había tiempo para pasar las tardes con el marido bebiendo menta y fumando cigarrillos rubios. El hombre volvió primero. porque de memoria sabía que todas las mujeres regresaban. observándole fría e imperturbablemente. Era un temblor muy raro y las rodillas quedaron flojas y en las mejillas se prendió un color de rosa que casi era el sangrante de una puesta de sol. llenos de un humo que subía voluptuosamente hasta el techo y se quedaba tranquilo. Los besos fueron esta vez más largos y húmedos. Y sin embargo. antes de salir: —No valía la pena. para desquitarse. mientras pensaba que aquello era muy aburrido. como una nube haciendo la siesta. La mujer se vio vestida nuevamente. la risa convertida en blasfemia y el maullar del gato en acecho. sólo hablaba de negocios y ella. —No volveremos a vernos –sentenció la mujer. La mujer empezó a temblar. La mujer cerró los ojos. y la mujer comenzó a gozar con aquellos encuentros inocentes. M. Para el hombre la virtud era una prenda incómoda y aquella mujer la había usado. Pero como eran lágrimas de la casualidad. sofocada como una bestiezuela. que todavía esperaba la aparición del perro. arropándoles en una mortaja que no dejaba pasar los ruidos de la ciudad. La entrega no podía demorarse una noche más. para aquel hombre. el hombre creyó oportuno ofrecerle un coñac. en mitad de las explosiones de un volcán. porque era una palabra gastada en su departamento de mundano. —¿Qué te sucede? –repitió el hombre. Y algunos amantes. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Después el hombre de mundo la llevó a su departamento y oyeron ambos música romántica. La mujer se levantó y se dirigió hacia la puerta. —¡Dé jame! –dijo la mujer. Sobre la ciudad la noche envejecía con ruidos muertos sobre los hombres y las mujeres y los niños y unos pocos viejos. tan cansada que le dolían los párpados. arreglándose el desaliño del vestido y yendo a sentarse en el sofá. A ella le pareció que era la puesta de un sol de verano. dibujando el rouge en su carita inocente. —¡Déjame! –repitió ella. como los vecinos del gato. no obstante haberse apagado la luz. rumbo al abismo. aun estando los párpados humedecidos por una que otra lágrima.J. sólo hablaba de sus hijitos. arqueada e impúdica. Y él no la escuchó.

¡Sombra maldita! –había dicho la vieja persignándose. encaramado en un montículo o corriendo por los senderillos. el amor duro y necesario del progenitor. ojillos tristes y unos brazos tan largos que nunca sabía dónde tenerlos. matizó su vida en forma imborrable. —No. De él lograba su padre el diario sustento. Y en sus horas vacías. días más tarde. Y así. Era también bueno. ¡Era hermoso el negro Sebastián! —Los niños como tú –díjole la madre muchas veces– debían nacer con otro color del que tu padre y yo te dimos. en mitad del llanto de esposa. como una cuchara de sombra en el festín de la noche. en una tarde de sol. a medida que crecía. Este relato me lo hizo mi abuela. de corrotear por los espinares. fue un odio caliente hacia aquella montaña que. en bohío de yaguas prendido al monte como una estrella al cielo. muchacho. mamá. sus amores y sus leyendas. confundiéndose el azabache de su cuerpo con los troncos de árboles centenarios. de una bondad que no conocía límites y que se prodigó sobre cuantos le trataron o le pidieron alguna vez un favor. El hombre bostezó. acurrucado en el alero. Sebastián vivió sus primeros años en esa cándida existencia del campesino. El frío de las heladas y el hervor del sol quisqueyano le endurecieron la piel. Y una anciana pronunció. Sebastián evitaba pensar en el cerro que dominaba el pueblo con su mole redonda y maciza. que fueron los más. niño todavía. es la tierra donde los taínos dieron batalla al conquistador europeo y donde vive hoy un pueblo con su historia. que volvía del abismo y se disponía a dormir. cortando troncos y vendiendo tablones de pino en los villorrios del Cibao. gozador de la naturaleza sin saber que es el mejor regalo de Dios. Infante aún solía perdérsele a la madre por los barrancos. sin embargo. La tragedia. Sebastián nació en los bosques aledaños a Constanza. Desde allí vio al taxi doblando la esquina. se le convirtieron en garras. luego. Vivía Sebastián frente a un cerro en cuya cumbre balanceábanse los pinares en danza continua con el viento. era necesario llenar las barrigas 228 . Es tierra roja y tierra verde. clavada en la mitad del Mar Caribe. preguntó a la madre: —¿Dónde está la sombra que mató a papá? —¡Yo qué sé. donde el trópico se enfría con la altura y los valles se cuajan en pinares. Y vio también al gato. feliz y montaraz. Regresó al balcón y encendió un cigarrillo. arroz y café para el sustento de la madre que se destrozaba las manos lavando en el río. grande y hermosa. Sebastián trabajó desde los diez años. y los pies. vivió el negro Sebastián. En un principio fue un temor leve que le causaba temblores en piernas y brazos. en el corazón de América. vacilaba. Era un gigante de cráneo oblongo. el afecto. familiares y vecinos. —Es la sombra del cerro que lo mató. El niño. anciana a quien nunca olvidaré. alzada en montañas y dormida en playas. Pero una tarde fría de diciembre trajeron al leñador con una herida en el vientre de la que murió horas más tarde.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS El hombre no contestó. llevándose al padre. ante el cadáver. déjame en paz! Búscala tú. las palabras que nunca olvidaría Sebastián. cuando yo. reía o lloraba ante su rostro arrugado o sus manos que sólo me brindaron amor y sosiego: En el macizo de nuestra cordillera central. su trabajo. La sombra en el cerro Mi tierra es una isla. Había que llevar yuca. no diga eso –respondía él– que me gusta ser negrito. robara de su infancia la protección.

“Ayúdame. y al volver a su hamaca. Comenzaron unos a abusar de él con palabras y otros con la acción. débil en un principio. Un resplandor argentaba el cerro y las tripadas de sus farallones. un pobre negro a quien nadie dio importancia. se petrificó frente a la montaña. sintió como si un alfiler le pinchara el pecho. a mustiarse en su infortunio. M. Sebastián aprendió a montar en caballejos de estampa esquelética y guiar el hato de ganado de un ricachón con finca en las proximidades del pueblo. comió menos que de costumbre. una pasión de esas que consumen al ser humano como vela de entierro en brisa mañanera.J. El niño se hacía hombre. al atardecer. Sólo el viento gemía por entre los pinares. creció luego hasta ensordecerlo. ya jadeante. Sebastián. habían bajado el cadáver de su padre. prestan siempre a aquél de ellos que se impone por la astucia. con unos ojos quemados por las lágrimas. Fue el suyo un amor terremótico. el talento o la fuerza todopoderosa de los puños. Allí oyó el grito que le petrificó. con lagrimones que le agriaban la boca. a los veinte años. casi quemándole la nuca. me das risa! –y con una mueca le dejó plantado. a tu padre en el cielo le debes causar náuseas. Llegó a un bolinguín natural que la hierba había formado en la ladera siniestra del monte y se detuvo. en sus parlerías nocturnas ante las jumiadoras. En su cerebro de lentos movimientos la montaña se había convertido en algo lleno de misterio y aun de espanto. con sus desparpajos y su impudicia. Así. —¿Conque me dicen que tú eres el que no sube al cerro? –le dijo. vengativo. cruzó el poblado y caminó. Y la Mariela. la mulata Mariela. tuvo la denigrante reputación de cobarde. resonaban las palabras de Mariela: “¡Ay. Fue. desde entonces. como los animales en un rebaño. tal y como su madre lo presintiera. Así las cosas arribó al villorrio. En sus oídos. se enamoró del negro Sebastián. trémulo de sollozos. negro. en noche de luna chata. lo que es decir. Eran diez horas diarias de gritos. Bastaba. negro. a modo de saludo. pero sin jamás subir al cerro donde muriera el padre. de pecho desnudo. Fue un aullido. año atrás. “¡Pobre de mí!” –pensó. Sebastián el negro comenzó a languidecer. No sabía si rezaba o si maldecía. se le entraba por el corazón y le cortaba el aliento en pedacitos. una ululación que. la Mariela se le acercó y lo trabó en conversación. Sebastián se levantó y descalzo. hizo de sus cuitas una sabrosa historia. que tronara en la cordillera para que Sebastián se refugiara en alguna cueva y se tendiera en el suelo. La flacura le sacó los huesos al nivel de la piel. sudor y andanzas por el bosque. sin que el rubor pudiera brotar a su piel de cacao viejo. Y era más que miedo aquella sensación cosquilleante de Sebastián. al menos la importancia que los hombres. —¡Ah. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO redondas. que ni tiempo había tenido para mirarse en ojos de moza. A la semana de ver pasar a Sebastián camino de los potreros. El miedo. —¿Qué te importa? –contestó. Ese día Sebastián se cayó del caballo. me das risa!” Sebastián comenzó a trepar el senderillo vagabundo por donde. por ejemplo. el aliento de Mariela provocóle: 229 . le hundió los ojillos y le brotó los pómulos. un chisme que llegó a los últimos confines de la región. pero siguió adelante. con sus caderas de mariposa y su cintura de alfanje. Y Sebastián. sólido ahora. Quiso huir cuando. que ya no aguanto más”. con su salerosa actitud de hembra que todo lo puede. Dios. Serían las tres de la madrugada. no comió nada. La gente. —Te estás haciendo cobarde –decíale la madre–. Sebastián fue un árbol roto en el río del miedo. que conocía muchos bravos. como aldabonazos.

La mañana comenzaba a explotar en los cielos. incrédulo. silenciosos. madre. se abría el valle de la Vega Real como un abanico al que las jumiadoras en los bohíos motearan de lentejuelas. Allí. de pronto. Caminaron entre los primeros ranchos. Y treparon y treparon… La noche agonizaba en el horizonte cuando Sebastián y la mulata Mariela. Los muertos quietos Era una bandeja de plata en el rielar de la luna el cayuco de Vale Juan. se me ocurre que siempre. aun siendo aterrador. huérfanos de energía. sentía desaparecer de su cuerpo los temblíos. en la mía. Caminaron. cansados hasta una eternidad. poniendo sus manos en la espalda dura y desnuda. hay un hombre que llora en una torre. como en todos los cuentos. Sin embargo a mí. estuvieron los dos un largo rato sin pronunciar palabra. ¡Era la noche grande y definitiva para Vale Juan! 230 . sólo dijo: —Mamá. donde terminaban los pinares. El bosque se mecía blandamente con los ábregos y allende las torrenteras. El grito salvaje no se había repetido y Sebastián. a su madre que lo esperaba angustiada. era un poquito menos esa noche. hasta que un amor de mujer lo libera de sus angustias o de la sombra en el cerro. y vigilados por las yaguasas y las palomas. entre el asombro de las comadres y el gorjeo de los chiquillos. mi negro guapo… El se bamboleó indeciso y prosiguió. que el cerro. como liberó Mariela a Sebastián. me hiciera este cuento. también temblorosa. de vuelta al villorrio. con Greene. El viejo murió trabajando. en todo. —¿En qué piensas? –preguntóle ella al fin. Sebastián. con alborozo. —En nada…. La soledad. como él. negro. que el negro y la mulata vivieron felices. ¡Ya no tengo miedo! —¿No te lo decía? –replicóle ella. por la primera vez en su vida. Le pareció. por una angosta callejuela. mientras viviesen. Como yo era niño. ¿pero y el grito? —Estaba en tu cabeza. Mariela. mamacita del alma. quiero ver la luna desde lo alto del monte. dondequiera. —Sebastián. Luego. ahora riéndose solo. el amor sería. llegaban al más alto promontorio del cerro. las sombras no matan. estaría construida para ellos con un recuerdo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Estoy contigo. ¡sigue! Sebastián se volvió. coreados por ruiseñores. ¿y la sombra del cerro? —No la vi. —Bésame. por los trillos dormidos de hojarasca. —Sí. ella nunca me dijo que Mariela besara a Sebastián. Los hombres no pueden ser cobardes… Han pasado muchos años desde que Mamá Teresa. La oyó nuestro miedo. he subido al cerro. ¡Dame un beso en la boca! Ella tuvo que agarrarlo. El beso primero se prolongaba en otros y los ojos de entrambos se cerraban. en adelante. Después descendieron lentamente. mi abuela. —Llévame a la cumbre. hasta hacer que los labios se juntaran. la torre de la soledad y de la desesperación. Se miraron frente a frente y ella le tomó de la mano. pero añadió. La mulata estaba allí. Mariela le soltó de la mano y antes de entrar a su bohío se despidió: —Hasta luego. Sebastián se estremeció. negro –invitó ella–. un beso húmedo en la cumbre de un cerro sin sombras.

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El negro, enroscado en la proa, respiró hondamente, mientras el sudor le bañaba frente y tórax. Los brazos, largos y felinos, se entraron en el agua y bogaron sin ruido, cual si al cayuco le hubiesen salido garras. Los labios, de vez en vez, runrunearon palabras quedas, válvulas en mitad de los salivazos de andullo. Pedrico, en la popa, habló primero: —¡Vuélvase, Vale, que esto no tiene remedio! —Lo tendrá –replicó el otro– porque entonces mejor es no andar vivos. Pedrico no conocía el miedo. Lo había perdido años atrás en mitad de las sabanas, encaramado en los potros, siempre en pos del Vale Juan. Pero lo de esa noche era suicidio y ambos lo sabían. Dos hombres solos, acosados y perseguidos, ¿qué podían hacer? Pedrico recordó lo que entrambos realizaran con la vida. De niños, de adolescentes, de jóvenes, el juego de la guerra los atrajo como una droga. Comenzaron sin darse cuenta, siguiendo un día a un grupo de campesinos que se iba, armado de machetes, a defender sus tierras. Después, dominada esa revuelta, vino otra y otra más, y luego, con los años, la historia sangrienta del país que no se redimía fue la de ellos también, fue polvo y sudor y sangre y hambre; y cansancio de andar a tiros en mitad de sinrazones. Así, volvieron al pueblo. Nada pedían a Dios sino paz, un techo, un pedazo de pan y una hamaca para construir sueños. Los dos casaron tempranamente, formando hogares donde el amor fue dueño de las noches y el trabajo de los días. Vale Juan y Pedrico, sin ser mejores que otros campesinos, fueron, sin embargo, los dos más bravos de la comarca entera. Quizás debióse a eso que los revolucionarios cebaran su saña en ambos. En noche brumosa cayeron sobre el pueblecito, saqueando e incendiando en minutos todo cuanto estuvo en su paso. A Vale Juan y a Pedrico no les quedó más que olor a metralla y la sangre de los suyos en las manos. Sin lágrimas, porque el dolor que ha sido presentido está demasiado hondo para mostrarse en el rostro, los dos compadres se unieron a otros ultrajados y marcharon por los montes tras los asesinos. Cuando al fin se toparon con ellos, los rifles derribaron amigos como a árboles en un ciclón y sólo Vale Juan y Pedrico habían quedado vivos, para agrandar la venganza y no poder dormir. —¡Volvamos! –repitió Pedrico. —Digo que no –susurró Vale Juan–, y le repito que usted puede volverse. A mí tienen que matarme. Quedaron flotando las palabras. Pedrico, sin interrumpir el rítmico movimiento del remo, frunció la frente y rezongó: —No, Vale, o los dos o ninguno. ¡Eche pa adelante! Relampagueó. Un trueno se fue de bruces hasta el horizonte y se encaramó en la luna. Mientras las chicharras gritaban sus nostalgias, llegaron a las torrenteras. De un golpe rápido en el agua, Vale Juan empujó el cayuco hacia la ribera y lo escondió en el matorral. —Allí están –murmuró, señalando con la barbilla a luces débiles que se entreveían a un centenar de metros. A los oídos llegó el tañer de una guitarra y voces de hombres que discutían. Los dos negros, arrastrándose, iniciaron el avance, como raíces que al crecer se van moviendo en la selva. El andullo se amargaba en la boca del Vale Juan y las espinas, al clavársele en el pecho, en los brazos y en el rostro, no dolían ni quemaban, que no puede haber sensación cuando el alma anda empecinada en emociones. Se iban acercando. Los hombres tomaban formas concisas en derredor de una hoguera, las jumiadoras olían a esa distancia y la guitarra resumó lascivias en una canción de burdel.
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El campamento de los saqueadores celebraba su último crimen. Y Vale Juan y Pedrico estuvieron, de pronto, en el límite de la espesura, a varios alientos de la venganza. —¿Y ahora? –preguntó Pedrico. —Ahora nos aguantamos y pensamos –contestó el otro–, que Dios es grande… Sentía Vale Juan que la angustia, sólida, arqueante como un vómito, le subía por el esófago y se le prendía en el paladar. Cerró los ojos y pudo ver a su mujer, dormida por los balazos, rumbo a la eternidad, suplicando que perdonara. Y vio a los hijitos, desparramados como muñecos rotos, huérfanos de risas ante la muerte, y Vale Juan tuvo ganas tremendas de llorar. Se palpó el calzón y bajo él el cuchillo y en el cuchillo se le calentó la mano como en una caricia. —¡Malditos! ¡Malditos mil veces! –sollozó–. Os tengo que matar a todos para yo poder vivir. —¿Qué le pasa, compadre? –preguntó Pedrico. El compañero no pudo responder. Las lágrimas de macho salen sin ruido, jamás con prisas. Pedrico tuvo temblíos en su cráneo de coco maduro. Transcurrieron horas interminables. En el campamento crecía la borrachera y con ella la alegría y los desenfrenos. Habían llegado mujeres, negras vestidas de percal, mulatas aceitadas y ampulosas y la guitarra, los timbales y el balsié atacaban los merengues con compases rápidos, llenos de sudor y de ron. La luna, fatigada de tramontar, huyó tras las sierras. Ahora se acercaba la tormenta, queriendo llegar antes que el sol de la mañana. Grandes saetazos de luz ametrallaron el cielo, barridos luego por el bramar de los truenos. —Va a aclarar –advirtió Pedrico–, decidamos, Vale. —Rece, compadre, rece, que en seguida nos tiramos al degüello. —Entonces nos morimos –y en la voz de Pedrico hubo cansancio, hastío de estar vivo, deseo de terminar, sed de sangre, hambre de muerte… —Nos morimos, si la Virgen del Cerro1 así lo quiere –sentenció Vale Juan. Por las fisuras del bosque inicióse el danzar de la lluvia. Gotas flacas primero, rechonchas después, comenzaron a patinar en la hojarasca. Gallos lejanos interrumpieron sus buenos días mientras las sombras emprendían retirada. Los dos negros, aplanados y rígidos, reconocieron a nuevos latidos en los corazones. Vale Juan arqueó las piernas, extendió la mano diestra en la que ya ondeaba el cuchillo y dio de pronto un grito salvaje, agudo, como el de la bestia que va al sacrificio. —¡Ahoraaa! –gritó, mientras corrían hacia el campamento, donde nadie los esperaba. Los dos primeros en volverse hacia los negros no tuvieron tiempo de respirar, cayendo ovillados en la hierba. Vale Juan saltaba como un simio; Pedrico le seguía, asestando puñaladas que todavía la música del merengue no descubría. Pero repentinamente, asaltantes y asaltados quedaron rígidos. Fue una fracción de segundo o un segundo largo como siglo. En los pies la tierra había comenzado a bailar grotescamente y un bramido se levantó de la espesura. —¡Tiembra, tiembla! –gritaron hombres y mujeres. El bosque se alzaba como una bandera, los árboles se reunían y separaban, el río se salía de cauce, grietas oscuras rajaban el monte y succionaban lluvia y hombres, empavorecidos hombres y mujeres, tragados en la mueca de la naturaleza desbocada.
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La Virgen del Santo Cerro, imagen existente en un santuario de la Cordillera Central de la República Dominicana.

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—Virgencita mía –dijo Pedrico, arrodillándose–, ¡perdónanos! —¡Dios! –rugió Vale Juan–, déjame terminar con ellos… Pero el terremoto continuaba con mayor bastedad, desjarretando la savia de la tierra. Los borrachos caían en las zanjas, chocaban contra los troncos de los árboles, huían en vano. En un minuto sólo quedaron unos pocos, petrificados en el suelo por el terror. Y esos miraban a Vale Juan sin comprender. El cuchillo del negro también temblaba, pero de rabia, de desesperación, de impotencia. Sonó un tiro seco. Vale Juan abrió la boca y vidrió los ojos. En seguida se fue desplomando, como un ceibo abatido por un rayo. Después, el negro quedó muerto, de cara a la lluvia que le agrandaba la sangre sobre la tetilla, un muerto quieto y vencido, como todos los muertos, como todos los hombres que acaban de pronto su angustia y entran por la puerta de la eternidad. Pedrico corrió hacia su amigo, se abrazó al tórax de azabache y gimeteó sollozos que parecían de niño. —Pobre Vale Juan! –lloró–. ¡Pobre Vale Juan! Que Dios te perdone, como a mí… También le abatieron de un balazo. La tierra fatigada tornó a tranquilizarse, y la lluvia, amurallada en catarata, siguió cayendo con su canción aguanosa. A lo lejos, en la serranía, el sol no pudo alumbrar la sangrienta mañana de los muertos quietos.

Shirma
Allá encima del nevado, donde el hielo era transparente y las nubes revoloteaban en escuadrones, se clavaban, mañana a mañana, las miradas de Osvaldo el pintor. No podía evitarlo. Cuando, vuelto de sueños donde miles de paisajes celebraban danzas multicolores, Osvaldo abría la ventana y tragaba el aire de la sierra, la montaña siempre le hacía una mueca burlona y le invitaba a vivir. Era desafío y requiebro, intimación y huída. —Alguna vez –se decía– escalaré la cima y traspasaré a mis lienzos el albo resplandor que me enceguece. Pero aquello tenía en su magín la rapidez de un relámpago y Osvaldo, perdido en fiebres, medicándose con ocres, naranjas y verdinegros, viajaba por un cielo donde no había montañas y sólo rostros atormentados, hombres quejumbrosos y niños pidiendo pan. Osvaldo era indio, con cuarenta siglos de orgullo y sesenta mil años de piedad en el alma. Una herencia mágica le vino prendida en los dedos, mariposa creadora de luces y de sombras, madre de las angustias de su raza, más vieja que los volcanes, más hermética que los pedregales o los páramos. —Yo pinto –solía decir– como llueve en la selva o como hay olas en el mar. Si mis ojos se beben la vida, mi corazón siempre anda triste. Y mi tristeza es como el nevado: todos lo ven y nadie lo domina. Así nació en él, poco a poco, el deseo de definirse a sí mismo, de encontrar, de una vez por todas, la razón de sus temores y sus odios, de sus amores y sus ambiciones. Una noche fría de enero Osvaldo decidió hurgar el monte y sacar de los hielos alguno de sus misterios, o al menos aquél de ellos que debía pintar, si es que los misterios tienen color: Después, no recordaba exactamente qué ocurrió. Sabía que la cima no llegó a estar lejos y que el aire estuvo lacerante, un cuchillo que al perforar el pecho dolía con todos los dolores. Pero entre las rocas o la alfombra gris de la lava, vio por primera vez a la niña de
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tez aceitunada y cabellera dormida, de ojos fosforescentes y voz como gemido lánguido, confundible con el viento. —Shirma… ¡Shirmaaa! –la saludó en su lengua ancestral. Y cuando quiso besarla, preguntarla si se hallaba perdida, si precisaba de ayuda, la niña se esfumó en el volcán. El artista era hombre de mundo y tenía treinta baúles en la cabeza con treinta pedazos de vida como treinta novelas. Por eso a nadie habló de Shirma. No iban a creerle y todos, de seguro, hubiesen trocado en sarcasmo su cándido cuento. Y Shirma se le prendió en la curva del pecho, donde los pintores mecen su cuna de sueños. Osvaldo se hizo famoso. Su fama rompió la cordillera y paseó por ciudades llenas de luz y de vicio. La gente admiró la originalidad de sus cuadros, donde un rostro de niña aparecía siempre en mitad de otros rostros dolorosos, fuente de agua en mitad de una selva. —¿Quién es? –le decían–. ¿Dónde sacaste esa cara y esos ojos que, siendo dulcísimos, llevan tanta y tanta tristeza? ¿Dónde está, dónde está esta visión tuya que no podemos olvidar? Y Osvaldo sonreía, y aun los críticos que alguna vez le combatieran, declararon que la niña de sus cuadros era indudablemente genial y que el genio, besando la frente del artista, era el único responsable de aquel toque mágico, irreal y fascinante. Pasó mucho tiempo. Osvaldo viajó por el mundo entero y comenzó a envejecer. Su caminar, despacioso y reposado, sus ojos menos brillantes, sus canas prematuras, le dieron al fin un aire de neurótico, un matiz de hombre que conoce todos los caminos, los ha descrito hábilmente y no ha encontrado en ninguno a la felicidad. —Tienes en el rostro –le dijo alguien una vez– un paisaje angustiante, como de seguro es tu alma. Y Osvaldo no respondía jamás. Hubiese sido ridículo confesar que soñaba con la niña del volcán, que buscaba por doquier una cara de mujer que se asemejara a Shirma, la dueña de sus sueños y de sus pesadillas. Y mientras la seguía dibujando en los fondos de sus cuadros, su corazón sollozaba por ella. Un día decidió regresar a su país y no viajar más. Ante la consternación de parásitos y la incredulidad de íntimos, Osvaldo volvió a vivir tranquilamente en su casa de la sierra, nuevamente frente al blanco resplandor del nevado. —Aquí –se dijo el pintor– estoy cerca de Shirma y nadie podrá enturbiar mi amor por ella. Su atelier convirtióse en remanso y torrentera. Allí creaba quimeras y sueños, allí morían las horas en un concierto de pinceles, allí corría, ladeaba la cabeza, sudaba, giraba y se estremecía cuantas veces la imagen de Shirma quedaba presa en los óleos o en las acuarelas. Pero no fue feliz. Shirma, que era suya, se le iba en vagabundas rondas y él seguía vacío, sin una piel caliente en la cual dejar un beso o unos ojos donde posar blanduras y encalmar angustias. ¡Pobre Osvaldo el pintor! Era Dios un segundo y un pobre artista siempre. Fueron pasando los años de pláticas con el volcán, de amores con Shirma, la niña triste del nevado. Y un día llegó al atelier un mendigo que pedía monedas para comprar pan. Tenía una barba mal traída, dos manos largas y huesudas y un bastón nudoso, con el que golpeaba los senderos vacilantemente. —¿Qué quieres, anciano? –le preguntó el pintor. —Hablar contigo de penas.
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—Yo no tengo penas, soy alegre como el sol. Pinto cuadros hermosos que la gente compra. Dicen que soy brillante. La fama es mi esposa, el halago de los hombres llega hasta mi puerta. ¿Para qué quiero más? —¿No quieres a Shirma? Osvaldo sintióse temblar y miró al viejo de hito en hito. —¿Quién te dio su nombre? ¿Cómo sabes de ella? —Lo sé todo, pintor. Tu angustia es mi angustia, tu amor uno de los míos. —¿Qué puedo hacer, mendigo? ¿Cómo creer en ti que nada tienes, ni siquiera cuadros que se venden o críticos que te ensalzan? —La vanidad se me perdió en un camino, el dinero nunca me acompañó. —Sigue, mendigo, ¡te suplico! —Ven, Osvaldo, vamos hasta el volcán. Pocos saben el final de esta historia, porque pocos fueron quienes vieron a Osvaldo y al mendigo escalar la montaña. Como era noche cerrada y relampagueaba sobre la cordillera, los indios estaban acurrucados en sus chozas y los callejones de la ciudad sólo reflejaban una que otra luz mortecina, como velón de entierro de fraile. El pintor Osvaldo apareció muerto en el helero, con los ojos vidriados y fijos en alguna visión desconocida. Quienes lo encontraron afirmaron que había en su rostro una dulce y plácida sonrisa de paz. Era como si todas sus angustias y sus dolores hubiesen salido para siempre del pecho, dejándole un sueño final en el que todos los hombres atormentados y quejumbrosos huyeran de su camino y en su lugar dejaran un mundo maravilloso, sin dolores y sin odios, sin ambiciones ni envidias, sin niños pidiendo pan. De esto hace mucho tiempo. Con la muerte, los cuadros de Osvaldo andan por el mundo como gorriones dispersos por el vendaval y mientras su cuerpo descansa a la sombra de un ciprés, su fama ha crecido hasta los últimos confines del globo. Sin embargo, muy pocos, fuera de su pueblo natal, saben que en el atelier se encontró el día en que lo enterraban, un cuadro de niña con tez aceitunada y cabellera dormida, descalcita sobre un nevado blanco, caminando en las nieves con los brazos suplicantes y los ojos fosforescentes. Como es natural, el cuadro pasó a ser propiedad de los indios que tanto le amaran y hoy no se conoce exactamente dónde está. Empero, hay quien asegure que el cuadro viaja de choza en choza, manoseado respetuosamente por hombres y mujeres y que en las noches de luna, cuando el volcán resplandece, los indios le sacan bajo las estrellas y en los campos sólo se oye una plegaria rítmica y alargada: “¡Shirma! ¡Shiiirmaaaa!”

El geófago
He viajado bastante en mi vida. Han querido la suerte y mi carrera que mis andanzas fuesen numerosas, pero aún no he podido dominar o controlar civilizadamente la emoción que me causa un viaje en barco o por tren. Muchas veces me he preguntado si entre mis antepasados no hubo algún marinero o, por lo menos, el maquinista de alguna asmática locomotora. El caso es que a mí, cuando el paisaje se mueve, me baila el alma. Y aclaro todo esto para que no se ponga en tela de juicio por qué diablos me metí en aquel trencito, en aquella inolvidable noche de invierno y llegué a conocer a Tomás
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y a su mujer, la rubia Gladis. Recuerdo haber estado indeciso, en la tarde, de si tomar un avión o regresar a mi casa en auto. Como ambos medios de transporte son hoy en día de lo más vulgares, a mi se me ocurrió que el tren, aquel renqueante trencito de opereta, valía una mala noche y algunos malos ratos. Me inclino a creer que no hemos perdido todavía, los hombres empequeñecidos por la civilización, el sabroso placer de la aventura. La salida estaba anunciada en los pizarrones para las ocho, pero no fue hasta bien entrada la medianoche cuando tosió el convoy, rechinaron las ruedas y dejamos atrás la estación del balneario. Hacía muchísimo frío. La nieve cubría la comarca entera y se le helaba a uno hasta la digestión. Me parece que fueron dos las copas de coñac que ingerí en el restaurant para calentarme. La sinceridad, sin embargo, me obliga a decir que las tomé porque me gusta el coñac y no en busca de calor. Cuando me echaba al coleto la última, entraron Tomás y Gladis. Ella, alta, con una hermosura relumbrona y con el pelo horriblemente teñido, me desagradó desde un principio. ¡Para que hablen de atracción de los sexos! Además, considero que una mujer puede ser fea en cualquier parte de su anatomía, menos en su nariz, y Gladis tenía la nariz más dura, más grande y más desagradable que he visto hasta la fecha. Para colmo, aquel apéndice le servía de brújula, de norte, pues lo movía siempre segundos antes de hablar. Tomás, por el contrario, era la antítesis de su mujer, lo que en sí no es extraño; era, el infeliz, uno de esos hombres a quien lo del cero a la izquierda se les hizo a medida. Gesticulaba, comía, hasta pensaba, siempre y cuando le diera permiso su mujer… con la nariz. Como yo era el único pasajero que tomaba coñac, o mejor dicho, el único pasajero con inquietud suficiente para beber en esa noche, de inmediato le fui sospechoso a Gladis. Diremos que su nariz olfateó que era mala compañía para su esposo. La casualidad, esa vez en forma de barman deseoso de matar su aburrimiento con cualquier clase de conversación, nos amigó, aun a nuestro pesar. Así, sin ton ni son, una vez que Gladis ordenó para ella un vodka con limón y una limonada, bien dulce, para su Tomás, el Barman consideró que las murallas de Jericó estaban en el suelo y nos aunó a los tres. —Señores, la noche está que da miedo, –dijo. Pensé que lo que menos tenía él era miedo, pero dos coñacs, cuando uno viaja solo, tienen efecto impresionante y me sometí. —Da… –dije, y volviéndome a Tomás, pregunté–: ¿Van ustedes hasta Wilmington o siguen hasta Washington? —Seguimos a Washington –replicó y, en seguida, como un eco, Gladis aseguró–: A Washington… ¿El señor es extranjero? A mí me han espetado la misma pregunta en veinte países, pero nunca me supo a balazo, a trueno, a inquisición, como esa vez. Los ojos de Gladis, clavados en mí, parecían los de un investigador que acaba de descubrir a un microbio insignificante en el fondo de un tubo de laboratorio. Nadie podría criticarme si apuré mi copa de coñac y pedí, con énfasis, una tercera. Por cautela o precaución decidí suspender inmediatamente todo contacto con aquella singular pareja. Así, me volví hacia una ventanilla y me quedé mirando, sin ver, los copos de nieve que chocaban contra los vidrios, desintegrándose. Gladis sorbía lentamente su vodka y Tomás su limonada. El trencito proseguía su marcha. Tomás comenzó a dormitar con los ojos abiertos.
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—Es preciso –oí decir a Gladis en voz baja– que aprendas a no familiarizarte con extraños. Un día vas a tener un disgusto. —Pero, mujer, ¿qué de malo hay en hablarle a otro viajero? –Y el hombrecito se llevó los dedos al cuello, como ahogándose. —¡No me discutas! ¡Eres un cándido! Pasaron unos minutos. El barman, convencido de que éramos tres irreconciliables, nos había dado la espalda y puéstose a limpiar, con olímpica elegancia, las copas del vasar. Con los años he descubierto que habría mucha más inteligencia en el mundo si todos los hombres tuviésemos siempre a mano un vasar lleno de copas y vasos vacíos para limpiarlos cuando alguien no nos agrada. O para tirarlos –se me ocurre ahora–, a la cabeza de algunas señoras como Gladis. Me entraron unas ganas tremendas de charlar. Fueron cosquillas incoercibles en la punta de la lengua que no calmaban ni el cigarrillo ni el coñac. Y me metí en honduras. —La marcha de este tren –aventuré–, me recuerda la de uno en el cual viajé hace años, de Quito a Guayaquil, en Ecuador. —¡Muy interesante! ¿Y por qué? –preguntó Tomás, con el rostro iluminado, como un chiquillo a quien le ofrecen un chocolatín que la madre le tiene prohibido. —A mí no parece –intervino, tajante, Gladis–, pues he oído decir que en Sur América hay indios y aquí no. —Señora –afirmé yo, con la misma sensación de quien pincha, en la escuela, con un lápiz, al compañero que menos nos gusta–, los indios, aunque a usted le cueste trabajo creerlo, son de lo más simpáticos. —¡Je, je! –rió Tomás, con una risita que fue un grito de independencia. Gladis se quedó rígida y bermeja, como un tomate al que van a convertir en jugo. —¿De qué ríes, tonto? –dijo–. ¿Cuál es la gracia? Este señor sin duda es medio indio y le encanta hablar de ellos. —Señora, soy indio del todo –respondí, pidiendo mentalmente perdón a mis padrecitos baturros. —Usted, ¡indio! –y Tomás se paralizaba de estupefacción. —No un piel roja, pero en fin, un indio con corbata que bebe coñac –me vi obligado a afirmar. —El señor es un guasón –amonestó Gladis–. ¿Cómo puedes creer tontería semejante? —Le aseguro, señora –insistí yo maliciosamente– que no guaseo. Además de indio, soy geófago y experto en problemas metapsíquicos, mis ojos son estemáticos y cultivo la anaptixis. Gladis se irguió en su banqueta, Tomás sonrió y el barman dejó caer una copa. Tuve la sensación que seguramente experimentó el mariscal Ney en Waterloo. Tomás, con una candidez desconcertante, exclamó: —¡Es! ¿Quiere usted repetir? —Imposible –aseguré–, porque a mi mismo me costaría trabajo. Nosotros los indios expresamos nuestro pensamiento una sola vez. Tomás pidió otra limonada que, no sé por qué, presumí cargada con ginebra por el barman, como para unirnos todos en contra de Gladis. Ella, mientras tanto, habíase quedado mirando hacia las ventanillas, como si la nieve estuviese de pronto, de lo más desconcertante. Así estuvimos un rato largo, ensimismados en nuestros vasos y en nuestros pensamientos. De pronto Tomás dijo:
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—¿Sabe usted una cosa? Cuando lleguemos a Washington, voy a querer que nos dé una conferencia en nuestra escuela. —Amigo, los indios no dan conferencias. Las escuchan. —No importa, será usted el primero. ¡Ande!, le pago otro coñac. Después, sé que Gladis abandonó olímpicamente el bar y que Tomás, el barman y yo entablamos una charla caliente y efusiva, como la de tres náufragos abandonados en una isla desierta. Reímos juntos, nos ofrecimos préstamos, casas, autos, medicamentos contra el reuma, teléfonos de chicas lindas, amistad y consuelo eternos. Y decidimos, casi al final, cuando amanecía, que un mundo sin Gladis, sin mujeres con narices grandes y pelo teñido, sería indudablemente un mundo mejor. Tomás, con lágrimas en los ojos, me abrazó, como si yo fuese el libertador de todos los hombres oprimidos. Y yo me lo creí, sin pensar que Tomás había ingerido cinco limonadas con ginebra. Llegamos a Washington cuando clareaba el sol sobre las cúpulas de los edificios gubernamentales y las riberas del Potomac. En el andén de la estación Tomás me abrazó efusivamente, Gladis me estrechó la mano con friura y ambos se fueron en un taxi amarillo. Pasaron unos meses. Una noche, en el fover del Statler, me los volví a encontrar. Tomás caminaba erguido, hasta con desplante, mientras Gladis parecía seguirle humildemente. En un principio no comprendí y me quedé mirando a ambos, abobado. Fue Tomás quien, agarrándome por el brazo, me dijo al oído: —¿Cómo está el indio con corbata que bebe coñac? ¡Cuánto le hemos recordado! —Muchas gracias –repliqué–; yo a ustedes también. —¿Querrá creerme que mi mujer es otra desde que charlamos con usted en el tren? –dijo Tomás. —¿Cómo así? —Esa mañana, cuando llegamos a casa, busqué un diccionario y después de enterarme de lo que es un geófago, decidí convertirme en tal. ¡Gladis casi se muere del susto! Desde entonces ni me contradice ni me vigila. Es una santa. Evité una carcajada, remiré a ambos y le pregunté a Tomás, bajando mi voz: —¿En serio que ha comido usted tierra? —¡No, hombre, no! ¡Pero mi mujer tiene un miedo de que lo haga! Y nos despedimos, sin que Gladis levantara los ojos de la alfombra. Me dio pena, y lástima. Ya ni siquiera su enorme nariz se atrevía a dirigir a Tomás. Y él, orgulloso de su independencia, me lanzó como adiós: —¡Fíjese que hasta entiendo de problemas metapsíquicos…!

Los ojos en el lago
Salí del Llao Llao. La noche comenzaba a enfriar y el lago parecía de vidrio, un espejo recortado por los cerros abruptos. El viento me golpeaba en la cara y los grandes árboles parecían invitarme a la caminata nocturna. Tomé el senderillo que bajaba hacia la orilla del lago y muy pronto las luces del hotel y el ruido isócrono de la orquesta que hacia música de baile quedaron atrás. De muy lejos oí el suave bramido de un motor de yate que cruzaba el Nahuel Huapí. Estaba al fin solo frente al Ande, con esa agradable soledad que dan los propios pensamientos.
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—¡Eh, patrón! La voz venía del lago, del agua o de la noche, quizás de la montaña misma. Me detuve y hurgué en la oscuridad. —Aquí, patrón, aquí –repitió la voz, cascada y ronca. A pocos pasos de distancia distinguí al fin al vejete, sentado en la grama, con una humeante pipa en la boca, tocado de gorra, vestido con suéter y calzones estrechos. De no haberme hablado pude confundirlo con un tronco más. —Buenas noches –saludé. Muy buenas –me dijo y en seguida, sin sacarse la pipa de la boca, me invitó a sentarme a su lado. —Me aburría –expliqué innecesariamente–, no hemos venido a Bariloche para llevar la misma vida que en Buenos Aires. ¿No le parece? —Me parece, patrón –asintió–, pero muy pocos lo comprenden así. La gente huye en el verano de las ciudades y se viene al campo o se va a la playa a hacer exactamente lo mismo que en las ciudades. Bailan, beben, trasnochan, se fatigan más todavía. —Habla usted –le dije– como si nos criticara. —¿Criticar, patroncito? ¿Quién soy yo para criticarlos a ustedes, los señoritos? Además –y el tono de su voz adquirió de pronto una sorna tenue–, de los patrones vivo yo. Me pagan bien por llevarlos a pescar, por recorrer los lagos, por trepar a los cerros. Callamos un rato largo. De pronto perdí yo todo interés en conversar y la contemplación de las montañas, bajo el luar de febrero, me fue más grata que la charla aguda del vejete de la pipa. Motas de nieve inderretible, prendidas en las cumbres, se enjuagaban con la claridad de la noche indescriptible. Temblé repentinamente con un escalofrío, confundido quizás con la grandeza de aquel paisaje fueguino que jamás olvidaré. —Le conmueve –oí al anciano a mi lado–, a usted, a mí, a todo hombre con alma, con corazón o con recuerdos. Este paisaje lo hizo Dios para recordarnos cuán pequeños nacimos y cuán pequeños moriremos. —Cierto –respondí, sin quererlo–, me conmueve en extremo. Estos cerros tajantes, como cortados con cuchillo, esta luna translúcida, estas aguas sin fondo…, no puedo compararlos con nada… —Por eso, patrón, estoy aquí –dijo el viejo–, y si no le molesta, le cuento. —Cuénteme usted –asentí–, que me interesa. —De mozo, patrón –comenzó el viejo, vaciando la pipa y volviendo a llenarla de tabaco, que había sacado hábilmente de una bolsa– de mozo fui rico, tuve mujeres, todas las que quise… Viajé desde el Plata hasta la India, desde Belgrado a Vladivostock, desde Islandia hasta Borneo. Era yo uno de esos marineros para quien la única felicidad está en el mar y no en tierra, para quien un amor o unos besos saben mejor recordados desde la popa de un buque, cuando la estela, al ensancharse, nos va alejando de tierra más y más, separándonos para siempre de un momento inolvidable. —Buena vida la suya –no pude dejar de decir. —Pues fue, patrón, fue así no más…, durante años, de mocedad y de madurez, sin cansarme de ella nunca. Amé mucho, patrón, hasta que de puro cansado el corazón no era mío. Y siempre quería más, como si en cada playa la mujer fuera más hermosa que en la anterior. El viejo mordía ahora la pipa duramente, pues sentí sus dientes rechinando sobre la madera y el humo, a borbotones, saliendo de la poza y calentándome la cara. Le miré
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fijamente. Me parecieron sus ojos, bajo las cejas gruesas, dos ascuas encendidas por un fuego –Mas un día, patrón, llegó una playa y en ella una mujer. ¡Je, je! Como si no hubiera millones de mujeres en el mundo esperándome, me enamoré de una solita, misterioso. Como un borrego, necesitaba sus besos y los de nadie más; como un imbécil, me la enterré aquí –y se golpeó el pecho– y no me la pude sacar. ¡Y traté! Agarré un carguero y me largué a Australia, me bebí mil botellas de whiskey, trasnoché durante meses, me hundí en una orgía que me hiciera olvidar. ¡En vano! El hombre nace, ama y muere una sola vez: es ley, patrón. Quien diga lo contrario, miente. —Sin embargo, todo hombre civilizado se jacta de haber tenido muchas veces el corazón empeñado –me atreví a disentir. —De la boca afuera –contestóme el viejo– somos tenorios; de la boca adentro llevamos todos prendidos a una novia buena y dulce que nos amó de muchachos o a un amor duro y difícil de la madurez; pero convénzase, patrón, sólo se ama una vez. Las palabras roncas y despaciosas del anciano iban cayendo musicalmente en mis oídos, mientras la noche danzaba sus galas con el Ande y los lagos. El zumbido del yate retornaba, vibrando entre los copudos eucaliptos, los olmos y los cedros. —Un día, patrón, me convencí de lo inútiles que eran mis esfuerzos en olvidar a Irmgard y regresé, más viejo en mis canas, más enclenques mis rodillas de alcohólico, todo lleno de parches el corazón resquebrajado. Miré al viejo y no sé por qué presentí dos lágrimas en sus entrecerrados ojos. Evité así su mirada y le alenté a seguir. –La historia ya no se alarga, patroncito –prosiguió–, porque cuando volví por ella, mi Irmgard estaba muerta. ¡Muerta, patrón, muerta como los ruiseñores que mata el frío del invierno! Sólo que a Irmgard la mató mi amor. ¡Y yo de bruto huyendo de ella! ¡De bruto, patrón, de brutísimo…! —Pero entonces, ¿por qué vino usted tan lejos? ¿Qué le hizo buscar a Bariloche y el Nahuel Huapí como refugio? –pregunté. —Porque en las aguas de los mares y de los ríos que he conocido, siempre me imaginé ver reflejados los ojos de las mujeres que me amaron y en las aguas del Nahuel Huapí sólo se reflejan los ojos de mi Irmgard. —¿Únicamente los de ella? —Sólo los de ella, patrón, solitos y tristes, como invitándome a seguirla en la muerte. En lo alto del cielo, por encima de la cordillera gigantesca, explotó un trueno lejano, que fue luego huyendo por el horizonte. La luna, tímidamente, se acostaba en dirección de la pampa. —¿Se llamaba realmente Irmgard la moza de sus amores? –pregunté. —¡Ah, patrón! –aclaró el viejo, alargando interminablemente las palabras, como si le dolieran–, eso es cosa mía, y de mi corazón. El nombre de Irmgard me ha gustado siempre, pero el nombre de mi amada no se lo digo a nadie. —¿Y por qué? —Porque a lo mejor es ésa la condición para que yo vea, noche a noche, sus ojos en el lago. Es nuestro secreto, que me llevaré a la tumba, cuando Dios me pida estos huesos prestados o cuando yo suba detrás de la luna, en el humo de mi pipa. Me levanté y quise dar unas monedas al viejo, que fueron rechazadas. Di las buenas noches y caminé de vuelta al hotel, donde las luces del comedor y del salón de baile se
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apagaban. Subí por el jardín y, antes de retirarme, contemplé por última vez el Nahuel Huapí. Los ojos en el lago no quisieron mirarme…

Ñico
Yo tenía ocho años de edad cuando mi madre decidió pasar una temporada al lado de mi abuela, en la hidalga ciudad de Santiago de los Caballeros, en el Cibao. Recuerdo que salimos de la capital –entonces Santo Domingo– en una mañana húmeda de enero y arribamos al hogar de mi inolvidable mamá Teresa esa misma tarde. La llegada fue memorable. Ivonne, mi hermana, bufaba de hambre y yo, aun gastándomelas de caballerito, mostré rebeldía a los besos y los mimos con los que me recibieron mis parientes. Nos zambulleron en la cama al toque de oración. Hoy, no obstante los años transcurridos, guardo todavía en mi memoria la imagen de mamá Teresa, paliducha y huesuda, murmurando las palabras del Santo Rosario y sonriendo, de vez en vez, en cuantas ocasiones reparaba en nosotros. Al amanecer me despertó un coro de sonidos para mí inexplicable. Imaginé rugidos de leones, estornudos de elefantes y en las voces que al través de las paredes de madera llegaban a mi oído, creí reconocer las de algún pirata salgarino, de aquellos que ya para esa época conocía yo tan bien. Así, ¡gran decepción la mía al salir luego al patio y no encontrar otra cosa ni otros seres que unos cuantos negros campesinos y una recua de burros y caballejos! Mi tío Miguel Ángel poseía y regenteaba una farmacia, aledaña a la casa. Desde el patio se podían ver los anaqueles, repletos de frascos multicolores y a mi tío, de negro bigote y reposado caminar, hurgando allí y acá, con aires para mí de lo más misteriosos, con ese misterio que el mundo adquiere para los ochoabrileños, como era yo entonces. —Ven, sobrino –me dijo al divisarme–, quiero presentarte a unos amiguitos. Me tomó de una mano, abrió una puertecilla que en el muro del patio había e irrumpimos en el solar colindante. Allí vi más animales y más negros, oí más piafar de bestias y decires campesinos. Tío Miguel Ángel silbó cabalísticamente y surgieron de detrás de un mango un par de chiquillos, con pistolas al cinto y arrogancias de caciques. —Raymundo y Manuel –dijo mi tío–. Son tus vecinos y debes jugar con ellos. Formamos de seguida un conciliábulo, en el cual se decidió que para ser yo un capitaleño no estaba del todo mal. Raymundo me prestó una de sus pistolas y me anunció: —Eres raso, ¿me oyes? Manuel es el capitán y yo el coronel. Tienes que obedecernos. Aquello no fue muy de mi agrado y un rato más tarde le endosamos a mi hermanita Ivonne los deberes de un soldado raso y yo quedé ascendido a teniente. ¡Las cosas no iban tan mal! Sorteamos, entre los dóciles burriquitos presentes, al que sería mi Rocinante. —Ahora –me ordenó Raymundo–, tienes que montarlo. Admitir que no sabía hubiese sido imperdonable de mi parte y así, ante los alaridos de espanto de Ivonne, salté sobre el lomo de la bestia e iluminé mi rostro con destellos de héroe o de conquistador. El burro, que era muy burro, no estuvo de acuerdo y comenzó a lanzar coces. Volé por la primera vez en mi vida, cerrando los ojos en espera de un golpe morrocotudo. ¡Pero no caí! Algo suave y acojinado detuvo mi vuelo y cuando abrí los ojos me encontré en brazos del negro Ñico. —¡Negro Ñico! –exclamaban a coro Manuel y Raymundo.
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—¡Muchachitos malos! –dijo él. ¿De quién fue la idea de montar a mi burro Colasín? ¿No saben todavía que es indomable? El negro Ñico me colocó tiernamente en el suelo y me miró. Después a mi hermanita, quien, mujer al fin, lo examinaba con recelo. —¿Cómo os llamáis? Nos presentamos como mejor pudimos y el negro Ñico nos hizo sentar a todos bajo el mango. ¡Negro Ñico! Era muy flaco, de barbilla salida como una aguja, ojillos escondidos y curiosamente verdes, pelo hirsuto y casi del todo blanco, pecho y brazos simiescos. Se movía lentamente, agitaba sus manos a cada palabra y no pasaba un minuto sin que exclamara esta frasecilla, que era como una clave de su humor: ¡Uay ombe! Aquella mañana se inició nuestra amistad, amistad que debía durar todo el tiempo que estuvimos en Santiago. El negro Ñico era, de lo que luego he ido hilvanando, personaje muy discutido en el pueblo y en los campos. No era dominicano, pues hablaba el castellano castizamente; no era campesino, que sus manos sin callos jamás realizaron faena dura. Pero el negro Ñico siempre tenía dinero, lo gastaba a manos llenas y nunca hizo daño a nadie. Y por sobre todo, el negro Ñico, con sus cuentos, entretenía a nuestra pandilla de aventurerillos, para tranquilidad y reposo de mi madre, mi abuela y mi tío. ¡Por eso el negro Ñico podía entrar y salir como le viniera en gana! —Con lo único que no estoy de acuerdo –solía decir mi tío Miguel Ángel– es con las historietas que Ñico le hace a los niños. Eso no está bien. ¡No debes creerlas! –me advertía–. Son una sarta de mentiras. —Déjalo en paz –ordenaba mamá Teresa–. ¡Ya descubrirá José Mariano mentiras peores en la vida! Y así, consentido por mi abuelita, con mi madre haciéndose la sorda y mi tío resignado, el negro Ñico siguió brindándonos ratos inenarrables bajo el frondoso mango del patio. El único inconveniente era Ivonne. A mi hermanita no le interesaban los cuentos del negro Ñico y cuando él comenzaba a hablar, ella tomaba una de sus muñecas y se iba al más lejano rincón del patio. Desde allí, sola y herida, nos miraba con indiferencia olímpica. —Es mujer –comentaba el negro Ñico–. ¡Déjala en paz! ¡El mundo sería tan agradable sin las mujeres! Y Ñico alzaba sus manos y hablaba, hablaba por los codos, por la camisa, por los ojos. Relatábanos correrías por los montes, él en comando de una guerrilla de revolucionarios que siempre ganaba la revolución; de su entrevista con el “Presidente”, cuando Su Excelencia le ofreció un puesto de capitán que Ñico –¡negro astuto!— no aceptó, por no comprometerse con las amistades de los otros partidos. –Yo soy un caso único —decíanos–, yo soy negro de pelo en pecho. —Y eso, ¿qué es? –inquiríamos abobados. —Para ser de pelo en pecho hay que haber peleado mucho y no tenerle miedo a nada ni a nadie, como yo. —¿Tú no le tienes miedo a nada? –preguntaba Raymundo. —¡A nada! –aseguraba Ñico–. Cuando la guerra de Puerto Rico yo solo maté a veinte hombres. —¿Veinte? –y abríamos la boca de a vara. —Creo que treinta, o más. Y en Venezuela fui a pie desde el Orinoco hasta Panamá. ¡Uay ombe! Yo he nadado desde Higüey hasta Ponce.
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Luego, con los años, ante el mapa de América, iba yo a descubrir que las hazañas de Ñico superaban las de todos los héroes griegos y romanos. Pero entonces no había estudiado cosas tan complicadas y Ñico fue adquiriendo en mi cerebro las proporciones de un ídolo. Un ídolo tan humano como sólo puede crearlo un niño. —¡Cuántos años tienes, Ñico? –le pregunté un día. —¡Uay ombe! ¡Eso sí que no lo sé! —¿Y por qué, Ñico? Mi vida es muy complicada, muchacho. Gente como yo, que ha vivido en todas las islas del Caribe, no puede pensar exactamente cuándo nació. Madre decía que en el sesenta, padre que en el cincuenta. ¡Uay ombe! Podré tener ochenta años, pero me siento más fuerte que un toro de dos años. —¿Y de dónde sacas tanta plata? –guiso saber Raymundo, quien con sus doce años no creía a pie juntillas a Ñico. —¡Hum! –exclamó el negro–. ¡Esa es historia larga! Pero se las voy a hacer. Eso sí, me guardan el secreto. ¿Entienden? —¡Claro, Ñico! –juramos al unísono. —Bien… –comenzó–, cuando yo era pirata… —¡Pirata! –exclamamos. —¿No se los había dicho? ¡Claro que fui pirata! Me enrolé en una banda de ingleses que vino a Puerto Plata en el ochenta y cinco y en tres asaltos que dimos llegué a capitán. ¡Uay ombe! Si ustedes hubieran visto si negro Ñico con un puñal en la boca, gritando desde proa: “¡Enemiiigo a la vista!” Yo solito decidí una batalla frente a Mayagüez y Juan el Terrible… ¡Ese era mi Jefe…! Pues me dijo: “Ñico, tú eres el más bravo de mis bravos. Quiero regalarte mil pesos oro y nombrarte mi segundo”. Yo me rasqué la cabeza y le dije: “Juan, muchas gracias, pero no puedo aceptarle el nombramiento. Ñico no se puede amarrar con una obligación”. —¿Y qué dijo Juan el Terrible? –interrumpíamos sin aliento. —Juan me miró asombrado, escupió cinco veces, para quitarse la mala suerte de una negativa como la mía, y dijo: “Sabe, Ñico, que a otro lo hubiese hecho colgar del palo mayor, pero a ti debo perdonarte. Puedes irte. ¡Te ragalo dos mil pesos oro en vez de mil…!” Y yo me fui, sí, señores. Agarré un bote de vela y fue cuando me vine para Samaná. Y allí… –añadió, bajando la voz y alzando las manos al cielo–, en un islote que nadie conoce, escondí mis morocotas. ¡Je, je, je! Me puse a trabajar y gané más… y más… y llegué a ser el hombre más rico de Samaná, pero como era negro, un blanco gringo me quiso robar… Y entonces fue cuando yo encabecé la revolución del ochenta y ocho. ¡Que ganamos, uay ombe, que ganamos…! —Entonces, fue cuando me metí a contrabandista, el mejor de todos los contrabandistas desde La Habana a la Martinica. Vendía ron, quinina, piedras preciosas… De todo un poco. Un día me apresaron, en la Florida, pero escapé y trabajé de pescador en el Golfo de México. Adquirí miles de perlas, que luego vendí a precios fabulosos en Nueva Orleans… Y el negro Ñico, flexuoso y elástico, hablaba de todas sus hazañas, hazañas en las que él era el único vencedor. ¡Gran Ñico inolvidable! Una noche nos dijo mamá que regresábamos a casa. Ivonne comenzó a saborear la idea de volver a sus muñecas y sus amiguitas, al parque de la capital, los bombones, los autos, pero yo no pude dormir, febril y preocupado. Irme de Santiago, ¡cuando ya era coronel de
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mi pandilla! ¡Dejar a Ñico y sus cuentos! ¡Y lloré sobre mi almohada!, lloré con desconsuelo al comprender que se terminaban los veinte días más felices de mi vida. Por la mañana nos despertaron muy tempranito, mamá Teresa nos acicaló con cuidado y nos atiborró de dulces y golosinas; mi tío Miguel Ángel hasta me regaló un frasquito, lleno de un líquido verde, que siempre ambicioné poseer. Mas nada de eso me consolaba. Cuando llegó el supremo momento de la despedida, se me aguaron los ojos y busqué en mi derredor… ¿Dónde estaba el negro Ñico? ¡Ah! Al arrancar el auto con mi madre, mi hermana y yo, el viejo negro, jinete en su arisco Colasín, apareció a la vuelta de una esquina, alzó su mano diestra en un saludo rítmico y gritó: —¡Adiós, mi comandante, adiós…! Han pasado muchos años. Yo nunca volví a ver a Ñico ni a escuchar sus sabrosas historietas. Cuando la vida me enseñó lo que es verdad y es mentira, hubo en mí cierta rebeldía al pensar en Ñico. ¿Ñico embustero? ¡No! Ese negro bueno, ese negro de gran imaginación, no fue nunca un embustero. Aunque mi tío Miguel Ángel o mi hermana Ivonne ni siquiera lo recuerden, yo sé que el negro Ñico está en el cielo, esperándome impaciente con nuevas historias y quizás… –¿por qué no?– dispuesto a saludarme, a mi llegada, con un estentóreo: —¡Salve, mi comandante José Mariano, salve…!

El feo
El mayor enemigo de Cándido era el espejo. Nunca quiso, compasivamente, cambiar su nariz de albóndiga, sus cejas tupidas como bigotes, su mentón prognático, sus ojos tan pequeños que costaba trabajo encontrarlos en la cara repelente. Pero el espejo también había sido, en la vida de Cándido, un enemigo silencioso, con quien se podía conversar de todos los temores y las ansiedades, a quien se podía hacer confidencias, el único que jamás respondió con evasivas o estalló en carcajadas ante su grotesca cara de payaso. Y el espejo, para Cándido, fue el único leal compañero en los años de soledad y de desesperación. Cándido era viejo ya. Sus memorias, pocas y estrechas, podían guardarse en un solo bolsillo del corazón. Su miedo, tu timidez, sus vacilaciones, habían llegado a los cincuenta años como cachorros cansados de jugar a solas. Y su ansia de amar seguía en Cándido como un animal enjaulado, ansioso de salir a la luz del sol. Porque Cándido no conocía el amor. Tenía leídos muchos libros y registrados muchos suspiros, recordaba noches de insomnio y mañanas vacías, mañanas sin besos y sin palabras de mujer, pero el amor siempre estuvo en la mesa de al lado, siempre pasó por la acera de enfrente, o se sentó en la butaca de atrás, o se entró en la puerta de la casa que no era la suya. Por eso la vida de Cándido no era una vida digna de contarse y él no se atrevió jamás a compararla con otras vidas que pasaron a su lado. Era la suya una vida pequeña y apagada, una vida casi dolorosa, casi desesperada. La recibió del vientre de su madre y cuando ella lo dejó huérfano, Cándido quiso encontrar en su padre aquello que no podía definir, aquello que no se reía de su nariz ni de su cara, aquello que abría los brazos o bajaba hasta su frente y suspiraba, aquello que debía ser la bondad. Pero su padre huyó de él avergonzado. Como era hombre, consideró a Cándido un engaño o un castigo, nunca como a un hijo. Y Cándido vivió solo, únicamente acompañado por su fealdad.
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Cándido era profesor. En las aulas su talento, un talento construido con el tesón y el tiempo necesarios para derribar al más viejo de los árboles, era respetado y temido. Durante sus clases nadie podía reír del feo, porque el feo sabía más que todos los alumnos hermosos o las alumnas bellas. Y así navegaba Cándido su existencia, un viejo y renqueante remolcador, carcomido por aguas que de seguro terminarían un día en el olvidado puerto de la muerte. Hasta que una tarde, a Cándido se le ocurrió sentarse en un banco del parque que circundaba la universidad y dar de comer a las palomas. Oscurecía. Platos de sombras rellenaban el mantel del cielo y en las casas de la ciudad los hombres se lavaban de sus encuentros con el odio, la ambición o la maledicencia de otros hombres. La mujer que caminaba por el parque era bella, con la misma belleza que Cándido había idealizado, con la belleza de los cuadros que colgaban en las paredes de su casa. Cándido se estremeció cuando la desconocida tomó asiento al lado suyo, en el banco rodeado de palomas hambrientas. Cándido esperó. Sabía que ella, en el reojo de sus ojos zarcos, miraría hacia él y reiría, con la risa que todas las mujeres siempre regalaban al feo. Sabía también que una vez constatada, su fealdad la ahuyentaría y la vería marchar parque abajo, sin comprender que aquel hombrecillo sólo pedía unas palabras de misericordia o un saludo, un simple saludo que abarcara el tiempo, las palomas, el atardecer, un saludo que sin entrar en la amistad tocara siquiera el conocimiento. Pero no ocurrió así. Ella lo miró y lo remiró. Luego le dio las buenas tardes. Cándido, al contestarles temblaba como quien se zambulle en el mar por la primera vez. Y habló con la mujer. Sus palabras tropezaban, llegaban cojeando, pero salieron de su boca como chiquillos en vacaciones. —Me gusta el parque, me gustan los árboles, el rumor de las cascadas, el silbato de los guardas, las niñeras que se besan bajo los cedros, el ciclista que pedalea, el jinete y su arte difícil, hoy desusado… Cándido calló. Aun queriendo continuar, tuvo el valor de cerrar los labios y esperar que ella dijera algo a cambio. Como era su primer diálogo con una mujer en el parque, Cándido se sentía más feo que nunca, como si tal cosa fuese posible. —¿Usted es poeta? –preguntó ella. —No –le dijo Cándido–, no he podido hacer versos. Esa clase de belleza nunca pudo tocarme. Se sentía repentinamente fuerte y desafiador. Si aquella mujer, quizás por equivocación, llegó para romper su círculo de soledad, él podía provocarla, restregándole la amargura en la cara, por si quería irse ya y dejarlo tranquilo, dejarlo con su nariz de albóndiga y sus años cansados. —Sin embargo –contestó la mujer, derribando un poco la altivez de Cándido–, da usted de comer a las palomas. ¡Y las palomas son tan amigas mías! —Y mías –admitió Cándido–, ellas me conocen, ellas no me tienen miedo. La mujer sonrió con una sonrisa gastada y tranquila. Luego metió la mano en su bolso y sacó migas de pan, que regó por el césped. Cándido se agarraba a su paraguas, hacía girar su sombrero hongo en las manos, miraba al cielo, a uno que otro árbol. —¿No será que las palomas han querido reunirnos? –preguntó ella–. ¿No querrán presentarnos en esta tarde? ¡Hace tanto frío!
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se marchara para siempre del banco del parque. —No. con las manos de uñas largas y con venas azules. En otra ocasión. con los ojos grandes e inquietos. que casi era un hombre normal. casi mordida en un gesto de impotencia y de desesperación. Sí. Por eso. ¿Le gusta mi nombre? Cándido gustó de él y sintió que le gustaba su dueña. amigo mío. Cándido medía el rostro ovalado. porque los besos colocados en las mejillas de su madre habían sido regalos. Los niños y sus niñeras de seguro dormían. hablándose de cosas que. Cándido y Rosalía conversaron en el banco del parque durante muchas horas. por intrascendentes. como adivinara. Y mientras ella hablaba. borraban en Cándido todo recuerdo de amarguras. sacó un cigarrillo. —Yo nunca he amado –le confesó Rosalía–. las palomas gozan más en libertad. rumbo a las ramas de los sauces. con el pelo recogido en un moño. con una conversación tumultuosa. ofreció uno. —Cuando yo era niña –dijo ella–. donde sólo las palomas gobernaban y los hombres todavía eran desconocidos. ¡Un beso! ¿Por qué no conseguir un solo beso de aquella mujer que no amaba a nadie? Él jamás había besado. ¡Cómo gustaría de llevármelas a casa y darles todo el dinero que mamá me dejó! —Hágalo usted. que nos arropa. que nos consume. El río continuaba corriendo hacia el mar. repleta de dientes ennegrecidos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Cándido y la mujer se acercaban. como las fisuras de una pared mal encalada. las palomas son mis compañeras. discutía con su corazón el lugar exacto dónde poner sus labios. Les parecía que la ciudad se había alejado y que ellos dos solos presidían un mundo silencioso. sin mentón prognático. aunque ella se levantara y. podía poner sus labios calientes en la cara de Rosalía y conseguir un beso. Las palomas se habían ido. Al inhalar la primera bocanada. que ella no aceptó. El policía examinó su uniforme y continuó su ronda. ¡Nos conocemos tan poco! Pero ella no se fue. pasase lo que pasase. Su fealdad también se había marchado. sin despedirse. 246 . Todavía no tuvo el coraje ni el valor de confesar. Todavía estaba lejos la ciudad. se le quedó apretada. con sus hombres apresurados y sus mujeres que reían. el amor es una nube que cubre el mundo en que vivimos. mi madre no quería dejarme venir al parque ni dar de comer a las palomas. transparentes. En el parque se sienten mejor. mi casa es pequeña. sería hermoso –admitió Cándido. Y el espejo del cuarto de Cándido no podría imaginarse que el feo. con su cielo lleno de hollín y sus autos veloces. ¡El beso de una mujer! Se estremecía de pensar que con sólo inclinarse. en el horizonte. en esa noche. donde sólo los cerezos y los sauces podían hablar. Aunque ella se volviese y le quemase con un bofetón. Para mí el amor es un sentimiento que no puede darse a nadie. con el día muerto. era el más feliz de los hombres. Además. su pecho se expandió sosegadamente. cejas como bigotes y ojos pequeñitos. con sus migas de pan en los picos. —¿En qué piensa usted? –preguntó ella. Cándido se abrió el sobretodo. detrás de la nuca tersa y llena de lunares. —¿Querría cenar conmigo? –invitó Cándido. Sus ojos se replegaron. La noche vino a ellos repentinamente y en el parque las farolas perforaron un poco la neblina. cerrar los ojos y darle gracias a Dios. le pediría un beso. —No podría. Le preguntó a ella cómo se llamaba. murmurando en las riberas. desde que ella murió. —Rosalía –contestó–. por sorpresa. y su boca. Cándido se sintió egoísta y ambicioso.

Frente a frente. en derredor de una ambulancia. Nada dijo. Por el contrario. Rosalía. sin embargo.J. Le puso luego ambas manos en los hombros. Así. —¡Gracias. Y no me pregunten ustedes por qué sé yo cuando un loro es distinguido o no. muy bien. Cándido abrochó su sobretodo. —Volveré. sus amigas y mis amigas. Sisebuto no se mostró parlanchín. recamadas con la luz de una farola. un solo beso suave y tibio. No sonrió. eso es lo único que le pido. cuando mi amigo levantó la voz para imponerme un juicio suyo. Sisebuto asistió a nuestra conversación con bastante decoro. se la tragó la neblina. un beso que quemó la boca del feo como un latigazo. alargando las palabras. Se hace tarde. Sisebuto. empuñó su paraguas y caminó también hacia su casa. Luego. de verde plumaje. resultó ser un loro de lo más distinguido. Sólo en una ocasión. cruzándose con él. alzó sus hombros hasta allí caídos. Y a la vuelta del sendero. que no le asusto. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —Amigo mío –dijo ella al fin–. No creo que le prestara mucha atención. no pudo ver a un grupo de gente arremolinado en la calle. Regáleme unos minutos en las tardes. Me agradó Sisebuto. Y las palomas. El aire estaba límpido. nos verán juntos. Sisebuto pronunció una frase sonora. ¿No es eso lo que quiere? —Sí –dijo él–. amigo mío. entrometido ni quisquilloso. su talento y su tacto prodigioso de mundano. gracias…! Pero ella se iba rápidamente de su lado. que no soy para usted el feo de quien ríen todos los hombres y las mujeres de la ciudad. Me rasqué la cabeza. —¿Volverá usted? ¿Verdad que volverá. A diferencia de otros loros que he conocido. Y acercando lentamente su cara a la de él. caminando por el parque oscuro. las palomas parecían regresar a su lado. volveré al parque. Muéstreme. debo marcharme. Para mí Sisebuto era algún poeta en quiebra o un filósofo aburrido. la loca romántica! El loro En varias ocasiones mi amigo mencionó a Sisebuto. comentaban: —¡Al fin la agarraron! ¡Pobre loca! ¿Sabes que cada vez que se escapa vuelve al manicomio diciendo que un hombre la ama…? ¡Es Rosalía. Es preciso que nadie me vea en el parque a estas horas. como si quisiera probarme que él sabía más que yo: —¡Bien. Él la siguió. Ni pudo escuchar a dos novios que. muy requetebién…! Miré a Sisebuto. Las bocas estuvieron cerca. miré a mi amigo. ojillos traviesos y garras respetables. Cándido dio un suspiro y se llevó una mano a los labios. Rosalía? La voz de Cándido se resquebrajaba y era como el ruido de un trueno en mitad de la jungla. La mujer se levantó en silencio. mi amigo me llevó a su casa y conocí a Sisebuto. se besó la mano y miró hacia el cielo. Rosalía echó atrás su cabeza y le miró de hito en hito. Rosalía. para que conversemos de todas las cosas que usted conoce mejor que yo. el parque cantaba. ganchudo y fuerte pico. depositó en la boca de Cándido un beso. 247 . limpiándose de vez en rato sus plumas brillantes. guiñándome un ojo o balanceándose en su pértiga con prosopopeya y ritmo. que no se empavorece con mi rostro de payaso. a Cándido las piernas le bailaban temblorosas. Un día.

en mi memorial. en la sien derecha…” “¿Y Sisebuto?”. Todavía no había salido el sol. ¿O es que tú creías que la familia del difunto iba a conservar a un loro tan bruto?”. Los cañaverales. él y Sisebuto pasaron. ¡Era de esperarse! Llegó a confiar tanto en Sisebuto. —Sisebuto –me dijo–. llegó el momento. —Nos vamos. “Lo vendieron esa tarde.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Se lo enseñaste? –pregunté a mi amigo. admiré a Sisebuto. pues mi amigo fue orador político y arrastró con sus párrafos ditirámbicos a las multitudes. Convirtióse en abogado de fama. Cuantas veces me topaba con mi amigo. Me tranquilizaba saber que Sisebuto vivía en perfecto estado de salud y envejecía con dignidad y sapiencia. Hay mucho que caminar. un muchacho de quien siempre creí que sólo sabía componer sonetos clorofórmicos. unas estrellas holgazanas jugaban a amanecer. haciendo gárgaras sonoras que asustaron a las gallinas de Juana la negra. con agua del pozo. Cirilo se alzó del catre y se restregó los ojos. muy requetemal. —¿No le parece mentira? 248 El machazo . —Las cinco –le dijo–. yermos y muertos por la zafra. escribió novelas y hubo quien lo comparó con Dumas. me envió esta carta maravillosa: “Fulano se pegó un tiro. tuvo amantes y hacia él acudieron las cortesanas más lindas y famosas de veinte países. por cierto con muy poca originalidad. le preguntaba por Sisebuto antes de hacerlo por su mujer o sus hijos. me replicó mi amigo poeta a vuelta del correo. hay que cobrar y largarnos. muy requetebién…!” para saber que triunfaré. le leo mis defensas. Ni amanece… Los dos hombres se vistieron con lentitud. redondo y brillante. Mi amigo progresó espléndidamente con los años. dijo: “Muy mal. su compañero. A lo lejos. abrió los ojos y miró por la ventana. Con el pie descalzo trató de zarandear a Quiterio. muy requetemalísimo…!” Fulano abandonó su casa. antes de hacer un negocio o comprar un bien raíz. Balzac o Dostoiesky. pregunté yo en otra carta. En el patio. ¿sólo sabe decir eso? ¿No te contradice nunca? —¡Jamás!– ¡Jamás! ¡Sisebuto es un loro inteligentísimo! –terminó mi amigo. se enjuagaron las caras y las bocas. al rincón de los recuerdos empolvados y telarañosos. compró una pistola y se la aplicó. —No ande de impacientes compadre. llegaban a lamer el bohío de Cirilo. —Y Sisebuto –insistí yo con malicia–. Antes de ir a estrados. Cuentan que le sometió a Sisebuto un proyecto para terminar de una vez y por todas con las guerras y Sisebuto. le consulto. Y me basta que Sisebuto diga “Bien. Al viajar yo. especuló en la bolsa y sus pujas y repujas pusieron temblequeante al mercado. Con el tiempo. en el cielo de nácar. —¿Cuál es el secreto de tu éxito? –inquirí yo de él. —¿Qué? –preguntó el otro. Quiterio se rascó el cráneo. Y al parecer lo era. muy bien. dejándole petrificado. loro al fin. podía cambiar de opinión. todavía dormido. ¿Cómo no asombrarme al leer una tarde en el diario que mi famoso amigo se había pegado un tiro? Escribí a mis conocidos y uno de ellos. luego en millonario. olvidé un poco a mi amigo y su carrera meteórica. —¡De ninguna manera! ¿No te dije que Sisebuto era admirable? Y desde esa tarde.

allende la cordillera. Ante las bodegas los hombres hicieron alto. Toño. Paul? —Dificile. Ellos van de camión y bien lejos. Otros hombres se echaban al camino y se emparejaban con ellos. en conversación con las locomotoras pequeñitas que acudían de los cuatro ámbitos del cañaveral. rumbo al ingenio. se saludaban. compadre. y nunca pude… Verá… Los pesos que uno se gana no dan… Me llevé a la Petra. ya andamos por cuatro. Vientos en caracol soplaron de la costa y el salitre se sintió en las narices. con el final de la zafra. —¿Y no agarró la lengua? A lo mejor el año que viene ya la sabe hablar. de eso no… —¿Qué va a hacer con la plata? Cirilo entrecerró los ojos y enmudeció unos segundos. Le dominiquén é compliqué. por el lago Enriquillo. Iban alegres. M. —¿No le dije? Mire qué bien hicimos llegando temprano. Cirilo. Cirilo y Quiterio caminaron. dos. muy dificile. cuadrada y hosca. Cirilo. ¿No sabía? —Buena obra. Cuando habló nuevamente. Quiterio! ¿Qué va a hacer con la plata? —No sé entoavía. no saben lo que llevo trabajado cortando caña? Es poca la plata pa tanto sudor… —Boberías. Encima de la sabana quemada podíase divisar la fábrica de azúcar. ¡Va a haber unas colas pa cobrar…! —Aunque las haya. luego nos casamos. boberías… Ya son nuestros los pesos. que no hay día en que no duelan. —Paul… ¿Todo listo? —Cirilo. con sus narices de hierro llenas de humo. ¿no. tou é bien. tintineándoles en el cerebro la pequeña fortuna que cobrarían dentro de poco. Perfume a melao rondaba por la tierra y en las camisas de los hombres. bromeaban. como los haitianos? —Como ellos no. ¿usted cree que mis callos y mi espalda. Salió el sol y se trepó en el cielo con prisa. de eso no me olvidé. Quiterio. envuelto en una que otra astillita de bagazo huida de las trituradoras. tou é bien. Eran los haitianos. como si él también fuera a cobrar su zafra. Cirilo y Quiterio se acomodaron debajo de una palmera y comenzaron a roer pedazos de pan que habían traído en el bolsillo. —Le haré la casa a la vieja y a los muchachos. —Con la gracia de Dios… —¿Conque se va. se le habían hinchado las aletas de la nariz y el pecho se le arqueaba suavemente. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —A mí. —¡Eh. Yo me voy hasta mi pueblo na más. Algunos eran negros y no hablaban. Como las puertas de las oficinas todavía estaban cerradas. —Buen día. como el grupo de hombres.J. había llegado el día de rehacer el largo camino y volver a su tierra. —¡Cuatro! 249 . Techo pa la familia está bien… —Toa la vida lo pensé. uté sabe cómo es de religiosa… Vinieron los hijos… Uno. no. Mire. A lo mejor me la guardo. ahora sí que no vamos a andar por los bateyes. Reían. ¿qué importa? ¿No era peor andar por los cañaverales cortando caña? ¿O ya se me olvidó usted del calor y de los alacranes? —No. mientras la polvareda crecía en el camino. para quienes también.

—¿Regresan el año próximo? —Dios dirá. y a mí me ha dao brega. Y al viajar el dinero a las manos de la negra. vale. no –afirmó Cirilo–. hasta luego. —No me diga que tiene miedo. En el pueblo trabajo más a gusto. No tengo pies pa andar entre matas. Ella estaba. veo que no usaste ni un chele. ñato? —Está bueno –sonrió el pagador–. por tenerles de huéspedes durante toda la zafra. Ya nos vamos. quien ya venía detrás. Aquí uno consigue un poco más y todo junto. —Pué ser. Cirilo se abrió la camisa y se limpió con su pañuelo las gotas de sudor que se le enredaban en las tetillas zahareñas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Ellos llegan con el pan debajo del brazo. ¿nos echamos un trago? Cirilo se pasó la lengua por el paladar. Sudando. ¡No entro! Se alzó duramente la mañana en el cielo. con su rechonchez y sus pechos enormes. Yo le espero aquí fuera. dice el refrán. replicó: —Vaya usted. vale? –rezongó Juana. En el cruce. que los otros corearon. —Ciento y treinta. —¿Creía que nos íbamos? Le pago… —Ansí me gusta. por darles camas. frente a la pulpería enguirnaldada. que encontró seco y pastoso. Juana. Ella rió con su batallón de dientes. Quiterio propuso: —Mientras llega la guagua. —¿Y usted? –preguntó a Quiterio. trabajo como burro. La Petra lava ropa y por lo menos los muchachos no pasan hambre. Quien no paga no vuelve. no dan más que pa la comida y los trapos. Otros hombres también caminaban. la caña cansa. ¿pa qué? Cuando contamos los pesos. Cirilo contó los billetes cuidadosamente. Cirilo pensó en la casa que sus sueños habían construido y no vaciló. ¿eh. por prestarles lo suficiente para la botellita de ron de los sábados. temblequeando la montaña de sus carnes como en un terremoto. Ahora me vuelvo con los trescientos pesos y el bohío se hace. Gano. los fritos y la carne. estrallándose los dedos. Se acercaron. estirado entre los bateyes. Zanjaron sus cuentas con Juana. vio a los amigos alejarse de la choza de Juana. ¿no. —Pérez. Pero a veces cuesta darles el pan. compadre. por el tabaco y el andullo. ¡Esta vez se hace! —¡A cobrar…! ¡A cobrar…! El grito jubiloso recorrió el grupo de hombres. Cirilo sinvergüenza! ¿Cómo le gustaría que lo viera su mujer? El camino. trescientos con cuarenta –tronó el pagador. por el arroz con habichuelas. 250 . Lo mío es la cal y la pintura. Por lavarles la ropa. —Bueno. caracoleando los pies como potros que quieren dejar los corrales. Se estrecharon las manos. Y el turno llegó para Cirilo y Quiterio. Cirilo dio una nalgada cariñosa en la grupa de Juana. las sonrisas estuvieron con ellos. Usted sabe cómo le doy al romito… Los dos amigos desandaron el camino hacia la casa de Juana la negra. vigilante en la puerta. —Ca hombre piensa como Dios se lo enseña. —¡Ah. debajo del sol que ya quemaba. levantándole. se echó el fajo al bolsillo y comenzó a silbar un merengue. —Los cuarenta pa tabaco. —Yo. Cirilo. —¿Y por eso se vino al ingenio? —Por eso. rumbo a la carretera.

Tenían sed. ya llego yo con plata pa acabar ciertas cosas. ¿Va a querer que yo camine? ¿Pa eso paga una los pesos? —Mal. Cirilo y Quiterio se echaron a la carretera y dejaron atrás la guagua con los berridos de los niños y las protestas de los pasajeros. ¿Cómo explicarles que si entraba. como si hubiesen bebido. —¡Quiterio! –gritó–. la carretera asfaltada donde una que otra mano amiga quedaba levantada en un saludo y voces mansas se alborozaban al pasar la guagua. —Es lindo tó esto… ¿No? Y lo era. invitaba. llena de hombres y de mujeres. vale. Como voy al pueblo.J. —¡Buenas. 251 . los arroyuelos jubilosos bajo puentes que la vegetación parecía estar esperando para cubrir amorosamente… —Es lindo. con sus ruedas amarillas y su techo blanco. buenaza le digo… Se encaramaron en el vehículo. los bohíos blancos. ¡Y la Petra tan cerca! —¡Y mire usted –dijo el gallego– que su mujer está hecha un pimpollo! —¿La vio últimamente? —Casi todos los días. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —¿Y con este calor usté afuera. —Estaba buenaza. de algarrobos y de pinos. no me culpe. Además. compadre. que podía terminar una botella de añejo sin pestañear? No. él. preñada de ceibos y de mangos. Cirilo! ¿A pie? —La guagua no quiso llegar. —Pobre –aclaró triunfalmente Cirilo–. La pulpería. ¿Uté cree que podemos esperar allí? —Guaite. Mecánico no hay por estos entreveros. Bebían. Era larga la cosa. la guagua estaba llegando. dale que dale a la ropa. La llanura calcinada. es la tierra nuestra… Oscurecía cuando se descompuso el motor. —No hay caso –dijo el chofer. pagaron el pasaje y comenzó el viaje. Ya ve. la serranía reverdecida y húmeda. El gallego estaba sentado en una mesa con tres hombres. después de meter su cráneo en el cráneo lleno de cilindros y de tubos y de bloques–. —¡Ah. Todos tenían machetes. limpiándose la espuma de la cerveza. Eta mañana etaba bien. ñato! –rezongó una mulata llena de hijos–. de puertas azules que parecían ojos de gringas. ¡Quién sabe! A lo mejor esto no anda más. el condenao falla y lo que es yo. Cirilo. mejor era no entrar. —¿Le entra a la casa de que hablaba? –preguntó uno de los campesinos. muchos kilómetros hasta el villorrio donde Cirilo había dejado a su mujer. la diviso en el río. y de niños que sólo sabían llorar. con las dos jumiadoras encendidas detrás de las puertas abiertas. No se molestó en contestar. los cocoteros siempre meciéndose. ¿Qué hago? Cirilo sacó la mirada hacia el paisaje y dijo: —Estamos a la vuelta de la pulpería del gallego. enroscada en la nariz y en el bigote. no entiendo. con las margaritas y los claveles. vale? –le preguntaron los amigos que entraban a mojar el gaznate. como algodón. ¡Que nos vamos! El otro salió. con los cuadrados llaneros de maíz y de plátanos. sus hijos y sus ansias. M. las rosas y las azucenas jugando al escondite en la yerba. vale. la mojazón podía extenderse como un guaraguao y clavársele en todo el cuerpo? ¿Quién mejor que él para saber lo que era beber.

Sí. Y no bebo ron. ¡Claro que no! 252 . ¿Una botella? —Si. carajo. Cirilo. compadre? Cirilo se rascó la cabeza con ostensible indecisión. que me pone raro… La Petra no debe tener más muchachos… Cuestan. Después de abrir la soda. La pulpería no será como le manda Dios. Vamos a beber en regla esta noche.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Claro! ¿Pa qué cree que me chupé toa la zafra? —Bueno –cortó el gallego–. aunque lo beba Quiterio. No está bien eso de andar en la tierra. el jardincito para que los niños no salieran a jugar a la carretera. señor. Con las muchachitas de hoy hay que tener coraje. compadre. ¡Al fin iba a tener casa propia! A la vera del camino se detuvo un auto grande y charolado. y del bueno. ¡Qué si cuestan! Y luego me la ponen a Petra gorda. —Oiga. le subió a los labios una ancha sonrisa. vale? –preguntó uno de los señores de corbata. por los niños… Esta cerveza sabe sabrosa… Es el calor. a cualquier hora. El pue bebé lo que quiera. sí. ¿Por qué no aceptar ahora una copita? Una sola no le haría daño. —¡Caro! Pero en este clima. agrupados en su bolsillo como soldados en atención. y hielo y soda. Y uno de ellos. También me hacen falta clavos. pero él no pudo jamás gastarse sus pocos pesos en beber cosa tan cara. ¡Que si no…! El gallego extrajo una botella del vasar. la letrina pintada del mismo color. —¿Es cierto que ellos lo beben sólo con agua. don Carlos. los ingleses inventaron una bebida que les dio un imperio. —Pa mí una cerveza –asintió Cirilo. —¿Alguna promesa. Los hombres se sirvieron y comenzaron a beber. ¿qué va a ser? ¿Ron o cerveza? —Pa mí. Hay que calentar el bocao para llegar bien metido. pero la voy a tené. quema si se bebe así. Nunca habido whiskey en su vida. ¿No ve que ya casi está en su casa? —Casa no tengo –replicó Cirilo–. Lo que yo digo. señor. Cirilo daba sorbos de su cerveza y pensaba: “¡Si la Petra supiera! ¡Cómo va a gozar ella estos pesos que le traigo! Compraré la madera y el zinc. invitó con malicia: —¿Aceptaría usted un whiskey. Tenía oído relatos de algunos amigos y sabía que no existían muchas diferencias con el ron. gallego! ¿Tienes whiskey? —Buenas noches. pero surtida lo está. en la capital. aquel a quien el gallego llamara don Carlos. colocó todo en la mesa. por lo menos en sus efectos. relamiéndose. que la piedra tenemos. hielo de la nevera y vasos. sin hielo? –preguntó otro. ¡déjeme la cerveza! ¡Bébase un trago de macho! –le dijo Quiterio–. la guagua todo el día… Cerveza no hace mal… No es como el romo. cal y un poquito de cemento. no. La cerveza llena demasiado…” —Este whiskey es de calidad. pa los suelos. —Parecido…. Y al sentirse los billetes. que no pudo dejar de oír a los dos campesinos. en cualquier parte. Cuatro hombres vestidos de dril y encorbatados se bajaron de él. ¡No pue sé! Romo no tomo. el techo pegadito. Hoy no bebo. Whiskey es bueno. gallego –decía en la otra mesa uno de los señores–. —¿Alguna fiesta? —Ujú. —¡Eh. Todos se volvieron sonriendo hacia Cirilo. para usted tengo whiskey. Quiterio no tiene familia. Nuevamente vio la casa. el romo –dijo Quiterio. me le ablandan la barriga.

Alguien cantaba: “General Bimbín. El gallego lo había llenado hasta la mitad con el líquido amarillo. ofrece a los muchachos de nuestra botella! El pulpero corrió a complacerles. ¡He dicho que les pago una botella y la pago! Nadie contradijo. El whiskey traía buena ganancia. comenzaron a clavársele en el corazón. ¡Beba! El segundo vaso aflojó los resortes más íntimos de Cirilo. que tanto te ha costado ganar? Se acabaron las pautas y las advertencias. —¡Un merengue! –interrumpió Quiterio. El gallego puso ante los bebedores la otra botella. que lo pago yo –ordenó Cirilo. Cirilo apuró otro trago. —Cortesía. Cirilo pudo a ratos ver la casa con el techo de zinc. que no lo he probao. El whiskey cuesta mucho… De todos modos. los niños jugando sobre el suelo de cemento. la Petra por el patio. don Carlos –dijo Cirilo– es ley de esta tierra. perdidos en el tiempo. —Don Carlos –se oyó decir a Cirilo con una voz que caminaba firme y segura–. Los sueños de Cirilo. compadre. sus sueños eran suyos y debían estar a su lado. La borrachera se les entregaba. En la noche llena de jumiadoras y luna. en pugna con su baba. Los hombres entraron en la selva de sueños y desgajaron los árboles de la vacilación. Un sorbo. ya se está creyendo que toítas son suyas”. como una araña dispuesta a luchar. El gallego. —Entonces. la próxima botella la pago yo. Los tragos pasaban ahora como escopetazos. Pero como la niebla alejaba aquella casa y él no podía ver bien las caras de la Petra y de los niños. La pulpería quedó silenciosa. “¡Esto es buenazo!” pensó Cirilo. el algarrobo y los mangos. No. la pulpería brillaba como una luciérnaga y las voces roncas de los borrachos asustaban a los sapos en el río. ¡Tú. Y después las cinco botellas. y dejó de calcular. o perdidos. El gallego calculaba en su cabezota las cuatro botellas. —¡Guaite con el compadre! ¡Bebe con autoridad! –decía Quiterio. El fajo de billetes se replegó sobre la mesa. él llevaba muchos meses sin gozarse unos tragos. Hoy tengo plata… —Muchacho –aclaró el hacendado–. Los sueños no podían dejarse desparramados. —Pues beba. su dinero dormía intacto en la hondura del bolsillo. Sí. que hoy pago yo. otro sorbito. ¡Si todo el mundo bebiera whiskey! ¡Qué ricos serían los pulperos! Cirilo miró su vaso. ¿Qué mal había? Estaba cerca de la Petra. ven –le dijeron–.J. gallego. —¡Mucho! –y Cirilo se relamió disimuladamente. la verdad. déjese de bullas. como mujer a precio. había que darse gustos de hombre. Sintió que entraba un río caliente por la garganta y bajaba hasta la última cueva de su vientre. Y Cirilo lo llevó lentamente hacia los labios. don Carlos. —Así no –desafió Cirilo–. Le agradó aquello. ¿Pero no crees que es mejor guardar tus pesos. 253 . SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —La verdad –contestó–. M. rumbo al mar. —Hombre –replicó don Carlos–. los hombres. me das un placer y bebo a tu salud. El campesino tenía en el rostro muchos árboles encrespados. todos miraron a Cirilo. “¡Buenazo de verdad!” —¿Le gusta? –preguntó don Carlos. —Un merengue. gracias. haciéndole compañía. no es para tanto. Dentro de la niebla que cubría su cerebro. Quiterio.

¡qué bebedera! Se irguieron. —¡Cirilo…! Era Quiterio. Con las manos aferradas al vaso. Llovería. Como si me picasen las avispas. Cirilo –y el hacendado se rascó la cabeza–. Cirilo y la niebla 254 . me voy ahoritica. o pone la botella aquí –y Cirilo golpeó la mesa– o Dios sabe lo que va a pasá. No está bien que tires el dinero así. El cielo estaba color de cofre. Cirilo gritaba: —¡Se jueron! Vamo a bebé sin pepillos. —¿Miedo? ¡No. —¿Tiene miedo? –preguntó la arrogancia de Cirilo. hijo. Pero los círculos volvían. dormitando sobre sus manos callosas. ayudado por su tambaleo–. apuraba rápidamente un trago más. El dinero de don Carlos se levantó en las manos de Cirilo y regresó al bolsillo de su dueño. me gusta emborracharme y no me tiembla el pulso para hacer cualquier locura. ¿Qué hora é? Regresaban vacilantemente del abismo. Cirilo –se levantó don Carlos. pero todavía no lograban sujetarse a las raíces cruzadas ante ellos. la carretera no tenía ruidos. don Carlos –dijo. abrió la puerta de la pulpería y se fue tropezando. no! —Entonces. pero tú deberías irte ya para casa. Los ojos eran dos pozos bermejos. Las yaguazas se lavaban bajo los sauces. —¿Qué fue. ¿uté se volvió loco? Ahora resulta que se lo quié bebé todito. El ábrego inclinaba de vez en cuando las palmeras y un puerco cebado husmeaba a la vera del camino. —Usted no me lleva. ¿por qué no bebe con más coraje? —Mira. —Déjese de avispas. nosotros debemos proseguir viaje. y los ojos estaban helados–. que se relamía. ¿Es que no le duele la cabeza? Cirilo no respondió. compadre? —Me duele la cabeza. sin luz. “Me desprecia –pensó Cirilo–. El auto arrancó. Don Carlos suspiró y dio las gracias. Nos vamos. —Yo no aguanto más –intervino Quiterio–. —¿Qué pasa. Quiterio suspiró. El gallego roncaba. El gallego había vuelto a roncar en el mostrador. compadre. el blanquito no quié bebé conmigo”. doblado en su silla como una interrogación. Gallego. Los ojos lagañosos se inventaban cucarachas. —¡No! Se van a matar. —¡Gallego! ¡Gallego…! El pulpero levantó la cabeza. ¡venga otra! Cuando amaneció. Como era domingo. —¡Pues váyase! Buen viaje… —Cirilo. ¿Me oye? En la cabeza de Cirilo se abrían círculos que llegaban a mojar una casa y un piso y un patio. carretera adelante. la pulpería estaba callada. antes de seguir viaje. ¿Quieres que pague todo esto y te lleve? No me cuesta nada retroceder un poco. ridiez? —Otra botella. Las mesas se habían vaciado de hombres. —Mire. Me voy.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Bueno. —Cirilo. El piso no se estaba quieto. El sabor en las bocas roía piedras. en busca de más whiskey. llegada desde el bosque de sus sueños. yo voy a seguí… Los hombres de corbata se iban. El dinero de Cirilo se hizo un charquito verde ante los ojos del gallego.

a los bateyes y al azúcar. ¡El dinero pa mi casa. Cirilo? ¿Qué dinero…? El borracho estaba de pie. como un machazo. Cirilo llevó un último vaso a la boca. Cirilo dio un portazo y se paró a la vera de la carretera. La Petra podrá dormir tranquila. y es bueno que lo recuerde. El sol no podía acompañarles. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO llenaban la pulpería. El aire tibio de la serranía le entró en la nariz. En la carretera era domingo. se dirigió hacia la puerta y la abrió. oculto detrás de las palmeras y los mangos. de cal en la pared. —¿Yo? ¿Cuándo tuve fama de mentiroso? –y el español se erizaba ofendido. Usted está bebiendo desde hace más de quince horas. Anoche hubo de todo aquí. mis mejores cigarros. que estoy harto de oírle gritar lo machazo que es… Los dos hombres quedaron silenciosos. El dolor de cabeza viviría para siempre en su cráneo. Sí. —Uté no me va a engañar –dijo Cirilo. Consumieron diez botellas de whiskey. lo jugó a los dados. que en el pecho de Cirilo mataba a la resignación. “Haré la casa con piso de cemento. casi todas mis provisiones. Los niños.J. Las culebras se le enredaban en la garganta. Cirilo miró en dirección del pueblo. A varios centenares de metros. Nubes trotonas venían desde muy lejos para observar al borracho. por si en él dormía alguna culebra. “¡Virgen de la Altagracia! ¿Soy loco? ¿Qué hice?” La cabeza de Cirilo fue bajando lentamente en el tiempo. Cirilo. Las moscas runruneaban en derredor de ellos. ¡Sí que la haré!” No se tocó más el bolsillo. —El dinero pa mi casa. Desafió anoche a don Carlos. Tendrá piso de cemento. lo regaló…. gallego… ¿Dónde está? El pulpero recibía en la frente la angustia de Cirilo. sin alacranes y culebras debajo de la hamaca. El pulpero no había vuelto a hablar y le miraba con sus ojos adormecidos. para que las culebras no suban hasta las hamacas. Como era domingo… —¡Dios! ¡Diooos…! Fue un grito alargado y rabioso. Será toda blanca. Pero Cirilo dio la espalda a Petra y los hijos y mientras caminaba por la carretera. El campaneo de la iglesia del pueblo no llegaba hasta la pulpería. haré la casa. Bebió. Sólo le cobré setenta pesos. no dejó pagar a nadie en la pulpería. con un frío que le calaba los huesos. agarrándose de las sillas. 255 . no le dejó pagar. —¡Mi dinero. Mataré todas las culebras. que le regó el mentón. ¡qué sé yo! Y no se me haga el incrédulo. Y con lástima y desprecio le dijo: —No me venga con lagrimeos. ¡Soy rico!” Cirilo comenzó a tararear canciones tristes. gallego! —Oiga. —¡Gallego! —¡Gallego! La mano de Cirilo salía del bolsillo horrorizada. El corazón de Cirilo ida delante. En seguida. Volvió a beber. de regreso al ingenio. M. gallego del diablo! ¡Mi dinero! —¿Qué dinero. todavía más abajo. pensaba con dificultad: “Haré la casa. su Petra lo esperaba. de seguro jugaban en el río. El resto. que es lo que le gusta ser. ¿O es que no se recuerda? —Mi dinero.

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23 cuentos escritos en el exilio apuntes sobre el arte de escribir cuentos y juan bosch .No.

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la parte de artesanado imprescindible en el bagaje del artista. ¿Qué es un cuento? La respuesta ha resultado tan difícil que a menudo ha sido soslayada incluso por críticos excelentes. es la “tekné” de los griegos o. porque no hay nada de importancia en su viaje diario a las clases. Su influencia en el desarrollo de la sensibilidad general puede ser muy grande. pero puede afirmarse que un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia. presentar su obra desde su ángulo individual. “Importancia” no quiere decir aquí novedad. Se dice a menudo que el cuento es una novela en síntesis y que la novela requiere más aliento en el que la escribe. una escena. y la técnica se adquiere con la práctica más que con estudios. pero tiene que llevar esa cuenta. La importancia del hecho es desde luego relativa.apuntes sobre el arte de escribir cuentos El cuento es un género antiquísimo que a través de los siglos ha tenido y mantenido el favor público. si se quiere. Nadie que no tenga vocación de cuentista puede llegar a escribir buenos cuentos. ser “hermético” o “figurativo” como se dice ahora. Aprender a discernir dónde hay un tema para cuento es parte esencial de la técnica. Cuento quiere decir llevar cuenta de un hecho. y por tal razón el cuentista debe sentirse responsable de lo que escribe. subjetivo u objetivo. Pero nunca debe olvidarse que el género tiene una técnica y que ésta debe conocerse a fondo. Una persona puede llevar cuenta de algo con números romanos. no tolera innovaciones sino de los autores que lo dominan en lo más esencial de su estructura. el cuentista puede escoger su propio camino. con signos algebraicos. o lo que es lo mismo. no es cuentista. lo que se escribe puede ser un cuadro. mas debe ser indudable. El interés que despierta el cuento puede medirse por los juicios que les merece a críticos. En realidad los dos géneros son dos cosas 259 I . Un niño que va a la escuela no es materia propicia para un cuento. caso insólito. El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un suceso. Si el suceso que forma el meollo del cuento carece de importancia. La palabra proviene del latín computus. como si fuera un maestro de emociones o de ideas. De paso diremos que una vez adquirida la técnica. Lo primero que debe aclarar una persona que se inclina a escribir cuentos es la intensidad de su vocación. con números árabes. pero no es un cuento. Llevar cuenta es ir ceñido al hecho que se computa. aplicar su estilo personal. Pero no debe echarse en olvido que el género. o si al llegar a su escuela el niño halla que el maestro está enfermo o el edificio escolar se ha quemado la noche anterior. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como tema de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo. expresarse como él crea que debe hacerlo. No puede olvidar ciertas cantidades o ignorar determinados valores. Lo segundo se refiere al género. convincente para la generalidad de los lectores. reconocido como el más difícil en todos los idiomas. Esa técnica es el oficio peculiar con que se trabaja el esqueleto de toda obra de creación. un buen escritor de cuentos tarda años en dominar la técnica del género. y es inútil tratar de rehuir el significado esencial que late en el origen de los vocablos. A menos que se trate de un caso excepcional. pero hay sustancia para el cuento si el autobús en que va el niño se vuelca o se quema. cuentistas y aficionados. acaecimiento singular. una estampa.

de su corta extensión. no tiene que premeditarla. el final sorprendente. como se piensa con frecuencia. un libro de cuentos que sea bueno y que tenga doscientas cincuenta páginas. En el cuento. Quiroga afirma que un cuento es una flecha disparada hacia un blanco y ya se sabe que la flecha que se desvía no llega al blanco. Esa técnica no implica. lo conducirá sin piedad hacia el destino que previamente le ha trazado. como ha dicho alguien. no se logra en tan corto tiempo. ella sola bastaba para despertar el interés de los que rodeaban al relatador de cuentos. Probablemente es ahí donde se halla la causa de que el género sea tan difícil. No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo. Un final sorprendente impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento. si no como los personajes de la obra lo determinan con sus hechos. no le permitirá el menor desvío. el cuento debe tener su final natural como debe tener su principio. A la deriva. que no se logra sin disciplina mental y emocional. el cuento no empezaba con descripciones de paisajes. no puede dejarlas libres ni tolerarles rebeliones. El cuentista debe ver desde el primer momento su material organizado en tema. Esa voluntad de predominio del cuentista sobre sus personajes es lo que se traduce en tensión y por tanto en intensidad. y es más difícil lograr un buen libro de cuentos que una novela buena. Lo fundamental en ella es mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS distintas. Comparar diez páginas de cuento con las doscientas cincuenta de una novela es una ligereza. es el fruto de la voluntad sostenida con que el cuentista trabaja su obra. como si ya estuviera el cuento escrito. capacidad de concentración y trabajo de análisis. Kipling refiere que para él era más importante lo que tachaba que lo que dejaba. el cuento tiene que ser obra exclusiva del cuentista. el cuento es intenso. de manera que con frecuencia una novela no termina como el novelista lo había planeado. En su origen. pues el cuentista necesita ejercer sobre sí mismo una vigilancia constante. Fundamentalmente el estado de ánimo del cuentista tiene que ser el mismo para recoger su material que para escribir. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento. Hay grandes cuentistas. La intensidad de un cuento no es producto obligado. de Horacio Quiroga. Una vez cogido en ese interés el lector está en manos del cuentista y éste no debe soltarlo más. A partir del principio el cuentista debe ser implacable con el sujeto de su obra. Seleccionar la materia de un cuento demanda esfuerzo. Esa corta frase tenía –y tiene aún en la gente del pueblo– un valor de conjuro. pero el tema debe ser visto no en su estado primitivo. la situación es diferente. Una sola frase aún siendo de tres palabras que no esté lógica y entrañablemente justificada por ese destino manchará el cuento y le quitará esplendor y fuerza. sino como si estuviera ya elaborado. y eso no es fácil. Ahora bien. que apenas lo usaron. al grado que logre dominarla en la misma forma en que el pintor consciente domina la pincelada: la da. no lo tiene. A menudo parece más atrayente tal tema que tal otro. y es una pieza magistral. La manera natural de comenzar un cuento fue siempre el “había una vez” o “érase una vez”. Él es el padre y el dictador de sus criaturas. la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. La diferencia fundamental entre un género y el otro está en la dirección: la novela es extensa. como Antón Chéjov. a menos que se tratara de un paisaje descrito con 260 . lo cual requiere casi tanta tensión como escribir. El novelista crea caracteres y a menudo sucede que esos caracteres se le rebelan al autor y actúan conforme a sus propias naturalezas. Una novela de esa dimensión puede escribirse en dos meses. que el estilo del autor sea deliberadamente claro u oscuro. directo o indirecto: el cuento debe comenzar interesando al lector. El verdadero cuentista dedica muchas horas de su vida a estudiar la técnica del género.

de Quiroga. en la medida en que la obra humana lo es. Ese oficio es necesario para el que cuenta cuentos en un mercado árabe y para el que los escribe en una biblioteca de París. sin una debilidad. El oficio es obra del trabajo asiduo. sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento. comenzaba con éste. Saber comenzar un cuento es tan importante como saber terminarlo. Los principios del género. Pero no es así para el cuentista. motivos campesinos o de mar. Se halla en el momento apropiado para estudiar los principios en que descansa la profesión de cuentista. y pintándolo en actividad. pero acción. de Sherwood Anderson. ella determina el ritmo y la tensión de la pieza. Cuentistas de apreciables cualidades para la narración han perdido su don porque mientras tuvieron dentro de sí temas escribieron sin detenerse a estudiar la técnica del cuento y nunca la dominaron. debe leer. y debe hacerlo sin pérdida de tiempo. el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento. de la búsqueda y de la selección saldrá el tema. Nadie nace sabiéndolo. por lo menos. Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión. mejorarlo con una nueva modalidad. Hay una sola manera de empezar un cuento con acierto. Mientras ese estado de ánimo dura. 261 . El cuento debe iniciarse con el protagonista en acción. La búsqueda y la selección del material es una parte importante de la técnica. conoce la “tekné” del género. uno por uno. No hay manera de conocerlo sin ejercerlo. de la dedicación apasionada. la delicada arquitectura de un cuento. el cuentista tiene que ir aprendiendo la técnica a fin de imponerse a ese mundo hermoso y desordenado que abruma su mundo interior. Es en la primera frase donde está el hechizo de un buen cuento. cuando la veta interior se agotó. a fin de evitar que el lector se canse. de Kipling. iluminarlo con el toque de su personalidad creadora. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de cuentista. Un cuento que comienza bien casi siempre termina bien. física o psicológica. En sus primeros tiempos el cuentista crea en estado de somiinconsciencia. y sin el oficio no podían construir. La acción se le impone. no importa lo que crean algunos cuentistas noveles. los personajes y sus circunstancias le arrastran. despertando de golpe el interés del lector. El autor queda comprometido consigo mismo a mantener el nivel de su creación a la altura en que la inició. El oficio es la parte formal de la tarea. episodios de hombres del pueblo o de niños. con asuntos externos a su experiencia íntima. El conocimiento de la técnica le permitirá señorear sobre la embriagante pasión como Yavé sobre el caos. Aún hoy esa manera de comenzar es buena. Una vez obtenido el material. buscar es seleccionar. un torrente de palabras luminosas se lanza sobre él. de la meditación constante. aunque en ocasiones un cuentista nato puede producir un buen cuento por adivinación de artista. quien fue quizá el más consciente de todos ellos en lo que a la técnica del cuento se refiere. El antiguo “había una vez” o “érase una vez” tiene que ser suplido con algo que tenga su mismo valor de conjuro.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS escasas palabras para justificar la presencia o la acción del protagonista. escogerá el que más se avenga con su concepto general de la vida y con el tipo de cuento que se propone escribir. pero quien no domine ese lado formal no llegará a ser buen cuentista. El cuentista joven debe estudiar con detenimiento la manera en que inician sus cuentos los grandes maestros. Parece que estas dos palabras –búsqueda y selección– implican lo mismo. les faltó la capacidad para elaborar. El buscará aquello que su alma desea. El cuentista serio estudia y practica sin descanso la entrada del cuento. No adquirieron el oficio a tiempo. Sólo el que lo domine podrá transformar el cuento. los primeros párrafos de los mejores cuentos de Maupassant. asuntos de amor o de trabajo. son inalterables.

qué es un cuento y qué debe hacer para escribir buenos cuentos. entendida en el sentido de la “tekné” griega. La primera tarea que el cuentista debe imponerse es la de aprender a distinguir con precisión cuál hecho puede ser tema de un cuento. que es sin duda muy rebelde. todos esos sucesos están subordinados al hecho hacia el cual va el cuentista. en forma directa o indirecta. que no dejará crecer la espiga del cuento con salud. El cuentista. y en el cuento no hay lugar sino para un tema. lo va sustrayendo frase a frase de la visión de quien lo lee. tiene el premio en su propia realización. toda idea ajena al asunto escogido es yerba mala. y para lograrlo tiene que aprender todo lo relativo a su oficio. con el lenguaje que le sea habitual o connatural. él es el tema. Aislado el tema. Si encara su vocación con seriedad. trabajará. que estudien concienzudamente el escenario de su cuento. no levanta vuelo para ir a todas partes y ni siquiera a dos puntos a la vez. hay un consejo útil que dar a los cuentistas jóvenes: que estudien el material con minuciosidad y seriedad. La única manera de cumplir con esa obligación es desenvolviendo sus dotes naturales. debe saber aislarlo. Toda palabra que pueda darle categoría de tema a un acto de los que se presentan en esa marcha hacia el tema. nadie puede intervenir en ella. el personaje y su ambiente. sin darles caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho. Cuando el cuentista esconde el hecho a la atención del lector. Ahora bien. pero dominable. si nadie debe intervenir en la selección del tema. como el aviador. se afanará por dominar el género. es esa parte de oficio o artesanado indispensable para construir una obra de arte. toda palabra que desvíe al autor un milímetro del tema. y debidamente estudiado desde todos sus ángulos. El también puede lograrlo. el cuentista puede aproximarse a él como más le plazca. su mundo psicológico y el trabajo con que se gana la vida. Arte difícil. ha 262 . estudiarlo con minuciosidad y responsabilidad. Ya he dicho que aprender a discernir dónde hay un tema de cuento es parte esencial de la técnica del cuento. Escribir cuentos es una tarea seria y además hermosa.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Esa parte de la tarea es sagradamente personal. debe ser arrancada de raíz. Pero en ningún momento perderá de vista que se dirige hacia ese hecho y no a otro punto. Técnica. Pues cuando el cuentista tiene ante sí un hecho en su ser más auténtico. II El cuento es un género literario escueto. estudiará a conciencia. y la yerba mala. limpiarlo de apariencias hasta dejarlo libre de todo cuanto no sea expresión legítima de su sustancia. Ahora bien. Habiendo dado con un hecho. al extremo de que un cuento no debe construirse sobre más de un hecho. que no interesan al escritor porque nada le dicen a su sensibilidad. el arte del cuento consiste en situarse frente a un hecho y dirigirse a él resueltamente. e igual que el aviador se halla forzado a saber con seguridad adonde se dirige antes de poner la mano en las palancas que mueven su máquina. A menudo la gente se acerca a novelistas y cuentistas para contarles cosas que le han sucedido. pero lo mantiene presente en el fondo de la narración y no lo muestra sino sorpresivamente en las cinco o seis palabras finales del cuento. está fuera de lugar y debe ser aniquilada tan pronto aparezca. El hecho es el tema. Pero lo más importante es esto: El que nace con la vocación de cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al servicio de la sociedad. como aconseja el Evangelio. se halla frente a un verdadero tema. Hay mucho que decir sobre él. “temas para novelas y cuentos”. Otros lo han logrado.

hay que dirigirse a él a través de sus sentimientos o de su pensamiento. si su presencia no coincide con la última escena del cuento. Si el hecho se halla antes de llegar al final. El origen de la palabra que define el género está en el vocablo latino computus el mismo que hoy usamos para indicar que llevamos cuenta de algo. esperará la almendra de la fruta. cualquier cosa. sin carácter. Lo que pretende el cuentista es herir la sensibilidad o estimular las ideas del lector. la línea no podrá ser recta. ¿cómo conviene que sea? Humano. Todo lo contrario resulta si el cuentista está dirigiéndose hacia dos hechos. creerá que ya no hay cortezas y que ha llegado el momento de gustar el anhelado manjar vegetal. pero se convierte en tal germen precisamente en el momento en que el cuentista lo escoge por tema. El mejor tema para un cuento será siempre un hecho humano. En ocasiones resulta útil desviar la atención del lector haciéndolo creer. En cada párrafo. pero no un cuento. como en las matemáticas. el universo infinito y la materia mensurable existen como reflejo de su ser. Cada vez que comienza a caer una de las cáscaras. en cuanto al hecho que da el tema. animales. Ahora bien. el lector. En suma. La experiencia íntima del hombre no ha traspasado los límites de su propia esencia. por una actividad que en verdad no tiene otra finalidad que conducir al lector hacia el hecho. que el hecho es otro. él seguirá siendo por mucho tiempo el rey de la creación. es decir. Pero los casos en que puede hacer esto sin deformar el curso natural del relato no abundan. La selección del tema es un trabajo serio y hay que acometerlo con seriedad. lo que el cuentista tendrá al final será una página confusa. que vive orgánicamente en función de señor supremo de la actividad universal. luego. o por lo menos. Pues sucede que el cuento comienza a formarse en ese acto. o por lo menos humanizado. A pesar de la creciente humildad a que lo somete la ciencia. Por sí solo. relatado en términos esencialmente humanos. serán cáscaras que al desprenderse irán acercando el fruto a la boca del goloso. mediante una frase discreta. En esta parte de la tarea entra a jugar el don nato del relatador. la acción interna y secreta del cuento seguirá por debajo de la acción externa y visible. El cuentista debe ejercitarse en el arte de distinguir con precisión cuándo un tema es apropiado para un cuento. pero la manera de llegar a él fue recta y la marcha se mantuvo en ritmo apropiado.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS construido el cuento según la mejor tradición del género. 263 . estará oculta por las acciones accesorias. para él. Mucho más importante que el final de sorpresa es mantener en avance continuo la marcha que lo lleva del punto de partida al hecho que ha escogido como tema. el lector deberá pensar que ya ha llegado al corazón del tema. De párrafo en párrafo. y que debe llevarlo sin decirle en qué consiste el hecho. En ese caso la marcha será zigzagueante. En las fábulas de Esopo como en los cuentos de Rudyard Kipling. en ese instante de la selección del hecho-tema. sin embargo no está en él y ni siquiera ha comenzado a entrar en el círculo de sombras o de luz que separa el hecho del resto del relato. se ha producido un buen cuento. Hace poco recordaba que cuento quiere decir llevar la cuenta de un hecho. El cuentista avezado sabe que su tarea es llevar al lector hacia ese hecho que ha escogido como tema. El cuento debe ser presentado al lector como un fruto de numerosas cáscaras que van siendo desprendidas a los ojos de un niño goloso. Nada interesa al hombre más que el hombre mismo. en el cuento no puede haber confusión de valores. Hay un oculto sentido matemático en la rigurosidad del cuento. elementos y objetos tienen alma humana. en los relatos infantiles de Anderson como en las parábolas de Oscar Wilde. el tema no es en verdad el germen del cuento.

y en los tres la captura del joven delincuente es un camino hacia el corazón del hecho-tema. en cambio puede serlo. el cuentista debe tener una idea precisa de cómo va a desenvolver su obra. en el primero. 264 . La rígida disciplina mental y emocional que el cuentista ejerce sobre sí mismo comienza a actuar en el acto de escoger el tema. pero también puede estarlo por su ausencia. Todo lo dicho hasta ahora se resume en estas pocas palabras: si bien el cuentista tiene que tomar un hecho y aislarlo de sus apariencias para construir sobre él su obra. la generosidad. el heroísmo. y debe tener categoría universal. o si la causa del robo es el hambre de la madre del descuidero. en el tercero. la crueldad. pero ni aún el mismo autor podrá garantizar de antemano qué saldrá de su trabajo cuando ponga la palabra final. saber seleccionarlo. y puede ser también un magnífico cuento si se trata del primer robo del autor y el cuentista sabe presentar el desgarrón psicológico que supone traspasar la barrera que hay entre el mundo normal y el mundo de los delincuentes. en el segundo. Ahora bien. De donde puede colegirse por qué hemos insistido en que el hecho que sirve de tema debe estar libre de apariencias y de todo cuanto no sea expresión legítima de su sustancia. para un artículo de costumbres o para una página de buen humor. son universales en el habitante de las grandes ciudades. otra cosa sucede si el cuentista trabaja conscientemente y organiza su construcción al nivel del tema que elige. Los personajes de una novela contribuyen en la redacción del relato por cuanto sus caracteres. El tema requiere un peso específico que lo haga universal. Un ladronzuelo cogido in fraganti puede dar un cuento excelente si quien lo sorprende robando es un hermano. En los tres casos el hecho-tema sería distinto. son valores universales. agente de policía. en el desgarrón psicológico. Lo pintoresco. se hallaría en la circunstancia de que el hermano del ladrón es agente de policía. y muy bueno. A veces el cuento está determinado por la mecánica misma del hecho. una vez creados. debe ser un hecho humano o que conmueva a los hombres. y aun dentro de él hallar el aspecto útil para desarrollar el cuento. En cambio. Si esta regla no se sigue. positivos o negativos. lo cierto es que comúnmente el cuentista tiene que estudiar el hecho para saber cuál de sus ángulos servirá para un cuento. y adonde quiera que el cuentista vuelva los ojos hallará hechos que son buenos temas. están llenos los días y las horas. por sus motivaciones o por su apariencia formal. Aprender a ver un tema. puede darse un cuento muy bueno sin seguir esta regla. Antes de sentarse a escribir la primera palabra. no basta para el caso un hecho cualquiera. pero debe ser universal en su valor intrínseco. es parte importantísima en el arte de escribir cuentos. en el hambre de la madre. en el de la jungla americana o en el de los iglús esquimales. De esa especie de hechos está lleno el mundo. Pero en el cuento toda la obra es del cuentista y esa obra está determinada sobre todo por la calidad del tema. Puede ser muy local en su apariencia. el sacrificio. por ejemplo. determinan en mucho el curso de la acción. la avaricia. si en ocasiones esos hechos que nos rodean se presentan en tal forma que bastaría con relatarlos para tener cuentos. el resultado será débil. aunque se presenten en hombres y mujeres cuyas vidas no traspasan las lindes de lo local. Pues en estos tres posibles cuentos el tema parece ser la captura del ladronzuelo mientras roba. El sufrimiento. el amor. el cuento será pobre o francamente malo aunque su autor domine a perfección la manera de presentarlo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Si el tema no satisface ciertas condiciones. Por caso de adivinación. y resulta que hay tres temas distintos. no tiene calidad para servir de tema. en un cuentista nato de gran poder.

el uso. el lector y el tema tienen un mismo corazón. en la tarea de escribir cuentos? Sí. La acción del cuento está determinada por el tema pero tiene que ser dictatorialmente regida por el cuentista. músico– las reglas son leyes misteriosas. el tigre de la fauna literaria está saltando también sobre el lector. Cuando los años le agregan grasa a su peso. El cuentista debe tener alma de tigre para lanzarse contra el lector.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Así como en la novela la acción está determinada por los caracteres de sus protagonistas. La diferencia más drástica entre el novelista y el cuentista se halla en que aquel sigue a sus personajes mientras que éste tiene que gobernarlos. la manera particular de hacer algo. escritas para él por un senado sagrado que nadie conoce. pero las que gobiernan la materia con que esa obra se realiza resultan determinantes en la manera peculiar de expresarse que tiene el artista. Pero como cada cuento es un universo en sí mismo. Unas y otras se mezclan para formar el todo de la obra artística. si le sobra un kilo de grasa o de carne no podrá garantizar la cacería de sus víctimas. y con frecuencia él las domina sin haberlas estudiado a fondo. novelista. y en cada conjunto de reglas hay divisiones: las que dan a una obra su carácter como género. aunque tampoco parece haber duda de que ese don mejora mucho cuando el conocimiento instintivo se lleva a la conciencia por la vía del estudio. en un cuento no debe mencionarse siquiera un cuadro si él no es parte importante en el curso de la acción. en el cuento el tema da la acción. aflojan sus colmillos o debilitan sus poderosas garras. el medio de creación de que se sirve es la lengua. Pues sucede que en la oculta trama de ese arte difícil que es escribir cuentos. le restan elasticidad en los músculos. cuyo mecanismo debe conocer a cabalidad. sino únicamente en los términos estrictamente imprescindibles al desenvolvimiento del cuento y entrañablemente vinculados al tema. 265 . en arte. El cuento es el tigre de la fauna literaria. parece no haber duda de que el escritor nato trae al mundo un conocimiento instintivo de su mecanismo que a menudo resulta sorprendente. Huesos. Los personajes de una novela pueden dedicar diez minutos a hablar de un cuadro que no tiene función en la trama de la novela. y esas leyes son ineludibles. Especialmente en el caso de la lengua. poeta. es producto de una suma de reglas. Según ella. Al dar su salto asesino hacia el tema. Cada forma. y para el artista –sea cuentista. no puede desbordarse ni cumplirse en todas sus posibilidades. pintor. piel. En el caso del autor de cuentos. Se dispara a uno para herir al otro. colmillos y garras nada más. escritor. el tigre está creado para atacar y dominar a las otras bestias de la selva. músculos. Esas son el bagaje primario del artista. el majestuoso tigre se halla condenado a morir de hambre. III Hay una acepción del vocablo “estilo” que lo identifica con el modo. o instinto de tigre para seleccionar el tema y calcular con exactitud a qué distancia está su víctima y con qué fuerza debe precipitarse sobre ella. la forma. Del conjunto de reglas hagamos abstracción de las que gobiernan la materia expresiva. hagamos desde este momento una distinción precisa: el escritor de cuentos es un artista. ¿Se conoce algún estilo. que demanda el don creador en quien lo realiza. y las que rigen la materia con que se realiza. la práctica o la costumbre en la ejecución de ésta o aquella obra implica un conjunto de reglas que debe ser tomado en cuenta a la hora de realizar esa obra. en el sentido de modo o forma.

anotemos de paso que la escultura. sobre todo en los últimos tiempos. La forma es importante en todo arte. y sólo a uno. debe tener importancia por sí mismo. Esta adecuación de tema y forma se explica debido a que la música debe ser interpretada por terceros. al grado que muchos poemas modernos que nos emocionan no resistirían un análisis del tema que llevan dentro. la pintura y la poesía. mas debe ser indudable. La convicción de que el cuento tiene que ceñirse a un hecho. no levanta vuelo para ir a todas partes y ni siquiera a dos puntos a la vez. y más adelante decía que “importancia no quiere decir aquí novedad. el cuento. lo que abandonaron fue su sujeción al tema para entregarse exclusivamente a la forma. La poesía actual se inclina a quedarse sólo con las palabras y la manera de usarlas. Ellas forman el estilo personal. Esto puede parecer una observación estrafalaria. En algunas artes la forma tiene más valor que el tema. Aunque estamos hablando del cuento. Quedémonos por ahora con las reglas que confieren carácter a un género dado. e igual que el aviador. La estrecha relación de todas las artes entre sí. convincente para la generalidad de los lectores”.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Hagamos abstracción también de las reglas que se refieren a la manera peculiar de expresarse de cada autor. como el aviador. Pero en la novela y en el cuento. Por otra parte. el tema es más importante que la forma. el cuento es el relato de un hecho. Desde muy antiguo se sabe que en lo que atañe a la tarea de crearla. caso 266 . uno solo. que no tienen intérpretes sino espectadores del orden intelectual. la expresión artística se descompone en dos factores fundamentales: tema y forma. en nuestro caso. la pintura y la poesía de hoy se realizan con la vista puesta en la forma más que en el tema. No nos hallamos ahora en el caso de investigar si en realidad se produce esa influencia con intensidad decisiva o si todas las artes cambian de estilo a causa de cambios profundos introducidos en la sensibilidad social por otros factores. y el sueño de sus cultivadores es expulsar el tema en ambos géneros. Pues en su sentido estricto. El cuentista. Volveremos sobre este asunto más tarde. nos lleva a tomar nota de que a menudo un cambio en el estilo de ciertos géneros artísticos influye en el estilo de otros. Por ahora recordemos que hay un arte en el que tema y forma tienen igual importancia en cualquier época: es la música. Pero debemos admitir que hay influencias. se halla forzado a saber con seguridad adonde se dirige antes de poner la mano en las palancas que mueven su máquina”. lo mismo en el Mozart del siglo XVIII que en el Bartok del siglo XX. y ese hecho –que es el tema– tiene que ser importante. determinada por el carácter que le imprime al artista la actitud del conglomerado social ante los problemas de su tiempo –de su generación–. y desde luego mucho más importante que el estilo con que al autor se expresa. dan el sello individual. dado que precisamente esas artes han escapado a las leyes de la forma al abandonar sus antiguos modos de expresión. Esas reglas establecen la forma. La pintura y la escultura abstractas son sólo materia y forma. el tema musical no podría existir sin la forma que lo expresa. No se concibe música sin tema. la marca divina que distingue al artista entre la multitud de sus pares. es lo que me ha llevado a definir el género como “el relato de un hecho que tiene indudable importancia”. expliqué en esa misma oportunidad que “la importancia del hecho es desde luego relativa. Todavía más: en el cuento el tema importa más que en la novela. el modo de producir un cuento. ese es el caso de la escultura. Antes dije que “un cuento no puede construirse sobre más de un hecho. A fin de evitar que el cuentista novel entendiera por hecho de indudable importancia un suceso poco común. Pero en realidad. no por la manera de presentarlo.

La mayor importancia del *Debemos esta aguda observación a Thomas Mann. pero no dejó constancia de que conociera la causa del aliento. y hasta muy largo. donde está el secreto de que el cuento pueda elevarse a niveles épicos. es casi un milagro que confiere al cuento una categoría artística en verdad extraordinaria. Caracas. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como temas de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo”. no un requisito de la forma. Por todo esto abrigaba yo un cierto menosprecio (por la obra de Chéjov). Hasta ahora se ha tenido la brevedad como una de las leyes fundamentales del cuento.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS insólito. quien en Ensayo sobre Chéjov. personajes más numerosos y tiempo más largo que el cuento. sin acabar de apercibirme de la dimensión interna. y es la descripción de esos sucesos –a los que podemos calificar de secundarios– y su entrelazamiento con el suceso principal lo que hace de la novela un género de dimensiones mayores. en ciento diez. Es probable que el cuento largo se desarrolle en el porvenir como el tipo de obra literaria de más difusión. repetimos–. La causa está en que la epopeya es el relato de los actos heroicos. págs. en las líneas más puras de la acción. El tiempo del cuento es corto y concentrado. sino que podía ser liquidada en unos días o unas semanas por cualquier frívolo del Arte”. si mediante la virtud de describir la acción pura. Pero la brevedad es una consecuencia natural de la esencia misma del género. debemos reconocer que hay una forma –en cuanto manera. No importa que un cuento esté escrito en cuarenta páginas. de la fuerza genial que logran lo breve y lo suscinto que en su acaso admirable concisión encierran toda la plenitud de la vida y se elevan decididamente a un nivel épico… 267 . El cuento puede ser largo. acaecimiento singular. en sesenta. así. uso o práctica de hacer algo– para poder expresar la acción pura. Venezuela. pues el cuento tiene la posibilidad de llegar al nivel épico sin correr el riesgo de meterse en el terreno de la epopeya. un cuentista lleva a categoría épica el relato de un hecho realizado por hombres y mujeres que no son héroes en el sentido convencional de la palabra. el cuentista tiene el don de crear la atmósfera de la epopeya sin verse obligado a recurrir a los grandes actores del drama histórico y a los episodios en que figuraron. El cuento es breve porque se halla limitado a relatar un hecho y nada más que uno.* “El arte del cuento consiste en situarse frente a un hecho y dirigirse a él resueltamente. 52 y siguientes). Es ahí. si se mantiene como relato de un solo hecho. siempre conservará sus características si es el relato de un solo acontecimiento. marzo-abril de 1960. y que sin sujetarse a ella no hay cuento de calidad. Esto se debe a que es el tiempo en que acaece un hecho –uno solo. traducción de Aquilino Duque (en Revista Nacional de Cultura. de ambiente más variado. así como no las tendrá si se dedica a relatar más de uno. de la narración breve que no exigía la heroica perseveración de años y decenios. sin darles caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho…” dije antes. Obsérvese que el novelista sí da caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho central que sirve de tema a su relato. y el uso de ese tiempo en función de caldo vital del relato exige del cuentista una capacidad especial para tomar el hecho en su esencia. Thomas Mann sintió el aliento épico en algunos cuentos de Chéjov –y sin duda de otros autores–. y alcanzar ese nivel con personajes y ambientes cotidianos. y el que los ejecuta –el héroe– es un artista de la acción. aunque lo haga en una sola página. en lo que podríamos llamar el poder de expresar la acción sin desvirtuarla con palabras. ¿No es esto un privilegio en el mundo del arte? Aunque hayamos dicho que en el cuento el tema importa más que la forma. fuera de las fronteras de la historia y en prosa monda y lironda. dice que Chéjov había sido para él “un hombre de la forma pequeña.

otros ponen de manifiesto problemas sociales. pero ¿cómo negarlo. elásticos. la forma está implícita en el tipo de cuento que se quiera escribir. no deben llamarse cuentos. sacudiendo su sensibilidad con la presentación de un hecho trágico o dramático. pero que no es ni será cuento. que acaso podrá llegar a ser un género literario nuevo. no obscurecer o confundir las cosas. Se aspira a crear un tipo de cuento –el llamado “cuento abstracto”–. Santiago de Chile. Si lo fuera. pues. cómo discutirlo? Ocurre que no son cuentos. Ahora bien. pues. Crónica Literaria. ni un cuento con forma de novela o de relato histórico. Las palabras. ¿Cómo se explica. retratos imaginarios. un cambio en el estilo de ciertos géneros artísticos se refleja en el estilo de otros. los hay humorísticos. insistimos. sin más consecuencias.* Pero sucede que como hemos dicho hace poco. una novela no puede ser escrita con forma de cuento o de historia. ¿cómo podríamos distinguir entre cuento. medio y fin. con abandono del tema. relatos. 268 . Por eso al pan conviene llamarlo pan. que la forma puede ser manejada a capricho por el aspirante a cuentista. cuento”. los nombres. que en los últimos tiempos. los hay cuya finalidad es delinear un carácter o destacar el aspecto saliente de una personalidad. existen otros que flotan. novela e historia. a veces. Y al cuento. producto de nuestro agitado y confuso siglo XX. Diez cuentistas diferentes pueden escribir diez cuentos dramáticos. no son cuentos. otros buscan conmover al lector. tiernos. sin contornos definidos ni organización rigurosa. emocionales. estampas. Por una o por otra razón. los títulos. trozos o momentos de vida. pero. escenas. Y desde luego. en los cuentistas nuevos de América se advierte una marcada inclinación a la idea de que el cuento debe acumular imágenes literarias sin relación con el tema. ¿cuál es la forma del cuento? En apariencia. cuadros. con diez temas distintos y con diez formas de expresión que no se parezcan entre sí. la que cambia y se ajusta no sólo al tipo de cuento que se escribe sino también a la manera de escribir del cuentista. Los hay que se dirigen a relatar una acción. La pintura. superan a menudo a sus parientes de antigua prosapia. vagos. son y pueden ser mil cosas más. de ideas. el conocido y clásico. o el cuento de nuestra lengua ha resultado influido por las mismas causas que han determinado el cambio de estilo en pintura. escultura y poesía. Pero esa forma es la de cada cuento y cada autor. y esta actitud de pintores. ni una historia como si fuera novela o cuento. y los diez cuentos pueden ser diez obras maestras. de una extremada delicadeza. en cada caso el cuentista tiene que ir desenvolviendo el tema en forma apropiada a los fines que persigue. escultores y poetas ha influido en la concepción del cuento americano. géneros parecidos pero diferentes? A pesar de la familiaridad de los géneros.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS tema en el género cuento no significa. con principio. 21 de agosto de 1955. colectivos o individuales. Son interesantísimos y. la escultura y la poesía están dirigiéndose desde hace algún tiempo a la síntesis de materia y forma. calificaciones y clasificaciones tienen por objeto aclarar y distinguir. tiernos. políticos. *Alona (Hernán Díaz Arrieta). son otra cosa: divagaciones. humorísticos. en la lengua española –porque no conocemos caso parecido en otros idiomas– se pretenda escribir cuentos que no son cuentos en el orden estricto del vocablo? Un eminente crítico chileno escribió hace algunos años que “junto al cuento tradicional” al cuento “que puede contarse”. en El Mercurio. Para el cuento hay una forma.

269 . iguales para el cuento hablado y para el escrito. No ha salido a ver qué encuentra. pues. se mueve de cuadro en cuadro. debe correr sin obstáculos y sin meandros. dirigiéndose sin cesar al fin que persigue el autor. no porque las palabras con que se escribe el relato aspiren a expresar ternura. la profunda. Puesto que el cuentista debe ceñir su relato al tratamiento de un solo hecho –y de no ser así no está escribiendo un cuento–. agua o aire. Ese hombre no se parece al que divaga. Lleva un propósito conocido. de ideas. tiene que correr con libertad en el cauce que le haya fijado el cuentista. Esa forma tiene dos leyes ineludibles. externa o interna. que no cambian porque el cuento sea dramático trágico. sin embargo. qué vehículo usará. y por su única virtualidad. pero no puede suplantarla. social. La acción puede ser objetiva o subjetiva. Antes de salir ha pensado por dónde irá. pasea. Así. oyendo hablar a dos niños. tierno. la acción por sí misma. aristócratas. superficial o profundo. seres humanos. La palabra puede exponer la acción. no por el valor literario de las imágenes que lo exponen. La primera ley es la ley de la fluencia constante. De manera intuitiva o consciente. Miles de frases son incapaces de decir tanto como una acción. entra en un museo para matar el tiempo. Un cuento tierno debe ser tierno porque la acción en sí misma tenga cualidad de ternura. a pesar de que a ella y sólo a ella se debe que el cuento que está leyendo le mantenga hechizado y atento al curso de la acción que va desarrollándose en el relato o al destino de los personajes que figuran en él. La segunda ley se infiere de lo que acabamos de decir y puede expresarse así: el cuentista debe usar sólo las palabras indispensables para expresar la acción. a quién se dirigirá. Pero no puede detenerse. En el cuento. más vivaz–. un cuento dramático lo es debido a la categoría dramática del hecho que le da vida. que rigen el alma del género lo mismo cuando los personajes son ficticios que cuando son reales. la frase justa y necesaria es la que dé paso a la acción. debe moverse al ritmo que imponga el tema –más lento. Por tanto. física o psicológica. una forma sustancial. Toda palabra que no sea esencial al fin que se ha propuesto el cuentista resta fuerza a la dinámica del cuento y por tanto lo hiere en el centro mismo de su alma.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Hay. puede incluso ocultar el hecho que sirve de tema si el cuentista desea sorprendernos con un final inesperado. la que el lector corriente no aprecia. en el estado de mayor pureza que pueda ser compatible con la tarea de expresarla a través de palabras y con la manera peculiar que tenga cada cuentista de usar su propio léxico. qué calles tomará. artistas o peones. Es en la acción donde está la sustancia del cuento. pero moverse siempre. La acción no puede detenerse jamás. se entretiene mirando flores en un parque. esa forma ha sido cultivada con esmero por todos los maestros del cuento. Podemos comparar el cuento con un hombre que sale de su casa a evacuar una diligencia. humorístico. sin que el cuentista se entrometa en su discurrir buscando impresionar al lector con palabras ajenas al hecho para convencerlo de que el autor ha captado bien la atmósfera del suceso. no se halla autorizado a desviarse de él con frases que alejen al lector del cauce que sigue la acción. la acción debe producirse sin estorbos. cuando son animales o plantas. qué le dirá. es lo que forma el cuento. sino que sabe lo que busca. observando una bella mujer que pasa. admira aquí el estilo impresionista de un pintor y más allá el arte abstracto de otro.

el modelo del cuentista debe ser el primero. el que se ha puesto en acción para alcanzar algo. También el cuento es un tema en acción para llegar a un punto. que alcanza a todos los hombres de todas las razas en todos los tiempos. septiembre de 1958. En la naturaleza activa del cuento reside su poder de atracción. Caracas. 270 . Y así como los actos del hombre de marras están gobernados por sus necesidades. así la forma del cuento está regida por su naturaleza activa.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Entre esos dos hombres.

pero me toy sintiendo mal. pero tengo calentura. —Dése una caminadita y me la arrea. Al llegar al último escalón se detuvo un rato y se puso a mirar las vacas y los críos. —Cuando llegue a su casa póngase en cura. don Pío lo llamó y le dijo que iba a hacerle un regalo. Cristino tenía tres años trabajando con él. Cristino? Yo no la veo bien. largo y negro. vuelva. Don Pío caminó arriba. Cristino extendió una mano amarilla. pero Cristino conocía una por una todas las reses. —Qué animao ta el becerrito –comentó en voz baja. don. y don Pío quiso hacerle una última recomendación. rechoncho. y sobre los matorrales. Cristino. Apenas se las distinguía. —¿Usté cree. —Le voy a dar medio peso para el camino. Cristino tenía frío y la cabeza empezaba a dolerle. Don Pío tendió la vista. Cristino se movió allá abajo. y hasta hacerse una tisana de cabrita. le caía sobre el pescuezo. que Dio se lo pague. bien lejos. no tenía ni siquiera setos. aquella pinta que se aguaita allá debe haber parío anoche o por la mañana. mientras se cubría de nuevo la cabeza con el viejo sombrero de fieltro negro. —Mucha gracia. que le temblaba. perdidas hacia el norte. A la distancia estaban los matorrales que cubrían el paso del arroyo. que se hacía de madrugada. —Puede quedarse aquí esta noche. La barba escasa parecía ensuciarle el rostro. Eso es bueno. Usté está muy mal y no puede seguir trabajando. porque no le veo barriga. Don Pío había mandado poner tela metálica en todas las puertas y ventanas de la casa. cómo no. Bajó lentamente los escalones. don Pío –dijo–. pero siguió con la vista al animal. si quiere. Desde las lomas de Terrero hasta las de San Francisco. Mucha gracia –oyó responder El sol hervía en cada diminuta hoja de la sabana. las nubes de mosquitos. —Ta bien. Se trataba de uno que él había curado días antes. las atenciones de la casa y el cuido de los terneros. —Vea. Había tenido gusanos en el ombligo y ahora correteaba y saltaba alegremente. don. pero había enfermado y don Pío no quería mantener gente enferma en su casa. Don Pío era bajo. Al borde de los potreros. —Ah. Le había salido trabajador y tranquilo aquel hombre. Cristino se había quitado el sombrero. Cristino –oyó decir a don Pío. Le pagaba un peso semanal por el ordeño. don –dijo–. de pómulos salientes. en el primer escalón. todo fulgía bajo el sol. —¿La calentura? 271 . —Arrímese pa aquel lao y la verá. —Yo fuera a buscarla.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Los amos Cuando ya Cristino no servía ni para ordeñar una vaca. y el pelo abundante. sí. Quisiera coger el camino ya. Don Pío salió a la galería y también se detuvo a ver las reses. de ojos pequeños y rápidos. había dos vacas. pero el rancho de los peones no tenía puertas ni ventanas. Si se mejora.

esperó más. ella lo sabía. Vaya y tráigamela. Mire que esa vaca se me va y puedo perder el becerro. deshecha. Levantaba la frente. Se volvería inhabitable desde que empezaran las lluvias. —Malagradecidos que son. Cristino. después volvía al cuarto y se quedaba allí un rato largo. voy a dir. Ya usté está acostumbrado. con los ojos ansiosos. Ella asintió con la mirada. —Eso no hace. Cuando creía oír pisadas de bestias se lanzaba a la puerta. Y ambos se quedaron mirando a Cristino. Ya estaba negro de tan viejo. como si fuera tropezando. Con todo ese sol y las piernas temblándole. pero comenzó a ponerse de pie. Calló medio minuto y miró a la mujer. —Cogió ahora por la vuelta del arroyo –explicó desde la galería don Pío. que hacía gemir los pinos de la subida y los pomares de abajo. Sentía que el frío iba dominándolo. En un bohío La mujer no se atrevía a pensar. y adentro se vivía entre tierra y hollín. y los pies descalzos llenos de polvo. Cristino. que corría en el fondo del precipicio detrás del bohío. Otra vez rumor de voces. Señaló hacia Cristino. porque fuera de esa choza no tenía una yagua donde ampararse. o tal vez el río. Cristino se sujetaba el pecho con los dos brazos descarnados. El hombre no contestó. un poco más: ¡nada! Sólo el camino amarillo y pedregoso. sumida en una especie de letargo. pero la lengua le pesaba. don –dijo. Esperó un rato. ya voy. que se alejaba con paso torpe. el condenado viento de la loma. Vestía una camisa de listado sucia y de tela tan delgada que no le abrigaba. Uno de los enfermitos llamó. Te lo he dicho mil veces. Y ahorita mismo le dí medio peso para el camino. Hágame el favor. Una mujer se deslizó por la galería y se puso junto a don Pío. —No quería ir a buscarme la vaca pinta. temerosa de que nadie pasara. El bohío era una miseria. Eso asustó a Cristino. Paso a paso. el becerrito… —¿Va a traérmela? –insistió la voz. Pío! –comentó con voz cantarina.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Unjú. y ella entró a verlo. con los brazos sobre el pecho. Se apretaba más los brazos sobre el pecho. Cristino seguía temblando. Don Pío le veía de espaldas. que parió anoche. Pío –comentó. —Con el sol se le quita. Deje que se me pase el frío. que parecía demandar una explicación. —Ello sí. Me ta subiendo. —Sí. De nada vale tratarlos bien. Corrió a la puerta. con ganas de llorar pero sin lágrimas para hacerlo. que ya era apenas una mancha sobre el verde de la sabana. Era el viento. encorvado para no perder calor. 272 . Herminia –dijo–. Resonaron pisadas arriba y Cristino pensó que don Pío iba a bajar. don –dijo–. —¿Va a buscármela. Cristino? Tenía que responder. el peón empezó a cruzar la sabana. ahí enfrente. Todo aquel sol. —¡Qué día tan bonito. y sabía también que no podía dejarlo.

La mujer vio al hombre acercarse y todavía no pensaba en nada. aquel condenado temporal. El niño pareció dormitar y la madre se levantó para ver al otro. después los hombros. el pecho y finalmente el caballo. Cuando el hombre estuvo a pocos pasos. De pronto vio un sombrero de cana que ascendía y coligió que un hombre subía la loma.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —Mama. Esta vez no se engañaba: alguien. Tu taita viene dispués. ella no pudo seguir trabajando porque enfermó. El niño cerró los ojos y se puso de lado. y sufría. y los muchachos –la hembrita y los dos niños–. más que comprendió. y de éste. Era huesos nada más y silbaba al respirar. Cuando él estuvo en el bohío por última vez –justamente dos días antes de entregarse– todavía el pequeño conuco se veía limpio. Desde que nació había sido callado. Sin comprender por qué. llena de ansiedad. se ponía en el lugar de Teo. ¿no era taita? ¿No era taita. la había mandado con media docena de huevos que pudo recoger en nidales del monte para que los cambiara por arroz y sal. si era que algún día salía de la cárcel. Le dolía imaginar que Teo llegara y nadie saliera a recibirlo. tan pequeños. porque le dijeron que podía probar la propia defensa y que no duraría en la cárcel. —Saludo –había dicho él. sin sosiego alguno. Sentía que le faltaba el aire. Miró hacia la subida. Ahora esperaba. ni tablas ni techo. pero algo la sostuvo allí. Pero mejor era no recordar esas cosas. allá abajo. Debajo del sombrero apareció un rostro difuso. pero no se movía ni se quejaba. Teo. cayendo día y noche. cayendo. porque se hallaba acostumbrada. sólo la miraba con sus grandes ojos serenos. no pudieron mantener limpio el conuco ni ir al monte para tumbar los palos que se necesitaban para arreglar los lienzos de palizada que se pudrían. los frijoles y el tabaco se agitaban a la brisa de la loma. —¿No era taita. Pero Teo se entregó. mama? Ella no se atrevía a contestar. que aquel desconocido estaba deseando algo. se acercaba. Había mandado a la hembrita a Naranjal. y el agua estuvo cayendo. tres. 273 . y ella no tenía con qué comprarle una medicina. Era el delirio de la fiebre lo que hacía hablar así a su hijo. Taba ahí y me trujo un pantalón. Iba a derrumbarse. Pensaba que cuando su marido volviera. ella le miró los ojos y sintió. Lo halló tranquilo. con las sienes hundidas. pero algo le decía que sus hijos no podrían curarse en tal lugar. La mujer no podía seguir oyendo. La niña había salido temprano y no volvía. como clavada. Sintió pisadas. dos. con los músculos del cuello tensos y los ojos duros. Salió al alero del bohío. Tocaba la frente del niño y la sentía arder. El cuartucho hedía a tela podrida. montando caballo. un paño sucio en la cabeza y un viejo traje de listado– no podía apreciar ese olor. La madre –flaca. Después llegó el temporal. Todo eso se borró de golpe a la voz del hombre. los huevos. hallaría sólo cruces sembradas frente a los horcones del bohío. como los troncos viejos que se pudren por dentro y caen un día de golpe. hasta que los torrentes dejaron sólo piedras y barro en el camino y se llevaron pedazos enteros de la palizada y llenaron el conuco de guijarros y el piso de tierra del bohío crió lamas y las yaguas empezaron a pudrirse. y el maíz. a una hora de camino. Aun en la oscuridad del aposento se le veía la piel lívida. los niños enfermos. mama. mama? —No –negó–. Su primer impulso fue el de entrar. —Yo lo vide. Y la madre ojeaba el camino. Había una serie de imágenes vagas pero amargas en la cabeza de la mujer: su hija. lo que le obligaba a distender las ventanas de la nariz. una semana.

que sin duda estaba sola y que sin duda. El hombre la midió con los ojos. Y de súbito en esa cabeza atormentada penetró la idea de que ese hombre volvía de La Vega. respirando sonoramente. Ella pensaba: “Medio peso. y de pronto. sin bajar del caballo. Tal vez llevaba comida. arrimada al alero. Era pequeña. como los de los muertos. Era una mujer flaca y sucia. jijo. Se volvió. llorando. La madre perdió la paciencia. que Teo llegaba. que los niños no estaban enfermos. dentre. sintió que se moría. —Déme alguito –insistía ella. En el puñito tenía todo el arroz que había logrado salvar. con la cabeza metida en el pecho. comprendió que era un hombre y que la veía como a mujer. que no podía andar. Además. El hombre perdió su recelo y pareció sentir una súbita alegría. Seguía llorando. y cuando lo vio tuvo que hacer un esfuerzo para darse cuenta de la situación. después lo siguió mientras él se alejaba. —Vino la muchacha. Salió a toda prisa. dueña de sí. deseaba a un hombre. Tenía ganas de llorar y de estar muerta. alguito. Su mirada debía cortar como una navaja. y sus ojos no acertaban a fijarse en nada. El hombre se tiró del caballo. Había olvidado por completo al hombre. Entonces dio la cara al extraño y advirtió que hedía a sudor de caballo. Con una angustia que no le cabía en el alma se acercó a la puerta del aposento. —Bájese –dijo ella. medicinas. también. —¡Diga pronto! —En el río –dijo la pequeña–. mi muchacha… Váyase –dijo. —Yo no más tengo medio peso –aventuró él. Agarró la jáquina del caballo y se puso a amarrarla al pie del bohío. aquí –afirmó ella. Se sentía muy cansada y se arrimó a la puerta. Minina? –preguntó la madre. muerta de vergüenza.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Sin saber cómo lo hacía. La niña sollozaba y no quería hablar. El hombre se le acercó. —Mama –llamó el niño adentro– ¿No era taita? ¿No tuvo aquí taita? Pasándole la mano por la frente. desamarrar la jáquima y subir al caballo. —¿Qué te pasó. Entró. 274 . hecha un haz de nervios. La madre sintió que ya no podía más. Tu taita viene dispués. que ardía como hierro al sol. El hombre vio que los ojos de la mujer brillaban duramente. y justamente en ese momento ella sintió sollozos afuera. —Unjú. La niña estaba allí. más tarde. huesos y pellejo nada más. medio peso perdío”. pasando el río… Se mojó el papel y na más quedó esto. recostada contra las tablas del bohío. ella dijo: —Ta bien. Serena ya. Con los ojos turbios vio al hombre pasarle por el lado. ella se quedó respondiendo: —No. tendría dinero. El hombre entró preguntando: —¿Aquí? Ella cerró los ojos e indicó que hiciera silencio. que tenía mirada de loca. La mujer entró. asomó la cabeza y vio a los niños dormitar. con los ojos hinchados. ya vencido el peor momento. Ardía el sol sobre el caminante y enfrente mugía la brisa. y si había ido a vender algo. quemada. ella extendió la mano y suplicó: —Déme algo.

rayó un fósforo y trató de ver la herida. Además de que sentía la pierna endurecida. Esto ocurría el sábado. Luis Pie llegó de su tierra meses antes y se puso a trabajar. primero en la Colonia Carolina. y no supo qué responderse. encendía de noche para que el padre pudiera prepararles con rapidez harina de maíz o les salcochara plátanos. al iniciarse la noche. con sus ojos cargados por la fiebre. el dueño de la Gloria. buscando el fresco de la tierra. después recorriendo las soleadas carreteras del Este. luego a lo largo de todo el Cibao. por la zafra. después en la Josefita. —Oh Bonyé! –gimió Luis Pie. Escudriñó la pequeña cortada. Pero de pronto alzó la cabeza: hacia su espalda sonaba algo como un auto. caminando sin cesar. primero a través de las lomas. pití Mishé va a ta esperán to la noche a son per. en busca de unos pesos. no ta sien pallá. como se le murió la mujer. Lo que debía hacer era buscar el rumbo y avanzar. andando a veces a gatas. y cuando la alzó de nuevo le pareció que había transcurrido mucho tiempo. Necesariamente debía salir al camino. Si él se perdía. el mayor. los niños le esperarían hasta que el sueño los aturdiera y se quedarían dormidos allí. ta sien pacá –afirmó resuelto. Y entonces sintió ganas de llorar. —Ah… Pití Mishé ta eperán a mué –dijo con amargura. la Gloria. y que don Valentín Quintero. y como iba muy alegre. junto a la hoguera consumida. se le muriera un día. Luis Pie se sentó en el suelo. Y siguió arrastrándose. hasta verse en la región de los centrales de azúcar. Don Valentín acababa de pasar por aquella trocha en su estrepitoso Ford. en el dedo grueso de su pie derecho. que era enfermizo. Arrastrándose a duras penas. Hubiera querido quedarse allí descansando. Allí estaba.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Luis Pie A eso de las siete la fiebre aturdía al haitiano Luis Pie. podría pasar una carreta o un peón montado que fuera a la fiesta de esa noche. a su retorno del trabajo. Pero sí había pasado a distancia un motor. Un golpe de aire apagó el fósforo. —No. e ignoraba que detrás estaba otra colonia. El haitiano meditó un minuto. a veces pegando el pecho a la tierra. Cuando volvió a levantar la cabeza ya no se oía el ruido del motor. con la frente sobre el brazo y la pierna sacudida por temblores–. 275 . Quería estar seguro de que el mal le había entrado por la herida y no que se debía a obra de algún desconocido que deseaba hacerle daño. después quiso levantarse y andar. sobre las secas hojas de la caña. Luis Pie emprendió el camino. y en ese caso los tres hijitos le esperarían junto a la hoguera que Miguel. mas de pronto el instinto le hizo sacudir la cabeza. Luis Pie sentía a menudo un miedo terrible de que sus hijos no comieran o de que Miguel. Se trataba de una herida que no alcanzaba la pulgada. donde tal vez alguien le ayudaría a seguir hacia el batey. en el cruce de la frontera dominicana. pero el dolor había aumentado a tal grado que no podía mover la pierna. Medio ciego por el dolor de la cabeza y la debilidad. pero estaba llena de lodo. tenía un viejo Ford en el cual iba al batey a emborracharse y a pegarles a las mujeres que llegaban hasta allí. y el haitiano encendió otro. a lo que se negó porque temía entregarse a la debilidad. al pisar un pedazo de hierro viejo mientras tumbaba caña en la colonia Josefita. con su trocha medio kilómetro más lejos. Para que no les faltara comida Luis Pie cargó con ellos desde Haití. golpes internos le sacudían la ingle. Se había cortado el dedo la tarde anterior. Su rostro brillante y sus ojos inteligentes se mostraban angustiados ¿Habría perdido el rumbo debido al dolor o la oscuridad lo confundía? Temía no llegar al camino en toda la noche. Luis Pie pegó la frente al suelo.

ayuda a mué. gritó estentóreamente: —¡Dominiquén bon. Bonyé –clamó casi llorando–. —¡Bonyé. ¡pero qué hembra! Y en ese momento lanzó el fósforo. Bonyé! –empezó a aullar. Rápidamente levantó la cabeza. corran! –demandó el hombre dirigiéndose a los que le seguían. aquí ta mué. —¡Bonyé. Pegado a la tierra. Sin embargo siguió moviéndose. tratando de escapar. porque sabía que el corte empieza siempre junto a una trocha. La esperanza le embriagó. irrumpiendo por entre las cañas. pues a su frente. Lui Pié! ¡Salva a mué. Se puso de rodillas y se preguntaba qué era aquello. Mas el fuego se extendía con demasiada rapidez para que Luis Pie no supiera de qué se trataba. jamás había visto él un incendio en el cañaveral. iba con la esperanza de salir a la trocha cuando notó el resplandor. que el auto pasaba junto al cañaveral. cuando encendió el tabaco. por aquí! ¡Corran. Pero le pareció que nada podría salvarle. sí señor. voces de mando y tiros. gran Bonyé que ta ayudán a mué… En ese mismo instante la alegría le cortó el habla. iluminando el lugar con un tono rojizo. que está cogío! ¡Corran. Todos gritaban insultos y se lanzaban sobre Luis Pie. con sus ojos desorbitados por el pavor. veía crecer el fuego cuando le pareció oír tropel de caballos. Luis Pie lo reconoció así y se preparó a lo peor. El haitiano temió que iba a quedar cercado. Dando la mayor amplitud posible a su voz. dando saltos. gran Bonyé. Golpeando en la espalda al chofer. que cayó encendido entre las cañas. dominiquén bon! Entonces oyó que alguien vociferaba desde el otro lado del cañaveral. Al principio no comprendió. Disparando ruidosamente el Ford se perdió en dirección del batey para llegar allá antes de que Luis Pie hubiera avanzado trescientos metros. como si tuvieran vida. pero sin saber verdad qué hacía. el enemigo que le había echado el mal se valió de fuerzas poderosas. muchos de ellos a pie y la mayoría armado de mochas. que se puede ir! Olvidándose de su fiebre y de su pierna. 276 . Quienquiera que fuera. La voz decía: —¡Por aquí. hasta que tropezó y cayó de bruces. Se levantó y pretendió correr a saltos sobre una sola pierna. Quiso huir. envueltas en un humo negro que iba cubriendo todo el lugar. acababa de aparecer un hombre a caballo. Inmediatamente aparecieron diez o doce. Luis Pie se quedó inmóvil del asombro. Echándose sobre las cañas. las llamas avanzaban ávidamente. Tal vez esa distancia había logrado arrastrase el haitiano. Aplicó el oído para saber en qué dirección estaban sus presuntos salvadores.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS pensando en la fiesta de esa noche. fuera de sí. don Valentín dijo: —Esa Lucía es una sinvergüenza. Luis Pie se incorporó y corrió. y más alto aún: —¡Bonyéeee! Gritó de tal manera y llegó a tanto su terror. Iba cojeando. no tomó en cuenta. —¡Aquí está. buscó con los ojos la presencia de esos dominicanos generosos que iban a sacarlo del infierno de llamas en que se hallaba. Pero de pronto oyó chasquidos y una llamarada gigantesca se levantó inesperadamente hacia el cielo. Trataba de llegar a la orilla del corte de la caña. que por un instante perdió la voz y el conocimiento. un salvador. los tallos disparaban sin cesar y por momentos el fuego se producía en explosiones y ascendía a golpes hasta perderse en la altura. tú salva a mué de murí quemá! ¡Iba a salvarlo el buen Dios de los desgraciados! Su instinto le hizo agudizar todos los sentidos. Volvió a pararse al tiempo que miraba hacia el cielo y mascullaba: —Oh Bonyé.

Después siguieron otros. ¡Denle golpe. bandolero. se alzó en medio del silencio diciendo: —¡Pití Mishé. confiesa que prendiste candela! —Uí. mientras Luis Pie. haciendo saltar la sangre. mon pití Mishé! ¿Tú no ta enferme. salva a mué. y Luis Pie. destacados por una hoguera que iluminaba adentro la vivienda. Luis Pie. Su poderoso enemigo acabaría con él. ¡No. gimiendo. hablando bien alto: —¡Sí. debió seguir sin detenerse. y él fue el primero en dar el ejemplo. mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. ¿Qué había ocurrido? Luis Pie no lo comprendía. El grupo se acercaba a un miserable bohío de yaguas paradas. y el acero resonó largamente. arrastrando su pierna enferma. Después abatió la cabeza. Se le veía que no podía ya más. aunque a veces le era imposible sufrir el dolor en la ingle.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —¡Hay que matarlo ahí mismo. que tendría seis años y que presenciaba la escena llorando amargamente. todo el mundo vio el resplandor del interés en sus ojos. no iba a luchar contra ellas porque sabía que era inútil. La gente que se agrupaba alrededor de Luis Pie era ya mucha y pareció dudar entre seguirlo o detenerse para ver a los niños. perro! –ordenó un soldado. per. pero él lo ignoraba. sin mover un músculo. pegó la barbilla al pecho para que no lo vieran llorar. Era tal el momento que nadie habló. dijo entre su llanto. no! –ordenaba alguien que corría–. que estaba exhausto y a punto de caer desfallecido. no pudo contener sus palabras. donde la gente se agolpó para verlo pasar. Pero como no sabía explicarse en español no podía decir que había encendido dos fósforos para verse la herida y que el viento los había apagado. yo ta bien. Iba echando sangre por la cabeza. Le encontraron en los bolsillos una caja con cuatro o cinco fósforos. uí. una voz llena de angustia y de ternura. El que así gritaba era don Valentín Quintero. Todavía cojeaba bastante cuando dos soldados lo echaron por delante y lo sacaron al camino. con la ropa desgarrada y una pierna a rastras. —¿Qué ta pasán? –preguntó Luis Pie lleno de miedo. rogaba enternecido: —¡Ah dominiquén bon. tú sé gran! –clamó volviendo al cielo una honda mirada de gratitud. salva a mué pa llevá manyé a mon pití! Una mocha cayó de plano en su cabeza. mon per! Y se quedó inmóvil. —¡Oh Bonyé. Luis Pie. y que se achicharre con la candela ese maldito haitiano! –se oyó vociferar. Aunque la luz era escasa todo el mundo vio a Luis Pie cuando su rostro pasó de aquella impresión de vencido a la de atención. mon pití? ¿Tú ta bien? El mayor de los niños. Con gran asombro suyo. el haitiano se sintió capaz de levantarse. en el que apenas cabía un hombre y en cuya puerta. Le pegó al haitiano en la nariz. Y de pronto la voz de Luis Pie. pero no lo maten! ¡Hay que dejarlo vivo para que diga quienes son sus cómplices! ¡Le han pegado fuego también a la Gloria. estaban tres niños desnudos que contemplaban la escena sin moverse y sin decir una palabra. y empezó a caminar de nuevo. —¡Canalla. pero como no tardó en comprender que el espectáculo 277 . le había echado encima a todos los terribles dioses de Haití. asombrado de que sus hijos no se hallaran bajo el poder de las tenebrosas fuerzas que le perseguían. to nosotro ta bien. a golpes y empujones. alzaba los brazos y pedía perdón por un daño que no había hecho. Tardó una hora en llegar al batey. –afirmaba el haitiano. que apenas entendía el idioma. Puesto de rodillas. que temía a esas fuerzas ocultas. —¡Levántate. después. La primera arremetida de la infección había pasado.

En cambio. que iba doblando una esquina.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que ofrecía Luis Pie era más atrayente. El conocía bien el lugar. La madre de Mundito tenía unos cuantos centavos que había ido guardando de lo poco que cobraba lavando ropa y revendiendo gallinas en el cruce de la carretera. No podía darse cuenta porque iba caminando como un borracho. Hora y media más tarde el sol del día 24 alumbraba los campos y calentaba ligeramente a Encarnación Mendoza. Pues a esa hora la madre de Mundito pensaba igual que el prófugo: nadie pasaría por las trochas en la mañana. que le quedaba al poniente. Anduvo acertado en su cálculo. nadie había pasado por las trochas cercanas. donde estarían desde temprano consumiendo ron. Pues como el día se acercaba era de rigor buscar escondite. mirando hacia el cielo y hasta ligeramente sonreído. Para su desgracia. comprendió que por duro que le pegara Luis Pie no se daría cuenta de ello. Jamás sería perdonado el que encubriera a Encarnación Mendoza. hablando a gritos y tratando de alegrarse como lo mandaba la costumbre. además. Y aunque no lloviera los hombres no saldrían de la bodega. Por otra parte la brisa era fresca y tal vez llovería. La Nochebuena de Encarnación Mendoza Con su sensible ojo de prófugo Encarnación Mendoza había distinguido el perfil de un árbol a veinte pasos. y él se preguntaba si debía internarse en los cerros que tenía a su derecha o en el cañaveral que le quedaba a la izquierda. y uno de los soldados pareció llenarse de ira. Empezaba a sentirse tranquilo Encarnación Mendoza. escogió el cañaveral. —¡Ya ta bueno de hablar con la familia! –rugía el soldado. donde empezó a equivocarse fue al sacar conclusiones de esa observación. Pareció que iba a dirigirse hacia los niños. En leguas a la redonda no había quien se atreviera a silenciar el encuentro. Pero el chasquido del golpe no llegó a sonar. y aunque no se hablaba del asunto todos los vecinos de la comarca sabían que aquel que le viera debía dar cuenta inmediata al puesto de guardia más cercano. razón por la cual pensó que la noche iba a decaer. las familias que vivían en las hondonadas producían leña. cuando comenzó el destino a jugar en su contra. y. a casi medio día de marcha. decidió ir tras él. como casi todos los años en Nochebuena. sin duda para ver una vez más a sus hijos. Pues aunque deseaba pegar. que yacía bocarriba tendido sobre hojas de caña. y como estaba asustada cerró los ojos para no ver la escena. A las siete de la mañana los hechos parecían estar sucediéndose tal como había pensado el fugitivo. pero al fin echó a correr tras la turba. Luis Pie había vuelto el rostro. Durante un segundo esperó el ruido. Con esos centavos podía mandar a Mundito a 278 . Si cualquiera de los hombres que habitaban los bohíos de por allí bajaba aquel día para vender bastimentos en la bodega del batey y acertaba a verlo. Tenía la mano demasiado adolorida por el uso que le había dado esa noche. Sólo una muchacha negra de acaso doce años se demoró frente a la casucha. y si Mundito apuraba el paso haría el viaje a la bodega antes de que comenzaran a transitar los caminos los habituales borrachos del día de Nochebuena. de haber tirado hacia los cerros no podría sentirse tan seguro. La muchacha llegó al grupo justamente cuando el militar levantaba el puño para pegarle a Luis Pie. el soldado se contuvo. yuca y algún maíz. estaba perdido. porque tenía la seguridad de que había escogido el mejor lugar para esconderse durante el día.

El caserío donde ellos vivían –del lado de los cerros. el niño Mundito pasaba frente al tablón de caña donde estaba escondido el fugitivo. Pero para él no era simplemente un hombre sino algo imponente y terrible. En su miedo. expuesto al peligro de que el muerto se molestara con sus ladridos y lo reventara apretándolo con las manos. y eso bastaba. Mundito sentía que esa idea casi le autorizaba a disponer del perrito. que lo voy a llevar allí! Oyéranle o no. Incapaz de irse sin el animalito e incapaz de quedarse allí. pegó un salto sobre el cachorrillo. Era largo el trayecto hasta la bodega. radiante de luz que se esparcía sobre el horizonte de cogollos de caña. fija la mirada en el difunto. Azabache se metió en el cañaveral. donde seis semanas antes una perra negra había parido seis cachorros. porque no podría hacer tanta distancia por sí solo. con el encargo de ir a la bodega. el niño era consciente de que si llevaba al cachorillo tendría que cargarlo casi todo el tiempo. Allí. Sin intervención de su voluntad levantó una mano. Los dueños del animal habían regalado cinco. era un cadáver. y hacerlo en silencio para que el cadáver no se diera cuenta. Con sus nueve años cargados de precoz sabiduría. Llamándolo a voces.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS la bodega para que comprara harina. poco antes de las nueve. Al salir de la suya. Para mayor seguridad. dando la espalda al lado por donde sentía el ruido. Estaba clara la mañana. no estaba el niño. se cubrió la cara con el sombrero. sin pensarlo. Encarnación Mendoza oyó la voz del niño ordenando al perrito que se detuviera. aburriéndose de caminar por trochas siempre iguales? Durante diez segundos Mundito pensó entrar al bohío vecino. siquiera fuera comiendo frituras de bacalao. Rápidamente calculó que si lo hallaban atisbando era hombre perdido. empréstame a Azabache. el niño sentía que desfallecía. él podía ver hasta donde se lo permitía el barullo de tallos y hojas. pretendiendo saltar. Encarnación Mendoza no tenía pelo de tonto. Mundito se detuvo un momento en medio del barro seco por donde en los días de zafra transitaban las carretas cargadas de caña. De súbito. en el camino que dividía los cañaverales de las tierras incultas– tendría catorce o quince malas viviendas. El cielo se veía claro. o simplemente movido por esa especie de indiferencia por lo actual y curiosidad por lo inmediato que es privilegio de los animales pequeños. Con su agudo ojo de prófugo. torpe de movimientos. pero quedaba uno “para amamantar a la madre”. al cual 279 . la mayor parte techadas de yaguas. era grata la brisa y dulcemente triste el silencio. Y así empezó el destino a jugar en los planes de Encarnación Mendoza. bacalao y algo de manteca. y en él había puesto Mundito todo el interés que la falta de ternura había acumulado en su pequeña alma. De otra manera no se explicaba su presencia allí y mucho menos su postura. lo mejor sería hacerse el dormido. corrió hacia la casucha gritando: —¡Doña Ofelia. El terror le dejó frío. jugando con las hojas de caña. tomó el animalejo en brazos y salió corriendo. Durante un segundo temió que el muchacho fuera la avanzada de algún grupo. ¿Por qué ir solo. El negro cachorrillo correteó. Mundito estaba seguro de que el cadáver iba a levantarse de momento. mientras el perrillo reculaba y lanzaba sus pequeños ladridos. a toda marcha. pretendió adelantarse al muerto. quería celebrar la Nochebuena con sus seis pequeños hijos. temblando. Mundito iba acercándose cuando de pronto quedó paralizado: había visto al hombre. cansado. hasta que se perdió a lo lejos. y cuando vio al fugitivo echado empezó a soltar diminutos y graciosos ladridos. En el primer momento pensó huir. Pero le parecía un crimen dejar a Azabache abandonado. y gateando para avanzar. Aunque lo hiciera pobremente. ya él había pedido autorización. al alcance de su mirada. Porque ocurrió que cuando. Entró como un torbellino.

y nadie ignoraba que era hombre condenado donde se le encontrara. Se había ido corriendo. sin un peso para celebrar la fiesta. a él. El cuerpo le pedía ver hasta el sucio camino. En toda la región se sabía que él había dado muerte al cabo Pomares. a punto de desfallecer por el esfuerzo y el pavor. Eso no había entrado en los planes de Encarnación Mendoza. Acaso hubiera sido prudente alejarse de allí. corrales y cortes de árboles o quema de tierras. cabeceando contra las cañas. desde las primeras estribaciones de la Cordillera. y estaría en su casa a las once. Pero el plan se había enredado algo. pues fue el día de San Juan cuando ocurrieron los hechos que costaron la vida al cabo Pomares. gritó señalando hacia el lejano lugar de su aventura: —¡En la Colonia Adela hay un hombre muerto! A lo que un vozarrón áspero respondió gritando: —¿Qué tá diciendo ese muchacho? Y como era la voz del sargento Rey. El propósito de Encarnación Mendoza era pasar la Nochebuena con su mujer y sus hijos. tal vez llorando por él. caminar con cautela orillando los cerros. Sabía lo que 280 . Con todo y ser tan limpio de sentimientos. Necesariamente debía ver a su mujer y a sus hijos. ahogándose. Era cosa de ponerse a pensar si el muchacho hablaría o se quedaría callado. ahí. Encarnación Mendoza comprendía que con el deseo de abrazar a su mujer y de contarles un cuento a los niños iba confundida una sombra de celos. impulsado por el terror. y aunque el mismo Diablo hiciera oposición. durante la Nochebuena. echó a correr hacia la bodega. en la provincia del Seybo. cortándose el rostro y las manos. A las nueve de la noche podría salir. y a seguidas. a lo que pudo colegir Encarnación por la rapidez de los pasos. la luz de la lámpara iluminando la habitación donde se reunían cuando él volvía del trabajo y los muchachos le rodeaban para que él los hiciera reír con sus ocurrencias. era hombre perdido. pues debía andar por la Capital disfrutando sus vacaciones de fin de año. tal vez a las once y un cuarto. nunca deseaba nada malo y se respetaba a sí mismo. por de pronto estaba seguro. Tenía que ir o se moriría de una pena tremenda. Pero además necesitaba ver la casucha. Era un impulso bestial el que le empujaba a ir. Pero el sargento era expeditivo: quince minutos después de haber oído a Mundito el sargento Rey iba con dos números y diez o doce curiosos hacia el sitio donde yacía el presunto cadáver. que por no ofender no bebía y que no tenía más afán que su familia. Sucediera lo que sucediera. porque si tenía la fatalidad de que alguien pasara por la trocha de ida o de vuelta. cuando el cabo Pomares le faltó pegándole en la cara. El día de Nochebuena no podía contarse con el juez de La Romana para hacer el levantamiento del cadáver. obtuvo el mayor interés de parte de los presentes así como los datos que solicitó del muchacho. que se hacía lodazal en los tiempos de lluvia. jefe de puesto del Central. una fuerza ciega a la cual no podía resistir. Tenía ya seis meses huyendo. Encarnación Mendoza estaba acostumbrado a hacer lo que deseaba. Encarnación Mendoza pasaría la Nochebuena en su bohío.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS agarró con nerviosa violencia por el pescuezo. Y los vería sólo una hora o dos. rehuyendo todo encuentro y esquivando bohíos. Al llegar allí. y le veía cruzando el camino y le reconocía. excepto de Nina y de sus hijos. Sólo imaginar que Nina y los muchachos estarían tristes. y tal vez pensó que se trataba de un peón dormido. No debía dejarse ver de persona alguna. Sin embargo valía la pena pensarlo dos veces. Por respeto a sí mismo sucedió lo del día de San Juan. meterse en otro tablón de caña. No debía precipitarse. le partía el alma y le hacía maldecir de dolor. Escondiéndose de día y caminando de noche había recorrido leguas y leguas.

se hallaba aterrorizado. el muerto se había ido de allí sólo para vengarse de su denuncia y hacerlo quedar como un mentiroso. —¿Tú ta seguro que fue aquí. “En ése” podía significar que el muchacho estaba señalando hacia el que ocupaba Encarnación. que era él. —Son cosa de muchacho. maltratando los tallos más tiernos y cortándose las manos y los brazos. Despertó al tropel de pasos y a la voz del niño que decía: —Taba ahí. Oyó la áspera voz del sargento: —¡Métase por ahí. que yo voy por aquí! ¡Usté. Ese momento de la llegada era la razón de ser de su vida. Había que salir de allí pronto. y ya iba atravesando la trocha para meterse en un tercero 281 . los ojos oscuros y brillantes. cuidándose de que el ruido que pudiera hacer se confundiera con el de las hojas del cañaveral batidas por la brisa. aquí era –afirmó Mundito. con paso felino. El sargento clavó en el niño una mirada fija. yo venía por aquí con Azabache –empezó a explicar Mundito– y lo diba corriendo asina –lo cual dijo al tiempo que ponía el perrito en el suelo–. De todas maneras. ahí no hay nadie –terció el número Arroyo. y no vieron cadáver alguno. y tenía un sombrero negro encima de la cara… Pero el pobre Mundito apenas podía hablar. Cambiar de tablón en pleno día era correr riesgo. no era de dudar. sino de actuar. de lao… —¿De qué color era el pantalón? –inquirió el sargento. El momento. hacia uno vecino o hacia el de enfrente. no podía arriesgarse a ser cogido antes. Nemesio. Tenía un sombrero en la cara. La situación era realmente grave. sargento. Porque a juzgar por las voces y el sargento se hallaban en la trocha. la boca carnosa. Seguramente en la noche le saldría en la casa y lo perseguiría toda la vida. y después hacia otros más. Solito. que lo llenó de pavor. solamente le vide la ropa. quienquiera que fuese. Feas para él y feas para el muchacho. en ese tablón de cañas no darían con el cadáver. porque de lo que no había duda era de que ya había gente localizando al fugitivo. Encarnación podía colegir que había varios hombres en el grupo que le buscaba. con ganas de llorar. Lo mejor sería descansar. Dependía de hacia dónde estaba señalando el niño cuando decía “ése”. sin perder un minuto. Encarnación Mendoza comenzó a gatear con suma cautela. la barbilla saliente. en ése o en el de allá? —En ése –aseguró el niño. quédese por aquí! Se oían murmullos y comentarios. Mientras se alejaba. —Mire. Ya le parecía estar viendo a Nina con su negro pelo caído sobre las mejillas. empezaron a creer que era broma lo del hombre muerto en la Colonia Adela. tal vez en un punto intermedio entre varios tablones de caña. y él cogió y se metió ahí. su marido. —¿Pero en cuál tablón. Pero el número Solito Ruiz interrumpió la escenificación de Mundito preguntando: —¿Cómo era el muerto? —Yo no le vide la cara –dijo el niño. Porque cuando el sargento Rey y el número Nemesio Arroyo recorrieron el tablón de caña en que se habían metido.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS iba a hacer. temblando de miedo–. A su infantil idea de las cosas. escalofriante. sargento. agachado. —Azul. Rápido en la decisión. bastante asustado ya. llamaría por la ventana de la habitación en voz baja y le diría a Nina que abriera. pues. Taba asina. —Sí. y la camisa como amarilla. supiéralo o no Mundito. Sin duda las cosas estaban poniéndose feas. Encarnación Mendoza había cruzado con sorprendente celeridad hacia otro tablón. dormir. muchacho? –preguntó el sargento.

y se parece a Encarnación Mendoza! ¡Encarnación Mendoza! De golpe todo el mundo quedó paralizado ¡Encarnación Mendoza! —¡Vengan! –demandó el sargento a gritos. —¡Que vaya uno al batey y diga de mi parte que me manden do número! –ordenó a gritos el sargento. se habían vuelto al oír la voz del chiquillo. pues era arriesgado tirar si gente amiga estaba al otro extremo. Del batey iban saliendo hombres y hasta alguna mujer. y no dio tiempo al número Solito Ruiz para apuntarle su fusil. sargento. ahogándose. y en la bodega no quedó sino el dependiente. ¡Dentró ahí! Y como tenía mucho miedo siguió su carrera hacia su casa. excitados. sin que los cazadores supieran qué pieza perseguían. los cazadores del hombre apenas lo notaban. el revólver en la mano. y aunque los crecientes nubarrones convertían en sofocante y caluroso el ambiente. disparando sobre las cañas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS cuando el niño. Sin saber a ciencia cierta dónde estaban los soldados. y con él los soldados y curiosos que le acompañaban. sólo un momento. Y así empezó la cacería. hacia donde señalaba el peón que había visto el prófugo. A la distancia se veían pasar de pronto un soldado y cuatro o cinco peones. Llegaron no dos. allá va. ¡Rodiemo ese tablón ni una ve! –gritó. Pasó el mediodía. esquivando el encuentro con los soldados. y a seguidas echó a correr. dado que la ropa era la que había visto por la mañana. Encarnación Mendoza sabía ya que estaba más o menos cercado. Lentamente. sino tres números y como nueve o diez peones más. los perseguidores corrían de un lado a otro dándose voces entre sí. pasaba corriendo. pegando voces. Estaba ya a tanta distancia de ellos que si se hubiera quedado tranquilo hubiese podido esperar hasta el oscurecer sin peligro de ser localizado. cada militar iba seguido de tres o cuatro peones. ta aquí! –gritó señalando hacia el punto por donde se había perdido el fugitivo–. 282 . Pero no se hallaba seguro y seguía pasando de tablón a tablón. lo cual entorpecía los movimientos. Era ya cerca de mediodía. —Cosa de muchacho –dijo calmosamente Nemesio Arroyo. él pensaba que el registro del cañaveral obedecía al propósito de echarle mano y cobrarle lo ocurrido el día de San Juan. respirando sonoramente y tratando de mirar hacia todos los ángulos a un tiempo. con el perrillo bajo el brazo. y se corría de un tablón a otro. Repartidos en grupos. —¡Ta aquí. Pero el sargento. corriendo por las trochas. y una voz proclamó a todo pulmón: —¡Allá va. Sólo que a diferencia de sus perseguidores –que ignoraban a quién buscaban–. todos un poco bebidos y todos excitados. huyendo con la velocidad de una sombra fugaz. No podía ser otro. Al cruzar una trocha fue visto de lejos. Era poco más de media mañana. se dispersaron en grupos y la cacería se extendió a varios tablones. Su miedo lo paró en seco al ver el dorso y una pierna del difunto que entraban en el cañaveral. preguntando a todo hijo de Dios que cruzaba si “ya lo habían cogido”. buscando aquí y allá. Encarnación se dejó ver sobre una trocha distante. el fugitivo se atenía a su instinto y a su voluntad de escapar. sargento. viejo en su oficio. corrían y corrían. despachado por el sargento. Nerviosos. las pequeñas nubes azul oscuro que descansaban al ras del horizonte empezaron a crecer y a ascender cielo arriba. lleno de lástima consigo mismo por el lío en que se había metido. zigzagueando. era suspicaz: —Vea. recomendándose prudencia cuando alguno amagaba meterse entre las cañas. algo hay. El sargento.

o se guarecían en el cañaveral de rato en rato. que estaba hacia el poniente. manando sangre. ordenó con su áspera voz: —Desamarren ese muerto y tírenlo ahí adentro. Varios peones. Y el sargento estaba pensando algo. Pero a eso de las tres. Decía esto cuando la lluvia era tan escasa que parecía a punto de cesar. sin duda más temprano que de costumbre por efectos de la lluvia. no en el batey. Era día de Nochebuena y él había salido de la Cordillera a pasar la Nochebuena en su casa. Si él sacaba el cadáver a la carretera. y al instante urdió un plan del que se sintió enormemente satisfecho. y con la oscuridad el camino se hizo más difícil. O simplemente aludía al cabo Pomares. Y justamente entonces empezaban a caer las primeras gotas de la lluvia que había comenzado a insinuarse a media mañana. aunque tenía los dientes destrozados por un balazo de máuser. El sargento no quería perder tiempo. —¡Búsquese un caballo ya memo que vamo a sacar ese vagabundo a la carretera! –dijo dirigiéndose al que tenía más cerca. Conservaba las líneas del rostro.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Encarnación Mendoza no era hombre fácil. un tiro certero le rompió la columna vertebral al tiempo que cruzaba para internarse en la maleza. en el camino que dividía el cañaveral de los cerros. pues los soldados iban disparándole a medida que se acercaban. hacer bajar la gente y meter el cadáver o subirlo sobre la carga de un camión. Se revolcaba en la tierra. cuando recibió catorce tiros más. el muerto resbaló y quedó colgando bajo el vientre del asno. razón por la cual la marcha se tornó lenta. estorbándose los unos a los otros. Oscureció del todo. del caserío –explicó el sargento. colocaron el cadáver atravesado sobre el asno y lo amarraron como pudieron. vivo o muerto. Tres veces. Serían más de las siete. Estaba muerto Encarnación Mendoza. cuya sangre había sido al fin vengada. Este resoplaba y hacía esfuerzos para trotar entre el barro. que no podemo seguir mojándono. antes de llegar al primer caserío. la mayor parte del tiempo en silencio aunque de momento la voz de un soldado comentaba: —Vea ese sinvergüenza. y como el tren podría tardar mucho en salir llegaría a la ciudad tarde en la noche. Así. No resultó fácil el camino. esto es. cuando uno de los peones dijo: —Allá se ve una lucecita. El sargento quería algo más. En la carretera las cosas son distintas. y eso. a más de dos horas del batey. si bien por entonces no con fuerza. Cuando el cuerpo estuvo suelto llamó a la puerta de una casucha justo a tiempo para que la mujer que 283 . tal vez demasiado tarde para trasladarse a Macorís. Comenzaba a llover. Cubiertos sólo con sus sombreros de reglamento al principio. cuando un cuarto de hora después se vio frente a la primera casucha del lugar. y apenas llovía entonces. Seguido por dos soldados y tres curiosos. el sargento ordenó la marcha bajo la lluvia. cuando la lluvia arreciaba más. y al hablar observaba a los hombres que se afanaban en la tarea de librar el cadáver de cuerdas. —Sí. de hojas grandes arrancadas a los árboles. No apareció caballo sino burro. los soldados echaron mano a pedazos de yaguas. que ya empezaba a formarse. si lo llevaba al batey tendría que coger allí un tren del ingenio para ir a La Romana. cuando el aguacero pesado hacía sonar sin descanso los sembrados de caña. pasadas ya las cuatro. a los que escogió para que arrearan el burro. Pues al sargento no le bastaba la muerte de Encarnación Mendoza. La lúgubre comitiva anduvo sin cesar. pasan con frecuencia vehículos y él podría detener un automóvil. podía llevarlo ese mismo día a Macorís y entregarle ese regalo de Pascuas al capitán.

y llevándose una mano a la boca comenzó a retroceder lentamente. bramando de cuando en cuando. que oían a las reses bramar. lanzó bramidos tan dolorosos que hicieron ladrar de miedo a todos los perros de la comarca. que no le era favorable porque no había salida sino hacia atrás. sin duda convencido de que sus compañeras no regresarían. Poco antes del amanecer don Braulio oyó a los perros que ladraban en forma agitada muy cerca de la casa. y encabezaba el grupo. sin embargo no desesperó hasta el atardecer. más tarde. La mujer miró aquella masa inerte. cerca del camino real. lo que le daba a su rostro antes sereno y bondadoso la apariencia de estar haciendo una mueca horrible. Con efecto. sus ojos cobraron de golpe la inexpresiva fijeza de la locura. verdadera joya entre caballos. Llevaban media hora de marcha y los hombres iban charlando alegremente. Entonces se oyó una voz infantil en la que se confundían llanto y horror: —¡Mama. a poco oyó un bramido corto y el sordo trote de la bestia. Al tropezar con los perros se detuvo un momento y miró en semicírculo. Joquito no parecía dispuesto a volver por 284 . los niños salieron de la habitación. y hacía retumbar la tierra bajo sus patas. pero se negó resueltamente a que Joquito bajara con ellas. como rogando que las sacaran de ese sitio.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS salió a abrir recibiera sobre los pies. y para eso salió don Braulio con sus peones y unos cuantos perros. de manera que había que encerrarlo en el potrero cuanto antes. Joquito no tardó en dejarse ver. y tenía los dientes destrozados por un tiro. Aconsejado por ellos. se quedó solo en el potrero: Estuvo inquieto toda la tarde y pasó la noche bajo un memizo. hasta que a tres pasos paró y corrió desolada sobre el cadáver al tiempo que gritaba: —¡Ay m’shijo. mi mama! ¡Ese fue el muerto que yo vide hoy en el cañaveral! El funeral Cuando empezaron a caer las lluvias de mayo el agua fue tanta que se posó en los potreros formando lagunatos. a la hora de las dos luces. Despeñándose por los flancos de la loma. decían que pronto se les resblandecerían las pezuñas. atropellándose. chorros impetuosos arrastraban piedras y levantaban un estrépito que asustaba a las vacas. se han quedao guérfano… han matao a Encarnación! Espantados. Joquito. como si hubieran olido a Joquito. el cuerpo de Encarnación Mendoza. Don Braulio montaba su potro bayo. Bramó también unas cuantas veces al día siguiente. Como en un frenesí. Los entendidos en ganado. tirado como el de un perro. ladeándose con gracia juvenil. noticia que produjo alguna confusión. m’shijo. que sin duda correteaba alegremente por el camino real. lo que indicaba que corría el campo sin cesar y de seguir así no tardaría en saltar sobre la alambrada. don Braulio dispuso que llevaran las vacas hacia las cercanías de la casa. Al iniciarse la noche se oyó el toro hacia el fundo del potrero. un toro como Joquito era una amenaza para todo el vecindario. con las cabezas altas. sangre y lodo. Estudiaba la situación. lanzándose a las faldas de la madre. de pronto una mujer gritó que el toro venía sobre ellos. El muerto estaba empapado en agua. Avanzaba en una carrera de paso parejo. Las infelices mugían y se acercaban a las puertas del potrero. los perros comenzaron a ladrar y a correr hacia el frente. pegado a las lomas. pues. Suelto en aquel lugarejo. donde no había más reses que las ventanitas de don Braulio.

haciendo llorar de miedo a los niños y asustando a las mujeres. arremetió con todo su peso. y de su vientre salió un chorro de sangre que parecía negra. la vergüenza de haber fracasado. los peones pedían reposo para comer. que le salía por la nariz y se confundía con el lodo del camino. pero no con espíritu agresivo. y éste. De súbito pateó la tierra. y era un milagro que a medio día Joquito siguiera vivo. Habían recorrido a paso largo todo el sitio. destrozó la yuca y malogró un paño de maíz tierno. El golpe paralizó a la peonada. Con graves ojos. adonde había sido lanzado. de un bohío cercano alguien gritó que Joquito llegaba. La cola parecía saltarle de un lado a otro. pegó el pescuezo en tierra y pareció ver con indecible tristeza su propia sangre. y quizá hasta el hambre. Al ver ante sí un hueco abierto. desde la Cortadera hasta el Jagüey. y uno de ellos llevó su atrevimiento hasta morderle una pata. don Braulio sacó su revólver y disparó. la idea de todos los daños que tendría que pagar. fuera de sí. desde la loma hasta el fundo de Morillo. 285 . que durante unos segundos interminables vio cómo Joquito mantenía en el aire al bayo. Pero también don Braulio había perdido la suya. otra en el bohío de Anastasio. —¡Ahora veremos si somos hombres o qué! –gritó don Braulio. Dos veces más se repitió el caso. moviéndose con la mayor naturalidad. En eso. El animal había perdido otra vez la cabeza. cansados. Los perros se envalentonaron. Plantado en su caballo. fueteándole las ancas. sólo pedía libertad para correr a su gusto y para comer lo que le pareciera. molidos. De súbito el caballo salió disparado y cayó sobre las espinosas mayas que orillaban el camino. el choque fue inevitable. Pero los perros estaban de caza. Joquito pareció llenarse de una diabólica alegría. Algunos vecinos se habían unido a la persecución y los perros acezaban. cuya nariz iba rozando el suelo. Entre los gritos de los peones resonaron cinco disparos. después dobló las rodillas. que hizo huir a los perros. Así. y del golpe echó abajo un lienzo de tablas. se lanzó con tanta fuerza sobre la sombra del caballo que fue a dar contra la palizada del conuco de Nando. y diciendo algunas palabras bastantes puercas se adelantó hacia el animal. Por lo visto Joquito no quería luchar. Desde el suelo. y en señal de que los menospreciaba. ramoneaba tranquilamente a lo largo del camino. don Braulio se sentía humillado. El cansancio. le encolerizaron a tal punto que espoleó al bayo sin tomar precauciones. Como los peones gritaban y le tiraban sogas al tiempo que los perros lo atormentaban con sus ladridos. Don Braulio ladeó su bayo y eludió el encuentro. mientras don Braulio hacía esfuerzos por sujetarse al pescuezo de su caballo. Los peones vieron esa mole rojiza.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS donde había llegado. Apareció el toro. Don Braulio pensó que tendría que matar al toro. sudados. Pero don Braulio era un viejo duro. A las dos de la tarde. Don Braulio volvió a pasar frente al animal. donde Joquito batió la tierra y confundió las espigas con el lodo. Joquito se detuvo en seco. el toro se llenaba de ira y rascaba la tierra con sus patas delanteras. Joquito giró violentamente y en rápida embestida atacó a sus perseguidores. en cuyo jardín entró. Nando se lamentaba a gritos y don Braulio pensaba cuanto iba a costarle esa tropelía de su toro. con pasos cada vez más tardos. Los hombres se habían quedado inmóviles. Joquito no dudó un segundo: con la cabeza baja. más allá del arroyo. se metió en el conuco y en menos de un minuto tumbó dos troncos jóvenes de plátano. Joquito caminó. de brillante pelamen. en el término de media hora: una en el arrozal del viejo Morillo. tornó a ramonear. y en viendo al toro comenzaron a ladrar de nuevo. arremeter ciegamente con la cola erecta. Joquito se volvió a ellos. bajó la testuz y lanzó un bramido retumbante.

Aquel lugar no era sitio de ganadería. De pronto vieron aparecer una vaca gris. después caminó más. que engrosaba a medida que la tarde caía. Pero de pronto resonó en la vuelta del camino un bramido lleno de tristeza y de ira a la vez. por lo menos durante un rato. no había vacas ni toros. Y de pronto llegaron por caminos insospechados seis o siete reses más. buscando. y cuando se acercaban las cuatro de la tarde nada parecía haber sucedido y nada indicaba que Joquito había sido muerto y descuartizado en el camino real. apareció por el recodo. abriendo los hoyos de la nariz. olió el lodo y revolvió el fango con patas pesadas. Entonces se arrimó a la puerta un viejo campesino y se puso a observar los matorrales. bueyes. Seguía cayendo fina y susurrante la llovizna. y tornó a bramar como antes. Los perros se hartaron con los pedazos inservibles de la víctima. como ciegas. y a poco empezaron todas a bramar a un tiempo. Allí. Media hora después. Los niños de la casa no se atrevían a moverse. olió y lanzó un doliente quejido. dijo: —Desuéllenlo ahí mismo. En efecto. gemían y se restregaban los 286 . a agitarse. olfateando. Tornó a lloviznar. toretes y becerros se amontonaban en el sitio donde cayó Joquito. y ninguna faltaría a la cita. Un toro negro. los niños llenaron los vanos de las puertas. —Horita ta esto cundío de toros –dijo. Parecía esperar algo. estuvo un momento. a mover las colas con apenada lentitud. novillas. impresionante. Cuando lo conducían hacia la casa. venteó. oliendo el lodo. a cruzar los pescuezos entre sí. resonaban los angustiosos gemidos de las bestias. La gente se asomaba a la puerta a ver qué sucedía. Algunos peones corrieron para ayudar a don Braulio a ponerse de pie. varios hombres se lanzaron sobre Joquito. También ella gritó. porque les pareció que el propio Joquito bramaba desde más allá de la vida. Extrayendo los cuchillos de las cinturas. pues? El viejo campesino explicó que cuanta res oyera aquellos bramidos iría al sitio. partida en grandes piezas. y con la excepción de las reses de don Braulio. Juntando los cuernos parecían hacerse preguntas sobre lo que había ocurrido allí. Debió sufrir golpes. al cabo alzó otra vez la cabeza. así eran. nunca visto en el lugar. y tornaban a quejarse. no detenía la marcha de otras que se veían llegar a lo largo de los callejones. En el aposento de don Braulio. que hicieron lo mismo que las otras tres. Olían la tierra. —Son asina esos animales –dijo. Por los lados de la loma respondió otro bramido. Igual que el toro. Inesperadamente reventó cerca otro potente bramido. ¿De dónde salían las que llegaban. porque se sujetaba las caderas y tenía la cara descompuesta. y el agua borró el último rastro de la sangre de Joquito. y de algún lugar no lejano salió otro. Era el velorio de un hermano. era llevada a la cocina de don Braulio. pegó el hocico en tierra. como forzadas. apenas respiraban. y el toro volvió hacia allá sus desolados ojos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Hasta los perros callaron. Juntas ya. donde las mujeres colocaban cataplasmas en las caderas del amo. y una hora más tarde la carne del toro. En alocada carrera. era desconocida en el lugar e igual que él se acercó. y con un grito angustioso. caminó con el pescuezo alargado. aunque tuviera que caminar horas y horas. las dos reses empezaron a patear. Pero no era Joquito. cargó de pesadumbre los cuatro vientos. y la lluvia. Ahí pareció terminar todo. vacas. ¿De dónde salían tantas reses? Ya había más de docena y media. Una vaca pasó al trote y fue a juntarse con el toro y la vaca que daban vueltas en el lugar donde había caído Joquito. Daban vueltas y vueltas y vueltas.

Cansados de llorar. Desde las vueltas distantes de los callejones seguían saliendo compañeros. cuando la oscuridad empezaba a adensarse. ni nadie en fin perdía su sueño a causa de que en un camino real cayera muerto un señor desconocido. y resonaban bajo ella los roncos gemidos de los bueyes viejos. Hollaban el lodo con sus pezuñas y parecían preguntar llenos de dolor. qué justicia tan bárbara era la de los hombres. y los perros buscaban abrigo en los rincones de los bohíos. Inesperadamente. Mientras crecía sin cesar. Atravesando arroyos. después fue debilitándose. más lejano a medida que transcurrían los segundos y a medida que la noche crecía.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS unos a los otros. a los montes. Porque ni él. llegaban para llorar por aquel que no habían conocido. la removían y la olían. y que debían recorrer grandes distancias para llegar a la cita. los quejidos de las vacas. 287 . un minuto más tarde comenzaba a dispersarse todo aquel concierto acongojador. sin conocerlo. Iban y venían de una a otra orilla del camino. pues. Asustados por aquel concierto lúgubre. habían ido al funeral de Joquito. y quién sabía a cuántas les caerían gusanos en las heridas que recibirían esa noche. —¿Sin conocerlo? –preguntaron los niños. y al fin. Las reses son asina. que nadie sabía para donde iban. Los bramidos de los toros. echando a rodar las piedras. —Unjú. que ya se insinuaba. por qué le habían asesinado. por un corte súbito de la escasa luz que todavía quedaba sobre el mundo. antes de que se produjera tal golpe. cada vez parecía ser menor el número de los que gritaban. los animales. más de las cinco y el día lluvioso iba a ser corto. el grupo seguía mugiendo y cada vez se enardecía y se desesperaba más. de su vigoroso y bravo compañero. Se hacían más roncos sus gritos de dolor. El crescendo se mantuvo un rato. como reclamando la sangre de Joquito que ella se había bebido. a los cielos y al camino qué habían hecho de su hermano. Los quejidos fueron oyéndose cada vez más y más distantes. Pero no importaba lo que pudieran sufrir. primero en comenzar el funeral de Joquito. en forma de nube sonora que oprimía los corazones. finas novillas hendían las yerbas de los pastos y se dirigían al lugar de la tragedia. como si un maestro invisible los hubiera dirigido. Y el viejo campesino pensó con satisfacción en la ventaja de ser hombre. y parecían preguntar a la noche. desde las lomas descendían viejos y graves bueyes cargadores de pinos. rompieron en un impresionante crescendo final. Pareció que la noche iba a hacerse de golpe. y el imponente lloro ascendió a los cielos y flotó allá arriba. los toros empezaron a remover la tierra con sombría desesperación. Habían cumplido su deber. atropellándose con majestuosa lentitud. otras se cortarían con las púas de los alambres. que algunas de esas reses se estropearían con las raíces y los tocones. se oía uno que otro bramido perdido. Eran. Lo dijo así él. ni sus amigos. los caballos de la vecindad erizaban las orejas y se quedaban temblando. y tendrían que trepar lomas. que muchas vacas y novillas cruzarían arroyos y lodazales en busca de sus querencias. toros enormes que sin duda habían roto las alambradas de sus potreros. El viejo campesino pensó que muchos de los bueyes que llegaron allí andarían toda esa noche sin descanso. y al cabo de otro minuto más sólo se oía en la distancia el bramido de algún toro que abandonaba el lugar. dónde estaba su hermano. Con su pesado andar. los balidos de los pequeños se confundían en una imponente música funeral. Había pasado ya más de una hora desde que llegó el toro negro.

A Juan de la Paz le habían sucedido muchos y graves contratiempos. pues sobre ese lado se debatía sin cesar moviendo con loco impulso la derecha y levantando la pequeña cabeza. acaso a los caimanes. El mar había sido un plato y probablemente seguiría siéndolo toda la noche. Juan de la Paz llegó a la altura de Punta del Este a las seis de la tarde. si bien lo hizo maquinalmente. la balandra viró y enderezó hacia la paloma. al iniciarse la noche. le ocurriría caer al mar a causa de estar persiguiendo una paloma. y ésta era su único haber en el mundo. en absoluto ajeno a la idea de que. seis horas alejados de la tierra más cercana. En relampagueante fracción de tiempo el hombre sintió la muerte triturándole el alma y un tumulto de ideas le asaltó de improviso. Gentilmente. Podía tratar de nadar hacia Isla de Pinos. favorecido por una suave pero sostenida brisa que soplaba desde el este. en pos de Punta del Este.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Rumbo al puerto de origen Habiendo hecho sus cálculos con toda corrección. Con la acostumbrada rapidez de toda su vida el solitario navegante pensó que estaría herida y que sería un buen regalo para Emilia. y tal vez dándole un beso. Juan de la Paz maniobró para girar en redondo y situarse de manera que él quedara a babor. En esos instantes se demudó. y en la costa del Golfo y en la Isla de Pinos todo el mundo sabía que había estado veinte años en presidio. pero entonces se alejaría más de la balandra. a la pálida y agobiante luz de la hora. El terror de aquel animal de tierra y aire abandonado a su suerte en el mar era de tal naturaleza que cuando advirtió la proximidad de la balandra pretendió saltar para alejarse. Así. Así se explica que a Juan de la Paz le resultara fácil ver. entonces vio. Pues ocurrió que impulsada por la sostenida brisa del este la balandra se alejó unos palmos de la paloma precisamente en el momento en que Juan de la Paz abandonaba vela y timón para inclinarse sobre el agua en pos del ave. minutos más. Aunque estaba hecho a pensar con la rapidez del rayo quedó aturdido durante algunos segundos. firme y gallarda como si la tripulara el diablo. Un segundo después de haber visto tal cosa Juan de la Paz comprendió que no podría alcanzar su embarcación y que él y la paloma estaban solos en medio del mar. sin embargo eso significaba exponerse a los tiburones. Pues moviéndose a velocidad asombrosa. la vela resultaría batida con inesperada fuerza. y Juan de la Paz se vio súbitamente lanzado al agua. Podía dirigirse hacia la cayería. Cuando pensó tomar una decisión se acordó de la paloma. estando solo a bordo. En su imaginación veía a la niña echándole los brazos al cuello en prenda de gratitud. y sin demorar un segundo maniobró para acercarse al ave. Pero jamás pensó él que en un atardecer tan plácido. incapaz de comprender lo que estaba sucediendo. Había dispuesto llevarle ese regalo a Emilia y ya nada podía evitar que lo hiciera. pero su resultado no pudo ser peor. el movimiento de la balandra le llevó a sacar todo el cuerpo fuera del casco. El cambio de luces del atardecer daba al momento una ominosa solemnidad de cementerio. el aleteo de la paloma sobre el agua. aprovechada en toda su extensión por la brisa. Con efecto. que la había 288 . con verdadera indiferencia. y fue después de tenerla sujeta cuando volvió atrás los pequeños y pardos ojos. minutos menos. visto que el ave lograba avanzar unos pasos hacia estribor. la balandra se alejaba al favor de la brisa. Pero Juan de la Paz no se preocupó. animal que nada tenía de marino. y desde luego llegar a las corrientes de los canales completamente agotado. rumbo noroeste franco. la paloma debió haber recibido un golpe en el ala izquierda. Eso pasó. clavó mano en el ave. La maniobra salió limpia. eso sí.

abandonada. que estaba en el horizonte al caerse de la balandra. cada vez más de prisa. Por momentos aquella luz fulgía lejos. las rojas patas encogidas y desordenadas las plumas de la cola. Pero he aquí que de súbito Juan de la Paz se dijo a sí mismo que estaba perdiendo el juicio. los brazos y las piernas abiertos. y Juan de la Paz quería reconocerla a cada nueva aparición. y temía agotarse antes de tocar tierra. acaso influyera en ello el ejercicio. Y era curioso que en esa lucha por salvar la vida. A ratos se acordaba de la paloma. a la vez un pesado olor de petróleo se imponía al yodado del mar. y pensó que gracias a su luz algún pescador solitario podía verlo y rescatarlo. él estaba solo. Pero le era imposible sobreponerse al horizonte y ver casco alguno de barco. tal vez la oscura idea de que mientras el mar se mantuviera tranquilo podría nadar sin alterar el lento pero seguro ritmo que había logrado imponerse a sí mismo. pero no era joven ya. nadando lenta pero firmemente hacia Cayo Largo. Hasta poco antes le había sido fácil ver. en medio de brincos imposibles. muerta ya. flotando panza arriba bajo la luna. y pensaba que acaso había derivado a favor de la corriente. En ese instante –cosa rara– sintió acumulados todos los miedos que había ido dejando según avanzaba. aquí!”. del todo solo en la inmensidad del mar. La luna. mientras al favor de la posición de la luna mantenía el rumbo hacia Cayo Largo –a sus cálculos. le abrumaba. Por ejemplo. ahora 289 . para descansar un poco y observar la luna.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS apretado sin darse cuenta con dedos de hierro y que la pobre ave herida agonizaba entre temblores. fue acostumbrándose a su nueva situación. iluminaba ya la vasta extensión de agua. ¡Sí. la imagen de la paloma. pues a partir de tal momento comenzó a luchar como un loco para sobreponerse al miedo y para salvar la vida. de esa manera se recuperaría y a la vez recuperaría el rumbo. con una voz que chillaba a efectos del terror y que cada vez iba siendo menos audible. sin acabar de hundirse. No había tal barco. y otros muchos que no sabía distinguir. A medianoche alcanzó a ver rojizos y cárdenos reflejos ante sí. le pareció ver una luz en el horizonte. desatada dentro de su atormentada cabeza. distinguir si era de goleta. Hecho al mar. y cobró instantáneo reposo. se la quitó y la fue abandonando tras sí. Una especie de oleada de locura. sin embargo a la vez la luna lo llenaba de pavor porque se decía que la claridad favorecía la posibilidad de que los tiburones le vieran de lejos. Poco a poco –y esto es lo cierto–. sobre el mar. temió que la ropa le estorbara. tal vez a varias millas. allá. de vapor o de algún bote pescador. había una luz! Fuera de sí cambió el rumbo y empezó a nadar de prisa. De improviso su estado de ánimo cambió. con bastante frecuencia. y nadie más que él era responsable de su vida. Esforzándose a más no poder trataba de dar saltos para dominar más distancia. El miedo. siluetas de peces que saltaban alrededor suyo a cierta distancia. Mas a eso de las once. de mezcla delirante entre esperanza y pavor. Jadeante. cogido por un salvaje impulso de vida. quiso levantarse sobre el agua. Sentía el corazón golpeándole desusadamente y resolvió flotar un rato bocarriba. Así. una vez y otra vez y otra más. le invadió por dentro y trastocó del todo sus ideas. un ala rota y la otra extendida. Juan de la Paz nadaba con economía de esfuerzos. ni cosa parecida. De golpe comenzó a gritar. aquí. un cuarto de hora después Juan de la Paz reanudaba su marcha. a medida que pasaba el tiempo y comprobaba que ninguno de sus temores se cumplían. de gritos que se perdían en la tremenda soledad líquida. En la terrible lucha por salvar la vida su instinto animal era capaz de sobreponerse a todo. la tierra más cercana–. a lanzar estentóreos “¡aquí. surgiera de pronto. Y esa fue su última sensación consciente. ansioso. sobre todo. a la distancia. pero cuando se sintió desnudo le aterrorizó la idea de que en llegando a aguas bajas una barracuda lo dejara inútil como hombre.

la negruzca mancha de una tierra atravesada en medio del mar. a las marismas de Cayo Azul. uno solo. Ahora bien. Había llegado. Donde se hallaba no podía tener esperanza de rescate. y desde luego mucho más lejos aun del paso habitual de los barcos. que a menudo se refugia en esas marismas. lo cual tuvo buenos y malos resultados. cuatro. Como lo pensó lo hizo. Sí. se movió cuanto pudo. y de improviso Juan de la Paz recordó que. ¿adónde? Cuando pudo responderse a esta pregunta clareaba ya el sol. adoloridos los ojos a causa del esfuerzo hecho para ver si ante su paso pululaban los temibles piojos del mar que se guarecen en la uretra y desgracian al hombre. para su mal. Mas no le fue posible sobreponerse al agotamiento. que no tenía fuerzas para otra cosa que para dejarse caer en una sombra y dormir. su propia respiración pegaba como fuego. lo que le puso al borde de repetir la desenfrenada media hora que había padecido cuando creyó ver la luz de un barco. nadando en los cortos canalizos. en ruta hacia Cienfuegos. a eso de las ocho. pues con seguridad esa corriente iba a dar a uno de los cayos que corren en hilera irregular desde la Punta de Zapata hasta la altura de Punta del Este. anduvo como un ciego algunos pasos y se dejó caer sobre un arenazo. el que era sólo diente de perro pelado o tenía arena y yerba. ¡Lodo! ¡Había llegado. el más frecuentado por los pescadores de Batabanó y el más alejado de las rutas usadas a diario. Los buenos estuvieron patentes cuando a eso de las dos de la mañana vio a distancia de una milla. Sin pensarlo. Poco a poco fue dejándose descender. Cuando tocó tierra. eran tres. Juan de la Paz conocía uno por uno todos esos cayos. pues allí se veía un madero que flotaba. Sin embargo había que seguir. por fin. Aquello podía ser lodo. Pero no tardó en darse cuenta de que era lodo. el camino que había hecho entre el 290 . el que tenía agua dulce y el que no. secos de sed. el cuello. podía ser un pulpo o simplemente el revuelo del agua que deja a su paso un pez mayor. de donde podía inferirse que había una prolongada mancha de aceite crudo o de petróleo deslizándose en el mar. buscando en la media luz del amanecer el cornudo espinazo del cocodrilo. rodeado de marismas. cuando en un movimiento de natación sintió que su pie derecho tocaba algo blando. un barco había encallado días antes en los bajos del Golfo. tan pronto el calor del sol pegara en el petróleo que se había incrustado en el nacimiento de cada uno de los pelos que le cubrían el cuerpo. En los labios hinchados y adoloridos. Serían las tres. otra vez bajo la noche que se acercaba. pero sin recuperar el dominio de sí mismo. o cosa así. Juan de la Paz echó a andar hacia afuera para recorrer. los muslos y los hombros estaban cargados de ampollas. Si el petróleo era de tal barco lo mejor sería internarse en la extensión que él cubriera y ayudarse de la corriente que lo arrastraba. el arenazo en que había tocado quedaba fuera de las rutas de los pescadores. porque comprendía que se quemaba. Pensó que escarbando en la arena podía hallar alguna. Allí abusaron de él el sol y el petróleo. los canalizos que los esperaban. No. él. La providencia le mandaba esos maderos para que saliera de allí. o para beber. por fin! Temeroso de algo inesperado fue aplicando un pie. y Juan de la Paz siguió. maltratándose los pies con los tallos de los nacientes mangles. y más allá de prolongados bajíos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS eso había dejado de ocurrir desde hacía acaso media hora. los malos habían de verse mucho más tarde. había llegado. el que tenía mangles y cacería. a juicio de Juan de la Paz. no era uno. Pero de pronto su atención se volvió hacia la orilla de la marisma que había recorrido para llegar al arenazo. actuando a impulsos de una fuerza ciega. hasta rendirse. Necesitaba agua dulce. la espalda. podía ser vegetación marina. Al mediar la tarde. agua fresca. Despertó varias veces. varios! Entonces se levantó y aguzó los pardos ojuelos. y lo que tenía por delante era una marcha agotadora sobre suelo cenagoso y en medio del agua. cayéndose a ratos y levantándose con mil trabajos.

Del fondo de su ser empezó a crecer un amargo sentimiento de lástima consigo mismo. cuando la inmensa mole de agua se veía tranquila de un confín al otro. rojo y negro de ampollas y de petróleo. y además de oírse el mar según pudo él notar tan pronto se puso de pie y dejó su húmedo lecho.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS amanecer y el día. con los brazos en alto y las manos crispadas allá arriba. a la vez. que le hizo ponerse de pie y comenzar a correr. solo bajo la oscurecida luna. Nadie puede describir lo que pasó entonces por el alma de Juan de la Paz. en conservar los maderos –cuatro piezas aserradas. Algo estalló en ella en tal momento. aunque se tratara de una concha de caracol de la que pudiera sacar esquirlas con alguna pesada piedra. Juan de la Paz despertó. bastante pasada la media noche. pero también consumido por el sufrimiento. cayó de rodillas en la arena. cosa increíble horas antes. agotado por el sol. se oía el viento. mientras gritaba con un alarido espantoso. Temblando de fiebre y de frío. clavó los ojos y las manos al cielo y pidió perdón: —¡Perdóname. porque el aire húmedo lo refrescaba. Lo que le hacía sufrir eran las quemaduras y los jejenes. algo horrible y bárbaro. aguijoneado por los insectos. Cuando retornó al arenazo iba empujando los maderos y correteando de un lado a otro para no perder ninguno. y ya bebería cuando cayera. que apenas tenía ya fuerzas para sentir miedo. después. derivando corriente abajo. que soplaba frío y grueso. Antes de entregarse al sueño estuvo buen rato madurando un plan. y de súbito. y al levantarse se asustó. Pequeño. llenándole de espanto. evidentemente con fiebre. Ese plan descansaba. Juan de la Paz se echó a dormir con la mayor parte del cuerpo en el agua y la cabeza en la arena de la orilla. con amargo llanto de infante desvalido. Debatiéndose en medio de grises y ventrudas nubes. rodeado por un mar cuyas olas poco a poco se levantaban más y más. por último pensaba que metiéndose de nuevo en la marisma podría cortar ramas de mangle y sacar de ellas fibra con que amarrar los maderos en forma de balsa. que serían de seis por ocho pulgadas y de cinco pies de largo–. tú que todo lo puedes! –exclamó. La sed no le preocupaba tanto. Y a seguidas se echó a llorar. más numerosos y agresivos cada vez. como un musulmán en oración. y a medida que tal estado de ánimo se definía metiéndose como una despaciosa invasión de agua por todos los antros de su cuerpo. Al borde del desfallecimiento y hostigado por el miedo a los jejenes. mustia y espantada. a la sed y al ardor de las ampollas se sumaban las picadas de los jejenes. adolorida la llagada piel. del desamparo. en alguna oscura parte de su conciencia iban tomando cuerpo la figura de la paloma. desnudo en medio de la noche y del mar. él. con ligera tendencia a soplar desde el norte. Ello quería decir que la lluvia no andaba lejos. a pesar de que había sufrido ya la condena de los hombres. tan pálido y sin embargo tan sonreído. Desde la caída de la tarde habían empezado a formarse nubes hacia el nordeste y el viento estuvo enfriando. y el rostro de Emilia. De súbito Juan de la Paz se derrumbó. muerta pero no sumergida. Virgen de la Caridad. mientras iba doblándose sobre sí mismo hasta quedar con los codos clavados en la arena. Pues era el caso que se oía el mar. que más que el de un ser humano parecía el de una poderosa bestia 291 . Desnudo. el reseco pelo pegado a la frente. Juan de la Paz comprendió de pronto cuán inútil había sido todo su esfuerzo y qué duro castigo le había reservado Dios para el final de sus días. Juan de la Paz era la imagen dolorosa y ridícula. sobre todo. el náufrago sólo acertaba a ver en su imaginación a la paloma y a la niña. en hallar algo cortante. que con la llegada de las primeras sombras se hacían presentes en oleadas. Casi anochecía ya. la luna parecía medio moverse con gran trabajo allá arriba. comprendió que de las redondas líneas que formaban la carita de Emilia surgía la de Rosalía.

agregó: —Me caí. pero cuando hubo dado unos veinte pasos dio vuelta. Rodeado de marineros. Además. chapoteando. totalmente fuera de sí se lanzó otra vez hacia la marisma. y se la sirvieron a cucharadas. De todas maneras quizá valía la pena aclarar las cosas. se lanzó sobre los maderos y cogió dos. Nada le recordaban. Los que le rodeaban oyeron y les pareció extraño que un pescador se cayera de su barco por coger una paloma. Aunque mantenía los ojos abiertos se hallaba inconsciente y por tanto no podía hablar. el patrón insistió: —¿Por coger una paloma? ¿Y pa qué querías tú esa paloma. Entonces oyó la voz del patrón: —¿Y cómo te caíste. —Iba sola –explicó Juan de la Paz con voz apenas perceptible. con manos y pies. Era increíble que pudiera cargarlos. Y sin embargo no se iban. que estaba bajo cubierta. el agua de que estaban saturados los hacía pesados. El náufrago fue tendido en la cámara de la tripulación. asombrados. como si se hallaran presentes. Loco. pues tenía los labios destrozados. porque cierta vez. uno en cada mano. la paloma y Rosalía. mientras los circunstantes se miraban entre sí. Tal vez eso ocurrió en un canalizo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS alanceada cerca del corazón. Era imposible pedirle que contara detalles. en medio del mal tiempo. donde el viento norte hacía subir las olas a respetable altura. A las once se le dio un poco de ron y a media noche se le sirvió sopa caliente de pescado. moviéndose entre quejidos para rehuir el contacto del duro colchón con la quemada piel. Pero quién sabe. Juan de la Paz tomó su sopa con gran esfuerzo. según el patrón “por la divina gracia de Dios”. A las nueve de la noche se le oyó murmurar algo así como “agua”. volviendo a ratos la cabeza con una impresionante mirada de terror. En cambio ahí estaban. después suspiró y se quedó mirando hacia el patrón. Hacía esfuerzos por recordar a Emilia. interesado ahora oscuramente más en huir que en salvarse. si bien sabía que tenía una hijita y que trataba de pensar en ella. Y después. y aunque lo pagó con veinte años en Isla de Pinos. ni siquiera su nombre surgía a la memoria. aunque nada tenían que ver con lo que estaba pasando. destruido. eso no importaba. Juan de la Paz se perdió en dirección al mar abierto. a ratos. Juan de la Paz? Juan de la Paz parecía dormitar. y no podía. a popa. El caso es que él contestó: —Por coger una paloma. Estaba tendido en el camastro. Juan –dijo el patrón–. todos los cuales le conocían bien. sin saber adonde iba. Juan de la Paz fue recogido por un vivero de Batabanó que acertó a dar con él. entre cuatro y media y cinco de la tarde. La paloma y Rosalía habían muerto. Juan de la Paz? Si le oían o no. a la altura de Cayo Avalos. Pegando saltos. por dentro estaba confundido. Sin embargo se le oyó contestar. nada le decían. Juan de la Paz había cometido un crimen espantoso. a nadie le constaba que no fuera capaz de cometer otro. muchos años atrás. Y agarrado como un loco. Así. porque ayer vimos tu balandra navegando con viento de amura. sólo los rápidos y desconfiados ojuelos parecían vivir en él. Ninguna de las dos vivía. acaso la paloma volaba de cayo a cayo y tropezó con el barco. —Esto es cosa rara. pues además del tamaño. con despaciosa y clara voz: 292 . acaso a resultas del bien que le produjo la sopa de pescado. Se le veía estragado. fue dejándose llevar por las dos piezas. y eso. Cogido a los maderos se tiró sobre el agua. con tanta velocidad como si hubiera seguido una línea recta.

Con aspecto de hambrientas. encima se veían nubes cargadas. Estaba empezando el sol a subir. las pocas gallinas del viejo se metían al bohío. sobre los firmes de la loma la luz se debatía con el peso de las nubes. los viejos se ponen raros y caprichosos. por haber asesinado. —Ello sí. y bien claro –aseguró el interpelado. los demás le siguieron. —Unq unq –negó ella–. Afuera soplaba el norte. Nicasio se fue acercando a la palizada. que llueva. de una condena de treinta. —Sí. porque el frijol no se pué secar y se malogra la cosechita. La desgracia El viejo Nicasio no acababa de hallarse a gusto con el aspecto de la mañana. —Sí. El camino del Tireo. Yo hablo de otra cosa. a una niña de nueve años llamada Rosalía. Tengo mucho bejuco cortao. Revoloteando y nerviosas. Fumaba. después se puso de pie y tomó la escalerilla para salir a cubierta. persiguiendo cucarachas. Gallego? –preguntó el patrón a uno de sus hombres. La mujer no entendía bien a Nicasio. —¿Oí mal o dijo Rosalía. Magina lo veía con placer. pero se quedó callada porque Nicasio parecía no ponerle atención. Magina. o irrumpían en la cocina. que saltaban sobre su mano. —¿No le jalla algo raro al día? –preguntó la mujer. —Eso quiere decir que Juan de la Paz está volviendo al puerto de origen –explicó el patrón. cada vez con más vigor. Pues todos conocían bien la historia de Juan de la Paz. después asomó su rostro de cuatro líneas y el paño negro sobre la cabeza. y seguía atendiendo a las gallinas. Más exactamente. Sin hablar. Tornó a ver el cielo. Nicasio tardó en responder. y que bien podía éste llevar allí los frijoles para que no los dañara la lluvia. Anoche sentí un perro llorando.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —Pa llevársela de regalo a Rosalía. uno por uno. Desde el patio vecino una voz de mujer gritó los buenos días. aleteando para treparse en las barbacoas en busca de granitos de arroz. Nicasio cogió una mazorca de maíz y se puso a desgranarla. mascaba un grano de maíz. todo a un tiempo. El patrón miró a los circunstantes. Me da el corazón que algo malo va a pasar. Mala cosa era coger el camino a pie y que le cayera arriba el aguacero y se botara el río y se llenara de lodo la vereda del conuco. para violarla. Y nadie más habló. Cuando se quedan solos. Rosalía de la Paz. dijo Rosalía. con impresionante lentitud. flaqueaba los cerros y se perdía en la distancia. no ande creyendo zanganá. —Vea Magina –dijo Nicasio al rato–. Magina hubiera querido contestar que el bohío de Inés no quedaba muy lejos del conuco de su padre. rojo como la huella de un golpe. Un silencio total siguió a estas palabras. Todos ellos sabían que había cumplido veinte años. y Nicasio observaba hacia allá. —¿Que llueva? –preguntó ella intrigada. las gallinas se lanzaban a sus pies. Había algo simpático y viril en aquel 293 . Lo peor que pué pasar es que llueva. Nicasio espantó las gallinas. Pa mí como que se va a poner un tiempo de agua.

Tendría seis años. Nicasio cruzó los brazos y echó a andar. Nicasio se fue corriendo bajo el alero. y deseaba tener cortado todo el bejuco de frijol antes de que cayera el agua. y de paso por el bohío cogió el machete y un macuto. —Ahora le traigo café –oyó decir a Magina. rojiza y más abundante cada vez. “Ojalá y no llueva”. Nicasio le miró. a pesar de su pelo cano y de sus dientes gastados y negros. y cuando pasó por el aposento que daba al lado del patio sintió ruido y voces. Chorreaba sudor cuando llegó al conuco. pero él nunca le dijo nada. Del lado del patio comenzó a ladrar un perro. y el viejo saludó antes de entrar. Resbalaba. Nicasio empezó a sentir el sol en la subida del Portezuelo. Cayeron unas gotas pesadas. pues la lluvia seguía cayendo con todo su vigor. Le agradaba ver a los nietos. Se dijo que ese sol tan picante era de agua.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS hombre. Había pasado el tiempo y los dos se habían ido gastando poco a poco… Alzó la voz: —Lleve el bejuco al bohío de su hija. Inés vivía arriba. Había pasado la hora de comer cuando el viejo alcanzó el bohío. El se volvió repentinamente a la mujer. porque sabía que iba a llover. En diez minutos toda la loma estaba ahogada entre la lluvia. Iba a ver a la hija sólo cuando le quedaba en camino de alguna diligencia. La puerta que daba al camino estaba cerrada. y lamentó haber salido. gruesas. Junto al fogón se hallaba el nieto. Magina le vio tomar el callejón y salir a la sabana con paso rápido. que le pidió la bendición de rodillas. Con esas palabras pareció conjurar a los elementos. La puerta de la cocina sí estaba abierta. Observando cómo el sol despejaba por completo las nubes. Magina volvió a su cocina. y no era posible ver a cinco pasos. comenzó a oscurecer. los llevó a un rincón y pensó buscar hojas de plátanos para cubrirlos. se agarraba a los arbustos. y pensó que el viejo estaba fuerte todavía. No lo logró. totalmente arriba. el color casi traslúcido. —Dios lo bendiga –dijo el abuelo. afincaba el machete en tierra. se lo tomó en dos sorbos. El chaparrón degeneró en aguacero violento. podía nadie ir a casa de Manuel. Nicasio recogió los bejucos que tenía cortados. Nicasio tuvo que meterse bajo un árbol. que azotaba árboles y tierra. podía apostar pesos contra piedras a que llovería. Llegó la mujer con el café. para buscar abrigo. —¿Cómo voy a trepar esa loma cargao. —Tendré que dirme pa onde Inés –dijo Nicasio en voz alta. Cuando Nicasio desapareció entre los matorrales frente al pinar. 294 . Se desató el viento. Comenzó a trabajar inmediatamente. Trepar la loma era difícil. Era triste el niño. a seguidas se desató un chaparrón. pero en realidad no era por la loma por lo que no llevaba el bejuco a casa de Inés. los ojos dolientes. ella se dio cuenta de que le gustaba su vecino. como si atardeciera. pensó con cierta ternura. En un momento el conuco parecía un río. Pero era tarde para volver atrás. Años antes. acaso los negros ojillos llenos de vigor o el blanco bigote hirsuto. pero no había tiempo. sin embargo. sólo así. Lo cierto es que a Nicasio no le gustaba visitar a nadie. pero no se hallaba bien en casa ajena. palabras dichas en tono bajo. Vio el agua descender en avenidas. Después se puso a hervir leche y no se acordó más de su vecino. En tiempos de agua. A Nicasio le parecía una locura de Manuel hacer el bohío en lugar tan extraviado. cuando vivía la mujer de Nicasio. esperó un rato. después dijo adiós. tal vez porque la difunta andaba muy enferma… Ya no podía ser. Magina? Eso dijo. Se le veía el vientre crecido.

Ezequiel. —¿Que no? –preguntó. aturdido. Siempre que hablaba parecía que iba a llorar. Deseaba que dijera que no. —Ella ta mala y Ezequiel vino a curarla –explicó Liquito. Nicasio entró en el bohío. caminó derechamente hacia el aposento y golpeó en la puerta con el cabo del machete. y al hablar le parecía que estaba comiéndose sus propios dientes. No se atrevía a seguir pensando en lo que temía. Su mayor dolor era que una hija de la difunta hiciera tal cosa. Le tentaba el deseo de levantar el machete y abrirle la cabeza. ¡Si la veo llorar. Afuera caía la lluvia a chorros. hasta que llegó a la puerta. pretendía saltar por la ventana. —¡Perra! –dijo–. —Mama sí ta –dijo la niña con voz fina y alegre. Sacudió el machete. Miraba siempre al padre. Daba asco ese desgraciado. perra! Ezequiel –un garabato en vez de un hombre– se fue corriendo pegado a la pared. sinvergüenza! –gritó el viejo–. Oyó pasos adentro. El salió pa La Vega dende ayer. le miraba con expresión de miedo. El perro gruñó al ver al viejo. Cargó con el cuerpo sobre la puerta y oyó la aldaba caer al piso. Llevaba todavía el machete en la mano. Nicasio sonrió al verla. ¡En el catre de tu marío. ¡Váyase! –decía Nicasio. —¡Abran! –ordenó. —¿Y tu mama? ¿No ta aquí tu mama? Se había doblado sobre el niño y esperaba ansiosamente la respuesta. ella iba moviéndose lentamente. —No. Entonces Nicasio se volvió violentamente hacia el bohío.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Detrás del fogón estaba la niña. Los dos estaban demacrados. Con un dedito en la boca. El viejo sentía la ira arderle en la cabeza. Con andar ligero. La hija se recogió hacia un rincón. y a Nicasio le parecía un gusano comparado con Manuel. pero Nicasio corrió hacia allá y le cerró el camino. Inés empezó a llorar. El nieto le miró con mayor tristeza. Un impulso irresistible le impedía esperar. y precisamente por eso no quería precipitarse. de pronto la cruzó y salió a saltos. la mato! La veía y veía a la difunta. —¿Y tu mama? ¿Y Manuel? –preguntó. le temblaban las manos. Nicasio no se movió. pálido. y con él cruzó el patio lleno de agua. Nicasio se dirigió a Inés. los ojos quemaban. como si pretendiera ver a través de las tablas del seto. No vuelva a ponerse ante mi vista. con su piel amarilla y su cabello castaño! 295 . Era más pequeña. con los ojos llenos de pavor. —¡Que no se vaya ese sinvergüenza! –gritó el viejo. Le ardía el pecho. ¡Y era bonita la condenada. en dirección a la puerta. A Nicasio le resultó sorprendente la respuesta del niño porque había oído voz de hombre en el aposento. casi al borde de usarlo. –¡No llore. —Taita no ta –dijo el niño. la niña miraba atentamente al abuelo. y con su trenza oscura repartida a ambos lados del cuello y su expresión inteligente parecía una mujer que no hubiera crecido. Oyó a la hija decir algo y le pareció que alguien abría una ventana. miró al hombre. Miró a su hija. —¡Váyase antes que la mate! No quiero verla otra vé. los dos miraban hacia abajo. La sospecha y el temor de Nicasio se aclararon de golpe. Pegada a la pared. con los labios exangües.

aunque hubiera sido sólo con una lágrima. Le parecía inconcebible que la hija viera a sus hijos. —Sí pasó –explicó mientras echaba maíz a las gallinas–. Nicasio la miró un instante. y sabía además que Juvenal Gómez y Alirio 296 . Inés comenzó a temblar y a llorar. al decir Magina que a pesar de sus prevenciones nada malo había ocurrido. —¡Por esa puerta no! –dijo. y el teniente Ontiveros sabía que hasta unas horas antes Juvenal Gómez había sido. cruzó el bohío y salió hacia la cocina. Silenciosos. Magina no entendió. —Taita… Perdón. tal vez a dormir. —¡Liquito! –llamó–. ninguna. —¡Que ni en la muerte tenga reposo tu alma! –gritó. Si hubiera sabido llorar lo hubiera hecho. Pero el padre le conoció la intención. arreando el asno y esforzándose en no pensar. El viejo la tomó por un brazo y la condujo hacia la puerta que daba al camino. que corría arrastrando lodo. se vuelven raros y difíciles de comprender. El distinguido Juvenal Gómez iba supuestamente destinado a San Cristóbal.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Como Nicasio avanzaba sobre ella. aquellas malditas nubes por las cuales había él llegado a la casa de Inés. morirse no es desgracia. y sintió deseos de echarse sobre una silla a descansar. cuando se quedan solos en el mundo. —¿Pero de qué murió? ¿Usté ha visto qué desgracia? Entonces Nicasio levantó la cara. Fue al otro día por la mañana. Vio a su hija lanzarse al agua. taita –musitaba. Manuel ta pal pueblo en el entierro. los niños se dejaban llevar sin preguntar a qué se debía el viaje. Saber es peor. Pero se rehizo pronto. Nicasio iba detrás. Se murió Inés ayer. Y alejó la mirada hacia las nubes que salían por detrás de las lomas. con extraños ojos de loco. El hombre que lloró A la escasa luz del tablero el teniente Ontiveros vio las lágrimas cayendo por el rostro del distinguido Juvenal Gómez. —¿Peor que morirse? –preguntó Magina–. Era indigna de verlos después de lo que había hecho. la empujó y la maldijo. —¿Cómo? –preguntó Magina llena de asombro– ¿Y los muchachos? ¿Y Manuel? —Los muchachos vinieron conmigo anoche. Que yo sepa. cuando Nicasio se dio cuenta de que había habido desgracia en la familia. La vieja parecía aturdida. según afirmaba su cédula. y a la lluvia que caía a torrentes. Hay cosas peores que morirse. Busque el burro y póngase un pantalón que se van pa casa conmigo Inesita y usté. con la punta del machete levantó la aldaba y al mismo tiempo obligaba a Inés a avanzar. y se asombró de verlas. el ciudadano Alirio Rodríguez. —Vea Magina –dijo mientras miraba fijamente a la vieja–. Se cogía la cabeza con ambas manos. —Sí –respondió lentamente Nicasio. comerciante y natural de Maracaibo. Cuando la hija estuvo en el vano de la puerta. Salieron bajo la lluvia. Inés pensó que el camino más corto era hacia el patio. y ella pensó que los viejos.

tras él. Las lágrimas. se dijo Régulo. canarios. negrísimos y vivaces. atiende a lo que te digo! ¡Ten cuiado con el carro el dotó! El pequeño ciclista pasó como una exhalación frente a la ventana de Régulo. tostándola desde Petare hasta Catia. Mediaba julio y no llovía. y también de italianos. que no podía haber nada importante para él en ese momento. los caobos de calles y paseos se veían mustios. era tranquila como si se hallara en un pueblo abandonado de Los Llamos. “La mamá debe llamarse Mercedes”. La calle. las acacias. levantando una de las hojillas metálicas. Régulo le vio el perfil. Gritó. la abuela había tenido un nombre muy bonito: Adela. visiblemente alegre. “Mercedes”. por lo menos en Caracas. Laura sí. pegado a la acera de su lado. A las cuatro de la tarde Régulo Llamozas se había asomado a la veneciana. Se oían afuera el canto metálico de algunas chicharras y adentro el discurrir del agua que se escapaba en la taza del servicio. Sus pequeños ojos aindiados. un sol de fuego caía sobre Caracas. Pensó Régulo. Caracas crecía por horas. de quien nadie podía esperar reacción tan insólita. Los araguaneyes. 297 . Régulo Llamozas había entreabierto la hojilla de la veneciana a tiempo que de la quinta de enfrente salía un niño en bicicleta. Pedaleaba con sorprendente rapidez. La quinta de la que había salido el niño no era nada del otro mundo. sin duda con mezcla de perro pastor alemán. La quinta estaba sola a esa hora. Las lágrimas corrían por el rostro cetrino. dando saltos. coronado con un mechón de negro pelo lacio que le caía sobre las cejas. a dos cuadras del sudeste de la Avenida Facultad. Tampoco había llovido el año anterior. Y ningún otro ruido. había traspuesto ya el millón de habitantes. brillaban con apasionada alegría cuando comenzó a maniobrar en su bicicleta. giraba en forma vertiginosa “Ese va a ser un campeón”. de pómulos anchos. tipo Miami. Por el color y por la estampa debía ser de Barlovento. velados y sucios por el polvo que la brisa levantaba en los cerros desmontados por urbanizadores y en los tramos de avenidas que iban removiendo cuadrillas de trabajadores. se llenaba de edificios altos. Una criada salió de la quinta Mercedes. dirigiéndose al niño: —¡Pon cuidao a lo carro. para distraerse mirando hacia el pedazo de calle en que se hallaba. que horita llega el dotó pa ve a tu agüelo! Pero el niño ni siquiera levantó la cabeza para oírla. Estaba disfrutando de manera tan intensa su bicicleta y su juego con el cachorro. Esto sucedía en Caracas. Todo el mundo la llamaba Misia Adela. Régulo miró al niño y le sorprendió su expresión de vitalidad.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Rodríguez eran en verdad Régulo Llamozas. Era la estampa de la alegría. y Julia. un hombre de corazón firme y nervios duros. se inclinaba. Aun de lado se le notaba la sonrisa que llevaba. con tanta abundancia y en forma tan impetuosa que sin duda el distinguido Juvenal Gómez no se daba cuenta de que estaba atravesando Maracay. El calor era insufrible. un perfil naciente pero expresivo. su propia mujer se llamaba Aurora. De pronto cayó en la cuenta de que en toda su familia no había una mujer con ese nombre. correteaba un cachorro pardo. portugueses. en realidad. huyendo al cachorro que se lanzaba sobre él ladrando. habían empezado a acumularse ese día a las cuatro de la tarde. Pronto no habría quien dijera “misias” a las señoras. estaba pintada de azul claro y tenía bien destacado en letras metálicas el nombre de Mercedes. El teniente Ontiveros no hizo el menor comentario. Urbanización los Chaguaramos. La muchacha gritó más: —¡Muchacho el carrizo. corta. pero ni el propio Régulo Llamozas pudo sospecharlo entonces.

El era un hombre duro. que estaba en el espaldar de una silla. tan breve y tan fácil de decir. La barloventeña volvió a entrar en la Quinta Mercedes. Colgó. después. Se metió en el bolsillo izquierdo del pantalón dos peines cargados y se colocó el arma en la cintura. Allí estaban “las bichas” –tres granadas de piña. que debía estar correteando todavía tras el pequeño ciclista. y en ese momento sintió que le faltaba aire. Estaba ella cerrando la puerta tras sí cuando a las espaldas de Régulo sonó el teléfono. porque alguna fuerza oscura le llevó a sacar de la cartera una 298 . —Sí –respondió. todas piezas de nylon. desgraciadamente. Era una Lüger que le había regalado en Panamá un amigo dominicano. —Entonces voy a verla dentro de una hora –dijo la voz. correría peligro. tal como era ella para la generalidad de las gentes. todo su cuerpo se hallaba tenso y la conciencia del peligro lo hacía más receptivo. había sido tembloroso. sin embargo no la cogió. En el acto comprendió que ese simple “sí”. Oyó con mayor claridad el ruido del agua que caía en la taza del servicio. Se sintió encolerizado con la negra. Se sorprendió. Pero ahora estaba frente a la realidad. habían dado con su escondite. ver el espectáculo de ese niño entregado con tal pasión a su juego era un deslumbramiento. las chicharras de la calle. sin saber quién era ella. y se dirigió al closet. pero acudió al teléfono. los ladridos juguetones del cachorro. tratando de dominarse. Nadie sabía eso mejor que él mismo. las bichas”. A través del niño la vida se le presentaba en su aspecto más común y constante. De la cintura arriba le subió un golpe de sangre cálida. se dijo de pronto. llegaba en sustitución de la que había huido a los ignorados antros del cuerpo cuando oyó a través del teléfono la pregunta sobre la habitación que se alquilaba. pues. descolgó su paltó y fue a coger su corbata. los papeles y su única remuda de interiores y medias. se dirigió a la habitación y del cajón de la mesa de noche sacó su pistola. sin embargo. con movimientos rápidos. no se dejaría coger fácilmente. porque él. Por primera vez en tres meses tenía una emoción desligada de su tarea. La sola idea de que el niño pudiera ser herido le atormentó fieramente y le produjo cólera. y eso le producía sensaciones extrañas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Para Régulo Llamozas. Luego. Pero su atención estaba puesta en los automóviles. Todavía. A causa del niño estaba olvidando cosas importantes. había llegado al punto que había estado esperando desde hacía tres meses. Colocó la cartera sobre la cama. Régulo Llamozas. “Guá. lo abrió y de la tabla de abajo sacó una gran cartera negra. No esperaba llamada alguna. En escasos minutos su organismo había sido sacudido y llevado a extremos opuestos. Esperaba oír de momento la marcha veloz y el frenazo potente de un auto de la Seguridad Nacional. que no se llevaba al muchacho y con la señora Mercedes. Si eso sucedía y el niño se hallaba todavía en calle. pintadas de amarillo–. Probablemente cuando sus compañeros llegaran ya habrían estado allí los hombres de la Seguridad Nacional. no se daba cuenta de la fuerza con que esa imagen iba a remover su alma. y además con idea clara de su función y de los peligros que se desprendían de ella. —¿Es ahí donde alquilan una habitación? –dijo una voz de hombre tan pronto Régulo había descolgado. un hombre que se jugaba la vida a conciencia. Durante una fracción de minuto hizo esfuerzos por serenarse. —Está bien. sujetándola con el cinturón. lo espero –contestó Régulo. sobre la parte derecha del vientre. A esa altura tuvo la impresión de que su energía se había duplicado. Haló el zíper. un tanto perturbadoras.

pensó. ella maestra y él vendedor de licores. Ahora sí sonaba un auto en la calle. sujetó ésta.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS granada. “Esos vergajos van a saber lo que es un hombre”. por lo visto. “A Aurora le gustarían estos muebles”. cerró la puerta tras sí y en dos pasos estuvo en el automóvil. “Si tengo que defenderme aquí. pensó. Faltaba casi toda la hora para que llegaran sus amigos. pero nadie podía saber cuánto faltaba para que llegara la Seguridad Nacional. Los dos habían estado con él en una reunión. salió a la calle. sin saber por qué. “Esos doctores se tardan a veces cuatro y cinco horas”. mirando a su amigo con ojos alegres y húmedos de ternura. un Corazón de Jesús de buen tamaño. Había dos hombres dentro. estos corotos van a quedar inservibles”. “La primera sorprendida sería ella si le dijeran que yo estoy en Venezuela”. y en un instante se halló en el dormitorio. otro atrás. Régulo halló que esa sala se parecía a muchas. detendría a Aurora. A seguidas volvió a colocar la granada en la cartera. El cachorro se había rendido. “La bicha. Desconfiado de sus propios oídos. Mala cosa. fue emanando una sensación de seguridad que en escaso tiempo devolvió a Régulo Llamozas el dominio de sus nervios. De inmediato se halló recordando otra vez a su mujer. De inmediato. estaba sentado en la acera de la Quinta Mercedes. Un Buick verde venía pegándose a su acera. Régulo había hablado poco con ellos. En una fracción de segundo Régulo reconoció al de atrás. No se veía otro auto en la calle. 299 . recordó que en la casa del pequeño ciclista estaban esperando al doctor para ver al abuelo. se dijo. La quinta en que se hallaba tenía sólo dos dormitorios. Sin duda alguna se sentía mejor. Otra vez. tal vez un poco más de prisa de lo que convenía. La impresión fue clara: que todo lo que bullía en su cuerpo se había detenido de golpe. En la sala había muebles pesados. Régulo abandonó el sitio y se fue a la sala. tal vez la torturarían. tres noches atrás. con una granada de nuevo en la mano derecha. sintió la paralización total de su ser. pensó. —Cayeron Muñoz y Guaramato –dijo el de atrás. la lengua colgándole por un lado de la boca. —Qué hay. El que hacía de chófer puso el carro en movimiento. primero la bicha”. uno al timón. cuya cáscara estaba formada por cuadros. entre otras razones porque hacía sólo dos días que lo habían llevado a esa nueva “concha”. pues muy bien podía haber gente a pie vigilándole ya. Cautamente tomó a entreabrir la persiana. salían temprano y no volvían hasta las siete y media o las ocho de la noche. compañero –dijo. Enfrente sólo se veía al muchacho felizmente entregado a su incansable pedalear. se dijo. —¿Muñoz y Guaramato? –preguntó Régulo. imponiéndose a sí mismo valor. corrió a la sala. La negra salía corriendo en pos del niño y el perro saltaba tras ella. Régulo volvió el rostro. dijo. A seguidas metió la granada en la cartera. Reaccionó con toda el alma. y Aurora no podría decir una palabra porque él no había querido ni siquiera enviarle un recado. la Seguridad iría a su casa. Régulo entreabrió de nuevo una hojilla de la veneciana. De ese amarillo y pesado huevo metálico. de manera súbita. que sopesó cuidadosamente en la mano mientras clavaba la mirada con creciente intensidad en el peligroso artefacto. Si lo mataban o si lograba huir. un florero con rosas de papel sobre la mesita del centro y dos grupos de loza imitación de porcelana en dos rinconeras. después se puso la corbata y el paltó. Los inquilinos eran un matrimonio sin hijos. una oreja enhiesta y la otra caída. muy erguido. algunos retratos familiares.

Régulo Llamozas no pudo opinar. otros le llevaban y le traían. pero él no podía decir qué vía le parecía más segura. Por Colombia… Rojas Pinilla había caído hacía dos meses… Desde luego. y que te va a llevar un teniente en su propio auto. Tres meses. cambiando impresiones a media voz. que se perdían hacia Petare. y habló poco pero actuó con seguridad. había semivivido en Caracas. convertido ahora en el distinguido 300 . Régulo sonrió. De pronto recordó que había estado en esa urbanización dos semanas atrás. Lo que venga que te coja afuera. saliendo sólo de noche. tres meses jugándose la vida. que se levantaban en dirección de Sabana Grande y de Chacao con apariencia de cerros cargados de fogatas en cuadro. —Bueno. Su compañero comentó: —Pavoso el hombre. Iban con él y por él. desde mediados de abril hasta ese día de julio. Tú vas a viajar seguro. millones de venezolanos podían hacerlo. vale. No había podido ver el Avila a la luz del sol ni había podido salir a comerse unas caraotas en el restorán criollo. Durante tres meses no había podido decir una sola vez que quería ir a tal sitio. De manera que el otro se había dado cuenta… Era gente muy alerta la que le rodeaba. Régulo Llamozas. Si la Seguridad Nacional sabía que él estaba en Venezuela. instruyendo a hombres y mujeres de la resistencia. “Colinas de Bello Monte”. él no. Esta misma noche estás raspando. pero eso está arreglado. —Sí –aseguró el otro. ¿Pero de verdad o como yo? —De verdad vale… El teniente Ontiveros. —¿Un teniente? –preguntó. viendo compañeros de paso en reuniones subrepticias. el camino de aquí a la frontera es largo –dijo. —¿Por dónde me voy? —Por Colombia. —¿Habrán hablado Muñoz y Guaramato? –preguntó Régulo. pensó. tres meses en las tinieblas metido en el corazón de una ciudad que ya no era su Caracas. y los huecos iluminados de docenas de altos edificios. —Oye. y que desde una ventana había estado mirando a sus pies las luces vivas y ordenadas de la Autopista del Este y de la Avenida Miranda. vale. una ciudad que estaba dejando de ser lo que había sido sin que nadie supiera decir qué sería en el porvenir. uno se quedó mirando a Régulo. ¿sería una locura ver a Aurora? Pero claro que sería una locura. de los cuatro hombres que iban en él. llevando la conversación al punto en que había quedado–. —Esos compañeros no hablan. transmitiendo órdenes que había recibido en Costa Rica.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Yo creo que es mejor ir por las Colinas de Bello Monte –opinó el que manejaba. sin embargo. para ir a Colombia había que pasar por Valencia. vale. Ya no está ahí Rojas Pinilla. Un automóvil negro pasó rozando el Buick. el distinguido Juvenal Gómez. No pasó nada. Pero ya tú sabes: el tigre come por lo ligero. nada más. y de paso. Todo el mundo podía hacerlo. Ese camino está ahora despejado. Hay que trasladar el retrato de tu cédula a otro papel. El teniente Ontiveros llegó manejando una ranchera justo a la hora acordada. la casa de su familia tenía vigilancia día y noche. Durante un instante Régulo temió que el auto negro se atravesaría delante del Buick y que los cuatro hombres saltarían a tierra armados de ametralladoras. Figúrate que vas a ser soldado. en la casa de un ingeniero. —Entra por la calle Edison y trata de pegarte al cerro –dijo el de atrás hablando con el que guiaba.

que no procedía de nada ligado a su misión. En realidad. en medio de la oscuridad de la carretera. agua como la que sonaba sin cesar en la taza del servicio. la de una grieta que se abría lentamente en su alma. silenciosos él y el compañero. Lo mejor era mirar a todos lados. En verdad. camiones de carga y numerosos hombres chachareando afuera mientras otros se movían dentro de los botiquines. Va a subir ahí un compañero. pero no se haga el enterado mientras no salgamos de Turmero. algo que siempre había envuelto a Régulo. iba consustanciándose con su tierra. y él sabía que eran Venezuela aunque no pudiera verlos. ¿Quién puede dar un corte seco. por mí no. Mientras la ranchera rodaba en la noche. “El teniente éste está jugándose la vida por mí. Había a los lados maquinaria de la empleada en la construcción de la autopista. que en ese tiempo había sido un extraño para sí mismo. como si la rajara. Camino hacia Maracay. había dado con una emoción que era personalmente suya. Esos campos. con toda el alma puesta en su tarea. cierto tono. No debía hacerse el misterioso. El compañero viene conmigo dentro de un momento –explicó Ontiveros. eran Venezuela. Cruzaban los valles de Aragua. y de alguna llave que él no podía ver caía agua. no en el asiento. Régulo no respondió palabra. —Quédese aquí. En un movimiento rápido. calles y autopistas encima. pensó. Sin embargo tenía conciencia de otra sensación. él sabía que había muchos militares dispuestos a sacrificarse. sino en las duras sombras que cubrían los campos. sólo ahora. sino a la simple imagen de un niño que jugaba en bicicleta al sol de la tarde. en la de La Victoria. minutos antes de que sonara el teléfono. “Hasta Turmero cambia”. antes del exilio y en el exilio mismo. Creo que usted lo conoce. ni él ni el teniente tuvieron siquiera que bajar del vehículo. encontraba a su Venezuela. Vio al teniente que bebía algo frente al mostrador y que volvía la cabeza a un sitio y a otro. por Venezuela”. a su izquierda. el teniente Ontiveros guió la ranchera hacia el centro de la especie de plazoleta que separa a los dos comercios más importantes del lugar. esa misma tarde. ese aire. más o menos. Régulo Llamozas se dejaba ganar por la extraña sensación de que ahora. —Vamos a parar en Turmero –dijo de pronto el teniente–. No. Había algo que brotaba de ella. y que solo al final. cada vez más parecía clavado. simple tierra con casas. La brisa movía las hojas de un árbol que quedaba cerca. Iba pensando que había estado tres meses viviendo en un estado de tensión. eso no le causaba asombro. un sonido especial que conmovía el corazón. y la brisa disipaba el calor que el sol sembraba durante doce horas en una tierra sedienta de agua. que separe al hombre de su pasado? Esa patria por la cual estaba jugándose la vida no era un mero hecho geográfico. una especie de corriente intensa. Serían las once de la noche. sin duda tratando de dar con el compañero que viajaría con ellos. —Está bien –aceptó Régulo. que no terminaba en su piel porque se integraba con Venezuela. —Turmero –dijo el teniente cuando las luces del poblado parpadearon por entre ramas de árboles. Cada vez se concentraba más en sí mismo. se dijo. Agua. Trató de no llamar la atención. volviendo a su ser real. y la de gotas amargas que destilaban a lo largo de la grieta. 301 .JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Juvenal Gómez –con todo y uniforme— comenzó a sentirse más confiado cuando dejó atrás la alcabala de Los Teques. cuando se encaminaba de nuevo al destierro. él saboreaba lentamente una emoción a la vez intensa y amarga.

qué alegría! Nunca pensé que te vería en este viaje. —Pues ya lo ves. No estando el teniente con él. En un instante Turnero quedó atrás. como para ver mejor a Régulo. Súbitamente liberado de su reciente inquietud. Régulo. Alguien se acercaba a la ranchera. porque estaban llegando a la alcabala de Maracay. Movió el cuerpo hacia su izquierda. de los caídos. El teniente mencionó a Omaña. siempre en la línea. Miró de refilón. en Caracas. Régulo Llamozas se volvió al recién llegado y le echó un brazo por el hombro. allí donde el pequeño ciclista pedaleaba sin cesar. temeroso de hacer un papel ridículo. Hablaban con toda naturalidad. de los desterrados. Hablaron un poco más. Córrase un poco. sí. Tengo tres meses aquí y hace cuatro que salí de Costa Rica. el teniente dio la vuelta y entró por el lado izquierdo al tiempo que el otro tomaba asiento en el extremo derecho. Régulo no pudo hacer otra pregunta. tratando de no dar el rostro: eran el teniente y el compañero. con acento de sorpresa–. en Los Chaguaramos. El distinguido Gómez. puso la luz y la ranchera echó a andar. En ese instante oyó pasos. —Podemos ir los tres delante –dijo el teniente Ontiveros–. Régulo Llamozas sintió que le daban un latigazo en el centro del alma. El teniente Ontiveros encendió el motor. solitario como la calle de un pueblo abandonado. en una quinta que se llama Mercedes. —Yo tenía reunión con Leonardo la noche de su muerte –dijo Luis. distinguido Gómez. —¿En Valencia? –preguntó Luis. contó cosas suyas. Fue después que les dieron paso cuando Luis inició un tema nuevo. Comenzó a pasarse una mano por la barbilla y sus negros ojos se endurecían por momentos. —¿Pero tú no lo sabías? –preguntó el amigo. Estoy pensando que si pasamos por Valencia después de la una podría llegar un momento a la casa. Vive en Caracas. por lo que pudiera suceder. —¿Cómo en Caracas? ¿Desde cuándo? –inquirió casi a gritos. en el pedazo de calle de Los Chaguaramos. Régulo Llamozas sentía necesidad de decir un chiste. y de pronto hubo silencio. de las tareas clandestinas. —Desde que su papá se puso grave. todavía con la granada en la mano se corrió hacia el centro. Pero si Aurora no vive en Valencia. Los faros iban destacando uno por uno los árboles de la carretera. Se sentía castigado por olas de calor que le quemaban el rostro. 302 . Pero se hizo el desinteresado.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS allá en Caracas. —¡Vale Luis. seguido por el cachorro. vale –dijo–. pero tengo sospechas de que la Seguridad esté vigilando los alrededores. Aquí estoy. y en una de las voces reconoció a un amigo. —No. se sentía intranquilo. Me dijeron que debía acompañarte hasta Barquisimeto y he venido a hacerlo. de Barquisimeto en adelante te acompañará otro. de saludar con efusión al amigo que le había salido al camino en momento tan difícil. —Pués sí –explicó Luis–… Ella vive en la calle Madariaga. y preguntó de pronto: —¿Cómo está Aurora? ¿Hallaste grande a Regulito? —No los he visto –explicó Régulo–. La sacó de la cartera y empezó a palparla. de manera que lo mejor era tener una granada en la mano. Yo entré por Puerto la Cruz y todavía no he estado en Valencia. Régulo trató de dominar su voz.

Ya estaban en Maracay. según afirmaba con su graciosa tartamudez el anciano Tancredo Rojas. 303 . Interrogada por él. probablemente de más de seis pies. donde el vecindario tiraba latas viejas. las restantes daban directamente a la hierba o al polvo. si no llovía –porque cuando llovía la calle se volvía un lodazal–. y la brisa de las calles llegaba fresca después de su paso por los samanes de la llanura. muy flaco. La gente comentó durante varios días el valor del hijo de don Tancredo y acabó asegurando que los gritos eran de la mujer de Victoriano. la vieja medio ciega dijo que había oído gritos. y tenía sobre todo un aire extraño.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS No se oyeron más palabras. se oyeron desgarradores gritos femeninos que salían de la casa de las dos ancianas. de…cente”. uno de ellos le empujó. una de ellas sorda como una tapia y la otra casi ciega. El lugar era una calle todavía en esbozo. no sonreía ni contestaba saludos. de la alta y seca figura de Victoriano comenzó a emerger un prestigio siniestro. tenía la piel cobriza. Debía ser media noche. Con lo cual aludía a los viajes de Victoriano Segura seguido de esas escoltas policiales. hacia el oeste vivían dos hermanas viejecitas. y entonces su voz grave y dura se expandía por gran parte de aquella pequeña calle dejando la convicción de que Victoriano era un hombre autoritario y violento. Armado de machete. Esa sensación se agravaba debido a que Victoriano Segura jamás se dirigía a nadie en la calle. Cuando se corrió la voz de que las dos veces Victoriano había sido llevado a la policía por robo. Una noche. y en consecuencia. Además. su propia llegada al lugar tuvo algo de misteriosa. muy callado. pues a las pocas semanas de hallarse viviendo allí se presentaron en su puerta dos policías y se lo llevaron por delante. en la que tal vez no habría más de veinte casas. Victoriano era alto. el hijo de don Tancredo corrió para volver a poco diciendo que allí nada ocurría. la gente que vivía allí era “de…cente. a eso de las nueve. de quienes se decía que guardaban algún dinero. En poco tiempo el miedo a ese asalto y la posibilidad de que se produjera –tal vez con asesinato y otros agravantes– dominó en todos los hogares. Por de pronto. La casa que alquiló Victoriano tenía hacia el este un solar cubierto de matorrales y arbustos. que se quedara adentro y no le abriera la puerta a nadie. lo amenazó con su palo y le gritó algunas malas palabras. nada más esas tres tenían aceras. porque cuando –al tomar la esquina– Victoriano Segura se detuvo como para hablar. una expresión que no podía definirse. pues sólo hablaba de tarde en tarde para llamar a la mujer y pedirle café. pero hacia la casa de Victoriano Segura. El contraste entre su silencio y su voz producía malísima impresión. y de esas sólo tres podían considerarse de algún valor. Pero en otra ocasión los agentes del orden público llegaron muy de mañana y al parecer con mala sangre. el pelo áspero y la nariz muy fina. El teniente Ontiveros volvió el rostro y a la luz del tablero vio con asombro las lágrimas cayendo por las mejillas del distinguido Juvenal Gómez. la gente comenzó a temer que de momento asaltaría a las viejas. pues él le dijo a voces que no le diera gusto a la gente. papeles y hasta basura. que ponía pavor en el corazón de las mujeres y bastante preocupación en la mente de los hombres. en la segunda ni eso pudieron ver los vecinos. Aquella vez era bastante avanzada la tarde. a quien ese malvado maltrataba. de ojos saltones y manchados de sangre. Ahora bien. Victoriano Segura Todo lo malo que se había pensado de Victoriano Segura estaba sin duda justificado. En la primera ocasión su mujer salió a la puerta y estuvo mirando a su marido y a los policías hasta que doblaron.

donde todos se conocían y todos se llevaban bien y se trataban con cariño. Alguna que otra tarde se oía su voz. Todo lo malo imaginable podía pensarse de Victoriano Segura. con la silla arrimada en el seto de tablas. las campanas de las dos iglesias y millares de cohetes dieron la señal de que había comenzado un año nuevo. Abajo estaba el comercio y arriba vivía la familia. Él era carretero. José. tenía tres niños preciosos y. además. Agudos lamentos de mujeres y voces de hombres íbanle dando al terrible espectáculo el tono de pavor que merecía. bellos ojos negros y boca muy bien dibujada. a su madre. era cuando llamaba a su mujer para pedirle café. José Abud se había casado pocos años antes con la hija de un compatriota. seguro que no tenía sesenta años. Súbitas y violentas llamaradas salían con pasmosa y siniestra agilidad. Inmediatamente la gente pensó: “Es José Abud”. de cabellos crespos. y los gritos nocturnos bajo su techo. Por eso resultó tan sorprendente la conducta del extraño sujeto cuando la desgracia se hizo presente por vez primera en aquel naciente pedazo de calle. guardaba la carreta en el patio y soltaba el mulo en el solar vecino. según se decía en la calleja. De buenas a primeras amaneció un día allí. Allá arriba. mujeres y muchachos comenzaron a corretear por la calleja. se oían el chasquido del fuego y el trepidar de las puertas. Ese solo hecho dio lugar a muchas conjeturas. que era una criatura callada. según decían en el barrio. usando su propia carreta. a nadie preguntó quién era el dueño ni cuánto cobraban por alquilarla. como enloquecidos. y a la mujer con otro en alto. de pocas carnes. que había emigrado de su lejana tierra ya de años. vestidos a medias. y cuando iba a comprar algo. Y era José Abud. abajo era de ladrillo. El viejo Abud no era tan viejo. agréguese a él el comportamiento del hombre. y por eso creían que la escalera se conservaba todavía 304 . tener que vivir con un hombre así… La casa en que vivían había estado vacía muchos meses. se veía a la mujer. se oyeron gritos de socorro.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Eso. debido a castigo de Dios porque no era católica. y hablando con toda propiedad. hombres. con dos hijos bajo los brazos. Su acento libanés no podía confundirse. y nadie vio a Victoriano Segura llegar a verla. con una calleja tan pequeña. bajen! –gritaban desde la calle. De primera intención todo el mundo creyó que había muerto la madre de José Abud. Sólo en esas ocasiones. —¡Que bajen por la escalera antes de que se queme. En medio de la noche se oyeron golpes de puertas que se abrían y voces que resonaban preguntando qué pasaba. Su casa era la mejor del vecindario. sus dos detenciones acusado de robo. Pero con incontenible estupor la gente que se asomaba a las puertas y a las ventanas vio penetrar en sus casas una extraña claridad rojiza. se veía a José. donde otro mulo descansaba día por medio. Pero se notaba que el aturdido libanés y su mujer no entendían. más bien baja. salía muy temprano a trabajar y a eso de media tarde se sentaba a la puerta de la calle. la única de dos plantas. arriba de madera. aumentó la sensación de malestar que producía el hombre. Anciana ya. apenas hablaba con claridad. La vieja Adelina Abud. después que las sirenas de los aserraderos. Sin duda se había mudado a medianoche. Entonces de todas las bocas surgió el grito: —¡Fuego! ¡Es fuego en la casa de José Abud! Atropelladamente. más oscura que el marido pero muy bonita. corriendo por el balcón de un extremo a otro. —Pobrecita –comentaban las mujeres cuando la veían–. La noche de San Silvestre. que bajen por la escalera! ¡Baja. A lo mejor ignoraban que el comercio era pasto del fuego. por debajo del balcón de la gran casa. quedó paralítica.

con voz que parecía llegada de otro mundo: —¡Mamá. —¡Se va a matar ese hombre! –gritó de pronto una mujer. Se metió de un salto por la puerta de la escalera. esa voz que aterrorizaba al vecindario. —¿Dónde está la vieja? ¡Dígame dónde está la vieja! –demandó más que preguntó. hacia el fondo. que estaban aterrorizados. y era fácil advertir que los músculos de la cara estaban contrayéndosele. y tras el crepitar entraron las múltiples llamas ensanchándose y despidiendo chispas. Se paró en la acera de la casa de don Julio Sánchez. podía vérsele enrojeciendo y brillando. no. La gente sintió su presencia. Las llamas iluminaban su rostro cobrizo y su pelo áspero. Cálido. Cuando retornaron llevaban a los niños en brazos y empujaban a José y a su mujer. por la pared de atrás de la casa. En un instante apareció un hombre con un pico y otro con una barreta. se le vio saltar todavía más. fuerte. esto es. —¡La última de allá. 305 . se impuso al tumulto. Esa noche –¡por fin– no se mantuvo apartado. se oyó el crepitar de las tables. pensaron muchos. dura. Aquella extraña mirada se convirtió de pronto en la de una fiera. Allí. Al parecer no atendía más que al súbito e incesante crecer y decrecer de las llamaradas. y su voz de piedra. Pero la mujer de José Abud. braceando como si nadara. Debió vestirse muy de prisa. No podía ser de otra manera. porque tenía la camisa abierta. el humo salió por allí. refiriéndose a la puerta de la escalera. callado. baja. que podía moverse sin hacer ruido y sin mostrar esfuerzo. tal vez porque alguien acertó a decirle que ese hombre pretendía aprovechar el desconcierto para ir a robar. Victoriano Segura la miró a fondo durante diez o doce segundos. —¡Hay que abrir esa puerta pronto! –gritó alguien. atento al siniestro. Victoriano Segura avanzó. así que ellos ignoraban que el comercio ardía. los brazos cruzados sobre el pecho. se va a matar. como gigantesca flor viva. aunque de una sola planta. picante. A seguidas se vio el impetuoso río de fuego abrir brecha en el lienzo de manera que dividía la escalera del comercio. golpearon la puerta e hicieron saltar los cierres. que pegaba con la de José Abud y era también de ladrillos. usté no! –gritó José Abud al tiempo que trataba de agarrarlo para que no fuera. pues cuando la familia se dio cuenta del siniestro fue cuando vieron las llamas reventando. mamá está arriba! ¡Mamá se quema! Entonces. se va a asfixiar! ¡Salga de ahí Victoriano! –gritaron varias voces a un tiempo. de allá! –explicaba entre llanto a la vez que indicaba con la mano que el sitio estaba hacia el fondo y hacia el oriente. no pensó así. Después se supo que efectivamente era eso lo que pensaban José Abud y su mujer. y se vio a varios hombres meterse a toda prisa escaleras arriba. un brillo imponente le alumbró los ojos. Victoriano Segura se había levantado. Mas ya era tarde para que Victoriano Segura pudiera oírlo. donde más fuerte debía ser el fuego en tal momento. si bien tampoco se mezcló con la gente. —¡Sí. a los gritos y a las quejas. y ya había trepado y consumido en un momento parte de los altos. como un enorme gato flaco y ágil. con agrio olor. —¡No. cuando oyó a José Abud exclamar.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS en buen estado. que era joven y estaba desesperada por la tragedia. Pero la gente no perdió tiempo. como un alto y flaco e inmóvil muñeco de cobre que resultara a ratos iluminado por el aleteo de las llamas. La gente se quedó muda. “Este quiere entrar para robar”. y gritó que estaba en su habitación.

—¡Victoriano! –dijo y corrió hacia el fuego. Aquel hombre parecía llamado a promover en torno suyo una atmósfera dramática. 306 . Cinco minutos no son nada. resultan un largo tiempo para perderla. mientras la casa de José Abud ardía. a pesar de que no podrían hacer nada allí debido a que no había de dónde sacar agua. Tal vez nadie pensó eso aquella noche de San Silvestre. Por eso los que llegaban se ponían a mirar hacia “allá arriba” con tanta angustia como los vecinos de la calleja. cinco minutos. Los vecinos de la calleja sentían deseos de acercarse a ella y hablarle sobre su marido. salvaje. más frecuentes. en cuya puerta. los bomberos y todos los recién llegados hacían la misma pregunta: —¿Cómo empezó? Y todos oían las atropelladas noticias de que allá arriba había una vieja paralítica y un hombre que se había metido a salvarla. Una llamarada surgió. con inteligente y demoníaca maldad. sin embargo. en grupos dispersos comenzaron a llegar los bomberos. la lamió y en un instante la hizo arder. sino buscando el sitio donde José Abud guardaba su dinero. Llegaron policías que comenzaron a dar órdenes y a apartar a la multitud. Para el expectante vecindario. atraídos por el resplandor y por el escándalo. sacar de su lecho a una anciana paralítica y conducirla a la calle. los ayes de las mujeres. Ahora bien el fuego es un elemento muy veloz. de grandes ojos negros y de cutis oscuro que el fuego enrojecía. la imagen de Victoriano Segura. y su entraña maligna está fuera del tiempo. Por fin. se veía a su mujer. y así. Las señoras del vecindario corrían de nuevo hacia sus casas. subir a una casa. Si el balcón cogía fuego. con rasgos cada vez más fuertes. tal vez muy angustiada pero de todas maneras muy dueña de sí misma. desaparecería a los ojos de todos con la fortuna de Abud. el balcón comenzó a arder. Gentes de las calles cercanas y hasta del centro del pueblo habían llegado de todas direcciones. envolvió y pareció acariciar la balaustrada. pequeña. De manera que una carrera entre el hombre y el fuego es muy desigual para el hombre. y nadie puede en cinco minutos. un comentario quejumbroso o una observación que salía del corazón mismo de la multitud. hacia el lado de allá. Por el extremo este. Había llegado ya el momento en que la gente lanzaba maldiciones por la lentitud del hombre en salir. Los policías. Las conversaciones eran como un mar. que todavía hubiera alguien pensando que Victoriano no estaba tratando de sacar a la enferma. Sobre el constante abejoneo se alzaba de improviso un clamor. Aunque no había dudas de que todos pensaban en la vieja paralítica. que no son nada para salvar una vida. ¿qué iba a ser de Victoriano y de la vieja? Las voces comenzaron a hacerse más altas. Es probable. podía advertirse que sobre ese pensamiento iba superponiéndose. pero es indudable que todos lo sintieron. Instintivamente la gente volvía la cabeza hacia la casa de Victoriano. sin gritar y sin moverse.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS A esa hora la multitud era ya grande. aunque la casa no esté ardiendo. un mar en el que de pronto se levanta una ola y a poco vuelve a caer. de momento aparecería Victoriano en el balcón y daría un salto o haría algo diabólico. es inclemente. De súbito se la vio abrir la boca. una vez transcurridos cinco minutos podían darse por muertos a Victoriano Segura y a la vieja Adelina Abud. sobre el seto del alto. recordando que habían dejado las puertas abiertas y que las circunstancias eran propicias para que se metieran por ellas los rateros. lo cual indicaba que su probable muerte –la horrible muerte por el fuego– comenzaba a ganarle simpatías. y para las personas que tenían esa sospecha. bonita. por muy de prisa que lo haga todo.

Tal vez era de los bomberos. La anciana no podía salvarse. Parecía imposible librarse de su efecto. si no seguía arriesgándose. El espacio que el hombre tenía que recorrer sería de tres varas solamente. La gente bramó cuando vio ese pedazo de balcón. A seguidas volvió a salir. requería mucho esfuerzo y un gasto de tiempo que ya no podía hacerse. Al favor de las llamas se vio entonces que a pesar de su delgadez era musculoso y fuerte como un animal joven. comenzó a golpear la balaustrada del balcón por el extremo que daba al techo de la casa de don Julio Sánchez. como con miedo: Victoriano Segura había aparecido en el balcón con la anciana en los brazos. —¡Que suban algunos al techo de don Julio! –comenzó a pedir la gente. lo removió. 307 . Después de haber gritado el nombre de su marido. y tres o cuatro hombres la agarraron al tiempo que otros trepaban hacia el techo.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS El hombre había salido al balcón. Logró romper el pasamanos y se prendió de él con terrible fuerza. La menor dilación. Colocarse de espaldas al fuego. podía haber una vara de espacio vacío de una casa a la otra. Cuando lo hizo saltar se detuvo un poco para quitarse la camisa. porque. aunque de manera dispersa. asomó hacia la multitud su rostro duro. la multitud empezó a moverse hacia el sitio donde se hallaba su mujer. No se daban cuenta de que Victoriano había pasado a ser el objeto de la preocupación general. Ya había sido eliminada totalmente la última sospecha. con la boca cubierta por una mano y los ojos fijos en el balcón. las llamas avanzaban y cubrían todo el sitio. Ese movimiento acentuó las sospechas de los que las tenían. Mientras tanto. Por cierto una parte cayó. favorecidas por una ligera brisa. no era cosa de salir corriendo y dejar caer a Adelina. Seis o siete hombres que se movían tropezando y estorbándose lograron ganar el techo de la casa de don Julio. En medio de la angustia los sentimientos iban desplazándose. indiferente al fuego del balcón que avanzaba hacia sus espaldas. Victoriano Segura iba destrozando la balaustrada. Pero parecía muy tarde. cosa que todos aseguraban en voz baja. La multitud comprendió de inmediato que el plan de Victoriano consistía en romper la balaustrada para sacar por ahí a la vieja. allá arriba. una voz por aquí. dos por allá. consumido por el fuego. Entre el piso del balcón y ese techo podía haber una diferencia de vara y media. Pero nadie ponía atención en los bomberos ni en los policías. Fue admirable la prontitud con que apareció una escalera. de que Victoriano iba en busca de la vieja. El hombre había hallado el dinero y andaba buscando por dónde escapar. con una seguridad y una fiereza impresionantes. y brutalmente. Inconscientemente. o aún entregársela a alguien de los que estaban sobre el techo de la casa de don Julio. mas en esas tres varas dominaba ya el fuego. El humo iba saliendo por las puertas. que se convertían en dos varas y media desde el pasamanos. A ese tiempo éste había hecho saltar todos los balaustres y había entrado de nuevo en la casa. y además. Mucha gente pensó que la anciana no podría salvarse. pero que el hombre sí. con la anciana en brazos. Lo hizo durante un instante. en violentas bocanadas gris negras que avanzaban como impetuosos remolinos. lo haló. También estaban seguros. A poco un enorme clamoreo subió de todas las bocas y hubo muchos que aplaudieron. alguien les gritó que subieran la escalera para ayudar a Victoriano. ella se había quedado inmóvil. caer entre chispas y estruendo. y entró de nuevo a toda prisa. precisamente cuando Victoriano se acercaba al extremo que él mismo había roto poco antes. además. Es el caso que apareció una escalera. a tal altura. y el balcón podía caerse. armado de un palo que seguramente había sido la pata de una mesa. otra más lejos. para bajar la escalera.

Y soltó a la anciana.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Pero Victoriano no volvió la cabeza. era tarde. A seguidas crujió el resto del balcón. duro y callado. en el techo vecino. Tranquilamente. él vive ahí. Cuando algunos quisieron buscarlo para hablar con él. por segunda vez en esa doliente noche. y con ellas los sentimientos a que han dado origen. Confusamente. Debía ser muy importante lo que decía la mujer. se había oído el golpe de su puerta. dándoles la espalda. Victoriano se sentó. 308 . —¡Allá va! –dijo estentóreamente. Victoriano. más como una gran muñeca de madera que como un ser vivo. Ese Victoriano Segura que estaba jugándose la vida en el balcón era el mismo que dejaba sin contestar los saludos de sus vecinos. Las opiniones pueden cambiar en un minuto. de aquel mar de voces. La gente se distrajo viendo esa caída y esas chispas. y hasta alguna mujer. La oyó porque se le vio buscarla con los ojos. porque Victoriano se volvió a los hombres que se agrupaban bajo él. Tal vez pensaba lanzarse con la anciana en brazos. déjela caer! –gritaban los hombres agrupados bajo los pies de la anciana. después empezó a dar una vuelta. De rato en rato un muchacho señalaba hacia la casa de Victoriano Segura y decía: —Mire. Ahora bien. a ese ser impenetrable. y dejó oír. corrió hacia el fuego y gritó: —¡Victoriano. —¡Déjela caer. a quien los otros recibieron en tumulto. Era impresionante ver que esas llamas casi envolvían a la paralítica y sin embargo no la conmovían. Durante todo el día de Año Nuevo estuvieron humeando los escombros de la que había sido la mejor construcción en la pequeña calle. hacían grupos frente al lugar del siniestro y cambiaban impresiones. lo cual hubiera sido una locura. Se concebía ya hasta que la vieja muriera. a quien una corta dilación convertiría en víctima. inerte. mas la naturaleza humana no varía tan de prisa. los seis o siete hombres que estaban en el techo de don Julio le invitaban a algo. su voz metálica e impresionante. pidió paso y se lo dieron. Un segundo después. Por un momento su mujer perdió la serenidad. Victoriano se tiró. Los de abajo tendían las manos y daban gritos. porque las llamas avanzaban sobre ellos. con la agilidad de un enorme gato. del continuo estallido de las maderas que ardían. de manera que quedó sentado con las piernas al aire y la vieja Adelina en ellas. El misterio seguía rodeando a ese hombre flaco y alto. Ella dijo entonces: —¡Acuérdate. La enferma se movía igual que un péndulo. Hombres y muchachos. razón por la cual muy pocos se dieron cuenta de que Victoriano Segura había corrido por el techo de la casa de don Julio y había saltado después a la calle. pero nadie pedía aceptar a esa altura la idea de que muriera Victoriano. luego tomó a la vieja por las axilas y comenzó a bajarla. Gesticulando y gritando. Ya allí. Había llegado al borde del balcón y durante un segundo se le vio dudar. y levantando sordo estrépito cayó a la calle envuelto en chorros de fulgurantes chispas. Como todo el mundo. Estaba tan aislado allá arriba como se mantenía en su casa. ellos no pensaban tanto en Adelina como en Victoriano. Por momentos salían huyendo. imponiéndose con su dura mirada y su gran tamaño. acuérdate! ¿Que se acordara de qué? ¿Qué significaban esas palabras? ¿Había alguna razón por la cual él no debía dejarse matar o inutilizar por el fuego? La gente se miró entre sí. era evidente que a aquel hombre no le importaban gran cosa los demás. el marido oyó a su mujer. suéltala y tírate! Y en medio del tumulto.

muy bien –dijo–. de. y como en los días siguientes se le oyó martillar. Y como tampoco se le vio salir al siguiente. Evidentemente la mujer no sabía que hacer. y en aquella pequeña calle que estaba surgiendo a la orilla misma de los campos. Algunas mujeres parloteaban desde sus puertas con las 309 . A las llamadas en la puerta salió la mujer. hé… roe de. En medio de tal ambiente. El pobre José Abud. hé… roe. pero no salía más. Con su graciosa tartamudez. Una adorable paz ganaba el corazón de la gente. cuya voz era muy aguda. Caminaba junto a sus compañeros de comisión como quien marcha tras el entierro de un ser querido. a juzgar por la recepción se les hizo a los señores que estuvieron en su casa después del incendio. ocurrió la partida de Victoriano Segura. Perdónenme señores… –Pero váyanse. unos cuantos vecinos. cuya puntera había clavado en tierra. mientras hacía moverse de un lado a otro la empuñadura de su bastón. el frecuente canto de los pájaros y el murmullo de los árboles hacían más sensibles esos rasgos de profunda esencia musical con que se embellecen los días sin importancia. debía ser muy celoso. —¿Qué desean? –preguntó. Se había puesto nerviosa y se agarraba a la hoja de la puerta como si temiera que algún espíritu maligno pudiera abrirla del todo. de…” Pero la mujer no deseaba oír más. La gente muy madrugadora alcanzaba a oír el ruido de su carreta. dulce y limpio. Por entonces el mes de febrero iba muy avanzado. señora. si es que alguno de ellos lee esta historia.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Pero nadie vio a Victoriano ese día. Muchos de los vecinos le vieron meter esas tablas en la casa. señora. Los días fueron transcurriendo sin que volviera a verse a Victoriano Segura sentado a la puerta de su casa. Todavía hoy. Esa conducta. El grupo cambió miradas. si bien de manera mucho más dramática. Volvía a media tarde. no abría la boca. Sólo persistía esa atmósfera de misterio en torno suyo. Algún día se sabría la verdad. Adiós. don Tancredo Rojas comenzó a tratar de decir que todos ellos querían saludar al “hé… roe. —Muy bien. en cuya vida había algún misterio. Pues Victoriano Segura se esfumó tan extrañamente como había llegado. pero no abrió del todo. —Ay. Pero le dice que vinimos a verlo. —Pero… pero… pero… –comenzó a decir don Tancredo. se pensaba que tenía relación con ese misterio que le rodeaba. aquellos a quienes tanto intrigaba su conducta ignoran esa verdad. A juicio del vecindario Victoriano era un hombre extraño. en cuanto al repetido “¡acuérdate!” que le lanzó la suya la noche del fuego. lo cual quiere decir que había brisas cuaresmales y el cielo estaba brillante. llenaba de confusión a todo el mundo. al cabo de los años. encabezados por José Abud. fueron a visitarlo. Pero el miedo de que pudiera asaltar a las ancianas del lado se había disipado del todo. Muy pocos aludían a sus prisiones. si bien ya no causaba mala impresión. Mejor váyanse. El aire iba y venía cargado con los presagios del carnaval y la Semana Santa. por lo demás. desde luego. Fue a eso de las nueve de la mañana. señores… Miren. sino sólo un poco. tal vez hacía una mesa para comer o remendaba una ventana rota. Entonces intervino don Julio. la mayoría recordaba los gritos de mujer aquella noche. Ocurrió que una tarde llegó a la calleja con su carreta cargada de tablas. El no quiere que venga gente a la casa. abrumado por la desgracia. él no está aquí –dijo–. sólo ahora la sabrán. Queríamos saber si estaba bien y si necesitaba algo. se pensó que estaba haciendo arreglos en la vivienda.

Volvimos a encontrarnos en la cárcel. —Usté es Victoriano Segura –le dije atravesándome en su camino. se perdió la mujer. Bajo aquel sol límpido era una estampa dura la de esa mujer llorando en silencio mientras su marido luchaba con el impresionante cargamento. el hombre colocó la punta del féretro en el borde de la carreta. cargando con un extremo de ataúd. Pero no dijo una palabra. impresionante y reservada. Estuvo largo rato mirándose las manos. Cachazudamente. una para impedir que se moviera hacia adelante. algunas gallinas picoteaban las manchas de yerba que se veía aquí y allá. Vivíamos casi enfrente. Era su misma voz dura de otros tiempos. la carreta se perdió en la esquina. Después de eso entró en la casa. la cabeza baja. Fue una semana más tarde cuando yo me atreví a preguntarle por su mujer. Cuando ocurrieron los sucesos en que él fue protagonista yo era un muchacho. Le reconocí inmediatamente. junto con otros presos. a esa áspera soledad en que viviera siempre. después tomó la que cargaba la mujer y comenzó a empujar. Usando toda su fuerza. la mujer no cesaba de llorar. Hábilmente conducida. ¿Quién podía prever lo que sucedió inmediatamente? Algunos minutos más tarde la puerta se abrió de par en par y Victoriano Segura salió de espaldas. uno de los que oían hablar de él y de la misteriosa atmósfera que le rodeaba. al otro extremo apareció luego la mujer. sino porque su estancia en la calleja me había causado mucha impresión y por tanto no lo olvidé. Se fue a su camastro. Victoriano lo removía de un lado a otro. Al fin dijo: 310 . viéndole luchar con el ataúd. Victoriano puso dos piedras junto a una de las ruedas. Fue cuando se quemó la casa de José Abud. dominando el mulo desde afuera. Se le veía endurecido por la tensión. la otra para impedir que se moviera hacia atrás. —Yo lo conocí a usté –dije–. Ella llevaba en la mano una vela encendida y al parecer había comenzado a rezar. —Sí. adonde me habían llevado mis ideas políticas. que debía ser mucha. dándoles vueltas de las palmas a los dorsos. no sólo porque había cambiado muy poco –si bien algo de su rostro denunciaba el paso del tiempo–. la carreta quedó parada junto a la puerta de la casa. Tras ella. Nunca más volvió la gente de la pequeña calle a verlos. Retornó a su soledad. era su misma mirada metálica. con la mano de la vela mecánicamente alzada. Inesperadamente se abrió el portón que daba al patio donde Victoriano guardaba la carreta y se oyó su dura voz arreando al mulo. tocado de sombrero negro. Tambaleante y despaciosa. ¿por qué? –contestó. uno de los que despertaron sobresaltados la noche del siniestro en la casa de José Abud. No era fácil hacer rodar el ataúd. labraba un pedazo de madera con una pequeña cuchilla y parecía aislado en medio de sus compañeros. Sin subirse en la carreta. sin duda camino del cementerio. tocándoselas una con otra. y la lúgubre carga iba entrando lentamente en la carreta. Yo estaba junto a mi madre. y cerrar la puerta.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS vecinas. Estaba en una gran celda. Se presumió que él había vuelto de noche para llevarse los enseres y el otro mulo. y nada más. Cuando se puso de pie para ir a su camastro los demás le abrieron paso en silencio. El hombre logró al fin llevar el ataúd a donde quería. Secándose los ojos con la mano. Tenía canas y algunas arrugas. se le vio entrar en la casa con su mujer. Ni siquiera movía la cabeza. A mi me pareció que algo veló el brillo de su mirada. y allí estuvo largas horas labrando su pedazo de madera. Victoriano Segura dio tres “¡arres!” en voz alta. Pero yo vi a Victoriano Segura muchos años más tarde. salir a poco. algunos muchachos jugaban dando carreras o empinaban papalotes. la mañana en que él se fue.

La mancha indeleble Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas. Yo no podía saber de dónde salía. la voz llenaba todo el salón y resonaba entre las paredes. Me le acerqué para preguntarle si quería que visitara a su mujer en el leprocomio. La situación era en verdad aterradora. A poco recomendó: —Que no lo sepa nadie. pues las cabezas se conservaban en forma admirable. Físicamente. Entonces yo tuve un vislumbre. es como si la viera yo. Su mamá perdió la nariz y tal vez ella la pierda también. —¿La mía? –pregunté. Debo confesar que el espectáculo me produjo un miedo súbito e intenso. que se cubrían con lujosos tapices. las grandes columnas de mayólica.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —En el lazareto. las dos enormes lámparas colgantes de cristal de Bohemia. las cornisas de cubos dorados. Si usté la ve ahora con mi consentimiento. relampagueante. —Entregue su cabeza –dijo una voz suave. aunque les faltaba el flujo de la sangre bajo la piel. Sin embargo lo que veía indicaba que la separación entre lo que fui y lo que sería no podía medirse en términos humanos. Se sentó allí y se dedicó a contemplar el patio. —Claro… ¿Cuál va a ser? A pesar de que no era autoritaria. Parecía que no había distancia entre la vida que había dejado atrás. Usté la conoció cuando era bonita. del otro lado de la puerta. la mamá de mi mujer. la alfombra roja que iba de la escalinata a la gran mesa del recibidor. Nadie podría evitarme esa macabra experiencia. que murió lázara. y yo las veía colocadas en una larga hilera de vitrinas que estaban adosadas a la pared de enfrente. Tenía la impresión de que todo lo que veía estaba hablando a un tiempo: el piso de mármol negro y blanco. donde algunos reclusos charlaban y se movían sin cesar. Seguramente en esas vitrinas no entraba aire contaminado. casi como si estuvieran vivas. Pero era el caso que aún incapacitado para pensar y para actuar. Al parecer halló que había hablado demasiado. como la de una estatua. yo estaba allí: había pasado el umbral y tenía que entregar mi cabeza. Y me dio la espalda. la distancia sería de tres metros. con tanto miedo que a duras penas me oía a mí mismo. y la alfombra similar que cruzaba a todo lo largo por el centro. Durante cierto tiempo me sentí paralizado por el terror. Tal vez con el deseo inconsciente de ganar tiempo. de que su antigua soledad se había debido… —Ahora me explico –empecé a decir. Y he aquí lo que me dijo entonces Victoriano Segura mirándome a los ojos: —No vaya. pregunté: —¿Y cómo me la quito? 311 . porque se puso de pie y se fue a un rincón. mientras él me clavaba su imperiosa mirada—… Aquel ataúd era… —Su mamá –dijo–. y la que iba a iniciar en ese momento. así. Ya no volví a dirigirle la palabra sino cuando un mes después se me avisó que recogiera mis pertenencias porque iban a dejarme en libertad ese mismo día. tal vez de cuatro. que a mí me pareció de mármol. Sólo sabía a ciencia cierta que ninguna de las innumerables cabezas de las vitrinas había emitido el menor sonido.

he oído y he comprendido –dije–. y huía como loco. No es fácil explicar lo que esas palabras significaron para mí. Sin duda era la hora indecisa entre el día que muere y la noche que todavía no ha cerrado. y como temblaba de arriba abajo debido al frío mortal que se había desatado en mis venas. Sentí que alguien iba a entrar. y de que millones de seres minúsculos e invisibles acechaban mi pensamiento. sin mis ideas. ¿con qué voy a pensar? La parrafada no me salió de golpe. No me había equivocado. que ya no estaría más tiempo solo. Al fin apoyé las dos manos en la mesa. Pero no puedo despojarme de mi cabeza así como así. Tal vez por eso me parecía tan terrible. como de risa burlona. Estaba cerrada. Me lancé impetuosamente hacia la puerta. Me di cuenta de que alguna gente se alarmó al verme correr. no me importaba. Colóquela después sobre la mesa. pero ninguna estaba abierta. Si se hubiera tratado de una pesadilla me hubiera explicado la orden y mi situación. Durante una semana no me atreví a salir de la casa. Mi necesidad de huir era imperiosa. Al fin logré hablar. sin emociones propias? —pregunté. No se veía una silla. Pensaremos por usted. Callé. —Aquí no tiene que pensar. No había la menor señal de vida. El espacio era largo y de techo alto. Déme algún tiempo para pensarlo. y un pie se posaba en el umbral. apoyando los pulgares en las curvas de las quijadas. y volví la cara hacia la puerta. y me pareció que la voz emitía un ligero gruñido. de mis recuerdos. Eso estaba sucediéndome en pleno estado de lucidez. Volví los ojos a los dos extremos del gran salón. Había también puertas en esos extremos. tal vez pensaron que había robado o que había sido sorprendido en el momento de robar. —¿Vida sin relación conmigo mismo. me hubiera perseguido. que hay otros en turno –dijo la voz. Pero en la 312 . Me ahogaba. Instintivamente miré hacia la puerta por donde había entrado. una mano sujetaba el borde de la gran hoja de madera brillante y la empujaba hacia adentro. —Por favor. si me quedo sin ella. En cuanto a sus recuerdos. Comprenda que ella está llena de mis ideas. Resulta aterrador oír la orden de quitarse la cabeza dicha con tono normal. necesitaba sentarme o agarrarme a algo. tire hacia arriba y verá con qué facilidad sale. Estaba seguro de que el dueño de esa voz había repetido la orden tantas veces que ya no le daba la menor importancia a lo que decía. Pero no era una pesadilla. mientras me hallaba de pie y solitario en medio de un lujoso salón. Es el resumen de mi propia vida. Me hallaba bajo la impresión de que miles de ojos malignos. —Sí. Ya dije que la voz no era autoritaria sino suave. Dos veces tuve que parar para tomar aire. estaban mirándome desde las paredes. Sólo yo me hallaba en ese salón imponente. Peor aún: estábamos la voz y yo. no nos haga perder tiempo. más bien tranquilo. y de haber habido por allí un policía. Oía día y noche la voz y veía en todas partes los millares de ojos sin vida y los centenares de cabezas sin cuerpo. Comprendía que llevaba el rostro pálido y los ojos desorbitados. En medio de mi terror actué como un autómata. empujé al que entraba y salté a la calle. —¿No ha oído o no ha comprendido? –dijo la voz. lo cual me hizo sentirme tan desamparado como un niño perdido en una gran ciudad.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Sujétela fuertemente con las dos manos. también sin vida. De todas maneras. Además. Pero la voz no era humana: no podía relacionarse con un ser de carne y hueso. no va a necesitarlos más: va a empezar una vida nueva. Por la abertura de la puerta se advertía que afuera había poca luz.

Pero además Manuel Sicuri podía seguir las huellas de un hombre hasta en las pétreas vertientes de los Andes y esa noche hubo luna llena. El factor más importante. cintas de color azul. De seguir la costumbre en todo su rigor. obsedido por la visión de un paisaje que le daba la impresión de no avanzar jamás. fue que el cholo Jacinto Muñiz tuviera que huir del Perú y entrara en Bolivia por el Desaguadero. A poco. lo cual le llevó a irse corriendo. que lo sentiré ante cualquier desconocido. Además. He usado jabón. pero era la costumbre de los aimarás del altiplano y Manuel Sicuri seguía la costumbre. María tenía siete meses de embarazo. Me temblaron las manos con tanta violencia que un poco de la bebida se me derramó en la camisa. indio aimará. Propiamente. y además debía sembrar la papa y la quinua y la cañahua –los cereales de la puna–. desde el pelo hasta el ojo derecho. Mi mal es que no tengo otra camisa ni manera de adquirir una nueva. Manuel Sicuri cuidaba de un rebaño de ovejas y de nueve llamas. Y yo sé que no podré librarme de este miedo. me arriesgué a ir a la esquina. como un animal asustado. Cuando llegó a la choza del indio Manuel Sicuri el cholo Jacinto Muñiz contó que ésa era la huella de una caída. Al lado de la mesa que ocupé había otra vacía. Jacinto Muñiz no podía liberarse de esa persecución. y para fatalidad suya era fácil de identificar porque tenía una cicatriz en la frente. primero en el Perú. Pero resultaba que no sucedía así porque Manuel era huérfano de padre y madre y tenía tres hermanitos –dos de ellos hembras– y él quería a esos niños con toda la fuerza de su alma. visitado siempre por gente extraña. la mujer de Manuel. Uno tenía los ojos sombríos. El cholo Jacinto Muñiz fue perseguido de manera implacable. y eso no se lo perdonarían ni en el Perú ni en Bolivia. me miró con intensidad y luego dijo al otro: —Ese fue el que huyó después que ya estaba… Yo tomaba en ese momento una taza de café. 313 . quien debía cuidar de los animales era María Sisa. pues había robado las joyas de una iglesia. por el confín del altiplano. lo cual desde luego era mentira. dos hombres se sentaron a ella. María estaba embarazada. Al contrario.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS octava noche. cepillo y un producto químico especial para el caso que hallé en el baño. pues el hombre debía irse a trabajar a La Paz o tal vez a las minas. El indio Manuel Sicuri Manuel Sicuri. a medio lomo. aliviado de mi miedo. me parece que a cada esfuerzo por borrarla se destaca más. y de no haber sido así no se habrían dado los hechos que le llevaron a la cárcel en La Paz. sin embargo. las ovejas llevaban prendidas en la lana. Pues en verdad ignoro si los dos hombres eran miembros o eran enemigos del Partido. porque no era fácil que en aquella zona sus ovejas se mezclaran con otras. tratando de lavar la camisa. y después por los carabineros de Bolivia que recib