COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN II

Cuentos

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN II

SÓCRATES NOLASCO | EL CUENTO EN SANTO DOMINGO  |  SELECCIÓN ANTOLÓGICA – TOMOS I Y II J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  CUENTOS DE POLÍTICA CRIOLLA JUAN BOSCH  |  MÁS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO VIRGILIO DÍAZ GRULLÓN  |  CRÓNICAS DE ALTOCERRO EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  TRADICIONES Y CUENTOS DOMINICANOS 

Cuentos

Introducción a la primera y segunda sección:

Diógenes Céspedes

Santo Domingo, República Dominicana 2008

Sociedad Dominicana de Bibliófilos

Dennis R. Simó Torres, Vicepresidente Manuel García Arévalo, Vicetesorero Antonio Morel, Tesorero

Mariano Mella, Presidente

CONSEJO DIRECTIVO

Octavio Amiama de Castro, Secretario Sócrates Olivo Álvarez, Vicesecretario Vocales

Edwin Espinal • Julio Ortega Tous • Mu-Kien Sang Ben Marino Incháustegui, Comisario de Cuentas asesores

Eugenio Pérez Montás • Miguel de Camps

José Alcántara Almánzar • Andrés L. Mateo • Manuel Mora Serrano Guillermo Piña Contreras • Emilio Cordero Michel • Raymundo González María Filomena González • Eleanor Grimaldi Silié • Tomás Fernández W. ex-presidentes Eduardo Fernández Pichardo • Virtudes Uribe • Amadeo Julián

Gustavo Tavares Espaillat • Frank Moya Pons • Juan Tomás Tavares K. Bernardo Vega • José Chez Checo • Juan Daniel Balcácer Jesús R. Navarro Zerpa, Director Ejecutivo

Enrique Apolinar Henríquez +

Banco de Reservas de la República Dominicana
Administrador General Miembro ex oficio Daniel Toribio

consejo de directores Secretario de Estado de Hacienda Presidente ex oficio Lic. Vicente Bengoa

Lic. Mícalo E. Bermúdez Vicepresidente Dra. Andreína Amaro Reyes Secretaria General Vocales Miembro

Lic. Luis A. Encarnación Pimentel Dr. Joaquín Ramírez de la Rocha Lic. Luis Mejía Oviedo Lic. Mariano Mella

Lic. Domingo Dauhajre Selman

Ing. Manuel Guerrero V.

Suplentes de Vocales Lic. Héctor Herrera Cabral Lic. Danilo Díaz

Ing. Manuel Enrique Tavárez Mirabal Lic. Estela Fernández de Abreu Lic. Ada N. Wiscovitch C.

Ing. Ramón de la Rocha Pimentel

Esta publicación, sin valor comercial, es un producto cultural de la conjunción de esfuerzos del Banco de Reservas de la República Dominicana y la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Inc.

COMITÉ DE EVALUACIÓN Y SELECCIÓN Orión Mejía Director General de Comunicaciones y Mercadeo, Coordinador Luis O. Brea Franco Gerente de Cultura, Miembro Juan Salvador Tavárez Delgado Gerente de Relaciones Públicas, Miembro Emilio Cordero Michel Sociedad Dominicana de Bibliófilos Asesor Raymundo González Sociedad Dominicana de Bibliófilos Asesor María Filomena González Sociedad Dominicana de Bibliófilos Asesora Jesús Navarro Zerpa Director Ejecutivo de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos Secretario Los editores han decidido respetar los criterios gramaticales utilizados por los autores en las ediciones que han servido de base para la realización de este volumen

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN II

SÓCRATES NOLASCO | EL CUENTO EN SANTO DOMINGO  |  SELECCIÓN ANTOLÓGICA – TOMOS I Y II J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  CUENTOS DE POLÍTICA CRIOLLA JUAN BOSCH  |  MÁS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO VIRGILIO DÍAZ GRULLÓN  |  CRÓNICAS DE ALTOCERRO EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  TRADICIONES Y CUENTOS DOMINICANOS 

Cuentos

ISBN: Colección completa: 978-9945-8613-9-6 ISBN: Volumen II: 978-9945-457-01-08

Coordinadores: Luis O. Brea Franco, por Banreservas; y Jesús Navarro Zerpa, por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos
Ilustración de la portada: Rafael Hutchinson  |  Diseño y arte final: Ninón León de Saleme  Corrección de pruebas: Jaime Tatem Brache  |  Impresión: Amigo del Hogar Santo Domingo, República Dominicana. Junio, 2008

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contenido

Presentación Origen de la Colección Pensamiento Dominicano y criterios de reedición.............................. Daniel Toribio Administrador General del Banco de Reservas de la República Dominicana Exordio. .................................................................................................................................... Mariano Mella Presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos Introducción a la primera sección. ....................................................................................... Diógenes Céspedes Sócrates nolasco El Cuento en Santo Domingo. selección antológica Tomo I: Aparición y evolución del cuento en Santo Domingo. Noticias preliminares. .... Tomo II............................................................................................................................... J. m. sanz lajara El Candado (Prólogo): Manuel Valldeperes . ...................................................................................... juan BOSCH cuentos escritos en el exilio y Apuntes sobre el arte de escribir cuentos Apuntes sobre el arte de escribir cuentos............................................................................ Cuentos escritos en el exilio................................................................................................ Introducción a la segunda sección....................................................................................... Diógenes Céspedes emilio rodríguez demorizi Cuentos de política criolla (Prólogo): Un libro de cuentos políticos. ............................................................................... Juan Bosch Juan BOSCH mÁs cuentos escritos en el exilio................................................................ virgilio díaz grullón Crónicas de Altocerro. Cuentos (Prólogo): Carlos Curiel..................................................................................................... emilio rodríguez demorizi Tradiciones y cuentos dominicanos Presentación ....................................................................................................................... Semblanza de Julio D. Postigo, editor de la Colección Pensamiento Dominicano............
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presentación

Origen de la Colección Pensamiento Dominicano y criterios de reedición
Es con suma complacencia que, en mi calidad de Administrador General del Banco de
Reservas de la República Dominicana, presento al país la reedición completa de la Colección Pensamiento Dominicano realizada con la colaboración de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, que abarca cincuenta y cuatro tomos de la autoría de reconocidos intelectuales y clásicos de nuestra literatura, publicada entre 1949 y 1980. Esta compilación constituye un memorable legado editorial nacido del tesón y la entrega de un hombre bueno y laborioso, don Julio Postigo, que con ilusión y voluntad de Quijote se dedica plenamente a la promoción de la lectura entre los jóvenes y a la difusión del libro dominicano, tanto en el país como en el exterior, durante más de setenta años. Don Julio, originario de San Pedro de Macorís, en su dilatada y fecunda existencia ejerce como pastor y librero, y se convierte en el editor por antonomasia de la cultura dominicana de su generación. El conjunto de la Colección versa sobre temas variados. Incluye obras que abarcan desde la poesía y el teatro, la historia, el derecho, la sociología y los estudios políticos, hasta incluir el cuento, la novela, la crítica de arte, biografías y evocaciones. Don Julio Postigo es designado en 1937 gerente de la Librería Dominicana, una dependencia de la Iglesia Evangélica Dominicana, y es a partir de ese año que comienza la prehistoria de la Colección. Como medida de promoción cultural para atraer nuevos públicos al local de la Librería y difundir la cultura nacional organiza tertulias, conferencias, recitales y exposiciones de libros nacionales y latinoamericanos, y abre una sala de lectura permanente para que los estudiantes puedan documentarse. Es en ese contexto que en 1943, en plena guerra mundial, la Librería Dominicana publica su primer título, cuando aún no había surgido la idea de hacer una colección que reuniera las obras dominicanas de mayor relieve cultural de los siglos XIX y XX. El libro publicado en esa ocasión fue Antología Poética Dominicana, cuya selección y prólogo estuvo a cargo del eminente crítico literario don Pedro René Contín Aybar. Esa obra viene posteriormente recogida con el número 43 de la Colección e incluye algunas variantes con respecto al original y un nuevo título: Poesía Dominicana. En 1946 la Librería da inicio a la publicación de una colección que denomina Estudios, con el fin de poner al alcance de estudiantes en general, textos fundamentales para complementar sus programas académicos. Es en el año 1949 cuando se publica el primer tomo de la Colección Pensamiento Dominicano, una antología de escritos del Lic. Manuel Troncoso de la Concha titulada Narraciones Dominicanas, con prólogo de Ramón Emilio Jiménez. Mientras que el último volumen, el número 54, corresponde a la obra Frases dominicanas, de la autoría del Lic. Emilio Rodríguez Demorizi, publicado en 1980.
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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  POESÍA Y TEATRO

Una reimpresión de tan importante obra pionera de la bibliografía dominicana del siglo XX, como la Colección Pensamiento Dominicano, presenta graves problemas para editarse acorde con parámetros vigentes en nuestros días, debido a que originariamente no fue diseñada para desplegarse como un conjunto armónico, planificado y visualizado en todos sus detalles. Esta hazaña, en sus inicios, se logra gracias a la voluntad incansable y al heroísmo cotidiano que exige ahorrar unos centavos cada día, para constituir el fondo necesario que permita imprimir el siguiente volumen –y así sucesivamente– asesorándose puntualmente con los más destacados intelectuales del país, que sugerían medidas e innovaciones adecuadas para la edición y títulos de obras a incluir. A veces era necesario que ellos mismos crearan o seleccionaran el contenido en forma de antologías, para ser presentadas con un breve prólogo o un estudio crítico sobre el tema del libro tratado o la obra en su conjunto, del autor considerado. Los editores hemos decidido establecer algunos criterios generales que contribuyen a la unidad y coherencia de la compilación, y explicar el porqué del formato condensado en que se presenta esta nueva versión. A continuación presentamos, por mor de concisión, una serie de apartados de los criterios acordados:

 Al considerar la cantidad de obras que componen la Colección, los editores, atendiendo a razones vinculadas con la utilización adecuada de los recursos técnicos y financieros disponibles, hemos acordado agruparlas en un número reducido de volúmenes, que podrían ser 7 u 8. La definición de la cantidad dependerá de la extensión de los textos disponibles cuando se digitalicen todas las obras.

 Se han agrupado las obras por temas, que en ocasiones parecen coincidir con algunos

géneros, pero ésto sólo ha sido posible hasta cierto punto. Nuestra edición comprenderá los siguientes temas: poesía y teatro, cuento, biografía y evocaciones, novela, crítica de arte, derecho, sociología, historia, y estudios políticos.

 Cada uno de los grandes temas estará precedido de una introducción, elaborada por un especialista destacado de la actualidad, que será de ayuda al lector contemporáneo, para comprender las razones de por qué una determinada obra o autor llegó a considerarse relevante para ser incluida en la Colección Pensamiento Dominicano, y lo auxiliará para situar en el contexto de nuestra época, tanto la obra como al autor seleccionado. Al final de cada tomo se recogen en una ficha técnica los datos personales y profesionales de los especialistas que colaboran en el volumen, así como una semblanza de don Julio Postigo y la lista de los libros que componen la Colección en su totalidad.  De los tomos presentados se hicieron varias ediciones, que en algunos casos modificaban el texto mismo o el prólogo, y en otros casos más extremos se podía agregar otro volumen al anteriormente publicado. Como no era posible realizar un estudio filológico para determinar el texto correcto críticamente establecido, se ha tomado como ejemplar original la edición cuya portada aparece en facsímil en la página preliminar de cada obra.
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PRESENTACIÓN  |   Daniel Toribio, Administrador General de Banreservas

 Se decidió, igualmente, respetar los criterios gramaticales utilizados por los autores

o curadores de las ediciones que han servido de base para la realización de esta publicación.

 Las portadas de los volúmenes se han diseñado para esta ocasión, ya que los planteamientos gráficos de los libros originales variaban de una publicación a otra, así como la tonalidad de los colores que identificaban los temas incluidos.  Finalmente se decidió que, además de incluir una biografía de don Julio Postigo y
una relación de los contenidos de los diversos volúmenes de la edición completa, agregar, en el último tomo, un índice onomástico de los nombres de las personas citadas, y otro índice, también onomástico, de los personajes de ficción citados en la Colección.

En Banreservas nos sentimos jubilosos de poder contribuir a que los lectores de nuestro tiempo, en especial los más jóvenes, puedan disfrutar y aprender de una colección bibliográfica que representa una selección de las mejores obras de un período áureo de nuestra cultura. Con ello resaltamos y auspiciamos los genuinos valores de nuestras letras, ampliamos nuestro conocimiento de las esencias de la dominicanidad y renovamos nuestro orgullo de ser dominicanos.

Daniel Toribio Administrador General

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exordio

Como presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, siento una gran emoción al

Reedición de la Colección Pensamiento Dominicano: una realidad

poner a disposición de nuestros socios y público en general la reedición completa de la Colección Pensamiento Dominicano, cuyo creador y director fue don Julio Postigo. Los 54 libros que componen la Colección original fueron editados entre 1949 y 1980. Salomé Ureña, Sócrates Nolasco, Juan Bosch, Manuel Rueda, Emilio Rodríguez Demorizi, son algunos autores de una constelación de lo más excelso de la intelectualidad dominicana del siglo XIX y del pasado siglo XX, cuyas obras fueron seleccionadas para conformar los cincuenta y cuatro tomos de la Colección Pensamiento Dominicano. A la producción intelectual de todos ellos debemos principalmente que dicha Colección se haya podido conformar por iniciativa y dedicación de ese gran hombre que se llamó don Julio Postigo. Qué mejor que las palabras del propio señor Postigo para saber cómo surge la idea o la inspiración de hacer la Colección. En 1972, en el tomo n.º 50, titulado Autobiografía, de Heriberto Pieter, en el prólogo, Julio Postigo escribió lo siguiente: (…) “Reconociendo nuestra poca idoneidad en estos menesteres editoriales, un sentimiento de gratitud nos embarga hacia Dios, que no sólo nos ha ayudado en esta labor, sino que creemos fue Él quien nos inspiró para iniciar esta publicación” (…); y luego añade: (…) “nuestra más ferviente oración a Dios es que esta Colección continúe publicándose y que sea exponente, dentro y fuera de nuestra tierra, de nuestros más altos valores”. En estos extractos podemos percibir la gran humildad de la persona que hasta ese momento llevaba 23 años editando lo mejor de la literatura dominicana. La reedición de la Colección Pensamiento Dominicano es fruto del esfuerzo mancomunado de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, institución dedicada al rescate de obras clásicas dominicanas agotadas, y del Banco de Reservas de la República Dominicana, el más importante del sistema financiero dominicano, en el ejercicio de una función de inversión social de extraordinaria importancia para el desarrollo cultural. Es justo valorar el permanente apoyo del Lic. Daniel Toribio, Administrador General de Banreservas, para que esta reedición sea una realidad. Agradecemos al señor José Antonio Postigo, hijo de don Julio, por ser tan receptivo con nuestro proyecto y dar su permiso para la reedición de la Colección Pensamiento Dominicano. Igualmente damos las gracias a los herederos de los autores por conceder su autorización para reeditar las obras en el nuevo formato que condensa en 7 u 8 volúmenes los 54 tomos de la Colección original. Mis deseos se unen a los de Postigo para que esta Colección se dé a conocer en nuestro territorio y en el extranjero, como exponente de nuestros más altos valores. Mariano Mella Presidente Sociedad Dominicana de Bibliófilos
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7-8) Harto difícil es el creer que el cuento correcto al modo de El conde Lucanor o Cervantes. pero lo cierto es que el cuentista dominicano tiene su propia versión de por qué el cuento no fructificó en Santo Domingo si teníamos la fuente directa de España: “Aquel modelo de ‘cuento universal’. donde se conservó “sin esenciales alteraciones”. 7) Afirma también Nolasco que “en El Conde Lucanor vino además el cuento correcto. el género tal como lo conocemos hoy. Colección Pensamiento Dominicano n.) Existen pruebas documentales de remisión a las Antillas y Tierra Firme de estas obras de don Juan Manuel y Cervantes y otros autores de la misma época por parte de los mercaderes de libros de Sevilla. de Cervantes. 1 Ciudad Trujillo: Librería Dominicana. las Antillas pudieron producir cuentistas siglos antes de que el cuento y la leyenda se imprimieran en los países del continente americano. a) Visión del presentador 17 .” (Ibíd. mentirosas historias y fantasías2. se entretuvo en un género que pasó a ser por mucho tiempo desestimado. sin otro sitio determinado ni sabor regional. que figura en el tomo I del libro El cuento en Santo Domingo. 222. pertenecientes a los siglos anteriores al siglo XIX. fácilmente traslaticio. tan pronto se formaron nuestras ciudades abandonó el vecindario urbano.12. (I. 2 Irving Leonard. y el “Rinconete y Cortadillo”. Sócrates Nolasco1 afirma que el cuento antiguo como género cultivado en España desde el Renacimiento –y cita a El Conde Lucanor. ni juego descriptivo de una realidad impresionante.” (I. Las citas remiten directamente al tomo y la página. se refugió entre aldeanos logrando perdurar con variantes adquiridas y bautizado con el pintoresco apelativo de cuento de camino. carecemos de testimonio. la décima y la copla. No sé si Nolasco conoció la polémica entre Irving Leonard y Pedro Henríquez Ureña acerca de este tema. como ejemplos– llegó a Santo Domingo. es decir. se haya aposentado en las Antillas y que estas hayan producido cuentistas siglos antes de la introducción de la imprenta en América hispánica.introducción a la primera sección Diógenes Céspedes Sócrates Nolasco: El cuento en Santo Domingo En la introducción titulada “Aparición y evolución del cuento en Santo Domingo”. de don Juan Manuel. salvo que no trataran de asuntos religiosos o morales. México: Fondo de Cultura Económica. 1957 (dos tomos). explica la ausencia de escritores que escribieran acerca de temas profanos. pero la ausencia de imprenta entre los siglos XV y XVIII. 1979. pp. y antes que el romance. Pero si alguno de nuestros hombres de letras. amén de la prohibición imperial de imprimir libros en las colonias. 265-280. y siguiendo los ejemplos del precavido y atildado don Juan Manuel. Los libros del conquistador.o 12. sobre todo si carecemos de testimonios. de enseñanzas y moraleja sin moral rígida. familiar y repetido para entretenimiento en las veladas nocturnas.

“La condesita del Castañar”. Santo Domingo: Editora de Santo Domingo. 1980. el poeta o el ensayista) es el que Santo Domingo no produjo en aquel final de siglo XIX y principio de siglo XX. citados por el propio Nolasco. publicada en 1890. rusos por lo demás. de un escritor que asuma en su sociedad esta crítica radical. un escritor de talento.) ¿Cuál fue el resultado de la aclimatación de esos cuentos y autores naturalistas. quizá expliquen la preferencia de los autores franceses. Gorki. este mito racionalista no explica la ausencia de grandes cuentistas en Santo Domingo cuando Nicaragua ofrece el ejemplo de un Darío y Cuba el de un Martí. Este tipo de intelectual (sea el cuentista. “Entre ellas”. sumado a la demanda y la oferta del mercado francés y la prontitud de entrega con respecto al mercado español. esas dos nociones del sentido de la historia. ya que esta es criticidad radical de los discursos y prácticas de una sociedad. así como de otros extranjeros. ¿por qué ir a abrevar en el naturalismo francés a fin de aprender a fijar en el marco del cuento artístico lo esencial de la vida circunstante?” (Ibíd. los cuales ofrecían también lo mismo que los cuentistas franceses. pero que no cambia el ritmo de la cuentística dominicana hasta que no abandona esas frivolidades literarias plenas de exotismo y retórica contenidas en Cuentos frágiles. un Casal o una Avellaneda y Venezuela el de un Díaz Rodríguez. el valor agregado de una moda diferente: el exotismo.” (I. producido por “observadores de un mundo remoto y desconocido. A finales del segundo decenio del siglo XX y hasta su muerte en 1946. Andreiev y Chéjov. según la expresión del referido antólogo. “Tiranías”. que abre el libro. La aparición de un poeta. Aunque Nolasco achaca el resultado de esa aclimatación a un historicismo: la aparición tardía del cuento moderno en América. pero no su modernidad. no obedece al alto grado de su sistema educativo. y para entenderlo así bastaba con fijarse en “Rinconete y Cortadillo”. 18 . atravesado por la crisis del imperio (guerra de Cuba y guerra hispano-norteamericana en las Filipinas). la técnica y la tecnología pueden explicar el desarrollo capitalista de un país con respecto a otro que no haya accedido a esa especificidad histórica. Y cita Nolasco en apoyo de su tesis a Rubén Darío y Manuel Díaz Rodríguez. aparte de que en ultramar muy pocos poseyeron un ejemplar. tales como Tolstoi. como lo prueba el caso paradigmático de Fabio Fiallo. el novelista.) La moda y la traducción. de Cervantes (I.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS El mismo Nolasco sugiere que después de la introducción de la imprenta en el continente americano. modernistas y rusos en el ambiente literario y cultural dominicano? Un bello artificio. pero además. De esto se desprende que si la cultura de lengua española ofrecía. o “La domadora”. La modernización. que no es el caso. Pedro Henríquez Ureña será ese intelectual crítico que la cultura dominicana no produjo en el período que he considerado 3 Obras completas. con la picaresca. cuyos cuentos “no pierden la gracia de productos de escritorio. “Ernesto de Anquises”. Volumen II. los grandes cuentistas hispanoamericanos son deudores del cuento francés del siglo XIX –Alfonso Daudet y Guy de Maupassant– y no del cuento español. no surtió la influencia esperada en América hispánica porque tampoco la tuvo en la Península. “Rivales” y “El nabab”3. “modelos sobresalientes para el estudio y la pintura de tipos. “Soika”.” (Ibíd. si suscribiera yo. modelo para otros aclimatadores de cuentos exóticos. 8). La aparición de esta criticidad radical es el verdadero “progreso” y “desarrollo” de una sociedad. del tipo “Yubr”. 9) El antólogo precisa que la primera gran antología de cuentos españoles de Antonio Paz y Meliá. sino a la inteligencia personal de ese intelectual. así como el acceso a tales traducciones. Sociedad Dominicana de Bibliófilos.

el aparentar o el escalar socialmente.) Nolasco suministra en nota al calce una lista larga de esos “cuentistas” y asiduos colaboradores de la revista de Garrido. ya se sabe. Federico García Godoy. José Ramón López. notarios. Rafael Justino Castillo. Esta observación del antólogo. fueron Virginia Elena Ortea. carentes de vocación y que competían por figurear en la referida publicación. Juan Bosch esbozará en el ensayo publicado en Caracas con el título de Apuntes sobre el arte de escribir cuentos. Rafael Deligne. La originalidad. Asombra que sin vocación ni necesidad tantas personas honorables se dieran a producir tan pobres resultados. con la salvedad de que los efectos de su labor se sintieron con toda eficacia en México y Argentina. lo inasible. con esos rasgos distintivos o atributos del cuento no se mide el valor literario. 4) la originalidad como virtud. dice Nolasco que quienes “le dieron realidad precisa al cuento en la República Dominicana”. honestas señoritas y señoras. a saber: 1) realidad del personaje. se pelean por aparecer con su firma en revistas. Pero sospecho que en la época de la escritura de Nolasco esta corrección conveniente tenía que ver con la gramática normativa. con los mismos resultados endebles y afectados de ayer. a medio siglo de haber sido formulada. Abogados. que no remite a nada y sí a lo indemostrable. tiene hoy vigorosa vigencia en nuestro medio social: cantidad enorme de hombres y mujeres de todas las clases sociales. aunque se la ha confundido con la novedad desde los tiempos de Aristóteles. 19 . Postigo emprende la publicación del libro Cuentos escritos en el exilio. mientras que el lugar y el ambiente son ideologías que oponen lo nacional a lo extranjero. salvo que no sea el salir del anonimato y la chatura a que les reduce el capitalismo. España y los Estados Unidos y con menos peso en el Caribe y el resto de la América hispánica por razones explicables conforme a su exilio político e intelectual. en 1960. Pararon de repente sorprendidos por los cuentos de dos maestros del modernismo: Manuel Díaz Rodríguez y Rubén Darío…” (Ibíd. Solo el dominio del idioma o corrección conveniente sí es uno de los atributos específicos del valor literario. comerciantes. Ulises Heureaux hijo y ocasionalmente Federico Henríquez y Carvajal. las cuales cambian las de Nolasco y las que se conocían acerca de este género en América hispana. tal como la rechaza Nolasco con respecto al uso que hicieron algunos aficionados al cuento con Alfonso Daudet y Guy de Maupassant o con los cuentistas rusos. cuyos antecedentes remiten a los años 40 del siglo pasado en La Habana. periódicos y suplementos. a lo verosímil. Augusto Franco Bidó.INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes más arriba. Fabio Fiallo. sin vocación ni necesidad. La realidad del personaje remite a lo convincente. pero como copia o imitación. y 5) la no confusión entre anécdota y cuento. Y luego de su llegada al país en octubre de 1961. En el siglo XIX. según Nolasco. aun con grandes y pequeños defectos. nuevas reglas más específicas a lo literario. cuya introducción es nada más y nada menos que el célebre ensayo publicado en Caracas. compitiendo por ser cuentistas llenaban La Revista Ilustrada de Miguel Ángel Garrido –1898-1900– creyendo seguir el dechado de Francia. a un cierto nacionalismo como ideología literaria. Naturalmente. Ha de suponerse que cada uno de estos autores aplicó en sus cuentos la teoría que define a finales del siglo XIX y principio del XX los rasgos distintivos del género. pero si se le concibe como remisión a la especificidad cultural puede ser semánticamente productivo. Julio D. De ahí el resultado obtenido por la cultura dominicana y que Nolasco explica tan lúcidamente: “Los críticos no han tenido la oportunidad de decir que aquel modelo exótico produjo en nuestro país engendros endebles. 3) dominio del idioma o corrección conveniente. 2) lugar y ambiente. numerosos y afectados. Tres años más tarde.

que Nolasco leyó sin duda.” (Ibíd. muchos de los cuales estaban todavía vivos en 1957. rechazara en bloque la antología de Nolasco. ya que estos participan de las mismas ideas de Nolasco en política y literatura. 4 Publicada en Río de Janeiro en 1945 para la época en que fue embajador en Brasil.” (I. entendiendo que el cuento en nuestro país ha alcanzado su plenitud durante la era de Trujillo.) El párrafo final explica la selección sin rigor de florilegio hecha por Nolasco: “Librería Dominicana. 20 .COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS De modo que este texto teórico. tanto en su prólogo como en su selección. Esto explica que los criterios de Nolasco para escoger los cuentos que forman su obra sean los de “una recopilación intentada sin mayor rigor de florilegio”. al copiar a su primo Max Henríquez Ureña y a la autoridad literaria de la cual estaba investido. 12) y como. Nolasco tenía la siguiente esperanza al entregar al público el primer tomo de su obra: “Responde a estas observaciones la recopilación que se entrega al público sin la severidad que requieren los florilegios. la antología de Nolasco hay que verla. sucumbió a la misma idea de don Max al escribir su Panorama histórico de la literatura dominicana en 19454. Creo que el libro de Nolasco no tuvo el tiempo necesario para ejercer influencia en la generación de cuentistas que surgió luego de la caída de la dictadura trujillista. Es dicho párrafo una hábil maniobra literaria que responsabilizaba al editor del contenido de una alabanza a Trujillo que se convirtió en aquellos 31 años en un estereotipo obligado. sin conciliación ni atribuciones de responsabilidad al tiempo o a las circunstancias. lo que aquella cultura de treinta años de autoritarismo entendió por cuento. es decir. el valor de la antología de Noslasco es principalmente histórico como documento de primera mano para el estudio antropológico de la mentalidad y la cultura dominicanas de fin de siglo XIX y principio del XX. con criterios estrictamente literarios y la propaganda trujillista contenida en sus páginas debe ser situada en sus efectos políticos e ideológicos. que implican selección obtenida mediante examen comparativo de los ejemplares de cada autor. del cual fue Senador en el Congreso. Tampoco ejerció Nolasco influencia en los antologados. 25) Y promete “pronto dar a la publicidad otro volumen en el cual tendrán cabida autores de no menor calidad y reputación que los comprendidos en el presente. Salvo que el libro de Emilio Rodríguez Demorizi titulado Cuentos de política criolla no tuviera en su edición de 1963 el prólogo de Bosch (reproducido en la segunda edición de 1977).) Este solo párrafo bastó para que la generación de escritores surgida luego del ajusticiamiento de Trujillo. abrió Bosch el camino para una generación nueva que surgía sin una idea clara de las características del cuento. A partir de 1964 y en la misma colección donde se publicaron los dos tomos de Nolasco en 1957. tal vez. De acuerdo a la visión del presentador de la antología. realiza ahora un nuevo aporte como entusiasta colaboradora en la obra del desarrollo cultural que le imprime sin desmayo a la república de las letras el Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva. Sin embargo. Nolasco no leyó la definición de lo que era el cuento para Bosch y esta le encaja perfectamente a casi todos los textos de su antología. como él mismo aclara (I.” (Ibíd. pues las imágenes del mundo que surgió después del 30 de mayo de 1961 no cabían en el recetario de Nolasco. sepulta las ideas acerca de lo que es el valor literario del cuento. hombre literariamente conservador y políticamente vinculado con el trujillismo. literatura y sujeto. sin la pasión política que obnubila. A casi cincuenta años de aquellos acontecimientos.

Ramón Lacay Polanco. y que el lector puede encontrar en “El príncipe del mar” (I. para citar a los más importantes). la cual repugnaba por artificiales o exóticos los cuentos que trataran temas sin vinculación con la historia y la cultura dominicanas. 45). En “Floreo” (I. Nolasco debió leer estos dos libros de viajes y cuentos. En “Ma Paula se fue al otro mundo” (II. pero que el propio Nolasco les encuentra defectos. 37) y “El fugitivo” (II. de Francisco Moscoso Puello. En “El tren no expreso” (II. J. prevalece el procedimiento artificial y exótico de Fabio Fiallo. pero contiene zonas donde la palabra precisa para la descripción de la acción no es la perfecta. 95) y “Ángel Liberata” (II. el primero publicado en 1949 y el segundo en 1950. Aunque quienes siguieron su enseñanza y escribieron influidos por él (Hilma Contreras. En “Pero él era así” (p.INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes En la antología de Nolasco todos los cuentistas elegidos son funcionarios del régimen. En “Mujeres” (II. pero las digresiones y desvíos a que el narrador somete a los personajes les inhabilitan para calificar como cuentos bien logrados. 159). En ese primer tomo. Nolasco se incluyó en su propia antología. 105) los dos temas son excelentes. como son Aconcagua y Cotopaxi. Nolasco 21 b) Visión de cada obra . pero algunos de los cuentos contenidos en este volumen vieron la luz antes de su inclusión en el referido volumen. la acción no se detiene. aunque no siempre. Ramón Marrero Aristy. de Bosch. se cumple el procedimiento de la estampa literaria localista. de José María Pichardo. domina el procedimiento de los cuadros de costumbres. de Marrero Aristy. aunque aparece el contexto local. M. 81). 87). Hay que acotar que Hilma Contreras fue siempre una disidente discreta del régimen y que no llegó nunca ostentar cargos públicos de responsabilidad política en el régimen de Trujillo. rasgo exigido por Nolasco. recusado por Nolasco. con sus dos leyes de la palabra precisa para describir la acción y la fluencia constante. Y sin embargo. ya que no cumplen con los rasgos que él ha dado a conocer en el prólogo a su libro: En “El forastero” (II. que el cuento antologado se encuentra en las obras de los autores que se citan al calce. Sanz Lajara. Sanz Lajara no figura en la obra quizá debido a la ideología literaria del nacionalismo de la antología de Nolasco. hombres o mujeres. casi todos nuestros antólogos literarios. casi todos los textos son posteriores a Camino real. se cumplen las leyes del cuento boschiano. se infiere. propios del realismo mágico. Néstor Caro y José Rijo. 203) dominan la estampa y el exotismo. publicado en 1933. de José Rijo. el hombre que en 1933 cambió para siempre la forma de escribir cuentos en el país con Camino real quedó excluido de esa antología a causa de su condición de exiliado político y líder del partido de oposición más importante en el exilio. Los dos libros de cuentos de Pichardo son de 1917 y 1927. figuran en la antología de Nolasco. 9). 179).II. Haré una lista de los textos que más se aproximan a lo que Bosch entendió por cuento. de modo que casi todos los escritores y escritoras incluidos en la obra de Nolasco debieron leer los cuentos de Bosch. salvo una que otra excepción. de Ángel Rafael Lamarche. así como el nacionalismo literario que primó en la era de Trujillo y que luego fue recogido por la teoría marxista del compromiso literario. En “El regidor Payano” (II. procedimiento que han seguido. Virgilio Díaz Ordóñez. Aunque pocas veces Nolasco da la procedencia de los textos incluidos en los dos volúmenes.

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aplicó a los dos textos el principio de la moraleja sin moral rígida y los dejó en estampas clásicas regionales del Sur. “Los diamantes de Plutón” (II, 123), de Virginia Elena Ortea, es considerado por Nolasco como “un puente entre el cuento moderno y el cuento antiguo” y personificación del “mito heleno de Perséfone” (I, 10), carente de sitio y tiempo, defectos del modelo de cuento del antólogo, pero con “estilo sobrio, claro y animado”, lo cual no significa nada. “A mí no me apunta nadie con carabina vacía” (I, 29), de Julín Varona, tiene, al igual que “El forastero”, de Pichardo, el mismo mérito: la acción no se detiene nunca y las palabras que describen las acciones del personaje principal, Ismenio, y del asaltante, Benceslao, son las precisas. Este es un cuento de la estirpe de los de Camino real. El pintoresquismo del idioma del Sur es igual al pintoresquismo del español cibaeño que tan bien domina Bosch. Es una ideología lingüística de época, propia del realismo de la novela de la tierra. En “Cielo negro” y “Guanuma” (I, 43, 48), de Néstor Caro, coexisten dos temas boschianos –el buey y el diablo como personajes– cultivados desde Camino real con “La pájara” y reanudados en Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio con “El funeral”, “Maravilla” y “El Socio”. Igualmente, “La cuenta del malo” (II, 171), de Freddy Prestol Castillo, se queda en estampa del tema del diablo, muy ligado al cuento de camino que emigró al campo dominicano. En “La eracra de oro” (II, 131), de Virginia de Peña de Bordas, existe un mayor acercamiento a las reglas del cuento de Nolasco, pues la cultura taína empalma con la afrohispana como parte de la historia dominicana, es decir, que este texto responde a la exigencia de lo local, del sitio y tiempo, dominio del idioma y, también, a las dos leyes del cuento boschiano. Igualmente, responden a las mismas exigencias los cuentos “El centavo” (I, 39), de Manuel del Cabral, “La Virgen del aljibe” (I, 55), de Hilma Contreras, “Aquel hospital” (I, 79), de Virgilio Díaz Ordóñez, “Deleite” (I, 145), de Tomás Hernández Franco, y “Mi traje nuevo” (I, 163), de Miguel Ángel Jiménez. Con respecto a “La conga se va” (I, 123), de Max Henríquez Ureña, y “La sombra” (I, 139), de Pedro Henríquez Ureña, hay que decir que no responden a la exigencia nolasqueña de lo local, pues ambos textos están ubicados el primero, en Santiago de Cuba, y el segundo no determina sitio ni tiempo. Ambos responden a las dos leyes boschianas del cuento y en esta teoría no es pertinente la determinación del espacio geográfico o la fecha de la escritura para que un texto tenga valor literario, como lo prueban los cuentos de ambiente y época hispanoamericana escritos por Bosch, verbigracia “La muchacha de La Guaira”, “El indio Manuel Sicuri”, “El hombre que lloró”, “La muerte no se equivoca dos veces”, “Rumbo al puerto de origen”, “La mancha indeleble”, por no citar otros. Finalmente, el cuento “La bruja” (I, 189) anda cerca de la exigencia boschiana, pero hay digresiones y desvíos que matan el interés del lector. El texto de Gustavo Díaz “Dos veces capitán” (I, 73) es una ideología patriótica que cae perfectamente en la tradición al estilo de Penson o Troncoso de la Concha. Lo mismo se puede decir de “La cita” (I, 93) de Federico García Godoy. Igualmente, caen en las tradiciones dominicanas los textos de Antonio Hoepelman “Nobleza castellana” (I, 157) y “Honor trinitario” (I, 171) de Miguel Ángel Jiménez, ideología hispánica el primero e ideología patriótica el segundo, aunque este último tiene madera de cuento con final sorprendente. Pero en la teoría boschiana este es un rasgo que puede estar presente o ausente del cuento. El texto “El general José Pelota” (II, 53), de Miguel Ángel Monclús, y “Cándido Espuela” (II, 215), de Vigil Díaz, son, al igual que “El general Fico”, de José Ramón López, cuadros de costumbres de la época montonera o de Concho Primo.
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En cambio, “Las tres tumbas misteriosas” (II, 149), ¿cuento gótico con moraleja sin moral rígida?, de José Joaquín Pérez, y “Una decepción” (II, 189) y “El proceso a Santín” (II, 196), de Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, así como “Humorada trágica” (I, 113), de Federico Henríquez y Carvajal, y “Modus vivendi” (I, 65), de Rafael Damirón, bien escritas, con las dos leyes boschianas presentes y con los requisitos nolasqueños en acción, son, sin embargo, tradiciones dominicanas en el mejor sentido. Los textos de Ramón Emilio Jiménez titulados “La escalera inesperada” (II, 179) y “Duelo comercial” (II, 183) son perfectos cuadros de costumbres pintorescos y picarescos, llenos de malicia cibaeña, de gracejo y humor. En “El sueño del guerrero” (I, 105), del general Máximo Gómez, existe determinación de sitio y tiempo (Cuba, Cuartel de la Demajagua, junio de 1889) y con una contra-ideología que recusa la matanza de los indios por Colón y los conquistadores del Nuevo Mundo y coloca al Almirante en un limbo o purgatorio donde expía sus crímenes, sin posibilidad de acceder al Paraíso. Y, finalmente, “Por qué el negro tiene la piel así” (II, 220) es, como su nombre lo indica, un verdadero cuento de camino, no exento de una ideología legendaria y mítica que no atina a explicar el racismo en contra de los negros sino por mediación de una fabulación. c) Visión de hoy Todos estos textos, sean estampas, anécdotas, cuadro de costumbres o tradiciones han envejecido con las circunstancias que les dieron origen. No han envejecido, sin embargo, “Floreo”, de Rijo, “Aquel hospital”, de Díaz Ordóñez, “Mi traje nuevo”, de Miguel Ángel Jiménez, “El centavo”, de Manuel del Cabral, y “Deleite”, de Hernández Franco. Hay que señalar que el envejecimiento no significa que no leamos dichos textos con curiosidad a fin de saber qué temas prefirieron nuestros escritores y cuáles teorías literarias e históricas pusieron en juego a finales del siglo XIX y un poco más allá de la mitad del siglo XX. Son documentos que simbolizan la arqueología del cuento dominicano y sus vicisitudes antes de llegar a las puertas del hecho-tema único y las leyes de la palabra precisa para describir la acción y la fluencia constante de Bosch. A pesar de las circunstancias de época, los cuentos que no han envejecido tienen un valor humano indudable y no han perdido el interés del lector gracias al ritmo que anima los sentidos y las acciones del hecho-tema único de cada uno de ellos.

J. M. Sanz Lajara5 : El Candado
Si existen dos temas ideológicos que definen la cuentística de J. M. Sanz Lajara, de acuerdo al diagnóstico de Manuel Valldeperes y al del propio autor, son el vitalismo y el americanismo. Esos dos leit-motiv son, por supuesto, conceptos pertenecientes a una teoría literaria: el nacionalismo literario, el cual surgió primeramente como metáfora política a partir del movimiento de independencia de las colonias americanas del imperio español y luego como
5 Ciudad Trujillo: Editorial Librería Dominicana, Colección Pensamiento Dominicano n.º 16, 1959, 154pp. Solo daré para las citas, el número de la página.

a) Visión del presentador

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concepto literario con Martí, Hostos, Pedro Henríquez Ureña y una legión de escritores, filósofos y críticos literarios. Ese nacionalismo literario tuvo diferentes aplicaciones y resultados según la especificidad de cada república hispanoamericana. En el prólogo de Valldeperes al libro de cuentos El candado, el conocido crítico remontaba al año 1949 la aparición del vitalismo y el americanismo de Sanz Lajara con la publicación de Cotopaxi, libro de viajes y cuentos “de ambiente americano”6. (I) Pero Sanz Lajara toma estas nociones literarias de un discurso ajeno, pues en la presentación de su obra afirmó: “Alguien dijo, hablando de la vida (en 1939, DC) que en ella existe toda plasmación. Añadiremos que la fantasía en literatura está desapareciendo, si no ha desaparecido ya. Este libro se formó en la vida, con ella y de ella. Los hombres que voy a presentar cruzaron sus caminos con el mío. Las mujeres pasaron por mi puerta y algunas –¡benditas sean!– dejaron un beso, una caricia y una que otra lágrima, que sin dolor no hay sentido del propio destino.” ( (Ibíd.) La teoría y la práctica son dialécticamente inseparables. Por eso pasaron idénticas de Cotopaxi a Aconcagua y de estas dos obras a El candado con el nombre de realismo o verismo literario. Existe quizá un malentendido que es preciso aclarar. Cuando Sanz Lajara dice que la fantasía está en camino de desaparecer, si no ha desaparecido ya en 1949, en modo alguno se refiere él a la capacidad de imaginar, fantasear, crear mundos no vistos o que no existen en la vida real, sino que se refiere a un subgénero entendido como evasión literaria donde el compromiso del texto en cuestión es el olvido de lo político. Esa es la característica de la literatura frívola, de ensueño o light. Ni siquiera el cuento fantástico escapa a lo político, como podía pensarse, pues sus sentidos están orientados al prevalecimiento de la justicia en contra de los desafueros de los poderosos. Quede claro, pues, que los cuentos de Sanz Lajara son ficción, no documentos o testimonios históricos. Y las crónicas de viaje, aunque no son cuentos, están salpicadas de ficción, son más signo que símbolo. Algunos cuentos de Sanz Lajara podrán no tener valor literario, pero son una invención, no una crónica de viaje. El nudo de sus cuentos radica en la experiencia del otro, de los demás. Ese trabajo artístico de la cotidianidad es lo simbolizado en los cuentos de El candado. Puede decirse incluso que casi todos los héroes de los cuentos de esta obra son negros, negras e indios elevados a la categoría de sujetos. Aunque Valldeperes sí reparó en este detalle, no toda la crítica de la época lo hizo. Si bien lo puramente rural jerarquizado por la teoría de la novela de la tierra va de paso, en los textos de Sanz Lajara prima más lo semi-urbano y lo urbano con su constelación de pobres y grupos étnicos olvidados, los cuales constituyen un significante social. ¿Cuál fue la recepción de Valldeperes a los cuentos de El candado en 1959? ¿Con los términos de la Poesía Sorprendida? Oigamos lo que dice: “El americanismo de este libro –americanismo con anhelos y angustias para y por el hombre universal– no discrimina: presenta los hechos con toda su intrínseca e influyente veracidad. Por eso, precisamente, el hombre de América se reconoce en sus páginas. Se reconoce como colectividad con un destino común y con la sola ambición de este destino.” (III) Existen también ideas de época y puntos de contacto con el mesoamericanismo postumista de Moreno Jimenes y con la teoría y la práctica del cuento de Camino real de Juan
6 El prólogo no tiene numeración de página. Le he puesto números romanos para distinguirlo de los números arábigos de los cuentos.

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Bosch. La vida del hombre o la mujer comunes es el tema por excelencia de los cuentistas del realismo dominicano. Ser humano y ambiente, según Valldeperes: “Y a descubrir esta felicidad, después de haber descubierto el hombre y el paisaje americanos –su naturaleza incitante–, tienden las inquietantes y sutiles páginas de El candado. A descubrir esta felicidad al través de la vida cotidiana, con todo lo que hay en ella de alegre y de bueno y también de angustia y sufrimiento.” (Ibíd.) Los rasgos pertinentes para el nacionalismo literario de Nolasco, Valldeperes y los partidarios de esta teoría son, como se ha visto, el ser humano y el ambiente, es decir, lo nacional, local o regional, la corrección conveniente, la originalidad como virtud y si universalizada, mejor. En la teoría de Bosch estos elementos pueden estar presentes o ausentes, pero no definen el valor del cuento, ya que solo el hecho-tema único, la ley de la palabra precisa para describir la acción y la ley de la fluencia constante constituyen la calidad de un cuento. Las características literarias de la escritura de Sanz Lajara han sido realzadas por Valldeperes, de la siguiente manera: “estilo impresionista, ágil; descripción clara y precisa; escritor de temple que sabe descubrir en la actualidad viva lo que hay de legendario en América, diversidad de tipos y temas americanos captados en un instante de vida, captación de la sana alegría de vivir, que es la gran esperanza y el gran estímulo del hombre.” (IV) Refuta Valldeperes la teoría que sostiene que “el cuento literario es la transformación de la verdad verdadera, al través de una mente apasionada, hasta convertirla en una mentira bella.” (Ibíd.) Para el crítico, Sanz Lajara es original y no se queda “nunca en el interés puramente descriptivo” y por eso “se mantiene en ese punto intermedio, vital y emotivo al mismo tiempo, entre el desprecio de los hechos, que conduce a un lirismo estéril, y la supervaloración de estos, que nos sitúa en el campo estricto del reportaje.” (V) El crítico literario también consideró que Sanz Lajara fue “un escritor original, de la estirpe de los grandes de América, porque contempla la vida con afán analítico.” (Ibíd.) Y agrega además que el autor de El candado “no desarma nunca la estructura interna de la realidad para narrar los hechos. Tampoco cae en el boceto costumbrista, porque en sus narraciones hay emoción.” (Ibíd.) ¿Cuáles son los rasgos de los personajes de los cuentos de Sanz Lajara? Valldeperes los ve de esta manera: “son reales, vivos, arrancados de la desnuda y aleccionadora realidad de cada día y el autor no los aparta, al darles vida literaria, de esa realidad, de su realidad. Son seres que no se miran vivir, sino que viven. Sus miradas se vuelven hacia dentro para verse tal como son, para mostrarse, en la plenitud de su vigencia humana, tal como son.” (Ibíd.) Otra característica de los personajes de estos cuentos, según el crítico literario, es que no presentan “el más mínimo atisbo de falsedad.” (V-VI) Ha encontrado Valldeperes que lo más impresionante de los cuentos de Sanz Lajara no son los personajes y su existencia real, “sino su vida espiritual, con todo lo que hay en ella de videncia y de presentimiento, de sugestión de otras vidas. Se trata de un trasunto de lo individual a lo universal y humano al través del cual trata de descubrir el sentido superior del hombre como paso seguro hacia la fijación de su destino.” (VI) Rechaza también el crítico la teoría de una obligada nacionalidad de los temas de la cuentística de Sanz Lajara. Valldeperes ve solamente en lo textos del autor prologado, “una necesidad intrínseca de su obra y, por consiguiente, un atributo de esta: la fuerza y la vivencia del origen. Por eso, a pesar del ámbito americano de los cuentos de Sanz Lajara, la presencia del dominicano está latente en todos ellos.” (Ibíd.)
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b) Visión de cada obra A casi cincuenta años de la publicación de El candado, los distintos textos que componen la obra no han perdido su valor de época, excepto quizá “Ñico”, que se asemeja más a la tradición o a la estampa, si bien su técnica está elaborada con la recomendación boschiana del personaje central único, aunque las diferentes anécdotas contadas por Ñico a los niños, incluido el autor José Mariano, vuelto también personaje del cuento, disgregan lo que debe ser el hecho tema-único, si bien el hilo que sostiene las acciones corre por cuenta del mismo protagonista, quien es personaje-narrador. Mantiene la vigencia de los cuentos un humor que, manifestado de varias formas, produce en quien los lee una orientación del sentido en contra de la dominación y la injusticia que el sistema social y los poderosos ejercen sobre los personajes que pueblan el mundo americano que Sanz Lajara ha querido reivindicar, incluso en cuentos como “Curiosidad”, el cual no tiene que ver con un cambio o una crítica a lo social, aunque el personaje femenino ha experimentado una transformación de su concepción del amor al cambiar un sentimiento confuso previo entre amor y pasión que la había arrastrado a la infidelidad, a despecho de las razones valederas que pudo haber tenido a causa de la insatisfacción sexual en que la sumió su esposo, más interesado en los negocios que en el sexo con amor. Otras son las medidas por adoptar ante situación parecida, pero los personajes son lo que el texto nos presenta, no lo que quisiéramos que fueran, según nuestro deseo. c) Visión de hoy Pocos han sido los estudios que se han producido en la sociedad dominicana en torno a los cuentos, o incluso las novelas, de Sanz Lajara. Con excepción de las opiniones convencionales de las antologías y las historias literarias tradicionales, dos son los ensayos, que sobre este escritor –que vivió casi toda su vida en el extranjero en misión diplomática– han visto la luz en el país después de su muerte el 20 de junio de 1963 en Madrid7. Di Pietro ha sido el primero en llamar la atención acerca de la cuentística y la novelística de Sanz Lajara8 y el estatuto contradictorio entre su vida y sus textos literarios. La pregunta que se ha formulado Di Pietro es cómo Sanz Lajara, a pesar de escribir cuentos que plantean el problema social de campesinos, obreros y proletarios, no llega nunca a oponerse a la dictadura de Trujillo. El crítico ha analizado novelas como El príncipe y la comunista y Caonex y concluye en que la primera es una “pornografía política” y la segunda un “respaldo incondicional a la dictadura de Trujillo.” (Temas, 86) ¿Cuál ha sido la única teoría literaria que desde los griegos hasta hoy lee las obras literarias como un reflejo de la vida del autor? Desde los presocráticos, desde Aristóteles y Platón y todos sus epígonos hasta hoy
7 Véase “J. M. Sanz Lajara, su prosa de viajes y sus cuentos”, en Temas de literatura y de cultura dominicana. Santo Domingo: Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), 1993, pp.79-94. Di Pietro analizó parcialmente las novelas de Sanz Lajara en el libro citado y a “Caonex, una novela conservadora dominicana”, en Quince ensayos de novelística dominicana. Santo Domingo: Departamento de Publicaciones del Banco Central de la República Dominicana, 2006, pp.17-40. 8 Cabe realzar que la primera antología de cuentos que incluyó profusamente a Sanz Lajara (con cinco textos) fue La narrativa yugulada, de Pedro Peix. Santo Domingo: Biblioteca Nacional, 1981, pp.271-287. La de Diógenes Céspedes contiene un solo texto, “Curiosidad”, pero esta antología se fija esa cantidad como límite por cada autor. Santo Domingo: Editora de Colores, 1996, 1ª ed., y 2ª ed. Santo Domingo: Editora Búho, 2000. Los estudios académicos más serios hasta ahora son los de Di Pietro y el extenso prólogo titulado “Noticias”, de Andrés L. Mateo, a la edición de los cuentos de Sanz Lajara publicados en Santo Domingo por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos en 1994. Ambos autores partieron de lo ya hecho por Manuel Valldeperes en sus dos artículos sobre Sanz Lajara.

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esa ha sido la norma, el método de las poéticas aristotélicas, cuya culminación cierra una época con Buffon cuando proclamó que el estilo era el hombre. Lo que hicieron después en los siglos XIX y XX las teorías del arte por el arte, la sociología marxista de la literatura y los estructuralismos lingüísticos y semióticos fue confirmar el dogma buffoniano. Pero la poética meschonniciana plantea, desde 1970, que casi nunca la ideología del escritor es la de su obra. La vida de los escritores está hecha de intereses muy contradictorios, de ideologías y creencias ancestrales que se remontan al seno de la cultura familiar, las tradiciones repetidas desde la infancia y de las cuales es muy difícil desembarazarse, sin que importen la inteligencia del escritor y los estudios realizados en prestigiosas universidades. Pero sea revolucionaria o conservadora, la ideología de un escritor no pasa como biografía a la obra, pues eso sería producir un reflejo mecánico que identifica y lee las obras artísticas y literarias como vida del autor. Cuando el escritor tiene conciencia de lo que es la obra como valor, ¿qué hace? Como su vida y sus opiniones carecen de interés para que figuren en su obra literaria, él o ella dota, consciente o inconscientemente, a uno o varios personajes o a estructuras del sistema del texto, de sentidos que se orientan políticamente en contra de las ideologías o creencias que funcionan como verdades en la sociedad y en la época donde vive el escritor o escritora. En este sentido, la poética meschonniciana postula entonces que existe una homogeneidad entre el decir-vivir-escribir del sujeto de la escritura y la obra. El sujeto de la escritura no es idéntico al autor. El primero es contra-ideología, mientras que el segundo es ideología. Son escasísimos los casos donde autor y sujeto de la escritura son homogeneidad entre el decir y el hacer y el vivir-escribir. Talvez José Martí sea un caso único en América. El siglo XX encumbró el mito de que el hombre era el estilo, es decir, que la obra literaria se explicaba a través de la vida del autor. Y ese mismo siglo XX acabó con semejante mito. Las obras anónimas, según ese cliché literario, jamás podrán analizarse, ya que no conocemos a su autor. Pero sabemos todo lo contrario, que esas obras han sido muy bien analizadas. En este contexto tiene sentido la respuesta que busca Di Pietro al analizar “Hormiguitas”, ese cuento de El candado que el crítico lee simbólicamente como un sentido político orientado en contra de la dictadura de Trujillo. Pero no es Sanz Lajara como diplomático al servicio de la dictadura quien es antitrujillista. Esto no se produce en toda su vida. Sus variados intereses no se lo permitían. Entonces, él, como escritor, consciente o inconscientemente, estructura dos instancias que en el cuento “Hormiguitas” simbolizan esa crítica en contra del sistema: a) el personaje del idiota, y b) la estructura del narrador, quien, en el sistema de la obra, distribuye en el discurso literario la crítica a las ideologías de época que el régimen encarna. Tales ideologías son analizadas casi en su totalidad por Di Pietro y Mateo, aunque este último manifieste en poco de recelo con respecto al método utilizado por el primero. Mateo dice entender la propuesta de lectura de Di Pietro, y “aunque sigue siendo una propuesta” o tesis, “parecería arriesgado asumir[la]. (“Noticias”, 29) Lo que produce la duda en Mateo es la doblez que Di Pietro imprime al personaje del idiota, el cual encarna la parte rebelde de Sanz Lajara como intelectual consciente de lo que sucedía durante la dictadura, mientras que el coronel encarna al Sanz Lajara diplomático, conservador, trujillista y ex miembro del Capítulo de la Falange en Santo Domingo. Esta es la tesis estilística que lee la obra literaria como reflejo de la vida del autor. En la poética se examina cómo está orientada la política del sentido que el ritmo ha organizado
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en el discurso literario, pero a partir de instancias o estructuras del sistema semántico de la obra, no con conceptos prefabricados ad-hoc por otros discursos que no tienen nada que ver con la especificidad de lo literario, como es el de la biografía del autor. El resultado obtenido con el uso de conceptos extraños a la especificidad de la obra literaria es, como lectura, un determinismo político, histórico, social o biográfico que no pasa de ser una metáfora improductiva. Los cuentos de Sanz Lajara son una mezcla de hechos-temas únicos extraídos de tres canteras: a) la vida campesina, b) la vida de los indios y negros de los países latinoamericanos, y c) la vida semi-urbana o urbana de esos mismos países. La trashumancia como diplomático es la responsable de que Sanz Lajara, hombre extremadamente conservador, se volcara, aunque de manera paternalista a veces, a valorar desde su cuentística, la vida de la gente humilde. ¿Por qué eligió a los humildes si él provenía de la pequeña burguesía alta, de sangre española y enquistada con el trujillismo a través de Peña Batlle, cuya esposa, Carmen Defilló Sanz, era prima de José Mariano Sanz Lajara?9 En esto también el responsable, con la teoría y la práctica en acción, fue Juan Bosch, quien en 1933 les dejó Camino real como herencia a los escritores que surgieron después de su salida al exilio en 1938. La tesis de Bosch acerca del arte de escribir cuentos está implícita en Camino real, pero comenzó a hacerse más explícita en las notas de presentación que escribía para el Listín Dominical10 y finalmente el bosquejo en la revista Bohemia, de La Habana, de lo que habría de ser en 1958 el ensayo “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, publicado en la revista Shell, de Caracas11 y reproducido en varios libros, revistas y antologías dominicanas y extranjeras y desde 1964 en Cuentos escritos en el exilio (Santo Domingo: Colección Pensamiento Dominicano n.o 23). Esta es la herencia teórico-práctica de Bosch a los cuentistas de su país y desde su salida a Puerto Rico en 1938, él se preocupó por que sus mejores textos llegaran a manos de dichos intelectuales, ya fuera por mediación de sus amigos Mario Sánchez Guzmán o de sus colegas escritores Emilio Rodríguez Demorizi, Héctor Incháustegui Cabral, Ramón Marrero Aristy y otros, así como a través de viajeros ocasionales de extrema confianza y discreción. Por eso Sanz Lajara, Hilma Contreras, José Rijo, Lacay Polanco, Virgilio Díaz Ordónez12 y otros se beneficiaron de las ideas claras de Bosch acerca de cómo escribir cuentos y, sin duda, influyó decididamente en todos ellos y de todos fue amigo, relación que incrementó a su llegada al país en octubre de 1961. De igual manera, decisiva fue también su influencia en los cuentistas y novelistas surgidos después de la caída de la dictadura, pero esta influencia se atenuó un poco después de la irrupción del boom latinoamericano.
9 El dato de los lazos familiares con la familia Peña Batlle-Defilló Sanz lo confirma Manuel Núñez en su libro Peña Batlle en la era de Trujillo. Santo Domingo: Letra Gráfica, 2007, p.20. 10 En la carta dirigida a Silvia Hilcon (seudónimo de Hilma Contreras), de fecha 8 de marzo de 1937, están esbozados los grandes temas de la teoría del cuento de Bosch, tal como los conocemos hoy. Véase la carta en Hilma Contreras: La carnada. Cuentos. Santo Domingo: Editorial Letra Gráfica, 2007, pp.4-5. Para los escritos teóricos de La Habana que prefiguran el ensayo “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, véase su conferencia titulada “Características del cuento”, publicada en Mirador Literario. La Habana, julio de 1944, pp.6-9, reproducida en el libro de Guillermo Piña Contreras titulado Juan Bosch: imagen, trayectoria y escritura. Imágenes de una vida. Santo Domingo: Comisión Permanente de la Feria del Libro, t. I. pp.63-68. 11 Año IX n.º 37, diciembre de 1960, pp.44-49. 12 Hay que acotar que Bosch también fue amigo de Virgilio Díaz Grullón, hijo de Díaz Ordóñez, también buen cuentista que recibió la influencia boschiana, tal como él mismo lo confesaba a menudo y como se advierte en sus obras Crónicas de Altocerro, Un día cualquiera y Más allá del espejo.

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Para cerrar este excurso, creo que El candado, con su cuento que da títulado al libro, así como “El otro”, “Hormiguitas”, “El milagro”, y el último titulado “Curiosidad”, cuya influencia es patente en “El gato”, de Armando Almánzar Rodríguez, donde el felino y Ernesto simbolizan el gato, mientras que el perro simboliza al esperado amante innominado de “Curiosidad”; y, el ratón, a la amante asesinada. En el texto de Sanz Lajara, la amante se transforma en un sujeto femenino, mientras que en el de Almánzar Rodríguez la mujer es una víctima de su pareja, Ernesto, quien la asesina al regresar a su hogar luego de pasar un rato donde su amante Julián. Este asesinato simboliza en “El gato” un castigo a ese tipo de relación amorosa, condenado también por los Códigos Penales, mientras que en Sanz Lajara dicha relación simboliza la libertad y el fin de la moral convencional sobre el adulterio. Es decir, que en Almánzar Rodríguez no existe ni siquiera lo que Nolasco llama, como atributo del cuento, una moraleja sin moral rígida, mientras que en “Curiosidad” los sentidos están orientados políticamente a la ausencia total de castigo moral. En uno ideología, en el otro contraideología.

Juan Bosch: Cuentos escritos en el exilio
Los antecedentes teóricos de “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos” que figuran como prólogo o introducción a Cuentos escritos en el exilio13 son la carta a Silvia Hilcon14 (seudónimo de Hilma Contreras) que figura en su libro de cuentos La carnada y la conferencia “Características del cuento”15, dictada por Juan Bosch en 1944 en la Institución Hispanocubana de Cultura16. Esos mismos “Apuntes…” son los que figuran como visión del presentador17 de los cuentos que integran los dos tomos de Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio marcados con los números 23 y 32 de la Colección Pensamiento Dominicano publicados en 1962 y 1964, respectivamente. En los “Apuntes…” existen pocas referencias de Juan Bosch a los cuentos de estos dos volúmenes. La mayoría de las referencias a estos y otros cuentos, escritos o no en el exilio, figuran en entrevistas posteriores concedidas a los medios. Las dos referencias más famosas son las que Bosch asumió cuando dijo que su dominio de la técnica del cuento se consumó con la escritura de “El río y su enemigo” y que consideraba
13 Santo Domingo: Julio D. Postigo e hijos, Editores, Colección Pensamiento Dominicano n.º 23, 1964. Fue publicado en forma de folleto en la revista Shell, IX n.º 37, diciembre de 1960, Caracas, como ya se dijo. 14 En La carnada. Cuentos, bibliografía ya citada. 15 Publicada en Mirador Literario, La Habana, julio de 1944. 16 En Guillermo Piña Contreras, bibliografía ya citada. 17 Existe una Nota de los Editores que sirve, más que de presentación, de advertencia a los lectores y, de ninguna manera, aunque contiene opiniones sobre los cuentos y los apuntes, puede ser considerada, en este contexto, como un estudio. Dice así: “Los cuentos del presente volumen no fueron seleccionados ni por el autor ni por los Editores. Se reunieron los que estaban más a la mano, entre los originales de Bosch, antes de que él pudiera reorganizar su archivo a su vuelta a la República Dominicana. […] Los editores recomiendan muy especialmente a los lectores interesados la introducción del libro que aparece bajo el título de “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, pues en esa materia hay muy poco escrito en lengua española, e incluso lo que sobre el arte del cuento, considerado el más difícil de los géneros literarios, se ha publicado en otros idiomas como material de texto para Escuelas Superiores y Universidades, es generalmente incompleto. Creemos que este trabajo de Juan Bosch es el más amplio producido por un escritor profesional de cuentos de todos los que se han publicado hasta ahora.”

a) Visión del presentador

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que los textos que figuran en su libro Camino real, aunque aceptables, no tenían todavía la maestría de los que escribió en el exilio. Acaso tenga razón y los únicos cuentos que se salvan de Camino real sean “La mujer” y “Dos pesos de agua”, tan llevado y traído el primero por el realismo cuya ideología hace previsible el mecanismo de la escritura, y menor en el segundo cuento debido al trabajo de lo fantástico. Si se los compara con “La mancha indeleble”, “La Nochebuena de Encarnación Mendoza”, “El indio Manuel Sicuri”, “El hombre que lloró”, “Los amos” y “Luis Pie”, la apuesta política del sentido de estos textos de Cuentos escritos en el exilio es de transformación de las ideologías mayores de la sociedad dominicana y latinoamericana de la época: la crítica al partido único que es inseparable de cualquier dictadura de derechas o de izquierdas, en “La mancha…”; la crítica a la jerarquía militar y su espíritu corporativo en dictadura o democracia, en “La Nochebuena…”; la crítica a la justicia de los seres humanos prevista por los códigos en oposición al derecho natural donde las ofensas al honor se lavan con sangre, en “El indio…”; la crítica al racismo de los dominicanos en contra de los haitianos a causa de la enajenación ideológica, en “Luis Pie”; la crítica a la ética del deber y el sacrificio por la revolución opuestos a los valores del amor filial y familiar, en “El hombre que lloró” y, finalmente, en “Los amos”, la crítica a la explotación despiadada al campesino dominicano por parte de los terratenientes precapitalistas. Pero este excurso lo empalmo con los “Apuntes…”, lugar teórico donde todo lector de los cuentos de Bosch debe volver si desea constatar por sí mismo si la práctica de la escritura iguala y, luego, sobrepuja las ideas contenidas en el referido ensayo. En tres nudos de los “Apuntes…” debe concentrarse el lector de los cuentos boschianos para saber si estos responden al rigor implacable de la técnica: a) la ineludible ley de la fluencia constante, b) la ley ineludible de la palabra precisa para describir la acción, y c) el ineludible hecho-tema único. La primera ley, de la fluencia constante, consiste en que “la acción no puede detenerse jamás; tiene que correr con libertad en el cauce que le haya fijado el cuentista, dirigiéndose sin cesar al fin que persigue el autor; debe correr sin obstáculos y sin meandros; debe moverse al ritmo que imponga el tema –más lento, más vivaz– pero moverse siempre. La acción puede ser objetiva o subjetiva, externa o interna, física o psicológica; puede incluso ocultar el hecho que sirve de tema si el cuentista desea sorprendernos con un final inesperado. Pero no puede detenerse.” (1962: 31) “La segunda ley –dice Bosch– se infiere de lo que acabamos de decir y puede expresarse así: el cuentista debe usar solo las palabras indispensables para expresar acción. […] La palabra puede exponer la acción, pero no puede suplantarla. Miles de frases son incapaces de decir tanto como una acción. En el cuento, la frase justa y necesaria es la que dé paso a la acción, en el estado mayor de pureza que pueda ser compatible con la tarea de expresarla a través de palabras y con la manera peculiar que tenga cada cuentista de usar su propio léxico.” (1962: 32) Un rodeo antes de pasar al hecho-tema único, el cual es, junto a las dos leyes definidas más arriba, una de las tres características esenciales, necesarias, para quien desee dominar la técnica del cuento concebido como lenguaje (=tema), acción (=ritmo y economía lingüística o las palabras indispensables para describir la acción). El resto son los detalles o las variantes combinatorias asociadas a las tres características. Los detalles más importantes confluyen y están subordinadas al hecho-tema único y las dos leyes del cuento. Por ejemplo, la definición del cuento: “un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia.” (1962: 7)
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Si el meollo del suceso o hecho carece de importancia, estamos en presencia de “un cuadro, una escena, una estampa, pero no de un cuento.” (Ibíd.) Según Bosch, “la importancia no quiere decir novedad, caso insólito, acaecimiento singular” (Ibíd.), sino que la importancia radica en que el hecho es de indudable valor humano o humanizado. La técnica es el ritmo y el ritmo es la técnica y esta consiste en “mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión, la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento.” (1962: 10) La técnica exige que si hay descripción, esta debe ser muy breve y debe poner de inmediato al protagonista en acción, física o psicológica (1962: 11) ¿Cómo evitar que el lector se canse o se aburra? Bosch señala que hay que colocar el principio a poca “distancia del meollo mismo del cuento”. (Ibíd.) Al citar a Quiroga, Bosch dice que “un cuento es una flecha disparada hacia un blanco”. (Ibíd.) Lo de la flecha, el aviador o el tigre que nunca se desvían de su objetivo son las metáforas con que Bosch define el cuento como unidad de un hecho-tema único y sus dos leyes ineludibles, todo lo cual significa que hay que saber comenzar y terminar un cuento, integrar al lector, atraparle y no soltarle: “comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, sin una debilidad, sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento.” (1962: 12) De detalle es esconder o no al lector el hecho-tema único, pero el buen cuentista lo hace con sucesos secundarios subordinados a dicho hecho-tema, con palabras o ideas ajenas al hecho tema o “el cuentista esconde el hecho a la atención del lector” (1962: 16) y “lo va sustrayendo frase a frase de la visión de quien lee, pero lo mantiene presente en el fondo de la narración y no lo muestra sino sorpresivamente en las cinco a seis palabras finales del cuento.” (Ibíd.) Para Bosch es menos importante un final sorprendente en el cuento que el “mantener en avance continuo la marcha que lo lleva del punto de partida al hecho que ha escogido como tema.” (Ibíd.) Cuando el cuentista escoge este tipo de técnica de ocultamiento del hecho, a lo cual se prestan todos los temas, tal procedimiento consiste, en quien domina la técnica, en llevar “al lector hacia ese hecho que ha escogido como tema; y que debe llevarlo sin decirle en qué consiste el hecho. En ocasiones resulta útil desviar la atención del lector haciéndole creer, mediante una frase discreta, que el hecho es otro.” (1962: 17) La literatura de enredo, sobre todo en la comedia y el teatro, es especialista en ocultar el hecho-tema, pero en el cuento el desvío no puede ser tan brusco que el lector pierda el interés y se canse o se sienta descaminado y confundido: “El cuento debe ser presentado al lector como un fruto de numerosas cáscaras que van siendo desprendidas a los ojos de un niño goloso.” (Ibíd.) Un hecho tiene varios ángulos, vertientes o perspectivas. Según Bosch, el buen cuentista “tiene que estudiar el hecho para saber cuál de sus ángulos servirá para un cuento.” (1962: 19) El hecho que da el tema deber ser “humano o por lo menos humanizado” y debe responder a valores universales positivos o negativos. (1962: 18) Otro detalle importante, según Bosch, es el que marca la diferencia entre novela y cuento: “en la novela la acción está determinada por los caracteres de sus protagonistas, en el cuento el tema es la acción.” (1962: 21) Esto determina, a juicio de Bosch, que “los personajes de una novela pueden dedicar diez minutos a hablar de un cuadro que no tiene función en la trama de la novela: en el cuento no debe mencionarse siquiera un cuadro si él no es parte importante en el curso de la acción.” (Ibíd.)
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El lector y el tema del cuento están indisolublemente unidos. Son un significante y un significado, el anverso y el reverso de una hoja de papel. Si se corta la hoja, los dos componentes del texto –lector y tema– sufren la misma cortadura: “el lector y el tema tienen un mismo corazón. Se dispara a uno para herir al otro.” (1962: 22) En cuanto a las nociones trabajadas por Bosch en la tercera parte de sus “Apuntes…” (estilo como “el modo, la forma, la manera particular de hacer algo”), su concepto de la lengua como instrumento (1962: 23), su idea acerca del tema y la forma, su unidad indisoluble en música, pero no en la escritura (1962: 25), su creencia de que “en el cuento el tema importa más que en la novela”, son deudoras de la estilística dualista propia de las poéticas aristotélicas y de las cuales jamás saldría bien librado18, salvo en asuntos de intuiciones de escritor como la de que “el cuento es el relato de un hecho, uno solo, y ese hecho –que es el tema– tiene que ser importante, debe tener importancia por sí mismo, no por la manera de presentarlo.” (Ibíd.) El hecho es importante porque debe ser humano o humanizado y tiene categoría universal. El hecho es el tema y el tema es el hecho es un axioma que significa, en el método boschiano, una unidad indisoluble, es decir, una unidad dialéctica. Entendida la dialéctica como la contradicción indefinida, sin posibilidad de solución. b) Visión de cada obra La visión que tengo de los “Apuntes…” y de los cuentos incluidos en este volumen, y el de la crítica de mi generación, así como el juicio es, con respecto a la teoría, que esta será siempre una ayuda indispensable para los que se inician en la escritura del “género” cuento. Por lo menos, del cuento conocido y practicado hasta la época de Juan Bosch, es decir, el llamado cuento tradicional. ¿A qué se llama cuento no tradicional? Al que ha cuestionado los fundamentos esbozados por Poe, Quiroga, Alone, Chéjov y sistematizado por Bosch: el del hecho-tema único que obedece a las dos leyes ineludibles: la fluencia constante y la palabra imprescindible para describir la acción. Todos los cuentos de este volumen responden de manera irrestricta y rigurosa a esas tres características del cuento esbozadas por Bosch y él se aventura, en muchos de estos, luego de dominar el “género”, a navegar o crear todos los ardides y trampas que el buen cuentista avezado lanza al lector para esconderle el hecho y atraparle en su interés. Por supuesto, unos cuentos más que otros responden cabalmente al dominio de la técnica –teoría y práctica en acción– contenida en los “Apuntes…”. Por ejemplo, pienso en “La mancha indeleble”, “La Nochebuena de Encarnación Mendoza”, “El indio Manuel Sicuri”, “El hombre que lloró”, “Luis Pie”, “Los amos”, “Rumbo al puerto de origen”. En la medida en que la forma-tema del cuento se inscribe en el realismo puro, como “Los amos” o “Victoriano Segura”, las estructuras del sistema de los textos boschianos halan el sentido hacia soluciones morales binarias donde triunfa la fuerza del bien y se cumple el rasgo que Nolasco señala como “moraleja sin moral rígida”. En otros, como en “Los amos” no hay, de parte del sujeto de la escritura, condena moral en contra de don Pío, sino que se deja al lector, a quien se le ha presentado la acción, la posibilidad de orientar él mismo el sentido en contra de lo injusto del patrón.
18 Para la crítica y una valoración de las nociones y creencias literarias de Bosch en estos apuntes, véase mi libro Lenguaje y poesía en Santo Domingo en el siglo XX. Santo Domingo: Editora de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1985, pp.198-210.

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Pero aquí habría que escrutar el juicio de un lector que sea finquero y tenga la misma ideología precapitalista y los mismos intereses de don Pío para constatar si el cuento suscita el mismo espíritu de indignación y revuelta que en un proletario campesino o en un pequeño burgués revolucionario. c) Visión de hoy La dimensión nacional del liderato político ejercido por Juan Bosch desde octubre de 1961 hasta su muerte en 2001 opacó, en el ámbito histórico y social, su dimensión de escritor y teórico de la literatura. Dentro de 50 ó 100 años, cuando las pasiones o el fanatismo de quienes él animó desde 1940 hasta la hora de su muerte hayan desaparecido del escenario de la República Dominicana, no es principalmente por su condición de político que Juan Bosch será recordado, sino eternamente por su carrera de escritor, al lado de sus grandes cuentos, su novela La Mañosa y su teoría del cuento. Su magisterio en la política y su efímero paso por el poder merecerán, dentro de 50 ó 100 años, la misma cantidad de páginas que un historiador dedica hoy en un manual de historia dominicana al gobierno de Ulises Francisco Espaillat o en Venezuela al período de Rómulo Gallegos. Los proyectos políticos de los tres intelectuales no cuajaron, no porque estuvieron muy adelantados a su época, como sugeriría cualquier racionalismo historicista, sino debido a los intereses que afectó el simple conocimiento de la catadura ética y moral de los tres presidentes. Lo político tiene un peso extraordinario, en la hora actual, para juzgar a Bosch desde esa tribuna y él mismo impuso ese ucase al declarar, siempre que se presentaba la ocasión, que había decidido abandonar la literatura desde el momento en que abrazó para siempre la política. De modo que en los dos partidos que fundó y que llegaron a ejercer el poder político del país, el primado de lo político ahogó lo literario y esta última práctica fue siempre vista como un complemento instrumental del líder político. Por supuesto, eso mismo ocurrió con Balaguer cuando al contrario de Bosch, que la abrazó para defender ideales en contra del patrimonialismo y el clientelismo, el hombre de Navarrete decidió, para resolver problemas económicos de su familia empobrecida por la crisis de 1922 al 29, abrazar la política al lado de Trujillo y abandonar la literatura. Para Balaguer la literatura fue siempre un adorno instrumental que prestigiaba al político y le daba un aire de intelectual culto. Este mito es una herencia del siglo XIX, sobre todo a partir del romanticismo y luego con el modernismo. La prueba de que este mito no funciona para los escritores de oficio es que allí donde los intelectuales o los escritores han gobernado, han dejado intacto, o lo han reforzado, el patrimonialismo y el clientelismo, las dos plagas que han impedido en Hispanoamérica la fundación de verdaderos Estados nacionales como los surgidos en Europa y América del Norte con los Estados Unidos y Canadá entre el siglo XVIII y el XIX. Tal como veo hoy el valor de las obras literarias de Bosch, es esta situación la que me lleva a considerar que será la literatura la que terminará imponiéndose como el rasgo distintivo de la personalidad de Juan Bosch. Sus obras teóricas, hijas del contexto y la cultura de su época, caducarán cuando las condiciones sociales que denunció hayan desaparecido. En cambio, sus grandes cuentos de valor literario hablarán por él eternamente.
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No. 12

No. 13

el cuento en santo domingo
selección antológica
–Tomos I y II–

sócrates nolasco

escogidos con exigente y depurado gusto en 1890 por don Antonio Paz y Meliá. pertenecientes a los siglos anteriores al XIX. Pero si alguno de nuestros hombres de letra. de enseñanza y moraleja sin moral rígida. y no fue raro que a fines del siglo XIX el lector dominicano. se entretuvo en un género que pasó a ser por mucho tiempo desestimado. ofrecía la picaresca. y a pesar de Santo Domingo ser primero entre las sociedades del Nuevo Mundo. Alfonse Daudet y Guy de Maupassant acabaron siendo los favoritos. pasaban a ser imitadores de los franceses. No parece reacción de pensamiento llegar a la conclusión de que no era indispensable esperar a que en Francia fructificara la escuela naturalista para que aprendiéramos a fijar en el marco del cuento artístico lo esencial de la vida circunstante. Si el florilegio de cuentos clásicos españoles. que lejos de restar interés universalizan. cuando los mismos peninsulares. locales. las Antillas pudieron producir cuentistas siglos antes de que el cuento y la leyenda se imprimieran en los países del continente americano. sin sitio determinado ni sabor regional. durante años aparecimos siendo de los rezagados en el cultivo de una expresión artística tan interesante. la décima y la copla. y antes que el romance. 1 Tomo I Noticias Preliminares En la página final del 2º tomo. se refugió entre aldeanos logrando perdurar con variantes adquiridas. 37 .1 La aparición del cuento moderno fue en América un fenómeno tardío y de expresión vacilante. no bastó para detener a los noveleros de allá. y bautizado con el pintoresco apelativo de cuento de camino. familiar y repetido para entretenimiento en las veladas nocturnas. Pero el cuento francés moderno. Modelos sobresalientes para el estudio y la pintura de tipos. carecemos de testimonio. Ningún lector ignora que el señorío de las artes y su irradiante influjo. no continuara viendo el cuento español como arquetipo del género. Autores y lectores cambian de gusto. y para entenderlo así bastaba con fijarse en Rinconete y Cortadillo. o folklórico. se incluye un ejemplar de Cuento de Camino. Importadas sus obras y entregadas a la comprensión de un medio social todavía precario. esquema o trasunto de aspectos de una sociedad de viejo refinamiento. fácilmente traslaticio. en donde lo conservaron sin esenciales alteraciones. de Cervantes. ni juego descriptivo de una realidad impresionante. facilitando su lectura entre nosotros la colección traducida por el francófilo Enrique Gómez Carrillo. donde lo leerían muy pocos o no se le conocía. Aquel modelo de “cuento universal”. y siguiendo los ejemplos del precavido y atildado don Juan Manuel. En El Conde Lucanor vino además el cuento correcto. vástago desprendido del solar materno y sin frecuentes relaciones. menos podía surtir efecto en el continente americano y en Santo Domingo.aparición y evolución del cuento en santo domingo Cuando la cultura medieval se iluminaba con los albores del renacimiento embarcó en España y llegó el cuento antiguo a Santo Domingo. de pronto no parece que estábamos preparados para aprovechar su incitación a fijar en dimensiones breves el calor humano y los rasgos distintivos. de espaldas al caudal propio. ni tienen patria ni residencia fijas: son veleidosos y las naciones alternan en la principalía. tan pronto se formaron nuestras ciudades abandonó el vecindario urbano. se puso de moda.

Luis Garrido. tendió un puente entre el cuento moderno y el antiguo. La primera. ¿Quiénes y cuándo le dieron realidad precisa al cuento en la República Dominicana? Los cuentistas que sobresalieron a fines del siglo XIX y a principio del XX fueron Virginia Elena Ortea. El segundo. Asombra que sin vocación ni necesidad tantas personas honorables se dieran a producir tan pobres frutos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Los críticos no han tenido oportunidad de decir que aquel modelo exótico produjo en nuestro país engendros endebles. y burlando la guardarraya entre lo suyo y lo ajeno. Castillo. en su tiempo intacta. si interesara. Pero es oportuno reconocer que con José Ramón López la literatura cuentística se inclinó hacia las costumbres campesinas nuestras. miró hacia adentro tratando de enfocar lo genuinamente nuestro. culta relatora de sobrio. Rafael Deligne. Prud’Homme. y que por la misma pulcritud del apurado estilo en vez de animar trataban el posible impulso. Jacinto de Castro. etc. a quien hizo al fin morir en improvisada forma. aunque dispersos en diferentes unidades. Fabio F. Federico García Godoy. afirman. ocasionalmente don Federico Henríquez y Carvajal. Al escribir El General Fico realizó José Ramón López. A continuación de Maupassant y Daudet vinieron obras de León Tolstoy. Que el autor fue un buen periodista. Esteban Buñols. Peynado. notarios. Pellerano. Luisa O. Con regocijada ligereza confundió más de una vez la anécdota con el cuento y no se percibe a simple vista si al contar consiguió todo lo que se propuso. Luis A. Rafael J. Lo más importante de ese ejemplar. Pararon de repente sorprendidos por los cuentos de dos maestros del modernismo: Manuel Díaz Rodríguez y Rubén Darío. Andrés Freites. Augusto Franco Bidó. Galván. Abogados. A pesar de la acción flaca. como enemiga. honestas señoritas y señoras. etc. 38 . E. Amalia Freites. Fiallo. Bermúdez. 2 “Cuentistas” y asiduos colaboradores de La Revista Ilustrada fueron Alberto Arredondo Miura. Rafael Justino Castillo. en su más acabada producción personificó el mito heleno de Perséfone (Los Diamantes de Plutón) y sin determinar sitio ni tiempo. la carencia de realidad del personaje único y el olvido de lugar y ambiente. igual que varios autores antiguos no creyó que la originalidad era virtud y a ratos se sintió heredero de don Juan Manuel. Acaso la facilidad adquirida en el ejercicio del periodismo se sobrepusiera.. su esfuerzo más apreciable: trazó con brío y le dio realidad local a un rústico mandatario de carne y hueso. numerosos y afectados. leídos con el respeto debido. maestros que se entretenían y regodeaban jugando con el matiz. y abundaron otros de significación menor. compitiendo por ser cuentistas llenaban La Revista Ilustrada de Miguel Ángel Garrido2 –1898-1900– creyendo seguir el dechado de Francia. los cuentos de Darío y Díaz Rodríguez pierden la gracia de productos de escritorio. comerciantes. Del conjunto de sus Cuentos Puertoplateños no están ausentes los rasgos característicos y la naturalidad y gracia corrientes. aunque con desenfado notorio olvidó a menudo la corrección conveniente. José Ramón López. claro y animado estilo. Máximo Gorki. A pesar de sus defectos abundantes. Amelia Francasci. José R. con los primores de forma. de lo criollo. los dominicanos le deben agradecer a López que en El General Fico se asomara a ver una fisonomía. Antón Chéjov. a las cualidades exigentes del cuentista. Leónidas Andreyev. López. “laureado en certamen con accésit al primer premio de prosa”. Ulises Heureaux hijo. así como En Tu Glorieta (primer premio de certamen celebrado el 27 de febrero de 1899) sigue siendo la personalidad de la escritora. De su producción literaria suelen encomiar El Loco. la tentativa podría aceptarse siquiera como cuento antiguo. Rafael O. Todavía hoy. Jacinto B. observadores de un mundo remoto y desconocido. que aparece en todos los propósitos de selección antológica realizados hasta la Colección Trujillo.

Sorprenderá que en el presente volumen figure Máximo Gómez entre escritores con un cuento legendario. Encarna en Cristóbal Colón el afán de los descubridores. A uno de los que primero se atrevieron a mirar sin desdén esa forma literaria. Del moribundo romanticismo puso lo desmesurado y el escrutar mirando atrás. pero se mantuvo romántico y libre del avasallamiento de ambos. pero nunca en Santo Domingo. Difundió sobre esta obra un hálito de simpatía tan sugestiva que hará siempre agradable su lectura. de orgulloso abolengo dominicano. la saña y los trabajos imponderables de los exploradores y conquistadores y finalmente de los libertadores. Conoció sus cuentos. apuntó en Cuba irónicamente: —¡Y el viejo tuvo coqueteos literarios!… Fíjense: con menos desagrado hubiese tolerado él que le criticaran su estrategia que los frutos de su pluma”. Pero tratar de Gómez escritor ahora es salirse del marco destinado sólo a las noticias y apuntes que anteceden a la evolución del cuento en Santo Domingo. para concurrir en 1909 a un certamen 39 . en resumen. Su relato de las andanzas y muerte de José Maceo tiene más valor de vida y emociona más que una de las Vidas Paralelas de Plutarco. ¿Capricho? Oleaje de pesimismo. ensombrecido por el vaticinio de “la posible ingratitud de los hombres”. en humanísimo señor endurecido en sucesivas guerras. beneficiarios extraños y de hostilidad disimulada. El Príncipe del Mar. que autoriza la Colección Pensamiento Dominicano. Cuando los críticos dominicanos rescaten nuestros valores literarios que ruedan dispersos en tierra ajena. como premio. El viejo posó ahí la garra y marcó su huella. ocupará Máximo Gómez el sitial de escritor que le corresponde. El último Quijote combate por cerrar la independencia del Nuevo Mundo. Fiallo fue amigo personal de Díaz Rodríguez y Rubén Darío. ¡Y qué coqueteos! La descripción de la Batalla de Mal Tiempo no ha sido superada en la épica antillana. cultivada por él con pericia y jovial espíritu. aunque no desdeñó el género. El crítico Juan Jerez Villarreal. cuando se tiene el don de escritor que era natural en Fiallo. Fabio F. totalmente desconocida de él y de los demás dominicanos. A uno de los más interesantes por el feliz desarrollo le encontró escenario en la Rusia de los Zares. Discurre la acción de otros en ámbitos indeterminados. En su pésame a María Cabrales late tan profunda angustia que su lectura emocionará mientras el dolor exista. porque fuera ante todo hombre de armas y no vislumbrara la importancia que el cuento alcanzaría en su patria después de cincuenta y ocho años de haber escrito. Abarca y pondera la suma de sacrificios a raíz de Martí y Maceo morir y. Seis cuentos en tan largo tiempo dan testimonio suficiente para convencer de que el venerado maestro y periodista. vagos. elegante y casi siempre correcto en el estilo. cuento de fantasía delicadísima. Don Federico Henríquez y Carvajal escribió seis cuentos en veinte y nueve años: en 1895 Un Rey Destronado y Dualidad de Amor en 1924. la mano fatigada se le cae sobre la pluma.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Preciso y cuidadoso de las dimensiones. Escudriña. del guerrero mandón la osadía con que Simón Bolívar dialoga todavía con el dios de Colombia sobre el Chimborazo. El publicista Manuel de Jesús Troncoso de la Concha puso a un lado momentáneamente la leyenda. quizás. para. El Sueño del Guerrero es página de campamento bosquejada en tregua nocturna (1898). Fabio Federico Fiallo se evadía de la realidad presente para darle vuelo a su imaginación de poeta lírico a la hora de escribir cuentos. no se le debe excluir de una recopilación intentada sin rigor de florilegio. prueba que en cualquiera modalidad se logran triunfos. se entretuvo en él sólo en momentos circunstanciales.

El periodista y novelista Rafael Damirón incluyó en sus Estampas volanderas (1938) un cuento. autor de Cuentos a Lila. Enrique A. Henríquez y Rafael Vidal y Torres mantuvieron en certámenes las características y el realce adquiridos por el cuento moderno. la embriaguez amorosa de los sentidos ante los panoramas y la maestría del narrador. periodista. Todas sus grandes cualidades de escritor están palpitando en el ejemplar admirable que se inserta en la recopilación presente. confirma el cuento nacional la propia fisonomía. volumen publicado en 1912 por José María Pichardo. desvinculada de la obra histórica. cuento de atisbos psicológicos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS y ganar el primer premio con Una Decepción. que es acertada caracterización de un tipo de mujer capitaleña a quien el crecimiento de la ciudad y la multiplicación de las familias ricas descartaron de las costumbres y relegaron a la memoria de algunos sobrevivientes. No parece que Balaguer haya tenido la intención de agrupar en su Historia de la Literatura Dominicana a aquel veterano del periodismo entre los escritores que califica como pertenecientes a la Era de Trujillo. Aunque su cuento El Tesoro de Moncada es más interesante por el enredo y el estilo vivaz. otro primer premio. había intentado realizar la novela corta. ganado por el segundo. el insuperable don descriptivo. en que el autor redime a un seguidor del Gral. En el feliz ensayo. Díaz (1910) Dos veces Capitán. y ya en 1888. palpitan. con Tindito (historia de un toro joven) premiado al primero en certamen de 1916. perspicaz y certero. Pedro Santana en los azares de “la anexión” o eclipse de la soberanía dominicana. 40 . viven. o completamente desvanecidas. aunque el fondo histórico del motivo hace olvidar el ambiente de la manigua. Nino. Con medalla de oro le premiarona a Gustavo A. El crítico Joaquín Balaguer. y con un relato de ardiente nacionalismo. se le da ahora preferencia a Nobleza Antillana por el escenario y el motivo de sabor histórico. El periodista Antonio Hoepelman vuelve la mirada atrás y refresca anécdotas y episodios insuflándoles vida y valor artístico. Del mismo tiempo es Manuel Florentino Cestero. lo desprendió y puso a vivir aparte. Furcy Pichardo alcanzó otro galardón con asunto igual. El veterano ensayista y crítico Federico García Godoy escribió Carmelita y Sor Clara en 1898 y 1899. de viejo escrito. y las buenas letras trocaron al escritor por un político alerta. y en la antiquísima Ciropedia injertó Xenofonte aquella Pentea que. Nuestro don Federico García Godoy fue superior cuentista en capítulos de sus “episodios nacionales” que en sus cuentos de juventud. conflictivos. Por aquel triunfo figura como uno de los primeros cultores del cuento moderno en la República Dominicana. Quizás si aquella medalla de oro convenció al joven escritor de que la literatura es menos generosa que la política. con Margarita. Con Pan de Flor. El triunfo le sirvió de estribo para escalar posiciones en “la cosa pública”. en Guanuma –”episodio nacional”– intercaló un cuento que es joya de primer orden. y en 1921 publicó Manuel Patín Maceo sus cuentos intitulados Serpentinas. Por fin en 1914. García Godoy no tuvo un capricho sin precedentes: igual que él procedió Cervantes enriqueciendo Don Quijote de la Mancha y Persiles y Segismunda. resaltan y para siempre jamás serán testimonio cierto de cómo fueron aquellos bosques vírgenes y terrenos exuberantes hoy convertidos en potreros y cañaverales. de nacionalismo auténtico. A continuación el poeta J. pero sobre todo. Puntualizó el momento definitivo en que se deja atrás la creación carente de realidad humana. se evidencian en su autor cualidades literarias postergadas desde entonces. y por lo que en las letras dominicanas significa como trasunto de la vida colonial. se reproduce de tiempo en tiempo conservando vida fresca e imperecedera.

estremece de entrañable misericordia. hijos de pura emoción estética. cuando no se extasía ante las bellezas parciales levantadas con señorío por el concepto ponderado y el adjetivo exacto. Atraído por una tentación del arte los enhebró en novela itineraria. peca. Aquel Hospital lleno de vidas en orto y ya lesionadas. periodista. de un Caleidoscopio de Haití loado en el extranjero. que arroba. Con regocijado humor individualizó y animó en 1930 el sentimiento religioso del dominicano “común” en un azuano que anda por ahí desempeñando el oficio de músico de oído y viviendo de lo que Dios depare… Canta. visión panorámica de las islas del Caribe. El sentimiento de simpatía. Preocupado por su existir presente. autor de un volumen de cuentos muy bien escritos que guarda con celo para que lo publiquen. el rigor depurador de la idea y el castigo de la frase resaltan en sucesivos cuentos intercalados. ¿Cuáles son los cuentistas sobresalientes que han llegado a la plenitud de sus facultades a partir de 1930? Anticipos admirables son Ramón Emilio Jiménez. arrodillarse en el templo ante la imagen de la Virgen de la Altagracia. Pero. o para niños. Ligio Vizardi señala con emoción reprimida la dispersión de diez y nueve millones de seres humanos. y pocos sabrían exponer la ansiedad que sus problemas suscitan en prosa tan comedida y clara. sin que en ningún momento sienta que se le ha ensuciado el alma. mata porque matar le parece prudente y adecuado. Que Tamayo fue implacable y duro defendiendo a los de su 41 . abre signos interrogantes a lo porvenir y nadie conseguirá cerrarlos sin perplejidad del ánimo. autora de la novela Toeya y de cuentos y novelas cortas. y Miguel Ángel Monclús: autor de ensayos sobre el viejo caudillismo. para después. Apunta el caso único en América. por si acaso… promete ir de romero a Higüey. de endeble civilización. En Archipiélago (1947). rama literaria que ningún dominicano ha sabido explotar como ella. No en el estilo. ¡Feliz el que sabe escribir cuentos así! Y llegan por fin los cuentistas de los últimos veinte y siete años. Prepara y aceita una carabina y. A la autora le interesó el tema indígena en aspectos diversos y solía apuntar con disimulo que aquella familia rudimentaria. biógrafo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Del mismo tiempo es el incatalogable y desconcertante Otilio Vigil Díaz. bruñido y sugeridor. En el grupo figura Julín Varona (Julio Acosta hijo). ensayista. quien también ha completado su destreza de escritor durante los últimos lustros. se distingue sobre todo en el cuento de niño. de ruta. por la fértil imaginación. sin necesidad de recurrir al sistemático y devastador imperio de la fuerza puesto en ejecución por Fray Nicolás de Ovando y sus imitadores. sintiendo fresca y aligerada la conciencia. seguro de que ella lo protegió durante la acción sangrienta y ahora lo cubre bajo su ancho manto florecido de piedad. celebrado autor de Orégano (1949). poeta. reza. pero ningún adulto de elevación moral terminará de leer La Eracra de Oro sin internos sacudimientos. de la novela Cachón y de numerosos cuentos (Estampas Criollas). Con esta fisonomía encantará a los niños. El lector se olvida de la concepción vasta. seguramente. la ductilidad del estilo vigoroso y su encanto de narradora natural. era fácil de absorberse por la española mediante la devoción a Jesucristo. costumbrista y cuentista. pero en verdad se sobreentiende que Ligio Vizardi es cuentista que no ejercita con franqueza su vocación. La indigenista Virginia de Peña de Bordas. sin él incurrir en gasto… después que lo socorra la muerte. elegante y evocador. deteniéndose a meditar al término de cada cuadro. ni en el cuidadoso estudio de los motivos autóctonos enriquecidos de leyendas: la virtud superior de esta cuentista se transparenta en un don de ternura maternal.

para producir el estremecimiento nuevo. dos de sus cuentos: Balsié y Mujeres. más que el tributo debido es la resurrección: la resurrección que perpetúa a una gran figura defensora en América del derecho a ser libre. Y Miguel Ángel Jiménez. Flor del indigenismo. Está en el paisaje y en cada hombre y mujer que pinta y. Con sus dos libros obtuvo dos ruidosos triunfos. prosista brillante y relator bullente y salpicado de imágenes y giros impresionistas. En un volumen (Cibao) insertó cinco cuentos y un relato: Deleite. En Mujeres Marrero no es el observador urbano que va con su libreta al campo a examinar y tomar apuntes para luego escribir. si acaso le falta algo es un atisbo de la imponente belleza del Bahoruco y el vislumbre de esperanza. con ejemplares de Antón Chéjov. él es también el niño de la batata. fueran ya retazos de un traje viejo de nuestro joven impresionismo. que la de ese cuadro. “Tierra para llamarla mía… Patrimonio sin código con fronteras de Dios… Agrimensura de génesis en palabra de varón sin pecado por haber pecado mucho”. de Max Henríquez Ureña: cuento cumbre del realismo por la vitalidad. refirieron y se repite. que apunta el Eclesiastés. Del mismo ciclo es Tomás Hernández Franco. sin trucos. de preciso equilibrio mental. descriptor seguro. autor de la novela Over y de Balsié (libro de cuentos publicado en 1938) lo estampó en los días de su aparición un eminente crítico de hispanoamérica con sólo dos adjetivos: ignorante genial. Revestir la imagen y las ideas de esa o de otra manera. es La Eracra de Oro. autor de varios cuentos premiados y cuya creación –Mi Traje Nuevo– puede parangonarse por la concepción curiosa. Sumada como ilustración al lugar que hoy lleva el nombre de Tamayo. El que estas líneas escribe es natural de la provincia Barahona y no conoce en las letras dominicanas copia más genuina de los campesinos de la región. Daba entonces la impresión de ser un guerrillero de las letras. con particular lectura y a fuerza de tropezones. Manso no era. sin maestro. que en los corazones de allá nunca se pierde. autocrítico. Comprueban la facultad extraordinaria que tiene para revelar al campesino hasta en los más íntimos repliegues y en los menores detalles. Virginia de Peña lo limpia al presentarlo en edad adolescente. Al sorprendente Ramón Marrero Aristy. ¿Qué es lo que ha sido? Lo mismo que será… En el retorno eterno. y de elegante y esmerada prosa. 42 . la sutileza y un espolvoreo de fino humor. sin ñoñería reviste a aquel voluntarioso brote de hombre con atributos latentes que en los días de prueba levantaron hasta el heroísmo al guerrero irreductible. cuya culebra vuelve ahora a formar el círculo por verse otra vez la cola. comparables en el acierto de ejecución a La Conga se va. el colorido y movimiento de muchedumbres. En la prosa de Hernández Franco se suceden las sorpresas desbordadas en rasgos bellos y desorbitados. poeta. cuando de súbito torció el rumbo y se dio entero al mundo de la política. “Bolas de equilibrio sobre las pértigas las gallinas recontaban las plumas de sus alas sin vuelo”. la realización cabal. Al escribir esa pequeña obra maestra Jiménez se empinó hasta alcanzar insospechada eminencia. como dijo el viejo Hugo. evidentemente. quizás si varios giros de aquel cuento egipcio (La Historia del Náufrago) del Imperio Medio de los Faraones. creación particularísima de un caballo loco sobre el cual pasa el jinete “asombrado por el poderío inédito que siente agigantarse bajo las rodillas”. También pertenece a este período el cuentista José Rijo: cauteloso. cuando se escribe con talento a nadie debe asustar. ni el que escribe saturado de vida rural: es un campesino más que tiene el don maravilloso de trasmutarse en cada uno de los personajes.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS raza. Iba gradualmente cultivando el espíritu y ganando experiencia literaria.

así como los de Rijo. se adquiere frecuentemente por diligencia personal o aupado por propaganda de amigos. En otra forma. a Prestol Castillo se le convierte en caso dramático. Quien tenga la suerte de leer sus cuentos. escenifique y lleve al teatro. El mal que Francisco Moscoso Puello expuso con criterio de sociólogo. que aísla. en España y otra vez en la Argentina.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I A Tomás Hernández Franco. lima. ricos de ocurrencias oportunas. Hoy se imagina que no le basta ser así no más. La modestia es virtud literaria que no abrillanta ni después de la muerte. En otro de los mejores cuentos de Caro (Chano) el personaje principal discurre sombrío y amargo como algunos tipos de Gorki. El cibaeño es un dominicano que difícilmente se desvincula de la república. elimina. si no figurara ya entre los buenos escritores dominicanos. en Chile. Es artista. del ignaro entorpecido por la superstición al latifundio del extranjero ausente. Contín Aybar. y del Cabral es el cibaeño. por su cultura y cualidades sobresalientes se distingue Hilma Contreras. contando con ojos anchos de azoro cómo pasaron en el Este de la República los pequeños labrantíos y las parcelas de bosques vírgenes. La reputación. afortunadamente. Al disconforme las intenciones. o el nervio poderoso del escritor. Pero suele suceder que en el convencimiento del valer propio haya un grado de soberbia. que se rebela.3 A continuación se distingue Freddy Prestol Castillo. le bastaría Deleite para mantener vivo su nombre. a la carrera y en gran escala está remediándose. le trabajan y punzan iguales que tumores en cuerpo dolorido. comprenderá que la autora de La Virgen del Aljibe no necesita voces de estímulo ni adjetivos de ponderaciones. el renombre. se plantea el drama apuntado por Prestol Castillo que. y muchas veces valores de superior calidad quedan limitados en estrecho círculo. pero ni se amanera ni aminora la amplitud e intensidad del sentimiento decididamente trágico. que asoma en paisajes bien descritos y pasa de escotero. la belleza formal o la recóndita simpatía a los explotados. siempre solitario. cruzando océanos y en Tierra Firme. Sus personajes viven naturalmente. A simple vista se diría que al dejar el camino real por la vereda Dios no le 3 El crítico Pedro R. en el Perú. No importa que a la vez sea poeta de virtudes universales: en él todo se entremezcla y se le vuelve Compadre Mon. Autónomo cibaeño. están dispersos en los periódicos diarios: ¡infeliz manera de sostener la nombradía merecida! Entre los cuentistas jóvenes. tiene conciencia de la importancia que ha adquirido el cuento y con pulso firme desde las primeras líneas agarra y subordina la atención del lector con interés que se mantiene encendido hasta el final. representativo en legaciones distantes: en la Argentina. retoca. Sabe crear. Sus cuentos. Manuel del Cabral anda con su patria adentro. de exuberancia vital y artista verdadero. 43 . preñados de problemas. y de pronto el lector no sabe si admirar más la reducida exposición del drama contenido en cuadro tan limitado. En el más reciente (Guanuma) el misterio va rodeándolo todo gradualmente y el interés crece en un cuadro cuyo asunto central es la superstición de rústicos que cuchichean acerca de un jinete de vivir dudoso. Sus cuentos merecen que un dramaturgo los amplíe. Ceñido a lo que juzga indispensable. desde antes de convertirse en ideas claras. publicó en El Caribe un juicio nutrido de acertadas observaciones sobre Tomás Hernández Franco y su obra. y extiende la mirada al cuento con pretensión de revolucionarlo. En cuento emocionante y breve (Cielo Negro) sugiere Néstor Caro problemas de los trabajadores en cañaverales del Este de la República. Néstor Caro es un escritor económico de frases. en cuento dramático.

avanzan con su carga de promesas que se cumplirán si trabajan más los motivos y no se engríen con los parabienes. asistiendo a sus propios funerales y oyendo lo que opinaban del difunto. espectáculo y divertimiento. igualmente. a excepción de El Pata de Palo. intrigado. En la calle. ¡El primero!… que entre intelectuales nadie se satisface en Santo Domingo sin ser el primero. que desvirtúan. hasta en el de apariencia inofensiva se disimula un iconoclasta. Impetuosos y ávidos de sustituciones. como entre estudiantes de término. o procura encontrarle al cuento fases nuevas? Cuenta. para ellos también. por divertirse. últimos en el tiempo. Penetra en la subconciencia y hurga hasta encontrar el asunto extravagante. revuelto. cuento-parábola constreñido en sólo una página y escrito con sobriedad. sequedad y sencillez dignas de un sabio.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS indica el rumbo. Reclaman el sitial que les corresponde: el primero… En un grupo de escritores mozos. Ellos se lo permiten. en el restaurante cercano o en la plazoleta. Mañana llegará. ¿Los demás?… Ganímedes sirviéndole a Zeus “el divinal licor” en copa de bronce. El instinto y la razón dialogan y dicen razones tan extrañas que el padre de las criaturas. lo alcanza a ver y reconoce que es verdad que “aquello” ha adquirido vida independiente. aunque Yepe y otras diferentes representaciones de la locura le superen por la forma literaria. Descuellan varios y entre ellos Ramón Lacay Polanco alzando el brazo y enseñando su enamorada Bruja. pero desde que en uno de sus poemas se vio de cuerpo presente. crece. El autor medita sobre el fenómeno y luego se va detrás apuntando silenciosas interrogaciones. de José Espronceda. sentimiento que es suma de fuerza y valores para la patria. ¿Qué autor extranjero ejerció influjo en nuestros cuentistas? Flor de entelequia es la originalidad absoluta. experimentando el placer elevadísimo de sentirse compañeros. ¿Cuenta para asustar. no obstante. Pero su hallazgo extraordinario es El Centavo. pero los poetas guardan en la convicción de la grandeza propia talismán preservativo. Se llama Odorico… Lo encuentra hablando con otro ser que. como Edgar Poe: es abstemio. en riesgoso pretil bailan un carabiné y son capaces de contagiar al lector que los analice. asomó en él un bromista macabro. Señales hay. El autor no es un alcohólico. Almas. Entre los cuentos de Cabral que mejor caracterizan esa fisonomía figura Odorico. Y ahora. No conozco en castellano. le obsede impulsado por “idea-fuerza” que de repente salta del cráneo. irrumpen los abundantes de promesas: los nuevos. empinándose arriba. se corporiza y se le escapa huyendo. Y siendo del Cabral un gran poeta. no se columbra ni el más lejano peligro de que se pierda. Con menos de lo que a del Cabral está aleteándole en el cerebro le bastó a Maupassant para enloquecer y a Horacio Quiroga para acudir al suicidio. alabada en el país y reproducida con elogios en una revista extranjera. Pero… En 30 Parábolas y 12 cuentos lanza un libro que sobresalta como una casa de orates. le había salido a Cabral de un desdoblamiento de las ideas. que ningún pueblo ha conseguido: porque en el comercio espiritual las creaciones artísticas trascienden y repercuten por remotas que parezcan y en similares circunstancias suelen dar parecidos frutos. seres y cosas llenan el mundo con el fin único de servirle de escenario. que le perturba. otro que le iguale en interés y extravagancia. el convencimiento de que aspirar a sustituir y ser el primero contrae el deber de estudiar y crear. anunciando el día en que los escritores dominicanos aprenderán a entusiasmarse con la obra ajena. Lunáticos numerosos. interviene en la conversación. Puede afirmarse sin jactancia que el cuento criollo fue ascendiendo hasta encontrar madurez desde que 44 .

con excepciones muy respetables. entendiendo que el cuento en nuestro país ha alcanzado su plenitud durante la Era de Trujillo. Labor ardua. es caso raro. o del Ramón Emilio Jiménez de Al Amor del Bohío. Entre las provincias hispánicas del Nuevo Mundo ninguna ha corrido tantos azares. que implican selección obtenida mediante examen comparativo de los ejemplares de cada autor. que obliga a prolongado esfuerzo. 45 . Fuimos un pueblo sin temprana risa. y que a menudo aparezca en su producción la nota sombría.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I el dominicano miró hacía adentro y comprendió lo suyo. en la poesía y en el cuento encuentra el molde para su expresión más adecuada: no en la novela. Librería Dominicana. Responde a estas observaciones la recopilación que se entrega al público sin la severidad que requieren los florilegios. como la dominicana. Es natural que los superficiales y los imitadores no abunden en una familia así. Y como el nativo no es trabajador tenaz. hasta mantener libres sus persistentes características y los matices diferenciales adquiridos al través de los sucesivos eclipses de su fortuna. cuando la sonrisa asoma en obras ingeniosísimas y del más fino humor –El Tren no Expreso – Mi Traje Nuevo– es florescencia equívoca de un viejo padecimiento con que el autor se ha connaturalizado. realiza ahora un nuevo aporte como entusiasta colaboradora en la obra del desarrollo cultural que le imprime sin desmayo a la república de las letras el Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva. y ahora. Pronto daremos a la publicidad otro volumen en el cual tendrán cabida autores de no menor calidad y reputación que los comprendidos en el presente. El sano y jovial acento de un Manuel de Jesús Troncoso de la Concha. en donde el cuento ha venido apareciendo con intermitencias y disperso en periódicos distintos y en fechas diversas.

sin acompañante para no dividir su macuto de comida. ésta se metió en una espesura selvática tras de haber pasado. mendigando los cartuchos en los pueblos de su ruta. botellas de melado. cruzó las poblaciones sin acordarse de los cartuchos. siempre improvisaba alguna copla plañidera diciendo que iba a morir sin cumplir con la Milagrosa por faltarle aquella carabina. galletas de huevo. con la rapidez de un hurón. en un par de muletitas de plata. Esperaba apertrecharse. entre Bayaguana y Hato Mayor. Autor de un volumen de cuentos inéditos. y dándole la espalda al enmascarado. (pantalones y saco de áspera coleta). Por este olvido se encontró indefenso cuando al oscurecer de una tarde. 46 . ¡Ladronasso! ¡La Virgen te pudra er caco con tu careta de puerco! Y le contestó el bandido: —Epérame ahí. por entre espinosas cercas de mayas. Tenía puesto un antifaz de cuero negro de puerco y avanzó contra Ismenio con un machete desenvainado. antes de entrar en la zona peligrosa. a los tres días de caminata ya había vaciado dos de sus tres canecas de aguardiente. por donde. a la carrera se puso lejos de su alcance. además del acostumbrado traje de penitente. En las repletas árganas de su aparejo llevaba cecinas de chivo. si yo hubiera tenío mi cachafú carrgao. Por fin compadeció al cantor el jefe de un baile de enramada.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS julio acosta hijo (Julín Varona) (N. raspaduras. 1888)* A mí no me apunta nadie con carabina vacía El cantor vale Ismenio hacía cuarenta años o más que debía una promesa y no había podido cumplirla porque en aquellos tiempos se contaban hazañas de bandoleros y para viajar desde Las Charcas hasta Higüey tenía el romero que portar una carabina de las que se cargaban con cartuchos de pistón y llamaban chisperos. café en polvo y calabazas y morritos para colarlo. blancas panelas de dulce de leche. Pero el tesoro de su peregrinación consistía. y como vivía cantando mangulinas en las fiestas. le salió repentinamente al encuentro el salteador que tanto temiera. fundas de tostones de plátano y rosquetes de catibía. Cuando creyó que había salvado la pelleja. *Julio Acosta hijo (Julín Varona). pero sin un solo cartucho. hijo de la gran puta. Cabalgando en una mulita sanjuanera. Ismenio era muy pobre. Periodista. Al día siguiente partió de Las Charcas el bale Ismenio con su peregrinación hacia el lejano santuario de la Virgen de la Altagracia. Animado en todo el camino por el contenido de sus canecas. voceándole —¡Alto! Pero el vale romero se desmontó de su mulita. ex-voto que llevaba colgado del cuello para ofrendarlo ante el altar del santuario y cumplir así la promesa que había hecho cuando era vagabundo mujeriego y estuvo a punto de quedar tullido a causa de un mal paso entre “ellas”. –se decía entonces– merodeaban los salteadores y no dejaban con sus alforjas a los romeros mal armados. mientras vadeaba una cañada. no hubiera sido tú quien me sarrteaba. quien le prestó un chispero en buen estado de uso. Yo no quiero las polquerías de tus árganas! Pero no te me bas a dir con tu carabina. le dio el frente para desahogarse vomitando insultos que llenaron el monte circundante de resonancias de las enérgicas “erres” y “eses” de la pronunciación sureña. Voceó el asaltado: —Mira. ¡Párate y no juigas! Pero cuando el salteador volvió sobre su víctima. maihablao.

entonces benga a mi casa que allá le podré dar cartuchos de una cartuchera que tengo llenesita. El hombre dijo llamarse Benseslao. el huésped supo muy poco de los parcos moradores del bohío. Destornillándolo. Pero la oveja escondida. usté se diba a debolbé p’alas Charcas. aunque había tenido incontables mujeres. hijos y nietos. el hombre de la casa. Por su parte. y si usté no desea benderla. y lo llevaba ahora en un bolsillo de su ropa como medida de precaución. los cuales no tenían nombre porque todavía estaban sin bautizar. —Béala en sus manos. en busca de posada para pernoctar. A ellos contó lo que una hora antes le había pasado por viajar “con este chispero que no tira”. uno se llamaba Sato Viejo. Al paladear esa bebida el bale azuano recordó. No más le farta el martillo. Finalmente se dieron las buenas-noches para entregarse al sueño y el huésped subió a dormir en una alta barbacoa bajo el techo de su albergue. Sé que andando a pie llegaré con los pieses como mameyes de hinchaos y no me verá con la “ropa de promesa” que me han robado. que nunca se había casado. pero en cuantico llegue a Higüey la mando a arreglar. había quitado el martillo a su carabina. Pero la buena siña Sinforosa no quiso que Ismenio 47 . hasta que se apagó la luz de un candil. deteniéndose ante las mayas. Veló en la oscuridad y el silencio de la noche como gato desconfiado. y entre otros pormenores de su vida. viejo santo. que saliera del monte y viniera al camino para que hablaran como buenos amigos y comprarle su carabina. la encontró en un bohío de aislados moradores de aquellos contornos casi despolvados. desde ellas habló con mucha dulzura en el tono de su voz. Había entrado la noche cuando el vale Ismenio salía del bosque donde estuvo desorientado. y los retoños de esta pareja todos meneaban el rabo cuando los llamaban Saticos. el sabor inconfundible del aguardiente preparado con hojas de ajenjo que llevaba en sus canecas. Dios Todopoderoso siempre ayuda. como la zorra de la fábula le habló a la oveja. su mujer Sinforosa. según les dijo. Dijo a Ismenio que todo había sido una broma para asustarlo. Andando un poco más. En este lecho se tendió encima de su carabina y no cerró los ojos. su compañera Garrapata Sata. Entonces supieron ellos que el huésped se llamaba Ismenio de Jesús. Mientras hablaron en familia. no respondió ni se dejó ver del taimado zorro. —¿Y está descompuesta? –preguntó el hombre de la casa. —Yo creía que con lo que le ha pasao. —Yo me encomendé a la Virgen y bajo su amparo hasta su artar no paro. y tener tres hijos que habían dado a una abuela de ellos. En cuanto a los perros presentes durante la plática. —¿Y con qué alfoja ba a seguir caminando? —Le pediré limosna a los romeros cuando nos pechemo. Muy en la madrugada se levantó el romero y despertó a toda la gente y a los perros de la casa para darles agradecido el adiós. que por poco no lo cuenta.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Entonces su perseguidor. como en una revelación providencial. escudriñando con la vista el arma del huésped y expresando pena en la pregunta. —Yo le juro que se la quiero comprá legalmente. La conversación se prolongó entrando los tres participantes en la intimidad de los informes biográficos. su mujer e Ismenio se bebieron una botella de ron misteriosamente sacada de algún escondite.

—Agora si te quito el cachafú. talé la-lá. Y der pueblo de Las Charcas con la epina prepará. ya armado caballero de chispero y machete. Tolelá. ja! A mí no me apunte con carabina vacía. Benseslao.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS se despidiera sin tomar el café. tumbando al salteador de la montura. improvisó unas coplas de caminante: Soy azuano como epina. Benseslao: –le dijo al muerto– lo único que siento es no poder sacarte ahora del buche los tragos de mi caneca que vaciates. —¡Ja. hoyándolo esta vez con sus gastadas soletas. —La Virgen lo acompañe y lo libre de mal en su camino. Y el solitario romero volvió al camino del Este. –le respondió ella con entonación cadenciosa de beata. Asuanito cuar guasábara. al regresar. recuerdo de la revelación providencial que había tenido Ismenio en la víspera de esta vindicta. con una aventura más que agradecería a la Virgen en su santuario dominicano y que contaría en Las Charcas. el mismo salteador blandiendo su amenazante machete. Benseslao. Sinforosa. alejándose de donde había pernoctado. En este asalto cabalgaba en la mulita que se había robado. Cuando hubo andado largo trecho. —Dios se lo pague todo. Tolelá. Sinforosa. su marido se excusó del viajero. a la orilla del mismo arroyo. para reforzar sus pasos. No me juches tu marío. por tener que irse a sacar unos “biberitos del conuco” antes de que saliera el sol. Si me pinchas yo te rajo. ¡pendejo! Y le disparó certeramente a boca de jarro. despidiéndole anticipadamente. –la gente borracha– en la lobreguez del rancho donde se desveló. ¡embustero! —Pero es con tu misma bala que te boy a tirar. –dijo el peregrino al devolver vacío el morrito del café. Salía el sol cuando dejó de cantar y ya violaba el silencio mañanero del camino el rumor de la cañada donde el vale Ismenio había sido asaltado en el atardecer del día anterior. Entonces le quitó la careta y salió de las fauces del herido agonizante un tufo de aguardiente preparado con ajenjo. Tu serbana como er Soco. con su promesa cumplida y su conciencia limpia de culpas. 48 . —Ya te llegó tu hora. sacó de un bolsillo de su pantalón el martillo de la carabina. y mientras ella preparaba esa colación matinal. lo atornilló en su sitio con una uña y la cargó con uno de los cartuchos que había sustraído de una cartuchera cuando la gente y los animales dormían. Poco después. ladronasso! –le replicó Ismenio. abocándole el arma. —Hombre. Pero dende hoy diré sin reírme como tú: ¡A mí no me apunta naide con carabina vacía! Y volviendo a montar su mulita sanjuanera prosiguió el azuano su camino hacia Higüey. ¡viejo mañoso! –voceó el bandido. Allí se le apareció otra vez.

Su casa sólo tenía un ruido: el oro de Sequía. Sequía hacía astillas su silencio.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I MANUEL DEL CABRAL (n. 1917)* Cielo negro El empujón del viento tiró las cañas a la vera del camino. el de más nombradía en habla castellana. rodea al avaro. Y el mundo comienza a morir bajo aquella extraña mole. C. de los poetas de la República Dominicana. su gran masa de cobre se desplaza hacia los fugitivos. en una desenfrenada hinchazón derriba el caserón y. volumen de doce cuentos. 1912)* El centavo Sequía. Manuel del Cabral es. Pero. Sequía el avaro. El centavo por minutos crece más y más. el avaro. Clap. Y con las lágrimas que caían de la gente que estaba en las montañas. se quitaba la sed. No queda hondonada ni agujero. amenazando rajar y derrumbar las paredes de la casa. Mas los picapedreros. Trópico negro. Un cuarto de siglo de poesía. ni llanura. invade el pueblo. En periódicos ha publicado varios más. Es doctor en derecho. Año 1949. de súbito. De pronto. Chinchina busca el tiempo. Ciudad Trujillo. las dinamitas… Todo ha resultado inútil. porque el centavo es un huracán de hierro sin piedad… Hombres y bestias huyen a las montañas. El usurero era frío. por A. La calle hecha ojos. NÉSTOR CARO (N. *Manuel del Cabral: 30 Parábolas y 12 Cuentos . da la sensación de que aquella fuerza sin límites es un instinto.Talleres Gráficos Lucania. en Impresora Dominicana. La carreta. rodea su casa. De este lado del mar. tan valioso? Su dueño pensaba que aquello podría ser su gran mina de hierro. pues donde el centavo se le quita un pedazo crece inmediatamente renovando lo perdido. Ahora. y como un agua sin cauce. Sangre mayor. con Cielo Negro uncido al yugo. un impulso premeditado y dirigido. Sin embargo. Pilón. 49 . sale su grito en busca de caminos. 1956. La gente huye hacia el campo. posteriormente. por momentos. Desesperado. clap. cubría ya la habitación de su amo. sigue por los trillos con su ruido penetrante. Vegetación y agua han desaparecido. Poco tiempo después. Buenos Aires. ¿a quién comunicarle un hecho tan útil. graduado en la Universidad de Santo Domingo. en un rápido y extraño crecimiento. El centavo. el centavo ya no cabía en las manos ni en la caja de hierro de su dueño. Se vuelven de metal calles y plazas. no perdió dos minutos en dirigirse a su casa para guardar el último centavo que le cobró sin escrúpulos a uno de sus pobres inquilinos. la poca humanidad que quedaba en tierra alta ve a Sequía andando sobre la gran moneda. fue inútil el silencio de Sequía. *Néstor Caro publicó Cielo Negro. Del Cabral ha escrito: Compadre Mon. En tanto. Su silencio era cruel. Los huéspedes secretos. clap. el centavo. Y una mañana se despertó sorprendido: encontró que la moneda tenía el doble de su tamaño. Y una muda biografía: aquel centavo… Pero Sequía inquietóse… Iba a ver el centavo diariamente.

No importa que sea estrecho el camino a los bateyes. Marcial. en donde la sombra del último vagón asecha la algazara de Leticia Sanetils. carretero? —Agora en el pago mandaré por ella. —Le dije que la quiero y tengo que traerla. como los brazos abiertos del cielo. —A este buey lo quiero porque me entiende. Leticia. “Arre. pronto traeré mi negrita. ¡carijo!” El sol mira desde muy alto. Se vive mejor entonce. entonces Marcial piensa mejor y pasa los días recordando a La Negra. Hombres y cañas de azúcar. ¡Desconsiderao! Estos blancos del dianche. y esta mañana le puse la mano a una palma verdecita. Ya no espero más. Cuando llamo mueve las orejas y mira por debajo del yugo. carretero. la novia que dejó en el Sur con su palabra envuelta en un pañuelo. “Arre. agitando su látigo de fuego. La bomba suena lejos. Cielo Negro! ¡Arre!” El cariño del boyero es ancho. el muchacho aguador. ¿qué quiere tú? Si te pasara dos o tres días entre el yerbaso del tablón aprenderías una cosa buena. clap… —”¡Sube. el capataz saborea comentarios de la gallera. —Cállate. aún queda un borrón de sol trepado sobre la tarde. Niña Linda”. carretero. carretero. No sé por qué le pusieron Cielo Negro. huida de la voz de Leticia.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —”Sube. Cuando no son la fiebre es la raquiña. Se recrea en la espalda de Marcial el carretero. La noche va cayendo sobre el silencio y sobre los hombres… Como luceros encendidos con luces de brujería. Nino. pa que viva conmigo. clap. pasarán muchas zafras y cuando venga no servirá ni “pa oír los truenos de mayo”. cuando llegó La Negra del Sur. he pasado todo el día meloso de una fiebre loca. Cuando la carreta de Marcial entra en el batey. 1 Yuncú: hombre poderoso. ¿No es verdad. Bon nuit. Bagoruno”. por Dios. —Bon nuit. —Ay. Cuando la miseria le golpea la frente. La última palabra. tráila. 50 . Marcial. —Sí. Marcial veía los cañaverales muy lejos y el árbol más alto lo miraba pequeño. —Cuanto antes. Así la vida te será mejor. —Marcial. “¡Arre. los fogones le hinchan el hambre a la noche del batey. carijo!” El sábado en la tarde. vale Nonino. Después que uno cae en este infierno no le queda otro camino. Niña Linda!” “¡Empuja Bagoruno!” “¡Arre. bueye”. —¿Cuándo venez tu negrita. ¿Comme sa va? ¿Tú ta bián? —Sí. —Usté siempre quejándose. Cuando cantaron los ruiseñores la carreta de Marcial resbalaba ya sobre la grama: Clap. Si espero la mejoría. Las voces de los peones surgen apagadas y sin eco frente a la bodega. Hombres vencidos antes de ganar la esperanza. Cielo Negro”. sol y tierra negra. “Atrinca. Si te oye un yuncú1 tienes que desgaritarte… Nonino. Cielo Negro? En el “tiro”. Cielo Negro!” “¡Eh. cae sobre la primera lamentación de Nonino de Vargas. estoy bien. “Cierra. cruza el potrero cercano.

—¡Marcial. pero el pensamiento se le quedó con La Negra en la casita pintada de cal. ¡Libre! Sí. —¿Ha visto a Cielo Negro? —Va p’arriba. Niña Linda! ¡Atesa. El buey volvía amarrado. prieta linda. Dame café. Desde lejos llega el ruido de la carreta: “Clap. —No. Cielo Negro! Guanuma El llano verdeante está frente a los altos piramidales de Guanuma. despierta. ¡Es linda como la flor del cajuil! ¿Le viste los ojos. pero traía la cara levantada. Los luceros vagabundos mirarían la casita con el rubor de los niños. Ya no volverá hasta muy tarde. La casita blanca estaba muerta de frío con el techo mojado del sereno. si Marcial le hubiera pedido siquiera un beso. —”¡Eh. Usté porque no ha dío. Entre los cerros el camino alargado hasta perderse a la vista es sitio frecuente de “propios y recueros” que pasan cantando bajo espléndida luna o abrasados por el sol de fuego que hacia el mediodía 51 . En la madrugada Marcial regresó con Cielo Negro. Marcial lo sigue con el lazo. La casita de Marcial está pintada de cal. ¡Maldita noche! ¡Maldito Cielo Negro! —Negra linda. Niña Linda! ¡Atrinca. Belarminio? Son grandes y con ojeras. jamás se pareció tanto al demonio como entonces. pero sacudió los potreros con sus mugidos y vio en una cerca distante a su amigo Cacha e Palo. clap”. y la chicharra echaría su grito feo en la alforja sin fondo del potrero. clap. Aquella noche querían treparse sobre el techo de la casita en donde estaría durmiendo. te llama míster Bauer! Que vaya en seguida –anunció un peón sudoroso. El de Marcial y la negra bonita. Su Negra del Sur. clap. Marcial traía los ojos como brasas. El rocío le besa los pies al infeliz carretero mientras suena la carreta: “Clap. —… Pero míster Bauer. Hubiera sido distinto. tiene que ir usted… Hasta luego. La silueta del amo blanco. —¡Cierra. Aquella noche –pensaba Marcial– en la casita dormiría el amor bajo los luceros. con una rosa en la selva negra de los cabellos y una sonrisa más blanca que la leche de la vaca moruna. Esta gente no respeta ni los domingos. temeroso de que Marcial crea que ha podido ayudar a Cielo Negro. porque había estado libre. carijo! ¡Cieeeerren!” La Negra linda llora en la casita. es que pa los laos del Sur la mujer sabe a canela.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Llegó La Negra de Marcial. ¡Válgame Dios. Marcial. Marcial. el amor del Sur. Marcial no pudo decirle que había llegado La Negra. Yo mandaré a Nonino. Hace tiempo que lo vide. El sol se esconde tras una nube gruesa. venía amarrado. Cielo Negro es un buey manso y cualquiera puede amarrarlo. Bagoruno! ¡Atesa tú. Bagoruno! ¡Maldito seas. por la ventana asoma la cara linda La Negra. Los luceros de la noche lloran la suerte de Marcial. como un ángel. junto al camino que conduce al abrevadero. clap”. Dame café que ya es hora de volver a la lucha. maldito Cielo Negro! ¡Cierren. qué mujer se ha echao ese hombre! —Nonino.

El Pancho Valera mentao palidece antes de musitar respetuoso: —Buenos días. Supremo vigilante del alto Guanuma. 52 . El Pancho Valera mentao ha visto morir a su lado a “propios y recueros” fulminados por los rayos que le temen a él. pasa el Pancho Valera mentao.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS se prodiga en los lugares. varón de la madrugada y de los amaneceres. La voz del “socio” se anuncia en un trueno lejano que cruza veloz por todo el cielo asustando las nubes. ¿Quién es el Pancho Valera mentao?. el de esta tarde. Los lugareños de los altos piramidales de Guanuma bajan al llano por el afán y las urgencias. Con el favor del sol la figura de un jinete comienza a escalar el alto. La brida se estira junto al cuello de la bestia y sangra la boca de donde partió el relincho. Badalillo es solamente un manso hilo de agua que sesea en el llano antes de hundir la cola en Charcambrienta. No le importan pareceres. Pero después de todo con afán y con urgencias. macho sin entrega y sin lunares. celosa laguna con la pupila de aguas azulosas y el fondo lleno de fango asesino. Unas recostadas sobre las habladurías de los compadres y otras inverosímiles y crueles aferradas a la noche del viajante con luciérnagas y duendes que espantan el silencio. parecen preguntar los truenos que resuenan a lo largo del cielo de Guanuma. el llano del frente es verdeante y por él. con una sonrisa para todos los días y un alegre cancionero en la mochila. que va siendo legendaria. ¿Será uno de esos que detienen aguaceros con cruces de cenizas y señales de oración. Usa sombrero de cana Y espolines plateaos… El caballo conoce el terreno que pisa y parece que cuenta las piedras del camino. Se sabe bien enjaezado y ya quisiera soldar su figura de bronce animado a la de su erguido jinete. antes de perderse entre las lomas. don Cefe. que no da tiempo a morir con oración. Frente al rancho de Ceferino Constanzo un relincho sugiere la presencia de la hembra esclavizada al cabestro.  Sol muy alto. En cada rezongo del potro cansado se agrietan. al igual que en un ladrillo machacado. o será un “parejero” con sombrero de cana que hace sonar las espuelas al pasar ante los ojos de una mujer? Más que al trueno los lugareños le temen al rayo. Ni come en plato prestao. la esperanza y el querer vivir mejor de los hombres que trabajan la tierra alta de Guanuma. Es camino con historias. Detrás de la sombra rueda discreto un inmodesto cantar: Pancho Valera es mentao En el alto de Guanuma. Su sonrisa es de caimito Y el maldito es bien plantao. que tiene arreglos con el “socio” y viaja en la noche con la sonrisa de siempre y el cancionero madrugador.

que sea con Valera. sólo él con un farol pintado de rojo. se oirá un grito largo. –comenta con lengua temblorosa Simeón el higüeyano. Observen que cuando me mira se pone pálido. —Pues a mí… que me reviente la rueda de una carreta en el camino o me parta un rayo en el conuco. Yo recuerdo el lance que tuvo en Mata María con el Negro Trinidad. —El Valera es hombre de cuidado. el de los espolines de plata y el sombrero grande de cana. pero vino la mala –el “no te mereces mis atenciones”. coquetea y coquetea. Después… se vido al Pancho Valera. Pálido hasta parecer febril el Pancho Valera hunde sus espuelas en los ijares del caballo y se aleja dejando a su espalda un hálito de misterio que se acuna en el silencio. pero a este hombre no le temo. ¿Quién anda en la noche en el alto de Guanuma? Sólo el Pancho Velera mentao es capaz de recorrer todo el lugar.  53 . —A Ceferino Constanzo no le venden ésa. que entonces no era mentao. pero eso de tener líos con un amigo del “socio” y quedarse uno sin una tumba en el cementerio no me parece negocio. el tú o yo en este sitio– y cuando el Negro Trinidad quiso aclarar el punto. Los vecinos imploran al sueño que les haga olvidar las historias llenas de duendes que recorren todos los caminos. Valera. En el alto. —No diga eso. Sobre los árboles caerá un rosario de avemarías y todos los vecinos se persignarán y pedirán clemencia a las ánimas. Tiene las mismas cosas de Badalillo. y si uno le coje confianza lo empuja pa la laguna. —El padre de toos los cuentos es el mismo Valera –informa una voz en el rancho que está frente al pico de Santa María.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Para oír solamente. Estampa fuerte ésta del encuentro del Pancho Valera con Ceferino Constanzo. adolorido. El camino quedará borrado durante toda la noche y abrirá sus precipicios a la voluntad de los duendes. Pa’mí to lo que se dice de él es mentira. La otra noche lo vieron hablando con el “socio” y cuando se dio cuenta de que lo miraban hizo una señal y donde él estaba parao lo que encontraron fue candela. don Cefe –contesta alguien desde un rincón cuajado de sombra espesa. treparse al caballo impaciente y seguir sin rumbo como un pedazo del viento. Ceferino Constanzo es altivo y clava su mirada de fiera en el hombre que tiene arreglos con el “socio” y llama Relámpago a su caballo. el varón del sitio. En el pico de Santa María la lechuza dirá su deseo y en el instante. Pa’pleitos no tengo agallas. apenas si hablan los lugareños. un seco: —Buenos días. en el “casi ya” de los vecinos. El sol acabará muy pronto su tarea y luego vendrá la noche. Si ocurre algo. irá cuesta arriba y cuesta abajo con los ojos desorbitados como le gustan al “socio”. y hasta bebían tragos de la misma botella. ya tenía el acero en la barriga y los cuajarones de sangre le cerraban la garganta. En el silencio ilímite del alto Guanuma. porque es amigo del “socio” y le tiene el alma vendida por unos cuantos placeres. proferido por los difuntos. Lejos de parecer contrito y respetuoso. Si está condenao con el “socio” cuando menos a mí me respeta. replica con bríos Ceferino Constanzo. Los dos dizque eran buenos amigos. —Esos cuentos los ha inventao él pa’cojerse el sitio. sólo él es capaz de asomarse a los caminos en las noches largas del alto Guanuma. secar el cuchillo con el pañuelo.

Usa sombrero de cana Y espolines plateaos. entregada al temporal en un desborde de lujuria. Ha publicado: 4 Cuentos. la verdad y la fantasía se confundían. en el silencio nocturno semejaba un tiroteo contestado por la carcajada tosigosa del zinc. A tal punto subió la agresividad que por las noches apedreaban el ruinoso caserón. 1955. abusaban de la pasividad del aljibe. *Hilma Contreras. La memoria pueblerina es prodigiosa. En el decir. y en las épocas lluviosas. un escalofrío de renacuajo le recorría la carne húmeda. 54 . agorero. A veces. Todos conocían el motivo de ese abandono y tácitamente velaban por el mantenimiento de la interminable cuarentena impuesta a la vieja casona. Y el maldito es bien plantao. El agua de aljibe es una virgen agreste. de lo misterioso que va de mano por el mundo con la tiritante superstición. baja con ellos la última ocurrencia: —El Pancho Valera mentao ya no vive en el Alto de Guanuma. Dentro de la cisterna dormitaba el agua. con mechones de lama sobre el rostro cuadrangular. A lo largo del camino el silencio se divisa. Todos los lugareños van contritos y azorados hasta donde lo exige el menester. y como aquella doncella envidiosa de los cuentos. salía al patio por la nariz del aljibe. y el ensayo: Doña Endrina de Calatayud. a fuerza de tejer y tejer suposiciones y comentarios. a él atribuían todo lo malo que en el pueblo acontecía. el aljibe lo pasaba mal: el agua. ¡Se lo llevó el diablo! Sobre el llano verdeante el viento silba un inmodesto cantar: No come en plato de naide. 1953. Lentamente bajan del Alto Guanuma hombres que buscan en el favor del camino la satisfacción de las urgencias. Si sobrevenían aguaceros torrenciales. T. y a él pedían cuenta de los sinsabores padecidos por los moradores de Cueva.. Stella. lleno de miedo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Amanecer distinto éste del Alto Guanuma. Así. profesora de francés. tan callado y sombrío. Las gotas de rocío dormidas sobre las hojas de los árboles ven pasar a los recueros recién salidos del sueño de la madrugada. y en una hemorragia bullente. Desde los cielos. La malquerencia local llegaba hasta la calumnia. HILMA CONTRERAS (N. luceros semiapagados miran hacia el camino irregular que se pierde entre los altos piramidales. crecía incontenible. La noche estuvo cuajada de sombras espesas y los perros aullaron como nunca. Impresora “Arte y Cine”. porque en los pueblos existe el culto del barroco narrativo. se contorcía en su ámbito. C. Ciudad Trujillo. 1913)* La virgen del aljibe En el lugar había una casa abandonada y en la casa. roncaba su garganta de batracio. vomita sapos y mosquitos. que siempre se asusta al caerle encima la violencia del chorro de los caños. un aljibe. A medianoche se oyó en el sitio el galopar de un caballo magnífico y un grito prolongado. Pero el abandono de la gente tórnase maldición para su vientre. Imposible pregonar la última ocurrencia. Edit.

un entrecejo contrariado porque apenas sube mediado. Dos meses sin lluvia. luego las apariciones y los lamentos. Los tanques se secaron. que la había heredado de su abuela materna.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Sí. Sólo Prudencio. Y vino temprano al aljibe con un baño de zinc a cuestas. Pasaron varios días. bajo un cielo de infierno. como para instalarse en el foco infeccioso. el aljibe de la casona estaba maldito. Por algo se llamaba Prudencio. Y no dejaba de tener sus razones el viejo sacristán. vigilaba sobre los solares que componían el resto de la cuadra. En la misma bomba se detenía poca gente. Tal desgracia les había acaecido a todos por testarudos y apegados a la propiedad. y en lo que discutían si derribarla o no. y de ahí el miedo supersticioso de los moradores. y uno a uno habían salido de ella para el cementerio. y la sed y el hambre diezman el ganado. 55 . los tres o cuatro choferes de Cueva preferían abastecer sus carros de gasolina a cualquier hora del día. Desde entonces la gente le sacaba el cuerpo al callejón “Córdoba”. y en los recodos bostezaba una lama pestilente. La casa pertenecía al sacristán Prudencio. El cántaro sonó en la oquedad como una profanación. menos a él. que no era más que un bastardo y vivía al margen de la familia. pero era por culpa de los hombres. precisamente ponerse en remojo para amortiguar la fiebre que le resecaba la piel. pero se temió una explosión en el puesto de gasolina contiguo. Necesitaba agua. abordaron el sitio en masa. falleció el médico de servicio. Del aljibe salían gemidos al filo de la medianoche. casi tres. —Déjenla ahí –dijo entonces el sacristán–. Dios dirá lo que convenga. Una rigurosa sequía se había apoderado de Cueva. mas la sed la mitigaron. Y la vieja murió sola en medio de sus bacilos. además del provocado por el temor al contagio. Así las cosas. la abuela se la donó al nieto de la orilla. Los hombres trabajan mal. dos. nadie la quería. Ese viernes amaneció nublado. como un centinela rubicundo. La Sanidad habló de quemarla. se abstuvo de probar el líquido embrujado. Uno a uno se habían tuberculizado los miembros de la familia en esa casa. —¡Maldito lugar! La tuberculosis primero. es casi castigo inquisitorial. Como la cobardía individual suele trocarse en valor colectivo. Mas. unos gemidos muy quedos que erizaban los vellos a los trasnochadores. no había que pensar en alquilarla. Del cielo no caía ni una gota. Pero no la vivía. Porque lo estaba. ni tan ávido de bienestar. Una semana. y por último esa historia siniestra del aljibe. fruto de los amores ilícitos de su hija mayor con un beodo despreciable. La corriente del riachuelo se afiló hasta la ridiculez. agua y más agua. pero cubito a cubito reuniría bastante para refrescarse. por fin iba a llover. El agua andaba escasa. y con retemblores contra el brocal. Pero ya Prudencio no podía más. El estruendo del cántaro en el fondo. El primer día casi alcanzaron el agua con las manos. ¿Y si no llovía? ¿Cuántas veces anunciaron lluvia las nubes y no la dieron? Era indispensable que se bañara. cuando el sol. Los pobres recurrieron al aljibe abandonado. Una vez segados por la guadaña niveladora los herederos legítimos. a todos. la burla del agua pajosa y gusaraposa dentro del baño. no era tan tonto el favorecido. que era algo anormal y muy cobarde. para dar de beber a sus poros calenturientos. En semejante trance pudo más el terror a la inanición que el miedo a la enfermedad. después de la Oración.

—¿Qué le ocurre. El Padre arqueó las cejas. Gravemente tocaban a muerto las campanas. Sus compueblanos abrían las puertas en ese momento. con los ojos desorbitados. tartajoso. dizque. sube a ver lo que pasa! La sotana del monaguillo aleteó en la prisa que requería el suceso. Prudencio? —¡Una maldición. excesivamente sorprendido. Bolo acaba de irse con un dolor. —Por el descanso del muerto. —Un momento –rogó el Cura. y dirigiéndose al monaguillo–: ¿por qué dobla Prudencio en vez de tocar tercero? El aludido abrió unos ojos entontecidos. —¿Qué por qué doblas? –chilló entonces el muchacho. eso parece –monologó desfalleciente– ¿Una qué…? Pero… ¡Ave María Purísima! Loco. El cura se asustó. —En el aljibe hay un muerto. como idiotizado.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Sacaba el cubo por quinta vez. que yo lo hago callar –prometió el dueño de la bomba. —Un… ¡Bah! –pronunció el venerable sacerdote– ¡Eso nos faltaba. y los demás para pendenciar. 56 . las campanas doblaron gravemente. tembloroso. —¡Qué muerto ni qué vieja tuerta! ¡Toca pronto dejar! En la sacristía el Cura se mesaba los escasos cabellos en medio de las beatas alarmadas y de los curiosos que había congregado la desbocada carrera del sacristán. se dio a la fuga. otros reclamados por la iglesia. ¡Este hombre se ha vuelto loco declarado! ¡Eh. —No quiere callarse –informó el monaguillo al entrar. Pedritín. Oyóle el sacristán esta vez y contestó: —Por el descanso de ese muerto. —Por ahí va Prudencio –voceó el alcalde a su consorte– como alma que lleva el diablo. Metióse el fugitivo en la sacristía. acezoso por la rápida ascensión. —Prudencio –dijo al fin con recelo– ¿por qué doblas? La voz monaguil se diluyó en el intenso plañido de los toques. Algunos rieron. con los pelos erizados. —No es posible –murmuró. De repente. unos para atender a sus quehaceres. tin… tin… Había solemnidad tal en el espectáculo que Pedritín. Tlan. —Déjenmelo a mí. ¿quiere subir y dar el tercer toque de misa? Aterrábale la idea de verse solo en el campanario. —¿Qué es esto? –sofocó–. Otros. los más. Pero debía obedecer y se levantó con las piernas de trapo. se estuvo quieto. Y se inclinó para explorar el fondo. señor Cura! El Padre lo miró como quien observa a un bicho raro. aullante. y la misma gravedad se extendía por la cara criolla de Prudencio. que se rematara el sacristán!… Y a propósito. se persignaron. —Sin embargo.

Dentro de la cisterna. un sapo arrugado saltó de su escondite y se posó en la frente pelada. —¡Bah! –dijo– algún bromista tiraría ese cráneo en el aljibe. Y así fue creciendo. cuando la vista se acostumbraba a la penumbra del pozo. y con él los más cercanos. De nuevo. hasta salir al patio por la nariz del aljibe. sino agua. hermosa y lujuriosa. sentían el agua estancada en el estómago. —¡Al aljibe! –gritaron varios. Venía galopando como un energúmeno. El aguacero se nos viene encima. Los más simples se representaban el alma del difunto. Una mujer del pueblo se deshizo en vómitos. ¡Una calavera! Efectivamente. la Autoridad a la cabeza. distinguíase. Aquí no hay nada. Cada uno urdió el drama conforme a su idiosincrasia. el agua reía para ocultar la repugnancia de sus entrañas. Homicidio. En el camino se agregaron muchos. otras gritaron. al viento la bufanda gris. bramó al caerle encima el chorro de los caños. extrañamente regocijado–. Densas nubes ocultaban el sol. Algo horrible. jadeante. Un silencio impresionante dormía su hastío en todo el patio. y en la boca el sabor putrefacto del cadáver. y la mirada puesta en Cueva. reía. Importunado por la conversación. Únicamente el Cura le restó importancia al hallazgo. La gente corrió a guarecerse. —Hoy no será –advirtió el Cura. —El miedoso de Prudencio vio visiones. parecía una manifestación obrera. blanqueando en el fondo. desmayóse una jamona histérica. Cruel asesinato. espeluznante y macabro. y los hombres empalidecidos. que venía gimiendo en las tinieblas a calentar su osamenta. Muerte accidental. de suerte que cuando llegaron al callejón “Córdoba”. Tin… tin… tin… Tlan… Inclinóse el religioso sobre el brocal. Es el deber de la justicia. la virgen de vientre maldito. Reía. Suicidio. olvidada de su vergüenza… 57 . Un ruido ensordecedor lo ahogó todo. —No veo nada –dijo–.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Por… por… –tartamudeó el tonsurado– Bueno. —De todos modos –argumentó el alcalde– hay que bajar a investigar el caso. hasta la noción del tiempo. y el aire electrizado oprimía los pechos de antemano agarrotados por la aprensión. esto es inaguantable… Vamos todos al aljibe. pudorosa y joven. —¡Jesús… María y José! –exclamó el monaguillo–. Por encima de la cisterna vibraba el quejumbroso volteo de las campanas. A lo lejos se oía el atropello del chaparrón. un cráneo luciente con las dos cuencas hambrientas de luz.

primero dejara de comer que de comprar el diario que circulaba a las siete de la mañana. Como cae la balanza. y era ya muy notorio. y sabía. apodo que ella aceptaba como testimonio de afecto y simpatía. Autor de las novelas: Del Cesarismo –1911–. en estos casos. con un maletín en la mano que parecía repleto. ¿Qué cosa? ¿Quizá la que luego la hacía ausentarse por semanas enteras de su casa? ¿Quizá algún enfermo grave. el nombre de las inyecciones que servían para atenuar la neurosis de los viejos. Poesías dispersas en periódicos. una fuerte epidemia de gripe azotaba la ciudad. Mientras los otros ríen. más que los mismos médicos igualados de las casas. era seguro. más que de buenos consejos. precisamente. porque. De modo que cuando los insidiosos vecinos de doña Nico no se explicaban cómo siendo tan pobre. Doña Nico pasaba muy pocos días del mes en el seno de la pequeña casita que representaba su único haber en el mundo. que ahí viene ella. de filosóficas providencias. Revolución (cuadros de política) –1940–. ya porque los médicos. Sátiras teatrales. dice uno de los tres Baturros de la comedia argentina así intitulada. Obras de teatro: Alma Criolla –1916–. y con esto. suelen ver mayores peligros en quienes mejor pueden retribuir sus servicios profesionales. algún enfermo adinerado se encontraba en estado de gravedad. cierta inquietud mantenía en expectativa a esos mismos vecinos. pues. y las que eran infalibles para aplacar el histerismo de las doncellas cuarentonas. es decir. entre la gente pudiente. Estampas –1938–. las hermanitas del Hospicio Santa Clara le decían Nico. Periodista y poeta. que la gente acomodada de la urbe gozaba de la más perfecta salud.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS RAFAEL DAMIRÓN (1882-1956)* Modus vivendi Ca uno es como ca uno. Doña Nico. según aseguraban sus vecinos. La Cacica –1944–. desde que cayó en cama don Ramón. naturalmente. Y no andaban errados sus vecinos al suponer que doña Nico leía con tanta puntualidad el diario de la ciudad porque algo había en él que la interesaba. Doña Nico hacía ya dos semanas que no regresaba a su casa. —¿Dónde estará doña Nico? –murmuraban. que cuando faltaba en su casa. Pero es lo cierto que el vecindario se preguntaba: —¿Dónde está doña Nico? Las telarañas cubrían ya totalmente la cerradura de la puerta de su casa. ¡Ay de los vencidos! –1925–. Los yanquis en Santo Domingo. que el divino mensajero de la cristiandad traería en las manos el devotísimo tributo que haría sonreír la cara alborozada de su fanática preceptora. y ya entonces. era cosa sabida. por desgracia. *Rafael Damirón. miembro de una familia bien? Cuando doña Nico mandaba su precioso Niño Jesús de visita a casa de sus ricas creyentes. Cuadros de costumbres: La Sombra de Concho –1921–. El monólogo de la locura –1914–. sin temor de caer en error. Sin embargo. ya porque sabían pagar mejor sus solicitudes. ella murmuraba entre dientes: —Tan entremetidos y tan groseros… Doña Nico tenía por verdadero nombre el de Nicolasa. pero de niña. Una fiesta en El Castine. 58 . La trova del recuerdo. más gorda y más afanosa que antes. resultando más alarmante. se sabía al dedillo el padecimiento de cada uno de los ricos de la ciudad. Pimentones (recopilación de artículos) –1940–.

me hubiera muerto primero que él… —Pero oye. regalo de la hija. y cómo me quieren sus hijos. que el termómetro. Ya te he contado cómo me trata su mujer. —¡Qué bueno! ¡Lo que vale ser servicial como tú!… —¡Ay. casi un banquete a mediodía. parece que estás más gorda… —¡Ah!. por la madrugada. que esa pobre gente. Tengo que irme enseguida. a las cuatro. y que vuelvas pronto. que el carbón. ¡Adiós! —Adiós. lo primero que hace es tocarle la frente al enfermo. que le regaló la esposa del enfermo. Sacó del maletín que había traído. leche con gengibre. —Ahora –se dijo– déjame volver. —Ojalá. que las criadas. ¡algo tremendo. un tentenpiés riquísimo. bien te lo mereces. algunas cajas de ampolletas sobrantes de suero. que. A mí no me falta nada en esa casa: jamón. algunas latas de conservas. ya limpias. —Está fresco –exclama–. otro banquete. hija de mi alma! ¡Estoy muerta! ¡Veinte noches sin dormir! No sé cómo me tengo en pies con tanto ajetreo como he tenido en estos últimos días. Nico. que cada media hora el gorro de hielo. a las doce. pan y mantequilla. y queso rosqueforte. por la tarde. —¡Qué gusto! –exclama la vecina. ¡Pero qué lucha!… Que cada hora una cucharada de esto. esa gente no tiene nada suyo. —Bueno. pan fresco y mantequilla por la mañana. chocolate. además de algunos billetitos de banco que ella cambiaría en oro acuñado para enterrarlo al pie del guayabo que crecía en el pequeño patio de su casa. Ahora mismo voy a ordenar una misa de salud. que el lechero. que la inyección. a las siete. que el purgante. ¿Se tomó las cucharadas? —Sí. —Dios los conserve. yo creo que si hay gloria. tú sabes como es esa gente. por sus valiosos servicios. pero tú sabes que yo con don Ramón. no puede moverse sin mí. pero hoy ha amanecido un poquito animado. varios pares de media y un millón de menesteres más con que la habían obsequiado generosamente. —¡Adiós! —¡Adiós!  Doña Nico comenzó a colocar las cosas. hija!… Si no fuera porque soy mujer fuerte. en cuanto se dio cuenta de su presencia en la casa. tres cortes de traje. doña Nico –contesta la esposa. —Si yo no fuera de tan poco apetito estaría como una bola. que las visitas.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Cierta vecina que se llevaba bien con ella. te dejo porque no vine más que a darle un vistazo a la casa. en su puesto. se ha visto entre la vida y la muerte. dos trajes casi nuevos. 59 . llamó desde su ventana: —Doña Nico… doña Nico… dichosos los ojos… —¡Ay. hija!. galletas de soda. Ya de regreso en la casa. tan sufrida y tan buena. eso sí. —Más buena que el pan. —¿Y cómo está él? —Regularcito. otras de cacodilatos. para allá voy el día que me muera. —Así mismito. figúrate. La pobre señora no puede moverse sin mí. huevos. no puedo menos. porque a la verdad. que los sobos en el bajo vientre. chocolate.

y días después. don Ramón. ¿Cómo voy a hacerme ahora sin Ramón? Y doña Nico se queda. así luego. finalmente. usted sabe que él no quiere que nadie se los ponga más que usted. así. manda. Doña Nico. y. para dedicarse. pero. toma posesión de la absoluta dirección de la casa. fatigada. Presidente del Senado. déjenme ir a la cocina a calentar el agua. cierra otra. DÍAZ (N. —Con cuidado. y entonces. cuando todavía en las milicias nacionales existían grados subalternos y cada marcial insignia rememoraba una épica *Gustavo A. doña Nico ordena y administra el reparto del café. entonces. asiste a la lectura de la testamentaria. GUSTAVO A. hasta que la cruz llegue por el cadáver. Pero la viuda la dice suplicante: —No me deje. discute. se iría a buscar el reposo en su casa abandonada desde hace cerca de dos meses. Durante estos nueve días. —Bueno. pone a hervir el agua. Licenciado en Derecho. Ha sido Encargado de Negocios. vencida casi. los ayes de los hijos. doña Nico vestirá lujosamente a su bello Niño Jesús. —Yo quisiera irme ya –exclama dirigiéndose a la viuda inconsolada. no. Mientras tanto. cruza por entre las habitaciones. para que comience sus visitas y retorne de ellas con el tesoro de sus manos llenas de brillantes lentejas. pan y queso del velorio. Y empuja una puerta. los abrazos condolidos de los amigos. Doña Nico se adueña del muerto. así. recoge en su corazón las lamentaciones de la esposa inconsolable. Dos veces capitán 60 . y también súbitamente se ha ido de la vida. miembro de la Corte Suprema de Justicia. en fin. doña Nico aún conserva la casi total administración de los asuntos de la casa. 1882)* El Capitán Diego Molina había alcanzado su grado. ¿Cómo va la esposa. recibe algún regalo que con pena y con cierta resistencia. no se mueva… ahora… ve usted que bien. Consultor Jurídico en la Presidencia de la República. Díaz. con voz imperativa. doña Nico.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Le pusieron el lavado? —Ah. llama a las criadas. ordena. pide a los familiares dejarla sola. estará al punto de todo. y entonces. en la tranquilidad de su casa. a leer las crónicas del diario que no tardarán mucho en hacerla saltar en un conmovido gesto de piedad hacia otro grave don Ramón que esté a punto de pasar a mejor vida. doña Nico. póngase así. en tan duro trance. no se apure. los hijos y las hijas del difunto? Doña Nico enciende las velas de la ardiente capilla.  Pero don Ramón de súbito se ha agravado. a atender a nada? ¿Cómo. al fin acepta. la esperábamos. los comentarios generales alrededor de la irreparable desaparición. es obligación que se ha impuesto la de estar presente los nueve días subsiguientes para dirigir los rezos en favor del alma del difunto.

con honores de reliquia. lo había visto. por ese rudo cariño que engendra en el alma de los bravos la comunión de peligros y victorias. había creado. El General Santana. y tras rápida jornada compareció ante su antiguo jefe. después de su última ruta. a su descuidada heredad de las orillas del Seybo. o le habían echado algún maleficio. Su grado era su honra.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I proeza. Es una alta merced que he alcanzado para ti. cuya única forma de expresión era un respeto casi trémulo que hacía del héroe un siervo. llevó al triste bohío: un recóndito orgullo en el alma. que una bala había roto. y empinar su coraje por sobre la eminencia de todos los peligros. inconforme y como abrumado por el peso de una tremenda infamación. y el despacho en que se lo consignaron. era la única cosa escrita que guardaba. su “padrino de sangre”. con su esfuerzo y con su sangre. La lúgubre tragedia moral de la Anexión se había consumado. ni lo quería ver”. Dispuso en breve tiempo lo necesario para su viaje. cuyas banderas defenderás conmigo. la siguiente mañana de la batalla de Santomé. El General Santana –pensaba él– se había vuelto loco. A sus ojos asomó su alma. el Capitán Molina no entró a la población. desde soldado. porque te creo digno de ella. a las órdenes del General Santana. fiero y huraño. de un cañón enemigo. Desde hoy eres Capitán del ejército de la Reina de España. “porque eso él no lo había visto nunca. una veneración ciega y fanática. en un arrebato de acometividad salvaje. su “padrino de sangre”. arreglar el freno de su caballo. más que por todo precepto disciplinario. que es el severo cariño de los jefes. hosca y bravía. su protector. que a sus ojos de guerrero fue siempre como la visión radiosa de la propia victoria. y que allá en lo hondo de su pecho siempre tuvo la firmeza y el calor de las pasiones que acendran almas primitivas. Lo había visto apoderarse. Se le había llamado para otorgarle una distinción que más le llenó de congoja y de rubor que de alegría. más que eso. que lo había visto erguirse. una cicatriz profunda en la cabeza y su inmaculado despacho de Capitán de cazadores. ahora caía como un sudario sobre las muertas glorias de la República. como él lo llamaba. que el propio General Santana había firmado. ¡que en medio de aquel tremendo naufragio moral fue un leño que no zozobró jamás! Un día le llevaron una carta en que el General Santana lo requería a la Capital. impasible ante la muerte. ¡El General Santana le había perdido! ¡Lo había hecho oficial de los españoles! ¡Y tener 61 . cuando oyó el severo acento del General: —Ya lo sabes. La bandera dominicana. Cuando volvió el rústico prócer. El día que en el Seybo se izó la bandera española. Diego Molina hizo su carrera. Pero sobrevinieron días de tristeza y de oprobio para la Patria que él también. ¡que parecía de dolor! Se volvió a su retiro. Tenía para el viejo Libertador. Fue como un viento de desolación lo que agitó su espíritu y aturdió su pensamiento. y ya lo había hecho inscribir en la llamada Reserva activa del ejército español. Y se quedó. El Libertador. y que jamás vio plegarse en derrota ante las acometidas enemigas. había obtenido que se le reconociera su grado de Capitán. en una muda protesta. en la rebelde soledad de su bohío. lo agasajaba con su confianza. y a quien se sentía sometido. radiante de bélica grandeza. Y se alejó lleno de una callada turbación que parecía de orgullo.

por confesión suya nadie supo en el Seybo el resultado de aquella entrevista. Actual Rector de la Universidad de Santo Domingo. lo reclamó la Patria. de fachada tan elegante. hecha jirones. Se fue como un león sobre el enemigo. radiante de altivez. que producía la impresión de un paredón de lujo contra el cual la muerte ejecutara una parte de sus habituales *Virgilio Díaz Ordóñez (Ligio Vizardi). Aquel hospital 62 . y dijo: —Mi General. Aquel mismo día. —Para los valientes son las recompensas. se batió desesperadamente. —Capitán –le dijo– me parece muy extraño lo que le oigo decir. La presentó. Las altas empresas de la intrepidez llegaron pronto. Callado y taciturno. iluminó su pensamiento el albo resplandor de sus altivos ideales. bajo las órdenes del General Antonio Guzmán. y. si es que esto vale algo. desde su pasado. —¡Yo quiero mis galones de Capitán! El General Guzmán no comprendió aquella extraña petición. VIRGILIO DÍAZ ORDÓÑEZ (Ligio Vizardi) (N. Yo era Capitán. hecha por quien llevaba honrosamente el grado que solicitaba. Se incorporó bizarramente a las tropas revolucionarias. y se aprestó a renovar sus pasadas gallardías de soldado. los desplegó en un altivo reproche.  La hora se la anunció un día la voz que desde la áspera manigua llamó a los dominicanos a la guerra santa de la Restauración. La sombra iluminada (1929). una bandera arrebatada a los españoles. Licenciado en Derecho. pero el General Santana me degradó. O estaba aquel hombre trastornado por la emoción. Ha representado al país como Embajador en varias naciones y en las Naciones Unidas. —No. voy a pedir la recompensa que ambiciono. Tengo entendido que es ése precisamente su grado. En su atormentado espíritu renacieron los vigores de otros tiempos. graduado en la Universidad de Santo Domingo. y de las novelas: Alma Antillana y Archipiélago. el bizarro Capitán Molina. y le brindaron a la gloriosa ambición que ardía en su pecho el anhelado instante. que inmortalizó el heroísmo. bajo la bandera dominicana. Figuras de Barro (1930). Y se fue a la manigua. trajo entre sus manos trémulas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que resignarse! porque lo que era él no tenía voluntad para oponerse a lo que el General resolviera. Yo quiero volver a ser el Capitán Diego Molina. fue proclamado Capitán del Ejército Restaurador. De otro lado. mi General. cuando se reconcentraron las tropas después de terminada la batalla. ante su propia conciencia redimido. Un silencio amargo selló sus labios. o rechazaba inexplicablemente el ascenso. desde su propia conciencia. 1895)* Aquel hospital era tan moderno. De un lado lo llamó un absurdo deber. a defender la bandera de España. Poeta: autor de Los Nocturnos del olvido (1925). Suya fue la primera victoria que se alcanzó después de su incorporación a las tropas. hasta la hora en que.

que estaba abierta. diagnósticos. podían romper con frecuencia. análisis: eran el registro. en marcha muda y rápida. una escalinata de cinco gradas impecablemente blancas hacía pensar en un pentagrama sereno en donde el mármol soñara vibrar en melodías de vida y de esperanza. tutores o familiares. los días viernes de cada semana. Por el lado anterior. en forma inédita. me llevó en ruta vertical a uno de los pisos altos y me depositó calladamente sobre uno de los amplios corredores. Cuando llegué a la dirección todavía resonaba en mi oído la vocecita tenue. En el interior todo era nítido. Quizás. con un rótulo rojo sobre el bolsillo izquierdo de las blancas blusas. inocentes. por los pasillos silenciosos. Una voz infantil. otra escalinata más sencilla presenciaba cómo descendían a veces pequeños ataúdes. Pasé sin mirar al interior. aséptico. producían un poco de angustia. allí internados. imponía su austeridad silenciosa como si fuera una sagrada capilla. Madres o padres. En aquellas gavetas estaban las enfermedades que habían perdido ya su cuerpo. pero en mis oídos quedó una voz que sonaba a música triste. Movimientos precisos y economía de palabras parecía ser la tácita consigna. La disciplina interior era estrictísima. Clínicos. de irreparables excesos de ciencia. de dos a seis de la tarde. frágil. radiólogos. Pero el hospital era para niños. A la Dirección entraban y salían técnicos y enfermeras. tantas personas sin palabras. Tabiques de cristal e instrumentos plateados daban la sensación de que se estaba frente a la vitrina de una joyería. masa cúbica y blanca como tope de cristal grueso que. Esas pequeñas gavetas guardaban millares de fichas. Se hubiera dicho que hasta el olor de aquel hospital era blanco. notas. Y aquel día era un viernes. que ignoraban la existencia de aquella discreta escalinata posterior por donde con frecuencia descendían las grandes cajas de violín y desde donde partían hacia el misterio los amiguitos que se ausentaban tendidos en un oscuro coche grande. la cronología y la historia de las enfermedades que habían pasado por miles de cuerpecitos que acaso ya no existían. con su lámpara cenital ovalada. repetía una frasecita que no pude comprender y que era dicha con modulación enternecedora cada vez que alguien cruzaba frente a aquella puerta. Junto al escritorio principal. Del lado opuesto. como un 63 . Las Oficinas de la Administración refulgían de orden y limpieza. especialistas. y los niños sonríen y juegan y cantan cuando el dolor. elegidos precoces de la enfermedad. el archivo. la fiebre o el delirio no los abaten. tan pequeños que parecían estuches de grandes violines. como regla invariable. La sala de cirugía. Se adivinaba que detrás de aquel alineamiento de puertas cerradas bullía un pequeño mundo de niños enfermos. Y por todas partes la nota blanca: en las paredes. En aquellos diminutos nichos la experiencia hablaba en estadísticas y tosía números. Y allí el silencio era ya el único juguete que ellos. aquello era una colección de errores de diagnóstico. laboratoristas. Aquellos rótulos parecían escritos con la sangre de alguien. de inútiles recordatorios del primo non nocere consagrado por el apotegma hipocrático. insistente. en los uniformes de médicos y enfermeras. Un ascensor silencioso. Centenares de pequeñas gavetas blancas tapizaban gran parte de las paredes. en los lechos. suplicante. como sombras blancas también. Pasé junto a una de aquellas puertas. sólo podían visitar a sus niños. cirujanos y enfermeras se deslizaban calladamente. Tanto silencio. casi lúgubremente silencioso. diagramas de temperatura.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I fusilamientos diarios.

Durante una hora estuve en las oficinas de la Administración. señor! Por fin conocí la letra de la música triste que había escuchado una hora antes. ¡agüita. yo vi cómo de sus manos resbaló el pequeño bulto envuelto en papel. como una sentencia misteriosa e injusta. Director y enfermera cambiaron una mirada rápida y llena de comprensión. Carmen. –dijo una enfermera que se acercó al escritorio. acaso soñando felizmente con muchos. Para esa sala no hay. las enfermeras y médicos presurosos y callados. Se llama Carmen. con un paquete de ropitas humildes sobre las rodillas. con huella de lágrimas en las mejillas. Me detuve al fin frente a la puerta abierta y allí. —Yo dejé aquí a mi hijita el jueves pasado. pero los padres o familiares no acababan de llegar. como yo. con un pequeño bulto sostenido en sus manos chupadas por el hambre y supliciadas por trabajos rudos. En aquella pequeña sala deben ser recogidos por sus familiares los enfermos dados de alta. A los interesados se les avisa con suficiente anticipación para que estén allí en determinado día y hora. al golpear sobre el suelo. No podría resistir otra semana más sin verla. cama número ciento cuarentitrés. De pronto el Director detuvo el índice de su mano derecha y mostró en una columna del registro algo a la enfermera. falleció el miércoles y fue sepultada ayer jueves. enfermeras asignadas. —No encuentro. Carmen. Supliqué a una enfermera que ofreciera un poco de agua a aquella criatura sedienta que decía a todos los que pasaban ante la puerta: ¡agüita. Retorné hacia los ascensores por el mismo amplio corredor que me sirvió para llegar hasta la Dirección. me dijo: —¡Agüita. Pero esta vez contuve un poco la marcha al acercarme al lugar de donde salía aquella súplica triste. señor!. muchos vasos inagotables de agua fresca… No sé cuanto tiempo más tardaron en venir a buscarlo. Mientras la enfermera monologaba sus explicaciones (que nadie había solicitado). repetía el Director después de preguntar otra vez por la fecha de ingreso. de siete años. El pequeño debió ser reclamado desde hacía tres horas. un niño. a las diez de la mañana… Mientras esas palabras caían. una pobre mujer humilde. búsquela usted! Quiero verla hoy que es día en que está permitido visitar los enfermos. el pequeño se quedó dormido con la cabeza apoyada sobre el bulto de sus modestas ropitas. se rasgó la frágil envoltura dejando en libertad un par de manzanas frescas y rosadas que rodaron casi alegremente. el nombre de los padres. Y otra vez algo en que había dejado de pensar: la vocecita suplicante que repetía para mí una frase ininteligible.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS espejo verdoso. Los registros fueron nuevamente consultados. Otra vez las batas blancas con los hilillos rojos. sobre la pobre mujer. Aquel niño tenía sed y pedía agua. Carmen. la edad de la internada. doctor. esperaba una información que había solicitado. 64 . –dijo la mujer–. ¡Por favor. se empeñaba en duplicar el rostro y los gestos del ocupadísimo Director. con algo de travesura infantil y como buscando las ausentes manecitas para las cuales estuvieron destinadas. y cómo. como es natural. Quizás hacía tres horas que sentía sed… Pero la disciplina es estricta: para aquella sala no hay asignado ningún servidor especial. a la internada número ciento cuarentitrés. Se encontraba en la sala destinada a los que habían sido dados de alta. Y yo no sé cuál fue la voz que dijo: —Carmen. señor! La enfermera fue generosa en explicaciones. llámela.

Lo único que le falta es un poco. Las Manzanas de Mefisto –1934–.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Y ya en el exterior. ni la sugestiva zapatilla azul que Octavio no tocaba sin besar. embajadas de amor que las coquetuelas. Traía al cuello esa sarta de caracolitos que ha sido aguijón de tu curiosidad. ni el fino pañuelo de batista que ostentaba una corona de marquesa por blasón. ¿Qué les confiaba? No sé. frontero al viejo torreón del castillo. ¡estaba más bella que nunca! Su flotante cabellera blonda parecía llenar el aire de átomos de oro. negro y rojo el uno. se hacía contemplar de las ondas. El Balcón de Psiquis –1936–. imponente y elegante del Hospital de Niños quedé sorprendido por mi propia voz cuando. ¿Acaso este ateo impenitente abrigaba la cándida superstición de los amuletos? Una noche. Allí se encontraban trofeos de todas las conquistas. y me dijo: *Fabio Fiallo. casi a la orilla. La Canción de la Vida –1926–. de las ondas a las que ella hablaba con la gracia y la majestad de una reina enamorada. me oí decir: el Hospital es perfecto. la misma actitud hostil que una noche adoptaron al encontrarse en aquella misma alcoba sus respectivas dueñas. —¿Te sorprende la palabra en mis labios? —¿A qué ocultártelo? —Pues. Autor de Cuentos Frágiles –1908–. moderno. interrogué a Octavio: —¿Y esto? —¿Eso?… ¡Ay! Es una historia bien triste la que me pides. corrían alegres y presurosas a recibir. ni los dos antifaces. que aún parecían conservar. laureles de todos los triunfos. ni la blanca liga de desposada…. Canciones de la Tarde –1920–. Canto a la Bandera –1925–. frente a frente. hasta alcanzar el abrupto peñón que se erguía en el mar. nada mortificaba tanto mi curiosidad como la sarta de lindos caracolitos guardada devotamente en rico estuche de marfil. pensando en voz alta. sólo un poco más de piedad… FABIO FEDERICO FIALLO (1866-1942)* El príncipe del mar Aquel cuartito de Octavio era un caprichoso museo de exquisitos despojos femeniles. donde alguien había sorprendido el oculto tesoro de la más hermosa y rubia y ondulante cabellera. Y poniendo aquel soberbio pedestal a su temprana hermosura. se sentó a mi lado sobre el césped. La Cita –1924–. escucha: Todas las tardes ella bajaba a la playa y allí acudía yo tan sólo por verla saltar descalza. rojo y negro el otro. Cantaba el Ruiseñor –1910–. La Comisión Nacionalista Dominicana –1939–. digna del breve pie de la Cenicienta. por fin. de roca en roca. ni la cajita de palo de rosa. Poema de la Niña que está en el Cielo –1935–. admirable. y presurosas y alegres se llevaban. ni el abanico de blonda y nácar. evocador de cierta leyenda sangrienta. Una tarde… ¡Oh!. Sin duda. bajo un cielo espléndido. Pero. teniendo frente a mí la perspectiva alegre del camino y dejando a mis espaldas la masa simétrica y blanca. nada. modulando su canción de espuma. y en el azul de sus grandes pupilas se reflejaba algo de la imponente y bravía inmensidad del mar. poeta y prosista. la historia de un amor irreal. Miré con extrañeza a mi amigo. Primavera Sentimental –1902–. 65 . Vino a mí.

¡mucho tarda ya esa hora de suprema ventura! ¡Oh!. Tres días después ocurrió el hecho fatal. el Príncipe del mar. con galerías de nácar. después. la frente pálida y hermosa. ¡esperar!… ¡Qué duro es esperar cuando el tiempo no marcha con la violencia que palpita el corazón! Y mientras exclamaba así. preciosa niña. sonrisa de mujer enamorada que corre al encuentro del amado. Me rogó que no sufriera y me dijo que yo era muy bonita y que él se casaría conmigo. muchos. por sus labios amoratados parecía aún vagar una sonrisa. y una noche. los ojos tristes y soñadores. Súpolo el Príncipe. ellos alfombran mi cabaña. Cuando cierro los ojos y le contemplo tan bello. el talle elegante y fino. el pecho alto y vigoroso. ¡cuán bello es! Tiene la cabellera negra y ensortijada. Hoy estamos a trece y ya tengo doce. Los conté: ¡doce! ¡Eran los mismos que me había enseñado! Desde aquel día no había vuelto el Príncipe y la visionaria se había lanzado al mar en su busca. miraba con sus grandes pupilas azules las ondas que alegres murmuraban su canción. Corrí a la playa donde yacía tendida sobre el abrupto peñón que tantas veces había servido de soberbio pedestal a su hermosura. Un hilo de sangre corríale por la sien y manchaba de púrpura el oro de sus cabellos. y mis ojos porque él se mira en ellos. y en su carro de perlas tirado por cuatro tritones acudió a consolarme. Yo estaba muy triste. mi novio. 66 . siento impulsos de correr a su encuentro y lanzarme al mar… —Te ahogarías. ¿Ves estos caracolitos? Cuentan las veces que nos encontramos. muy feliz. —¿Él? —Sí. pero temo que mi Príncipe se enoje. sacudió con arrogancia sus cabellos. —No. y del cándido cuello pendía la sarta de caracolitos que habían marcado las horas felices de aquel mes. Serán mis pajes los delfines y las ondinas mis doncellas. sola en el mundo. Y se alejó susurrando dulcemente un canto de amor. las que odian mis cabellos porque él los besa. el ademán firme y cortés.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Sabes que me llaman loca? —¿Quién? —Ellas. Un palacio hermosísimo de granito más blanco que el mármol. con acento que mi recuerdo doloroso convertía en murmullo. —Cuéntame tus amores. Miróme breves instantes en silencio. las envidiosas. Después prosiguió como en un ensueño: —Mi Príncipe. me contó: —Tú sabes que la tarde que enterraron a mi pobre madrecita quedé sola. Tengo muchos. para llorar con más desahogo. ¡Qué feliz voy a ser! ¿no es verdad? —Sí. —Todas las noches durante mi sueño viene el Príncipe a visitarme. —¿Cuándo es la boda? —No sé. grutas de perlas y bosques inmensos de coral. Los tritones me recogerían y en su carro conduciríanme al palacio. —¿Por qué esperar? —Mi palacio aún no está concluido. vine a orillas del mar y aquí caí dormida. Y al decir así.

a pesar de lo que me dijiste ayer… Como una especie de incesante zumbido de colmena. destacóse en el estrecho espacio de la puerta de la rudimentaria barraca… Un instante bastó para que el coronel Virico lo reconociese. Empezaba a declinar la tarde. que pase… La figura de un campesino vestido paupérrimamente. Páginas efímeras (1912). muy encajonado. los mil rumores confusos de un campamento en plena actividad venían de afuera. Cosas y personas parecían como sumergidas en un ambiente gris. Perfiles y Relieves (1907). fría. 67 . —Que pase. La hora que pasa (1910). De aquí y de allá (1916). especie de Hércules de ébano que le servía de asistente. Diversas avanzadas. desparramadas irregularmente. a pesar de haberse por completo afeitado el bigote y llevar por todo calzado unas rústicas soletas. Aquí y allá. mantenían a toda hora una cuidadosa vigilancia. tiendas de campaña. –y le señalaba dos sillas serranas desvencijadas que había en el cuarto–. Hizo además labor de periodista.G. –le dijo un fornido negro. Impresiones (1899). chozas apresuradamente construidas. Americanismo literario (1918). Siéntate. colocadas en puntos bien escogidos. Obras: Crítica literaria: Recuerdos y Opiniones (1888). El río. charcos de agua cenagosa cubiertos de obscura lama contrastan con el verde tierno del césped que se extiende hasta perderse de vista. En la larga y rústica casa que sirve de hospital se amontonan en catres y hamacas los numerosísimos *F. chicas y grandes. lluviosa. hacía ya días que Santana había establecido el campamento de las tropas con que salió de Santo Domingo para aplastar la revolución estallada en el Cibao. En desordenada profusión. Cerca de dos mil hombres allí acampados ponían sobre aquel trozo de llanura como una nota de vida continua e intensa. que esparcía no sé qué tonos de lúgubre opacidad.G. a veces creciendo de manera rápida e imprevista hasta hacer muy difícil el paso. Guanuma. no sé qué tintes de cadavérica palidez sobre el paisaje circunstante. conquistada a fuego y sangre al enemigo. minúsculas cañadas.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I FEDERICO GARCÍA GODOY (1857-1924)* La cita Dormía voluptuosamente la siesta en una hamaca el coronel Virico García cuando un ruido de voces en la puerta del rancho en que se alojaba en compañía de dos oficiales de las reservas lo despertó de una manera algo brusca… —Coronel. una tarde de cielo plomizo. ocupan una vasta porción de la amplia sabana. corría sobre un lecho fangoso. interceptando la luz. a veces como tenues susurros. Caía en aquel momento una lluvia muy tenue. Literatura americana (1915). —¡Fonso! Acabas de llegar seguramente. siéntate. bien resguardados se situaron el hospital y los almacenes. El Derrumbe (obra ésta incinerada por el gobierno militar impuesto a la República Dominicana por Estados Unidos de América). la sabana se dilataba hasta confundirse con los bosques que como espesa faja de un verde muy oscuro parecían por todas partes servirle de infranqueable límite. el Guanuma. de suprema melancolía… En la sabana de Juan Álvarez. El enemigo solía acercarse para desde el borde del bosque disparar a mansalva algunos tiritos… En la Bomba. lleno de manchas de lodo. Extensa y pintoresca. Por dicha estamos solos… No te esperaba tan pronto. aquí hay un hombre que quiere verle ahora mismo. Novela corta: Margarita (1888) y Cuentos: Sor Clara (1898). Ensayos: José Martí. a veces como encrespamiento de oleaje rugiente. Cobertizos muy prolongados sirven de alojamiento a la tropa. Alma Dominicana. fue diputado al Congreso Nacional.

El coronel Virico y Fonso. acaso palpita en esos sones la visión de alguna casa de Cádiz o de Sevilla. pero que la creciente obscuridad revestía de temerosos aspectos. desechando los pantanos. de rudo aspecto. empezaron a recorrer en todos sentidos el campamento. Fonso Ortiz continúa con la vista fija en el Marqués de las Carreras… 68 . tal vez en ellos flota la imagen de la mujer querida que lo aguarda. el primero con un farolillo en la mano. las perniciosas. En una de las chozas. noche intensamente negra. en escaso número. A la distancia. Por falta de catres o hamacas. Dos tiros lejanos interrumpen el silencio de la noche sin que parezcan llamar la atención del general y del secretario que llena con letra cursiva hoja tras hoja de papel. abriéndose camino al través de obstáculos en realidad insignificantes. se escapan las dolientes notas de una guitarra. óyense los ¡quién vive! de los vigilantes centinelas. descubre. algunos oficiales jugaban al dominó. en aquel augusto recogimiento de las cosas. familiarmente. y le dice en voz baja: el general… Como fascinado. álzase ahora una choza más grande y mejor construida que las otras en cuya puerta hace centinela un soldado con bayoneta calada. bostezan o dormitan sus compañeros de guardia. Muy salteadas. Fonso se detiene clavado en el suelo por una fuerza superior. Agrupados en torno. El crepúsculo. se diluía lentamente en las primeras sombras de una triste noche de octubre. Las deserciones frecuentísimas de las milicias del país y las numerosas enfermedades han reducida considerablemente el número de hombres de aquella fuerte columna… Hacía rato que había escampado. lleno de nubes. algunos yacen tendidos en lechos de serones o de yaguas. salvando las cortaduras del terreno. Ambos. siguen… Ante los dos exploradores nocturnos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS enfermos de la tropa española. En el interior. acostumbrado a inspecciones de vigilancia nocturna y gran conocedor del terreno. Con las nuevas explicaciones de su compañero y con lo que había podido observar aquella tarde. principiaban a brillar tenues luces en algunas chozas. desde la hamaca en que está sentado dicta algo a un joven que sin levantar la cabeza escribe apresuradamente. algunos camaradas siguen con interés las jugadas comentándolas en alta voz… Noche. que semejaban como tumbas de una vasta necrópolis. Cerca del bohío. en un tosco banco. En la silente noche. a guisa de paseo. se detienen repentinamente. un hombre corpulento. lejanos. Las fiebres palúdicas. la mejor alumbrada. a raros intervalos. El coronel. la disentería. de un gris intenso. quejumbrosas. el resplandor de una que otra lejana estrella. aunque el tiempo no presentaba trazas de serenarse. creíase ya Fonso en capacidad de poder suministrar al gobierno provisional datos positivos que suponía de bastante importancia… Ambos avanzaban lentamente. De un bohío inmediato. tan pronto cerró la noche. como movidos por la misma fuerza. El viento hace a cada momento oscilar las luces de las dos velas de un candelabro de metal colocado en la mesa que sirve de escritorio… El coronel Virico toca en un brazo a Fonso. guiaba expertamente. esos sonidos impregnados de hondas nostalgias parecen como la evocación plañidera de cosas amadas perdidas en melancólicas lejanías… Tal vez en esos arpegios palpita el recuerdo de la madrecita que reza por él en la iglesia de su aldea. El cielo obscurísimo. Reinaba sepulcral silencio en algunas chozas. bajo el cielo sombrío. de imperativo gesto. se ceban en aquellos soldados peninsulares no acostumbrados al enervante clima de estos países intertropicales. donde en tiempos desvanecidos en tristes realidades apuró sendas copas de manzanilla en compañía de fácil y garrida moza tocada con vistosa mantilla… Siguen. sollozantes. Un sargento de Bailén mueve con hábil mano las cuerdas.

créelo. a medida que avanzaban cautelosamente al través del ramaje entrelazado en busca de un paraje bien retirado del camino real donde pudiesen conversar a sus anchas sin el más leve temor de ser oídos. Ante ellos. continuaban abriéndose paso por entre la maleza cada vez más inextricable. Virgen Santísima! Desde que principié a bailar con ella estaba acechándome… Y si tú no le desvías el brazo y lo sujetas en el momento en que me fue encima con un puñal. en el llano. El coronel era un mulato muy claro. pues ya sabes que cuanto valgo se lo debo al general. de fisonomía expresiva siempre iluminada por una sonrisa. por entre las ramas estremecidas. pues me dijeron que estabas en el campo. chico. No pretendo que traiciones a Santana. sin despedirme de ti. Pero soy dominicano. los picos de las primeras estribaciones de la cordillera central se recortaban con perfecta limpidez en el horizonte todavía iluminado por los resplandores de la tarde que caía. La culpa la tuvo aquella mascarita del baile a que fuimos en los Chachases. En nombre de él te hablo. ni pizca… Era una gran hembra… ¡Pero qué hombre aquel tan celoso. todavía reinaba bastante claridad. lo que se dice muy alegre… Créelo. nada. en la lejanía. casi blanco. pues ya sé que no lo harías. Inmediatamente resolví acudir a tu llamada y aquí me tienes… —No esperaba menos de ti. y cuando ayer en el campamento recibí el papel que me enviaste con el vale Goyo me dio el corazón un vuelco. Coqueteó conmigo cuanto le dio la gana pero no pude conseguir nada de ella. Me había dedicado al comercio y empezaba a prosperar lo más quitado de bulla cuando al estallar la revolución me llamó el general para que lo acompañase al Cibao. Era ya hora de que pusiesen en movimiento la lengua… —Y bien –interrogó Fonso– ¿qué ha sido de ti desde que nos separamos en Santiago. aquella noche de Carnaval en que corrimos juntos tamaña juerga? Estabas alegre. En ella todos son santanistas. a sus lados lo mismo que por detrás. corpulento. y a cada paso tropezaban con las raíces desparramadas sobre el suelo como formidables tentáculos de animales pertenecientes a no sé que misteriosa fauna desconocida… Suponiendo ya el lugar bastante resguardado. a ti te debo el estarlo contando. con algunos tragos más eras hombre al agua… —Nunca he olvidado esa noche en que me salvaste el pellejo. En el fondo de la llanura. empezaba la tarde a revestirse de tonos grises. Lo que quiero es que me prestes tu ayuda para 69 . uno detrás del otro. de treinticinco a cuarenta años. corría un vientecillo sutil haciendo oscilar el tostado pajonal en que. surgían con profusión robustos troncos de árboles en cuyas copas frondosas. verdadero tipo militar que a todo el mundo resultaba extremadamente simpático… Nadie hubiera podido percatarse de la presencia de ambos en aquel oculto rincón del bosque visitado sólo por algunos animales. te acuerdas. aquí y allá. Allá todos te consideran como un buen dominicano. regresé a Santo Domingo muy satisfecho de mi paseo a Santiago… —Se dijo poco después que te habías retirado del servicio… —Estaba disgustado con lo de la anexión. penetraban los dardos solares a manera de largas rayas de luz. adiós coronel Virico… Dos días después. Virico lo estaba también. pero eso no quita que quieran la libertad de su país. No podía negarme. Sobre la llanura vasta y silenciosa. como hundidos en un mar de extraño verdor pastaban sosegadamente algunos animales… Fonso Ortiz y el coronel Virico. Fonso Ortiz se detuvo algo cansado de aquella fatigosa caminata. Después de Dios.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I II En las vastas profundidades del bosque tropical. Don Benigno me dijo que conocía mucho tu familia. a esparcir jirones de tenue sombra sumergiendo los objetos en una semi-obscuridad que se espesaba lentamente… Afuera.

puedes jurarlo. Los españoles sólo tienen en el Cibao el fuerte de Puerto Plata. trasladarse en persona al campamento de Guanuma. los Puello y algunos otros. que tal avance no sería posible por ahora… Con esa celeridad con que acostumbraba tomar sus resoluciones. para reponer las bajas sufridas por las deserciones y las enfermedades y pudiera dejar bien cubierta su retaguardia. aburrido. decidió Fonso. El general tiene el alma en un hilo temiendo que el Seybo se descomponga.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS salir con bien de una empresa que me han confiado. Dime con franqueza… ¿Viene o no Santana al Cibao? —Creo que ni aun él mismo lo sabe. júralo. y después de quitarle la capa lo metió a empujones en el calabozo… —Pero ¿qué se propone actualmente? —No creo que piense ir al Cibao. De pronto ve a un teniente que pasaba muy bien arrebujado en su impermeable… Rápido. Fonso Ortiz se había levantado tomando ambos amigos la dirección del sitio en que habían dejado las monturas. acto continuo. corrió tras el oficial. —Y es natural. Si los nuestros llegan a ponerle la mano encima a Santana lo fusilan en lo que canta un gallo. y sin decir palabra. Estaba ese día de pésimo genio. La gratitud es el primer deber en todo hombre bien nacido. amigo Fonso… ¡Pobre General! Él creía otra cosa. se tiró de la hamaca. En Santiago está ya instalado el gobierno provisional. lo agarró por el cuello. Hay malos síntomas. No creyó jamás que al hacernos españoles lloverían sobre su país mayores desgracias que las producidas por las guerras con los haitianos… Mientras conversaban. Él esperaba que los blancos gobernasen mejor. Pero eso no impide que puedas hacer algo por tu patria. embuste. Los jefes españoles dicen que con excepción de Suero. No te lo censuro. llevándoselo el diablo con las dificultades que para que fracase le pone día por día el Capitán General… —En el Bonao cuentan que los oficiales españoles le faltan el respeto a cada momento… —Embuste. Empieza ya a sospechar de algunos en quienes tenía confianza. El general decía públicamente que tan pronto llegasen los refuerzos que había pedido a la Capital. Fonso. El general tiene muy buen olfato y no quiere moverse sin dejar muy bien cubierta su espalda. Cada uno debe estar con los suyos. muy pocos. En la Capital se asegura que de España viene una escuadra con mucha tropa. por lo menos tan pronto como se dice. Bueno es el viejo para soportar que nadie le tosa en la cara. Virico le seguía dando noticias pormenorizadas respecto del número y clase de tropa acampada en Guanuma. y de ahí. Cumple con lo que crees tu deber no abandonando a Santana. todos los dominicanos que sirven a España están jugando a dos manos. El sábado lo probó retebién. Había prohibido que los oficiales llevasen impermeables por “no ser prenda de vestuario”… Llovía que era un diluvio. Las deserciones y las enfermedades aumentan. no es tan malo como dicen sus enemigos. pero Virico creía. continuaría su movimiento de avance. Si hizo la Anexión. Contreras. siempre trajeado como un 70 . fue para salvarnos de los haitianos para siempre. de un salto. –replicó presuroso el coronel Virico–. —Y quedarse él y su gente con la batuta por los siglos de los siglos… —Entonces no hubiera renunciado el mando como lo hizo de su espontánea voluntad… Pero lo cierto es que el general está enfermo. La revolución avanza triunfante. Nunca supuso que al quitar la bandera iban a pasar tantas barbaridades. por muchísimas razones. El gobierno ha dado un decreto autorizando al jefe que lo aprese a romperle inmediatamente el pescuezo… —¡Pobre general! Créelo. ¡Virgen de la Altagracia!… El General en su rancho se mecía en una hamaca mirando hacia fuera.

La naturaleza se aletargaba en una paz infinita. de un planeta muerto. y quedé solo vagando entre los hombres como el fragmento. Y con los pésimos antecedentes que tenía… —Tengo que ir y lo haré aunque pierda la vida. 71 . se acerca a mi tienda y. y la mansión de donde vengo. es inútil que me lo preguntes pues no te lo diría. en el espacio. Si por cualquier casualidad se descubría quién era. escondiéndose en el ramaje de las altísimas palmas y de los corpulentos árboles. los demás lo repitieron y apenas se extinguió el eco prolongado de esta consigna. en un silencio solemne interrumpido solamente por el monótono estridor de los grillos y lejanos relinchos de caballos. Y yo me tendí cuan largo soy. cuatro tiros lo despacharían incontinente al otro mundo como espía. es mi historia. y le permití que hablase. Hilos de tenue claridad muy vaga. como quien no desea ser oído de otro. tampoco es del caso que lo sepas. Había que prever cualquier endiablado percance… Avanzaban con trabajo por en medio del bosque espeso. cuando quedó todo el campamento sumergido en el más profundo silencio y obscuridad. un hombre. apenas fui amparado por la Fortuna. que quiere colocarse en el servicio de convoyes que se mantiene con Santo Domingo. un anciano de aspecto venerable. Anochecía… MÁXIMO GÓMEZ (1836-1905) El sueño del guerrero Para Clemencita Gómez Toro …Desaparecía el sol. Nací pobre. en mi hamaca de campaña. Comenzaban a oírse vagos rumores.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I campesino. lo que hizo de la manera siguiente: —”Mi nombre poco te importa saberlo. apenas doraba con sus últimos rayos las cimas de las altas montañas del Jatibonico: el alborotoso pájaro negro1. Esta noche escribiré al general Salcedo informándole de todo lo que he podido saber y mañana me presento en el campamento fingiendo ser un peón de la finca del vale Goyo. pero al fin accedí a su súplica. seguir viaje hasta la misma Capital y comunicar algunas instrucciones a la Junta secreta que dirigía allí el cotarro revolucionario. con blando paso que apenas se siente. puso término a su atormentadora algarabía… ………………………………………………………………………………………………………… Al fin el Corneta de Órdenes tocó silencio. Momentos después ambos se alejaban por distinto rumbo espoleando sus respectivas cabalgaduras. Le recomendó únicamente que no llevara sobre sí ningún papel que pudiera comprometerle. se filtraban aún al través del espeso ramaje. lo que quiero que sepas. y es lo que importa. pide permiso para hablarme. mi alumbramiento costó la vida a mi madre. Para 1 Alusión al Cao. pronto el Destino me dejó huérfano. El coronel Virico procuró disuadirlo de tan peligroso empeño. entra y se sienta. que iba atenuándose rápidamente. Quedéme un tanto sorprendido al apercibirme de aquel extraño desconocido que así se atrevía a faltar a esas horas a la consigna. Lo único que exijo de ti es que pongas lo que puedas de tu parte para que me acepten… No creo eso cosa difícil… El coronel Virico no opuso a esto ninguna objeción seria. Al salir del bosque se dieron un fuerte apretón de manos. Pasado un momento.

¿Por qué. sino más bien provocar sonrisas y alegrías. oh cielos. yo no había amado nunca sobre la tierra más que a dos deidades: la Ciencia y la Virtud. tan tremendo castigo de la inquietud tan acerba y constante que acosaba mi espíritu y que no me dejaba gozar de las delicias que proporcionan la Gloria y la Fama?… Loco me fui adonde el cóndor hace su nido y desde allí –en la soledad del desierto– llamé a los espíritus para que dijeran la causa de mi secreta angustia. Rodeado de tanto agasajo y ovaciones humanas. Y cuando creí curarme de mis dolores. y yo escuchaba asombrado. y me apellidó El Glorioso. quise arrojarme al torrente y una mano invisible me separó del peligro. quemaba mi cerebro como lava ardiente. y reyes hubo que se sintieron humillados y empequeñecidos ante la majestad y grandeza de mi gloria. yo sentía en mi alma un secreto dolor que me consumía sin podérmelo explicar. derramar una lágrima. preparó la Envidia y la Calumnia que armadas me asaltaron en el camino. yo no había hecho más que obras de bien. Los más pequeños me creyeron un Dios. Sobre mi corazón y mi conciencia pesaba un insoportable remordimiento y en vano trataba de averiguar la causa. y mi espíritu se sentía sobrecogido por una especie de religioso temor. y los hombres se hicieron mis enemigos y me vejaron y me despreciaron. me contestaron. continuó. sin más amparo que Dios. tan cruel tortura? Decídmelo… ¿Cuál ha sido mi gran culpa? Los cielos guardaron silencio. me 72 . Las naciones todas me rindieron adoración y respeto. pero una mano invisible me salvó medio muerto y me arrojó –como el despojo de un naufragio– sobre la arena de la playa. y cuánto he padecido después!… Cuántas veces he maldecido mi existencia. tan sólo el silencio y el vacío me circundaban. y me detenía a escudriñar mi presente. Entonces el Universo entero me saludó entusiasmado. pude al fin realizar mi empresa. en fin. pesándome hasta haber nacido…” Al mismo tiempo que aquel anciano proseguía en su narración. y besaban de rodillas mis vestiduras. y me devoraba el corazón. perdido y desamparado. —”Sometido a varias torturas y contrariedades. comprimida en el fondo de apagado volcán. ¡Ah! ¡cuánto he sufrido antes. y el trueno ahogó mi voz. Incorporado apenas. sentí de nuevo en mi pecho el diente que me mordía y me devoraba… ¿por qué. víctima de infamias y desprecios. Largo tiempo –como un mendigo– vagué entre ellos cual un desconocido y apestado. puso Dios una idea en mi mente que a medida que el tiempo pasaba y los años maduraban mis juicios.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS mi mayor tortura. colocado de pie encima de pedestal tan alto como el Sol. porque se cumplió el plazo y abandoné la envoltura que aquí me retenía. y ni el desierto ni los espíritus. Desesperado me precipité a los abismos para concluir con el dolor de mi existencia desapareciendo en sus insondables misterios. por entre peligros y escollos. solo. pesada como un fardo. como el apasionado de una belleza ideal que huyese al contacto de su ardiente mirada. que eso es amar a Dios. Era la tortura del criminal a solas temblando ante la presencia de su interno y severo juez. en un impulso irresistible de desesperación. No pudiendo resistir más mi existencia. No contento el Destino con el suplicio a que eternamente me había condenado. La blanca túnica de mi inocencia no estaba manchada con ningún crimen mundanal. y arranqué al Mundo –para el Mundo mismo– un portentoso secreto. Después de una breve pausa. su semblante se iluminaba con una aureola casi divina. pues. “Yo no había hecho. “Crucé entonces el océano y suplicante interrogué al mar y a la tempestad. no sintió mi corazón –por fortuna mía– el tormento de la vanidad y la soberbia: antes por el contrario. ningún acto mío acusaba mi alma de maldad. Inútilmente interrogaba mi pasado. alumbrando los rayos de mi gloria dos Mundos a la vez.

El interior se distribuía en cinco piezas: sala. En el mundo era otra cosa. atalaya i nido de ruiseñores. Susana e Inocencia –respectivamente– eran sus nombres de pila. asesino? –exclamé indignado. y calló… Un sonido estridente me sacó de aquel estado: el corneta tocó diana. Por ellas subía en espiras la trepadora madreselva. con la narración de sus desdichas. que ya estás en víspera de terminar la gran obra de la Redención de esta Tierra. –dijo–. No eran las Gracias del helenismo ni las Marías del cristianismo. Junio. Yo aparecí entonces manchado de sangre”. no me juzgues sin haber antes acabado de oírme. insigne.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I elevé a la mansión en donde termina el misterio de la vida. En el mundo –el suyo– conocíaselas con estos apelativos disílabos: Pura. porque ha caído sobre mí –como lava ardiente de encendido volcán– la sangre de una raza inocente extinguida. nacidas en andaluces lares. Con esos fueron inscritas en el registro parroquial del templo católico en que cada una de ellas recibió el agua del bautismo. por mí descubierta. con algunos rasgos de belleza juvenil i no pocos de buen humor. como un hierro candente. en la mansión de los justos me está prohibido entrar sin el perdón de dos razas. “Recogieron los hijos de los nuevos pobladores la desgraciada herencia de tormentos y martirios que les legó la raza desaparecida al furor de los conquistadores. ilustre guerrero. Tres damiselas. En vez de condenarme. comedor i tres alcobas. y continuó: Si en la tierra fui un paria desheredado. el crimen de haber descubierto un mundo y el de haberlo entregado a la barbarie y la usurpación. —¿Y tú quién eres. Eran cortesanas a la moda. 1889. y desde aquella terrible hecatombe quedó marcado sobre mi nombre y mi conciencia. con tu alma grande me tendrás lástima. Demasiado desgraciado he sido. sin poderme contener y borrándose de improviso en mi ánimo la impresión de compasión y de ternura que aquel ente singular y desconocido me había inspirado. En el patio –un cuadrado con arbustos florales– erguíase un árbol. FEDERICO HENRÍQUEZ Y CARV AJAL (1848-1951) Humorada trágica ………………………………………………………………………………………………………… Sita en la linde oeste de la villa. tal vez en cármenes granadinos. aislada en su solar urbano. Casta y Niña. sin asilo y sin fortuna. Circuíala una galería de torneadas columnas. que convidaba a dormir la siesta bajo el quitasol esmeralda de su tupida fronda. Y tú. 73 . bárbaros y estúpidos. vengo aquí –postrado a tus pies– a suplicarte me consigas el perdón de todos los tuyos y quede cumplida la Eterna Sentencia… Soy Colón” –dijo. —”Aguarda –me dijo con calma y gravedad aterratoras– aún no he terminado. Era evidente que de cada nombre propio fue deducido el que cada una de ellas llevaba i hasta con ufanía. no familiares. Cuartel General de La Demajagua. Era un sueño. había una casa de madera pintada a dos colores: azul i crema. tenían su morada en ese alegre hogar sin fogones ni estufas. Concepción. i sacadas de pila con sendos nombres de esos que guarda el santoral o que ofrecen las hojas diarias del calendario.

chica. Las damas salían peor libradas que los caballeros. como los ojos. constituía para todas la comidilla cuotidiana. La piel. en horas de siesta. Con él apuntalaban ellas la suya. Tenía los ojos garzos y el cabello como oro en ascuas. aves de paso. Era manso e ingenuo. Era un bueno i teníanle por un santo. Bajo la copa del árbol. Entre los transeúntes. Iba cabizbajo. Coincidían también en gustos i carácter. Gustábales el canto. Luego –en el medio día de su vida licenciosa– lo serían por el legado prematuro de su anómala existencia: el dolor. ¡Lástima de juventud florida que a diario se mustia i se deshoja al fuego de la lascivia! Dos de ellas –Casta i Pura– lucían el mismo color mate-moreno –suele decirse en el solar hispano– i ambas tenían. Hacían la vida en común i como si fuesen hermanas: hermanas en la servidumbre del placer furtivo i efímero. chica. abstraído. por eso. Entreteníanse en ver la gente que iba o venía. con oleadas de sangre a flor de cutis. La villa estaba de gala. organizábase el concierto vocal en la galería i bajo la enredadera que ponía en la casa-quinta algo de misterio i algo de poesía. o los recitaba.  Lucía la tarde de un día festivo. como él. solían entonar canciones i puntos antillanos. deja en paz al señor Cura. tenía el color i el brillo del alabastro. eran pequeñas. Una los leía. como una aureola. Era el anciano presbítero don Vicente Villanueva. —A ese viejo todos le debemos respeto. En todo lo demás formaban un trío. negro el pelo de ondulada caída. caritativo i casto. Leían mui poco. a menudo. en la noche i a guisa de serenata. El buen humor daba sueltas a la lengua i la lengua suelta destilaba acíbar sobre los transeúntes. dentro i fuera del templo. según su costumbre. Era. cuellicorta. “La murmuración –se ha dicho i no de ahora– es un puntal de la vida”. les cabían en las manos. como un globo inflado con aire –decíanle a menudo sus dos amigas. a la caída de la tarde. Las manos. —Anda. Padre Vicente le llamaba el vecindario. –no sin énfasis declamatorio– i todas los celebraban. que eran parcas en el comer i sobrias en el beber. mórbidas. Pero en veces saboreaban. que el Cura era una de tantas… –dijo la Niña. delgadas i esbeltas. sin volver la cara e inclinado bajo el peso de su edad provecta o de su espíritu lleno de virtudes. versos eróticos. Iba siempre. Su grosura no era óbice a su apetito desordenado. en el rostro. Tal vez lo llamaba la tierra… Memento homo… —Creí. Es un santo. El trío había formado la tertulia en la galería i frente a la calle. lentamente. menudos. en cambio. A veces. por el contrario. El tránsito por aquella calle limítrofe era escaso. como rara golosina. —¡Bah! Es un hombre i ha sido joven. Un aura de respeto i de cariño lo envolvía. casi redonda. mui buenas migas. El palique. La gula había hecho presa en su insaciado organismo físico. Seis a siete lustros contaba en aquel curato. la inopia i el hospicio. era gruesa. por la falda. —Vas a reventar. ¡Claro! En la charla se habla de todo i aún de todos. Entonces entraba en juego la guitarra a la par alegre i triste. En eso apareció el párroco. El de Paúl le servía de modelo. los pies.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Las tres estaban en la primavera de la vida i las tres eran hetairas. encendíasele. La Niña. Solían alternarlos con seguidillas i malagueñas o con soleares i cantares de la tierra de Mariasantísima. en ocasiones se veía pasar al venerable Cura de almas de la parroquia. Hacían. mui fina. ¡Quién sabe si todavía!… 74 .

Eso decís porque estáis acompañadas. En todo era golosa. —Apuesto –insistió la Niña– a que. como una saeta. coreó la irreverente burla de la atrevida hetaira. esta misma noche. Se desquitaba comiendo i bebiendo. a dúo. Una risa. Era una cena opípara. por instantes. Se sonrió con una mueca satánica e hizo. si estuviérais en mi caso. Yo me voi a la cama. El vino se les subía a la cabeza. clamorosa. esta afirmación provocativa: —Si el padre Vicente estuviese aquí lo haríamos caer en pecado… —No digas eso. —Santurronas. La conversación. El uno cortejaba a Pura. La Niña protestaba. sellaba los labios agresivos. 75 . El es inviolable. hallábanse a la mesa. Estoi enferma i necesito de los auxilios espirituales. Había comido i bebido con exceso. el otro.  Media hora había transcurrido cuando –en ejercicio de su ministerio i llevando consigo el ánfora de los santos óleos– llegaba el padre Vicente a la casa de la enferma fingida. pero ayuna de caricias. Era un abuso. Llamemos al párroco –concluyó Casta– antes de que la Niña se arrepienta o se despida en viaje por expreso para el otro barrio. Desde la puerta hizo el saludo ritual del oficiante: —¿El Señor sea con vosotros! Pudo haber dicho “con vosotras”. Ese mismo día. volaba el dicho agudo i picante. adquiría tonos subidos en color i ritmo. ajenos a la disputa. —Sea. Otra cosa diríais. Costeábanla dos apuestos jóvenes cogidos en la jaula del trío. Entre sorbo i sorbo. se quemaría en el fuego de todos los besos que arden en mi boca. Virgen i mártir. será canonizado por sus virtudes i el almanaque traerá esta leyenda en su honor: San Vicente de la Aldea. Estaba harta i un poco ebria. en la prima noche. el pobrecito. —¡Vanidosa! Pues yo apuesto a que te haría caer de rodillas i pedirle perdón por tu insolencia. La Niña echaba de menos un tercero. Hai que llamar al Cura… —El caso es urgente i de conciencia… ¿Qué os parece? —La broma es pesada… —Pero digna de una tragicomedia –completó uno de los jóvenes. Ni ama de llaves ni sobrino tiene… —¡Oh! cuando se muera. Niña. a Casta.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Pues aseguran que nunca ha pecado. Pura escribió unas líneas i –ya en la puerta de la calle– puso el papel i una moneda en las manos de un adolescente que acertó a pasar por allí en aquel instante. La austera figura del levita se dibujó en su imaginación enardecida. El beso. en alta voz. Sus canas le sirven de escudo. echó a correr con dirección a la morada del cura. —Siempre ha vivido solo. La Niña propuso: —Hágase la prueba. egoístas. gustoso i listo. no cesaban de reír a mandíbula batiente. Los jóvenes se habían refugiado en el lado opuesto de la galería. Hubo un rato de silencio. La Niña cavilaba. El mandadero. —El padre Vicente es un santo. —Eso mismo digo yo i voi en contra tuya. Los jóvenes. si lo hiciésemos venir aquí.

Miró de nuevo… La joven hetaira. con piedad i ternura. harto efímero. Vengo a confesarte. sonreída. la pecadora. Este volvió a llamarla. la moribunda. color de ópalo. tomó la sábana de blanco lino. se produjo en la abultada i enrojecida garganta de la Niña. El anciano miró con su cansada vista. padre. Su mano rozó. No la despertéis de su último sueño. había querido gritar. No pude confesarla. El párroco tomó las manos de la muerta i se las puso en cruz encima del pecho. Oró por ella. —Entre. El anciano sacerdote entró solo a la alcoba. sordo. i no pudo. La broma se había convertido en un drama. articuló por sílabas esta frase de fe i de esperanza: —El padre Vicente es un santo i con su perdón i sus oraciones me abrirá las puertas del cielo. Le cerró los ojos. atenuaba la luz una lamparita. E inclinándose. ¡Dios la acoja en su seno i en su gloria! Casta i Pura –sobrecogidas de espanto i de angustia– cayeron a los pies del lecho mortuorio. Era el último dolor. Entraban a la alcoba. I le señalaban el aposento en donde estaba la Niña. in extremi con los santos óleos i con el beso de paz i de amor en Cristo. En aquella alcoba está la enferma. i la subió hasta los hombros de la joven desnuda. Otro ronquido. —Hermana: aquí estoi. La risa les retozaba en el cuerpo. sonreía… Así. i se quedó mirando dulcemente al venerable anciano. como quien mira i no ve. Una mujer. como un eco sin palabra. ¡Pero ya no! El bondadoso Cura de almas se hallaba a su lado. con un seno de la enferma i lo sintió vibrar al contacto de su mano. Oíase en la estancia un ronquido sordo. Magdalena. La joven hizo un esfuerzo. Llegué tarde. fue perdonada por haber amado mucho i por haber creído. Se moría con los ojos del alma fijos en el cielo. con un gesto fervoroso. I siempre de rodillas –como la cortesana de Magdala con el dulce Nazareno– 76 .  —¡La Niña ganó la apuesta! Era una algarada de voces ebrias i de risas locas. Luego. con mano trémula. medroso. habían creído ver que el anciano sacerdote deshojaba la flor de un beso en los burentes labios de la Niña. En el lecho había alguien. El levita les salió al paso para decirles con voz unciosa: —Callaos. sin duda. Se moría. Para confesarla había ido. desnuda. En vano: No contestó. musitando a dúo el padre nuestro. de haber pecado con su complicidad en tal aventura sacrílega. como si recuperase la conciencia. Pon tu fe i tu esperanza en el Cordero sin mancilla. Eso hizo. entró en el arcano del eterno sueño. con los ojos entreabiertos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Buenas noches. La Niña era presa de una apoplegía fulminante. ¡La infeliz! Había intentado salir del lecho. La confesión era ya imposible. cada una de ellas le tomó una de las manos al venerable Cura de almas para besársela. casi afónica. Bajo una guardabrisa. i se hallaron con un cuadro de dolor y de muerte. Estaba a dos pasos de sus compañeras e iba a morirse abandonada i sola. ligeramente. Apenas había tiempo sino para administrarle la extremaunción. seguidas por sus compañeros de orgía. para ver i celebrar el triunfo del placer i de la vida. Se moría. Las dos hetairas. Sólo he podido ungirla. Luego. Allegóse a la cama. parecía una estatua yacente. Al entrar tuvo la sensación de la penumbra. ungió la frente de la pecadora con un ósculo de paz i de misericordia. Era la atrición. No se inmutó por eso.

y rodó en el polvo. que a los pocos momentos rompió la vieja: —¡Ay! Entoabía me dura er suto. pa serbirle. Nuevo silencio. —¡Qué bonito suena ese nombre! –murmuró la chiquilla. que tengo trese y tó er mundo cree que ando en lo quinse. —No la merese. Mira. MAX HENRÍQUEZ UREÑA (N. que desde el borde de la estrecha acera se inclinaba con alcohólica efusión sobre la chiquilla. —Boy con utedes. ese condenao no jecha a perdé la noche. mirándolo con sus grandes ojos expresivos. El padre Vicente trazó en el aire el signo de la cruz –símbolo de redención i de amor en Cristo– i las bendijo… Santiago de Cuba.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I cubrieron de besos i bañaron con sus lagrimas aquellas manos –lirios de castidad i de pureza– que acababan de administrar el último sacramento a la hetaira súbitamente fenecida. Si un polisía topa con él. ¿Cómo ‘e su grasia? —Mario Luna. ¿Dónde biben utedes? —Aquí serquita. no pudo acabar la frase: junto a las dos mujeres apareció de súbito un mocetón de negra tez que le descargó en el rostro un tremendo puñetazo. Te pasa lo que a mí. 1922. muchacho. —Si no’e por uté. Al cabo de un rato preguntó: —¿Y tú cómo te yama? —¿Yo? ¡Tengo un nombre má feo! Juaniquita Lafori… —No hay nombre feo si se sabe yebá bien. abrazándose a la niña. —¡Jesú! –gritó la negra. pasará la noche en el bibac. como er freco ese que preguntaba aónde íbamo 77 . joben –dijo la vieja al doblar la esquina. —¡Qué grasioso! Parese que ere tan baliente como tan fino… Los dos se miraron y sonrieron. en San Mateo casi esquina Carbario. Ese salao no se levanta deay en una hora. Tós son uno perdío. que la jubentú de hoy no sirbe pa na. —Mucha grasia. Y los tres echaron a andar. Él la miró a su vez y no dijo nada. mejorando lo presente. Perdió el equilibrio el atrevido. —No se asute bieja –exclamó con voz sosegada y firme el inesperado defensor–. Pareció vacilar un momento y tras breve pausa inquirió: —¿Y cuántos años tienes? —¿Yo? Ando en diesisei… —¿Na má? Pué parese tener má. 1885) La conga se va… —¡No sea freco! ¡No te conoco! —¡Deja la muchacha quieta! ¡Sinvergüenza! —¡Adió! ¿Qué se habrá figurao la negra vieja? ¡ni que la chiquita fuera de seluloide! ¿De dónde vendrán a la dos de la mañana? Pa mí que… El impertinente que así hablaba –un mulato vestido de blanco–.

con andá en ese relajo? Un día saldrá deay con la boca rota y jata con puñalá en er corasón… —¡Ay. Esteban había torneado los barrotes de madera recia que lucía la ventana. Ya sabe. del tiempo de lo reye. —¿Y qué otra dibersión tenemo en lo carnabale de Santiago de Cuba? Mire. Mario. con mucha conga… El año pasao pasó por casa una conga grande. brotaba a cada momento en su charla: Esteban fue en su tiempo el mejor carpintero de Santiago de Cuba. Adiós. Cuando estalló la guerra de independencia. que en gloria eté. Date tu bueta por acá uno de eto día. Tó er que entra en la conga se siente alegre. cuando no tán pensando en que yeguen lo carnabale pa salí en la conga. En lo periódico se quejan a vese de que la autoridá deja salí las conga. bieja? –dijo–. Pero si le quitan eso ar pueblo ¿qué le ban a dejá? —Aquí ‘e –dijo la abuela deteniéndose ante una vetusta casucha que en su reducido frente lucía un amplio portón y una ventana con barrotes de madera–. agüela. Mario. mitad cubano–. por su madre! Mario soltó la carcajada. ¡Ese si ‘e baile fino! Hay mucha gente de arriba que pasa por ayí pa bela bailá. lo blanco jasen su carnabale en febrero. —Adiooós. Beníamo de la tumba fransesa ¿sabe? Dende chiquita aprendí a bailala. que paese buena persona. Un fransé de Fransia tubo a bela una noche y dijo que se paresía a un baile de su tierra. Pero lo jóbene de ahora no tan má que por er son. y ella se puso a trabajar como lavandera para ganar su propio sustento y el de la única hija del matrimonio. que aquí tiene tu casa.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS de madrugá. no diga eso. II Mario volvió días después y gradualmente se habituó a frecuentar aquella casa y a oír de labios de Ma Juana el recuento de toda su vida. Esteban Lafori –criollo. Y tú no irá tampoco. ¡Qué lástima que Esteban no alcanzara a ver 78 . pero lo bueno son lo carnabale de nosotro en julio. no se sabe si de fiebre o de bala. grande… ¡Cuánta gente!… Cuando la cabesa yegaba a Carbario. Después no hubo más noticias de Esteban. parece que murió en la invasión a Occidente. con flore y papelito. La jubentú ‘e pa dibertirse. Y esa conga que salen ahora no son má que un relajo… —¡Ay! ¡Ma Juana. que era el fruto de sus ahorros. Esteban se fue al monte. Yo yebo siempre a mi nieta pa que me acompañe y pa que aprenda. no diga eso. salimo nunca en una conga. desía que la yamaban minué. mitad francés. Juaniquita. El nombre de su marido. ¿Qué saca un muchacho como tú. agüela. la cola pasaba toabía por la otra esquina… —Ahí taba yo –dijo Mario. —¿No lo dije? –interrumpió la abuela–. bieja. y a él se debía casi toda la obra de carpintería de aquella casa. que ni yo ni tu mamá. pero ya no la bailamo má que lo biejo. Y yo me boy tras eya…? —Céllate. —¿Qué quiere usté. que yo me muero por la conga! ¿No le guta ese cantico que dise: La conga se bá. Ma Juana entretejía sus recuerdos como quien piensa en alta voz. Si eta jubentú tá perdía. muchacha. Y que Dió te bendiga… —Grasia.

sólo en el verano podían los esclavos libertarse del látigo del mayoral que les laceraba las espaldas y disfrutar de algunos momentos de solaz. —¿La conga no sale el benticuatro? —Sí. daba desde la acera las buenas noches y se detenía en la ventana a hablar con Juaniquita. sino anhelos. erguido el busto donde los senos eréctiles parecían horadar el corpiño. y en hermosa mujer. La época de la esclavitud implantó esta costumbre. como su abuela. Me han dicho que ban a sacá reina a una muchacha que trabaja en la fábrica de Martíne. Esos amores fueron fatales para Juanita. III Se acercaban los carnavales de verano. a la hijita que dejó de pocos meses! ¡A Juanita no había otra mulata que le pusiera el pie delante! ¡La pobre! Si Esteban hubiera vivido no pasa lo que pasó… Juanita.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I convertida en mujer. que ‘e Santa Ana. Consagrados los meses de invierno y primavera a la molienda de caña. ¡Ah! Y me han invitao a salí en una conga que dicen que ba a dejá chirriquiticas a toas las que se han bisto ata ahora. suspiraba por ser reina de carnavales. como si esquivara la parlería torrencial de la vieja. daba la vuelta al salón bajo la caricia de cien ojos codiciosos que sentía clavarse en cada uno de sus poros cual ósculos de fuego. que ‘e Santiago. —¡Estos carnabales sí que han a tar bueno! –decía Mario a Juaniquita en los primeros días de julio–. y se dejó seducir por él. ¿De qué hablaban? Juaniquita no hilvanaba recuerdos. ¡El baile! Ya en la tumba fransesa le concedían alguna vez un turno. complacíase en marcar el compás a contratiempo para girar después hasta el vértigo sobre sí misma y caer de nuevo en brazos de su galán. Ba a ber mucho jaleo. 79 . esa animada reconstrucción del pasado. Quiero dir manque sea una sola ves. puso un día los ojos en un desconocido que vino de otra provincia. y al otro día. eso será la gloria! —No sé cómo te bas a arreglá… Yo no me atrebo. Al poco tiempo de conocerse eran novios. y si se separaban momentáneamente para hacer figuras de capricho. Después que la abandonó se supo que era casado. y todo su cuerpo se estremecía con la rítmica ondulación de sus caderas cuando. Mario! ¡Yébame! —Pero muchacha. Los amos les permitieron celebrar fiestas carnavalescas en los meses de julio y agosto. Después de extinguida la esclavitud. dispuestos a casarse. mucho baile y mucha recholata. durante horas. Mario la sintió languidecer de deleite entre sus brazos al bailar el danzón: se unía a él con flexibilidad de serpiente. Dende chiquita toy loca por dir a una conga. que murió al dar a luz una niña… ¡Cómo se parecía Juaniquita a su madre: tenía su misma cara y su mismo cuerpo! Mario escuchaba entretenido. y fue dejando pasar el tiempo sin decidirse por ninguno. ¡Qué gustaso tan grande me boy a dar si tú me yeba! ¡Y contigo. que tantos enamorados tuvo. y buelbe a salí al día siguiente. la tradición mantuvo la celebración de esa fiesta como diversión popular. pero otras veces. Ansiaba romper con la paz de aquella vida que su abuela le había impuesto: soñaba con fiestas populares. —¡Ay. en señal de abandono. marcaba el paso con gracia. bidita. En más de una reunión familiar celebrada en el vecindario. Majestuosa y esbelta. mi negro. si tu agüela no te ba a dejá… a eya no hay quién la conbensa… —No importa: yébame. el día de Santa Cristina. sentía temblar sus pies ágiles con sólo evocar la idea del baile. en armonía con las necesidades de la industria azucarera.

—Ya lo creo. si tu agüela lo sabe? —Ya beremo… —¡Jum! ¡No me guta! —¡Ay. —Ni te ocupe. ecos confusos de voces humanas. Tú no sabe er gustaso que tú me da… ¿Por aquí biene la conga? —Por aquí tiene que pasá… ¡Ahí biene! ¡Óyela! Juaniquita prestó atención y percibió un vago rumor que por momentos se acrecentaba: ruido de atabal diluido en el viento. prenda. 80 . esperado por Juaniquita con viva ansiedad. señalando unos muchachones alegres que venían en primera línea. precedida de un grupo de chiquillos desarrapados que hacían cabriolas y marcaban el ritmo con el temblequeo incesante de sus hombros. La muchacha tá pasá –agregó otro–. ahí tán mis amigos –dijo Mario a Juaniquita–. y cada vez se hacía más distinto el rítmico tamborileo del bongó junto con el cuchicheo del güiro y el desenfrenado resonar de las maracas… Mil gargantas entonaban a un tiempo el canto popular. que esa buena hembra ‘e mi nobia. —¡Aquí toy. —¡Cómo no! Si contigo tó tiene que salí bien… ¡Qué bueno ere! ¡Cómo nos bamo a dibertí!… IV Llegó el día de Santa Cristina. Algunos portaban largas varas que remataban en farolillos de papel. Bámono con él… La inmensa ola humana llegó. barará. Dios quiera que tó salga bien. —Bamos. de cantos y gritos… El rumor iba creciendo. primitiva y breve como su letra: Bururú. Bururú. ¡Qué buena hembra! —Cuidao.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Pué yo me hoy ar Santo de Critinita y de por ayí nos bamo… Ma Juana siempre me deja dir sola temprano y de ayí me traen. Mario! Si tú me quiere de berdá. y tú me espera por ahí serca. Panchito! –gritó. señore –advirtió Mario–. barará. Cómo tá Miguel. Radiante de ilusión y de contento abandonó a temprana hora la fiesta familiar que le sirvió de pretexto para salir de casa con permiso de la abuela y fue a reunirse con Mario en una esquina próxima escogida por ambos como punto de cita. —¿Y despué. Esa noche le digo a Critinita que no pué sé que me quede. ¡Aquí tá Mario! —¡Se acabó caña! –repitieron los demás– ¡Que biba Mario! —¡Bibaa! —Y viene acompañao –observó uno. tú me yeba. —Bueno. mi negro. —¡Pue que biba la nobia! —¡Que biba la buena hembra! —¡Bibaa!… –vocearon en coro. —¡Se acabó caña! –contestóle un joven de rostro ancho y regocijado–. repitiendo sin desmayos la frase musical.

Bururú. se abrazó a Panchito. Entre tanto. Ella se dejó conducir.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I El oleaje multánime los arrollaba y los apretujaba unos contra otros. se dejaron llevar por la muchedumbre. arroyando! –vociferaron algunos. Juaniquita. caballeros! –gritó Panchito. La conga irrumpió en una de las calles de mayor tráfico. siempre enlazada a su compañero. —¡No arrempujen. La agarró por el brazo y la separó bruscamente de Panchito. barará. —¿Y Mario? –preguntó Juaniquita. —¡Arroyando. apretándose más y más el uno contra el otro hasta sentir adoloridos los músculos. y tras de recorrer algunas manzanas torció hacia la parte baja de la ciudad. mientras Juaniquita. barará… La ola humana los envolvió y siguieron la marcha juntos. Todos unieron sus voces para repetir en coro el estribillo que seguía a la estrofa: Bururú. Cómo tá Miguel. Ella guardó silencio. Juaniquita. Las casas y los faroles danzaban ante sus ojos como fantasmas. giró en redondo sobre sus pies. estremecida y palpitante… De súbito oyó la voz de Mario. Esas fueron las únicas palabras que Mario profirió en todo el trayecto hacia la casa de Juaniquita. caminaba llevando el ritmo con todo su cuerpo. después de dar una vuelta vertiginosa volvía hacia él. —Con tu permiso. seca y enérgica: —Bámono. y soltando después su pareja. Y abrazados. mientras Mario se abría paso a empujones. ¿Cuánto tiempo transcurrió así? Juaniquita no habría podido decirlo. atemorizada al sentir la presión constante del enorme gentío. Ya eran el juguete de la multitud gesticulante que los arrastraba entre contorsiones lúbricas y respiraciones jadeantes. atontada. cruzó bajo la catarata de luz de las vidrieras comerciales. el canto seguía: En este mundo infinito. 81 . —¡Y pá qué tamo aquí sino pa arrempujá? –contestó una voz fuerte detrás del grupo. —¡Maldita sea la hora en que te yebé a la conga! Por suerte no son má que las onse y tu agüela no sabrá ná. —No sé –contestó Panchito. Juaniquita se sintió oprimida contra el joven de cara ancha a quien primero saludó Mario. pero cada vez que Panchito pretendía de nuevo ceñirle el talle se escurría con donaire. la mujer ej’un demonio y el hombre ej’un angelito. pero al llegar frente al viejo portón se detuvo y volviéndose rápidamente besó a Mario con furia en la boca. lo juro por San Antonio. Mario –dijo Panchito. marcó en el espacio vacío que precedía a la horda delirante algunos pasos de rumba. Juaniquita. Y agarrando por el talle a Juaniquita la estrechó contra su pencho.

iluminado por una doble hilera de blanquísimos dientes. Y se alejó. ya entre nosotros no hay na. un rostro sonriente y terrible de un gigante de ébano. Como ‘e Santa Ana. las voces enronquecidas ponían graves notas de miserere en la tonada popular. Alzó los ojos y vislumbró muy cerca una mano negra que esgrimía un puñal. Y echó a andar calle arriba. —¿Qué? –inquirió Juaniquita en tono de desafío. V Cuando al anochecer del día siguiente se acercaba Mario a la casa de su novia. pero ten cuidao… ¡Que no te bea en la conga. –Bururú. pero la ira ahogaba las palabras en sus labios trémulos. aún más nutrida que la primera. Mañana no puedo dir a la conga. Al cabo de tres días consecutivos de euforia carnavalesca. agregó: —¿Jesú! No te ponga tan guapo. un estandarte negro en cuyo centro sonreía una calavera… Junto al macabro estandarte Juaniquita vio refulgir un relámpago. los gestos incoherentes. ba-ra-rá. como único saludo. porque!… Quiso agregar algo que vagamente se traducía en un gesto amenazador. —¡Na! –contestó él. mi negro! —No me hable más de conga. Có-mo-tá Mi-guel… El ritmo lento. un aspecto de aquelarre. y de ahí nos bamo junto. alcanzó a distinguir un hombre que se despedía de ella en la ventana y se retiraba luego con andar presuroso.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Mario! –murmuró suplicante–. pero me tienes que yebá pasao mañana. daban a aquella conga. VI Al incorporarse con Panchito a la conga del día de Santa Ana no experimentó Juaniquita las mismas emociones del primer día. que el cansancio hacía más pausada: Bu-ru-rú. Y al ver el rostro congestionado de Mario. sacudidos por el viento quemante de la canícula. barará– cantaba con voz de 82 . —¿Era Panchito el que hablaba contigo? –dijo al llegar. los rostros desencajados. extraños símbolos que aparecían como absurdo remate de pértigas descomunales: un penacho de plumas rojas. que pué sé tu desgracia –contestó Mario en tono de disgusto. tratando de bajar la voz por temor a que la abuela se enterara de lo que pasaba–. Paese que me ba a comé… ¿Tá seloso? —Óyeme –masculló Mario casi entre dientes. Juaniquita sonrió: —Bueno ¿y qué? Si tú no me quiere yebá a la conga. luego. deshaciéndose de Juaniquita. En el aire flotaban. a modo de plumero. Panchito me yebará. yo conseguiré que Ma Juana me deje ir a ber una amiga. ¡Pero no te desperdigue como eta noche. La muchedumbre ofrecía un aspecto extraño y lúgubre que le infundía temor. que le parecieron enormes como los de un puerco cimarrón.

voces infantiles rompieron a cantar: 1920 La conga se va. güiros y maracas sonaban de manera incesante. y su cabeza cayó pesadamente sobre el hombro de Panchito. hombres y mujeres se agitaban con lúbricas contorsiones o saltaban ebrios de locura dionisíaca. sólo acertaba a balbucir las primeras sílabas del estribillo popular. Poco a poco la conga fue cobrando vida. barará… Desde el balcón vecino. siguiendo el vaivén isócrono de la muchedunbre. repetidas con exaltación creciente hasta el infinito: Bururú. una mano fuerte separó de la cintura de Juaniquita el brazo fornido que la ceñía. La conga. y apretándola con frenesí la besó en la nuca. barará. barará. A las voces veladas por la afonía se mezclaban alaridos que taladraban el aire como voceros de insania. Con furioso golpe. bururú. bururú. barará –repetía junto a Juaniquita el negro horrendo. su camino: Bururú. trazando una parábola amenazante. epiléptica de lujuria. Niños. atropellando la frase melódica. se retorcía y vibraba como si tuviera un solo cuerpo y una sola alma… Bururú. que te matan! –clamó Juaniquita. Mientras su cuerpo se desplomaba en brazos de Juaniquita. la levantó casi en vilo y avanzó con ella algunos pasos. Mario se irguió como para defenderse y recibió el golpe en mitad del corazón. pero Panchito la atrajo hacia sí con violencia. El olor acre y capitoso del sudor humano mezclado con el alcohol enardecía a la muchedumbre como un tufo afrodisíaco. Y yo me voy tras ella… 83 . barará. mientras con la hoja brillante y afilada trazaba rítmicamente en el aire signos cabalísticos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I trueno el negro hercúleo. mostrando sus colmillos de jabalí: —No te lo quiera coger tó. al compás de su rítmico puñal. y el coro inmenso y jadeante. la conga siguió. al conjunto de manos febriles. Era Mario. —¡Mario. De súbito se volvió hacia Panchito. El calor era asfixiante. barará… Bongoes. Juaniquita quiso huir. frenética. Por momentos el ritmo de la tonada se hizo más y más vivaz. que la muchacha tá pulpita… Y ciñendo con el brazo la cintura de Juaniquita. claves. Un escalofrío de placer sacudió su cuerpo. El puñal frustró en el aire su rítmico centelleo y el brazo negro y lustroso se alargó en la altura para descender con ímpetu hacia Mario. al par que marcaba el compás con los relámpagos del acero que llevaba en la diestra. bururú.

malhumorado. sentí la fruición de las cosas bien logradas: el jardín. En otro tiempo ni siquiera puertas cerradas. —¿A qué señor? —Al inglés que vive aquí. y hablaron de él con niños del vecindario: supieron que había vivido en la casa y que su amo era inglés. Por la noche. Nada extraño que hubiera atravesado el jardín y se hubiera plantado en la galería: en la feliz confianza de las tierras tropicales no hay verjas cerradas. afilado de hocico. No entró a la galería delantera. lo miré. Lo amenacé con el bastón y huyó. separado del cuerpo principal de la casa. rojo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA (1884-1946) La sombra En la tarde. —¿Y no sabe dónde vive ahora? Ha bebido mucho y no le entiendo lo que dice. como antes: se escurrió por el camino lateral hacia la cochera. Si volviera y no nos amenazara… El animal volvió. —No lo conozco y no sé dónde vive. Me miró. Lo siento mucho. con los ojos fijos en mí. ¡qué langostas!. lo miré. Pero noches después divisé en la calle la sombra negra con manchas claras. y yo cerré la mía. en el fondo del terreno. se levantó del suelo. y amenazando al perro desde una de ellas. Al verme. bastón en manos. en la flojedad aprensiva de la somnolencia sentí desecha la felicidad de la tarde y envuelta la casa en aura de persecución: perros desconocidos… ingleses ebrios… Al día siguiente. se levantó del suelo gruñendo. iba definiendo formas. Me miró. la cocina tenía ventanas. Entré. —Pero si yo lo he traído muchas veces… —Habrá vivido aquí antes que nosotros. a altas horas llamaron en la casa. Se lo mostré a mis hijos. al caer la tarde. —Si quisiera… Pero de seguro está enojado porque vivimos en esta casa: él cree que es suya. Abrí una ventana de la galería. —¿No será que el amo lo trata mal y que quiere venir a vivir aquí? ¿Quieres que lo dejemos? Estará mejor que con el inglés. en los naranjos se afianzaban las orquídeas familiares de las Antillas: la mariposa y la flor de lazo. las enredaderas iban subiendo decididas. y mi cara estuvo a punto de chocar con otra cara. piel negra con manchas claras. A la tercera tarde. no se inmutó. No volvió a echarse en la galería. pude 84 . Mediano de tamaño. Afortunadamente. cerré la puerta. —Aquí no vive ningún inglés. los rosales habían encogido su exuberancia de ramas dispares. al caer la tarde. que allí no se siente catleya vanidosa y envanecedora como en climas extraños. pero en actitud de amenaza. Allí. Echado en actitud vigilante. ¡qué camiguamas!) no tuvo valor para afrontarlo y me pidió socorro. Pero ahora las puertas se cierran. salieron a mirarlo. al inglés lo pintaban ebrio. grande. el perro estaba de nuevo echado en mi galería. recibió con gruñidos a la cocinera. de cochero. al llegar a mi nueva casa cerca del mar. La excelente Celia (¡qué tortugas!. y se instaló en la cocina. y no hubo más. —Aquí traigo al señor. envejecida. que recibimos en desorden salvaje. el perro estaba allí otra vez. Pero en la galería encontré al perro desconocido. —¡Adónde lo llevaré! Al dormirme.

pausadamente. TOMÁS HERNÁNDEZ FRANCO (1904-1952)* Deleite (Historia de un caballo) Esto es historia muy antigua. era mucho más ridículo que feo. el inglés se mudó en seguida. 85 . Con todo. Allí observó. Publicó: Canciones del litoral Alegre (1936) y Yelidá (1942). Pero. con ojos de conocido. el gato es muy chico. que era inglesa. Sus amos vivían donde viven ustedes ahora.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I hacerlo huir. —¡Qué bueno! ¿No se peleará con el gatito? —Verás que no: él es grande ya. guardando siempre. recorrió todas las demás habitaciones. con ladridos cortos de despecho. H. de estirarse *T. y nunca lo volvimos a ver. Cuando se agarraba a las tetas de su madre importada. obras poéticas. las crines y la cola mucho mas claras que el resto de la pelambre. Me miró fijamente. —Lo conozco bien –me dijo el dueño de la confitería. Ahí murió su ama. Nació con un profuso pelo largo color de peña sucia. Apenas abrimos la puerta de la casa. Miré al animal: me devolvió la mirada sin temor y sin ira. lo encontramos inesperadamente en una confitería vecina. yo creo que le hará gracias. cuando íbamos olvidándonos de él. —¡Ah! ¿Pero la señora murió ahí? No sabíamos. Se escapó. amistoso: al fin comprendíamos sus deseos. 1935. adonde acompañé a mis hijos en busca de caramelos y piñonates. salió de la casa. Mis hijos iban delante saltando. Y entonces. cabizbajo. el perro corrió ansioso al aposento principal. magnífico para cualquier burro. manso. R. de rabia contra los intrusos que le vedaban su hogar. Después. En 1951 publicó un volumen de seis cuentos: Cibao. sin aire de rencor. como quien cumple el deber sin la urgencia de la esperanza. —Sí. debió haber nacido de un suave color de oro puro que se iría enrojeciendo después con los años. Nació de una estupenda yegua andaluza traída para recreo y vanidad por un Capitán General y de un semental inglés con más abuelos que un sumarai. ya aquel potro defraudaba completamente las esperanzas y los cálculos del dueño de aquella finca en los alrededores de Humacao. Se ve que el perro no sabe qué hacerse sin ella: al caer la tarde viene siempre a este barrio y ronda la casa. nos lo llevaremos. Le hicimos señas para que nos acompañara y se puso en camino con nosotros. por única vez en la historia. Si quiere. pero imposible de admitir en un caballo de raza. A los tres días de haber nacido. pero alguna vez había que contarla. el potro desmentía todo aquello. tenía una tan horrible manera de poner los ojos en blanco. —Entonces… tendrá ganas de irse con nosotros. olfateó… De cuando en cuando nos miraba: al fin vimos en sus ojos el desconsuelo del vacío. para mayor belleza. Lo llamé y se acercó. sin mirarnos siquiera. Semanas después. porque es fácil de hacerlo y porque no tiene mayores complicaciones. Es una simple historia de un paquete de músculos de acero y de un tremendo haz de nervios que se agruparon. en el cuerpo flaco e inverosímil de un caballo de Puerto Rico. Si la ciencia y la experiencia no fallaran.

pateaba las vacas los terneros y cuando tiraba las orejas hacia atrás y agachaba la cabeza casi a flor de tierra. Había que prepararlo. ordenada con voz frenética por la Doña. llegó a parecer algo así como un alambre retorcido en forma de caballo y entonces comenzó la época en que debía fijarse su extraordinario destino. dado de común acuerdo por todos y cada día se las arregló para hacer algo que justificara más. al comienzo. Como era “EL LOCO”. en el jardín de la casa y tragarse deliberadamente un sembrado de claveles. la yegua andaluza. tan lamentable como estaba. la República Dominicana. reír a la peonada. El Patrón sabía que “EL LOCO” no podía ser vendido a “nadie que tuviera ojos en la cara”. Felizmente. de escarbar la tierra con las manos. azucenas. voces y palos. El día en que logró introducirse. y se las arreglaba caminando desperdigado por el potrero. situada al otro lado del Canal de la Mona y en donde guerras y distancias mantenían firme el medioeval concepto de “Dios y hombre a caballo”. se debieron las primeras palizas. sembrando flores en aquel tropical olor de estiércol fresco y de caballo sudado. sin que antes no disparara un par de coces sobre lo que tuviera más a su alcance: animal. sin embargo. y mover lentamente la cabeza al Patrón. hundidos los sulcos. así y todo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS sobre las patas traseras. roto el belfo. se los administró la peonada fuera del alcance de la vista del Patrón y los recibía. si ello hubiera sido posible. entonces y después. también le llovía. desde luego. De cuando en cuando. su nostalgia y su aburrimiento. pues. enmarañadas las crines. ni de la caricia larga y voluptuosa del cepillo. A fuerza de cuerdas. de lejos. fue siempre. tenía la testera pelada. Así fue como. tenía un aspecto bien poco agradable. cosa o persona. Su predilección. la ropa mojada que ponían a secar al sol: le encantaban los pantalones azules y las camisas blancas y los pañuelos rojos ya tenían que ser secados al humo apestoso de la cocina para que “EL LOCO” no los viera. Sus principales y más extraordinarias fantasías fueron. invariablemente. Los golpes le habían hinchado las cañas. los peones no podían acercársele sin llevar algún leño en las manos. no supo de esos pacientes mimos que los demás potros de la finca recibían en las largas horas de limpieza. Cambió el pelo cuando buenamente se le quiso caer aquel ominoso de burro que trajo al mundo y le nació otro desteñido color de caoba sin brillo. aquel bautizo calificador. mascando raíces amargas. Era imposible que empezara alguna de esas cabriolas que todos los potros del mundo y de todas las razas ejecutan con tanta gracia. desde siempre. Al fin y al cabo. triscando y tragando hojas extrañas al pasto. las palizas aumentaron ya sin órdenes previas. para la exportación y con esa idea dio comienzo una de las más tremendas épocas en la vida de “EL LOCO”. Mucho antes de cumplir el año de vida. maltratados los ollares. recibió la primera tunda oficial. derrotaba a los perros y era el terror del patio. ya tenía un nombre propio: “EL LOCO”. que hacía. no se pudo averiguar mediante qué artes. A esto y a que muy pronto dejó ver una irrefrenable voluntad de morderlo todo. Los primeros palos. Con todo eso. realizadas en lo que se refería a su propia alimentación. a cualquier hora y por cualquier motivo. que sostenía su histeria. los manudillos y las cernejas. deformados los cascos. satisfecha de aquel fracaso. naturalmente. pública. estirado hasta romperlo 86 . cuando “EL LOCO” llegó a cumplir dieciocho meses de edad. Muy pronto dejó andar sola a su madre. pero. sin contar las más bellas rosas de un rosal. Cada día le fueron descubriendo nuevas imperfecciones. el mejor mercado para los potros de Puerto Rico había sido. gardenias y lirios. alguna tremenda pedrada. por allí por donde más pecaba: las patas y la boca. la propia mujer del Patrón.

en su estupor. le desenmarañaron las crines y cola. “del potro que hay en Puerto Rico”. ni posibilidad de protesta.  El hombre del Cibao había hecho el viaje de cientos de kilómetros. poca a poco.  El Patrón sabía aquello de que “no hay mejor engaño que la verdad”. muchos meses después. Brazos. Puesto en tierra. alto y corto. le cortaron y limaron los cascos. cuando ya casi no era ni siquiera un alambre retorcido. y molerlo nuevamente a palos. sorteando precipicios. costillas y piernas rotas. alejaba las proposiciones en firme. No había engaño. de la incurable estupidez de los dominicanos y. vadeando ríos. era una simple cosa viva. Por fin. bien aleccionado. “EL LOCO”. Todavía entonces. le limpiaron las orejas. desesperado. que podía tolerar por algunos minutos que un hombre le oprimiera los flancos y le pasara entre los riñones y la cruz. se le comparaba a otros caballos y se envidiaba ya a quien lograra ser su dueño. Así. en su batalla diaria y directa contra el hombre. No quedó hombre en la finca que no recibiera su golpe. en las largas veladas de las estancias de Higüey y de San Juan de la Maguana. con sus peones y sus caballos. le arrancaron unas garrapatas enormes que tenía desde siempre y terminaron por amarrarlo. Así fue como pudo ver cómo “el potro de Puerto Rico” manoteaba en el aire sujeto en la primera lingada. cuyo verdadero nombre era ya un misterio. Antes de que el hombre tuviera. lleno de improperios y maldiciones. verdaderamente loco. siempre iracunda. Pero. cruzando bosques y sabanas. señalando los progresos de “EL LOCO” en el camino de la civilización. a pesar de toda su voluntad de no dejarse tocar. le puso entre las manos un papel: certificado oficial del Señor Alcalde de Humacao. le cortaron casi regularmente los pelos de la corona. Por aquella carta. Se suspiraba por él como por una mujer imposible. un hombre del Cibao escribió una carta enviando el dinero y pidiendo que le embarcaran aquella maravilla. todos los recursos de lucha que había espontáneamente aprendido en su existencia libre. “EL LOCO” sacó. iban. convencida. con la advertencia de “potro sin domar” y con el precio absurdo de “mil pesos”. tiempo de hablar. enredado lastimosamente en la red. a la llegada de la “María Limpia”. el precio. regocijado. Entonces. 87 . aquella carta a toda su peonada reunida en el patio. atravesando montañas. desde los llanos de Montecristi hasta la Sabana de San Diego y hablaban de él. pocos días después. salió “EL LOCO” para el puerto de Santo Domingo de Guzmán. magullado. por una razón más. encontraba fuerzas para lanzarse contra una pared o para revolcarse en el suelo. se le comentaba. el Capitán John. apresado. entre un gran chillido de paleas. Capitán: John.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I casi. El Patrón leyó. se le discutía. dando fe de que aquel potro correspondía exactamente al pedigree ya antes comunicado. para estar presente en el puerto. más magullado todavía por el roleo. Había que “romperlo” un poco antes de tratar de venderlo. realmente incomprensible para “un potro sin domar”. metido a fuerzas de palos y de gritos en el vientre mal oliente de una goleta. presentaba un aspecto desdichado. Así fue como el pedigree de “EL LOCO” se copió en una larga carta para la República Dominicana. Le hacían tirar de un pesado carromato cargado de piedras durante todo el día y al anochecer un negro le metía el freno entre los dientes sangrantes y se le encaramaba al puro lomo magullado. “EL LOCO” tuvo una estupenda fama entre los estancieros del Cibao. en las orillas sucias del Ozama.

De todos era sabido que era una especie de máquina incansable. se acercó a besar a su mujer y ésta. el hombre y “El Diablo” se entendían. su increíble malgenio. pero. Se entendían en ese borde mismo que es la tragedia inevitable. extasiado. dejando que aquella cosa absurda de azogue quisiera detenerse. sus resabios. dejó que “eso” se adelantara y así continuó por todas las horas del día y de la noche. sin que le dejaran tiempo de saber que estaba pisando tierra firme. mecido en la firmeza sonora de aquellos cascos golpeando la tierra dura. Cuando.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Agarre “eso” y salgamos ahora mismo otra vez… No diga a nadie que yo he comprado “eso”… ni que “eso” es mío. Con todo. a ver lo que es… Cuando el hombre montó sobre aquel pelado paquete de huesos no tenía otra idea que no fuera la de sacrificarse para dejar descansar unas horas sus caballos. Se llamó “Deleite” durante dos años y durante esos dos años llegó a valer mil quinientos. Apenas lograron sacarle un poco de brillo al pelo. a las pocas horas de abandonada la ciudad. observarlo. convencido de que estaba presenciando algo sobrenatural. dos mil quinientos. personas. el hombre le cambió el nombre. nuestras relaciones con “Deleite”. ni se detenía. un extravagante caso de resistencia atroz. anotamos cuidadosamente ese capricho y evitamos sacarlo al sol alto de por el mediodía. amarlo. para todos los estancieros de la comarca. le vino a la boca la ocurrencia: —Ensillen “eso”. sin cambiar de postura en la silla. rota y deshecha en cualquier parte. perdido. asombrado por la revelación de aquel poderío inédito que sentía agigantarse bajo sus rodillas. que reventara en el aire aquel resorte animado por nadie sabe qué impulso. a fuerzas de precauciones y caricias. horas del día. apenas si martillaba con más fuerzas el camino y si los ollares. emprendió el largo y fragoso camino que conduce a esa tierra de maravilla que es el Cibao.  Porque el caballo del hombre empezó a cojear. animales. Cualquier ruido imprevisto le hacía pasar días enteros sin probar bocado y los ejercicios en el picadero le ponían los ojos de un temible color morado de ira. Por el Patrón. le preguntara: ¿Qué tal. Así fue saludado “EL LOCO” a su llegada y así. hacían silbar un poco el aire. haciendo volar rotas las piedras del camino. el patrón nos comunicaba algún nuevo descubrimiento hecho por su cuenta y cada día modificábamos. Sus iras. estupefacto y feliz de ir descubriendo que se podía jinetear un relámpago o un torrente. unida a una insólita y firme suavidad de pasos. en la medianoche. pero que tarda en llegar y como aquel caballo era siempre una especie de guerra y de aventura. ruidos. Pero “eso” ni se rompía. ni se gastaba. sin mover la mano en las riendas. De tanto estudiarlo. contentos. No hubo forma de que aumentara en carnes. borracho en el ritmo de aquel paso. Casi todos los días. amplios y rojos. llegó a ser un libro abierto para nosotros: el día que descubrimos que le irritaba caminar sobre su propia sombra. eran un secreto entre él y su dueño. dos mil. tres mil pesos. sabíamos 88 . arneses. entre sueños. el potro?…. solamente pudo contestarle lo que era el fondo de su convicción: “¡No sé… tal vez el Diablo!”  Así estuvo llamándose durante muchos meses: “El Diablo”. El tenía su particular criterio sobre un montón de cosas: forrajes.

de los veinte a los tres mil pesos. de nuestra Patria. La realidad de su existencia se nos confirmaba por rasgos invariables: sus iras inmotivadas. a ruegos de la Señora hubo que venderlo “al primero que pasara”. que pidió posada en medio del temporal. seguidas al pie de la letra. un buen día. su resistencia en el camino. menos que se declarara vencido por algo. Una noche. una vez en camino. Cuando lo sacaron de la cuadra. todos llorábamos en la finca y todos hicimos el mismo comentario: “Era… el único caballo que había en el mundo”.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I que éste. pero se sabía que eso era imposible por no ofender la memoria del peón muerto en el patio. luego. Para cumplir esa fórmula “Deleite” fue vendido por “cuarenta pesos”. Pero. nos llegaban peones cansados que traían consultas: “¿Qué hay que hacer cuando “El Bronce” no quiere beber?”… “¿Qué qué se le hace al caballo cuando no quiere salir de la cuadra?”… “¿Qué qué se le hace cuando se muerde los ijares?”… Por esos mismos mensajeros sabíamos siempre historias nuevas de fracturas o de viajes tremendos realizados “de un tirón” por “Deleite” y nosotros aumentábamos todo eso en la finca. “El Loco”. obedecía ciegamente la más disimulada presión de las rodillas y si hacía estallar bajo sus cascos alguna ramilla seca. no hacerlo cruzar agua sucia. su inaudita facultad de realizar todos los trabajos. moteados de noticias de “Deleite”. estuvimos mucho tiempo sin noticias. A esos que venían a preguntarnos cosas. nos dio la noticia: 89 . ahora?” Siempre vivimos en la esperanza de que volviera a la finca. A veces. estábamos seguros de que todas nuestras recomendaciones eran. costillas y piernas. tejiéndose una leyenda prodigiosa que era mantenida cada día más fresca en la perenne evocación de nuestro recuerdo. de tiempo en tiempo. Después. de nuestro Cibao. no obligarlo a dar vueltas inútiles. no levantar la voz. no se hacía viejo. sus bríos inagotables. de muy lejos. Seguía de finca en finca. mató de una coz al peón que le limpiaba la cuadra y. alguno preguntaba: “¿Dónde estará “Deleite”. empezaron a llegarnos noticias: don Fulano lo compró en quinientos pesos. un hombre “de por la costa”. pero siempre con la intención y la seguridad de halagar a “Deleite”. tan enorme a pie y tan chico para sus bríos. nunca supimos exactamente por qué. no variaba nunca el paso. tenía que estarse quieto en la silla. “Deleite” era casi un milagro de docilidad. A veces. estuviera en la condición que tuviera: “que le pongan cerca unos pantalones azules del dueño empapados en agua de azúcar”… “que le den a comer media docena de pañuelos de seda”… “que entierren todas las espuelas”… Como con aquel caballo todo era posible. Después. pero no lo puede montar… Ahora le dicen “El Bronce” y dizque lo han castrado para quitarle bríos… Le rompió una pierna a don Zutano… Ya lo vendieron en veinte pesos para el Este… Dicen que lo tienen cargando piedras… Lo trajeron otra vez para el Cibao y lo vendieron en mil pesos… Lo tiene el Presidente… Lo tienen tirando una carreta en la finca de doña Mengana… Se nos fueron pasando los años. En cambio de todo eso. “Deleite”. rompiendo brazos. inesperadamente “Deleite”. no mover las manos. el Patrón tenía que perdonarle que pasara su buena media hora haciendo tonterías. y lo contábamos luego con mejores y más brillantes detalles. oscilando en precio. Sabíamos todas sus terribles aventuras por todo el territorio. les inventábamos las fórmulas más pintorescas. su tremenda capacidad de recibir golpes. ‘El Bronce”. cuando llovía mucho o cuando el calor era asfixiante.

Sed discreto si no sois cobarde. encaminóse el madrugador don Pedro al lugar de la cita cuando los celajes de la aurora desaparecían en el horizonte y surgían por el otro los tenues rayos del sol. mantenedores de estrecha personal amistad. No era secreto. Una tarde en que observara que doña Consolación besó una perfumada flor que le obsequiara don Pedro. eran dos bravos. jóvenes y apuestos cortesanos del Alcázar que alojaba a los Virreyes don Diego Colón y doña María de Toledo. preguntándose en cuál forma hubiese él ofendido a don Nuño. *Periodista.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Al “Bronce” lo mató un rayo… Nos cayó encima un silencio enorme. de ser el agraciado y correspondido por la discreta castellana. inédito. gozaban de buenos miramientos y consideraciones en el seno de aquella pequeña corte y eran tenidos ambos por muy correctos y valientes caballeros. 90 . si bien presumió que tal airado reto era producto de los celos o despecho por causa de un amor no correspondido. quien comenzó a odiar. tampoco. Vos me estorbais y suprimiros será mi mayor empeño. Os aguardo en el solar yermo que está detrás de los muros que rodean el Alcázar. dama joven en la servidumbre de la Virreyna y la requerían de amores con esperanzas. El peón más viejo. hizo el único comentario: —Sólo de igual a igual podía perder. Envuelto en su capa y con la espada al cinto. Tened por cosa sabida que os odio de todo corazón. A él os emplazo por estas líneas. Secretario del Presidente de la República (1924) y Presidente de la Cámara de Cuentas. ANTONIO HOEPELMAN (N. Autor de un volumen de cuentos y narraciones. cada uno. la inesperada misiva. escribió y envió la siguiente esquela: “Señor don Pedro Alcántara Ríos. no pudo resistir la creciente ira que le consumía y tomando papel y pluma. el que más sabía de “animales”. Ha sido diputado al Congreso Nacional. con notoria sorpresa. Ya que presumís de caballero. Validos del favor de sus Altezas. para desesperación de don Nuño. 1874)* Nobleza castellana Don Nuño Valderrama y don Pedro Alcántara Ríos. Sus propias manos. al importuno rival. Nuño Valderrama”. Recibió y leyó don Pedro. Habíamos vivido muchos años de la historia de ese caballo. venid a demostrarlo en el campo del honor. Allí estaré antes de la salida del sol. agitado por los celos. No era secreto que los dos habían puesto ojos interesados en la belleza y gracias miles de doña Consolación Olivo. que los galanteos y requiebros de don Pedro eran los recibidos con mayores complacencias por parte de la bella joven.

me batiré con vos. determinó acabarla don Pedro quien. que debéis renunciar al amor de doña Consolación. aprovechando un descuido de don Nuño. si no queréis que os atraviese de parte a parte”. Días después. Don Nuño. poniéndole en el pecho la punta de la suya le dijo: –”Teneos. Recoged vuestra espada y vuestra capa e id en buen hora a roer vuestra desdicha y vuestro despecho. tembloroso y enfurecido don Nuño acometiendo a don Pedro. que no tiene culpa de vuestra desventura! Capa y espada recogió don Nuño y humillado abandonó en silencio el solar. ya alzado el día. quiero preveniros antes. Allí iba él a buscar olvido a sus pesares o la muerte en los campos siboneyes. —Pues tirad de vuestra espada y ya veréis que sé cumplir el encargo que se me confía. en cambio. —¡Mentis! ¡mentís! –replicó. más sereno y dueño de sí. con más práctica en el uso del acero. Don Pedro. pálido. paraba las acometidas desafortunadas de su atacante con quites oportunos que le enfurecían más y más. cegado por la cólera tiraba mandobles. don Pedro. que estaba prevenido. Vos queréis matarme y yo quiero que viváis. algunos días antes. don Nuño. don Nuño. ¡Os perdono en nombre de aquella noble criatura. el caballero retador que al verle llegar le dijo: —”Puntual sois a vuestra cita con la muerte”. pero don Pedro.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Allí estaba. porque ella me ha entregado su corazón y la desposaré en breve con la venia de sus Altezas los Virreyes. Don Nuño. había embarcado con don Diego Velázquez a la conquista de Cuba. funesto resultado. Este. pero. Y como la lucha se prolongaba y el ruido de la pelea podría atraer la atención de algún vecino que acertase a pasar por el lugar. que acometéis una temeraria empresa. que la muerte la tenéis en la punta de mi espada! —Me asustaríais. pero os arrancaré la lengua que me insulta. —¿Muerte decís? Pues no la veo por parte alguna. se desposaron doña Consolación y don Pedro. que no he de bautizar con sangre asesina la dicha que me posee. Más quiero la muerte que el martirio de vivir sin esperanzas. si no estimara que ha escogido mal representante la pálida y descarnada señora. No comprendo. 91 . madrugador también. don Nuño. le descargó tremendo cintarazo sobre la diestra mano obligándole a dejar caer la espada. si no estáis ya por fortuna avisado. con la natural alegría de damas y caballeros que asistieron a los festejos ocurridos en el Alcázar. Tendréis la culpa del para vos. paró el ataque con un quite maestro mientras gritaba al insensato atacante: —No os mataré. ni vuestra misiva ni aquesta vuestra extraña salutación. con bravura pero sin tino. Consolación. don Nuño. —No os mataré. Sabed. —Matadme sí. pero sin esperanzas de ver cumplidas vuestras locas ilusiones. se lanzaba a fondo. —No dudo de vuestra valentía sino de vuestro brazo. Iba don Nuño a lanzarse para recuperar su arma. —¡Pues tened por seguro. Y ya que así lo queréis. apadrinados por los Virreyes. como quien solamente tenía un supremo interés: arrancar la vida a su rival. matadme ya que me véis desarmado.

No habían reparado en mi traje nuevo. Pare. Yo me había olvidado también. A esa hora de la tarde en que los establecimientos comerciales van quedándose sin voces. hacia el verde. El carro gris. confeccionado a la medida. como yo. a la izquierda… Aquel personaje anónimo tenía muchas vidas aseguradas en los hilos invisibles de sus señales. Caminaba despacio. —¡Vamos! Antes de llegar la policía. hacia el negro… Pero estaba cogido por el automóvil gris. ¡Qué trazos. En esa luz iba yo de regreso de mi oficina de trabajo. varios galardonados en certámenes. dejaron de caminar muchos transeúntes. Por las aceras iban y venían diversos transeúntes: hombres jóvenes. Los dos restantes estaban en la lavandería. a la derecha. —¿Qué ocurre? —Un accidente. como si paseara. niños. ancianos. mozas garridas. sonó un grito de dolor y se oyó el ruido de unos frenos… El agente levantó las manos en cruz y al instante se pararon todas las máquinas. La muerte acechaba sus movimientos. Existen los apasionados del accidente. La tarde invitaba a la contemplación y yo vestía mi mejor traje. pero no le era posible hacer nada. ¡Mi traje nuevo! Gris perla. 1885)* Mi traje nuevo Aconteció en una de las calles principales de la ciudad. El placa 406 sonó su pito de reglamento y comparecieron dos agentes. paño inglés. pero con una larga hoja de servicio. movía los brazos constantemente. Yo me detuve al escuchar el grito. Un agente de la policía. Uno de los agentes me indicó: *M. —Ese carro ha aplastado a un hombre –gritó una mujer. Los agentes ordenaron que se alejaran. en la esquina cercana. es autor de La hija de una cualquiera. eran de buen paño también. Una luz opalina bañaba los seres y las cosas. Con todo. qué caída! ¡Una obra de arte! Me lo había puesto aquella tarde por necesidad. pero hubo necesidad de amenazar. Con la exclamación viajaron las miradas hacia el vehículo rojo. A. Los últimos clientes salían con paquetes debajo del brazo. Cada indicación del placa 406 mantenía el equilibrio de aquel río interminable de vehículos. siga. y de numerosos cuentos. ya los curiosos rodeaban la máquina. A mí me llamaron para que ayudara. novela.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS MIGUEL ÁNGEL JIMÉNEZ (N. 92 . J.

sus facciones eran correctas. sus compañeros. caballero. agente. todo ha sido aquí en el pecho. váyanse. —Debe ser paciente. ¡y arriba!. —No. de estatura mediana. –le dije e iba a sentarlo. —Si quiere. –contesté. El placa 406 preguntó: —¿Este chófer podrá guiar bien? —Pero él no tuvo la culpa. yo no tuve la culpa… —¡Cálmese!. ¡levantemos! Alzaron el carro y yo así al hombre y tiré de él como pude. —Yo puedo guiar. pero el placa 406 me lo impidió. El carro gris fue de los primeros en ponerse en marcha. Nos colocamos como pudimos en el interior del automóvil y el placa 406 se alejó a reanudar el tránsito. iré. —Sí. gracias: estoy casi muerto. el chofer y yo cargamos al hombre hasta el interior del automóvil. Iba a continuar mi camino. yo tengo que continuar mi servicio. —Conforme. pongámoslo dentro del carro. un negro delgado a quien se le había perdido el color.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Trate de levantar esa rueda. –explicó. —Lo llevaremos en seguida al hospital más cercano. estoy seguro. —¡Listos! —¡Listos! El chofer aprovechó para decir: —Yo no tuve la culpa. pero el contuso no pudo seguir hablando. No había vuelto a pensar en mi traje nuevo. —No lo tuerza. gordo y blanco. Venga. —Pues andando. a su interior volaron ahora las miradas de los curiosos. —Está bien. –expresó desfalleciente. —Ay. chofer. Uno de los agentes tuvo que apartar todavía a los curiosos. hay uno poco distante. —Este hombre está mal. yo… Al conductor le volvió la sangre a la cara. nosotros lo llevaremos. —Sí. puede subir. El placa 406 dijo: —Mejor es que nosotros cuatro levantemos las dos ruedas delanteras y que usted hale al hombre. Era un hombre como de unos cuarenta años. Tenía la ropa sucia. llévenselo en seguida. A mi lado hacía fuerza también el conductor del vehículo. pero el desgraciado indicó con su voz desfalleciente: —Venga usted también. —Pónganme más a la derecha… —Sí. caballero. —Está bien. Obedecí. El placa 406. pero estaba sin afeitar. tiene cogida la ropa del hombre. complázcalo. puede tener roto el espinazo. —Conduce con tino. pero el contuso dijo: 93 .

pero perdí la cabeza con el juego y la bebida. Detrás de la camilla íbamos los miembros de la policía. sí. Primero cruzamos una gran puerta de hierro. Pronto llegaremos. iré a avisar para que vengan con una camilla a buscarlo. puede hacerle daño. un momento. —Esta vez me ha salido todo muy mal. En una habitación con ventanales de vidrio instalamos al contuso. el chofer y yo. pero al despedirme del desafortunado. Así al desdichado por la parte superior de la espalda mientras uno de los agentes le indicaba al conductor la dirección del hospital. –expresé a uno de los agentes. porque el chofer no tuvo la culpa. con los ojos cerrados y muy pálidos. caminamos por un amplio salón y ascendimos después por una espaciosa escalera. hablaba de mi trabajo. —Me siento mal de todos modos. no he echado sangre. es allí. Se lo expliqué a la policía. —No es necesario. Hizo una pausa y después prosiguió: —En otros tiempos vivía bien. Olía a drogas y un silencio que caía como de los altos paredones. Luego se dispusieron a marcharse llevándose al motorista. –expresó el otro agente. —Vendrán en seguida. —Está bien. —Ya estamos llegando. todavía me suplicó: —No se vaya. quizás le diga el médico que no es cosa grave. pero ¡cómo me duele el pecho!… —No hable. Yo también me iba. era empleado de comercio y ganaba bastante. estoy asustado ¿Dónde está el doctor? —Vendrá en seguida. —No me refería al golpe. Cuando retornó el agente. Las luces amarillas del atardecer lo volvían más pálido. Las monjas fueron a buscarlo. nos envolvía. no se vaya. me retiraron y ahora me dedicaba a ese otro oficio: vivía del accidente. señor del traje nuevo. pero él prosiguió: 94 .COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —El señor bien vestido que me sostenga por el hombro. Los agentes se quedaron después. –le recomendé–. Miré al sujeto con extrañeza y pensé que deliraba. El carro continuaba su marcha y ahora entraba en un sector muy tranquilo de la ciudad. lo acompañaré. —Acompáñeme un poco más. El contuso estaba como desmayado. –me contestó y se dirigió al interior del hospital. caballero… —No desespere. —Sí. urgentemente. —Muy bien. —Está bien. El carro se detuvo delante de una magnífica construcción. No estoy herido. —Entre todos podemos cargarlo. no se impaciente. vino con tres mozos que acostaron al hombre en un pequeño catre y se dispusieron a llevarlo a un cuarto de emergencia. Las religiosas salieron de la habitación y permanecí con el contuso. señor. a solas con el hombre. Unas religiosas con tocas blancas ayudaron a acomodarlo.

siento que me voy. yo no tengo madre. pero él la dominaba. él estaba empeñado. y agregó quejándose y con la frente sudorosa–: ay. pero le habían fallado los nervios. pero piense que pueden ser mis últimas palabras… Quise quedarme callado. El continuó: —Mi nombre es José Luna. —¿Está muerto? —Sí. caballero. Hoy tenía que volver a trabajar y me había escogido a mí para que lo favoreciera. No me ha dado dinero. después de levantarle los párpados y tomarle el pulso: —Pero con éste ya no hay nada que hacer. tan solo… —Yo se lo dije porque a lo mejor si se excita… —No crea. —El médico debe estar al llegar. —Quizás bebí demasiado con aquellos cuarenta pesos. —¿Valiente?… Bueno. estoy tranquilo. Cuando el médico llegó. Aguardó a que pasara en su automóvil un rico de buen corazón. Iba a decirle que estoy muy satisfecho de usted. señor… —No converse más. le perjudica. pero es la pura verdad: esa era mi profesión. Yo guardé silencio mientras él lloraba. Me ataca por instante… Es como si quisiera destrozarme. que no se agitara. Se trataba de una labor arriesgada. Oiga. Continué mirándolo con tristeza mientras de los altos paredones seguía cayendo aquel silencio compacto que lo envolvía todo. y ¡zas!… Simuló que quería suicidarse tirándose sobre un botafango. —¿Le duele otra vez? —Siento que me he hinchado por dentro. Indiqué al desdichado que guardara silencio. pero me dicen Serrucho… Ya el Serrucho no cortará más… Siento otra vez el dolor. un auto lo… El galeno ya no me oía. soy pobre también. —No se apure.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Me explico su asombro. me parece que el dinero no me molestará más. me informó. ¿Es familiar suyo? —Es mi conocido de esta tarde. —Todos los hombres somos hermanos. Tornó a llevarse las manos al pecho y se le humedecieron los ojos. pero aquel hombre parecía tan triste. —Tal vez. resista un poco más. me vuelve el dolor. usted es un hombre valiente. —¡Si así fuera realmente! Se llevó las manos al pecho y volvió a quejarse. —¡Maldito dinero. malditos errores! —No le doy algo porque no soy lo que usted ha imaginado. ¿Por qué no viene el médico? —Debe venir ya pronto. pero me ha consolado. ni un hermano. en continuar su relato. No sabía qué contestar a aquel desgraciado y callé conmovido. se mostraba cansado y con un bostezo agregó: 95 . Luego tuvo un sacudimiento y se quedó como dormido. Era como uno de esos trabajos peligrosos que efectúa muchísima gente. empero. ¡quién sabe!… Se necesita serlo para vivir de lo que yo he vivido. dijo en un tono muy frío. –prosiguió diciéndome. No hacía más de dos semanas que le había producido cuarenta pesos. y me producía para vivir.

blanco. La luz de una lámpara jumiadora tiró su sombra contra la pared. Ya en el camino. con los brazos largos y las manos recias. no dijo una sola palabra. abrió los ojos nerviosamente. El hombrecito moreno. salió luego del cuarto sin desperezarse. y tú eres el mío. era un ruido como de rocas que se despeñan. Honor trinitario —Guata: dile a Pancho que me mande el caballo. Marcelo se dirigió a la sala. La sala tenía un aire singular. En la soledad de la vivienda. después se lo terció pasándose sobre el hombro izquierdo el cinturón de tela que sostenía la vaina. don. rechoncho. cerrada la noche. La noche era cada vez más negra. con emoción. —Está bien. El peón que se había quedado medio dormido. lo miró fijamente. Su mujer hacía tiempo que la habían enterrado debajo de aquella mata de jobo que estaba cerca de la morada. encanecido. era un hombre vigoroso a pesar de sus años. En aquella casa solamente vivían él y Guara.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Avisaré al director para que disponga según los reglamentos. dijo monologando. y Chano. hizo luz en ella encendiendo una lámpara de vidrio que había sobre la mesa. le crecía una resolución. de la Línea Noroeste. Era ya de noche y de las estrellas descendía el polvo de la eternidad. Guata se pasó dos veces las manos sobre los ojos para espantarse el sueño. Hace dos días que viene preocupao. en dirección a los potreros. primero surgía una luz y después se escuchaba el estruendo. de buena estatura. en el comedor de la casa de tablas de pino. La orden del viejo lo obligaba a salir de pronto porque le había hablado en un tono que empujaba. —Le voy a dar una lección a ese muchacho que no parece de mi cata. 96 . y entró luego al dormitorio. su hijo único. Pobre hombre! ¡Dios quiera que no pase na malo! Mientras Guata rompía las sombras. —¿Cómo dice el don? —Que vaya a decirle a Pancho que me mande el caballo y que le ponga la silla nueva. y luego agregó: —Ca hombre de vergüenza tiene su machete. no se distinguía mi árbol ni nada. con la carne apretada. Después salimos de la habitación y yo volví a la calle. Me sentía triste y como avergonzado de mi traje nuevo. Volvió a meterse en su silencio por un rato. Guara se apartó del rincón en donde estaba sentado sobre una mecedora vieja de baítoa. ¡Quizás es por el encargo que le hicieron al jijo. Cuando acabó de colocarse el machete. con sus muebles severos y un no sé qué de rural señorío. hacía calor y tronaba del lado de los pomares. parecía que iba a llover. Abrió el baúl grande y sacó de él un machete de pelea. ya tenía hogar aparte. Allí se sentó cerca de la puerta que daba al camino. Salió del aposento y volvió a la sala. después monologó: —¿Qué le pasará a mi don?… Me jabló como quien va pa un desafío. Con el arma puesta se veía bien. pero estaba pensando muchas.

yo no quise decirle más na al don. endurecidos de transitar. decidido. mi don. más te estimo a ti. Si no he vuelto de madrugá. A poca distancia se escuchaba el rumor del río… —¡Esas aguas saben quién soy yo! ¡Ellas me vieron al lado de Serapio Reinoso! Las palabras finales del soldado de la Reconquista. Guara. Guara acabó de bajarse del animal y después preguntó: —¿Y usté va a salir de una vez? —Ahora mimo. mi don. pero óigame: usted no debería intervení en eso. seguramente. dile a Pancho que atienda a la pulpería y que ponga al compay Lolo a cuidar los animales. lo sacaron de su mundo adentro. —Perdóneme. ¡Cómo me duele que ese muchacho no haya cumplío!… Guara oyó con respeto y admiración a su amo. Terminó de hablar con una escupidura. Guara. ahora trinitario. un traidor. —El asunto es defici. te quedas aquí. Guara lo vio penetrar de pronto en la oscuridad. La noche lo envolvía como polvo de carbón. y se quedó pensando en lo que le habían referido de la pelea en La Emboscada. ágil. luego agregó: —Y tú. ni se oía el viento correr en el monte. Toda una larga historia de actividades varoniles. La luz que salía por las puertas y ventanas tenía forma cuadrada. en su bojío. Tú ayudarás en lo que puedas cuando te llamen. —¿Estaba en el primer cerceo? —Sí. continuaba pensando con profundidad. Las pisadas del caballo de Marcelo sonaban ya del otro lado.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I El viejo Marcelo no reparaba en nada. recogió los pies descalzos. pero a lo mejor con el que debió trabajar Chano. Guara mordió una ruea de andullo. es un vendío. yo sé que no debo meterme. había disminuido la amenaza de lluvia porque ya no relampagueaba. 97 . En la oscuridad parecía otra piedra. —Está bien. que parece que tienes vergüenza. A mi jijo ya lo he borrao. en el chiquito. encargao de las gallinas y de las cosas de la muerta. Con las dos últimas palabras Marcelo subió con ligereza de joven sobre el caballo alto y brioso. impetuoso. que caían como azotes sobre el recuerdo de su hijo. —Lo consiguieron con facelidá –contestó éste mientras se apeaba. cruzó los brazos y se quedó pensando. comenzó a masticar tabaco y luego se sentó sobre una piedra grande que había en la esquina de la vivienda. —Has vuelto pronto –le dijo al peón. a mí es a quien le toca. se puso en pie y salió de la sala. mientras los compañeros aguardan que cumpla con su encargo. cayeron sobre el peón como carbones encedidos. Los pasos del animal que había ido a buscar Guara. monologó. jugando barajas. Después el guerrero picó el caballo y se fue a escape. —¡Mi don!… —En este momento estará él. usted no debe eponerse. no estaba en el mundo exterior. ¡Cuántas ideas cruzaban por aquella cabeza! Episodios de la juventud y de su vida de hombre maduro. cegado de soberbia. ¡Si no fuera porque quizás yo no sirvo!… —No.

abandonó su hamaca. pegó los oídos a uno de los setos de tablas de palma. pero como no lo lograba. como una palma. se bajó de la silla. ¡tú no tienes vergüenza! ¡Cómo nos estarán maldiciendo los trinitarios! El mancebo sintió que le habían herido el rostro y le costó trabajo contenerse. ¡porquería! ¿Tú ves este machete?… —¡No debe ser más cortante que éste! Marcelo clavó los ojos en el arma que el joven había sacado de la vaina que pendía de su correa. Los dos rostros podían distinguirse bien ahora. pero Marcelo Figueroa estaba acostumbrado a ver en la noche. debajo de los serones de guatapaná. el patio estaba claro. A mí tenía que decírmelo Olegario y ése no era puro. el retrato del padre en su mocedad. fornido. Aquel vallado daba al patio de la casa de su hijo. —¿Qué hay. se fue para adelante y llamó a su hijo: —¡Chano!… ¡Chano!… El hombre joven. y salió en el acto. 98 . Había llegado. —¿Y se fue Olegario? —¡A Olegario lo enterré en su propio cercao! Marcelo sonrió satisfecho y vio que su hijo se ponía grande. miró entonces por un agujero y vio que la puerta del frente del bohío estaba abierta. alto. Esperó ver a alguna persona. como un jabillo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Todos los caminos estaban rebosados de tinieblas. Primero cruzó el vado del río. y si no fuera porque es mi taita!… —Eh. se encaramó sobre dos travesaños y salvó la cerca. caminó hacia ésta con sigilo y cuando pudo. pero no oyendo palabras. —Perdóneme. pero conseguí las armas y hace poco que las escondí en el rancho. vestido como estaba. cortó tres veces más la corriente y luego hizo alto frente a una cerca de palos. era un vendío. ni nada. yo no sabía na. después que no has sabido cumplir con tu deber?… —¿Cómo?… —Chano: tú no conoces el honor. En los minutos se agrandaba su inconformidad. —¿Me sale con eso. Marcelo. amarró el caballo y después echó a caminar por entre unos matojos. viejo? ¡La bendición! Marcelo no profirió vocablo. ni ruido. su montura conocía bien todos aquellos derrocaderos que llevaban a la vivienda de Chano y el viejo era buen jinete. —¿Me desafías?… —Le explico que este colín tiene tuavía sangre de gente… —¿Cómo? —Y que Olegario no era trinitario. se apartó. después anduvo por un pequeño valle. una lunilla de cuarto creciente se había comido las tinieblas. —Marcelo ¡usted es el primer hombre que me insulta. pero su silencio quemaba. ¡ése era un traidor! El soldado miró de hito en hito a su hijo. Cuando encontró un sitio apropiado.

Y como le riñera su mujer por esta irreverencia contra lo que fue siempre en ella regalo de buen gusto espiritual. “como un desesperado”. *R. holgándose en cuidarlos en dorada pajarera que su amor. y sufría cuando se hallaba flojo de dinero. que llegó a comprometer la envidiable serenidad de su despensa. le reprochaban a Perucho las señaladas muestras de disgusto con que recibía a cobradores que. Comía. llegó a serlo también de vendedores. bien que los desesperados venían a ser. conocido generalmente por Perucho. de Educación. que. porque los insultaba. los que le fiaban los ricos jamones y los buenos quesos que eran su debilidad en un sentido. El Patriotismo y la escuela –1917–. 99 . Los cobradores éranle sencillamente detestables. tocado de la magia de lo ingenuo. Preocupábale. según suele decirse. era lo que se llama. y trabajos dispersos en periódicos y revistas. poeta y prosista. y de tal modo se condujo con éstos. Llegó a faltarle aquella facilidad en girar por cuenta propia. El sueldo de que disfrutaba en la agencia comercial de que era empleado. Maestro. lo cual fue causa de que. Oración panegírica –1938–. en boca de acreedores. respondióle con otra brutalidad por el estilo de la primera. que han estado siempre al uso en todo tiempo y en cualquier medio. que habían salido a él en lo goloso. a la larga. 1886)* La escalera inesperada De los tibios en arreglo de cuentas. “ser duro de pagar”. Al amor del Bohío –1927-29–. como la naturaleza la había hecho. aunque su fortaleza en otro. Cogía fiado con facilidad y pagaba con dificultad. cuanto más que no era culpa de ellos el haberles tocado el oficio de cobrar. T. o porque. como azote de comerciantes. Espumas en la roca –1917–. a la hora del cobro. no hacían sino cumplir con su deber. Biografía de Trujillo –1945–. diciendo que alababa el gusto de los romanos. que contaban entre sus platos favoritos las lenguas de ruiseñores.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I RAMÓN EMILIO JIMÉNEZ (N. Jiménez. Si era de alabar su afición a la buena mesa. durante varios años director del diario La Nación. según él. Las cuentas de Perucho eran siempre exigencias de buen apetito. había una vez uno en la ciudad de Barahona. como nada en la vida. la despensa. porque no les pagaba. que llegó a ser terror de cobradores. salvo lo de la crianza de palomas. sino muertas y servidas bajo sus manos armadas de cubiertos. apenas si le alcanzaba para otro fin que el de la mesa. Pero aquel gastador de buena mesa. le fiaran con dificultad aunque pagara con facilidad. que por el duro trato que les daba. al menos. antipático y todo. Es el peor oficio que pudo haberse inventado. hizo construir en el patio de la casa para regalo de su oído y maravilla de sus ojos. y su mujer solía desaprobarle esta conducta. era de lamentar su apego a la tacañería. no vivas en su expresión de alas y de arrullos. Fina de gusto. Del lenguaje dominicano –1941–. Perucho era de los que se acogían con el mayor buen humor del mundo a la apertura de crédito y con el peor humor de la tierra a la clausura del débito. aunque a la madre en lo de bien hablados a la hora del pago. fue director de la escuela Normal (C. Ya la filosofía vulgar lo ha sentenciado: “mientras más calor. en rigor.) y Secretario de E. Y para colmo de desdicha sucedióle lo que acontece por lo general en estos casos: a medida que se le cerraba el crédito. Obras: Lirios del trópico –1910–. Su mujer. que llegó a inspirarles miedo. que hacía mesa moderada. es tan viejo como el mundo. Mas el temperamento de Perucho no se avenía con esta política de pájaros de su mujer. se le abría más el apetito. E. y sus hijos. cobróle afición a los pájaros. para los que era extremosa. menos por la cara infernal que les ponía cuando se le acercaban con recibos. Espigas Sueltas –1938–. La Patria en la Canción –1933–. Periodista. más ropa”. Diana lírica –1920–. a las que deseaba ver siempre.

y el punzante instrumento de demostración no reveló nada anormal en la masa dorada y aromosa. Y sabía esto acerca de tan original plato. No se corrían por esto los labriegos. y el avisado dependiente aplicó a la pesada masa rubia un asador caliente.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ¡Lástima de plato ya en desuso! –decía como para mortificar a la esposa. con el brillo particular de cosa nueva. entre las aves que cuidaba. Repitió la operación en varias direcciones y el agudo instrumento salía sin dificultad por el extremo opuesto al de su entrada en la pasta de oro. y se lo dieron. hecho lo cual retiró el utensilio y pagó las ocho libras que indicó la balanza. de los que se pegaban entre sí y de los frascos. que tenía. Cromos. y puñados de azúcar pardo. divisó. destinado a tabaco y el pequeño a pieles de chivo que llenaban la calle de groseras emanaciones. Agudizaban su imaginación en el ardid para vencer en nuevas trampas. que extendió al desconfiado dependiente mientras le decía. porque ahora me hace falta una escalera”. como aparato de escarmiento contra la industria y la malicia campesinas. —”¡Bájeme el jamón!” –volvió a ordenar al empleado. se clavó en la flamante envoltura de henequén. de que hablaban las crónicas antiguas. A lo que respondió Perucho sin demostrar la menor contrariedad y sacando de entre uno de los bolsillos del pantalón un billete de cinco pesos. selecta clase y acabado de recibir. y decían. al que se agregaba el de la cera. pieles y cera. Su vista. no precisamente por lujo de conocimientos. y también se la dieron. Cinco pesos. que allí iba de compras atraída por el cebo de la ñapa. Llegóse a ella y quedó boquiabierto ante unas piernas de jamón que pendían. que no se hallaba lejos de aquel sitio. confites de bolas. haciéndole el ambiente de confianza a Pedro Antonio. Era una atienda mixta. un bello par de ruiseñores–. Llevaba Pedro Antonio una marqueta de ocho libras con la forma del caldero en que había sido derretida la cera. con impertinencia de garra. mientras paseaba por una de las calles de Barahona. almanaques. Otros vendedores de ese producto habían puesto piedras en el interior de la masa logrando mayor peso y burlando al comprador. provocadoras. Inquirió el precio. Volvió otro día con nueva cera. como para dar tiempo a que llegara el dueño del establecimiento. que empujó hasta perforarla. únicos libros que leía con devoción. que exportaba a los Estados Unidos de América. y nuestro hombre ordenó al dependiente: “¡Bájeme una pierna de jamón!”. entre el loco volar de las abejas que allí no faltaban en los sacos de azúcar. que era en Santiago de los Caballeros a fines del pasado siglo y principios del actual. pero éste aparentó no haber escuchado la orden de Perucho. el de más negocio en tabaco. constituían el acicate de los mandaderos de oficio. con un periódico en las manos fingiendo que leía. Cierta vez. los datos no podían ser más interesantes. preferida de la servidumbre casera. Dependencias de la tienda eran el vasto almacén. atraídas por el olor que despedían. una recién abierta pulpería. de la parte más alta de los tramos. y a esto se debía el procedimiento del asador sobre un brasero en el patio de la tienda. la frescura del artículo. con dominio de la situación: —”¡Aquí tiene usted la escalera!” Un duelo comercial Pedro Antonio fue al establecimiento comercial de José Batlle. que al fin le respondió: —“Será en otro momento. respecto de aquellos comerciantes: 100 . sino por erudición culinaria adquirida en los manuales de cocina que no le faltaban cerca de su mesa.

SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Buscan la piedra en lo que les vendemos. que era la de vender. que no sabían por qué reía el buen señor. prorrumpió éste en estrepitosas carcajadas. La imaginación fue bien lejos en refinamientos de común superchería. pues habíalos ejemplares. y su cuerpo firme adopta. de la tienda. en la venta de naranjas “de china”. y no en el corazón de piedra que ponen cuando compran. y la “cargada”. se acortaba mucho de medida en el campo. Y el del pueblo exclamaba: —¡El más bruto del campo sirve para arzobispo! Claro que todos los comerciantes no procedían de igual modo. reunió la mayoría de éstos en un frente común contra el comercio cibaeño. aseguróle que el tabaco era “de piedra adentro”. Autor de una novela y de cuentos no publicados en volumen. dando a probar las dulces en desquite de bebidas ligadas y libras incompletas. sonriente. –respondió el astuto vendedor. de piedra adentro. Fue abierto un serón. Al día siguiente fueron vaciados los serones. sus ojos son duros. interesado en conocer la procedencia del fruto. pero el pecado de muchos en la violación del sexto mandamiento del Decálogo. 1925)* La bruja Sola en su rancho que ocultan las bayahondas. lo bailamos. en la que una arroba venía a parar en treinta libras. en perjuicio de los agricultores. Tela al parecer bien medida en el pueblo. por el astuto campesino que. y con asombro de hombres y mujeres ocupados en la faena. Estornudos… Picazón en los ojos… adherencia en los dedos… ¡Inmejorable! —¿Es de Hato del Yaque? –inquirió don José. Esta mujer tiene las orejas traspasadas por relucientes argollas. del que se extrajeron varias sartas. Cierta vez llegó Pedro Antonio con seis cargas de tabaco a la tienda de don José Batlle. Capa pura… Don José llamó al Encargado del Almacén. Hubo siempre lucha artera entre la astucia urbana y la rural. Tabaco bien pesado en el campo se aligeraba demasiado en el pueblo. Se dio la orden de compra y Pedro Antonio salió. la bruja. Es Nena. Largas piedras achatadas se hallaron entre las sartas de tabaco. barajando con agudeza la idea de lugar con la condición. que era la de comprar. que esperaban la indignación del rico comerciante. con alarma de todos los que servían en el almacén. RAMÓN LACAY POLANCO (N. de ordinario. vestal tenebrosa de las tierras del Sur. y entre éstos debía de hallarse José Batlle. incomprensibles para los espectadores. El del campo decía: —De hombre de pueblo no me fío. 101 . penetrante. y parece gitana. Comerciante y campesino tratábanse de mala fe. más que engañado. En las compras de tabaco el campesino dejaba. gasta pañuelo de cuadros amarillos envuelto en *Ramón Lacay Polanco. Rezumaba miel la hoja y se ofrecía a la vista como seda. elástico. Don José fue llamado en el acto a presenciar el burdo timo. Había la romana corriente. Era un rico tabaco de olor. a veces. burlado. —No. ni todos los agricultores procedían de tal suerte. Solía mezclar el campesino. las dulces con las agrias. laxitudes sensuales. En la mejilla izquierda ostenta tatuajes extraños. semos como ellos son. según típica frase: “el cuero en manos del comprador”. Como nos toquen el merengue.

de ojos asombrados. junto a Telésforo. llamando a Papá Legbá cuando el peligro la amenazaba o transformándose en piedra. la bruja. de carnes duras como la sequía de la tierra.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS la cabeza casi cana. El calendario de Nena. Estremece su relato el paso de la tarimba: la parihuela que conduce al muerto va rodeada de gentes vestidas con ropas de chillones colores. cada una de las cuales poseía un velón encendido. en junio. Y comenzaba la otra aventura. Apegada a su hombre como la yedra al jabillo vigoroso. siempre. a través de las madrugadas foscas. Sola. creció una pasión avasalladora.  Pero antes fue estampa de caminos. y de la cruz de Jericó del difunto. A su paso se santiguan. donde cada día ella clava una oración y eleva un canto de recuerdos rogando a Dios por el descanso de aquella ánima que todavía está penando. —Ven –le dijo–. o en perro cada vez que los bandoleros le cruzaban el paso. o en tronco. y habla de sus tiempos cuando era caballo y se montaba con el espíritu de Ogún Balenyó. la venta ilegal. es un calendario de lunas y estrellas. Explica historias del Bagá (espíritu diabólico que se aparece en forma de perro. la bruja. La tambora enfebreció su carne al ritmo del vudú. con perros algebraicos y algodonales amplios. su tristeza es hermana de la tierra. Es Nena. y cañadas sedientas que se duermen al son de los atabales… Pero entre esta mujer que ahora tiene carnes flácidas y el bandolero Lico Bueyón. Esta era una pieza atiborrada de imágenes de santos. amparada por los espíritus del agua y de la tierra. hombre realengo del Sur. bailando Los Palos del Espíritu Santo. Bella. Fue amante del negro Cinturón. de jabalí o de pájaro y puebla de miedo los parajes oscuros). ayuno de agua. Debió bailar en Veladero y Las Caobas y conocer las rutas de Puerto Príncipe. asesino sin rival y vagabundo de rutas. como las tórtolas que huyen a la orilla del Yaque. invocó una tarde a los espíritus del mal y lo preparó para las luchas de guerrillas. bailan y cantan el rito en patois. en el camino de San Juan… Y sus noches de vela. vestal tenebrosa de las tierras del Sur. San Juan de la Maguana… siempre de noche por zonas de angustia. Penetró en la habitación del rancho. y sin meditarlo se ayuntó con él. Los lugareños le temen. que beben. En el fondo estaba un camastro pequeño 102 . ella supo conquistarle a la vida todo lo que quiso. en la ancestral orgía africana que enciende las noches de Haití. tan violenta como crece el maíz en la menguante. que asaltaba las recuas en el paso del Naranjal. Quiero prepararte. cuando las lomas. No oculta sus aventuras de contrabandista. que luce a un lado del rancho llena de cascarones de huevos y trinitarias. el maroteo de siempre. Ella conoció a Lico Bueyón. A su manera. En sus anécdotas figura el gavillero Rafael Lucas. Entonces cruzaba la raya cuando los cielos de la frontera eran sendas nocturnas de estrellas. Cruzando amaneceres en el viaje de vuelta. la selva y las sabanas se juntan y confunden en un paisaje gris que tiembla vacilante. A su regreso. Hondo Valle. Y sus recuerdos del monte la Urca. Es de esa estirpe que sabe vivir y morir en pie. y el contrabando. sus monturas se inclinaban al peso del clerén. Ella lo hizo cabecilla. Es la suya una historia de tierras enfebrecidas y noches ardientes. La marcha larga sobre los trillos secretos que cortan las montañas y conducen a los poblados de Barahona. con las distancias medidas por el paso de los ríos y las guardias ocultas. escalas de la novela del alijo haitiano.

Inmediatamente empezó una extraña oración mezclada con cánticos ininteligibles. lleno de pinturas raras. sobre la cama. La bruja quedó en éxtasis. y el dolor de las recuas. sacó varios objetos de cera. El hombre. que le seguían por todas partes y acataban sus órdenes sin recelo. en la cual colocó unas insignias misteriosas. Empezó a traficar en Clerén. siempre murmurando misteriosas frases. aquel gavillero fornido. quien cantaba lamentos y hacía ritos para la largueza de días de su hombre. Luego se separó y procuró en uno de los baúles una bolsita de hule. Pero he aquí que el bandido. envuelta en sopor enervante. Era un rito donde semejaban flotar duendes y vampiros de alas membranosas que le dejaban al paciente un raro calofrío en el organismo. ebrio de clerén y café cargado. —Ya está. Sus mandíbulas se movían con inquietud. de bigotes largos y largas manos de verdugo. Nena tomó a Lico por la mano y desnudó su cuerpo de ropajes. La bruja invocaba los espíritus del agua y las montañas. Lico sentía una comezón extraña en la piel dibujada. desde entonces. y luego. echó en él varios paquetitos de polvos de colores y empezó a mirar concentradamente el líquido tornasolado. Del vaso empezó a salir una espiral de humo perfumado que se extendía sobre las paredes y hacía pensar en los encantamientos. como si un enorme generador de electricidad hubiese descargado toda su potencia. Lleva esto siempre encima y te acordarás de mí –dijo– sacudiéndose como si tuviese frío. Luego la hechicera. y empezó a tomar sus objetos. y bajo el influjo de su voz profunda la estancia colmábase de corrientes magnéticas. podían contemplarse unos cofrecillos oscuros y un baúl amarillento. y cosiéndola con una aguja larga le puso un hilo oscuro y la colgó del cuello de su hombre. Junto a ellos. empezó a seleccionar su grupo de forajidos. ya poderoso. Con la pluma de ganso mojada en el líquido trazó diversos signos desde el nacimiento de la cintura hasta la parte alta de los pulmones. un crucifijo. Entonces abrió un maletín. Sólo yo. Inmediatamente le lanzó en la espalda a Lico Bueyón aquella poción y lo frotó con un paño negro. tomó un vaso de agua. con el pelo rojizo y la boca grande. la mujer del jefe. Lico Bueyón vivía apegado a la negra. había sido un clarín de guerra en la comarca. estaba Nena. y en los cantones donde moraban después de los latrocinios y las incursiones. Lico estaba asombrado. Cecilia curaba a los heridos con sus ungüentos y pócimas y preparaba sahumerios para ahuyentar a las ánimas 103 . sus pupilas brillaban con extraño fulgor. Primero sintió un golpe de muerte sacudir todo su cuerpo. De sus manos parecían nacer hilos invisibles que alargaba con sus dedos amaestrados. Sacó de su seno una tibia de algún pobre difunto y volviéndolo de perfil dióle con el hueso tres golpes en la frente. tranquilamente. pronunció palabras incoherentes. —Nadie podrá contigo. a veces.  El galope de su caballo. Con el vudú y sus sortilegios. En el piso. fue suplantada por Cecilia. dio varios gritos espeluznantes y empezó a bailar alrededor del lecho donde estaba tirado su hombre. sonrió. Le ordenó que se pusiera boca abajo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I cubierto con frazada roja. Nena. la médium. dispersos. que tengo la contra –agregó la médium. unos hombres duros como la tierra. amarillento. una esponja y una pluma de ánade incrustada en un frasco alargado que contenía un líquido verdoso. Luego encendió un mechón de aceite que traía consigo y una llama azulada dio perfiles siniestros en la habitación. se cansó de ella.

gran Agüe. se pasan los calabacines de clerén. Cecilia acaricia con sus ojos al bandolero. Le sigue su cuadrilla.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS en pena. con todo el sensualismo de su raza y toda la fiebre endemoniada de su tierra. el dios de las aguas. entonces. Quien hubiera contemplado la sombra. Lico Bueyón. Ella que era la novia de las supersticiones africanas. Ahora. sobre una estera. envuelve el ofrecimiento. sólo turbado por las gotas de agua que se balancean sobre las hojas y por los sapos que hablan en japonés. Aquella noche se encendió un bongó detrás de las lomas. La cuadrilla avanza sudorosa y cansada. se ha ofrecido mirando a las estrellas. Hablan en creole y la bailarina le contempla entusiasmada. se deja guiar por el balsié que estremece la selva. se van retirando al caserío. Tirados a ambos lados los otros lugareños se confunden con el lodo. creciendo en misterio y en extraña belleza. le comunicó el hechizo. y un silencio sobrenatural. con los ojos semicerrados. Fue una noche de humedad y estrellas pequeñas cuando Lico y Cecilia se unieron. —¡Alto! La voz del jefe sacude a los hombres. y el jefe. Brilla su rostro. Le rodean. Todo tiembla y vacila en el paisaje inhóspito. Lico Bueyón ha azotado a Bánica. Los más viejos le abrazan. mientras en el centro una negra con cuerpo de junco mueve las caderas en el rito. y la cañada de Juan Felipe y el Cerro de San Francisco. Un coro humano. 104 . y sus ojos guardaban el poder de mantener encendido el amor de los hombres. en éxtasis. que había contemplado cómo iba madurando su cuerpo en el espejo del río. y ofrecerle sus carnes y su alma. mientras de la tierra surgía un perfume angustiado de jazmines tronchados en las charcas y de guayabas exprimidas por el paso de los mulos. La tropa. sobre las hojas que tumbó el viento y los luceros hundidos en las cañadas. con grito ritual. descubriría a una figura de mujer deslizarse hasta el lecho de Lico Bueyón. Sus pasos son anchos y sus botas se clavan pesadas en el suelo. y parecen legionarios de un mundo fantástico. Allá lejos sus notas caían sobre los campos recién mojados. Maravilloso cuerpo de ébano que le hizo creer al bandolero en los misterios de la jungla. irrumpe entre los festejantes. Beben clerén. por primera vez sintió como se angustiaron sus senos en aquella noche con estrellas grandes clavadas como ángeles de la brisa y del sueño sobre la selva. —Bon suá. pesado. sacude los hombros en frenesí vehemente. Cecilia tenía movimientos suaves y delicados. Pasaba el tiempo y Cecilia conservaba siempre un cuerpo de doncella. y su carne era carne esculpida en brisas. Se había bañado en un río secreto en noches de luna llena. Agüe. Desenfunda el revólver y se tira de la montura. en la hembra bravía del gavillero. se convirtió en la amante del contrabandista. en la distancia. Pronto el escenario se ofrece ante sus ojos. La bailarina. aferrarse a su cuerpo. Cecilia. Desde esa noche el bandolero tuvo una concubina negra. con fatiga y sueño. y las mujeres. hojas y estrellas. Este llama al sacerdote y le deja entre las manos un puñado de monedas. Lico lleva el ala del sombrero agachada sobre el rostro. Detrás de los ramajes hay un claro iluminado por fogatas. tibia y anhelante. y lanza un grito estridente que hiere la noche: —¡Ohué! ¡Ohué! El sonido de los atabales empieza a adormecerse. de las fuentes misteriosas. con niños desnudos a horcajadas en las cinturas. Todos se ponen en pie. han contemplado sus hazañas. Varios negros tocan los parches. se expandía en la noche que iba creciendo. llevan dos heridos. En la alta noche traspasada de estrellas el bandido y su gente se acomodaron en los catres. en silencio avanza entre los árboles.

Le habla. Sus largos brazos de simio le rozaban las rodillas. adquirieron un brillo acerado que sorprendía.  Y he aquí que Lico. volvióse flaco en el cambio de una luna. triturando la breva que masca tesoneramente. Y vivía apegada a su recuerdo. Ella convive con el muerto. No han importado los soles implacables. y cuida sus despojos con cariño enfermizo. y la doncella. Y la leyenda llenaba de espanto los caminos. aun en noches de luna. y sus dientes largos surgen amarillentos. era duro como róqueda o páramo. eleva su cántico y deja una oración enterrada en el paisaje de La Culata. flaca como cerbatana. Y su cuerpo. Y hasta su celo llegó la noticia de las correrías de Lico Bueyón. escondidos en las cejas de monte. El miedo creció como fuego en hojarasca. antes vigoroso.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I  Todo esto lo recuerda Nena mientras prepara el cotidiano ramo de rosas para la tumba que luce a un lado del rancho agujereado. y los haraganes maridos. Asoló las comarcas de Hato Nuevo y La Piña. y las gallinas acezan por el calor y la sequía. Tenía las cejas pobladas. y las comadres. y aunque pequeño. y los burros retozan en la tierra. antaño expresivos. Y le trituraba el ánima el saber que Cecilia gozaba de sus favores y sus aventuras y correrías. poseía una voluntad de hierro. y corren a los ranchos llevando la noticia. y los villorrios desnutridos sintieron en su desmirriada expresión el paso de muerte de aquel emisario del demonio. Cada día. se santiguan. Nadie osaba cruzar las rutas. Para su disciplina la ley era la ley y había que cumplirla. los muchachos en cuero de los villorrios colindantes la contemplan asombrados. Porque Lico Bueyón regalaba un pasaporte seguro hacia la muerte. Pero la ley la hicieron los hombres para los hombres. El Comisario Basilio Peña. Y los lugareños sentían escalofrío cuando pronunciaban aquel nombre. temerosos. arrancándole los hierbajos de cundeamor o cadillo que rastrean al lado del montículo. Cuando realiza estos menesteres su cara manifiesta regocijo. Ella y su rancho se hermanaron en el infortunio. el bandolero de caminos. esta mujer desgarbada. tenaz como el dolor. y sus ojos. De lejos. 105 . con el desprecio de su hombre. Y exclaman: —¡Animamea! ¡Jesú Manífica! Mientras los viejos murmuran por lo bajo: —¡Jú! Eto no e cosa de ete mundo. De momento Nena va a salí volando prendía en candela…  Nena no se conformaba con su soledad. de todos modos. el bigote crecido. mientras el crepúsculo dora las copas altas de las guásimas. el polvo de septiembre. En su fabla gangosa ponía de manifiesto lo ladino de su espíritu. Y sintió que el destino ponía a prueba su eficiencia. Dialoga con la tumba en las noches de luna. Y se tornaba más triste su rostro. y la parida. de cuello abotagado. las lluvias de mayo. Y las viejas atacadas del reuma. se internó hacia el Norte. de San Juan de la Maguana. fuerte como el odio.

Iba rezando. Soñó con cardosanto. cuando los hombres del Comisario sacuden a sus cabalgaduras. Y no se fatigaba. El cruce. El amor. Y el crepúsculo les da de frente. No importa el sol.  Nena tuvo un sueño terrible. El presentimiento le golpeó las sienes. perdidos en la sombra. Ni la sequía. Doblegadores de rutas y sabanas. pero alegre. Levantóse rápidamente y contempló la luna. Ella lo columbró de in promptu. Eran hombres avezados en la guerrilla. por la ruta de Vallejuedo. y no se prolongó su espera. No se arredra ante nada. Avanzan y avanzan. venían Lico Bueyón y sus hombres. Se amorró el madrás de cuadros amarillos en la cabeza. colgada en el Este.  Con la madrugada llegó a Las Charcas. que se recuesta en el Yaque y lo vadea. Y organizó su tropa. avanzan. Y esto lo experimentaba Nena por su hombre. Regresaban de sus latrocinios e iban en pos de Pedro Corto. cerrado como nublazón de mayo. y las hojas del arbusto sufrido se teñían de sangre. Y esto lo sentía aquella mujer por el bandolero. La ruta larga y seca. —¿Quién vive? 106 . que llega hasta el sacrificio. Todo queda detrás. Con la fatiga lucía más desmirriada su figura. con signo de tragedia. rogando a los santos. avanzan. Desenfundó el revólver. es una obstinación desesperada. Y avanzan. Esos hombres no conocen la fatiga. Y cae la noche. Por el olor del monte y la altura de las estrellas comprendió que estaba al filo de la medianoche. —Lico… Lico… –dijo. Y salvó veredas. a la orilla del camino. por la seguridad del cuerpo de su hombre. ¿Pero e que ese hombre no se quiere? Y llamando a su edecán agregó: —Guelo: organiza a lo muchacho. estaba cansada. como su sueño. Cuentan los lugareños que allí sucedió el encuentro. Áspera tierra caliza. La mujer se sentó en una piedra. El Lico Bueyón del diache ya me tiene jarto. Basilio Peña y su gente. Basilio Peña. Se sobresaltó en la noche. Y la corneta grita. Armados hasta los dientes. Ese e jel parte de la capital. Avanzan hacia Pedro Corto. Una luna redonda. Ellos han cruzado a Santomé y queda un naufragio de árboles y matojos. Bohíos derrengados. Y el pecho se expandía con la respiración fatigosa. Y avanzan. el Comisario: duro. la bruja. Y apretó el paso. el nuevo can de Lico Bueyón. Con la noche partió hacia Pedro Corto. y riachos. tiembla de miedo ante los soldados.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Eto ya se va a acabá. Hay que traé a Lico Bueyón vivo o muerto. y el calor es sofocante. Marchaban cautelosos. con la camándula en la diestra. En la madrugada clarísima del Sur. No querían despertar a los del lugar. Y los ojos se le agrandaban en el resuello. ni el sueño. en un susurro. Y vuelve el alba temblorosa. a veces. y lomas. Avanzan. lejano. El hombre se volvió. Ella sabía que habría de caminar mucho antes de llegar a su destino. y tomó su camándula haitiana. Su sentimiento despierta una fuerza sublime. sacudiendo las lontananzas. Era el recodo. Y aunque las montañas son interminables. Nena. Y el astro lucía encarnado. Y a la cabeza de la legión. Ahora dique va a saqueá a Pedro Corto.

La plegaria de Nena lo estremece. y el aire caliente. Basilio Peña y su gente tocaron a degüello. Lico Bueyón empieza a cavar su propia sepultura. Cecilia sonreía. Cuando llegaron a Las Charcas los vecinos quedaron asombrados. Y dos forajidos más que se salvaron milagrosamente. El corneta tocó: ¡Firme! … Y la voz de: ¡Fuego! salió de la garganta del Comisario como un rayo. Las sogas le aprietan la carne. llenaba la madrugada caliente. El toro del Sur había perdido.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I La mujer se incorporó. magullada. triste. Ha terminado su faena. Una nube de polvo cubrió sus siluetas. Cecilia tuvo una expresión de triunfo. se la arrojó al rostro. soberbia. Y se aferró a las riendas. No vayas. Y suda. Aquel hacinamiento de sangre le cayó en los brazos. Los disparos cruzaron el aire. Los perros alzados y los cerdos consiguieron festín lujoso. Parecía un naufragio la sabana de Pedro Corto. le gritó. Basilio Peña gritó: —Guelo: Suéltale la mano a la fiera eta pa que jaga su propio hoyo. Murió sin decir palabra. sacó del seno un puñal y cortó las sogas que ataban el cadáver. que reseca los árboles y las almas. Lucía magnífica. Y encarándose a Cecilia. Sintió el odio brotarle de la entraña. haciendo sangrar los ijares. y sus ojos gozaron con el acontecimiento. la bruja. El bandolero dejó en el aire su carcaja escalofriante. sumisamente. Nena rodó por el suelo. Los cadáveres se amontonaron. Y el piquete ya está preparado. El sol fuerte calienta los caminos. Nena… La palabra le azotó el rostro. Inmediatamente se abrió paso entre los asombrados asistentes. La cabeza de Lico Bueyón se dobló sobre el pecho. —Soy yo. Lo atan al palo. La muerte vela sus latidos. de la mujer. Lico. se perdieron en el monte. El Comisario Basilio Peña da la señal. le llega como una caricia. El hombre. suplicante. La voz de Cecilia. Está flojo. temeroso. con su canto monótono. Bajo el sol sureño. Lo empujan hacia la guásima. Inmediatamente el hombre y su concubina. y la mirada de amor. —¿Qué quieres? —Que no vayas a Pedro Corto. Vamo a fusilá a ete como ejemplo.  El encuentro fue trágico. Levanta los ojos. Los nudos son fuertes y le destrozan el pecho. Nena. se le cuelan por los poros mostrándole la vida. El bandolero está callado. Eto se pudrirán en la cárcel. La chirona amansa los guapos. —Yo no quiero saber de ti. El bandolero ya está preso. desafiante: 107 . una mujer. No vayas. Vine a avisarte. violentamente. Y Lico Bueyón ya estaba enmadrinao. Creyendo en tonterías… —Lico… Lico… El caballo pisoteó a la hembra. También Cecilia. Y a los otros lo llevaremo pal pueblo. Y arrancándose la bolsita de cuero que llevaba pendiente del cuello. Te tienen una en Pedro Corto. Quítate de mi camino. encabritó la montura. Yo soñé anoche… —Ja… ja… ja… ja… ¡Lárgate de ahí! ¡No me vengas con boberías! —No vayas. aquel plañir melancólico anuncia la muerte. La fronda de los aromos. Entre los curiosos se levanta una voz: —Padre nuestro que estás en los cielos… Lico Bueyón experimenta un sacudimiento. La muchedumbre se agolpa.

          . la bruja quedó sola con su muerto.  í    ó.    ño    .          á  í á . 108 . Nena buscó un yaguacil y colocó los despojos de su hombre.              . Bajo el sol del Sur que revienta las guazábaras.   á. El Comisario Basilio Peña ordenó la retirada.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Quítamelo.    á    ó.           . ahora! Todos quedaron estupefactos.

Más que un juicio particular. cuya acción discurre y termina en un momento y perdura en la memoria. Argentina. redoblando las chupadas a su pipa. su mujer. Sainz Robles. y Catharine tuvo tiempo de ponerlo otra vez todo en orden. 1900)* Pero él era así… Rupert Lowell hacía rato que había regresado a la casa. Había levantado los ojos grises de un azul acerado. Cuando Rupert llegó estaba anocheciendo. aparentemente para rectificar un pliegue indebido en el tapete de una mesa. el autor de El Águila y la Serpiente. Para prestigio del autor de Los Cuentos que New York no sabe. cuento psicológico admirablemente escrito. no se había atrevido a preguntar. Chile. y concluyó con voz indiferente en apariencia: —Me ha prometido que la ampliación quedará muy bien… Quiso que lo comprobara… pero yo no podía detenerme. Ahora. Mead. pero apenas lo pensaba se arrepentía. quien afirma en su antología de cuentistas que Ángel Rafael Lamarche es “uno de los dos representantes del cuento en la República Dominicana”. Enrique Gandía y Martín Luis Guzmán. le dará al lector Pero él era así…. Catharine Lowell no pronunció una sola palabra. frente a frente. Se puso en pie. —Trabajan también de noche. del novelista francés Francis de Miomandre y del crítico. Phillip. Y antes de proseguir. se dijo: “Aguardaré a que pase la cena”. Colombia. continuó: —Tienen mucho trabajo… Hizo otra pausa para encender un fósforo. por más de una ocasión lo intentó. Werfeld. si en el reconocimiento no figurara la aprobación de un Federico de Onís. Clara idea de la calidad y de la técnica del cuentista que es Ángel Rafael Lamarche. de los catedráticos norteamericanos Frank Tannebaun. La cena había terminado. también francés. H. que lo estuvo esperando con ansiedad. Allen W. R. sin que de sus labios brotara la pregunta.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Tomo II ÁNGEL RAFAEL LAMARHE (N. Robert G. de B. Tosió y tras de golpear la pipa en el viejo cenicero de peltre y atacarla nuevamente de tabaco rubio. Ecuador. Puerto Rico. y preferí que tú y yo lo viéramos aquí juntos. George Pillment. de Ángel Rafael Lamarche. Sanín Cano y Ricardo Rojas. y aún Catharine. sentados en la sala. todo el día. Al fin logró decidirse: —Rupert… ¿traerán hoy el retrato de Sim? El hombre. 109 . del crítico español Federico C. Federico de Onís y Ricardo Rojas. precisamente por eso. Rupert se volvió para verla salir. hemos tenido la satisfacción de conocer Los Cuentos que New York no sabe. de intenso dramatismo. bastaría el testimonio de tres grandes escritores de hispanoamérica: José María Chacón y Calvo. del célebre profesor florentino Oreste Macri. Encendían mal. y movió la cabeza con ese movimiento del que ve confirmada sus previsiones. Cuba. se cercioró de que estaban bien apagados los que tiró en el cenicero. vale recordar que los cuentos de Lamarche han merecido elogios de los venerables Baldomero Sanín Cano. y después salió de la sala. Murmuró: —Va a ser imposible… *Impresas ya las noticias preliminares de El Cuento en Santo Domingo. formulado bajo la sugestión de su inmediata lectura. y ella. de críticos renombrados de México. como si realmente le interesaran las volutas de humo que arrojaba con alarde por la boca. habló sin mirarla: —Esta noche… Eustace Addison me lo enviará con un mensajero. Uruguay. No ignoraba adonde se dirigía. Con uno no le fue suficiente.

Desde que uno nace empieza a oír por dondequiera: la muerte… la muerte. qué resultados tan enormes. y todos. La cama con su colcha de raso a franjas blancas y azules. lo ocultaba sin una queja. Catharine sí sabía lo que era la muerte. Levantando el brazo. Catharine lo sabía bien. dejaba penetrar la claridad de un farol próximo. en tanto que hoy le quedaría como una pena dulce el recuerdo de Sim. Tuvo que luchar con la cerradura porque la puerta estaba cerrada y por allí no se veía bien. Pensó que Louise vendría a ver también. y 110 . Rupert y ella lo habían guardado cuidadosamente… Pero esta noche en que iba a ver la ampliación de la última fotografía que Sim se hiciera en Nueva York. y sobre el pecho una letra cuadrada. Pero se le había ocurrido que. sintió como nunca el deseo de visitar este cuarto. y no tardaría en casarse con otro. Todo se hallaba igual que cuando él se fue. vería mejor el retrato de Sim. ni siquiera Rupert y ella. los calcetines y mitones de grueso estambre para los deportes de invierno… Todo se hallaba como él lo dejó la última noche que pasó aquí… Sí. En la actualidad. Se acerco. creen que comprenden su significación. Si sus travesuras le proporcionaban un descalabro. había escrito: “Para que no dejes de pensar en mí constantemente. entre el estrépito de la ducha y la algazara de una canción: “¡Eh. buscó la bombilla e hizo luz. Y. Muerto. Actualmente le parecía muy raro que este hijo fuese sólo un hijo muerto. Ni Catherine ni Rupert tuvieron jamás que sufrir a causa de aquel hijo único… El hijo único. diciéndose el uno al otro. Muerto: una sola palabra y.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Como su marido lo había sospechado. y no un hijo como son y se quieren los hijos. no obstante. para repasarle la ropa y verle todas las mañanas tomando el desayuno. La desconcertaba aceptar que Louise no tendría en lo adelante para ella el interés que tuvo anteriormente. Lo efectuaba diariamente. Abrió un cajón de la cómoda. dentro de un momento. libre del obstáculo de las cortinas. Era Louise. En un rincón se recostaban. Sim. la ventana de la habitación que caía a la calle amplia y llena de ruido. o tocarle la puerta del cuarto de baño y advertirle. fingían abultarse más para que volviese a tomarlos una mano conocida. sin embargo. como si realmente necesitara revivir sus recuerdos. con los ojos en blanco. o algunos años antes lo vio jugar en la calle con sus compañeros. Pero cuando abrió. Los cromos de lindas muchachas y el banderín triangular del equipo náutico de su escuela. le oirían entrar lo mismo que antes. no!… No era eso… Simón Lowell fue desde temprano un muchacho estoico. debía ser justa: Louise era sólo una muchacha y únicamente hubiera conseguido crearse una serie de complicaciones. la ampliación. ella avanzó por el pasillo hasta el cuarto de Sim. Aquella misma mañana lo había hecho. Se dice la muerte. de visitarlo ahora. como si fuera posible que pudieran tener dudas respecto de quien entraba: “Es Sim”… Miró el retrato de la muchacha que estaba en la mesilla de noche. no había olvidado la menor cosa… Ni aun era posible olvidar la afición de Sim por el pan de pasas y la sopa verde de guisantes… ¡Oh. Los grandes ojos negros sonreían con extraña expresión de incertidumbre. Esto lo medía todo. con el libro al lado y metiéndose los dedos en los cabellos. Ahí estaban los “pull-overs” de bandas caprichosas. el bastón de esquiar y los puntiagudos esquís. Con frecuencia. que se te va la hora!”… No. darling”. muchas veces al día. Catharine se reprochó casi con encono: “Fue una estupidez que no se casaran antes de que él se fuera”… Pero inmediatamente se arrepintió. aunque le pareciese increíble. las botas de hule con que chapoteaba por los ríos y pantanos en las partidas de pesca. Los libros vueltos de lomo en el pequeño estante. pero “Sim se hallaba muerto”. como si esperaran el término de aquellas prolongadas vacaciones. esquinándose. Pero su aturdimiento se renovó. Por esta ventana había visto regresar más de una vez a Sim. por las noches desde la cama.

de la misma manera que me pareció ver a Louise… Y como el viento aullaba con fuerza. Catharine estaba segura que cuando Rupert viera la ampliación no podría resistir e iba a suceder lo que precisamente ni su marido ni ella. ¿verdad?. yo mismo llegué a creerme una de esas figuritas que aparecen en el paisaje de las lindas tarjetas de “Christmas”. y esa noche estaba el cielo muy azul. me molestaría. tantos como me lo permitieron el reglamento y la precaución. porque no es sino ése. a quien si la encuentran por ahí. pero no ignoran cómo me satisface. de un segundo a otro. madre. les ruego la saluden de mi parte. pero besándola con inocultable ternura. ese día que no se parece a ningún otro. derramaremos una sola lágrima”. Rupert lanzó el periódico y echó a andar 111 . la guerra vista a distancia es muy distinta a como se ve entre sus “mismas conmociones”… Era un tono idéntico al que empleaba cada vez que Rupert o ella parecían flaquear ante las inevitables cuestiones de la vida: “¡Eh. Fue un largo timbrazo. con alegría. pero los volvió a levantar y sonreír… Sonriendo de esa forma se fue… Entonces vinieron las cartas: “No creo que se preocupen por mí. ni creo tampoco mucho en el peligro. mirando las estrellas. sin decírselo. y se me antojó que “eran todas las estrellas de los árboles de las “Christmas” que pasé en compañía de ustedes… ¡Oh! Los recordé. a la sordina. recuerda que me gustan las mujeres fuertes!… Por Navidad escribió: “Me parece advertir que ustedes quieren saber cómo me va con la nieve. sus consultas y su confianza serían para la madre de otro hombre… Y con lo fácil que había resultado todo aquello… Catharine estaba convencida de que las cosas más grandes suceden así. Un día. Pero ¡si nací y me crié entre ella!… Bueno. de Sam. como un muchacho enfadosamente “civilizado”.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II que cuando la propia Louise tuviese novio o se fuere a casar. dijo. Me sirvió para celebrarla. y como abundan los pinos. entonces. mis camaradas. con la mayor sencillez… Aun creía mirar a Sim aquel día: “Estamos en guerra”. Pero la observaba de reojo y no se le escapó que se sentaba lentamente como si en verdad la rindiese la fatiga. de Molly. Cubría con su blancura todo el terreno. yo había avanzado unos pasos. levanté la vista y parecían recién estrenadas las estrellas. Detrás de mí. querían que sucediera… Al regresar Catharine a la sala. o con cara muy seria. Y cuando vuelva. vino el aviso intransformable. en resumen. que se había llegado a incorporar. cómo los recordé… y aún los estuve viendo. Rupert pareció no apartar la atención del periódico que leía. sino por momentos y como un muchacho esclavo de las horas y los libros. la he agradecido. y bajó los ojos. aquella muchacha de ojos verdiazules que me llamaba “Simón el pendenciero” y fue vecina nuestra y cantaba en Broadway. en eso no había dudas. no olvides que me siento orgulloso de tu valor!”. me siento sano y alegre… Ustedes saben bien que me gustaron siempre las empresas más peligrosas y las aventuras… Además. volviese como volviere. o que oía cantar a Gail Walker. De modo que en vez de lamentar su abundancia. ni ustedes ni yo. le decía a Catharine: “¡Hum. uno solo. hacían música. Ya volveré. en realidad. imaginé todavía más: que estaba oyendo los hurras de toda la “banda”: de Bob. Pero no volvió. de Letty. canté también. mi canción… ¿El peligro? Bah… No me importa. Tocándola día y noche a campo raso me convertí un poquito en el héroe de todos los sueños que desde la infancia me despertó y no pude vivir allá. y la propia noche tenía una especie de oscuridad azulada. Catharine. Y aun cuando “mother” lo dude. padre. volvió a sentarse como avergonzada de su desconcierto. En “Christmas eve” fue mucho mejor. ha sido mucha. Pero no había vuelto… No. Desde luego. el informe lo precisaba con claridad: “Murió como un valiente”.

al verlo. Estaba escuchando.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS precipitadamente. Al fin. diríase que tras de mirar a los dos. Rupert retrocedió unos pasos. Los ojos de Catharine. en la solapa rojeaba un tulipán… Catharine y Rupert. se levantaban un tanto para no perder un solo detalle de lo que ocurriese en la puerta. El mensajero bajó los ojos y se devolvió por el pasillo. Catharine no se había movido aún y miraba como fascinada el bulto. El papel estallaba como quejándose y resistiéndose. se veía aún el principio de la chaqueta color de arena a grandes cuadros de un gris azulado. comunicarles algo. parecían impasibles. sonreía con enternecimiento al mirarles el corazón… Nervioso. Alguien acabó de empujar la puerta. un indecible miedo y gritó: —¡Es que no lo vas a dejar tranquilo! Rupert se volvió estupefacto. Rupert tuvo la certeza de que cuando Catharine lo viese pensaría lo propio que él había pensado: “Tiene la misma edad de Sim”. Y se detuvo. pero tal vez el mejor mensaje se encontraba en ese soplo de vigilancia que sentían Rupert y Catharine bullir entre los dos. inmóviles. un Sim vivo y alegre: el cabello casi rubio partido escrupulosamente a un lado. se entreabrían como si acabaran de hablar o por el contrario se impacientaran por hacerlo. aparecía perfectamente en calma. Deslumbrada al descubrir el retrato de Sim. Catharine vociferó: 112 . el muchacho saludó: —Buenas noches. creía imposible que hubiesen esperado para conducirse de esa manera a que estuviese delante el propio Sim… Tan engolfados se hallaban en la disputa que no parecieron darse cuenta de la presencia de la muchacha. Las voces se alzaban y las injurias se enardecían. empezó a romper la envoltura. llevó el bulto hasta ponerlo sobre la inútil chimenea de la sala. caminó paso entre paso. sin vacilar. Rupert se acercó y enderezó el cuadro un poco más. los ojos. los labios. Rupert lo había seguido y no se limitó en la propina. no comprendía mucho más del busto. ya más tranquilo. brillaron de modo especial. Rupert. pero permaneció muda. en dirección de la puerta. era la imagen de Sim. y apoyarse igual que una mano cariñosa en el hombro del uno y del otro. Era Louise. ayudado por el mensajero. señor –dijo confuso el muchacho. Lowell sonrió. —Gracias. y que luego de escudriñarles ansiosamente la cara. Ella estalló nuevamente: —Es preferible a ser un completo idiota. la boca entreabierta quería. Al entrar allí. El mensajero se cercioró: —¿El señor Rupert Loweil? Era un muchacho quizá un poco más alto y delgado que Simón. pero se olvidó de cerrar la puerta. de una transparencia infantil. de un auténtico Sim. sin objeción el mismo Sim. El retrato apareció. Era de tamaño considerable y estaba cuidadosamente protegido por un papel castaño fuerte. señora. Fue en ese momento cuando Catharine se aproximó. y en su mirada apareció visiblemente el miedo. Con los ojos húmedos. Catharine le observó con inquietud. Tapándose los oídos. sin duda. Sí. la sacudió un estremecimiento. pero al fijarse en su mujer. Con mano segura firmó el recibo y. Cuando volvió. Era Sim. como si temiera no llegar nunca. sí. al sonreír. pero se clavaban fuertemente los dedos contraídos en la palma de la mano. pero al mirarla no tardó en responder con agresividad: —No sabes decir más que estupideses. retrocedió.

Todo esto era extraño. quizá por coincidencia. por lo que el rocín iba paso entre paso. que así lo llamaba. folleto.). por una gran prueba. y que lo dijese él: no habían derramado ni “una sola lágrima”. a ella le pasó igual. Nisia (1898).SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —¿Piensas pasar así toda la noche. Rupert acertó a volverse en momento que Catharine no lo veía y en sus ojos relampagueó como una pícara ternura. huyéndole a la pretina de los calzones. el cuchillo COLLIN de luciente y afilada hoja. y dejando ver los pliegues de la camisa listada y la ancha correa de que pendían el sable truculento. terrible con su chaquetita corta y mal traída. encajaban sobre el cuerpo del animal circunvalándolo como una cincha. anchos y sobre-cortos. un v. al que soltó las riendas sobre el cuello. Olga. 1904. emboscados como salteadores. una cabeza sobre cuello apoplético. de aquel ecuestre Hércules pigmeo. que los había unido tanto siempre. Sin embargo. Tip. dos ojillos negros de expresión felina. Manual de agricultura (1920). fundas de los enormes pies que no se calzaban sino los domingos y fiestas de guardar. al separarse en opuestos rumbos. con enormes espuelas de cobre bien aseguradas. con la faz cetrina teniendo por frente una pulgada de surcos rugosos entre el cabello apretado y las alborotadas cejas tras las cuales brillaban. JOSÉ RAMÓN LÓPEZ (1886-1922)* El general Fico A don Andrés Julio Montolío Venía cabizbajo de Las Escaleretas a la Palma.. 113 . siguiendo a lo largo del camino en su caballo rucio avispado. ordinariote. que dejaban en descubierto cuatro dedos de jarrete musculoso y peludo. a dos dedos de ella. entrecerrados ahora. El tronco era robusto. caídas sobre los ZAPATOS DE OREJAS salpicados de lodo. imprimiendo al jinete un movimiento oscilatorio que le inclinaba tan pronto a uno como a otro lado de la bestia. rechonchos y sin lustre. Y como coronamiento de aquel sagitario tremebundo. inmenso orgullo… Ahí estaba Sim. mirando paralelamente a la nariz de forma cónica. ¿Sim. El jinete era feo. Las piernas encorvadas por el hábito de montar a caballo. y estaban envainadas en sendos pantalones. Santo Domingo (C. Geografía (1915). Experimentaban orgullo. terminaba ahora por separarlos? No. mal hombre. imbécil? Rupert contestó con rabia: —Me voy a acostar… pero en el sofá… No puedo dormir junto a una infame de tu clase… Ella recalcó con agrio desdén: —Eso era lo que deseaba. de gusto y hechura rural. T. La alimentación y las razas (1896). cuadrado. rematada en trompa y como queriendo zamparse en la espaciosa boca de labios gordos y *Autor de: Cuentos Puertoplateños. Pero mañana sería otra cosa… Ambos suspiraron con ese suspiro de los que acaban de pasar victoriosamente. novela corta. hoy se sabían más unidos que nunca y Sim era el broche de esa unión. y su revólver de MITIGÜESO. En veinte años de matrimonio era ésta su primera disputa y la primera vez que no dormirían uno al lado del otro. y después unas medias de a real. con anchos bolsillos donde guardaba el descomunal cachimbo de tape y la vejiga de toro henchida de picado andullo. y en otro instante semejante. no importa el sacrificio.

a manera de velamen. porque se quedaba horas y más horas meciéndose en la hamaca. le cuadraban la cara. Estaba locamente enamorado de Rosa. Eso jueron lo golpe que oí. Se apeó del caballo. Y por sobre todo ese conjunto abigarrado y monstruoso un breñal de cabellera amoldada al sombrero y al pañuelo que llevaba atado. que parecía que iba a estallar como la concha de una granada y a avivar el sonrosado de las mejillas. Aguzó el oído. Ya no iba cabizbajo. sus ojos despedían relámpagos. echando pestes como si para eso y para hartarse solamente tuviera la boca: cuando no les llovía una granizada de puntapiés y garrotazos sin motivo alguno. que la rodeaba. y creció la ferocidad innata de su gesto. como las venas hinchadas de sangre. golpeándolo sobre un costado de la silla. El pensamiento airado no se refleja mansamente en la fisonomía: es el resplandor de un incendio que caldea el rostro y se propaga al ademán. y volvió a examinar los árboles. bagamundo je ofisio. y se han laigao! ¡Si yo cojo ese güele fieta y a esa arratrá! Aquí se contuvo. hija del vale Pedro. su lozanía robusta y graciosa. ondulado de colinas y vallejuelos. ni deuda que no se pague. La señai no manca. escudriñando por entre el claro de los troncos y las malezas. cuando vociferó una interjección de rabia. con los pómulos salientes. Machetero brutal y alevoso. El había perdido la tranquilidad de bestia saciada con los nuevos apetitos que le aguijoneaban. que en la primera arrancada hacía traquetear el sable encabado. sacó su revólver y se lanzó con paso cauteloso hacia la selva por entre la cual iba el camino. sus 114 . y dos orejas espantadizas. Ideas salvajes de deseos. que se abría hasta cerca del remate de las quijadas como agallas de tiburón que. y sus músculos se marcaban con brusquedad sobre la piel. Torció a la izquierda y ganó la vereda que conducía a casa del vale Pedro. ei calabazo de agua en ei suelo y jasiendo un agujero en la tierra con el deo grande dei pié. De cuando en cuando espoleaba maquinalmente el rucio. Y regresó mascullando tacos y maldiciones al camino. De súbito se irguió como por resorte. holgazán consuetudinario que vivía cobrando el barato de todo en toda la comarca. dulces como una sonrisa. venganza y exterminio azotaban el pequeño cerebro del General Fico. de tigre hambriento que olfatea la presa y se alista a caer de un brinco sobre ella. No ar plazo que no se cumpla. con el gesto áspero de mastín en guardia. —Ei diablo me yebe. Cinco minutos hacía que andaba así. donde volvió a enhorquetarse sobre su caballo. contrastando su techo pajizo y su maderamen de tablas de palma con el verde panorama. ¡Bien sabía yo que era beidá! Y me oyén eso do sinseibires. avivada por la pasión. cacique el más temido en los alrededores. y afectando las formas de un paraguas o de un hongo. sin atrebeise a miraila y eya detrá de lotro palo con lo sojo bajo. la más linda campesina de los alrededores. desconfiadas. arrendó el caballo. que se veía sobre un cerrito a distancia de un cuarto de milla. Era el General Fico. Su pobre mujer y sus chiquitines andaban ahora temblando cuando él estaba en casa. y desechaba las oportunidades de encontrarse con el fauno que no le perdía pies ni pisadas. y se quedó parado entre dos ceibas de alto y grueso tronco. De ésta. adelantándose en acecho para oír mejor. Aquí taba ei picando el palo con su cuchiyo. pero la muchacha se resistía a corresponder esa ferviente pasión carnal de groseras manifestaciones. y en todo su ser se reflejó una expresión de fuerza bruta irritada. en su empeño de conquistarla a todo trance. y se aventaban sus narices a compás de las crispaduras de sus puños. Pero ai freí será ei reí. Recordaba en este momento las facciones de Rosa. Entre uno y otro parpadeo flameaban sus ojillos como brasas sopladas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS negruzcos. se destacaban una chiva larga y puntiaguda. —No hay dúa –continuó–. y siguió marcha a la casa del vale Pedro.

y un ramito de clavellinas matizadas en el pelo ¡Qué muchacha! Olía a gloria y era de chuparse los dedos. temiendo que sospechara algo al verle los colores encandilados y el traje lleno de cadillo. Se le había adelantado. una mantilla rosada. cuando oyeron los pasos de éste. Poique yo sor claro: de dai un mai paso se da con quien deje: con hombre que sean batante pa yebai qué comé y qué betí. Porque no le cabía duda: las negativas empecatadas de Rosa provenían de que andaba en teje-menejes con ese perdido de Julián. que de tan negro se tornasolaba. entonó unas décimas cuyo pie forzado era: “La mujei que te parió puede desir en beidá que tiene rosa en su casa sin tenei mata sembrá”. al que hacía temblar a hombres y a mujeres y con su nombre se acallaba a los pequeñuelos traviesos… a él. poique ésa no son cosa de donseya honeta. si o acaban eso. por el agujero. que no ba ja bucai agua po la berea? —No. —No me digaj na que yo lo sé to. Al desembocar a un recodo de la vereda se encontró con aquella. general si yo con ninguno… –tartamudeó Rosa. cosa de que espantara a Julián y vigilara a Rosa. ya se lo que e. tranquilizándole de sus celos de Fico. Y como tengo que mirai poi tojutede. Llevaba su calabazo de agua pendiente. y luego añadió: —¿Qué jeso? ¿Hay arguna laguna en ei monte. en lo que él ideaba algo que le asegurara la posesión de la muchacha. jue que… —Sí. saliendo ella con pretexto de ir por agua al río. que cobraba primicias así de las labranzas como de las muchachas casaderas!… ¡No. generai? A soidao… ¿Y poiqué? ¿Qué ha jecho ese bendito? Poi Dio… Déjelo quieto… —¡Y te atrebej a intereaite por ei alante mí. a quien tenía que meter en cintura haciéndole sentir todo el peso de su autoridad. porque la cosa iba de largo: acababa de ver la señal de que hablaban en el monte. Agora memo iba a desíselo a tu taita. jadeante. si esos tercos no entraban en razón. Qué poibení te quea co nese arrancao que no tiene conuco y anda de fieta en juego y de juego en fieta. al primer varón de Los Ranchos. Y ella también estaba esa noche más adornada que de costumbre: estrenaba un trajecito blanco con chambra y falda de arandelas. y aún recordaba que Rosa se puso como una amapola cuando Julián. —Bueno día le dé Dio –le dijo Rosa toda asustada. su pelo reluciente. Mira: si diaquí a trej día no sé con seguridá 115 . bor a jasei que recluten pa soidao a Julián. —Bueno día –le contestó Fico acentuando mucho las silabas. —Pero. con el güiro en la mano. Efectivamente había estado conversando en el monte con Julián. a él. no podía ser! Aquello acabaría mal. Y para ganar tiempo resolvía ponerlo en conocimiento del vale Pedro. y aquel cuerpo de ondas firmes. que disponía de todo. —¡Binge santa! ¿qué dise uté. Había visto sus cuchicheos en la fiesta del domingo anterior. Un bagamundo que no tiene má sembrao que tre sepe plátano? Cuaiquiea te coje jata tirria. Pero urgía proceder de firme y rápidamente. acopio virgen de bellezas tentadoras… Y que un patiporsuelo que iba a las fiestas sin chaqueta le disputara la posesión de ese tesoro. y la turbó encontrarse con él toda sudorosa.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II ojos negros de miradas acariciadoras. del índice encorvado.

Vamos. levantóse una brisita fresca y reposada. y ella no podía ponerle mala cara a ese cristiano que se había criado junto con ella. 116 . ni en los bohíos encaramados como cabras en lo alto de las colinas y picachos. Nada de prédica. aquella hermosura como flor silvestre que se iba derechamente a él para que la recibiera en sus brazos y la trasplantara a su corazón. bueno y fuerte. aquel pobre muchacho. cantaban los gallos. para que arree la manada a votar por el candidato oficial. e inclinándose a susurrar secretos a los inmensos pastos de yerba de guinea. despertándolo todo. que se inclinaban para oírla. robe. de mirada enérgica y facciones agradables. Fico al fin la dejó plantada en medio de la trilla. muy de mañanita. cantando al pasar por entre las añosas ramas. y al suave murmurar del Bajabonico. ¿Cómo sería posible? Aquel trozo de alma. ¿para qué te ha entregado el mando el Gobierno?… ¡No faltaba más: perderle así el respeto!…  El sábado siguiente. Garrote y fandango: corromperlos. iba el pobre Julián entre cuatro cívicos. mensajera del perfume de la selva. ¿Perderla?… ¿y por qué? Por el capricho de un asno satiriaco (sic) y omnipotente. subían alegres de las rústicas cocinas densas columnas de humo como matinal incienso al Dios que hizo del amor el génesis y el impulso de la vida. Hor é lune. Y el infeliz Julián. Ni se fijaba en los sombríos verdes y olorosos. El inmenso azul se teñía de franjas purpurinas que asomaban como cabellera hirsuta por la cima de los montes negruzcos que se veían al Oriente. Opresión brutal. mejor cuanto más malo. Y el hombre también comenzaba su labor: hendiendo las nieblas que se disipaban. la naturaleza saludaba la dicha de vivir con la alegría de sus cantos aurorales. recordándole al volverse su amenaza: ¿Soy o no autoridad?. exaccione. amante y laborioso. En aquella mañana tan hermosa comenzaban sus amarguras. Solamente cuando pasó frente a casa de Rosa salió del atontamiento en que su repentina desgracia le tenía sumido. Ei sábado. camino e Pueito Plata. para luego salir a montar la guardia y quedar condenado a envejecer bajo un fusil. que qué mal le habían hecho ellos para que los tratara como a jíbaros… Pero no alcanzaba nada. Y en cambio de eso. sultanes de su harem y las vacas con la ubre repleta. pegarles y sacarlos a bailar. y le parecía imposible que a su edad y entre esas lomas. Fico. pudiera el dolor arrancarle lágrimas. nada de caminos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que lo haj dejao. que el mayoral haga lo demás. o a tomar las armas y batirse sin saber por qué ni para qué. en los ganados relucientes y gordos que retozaban a distancia. aquel mozo robusto como una ceiba. no había de ser suya? ¿Por qué andaban las cosas tan destartaladas en el mundo? ¿Por qué el Gobierno escogía para representar la autoridad a un truhán como el general Fico? ¿Acaso no había buenos hombres en los Ranchos? ¡Ah! pero los del campo son el ganado humano: les ponen un mayoral. Mientras él ahogaba los sollozos de dolor y rabia. La pobre Rosa de deshizo en lágrimas y ruegos: que no lo persiguiera. Que estupre. donde le meterían en el siniestro Cubo con los criminales más atroces. nada de escuelas. guiado como un marrano a la Fortaleza de Puerto Plata. bordes del inmenso tazón de suelo fértil en que había vivido. o me aj dicho que si o buela éi co nala de cabuya. que se habían visto por casualidad. atados los brazos a la espalda. esmaltados de rocío. nada de policía. veía todo eso con los ojos húmedos. ba pai pueblo. mate… con tal que el día de guerra o de elecciones traiga su gente. mujían tristemente llamando a sus becerros. se preguntaba él. El gorjeo de los ruiseñores se unía a los tiernos arrullos de la paloma.

y allí daba rienda suelta a su llanto. en la pobre viejecita que estaría a estas horas hecha un río de lágrimas. Miró a todos lados buscando un salvador. porque primero moriría que tener frutos que no fueran de bendición. no se defendería? ¿Y qué toro se igualaba al general Fico?… Luego pensó en su madre. y tomó tal impulso que derribó a los dos que lo sujetaban. le preguntó que cuál era su resolución. vacío en torno de ellos. A veces se iba al monte para escapar a las miradas de su anciano padre. Así había excomulgado a muchos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Todo eso le trasteaba confusamente la cabeza a Julián: creía tener derecho a rebelarse contra tamaña iniquidad. Rosa y el vale Pedro comenzaron a notar aislamiento. Pero Rosa tranquilizaba a su padre achacándolo a lo afanados que andaban en todas las casas con la madurez de la cosecha. fuera del monstruo. que si estaba desesperada era por la idea de que ella fuese la causa de la desgracia de un prójimo: fuera de ahí nada. que ninguna clase de solidaridad querrían con los amenazados por el tiranuelo. quizá maltratada por ese mala casta… Estiró los brazos como para quebrar las cuerdas. espantando a los atemorizados vecinos. y estampó en ella besos de fuego. sin amparo. y se arrodilló. llevándole luego bien seguro y casi a rastras hasta la población. El se quedó mirándola con los brazos cruzados. retirando con violencia la mano y haciendo un gesto de asco y de desprecio. sólo había pájaros y peces. —Jesús –gritó Rosa–. Arrebatado por su pasión vehemente. ora grave de máter dolorosa. No sabía nada de Julián. pintado su dolor en el semblante. Estaba sentenciada. Rosa decía a veces con una sonrisa de enfermo que se le estaba olvidando ya el contestar ¡por siempre! Sospechaba el manejo oculto. torvos los ojos. no insistiera. pero a los ocho días la esperó a la vera del río. y cuando ella asomó pálida y ojerosa. implorando un jirón de amor. Entonces echó a correr por el repecho de la hoya. quien los había señalado como objeto de su prevención y de su tirria. meciendo la cabeza sobre su cuello toruno. por el que le ofrecía su poder omnímodo. tomó una de las manos de Rosa. como círculo de fuego. Traía a la memoria las horas de dicha en que bajo los mismos árboles relamía a hurtadillas con 117 . Bien se le alcanzaba que todo era obra de Fico. su brazo omnipotente. pero allí. su voluntad que dominaba las otras desde Tiburcio hasta Las Hojas Anchas. ¿Eso era Gobierno?… ¿Si un toro furioso le embestía en el camino.  Pasó una semana más sin que Fico se dejara ver por los alrededores de la casa de Rosa. que resonaron en la soledad confundiéndose con el bullicio argentino de la corriente. Él la contemplaba extasiado. En cuanto a lo otro no. desde el mar hasta La Cumbre. suplicante a su vez. Y ella volvió a deshacerse en ruegos y protestas: que sacara a Julián de soldado porque no había nada entre los dos. Satanás enamorado debe tener la hermosura siniestra y tenebrosa que la fiebre del amor creó en Fico. con la delgadez semitransparente arrebolada de ideales. no tardarían en rendirla. No transcurrió mucho sin que se esparcieran rumores funestos en toda la comarca que riega el Bajabonico. pero los otros lo dejaron sin sentido a culatazos. Arrobábale su hermosura. La miseria y el dolor. sin auxilio. lo que la traía desasosegada e inquieta. Se pasaban los días sin que a su puerta se oyera el ¡Alabado sea Dios! o el ¡Dios sea en esta casa! de una visita. como que tenía fuertes asideros en la carne. hasta que salió al camino.

buscando una salida para todos! Pero no había otro remedio: para salvar a los demás precisaba que ella quedara en prenda. Encenegarse con aquella fiera. le debía una consagración idólatra. es durísimo trance. Desde lejos lo vio venir cabalgando en su rucio. Coló el café y salió luego con dos calabazos. pues ya lo venía temiendo. padre y madre al mismo tiempo: casi ni la había dejado ocasión de notar la falta de la que la echó al mundo. pero su pobre taita. mientras el viejo se pudriera haciendo guardias. es la muerte del alma: sigue existiendo el cuerpo. que tal vez a cuáles extremos la conduciría. y rodeado de sus cuatro hombres. hoy una vaca. aunque no le sorprendió la noticia. pero no vive: las piedras crecen también. Allí le contó que había sabido lo que el general Fico quería contra ellos. pero cuando se disponía a saltar las varas. y él perdonaba al vale Pedro. pero deshacerse de un ideal. Desprenderse de la riqueza.  Una tarde. y la horrible transacción quedó consumada. y renunciar a la realidad de sus sueños.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS la vista la varonil hermosura de su novio. y quiso averiguar la causa: ella estuvo tentada a confesárselo todo. viejecito que ya miraba al suelo. se aterró: Julián era mozo y podía esperar a que las cosas cambiaran. acabar poco a poco con cuanto tenían. y cuando Rosa quedara sola. Oíase el segundo canto de los gallos cuando Rosa se deslizó como una sombra y se detuvo en la tranquera. Rosa. ella bajeada y perseguida por el enemigo de su recato. Y ahora que estaba en sus manos el salvarlo. desde el mes de nacida. más que por buscar agua para aguardar a Fico en el camino y tratar accediendo a sus infamias. Le llamó aparte. ¿no lo haría? ¡Pero. de los goces materiales. Le debía más que la vida. A la mañana siguiente iba a empezar la ejecución de sus planes tenebrosos. como enorme mazo de plumas gigantescas. que venían a llevarse al vale Pedro. a la vida de amor idílico con Julián. al regresar del cercano monte. hasta dejarlos en la inopia y los tres bribones se encargarían de vender a medias en otra parte lo robado. pues lo oyó hablando a la vera del camino con tres de sus hombres. Ella estaría a media noche en la puerta tranquera. que ya consideraba como cosa hecha. que cualquiera la dá. qué sacrificio era necesario! Entregar su virginidad como flor a un verraco. Y no daba espera la maldad del general Fico. y con misteriosos ademanes le indicó que quería hablarle de algo reservado. donde se recostó casi desvanecida. No esperó mucho. después otra bestia… así irían llevándoselo todo. se le iba a morir en el servicio. Cuando asomaron los claros del día. los brazos de sus maldades. arrancarlo después que sus raíces profundizaron en el corazón. la encontró siña Nicolasa. y la llevó tras una mata de bambú muy ahijada. y ahora se encontraba sola: el quién sabe cómo. Su plan era reclutar para soldado al vale Pedro. mientras ella recogía leña en el monte. mañana un caballo. Otra sombra avanzó entonces y empezó a hablarle en voz baja. había sido para ella. y quién sabe si su rectitud en materia de honra pudiera llevarlo hasta a un combate en que de seguro moriría… y quiso economizarle esos dolores: sonrió forzadamente y dijo que estaba indispuesta… poca cosa… ¡Qué noche! ¡Cuánto ir y venir con la imaginación. con ternuras y delicadezas femeniles. ya su resolución era firme: se sacrificaba entregándose a aquel hombre implacable que le causaba horror. sonó una interjección seguida 118 . Esa noche el vale Pedro notó la aflicción de su hija. pero previó la amargura del buen viejo.

de diecinueve años. agua de cielo y sol. A. al Este. por encima de batatales y guandules pequeños. cuando reconoció en las tinieblas a Fico que entraba en la vereda. con un sombrerito de hojas en lo alto. luchando entre los celos y el temor de alguna nueva infamia y. refirióle lo acontecido. Recogieron algunas bestias. tentado de matarla. cuidando la propiedad del vale Pedro mientras la vendían. En cuanto al general Fico. salía un tenue humillo de la candela que tenían para conservar brasas y encender los cachimbos. otros echando el grano en el hoyo. y venía a ver a Rosa para ocultarse en cuanto amaneciera. Negro pelo se le enroscaba en dos moños a ambos lados de la cabeza. Una era vieja. Ese día se estaba sembrando maíz en las tumbas nuevas que se abrieron en el terreno de las múcaras. saldo de cuentas de los que tienen alguna que arreglar con la justicia. es autor de un volumen de cuentos: Balsié (1938) y de la novela Over (1939). y la piel de su cara harto áspera. Las mujeres eran tres. los menos trajeron sus mujeres para que hicieran la comida en el bohío. otros con muchachos que ya podían tomar parte en el trabajo. al borde del monte. RAMÓN MARRERO ARISTY (N. hasta el Gobierno abandonó su causa cuando dio las espaldas a este mundo. Lo siguió andando por el monte sin perderlo de vista. se encaminaron hacia los cortes de Jamao. tendiendo la vista hacia el lugar de las siembras. se levantaba un viejo higo retorcido. defendiéndose de las acusaciones que su amante. echando cinco y seis granos de maíz en los hoyos y luego tapándolos con lo pies. unos inclinados sobre la azada. De un lado de la tumba. una mulatita fresca. Unos vinieron solos. M. En el centro del batatal que había de por medio. se apostó en acecho cuando Fico se detuvo frente a la tranquera del vale Pedro. negra.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II del relampagueo de un cuchillo que se hundió en las entrañas del general Fico. Desde el rancho de palos parados. y en la boca el cachimbo. refugio inviolable. Se había escapado de la Fortaleza. La otra era de color amarillento. Ha sido Diputado al Congreso Nacional y Secretario de Estado de Trabajo. En La Palma. y al cabo de un mes nadie se acordaba de él sino para bendecir al que libró la comarca de tan perniciosa alimaña. Varios hombres del lugar estaban en la siembra. tuvo que convenir en que era necesario escapar esa misma noche. negro y musculoso. y cargando con cuanto les fue posible. y estaban en la cocina del bohío. 119 . y tenía bastante belleza. aguardando a que su hijo viniera una noche a buscarla. 1913)* Mujeres Había junta en “El Arroyo”. le imputaba. gigantesco. La más joven. con algunos dientes menos. etc. no había conocido más que agua del arroyo. delgada. para salir goteando sangre al caer el cuerpo de este bandido. resuelto a saberlo todo. y cuando el vale Pedro salió a las voces. Rosa. todavía sus dientes no habían sido ennegrecidos por el cachimbo y su cuerpo tenía toda la belleza de una fruta sana madurada en la mata. quedó la madre de Julián. *R. respondía al nombre de Tatica. se alcanzaban a ver los hombres como muñequillos bajo el sol. Su cuerpo era lleno y fuerte. El matador era Julián. En la cabeza tenía el inseparable pañuelo de madrás que le ocultaba las canas.

porque a mi pai tó se le diba en alabá lo trabajador que era y qué sé yó y qué sé cuando. pero Dió dice: “ayúdate que yo te ayudaré”. tá con hombre asina e una verdadera calamidá. por loj lao del baoruco. Cuando un día se acabó e l’agua e bebé en la casa a eso de media tarde. qué podría sé… –exigió la vieja. —Yo no tenía amore. —No me vengaj con n’eso. Yo me metí con’él porque cuando a una le dentra la gana e tené macho. La llamada Tatica comenzó a relatar. yo había llegao con mucho calor. a eta s’hora pudiera viví mejor. En mi casa no lo veían con malo s’ojo. Lo que hay é aguantáse y no echase a perdé nuevecininga. pero me pasó una cosa que me comprometió má… —¿Noj quiere decí que te forzó? –terció la de rostro amarillento– ¡ay. La aludida. Lo que a mí me pasó fue má grande. se arregló la falda que le estaba dejando al descubierto los muslos. por tá de pendeja. las mujeres no se cuidaban de hablar en mi presencia. pa llená la tinaja. Y yo creo que a toa la mujer de vergüenza que le pase tiene que hacé lo mimo. ¡ay jija! porque ese hombre na má sabía echale trozo a la mujer como si fuera una puerca. lo único que gané fueron golpe. Ya vé tú lo que hicite. Me puse en el caño e llená. ese señor que é dueño de medio mundo e tierra. –decía la de tez amarillenta–. –dijo la más vieja de todas–. y asina llena e confianza. dipué 120 . cuándo diba yo a creé que naide me tuviera mirando. y como toavía el sol picaba. Relojié pa toa parte. y como no vide a naiden me fuí por la barranquita del lao allá y me pasé al bañadero e la mujere. Si tú viera pensao bien. Una muchacha buena moza siempre jalla un hombre que la pueda poné en condición. y otra. otra en cuclillas. y con la otra me metí e n’e l’agua… Yo taba lo má quitá de bulla bañándome porque como por’ahí no andaban hombre. lleno de locrio de gallina con auyama. Me quité el camisón y una enagua. y creyéndose obligada a decir algo. Como sólo tenía unos diez años y era de carácter muy apacible. Yo metía un cuchillo viejo en la candela tratando de mover una batata que pretendía asar. mientras que dipué que se mete co n’un fuñío. y yo fuí a bucá un calabazo a l’arroyo. pero yo nunca había pensao en meteme en ná co n’el. antonce. Supónganse utede que a mí me querían llevá pal pueblo a la casa e don Luí. murmuró: —Pa laj cosa no hay má que pedile suerte a Dió y confiá e n’El… —¿A Dió? –volvió a decir la más vieja–. despidiendo vapor por los hoyitos de una lata que le servía de tapa. Dígame que él dende que una miraba a otro. é verdá. arreglando las brasas y volteando los que estaban allí asándose. hoy pudiera contá algo. no le queda má que aguantá. sin acordáse ni an siquiera de comprale un vetío. —Vamo a vé. se vuelve loca… —La falta de iperencia. Tatica. por Dió! Toa nosotra semo maj vieja que tú… —Yo no he querío decí eso. sobre la parte más delicada de su pasado: aquella que se refería a los amores. ya se creía que se la diba a pegá… No jija. me llevé d’él y me juí… ¡Jesús! Cuando yo veo muchachitaj como eta que se meten en hombre sin calculá… Dijo esto dirigiéndose a la más joven. Las mujeres estaban.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS En una barbacoa había un caldero grande. —Dende hacía tiempo Julito andaba tirándome puya. De ahí que charlaran como si estuvieran solas. que era la encargada de raspar los plátanos. y dipué de tó tá arreglao. una sentada en el pilón pelando plátanos. —¿Pero cómo se hace una? –preguntó resignada. raspando los que ya lo estaban. tapado. que ni an amore teniaj con Julito cuando te fuite co n’él. si cuando yo me fui con el difunto Maleno hubiera sabío cómo eran las cosa. —Cuando yo vivía con Julián. ni con nadie.

muchacha!: ¿te ha dentrao lo malo? “Y yo le vociaba: —”¡Tú eré un abusador. E l’hombre que se había mantenío alejao. pa que no me viera má de la cuenta. no fuera cosa que me viera alguno que viniera de l’otro lao. señore!. —El condenao. pero con casi to el cuerpo afuera. “¡Señore! Utede han de creé que e n’ese momento tuve al cojele pena… ¡Qué se yo!… Y entonce le dije: —”Mira. pará en la corriente. no me meneo d’ete sitio. “Al fin se quitó. ¡por Dió! Y si tú no te vá. blanquito del suto. que vergüenzas. Julio: lo que yo quiero e que te vaya. él diba ahí mimo. y me largué en la chorrera. Parecía que se le habían prendío la j’abipa. embollá en la ropa.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II de refrecame bien. y por má que quería apretá el paso. que al prencipio taba demigajao de la risa. Dió mío! Me dentraron gana e gritá. Tatica! Ya te vide –me djo “¡Ay. casi pegao de mí. se asutó. Tatica!… ¡ofrécome!… Yo no creía que tú era loca… —”¡Quítate de ahí! –le vociaba yo–. ahora vino a acercáseme. de salí corriendo… ¡de tó! Y lo que atiné fue a echame la ropa embollá en laj pierna y a cojeme lo pecho con la mano. En’el l’agua me había pueto toa la ropa mojá. azorá como un animal cimarrón. y prencipió a vociame: —”¡Pero bueno Tatica!: ¿tú ere loca? “¡Pero bueno. va j’a vé lo que te vá a pasá. cuando de ahí mismo en frente. y me quité la enagua mojá. de atrá e la piedra esa que tá e n’el sitio adonde uno se quita la ropa. y si no voy a dejá el condenao calabazo botao y entonce cuando me pregunten tú verá lo que voy a decí… —”¡Pero Tatica. y casi echando chipa por lo s’ojo. quítate de ahí. y de un momento me puse a quitámela… —”¡Ay. malvao! “¡Jesú! Yo taba casi fuera e mi juicio. Porque me dentró una cosa que parecía como el prencipio de un insulto. apariao. parao en l’orilla. porque se lo voy a decí a mi pai… “¡J’Ave María! Yo no sé qué fué lo que le dentró. Y él. —¿Y qué hizo Julio? –preguntó la más vieja con gran ansiedad. diciéndome: —”¡Pero bueno. “¡Ay. E n’eso me fijé que tenía e n’el pecho una cuanta s’hoja. Yo prencipié a subí la barranca. con toa la ropa pegá del cuerpo y e l’agua a la rodilla. condenao! “Y él me repondió: —”¡Qué voy yo a dí! Jata que no me prometa dite conmigo. y entonce taba entripaita. ¡vete de ahí. Me jinqué de epalda pa la chorrera. se paró Julio… —”¡Anja. Me dió un sangulutión po r’un brazo que el calabazo fué a caé por casa e la porra debaratao en pedazo. Yo salí má epantá que el Diache y a toa carrera l’eché mano a mi calabazo y me lo puse a la cabeza. —¡Julio el Diache! –le dije–. por Dió!… ¡Tatica!… ”Y se le atrabancaba lo que me quería decí. al vé que yo me tiré como una loca y casi me tuve al matá. muchacha? ¡Si yo…! ¡bueno… ! ¡yo no sé que…! —”¡Quítate de ahí! –volvía yo a gritá casi llorando. o que le habían mentao su mai. Dió mío! Yo ni an sé cómo no me decalabré toa. me gritó: 121 . diciéndome: —¡Tatica. salí p’afuera. yo taba encuerita en pelota e n’ese momento. por Dió! –volvía él a decí– ¿qué te ha dentrao. señore.

Julio! –principié a decile. carajo!… “¡Ay señore! Consideren que yo me taba muriendo del miedo y de yo no sé qué. ya en pie–: si hemo perdío toa la mañana hablando zanganá… A lo que respondió la otra. durante un momento. Julio. le he dicho! ¡Ahora mismo se va uté conmigo! ¡Camine po r’ahí. que yo taba como loca dipué que él me había vito ejnúa. —¡Yo sí creo! –afirmó la otra. ya utede conocen el reto: ¡jata el día de hoy!… —¡Pero esa te la ganate tú! –dijo la vieja. jipiando del llanto. y jalándome po r’un brazo. tá bien! “Señore: me echó por delante. En ese momento se oyeron las voces de los hombres que venían del conuco. “Yo le quería obedecé. y lo único que pude fué decile: “¡Tá bien. ¿pero cómo se te pudo ocurrí. en vé de otra cosa. si dipué que un hombre la ha vito a una encuera ya se pué decí que la gobierna… digan su verdá… Esa frase desconcertó a las otras mujeres. pero no me podía aguantar y le volvía a decí: —”Por Dió. negra y sucia de ceniza. animalá. poniendo en una yagua nueva los plátanos que había raspado Tatica. Ambas se ocuparon. ¡mofia! ¡Si tú te cré que tú pai come gente tá equivocá. ¿qué pasó? –preguntó la vieja. Primero me había vito encuera. —¡Cómo va a sé. carajo! –me gritaba él. y eso fué tó.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —”Mira. —Animalá. como quien sabe que ha perdido una discusión y titubea antes de declararse vencido. —¡Jesúu! Yo me taba volviendo loca. porque yo me le atrabanco a cualquiera e n’el gañote!… y ahora se lo va já decí. ¡Y bien dicho!… “Y enseguida me cerró a pecozone… —¡Critiana! –interrumpió la de la piel amarillenta–. entonces me taba dando pecozone. Permanecieron un momento en silencio. se paró. Las mujeres entraron súbitamente en gran actividad. Pero casi loco de rabia. a la vez. Julio: ¿qué vaj tú a cometé?… ¿Me va j’a matá?… “Ya me había dao como dié pecozone. Al fin la razón pudo más que todo. carajo. me volvió a decí: —”¡Cállese. llorando– ¡por Dió! que si viene gente se vá a dá cuenta… —”Cállese. —¡Señore! –exclamó la más vieja. porque no podía darme cuenta de lo que tenía. y al yo decí asina. —Y dipué que te cayó a pecozone. 122 . —Ahí vienen… –dijo Tatica muy apurada. de remover los plátanos en las brasas. escupiendo. sin hablá una palabra. y la más vieja comentó… —Bueno… dipué de tó… cuando un hombre le ha vito a uno laj parte… —Juu… –sopló la otra por la nariz. Julio! ¡Ay.: —¡Jesú!… Verdá que aonde na má hay mujere… Ya mi batata estaba asada. decalentale la sangre a u n’hombre? —Sí señóo… –afirmó la otra. señore! –volvió a decir Tatica–. –continuó Tatica–. Envolví mi manjar en una hoja de plátano. y me fuí detrás del bohío a comer. mojiganga. lo único que me se ocurría pensá era que él tenía razón… ¡Utede han de cré!… —”¡Ay.

se llevó la mano derecha al sobaco izquierdo y. Por un momento pareció que el caballo iba a resbalar y caerse. desorientado. Parecía que se había estirado. Fue un segundo nada más. hubiera oído su resuello precipitado y recio. Se disparó al cauce y se envolvió en millones de gotas que se elevaron como un surtidor. Pero antes de un minuto. Clavó otra vez las espuelas en los ijares del animal. El jinete tentó las bridas. Y sin perder un segundo que le hubiera sido fatal le hundió las espuelas en los ijares al bruto que saltó sobre un pelotón de cinco individuos armados de carabinas que pretendieron cerrarle el paso. El hombre pensaba que no había otro remedio que huir y llegar al paso del río. Allí terminaban los alambres y comenzaba el monte sin cercas. El hombre sintió deseos de caer del otro lado. Entonces el animal. El jinete se le acostó en el pescuezo. huyéndose al sol. Este recobró más velocidad.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II No se movía una hoja. En la otra le humeaba el revólver pavón blanco con que acababa de matar. el hombre echó el cuerpo a un lado y tiró de la brida izquierda. cogió la bajada resbalando. Silbó una manjuilita que venía en largo y cansado vuelo y se metió en las ramas del gran jobobán. El fugitivo El hombre dio media vuelta. Había perdido el control y corría a precipitarse. ante el agua. fue encontrada por el animal y se estrelló contra el pedregal que hacía de acera en su bohío. Al otro se le encabritó el caballo mientras luchaba por dominarlo con una mano. Comenzó a oírse un tiroteo que venía por la otra calle. Así corrió diez minutos. De cinco o seis resbalones cayó en el cascajal. con la boca abierta. media hora. Dos se estrellaron de espaldas sobre las piedras sueltas. De no ir el jinete ensordecido por el viento y por la fiebre de escapar. cayó con medio cuerpo dentro del cuartel. Apareció a la vista la ceja de monte que cubría la ribera del río. Allí. el vientre y las manos. Rugieron veinte voces que se ahogaron en los tiros: 123 . quiso titubear. espumajeando. siempre detrás. que se iba a romper. Volaba el caballo. desapareció humeando. Mujió una vaca bajo la guázuma. Las gallinas venían del conuco acezando. Una vieja que salía de su casa. caballo y jinete volaban por el camino real como una exhalación. veinte. Los tiros venían detrás. atolondrado. La roja tierra del camino que había mojado la llovizna de la noche anterior. El cuarto se enredó en las patas del animal y quedó pisoteado e inservible. Bajaba la cuesta el tiroteo. Tronó el fondo del río. Las espuelas volvieron a herirlo. Pasaron otros diez minutos de vértigo. Enloqueció. Un cañón que había salido por una ventana. Un tercero. pero un segundo que casi fue fatal. Al pasar frente a una casa de acera alta le hicieron un disparo. Al llegar a la primera esquina. se elevaba a sus espaldas. con las manos vacías no atinaba a coger la carabina que se le cayó al recibir el violento choque. El caballo se tendió a galope por la estrecha calle bordeada de bohíos cobijados de cana. sentándose en las cañas traseras. El caballo no aminoró la velocidad. El rojo camino hacía un recodo a la izquierda y comenzaba a bajar. por el ancho camino que iba entre dos alambradas que cercaban potreros y conucos. El animal quedó ciego y tropezó. que el caballo pechó de frente. quiso volverse para defender la cara y rodó violentamente raspándose el rostro. El quinto. exhalando un grito. El jinete no volvió la cara. Se revolcó el mulo. Se desgranaron como una mano de plátanos que cae de lo alto. impelida por las patas del caballo.

El tirón inesperado. Veinte balas rompieron el monte. Entonces el hombre rugió: —¡Carajo! ¡Ahora verán! Y tiró frenéticamente de las riendas. Se abrazaba más al pescuezo del animal. El bruto rompió el agua que se volvió a levantar en furioso surtidor. —¡Sitó! ¡Quieto! El caballo se encabritaba. Decía resollando: —¡Sitó! ¡Quieto! ¡Me quedan cinco tiros! Tenía el brazo y el hombro bañado de la espuma y el sudor del animal. Lo hizo evolucionar para que pusiera las ancas hacia el camino y se le metió detrás del pecho cuyos músculos temblaban bañados en sudor. —¡Hay que cojelo! —¡Hay que cojelo! —¡Párate ahí! —¡Párate ahí! ¡Otra descarga! El fugitivo apretaba los dientes. —¡Párate ahí. —¡Vienen ahí! –le dijo al caballo– ¡Vienen ahí! Otro recodo. Veinte tiros más se enterraron en el barro. Casi estallaron los músculos del animal. Dos espolazos más. Apuñaleó al animal con las espuelas. Cada vez dominaba mejor al animal. carajo! 124 . El trueno de los perseguidores cruzaba el río. Siempre aferrado a las bridas se fue hacia la derecha con el caballo en dos patas. La lucha entre la bestia y el hombre seguía. —¡Por ahí va! —¡Por ahí va! Sonó otra descarga. obedeciendo a la voz. Ahí venía el tropel. Una descarga más. en la misma barbada. parado como un canguro en las cañas de atrás. castañeando los dientes primero y luego lanzando una maldición.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Párate ahí! —¡Párate ahí! El hombre volvió la cara. El hombre se lanzó a tierra. El caballo ya comenzaba a asentar las patas delanteras en tierra. Se precipitaba el tropel. Nuevo acopio de bríos del animal. El hombre lo sujetaba con la mano izquierda. Saltó el animal a la barranca que se elevaba ahí mismo. Se encabritó. Un nuevo recodo a la derecha. El animal se sintió asesinado otra vez por las espuelas y casi pegó el hocico en tierra cuando se tendió a lo largo de la cuesta. El caballo estaba loco. lo hizo saltar de flanco. El caballo estaba loco. —¡Párate ahí. Aparecerían en la curva y comenzarían a cazarlo. y en la derecha sostenía el revólver. Llegaban los perseguidores. ¡Espuelas! El caballo no podía dar más. tembloroso. —¡Quieto que ahí vienen! Se tiró a los matojos en lucha con el animal. Veinte tiros se zambulleron a sus lados. carajo! —¡Párate ahí! Dentro de un minuto sería blanco de sus perseguidores. —¡Vienen ahí! Espuelas. ¡Tiros detrás! —¡Vienen ahí! Espuelas. detrás. Ahí venían los tiros. Su propio resuello le ahogaba.

pero por fin. Era un todo estertor. El Caudillismo en la República Dominicana. Una primanoche. fusil al brazo. A. y el examen sociológico: Caleidoscopio de Haití (1953). 125 . el General José Pelota. ha publicado: Cosas Criollas (1929). El hombre esperaba detrás del caballo. Jefe Comunal de La Matraca. Que él era el hombre que garantizaba los intereses y la propiedad. Le bañó el pecho de espuma y sudor. se hizo un personaje guerrero de proporciones nacionales. carabinas. Voces: —¡Por ahí va. Se perdió la tropa en un recodo. —¡Cinco tiros! Pero el caballo tiró de la brida. Siempre a pie. M. Desde joven. Se fue apagando la gritería y a poco no se oyó más. adoptó militarmente una táctica propia. Se le requería para que se sumara al movimiento que en breve se precipitaría en el Cibao. Le prometían dinero. El General trató la cosa con la marrulla consiguiente. Con la cabeza le golpeó el codo. la táctica de los jarretes. en el Sur y con seguridad en la parte del Este. Galope desenfrenado. Resoplaba: —¡Quieto! ¡Cinco tiros! ¡Cinco hombres! Ahí estaban. ensayos biográficos. Se pulió en el hablar y consiguió propiedades que eran plantíos que hacía cultivar a los presos y a los dragones. cuando le anochecía en Guaza. A fuerza de curtido en estas ocurrencias. el José Pelota rústico. que por llevar algunos meses en el poder se estaba haciendo irresistible. Con los días. Dijo que sí y dijo que no. el General recibió un mensajero. carajo! —¡Por ahí va! Una nube de humo. solía tirotear tres pueblos distantes y sin embargo. Venía de la Capital y era portavoz de la Junta Revolucionaria recién establecida. el General había tomado parte en todas las asonadas que se provocaron en el Este o repercutieron en él y cuando fue jefe. Ya en campaña. Humo. En aquella ocasión. a favor de la oscuridad del pueblo. le salía el sol sobre el pico de una loma en el corazón de la Cordillera. seguido por los más que podía arrastrar. y Escenas Criollas. tenía la confianza del Gobierno. Y era prodigiosa su movilidad. cuentos y novelas cortas (1941). en una noche. Se impuso en su lugar como batuta y su nombre era citado con frecuencia en los corrillos politiqueros de la Capital. se convirtió en ente de mucha prosopopeya. MIGUEL ÁNGEL MONCLÚS (N. Gritos. Veinte caballos desbocados. y después de muchas *M. Pasaron frente a los matojos como una exhalación. Jefe Comunal de La Matraca. pertrechos y las copias de los manifiestos al país que se estaban escribiendo. cuentos. 1893)* Una campaña del General Pelota En aquella ocasión era el General José Pelota. estudio histórico (1943). Cachón. Siguieron los tiros. corta o larga. Otra descarga más. Historia de Monte Plata. y manadas de reses que le pastoreaban sus compadres los pedáneos. novela.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —¡Párate ahí! Otra descarga. le iba a amanecer al Jovero. medio oculto en los matojos.

Pero con la idea de hacerle ganar tiempo al mensajero. sí. que decían. —………… —Juan Labraza. 126 . Entonces ordenó: —Vaya. Ayudante. apagó el tabaco que llevaba encendido y llamó al Ayudante: —Présteme sus fósforos. si además de lo que le prometían lo nombraban Jefe de Operaciones. sacó al General de la hamaca en que estaba. haciendo salir antes al empleado de la habitación. Por aquí no habrá quien se menee. que hasta aspira mi puesto y siempre me va a la contraria. Fue a la oficina y frente al teléfono. condúzcalo a la Comandancia. —………… —Ah!. que había entrado al pueblo un forastero… —Eso puede ser. El General volvió a mirar con desconfianza al aparato. y descuídense de aquí. —¿Qué hay? ¿Cómo estamos?… ¡Anjá! Mire… y aquí ni propagandas. con el aviso de que el Gobernador lo llamaba al aparato. y se apagó también. vaya. se colocó el auditivo con desconfianza. Ayudante. siempre está cabeciando y es muy enemigo de la situación… Pierda el cuidado. buen padre de familia. Aquí no hay más que un hombre peligroso. hasta que agotó la caja de fósforos. —¿Dice usted. pero asegúrelo bien o disponga de él allá. un cuarto y hablando siempre. Se despidieron. Pero la República sabe –y aquí alteró la voz– y lo saben en la Capital. fueron inútiles las diligencias del Ayudante. muchas gracias. como muchas veces se lo he dicho a usted. Rayó un palillo que se apagó. cuando se le presentó el Ayudante de Plaza. campesino. porque es muy peligroso. —Pues haga las pesquizas y si lo encuentra. Era un compadre suyo. Dígale al Gobierno que yo aquí me hago ceniza. rayó al paso otro y comenzó a hablar con amplio ademán. ese de Los Cerritos es el único peligroso.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS vueltas. Gobernador. compadre. el telefonista apresurado. o bien se apagaban de inmediato o se consumían en idas y vueltas al tabaco. que ha entrado un forastero? —Mis ojos no le han caído arriba. compadre –agregó– estoy yo para hacer respetar los derechos y la propiedad. Mándeme de viaje el despacho de Jefe de Operaciones y las carabinas y los pertrechos. pero mándeme en seguida los cuartos para las raciones y que sean muchitos. que eso aquí está escaso. ese Juan Labraza. tocó el pito repetidas veces en señal de alarma. Sí. No transcurrió mucho rato. Al día siguiente. de Los Cerritos. Encendió un tercero. ¡que yo soy el horcón de La Matraca y la garantía y el respeto de la propiedad! El compadre aprobaba moviendo la cabeza. pierda el cuidado. bueno. bueno. convino en que si no había papeles por medio él entraba. voy a acuartelar las gentes. puede cruzar por donde quiera. La paz reina en el país y si tiene sus pasaportes en regla. Desde luego. a disgusto con el cargo que sin paga alguna lo obligaba a permanecer en el pueblo. y ya en la calle. agricultor acomodado. que le habían informado. pero dicen que ha dentrao. compadre –replicó el General con aplomo. El Ayudante le informó. En esa inteligencia se fue el mensajero. Aquí. se lo voy a remitir amarrado como un andullo. con actividad a ver si logra en la plaza al forastero.

—Sí. Los golpes se sucedían insistentes. —Eta va a sei goida. A la luz de un mechero de gas. Una nueva revolución: ¿qué traía? Para La Matraca de seguro nada. En eso estaba. unos golpecitos discretos. que contara con eso y no se apurara pensando en sus intereses. hombre. jarreteando o no. Dióles con energía la orden de acuartelarse y mandó a buscar su machete de cabo. p’arriba se tá peliando. cerrada.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Acudieron presurosos el Ayudante. el General arengó a la tropa. los policías y algunos vecinos. si seña Justa me dijo que uyó que poi el alambre decían: p’arriba se tá peliando. el grupo acuartelado se había engrosado considerablemente. El General detuvo la labor y paró la oreja. Un poco tarde de aquella misma noche. La vivienda del General no estaba lejos del cuartel. respondería de los intereses y de la propiedad. Llamó luego aparte al Ayudante y confidencialmente le dijo que como él iría pronto de jefe grande a otro lugar. el General se aplicaba a un plato enladrillado de trozos de plátano que coronaba como trofeo una prominente pieza de carne. En las esquinas se formaban corrillos. cuando sonaron en la puerta del patio. Cuando vino a anochecer. Y como rigurosa consigna. y el General Pelota. Que eso de seguro era la obra de tres o cuatro vagabundos y que el General Tal les daría cuatro patadas. iban y venían azorados y el único pulpero del pueblo. —Yo me vuá dí con tiempo. El era el horcón de La Matraca. Comía despacio. Que a él lo habían nombrado Jefe de Operaciones y que. —Y el forastero que dentró anoche… —Ese de seguro que venía de casa de Juan Labraza… —Como eso sí que es así. manejó las cosas de modo que se había quedado con el puesto. que no respondieran sino vivas al General José Pelota. De una a otro se oía la voz cuando se levantaba. El patio de ambos era un platanal que colindaba con el bosque que rodeaba el pueblo. El General era buen diente. junto a la mesa adosada a un seto. —Pero bueno. contando con ellos. Le dijo que el Gobernador le había comunicado que había un “meneo” contra el Gobierno. Campesinos con fundas y fusiles casi llenaban la barraca que tenía por sede la Comandancia de Armas. pero desde ayer se ve que la cosa está mala. Muchas veces había usado el General ese escape al sentir movimiento sospechoso en el poblado. atrancaba presuroso las puertas de la tienda. otras habían acontecido. bohío que le había costado treinta pesos al General y que cedió al Gobierno a cambio de cuarenta caballerías de los terrenos del Estado. ¿y qué es lo que pasa? —Yo no sé. desplazando metódicamente los trozos de la orilla para acometer por último a la carne. A poco la tranquilidad habitual de La Matraca se transformó en un hervidero humano. lo iba a hacer nombrar Jefe Comunal de La Matraca. nada bueno ni nuevo. —¿Quién vá? 127 . —Y jata yo… Y así por dondequiera. les dio. El Cura y el Presidente del Ayuntamiento. con las onzas recibidas para racionar la tropa y con varias mancornas de becerros de las contribuciones impuestas para mantener el cantón.

no atino… —Soy yo. por todo esto no zumba una mosca. Juan. muchacho? —Que quiero verlo. —Que le aproveche.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Yo. primo José. —Ven a cenar. Se paró cautelosamente y se arrimó a la puerta cuya aldaba presionó con ambas manos y así siguió el diálogo. el General se retiró a un extremo de la habitación y llamó alto: —Jacobo. el bohío está solo. pasaré… En puntillas. Juan. —Asina mismo. Juan. ven. El General avanzó como al descuido un paso hacia la puerta del patio que estaba semi–abierta a la espalda de Labraza. —¿Quién es yo? —Yo. primo José. tú mismo. —Juan ¿quieres pasar? —Sería mejor que conversáramos afuera. guardándose de la claridad. Precisamente y husmeando. —Entra. primo José. —Está bajita. —No. —Es que el negocio de que quiero hablarle… —No tengas cuidado. —A decirle que el hombre me vido. —Pero. Juan. primo José. ando de pronto y solamente viene… —Ve diciendo. —¿Eres tú. ¿ahí no hay gente. primo José. —Que te vió el hombre decía… 128 . Juan? —Sí señó… —¿Y qué te pasa. entra. —Pero asíllate. —Pué antonce. primo José –dijo el aludido sin entrar. Juan. yo tengo mucha flusión y el frío de los plátanos me hace malo. —¿Tú andas solo? —Sí señó. —Po antonce baje la lú. primo José. —Siéntate. primo José? —No. Juan… —¿Juan? —Sí. —Pero. ¿y qué Juan? —Juan Labraza. —No atino. primo José. Juan. —Muchacho. Juan Labraza avanzó algunos pasos hacia el interior. siéntate. —¿No anda nadie contigo? —No señó. hacía tiempo que no te veía. Hubo una pausa embarazosa. ¡abre la puerta del patio! Un muchachón surgió de un rincón de la penumbra y abrió la puerta. primo José. aquí no hay nadie.

Labraza quiso teminar: —Bueno. ¿Cómo no? Pero tú sabrás Juan. y me dijo del asunto. el dinero y el nombramiento que le habían ofrecido. y un tropel de gentes corría en todas direcciones. Las circunstancias –según decía– eran muy apremiantes y el Gobierno quería contar más que nunca con la lealtad y el celo de sus amigos. que lo vido a usted primero. —¿Dijiste de un hombre?… —Sí. y la memoria se me está poniendo mala con tanta broma que dan las autoridades y el mando y los robos y los vagos. primo José. Juan? Mientras hablaba.  El resto de la noche pasó en calma. pero por suerte con pocas cápsulas. y con voz autoritaria le gritó a los recién llegados: —¡Hagan preso a ese hombre! Cayeron sobre Labraza y lo despojaron del revólver y del puñal que portaba. Yo sé todo lo que pasa aquí. retumbando en los vecinos cerros: Hor-hor-cón… garan… tíaaa… pro-pie…daddd. Juan… Sí. —Tú tenías la cosa lista. ya el General tenía en empuñado el canto libre de la puerta. ¡enciérrelo con buena custodia! Se lo llevaron en tumulto y tras él. Ese que vino de la Ciudá. Apresuradamente irrumpieron en la sala de la casa el Ayudante seguido por un escuadrón de hombres armados. Otra vez era el Gobernador. que mientras yo esté vivo… Al llegar a este punto las voces trascendían al extremo del caserío. Lamentaba que se hubiera llevado algunas carabinas. echaba escarabajos por la boca y partía el mundo por la mitad. El resultado no se hizo esperar.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —Sí. Antes de amanecer. pero reiteró con urgencia el pedido de parque. En eso estaba cuando volvieron a llamarlo por teléfono. iba la voz del General. —En cuantico lleguen esas cosas. A poco sucedió la calma y surgió el General en el Cuartel. Pero. El General con el machete en la mano. Yo soy el respeto y la garantía de la propiedad y eso lo saben aquí y en todas partes. poco militar y confiado. gracias a su precaución de racionarlas a no más de cuatro balas. El General rápidamente apuntaló la puerta con las espaldas. –Iba alzando gradualmente la voz–. No tengo tiempo. primo José. La emprendió con el Ayudante. me dijo que usted también convenía en entrar. ni para rascarme la cabeza. ¿a dónde se metía ese sarnoso que él no lo cogiera? El era el horcón de La Matraca. gritos. José Pelota. sonaron tiros. —………… 129 . formada en su mayoría por gentes de Los Cerritos. Con él no había quién se meneara. —¡Ayudante!. Gobernador. y del orden. El General respondió que estaba dispuesto a hacerse ceniza en defensa del gobierno. pero… —Yo tengo muchos asuntos. Juan. porque yo me hago cenizas y respondo de la tranquilidad. pero… ya yo tenía la cosa lista. no hay petíguere por aquí que chille. pero no la madrugada. hombre flojo que no sabía de nada. —¿Y qué te dijo. Yo José Pelota. quien responde como quiera. Había pasado que el preso se fugó en complicidad con la guardia. —Yo considero. que soy aquí en La Matraca la garantía del orden y de la propiedad. remedada por el eco. Juan. Cuando se llega la hora –y la voz siguió subiendo– soy yo. sus parientes y parciales. y el fijo y tantas cosas que día a día son más.

¡jarretes. Eso soy yo. el General Pelota reunió el Ayuntamiento y requirió la asistencia del Cura. La tropa chapoteaba con el agua a la rodilla y el General también. a una hora de marcha a monte traviesa el General enderezó la ruta en sentido contrario al rumbo que había tomado a la salida. Seguido.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Bueno… –y el General miró con disgusto al aparato–. dos cañones. y tenía un cañón. Rodaban. —………… —Eso sí. el General desató su conocida oratoria. Yo salgo en operaciones y he pensao descargar la autoridad en ustedes para que no sufra la población. Los regidores acataron con un murmullo aprobatorio y el Cura juntó ambas manos con unción. Los habitantes de La Matraca liaban sus bártulos y las familias salían en cordón en todas direcciones hacia los campos. se lo voy a llamar…. a trechos la arengaba: —¡Jarretes. El nombre de Juan Labraza estaba en todas las bocas y se le atribuían palabras y amenazas terribles que cumpliría con toda seguridad. pues contaba con más tropa que hormigas había en La Matraca. Y el General se paró. ¡jarretes!. el Jefe nato. y ya que usté lo manda le diré que venga. y la garantía del orden y el respeto de la propiedad. para alante. Gobernador… —………… —Es que ahora mismo no esta aquí… —………… —Casualmente. espérelo. mi compadre el Ayudante. sacó el sable y le cayó a machetazos al aparato. muchachos. Sin embargo. Mis intereses particulares se los dejo encargado al Cura que está presente. Frente a los atemorizados regidores. —¡Por aquí muchachos!: arroyo arriba y por el cañón del río. de Ayudante está bien. a fuerza de jarrete botamos a los españoles y botamos a Báez. —Como ustedes saben. pero es que él nunca ha hablado por este bejuco. pero mire. pero usted sabe que ese hombre es mi compadre.  Era la guerra. abultándose de más en más las propagandas. a los…” Después. Bueno. yo no lo recomiendo para la Jefatura y más cuando yo puedo con las dos cosas… —………… —Bueno. cuatro cañones… En esas apretadas circunstancias. tres cañones. cuyos alambres y pedazos saltaron con estrépito. puede que acepte. y llegó a un arroyo. muchachos!… 130 . muchachos!. el General exigió que se levantara acta de aquello y el Secretario de la Corporación garrapateó en el libro: “En la Común y Pueblo de San Benito de la Matraca. o se alojaban en la iglesia al amparo de los ruinosos paredones. Entró apresuradamente el telefonista y se quedó pasmado frente a la hecatombe: —¡Por hablador. yo soy la primera autoridad de la Común. pero no está civilizado en esas cosas. desfiló la tropa con el General al frente por un callejón que no iba hacia ninguna parte conocida. pero hay un “meneo” contra el Gobierno y aquí mismo anoche se ha levantado ese bandolero de Juan Labraza. ese diablo de bejuco? –sentenció el General. pero a mí me parece… —………… —Oiga. el agua no pinta huellas.

dígale que yo ando con doscientos leones.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II El cauce del arroyo se iba estrechando y ya trepaban por los barrancones como chivos. la emprendieron loma arriba y anduvieron hasta que ya oscureciendo divisaron a lo lejos los fundos de Las Palmitas. una de las secciones más lejanas de la Común. Alcalde: No haga por verlo. a tiempo de partir. reunió el Ayuntamiento e hizo comparecer al Tesorero Municipal y al 131 . Alcalde? —Esa voce andan asina porei mundo. muchachos!… –voceaba el General. asigún lo que dijeron… —¿Y qué dijeron? —Po como le iba diciendo. y busque víveres que la tropa no ha comido. Juan Labraza está cortado y ya la ronda debe haberlo cogido. ¿y quién va a ser? El pedáneo se acercó y hablaron. Los perros ladraron y fue como el aviso para que los vividores se escurrieran como sombras monte adentro. que por fin apareció agachándose: —Comandante. —¿Cómo está ésto.  El pueblo de La Matraca había quedado bajo la autoridad del Municipio. Comandante. y ya de aquí mesmo parece que se han dío aiguno… —¿Adónde? —Como no va a séi pande Juan Labraza… —¿Y usted sabe de él? —Bueno. los cuales incesantemente atizaba el General. Por fin el arroyo se extinguió en la falda de una loma. forma inocua que lo colocaba a merced del elemento de armas que deseara hacerse cargo de él. Alcalde. fue que Juan Labraza. Al otro día. surgió Juan Labraza a la cabeza de sus parciales y lo ocupó militarmente en nombre de la Revolución. el General le dio al Pedáneo sus últimas instrucciones: —Oiga. Hágalo saber así a la Sección. En seguida. Pero antes consígame una mancorna de las reses que estén a la mano aunque sean de las ánimas. Anselmo? —Aquí tamos medio epantao. pero que si no me tira. no le tiro. pero si casualmente usted se ve con Juan Labraza. po yo lo hacía en ei Pueblo. Se acercaron al caserío. que estaba preso en el calabozo. que había dentrao ai Pueblo a sangre y fuego y mire que seña Casiana que etaba en La Loma le pareció que uyó lo tiro… —Lo que pasó. se huyó y la guardia le hizo fuego y por cierto lo cortó. —¡Jarretes. hombre. ¿ejusté? —Sí. Comieron y después de disponer la marcha. Alcalde. Los víveres y la mancorna aparecieron y las pailas empezaron a hervir sobre grandes fogones encendidos en la plazoleta. mai jerío… —¿Y quién es el de esa propaganda. Comandante. —¿Y por qué? —Je… yo toi viendo que lo de uté no há sío ná… —¿El qué? —Po aquí se suena que en ei pueblo había la dei préquete y que tá ei mueito ñango y que a uté lo habían jerío. El General tocó muchas veces el pito y dio voces al Pedáneo.

la población se estremeció y siguió un estruendo. Hombre poco previsor. dos días antes. Al fin.  El General Pelota anduvo con su tropa hacia el norte. ladridos de perros y escarceo de gallinas y el eco que se alejaba repercutiendo como un trueno. se tiraron de las barbacoas y de los catres. Eran pocos y portaban divisas rojas. Sacaron de la iglesia un cañón que servía para celebrar las fiestas y lo cargaron imponentemente. encendieron. Si la tropa hubiera llevado su divisa colorada. esas gentes no se hubieran ariscado: —¡Aquí mismo. Consígalo. cuando hasta los centinelas dormían. consígale también uno prieto y por lo que pueda suceder. Ayudante!. de barriga. huían hacia los bosques. asomó a la sabaneta del batey La Batea. ¡párense!… ¡todos somos uno!… ¡párense! Ni oían. consígale uno blanco. pertrechándolo con grapas. tal como si hubiera estallado una bomba… Gritos. abandonando los fusiles. inútil. tiras de tela roja a manera de divisa. oyó la explosión y le dijo a su compañera: —Acucha. hasta que al clarear de un día. Y sucedió que a media noche. La gente de Labraza eran en su mayoría vecinos de la sección de Los Cerritos. trataba de dirigirse a los jinetes: —¡Párense!. autonombrado General. un fogón que constantemente atizaban los artilleros. y todo el contingente lucía. desvelado en su tarima. Lo apuntaron hacia la entrada principal del Pueblo y para el caso de disparar. varios de los cuales. armado con machetes. que en carrera desbocada. como tá Juan limpiando ei campo. Le dijo improperios. Juan Labraza. En la Caja Comunal no había más que dos pesos con sesenta centavos. La tienda del Batey estaba cerrada y pocas mujeres no lo habían abandonado. ei cañón que deplotó!… En Los Cerritos. tomó nuevos rumbos. La tropa. en un ¡Sálvese quien pueda! Echó a correr cada quien por donde pudo. deteniéndose únicamente para comer. clavos. una voz poderosa gritó obstinadamente: —¡No ha sío ná!… Señores. carreras. cargó con ellos y con nueve pesos más que le reunieron en suscripción abierta en la Sala Capilar. viró al sur. no lejos. hasta la boca. al suelo. El General las emprendió entonces con el Ayudante. consígale a cada uno un trapo colorado. ¡aunque sea del faldón de las mujeres!… El Ayudante se vio negro para cumplir la orden. pendiente de los sombreros o amarradas en las chamarras. Consiguió sin embargo los gallardetes y se los repartió a la tropa. braceando. Se notó que de ellas se desprendieron jinetes. Magalena. formaban en la tropa del General Pelota. un viejo veterano. que no era militar ni sabía de nada. arrastraba tras de sí un nutrido estado mayor. Las casas estaban situadas en hileras hacia el fondo. El General encargó a la tropa que no disparara y.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Cura. voces. entre ellos el Cura. Se dieron a la tarea de trastear por las cocinas abandonadas y perseguir las gallinas y lechones que andaban realengos por el pueblo. Exigió dinero. ni entendían y desaparecieron a escape. Los escasos vecinos que aún quedaban en el Pueblo. piedras y plomos rayados en cruz. 132 .

el Jefe de Orden del Batey. No tuvo tiempo de coger ni los zapatos. ¡el que manda soy yo!… ¡Yo!. Había tenido que salir huyendo. compadre… Y bajando la voz: —¿Qué iba diciendo por el camino? 133 . compadre… —¡Ese es un atrevimiento!. sin sombrero y desgarrado. de donde por derechos de juegos y otras alcabalas. —¿Por qué no le había hecho fuego? –y Liquín reparó a la tropa y le extrañó el empavesamiento: —¿Y esa divisa roja?… El General trató de explicar y el disgusto sospechoso de Liquín crecía a medida que la explicación iba extendiéndose. entonces. entonces. Le parecía que no se debía permitir que los enemigos cogieren alas. cuando llegaron los revoltosos. sacaba por semana tajadas apreciables. —Sí. andaba en una operación muy importante que le había confiado el Gobierno. echando vivas a la Revolución y abajo el Gobierno.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II De esa manera estaban cuando surgió sin zapatos. de seguro prevalido de su parentesco con su inmediato superior. llegó a los elementos. Si era conveniente. Cuando Pelota entendió que se mezclaba en sus atribuciones y pretendía dictarle normas y procedimientos. Trataba de averiguar los ánimos de la Común y desde hacía tres días caminaba en eso. –y se tocaba en el pecho. con eso. —Sí. dijo. Se le tenía por muy gobiernista y mandaba a la baqueta La Batea. Llegó un momento en que se volvió al Ayudante y le ordenó colérico: —¡Ajuste preso a este hombre!… ¡Tránquelo en la Ermita! Y se dirigió a la tropa. montó el disco de su decantada autoridad y del horcón y alterando la voz. —¡Viva el General José Pelota! —¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! –contestaron. Liquín Canela. El General. Sintió que fueron directamente a su casa con malas intenciones. compadre… —Nadie sabe en lo que ando y ni el Gobierno tiene que meterse en eso. casi toda reunida en torno. el General buscó al Ayudante para conferenciar: —Compadre: ¿Qué le parece ésto? —Yo. compadre… —¡Yo no permito que se me abra gañote! —Sí. Eran de la gente de Juan Labraza. debía hacerse boya frente a los ya declarados enemigos de la situación. El General y Liquín entraron en explicaciones. con dos patadas acabaría con todo. daba tiempo para que llegaran los refuerzos que le había anunciado el Gobernador y. enfurecido por el porfiado que no arriaba bandera y que alzaba el tono a la medida de él. Liquín era ardiente y rebosaba ira contra lo revoltosos. y el General debía… Pero ahí fue Troya. ni el revólver. A poco. para conocerlos bien. –contó–. ni el puñal. Liquín Canela era sobrino del Gobernador. —Sí. compadre… —De momento voy a fusilar uno para dar un ejemplo.

como el Gobernador. la cabecera de provincia y la Capital. Entonces. contándole cómo taban la cosa… —Que se lo mande… que se lo mande… —Que dique uté taba a do boca… —¿Le dijo eso. ese es el único aspavientoso. compadre? —Sí. pero no tiene más que cuatro gatos y le voy a cumplir la palabra que le dí a tu tío. penetró en el interior. compadre. te voy a mandar una columna para que defiendas tus intereses y hagas respetar aquí al Gobierno. Mira. Con la tarde. Calcula si no fuera así. Así marchó mucho tiempo a la voz de: ¡Jarretes. cómo se pondrían esas gentes… A ti. Liquín. Yo he procedido así contigo. De esta manera interceptaba toda comunicación entre La Matraca. poblado de mangos gruesos que dominaba el camino en una distancia considerable. porque si yo doy un zapatazo… —Sí. Liquín llevaba otra cara. por la confianza yo puedo abrirte mi pecho. pensó en su simplicidad que él a la verdad no sabía de esas cosas. –Y agregó con tono familiar– Ahora. de mandárselo amarrao como un andullo. Ya por lo pronto sé en qué pie está parado Juan Labraza. A lo lejos acusaba ser persona extraña a la Común. el General se dirigió a un sitio estratégico. tu tío. uno tiene sus actos bruscos y más cuando anda con las orejas calientes. El General las leyó atentamente e impuesto de su contenido le dijo al expreso que no contestaba por escrito porque no tenía papel. de los refuerzos que espero y que hoy mismo voy a alcanzar. Cuando yo meta mano. Oye. como tú estás descansado y mi compadre el Ayudante no sirve para nada. El Ayudante que no estaba lejos. mira. le dijera a 134 . en un alto. pero guárdeme el secreto. compadre… —A mí me solicitan toditos porque se sabe que yo soy el horcón de La Matraca y si yo doy un zapatazo… Y se dirigió a la Ermita cuya puerta abrió y cerrándola tras sí. y espéralo. vé a ver si de pronto procuras con qué coma la tropa. tanto el Gobierno. usted vé… más le valiera al Diablo no jucharme. —Acércate aquí. pero date de pronto porque casi estamos saliendo. Liquín. asomó un jinete. pero que como él era carta viva. por la confianza y para imponerle disciplina a la tropa. Liquín. hasta encontrar el camino real. sé que me mandan hasta un cañón. En marcha abigarrada desfiló la tropa sin tomar ninguna vereda. Venía de la Capital enviado por la Junta Revolucionaria al General Pelota. —¡Liquín!… ¡Liquín!… ¿dónde estás tú? —Aquí –respondió una voz áspera. —Usted vé. El General se adelantó hacia él. La puerta se abrió y ambos salieron. Escalonó la tropa en sucesivos barrancones en el cauce de un arroyo y se situó personalmente a retaguardia. —Mira. muchachos!.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Que dique le diba a mandá un propio a su tío. ¡todo esto aquí se acabó! Ahora Liquín. me han encargado que antes de nada revise la Común y con toda la malicia estudie la gente. Allí esperó alerta. Le entregó una talega que contaba veinte onzas y varias comunicaciones. a través del pajonal. viendo aquello. Se oyen pasos involuntarios. Aquello estaba oscuro. muchacho.

no tenía papel de oficio. Entrecortado se le arrimó al fin: —Compadre –dijo rascándose la cabeza– yo quisiera una licencia para dir a casa.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II los Generales de la Junta que él estaba como un trinquete y que nadie le echaría un paso adelante. había observado aquellas cosas. —Dígale a los Generales de la Junta. que lo tenía cercado en el Pueblo y que sólo esperaba esos pertrechos para caerle encima y que pronto de Labraza no iban a quedar los ripios. —Descuide. ¿a su casa. Menudamente. ¡pero a gente así se le quita de en medio. notaba los bolsillos del General sobrecargados por el peso de los talegos. El General se puso en cuclillas. que ya Juan Labraza había caído en la trampa. se dirigió a su encuentro. Uno es enemigo declarado de la Revolución y hombre muy peligroso. Juan Labraza por un lado y Liquín Canela por el otro. pero quiero poner las cocas en claro y usted es una carta viva. son capaces de acabar con nosotros. mi amigo… —General. Ambos portaban carabinas y el avío de los animales. además. se llama Liquín Canela y el otro es un “saltiador” que se ha metido para desacreditarnos. El General Pelota no tardó en divisar la recua y presuroso. eran largos serones como para llevar andullos. y no se le olvide. de lejos. sobrino del Gobernador. Aparatosamente y después de saludarlo. —¿A su casa. No se ocupa sino de granjearnos enemigos y se llama Juan Labraza. se ve que usted es militar. Este era un expreso del Gobernador. Se despidieron. no se ocupe de compromisos ahora… ¡Déjese de eso!… —Pero es que tengo la mujei ai cogei la cama… —Pero de seguro que usted no la va a partiar… —¡Ah!. contó veinticuatro morocotas. y siguieron presurosos. cuyos gallardetes flotaban al aire. ¿así es como quiere usted ganar galones y jefaturas? —Compadre. Cuando ya iba lejos el General le repitió a voces el encargo acerca de Labraza y Liquín Canela. El tocino le olía y no encontraba forma cómo abordarle. —Justamente. cada cual a su destino. con la piña tan agria como se está poniendo? —Pero vea que… —Compadre. es que yo tengo un compromisito de unos centavos… —No se ocupe. porque el expreso era una carta viva. pero como contraseña le llevara al Gobernador una prenda que aquel conocía y se despojó de un anillo grueso que montaba piedra. el encargado del convoy le entregó al General una funda larga que parecía un calcetín y le pidió que en su presencia contara el contenido. Le exigió recibo y contestación a las cartas que portaba. El expreso había caminado media hora cuando se cruzó con dos viajeros a caballo que llevaban una mula del cabestro. El General adujo que por estar en campaña. General Pelota. Se despidieron. con buena provisión de balas. como eso no… 135 . la vació en el suelo y una tras otra. Que tuvieran confianza en él y le señaló hacia los barrancones en donde se veía hormiguear la tropa. el Ayudante. y de boca. Unos y otros se lanzaron miradas cargadas de sospechas. Lo que parecía andullos eran carabinas. justamente y me alegro que usted lo diga. que aquí estoy luchando con dos hombres a cual de los dos peor. El expreso era un oficial despierto y el General lo comprendió. Ayudante?. Ayudante.

—Vaya. Padre. jarreteando. —Lo siento y me alegro al mismo tiempo. hasta que por fin invitó al Cura y ambos tomaron el camino del campamento del General Pelota. Padre. pero aguántese. Que viniera el General. no hay más que José Pelota en La Matraca. para avisarle que del lado del Pueblo venía un parlamentario con bandera blanca y por el color del bulto parecía ser el Cura. Padre. cristiano. pero usted debe tener paciencia y tenerme confianza como a la Virgen de la Altagracia. Mire. Debía evitarse el derramamiento de sangre entre hermanos. El Cura se fue y no tardó en retornar. A prudente distancia. y si es el Cura déjelo pasar hasta aquí. aguántese. Juan queda como Comandante de Armas. pero que como yo soy hombre puro y delicado. —Asimismo pienso yo. compadre. pero en cuanto al oro. esperaba la ocasión de entregárselo en el Pueblo. Lo mejor es que todo termine así como hermanos. yo he recibido algunos chavitos que mandó el Gobernador. pero que viniera solo. ya el Gobierno capituló. mire. en presencia de todo el mundo. sobre todo. Labraza se plantó en medio de la sabana y envió al Cura de emisario. 136 . reconózcalo. Padre y tengo poderes de la Revolución… —¿Cómo? —Sí. Compadre…  Amaneció otro día. ¿Oyó? El Padre había oído y después de esto. Padre. usted la tiene. en mi puesto queda Juan Labraza. si no lo sabe. así es lo mejor… —Ahora.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Pues entonces… —Pero tengo que jacei la paga porella y pa lo demá preventivo… —Mire compadre. –prosiguió–. Malo era eso de recibirla en presencia de todos. sino por la gente que era muy mal intencionada. Juan. —Además. Un soldado se le acercó al General. que en aquel sitio hablarían. está demás. la lucha aquí en La Matraca. y eso no lo hacía por él. Comandante? —Sí. siempre estoy diciendo que venga como venga el palo. Dígale que todos somos uno y que tengo una funda de dinero en oro que le han mandado de la Capital. Usted tiene su parte. Cavilando en esto estuvo mucho rato. —Eso lo sé yo por oficio hace rato. júrelo. por testigo. me han nombrado Delegado y ahora voy de Adjunto a la Gobernación… —¿Se va uted. vaya al Pueblo y dígale eso a Juan. —Ello. siguiendo al General que. la anunciada funda de oro lo mareaba. así será. Era el Cura en efecto y habló al General. La República necesitaba a todos sus hijos para que la honraran con hechos contra sus enemigos y la engrandecieran con su trabajo. traía el caballo del Presbítero al trote. abrazó al General y partió foeteando el caballo que montaba. El General le dio a Labraza un abrazo efusivo que éste no esperaba y le repitió lo mismo que le había dicho al Cura. Juan Labraza recibió el parlamento entre inconforme y halagado. asimismo –repuso el General complacido. Padre. deseo entregársela en presencia de todo el mundo y teniéndolo a usted.

Labraza se refugió en la casa curial y hasta allí fue lo que era ya un tumulto vociferante. mas por obra de malas artes. —¿Eran toas.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —Pero mire. —Iré con la fresca. ni una menos. daba grandes voces al General Pelota. y manoteándole el rostro. Cuestionado el Cura afirmó la declaración de Pelota y entonces la conjura tomó forma y se hizo estridente. después que mi gente coma. —¡Péguele una soga. el levita. todo acompañado de una gran algarabía. pintorescamente armados. yo no niego lo que recibo… —Bueno. primo José. Contó hasta nueve y el tintineo era grato. hizo agarrar por sus gentes a Labraza y se lo entregó al Ayudante. y entréguelo en la Ciudad. seguido por su tropa. ya que todos eran uno. En autos. pues mire Padre. El Cura es testigo de que en su presencia le entregué la talega de morocotas que de la Ciudad le mandaron. entréguele a Juan. se hizo amable e invitó al General a que entrara al Pueblo con su tropa. Era medio centenar de hombres. Mientras los vidrios saltaban y se estremecían los setos. después de saludar jubilosos a los hombres de Juan. no más de veinticinco. penetró en la casa y lo cuestionó sobre el dinero a voces. Juan y más que lo ajeno llora por su dueño. contadas. el General Pelota se hizo el aludido: —Por mis manos lo que hicieron fue pasar. onza por onza. harapientos y derrengados por las marchas. lléveselo. en la misma Fortaleza! –Y agregó: —Ayudante: ¡lleve otra soga para que amarre de camino a ese Liquín Canela y lo mancorne con él! 137 . Aquello fue lo bastante para que el grueso cargara sobre él. seguido por la tropa. primo José –arguyó el interesado–. Mis cosas me gusta manejarla yo… Amá que aquí ta ei Cura de tetigo… —No digo lo contrario. en la calzada. pero aguáitenle lo bolsillo. maldiciendo al condenado que ni la casa del Cura respetaba. El contacto del oro. Dialogaban los soldados. y la respetable mansión se convirtiera en un campo de Agramante. parecía azuzada por alguien y menudeaban las botellas de ron. El Cura desató la funda y fue sacando del fondo y depositando en las palmas de las manos de Labraza. primo José? —Ni una más. que yo mismo no sé lo que hay. ¿lo querrá tó parei? —A mí me da de cuaiquiei manera… —Y yo también quió lo mío… En presencia de uno de esos grupos. transformó el talento de Labraza. no tardó en cundir por todas partes la noticia del dinero recibido por Labraza. Se refugiaron en el Cuartel. con chanzas y risotadas. lo tiene que no pué con ello… —Y ese agallú. —Fue una funda apretada de morocotas… —¡Adió!. Labraza indignado desenvainó el sable y lo castigó. José Pelota compareció sable en mano. Guárdenme media botella… Con la fresca entró al Pueblo el General Pelota. Echando rayos por la boca. pero como soy tan legal… —Por eso no tenga pena. La intriga siguió ensanchándose. Así como lo recibí lo entrego. Uno de los más atrevidos.

se empinó y gritó a todo pulmón: ¡Viva el Gobierno de la Revolución! ¡Viva el General Pelota! —¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! –respondieron a granel. M. pero vivía. Fue un héroe. Aspiraba nada menos a que Pantaleoncito. es doctor en medicina y cirugía. son nueve. es narración de motivos que revisten la obra del interés que los franceses califican de petite histoire. No hacía grandes ganancias. sobre todo. que apenas tenía diez. Trabajó mucho en caoba. de dos volúmenes de cuentos. casi ebanista. Moscoso Puello. En los Montones. por lo bajo: —Juan lleva las morocotas. 138 . Continuamente se lamentaba de que no lo hubieran puesto a la escuela. después se colocó en una pulpería ganando tres pesos por mes. No se lo reprochaba. También inédita conserva la novela Sabanas y Fundos. Demostró un valor extraordinario. Payano era un hombre de aspiraciones. Hacía hipotecas. Estaba satisfecho de su nueva mujer. préstamos. Era capitaleño. porque le trataba muy bien los hijos. Tenía sus asociados. *F. con lustre de puño que gustaban mucho.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Y acercándose al Ayudante le dijo. graduado en la Universidad de Santo Domingo. Pero no había tomado más las armas. Muy popular entre los obreros. Compraba y vendía propiedades. Luego entró en casa del maestro Cabral a aprender el oficio de carpintería. bajo las órdenes del General Cabrera. Desempeñó algunos cargos en sucesivas administraciones. FRANCISCO E. abundante en erratas. el Coronel restaurador Marcos Ledesma. obras finas. después de su novela Cañas y Bueyes. Es autor. no tuvo empeño en ello. P. usted me responde de ellas! Y para dominar el tumulto. publicó Cartas a Evelina. Es un estudio de valor imponderable. una mulatica a quien le había puesto casa. los legítimos vivían con él y Rosaura. Desde aquella época Payano era considerado como uno de los hombres más valientes de la República. Entonces no eran las cosas como ahora. obra que en su género no tiene par en nuestra producción literaria: contiene un caudal de observaciones sobre las costumbres y lacras de la familia dominicana reveladas con fino humor y sin asomo de amargura. y de una obra monumental relativa a la medicina y a los médicos que han vivido en este país desde los primeros días del descubrimiento de América. el mayorcito. lo cual le colmaba de orgullo. alcanzó envidiable prestigio. dos años antes de separarse de su esposa. el último de sus libros publicados. cargos de confianza. y oiga: “¡con sus intereses. además. Navarijo. Más tarde trabajó con el maestro Cerón y entonces fue cuando aprendió todo lo que sabe. Su padre. aún inéditos. fuera abogado. Los quería mucho y estaba dispuesto a darles una buena educación. F. hacía de corredor. al decir de sus compañeros. y un examen sociológico e histórico intitulado La Odisea de la Española. fuera médico y José. Llevaba una lista de las personas que tenían necesidad de dinero y las ponía en relación con los prestamistas. Estaba divorciado hacía años. Había sido carpintero. Sus hijos naturales los tenía su madre. Ha dictado numerosas conferencias de carácter científico. Pero la política le había hecho abandonar su oficio. Estuvo de aprendiz en una zapatería cuando tenía doce años. En aquella época el taller estaba especializado en hacer catres y mesitas de pino barnizadas para salas. pero ahora vivía de negocios. sin embargo. MOSCOSO PUELLO (N. 1885)* El regidor Payano El Comandante Pantaleón Payano había nacido en los barrios altos de la ciudad. que contaba catorce años. El Comandante Payano tenía tres hijos naturales y dos legítimos. Cobraba cuentas comerciales. Sostenía muy buenas relaciones con dos o tres notarios de la ciudad.

Ninguna iniciativa lograba éxito si no tenía en su favor la influencia del Comandante Payano. Como el Comandante entran pocos en libra. Las fiestas en que él no tomaba una gran participación no quedaban lucidas. Quedó agradecido cuando este funcionario se refirió a la obra del Municipio. henchido de patriotismo. Las reuniones en las cuales no estaba presente resultaban frías. El Tedéum quedó solemne. cuando las cosas van a suceder. recordando las historias que tantas veces le había oído repetir a su padre. y en una ocasión por el propio Presidente de la República. con motivo de haber sido condecorado con la Orden del Libertador Simón Bolívar. Fue un día feliz éste para el Comandante Payano. Le había llegado su día al General. El Comandante mostraba una sonrisa de satisfacción. Se sentía orgulloso. Porque él. unos zapatos de charol y su chistera plegadiza. Ese paletó lo había mandado a hacer para el 27 de Febrero. No pudo resistir a las solicitaciones de sus amigos y en las elecciones del 19… el Comandante Payano fue elegido Regidor de la Común de Santo Domingo. Pero. En San Miguel era casi un ídolo. Un pantalón a rayas. gremio al cual se ufanaba en pertenecer. había sido solicitado su concurso. A las nueve en punto estaba en el Ayuntamiento. en el Cabildo. después que Payano se retiró a la vida privada. Únicamente lamentó ese día no haber sido un orador para poder expresar todo lo que sentía y pensaba en aquellos momentos en que las notas del Himno Nacional le habían hecho poner las carnes de gallina. Había salvado la vida varias veces al General Cabrera. –solía decir en tono sentencioso– no hay quien las pueda evitar. Muchos informes y proposiciones había presentado. Se encontró muy bien vestido. —Hombres así. Otros oradores tomaron la palabra. las palabras del Presidente del Cabildo lo dejaron satisfecho. día en que lo estrenó con motivo de los actos oficiales a que tenía que asistir. El Comandante aplaudió varias veces con entusiasmos. antes de que fuera herido. Rivalizó con él en valor. Había que contar con él para todo empeño. pero ninguno se expresó como el Presidente. luego. se había entregado en cuerpo y alma a los intereses de la Común. Habló muy bien. –se decían los políticos de San Miguel– son los que se necesitan. —Pero. hasta que en los Montones las circunstancias le hicieron desplegar un valor que le prestigió y le permitió cambiar de fortuna. Marchó en compañía de sus compañeros a la Catedral. aún cuando hacía tiempo que no trabajaba la carpintería. Sus hazañas en la pelea de los Montones eran muy conocidas. de las mismas que usaban los diputados. Lucía su elegante paletó de paño negro. En diferentes ocasiones. oscuro. Este rasgo de justicia lo dejó satisfecho. la política. teniendo a la espalda los retratos de los Padres de la Patria. hasta diez.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Después. el Coronel restaurador Marcos Ledesma. su emoción llegó a sus límites. por los cuales había sido felicitado por personas de valer. por gente de primera. Sus servicios eran muy estimados. pues tenía intenciones de asistir al banquete con que obsequiaría al Presidente del Ayuntamiento un grupo de sus amigos. porque fue un defensor celoso de los intereses de la ciudad y en particular de los obreros. Él mismo no se daba cuenta de la estimación que se le tenía. su corbata negra y blanca. 139 . Había dado órdenes a Rosaura de que le limpiara el paletó y le tuviera lista toda la ropa necesaria. y cuando aludió a la buena colaboración que había tenido de sus demás compañeros. Monseñor habló. elogió al gobierno y lo puso bajo la égida de la Virgen de la Altagracia. Allí aumentó su prestigio. Payano. que le aseguraba que estaba satisfecho de haberlo llevado ahí y de sus actuaciones.

Pase adelante y siéntese. porque es muy compinche de los enemigos. Hacía días que se decía en la Plaza de Colón que el Síndico Rodríguez sería destituido. Rosaura lo tenía ya al sol. –contestó–. Descendieron por la cuesta y se introdujeron en la calle Separación. tocando a Payano por el codo le dijo: —¿Y este tipo. 140 . pero no le tiene confianza. —No se preocupe. Pero como ahora estaba invitado a ese banquete. Usted sabe. —Por eso vine donde usted. –agregó el Síndico–. Payano le manifestó a su amigo que en realidad aquello hedía mucho antes. Se habló de los chismes municipales y el Síndico volvió a repetir a Payano que contaba con él. Al cruzar la calle 19 de Marzo alcanzaron a ver al General Pérez. Después de preguntarle por los hijos y tocar algunos puntos sin importancia agregó: —Lo he venido a buscar. pero él contaba todavía con el resto y con su hermano Payano y gastaba muchas atenciones con éste. Han salido un poco caritas. Comandante. y Rodríguez. Rodríguez se sentía satisfecho de la aprobación que dio Payano a sus trabajos. que el periódico tenía razón en haberse quejado. Payano celebró el trabajo. para que demos un paseíto por ahí. sobre todo sus bigotes. Toda la vida había vivido explotando su figura. —¿Qué dice el Comandante Payano? —¡Qué va a decir! ¿En qué puedo servirle?. Payano se disponía a salir. para que usted vea algunas obras ya terminadas de las que se me ordenaron ejecutar. Lo encontró limpio y felicitó al Síndico. –dijo el Comandante–. Y al subir de nuevo al carro exclamó: —¡Yo no sé lo que hacían con tanto dinero! —Eso pienso yo. Como usted es Miembro Interino de la Comisión de Fomento. Y añadió: —Según me han informando está haciendo curvasos. Basta que seamos hermanos masones. ofreciéndole sus servicios. —¡Déjelos que hablen! Que vengan a ver este trabajo para que se convenzan de que el Ayuntamiento se ocupa. deseo que usted quede bien impresionado.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS No había tenido ocasión de usar otra vez el paletó. que yo tengo mis enemigos en el Ayuntamiento y no quiero que el pago de estos trabajos se retarde ni que discutan los precios. Se pusieron de pie y se dirigieron al carro. Como el nuestro no ha habido otro en la Capital. Se le acusaba de mala administración. Y conste que el presupuesto este año es más bajo que el otro. para quitarle el polvo. pero ya eso se le acabó. Se informó del costo que no podía ser más bajo. Usted sabe que puede contar conmigo en todo tiempo. en qué está? Payano le contestó que en su opinión era un cohete tirado. Le ha escrito varias cartas al Presidente. El Síndico se sentó en una mecedora. frente a Payano. cuando llegó el Síndico. pero han quedado muy bien hechas. Se dirigieron al Hospedaje Municipal y allí inspeccionaron los trabajos de desagüe. De allí siguieron para el Matadero. Comandante. Payano y el Síndico entraron en intimidades. Dos o tres Regidores le habían ya puesto la proa. Encontró muy bueno el desagüe y mejor colocadas las plumas de agua. para que con su voto le allanara dificultades. –un auto Packard con el escudo de la ciudad.

Dirigiéndose al primero. ¿el que desempeñaba la Señorita Castro? —El mismo. Aquí han venido ya varias personas a verme para eso y yo no me he comprometido todavía. Usted sabe. El Comandante Payano pidió permiso para quitarse alguna ropa y volvió en mangas de camisa. –exclamó el Comandante. Y lo despidió amablemente. Otro venía a exponer una queja con motivo de un trabajo del que lo habían despedido. porque me podía arreglar eso. Usted sabe que yo tengo una hermana muy amiga del Síndico Rodríguez. —Me parece que han sobrado algunos potes. —Pero si hay fondos. Usted sabe que aquí no van muy lejos para menear la lengua. El Síndico le manifestó enseguida que se podía conseguir una poca. ¿qué les pasó? Si quiere la pinturita me avisa. con motivo de su cargo. Y le recordó el desastre del pasado Ayuntamiento. Allí es donde solamente se mandan las órdenes del Ayuntamiento. Por eso se había retrasado ese trabajo. Comandante. morenito presuntuoso: —¿Y usted qué desea? —Me dijeron que viniera donde usted. —¡Dios me libre de mal! Aquí las gentes hablan mucho y se fijan en todo. –le dijo el joven tembloroso. y que así presentaría mejor aspecto. Payano levantó el brazo para subrayar un ¡no! seco y terminante. sin embargo. Le llevé otra tarjeta. Pensaba en esos momentos en que su casa estaba necesitada de una buena mano de pintura para remozarla. —¿Dónde consiguió esa pintura?. que era del partido y persona competente. De regreso Payano encontró algunas personas en su casa. Usted me obsequia con esa pintura sobrante y dicen de una vez que estoy desfalcando al Municipio. ¿Usted vio al Presidente? —Sí. —En el “Faro de Colón”. Resulta que yo vendí mi sueldo a don Remigio y tenía que entregarle un piquito que le debo. —Bueno. vuelva mañana. a mí no me gusta comprometer mi voto. El tercero quería hablar en privado. ya que constantemente. que yo trabajé mucho en las elecciones. Parece muy buena. rompí muchos votos contrarios. que yo hablaré de eso. compadre! y. Uno le entregó una tarjeta del Diputado Díaz. para servirle. porque no tenía existencia y hubo que esperar el vapor. —Bueno. recibía visitas hasta de los tutumpotes de Gazcue. –agregó. pero parece que él se ha entendido con un joven de la Tesorería y no sé por qué no me quieren pagar. si su trabajo no era muy grande.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Payano rechazó una copita con la cual el Síndico quiso corresponder a sus cumplimientos. le dijo: —¿Qué cargo es ése? —Auxiliar de la Secretaría. señor. Había un cargo vacante en la Secretaría y su amigo el Diputado Díaz le recomendaba al portador. Le aguardaban. un jovencito flacucho y casi blanco. —¡Ah sí!. Y dirigiéndose al otro. yo hablé mucho. 141 . ¿Usted recuerda el molote que se armó en Santa Bárbara? Yo estaba ahí y si no es por mí rompen la urna. —¡Esos sí hicieron su agosto. ¡Dios me ampare! El Síndico le advirtió que tampoco había que ser demasiado escrupuloso. Yo arrastré mucha gente. —¡Ah! ¿Usted es Ricardito Peláez? —El mismo. –preguntó Payano volviendo la cara para ver por última vez a través del vidrio del carro el Matadero–.

tiene una vocesita rara. Todo eso es una invención. no volverían más. Comandante. —Muchas gracias. —Bueno. —¿Bajito o gordo? —Como yo. pero me ponen inconvenientes. —¿De qué color era? —Bueno. –contestó el visitante. Yo no creo que sea el Síndico. Ese muchacho es el que está encargado de cobrarle a don Remigio los cheques que le corresponden. pero me puedo informar. que el propio Comandante había hecho hacía quince años y tres sillas modestas. ¡Eso no puede ser! ¿El Síndico? No lo puedo creer. después que despidió al amigo que le dio esos informes. Durante el almuerzo. —Yo he venido. vestido de blanco. Y parece que como yo no se lo he vendido esta vez. que a usted lo iban a sacar del Ayuntamiento. Estaba afeitado. dentro de un florero. yo sé que hay. Luego preguntó: —¿Habla fañoso? —Sí. 142 . con un sombrero de fieltro gris. Si usted tiene interés en asegurarse. Un escritorio de caoba. Pero como la política es política… Hubo otro silencio que el Comandante interrumpió. Vuelva mañana. el que recomendó el Presidente para la oficina de Impuestos Municipales. lo encontró Rosaura cuando lo llamó a comer. pensativo. y el otro me dijeron que era el Síndico. —Pues bien. —¿El Síndico? –exclamó sin poder disimular su asombro el Comandante Payano–. —Yo no se lo aseguro. yo le arreglaré eso. El Síndico y yo somos de los más unidos en el Ayuntamiento. indio claro. Dos profesores. Hablaron otras cosas. —¿De qué color estaba vestido? —De dril blanco. más o menos. –agregó el Comandante– no repita eso. Payano se quedó reflexionando. Como se trata de usted no perdí tiempo. de los que más enseñaban. Pero si usted oye algo. un retrato de la Tabacalera y un bouquet de flores de papel. Así. El Comandante se quedó callado un momento. Que usted le negó el voto a Pedro Soto. El Comandante hizo una señal al tercero y entraron a un departamento que hacía de oficina privada. a informarle de algo que oí en los bajos del Palacio Municipal esta mañana. ¡Yo no sé! Había uno alto con un sombrero de pajita. sobre una mesita de caoba también. eran los objetos que más se destacaban en la habitación. —¿Tenía bigotes? —No. allí decía esta mañana un grupo. vuelva por aquí. —¿Y quiénes eran? –dijo curioso e impaciente el Comandante. —¿Y de qué se trata? —Bueno. Tomaron asientos. —Bueno. yo lo averiguo. el señor Torrez y el señor Domínguez. Quédese callado. Pantaleoncito refirió a su padre lo que había pasado en la escuela. Esta es su casa. me ponen inconvenientes. porque la cara no se me ha olvidado.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Sí. Que le habían dicho al Presidente que usted era un inconveniente. un morenito vestido de casimir. El que le dijo eso lo engañó. pero yo tuve que retirarme no fueran a sospechar que estaba oyendo.

—Yo no sé. y el Comandante Payano le echó una mirada a su pieza que le quedaba tan bien y con la cual había recibido tantas satisfacciones. el comandante del Puesto Cantonal de Petit-Trou. etc. y el prestigio de matón de súbditos del *Ha publicado: Cuentos del Sur –1938–. hijo. –exclamó el Comandante. ha dictado conferencias. —¿Y qué chisme ha pasado? –preguntó el Comandante. porque se había puesto nublado. el gafo guardián del colmenar sopló el fotuto de poderosa voz. Y como el señor Domínguez. —Pero. Escritores de Puerto Rico (1953). No se trataba de una de tantas incursiones del ejército de Haití. habló y sus palabras fueron atentamente escuchadas. Ese es un toro en números. como tú dices. Cuando uno es empleado tiene que estar de buena fe. con toques de alerta que sucesivamente pasaban de fundo a fundo. Ramón Blanco Isusi Ma Paula se fue al otro mundo Un alarido de gargantas vigorosas. Así no son las cosas. Ya ves que se han dejado quitar por una tontería. Viejas Memorias (1941). de que estaba orgulloso. los pobladores de las cercanas y las remotas viviendas. papá. Y respondiendo a la señal oficialmente pautada. y otros más. nadie para enseñar matemáticas. dos. del monte al llano. 143 . —Pero el señor Torrez y el señor Domínguez saben mucho. contestaron otros. dilatándose hasta una distancia enorme en un ulular tremendo. hicieron tronar otros y otros fotutos que. y agregó: —Es que estos jovencitos se las dan mucho. ya a la oración agrupó a los recién llegados bajo el ramaje de una baría frondosa y con agria y autoritaria voz de domador de gente. y si maquinalmente el jefe le apretaba la empuñadura al machete de cabo que le colgaba de una banda roja. etc. Dicen que porque no quisieron firmar una hoja. papá? —¡Cómo no los van a encontrar competentes! Lo que se sobran aquí son profesores. El señor Torrez es muy buen profesor. aunque parecía increíble. 1884)* Al Dr.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —Mira. a mayor distancia. Si hubieran sido tan competentes. Papá Sindo. en la planicie vecina. llegó así a todos los conucos. A ese machete le debía el grado de comandante. le anunciaban al mundo un grave acontecimiento. la señal anunciando el grave acontecimiento. seguido de uno. –decía Pantaleoncito entristecido–. El aviso. yo no sé cómo me voy a hacer. sabrían que aquí hay que hacer lo que le mandan. Para mí han sido unos brutos. Pedro Florentino y un momento de la Restauración –1938–. y más lejos.. y horas después se acercaban a la aldea. blanca y azul. Rosaura fue al patio a recoger el paletó. ¿y si nombran otros que no sepan. era por la costumbre de arrear hombres en las peleas contra los enemigos de la república. La noticia. —¡Ah! eso es por el voto de confianza al Presidente. precavidamente armados. Están viviendo del Gobierno y quieren hacer lo que les da la gana. desde el fundo de la Domingona. SÓCRATES NOLASCO (N. El Gral. papá! —Ni tanto saben. tres disparos de carabina. era hoy tranquilizadora. Detrás del caobal del cerro.

por si acaso intentara salir a hacer de las suyas. Compañeros… ¡Ma Paula se fue del mundo! A su lado el secretario Lorenzo. puesta boca arriba sobre la barbacoa y el colchón de guajaca que le servía de cama. Tan pronto se alejó el áspero y autoritario jefe empezaron los comentarios y murmuraciones: “El era así. Espantados de oír lo increíble. meno sabrán los haitiano inmunizarse con la malicia del diablo y la de sus Luase y Papá Bocó. Se acercaban al bohío en donde estaba la anciana. la verdá es la verdá. y sin dizque ni que me dijeron. alto y seco. que es cofrao de la Virgen de la Altagracia. de cuerpo presente. duro y seco. en medio del patio de su vivienda. la clara de un huevo crúo en aguardiente alcanforao. y la voz se le rajó en la garganta—. queden convencido de que si ni tan siquiera el arzobipo puede alargar la vida propia con oracione a Nuestro Señor Jesucrito. en donde la habían colocado. No cabía 144 . A los del vecindario les parecía que el comandante no habló de la difunta con el miramiento debido. He dicho. que era de los biene de la difunta. —Compañeros… –dijo y esperó con calma a que se impusiera el silencio–. a ver si éste se equivocaba. siempre que se veía en confusión se encerraba con la vieja a consultarla sobre política. de que no se jactaba porque le parecía la cosa más natural del mundo. Con nuestros machete. Pero. estaba tiesa y más seria que cuando vivía. No quiero gresca. Los tonto que secretiaban que iba a vivir ciento setenta y siete año en cumplimiento del pacto que ella tenía con Sataná. se miraron todos y se dijeron: —¡Se murió Ma Paula! —En ella se ensuelva. profirió un atrevido. pero hay que saber beberlo. boca arriba. Advierto que el aguardiente se hace para beberlo. Varios opinaron que en la región no estarían preservados del espíritu de la bruja sino después del novenario. ¡se murió Ma Paula!” Allí. Aquella novilla berrenda. Mándenme los filete. resultaba tan imponente de cerca como de lejos. ¡Cómo si uno se olvidara de cuando el alazano rompió el lazo y se le etravió! Mediante un cabo e vela encendío al revé. en lo que se presina un Cura loco la vieja hizo aparecé el caballo. Papá Sindo. Y últimamente –dijo empinándose–. Lorencito. Cayó con la boca echando espuma y ya al minuto estaba tiesa como si fuera de palo. Compañeros… –agregó cambiando de tono y mirando de soslayo–. Pero si él mismo. Tenía la lengua tan agria porque estaba del pecho y sabía que no tenía remedio. Siempre. pero al decir que no crean en ellos atestigua que los hay –dijo uno reflexivamente. y una peseta fuerte pa San Antonio y real y medio pa Pedro Congo. ordeno y mando que la beneficien para pasar el velorio. con el respeto que a la muerte le rinde todo mortal. iba leyendo para sí el discurso que le había enseñado al superior. aparte de eso. Siempre que recemo el Creo en Dios Padre defendiendo la república a tiro y a machetazo. Y así y todo habría que hacerle el hoyo bien hondo y ponerle arriba piedras pesadas. podremo triunfar siempre de los enemigo. —Papá Sindo manda que no crean en brujos. y los caprichos y rebeldía de la s le añadían gracia en vez de restarle elocuencia a sus arengas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Emperador Faustino Soulouque. —De que los hay los hay. Ma Paula se fue del mundo —reiteró–. En realidad. estaba ahí. pero no malo. nuestros fusile y sobre todo con la cruz de nuestra bandera. —¡Cállese el deslenguao! —regañó Papá Sindo.

Las vecinas. Afuera de la enramada los hombres sostenían contrarios pareceres. El cadáver de una persona de más de noventa años (y a Ma Paula le suponían no menos de ciento veinte) ¿debería ser velado con la circunspección requerida por un difunto que no había cumplido ochenta? Igual que si se tratara de un muerto recién nacido. de guayuyo morado y de rompesaragüelles. biznietas y tataranietas de la finada. trascendía una seriedad tétrica e imponente que acentuaban el ojo obstinado en mirar y el respeto que la hechicera inspiraba aún después de muerta. En derredor del cadáver seguían gimiendo y lanzando lamentos las hijas. y el otro se pudrió comido de viruelas. puercos. seguro indicio de lo milagroso de tan larga vida. sus compañeros de raza. 145 . la bruja parecía más larga. —¿Y qué tiene que ver lo uno con lo otro? Abrevea… —De las siete hembras ni Dios distingue si alguna es más joven que el varón sobreviviente. Lo secaron y volvía a filtrar. ahora que la veían difunta rezaban por el descanso de su alma. Sólo tenía un ojo cerrado. estirada en su cómodo colchón. la engalanaron y la adornaban con flores de adelfa colocándole tres pétalos en los labios. El hule del rostro le relumbraba con el reflejo de las cuatro velas prendidas en las bocas de cuatro botellas vacías. nietas. licores imprescindibles en los velorios. Las fosas de la aplastada y ancha nariz eran dos agujeros tan prietos como la piel. De los tres varones. y nadie quería acabar de llorar primero. aproximadamente. de malagueta. que por ser capitaleño se creía en el deber de saber de todo. cabras y un bohío cómodo. Los nietos y demás descendientes se multiplican como marranos… —¿Y qué significa ese lío pa si se cantan o no se cantan décimas en el velorio? Lorencito era un capitaleño de asombrosa locuacidad y le gustaba lucirse y pasar por inteligente aun ante los habitantes de la más remota y aislada aldea de la república. En la comisura de los labios le asomaba un hilo de blanca espuma. decidió el punto: —El cadáver de un ser que vivió cerca de un siglo y hasta más de un siglo. En el conjunto blanco sólo contrastaba la mancha negra localizada de la frente a la barbilla. está sujeto a las mismas reglas que un trabado o muerto recién nacido. obstinado en continuar mirando. A la gente prieta tarde se le ve la edad. Este es un angelito que no tuvo culpas que purgar. dos murieron peleando contra los haitianos. El otro se lo cerraban y se volvía a abrir. Un olor fuerte emanaba del cuerpo recién bañado con un cocimiento de hojas de salvia. Así.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II duda. olor que se mezclaba con el de la gente sudorosa que llegaba de los distintos fundos. mayores que él. Lorencito. ¿no podrían pasar la noche entretenidos en juegos de prenda y cantando el baquiní y echando décimas y coplas y cantos de plena? El secretario de Papá Sindo. Falta saber qué edad tendría la interfecta –subrayó afirmando su argumento–. Era un deber: la vieja dejaba herencia de vacas. Larga y ancha bata blanca la tapaba del cuello a los pies. Yo la deduzco… por lógica que no engaña. Otras fregaban diminutas vasijas de higüerito cimarrón. ya que no se podía pensar en la pureza de su alma. así partido por la franja de trapo. que le temían a la bruja y nunca dejaron de maldecirla. Del rostro. El hijo menor de Ma Paula cree tener cincuenta y seis años. para brindar el café y el aguardiente. La habían tocado con cofia blanca y con blanco barbiquejo le apretaron la mandíbula floja. Sin faltar a la verdad no se podía negar que la vieja era fea. Estamos en el año 1858 de Nuestro Señor Jesucristo. y aquel ya las ha purgado todas a fuerza de tropezones y padecimientos. de un trabado.

como si él fuera un segundo cacique Enriquillo. de Mucaral adentro. con disimulo salió al patio a dar órdenes prohibiendo el juego de prendas. —Amigo. ayudado por los tres sobrinos y nueve sobrinas. que le chupara la sangre a los de teta o no se la chupara. Tres sobrinos. borrosas y tartamudas ideas le apuntaban que los cantares y el juego de prendas quedarían en la memoria de los concurrentes testimoniando el desprestigio de la familia. liberto que se distinguió peleando a favor de España. prorrumpió en clamores que ahogaban a los de las hembras. sintiendo trasegada en él toda la autoridad del comandante de la región–. Sentía un orgullo de tribu superior. gimiendo él. Para descansar. siga berreando y no se meta a opinar en cosas que son costumbres aristocráticas… –vociferó Lorencito. otra vez la región del Bahoruco quedó convertida en un baluarte de la libertad. Es que todavía Ma Paula no era católica – continuó el orador–. el canto de plena. La curiosidad que iba despertando ahora borró el desdén a que se había hecho acreedor minutos antes. Al oír pronunciar las palabras mágicas aristocracia y decencia. Aprobaba que dijeran décimas por argumento y a lo divino. barrió hojarasca. hacia el gran árbol de caoba a cuya sombra Ma Paula les había domado el ímpetu a hijos y nietos haciéndoles entender los consejos a rebencazos. Este hijo montaraz tuvo el sentido práctico de dejarles a las hembras de la familia el cuidado de la madre anciana. tu sierva”… la súplica quedó sin la reiteración coreada. y el baquiní. Que comiera gente o no comiera. el hijo sobreviviente de los varones de la difunta. Venía de las monterías. —No. —Ma Paula –continuaba Lorencito con su inmoderada verborrea de sabelotodo– fue una de las barraganas de Musundí. Después de cerrar la noche llegó Baltasar. Y las mujeres. juntó leña. En el cráneo de huidiza y achatada frente. Baltasar quedó cohibido. se le acercaron y en voz baja le hicieron comprender su pifia contra las buenas costumbres. con una pena parida de remordimientos. no quiso saber de los franceses cuando los dominicanos pasaron a su bandera. Y cuando la directora rogó: —”¡Señor! Por la afrenta que sufrites con la cruz a cuesta. y por el martirio que padecites en el madero. Se lo llevaron. —¿Y qué necesidá tenía de comé gente en un sitio en que abundan tanto la vaca y el puerco cimarrón? –comentó otro. dende que el comandante se descuide. renovaron las lamentaciones con el inicial vigor. Pero tan duro así no podía seguir aullando. Negros criollos y hasta de Haití vinieron y se le agruparon y. Allí. las coplas. —A este Lorencito lo revientan a patás y a garrotazo de un momento a otro. desde que lo alcanzaron a ver. El que no se crea decente que cierre su casa y entierre él solo su muerta. trazó un círculo. –agregó. Quería a Musundí y se acostaba con él por el prestigio. perplejo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Se enfrascó en la tarea de explicar cómo el Capitán Musundí. pero ni ella era todavía cristiana ni quería tener hijos con uno que no fuera congo o aradá. apiádate del alma de Ma Paula. ni quita ni pone cuando se dice a sé bruja. 146 . hizo fuego y ahuyentó la sombra. Disminuían los rezos abogando por el descanso del alma de la difunta. de quien no le quedaron hijos. Aprovechaba la oportunidad para vociferar su amor filial detallando las virtudes de la difunta. Sentía ese imperioso deber de hijo. —Se los comería al momento de parí… –le interrumpieron. Compungido ahora. ¡Dizque venile a enseñá a la gente de aquí quién fue Ma Paula! Como si naide supiera que a ella y a otras como ella las cogién en lazo. los más adictos.

engalanada. como si temiera que los haitianos estuvieran irrumpiendo por la frontera vecina. ausente de todo lo circunstante. en la entrega total. Dijo otra vez un nombre. y avanzando hacia la muchedumbre se arrancó el barbiquejo y preguntó autoritariamente: —¿Y qué vagamundería son eta? —¡Detente animal feroz. ¡el nombre!. fueron contagiosos. La cantidad ingerida por él hubiera sido bastante para emborrachar a diez hombres. los tres sobrinos y nueve sobrinas coreaban alternativamente. Can ga li. el terror y la fuga. ¡aprotégeno!… —¡No nos disgreguemo! –imploró la directora de rezos–. Cayeron y se apagaron las cuatro velas que le alumbraban a Ma Paula el sendero definitivo. sable en mano. alguien comenzó a cantar y aullar en él con lenguaje intraducible las palabras que la madre le enseñó a repetir y cuyo significado exacto ni ella sabía: ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! ¡Hen! ¡Hen! ¡Hen! Can ga bafió te. que antes de tú nacer nació el Hijo de Dios! –gritó Lorencito. Ese grito. seguían saliendo las voces que le hervían en la sangre y los antepasados le cantaban dentro. y huyó desamparando al jefe. que era la suya. Miguel! –agregó sujetando al marido. creciendo y volando sobre el terral despertó al Comandante Papá Sindo y lo hizo acudir corriendo. Can ga do ki la. lo más importante del velorio.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Cesaron por un momento las lamentaciones y un grupo de auténticos amigos de la familia se acercó a Baltasar. Con las palabras rituales del voudou. Crugió la barbacoa. que era un valiente. lo repitió dos veces más y retrocedió y avanzó. Con la vista fija en un punto avanzó y retrocedió hasta el centro. roció las primicias hacia los cuatro puntos cardinales. y huyeron y gritaron todos: —Virgen del Amparo. invocaba y volvía a invocar al dios de la tribu aradá. Can ga mun de ye. Se estremeció atarazado por el fuego interno. el camastro de la difunta. y ella en persona se enderezó. Quedó en medio del círculo. ¡Can ga li! En derredor del fuego Baltasar giraba ahora con rapidez. ansiando y temiendo el encuentro con el poderoso espíritu. rodeándole. superiores a la voluntad de él. invocó un nombre. Entonces Papá Sindo. y cuando quedó transportado. cantaba y mugía y. ¡No me abandone. Trataba de callar y se estremecía. mezcla de ginebrón y raíces maceradas que en un calabazo había traído de su fundo del Mucaral. mientras de su garganta. batiendo con los pies el suelo y mugiendo y rugiendo para convencer al dios de la inmensa aflicción de una familia sumisa y buena. tembloroso. que se le acerba. le apretó la empuñadura al machete y se le oyó vocear: —Si avanzas… te rajo de un machetazo… ¡vieja del diablo! 147 . y quedó siendo el centro. Un segundo más. y se tragó el resto. El funeral lamento. vacío de apetencias y pasiones materiales. abstraído. Miraba al cielo estrellado. que le ardía en el estómago y en las venas. Y entonces fue cuando sucedió lo asombroso. Con un brebaje.

habían visto con asombro al otro jefe. Endurecidos por la ruda disciplina que había mantenido él. Pasaría la noche y lo 148 . treinta de Neiba. Azua está en poder de España. Tenían prohibidos el aguardiente y las barajas. ¡Este era el cuadro consolador! Ensimismado en un silencio hostil. la música y las faldas. aniquilaron las avanzadas de los patriotas en Haina y en San Cristóbal. volaban sobre Cambronal y Las Marías. con el Sargento Payén. podían recorrer distancias enormes sin rendirse a la fatiga. y así habían pasado de su autoridad a la de Pedro Florentino. ¡vendido! y asesinado. hechos. La Gándara y Puello (¡Puello! ¡Puello!. doce de Barahona. desnudos de la bazofia de comentarios. ¡Fueron 820! ¡Puello! ¡Puello! Regresaban: ocho de Rincón. porque inclinan a la molicie. Los demás sobrevivientes. un concepto de hombría que les impedía recular en la pelea. con el Capitán Antonio Blas. Y Cambronal y Las Marías y Cerro en Medio. Un inmenso dolor se dilataba sobre el vasto valle de Neiba. dispersos por los escuadrones y acosados por el espanto. El ejército del Sur –cuatro mil trescientos hombres– destruido. siguiendo el atrecho de El Curro que los llevara a juntarse con su jefe natural. con el Coronel Cabuya.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Ángel Liberata ¡Fueron 820! Diezmados al principio por la infantería enemiga. los banilejos se pasaron al enemigo y contribuyeron al exterminio. habituados a dormir a suelo raso. con el auténtico Jefe. al que mandaba en todo el Sur. subían hacia las lomas de Panzo perdiéndose en las laderas. A medida que se generalizaban las noticias los crecientes clamores se multiplicaban. a alimentarse de pie con plátanos y cecina cada veinte y cuatro horas. nueve de Pesquería. una carabina. treinta de Neiba. se derramaban sobre Cerro en Medio. gritando también sus muertos. dos de La Descubierta… ¡Fueron 820! Pasó toda la mañana y lo dejaba la tarde bajo la baitoa del patio. y obligaba a morderse la lengua y a morir antes que soltar palabra que menguara el prestigio de la República y favoreciera al enemigo. En Baní. Las sombrías pupilas escudriñaban con ansias disimuladas las bocas de los caminos y los caminos estériles mantenían las cifras inalteradas: ocho de Rincón. traicionado. si no se les ordenaba. porque deshonran. dos de La Descubierta. Nadie se atrevía a dirigirle la palabra. nada más que hechos. nueve de Pesquería. una cartuchera. ¡dominicano traidor y azote del Sur!). Contaba en silencio y volvía a contar de nuevo. de la de Pedro Florentino a la de Gregorio Luperón. soletas dobles. indigna del guerrero. Una arruga perpendicular partía su frente. Y el General Pedro Florentino. cinco de Petit-Trou. devolvían el lamento funeral. Así los había forjado él. su compadre de sacramento. se separaron en Quita-Coraza tomando las rutas de Rincón y de Neiba. cinco del Puesto Cantonal de Petit-Trou. huyeron silenciosos como sombras. asesinado. ¡Fueron 820! Pantalones y guerrillera de “fuerte-azul”. Y ellos. orientados por el otro derrotero. y la hamaca. un machete. En la noche lóbrega pasaron por Pueblo-Viejo. doce de Barahona. sentado en el taburete forrado de cuero crudo. parecía sordo al lloro desgarrador de las mujeres. Extraía de los relatos. educados así. y otra vez a la de Pedro Florentino.

mujer de garbo. muchacha apetitosa. poca gente… Un hombre. Un oficial de alto rango. con plenos poderes. que empezó a acariciarse la descuidada y puntiaguda barba. se ha impuesto la paz –continuó el español. Haga el favor de sentarse y beba conmigo un cafecito. que tenía gracia natural. sin duda para ganárselo. Se dejaba examinar y parecía no interesarse en averiguar cómo era el recién llegado. El ojo experto del que anunciaron fiscalizó: —Rústico escenario. Bohío con puertas ausentes. útiles de labranza. Duro mirar que se va suavizando hasta ganar triste dulzura en mi presencia… Este mulato es persona. (los vanos miran al norte y al sur). En la travesía. —General. Dispensará el ajuar: no es aparente y fino como los que se usan allá lejos. en su país. suspensos en colmillos de cerdos monteses. Cara dura. Le suplico que lo lea. Botó en el taburete y pegó en la corva curvo sable pendiente de terciada y galana banda. Uno del grupo se acercó anunciando título absurdo: —El Marqués de la Concordia. De las soleras. Pocas gallinas. vengo en misión de mi Gobierno. El café humeaba en dos diminutas vasijas de güira silvestre. con las pupilas enrojecidas y exigentes clavadas en las bocas de los caminos. desvaneciéndose las presunciones de Puello y confirmándose el criterio de La Gándara: En Azua fue destruida la resistencia del Sur. Pobre indumento. donde los facciosos. 149 . Duros. Él aprobaba y callaba moviendo afirmativamente la cabeza. seca estatura. rígidos mostachos. Había oído decir que era Brigadier y jefe de la artillería realista. pudo percibir trote de cabalgaduras que avanzaban por el lado de Azua. carentes de los recursos más elementales y de la más elemental disciplina. Ahora le bastaba advertir que se trataba de hombre de mando. —Muy buena se la dé Dios. Nervios en lugar de carnes. —Desde El Seybo hasta la frontera. sirve de cocina. sin tapa. cuelgan ordinarios aperos de montar. y deseos disimulados de ser agradable. —Lo supongo. que amenaza caer sobre apagado fogón. —Este pliego fue retirado de los papeles del infortunado General Pedro Florentino. ¿No habrán comido aquí hoy? Patio casi yermo. Del lado afuera de la cerca se agazapaban sombras armadas de fusiles. ellos no habían visto siquiera un hombre de armas. guiado por un práctico y seguido de seis militares –españoles y criollos– se acercó luego preguntando por él. se dividen en banderías. y excusabaraja. Habla del destino deparado al General Gregorio Luperón. una niña y… miseria… miseria… ¿De qué vivirán en esta aldea? —Muy buenas tardes. Enramada. Al responder al saludo se iba incorporando el hombre. Duras barbas de chivo que rozan el pecho. Estaban solos. sin cerca. para tratar con usted.  A pesar de los lamentos y de un repentino ladrar de los perros. General. Se restaura en El Cibao.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II sorprendería otro sol sentado en el taburete forrado de cuero crudo. Prosiguió el ligero examen: Alta.

mi señor. disconforme. Es lo mejor de mi nombre y lo que vale más de la reliquia. Mire cómo van saliendo. En seguida le arrancó al pulgar y al mayor un sonido bronco y seco como un latigazo. Llamaban del aposento.  El lucero del alba brillaba como lejano faro. Varias mujeres desgarraban sábanas y enaguas volviéndolas hilachas para aplicar a las futuras heridas. Al regresar traía las espinas empuñadas en la encallecida mano. Los clamores se volvieron con la noche invasora más graves y lastimeros. —¿Cuántas tienen listas? –preguntó en voz baja. Y. De la amarilla llevamos preparadas ciento cinco. cuando no puedas más. tomó el pliego y lo abrió y leyó en silencio. No… No se trata de garantías. –observó él. 150 ÁNGEL LIBERATA FÉLIX. Y cuando te canses suprime el Ángel. A puerta cerrada trabajaban la esposa y la sobrina. desenvainando el curvo sable. sin miramientos. dice mamá Lin que venga. Es una lana ordinaria y enredosa. y mostrándolas con el brazo estirado dio expresión a la respuesta: —Concordia. La arruga perpendicular se pronunció. tras breve reflexión. —La madeja encarnada sólo dio doscientas once –respondió la esposa. el reconocimiento del grado de usted y de sus oficiales y los gastos efectuados por usted y por ellos. En total: trescientas diez y seis… —Faltan más de la mitad. Se levantó otra vez y. —Padrino. le contestaron entre dientes. fue hasta la empalizada y cortó una rama de guasábaras. esta es mi paz. en lugar de Liberata escribe Libre. doliente como una herida. Cuando se retiraban se oyó que el Ayudante del Marqués preguntaba burlonamente: —¿El tío ese de las barbas es General? ¡Causa ganas de reír!… —Te reirás…. —Es que la mano se cansa. los tres no me caben ya. Es el ramo de olivo. —Padrino. —Aprieta las letras. La niña dormía tranquila sobre una estera extendida en el suelo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Él extendió el brazo. Te debiste unir a un hombre manso. Ese río con la oscuridad es muy temeroso. ordenó: —Economiza el Félix… Después de todo en la guerra no debe uno pretender vivir siendo feliz. este Señor es Marqués… Acampáñalo hasta el Yaque. —El Gobierno admira el heroísmo de la gente del sur y lamenta su derroche innecesario e infructuoso. Tomó él la diminuta cartulina y leyó: y. permítame explicar… La jefatura de toda la región de Neiba. y dijo al joven que acudió al reclamo: —Pedro. perdóname la penosa vida que te doy. General: es la concordia. A la lumbre del ardiente fogón se preparaban los emisarios que saldrían llevando órdenes en diversas direcciones. Se le ofrecen a usted. Meditó y agregó dulcificando el tono: —Candelaria Ferrera. Entró dejando detrás de sí la humareda que soltaba su cachimbo. —Perdóneme. . –protestó la joven.

como de gente bisoña que llegaba enardecida y no podía detenerse. Preservan de las balas cuando el que las tiene se defiende tirando a punto metido. a pesar de eso. El Excelentísimo Señor Don Manuel Pereyra y Abascal. cuando se le creía convencido. dificultaba el paso de las municiones y la artillería. y el pavor con que huyeron dejando sus muertos. Pedro Florentino es de ímpetu inicial arrollador. Las frágiles canoas y las balsas y los bongos improvisados. cuando fueron atacados por los nativos que avanzaron hasta la margen occidental. cuida al enemigo herido y fraterniza con los prisioneros. Chocaron una balsa y tres bongos. mulatos. Se acostumbraba a las bromas del Capitán General. dijo ¿Entienden ustedes? Y salió sin esperar respuesta. en creciente. –dijo con sorna La Gándara. y de cuando en cuando lo invadía una honda nostalgia de paz. Confiese que no era menester tanta cautela. se dispersaron dejando una docena de muertos: todos flacos. pero en el fondo le mortificaba la torpeza con que atacaron los dominicanos. oyendo que Pedro había regresado. En el caudal de aguas ocres patalearon cuarenta y siete españoles heridos y diez muertos. en un lugar que les era tan favorable. no quería expresar concepto sobre el Liberata ese. Por eso las reliquias nunca dejan de ser útiles. cruzaban en sesgo de una a la otra orilla. ¡Paz! ¡Retirarse con su familia a un rincón escogido del Cantábrico. El Yaque. y el triunfo de los españoles facilísimo. arrogante y noble hasta en el combate. hundido. Prefería ver exterminados a sus antiguos compañeros a que se desacreditaran de esa manera. desarrapados. irresistible en la refriega.  La embestida fue violenta y torpe. “Luperón es directo. —El 31 de enero –¡desde hace tres días Mariscal Puello!–. Se iba aburriendo de una aventura guerrera sin posible honra que abrillantara los laureles que había ganado entre iguales. enredándose en las caña-brava. el Marqués de la Concordia. daba una vuelta y se presentaba con una rama de espinas. Además. El se iba a ceñir la faja de Mariscal de Campo y. o vomitado río abajo por el remolino. la espectacular demostración de fuerzas de La Gándara tendía a impresionar más al Ministro de Ultramar que a los campesinos sublevados… Sinceramente creía menos costoso y más cómodo pagar a cualquier precio la adhesión del Liberata que exponer a tres mil hombres a la fiebre amarilla y al vómito negro en tan ingratos andurriales. o del Mediterráneo!… Eusebio Pueblo tampoco quería responder. con sabor de picardía: —El hombre es fuerte cuando pone fe en un talismán. y animal de raza fina. Pero desde que los asaltantes alcanzaron a ver formándose el clásico “cuadro”. a pesar de su desventajosa posición. En el recodo vecino recuperaron dos y el otro desapareció con dos cañones. Marqués. Un salvaje que respondía con señales aprobatorias y. los bongos se desprendieron de las amarras y se deslizaron arrastrados por la corriente. salimos de Azua y todavía se obstinaba usted en una marcha de tortuga para tan mezquina escaramuza. y de mandíbulas apretadas. deme la razón. Estas no las fabrican ahora: las hicieron en el extranjero y las “curaron” en Haití… Las conseguí por medio de mi compadre Bucán Ti Pie…. Repugna las estratagemas. y en la derrota lo enciende ferocidad 151 . entremezclándose con las reses aterrorizadas. torrencial. veterano de las campañas del Danubio y de Crimea.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Y. para él. sentía un criollismo incurable. Desde antes de salir de Santo Domingo había avanzado su opinión sobre los hombres que tenían que batir.

sin embargo. Las de Cristoba eran las que habían visto al madrugar ese día a Pedro Inacia y a Angelito Liberata llegar por la laguna “pusando” un bongo nuevo.  Las mujeres de Cristoba. El empuje fue fragoroso y violento al iniciarse. al ponerse el sol. Varios muertos rodaron por un barranco y asustaron a los caimanes. a macho cabrío. Parece genero como Luperón y. Los disparos hostiles siguieron sonando toda la noche. Las de Cristoba y El Naranjo no le iban a hacer caso a esas infelices de Las Saladillas ¡Jesús! (Escupían cuando las mentaban). pelo lacio y vestidos de colores vivos que contrastaban con el luto general. cocos. Ángel Liberata Félix es la trampa. de tostado rostro. con el dorso de la mano izquierda en el cuadril y manoteando con la diestra. y flotaba como si fuera emanación del pobre río. oyeron cantar los gallos de Neyba y se disponían a entrar en la aldea cuando en Las Cabezadas de Las Marías atacaron la retaguardia. de quéqueres y de huevas secas de pescado. En el escándalo intervinieron las de El Naranjo. ¡Si conocerían ellas el caballo prieto del General! Para las de Lemba y Las Saladillas. Un pesado olor a pescado. cargadas de sartas y canastas de viajacas. A la sombra de frondosos mangos y barías se agrupaban formando mercado al aire libre y discutiendo el trueque de los artículos de consumo. Dos días después llegaron a La Salina. con unas cargas grandes de cañones. graciosas. Lo extraño esta vez fue que no se vio al enemigo y que las bajas que causó fueron en su mayor parte de oficiales: ¡como si los estuvieran seleccionando! Ocuparon Neyba al anochecer y la encontraron vacía de hombres. llegaron como las de El Naranjo. que venían de Las Damas en compañía de “El Torito e May Juliana”. Las de Lemba y Las Saladillas. pero los tiros fueron cediendo en disminución gradual. trascendía del mercado. comenzaron a insultar a las de Lemba. En cuanto a las de Lemba eran ellas y su barrio 152 .COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS irrefrenable: le incomodan los heridos y los prisioneros. de lebranches. hasta reducirse a disparos intermitentes. quesos de chivas. andullos de tabaco. pero con su testarudez natural insistió en que debían continuar a marcha lenta. a miseria pública. Embiste como Florentino y se escurre como la culebra”. Ellas eran las que habían visto pasar por su sección a Ángel Liberata con los rinconeros y los de Petit Trou cargando muchos cañones. les respondieron a gritos. las de Cristoba y El Naranjo eran unas piojosas. ¡Mentira!. Estaba casi convencido de su error de apreciación. a Pedro y a los Florián. Esas perras se querían lucir delante de la gente. pánfilas de comer viajacas con coco. ¿Quiénes eran las de Lemba? Unas chinchosas y embusteras. El día cinco. desde que la artillería realista entró en acción y los invasores formaron el cuadro. de los corrales vecinos. de un trigueño pálido y de ojos lánguidos. Y al primer encuentro el General Ángel Félix atacaba como un tonto y corría como un cobarde. plátanos. bajaron con rosquetes. Eso había dicho. ristras de cebollín. Durante media hora se mantuvieron a la ofensiva. Al General le arañaba la barba el pecho al paso de su caballo. Lo pasaron del río Yaque por el caño de Rincón cargado de cañones y balas. De improviso las mujeres de Cristoba. Las de Lemba y Las Saladillas fueron las que vieron “al romper el nombre” a Ángel Liberata. es cruel. Los soldados se juntaron con las mujeres piropeándolas y comprando lo que necesitaban y lo que no necesitaban.

que nunca hablaban embuste”. ¡Como si el hijo de Liberata no pudiera está a la mesma vez en los lugare que que le dé la gana!” Se apretaban las verijas temiendo reventar de risa. los realistas. quien hizo llamar a las mujeres para someterlas a interrogatorio. contados con cerradas descargas. cuando cruzaban caldeados de sol los áridos salitrales de La Madre del Muerto. En la mañana siguiente amanecieron degollados los últimos centinelas. por el Sur y por el Oeste. en los pequeños remansos croaron los batracios.  Cuando se borró la púrpura del poniente. Una espulgó el pliegue del pañuelo que le aprisionaba la cabellera y extrajo un fósforo de peine. Los 3. se impuso en la aldea y se extendió sobre el lago vecino. Se juntaron unas a otras y. ceibas. Ni un hombre. Entró en acción la artillería. Las mujeres se retiraron charlando amistosamente. “por ésta. 9 zapadores de la escolta del Capitán General. El Capitán General tendría que ir caminando a pie. ni eco alguno de voz varonil. Sólo allá. ni huella. A una mujer. o cabalgando en un burro hasta Barahona. aunque fuera aventando al duende a cañonazos. El General español podía jurarlo. iban comunicando el fuego de uno a otro cachimbo. Se afirmó la ofensiva y regresaron. 8. en repliegue. Enviaron a un pelotón a requisar bestias de carga del lado del sur. De las de Cristoba y El Naranjo sí “que naide podían dací que les tenían la cola pisá… Lo único que podían decí de ellas era que sabían salir algunas puta… ¡Y eso!” Un soldado le dio aviso a un oficial y el oficial a La Gándara. que halaba su asno para librarlo 153 . En seguida se trabó la lucha de tal modo que lo oídos atentos apenas diferenciaban el estrépito simultáneo de la fusilería de los regulares. Cuando llegaron a la presencia del jefe español estaban todas de acuerdo. mangos. La Gándara acabó riendo con fingido asombro de las sandias salineras que la misma noche a la misma hora vieron llegar por el Este. Cada grupo corroboraba lo que decían las del otro. que son cruce”. la sombra de un jinete fugitivo. decepcionadas.  Amanecieron degollados los centinelas y desjarretadas las cabalgaduras.000 hombres de La Gándara quedaron listos en un instante. del graneado tiroteo de los nativos. ocho disparos. Todas habían visto en la madrugada llegar por sus barrios respectivos a Ángel Liberata. El Marqués cañoneaba troncos de barías. esperando órdenes. cocoteros. ni señal del enemigo percibieron ese día. Luego se despidieron hasta el sábado siguiente enviando mutuas memorias y riéndose del jefe español. El resultado fue desconsolador. en la linde casi imaginaria. lo frotó reciamente en una chancleta. detrás de los cuales salían mortíferas balas. hizo fuego y encendió un cachimbito de barro. deseando que se precipitara el final de los sucesos. cuando les abrieron fuego del lado de oriente y cayeron 7. Todas ellas era mujeres “honrás y de palabra. El combate se generalizó. ladeando los rostros. para salir de tan inhóspitas tierras. a su generar con crecientes cargas de cañones. (Y formaban cinco cruces con los dedos de las manos). El Marqués oía y callaba. Un silencio profundo bajó de los cerros. A poco oyeron dos. seis. un oficial creyó divisar con sus catalejos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II tan fatales que al pasar por allá al río se le salaba el agua. a los conucos de los Terrero. “El sonso ese va a sabé aonde carga el maco la manteca.

154 . Volvieron a sonar tronido y voz. pasándose la mano diestra por la cara. desde la cresta de un cerro cercano. Con la aurora las luces creaban formas fantásticas a los ojos de Ángel Liberata Félix. y los españoles se fueron. repercutiendo. a un deleite que asomaba. españoles y dominicanos. 16 de agosto. quedaron abatidos el Teniente y dos soldados. Creía ver la aldea de Barahona transformada en una ciudad inmensa que comenzaba a vivir vida futura. con pretensiones de recuperarlos. miraba él cómo ardían las casas y miserables bohíos iluminando la orilla del mar por donde se retiraban los invasores. Se deslizaron los cañones del lado opuesto y. En las estrechuras los soldados de la impedimenta se escudaban con los heridos. rugió la voz formidable: —¡Concordia. brumoso. el paseo triunfal de los vencedores de Azua. El Uvero. había adquirido los caracteres de la derrota. meneadas por el terral. el Ayudante del Marqués y un Teniente y muchos españoles. encendió el cachimbo. —Capitán: me estorba ese hombre… ¡Cójelo!. ahuyentó las visiones. Continuaron el tableteo agresivo y las descargas cerradas de la fusilería. le acariciaban el pecho. bajó con la voz matando a doce hombres. El relincho de su caballo tuvo repercusiones de clarín. La refriega continuó a lo largo del camino. de todos lo anónimos fundadores. ningún ojo vio cuando le alzaron el brazo y le abrieron la herida que hace enloquecer. porque Ángel Liberata había vuelto a pelear. Entonces. ordenó la voz terrible: ¡hazlo reír!… Y como el subalterno se apartó con el Ayudante prisionero. buscando el mar. del lado suroeste. de los 820. le explotó en el pecho una metralla. y prisionero el Ayudante. Los Tres Reyes. aguaitando. impreciso. esa es la paz! Y un tronido. en un choque cuerpo a cuerpo. Cuando pasaron por el caserío de Rincón. pisó estribos y tomó la ruta por donde iría a averiguar qué había sido de Candelaria Ferrera. como el hálito que le denunciaba la existencia del Yaque lejano desembocando en la gran bahía de aguas tranquilas. hizo lumbre en su yesquero. en las espeluncas del Bahoruco y la sagrada cordillera se enarcó. pero muchos oídos oyeron una macabra carcajada y un cuerpo y una cabeza rodando ladera abajo. 1936. Un silencio ancho y hondo bajaba de la eminencia y se extendía cubriendo el valle de Neiba. embistieron al cerro. Entonces fue cuando. irritados. Rugían y volvían a rugir los cañones con que el Yaque contribuyó a luchar por la República y. La Isabela y Cachón Pipo se deslizaban cantando… porque en aquel lugar le habían cortado el ombligo al Jefe del Sur. Volutas y grumos rojizos se desprendían de las gigantes chimeneas de fábricas donde trabajaban.  Se hundieron en occidente Las Tres Marías. La exaltación de la lucha fue cediendo a un sentimiento nuevo. Las Siete que Brillan y se apagaron Los Ojitos de Santa Lucía… Empinado sobre un peñón de Las Balizas. Cuando La Gándara y Puello llegaron a Barahona. Adusta y sombría se alzaba a sus espaldas la cordillera maternal. semejante a un desprendimiento de la altura. de Baní y de San Cristóbal. Ignoraban e ignorarían los sacrificios y los nombres de él.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS de riesgo. barriendo al Marqués y dejando fuera de combate uno de su cañones. pacíficamente unidos. Sus barbas de chivo padre. los arroyos La Peñuela. acosados. junto a obreros de todas las naciones. y parte de la mujer y la cabeza del asno quedaron adheridas a una ceiba.

explicándose con calor. mis cortesanos. y dirigiéndose a su habitación empezó una larga perorata llena de elocuencia. como energúmeno. la Crueldad. mi patria? —¡La tierra! –dijo Plutón con sorna también– Pero desdichada. haciendo verdaderos prodigios de perspicacia y tacto. pero disfrazados hábilmente y guiados por aquella. en vista del terreno ganado. y allá fijó su residencia: la Hipocresía. ella. E. gesticulando y hablando. y que si allí fueras reina tendrías a tus pies una corte igual a la mía? —¡Mentira. inconforme. empezó a ceder y aun a tratarla con cierta dulzura desacostumbrada. la Envidia a mis pies! ¡Ver de continuo los feroces rostros de los hijos del infierno. que ella me condena a la eterna contemplación de vuestros sombríos dominios! —No te quejes –replicó él con admirable calma. y como su reino no estaba en condiciones de alegrar a nadie. quejándose amargamente de la lobreguez de aquel reino.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II VIRGINIA ELENA ORTEA (1866-1903)* Los diamantes de Plutón Plutón. había amanecido caprichosa. Al escuchar el cruel insulto. mejor quisiera estar en la tierra! ¿Por qué me arrebataste de ella. mentira! Allí no tienen rostros tan feroces como los que aquí me rodean. no tardando en declarar que abandonaría su triste mansión para volver a la tierra. el rey tomó el partido de convencer a la reina de que aún mucho peor que el infierno es nuestro desdichado valle de lágrimas. cuando su rostro mostraba el sordo furor que rugía en su pecho! Plutón tenía mal genio de suyo. por ella compartido. se paseaba por las galerías de su palacio. tienes una corte a tus pies. ¡Reniego mil veces de la inmortalidad aquí. No hay para qué decir que Proserpina. la Calumnia. la más vil de mis hijas. se sostuvo en la ofensiva. oh Destino? –gemía sin importarle nada las arrugas que se multiplicaban en la frente de Plutón–. novelas y ensayó piezas de teatro. que sólo me causan horror! ¡Oh. aunque nadie le escuchaba. Y aunque el rostro del marido habría impuesto respeto al mismo Hércules. no queriendo Plutón desacreditar su alardeado temple de voluntad y su poderío y no viendo que de otro modo pudiese calmar a su mitad. *V. exponiendo por primera vez desconocidas dotes de oratoria. la que arrojé de aquí. Proserpina. —Por qué estoy en este sombrío palacio. datos conmovedores. Plutón no quería pensar en ello. con un humor más negro que su reino. —Valiente corte la tuya –exclamó ella con sorna–. Ahora bien. Proserpina puso el “grito en el cielo”. presentando ejemplos. ¡Tener el Vicio. y tales son los motivos por los cuales le hallamos tan sombrío. en sus días malos causaba verdadero pavor verle. se había encarado con él para decirle con sobrada impertinencia cuanto a la boca llevó su rebeldía. retratadas en sus rudas facciones todas las durezas de su corazón. una mujercita fina y delicada como una alondra. Ortea escribió cuentos. en fin. su cara mitad. Parece que después de meditar detenidamente el asunto. ¿no sabes que la tierra es un infierno. Son los mismos. Eres reina. y como hasta él llegaron sus lamentos y Júpiter se enterara de la desavenencia. ¡Cualquiera se habría acercado a calmarle en aquellos momentos. —¡Tonta! –exclamó él con desdén. 155 .

comenzó a llorar amargamente. y continuó demostrando con irrecusables verdades sus razones. por primera vez. —Toma. seguía en sus trece la diosa del Infierno. Plutón no pudo resistir su ira. y a su vez habló interpelando a sus perdidos bienes: 156 . y arrancado los diamantes a la reina. Nada tuvo que contestar el rey del Averno a esta verdad abrumadora y bajando la cabeza. deslumbrador. el más desdichado. quejándose… de que en la tierra había “algo” bueno que no tenían en el infierno… flores. Y volvió a gemir sin consuelo. lanzando un grito de sorpresa y placer al ver los apagados carbones convertidos en piedras que lanzaban cascadas de luz fosforescente de un brillo fantástico. mohíno. mujer –dijo–. y erre que erre. y ella. —Te burlas de mí –clamó ella rechazando la mano de su esposo–. Plutón. furia que desahogó él en las desdichadas joyas. Y no es esto sólo. ya tienes las flores que aquí se producen.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ¡Pero cualquiera convence a mujer de cabeza dura. Proserpina se dedicó desde ese día por completo a sus nuevas joyas. Yo te daré algo mejor para que te adornes –añadió metiendo la mano en un horno encendido que por allí había y sacando algunas brasas que apagó entre sus nervudos dedos. En tanto él se reía a más y mejor al depositar en la falda de su aturdida mitad los brilladores carbones. más pegada de su belleza. —¡Malditas! –gritó. ¡Desdichada de mí. —No me burlo. pero ello es que la Soberbia y el Orgullo se habían hecho consejeros favoritos de su Alteza. Sabido es que así sucede… casi siempre. abre tus bellos ojos y mira… Ella por curiosidad miró lo que le ofrecía. los arrojó con ímpetu al infinito. Verdad que a cada razón del marido opuso ella una réplica más o menos oportuna. de infames crímenes. ¡Seréis fuego de infierno para quien os desee! A estas voces volvió en sí Proserpina. al verse vencida en aquel torneo de palabras. con tal fuerza. radiante de pedrería. de desdichas sin cuento. que sin cesar adornaba con las fosforescentes luces de sus joyas… Llegó el caso de que el desdén de la reina alcanzara a su mismo compañero. que con nada puedo realzar aquí mi belleza! —¡Flores dijiste! –gritó el dios. librándose así de la furia que aún quedaba en el pecho de su rey y marido. de modo que el rey. —Me voy para ese Paraíso que tales adornos produce –chillaba ella sin el menor respeto a su categoría. No se desanimó él. que por nuestra desgracia acertaron a caer en los abismos de la tierra. más necia. no había tenido día tranquilo. La Envidia había revuelto a los habitantes del Averno promoviendo una verdadera rebelión. y las delaciones se sucedían ante el trono. Seréis causa de crueles ambiciones. Las cosas llegaron a su colmo el día que Proserpina. Atraeréis a la Envidia hacia vuestro brillo funesto. que no entiende de razones! Toda aquella alocución cayó en saco roto. y empezaba a juzgarse. y la cegaban con maña. desde el malhadado asunto de los carbones. o más bien rugió trémulo de ira–. La Perfidia trabajaba activamente en ella. la contemplaba cada día más vanidosa. que en joyas había convertido un diablillo inteligente a las “flores” del infierno. furioso. quiso subir al Olimpo. con menoscabo de su majestad y exposición de un rompimiento peligroso. Proserpina cayó presa del más espantoso ataque nervioso. se apretaba las manos una con otra. de viles deshonras. para lucir en él sus esplendores.

Nonum: –luna. y como me resta tan poco tiempo de libertad. Era hijo de uno de los nitaínos más valientes y había aprendido de su padre a usar el arco y las flechas con maestría sin igual. lo he oído comentar muchas veces. cuando cumpla los catorce años. ¿Por qué no desistes? Te asaltarán criaturas extrañas como jamás soñaste conocer. Pero debo advertirte que la aventura que has soñado es harto peligrosa y otros más denodados que tú han perecido en la demanda. osado e inteligente. bien quisiera aprovecharlo. donde imaginaba que moraban aún las Ciguapas de luenga cabellera. pero… ya sé que pronto. ¿Acaso te encontraste con ellas alguna vez en tus andanzas por los montes? En la mirada del anciano relampagueó el recuerdo. pues no esperaba semejante confesión de su hijo. el cabello sobre que os asentéis con fulgores de aureola! Y Plutón. 157 . —Comprendo… musitó el padre y sus ojos se nublaron repentinamente. Así lo pregonaban el límpido fulgor de sus ojos y la dignidad y sosiego de su continente. calmado su enojo. Nitaíno: –cacique subalterno. y las Opias de sus mágicas leyendas. que todos llevamos en el alma el germen de la *Virginia de Peña de B.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —¡Benditas! Ya que no puedo poseeros. era soñador y capaz de entregarse a la meditación. deslumbrando. ¿Acaso lo ignoras? La expresión del chico era el anverso de una decepción. Caobay: –el purgatorio. Atardecer en las Montañas. y Cuentos para Niños. como todos los hombres de su estirpe. rica en leyendas gloriosas. añadió burlón: —¡Brillad. —Aún me parece verlas: pálidas. 1 Eracra: –templo. novela (1949). El nitaíno. Guabancex: –diosa de los huracanes. publicó Toeya. ¡pero mis pies fueron bastante ligeros para esquivarlas! Sabía que me esperaba en su compañía una muerte segura entre los despeñaderos. cuyos pies marcaban huellas en dirección contraria adonde se dirigían. iracundas. Ciguapa: –mujer legendaria. Su constitución emotiva demostraba que. sobre las cabezas que queráis perder! VIRGINIA DE PEÑA DE BORDAS (1904–1948)* La eracra de oro1 (Cuento para niños) En esta tierra quisqueyana. ¡llevad al pecho de la mujer que os posea los encantos que el mío ha gozado! ¡Embelleced la garganta. padre. Sombra de pasión. —¡Bah! –contestó despectivamente el chico–. —¿Es posible –preguntó en su sonoro idioma antillano– que te sea indiferente perder la vida? Has de saber que las selvas milenarias están cuajadas de peligros. Matunheri: –alteza. me veré precisado a laborar en las plantaciones y en las minas. Pertenecía a la noble raza de los arahuacos. Turey: –cielo. Por eso contestó con presteza: —Por el contrario. Creen que todos los humanos somos hijos de Maboyá. vivía en tiempos de Cristóbal Colón un indiecito de unos trece años. Un buen día decidió solicitar el permiso de su padre para ir en excursión a las montañas del Bahoruco. Opia: –alma de los muertos… Maboyá: demonio. escuchó la petición de su hijo con un destello de comprensión en la mirada y sus labios se comprimieron con gesto apenado. anciano de severo semblante y porte altivo. pacíficos pero valientes en grado sumo. llamado Tamayo. con la cabellera al viento y los ojos desorbitados.

El ruido isócrono de los remos cesó de improviso. como si de repente hubiese echado raíces. padre –agradeció entusiasmado el adolescente–. Estaba perplejo. dijo blandamente: —Los indios no escatimamos la ocasión de hacer hombres valientes de nuestros varones. ¿Sería la mano de algún Cemí que la retenía? ¿Es que estaba vedado pasar por allí? Algo semejante debía suceder. Acto seguido se encaminó al grupo que le miraba con atención. más que nunca anhelo ahora subir al Bahoruco! Padre. astillándose. el nitaíno contestó: —Ambas están a tu disposición. Hizo un supremo esfuerzo por darle impulso y los remos se quebraron. Por eso te ofrezco la piragua: puede servirte mejor… ¡Ve. elevaba al cielo la alegría del trópico. Como sucede a menudo en el trópico. el Ser Supremo. ¿me concedes tu permiso y me das tu bendición? El nitaíno no albergaba ya pensamientos de liberación. hijo mío. no sabía qué partido debería de tomar. Pájaros diversos de vistosos plumajes. fue confeccionada para procurarnos el sustento y defendernos de nuestros enemigos ancestrales. que se agrupaban en forma de templo. ornada de árboles florecientes. El rostro oliváceo del indiecito se tornaba cada vez más jocundo. como un manto. ¡La masa de sus aguas se había petrificado! Alrededor la tierra era toda bermeja. que colgaba de un árbol de la ribera. tan fieros como valientes. por tanto debía proceder con cautela. El lago de Jaragua era una gema irisada de divinos matices. Eran criaturas pálidas. La floresta. La piragua. Ya estaba allí y era indigno de un taíno volverse atrás. Tamayo conocía sus implacables y frías decisiones. Sin pensarlo más. que moteaban el agua de sombra y sol. Bajo unas palmeras. pensó entristecido: ¡la libertad! Y deseando que su hijo la disfrutase. aunque mi hacha te serviría de poco: ¡hoy no es más que un símbolo! Trabajada con esmero y tesón durante mucho tiempo. henchida de trepidaciones y ruidos apagados. bendiciéndole. como una sombra. La canoa. arrastró su piragua hasta la orilla y la ató cuidadosamente al tronco de una ceiba con un fuerte bejuco de jagüey. hurañas. los Caribes. te proteja en el camino! Y arrancando una aromática rama de curía le tocó en el hombro. a despecho de las duras circunstancias de su vida. ¿Me prestas tu piragua y tu hacha de monte? Quizás es mucho pedir… Vencido por su amor paternal. No cabía duda: ¡eran ciguapas!. Está concedida tu petición. llamándole la atención. En aquel paraje reinaba un silencio absoluto y se percibía la melodía del viento entre las hojas. y que Luquo. según los indígenas: abortos de Luzbel. —Gracias. se deslizaba bajo los árboles de ramas caídas. se deslizaba ante el sol. como de una gema que hiriese el sol. según los frailes hispanos. pues al tocar los remos la superficie lisa y brillante del lago arrancáronle chispas luminosas. de pulida caoba. cuyas cabelleras luengas y sedosas las cubrían enteramente. el crepúsculo caía rápidamente y el paisaje entero se envolvía en sombras de misterio. Percatóse con asombro de que su piragua se había inmovilizado. me haces el más feliz de los mortales.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ambición y el desenfreno… ¡Y quizás estén en lo cierto! No perdonan ni un pensamiento impuro ¿comprendes? —¡Ah. pero no avanzaba en modo alguno. Hoy es poco menos que inútil para defendernos de los guerreros de pecho de hierro que nos esclavizan. Todo era brillantez y luminosidad cegadoras. No le arredraban las enormes iguanas y caimanes que veía deslizarse sobre sus orillas porque sabía esquivarlos. Aquella había sido la existencia bendita de sus antepasados. Notó al acercarse 158 . La luna en el horizonte era un espectro pálido. aunque sentía clavados en él sus ojos desafiadores. saltaban audaces de rama en rama. creyó ver ojos humanos que le atisbaban.

logrará vencer al opresor. ¿Cómo te llamas. mal que te pese! ¡Tus pies se adherirán a la tierra. —¡Ah. y he aprendido desde la cuna a no temerle a hombres. Serás traidor a los tuyos. golpeándose maquinalmente las rodillas con dedos que remataban en afiladas puntas. quien creyó encontrar amigos en los maguacochíos y abandonó a los de su propia raza… ¡Infeliz! Ya el chico iba a dar la espalda malhumorado. chiquillo? —Yo me llamo Tamayo… Y vosotras. Hasta ahora nadie había llegado a nosotras por determinación propia. pero no es de indios traicionar y les llamo hermanos desde que aprendí a amar a su Dios. sin sombra de temor: —¿Serían tan amables en decirme qué paraje es éste y por qué motivo se ha encayado mi piragua en el lago? Me ha sido imposible moverla… —Forastero. Por lo menos eso le sugería su mente de niño inocente. cuando su interlocutora lanzó una especie de alarido y exclamó exasperada. Los ojos de la ciguapa Oscuridad lanzaron chispas de furor. revelando lo que bullía en su oscuro cerebro: —¡Pues bien. contemplando los ojos hipnotizantes: —¡Ah. ¿cómo os llamáis? —Somos la Indolencia. lanzando al chico una mirada perversa.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II que no eran como las imaginara. ni se ha pescado en nuestros ríos… Las frutas más tentadoras caen maduras al suelo sin que haya necesidad de tumbarlas. sino criaturas demasiado jóvenes y hermosas para causarle daño a ningún mortal. Si deseas conocer las maravillas que encierra esta tierra de tus antepasados. eres tan valiente como testarudo! –amonestó la más joven. donde todo es belleza y encantamiento –repuso la Indolencia con voz cansina. —La felicidad existe en el bosque milenario de las ciguapas. es demasiado hermoso para olvidarlo! Y además. ya no podrás marcharte. Las ciguapas se miraron entre sí. Allí existen tesoros incalculables. permanece con nosotras una noche completa y conocerás los secretos de los Cemis: penetrarás en la eracra sagrada que guarda las cenizas de los Tres Behiques sabios que enseñaron las artes de tu tierra natal. Y cuenta cierta conseja que el valiente que logre ceñir a su garganta esos preciosos ornamentos. ni a bestias… —¡Ah. ya comprendo! –masculló con sibilante acento–. como lo fue Guacanagarí. deseaba conoceros y pensé que quizás me enseñaríais donde se encuentra la felicidad en esta tierra nuestra. ni alimañas que ataquen al hombre… —No. la Oscuridad y la Superstición. pero hay criaturas que nos ofenden hoy más que las bestias: hombres vestidos que hacen daño a los nuestros… ¡Deben perecer todos! —Cierto. y añadió bostezando–: Jamás se ha cortado un árbol. soy hijo de nitaíno. ¿Enfrentarse acaso a las bestias feroces? No existen en esta tierra nuestra animales. pues. amuletos que llevaron al cuello los caciques ya desaparecidos. preguntas muchas cosas a la vez –contestó la que parecía de más edad– y eres demasiado joven para aventurarte por estas soledades. Las interpeló. Harías bien en volverte por donde has venido y tratar de olvidar todo lo que has visto… El indiecito vivía la embriaguez de un sueño y repuso sin amilanarse. Ya veis que no os sirvo. como tu piragua al lago! Forzosamente pasarás esta noche entre nosotras y harás lo que se 159 . cuya voz alada tenía resonancias de cascabeles–. —¡Qué nombres más extraños! En fin. Tan sólo debes probarnos que eres valiente a toda prueba… ¿No te tienta la aventura? —Sí que me tienta… pero no sé a que llamáis valor.

Seguro de hacerle frente a las más duras pruebas comenzó a nadar sosegadamente. La suerte está echada… Me consuela que no podéis quitarme más que la vida: he aprendido de los frailes hispanos que el alma es intocable e imperecedera y en cambio la materia es barro vil y deleznable. Tamayo sintió que se erizaba su cabellera porque se elevaban vertiginosamente. como si le abanicase un huracán. embozada en nubes. es la luna roja de las ciguapas. de una belleza deslumbradora y tranquila. esta noche la luna tiene dos alas. con que ya veis que no podéis intimidarme. Volaban por encima de la luna en fantástica procesión y el chico contemplaba a su placer lo que otros hombres imaginaban apenas. propicia para las moradoras del bosque. Y allá abajo. ¡cuánto ruido! ¡Cuánta gente! Por eso dijo con llaneza infantil: —Mucho me gustaría poder permanecer aquí: ¡es más bello de lo que soñé!… —Desdichadamente tornamos a la tierra. ya vamos emprendiendo el vuelo. —Pues yo estoy convencido –aseveró el indiecito con entereza– que sólo Dios puede acelerar nuestros días. pero recordó las mágicas palabras de la Superstición y olvidó una vez más su condición de humano.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS te ordene en todo momento. Cortábale el aire la cara y zumbábanle los oídos. llamada Indolencia– preocúpense o no los mortales. con que abandonarse a su sino sería lo más acertado… –y volvió a bostezar como si el sueño la venciese. Los perfiles de las altas montañas hacíanle sentir una admiración reverente. muy semejante a un bufido. ¡Jamás oí decir semejante cosa! –añadió despectivo. a cada cual le llega su fin. y dijo con sorna: —¡Vaya que eres valiente entre las mujeres! Al parecer sólo los hispanos te intimidan… Mira. como lo había hecho mil veces en compañía de sus amigos. buscando escondrijo entre los juncales del río. —¡Aquí no se puede respirar –suspiró el indiecito– y además hace un frío horrible! —Olvídate de tu condición de humano y será como si fueses divino –aconsejó la ciguapa Superstición con voz casi inaudible. —¡Pues tanto mejor! –dijo con aplomo al cabo de breves instantes–. experimentó la emoción incomparable de ser mago o cemí al trasladarse con tanta celeridad de un mundo a otro. pero su altivo semblante apenas trasuntó una leve emoción. —Pues agárrate bien. Tamayo comprobó que olvidándose de sí mismo sentía un agradable bienestar y aunque volar en compañía de aquellas hijas de Maboya era por lo menos anonadante. De pronto sintióse sumergido en las aguas de un río y creyó que iba a perecer ahogado. agarrados unos a los otros. además. Estás completamente a nuestra merced. si no quieres caerte desde las nubes –ordenó la ciguapa mayor– porque aunque no lo creas. Descendían. La ciguapa Superstición lanzó una extraña carcajada. Es inconcebible. y el descenso era aún más vertiginoso que la ascensión. que los astros bajen hasta nosotros. 160 . Todo parecía escarchado y en penumbra. con que comienza a rezar por tu alma. —No tienes por qué intimidarte –bisbiseó la ciguapa más joven. Dentro de unos instantes bajará hasta nosotros y nos servirá de carruaje. pero adversa para los mortales. La luna se ha cansado de volar y tú has salido airoso de esta prueba. Por lo menos eres valiente y sereno –comentó con menos aspereza la ciguapa Oscuridad. En el silencio que siguió a esta declaración tan inesperada se adivinaba la sorpresa del muchacho.

que quisimos morir por echar de nuestro suelo al usurpador. Como finos encajes. Por fortuna. diciendo: —Por segunda vez te ha salvado tu buena estrella… No tenemos reproche alguno que hacerte y ahora vas a conocer la eracra de oro y los orígenes milagrosos de tu pueblo. Una sombra. muere en el acto. empuñaré las armas y haré la guerra contra los invasores a la manera de mis antepasados. Tamayo guardó silencio. adornada de helechos arborescentes. No importa lo que le llaméis. un Ser Omnipotente. ¡Así me escuche Luquo! —¡Ah. Mi rebeldía está aquí –confesó. La vegetación lujuriante.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Las aguas turbulentas se cerraron sobre su cabeza. cortinajes foliáceos y altísimas palmeras era un espectáculo imponente en su grandeza milenaria. —Si no eres de los nuestros. parecían las de caciques destronados. la más erguida. quizás largo tiempo desaparecidos. Es de los nuestros… Así podemos marchar en paz a la región del Coaibay. Algún día cuando él sea tan sólo espíritu. todo clemencia y comprensión. Tamayo reconoció entre el grupo a Caribes. –concedió el cacique de la Cibuqueira–. Di. que habían permanecido tranquilas y observantes. De su muñeca pendía el grillete que le permitió reconocer a Caonabo. que alumbraban a trecho los cocuyos formando cascadas de luz. Luquo es Jesús. —Está bien orientado. altivos y desafiantes. Las sombras que le rodearon bajo las aguas no eran tan sólo las de las ciguapas. Mirándoles pasar caían sus lágrimas ocultas como lluvia de fuego sobre su corazón. la guajaca colgaba de los árboles y flotaba con la brisa. en los cuales advirtió grupos que parecían solazarse en las aguas. creímos que eras cristiano! ¿Acaso es Luquo tu Dios? —Para mí. Matunhetí. como lo sois vosotros. había conservado puro su corazón y alimentado su alma con las enseñanzas milenarias de sus mayores. Marchaban unos tras otros. oprimiéndose el pecho con orgullo–. siempre vela por nosotros y perdona nuestros yerros. Su rostro volvió a tomar su expresión jocunda. quien ha padecido ya bastante y temo por él. algunas con aquella expresión intimidante en sus rostros de belleza perturbadora. pero continuaba nadando rítmicamente. como para mi padre. ni de día. Entonces las ciguapas. Para él aquel inmenso bosque 161 . Macorixes y Ciguayos. Veía por todas partes criaturas semejantes a las que le acompañaban. En ninguna época ha pisado allí criatura viva y el impío que pasa inadvertidamente por aquel sacro recinto. Había riachuelos y cascadas. seguido de cerca por sus celosas guardianas. como fulminado por el rayo. partirás con nosotros a la tierra de las sombras. preferible mil veces a vivir avergonzado ante los hombres de tu estirpe. la planta del hombre jamás había hollado aquella tupida selva. el más valiente de los quisqueyanos. como niñas traviesas y turbulentas. cual si fueran arrastrados por el ímpetu de la corriente. coronadas de plumas sus cabezas de largas cabelleras. ya que la espesura del bosque era tal que apenas se filtraba la luz de la luna por entre el espeso ramaje y sólo podían avanzar marchando de uno en uno. se detuvo ante él con el brazo extendido en ademán de reto. compañeros. negras como la endrina. le rodearon de nuevo. Apesadumbrado. No había allí claridad ni de noche. Que Luquo te conceda la mayor de las glorias humanas: ¡luchar por tu patria! Hieráticos y solemnes deslizáronse unos tras otros. pero tengo un padre anciano. La bondad inesperada de aquellas hijas de Maboyá le pareció un buen augurio. Y emprendieron el camino. ¿qué eres? El indiecito sintió un tumulto en su corazón al proferir: —Soy indio y siento como indio. de la raza que dejaba crecer sus cabellos como símbolos de su hidalguía.

Tamayo no había ingerido alimento alguno en muchas horas. Está escrito en el firmamento ¡pero seguiremos siendo cumbres! Tamayo escuchaba con intensa atención. En él equivalía a un apostolado la felicidad de los suyos y ante aquella declaración un estremecimiento de rebeldía recorrió 162 . si una de las ciguapas no le hubiese tomado de la mano para conducirle. el joven penetró en el sacro recinto y sus ojos le parecieron demasiado pequeños para admirar lo que se ocultaba a la vista de los profanos. Ya sólo faltaba el último picacho. Vacilaban sus pies y se adherían a la tierra. Contemplábalo todo absorto y maravillado. Cesaba la espesura y se convertía en un opulento prado. como un gran escudo finamente labrado. Ahora somos tus ángeles. ennobleciéndola. con medallas y amuletos. estaba colocada toda una vajilla del mismo precioso metal. que con sólo clavarle sus ojos hipnotizantes recobraba de nuevo el equilibrio y proseguía la ascensión. Escucha lo que nuestros abuelos dijeron a nuestros padres: estas islas son las cumbres de una tierra portentosa que la ira de Guabancex sepultó en el fondo de los mares… Nuestra raza desaparece y renacerá otra más fuerte. apuntando hacia la eracra. ¿Verían de nuevo las opias de los caciques desaparecidos? ¿Podría platicar con el bravo Caonabo. y sobre pulidas bateas. del que consumía la gente principal. —¡Avanza! –ordenó imperiosamente la Oscuridad. en una barbacoa de roja ácana. La luna brillaba intensamente y el cielo estaba cuajado de estrellas. huyendo amedrentados a su paso. El templo osciló. dando traspiés por aquella jungla enmarañada. negras y brillantes como ébano. pero tal era el dominio que ejercían sobre él aquellas mujeres tenebrosas. Un soplo compensador de brisa. Allí estaban colocados en nichos los Cemís adorados por sus antepasados. los que estamos aquí sepultados durante siglos. a pesar de su ávida curiosidad. fino y blanco como obleas. con las ropas empapadas todavía. con un fulgor inusitado en sus pupilas insomnes–. que se le antojaba inaccesible. Flamencos de color rosado se alzaban soñolientos. Llegó al arqueado portal y los dorados goznes giraron suavemente. En el fondo de la meseta revelóse a sus ojos la masa deslumbradora de la eracra sagrada. siempre cautelosas y desconfiadas. cuando sintió una terrible conmoción. Como sobre un aparador. De súbito vislumbró en lo alto un fulgor extraño. cargada de aromas. negándose a comprender. como si la mano invisible del genio de la noche se hubiese extendido para darle paso. Imposible le hubiera sido avanzar un solo paso hacia aquel prodigio. pero comprendiendo que estaban allí como ofrenda a los Cemís se abstuvo de tocarlos. hízole suponer aquel recinto un paraíso. y avanzaba. veíanse amontonadas joyas de complicados adornos. y pirámides de cazabe. como de un sol que alumbrase a medianoche. representados por caprichosas figuras en oro sólido. ¡quizás más tarde seamos tus jueces implacables! Tamayo siguió la ruta indicada. sin dar jamás la espalda. sondeando sus ojos a cada instante. apretando a sus labios el puño cerrado convulsivamente. como si amenazase un cataclismo. trillamos la senda para que las generaciones del futuro aprendiesen a ensancharla. Caminaron durante varias horas en silencio: las ciguapas delante. Agitaba su hermosa melena. y una voz tenue se dejó oír por entre las reverberaciones: —Nosotros. Veíanse frutos exquisitos sobre los cuencos. Ya sentía el frío de la madrugada y un temor reverente invadía su ánimo. frustrado redentor de los suyos? El paisaje cambiaba. y el aroma apetitoso de aquellos frutos variadísimos producíale un cosquilleo en el estómago. Fortalecida el alma por lo que juzgaba un milagro. ornado de arbustos y florecillas olorosas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS estaba inundado de sombras y misterio.

¡Llévatelos. Reverberaba en su pecho el sentimiento inmortal que eleva el alma de los hombres y se persignó a la usanza cristiana. las verdades austeras del cristianismo con las poéticas leyendas de su patria. —No venimos a torturarte de nuevo –rió guturalmente la ciguapa Superstición– no somos tan pérfidas como nos suponen…. no aceptas el triunfo de otra raza sobre la nuestra… Eres denodado y resuelto y Luquo sabrá premiarte como mereces. En su cerebro infantil amalgamábanse perfectamente la realidad y la ficción. El monólogo se había demorado un breve instante para proseguir con más pujanza. esfuérzate en aprender lo bueno que te enseñan los naguacoquios: cultiva la tierra. que es más potente que las nuestras. esperando ver allí algún nuevo prodigio. Solamente podría ostentar aquellos ornamentos como vencedor. —Si pretendes alzarte hasta el turey atiende a la Divinidad. pero hablemos de ti: has triunfado en las tres pruebas decisivas y ya puedes marcharte en paz adonde los tuyos. y de aquel modo con gusto ofrendaría su vida… Pero… ¿merecería realmente tal gracia? ¿Acaso no eran todos los indios desinteresados y amantes de la libertad? Quizás era ésta una nueva celada. cuando irrumpieron en la eracra sus tres jueces fortuitos. que algún día ostentarás con orgullo. La frescura y virginidad de su alma habían desarmado a aquellas mujeres implacables. daba fácil salida a sus emociones. En tu alma no anida el rencor contra los opresores. que contienen la sabiduría del universo. Pensaba que al fin le habían abandonado sus exigentes guardianas y que podía marcharse libremente. pero se equivocaba. ni civilización siquiera… ¡Todo cuanto te pedimos es la libertad! Vivir nuestra existencia pacífica de antaño. En cambio. Las ciguapas desaparecieron en un remolino de aire. Desorbitados sus ojos en alucinación. admirando con curiosidad no exenta de veneración los extraños ídolos caídos a sus pies. porque estás exento de soberbia. pero antes debo concederte el premio que mereces por tu fervor y desinterés de patriota innato. contemplaba el techo abovedado. libre de sujeciones y tributos. Entre esquivo y emocionado el indiecito no acertaba a dar las gracias debidamente.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II todo su cuerpo. Las ciguapas habían desaparecido y el joven respiró aliviado. colocáronlas sobre una de las bateas y añadieron frutas y cazabe al ponerlas en sus manos. pero las ciguapas recogieron aquellas riquezas. —Ahora márchate a enfrentar la vida… Ya amanece y ningún mortal debe contemplarme a la luz del sol… Así habló la Oscuridad. Ya se alzaba. Para ti son esos preciosos ornamentos. Señor de los cielos. No pudo menos que arrodillarse y de sus labios brotó espontáneamente esta plegaria: —¡Ah. ¡No basta morar en las cumbres. aprende su idioma y estudia sus libros. henchida de fervor patriótico. la voz hasta entonces apagada adquiría la claridad de un clarín. es menester alzarse hasta Nonum por nuestros propios merecimientos! Los ojos del indiecito ostentaban un brillo acerado y su rostro tenía una expresión confusa. pregonaba la rebeldía de su corazón. y que sea luminosa tu senda! Tamayo escuchaba con un sentimiento indefinible de alivio y quedó como extático ante aquella asombrosa concesión. estremeciendo de nuevo el templo y algunos ídolos rodaron al suelo con estrépito. pero esta vez eran más blandas sus maneras. ni riquezas. mientras Tamayo con lágrimas en los ojos. escúchame y atiéndeme! Estamos exentos de ambiciones bastardas: no queremos oro. que es la fuente de todas las riquezas. tendidas al viento las 163 . emocionado. ¡Permite que cuando sea hombre yo pueda luchar por los míos… aunque en ello pierda la vida! ¡Queremos libertad o muerte! Su voz. pensó con cierta duda todavía.

sino un miserable candil de aceite de coco o una chorreosa vela de sebo criollo detrás de un velón de papel amarillento para alumbrar sus casas. como para cerciorarse de que nadie venía por las calles. moviéndose sus aguas al impulso de la brisa. El ambiente era fresco y convidaba al reposo. volvió y descubriendo el objeto. Allí estaba tal como la dejó. besó a éste y exclamó: —¡Pobre hijo mío! ¡Adiós! La sociedad te condena. y allí entregó lo que traía. que no pudiese tornar jamás a aquel refugio o paraíso vedado. había el bulto de una persona. Recordó al mismo tiempo el regalo de las ciguapas y advirtió la batea junto a sí. sintiéndose bastante desconcertado. que era un cesto donde había un niño recién nacido. Miró con delectación hacia el templo. el cual. Luego. Llegó a una casucha de la calle de la Universidad. Con los párpados entumecidos aún por el sueño.Crítica literaria. ¿Es que no estaba ya bajo los mameyes? Miró hacia arriba. pues el extraño e increíble episodio revestía el carácter de divinos augurios. Y el lago de Jaragua resplandecía al sol como una gema viviente. su rostro pareció transfigurarse. cargada con sus valiosos dones. Bandadas de aves revoloteaban mansamente en torno suyo. 164 . porque la tristeza había huido de su corazón. con precipitación. Sentóse bajo unos mameyes. para disfrutar de un suculento refrigerio.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS cabelleras e iluminadas sus frágiles siluetas por la luz imprecisa de la aurora. JOSÉ JOAQUÍN PÉREZ (1845-1900)* Las tres tumbas misteriosas La hendida campana de la Puerta del Conde daba las doce de una noche oscura. con los astillados remos echados a un lado. a cuyo tronco había amarrado su piragua. a una mujer y a un hombre. Tamayo trataba de analizar el prodigio. De pronto se abrió la puerta de un balconcete. Fue Ministro de Instrucción Pública. Le habían trasladado dormido de un sitio al otro. pero Dios te salvará. ¡Yo rogaré a él por ti! *Autor de Fantasías Indígenas . y de allí descendió algo sujeto a una cuerda. deteniéndose de vez en cuando. Poniéndose lenta y calmosamente en pie. Su primer pensamiento fue para la eracra sagrada. pensó entusiasmado. ¡Dios los proteja! Después de dar algunos pasos para salir. preguntándose cómo luciría a la luz brillante del sol. diciéndoles: —¡Ya lo saben ustedes! A las cuatro. que fue recibido ansiosamente por el misterioso personaje. confundida con la oscuridad impenetrable. no lejos de la eracra de oro. sintiendo que el sueño le vencía. teniendo cuidado de poner a buen recaudo su tesoro. Música más dulce no podía ser oída en parte alguna. casi en su totalidad. pero éste había desaparecido. tendióse satisfecho. se puso en movimiento. Sentía una certidumbre tan profunda de su aventura que no la podía desterrar del pensamiento. ensayando trinos armoniosos. Flor de Palma (novela) . Ejerció la profesión de Notario. En el ángulo único que forman los de la plazuela de San Juan de Dios. en marcha. y advirtió que le cobijaba la ceiba.Contornos y Relieves (poesías). como las de aquellos tiempos en que los medrosos habitantes de esta ciudad antigua no tenían. A despertar ya era pleno día y el cielo estaba inundado de luz.

mimándolo. Y ese alguien único que visitaba constantemente aquella casa y era el árbitro. con todos los muebles campestres necesarios y una amplia fresca hamaca de cajón para el niño. Dejemos que esas buenas almas de beatos sigan criando al fruto de los amores del padre José.  Nadie supo en casa de Margarita su estado. caritativo. el padre José puede estar seguro de que le cuidaremos mucho a su hijo como si fuese nuestro. varón preclaro y virtuoso. que vela por los inocentes. De aquí al pecado no hubo sino una ocasión propicia para consumarlo. y la vida de ambos cónyuges y de su única hija Margarita. Pero éste iba atizando su fuego en el alma candorosa de Margarita con los deseos naturales de amar a alguien. donde se hospedaron en un bohío nuevo y cómodo. eran las del esposo y de su mujer. Somos ya padres. doña Cándida Pedrozo. Ya sabemos. En la madrugada salieron en buenas cabalgaduras los esposos por la Puerta del Conde. ir a misa. que sólo la madre de Margarita. juez y confidente de todos. huyendo del contacto de los hombres como de cosa del diablo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II  Quien tal hizo y quien tal dijo era un sacerdote. —Juana –dijo el marido–. humilde. y con él los medios de vivir. Dios nos envía este hijo. y éste hubo de embarcarse para España. confesarse y comulgar a menudo. Familias de buena cepa. que aquel niño fue la encarnación de aquel amor llamado sacrílego por la Iglesia. de buen porte. pues. Carne envuelve el espíritu de cualquier santo. y joven. De manera. y aquélla es flaca y frágil y se ladea hacia donde se la llama con afán y se la avisa con repetidos contactos. recibió de su bija la confesión de su culpabilidad. se llamaba el padre José de la Calzada. voz meliflua. llevando al infante. El padre José se dejó llevar y cayó en las tentaciones dulcísimas de un amor sin límites. No debemos exigir que la seducción de unos ojos de fuego y de una boca modelada para el deleite se combata con ascéticas inclinaciones y prácticas. porque ella se valió de todos los medios que para tales casos inventa la necesidad de parecer honrada. que sorbió con avidez. bellísima y tierna adolescente. nos lo premiará algún día. maneras distinguidas y gran ascendiente. —Sí. a los siete meses del embarazo de ésta. sólo por hacer un bien al prójimo. Y ambos acostaron al niño en una humilde cama. Martín. mientras la mujer le ponía en los labios un chupón de leche de cabra. La casa de don Félix del Prado era una de las más respetables de esta ciudad en aquella época. nada hay como tener buen corazón para encontrar la felicidad. Los que recibieron el depósito eran unos infelices y honrados esposos. Sucedió que a los seis meses. Aquel hogar servía de templo a las virtudes y a la piedad. el Gobierno confió una comisión importante a don Félix del Prado. como cómplices inocentes del suceso que vamos a narrar con la mayor brevedad posible. con raíces nobiliares. Hicieron viaje rápido hasta Higüero. El Señor. 165 . se ocupaban sólo en rezar el rosario.

vino a Santiago de Cuba. Corrieron los tiempos y Felipe Belgrano. Recibió su título de Doctor y a los veinte y un años fue ordenado de sacerdote. la que daba el tono a la moda. Fueron a Santiago de Cuba. Dejó el padre José la mayor parte de su fortuna –que no era pequeña– a otro sacerdote. que pasaba por hijo de los esposos Belgrano. hombre recto. a quien él confesaba y administraba la comunión muy a menudo. tan humilde. En la Congregación de mujeres piadosas que él fundó. víctima de la tristeza que le causó el golpe terrible de la deshonra de su hija. Estuvo en la Habana y no hallando allí colocación. Muy estimado fue allí el padre Felipe. que ésta se celebró con inusitada pompa. A ésta. donde el obispo de aquella diócesis le nombró para el curato de la parroquia mayor. y a pesar de que ella no sentía inclinación hacia el galán. hubo la emigración de muchas familias a la América del Sur y a Cuba y Puerto Rico. poseedora de la pureza que había perdido. ocupaba ya posición distinguida. un teniente coronel español hizo esfuerzos inauditos para obtener la mano de Margarita. En esto murió el padre José y el duelo fue general. El padre Felipe Belgrano salió. El año 1801. tan en auge entonces en esta llamada Atenas del Nuevo Mundo y de la cual era profundo catedrático en ciencias teológicas el padre José de la Calzada. cuando ya de regreso de España don Félix del Prado. ilustrado y de buenas relaciones. arrió el cesto con el nietezuelo. se le hizo creer que su hijo había muerto. para justificar tan extraño acontecimiento ante su hijo. pero sólo iba éste con su hija Margarita. No sabemos cómo Margarita se dio sus trazas para que el teniente coronel Uribe la tuviese por mujer honesta. alcanzó alto puesto en la judicatura y Margarita llegó a ser la niña mimada de los salones. continuó el padre José visitando la casa como antes. Estos. Al fin. Lo que sí sabemos es que fue modelo de esposas y que aquel hombre la amaba con locura. que recibió el padre José. el hijo de Margarita. don Félix. que le preguntaba siempre la causa de esa preferencia. su padre insistió tanto en que se verificase la boda. Al cabo de algunos meses. quien tuvo encargo secreto de ponerla en manos de los esposos Belgrano. yendo a establecerse en la isla de Cuba. Llegó el año 1822 y la invasión haitiana hizo también emigrar mucha gente. 166 .COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Gente de tal copete no hace escándalo ni pone su honra en la boca del pueblo. llamadas “Hijas de San Vicente de Paul”. La familia de don Félix fue de las emigradas. Todo se arregló de manera que para no dar qué decir. le revelaron todas y cada una de las circunstancias de su nacimiento sin poder decirle el nombre de su verdadera madre. porque ninguno como él tan virtuoso. la belleza saliente y de más fortuna para atraer cerca de sí a una corte de adoradores. tan caritativo. Ni a su esposo reveló doña Cándida el secreto. figuraba como funcionaria principal doña Margarita del Prado de Uribe. porque el padre José tuvo buen cuidado de no comunicar esto a nadie. La madre fue la que en aquella noche oscura. aunque sin ver más a Margarita. como otros. debido a la cesión de la isla y a la entrada de Toussaint Louverture en la parte española. Aprendió en la Real y Pontificia Universidad. había muerto tres meses antes. porque su esposa.

Pocas personas lo presenciaron. los sollozos y los ayes. Y el secreto pavoroso quedó sellado con las lápidas misteriosas de tres tumbas en la necrópolis de Santiago de Cuba!1 JOSÉ MARÍA PICHARDO (Nino) (N. El proyectil rasguñó el robusto cuello de José. vacilante. Los comentarios diversos y contradictorios fueron el tema de todas las conversaciones durante mucho tiempo. De Pura Cepa: narración –1927–. para mí y para mi pobre Margarita!  Pasó todo aquello rápidamente. quedó muy enferma. ve que su esposa cae también exánime. y Tierra adentro. entre los estertores de la agonía —¡Perdón. porque ocurrió ya de madrugada. atravesándole por la espalda el corazón. El incidente sobrevino tan rápidamente que nadie pudo intervenir para evitarlo. mezclada de alegría y de pesar. –¿Tú hijo?… Y atónito. aterrado. Al oír el coronel Uribe. contempla aquel cuadro. con los ojos saliéndose de las órbitas. pálido. hace esfuerzos para levantarse y grita: —¿Qué has hecho? ¡Has matado a mi hijo!… —¿Tu hijo?… exclamó el coronel Uribe. se arrojó a los brazos de su madre. 1 167 . hiriéndose con furia. Rápidamente empuña su espada. novela –1917–. ante la imagen del Redentor. hiriéndolo mortalmente. Al mismo tiempo Paco Marmolejo arrojó las barajas al suelo y desenfundando su revólver le hizo un disparo a quema ropa. yendo a romper con grande estrépito varias botellas de ron en el aparador de la próxima cantina. abre con cautela la puerta y presencia aquel cuadro que creía de aterradora realidad para la ofensa de su honra. ante la revelación del secreto de su existencia. murmura. Autor de un v. Vuelve entonces la punta de la espada hacia su pecho. *José María Pichardo: Periodista. Vetilio Alfau Durán. De resultas del alumbramiento. y se la dispuso para la confesión y recibir los auxilios de buena cristiana. 1888)* El forastero José Paniagua se levantó de improviso de la mesa de juego musitando algo por cierto no muy agradable. y sólo unos cuantos jugadores Este cuento se consiguió por cortesía del Dr. y se avanza sobre el sacerdote. Sin pérdida de tiempo Paniagua le hizo fuego a su agresor. exclamando: —¡Muere! ¡Infame! ¡Traidor!… Doña Margarita. Opinaron los galenos que moriría. quien. Solos ambos en el amplio aposento. sobre cuyo rostro saltó la sangre del padre Felipe. Fue el padre Felipe a recibir la confesión general de la enferma. de cuentos: Pan de Flor. desde la pieza contigua. y un día estuvo grave.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Doña Margarita iba a tener el primer hijo de su matrimonio. lo perdió. Dios mío. derramando ambos copiosas lágrimas en medio de la más profunda emoción. hizo doña Margarita la relación de toda su vida pecadora al padre Felipe. cuando llegó el momento de dar a luz. y cayendo a los pies del ensangrentado lecho conyugal. y algo como el soplo de la locura pasa por su espíritu.

Nadie lo siguió. aunque no de oficio. Él jugaba. En los días de mercado. He matado a Paco en legítima defensa. El río Sonador.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS estaban cerca y ninguno de ellos se movió. todo un primor de juventud y belleza. Se ven mujeres vestidas con 168 . raspaduras. sogas y cuerdas fabricadas de pita. Después del trágico acontecimiento. —Ustedes vieron lo que ha ocurrido. buen bailador. Se nota en todas partes un ajetreo de colmena laboriosa. hombre belicoso. amante de las fiestas. José se dedicó a la compra de productos agrícolas. de malas leyes y de algún padrino influyente en la política. habichuela. Llegan constantemente recuas de animales de carga. a la falda de una alta loma poblada de pinos. sino por el placer de hacerlo. recados de montar. que eran. especialmente de maíz y habichuelas. José Paniagua se retiró con serenidad por la puerta del patio. maíz. El Carrizal. En el centro del poblado queda el mercado público. Y ya lo saben: a mí no se me puede ganar con barajas marcadas. valiéndose de artimañas. llevando una vida cómoda y tranquila. quien poseía el gran atractivo de tener una hija. Presenta un bello panorama. acuden de las secciones vecinas y de los parajes próximos innúmeros campesinos a vender los productos de sus afanosas labores: café en grano. galanteador y buen tipo. miel de abeja. El cuerpo del muerto fue cubierto con una sábana en el mismo lugar donde cayó. su debilidad más grande. Su personalidad dominante le había granjeado muchos amigos. proporcionándole medios honestos de subsistencia. nunca visitó la cárcel por más de un mes. y allí se instaló. encaminándose donde acostumbraba a dejar su caballo. jugador consuetudinario. en la remota sección de El Memizo. cansado de vivir escondido. ubicado en un pequeño valle. árganas. tardíamente. ni dijo una palabra. según él mismo decía. y muy pronto el negocio prosperó. distintas clases de frutas. macutos y serones hechos de hojas de palma cana tejidas. Las autoridades del lugar –el alcalde pedáneo y un agente de la policía– llegaron como siempre. sólo tiene una calle que la forman dos hileras de casuchas primitivas. prófugo de la justicia. en una extensa enramada con amplio patio. con encantadores paisajes bucólicos. porque la emoción del juego. de aguas claras y rumorosas. en la casa de la viuda Gonzalito. ofrece un aspecto pintoresco. una vez a la semana. había matado a tres hombres en el curso de su vida tempestuosa. y le colocaron cerca de la cabeza una vela encendida. amigos –dijo José guardando su revólver–. Poco después perdíase en las sombras de una callejuela vecina. Jinetes en potros briosos corren de un lado a otro. levantando el acta correspondiente. corre cerca entre bosques de pomarrosas y gigantes jabillos. En su vieja guarida de Los Mameyes no se le volvió a ver. quizá sobrecogidos por lo súbito de la trágica escena. lo sojuzgaban. espléndido. para el caso de que sean llamados a declarar. no en busca de ganancias pecuniarias. lo atraían. José se ocultó en los montes y luego se fue a otro lugar lejano. Como medida de precaución se alejó de las casas de juego. Un año más tarde el poblado de El Carrizal tuvo el honor de ser elegido por José Paniagua como sitio de su residencia. y. tabaco en rama. construidas de tablas de palmera y techadas de hojas de cana. José Paniagua. Recuerden los detalles de este desgraciado suceso. con sus alternativas y azares. arroz. El Carrizal se anima en los días de mercado. tenía gran prestigio entre las mujeres. Locuaz.

El batey. obligado a adoptar un nombre falso. se alza majestuosa más allá de la iglesia. Tiene un anexo donde se reúnen los moradores del lugar. Alicia ejercía en él una influencia irresistible. pues. La casa escuela. Ya no era el hombre que perdía los estribos a la primera provocación. que se usa como combustible. temeroso de que cualquier otro incidente o disputa revelara su identidad y se reanudara la persecución de la justicia por el suceso de Los Mameyes y tuviera que escurrir el bulto otra vez. con grandes extensiones de grama y un gran huerto donde se hacen experimentos agrícolas. es el lugar de comercio y atracción más importante de la localidad. Yo tuve que matar a un pícaro jugador de barajas en Los Mameyes. detrás de frondosos mangoteros. ocupa un gran espacio llano. Las casas de los trabajadores y empleados. Y él mismo se asombraba del espíritu de ahorro que lo dominaba. riñen gallos. sino en cuenta de cierto suceso desagradable que ocurrió hace algún tiempo. hechas de madera de pino y techadas de zinc. y el pregón de las apuestas. no es porque me guste. las exclamaciones ensordecedoras que lanzan los espectadores cada vez que un gallo pica o mata a su rival. Se levanta el templo en medio de un prado risueño. con una alta chimenea. suficientes para alojar con comodidad a la población escolar de El Carrizal y de las secciones cercanas. de ojos tentadores. —Yo soy una especie de abejón. En la gallera lo engañaron un día con un gallo untado. El acordeón y el tambor invitan a bailar el merengue cadencioso. con aulas espaciosas y ventiladas. a vivir tranquilo y con recato. y en un baile cuando le negaron una pareja ásperamente. Contribuye a la prosperidad de El Carrizal y la instalación de un moderno aserradero. y presiento que me estoy enamorando de ti. Transcurrieron monótonos y largos los días para José Paniagua. 169 . con jardín primoroso. situado a un kilómetro de distancia del poblado. y no quiso reivindicar su derecho contra el fraude. Alicia. desde que comenzó a dedicar sus pensamientos y sus atenciones a la hija de la viuda Gonzalito. Se ven montones de aserrín.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II sus mejores trajes. abundan las azucenas y lirios silvestres y gardenias. cuyas suaves fragancias se sienten desde lejos. donde crecen lozanos rosales. pero la idea de que era fugitivo de la ley lo perseguía. a ventilar asuntos y a concertar negocios. Abundan las mozas apuestas. Él no se había preocupado nunca por ningún peligro. llevando algunas pañuelos vistosos en la cabeza. y las más jóvenes lucen ramos de flores silvestres. alegres y bailadoras. y por eso estoy aquí. En la gallera. ni malgastaba el tiempo o el producto del trabajo. con su alto y elegante campanario desde el cual se domina toda la campiña. lo atormentaba. y resistir la tentación de enamorar a una mujer ajena. que se levanta en una altura donde termina la calle. se limitó a dar las gracias por la negativa truculenta en vez de armar la camorra acostumbrada por lo que él consideraba un insulto intolerable. forman contraste con las otras viviendas rústicas. gigantescos girasoles. –díjole un día a la muchacha–. con depósitos para la madera cortada y secada al aire libre. en ratos de ocio y a primanoche a jugar naipes y dominó. se escuchan desde lejos. La razón por la cual me encuentro en este lugar. Así. evitando las discusiones acaloradas y pendencias. moderna. El orgullo de El Carrizal es la pequeña y bella iglesia recién construida por contribución popular. con cantores que entonan coplas populares. La bodega del aserradero donde se pueden adquirir mercancías diversas. creo que lo mejor es que conozcas algo acerca de mi permanencia en El Carrizal. a beber ron y ginebra. El olor de los pinos aserrados impregna el ambiente. que se extiende en dos alas abiertas. Le había hecho modificar su manera de pensar y vivir. diminutas. que pudiera perdonar una ofensa.

Lo único que deseo saber es si todas esas cosas establecerán alguna diferencia entre nosotros. El extraño visitante era delgado y alto. Si todas fueron muertes en buena lid y no hubo asesinato. Tienes que creer mi palabra. recalcada con perversidad. Dime. José no la dejó continuar y tomándola entre sus brazos vigorosos. la besó en la boca.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Qué te obligó a matarlo? –le preguntó Alicia. —No hubo más remedio. que todas fueron peleas rectas. El porvenir se presenta claro para nosotros. Tengo parientes en el Este. Te juro. Soy una mujer honrada y eso basta. porque ella lo dice así y porque ella lo ha demostrado. No importa lo ocurrido tiempos atrás. 170 . irritó a Paniagua. pero sin desfundarlo. José le prometió no hablar más de un asunto que pertenecía a un pasado ya muerto y que no había razón para resucitarlo. pero erró la puntería. —Hablemos de otra cosa—. —¡Soy un tonto! –Se decía a sí mismo–. olvidado está. Alicia me ama. Las pocas veces que José descubrió algún celo irrazonable queriendo echar raíces en su corazón. Luego él habló a Alicia acerca de tan enojoso asunto. Se deslizaron varios meses y el forastero no se mencionó más. pero puedes tomarla como oro puro. No me creerán. No hice otra cosa sino defenderme. lo alejó. cuyo caballo tordillo muchas veces permanecía horas enteras amarrado ante la puerta de la casa de la viuda Gonzalito. diciéndole: –Eres mía y sólo mía. Besando a Alicia muchas veces y estrechándola entre sus brazos. —Porque mi nombre luce mal en mis libros. Alicia. ya eso pasó para nunca volver. Seré para ti la misma de siempre. si ella deseaba hacerlo”. y repetir el mismo alegato de defensa propia ya me parece una bagatela. y ella replicó: —Ya te dije que una vez hubo un hombre. ahora que sé que me quieres. He comprado doscientas tareas a los Escotos. En lo alto del cerro. puesta la mano en la cacha de su revólver. Un sábado por la tarde el jinete misterioso montó su caballo. ni en la casa de la viuda Gonzalito ni en la bodega. y dijo a los murmuradores: —¡Dejen eso y no lo mencionen otra vez! Quienquiera que lo repita le pesará. ¿eres libre para permitirme que te enamore? ¿Quieres casarte conmigo? —¡Libre como el viento! –Exclamó Alicia entre risas–. chiquita. porque son muy viejos. —Mi palabra no vale mucho. mirándolo fijamente en los ojos. Sólo que una vez hubo un hombre… Bueno. —Nosotros comenzamos un pliego limpio—. Él oyó una larga historia acerca de un forastero. propuso Alicia. Nunca disparé primero. le dijo José–. quien se puso de pie. —Ninguna –afirmó Alicia–. —¿Por qué no regresas allá y explicas eso? –sugirió Alicia. —Lo haremos –asintió Paniagua–. tiene que probar que me quieres. Era un guapo de oficio y disparó un segundo antes que yo lo hiciera. desde donde se divisa todo el poblado voy a construir una casa. eso no influirá adversamente en mí. con un luengo bigote rizado. Lo olvidado. trotando entre nubes de polvo por el camino real y desde entonces más nunca nadie lo había vuelto a ver… Y maliciosamente alguien sugirió que “quizá Alicia podía dar algún informe. bien parecido. Esta sugestión. y el día menos pensado pueden dejarme algo. Esa ha sido la tercera vez que me he visto obligado a despachar a un ladrón. Alicia. En la bodega José escuchó un día una conversación referente al hombre de quien Alicia le había hablado. En cuanto a matrimonio. y también te dije que todo estaba olvidado.

José llamó en voz alta. Es el forastero que vino en busca de Alicia. Entonces su mirada se detuvo en un pedazo de papel blanco clavado con un alfiler sobre el paño de la mesa del comedor. Repentinamente el forastero se detuvo y atrajo hacia él a Alicia. —Es Alicia que me espera–. y ella luchó con bríos por escapar. Uno de los brazos del hombre ceñía la cintura de Alicia. huyendo en dirección del aserradero. José se detuvo en medio del camino. José notó que el compañero de Alicia era todo un buenmozo. ocultándose en atisbo. Lo desprendió de un tirón. Decía: “Querido Pepe: Volveré tan pronto me sea posible. —¡Es él! –Exclamó José–. acercándose a la lámpara para leerlo. porque yo 171 . echando sangre por la boca. y su bigote luengo y rizado. en dirección de la pareja que se alejaba. Dentro de la casa reinaba el silencio. Él se detuvo para pedir un vaso de agua. En ese mismo instante el forastero dio media vuelta. retumbando en ecos prolongados por el valle y las lomas. y el corazón le dio un vuelco. ese es su potro tordillo. Salí a dar un paseo con un agente de la policía. Déjame recado para donde irás. y vete pronto. y entonces notó que un caballo estaba atado junto a la puerta principal de la casa. En su rostro se podían leer los efectos turbadores de la tragedia acaecida. Sólo se escuchaba el mecánico tic-tac del reloj de pared y se sentía el grato olor de la cena ya dispuesta. Nadie le respondió. lleno de confusión y temor. encaminándose hacia la casa de la viuda Gonzalito a buscar su montura. rehuyendo la boca ardorosa que se empeñaba en besarla. Lentamente José levantó la escopeta hasta que el cañón reposó sobre una rama próxima. dispersándose. dos figuras humanas aparecieron en el umbral de la puerta de la casa de la viuda Gonzalito. No hay duda. Alicia y su acompañante vacilaron un momento y luego se encaminaron hacia el sitio donde José acechaba. Un momento después José salió de su escondite. Mientras José permanecía como petrificado en el camino. hasta que logró desasirse de los tentáculos que la aprisionaban. Él ha venido a hacerte preso por el hombre aquel que mataste en Los Mameyes. Hablaban en voz baja. José tenía el dedo en el gatillo. Al doblar un recodo. Ya cerca de la casa. El crepúsculo comenzaba a purpurar las nubes sobre las lomas. Una era Alicia y la otra un hombre alto y delgado. vio de lejos la casa de a viuda Gonzalito. con risas ocasionales. Ambos reían alegremente. pero descubrí quien era y lo que buscaba. El ruido de un disparo de arma de fuego se repitió. apuntando bacia el hombre que acompañaba a Alicia. El caballo del forastero lo saludó con un relincho y él acarició su grupa al pasar.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Una cálida tarde del mes de agosto regresaba José por el camino real cansado de un largo día de trabajo infructuoso en una cacería. Paniagua se deslizó entre los matorrales cercanos. y una sonrisa de inefable ternura asomó a sus labios cuando se encendió en una de las ventanas de la casa una luz como un pálido luminar. caminando despacio. trató de mantener el equilibrio y cayó de bruces. Una columna de humo blanco y ligero fluía de la escopeta de José. La pareja pasó a veinte pasos de distancia del lugar donde José vigilaba. estrechándola en apretado abrazo. dijo José en voz alta y un íntimo regocijo lo invadió. El cañón de la escopeta de José describió un amplio círculo. Su boca estaba seca y su respiración era anhelante. Y cuando ellos se acercaron.

P. cargado de cruces como templario. La tierra queda asolada. Los bueyes desalojan de la tierra a los que nacieron en ella. los ojos penitentes fijos en la tierra. por su fundo también pasó otra manada. porque fue levantado por los abuelos. Destruyen los maizales. FREDY PRESTOL CASTILLO (N. flaco. Así. porque el tuyo está lejos”. Cuando llega frente a las cruces. ahí se detiene el negro que arrea y asusta la manada. hace tiempo. y hasta derriban los cacaotales cuando los acosan los mayorales y los caminos entre las plantaciones son muy estrechos. –”Llévate su caballo. los bueyes de una plantación extranjera sacaron a la vieja de su fundo. El cielo era impasible. en medio del estruendo. y los bueyes eran grandes “como las lomas”. propios del verano de San Juan.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS no puedo entretenerlo mucho tiempo”. con soles fuertes. el Leonardo la llevó a la Notaría. con las manos en el pecho. como se ponen los pericos *Fredy Prestol Castillo: Licenciado en Derecho. El “piñón” del Calvario que está frente al rancho. Un día vendió las tierras de la sobrina. mientras de lo alto lo castiga un sol fuerte y un cielo impasible lo mira con ojos de desprecio. Se arrastra de bohío en bohío implorando un pan. Se quita el sombrero de anchas alas y. Actúan hombres y bueyes. rezumaba un líquido rojo. Ahora sólo tiene la tierra del camino y un bordón rústico. como rostro de juez. Ha sido juez. más viejo que el hombre que habitaba en él. Es Leonardo el endemoniado. Las tierras las vendió su tío Leonardo. lenta. Pero ahora. el arbusto de piñón y las cruces caídas. cercas descuajadas como por obra de un terrible meteoro que asolara a tierras y hombres. los veían los ojos hundidos de la vieja. sola. El desalojo es una vorágine. desgarrado. Del fundo. Sólo quedan árboles aplastados y ranchos quemados. el que subió a la Cruz por los justos. porque en el Este. el viejo que se arrastra como rana y anda vestido de estameña. –Alicia. Después vendió las pocas de él. apenas quedan el calvario donde se evocó siempre el martirio de Cristo. en aquellas épocas los bueyes fungían de diligentes alguaciles. boardilla oliente a papel viejo y a posturas de murciélago. graduado en la Universidad de Santo Domingo. D. acaso por el hambre y las fiebres que tenía. 1913)* La cuenta del malo Marcelina perdió su fundo y su cacaotal y apenas sabe cómo fue. 172 . Ella está segura de que allí no habló nada. Autor de cuentos publicados en periódicos y revistas. de ese tamaño.  Un día. Después. como sangre. la tarde es melancólica. las calmas de la fiebre la llevan a desandar el tiempo y recuerda que un día. raíces arrancadas. Recuerda en la fiebre la casa del Notario. los campos de yuca. Decía Marcelina que era la sangre del Señor Jesús. sonar de látigos. Todo es grito. Quizás. dice estas palabras: —Perdóneme la Cruz de Mayo… esto es cosa de blancos… Entonces recuerda que es hijo de esa misma tierra. Lo pisotean todo y lo destruyen todo. Recuerda la Notaría.  Junio claro. Bueyes y mayorales siguen adelante como aguas descauzadas. casi niña.

ni sieteá… Al Leonardo le sale el Diablo por toas partes: en los conucos. No había seca. Pasó la fiebre. a la buena de Dios. al venir la noche. acaso. el Malo vino a buscar su novilla y la rabisa de añojos que le pertenecían. para pagá la deuda. Y cono siempre. a la vera del río… “Tuvo que vendelo to. Es castigo del Señor. En el rancho no hay ajuar. aunque cambie de dueño. su dueña. El pilón tumbado es el único asiento. con el cual el mocetón. Si tuviera palabra. A veces la vieja mira sus tierras perdidas. la historia del Leonardo. ni cuaresma macho pa el Leonardo. lenta como el arroyo del paraje. ahora son potreros inmensos. en las tardes. ¡Y he aquí que el Leonardo había vendío el ganao y enterrao las morocotas!… —Desde entonces el Malo le salía por toas partes. como las hormigas sobre un pastel enorme. desde los padres. ni verano. Acabó vacas y bestias y tierra y too… Y tuvo que poné las onzas donde se había comprometío con el Diablo. Su campo siempre verde y muchas cabras y bestias sueltas. No le quedó más que maldecir al Leonardo mientras huía a las reses que colmaban la sabana y que treparon los riscos y altozanos hasta la cúspide de las lomas. de siglo en siglo. el que le vendió sus tierras a ‘“los blancos”. Allí los toros son más amables que los capataces.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II cuando no hay maíz en los conucos. y entonces monologa: —Me las dio el Señor y me la quitan hombres… ¡Alabado sea Dios! El Leonardo anda como rana. las tres cruces y el arbolillo de “piñón” en todos los caminos del Seibo. Pero quiso también engañá al Malo y cuando venció la fecha del trato. Marcelina levantó su choza pajiza en el camino. cuando pasan las perdices. ¿Pero y qué? Ese mismo es el buen señor don Manuel ¡El señor don Manuel es bondadoso y ha bautizado a dos de sus hermanos! ¡No! ¡No pudo ser él! La fiebre lleva al delirio. y se las cobra… Y ahí anda cargao de cruces… “Nos vendió a toiticos y después vinién los bueyes a desalojarnos como a intrusos…  173 . Usaba leontina y chaleco y su cara semejaba un pájaro picudo. desde los abuelos. la vieja del fundo. Y otra vez repite: ¡No! No fue el señor don Manuel. El potrero parece una gigantesca hoja de lechuga tendida de loma a loma. Desde el camino la ven los ojos casi apagados de la vieja. No podía dormí. esta tierra aclamaría a Marcelina. donde hubo plantaciones de cacao. ni comé. “Lo malo es que todavía debe. Y se la cobra. Cada sábado el mocetón viene al rancho con unos cuartos redondos que le caben en el bolsillo menor. Pero hay algo más en el rancho: el “quijongo”. —Tenía el Leonardo tratos con el Malo. es como la yegua que relincha frente al amo que la crió. Recuerdo las gruesas venas que rodeaban su cuello de pájaro como jirones de soga pardusca. y allí se está en espera de su hijo que trabaja en la nueva finca. en las lomas. porque le faltan vacas en la cuenta del Malo. donde corre una sangre cansada.  La tierra. canta cantos melancólicos a la cruz y al Señor. ¡y Marcelina todavía pará!…  Una tarde me contó. a la entrada de los caminos. de largas zancas y caminar lento y grave. Y tenía la abundancia en su bojío.

 Cielo del Seybo. La visión es tétrica. lejos de todo y de todos. Luego. sin tiempo para beber en las regolas que cruzan el poblado. Aun el agua tenía que beberla a prisa. reza. como si fuera un robo. mascullando rezos inútiles. Escuché los saludos al pasar el río. Vive solo. 174 . lo que nadie quería de unos pucheros miserables. lejos de donde las mujeres lavan la mugre del fuerteazul. y uno como silencio de tribunales cuando el juez va a dictar sentencia. Todo cuanto hacía estaba mal y ni siquiera se le criticaba en un lenguaje que pudiera entender. En la finca próxima. comía. Volvía después de las comidas. La conseja afirma que la visión del Demonio le obsede sin cesar. abandonado al final de la inmensa sabana. Entonces. No sabiendo cómo corregirse se tiró a las calles. claro. 1915)* Floreo La casa era cada vez más hostil. Me parecía una Diosa miserable. nada: los desperdicios. en total. Muchas veces se internó en los roñosos guazabarales para buscar un poco de sombra o un camino que lo sacara de aquel *José Rijo: Es autor de cuentos no impresos en volumen. Hablando de la tragedia de Leonardo. Allí fenece lentamente. —Ahora vamo a Magarín a enterrá a Leonardo Catedrá… . El viejo loco. pero el hambre. sereno. entre atisbos y sobresaltos. ¡sólo el Señor! JOSÉ RIJO (N. Ese día yo iba en pos de mi ganado extraviado. A huir. De noche le cerraban la puerta y tenía que dormir a la intemperie porque si se colaba para descansar en algún rincón se le echaba a puntapiés y con palabras que debían tener un significado terrible. Su ánima apenas tiene reposo. Todo un jardín de cruces delante del rancho. las manadas inocentes de los crímenes de los hombres pacían tranquilamente los abundantes forrajes. abandonado por todos. sólo dijo estas palabras: —Es que Lucifer da la riqueza… pero la dicha. En la puerta del rancho estaba. cargado de cruces. o algo así como la buena bruja de la noche que ya emborronaba la sabana.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Por los caminos de La Candelaria. acaso inútilmente. Lejos de donde llenan las potizas y las alcarrazas de uso familiar. otra vez la calle. reza. a base de salazones y de azúcares. hasta de los muchachos barrigudos y enclenques que en la sequedad del paisaje jugaban con los caños a los ríos crecidos y a los barcos de vela naufragando. pues le robó su novilla…  Volví al fundo de Marcelina cuando retornaba con mis ganados. Amaneció en la sabana bañao de azufre y mordío de perros… Ahora le pagó su cuenta al Malo. Leonardo Catedrá. Las cruces son la obsesión de su locura. lo que sobraba. El rancho del endemoniado se columbra desde lejos. Suyo. la antigua tierra de Marcelina. Licenciado en Derecho. arrastra su mendicidad. graduado en la Universidad de Santo Domingo. los refajos sudados y los pañales de las paridas y los recién nacidos. y cruces en el patio. con libertad de posesión a medias. Una fila de hombres cabizbajos llamó mi atención. reza. raída y serena. siempre el hambre y un no explicado sentimiento le obligaban al regreso. sólo tenía el monte.

correspondió obediente. Ni los perros ni muchos hombres pueden advertir detrás de cuál placer está el doblar del destino. la frontera amalgamada de casuchas pajizas y edificios de presuntuosa jerarquía oficial. torció el cuello hacia los otros y todos a una se le abalanzaron. Se iba poniendo flaco. menos aquella en que cambió su vida. Cambió de dirección. se oían los tambores de una fiesta de luá. cualquiera le pega un tiro al primero que se acerque. y lo siguió hasta no supo dónde. luego sobrevino el sueño. Al reclamo. Y así los días y las noches. sin más verjas que el lindero del campo abierto a cielo y sol. hechas espuma y piedras de colores. Los ojos antes brillantes. le gruñeron con malsana intención. voces que hablaban aquel lenguaje odioso con que le echaban de la casa cuando quería dormir o robarse un bocado. tenaces. del hombre que le ofreció la cena inesperada. quizá más allá de la frontera. ni término posible. Rasando el suelo. Cuando despertó estaba tirado en un cuartucho miserable. Debía ser un maestro del gateo y el asalto. El edificio de la Fortaleza estaba cerca. que Floreo no supo si gruñir o menear el rabo. Así. Ya casi ni quería el regreso: era holgada la vida sin nada que guardar ni nadie que robara. borrosamente habría recordado cómo se le acercó aquel hombre. Lo llevó el amo para su compañía. No dependió de él la docilidad que lo embargó. insistentes. Lo supo una noche que un grupo de perros sucios y canijos. El tiempo lo adaptaba a este vivir distinto que miraba pasar desde la puerta de su señor ocupado en números y planos. por otro. un envoltorio de inevitable tentación. y el patio enorme en donde su presencia era el mejor guardián. Era carne. Detrás corría la jauría hambrienta ladrándole con furia. lo olió. y en el poblado los ladridos que anunciaban lascivas correrías de los perros bajo la luna sencilla y alta del cielo verdeazul que mira a Pedernales. pero un perro distinto. Tuvo miedo y huyó. Como siempre. corriendo con sus últimas fuerzas hasta dejar atrás el camino en donde nunca había encontrado ni techo. Floreo no pudo reaccionar al efecto del regalo apetitoso. De un lado estaba el mar sonoramente rugidor. por culpa de las miradas torvas que le negaban un mendrugo. Pero ya sabía que tendría que esperar mucho para salir de Pedernales. Sólo había un camino y lo había emprendido muchas veces para volver siempre cansado de no hallar ni casas ni personas ni término posible. La esbeltez de su raza se reabsorbía en la osamenta de su esqueleto casi desnudo. Lo demás no le importaba. y siguió corriendo. un tanto cariñoso.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II sitio. se adormilaban en la opacidad de las pupilas que nunca alumbran una sola alegría o la humedad del llanto. quizá en un campamento de cazadores o ladrones en la mitad del monte. Desde muy lejos había llegado a Pedernales. y los perros ociosos que odiaban su limpieza y su raza. Y se hizo un vagabundo del monte y los caminos. Su misma agilidad lo abandonó. luego. ni personas. 175 . pero la voz de un centinela voceó amenazante: —Otra vez esos malditos perros. Tanto sigilo hubo en su modo de acercarse. Después de todo. El colmillo de uno de esos canes con sarna y pelumbrosos lo había herido. Lejos. dejaron de seguir a una perrita renca y preñada para volverse contra él. a flor de piel. Ahí podría refugiarse. rompiéndose siempre en la amenidad de sus olas bravas que se amansaban luego. ¿qué? El no era más que un perro. Si lo hubiera tenido que referir. Por entonces su único pesar era la añoranza feliz de la casa lejana. uno se le acercó con el respeto humildoso de los perros realengos ante la gente que se baña y viste ropa limpia. dio una vuelta a su alrededor. y comió. Quizás todavía lo estaría pensando si no le hubiera puesto sobre el mismo hocico.

De haber sido un hombre habría llorado como lloran los hombres. Y lo dejaron libre por inútil. Al verlo manso la gente reanudó el comentario. Un paisaje sin cambio que se animó de pronto por un rumor extraño. sobre todo cuando el calor arreciaba. Después. escurriéndose allá y mordiendo aquí. Había presencia de chivos. —Sí. el paciente que va y que viene sin destino. Al marcharse sólo dejaron la cabeza del chivo. Cayendo la madrugada hubo un momento de humedad. ¿qué importa? Lo echaron hasta los matorrales. dando su aliento para que el cactus siguiera verdeando y las bayahondas cuajaran las yemas de sus flores moradas. Educado para saber guardar. Un día uno le gritó: —Zombí. Y no hubo necesidad de dispararle. desesperado. —Bueno. Mucho se prolongaron los días de enseñanza sin que Floreo supiera matar la presa mansa. Esquivando el testuz del animalejo. Y surgieron comentarios. Los perros y los hombres en la presa miraban la propiedad ajena. todo volvió a ser un horno cociendo piedras y tostando espinas. Meneó el rabo. —Quitémosle el chivo. Fue un bostezo de Dios. que los perros mondaron hasta dejarle la osamenta inútil aun para otro perro. Floreo lamió la yerba y la tierra hasta la última gota de coágulo. nunca aprendió a robar. Nada ni nadie a quién brindarle un poco de gratitud.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Fue al querer salir cuando comprendió que en su cuello había una soga. Y ahí estaba el borrego casi motón aún. luego. como en aquella noche en que todavía las piedras quemaban como el sol que ardió sin tregua durante todo el día. pero él era un perro… 176 . una dentellada al cuello. Y volvió a la casa que se le hizo hostil porque ya el amo de los planos y los números no estaba en Pedernales. el deseo de otro perro o de una mano amiga venía a su recuerdo como a los hombres llega la nostalgia del país natal no visto desde niño. Era un borrego de buena carne perseguido de cerca por una traílla de monteo y le cogió la delantera. el dolido. la misma que no le quitaban sino en las horas del nuevo entrenamiento. olor de hombres y perros. era el hombre de la cena. era poca el agua o difícil la caza. Floreo conocía esta vos y a este hombre. Desde ahí miró desollar el animal y tirarle las vísceras a la jauría hambrienta. logró desjarretarlo. ¡Cuánto hubiera agradecido que dijeran Floreo!. pero extraño a sus costumbres. —Un perro cimarrón. ni siquiera el derecho de manifestarle a alguien la cantada fidelidad en los seres de su raza. Zombí— y ése no era su nombre. Las orejas y el instinto oyeron. Era su hora de comer también y le espantaron de nuevo amenazándolo con piedras y con palos. le brilló la alegría. pero nada. Sólo eso quedó y el estiércol que regaron los perros al pelearse por las tripas y la panza repleta. A veces. —Mira. Era sencillo. ¿y qué? Espanta el perro y llevémonos el chivo. pero hay que matar el perro. Ya era en todas partes el intruso. Desde su cueva oía el rastrear de las iguanas y el seseo de las culebras mudándose a otros sitios en busca de aire o de rocío. Tenía hambre y sed. Eso y un rastro de sangre sobre la grama pobre. Para complacer al nuevo amo le habría bastado imitar los otros perros: descubrir el pasto de los rebaños y echarlos poco a poco a los lugares de apresamiento fácil. —Eso voy a hacer –dijo uno que tenía una escopeta terciada. Por eso era ahora un perro cimarrón bajo la ley del monte. ese perro es de alguno que anda monteando por aquí. lo mismo que la piel. Mordisqueó la cabeza y la dejó. Lo demás. Pronto estuvo el animal descuartizado y metido en un saco.

parte de alguna nube escapada del cielo antes azul y limpio. El no quería ser eso: siempre sería Floreo. dio un aullido distinto a todos sus aullidos y emprendió una carrera sin dirección entre los matorrales husmeando en el viento un nuevo Pedernales. Doctor en Derecho: Elementos de Derecho administrativo (1939). el perro de salón que comía helados. *Obras de M. No pudo más. frente al mostrador del ventorrillo. De entre saltos y embestidas. 177 . En el fondo del agua estaba él. Acompañado siempre de la mujer y no pocas veces de algunos vecinos de su calle. vuelto un perro cualquiera. también el bicho le negaba la comida y el agua y hubo de defenderse. El agua limpiaba todo rastro y la sed lo maneaba. y las culebras tentaban el ambiente con sus bífidas lenguas azuladas. sin más destino que las rondas nocturnas y un mendrugo tirado. contundente. del Senado y de la Academia de la Historia. ¿Quién como él para ver claro? Y lo cierto es que en ocasiones empleaba al platicar una lógica asombrosa. era un perro cualquiera. luego la harina de agua se tornó aguacero. La vida del mucaral. tomaba asiento en su silla rústica. Ya no era Floreo. cuando desde una cueva la sierra de una iguana le asaltó amenazante. Como la gente del viejo Pedernales. Fue Presidente de la República. su hambre. El calor seguía subiendo. digna de quien. Quería hartarse con los ojos cerrados en algún hoyo hasta oír su propio estómago desplazando los gases. astroso. Y apretando los músculos de su flácida carne. la de El Conde. De pronto comenzó a lloviznar. Troncoso de la Concha. Un chubasco de prisa. y al inclinarse a un pozo. hubiese calentado los bancos de la escuela. Tronquilis llevaba casi constantemente la palabra. Y se convenció de que debía seguir las huellas de aquellos hombres y esos perros. sencilla y alta.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Quizá lloró mientras gacha la cabeza. Eso era él… Un perro como todos. levantó alto el hocico. de J. zapotes. al revés de él. como algo que se da a disgusto. Luego vendría el sol. lo gritaba su sed. Harto como las bestias buscó otra vez el agua. La azulada barriga vuelta al cielo tiñó de sangre el marfil de Floreo. Negras nubes se arremolinaban y un viento de polvo y hojas secas volaba por el inhóspito paisaje. Ya. Se detuvo. El Brigadier Juan Sánchez Ramírez –ensayo histórico– (1944). piñas y otras frutas de esta zona. que mira a Pedernales. dormía en una perrera con abrigo y jugaba en las alfombras con los niños. rumores y gruñidos de fiera. ML. un perro cualquiera. Y seguía bajo el chaparrón tirado de limosna a la sequedad del mucaral y los cambrones. Anecdotario Dominicano (1942). sin lana. retrocedió espantado. De las cuevas salían las iguanas con las sierras dorsales listas a destrozar una presa para el día. después de la cena. Se lo decía el agua. DE JS. a la luz de una vela de sebo y aspirando un oloroso ambiente de guineos. Iba a beber para seguir el rastro. Pronto el sol evaporaría el agua. guayabas. Narraciones dominicanas (1946). desgarbado como los perros que corren tras las perritas rencas y pulgosas en las noches que platea la luna. Floreo caminaba arrastrando la lengua. TRONCOSO DE LA CONCHA (1878-1955)* Una decepción ¡Qué cosas las de Tronquilis! Era de oírle sobre todo cuando en la prima noche. su soledad. husmeó de nuevo tras el rastro de los hombres que se fueron. salió la iguana muerta. y se miró de nuevo temblando ante aquel perro que retrataba el pozo.

montecristeño. ¡Cómo que ya cada copita de Rosolio salía por un ojo de la cara y la caneca de ginebra se había subido hasta las nubes! Y a todas éstas. A falta de tales parroquianos ¿qué habría sido de Tronquilis? Nueve meses llevaba el asedio. Con la mujer ¿quién lo duda? el viento de bonanza que le había estado soplando arreció. 178 . del Sur y del Este los revolucionarios del 7 de julio contra Báez. el capitán “Apuntinodá”. Por varios años estuvieron la nata sobre la leche Tronquilis y su costilla. Martín “el brujo”. Un día el gobierno se equivocó ¡quién lo creyera! y para aumentar el numerario hizo llover sobre el país un diluvio de “papeletas”.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Era gallego. cogió hasta doce apuradas. más malo que coger lo ajeno y encabezador habitual de cencerradas. y otros tantos al servicio del gobierno sitiado. capitán de cívicos. a fuerza de economías. Tronquilis estaba descorazonado. abandonó la vida de célibe. Habríales augurado cualquiera. Porque es de saberse que a modo de irresistible alud. Ugenito Lantigua. bajó sensiblemente. Gracias que el “cuarto reservado” sostenía aún parte del negocio. que de dos subieron a cuatro las mesitas de frutas y hasta dieron las ganancias para establecer una regular venta de licores. Ya cuarentón. el “jefe” Hipólito. en cuarto reservado. Había venido a Santo Domingo en busca de fortuna y poco a poco. Pepito el Indio. seibano machetero. ¿Qué es eso? —¡Mujer! ¡mujer! ¡nos acabamos! Esto no puede aguantarse ya. para colmo de males. que no cumplía jamás sus amenazas. ¿Duraría esa situación toda la vida? Por otra parte. –exclamaba el pobre hombre. pero mucho menos los de afuera. con tres cicatrices enormes que le formaban una N en el rostro. y tanto. con lo cual no pocos se ahogaron y algunos quedaron con el agua al cuello. Tronquilis entre éstos. con más alma que cuerpo y dos hileras de dientes que parecían querer salirse de la boca. muchacha más buena que el pan y trabajadora como una abeja. coplero y soldado. por mal nombre “El Caimán”. el “cuarto reservado” se vaciaba. antes de alcanzar una caneca llena. el “vale” Toribio. las más grandes candeladas de San Juan. “Enemencio” Mártir. muchacho de la orilla. sin embargo. Por grados fue reduciéndose hasta limitarse a una mesa el ventorrillo y la botillería disminuyó considerablemente. que saltaba en su corcel. solicitado “maquiñón”. embaucador de campesinos y gran tocador de “cuatro”. para la vuelta de algún tiempo. de la “gente del gobierno”. insustituible diluidor de penas. lucidor de los colores del iris y dispuesto en damajuanitas de cuello delgado y ancho fondo. A libar en él iban con frecuencia Benito “el gambao”. sin que parecieran dispuestos a ceder los de adentro. El gallero y su mujer comenzaban a desaparecer. ¿Qué más sino persistir en el trabajo y economizar cuanto se pudiera?  Los tiempos cambian. Veces hubo en que Tronquilis. que allá en Santomé cortó de sendos tajos la cabeza a dos “mañeses”. “Toñico” Hernández. adonde los de la cofradía de saco acudían a saborear el dulce y picante Licor Rosolio. azuano. “Periquito” Caballero. “Gollito” Rodríguez. uniendo su suerte a la de una criolla. bravatero de continuo. una riqueza completa. A los diez meses llegaron al oído del desventurado negociante rumores de capitulación. sin sujetarse. el sitio. la confortadora ginebra holandesa Mañana Imperial o el bravo aguardiente Cañete. Entonces ocurrió algo nuevo: el número de los parroquianos. habían irrumpido del Norte. llegó a reunir unos realitos.

cuando el alegrón de Tronquilis compensaba con creces el gasto?  Algo extraordinario ocurre en la ciudad. oyó las cuitas de aquellos consortes. su falta de fe en los días cercanos. El matutino visitante. mientras Tronquilis. Después. cada vez más compacta. la esperanza sonrió en la casita de Tronquilis. En la del Arquillo y más aún en la de El Conde la animación es grande. Alguien. a manera de explorador del terreno. hablando. Despáchate pronto que… No puede terminar la frase. cuyos movimientos producen ondulaciones. y cerciorado ya de que sólo Tronquilis y su mujer habían de oírle. —Y dice usted que… —Lo que le digo: que son gente nueva y buena y que usted verá cómo del infierno vamos a la gloria con zapatos. Una avalancha de curiosos ha invadido la acera para abrir campo a un caballo que corcovea. luego que el otro desahogó su pecho. Asómase a la puerta la mujer. su desesperación inmensa. con cara de jugador afortunado. A poco el hombre se marchaba. unido a ello una gritería confusa. salió a la puerta. —Pero… ¿y eso se dilatará mucho tiempo? —¡Qué va! ahorita mismo. Antes bien ha querido él celebrar el fausto acontecimiento con su ropa dominguera y debido a tal circunstancia se halla todavía en el aposento cuando la avanzada revolucionaria está llegando al Rastrillo y en lo alto de El Conde suena un largo redoble de tambores. se dirigen incesantemente al extremo oeste de la población. va formándose una masa humana. “como un veintisiete”. mas ¿qué falta hacía. Al pie de la Puerta del Conde. —Ya sí se cuajó– murmura con visible gozo. viene de adentro para afuera. la Revolución. ya están acercándose. quién sabe si no pasa ni una semana. dirigió escrutadoras miradas al Oriente y al Poniente. empaquetado. cada vez más grande. Mucho les habló y algo muy bueno debió de ser. No había pagado la “mañana”. Tal al menos habría cualquiera leído en la cara placentera que ambos tenían mientras el visitante peroraba. —Ven Tronquilis –dice–. es gente nueva la que viene y con muchísimos cuartos. —¿Qué pasa? Es que va a entrar. —¿De suerte y modo –observó Tronquilis a su interlocutor cuando éste hacía un paréntesis para trasegar en el estómago “tres dedos” de ginebra– que pronto cambiarán las cosas? —Pues ya lo creo que sí –repuso el conspirador–.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Una mañana. un verdadero mar de cabezas. sin embargo. pareció reflexionar. Venía en forma de conspirador urbano. Tronquilis y su consorte no son ajenos al bullicio de la urbe. Inusitado movimiento se nota en sus calles principales. Cada vía transversal es uno a modo de tributario de donde afluyen sin interrupción grandes y chicos. Váse ella un tanto atemorizada hacia el interior de la casa. que acudió a “tomar la mañana” allí. gesticulando. levantando a su paso nubes de polvo. triunfante. Cuando le aseguro que ni en el paraíso vamos a estar mejor. en que todos hablan y casi nadie entiende. Filas desordenadas de hombres y muchachos por la acera y variados grupos por en medio de la calle. que vienen a aumentar aquella continua circulación de gente. a medida que la multitud avanza. 179 . dio rienda suelta a su palabra de revolucionario convencido.

dedicábase a los ramos de quincalla y loza. grita estentóreamente. Tronquilis! ¡memorias a la doña! Tronquilis no entiende aquello. a tiempo que ella también iba a hablar. que la vio. a impulsos de una conmoción interna. volvió al aposento de donde había momentos antes salido. De fortuna más que regular. Trepa en ella. color mulato oscuro. Para poner su resolución en práctica. Ahí viene una guerrilla de francotiradores. El almacén de sus negocios se hallaba situado en las proximidades de la Atarazana. Al ruido de sus pisadas. Para cerciorarse recoge la mirada. se apodera de su silla rústica. diríase. Tronquilis corresponde al saludo. Suenan enseguida en la avanzada otras voces. de aquel ruido que ya le molestaba. De improviso un jinete de la avanzada. en la capital de la antigua Española. a la vez que agita un pañuelo: —¡Adiós. díjole en tono amargo y moviendo tristemente la cabeza: —¡Ay mujer. Sus ojos no le engañan.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Intenta salir a la calle. “Ugenito” Lantigua… Su mente se pierde en un mar de confusiones. siendo muy joven. Después. A su frente marcha un hombre. huyendo. ¿Dónde está la “gente nueva”? No vio más. La apretada hilera de espectadores se lo impide. si se le comparaba con la generalidad de las de aquellos tiempos. Pasó la avanzada. Luego profiere entre dientes: —Periquito es. Natural de Cataluña. Es el jefe Hipólito. Me costará ver desde aquí. Primer premio en los juegos florales del 27 de febrero de 1909. mujer! ¡Son los mesmos!…1 El proceso de Santín Don Bernardo Santín era uno de los comerciantes de mayor arraigo de la vieja ciudad de Santo Domingo. vaciló primero en hacerla partícipe de su negra pena. había venido a radicarse. Tronquilis! ¡Tronquilis. el capitán Apuntinodá gesticula. la mujer fue a su encuentro. Forcejea para abrirse paso. No quiso ver más. que tiene al alcance de la mano. Bajó de la silla entontecido con el desencanto pintado en el rostro y casi maquinalmente. de grave continente. el vale Toribio. 1 180 . Cerca de él. —¡Abur. adiós! Entre confuso y afectuoso. Con toda seguridad. no hay fresco de que esta gente me deje el camino franco. —Pues señor. Nada. Tronquilis! —¡Viva el paisano! —¡Hasta luego. Desmorónase súbitamente. Por encima de la general vocinglería se le oye gritar: —¡Ya si se acabó el mamey! ¡Ahora van a saber lo que es cajeta! En el ánimo de Tronquilis ha prendido la más cruel de las desilusiones. Juraría que aquel hombre es “Periquito” Caballero. el castillo de sus ensueños. con un pie en el estribo y el otro al aire. Gollito Rodríguez. echando medio cuerpo afuera. Tronquilis. quienes le van saludando son Martín “el brujo”.

SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Creyente sincero. compuesta de su mujer y varios hijos. Todo quincalla y loza. —Tenemos denuncia de un sacrilegio –dijo el oidor– y venimos a inquirirlo. Esta vez. Después dos más: un oidor y un amanuense de la Audiencia. cumplidor de sus obligaciones como cristiano católico militante. Don Bernardo no contestó. ¿Dónde se halla el último cargamento que usted recibió? 181 . No habló. varios toques dados a la puerta de entrada de la casa de Santín despertaron a cuantos dormían dentro. una noche. El primero en incorporarse fue Santín. ni de su lealtad a la persona de su príncipe. Luego de implorar mentalmente el auxilio del cielo. amante de las glorias de su rey. sin embargo. que allá vá! Apenas había abierto. recogió la palmatoria del suelo. lugar de residencia de varias de las más linajudas personas de la ciudad. Transcurridos varios días. hizo luz y fue hacia la puerta. Procedía de Portugal. penetraron dos hombres: dos alguaciles. La mujer de Santín. Vivía con su familia. —¡La Santa Inquisición! Estas palabras llegaron a sus oídos con sonido lúgubre. advirtió: —¡Cuidado con la puerta. buscando a tientas. Casi no había occasion de la arribada de un barco en que don Bernardo no recibiese algún cargamento destinado a mantener en estado floreciente una de las líneas de su comercio. se alargaron para tomar de una mesita próxima la palmatoria. poco después de la media. No pudiendo sostenerla. con voz entrecortada por la impression que había producido en su ánimo aquella intempestiva llamada. abra seguido. Minutos después resonaron los mismos toques. Sus manos frías por el terror que se apoderó de él. mediante un ligero examen del contenido de los bultos. exclamó: —¿Sacrilegio? ¿Quién? ¡Imposible! —Ya lo veremos. que lo había oído todo. Faltábale aliento. cerca de la iglesia de Santa Bárbara. Las mercancías dirigidas a Santín fueron llevadas al almacén. pero que no había podido articular palabra. la palmatoria cayó al suelo. Gran parte de la carga venía destinada a don Bernardo. A la intranquilidad de los primeros momentos. inquirió: —¿Quién va? —En nombre del rey. nunca había dado motivos para dudar de su fidelidad a la Iglesia. mientras con la diestra levantaba la aldaba. exclamó entonces: —¡La Virgen de las Mercedes nos valga! Escucháronse de nuevo las voces: —¡Abrid sin tardanza! ¡Paso a la Santa Inquisición! Un tanto repuesto de la primera impresión. en una casa de la calle del Caño. a causa del temblor que agitaba ya todo su cuerpo. —¿Quién… dice?… –balbuceó. En una de esas llegó al Puerto del Ozama un bujel de matrícula española. don Bernardo Santín. exacto siempre en el pago de los tributos con que contribuía a las cargas del gobierno de la colonia. Sosteniendo la palmatoria en la siniestra. sucedió el miedo. principalmente esto último.

Don Bernardo Santín. Desenvuélvalos. La voz popular afirmó que todo había quedado reducido al esclarecimiento de una trama formada por rivales de Santín. contra don Bernardo Santín no se fulminó sentencia. Estuvo encerrado unos días en la Torre del Homenaje.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —En mi almacén. Al menos. Nunca se supo si se llegó a poner algo en claro. se le excarceló. dirigiendo alternativas miradas a los sacrílegos objetos y al magistrado. sin embargo. no había percibido. alumbrados por la palmatoria que llevó Santín y un candil que allí había. llevando a Santín delante. —Abra éste. buscando maquinalmente apoyo como para no caer. —Acabe de vestirse y traiga sus llaves. El alguacil tomó de una bolsa de cuero que había llevado consigo dos o tres herramientas y ejecutó la orden. A poco. decía al mismo tiempo: —¿Qué es esto. desfallecido. Se usó bastante papel. —Saque los orinales que están ahí. Dios mío. Tampoco se le descargó. sin remisión posible. Vamos allá. —¿Cómo justifica usted esto? –exclamó en tono grave el inquisidor. por las lóbregas calles que conducían a la Atarazana. pero por orden de la Real Audiencia. no sé… Dio varios pasos con la cabeza cogida entrambas manos. horriblemente empalidecido. Parece. cuya pregunta. los agentes del rey. —¿Está completo? —Tiene que estarlo. Oyéronse testigos. en realidad. que el proceso fue sobreseído. Lo que a la escasa luz de la palmatoria y el candil apareció ante la mirada atónita de los circunstantes fue algo que los ojos de don Bernardo Santín no habrían querido ver jamás: el fondo de algunos orinales mostraba en colores una imagen del Corazón de Jesús y otros la del Corazón de María. Se dijo que el siniestro plan había sido concebido y ejecutado por safardíes establecidos en Portugal. ¡Conteste! Don Bernardo lo miró con ojos extraviados. Luego de examinarlos detúvose en uno y en seguida examinó igualmente el exterior de los bultos que conteían los objetos recién depositados en el almacén. Con la seguridad de quien sabe lo que hace le ordenó a uno de los alguaciles. Ya adentro. relacionados indirectamente con mercaderes de Santo Domingo cuya identidad no se logró establecer y que la misma nave que trajo las mercaderías destinadas a la proyectada víctima fue portadora de un 182 . se encaminaron al almacén de éste. qué es esto? ¡Qué profanación! ¡Esto merece un castigo muy grande! —¿Cómo justifica usted la posesión de esas cosas sacrílegas? –volvió a hablar el inquisidor. dobló el cuerpo sobre un aparador.  Se principió a sustanciar la sumaria. apoyándose en los codos. tomando del brazo a Santín. y rompió a llorar como un niño. el oidor extrajo de sus bolsillos varios papeles. respondió: —No sé. en quienes había hincado su envenenado diente el áspid de la envidia y los cuales habían querido perderlo. actuando como Tribunal del Santo Oficio. Esta vez.

el último como debía corresponder a mi humildad. *Nota: Los cuentos de Vega Batlle no se han publicado en volumen. Y comprendí que estaba cerca de una locomotora. Y comprendí que había llegado demasiado temprano. en realidad. los vi subir al carro de pasajeros. pero sólo íbamos seis: un matrimonio joven. me di con que frente a mí estaba la locomotora. ¿Hacía. de pie y silenciosas. Sí. cuando un afilado estilete perforó mi cabeza. mientras tanto. de que todos llevaban maletas. que venía hecho cosa tangible. Era grande. milenios que ya todos habíamos hecho el favor de subir? Yo continuaba asomado al ventanillo. así era. sino más bien de un sentimiento. me puse a mirar a la mañana. iba a continuar tan mayúsculas filosofías. 1899)* El tren no expreso Yo experimentaba la sensación de que la mañana olía a alcoba de enfermo y que estaba invadida por esa inexplicable tristeza que no tiene causa. Sí. Hasta podría decirse que olía a desinfectante. pero sostenida por hondos presentimientos. 183 . me miraban varias personas desconocidas. solo. comprobado a priori. pero que sabe que le ha de matar. Comprendí que eran viajeros. Nos sentamos. como para treinta pasajeros. estaba en Moca. No había errado en mis cálculos. a ese desinfectante que echan en los cuartos de los enfermos y que flota en el aire como si fuera un cartelón: –¡Peligro de contagio!– y que el enfermo finge no sentir. JULIO A. Sí. mirando a la mañana. Lo cierto es que el asunto no volvió a tratarse más y don Bernardo Santín no sufrió ninguna nueva molestia. Tal vez hubo algún empeño de parte del humo para entrar en mis ojos. Cuando regresé de la anterior reconcentración. completamente solo? Bastóme otro ligero esfuerzo mental: yo esperaba que llegara la hora de la partida. iba para Santos. etc. A poco subí yo. En efecto. que ahora se había vestido con el humo blanco del silbato. Entonces se oyó una voz que dijo: –Los pasajeros que hagan el favor de subir. ¿qué hacía yo en aquel andén. Pero. de un sentimiento de calor y ruido. recapacité un tanto. y así pude reconstruir los últimos acontecimientos. embajador del país en el extranjero. igual que yo. hecha de incertidumbres. en el cual se le denunciaba las marcas de los bultos que los contenían. de oído a oído: era el silbato del tren que mataba mis ideas para indicarme que había llegado la hora de no esperar más. y a mi lado. porque tengo la convicción de que dejé de mirar a la mañana. abstraído. VEGA BATLLE (N. y me llevó a tal acierto el hecho. Él ha sido Rector de la Universidad de Santo Domingo. Inspeccioné el carro. Hice un ligero esfuerzo de reconcentración sobre mí mismo. Yo había llegado de Santiago.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II escrito anónimo dirigido al Santo Oficio. Era el presentimiento de que estaba cerca de algo insólito. que latía en el ambiente. acaso. y debía hacer el viaje en ferrocarril. A poco me di cuenta de que. Nadie se movió en el andén. no se trataba de un presentimiento. tenía el aspecto de cuarto de enfermo. Desde la ventanilla.

Y se detuvo en seco. de arriba hacia abajo. y cuando comprendí que me era imposible. una señora carente de detalles y yo. largos pero vacíos. El convoy se componía de la locomotora. hasta agarrotarme la garganta. tranquilos. ¡Pobrecillo! No sabía él las terribles pruebas que el destino le reservaba… Me avergüenza contar cuál fue mi actitud. Hacía muchos. esperar… pitar. el carro fue tomando un movimiento ondulatorio y desarticulado. el carro de pasajeros. a la próxima solamente. negra. aguda y femenina. por el ventanillo. a través de la ventana. era notorio que nunca pudo salir de Santana ni llegar a Santiago. que ella disimuló rápidamente. pero sólo un vago gemido salió de su boca: un pequeño gemido. y en cada una de ellas el tren debía hacer una parada. Se había atado fuertemente al pasamanos del sillón. daba la impresión de que sufría un gravísimo complejo de inferioridad: entonces comprendí que ella. pero siempre adelante hasta llegar a la próxima estación. muchos años que rendía servicio. Una parada. pudo transmitir a la mañana ese ambiente de pesadumbre que llevaba dentro. apenas un poco. distantes setenta y cuatro millas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS con una niña de brazos que siempre chupaba objetos. Su servicio se limitaba a ir y venir de Moca a Santos. como de tienda de juguetería. y. ¡Horror! Allí estaba la mañana. Sí: un leve resoplido salió de lo hondo de la locomotora: un pitido largo. esperar de nuevo el transcurso del tiempo: ese tiempo que siempre está atrasado. Escupí. la marcha definitiva hacia Santos. décadas. y sus olores. Todos… ¡ay!… menos el oficial de policía. Un abundantísimo rubor debía cubrir mi rostro. pero debo hacerlo. pequeña. gruesos. otros diez de avance. En ese pequeño trayecto había diez y nueve diminutas estaciones. que se me fueron cuerpo adentro. Después. me puse a mirar hacia afuera. después. porque nunca arribaba a la última… Algo me indicó que el tren se estaba poniendo en marcha. hondos. con la bravura del enfermo que se siente perturbado en su anhelada y nunca satisfecha soledad. yo vi su sangre. y sólo ella. fija en mí. 184 . el chirriar de todo el convoy. luego pitar. ¡Hombre precavido aquél! ¿Habrá ascendido en los grados de su cuerpo de seguridad pública?… Nos levantamos. como llena de precoz desaliento del que se sabe inútil. Observé que avanzaba diez metros. pitar. luego desanduvo quince. Parece que el choque había hecho caer el cristal del ventanillo. Después. y decir. nunca a la última. adulterados por el tiempo y su riente water-closet. ilesos. vale decir: detenerse. un oficial de policía. poco a poco. seguir adelante un poco. acordes. casi microscópico. con sus sillones pareados. Tan pronto comprendí que estaba de bruces en el suelo. calculé lo incorrecto de mi posición y tomé en levantarme. Sin embargo. dos estaciones intermedias entre Santana y Santiago. Todos los pasajeros caímos al suelo. aunque llenos de profunda vergüenza. Puedo asegurar que la señora sin detalles recibió una pequeña herida en el temporal izquierdo. con ese fuerte empeño de atrasarse que tiene el tiempo en todas las estaciones de ferrocarril. Tantos. por fin. treinta de retroceso y. Los primeros pasos fueron leves. en lugar de años. más tarde. por último. por ejemplo. Quise sonreír. quiso reír. diez y ocho vagones para la carga. Su nombre oficial era Ferrocarril de Santana a Santiago. la meta del viaje. solamente. a los cinco minutos de marcha. El esposo que fue el primero en reponerse. que podía echarse el lujo de hacer juegos de palabras. Su aspecto era enfermizo. como de viejo detective. una campanada. ya aquel raro movimiento había alcanzado las proporciones de un trote fuerte como de mula embravecida.

todos vinimos al suelo. y decidí aceptar este puesto de maquinista. ahora con una ligera variante: cuando. Conversamos. mi mente es incapaz de reconstruir la magnitud de mi asombro. ¿Y usted? —Soy el conductor–maquinista. por delante. Por fin abrió los ojos y musitó: —¿Pasajero? —Sí. y fui a sentarme en un banco del solitario andencillo. mientras el tren marcha. 185 . Y sentí por él un gran cariño. Hoy. Habíamos llegado a la primera estación. el de pasajeros. Luego nos dijimos cosas íntimas. Hace algunos meses clausuraron el plantel. acosado por una fuerte y persistente manía persecutoria. En dos días aprendí. sigue unido al convoy. En la punta de cada pelo bailaba. ¿Ve usted esta casi imperceptible torcedura que llevo en el cuello? Es algo terrible que me arrastrará a la tumba. El viaje se reanudó. para evitar choques con las vacas y otros animales que siempre la obstruyen. que ahora parecía un monumento. arremolinada. —Soy padre de familia y tengo cincuenta años. pleno de un viejo y profundo cansancio. los ojos desorbitados. Hubo maquinista que se vino a percatar de ello al llegar a Santos. pero sé que sabrá guardarlo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II porque vi aquella pequeña y decente secreción de mis glándulas salivales rodar. avergonzada. —Con más frecuencia de la que usted pueda imaginar. Si es cierto que hubo uno que estableció un récord de once meses. también es cierto que otro apenas duró ochenta días. Mas él apoyándose de nuevo en el respaldo del banco. una respetuosa admiración. casi a mi oído: —Me es usted simpático y voy a hacerle una confidencia. Media hora de inútil espera… y vuelta a la consabida escena. Al sentirme. señor. Le miré. hasta perderse en el doble tabique del vagón. rugir como una fiera acosada. necesito imprimirle a mi cabeza un movimiento semigiratorio. —Pero… ¿tenía usted prácticas anteriores? —No. que ya aparecía más adulta. Su causa obedece a que. díme con la señora sin detalles. al incorporarnos por tercera vez levanté la cabeza. cristal abajo. Después de una pausa. por falta de alumnos. de modo que pueda ir mirando la vía. como que quiso despertar. los brazos al cielo. la gota de carbón escapada de la túnica del humo de la chimenea. y como es lógico. después de diez y siete horas de viaje. y… ya ve usted: no vamos tan mal. Había perdido la razón. Toda mi vida fui maestro de escuela. Contemplé de nuevo a la mañana. Un pitido violento. Entonces comprendí que mi alma lloraba. de pies ya. junto a un señor que parecía dormir. Y no es para menos. a no ser porque oí cinco sonrisas a mi alrededor… Cinco sonrisas que patinaban por toda mi epidermis. al cabo de los cuales tuvo que ser recluido en una casa de salud. Tenía un copioso bigote de mandarín. me dijo: —¿Qué importa una hora más o menos? Nadie lleva prisa. Era flaco y pequeñito. lentamente. arrobado. levantarse las ropas hasta más arriba del vientre. agregó. Saqué el reloj y le advertí la marcha del tiempo. Ninguna importancia hubiera tenido aquel fracaso. dar un salto trascendental y lanzarse por la ventanilla. —Pero… ¿suele desprenderse? –inquirí atónito. y al mismo tiempo ir viendo hacia atrás. Esta vez me di cuenta de que llevábamos mayor velocidad y más acopio de ruidos inéditos. Bajé. Es un secreto de oficio. Oiga: Las estadísticas de la empresa demuestran que la resistencia física y moral del maquinista apenas alcanza para un año de servicio. para llevar la certeza de que el último carro. seguido de otra brusca parada. La miseria amenazaba a mi familia.

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Luego, según puede hoy colegir mi vacilante memoria, el tren siguió haciendo breves recorridos interrumpidos por luengas paradas. En una de ellas, la más larga, bajé de nuevo al andén. Ya la mañana no estaba allí. Se había quedado atrás. Debí presumir que caminábamos a gran velocidad. Tal vez… En cambio, había llegado la tarde, sana de cuerpo, como una rapaza de la montaña, llenos los vellos de sus piernas con los cadillos y las zarzas de estrellas y de las nebulosas que eran como un presagio de la noche que venía para poner a la tarde bajo el embozo de la sombra. La noche, sí, con los botones de las estrellas en los ojales de las nebulosas… Al cabo de centurias de minutos, me lancé a preguntar a mi amigo la causa de espera tan larga. Le encontré bajo un árbol, en el límite del bosque. Lloraba. Preguntéle la causa de su pena: —Señor –díjome–, se ha agotado el carbón. El tren no puede caminar. Vinieron lágrimas a mis ojos. Las columbraba, entre los hilos de mis pestañas, saltar, como pequeñas olas de un mar disperso. Cuando pude hablar le dije: —¿Y no es posible idearse algo para que camine? Si lo empujáramos… no cree usted –me aventuré a insinuar. —Imposible. Pesa demasiado. Entonces fue cuando sentí, en la obscuridad de mi cerebro, como que encendían el fósforo del genio, que sólo una vez es genio, y grité: —¿Y si desarmamos uno de los furgones de carga y lo utilizamos como combustible? Sentí el garfio del nervio que no tiene control en el entusiasmo súbito: eran las manos de mi amigo el maquinista que estrechaban las manos de su amigo el viajero. ¡Pobre alma buena! Le vi correr hacia la víctima… hacia la víctima, que era el carro número catorce… El tren caminó. Ya habían traído el paraguas de negro terciopelo de la noche. Eran las nueve. Entonces pude observar un cintillo negro en el brazo izquierdo del joven esposo. ¿Era, por ventura, un jirón de la noche? A mi pregunta respondió: —Es por la niña. La enterramos en la estación anterior. Fue en ese mismo momento cuando observé lleno de pavor, que el carro se deslizaba como en el aire; que luego le entraba un extraño melindre afectado, cual si le hubieran dado un pinchazo: eran las espuelas de la Muere que se clavaban en los ijares del convoy… Me percaté de que íbamos en vilo, por los elementos. Percibí un cambio radicalísimo en los ruidos. Luego un silencio atroz, que duró un instante. En mi cabeza entró el vacío… y perdí el conocimiento. Cuando volví a la razón, estaba en Santos, la dulce y bella pequeña villa, en la honda axila de la bahía… Allí lo supe todo. Yo era el único superviviente. El tren había llegado a Santos sin locomotora ni maquinista. La empresa explicó el hecho diciendo que ambos se fueron por un puente, desapareciendo en el fango, y que el resto del convoy, por impulso y desnivel, siguió corriendo hasta llegar a Santos. El pueblo, sin embargo, tuvo distintas maneras de interpretar aquello… Mas yo creo, francamente, que la máquina abandonó el carril y se fue por la jungla, desesperada, llena de remordimientos, plena de pensamientos suicidas, por la antropofagia cometida con el vagón de carga, que engulló en su vientre de llamas. Tal vez podría
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vérsela, corriendo, desaforada y sin rumbo, por bosques y montañas, en noches óquedas y tempestuosas, como un terrible fantasma de hierro y fuego, violador de mañanas enfermizas.

OTILIO VIGIL DÍAZ (N. 1880)*

Cándido Espuela
A Elías Brache hijo

En el plácido y pintoresco pueblecito de Jarabacoa –un nido en el corazón de la montaña– Cándido Espuela era el hombre polivalente. Político de fuste, secretario de todas las secretarías, maestro de escuela, agricultor, orador, curandero, boticario, negociante, corresponsal del Listín Diario, literato, hacedor de charadas, maquiñón, prestidigitador y gallero. Todos estos ejercicios eran circunstanciales y transitorios, y los cambiaba dado su temperamento inquieto, aventurero y guerrero, por las armas, que eran su delirio, su vocación permanente, básica, definitiva; por las armas reivindicadoras y vindicadoras, como decía él, seguido que estrellaba el primer cojetazo en uno de los cuatro puntos cardinales de la convulsiva República. No se habían cicatrizado aún las heridas profundas que habían hecho en el crédito político, económico y social, en el mismo corazón de la república, la llamada “Revolución de la Unión”, ese amasijo de felonías y fechorías, de ambiciones y de crímenes, en la que tomó parte activa, activísima y decisiva, el malicioso Cándido Espuela, cuando la llamada Revolución de la “Desunión”, la más cruenta y salvaje de todas las habidas, prendió de nuevo la tea de la guerra civil, cuyas llamas iluminaron, trágicamente, a esta tierra nuestra, la más dulce, la más bella, la más fecunda y desgraciada del mundo. Una de esas mañanas alegres, del precioso y canoro valle de La Vega Real –recargado siempre de perfumes bucólicos– se sintió, de súbito, un tá, tá, tí, tá, un toque de corneta de los lados de la Cigua, por donde un sobrino del polivalente Cándido Espuela, polivalente y bélico, llamado Turín, un muchacho medio civilizado, honrado y trabajador, ajeno por completo a ventajas y canallerías de la malvada política criolla, que tenía una pulpería buenaza, hecha de hombre a hombre, con honradez, con el sudor de su frente, que es como aconsejó Dios que se haga el dinero, para que no envenene el alma, el pensamiento, la vida y la muerte… —Esa tropa –murmuró el joven y honrado comerciante–, segurito que es de tío Cachito, como le decía él cariñosamente, y como si le hubieran tocado un botón eléctrico, saltó hacia la parte afuera del mostrador, en mangas de camisa. Apenas habían desfilado, de uno en fondo, frente al bien surtido establecimiento de Turín, los veinte o treinta infelices campesinos, jocundos y chachareros, regalando saludos y adioses, de boca, de manos y de sombreros, cuando irrumpió en la amplia enramada anexa a la pulpería, el Jefe de la Columna, que venía a lomo de Cañonga, su mula baya, cañas negras, su ñoña, como decía él, que estaba para ese entonces que se le podía jugar dados en las nalgas, redonditas y lustrosas.
*O. Vigil Díaz, autor de Góndolas (1912); Miserere Patricio (1915); Galeras de Pafos (1921); Del Sena al Ozama (1922); Orégano (1940); Lilís y Alejandrito (1956), y artículos y juicios críticos (fatamorgana) dispersos en diarios y revistas.

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Cándido Espuela venía armado hasta los dientes. Traía un sable de espejitos, un revólver nuvesiningo, cacha de nácar, con dos correas llenas de cápsulas preciosas. Un puñal pata e venao y un brogocito sobre las ingles. En el sombrero, con el ala levantada alante a lo mambí cubano, que le dejaba al descubierto la cara blanca, pero fuertemente tostada por el sol, un lazo grandísimo de candelón. En bandolera, la porturola, la cartuchera de búfalo, hecha en Santiago, y nuevecita también. —La bendición, tío Cachito. —Dios de bendiga, sobrino, y te haga un santo. —Desmóntese, tío; pa que tome café y se desayune. —Hombre sí, sobrino, te voy a complacei, poique eta milicia endiablá, me tiene, que a eta hora que tú ve, no me he echao ni un trago de jengibre en el buche. El malicioso, práctico y mentiroso Cándido Espuela, echó pie a tierra con dificultad, entorpecido por las armas superabundantemente innecesarias, y poco después de los abrazos, bendiciones y saludos, a familiares y extraños, tío y sobrino, con empalagosa amabilidad foránea, se sentaron a la mesa cibaeña, siempre oportuna, suculenta, nitrogenada, esa mesa digna de la caverna prehistórica, recargada de viandas humeantes, de huevos fritos con los cebollines y la clara achicharrada, de carne y longanizas fritas sin estáticas, sin burruqueos inciviles. Ya en el café, en el paladeo de ese aromático y sabroso café de La Vega, en el preciso momento filosófico en que Espuela encendía un cigarro, el sobrino, que lo quería y que ya tenía su trompo embollado, le rastrilló a boca de jarro: —Tío, perdóneme la pregunta, ¿pero para dónde va uté con esa tropita?… —Para dónde voy a dir, muchacho, parriba, pai sitio de la Capitai. —Dispénseme, tío Cachito, pero dígame, ¿cuándo e que usté va a entrai en juicio?… Uté no sabe que la cosa pallá arriba está que arde. A Eliseo y otro General colúo le han rompío la caja dei pecho de un cañonazo. Si a usté lo malogran en una de esas sabanas grandísimas, se lo comen los perros, ahí no entierran a nadie. Si uté se muere pacá, le llenan la sepultura de clavellina y estefanotas, toitico el mundo lo llora, le hacen un rincón bien gritao, y una misa con música. Cómo se le ocurre, cojei ahora parriba, licencie esa tropita en llegando a Pontón, y vuéivase, que usté es un hombre muy querío, útil, necesario, indispensable, sin uté su pueblo no es pueblo, quédese poi Dió, no vaya a paite. Espuela, con la barba sobre el pecho, afectadamente enternecido y agradecido por las cándidas reflexiones del sobrino, le contestó: —Tropita no, sobrino, tropa y de la buenaza, de la caliente, de esas que dejan el sitio pelaito largando plomo. Pero, después de to, no te preocupe, que yo nunca me adentro mucho en la chispa, yo peleo siempre detrá del jumo, que digamos, –y echándose la porturola, la cartuchera de búfalo, sobre el ombligo– ve, –le dijo, y fue sacando y poniendo sobre la mesa: Un pedacito de corcho, un cabo de vela de cera, tres cajas de fósforo, dos juegos de barajas españolas viboreá, dos dados cargados en tres suertes en la carrera, y una panela de dulce de leche. Sobrino, yo no he matao ni pienso matai a naide. Y hurgando de nuevo hasta el fondo de la porturola de búfalo, sacó y le mostró al sobrino algunas cápsulas, haciéndole notar sus condiciones inofensivas. —Ve, sobrino, son de güebo e chivo y mi carabina es un brogocito; y después de relojear los contornos de la pulpería, por si había moros en la corte, le dijo casi en el estribo del oído:
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SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II

—En el último sitio, en el de la Unión, yo me gané mil pesos. Déjame jacei, que yo no dentro en eta cosas sino poi negocio na má, yo no creo en nada ni en naide… Y le echó la pierna a Cañonga, que piafaba en la enramada, loca por tragar tierra caliente, tierra de guerra…

A la sombra de caoba corpulenta reposan Jesucristo y San Pedro, después de andar por el mundo mejorando la suerte de los mortales. El mal se alejaba momentáneamente de la tierra, y el divino Jesús quiso, además de todo el bien realizado, otorgarle un don a cada ejemplar de las razas humanas. Entonces fue cuando San Pedro hizo comparecer al indio, al blanco, al negro, al amarillo y al mulato. Trató de colocar al negro en lugar de preferencia, compadecido de haberlo visto trabajar de seis a seis, tostado por el sol y en ocasiones bajo torrenciales aguaceros. Y su mirada, a la que nada se esconde, notó que el negro se deslizaba, se evadía colocándose en la retaguardia. —Jesús –habló San Pedro– está satisfecho del regular comportamiento de ustedes y, compadecido por los viejos padecimientos de todos, quiere otorgarle un don a cada uno. Pídele tú lo que más deseas, –le ordenó al blanco. —Señor –suplicó el aludido arrodillándose ante el Redentor del mundo– dame una chispa de tu sabiduría. Tengo fe y con tu ayuda sabré descubrir medios para aliviar y mejorar la suerte de mis semejantes. —Otorgada te es: estudia y sabrás… –le dijo el Señor. —Pídele ahora tú, –le ordenó San Pedro al amarillo. —Señor, que una chispa de tu lumbre resplandezca en la hoja de mi espada: quiero ser un conquistador. Por la memoria del llavero eterno pasaron sombras diversas, chorreando sangre… y las pupilas se le nublaron. —Otorgada te es, y conquistarás mientras seas clemente; –díjole Dios. —Pídele tú, –le ordenó San Pedro al indio sin volver a mirar al amarillo. —Quiero una brasa de tu luz, Señor, para encender el tabaco de mi cachimbo, y fumar, y soñar… –suspiró éste. —Otorgada te es: tómala, fuma y… sueña; –le dijo Jesucristo envolviéndole las ideas en la humareda en que se convertía el tabaco de su cachimbo. —Pídele tú, –le ordenó San Pedro al mulato mirándole hasta el fondo de la conciencia y sin pizca de simpatía. —Dame, buen Dios, la chispita necesaria para mantener encendido el fuego de mis apetitos: quiero gozar… ¡Gozar y gozar y no perder el gusto! —Otorgada te es, –suspiró Jesús–. Peca y… arrepentido, reza. Y el negro, receloso, no se acercaba. Un viento manso venía de más allá del mar, voló sobre la llanura y, feliz, acarició durante un rato las sedosas y abundantes barbas del llavero eterno, quien, dulcificando aún más la voz, ordenó con simpatía:
*Este cuento de camino, o folklórico, le fue dictado en Enriquillo a Sócrates Nolasco por el señor Numa Pompilio Sánchez, ahora ciego, de setenta años de edad, quien fue Juez Alcalde durante varios años.

CUENTO DE CAMINO Por qué el negro tiene la piel así*

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—No seas tan tímido; acércate y pide. Entonces el negro, sospechando como ante un recodo del camino real, se rascó la cabeza y mirando de soslayo, precavidamente dijo: —Mire, Siño Jesucrito, y Uté, don San Pedro… no se preocupen por mí, que yo ando atrá d’esta gente: soy el encargao de llevale las maletas. Y desde aquel lejano día, por haber preferido a una chispita divina la desconfianza, hija de la malicia, anda y andará el negro con la piel a oscuras sabrá Dios hasta cuándo.

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No. 16

J. M. sanz lajara
el candado
Prólogo Manuel Valldeperes

prólogo
Cuando J. M. Sanz Lajara publicó en 1949, los primeros cuentos de ambiente americano en su libro Cotopaxi, hizo, en las palabras de presentación, una confesión que es válida para toda su obra posterior. “Alguien dijo, hablando de la vida –escribía hace diez años–, que en ella existe toda plasmación. Añadiremos que la fantasía en literatura está desapareciendo, si no ha desaparecido ya. Este libro se formó en la vida, con ella y de ella. Los hombres que voy a presentar cruzaron sus caminos con el mío. Las mujeres pasaron por mi puerta y algunas –¡benditas sean!– dejaron un beso, una caricia y una que otra lágrima, que sin dolor no hay sentido del propio destino”. Refiriéndonos a este libro –cuentos y narraciones ecuatorianos–, dijimos: “Sanz Lajara es un escritor que aspira a la máxima naturalidad y también a la más diáfana claridad descriptiva. Leyendo las páginas de Cotopaxi se siente la sensación del contacto directo con lo que en ellas se describe. El paisaje adquiere extraordinaria grandeza, no porque haya acertado a presentarlo en su natural fisonomía, sino por haber sabido descifrar su misterio y descubrírnoslo con emocionada sinceridad. Y si ha sabido calar hondo en la entraña de la tierra, de una tierra serena y colérica al mismo tiempo, poblada de volcanes, no ha sido menor su acierto al presentarnos a los hombres que la animan con sus cantos y que la riegan con sus lágrimas. Cotopaxi cuenta, pues, con el respaldo de la vida”. “La vida es el hombre –agregábamos–. Por eso Cotopaxi recoge las verdades de la vida, ora alegres ora trágicas, al través de lo cotidiano, de la simplicidad de lo cotidiano. El emético Pedro, el terrible Juan Manuel, la cerril Maruja y la romántica Sheila, para no citar más que algunos de los tipos que desfilan por ese retablo de amor, son seres arrancados de la realidad. Seres a quienes el autor ha visto amorosamente y ha tratado en su diario vivir. Sus huellas están en el libro en la plenitud de su vivencia espiritual. El fervor descriptivo es lo que Sanz Lajara ha puesto en ellos para que el instante de vida que ha captado tenga, además de verismo, impresa la huella de la emoción verdadera. Y esto es lo que hace que Cotopaxi sea, no sólo una biografía con alma, sino la captación amorosa –y por amorosa espiritualizada– del alma de un pueblo”. En Aconcagua, libro de cuentos publicado en 1951, Sanz Lajara sigue las mismas sendas vitales de Cotopaxi. Vitales y luminosas, porque ambos libros se formaron en la vida –con ella y de ella–, para ser vida a su vez: vida animada por un tesoro inapreciable de experiencias. Conocedor de América –hombre y paisaje, acción y ambiente–, Sanz Lajara nos presenta un “Aconcagua”, relatado con la emoción del observador inquieto, lo que su escrutadora mirada ha descubierto, fuera de lo común, por tierras del Perú, de Chile, del Brasil y de la Argentina. Son hombres y mujeres de América, con sus peculiaridades al descubierto, porque nos las presenta con el corazón palpitante, dentro de un ambiente tan real como incitante. En el libro de ahora, en El Candado –veinte cuentos de ambiente continental–, al igual que en Cotopaxi y en Aconcagua, el hombre de América y la América misma, palpitan. El americanismo de este libro –americanismo con anhelos y angustias para y por el hombre universal– no discrimina: presenta los hechos con toda su intrínseca e influyente veracidad. Por eso, precisamente, el hombre de América se reconoce en sus páginas. Se reconoce como colectividad con un destino común y con la sola ambición de este destino. Ha dicho Sanz Lajara, para resumir ese esencial americanismo: “…hay en esta América tanto y tanto de ver y de amar, que no hace falta mirar a otra parte. Bajo sus cielos azules,
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conviviendo con sus pueblos y razas, siendo parte de ellos, se acerca uno bastante a la felicidad”. Y a descubrir esta felicidad, después de haber descubierto el hombre y el paisaje americanos –su naturaleza incitante–, tienden las inquietantes y sutiles páginas de El Candado. A descubrir esta felicidad al través de la vida cotidiana, con todo lo que hay en ella de alegre y de bueno y también de angustia y sufrimiento. Las páginas de este libro resuman, como las de Cotopaxi, como las de Aconcagua, una profunda compenetración espiritual con el medio y un hondo conocimiento de la realidad. De esta comprensión y de esta penetración, tanto como de la manera directa y simple de narrar los hechos, no exenta de un dulce hálito poético, surge la impresionante sinceridad de los cuentos de El Candado. Escritor ávido de vida, Sanz Lajara capta lo que trasciende de esta tierra recatada y virgen y la ama. Este amor es lo que ha dejado flotando en el libro para hacer cierta su propia afirmación: para hablar de montañas hay que amar a las montañas, para hablar de hombres hay que amar y comprender a los hombres. Y de amor y comprensión está hecha su obra. Es sorprendente comprobar cómo, en un estilo impresionista, ágil y vigoroso al mismo tiempo, va arrancando Sanz Lajara los secretos a la naturaleza y al hombre para describirlos con precisión y claridad. Y es sorprendente comprobar, también, cómo se va perfilando la biografía de la vida, al través de pinceladas nerviosas, en las páginas emocionadas y emocionantes de El Candado. Esta difícil facilidad es la que acredita a Sanz Lajara como escritor de temple. Como un escritor de temple que sabe descubrir en la actualidad viva lo que hay de legendario en América y que el hombre no ha dejado morir para que perdure su singular contextura psicológica. Los tipos cuyo instante de vida ha captado Sanz Lajara en sus cuentos son diversos, con esa diversidad que hace infinita en matices la biografía del hombre. De esa diversidad ha sacado provecho el autor para ofrecernos una síntesis de la vida del hombre americano. Y si es cierto que nos ha presentado a todos y a cada uno de ellos con amor, también lo es que por ese amor, por su fidelidad a ese amor, no ha dejado de ser fiel a la verdad. De Camilo a Luis y de la joven María a la negra Ángela hay un abismo que vencer; pero flotando por sobre ese abismo de caracteres está la vida, triunfante, con su lastre de angustias y de dolores y también de sanas alegrías: la sana alegría de vivir, que es la gran esperanza y el gran estímulo del hombre. Y esto –el alma de un continente– es lo que late en los cuentos de Sanz Lajara.


Se ha dicho que el cuento literario es la transformación de la verdad verdadera, al través de una mente apasionada, hasta convertirla en una mentira bella. Esto no es el caso de Sanz Lajara, cuya originalidad, que es una transposición de la realidad más íntima, constituye una protección contra interferencias extrañas o, si se quiere, contra la violación, por ajenas sensibilidades, de una intimidad en carne viva. Ya hemos dicho que el autor de Cotopaxi, de Aconcagua y de El Candado aprehende, en sus cuentos, los secretos de la naturaleza y del hombre para describirlos con precisión y claridad, sin quedarse nunca en el interés puramente descriptivo. Por eso se mantiene en ese punto intermedio, vital y emotivo al mismo tiempo, entre el desprecio de los hechos, que conduce a un lirismo estéril, y la supervaloración de éstos, que nos sitúa en el campo estricto del reportaje.
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J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

Sanz Lajara es un escritor original, de la estirpe de los grandes de América, porque contempla la vida con afán analítico. La desnuda, la desmonta y la reconstruye con su propia personalidad revelada de adentro hacia afuera; pero no desarma nunca la estructura interna de la realidad para narrar los hechos. Tampoco cae en el boceto costumbrista, porque en sus narraciones hay emoción. Por eso sus cuentos son cauce de una expresión netamente americana. Todos los personajes de los cuentos de El Candado y de sus libros anteriores –Cotopaxi y Aconcagua– son reales, vivos, arrancados de la desnuda y aleccionadora realidad de cada día y el autor no los aparta, al darles vida literaria, de esa realidad, de su realidad. Son seres que no se miran vivir, sino que viven. Sus miradas se vuelven hacia adentro para verse tal como son, para mostrarse, en la plenitud de su vigencia humana, tal como son. En ninguno de los humildes personajes que nos presenta Sanz Lajara, tan llenos de vida, tan sublimes en el dolor, tan esperanzados, hay el más mínimo atisbo de falsedad. Son reales –algunas veces cruelmente reales– y, sin embargo, destilan poesía. La misma poesía con que el autor va creando el ambiente que les circunda. Así son María de La casa grande, tan serena en el amor; Paulo, el de la vida bien vivida, de El sueño; Isaías y Ángela, los negros felices de El milagro; el indio Osvaldo, sumergido en el recuerdo de Shirma… Así son todos los hombres y mujeres a cuya vida nos acerca. Es que Sanz Lajara nos presenta al hombre como parte articulada de la naturaleza, en su esencia humana y vinculado al medio para que su espíritu trascienda y se manifieste ampliamente. Así es como surge el fondo de poesía que hay en sus cuentos y, sobre todo, su calidad pictórica, alucinante y emotiva. Y así es como consigue que sus descripciones posean una emocionante y sugestiva plasticidad. Pero, a pesar de su poder de sugestión, no es la existencia de los personajes –lo real de esa existencia– lo que más nos impresiona en los cuentos de Sanz Lajara, sino su vida espiritual, con todo lo que hay en ella de videncia y de presentimiento, de sugestión de otras vidas. Se trata de un trasunto de lo individual a lo universal y humano al través del cual trata de descubrir el sentido superior del hombre como paso seguro hacia la fijación de su destino. La nacionalidad no es una obligación impuesta al escritor, sino una necesidad intrínseca de su obra y, por consiguiente, un atributo de ésta: la fuerza y la vivencia del origen. Por eso, a pesar del ámbito americano de los cuentos de Sanz Lajara, la presencia del dominicano está latente en todos ellos. Y es desde este espíritu, precisamente, que ve lo americano con claridad y simpatía, con amor y, sobre todo, con esperanza. Su estilo es claro porque ve las cosas con claridad y las dice de manera convincente. Prosa clara, diáfana, dinámica en la que las palabras, imbuidas de aliento poético y de humano temblor, nos dan una idea exacta de su valor: la más adecuada a las ideas y a los sentimientos que expresan. Esta claridad es parte muy importante de la originalidad que se manifiesta en El Candado. Ahora que la pasión creadora de América se ha concentrado, para dar en el cuento lo más peculiar y lo más auténtico de sí misma, J. M. Sanz Lajara ha de ser tenido por uno de los escritores más representativos de nuestro Continente, porque esta pasión creadora –reveladora– está viva en él, con toda su influencia trascendente. Manuel Valldeperes
Ciudad Trujillo, mayo de 1959.

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Sanz Lajara recoge en este libro un grupo de cuentos que ha recorrido América y Europa. Mundo Hispánico en Madrid, La Prensa en Lima, Clarín y el Nacional en Buenos Aires, Hablemos en New York, Américas en Washington, Correo da Manha y Tribuna de Imprensa en Río de Janeiro, publicaron oportunamente lo mejor de esta cosecha del escritor dominicano que ya es propiedad del gran público continental. Cuando el autor era embajador en el Brasil, un grupo de intelectuales formó en aquella capital una peña literaria que recibió el nombre de Rui Barbossa. La edición brasileña de estos cuentos dijo entonces: “El Candado, El Charco, El Otro, El Feo, no sólo caracterizan a un escritor, señalándolo definitivamente como uno de los artistas más perfectos, sino que, sobre todo, lo inscriben entre los creadores dotados en igual dosis de la llama del talento y del secreto de la artesanía, pues él es artista y artesano, como lo son pocos cuentistas contemporáneos que, frecuentemente, hacen cuentos perfectos a su manera, despreciando las reglas del género”. (O Cadeado, página 128). “Estos cuentos forman, desde ahora, parte de una antología del cuento americano que ha de ser hecha sin prejuicios y preconceptos. Para que un cuentista pueda ser llamado maestro en el género, para que sus historias se transformen en eso que se acostumbra llamar literatura en vida inmediata, en vida vivida y sufrida, no es necesario otra cosa, no se precisan otros elementos que esos usados por Sanz Lajara con tal fuerza –y firmeza– que después de la primera página de cualquiera de sus trabajos se cautiva al lector y después de la última lo obliga a quitarse el sombrero. Quitemos, pues, el sombrero”.

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J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

El candado
—¡Váyase, compadre! ¿No está viendo que bebió demasiado? —Sírvame otro, otro no me hará mal. Camilo inclinó la cabeza sobre la mesa y se hundió los puños en las mejillas. En la calle un viento frío golpeaba las casas dormidas. En la taberna el humo de los cigarros no podía salir. —Deme, –ordenó Camilo– este último será el mejor. No quería volver a casa. Estaba, de pronto, cansado de luchar contra su corazón que adoraba a Elena y contra su orgullo que deseaba matarla. Eran cosas de hombre y cosas de indio todos los pensamientos de Camilo. Apuró su trago y suspiró. Seguramente que llevaba caminados muchos suspiros aquella noche. Y muchas maldiciones, encerradas en su pecho, como el humo de la taberna que no podía salir. —Voy a cerrar –dijo el tabernero, con una voz sin apelación. Los indios se fueron levantando a regañadientes, como si la muerte les hubiese llegado en la última copa. Camilo quedó sentado, encogido dentro de su dolor. —¡Ándale, Camilo! –le suplicó el tabernero, cuando los dos estuvieron solos en el salón acallado. Se levantó, irguió la cabeza, se echó atrás el pelo, caminó hacia la puerta. Sentía que el piso le golpeaba con su oleaje y que las paredes estaban bailando una danza triste, como la música que los indios entonan en tiempo de sequía. En mitad de la calleja se detuvo y respiró con los brazos abiertos. —No se me pierda, compadre –oyó decir al tabernero–, mire que la Elena luego me echa la culpa. Camilo se movió cuesta arriba, sobre los adoquines que resbalaban en sus alpargatas. Las montañas se inclinaban para recoger, suavemente, a la arcaica ciudad violeta. Una luna de pizarra saltaba de un cerro al otro, borracha de distancias, como Camilo. En las puertas cerradas no había ningún candado. Los indios dormían, o hacían el amor, o sufrían, o rezaban, o estaban quietos, esperando morir en una noche así, de luna de pizarra encima de la ciudad violeta. Camilo sabía que en la puerta de su casa no habría candado. Era esa su ilusión, su gran esperanza, masticada entre tragos, soñada ante la mesa de la taberna, en las horas de sueños y de temores. Y si no había candado, podría tocar con escándalo para que Elena le abriese y en Elena descargar su hambre de besos y su fiebre de mimos. Iba solitario, luchando contra la calle que se alzaba y se caía, como el lecho tormentoso de un río, como las grietas misteriosas de un glaciar. Contó las puertas, contó las casas. En ésta nació un niño que no vería la luz del sol, en aquélla murió un viejo muy viejo, de cara ovejuna y nariz ganchuda, en esa otra presintió silencio, el silencio que dejan los hombres y las mujeres que no son más. Y Camilo estuvo frente a su puerta. Y sintió temblíos, porque en su puerta, colgado como un pezón, estaba el candado. Elena su mujer no había regresado, y Camilo tuvo ganas de llorar. Miró al candado, lo tocó con sus manos, lo acarició. Luego descargó en él una patada, y otras muchas, y en ellas su ira y su encono, sus furias de macho vencido. Se arrodilló, cerró los ojos. —¡Mi Elena! –monologó. ¡Mi Elena del alma! ¿Por qué te has ido? ¿No ves que te quiero, no ves que no puedo vivir sin ti?
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Sus palabras rebotaron en la calle desierta, de casa en casa, de esquina en esquina, desesperadas y calientes, como animalitos acabados de nacer. Después volvieron hasta su boca, abierta en la noche como un pozo insondable. —Un hombre sólo quiere a una mujer, Elena. Yo te quise desde niña, desde que jugábamos en el valle y nos bañábamos en el río. Tú no tienes otro dueño, yo no tengo otra dueña. Nos conocemos como la tierra al agua que baja de las nubes, Elena. ¿Por qué me haces caso? ¿No ves que soy el más bruto de los indios, el más imbécil de los hombres? ¡Mi Elena! Tú cerraste esta puerta, para dejarme en la calle, borracho como estoy, sufriendo como estoy… Se agrandaba el lamento, un lamento que iba perdiendo orgullo a medida que crecía y enjuagaba el candado con saliva. Camilo lloraba con lágrimas grandes. Hipaba, se contorsionaba. La luna se había aquietado sobre un cerro. La ciudad no se movía, a pesar de que los perros ladraban su intranquilidad. —Yo no puedo dejar de quererte, Elena, no podría jamás. ¿No sabías que tú eres la cosecha y la lluvia, la paz y el amor, mis hijos y mis locuras? Perdona mis golpes, perdona mis insultos, perdona a tu Camilo… Sé que he afrentado a tu cuerpo, pero también puse en él todas las ansias que traje de mi padre. ¡Elena…! El nombre de la mujer ausente se elevaba ante la puerta, hendía los maderos y entraba al cuarto oscuro y vacío, donde esa noche Elena no había venido a dormir, ni a esperar la paliza de Camilo. Y el indio siguió llorando, a la callandita, con unos ruidos que parecían de ratón, con unos ruidos que arañaban la puerta o hacían tintinear al candado, siempre colgado como un pezón. —¡Mentira que eres mala! ¿Me oyes? ¡Mentira! Son cosas que me invento para hacerte sufrir, para que sepas que yo soy el macho, que yo mando en mi casa, en mi cama, en tu cuerpo, en tu corazón. ¡Porque soy muy macho! Le parto el pescuezo al que te mire… No lo dudes, Elena. No me importa que los niños te hayan ablandado la barriga, ni que tus pechos no sean los palomos de nuestra juventud. ¡No me importa! Lo que me importa es tu abrazo, es tu llanto, son tus ojos que cuidan mi sueño de borracho, que saben cuando los niños tienen fiebre. Lo que quiero es que te quiero. ¡Y te quiero tanto que ya no tengo orgullo y te lloro, Elena, te lloro como si toditas mis lágrimas no me bastaran, y me fuera preciso irme al río, y allí mojarme los ojos, para llorar más! ¡Qué poco hombre he sido, Elena, qué poco macho que soy para ti! Comenzaba a bajar la niebla de la serranía. Del negro costillar de los volcanes fue cayendo la sábana envolvente, en la que pronto se arropó, llena de frío, la ciudad. Y los indios dormidos la sintieron llegar hasta sus lechos, encogiéndolos como bestias gastadas, como ramas de un árbol que arrancó el huracán. —¡Elena! –mugía Camilo, arrodillado ante el candado que no quería contestarle. Ya le dolían las piernas y las rodillas ante aquel altar solitario–. ¡Mi Elenita buena, mi Elenita mansa, mi Elenita santa, más santa y más buena que todas las santas…! Déjame entrar, Elena, déjame entrar a mi cama y besarte, besarte mucho, como yo sé que a ti te gusta que te besen cuando hace frío. Déjame que durmamos juntos, como siempre hemos dormido. No te he de pegar, Elena, no te he de pegar más. Camilo sintió frío, el frío seco y agudo de los indios que se emborrachan ante las zambas y en los zaguanes, el frío que mata los animales en los páramos o enloquece a los volcanes. Pero su llanto, saliéndole del pecho y corriéndole por las mejillas, le calentaba la boca y las manos, sus manos hechas zarpas sobre el candado.
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J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

—Elena, ya me estoy enojando, ya me están cargando tus indiferencias. ¡Abre esta puerta, Elena! Quita este maldito candado que no me deja verte, ni besar tu boca, ni morder tu pelo, ni decirte al oído, bien cerquita, todas las cosas que tanto te gustan… ¿Te recuerdas cuando nació el Emilio, y la Elenita, y los mellizos, y el Josecito, y las mellizas? Nuestro amor es grande, tan grande como los montes… Cayó el borracho sobre la calzada y cerró los ojos. En el principio de su sueño profundo le dio un beso a Elena. Y con el beso aquél, un abrazo apretado, un abrazo amoroso, de vuelta a la vida, de vuelta a su mujer que regresaba. Amaneció. El sol anduvo buscando camino en la cordillera y se coló al fin por el desfiladero, y entró a la ciudad sin premuras, como si su visita fuera cosa manoseada y común. Luego los indios, desperezándose, fueron asomando sus caras en las puertas entreabiertas y uno que otro levantó los ojos, saludando al sol, o persignándose, sin comprender el nuevo amanecer. —Ahí está el Camilo, borracho como siempre; ¡qué hombre, Dios mío! Pobre de la Elena! Aguantarse un marido que no sirve para nada… Tímidas como hormigas, despertadas de un sueño sin descanso, murmuraron las mujeres camino de la ciudad. Y los niños, emponchados, comenzaron a corretear en la calleja. Uno de ellos envió una piedra, que golpeó sonoramente el candado de la puerta de Camilo. Después llegó Elena, con la fila de los inditos detrás. —Sin ruido, hijos, que vuestro padre está mal otra vez. Pasó sobre el cuerpo de Camilo, abrió el candado con una llave grande y pesada y rogó a los hijos: —Ayúdadme… No le despertéis… Cargaron a Camilo, como en un entierro. Le llevaron a su cama y le arroparon cuidadosamente. Después Elena se asomó a la puerta y antes de guardar el candado, se puso a llorar silenciosamente en un rincón. Allí estuvo unos minutos, antes de comenzar a preparar el desayuno, usando de algunas de las lágrimas que tenía guardadas en el pecho, desde que era niña, hasta que fuera vieja.

La casa grande
Era una casa con historia. Casi con mil historias. Se alzaba en lo alto de la colina y se subía a ella por un caminito resquebrajado y pedregoso. Tenía ancha balconada y ventanas azules, que eran los ojos de la blanca pared de cal. Hubiera sido una casa más, de no ser por las luces que la abrillaban de noche y las risas que saltaban hasta el valle como cohetes. Además, en la casa grande siempre había hombres y mujeres, muchos hombres y muchas mujeres. Y risas, risas y risotadas y aun carcajadas. Nadie había buscado lágrimas en la casa grande. Cuando trajeron a María a la casa grande, María todavía era niña, un ovillo de carne acremada, con dos ojos profundos y verdes, como agua de mar tropical, y un cuerpito rosado y débil, tan débil que en él los movimientos parecían cansados antes de comenzar. La entregaron de noche y allí se quedó, remota y perdida, envuelta en las luces, el ruido, y el taconeo de las mujeres, desconocida por los hombres que no podían comprenderla. Después, con los años, María fue en la casa grande sólo una cosa, sin sexo, sin palabras, con el hálito de vida indispensable para no ser confundida con las alfombras o con la escupidera.
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COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

Luis era del pueblo, como los árboles o las piedras. Y el padre de Luis, y el abuelo de Luis, también eran del pueblo. Y como Luis sabía que el padre suyo y el abuelo suyo conocían la casa grande, en Luis, desde muy niño, latió el deseo de conocer la casa grande. Le atraían las luces y las risas y sobre todo el perfume que un día percibió en una de las mujeres de la casa grande cuando ella pasó por su lado, en una calle del pueblo. Eran muy conocidas las mujeres de la casa grande. Como habían llegado de todos los caminos y sabían de todas las historias, y además amaban en todos los amores, la gente respetaba un poco a las mujeres de la casa grande. No tenían nombres exóticos ni grandes preocupaciones, algunas no sabían leer y la mayoría era holgazana, un rebaño de hembras que vivía de noche. Y esto último estaba muy de acuerdo con la voluntad y los deseos de los hombres del pueblo. Y aun de los hombres de algunos pueblos vecinos. Y hasta de otros pueblos que no eran vecinos. Por eso Luis oyó decir una vez que sin la casa grande toda aquella comarca hubiera sido de lo más aburrida. Los pensamientos de Luis respecto a la casa grande eran muy diversos. Noches hubo en que la comparó con un coche que corría por el bosque; noches en que odió la algazara que de ella salía hasta meterse debajo de su almohada, no dejándole dormir; noches en las que, sin entenderlo bien, deseó que la casa grande fuera un bote de río y él su piloto, para llevársela hasta el mar y dormirse en las olas. Eran pensamientos invertebrados, los pensamientos sin huesos de los niños que todavía no saben amar. Luis creció alto de cuerpo, un mulatón con el arqueo de un gorila y la fuerza de una locomotora, aunque una locomotora a vapor, no eléctrica, porque sería demasiada fuerza en un hombre. Gustaba cosas raras Luis. Gustaba de bañarse bajo la lluvia, de montar caballos al pelo, de comer frutas de ramas altas y luego, cuando la escuela le metió la lectura en el último recoveco del cráneo, gustó Luis de leer a solas libros de cuentos y novelas, imaginándose que él era siempre el héroe, malo o bueno, en derredor de quien la trama era urdida. Un día se encontraron en el río Luis y María. —¿Quién eres? –le preguntó ella. —Soy Luis. A nadie tengo miedo. María deseó reír, pero no se atrevio y dijo: —Yo soy María –y bajando los ojos, agregó–: Vivo en la casa grande. Luis la miró con curiosidad. Las mujeres de la casa grande no eran tan tímidas, ni andaban con los labios secos de pintura, ni hablaban, en el río, con mulatos como él. Luis decidió que aquella mujercita le engañaba y se mostró receloso. —No creo que seas de la casa grande. No estás perfumada –sentenció. —Y sin embargo –afirmó María–, soy de la casa grande. Luis la vio desaparecer en la hojarasca y oyó, minutos más tarde, el golpe aplastado de un cuerpo cayendo en el agua de la poza. Luis quiso ver aquel cuerpo, porque era el cuerpo de una mujer de la casa grande. Y Luis se abrió paso por entre las lianas, hasta encaramarse en la ribera. Y allí se quedó sin aliento, con los ojos y el corazón tumultuosos. Nunca más pudo dormir Luis tranquilamente, ni pensar con orden, ni sentirse héroe, ni comer con apetito. En Luis los sueños siempre llegaban con una moza desnuda que nadaba en aguas translúcidas, los pensamientos eran de una moza desnuda que besaba su frente, la heroicidad era salvar a una moza desnuda de un torrente y el hambre era poner suculentos manjares en la boca de una moza desnuda. En la boca de una moza de la casa grande. En la boca de una moza que él deseaba besar.
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de mañana. Por eso María no fue objeto de sus búsquedas ni de sus desprecios. le amonestó: —¡Desgraciado! ¡Atrevido! Ahí sólo hay vicio. Y era que en risas. Luis se pasaba las horas en una hamaca. una prenda interior. Pero Luis no quedaba convencido. hombres atormentados y hasta hombres avergonzados. Habrá que casarte. era como bañarse sin estar sucio o comer sin tener hambre. De seguro creía que a los hijos se les educa mejor a palos o que la vida es una cosa y no una vida. caras tristes o rostros espantados ante el espejo. Y Luis siguió contemplando a la casa grande y soñando con la carne acremada y los ojos profundos y verdes de María. porque no basta con ver a la casa grande para poder entenderla. contemplando a la casa grande. Y pensando en María. madre. Pero a solas María se había atrevido a pensar y a comparar. eso que no duerme ni responde ni sufre ni puede ir al baño ni mucho menos reír o llorar. o cuando la música llegaba en la mecedora del viento. la mayor parte del tiempo. mientras tanto. Y mirándole de hito en hito. ¿qué hay en la casa grande para que yo no pueda visitarla? —Todas las cosas que a tu padre le gustaban cuando mozo –replicó ella. —Entonces. que él no tenía miedo. Y cuando las risotadas tocaban la puerta de su oído. María. —¿Por qué. hijo mío. como si fueran palillos usados. Ella no quería gritar cuando el pueblo dormía. María era esa cosa que se llama a todas horas y en la que no se piensa. la dueña de la casa–. Luis temblaba febrilmente y se sonaba los dedos. Y Luis siguió aturdido y confuso. —Yo quiero conocer la casa grande –dijo al padre una tarde. Pensar en otra mujer que no fuese María era absurdo. Y el viejo le clavó un bofetón en la curva de las mejillas. ¿puedo ir a verla? —No hijo. —Explícate. ni llorar cuando. como un desierto en la lluvia. porque ese día estaba enojada con el marido. hija. El padre de Luis era un padre sin imaginación. es engordar un poco. M. y en la casa grande a María. —Ya estás hecho un grandulón –le había dicho su padre–. En la casa grande. luces y música. una caricia sin objeto. un adefesio. la moza desnuda de la poza en el río. como siempre. hijo. perdición… Te prohíbo que vuelvas a hablarme de eso. demás ocupadas para ver a María y los hombres de la casa grande eran hombres enloquecidos. —Madre –le preguntó Luis a la vieja–. había asentido con su cabeza gacha. o cuando las luces danzaban un vals en sus ojos. Luis cuajaba sus ansias de visitar y conocer la casa grande. un banderín desgarrado en una batalla. Las mujeres de la casa grande estaban.J. 201 . SANZ LAJARA  |  EL CANDADO En las noches rieladas de otoño. a pesar de que el padre de Luis era un buen hombre y un no muy mal padre. —No es cuestión de prisa. y ser una de las nuestras. ni recibir el aliento de hombres a quienes no conocía. —Lo más que puedes esperar tú –le había dicho doña Nené. Las madres no podemos hablar de aquello que sabemos mejor que los padres. una incomodidad. un empellón. —No. mi viejo? Yo no tengo prisa. Eso. aquel muchachote que en el río le asegurara. muy seriamente. los afeites quedaban en la almohada y en la casa grande sólo se veían caras sucias. muchacho. es cuestión de la vida. un mueble. desarrollarte. Y María comenzó a recordar a Luis. María era un adorno. una sábana. como un árbol azotado por la ventisca. a veces un insulto.

¿dónde vive? —No importa. porque ninguno de los dos conocía el amor. Luis supo allí mismo que desobedecería a los viejos por la primera vez. Era sólo una casa llena de luces y de ruidos y de música. quizás. Era noche vacía de estrellas y de cielo pegajoso. Como Luis no era más que un muchacho. del amor. —¿Qué quieres? –le preguntó una cabeza de colores. él se quedaba quieto. una rosa roja clavada en el pecho negro de la muerte. ambos regresaron a la poza y en ella a encontrarse y a hablar. de los vasos rotos. Indudablemente. A Luis le entraron ganas de correr. que podría llevarte cargada hasta el horizonte. Y en ella. un respeto mutuo nacía de sus cuerpos y aun de sus pensamientos. —¿A María? –dijo la cabeza de colores. Pero no era mentira. la casa grande parecía un incendio.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ¿Miedo de qué? María tenía miedo de los puntapiés de los borrachos. no reparó en la mirada de su madre. —¡Basta! –terminara el padre–. Y Luis sólo quería conversar con María. como si mirarlo frente a frente pudiera provocar entre ellos un choque inexplicable. Pero Luis había leído tantos libros que a lo mejor eso era de alguno de los más aburridos. —¿Qué hay en la casa grande? –preguntaba Luis. —Entonces. —Te prohibimos –sentenciaron– ver a esa cualquiera. Ni en la vacilación del padre al salir del cuarto. atrás. Luis subió hasta la casa grande. Luis defendía a María con la misma fuerza con que había prometido cargaría hasta el horizonte. en las noches de la casa grande. de las blasfemias. —Yo soy tan fuerte –afirmaba él otras veces–. Luis era un verdadero héroe. y alzando su voz desagradable. porque nunca había visto una cara más fea ni una voz tan desagradable. mirando la imagen de ella en el agua. Sin embargo. Y como María no respondía. de la cara de un Cristo lleno de espinas que ella conservaba escondido entre sus ropas. No era amor el de ellos todavía. en algún rincón. ¡Ella no es de la casa grande! Era el animal acorralado. Sorprendidos hallaron que a medida que las palabras se entrelazaban. Como el río era para Luis y María el lugar de un recuerdo. estaba María. Y lo mejor de su admiración era el saber que Luis nunca había estado en la casa grande. mandó un grito por toda la casa grande–: ¡María!… ¡María!… 202 . ¿Cómo puedes andar con una mujer de la casa grande? —Ella no es de la casa grande –había asegurado Luis. Los encuentros de los muchachos en la poza fueron un día del conocimiento de los padres de Luis. En la neblina de los cañaverales. de cerca. Para María los hombres que iban a la casa grande no eran muy hombres. ¡Si la vuelves a ver te rompo la cabeza! Todas las mujeres de la casa grande son malas. Le pareció bien poca cosa la casa grande. Y a la noche siguiente. Le parecía mentira subir el camino pedregoso y poder volverse a mirar. no era tan grande. Ella no lo dudó y al recordarlo. O. María temblaba incoerciblemente. el pueblo desde el cual tanto ansiara conocer la casa grande. Por eso María admiró a Luis. La casa grande. Y tocó a una de sus puertas. pero se contuvo y respondió: —Quiero ver a María. encontrando que el agua nunca había estado tan linda.

hielo en el estómago y pensamientos gastados en el cerebro. ni en la música que de nuevo inundaba la casa grande. Pero el grito volvió y con él otra cara muy rara. encalmadamente–. Y la risa hizo eco en otras risas que salieron de los cuartos de la casa grande. —¡Usted no es María! ¡Quiero ver a María! Las dos cabezas de colores se reunieron y echaron humo de cigarrillos sobre Luis. 203 . El grito seguía caminando por la casa grande. El otro Con las manos enlazadas en la nuca. —María –dijo Luis. en su cuartucho. ¡Quería verte tanto! —Yo también quería verte. como caminaba la angustia por el pecho de Luis. su María. Era curiosa la sensación que tuvo Luis en el pecho. porque no se puede dormir con sudor en las manos. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Luis experimentó la sensación de que se ahogaba. más fuerte que todos los hombres de la casa grande. Pero no pudo dormir. dijo: —¿Conque María? ¿Eh? ¡María…! ¡Ven acá. pum de un cañón. Y nuevamente. llévame contigo! No se volvieron. Cesó la música de la casa grande. pum. María dijo: —¡Llévame contigo. —Usted no es María –aseguró. Y en la noche silenciosa de la casa grande. Luis. en la puerta de la casa grande. también rodeando a los dos muchachos que se miraban y remiraban. —Luis –dijo María. lo estoy. Y el abanico rodeó. María. poco a poco. quiero que dejes la casa grande. quiero que vengas conmigo. y añadió–: ¡Luis! ¿Tú aquí? —Quiero verte. Y el silencio estuvo de pronto en la balconada. Era una floración de cabezas y de ojos. y hasta en la boca. Le faltaba el aire y la camisa apretaba en su cuello como una soga de buey. en aquella ciudad. M. María. desgraciada…! Y entonces respondió la María que Luis deseaba ver. Luis. Sabía que sería el último sueño en su cama. —Yo soy María. ni repararon en las risas recién nacidas que explotaban en la balconada. como un abanico de carne y de humo. Soy fuerte.J. De las ventanas y de las puertas. ni miraron nuevamente las cabezas raras enganchadas en puertas y ventanas. Pecho. como la de un cirio que pudiera hablar. ¿qué quieres? Luis miró dos veces. Asomó la cabeza suave y menuda de María. Jorge cerró los ojos y trató de dormir. “¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!” Así fue la risa. la más vieja de ellas. más fuerte que nadie. ni oyeron el murmullo. por los pasillos. caras de mujeres y de hombres se alzaron silenciosamente. porque las risas de la casa grande enmudecieron y hasta las cabezas de colores dejaron de reír. pero en la cabeza de Luis sonó como el pum. —¿Estás seguro. ojos y boca estaban secos. Luis. La cara de cirio que hablaba se rió. Te cargaré hasta el horizonte. a María y a Luis. Y eso también lo había presentido. Y hasta una tercera vez. —Lo eres. —María –dijo la voz de Luis. Luis. y en los ojos. Luis? ¿Estás seguro? —Lo estoy. Yo lo sé.

pero. de su cama y de sus noches. como casi todos los techos de los cuartos por donde había paseado sus remordimientos. La razón de la mudanza era porque estaba muy nervioso. había perdido el apetito y no se sentía nada bien de salud. Pero como en el poblado no se sintiera feliz. En su caso. Por todo esto prosiguió siendo amigo del criminal y hasta le cobró cariño. lo rodeaba y se marchaba bosque abajo. tan grande que nadie sabía dónde terminaba. o demasiado inteligente. con sólo recordarla en su impudicia. —Usted –le dijo el médico–. La ausencia de ella era una ausencia cómoda. Pero ya no importaba. en su maldad. A la semana del crimen la policía opinó que era un suicidio. el asesino de su amante. los policías son hombres de poca imaginación. para gozar mejor de su cama y de su cuarto. Y así vivió. Allí Jorge pasó varios años. por si descubría que también con el criminal le había engañado su amante. Ni tampoco porque en la mesita de noche estaba el florero japonés que una vez él le regaló a ella. haciendo preguntas que él sabía de memoria cómo eran. ¡Matar a una mujer! Cierto que para él no hubo más insomnios ni cansancio. 204 . Además. en algún recodo de la vida. La ciudad era muy grande. ¿Y qué? ¿Y qué? Jorge no había obedecido a un médico tan desconcertante y tan pueril en sus raciocinios. porque él era la respuesta y esta vez ni huiría ni lucharía. Además. tan pequeño que todo el mundo sabía dónde estaba y el número exacto de sus habitantes. un techo lleno de sombras y vacío. y Jorge también se fue de la ciudad. Le bastaba pensar que el otro la había asesinado y que ella estaba definitivamente muerta. en su traición. Jorge se quedó quieto y miró al techo. amigo mío. pero relativa. poco se podía esperar de quien preguntaba incesantemente. en una cabaña. como un niño jugando al escondite. de la música que salía de la vitrola. En un principio no fue fácil vivir con la seguridad de que ella estaba muerta. Aquellos “¿Y qué?” no tenían sentido. echarla a la calle con los perros. lágrimas ni suspiros.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS En la calle oyó el rechinar de frenos. ¿Y qué? Perdone la franqueza. sino de amargársela a otros. porque su amante no era mujer de quitarse la vida. quiso preguntarle por qué lo había hecho tan sorpresivamente. Le parecía que era un hombre valiente aquel hombre que había matado a su amante. de los libros que nadie podía ahora perder. o con esas mujerzuelas que se venden en las esquinas oscuras. no hay mujer que no podamos sustituir. Como no fue posible. La cara ensangrentada de su amante no se podía borrar de un manotazo. La huida y la lucha estaban detrás. Aceptemos que su amante se ha ido para siempre. Jorge vivió en el campo. Y aquella tarde se cumplieron sus deseos y a ella la golpearon hasta la muerte. del balcón por donde iban desfilando las nubes silenciosamente. Y Jorge no lo volvió a ver más. Pero decidió que no era conveniente. con la única compañía de su gran amigo. Se mudó del cuarto dónde la habían matado. en lo alto de un monte cubierto de pinares. Irene era demasiado bella quizás. esperó que otro lo hiciera. y mucho menos podía suicidarse una mujer golpeándose la cara con un bastón de acero. No porque las paredes marrones ni el cuadrito de Modigliani le recordaran algunas escenas de amor. sin que mediara con la víctima ningún lazo de afecto o de pasión. Indudablemente. con un riachuelo que llegaba hasta sus laderas. A él le dio risa. es un sentimental. Había deseado eliminarla. Se buscó un poblado chiquitín. sacarla de su cuarto. luego portezuelas que se cerraban y voces de hombres en el zaguán. En sus conversaciones con él. Veinte años para pensar no eran mucho tiempo. era una muerte suya.

atontados y confusos. de discos que llegaron a gastarse. El órgano inundaba la cabaña y chorreaba por el monte. cuando hacía frío y ambos gustaban de beber interminables botellas de cerveza. él manifestó la irrevocable voluntad de quedarse allí. descubrir que entre el asesino y él sólo existía la diferencia de un único momento de valor. se decidió por las mujeres a precio. Ella coleccionaba perlas y el cáncer de las ostras es bastante codiciado. —¿Pero y tus remordimientos? había preguntado Jorge. porque no tienen alma. Tuvo otras mujeres. de esta forma. como prendas de vestir gastadas por el uso. Mientras Jorge ansiaba por el bullicio y el ruido. Jorge volvió. fueron los remordimientos de un hombre que no ha hecho nada útil con su vida. tantas semejanzas entre él y su amigo. te ruego! Y Jorge había liado sus bártulos y se había marchado. —No puede ser –habíale suplicado Jorge–. las encontró tan semejantes a sus pensamientos que llegó a dudar de si él mismo no las había dictado. Escuchaban música de Bach. que hasta de las amistades el hombre debe libertarse. Cuando comenzaron a llegarle las cartas de su amigo. Porque no había la menor duda: Para matar era preciso ser audaz. Habían discutido todas las razones. o de audacia. por si se aflojara su ánimo y en la despedida se le aguaran los ojos. —¡Imposible! Me quedo. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO La suya fue una amistad interesante. cuando estaban juntos en el campo. Su amigo permaneció un largo rato callado y luego contestó: —Yo nunca he tenido remordimientos. el tráfico y las gentes. como aguacero estrepitoso. Raras veces. sin convencerse. Para su sorpresa. ni los tendré. Las encontró en el camino y en el camino las fue dejando. Por lo menos su amigo podía llamarse un asesino. sin atreverse a volver la vista. sin comprender que ellas le dejaban a él. en el pasado. por las calles de ruidos silenciosos. si quiere ser dueño de su propio destino. M. Por otra sintió una gran pasión y le compuso varios sonetos. egocéntrico y sentimental. porque la poesía no tiene lugar en mitad del instinto. al fin. Hasta que un día. Las compraba por una hora o dos. que luego rompió disgustado. y eso porque era una extraña muchacha que no hablaba. no como él. 205 . Nunca debió haberlo hecho. Otras veces leían a Goethe.J. Si se cansaban de tantos pensamientos elevados. alguna vez. Comprendía. Una vez en el tren pudo respirar aliviado y tratar de olvidarlo. a vivir entre el gentío. Jorge se cansó de vivir en el campo y así se lo dijo a su amigo. y en mitad de la música Jorge y su amigo callaban. mientras su amigo se había llevado la vida de ella. Sus remordimientos. Pero no fue feliz. A una la amó durante un par de años. ¡Eso es de los débiles! ¡Déjame. con los años. Y aún más le sorprendía. Conversaban en los atardeceres y en las noches. consideró que al otro le tocaba recordarla y no a él. en cambio. Como él sólo había tenido el amor y la traición de Irene. pensaba en su amante muerta. Con una tercera se empobreció. raras veces pagaba una noche entera. que siempre había sido timorato. a Cervantes o a Shakespeare. recurrían a las revistas norteamericanas y en seguida se les calmaban ánimo y cerebro. su amigo se sentía tan feliz que no pedía más nada. Jorge se maravillaba de encontrar tantos puntos de contacto. a los pies de los edificios de hierro y cemento. ahora. ¿cómo podríamos separarnos? Debes venir conmigo. A partir de ese momento.

se le comunicaba que su amigo se había muerto. poco tiempo. vacilaban si abrirse al nuevo día o permanecer dormidos. o de mil quizás. sus manerismos bonachones. lo tuvo presente a toda hora. curioseando la ciudad. sino porque sus amores ya hubiesen sido inútiles. que la muerte no necesita explicarse. Después de todo. —¿Dónde vivió antes? —En otra casa. en medio de su dolor. El hombre del impermeable marrón se echó el sombrero sobre la frente y preguntó: —¿Usted es Jorge? —Soy… —¿Vive aquí hace mucho tiempo? —No. Pero en vez de olvidarlo. Y aun en otra mucho antes. de espaldas a la vida. Meditó acerca de tan sorprendente descubrimiento. No porque no le gustaran. Recibió una carta. adquirió el hábito de escupir. Le pareció lo más apropiado. tenía en las piernas y en el pecho una armazón de hierro que no le dejaba moverse y los ojos. al cielo que estaba color de noche. entrecerrados. No le decían de qué y a Jorge se le ocurrió. decidió que ser viejo era una sensación manoseada y sin interés. como si pasara hambre. Le gustó sostener largas conversaciones con ellos. Como la muerte siempre le pasara lejos. su conversación reposada. Su rostro suave y apacible. hallando que el hombre. En su cama. como la indiferencia del amigo que se muriera en la cabaña. Lloró bastante. Queremos interrogarle… Era el mismo diálogo. por lo definitiva que es. Y tocaron a su puerta. 206 . aun en la infancia. aunque todas sus acciones sean jubilosas. a asaltar la propiedad ajena. Era de su amigo ausente. Y Jorge procedió. a la luna que se había posado sobre una chimenea. Cultivó entonces la amistad de los niños y los encontró interesantes. en las mañanas. persiguiéndole como la cara ensangrentada de Irene. En ella. con muy pocas palabras. pero nada sacó en claro. Y en otra antes. ya tiene maldad en el corazón. Era como si su amigo no desease abandonarlo o no quisiese dejarlo a solas con el crimen de Irene.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Un día se vio en el espejo y se encontró viejo. para limpiarse la boca de todas las blasfemias que había dicho en su vida. Y no amó más mujeres. Cuando se levantaba. arrastró los pies y descuidó la ropa. lo más parecido a los viejos que existe. pero no la había escrito su amigo. Faltaba muy poco para tenerlos frente a frente. a olvidar a su amigo. sintiéndose como de cien. Se le aflojaron las carnes y le salieron los pómulos. de toda angustia y de todo dolor. a no ser que se sintió más cerca de la muerte. él no tenía necesidad de complicarse la existencia con su recuerdo. con el egoísmo de un viejo. había sido un pobre hombre sin escrúpulos que había matado a una mujer con menos escrúpulos. ya juega a matarse. Jorge miró por la ventana abierta. estuvieron en el cuarto de Jorge con mayor fuerza que en el pasado. a enamorar la mujer del prójimo. en memoria de su amigo el asesino. Así cumplió cincuenta años. Jorge comenzó a languidecer y a preocuparse. Se acercaban. Jorge oyó los pasos de los hombres que subían la escalera. porque si aquel amigo descansaba. en la tumba. —¡Bien! ¡Bien! Nos gusta que coopere. lanzadas alegremente por los senderos de un parque y vigiladas por los ojos de una niñera amodorrada o de un guarda reumático e indiferente. Era una carta impresa.

J. la mató mi amigo. Y a medida que hablaba. porque los hombres se miraron entre sí y sonrieron. Jorge. Comenzó a vestirse. hace muchos años. ni podían. Era una risa cortada y difícil. Jorge pensó que si aquella risa terminaba. en los oídos. Y agregó que el crimen de Irene fue un crimen justificado. ni en el campo. su amigo el asesino. Puedo contarles. durante veinte años. Afuera. —¿Quién es su amigo? Lo contó todo. ¡Yo nunca habría matado a Irene! ¡Era tan linda! ¡Era tan mala! —¿Dónde está su amigo? —Mi amigo está muerto. El hombre del impermeable marrón y el hombre del paraguas le miraban curiosamente. en la cabaña que juntos alquilamos en la cumbre del cerro. estar allí. nada tuvo que ver con su muerte. en la luna. para él. Jorge no pudo oír sus propias palabras. había matado a Irene. pero los hombres querían saber más. sino el otro. se enredó en las cortinas. dictándole palabra por palabra. comenzó a llover. —Usted nunca tuvo tal amigo. conozco el crimen. en el pueblecito. en la calle. —¿Es decir que usted. —Bien –respondió. —¿Cómo era Irene? –le preguntaron los hombres en la puerta. la mató mi amigo. su querido e inolvidable amigo el asesino. como si contra él soplara una ventisca furibunda. como se justifica el pisotón que damos a las cucarachas o el puntapié a los perros rabiosos. sobre los tres hombres y su apretado diálogo. —¡Oh! ¿Irene mi amante? Debió decir muchas tonterías acerca de Irene. Jorge ya estaba tan cansado que le dolían los párpados. Sus sollozos no pudieron con aquella risa desbordada y se quedaron en el pecho. que usted ha callado ese secreto. M. —¿Quién es su amigo? Jorge explicó detalladamente quién era su amigo. Era una risa que parecía llanto. sin razón ni premeditación. vuelto de la tumba para poner en su boca cosas que no debían. arqueándolo. ¿Quién es su amigo? —Mi amigo es el otro. ni en el pueblo. porque no era él quien hablaba. Jorge. —¡Ah! Sería interesante que descubriéramos ahora un crimen castigable. ¿Oye bien? ¡Nunca! Ni en la ciudad. —¿Y dice que su amigo murió en la cabaña? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Volvía la risa a enredarse donde nadie lo hubiese creído. él se habría sentido muchísimo mejor. Y Jorge no tuvo ganas de reír y comenzó a sollozar. en los momentos más inoportunos de su vida. agrandada. en la ropa de Jorge. sintiéndose más cansado que nunca–. de una mujer asesinada. mi amigo vivía conmigo en la ciudad. Y explicó también por qué su amigo. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —¿Acerca de qué me quieren interrogar? —De un crimen…. Jorge pensó que la lluvia siempre había llegado. ¡Nunca! 207 . —La mató mi amigo. Jorge tuvo la sensación de que el otro estaba a su lado. cuidadoso de que no cometiera errores o dijera mentiras. que a Irene la mató un amigo suyo. a la policía de todo el país? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! La risa de los dos hombres salió hasta el balcón. Pero la risa seguía.

en el mismo momento que el sol aparecía sobre las palmeras. Ni el asesinato de Irene. se afeitaba. aunque de tarde en tarde se ponía gris y aun bermejo. después de veinte años. con sus palabras que eran órdenes y su talento que era luz. aunque una mañana estuvo color chocolate. No tengo la culpa de que fuera él quien matara a mi amante. castigar un crimen. Las casitas eran casi todas blancas y dentro de ellas sus habitantes eran casi todos negros. Se levantaba todos los días a la misma hora. Nadie lo sabía mejor que él. El coronel. quedó gritando: —¡Era tan linda y tan mala! ¡Pero no la maté! ¡No la maté! La mató mi pobre amigo. calma y sosegadamente: —Jorge. de clara mirada y ancha frente. En el pueblo nadie era importante. En el cuarto se produjo un silencio sin risas. en todas las cosas que hablaron ustedes. Y Jorge. ¿cómo puede probarnos su existencia? —Lo conoció todo el mundo. no lo tome usted a mal. nadie se hubiese molestado en creerlo. rugió–: ¡Mentira! ¡Mentira! Tuve un gran amigo. en la cabaña donde murió. ¡Ni siquiera derramó una lágrima de arrepentimiento! Los dos hombres se remiraron entre sí. un inolvidable amigo. había una casa verde con galería de zinc y ésa era la casa diferente. El ruido de los pasos en la escalera se fue apagando. En las afueras del pueblo. Si existió ese amigo suyo. se despidieron. El coronel tenía la más brillante hoja de servicios y había recibido todas las condecoraciones. se vestía y procedía a realizar la misma minuciosa inspección del cuartel y de la tropa. porque en ella vivía la amante del coronel. se bañaba. —No se excite. pero eso fue en un ciclón. El auto también se marchó por la calle mojada. Yo soy un asesino. El cielo era azul las más de las veces. de bruces en el piso de su cuarto. —Y ese amigo memorable. 208 . tomaba el mismo vaso de agua. sin embargo. El pueblo era limpio y ordenado.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Nunca? –preguntó Jorge. ¡La mató el otro…! Hormiguitas El coronel era un hombre metódico y era un hombre valiente. rodeado de palmeras y de cocos. su amante. un hombre que seducía con su sola presencia. sin lugar a dudas. repítase hasta convencerse: ¡No es cierto! ¡No es cierto! Yo nunca tuve un amigo. Los dos hombres regresaron a la puerta y volviéndose hacia Jorge. un Jorge enclenque y debilucho. Nos vieron juntos. Y en seguida. pero esta vez no rieron. con una voz que no era la suya. ¿Oye? No lo tome usted a mal… Siempre que piense en su amigo. hacía las mismas genuflexiones. Cálmese. ¡No lo olvide. yo fui quien mató a Irene. Y le dijo. puedo repetir sus últimas palabras. un grupito de casas a la orilla del mar. ¿le dio a usted detalles del asesinato de Irene? —Todos… Sé hasta la forma en que ella cayó al suelo. El del impermeable marrón se acercó a Jorge y le puso una mano en el hombro. un hombrecito que aun saliéndose de la multitud y gritando a voz en cuello que estaba vivo. Jorge! La puerta se cerró en el cuarto de Jorge. en la forma en que mató a Irene. era un militar excepcional. —Ni la ley puede. El mar era también azul. Y Jorge refirió que su amigo había sido un hombre esbelto y macizo.

la verdad sea dicha. porque. Todas las tardes le dejaban sentarse a la vera del camino y allí tomaba tierra en las manos y la colocaba en otro lugar o. En la carretera que saliendo del pueblo flirteaba con el mar y se perdía perezosamente en el vientre de una montaña muy fea. perdone usted a mi nieto. Salían de la hierba. La amante del coronel no podía mezclarse con la gente del pueblo. el chevrolet se descompuso. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO La amante del coronel era una mulata estupenda y muy hermosa. en contra de lo que decía el coronel. aunque. muchísimas. el coronel hablaba tan poco que su verdadero carácter era un misterio. por cierto muy respetuosamente: —Señor coronel. lleno de besos y suspiros y promesas y aun de discusiones. Son sus únicos juguetes. el coronel nunca reparó en el idiota. el idiota parecía jugar con las hormigas. No había hablado nunca y babeaba como si fueran a salirle los dientes. Además. El coronel se rascó la cabeza y le dio la espalda a la vieja. que caminaban ordenadamente. porque el pobre es idiota de nacimiento. se rió. desde el cuartel adonde su amante. tosió imperativamente y vino a parar ante la casa del idiota. 209 . Pero una vez. porque si no el idiota era capaz de salir desnudo y eso hubiera disgustado al coronel. El coronel nunca se equivocaba y decidió que eran hormigas muy tontas las que perdían el tiempo divirtiendo a un idiota. Todos reconocían en él a un verdadero héroe. de los troncos de las palmeras. No se peinaba ni se afeitaba y había que vestirlo todos los días. Y la gente dejó de preocuparse del carácter del coronel. si las hormigas le picaban. pero eso sólo lo sabía el coronel. Cuando el coronel se trasladaba. —¡Ah! –exclamó el coronel–. M. el idiota era el hombre menos importante del pueblo. el idiota estaba sentado sobre un hormiguero. pero respetaba al coronel. vivía un idiota. trazaba surcos que a nadie interesaban. Indudablemente. La abuela del idiota respiró tranquila. El idiota no hacía absolutamente nada de importancia. él juega con las hormiguitas. por si a él pudiese molestarle. debía pasar siempre ante la casa del idiota. aunque los dientes le habían salido ya. hubo de descender y estaba muy aburrido porque tenía ganas de besar los labios hinchados de su amante la mulata. —¿Cómo te llamas? –le preguntó al idiota–. trabajaban ordenadamente y rodeaban al idiota por todos lados. ¿Y qué hace con esa ramita? ¿No ve usted que está sentado encima de un hormiguero? Esas hormigas pican… Efectivamente. que era muy celoso y a nadie permitía hablar con ella. pero el idiota. La gente del pueblo temía. pero siempre privado y detrás de las puertas cerradas. también ordenadamente. con una ramita. el coronel se marchó donde su amante y el idiota siguió jugando con las hormiguitas. pero como iba tan preocupado en que el pueblo estuviese limpio y sus habitantes no tramaran una revolución. Indudablemente. el coronel no había conocido a nadie que jugara con hormigas y se puso a observar al idiota con interés. todas las tardes. de muy mal humor. Era muy importante llevarse bien con el coronel. Era la primera vez que alguien se reía del coronel. en su chevrolet. Había muchas filas de hormigas. Eran verdaderos ejércitos –pensó el coronel sorprendido–. Una mujer muy desgreñada salió de la choza y le dijo al coronel. ¿cómo podría quejarse el idiota si no sabía hablar? —Señor coronel –dijo entonces la vieja–. que no sabía hablar.J. de los montículos de arena. Su amor era algo privado. Cuando el chevrolet estuvo sin tos en el motor. pero. El idiota era un pobre hombre con cara de niño. El coronel.

increíble—. Pero el sueño se repitió noches más tarde y aun otras noches después. porque era la primera vez que el coronel se mostraba débil. Los soldados quedaron muy sorprendidos. Y a la quinta o sexta vez. el coronel dio otra orden y lo perdonó. La vieja asintió con grandes reverencias y el coronel se hubiese marchado satisfecho. El coronel continuó sin dar importancia al asunto. pero así fue. se levantó agitado porque había soñado con el idiota. el coronel no durmió más y comenzó a pasearse de un lado al otro. El coronel pensó que castigar al idiota no era digno de un oficial como él y siguió en su chevrolet para casa de su amante la mulata.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS verdaderamente. Las hormiguitas se fueron detrás de él. Todas las tardes. que el coronel había perdonado a uno de ellos. con la cara muy triste. atrevidamente. ¡Esto debo verlo! Y efectivamente. hubiese sido desagradable que el coronel se molestara con su nieto y las hormigas. ¡Señora! –dijo. Es difícil describir o explicar la amistad de un coronel con un idiota. llamando a la vieja–. el coronel. que lo peine y que no lo deje jugar con hormigas. El coronel siguió divisando al idiota desde su chevrolet. Cuando preguntó a la vieja por él. supo que ahora el idiota. El coronel se rió de buena gana. –Aunque no sepas hablar. cumpliendo las órdenes del coronel. no. el coronel detenía su chevrolet. jugaba con sus hormiguitas en la parte trasera de la casa. todas las tardes. porque eso era una tontería. en el frente. Un día el coronel debió castigar a un soldado y lo mandó al calabozo. Y desde ese día fueron amigos el coronel y el idiota. imitó la sonrisa del coronel. como antes. en vez de hacerlo. con la cabeza alzada. –¿Me quiere usted decir –preguntó el coronel– que el idiota ha llevado las hormigas para allá? –No. como una escoba rota. la falta cometida no es grave”. Durante una siesta. Y se rascó la cabeza. el coronel pasó al patio trasero de la casa y vio al idiota. Como era un sueño muy raro en que el coronel se veía jugando con hormigas y el idiota pasaba. sin darle mayor importancia. Y se sonrió el coronel. como es natural. esperaba que el sargento abriera la portezuela y descendía frente a la casa del 210 . con su ramita. debes respetar las órdenes que llevo impartidas. sentado en el suelo. —Increíble –se dijo el coronel–. Y el idiota. Cuando se llevaban al preso. dirigiendo sus filas de hormigas. “Después de todo –se dijo–. que nunca tuvo pesadillas. Se hicieron el coronel y su amante el amor muchas veces. asustando. muy pronto. se fueron a cumplir con sus obligaciones y olvidaron. antes de llegar a la casa donde vivía su amante la mulata. a los centinelas que no estaban acostumbrados a recibir órdenes a la hora de la siesta. Se la iba a rascar otra vez. Pero como los soldados no gustan de pensar. cuando se le ocurrió que el orden de las hormigas del idiota era parecido al que él tenía establecido en el pueblo. —¡Ah! –exclamó el coronel–. es preciso que lave usted al idiota. El coronel se fue a ver al idiota. pero ella le dijo al coronel que lo encontraba preocupado y que no era el mismo. vestido de coronel en el chevrolet. y se fue a verlo inmediatamente. si el idiota no se riera. el coronel decidió que esas pesadillas eran muy molestas y que había que tomar medidas. sin embargo. idiota. señor coronel. Un día el coronel pensó en el idiota sin estar soñando y decidió que ya eso era demasiado. como todas las cosas que dicen las amantes en la cama.

Los soldados llegaban tarde al cuartel o andaban bebiendo ron en la playa. y se fue a la capital. habló en voz baja de insubordinación. pero con los zapatos muy lustrados. muy tranquilamente. se lo llevaron a un calabozo. no era posible que un militar tan brillante se complaciera en hormigas y en un tonto.J. —¡Tráiganme al idiota! –ordenó al sargento de guardia. tocándose entre ellas las narices. no pegó los ojos esa noche y hasta llegó a decir algunas palabras bastante feas. este coronel es un tonto. esta vez sin el chofer. se rió. Sólo la omnipotente ramita del idiota presidía toda aquella actividad. Allí pasaba por lo menos una hora. Todos los negros de las casas blancas comenzaron a murmurar acerca de las visitas del coronel al idiota. ¿cómo podía el coronel. Un día llegó un telegrama para el coronel. transportando insectos muertos o partes de insectos. desatiende sus obligaciones. Y el coronel se rascó tanto y tanto la cabeza que comenzó a encalvecer. saludó marcialmente. esto es imperdonable. sobre su escritorio. golpeó los talones. tan feas que no se pueden repetir. buscando en vano a sus hormiguitas. —No quiero oírle. ¡O se pone usted enérgico o lo rebajo a capitán y lo hago mi ayudante! —Señor Ministro… –comenzó a decir el coronel. algunos comenzaron a aprovecharse. Lo recibió el Ministro de la Guerra y le dijo: —Señor coronel. A las seis y cincuenta minutos bajó el coronel de sus habitaciones. Además. aun siendo palabras de un coronel. orgullo mío. Y dijo el coronel. como no podía hablar. ¡nadie. con la cara bastante arrugada. Nadie supo nunca cuáles fueron los pensamientos del coronel. El idiota volvió a reír. tan metódico. M. como caramelo abandonado. ¡Fusile a ese idiota y se acabó! Como el coronel era un oficial muy obediente y no quería perder sus condecoraciones. hasta con la ramita en la mano. No. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO idiota. Y se lo trajeron. a espaldas del idiota. dio media vuelta y se marchó. porque en este pueblo debe reinar el orden y nadie. muy serios y obedientes. descuida a la tropa y permite que le critiquen los hombres mismos de quienes debe hacerse respetar –y golpeó. ¡que lo ejecuten! El idiota. En cuanto al coronel. Mañana a las siete de la mañana. Y el coronel se puso todo colorado cuando lo leyó y tomó su chevrolet. y aun haciéndose el amor en la vía pública. Un oficial como usted. construyendo diques. En seguida llegaba al patio y se paraba. donde el idiota pasó la noche sin poder dormir. túneles. Llegó a tener casi un campo de fútbol en lo alto del cráneo. óiganme bien!. sin que le temblara la voz: —Por causar desasosiego. Y los soldados. de regreso al pueblo. dispongo que se le fusile. los pescadores dejaron de pescar y un muchachón de cara chupada. o lo que fuera. por vagancia. Le fascinaba contemplar a las hormiguitas en sus correcorres. por lo cual el sargento decidió que alguien tan estúpido estaría muy bien fusilado. dejar a su amante la mulata por visitar al idiota? Y con el murmurar de aquella gente. la chaqueta impecable y la 211 . un montón de cartas sin firma–. A las seis y media de la mañana sacaron al patio al idiota y le preguntaron cuál era su último deseo. —¡No es posible! –repetía en la plazuela o en las callejas–. puede andar organizando a hormigas. A las seis y tres cuartos se formó el pelotón y colocaron al idiota frente a una pared pintada de blanco.

como la de una ola que cae en la playa. Y seguido del capitán y del sargento. El coronel no gustó de aquellas lágrimas y con voz estentórea. porque no se podía dejar en el suelo del patio del cuartel al cadáver de un oficial tan metódico y tan brillante como fuera en vida el señor coronel. Estaba absolutamente seguro de haberse dejado caer en el sillón con un cansancio de muchos siglos. Pero era el suyo un sueño arreglado. el coronel era un oficial sin tacha. Un tiro seco y perfecto. El coronel le tomó por el pelo y le alzó la cabeza. Y el coronel cayó al suelo muerto. del sargento. que seguía con la cara alzada. donde se la dejaran las manos del coronel. —Todo en orden –repitió el sargento. son iguales. Era un ojo de mujer. pronunció pesadamente las primeras palabras de su vida: —Hormiguitas… Hormiguitas… El coronel se quedó muy rígido y se quitó la gorra. como el coronel era un hombre y un oficial muy metódico. porque todos los ojos. cuando andan sueltos y bailando. para ejemplo de la tropa. Ahora había que enterrar al coronel. le preguntó: —¿Estás en paz con tu sentencia? ¿Tienes algo que decir antes de que te ejecute? El idiota no respondió. No había duda: La cerradura estaba suspendida. como una estrellita inventada por algún poeta para un soneto romántico. pero a ratos era negro. pues aspiraba a un ascenso. pero parecióle absurdo saber que era de mujer. —Está muy bien –se dijo el sargento–. El sueño En un principio fue la cerradura. —¿Todo en orden? –preguntó el coronel. de ojos abiertos y sorprendidos. va a ajusticiarlo él mismo. como que fue disparado por un gran oficial y un mejor tirador. dando unos saltos simétricos por toda la estancia.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS gorra con su insignia reluciente. de pie. Miró entonces al idiota con una mirada mansa. sin lágrimas. Pero no sucedió así. no empotrada en el muro. Después salió el ojo de la cerradura y se puso a bailar. Aunque sabía muy bien que el idiota no podía hablar. y sacó su pistola. sonreído por haber descubierto que podía decir “hormiguitas…” Lo fusilarían más tarde. Pareció mentira. suspendida en un muro blanco. El idiota. le dijo: —¿Por qué lloras? Hay que morirse alguna vez. Indudablemente. Paulo gustaba de que sus ideas fuesen 212 . del capitán y hasta del coronel. pero en los ojos del idiota había dos lágrimas grandes. Hay que morirse como los hombres. para asombro del pelotón de fusilamiento. Exactamente a las siete de la mañana. con las ideas muy en orden. Paulo estaba dormido. —Veamos –dijo entonces el coronel. tan grandes que le cubrían las mejillas y le agrandaban la baba en la boca. entreabrió sus labios húmedos y. Al idiota se lo llevaron de nuevo al calabozo. como se sienten las piedras en las catedrales o las aguas de algunos ríos silenciosos de la selva. el coronel se llevó la pistola a la cabeza y se pegó un tiro. como ropa en armario de vieja. El ojo era azul. —Absolutamente todo –decidió completar el capitán. se acercó al idiota y se lo quedó mirando. pero infinitamente iluminados. como la que usaba cuando era teniente. Una cerradura cualquiera.

ni aun despiertos. Paulo viajaba en el avión. tuvo que viajar en el avión. como sus primeros cheques y 213 . Y no de un chubasco fuerte. Quizás porque el amor era también un sentimiento y en Paulo los sentimientos no podían hablar. pero Paulo no estaba disgustado con su vida y eso era suficiente. de esos que caen y el sol no se molesta en meter la cara detrás de las nubes. La idea del amor no estaba muy clara. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO siempre ordenadas a pesar de que alguna vez una idea u otra se le escapaba y andaba luego importunándole. Era como una vida distinguida. porque con el sueño no tenía que viajar en el avión. Las ideas de Paulo no estaban del todo civilizadas. M. tan pequeño que sólo tuvo un beso. Paulo pensó en la muerte. Paulo miró al ojo fijamente. pero encontró que en su sueño no había voces. que tenía ahora color violeta. sino de un chubasco pequeño. Al avión sólo le interesaba volar y volar bien. El avión volaba velozmente sobre cielos color chocolate y no se preocupaba con el sueño de Paulo. La lectura no pasaba de ser en Paulo como el agua de un chubasco. El ojo del sueño de Paulo decidió quedarse tranquilo unos segundos. de brazos verticales como en un cuadro de Guayasamín y de cara vacía. No le gustaba ese avión ni ningún otro avión. Y también con sus sentimientos. No en la muerte suya o de todos los hombres que él conocía. Hacía mucho tiempo que no había pensado en aquel amor. Pero los ingenieros que diseñaron el avión eran unos ingenieros muy inteligentes y los mecánicos que prepararon el avión eran unos mecánicos muy preparados y los pilotos que piloteaban el avión eran unos pilotos muy competentes. El avión era de metal por todas partes. no devolvió la mirada y se enroscó detrás de la cerradura. Esto lo desagradó. Los sentimientos de Paulo no eran tan ordenados como sus ideas. Pero no sucedió así y Paulo siguió soñando. Hasta la gente del aeropuerto tenía la duda de que aquel avión volase ordenadamente. No porque fue un amor pequeño. Los sueños debían tener voces y no ser mudos. sino porque a los amores de infancia Paulo los había archivado. Puede que el libro no dijera todo lo que hay que decir de los sentimientos. Por todas estas razones el avión iba volando muy ordenadamente. sino en una muerte desconcertante. como arenas de desierto. La idea de la muerte no era una idea ordenada y en seguida Paulo mudó a la idea del amor. sin llegar a ser completamente distinguida. porque para eso lo habían construido. Estaba visto que era un ojo incansable y Paulo decidió no darle tanta importancia. Se podía comprender que aquel avión era un avión de los mejores. por supuesto. aquel ojo de tantos colores que bailaba de un lado para el otro. pero como Paulo era un hombre muy civilizado. pero la verdad era que los sentimientos no son obedientes y Paulo había leído eso en algún libro. Fue una suerte que su cansancio le diera sueño. como si no tuviese otra cosa que hacer. Paulo recordó un amor diminuto de su infancia y se sonrió. Paulo siempre fue conformista.J. El ojo del sueño de Paulo no se cansaba de bailar. La vida de Paulo había sido una vida bien vivida. El avión en el cual viajaba Paulo era un avión muy grande. pero el ojo. Así se clavó en el muro blanco del sueño y se puso a girar para arriba y luego para abajo. por lo menos respecto a su vida. Lo que no había previsto Paulo era la cerradura y mucho menos. pero Paulo tampoco gustaba de leer demasiado. Los sueños no eran de la incumbencia del avión. Paulo quiso aconsejar al ojo que se dedicase a mirar. A lo mejor el ojo decidía entrarse nuevamente en la cerradura y dejar el sueño de Paulo un poco más limpio. El avión estaba acostumbrado a que sus pasajeros soñaran como les viniera en gana.

En la vida de Paulo muchas bocas habían quedado esperando. Paulo se estremeció. La negra Ángela llegó al morro en una noche estrellada vestida de rojo y con perfume de coco en el grueso cabello irredento. ni siquiera como los sentimientos. como las angustias de las niñas de buenas familias. como una boca que va a decir una mala palabra o proferir una maldición. Y en lo alto del morro. pero luego su angustia fue una angustia mayor. En el morro había muchas chozas llenas de negros que cantaban canciones tristes y canciones alegres. un camino 214 . sino porque el avión había dejado de volar ordenadamente y estaba cayendo por el cielo en una forma tan precipitada que hasta el angustiado sueño de Paulo comenzó a caer junto con el avión. con techo de latón y ventanas simuladas. Quizás así pudiera formar un rostro y ordenar un poco su sueño. con su sueño cansado. El milagro El morro era chato y negro. pegado al mar que lo lamía con olas cansadas de tanto viajar. Sólo en un sueño tan cansado como el suyo podía surgir aquel amor pequeñito de la infancia. En el muro del sueño de Paulo apareció una boca. el ojo y la boca– dieron grandes saltos por el muro blanco del sueño de Paulo. la boca y el ojo y la cerradura y hasta el muro no quisieron caer con el avión y se quedaron arriba. que ya era un sueño desordenado y un sueño angustiado. todos encaramados en el cielo color chocolate. Los negros del morro tenían mucha estimación por el negro Isaías. una tierra que lo abrazó con lujuria. Y la cerradura se despegó del ojo y los tres –la cerradura. En cambio Paulo bajó con el avión. pero la boca nada le decía ahora. Isaías había fabricado una casa de tablones. sus brazos no pudieron agarrar nada. Sin embargo. Por el contrario. Paulo pensó que su sueño era un sueño bastante desordenado. Lo último le pareció más acertado y Paulo miró a la boca. El avión se hizo pedazos sobre una tierra negra. como heridas sin cicatrizar. la boca del sueño era una boca diferente. Indudablemente que Paulo había besado alguna vez aquella boca o dejado en ella gran parte de sus instintos. Y en el avión se quedó Paulo. En el primer momento fue una angustia controlada. pero la boca comenzó a bailar. Paulo no le dio importancia. No porque recordara a aquella hermosa muchacha que él había seducido para abandonar en la esquina triste de una ciudad cualquiera. carnosa y sensual. porque era una tierra que odiaba a los aviones grandes y rígidos que solían volar sobre ella sin detenerse. con la angustia de todos los sueños que no van a terminar. que era un sueño que no tenía despertar. O como la angustia que Paulo sintió. Era una boca sin pintura. La trajo un camino enredado en la selva. frente a su primer cuerpo desnudo de mujer. como la angustia de los animales que se pierden en un bosque. al lado del ojo que había vuelto a danzar. Y con Paulo su sueño. Paulo deseó que la boca se colocase debajo del ojo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS sus camisas viejas. ya hacía mucho tiempo. porque era una boca de un sueño y las bocas de los sueños no pueden hablar. Algunas porque Paulo no quiso besarlas más y otras porque Paulo las besó demasiado. Paulo no pudo sonreírse nuevamente y el amor pequeñito se subió al muro. porque los sollozos de una virgen no son como las ideas. Del amor de la infancia Paulo pasó a la angustia. La muchacha seducida no apareció en el muro blanco. Entonces tuvo la sensación de caer en un abismo y a pesar de agitar sus brazos desesperadamente.

Isaías. Yo me quiero bañar. La ciudad llena de autos y tranvías y de gente apresurada. las casas donde vivía la gente que no baila sambas en los morros y mucho menos pone ventanas simuladas para engañar a los curiosos. a la orilla del mar. un morro que. no era acertado. construidos de acuerdo a la ley. se sentó en lo alto del morro. en el morro no hay agua para esos lujos. Y los niños del morro le dijeron. él sólo deseaba 215 . ya se le pasará. En sus ojos. la negra Ángela. a la misma orilla del mar. como una piedra gastada. a pesar de lo que le aconsejaba su amigo Mariano. con mucho respeto. con su cuerpo tan largo como hilo de teléfono y su cabecita que parecía un alfiler. —No puedes. porque luego le dolía la cabeza. adquirió confianza con su esposo Isaías. Mariano se permitió añadir: —Lo que pasa con Ángela es que no es una negra de morro. No muchas. después de todo. Ángela era una negra muy limpia y cuando. su agua que venía de las chorreras en las montañas o de los ríos en la selva y que la ciudad se había cuidado de ordenar en canales y filtrar en depósitos para que nadie se pudiera quejar de dolores en el vientre después de beberla. El negro Isaías. El agua es algo importante y no podemos malgastarla. No podemos –aclaróle Isaías– malgastarla bañándonos. Porque el agua era el gran problema del morro. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO sin rumbo dormitando entre árboles. Y el cura. edúcala. Se entendía muy bien que la ciudad no tenía tiempo para darle agua al morro. La ciudad era muy celosa con su agua. Hubo hasta trompeta irritando al viento y sambas sensuales y gritos sonoros y hojarasca pisada y las ventanas de la casa del negro Isaías parecieron alegres en la noche de bodas. Edúcala. nadie deseaba ver enclavado allí. se pudiera bañar. La ciudad necesitaba su agua para lavar las calles y los tranvías y para llenar los baños y los fregaderos de las casas de muchos pisos. un amigo suyo que no era tan negro como Isaías–. que rezara por ellos y por el negro Isaías y la negra Ángela. Ángela tenía en el pecho un corazón pequeñito. mi amor.J. de ambiciones pequeñitas. Isaías era un negro demasiado simple. se retiró temprano porque no quería prohibir a los negros sus bailes y cánticos. que también era de muy reducido tamaño. El negro Isaías nunca gustó de pensar. Las cosas se hacían según se presentaban. Isaías se tiraba siempre de la oreja cuando algo no le gustaba. Cuando se casaron el negro Isaías y la negra Ángela los negros del morro bebieron cachaza y saltaron como cascabeles en un carnaval. rebelde como toda mujer–. Eso de buscar mañana lo que hace falta hoy. —No hagas caso a Ángela –le aconsejó Mariano. Ángela lucía algunos sueños y una que otra ilusión. M. El cura se fue persignando por el morro abajo. con su sotana negra. Seguramente que sus abuelos debieron ser simples. y ahora. Para eso tenemos el mar. le dijo: —Me quiero bañar. como agua de lluvia o lágrimas de monja. Isaías asustó sus ojos y se tiró de la oreja. también pequeñitos. Yo quiero agua dulce. —¡No! –le dijo ella. preocupado porque no tenía agua para que su mujer. pero algunas. el agua salada me pica en el cuerpo. rodeó al morro y no le dio agua. Llegó alborotada y alegre porque quería vivir en el morro. y porque Dios trajera agua al morro para que todos se pudieran bañar en las mañanas y nadie oliera mal. El agua es para cocinar y beber. Mariano era un negro con preocupaciones. Ángela debería vivir en las matas. a los dos días de casada.

debajo de un mango muy regordete. La negra Ángela no pudo bañarse en seguida.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que su Ángela se pudiera dar un baño. Cuando las autoridades de la ciudad. Pero no se le gastó y se le quedó lustradita y reluciente. latigazos de polvo entre la verde maraña. para que se bañen a gusto. Pero al otro día. como moneda en manos de rico. Isaías regresó al morro y caminó por los trillos. Isaías se sintió aturdido con tantos pensamientos complicados y se fue a la orilla del mar. con los ojos más asustados que nunca–. ¡A todos! El negro Isaías. cuando ya todos supieron que el agua y el manantial eran de su marido Isaías. la negra Ángela se dio un baño muy largo. Era preciso tener apetito para comer luego la frijolada y digerirla sin acritud en la boca y sequedad en el paladar. Y los negros del morro aprendieron a bañarse. que estaba en la ciudad y no en el morro. 216 . porque se puso a bailar las sambas y a cantar con una voz gorjeante bajo el cielo del morro. muy largo. Y los negros fueron los negros más limpios y más importantes. sin que Isaías la pudiera encontrar. —Si la encuentro –se dijo Isaías–. con tanta y tanta agua que los negros del morro pensaron que se le iba a gastar la piel. mandó a repicar la campana pequeña del campanario de su iglesia pequeña. Pero Isaías estaba. Y los negros y los negritos corrieron hacia donde estaba el negro Isaías. Fue entonces que el morro se hizo importante. El negro Isaías comenzó a sudar un sudor muy desagradable. celosas de ver aquella agua consumida sin el pago de impuestos. que seguía de ojos muy asustados. no recuerda todavía el momento exacto en que sintió el pie mojado. Y la siguió buscando y el agua. como era un negro bastante distraído. ni en un día ni en un año y sigue manando. la regalaré a todos. indudablemente. Y buscó agua debajo de los árboles y debajo de las rocas. ¡Es agua del morro! ¡Agua del morro! Y el grito se agrandó en las orejas de todos los negros y hasta de los negritos y los de una negra muy vieja. a mirar las olas sin verlas. en un mal día. Y el negro Isaías aprendió a bañarse. los negros pusieron unas caras tan negras que las autoridades dijeron que esa agua podía usarse libremente. Un baño no era un pecado ni mucho menos algo que debía prohibirse a los negros del morro. no muy lejos de su casa con las ventanas simuladas. siguió muy escondida. porque era el único morro con agua en la ciudad. Y hasta la vieja muy vieja se inclinó en su mecedora y murmuró una plegaria. pero lo cierto es que allá en lo alto del morro. —¡Agua! ¡Agua! –gritó el negro Isaías. que de seguro era una plegaria muy vieja también. Esto siempre le calmaba y además le daba apetito. como los diputados de la oposición. —¡Voy a buscar agua! –se dijo resueltamente. Isaías vio brotar un hilillo de agua que comenzó a llorar por la vertiente y a salpicar las puertas abiertas de las chozas de los negros. El agua que salía de debajo del mango era un agua insistente y no paró de manar en una hora. Y el cura. subieron al morro a tomar providencias. porque las olas no le quitaron de la mollera la imagen de su Ángela sin poderse bañar. porque hubiera sido demasiado repicar la campana grande sólo por un manantial que no era un manantial grande. Los negros del morro cantaron y bailaron muchas sambas y abrazaron al negro Isaías. Muchos baños se dio la negra Ángela. tan vieja que nadie hablaba con ella. porque era un sudor que le salía del cráneo pequeñito. cuando se enteró. Era como el agua de un manantial bastante importante.

respiró fuertemente y abandonó la choza de sus padres. un alguien que Calamidad no podía explicar por qué era blanco. Gentes hay que le llaman al agua del morro el milagro del negro Isaías. ¡Es natural! Desde que Ángela encontró agua para bañarse. Lo arrastró al agua. con su cuerpo largo como hilo de teléfono y sus ojos asustados. La playa le vio persignarse y rezar un Padre Nuestro. Repetía 217 . Después. El negro llegó hasta su bote. el negro Isaías no tuvo que pensar más. Calamidad Una luna mulata se había trepado desde la sonochada en lo alto del cielo. con quien pudiera conversar más a gusto o pedirle todas las cosas que andaban enrevesadas en su cerebro. hijo. El negro Isaías. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Isaías y Ángela también fueron importantes y todavía lo son. M. que se asemejaba a un látigo. Por eso a veces soñaba con un Dios de su color. A las cuatro te traigo percao… —Bien. Él sólo la vio una noche. ni tampoco de odios. isleta que suele parecerse a un buque sin luces que huye por el mar. El hambre no le había tocado y su fe era sencilla como guayaba madura. Cerca de la Matita. En el campanario del pueblo golpearon las ocho. Calamidad sonrió. Calamidad se ajustó los calzones. casi a cien metros del arrecife. que en esa época era un grupo de bohíos. —No. —Me cuidaré. mai. Después. Los cocoteros. Puede ser que no. el día en que los negros se pudieron bañar. estaba golpeando la bahía. también él con rumbo hacia la playa. Ella pasea mar afuera… —Hasta un día. hora de marineros en cita con el mar Caribe. cerca de la Matita. Todos en Boca Chica y en Andrés venían hablando de La Diabla desde hacía muchos años. a pesar de que son viejitos y ya no piensan tanto en bañarse como antes. Calamidad cruzó la aldehuela. empuñó los remos y comenzó a bogar. Eran tan grande que por un instante puso a zozobrar su bote. cortando las olas y ondeando la cola. Y un viento que llegaba frío de sus rondas vagabundas. La Diabla no tiene amigos. Era Calamidad un mozalbete aún. una sombra monstruosa debajo del agua. sin hacerle caso. eran mecidos por la brisa. Los animales no diferencian. bien. la noche se lo tragó en su silencio y el mar lo recibió para platicar con él la sempiterna canción del pescador. con los movimientos de una hoja mecida por los vientos. Calamidad tiró la red. una creencia en que alguien ordenaba las puestas de sol y las alzas de la marea. ha sido y es un negro feliz. siendo él tan negro. pero cuídate de la raya. tan pequeñito como aquella primera gota de agua que le mojó el pie. Voy al arrecife. de la cual extrajo una docena de sardinas. y un erizo. mai. clavados en la tierra como puñales de goma. una docena de casas de madera frente a la playa y una iglesia pequeñita. —No salgas mar afuera –le aconsejó la vieja.J. ni tuvo dolores en su cráneo pequeñito. No conocía de barba ni de amores. Cinco negros de bronce y ébano empujaron suavemente un bote por la arena. arrugada en el umbral como papel con traza. que se agitaba velozmente. como avergonzada de poder ella sola albergar a Dios. había proseguido su camino. muchacho. La luna mulata comenzaba a esconderse en las almohadas del horizonte. Puede ser. que de ligero era casi canoa. Uté sabe que La Diabla no gusta de arena.

hasta de la misma capital. percibió que el fondo del mar registraba un tono más oscuro. mientras las olas le lamían suavemente los muslos. La mota de furia y de poder vino a su lado y onduló suavemente entre él y el bote. con esa lucidez de los hombres que viven solitarios. Calamidad la buscó con ansiedad. No podía explicarse cómo La Diabla. y la sujetó nerviosamente. No podía pensar y rezó una plegaria simple. Pensó en tantas cosas el pobre negro que los brazos se le quedaron fláccidos a ambos lados del pantalón. ¡Aunque me coma la lengua! ¡Óyeme Dios de los negros. Cuando jalaba de ella. de La Caleta. La tenía toda a bordo cuando se le enganchó un pie en ella. En él lo que más había era curiosidad. ¡Porque aquella era La Diabla! No podía dudarlo. nunca volveré a hablar de ti. con el rabo ondulante a los costados. era la raya famosa. pero todavía no quiso creer. ¡Ayúdame. dando de latigazos. suelen usar los pescadores de Boca Chica en la pesca y captura de rayas. La raya se acercó. Al rato. —Si la toco. Las estrellas. Juguetón y nervioso. chocando contra las rocas del arrecife. la brisa y el bramido del mar. me muero –suspiró el negro–. —Es verdad –se dijo–. también lo era que nunca antes se atrevió La Diabla a penetrar la barrera de los arrecifes e irrumpir en las aguas mansas del litoral. pero el selacio había desaparecido. Esa mota negruzca de tres metros de circunferencia. de Guayacanes. continuaban su coloquio sin edad. no me lo creen. La Diabla está aquí. —¡Guaite con la traviesa! ¿Y qué querrá? El negro comenzaba a sentir cosquilleos en el estómago. En seguida. a modo de arpón. negro que estás en la altura…! 218 . No lo achacó a miedo. para no agitar las aguas. terror de pescadores. después de escaparse la luna. comprender cuanto le ocurría. óyeme. el monstruo nadaba sobre los bancos de arena. una sombra chata saltó a su diestra. la significación de su aventura: Había pescadores de San Pedro. levantó los brazos inútilmente y cayó fuera del bote. a punto de vararse en aquellos parajes de poca profundidad. llena de una apacible oscuridad. inició un círculo en derredor de Calamidad. paralizado de terror. Santo Dios! Y Calamidad hizo la señal de la cruz sobre su frente húmeda. Pensó en que algún pez grande andaba suelto arrecife adentro y no prestó interés. que se conmovió. —¡Válgame el cielo! –exclamó–: Pues no será bruta… ¿Y qué no sabe que por aquí no hay agua pa ella? La raya se había dado vuelta y cruzado velozmente junto a su bote. andaba esa noche en los alrededores de la Matita. en mitad de sus angustias. las palmeras. —¡Si Dios fuera negro! –murmuró–: ¡Entonces sí que me comprendería! Calamidad volvió a tirar lentamente de la red. Calamidad divisó a La Diabla. sin embargo. En seguida agarró la lanza que. Calamidad tropezó.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS la operación cuando oyó chasquear el agua en forma para él no muy común. Si era cierto que la marea estaba alta. En seguida se levantó. Calamidad se veía frente a la muerte y érale trabajoso. Súbitamente impresionado. en derredor del bote. La raya se encontraba en un lugar peligroso de la bahía y Calamidad ni siquiera pensó en trabar duelo con ella. La bahía había quedado. si la dejo ir. Diabla. Calamidad volvió a tirar la red y esperó. Sólo pececillos auríferos saltaban. —Si me libro de este trance –se dijo–. a ratos. esperando o descansando junto a mí… Y Calamidad sopesó. para quienes encontrarse con La Diabla hubiese valido más que la vida.

como quien ha visto un fantasma y no se atreve a decirlo o siquiera confesarlo. le estuvo agria. Y cuando era viejo. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Hirvieron de pronto las aguas con la arrancada de la raya. ¿Pero qué te pasa? —No pasa na… A mí no me pasa naa… Hubo otras noches de luna en Boca Chica y Calamidad volvió a hurgar en la bahía su triste encomienda de sardinas. debe pensar que Calamidad no fue más que un pobre negro loco. a la callandita. bajo el rielar de la luna inflada. a veces carne. de esos hombres para quienes el mar. —Mai –dijo a la madre–. Sin embargo. Atracó. Minutos u horas más tarde. eterna como el cielo o la envidia de los hombres. el algarrobo y el valle estrecho. alguien le oyó decir. a convertirse en pescador de mar afuera. Bruñido por los vientos. Llegó. Durante toda su vida –recordaba Ernesto– la piedra estuvo clavada en la ladera del monte como una nariz. que no conoce esta historia. el agua y la muerte son sólo hermanos. negra. muchacho! Siempre tuvimos. la piedra no era la misma. encaramó su embarcación en la arena y caminó lentamente hacia su casa. la veo igualita que anoche. el sudor cristalino y el andullo se convirtieron en una sola larga mirada triste que de los pastos y el cafetal se enredaba en la piedra y allí se quedaba. que el año pasado. Verás. Algún cataclismo la movió de la cima. como nunca antes tuviera Calamidad. Ya los otros botes estaban descansando en la playa y por detrás de los cocoteros los cangrejos huían de la luz del sol. esa piedra nos odia. Ernesto! ¿De dónde te sacas semejante entrevero? —Del corazón. los mangos frondosos. una plegaria sin ensayos que Dios recibía sonreído. el corazón no me miente. pero él no se daba cuenta. porque en Ernesto la alegría. cuando Ernesto realmente comprendió a la piedra. La cabeza le daba vueltas y en los ojos había un brillo nuevo. los domingos sancocho y todos los días arroz con habichuelas. Mischa. esta frase que nadie ha podido explicar: —¿Viste negro. el peñasco era aquella parte del paisaje que todos guardaban en la hondura del ojo. con los años. —Son cosas de la imaginación –había sentenciado su mujer. sin molestarse en recoger las sardinas que trajera. Chasqueó su cola una última vez y La Diabla nadó furiosamente. de esos bravos que luchan contra el viento y las olas. —¡Y cómo no. perdiéndose de vista. ¡Hasta aquella mañana en que Ernesto reparó en la piedra! La revelación. difícil. con la seguridad del granito. Casabe y plátanos. La gente cayó en cuenta de inmediato. el negro subió a su bote y remó hacia el poblado. M. —¡Alabado sea el Señor. golpeando la ropa sobre los guijarros–. recortado por los cerros abruptos y afilados. —No. posada a la vera del arroyo. sus vacas pardinegras.J. averigüé que nosotros los negros tenemos Dios. Era como si a la bucólica placidez del valle hubiese llegado la tormenta. En las noches. posándola sobre el promontorio. los cantos y silbidos. por insospechada. La piedra El mundo de Ernesto fue siempre un mundo fácil y hermoso: Su casita blanca. Calamidad permaneció inmovilizado sobre el banco de arena. 219 . Amanecía. dejándole alma y voluntad en acecho. cómo te guardé el secreto? La gente.

Ernesto. hablando a solas con los algarrobos y los mangos. apurado y jadeante. sin duelos. ¡lucha! —Déjame. Ernesto se convirtió en una sombra dolorosa. fuera a perderse en el lecho del río. Sólo el corazón. Sólo a ratos el viento. frontera de locura. Huyó la paz de aquel mundo fácil y hermoso. angustia de barba zahareña y piernas vacilantes. ¿quién te cambió la cara? ¿Qué quieres de mí o de los míos? ¿Por qué no te lanzas al barranco y te haces pedazos? ¡Maldita! Yo era feliz. Ni las amenazas del guardia Cirilo. pelada del diablo! La piedra jamás contestó sus denuestos. Mischa y los siete negritos con sus siete barrigas y sus siete ombligos. sin dolores. Corroída su alma por el miedo. para quien el demonio se podía ahuyentar con “un té de yerbabuena. para que la sangre no caiga sobre nadie”. Anímate. a Ernesto. —No es posible. un hálito de hombre para quien la vida sólo fue sucesión de temblíos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Ernesto. convencido de que la piedra acabaría con él y con los suyos. la ponía a ulular. que ella ni tiene alma ni se mete con nadie. Vivía tranquilo. Era esperar y esperar. el guardia Cirilo y el ñato Santiago–. donde. sin ruidos. un pobre loco triste que sólo hablaba de su piedra y lo mucho que ella le odiaba y malquería. contemplar en silencio al valle y la casa. dos velas en el patio y un puerquito matado en viernes. ¡Hasta que la gente dejó de hacerle caso y se rió de él! Los siete negritos con sus siete barrigas y sus siete ombligos –sus hijos– crecieron y se regaron 220 . Nadie pudo redimir a Ernesto. Ernesto envejeció. solitario y misterioso. el conuco y el cafetal quedaron sin mimos y las lianas y los yerbajos desfilaron hasta la puerta misma de la casita blanca. En vano. vive tu vida y olvida a la piedra. intrusa. de empujar la piedra hacia la otra vertiente. sin miedo. En un principio Ernesto. con sus golpetazos sin rumbo. ¿cómo iban los brazos y las manos de Ernesto a trocar la pétrea voluntad del granito? Muchas noches recogió la torrentera el grito de impotencia: “¡Maldita. no puede ser –suplicaba Mischa– que una piedra venga a desgraciarnos. adelantó su ritmo cuantas veces Ernesto conversó con la piedra. maldita!” Luego abandonó toda lucha y se refugió en la angustia. ni los vaticinios de la mulata Dolores. sin ambiciones. cuando nadie lo veía. Las vacas fueron descuidadas. Si los siglos no habían podido conmoverla un ápice. ¡ya pagaría por olvidarme de esa intrusa que nos quiere tan mal! Y la piedra parecía gemir en los atardeceres. porque los hombres que andan sobre la tierra. —Dime. cayendo. bien cubierto de pecho. Ernesto! –le amonestaban las comadres y la mulata Dolores. ¿qué sabes tú de mi infortunio? Y pasaron los meses. como si el valle fuese una presa demasiado fácil para tragarla sin suplicios o torturas. poseído de sus angustias y enfermo de pesar. cantar bajo el sol de agosto. ¡Tú has venido a buscarme y tengo frío en el estómago. trató. como árboles que se han muerto de pie. mujer. Y Ernesto se estremecía de pavor. angustia de ojos hundidos y brazos en postura de lápices usados. ni los consejos del ñato Santiago. Nunca campesino alguno supo hasta dónde llegó la tortura de Ernesto. Pero la piedra no tenía prisas y continuó clavada en lo alto del monte. son hombres sin lágrimas. ni los besos calientes de Mischa en las noches de luna llena. sin hambre. comiendo flores y bañándose en el río. con los pies encallecidos y las manos duras. —No puedo –aseguraba Ernesto–.

El pico se alzaba y caía rítmicamente. con un clavel en la boca. El ronco reloj de la iglesia anunció que eran las siete. Y un día Ernesto el loco se murió tranquilamente. En la esquina el sereno encendió un cigarrillo. La Mischa envejeció con él. Aquel asfalto era un asfalto blanco y dócil y el pico del negro era un pico lleno de rabias y de odios y de venganza. Después que Elsa pasó ante todas aquellas miradas. El negro sembrado de músculos se pasó una mano por la frente. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO por los caminos. vidriando los ojos en dirección de la piedra y murmurando: “Que Dios te perdone. en una tarde bermeja. de las cosas intestinales de la ciudad. Cuando Elsa llegó a su oficina. la mirada idiota de las compañeras. pero hosca y vacía. La ciudad se desperezaba. desde el asiento. El negro que rompía el asfalto la miró con curiosidad y demoró el ritmo del pico. balanceóse coquetonamente y taconeó en la acera. El sol apuntó su nariz colorada en el cielo lleno de bruma. Hoy tendría que ir hasta la esquina a tomar el ómnibus. Los dejó al lado de una novelita intrascendente que quería leer. Por la orilla del mar pasó un automóvil y en seguida otro. Elsa era también una cosa de la ciudad. Elsa pensó en que el saludo del portero era la primera palabra dedicada a su oído desde la tarde anterior. las miradas cansadas de algunos hombrecitos. Elsa se subió al ómnibus y comenzó. en una mañana cualquiera. En seguida Elsa guardó sus pensamientos. Fue un día lleno de cartas y de dictados y de calor. en busca de más negritos con más barrigas y más ombligos. en un aguacero cualquiera de los que vienen sobre la cordillera y se marchan luego arroyos y ríos abajo. Elsa saludó al portero. tuvo que pasar ante la mirada vacía del ascensorista. la piedra cayó del cerro y arrancó de sus cimientos a la casita blanca donde fueran felices Ernesto. cuando tuviera tiempo. Elsa se apoyó en la ventana y miró al negro que rompía el asfalto. de parques y gente. pudo sentarse a su escritorio y comenzar a trabajar. La piel de la ciudad era una piel sin resistencia. Era su asfalto. El agua de la ducha era su único amante. El asfalto se fue abriendo y en la llaga quedaron a la luz cemento y piedra. que yo te perdono. Bostezó. M. desconociendo a este Ernesto que ya no le traía flores del valle ni la trepaba en su potro bayo ni le regalaba amores al oído. la mirada codiciosa de su jefe y la mirada perdida de la mujer que barría los pisos. la diaria contemplación de calles y plazas.J. Al mediodía tomó café y comió un sandwich con sabor a resina. que no hagas más daño…” La Mischa lloró sobre el cuerpo del loco Ernesto y unos días más tarde se murió también. Se estremeció. El negro sintió la sangre caliente en sus brazos poderosos. cuando el sol se mecía en el ancho trapecio del cielo. aunque la mulata Dolores aseguró que su locura era sólo de amor por Ernesto. Mischa y los siete negritos con las siete barrigas y los siete ombligos. Un vaso de agua y un cigarrillo y otra tarde de cartas y de 221 . El charco Sobre la limpia superficie del asfalto cayó el primer picotazo. rodeado de margaritas. el pulido paño gris que llenaba su calle y que ella cruzaba todos los días. Y por último. inhaló con la boca abierta y se marchó hacia su casa. La gente dijo que ella también era loca. Entró al baño. Elsa dejó que el chorro de agua resbalara sobre su cuerpo desnudo.

estaba cantando a solas. hasta casi cubrir la calle de acera a acera. un negro dio un grito de júbilo y de la herida del asfalto manó un chorro de agua sucia y maloliente. para ver con asombro que los negros habían agrandado la fosa. Las gotas resbalaron sobre las espaldas desnudas de los negros y mojaron el asfalto. de gente que se reía sola. Y a su novio le habló del asfalto. —Es la cañería central… La de las aguas muertas… Sus compañeros dieron asentimiento con las cabezas y uno de ellos. contemplando la muerte del asfalto de su calle. —¡Pobrecito asfalto! –se dijo Elsa.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS dictados y de miradas que llegaban hasta su rincón. Estaba intrigada con la suerte de su calle y de su asfalto. En la noche los negros encendieron luces y cenaron pan y carne sobre los pedazos de asfalto. Recordaba haber salido nuevamente a la ventana. Elsa sólo quería ver a su asfalto enfermo. con un hermano borracho y muchas viejas que la señalaban y la criticaban. Era preferible vivir en esta ciudad de asfalto. Era un pueblo perdido. pero él se rió y Elsa no gustaba de la risa de su novio. regresar a la ciudad y ver cómo estaba el asfalto. que por su tamaño y su voz disonante debía ser el capataz. pero fue un sueño que no pudo recordar después. Los hombres y las mujeres y los niños dormían todavía y la ciudad no hablaba. de madrugada. Elsa había perdido el apetito. Su pueblo era mucho mejor. porque era una risa engañosa. pero era un pueblo que estaba lejos. Eran miradas de la ciudad y Elsa no gustaba de la ciudad. Elsa soñó una última vez. devolverles su tersa fisonomía. antes de acostarse en su cama sin calor–. Elsa era una mujercita desolada y solitaria y sufría siempre con los sufrimientos de los demás. sacó sus pensamientos y quedóse quieta. El mar. comenzaban a marcharse por la ciudad en silencio. Apresuró las diligencias del despertar y bajó a la calle. Elsa se encaramó en su ventana. como la luna cuando huye entre nubes negras. encaramado en un cerro. en su sueño. Elsa hubiese querido protegerlos de los picotazos. Seguramente que había vuelto a su pueblo y le había contado a las viejas chismosas que el asfalto estaba roto. Elsa pensó que era una aorta de la ciudad con mala circulación y la fosa que abrían los negros le pareció un cáncer. pero no en aquel día. al parecer cansados. ¡Pobrecita mi calle! Ya nunca será igual. Llovió. 222 . antes de que el sol viniera con sus luminosidades a llenarle las olas de crestas blancas y la playa de espuma danzarina. pero no interrumpieron el picoteo ni aliviaron el dolor de la calle revuelta. Elsa regresó a su calle cuando oscurecía. pero que Elsa no sentía. Otros negros llenos de músculos se habían unido al primero y varios picos golpeaban ahora al asfalto. sin asfalto. en cambio. dejando al charco de la calle sin amigos y sin consuelo. Elsa decidió. Y vio también que la fosa estaba llena de aguas sucias y que los negros. llena de miradas y de calles iguales. antes de que llegara la mañana. ordenó usar los taladros eléctricos para llegar más pronto a la cañería accidentada. Elsa se detuvo y los miró. con un novio que no la quería y aun la engañaba. como si fuera en su cabeza que golpearan los taladros y se hundieran los picos de los negros. su tranquilidad. cuando Elsa bostezaba un poco. Pensó que su asfalto estaba horrible y desfigurado y que aquellos hombres no tenían corazón. A medianoche. Elsa se durmió aquella noche con un sueño agitado y en varias ocasiones despertó. como si sobre el mundo se estuviese oyendo un solo chiste graciosísimo. Se consoló pensando que quizás el asfalto estaba enfermo y había que sacarle sus males y curarlo. El mar era confidente de las preocupaciones de Elsa. el cáncer del asfalto.

perdidos en sus calles o durmiendo para siempre en algún parque lleno de frondas y de aromas. en cambio. porque estaba formado de la sangre de su calle y de su asfalto. El tablón era firme y sólido. calles retorcidas y música de mariachis que no duermen nunca. cuando la cañería fue debidamente reparada. esa ciudad mexicana bordada en la falda de la sierra con casitas de tejas rojas. Fue. había aprendido bien lo único que podía darle su pueblo lejano. Y lo usó con tanto deleite que ya a los seis años de edad parecía uno de esos globitos que se venden en las ferias o en los parques y que si los niños sueltan se van volando por los cielos. pasó su niñez en Cuernavaca. ni nadie se reiría de ella. hija de hacendado y poetisa. Se oyó música en la calle y junto al charco. Lola. Elsa. Sabía que no podía nadar. que por supuesto el charco iba a dejar sin contestación. el día en que nació Paco. La ciudad poco dijo. nunca vio más agua que la del baño. De niña –recuerdan quienes la conocieron bien–. Y los negros se fueron con sus picos en busca de otros charcos. 223 . de orilla a orilla. Su calle estaba herida en muy mala forma.J. una criatura venida al mundo única y exclusivamente para usar el paladar. porque era una ciudad acostumbrada a encontrar cuerpos de hombres y mujeres sin historia. frente a los mudos pedazos de asfalto que los negros habían arrancado a su calle. Elsa no pudo tararearla. faltó vinagre en todas las tiendas de provisiones de su pueblo. la canción de un hombre que tampoco había dormido. Lola nunca jugó con muñecas ni tuvo momentos de solaz en el jardín de su casa. la desolación. Por eso ahora las aguas del charco se la tragaban definitivamente. subió el precio del cacao en los mercados internacionales. El agua lo lamía con un chapoteo imperceptible. pero en realidad no era un puente necesario. sufría tanto como Elsa. Y Elsa tropezó. Sobre el charco los negros habían colocado un largo tablón. evadiendo el olor desagradable. El charco lo cerraron después. Era una canción deprimente. El negro musculoso fue el primero en verlo y en pregonar su asombro por la calle que se despertaba. puesto que con bordearlo se podía fácilmente pasar al otro lado de la calle. Elsa dio los primeros pasos. Experimentaba cierta voluptuosidad en estar a solas con él. Cerró los ojos horrorizada y miró hacia el cielo. Pero se vio en mitad de las aguas pútridas y empezó a hundirse en ellas. no se sabe si por coincidencia. encaramado en el cerro. Era como un puente para cruzarlo. Elsa pensó que al fin realizaba algo que los hombres y las mujeres de la ciudad no podían hacer libremente. Se sintió dueña del charco y de la calle y del asfalto y de la ciudad. El cuerpo de Elsa flotó solitario. sin dejar salir el grito de espanto que venía viajando desde su pecho desolado. Elsa se sintió inmensamente feliz con su travesura. Además. quizás por casualidad. porque Elsa no sabía cantar. pero la boca se le llenó de aguas pútridas y el estómago se le arqueó. junto al tablón que creyó puente para travesuras. En su pueblo. era su charco. Indudablemente. Elsa deseó encaramarse en él y cruzar el charco. En el mar Elsa sólo había mojado sus muslos y se había enjuagado la cara y el pelo. en hacerle algunas preguntas. Se llevó una mano a la nariz. Y Elsa quiso rezar. Y Elsa se ahogó en lo hondo del charco. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Caminó lentamente hacia el charco. Nadie podía ver su gesto infantil. M. desde un principio. Los Pacolola El día en que nació Lola.

Vivían relativamente tranquilos. Paco. continuó con los años. indicio de que la niña era precoz. Pasaron los años y con ellos crecieron las hacendillas de Paco y Lola hasta convertirse en verdaderas fortunas. vestida y acicalada para irse a la iglesia y rezar una salve. pero Paco tuvo que abandonar la universidad porque los profesores tenían dificultad en ver con quién hablaban y Lola regresó de Jalisco porque un alcalde. hijo de un militar amargado que jamás pasó de teniente y de una acapulqueña que soñaba con la playa distante. Lola puso. Luego alguien compuso una canción ranchera acerca de un elefante y un puñal y la gente en seguida la denominó el Canto de los Pacolola. mano… –solían decir los cicerones de las agencias turísticas. hasta perfilarlo por todos lados. Lola. con un bastón. pero con dos corazones de oro. Una noche de diciembre Lola. como una varilla de acero. jóvenes ambos. la fama de los dos desgraciados y un sentimiento de mutua comprensión y ayuda entre ambos. negocio cómodo para él porque podía confundirse con la mercancía cuantas veces algún amigo o acreedor venía a conversarle. colocándole en la cabeza una escoba. con el dinero heredado. Lola y Paco se encontraron en Cuernavaca sin tener dónde ir y con una amargura infinita hacía la vida y la humanidad en general. —No. Paco. —Lola. Las comadres de Cuernavaca refieren que un día de lluvia su madre. acercándose peligrosamente a la invisibilidad. más requeteflaco de México y del mundo. Paco estudió en Ciudad de México y Lola en Guadalajara.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Paco. Lola se relamía con caramelos. viejo politicastro marrullero. lo que estoy es muy gorda. consideró que aquella gorda desentonaba con las clásicas bellezas de la tierra de María Félix. Lola siguió engordando hasta convertirse en una curiosidad turística que los norteamericanos retrataban tan pronto llegaban a Cuernavaca y Paco enflaqueció más todavía. lo usó para barrer el patio de las aguas inundantes. casi en la misma calle. cada vez más señalados por el infortunio de la curiosidad populachera. —Pues la mujer más gorda del mundo y el hombre más flaco. fue confundido al nacer. Paco y Lola fueron a la misma escuela y mientras Paco se chupaba los dedos. –Aquí –le anunciaban a uno en los grandes hoteles de Ciudad de México–. Esta flacura. Y así fue como. ¡está usted rechula! —Vamos. que venía de ver en el cine una película de vaqueros. hay que ver a los Pacolola. ¿Está tomado? 224 . en vez de desaparecer. y no sea mentiroso. tropezó con Paco. después de ver las pirámides. Paco. Lola engullendo bombones en cantidades astronómicas y Paco chupándose los dedos o tocando una guitarra que le regalara un tío compasivo. montó una tienda de alfileres. se ve usted esta noche pero que muy bien… —Ándele. una confitería especializada en bombones. Eran dos jóvenes deformes. por ver si el muchacho se agarraba en algo y el viento no se lo llevaba hasta la cumbre del Popocatepelt. quizás en la creencia de que la saliva era alimento. —¿Y eso qué ser…? —preguntaban los gringos. De ahí que los guías comenzaron a llamar a la calle de los dos infortunados como la de los Pacolola. por su flacura. Un día murieron los padres de ambos.

El gato se acurrucó en el alero y bostezó. para la admiración del mundo entero. —Es que. M. Y de las palomas. como Romeo o como Fausto. Un humo pardo y vacío llegaba por el cielo y se desdoblaba sobre los álamos y en los estanques del bosque. en vez de resguardarlos en jaulas. con el beneplácito del síndico. a él por ser el hombre más flaco de México. digo. cuando era soltero. preguntando a Paco: —Paco del Castañedo. continuaban. Hemos abandonado a los Pacolola a su suerte. sin detenerse. 225 . manito –decía un político con ambición de llegar a diputado– no sabemos organizar el turismo en este país. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Y el diálogo. hacia Tasco o Acapulco. padre. hasta que un turista señaló con desagrado: —Estos Pacolola son puro cuento… Ninguno excepcional. a esta mujer. aplana a hombres y mujeres en un anonimato que da lástima. chata y pícara. Mas en la casita bermeja donde Paco y Lola tenían su nido de amor. replicó: —Sí. algunos de los cuales. pues con los tacos y las tortillitas y los huacamoles. que ya no eran el hombre más flaco de México ni la mujer más gorda del mundo. pero de nada les vale. sin ellos darse cuenta. con detrimento del fisco de Cuernavaca. pero no hubiese resultado memorable si el señor cura. Fue un acto conmovedor. Y ni siquiera de Morelos. como su legítima esposa…? Pero Paco. registrándose un curiosísimo fenómeno: Paco comenzó a engordar y Lola a perder peso. inmortalizándose. donde no repararon en el saludo de amigos y amigas. ni en la luna. La ciudad seguía iluminada. Porque la verdad es que el matrimonio. los llevó por las callejas y los empujó hasta la plaza. en efecto.J. al pronunciar las palabras bíblicas. El hombre de la ventana tiró a la calle su cigarrillo y apuró un trago largo de whiskey. una pandilla de mocosos y mocosas atestiguaba que aquel matrimonio era feliz y que el mundo ni las gentes les interesaban un bledo. Claro está que algunas de las hijas de los Pacolola engullen bombones y pastelería que da miedo y unos cuantos de los hijos se chupan el dedo. Y Cuernavaca entera cayó en cuenta de que. ¿toma usted a este globo. aunque usted la crea un globo. mujeres más rechonchitas existían que Lola y hombres más verdes y más flácidos que Paco se consumían en los bancos de la plaza. concurrieron al atrio de la iglesia a ver a la gorda y al flaco uniendo sus tristes destinos. que en bandadas revoltosas. la tomo. En un principio la gente no se dio cuenta. que desde el cielo quería también enterarse de la conversación. no se equivocara. y a ella por ser la mujer más gorda del mundo. Y volvieron a transcurrir los meses y los años. La posteridad sólo recordará a sus padres. Paco y Lola se casaron un mes más tarde. a Paco y a Lola. el amor había transformado en tal forma a los esposos. Perdieron pues los Pacolola su fama internacional y huyeron de su callejuela los turistas. del alcalde y del gobernador. Y del cura y del jefe de los mariachis de Morelos. llena de ruidos que comenzaban a morirse en la noche calurosa de verano. Curiosidad En el tejado oscuro el gato se movió con lentitud y miró hacia la ventana donde estaba el hombre fumando el cigarrillo. con todas sus ventajas. también cuando soltera.

Era una mujer apresurada y una mujer nerviosa y tenía. En seguida estuvo su cuerpo. los recuerdos bastante cursis. El gato presentía que su enemigo el perro no estaba muy lejos y todo lo relativo al perro tenía suma gravedad. Ella había mirado a su esposo y el esposo conversaba con otra mujer. se reía con una risa galopante. porque no hubiese comprendido que tomar las manos no es cosa importante. Era una situación a la que el gato estaba absolutamente acostumbrado. pero los amantes no conocían nada mejor. El hombre estuvo convencido de que al fin lograría la posesión de aquella mujer hermosísima. detrás de una pared. un beso tranquilo como el agua de los estanques del bosque. Si aquella mujer no hubiera sido la amiga del hombre de la ventana. que ella no había escuchado en los labios de su marido. su figura se hubiese quedado tranquilamente en la calle o su taconeo. hasta perderse a la vuelta de la esquina. Eran palabras. El humo pardo y vacío se tornaba negro. Era suficiente. en otro lugar de la casa. Tomaron té en un salón muy chic y allí él repitió las frases galantes. La mujer achacó a curiosidad el encontrarse allí y en aquella situación de desprendimiento. un disco gastado de Bach. con bastante sueño. que se resistían. A pesar de que ella se sentía gozosa como una gatita cuando. tomados de las manos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Un taxi se detuvo en la esquina y de él descendió una mujer. Los pensamientos fueron bastante comunes. La música de Bach era ahora música de Beethoven y la risa de ametralladora fue una blasfemia incontenible que trepidó en el alero donde se acurrucaba el gato. tanto que los amantes tuvieron tiempo de pensar y aun de recordar. en una fiesta olvidada ya. Alguien escuchaba. Y alguien más. con el temblor de una tierra movediza. La mujer no gustó del beso tranquilo y se sonrió. Por eso la mujer había decidido escuchar las frases galantes. que el hombre agarró en la nariz y lo guardó en el pecho. El hombre comprendió aquella sonrisa y cambió el beso tranquilo por un beso fuerte y húmedo. indudablemente. hubiera seguido en la sombra. —¡Amado mío! —¡Idolatrada! Los amantes no eran originales y cambiaron en un abrazo su ausencia de palabras. además. que ya avanzaba hacia el zaguán. El gato permanecía en el alero. La ciudad comenzaba a apagarse. un cuerpo mordido de deseos y tembloroso. mientras tomaba una y otra vez sus manos. Al cuarto llegó primero su perfume. Comenzaron con un beso tímido que se desfloró a flor de labios. Duró mucho aquel beso. Los amantes se asomaron a la ventana. Prefirió no decir nada al esposo. la ecuación del miedo en los ojos azules. 226 . como el tableteo de una ametralladora. su marido la besaba con rabia y la hacía dormir agotada. Los amantes decidieron besarse. Continuaron los encuentros y el hombre arreciaba las palabras y hasta llegó a pronunciarlas muy quedamente. pero eso era porque la ciudad perdía sus luces y no porque el humo hubiese dejado de ser pardo. Cuando se conocieron. La mujer apresurada se entró por la puerta y tomó el ascensor. como gotas de agua en la misma orilla de sus oídos atentos. el hombre tuvo para ella frases galantes que producían cosquillas. Días después se encontraron a la salida de un cinema. muchísimo menos elegante que ella. en las noches.

Y él no la escuchó. se volvió hacia él y dijo. Era un temblor muy raro y las rodillas quedaron flojas y en las mejillas se prendió un color de rosa que casi era el sangrante de una puesta de sol. la risa convertida en blasfemia y el maullar del gato en acecho. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Después el hombre de mundo la llevó a su departamento y oyeron ambos música romántica. llenos de un humo que subía voluptuosamente hasta el techo y se quedaba tranquilo. era la bebida apropiada en todos los finales. —¡Dé jame! –dijo la mujer. Del alero del tejado brotó un maullido desconsolador y se pudo ver al gato huyendo por entre las chimeneas. sólo hablaba de negocios y ella. El marido. Además. Pero como eran lágrimas de la casualidad. La luz de la ventana del cuarto donde el hombre había fumado cigarrillos se apagó y una brisa refrescante movió las cortinas. El coñac. El hombre no esperó respuesta. arqueada e impúdica. y la mujer comenzó a gozar con aquellos encuentros inocentes. no obstante haberse apagado la luz. La mujer se vio vestida nuevamente. Era la de ellos una amistad de gente complicada. que todavía esperaba la aparición del perro. en el matrimonio no había tiempo para pasar las tardes con el marido bebiendo menta y fumando cigarrillos rubios. porque había perdido el interés unos minutos atrás. —¿Qué te sucede? –repitió el hombre. que eran hijitos de los dos. Sobre la ciudad la noche envejecía con ruidos muertos sobre los hombres y las mujeres y los niños y unos pocos viejos. El hombre volvió primero. que la caída es una sola. arreglándose el desaliño del vestido y yendo a sentarse en el sofá. ¡Prefiero a mi marido! 227 . aun estando los párpados humedecidos por una que otra lágrima. Allí se detuvo. como los vecinos del gato. Y algunos amantes. Y el abrazo se extendió sobre los dos. Y sin embargo. porque de memoria sabía que todas las mujeres regresaban. El hombre la cubrió con sus caricias y ambos corrieron por una selva en llamas. —¡Déjame! –repitió ella. —No volveremos a vernos –sentenció la mujer. Los besos fueron esta vez más largos y húmedos. Ella siguió en silencio. —¿Qué te sucede? –le preguntó. porque el aliento del hombre salía caliente y pesado. al menos el suyo. antes de salir: —No valía la pena. La entrega no podía demorarse una noche más. o de gente aburrida. Ella estaba en la puerta. la música de Beethoven. dibujando el rouge en su carita inocente. Así. para aquel hombre. tan cansada que le dolían los párpados. su enemigo. M. en mitad de las explosiones de un volcán. Para el hombre la virtud era una prenda incómoda y aquella mujer la había usado. porque era una palabra gastada en su departamento de mundano. el hombre creyó oportuno ofrecerle un coñac. La mujer se levantó y se dirigió hacia la puerta. La mujer cerró los ojos. sofocada como una bestiezuela. nadie la vio desnuda. música apropiada para sorber menta y fumar cigarrillos rubios. mientras pensaba que aquello era muy aburrido. arropándoles en una mortaja que no dejaba pasar los ruidos de la ciudad.J. A ella le pareció que era la puesta de un sol de verano. rumbo al abismo. La mujer empezó a temblar. tuvo un escalofrío y remiró a su amante. sólo hablaba de sus hijitos. para desquitarse. como en una garganta que no ha bebido agua en muchos días. como una nube haciendo la siesta. observándole fría e imperturbablemente. —¡No! –contestó él.

en una tarde de sol. era necesario llenar las barrigas 228 . cuando yo. confundiéndose el azabache de su cuerpo con los troncos de árboles centenarios. La tragedia.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS El hombre no contestó. Sebastián evitaba pensar en el cerro que dominaba el pueblo con su mole redonda y maciza. Es tierra roja y tierra verde. en el corazón de América. ¡Sombra maldita! –había dicho la vieja persignándose. las palabras que nunca olvidaría Sebastián. el amor duro y necesario del progenitor. donde el trópico se enfría con la altura y los valles se cuajan en pinares. niño todavía. de corrotear por los espinares. Sebastián vivió sus primeros años en esa cándida existencia del campesino. cortando troncos y vendiendo tablones de pino en los villorrios del Cibao. en mitad del llanto de esposa. grande y hermosa. el afecto. fue un odio caliente hacia aquella montaña que. se le convirtieron en garras. anciana a quien nunca olvidaré. como una cuchara de sombra en el festín de la noche. mamá. que fueron los más. feliz y montaraz. Y vio también al gato. no diga eso –respondía él– que me gusta ser negrito. clavada en la mitad del Mar Caribe. Sebastián nació en los bosques aledaños a Constanza. muchacho. sin embargo. ¡Era hermoso el negro Sebastián! —Los niños como tú –díjole la madre muchas veces– debían nacer con otro color del que tu padre y yo te dimos. luego. robara de su infancia la protección. Pero una tarde fría de diciembre trajeron al leñador con una herida en el vientre de la que murió horas más tarde. Había que llevar yuca. De él lograba su padre el diario sustento. vivió el negro Sebastián. que volvía del abismo y se disponía a dormir. arroz y café para el sustento de la madre que se destrozaba las manos lavando en el río. días más tarde. preguntó a la madre: —¿Dónde está la sombra que mató a papá? —¡Yo qué sé. La sombra en el cerro Mi tierra es una isla. Y así. ante el cadáver. matizó su vida en forma imborrable. y los pies. Y una anciana pronunció. Era también bueno. acurrucado en el alero. llevándose al padre. —No. El niño. su trabajo. Regresó al balcón y encendió un cigarrillo. ojillos tristes y unos brazos tan largos que nunca sabía dónde tenerlos. de una bondad que no conocía límites y que se prodigó sobre cuantos le trataron o le pidieron alguna vez un favor. Vivía Sebastián frente a un cerro en cuya cumbre balanceábanse los pinares en danza continua con el viento. en bohío de yaguas prendido al monte como una estrella al cielo. Este relato me lo hizo mi abuela. gozador de la naturaleza sin saber que es el mejor regalo de Dios. Infante aún solía perdérsele a la madre por los barrancos. Desde allí vio al taxi doblando la esquina. familiares y vecinos. Era un gigante de cráneo oblongo. El frío de las heladas y el hervor del sol quisqueyano le endurecieron la piel. —Es la sombra del cerro que lo mató. es la tierra donde los taínos dieron batalla al conquistador europeo y donde vive hoy un pueblo con su historia. sus amores y sus leyendas. vacilaba. El hombre bostezó. reía o lloraba ante su rostro arrugado o sus manos que sólo me brindaron amor y sosiego: En el macizo de nuestra cordillera central. déjame en paz! Búscala tú. a medida que crecía. Y en sus horas vacías. alzada en montañas y dormida en playas. Sebastián trabajó desde los diez años. En un principio fue un temor leve que le causaba temblores en piernas y brazos. encaramado en un montículo o corriendo por los senderillos.

pero sin jamás subir al cerro donde muriera el padre. el talento o la fuerza todopoderosa de los puños. con unos ojos quemados por las lágrimas. como los animales en un rebaño. la Mariela se le acercó y lo trabó en conversación. en noche de luna chata. —¿Qué te importa? –contestó. que conocía muchos bravos. “¡Pobre de mí!” –pensó. En su cerebro de lentos movimientos la montaña se había convertido en algo lleno de misterio y aun de espanto. Sebastián el negro comenzó a languidecer. se petrificó frente a la montaña. a los veinte años. Ese día Sebastián se cayó del caballo. Un resplandor argentaba el cerro y las tripadas de sus farallones. desde entonces. me das risa!” Sebastián comenzó a trepar el senderillo vagabundo por donde. le hundió los ojillos y le brotó los pómulos. débil en un principio. y al volver a su hamaca. al menos la importancia que los hombres. Así las cosas arribó al villorrio. en sus parlerías nocturnas ante las jumiadoras. lo que es decir. Y era más que miedo aquella sensación cosquilleante de Sebastián. sólido ahora. “Ayúdame. con lagrimones que le agriaban la boca. vengativo. A la semana de ver pasar a Sebastián camino de los potreros. Sebastián. Sebastián aprendió a montar en caballejos de estampa esquelética y guiar el hato de ganado de un ricachón con finca en las proximidades del pueblo. Fue un aullido. como aldabonazos. sintió como si un alfiler le pinchara el pecho. El miedo. —¡Ah. se le entraba por el corazón y le cortaba el aliento en pedacitos. Llegó a un bolinguín natural que la hierba había formado en la ladera siniestra del monte y se detuvo. año atrás. negro. sin que el rubor pudiera brotar a su piel de cacao viejo. resonaban las palabras de Mariela: “¡Ay. Quiso huir cuando. negro. ya jadeante. hizo de sus cuitas una sabrosa historia. tal y como su madre lo presintiera. por ejemplo. M. Así. El niño se hacía hombre. que tronara en la cordillera para que Sebastián se refugiara en alguna cueva y se tendiera en el suelo. una ululación que. la mulata Mariela. un chisme que llegó a los últimos confines de la región. Eran diez horas diarias de gritos. Serían las tres de la madrugada. Sólo el viento gemía por entre los pinares. pero siguió adelante. con sus caderas de mariposa y su cintura de alfanje. Y la Mariela. una pasión de esas que consumen al ser humano como vela de entierro en brisa mañanera. Sebastián se levantó y descalzo. habían bajado el cadáver de su padre. La flacura le sacó los huesos al nivel de la piel. un pobre negro a quien nadie dio importancia. —Te estás haciendo cobarde –decíale la madre–. comió menos que de costumbre. a modo de saludo. casi quemándole la nuca. no comió nada. Fue el suyo un amor terremótico. No sabía si rezaba o si maldecía. Comenzaron unos a abusar de él con palabras y otros con la acción. cruzó el poblado y caminó. Bastaba. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO redondas. se enamoró del negro Sebastián. el aliento de Mariela provocóle: 229 . creció luego hasta ensordecerlo. Y Sebastián. que ya no aguanto más”. En sus oídos. Allí oyó el grito que le petrificó.J. Sebastián fue un árbol roto en el río del miedo. con su salerosa actitud de hembra que todo lo puede. trémulo de sollozos. tuvo la denigrante reputación de cobarde. Dios. prestan siempre a aquél de ellos que se impone por la astucia. La gente. sudor y andanzas por el bosque. de pecho desnudo. Fue. al atardecer. a tu padre en el cielo le debes causar náuseas. me das risa! –y con una mueca le dejó plantado. a mustiarse en su infortunio. —¿Conque me dicen que tú eres el que no sube al cerro? –le dijo. que ni tiempo había tenido para mirarse en ojos de moza. con sus desparpajos y su impudicia.

negro –invitó ella–. dondequiera. Sebastián se estremeció. ¡sigue! Sebastián se volvió. como liberó Mariela a Sebastián. un beso húmedo en la cumbre de un cerro sin sombras. Los hombres no pueden ser cobardes… Han pasado muchos años desde que Mamá Teresa. Mariela le soltó de la mano y antes de entrar a su bohío se despidió: —Hasta luego. mamacita del alma. ¿pero y el grito? —Estaba en tu cabeza. ¿y la sombra del cerro? —No la vi. El viejo murió trabajando. Caminaron. Los muertos quietos Era una bandeja de plata en el rielar de la luna el cayuco de Vale Juan. ahora riéndose solo. Allí. se me ocurre que siempre. las sombras no matan. madre. por los trillos dormidos de hojarasca. he subido al cerro. silenciosos. el amor sería. Se miraron frente a frente y ella le tomó de la mano. Mariela. en la mía. —Sebastián. estaría construida para ellos con un recuerdo. —¿En qué piensas? –preguntóle ella al fin. a su madre que lo esperaba angustiada. de vuelta al villorrio. La soledad. Después descendieron lentamente. y vigilados por las yaguasas y las palomas. pero añadió. llegaban al más alto promontorio del cerro. Y treparon y treparon… La noche agonizaba en el horizonte cuando Sebastián y la mulata Mariela. aun siendo aterrador. que el cerro. como en todos los cuentos. se abría el valle de la Vega Real como un abanico al que las jumiadoras en los bohíos motearan de lentejuelas. quiero ver la luna desde lo alto del monte. en todo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Estoy contigo. —Sí. Luego. también temblorosa. Sebastián. me hiciera este cuento. —Bésame. Sin embargo a mí. poniendo sus manos en la espalda dura y desnuda. mi negro guapo… El se bamboleó indeciso y prosiguió. negro. con alborozo. hay un hombre que llora en una torre. incrédulo. El beso primero se prolongaba en otros y los ojos de entrambos se cerraban. ¡Ya no tengo miedo! —¿No te lo decía? –replicóle ella. huérfanos de energía. la torre de la soledad y de la desesperación. era un poquito menos esa noche. cansados hasta una eternidad. La oyó nuestro miedo. Como yo era niño. como él. entre el asombro de las comadres y el gorjeo de los chiquillos. —Llévame a la cumbre. ¡Era la noche grande y definitiva para Vale Juan! 230 . coreados por ruiseñores. con Greene. Caminaron entre los primeros ranchos. ¡Dame un beso en la boca! Ella tuvo que agarrarlo. mi abuela. ella nunca me dijo que Mariela besara a Sebastián. Le pareció. que el negro y la mulata vivieron felices. El bosque se mecía blandamente con los ábregos y allende las torrenteras. en adelante. mientras viviesen. por la primera vez en su vida. por una angosta callejuela. sólo dijo: —Mamá. hasta que un amor de mujer lo libera de sus angustias o de la sombra en el cerro. La mañana comenzaba a explotar en los cielos. donde terminaban los pinares. —En nada…. El grito salvaje no se había repetido y Sebastián. sentía desaparecer de su cuerpo los temblíos. de pronto. estuvieron los dos un largo rato sin pronunciar palabra. hasta hacer que los labios se juntaran. La mulata estaba allí.

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El negro, enroscado en la proa, respiró hondamente, mientras el sudor le bañaba frente y tórax. Los brazos, largos y felinos, se entraron en el agua y bogaron sin ruido, cual si al cayuco le hubiesen salido garras. Los labios, de vez en vez, runrunearon palabras quedas, válvulas en mitad de los salivazos de andullo. Pedrico, en la popa, habló primero: —¡Vuélvase, Vale, que esto no tiene remedio! —Lo tendrá –replicó el otro– porque entonces mejor es no andar vivos. Pedrico no conocía el miedo. Lo había perdido años atrás en mitad de las sabanas, encaramado en los potros, siempre en pos del Vale Juan. Pero lo de esa noche era suicidio y ambos lo sabían. Dos hombres solos, acosados y perseguidos, ¿qué podían hacer? Pedrico recordó lo que entrambos realizaran con la vida. De niños, de adolescentes, de jóvenes, el juego de la guerra los atrajo como una droga. Comenzaron sin darse cuenta, siguiendo un día a un grupo de campesinos que se iba, armado de machetes, a defender sus tierras. Después, dominada esa revuelta, vino otra y otra más, y luego, con los años, la historia sangrienta del país que no se redimía fue la de ellos también, fue polvo y sudor y sangre y hambre; y cansancio de andar a tiros en mitad de sinrazones. Así, volvieron al pueblo. Nada pedían a Dios sino paz, un techo, un pedazo de pan y una hamaca para construir sueños. Los dos casaron tempranamente, formando hogares donde el amor fue dueño de las noches y el trabajo de los días. Vale Juan y Pedrico, sin ser mejores que otros campesinos, fueron, sin embargo, los dos más bravos de la comarca entera. Quizás debióse a eso que los revolucionarios cebaran su saña en ambos. En noche brumosa cayeron sobre el pueblecito, saqueando e incendiando en minutos todo cuanto estuvo en su paso. A Vale Juan y a Pedrico no les quedó más que olor a metralla y la sangre de los suyos en las manos. Sin lágrimas, porque el dolor que ha sido presentido está demasiado hondo para mostrarse en el rostro, los dos compadres se unieron a otros ultrajados y marcharon por los montes tras los asesinos. Cuando al fin se toparon con ellos, los rifles derribaron amigos como a árboles en un ciclón y sólo Vale Juan y Pedrico habían quedado vivos, para agrandar la venganza y no poder dormir. —¡Volvamos! –repitió Pedrico. —Digo que no –susurró Vale Juan–, y le repito que usted puede volverse. A mí tienen que matarme. Quedaron flotando las palabras. Pedrico, sin interrumpir el rítmico movimiento del remo, frunció la frente y rezongó: —No, Vale, o los dos o ninguno. ¡Eche pa adelante! Relampagueó. Un trueno se fue de bruces hasta el horizonte y se encaramó en la luna. Mientras las chicharras gritaban sus nostalgias, llegaron a las torrenteras. De un golpe rápido en el agua, Vale Juan empujó el cayuco hacia la ribera y lo escondió en el matorral. —Allí están –murmuró, señalando con la barbilla a luces débiles que se entreveían a un centenar de metros. A los oídos llegó el tañer de una guitarra y voces de hombres que discutían. Los dos negros, arrastrándose, iniciaron el avance, como raíces que al crecer se van moviendo en la selva. El andullo se amargaba en la boca del Vale Juan y las espinas, al clavársele en el pecho, en los brazos y en el rostro, no dolían ni quemaban, que no puede haber sensación cuando el alma anda empecinada en emociones. Se iban acercando. Los hombres tomaban formas concisas en derredor de una hoguera, las jumiadoras olían a esa distancia y la guitarra resumó lascivias en una canción de burdel.
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El campamento de los saqueadores celebraba su último crimen. Y Vale Juan y Pedrico estuvieron, de pronto, en el límite de la espesura, a varios alientos de la venganza. —¿Y ahora? –preguntó Pedrico. —Ahora nos aguantamos y pensamos –contestó el otro–, que Dios es grande… Sentía Vale Juan que la angustia, sólida, arqueante como un vómito, le subía por el esófago y se le prendía en el paladar. Cerró los ojos y pudo ver a su mujer, dormida por los balazos, rumbo a la eternidad, suplicando que perdonara. Y vio a los hijitos, desparramados como muñecos rotos, huérfanos de risas ante la muerte, y Vale Juan tuvo ganas tremendas de llorar. Se palpó el calzón y bajo él el cuchillo y en el cuchillo se le calentó la mano como en una caricia. —¡Malditos! ¡Malditos mil veces! –sollozó–. Os tengo que matar a todos para yo poder vivir. —¿Qué le pasa, compadre? –preguntó Pedrico. El compañero no pudo responder. Las lágrimas de macho salen sin ruido, jamás con prisas. Pedrico tuvo temblíos en su cráneo de coco maduro. Transcurrieron horas interminables. En el campamento crecía la borrachera y con ella la alegría y los desenfrenos. Habían llegado mujeres, negras vestidas de percal, mulatas aceitadas y ampulosas y la guitarra, los timbales y el balsié atacaban los merengues con compases rápidos, llenos de sudor y de ron. La luna, fatigada de tramontar, huyó tras las sierras. Ahora se acercaba la tormenta, queriendo llegar antes que el sol de la mañana. Grandes saetazos de luz ametrallaron el cielo, barridos luego por el bramar de los truenos. —Va a aclarar –advirtió Pedrico–, decidamos, Vale. —Rece, compadre, rece, que en seguida nos tiramos al degüello. —Entonces nos morimos –y en la voz de Pedrico hubo cansancio, hastío de estar vivo, deseo de terminar, sed de sangre, hambre de muerte… —Nos morimos, si la Virgen del Cerro1 así lo quiere –sentenció Vale Juan. Por las fisuras del bosque inicióse el danzar de la lluvia. Gotas flacas primero, rechonchas después, comenzaron a patinar en la hojarasca. Gallos lejanos interrumpieron sus buenos días mientras las sombras emprendían retirada. Los dos negros, aplanados y rígidos, reconocieron a nuevos latidos en los corazones. Vale Juan arqueó las piernas, extendió la mano diestra en la que ya ondeaba el cuchillo y dio de pronto un grito salvaje, agudo, como el de la bestia que va al sacrificio. —¡Ahoraaa! –gritó, mientras corrían hacia el campamento, donde nadie los esperaba. Los dos primeros en volverse hacia los negros no tuvieron tiempo de respirar, cayendo ovillados en la hierba. Vale Juan saltaba como un simio; Pedrico le seguía, asestando puñaladas que todavía la música del merengue no descubría. Pero repentinamente, asaltantes y asaltados quedaron rígidos. Fue una fracción de segundo o un segundo largo como siglo. En los pies la tierra había comenzado a bailar grotescamente y un bramido se levantó de la espesura. —¡Tiembra, tiembla! –gritaron hombres y mujeres. El bosque se alzaba como una bandera, los árboles se reunían y separaban, el río se salía de cauce, grietas oscuras rajaban el monte y succionaban lluvia y hombres, empavorecidos hombres y mujeres, tragados en la mueca de la naturaleza desbocada.
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La Virgen del Santo Cerro, imagen existente en un santuario de la Cordillera Central de la República Dominicana.

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—Virgencita mía –dijo Pedrico, arrodillándose–, ¡perdónanos! —¡Dios! –rugió Vale Juan–, déjame terminar con ellos… Pero el terremoto continuaba con mayor bastedad, desjarretando la savia de la tierra. Los borrachos caían en las zanjas, chocaban contra los troncos de los árboles, huían en vano. En un minuto sólo quedaron unos pocos, petrificados en el suelo por el terror. Y esos miraban a Vale Juan sin comprender. El cuchillo del negro también temblaba, pero de rabia, de desesperación, de impotencia. Sonó un tiro seco. Vale Juan abrió la boca y vidrió los ojos. En seguida se fue desplomando, como un ceibo abatido por un rayo. Después, el negro quedó muerto, de cara a la lluvia que le agrandaba la sangre sobre la tetilla, un muerto quieto y vencido, como todos los muertos, como todos los hombres que acaban de pronto su angustia y entran por la puerta de la eternidad. Pedrico corrió hacia su amigo, se abrazó al tórax de azabache y gimeteó sollozos que parecían de niño. —Pobre Vale Juan! –lloró–. ¡Pobre Vale Juan! Que Dios te perdone, como a mí… También le abatieron de un balazo. La tierra fatigada tornó a tranquilizarse, y la lluvia, amurallada en catarata, siguió cayendo con su canción aguanosa. A lo lejos, en la serranía, el sol no pudo alumbrar la sangrienta mañana de los muertos quietos.

Shirma
Allá encima del nevado, donde el hielo era transparente y las nubes revoloteaban en escuadrones, se clavaban, mañana a mañana, las miradas de Osvaldo el pintor. No podía evitarlo. Cuando, vuelto de sueños donde miles de paisajes celebraban danzas multicolores, Osvaldo abría la ventana y tragaba el aire de la sierra, la montaña siempre le hacía una mueca burlona y le invitaba a vivir. Era desafío y requiebro, intimación y huída. —Alguna vez –se decía– escalaré la cima y traspasaré a mis lienzos el albo resplandor que me enceguece. Pero aquello tenía en su magín la rapidez de un relámpago y Osvaldo, perdido en fiebres, medicándose con ocres, naranjas y verdinegros, viajaba por un cielo donde no había montañas y sólo rostros atormentados, hombres quejumbrosos y niños pidiendo pan. Osvaldo era indio, con cuarenta siglos de orgullo y sesenta mil años de piedad en el alma. Una herencia mágica le vino prendida en los dedos, mariposa creadora de luces y de sombras, madre de las angustias de su raza, más vieja que los volcanes, más hermética que los pedregales o los páramos. —Yo pinto –solía decir– como llueve en la selva o como hay olas en el mar. Si mis ojos se beben la vida, mi corazón siempre anda triste. Y mi tristeza es como el nevado: todos lo ven y nadie lo domina. Así nació en él, poco a poco, el deseo de definirse a sí mismo, de encontrar, de una vez por todas, la razón de sus temores y sus odios, de sus amores y sus ambiciones. Una noche fría de enero Osvaldo decidió hurgar el monte y sacar de los hielos alguno de sus misterios, o al menos aquél de ellos que debía pintar, si es que los misterios tienen color: Después, no recordaba exactamente qué ocurrió. Sabía que la cima no llegó a estar lejos y que el aire estuvo lacerante, un cuchillo que al perforar el pecho dolía con todos los dolores. Pero entre las rocas o la alfombra gris de la lava, vio por primera vez a la niña de
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tez aceitunada y cabellera dormida, de ojos fosforescentes y voz como gemido lánguido, confundible con el viento. —Shirma… ¡Shirmaaa! –la saludó en su lengua ancestral. Y cuando quiso besarla, preguntarla si se hallaba perdida, si precisaba de ayuda, la niña se esfumó en el volcán. El artista era hombre de mundo y tenía treinta baúles en la cabeza con treinta pedazos de vida como treinta novelas. Por eso a nadie habló de Shirma. No iban a creerle y todos, de seguro, hubiesen trocado en sarcasmo su cándido cuento. Y Shirma se le prendió en la curva del pecho, donde los pintores mecen su cuna de sueños. Osvaldo se hizo famoso. Su fama rompió la cordillera y paseó por ciudades llenas de luz y de vicio. La gente admiró la originalidad de sus cuadros, donde un rostro de niña aparecía siempre en mitad de otros rostros dolorosos, fuente de agua en mitad de una selva. —¿Quién es? –le decían–. ¿Dónde sacaste esa cara y esos ojos que, siendo dulcísimos, llevan tanta y tanta tristeza? ¿Dónde está, dónde está esta visión tuya que no podemos olvidar? Y Osvaldo sonreía, y aun los críticos que alguna vez le combatieran, declararon que la niña de sus cuadros era indudablemente genial y que el genio, besando la frente del artista, era el único responsable de aquel toque mágico, irreal y fascinante. Pasó mucho tiempo. Osvaldo viajó por el mundo entero y comenzó a envejecer. Su caminar, despacioso y reposado, sus ojos menos brillantes, sus canas prematuras, le dieron al fin un aire de neurótico, un matiz de hombre que conoce todos los caminos, los ha descrito hábilmente y no ha encontrado en ninguno a la felicidad. —Tienes en el rostro –le dijo alguien una vez– un paisaje angustiante, como de seguro es tu alma. Y Osvaldo no respondía jamás. Hubiese sido ridículo confesar que soñaba con la niña del volcán, que buscaba por doquier una cara de mujer que se asemejara a Shirma, la dueña de sus sueños y de sus pesadillas. Y mientras la seguía dibujando en los fondos de sus cuadros, su corazón sollozaba por ella. Un día decidió regresar a su país y no viajar más. Ante la consternación de parásitos y la incredulidad de íntimos, Osvaldo volvió a vivir tranquilamente en su casa de la sierra, nuevamente frente al blanco resplandor del nevado. —Aquí –se dijo el pintor– estoy cerca de Shirma y nadie podrá enturbiar mi amor por ella. Su atelier convirtióse en remanso y torrentera. Allí creaba quimeras y sueños, allí morían las horas en un concierto de pinceles, allí corría, ladeaba la cabeza, sudaba, giraba y se estremecía cuantas veces la imagen de Shirma quedaba presa en los óleos o en las acuarelas. Pero no fue feliz. Shirma, que era suya, se le iba en vagabundas rondas y él seguía vacío, sin una piel caliente en la cual dejar un beso o unos ojos donde posar blanduras y encalmar angustias. ¡Pobre Osvaldo el pintor! Era Dios un segundo y un pobre artista siempre. Fueron pasando los años de pláticas con el volcán, de amores con Shirma, la niña triste del nevado. Y un día llegó al atelier un mendigo que pedía monedas para comprar pan. Tenía una barba mal traída, dos manos largas y huesudas y un bastón nudoso, con el que golpeaba los senderos vacilantemente. —¿Qué quieres, anciano? –le preguntó el pintor. —Hablar contigo de penas.
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—Yo no tengo penas, soy alegre como el sol. Pinto cuadros hermosos que la gente compra. Dicen que soy brillante. La fama es mi esposa, el halago de los hombres llega hasta mi puerta. ¿Para qué quiero más? —¿No quieres a Shirma? Osvaldo sintióse temblar y miró al viejo de hito en hito. —¿Quién te dio su nombre? ¿Cómo sabes de ella? —Lo sé todo, pintor. Tu angustia es mi angustia, tu amor uno de los míos. —¿Qué puedo hacer, mendigo? ¿Cómo creer en ti que nada tienes, ni siquiera cuadros que se venden o críticos que te ensalzan? —La vanidad se me perdió en un camino, el dinero nunca me acompañó. —Sigue, mendigo, ¡te suplico! —Ven, Osvaldo, vamos hasta el volcán. Pocos saben el final de esta historia, porque pocos fueron quienes vieron a Osvaldo y al mendigo escalar la montaña. Como era noche cerrada y relampagueaba sobre la cordillera, los indios estaban acurrucados en sus chozas y los callejones de la ciudad sólo reflejaban una que otra luz mortecina, como velón de entierro de fraile. El pintor Osvaldo apareció muerto en el helero, con los ojos vidriados y fijos en alguna visión desconocida. Quienes lo encontraron afirmaron que había en su rostro una dulce y plácida sonrisa de paz. Era como si todas sus angustias y sus dolores hubiesen salido para siempre del pecho, dejándole un sueño final en el que todos los hombres atormentados y quejumbrosos huyeran de su camino y en su lugar dejaran un mundo maravilloso, sin dolores y sin odios, sin ambiciones ni envidias, sin niños pidiendo pan. De esto hace mucho tiempo. Con la muerte, los cuadros de Osvaldo andan por el mundo como gorriones dispersos por el vendaval y mientras su cuerpo descansa a la sombra de un ciprés, su fama ha crecido hasta los últimos confines del globo. Sin embargo, muy pocos, fuera de su pueblo natal, saben que en el atelier se encontró el día en que lo enterraban, un cuadro de niña con tez aceitunada y cabellera dormida, descalcita sobre un nevado blanco, caminando en las nieves con los brazos suplicantes y los ojos fosforescentes. Como es natural, el cuadro pasó a ser propiedad de los indios que tanto le amaran y hoy no se conoce exactamente dónde está. Empero, hay quien asegure que el cuadro viaja de choza en choza, manoseado respetuosamente por hombres y mujeres y que en las noches de luna, cuando el volcán resplandece, los indios le sacan bajo las estrellas y en los campos sólo se oye una plegaria rítmica y alargada: “¡Shirma! ¡Shiiirmaaaa!”

El geófago
He viajado bastante en mi vida. Han querido la suerte y mi carrera que mis andanzas fuesen numerosas, pero aún no he podido dominar o controlar civilizadamente la emoción que me causa un viaje en barco o por tren. Muchas veces me he preguntado si entre mis antepasados no hubo algún marinero o, por lo menos, el maquinista de alguna asmática locomotora. El caso es que a mí, cuando el paisaje se mueve, me baila el alma. Y aclaro todo esto para que no se ponga en tela de juicio por qué diablos me metí en aquel trencito, en aquella inolvidable noche de invierno y llegué a conocer a Tomás
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y a su mujer, la rubia Gladis. Recuerdo haber estado indeciso, en la tarde, de si tomar un avión o regresar a mi casa en auto. Como ambos medios de transporte son hoy en día de lo más vulgares, a mi se me ocurrió que el tren, aquel renqueante trencito de opereta, valía una mala noche y algunos malos ratos. Me inclino a creer que no hemos perdido todavía, los hombres empequeñecidos por la civilización, el sabroso placer de la aventura. La salida estaba anunciada en los pizarrones para las ocho, pero no fue hasta bien entrada la medianoche cuando tosió el convoy, rechinaron las ruedas y dejamos atrás la estación del balneario. Hacía muchísimo frío. La nieve cubría la comarca entera y se le helaba a uno hasta la digestión. Me parece que fueron dos las copas de coñac que ingerí en el restaurant para calentarme. La sinceridad, sin embargo, me obliga a decir que las tomé porque me gusta el coñac y no en busca de calor. Cuando me echaba al coleto la última, entraron Tomás y Gladis. Ella, alta, con una hermosura relumbrona y con el pelo horriblemente teñido, me desagradó desde un principio. ¡Para que hablen de atracción de los sexos! Además, considero que una mujer puede ser fea en cualquier parte de su anatomía, menos en su nariz, y Gladis tenía la nariz más dura, más grande y más desagradable que he visto hasta la fecha. Para colmo, aquel apéndice le servía de brújula, de norte, pues lo movía siempre segundos antes de hablar. Tomás, por el contrario, era la antítesis de su mujer, lo que en sí no es extraño; era, el infeliz, uno de esos hombres a quien lo del cero a la izquierda se les hizo a medida. Gesticulaba, comía, hasta pensaba, siempre y cuando le diera permiso su mujer… con la nariz. Como yo era el único pasajero que tomaba coñac, o mejor dicho, el único pasajero con inquietud suficiente para beber en esa noche, de inmediato le fui sospechoso a Gladis. Diremos que su nariz olfateó que era mala compañía para su esposo. La casualidad, esa vez en forma de barman deseoso de matar su aburrimiento con cualquier clase de conversación, nos amigó, aun a nuestro pesar. Así, sin ton ni son, una vez que Gladis ordenó para ella un vodka con limón y una limonada, bien dulce, para su Tomás, el Barman consideró que las murallas de Jericó estaban en el suelo y nos aunó a los tres. —Señores, la noche está que da miedo, –dijo. Pensé que lo que menos tenía él era miedo, pero dos coñacs, cuando uno viaja solo, tienen efecto impresionante y me sometí. —Da… –dije, y volviéndome a Tomás, pregunté–: ¿Van ustedes hasta Wilmington o siguen hasta Washington? —Seguimos a Washington –replicó y, en seguida, como un eco, Gladis aseguró–: A Washington… ¿El señor es extranjero? A mí me han espetado la misma pregunta en veinte países, pero nunca me supo a balazo, a trueno, a inquisición, como esa vez. Los ojos de Gladis, clavados en mí, parecían los de un investigador que acaba de descubrir a un microbio insignificante en el fondo de un tubo de laboratorio. Nadie podría criticarme si apuré mi copa de coñac y pedí, con énfasis, una tercera. Por cautela o precaución decidí suspender inmediatamente todo contacto con aquella singular pareja. Así, me volví hacia una ventanilla y me quedé mirando, sin ver, los copos de nieve que chocaban contra los vidrios, desintegrándose. Gladis sorbía lentamente su vodka y Tomás su limonada. El trencito proseguía su marcha. Tomás comenzó a dormitar con los ojos abiertos.
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—Es preciso –oí decir a Gladis en voz baja– que aprendas a no familiarizarte con extraños. Un día vas a tener un disgusto. —Pero, mujer, ¿qué de malo hay en hablarle a otro viajero? –Y el hombrecito se llevó los dedos al cuello, como ahogándose. —¡No me discutas! ¡Eres un cándido! Pasaron unos minutos. El barman, convencido de que éramos tres irreconciliables, nos había dado la espalda y puéstose a limpiar, con olímpica elegancia, las copas del vasar. Con los años he descubierto que habría mucha más inteligencia en el mundo si todos los hombres tuviésemos siempre a mano un vasar lleno de copas y vasos vacíos para limpiarlos cuando alguien no nos agrada. O para tirarlos –se me ocurre ahora–, a la cabeza de algunas señoras como Gladis. Me entraron unas ganas tremendas de charlar. Fueron cosquillas incoercibles en la punta de la lengua que no calmaban ni el cigarrillo ni el coñac. Y me metí en honduras. —La marcha de este tren –aventuré–, me recuerda la de uno en el cual viajé hace años, de Quito a Guayaquil, en Ecuador. —¡Muy interesante! ¿Y por qué? –preguntó Tomás, con el rostro iluminado, como un chiquillo a quien le ofrecen un chocolatín que la madre le tiene prohibido. —A mí no parece –intervino, tajante, Gladis–, pues he oído decir que en Sur América hay indios y aquí no. —Señora –afirmé yo, con la misma sensación de quien pincha, en la escuela, con un lápiz, al compañero que menos nos gusta–, los indios, aunque a usted le cueste trabajo creerlo, son de lo más simpáticos. —¡Je, je! –rió Tomás, con una risita que fue un grito de independencia. Gladis se quedó rígida y bermeja, como un tomate al que van a convertir en jugo. —¿De qué ríes, tonto? –dijo–. ¿Cuál es la gracia? Este señor sin duda es medio indio y le encanta hablar de ellos. —Señora, soy indio del todo –respondí, pidiendo mentalmente perdón a mis padrecitos baturros. —Usted, ¡indio! –y Tomás se paralizaba de estupefacción. —No un piel roja, pero en fin, un indio con corbata que bebe coñac –me vi obligado a afirmar. —El señor es un guasón –amonestó Gladis–. ¿Cómo puedes creer tontería semejante? —Le aseguro, señora –insistí yo maliciosamente– que no guaseo. Además de indio, soy geófago y experto en problemas metapsíquicos, mis ojos son estemáticos y cultivo la anaptixis. Gladis se irguió en su banqueta, Tomás sonrió y el barman dejó caer una copa. Tuve la sensación que seguramente experimentó el mariscal Ney en Waterloo. Tomás, con una candidez desconcertante, exclamó: —¡Es! ¿Quiere usted repetir? —Imposible –aseguré–, porque a mi mismo me costaría trabajo. Nosotros los indios expresamos nuestro pensamiento una sola vez. Tomás pidió otra limonada que, no sé por qué, presumí cargada con ginebra por el barman, como para unirnos todos en contra de Gladis. Ella, mientras tanto, habíase quedado mirando hacia las ventanillas, como si la nieve estuviese de pronto, de lo más desconcertante. Así estuvimos un rato largo, ensimismados en nuestros vasos y en nuestros pensamientos. De pronto Tomás dijo:
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—¿Sabe usted una cosa? Cuando lleguemos a Washington, voy a querer que nos dé una conferencia en nuestra escuela. —Amigo, los indios no dan conferencias. Las escuchan. —No importa, será usted el primero. ¡Ande!, le pago otro coñac. Después, sé que Gladis abandonó olímpicamente el bar y que Tomás, el barman y yo entablamos una charla caliente y efusiva, como la de tres náufragos abandonados en una isla desierta. Reímos juntos, nos ofrecimos préstamos, casas, autos, medicamentos contra el reuma, teléfonos de chicas lindas, amistad y consuelo eternos. Y decidimos, casi al final, cuando amanecía, que un mundo sin Gladis, sin mujeres con narices grandes y pelo teñido, sería indudablemente un mundo mejor. Tomás, con lágrimas en los ojos, me abrazó, como si yo fuese el libertador de todos los hombres oprimidos. Y yo me lo creí, sin pensar que Tomás había ingerido cinco limonadas con ginebra. Llegamos a Washington cuando clareaba el sol sobre las cúpulas de los edificios gubernamentales y las riberas del Potomac. En el andén de la estación Tomás me abrazó efusivamente, Gladis me estrechó la mano con friura y ambos se fueron en un taxi amarillo. Pasaron unos meses. Una noche, en el fover del Statler, me los volví a encontrar. Tomás caminaba erguido, hasta con desplante, mientras Gladis parecía seguirle humildemente. En un principio no comprendí y me quedé mirando a ambos, abobado. Fue Tomás quien, agarrándome por el brazo, me dijo al oído: —¿Cómo está el indio con corbata que bebe coñac? ¡Cuánto le hemos recordado! —Muchas gracias –repliqué–; yo a ustedes también. —¿Querrá creerme que mi mujer es otra desde que charlamos con usted en el tren? –dijo Tomás. —¿Cómo así? —Esa mañana, cuando llegamos a casa, busqué un diccionario y después de enterarme de lo que es un geófago, decidí convertirme en tal. ¡Gladis casi se muere del susto! Desde entonces ni me contradice ni me vigila. Es una santa. Evité una carcajada, remiré a ambos y le pregunté a Tomás, bajando mi voz: —¿En serio que ha comido usted tierra? —¡No, hombre, no! ¡Pero mi mujer tiene un miedo de que lo haga! Y nos despedimos, sin que Gladis levantara los ojos de la alfombra. Me dio pena, y lástima. Ya ni siquiera su enorme nariz se atrevía a dirigir a Tomás. Y él, orgulloso de su independencia, me lanzó como adiós: —¡Fíjese que hasta entiendo de problemas metapsíquicos…!

Los ojos en el lago
Salí del Llao Llao. La noche comenzaba a enfriar y el lago parecía de vidrio, un espejo recortado por los cerros abruptos. El viento me golpeaba en la cara y los grandes árboles parecían invitarme a la caminata nocturna. Tomé el senderillo que bajaba hacia la orilla del lago y muy pronto las luces del hotel y el ruido isócrono de la orquesta que hacia música de baile quedaron atrás. De muy lejos oí el suave bramido de un motor de yate que cruzaba el Nahuel Huapí. Estaba al fin solo frente al Ande, con esa agradable soledad que dan los propios pensamientos.
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—¡Eh, patrón! La voz venía del lago, del agua o de la noche, quizás de la montaña misma. Me detuve y hurgué en la oscuridad. —Aquí, patrón, aquí –repitió la voz, cascada y ronca. A pocos pasos de distancia distinguí al fin al vejete, sentado en la grama, con una humeante pipa en la boca, tocado de gorra, vestido con suéter y calzones estrechos. De no haberme hablado pude confundirlo con un tronco más. —Buenas noches –saludé. Muy buenas –me dijo y en seguida, sin sacarse la pipa de la boca, me invitó a sentarme a su lado. —Me aburría –expliqué innecesariamente–, no hemos venido a Bariloche para llevar la misma vida que en Buenos Aires. ¿No le parece? —Me parece, patrón –asintió–, pero muy pocos lo comprenden así. La gente huye en el verano de las ciudades y se viene al campo o se va a la playa a hacer exactamente lo mismo que en las ciudades. Bailan, beben, trasnochan, se fatigan más todavía. —Habla usted –le dije– como si nos criticara. —¿Criticar, patroncito? ¿Quién soy yo para criticarlos a ustedes, los señoritos? Además –y el tono de su voz adquirió de pronto una sorna tenue–, de los patrones vivo yo. Me pagan bien por llevarlos a pescar, por recorrer los lagos, por trepar a los cerros. Callamos un rato largo. De pronto perdí yo todo interés en conversar y la contemplación de las montañas, bajo el luar de febrero, me fue más grata que la charla aguda del vejete de la pipa. Motas de nieve inderretible, prendidas en las cumbres, se enjuagaban con la claridad de la noche indescriptible. Temblé repentinamente con un escalofrío, confundido quizás con la grandeza de aquel paisaje fueguino que jamás olvidaré. —Le conmueve –oí al anciano a mi lado–, a usted, a mí, a todo hombre con alma, con corazón o con recuerdos. Este paisaje lo hizo Dios para recordarnos cuán pequeños nacimos y cuán pequeños moriremos. —Cierto –respondí, sin quererlo–, me conmueve en extremo. Estos cerros tajantes, como cortados con cuchillo, esta luna translúcida, estas aguas sin fondo…, no puedo compararlos con nada… —Por eso, patrón, estoy aquí –dijo el viejo–, y si no le molesta, le cuento. —Cuénteme usted –asentí–, que me interesa. —De mozo, patrón –comenzó el viejo, vaciando la pipa y volviendo a llenarla de tabaco, que había sacado hábilmente de una bolsa– de mozo fui rico, tuve mujeres, todas las que quise… Viajé desde el Plata hasta la India, desde Belgrado a Vladivostock, desde Islandia hasta Borneo. Era yo uno de esos marineros para quien la única felicidad está en el mar y no en tierra, para quien un amor o unos besos saben mejor recordados desde la popa de un buque, cuando la estela, al ensancharse, nos va alejando de tierra más y más, separándonos para siempre de un momento inolvidable. —Buena vida la suya –no pude dejar de decir. —Pues fue, patrón, fue así no más…, durante años, de mocedad y de madurez, sin cansarme de ella nunca. Amé mucho, patrón, hasta que de puro cansado el corazón no era mío. Y siempre quería más, como si en cada playa la mujer fuera más hermosa que en la anterior. El viejo mordía ahora la pipa duramente, pues sentí sus dientes rechinando sobre la madera y el humo, a borbotones, saliendo de la poza y calentándome la cara. Le miré
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fijamente. Me parecieron sus ojos, bajo las cejas gruesas, dos ascuas encendidas por un fuego –Mas un día, patrón, llegó una playa y en ella una mujer. ¡Je, je! Como si no hubiera millones de mujeres en el mundo esperándome, me enamoré de una solita, misterioso. Como un borrego, necesitaba sus besos y los de nadie más; como un imbécil, me la enterré aquí –y se golpeó el pecho– y no me la pude sacar. ¡Y traté! Agarré un carguero y me largué a Australia, me bebí mil botellas de whiskey, trasnoché durante meses, me hundí en una orgía que me hiciera olvidar. ¡En vano! El hombre nace, ama y muere una sola vez: es ley, patrón. Quien diga lo contrario, miente. —Sin embargo, todo hombre civilizado se jacta de haber tenido muchas veces el corazón empeñado –me atreví a disentir. —De la boca afuera –contestóme el viejo– somos tenorios; de la boca adentro llevamos todos prendidos a una novia buena y dulce que nos amó de muchachos o a un amor duro y difícil de la madurez; pero convénzase, patrón, sólo se ama una vez. Las palabras roncas y despaciosas del anciano iban cayendo musicalmente en mis oídos, mientras la noche danzaba sus galas con el Ande y los lagos. El zumbido del yate retornaba, vibrando entre los copudos eucaliptos, los olmos y los cedros. —Un día, patrón, me convencí de lo inútiles que eran mis esfuerzos en olvidar a Irmgard y regresé, más viejo en mis canas, más enclenques mis rodillas de alcohólico, todo lleno de parches el corazón resquebrajado. Miré al viejo y no sé por qué presentí dos lágrimas en sus entrecerrados ojos. Evité así su mirada y le alenté a seguir. –La historia ya no se alarga, patroncito –prosiguió–, porque cuando volví por ella, mi Irmgard estaba muerta. ¡Muerta, patrón, muerta como los ruiseñores que mata el frío del invierno! Sólo que a Irmgard la mató mi amor. ¡Y yo de bruto huyendo de ella! ¡De bruto, patrón, de brutísimo…! —Pero entonces, ¿por qué vino usted tan lejos? ¿Qué le hizo buscar a Bariloche y el Nahuel Huapí como refugio? –pregunté. —Porque en las aguas de los mares y de los ríos que he conocido, siempre me imaginé ver reflejados los ojos de las mujeres que me amaron y en las aguas del Nahuel Huapí sólo se reflejan los ojos de mi Irmgard. —¿Únicamente los de ella? —Sólo los de ella, patrón, solitos y tristes, como invitándome a seguirla en la muerte. En lo alto del cielo, por encima de la cordillera gigantesca, explotó un trueno lejano, que fue luego huyendo por el horizonte. La luna, tímidamente, se acostaba en dirección de la pampa. —¿Se llamaba realmente Irmgard la moza de sus amores? –pregunté. —¡Ah, patrón! –aclaró el viejo, alargando interminablemente las palabras, como si le dolieran–, eso es cosa mía, y de mi corazón. El nombre de Irmgard me ha gustado siempre, pero el nombre de mi amada no se lo digo a nadie. —¿Y por qué? —Porque a lo mejor es ésa la condición para que yo vea, noche a noche, sus ojos en el lago. Es nuestro secreto, que me llevaré a la tumba, cuando Dios me pida estos huesos prestados o cuando yo suba detrás de la luna, en el humo de mi pipa. Me levanté y quise dar unas monedas al viejo, que fueron rechazadas. Di las buenas noches y caminé de vuelta al hotel, donde las luces del comedor y del salón de baile se
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apagaban. Subí por el jardín y, antes de retirarme, contemplé por última vez el Nahuel Huapí. Los ojos en el lago no quisieron mirarme…

Ñico
Yo tenía ocho años de edad cuando mi madre decidió pasar una temporada al lado de mi abuela, en la hidalga ciudad de Santiago de los Caballeros, en el Cibao. Recuerdo que salimos de la capital –entonces Santo Domingo– en una mañana húmeda de enero y arribamos al hogar de mi inolvidable mamá Teresa esa misma tarde. La llegada fue memorable. Ivonne, mi hermana, bufaba de hambre y yo, aun gastándomelas de caballerito, mostré rebeldía a los besos y los mimos con los que me recibieron mis parientes. Nos zambulleron en la cama al toque de oración. Hoy, no obstante los años transcurridos, guardo todavía en mi memoria la imagen de mamá Teresa, paliducha y huesuda, murmurando las palabras del Santo Rosario y sonriendo, de vez en vez, en cuantas ocasiones reparaba en nosotros. Al amanecer me despertó un coro de sonidos para mí inexplicable. Imaginé rugidos de leones, estornudos de elefantes y en las voces que al través de las paredes de madera llegaban a mi oído, creí reconocer las de algún pirata salgarino, de aquellos que ya para esa época conocía yo tan bien. Así, ¡gran decepción la mía al salir luego al patio y no encontrar otra cosa ni otros seres que unos cuantos negros campesinos y una recua de burros y caballejos! Mi tío Miguel Ángel poseía y regenteaba una farmacia, aledaña a la casa. Desde el patio se podían ver los anaqueles, repletos de frascos multicolores y a mi tío, de negro bigote y reposado caminar, hurgando allí y acá, con aires para mí de lo más misteriosos, con ese misterio que el mundo adquiere para los ochoabrileños, como era yo entonces. —Ven, sobrino –me dijo al divisarme–, quiero presentarte a unos amiguitos. Me tomó de una mano, abrió una puertecilla que en el muro del patio había e irrumpimos en el solar colindante. Allí vi más animales y más negros, oí más piafar de bestias y decires campesinos. Tío Miguel Ángel silbó cabalísticamente y surgieron de detrás de un mango un par de chiquillos, con pistolas al cinto y arrogancias de caciques. —Raymundo y Manuel –dijo mi tío–. Son tus vecinos y debes jugar con ellos. Formamos de seguida un conciliábulo, en el cual se decidió que para ser yo un capitaleño no estaba del todo mal. Raymundo me prestó una de sus pistolas y me anunció: —Eres raso, ¿me oyes? Manuel es el capitán y yo el coronel. Tienes que obedecernos. Aquello no fue muy de mi agrado y un rato más tarde le endosamos a mi hermanita Ivonne los deberes de un soldado raso y yo quedé ascendido a teniente. ¡Las cosas no iban tan mal! Sorteamos, entre los dóciles burriquitos presentes, al que sería mi Rocinante. —Ahora –me ordenó Raymundo–, tienes que montarlo. Admitir que no sabía hubiese sido imperdonable de mi parte y así, ante los alaridos de espanto de Ivonne, salté sobre el lomo de la bestia e iluminé mi rostro con destellos de héroe o de conquistador. El burro, que era muy burro, no estuvo de acuerdo y comenzó a lanzar coces. Volé por la primera vez en mi vida, cerrando los ojos en espera de un golpe morrocotudo. ¡Pero no caí! Algo suave y acojinado detuvo mi vuelo y cuando abrí los ojos me encontré en brazos del negro Ñico. —¡Negro Ñico! –exclamaban a coro Manuel y Raymundo.
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—¡Muchachitos malos! –dijo él. ¿De quién fue la idea de montar a mi burro Colasín? ¿No saben todavía que es indomable? El negro Ñico me colocó tiernamente en el suelo y me miró. Después a mi hermanita, quien, mujer al fin, lo examinaba con recelo. —¿Cómo os llamáis? Nos presentamos como mejor pudimos y el negro Ñico nos hizo sentar a todos bajo el mango. ¡Negro Ñico! Era muy flaco, de barbilla salida como una aguja, ojillos escondidos y curiosamente verdes, pelo hirsuto y casi del todo blanco, pecho y brazos simiescos. Se movía lentamente, agitaba sus manos a cada palabra y no pasaba un minuto sin que exclamara esta frasecilla, que era como una clave de su humor: ¡Uay ombe! Aquella mañana se inició nuestra amistad, amistad que debía durar todo el tiempo que estuvimos en Santiago. El negro Ñico era, de lo que luego he ido hilvanando, personaje muy discutido en el pueblo y en los campos. No era dominicano, pues hablaba el castellano castizamente; no era campesino, que sus manos sin callos jamás realizaron faena dura. Pero el negro Ñico siempre tenía dinero, lo gastaba a manos llenas y nunca hizo daño a nadie. Y por sobre todo, el negro Ñico, con sus cuentos, entretenía a nuestra pandilla de aventurerillos, para tranquilidad y reposo de mi madre, mi abuela y mi tío. ¡Por eso el negro Ñico podía entrar y salir como le viniera en gana! —Con lo único que no estoy de acuerdo –solía decir mi tío Miguel Ángel– es con las historietas que Ñico le hace a los niños. Eso no está bien. ¡No debes creerlas! –me advertía–. Son una sarta de mentiras. —Déjalo en paz –ordenaba mamá Teresa–. ¡Ya descubrirá José Mariano mentiras peores en la vida! Y así, consentido por mi abuelita, con mi madre haciéndose la sorda y mi tío resignado, el negro Ñico siguió brindándonos ratos inenarrables bajo el frondoso mango del patio. El único inconveniente era Ivonne. A mi hermanita no le interesaban los cuentos del negro Ñico y cuando él comenzaba a hablar, ella tomaba una de sus muñecas y se iba al más lejano rincón del patio. Desde allí, sola y herida, nos miraba con indiferencia olímpica. —Es mujer –comentaba el negro Ñico–. ¡Déjala en paz! ¡El mundo sería tan agradable sin las mujeres! Y Ñico alzaba sus manos y hablaba, hablaba por los codos, por la camisa, por los ojos. Relatábanos correrías por los montes, él en comando de una guerrilla de revolucionarios que siempre ganaba la revolución; de su entrevista con el “Presidente”, cuando Su Excelencia le ofreció un puesto de capitán que Ñico –¡negro astuto!— no aceptó, por no comprometerse con las amistades de los otros partidos. –Yo soy un caso único —decíanos–, yo soy negro de pelo en pecho. —Y eso, ¿qué es? –inquiríamos abobados. —Para ser de pelo en pecho hay que haber peleado mucho y no tenerle miedo a nada ni a nadie, como yo. —¿Tú no le tienes miedo a nada? –preguntaba Raymundo. —¡A nada! –aseguraba Ñico–. Cuando la guerra de Puerto Rico yo solo maté a veinte hombres. —¿Veinte? –y abríamos la boca de a vara. —Creo que treinta, o más. Y en Venezuela fui a pie desde el Orinoco hasta Panamá. ¡Uay ombe! Yo he nadado desde Higüey hasta Ponce.
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Luego, con los años, ante el mapa de América, iba yo a descubrir que las hazañas de Ñico superaban las de todos los héroes griegos y romanos. Pero entonces no había estudiado cosas tan complicadas y Ñico fue adquiriendo en mi cerebro las proporciones de un ídolo. Un ídolo tan humano como sólo puede crearlo un niño. —¡Cuántos años tienes, Ñico? –le pregunté un día. —¡Uay ombe! ¡Eso sí que no lo sé! —¿Y por qué, Ñico? Mi vida es muy complicada, muchacho. Gente como yo, que ha vivido en todas las islas del Caribe, no puede pensar exactamente cuándo nació. Madre decía que en el sesenta, padre que en el cincuenta. ¡Uay ombe! Podré tener ochenta años, pero me siento más fuerte que un toro de dos años. —¿Y de dónde sacas tanta plata? –guiso saber Raymundo, quien con sus doce años no creía a pie juntillas a Ñico. —¡Hum! –exclamó el negro–. ¡Esa es historia larga! Pero se las voy a hacer. Eso sí, me guardan el secreto. ¿Entienden? —¡Claro, Ñico! –juramos al unísono. —Bien… –comenzó–, cuando yo era pirata… —¡Pirata! –exclamamos. —¿No se los había dicho? ¡Claro que fui pirata! Me enrolé en una banda de ingleses que vino a Puerto Plata en el ochenta y cinco y en tres asaltos que dimos llegué a capitán. ¡Uay ombe! Si ustedes hubieran visto si negro Ñico con un puñal en la boca, gritando desde proa: “¡Enemiiigo a la vista!” Yo solito decidí una batalla frente a Mayagüez y Juan el Terrible… ¡Ese era mi Jefe…! Pues me dijo: “Ñico, tú eres el más bravo de mis bravos. Quiero regalarte mil pesos oro y nombrarte mi segundo”. Yo me rasqué la cabeza y le dije: “Juan, muchas gracias, pero no puedo aceptarle el nombramiento. Ñico no se puede amarrar con una obligación”. —¿Y qué dijo Juan el Terrible? –interrumpíamos sin aliento. —Juan me miró asombrado, escupió cinco veces, para quitarse la mala suerte de una negativa como la mía, y dijo: “Sabe, Ñico, que a otro lo hubiese hecho colgar del palo mayor, pero a ti debo perdonarte. Puedes irte. ¡Te ragalo dos mil pesos oro en vez de mil…!” Y yo me fui, sí, señores. Agarré un bote de vela y fue cuando me vine para Samaná. Y allí… –añadió, bajando la voz y alzando las manos al cielo–, en un islote que nadie conoce, escondí mis morocotas. ¡Je, je, je! Me puse a trabajar y gané más… y más… y llegué a ser el hombre más rico de Samaná, pero como era negro, un blanco gringo me quiso robar… Y entonces fue cuando yo encabecé la revolución del ochenta y ocho. ¡Que ganamos, uay ombe, que ganamos…! —Entonces, fue cuando me metí a contrabandista, el mejor de todos los contrabandistas desde La Habana a la Martinica. Vendía ron, quinina, piedras preciosas… De todo un poco. Un día me apresaron, en la Florida, pero escapé y trabajé de pescador en el Golfo de México. Adquirí miles de perlas, que luego vendí a precios fabulosos en Nueva Orleans… Y el negro Ñico, flexuoso y elástico, hablaba de todas sus hazañas, hazañas en las que él era el único vencedor. ¡Gran Ñico inolvidable! Una noche nos dijo mamá que regresábamos a casa. Ivonne comenzó a saborear la idea de volver a sus muñecas y sus amiguitas, al parque de la capital, los bombones, los autos, pero yo no pude dormir, febril y preocupado. Irme de Santiago, ¡cuando ya era coronel de
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mi pandilla! ¡Dejar a Ñico y sus cuentos! ¡Y lloré sobre mi almohada!, lloré con desconsuelo al comprender que se terminaban los veinte días más felices de mi vida. Por la mañana nos despertaron muy tempranito, mamá Teresa nos acicaló con cuidado y nos atiborró de dulces y golosinas; mi tío Miguel Ángel hasta me regaló un frasquito, lleno de un líquido verde, que siempre ambicioné poseer. Mas nada de eso me consolaba. Cuando llegó el supremo momento de la despedida, se me aguaron los ojos y busqué en mi derredor… ¿Dónde estaba el negro Ñico? ¡Ah! Al arrancar el auto con mi madre, mi hermana y yo, el viejo negro, jinete en su arisco Colasín, apareció a la vuelta de una esquina, alzó su mano diestra en un saludo rítmico y gritó: —¡Adiós, mi comandante, adiós…! Han pasado muchos años. Yo nunca volví a ver a Ñico ni a escuchar sus sabrosas historietas. Cuando la vida me enseñó lo que es verdad y es mentira, hubo en mí cierta rebeldía al pensar en Ñico. ¿Ñico embustero? ¡No! Ese negro bueno, ese negro de gran imaginación, no fue nunca un embustero. Aunque mi tío Miguel Ángel o mi hermana Ivonne ni siquiera lo recuerden, yo sé que el negro Ñico está en el cielo, esperándome impaciente con nuevas historias y quizás… –¿por qué no?– dispuesto a saludarme, a mi llegada, con un estentóreo: —¡Salve, mi comandante José Mariano, salve…!

El feo
El mayor enemigo de Cándido era el espejo. Nunca quiso, compasivamente, cambiar su nariz de albóndiga, sus cejas tupidas como bigotes, su mentón prognático, sus ojos tan pequeños que costaba trabajo encontrarlos en la cara repelente. Pero el espejo también había sido, en la vida de Cándido, un enemigo silencioso, con quien se podía conversar de todos los temores y las ansiedades, a quien se podía hacer confidencias, el único que jamás respondió con evasivas o estalló en carcajadas ante su grotesca cara de payaso. Y el espejo, para Cándido, fue el único leal compañero en los años de soledad y de desesperación. Cándido era viejo ya. Sus memorias, pocas y estrechas, podían guardarse en un solo bolsillo del corazón. Su miedo, tu timidez, sus vacilaciones, habían llegado a los cincuenta años como cachorros cansados de jugar a solas. Y su ansia de amar seguía en Cándido como un animal enjaulado, ansioso de salir a la luz del sol. Porque Cándido no conocía el amor. Tenía leídos muchos libros y registrados muchos suspiros, recordaba noches de insomnio y mañanas vacías, mañanas sin besos y sin palabras de mujer, pero el amor siempre estuvo en la mesa de al lado, siempre pasó por la acera de enfrente, o se sentó en la butaca de atrás, o se entró en la puerta de la casa que no era la suya. Por eso la vida de Cándido no era una vida digna de contarse y él no se atrevió jamás a compararla con otras vidas que pasaron a su lado. Era la suya una vida pequeña y apagada, una vida casi dolorosa, casi desesperada. La recibió del vientre de su madre y cuando ella lo dejó huérfano, Cándido quiso encontrar en su padre aquello que no podía definir, aquello que no se reía de su nariz ni de su cara, aquello que abría los brazos o bajaba hasta su frente y suspiraba, aquello que debía ser la bondad. Pero su padre huyó de él avergonzado. Como era hombre, consideró a Cándido un engaño o un castigo, nunca como a un hijo. Y Cándido vivió solo, únicamente acompañado por su fealdad.
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Cándido era profesor. En las aulas su talento, un talento construido con el tesón y el tiempo necesarios para derribar al más viejo de los árboles, era respetado y temido. Durante sus clases nadie podía reír del feo, porque el feo sabía más que todos los alumnos hermosos o las alumnas bellas. Y así navegaba Cándido su existencia, un viejo y renqueante remolcador, carcomido por aguas que de seguro terminarían un día en el olvidado puerto de la muerte. Hasta que una tarde, a Cándido se le ocurrió sentarse en un banco del parque que circundaba la universidad y dar de comer a las palomas. Oscurecía. Platos de sombras rellenaban el mantel del cielo y en las casas de la ciudad los hombres se lavaban de sus encuentros con el odio, la ambición o la maledicencia de otros hombres. La mujer que caminaba por el parque era bella, con la misma belleza que Cándido había idealizado, con la belleza de los cuadros que colgaban en las paredes de su casa. Cándido se estremeció cuando la desconocida tomó asiento al lado suyo, en el banco rodeado de palomas hambrientas. Cándido esperó. Sabía que ella, en el reojo de sus ojos zarcos, miraría hacia él y reiría, con la risa que todas las mujeres siempre regalaban al feo. Sabía también que una vez constatada, su fealdad la ahuyentaría y la vería marchar parque abajo, sin comprender que aquel hombrecillo sólo pedía unas palabras de misericordia o un saludo, un simple saludo que abarcara el tiempo, las palomas, el atardecer, un saludo que sin entrar en la amistad tocara siquiera el conocimiento. Pero no ocurrió así. Ella lo miró y lo remiró. Luego le dio las buenas tardes. Cándido, al contestarles temblaba como quien se zambulle en el mar por la primera vez. Y habló con la mujer. Sus palabras tropezaban, llegaban cojeando, pero salieron de su boca como chiquillos en vacaciones. —Me gusta el parque, me gustan los árboles, el rumor de las cascadas, el silbato de los guardas, las niñeras que se besan bajo los cedros, el ciclista que pedalea, el jinete y su arte difícil, hoy desusado… Cándido calló. Aun queriendo continuar, tuvo el valor de cerrar los labios y esperar que ella dijera algo a cambio. Como era su primer diálogo con una mujer en el parque, Cándido se sentía más feo que nunca, como si tal cosa fuese posible. —¿Usted es poeta? –preguntó ella. —No –le dijo Cándido–, no he podido hacer versos. Esa clase de belleza nunca pudo tocarme. Se sentía repentinamente fuerte y desafiador. Si aquella mujer, quizás por equivocación, llegó para romper su círculo de soledad, él podía provocarla, restregándole la amargura en la cara, por si quería irse ya y dejarlo tranquilo, dejarlo con su nariz de albóndiga y sus años cansados. —Sin embargo –contestó la mujer, derribando un poco la altivez de Cándido–, da usted de comer a las palomas. ¡Y las palomas son tan amigas mías! —Y mías –admitió Cándido–, ellas me conocen, ellas no me tienen miedo. La mujer sonrió con una sonrisa gastada y tranquila. Luego metió la mano en su bolso y sacó migas de pan, que regó por el césped. Cándido se agarraba a su paraguas, hacía girar su sombrero hongo en las manos, miraba al cielo, a uno que otro árbol. —¿No será que las palomas han querido reunirnos? –preguntó ella–. ¿No querrán presentarnos en esta tarde? ¡Hace tanto frío!
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Cándido se abrió el sobretodo. El río continuaba corriendo hacia el mar. 246 . cerrar los ojos y darle gracias a Dios. Y el espejo del cuarto de Cándido no podría imaginarse que el feo. —¿Querría cenar conmigo? –invitó Cándido. aunque ella se levantara y. Por eso. Cándido se sintió egoísta y ambicioso. rumbo a las ramas de los sauces. donde sólo los cerezos y los sauces podían hablar. con el día muerto. en esa noche. repleta de dientes ennegrecidos. murmurando en las riberas. como adivinara. —Cuando yo era niña –dijo ella–. se le quedó apretada. que nos consume. Las palomas se habían ido. Los niños y sus niñeras de seguro dormían. las palomas son mis compañeras. con los ojos grandes e inquietos. Le preguntó a ella cómo se llamaba. era el más feliz de los hombres. Aunque ella se volviese y le quemase con un bofetón. que casi era un hombre normal. con sus migas de pan en los picos. pasase lo que pasase. las palomas gozan más en libertad. por sorpresa. discutía con su corazón el lugar exacto dónde poner sus labios. y su boca. En otra ocasión. borraban en Cándido todo recuerdo de amarguras. —No podría. Sí. El policía examinó su uniforme y continuó su ronda. porque los besos colocados en las mejillas de su madre habían sido regalos. Además. como las fisuras de una pared mal encalada. donde sólo las palomas gobernaban y los hombres todavía eran desconocidos. ¡Cómo gustaría de llevármelas a casa y darles todo el dinero que mamá me dejó! —Hágalo usted. hablándose de cosas que. con el pelo recogido en un moño. casi mordida en un gesto de impotencia y de desesperación. Todavía no tuvo el coraje ni el valor de confesar. Cándido y Rosalía conversaron en el banco del parque durante muchas horas. su pecho se expandió sosegadamente. sin mentón prognático. ¡El beso de una mujer! Se estremecía de pensar que con sólo inclinarse. sería hermoso –admitió Cándido. sin despedirse. desde que ella murió. amigo mío. ¡Un beso! ¿Por qué no conseguir un solo beso de aquella mujer que no amaba a nadie? Él jamás había besado. se marchara para siempre del banco del parque. detrás de la nuca tersa y llena de lunares. por intrascendentes. con sus hombres apresurados y sus mujeres que reían. en el horizonte. con su cielo lleno de hollín y sus autos veloces. que ella no aceptó. ¿Le gusta mi nombre? Cándido gustó de él y sintió que le gustaba su dueña. Cándido medía el rostro ovalado. Sus ojos se replegaron. —Rosalía –contestó–. Su fealdad también se había marchado. cejas como bigotes y ojos pequeñitos. podía poner sus labios calientes en la cara de Rosalía y conseguir un beso. La noche vino a ellos repentinamente y en el parque las farolas perforaron un poco la neblina. Les parecía que la ciudad se había alejado y que ellos dos solos presidían un mundo silencioso. sacó un cigarrillo. le pediría un beso. —No.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Cándido y la mujer se acercaban. Para mí el amor es un sentimiento que no puede darse a nadie. Y mientras ella hablaba. transparentes. Todavía estaba lejos la ciudad. con las manos de uñas largas y con venas azules. con una conversación tumultuosa. mi casa es pequeña. que nos arropa. —¿En qué piensa usted? –preguntó ella. En el parque se sienten mejor. —Yo nunca he amado –le confesó Rosalía–. ¡Nos conocemos tan poco! Pero ella no se fue. Al inhalar la primera bocanada. el amor es una nube que cubre el mundo en que vivimos. ofreció uno. mi madre no quería dejarme venir al parque ni dar de comer a las palomas.

Sisebuto asistió a nuestra conversación con bastante decoro. Sólo en una ocasión. Las bocas estuvieron cerca. alzó sus hombros hasta allí caídos. ojillos traviesos y garras respetables. que no se empavorece con mi rostro de payaso. limpiándose de vez en rato sus plumas brillantes. Cándido dio un suspiro y se llevó una mano a los labios. —¡Gracias. empuñó su paraguas y caminó también hacia su casa. no pudo ver a un grupo de gente arremolinado en la calle. gracias…! Pero ella se iba rápidamente de su lado. mi amigo me llevó a su casa y conocí a Sisebuto. Nada dijo. muy requetebién…! Miré a Sisebuto. alargando las palabras. Ni pudo escuchar a dos novios que. cuando mi amigo levantó la voz para imponerme un juicio suyo. que no soy para usted el feo de quien ríen todos los hombres y las mujeres de la ciudad. guiñándome un ojo o balanceándose en su pértiga con prosopopeya y ritmo. resultó ser un loro de lo más distinguido. entrometido ni quisquilloso. 247 . como si quisiera probarme que él sabía más que yo: —¡Bien. Muéstreme. Y acercando lentamente su cara a la de él. amigo mío. Le puso luego ambas manos en los hombros. las palomas parecían regresar a su lado. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —Amigo mío –dijo ella al fin–. caminando por el parque oscuro.J. Rosalía. Me rasqué la cabeza. se la tragó la neblina. su talento y su tacto prodigioso de mundano. Sisebuto. Rosalía. ganchudo y fuerte pico. Sisebuto pronunció una frase sonora. sus amigas y mis amigas. recamadas con la luz de una farola. ¿No es eso lo que quiere? —Sí –dijo él–. depositó en la boca de Cándido un beso. sin embargo. para que conversemos de todas las cosas que usted conoce mejor que yo. El aire estaba límpido. debo marcharme. la loca romántica! El loro En varias ocasiones mi amigo mencionó a Sisebuto. eso es lo único que le pido. se besó la mano y miró hacia el cielo. comentaban: —¡Al fin la agarraron! ¡Pobre loca! ¿Sabes que cada vez que se escapa vuelve al manicomio diciendo que un hombre la ama…? ¡Es Rosalía. La mujer se levantó en silencio. Y no me pregunten ustedes por qué sé yo cuando un loro es distinguido o no. cruzándose con él. Rosalía? La voz de Cándido se resquebrajaba y era como el ruido de un trueno en mitad de la jungla. Y a la vuelta del sendero. de verde plumaje. Cándido abrochó su sobretodo. M. muy bien. que no le asusto. No creo que le prestara mucha atención. A diferencia de otros loros que he conocido. Él la siguió. nos verán juntos. Me agradó Sisebuto. Regáleme unos minutos en las tardes. Así. Un día. Luego. un solo beso suave y tibio. Se hace tarde. Para mí Sisebuto era algún poeta en quiebra o un filósofo aburrido. Es preciso que nadie me vea en el parque a estas horas. Rosalía echó atrás su cabeza y le miró de hito en hito. un beso que quemó la boca del feo como un latigazo. Y las palomas. No sonrió. —¿Volverá usted? ¿Verdad que volverá. Frente a frente. Por el contrario. —Volveré. el parque cantaba. volveré al parque. miré a mi amigo. en derredor de una ambulancia. a Cándido las piernas le bailaban temblorosas. Sisebuto no se mostró parlanchín.

dejándole petrificado. podía cambiar de opinión. haciendo gárgaras sonoras que asustaron a las gallinas de Juana la negra. antes de hacer un negocio o comprar un bien raíz. “Lo vendieron esa tarde. Y al parecer lo era. su compañero. muy requetemal. por cierto con muy poca originalidad. muy requetemalísimo…!” Fulano abandonó su casa. especuló en la bolsa y sus pujas y repujas pusieron temblequeante al mercado. Quiterio se rascó el cráneo. —¿Cuál es el secreto de tu éxito? –inquirí yo de él. le preguntaba por Sisebuto antes de hacerlo por su mujer o sus hijos. con agua del pozo. ¿Cómo no asombrarme al leer una tarde en el diario que mi famoso amigo se había pegado un tiro? Escribí a mis conocidos y uno de ellos. Todavía no había salido el sol. Cuantas veces me topaba con mi amigo. admiré a Sisebuto. Me tranquilizaba saber que Sisebuto vivía en perfecto estado de salud y envejecía con dignidad y sapiencia. en el cielo de nácar. A lo lejos. llegaban a lamer el bohío de Cirilo. —Sisebuto –me dijo–. escribió novelas y hubo quien lo comparó con Dumas. —¿No le parece mentira? 248 El machazo . Y me basta que Sisebuto diga “Bien. tuvo amantes y hacia él acudieron las cortesanas más lindas y famosas de veinte países. Balzac o Dostoiesky. muy bien. le leo mis defensas. Hay mucho que caminar. en la sien derecha…” “¿Y Sisebuto?”. Los cañaverales. —¡De ninguna manera! ¿No te dije que Sisebuto era admirable? Y desde esa tarde. él y Sisebuto pasaron. se enjuagaron las caras y las bocas. dijo: “Muy mal. ¿O es que tú creías que la familia del difunto iba a conservar a un loro tan bruto?”. —Nos vamos. —¿Qué? –preguntó el otro. al rincón de los recuerdos empolvados y telarañosos. olvidé un poco a mi amigo y su carrera meteórica. ¿sólo sabe decir eso? ¿No te contradice nunca? —¡Jamás!– ¡Jamás! ¡Sisebuto es un loro inteligentísimo! –terminó mi amigo. Con el tiempo. Ni amanece… Los dos hombres se vistieron con lentitud. yermos y muertos por la zafra. en mi memorial. —Las cinco –le dijo–. abrió los ojos y miró por la ventana. redondo y brillante. le consulto. Cuentan que le sometió a Sisebuto un proyecto para terminar de una vez y por todas con las guerras y Sisebuto. luego en millonario. Mi amigo progresó espléndidamente con los años. Con el pie descalzo trató de zarandear a Quiterio. En el patio. Convirtióse en abogado de fama.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Se lo enseñaste? –pregunté a mi amigo. me envió esta carta maravillosa: “Fulano se pegó un tiro. pues mi amigo fue orador político y arrastró con sus párrafos ditirámbicos a las multitudes. Antes de ir a estrados. —Y Sisebuto –insistí yo con malicia–. —No ande de impacientes compadre. un muchacho de quien siempre creí que sólo sabía componer sonetos clorofórmicos. pregunté yo en otra carta. me replicó mi amigo poeta a vuelta del correo. compró una pistola y se la aplicó. Cirilo se alzó del catre y se restregó los ojos. ¡Era de esperarse! Llegó a confiar tanto en Sisebuto. unas estrellas holgazanas jugaban a amanecer. hay que cobrar y largarnos. loro al fin. Al viajar yo. todavía dormido. muy requetebién…!” para saber que triunfaré. llegó el momento.

se saludaban. —Le haré la casa a la vieja y a los muchachos. Cirilo y Quiterio caminaron. como si él también fuera a cobrar su zafra. Vientos en caracol soplaron de la costa y el salitre se sintió en las narices. boberías… Ya son nuestros los pesos. Encima de la sabana quemada podíase divisar la fábrica de azúcar. Eran los haitianos. Le dominiquén é compliqué. A lo mejor me la guardo. Techo pa la familia está bien… —Toa la vida lo pensé. y nunca pude… Verá… Los pesos que uno se gana no dan… Me llevé a la Petra. ¿no. M. Cuando habló nuevamente. Yo me voy hasta mi pueblo na más. mientras la polvareda crecía en el camino. Salió el sol y se trepó en el cielo con prisa. compadre. —¿Y no agarró la lengua? A lo mejor el año que viene ya la sabe hablar. de eso no me olvidé. Cirilo. ahora sí que no vamos a andar por los bateyes. para quienes también. que no hay día en que no duelan. allende la cordillera. ¿No sabía? —Buena obra. Algunos eran negros y no hablaban. Mire. ¡Va a haber unas colas pa cobrar…! —Aunque las haya. Paul? —Dificile. Ellos van de camión y bien lejos. ¿qué importa? ¿No era peor andar por los cañaverales cortando caña? ¿O ya se me olvidó usted del calor y de los alacranes? —No. —¿No le dije? Mire qué bien hicimos llegando temprano. como el grupo de hombres. bromeaban. —¡Eh. se le habían hinchado las aletas de la nariz y el pecho se le arqueaba suavemente. ya andamos por cuatro. por el lago Enriquillo. con sus narices de hierro llenas de humo. de eso no… —¿Qué va a hacer con la plata? Cirilo entrecerró los ojos y enmudeció unos segundos. con el final de la zafra. Ante las bodegas los hombres hicieron alto. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —A mí. ¿usted cree que mis callos y mi espalda. no. tou é bien. Quiterio! ¿Qué va a hacer con la plata? —No sé entoavía. cuadrada y hosca. tou é bien. Iban alegres. no saben lo que llevo trabajado cortando caña? Es poca la plata pa tanto sudor… —Boberías. Cirilo y Quiterio se acomodaron debajo de una palmera y comenzaron a roer pedazos de pan que habían traído en el bolsillo. como los haitianos? —Como ellos no. en conversación con las locomotoras pequeñitas que acudían de los cuatro ámbitos del cañaveral. tintineándoles en el cerebro la pequeña fortuna que cobrarían dentro de poco. muy dificile. —¡Cuatro! 249 . Toño. dos. —Buen día. luego nos casamos. —Paul… ¿Todo listo? —Cirilo. había llegado el día de rehacer el largo camino y volver a su tierra. —Con la gracia de Dios… —¿Conque se va. Quiterio. Como las puertas de las oficinas todavía estaban cerradas. Perfume a melao rondaba por la tierra y en las camisas de los hombres.J. rumbo al ingenio. uté sabe cómo es de religiosa… Vinieron los hijos… Uno. Reían. Otros hombres se echaban al camino y se emparejaban con ellos. envuelto en una que otra astillita de bagazo huida de las trituradoras. Cirilo.

—¿Y por eso se vino al ingenio? —Por eso. Se estrecharon las manos. Gano. levantándole. se echó el fajo al bolsillo y comenzó a silbar un merengue. compadre. Quiterio propuso: —Mientras llega la guagua. veo que no usaste ni un chele. Cirilo contó los billetes cuidadosamente. ¿no. —Los cuarenta pa tabaco. —Ciento y treinta. estirado entre los bateyes. ¡Esta vez se hace! —¡A cobrar…! ¡A cobrar…! El grito jubiloso recorrió el grupo de hombres. Se acercaron. por prestarles lo suficiente para la botellita de ron de los sábados. con su rechonchez y sus pechos enormes. ¿nos echamos un trago? Cirilo se pasó la lengua por el paladar. hasta luego. ñato? —Está bueno –sonrió el pagador–. trescientos con cuarenta –tronó el pagador. ¿eh. no dan más que pa la comida y los trapos. temblequeando la montaña de sus carnes como en un terremoto. vale. quien ya venía detrás. no –afirmó Cirilo–. debajo del sol que ya quemaba. Pero a veces cuesta darles el pan. trabajo como burro. vigilante en la puerta. 250 . En el cruce. por el arroz con habichuelas. —¿Regresan el año próximo? —Dios dirá. dice el refrán. Zanjaron sus cuentas con Juana. replicó: —Vaya usted. Ella estaba. La Petra lava ropa y por lo menos los muchachos no pasan hambre. las sonrisas estuvieron con ellos. —Yo. En el pueblo trabajo más a gusto. Aquí uno consigue un poco más y todo junto. por tenerles de huéspedes durante toda la zafra. Ahora me vuelvo con los trescientos pesos y el bohío se hace. Y al viajar el dinero a las manos de la negra. frente a la pulpería enguirnaldada. Y el turno llegó para Cirilo y Quiterio. Yo le espero aquí fuera. —Bueno. —¡Ah. rumbo a la carretera. vale? –rezongó Juana. vio a los amigos alejarse de la choza de Juana. Cirilo sinvergüenza! ¿Cómo le gustaría que lo viera su mujer? El camino. los fritos y la carne. por darles camas. y a mí me ha dao brega. —Ca hombre piensa como Dios se lo enseña. por el tabaco y el andullo. Otros hombres también caminaban. la caña cansa. Usted sabe cómo le doy al romito… Los dos amigos desandaron el camino hacia la casa de Juana la negra. ¡No entro! Se alzó duramente la mañana en el cielo. que encontró seco y pastoso. Ya nos vamos. caracoleando los pies como potros que quieren dejar los corrales. Cirilo. Quien no paga no vuelve.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Ellos llegan con el pan debajo del brazo. —No me diga que tiene miedo. Ella rió con su batallón de dientes. —¿Creía que nos íbamos? Le pago… —Ansí me gusta. —Pué ser. Sudando. —Pérez. que los otros corearon. —¿Y usted? –preguntó a Quiterio. ¿pa qué? Cuando contamos los pesos. Lo mío es la cal y la pintura. Cirilo dio una nalgada cariñosa en la grupa de Juana. Juana. Cirilo se abrió la camisa y se limpió con su pañuelo las gotas de sudor que se le enredaban en las tetillas zahareñas. estrallándose los dedos. Cirilo pensó en la casa que sus sueños habían construido y no vaciló. No tengo pies pa andar entre matas. Por lavarles la ropa.

Todos tenían machetes. vale. mejor era no entrar. vale? –le preguntaron los amigos que entraban a mojar el gaznate. Eta mañana etaba bien. —No hay caso –dijo el chofer. Mecánico no hay por estos entreveros. Bebían. —¡Buenas. y de niños que sólo sabían llorar. pagaron el pasaje y comenzó el viaje. los bohíos blancos. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —¿Y con este calor usté afuera. invitaba. ¿Uté cree que podemos esperar allí? —Guaite. las rosas y las azucenas jugando al escondite en la yerba. con los cuadrados llaneros de maíz y de plátanos. M. con las dos jumiadoras encendidas detrás de las puertas abiertas. —¡Ah. vale. él. No se molestó en contestar. los arroyuelos jubilosos bajo puentes que la vegetación parecía estar esperando para cubrir amorosamente… —Es lindo. ¿Va a querer que yo camine? ¿Pa eso paga una los pesos? —Mal. preñada de ceibos y de mangos. ¡Quién sabe! A lo mejor esto no anda más. llena de hombres y de mujeres. ¡Y la Petra tan cerca! —¡Y mire usted –dijo el gallego– que su mujer está hecha un pimpollo! —¿La vio últimamente? —Casi todos los días. limpiándose la espuma de la cerveza. no entiendo. Como voy al pueblo. enroscada en la nariz y en el bigote. Además. la mojazón podía extenderse como un guaraguao y clavársele en todo el cuerpo? ¿Quién mejor que él para saber lo que era beber. El gallego estaba sentado en una mesa con tres hombres. la carretera asfaltada donde una que otra mano amiga quedaba levantada en un saludo y voces mansas se alborozaban al pasar la guagua. los cocoteros siempre meciéndose. de algarrobos y de pinos. compadre. Cirilo. es la tierra nuestra… Oscurecía cuando se descompuso el motor. que podía terminar una botella de añejo sin pestañear? No. ñato! –rezongó una mulata llena de hijos–. La pulpería. la guagua estaba llegando. como si hubiesen bebido. La llanura calcinada. Tenían sed. ya llego yo con plata pa acabar ciertas cosas. 251 . con las margaritas y los claveles. el condenao falla y lo que es yo. muchos kilómetros hasta el villorrio donde Cirilo había dejado a su mujer. con sus ruedas amarillas y su techo blanco. la serranía reverdecida y húmeda. como algodón. dale que dale a la ropa. sus hijos y sus ansias. Ya ve. la diviso en el río. después de meter su cráneo en el cráneo lleno de cilindros y de tubos y de bloques–. —¿Le entra a la casa de que hablaba? –preguntó uno de los campesinos.J. —Pobre –aclaró triunfalmente Cirilo–. de puertas azules que parecían ojos de gringas. Cirilo y Quiterio se echaron a la carretera y dejaron atrás la guagua con los berridos de los niños y las protestas de los pasajeros. ¿Qué hago? Cirilo sacó la mirada hacia el paisaje y dijo: —Estamos a la vuelta de la pulpería del gallego. Cirilo! ¿A pie? —La guagua no quiso llegar. Era larga la cosa. no me culpe. ¿Cómo explicarles que si entraba. buenaza le digo… Se encaramaron en el vehículo. ¡Que nos vamos! El otro salió. —Estaba buenaza. —¡Quiterio! –gritó–. —Es lindo tó esto… ¿No? Y lo era.

Cirilo. relamiéndose. ¡Claro que no! 252 . Cuatro hombres vestidos de dril y encorbatados se bajaron de él. para usted tengo whiskey. y hielo y soda. —Parecido…. agrupados en su bolsillo como soldados en atención. en la capital. Con las muchachitas de hoy hay que tener coraje. me le ablandan la barriga. ¿No ve que ya casi está en su casa? —Casa no tengo –replicó Cirilo–. aunque lo beba Quiterio. —¡Caro! Pero en este clima. compadre? Cirilo se rascó la cabeza con ostensible indecisión. Y no bebo ron. invitó con malicia: —¿Aceptaría usted un whiskey. Nuevamente vio la casa.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Claro! ¿Pa qué cree que me chupé toa la zafra? —Bueno –cortó el gallego–. No está bien eso de andar en la tierra. por lo menos en sus efectos. que no pudo dejar de oír a los dos campesinos. Y uno de ellos. la letrina pintada del mismo color. ¿Por qué no aceptar ahora una copita? Una sola no le haría daño. quema si se bebe así. ¡Al fin iba a tener casa propia! A la vera del camino se detuvo un auto grande y charolado. le subió a los labios una ancha sonrisa. sí. gallego –decía en la otra mesa uno de los señores–. colocó todo en la mesa. ¡Que si no…! El gallego extrajo una botella del vasar. gallego! ¿Tienes whiskey? —Buenas noches. que me pone raro… La Petra no debe tener más muchachos… Cuestan. ¡No pue sé! Romo no tomo. carajo. Nunca habido whiskey en su vida. ¡déjeme la cerveza! ¡Bébase un trago de macho! –le dijo Quiterio–. por los niños… Esta cerveza sabe sabrosa… Es el calor. —¿Alguna fiesta? —Ujú. y del bueno. que la piedra tenemos. Todos se volvieron sonriendo hacia Cirilo. el jardincito para que los niños no salieran a jugar a la carretera. La pulpería no será como le manda Dios. Whiskey es bueno. pero la voy a tené. vale? –preguntó uno de los señores de corbata. no. El pue bebé lo que quiera. hielo de la nevera y vasos. señor. pero surtida lo está. También me hacen falta clavos. Los hombres se sirvieron y comenzaron a beber. Quiterio no tiene familia. Y al sentirse los billetes. —Pa mí una cerveza –asintió Cirilo. pero él no pudo jamás gastarse sus pocos pesos en beber cosa tan cara. cal y un poquito de cemento. Hay que calentar el bocao para llegar bien metido. La cerveza llena demasiado…” —Este whiskey es de calidad. Después de abrir la soda. Sí. ¡Qué si cuestan! Y luego me la ponen a Petra gorda. ¿Una botella? —Si. pa los suelos. —¿Alguna promesa. sin hielo? –preguntó otro. la guagua todo el día… Cerveza no hace mal… No es como el romo. don Carlos. los ingleses inventaron una bebida que les dio un imperio. —¿Es cierto que ellos lo beben sólo con agua. el romo –dijo Quiterio. —Oiga. señor. aquel a quien el gallego llamara don Carlos. compadre. Hoy no bebo. Tenía oído relatos de algunos amigos y sabía que no existían muchas diferencias con el ron. a cualquier hora. —¡Eh. Lo que yo digo. en cualquier parte. Vamos a beber en regla esta noche. ¿qué va a ser? ¿Ron o cerveza? —Pa mí. Cirilo daba sorbos de su cerveza y pensaba: “¡Si la Petra supiera! ¡Cómo va a gozar ella estos pesos que le traigo! Compraré la madera y el zinc. el techo pegadito.

—Así no –desafió Cirilo–. la próxima botella la pago yo. El fajo de billetes se replegó sobre la mesa. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —La verdad –contestó–. todos miraron a Cirilo. El campesino tenía en el rostro muchos árboles encrespados. El whiskey cuesta mucho… De todos modos. ¿Qué mal había? Estaba cerca de la Petra. perdidos en el tiempo. Alguien cantaba: “General Bimbín. El gallego. ¡Si todo el mundo bebiera whiskey! ¡Qué ricos serían los pulperos! Cirilo miró su vaso. Y después las cinco botellas. “¡Buenazo de verdad!” —¿Le gusta? –preguntó don Carlos. Los sueños no podían dejarse desparramados. Sí. La pulpería quedó silenciosa. La borrachera se les entregaba. ven –le dijeron–. —Entonces. como una araña dispuesta a luchar. que hoy pago yo. en pugna con su baba. rumbo al mar. El whiskey traía buena ganancia. Pero como la niebla alejaba aquella casa y él no podía ver bien las caras de la Petra y de los niños. —Un merengue. El gallego puso ante los bebedores la otra botella. Le agradó aquello. —¡Un merengue! –interrumpió Quiterio. los hombres. Un sorbo. ¡He dicho que les pago una botella y la pago! Nadie contradijo. él llevaba muchos meses sin gozarse unos tragos. don Carlos –dijo Cirilo– es ley de esta tierra. ¿Pero no crees que es mejor guardar tus pesos. ¡Tú. —Hombre –replicó don Carlos–. sus sueños eran suyos y debían estar a su lado. —Pues beba. don Carlos. como mujer a precio. y dejó de calcular. que no lo he probao. Cirilo pudo a ratos ver la casa con el techo de zinc. —¡Guaite con el compadre! ¡Bebe con autoridad! –decía Quiterio. Cirilo apuró otro trago. los niños jugando sobre el suelo de cemento. —Cortesía. El gallego lo había llenado hasta la mitad con el líquido amarillo. Los tragos pasaban ahora como escopetazos. haciéndole compañía. 253 . me das un placer y bebo a tu salud. En la noche llena de jumiadoras y luna. Los hombres entraron en la selva de sueños y desgajaron los árboles de la vacilación. Dentro de la niebla que cubría su cerebro. El gallego calculaba en su cabezota las cuatro botellas. déjese de bullas. o perdidos. había que darse gustos de hombre. gracias. ¡Beba! El segundo vaso aflojó los resortes más íntimos de Cirilo. M. Los sueños de Cirilo. la Petra por el patio. no es para tanto. Quiterio. No. que lo pago yo –ordenó Cirilo.J. la pulpería brillaba como una luciérnaga y las voces roncas de los borrachos asustaban a los sapos en el río. el algarrobo y los mangos. “¡Esto es buenazo!” pensó Cirilo. ofrece a los muchachos de nuestra botella! El pulpero corrió a complacerles. comenzaron a clavársele en el corazón. Sintió que entraba un río caliente por la garganta y bajaba hasta la última cueva de su vientre. Y Cirilo lo llevó lentamente hacia los labios. gallego. —¡Mucho! –y Cirilo se relamió disimuladamente. la verdad. otro sorbito. que tanto te ha costado ganar? Se acabaron las pautas y las advertencias. ya se está creyendo que toítas son suyas”. compadre. —Don Carlos –se oyó decir a Cirilo con una voz que caminaba firme y segura–. su dinero dormía intacto en la hondura del bolsillo. Hoy tengo plata… —Muchacho –aclaró el hacendado–.

—¡Cirilo…! Era Quiterio. me gusta emborracharme y no me tiembla el pulso para hacer cualquier locura. “Me desprecia –pensó Cirilo–. —Usted no me lleva. El piso no se estaba quieto. compadre. ¡venga otra! Cuando amaneció. sin luz. —Cirilo. antes de seguir viaje. Cirilo y la niebla 254 . —¿Miedo? ¡No. la pulpería estaba callada. compadre? —Me duele la cabeza. Nos vamos. Cirilo gritaba: —¡Se jueron! Vamo a bebé sin pepillos. doblado en su silla como una interrogación. Llovería. —Mire. Pero los círculos volvían. ¿Es que no le duele la cabeza? Cirilo no respondió. apuraba rápidamente un trago más. Como era domingo. Me voy. ¿Qué hora é? Regresaban vacilantemente del abismo. Don Carlos suspiró y dio las gracias. El dinero de don Carlos se levantó en las manos de Cirilo y regresó al bolsillo de su dueño. El dinero de Cirilo se hizo un charquito verde ante los ojos del gallego. ¿Me oye? En la cabeza de Cirilo se abrían círculos que llegaban a mojar una casa y un piso y un patio. Quiterio suspiró. ¿por qué no bebe con más coraje? —Mira. —¿Qué fue. abrió la puerta de la pulpería y se fue tropezando. carretera adelante. Con las manos aferradas al vaso. llegada desde el bosque de sus sueños. El ábrego inclinaba de vez en cuando las palmeras y un puerco cebado husmeaba a la vera del camino. Los ojos lagañosos se inventaban cucarachas. la carretera no tenía ruidos. El cielo estaba color de cofre. —Yo no aguanto más –intervino Quiterio–. —¡Pues váyase! Buen viaje… —Cirilo. hijo. El gallego roncaba. ayudado por su tambaleo–. Cirilo –se levantó don Carlos. Cirilo –y el hacendado se rascó la cabeza–. Las yaguazas se lavaban bajo los sauces. yo voy a seguí… Los hombres de corbata se iban. don Carlos –dijo. en busca de más whiskey. Gallego. ¿Quieres que pague todo esto y te lleve? No me cuesta nada retroceder un poco. nosotros debemos proseguir viaje. y los ojos estaban helados–. —¡No! Se van a matar. ¿uté se volvió loco? Ahora resulta que se lo quié bebé todito. ¡qué bebedera! Se irguieron. El gallego había vuelto a roncar en el mostrador. me voy ahoritica. Como si me picasen las avispas. Los ojos eran dos pozos bermejos. no! —Entonces. pero tú deberías irte ya para casa. —¿Qué pasa. Las mesas se habían vaciado de hombres. el blanquito no quié bebé conmigo”. El sabor en las bocas roía piedras. o pone la botella aquí –y Cirilo golpeó la mesa– o Dios sabe lo que va a pasá.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Bueno. ridiez? —Otra botella. —Déjese de avispas. —¡Gallego! ¡Gallego…! El pulpero levantó la cabeza. El auto arrancó. No está bien que tires el dinero así. pero todavía no lograban sujetarse a las raíces cruzadas ante ellos. que se relamía. —¿Tiene miedo? –preguntó la arrogancia de Cirilo. dormitando sobre sus manos callosas.

Nubes trotonas venían desde muy lejos para observar al borracho. pensaba con dificultad: “Haré la casa. gallego del diablo! ¡Mi dinero! —¿Qué dinero. “Haré la casa con piso de cemento. Usted está bebiendo desde hace más de quince horas. que es lo que le gusta ser. de seguro jugaban en el río. como un machazo. El aire tibio de la serranía le entró en la nariz. —El dinero pa mi casa. ¡Sí que la haré!” No se tocó más el bolsillo. de cal en la pared. El dolor de cabeza viviría para siempre en su cráneo. Pero Cirilo dio la espalda a Petra y los hijos y mientras caminaba por la carretera. Será toda blanca. con un frío que le calaba los huesos. Tendrá piso de cemento. su Petra lo esperaba. oculto detrás de las palmeras y los mangos. mis mejores cigarros. de regreso al ingenio. gallego… ¿Dónde está? El pulpero recibía en la frente la angustia de Cirilo. ¡Soy rico!” Cirilo comenzó a tararear canciones tristes. gallego! —Oiga. se dirigió hacia la puerta y la abrió.J. que le regó el mentón. Como era domingo… —¡Dios! ¡Diooos…! Fue un grito alargado y rabioso. El campaneo de la iglesia del pueblo no llegaba hasta la pulpería. no le dejó pagar. Volvió a beber. no dejó pagar a nadie en la pulpería. A varios centenares de metros. Cirilo llevó un último vaso a la boca. El sol no podía acompañarles. El pulpero no había vuelto a hablar y le miraba con sus ojos adormecidos. todavía más abajo. haré la casa. por si en él dormía alguna culebra. para que las culebras no suban hasta las hamacas. lo regaló…. “¡Virgen de la Altagracia! ¿Soy loco? ¿Qué hice?” La cabeza de Cirilo fue bajando lentamente en el tiempo. agarrándose de las sillas. que en el pecho de Cirilo mataba a la resignación. El resto. Las culebras se le enredaban en la garganta. Y con lástima y desprecio le dijo: —No me venga con lagrimeos. sin alacranes y culebras debajo de la hamaca. —¡Gallego! —¡Gallego! La mano de Cirilo salía del bolsillo horrorizada. M. Consumieron diez botellas de whiskey. casi todas mis provisiones. El corazón de Cirilo ida delante. a los bateyes y al azúcar. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO llenaban la pulpería. ¡El dinero pa mi casa. En la carretera era domingo. Sí. lo jugó a los dados. Mataré todas las culebras. Cirilo dio un portazo y se paró a la vera de la carretera. y es bueno que lo recuerde. Anoche hubo de todo aquí. Las moscas runruneaban en derredor de ellos. En seguida. Cirilo? ¿Qué dinero…? El borracho estaba de pie. que estoy harto de oírle gritar lo machazo que es… Los dos hombres quedaron silenciosos. —¿Yo? ¿Cuándo tuve fama de mentiroso? –y el español se erizaba ofendido. —Uté no me va a engañar –dijo Cirilo. Cirilo miró en dirección del pueblo. ¡qué sé yo! Y no se me haga el incrédulo. Sólo le cobré setenta pesos. Los niños. 255 . —¡Mi dinero. Desafió anoche a don Carlos. Bebió. Cirilo. La Petra podrá dormir tranquila. ¿O es que no se recuerda? —Mi dinero.

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23 cuentos escritos en el exilio apuntes sobre el arte de escribir cuentos y juan bosch .No.

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Su influencia en el desarrollo de la sensibilidad general puede ser muy grande. La palabra proviene del latín computus. ¿Qué es un cuento? La respuesta ha resultado tan difícil que a menudo ha sido soslayada incluso por críticos excelentes. acaecimiento singular. La importancia del hecho es desde luego relativa. No puede olvidar ciertas cantidades o ignorar determinados valores. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como tema de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo. es la “tekné” de los griegos o. la parte de artesanado imprescindible en el bagaje del artista. Una persona puede llevar cuenta de algo con números romanos. De paso diremos que una vez adquirida la técnica. un buen escritor de cuentos tarda años en dominar la técnica del género. Pero no debe echarse en olvido que el género. pero puede afirmarse que un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia. presentar su obra desde su ángulo individual. Llevar cuenta es ir ceñido al hecho que se computa. Lo primero que debe aclarar una persona que se inclina a escribir cuentos es la intensidad de su vocación. y es inútil tratar de rehuir el significado esencial que late en el origen de los vocablos. mas debe ser indudable. En realidad los dos géneros son dos cosas 259 I . y por tal razón el cuentista debe sentirse responsable de lo que escribe. Un niño que va a la escuela no es materia propicia para un cuento. y la técnica se adquiere con la práctica más que con estudios. El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un suceso. no tolera innovaciones sino de los autores que lo dominan en lo más esencial de su estructura. ser “hermético” o “figurativo” como se dice ahora. Cuento quiere decir llevar cuenta de un hecho. Lo segundo se refiere al género. cuentistas y aficionados. convincente para la generalidad de los lectores. si se quiere. pero hay sustancia para el cuento si el autobús en que va el niño se vuelca o se quema. como si fuera un maestro de emociones o de ideas.apuntes sobre el arte de escribir cuentos El cuento es un género antiquísimo que a través de los siglos ha tenido y mantenido el favor público. reconocido como el más difícil en todos los idiomas. con números árabes. A menos que se trate de un caso excepcional. aplicar su estilo personal. subjetivo u objetivo. no es cuentista. porque no hay nada de importancia en su viaje diario a las clases. Pero nunca debe olvidarse que el género tiene una técnica y que ésta debe conocerse a fondo. Nadie que no tenga vocación de cuentista puede llegar a escribir buenos cuentos. una estampa. una escena. o lo que es lo mismo. expresarse como él crea que debe hacerlo. pero no es un cuento. El interés que despierta el cuento puede medirse por los juicios que les merece a críticos. Esa técnica es el oficio peculiar con que se trabaja el esqueleto de toda obra de creación. o si al llegar a su escuela el niño halla que el maestro está enfermo o el edificio escolar se ha quemado la noche anterior. “Importancia” no quiere decir aquí novedad. lo que se escribe puede ser un cuadro. pero tiene que llevar esa cuenta. Aprender a discernir dónde hay un tema para cuento es parte esencial de la técnica. Se dice a menudo que el cuento es una novela en síntesis y que la novela requiere más aliento en el que la escribe. con signos algebraicos. el cuentista puede escoger su propio camino. caso insólito. Si el suceso que forma el meollo del cuento carece de importancia.

no lo tiene. Ahora bien. y eso no es fácil. Probablemente es ahí donde se halla la causa de que el género sea tan difícil. El novelista crea caracteres y a menudo sucede que esos caracteres se le rebelan al autor y actúan conforme a sus propias naturalezas. si no como los personajes de la obra lo determinan con sus hechos. A menudo parece más atrayente tal tema que tal otro.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS distintas. A la deriva. En el cuento. y es una pieza magistral. Lo fundamental en ella es mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión. no tiene que premeditarla. la situación es diferente. Un final sorprendente impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento. es el fruto de la voluntad sostenida con que el cuentista trabaja su obra. directo o indirecto: el cuento debe comenzar interesando al lector. Kipling refiere que para él era más importante lo que tachaba que lo que dejaba. el cuento es intenso. capacidad de concentración y trabajo de análisis. el final sorprendente. Comparar diez páginas de cuento con las doscientas cincuenta de una novela es una ligereza. como se piensa con frecuencia. Él es el padre y el dictador de sus criaturas. pues el cuentista necesita ejercer sobre sí mismo una vigilancia constante. el cuento no empezaba con descripciones de paisajes. no puede dejarlas libres ni tolerarles rebeliones. Una vez cogido en ese interés el lector está en manos del cuentista y éste no debe soltarlo más. En su origen. La diferencia fundamental entre un género y el otro está en la dirección: la novela es extensa. de su corta extensión. Esa corta frase tenía –y tiene aún en la gente del pueblo– un valor de conjuro. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento. ella sola bastaba para despertar el interés de los que rodeaban al relatador de cuentos. que apenas lo usaron. de Horacio Quiroga. Hay grandes cuentistas. como si ya estuviera el cuento escrito. El cuentista debe ver desde el primer momento su material organizado en tema. lo cual requiere casi tanta tensión como escribir. Una sola frase aún siendo de tres palabras que no esté lógica y entrañablemente justificada por ese destino manchará el cuento y le quitará esplendor y fuerza. sino como si estuviera ya elaborado. El verdadero cuentista dedica muchas horas de su vida a estudiar la técnica del género. al grado que logre dominarla en la misma forma en que el pintor consciente domina la pincelada: la da. la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. La manera natural de comenzar un cuento fue siempre el “había una vez” o “érase una vez”. de manera que con frecuencia una novela no termina como el novelista lo había planeado. como ha dicho alguien. no le permitirá el menor desvío. Una novela de esa dimensión puede escribirse en dos meses. el cuento tiene que ser obra exclusiva del cuentista. Esa voluntad de predominio del cuentista sobre sus personajes es lo que se traduce en tensión y por tanto en intensidad. pero el tema debe ser visto no en su estado primitivo. A partir del principio el cuentista debe ser implacable con el sujeto de su obra. No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo. Seleccionar la materia de un cuento demanda esfuerzo. La intensidad de un cuento no es producto obligado. Esa técnica no implica. un libro de cuentos que sea bueno y que tenga doscientas cincuenta páginas. que el estilo del autor sea deliberadamente claro u oscuro. y es más difícil lograr un buen libro de cuentos que una novela buena. Quiroga afirma que un cuento es una flecha disparada hacia un blanco y ya se sabe que la flecha que se desvía no llega al blanco. que no se logra sin disciplina mental y emocional. no se logra en tan corto tiempo. el cuento debe tener su final natural como debe tener su principio. lo conducirá sin piedad hacia el destino que previamente le ha trazado. como Antón Chéjov. a menos que se tratara de un paisaje descrito con 260 . Fundamentalmente el estado de ánimo del cuentista tiene que ser el mismo para recoger su material que para escribir.

No hay manera de conocerlo sin ejercerlo. quien fue quizá el más consciente de todos ellos en lo que a la técnica del cuento se refiere. despertando de golpe el interés del lector. Sólo el que lo domine podrá transformar el cuento. En sus primeros tiempos el cuentista crea en estado de somiinconsciencia. les faltó la capacidad para elaborar. El oficio es obra del trabajo asiduo. Hay una sola manera de empezar un cuento con acierto. el cuentista tiene que ir aprendiendo la técnica a fin de imponerse a ese mundo hermoso y desordenado que abruma su mundo interior. Nadie nace sabiéndolo. de Kipling. los personajes y sus circunstancias le arrastran. y debe hacerlo sin pérdida de tiempo. y sin el oficio no podían construir. comenzaba con éste. La búsqueda y la selección del material es una parte importante de la técnica. episodios de hombres del pueblo o de niños. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de cuentista. sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento. No adquirieron el oficio a tiempo. Es en la primera frase donde está el hechizo de un buen cuento. los primeros párrafos de los mejores cuentos de Maupassant. 261 . la delicada arquitectura de un cuento. conoce la “tekné” del género. cuando la veta interior se agotó. El cuentista serio estudia y practica sin descanso la entrada del cuento. el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento. con asuntos externos a su experiencia íntima. son inalterables. escogerá el que más se avenga con su concepto general de la vida y con el tipo de cuento que se propone escribir. La acción se le impone. Un cuento que comienza bien casi siempre termina bien. Pero no es así para el cuentista. Los principios del género. pero quien no domine ese lado formal no llegará a ser buen cuentista. iluminarlo con el toque de su personalidad creadora. Ese oficio es necesario para el que cuenta cuentos en un mercado árabe y para el que los escribe en una biblioteca de París. ella determina el ritmo y la tensión de la pieza. en la medida en que la obra humana lo es. El oficio es la parte formal de la tarea. sin una debilidad. Parece que estas dos palabras –búsqueda y selección– implican lo mismo. Aún hoy esa manera de comenzar es buena. Se halla en el momento apropiado para estudiar los principios en que descansa la profesión de cuentista. Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión. a fin de evitar que el lector se canse. El cuento debe iniciarse con el protagonista en acción. de la meditación constante. El conocimiento de la técnica le permitirá señorear sobre la embriagante pasión como Yavé sobre el caos. no importa lo que crean algunos cuentistas noveles. aunque en ocasiones un cuentista nato puede producir un buen cuento por adivinación de artista. uno por uno. buscar es seleccionar. de la búsqueda y de la selección saldrá el tema. Mientras ese estado de ánimo dura. El cuentista joven debe estudiar con detenimiento la manera en que inician sus cuentos los grandes maestros. El antiguo “había una vez” o “érase una vez” tiene que ser suplido con algo que tenga su mismo valor de conjuro. Una vez obtenido el material.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS escasas palabras para justificar la presencia o la acción del protagonista. Cuentistas de apreciables cualidades para la narración han perdido su don porque mientras tuvieron dentro de sí temas escribieron sin detenerse a estudiar la técnica del cuento y nunca la dominaron. El buscará aquello que su alma desea. motivos campesinos o de mar. de Sherwood Anderson. debe leer. pero acción. asuntos de amor o de trabajo. mejorarlo con una nueva modalidad. un torrente de palabras luminosas se lanza sobre él. y pintándolo en actividad. Saber comenzar un cuento es tan importante como saber terminarlo. El autor queda comprometido consigo mismo a mantener el nivel de su creación a la altura en que la inició. de Quiroga. física o psicológica. por lo menos. de la dedicación apasionada.

sin darles caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho. II El cuento es un género literario escueto. pero lo mantiene presente en el fondo de la narración y no lo muestra sino sorpresivamente en las cinco o seis palabras finales del cuento. estudiará a conciencia. nadie puede intervenir en ella. Ya he dicho que aprender a discernir dónde hay un tema de cuento es parte esencial de la técnica del cuento. en forma directa o indirecta. no levanta vuelo para ir a todas partes y ni siquiera a dos puntos a la vez. La única manera de cumplir con esa obligación es desenvolviendo sus dotes naturales. Pero en ningún momento perderá de vista que se dirige hacia ese hecho y no a otro punto. limpiarlo de apariencias hasta dejarlo libre de todo cuanto no sea expresión legítima de su sustancia. al extremo de que un cuento no debe construirse sobre más de un hecho. estudiarlo con minuciosidad y responsabilidad. Aislado el tema. toda palabra que desvíe al autor un milímetro del tema. Habiendo dado con un hecho. y debidamente estudiado desde todos sus ángulos. Cuando el cuentista esconde el hecho a la atención del lector. el arte del cuento consiste en situarse frente a un hecho y dirigirse a él resueltamente. y en el cuento no hay lugar sino para un tema. que no interesan al escritor porque nada le dicen a su sensibilidad. entendida en el sentido de la “tekné” griega. Técnica. Escribir cuentos es una tarea seria y además hermosa. El también puede lograrlo. todos esos sucesos están subordinados al hecho hacia el cual va el cuentista. se afanará por dominar el género. el personaje y su ambiente. pero dominable. que es sin duda muy rebelde. Arte difícil. como aconseja el Evangelio. Pues cuando el cuentista tiene ante sí un hecho en su ser más auténtico. El cuentista. qué es un cuento y qué debe hacer para escribir buenos cuentos. es esa parte de oficio o artesanado indispensable para construir una obra de arte. su mundo psicológico y el trabajo con que se gana la vida. trabajará. Otros lo han logrado.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Esa parte de la tarea es sagradamente personal. y la yerba mala. y para lograrlo tiene que aprender todo lo relativo a su oficio. debe ser arrancada de raíz. Hay mucho que decir sobre él. que estudien concienzudamente el escenario de su cuento. La primera tarea que el cuentista debe imponerse es la de aprender a distinguir con precisión cuál hecho puede ser tema de un cuento. el cuentista puede aproximarse a él como más le plazca. como el aviador. ha 262 . tiene el premio en su propia realización. se halla frente a un verdadero tema. hay un consejo útil que dar a los cuentistas jóvenes: que estudien el material con minuciosidad y seriedad. Ahora bien. con el lenguaje que le sea habitual o connatural. debe saber aislarlo. Pero lo más importante es esto: El que nace con la vocación de cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al servicio de la sociedad. toda idea ajena al asunto escogido es yerba mala. está fuera de lugar y debe ser aniquilada tan pronto aparezca. e igual que el aviador se halla forzado a saber con seguridad adonde se dirige antes de poner la mano en las palancas que mueven su máquina. Si encara su vocación con seriedad. si nadie debe intervenir en la selección del tema. Ahora bien. lo va sustrayendo frase a frase de la visión de quien lo lee. A menudo la gente se acerca a novelistas y cuentistas para contarles cosas que le han sucedido. Toda palabra que pueda darle categoría de tema a un acto de los que se presentan en esa marcha hacia el tema. “temas para novelas y cuentos”. El hecho es el tema. que no dejará crecer la espiga del cuento con salud. él es el tema.

el lector deberá pensar que ya ha llegado al corazón del tema. En ocasiones resulta útil desviar la atención del lector haciéndolo creer. es decir. animales. relatado en términos esencialmente humanos. Cada vez que comienza a caer una de las cáscaras. ¿cómo conviene que sea? Humano. cualquier cosa. en cuanto al hecho que da el tema. Todo lo contrario resulta si el cuentista está dirigiéndose hacia dos hechos. y que debe llevarlo sin decirle en qué consiste el hecho. como en las matemáticas. En suma. pero se convierte en tal germen precisamente en el momento en que el cuentista lo escoge por tema. mediante una frase discreta. pero no un cuento. si su presencia no coincide con la última escena del cuento. Hay un oculto sentido matemático en la rigurosidad del cuento. El origen de la palabra que define el género está en el vocablo latino computus el mismo que hoy usamos para indicar que llevamos cuenta de algo. la línea no podrá ser recta. El mejor tema para un cuento será siempre un hecho humano. en ese instante de la selección del hecho-tema. Si el hecho se halla antes de llegar al final. para él. En las fábulas de Esopo como en los cuentos de Rudyard Kipling. hay que dirigirse a él a través de sus sentimientos o de su pensamiento. En ese caso la marcha será zigzagueante. por una actividad que en verdad no tiene otra finalidad que conducir al lector hacia el hecho. estará oculta por las acciones accesorias. Hace poco recordaba que cuento quiere decir llevar la cuenta de un hecho. elementos y objetos tienen alma humana. Nada interesa al hombre más que el hombre mismo. En esta parte de la tarea entra a jugar el don nato del relatador. esperará la almendra de la fruta. serán cáscaras que al desprenderse irán acercando el fruto a la boca del goloso. lo que el cuentista tendrá al final será una página confusa.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS construido el cuento según la mejor tradición del género. 263 . En cada párrafo. en el cuento no puede haber confusión de valores. él seguirá siendo por mucho tiempo el rey de la creación. pero la manera de llegar a él fue recta y la marcha se mantuvo en ritmo apropiado. Lo que pretende el cuentista es herir la sensibilidad o estimular las ideas del lector. que el hecho es otro. el lector. La selección del tema es un trabajo serio y hay que acometerlo con seriedad. creerá que ya no hay cortezas y que ha llegado el momento de gustar el anhelado manjar vegetal. El cuentista debe ejercitarse en el arte de distinguir con precisión cuándo un tema es apropiado para un cuento. luego. la acción interna y secreta del cuento seguirá por debajo de la acción externa y visible. sin embargo no está en él y ni siquiera ha comenzado a entrar en el círculo de sombras o de luz que separa el hecho del resto del relato. El cuento debe ser presentado al lector como un fruto de numerosas cáscaras que van siendo desprendidas a los ojos de un niño goloso. A pesar de la creciente humildad a que lo somete la ciencia. Por sí solo. Ahora bien. el tema no es en verdad el germen del cuento. sin carácter. Pero los casos en que puede hacer esto sin deformar el curso natural del relato no abundan. De párrafo en párrafo. el universo infinito y la materia mensurable existen como reflejo de su ser. Pues sucede que el cuento comienza a formarse en ese acto. Mucho más importante que el final de sorpresa es mantener en avance continuo la marcha que lo lleva del punto de partida al hecho que ha escogido como tema. La experiencia íntima del hombre no ha traspasado los límites de su propia esencia. se ha producido un buen cuento. en los relatos infantiles de Anderson como en las parábolas de Oscar Wilde. que vive orgánicamente en función de señor supremo de la actividad universal. o por lo menos. o por lo menos humanizado. El cuentista avezado sabe que su tarea es llevar al lector hacia ese hecho que ha escogido como tema.

para un artículo de costumbres o para una página de buen humor. Pero en el cuento toda la obra es del cuentista y esa obra está determinada sobre todo por la calidad del tema. y adonde quiera que el cuentista vuelva los ojos hallará hechos que son buenos temas. y debe tener categoría universal. el heroísmo. en el hambre de la madre. Antes de sentarse a escribir la primera palabra. lo cierto es que comúnmente el cuentista tiene que estudiar el hecho para saber cuál de sus ángulos servirá para un cuento. en el desgarrón psicológico. Ahora bien. la avaricia. en el tercero. el resultado será débil. la crueldad. De donde puede colegirse por qué hemos insistido en que el hecho que sirve de tema debe estar libre de apariencias y de todo cuanto no sea expresión legítima de su sustancia. no tiene calidad para servir de tema. pero también puede estarlo por su ausencia. el cuento será pobre o francamente malo aunque su autor domine a perfección la manera de presentarlo. el amor. si en ocasiones esos hechos que nos rodean se presentan en tal forma que bastaría con relatarlos para tener cuentos. determinan en mucho el curso de la acción. Por caso de adivinación. se hallaría en la circunstancia de que el hermano del ladrón es agente de policía. son valores universales. Los personajes de una novela contribuyen en la redacción del relato por cuanto sus caracteres. y en los tres la captura del joven delincuente es un camino hacia el corazón del hecho-tema. y muy bueno. son universales en el habitante de las grandes ciudades. De esa especie de hechos está lleno el mundo. es parte importantísima en el arte de escribir cuentos. y aun dentro de él hallar el aspecto útil para desarrollar el cuento. el cuentista debe tener una idea precisa de cómo va a desenvolver su obra.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Si el tema no satisface ciertas condiciones. Pues en estos tres posibles cuentos el tema parece ser la captura del ladronzuelo mientras roba. El tema requiere un peso específico que lo haga universal. o si la causa del robo es el hambre de la madre del descuidero. Lo pintoresco. están llenos los días y las horas. En los tres casos el hecho-tema sería distinto. Aprender a ver un tema. La rígida disciplina mental y emocional que el cuentista ejerce sobre sí mismo comienza a actuar en el acto de escoger el tema. en el segundo. positivos o negativos. pero debe ser universal en su valor intrínseco. por sus motivaciones o por su apariencia formal. Puede ser muy local en su apariencia. no basta para el caso un hecho cualquiera. en el primero. en cambio puede serlo. el sacrificio. Un ladronzuelo cogido in fraganti puede dar un cuento excelente si quien lo sorprende robando es un hermano. debe ser un hecho humano o que conmueva a los hombres. 264 . puede darse un cuento muy bueno sin seguir esta regla. y puede ser también un magnífico cuento si se trata del primer robo del autor y el cuentista sabe presentar el desgarrón psicológico que supone traspasar la barrera que hay entre el mundo normal y el mundo de los delincuentes. En cambio. en el de la jungla americana o en el de los iglús esquimales. saber seleccionarlo. y resulta que hay tres temas distintos. aunque se presenten en hombres y mujeres cuyas vidas no traspasan las lindes de lo local. pero ni aún el mismo autor podrá garantizar de antemano qué saldrá de su trabajo cuando ponga la palabra final. otra cosa sucede si el cuentista trabaja conscientemente y organiza su construcción al nivel del tema que elige. Todo lo dicho hasta ahora se resume en estas pocas palabras: si bien el cuentista tiene que tomar un hecho y aislarlo de sus apariencias para construir sobre él su obra. en un cuentista nato de gran poder. A veces el cuento está determinado por la mecánica misma del hecho. El sufrimiento. la generosidad. una vez creados. por ejemplo. Si esta regla no se sigue. agente de policía.

músculos. En el caso del autor de cuentos. Pues sucede que en la oculta trama de ese arte difícil que es escribir cuentos. en arte. Cada forma. Especialmente en el caso de la lengua. Al dar su salto asesino hacia el tema. y las que rigen la materia con que se realiza. El cuentista debe tener alma de tigre para lanzarse contra el lector. colmillos y garras nada más.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Así como en la novela la acción está determinada por los caracteres de sus protagonistas. en un cuento no debe mencionarse siquiera un cuadro si él no es parte importante en el curso de la acción. III Hay una acepción del vocablo “estilo” que lo identifica con el modo. si le sobra un kilo de grasa o de carne no podrá garantizar la cacería de sus víctimas. en la tarea de escribir cuentos? Sí. o instinto de tigre para seleccionar el tema y calcular con exactitud a qué distancia está su víctima y con qué fuerza debe precipitarse sobre ella. la práctica o la costumbre en la ejecución de ésta o aquella obra implica un conjunto de reglas que debe ser tomado en cuenta a la hora de realizar esa obra. La diferencia más drástica entre el novelista y el cuentista se halla en que aquel sigue a sus personajes mientras que éste tiene que gobernarlos. el tigre de la fauna literaria está saltando también sobre el lector. novelista. El cuento es el tigre de la fauna literaria. y esas leyes son ineludibles. parece no haber duda de que el escritor nato trae al mundo un conocimiento instintivo de su mecanismo que a menudo resulta sorprendente. escritas para él por un senado sagrado que nadie conoce. aunque tampoco parece haber duda de que ese don mejora mucho cuando el conocimiento instintivo se lleva a la conciencia por la vía del estudio. el lector y el tema tienen un mismo corazón. hagamos desde este momento una distinción precisa: el escritor de cuentos es un artista. es producto de una suma de reglas. cuyo mecanismo debe conocer a cabalidad. sino únicamente en los términos estrictamente imprescindibles al desenvolvimiento del cuento y entrañablemente vinculados al tema. la manera particular de hacer algo. y en cada conjunto de reglas hay divisiones: las que dan a una obra su carácter como género. Cuando los años le agregan grasa a su peso. pero las que gobiernan la materia con que esa obra se realiza resultan determinantes en la manera peculiar de expresarse que tiene el artista. no puede desbordarse ni cumplirse en todas sus posibilidades. escritor. Pero como cada cuento es un universo en sí mismo. y para el artista –sea cuentista. la forma. el tigre está creado para atacar y dominar a las otras bestias de la selva. en el cuento el tema da la acción. Esas son el bagaje primario del artista. el majestuoso tigre se halla condenado a morir de hambre. poeta. Se dispara a uno para herir al otro. en el sentido de modo o forma. Huesos. Unas y otras se mezclan para formar el todo de la obra artística. músico– las reglas son leyes misteriosas. le restan elasticidad en los músculos. Del conjunto de reglas hagamos abstracción de las que gobiernan la materia expresiva. y con frecuencia él las domina sin haberlas estudiado a fondo. piel. ¿Se conoce algún estilo. La acción del cuento está determinada por el tema pero tiene que ser dictatorialmente regida por el cuentista. el uso. Según ella. aflojan sus colmillos o debilitan sus poderosas garras. pintor. Los personajes de una novela pueden dedicar diez minutos a hablar de un cuadro que no tiene función en la trama de la novela. que demanda el don creador en quien lo realiza. el medio de creación de que se sirve es la lengua. 265 .

determinada por el carácter que le imprime al artista la actitud del conglomerado social ante los problemas de su tiempo –de su generación–. el tema es más importante que la forma. ese es el caso de la escultura. lo que abandonaron fue su sujeción al tema para entregarse exclusivamente a la forma. y el sueño de sus cultivadores es expulsar el tema en ambos géneros. Por otra parte. al grado que muchos poemas modernos que nos emocionan no resistirían un análisis del tema que llevan dentro. nos lleva a tomar nota de que a menudo un cambio en el estilo de ciertos géneros artísticos influye en el estilo de otros. Esta adecuación de tema y forma se explica debido a que la música debe ser interpretada por terceros. no levanta vuelo para ir a todas partes y ni siquiera a dos puntos a la vez. se halla forzado a saber con seguridad adonde se dirige antes de poner la mano en las palancas que mueven su máquina”. Pero en realidad. La convicción de que el cuento tiene que ceñirse a un hecho. Por ahora recordemos que hay un arte en el que tema y forma tienen igual importancia en cualquier época: es la música. A fin de evitar que el cuentista novel entendiera por hecho de indudable importancia un suceso poco común. debe tener importancia por sí mismo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Hagamos abstracción también de las reglas que se refieren a la manera peculiar de expresarse de cada autor. y sólo a uno. No se concibe música sin tema. dan el sello individual. como el aviador. mas debe ser indudable. el tema musical no podría existir sin la forma que lo expresa. no por la manera de presentarlo. Todavía más: en el cuento el tema importa más que en la novela. el cuento. la marca divina que distingue al artista entre la multitud de sus pares. Antes dije que “un cuento no puede construirse sobre más de un hecho. La estrecha relación de todas las artes entre sí. sobre todo en los últimos tiempos. En algunas artes la forma tiene más valor que el tema. y ese hecho –que es el tema– tiene que ser importante. el cuento es el relato de un hecho. y más adelante decía que “importancia no quiere decir aquí novedad. la pintura y la poesía. la expresión artística se descompone en dos factores fundamentales: tema y forma. convincente para la generalidad de los lectores”. en nuestro caso. el modo de producir un cuento. lo mismo en el Mozart del siglo XVIII que en el Bartok del siglo XX. que no tienen intérpretes sino espectadores del orden intelectual. La pintura y la escultura abstractas son sólo materia y forma. es lo que me ha llevado a definir el género como “el relato de un hecho que tiene indudable importancia”. Aunque estamos hablando del cuento. Pero en la novela y en el cuento. La forma es importante en todo arte. Volveremos sobre este asunto más tarde. No nos hallamos ahora en el caso de investigar si en realidad se produce esa influencia con intensidad decisiva o si todas las artes cambian de estilo a causa de cambios profundos introducidos en la sensibilidad social por otros factores. expliqué en esa misma oportunidad que “la importancia del hecho es desde luego relativa. y desde luego mucho más importante que el estilo con que al autor se expresa. uno solo. la pintura y la poesía de hoy se realizan con la vista puesta en la forma más que en el tema. e igual que el aviador. Pues en su sentido estricto. Pero debemos admitir que hay influencias. Esas reglas establecen la forma. caso 266 . La poesía actual se inclina a quedarse sólo con las palabras y la manera de usarlas. Ellas forman el estilo personal. Esto puede parecer una observación estrafalaria. Desde muy antiguo se sabe que en lo que atañe a la tarea de crearla. dado que precisamente esas artes han escapado a las leyes de la forma al abandonar sus antiguos modos de expresión. El cuentista. anotemos de paso que la escultura. Quedémonos por ahora con las reglas que confieren carácter a un género dado.

quien en Ensayo sobre Chéjov.* “El arte del cuento consiste en situarse frente a un hecho y dirigirse a él resueltamente. en las líneas más puras de la acción. La mayor importancia del *Debemos esta aguda observación a Thomas Mann. y que sin sujetarse a ella no hay cuento de calidad. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como temas de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo”. No importa que un cuento esté escrito en cuarenta páginas. si se mantiene como relato de un solo hecho. Pero la brevedad es una consecuencia natural de la esencia misma del género. así. en ciento diez. sin acabar de apercibirme de la dimensión interna. en lo que podríamos llamar el poder de expresar la acción sin desvirtuarla con palabras. uso o práctica de hacer algo– para poder expresar la acción pura. Venezuela. donde está el secreto de que el cuento pueda elevarse a niveles épicos. no un requisito de la forma. Es ahí. La causa está en que la epopeya es el relato de los actos heroicos. fuera de las fronteras de la historia y en prosa monda y lironda. traducción de Aquilino Duque (en Revista Nacional de Cultura. sino que podía ser liquidada en unos días o unas semanas por cualquier frívolo del Arte”. Hasta ahora se ha tenido la brevedad como una de las leyes fundamentales del cuento. pero no dejó constancia de que conociera la causa del aliento. y es la descripción de esos sucesos –a los que podemos calificar de secundarios– y su entrelazamiento con el suceso principal lo que hace de la novela un género de dimensiones mayores. y alcanzar ese nivel con personajes y ambientes cotidianos. Caracas. Por todo esto abrigaba yo un cierto menosprecio (por la obra de Chéjov). de la fuerza genial que logran lo breve y lo suscinto que en su acaso admirable concisión encierran toda la plenitud de la vida y se elevan decididamente a un nivel épico… 267 . aunque lo haga en una sola página. siempre conservará sus características si es el relato de un solo acontecimiento. El cuento es breve porque se halla limitado a relatar un hecho y nada más que uno.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS insólito. acaecimiento singular. de la narración breve que no exigía la heroica perseveración de años y decenios. Esto se debe a que es el tiempo en que acaece un hecho –uno solo. El tiempo del cuento es corto y concentrado. pues el cuento tiene la posibilidad de llegar al nivel épico sin correr el riesgo de meterse en el terreno de la epopeya. y hasta muy largo. repetimos–. Es probable que el cuento largo se desarrolle en el porvenir como el tipo de obra literaria de más difusión. de ambiente más variado. Obsérvese que el novelista sí da caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho central que sirve de tema a su relato. personajes más numerosos y tiempo más largo que el cuento. así como no las tendrá si se dedica a relatar más de uno. y el que los ejecuta –el héroe– es un artista de la acción. Thomas Mann sintió el aliento épico en algunos cuentos de Chéjov –y sin duda de otros autores–. el cuentista tiene el don de crear la atmósfera de la epopeya sin verse obligado a recurrir a los grandes actores del drama histórico y a los episodios en que figuraron. págs. El cuento puede ser largo. sin darles caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho…” dije antes. en sesenta. dice que Chéjov había sido para él “un hombre de la forma pequeña. marzo-abril de 1960. debemos reconocer que hay una forma –en cuanto manera. 52 y siguientes). un cuentista lleva a categoría épica el relato de un hecho realizado por hombres y mujeres que no son héroes en el sentido convencional de la palabra. si mediante la virtud de describir la acción pura. es casi un milagro que confiere al cuento una categoría artística en verdad extraordinaria. y el uso de ese tiempo en función de caldo vital del relato exige del cuentista una capacidad especial para tomar el hecho en su esencia. ¿No es esto un privilegio en el mundo del arte? Aunque hayamos dicho que en el cuento el tema importa más que la forma.

otros buscan conmover al lector. existen otros que flotan. con diez temas distintos y con diez formas de expresión que no se parezcan entre sí. medio y fin. escenas. insistimos. estampas. tiernos. los títulos. pero. Son interesantísimos y. son otra cosa: divagaciones. ¿Cómo se explica. Diez cuentistas diferentes pueden escribir diez cuentos dramáticos. que la forma puede ser manejada a capricho por el aspirante a cuentista. sacudiendo su sensibilidad con la presentación de un hecho trágico o dramático. Ahora bien. elásticos. relatos. producto de nuestro agitado y confuso siglo XX. que en los últimos tiempos. *Alona (Hernán Díaz Arrieta). calificaciones y clasificaciones tienen por objeto aclarar y distinguir. en los cuentistas nuevos de América se advierte una marcada inclinación a la idea de que el cuento debe acumular imágenes literarias sin relación con el tema. no deben llamarse cuentos. novela e historia. Y al cuento. una novela no puede ser escrita con forma de cuento o de historia. el conocido y clásico. Los hay que se dirigen a relatar una acción. los hay cuya finalidad es delinear un carácter o destacar el aspecto saliente de una personalidad. otros ponen de manifiesto problemas sociales.* Pero sucede que como hemos dicho hace poco. cuento”. no son cuentos. la escultura y la poesía están dirigiéndose desde hace algún tiempo a la síntesis de materia y forma. a veces. y esta actitud de pintores. superan a menudo a sus parientes de antigua prosapia. tiernos. trozos o momentos de vida. Las palabras. y los diez cuentos pueden ser diez obras maestras. sin más consecuencias. ni una historia como si fuera novela o cuento. colectivos o individuales. pues. Y desde luego. en El Mercurio. ¿cuál es la forma del cuento? En apariencia. La pintura. la forma está implícita en el tipo de cuento que se quiera escribir. vagos. la que cambia y se ajusta no sólo al tipo de cuento que se escribe sino también a la manera de escribir del cuentista. que acaso podrá llegar a ser un género literario nuevo. pues. emocionales. sin contornos definidos ni organización rigurosa. 21 de agosto de 1955. de ideas. en la lengua española –porque no conocemos caso parecido en otros idiomas– se pretenda escribir cuentos que no son cuentos en el orden estricto del vocablo? Un eminente crítico chileno escribió hace algunos años que “junto al cuento tradicional” al cuento “que puede contarse”. Crónica Literaria. Si lo fuera. cómo discutirlo? Ocurre que no son cuentos. cuadros. políticos. Para el cuento hay una forma. Por una o por otra razón. Pero esa forma es la de cada cuento y cada autor. son y pueden ser mil cosas más. humorísticos. Santiago de Chile. géneros parecidos pero diferentes? A pesar de la familiaridad de los géneros. pero ¿cómo negarlo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS tema en el género cuento no significa. 268 . pero que no es ni será cuento. los hay humorísticos. con abandono del tema. Por eso al pan conviene llamarlo pan. los nombres. o el cuento de nuestra lengua ha resultado influido por las mismas causas que han determinado el cambio de estilo en pintura. Se aspira a crear un tipo de cuento –el llamado “cuento abstracto”–. escultura y poesía. ni un cuento con forma de novela o de relato histórico. escultores y poetas ha influido en la concepción del cuento americano. ¿cómo podríamos distinguir entre cuento. de una extremada delicadeza. con principio. retratos imaginarios. en cada caso el cuentista tiene que ir desenvolviendo el tema en forma apropiada a los fines que persigue. un cambio en el estilo de ciertos géneros artísticos se refleja en el estilo de otros. no obscurecer o confundir las cosas.

aristócratas. Miles de frases son incapaces de decir tanto como una acción. Lleva un propósito conocido. De manera intuitiva o consciente. Así. Puesto que el cuentista debe ceñir su relato al tratamiento de un solo hecho –y de no ser así no está escribiendo un cuento–. oyendo hablar a dos niños. pero moverse siempre. a quién se dirigirá. a pesar de que a ella y sólo a ella se debe que el cuento que está leyendo le mantenga hechizado y atento al curso de la acción que va desarrollándose en el relato o al destino de los personajes que figuran en él. no porque las palabras con que se escribe el relato aspiren a expresar ternura. es lo que forma el cuento. Pero no puede detenerse. pero no puede suplantarla. sin embargo. superficial o profundo. más vivaz–. se entretiene mirando flores en un parque. seres humanos. Ese hombre no se parece al que divaga. 269 . Esa forma tiene dos leyes ineludibles. En el cuento. agua o aire. observando una bella mujer que pasa. y por su única virtualidad. se mueve de cuadro en cuadro. una forma sustancial. Podemos comparar el cuento con un hombre que sale de su casa a evacuar una diligencia. Toda palabra que no sea esencial al fin que se ha propuesto el cuentista resta fuerza a la dinámica del cuento y por tanto lo hiere en el centro mismo de su alma. qué le dirá. qué vehículo usará. Por tanto. la frase justa y necesaria es la que dé paso a la acción. pues. la que el lector corriente no aprecia. La segunda ley se infiere de lo que acabamos de decir y puede expresarse así: el cuentista debe usar sólo las palabras indispensables para expresar la acción. social. que no cambian porque el cuento sea dramático trágico. no se halla autorizado a desviarse de él con frases que alejen al lector del cauce que sigue la acción. sino que sabe lo que busca. cuando son animales o plantas. debe correr sin obstáculos y sin meandros. un cuento dramático lo es debido a la categoría dramática del hecho que le da vida. admira aquí el estilo impresionista de un pintor y más allá el arte abstracto de otro. La acción no puede detenerse jamás. La primera ley es la ley de la fluencia constante. la acción debe producirse sin estorbos. qué calles tomará. tiene que correr con libertad en el cauce que le haya fijado el cuentista. esa forma ha sido cultivada con esmero por todos los maestros del cuento. La acción puede ser objetiva o subjetiva. física o psicológica. debe moverse al ritmo que imponga el tema –más lento. externa o interna. entra en un museo para matar el tiempo. la profunda. no por el valor literario de las imágenes que lo exponen. de ideas. Un cuento tierno debe ser tierno porque la acción en sí misma tenga cualidad de ternura. pasea. La palabra puede exponer la acción. que rigen el alma del género lo mismo cuando los personajes son ficticios que cuando son reales. tierno. Antes de salir ha pensado por dónde irá. dirigiéndose sin cesar al fin que persigue el autor.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Hay. humorístico. Es en la acción donde está la sustancia del cuento. iguales para el cuento hablado y para el escrito. la acción por sí misma. No ha salido a ver qué encuentra. puede incluso ocultar el hecho que sirve de tema si el cuentista desea sorprendernos con un final inesperado. sin que el cuentista se entrometa en su discurrir buscando impresionar al lector con palabras ajenas al hecho para convencerlo de que el autor ha captado bien la atmósfera del suceso. artistas o peones. en el estado de mayor pureza que pueda ser compatible con la tarea de expresarla a través de palabras y con la manera peculiar que tenga cada cuentista de usar su propio léxico.

el modelo del cuentista debe ser el primero. También el cuento es un tema en acción para llegar a un punto. Caracas. septiembre de 1958. En la naturaleza activa del cuento reside su poder de atracción.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Entre esos dos hombres. Y así como los actos del hombre de marras están gobernados por sus necesidades. 270 . que alcanza a todos los hombres de todas las razas en todos los tiempos. así la forma del cuento está regida por su naturaleza activa. el que se ha puesto en acción para alcanzar algo.

que le temblaba. —¿La calentura? 271 . —Le voy a dar medio peso para el camino. Don Pío había mandado poner tela metálica en todas las puertas y ventanas de la casa. y el pelo abundante. sí. Cristino tenía tres años trabajando con él. le caía sobre el pescuezo. Don Pío tendió la vista. cómo no. Había tenido gusanos en el ombligo y ahora correteaba y saltaba alegremente. pero siguió con la vista al animal. en el primer escalón. —¿Usté cree. Eso es bueno. —Ah. —Puede quedarse aquí esta noche. La barba escasa parecía ensuciarle el rostro. pero me toy sintiendo mal. —Yo fuera a buscarla. que se hacía de madrugada. no tenía ni siquiera setos. había dos vacas. A la distancia estaban los matorrales que cubrían el paso del arroyo. mientras se cubría de nuevo la cabeza con el viejo sombrero de fieltro negro. Bajó lentamente los escalones. Cristino –oyó decir a don Pío. —Cuando llegue a su casa póngase en cura. que Dio se lo pague. —Mucha gracia. —Vea. bien lejos. Si se mejora. —Arrímese pa aquel lao y la verá. Don Pío caminó arriba. pero había enfermado y don Pío no quería mantener gente enferma en su casa. porque no le veo barriga. de pómulos salientes. Le pagaba un peso semanal por el ordeño. Cristino se movió allá abajo. Mucha gracia –oyó responder El sol hervía en cada diminuta hoja de la sabana. aquella pinta que se aguaita allá debe haber parío anoche o por la mañana. Al llegar al último escalón se detuvo un rato y se puso a mirar las vacas y los críos. Cristino extendió una mano amarilla. y hasta hacerse una tisana de cabrita. pero tengo calentura. don. Don Pío era bajo. don. don Pío –dijo–. —Dése una caminadita y me la arrea. Al borde de los potreros. vuelva. Cristino? Yo no la veo bien. todo fulgía bajo el sol. y sobre los matorrales. las atenciones de la casa y el cuido de los terneros. las nubes de mosquitos.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Los amos Cuando ya Cristino no servía ni para ordeñar una vaca. —Ta bien. largo y negro. Cristino se había quitado el sombrero. pero el rancho de los peones no tenía puertas ni ventanas. Usté está muy mal y no puede seguir trabajando. Cristino tenía frío y la cabeza empezaba a dolerle. Desde las lomas de Terrero hasta las de San Francisco. Don Pío salió a la galería y también se detuvo a ver las reses. don Pío lo llamó y le dijo que iba a hacerle un regalo. de ojos pequeños y rápidos. perdidas hacia el norte. Cristino. si quiere. Quisiera coger el camino ya. Apenas se las distinguía. Se trataba de uno que él había curado días antes. pero Cristino conocía una por una todas las reses. y don Pío quiso hacerle una última recomendación. don –dijo–. —Qué animao ta el becerrito –comentó en voz baja. rechoncho. Le había salido trabajador y tranquilo aquel hombre.

Ya usté está acostumbrado. temerosa de que nadie pasara. Corrió a la puerta. —¿Va a buscármela. voy a dir. De nada vale tratarlos bien. Uno de los enfermitos llamó. Vestía una camisa de listado sucia y de tela tan delgada que no le abrigaba. Herminia –dijo–. que hacía gemir los pinos de la subida y los pomares de abajo. y los pies descalzos llenos de polvo. después volvía al cuarto y se quedaba allí un rato largo. el peón empezó a cruzar la sabana. Vaya y tráigamela. Y ambos se quedaron mirando a Cristino. con ganas de llorar pero sin lágrimas para hacerlo. —Ello sí. como si fuera tropezando. Sentía que el frío iba dominándolo. que parecía demandar una explicación. —¡Qué día tan bonito. Me ta subiendo. Cuando creía oír pisadas de bestias se lanzaba a la puerta. —No quería ir a buscarme la vaca pinta. esperó más. don –dijo–. y sabía también que no podía dejarlo. ya voy. ahí enfrente. Se apretaba más los brazos sobre el pecho. Y ahorita mismo le dí medio peso para el camino. Cristino? Tenía que responder. Levantaba la frente. Mire que esa vaca se me va y puedo perder el becerro. Cristino. ella lo sabía. Una mujer se deslizó por la galería y se puso junto a don Pío.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Unjú. don –dijo. 272 . Ya estaba negro de tan viejo. que parió anoche. Don Pío le veía de espaldas. Paso a paso. Te lo he dicho mil veces. Era el viento. —Eso no hace. o tal vez el río. Ella asintió con la mirada. —Sí. Esperó un rato. Todo aquel sol. Deje que se me pase el frío. Resonaron pisadas arriba y Cristino pensó que don Pío iba a bajar. Pío! –comentó con voz cantarina. pero la lengua le pesaba. con los brazos sobre el pecho. el becerrito… —¿Va a traérmela? –insistió la voz. —Con el sol se le quita. En un bohío La mujer no se atrevía a pensar. pero comenzó a ponerse de pie. —Malagradecidos que son. que ya era apenas una mancha sobre el verde de la sabana. —Cogió ahora por la vuelta del arroyo –explicó desde la galería don Pío. el condenado viento de la loma. Otra vez rumor de voces. Señaló hacia Cristino. Eso asustó a Cristino. Cristino seguía temblando. El hombre no contestó. con los ojos ansiosos. Pío –comentó. Se volvería inhabitable desde que empezaran las lluvias. porque fuera de esa choza no tenía una yagua donde ampararse. Cristino se sujetaba el pecho con los dos brazos descarnados. deshecha. y adentro se vivía entre tierra y hollín. Con todo ese sol y las piernas temblándole. sumida en una especie de letargo. El bohío era una miseria. Hágame el favor. Cristino. Calló medio minuto y miró a la mujer. que se alejaba con paso torpe. y ella entró a verlo. un poco más: ¡nada! Sólo el camino amarillo y pedregoso. que corría en el fondo del precipicio detrás del bohío. encorvado para no perder calor.

—Saludo –había dicho él. tan pequeños. no pudieron mantener limpio el conuco ni ir al monte para tumbar los palos que se necesitaban para arreglar los lienzos de palizada que se pudrían. Iba a derrumbarse. que aquel desconocido estaba deseando algo. Era huesos nada más y silbaba al respirar. sólo la miraba con sus grandes ojos serenos. lo que le obligaba a distender las ventanas de la nariz. porque le dijeron que podía probar la propia defensa y que no duraría en la cárcel. Había una serie de imágenes vagas pero amargas en la cabeza de la mujer: su hija. y ella no tenía con qué comprarle una medicina. Cuando el hombre estuvo a pocos pasos. Sintió pisadas. y de éste. y el maíz. Desde que nació había sido callado. un paño sucio en la cabeza y un viejo traje de listado– no podía apreciar ese olor. montando caballo. Miró hacia la subida. Era el delirio de la fiebre lo que hacía hablar así a su hijo. Salió al alero del bohío. Lo halló tranquilo. a una hora de camino. allá abajo. el pecho y finalmente el caballo. cayendo. La mujer no podía seguir oyendo. aquel condenado temporal. El cuartucho hedía a tela podrida. Cuando él estuvo en el bohío por última vez –justamente dos días antes de entregarse– todavía el pequeño conuco se veía limpio. Le dolía imaginar que Teo llegara y nadie saliera a recibirlo. se acercaba. De pronto vio un sombrero de cana que ascendía y coligió que un hombre subía la loma. hallaría sólo cruces sembradas frente a los horcones del bohío. una semana. Después llegó el temporal. La madre –flaca. si era que algún día salía de la cárcel. Y la madre ojeaba el camino. Aun en la oscuridad del aposento se le veía la piel lívida. Su primer impulso fue el de entrar. Teo. llena de ansiedad. tres. se ponía en el lugar de Teo. Sentía que le faltaba el aire. Todo eso se borró de golpe a la voz del hombre. mama. Ahora esperaba. dos. mama? Ella no se atrevía a contestar. Había mandado a la hembrita a Naranjal. mama? —No –negó–. —¿No era taita. pero no se movía ni se quejaba. El niño pareció dormitar y la madre se levantó para ver al otro. pero algo la sostuvo allí. con las sienes hundidas. Tocaba la frente del niño y la sentía arder. Taba ahí y me trujo un pantalón.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —Mama. La niña había salido temprano y no volvía. y los muchachos –la hembrita y los dos niños–. Pero Teo se entregó. cayendo día y noche. Pensaba que cuando su marido volviera. 273 . —Yo lo vide. los frijoles y el tabaco se agitaban a la brisa de la loma. como los troncos viejos que se pudren por dentro y caen un día de golpe. El niño cerró los ojos y se puso de lado. sin sosiego alguno. pero algo le decía que sus hijos no podrían curarse en tal lugar. como clavada. La mujer vio al hombre acercarse y todavía no pensaba en nada. los huevos. la había mandado con media docena de huevos que pudo recoger en nidales del monte para que los cambiara por arroz y sal. Pero mejor era no recordar esas cosas. ella no pudo seguir trabajando porque enfermó. con los músculos del cuello tensos y los ojos duros. y sufría. ¿no era taita? ¿No era taita. más que comprendió. Tu taita viene dispués. Debajo del sombrero apareció un rostro difuso. hasta que los torrentes dejaron sólo piedras y barro en el camino y se llevaron pedazos enteros de la palizada y llenaron el conuco de guijarros y el piso de tierra del bohío crió lamas y las yaguas empezaron a pudrirse. y el agua estuvo cayendo. ni tablas ni techo. Sin comprender por qué. los niños enfermos. ella le miró los ojos y sintió. porque se hallaba acostumbrada. Esta vez no se engañaba: alguien. después los hombros.

—Vino la muchacha. sintió que se moría. La madre perdió la paciencia. como los de los muertos. Minina? –preguntó la madre. La madre sintió que ya no podía más. mi muchacha… Váyase –dijo. con los ojos hinchados. El hombre se tiró del caballo. Entró. hecha un haz de nervios. La niña sollozaba y no quería hablar. El hombre se le acercó. Era pequeña. 274 . y de pronto. Ardía el sol sobre el caminante y enfrente mugía la brisa. después lo siguió mientras él se alejaba. huesos y pellejo nada más. Su mirada debía cortar como una navaja. El hombre vio que los ojos de la mujer brillaban duramente. Agarró la jáquina del caballo y se puso a amarrarla al pie del bohío. —Yo no más tengo medio peso –aventuró él. asomó la cabeza y vio a los niños dormitar. —¿Qué te pasó. recostada contra las tablas del bohío. La niña estaba allí. Había olvidado por completo al hombre. comprendió que era un hombre y que la veía como a mujer. ella extendió la mano y suplicó: —Déme algo. que ardía como hierro al sol. medio peso perdío”. que sin duda estaba sola y que sin duda. Se sentía muy cansada y se arrimó a la puerta. muerta de vergüenza. Además. arrimada al alero. Tu taita viene dispués. El hombre entró preguntando: —¿Aquí? Ella cerró los ojos e indicó que hiciera silencio. que tenía mirada de loca. ella dijo: —Ta bien. Y de súbito en esa cabeza atormentada penetró la idea de que ese hombre volvía de La Vega. El hombre perdió su recelo y pareció sentir una súbita alegría. Tenía ganas de llorar y de estar muerta. alguito. En el puñito tenía todo el arroz que había logrado salvar.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Sin saber cómo lo hacía. que Teo llegaba. desamarrar la jáquima y subir al caballo. —Bájese –dijo ella. medicinas. sin bajar del caballo. Era una mujer flaca y sucia. —Unjú. que los niños no estaban enfermos. con la cabeza metida en el pecho. y cuando lo vio tuvo que hacer un esfuerzo para darse cuenta de la situación. —¡Diga pronto! —En el río –dijo la pequeña–. jijo. Tal vez llevaba comida. llorando. más tarde. Con los ojos turbios vio al hombre pasarle por el lado. deseaba a un hombre. dentre. ya vencido el peor momento. La mujer entró. que no podía andar. Serena ya. —Déme alguito –insistía ella. y justamente en ese momento ella sintió sollozos afuera. —Mama –llamó el niño adentro– ¿No era taita? ¿No tuvo aquí taita? Pasándole la mano por la frente. quemada. El hombre la midió con los ojos. dueña de sí. ella se quedó respondiendo: —No. Ella pensaba: “Medio peso. Salió a toda prisa. Se volvió. también. tendría dinero. Con una angustia que no le cabía en el alma se acercó a la puerta del aposento. pasando el río… Se mojó el papel y na más quedó esto. y si había ido a vender algo. Seguía llorando. y sus ojos no acertaban a fijarse en nada. Entonces dio la cara al extraño y advirtió que hedía a sudor de caballo. aquí –afirmó ella. respirando sonoramente.

rayó un fósforo y trató de ver la herida. —Oh Bonyé! –gimió Luis Pie. —Ah… Pití Mishé ta eperán a mué –dijo con amargura. a veces pegando el pecho a la tierra. pití Mishé va a ta esperán to la noche a son per. Quería estar seguro de que el mal le había entrado por la herida y no que se debía a obra de algún desconocido que deseaba hacerle daño. golpes internos le sacudían la ingle. y el haitiano encendió otro. Medio ciego por el dolor de la cabeza y la debilidad. después en la Josefita. Luis Pie sentía a menudo un miedo terrible de que sus hijos no comieran o de que Miguel. por la zafra. Pero de pronto alzó la cabeza: hacia su espalda sonaba algo como un auto. en el cruce de la frontera dominicana. pero estaba llena de lodo. luego a lo largo de todo el Cibao. Y siguió arrastrándose. los niños le esperarían hasta que el sueño los aturdiera y se quedarían dormidos allí. en el dedo grueso de su pie derecho. donde tal vez alguien le ayudaría a seguir hacia el batey. podría pasar una carreta o un peón montado que fuera a la fiesta de esa noche. 275 . Para que no les faltara comida Luis Pie cargó con ellos desde Haití. Allí estaba. Luis Pie emprendió el camino. a lo que se negó porque temía entregarse a la debilidad. en busca de unos pesos. y como iba muy alegre. y no supo qué responderse. Escudriñó la pequeña cortada. Luis Pie se sentó en el suelo. después recorriendo las soleadas carreteras del Este. e ignoraba que detrás estaba otra colonia. Luis Pie llegó de su tierra meses antes y se puso a trabajar. Se había cortado el dedo la tarde anterior. buscando el fresco de la tierra. Además de que sentía la pierna endurecida. la Gloria. al iniciarse la noche. Arrastrándose a duras penas. Pero sí había pasado a distancia un motor. Cuando volvió a levantar la cabeza ya no se oía el ruido del motor. tenía un viejo Ford en el cual iba al batey a emborracharse y a pegarles a las mujeres que llegaban hasta allí. como se le murió la mujer. con la frente sobre el brazo y la pierna sacudida por temblores–. al pisar un pedazo de hierro viejo mientras tumbaba caña en la colonia Josefita. y cuando la alzó de nuevo le pareció que había transcurrido mucho tiempo. hasta verse en la región de los centrales de azúcar. pero el dolor había aumentado a tal grado que no podía mover la pierna. Necesariamente debía salir al camino. se le muriera un día. primero a través de las lomas.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Luis Pie A eso de las siete la fiebre aturdía al haitiano Luis Pie. Si él se perdía. primero en la Colonia Carolina. Un golpe de aire apagó el fósforo. Se trataba de una herida que no alcanzaba la pulgada. encendía de noche para que el padre pudiera prepararles con rapidez harina de maíz o les salcochara plátanos. Su rostro brillante y sus ojos inteligentes se mostraban angustiados ¿Habría perdido el rumbo debido al dolor o la oscuridad lo confundía? Temía no llegar al camino en toda la noche. Esto ocurría el sábado. con su trocha medio kilómetro más lejos. a su retorno del trabajo. y en ese caso los tres hijitos le esperarían junto a la hoguera que Miguel. Y entonces sintió ganas de llorar. el dueño de la Gloria. con sus ojos cargados por la fiebre. Lo que debía hacer era buscar el rumbo y avanzar. Don Valentín acababa de pasar por aquella trocha en su estrepitoso Ford. —No. El haitiano meditó un minuto. y que don Valentín Quintero. el mayor. andando a veces a gatas. junto a la hoguera consumida. después quiso levantarse y andar. que era enfermizo. no ta sien pallá. Luis Pie pegó la frente al suelo. ta sien pacá –afirmó resuelto. sobre las secas hojas de la caña. Hubiera querido quedarse allí descansando. mas de pronto el instinto le hizo sacudir la cabeza. caminando sin cesar.

Al principio no comprendió. las llamas avanzaban ávidamente. El haitiano temió que iba a quedar cercado. sí señor. Iba cojeando. Echándose sobre las cañas. Sin embargo siguió moviéndose. Se puso de rodillas y se preguntaba qué era aquello. porque sabía que el corte empieza siempre junto a una trocha. un salvador. La esperanza le embriagó. tratando de escapar. Quiso huir. voces de mando y tiros. Todos gritaban insultos y se lanzaban sobre Luis Pie. Disparando ruidosamente el Ford se perdió en dirección del batey para llegar allá antes de que Luis Pie hubiera avanzado trescientos metros. Luis Pie se incorporó y corrió. aquí ta mué. los tallos disparaban sin cesar y por momentos el fuego se producía en explosiones y ascendía a golpes hasta perderse en la altura. Pero le pareció que nada podría salvarle. Quienquiera que fuera. don Valentín dijo: —Esa Lucía es una sinvergüenza. Trataba de llegar a la orilla del corte de la caña. por aquí! ¡Corran. dominiquén bon! Entonces oyó que alguien vociferaba desde el otro lado del cañaveral. envueltas en un humo negro que iba cubriendo todo el lugar. La voz decía: —¡Por aquí. que cayó encendido entre las cañas. ayuda a mué. veía crecer el fuego cuando le pareció oír tropel de caballos. 276 .COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS pensando en la fiesta de esa noche. jamás había visto él un incendio en el cañaveral. iba con la esperanza de salir a la trocha cuando notó el resplandor. gran Bonyé. con sus ojos desorbitados por el pavor. Tal vez esa distancia había logrado arrastrase el haitiano. el enemigo que le había echado el mal se valió de fuerzas poderosas. Dando la mayor amplitud posible a su voz. ¡pero qué hembra! Y en ese momento lanzó el fósforo. que está cogío! ¡Corran. pues a su frente. acababa de aparecer un hombre a caballo. iluminando el lugar con un tono rojizo. pero sin saber verdad qué hacía. hasta que tropezó y cayó de bruces. —¡Bonyé. —¡Bonyé. Inmediatamente aparecieron diez o doce. Golpeando en la espalda al chofer. Mas el fuego se extendía con demasiada rapidez para que Luis Pie no supiera de qué se trataba. Volvió a pararse al tiempo que miraba hacia el cielo y mascullaba: —Oh Bonyé. Bonyé –clamó casi llorando–. y más alto aún: —¡Bonyéeee! Gritó de tal manera y llegó a tanto su terror. Se levantó y pretendió correr a saltos sobre una sola pierna. tú salva a mué de murí quemá! ¡Iba a salvarlo el buen Dios de los desgraciados! Su instinto le hizo agudizar todos los sentidos. que por un instante perdió la voz y el conocimiento. Pegado a la tierra. cuando encendió el tabaco. muchos de ellos a pie y la mayoría armado de mochas. Pero de pronto oyó chasquidos y una llamarada gigantesca se levantó inesperadamente hacia el cielo. Aplicó el oído para saber en qué dirección estaban sus presuntos salvadores. que el auto pasaba junto al cañaveral. no tomó en cuenta. Luis Pie se quedó inmóvil del asombro. Luis Pie lo reconoció así y se preparó a lo peor. buscó con los ojos la presencia de esos dominicanos generosos que iban a sacarlo del infierno de llamas en que se hallaba. como si tuvieran vida. —¡Aquí está. corran! –demandó el hombre dirigiéndose a los que le seguían. que se puede ir! Olvidándose de su fiebre y de su pierna. fuera de sí. gritó estentóreamente: —¡Dominiquén bon. Lui Pié! ¡Salva a mué. Bonyé! –empezó a aullar. dando saltos. gran Bonyé que ta ayudán a mué… En ese mismo instante la alegría le cortó el habla. irrumpiendo por entre las cañas. Rápidamente levantó la cabeza.

pero él lo ignoraba. salva a mué. haciendo saltar la sangre. aunque a veces le era imposible sufrir el dolor en la ingle. y empezó a caminar de nuevo. salva a mué pa llevá manyé a mon pití! Una mocha cayó de plano en su cabeza. Con gran asombro suyo. arrastrando su pierna enferma. pero como no tardó en comprender que el espectáculo 277 . yo ta bien. confiesa que prendiste candela! —Uí. con la ropa desgarrada y una pierna a rastras. Después abatió la cabeza. ¡No. Y de pronto la voz de Luis Pie. per. Iba echando sangre por la cabeza. rogaba enternecido: —¡Ah dominiquén bon. Le encontraron en los bolsillos una caja con cuatro o cinco fósforos. en el que apenas cabía un hombre y en cuya puerta. perro! –ordenó un soldado. y el acero resonó largamente. Tardó una hora en llegar al batey. a golpes y empujones. y Luis Pie. Todavía cojeaba bastante cuando dos soldados lo echaron por delante y lo sacaron al camino. hablando bien alto: —¡Sí. Le pegó al haitiano en la nariz. bandolero. dijo entre su llanto. no iba a luchar contra ellas porque sabía que era inútil. pero no lo maten! ¡Hay que dejarlo vivo para que diga quienes son sus cómplices! ¡Le han pegado fuego también a la Gloria. no! –ordenaba alguien que corría–. sin mover un músculo. La primera arremetida de la infección había pasado. después. alzaba los brazos y pedía perdón por un daño que no había hecho. Su poderoso enemigo acabaría con él. mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. mon pití Mishé! ¿Tú no ta enferme. que tendría seis años y que presenciaba la escena llorando amargamente. —¿Qué ta pasán? –preguntó Luis Pie lleno de miedo. estaban tres niños desnudos que contemplaban la escena sin moverse y sin decir una palabra. —¡Oh Bonyé. y él fue el primero en dar el ejemplo. no pudo contener sus palabras. Se le veía que no podía ya más. y que se achicharre con la candela ese maldito haitiano! –se oyó vociferar. El que así gritaba era don Valentín Quintero. ¡Denle golpe. que apenas entendía el idioma. uí. Después siguieron otros. una voz llena de angustia y de ternura. donde la gente se agolpó para verlo pasar. —¡Canalla.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —¡Hay que matarlo ahí mismo. se alzó en medio del silencio diciendo: —¡Pití Mishé. gimiendo. le había echado encima a todos los terribles dioses de Haití. La gente que se agrupaba alrededor de Luis Pie era ya mucha y pareció dudar entre seguirlo o detenerse para ver a los niños. Puesto de rodillas. –afirmaba el haitiano. pegó la barbilla al pecho para que no lo vieran llorar. que estaba exhausto y a punto de caer desfallecido. Luis Pie. mon per! Y se quedó inmóvil. debió seguir sin detenerse. El grupo se acercaba a un miserable bohío de yaguas paradas. tú sé gran! –clamó volviendo al cielo una honda mirada de gratitud. asombrado de que sus hijos no se hallaran bajo el poder de las tenebrosas fuerzas que le perseguían. que temía a esas fuerzas ocultas. Luis Pie. to nosotro ta bien. Aunque la luz era escasa todo el mundo vio a Luis Pie cuando su rostro pasó de aquella impresión de vencido a la de atención. —¡Levántate. Pero como no sabía explicarse en español no podía decir que había encendido dos fósforos para verse la herida y que el viento los había apagado. destacados por una hoguera que iluminaba adentro la vivienda. ¿Qué había ocurrido? Luis Pie no lo comprendía. todo el mundo vio el resplandor del interés en sus ojos. el haitiano se sintió capaz de levantarse. mon pití? ¿Tú ta bien? El mayor de los niños. mientras Luis Pie. Era tal el momento que nadie habló.

hablando a gritos y tratando de alegrarse como lo mandaba la costumbre. Para su desgracia. Luis Pie había vuelto el rostro. yuca y algún maíz. El conocía bien el lugar. y uno de los soldados pareció llenarse de ira. Con esos centavos podía mandar a Mundito a 278 . sin duda para ver una vez más a sus hijos. porque tenía la seguridad de que había escogido el mejor lugar para esconderse durante el día. A las siete de la mañana los hechos parecían estar sucediéndose tal como había pensado el fugitivo. que le quedaba al poniente. La madre de Mundito tenía unos cuantos centavos que había ido guardando de lo poco que cobraba lavando ropa y revendiendo gallinas en el cruce de la carretera. que yacía bocarriba tendido sobre hojas de caña. Pues como el día se acercaba era de rigor buscar escondite. Durante un segundo esperó el ruido. Anduvo acertado en su cálculo. Sólo una muchacha negra de acaso doce años se demoró frente a la casucha. cuando comenzó el destino a jugar en su contra. estaba perdido. Pues a esa hora la madre de Mundito pensaba igual que el prófugo: nadie pasaría por las trochas en la mañana. Pues aunque deseaba pegar. y él se preguntaba si debía internarse en los cerros que tenía a su derecha o en el cañaveral que le quedaba a la izquierda. Jamás sería perdonado el que encubriera a Encarnación Mendoza.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que ofrecía Luis Pie era más atrayente. La Nochebuena de Encarnación Mendoza Con su sensible ojo de prófugo Encarnación Mendoza había distinguido el perfil de un árbol a veinte pasos. razón por la cual pensó que la noche iba a decaer. decidió ir tras él. mirando hacia el cielo y hasta ligeramente sonreído. pero al fin echó a correr tras la turba. donde empezó a equivocarse fue al sacar conclusiones de esa observación. Si cualquiera de los hombres que habitaban los bohíos de por allí bajaba aquel día para vender bastimentos en la bodega del batey y acertaba a verlo. que iba doblando una esquina. Hora y media más tarde el sol del día 24 alumbraba los campos y calentaba ligeramente a Encarnación Mendoza. y como estaba asustada cerró los ojos para no ver la escena. de haber tirado hacia los cerros no podría sentirse tan seguro. y. Por otra parte la brisa era fresca y tal vez llovería. como casi todos los años en Nochebuena. a casi medio día de marcha. donde estarían desde temprano consumiendo ron. No podía darse cuenta porque iba caminando como un borracho. y si Mundito apuraba el paso haría el viaje a la bodega antes de que comenzaran a transitar los caminos los habituales borrachos del día de Nochebuena. nadie había pasado por las trochas cercanas. el soldado se contuvo. En leguas a la redonda no había quien se atreviera a silenciar el encuentro. las familias que vivían en las hondonadas producían leña. además. Empezaba a sentirse tranquilo Encarnación Mendoza. Tenía la mano demasiado adolorida por el uso que le había dado esa noche. Y aunque no lloviera los hombres no saldrían de la bodega. comprendió que por duro que le pegara Luis Pie no se daría cuenta de ello. La muchacha llegó al grupo justamente cuando el militar levantaba el puño para pegarle a Luis Pie. —¡Ya ta bueno de hablar con la familia! –rugía el soldado. y aunque no se hablaba del asunto todos los vecinos de la comarca sabían que aquel que le viera debía dar cuenta inmediata al puesto de guardia más cercano. En cambio. Pero el chasquido del golpe no llegó a sonar. escogió el cañaveral. Pareció que iba a dirigirse hacia los niños.

De súbito. Encarnación Mendoza oyó la voz del niño ordenando al perrito que se detuviera. Allí. Al salir de la suya. no estaba el niño. En el primer momento pensó huir. y hacerlo en silencio para que el cadáver no se diera cuenta. pero quedaba uno “para amamantar a la madre”.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS la bodega para que comprara harina. Pero para él no era simplemente un hombre sino algo imponente y terrible. y eso bastaba. hasta que se perdió a lo lejos. cansado. o simplemente movido por esa especie de indiferencia por lo actual y curiosidad por lo inmediato que es privilegio de los animales pequeños. corrió hacia la casucha gritando: —¡Doña Ofelia. era grata la brisa y dulcemente triste el silencio. el niño sentía que desfallecía. Estaba clara la mañana. Con sus nueve años cargados de precoz sabiduría. Mundito iba acercándose cuando de pronto quedó paralizado: había visto al hombre. lo mejor sería hacerse el dormido. bacalao y algo de manteca. ya él había pedido autorización. Y así empezó el destino a jugar en los planes de Encarnación Mendoza. que lo voy a llevar allí! Oyéranle o no. y cuando vio al fugitivo echado empezó a soltar diminutos y graciosos ladridos. en el camino que dividía los cañaverales de las tierras incultas– tendría catorce o quince malas viviendas. Aunque lo hiciera pobremente. el niño era consciente de que si llevaba al cachorillo tendría que cargarlo casi todo el tiempo. jugando con las hojas de caña. Llamándolo a voces. mientras el perrillo reculaba y lanzaba sus pequeños ladridos. pegó un salto sobre el cachorrillo. El terror le dejó frío. temblando. pretendiendo saltar. Sin intervención de su voluntad levantó una mano. se cubrió la cara con el sombrero. dando la espalda al lado por donde sentía el ruido. fija la mirada en el difunto. Encarnación Mendoza no tenía pelo de tonto. sin pensarlo. Porque ocurrió que cuando. Los dueños del animal habían regalado cinco. Pero le parecía un crimen dejar a Azabache abandonado. Mundito se detuvo un momento en medio del barro seco por donde en los días de zafra transitaban las carretas cargadas de caña. radiante de luz que se esparcía sobre el horizonte de cogollos de caña. quería celebrar la Nochebuena con sus seis pequeños hijos. Para mayor seguridad. donde seis semanas antes una perra negra había parido seis cachorros. al alcance de su mirada. él podía ver hasta donde se lo permitía el barullo de tallos y hojas. tomó el animalejo en brazos y salió corriendo. Azabache se metió en el cañaveral. el niño Mundito pasaba frente al tablón de caña donde estaba escondido el fugitivo. poco antes de las nueve. porque no podría hacer tanta distancia por sí solo. era un cadáver. al cual 279 . Era largo el trayecto hasta la bodega. Mundito sentía que esa idea casi le autorizaba a disponer del perrito. torpe de movimientos. a toda marcha. pretendió adelantarse al muerto. expuesto al peligro de que el muerto se molestara con sus ladridos y lo reventara apretándolo con las manos. con el encargo de ir a la bodega. El negro cachorrillo correteó. Rápidamente calculó que si lo hallaban atisbando era hombre perdido. Durante un segundo temió que el muchacho fuera la avanzada de algún grupo. empréstame a Azabache. y en él había puesto Mundito todo el interés que la falta de ternura había acumulado en su pequeña alma. Incapaz de irse sin el animalito e incapaz de quedarse allí. Con su agudo ojo de prófugo. El cielo se veía claro. Mundito estaba seguro de que el cadáver iba a levantarse de momento. El caserío donde ellos vivían –del lado de los cerros. la mayor parte techadas de yaguas. ¿Por qué ir solo. Entró como un torbellino. De otra manera no se explicaba su presencia allí y mucho menos su postura. En su miedo. y gateando para avanzar. aburriéndose de caminar por trochas siempre iguales? Durante diez segundos Mundito pensó entrar al bohío vecino. siquiera fuera comiendo frituras de bacalao.

impulsado por el terror. en la provincia del Seybo. Con todo y ser tan limpio de sentimientos. Sabía lo que 280 . cabeceando contra las cañas. y a seguidas. Y los vería sólo una hora o dos. por de pronto estaba seguro. excepto de Nina y de sus hijos. era hombre perdido. ahí. a punto de desfallecer por el esfuerzo y el pavor. Necesariamente debía ver a su mujer y a sus hijos. cortándose el rostro y las manos. No debía dejarse ver de persona alguna. Pero el sargento era expeditivo: quince minutos después de haber oído a Mundito el sargento Rey iba con dos números y diez o doce curiosos hacia el sitio donde yacía el presunto cadáver. jefe de puesto del Central. echó a correr hacia la bodega. tal vez a las once y un cuarto. El día de Nochebuena no podía contarse con el juez de La Romana para hacer el levantamiento del cadáver. Sucediera lo que sucediera. Tenía ya seis meses huyendo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS agarró con nerviosa violencia por el pescuezo. A las nueve de la noche podría salir. Era cosa de ponerse a pensar si el muchacho hablaría o se quedaría callado. durante la Nochebuena. cuando el cabo Pomares le faltó pegándole en la cara. a lo que pudo colegir Encarnación por la rapidez de los pasos. porque si tenía la fatalidad de que alguien pasara por la trocha de ida o de vuelta. Escondiéndose de día y caminando de noche había recorrido leguas y leguas. y aunque el mismo Diablo hiciera oposición. Encarnación Mendoza comprendía que con el deseo de abrazar a su mujer y de contarles un cuento a los niños iba confundida una sombra de celos. una fuerza ciega a la cual no podía resistir. meterse en otro tablón de caña. Pero el plan se había enredado algo. sin un peso para celebrar la fiesta. y le veía cruzando el camino y le reconocía. Se había ido corriendo. y nadie ignoraba que era hombre condenado donde se le encontrara. pues debía andar por la Capital disfrutando sus vacaciones de fin de año. la luz de la lámpara iluminando la habitación donde se reunían cuando él volvía del trabajo y los muchachos le rodeaban para que él los hiciera reír con sus ocurrencias. y estaría en su casa a las once. ahogándose. No debía precipitarse. obtuvo el mayor interés de parte de los presentes así como los datos que solicitó del muchacho. Acaso hubiera sido prudente alejarse de allí. y tal vez pensó que se trataba de un peón dormido. Sólo imaginar que Nina y los muchachos estarían tristes. Encarnación Mendoza estaba acostumbrado a hacer lo que deseaba. caminar con cautela orillando los cerros. que se hacía lodazal en los tiempos de lluvia. rehuyendo todo encuentro y esquivando bohíos. tal vez llorando por él. Al llegar allí. El cuerpo le pedía ver hasta el sucio camino. que por no ofender no bebía y que no tenía más afán que su familia. a él. Eso no había entrado en los planes de Encarnación Mendoza. Era un impulso bestial el que le empujaba a ir. Encarnación Mendoza pasaría la Nochebuena en su bohío. En toda la región se sabía que él había dado muerte al cabo Pomares. le partía el alma y le hacía maldecir de dolor. Sin embargo valía la pena pensarlo dos veces. Tenía que ir o se moriría de una pena tremenda. Por respeto a sí mismo sucedió lo del día de San Juan. gritó señalando hacia el lejano lugar de su aventura: —¡En la Colonia Adela hay un hombre muerto! A lo que un vozarrón áspero respondió gritando: —¿Qué tá diciendo ese muchacho? Y como era la voz del sargento Rey. corrales y cortes de árboles o quema de tierras. pues fue el día de San Juan cuando ocurrieron los hechos que costaron la vida al cabo Pomares. Pero además necesitaba ver la casucha. nunca deseaba nada malo y se respetaba a sí mismo. El propósito de Encarnación Mendoza era pasar la Nochebuena con su mujer y sus hijos. desde las primeras estribaciones de la Cordillera.

Tenía un sombrero en la cara. pues.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS iba a hacer. El momento. sargento. y tenía un sombrero negro encima de la cara… Pero el pobre Mundito apenas podía hablar. muchacho? –preguntó el sargento. en ése o en el de allá? —En ése –aseguró el niño. y ya iba atravesando la trocha para meterse en un tercero 281 . Rápido en la decisión. y después hacia otros más. Solito. agachado. Había que salir de allí pronto. maltratando los tallos más tiernos y cortándose las manos y los brazos. Dependía de hacia dónde estaba señalando el niño cuando decía “ése”. sino de actuar. escalofriante. Despertó al tropel de pasos y a la voz del niño que decía: —Taba ahí. El sargento clavó en el niño una mirada fija. —Mire. Oyó la áspera voz del sargento: —¡Métase por ahí. temblando de miedo–. —Azul. no podía arriesgarse a ser cogido antes. “En ése” podía significar que el muchacho estaba señalando hacia el que ocupaba Encarnación. con ganas de llorar. Seguramente en la noche le saldría en la casa y lo perseguiría toda la vida. dormir. y no vieron cadáver alguno. Lo mejor sería descansar. A su infantil idea de las cosas. se hallaba aterrorizado. tal vez en un punto intermedio entre varios tablones de caña. Pero el número Solito Ruiz interrumpió la escenificación de Mundito preguntando: —¿Cómo era el muerto? —Yo no le vide la cara –dijo el niño. los ojos oscuros y brillantes. sargento. ahí no hay nadie –terció el número Arroyo. Sin duda las cosas estaban poniéndose feas. —Sí. Encarnación podía colegir que había varios hombres en el grupo que le buscaba. Porque a juzgar por las voces y el sargento se hallaban en la trocha. quienquiera que fuese. y la camisa como amarilla. cuidándose de que el ruido que pudiera hacer se confundiera con el de las hojas del cañaveral batidas por la brisa. que era él. yo venía por aquí con Azabache –empezó a explicar Mundito– y lo diba corriendo asina –lo cual dijo al tiempo que ponía el perrito en el suelo–. aquí era –afirmó Mundito. su marido. bastante asustado ya. de lao… —¿De qué color era el pantalón? –inquirió el sargento. Porque cuando el sargento Rey y el número Nemesio Arroyo recorrieron el tablón de caña en que se habían metido. que lo llenó de pavor. Cambiar de tablón en pleno día era correr riesgo. porque de lo que no había duda era de que ya había gente localizando al fugitivo. la boca carnosa. con paso felino. Encarnación Mendoza comenzó a gatear con suma cautela. Taba asina. Feas para él y feas para el muchacho. que yo voy por aquí! ¡Usté. la barbilla saliente. llamaría por la ventana de la habitación en voz baja y le diría a Nina que abriera. La situación era realmente grave. Nemesio. y él cogió y se metió ahí. —¿Tú ta seguro que fue aquí. solamente le vide la ropa. —Son cosa de muchacho. Encarnación Mendoza había cruzado con sorprendente celeridad hacia otro tablón. sin perder un minuto. hacia uno vecino o hacia el de enfrente. quédese por aquí! Se oían murmullos y comentarios. supiéralo o no Mundito. en ese tablón de cañas no darían con el cadáver. —¿Pero en cuál tablón. no era de dudar. Ese momento de la llegada era la razón de ser de su vida. empezaron a creer que era broma lo del hombre muerto en la Colonia Adela. De todas maneras. Mientras se alejaba. el muerto se había ido de allí sólo para vengarse de su denuncia y hacerlo quedar como un mentiroso. Ya le parecía estar viendo a Nina con su negro pelo caído sobre las mejillas.

el fugitivo se atenía a su instinto y a su voluntad de escapar. pues era arriesgado tirar si gente amiga estaba al otro extremo. Encarnación Mendoza sabía ya que estaba más o menos cercado. ¡Dentró ahí! Y como tenía mucho miedo siguió su carrera hacia su casa. respirando sonoramente y tratando de mirar hacia todos los ángulos a un tiempo. Sin saber a ciencia cierta dónde estaban los soldados. 282 . Estaba ya a tanta distancia de ellos que si se hubiera quedado tranquilo hubiese podido esperar hasta el oscurecer sin peligro de ser localizado. era suspicaz: —Vea. y en la bodega no quedó sino el dependiente. Al cruzar una trocha fue visto de lejos. sin que los cazadores supieran qué pieza perseguían. Era poco más de media mañana. sino tres números y como nueve o diez peones más. zigzagueando. sólo un momento. y se parece a Encarnación Mendoza! ¡Encarnación Mendoza! De golpe todo el mundo quedó paralizado ¡Encarnación Mendoza! —¡Vengan! –demandó el sargento a gritos. Era ya cerca de mediodía. disparando sobre las cañas. allá va. ¡Rodiemo ese tablón ni una ve! –gritó. esquivando el encuentro con los soldados. ahogándose. sargento. —¡Ta aquí. y aunque los crecientes nubarrones convertían en sofocante y caluroso el ambiente. hacia donde señalaba el peón que había visto el prófugo. cada militar iba seguido de tres o cuatro peones. Sólo que a diferencia de sus perseguidores –que ignoraban a quién buscaban–. él pensaba que el registro del cañaveral obedecía al propósito de echarle mano y cobrarle lo ocurrido el día de San Juan. con el perrillo bajo el brazo. y no dio tiempo al número Solito Ruiz para apuntarle su fusil. Del batey iban saliendo hombres y hasta alguna mujer. Nerviosos. Pero no se hallaba seguro y seguía pasando de tablón a tablón. El sargento. huyendo con la velocidad de una sombra fugaz. excitados. dado que la ropa era la que había visto por la mañana. lleno de lástima consigo mismo por el lío en que se había metido. Encarnación se dejó ver sobre una trocha distante. —Cosa de muchacho –dijo calmosamente Nemesio Arroyo. todos un poco bebidos y todos excitados. viejo en su oficio. ta aquí! –gritó señalando hacia el punto por donde se había perdido el fugitivo–. el revólver en la mano. se habían vuelto al oír la voz del chiquillo. y una voz proclamó a todo pulmón: —¡Allá va. los cazadores del hombre apenas lo notaban. algo hay. lo cual entorpecía los movimientos. preguntando a todo hijo de Dios que cruzaba si “ya lo habían cogido”. Llegaron no dos. las pequeñas nubes azul oscuro que descansaban al ras del horizonte empezaron a crecer y a ascender cielo arriba. Pero el sargento. buscando aquí y allá. A la distancia se veían pasar de pronto un soldado y cuatro o cinco peones. corriendo por las trochas. sargento. se dispersaron en grupos y la cacería se extendió a varios tablones. recomendándose prudencia cuando alguno amagaba meterse entre las cañas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS cuando el niño. Pasó el mediodía. No podía ser otro. y se corría de un tablón a otro. Lentamente. pegando voces. despachado por el sargento. Repartidos en grupos. Su miedo lo paró en seco al ver el dorso y una pierna del difunto que entraban en el cañaveral. y a seguidas echó a correr. pasaba corriendo. y con él los soldados y curiosos que le acompañaban. los perseguidores corrían de un lado a otro dándose voces entre sí. —¡Que vaya uno al batey y diga de mi parte que me manden do número! –ordenó a gritos el sargento. Y así empezó la cacería. corrían y corrían.

Tres veces. o se guarecían en el cañaveral de rato en rato. cuando la lluvia arreciaba más. y con la oscuridad el camino se hizo más difícil. El sargento quería algo más. sin duda más temprano que de costumbre por efectos de la lluvia. y al instante urdió un plan del que se sintió enormemente satisfecho. O simplemente aludía al cabo Pomares. —Sí. cuya sangre había sido al fin vengada. cuando el aguacero pesado hacía sonar sin descanso los sembrados de caña. Oscureció del todo. pues los soldados iban disparándole a medida que se acercaban. que no podemo seguir mojándono. No apareció caballo sino burro. La lúgubre comitiva anduvo sin cesar. Se revolcaba en la tierra. Conservaba las líneas del rostro. ordenó con su áspera voz: —Desamarren ese muerto y tírenlo ahí adentro. hacer bajar la gente y meter el cadáver o subirlo sobre la carga de un camión. no en el batey. manando sangre. Decía esto cuando la lluvia era tan escasa que parecía a punto de cesar. cuando uno de los peones dijo: —Allá se ve una lucecita. que estaba hacia el poniente. si lo llevaba al batey tendría que coger allí un tren del ingenio para ir a La Romana. de hojas grandes arrancadas a los árboles. Este resoplaba y hacía esfuerzos para trotar entre el barro. el muerto resbaló y quedó colgando bajo el vientre del asno. —¡Búsquese un caballo ya memo que vamo a sacar ese vagabundo a la carretera! –dijo dirigiéndose al que tenía más cerca. y apenas llovía entonces. vivo o muerto. un tiro certero le rompió la columna vertebral al tiempo que cruzaba para internarse en la maleza. que ya empezaba a formarse. en el camino que dividía el cañaveral de los cerros. a más de dos horas del batey. Pero a eso de las tres. Varios peones. si bien por entonces no con fuerza. Y el sargento estaba pensando algo. antes de llegar al primer caserío. pasan con frecuencia vehículos y él podría detener un automóvil. No resultó fácil el camino. y como el tren podría tardar mucho en salir llegaría a la ciudad tarde en la noche. Así. del caserío –explicó el sargento. cuando un cuarto de hora después se vio frente a la primera casucha del lugar. pasadas ya las cuatro. esto es. Y justamente entonces empezaban a caer las primeras gotas de la lluvia que había comenzado a insinuarse a media mañana. Cubiertos sólo con sus sombreros de reglamento al principio. Cuando el cuerpo estuvo suelto llamó a la puerta de una casucha justo a tiempo para que la mujer que 283 . los soldados echaron mano a pedazos de yaguas. Si él sacaba el cadáver a la carretera. Seguido por dos soldados y tres curiosos. Serían más de las siete. Pues al sargento no le bastaba la muerte de Encarnación Mendoza.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Encarnación Mendoza no era hombre fácil. estorbándose los unos a los otros. En la carretera las cosas son distintas. a los que escogió para que arrearan el burro. y al hablar observaba a los hombres que se afanaban en la tarea de librar el cadáver de cuerdas. cuando recibió catorce tiros más. y eso. el sargento ordenó la marcha bajo la lluvia. colocaron el cadáver atravesado sobre el asno y lo amarraron como pudieron. Era día de Nochebuena y él había salido de la Cordillera a pasar la Nochebuena en su casa. razón por la cual la marcha se tornó lenta. Estaba muerto Encarnación Mendoza. podía llevarlo ese mismo día a Macorís y entregarle ese regalo de Pascuas al capitán. El sargento no quería perder tiempo. aunque tenía los dientes destrozados por un balazo de máuser. la mayor parte del tiempo en silencio aunque de momento la voz de un soldado comentaba: —Vea ese sinvergüenza. Comenzaba a llover. tal vez demasiado tarde para trasladarse a Macorís.

Como en un frenesí. Poco antes del amanecer don Braulio oyó a los perros que ladraban en forma agitada muy cerca de la casa. que sin duda correteaba alegremente por el camino real. Las infelices mugían y se acercaban a las puertas del potrero. como rogando que las sacaran de ese sitio. un toro como Joquito era una amenaza para todo el vecindario. lo que le daba a su rostro antes sereno y bondadoso la apariencia de estar haciendo una mueca horrible. La mujer miró aquella masa inerte. sus ojos cobraron de golpe la inexpresiva fijeza de la locura. lanzó bramidos tan dolorosos que hicieron ladrar de miedo a todos los perros de la comarca. Al iniciarse la noche se oyó el toro hacia el fundo del potrero. Llevaban media hora de marcha y los hombres iban charlando alegremente. los niños salieron de la habitación. chorros impetuosos arrastraban piedras y levantaban un estrépito que asustaba a las vacas. Joquito no parecía dispuesto a volver por 284 . verdadera joya entre caballos. como si hubieran olido a Joquito. Don Braulio montaba su potro bayo. cerca del camino real. El muerto estaba empapado en agua. y encabezaba el grupo. pero se negó resueltamente a que Joquito bajara con ellas. Joquito no tardó en dejarse ver. Los entendidos en ganado. Despeñándose por los flancos de la loma. y llevándose una mano a la boca comenzó a retroceder lentamente. Con efecto. tirado como el de un perro. de pronto una mujer gritó que el toro venía sobre ellos. pues. noticia que produjo alguna confusión. los perros comenzaron a ladrar y a correr hacia el frente. Suelto en aquel lugarejo. y para eso salió don Braulio con sus peones y unos cuantos perros. m’shijo. Estudiaba la situación. pegado a las lomas. atropellándose. bramando de cuando en cuando. lo que indicaba que corría el campo sin cesar y de seguir así no tardaría en saltar sobre la alambrada. hasta que a tres pasos paró y corrió desolada sobre el cadáver al tiempo que gritaba: —¡Ay m’shijo. se quedó solo en el potrero: Estuvo inquieto toda la tarde y pasó la noche bajo un memizo. sin embargo no desesperó hasta el atardecer. decían que pronto se les resblandecerían las pezuñas. mi mama! ¡Ese fue el muerto que yo vide hoy en el cañaveral! El funeral Cuando empezaron a caer las lluvias de mayo el agua fue tanta que se posó en los potreros formando lagunatos. Joquito. y hacía retumbar la tierra bajo sus patas. Al tropezar con los perros se detuvo un momento y miró en semicírculo. más tarde. don Braulio dispuso que llevaran las vacas hacia las cercanías de la casa. ladeándose con gracia juvenil. Avanzaba en una carrera de paso parejo. se han quedao guérfano… han matao a Encarnación! Espantados. sangre y lodo. con las cabezas altas. que oían a las reses bramar. y tenía los dientes destrozados por un tiro. lanzándose a las faldas de la madre. Entonces se oyó una voz infantil en la que se confundían llanto y horror: —¡Mama. Bramó también unas cuantas veces al día siguiente. el cuerpo de Encarnación Mendoza. que no le era favorable porque no había salida sino hacia atrás. a la hora de las dos luces. sin duda convencido de que sus compañeras no regresarían. Aconsejado por ellos. donde no había más reses que las ventanitas de don Braulio.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS salió a abrir recibiera sobre los pies. a poco oyó un bramido corto y el sordo trote de la bestia. de manera que había que encerrarlo en el potrero cuanto antes.

arremetió con todo su peso. tornó a ramonear. se lanzó con tanta fuerza sobre la sombra del caballo que fue a dar contra la palizada del conuco de Nando. la idea de todos los daños que tendría que pagar. en cuyo jardín entró. El cansancio. Joquito giró violentamente y en rápida embestida atacó a sus perseguidores. y éste. y uno de ellos llevó su atrevimiento hasta morderle una pata. La cola parecía saltarle de un lado a otro. El golpe paralizó a la peonada. sólo pedía libertad para correr a su gusto y para comer lo que le pareciera. Joquito no dudó un segundo: con la cabeza baja. desde la loma hasta el fundo de Morillo. mientras don Braulio hacía esfuerzos por sujetarse al pescuezo de su caballo. Como los peones gritaban y le tiraban sogas al tiempo que los perros lo atormentaban con sus ladridos. cuya nariz iba rozando el suelo. —¡Ahora veremos si somos hombres o qué! –gritó don Braulio. Plantado en su caballo. en el término de media hora: una en el arrozal del viejo Morillo. destrozó la yuca y malogró un paño de maíz tierno. Entre los gritos de los peones resonaron cinco disparos. donde Joquito batió la tierra y confundió las espigas con el lodo. fuera de sí. sudados. Al ver ante sí un hueco abierto. y de su vientre salió un chorro de sangre que parecía negra. Los peones vieron esa mole rojiza. Pero también don Braulio había perdido la suya. la vergüenza de haber fracasado. Pero don Braulio era un viejo duro. arremeter ciegamente con la cola erecta. Los hombres se habían quedado inmóviles. de un bohío cercano alguien gritó que Joquito llegaba. con pasos cada vez más tardos. y quizá hasta el hambre. ramoneaba tranquilamente a lo largo del camino. A las dos de la tarde. que hizo huir a los perros. le encolerizaron a tal punto que espoleó al bayo sin tomar precauciones. Desde el suelo. don Braulio se sentía humillado. moviéndose con la mayor naturalidad. Algunos vecinos se habían unido a la persecución y los perros acezaban. y en viendo al toro comenzaron a ladrar de nuevo. Joquito caminó. y era un milagro que a medio día Joquito siguiera vivo. y en señal de que los menospreciaba. de brillante pelamen. y del golpe echó abajo un lienzo de tablas. se metió en el conuco y en menos de un minuto tumbó dos troncos jóvenes de plátano. Así. que durante unos segundos interminables vio cómo Joquito mantenía en el aire al bayo. De súbito pateó la tierra. Por lo visto Joquito no quería luchar. adonde había sido lanzado. pero no con espíritu agresivo. Don Braulio pensó que tendría que matar al toro. los peones pedían reposo para comer. cansados. después dobló las rodillas. 285 . pegó el pescuezo en tierra y pareció ver con indecible tristeza su propia sangre. que le salía por la nariz y se confundía con el lodo del camino. El animal había perdido otra vez la cabeza. fueteándole las ancas. Don Braulio volvió a pasar frente al animal. y diciendo algunas palabras bastantes puercas se adelantó hacia el animal. Pero los perros estaban de caza. desde la Cortadera hasta el Jagüey. haciendo llorar de miedo a los niños y asustando a las mujeres. el toro se llenaba de ira y rascaba la tierra con sus patas delanteras. Apareció el toro. Don Braulio ladeó su bayo y eludió el encuentro. Nando se lamentaba a gritos y don Braulio pensaba cuanto iba a costarle esa tropelía de su toro. don Braulio sacó su revólver y disparó. más allá del arroyo. el choque fue inevitable.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS donde había llegado. Joquito pareció llenarse de una diabólica alegría. otra en el bohío de Anastasio. En eso. Joquito se detuvo en seco. Habían recorrido a paso largo todo el sitio. Los perros se envalentonaron. Con graves ojos. Joquito se volvió a ellos. De súbito el caballo salió disparado y cayó sobre las espinosas mayas que orillaban el camino. Dos veces más se repitió el caso. bajó la testuz y lanzó un bramido retumbante. molidos.

—Son asina esos animales –dijo. impresionante. caminó con el pescuezo alargado. En alocada carrera. los niños llenaron los vanos de las puertas. Era el velorio de un hermano. Algunos peones corrieron para ayudar a don Braulio a ponerse de pie. Un toro negro. Tornó a lloviznar. Los niños de la casa no se atrevían a moverse. Igual que el toro. al cabo alzó otra vez la cabeza. De pronto vieron aparecer una vaca gris. cargó de pesadumbre los cuatro vientos. Debió sufrir golpes. ¿De dónde salían tantas reses? Ya había más de docena y media. Allí. Y de pronto llegaron por caminos insospechados seis o siete reses más. También ella gritó. aunque tuviera que caminar horas y horas. oliendo el lodo. Una vaca pasó al trote y fue a juntarse con el toro y la vaca que daban vueltas en el lugar donde había caído Joquito. pegó el hocico en tierra. olió el lodo y revolvió el fango con patas pesadas. En efecto. partida en grandes piezas. Por los lados de la loma respondió otro bramido. y la lluvia. La gente se asomaba a la puerta a ver qué sucedía. y a poco empezaron todas a bramar a un tiempo. por lo menos durante un rato. Olían la tierra. Daban vueltas y vueltas y vueltas. no había vacas ni toros. apareció por el recodo. Cuando lo conducían hacia la casa. así eran. Media hora después. Pero de pronto resonó en la vuelta del camino un bramido lleno de tristeza y de ira a la vez. Aquel lugar no era sitio de ganadería. como ciegas. Inesperadamente reventó cerca otro potente bramido. Los perros se hartaron con los pedazos inservibles de la víctima.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Hasta los perros callaron. y el toro volvió hacia allá sus desolados ojos. porque les pareció que el propio Joquito bramaba desde más allá de la vida. y tornó a bramar como antes. Juntando los cuernos parecían hacerse preguntas sobre lo que había ocurrido allí. después caminó más. y con un grito angustioso. dijo: —Desuéllenlo ahí mismo. era llevada a la cocina de don Braulio. como forzadas. pues? El viejo campesino explicó que cuanta res oyera aquellos bramidos iría al sitio. En el aposento de don Braulio. abriendo los hoyos de la nariz. era desconocida en el lugar e igual que él se acercó. a cruzar los pescuezos entre sí. vacas. gemían y se restregaban los 286 . y tornaban a quejarse. varios hombres se lanzaron sobre Joquito. que engrosaba a medida que la tarde caía. venteó. olió y lanzó un doliente quejido. olfateando. ¿De dónde salían las que llegaban. Pero no era Joquito. resonaban los angustiosos gemidos de las bestias. Juntas ya. y cuando se acercaban las cuatro de la tarde nada parecía haber sucedido y nada indicaba que Joquito había sido muerto y descuartizado en el camino real. porque se sujetaba las caderas y tenía la cara descompuesta. bueyes. apenas respiraban. que hicieron lo mismo que las otras tres. novillas. las dos reses empezaron a patear. Seguía cayendo fina y susurrante la llovizna. no detenía la marcha de otras que se veían llegar a lo largo de los callejones. a mover las colas con apenada lentitud. Parecía esperar algo. y una hora más tarde la carne del toro. y el agua borró el último rastro de la sangre de Joquito. nunca visto en el lugar. Entonces se arrimó a la puerta un viejo campesino y se puso a observar los matorrales. toretes y becerros se amontonaban en el sitio donde cayó Joquito. estuvo un momento. y ninguna faltaría a la cita. donde las mujeres colocaban cataplasmas en las caderas del amo. Ahí pareció terminar todo. —Horita ta esto cundío de toros –dijo. buscando. y con la excepción de las reses de don Braulio. Extrayendo los cuchillos de las cinturas. a agitarse. y de algún lugar no lejano salió otro.

a los montes. después fue debilitándose. que muchas vacas y novillas cruzarían arroyos y lodazales en busca de sus querencias. primero en comenzar el funeral de Joquito. echando a rodar las piedras. los quejidos de las vacas. llegaban para llorar por aquel que no habían conocido. —¿Sin conocerlo? –preguntaron los niños. dónde estaba su hermano. los animales. Iban y venían de una a otra orilla del camino. 287 . y los perros buscaban abrigo en los rincones de los bohíos.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS unos a los otros. a los cielos y al camino qué habían hecho de su hermano. Desde las vueltas distantes de los callejones seguían saliendo compañeros. Pareció que la noche iba a hacerse de golpe. Habían cumplido su deber. Atravesando arroyos. finas novillas hendían las yerbas de los pastos y se dirigían al lugar de la tragedia. de su vigoroso y bravo compañero. y parecían preguntar a la noche. qué justicia tan bárbara era la de los hombres. —Unjú. y resonaban bajo ella los roncos gemidos de los bueyes viejos. como reclamando la sangre de Joquito que ella se había bebido. Con su pesado andar. los toros empezaron a remover la tierra con sombría desesperación. y tendrían que trepar lomas. y al cabo de otro minuto más sólo se oía en la distancia el bramido de algún toro que abandonaba el lugar. El crescendo se mantuvo un rato. ni nadie en fin perdía su sueño a causa de que en un camino real cayera muerto un señor desconocido. y el imponente lloro ascendió a los cielos y flotó allá arriba. Cansados de llorar. que algunas de esas reses se estropearían con las raíces y los tocones. Los bramidos de los toros. Lo dijo así él. pues. sin conocerlo. que nadie sabía para donde iban. Los quejidos fueron oyéndose cada vez más y más distantes. en forma de nube sonora que oprimía los corazones. otras se cortarían con las púas de los alambres. Las reses son asina. cada vez parecía ser menor el número de los que gritaban. Y el viejo campesino pensó con satisfacción en la ventaja de ser hombre. el grupo seguía mugiendo y cada vez se enardecía y se desesperaba más. y que debían recorrer grandes distancias para llegar a la cita. Porque ni él. El viejo campesino pensó que muchos de los bueyes que llegaron allí andarían toda esa noche sin descanso. Hollaban el lodo con sus pezuñas y parecían preguntar llenos de dolor. por un corte súbito de la escasa luz que todavía quedaba sobre el mundo. Inesperadamente. cuando la oscuridad empezaba a adensarse. como si un maestro invisible los hubiera dirigido. Asustados por aquel concierto lúgubre. desde las lomas descendían viejos y graves bueyes cargadores de pinos. Pero no importaba lo que pudieran sufrir. los balidos de los pequeños se confundían en una imponente música funeral. Había pasado ya más de una hora desde que llegó el toro negro. rompieron en un impresionante crescendo final. Eran. los caballos de la vecindad erizaban las orejas y se quedaban temblando. ni sus amigos. y quién sabía a cuántas les caerían gusanos en las heridas que recibirían esa noche. más lejano a medida que transcurrían los segundos y a medida que la noche crecía. un minuto más tarde comenzaba a dispersarse todo aquel concierto acongojador. por qué le habían asesinado. que ya se insinuaba. atropellándose con majestuosa lentitud. habían ido al funeral de Joquito. toros enormes que sin duda habían roto las alambradas de sus potreros. más de las cinco y el día lluvioso iba a ser corto. y al fin. Se hacían más roncos sus gritos de dolor. Mientras crecía sin cesar. la removían y la olían. se oía uno que otro bramido perdido. antes de que se produjera tal golpe.

Podía dirigirse hacia la cayería. Gentilmente. y sin demorar un segundo maniobró para acercarse al ave. Aunque estaba hecho a pensar con la rapidez del rayo quedó aturdido durante algunos segundos. al iniciarse la noche. la balandra se alejaba al favor de la brisa. El cambio de luces del atardecer daba al momento una ominosa solemnidad de cementerio. y ésta era su único haber en el mundo. Así se explica que a Juan de la Paz le resultara fácil ver. y fue después de tenerla sujeta cuando volvió atrás los pequeños y pardos ojos. incapaz de comprender lo que estaba sucediendo. pues sobre ese lado se debatía sin cesar moviendo con loco impulso la derecha y levantando la pequeña cabeza. y Juan de la Paz se vio súbitamente lanzado al agua. eso sí. En su imaginación veía a la niña echándole los brazos al cuello en prenda de gratitud. con verdadera indiferencia. Con efecto. el aleteo de la paloma sobre el agua. favorecido por una suave pero sostenida brisa que soplaba desde el este. la paloma debió haber recibido un golpe en el ala izquierda. entonces vio. pero su resultado no pudo ser peor. Pues ocurrió que impulsada por la sostenida brisa del este la balandra se alejó unos palmos de la paloma precisamente en el momento en que Juan de la Paz abandonaba vela y timón para inclinarse sobre el agua en pos del ave. La maniobra salió limpia. Podía tratar de nadar hacia Isla de Pinos. Así. y en la costa del Golfo y en la Isla de Pinos todo el mundo sabía que había estado veinte años en presidio. minutos menos. firme y gallarda como si la tripulara el diablo. le ocurriría caer al mar a causa de estar persiguiendo una paloma. Pero jamás pensó él que en un atardecer tan plácido. El terror de aquel animal de tierra y aire abandonado a su suerte en el mar era de tal naturaleza que cuando advirtió la proximidad de la balandra pretendió saltar para alejarse. el movimiento de la balandra le llevó a sacar todo el cuerpo fuera del casco. A Juan de la Paz le habían sucedido muchos y graves contratiempos. estando solo a bordo. Juan de la Paz maniobró para girar en redondo y situarse de manera que él quedara a babor. seis horas alejados de la tierra más cercana. rumbo noroeste franco. aprovechada en toda su extensión por la brisa. animal que nada tenía de marino. a la pálida y agobiante luz de la hora. En esos instantes se demudó. y desde luego llegar a las corrientes de los canales completamente agotado.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Rumbo al puerto de origen Habiendo hecho sus cálculos con toda corrección. si bien lo hizo maquinalmente. Cuando pensó tomar una decisión se acordó de la paloma. en absoluto ajeno a la idea de que. la vela resultaría batida con inesperada fuerza. visto que el ave lograba avanzar unos pasos hacia estribor. Pero Juan de la Paz no se preocupó. Un segundo después de haber visto tal cosa Juan de la Paz comprendió que no podría alcanzar su embarcación y que él y la paloma estaban solos en medio del mar. Eso pasó. Pues moviéndose a velocidad asombrosa. la balandra viró y enderezó hacia la paloma. sin embargo eso significaba exponerse a los tiburones. Juan de la Paz llegó a la altura de Punta del Este a las seis de la tarde. En relampagueante fracción de tiempo el hombre sintió la muerte triturándole el alma y un tumulto de ideas le asaltó de improviso. que la había 288 . acaso a los caimanes. clavó mano en el ave. en pos de Punta del Este. Había dispuesto llevarle ese regalo a Emilia y ya nada podía evitar que lo hiciera. pero entonces se alejaría más de la balandra. El mar había sido un plato y probablemente seguiría siéndolo toda la noche. minutos más. Con la acostumbrada rapidez de toda su vida el solitario navegante pensó que estaría herida y que sería un buen regalo para Emilia. y tal vez dándole un beso.

y otros muchos que no sabía distinguir. A medianoche alcanzó a ver rojizos y cárdenos reflejos ante sí. de vapor o de algún bote pescador. quiso levantarse sobre el agua. mientras al favor de la posición de la luna mantenía el rumbo hacia Cayo Largo –a sus cálculos. Así. acaso influyera en ello el ejercicio. y pensó que gracias a su luz algún pescador solitario podía verlo y rescatarlo. le abrumaba. Y era curioso que en esa lucha por salvar la vida. él estaba solo. De improviso su estado de ánimo cambió. Por ejemplo. De golpe comenzó a gritar. aquí. y nadie más que él era responsable de su vida. se la quitó y la fue abandonando tras sí. ¡Sí. Una especie de oleada de locura. allá. tal vez la oscura idea de que mientras el mar se mantuviera tranquilo podría nadar sin alterar el lento pero seguro ritmo que había logrado imponerse a sí mismo. a lanzar estentóreos “¡aquí. Poco a poco –y esto es lo cierto–. cogido por un salvaje impulso de vida. Esforzándose a más no poder trataba de dar saltos para dominar más distancia. y Juan de la Paz quería reconocerla a cada nueva aparición. Pero le era imposible sobreponerse al horizonte y ver casco alguno de barco. con bastante frecuencia. sobre todo.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS apretado sin darse cuenta con dedos de hierro y que la pobre ave herida agonizaba entre temblores. En la terrible lucha por salvar la vida su instinto animal era capaz de sobreponerse a todo. la imagen de la paloma. Pero he aquí que de súbito Juan de la Paz se dijo a sí mismo que estaba perdiendo el juicio. siluetas de peces que saltaban alrededor suyo a cierta distancia. a la vez un pesado olor de petróleo se imponía al yodado del mar. Hasta poco antes le había sido fácil ver. flotando panza arriba bajo la luna. pero no era joven ya. cada vez más de prisa. Jadeante. sobre el mar. pues a partir de tal momento comenzó a luchar como un loco para sobreponerse al miedo y para salvar la vida. temió que la ropa le estorbara. había una luz! Fuera de sí cambió el rumbo y empezó a nadar de prisa. un ala rota y la otra extendida. aquí!”. Hecho al mar. los brazos y las piernas abiertos. de esa manera se recuperaría y a la vez recuperaría el rumbo. sin acabar de hundirse. tal vez a varias millas. Juan de la Paz nadaba con economía de esfuerzos. una vez y otra vez y otra más. El miedo. le pareció ver una luz en el horizonte. de gritos que se perdían en la tremenda soledad líquida. a la distancia. que estaba en el horizonte al caerse de la balandra. fue acostumbrándose a su nueva situación. ansioso. con una voz que chillaba a efectos del terror y que cada vez iba siendo menos audible. surgiera de pronto. ahora 289 . desatada dentro de su atormentada cabeza. No había tal barco. nadando lenta pero firmemente hacia Cayo Largo. muerta ya. Y esa fue su última sensación consciente. Mas a eso de las once. abandonada. A ratos se acordaba de la paloma. del todo solo en la inmensidad del mar. y pensaba que acaso había derivado a favor de la corriente. en medio de brincos imposibles. de mezcla delirante entre esperanza y pavor. para descansar un poco y observar la luna. ni cosa parecida. las rojas patas encogidas y desordenadas las plumas de la cola. distinguir si era de goleta. En ese instante –cosa rara– sintió acumulados todos los miedos que había ido dejando según avanzaba. y cobró instantáneo reposo. Sentía el corazón golpeándole desusadamente y resolvió flotar un rato bocarriba. pero cuando se sintió desnudo le aterrorizó la idea de que en llegando a aguas bajas una barracuda lo dejara inútil como hombre. La luna. le invadió por dentro y trastocó del todo sus ideas. iluminaba ya la vasta extensión de agua. Por momentos aquella luz fulgía lejos. la tierra más cercana–. a medida que pasaba el tiempo y comprobaba que ninguno de sus temores se cumplían. y temía agotarse antes de tocar tierra. sin embargo a la vez la luna lo llenaba de pavor porque se decía que la claridad favorecía la posibilidad de que los tiburones le vieran de lejos. un cuarto de hora después Juan de la Paz reanudaba su marcha.

se movió cuanto pudo. Al mediar la tarde. el que tenía mangles y cacería. no era uno. para su mal. había llegado. la espalda. los muslos y los hombros estaban cargados de ampollas. lo que le puso al borde de repetir la desenfrenada media hora que había padecido cuando creyó ver la luz de un barco. actuando a impulsos de una fuerza ciega. cuando en un movimiento de natación sintió que su pie derecho tocaba algo blando. podía ser vegetación marina. varios! Entonces se levantó y aguzó los pardos ojuelos. pues con seguridad esa corriente iba a dar a uno de los cayos que corren en hilera irregular desde la Punta de Zapata hasta la altura de Punta del Este.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS eso había dejado de ocurrir desde hacía acaso media hora. La providencia le mandaba esos maderos para que saliera de allí. y de improviso Juan de la Paz recordó que. el arenazo en que había tocado quedaba fuera de las rutas de los pescadores. la negruzca mancha de una tierra atravesada en medio del mar. Pero no tardó en darse cuenta de que era lodo. Mas no le fue posible sobreponerse al agotamiento. el que tenía agua dulce y el que no. o para beber. Cuando tocó tierra. en ruta hacia Cienfuegos. y Juan de la Paz siguió. Sin embargo había que seguir. hasta rendirse. Pensó que escarbando en la arena podía hallar alguna. su propia respiración pegaba como fuego. un barco había encallado días antes en los bajos del Golfo. los malos habían de verse mucho más tarde. a las marismas de Cayo Azul. el más frecuentado por los pescadores de Batabanó y el más alejado de las rutas usadas a diario. anduvo como un ciego algunos pasos y se dejó caer sobre un arenazo. agua fresca. por fin. Ahora bien. Serían las tres. Los buenos estuvieron patentes cuando a eso de las dos de la mañana vio a distancia de una milla. Pero de pronto su atención se volvió hacia la orilla de la marisma que había recorrido para llegar al arenazo. Si el petróleo era de tal barco lo mejor sería internarse en la extensión que él cubriera y ayudarse de la corriente que lo arrastraba. que no tenía fuerzas para otra cosa que para dejarse caer en una sombra y dormir. y lo que tenía por delante era una marcha agotadora sobre suelo cenagoso y en medio del agua. Necesitaba agua dulce. cayéndose a ratos y levantándose con mil trabajos. cuatro. secos de sed. Juan de la Paz echó a andar hacia afuera para recorrer. tan pronto el calor del sol pegara en el petróleo que se había incrustado en el nacimiento de cada uno de los pelos que le cubrían el cuerpo. Donde se hallaba no podía tener esperanza de rescate. Juan de la Paz conocía uno por uno todos esos cayos. y más allá de prolongados bajíos. eran tres. otra vez bajo la noche que se acercaba. lo cual tuvo buenos y malos resultados. uno solo. porque comprendía que se quemaba. ¿adónde? Cuando pudo responderse a esta pregunta clareaba ya el sol. maltratándose los pies con los tallos de los nacientes mangles. No. por fin! Temeroso de algo inesperado fue aplicando un pie. rodeado de marismas. el cuello. Aquello podía ser lodo. ¡Lodo! ¡Había llegado. Como lo pensó lo hizo. pero sin recuperar el dominio de sí mismo. Sin pensarlo. él. el que era sólo diente de perro pelado o tenía arena y yerba. Había llegado. y desde luego mucho más lejos aun del paso habitual de los barcos. Sí. de donde podía inferirse que había una prolongada mancha de aceite crudo o de petróleo deslizándose en el mar. el camino que había hecho entre el 290 . a eso de las ocho. a juicio de Juan de la Paz. podía ser un pulpo o simplemente el revuelo del agua que deja a su paso un pez mayor. Despertó varias veces. los canalizos que los esperaban. nadando en los cortos canalizos. Allí abusaron de él el sol y el petróleo. buscando en la media luz del amanecer el cornudo espinazo del cocodrilo. o cosa así. pues allí se veía un madero que flotaba. adoloridos los ojos a causa del esfuerzo hecho para ver si ante su paso pululaban los temibles piojos del mar que se guarecen en la uretra y desgracian al hombre. En los labios hinchados y adoloridos. Poco a poco fue dejándose descender. que a menudo se refugia en esas marismas.

él. Lo que le hacía sufrir eran las quemaduras y los jejenes. a pesar de que había sufrido ya la condena de los hombres. más numerosos y agresivos cada vez. y ya bebería cuando cayera. con amargo llanto de infante desvalido. en hallar algo cortante. solo bajo la oscurecida luna. como un musulmán en oración. tú que todo lo puedes! –exclamó. pero también consumido por el sufrimiento. en alguna oscura parte de su conciencia iban tomando cuerpo la figura de la paloma. adolorida la llagada piel. y de súbito. Pues era el caso que se oía el mar. con los brazos en alto y las manos crispadas allá arriba. llenándole de espanto. rodeado por un mar cuyas olas poco a poco se levantaban más y más. con ligera tendencia a soplar desde el norte. y el rostro de Emilia. el reseco pelo pegado a la frente. aguijoneado por los insectos. Ello quería decir que la lluvia no andaba lejos. Algo estalló en ella en tal momento. Desnudo. evidentemente con fiebre. mientras iba doblándose sobre sí mismo hasta quedar con los codos clavados en la arena. Debatiéndose en medio de grises y ventrudas nubes. se oía el viento. Temblando de fiebre y de frío. mustia y espantada. sobre todo. que le hizo ponerse de pie y comenzar a correr. clavó los ojos y las manos al cielo y pidió perdón: —¡Perdóname. Ese plan descansaba. Pequeño. cosa increíble horas antes. Casi anochecía ya. tan pálido y sin embargo tan sonreído. rojo y negro de ampollas y de petróleo. el náufrago sólo acertaba a ver en su imaginación a la paloma y a la niña. desnudo en medio de la noche y del mar. algo horrible y bárbaro. Virgen de la Caridad. y además de oírse el mar según pudo él notar tan pronto se puso de pie y dejó su húmedo lecho. que con la llegada de las primeras sombras se hacían presentes en oleadas. La sed no le preocupaba tanto. que más que el de un ser humano parecía el de una poderosa bestia 291 . aunque se tratara de una concha de caracol de la que pudiera sacar esquirlas con alguna pesada piedra. muerta pero no sumergida. cuando la inmensa mole de agua se veía tranquila de un confín al otro. y a medida que tal estado de ánimo se definía metiéndose como una despaciosa invasión de agua por todos los antros de su cuerpo. Del fondo de su ser empezó a crecer un amargo sentimiento de lástima consigo mismo. Y a seguidas se echó a llorar. Juan de la Paz comprendió de pronto cuán inútil había sido todo su esfuerzo y qué duro castigo le había reservado Dios para el final de sus días. a la vez. en conservar los maderos –cuatro piezas aserradas. comprendió que de las redondas líneas que formaban la carita de Emilia surgía la de Rosalía. Juan de la Paz se echó a dormir con la mayor parte del cuerpo en el agua y la cabeza en la arena de la orilla. Antes de entregarse al sueño estuvo buen rato madurando un plan. que soplaba frío y grueso. Juan de la Paz despertó. agotado por el sol. y al levantarse se asustó. bastante pasada la media noche. por último pensaba que metiéndose de nuevo en la marisma podría cortar ramas de mangle y sacar de ellas fibra con que amarrar los maderos en forma de balsa. cayó de rodillas en la arena.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS amanecer y el día. derivando corriente abajo. la luna parecía medio moverse con gran trabajo allá arriba. que apenas tenía ya fuerzas para sentir miedo. que serían de seis por ocho pulgadas y de cinco pies de largo–. Desde la caída de la tarde habían empezado a formarse nubes hacia el nordeste y el viento estuvo enfriando. a la sed y al ardor de las ampollas se sumaban las picadas de los jejenes. Nadie puede describir lo que pasó entonces por el alma de Juan de la Paz. porque el aire húmedo lo refrescaba. Al borde del desfallecimiento y hostigado por el miedo a los jejenes. De súbito Juan de la Paz se derrumbó. Juan de la Paz era la imagen dolorosa y ridícula. del desamparo. mientras gritaba con un alarido espantoso. Cuando retornó al arenazo iba empujando los maderos y correteando de un lado a otro para no perder ninguno. después.

porque ayer vimos tu balandra navegando con viento de amura. sólo los rápidos y desconfiados ojuelos parecían vivir en él. ni siquiera su nombre surgía a la memoria. porque cierta vez. con manos y pies. chapoteando. que estaba bajo cubierta. se lanzó sobre los maderos y cogió dos. Juan de la Paz tomó su sopa con gran esfuerzo. Ninguna de las dos vivía. Pegando saltos. Juan –dijo el patrón–. totalmente fuera de sí se lanzó otra vez hacia la marisma. El caso es que él contestó: —Por coger una paloma. y aunque lo pagó con veinte años en Isla de Pinos. Los que le rodeaban oyeron y les pareció extraño que un pescador se cayera de su barco por coger una paloma. Juan de la Paz se perdió en dirección al mar abierto. A las once se le dio un poco de ron y a media noche se le sirvió sopa caliente de pescado. —Esto es cosa rara. De todas maneras quizá valía la pena aclarar las cosas. destruido. Y sin embargo no se iban. La paloma y Rosalía habían muerto. nada le decían. fue dejándose llevar por las dos piezas. Estaba tendido en el camastro. Nada le recordaban. acaso a resultas del bien que le produjo la sopa de pescado. entre cuatro y media y cinco de la tarde. pero cuando hubo dado unos veinte pasos dio vuelta. a la altura de Cayo Avalos. la paloma y Rosalía.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS alanceada cerca del corazón. Juan de la Paz? Juan de la Paz parecía dormitar. Hacía esfuerzos por recordar a Emilia. asombrados. uno en cada mano. Juan de la Paz fue recogido por un vivero de Batabanó que acertó a dar con él. Cogido a los maderos se tiró sobre el agua. el patrón insistió: —¿Por coger una paloma? ¿Y pa qué querías tú esa paloma. en medio del mal tiempo. después suspiró y se quedó mirando hacia el patrón. Juan de la Paz? Si le oían o no. por dentro estaba confundido. según el patrón “por la divina gracia de Dios”. donde el viento norte hacía subir las olas a respetable altura. Tal vez eso ocurrió en un canalizo. sin saber adonde iba. aunque nada tenían que ver con lo que estaba pasando. a popa. como si se hallaran presentes. moviéndose entre quejidos para rehuir el contacto del duro colchón con la quemada piel. eso no importaba. Aunque mantenía los ojos abiertos se hallaba inconsciente y por tanto no podía hablar. Se le veía estragado. si bien sabía que tenía una hijita y que trataba de pensar en ella. Era increíble que pudiera cargarlos. Pero quién sabe. Y agarrado como un loco. Y después. a ratos. Además. y se la sirvieron a cucharadas. con tanta velocidad como si hubiera seguido una línea recta. pues además del tamaño. todos los cuales le conocían bien. En cambio ahí estaban. Loco. Rodeado de marineros. —Iba sola –explicó Juan de la Paz con voz apenas perceptible. El náufrago fue tendido en la cámara de la tripulación. muchos años atrás. Era imposible pedirle que contara detalles. Sin embargo se le oyó contestar. el agua de que estaban saturados los hacía pesados. pues tenía los labios destrozados. acaso la paloma volaba de cayo a cayo y tropezó con el barco. volviendo a ratos la cabeza con una impresionante mirada de terror. y eso. interesado ahora oscuramente más en huir que en salvarse. con despaciosa y clara voz: 292 . mientras los circunstantes se miraban entre sí. A las nueve de la noche se le oyó murmurar algo así como “agua”. Así. a nadie le constaba que no fuera capaz de cometer otro. Entonces oyó la voz del patrón: —¿Y cómo te caíste. agregó: —Me caí. y no podía. Juan de la Paz había cometido un crimen espantoso.

—¿No le jalla algo raro al día? –preguntó la mujer. La desgracia El viejo Nicasio no acababa de hallarse a gusto con el aspecto de la mañana. Magina hubiera querido contestar que el bohío de Inés no quedaba muy lejos del conuco de su padre. o irrumpían en la cocina. Todos ellos sabían que había cumplido veinte años. Fumaba. Yo hablo de otra cosa. —Sí. Magina lo veía con placer. —Eso quiere decir que Juan de la Paz está volviendo al puerto de origen –explicó el patrón. Había algo simpático y viril en aquel 293 . pero se quedó callada porque Nicasio parecía no ponerle atención.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —Pa llevársela de regalo a Rosalía. Pues todos conocían bien la historia de Juan de la Paz. todo a un tiempo. —Ello sí. que saltaban sobre su mano. mascaba un grano de maíz. después asomó su rostro de cuatro líneas y el paño negro sobre la cabeza. Pa mí como que se va a poner un tiempo de agua. Me da el corazón que algo malo va a pasar. Afuera soplaba el norte. Rosalía de la Paz. —Vea Magina –dijo Nicasio al rato–. y Nicasio observaba hacia allá. uno por uno. y bien claro –aseguró el interpelado. flaqueaba los cerros y se perdía en la distancia. Anoche sentí un perro llorando. a una niña de nueve años llamada Rosalía. Tengo mucho bejuco cortao. y que bien podía éste llevar allí los frijoles para que no los dañara la lluvia. La mujer no entendía bien a Nicasio. porque el frijol no se pué secar y se malogra la cosechita. —¿Oí mal o dijo Rosalía. Nicasio espantó las gallinas. Gallego? –preguntó el patrón a uno de sus hombres. las gallinas se lanzaban a sus pies. Cuando se quedan solos. Tornó a ver el cielo. Nicasio se fue acercando a la palizada. Estaba empezando el sol a subir. El camino del Tireo. dijo Rosalía. aleteando para treparse en las barbacoas en busca de granitos de arroz. rojo como la huella de un golpe. Más exactamente. las pocas gallinas del viejo se metían al bohío. los demás le siguieron. para violarla. sobre los firmes de la loma la luz se debatía con el peso de las nubes. después se puso de pie y tomó la escalerilla para salir a cubierta. Nicasio cogió una mazorca de maíz y se puso a desgranarla. Revoloteando y nerviosas. los viejos se ponen raros y caprichosos. persiguiendo cucarachas. Magina. El patrón miró a los circunstantes. Con aspecto de hambrientas. —Sí. de una condena de treinta. que llueva. Mala cosa era coger el camino a pie y que le cayera arriba el aguacero y se botara el río y se llenara de lodo la vereda del conuco. Nicasio tardó en responder. encima se veían nubes cargadas. Lo peor que pué pasar es que llueva. Sin hablar. y seguía atendiendo a las gallinas. cada vez con más vigor. Desde el patio vecino una voz de mujer gritó los buenos días. —¿Que llueva? –preguntó ella intrigada. no ande creyendo zanganá. con impresionante lentitud. Un silencio total siguió a estas palabras. Y nadie más habló. por haber asesinado. —Unq unq –negó ella–.

se agarraba a los arbustos. Magina le vio tomar el callejón y salir a la sabana con paso rápido. Nicasio empezó a sentir el sol en la subida del Portezuelo. sin embargo. Del lado del patio comenzó a ladrar un perro.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS hombre. y no era posible ver a cinco pasos. Había pasado el tiempo y los dos se habían ido gastando poco a poco… Alzó la voz: —Lleve el bejuco al bohío de su hija. Magina volvió a su cocina. Años antes. “Ojalá y no llueva”. como si atardeciera. Nicasio tuvo que meterse bajo un árbol. palabras dichas en tono bajo. En un momento el conuco parecía un río. Cayeron unas gotas pesadas. Nicasio se fue corriendo bajo el alero. Vio el agua descender en avenidas. pero en realidad no era por la loma por lo que no llevaba el bejuco a casa de Inés. que azotaba árboles y tierra. cuando vivía la mujer de Nicasio. No lo logró. Cuando Nicasio desapareció entre los matorrales frente al pinar. Le agradaba ver a los nietos. En diez minutos toda la loma estaba ahogada entre la lluvia. Con esas palabras pareció conjurar a los elementos. sólo así. pero él nunca le dijo nada. a pesar de su pelo cano y de sus dientes gastados y negros. Se le veía el vientre crecido. rojiza y más abundante cada vez. —Tendré que dirme pa onde Inés –dijo Nicasio en voz alta. Se dijo que ese sol tan picante era de agua. La puerta de la cocina sí estaba abierta. pero no había tiempo. los llevó a un rincón y pensó buscar hojas de plátanos para cubrirlos. y de paso por el bohío cogió el machete y un macuto. Llegó la mujer con el café. Pero era tarde para volver atrás. —Dios lo bendiga –dijo el abuelo. esperó un rato. Chorreaba sudor cuando llegó al conuco. Tendría seis años. 294 . a seguidas se desató un chaparrón. En tiempos de agua. —Ahora le traigo café –oyó decir a Magina. Junto al fogón se hallaba el nieto. y deseaba tener cortado todo el bejuco de frijol antes de que cayera el agua. pensó con cierta ternura. podía apostar pesos contra piedras a que llovería. después dijo adiós. ella se dio cuenta de que le gustaba su vecino. Trepar la loma era difícil. Observando cómo el sol despejaba por completo las nubes. Nicasio cruzó los brazos y echó a andar. y lamentó haber salido. El chaparrón degeneró en aguacero violento. que le pidió la bendición de rodillas. La puerta que daba al camino estaba cerrada. Comenzó a trabajar inmediatamente. podía nadie ir a casa de Manuel. Había pasado la hora de comer cuando el viejo alcanzó el bohío. tal vez porque la difunta andaba muy enferma… Ya no podía ser. comenzó a oscurecer. y el viejo saludó antes de entrar. porque sabía que iba a llover. y pensó que el viejo estaba fuerte todavía. afincaba el machete en tierra. Se desató el viento. Era triste el niño. pero no se hallaba bien en casa ajena. Después se puso a hervir leche y no se acordó más de su vecino. se lo tomó en dos sorbos. Iba a ver a la hija sólo cuando le quedaba en camino de alguna diligencia. acaso los negros ojillos llenos de vigor o el blanco bigote hirsuto. El se volvió repentinamente a la mujer. Magina? Eso dijo. gruesas. Lo cierto es que a Nicasio no le gustaba visitar a nadie. A Nicasio le parecía una locura de Manuel hacer el bohío en lugar tan extraviado. y cuando pasó por el aposento que daba al lado del patio sintió ruido y voces. —¿Cómo voy a trepar esa loma cargao. Inés vivía arriba. los ojos dolientes. para buscar abrigo. pues la lluvia seguía cayendo con todo su vigor. totalmente arriba. Nicasio recogió los bejucos que tenía cortados. Resbalaba. Nicasio le miró. el color casi traslúcido.

Siempre que hablaba parecía que iba a llorar. pretendía saltar por la ventana. A Nicasio le resultó sorprendente la respuesta del niño porque había oído voz de hombre en el aposento. le temblaban las manos. —No. Entonces Nicasio se volvió violentamente hacia el bohío. El viejo sentía la ira arderle en la cabeza. Afuera caía la lluvia a chorros. Cargó con el cuerpo sobre la puerta y oyó la aldaba caer al piso. Nicasio no se movió. Los dos estaban demacrados. y a Nicasio le parecía un gusano comparado con Manuel. Sacudió el machete. la mato! La veía y veía a la difunta. y con su trenza oscura repartida a ambos lados del cuello y su expresión inteligente parecía una mujer que no hubiera crecido. —¡Abran! –ordenó. pálido. los ojos quemaban. Nicasio se dirigió a Inés. —Mama sí ta –dijo la niña con voz fina y alegre. Su mayor dolor era que una hija de la difunta hiciera tal cosa. Nicasio sonrió al verla. hasta que llegó a la puerta. Inés empezó a llorar. Miraba siempre al padre. le miraba con expresión de miedo. Pegada a la pared. Con un dedito en la boca. ¡Si la veo llorar. —¡Váyase antes que la mate! No quiero verla otra vé. —¡Perra! –dijo–. El salió pa La Vega dende ayer. con su piel amarilla y su cabello castaño! 295 . Era más pequeña. de pronto la cruzó y salió a saltos. Ezequiel. perra! Ezequiel –un garabato en vez de un hombre– se fue corriendo pegado a la pared. ella iba moviéndose lentamente. como si pretendiera ver a través de las tablas del seto. los dos miraban hacia abajo. Nicasio entró en el bohío.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Detrás del fogón estaba la niña. Daba asco ese desgraciado. ¡Váyase! –decía Nicasio. Le tentaba el deseo de levantar el machete y abrirle la cabeza. Le ardía el pecho. en dirección a la puerta. y precisamente por eso no quería precipitarse. El perro gruñó al ver al viejo. —¿Y tu mama? ¿No ta aquí tu mama? Se había doblado sobre el niño y esperaba ansiosamente la respuesta. Llevaba todavía el machete en la mano. y al hablar le parecía que estaba comiéndose sus propios dientes. Oyó pasos adentro. –¡No llore. —¿Que no? –preguntó. Deseaba que dijera que no. con los ojos llenos de pavor. ¡En el catre de tu marío. —Ella ta mala y Ezequiel vino a curarla –explicó Liquito. —¿Y tu mama? ¿Y Manuel? –preguntó. Miró a su hija. Oyó a la hija decir algo y le pareció que alguien abría una ventana. y con él cruzó el patio lleno de agua. ¡Y era bonita la condenada. aturdido. caminó derechamente hacia el aposento y golpeó en la puerta con el cabo del machete. No se atrevía a seguir pensando en lo que temía. La hija se recogió hacia un rincón. la niña miraba atentamente al abuelo. —Taita no ta –dijo el niño. con los labios exangües. sinvergüenza! –gritó el viejo–. Un impulso irresistible le impedía esperar. El nieto le miró con mayor tristeza. La sospecha y el temor de Nicasio se aclararon de golpe. casi al borde de usarlo. Con andar ligero. No vuelva a ponerse ante mi vista. miró al hombre. pero Nicasio corrió hacia allá y le cerró el camino. —¡Que no se vaya ese sinvergüenza! –gritó el viejo.

cuando Nicasio se dio cuenta de que había habido desgracia en la familia. tal vez a dormir. taita –musitaba. y se asombró de verlas. —Sí pasó –explicó mientras echaba maíz a las gallinas–. —Vea Magina –dijo mientras miraba fijamente a la vieja–. Que yo sepa. y sintió deseos de echarse sobre una silla a descansar. y el teniente Ontiveros sabía que hasta unas horas antes Juvenal Gómez había sido. Hay cosas peores que morirse. Silenciosos. —Taita… Perdón. El distinguido Juvenal Gómez iba supuestamente destinado a San Cristóbal. y a la lluvia que caía a torrentes. ninguna. La vieja parecía aturdida. Busque el burro y póngase un pantalón que se van pa casa conmigo Inesita y usté.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Como Nicasio avanzaba sobre ella. —¿Peor que morirse? –preguntó Magina–. morirse no es desgracia. —Sí –respondió lentamente Nicasio. la empujó y la maldijo. El hombre que lloró A la escasa luz del tablero el teniente Ontiveros vio las lágrimas cayendo por el rostro del distinguido Juvenal Gómez. con extraños ojos de loco. y ella pensó que los viejos. según afirmaba su cédula. Nicasio iba detrás. Se murió Inés ayer. Salieron bajo la lluvia. aquellas malditas nubes por las cuales había él llegado a la casa de Inés. El viejo la tomó por un brazo y la condujo hacia la puerta que daba al camino. comerciante y natural de Maracaibo. —¿Pero de qué murió? ¿Usté ha visto qué desgracia? Entonces Nicasio levantó la cara. con la punta del machete levantó la aldaba y al mismo tiempo obligaba a Inés a avanzar. Magina no entendió. cruzó el bohío y salió hacia la cocina. —¿Cómo? –preguntó Magina llena de asombro– ¿Y los muchachos? ¿Y Manuel? —Los muchachos vinieron conmigo anoche. Nicasio la miró un instante. cuando se quedan solos en el mundo. los niños se dejaban llevar sin preguntar a qué se debía el viaje. Pero el padre le conoció la intención. Inés comenzó a temblar y a llorar. al decir Magina que a pesar de sus prevenciones nada malo había ocurrido. arreando el asno y esforzándose en no pensar. Manuel ta pal pueblo en el entierro. Saber es peor. Cuando la hija estuvo en el vano de la puerta. Pero se rehizo pronto. se vuelven raros y difíciles de comprender. aunque hubiera sido sólo con una lágrima. Se cogía la cabeza con ambas manos. y sabía además que Juvenal Gómez y Alirio 296 . Era indigna de verlos después de lo que había hecho. Inés pensó que el camino más corto era hacia el patio. el ciudadano Alirio Rodríguez. Fue al otro día por la mañana. —¡Liquito! –llamó–. —¡Que ni en la muerte tenga reposo tu alma! –gritó. Si hubiera sabido llorar lo hubiera hecho. —¡Por esa puerta no! –dijo. Le parecía inconcebible que la hija viera a sus hijos. Vio a su hija lanzarse al agua. que corría arrastrando lodo. Y alejó la mirada hacia las nubes que salían por detrás de las lomas.

Mediaba julio y no llovía. un hombre de corazón firme y nervios duros. por lo menos en Caracas. pero ni el propio Régulo Llamozas pudo sospecharlo entonces. Era la estampa de la alegría. Todo el mundo la llamaba Misia Adela. se dijo Régulo. dando saltos. Aun de lado se le notaba la sonrisa que llevaba. Los araguaneyes. sin duda con mezcla de perro pastor alemán. La muchacha gritó más: —¡Muchacho el carrizo. y también de italianos. los caobos de calles y paseos se veían mustios. Pensó Régulo. tipo Miami. A las cuatro de la tarde Régulo Llamozas se había asomado a la veneciana. se inclinaba. canarios. y Julia. atiende a lo que te digo! ¡Ten cuiado con el carro el dotó! El pequeño ciclista pasó como una exhalación frente a la ventana de Régulo. habían empezado a acumularse ese día a las cuatro de la tarde. en realidad. para distraerse mirando hacia el pedazo de calle en que se hallaba. Esto sucedía en Caracas. Régulo miró al niño y le sorprendió su expresión de vitalidad. portugueses. La quinta estaba sola a esa hora. huyendo al cachorro que se lanzaba sobre él ladrando. con tanta abundancia y en forma tan impetuosa que sin duda el distinguido Juvenal Gómez no se daba cuenta de que estaba atravesando Maracay. la abuela había tenido un nombre muy bonito: Adela. 297 . Una criada salió de la quinta Mercedes. que horita llega el dotó pa ve a tu agüelo! Pero el niño ni siquiera levantó la cabeza para oírla. un perfil naciente pero expresivo. las acacias. negrísimos y vivaces. Por el color y por la estampa debía ser de Barlovento. Estaba disfrutando de manera tan intensa su bicicleta y su juego con el cachorro. tostándola desde Petare hasta Catia. Sus pequeños ojos aindiados. a dos cuadras del sudeste de la Avenida Facultad. su propia mujer se llamaba Aurora. Y ningún otro ruido. corta. Se oían afuera el canto metálico de algunas chicharras y adentro el discurrir del agua que se escapaba en la taza del servicio. Pedaleaba con sorprendente rapidez. un sol de fuego caía sobre Caracas. tras él. Las lágrimas. Gritó. de pómulos anchos. correteaba un cachorro pardo. coronado con un mechón de negro pelo lacio que le caía sobre las cejas. dirigiéndose al niño: —¡Pon cuidao a lo carro. Caracas crecía por horas. que no podía haber nada importante para él en ese momento. Las lágrimas corrían por el rostro cetrino. Laura sí. La calle. velados y sucios por el polvo que la brisa levantaba en los cerros desmontados por urbanizadores y en los tramos de avenidas que iban removiendo cuadrillas de trabajadores. brillaban con apasionada alegría cuando comenzó a maniobrar en su bicicleta. Régulo le vio el perfil. “La mamá debe llamarse Mercedes”. De pronto cayó en la cuenta de que en toda su familia no había una mujer con ese nombre. levantando una de las hojillas metálicas. Tampoco había llovido el año anterior. Urbanización los Chaguaramos. de quien nadie podía esperar reacción tan insólita. El teniente Ontiveros no hizo el menor comentario. estaba pintada de azul claro y tenía bien destacado en letras metálicas el nombre de Mercedes. El calor era insufrible. Régulo Llamozas había entreabierto la hojilla de la veneciana a tiempo que de la quinta de enfrente salía un niño en bicicleta.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Rodríguez eran en verdad Régulo Llamozas. pegado a la acera de su lado. era tranquila como si se hallara en un pueblo abandonado de Los Llamos. “Mercedes”. Pronto no habría quien dijera “misias” a las señoras. La quinta de la que había salido el niño no era nada del otro mundo. había traspuesto ya el millón de habitantes. se llenaba de edificios altos. giraba en forma vertiginosa “Ese va a ser un campeón”. visiblemente alegre.

y eso le producía sensaciones extrañas. todas piezas de nylon. De la cintura arriba le subió un golpe de sangre cálida. y se dirigió al closet. no se dejaría coger fácilmente. La sola idea de que el niño pudiera ser herido le atormentó fieramente y le produjo cólera. tan breve y tan fácil de decir. había sido tembloroso. y además con idea clara de su función y de los peligros que se desprendían de ella. pues. tal como era ella para la generalidad de las gentes. —Sí –respondió. sujetándola con el cinturón. todo su cuerpo se hallaba tenso y la conciencia del peligro lo hacía más receptivo. Durante una fracción de minuto hizo esfuerzos por serenarse. A causa del niño estaba olvidando cosas importantes. El era un hombre duro. Colgó. sin saber quién era ella. sin embargo no la cogió. con movimientos rápidos. porque alguna fuerza oscura le llevó a sacar de la cartera una 298 . se dirigió a la habitación y del cajón de la mesa de noche sacó su pistola. un hombre que se jugaba la vida a conciencia. tratando de dominarse. Se sintió encolerizado con la negra. que debía estar correteando todavía tras el pequeño ciclista. y en ese momento sintió que le faltaba aire. porque él. —¿Es ahí donde alquilan una habitación? –dijo una voz de hombre tan pronto Régulo había descolgado. Luego. Por primera vez en tres meses tenía una emoción desligada de su tarea. —Está bien. lo abrió y de la tabla de abajo sacó una gran cartera negra. La barloventeña volvió a entrar en la Quinta Mercedes. Esperaba oír de momento la marcha veloz y el frenazo potente de un auto de la Seguridad Nacional. después. Oyó con mayor claridad el ruido del agua que caía en la taza del servicio. se dijo de pronto. Se metió en el bolsillo izquierdo del pantalón dos peines cargados y se colocó el arma en la cintura. Si eso sucedía y el niño se hallaba todavía en calle. —Entonces voy a verla dentro de una hora –dijo la voz. sobre la parte derecha del vientre. desgraciadamente. un tanto perturbadoras. Pero ahora estaba frente a la realidad. los ladridos juguetones del cachorro. había llegado al punto que había estado esperando desde hacía tres meses. Estaba ella cerrando la puerta tras sí cuando a las espaldas de Régulo sonó el teléfono. Probablemente cuando sus compañeros llegaran ya habrían estado allí los hombres de la Seguridad Nacional. En escasos minutos su organismo había sido sacudido y llevado a extremos opuestos. Régulo Llamozas. Allí estaban “las bichas” –tres granadas de piña. las bichas”. llegaba en sustitución de la que había huido a los ignorados antros del cuerpo cuando oyó a través del teléfono la pregunta sobre la habitación que se alquilaba. sin embargo. pintadas de amarillo–. las chicharras de la calle. No esperaba llamada alguna. habían dado con su escondite. lo espero –contestó Régulo. Se sorprendió. “Guá. Todavía. pero acudió al teléfono. ver el espectáculo de ese niño entregado con tal pasión a su juego era un deslumbramiento.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Para Régulo Llamozas. que estaba en el espaldar de una silla. Era una Lüger que le había regalado en Panamá un amigo dominicano. Pero su atención estaba puesta en los automóviles. los papeles y su única remuda de interiores y medias. Colocó la cartera sobre la cama. Haló el zíper. correría peligro. A través del niño la vida se le presentaba en su aspecto más común y constante. Nadie sabía eso mejor que él mismo. que no se llevaba al muchacho y con la señora Mercedes. descolgó su paltó y fue a coger su corbata. no se daba cuenta de la fuerza con que esa imagen iba a remover su alma. En el acto comprendió que ese simple “sí”. A esa altura tuvo la impresión de que su energía se había duplicado.

La negra salía corriendo en pos del niño y el perro saltaba tras ella. —¿Muñoz y Guaramato? –preguntó Régulo. A seguidas metió la granada en la cartera. Desconfiado de sus propios oídos.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS granada. pues muy bien podía haber gente a pie vigilándole ya. Enfrente sólo se veía al muchacho felizmente entregado a su incansable pedalear. Faltaba casi toda la hora para que llegaran sus amigos. Régulo volvió el rostro. “Si tengo que defenderme aquí. “Esos vergajos van a saber lo que es un hombre”. con una granada de nuevo en la mano derecha. El cachorro se había rendido. Si lo mataban o si lograba huir. que sopesó cuidadosamente en la mano mientras clavaba la mirada con creciente intensidad en el peligroso artefacto. primero la bicha”. por lo visto. uno al timón. Ahora sí sonaba un auto en la calle. Mala cosa. Régulo abandonó el sitio y se fue a la sala. —Cayeron Muñoz y Guaramato –dijo el de atrás. tres noches atrás. Había dos hombres dentro. La quinta en que se hallaba tenía sólo dos dormitorios. La impresión fue clara: que todo lo que bullía en su cuerpo se había detenido de golpe. Otra vez. sintió la paralización total de su ser. sin saber por qué. —Qué hay. Régulo entreabrió de nuevo una hojilla de la veneciana. se dijo. Sin duda alguna se sentía mejor. sujetó ésta. pero nadie podía saber cuánto faltaba para que llegara la Seguridad Nacional. pensó. imponiéndose a sí mismo valor. compañero –dijo. De ese amarillo y pesado huevo metálico. tal vez un poco más de prisa de lo que convenía. detendría a Aurora. Régulo halló que esa sala se parecía a muchas. salían temprano y no volvían hasta las siete y media o las ocho de la noche. tal vez la torturarían. De inmediato. “La bicha. un florero con rosas de papel sobre la mesita del centro y dos grupos de loza imitación de porcelana en dos rinconeras. después se puso la corbata y el paltó. algunos retratos familiares. la Seguridad iría a su casa. estaba sentado en la acera de la Quinta Mercedes. Régulo había hablado poco con ellos. otro atrás. Los dos habían estado con él en una reunión. se dijo. 299 . ella maestra y él vendedor de licores. un Corazón de Jesús de buen tamaño. recordó que en la casa del pequeño ciclista estaban esperando al doctor para ver al abuelo. Cautamente tomó a entreabrir la persiana. De inmediato se halló recordando otra vez a su mujer. dijo. El que hacía de chófer puso el carro en movimiento. muy erguido. estos corotos van a quedar inservibles”. No se veía otro auto en la calle. corrió a la sala. una oreja enhiesta y la otra caída. entre otras razones porque hacía sólo dos días que lo habían llevado a esa nueva “concha”. “La primera sorprendida sería ella si le dijeran que yo estoy en Venezuela”. y en un instante se halló en el dormitorio. de manera súbita. salió a la calle. En una fracción de segundo Régulo reconoció al de atrás. pensó. fue emanando una sensación de seguridad que en escaso tiempo devolvió a Régulo Llamozas el dominio de sus nervios. cerró la puerta tras sí y en dos pasos estuvo en el automóvil. pensó. Reaccionó con toda el alma. “Esos doctores se tardan a veces cuatro y cinco horas”. A seguidas volvió a colocar la granada en la cartera. Los inquilinos eran un matrimonio sin hijos. la lengua colgándole por un lado de la boca. cuya cáscara estaba formada por cuadros. y Aurora no podría decir una palabra porque él no había querido ni siquiera enviarle un recado. mirando a su amigo con ojos alegres y húmedos de ternura. “A Aurora le gustarían estos muebles”. Un Buick verde venía pegándose a su acera. En la sala había muebles pesados.

millones de venezolanos podían hacerlo. Esta misma noche estás raspando. instruyendo a hombres y mujeres de la resistencia. —Oye. pensó. una ciudad que estaba dejando de ser lo que había sido sin que nadie supiera decir qué sería en el porvenir. llevando la conversación al punto en que había quedado–. El teniente Ontiveros llegó manejando una ranchera justo a la hora acordada. vale. Durante tres meses no había podido decir una sola vez que quería ir a tal sitio. cambiando impresiones a media voz. Ya no está ahí Rojas Pinilla. en la casa de un ingeniero. y que desde una ventana había estado mirando a sus pies las luces vivas y ordenadas de la Autopista del Este y de la Avenida Miranda. uno se quedó mirando a Régulo. Durante un instante Régulo temió que el auto negro se atravesaría delante del Buick y que los cuatro hombres saltarían a tierra armados de ametralladoras. saliendo sólo de noche. la casa de su familia tenía vigilancia día y noche. Tres meses. había semivivido en Caracas. Si la Seguridad Nacional sabía que él estaba en Venezuela. sin embargo. —¿Por dónde me voy? —Por Colombia. otros le llevaban y le traían. pero él no podía decir qué vía le parecía más segura. Figúrate que vas a ser soldado. —Bueno. y de paso. Un automóvil negro pasó rozando el Buick. De manera que el otro se había dado cuenta… Era gente muy alerta la que le rodeaba. No había podido ver el Avila a la luz del sol ni había podido salir a comerse unas caraotas en el restorán criollo. Iban con él y por él. pero eso está arreglado. “Colinas de Bello Monte”. el distinguido Juvenal Gómez. De pronto recordó que había estado en esa urbanización dos semanas atrás. Lo que venga que te coja afuera. Todo el mundo podía hacerlo. él no. Régulo sonrió. el camino de aquí a la frontera es largo –dijo. convertido ahora en el distinguido 300 . desde mediados de abril hasta ese día de julio. ¿sería una locura ver a Aurora? Pero claro que sería una locura. que se perdían hacia Petare. y habló poco pero actuó con seguridad. y los huecos iluminados de docenas de altos edificios. de los cuatro hombres que iban en él. que se levantaban en dirección de Sabana Grande y de Chacao con apariencia de cerros cargados de fogatas en cuadro. Pero ya tú sabes: el tigre come por lo ligero. Ese camino está ahora despejado. —Entra por la calle Edison y trata de pegarte al cerro –dijo el de atrás hablando con el que guiaba. transmitiendo órdenes que había recibido en Costa Rica. vale. —Sí –aseguró el otro. nada más. Por Colombia… Rojas Pinilla había caído hacía dos meses… Desde luego. para ir a Colombia había que pasar por Valencia. —¿Habrán hablado Muñoz y Guaramato? –preguntó Régulo. Régulo Llamozas no pudo opinar. Su compañero comentó: —Pavoso el hombre. —Esos compañeros no hablan. y que te va a llevar un teniente en su propio auto. Tú vas a viajar seguro. —¿Un teniente? –preguntó.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Yo creo que es mejor ir por las Colinas de Bello Monte –opinó el que manejaba. No pasó nada. tres meses jugándose la vida. tres meses en las tinieblas metido en el corazón de una ciudad que ya no era su Caracas. viendo compañeros de paso en reuniones subrepticias. ¿Pero de verdad o como yo? —De verdad vale… El teniente Ontiveros. Régulo Llamozas. vale. Hay que trasladar el retrato de tu cédula a otro papel.

Cruzaban los valles de Aragua. un sonido especial que conmovía el corazón. sólo ahora. sin duda tratando de dar con el compañero que viajaría con ellos. En verdad. Va a subir ahí un compañero. Serían las once de la noche. El compañero viene conmigo dentro de un momento –explicó Ontiveros. Mientras la ranchera rodaba en la noche. “Hasta Turmero cambia”. pero no se haga el enterado mientras no salgamos de Turmero. Lo mejor era mirar a todos lados. y la de gotas amargas que destilaban a lo largo de la grieta. que no procedía de nada ligado a su misión. —Turmero –dijo el teniente cuando las luces del poblado parpadearon por entre ramas de árboles. cuando se encaminaba de nuevo al destierro. volviendo a su ser real. una especie de corriente intensa. y que solo al final. En realidad. calles y autopistas encima. Creo que usted lo conoce. 301 . cada vez más parecía clavado. algo que siempre había envuelto a Régulo. Vio al teniente que bebía algo frente al mostrador y que volvía la cabeza a un sitio y a otro. ese aire. con toda el alma puesta en su tarea. Agua.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Juvenal Gómez –con todo y uniforme— comenzó a sentirse más confiado cuando dejó atrás la alcabala de Los Teques. ni él ni el teniente tuvieron siquiera que bajar del vehículo. Trató de no llamar la atención. y la brisa disipaba el calor que el sol sembraba durante doce horas en una tierra sedienta de agua. más o menos. esa misma tarde. camiones de carga y numerosos hombres chachareando afuera mientras otros se movían dentro de los botiquines. —Vamos a parar en Turmero –dijo de pronto el teniente–. y él sabía que eran Venezuela aunque no pudiera verlos. Régulo no respondió palabra. cierto tono. no en el asiento. la de una grieta que se abría lentamente en su alma. Régulo Llamozas se dejaba ganar por la extraña sensación de que ahora. Iba pensando que había estado tres meses viviendo en un estado de tensión. antes del exilio y en el exilio mismo. en la de La Victoria. por Venezuela”. Había algo que brotaba de ella. Esos campos. sino a la simple imagen de un niño que jugaba en bicicleta al sol de la tarde. pensó. iba consustanciándose con su tierra. simple tierra con casas. que no terminaba en su piel porque se integraba con Venezuela. agua como la que sonaba sin cesar en la taza del servicio. había dado con una emoción que era personalmente suya. como si la rajara. que separe al hombre de su pasado? Esa patria por la cual estaba jugándose la vida no era un mero hecho geográfico. No. Cada vez se concentraba más en sí mismo. minutos antes de que sonara el teléfono. a su izquierda. se dijo. él saboreaba lentamente una emoción a la vez intensa y amarga. que en ese tiempo había sido un extraño para sí mismo. En un movimiento rápido. Sin embargo tenía conciencia de otra sensación. silenciosos él y el compañero. —Está bien –aceptó Régulo. Camino hacia Maracay. eran Venezuela. en medio de la oscuridad de la carretera. —Quédese aquí. por mí no. sino en las duras sombras que cubrían los campos. No debía hacerse el misterioso. La brisa movía las hojas de un árbol que quedaba cerca. “El teniente éste está jugándose la vida por mí. Había a los lados maquinaria de la empleada en la construcción de la autopista. y de alguna llave que él no podía ver caía agua. él sabía que había muchos militares dispuestos a sacrificarse. encontraba a su Venezuela. eso no le causaba asombro. el teniente Ontiveros guió la ranchera hacia el centro de la especie de plazoleta que separa a los dos comercios más importantes del lugar. ¿Quién puede dar un corte seco.

seguido por el cachorro. sí. —Pués sí –explicó Luis–… Ella vive en la calle Madariaga. de saludar con efusión al amigo que le había salido al camino en momento tan difícil. Comenzó a pasarse una mano por la barbilla y sus negros ojos se endurecían por momentos. Vive en Caracas. Miró de refilón. Régulo trató de dominar su voz. solitario como la calle de un pueblo abandonado. Se sentía castigado por olas de calor que le quemaban el rostro. se sentía intranquilo. el teniente dio la vuelta y entró por el lado izquierdo al tiempo que el otro tomaba asiento en el extremo derecho. temeroso de hacer un papel ridículo. Hablaban con toda naturalidad. en Caracas. Súbitamente liberado de su reciente inquietud. y preguntó de pronto: —¿Cómo está Aurora? ¿Hallaste grande a Regulito? —No los he visto –explicó Régulo–. No estando el teniente con él. Tengo tres meses aquí y hace cuatro que salí de Costa Rica. —Pues ya lo ves. —¿Pero tú no lo sabías? –preguntó el amigo. en el pedazo de calle de Los Chaguaramos. Los faros iban destacando uno por uno los árboles de la carretera. Alguien se acercaba a la ranchera. En ese instante oyó pasos. Pero si Aurora no vive en Valencia. en una quinta que se llama Mercedes. de Barquisimeto en adelante te acompañará otro. por lo que pudiera suceder. —¿En Valencia? –preguntó Luis. —Podemos ir los tres delante –dijo el teniente Ontiveros–. tratando de no dar el rostro: eran el teniente y el compañero. Movió el cuerpo hacia su izquierda. todavía con la granada en la mano se corrió hacia el centro. Estoy pensando que si pasamos por Valencia después de la una podría llegar un momento a la casa. Pero se hizo el desinteresado. con acento de sorpresa–. —¡Vale Luis. siempre en la línea. como para ver mejor a Régulo. de los caídos. y de pronto hubo silencio. Régulo no pudo hacer otra pregunta. Régulo Llamozas sintió que le daban un latigazo en el centro del alma. Régulo Llamozas sentía necesidad de decir un chiste. El teniente Ontiveros encendió el motor. porque estaban llegando a la alcabala de Maracay. puso la luz y la ranchera echó a andar. contó cosas suyas. Me dijeron que debía acompañarte hasta Barquisimeto y he venido a hacerlo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS allá en Caracas. —Yo tenía reunión con Leonardo la noche de su muerte –dijo Luis. Fue después que les dieron paso cuando Luis inició un tema nuevo. en Los Chaguaramos. El distinguido Gómez. allí donde el pequeño ciclista pedaleaba sin cesar. Régulo Llamozas se volvió al recién llegado y le echó un brazo por el hombro. de los desterrados. Hablaron un poco más. Córrase un poco. Aquí estoy. Yo entré por Puerto la Cruz y todavía no he estado en Valencia. En un instante Turnero quedó atrás. —¿Cómo en Caracas? ¿Desde cuándo? –inquirió casi a gritos. distinguido Gómez. —Desde que su papá se puso grave. —No. La sacó de la cartera y empezó a palparla. vale –dijo–. pero tengo sospechas de que la Seguridad esté vigilando los alrededores. de manera que lo mejor era tener una granada en la mano. de las tareas clandestinas. y en una de las voces reconoció a un amigo. qué alegría! Nunca pensé que te vería en este viaje. 302 . Régulo. El teniente mencionó a Omaña.

nada más esas tres tenían aceras. probablemente de más de seis pies. Con lo cual aludía a los viajes de Victoriano Segura seguido de esas escoltas policiales. en la segunda ni eso pudieron ver los vecinos. lo amenazó con su palo y le gritó algunas malas palabras. muy flaco. El contraste entre su silencio y su voz producía malísima impresión. La casa que alquiló Victoriano tenía hacia el este un solar cubierto de matorrales y arbustos. uno de ellos le empujó. y la brisa de las calles llegaba fresca después de su paso por los samanes de la llanura. el hijo de don Tancredo corrió para volver a poco diciendo que allí nada ocurría. porque cuando –al tomar la esquina– Victoriano Segura se detuvo como para hablar. el pelo áspero y la nariz muy fina. Además. la gente que vivía allí era “de…cente. una expresión que no podía definirse. una de ellas sorda como una tapia y la otra casi ciega. hacia el oeste vivían dos hermanas viejecitas. La gente comentó durante varios días el valor del hijo de don Tancredo y acabó asegurando que los gritos eran de la mujer de Victoriano.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS No se oyeron más palabras. no sonreía ni contestaba saludos. de quienes se decía que guardaban algún dinero. que ponía pavor en el corazón de las mujeres y bastante preocupación en la mente de los hombres. las restantes daban directamente a la hierba o al polvo. en la que tal vez no habría más de veinte casas. Una noche. la gente comenzó a temer que de momento asaltaría a las viejas. pues a las pocas semanas de hallarse viviendo allí se presentaron en su puerta dos policías y se lo llevaron por delante. En la primera ocasión su mujer salió a la puerta y estuvo mirando a su marido y a los policías hasta que doblaron. la vieja medio ciega dijo que había oído gritos. donde el vecindario tiraba latas viejas. según afirmaba con su graciosa tartamudez el anciano Tancredo Rojas. papeles y hasta basura. Esa sensación se agravaba debido a que Victoriano Segura jamás se dirigía a nadie en la calle. se oyeron desgarradores gritos femeninos que salían de la casa de las dos ancianas. Victoriano Segura Todo lo malo que se había pensado de Victoriano Segura estaba sin duda justificado. Interrogada por él. El lugar era una calle todavía en esbozo. El teniente Ontiveros volvió el rostro y a la luz del tablero vio con asombro las lágrimas cayendo por las mejillas del distinguido Juvenal Gómez. Debía ser media noche. y en consecuencia. En poco tiempo el miedo a ese asalto y la posibilidad de que se produjera –tal vez con asesinato y otros agravantes– dominó en todos los hogares. Armado de machete. de ojos saltones y manchados de sangre. Cuando se corrió la voz de que las dos veces Victoriano había sido llevado a la policía por robo. Ahora bien. Por de pronto. pues él le dijo a voces que no le diera gusto a la gente. Ya estaban en Maracay. y tenía sobre todo un aire extraño. a quien ese malvado maltrataba. y entonces su voz grave y dura se expandía por gran parte de aquella pequeña calle dejando la convicción de que Victoriano era un hombre autoritario y violento. pues sólo hablaba de tarde en tarde para llamar a la mujer y pedirle café. que se quedara adentro y no le abriera la puerta a nadie. Victoriano era alto. Pero en otra ocasión los agentes del orden público llegaron muy de mañana y al parecer con mala sangre. su propia llegada al lugar tuvo algo de misteriosa. Aquella vez era bastante avanzada la tarde. y de esas sólo tres podían considerarse de algún valor. a eso de las nueve. de la alta y seca figura de Victoriano comenzó a emerger un prestigio siniestro. 303 . tenía la piel cobriza. muy callado. pero hacia la casa de Victoriano Segura. de…cente”. si no llovía –porque cuando llovía la calle se volvía un lodazal–.

Ese solo hecho dio lugar a muchas conjeturas. Pero con incontenible estupor la gente que se asomaba a las puertas y a las ventanas vio penetrar en sus casas una extraña claridad rojiza. que bajen por la escalera! ¡Baja. Él era carretero. seguro que no tenía sesenta años. de pocas carnes. debido a castigo de Dios porque no era católica. y los gritos nocturnos bajo su techo. aumentó la sensación de malestar que producía el hombre. donde todos se conocían y todos se llevaban bien y se trataban con cariño. con dos hijos bajo los brazos. y cuando iba a comprar algo. la única de dos plantas. Su casa era la mejor del vecindario.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Eso. más oscura que el marido pero muy bonita. apenas hablaba con claridad. se veía a José. además. El viejo Abud no era tan viejo. bellos ojos negros y boca muy bien dibujada. Pero se notaba que el aturdido libanés y su mujer no entendían. Por eso resultó tan sorprendente la conducta del extraño sujeto cuando la desgracia se hizo presente por vez primera en aquel naciente pedazo de calle. La vieja Adelina Abud. según se decía en la calleja. Agudos lamentos de mujeres y voces de hombres íbanle dando al terrible espectáculo el tono de pavor que merecía. y nadie vio a Victoriano Segura llegar a verla. En medio de la noche se oyeron golpes de puertas que se abrían y voces que resonaban preguntando qué pasaba. Sin duda se había mudado a medianoche. abajo era de ladrillo. Todo lo malo imaginable podía pensarse de Victoriano Segura. agréguese a él el comportamiento del hombre. se veía a la mujer. De primera intención todo el mundo creyó que había muerto la madre de José Abud. Inmediatamente la gente pensó: “Es José Abud”. Allá arriba. La noche de San Silvestre. las campanas de las dos iglesias y millares de cohetes dieron la señal de que había comenzado un año nuevo. vestidos a medias. por debajo del balcón de la gran casa. Su acento libanés no podía confundirse. a nadie preguntó quién era el dueño ni cuánto cobraban por alquilarla. Alguna que otra tarde se oía su voz. y hablando con toda propiedad. arriba de madera. José Abud se había casado pocos años antes con la hija de un compatriota. Y era José Abud. que había emigrado de su lejana tierra ya de años. como enloquecidos. era cuando llamaba a su mujer para pedirle café. a su madre. Entonces de todas las bocas surgió el grito: —¡Fuego! ¡Es fuego en la casa de José Abud! Atropelladamente. quedó paralítica. con una calleja tan pequeña. se oían el chasquido del fuego y el trepidar de las puertas. según decían en el barrio. —Pobrecita –comentaban las mujeres cuando la veían–. hombres. bajen! –gritaban desde la calle. y a la mujer con otro en alto. de cabellos crespos. guardaba la carreta en el patio y soltaba el mulo en el solar vecino. con la silla arrimada en el seto de tablas. que era una criatura callada. después que las sirenas de los aserraderos. Anciana ya. A lo mejor ignoraban que el comercio era pasto del fuego. tenía tres niños preciosos y. y por eso creían que la escalera se conservaba todavía 304 . Súbitas y violentas llamaradas salían con pasmosa y siniestra agilidad. tener que vivir con un hombre así… La casa en que vivían había estado vacía muchos meses. Abajo estaba el comercio y arriba vivía la familia. De buenas a primeras amaneció un día allí. sus dos detenciones acusado de robo. salía muy temprano a trabajar y a eso de media tarde se sentaba a la puerta de la calle. se oyeron gritos de socorro. donde otro mulo descansaba día por medio. Sólo en esas ocasiones. usando su propia carreta. más bien baja. mujeres y muchachos comenzaron a corretear por la calleja. José. —¡Que bajen por la escalera antes de que se queme. corriendo por el balcón de un extremo a otro.

callado. Victoriano Segura se había levantado. No podía ser de otra manera. y tras el crepitar entraron las múltiples llamas ensanchándose y despidiendo chispas. que podía moverse sin hacer ruido y sin mostrar esfuerzo. “Este quiere entrar para robar”. golpearon la puerta e hicieron saltar los cierres. baja. el humo salió por allí. y su voz de piedra. pensaron muchos.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS en buen estado. de allá! –explicaba entre llanto a la vez que indicaba con la mano que el sitio estaba hacia el fondo y hacia el oriente. esa voz que aterrorizaba al vecindario. Al parecer no atendía más que al súbito e incesante crecer y decrecer de las llamaradas. hacia el fondo. se le vio saltar todavía más. que era joven y estaba desesperada por la tragedia. —¡Sí. Pero la gente no perdió tiempo. se va a matar. Victoriano Segura avanzó. —¡Hay que abrir esa puerta pronto! –gritó alguien. pues cuando la familia se dio cuenta del siniestro fue cuando vieron las llamas reventando. que pegaba con la de José Abud y era también de ladrillos. Las llamas iluminaban su rostro cobrizo y su pelo áspero. Aquella extraña mirada se convirtió de pronto en la de una fiera. y era fácil advertir que los músculos de la cara estaban contrayéndosele. tal vez porque alguien acertó a decirle que ese hombre pretendía aprovechar el desconcierto para ir a robar. si bien tampoco se mezcló con la gente. esto es. porque tenía la camisa abierta. como gigantesca flor viva. con agrio olor. En un instante apareció un hombre con un pico y otro con una barreta. atento al siniestro. no. se oyó el crepitar de las tables. Pero la mujer de José Abud. —¡No. La gente se quedó muda. no pensó así. —¿Dónde está la vieja? ¡Dígame dónde está la vieja! –demandó más que preguntó. Cálido. Debió vestirse muy de prisa. refiriéndose a la puerta de la escalera. y ya había trepado y consumido en un momento parte de los altos. un brillo imponente le alumbró los ojos. Se paró en la acera de la casa de don Julio Sánchez. y gritó que estaba en su habitación. a los gritos y a las quejas. por la pared de atrás de la casa. con voz que parecía llegada de otro mundo: —¡Mamá. La gente sintió su presencia. Victoriano Segura la miró a fondo durante diez o doce segundos. aunque de una sola planta. y se vio a varios hombres meterse a toda prisa escaleras arriba. mamá está arriba! ¡Mamá se quema! Entonces. usté no! –gritó José Abud al tiempo que trataba de agarrarlo para que no fuera. Esa noche –¡por fin– no se mantuvo apartado. podía vérsele enrojeciendo y brillando. Allí. Después se supo que efectivamente era eso lo que pensaban José Abud y su mujer. —¡La última de allá. se impuso al tumulto. fuerte. Se metió de un salto por la puerta de la escalera. los brazos cruzados sobre el pecho. 305 . como un alto y flaco e inmóvil muñeco de cobre que resultara a ratos iluminado por el aleteo de las llamas. cuando oyó a José Abud exclamar. que estaban aterrorizados. braceando como si nadara. —¡Se va a matar ese hombre! –gritó de pronto una mujer. Mas ya era tarde para que Victoriano Segura pudiera oírlo. como un enorme gato flaco y ágil. A seguidas se vio el impetuoso río de fuego abrir brecha en el lienzo de manera que dividía la escalera del comercio. así que ellos ignoraban que el comercio ardía. donde más fuerte debía ser el fuego en tal momento. Cuando retornaron llevaban a los niños en brazos y empujaban a José y a su mujer. dura. picante. se va a asfixiar! ¡Salga de ahí Victoriano! –gritaron varias voces a un tiempo.

Si el balcón cogía fuego. que todavía hubiera alguien pensando que Victoriano no estaba tratando de sacar a la enferma. Sobre el constante abejoneo se alzaba de improviso un clamor. con rasgos cada vez más fuertes. tal vez muy angustiada pero de todas maneras muy dueña de sí misma. aunque la casa no esté ardiendo. por muy de prisa que lo haga todo. Los policías. es inclemente. sin embargo. en cuya puerta. en grupos dispersos comenzaron a llegar los bomberos. Por el extremo este. más frecuentes. Tal vez nadie pensó eso aquella noche de San Silvestre. se veía a su mujer. Las conversaciones eran como un mar. Ahora bien el fuego es un elemento muy veloz. un comentario quejumbroso o una observación que salía del corazón mismo de la multitud. la lamió y en un instante la hizo arder. y así. los bomberos y todos los recién llegados hacían la misma pregunta: —¿Cómo empezó? Y todos oían las atropelladas noticias de que allá arriba había una vieja paralítica y un hombre que se había metido a salvarla. Llegaron policías que comenzaron a dar órdenes y a apartar a la multitud. los ayes de las mujeres. Aunque no había dudas de que todos pensaban en la vieja paralítica. el balcón comenzó a arder. lo cual indicaba que su probable muerte –la horrible muerte por el fuego– comenzaba a ganarle simpatías. envolvió y pareció acariciar la balaustrada. De manera que una carrera entre el hombre y el fuego es muy desigual para el hombre. una vez transcurridos cinco minutos podían darse por muertos a Victoriano Segura y a la vieja Adelina Abud. y nadie puede en cinco minutos. De súbito se la vio abrir la boca. y para las personas que tenían esa sospecha. ¿qué iba a ser de Victoriano y de la vieja? Las voces comenzaron a hacerse más altas. sobre el seto del alto. recordando que habían dejado las puertas abiertas y que las circunstancias eran propicias para que se metieran por ellas los rateros. Los vecinos de la calleja sentían deseos de acercarse a ella y hablarle sobre su marido. pero es indudable que todos lo sintieron. salvaje. 306 . de grandes ojos negros y de cutis oscuro que el fuego enrojecía. Gentes de las calles cercanas y hasta del centro del pueblo habían llegado de todas direcciones. Aquel hombre parecía llamado a promover en torno suyo una atmósfera dramática. Instintivamente la gente volvía la cabeza hacia la casa de Victoriano. —¡Victoriano! –dijo y corrió hacia el fuego. mientras la casa de José Abud ardía. y su entraña maligna está fuera del tiempo. la imagen de Victoriano Segura. Las señoras del vecindario corrían de nuevo hacia sus casas. bonita. atraídos por el resplandor y por el escándalo. hacia el lado de allá. desaparecería a los ojos de todos con la fortuna de Abud. con inteligente y demoníaca maldad. un mar en el que de pronto se levanta una ola y a poco vuelve a caer. cinco minutos. resultan un largo tiempo para perderla. sacar de su lecho a una anciana paralítica y conducirla a la calle. Por fin. Cinco minutos no son nada. Por eso los que llegaban se ponían a mirar hacia “allá arriba” con tanta angustia como los vecinos de la calleja.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS A esa hora la multitud era ya grande. sin gritar y sin moverse. pequeña. a pesar de que no podrían hacer nada allí debido a que no había de dónde sacar agua. sino buscando el sitio donde José Abud guardaba su dinero. Para el expectante vecindario. podía advertirse que sobre ese pensamiento iba superponiéndose. subir a una casa. que no son nada para salvar una vida. Había llegado ya el momento en que la gente lanzaba maldiciones por la lentitud del hombre en salir. Es probable. de momento aparecería Victoriano en el balcón y daría un salto o haría algo diabólico. Una llamarada surgió.

dos por allá. y tres o cuatro hombres la agarraron al tiempo que otros trepaban hacia el techo. Fue admirable la prontitud con que apareció una escalera. aunque de manera dispersa. que se convertían en dos varas y media desde el pasamanos. requería mucho esfuerzo y un gasto de tiempo que ya no podía hacerse. Logró romper el pasamanos y se prendió de él con terrible fuerza. podía haber una vara de espacio vacío de una casa a la otra. Pero parecía muy tarde. Ese movimiento acentuó las sospechas de los que las tenían. Parecía imposible librarse de su efecto. La multitud comprendió de inmediato que el plan de Victoriano consistía en romper la balaustrada para sacar por ahí a la vieja. Inconscientemente. alguien les gritó que subieran la escalera para ayudar a Victoriano. El humo iba saliendo por las puertas. indiferente al fuego del balcón que avanzaba hacia sus espaldas. La anciana no podía salvarse. de que Victoriano iba en busca de la vieja. Entre el piso del balcón y ese techo podía haber una diferencia de vara y media. Por cierto una parte cayó. comenzó a golpear la balaustrada del balcón por el extremo que daba al techo de la casa de don Julio Sánchez. Victoriano Segura iba destrozando la balaustrada.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS El hombre había salido al balcón. no era cosa de salir corriendo y dejar caer a Adelina. La gente bramó cuando vio ese pedazo de balcón. cosa que todos aseguraban en voz baja. Mucha gente pensó que la anciana no podría salvarse. las llamas avanzaban y cubrían todo el sitio. otra más lejos. lo removió. y además. una voz por aquí. con la boca cubierta por una mano y los ojos fijos en el balcón. armado de un palo que seguramente había sido la pata de una mesa. con la anciana en brazos. además. La menor dilación. y entró de nuevo a toda prisa. También estaban seguros. y brutalmente. a tal altura. Seis o siete hombres que se movían tropezando y estorbándose lograron ganar el techo de la casa de don Julio. Mientras tanto. si no seguía arriesgándose. con una seguridad y una fiereza impresionantes. A seguidas volvió a salir. como con miedo: Victoriano Segura había aparecido en el balcón con la anciana en los brazos. allá arriba. o aún entregársela a alguien de los que estaban sobre el techo de la casa de don Julio. asomó hacia la multitud su rostro duro. Después de haber gritado el nombre de su marido. En medio de la angustia los sentimientos iban desplazándose. A ese tiempo éste había hecho saltar todos los balaustres y había entrado de nuevo en la casa. y el balcón podía caerse. para bajar la escalera. Tal vez era de los bomberos. 307 . pero que el hombre sí. Es el caso que apareció una escalera. Ya había sido eliminada totalmente la última sospecha. lo haló. A poco un enorme clamoreo subió de todas las bocas y hubo muchos que aplaudieron. porque. Al favor de las llamas se vio entonces que a pesar de su delgadez era musculoso y fuerte como un animal joven. Lo hizo durante un instante. precisamente cuando Victoriano se acercaba al extremo que él mismo había roto poco antes. en violentas bocanadas gris negras que avanzaban como impetuosos remolinos. No se daban cuenta de que Victoriano había pasado a ser el objeto de la preocupación general. mas en esas tres varas dominaba ya el fuego. Cuando lo hizo saltar se detuvo un poco para quitarse la camisa. consumido por el fuego. Colocarse de espaldas al fuego. la multitud empezó a moverse hacia el sitio donde se hallaba su mujer. El hombre había hallado el dinero y andaba buscando por dónde escapar. caer entre chispas y estruendo. Pero nadie ponía atención en los bomberos ni en los policías. favorecidas por una ligera brisa. El espacio que el hombre tenía que recorrer sería de tres varas solamente. —¡Que suban algunos al techo de don Julio! –comenzó a pedir la gente. ella se había quedado inmóvil.

Las opiniones pueden cambiar en un minuto. inerte. hacían grupos frente al lugar del siniestro y cambiaban impresiones. Se concebía ya hasta que la vieja muriera. y hasta alguna mujer. de manera que quedó sentado con las piernas al aire y la vieja Adelina en ellas. 308 . Hombres y muchachos. y con ellas los sentimientos a que han dado origen. pero nadie pedía aceptar a esa altura la idea de que muriera Victoriano. Confusamente. con la agilidad de un enorme gato. suéltala y tírate! Y en medio del tumulto. La oyó porque se le vio buscarla con los ojos. Durante todo el día de Año Nuevo estuvieron humeando los escombros de la que había sido la mejor construcción en la pequeña calle. Ese Victoriano Segura que estaba jugándose la vida en el balcón era el mismo que dejaba sin contestar los saludos de sus vecinos. los seis o siete hombres que estaban en el techo de don Julio le invitaban a algo. Gesticulando y gritando. porque Victoriano se volvió a los hombres que se agrupaban bajo él. Por un momento su mujer perdió la serenidad. a quien una corta dilación convertiría en víctima. imponiéndose con su dura mirada y su gran tamaño. en el techo vecino. después empezó a dar una vuelta. porque las llamas avanzaban sobre ellos. Debía ser muy importante lo que decía la mujer. por segunda vez en esa doliente noche. pidió paso y se lo dieron. luego tomó a la vieja por las axilas y comenzó a bajarla. más como una gran muñeca de madera que como un ser vivo. déjela caer! –gritaban los hombres agrupados bajo los pies de la anciana. duro y callado. Ya allí. La gente se distrajo viendo esa caída y esas chispas. Tranquilamente. Cuando algunos quisieron buscarlo para hablar con él. Como todo el mundo. el marido oyó a su mujer. de aquel mar de voces. Victoriano se tiró. era evidente que a aquel hombre no le importaban gran cosa los demás. del continuo estallido de las maderas que ardían. se había oído el golpe de su puerta. Era impresionante ver que esas llamas casi envolvían a la paralítica y sin embargo no la conmovían. Victoriano. lo cual hubiera sido una locura. El misterio seguía rodeando a ese hombre flaco y alto. Estaba tan aislado allá arriba como se mantenía en su casa. ellos no pensaban tanto en Adelina como en Victoriano. A seguidas crujió el resto del balcón. razón por la cual muy pocos se dieron cuenta de que Victoriano Segura había corrido por el techo de la casa de don Julio y había saltado después a la calle. corrió hacia el fuego y gritó: —¡Victoriano. y levantando sordo estrépito cayó a la calle envuelto en chorros de fulgurantes chispas. De rato en rato un muchacho señalaba hacia la casa de Victoriano Segura y decía: —Mire. Y soltó a la anciana. dándoles la espalda. Un segundo después. Había llegado al borde del balcón y durante un segundo se le vio dudar. y dejó oír. Por momentos salían huyendo. Ella dijo entonces: —¡Acuérdate. —¡Allá va! –dijo estentóreamente. acuérdate! ¿Que se acordara de qué? ¿Qué significaban esas palabras? ¿Había alguna razón por la cual él no debía dejarse matar o inutilizar por el fuego? La gente se miró entre sí. La enferma se movía igual que un péndulo. Ahora bien. mas la naturaleza humana no varía tan de prisa.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Pero Victoriano no volvió la cabeza. era tarde. a quien los otros recibieron en tumulto. —¡Déjela caer. él vive ahí. Los de abajo tendían las manos y daban gritos. Victoriano se sentó. su voz metálica e impresionante. Tal vez pensaba lanzarse con la anciana en brazos. a ese ser impenetrable.

abrumado por la desgracia. Queríamos saber si estaba bien y si necesitaba algo. y como en los días siguientes se le oyó martillar. Y como tampoco se le vio salir al siguiente. en cuanto al repetido “¡acuérdate!” que le lanzó la suya la noche del fuego. Ocurrió que una tarde llegó a la calleja con su carreta cargada de tablas. muy bien –dijo–. señores… Miren. cuya puntera había clavado en tierra. Fue a eso de las nueve de la mañana. —¿Qué desean? –preguntó. se pensó que estaba haciendo arreglos en la vivienda. aquellos a quienes tanto intrigaba su conducta ignoran esa verdad. hé… roe. El aire iba y venía cargado con los presagios del carnaval y la Semana Santa. Adiós. don Tancredo Rojas comenzó a tratar de decir que todos ellos querían saludar al “hé… roe. —Pero… pero… pero… –comenzó a decir don Tancredo. Muy pocos aludían a sus prisiones. llenaba de confusión a todo el mundo. Evidentemente la mujer no sabía que hacer. ocurrió la partida de Victoriano Segura. cuya voz era muy aguda. Esa conducta. —Ay. lo cual quiere decir que había brisas cuaresmales y el cielo estaba brillante. Mejor váyanse. si bien ya no causaba mala impresión. Pues Victoriano Segura se esfumó tan extrañamente como había llegado. Pero el miedo de que pudiera asaltar a las ancianas del lado se había disipado del todo. de…” Pero la mujer no deseaba oír más. dulce y limpio. si es que alguno de ellos lee esta historia. Una adorable paz ganaba el corazón de la gente. él no está aquí –dijo–. fueron a visitarlo. señora.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Pero nadie vio a Victoriano ese día. A juicio del vecindario Victoriano era un hombre extraño. en cuya vida había algún misterio. al cabo de los años. Perdónenme señores… –Pero váyanse. por lo demás. hé… roe de. Algunas mujeres parloteaban desde sus puertas con las 309 . Con su graciosa tartamudez. Caminaba junto a sus compañeros de comisión como quien marcha tras el entierro de un ser querido. Sólo persistía esa atmósfera de misterio en torno suyo. se pensaba que tenía relación con ese misterio que le rodeaba. pero no salía más. Todavía hoy. y en aquella pequeña calle que estaba surgiendo a la orilla misma de los campos. desde luego. A las llamadas en la puerta salió la mujer. El grupo cambió miradas. Se había puesto nerviosa y se agarraba a la hoja de la puerta como si temiera que algún espíritu maligno pudiera abrirla del todo. unos cuantos vecinos. En medio de tal ambiente. señora. sólo ahora la sabrán. Muchos de los vecinos le vieron meter esas tablas en la casa. encabezados por José Abud. La gente muy madrugadora alcanzaba a oír el ruido de su carreta. pero no abrió del todo. mientras hacía moverse de un lado a otro la empuñadura de su bastón. El no quiere que venga gente a la casa. debía ser muy celoso. tal vez hacía una mesa para comer o remendaba una ventana rota. Volvía a media tarde. Pero le dice que vinimos a verlo. Los días fueron transcurriendo sin que volviera a verse a Victoriano Segura sentado a la puerta de su casa. Entonces intervino don Julio. la mayoría recordaba los gritos de mujer aquella noche. Algún día se sabría la verdad. —Muy bien. de. si bien de manera mucho más dramática. El pobre José Abud. sino sólo un poco. no abría la boca. a juzgar por la recepción se les hizo a los señores que estuvieron en su casa después del incendio. Por entonces el mes de febrero iba muy avanzado. el frecuente canto de los pájaros y el murmullo de los árboles hacían más sensibles esos rasgos de profunda esencia musical con que se embellecen los días sin importancia.

impresionante y reservada. Tambaleante y despaciosa. dominando el mulo desde afuera. cargando con un extremo de ataúd. que debía ser mucha. junto con otros presos. dándoles vueltas de las palmas a los dorsos. el hombre colocó la punta del féretro en el borde de la carreta. se le vio entrar en la casa con su mujer. Inesperadamente se abrió el portón que daba al patio donde Victoriano guardaba la carreta y se oyó su dura voz arreando al mulo. Tras ella. Estuvo largo rato mirándose las manos. Secándose los ojos con la mano. Nunca más volvió la gente de la pequeña calle a verlos. ¿Quién podía prever lo que sucedió inmediatamente? Algunos minutos más tarde la puerta se abrió de par en par y Victoriano Segura salió de espaldas. Tenía canas y algunas arrugas. Cuando se puso de pie para ir a su camastro los demás le abrieron paso en silencio. Le reconocí inmediatamente. después tomó la que cargaba la mujer y comenzó a empujar. Victoriano lo removía de un lado a otro. la mañana en que él se fue. Hábilmente conducida. Bajo aquel sol límpido era una estampa dura la de esa mujer llorando en silencio mientras su marido luchaba con el impresionante cargamento. sino porque su estancia en la calleja me había causado mucha impresión y por tanto no lo olvidé. tocado de sombrero negro. Victoriano Segura dio tres “¡arres!” en voz alta. y la lúgubre carga iba entrando lentamente en la carreta. adonde me habían llevado mis ideas políticas. se perdió la mujer. algunos muchachos jugaban dando carreras o empinaban papalotes. Cachazudamente.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS vecinas. Vivíamos casi enfrente. Después de eso entró en la casa. A mi me pareció que algo veló el brillo de su mirada. a esa áspera soledad en que viviera siempre. ¿por qué? –contestó. Pero no dijo una palabra. No era fácil hacer rodar el ataúd. la carreta se perdió en la esquina. Victoriano puso dos piedras junto a una de las ruedas. y allí estuvo largas horas labrando su pedazo de madera. algunas gallinas picoteaban las manchas de yerba que se veía aquí y allá. Ni siquiera movía la cabeza. la cabeza baja. El hombre logró al fin llevar el ataúd a donde quería. Volvimos a encontrarnos en la cárcel. no sólo porque había cambiado muy poco –si bien algo de su rostro denunciaba el paso del tiempo–. una para impedir que se moviera hacia adelante. uno de los que oían hablar de él y de la misteriosa atmósfera que le rodeaba. la carreta quedó parada junto a la puerta de la casa. la otra para impedir que se moviera hacia atrás. Estaba en una gran celda. Se presumió que él había vuelto de noche para llevarse los enseres y el otro mulo. la mujer no cesaba de llorar. salir a poco. tocándoselas una con otra. Pero yo vi a Victoriano Segura muchos años más tarde. Sin subirse en la carreta. Al fin dijo: 310 . viéndole luchar con el ataúd. Se le veía endurecido por la tensión. Retornó a su soledad. con la mano de la vela mecánicamente alzada. y cerrar la puerta. Era su misma voz dura de otros tiempos. Ella llevaba en la mano una vela encendida y al parecer había comenzado a rezar. —Sí. y nada más. —Yo lo conocí a usté –dije–. labraba un pedazo de madera con una pequeña cuchilla y parecía aislado en medio de sus compañeros. era su misma mirada metálica. —Usté es Victoriano Segura –le dije atravesándome en su camino. uno de los que despertaron sobresaltados la noche del siniestro en la casa de José Abud. Usando toda su fuerza. Cuando ocurrieron los sucesos en que él fue protagonista yo era un muchacho. sin duda camino del cementerio. al otro extremo apareció luego la mujer. Fue cuando se quemó la casa de José Abud. Yo estaba junto a mi madre. Fue una semana más tarde cuando yo me atreví a preguntarle por su mujer. Se fue a su camastro.

pregunté: —¿Y cómo me la quito? 311 . casi como si estuvieran vivas. Seguramente en esas vitrinas no entraba aire contaminado. Yo no podía saber de dónde salía. porque se puso de pie y se fue a un rincón. Sin embargo lo que veía indicaba que la separación entre lo que fui y lo que sería no podía medirse en términos humanos. donde algunos reclusos charlaban y se movían sin cesar. tal vez de cuatro. mientras él me clavaba su imperiosa mirada—… Aquel ataúd era… —Su mamá –dijo–. A poco recomendó: —Que no lo sepa nadie. relampagueante. las grandes columnas de mayólica. Tenía la impresión de que todo lo que veía estaba hablando a un tiempo: el piso de mármol negro y blanco. como la de una estatua. la distancia sería de tres metros. la voz llenaba todo el salón y resonaba entre las paredes. así. Físicamente. la alfombra roja que iba de la escalinata a la gran mesa del recibidor. las cornisas de cubos dorados. de que su antigua soledad se había debido… —Ahora me explico –empecé a decir. La mancha indeleble Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas. Pero era el caso que aún incapacitado para pensar y para actuar. Durante cierto tiempo me sentí paralizado por el terror. Parecía que no había distancia entre la vida que había dejado atrás. y la alfombra similar que cruzaba a todo lo largo por el centro. Se sentó allí y se dedicó a contemplar el patio. Al parecer halló que había hablado demasiado. yo estaba allí: había pasado el umbral y tenía que entregar mi cabeza. Sólo sabía a ciencia cierta que ninguna de las innumerables cabezas de las vitrinas había emitido el menor sonido. la mamá de mi mujer. Entonces yo tuve un vislumbre. —Claro… ¿Cuál va a ser? A pesar de que no era autoritaria. Nadie podría evitarme esa macabra experiencia. que murió lázara. Si usté la ve ahora con mi consentimiento. del otro lado de la puerta. Ya no volví a dirigirle la palabra sino cuando un mes después se me avisó que recogiera mis pertenencias porque iban a dejarme en libertad ese mismo día. las dos enormes lámparas colgantes de cristal de Bohemia. Me le acerqué para preguntarle si quería que visitara a su mujer en el leprocomio. Debo confesar que el espectáculo me produjo un miedo súbito e intenso. con tanto miedo que a duras penas me oía a mí mismo.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —En el lazareto. pues las cabezas se conservaban en forma admirable. y la que iba a iniciar en ese momento. y yo las veía colocadas en una larga hilera de vitrinas que estaban adosadas a la pared de enfrente. que a mí me pareció de mármol. Y he aquí lo que me dijo entonces Victoriano Segura mirándome a los ojos: —No vaya. que se cubrían con lujosos tapices. —¿La mía? –pregunté. Tal vez con el deseo inconsciente de ganar tiempo. —Entregue su cabeza –dijo una voz suave. es como si la viera yo. La situación era en verdad aterradora. Y me dio la espalda. aunque les faltaba el flujo de la sangre bajo la piel. Su mamá perdió la nariz y tal vez ella la pierda también. Usté la conoció cuando era bonita.

no nos haga perder tiempo. tire hacia arriba y verá con qué facilidad sale. No me había equivocado. —Sí. Mi necesidad de huir era imperiosa. Sólo yo me hallaba en ese salón imponente. Me ahogaba. no me importaba. sin mis ideas. Estaba seguro de que el dueño de esa voz había repetido la orden tantas veces que ya no le daba la menor importancia a lo que decía. y de haber habido por allí un policía. De todas maneras. y de que millones de seres minúsculos e invisibles acechaban mi pensamiento. Comprendía que llevaba el rostro pálido y los ojos desorbitados. necesitaba sentarme o agarrarme a algo. me hubiera perseguido. Eso estaba sucediéndome en pleno estado de lucidez. Me di cuenta de que alguna gente se alarmó al verme correr. de mis recuerdos. también sin vida. —¿No ha oído o no ha comprendido? –dijo la voz. Además. No se veía una silla. No había la menor señal de vida. y como temblaba de arriba abajo debido al frío mortal que se había desatado en mis venas. Al fin logré hablar. Me lancé impetuosamente hacia la puerta. Si se hubiera tratado de una pesadilla me hubiera explicado la orden y mi situación. —Aquí no tiene que pensar. y huía como loco. lo cual me hizo sentirme tan desamparado como un niño perdido en una gran ciudad. Había también puertas en esos extremos. empujé al que entraba y salté a la calle. Al fin apoyé las dos manos en la mesa. ¿con qué voy a pensar? La parrafada no me salió de golpe. Pero no era una pesadilla. Callé. más bien tranquilo. Sentí que alguien iba a entrar. —Por favor. Tal vez por eso me parecía tan terrible. y me pareció que la voz emitía un ligero gruñido. he oído y he comprendido –dije–. Pero no puedo despojarme de mi cabeza así como así. Peor aún: estábamos la voz y yo. Oía día y noche la voz y veía en todas partes los millares de ojos sin vida y los centenares de cabezas sin cuerpo. El espacio era largo y de techo alto. Instintivamente miré hacia la puerta por donde había entrado. Durante una semana no me atreví a salir de la casa. Ya dije que la voz no era autoritaria sino suave. y volví la cara hacia la puerta. pero ninguna estaba abierta. una mano sujetaba el borde de la gran hoja de madera brillante y la empujaba hacia adentro. estaban mirándome desde las paredes. que hay otros en turno –dijo la voz. que ya no estaría más tiempo solo. Dos veces tuve que parar para tomar aire. no va a necesitarlos más: va a empezar una vida nueva. Comprenda que ella está llena de mis ideas. Estaba cerrada. En cuanto a sus recuerdos. Me hallaba bajo la impresión de que miles de ojos malignos. Colóquela después sobre la mesa. apoyando los pulgares en las curvas de las quijadas. Por la abertura de la puerta se advertía que afuera había poca luz. y un pie se posaba en el umbral. No es fácil explicar lo que esas palabras significaron para mí. Pensaremos por usted.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Sujétela fuertemente con las dos manos. sin emociones propias? —pregunté. mientras me hallaba de pie y solitario en medio de un lujoso salón. Es el resumen de mi propia vida. tal vez pensaron que había robado o que había sido sorprendido en el momento de robar. Déme algún tiempo para pensarlo. Volví los ojos a los dos extremos del gran salón. como de risa burlona. si me quedo sin ella. En medio de mi terror actué como un autómata. —¿Vida sin relación conmigo mismo. Pero la voz no era humana: no podía relacionarse con un ser de carne y hueso. Pero en la 312 . Sin duda era la hora indecisa entre el día que muere y la noche que todavía no ha cerrado. Resulta aterrador oír la orden de quitarse la cabeza dicha con tono normal.

El cholo Jacinto Muñiz fue perseguido de manera implacable. a medio lomo. visitado siempre por gente extraña. sin embargo. las ovejas llevaban prendidas en la lana. y para fatalidad suya era fácil de identificar porque tenía una cicatriz en la frente. Manuel Sicuri cuidaba de un rebaño de ovejas y de nueve llamas. primero en el Perú. tratando de lavar la camisa. Cuando llegó a la choza del indio Manuel Sicuri el cholo Jacinto Muñiz contó que ésa era la huella de una caída. ya que no había más en millas a la redonda. pues había robado las joyas de una iglesia. me arriesgué a ir a la esquina. He usado jabón. aliviado de mi miedo. me parece que a cada esfuerzo por borrarla se destaca más. Uno tenía los ojos sombríos. lo cual desde luego era mentira. María tenía siete meses de embarazo. Me temblaron las manos con tanta violencia que un poco de la bebida se me derramó en la camisa. la mujer de Manuel. Mientras me esfuerzo en hacer desaparecer la mancha oigo sin cesar las últimas palabras del hombre de los ojos sombríos: —… Después que ya estaba inscrito… El miedo me hace sudar frío. A poco. lo cual le llevó a irse corriendo. Además. a un cafetucho de mala muerte. y eso no se lo perdonarían ni en el Perú ni en Bolivia. Pero además Manuel Sicuri podía seguir las huellas de un hombre hasta en las pétreas vertientes de los Andes y esa noche hubo luna llena. Pero resultaba que no sucedía así porque Manuel era huérfano de padre y madre y tenía tres hermanitos –dos de ellos hembras– y él quería a esos niños con toda la fuerza de su alma. dos hombres se sentaron a ella.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS octava noche. fue que el cholo Jacinto Muñiz tuviera que huir del Perú y entrara en Bolivia por el Desaguadero. lo que servía para identificarlas como de su propiedad. El factor más importante. me miró con intensidad y luego dijo al otro: —Ese fue el que huyó después que ya estaba… Yo tomaba en ese momento una taza de café. Está ahí. Al lado de la mesa que ocupé había otra vacía. pues el hombre debía irse a trabajar a La Paz o tal vez a las minas. Y yo sé que no podré librarme de este miedo. y además debía sembrar la papa y la quinua y la cañahua –los cereales de la puna–. Propiamente. obsedido por la visión de un paisaje que le daba la impresión de no avanzar jamás. y después por los carabineros de Bolivia que recibían de tarde en tarde noticias de su paso por las desoladas aldeas de la puna. Pues en verdad ignoro si los dos hombres eran miembros o eran enemigos del Partido. cintas de color azul. pero era la costumbre de los aimarás del altiplano y Manuel Sicuri seguía la costumbre. desde luego. porque no era fácil que en aquella zona sus ovejas se mezclaran con otras. desde más allá del Cuzco. De seguir la costumbre en todo su rigor. Ahora estoy en casa. por el confín del altiplano. desde el pelo hasta el ojo derecho. 313 . Mi mal es que no tengo otra camisa ni manera de adquirir una nueva. como un animal asustado. Esa medida sobraba. indio aimará. indeleble. que lo sentiré ante cualquier desco