P. 1
Cuentos dominicanos (Colección Pensamiento Dominicano)

Cuentos dominicanos (Colección Pensamiento Dominicano)

|Views: 32|Likes:
Publicado porArturo Victoriano

More info:

Published by: Arturo Victoriano on Sep 12, 2013
Copyright:Attribution Non-commercial

Availability:

Read on Scribd mobile: iPhone, iPad and Android.
download as PDF, TXT or read online from Scribd
See more
See less

03/31/2014

pdf

text

original

Sections

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN II

Cuentos

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN II

SÓCRATES NOLASCO | EL CUENTO EN SANTO DOMINGO  |  SELECCIÓN ANTOLÓGICA – TOMOS I Y II J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  CUENTOS DE POLÍTICA CRIOLLA JUAN BOSCH  |  MÁS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO VIRGILIO DÍAZ GRULLÓN  |  CRÓNICAS DE ALTOCERRO EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  TRADICIONES Y CUENTOS DOMINICANOS 

Cuentos

Introducción a la primera y segunda sección:

Diógenes Céspedes

Santo Domingo, República Dominicana 2008

Sociedad Dominicana de Bibliófilos

Dennis R. Simó Torres, Vicepresidente Manuel García Arévalo, Vicetesorero Antonio Morel, Tesorero

Mariano Mella, Presidente

CONSEJO DIRECTIVO

Octavio Amiama de Castro, Secretario Sócrates Olivo Álvarez, Vicesecretario Vocales

Edwin Espinal • Julio Ortega Tous • Mu-Kien Sang Ben Marino Incháustegui, Comisario de Cuentas asesores

Eugenio Pérez Montás • Miguel de Camps

José Alcántara Almánzar • Andrés L. Mateo • Manuel Mora Serrano Guillermo Piña Contreras • Emilio Cordero Michel • Raymundo González María Filomena González • Eleanor Grimaldi Silié • Tomás Fernández W. ex-presidentes Eduardo Fernández Pichardo • Virtudes Uribe • Amadeo Julián

Gustavo Tavares Espaillat • Frank Moya Pons • Juan Tomás Tavares K. Bernardo Vega • José Chez Checo • Juan Daniel Balcácer Jesús R. Navarro Zerpa, Director Ejecutivo

Enrique Apolinar Henríquez +

Banco de Reservas de la República Dominicana
Administrador General Miembro ex oficio Daniel Toribio

consejo de directores Secretario de Estado de Hacienda Presidente ex oficio Lic. Vicente Bengoa

Lic. Mícalo E. Bermúdez Vicepresidente Dra. Andreína Amaro Reyes Secretaria General Vocales Miembro

Lic. Luis A. Encarnación Pimentel Dr. Joaquín Ramírez de la Rocha Lic. Luis Mejía Oviedo Lic. Mariano Mella

Lic. Domingo Dauhajre Selman

Ing. Manuel Guerrero V.

Suplentes de Vocales Lic. Héctor Herrera Cabral Lic. Danilo Díaz

Ing. Manuel Enrique Tavárez Mirabal Lic. Estela Fernández de Abreu Lic. Ada N. Wiscovitch C.

Ing. Ramón de la Rocha Pimentel

Esta publicación, sin valor comercial, es un producto cultural de la conjunción de esfuerzos del Banco de Reservas de la República Dominicana y la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Inc.

COMITÉ DE EVALUACIÓN Y SELECCIÓN Orión Mejía Director General de Comunicaciones y Mercadeo, Coordinador Luis O. Brea Franco Gerente de Cultura, Miembro Juan Salvador Tavárez Delgado Gerente de Relaciones Públicas, Miembro Emilio Cordero Michel Sociedad Dominicana de Bibliófilos Asesor Raymundo González Sociedad Dominicana de Bibliófilos Asesor María Filomena González Sociedad Dominicana de Bibliófilos Asesora Jesús Navarro Zerpa Director Ejecutivo de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos Secretario Los editores han decidido respetar los criterios gramaticales utilizados por los autores en las ediciones que han servido de base para la realización de este volumen

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN II

SÓCRATES NOLASCO | EL CUENTO EN SANTO DOMINGO  |  SELECCIÓN ANTOLÓGICA – TOMOS I Y II J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  CUENTOS DE POLÍTICA CRIOLLA JUAN BOSCH  |  MÁS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO VIRGILIO DÍAZ GRULLÓN  |  CRÓNICAS DE ALTOCERRO EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  TRADICIONES Y CUENTOS DOMINICANOS 

Cuentos

ISBN: Colección completa: 978-9945-8613-9-6 ISBN: Volumen II: 978-9945-457-01-08

Coordinadores: Luis O. Brea Franco, por Banreservas; y Jesús Navarro Zerpa, por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos
Ilustración de la portada: Rafael Hutchinson  |  Diseño y arte final: Ninón León de Saleme  Corrección de pruebas: Jaime Tatem Brache  |  Impresión: Amigo del Hogar Santo Domingo, República Dominicana. Junio, 2008

8

contenido

Presentación Origen de la Colección Pensamiento Dominicano y criterios de reedición.............................. Daniel Toribio Administrador General del Banco de Reservas de la República Dominicana Exordio. .................................................................................................................................... Mariano Mella Presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos Introducción a la primera sección. ....................................................................................... Diógenes Céspedes Sócrates nolasco El Cuento en Santo Domingo. selección antológica Tomo I: Aparición y evolución del cuento en Santo Domingo. Noticias preliminares. .... Tomo II............................................................................................................................... J. m. sanz lajara El Candado (Prólogo): Manuel Valldeperes . ...................................................................................... juan BOSCH cuentos escritos en el exilio y Apuntes sobre el arte de escribir cuentos Apuntes sobre el arte de escribir cuentos............................................................................ Cuentos escritos en el exilio................................................................................................ Introducción a la segunda sección....................................................................................... Diógenes Céspedes emilio rodríguez demorizi Cuentos de política criolla (Prólogo): Un libro de cuentos políticos. ............................................................................... Juan Bosch Juan BOSCH mÁs cuentos escritos en el exilio................................................................ virgilio díaz grullón Crónicas de Altocerro. Cuentos (Prólogo): Carlos Curiel..................................................................................................... emilio rodríguez demorizi Tradiciones y cuentos dominicanos Presentación ....................................................................................................................... Semblanza de Julio D. Postigo, editor de la Colección Pensamiento Dominicano............
9

11 15

17

37 109 193

259 271 363

385 475 599 655 771

presentación

Origen de la Colección Pensamiento Dominicano y criterios de reedición
Es con suma complacencia que, en mi calidad de Administrador General del Banco de
Reservas de la República Dominicana, presento al país la reedición completa de la Colección Pensamiento Dominicano realizada con la colaboración de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, que abarca cincuenta y cuatro tomos de la autoría de reconocidos intelectuales y clásicos de nuestra literatura, publicada entre 1949 y 1980. Esta compilación constituye un memorable legado editorial nacido del tesón y la entrega de un hombre bueno y laborioso, don Julio Postigo, que con ilusión y voluntad de Quijote se dedica plenamente a la promoción de la lectura entre los jóvenes y a la difusión del libro dominicano, tanto en el país como en el exterior, durante más de setenta años. Don Julio, originario de San Pedro de Macorís, en su dilatada y fecunda existencia ejerce como pastor y librero, y se convierte en el editor por antonomasia de la cultura dominicana de su generación. El conjunto de la Colección versa sobre temas variados. Incluye obras que abarcan desde la poesía y el teatro, la historia, el derecho, la sociología y los estudios políticos, hasta incluir el cuento, la novela, la crítica de arte, biografías y evocaciones. Don Julio Postigo es designado en 1937 gerente de la Librería Dominicana, una dependencia de la Iglesia Evangélica Dominicana, y es a partir de ese año que comienza la prehistoria de la Colección. Como medida de promoción cultural para atraer nuevos públicos al local de la Librería y difundir la cultura nacional organiza tertulias, conferencias, recitales y exposiciones de libros nacionales y latinoamericanos, y abre una sala de lectura permanente para que los estudiantes puedan documentarse. Es en ese contexto que en 1943, en plena guerra mundial, la Librería Dominicana publica su primer título, cuando aún no había surgido la idea de hacer una colección que reuniera las obras dominicanas de mayor relieve cultural de los siglos XIX y XX. El libro publicado en esa ocasión fue Antología Poética Dominicana, cuya selección y prólogo estuvo a cargo del eminente crítico literario don Pedro René Contín Aybar. Esa obra viene posteriormente recogida con el número 43 de la Colección e incluye algunas variantes con respecto al original y un nuevo título: Poesía Dominicana. En 1946 la Librería da inicio a la publicación de una colección que denomina Estudios, con el fin de poner al alcance de estudiantes en general, textos fundamentales para complementar sus programas académicos. Es en el año 1949 cuando se publica el primer tomo de la Colección Pensamiento Dominicano, una antología de escritos del Lic. Manuel Troncoso de la Concha titulada Narraciones Dominicanas, con prólogo de Ramón Emilio Jiménez. Mientras que el último volumen, el número 54, corresponde a la obra Frases dominicanas, de la autoría del Lic. Emilio Rodríguez Demorizi, publicado en 1980.
11

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  POESÍA Y TEATRO

Una reimpresión de tan importante obra pionera de la bibliografía dominicana del siglo XX, como la Colección Pensamiento Dominicano, presenta graves problemas para editarse acorde con parámetros vigentes en nuestros días, debido a que originariamente no fue diseñada para desplegarse como un conjunto armónico, planificado y visualizado en todos sus detalles. Esta hazaña, en sus inicios, se logra gracias a la voluntad incansable y al heroísmo cotidiano que exige ahorrar unos centavos cada día, para constituir el fondo necesario que permita imprimir el siguiente volumen –y así sucesivamente– asesorándose puntualmente con los más destacados intelectuales del país, que sugerían medidas e innovaciones adecuadas para la edición y títulos de obras a incluir. A veces era necesario que ellos mismos crearan o seleccionaran el contenido en forma de antologías, para ser presentadas con un breve prólogo o un estudio crítico sobre el tema del libro tratado o la obra en su conjunto, del autor considerado. Los editores hemos decidido establecer algunos criterios generales que contribuyen a la unidad y coherencia de la compilación, y explicar el porqué del formato condensado en que se presenta esta nueva versión. A continuación presentamos, por mor de concisión, una serie de apartados de los criterios acordados:

 Al considerar la cantidad de obras que componen la Colección, los editores, atendiendo a razones vinculadas con la utilización adecuada de los recursos técnicos y financieros disponibles, hemos acordado agruparlas en un número reducido de volúmenes, que podrían ser 7 u 8. La definición de la cantidad dependerá de la extensión de los textos disponibles cuando se digitalicen todas las obras.

 Se han agrupado las obras por temas, que en ocasiones parecen coincidir con algunos

géneros, pero ésto sólo ha sido posible hasta cierto punto. Nuestra edición comprenderá los siguientes temas: poesía y teatro, cuento, biografía y evocaciones, novela, crítica de arte, derecho, sociología, historia, y estudios políticos.

 Cada uno de los grandes temas estará precedido de una introducción, elaborada por un especialista destacado de la actualidad, que será de ayuda al lector contemporáneo, para comprender las razones de por qué una determinada obra o autor llegó a considerarse relevante para ser incluida en la Colección Pensamiento Dominicano, y lo auxiliará para situar en el contexto de nuestra época, tanto la obra como al autor seleccionado. Al final de cada tomo se recogen en una ficha técnica los datos personales y profesionales de los especialistas que colaboran en el volumen, así como una semblanza de don Julio Postigo y la lista de los libros que componen la Colección en su totalidad.  De los tomos presentados se hicieron varias ediciones, que en algunos casos modificaban el texto mismo o el prólogo, y en otros casos más extremos se podía agregar otro volumen al anteriormente publicado. Como no era posible realizar un estudio filológico para determinar el texto correcto críticamente establecido, se ha tomado como ejemplar original la edición cuya portada aparece en facsímil en la página preliminar de cada obra.
12

PRESENTACIÓN  |   Daniel Toribio, Administrador General de Banreservas

 Se decidió, igualmente, respetar los criterios gramaticales utilizados por los autores

o curadores de las ediciones que han servido de base para la realización de esta publicación.

 Las portadas de los volúmenes se han diseñado para esta ocasión, ya que los planteamientos gráficos de los libros originales variaban de una publicación a otra, así como la tonalidad de los colores que identificaban los temas incluidos.  Finalmente se decidió que, además de incluir una biografía de don Julio Postigo y
una relación de los contenidos de los diversos volúmenes de la edición completa, agregar, en el último tomo, un índice onomástico de los nombres de las personas citadas, y otro índice, también onomástico, de los personajes de ficción citados en la Colección.

En Banreservas nos sentimos jubilosos de poder contribuir a que los lectores de nuestro tiempo, en especial los más jóvenes, puedan disfrutar y aprender de una colección bibliográfica que representa una selección de las mejores obras de un período áureo de nuestra cultura. Con ello resaltamos y auspiciamos los genuinos valores de nuestras letras, ampliamos nuestro conocimiento de las esencias de la dominicanidad y renovamos nuestro orgullo de ser dominicanos.

Daniel Toribio Administrador General

13

exordio

Como presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, siento una gran emoción al

Reedición de la Colección Pensamiento Dominicano: una realidad

poner a disposición de nuestros socios y público en general la reedición completa de la Colección Pensamiento Dominicano, cuyo creador y director fue don Julio Postigo. Los 54 libros que componen la Colección original fueron editados entre 1949 y 1980. Salomé Ureña, Sócrates Nolasco, Juan Bosch, Manuel Rueda, Emilio Rodríguez Demorizi, son algunos autores de una constelación de lo más excelso de la intelectualidad dominicana del siglo XIX y del pasado siglo XX, cuyas obras fueron seleccionadas para conformar los cincuenta y cuatro tomos de la Colección Pensamiento Dominicano. A la producción intelectual de todos ellos debemos principalmente que dicha Colección se haya podido conformar por iniciativa y dedicación de ese gran hombre que se llamó don Julio Postigo. Qué mejor que las palabras del propio señor Postigo para saber cómo surge la idea o la inspiración de hacer la Colección. En 1972, en el tomo n.º 50, titulado Autobiografía, de Heriberto Pieter, en el prólogo, Julio Postigo escribió lo siguiente: (…) “Reconociendo nuestra poca idoneidad en estos menesteres editoriales, un sentimiento de gratitud nos embarga hacia Dios, que no sólo nos ha ayudado en esta labor, sino que creemos fue Él quien nos inspiró para iniciar esta publicación” (…); y luego añade: (…) “nuestra más ferviente oración a Dios es que esta Colección continúe publicándose y que sea exponente, dentro y fuera de nuestra tierra, de nuestros más altos valores”. En estos extractos podemos percibir la gran humildad de la persona que hasta ese momento llevaba 23 años editando lo mejor de la literatura dominicana. La reedición de la Colección Pensamiento Dominicano es fruto del esfuerzo mancomunado de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, institución dedicada al rescate de obras clásicas dominicanas agotadas, y del Banco de Reservas de la República Dominicana, el más importante del sistema financiero dominicano, en el ejercicio de una función de inversión social de extraordinaria importancia para el desarrollo cultural. Es justo valorar el permanente apoyo del Lic. Daniel Toribio, Administrador General de Banreservas, para que esta reedición sea una realidad. Agradecemos al señor José Antonio Postigo, hijo de don Julio, por ser tan receptivo con nuestro proyecto y dar su permiso para la reedición de la Colección Pensamiento Dominicano. Igualmente damos las gracias a los herederos de los autores por conceder su autorización para reeditar las obras en el nuevo formato que condensa en 7 u 8 volúmenes los 54 tomos de la Colección original. Mis deseos se unen a los de Postigo para que esta Colección se dé a conocer en nuestro territorio y en el extranjero, como exponente de nuestros más altos valores. Mariano Mella Presidente Sociedad Dominicana de Bibliófilos
15

.

como ejemplos– llegó a Santo Domingo. fácilmente traslaticio.) Existen pruebas documentales de remisión a las Antillas y Tierra Firme de estas obras de don Juan Manuel y Cervantes y otros autores de la misma época por parte de los mercaderes de libros de Sevilla. se haya aposentado en las Antillas y que estas hayan producido cuentistas siglos antes de la introducción de la imprenta en América hispánica. 1979. sobre todo si carecemos de testimonios. (I.” (I. donde se conservó “sin esenciales alteraciones”. pp. 222. de don Juan Manuel. de enseñanzas y moraleja sin moral rígida. las Antillas pudieron producir cuentistas siglos antes de que el cuento y la leyenda se imprimieran en los países del continente americano. explica la ausencia de escritores que escribieran acerca de temas profanos. familiar y repetido para entretenimiento en las veladas nocturnas. mentirosas historias y fantasías2. No sé si Nolasco conoció la polémica entre Irving Leonard y Pedro Henríquez Ureña acerca de este tema. es decir. se refugió entre aldeanos logrando perdurar con variantes adquiridas y bautizado con el pintoresco apelativo de cuento de camino. Sócrates Nolasco1 afirma que el cuento antiguo como género cultivado en España desde el Renacimiento –y cita a El Conde Lucanor. 7-8) Harto difícil es el creer que el cuento correcto al modo de El conde Lucanor o Cervantes. y antes que el romance. amén de la prohibición imperial de imprimir libros en las colonias. ni juego descriptivo de una realidad impresionante. Las citas remiten directamente al tomo y la página. de Cervantes. 7) Afirma también Nolasco que “en El Conde Lucanor vino además el cuento correcto. 1957 (dos tomos). sin otro sitio determinado ni sabor regional. pertenecientes a los siglos anteriores al siglo XIX. Colección Pensamiento Dominicano n. se entretuvo en un género que pasó a ser por mucho tiempo desestimado.introducción a la primera sección Diógenes Céspedes Sócrates Nolasco: El cuento en Santo Domingo En la introducción titulada “Aparición y evolución del cuento en Santo Domingo”.” (Ibíd. a) Visión del presentador 17 . pero lo cierto es que el cuentista dominicano tiene su propia versión de por qué el cuento no fructificó en Santo Domingo si teníamos la fuente directa de España: “Aquel modelo de ‘cuento universal’. y el “Rinconete y Cortadillo”. 1 Ciudad Trujillo: Librería Dominicana. y siguiendo los ejemplos del precavido y atildado don Juan Manuel. Los libros del conquistador. que figura en el tomo I del libro El cuento en Santo Domingo.o 12. tan pronto se formaron nuestras ciudades abandonó el vecindario urbano.12. la décima y la copla. México: Fondo de Cultura Económica. 265-280. el género tal como lo conocemos hoy. salvo que no trataran de asuntos religiosos o morales. pero la ausencia de imprenta entre los siglos XV y XVIII. 2 Irving Leonard. carecemos de testimonio. Pero si alguno de nuestros hombres de letras.

tales como Tolstoi. De esto se desprende que si la cultura de lengua española ofrecía. “modelos sobresalientes para el estudio y la pintura de tipos. La aparición de esta criticidad radical es el verdadero “progreso” y “desarrollo” de una sociedad. La aparición de un poeta. Pedro Henríquez Ureña será ese intelectual crítico que la cultura dominicana no produjo en el período que he considerado 3 Obras completas. no surtió la influencia esperada en América hispánica porque tampoco la tuvo en la Península. 18 .” (Ibíd. no obedece al alto grado de su sistema educativo. de un escritor que asuma en su sociedad esta crítica radical. este mito racionalista no explica la ausencia de grandes cuentistas en Santo Domingo cuando Nicaragua ofrece el ejemplo de un Darío y Cuba el de un Martí. “Entre ellas”. sumado a la demanda y la oferta del mercado francés y la prontitud de entrega con respecto al mercado español. ya que esta es criticidad radical de los discursos y prácticas de una sociedad. quizá expliquen la preferencia de los autores franceses. y para entenderlo así bastaba con fijarse en “Rinconete y Cortadillo”. del tipo “Yubr”. si suscribiera yo. Sociedad Dominicana de Bibliófilos. ¿por qué ir a abrevar en el naturalismo francés a fin de aprender a fijar en el marco del cuento artístico lo esencial de la vida circunstante?” (Ibíd. de Cervantes (I. producido por “observadores de un mundo remoto y desconocido. citados por el propio Nolasco. que abre el libro. cuyos cuentos “no pierden la gracia de productos de escritorio. con la picaresca. “Ernesto de Anquises”. pero que no cambia el ritmo de la cuentística dominicana hasta que no abandona esas frivolidades literarias plenas de exotismo y retórica contenidas en Cuentos frágiles. “Rivales” y “El nabab”3. un escritor de talento. “La condesita del Castañar”. modelo para otros aclimatadores de cuentos exóticos. atravesado por la crisis del imperio (guerra de Cuba y guerra hispano-norteamericana en las Filipinas). un Casal o una Avellaneda y Venezuela el de un Díaz Rodríguez. Volumen II. modernistas y rusos en el ambiente literario y cultural dominicano? Un bello artificio. sino a la inteligencia personal de ese intelectual. aparte de que en ultramar muy pocos poseyeron un ejemplar. pero además. así como de otros extranjeros.” (I. Gorki. esas dos nociones del sentido de la historia. así como el acceso a tales traducciones.) La moda y la traducción. el novelista. Este tipo de intelectual (sea el cuentista. rusos por lo demás.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS El mismo Nolasco sugiere que después de la introducción de la imprenta en el continente americano. la técnica y la tecnología pueden explicar el desarrollo capitalista de un país con respecto a otro que no haya accedido a esa especificidad histórica. que no es el caso. Aunque Nolasco achaca el resultado de esa aclimatación a un historicismo: la aparición tardía del cuento moderno en América. el poeta o el ensayista) es el que Santo Domingo no produjo en aquel final de siglo XIX y principio de siglo XX. “Tiranías”. La modernización. 9) El antólogo precisa que la primera gran antología de cuentos españoles de Antonio Paz y Meliá. 8). pero no su modernidad. A finales del segundo decenio del siglo XX y hasta su muerte en 1946. 1980. los cuales ofrecían también lo mismo que los cuentistas franceses. Y cita Nolasco en apoyo de su tesis a Rubén Darío y Manuel Díaz Rodríguez. o “La domadora”.) ¿Cuál fue el resultado de la aclimatación de esos cuentos y autores naturalistas. Santo Domingo: Editora de Santo Domingo. los grandes cuentistas hispanoamericanos son deudores del cuento francés del siglo XIX –Alfonso Daudet y Guy de Maupassant– y no del cuento español. según la expresión del referido antólogo. Andreiev y Chéjov. “Soika”. como lo prueba el caso paradigmático de Fabio Fiallo. publicada en 1890. el valor agregado de una moda diferente: el exotismo.

a un cierto nacionalismo como ideología literaria. Asombra que sin vocación ni necesidad tantas personas honorables se dieran a producir tan pobres resultados. mientras que el lugar y el ambiente son ideologías que oponen lo nacional a lo extranjero. comerciantes. nuevas reglas más específicas a lo literario. periódicos y suplementos. Federico García Godoy. 4) la originalidad como virtud. 3) dominio del idioma o corrección conveniente. Juan Bosch esbozará en el ensayo publicado en Caracas con el título de Apuntes sobre el arte de escribir cuentos. numerosos y afectados. a saber: 1) realidad del personaje. ya se sabe. Y luego de su llegada al país en octubre de 1961. Ulises Heureaux hijo y ocasionalmente Federico Henríquez y Carvajal. a lo verosímil. con esos rasgos distintivos o atributos del cuento no se mide el valor literario. Augusto Franco Bidó. notarios. dice Nolasco que quienes “le dieron realidad precisa al cuento en la República Dominicana”. España y los Estados Unidos y con menos peso en el Caribe y el resto de la América hispánica por razones explicables conforme a su exilio político e intelectual. con los mismos resultados endebles y afectados de ayer. La originalidad. fueron Virginia Elena Ortea. Pararon de repente sorprendidos por los cuentos de dos maestros del modernismo: Manuel Díaz Rodríguez y Rubén Darío…” (Ibíd. cuya introducción es nada más y nada menos que el célebre ensayo publicado en Caracas. 19 . se pelean por aparecer con su firma en revistas. Pero sospecho que en la época de la escritura de Nolasco esta corrección conveniente tenía que ver con la gramática normativa. Rafael Justino Castillo. aunque se la ha confundido con la novedad desde los tiempos de Aristóteles. pero si se le concibe como remisión a la especificidad cultural puede ser semánticamente productivo. Abogados. José Ramón López. que no remite a nada y sí a lo indemostrable. compitiendo por ser cuentistas llenaban La Revista Ilustrada de Miguel Ángel Garrido –1898-1900– creyendo seguir el dechado de Francia. Julio D. En el siglo XIX. aun con grandes y pequeños defectos.) Nolasco suministra en nota al calce una lista larga de esos “cuentistas” y asiduos colaboradores de la revista de Garrido. honestas señoritas y señoras.INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes más arriba. Naturalmente. sin vocación ni necesidad. De ahí el resultado obtenido por la cultura dominicana y que Nolasco explica tan lúcidamente: “Los críticos no han tenido la oportunidad de decir que aquel modelo exótico produjo en nuestro país engendros endebles. tal como la rechaza Nolasco con respecto al uso que hicieron algunos aficionados al cuento con Alfonso Daudet y Guy de Maupassant o con los cuentistas rusos. Ha de suponerse que cada uno de estos autores aplicó en sus cuentos la teoría que define a finales del siglo XIX y principio del XX los rasgos distintivos del género. y 5) la no confusión entre anécdota y cuento. las cuales cambian las de Nolasco y las que se conocían acerca de este género en América hispana. carentes de vocación y que competían por figurear en la referida publicación. salvo que no sea el salir del anonimato y la chatura a que les reduce el capitalismo. Tres años más tarde. La realidad del personaje remite a lo convincente. Rafael Deligne. el aparentar o el escalar socialmente. con la salvedad de que los efectos de su labor se sintieron con toda eficacia en México y Argentina. cuyos antecedentes remiten a los años 40 del siglo pasado en La Habana. Esta observación del antólogo. tiene hoy vigorosa vigencia en nuestro medio social: cantidad enorme de hombres y mujeres de todas las clases sociales. a medio siglo de haber sido formulada. Postigo emprende la publicación del libro Cuentos escritos en el exilio. 2) lugar y ambiente. pero como copia o imitación. Solo el dominio del idioma o corrección conveniente sí es uno de los atributos específicos del valor literario. según Nolasco. lo inasible. en 1960. Fabio Fiallo.

Salvo que el libro de Emilio Rodríguez Demorizi titulado Cuentos de política criolla no tuviera en su edición de 1963 el prólogo de Bosch (reproducido en la segunda edición de 1977). que Nolasco leyó sin duda.) El párrafo final explica la selección sin rigor de florilegio hecha por Nolasco: “Librería Dominicana. sepulta las ideas acerca de lo que es el valor literario del cuento. lo que aquella cultura de treinta años de autoritarismo entendió por cuento. De acuerdo a la visión del presentador de la antología. hombre literariamente conservador y políticamente vinculado con el trujillismo.) Este solo párrafo bastó para que la generación de escritores surgida luego del ajusticiamiento de Trujillo. 20 . es decir. 12) y como. al copiar a su primo Max Henríquez Ureña y a la autoridad literaria de la cual estaba investido.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS De modo que este texto teórico. la antología de Nolasco hay que verla. sin conciliación ni atribuciones de responsabilidad al tiempo o a las circunstancias. entendiendo que el cuento en nuestro país ha alcanzado su plenitud durante la era de Trujillo.” (Ibíd. 4 Publicada en Río de Janeiro en 1945 para la época en que fue embajador en Brasil. sucumbió a la misma idea de don Max al escribir su Panorama histórico de la literatura dominicana en 19454. A partir de 1964 y en la misma colección donde se publicaron los dos tomos de Nolasco en 1957. pues las imágenes del mundo que surgió después del 30 de mayo de 1961 no cabían en el recetario de Nolasco. tal vez. rechazara en bloque la antología de Nolasco. abrió Bosch el camino para una generación nueva que surgía sin una idea clara de las características del cuento. con criterios estrictamente literarios y la propaganda trujillista contenida en sus páginas debe ser situada en sus efectos políticos e ideológicos. sin la pasión política que obnubila. que implican selección obtenida mediante examen comparativo de los ejemplares de cada autor. literatura y sujeto. Creo que el libro de Nolasco no tuvo el tiempo necesario para ejercer influencia en la generación de cuentistas que surgió luego de la caída de la dictadura trujillista. A casi cincuenta años de aquellos acontecimientos. Nolasco no leyó la definición de lo que era el cuento para Bosch y esta le encaja perfectamente a casi todos los textos de su antología. realiza ahora un nuevo aporte como entusiasta colaboradora en la obra del desarrollo cultural que le imprime sin desmayo a la república de las letras el Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva. Es dicho párrafo una hábil maniobra literaria que responsabilizaba al editor del contenido de una alabanza a Trujillo que se convirtió en aquellos 31 años en un estereotipo obligado. Sin embargo. Nolasco tenía la siguiente esperanza al entregar al público el primer tomo de su obra: “Responde a estas observaciones la recopilación que se entrega al público sin la severidad que requieren los florilegios. el valor de la antología de Noslasco es principalmente histórico como documento de primera mano para el estudio antropológico de la mentalidad y la cultura dominicanas de fin de siglo XIX y principio del XX.” (I. ya que estos participan de las mismas ideas de Nolasco en política y literatura. Esto explica que los criterios de Nolasco para escoger los cuentos que forman su obra sean los de “una recopilación intentada sin mayor rigor de florilegio”. 25) Y promete “pronto dar a la publicidad otro volumen en el cual tendrán cabida autores de no menor calidad y reputación que los comprendidos en el presente.” (Ibíd. muchos de los cuales estaban todavía vivos en 1957. como él mismo aclara (I. Tampoco ejerció Nolasco influencia en los antologados. tanto en su prólogo como en su selección. del cual fue Senador en el Congreso.

la acción no se detiene. 9). En “Floreo” (I. Hay que acotar que Hilma Contreras fue siempre una disidente discreta del régimen y que no llegó nunca ostentar cargos públicos de responsabilidad política en el régimen de Trujillo. se cumplen las leyes del cuento boschiano. de José Rijo. En “Mujeres” (II. 87). En ese primer tomo. de Marrero Aristy. 81). recusado por Nolasco. Nolasco se incluyó en su propia antología. prevalece el procedimiento artificial y exótico de Fabio Fiallo. 95) y “Ángel Liberata” (II. casi todos nuestros antólogos literarios. Ramón Lacay Polanco. En “Pero él era así” (p. 105) los dos temas son excelentes. En “El tren no expreso” (II. así como el nacionalismo literario que primó en la era de Trujillo y que luego fue recogido por la teoría marxista del compromiso literario. domina el procedimiento de los cuadros de costumbres. el hombre que en 1933 cambió para siempre la forma de escribir cuentos en el país con Camino real quedó excluido de esa antología a causa de su condición de exiliado político y líder del partido de oposición más importante en el exilio. de modo que casi todos los escritores y escritoras incluidos en la obra de Nolasco debieron leer los cuentos de Bosch. de Francisco Moscoso Puello. 203) dominan la estampa y el exotismo. Haré una lista de los textos que más se aproximan a lo que Bosch entendió por cuento. figuran en la antología de Nolasco. de Bosch. salvo una que otra excepción. ya que no cumplen con los rasgos que él ha dado a conocer en el prólogo a su libro: En “El forastero” (II. que el cuento antologado se encuentra en las obras de los autores que se citan al calce.INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes En la antología de Nolasco todos los cuentistas elegidos son funcionarios del régimen. publicado en 1933. aunque no siempre. Sanz Lajara. pero que el propio Nolasco les encuentra defectos. hombres o mujeres. Sanz Lajara no figura en la obra quizá debido a la ideología literaria del nacionalismo de la antología de Nolasco. 159). 37) y “El fugitivo” (II. con sus dos leyes de la palabra precisa para describir la acción y la fluencia constante. M. propios del realismo mágico. Aunque pocas veces Nolasco da la procedencia de los textos incluidos en los dos volúmenes. En “El regidor Payano” (II. pero algunos de los cuentos contenidos en este volumen vieron la luz antes de su inclusión en el referido volumen. Nolasco debió leer estos dos libros de viajes y cuentos.II. Aunque quienes siguieron su enseñanza y escribieron influidos por él (Hilma Contreras. Ramón Marrero Aristy. casi todos los textos son posteriores a Camino real. Virgilio Díaz Ordóñez. Nolasco 21 b) Visión de cada obra . para citar a los más importantes). pero las digresiones y desvíos a que el narrador somete a los personajes les inhabilitan para calificar como cuentos bien logrados. J. y que el lector puede encontrar en “El príncipe del mar” (I. se infiere. el primero publicado en 1949 y el segundo en 1950. 45). En “Ma Paula se fue al otro mundo” (II. se cumple el procedimiento de la estampa literaria localista. rasgo exigido por Nolasco. Los dos libros de cuentos de Pichardo son de 1917 y 1927. procedimiento que han seguido. Néstor Caro y José Rijo. aunque aparece el contexto local. la cual repugnaba por artificiales o exóticos los cuentos que trataran temas sin vinculación con la historia y la cultura dominicanas. de Ángel Rafael Lamarche. como son Aconcagua y Cotopaxi. de José María Pichardo. 179). Y sin embargo. pero contiene zonas donde la palabra precisa para la descripción de la acción no es la perfecta.

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

aplicó a los dos textos el principio de la moraleja sin moral rígida y los dejó en estampas clásicas regionales del Sur. “Los diamantes de Plutón” (II, 123), de Virginia Elena Ortea, es considerado por Nolasco como “un puente entre el cuento moderno y el cuento antiguo” y personificación del “mito heleno de Perséfone” (I, 10), carente de sitio y tiempo, defectos del modelo de cuento del antólogo, pero con “estilo sobrio, claro y animado”, lo cual no significa nada. “A mí no me apunta nadie con carabina vacía” (I, 29), de Julín Varona, tiene, al igual que “El forastero”, de Pichardo, el mismo mérito: la acción no se detiene nunca y las palabras que describen las acciones del personaje principal, Ismenio, y del asaltante, Benceslao, son las precisas. Este es un cuento de la estirpe de los de Camino real. El pintoresquismo del idioma del Sur es igual al pintoresquismo del español cibaeño que tan bien domina Bosch. Es una ideología lingüística de época, propia del realismo de la novela de la tierra. En “Cielo negro” y “Guanuma” (I, 43, 48), de Néstor Caro, coexisten dos temas boschianos –el buey y el diablo como personajes– cultivados desde Camino real con “La pájara” y reanudados en Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio con “El funeral”, “Maravilla” y “El Socio”. Igualmente, “La cuenta del malo” (II, 171), de Freddy Prestol Castillo, se queda en estampa del tema del diablo, muy ligado al cuento de camino que emigró al campo dominicano. En “La eracra de oro” (II, 131), de Virginia de Peña de Bordas, existe un mayor acercamiento a las reglas del cuento de Nolasco, pues la cultura taína empalma con la afrohispana como parte de la historia dominicana, es decir, que este texto responde a la exigencia de lo local, del sitio y tiempo, dominio del idioma y, también, a las dos leyes del cuento boschiano. Igualmente, responden a las mismas exigencias los cuentos “El centavo” (I, 39), de Manuel del Cabral, “La Virgen del aljibe” (I, 55), de Hilma Contreras, “Aquel hospital” (I, 79), de Virgilio Díaz Ordóñez, “Deleite” (I, 145), de Tomás Hernández Franco, y “Mi traje nuevo” (I, 163), de Miguel Ángel Jiménez. Con respecto a “La conga se va” (I, 123), de Max Henríquez Ureña, y “La sombra” (I, 139), de Pedro Henríquez Ureña, hay que decir que no responden a la exigencia nolasqueña de lo local, pues ambos textos están ubicados el primero, en Santiago de Cuba, y el segundo no determina sitio ni tiempo. Ambos responden a las dos leyes boschianas del cuento y en esta teoría no es pertinente la determinación del espacio geográfico o la fecha de la escritura para que un texto tenga valor literario, como lo prueban los cuentos de ambiente y época hispanoamericana escritos por Bosch, verbigracia “La muchacha de La Guaira”, “El indio Manuel Sicuri”, “El hombre que lloró”, “La muerte no se equivoca dos veces”, “Rumbo al puerto de origen”, “La mancha indeleble”, por no citar otros. Finalmente, el cuento “La bruja” (I, 189) anda cerca de la exigencia boschiana, pero hay digresiones y desvíos que matan el interés del lector. El texto de Gustavo Díaz “Dos veces capitán” (I, 73) es una ideología patriótica que cae perfectamente en la tradición al estilo de Penson o Troncoso de la Concha. Lo mismo se puede decir de “La cita” (I, 93) de Federico García Godoy. Igualmente, caen en las tradiciones dominicanas los textos de Antonio Hoepelman “Nobleza castellana” (I, 157) y “Honor trinitario” (I, 171) de Miguel Ángel Jiménez, ideología hispánica el primero e ideología patriótica el segundo, aunque este último tiene madera de cuento con final sorprendente. Pero en la teoría boschiana este es un rasgo que puede estar presente o ausente del cuento. El texto “El general José Pelota” (II, 53), de Miguel Ángel Monclús, y “Cándido Espuela” (II, 215), de Vigil Díaz, son, al igual que “El general Fico”, de José Ramón López, cuadros de costumbres de la época montonera o de Concho Primo.
22

INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes

En cambio, “Las tres tumbas misteriosas” (II, 149), ¿cuento gótico con moraleja sin moral rígida?, de José Joaquín Pérez, y “Una decepción” (II, 189) y “El proceso a Santín” (II, 196), de Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, así como “Humorada trágica” (I, 113), de Federico Henríquez y Carvajal, y “Modus vivendi” (I, 65), de Rafael Damirón, bien escritas, con las dos leyes boschianas presentes y con los requisitos nolasqueños en acción, son, sin embargo, tradiciones dominicanas en el mejor sentido. Los textos de Ramón Emilio Jiménez titulados “La escalera inesperada” (II, 179) y “Duelo comercial” (II, 183) son perfectos cuadros de costumbres pintorescos y picarescos, llenos de malicia cibaeña, de gracejo y humor. En “El sueño del guerrero” (I, 105), del general Máximo Gómez, existe determinación de sitio y tiempo (Cuba, Cuartel de la Demajagua, junio de 1889) y con una contra-ideología que recusa la matanza de los indios por Colón y los conquistadores del Nuevo Mundo y coloca al Almirante en un limbo o purgatorio donde expía sus crímenes, sin posibilidad de acceder al Paraíso. Y, finalmente, “Por qué el negro tiene la piel así” (II, 220) es, como su nombre lo indica, un verdadero cuento de camino, no exento de una ideología legendaria y mítica que no atina a explicar el racismo en contra de los negros sino por mediación de una fabulación. c) Visión de hoy Todos estos textos, sean estampas, anécdotas, cuadro de costumbres o tradiciones han envejecido con las circunstancias que les dieron origen. No han envejecido, sin embargo, “Floreo”, de Rijo, “Aquel hospital”, de Díaz Ordóñez, “Mi traje nuevo”, de Miguel Ángel Jiménez, “El centavo”, de Manuel del Cabral, y “Deleite”, de Hernández Franco. Hay que señalar que el envejecimiento no significa que no leamos dichos textos con curiosidad a fin de saber qué temas prefirieron nuestros escritores y cuáles teorías literarias e históricas pusieron en juego a finales del siglo XIX y un poco más allá de la mitad del siglo XX. Son documentos que simbolizan la arqueología del cuento dominicano y sus vicisitudes antes de llegar a las puertas del hecho-tema único y las leyes de la palabra precisa para describir la acción y la fluencia constante de Bosch. A pesar de las circunstancias de época, los cuentos que no han envejecido tienen un valor humano indudable y no han perdido el interés del lector gracias al ritmo que anima los sentidos y las acciones del hecho-tema único de cada uno de ellos.

J. M. Sanz Lajara5 : El Candado
Si existen dos temas ideológicos que definen la cuentística de J. M. Sanz Lajara, de acuerdo al diagnóstico de Manuel Valldeperes y al del propio autor, son el vitalismo y el americanismo. Esos dos leit-motiv son, por supuesto, conceptos pertenecientes a una teoría literaria: el nacionalismo literario, el cual surgió primeramente como metáfora política a partir del movimiento de independencia de las colonias americanas del imperio español y luego como
5 Ciudad Trujillo: Editorial Librería Dominicana, Colección Pensamiento Dominicano n.º 16, 1959, 154pp. Solo daré para las citas, el número de la página.

a) Visión del presentador

23

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

concepto literario con Martí, Hostos, Pedro Henríquez Ureña y una legión de escritores, filósofos y críticos literarios. Ese nacionalismo literario tuvo diferentes aplicaciones y resultados según la especificidad de cada república hispanoamericana. En el prólogo de Valldeperes al libro de cuentos El candado, el conocido crítico remontaba al año 1949 la aparición del vitalismo y el americanismo de Sanz Lajara con la publicación de Cotopaxi, libro de viajes y cuentos “de ambiente americano”6. (I) Pero Sanz Lajara toma estas nociones literarias de un discurso ajeno, pues en la presentación de su obra afirmó: “Alguien dijo, hablando de la vida (en 1939, DC) que en ella existe toda plasmación. Añadiremos que la fantasía en literatura está desapareciendo, si no ha desaparecido ya. Este libro se formó en la vida, con ella y de ella. Los hombres que voy a presentar cruzaron sus caminos con el mío. Las mujeres pasaron por mi puerta y algunas –¡benditas sean!– dejaron un beso, una caricia y una que otra lágrima, que sin dolor no hay sentido del propio destino.” ( (Ibíd.) La teoría y la práctica son dialécticamente inseparables. Por eso pasaron idénticas de Cotopaxi a Aconcagua y de estas dos obras a El candado con el nombre de realismo o verismo literario. Existe quizá un malentendido que es preciso aclarar. Cuando Sanz Lajara dice que la fantasía está en camino de desaparecer, si no ha desaparecido ya en 1949, en modo alguno se refiere él a la capacidad de imaginar, fantasear, crear mundos no vistos o que no existen en la vida real, sino que se refiere a un subgénero entendido como evasión literaria donde el compromiso del texto en cuestión es el olvido de lo político. Esa es la característica de la literatura frívola, de ensueño o light. Ni siquiera el cuento fantástico escapa a lo político, como podía pensarse, pues sus sentidos están orientados al prevalecimiento de la justicia en contra de los desafueros de los poderosos. Quede claro, pues, que los cuentos de Sanz Lajara son ficción, no documentos o testimonios históricos. Y las crónicas de viaje, aunque no son cuentos, están salpicadas de ficción, son más signo que símbolo. Algunos cuentos de Sanz Lajara podrán no tener valor literario, pero son una invención, no una crónica de viaje. El nudo de sus cuentos radica en la experiencia del otro, de los demás. Ese trabajo artístico de la cotidianidad es lo simbolizado en los cuentos de El candado. Puede decirse incluso que casi todos los héroes de los cuentos de esta obra son negros, negras e indios elevados a la categoría de sujetos. Aunque Valldeperes sí reparó en este detalle, no toda la crítica de la época lo hizo. Si bien lo puramente rural jerarquizado por la teoría de la novela de la tierra va de paso, en los textos de Sanz Lajara prima más lo semi-urbano y lo urbano con su constelación de pobres y grupos étnicos olvidados, los cuales constituyen un significante social. ¿Cuál fue la recepción de Valldeperes a los cuentos de El candado en 1959? ¿Con los términos de la Poesía Sorprendida? Oigamos lo que dice: “El americanismo de este libro –americanismo con anhelos y angustias para y por el hombre universal– no discrimina: presenta los hechos con toda su intrínseca e influyente veracidad. Por eso, precisamente, el hombre de América se reconoce en sus páginas. Se reconoce como colectividad con un destino común y con la sola ambición de este destino.” (III) Existen también ideas de época y puntos de contacto con el mesoamericanismo postumista de Moreno Jimenes y con la teoría y la práctica del cuento de Camino real de Juan
6 El prólogo no tiene numeración de página. Le he puesto números romanos para distinguirlo de los números arábigos de los cuentos.

24

INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes

Bosch. La vida del hombre o la mujer comunes es el tema por excelencia de los cuentistas del realismo dominicano. Ser humano y ambiente, según Valldeperes: “Y a descubrir esta felicidad, después de haber descubierto el hombre y el paisaje americanos –su naturaleza incitante–, tienden las inquietantes y sutiles páginas de El candado. A descubrir esta felicidad al través de la vida cotidiana, con todo lo que hay en ella de alegre y de bueno y también de angustia y sufrimiento.” (Ibíd.) Los rasgos pertinentes para el nacionalismo literario de Nolasco, Valldeperes y los partidarios de esta teoría son, como se ha visto, el ser humano y el ambiente, es decir, lo nacional, local o regional, la corrección conveniente, la originalidad como virtud y si universalizada, mejor. En la teoría de Bosch estos elementos pueden estar presentes o ausentes, pero no definen el valor del cuento, ya que solo el hecho-tema único, la ley de la palabra precisa para describir la acción y la ley de la fluencia constante constituyen la calidad de un cuento. Las características literarias de la escritura de Sanz Lajara han sido realzadas por Valldeperes, de la siguiente manera: “estilo impresionista, ágil; descripción clara y precisa; escritor de temple que sabe descubrir en la actualidad viva lo que hay de legendario en América, diversidad de tipos y temas americanos captados en un instante de vida, captación de la sana alegría de vivir, que es la gran esperanza y el gran estímulo del hombre.” (IV) Refuta Valldeperes la teoría que sostiene que “el cuento literario es la transformación de la verdad verdadera, al través de una mente apasionada, hasta convertirla en una mentira bella.” (Ibíd.) Para el crítico, Sanz Lajara es original y no se queda “nunca en el interés puramente descriptivo” y por eso “se mantiene en ese punto intermedio, vital y emotivo al mismo tiempo, entre el desprecio de los hechos, que conduce a un lirismo estéril, y la supervaloración de estos, que nos sitúa en el campo estricto del reportaje.” (V) El crítico literario también consideró que Sanz Lajara fue “un escritor original, de la estirpe de los grandes de América, porque contempla la vida con afán analítico.” (Ibíd.) Y agrega además que el autor de El candado “no desarma nunca la estructura interna de la realidad para narrar los hechos. Tampoco cae en el boceto costumbrista, porque en sus narraciones hay emoción.” (Ibíd.) ¿Cuáles son los rasgos de los personajes de los cuentos de Sanz Lajara? Valldeperes los ve de esta manera: “son reales, vivos, arrancados de la desnuda y aleccionadora realidad de cada día y el autor no los aparta, al darles vida literaria, de esa realidad, de su realidad. Son seres que no se miran vivir, sino que viven. Sus miradas se vuelven hacia dentro para verse tal como son, para mostrarse, en la plenitud de su vigencia humana, tal como son.” (Ibíd.) Otra característica de los personajes de estos cuentos, según el crítico literario, es que no presentan “el más mínimo atisbo de falsedad.” (V-VI) Ha encontrado Valldeperes que lo más impresionante de los cuentos de Sanz Lajara no son los personajes y su existencia real, “sino su vida espiritual, con todo lo que hay en ella de videncia y de presentimiento, de sugestión de otras vidas. Se trata de un trasunto de lo individual a lo universal y humano al través del cual trata de descubrir el sentido superior del hombre como paso seguro hacia la fijación de su destino.” (VI) Rechaza también el crítico la teoría de una obligada nacionalidad de los temas de la cuentística de Sanz Lajara. Valldeperes ve solamente en lo textos del autor prologado, “una necesidad intrínseca de su obra y, por consiguiente, un atributo de esta: la fuerza y la vivencia del origen. Por eso, a pesar del ámbito americano de los cuentos de Sanz Lajara, la presencia del dominicano está latente en todos ellos.” (Ibíd.)
25

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

b) Visión de cada obra A casi cincuenta años de la publicación de El candado, los distintos textos que componen la obra no han perdido su valor de época, excepto quizá “Ñico”, que se asemeja más a la tradición o a la estampa, si bien su técnica está elaborada con la recomendación boschiana del personaje central único, aunque las diferentes anécdotas contadas por Ñico a los niños, incluido el autor José Mariano, vuelto también personaje del cuento, disgregan lo que debe ser el hecho tema-único, si bien el hilo que sostiene las acciones corre por cuenta del mismo protagonista, quien es personaje-narrador. Mantiene la vigencia de los cuentos un humor que, manifestado de varias formas, produce en quien los lee una orientación del sentido en contra de la dominación y la injusticia que el sistema social y los poderosos ejercen sobre los personajes que pueblan el mundo americano que Sanz Lajara ha querido reivindicar, incluso en cuentos como “Curiosidad”, el cual no tiene que ver con un cambio o una crítica a lo social, aunque el personaje femenino ha experimentado una transformación de su concepción del amor al cambiar un sentimiento confuso previo entre amor y pasión que la había arrastrado a la infidelidad, a despecho de las razones valederas que pudo haber tenido a causa de la insatisfacción sexual en que la sumió su esposo, más interesado en los negocios que en el sexo con amor. Otras son las medidas por adoptar ante situación parecida, pero los personajes son lo que el texto nos presenta, no lo que quisiéramos que fueran, según nuestro deseo. c) Visión de hoy Pocos han sido los estudios que se han producido en la sociedad dominicana en torno a los cuentos, o incluso las novelas, de Sanz Lajara. Con excepción de las opiniones convencionales de las antologías y las historias literarias tradicionales, dos son los ensayos, que sobre este escritor –que vivió casi toda su vida en el extranjero en misión diplomática– han visto la luz en el país después de su muerte el 20 de junio de 1963 en Madrid7. Di Pietro ha sido el primero en llamar la atención acerca de la cuentística y la novelística de Sanz Lajara8 y el estatuto contradictorio entre su vida y sus textos literarios. La pregunta que se ha formulado Di Pietro es cómo Sanz Lajara, a pesar de escribir cuentos que plantean el problema social de campesinos, obreros y proletarios, no llega nunca a oponerse a la dictadura de Trujillo. El crítico ha analizado novelas como El príncipe y la comunista y Caonex y concluye en que la primera es una “pornografía política” y la segunda un “respaldo incondicional a la dictadura de Trujillo.” (Temas, 86) ¿Cuál ha sido la única teoría literaria que desde los griegos hasta hoy lee las obras literarias como un reflejo de la vida del autor? Desde los presocráticos, desde Aristóteles y Platón y todos sus epígonos hasta hoy
7 Véase “J. M. Sanz Lajara, su prosa de viajes y sus cuentos”, en Temas de literatura y de cultura dominicana. Santo Domingo: Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), 1993, pp.79-94. Di Pietro analizó parcialmente las novelas de Sanz Lajara en el libro citado y a “Caonex, una novela conservadora dominicana”, en Quince ensayos de novelística dominicana. Santo Domingo: Departamento de Publicaciones del Banco Central de la República Dominicana, 2006, pp.17-40. 8 Cabe realzar que la primera antología de cuentos que incluyó profusamente a Sanz Lajara (con cinco textos) fue La narrativa yugulada, de Pedro Peix. Santo Domingo: Biblioteca Nacional, 1981, pp.271-287. La de Diógenes Céspedes contiene un solo texto, “Curiosidad”, pero esta antología se fija esa cantidad como límite por cada autor. Santo Domingo: Editora de Colores, 1996, 1ª ed., y 2ª ed. Santo Domingo: Editora Búho, 2000. Los estudios académicos más serios hasta ahora son los de Di Pietro y el extenso prólogo titulado “Noticias”, de Andrés L. Mateo, a la edición de los cuentos de Sanz Lajara publicados en Santo Domingo por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos en 1994. Ambos autores partieron de lo ya hecho por Manuel Valldeperes en sus dos artículos sobre Sanz Lajara.

26

INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes

esa ha sido la norma, el método de las poéticas aristotélicas, cuya culminación cierra una época con Buffon cuando proclamó que el estilo era el hombre. Lo que hicieron después en los siglos XIX y XX las teorías del arte por el arte, la sociología marxista de la literatura y los estructuralismos lingüísticos y semióticos fue confirmar el dogma buffoniano. Pero la poética meschonniciana plantea, desde 1970, que casi nunca la ideología del escritor es la de su obra. La vida de los escritores está hecha de intereses muy contradictorios, de ideologías y creencias ancestrales que se remontan al seno de la cultura familiar, las tradiciones repetidas desde la infancia y de las cuales es muy difícil desembarazarse, sin que importen la inteligencia del escritor y los estudios realizados en prestigiosas universidades. Pero sea revolucionaria o conservadora, la ideología de un escritor no pasa como biografía a la obra, pues eso sería producir un reflejo mecánico que identifica y lee las obras artísticas y literarias como vida del autor. Cuando el escritor tiene conciencia de lo que es la obra como valor, ¿qué hace? Como su vida y sus opiniones carecen de interés para que figuren en su obra literaria, él o ella dota, consciente o inconscientemente, a uno o varios personajes o a estructuras del sistema del texto, de sentidos que se orientan políticamente en contra de las ideologías o creencias que funcionan como verdades en la sociedad y en la época donde vive el escritor o escritora. En este sentido, la poética meschonniciana postula entonces que existe una homogeneidad entre el decir-vivir-escribir del sujeto de la escritura y la obra. El sujeto de la escritura no es idéntico al autor. El primero es contra-ideología, mientras que el segundo es ideología. Son escasísimos los casos donde autor y sujeto de la escritura son homogeneidad entre el decir y el hacer y el vivir-escribir. Talvez José Martí sea un caso único en América. El siglo XX encumbró el mito de que el hombre era el estilo, es decir, que la obra literaria se explicaba a través de la vida del autor. Y ese mismo siglo XX acabó con semejante mito. Las obras anónimas, según ese cliché literario, jamás podrán analizarse, ya que no conocemos a su autor. Pero sabemos todo lo contrario, que esas obras han sido muy bien analizadas. En este contexto tiene sentido la respuesta que busca Di Pietro al analizar “Hormiguitas”, ese cuento de El candado que el crítico lee simbólicamente como un sentido político orientado en contra de la dictadura de Trujillo. Pero no es Sanz Lajara como diplomático al servicio de la dictadura quien es antitrujillista. Esto no se produce en toda su vida. Sus variados intereses no se lo permitían. Entonces, él, como escritor, consciente o inconscientemente, estructura dos instancias que en el cuento “Hormiguitas” simbolizan esa crítica en contra del sistema: a) el personaje del idiota, y b) la estructura del narrador, quien, en el sistema de la obra, distribuye en el discurso literario la crítica a las ideologías de época que el régimen encarna. Tales ideologías son analizadas casi en su totalidad por Di Pietro y Mateo, aunque este último manifieste en poco de recelo con respecto al método utilizado por el primero. Mateo dice entender la propuesta de lectura de Di Pietro, y “aunque sigue siendo una propuesta” o tesis, “parecería arriesgado asumir[la]. (“Noticias”, 29) Lo que produce la duda en Mateo es la doblez que Di Pietro imprime al personaje del idiota, el cual encarna la parte rebelde de Sanz Lajara como intelectual consciente de lo que sucedía durante la dictadura, mientras que el coronel encarna al Sanz Lajara diplomático, conservador, trujillista y ex miembro del Capítulo de la Falange en Santo Domingo. Esta es la tesis estilística que lee la obra literaria como reflejo de la vida del autor. En la poética se examina cómo está orientada la política del sentido que el ritmo ha organizado
27

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

en el discurso literario, pero a partir de instancias o estructuras del sistema semántico de la obra, no con conceptos prefabricados ad-hoc por otros discursos que no tienen nada que ver con la especificidad de lo literario, como es el de la biografía del autor. El resultado obtenido con el uso de conceptos extraños a la especificidad de la obra literaria es, como lectura, un determinismo político, histórico, social o biográfico que no pasa de ser una metáfora improductiva. Los cuentos de Sanz Lajara son una mezcla de hechos-temas únicos extraídos de tres canteras: a) la vida campesina, b) la vida de los indios y negros de los países latinoamericanos, y c) la vida semi-urbana o urbana de esos mismos países. La trashumancia como diplomático es la responsable de que Sanz Lajara, hombre extremadamente conservador, se volcara, aunque de manera paternalista a veces, a valorar desde su cuentística, la vida de la gente humilde. ¿Por qué eligió a los humildes si él provenía de la pequeña burguesía alta, de sangre española y enquistada con el trujillismo a través de Peña Batlle, cuya esposa, Carmen Defilló Sanz, era prima de José Mariano Sanz Lajara?9 En esto también el responsable, con la teoría y la práctica en acción, fue Juan Bosch, quien en 1933 les dejó Camino real como herencia a los escritores que surgieron después de su salida al exilio en 1938. La tesis de Bosch acerca del arte de escribir cuentos está implícita en Camino real, pero comenzó a hacerse más explícita en las notas de presentación que escribía para el Listín Dominical10 y finalmente el bosquejo en la revista Bohemia, de La Habana, de lo que habría de ser en 1958 el ensayo “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, publicado en la revista Shell, de Caracas11 y reproducido en varios libros, revistas y antologías dominicanas y extranjeras y desde 1964 en Cuentos escritos en el exilio (Santo Domingo: Colección Pensamiento Dominicano n.o 23). Esta es la herencia teórico-práctica de Bosch a los cuentistas de su país y desde su salida a Puerto Rico en 1938, él se preocupó por que sus mejores textos llegaran a manos de dichos intelectuales, ya fuera por mediación de sus amigos Mario Sánchez Guzmán o de sus colegas escritores Emilio Rodríguez Demorizi, Héctor Incháustegui Cabral, Ramón Marrero Aristy y otros, así como a través de viajeros ocasionales de extrema confianza y discreción. Por eso Sanz Lajara, Hilma Contreras, José Rijo, Lacay Polanco, Virgilio Díaz Ordónez12 y otros se beneficiaron de las ideas claras de Bosch acerca de cómo escribir cuentos y, sin duda, influyó decididamente en todos ellos y de todos fue amigo, relación que incrementó a su llegada al país en octubre de 1961. De igual manera, decisiva fue también su influencia en los cuentistas y novelistas surgidos después de la caída de la dictadura, pero esta influencia se atenuó un poco después de la irrupción del boom latinoamericano.
9 El dato de los lazos familiares con la familia Peña Batlle-Defilló Sanz lo confirma Manuel Núñez en su libro Peña Batlle en la era de Trujillo. Santo Domingo: Letra Gráfica, 2007, p.20. 10 En la carta dirigida a Silvia Hilcon (seudónimo de Hilma Contreras), de fecha 8 de marzo de 1937, están esbozados los grandes temas de la teoría del cuento de Bosch, tal como los conocemos hoy. Véase la carta en Hilma Contreras: La carnada. Cuentos. Santo Domingo: Editorial Letra Gráfica, 2007, pp.4-5. Para los escritos teóricos de La Habana que prefiguran el ensayo “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, véase su conferencia titulada “Características del cuento”, publicada en Mirador Literario. La Habana, julio de 1944, pp.6-9, reproducida en el libro de Guillermo Piña Contreras titulado Juan Bosch: imagen, trayectoria y escritura. Imágenes de una vida. Santo Domingo: Comisión Permanente de la Feria del Libro, t. I. pp.63-68. 11 Año IX n.º 37, diciembre de 1960, pp.44-49. 12 Hay que acotar que Bosch también fue amigo de Virgilio Díaz Grullón, hijo de Díaz Ordóñez, también buen cuentista que recibió la influencia boschiana, tal como él mismo lo confesaba a menudo y como se advierte en sus obras Crónicas de Altocerro, Un día cualquiera y Más allá del espejo.

28

INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes

Para cerrar este excurso, creo que El candado, con su cuento que da títulado al libro, así como “El otro”, “Hormiguitas”, “El milagro”, y el último titulado “Curiosidad”, cuya influencia es patente en “El gato”, de Armando Almánzar Rodríguez, donde el felino y Ernesto simbolizan el gato, mientras que el perro simboliza al esperado amante innominado de “Curiosidad”; y, el ratón, a la amante asesinada. En el texto de Sanz Lajara, la amante se transforma en un sujeto femenino, mientras que en el de Almánzar Rodríguez la mujer es una víctima de su pareja, Ernesto, quien la asesina al regresar a su hogar luego de pasar un rato donde su amante Julián. Este asesinato simboliza en “El gato” un castigo a ese tipo de relación amorosa, condenado también por los Códigos Penales, mientras que en Sanz Lajara dicha relación simboliza la libertad y el fin de la moral convencional sobre el adulterio. Es decir, que en Almánzar Rodríguez no existe ni siquiera lo que Nolasco llama, como atributo del cuento, una moraleja sin moral rígida, mientras que en “Curiosidad” los sentidos están orientados políticamente a la ausencia total de castigo moral. En uno ideología, en el otro contraideología.

Juan Bosch: Cuentos escritos en el exilio
Los antecedentes teóricos de “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos” que figuran como prólogo o introducción a Cuentos escritos en el exilio13 son la carta a Silvia Hilcon14 (seudónimo de Hilma Contreras) que figura en su libro de cuentos La carnada y la conferencia “Características del cuento”15, dictada por Juan Bosch en 1944 en la Institución Hispanocubana de Cultura16. Esos mismos “Apuntes…” son los que figuran como visión del presentador17 de los cuentos que integran los dos tomos de Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio marcados con los números 23 y 32 de la Colección Pensamiento Dominicano publicados en 1962 y 1964, respectivamente. En los “Apuntes…” existen pocas referencias de Juan Bosch a los cuentos de estos dos volúmenes. La mayoría de las referencias a estos y otros cuentos, escritos o no en el exilio, figuran en entrevistas posteriores concedidas a los medios. Las dos referencias más famosas son las que Bosch asumió cuando dijo que su dominio de la técnica del cuento se consumó con la escritura de “El río y su enemigo” y que consideraba
13 Santo Domingo: Julio D. Postigo e hijos, Editores, Colección Pensamiento Dominicano n.º 23, 1964. Fue publicado en forma de folleto en la revista Shell, IX n.º 37, diciembre de 1960, Caracas, como ya se dijo. 14 En La carnada. Cuentos, bibliografía ya citada. 15 Publicada en Mirador Literario, La Habana, julio de 1944. 16 En Guillermo Piña Contreras, bibliografía ya citada. 17 Existe una Nota de los Editores que sirve, más que de presentación, de advertencia a los lectores y, de ninguna manera, aunque contiene opiniones sobre los cuentos y los apuntes, puede ser considerada, en este contexto, como un estudio. Dice así: “Los cuentos del presente volumen no fueron seleccionados ni por el autor ni por los Editores. Se reunieron los que estaban más a la mano, entre los originales de Bosch, antes de que él pudiera reorganizar su archivo a su vuelta a la República Dominicana. […] Los editores recomiendan muy especialmente a los lectores interesados la introducción del libro que aparece bajo el título de “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, pues en esa materia hay muy poco escrito en lengua española, e incluso lo que sobre el arte del cuento, considerado el más difícil de los géneros literarios, se ha publicado en otros idiomas como material de texto para Escuelas Superiores y Universidades, es generalmente incompleto. Creemos que este trabajo de Juan Bosch es el más amplio producido por un escritor profesional de cuentos de todos los que se han publicado hasta ahora.”

a) Visión del presentador

29

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

que los textos que figuran en su libro Camino real, aunque aceptables, no tenían todavía la maestría de los que escribió en el exilio. Acaso tenga razón y los únicos cuentos que se salvan de Camino real sean “La mujer” y “Dos pesos de agua”, tan llevado y traído el primero por el realismo cuya ideología hace previsible el mecanismo de la escritura, y menor en el segundo cuento debido al trabajo de lo fantástico. Si se los compara con “La mancha indeleble”, “La Nochebuena de Encarnación Mendoza”, “El indio Manuel Sicuri”, “El hombre que lloró”, “Los amos” y “Luis Pie”, la apuesta política del sentido de estos textos de Cuentos escritos en el exilio es de transformación de las ideologías mayores de la sociedad dominicana y latinoamericana de la época: la crítica al partido único que es inseparable de cualquier dictadura de derechas o de izquierdas, en “La mancha…”; la crítica a la jerarquía militar y su espíritu corporativo en dictadura o democracia, en “La Nochebuena…”; la crítica a la justicia de los seres humanos prevista por los códigos en oposición al derecho natural donde las ofensas al honor se lavan con sangre, en “El indio…”; la crítica al racismo de los dominicanos en contra de los haitianos a causa de la enajenación ideológica, en “Luis Pie”; la crítica a la ética del deber y el sacrificio por la revolución opuestos a los valores del amor filial y familiar, en “El hombre que lloró” y, finalmente, en “Los amos”, la crítica a la explotación despiadada al campesino dominicano por parte de los terratenientes precapitalistas. Pero este excurso lo empalmo con los “Apuntes…”, lugar teórico donde todo lector de los cuentos de Bosch debe volver si desea constatar por sí mismo si la práctica de la escritura iguala y, luego, sobrepuja las ideas contenidas en el referido ensayo. En tres nudos de los “Apuntes…” debe concentrarse el lector de los cuentos boschianos para saber si estos responden al rigor implacable de la técnica: a) la ineludible ley de la fluencia constante, b) la ley ineludible de la palabra precisa para describir la acción, y c) el ineludible hecho-tema único. La primera ley, de la fluencia constante, consiste en que “la acción no puede detenerse jamás; tiene que correr con libertad en el cauce que le haya fijado el cuentista, dirigiéndose sin cesar al fin que persigue el autor; debe correr sin obstáculos y sin meandros; debe moverse al ritmo que imponga el tema –más lento, más vivaz– pero moverse siempre. La acción puede ser objetiva o subjetiva, externa o interna, física o psicológica; puede incluso ocultar el hecho que sirve de tema si el cuentista desea sorprendernos con un final inesperado. Pero no puede detenerse.” (1962: 31) “La segunda ley –dice Bosch– se infiere de lo que acabamos de decir y puede expresarse así: el cuentista debe usar solo las palabras indispensables para expresar acción. […] La palabra puede exponer la acción, pero no puede suplantarla. Miles de frases son incapaces de decir tanto como una acción. En el cuento, la frase justa y necesaria es la que dé paso a la acción, en el estado mayor de pureza que pueda ser compatible con la tarea de expresarla a través de palabras y con la manera peculiar que tenga cada cuentista de usar su propio léxico.” (1962: 32) Un rodeo antes de pasar al hecho-tema único, el cual es, junto a las dos leyes definidas más arriba, una de las tres características esenciales, necesarias, para quien desee dominar la técnica del cuento concebido como lenguaje (=tema), acción (=ritmo y economía lingüística o las palabras indispensables para describir la acción). El resto son los detalles o las variantes combinatorias asociadas a las tres características. Los detalles más importantes confluyen y están subordinadas al hecho-tema único y las dos leyes del cuento. Por ejemplo, la definición del cuento: “un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia.” (1962: 7)
30

INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes

Si el meollo del suceso o hecho carece de importancia, estamos en presencia de “un cuadro, una escena, una estampa, pero no de un cuento.” (Ibíd.) Según Bosch, “la importancia no quiere decir novedad, caso insólito, acaecimiento singular” (Ibíd.), sino que la importancia radica en que el hecho es de indudable valor humano o humanizado. La técnica es el ritmo y el ritmo es la técnica y esta consiste en “mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión, la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento.” (1962: 10) La técnica exige que si hay descripción, esta debe ser muy breve y debe poner de inmediato al protagonista en acción, física o psicológica (1962: 11) ¿Cómo evitar que el lector se canse o se aburra? Bosch señala que hay que colocar el principio a poca “distancia del meollo mismo del cuento”. (Ibíd.) Al citar a Quiroga, Bosch dice que “un cuento es una flecha disparada hacia un blanco”. (Ibíd.) Lo de la flecha, el aviador o el tigre que nunca se desvían de su objetivo son las metáforas con que Bosch define el cuento como unidad de un hecho-tema único y sus dos leyes ineludibles, todo lo cual significa que hay que saber comenzar y terminar un cuento, integrar al lector, atraparle y no soltarle: “comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, sin una debilidad, sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento.” (1962: 12) De detalle es esconder o no al lector el hecho-tema único, pero el buen cuentista lo hace con sucesos secundarios subordinados a dicho hecho-tema, con palabras o ideas ajenas al hecho tema o “el cuentista esconde el hecho a la atención del lector” (1962: 16) y “lo va sustrayendo frase a frase de la visión de quien lee, pero lo mantiene presente en el fondo de la narración y no lo muestra sino sorpresivamente en las cinco a seis palabras finales del cuento.” (Ibíd.) Para Bosch es menos importante un final sorprendente en el cuento que el “mantener en avance continuo la marcha que lo lleva del punto de partida al hecho que ha escogido como tema.” (Ibíd.) Cuando el cuentista escoge este tipo de técnica de ocultamiento del hecho, a lo cual se prestan todos los temas, tal procedimiento consiste, en quien domina la técnica, en llevar “al lector hacia ese hecho que ha escogido como tema; y que debe llevarlo sin decirle en qué consiste el hecho. En ocasiones resulta útil desviar la atención del lector haciéndole creer, mediante una frase discreta, que el hecho es otro.” (1962: 17) La literatura de enredo, sobre todo en la comedia y el teatro, es especialista en ocultar el hecho-tema, pero en el cuento el desvío no puede ser tan brusco que el lector pierda el interés y se canse o se sienta descaminado y confundido: “El cuento debe ser presentado al lector como un fruto de numerosas cáscaras que van siendo desprendidas a los ojos de un niño goloso.” (Ibíd.) Un hecho tiene varios ángulos, vertientes o perspectivas. Según Bosch, el buen cuentista “tiene que estudiar el hecho para saber cuál de sus ángulos servirá para un cuento.” (1962: 19) El hecho que da el tema deber ser “humano o por lo menos humanizado” y debe responder a valores universales positivos o negativos. (1962: 18) Otro detalle importante, según Bosch, es el que marca la diferencia entre novela y cuento: “en la novela la acción está determinada por los caracteres de sus protagonistas, en el cuento el tema es la acción.” (1962: 21) Esto determina, a juicio de Bosch, que “los personajes de una novela pueden dedicar diez minutos a hablar de un cuadro que no tiene función en la trama de la novela: en el cuento no debe mencionarse siquiera un cuadro si él no es parte importante en el curso de la acción.” (Ibíd.)
31

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

El lector y el tema del cuento están indisolublemente unidos. Son un significante y un significado, el anverso y el reverso de una hoja de papel. Si se corta la hoja, los dos componentes del texto –lector y tema– sufren la misma cortadura: “el lector y el tema tienen un mismo corazón. Se dispara a uno para herir al otro.” (1962: 22) En cuanto a las nociones trabajadas por Bosch en la tercera parte de sus “Apuntes…” (estilo como “el modo, la forma, la manera particular de hacer algo”), su concepto de la lengua como instrumento (1962: 23), su idea acerca del tema y la forma, su unidad indisoluble en música, pero no en la escritura (1962: 25), su creencia de que “en el cuento el tema importa más que en la novela”, son deudoras de la estilística dualista propia de las poéticas aristotélicas y de las cuales jamás saldría bien librado18, salvo en asuntos de intuiciones de escritor como la de que “el cuento es el relato de un hecho, uno solo, y ese hecho –que es el tema– tiene que ser importante, debe tener importancia por sí mismo, no por la manera de presentarlo.” (Ibíd.) El hecho es importante porque debe ser humano o humanizado y tiene categoría universal. El hecho es el tema y el tema es el hecho es un axioma que significa, en el método boschiano, una unidad indisoluble, es decir, una unidad dialéctica. Entendida la dialéctica como la contradicción indefinida, sin posibilidad de solución. b) Visión de cada obra La visión que tengo de los “Apuntes…” y de los cuentos incluidos en este volumen, y el de la crítica de mi generación, así como el juicio es, con respecto a la teoría, que esta será siempre una ayuda indispensable para los que se inician en la escritura del “género” cuento. Por lo menos, del cuento conocido y practicado hasta la época de Juan Bosch, es decir, el llamado cuento tradicional. ¿A qué se llama cuento no tradicional? Al que ha cuestionado los fundamentos esbozados por Poe, Quiroga, Alone, Chéjov y sistematizado por Bosch: el del hecho-tema único que obedece a las dos leyes ineludibles: la fluencia constante y la palabra imprescindible para describir la acción. Todos los cuentos de este volumen responden de manera irrestricta y rigurosa a esas tres características del cuento esbozadas por Bosch y él se aventura, en muchos de estos, luego de dominar el “género”, a navegar o crear todos los ardides y trampas que el buen cuentista avezado lanza al lector para esconderle el hecho y atraparle en su interés. Por supuesto, unos cuentos más que otros responden cabalmente al dominio de la técnica –teoría y práctica en acción– contenida en los “Apuntes…”. Por ejemplo, pienso en “La mancha indeleble”, “La Nochebuena de Encarnación Mendoza”, “El indio Manuel Sicuri”, “El hombre que lloró”, “Luis Pie”, “Los amos”, “Rumbo al puerto de origen”. En la medida en que la forma-tema del cuento se inscribe en el realismo puro, como “Los amos” o “Victoriano Segura”, las estructuras del sistema de los textos boschianos halan el sentido hacia soluciones morales binarias donde triunfa la fuerza del bien y se cumple el rasgo que Nolasco señala como “moraleja sin moral rígida”. En otros, como en “Los amos” no hay, de parte del sujeto de la escritura, condena moral en contra de don Pío, sino que se deja al lector, a quien se le ha presentado la acción, la posibilidad de orientar él mismo el sentido en contra de lo injusto del patrón.
18 Para la crítica y una valoración de las nociones y creencias literarias de Bosch en estos apuntes, véase mi libro Lenguaje y poesía en Santo Domingo en el siglo XX. Santo Domingo: Editora de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1985, pp.198-210.

32

INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes

Pero aquí habría que escrutar el juicio de un lector que sea finquero y tenga la misma ideología precapitalista y los mismos intereses de don Pío para constatar si el cuento suscita el mismo espíritu de indignación y revuelta que en un proletario campesino o en un pequeño burgués revolucionario. c) Visión de hoy La dimensión nacional del liderato político ejercido por Juan Bosch desde octubre de 1961 hasta su muerte en 2001 opacó, en el ámbito histórico y social, su dimensión de escritor y teórico de la literatura. Dentro de 50 ó 100 años, cuando las pasiones o el fanatismo de quienes él animó desde 1940 hasta la hora de su muerte hayan desaparecido del escenario de la República Dominicana, no es principalmente por su condición de político que Juan Bosch será recordado, sino eternamente por su carrera de escritor, al lado de sus grandes cuentos, su novela La Mañosa y su teoría del cuento. Su magisterio en la política y su efímero paso por el poder merecerán, dentro de 50 ó 100 años, la misma cantidad de páginas que un historiador dedica hoy en un manual de historia dominicana al gobierno de Ulises Francisco Espaillat o en Venezuela al período de Rómulo Gallegos. Los proyectos políticos de los tres intelectuales no cuajaron, no porque estuvieron muy adelantados a su época, como sugeriría cualquier racionalismo historicista, sino debido a los intereses que afectó el simple conocimiento de la catadura ética y moral de los tres presidentes. Lo político tiene un peso extraordinario, en la hora actual, para juzgar a Bosch desde esa tribuna y él mismo impuso ese ucase al declarar, siempre que se presentaba la ocasión, que había decidido abandonar la literatura desde el momento en que abrazó para siempre la política. De modo que en los dos partidos que fundó y que llegaron a ejercer el poder político del país, el primado de lo político ahogó lo literario y esta última práctica fue siempre vista como un complemento instrumental del líder político. Por supuesto, eso mismo ocurrió con Balaguer cuando al contrario de Bosch, que la abrazó para defender ideales en contra del patrimonialismo y el clientelismo, el hombre de Navarrete decidió, para resolver problemas económicos de su familia empobrecida por la crisis de 1922 al 29, abrazar la política al lado de Trujillo y abandonar la literatura. Para Balaguer la literatura fue siempre un adorno instrumental que prestigiaba al político y le daba un aire de intelectual culto. Este mito es una herencia del siglo XIX, sobre todo a partir del romanticismo y luego con el modernismo. La prueba de que este mito no funciona para los escritores de oficio es que allí donde los intelectuales o los escritores han gobernado, han dejado intacto, o lo han reforzado, el patrimonialismo y el clientelismo, las dos plagas que han impedido en Hispanoamérica la fundación de verdaderos Estados nacionales como los surgidos en Europa y América del Norte con los Estados Unidos y Canadá entre el siglo XVIII y el XIX. Tal como veo hoy el valor de las obras literarias de Bosch, es esta situación la que me lleva a considerar que será la literatura la que terminará imponiéndose como el rasgo distintivo de la personalidad de Juan Bosch. Sus obras teóricas, hijas del contexto y la cultura de su época, caducarán cuando las condiciones sociales que denunció hayan desaparecido. En cambio, sus grandes cuentos de valor literario hablarán por él eternamente.
33

No. 12

No. 13

el cuento en santo domingo
selección antológica
–Tomos I y II–

sócrates nolasco

no bastó para detener a los noveleros de allá. y antes que el romance. No parece reacción de pensamiento llegar a la conclusión de que no era indispensable esperar a que en Francia fructificara la escuela naturalista para que aprendiéramos a fijar en el marco del cuento artístico lo esencial de la vida circunstante. menos podía surtir efecto en el continente americano y en Santo Domingo. que lejos de restar interés universalizan. vástago desprendido del solar materno y sin frecuentes relaciones. Pero el cuento francés moderno. 1 Tomo I Noticias Preliminares En la página final del 2º tomo. Modelos sobresalientes para el estudio y la pintura de tipos. durante años aparecimos siendo de los rezagados en el cultivo de una expresión artística tan interesante. ofrecía la picaresca. fácilmente traslaticio. de Cervantes. y siguiendo los ejemplos del precavido y atildado don Juan Manuel. y a pesar de Santo Domingo ser primero entre las sociedades del Nuevo Mundo. escogidos con exigente y depurado gusto en 1890 por don Antonio Paz y Meliá. Aquel modelo de “cuento universal”. se incluye un ejemplar de Cuento de Camino. facilitando su lectura entre nosotros la colección traducida por el francófilo Enrique Gómez Carrillo.aparición y evolución del cuento en santo domingo Cuando la cultura medieval se iluminaba con los albores del renacimiento embarcó en España y llegó el cuento antiguo a Santo Domingo. de enseñanza y moraleja sin moral rígida. cuando los mismos peninsulares. En El Conde Lucanor vino además el cuento correcto. la décima y la copla. ni tienen patria ni residencia fijas: son veleidosos y las naciones alternan en la principalía. en donde lo conservaron sin esenciales alteraciones. Pero si alguno de nuestros hombres de letra. carecemos de testimonio. y bautizado con el pintoresco apelativo de cuento de camino. sin sitio determinado ni sabor regional. las Antillas pudieron producir cuentistas siglos antes de que el cuento y la leyenda se imprimieran en los países del continente americano. pertenecientes a los siglos anteriores al XIX. donde lo leerían muy pocos o no se le conocía. Si el florilegio de cuentos clásicos españoles. se entretuvo en un género que pasó a ser por mucho tiempo desestimado. Ningún lector ignora que el señorío de las artes y su irradiante influjo. locales. esquema o trasunto de aspectos de una sociedad de viejo refinamiento. de pronto no parece que estábamos preparados para aprovechar su incitación a fijar en dimensiones breves el calor humano y los rasgos distintivos. 37 . no continuara viendo el cuento español como arquetipo del género. tan pronto se formaron nuestras ciudades abandonó el vecindario urbano. ni juego descriptivo de una realidad impresionante. se refugió entre aldeanos logrando perdurar con variantes adquiridas. familiar y repetido para entretenimiento en las veladas nocturnas. y para entenderlo así bastaba con fijarse en Rinconete y Cortadillo. y no fue raro que a fines del siglo XIX el lector dominicano. Importadas sus obras y entregadas a la comprensión de un medio social todavía precario. pasaban a ser imitadores de los franceses. de espaldas al caudal propio.1 La aparición del cuento moderno fue en América un fenómeno tardío y de expresión vacilante. Alfonse Daudet y Guy de Maupassant acabaron siendo los favoritos. Autores y lectores cambian de gusto. se puso de moda. o folklórico.

su esfuerzo más apreciable: trazó con brío y le dio realidad local a un rústico mandatario de carne y hueso. a quien hizo al fin morir en improvisada forma. así como En Tu Glorieta (primer premio de certamen celebrado el 27 de febrero de 1899) sigue siendo la personalidad de la escritora. ¿Quiénes y cuándo le dieron realidad precisa al cuento en la República Dominicana? Los cuentistas que sobresalieron a fines del siglo XIX y a principio del XX fueron Virginia Elena Ortea. 38 . Pararon de repente sorprendidos por los cuentos de dos maestros del modernismo: Manuel Díaz Rodríguez y Rubén Darío. ocasionalmente don Federico Henríquez y Carvajal. y burlando la guardarraya entre lo suyo y lo ajeno. Con regocijada ligereza confundió más de una vez la anécdota con el cuento y no se percibe a simple vista si al contar consiguió todo lo que se propuso. Ulises Heureaux hijo. la carencia de realidad del personaje único y el olvido de lugar y ambiente. Que el autor fue un buen periodista. Castillo. Leónidas Andreyev. Andrés Freites. Luis A. Rafael Deligne. A pesar de la acción flaca. Lo más importante de ese ejemplar. Rafael O. culta relatora de sobrio. Augusto Franco Bidó. Galván. leídos con el respeto debido. Asombra que sin vocación ni necesidad tantas personas honorables se dieran a producir tan pobres frutos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Los críticos no han tenido oportunidad de decir que aquel modelo exótico produjo en nuestro país engendros endebles. la tentativa podría aceptarse siquiera como cuento antiguo. honestas señoritas y señoras. observadores de un mundo remoto y desconocido. Abogados. tendió un puente entre el cuento moderno y el antiguo. claro y animado estilo. de lo criollo. en su más acabada producción personificó el mito heleno de Perséfone (Los Diamantes de Plutón) y sin determinar sitio ni tiempo. Rafael Justino Castillo. Jacinto B. Amalia Freites. compitiendo por ser cuentistas llenaban La Revista Ilustrada de Miguel Ángel Garrido2 –1898-1900– creyendo seguir el dechado de Francia. Esteban Buñols. Acaso la facilidad adquirida en el ejercicio del periodismo se sobrepusiera. Pero es oportuno reconocer que con José Ramón López la literatura cuentística se inclinó hacia las costumbres campesinas nuestras. miró hacia adentro tratando de enfocar lo genuinamente nuestro. etc. con los primores de forma. y abundaron otros de significación menor. Luis Garrido. como enemiga. si interesara. De su producción literaria suelen encomiar El Loco. Amelia Francasci. Federico García Godoy. Del conjunto de sus Cuentos Puertoplateños no están ausentes los rasgos característicos y la naturalidad y gracia corrientes. y que por la misma pulcritud del apurado estilo en vez de animar trataban el posible impulso. aunque con desenfado notorio olvidó a menudo la corrección conveniente. igual que varios autores antiguos no creyó que la originalidad era virtud y a ratos se sintió heredero de don Juan Manuel. Al escribir El General Fico realizó José Ramón López. A continuación de Maupassant y Daudet vinieron obras de León Tolstoy. aunque dispersos en diferentes unidades. Luisa O. maestros que se entretenían y regodeaban jugando con el matiz. Prud’Homme. Jacinto de Castro. Fiallo.. “laureado en certamen con accésit al primer premio de prosa”. La primera. Bermúdez. E. Antón Chéjov. Pellerano. A pesar de sus defectos abundantes. El segundo. José R. Fabio F. los dominicanos le deben agradecer a López que en El General Fico se asomara a ver una fisonomía. a las cualidades exigentes del cuentista. etc. 2 “Cuentistas” y asiduos colaboradores de La Revista Ilustrada fueron Alberto Arredondo Miura. notarios. López. numerosos y afectados. los cuentos de Darío y Díaz Rodríguez pierden la gracia de productos de escritorio. Rafael J. afirman. que aparece en todos los propósitos de selección antológica realizados hasta la Colección Trujillo. comerciantes. José Ramón López. en su tiempo intacta. Todavía hoy. Máximo Gorki. Peynado.

para. quizás. El Príncipe del Mar.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Preciso y cuidadoso de las dimensiones. Seis cuentos en tan largo tiempo dan testimonio suficiente para convencer de que el venerado maestro y periodista. Fabio Federico Fiallo se evadía de la realidad presente para darle vuelo a su imaginación de poeta lírico a la hora de escribir cuentos. Escudriña. ensombrecido por el vaticinio de “la posible ingratitud de los hombres”. Encarna en Cristóbal Colón el afán de los descubridores. Fabio F. se entretuvo en él sólo en momentos circunstanciales. Discurre la acción de otros en ámbitos indeterminados. A uno de los que primero se atrevieron a mirar sin desdén esa forma literaria. ocupará Máximo Gómez el sitial de escritor que le corresponde. El crítico Juan Jerez Villarreal. Del moribundo romanticismo puso lo desmesurado y el escrutar mirando atrás. totalmente desconocida de él y de los demás dominicanos. Fiallo fue amigo personal de Díaz Rodríguez y Rubén Darío. Su relato de las andanzas y muerte de José Maceo tiene más valor de vida y emociona más que una de las Vidas Paralelas de Plutarco. cuando se tiene el don de escritor que era natural en Fiallo. de orgulloso abolengo dominicano. la saña y los trabajos imponderables de los exploradores y conquistadores y finalmente de los libertadores. prueba que en cualquiera modalidad se logran triunfos. vagos. El Sueño del Guerrero es página de campamento bosquejada en tregua nocturna (1898). para concurrir en 1909 a un certamen 39 . Abarca y pondera la suma de sacrificios a raíz de Martí y Maceo morir y. El último Quijote combate por cerrar la independencia del Nuevo Mundo. como premio. Cuando los críticos dominicanos rescaten nuestros valores literarios que ruedan dispersos en tierra ajena. El viejo posó ahí la garra y marcó su huella. elegante y casi siempre correcto en el estilo. Difundió sobre esta obra un hálito de simpatía tan sugestiva que hará siempre agradable su lectura. En su pésame a María Cabrales late tan profunda angustia que su lectura emocionará mientras el dolor exista. Pero tratar de Gómez escritor ahora es salirse del marco destinado sólo a las noticias y apuntes que anteceden a la evolución del cuento en Santo Domingo. beneficiarios extraños y de hostilidad disimulada. no se le debe excluir de una recopilación intentada sin rigor de florilegio. Sorprenderá que en el presente volumen figure Máximo Gómez entre escritores con un cuento legendario. El publicista Manuel de Jesús Troncoso de la Concha puso a un lado momentáneamente la leyenda. cultivada por él con pericia y jovial espíritu. porque fuera ante todo hombre de armas y no vislumbrara la importancia que el cuento alcanzaría en su patria después de cincuenta y ocho años de haber escrito. cuento de fantasía delicadísima. Don Federico Henríquez y Carvajal escribió seis cuentos en veinte y nueve años: en 1895 Un Rey Destronado y Dualidad de Amor en 1924. la mano fatigada se le cae sobre la pluma. aunque no desdeñó el género. que autoriza la Colección Pensamiento Dominicano. A uno de los más interesantes por el feliz desarrollo le encontró escenario en la Rusia de los Zares. en humanísimo señor endurecido en sucesivas guerras. pero se mantuvo romántico y libre del avasallamiento de ambos. ¡Y qué coqueteos! La descripción de la Batalla de Mal Tiempo no ha sido superada en la épica antillana. en resumen. ¿Capricho? Oleaje de pesimismo. Conoció sus cuentos. pero nunca en Santo Domingo. apuntó en Cuba irónicamente: —¡Y el viejo tuvo coqueteos literarios!… Fíjense: con menos desagrado hubiese tolerado él que le criticaran su estrategia que los frutos de su pluma”. del guerrero mandón la osadía con que Simón Bolívar dialoga todavía con el dios de Colombia sobre el Chimborazo.

con Margarita. El veterano ensayista y crítico Federico García Godoy escribió Carmelita y Sor Clara en 1898 y 1899. cuento de atisbos psicológicos. A continuación el poeta J. Quizás si aquella medalla de oro convenció al joven escritor de que la literatura es menos generosa que la política. 40 . El triunfo le sirvió de estribo para escalar posiciones en “la cosa pública”. aunque el fondo histórico del motivo hace olvidar el ambiente de la manigua. García Godoy no tuvo un capricho sin precedentes: igual que él procedió Cervantes enriqueciendo Don Quijote de la Mancha y Persiles y Segismunda. lo desprendió y puso a vivir aparte. había intentado realizar la novela corta. y en la antiquísima Ciropedia injertó Xenofonte aquella Pentea que. en que el autor redime a un seguidor del Gral. resaltan y para siempre jamás serán testimonio cierto de cómo fueron aquellos bosques vírgenes y terrenos exuberantes hoy convertidos en potreros y cañaverales. y en 1921 publicó Manuel Patín Maceo sus cuentos intitulados Serpentinas. El periodista y novelista Rafael Damirón incluyó en sus Estampas volanderas (1938) un cuento. Por fin en 1914. periodista. Nuestro don Federico García Godoy fue superior cuentista en capítulos de sus “episodios nacionales” que en sus cuentos de juventud. Todas sus grandes cualidades de escritor están palpitando en el ejemplar admirable que se inserta en la recopilación presente. o completamente desvanecidas. Nino. Henríquez y Rafael Vidal y Torres mantuvieron en certámenes las características y el realce adquiridos por el cuento moderno. El periodista Antonio Hoepelman vuelve la mirada atrás y refresca anécdotas y episodios insuflándoles vida y valor artístico. desvinculada de la obra histórica. Por aquel triunfo figura como uno de los primeros cultores del cuento moderno en la República Dominicana. se reproduce de tiempo en tiempo conservando vida fresca e imperecedera. y las buenas letras trocaron al escritor por un político alerta. ganado por el segundo. con Tindito (historia de un toro joven) premiado al primero en certamen de 1916. pero sobre todo. Díaz (1910) Dos veces Capitán. palpitan. conflictivos. viven. otro primer premio. y ya en 1888. Furcy Pichardo alcanzó otro galardón con asunto igual. en Guanuma –”episodio nacional”– intercaló un cuento que es joya de primer orden. Puntualizó el momento definitivo en que se deja atrás la creación carente de realidad humana. la embriaguez amorosa de los sentidos ante los panoramas y la maestría del narrador. confirma el cuento nacional la propia fisonomía. Enrique A. autor de Cuentos a Lila. El crítico Joaquín Balaguer. el insuperable don descriptivo. Del mismo tiempo es Manuel Florentino Cestero. Con medalla de oro le premiarona a Gustavo A. y por lo que en las letras dominicanas significa como trasunto de la vida colonial. Aunque su cuento El Tesoro de Moncada es más interesante por el enredo y el estilo vivaz. se le da ahora preferencia a Nobleza Antillana por el escenario y el motivo de sabor histórico. Pedro Santana en los azares de “la anexión” o eclipse de la soberanía dominicana. de nacionalismo auténtico. En el feliz ensayo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS y ganar el primer premio con Una Decepción. volumen publicado en 1912 por José María Pichardo. y con un relato de ardiente nacionalismo. de viejo escrito. No parece que Balaguer haya tenido la intención de agrupar en su Historia de la Literatura Dominicana a aquel veterano del periodismo entre los escritores que califica como pertenecientes a la Era de Trujillo. perspicaz y certero. Con Pan de Flor. que es acertada caracterización de un tipo de mujer capitaleña a quien el crecimiento de la ciudad y la multiplicación de las familias ricas descartaron de las costumbres y relegaron a la memoria de algunos sobrevivientes. se evidencian en su autor cualidades literarias postergadas desde entonces.

sin necesidad de recurrir al sistemático y devastador imperio de la fuerza puesto en ejecución por Fray Nicolás de Ovando y sus imitadores. ensayista. celebrado autor de Orégano (1949). Aquel Hospital lleno de vidas en orto y ya lesionadas. Atraído por una tentación del arte los enhebró en novela itineraria. sin que en ningún momento sienta que se le ha ensuciado el alma. Pero. por la fértil imaginación. de un Caleidoscopio de Haití loado en el extranjero. deteniéndose a meditar al término de cada cuadro. quien también ha completado su destreza de escritor durante los últimos lustros. o para niños. seguramente. bruñido y sugeridor. La indigenista Virginia de Peña de Bordas. Apunta el caso único en América. ¡Feliz el que sabe escribir cuentos así! Y llegan por fin los cuentistas de los últimos veinte y siete años. abre signos interrogantes a lo porvenir y nadie conseguirá cerrarlos sin perplejidad del ánimo. el rigor depurador de la idea y el castigo de la frase resaltan en sucesivos cuentos intercalados. de ruta. mata porque matar le parece prudente y adecuado. seguro de que ella lo protegió durante la acción sangrienta y ahora lo cubre bajo su ancho manto florecido de piedad. A la autora le interesó el tema indígena en aspectos diversos y solía apuntar con disimulo que aquella familia rudimentaria. se distingue sobre todo en el cuento de niño. por si acaso… promete ir de romero a Higüey. pero en verdad se sobreentiende que Ligio Vizardi es cuentista que no ejercita con franqueza su vocación. ni en el cuidadoso estudio de los motivos autóctonos enriquecidos de leyendas: la virtud superior de esta cuentista se transparenta en un don de ternura maternal. arrodillarse en el templo ante la imagen de la Virgen de la Altagracia. pero ningún adulto de elevación moral terminará de leer La Eracra de Oro sin internos sacudimientos. de endeble civilización. cuando no se extasía ante las bellezas parciales levantadas con señorío por el concepto ponderado y el adjetivo exacto. poeta. y pocos sabrían exponer la ansiedad que sus problemas suscitan en prosa tan comedida y clara. ¿Cuáles son los cuentistas sobresalientes que han llegado a la plenitud de sus facultades a partir de 1930? Anticipos admirables son Ramón Emilio Jiménez. Con regocijado humor individualizó y animó en 1930 el sentimiento religioso del dominicano “común” en un azuano que anda por ahí desempeñando el oficio de músico de oído y viviendo de lo que Dios depare… Canta. era fácil de absorberse por la española mediante la devoción a Jesucristo. visión panorámica de las islas del Caribe. para después. de la novela Cachón y de numerosos cuentos (Estampas Criollas). Que Tamayo fue implacable y duro defendiendo a los de su 41 . periodista. autora de la novela Toeya y de cuentos y novelas cortas. peca. estremece de entrañable misericordia. elegante y evocador. autor de un volumen de cuentos muy bien escritos que guarda con celo para que lo publiquen. rama literaria que ningún dominicano ha sabido explotar como ella.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Del mismo tiempo es el incatalogable y desconcertante Otilio Vigil Díaz. Preocupado por su existir presente. que arroba. hijos de pura emoción estética. Con esta fisonomía encantará a los niños. y Miguel Ángel Monclús: autor de ensayos sobre el viejo caudillismo. En el grupo figura Julín Varona (Julio Acosta hijo). El sentimiento de simpatía. No en el estilo. biógrafo. reza. En Archipiélago (1947). costumbrista y cuentista. Ligio Vizardi señala con emoción reprimida la dispersión de diez y nueve millones de seres humanos. la ductilidad del estilo vigoroso y su encanto de narradora natural. sin él incurrir en gasto… después que lo socorra la muerte. Prepara y aceita una carabina y. El lector se olvida de la concepción vasta. sintiendo fresca y aligerada la conciencia.

Está en el paisaje y en cada hombre y mujer que pinta y. de preciso equilibrio mental. Del mismo ciclo es Tomás Hernández Franco. sin ñoñería reviste a aquel voluntarioso brote de hombre con atributos latentes que en los días de prueba levantaron hasta el heroísmo al guerrero irreductible. que apunta el Eclesiastés. Con sus dos libros obtuvo dos ruidosos triunfos. sin trucos. si acaso le falta algo es un atisbo de la imponente belleza del Bahoruco y el vislumbre de esperanza. que la de ese cuadro. autocrítico. sin maestro. más que el tributo debido es la resurrección: la resurrección que perpetúa a una gran figura defensora en América del derecho a ser libre. En Mujeres Marrero no es el observador urbano que va con su libreta al campo a examinar y tomar apuntes para luego escribir. 42 . es La Eracra de Oro. Al sorprendente Ramón Marrero Aristy. En un volumen (Cibao) insertó cinco cuentos y un relato: Deleite. En la prosa de Hernández Franco se suceden las sorpresas desbordadas en rasgos bellos y desorbitados. como dijo el viejo Hugo. con particular lectura y a fuerza de tropezones. Comprueban la facultad extraordinaria que tiene para revelar al campesino hasta en los más íntimos repliegues y en los menores detalles. autor de la novela Over y de Balsié (libro de cuentos publicado en 1938) lo estampó en los días de su aparición un eminente crítico de hispanoamérica con sólo dos adjetivos: ignorante genial. el colorido y movimiento de muchedumbres. cuando se escribe con talento a nadie debe asustar. la realización cabal. Y Miguel Ángel Jiménez. la sutileza y un espolvoreo de fino humor. dos de sus cuentos: Balsié y Mujeres. cuya culebra vuelve ahora a formar el círculo por verse otra vez la cola. de Max Henríquez Ureña: cuento cumbre del realismo por la vitalidad. ni el que escribe saturado de vida rural: es un campesino más que tiene el don maravilloso de trasmutarse en cada uno de los personajes. evidentemente. autor de varios cuentos premiados y cuya creación –Mi Traje Nuevo– puede parangonarse por la concepción curiosa. comparables en el acierto de ejecución a La Conga se va. descriptor seguro. poeta. Revestir la imagen y las ideas de esa o de otra manera. fueran ya retazos de un traje viejo de nuestro joven impresionismo. y de elegante y esmerada prosa. quizás si varios giros de aquel cuento egipcio (La Historia del Náufrago) del Imperio Medio de los Faraones. con ejemplares de Antón Chéjov. Daba entonces la impresión de ser un guerrillero de las letras. Virginia de Peña lo limpia al presentarlo en edad adolescente. ¿Qué es lo que ha sido? Lo mismo que será… En el retorno eterno. que en los corazones de allá nunca se pierde. También pertenece a este período el cuentista José Rijo: cauteloso. cuando de súbito torció el rumbo y se dio entero al mundo de la política. “Tierra para llamarla mía… Patrimonio sin código con fronteras de Dios… Agrimensura de génesis en palabra de varón sin pecado por haber pecado mucho”. refirieron y se repite. Flor del indigenismo. Sumada como ilustración al lugar que hoy lleva el nombre de Tamayo. Al escribir esa pequeña obra maestra Jiménez se empinó hasta alcanzar insospechada eminencia. Manso no era. prosista brillante y relator bullente y salpicado de imágenes y giros impresionistas. El que estas líneas escribe es natural de la provincia Barahona y no conoce en las letras dominicanas copia más genuina de los campesinos de la región. él es también el niño de la batata. para producir el estremecimiento nuevo. creación particularísima de un caballo loco sobre el cual pasa el jinete “asombrado por el poderío inédito que siente agigantarse bajo las rodillas”.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS raza. Iba gradualmente cultivando el espíritu y ganando experiencia literaria. “Bolas de equilibrio sobre las pértigas las gallinas recontaban las plumas de sus alas sin vuelo”.

que aísla. así como los de Rijo. o el nervio poderoso del escritor. en cuento dramático. representativo en legaciones distantes: en la Argentina. y extiende la mirada al cuento con pretensión de revolucionarlo. y del Cabral es el cibaeño. En otra forma. que se rebela. En otro de los mejores cuentos de Caro (Chano) el personaje principal discurre sombrío y amargo como algunos tipos de Gorki. Quien tenga la suerte de leer sus cuentos. A simple vista se diría que al dejar el camino real por la vereda Dios no le 3 El crítico Pedro R. en el Perú. Sus personajes viven naturalmente. el renombre. Ceñido a lo que juzga indispensable. La reputación. El mal que Francisco Moscoso Puello expuso con criterio de sociólogo. siempre solitario. le trabajan y punzan iguales que tumores en cuerpo dolorido. escenifique y lleve al teatro. 43 . en Chile. Al disconforme las intenciones. preñados de problemas. cruzando océanos y en Tierra Firme. Autónomo cibaeño. ricos de ocurrencias oportunas. No importa que a la vez sea poeta de virtudes universales: en él todo se entremezcla y se le vuelve Compadre Mon. del ignaro entorpecido por la superstición al latifundio del extranjero ausente. de exuberancia vital y artista verdadero. en España y otra vez en la Argentina. desde antes de convertirse en ideas claras. tiene conciencia de la importancia que ha adquirido el cuento y con pulso firme desde las primeras líneas agarra y subordina la atención del lector con interés que se mantiene encendido hasta el final. a la carrera y en gran escala está remediándose. El cibaeño es un dominicano que difícilmente se desvincula de la república. que asoma en paisajes bien descritos y pasa de escotero. afortunadamente. elimina. y muchas veces valores de superior calidad quedan limitados en estrecho círculo. publicó en El Caribe un juicio nutrido de acertadas observaciones sobre Tomás Hernández Franco y su obra. La modestia es virtud literaria que no abrillanta ni después de la muerte. lima. están dispersos en los periódicos diarios: ¡infeliz manera de sostener la nombradía merecida! Entre los cuentistas jóvenes.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I A Tomás Hernández Franco. si no figurara ya entre los buenos escritores dominicanos. En cuento emocionante y breve (Cielo Negro) sugiere Néstor Caro problemas de los trabajadores en cañaverales del Este de la República. Sabe crear. Sus cuentos merecen que un dramaturgo los amplíe. En el más reciente (Guanuma) el misterio va rodeándolo todo gradualmente y el interés crece en un cuadro cuyo asunto central es la superstición de rústicos que cuchichean acerca de un jinete de vivir dudoso. contando con ojos anchos de azoro cómo pasaron en el Este de la República los pequeños labrantíos y las parcelas de bosques vírgenes. retoca. Hoy se imagina que no le basta ser así no más. la belleza formal o la recóndita simpatía a los explotados. Sus cuentos. Manuel del Cabral anda con su patria adentro. se adquiere frecuentemente por diligencia personal o aupado por propaganda de amigos. se plantea el drama apuntado por Prestol Castillo que. Contín Aybar. y de pronto el lector no sabe si admirar más la reducida exposición del drama contenido en cuadro tan limitado. le bastaría Deleite para mantener vivo su nombre.3 A continuación se distingue Freddy Prestol Castillo. a Prestol Castillo se le convierte en caso dramático. por su cultura y cualidades sobresalientes se distingue Hilma Contreras. comprenderá que la autora de La Virgen del Aljibe no necesita voces de estímulo ni adjetivos de ponderaciones. Es artista. pero ni se amanera ni aminora la amplitud e intensidad del sentimiento decididamente trágico. Pero suele suceder que en el convencimiento del valer propio haya un grado de soberbia. Néstor Caro es un escritor económico de frases.

o procura encontrarle al cuento fases nuevas? Cuenta. que desvirtúan. Pero… En 30 Parábolas y 12 cuentos lanza un libro que sobresalta como una casa de orates. pero los poetas guardan en la convicción de la grandeza propia talismán preservativo. irrumpen los abundantes de promesas: los nuevos. ¡El primero!… que entre intelectuales nadie se satisface en Santo Domingo sin ser el primero. avanzan con su carga de promesas que se cumplirán si trabajan más los motivos y no se engríen con los parabienes. para ellos también. no se columbra ni el más lejano peligro de que se pierda. como Edgar Poe: es abstemio. El autor medita sobre el fenómeno y luego se va detrás apuntando silenciosas interrogaciones. crece. no obstante. Descuellan varios y entre ellos Ramón Lacay Polanco alzando el brazo y enseñando su enamorada Bruja. Ellos se lo permiten. El autor no es un alcohólico. Almas. que le perturba. ¿Los demás?… Ganímedes sirviéndole a Zeus “el divinal licor” en copa de bronce. en el restaurante cercano o en la plazoleta. igualmente. Y siendo del Cabral un gran poeta. Impetuosos y ávidos de sustituciones. interviene en la conversación. se corporiza y se le escapa huyendo. lo alcanza a ver y reconoce que es verdad que “aquello” ha adquirido vida independiente. como entre estudiantes de término. sentimiento que es suma de fuerza y valores para la patria. cuento-parábola constreñido en sólo una página y escrito con sobriedad. espectáculo y divertimiento. intrigado. ¿Cuenta para asustar. ¿Qué autor extranjero ejerció influjo en nuestros cuentistas? Flor de entelequia es la originalidad absoluta. por divertirse. aunque Yepe y otras diferentes representaciones de la locura le superen por la forma literaria. alabada en el país y reproducida con elogios en una revista extranjera. experimentando el placer elevadísimo de sentirse compañeros. asomó en él un bromista macabro. en riesgoso pretil bailan un carabiné y son capaces de contagiar al lector que los analice. El instinto y la razón dialogan y dicen razones tan extrañas que el padre de las criaturas. le había salido a Cabral de un desdoblamiento de las ideas. En la calle. de José Espronceda. Señales hay. seres y cosas llenan el mundo con el fin único de servirle de escenario. a excepción de El Pata de Palo. Con menos de lo que a del Cabral está aleteándole en el cerebro le bastó a Maupassant para enloquecer y a Horacio Quiroga para acudir al suicidio. anunciando el día en que los escritores dominicanos aprenderán a entusiasmarse con la obra ajena. últimos en el tiempo. asistiendo a sus propios funerales y oyendo lo que opinaban del difunto. pero desde que en uno de sus poemas se vio de cuerpo presente. Penetra en la subconciencia y hurga hasta encontrar el asunto extravagante. Reclaman el sitial que les corresponde: el primero… En un grupo de escritores mozos. Se llama Odorico… Lo encuentra hablando con otro ser que. Y ahora. empinándose arriba.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS indica el rumbo. Entre los cuentos de Cabral que mejor caracterizan esa fisonomía figura Odorico. Mañana llegará. Lunáticos numerosos. Pero su hallazgo extraordinario es El Centavo. sequedad y sencillez dignas de un sabio. le obsede impulsado por “idea-fuerza” que de repente salta del cráneo. hasta en el de apariencia inofensiva se disimula un iconoclasta. que ningún pueblo ha conseguido: porque en el comercio espiritual las creaciones artísticas trascienden y repercuten por remotas que parezcan y en similares circunstancias suelen dar parecidos frutos. Puede afirmarse sin jactancia que el cuento criollo fue ascendiendo hasta encontrar madurez desde que 44 . el convencimiento de que aspirar a sustituir y ser el primero contrae el deber de estudiar y crear. revuelto. No conozco en castellano. otro que le iguale en interés y extravagancia.

que implican selección obtenida mediante examen comparativo de los ejemplares de cada autor. Labor ardua. cuando la sonrisa asoma en obras ingeniosísimas y del más fino humor –El Tren no Expreso – Mi Traje Nuevo– es florescencia equívoca de un viejo padecimiento con que el autor se ha connaturalizado. en la poesía y en el cuento encuentra el molde para su expresión más adecuada: no en la novela. Entre las provincias hispánicas del Nuevo Mundo ninguna ha corrido tantos azares. Responde a estas observaciones la recopilación que se entrega al público sin la severidad que requieren los florilegios. Y como el nativo no es trabajador tenaz. Es natural que los superficiales y los imitadores no abunden en una familia así. con excepciones muy respetables.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I el dominicano miró hacía adentro y comprendió lo suyo. El sano y jovial acento de un Manuel de Jesús Troncoso de la Concha. y ahora. en donde el cuento ha venido apareciendo con intermitencias y disperso en periódicos distintos y en fechas diversas. Pronto daremos a la publicidad otro volumen en el cual tendrán cabida autores de no menor calidad y reputación que los comprendidos en el presente. Librería Dominicana. es caso raro. 45 . o del Ramón Emilio Jiménez de Al Amor del Bohío. como la dominicana. y que a menudo aparezca en su producción la nota sombría. que obliga a prolongado esfuerzo. Fuimos un pueblo sin temprana risa. hasta mantener libres sus persistentes características y los matices diferenciales adquiridos al través de los sucesivos eclipses de su fortuna. entendiendo que el cuento en nuestro país ha alcanzado su plenitud durante la Era de Trujillo. realiza ahora un nuevo aporte como entusiasta colaboradora en la obra del desarrollo cultural que le imprime sin desmayo a la república de las letras el Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva.

por entre espinosas cercas de mayas. además del acostumbrado traje de penitente. mientras vadeaba una cañada. voceándole —¡Alto! Pero el vale romero se desmontó de su mulita. En las repletas árganas de su aparejo llevaba cecinas de chivo. en un par de muletitas de plata. Periodista. le salió repentinamente al encuentro el salteador que tanto temiera. 46 . entre Bayaguana y Hato Mayor. Al día siguiente partió de Las Charcas el bale Ismenio con su peregrinación hacia el lejano santuario de la Virgen de la Altagracia. Tenía puesto un antifaz de cuero negro de puerco y avanzó contra Ismenio con un machete desenvainado. ésta se metió en una espesura selvática tras de haber pasado. ¡Ladronasso! ¡La Virgen te pudra er caco con tu careta de puerco! Y le contestó el bandido: —Epérame ahí. y dándole la espalda al enmascarado. galletas de huevo. *Julio Acosta hijo (Julín Varona). quien le prestó un chispero en buen estado de uso. por donde. fundas de tostones de plátano y rosquetes de catibía.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS julio acosta hijo (Julín Varona) (N. Voceó el asaltado: —Mira. le dio el frente para desahogarse vomitando insultos que llenaron el monte circundante de resonancias de las enérgicas “erres” y “eses” de la pronunciación sureña. –se decía entonces– merodeaban los salteadores y no dejaban con sus alforjas a los romeros mal armados. hijo de la gran puta. pero sin un solo cartucho. Por este olvido se encontró indefenso cuando al oscurecer de una tarde. sin acompañante para no dividir su macuto de comida. no hubiera sido tú quien me sarrteaba. Autor de un volumen de cuentos inéditos. Esperaba apertrecharse. con la rapidez de un hurón. botellas de melado. Por fin compadeció al cantor el jefe de un baile de enramada. (pantalones y saco de áspera coleta). ¡Párate y no juigas! Pero cuando el salteador volvió sobre su víctima. café en polvo y calabazas y morritos para colarlo. Pero el tesoro de su peregrinación consistía. cruzó las poblaciones sin acordarse de los cartuchos. Yo no quiero las polquerías de tus árganas! Pero no te me bas a dir con tu carabina. Ismenio era muy pobre. si yo hubiera tenío mi cachafú carrgao. 1888)* A mí no me apunta nadie con carabina vacía El cantor vale Ismenio hacía cuarenta años o más que debía una promesa y no había podido cumplirla porque en aquellos tiempos se contaban hazañas de bandoleros y para viajar desde Las Charcas hasta Higüey tenía el romero que portar una carabina de las que se cargaban con cartuchos de pistón y llamaban chisperos. blancas panelas de dulce de leche. antes de entrar en la zona peligrosa. raspaduras. Animado en todo el camino por el contenido de sus canecas. Cabalgando en una mulita sanjuanera. siempre improvisaba alguna copla plañidera diciendo que iba a morir sin cumplir con la Milagrosa por faltarle aquella carabina. ex-voto que llevaba colgado del cuello para ofrendarlo ante el altar del santuario y cumplir así la promesa que había hecho cuando era vagabundo mujeriego y estuvo a punto de quedar tullido a causa de un mal paso entre “ellas”. y como vivía cantando mangulinas en las fiestas. a los tres días de caminata ya había vaciado dos de sus tres canecas de aguardiente. mendigando los cartuchos en los pueblos de su ruta. maihablao. Cuando creyó que había salvado la pelleja. a la carrera se puso lejos de su alcance.

uno se llamaba Sato Viejo. A ellos contó lo que una hora antes le había pasado por viajar “con este chispero que no tira”. y tener tres hijos que habían dado a una abuela de ellos. Por su parte. —Yo creía que con lo que le ha pasao. Finalmente se dieron las buenas-noches para entregarse al sueño y el huésped subió a dormir en una alta barbacoa bajo el techo de su albergue. La conversación se prolongó entrando los tres participantes en la intimidad de los informes biográficos. el sabor inconfundible del aguardiente preparado con hojas de ajenjo que llevaba en sus canecas. Pero la oveja escondida. Dios Todopoderoso siempre ayuda. el huésped supo muy poco de los parcos moradores del bohío. escudriñando con la vista el arma del huésped y expresando pena en la pregunta. —Yo me encomendé a la Virgen y bajo su amparo hasta su artar no paro. como en una revelación providencial. los cuales no tenían nombre porque todavía estaban sin bautizar. y si usté no desea benderla. la encontró en un bohío de aislados moradores de aquellos contornos casi despolvados. En cuanto a los perros presentes durante la plática.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Entonces su perseguidor. que saliera del monte y viniera al camino para que hablaran como buenos amigos y comprarle su carabina. —Béala en sus manos. pero en cuantico llegue a Higüey la mando a arreglar. su mujer e Ismenio se bebieron una botella de ron misteriosamente sacada de algún escondite. había quitado el martillo a su carabina. aunque había tenido incontables mujeres. Mientras hablaron en familia. y entre otros pormenores de su vida. Al paladear esa bebida el bale azuano recordó. entonces benga a mi casa que allá le podré dar cartuchos de una cartuchera que tengo llenesita. Dijo a Ismenio que todo había sido una broma para asustarlo. en busca de posada para pernoctar. Destornillándolo. su compañera Garrapata Sata. En este lecho se tendió encima de su carabina y no cerró los ojos. —¿Y está descompuesta? –preguntó el hombre de la casa. que nunca se había casado. como la zorra de la fábula le habló a la oveja. —¿Y con qué alfoja ba a seguir caminando? —Le pediré limosna a los romeros cuando nos pechemo. El hombre dijo llamarse Benseslao. Muy en la madrugada se levantó el romero y despertó a toda la gente y a los perros de la casa para darles agradecido el adiós. Sé que andando a pie llegaré con los pieses como mameyes de hinchaos y no me verá con la “ropa de promesa” que me han robado. Veló en la oscuridad y el silencio de la noche como gato desconfiado. usté se diba a debolbé p’alas Charcas. viejo santo. que por poco no lo cuenta. No más le farta el martillo. desde ellas habló con mucha dulzura en el tono de su voz. Entonces supieron ellos que el huésped se llamaba Ismenio de Jesús. hasta que se apagó la luz de un candil. no respondió ni se dejó ver del taimado zorro. el hombre de la casa. y los retoños de esta pareja todos meneaban el rabo cuando los llamaban Saticos. Andando un poco más. según les dijo. deteniéndose ante las mayas. y lo llevaba ahora en un bolsillo de su ropa como medida de precaución. hijos y nietos. Pero la buena siña Sinforosa no quiso que Ismenio 47 . Había entrado la noche cuando el vale Ismenio salía del bosque donde estuvo desorientado. —Yo le juro que se la quiero comprá legalmente. su mujer Sinforosa.

¡embustero! —Pero es con tu misma bala que te boy a tirar. con su promesa cumplida y su conciencia limpia de culpas. para reforzar sus pasos. Benseslao: –le dijo al muerto– lo único que siento es no poder sacarte ahora del buche los tragos de mi caneca que vaciates. tumbando al salteador de la montura. No me juches tu marío. su marido se excusó del viajero. —Dios se lo pague todo. Sinforosa. Y el solitario romero volvió al camino del Este. –la gente borracha– en la lobreguez del rancho donde se desveló. improvisó unas coplas de caminante: Soy azuano como epina. —¡Ja. —Agora si te quito el cachafú. —Hombre. ¡pendejo! Y le disparó certeramente a boca de jarro. ya armado caballero de chispero y machete. Benseslao. y mientras ella preparaba esa colación matinal.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS se despidiera sin tomar el café. lo atornilló en su sitio con una uña y la cargó con uno de los cartuchos que había sustraído de una cartuchera cuando la gente y los animales dormían. Poco después. talé la-lá. Asuanito cuar guasábara. ja! A mí no me apunte con carabina vacía. Y der pueblo de Las Charcas con la epina prepará. –dijo el peregrino al devolver vacío el morrito del café. a la orilla del mismo arroyo. Sinforosa. Allí se le apareció otra vez. Cuando hubo andado largo trecho. –le respondió ella con entonación cadenciosa de beata. Benseslao. hoyándolo esta vez con sus gastadas soletas. sacó de un bolsillo de su pantalón el martillo de la carabina. abocándole el arma. Tolelá. ladronasso! –le replicó Ismenio. recuerdo de la revelación providencial que había tenido Ismenio en la víspera de esta vindicta. al regresar. Tu serbana como er Soco. por tener que irse a sacar unos “biberitos del conuco” antes de que saliera el sol. despidiéndole anticipadamente. alejándose de donde había pernoctado. Entonces le quitó la careta y salió de las fauces del herido agonizante un tufo de aguardiente preparado con ajenjo. —Ya te llegó tu hora. ¡viejo mañoso! –voceó el bandido. el mismo salteador blandiendo su amenazante machete. Salía el sol cuando dejó de cantar y ya violaba el silencio mañanero del camino el rumor de la cañada donde el vale Ismenio había sido asaltado en el atardecer del día anterior. 48 . En este asalto cabalgaba en la mulita que se había robado. Tolelá. Pero dende hoy diré sin reírme como tú: ¡A mí no me apunta naide con carabina vacía! Y volviendo a montar su mulita sanjuanera prosiguió el azuano su camino hacia Higüey. con una aventura más que agradecería a la Virgen en su santuario dominicano y que contaría en Las Charcas. —La Virgen lo acompañe y lo libre de mal en su camino. Si me pinchas yo te rajo.

porque el centavo es un huracán de hierro sin piedad… Hombres y bestias huyen a las montañas. 1956. cubría ya la habitación de su amo. Ahora. rodea su casa. la poca humanidad que quedaba en tierra alta ve a Sequía andando sobre la gran moneda. Y una muda biografía: aquel centavo… Pero Sequía inquietóse… Iba a ver el centavo diariamente. Los huéspedes secretos. Y con las lágrimas que caían de la gente que estaba en las montañas. un impulso premeditado y dirigido. y como un agua sin cauce. En periódicos ha publicado varios más. *Manuel del Cabral: 30 Parábolas y 12 Cuentos . por A. En tanto.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I MANUEL DEL CABRAL (n. su gran masa de cobre se desplaza hacia los fugitivos. el centavo ya no cabía en las manos ni en la caja de hierro de su dueño. las dinamitas… Todo ha resultado inútil. Su silencio era cruel. pues donde el centavo se le quita un pedazo crece inmediatamente renovando lo perdido. de los poetas de la República Dominicana. La gente huye hacia el campo. de súbito. El centavo. Ciudad Trujillo. el avaro. Sangre mayor. Sin embargo. se quitaba la sed. C. De este lado del mar. en Impresora Dominicana. clap. Desesperado. Mas los picapedreros. NÉSTOR CARO (N. Manuel del Cabral es. clap. posteriormente.Talleres Gráficos Lucania. Año 1949. 1917)* Cielo negro El empujón del viento tiró las cañas a la vera del camino. Es doctor en derecho. Y el mundo comienza a morir bajo aquella extraña mole. ¿a quién comunicarle un hecho tan útil. en un rápido y extraño crecimiento. Chinchina busca el tiempo. Clap. 49 . amenazando rajar y derrumbar las paredes de la casa. La carreta. el centavo. La calle hecha ojos. fue inútil el silencio de Sequía. ni llanura. Su casa sólo tenía un ruido: el oro de Sequía. Un cuarto de siglo de poesía. volumen de doce cuentos. graduado en la Universidad de Santo Domingo. 1912)* El centavo Sequía. *Néstor Caro publicó Cielo Negro. Sequía el avaro. por momentos. Trópico negro. Y una mañana se despertó sorprendido: encontró que la moneda tenía el doble de su tamaño. rodea al avaro. Poco tiempo después. De pronto. no perdió dos minutos en dirigirse a su casa para guardar el último centavo que le cobró sin escrúpulos a uno de sus pobres inquilinos. Pilón. Sequía hacía astillas su silencio. con Cielo Negro uncido al yugo. sale su grito en busca de caminos. invade el pueblo. en una desenfrenada hinchazón derriba el caserón y. Se vuelven de metal calles y plazas. el de más nombradía en habla castellana. Vegetación y agua han desaparecido. El centavo por minutos crece más y más. Buenos Aires. El usurero era frío. Del Cabral ha escrito: Compadre Mon. da la sensación de que aquella fuerza sin límites es un instinto. tan valioso? Su dueño pensaba que aquello podría ser su gran mina de hierro. Pero. No queda hondonada ni agujero. sigue por los trillos con su ruido penetrante.

“Arre. ¡Desconsiderao! Estos blancos del dianche. por Dios. Marcial veía los cañaverales muy lejos y el árbol más alto lo miraba pequeño. entonces Marcial piensa mejor y pasa los días recordando a La Negra. “Atrinca. Así la vida te será mejor. ¿No es verdad. en donde la sombra del último vagón asecha la algazara de Leticia Sanetils. Cielo Negro!” “¡Eh. huida de la voz de Leticia. Cuando la miseria le golpea la frente. ¿qué quiere tú? Si te pasara dos o tres días entre el yerbaso del tablón aprenderías una cosa buena. vale Nonino. “Arre. la novia que dejó en el Sur con su palabra envuelta en un pañuelo. Cuando no son la fiebre es la raquiña. “Cierra. Cielo Negro! ¡Arre!” El cariño del boyero es ancho. ¿Comme sa va? ¿Tú ta bián? —Sí. No importa que sea estrecho el camino a los bateyes. —Marcial. Se recrea en la espalda de Marcial el carretero. he pasado todo el día meloso de una fiebre loca. ¡carijo!” El sol mira desde muy alto. Si espero la mejoría. Niña Linda!” “¡Empuja Bagoruno!” “¡Arre. 50 . Nino. Si te oye un yuncú1 tienes que desgaritarte… Nonino. Cielo Negro”. aún queda un borrón de sol trepado sobre la tarde. La noche va cayendo sobre el silencio y sobre los hombres… Como luceros encendidos con luces de brujería. Hombres y cañas de azúcar. los fogones le hinchan el hambre a la noche del batey. el capataz saborea comentarios de la gallera. tráila. —Ay. y esta mañana le puse la mano a una palma verdecita. el muchacho aguador. carretero. —A este buey lo quiero porque me entiende. bueye”. —Bon nuit. carretero. clap… —”¡Sube. —Sí. Cuando la carreta de Marcial entra en el batey. Las voces de los peones surgen apagadas y sin eco frente a la bodega. No sé por qué le pusieron Cielo Negro. —Usté siempre quejándose. como los brazos abiertos del cielo. carretero? —Agora en el pago mandaré por ella. pasarán muchas zafras y cuando venga no servirá ni “pa oír los truenos de mayo”. Hombres vencidos antes de ganar la esperanza. carretero. cuando llegó La Negra del Sur. Niña Linda”. Bagoruno”. Se vive mejor entonce. pronto traeré mi negrita. sol y tierra negra. “¡Arre. —Le dije que la quiero y tengo que traerla. Cuando cantaron los ruiseñores la carreta de Marcial resbalaba ya sobre la grama: Clap. cae sobre la primera lamentación de Nonino de Vargas. —Cuanto antes.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —”Sube. pa que viva conmigo. Marcial. Cuando llamo mueve las orejas y mira por debajo del yugo. Cielo Negro? En el “tiro”. Bon nuit. agitando su látigo de fuego. Ya no espero más. cruza el potrero cercano. Después que uno cae en este infierno no le queda otro camino. estoy bien. La última palabra. carijo!” El sábado en la tarde. La bomba suena lejos. clap. Marcial. —Cállate. —¿Cuándo venez tu negrita. 1 Yuncú: hombre poderoso. Leticia.

Marcial. tiene que ir usted… Hasta luego. si Marcial le hubiera pedido siquiera un beso. te llama míster Bauer! Que vaya en seguida –anunció un peón sudoroso. Niña Linda! ¡Atrinca. En la madrugada Marcial regresó con Cielo Negro. y la chicharra echaría su grito feo en la alforja sin fondo del potrero. qué mujer se ha echao ese hombre! —Nonino. ¡Válgame Dios. —¡Cierra. Usté porque no ha dío. Desde lejos llega el ruido de la carreta: “Clap. Ya no volverá hasta muy tarde. Cielo Negro! Guanuma El llano verdeante está frente a los altos piramidales de Guanuma. Aquella noche –pensaba Marcial– en la casita dormiría el amor bajo los luceros. Marcial. es que pa los laos del Sur la mujer sabe a canela. porque había estado libre. —… Pero míster Bauer. Bagoruno! ¡Maldito seas. prieta linda. Niña Linda! ¡Atesa. Yo mandaré a Nonino. clap. ¡Libre! Sí. pero sacudió los potreros con sus mugidos y vio en una cerca distante a su amigo Cacha e Palo. Marcial no pudo decirle que había llegado La Negra. La casita de Marcial está pintada de cal. ¡Maldita noche! ¡Maldito Cielo Negro! —Negra linda. —No. clap”. Marcial lo sigue con el lazo. como un ángel. junto al camino que conduce al abrevadero. pero el pensamiento se le quedó con La Negra en la casita pintada de cal. maldito Cielo Negro! ¡Cierren. Esta gente no respeta ni los domingos. El buey volvía amarrado. el amor del Sur. despierta. venía amarrado. clap. pero traía la cara levantada. Cielo Negro es un buey manso y cualquiera puede amarrarlo. clap”. La silueta del amo blanco. —¿Ha visto a Cielo Negro? —Va p’arriba. El rocío le besa los pies al infeliz carretero mientras suena la carreta: “Clap. Su Negra del Sur. —”¡Eh.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Llegó La Negra de Marcial. ¡Es linda como la flor del cajuil! ¿Le viste los ojos. El de Marcial y la negra bonita. Dame café que ya es hora de volver a la lucha. Bagoruno! ¡Atesa tú. Hace tiempo que lo vide. Entre los cerros el camino alargado hasta perderse a la vista es sitio frecuente de “propios y recueros” que pasan cantando bajo espléndida luna o abrasados por el sol de fuego que hacia el mediodía 51 . Marcial traía los ojos como brasas. Hubiera sido distinto. por la ventana asoma la cara linda La Negra. Los luceros de la noche lloran la suerte de Marcial. temeroso de que Marcial crea que ha podido ayudar a Cielo Negro. El sol se esconde tras una nube gruesa. Dame café. Aquella noche querían treparse sobre el techo de la casita en donde estaría durmiendo. con una rosa en la selva negra de los cabellos y una sonrisa más blanca que la leche de la vaca moruna. Belarminio? Son grandes y con ojeras. carijo! ¡Cieeeerren!” La Negra linda llora en la casita. —¡Marcial. jamás se pareció tanto al demonio como entonces. Los luceros vagabundos mirarían la casita con el rubor de los niños. La casita blanca estaba muerta de frío con el techo mojado del sereno.

¿Quién es el Pancho Valera mentao?. varón de la madrugada y de los amaneceres. Usa sombrero de cana Y espolines plateaos… El caballo conoce el terreno que pisa y parece que cuenta las piedras del camino. La voz del “socio” se anuncia en un trueno lejano que cruza veloz por todo el cielo asustando las nubes. parecen preguntar los truenos que resuenan a lo largo del cielo de Guanuma. El Pancho Valera mentao ha visto morir a su lado a “propios y recueros” fulminados por los rayos que le temen a él. el de esta tarde. o será un “parejero” con sombrero de cana que hace sonar las espuelas al pasar ante los ojos de una mujer? Más que al trueno los lugareños le temen al rayo. la esperanza y el querer vivir mejor de los hombres que trabajan la tierra alta de Guanuma. Pero después de todo con afán y con urgencias. Su sonrisa es de caimito Y el maldito es bien plantao. ¿Será uno de esos que detienen aguaceros con cruces de cenizas y señales de oración. 52 . con una sonrisa para todos los días y un alegre cancionero en la mochila. Detrás de la sombra rueda discreto un inmodesto cantar: Pancho Valera es mentao En el alto de Guanuma. Se sabe bien enjaezado y ya quisiera soldar su figura de bronce animado a la de su erguido jinete. al igual que en un ladrillo machacado. En cada rezongo del potro cansado se agrietan. celosa laguna con la pupila de aguas azulosas y el fondo lleno de fango asesino. que va siendo legendaria. Supremo vigilante del alto Guanuma. el llano del frente es verdeante y por él. Con el favor del sol la figura de un jinete comienza a escalar el alto. macho sin entrega y sin lunares. Ni come en plato prestao. Unas recostadas sobre las habladurías de los compadres y otras inverosímiles y crueles aferradas a la noche del viajante con luciérnagas y duendes que espantan el silencio. antes de perderse entre las lomas. don Cefe. La brida se estira junto al cuello de la bestia y sangra la boca de donde partió el relincho. pasa el Pancho Valera mentao. que tiene arreglos con el “socio” y viaja en la noche con la sonrisa de siempre y el cancionero madrugador.  Sol muy alto. Los lugareños de los altos piramidales de Guanuma bajan al llano por el afán y las urgencias. que no da tiempo a morir con oración. El Pancho Valera mentao palidece antes de musitar respetuoso: —Buenos días. Frente al rancho de Ceferino Constanzo un relincho sugiere la presencia de la hembra esclavizada al cabestro. Badalillo es solamente un manso hilo de agua que sesea en el llano antes de hundir la cola en Charcambrienta.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS se prodiga en los lugares. No le importan pareceres. Es camino con historias.

el de los espolines de plata y el sombrero grande de cana.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Para oír solamente. Tiene las mismas cosas de Badalillo. En el pico de Santa María la lechuza dirá su deseo y en el instante. En el alto. Los vecinos imploran al sueño que les haga olvidar las historias llenas de duendes que recorren todos los caminos. Yo recuerdo el lance que tuvo en Mata María con el Negro Trinidad. apenas si hablan los lugareños. Pálido hasta parecer febril el Pancho Valera hunde sus espuelas en los ijares del caballo y se aleja dejando a su espalda un hálito de misterio que se acuna en el silencio. El sol acabará muy pronto su tarea y luego vendrá la noche. —A Ceferino Constanzo no le venden ésa. y hasta bebían tragos de la misma botella. secar el cuchillo con el pañuelo. Observen que cuando me mira se pone pálido. —El Valera es hombre de cuidado. en el “casi ya” de los vecinos. sólo él con un farol pintado de rojo. irá cuesta arriba y cuesta abajo con los ojos desorbitados como le gustan al “socio”. pero a este hombre no le temo.  53 . Sobre los árboles caerá un rosario de avemarías y todos los vecinos se persignarán y pedirán clemencia a las ánimas. Después… se vido al Pancho Valera. el tú o yo en este sitio– y cuando el Negro Trinidad quiso aclarar el punto. pero eso de tener líos con un amigo del “socio” y quedarse uno sin una tumba en el cementerio no me parece negocio. La otra noche lo vieron hablando con el “socio” y cuando se dio cuenta de que lo miraban hizo una señal y donde él estaba parao lo que encontraron fue candela. —No diga eso. Si está condenao con el “socio” cuando menos a mí me respeta. —El padre de toos los cuentos es el mismo Valera –informa una voz en el rancho que está frente al pico de Santa María. el varón del sitio. se oirá un grito largo. que sea con Valera. porque es amigo del “socio” y le tiene el alma vendida por unos cuantos placeres. que entonces no era mentao. Los dos dizque eran buenos amigos. Pa’mí to lo que se dice de él es mentira. En el silencio ilímite del alto Guanuma. —Esos cuentos los ha inventao él pa’cojerse el sitio. coquetea y coquetea. adolorido. Valera. treparse al caballo impaciente y seguir sin rumbo como un pedazo del viento. Estampa fuerte ésta del encuentro del Pancho Valera con Ceferino Constanzo. don Cefe –contesta alguien desde un rincón cuajado de sombra espesa. Si ocurre algo. —Pues a mí… que me reviente la rueda de una carreta en el camino o me parta un rayo en el conuco. replica con bríos Ceferino Constanzo. pero vino la mala –el “no te mereces mis atenciones”. sólo él es capaz de asomarse a los caminos en las noches largas del alto Guanuma. Pa’pleitos no tengo agallas. –comenta con lengua temblorosa Simeón el higüeyano. y si uno le coje confianza lo empuja pa la laguna. ya tenía el acero en la barriga y los cuajarones de sangre le cerraban la garganta. proferido por los difuntos. El camino quedará borrado durante toda la noche y abrirá sus precipicios a la voluntad de los duendes. Ceferino Constanzo es altivo y clava su mirada de fiera en el hombre que tiene arreglos con el “socio” y llama Relámpago a su caballo. un seco: —Buenos días. ¿Quién anda en la noche en el alto de Guanuma? Sólo el Pancho Velera mentao es capaz de recorrer todo el lugar. Lejos de parecer contrito y respetuoso.

tan callado y sombrío. profesora de francés. un escalofrío de renacuajo le recorría la carne húmeda. A veces. T. a él atribuían todo lo malo que en el pueblo acontecía. Ciudad Trujillo. 1953. roncaba su garganta de batracio. 1955. Stella. Desde los cielos. se contorcía en su ámbito. Y el maldito es bien plantao. baja con ellos la última ocurrencia: —El Pancho Valera mentao ya no vive en el Alto de Guanuma. luceros semiapagados miran hacia el camino irregular que se pierde entre los altos piramidales. porque en los pueblos existe el culto del barroco narrativo. Pero el abandono de la gente tórnase maldición para su vientre. Usa sombrero de cana Y espolines plateaos. entregada al temporal en un desborde de lujuria.. A lo largo del camino el silencio se divisa. 54 . un aljibe. que siempre se asusta al caerle encima la violencia del chorro de los caños. ¡Se lo llevó el diablo! Sobre el llano verdeante el viento silba un inmodesto cantar: No come en plato de naide. Edit. Impresora “Arte y Cine”. y el ensayo: Doña Endrina de Calatayud. agorero. Todos conocían el motivo de ese abandono y tácitamente velaban por el mantenimiento de la interminable cuarentena impuesta a la vieja casona. y a él pedían cuenta de los sinsabores padecidos por los moradores de Cueva. Lentamente bajan del Alto Guanuma hombres que buscan en el favor del camino la satisfacción de las urgencias. Dentro de la cisterna dormitaba el agua. crecía incontenible. abusaban de la pasividad del aljibe. C. Las gotas de rocío dormidas sobre las hojas de los árboles ven pasar a los recueros recién salidos del sueño de la madrugada. y en una hemorragia bullente. A medianoche se oyó en el sitio el galopar de un caballo magnífico y un grito prolongado. Si sobrevenían aguaceros torrenciales.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Amanecer distinto éste del Alto Guanuma. y en las épocas lluviosas. a fuerza de tejer y tejer suposiciones y comentarios. *Hilma Contreras. el aljibe lo pasaba mal: el agua. 1913)* La virgen del aljibe En el lugar había una casa abandonada y en la casa. Ha publicado: 4 Cuentos. con mechones de lama sobre el rostro cuadrangular. vomita sapos y mosquitos. La memoria pueblerina es prodigiosa. salía al patio por la nariz del aljibe. Todos los lugareños van contritos y azorados hasta donde lo exige el menester. Imposible pregonar la última ocurrencia. Así. lleno de miedo. La noche estuvo cuajada de sombras espesas y los perros aullaron como nunca. HILMA CONTRERAS (N. la verdad y la fantasía se confundían. La malquerencia local llegaba hasta la calumnia. en el silencio nocturno semejaba un tiroteo contestado por la carcajada tosigosa del zinc. En el decir. A tal punto subió la agresividad que por las noches apedreaban el ruinoso caserón. de lo misterioso que va de mano por el mundo con la tiritante superstición. y como aquella doncella envidiosa de los cuentos. El agua de aljibe es una virgen agreste.

abordaron el sitio en masa. El primer día casi alcanzaron el agua con las manos. Ese viernes amaneció nublado. Mas. Y vino temprano al aljibe con un baño de zinc a cuestas. dos. Desde entonces la gente le sacaba el cuerpo al callejón “Córdoba”. es casi castigo inquisitorial. que la había heredado de su abuela materna. no era tan tonto el favorecido. para dar de beber a sus poros calenturientos. Uno a uno se habían tuberculizado los miembros de la familia en esa casa. por fin iba a llover. Una vez segados por la guadaña niveladora los herederos legítimos. Sólo Prudencio. nadie la quería. agua y más agua. Y no dejaba de tener sus razones el viejo sacristán. vigilaba sobre los solares que componían el resto de la cuadra. mas la sed la mitigaron. a todos. Pasaron varios días. Del cielo no caía ni una gota. El estruendo del cántaro en el fondo. Porque lo estaba. Dos meses sin lluvia. —Déjenla ahí –dijo entonces el sacristán–.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Sí. La casa pertenecía al sacristán Prudencio. y uno a uno habían salido de ella para el cementerio. bajo un cielo de infierno. Necesitaba agua. Los pobres recurrieron al aljibe abandonado. pero se temió una explosión en el puesto de gasolina contiguo. cuando el sol. casi tres. y la sed y el hambre diezman el ganado. y por último esa historia siniestra del aljibe. como un centinela rubicundo. ni tan ávido de bienestar. Tal desgracia les había acaecido a todos por testarudos y apegados a la propiedad. Pero no la vivía. los tres o cuatro choferes de Cueva preferían abastecer sus carros de gasolina a cualquier hora del día. no había que pensar en alquilarla. Los tanques se secaron. El cántaro sonó en la oquedad como una profanación. la burla del agua pajosa y gusaraposa dentro del baño. y en los recodos bostezaba una lama pestilente. y con retemblores contra el brocal. Como la cobardía individual suele trocarse en valor colectivo. además del provocado por el temor al contagio. se abstuvo de probar el líquido embrujado. 55 . Pero ya Prudencio no podía más. la abuela se la donó al nieto de la orilla. La corriente del riachuelo se afiló hasta la ridiculez. El agua andaba escasa. unos gemidos muy quedos que erizaban los vellos a los trasnochadores. Una rigurosa sequía se había apoderado de Cueva. y en lo que discutían si derribarla o no. y de ahí el miedo supersticioso de los moradores. ¿Y si no llovía? ¿Cuántas veces anunciaron lluvia las nubes y no la dieron? Era indispensable que se bañara. que era algo anormal y muy cobarde. pero era por culpa de los hombres. el aljibe de la casona estaba maldito. Por algo se llamaba Prudencio. fruto de los amores ilícitos de su hija mayor con un beodo despreciable. Los hombres trabajan mal. pero cubito a cubito reuniría bastante para refrescarse. menos a él. falleció el médico de servicio. después de la Oración. En semejante trance pudo más el terror a la inanición que el miedo a la enfermedad. un entrecejo contrariado porque apenas sube mediado. que no era más que un bastardo y vivía al margen de la familia. Y la vieja murió sola en medio de sus bacilos. como para instalarse en el foco infeccioso. La Sanidad habló de quemarla. Del aljibe salían gemidos al filo de la medianoche. Así las cosas. —¡Maldito lugar! La tuberculosis primero. Dios dirá lo que convenga. luego las apariciones y los lamentos. En la misma bomba se detenía poca gente. Una semana. precisamente ponerse en remojo para amortiguar la fiebre que le resecaba la piel.

—Sin embargo. se estuvo quieto. Algunos rieron. 56 . Sus compueblanos abrían las puertas en ese momento. —Un momento –rogó el Cura. se dio a la fuga. —¿Qué es esto? –sofocó–. Gravemente tocaban a muerto las campanas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Sacaba el cubo por quinta vez. Tlan. acezoso por la rápida ascensión. como idiotizado. señor Cura! El Padre lo miró como quien observa a un bicho raro. tartajoso. las campanas doblaron gravemente. tin… tin… Había solemnidad tal en el espectáculo que Pedritín. se persignaron. excesivamente sorprendido. y la misma gravedad se extendía por la cara criolla de Prudencio. Bolo acaba de irse con un dolor. —¡Qué muerto ni qué vieja tuerta! ¡Toca pronto dejar! En la sacristía el Cura se mesaba los escasos cabellos en medio de las beatas alarmadas y de los curiosos que había congregado la desbocada carrera del sacristán. tembloroso. —En el aljibe hay un muerto. dizque. Pero debía obedecer y se levantó con las piernas de trapo. —No quiere callarse –informó el monaguillo al entrar. —¿Qué le ocurre. —Un… ¡Bah! –pronunció el venerable sacerdote– ¡Eso nos faltaba. ¿quiere subir y dar el tercer toque de misa? Aterrábale la idea de verse solo en el campanario. otros reclamados por la iglesia. Oyóle el sacristán esta vez y contestó: —Por el descanso de ese muerto. Metióse el fugitivo en la sacristía. —Déjenmelo a mí. unos para atender a sus quehaceres. sube a ver lo que pasa! La sotana del monaguillo aleteó en la prisa que requería el suceso. Otros. Pedritín. Y se inclinó para explorar el fondo. con los ojos desorbitados. ¡Este hombre se ha vuelto loco declarado! ¡Eh. y los demás para pendenciar. El Padre arqueó las cejas. De repente. aullante. eso parece –monologó desfalleciente– ¿Una qué…? Pero… ¡Ave María Purísima! Loco. que yo lo hago callar –prometió el dueño de la bomba. —No es posible –murmuró. y dirigiéndose al monaguillo–: ¿por qué dobla Prudencio en vez de tocar tercero? El aludido abrió unos ojos entontecidos. —¿Qué por qué doblas? –chilló entonces el muchacho. los más. —Por ahí va Prudencio –voceó el alcalde a su consorte– como alma que lleva el diablo. —Prudencio –dijo al fin con recelo– ¿por qué doblas? La voz monaguil se diluyó en el intenso plañido de los toques. El cura se asustó. con los pelos erizados. —Por el descanso del muerto. que se rematara el sacristán!… Y a propósito. Prudencio? —¡Una maldición.

hasta salir al patio por la nariz del aljibe. y la mirada puesta en Cueva. Únicamente el Cura le restó importancia al hallazgo. A lo lejos se oía el atropello del chaparrón. bramó al caerle encima el chorro de los caños. al viento la bufanda gris. otras gritaron. parecía una manifestación obrera. —No veo nada –dijo–. y con él los más cercanos. ¡Una calavera! Efectivamente. Densas nubes ocultaban el sol. La gente corrió a guarecerse. —El miedoso de Prudencio vio visiones. que venía gimiendo en las tinieblas a calentar su osamenta. cuando la vista se acostumbraba a la penumbra del pozo. espeluznante y macabro. pudorosa y joven. De nuevo. distinguíase. Cruel asesinato. sino agua. Y así fue creciendo. olvidada de su vergüenza… 57 . Una mujer del pueblo se deshizo en vómitos. esto es inaguantable… Vamos todos al aljibe. hasta la noción del tiempo. blanqueando en el fondo. reía. Cada uno urdió el drama conforme a su idiosincrasia. —¡Al aljibe! –gritaron varios. Muerte accidental. extrañamente regocijado–. Algo horrible.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Por… por… –tartamudeó el tonsurado– Bueno. Homicidio. hermosa y lujuriosa. —De todos modos –argumentó el alcalde– hay que bajar a investigar el caso. Un silencio impresionante dormía su hastío en todo el patio. Dentro de la cisterna. —¡Jesús… María y José! –exclamó el monaguillo–. sentían el agua estancada en el estómago. y el aire electrizado oprimía los pechos de antemano agarrotados por la aprensión. —Hoy no será –advirtió el Cura. desmayóse una jamona histérica. la Autoridad a la cabeza. Aquí no hay nada. Los más simples se representaban el alma del difunto. Reía. y en la boca el sabor putrefacto del cadáver. En el camino se agregaron muchos. el agua reía para ocultar la repugnancia de sus entrañas. un sapo arrugado saltó de su escondite y se posó en la frente pelada. Un ruido ensordecedor lo ahogó todo. Venía galopando como un energúmeno. —¡Bah! –dijo– algún bromista tiraría ese cráneo en el aljibe. El aguacero se nos viene encima. jadeante. Importunado por la conversación. la virgen de vientre maldito. un cráneo luciente con las dos cuencas hambrientas de luz. Suicidio. de suerte que cuando llegaron al callejón “Córdoba”. y los hombres empalidecidos. Por encima de la cisterna vibraba el quejumbroso volteo de las campanas. Tin… tin… tin… Tlan… Inclinóse el religioso sobre el brocal. Es el deber de la justicia.

y ya entonces.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS RAFAEL DAMIRÓN (1882-1956)* Modus vivendi Ca uno es como ca uno. desde que cayó en cama don Ramón. sin temor de caer en error. porque. precisamente. Y no andaban errados sus vecinos al suponer que doña Nico leía con tanta puntualidad el diario de la ciudad porque algo había en él que la interesaba. que ahí viene ella. *Rafael Damirón. algún enfermo adinerado se encontraba en estado de gravedad. Sin embargo. ya porque los médicos. Doña Nico. La Cacica –1944–. Poesías dispersas en periódicos. El monólogo de la locura –1914–. se sabía al dedillo el padecimiento de cada uno de los ricos de la ciudad. Periodista y poeta. Como cae la balanza. miembro de una familia bien? Cuando doña Nico mandaba su precioso Niño Jesús de visita a casa de sus ricas creyentes. y sabía. y las que eran infalibles para aplacar el histerismo de las doncellas cuarentonas. pero de niña. naturalmente. que cuando faltaba en su casa. Mientras los otros ríen. —¿Dónde estará doña Nico? –murmuraban. y era ya muy notorio. suelen ver mayores peligros en quienes mejor pueden retribuir sus servicios profesionales. de filosóficas providencias. era seguro. Estampas –1938–. Cuadros de costumbres: La Sombra de Concho –1921–. apodo que ella aceptaba como testimonio de afecto y simpatía. según aseguraban sus vecinos. Revolución (cuadros de política) –1940–. más que de buenos consejos. Sátiras teatrales. Pimentones (recopilación de artículos) –1940–. más gorda y más afanosa que antes. Autor de las novelas: Del Cesarismo –1911–. entre la gente pudiente. que el divino mensajero de la cristiandad traería en las manos el devotísimo tributo que haría sonreír la cara alborozada de su fanática preceptora. ¿Qué cosa? ¿Quizá la que luego la hacía ausentarse por semanas enteras de su casa? ¿Quizá algún enfermo grave. más que los mismos médicos igualados de las casas. Obras de teatro: Alma Criolla –1916–. ¡Ay de los vencidos! –1925–. que la gente acomodada de la urbe gozaba de la más perfecta salud. y con esto. con un maletín en la mano que parecía repleto. ella murmuraba entre dientes: —Tan entremetidos y tan groseros… Doña Nico tenía por verdadero nombre el de Nicolasa. ya porque sabían pagar mejor sus solicitudes. La trova del recuerdo. Pero es lo cierto que el vecindario se preguntaba: —¿Dónde está doña Nico? Las telarañas cubrían ya totalmente la cerradura de la puerta de su casa. el nombre de las inyecciones que servían para atenuar la neurosis de los viejos. las hermanitas del Hospicio Santa Clara le decían Nico. en estos casos. pues. De modo que cuando los insidiosos vecinos de doña Nico no se explicaban cómo siendo tan pobre. primero dejara de comer que de comprar el diario que circulaba a las siete de la mañana. dice uno de los tres Baturros de la comedia argentina así intitulada. cierta inquietud mantenía en expectativa a esos mismos vecinos. 58 . Doña Nico pasaba muy pocos días del mes en el seno de la pequeña casita que representaba su único haber en el mundo. resultando más alarmante. Doña Nico hacía ya dos semanas que no regresaba a su casa. Una fiesta en El Castine. Los yanquis en Santo Domingo. era cosa sabida. por desgracia. es decir. una fuerte epidemia de gripe azotaba la ciudad.

que cada media hora el gorro de hielo. yo creo que si hay gloria. y queso rosqueforte. tres cortes de traje. a las doce. otro banquete. Ya de regreso en la casa. pan y mantequilla. lo primero que hace es tocarle la frente al enfermo. casi un banquete a mediodía. por sus valiosos servicios. para allá voy el día que me muera. —Ahora –se dijo– déjame volver. —Dios los conserve.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Cierta vecina que se llevaba bien con ella. eso sí. que las visitas. hija de mi alma! ¡Estoy muerta! ¡Veinte noches sin dormir! No sé cómo me tengo en pies con tanto ajetreo como he tenido en estos últimos días. Ya te he contado cómo me trata su mujer. algunas cajas de ampolletas sobrantes de suero. que las criadas. parece que estás más gorda… —¡Ah!. que los sobos en el bajo vientre. —Más buena que el pan. que el purgante. porque a la verdad. —¿Y cómo está él? —Regularcito. leche con gengibre. —¡Qué gusto! –exclama la vecina. Sacó del maletín que había traído. a las cuatro. que el carbón. hija!. ¡algo tremendo. otras de cacodilatos. que le regaló la esposa del enfermo. bien te lo mereces. chocolate. A mí no me falta nada en esa casa: jamón. 59 . pan fresco y mantequilla por la mañana. pero tú sabes que yo con don Ramón. —¡Adiós! —¡Adiós!  Doña Nico comenzó a colocar las cosas. pero hoy ha amanecido un poquito animado. doña Nico –contesta la esposa. —Ojalá. por la madrugada. galletas de soda. Nico. La pobre señora no puede moverse sin mí. en cuanto se dio cuenta de su presencia en la casa. regalo de la hija. que la inyección. esa gente no tiene nada suyo. por la tarde. además de algunos billetitos de banco que ella cambiaría en oro acuñado para enterrarlo al pie del guayabo que crecía en el pequeño patio de su casa. a las siete. hija!… Si no fuera porque soy mujer fuerte. me hubiera muerto primero que él… —Pero oye. huevos. se ha visto entre la vida y la muerte. Ahora mismo voy a ordenar una misa de salud. ¡Pero qué lucha!… Que cada hora una cucharada de esto. que el lechero. un tentenpiés riquísimo. —Está fresco –exclama–. —¡Qué bueno! ¡Lo que vale ser servicial como tú!… —¡Ay. llamó desde su ventana: —Doña Nico… doña Nico… dichosos los ojos… —¡Ay. dos trajes casi nuevos. y que vuelvas pronto. —Bueno. varios pares de media y un millón de menesteres más con que la habían obsequiado generosamente. —Así mismito. algunas latas de conservas. en su puesto. y cómo me quieren sus hijos. que el termómetro. que. te dejo porque no vine más que a darle un vistazo a la casa. que esa pobre gente. no puedo menos. tan sufrida y tan buena. no puede moverse sin mí. ¡Adiós! —Adiós. ¿Se tomó las cucharadas? —Sí. tú sabes como es esa gente. chocolate. —Si yo no fuera de tan poco apetito estaría como una bola. Tengo que irme enseguida. ya limpias. figúrate.

Díaz. don Ramón. —Yo quisiera irme ya –exclama dirigiéndose a la viuda inconsolada. cruza por entre las habitaciones. miembro de la Corte Suprema de Justicia.  Pero don Ramón de súbito se ha agravado. a atender a nada? ¿Cómo. asiste a la lectura de la testamentaria. Doña Nico se adueña del muerto. no se mueva… ahora… ve usted que bien. se iría a buscar el reposo en su casa abandonada desde hace cerca de dos meses. con voz imperativa. GUSTAVO A. Presidente del Senado. 1882)* El Capitán Diego Molina había alcanzado su grado. doña Nico ordena y administra el reparto del café. pan y queso del velorio. para que comience sus visitas y retorne de ellas con el tesoro de sus manos llenas de brillantes lentejas. y también súbitamente se ha ido de la vida. así. doña Nico. cuando todavía en las milicias nacionales existían grados subalternos y cada marcial insignia rememoraba una épica *Gustavo A. manda. recoge en su corazón las lamentaciones de la esposa inconsolable. póngase así. —Bueno. Dos veces capitán 60 . en fin. los ayes de los hijos. la esperábamos. los hijos y las hijas del difunto? Doña Nico enciende las velas de la ardiente capilla.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Le pusieron el lavado? —Ah. pero. en tan duro trance. Ha sido Encargado de Negocios. vencida casi. y. no. a leer las crónicas del diario que no tardarán mucho en hacerla saltar en un conmovido gesto de piedad hacia otro grave don Ramón que esté a punto de pasar a mejor vida. Doña Nico. finalmente. los comentarios generales alrededor de la irreparable desaparición. —Con cuidado. usted sabe que él no quiere que nadie se los ponga más que usted. Y empuja una puerta. doña Nico vestirá lujosamente a su bello Niño Jesús. Consultor Jurídico en la Presidencia de la República. hasta que la cruz llegue por el cadáver. estará al punto de todo. así. ordena. Mientras tanto. no se apure. ¿Cómo va la esposa. al fin acepta. déjenme ir a la cocina a calentar el agua. discute. así luego. en la tranquilidad de su casa. entonces. DÍAZ (N. y entonces. los abrazos condolidos de los amigos. y días después. fatigada. pide a los familiares dejarla sola. ¿Cómo voy a hacerme ahora sin Ramón? Y doña Nico se queda. Pero la viuda la dice suplicante: —No me deje. para dedicarse. pone a hervir el agua. es obligación que se ha impuesto la de estar presente los nueve días subsiguientes para dirigir los rezos en favor del alma del difunto. doña Nico. cierra otra. Durante estos nueve días. y entonces. doña Nico aún conserva la casi total administración de los asuntos de la casa. Licenciado en Derecho. llama a las criadas. toma posesión de la absoluta dirección de la casa. recibe algún regalo que con pena y con cierta resistencia.

con honores de reliquia. inconforme y como abrumado por el peso de una tremenda infamación. fiero y huraño. Lo había visto apoderarse. Tenía para el viejo Libertador. la siguiente mañana de la batalla de Santomé. llevó al triste bohío: un recóndito orgullo en el alma. Y se quedó. ahora caía como un sudario sobre las muertas glorias de la República. y a quien se sentía sometido. una veneración ciega y fanática. Cuando volvió el rústico prócer. El General Santana. impasible ante la muerte. y que jamás vio plegarse en derrota ante las acometidas enemigas. que el propio General Santana había firmado. desde soldado. Desde hoy eres Capitán del ejército de la Reina de España. a las órdenes del General Santana. El General Santana –pensaba él– se había vuelto loco. lo agasajaba con su confianza. su protector. a su descuidada heredad de las orillas del Seybo. el Capitán Molina no entró a la población. después de su última ruta. El Libertador. que una bala había roto. y el despacho en que se lo consignaron. había creado. El día que en el Seybo se izó la bandera española. que a sus ojos de guerrero fue siempre como la visión radiosa de la propia victoria. y tras rápida jornada compareció ante su antiguo jefe. y empinar su coraje por sobre la eminencia de todos los peligros. y que allá en lo hondo de su pecho siempre tuvo la firmeza y el calor de las pasiones que acendran almas primitivas. como él lo llamaba. o le habían echado algún maleficio. en una muda protesta. Su grado era su honra. cuando oyó el severo acento del General: —Ya lo sabes. Y se alejó lleno de una callada turbación que parecía de orgullo. cuya única forma de expresión era un respeto casi trémulo que hacía del héroe un siervo. de un cañón enemigo. ni lo quería ver”. radiante de bélica grandeza. Diego Molina hizo su carrera. ¡que en medio de aquel tremendo naufragio moral fue un leño que no zozobró jamás! Un día le llevaron una carta en que el General Santana lo requería a la Capital. más que eso. su “padrino de sangre”. su “padrino de sangre”. que es el severo cariño de los jefes. La lúgubre tragedia moral de la Anexión se había consumado. Dispuso en breve tiempo lo necesario para su viaje. en la rebelde soledad de su bohío. lo había visto. porque te creo digno de ella. y ya lo había hecho inscribir en la llamada Reserva activa del ejército español. por ese rudo cariño que engendra en el alma de los bravos la comunión de peligros y victorias. Pero sobrevinieron días de tristeza y de oprobio para la Patria que él también. arreglar el freno de su caballo. había obtenido que se le reconociera su grado de Capitán. A sus ojos asomó su alma. más que por todo precepto disciplinario. que lo había visto erguirse. Es una alta merced que he alcanzado para ti. Fue como un viento de desolación lo que agitó su espíritu y aturdió su pensamiento. ¡que parecía de dolor! Se volvió a su retiro. en un arrebato de acometividad salvaje. La bandera dominicana. “porque eso él no lo había visto nunca.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I proeza. ¡El General Santana le había perdido! ¡Lo había hecho oficial de los españoles! ¡Y tener 61 . una cicatriz profunda en la cabeza y su inmaculado despacho de Capitán de cazadores. era la única cosa escrita que guardaba. Se le había llamado para otorgarle una distinción que más le llenó de congoja y de rubor que de alegría. cuyas banderas defenderás conmigo. hosca y bravía. con su esfuerzo y con su sangre.

desde su propia conciencia.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que resignarse! porque lo que era él no tenía voluntad para oponerse a lo que el General resolviera. o rechazaba inexplicablemente el ascenso. De un lado lo llamó un absurdo deber. Tengo entendido que es ése precisamente su grado. hecha jirones. Yo era Capitán.  La hora se la anunció un día la voz que desde la áspera manigua llamó a los dominicanos a la guerra santa de la Restauración. Yo quiero volver a ser el Capitán Diego Molina. Se incorporó bizarramente a las tropas revolucionarias. que inmortalizó el heroísmo. Las altas empresas de la intrepidez llegaron pronto. —¡Yo quiero mis galones de Capitán! El General Guzmán no comprendió aquella extraña petición. fue proclamado Capitán del Ejército Restaurador. radiante de altivez. De otro lado. Un silencio amargo selló sus labios. Aquel mismo día. bajo la bandera dominicana. y. Poeta: autor de Los Nocturnos del olvido (1925). de fachada tan elegante. que producía la impresión de un paredón de lujo contra el cual la muerte ejecutara una parte de sus habituales *Virgilio Díaz Ordóñez (Ligio Vizardi). a defender la bandera de España. bajo las órdenes del General Antonio Guzmán. cuando se reconcentraron las tropas después de terminada la batalla. mi General. desde su pasado. Callado y taciturno. Y se fue a la manigua. La presentó. iluminó su pensamiento el albo resplandor de sus altivos ideales. Aquel hospital 62 . voy a pedir la recompensa que ambiciono. Figuras de Barro (1930). los desplegó en un altivo reproche. pero el General Santana me degradó. —Para los valientes son las recompensas. En su atormentado espíritu renacieron los vigores de otros tiempos. el bizarro Capitán Molina. Ha representado al país como Embajador en varias naciones y en las Naciones Unidas. hasta la hora en que. ante su propia conciencia redimido. por confesión suya nadie supo en el Seybo el resultado de aquella entrevista. —Capitán –le dijo– me parece muy extraño lo que le oigo decir. Suya fue la primera victoria que se alcanzó después de su incorporación a las tropas. graduado en la Universidad de Santo Domingo. hecha por quien llevaba honrosamente el grado que solicitaba. trajo entre sus manos trémulas. lo reclamó la Patria. y le brindaron a la gloriosa ambición que ardía en su pecho el anhelado instante. O estaba aquel hombre trastornado por la emoción. La sombra iluminada (1929). VIRGILIO DÍAZ ORDÓÑEZ (Ligio Vizardi) (N. y dijo: —Mi General. si es que esto vale algo. una bandera arrebatada a los españoles. 1895)* Aquel hospital era tan moderno. Licenciado en Derecho. Se fue como un león sobre el enemigo. y de las novelas: Alma Antillana y Archipiélago. —No. y se aprestó a renovar sus pasadas gallardías de soldado. se batió desesperadamente. Actual Rector de la Universidad de Santo Domingo.

que estaba abierta. cirujanos y enfermeras se deslizaban calladamente. Y aquel día era un viernes. Centenares de pequeñas gavetas blancas tapizaban gran parte de las paredes. inocentes. Las Oficinas de la Administración refulgían de orden y limpieza. repetía una frasecita que no pude comprender y que era dicha con modulación enternecedora cada vez que alguien cruzaba frente a aquella puerta. Pasé sin mirar al interior. casi lúgubremente silencioso. pero en mis oídos quedó una voz que sonaba a música triste. suplicante. los días viernes de cada semana. análisis: eran el registro. A la Dirección entraban y salían técnicos y enfermeras. que ignoraban la existencia de aquella discreta escalinata posterior por donde con frecuencia descendían las grandes cajas de violín y desde donde partían hacia el misterio los amiguitos que se ausentaban tendidos en un oscuro coche grande. Madres o padres. la cronología y la historia de las enfermedades que habían pasado por miles de cuerpecitos que acaso ya no existían. Una voz infantil. diagramas de temperatura. insistente. Y por todas partes la nota blanca: en las paredes. Se hubiera dicho que hasta el olor de aquel hospital era blanco. laboratoristas. En aquellos diminutos nichos la experiencia hablaba en estadísticas y tosía números. especialistas. con un rótulo rojo sobre el bolsillo izquierdo de las blancas blusas. frágil. La sala de cirugía. La disciplina interior era estrictísima. una escalinata de cinco gradas impecablemente blancas hacía pensar en un pentagrama sereno en donde el mármol soñara vibrar en melodías de vida y de esperanza. en los lechos. Y allí el silencio era ya el único juguete que ellos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I fusilamientos diarios. y los niños sonríen y juegan y cantan cuando el dolor. Junto al escritorio principal. en forma inédita. como sombras blancas también. la fiebre o el delirio no los abaten. de inútiles recordatorios del primo non nocere consagrado por el apotegma hipocrático. Pero el hospital era para niños. como regla invariable. Movimientos precisos y economía de palabras parecía ser la tácita consigna. Por el lado anterior. Se adivinaba que detrás de aquel alineamiento de puertas cerradas bullía un pequeño mundo de niños enfermos. Tabiques de cristal e instrumentos plateados daban la sensación de que se estaba frente a la vitrina de una joyería. aquello era una colección de errores de diagnóstico. como un 63 . En aquellas gavetas estaban las enfermedades que habían perdido ya su cuerpo. de irreparables excesos de ciencia. por los pasillos silenciosos. Clínicos. diagnósticos. podían romper con frecuencia. producían un poco de angustia. masa cúbica y blanca como tope de cristal grueso que. me llevó en ruta vertical a uno de los pisos altos y me depositó calladamente sobre uno de los amplios corredores. Aquellos rótulos parecían escritos con la sangre de alguien. en los uniformes de médicos y enfermeras. Pasé junto a una de aquellas puertas. Tanto silencio. Quizás. sólo podían visitar a sus niños. con su lámpara cenital ovalada. en marcha muda y rápida. radiólogos. notas. elegidos precoces de la enfermedad. tantas personas sin palabras. Cuando llegué a la dirección todavía resonaba en mi oído la vocecita tenue. allí internados. En el interior todo era nítido. de dos a seis de la tarde. tutores o familiares. otra escalinata más sencilla presenciaba cómo descendían a veces pequeños ataúdes. imponía su austeridad silenciosa como si fuera una sagrada capilla. Esas pequeñas gavetas guardaban millares de fichas. aséptico. el archivo. Un ascensor silencioso. Del lado opuesto. tan pequeños que parecían estuches de grandes violines.

Y otra vez algo en que había dejado de pensar: la vocecita suplicante que repetía para mí una frase ininteligible. y cómo. con un pequeño bulto sostenido en sus manos chupadas por el hambre y supliciadas por trabajos rudos. Carmen. señor!. una pobre mujer humilde. –dijo una enfermera que se acercó al escritorio. Pero esta vez contuve un poco la marcha al acercarme al lugar de donde salía aquella súplica triste. En aquella pequeña sala deben ser recogidos por sus familiares los enfermos dados de alta. doctor. de siete años. Aquel niño tenía sed y pedía agua. un niño. Me detuve al fin frente a la puerta abierta y allí. como yo. Se llama Carmen. la edad de la internada. Durante una hora estuve en las oficinas de la Administración. señor! Por fin conocí la letra de la música triste que había escuchado una hora antes. A los interesados se les avisa con suficiente anticipación para que estén allí en determinado día y hora. De pronto el Director detuvo el índice de su mano derecha y mostró en una columna del registro algo a la enfermera. llámela. Se encontraba en la sala destinada a los que habían sido dados de alta. a la internada número ciento cuarentitrés. como es natural. enfermeras asignadas. sobre la pobre mujer. —Yo dejé aquí a mi hijita el jueves pasado. se empeñaba en duplicar el rostro y los gestos del ocupadísimo Director. pero los padres o familiares no acababan de llegar. repetía el Director después de preguntar otra vez por la fecha de ingreso. las enfermeras y médicos presurosos y callados. Para esa sala no hay. el nombre de los padres. Mientras la enfermera monologaba sus explicaciones (que nadie había solicitado). Otra vez las batas blancas con los hilillos rojos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS espejo verdoso. como una sentencia misteriosa e injusta. a las diez de la mañana… Mientras esas palabras caían. se rasgó la frágil envoltura dejando en libertad un par de manzanas frescas y rosadas que rodaron casi alegremente. esperaba una información que había solicitado. Carmen. con un paquete de ropitas humildes sobre las rodillas. Los registros fueron nuevamente consultados. Supliqué a una enfermera que ofreciera un poco de agua a aquella criatura sedienta que decía a todos los que pasaban ante la puerta: ¡agüita. con algo de travesura infantil y como buscando las ausentes manecitas para las cuales estuvieron destinadas. 64 . No podría resistir otra semana más sin verla. –dijo la mujer–. con huella de lágrimas en las mejillas. cama número ciento cuarentitrés. Quizás hacía tres horas que sentía sed… Pero la disciplina es estricta: para aquella sala no hay asignado ningún servidor especial. acaso soñando felizmente con muchos. señor! La enfermera fue generosa en explicaciones. al golpear sobre el suelo. el pequeño se quedó dormido con la cabeza apoyada sobre el bulto de sus modestas ropitas. búsquela usted! Quiero verla hoy que es día en que está permitido visitar los enfermos. me dijo: —¡Agüita. falleció el miércoles y fue sepultada ayer jueves. ¡agüita. Y yo no sé cuál fue la voz que dijo: —Carmen. muchos vasos inagotables de agua fresca… No sé cuanto tiempo más tardaron en venir a buscarlo. yo vi cómo de sus manos resbaló el pequeño bulto envuelto en papel. ¡Por favor. Carmen. Retorné hacia los ascensores por el mismo amplio corredor que me sirvió para llegar hasta la Dirección. —No encuentro. Director y enfermera cambiaron una mirada rápida y llena de comprensión. El pequeño debió ser reclamado desde hacía tres horas.

Traía al cuello esa sarta de caracolitos que ha sido aguijón de tu curiosidad. Vino a mí. por fin. evocador de cierta leyenda sangrienta. la misma actitud hostil que una noche adoptaron al encontrarse en aquella misma alcoba sus respectivas dueñas. ni la blanca liga de desposada…. se sentó a mi lado sobre el césped. ni la sugestiva zapatilla azul que Octavio no tocaba sin besar. negro y rojo el uno. modulando su canción de espuma. me oí decir: el Hospital es perfecto. y presurosas y alegres se llevaban. ni el fino pañuelo de batista que ostentaba una corona de marquesa por blasón. que aún parecían conservar. bajo un cielo espléndido. poeta y prosista. pensando en voz alta. hasta alcanzar el abrupto peñón que se erguía en el mar. donde alguien había sorprendido el oculto tesoro de la más hermosa y rubia y ondulante cabellera. Miré con extrañeza a mi amigo. ¿Qué les confiaba? No sé. Canciones de la Tarde –1920–. de roca en roca. casi a la orilla. Allí se encontraban trofeos de todas las conquistas. ni el abanico de blonda y nácar. Una tarde… ¡Oh!. Autor de Cuentos Frágiles –1908–. Sin duda. Y poniendo aquel soberbio pedestal a su temprana hermosura. Primavera Sentimental –1902–. ni los dos antifaces. La Cita –1924–. Lo único que le falta es un poco. Las Manzanas de Mefisto –1934–. interrogué a Octavio: —¿Y esto? —¿Eso?… ¡Ay! Es una historia bien triste la que me pides. de las ondas a las que ella hablaba con la gracia y la majestad de una reina enamorada. La Canción de la Vida –1926–. corrían alegres y presurosas a recibir. nada mortificaba tanto mi curiosidad como la sarta de lindos caracolitos guardada devotamente en rico estuche de marfil. rojo y negro el otro. la historia de un amor irreal. escucha: Todas las tardes ella bajaba a la playa y allí acudía yo tan sólo por verla saltar descalza. sólo un poco más de piedad… FABIO FEDERICO FIALLO (1866-1942)* El príncipe del mar Aquel cuartito de Octavio era un caprichoso museo de exquisitos despojos femeniles.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Y ya en el exterior. moderno. ¡estaba más bella que nunca! Su flotante cabellera blonda parecía llenar el aire de átomos de oro. frontero al viejo torreón del castillo. frente a frente. Pero. teniendo frente a mí la perspectiva alegre del camino y dejando a mis espaldas la masa simétrica y blanca. y en el azul de sus grandes pupilas se reflejaba algo de la imponente y bravía inmensidad del mar. La Comisión Nacionalista Dominicana –1939–. se hacía contemplar de las ondas. y me dijo: *Fabio Fiallo. El Balcón de Psiquis –1936–. Poema de la Niña que está en el Cielo –1935–. 65 . Canto a la Bandera –1925–. nada. imponente y elegante del Hospital de Niños quedé sorprendido por mi propia voz cuando. ni la cajita de palo de rosa. embajadas de amor que las coquetuelas. admirable. Cantaba el Ruiseñor –1910–. laureles de todos los triunfos. ¿Acaso este ateo impenitente abrigaba la cándida superstición de los amuletos? Una noche. —¿Te sorprende la palabra en mis labios? —¿A qué ocultártelo? —Pues. digna del breve pie de la Cenicienta.

Súpolo el Príncipe. el Príncipe del mar. los ojos tristes y soñadores. Tengo muchos. siento impulsos de correr a su encuentro y lanzarme al mar… —Te ahogarías. miraba con sus grandes pupilas azules las ondas que alegres murmuraban su canción. Y se alejó susurrando dulcemente un canto de amor. con galerías de nácar. y en su carro de perlas tirado por cuatro tritones acudió a consolarme. sonrisa de mujer enamorada que corre al encuentro del amado. —Cuéntame tus amores. después. vine a orillas del mar y aquí caí dormida. Miróme breves instantes en silencio. Corrí a la playa donde yacía tendida sobre el abrupto peñón que tantas veces había servido de soberbio pedestal a su hermosura. y una noche. la frente pálida y hermosa. el ademán firme y cortés. —¿Cuándo es la boda? —No sé. Cuando cierro los ojos y le contemplo tan bello. las envidiosas. Y al decir así. sacudió con arrogancia sus cabellos. muchos. 66 . Los tritones me recogerían y en su carro conduciríanme al palacio. Un palacio hermosísimo de granito más blanco que el mármol. por sus labios amoratados parecía aún vagar una sonrisa. Serán mis pajes los delfines y las ondinas mis doncellas. ¿Ves estos caracolitos? Cuentan las veces que nos encontramos. ¡mucho tarda ya esa hora de suprema ventura! ¡Oh!. preciosa niña. Hoy estamos a trece y ya tengo doce. Después prosiguió como en un ensueño: —Mi Príncipe. muy feliz. —¿Él? —Sí. Tres días después ocurrió el hecho fatal. sola en el mundo. ellos alfombran mi cabaña. para llorar con más desahogo. Yo estaba muy triste. —¿Por qué esperar? —Mi palacio aún no está concluido. y mis ojos porque él se mira en ellos. el pecho alto y vigoroso. Me rogó que no sufriera y me dijo que yo era muy bonita y que él se casaría conmigo. Los conté: ¡doce! ¡Eran los mismos que me había enseñado! Desde aquel día no había vuelto el Príncipe y la visionaria se había lanzado al mar en su busca. y del cándido cuello pendía la sarta de caracolitos que habían marcado las horas felices de aquel mes. las que odian mis cabellos porque él los besa. el talle elegante y fino. —Todas las noches durante mi sueño viene el Príncipe a visitarme. ¡Qué feliz voy a ser! ¿no es verdad? —Sí. mi novio. Un hilo de sangre corríale por la sien y manchaba de púrpura el oro de sus cabellos. pero temo que mi Príncipe se enoje. grutas de perlas y bosques inmensos de coral. ¡cuán bello es! Tiene la cabellera negra y ensortijada.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Sabes que me llaman loca? —¿Quién? —Ellas. con acento que mi recuerdo doloroso convertía en murmullo. ¡esperar!… ¡Qué duro es esperar cuando el tiempo no marcha con la violencia que palpita el corazón! Y mientras exclamaba así. me contó: —Tú sabes que la tarde que enterraron a mi pobre madrecita quedé sola. —No.

mantenían a toda hora una cuidadosa vigilancia. charcos de agua cenagosa cubiertos de obscura lama contrastan con el verde tierno del césped que se extiende hasta perderse de vista. chozas apresuradamente construidas. 67 . bien resguardados se situaron el hospital y los almacenes. una tarde de cielo plomizo. tiendas de campaña. que pase… La figura de un campesino vestido paupérrimamente. a pesar de lo que me dijiste ayer… Como una especie de incesante zumbido de colmena. Ensayos: José Martí. Por dicha estamos solos… No te esperaba tan pronto. fue diputado al Congreso Nacional. colocadas en puntos bien escogidos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I FEDERICO GARCÍA GODOY (1857-1924)* La cita Dormía voluptuosamente la siesta en una hamaca el coronel Virico García cuando un ruido de voces en la puerta del rancho en que se alojaba en compañía de dos oficiales de las reservas lo despertó de una manera algo brusca… —Coronel. interceptando la luz. Guanuma. chicas y grandes. a pesar de haberse por completo afeitado el bigote y llevar por todo calzado unas rústicas soletas. Caía en aquel momento una lluvia muy tenue. Impresiones (1899). fría. Obras: Crítica literaria: Recuerdos y Opiniones (1888). conquistada a fuego y sangre al enemigo. –y le señalaba dos sillas serranas desvencijadas que había en el cuarto–. Americanismo literario (1918). El río. muy encajonado. —Que pase. —¡Fonso! Acabas de llegar seguramente. a veces creciendo de manera rápida e imprevista hasta hacer muy difícil el paso. Diversas avanzadas. a veces como encrespamiento de oleaje rugiente. siéntate. Páginas efímeras (1912). –le dijo un fornido negro. Hizo además labor de periodista. De aquí y de allá (1916). de suprema melancolía… En la sabana de Juan Álvarez. no sé qué tintes de cadavérica palidez sobre el paisaje circunstante. Cosas y personas parecían como sumergidas en un ambiente gris. Siéntate. Perfiles y Relieves (1907). El Derrumbe (obra ésta incinerada por el gobierno militar impuesto a la República Dominicana por Estados Unidos de América). minúsculas cañadas. que esparcía no sé qué tonos de lúgubre opacidad. En la larga y rústica casa que sirve de hospital se amontonan en catres y hamacas los numerosísimos *F. desparramadas irregularmente. aquí hay un hombre que quiere verle ahora mismo. lluviosa. Empezaba a declinar la tarde. destacóse en el estrecho espacio de la puerta de la rudimentaria barraca… Un instante bastó para que el coronel Virico lo reconociese. La hora que pasa (1910). Alma Dominicana. Aquí y allá.G.G. lleno de manchas de lodo. corría sobre un lecho fangoso. Literatura americana (1915). Cobertizos muy prolongados sirven de alojamiento a la tropa. el Guanuma. ocupan una vasta porción de la amplia sabana. hacía ya días que Santana había establecido el campamento de las tropas con que salió de Santo Domingo para aplastar la revolución estallada en el Cibao. Extensa y pintoresca. los mil rumores confusos de un campamento en plena actividad venían de afuera. Novela corta: Margarita (1888) y Cuentos: Sor Clara (1898). la sabana se dilataba hasta confundirse con los bosques que como espesa faja de un verde muy oscuro parecían por todas partes servirle de infranqueable límite. Cerca de dos mil hombres allí acampados ponían sobre aquel trozo de llanura como una nota de vida continua e intensa. a veces como tenues susurros. El enemigo solía acercarse para desde el borde del bosque disparar a mansalva algunos tiritos… En la Bomba. especie de Hércules de ébano que le servía de asistente. En desordenada profusión.

a raros intervalos. la mejor alumbrada. en aquel augusto recogimiento de las cosas. se detienen repentinamente. aunque el tiempo no presentaba trazas de serenarse. Agrupados en torno. salvando las cortaduras del terreno. a guisa de paseo. las perniciosas. acostumbrado a inspecciones de vigilancia nocturna y gran conocedor del terreno. óyense los ¡quién vive! de los vigilantes centinelas. De un bohío inmediato. de rudo aspecto. lejanos. se ceban en aquellos soldados peninsulares no acostumbrados al enervante clima de estos países intertropicales. principiaban a brillar tenues luces en algunas chozas. guiaba expertamente. donde en tiempos desvanecidos en tristes realidades apuró sendas copas de manzanilla en compañía de fácil y garrida moza tocada con vistosa mantilla… Siguen. El cielo obscurísimo. creíase ya Fonso en capacidad de poder suministrar al gobierno provisional datos positivos que suponía de bastante importancia… Ambos avanzaban lentamente. acaso palpita en esos sones la visión de alguna casa de Cádiz o de Sevilla. Por falta de catres o hamacas. Cerca del bohío. siguen… Ante los dos exploradores nocturnos. de un gris intenso. pero que la creciente obscuridad revestía de temerosos aspectos. El viento hace a cada momento oscilar las luces de las dos velas de un candelabro de metal colocado en la mesa que sirve de escritorio… El coronel Virico toca en un brazo a Fonso. Fonso Ortiz continúa con la vista fija en el Marqués de las Carreras… 68 . abriéndose camino al través de obstáculos en realidad insignificantes. y le dice en voz baja: el general… Como fascinado. Con las nuevas explicaciones de su compañero y con lo que había podido observar aquella tarde. algunos oficiales jugaban al dominó. el primero con un farolillo en la mano. esos sonidos impregnados de hondas nostalgias parecen como la evocación plañidera de cosas amadas perdidas en melancólicas lejanías… Tal vez en esos arpegios palpita el recuerdo de la madrecita que reza por él en la iglesia de su aldea. algunos yacen tendidos en lechos de serones o de yaguas. desechando los pantanos. El coronel Virico y Fonso. como movidos por la misma fuerza. tan pronto cerró la noche. álzase ahora una choza más grande y mejor construida que las otras en cuya puerta hace centinela un soldado con bayoneta calada. Las deserciones frecuentísimas de las milicias del país y las numerosas enfermedades han reducida considerablemente el número de hombres de aquella fuerte columna… Hacía rato que había escampado. desde la hamaca en que está sentado dicta algo a un joven que sin levantar la cabeza escribe apresuradamente. sollozantes. Ambos. un hombre corpulento. Un sargento de Bailén mueve con hábil mano las cuerdas. En la silente noche. Reinaba sepulcral silencio en algunas chozas. Las fiebres palúdicas. de imperativo gesto. bajo el cielo sombrío. noche intensamente negra. que semejaban como tumbas de una vasta necrópolis. familiarmente. Muy salteadas. en escaso número. En el interior. se escapan las dolientes notas de una guitarra. Dos tiros lejanos interrumpen el silencio de la noche sin que parezcan llamar la atención del general y del secretario que llena con letra cursiva hoja tras hoja de papel. empezaron a recorrer en todos sentidos el campamento. lleno de nubes. quejumbrosas. tal vez en ellos flota la imagen de la mujer querida que lo aguarda. en un tosco banco. Fonso se detiene clavado en el suelo por una fuerza superior. El coronel. el resplandor de una que otra lejana estrella. descubre. bostezan o dormitan sus compañeros de guardia. En una de las chozas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS enfermos de la tropa española. A la distancia. la disentería. se diluía lentamente en las primeras sombras de una triste noche de octubre. El crepúsculo. algunos camaradas siguen con interés las jugadas comentándolas en alta voz… Noche.

Inmediatamente resolví acudir a tu llamada y aquí me tienes… —No esperaba menos de ti. Fonso Ortiz se detuvo algo cansado de aquella fatigosa caminata. La culpa la tuvo aquella mascarita del baile a que fuimos en los Chachases. chico.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I II En las vastas profundidades del bosque tropical. por entre las ramas estremecidas. Virgen Santísima! Desde que principié a bailar con ella estaba acechándome… Y si tú no le desvías el brazo y lo sujetas en el momento en que me fue encima con un puñal. uno detrás del otro. pues ya sé que no lo harías. verdadero tipo militar que a todo el mundo resultaba extremadamente simpático… Nadie hubiera podido percatarse de la presencia de ambos en aquel oculto rincón del bosque visitado sólo por algunos animales. Me había dedicado al comercio y empezaba a prosperar lo más quitado de bulla cuando al estallar la revolución me llamó el general para que lo acompañase al Cibao. en el llano. adiós coronel Virico… Dos días después. pues me dijeron que estabas en el campo. El coronel era un mulato muy claro. corría un vientecillo sutil haciendo oscilar el tostado pajonal en que. a esparcir jirones de tenue sombra sumergiendo los objetos en una semi-obscuridad que se espesaba lentamente… Afuera. Lo que quiero es que me prestes tu ayuda para 69 . y a cada paso tropezaban con las raíces desparramadas sobre el suelo como formidables tentáculos de animales pertenecientes a no sé que misteriosa fauna desconocida… Suponiendo ya el lugar bastante resguardado. corpulento. con algunos tragos más eras hombre al agua… —Nunca he olvidado esa noche en que me salvaste el pellejo. en la lejanía. como hundidos en un mar de extraño verdor pastaban sosegadamente algunos animales… Fonso Ortiz y el coronel Virico. aquella noche de Carnaval en que corrimos juntos tamaña juerga? Estabas alegre. los picos de las primeras estribaciones de la cordillera central se recortaban con perfecta limpidez en el horizonte todavía iluminado por los resplandores de la tarde que caía. continuaban abriéndose paso por entre la maleza cada vez más inextricable. En ella todos son santanistas. casi blanco. Era ya hora de que pusiesen en movimiento la lengua… —Y bien –interrogó Fonso– ¿qué ha sido de ti desde que nos separamos en Santiago. Pero soy dominicano. Coqueteó conmigo cuanto le dio la gana pero no pude conseguir nada de ella. Ante ellos. sin despedirme de ti. No pretendo que traiciones a Santana. a sus lados lo mismo que por detrás. y cuando ayer en el campamento recibí el papel que me enviaste con el vale Goyo me dio el corazón un vuelco. Allá todos te consideran como un buen dominicano. Sobre la llanura vasta y silenciosa. regresé a Santo Domingo muy satisfecho de mi paseo a Santiago… —Se dijo poco después que te habías retirado del servicio… —Estaba disgustado con lo de la anexión. No podía negarme. Virico lo estaba también. pero eso no quita que quieran la libertad de su país. de treinticinco a cuarenta años. a ti te debo el estarlo contando. lo que se dice muy alegre… Créelo. nada. penetraban los dardos solares a manera de largas rayas de luz. ni pizca… Era una gran hembra… ¡Pero qué hombre aquel tan celoso. Don Benigno me dijo que conocía mucho tu familia. Después de Dios. todavía reinaba bastante claridad. surgían con profusión robustos troncos de árboles en cuyas copas frondosas. a medida que avanzaban cautelosamente al través del ramaje entrelazado en busca de un paraje bien retirado del camino real donde pudiesen conversar a sus anchas sin el más leve temor de ser oídos. créelo. empezaba la tarde a revestirse de tonos grises. En nombre de él te hablo. En el fondo de la llanura. te acuerdas. pues ya sabes que cuanto valgo se lo debo al general. aquí y allá. de fisonomía expresiva siempre iluminada por una sonrisa.

La gratitud es el primer deber en todo hombre bien nacido. Él esperaba que los blancos gobernasen mejor. siempre trajeado como un 70 . que tal avance no sería posible por ahora… Con esa celeridad con que acostumbraba tomar sus resoluciones. lo agarró por el cuello. júralo. y después de quitarle la capa lo metió a empujones en el calabozo… —Pero ¿qué se propone actualmente? —No creo que piense ir al Cibao. se tiró de la hamaca. Cada uno debe estar con los suyos. de un salto. –replicó presuroso el coronel Virico–. Si los nuestros llegan a ponerle la mano encima a Santana lo fusilan en lo que canta un gallo. No te lo censuro. no es tan malo como dicen sus enemigos. acto continuo. pero Virico creía. corrió tras el oficial. Si hizo la Anexión. —Y quedarse él y su gente con la batuta por los siglos de los siglos… —Entonces no hubiera renunciado el mando como lo hizo de su espontánea voluntad… Pero lo cierto es que el general está enfermo. y de ahí. para reponer las bajas sufridas por las deserciones y las enfermedades y pudiera dejar bien cubierta su retaguardia. por muchísimas razones. El general decía públicamente que tan pronto llegasen los refuerzos que había pedido a la Capital. Nunca supuso que al quitar la bandera iban a pasar tantas barbaridades. El general tiene el alma en un hilo temiendo que el Seybo se descomponga. Contreras. continuaría su movimiento de avance. No creyó jamás que al hacernos españoles lloverían sobre su país mayores desgracias que las producidas por las guerras con los haitianos… Mientras conversaban. y sin decir palabra. De pronto ve a un teniente que pasaba muy bien arrebujado en su impermeable… Rápido. Fonso.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS salir con bien de una empresa que me han confiado. Los jefes españoles dicen que con excepción de Suero. Había prohibido que los oficiales llevasen impermeables por “no ser prenda de vestuario”… Llovía que era un diluvio. Cumple con lo que crees tu deber no abandonando a Santana. puedes jurarlo. Empieza ya a sospechar de algunos en quienes tenía confianza. En Santiago está ya instalado el gobierno provisional. los Puello y algunos otros. aburrido. Estaba ese día de pésimo genio. embuste. fue para salvarnos de los haitianos para siempre. —Y es natural. Dime con franqueza… ¿Viene o no Santana al Cibao? —Creo que ni aun él mismo lo sabe. La revolución avanza triunfante. todos los dominicanos que sirven a España están jugando a dos manos. El sábado lo probó retebién. por lo menos tan pronto como se dice. ¡Virgen de la Altagracia!… El General en su rancho se mecía en una hamaca mirando hacia fuera. decidió Fonso. Fonso Ortiz se había levantado tomando ambos amigos la dirección del sitio en que habían dejado las monturas. Los españoles sólo tienen en el Cibao el fuerte de Puerto Plata. Hay malos síntomas. Bueno es el viejo para soportar que nadie le tosa en la cara. muy pocos. llevándoselo el diablo con las dificultades que para que fracase le pone día por día el Capitán General… —En el Bonao cuentan que los oficiales españoles le faltan el respeto a cada momento… —Embuste. Pero eso no impide que puedas hacer algo por tu patria. Virico le seguía dando noticias pormenorizadas respecto del número y clase de tropa acampada en Guanuma. amigo Fonso… ¡Pobre General! Él creía otra cosa. El gobierno ha dado un decreto autorizando al jefe que lo aprese a romperle inmediatamente el pescuezo… —¡Pobre general! Créelo. trasladarse en persona al campamento de Guanuma. En la Capital se asegura que de España viene una escuadra con mucha tropa. Las deserciones y las enfermedades aumentan. El general tiene muy buen olfato y no quiere moverse sin dejar muy bien cubierta su espalda.

puso término a su atormentadora algarabía… ………………………………………………………………………………………………………… Al fin el Corneta de Órdenes tocó silencio. cuando quedó todo el campamento sumergido en el más profundo silencio y obscuridad. cuatro tiros lo despacharían incontinente al otro mundo como espía. pero al fin accedí a su súplica. en el espacio. Para 1 Alusión al Cao. y es lo que importa. pide permiso para hablarme. Si por cualquier casualidad se descubría quién era. entra y se sienta. con blando paso que apenas se siente. Anochecía… MÁXIMO GÓMEZ (1836-1905) El sueño del guerrero Para Clemencita Gómez Toro …Desaparecía el sol. escondiéndose en el ramaje de las altísimas palmas y de los corpulentos árboles. se filtraban aún al través del espeso ramaje. de un planeta muerto. pronto el Destino me dejó huérfano. y le permití que hablase. mi alumbramiento costó la vida a mi madre. Lo único que exijo de ti es que pongas lo que puedas de tu parte para que me acepten… No creo eso cosa difícil… El coronel Virico no opuso a esto ninguna objeción seria. es inútil que me lo preguntes pues no te lo diría. un anciano de aspecto venerable. y quedé solo vagando entre los hombres como el fragmento. Comenzaban a oírse vagos rumores. que quiere colocarse en el servicio de convoyes que se mantiene con Santo Domingo. Momentos después ambos se alejaban por distinto rumbo espoleando sus respectivas cabalgaduras. seguir viaje hasta la misma Capital y comunicar algunas instrucciones a la Junta secreta que dirigía allí el cotarro revolucionario. Esta noche escribiré al general Salcedo informándole de todo lo que he podido saber y mañana me presento en el campamento fingiendo ser un peón de la finca del vale Goyo. Y yo me tendí cuan largo soy. lo que quiero que sepas. que iba atenuándose rápidamente. tampoco es del caso que lo sepas. Al salir del bosque se dieron un fuerte apretón de manos. como quien no desea ser oído de otro. lo que hizo de la manera siguiente: —”Mi nombre poco te importa saberlo. La naturaleza se aletargaba en una paz infinita. Y con los pésimos antecedentes que tenía… —Tengo que ir y lo haré aunque pierda la vida. es mi historia. en mi hamaca de campaña. 71 . El coronel Virico procuró disuadirlo de tan peligroso empeño. Había que prever cualquier endiablado percance… Avanzaban con trabajo por en medio del bosque espeso. Nací pobre. los demás lo repitieron y apenas se extinguió el eco prolongado de esta consigna. un hombre. en un silencio solemne interrumpido solamente por el monótono estridor de los grillos y lejanos relinchos de caballos. se acerca a mi tienda y. apenas fui amparado por la Fortuna. apenas doraba con sus últimos rayos las cimas de las altas montañas del Jatibonico: el alborotoso pájaro negro1. Le recomendó únicamente que no llevara sobre sí ningún papel que pudiera comprometerle. Pasado un momento. y la mansión de donde vengo. Quedéme un tanto sorprendido al apercibirme de aquel extraño desconocido que así se atrevía a faltar a esas horas a la consigna.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I campesino. Hilos de tenue claridad muy vaga.

alumbrando los rayos de mi gloria dos Mundos a la vez. como el apasionado de una belleza ideal que huyese al contacto de su ardiente mirada. Era la tortura del criminal a solas temblando ante la presencia de su interno y severo juez. —”Sometido a varias torturas y contrariedades. Sobre mi corazón y mi conciencia pesaba un insoportable remordimiento y en vano trataba de averiguar la causa. Largo tiempo –como un mendigo– vagué entre ellos cual un desconocido y apestado. y cuánto he padecido después!… Cuántas veces he maldecido mi existencia. Rodeado de tanto agasajo y ovaciones humanas. no sintió mi corazón –por fortuna mía– el tormento de la vanidad y la soberbia: antes por el contrario. La blanca túnica de mi inocencia no estaba manchada con ningún crimen mundanal. y yo escuchaba asombrado. sino más bien provocar sonrisas y alegrías. comprimida en el fondo de apagado volcán. oh cielos. “Crucé entonces el océano y suplicante interrogué al mar y a la tempestad. que eso es amar a Dios. pude al fin realizar mi empresa. y reyes hubo que se sintieron humillados y empequeñecidos ante la majestad y grandeza de mi gloria. sin más amparo que Dios. Después de una breve pausa. ¿Por qué. por entre peligros y escollos. No contento el Destino con el suplicio a que eternamente me había condenado. tan tremendo castigo de la inquietud tan acerba y constante que acosaba mi espíritu y que no me dejaba gozar de las delicias que proporcionan la Gloria y la Fama?… Loco me fui adonde el cóndor hace su nido y desde allí –en la soledad del desierto– llamé a los espíritus para que dijeran la causa de mi secreta angustia. pues. me contestaron. Incorporado apenas. y el trueno ahogó mi voz. Inútilmente interrogaba mi pasado. tan sólo el silencio y el vacío me circundaban. Las naciones todas me rindieron adoración y respeto. colocado de pie encima de pedestal tan alto como el Sol. “Yo no había hecho. yo sentía en mi alma un secreto dolor que me consumía sin podérmelo explicar. y arranqué al Mundo –para el Mundo mismo– un portentoso secreto. Los más pequeños me creyeron un Dios. y ni el desierto ni los espíritus. Entonces el Universo entero me saludó entusiasmado. puso Dios una idea en mi mente que a medida que el tiempo pasaba y los años maduraban mis juicios. en fin. porque se cumplió el plazo y abandoné la envoltura que aquí me retenía. y me detenía a escudriñar mi presente.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS mi mayor tortura. y los hombres se hicieron mis enemigos y me vejaron y me despreciaron. y mi espíritu se sentía sobrecogido por una especie de religioso temor. Desesperado me precipité a los abismos para concluir con el dolor de mi existencia desapareciendo en sus insondables misterios. y besaban de rodillas mis vestiduras. y me apellidó El Glorioso. su semblante se iluminaba con una aureola casi divina. perdido y desamparado. continuó. víctima de infamias y desprecios. sentí de nuevo en mi pecho el diente que me mordía y me devoraba… ¿por qué. me 72 . derramar una lágrima. yo no había amado nunca sobre la tierra más que a dos deidades: la Ciencia y la Virtud. tan cruel tortura? Decídmelo… ¿Cuál ha sido mi gran culpa? Los cielos guardaron silencio. ningún acto mío acusaba mi alma de maldad. pesándome hasta haber nacido…” Al mismo tiempo que aquel anciano proseguía en su narración. quise arrojarme al torrente y una mano invisible me separó del peligro. solo. y me devoraba el corazón. quemaba mi cerebro como lava ardiente. en un impulso irresistible de desesperación. pesada como un fardo. No pudiendo resistir más mi existencia. preparó la Envidia y la Calumnia que armadas me asaltaron en el camino. Y cuando creí curarme de mis dolores. ¡Ah! ¡cuánto he sufrido antes. yo no había hecho más que obras de bien. pero una mano invisible me salvó medio muerto y me arrojó –como el despojo de un naufragio– sobre la arena de la playa.

Casta y Niña. —¿Y tú quién eres. atalaya i nido de ruiseñores. En el patio –un cuadrado con arbustos florales– erguíase un árbol. En el mundo –el suyo– conocíaselas con estos apelativos disílabos: Pura. con algunos rasgos de belleza juvenil i no pocos de buen humor. Era evidente que de cada nombre propio fue deducido el que cada una de ellas llevaba i hasta con ufanía. no familiares. 1889. aislada en su solar urbano. i sacadas de pila con sendos nombres de esos que guarda el santoral o que ofrecen las hojas diarias del calendario. 73 . insigne. con la narración de sus desdichas. El interior se distribuía en cinco piezas: sala. “Recogieron los hijos de los nuevos pobladores la desgraciada herencia de tormentos y martirios que les legó la raza desaparecida al furor de los conquistadores. comedor i tres alcobas. no me juzgues sin haber antes acabado de oírme. En vez de condenarme. Y tú. Tres damiselas. Susana e Inocencia –respectivamente– eran sus nombres de pila. Concepción. —”Aguarda –me dijo con calma y gravedad aterratoras– aún no he terminado. Demasiado desgraciado he sido. como un hierro candente. en la mansión de los justos me está prohibido entrar sin el perdón de dos razas. Con esos fueron inscritas en el registro parroquial del templo católico en que cada una de ellas recibió el agua del bautismo. sin poderme contener y borrándose de improviso en mi ánimo la impresión de compasión y de ternura que aquel ente singular y desconocido me había inspirado. vengo aquí –postrado a tus pies– a suplicarte me consigas el perdón de todos los tuyos y quede cumplida la Eterna Sentencia… Soy Colón” –dijo. –dijo–. Yo aparecí entonces manchado de sangre”. que ya estás en víspera de terminar la gran obra de la Redención de esta Tierra. sin asilo y sin fortuna. FEDERICO HENRÍQUEZ Y CARV AJAL (1848-1951) Humorada trágica ………………………………………………………………………………………………………… Sita en la linde oeste de la villa. Circuíala una galería de torneadas columnas. con tu alma grande me tendrás lástima. y calló… Un sonido estridente me sacó de aquel estado: el corneta tocó diana. Por ellas subía en espiras la trepadora madreselva. tenían su morada en ese alegre hogar sin fogones ni estufas. ilustre guerrero. asesino? –exclamé indignado. y continuó: Si en la tierra fui un paria desheredado. había una casa de madera pintada a dos colores: azul i crema. bárbaros y estúpidos. porque ha caído sobre mí –como lava ardiente de encendido volcán– la sangre de una raza inocente extinguida. Junio. Cuartel General de La Demajagua. que convidaba a dormir la siesta bajo el quitasol esmeralda de su tupida fronda. Eran cortesanas a la moda. nacidas en andaluces lares. Era un sueño. En el mundo era otra cosa. el crimen de haber descubierto un mundo y el de haberlo entregado a la barbarie y la usurpación. y desde aquella terrible hecatombe quedó marcado sobre mi nombre y mi conciencia. No eran las Gracias del helenismo ni las Marías del cristianismo. por mí descubierta.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I elevé a la mansión en donde termina el misterio de la vida. tal vez en cármenes granadinos.

sin volver la cara e inclinado bajo el peso de su edad provecta o de su espíritu lleno de virtudes. encendíasele. cuellicorta. Una los leía. los pies. chica. Coincidían también en gustos i carácter. Las manos. que el Cura era una de tantas… –dijo la Niña. Era el anciano presbítero don Vicente Villanueva. Era. La villa estaba de gala. Bajo la copa del árbol. por eso. negro el pelo de ondulada caída.  Lucía la tarde de un día festivo. según su costumbre. con oleadas de sangre a flor de cutis. en horas de siesta. aves de paso. Gustábales el canto. dentro i fuera del templo. lentamente. El tránsito por aquella calle limítrofe era escaso. Pero en veces saboreaban. ¡Lástima de juventud florida que a diario se mustia i se deshoja al fuego de la lascivia! Dos de ellas –Casta i Pura– lucían el mismo color mate-moreno –suele decirse en el solar hispano– i ambas tenían. ¡Claro! En la charla se habla de todo i aún de todos. Era un bueno i teníanle por un santo. les cabían en las manos. —¡Bah! Es un hombre i ha sido joven. Con él apuntalaban ellas la suya. en el rostro. como él. casi redonda. delgadas i esbeltas. Hacían. La piel. caritativo i casto. —Vas a reventar. tenía el color i el brillo del alabastro. Tenía los ojos garzos y el cabello como oro en ascuas. Entreteníanse en ver la gente que iba o venía. como una aureola. “La murmuración –se ha dicho i no de ahora– es un puntal de la vida”. versos eróticos. como un globo inflado con aire –decíanle a menudo sus dos amigas. por la falda. menudos. en ocasiones se veía pasar al venerable Cura de almas de la parroquia. La gula había hecho presa en su insaciado organismo físico. –no sin énfasis declamatorio– i todas los celebraban. chica. El trío había formado la tertulia en la galería i frente a la calle. Seis a siete lustros contaba en aquel curato. Solían alternarlos con seguidillas i malagueñas o con soleares i cantares de la tierra de Mariasantísima. En todo lo demás formaban un trío. ¡Quién sabe si todavía!… 74 . Leían mui poco. solían entonar canciones i puntos antillanos. —Anda. a menudo. mórbidas. mui fina. En eso apareció el párroco. como rara golosina. Su grosura no era óbice a su apetito desordenado. El palique. Iba cabizbajo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Las tres estaban en la primavera de la vida i las tres eran hetairas. Entre los transeúntes. o los recitaba. deja en paz al señor Cura. El buen humor daba sueltas a la lengua i la lengua suelta destilaba acíbar sobre los transeúntes. eran pequeñas. por el contrario. a la caída de la tarde. en la noche i a guisa de serenata. Era manso e ingenuo. Iba siempre. la inopia i el hospicio. —A ese viejo todos le debemos respeto. en cambio. organizábase el concierto vocal en la galería i bajo la enredadera que ponía en la casa-quinta algo de misterio i algo de poesía. El de Paúl le servía de modelo. abstraído. Es un santo. Las damas salían peor libradas que los caballeros. era gruesa. Entonces entraba en juego la guitarra a la par alegre i triste. Padre Vicente le llamaba el vecindario. Un aura de respeto i de cariño lo envolvía. La Niña. que eran parcas en el comer i sobrias en el beber. constituía para todas la comidilla cuotidiana. A veces. Tal vez lo llamaba la tierra… Memento homo… —Creí. como los ojos. mui buenas migas. Luego –en el medio día de su vida licenciosa– lo serían por el legado prematuro de su anómala existencia: el dolor. Hacían la vida en común i como si fuesen hermanas: hermanas en la servidumbre del placer furtivo i efímero.

75 . Entre sorbo i sorbo. a dúo. se quemaría en el fuego de todos los besos que arden en mi boca. como una saeta. —Santurronas. volaba el dicho agudo i picante. La Niña cavilaba. Pura escribió unas líneas i –ya en la puerta de la calle– puso el papel i una moneda en las manos de un adolescente que acertó a pasar por allí en aquel instante. La Niña echaba de menos un tercero. Hubo un rato de silencio. esta misma noche. pero ayuna de caricias. si estuviérais en mi caso. por instantes. clamorosa. Virgen i mártir. Hai que llamar al Cura… —El caso es urgente i de conciencia… ¿Qué os parece? —La broma es pesada… —Pero digna de una tragicomedia –completó uno de los jóvenes. Una risa. —Apuesto –insistió la Niña– a que. Era una cena opípara. Había comido i bebido con exceso. Yo me voi a la cama. —Siempre ha vivido solo. —Sea. Otra cosa diríais. Era un abuso. en alta voz. el otro. La Niña propuso: —Hágase la prueba. Los jóvenes se habían refugiado en el lado opuesto de la galería. Estoi enferma i necesito de los auxilios espirituales.  Media hora había transcurrido cuando –en ejercicio de su ministerio i llevando consigo el ánfora de los santos óleos– llegaba el padre Vicente a la casa de la enferma fingida. —Eso mismo digo yo i voi en contra tuya. —¡Vanidosa! Pues yo apuesto a que te haría caer de rodillas i pedirle perdón por tu insolencia. En todo era golosa. Llamemos al párroco –concluyó Casta– antes de que la Niña se arrepienta o se despida en viaje por expreso para el otro barrio. Se desquitaba comiendo i bebiendo. gustoso i listo. el pobrecito. Eso decís porque estáis acompañadas. El beso. hallábanse a la mesa. El uno cortejaba a Pura. echó a correr con dirección a la morada del cura. La conversación. La austera figura del levita se dibujó en su imaginación enardecida. Sus canas le sirven de escudo. Desde la puerta hizo el saludo ritual del oficiante: —¿El Señor sea con vosotros! Pudo haber dicho “con vosotras”. adquiría tonos subidos en color i ritmo. Niña. El vino se les subía a la cabeza. El mandadero. ajenos a la disputa. a Casta. coreó la irreverente burla de la atrevida hetaira. Estaba harta i un poco ebria. Los jóvenes. Se sonrió con una mueca satánica e hizo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Pues aseguran que nunca ha pecado. sellaba los labios agresivos. egoístas. —El padre Vicente es un santo. Ni ama de llaves ni sobrino tiene… —¡Oh! cuando se muera. Ese mismo día. El es inviolable. no cesaban de reír a mandíbula batiente. esta afirmación provocativa: —Si el padre Vicente estuviese aquí lo haríamos caer en pecado… —No digas eso. será canonizado por sus virtudes i el almanaque traerá esta leyenda en su honor: San Vicente de la Aldea. La Niña protestaba. si lo hiciésemos venir aquí. en la prima noche. Costeábanla dos apuestos jóvenes cogidos en la jaula del trío.

la moribunda. harto efímero. Allegóse a la cama. Se moría con los ojos del alma fijos en el cielo. ¡Dios la acoja en su seno i en su gloria! Casta i Pura –sobrecogidas de espanto i de angustia– cayeron a los pies del lecho mortuorio. No pude confesarla. Se moría. Otro ronquido. atenuaba la luz una lamparita. Estaba a dos pasos de sus compañeras e iba a morirse abandonada i sola. con un gesto fervoroso. —Entre. —Hermana: aquí estoi. fue perdonada por haber amado mucho i por haber creído. Miró de nuevo… La joven hetaira. ¡Pero ya no! El bondadoso Cura de almas se hallaba a su lado. El anciano sacerdote entró solo a la alcoba. Llegué tarde. I siempre de rodillas –como la cortesana de Magdala con el dulce Nazareno– 76 . seguidas por sus compañeros de orgía. tomó la sábana de blanco lino. Luego. entró en el arcano del eterno sueño. articuló por sílabas esta frase de fe i de esperanza: —El padre Vicente es un santo i con su perdón i sus oraciones me abrirá las puertas del cielo. i no pudo. La broma se había convertido en un drama. había querido gritar. la pecadora.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Buenas noches. Una mujer. como un eco sin palabra. E inclinándose. Entraban a la alcoba. cada una de ellas le tomó una de las manos al venerable Cura de almas para besársela. como si recuperase la conciencia. Apenas había tiempo sino para administrarle la extremaunción. con piedad i ternura. No se inmutó por eso. La risa les retozaba en el cuerpo. color de ópalo.  —¡La Niña ganó la apuesta! Era una algarada de voces ebrias i de risas locas. La confesión era ya imposible. Para confesarla había ido. in extremi con los santos óleos i con el beso de paz i de amor en Cristo. como quien mira i no ve. con los ojos entreabiertos. En aquella alcoba está la enferma. No la despertéis de su último sueño. Sólo he podido ungirla. La Niña era presa de una apoplegía fulminante. El anciano miró con su cansada vista. Magdalena. Al entrar tuvo la sensación de la penumbra. Era el último dolor. ungió la frente de la pecadora con un ósculo de paz i de misericordia. Oíase en la estancia un ronquido sordo. i la subió hasta los hombros de la joven desnuda. sonreía… Así. ligeramente. desnuda. casi afónica. sonreída. Pon tu fe i tu esperanza en el Cordero sin mancilla. musitando a dúo el padre nuestro. Este volvió a llamarla. La joven hizo un esfuerzo. parecía una estatua yacente. sordo. I le señalaban el aposento en donde estaba la Niña. de haber pecado con su complicidad en tal aventura sacrílega. habían creído ver que el anciano sacerdote deshojaba la flor de un beso en los burentes labios de la Niña. El levita les salió al paso para decirles con voz unciosa: —Callaos. padre. i se quedó mirando dulcemente al venerable anciano. con mano trémula. para ver i celebrar el triunfo del placer i de la vida. ¡La infeliz! Había intentado salir del lecho. medroso. El párroco tomó las manos de la muerta i se las puso en cruz encima del pecho. con un seno de la enferma i lo sintió vibrar al contacto de su mano. Oró por ella. Era la atrición. Bajo una guardabrisa. Se moría. i se hallaron con un cuadro de dolor y de muerte. En vano: No contestó. Las dos hetairas. Eso hizo. se produjo en la abultada i enrojecida garganta de la Niña. Su mano rozó. Vengo a confesarte. sin duda. Luego. Le cerró los ojos. En el lecho había alguien.

mirándolo con sus grandes ojos expresivos. ese condenao no jecha a perdé la noche. —¡Qué grasioso! Parese que ere tan baliente como tan fino… Los dos se miraron y sonrieron. en San Mateo casi esquina Carbario. ¿Cómo ‘e su grasia? —Mario Luna. Nuevo silencio. pa serbirle. Él la miró a su vez y no dijo nada. mejorando lo presente. —Mucha grasia. —¡Jesú! –gritó la negra. Ese salao no se levanta deay en una hora. 1922. Y los tres echaron a andar. 1885) La conga se va… —¡No sea freco! ¡No te conoco! —¡Deja la muchacha quieta! ¡Sinvergüenza! —¡Adió! ¿Qué se habrá figurao la negra vieja? ¡ni que la chiquita fuera de seluloide! ¿De dónde vendrán a la dos de la mañana? Pa mí que… El impertinente que así hablaba –un mulato vestido de blanco–. Tós son uno perdío. y rodó en el polvo. Al cabo de un rato preguntó: —¿Y tú cómo te yama? —¿Yo? ¡Tengo un nombre má feo! Juaniquita Lafori… —No hay nombre feo si se sabe yebá bien.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I cubrieron de besos i bañaron con sus lagrimas aquellas manos –lirios de castidad i de pureza– que acababan de administrar el último sacramento a la hetaira súbitamente fenecida. joben –dijo la vieja al doblar la esquina. abrazándose a la niña. Perdió el equilibrio el atrevido. ¿Dónde biben utedes? —Aquí serquita. muchacho. no pudo acabar la frase: junto a las dos mujeres apareció de súbito un mocetón de negra tez que le descargó en el rostro un tremendo puñetazo. que desde el borde de la estrecha acera se inclinaba con alcohólica efusión sobre la chiquilla. —¡Qué bonito suena ese nombre! –murmuró la chiquilla. pasará la noche en el bibac. —No se asute bieja –exclamó con voz sosegada y firme el inesperado defensor–. —Boy con utedes. Si un polisía topa con él. —Si no’e por uté. que tengo trese y tó er mundo cree que ando en lo quinse. Mira. Te pasa lo que a mí. MAX HENRÍQUEZ UREÑA (N. como er freco ese que preguntaba aónde íbamo 77 . que a los pocos momentos rompió la vieja: —¡Ay! Entoabía me dura er suto. El padre Vicente trazó en el aire el signo de la cruz –símbolo de redención i de amor en Cristo– i las bendijo… Santiago de Cuba. que la jubentú de hoy no sirbe pa na. —No la merese. Pareció vacilar un momento y tras breve pausa inquirió: —¿Y cuántos años tienes? —¿Yo? Ando en diesisei… —¿Na má? Pué parese tener má.

Mario. agüela. cuando no tán pensando en que yeguen lo carnabale pa salí en la conga. Yo yebo siempre a mi nieta pa que me acompañe y pa que aprenda. ¡Ese si ‘e baile fino! Hay mucha gente de arriba que pasa por ayí pa bela bailá. no diga eso. con flore y papelito. Pero si le quitan eso ar pueblo ¿qué le ban a dejá? —Aquí ‘e –dijo la abuela deteniéndose ante una vetusta casucha que en su reducido frente lucía un amplio portón y una ventana con barrotes de madera–. Y tú no irá tampoco. desía que la yamaban minué. mitad cubano–. y ella se puso a trabajar como lavandera para ganar su propio sustento y el de la única hija del matrimonio. II Mario volvió días después y gradualmente se habituó a frecuentar aquella casa y a oír de labios de Ma Juana el recuento de toda su vida. La jubentú ‘e pa dibertirse. —¿Y qué otra dibersión tenemo en lo carnabale de Santiago de Cuba? Mire. El nombre de su marido. Adiós. Mario. por su madre! Mario soltó la carcajada. Si eta jubentú tá perdía. Date tu bueta por acá uno de eto día. ¿Qué saca un muchacho como tú. Tó er que entra en la conga se siente alegre. que en gloria eté. Un fransé de Fransia tubo a bela una noche y dijo que se paresía a un baile de su tierra. mitad francés. Cuando estalló la guerra de independencia. grande… ¡Cuánta gente!… Cuando la cabesa yegaba a Carbario. que era el fruto de sus ahorros. En lo periódico se quejan a vese de que la autoridá deja salí las conga. parece que murió en la invasión a Occidente. —Adiooós. con mucha conga… El año pasao pasó por casa una conga grande. salimo nunca en una conga. Pero lo jóbene de ahora no tan má que por er son. pero ya no la bailamo má que lo biejo. que yo me muero por la conga! ¿No le guta ese cantico que dise: La conga se bá. Después no hubo más noticias de Esteban. Beníamo de la tumba fransesa ¿sabe? Dende chiquita aprendí a bailala. pero lo bueno son lo carnabale de nosotro en julio. Y yo me boy tras eya…? —Céllate. que paese buena persona. Ma Juana entretejía sus recuerdos como quien piensa en alta voz. Y esa conga que salen ahora no son má que un relajo… —¡Ay! ¡Ma Juana. del tiempo de lo reye. que ni yo ni tu mamá. Esteban se fue al monte. y a él se debía casi toda la obra de carpintería de aquella casa.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS de madrugá. no diga eso. Juaniquita. muchacha. —¿Qué quiere usté. Esteban había torneado los barrotes de madera recia que lucía la ventana. brotaba a cada momento en su charla: Esteban fue en su tiempo el mejor carpintero de Santiago de Cuba. Esteban Lafori –criollo. bieja. —¿No lo dije? –interrumpió la abuela–. con andá en ese relajo? Un día saldrá deay con la boca rota y jata con puñalá en er corasón… —¡Ay. Ya sabe. bieja? –dijo–. no se sabe si de fiebre o de bala. agüela. la cola pasaba toabía por la otra esquina… —Ahí taba yo –dijo Mario. ¡Qué lástima que Esteban no alcanzara a ver 78 . Y que Dió te bendiga… —Grasia. lo blanco jasen su carnabale en febrero. que aquí tiene tu casa.

Mario! ¡Yébame! —Pero muchacha. marcaba el paso con gracia. y en hermosa mujer. y se dejó seducir por él. ¿De qué hablaban? Juaniquita no hilvanaba recuerdos. 79 . En más de una reunión familiar celebrada en el vecindario. erguido el busto donde los senos eréctiles parecían horadar el corpiño. —¡Ay. Esos amores fueron fatales para Juanita. y si se separaban momentáneamente para hacer figuras de capricho. como su abuela. Los amos les permitieron celebrar fiestas carnavalescas en los meses de julio y agosto. si tu agüela no te ba a dejá… a eya no hay quién la conbensa… —No importa: yébame. ¡Ah! Y me han invitao a salí en una conga que dicen que ba a dejá chirriquiticas a toas las que se han bisto ata ahora. Después de extinguida la esclavitud. eso será la gloria! —No sé cómo te bas a arreglá… Yo no me atrebo. bidita. Majestuosa y esbelta. Quiero dir manque sea una sola ves. en armonía con las necesidades de la industria azucarera. Mario la sintió languidecer de deleite entre sus brazos al bailar el danzón: se unía a él con flexibilidad de serpiente. puso un día los ojos en un desconocido que vino de otra provincia. a la hijita que dejó de pocos meses! ¡A Juanita no había otra mulata que le pusiera el pie delante! ¡La pobre! Si Esteban hubiera vivido no pasa lo que pasó… Juanita. que tantos enamorados tuvo. y al otro día. —¡Estos carnabales sí que han a tar bueno! –decía Mario a Juaniquita en los primeros días de julio–. Me han dicho que ban a sacá reina a una muchacha que trabaja en la fábrica de Martíne. —¿La conga no sale el benticuatro? —Sí. suspiraba por ser reina de carnavales. mi negro. pero otras veces. el día de Santa Cristina. daba desde la acera las buenas noches y se detenía en la ventana a hablar con Juaniquita. y buelbe a salí al día siguiente. y todo su cuerpo se estremecía con la rítmica ondulación de sus caderas cuando. Consagrados los meses de invierno y primavera a la molienda de caña. durante horas. sólo en el verano podían los esclavos libertarse del látigo del mayoral que les laceraba las espaldas y disfrutar de algunos momentos de solaz. Dende chiquita toy loca por dir a una conga. dispuestos a casarse. ¡El baile! Ya en la tumba fransesa le concedían alguna vez un turno. en señal de abandono. ¡Qué gustaso tan grande me boy a dar si tú me yeba! ¡Y contigo. La época de la esclavitud implantó esta costumbre. III Se acercaban los carnavales de verano. que ‘e Santiago. como si esquivara la parlería torrencial de la vieja. complacíase en marcar el compás a contratiempo para girar después hasta el vértigo sobre sí misma y caer de nuevo en brazos de su galán. Al poco tiempo de conocerse eran novios. mucho baile y mucha recholata. Después que la abandonó se supo que era casado. daba la vuelta al salón bajo la caricia de cien ojos codiciosos que sentía clavarse en cada uno de sus poros cual ósculos de fuego. sino anhelos. Ansiaba romper con la paz de aquella vida que su abuela le había impuesto: soñaba con fiestas populares. la tradición mantuvo la celebración de esa fiesta como diversión popular. Ba a ber mucho jaleo. y fue dejando pasar el tiempo sin decidirse por ninguno. que ‘e Santa Ana. que murió al dar a luz una niña… ¡Cómo se parecía Juaniquita a su madre: tenía su misma cara y su mismo cuerpo! Mario escuchaba entretenido. sentía temblar sus pies ágiles con sólo evocar la idea del baile.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I convertida en mujer. esa animada reconstrucción del pasado.

señalando unos muchachones alegres que venían en primera línea. Panchito! –gritó. prenda. ecos confusos de voces humanas. Dios quiera que tó salga bien. mi negro. Algunos portaban largas varas que remataban en farolillos de papel. Tú no sabe er gustaso que tú me da… ¿Por aquí biene la conga? —Por aquí tiene que pasá… ¡Ahí biene! ¡Óyela! Juaniquita prestó atención y percibió un vago rumor que por momentos se acrecentaba: ruido de atabal diluido en el viento. de cantos y gritos… El rumor iba creciendo. —Bueno. —¡Aquí toy. repitiendo sin desmayos la frase musical. —¿Y despué. esperado por Juaniquita con viva ansiedad. —¡Pue que biba la nobia! —¡Que biba la buena hembra! —¡Bibaa!… –vocearon en coro. Mario! Si tú me quiere de berdá. barará. y tú me espera por ahí serca. Bururú. barará. ¡Qué buena hembra! —Cuidao. y cada vez se hacía más distinto el rítmico tamborileo del bongó junto con el cuchicheo del güiro y el desenfrenado resonar de las maracas… Mil gargantas entonaban a un tiempo el canto popular.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Pué yo me hoy ar Santo de Critinita y de por ayí nos bamo… Ma Juana siempre me deja dir sola temprano y de ayí me traen. —Ya lo creo. 80 . tú me yeba. —¡Se acabó caña! –contestóle un joven de rostro ancho y regocijado–. que esa buena hembra ‘e mi nobia. La muchacha tá pasá –agregó otro–. primitiva y breve como su letra: Bururú. Radiante de ilusión y de contento abandonó a temprana hora la fiesta familiar que le sirvió de pretexto para salir de casa con permiso de la abuela y fue a reunirse con Mario en una esquina próxima escogida por ambos como punto de cita. precedida de un grupo de chiquillos desarrapados que hacían cabriolas y marcaban el ritmo con el temblequeo incesante de sus hombros. señore –advirtió Mario–. Bámono con él… La inmensa ola humana llegó. —Ni te ocupe. —¡Cómo no! Si contigo tó tiene que salí bien… ¡Qué bueno ere! ¡Cómo nos bamo a dibertí!… IV Llegó el día de Santa Cristina. Cómo tá Miguel. Esa noche le digo a Critinita que no pué sé que me quede. ahí tán mis amigos –dijo Mario a Juaniquita–. ¡Aquí tá Mario! —¡Se acabó caña! –repitieron los demás– ¡Que biba Mario! —¡Bibaa! —Y viene acompañao –observó uno. —Bamos. si tu agüela lo sabe? —Ya beremo… —¡Jum! ¡No me guta! —¡Ay.

y soltando después su pareja. Todos unieron sus voces para repetir en coro el estribillo que seguía a la estrofa: Bururú. se dejaron llevar por la muchedumbre. giró en redondo sobre sus pies. Juaniquita. y tras de recorrer algunas manzanas torció hacia la parte baja de la ciudad. Cómo tá Miguel. se abrazó a Panchito. La agarró por el brazo y la separó bruscamente de Panchito. mientras Mario se abría paso a empujones. Y agarrando por el talle a Juaniquita la estrechó contra su pencho. Y abrazados. —¡No arrempujen.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I El oleaje multánime los arrollaba y los apretujaba unos contra otros. Mario –dijo Panchito. apretándose más y más el uno contra el otro hasta sentir adoloridos los músculos. Juaniquita. el canto seguía: En este mundo infinito. Juaniquita se sintió oprimida contra el joven de cara ancha a quien primero saludó Mario. seca y enérgica: —Bámono. —No sé –contestó Panchito. 81 . Ella guardó silencio. —¡Maldita sea la hora en que te yebé a la conga! Por suerte no son má que las onse y tu agüela no sabrá ná. pero cada vez que Panchito pretendía de nuevo ceñirle el talle se escurría con donaire. —Con tu permiso. Las casas y los faroles danzaban ante sus ojos como fantasmas. barará… La ola humana los envolvió y siguieron la marcha juntos. caminaba llevando el ritmo con todo su cuerpo. atemorizada al sentir la presión constante del enorme gentío. —¡Arroyando. Bururú. —¿Y Mario? –preguntó Juaniquita. atontada. lo juro por San Antonio. la mujer ej’un demonio y el hombre ej’un angelito. Ya eran el juguete de la multitud gesticulante que los arrastraba entre contorsiones lúbricas y respiraciones jadeantes. Esas fueron las únicas palabras que Mario profirió en todo el trayecto hacia la casa de Juaniquita. arroyando! –vociferaron algunos. —¡Y pá qué tamo aquí sino pa arrempujá? –contestó una voz fuerte detrás del grupo. pero al llegar frente al viejo portón se detuvo y volviéndose rápidamente besó a Mario con furia en la boca. después de dar una vuelta vertiginosa volvía hacia él. La conga irrumpió en una de las calles de mayor tráfico. mientras Juaniquita. estremecida y palpitante… De súbito oyó la voz de Mario. cruzó bajo la catarata de luz de las vidrieras comerciales. Ella se dejó conducir. marcó en el espacio vacío que precedía a la horda delirante algunos pasos de rumba. siempre enlazada a su compañero. caballeros! –gritó Panchito. Juaniquita. ¿Cuánto tiempo transcurrió así? Juaniquita no habría podido decirlo. Entre tanto. barará.

un estandarte negro en cuyo centro sonreía una calavera… Junto al macabro estandarte Juaniquita vio refulgir un relámpago. daban a aquella conga. que pué sé tu desgracia –contestó Mario en tono de disgusto. a modo de plumero. agregó: —¿Jesú! No te ponga tan guapo. luego. Al cabo de tres días consecutivos de euforia carnavalesca. Panchito me yebará. pero ten cuidao… ¡Que no te bea en la conga. pero me tienes que yebá pasao mañana. —¡Na! –contestó él. los rostros desencajados. alcanzó a distinguir un hombre que se despedía de ella en la ventana y se retiraba luego con andar presuroso. las voces enronquecidas ponían graves notas de miserere en la tonada popular. —¿Qué? –inquirió Juaniquita en tono de desafío. Y echó a andar calle arriba. Como ‘e Santa Ana. VI Al incorporarse con Panchito a la conga del día de Santa Ana no experimentó Juaniquita las mismas emociones del primer día. un aspecto de aquelarre. Mañana no puedo dir a la conga. Y se alejó. y de ahí nos bamo junto. mi negro! —No me hable más de conga. aún más nutrida que la primera.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Mario! –murmuró suplicante–. Có-mo-tá Mi-guel… El ritmo lento. Juaniquita sonrió: —Bueno ¿y qué? Si tú no me quiere yebá a la conga. deshaciéndose de Juaniquita. ya entre nosotros no hay na. que le parecieron enormes como los de un puerco cimarrón. Y al ver el rostro congestionado de Mario. ba-ra-rá. sacudidos por el viento quemante de la canícula. tratando de bajar la voz por temor a que la abuela se enterara de lo que pasaba–. pero la ira ahogaba las palabras en sus labios trémulos. extraños símbolos que aparecían como absurdo remate de pértigas descomunales: un penacho de plumas rojas. yo conseguiré que Ma Juana me deje ir a ber una amiga. que el cansancio hacía más pausada: Bu-ru-rú. un rostro sonriente y terrible de un gigante de ébano. Paese que me ba a comé… ¿Tá seloso? —Óyeme –masculló Mario casi entre dientes. iluminado por una doble hilera de blanquísimos dientes. –Bururú. como único saludo. barará– cantaba con voz de 82 . La muchedumbre ofrecía un aspecto extraño y lúgubre que le infundía temor. —¿Era Panchito el que hablaba contigo? –dijo al llegar. ¡Pero no te desperdigue como eta noche. porque!… Quiso agregar algo que vagamente se traducía en un gesto amenazador. los gestos incoherentes. V Cuando al anochecer del día siguiente se acercaba Mario a la casa de su novia. En el aire flotaban. Alzó los ojos y vislumbró muy cerca una mano negra que esgrimía un puñal.

barará –repetía junto a Juaniquita el negro horrendo. pero Panchito la atrajo hacia sí con violencia. El calor era asfixiante. bururú. barará… Bongoes. barará. repetidas con exaltación creciente hasta el infinito: Bururú. Juaniquita quiso huir. bururú. El olor acre y capitoso del sudor humano mezclado con el alcohol enardecía a la muchedumbre como un tufo afrodisíaco. epiléptica de lujuria. barará. y el coro inmenso y jadeante. al conjunto de manos febriles. claves.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I trueno el negro hercúleo. una mano fuerte separó de la cintura de Juaniquita el brazo fornido que la ceñía. sólo acertaba a balbucir las primeras sílabas del estribillo popular. güiros y maracas sonaban de manera incesante. siguiendo el vaivén isócrono de la muchedunbre. atropellando la frase melódica. Con furioso golpe. mostrando sus colmillos de jabalí: —No te lo quiera coger tó. hombres y mujeres se agitaban con lúbricas contorsiones o saltaban ebrios de locura dionisíaca. y apretándola con frenesí la besó en la nuca. que la muchacha tá pulpita… Y ciñendo con el brazo la cintura de Juaniquita. bururú. trazando una parábola amenazante. Mario se irguió como para defenderse y recibió el golpe en mitad del corazón. la levantó casi en vilo y avanzó con ella algunos pasos. voces infantiles rompieron a cantar: 1920 La conga se va. barará… Desde el balcón vecino. De súbito se volvió hacia Panchito. —¡Mario. Un escalofrío de placer sacudió su cuerpo. La conga. Mientras su cuerpo se desplomaba en brazos de Juaniquita. al par que marcaba el compás con los relámpagos del acero que llevaba en la diestra. y su cabeza cayó pesadamente sobre el hombro de Panchito. El puñal frustró en el aire su rítmico centelleo y el brazo negro y lustroso se alargó en la altura para descender con ímpetu hacia Mario. A las voces veladas por la afonía se mezclaban alaridos que taladraban el aire como voceros de insania. su camino: Bururú. frenética. Por momentos el ritmo de la tonada se hizo más y más vivaz. se retorcía y vibraba como si tuviera un solo cuerpo y una sola alma… Bururú. Niños. mientras con la hoja brillante y afilada trazaba rítmicamente en el aire signos cabalísticos. Era Mario. al compás de su rítmico puñal. barará. Y yo me voy tras ella… 83 . la conga siguió. que te matan! –clamó Juaniquita. Poco a poco la conga fue cobrando vida.

En otro tiempo ni siquiera puertas cerradas. Nada extraño que hubiera atravesado el jardín y se hubiera plantado en la galería: en la feliz confianza de las tierras tropicales no hay verjas cerradas. Al verme. pero en actitud de amenaza. Afortunadamente. Echado en actitud vigilante. —Pero si yo lo he traído muchas veces… —Habrá vivido aquí antes que nosotros. y hablaron de él con niños del vecindario: supieron que había vivido en la casa y que su amo era inglés. —¿Y no sabe dónde vive ahora? Ha bebido mucho y no le entiendo lo que dice. Me miró. —Si quisiera… Pero de seguro está enojado porque vivimos en esta casa: él cree que es suya. a altas horas llamaron en la casa. y se instaló en la cocina. de cochero. separado del cuerpo principal de la casa. Mediano de tamaño. sentí la fruición de las cosas bien logradas: el jardín. el perro estaba allí otra vez. —Aquí traigo al señor. al inglés lo pintaban ebrio. Se lo mostré a mis hijos. Allí. Si volviera y no nos amenazara… El animal volvió. iba definiendo formas. —Aquí no vive ningún inglés. la cocina tenía ventanas. el perro estaba de nuevo echado en mi galería. y mi cara estuvo a punto de chocar con otra cara. al caer la tarde. Pero en la galería encontré al perro desconocido. Pero ahora las puertas se cierran. —¿A qué señor? —Al inglés que vive aquí. no se inmutó. salieron a mirarlo. que recibimos en desorden salvaje. con los ojos fijos en mí. y no hubo más.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA (1884-1946) La sombra En la tarde. pude 84 . afilado de hocico. rojo. los rosales habían encogido su exuberancia de ramas dispares. y amenazando al perro desde una de ellas. en el fondo del terreno. malhumorado. en los naranjos se afianzaban las orquídeas familiares de las Antillas: la mariposa y la flor de lazo. Lo siento mucho. Pero noches después divisé en la calle la sombra negra con manchas claras. piel negra con manchas claras. —No lo conozco y no sé dónde vive. A la tercera tarde. se levantó del suelo gruñendo. lo miré. envejecida. que allí no se siente catleya vanidosa y envanecedora como en climas extraños. grande. —¡Adónde lo llevaré! Al dormirme. Lo amenacé con el bastón y huyó. las enredaderas iban subiendo decididas. en la flojedad aprensiva de la somnolencia sentí desecha la felicidad de la tarde y envuelta la casa en aura de persecución: perros desconocidos… ingleses ebrios… Al día siguiente. recibió con gruñidos a la cocinera. lo miré. —¿No será que el amo lo trata mal y que quiere venir a vivir aquí? ¿Quieres que lo dejemos? Estará mejor que con el inglés. Entré. al llegar a mi nueva casa cerca del mar. No entró a la galería delantera. ¡qué camiguamas!) no tuvo valor para afrontarlo y me pidió socorro. como antes: se escurrió por el camino lateral hacia la cochera. bastón en manos. Abrí una ventana de la galería. La excelente Celia (¡qué tortugas!. No volvió a echarse en la galería. al caer la tarde. cerré la puerta. y yo cerré la mía. Por la noche. ¡qué langostas!. se levantó del suelo. Me miró.

el perro corrió ansioso al aposento principal. yo creo que le hará gracias. de rabia contra los intrusos que le vedaban su hogar. para mayor belleza. Después. lo encontramos inesperadamente en una confitería vecina. Ahí murió su ama. Le hicimos señas para que nos acompañara y se puso en camino con nosotros. Cuando se agarraba a las tetas de su madre importada. el potro desmentía todo aquello. A los tres días de haber nacido. por única vez en la historia. con ojos de conocido. como quien cumple el deber sin la urgencia de la esperanza. Nació de una estupenda yegua andaluza traída para recreo y vanidad por un Capitán General y de un semental inglés con más abuelos que un sumarai. amistoso: al fin comprendíamos sus deseos. Lo llamé y se acercó. —Sí. En 1951 publicó un volumen de seis cuentos: Cibao. pero alguna vez había que contarla. olfateó… De cuando en cuando nos miraba: al fin vimos en sus ojos el desconsuelo del vacío. 1935. Si la ciencia y la experiencia no fallaran. —Entonces… tendrá ganas de irse con nosotros. Y entonces. recorrió todas las demás habitaciones. con ladridos cortos de despecho. Nació con un profuso pelo largo color de peña sucia. ya aquel potro defraudaba completamente las esperanzas y los cálculos del dueño de aquella finca en los alrededores de Humacao. —¡Qué bueno! ¿No se peleará con el gatito? —Verás que no: él es grande ya. Semanas después. pero imposible de admitir en un caballo de raza. obras poéticas. tenía una tan horrible manera de poner los ojos en blanco. salió de la casa. Pero. Si quiere. —¡Ah! ¿Pero la señora murió ahí? No sabíamos. pausadamente. 85 .SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I hacerlo huir. manso. sin mirarnos siquiera. cuando íbamos olvidándonos de él. debió haber nacido de un suave color de oro puro que se iría enrojeciendo después con los años. Mis hijos iban delante saltando. —Lo conozco bien –me dijo el dueño de la confitería. el inglés se mudó en seguida. era mucho más ridículo que feo. Se escapó. Allí observó. R. el gato es muy chico. Con todo. Me miró fijamente. Se ve que el perro no sabe qué hacerse sin ella: al caer la tarde viene siempre a este barrio y ronda la casa. nos lo llevaremos. Sus amos vivían donde viven ustedes ahora. TOMÁS HERNÁNDEZ FRANCO (1904-1952)* Deleite (Historia de un caballo) Esto es historia muy antigua. Publicó: Canciones del litoral Alegre (1936) y Yelidá (1942). cabizbajo. sin aire de rencor. Apenas abrimos la puerta de la casa. que era inglesa. adonde acompañé a mis hijos en busca de caramelos y piñonates. Miré al animal: me devolvió la mirada sin temor y sin ira. H. Es una simple historia de un paquete de músculos de acero y de un tremendo haz de nervios que se agruparon. magnífico para cualquier burro. y nunca lo volvimos a ver. guardando siempre. en el cuerpo flaco e inverosímil de un caballo de Puerto Rico. las crines y la cola mucho mas claras que el resto de la pelambre. porque es fácil de hacerlo y porque no tiene mayores complicaciones. de estirarse *T.

por allí por donde más pecaba: las patas y la boca. maltratados los ollares. también le llovía. pateaba las vacas los terneros y cuando tiraba las orejas hacia atrás y agachaba la cabeza casi a flor de tierra. alguna tremenda pedrada. aquel bautizo calificador. se los administró la peonada fuera del alcance de la vista del Patrón y los recibía. si ello hubiera sido posible. recibió la primera tunda oficial. cosa o persona. pues. Felizmente. sin contar las más bellas rosas de un rosal. al comienzo. la ropa mojada que ponían a secar al sol: le encantaban los pantalones azules y las camisas blancas y los pañuelos rojos ya tenían que ser secados al humo apestoso de la cocina para que “EL LOCO” no los viera. el mejor mercado para los potros de Puerto Rico había sido. los manudillos y las cernejas. cuando “EL LOCO” llegó a cumplir dieciocho meses de edad. y se las arreglaba caminando desperdigado por el potrero. que hacía. De cuando en cuando. pública. mascando raíces amargas. tenía la testera pelada. desde siempre. El Patrón sabía que “EL LOCO” no podía ser vendido a “nadie que tuviera ojos en la cara”. Cada día le fueron descubriendo nuevas imperfecciones. tenía un aspecto bien poco agradable. sembrando flores en aquel tropical olor de estiércol fresco y de caballo sudado. entonces y después. ordenada con voz frenética por la Doña. Al fin y al cabo. Su predilección. no se pudo averiguar mediante qué artes. los peones no podían acercársele sin llevar algún leño en las manos. Mucho antes de cumplir el año de vida. Era imposible que empezara alguna de esas cabriolas que todos los potros del mundo y de todas las razas ejecutan con tanta gracia. se debieron las primeras palizas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS sobre las patas traseras. deformados los cascos. voces y palos. Con todo eso. Muy pronto dejó andar sola a su madre. A fuerza de cuerdas. sin embargo. derrotaba a los perros y era el terror del patio. que sostenía su histeria. ni de la caricia larga y voluptuosa del cepillo. Cambió el pelo cuando buenamente se le quiso caer aquel ominoso de burro que trajo al mundo y le nació otro desteñido color de caoba sin brillo. su nostalgia y su aburrimiento. pero. sin que antes no disparara un par de coces sobre lo que tuviera más a su alcance: animal. la República Dominicana. azucenas. enmarañadas las crines. Había que prepararlo. desde luego. Los primeros palos. Así fue como. invariablemente. satisfecha de aquel fracaso. reír a la peonada. no supo de esos pacientes mimos que los demás potros de la finca recibían en las largas horas de limpieza. triscando y tragando hojas extrañas al pasto. gardenias y lirios. tan lamentable como estaba. roto el belfo. ya tenía un nombre propio: “EL LOCO”. Sus principales y más extraordinarias fantasías fueron. Los golpes le habían hinchado las cañas. fue siempre. y mover lentamente la cabeza al Patrón. realizadas en lo que se refería a su propia alimentación. así y todo. Como era “EL LOCO”. las palizas aumentaron ya sin órdenes previas. a cualquier hora y por cualquier motivo. estirado hasta romperlo 86 . naturalmente. hundidos los sulcos. de escarbar la tierra con las manos. la yegua andaluza. la propia mujer del Patrón. A esto y a que muy pronto dejó ver una irrefrenable voluntad de morderlo todo. situada al otro lado del Canal de la Mona y en donde guerras y distancias mantenían firme el medioeval concepto de “Dios y hombre a caballo”. El día en que logró introducirse. en el jardín de la casa y tragarse deliberadamente un sembrado de claveles. llegó a parecer algo así como un alambre retorcido en forma de caballo y entonces comenzó la época en que debía fijarse su extraordinario destino. para la exportación y con esa idea dio comienzo una de las más tremendas épocas en la vida de “EL LOCO”. de lejos. dado de común acuerdo por todos y cada día se las arregló para hacer algo que justificara más.

que podía tolerar por algunos minutos que un hombre le oprimiera los flancos y le pasara entre los riñones y la cruz. Así fue como pudo ver cómo “el potro de Puerto Rico” manoteaba en el aire sujeto en la primera lingada. “del potro que hay en Puerto Rico”. se le comentaba. Puesto en tierra. entre un gran chillido de paleas. El Patrón leyó. poca a poco. todos los recursos de lucha que había espontáneamente aprendido en su existencia libre. salió “EL LOCO” para el puerto de Santo Domingo de Guzmán. en su estupor. “EL LOCO” sacó. Se suspiraba por él como por una mujer imposible. Había que “romperlo” un poco antes de tratar de venderlo. a la llegada de la “María Limpia”. Todavía entonces. Así. metido a fuerzas de palos y de gritos en el vientre mal oliente de una goleta. muchos meses después. “EL LOCO”. le limpiaron las orejas. Entonces. pocos días después. 87 . desesperado. se le comparaba a otros caballos y se envidiaba ya a quien lograra ser su dueño. siempre iracunda. se le discutía. en su batalla diaria y directa contra el hombre. Por fin. magullado. alejaba las proposiciones en firme. cuyo verdadero nombre era ya un misterio. convencida. costillas y piernas rotas. tiempo de hablar. bien aleccionado. en las orillas sucias del Ozama. verdaderamente loco. presentaba un aspecto desdichado. Le hacían tirar de un pesado carromato cargado de piedras durante todo el día y al anochecer un negro le metía el freno entre los dientes sangrantes y se le encaramaba al puro lomo magullado. cruzando bosques y sabanas. Antes de que el hombre tuviera. para estar presente en el puerto. Pero. con la advertencia de “potro sin domar” y con el precio absurdo de “mil pesos”. el Capitán John. vadeando ríos. ni posibilidad de protesta. desde los llanos de Montecristi hasta la Sabana de San Diego y hablaban de él. lleno de improperios y maldiciones. iban. señalando los progresos de “EL LOCO” en el camino de la civilización. y molerlo nuevamente a palos. más magullado todavía por el roleo. cuando ya casi no era ni siquiera un alambre retorcido. regocijado. realmente incomprensible para “un potro sin domar”. de la incurable estupidez de los dominicanos y. Por aquella carta. en las largas veladas de las estancias de Higüey y de San Juan de la Maguana. le arrancaron unas garrapatas enormes que tenía desde siempre y terminaron por amarrarlo. dando fe de que aquel potro correspondía exactamente al pedigree ya antes comunicado. alto y corto. un hombre del Cibao escribió una carta enviando el dinero y pidiendo que le embarcaran aquella maravilla. por una razón más. le puso entre las manos un papel: certificado oficial del Señor Alcalde de Humacao. apresado. Brazos. enredado lastimosamente en la red. era una simple cosa viva. No había engaño. encontraba fuerzas para lanzarse contra una pared o para revolcarse en el suelo. aquella carta a toda su peonada reunida en el patio. le cortaron casi regularmente los pelos de la corona. el precio. le desenmarañaron las crines y cola. atravesando montañas. “EL LOCO” tuvo una estupenda fama entre los estancieros del Cibao.  El Patrón sabía aquello de que “no hay mejor engaño que la verdad”. Capitán: John. con sus peones y sus caballos.  El hombre del Cibao había hecho el viaje de cientos de kilómetros. a pesar de toda su voluntad de no dejarse tocar. le cortaron y limaron los cascos. No quedó hombre en la finca que no recibiera su golpe.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I casi. Así fue como el pedigree de “EL LOCO” se copió en una larga carta para la República Dominicana. sorteando precipicios.

ni se gastaba. pero que tarda en llegar y como aquel caballo era siempre una especie de guerra y de aventura. que reventara en el aire aquel resorte animado por nadie sabe qué impulso. extasiado. Se entendían en ese borde mismo que es la tragedia inevitable. contentos. Apenas lograron sacarle un poco de brillo al pelo. De tanto estudiarlo. eran un secreto entre él y su dueño. animales. rota y deshecha en cualquier parte. El tenía su particular criterio sobre un montón de cosas: forrajes. Cualquier ruido imprevisto le hacía pasar días enteros sin probar bocado y los ejercicios en el picadero le ponían los ojos de un temible color morado de ira. pero. convencido de que estaba presenciando algo sobrenatural. haciendo volar rotas las piedras del camino. ni se detenía. dos mil. ruidos. dos mil quinientos. llegó a ser un libro abierto para nosotros: el día que descubrimos que le irritaba caminar sobre su propia sombra. Sus iras. entre sueños. emprendió el largo y fragoso camino que conduce a esa tierra de maravilla que es el Cibao. personas. perdido. nuestras relaciones con “Deleite”. el potro?…. sin que le dejaran tiempo de saber que estaba pisando tierra firme. mecido en la firmeza sonora de aquellos cascos golpeando la tierra dura. le preguntara: ¿Qué tal. su increíble malgenio. observarlo. se acercó a besar a su mujer y ésta. le vino a la boca la ocurrencia: —Ensillen “eso”. estupefacto y feliz de ir descubriendo que se podía jinetear un relámpago o un torrente. apenas si martillaba con más fuerzas el camino y si los ollares.  Porque el caballo del hombre empezó a cojear. anotamos cuidadosamente ese capricho y evitamos sacarlo al sol alto de por el mediodía. Así fue saludado “EL LOCO” a su llegada y así. arneses. para todos los estancieros de la comarca. asombrado por la revelación de aquel poderío inédito que sentía agigantarse bajo sus rodillas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Agarre “eso” y salgamos ahora mismo otra vez… No diga a nadie que yo he comprado “eso”… ni que “eso” es mío. sin cambiar de postura en la silla. el patrón nos comunicaba algún nuevo descubrimiento hecho por su cuenta y cada día modificábamos. unida a una insólita y firme suavidad de pasos. dejando que aquella cosa absurda de azogue quisiera detenerse. Se llamó “Deleite” durante dos años y durante esos dos años llegó a valer mil quinientos. en la medianoche. horas del día. solamente pudo contestarle lo que era el fondo de su convicción: “¡No sé… tal vez el Diablo!”  Así estuvo llamándose durante muchos meses: “El Diablo”. el hombre le cambió el nombre. sus resabios. Cuando. hacían silbar un poco el aire. sin mover la mano en las riendas. borracho en el ritmo de aquel paso. No hubo forma de que aumentara en carnes. Por el Patrón. sabíamos 88 . a ver lo que es… Cuando el hombre montó sobre aquel pelado paquete de huesos no tenía otra idea que no fuera la de sacrificarse para dejar descansar unas horas sus caballos. tres mil pesos. el hombre y “El Diablo” se entendían. a fuerzas de precauciones y caricias. amplios y rojos. De todos era sabido que era una especie de máquina incansable. Pero “eso” ni se rompía. Con todo. dejó que “eso” se adelantara y así continuó por todas las horas del día y de la noche. Casi todos los días. amarlo. a las pocas horas de abandonada la ciudad. un extravagante caso de resistencia atroz.

Después. nos dio la noticia: 89 . estuvimos mucho tiempo sin noticias. Cuando lo sacaron de la cuadra. no levantar la voz. obedecía ciegamente la más disimulada presión de las rodillas y si hacía estallar bajo sus cascos alguna ramilla seca. no hacerlo cruzar agua sucia. de tiempo en tiempo. de los veinte a los tres mil pesos. nunca supimos exactamente por qué. inesperadamente “Deleite”. En cambio de todo eso. no mover las manos. costillas y piernas. ‘El Bronce”. Para cumplir esa fórmula “Deleite” fue vendido por “cuarenta pesos”. La realidad de su existencia se nos confirmaba por rasgos invariables: sus iras inmotivadas. tan enorme a pie y tan chico para sus bríos. “Deleite” era casi un milagro de docilidad. mató de una coz al peón que le limpiaba la cuadra y. luego. Seguía de finca en finca. pero siempre con la intención y la seguridad de halagar a “Deleite”. no obligarlo a dar vueltas inútiles. Pero. que pidió posada en medio del temporal. su tremenda capacidad de recibir golpes. les inventábamos las fórmulas más pintorescas. de nuestra Patria. a ruegos de la Señora hubo que venderlo “al primero que pasara”. “El Loco”. de nuestro Cibao. tenía que estarse quieto en la silla.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I que éste. pero no lo puede montar… Ahora le dicen “El Bronce” y dizque lo han castrado para quitarle bríos… Le rompió una pierna a don Zutano… Ya lo vendieron en veinte pesos para el Este… Dicen que lo tienen cargando piedras… Lo trajeron otra vez para el Cibao y lo vendieron en mil pesos… Lo tiene el Presidente… Lo tienen tirando una carreta en la finca de doña Mengana… Se nos fueron pasando los años. alguno preguntaba: “¿Dónde estará “Deleite”. el Patrón tenía que perdonarle que pasara su buena media hora haciendo tonterías. todos llorábamos en la finca y todos hicimos el mismo comentario: “Era… el único caballo que había en el mundo”. Una noche. seguidas al pie de la letra. A esos que venían a preguntarnos cosas. rompiendo brazos. A veces. oscilando en precio. empezaron a llegarnos noticias: don Fulano lo compró en quinientos pesos. su resistencia en el camino. A veces. un hombre “de por la costa”. estábamos seguros de que todas nuestras recomendaciones eran. moteados de noticias de “Deleite”. menos que se declarara vencido por algo. cuando llovía mucho o cuando el calor era asfixiante. pero se sabía que eso era imposible por no ofender la memoria del peón muerto en el patio. Después. nos llegaban peones cansados que traían consultas: “¿Qué hay que hacer cuando “El Bronce” no quiere beber?”… “¿Qué qué se le hace al caballo cuando no quiere salir de la cuadra?”… “¿Qué qué se le hace cuando se muerde los ijares?”… Por esos mismos mensajeros sabíamos siempre historias nuevas de fracturas o de viajes tremendos realizados “de un tirón” por “Deleite” y nosotros aumentábamos todo eso en la finca. “Deleite”. una vez en camino. de muy lejos. y lo contábamos luego con mejores y más brillantes detalles. Sabíamos todas sus terribles aventuras por todo el territorio. estuviera en la condición que tuviera: “que le pongan cerca unos pantalones azules del dueño empapados en agua de azúcar”… “que le den a comer media docena de pañuelos de seda”… “que entierren todas las espuelas”… Como con aquel caballo todo era posible. no variaba nunca el paso. su inaudita facultad de realizar todos los trabajos. un buen día. sus bríos inagotables. tejiéndose una leyenda prodigiosa que era mantenida cada día más fresca en la perenne evocación de nuestro recuerdo. no se hacía viejo. ahora?” Siempre vivimos en la esperanza de que volviera a la finca.

hizo el único comentario: —Sólo de igual a igual podía perder. encaminóse el madrugador don Pedro al lugar de la cita cuando los celajes de la aurora desaparecían en el horizonte y surgían por el otro los tenues rayos del sol. Nuño Valderrama”. 90 . agitado por los celos. inédito. Autor de un volumen de cuentos y narraciones. quien comenzó a odiar. Validos del favor de sus Altezas. mantenedores de estrecha personal amistad. Vos me estorbais y suprimiros será mi mayor empeño. eran dos bravos. jóvenes y apuestos cortesanos del Alcázar que alojaba a los Virreyes don Diego Colón y doña María de Toledo. Tened por cosa sabida que os odio de todo corazón. Recibió y leyó don Pedro. No era secreto. Sus propias manos. si bien presumió que tal airado reto era producto de los celos o despecho por causa de un amor no correspondido. El peón más viejo. *Periodista. que los galanteos y requiebros de don Pedro eran los recibidos con mayores complacencias por parte de la bella joven.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Al “Bronce” lo mató un rayo… Nos cayó encima un silencio enorme. Secretario del Presidente de la República (1924) y Presidente de la Cámara de Cuentas. A él os emplazo por estas líneas. venid a demostrarlo en el campo del honor. Sed discreto si no sois cobarde. No era secreto que los dos habían puesto ojos interesados en la belleza y gracias miles de doña Consolación Olivo. la inesperada misiva. cada uno. para desesperación de don Nuño. Ha sido diputado al Congreso Nacional. Envuelto en su capa y con la espada al cinto. Os aguardo en el solar yermo que está detrás de los muros que rodean el Alcázar. gozaban de buenos miramientos y consideraciones en el seno de aquella pequeña corte y eran tenidos ambos por muy correctos y valientes caballeros. Una tarde en que observara que doña Consolación besó una perfumada flor que le obsequiara don Pedro. al importuno rival. tampoco. Ya que presumís de caballero. ANTONIO HOEPELMAN (N. 1874)* Nobleza castellana Don Nuño Valderrama y don Pedro Alcántara Ríos. escribió y envió la siguiente esquela: “Señor don Pedro Alcántara Ríos. el que más sabía de “animales”. Habíamos vivido muchos años de la historia de ese caballo. con notoria sorpresa. no pudo resistir la creciente ira que le consumía y tomando papel y pluma. Allí estaré antes de la salida del sol. de ser el agraciado y correspondido por la discreta castellana. preguntándose en cuál forma hubiese él ofendido a don Nuño. dama joven en la servidumbre de la Virreyna y la requerían de amores con esperanzas.

paró el ataque con un quite maestro mientras gritaba al insensato atacante: —No os mataré. Don Nuño. Y como la lucha se prolongaba y el ruido de la pelea podría atraer la atención de algún vecino que acertase a pasar por el lugar. ya alzado el día. determinó acabarla don Pedro quien. con bravura pero sin tino. con la natural alegría de damas y caballeros que asistieron a los festejos ocurridos en el Alcázar. aprovechando un descuido de don Nuño. que debéis renunciar al amor de doña Consolación. —¿Muerte decís? Pues no la veo por parte alguna. madrugador también. se lanzaba a fondo. que no he de bautizar con sangre asesina la dicha que me posee. que estaba prevenido. Don Nuño. si no queréis que os atraviese de parte a parte”. poniéndole en el pecho la punta de la suya le dijo: –”Teneos. No comprendo. pero os arrancaré la lengua que me insulta. Vos queréis matarme y yo quiero que viváis. tembloroso y enfurecido don Nuño acometiendo a don Pedro. le descargó tremendo cintarazo sobre la diestra mano obligándole a dejar caer la espada. como quien solamente tenía un supremo interés: arrancar la vida a su rival. algunos días antes. quiero preveniros antes. que la muerte la tenéis en la punta de mi espada! —Me asustaríais. don Nuño. se desposaron doña Consolación y don Pedro. Allí iba él a buscar olvido a sus pesares o la muerte en los campos siboneyes. ni vuestra misiva ni aquesta vuestra extraña salutación. que acometéis una temeraria empresa. Consolación. con más práctica en el uso del acero. Y ya que así lo queréis. más sereno y dueño de sí. Días después. cegado por la cólera tiraba mandobles. el caballero retador que al verle llegar le dijo: —”Puntual sois a vuestra cita con la muerte”. porque ella me ha entregado su corazón y la desposaré en breve con la venia de sus Altezas los Virreyes. pero sin esperanzas de ver cumplidas vuestras locas ilusiones. me batiré con vos. Recoged vuestra espada y vuestra capa e id en buen hora a roer vuestra desdicha y vuestro despecho. Sabed. don Nuño. pero. Tendréis la culpa del para vos. —¡Mentis! ¡mentís! –replicó. paraba las acometidas desafortunadas de su atacante con quites oportunos que le enfurecían más y más. si no estáis ya por fortuna avisado. 91 . Don Pedro. pálido.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Allí estaba. si no estimara que ha escogido mal representante la pálida y descarnada señora. Este. que no tiene culpa de vuestra desventura! Capa y espada recogió don Nuño y humillado abandonó en silencio el solar. —¡Pues tened por seguro. don Nuño. matadme ya que me véis desarmado. en cambio. había embarcado con don Diego Velázquez a la conquista de Cuba. don Nuño. don Pedro. —Matadme sí. Más quiero la muerte que el martirio de vivir sin esperanzas. ¡Os perdono en nombre de aquella noble criatura. —No dudo de vuestra valentía sino de vuestro brazo. pero don Pedro. Iba don Nuño a lanzarse para recuperar su arma. —Pues tirad de vuestra espada y ya veréis que sé cumplir el encargo que se me confía. —No os mataré. apadrinados por los Virreyes. funesto resultado.

Caminaba despacio. sonó un grito de dolor y se oyó el ruido de unos frenos… El agente levantó las manos en cruz y al instante se pararon todas las máquinas. Pare. A esa hora de la tarde en que los establecimientos comerciales van quedándose sin voces. Con la exclamación viajaron las miradas hacia el vehículo rojo. como yo. A. movía los brazos constantemente. ancianos. ya los curiosos rodeaban la máquina. ¡Qué trazos. Uno de los agentes me indicó: *M. Un agente de la policía. —¿Qué ocurre? —Un accidente. El placa 406 sonó su pito de reglamento y comparecieron dos agentes. No habían reparado en mi traje nuevo. como si paseara. siga. ¡Mi traje nuevo! Gris perla. pero con una larga hoja de servicio. Cada indicación del placa 406 mantenía el equilibrio de aquel río interminable de vehículos. En esa luz iba yo de regreso de mi oficina de trabajo. en la esquina cercana. 1885)* Mi traje nuevo Aconteció en una de las calles principales de la ciudad. niños. —Ese carro ha aplastado a un hombre –gritó una mujer. es autor de La hija de una cualquiera. a la izquierda… Aquel personaje anónimo tenía muchas vidas aseguradas en los hilos invisibles de sus señales. varios galardonados en certámenes. y de numerosos cuentos. A mí me llamaron para que ayudara. El carro gris. pero hubo necesidad de amenazar. hacia el verde. Con todo. paño inglés.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS MIGUEL ÁNGEL JIMÉNEZ (N. novela. Los últimos clientes salían con paquetes debajo del brazo. Una luz opalina bañaba los seres y las cosas. Yo me detuve al escuchar el grito. Yo me había olvidado también. 92 . pero no le era posible hacer nada. a la derecha. qué caída! ¡Una obra de arte! Me lo había puesto aquella tarde por necesidad. Los dos restantes estaban en la lavandería. Los agentes ordenaron que se alejaran. mozas garridas. La muerte acechaba sus movimientos. confeccionado a la medida. eran de buen paño también. La tarde invitaba a la contemplación y yo vestía mi mejor traje. Por las aceras iban y venían diversos transeúntes: hombres jóvenes. hacia el negro… Pero estaba cogido por el automóvil gris. Existen los apasionados del accidente. dejaron de caminar muchos transeúntes. —¡Vamos! Antes de llegar la policía. J.

puede tener roto el espinazo. —Pónganme más a la derecha… —Sí. ¡y arriba!. yo tengo que continuar mi servicio. —Conforme. —Yo puedo guiar. todo ha sido aquí en el pecho. sus facciones eran correctas. hay uno poco distante.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Trate de levantar esa rueda. pero el contuso no pudo seguir hablando. —Está bien. —Sí. iré. –explicó. Obedecí. estoy seguro. ¡levantemos! Alzaron el carro y yo así al hombre y tiré de él como pude. yo no tuve la culpa… —¡Cálmese!. —Ay. Uno de los agentes tuvo que apartar todavía a los curiosos. El placa 406 preguntó: —¿Este chófer podrá guiar bien? —Pero él no tuvo la culpa. Era un hombre como de unos cuarenta años. gordo y blanco. No había vuelto a pensar en mi traje nuevo. El carro gris fue de los primeros en ponerse en marcha. pero estaba sin afeitar. a su interior volaron ahora las miradas de los curiosos. sus compañeros. yo… Al conductor le volvió la sangre a la cara. complázcalo. —Está bien. pero el placa 406 me lo impidió. un negro delgado a quien se le había perdido el color. agente. –contesté. nosotros lo llevaremos. —Si quiere. puede subir. Nos colocamos como pudimos en el interior del automóvil y el placa 406 se alejó a reanudar el tránsito. Tenía la ropa sucia. pero el desgraciado indicó con su voz desfalleciente: —Venga usted también. —Sí. —¡Listos! —¡Listos! El chofer aprovechó para decir: —Yo no tuve la culpa. —Conduce con tino. –expresó desfalleciente. —Lo llevaremos en seguida al hospital más cercano. pero el contuso dijo: 93 . —No lo tuerza. Iba a continuar mi camino. gracias: estoy casi muerto. —Debe ser paciente. El placa 406. pongámoslo dentro del carro. chofer. caballero. El placa 406 dijo: —Mejor es que nosotros cuatro levantemos las dos ruedas delanteras y que usted hale al hombre. —No. váyanse. —Pues andando. A mi lado hacía fuerza también el conductor del vehículo. —Este hombre está mal. –le dije e iba a sentarlo. llévenselo en seguida. de estatura mediana. Venga. caballero. tiene cogida la ropa del hombre. el chofer y yo cargamos al hombre hasta el interior del automóvil.

No estoy herido. –me contestó y se dirigió al interior del hospital. Detrás de la camilla íbamos los miembros de la policía. pero ¡cómo me duele el pecho!… —No hable.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —El señor bien vestido que me sostenga por el hombro. Yo también me iba. En una habitación con ventanales de vidrio instalamos al contuso. señor del traje nuevo. hablaba de mi trabajo. urgentemente. estoy asustado ¿Dónde está el doctor? —Vendrá en seguida. —Me siento mal de todos modos. vino con tres mozos que acostaron al hombre en un pequeño catre y se dispusieron a llevarlo a un cuarto de emergencia. caballero… —No desespere. Primero cruzamos una gran puerta de hierro. nos envolvía. no se vaya. todavía me suplicó: —No se vaya. Pronto llegaremos. Luego se dispusieron a marcharse llevándose al motorista. El carro se detuvo delante de una magnífica construcción. porque el chofer no tuvo la culpa. puede hacerle daño. —Entre todos podemos cargarlo. —Vendrán en seguida. Las monjas fueron a buscarlo. Olía a drogas y un silencio que caía como de los altos paredones. el chofer y yo. no se impaciente. pero él prosiguió: 94 . —Muy bien. —Está bien. –expresó el otro agente. me retiraron y ahora me dedicaba a ese otro oficio: vivía del accidente. pero al despedirme del desafortunado. Miré al sujeto con extrañeza y pensé que deliraba. El carro continuaba su marcha y ahora entraba en un sector muy tranquilo de la ciudad. —Acompáñeme un poco más. Cuando retornó el agente. Se lo expliqué a la policía. Hizo una pausa y después prosiguió: —En otros tiempos vivía bien. Las luces amarillas del atardecer lo volvían más pálido. Así al desdichado por la parte superior de la espalda mientras uno de los agentes le indicaba al conductor la dirección del hospital. caminamos por un amplio salón y ascendimos después por una espaciosa escalera. es allí. un momento. con los ojos cerrados y muy pálidos. —Esta vez me ha salido todo muy mal. —No es necesario. —No me refería al golpe. era empleado de comercio y ganaba bastante. —Está bien. lo acompañaré. —Ya estamos llegando. Unas religiosas con tocas blancas ayudaron a acomodarlo. –le recomendé–. –expresé a uno de los agentes. sí. iré a avisar para que vengan con una camilla a buscarlo. —Sí. no he echado sangre. Los agentes se quedaron después. quizás le diga el médico que no es cosa grave. Las religiosas salieron de la habitación y permanecí con el contuso. El contuso estaba como desmayado. pero perdí la cabeza con el juego y la bebida. señor. a solas con el hombre.

en continuar su relato. —¡Maldito dinero. yo no tengo madre. –prosiguió diciéndome. pero aquel hombre parecía tan triste. Oiga. —Tal vez. él estaba empeñado. señor… —No converse más. que no se agitara. —¿Está muerto? —Sí. Me ataca por instante… Es como si quisiera destrozarme. Iba a decirle que estoy muy satisfecho de usted. Yo guardé silencio mientras él lloraba. pero él la dominaba. caballero. pero me dicen Serrucho… Ya el Serrucho no cortará más… Siento otra vez el dolor. se mostraba cansado y con un bostezo agregó: 95 . me vuelve el dolor. y agregó quejándose y con la frente sudorosa–: ay. ¿Es familiar suyo? —Es mi conocido de esta tarde. usted es un hombre valiente. pero me ha consolado. pero le habían fallado los nervios. Luego tuvo un sacudimiento y se quedó como dormido. me parece que el dinero no me molestará más. Indiqué al desdichado que guardara silencio. —¡Si así fuera realmente! Se llevó las manos al pecho y volvió a quejarse. —¿Valiente?… Bueno. —¿Le duele otra vez? —Siento que me he hinchado por dentro. pero es la pura verdad: esa era mi profesión. Tornó a llevarse las manos al pecho y se le humedecieron los ojos. soy pobre también. Era como uno de esos trabajos peligrosos que efectúa muchísima gente. tan solo… —Yo se lo dije porque a lo mejor si se excita… —No crea. un auto lo… El galeno ya no me oía. El continuó: —Mi nombre es José Luna. ¿Por qué no viene el médico? —Debe venir ya pronto. Se trataba de una labor arriesgada. —Todos los hombres somos hermanos. pero piense que pueden ser mis últimas palabras… Quise quedarme callado. No hacía más de dos semanas que le había producido cuarenta pesos. malditos errores! —No le doy algo porque no soy lo que usted ha imaginado. me informó. Aguardó a que pasara en su automóvil un rico de buen corazón. —El médico debe estar al llegar. siento que me voy. dijo en un tono muy frío. y me producía para vivir. Continué mirándolo con tristeza mientras de los altos paredones seguía cayendo aquel silencio compacto que lo envolvía todo. ¡quién sabe!… Se necesita serlo para vivir de lo que yo he vivido. ni un hermano. resista un poco más. y ¡zas!… Simuló que quería suicidarse tirándose sobre un botafango. Cuando el médico llegó. —No se apure. No sabía qué contestar a aquel desgraciado y callé conmovido. le perjudica. estoy tranquilo. Hoy tenía que volver a trabajar y me había escogido a mí para que lo favoreciera. empero.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Me explico su asombro. No me ha dado dinero. después de levantarle los párpados y tomarle el pulso: —Pero con éste ya no hay nada que hacer. —Quizás bebí demasiado con aquellos cuarenta pesos.

La luz de una lámpara jumiadora tiró su sombra contra la pared. Abrió el baúl grande y sacó de él un machete de pelea. con sus muebles severos y un no sé qué de rural señorío. Volvió a meterse en su silencio por un rato. dijo monologando. Su mujer hacía tiempo que la habían enterrado debajo de aquella mata de jobo que estaba cerca de la morada. en dirección a los potreros. le crecía una resolución. con la carne apretada. El peón que se había quedado medio dormido. Guara se apartó del rincón en donde estaba sentado sobre una mecedora vieja de baítoa. hacía calor y tronaba del lado de los pomares. salió luego del cuarto sin desperezarse. en el comedor de la casa de tablas de pino. Después salimos de la habitación y yo volví a la calle. Con el arma puesta se veía bien. no se distinguía mi árbol ni nada. —Le voy a dar una lección a ese muchacho que no parece de mi cata. y tú eres el mío. ya tenía hogar aparte. Salió del aposento y volvió a la sala. 96 . La orden del viejo lo obligaba a salir de pronto porque le había hablado en un tono que empujaba. su hijo único. era un hombre vigoroso a pesar de sus años. con emoción. Pobre hombre! ¡Dios quiera que no pase na malo! Mientras Guata rompía las sombras. parecía que iba a llover. El hombrecito moreno. ¡Quizás es por el encargo que le hicieron al jijo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Avisaré al director para que disponga según los reglamentos. Era ya de noche y de las estrellas descendía el polvo de la eternidad. de buena estatura. La noche era cada vez más negra. y entró luego al dormitorio. blanco. Me sentía triste y como avergonzado de mi traje nuevo. La sala tenía un aire singular. —¿Cómo dice el don? —Que vaya a decirle a Pancho que me mande el caballo y que le ponga la silla nueva. después monologó: —¿Qué le pasará a mi don?… Me jabló como quien va pa un desafío. de la Línea Noroeste. Ya en el camino. encanecido. y luego agregó: —Ca hombre de vergüenza tiene su machete. Honor trinitario —Guata: dile a Pancho que me mande el caballo. don. lo miró fijamente. Cuando acabó de colocarse el machete. En aquella casa solamente vivían él y Guara. Guata se pasó dos veces las manos sobre los ojos para espantarse el sueño. después se lo terció pasándose sobre el hombro izquierdo el cinturón de tela que sostenía la vaina. Hace dos días que viene preocupao. Allí se sentó cerca de la puerta que daba al camino. y Chano. rechoncho. con los brazos largos y las manos recias. hizo luz en ella encendiendo una lámpara de vidrio que había sobre la mesa. primero surgía una luz y después se escuchaba el estruendo. Marcelo se dirigió a la sala. En la soledad de la vivienda. abrió los ojos nerviosamente. —Está bien. era un ruido como de rocas que se despeñan. cerrada la noche. pero estaba pensando muchas. no dijo una sola palabra.

Tú ayudarás en lo que puedas cuando te llamen. monologó. Las pisadas del caballo de Marcelo sonaban ya del otro lado. Los pasos del animal que había ido a buscar Guara. Después el guerrero picó el caballo y se fue a escape. y se quedó pensando en lo que le habían referido de la pelea en La Emboscada. decidido. mientras los compañeros aguardan que cumpla con su encargo. ahora trinitario. en el chiquito. cayeron sobre el peón como carbones encedidos. —El asunto es defici. un traidor. La noche lo envolvía como polvo de carbón. te quedas aquí. ágil. yo sé que no debo meterme. cegado de soberbia. ¡Cuántas ideas cruzaban por aquella cabeza! Episodios de la juventud y de su vida de hombre maduro. Guara. recogió los pies descalzos. —Lo consiguieron con facelidá –contestó éste mientras se apeaba. Terminó de hablar con una escupidura. En la oscuridad parecía otra piedra. seguramente. pero a lo mejor con el que debió trabajar Chano. —¿Estaba en el primer cerceo? —Sí. endurecidos de transitar. usted no debe eponerse. que caían como azotes sobre el recuerdo de su hijo. se puso en pie y salió de la sala. más te estimo a ti. Con las dos últimas palabras Marcelo subió con ligereza de joven sobre el caballo alto y brioso. yo no quise decirle más na al don. —Perdóneme.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I El viejo Marcelo no reparaba en nada. lo sacaron de su mundo adentro. A mi jijo ya lo he borrao. ni se oía el viento correr en el monte. —Está bien. A poca distancia se escuchaba el rumor del río… —¡Esas aguas saben quién soy yo! ¡Ellas me vieron al lado de Serapio Reinoso! Las palabras finales del soldado de la Reconquista. había disminuido la amenaza de lluvia porque ya no relampagueaba. 97 . Si no he vuelto de madrugá. que parece que tienes vergüenza. mi don. continuaba pensando con profundidad. Guara acabó de bajarse del animal y después preguntó: —¿Y usté va a salir de una vez? —Ahora mimo. ¡Cómo me duele que ese muchacho no haya cumplío!… Guara oyó con respeto y admiración a su amo. dile a Pancho que atienda a la pulpería y que ponga al compay Lolo a cuidar los animales. encargao de las gallinas y de las cosas de la muerta. La luz que salía por las puertas y ventanas tenía forma cuadrada. es un vendío. en su bojío. mi don. ¡Si no fuera porque quizás yo no sirvo!… —No. a mí es a quien le toca. Guara mordió una ruea de andullo. comenzó a masticar tabaco y luego se sentó sobre una piedra grande que había en la esquina de la vivienda. no estaba en el mundo exterior. Toda una larga historia de actividades varoniles. jugando barajas. Guara. luego agregó: —Y tú. —¡Mi don!… —En este momento estará él. cruzó los brazos y se quedó pensando. —Has vuelto pronto –le dijo al peón. impetuoso. pero óigame: usted no debería intervení en eso. Guara lo vio penetrar de pronto en la oscuridad.

abandonó su hamaca. miró entonces por un agujero y vio que la puerta del frente del bohío estaba abierta.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Todos los caminos estaban rebosados de tinieblas. —¿Me sale con eso. pegó los oídos a uno de los setos de tablas de palma. el patio estaba claro. —¿Y se fue Olegario? —¡A Olegario lo enterré en su propio cercao! Marcelo sonrió satisfecho y vio que su hijo se ponía grande. pero conseguí las armas y hace poco que las escondí en el rancho. y si no fuera porque es mi taita!… —Eh. ni ruido. pero su silencio quemaba. —Marcelo ¡usted es el primer hombre que me insulta. el retrato del padre en su mocedad. su montura conocía bien todos aquellos derrocaderos que llevaban a la vivienda de Chano y el viejo era buen jinete. y salió en el acto. amarró el caballo y después echó a caminar por entre unos matojos. se bajó de la silla. 98 . después anduvo por un pequeño valle. —¿Me desafías?… —Le explico que este colín tiene tuavía sangre de gente… —¿Cómo? —Y que Olegario no era trinitario. pero como no lo lograba. cortó tres veces más la corriente y luego hizo alto frente a una cerca de palos. como un jabillo. pero no oyendo palabras. Había llegado. ni nada. Los dos rostros podían distinguirse bien ahora. se encaramó sobre dos travesaños y salvó la cerca. como una palma. vestido como estaba. —¿Qué hay. pero Marcelo Figueroa estaba acostumbrado a ver en la noche. después que no has sabido cumplir con tu deber?… —¿Cómo?… —Chano: tú no conoces el honor. ¡tú no tienes vergüenza! ¡Cómo nos estarán maldiciendo los trinitarios! El mancebo sintió que le habían herido el rostro y le costó trabajo contenerse. fornido. Cuando encontró un sitio apropiado. Primero cruzó el vado del río. ¡ése era un traidor! El soldado miró de hito en hito a su hijo. se fue para adelante y llamó a su hijo: —¡Chano!… ¡Chano!… El hombre joven. caminó hacia ésta con sigilo y cuando pudo. Marcelo. viejo? ¡La bendición! Marcelo no profirió vocablo. yo no sabía na. Aquel vallado daba al patio de la casa de su hijo. una lunilla de cuarto creciente se había comido las tinieblas. alto. ¡porquería! ¿Tú ves este machete?… —¡No debe ser más cortante que éste! Marcelo clavó los ojos en el arma que el joven había sacado de la vaina que pendía de su correa. debajo de los serones de guatapaná. A mí tenía que decírmelo Olegario y ése no era puro. se apartó. era un vendío. Esperó ver a alguna persona. —Perdóneme. En los minutos se agrandaba su inconformidad.

le reprochaban a Perucho las señaladas muestras de disgusto con que recibía a cobradores que. a la hora del cobro. según suele decirse. que hacía mesa moderada. Obras: Lirios del trópico –1910–. era de lamentar su apego a la tacañería. Comía. se le abría más el apetito. tocado de la magia de lo ingenuo. La Patria en la Canción –1933–. y trabajos dispersos en periódicos y revistas. era lo que se llama. E. Pero aquel gastador de buena mesa. llegó a serlo también de vendedores. respondióle con otra brutalidad por el estilo de la primera. “como un desesperado”. Perucho era de los que se acogían con el mayor buen humor del mundo a la apertura de crédito y con el peor humor de la tierra a la clausura del débito. Maestro. Biografía de Trujillo –1945–. que contaban entre sus platos favoritos las lenguas de ruiseñores. Al amor del Bohío –1927-29–. y sus hijos. no vivas en su expresión de alas y de arrullos. sino muertas y servidas bajo sus manos armadas de cubiertos. le fiaran con dificultad aunque pagara con facilidad. Llegó a faltarle aquella facilidad en girar por cuenta propia. cobróle afición a los pájaros. Ya la filosofía vulgar lo ha sentenciado: “mientras más calor. no hacían sino cumplir con su deber. bien que los desesperados venían a ser. los que le fiaban los ricos jamones y los buenos quesos que eran su debilidad en un sentido. Del lenguaje dominicano –1941–. que. Los cobradores éranle sencillamente detestables. Y como le riñera su mujer por esta irreverencia contra lo que fue siempre en ella regalo de buen gusto espiritual. como la naturaleza la había hecho. Espigas Sueltas –1938–. Diana lírica –1920–. o porque. porque los insultaba. 1886)* La escalera inesperada De los tibios en arreglo de cuentas. a la larga. es tan viejo como el mundo. cuanto más que no era culpa de ellos el haberles tocado el oficio de cobrar. porque no les pagaba. holgándose en cuidarlos en dorada pajarera que su amor. antipático y todo. Cogía fiado con facilidad y pagaba con dificultad. a las que deseaba ver siempre. Fina de gusto. El Patriotismo y la escuela –1917–. había una vez uno en la ciudad de Barahona. Las cuentas de Perucho eran siempre exigencias de buen apetito. Periodista. salvo lo de la crianza de palomas. Preocupábale. que llegó a ser terror de cobradores. y su mujer solía desaprobarle esta conducta. menos por la cara infernal que les ponía cuando se le acercaban con recibos. que por el duro trato que les daba. más ropa”. la despensa. hizo construir en el patio de la casa para regalo de su oído y maravilla de sus ojos. apenas si le alcanzaba para otro fin que el de la mesa. Si era de alabar su afición a la buena mesa. Mas el temperamento de Perucho no se avenía con esta política de pájaros de su mujer. lo cual fue causa de que. según él. Y para colmo de desdicha sucedióle lo que acontece por lo general en estos casos: a medida que se le cerraba el crédito. para los que era extremosa. conocido generalmente por Perucho. El sueldo de que disfrutaba en la agencia comercial de que era empleado.) y Secretario de E. que habían salido a él en lo goloso. Oración panegírica –1938–. que llegó a inspirarles miedo. *R. que han estado siempre al uso en todo tiempo y en cualquier medio. “ser duro de pagar”. poeta y prosista. como nada en la vida. 99 . en boca de acreedores. fue director de la escuela Normal (C. y sufría cuando se hallaba flojo de dinero. diciendo que alababa el gusto de los romanos. Jiménez. en rigor. Su mujer. Es el peor oficio que pudo haberse inventado. al menos. T. aunque su fortaleza en otro.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I RAMÓN EMILIO JIMÉNEZ (N. como azote de comerciantes. que llegó a comprometer la envidiable serenidad de su despensa. aunque a la madre en lo de bien hablados a la hora del pago. y de tal modo se condujo con éstos. de Educación. Espumas en la roca –1917–. durante varios años director del diario La Nación.

y decían. que allí iba de compras atraída por el cebo de la ñapa. almanaques. —”¡Bájeme el jamón!” –volvió a ordenar al empleado. confites de bolas. de que hablaban las crónicas antiguas. Cierta vez. un bello par de ruiseñores–. que extendió al desconfiado dependiente mientras le decía. atraídas por el olor que despedían. y nuestro hombre ordenó al dependiente: “¡Bájeme una pierna de jamón!”. Su vista. y también se la dieron. no precisamente por lujo de conocimientos. al que se agregaba el de la cera. el de más negocio en tabaco. con impertinencia de garra. Y sabía esto acerca de tan original plato. y el avisado dependiente aplicó a la pesada masa rubia un asador caliente. Repitió la operación en varias direcciones y el agudo instrumento salía sin dificultad por el extremo opuesto al de su entrada en la pasta de oro. Llegóse a ella y quedó boquiabierto ante unas piernas de jamón que pendían. Cromos. entre las aves que cuidaba. respecto de aquellos comerciantes: 100 . que exportaba a los Estados Unidos de América. mientras paseaba por una de las calles de Barahona. Era una atienda mixta. Agudizaban su imaginación en el ardid para vencer en nuevas trampas. que era en Santiago de los Caballeros a fines del pasado siglo y principios del actual. y a esto se debía el procedimiento del asador sobre un brasero en el patio de la tienda. la frescura del artículo. que no se hallaba lejos de aquel sitio. provocadoras. Llevaba Pedro Antonio una marqueta de ocho libras con la forma del caldero en que había sido derretida la cera. como para dar tiempo a que llegara el dueño del establecimiento. los datos no podían ser más interesantes. con dominio de la situación: —”¡Aquí tiene usted la escalera!” Un duelo comercial Pedro Antonio fue al establecimiento comercial de José Batlle. y puñados de azúcar pardo. que tenía. únicos libros que leía con devoción. constituían el acicate de los mandaderos de oficio. Dependencias de la tienda eran el vasto almacén. se clavó en la flamante envoltura de henequén. entre el loco volar de las abejas que allí no faltaban en los sacos de azúcar. Inquirió el precio. selecta clase y acabado de recibir. con el brillo particular de cosa nueva. preferida de la servidumbre casera. con un periódico en las manos fingiendo que leía. y se lo dieron. y el punzante instrumento de demostración no reveló nada anormal en la masa dorada y aromosa. pero éste aparentó no haber escuchado la orden de Perucho. Volvió otro día con nueva cera. destinado a tabaco y el pequeño a pieles de chivo que llenaban la calle de groseras emanaciones. una recién abierta pulpería. de la parte más alta de los tramos. No se corrían por esto los labriegos. de los que se pegaban entre sí y de los frascos. sino por erudición culinaria adquirida en los manuales de cocina que no le faltaban cerca de su mesa. como aparato de escarmiento contra la industria y la malicia campesinas. haciéndole el ambiente de confianza a Pedro Antonio. hecho lo cual retiró el utensilio y pagó las ocho libras que indicó la balanza. Otros vendedores de ese producto habían puesto piedras en el interior de la masa logrando mayor peso y burlando al comprador. divisó. Cinco pesos. que al fin le respondió: —“Será en otro momento.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ¡Lástima de plato ya en desuso! –decía como para mortificar a la esposa. porque ahora me hace falta una escalera”. pieles y cera. que empujó hasta perforarla. A lo que respondió Perucho sin demostrar la menor contrariedad y sacando de entre uno de los bolsillos del pantalón un billete de cinco pesos.

y parece gitana. aseguróle que el tabaco era “de piedra adentro”. las dulces con las agrias. y entre éstos debía de hallarse José Batlle. que no sabían por qué reía el buen señor. 101 . RAMÓN LACAY POLANCO (N. Era un rico tabaco de olor. del que se extrajeron varias sartas. Como nos toquen el merengue. ni todos los agricultores procedían de tal suerte. y su cuerpo firme adopta. y con asombro de hombres y mujeres ocupados en la faena. laxitudes sensuales. en perjuicio de los agricultores. penetrante. 1925)* La bruja Sola en su rancho que ocultan las bayahondas. Hubo siempre lucha artera entre la astucia urbana y la rural. reunió la mayoría de éstos en un frente común contra el comercio cibaeño. semos como ellos son. En la mejilla izquierda ostenta tatuajes extraños. Al día siguiente fueron vaciados los serones. Fue abierto un serón. La imaginación fue bien lejos en refinamientos de común superchería. de ordinario. que era la de vender. Tabaco bien pesado en el campo se aligeraba demasiado en el pueblo. sus ojos son duros. pero el pecado de muchos en la violación del sexto mandamiento del Decálogo. Comerciante y campesino tratábanse de mala fe. la bruja. incomprensibles para los espectadores. y la “cargada”. gasta pañuelo de cuadros amarillos envuelto en *Ramón Lacay Polanco. se acortaba mucho de medida en el campo. Y el del pueblo exclamaba: —¡El más bruto del campo sirve para arzobispo! Claro que todos los comerciantes no procedían de igual modo. —No. vestal tenebrosa de las tierras del Sur.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Buscan la piedra en lo que les vendemos. Don José fue llamado en el acto a presenciar el burdo timo. Estornudos… Picazón en los ojos… adherencia en los dedos… ¡Inmejorable! —¿Es de Hato del Yaque? –inquirió don José. burlado. que era la de comprar. Es Nena. Cierta vez llegó Pedro Antonio con seis cargas de tabaco a la tienda de don José Batlle. interesado en conocer la procedencia del fruto. El del campo decía: —De hombre de pueblo no me fío. lo bailamos. Se dio la orden de compra y Pedro Antonio salió. más que engañado. En las compras de tabaco el campesino dejaba. dando a probar las dulces en desquite de bebidas ligadas y libras incompletas. pues habíalos ejemplares. y no en el corazón de piedra que ponen cuando compran. Rezumaba miel la hoja y se ofrecía a la vista como seda. Esta mujer tiene las orejas traspasadas por relucientes argollas. en la venta de naranjas “de china”. por el astuto campesino que. Había la romana corriente. barajando con agudeza la idea de lugar con la condición. a veces. sonriente. Autor de una novela y de cuentos no publicados en volumen. en la que una arroba venía a parar en treinta libras. Capa pura… Don José llamó al Encargado del Almacén. de la tienda. elástico. según típica frase: “el cuero en manos del comprador”. –respondió el astuto vendedor. Tela al parecer bien medida en el pueblo. Largas piedras achatadas se hallaron entre las sartas de tabaco. de piedra adentro. prorrumpió éste en estrepitosas carcajadas. con alarma de todos los que servían en el almacén. que esperaban la indignación del rico comerciante. Solía mezclar el campesino.

Bella. El calendario de Nena. hombre realengo del Sur. Entonces cruzaba la raya cuando los cielos de la frontera eran sendas nocturnas de estrellas. Es de esa estirpe que sabe vivir y morir en pie. o en tronco.  Pero antes fue estampa de caminos. Ella lo hizo cabecilla. en la ancestral orgía africana que enciende las noches de Haití. Explica historias del Bagá (espíritu diabólico que se aparece en forma de perro. ayuno de agua. vestal tenebrosa de las tierras del Sur. amparada por los espíritus del agua y de la tierra. Cruzando amaneceres en el viaje de vuelta.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS la cabeza casi cana. sus monturas se inclinaban al peso del clerén. escalas de la novela del alijo haitiano. en el camino de San Juan… Y sus noches de vela. de ojos asombrados. la bruja. que luce a un lado del rancho llena de cascarones de huevos y trinitarias. o en perro cada vez que los bandoleros le cruzaban el paso. y habla de sus tiempos cuando era caballo y se montaba con el espíritu de Ogún Balenyó. asesino sin rival y vagabundo de rutas. Penetró en la habitación del rancho. A su regreso. En el fondo estaba un camastro pequeño 102 . La marcha larga sobre los trillos secretos que cortan las montañas y conducen a los poblados de Barahona. con las distancias medidas por el paso de los ríos y las guardias ocultas. cuando las lomas. y el contrabando. de jabalí o de pájaro y puebla de miedo los parajes oscuros). en junio. San Juan de la Maguana… siempre de noche por zonas de angustia. tan violenta como crece el maíz en la menguante. donde cada día ella clava una oración y eleva un canto de recuerdos rogando a Dios por el descanso de aquella ánima que todavía está penando. Fue amante del negro Cinturón. Es Nena. A su paso se santiguan. la venta ilegal. Y sus recuerdos del monte la Urca. como las tórtolas que huyen a la orilla del Yaque. Ella conoció a Lico Bueyón. Y comenzaba la otra aventura. invocó una tarde a los espíritus del mal y lo preparó para las luchas de guerrillas. siempre. ella supo conquistarle a la vida todo lo que quiso. bailan y cantan el rito en patois. —Ven –le dijo–. Los lugareños le temen. la bruja. Debió bailar en Veladero y Las Caobas y conocer las rutas de Puerto Príncipe. a través de las madrugadas foscas. y cañadas sedientas que se duermen al son de los atabales… Pero entre esta mujer que ahora tiene carnes flácidas y el bandolero Lico Bueyón. Apegada a su hombre como la yedra al jabillo vigoroso. que beben. llamando a Papá Legbá cuando el peligro la amenazaba o transformándose en piedra. Hondo Valle. En sus anécdotas figura el gavillero Rafael Lucas. La tambora enfebreció su carne al ritmo del vudú. y sin meditarlo se ayuntó con él. A su manera. bailando Los Palos del Espíritu Santo. No oculta sus aventuras de contrabandista. y de la cruz de Jericó del difunto. Quiero prepararte. con perros algebraicos y algodonales amplios. Es la suya una historia de tierras enfebrecidas y noches ardientes. la selva y las sabanas se juntan y confunden en un paisaje gris que tiembla vacilante. es un calendario de lunas y estrellas. su tristeza es hermana de la tierra. Esta era una pieza atiborrada de imágenes de santos. Estremece su relato el paso de la tarimba: la parihuela que conduce al muerto va rodeada de gentes vestidas con ropas de chillones colores. el maroteo de siempre. junto a Telésforo. de carnes duras como la sequía de la tierra. cada una de las cuales poseía un velón encendido. creció una pasión avasalladora. que asaltaba las recuas en el paso del Naranjal. Sola.

—Ya está. En el piso. El hombre. echó en él varios paquetitos de polvos de colores y empezó a mirar concentradamente el líquido tornasolado. aquel gavillero fornido.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I cubierto con frazada roja. la mujer del jefe. la médium. Luego la hechicera. se cansó de ella. tomó un vaso de agua. siempre murmurando misteriosas frases. Inmediatamente empezó una extraña oración mezclada con cánticos ininteligibles. que tengo la contra –agregó la médium. Cecilia curaba a los heridos con sus ungüentos y pócimas y preparaba sahumerios para ahuyentar a las ánimas 103 . Primero sintió un golpe de muerte sacudir todo su cuerpo. desde entonces. unos hombres duros como la tierra. envuelta en sopor enervante. había sido un clarín de guerra en la comarca. ya poderoso. Nena. sacó varios objetos de cera. y en los cantones donde moraban después de los latrocinios y las incursiones. Lico sentía una comezón extraña en la piel dibujada. Empezó a traficar en Clerén. Entonces abrió un maletín. en la cual colocó unas insignias misteriosas. La bruja invocaba los espíritus del agua y las montañas. Con la pluma de ganso mojada en el líquido trazó diversos signos desde el nacimiento de la cintura hasta la parte alta de los pulmones. quien cantaba lamentos y hacía ritos para la largueza de días de su hombre. Con el vudú y sus sortilegios. sus pupilas brillaban con extraño fulgor. La bruja quedó en éxtasis. Sólo yo. pronunció palabras incoherentes. y cosiéndola con una aguja larga le puso un hilo oscuro y la colgó del cuello de su hombre. estaba Nena. fue suplantada por Cecilia. dispersos. De sus manos parecían nacer hilos invisibles que alargaba con sus dedos amaestrados. que le seguían por todas partes y acataban sus órdenes sin recelo. de bigotes largos y largas manos de verdugo. podían contemplarse unos cofrecillos oscuros y un baúl amarillento. a veces. Nena tomó a Lico por la mano y desnudó su cuerpo de ropajes. Del vaso empezó a salir una espiral de humo perfumado que se extendía sobre las paredes y hacía pensar en los encantamientos. Lleva esto siempre encima y te acordarás de mí –dijo– sacudiéndose como si tuviese frío. Inmediatamente le lanzó en la espalda a Lico Bueyón aquella poción y lo frotó con un paño negro. y el dolor de las recuas. y bajo el influjo de su voz profunda la estancia colmábase de corrientes magnéticas. sobre la cama. Lico estaba asombrado. como si un enorme generador de electricidad hubiese descargado toda su potencia. Pero he aquí que el bandido. una esponja y una pluma de ánade incrustada en un frasco alargado que contenía un líquido verdoso. y luego.  El galope de su caballo. un crucifijo. tranquilamente. amarillento. sonrió. con el pelo rojizo y la boca grande. Luego se separó y procuró en uno de los baúles una bolsita de hule. empezó a seleccionar su grupo de forajidos. —Nadie podrá contigo. Lico Bueyón vivía apegado a la negra. Luego encendió un mechón de aceite que traía consigo y una llama azulada dio perfiles siniestros en la habitación. Era un rito donde semejaban flotar duendes y vampiros de alas membranosas que le dejaban al paciente un raro calofrío en el organismo. Junto a ellos. lleno de pinturas raras. dio varios gritos espeluznantes y empezó a bailar alrededor del lecho donde estaba tirado su hombre. ebrio de clerén y café cargado. Sus mandíbulas se movían con inquietud. Sacó de su seno una tibia de algún pobre difunto y volviéndolo de perfil dióle con el hueso tres golpes en la frente. y empezó a tomar sus objetos. Le ordenó que se pusiera boca abajo.

Tirados a ambos lados los otros lugareños se confunden con el lodo. Pronto el escenario se ofrece ante sus ojos. de las fuentes misteriosas. Cecilia acaricia con sus ojos al bandolero. mientras de la tierra surgía un perfume angustiado de jazmines tronchados en las charcas y de guayabas exprimidas por el paso de los mulos. mientras en el centro una negra con cuerpo de junco mueve las caderas en el rito. Cecilia tenía movimientos suaves y delicados. envuelve el ofrecimiento. el dios de las aguas. con todo el sensualismo de su raza y toda la fiebre endemoniada de su tierra. se deja guiar por el balsié que estremece la selva. con los ojos semicerrados. y ofrecerle sus carnes y su alma. se ha ofrecido mirando a las estrellas. Beben clerén. que había contemplado cómo iba madurando su cuerpo en el espejo del río. Ahora. llevan dos heridos. y un silencio sobrenatural. Quien hubiera contemplado la sombra. Los más viejos le abrazan. Desenfunda el revólver y se tira de la montura. 104 . con niños desnudos a horcajadas en las cinturas. Le sigue su cuadrilla. en la hembra bravía del gavillero. gran Agüe. y su carne era carne esculpida en brisas. Todos se ponen en pie. se convirtió en la amante del contrabandista. por primera vez sintió como se angustiaron sus senos en aquella noche con estrellas grandes clavadas como ángeles de la brisa y del sueño sobre la selva. entonces. se expandía en la noche que iba creciendo. Desde esa noche el bandolero tuvo una concubina negra. Lico lleva el ala del sombrero agachada sobre el rostro. La bailarina. Brilla su rostro. Se había bañado en un río secreto en noches de luna llena. y las mujeres. Este llama al sacerdote y le deja entre las manos un puñado de monedas. Varios negros tocan los parches. en silencio avanza entre los árboles. En la alta noche traspasada de estrellas el bandido y su gente se acomodaron en los catres. Detrás de los ramajes hay un claro iluminado por fogatas. se van retirando al caserío. Hablan en creole y la bailarina le contempla entusiasmada. irrumpe entre los festejantes. Maravilloso cuerpo de ébano que le hizo creer al bandolero en los misterios de la jungla. se pasan los calabacines de clerén. Cecilia. con grito ritual. y sus ojos guardaban el poder de mantener encendido el amor de los hombres. pesado. —¡Alto! La voz del jefe sacude a los hombres. La cuadrilla avanza sudorosa y cansada. y la cañada de Juan Felipe y el Cerro de San Francisco. en éxtasis. han contemplado sus hazañas. Todo tiembla y vacila en el paisaje inhóspito. con fatiga y sueño. aferrarse a su cuerpo. Le rodean. en la distancia. sobre una estera. Lico Bueyón ha azotado a Bánica. hojas y estrellas. creciendo en misterio y en extraña belleza. sólo turbado por las gotas de agua que se balancean sobre las hojas y por los sapos que hablan en japonés. le comunicó el hechizo. Aquella noche se encendió un bongó detrás de las lomas. y el jefe.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS en pena. Fue una noche de humedad y estrellas pequeñas cuando Lico y Cecilia se unieron. Ella que era la novia de las supersticiones africanas. Un coro humano. Allá lejos sus notas caían sobre los campos recién mojados. Lico Bueyón. tibia y anhelante. La tropa. Pasaba el tiempo y Cecilia conservaba siempre un cuerpo de doncella. y lanza un grito estridente que hiere la noche: —¡Ohué! ¡Ohué! El sonido de los atabales empieza a adormecerse. —Bon suá. Agüe. descubriría a una figura de mujer deslizarse hasta el lecho de Lico Bueyón. Sus pasos son anchos y sus botas se clavan pesadas en el suelo. sacude los hombros en frenesí vehemente. y parecen legionarios de un mundo fantástico. sobre las hojas que tumbó el viento y los luceros hundidos en las cañadas.

arrancándole los hierbajos de cundeamor o cadillo que rastrean al lado del montículo. temerosos. Ella convive con el muerto. y cuida sus despojos con cariño enfermizo. de cuello abotagado. y los villorrios desnutridos sintieron en su desmirriada expresión el paso de muerte de aquel emisario del demonio. Y su cuerpo. Y exclaman: —¡Animamea! ¡Jesú Manífica! Mientras los viejos murmuran por lo bajo: —¡Jú! Eto no e cosa de ete mundo. De momento Nena va a salí volando prendía en candela…  Nena no se conformaba con su soledad. Y vivía apegada a su recuerdo. 105 . Cuando realiza estos menesteres su cara manifiesta regocijo. y corren a los ranchos llevando la noticia. y la parida. el bandolero de caminos. se internó hacia el Norte. Le habla. y los haraganes maridos. de todos modos.  Y he aquí que Lico. y las comadres. Dialoga con la tumba en las noches de luna. Nadie osaba cruzar las rutas. y sus dientes largos surgen amarillentos. con el desprecio de su hombre. y la doncella. y las gallinas acezan por el calor y la sequía. Y la leyenda llenaba de espanto los caminos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I  Todo esto lo recuerda Nena mientras prepara el cotidiano ramo de rosas para la tumba que luce a un lado del rancho agujereado. esta mujer desgarbada. fuerte como el odio. De lejos. Y le trituraba el ánima el saber que Cecilia gozaba de sus favores y sus aventuras y correrías. flaca como cerbatana. Y las viejas atacadas del reuma. Tenía las cejas pobladas. No han importado los soles implacables. Cada día. eleva su cántico y deja una oración enterrada en el paisaje de La Culata. escondidos en las cejas de monte. Y los lugareños sentían escalofrío cuando pronunciaban aquel nombre. En su fabla gangosa ponía de manifiesto lo ladino de su espíritu. y aunque pequeño. Y sintió que el destino ponía a prueba su eficiencia. mientras el crepúsculo dora las copas altas de las guásimas. adquirieron un brillo acerado que sorprendía. El Comisario Basilio Peña. aun en noches de luna. y sus ojos. de San Juan de la Maguana. Ella y su rancho se hermanaron en el infortunio. y los burros retozan en la tierra. las lluvias de mayo. el bigote crecido. Porque Lico Bueyón regalaba un pasaporte seguro hacia la muerte. Asoló las comarcas de Hato Nuevo y La Piña. antaño expresivos. los muchachos en cuero de los villorrios colindantes la contemplan asombrados. se santiguan. Pero la ley la hicieron los hombres para los hombres. triturando la breva que masca tesoneramente. Para su disciplina la ley era la ley y había que cumplirla. volvióse flaco en el cambio de una luna. antes vigoroso. poseía una voluntad de hierro. Y se tornaba más triste su rostro. El miedo creció como fuego en hojarasca. Sus largos brazos de simio le rozaban las rodillas. el polvo de septiembre. tenaz como el dolor. Y hasta su celo llegó la noticia de las correrías de Lico Bueyón. era duro como róqueda o páramo.

lejano. Y la corneta grita. Y esto lo sentía aquella mujer por el bandolero. rogando a los santos. Doblegadores de rutas y sabanas. que se recuesta en el Yaque y lo vadea. Y aunque las montañas son interminables. Y apretó el paso. Y vuelve el alba temblorosa. Regresaban de sus latrocinios e iban en pos de Pedro Corto. avanzan. Nena. venían Lico Bueyón y sus hombres. Se sobresaltó en la noche. pero alegre. Y salvó veredas. Y esto lo experimentaba Nena por su hombre. No se arredra ante nada. Ella sabía que habría de caminar mucho antes de llegar a su destino. Iba rezando. Todo queda detrás. Y avanzan. Eran hombres avezados en la guerrilla. Con la fatiga lucía más desmirriada su figura. Soñó con cardosanto. Ahora dique va a saqueá a Pedro Corto. perdidos en la sombra. por la ruta de Vallejuedo. a veces. tiembla de miedo ante los soldados. El amor. Cuentan los lugareños que allí sucedió el encuentro. y el calor es sofocante. Bohíos derrengados. en un susurro. No importa el sol. y tomó su camándula haitiana. la bruja. a la orilla del camino.  Nena tuvo un sueño terrible. Marchaban cautelosos. Avanzan y avanzan. Y el crepúsculo les da de frente. Avanzan hacia Pedro Corto. sacudiendo las lontananzas. En la madrugada clarísima del Sur. cerrado como nublazón de mayo. —Lico… Lico… –dijo. Y los ojos se le agrandaban en el resuello. el nuevo can de Lico Bueyón. Ella lo columbró de in promptu. Su sentimiento despierta una fuerza sublime. Esos hombres no conocen la fatiga. Y cae la noche. como su sueño. Basilio Peña. el Comisario: duro. Y el astro lucía encarnado. El Lico Bueyón del diache ya me tiene jarto. Con la noche partió hacia Pedro Corto. con signo de tragedia. La ruta larga y seca. y lomas. con la camándula en la diestra. avanzan. El hombre se volvió. Se amorró el madrás de cuadros amarillos en la cabeza.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Eto ya se va a acabá. y las hojas del arbusto sufrido se teñían de sangre. Una luna redonda. es una obstinación desesperada. Hay que traé a Lico Bueyón vivo o muerto. La mujer se sentó en una piedra. y no se prolongó su espera. ¿Pero e que ese hombre no se quiere? Y llamando a su edecán agregó: —Guelo: organiza a lo muchacho. y riachos. Y a la cabeza de la legión. Basilio Peña y su gente. Y avanzan. Ellos han cruzado a Santomé y queda un naufragio de árboles y matojos. Y no se fatigaba. El cruce. estaba cansada. Ese e jel parte de la capital. ni el sueño. que llega hasta el sacrificio. Áspera tierra caliza. Y el pecho se expandía con la respiración fatigosa. Avanzan. Por el olor del monte y la altura de las estrellas comprendió que estaba al filo de la medianoche. por la seguridad del cuerpo de su hombre. Era el recodo. Ni la sequía. El presentimiento le golpeó las sienes. Armados hasta los dientes. —¿Quién vive? 106 . No querían despertar a los del lugar. cuando los hombres del Comisario sacuden a sus cabalgaduras. Desenfundó el revólver. colgada en el Este.  Con la madrugada llegó a Las Charcas. Levantóse rápidamente y contempló la luna. Y organizó su tropa.

se la arrojó al rostro. Nena rodó por el suelo. El corneta tocó: ¡Firme! … Y la voz de: ¡Fuego! salió de la garganta del Comisario como un rayo. Está flojo. Y el piquete ya está preparado. Yo soñé anoche… —Ja… ja… ja… ja… ¡Lárgate de ahí! ¡No me vengas con boberías! —No vayas. Los disparos cruzaron el aire. La chirona amansa los guapos. Vamo a fusilá a ete como ejemplo. Los perros alzados y los cerdos consiguieron festín lujoso. una mujer. Cecilia sonreía. Los cadáveres se amontonaron. desafiante: 107 . Y Lico Bueyón ya estaba enmadrinao. La voz de Cecilia. Levanta los ojos. y sus ojos gozaron con el acontecimiento. Los nudos son fuertes y le destrozan el pecho. encabritó la montura. Y dos forajidos más que se salvaron milagrosamente. le llega como una caricia. haciendo sangrar los ijares. Basilio Peña gritó: —Guelo: Suéltale la mano a la fiera eta pa que jaga su propio hoyo. Cuando llegaron a Las Charcas los vecinos quedaron asombrados. Nena. Y arrancándose la bolsita de cuero que llevaba pendiente del cuello. El Comisario Basilio Peña da la señal. se le cuelan por los poros mostrándole la vida. sumisamente. Nena… La palabra le azotó el rostro. Cecilia tuvo una expresión de triunfo. Y se aferró a las riendas. También Cecilia. triste. El sol fuerte calienta los caminos. Lo empujan hacia la guásima. El bandolero está callado. magullada. Ha terminado su faena. Una nube de polvo cubrió sus siluetas. El hombre. —Yo no quiero saber de ti. Entre los curiosos se levanta una voz: —Padre nuestro que estás en los cielos… Lico Bueyón experimenta un sacudimiento. La plegaria de Nena lo estremece. Lico Bueyón empieza a cavar su propia sepultura. —Soy yo. Las sogas le aprietan la carne. violentamente. Eto se pudrirán en la cárcel. Inmediatamente el hombre y su concubina. Aquel hacinamiento de sangre le cayó en los brazos. se perdieron en el monte. El bandolero ya está preso. El bandolero dejó en el aire su carcaja escalofriante. Te tienen una en Pedro Corto. y la mirada de amor. Y encarándose a Cecilia. suplicante. La muchedumbre se agolpa. Creyendo en tonterías… —Lico… Lico… El caballo pisoteó a la hembra. y el aire caliente. Lico. con su canto monótono. El toro del Sur había perdido. llenaba la madrugada caliente. sacó del seno un puñal y cortó las sogas que ataban el cadáver. de la mujer. Parecía un naufragio la sabana de Pedro Corto. Bajo el sol sureño.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I La mujer se incorporó. la bruja. Y a los otros lo llevaremo pal pueblo. —¿Qué quieres? —Que no vayas a Pedro Corto. La cabeza de Lico Bueyón se dobló sobre el pecho. Murió sin decir palabra. le gritó. Vine a avisarte. Quítate de mi camino. que reseca los árboles y las almas. Y suda. La fronda de los aromos. soberbia. Lo atan al palo. No vayas. Basilio Peña y su gente tocaron a degüello. aquel plañir melancólico anuncia la muerte. No vayas. Lucía magnífica. Sintió el odio brotarle de la entraña. Inmediatamente se abrió paso entre los asombrados asistentes. La muerte vela sus latidos.  El encuentro fue trágico. temeroso.

Bajo el sol del Sur que revienta las guazábaras.  í    ó. ahora! Todos quedaron estupefactos.    ño    .              .           . la bruja quedó sola con su muerto.   á. 108 .           . El Comisario Basilio Peña ordenó la retirada. Nena buscó un yaguacil y colocó los despojos de su hombre.    á    ó.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Quítamelo.          á  í á .

Murmuró: —Va a ser imposible… *Impresas ya las noticias preliminares de El Cuento en Santo Domingo. Argentina. Ecuador. cuya acción discurre y termina en un momento y perdura en la memoria. y aún Catharine. bastaría el testimonio de tres grandes escritores de hispanoamérica: José María Chacón y Calvo. Catharine Lowell no pronunció una sola palabra. que lo estuvo esperando con ansiedad. Uruguay. Rupert se volvió para verla salir. R. 1900)* Pero él era así… Rupert Lowell hacía rato que había regresado a la casa. como si realmente le interesaran las volutas de humo que arrojaba con alarde por la boca. hemos tenido la satisfacción de conocer Los Cuentos que New York no sabe. 109 . frente a frente. de críticos renombrados de México. no se había atrevido a preguntar. formulado bajo la sugestión de su inmediata lectura.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Tomo II ÁNGEL RAFAEL LAMARHE (N. habló sin mirarla: —Esta noche… Eustace Addison me lo enviará con un mensajero. Cuba. y ella. sin que de sus labios brotara la pregunta. H. Allen W. también francés. de los catedráticos norteamericanos Frank Tannebaun. y preferí que tú y yo lo viéramos aquí juntos. del crítico español Federico C. Werfeld. y concluyó con voz indiferente en apariencia: —Me ha prometido que la ampliación quedará muy bien… Quiso que lo comprobara… pero yo no podía detenerme. —Trabajan también de noche. Puerto Rico. Y antes de proseguir. Encendían mal. sentados en la sala. George Pillment. Sanín Cano y Ricardo Rojas. Ahora. Había levantado los ojos grises de un azul acerado. Federico de Onís y Ricardo Rojas. Con uno no le fue suficiente. todo el día. de intenso dramatismo. vale recordar que los cuentos de Lamarche han merecido elogios de los venerables Baldomero Sanín Cano. de B. se dijo: “Aguardaré a que pase la cena”. le dará al lector Pero él era así…. aparentemente para rectificar un pliegue indebido en el tapete de una mesa. Colombia. cuento psicológico admirablemente escrito. Se puso en pie. redoblando las chupadas a su pipa. precisamente por eso. pero apenas lo pensaba se arrepentía. continuó: —Tienen mucho trabajo… Hizo otra pausa para encender un fósforo. Mead. su mujer. Para prestigio del autor de Los Cuentos que New York no sabe. Chile. quien afirma en su antología de cuentistas que Ángel Rafael Lamarche es “uno de los dos representantes del cuento en la República Dominicana”. se cercioró de que estaban bien apagados los que tiró en el cenicero. el autor de El Águila y la Serpiente. si en el reconocimiento no figurara la aprobación de un Federico de Onís. Más que un juicio particular. No ignoraba adonde se dirigía. Phillip. y movió la cabeza con ese movimiento del que ve confirmada sus previsiones. Enrique Gandía y Martín Luis Guzmán. de Ángel Rafael Lamarche. Tosió y tras de golpear la pipa en el viejo cenicero de peltre y atacarla nuevamente de tabaco rubio. Al fin logró decidirse: —Rupert… ¿traerán hoy el retrato de Sim? El hombre. Sainz Robles. Clara idea de la calidad y de la técnica del cuentista que es Ángel Rafael Lamarche. por más de una ocasión lo intentó. y Catharine tuvo tiempo de ponerlo otra vez todo en orden. La cena había terminado. Robert G. del célebre profesor florentino Oreste Macri. del novelista francés Francis de Miomandre y del crítico. Cuando Rupert llegó estaba anocheciendo. y después salió de la sala.

aunque le pareciese increíble. el bastón de esquiar y los puntiagudos esquís. o algunos años antes lo vio jugar en la calle con sus compañeros. diciéndose el uno al otro. que se te va la hora!”… No. fingían abultarse más para que volviese a tomarlos una mano conocida. Lo efectuaba diariamente. darling”. Rupert y ella lo habían guardado cuidadosamente… Pero esta noche en que iba a ver la ampliación de la última fotografía que Sim se hiciera en Nueva York. vería mejor el retrato de Sim. como si esperaran el término de aquellas prolongadas vacaciones. En un rincón se recostaban. buscó la bombilla e hizo luz. entre el estrépito de la ducha y la algazara de una canción: “¡Eh. o tocarle la puerta del cuarto de baño y advertirle. como si realmente necesitara revivir sus recuerdos. Los grandes ojos negros sonreían con extraña expresión de incertidumbre. la ampliación. Con frecuencia. Los cromos de lindas muchachas y el banderín triangular del equipo náutico de su escuela. En la actualidad. los calcetines y mitones de grueso estambre para los deportes de invierno… Todo se hallaba como él lo dejó la última noche que pasó aquí… Sí. ella avanzó por el pasillo hasta el cuarto de Sim. Todo se hallaba igual que cuando él se fue. Actualmente le parecía muy raro que este hijo fuese sólo un hijo muerto. debía ser justa: Louise era sólo una muchacha y únicamente hubiera conseguido crearse una serie de complicaciones. las botas de hule con que chapoteaba por los ríos y pantanos en las partidas de pesca. y 110 . sintió como nunca el deseo de visitar este cuarto. Los libros vueltos de lomo en el pequeño estante. Catharine sí sabía lo que era la muerte. dentro de un momento. Y. lo ocultaba sin una queja. sin embargo. Si sus travesuras le proporcionaban un descalabro. de visitarlo ahora. esquinándose. Catharine se reprochó casi con encono: “Fue una estupidez que no se casaran antes de que él se fuera”… Pero inmediatamente se arrepintió. y todos. Se acerco. le oirían entrar lo mismo que antes. con los ojos en blanco. dejaba penetrar la claridad de un farol próximo. Tuvo que luchar con la cerradura porque la puerta estaba cerrada y por allí no se veía bien. muchas veces al día. Se dice la muerte. creen que comprenden su significación. qué resultados tan enormes. no había olvidado la menor cosa… Ni aun era posible olvidar la afición de Sim por el pan de pasas y la sopa verde de guisantes… ¡Oh. con el libro al lado y metiéndose los dedos en los cabellos. Era Louise. Pero se le había ocurrido que. y no un hijo como son y se quieren los hijos. pero “Sim se hallaba muerto”. en tanto que hoy le quedaría como una pena dulce el recuerdo de Sim. Desde que uno nace empieza a oír por dondequiera: la muerte… la muerte. no obstante. La cama con su colcha de raso a franjas blancas y azules. Pensó que Louise vendría a ver también. Pero cuando abrió. Levantando el brazo. Abrió un cajón de la cómoda. La desconcertaba aceptar que Louise no tendría en lo adelante para ella el interés que tuvo anteriormente. Ahí estaban los “pull-overs” de bandas caprichosas. Aquella misma mañana lo había hecho. había escrito: “Para que no dejes de pensar en mí constantemente. libre del obstáculo de las cortinas. Pero su aturdimiento se renovó. Sim. Catharine lo sabía bien.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Como su marido lo había sospechado. Esto lo medía todo. Ni Catherine ni Rupert tuvieron jamás que sufrir a causa de aquel hijo único… El hijo único. y no tardaría en casarse con otro. no!… No era eso… Simón Lowell fue desde temprano un muchacho estoico. por las noches desde la cama. Muerto: una sola palabra y. como si fuera posible que pudieran tener dudas respecto de quien entraba: “Es Sim”… Miró el retrato de la muchacha que estaba en la mesilla de noche. ni siquiera Rupert y ella. la ventana de la habitación que caía a la calle amplia y llena de ruido. para repasarle la ropa y verle todas las mañanas tomando el desayuno. Muerto. y sobre el pecho una letra cuadrada. Por esta ventana había visto regresar más de una vez a Sim.

volvió a sentarse como avergonzada de su desconcierto. o que oía cantar a Gail Walker. le decía a Catharine: “¡Hum. Me sirvió para celebrarla. me siento sano y alegre… Ustedes saben bien que me gustaron siempre las empresas más peligrosas y las aventuras… Además. Cubría con su blancura todo el terreno. dijo. en eso no había dudas. les ruego la saluden de mi parte. En “Christmas eve” fue mucho mejor. tantos como me lo permitieron el reglamento y la precaución. mis camaradas. volviese como volviere. Pero la observaba de reojo y no se le escapó que se sentaba lentamente como si en verdad la rindiese la fatiga. levanté la vista y parecían recién estrenadas las estrellas. Pero no volvió. entonces. madre. yo mismo llegué a creerme una de esas figuritas que aparecen en el paisaje de las lindas tarjetas de “Christmas”. uno solo. la he agradecido. sin decírselo. canté también. con alegría. pero besándola con inocultable ternura. como un muchacho enfadosamente “civilizado”. de un segundo a otro. sino por momentos y como un muchacho esclavo de las horas y los libros. y como abundan los pinos. Rupert pareció no apartar la atención del periódico que leía. Ya volveré. imaginé todavía más: que estaba oyendo los hurras de toda la “banda”: de Bob. Y cuando vuelva. pero no ignoran cómo me satisface. sus consultas y su confianza serían para la madre de otro hombre… Y con lo fácil que había resultado todo aquello… Catharine estaba convencida de que las cosas más grandes suceden así. a quien si la encuentran por ahí. mirando las estrellas. aquella muchacha de ojos verdiazules que me llamaba “Simón el pendenciero” y fue vecina nuestra y cantaba en Broadway. Pero ¡si nací y me crié entre ella!… Bueno. Pero no había vuelto… No. Catharine. Catharine estaba segura que cuando Rupert viera la ampliación no podría resistir e iba a suceder lo que precisamente ni su marido ni ella. de Sam. padre. y se me antojó que “eran todas las estrellas de los árboles de las “Christmas” que pasé en compañía de ustedes… ¡Oh! Los recordé. Desde luego. de Molly. la guerra vista a distancia es muy distinta a como se ve entre sus “mismas conmociones”… Era un tono idéntico al que empleaba cada vez que Rupert o ella parecían flaquear ante las inevitables cuestiones de la vida: “¡Eh.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II que cuando la propia Louise tuviese novio o se fuere a casar. que se había llegado a incorporar. el informe lo precisaba con claridad: “Murió como un valiente”. ¿verdad?. a la sordina. no olvides que me siento orgulloso de tu valor!”. querían que sucediera… Al regresar Catharine a la sala. ni ustedes ni yo. en realidad. yo había avanzado unos pasos. y la propia noche tenía una especie de oscuridad azulada. Rupert lanzó el periódico y echó a andar 111 . De modo que en vez de lamentar su abundancia. pero los volvió a levantar y sonreír… Sonriendo de esa forma se fue… Entonces vinieron las cartas: “No creo que se preocupen por mí. porque no es sino ése. mi canción… ¿El peligro? Bah… No me importa. en resumen. hacían música. de la misma manera que me pareció ver a Louise… Y como el viento aullaba con fuerza. ese día que no se parece a ningún otro. ni creo tampoco mucho en el peligro. y esa noche estaba el cielo muy azul. ha sido mucha. recuerda que me gustan las mujeres fuertes!… Por Navidad escribió: “Me parece advertir que ustedes quieren saber cómo me va con la nieve. o con cara muy seria. vino el aviso intransformable. derramaremos una sola lágrima”. de Letty. Tocándola día y noche a campo raso me convertí un poquito en el héroe de todos los sueños que desde la infancia me despertó y no pude vivir allá. me molestaría. Y aun cuando “mother” lo dude. Detrás de mí. cómo los recordé… y aún los estuve viendo. Fue un largo timbrazo. y bajó los ojos. con la mayor sencillez… Aun creía mirar a Sim aquel día: “Estamos en guerra”. Un día.

creía imposible que hubiesen esperado para conducirse de esa manera a que estuviese delante el propio Sim… Tan engolfados se hallaban en la disputa que no parecieron darse cuenta de la presencia de la muchacha. caminó paso entre paso. Las voces se alzaban y las injurias se enardecían. la boca entreabierta quería. se entreabrían como si acabaran de hablar o por el contrario se impacientaran por hacerlo. Con los ojos húmedos. El papel estallaba como quejándose y resistiéndose. El retrato apareció. al verlo. la sacudió un estremecimiento. pero se olvidó de cerrar la puerta. Lowell sonrió. pero tal vez el mejor mensaje se encontraba en ese soplo de vigilancia que sentían Rupert y Catharine bullir entre los dos. como si temiera no llegar nunca. pero al mirarla no tardó en responder con agresividad: —No sabes decir más que estupideses. Tapándose los oídos. sí. Rupert. Sí. no comprendía mucho más del busto. en la solapa rojeaba un tulipán… Catharine y Rupert. aparecía perfectamente en calma.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS precipitadamente. inmóviles. Rupert se acercó y enderezó el cuadro un poco más. pero se clavaban fuertemente los dedos contraídos en la palma de la mano. Alguien acabó de empujar la puerta. un Sim vivo y alegre: el cabello casi rubio partido escrupulosamente a un lado. Y se detuvo. Cuando volvió. brillaron de modo especial. comunicarles algo. Al fin. Al entrar allí. al sonreír. Rupert tuvo la certeza de que cuando Catharine lo viese pensaría lo propio que él había pensado: “Tiene la misma edad de Sim”. sonreía con enternecimiento al mirarles el corazón… Nervioso. y en su mirada apareció visiblemente el miedo. y apoyarse igual que una mano cariñosa en el hombro del uno y del otro. y que luego de escudriñarles ansiosamente la cara. Catharine no se había movido aún y miraba como fascinada el bulto. en dirección de la puerta. Con mano segura firmó el recibo y. diríase que tras de mirar a los dos. señor –dijo confuso el muchacho. el muchacho saludó: —Buenas noches. se levantaban un tanto para no perder un solo detalle de lo que ocurriese en la puerta. Estaba escuchando. empezó a romper la envoltura. un indecible miedo y gritó: —¡Es que no lo vas a dejar tranquilo! Rupert se volvió estupefacto. El mensajero bajó los ojos y se devolvió por el pasillo. Rupert retrocedió unos pasos. los ojos. —Gracias. Era de tamaño considerable y estaba cuidadosamente protegido por un papel castaño fuerte. Ella estalló nuevamente: —Es preferible a ser un completo idiota. sin vacilar. Deslumbrada al descubrir el retrato de Sim. ayudado por el mensajero. sin duda. de un auténtico Sim. Catharine vociferó: 112 . se veía aún el principio de la chaqueta color de arena a grandes cuadros de un gris azulado. sin objeción el mismo Sim. Era Louise. pero al fijarse en su mujer. los labios. Rupert lo había seguido y no se limitó en la propina. señora. era la imagen de Sim. pero permaneció muda. retrocedió. Fue en ese momento cuando Catharine se aproximó. El mensajero se cercioró: —¿El señor Rupert Loweil? Era un muchacho quizá un poco más alto y delgado que Simón. Era Sim. Los ojos de Catharine. Catharine le observó con inquietud. de una transparencia infantil. llevó el bulto hasta ponerlo sobre la inútil chimenea de la sala. parecían impasibles. ya más tranquilo.

caídas sobre los ZAPATOS DE OREJAS salpicados de lodo. no importa el sacrificio. Manual de agricultura (1920). Olga. por una gran prueba. al que soltó las riendas sobre el cuello. y su revólver de MITIGÜESO. El jinete era feo. a ella le pasó igual. rechonchos y sin lustre. y estaban envainadas en sendos pantalones. mal hombre. quizá por coincidencia. al separarse en opuestos rumbos. Y como coronamiento de aquel sagitario tremebundo. fundas de los enormes pies que no se calzaban sino los domingos y fiestas de guardar. que los había unido tanto siempre. inmenso orgullo… Ahí estaba Sim. imprimiendo al jinete un movimiento oscilatorio que le inclinaba tan pronto a uno como a otro lado de la bestia. con la faz cetrina teniendo por frente una pulgada de surcos rugosos entre el cabello apretado y las alborotadas cejas tras las cuales brillaban. La alimentación y las razas (1896). una cabeza sobre cuello apoplético. Pero mañana sería otra cosa… Ambos suspiraron con ese suspiro de los que acaban de pasar victoriosamente. En veinte años de matrimonio era ésta su primera disputa y la primera vez que no dormirían uno al lado del otro. Nisia (1898). Todo esto era extraño. siguiendo a lo largo del camino en su caballo rucio avispado. y dejando ver los pliegues de la camisa listada y la ancha correa de que pendían el sable truculento. que así lo llamaba. por lo que el rocín iba paso entre paso. de gusto y hechura rural. 1904. novela corta. encajaban sobre el cuerpo del animal circunvalándolo como una cincha. huyéndole a la pretina de los calzones.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —¿Piensas pasar así toda la noche. 113 . entrecerrados ahora. con enormes espuelas de cobre bien aseguradas. imbécil? Rupert contestó con rabia: —Me voy a acostar… pero en el sofá… No puedo dormir junto a una infame de tu clase… Ella recalcó con agrio desdén: —Eso era lo que deseaba.. ordinariote. terrible con su chaquetita corta y mal traída. mirando paralelamente a la nariz de forma cónica. dos ojillos negros de expresión felina. Las piernas encorvadas por el hábito de montar a caballo. terminaba ahora por separarlos? No. cuadrado. Santo Domingo (C. hoy se sabían más unidos que nunca y Sim era el broche de esa unión. rematada en trompa y como queriendo zamparse en la espaciosa boca de labios gordos y *Autor de: Cuentos Puertoplateños. emboscados como salteadores. y después unas medias de a real. Tip. ¿Sim. Sin embargo. JOSÉ RAMÓN LÓPEZ (1886-1922)* El general Fico A don Andrés Julio Montolío Venía cabizbajo de Las Escaleretas a la Palma. un v. T. anchos y sobre-cortos. Geografía (1915). con anchos bolsillos donde guardaba el descomunal cachimbo de tape y la vejiga de toro henchida de picado andullo. que dejaban en descubierto cuatro dedos de jarrete musculoso y peludo. folleto. y en otro instante semejante. el cuchillo COLLIN de luciente y afilada hoja. a dos dedos de ella. El tronco era robusto. de aquel ecuestre Hércules pigmeo. Rupert acertó a volverse en momento que Catharine no lo veía y en sus ojos relampagueó como una pícara ternura. y que lo dijese él: no habían derramado ni “una sola lágrima”. Experimentaban orgullo.).

y afectando las formas de un paraguas o de un hongo. escudriñando por entre el claro de los troncos y las malezas. y sus músculos se marcaban con brusquedad sobre la piel. Estaba locamente enamorado de Rosa. Y por sobre todo ese conjunto abigarrado y monstruoso un breñal de cabellera amoldada al sombrero y al pañuelo que llevaba atado. sin atrebeise a miraila y eya detrá de lotro palo con lo sojo bajo. Entre uno y otro parpadeo flameaban sus ojillos como brasas sopladas. De ésta. adelantándose en acecho para oír mejor. ondulado de colinas y vallejuelos. De súbito se irguió como por resorte. Machetero brutal y alevoso. El pensamiento airado no se refleja mansamente en la fisonomía: es el resplandor de un incendio que caldea el rostro y se propaga al ademán. que se veía sobre un cerrito a distancia de un cuarto de milla. sus 114 . De cuando en cuando espoleaba maquinalmente el rucio. la más linda campesina de los alrededores. con los pómulos salientes. Aquí taba ei picando el palo con su cuchiyo. Pero ai freí será ei reí. echando pestes como si para eso y para hartarse solamente tuviera la boca: cuando no les llovía una granizada de puntapiés y garrotazos sin motivo alguno. de tigre hambriento que olfatea la presa y se alista a caer de un brinco sobre ella. Torció a la izquierda y ganó la vereda que conducía a casa del vale Pedro. Era el General Fico. y se quedó parado entre dos ceibas de alto y grueso tronco. dulces como una sonrisa. cacique el más temido en los alrededores. y creció la ferocidad innata de su gesto. Ideas salvajes de deseos. Eso jueron lo golpe que oí. que parecía que iba a estallar como la concha de una granada y a avivar el sonrosado de las mejillas. y en todo su ser se reflejó una expresión de fuerza bruta irritada. El había perdido la tranquilidad de bestia saciada con los nuevos apetitos que le aguijoneaban. cuando vociferó una interjección de rabia. venganza y exterminio azotaban el pequeño cerebro del General Fico. ni deuda que no se pague. ¡Bien sabía yo que era beidá! Y me oyén eso do sinseibires. ei calabazo de agua en ei suelo y jasiendo un agujero en la tierra con el deo grande dei pié. y desechaba las oportunidades de encontrarse con el fauno que no le perdía pies ni pisadas. y volvió a examinar los árboles. contrastando su techo pajizo y su maderamen de tablas de palma con el verde panorama. y dos orejas espantadizas. Su pobre mujer y sus chiquitines andaban ahora temblando cuando él estaba en casa. y se han laigao! ¡Si yo cojo ese güele fieta y a esa arratrá! Aquí se contuvo. hija del vale Pedro. Y regresó mascullando tacos y maldiciones al camino. Aguzó el oído. golpeándolo sobre un costado de la silla. Ya no iba cabizbajo. sacó su revólver y se lanzó con paso cauteloso hacia la selva por entre la cual iba el camino. y se aventaban sus narices a compás de las crispaduras de sus puños. que en la primera arrancada hacía traquetear el sable encabado. como las venas hinchadas de sangre. No ar plazo que no se cumpla. —Ei diablo me yebe. holgazán consuetudinario que vivía cobrando el barato de todo en toda la comarca. porque se quedaba horas y más horas meciéndose en la hamaca. se destacaban una chiva larga y puntiaguda. —No hay dúa –continuó–. que se abría hasta cerca del remate de las quijadas como agallas de tiburón que. y siguió marcha a la casa del vale Pedro. donde volvió a enhorquetarse sobre su caballo. Se apeó del caballo. sus ojos despedían relámpagos. La señai no manca. arrendó el caballo. bagamundo je ofisio. Recordaba en este momento las facciones de Rosa. pero la muchacha se resistía a corresponder esa ferviente pasión carnal de groseras manifestaciones. le cuadraban la cara.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS negruzcos. a manera de velamen. con el gesto áspero de mastín en guardia. que la rodeaba. en su empeño de conquistarla a todo trance. desconfiadas. avivada por la pasión. Cinco minutos hacía que andaba así. su lozanía robusta y graciosa.

Había visto sus cuchicheos en la fiesta del domingo anterior. —Bueno día le dé Dio –le dijo Rosa toda asustada. Al desembocar a un recodo de la vereda se encontró con aquella. del índice encorvado. Poique yo sor claro: de dai un mai paso se da con quien deje: con hombre que sean batante pa yebai qué comé y qué betí. —No me digaj na que yo lo sé to. temiendo que sospechara algo al verle los colores encandilados y el traje lleno de cadillo. Agora memo iba a desíselo a tu taita. no podía ser! Aquello acabaría mal. bor a jasei que recluten pa soidao a Julián. y un ramito de clavellinas matizadas en el pelo ¡Qué muchacha! Olía a gloria y era de chuparse los dedos. —¡Binge santa! ¿qué dise uté. y la turbó encontrarse con él toda sudorosa. Y como tengo que mirai poi tojutede. —Pero. jue que… —Sí. y aún recordaba que Rosa se puso como una amapola cuando Julián. por el agujero. y luego añadió: —¿Qué jeso? ¿Hay arguna laguna en ei monte. una mantilla rosada. jadeante. acopio virgen de bellezas tentadoras… Y que un patiporsuelo que iba a las fiestas sin chaqueta le disputara la posesión de ese tesoro.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II ojos negros de miradas acariciadoras. Mira: si diaquí a trej día no sé con seguridá 115 . Se le había adelantado. Pero urgía proceder de firme y rápidamente. Porque no le cabía duda: las negativas empecatadas de Rosa provenían de que andaba en teje-menejes con ese perdido de Julián. y aquel cuerpo de ondas firmes. entonó unas décimas cuyo pie forzado era: “La mujei que te parió puede desir en beidá que tiene rosa en su casa sin tenei mata sembrá”. ya se lo que e. general si yo con ninguno… –tartamudeó Rosa. —Bueno día –le contestó Fico acentuando mucho las silabas. tranquilizándole de sus celos de Fico. saliendo ella con pretexto de ir por agua al río. con el güiro en la mano. en lo que él ideaba algo que le asegurara la posesión de la muchacha. que cobraba primicias así de las labranzas como de las muchachas casaderas!… ¡No. su pelo reluciente. al que hacía temblar a hombres y a mujeres y con su nombre se acallaba a los pequeñuelos traviesos… a él. que no ba ja bucai agua po la berea? —No. porque la cosa iba de largo: acababa de ver la señal de que hablaban en el monte. a él. que disponía de todo. generai? A soidao… ¿Y poiqué? ¿Qué ha jecho ese bendito? Poi Dio… Déjelo quieto… —¡Y te atrebej a intereaite por ei alante mí. Llevaba su calabazo de agua pendiente. a quien tenía que meter en cintura haciéndole sentir todo el peso de su autoridad. Y ella también estaba esa noche más adornada que de costumbre: estrenaba un trajecito blanco con chambra y falda de arandelas. si esos tercos no entraban en razón. cosa de que espantara a Julián y vigilara a Rosa. cuando oyeron los pasos de éste. Qué poibení te quea co nese arrancao que no tiene conuco y anda de fieta en juego y de juego en fieta. Efectivamente había estado conversando en el monte con Julián. al primer varón de Los Ranchos. que de tan negro se tornasolaba. si o acaban eso. Y para ganar tiempo resolvía ponerlo en conocimiento del vale Pedro. poique ésa no son cosa de donseya honeta. Un bagamundo que no tiene má sembrao que tre sepe plátano? Cuaiquiea te coje jata tirria.

aquel pobre muchacho. para que arree la manada a votar por el candidato oficial. Ni se fijaba en los sombríos verdes y olorosos. En aquella mañana tan hermosa comenzaban sus amarguras. no había de ser suya? ¿Por qué andaban las cosas tan destartaladas en el mundo? ¿Por qué el Gobierno escogía para representar la autoridad a un truhán como el general Fico? ¿Acaso no había buenos hombres en los Ranchos? ¡Ah! pero los del campo son el ganado humano: les ponen un mayoral. El inmenso azul se teñía de franjas purpurinas que asomaban como cabellera hirsuta por la cima de los montes negruzcos que se veían al Oriente. ni en los bohíos encaramados como cabras en lo alto de las colinas y picachos. y ella no podía ponerle mala cara a ese cristiano que se había criado junto con ella. y le parecía imposible que a su edad y entre esas lomas. atados los brazos a la espalda. Mientras él ahogaba los sollozos de dolor y rabia. Ei sábado. ba pai pueblo. Nada de prédica. guiado como un marrano a la Fortaleza de Puerto Plata. que el mayoral haga lo demás. nada de caminos. Hor é lune. 116 . subían alegres de las rústicas cocinas densas columnas de humo como matinal incienso al Dios que hizo del amor el génesis y el impulso de la vida. Opresión brutal. pegarles y sacarlos a bailar. bueno y fuerte. levantóse una brisita fresca y reposada. Y en cambio de eso. aquella hermosura como flor silvestre que se iba derechamente a él para que la recibiera en sus brazos y la trasplantara a su corazón. robe. ¿para qué te ha entregado el mando el Gobierno?… ¡No faltaba más: perderle así el respeto!…  El sábado siguiente. mujían tristemente llamando a sus becerros. La pobre Rosa de deshizo en lágrimas y ruegos: que no lo persiguiera. Fico al fin la dejó plantada en medio de la trilla. ¿Cómo sería posible? Aquel trozo de alma. despertándolo todo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que lo haj dejao. Fico. que qué mal le habían hecho ellos para que los tratara como a jíbaros… Pero no alcanzaba nada. cantaban los gallos. esmaltados de rocío. ¿Perderla?… ¿y por qué? Por el capricho de un asno satiriaco (sic) y omnipotente. que se habían visto por casualidad. Solamente cuando pasó frente a casa de Rosa salió del atontamiento en que su repentina desgracia le tenía sumido. aquel mozo robusto como una ceiba. de mirada enérgica y facciones agradables. mensajera del perfume de la selva. nada de escuelas. mejor cuanto más malo. El gorjeo de los ruiseñores se unía a los tiernos arrullos de la paloma. mate… con tal que el día de guerra o de elecciones traiga su gente. Y el hombre también comenzaba su labor: hendiendo las nieblas que se disipaban. iba el pobre Julián entre cuatro cívicos. sultanes de su harem y las vacas con la ubre repleta. donde le meterían en el siniestro Cubo con los criminales más atroces. pudiera el dolor arrancarle lágrimas. camino e Pueito Plata. Y el infeliz Julián. cantando al pasar por entre las añosas ramas. o me aj dicho que si o buela éi co nala de cabuya. amante y laborioso. y al suave murmurar del Bajabonico. Vamos. veía todo eso con los ojos húmedos. bordes del inmenso tazón de suelo fértil en que había vivido. en los ganados relucientes y gordos que retozaban a distancia. exaccione. o a tomar las armas y batirse sin saber por qué ni para qué. la naturaleza saludaba la dicha de vivir con la alegría de sus cantos aurorales. recordándole al volverse su amenaza: ¿Soy o no autoridad?. muy de mañanita. e inclinándose a susurrar secretos a los inmensos pastos de yerba de guinea. nada de policía. se preguntaba él. que se inclinaban para oírla. para luego salir a montar la guardia y quedar condenado a envejecer bajo un fusil. Garrote y fandango: corromperlos. Que estupre.

en la pobre viejecita que estaría a estas horas hecha un río de lágrimas. pintado su dolor en el semblante.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Todo eso le trasteaba confusamente la cabeza a Julián: creía tener derecho a rebelarse contra tamaña iniquidad. Se pasaban los días sin que a su puerta se oyera el ¡Alabado sea Dios! o el ¡Dios sea en esta casa! de una visita. Entonces echó a correr por el repecho de la hoya. espantando a los atemorizados vecinos. llevándole luego bien seguro y casi a rastras hasta la población. pero allí. Traía a la memoria las horas de dicha en que bajo los mismos árboles relamía a hurtadillas con 117 . no insistiera. torvos los ojos. le preguntó que cuál era su resolución. y cuando ella asomó pálida y ojerosa. sólo había pájaros y peces. suplicante a su vez. Miró a todos lados buscando un salvador. Rosa y el vale Pedro comenzaron a notar aislamiento. —Jesús –gritó Rosa–. que resonaron en la soledad confundiéndose con el bullicio argentino de la corriente. Bien se le alcanzaba que todo era obra de Fico. No transcurrió mucho sin que se esparcieran rumores funestos en toda la comarca que riega el Bajabonico. quien los había señalado como objeto de su prevención y de su tirria. sin auxilio. con la delgadez semitransparente arrebolada de ideales. por el que le ofrecía su poder omnímodo. ¿Eso era Gobierno?… ¿Si un toro furioso le embestía en el camino. Rosa decía a veces con una sonrisa de enfermo que se le estaba olvidando ya el contestar ¡por siempre! Sospechaba el manejo oculto. lo que la traía desasosegada e inquieta. y estampó en ella besos de fuego. Arrebatado por su pasión vehemente. porque primero moriría que tener frutos que no fueran de bendición. su voluntad que dominaba las otras desde Tiburcio hasta Las Hojas Anchas. implorando un jirón de amor. Estaba sentenciada. su brazo omnipotente. Pero Rosa tranquilizaba a su padre achacándolo a lo afanados que andaban en todas las casas con la madurez de la cosecha. vacío en torno de ellos. fuera del monstruo. meciendo la cabeza sobre su cuello toruno. y tomó tal impulso que derribó a los dos que lo sujetaban. sin amparo. ora grave de máter dolorosa. tomó una de las manos de Rosa. no se defendería? ¿Y qué toro se igualaba al general Fico?… Luego pensó en su madre. No sabía nada de Julián. La miseria y el dolor. Así había excomulgado a muchos. y allí daba rienda suelta a su llanto. En cuanto a lo otro no. pero a los ocho días la esperó a la vera del río. A veces se iba al monte para escapar a las miradas de su anciano padre. no tardarían en rendirla. retirando con violencia la mano y haciendo un gesto de asco y de desprecio. Y ella volvió a deshacerse en ruegos y protestas: que sacara a Julián de soldado porque no había nada entre los dos. Satanás enamorado debe tener la hermosura siniestra y tenebrosa que la fiebre del amor creó en Fico. y se arrodilló. Él la contemplaba extasiado. como que tenía fuertes asideros en la carne. hasta que salió al camino. que ninguna clase de solidaridad querrían con los amenazados por el tiranuelo. desde el mar hasta La Cumbre. El se quedó mirándola con los brazos cruzados. Arrobábale su hermosura.  Pasó una semana más sin que Fico se dejara ver por los alrededores de la casa de Rosa. quizá maltratada por ese mala casta… Estiró los brazos como para quebrar las cuerdas. que si estaba desesperada era por la idea de que ella fuese la causa de la desgracia de un prójimo: fuera de ahí nada. como círculo de fuego. pero los otros lo dejaron sin sentido a culatazos.

y la horrible transacción quedó consumada. que ya consideraba como cosa hecha. pero deshacerse de un ideal. de los goces materiales. pero su pobre taita. y ahora se encontraba sola: el quién sabe cómo. mientras ella recogía leña en el monte. y la llevó tras una mata de bambú muy ahijada. sonó una interjección seguida 118 . ella bajeada y perseguida por el enemigo de su recato. Otra sombra avanzó entonces y empezó a hablarle en voz baja. Esa noche el vale Pedro notó la aflicción de su hija. y renunciar a la realidad de sus sueños. ¿no lo haría? ¡Pero.  Una tarde. Le debía más que la vida. al regresar del cercano monte. pero no vive: las piedras crecen también. viejecito que ya miraba al suelo. Allí le contó que había sabido lo que el general Fico quería contra ellos. Rosa. se aterró: Julián era mozo y podía esperar a que las cosas cambiaran. Y no daba espera la maldad del general Fico. pero cuando se disponía a saltar las varas. más que por buscar agua para aguardar a Fico en el camino y tratar accediendo a sus infamias. pues ya lo venía temiendo. hasta dejarlos en la inopia y los tres bribones se encargarían de vender a medias en otra parte lo robado. a la vida de amor idílico con Julián. ya su resolución era firme: se sacrificaba entregándose a aquel hombre implacable que le causaba horror. que tal vez a cuáles extremos la conduciría. y rodeado de sus cuatro hombres. le debía una consagración idólatra. mientras el viejo se pudriera haciendo guardias. y quiso averiguar la causa: ella estuvo tentada a confesárselo todo. es durísimo trance. que cualquiera la dá. Cuando asomaron los claros del día. como enorme mazo de plumas gigantescas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS la vista la varonil hermosura de su novio. Ella estaría a media noche en la puerta tranquera. después otra bestia… así irían llevándoselo todo. Le llamó aparte. acabar poco a poco con cuanto tenían. Coló el café y salió luego con dos calabazos. y cuando Rosa quedara sola. los brazos de sus maldades. Oíase el segundo canto de los gallos cuando Rosa se deslizó como una sombra y se detuvo en la tranquera. Y ahora que estaba en sus manos el salvarlo. hoy una vaca. la encontró siña Nicolasa. A la mañana siguiente iba a empezar la ejecución de sus planes tenebrosos. qué sacrificio era necesario! Entregar su virginidad como flor a un verraco. No esperó mucho. es la muerte del alma: sigue existiendo el cuerpo. había sido para ella. padre y madre al mismo tiempo: casi ni la había dejado ocasión de notar la falta de la que la echó al mundo. aunque no le sorprendió la noticia. y con misteriosos ademanes le indicó que quería hablarle de algo reservado. Encenegarse con aquella fiera. pero previó la amargura del buen viejo. Su plan era reclutar para soldado al vale Pedro. donde se recostó casi desvanecida. buscando una salida para todos! Pero no había otro remedio: para salvar a los demás precisaba que ella quedara en prenda. Desde lejos lo vio venir cabalgando en su rucio. y quién sabe si su rectitud en materia de honra pudiera llevarlo hasta a un combate en que de seguro moriría… y quiso economizarle esos dolores: sonrió forzadamente y dijo que estaba indispuesta… poca cosa… ¡Qué noche! ¡Cuánto ir y venir con la imaginación. desde el mes de nacida. se le iba a morir en el servicio. mañana un caballo. con ternuras y delicadezas femeniles. arrancarlo después que sus raíces profundizaron en el corazón. pues lo oyó hablando a la vera del camino con tres de sus hombres. y él perdonaba al vale Pedro. que venían a llevarse al vale Pedro. Desprenderse de la riqueza.

Rosa. y en la boca el cachimbo. cuidando la propiedad del vale Pedro mientras la vendían. Negro pelo se le enroscaba en dos moños a ambos lados de la cabeza. de diecinueve años. se encaminaron hacia los cortes de Jamao. Recogieron algunas bestias. al borde del monte. con algunos dientes menos. otros echando el grano en el hoyo. En el centro del batatal que había de por medio. y cargando con cuanto les fue posible. Desde el rancho de palos parados. RAMÓN MARRERO ARISTY (N. Las mujeres eran tres. Varios hombres del lugar estaban en la siembra. *R. echando cinco y seis granos de maíz en los hoyos y luego tapándolos con lo pies. Una era vieja. negro y musculoso. En cuanto al general Fico. se apostó en acecho cuando Fico se detuvo frente a la tranquera del vale Pedro. no había conocido más que agua del arroyo. La otra era de color amarillento. para salir goteando sangre al caer el cuerpo de este bandido. y al cabo de un mes nadie se acordaba de él sino para bendecir al que libró la comarca de tan perniciosa alimaña. luchando entre los celos y el temor de alguna nueva infamia y. los menos trajeron sus mujeres para que hicieran la comida en el bohío. salía un tenue humillo de la candela que tenían para conservar brasas y encender los cachimbos. cuando reconoció en las tinieblas a Fico que entraba en la vereda. Lo siguió andando por el monte sin perderlo de vista. y cuando el vale Pedro salió a las voces. otros con muchachos que ya podían tomar parte en el trabajo. De un lado de la tumba. tuvo que convenir en que era necesario escapar esa misma noche. agua de cielo y sol. etc. aguardando a que su hijo viniera una noche a buscarla. resuelto a saberlo todo. La más joven. quedó la madre de Julián. y venía a ver a Rosa para ocultarse en cuanto amaneciera. hasta el Gobierno abandonó su causa cuando dio las espaldas a este mundo. unos inclinados sobre la azada. y estaban en la cocina del bohío. 119 . respondía al nombre de Tatica. refirióle lo acontecido. por encima de batatales y guandules pequeños. negra. En la cabeza tenía el inseparable pañuelo de madrás que le ocultaba las canas. Ha sido Diputado al Congreso Nacional y Secretario de Estado de Trabajo. A. M. Su cuerpo era lleno y fuerte. y la piel de su cara harto áspera. es autor de un volumen de cuentos: Balsié (1938) y de la novela Over (1939). delgada. 1913)* Mujeres Había junta en “El Arroyo”. En La Palma. con un sombrerito de hojas en lo alto. refugio inviolable. tendiendo la vista hacia el lugar de las siembras. tentado de matarla.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II del relampagueo de un cuchillo que se hundió en las entrañas del general Fico. defendiéndose de las acusaciones que su amante. se levantaba un viejo higo retorcido. una mulatita fresca. saldo de cuentas de los que tienen alguna que arreglar con la justicia. Ese día se estaba sembrando maíz en las tumbas nuevas que se abrieron en el terreno de las múcaras. Se había escapado de la Fortaleza. todavía sus dientes no habían sido ennegrecidos por el cachimbo y su cuerpo tenía toda la belleza de una fruta sana madurada en la mata. le imputaba. al Este. gigantesco. y tenía bastante belleza. Unos vinieron solos. El matador era Julián. se alcanzaban a ver los hombres como muñequillos bajo el sol.

y dipué de tó tá arreglao. me llevé d’él y me juí… ¡Jesús! Cuando yo veo muchachitaj como eta que se meten en hombre sin calculá… Dijo esto dirigiéndose a la más joven. pero yo nunca había pensao en meteme en ná co n’el. las mujeres no se cuidaban de hablar en mi presencia. por loj lao del baoruco. Las mujeres estaban. pero me pasó una cosa que me comprometió má… —¿Noj quiere decí que te forzó? –terció la de rostro amarillento– ¡ay. sin acordáse ni an siquiera de comprale un vetío. mientras que dipué que se mete co n’un fuñío. Me quité el camisón y una enagua. antonce. Yo me metí con’él porque cuando a una le dentra la gana e tené macho. Supónganse utede que a mí me querían llevá pal pueblo a la casa e don Luí. no le queda má que aguantá. y como no vide a naiden me fuí por la barranquita del lao allá y me pasé al bañadero e la mujere. si cuando yo me fui con el difunto Maleno hubiera sabío cómo eran las cosa. Lo que hay é aguantáse y no echase a perdé nuevecininga. ni con nadie. é verdá. —Cuando yo vivía con Julián. Relojié pa toa parte. Lo que a mí me pasó fue má grande. Si tú viera pensao bien. y creyéndose obligada a decir algo. Tatica. Dígame que él dende que una miraba a otro. tá con hombre asina e una verdadera calamidá. pa llená la tinaja. pero Dió dice: “ayúdate que yo te ayudaré”. ese señor que é dueño de medio mundo e tierra. otra en cuclillas. —No me vengaj con n’eso. despidiendo vapor por los hoyitos de una lata que le servía de tapa. —¿Pero cómo se hace una? –preguntó resignada. cuándo diba yo a creé que naide me tuviera mirando. por tá de pendeja. Ya vé tú lo que hicite. Una muchacha buena moza siempre jalla un hombre que la pueda poné en condición. –decía la de tez amarillenta–. Cuando un día se acabó e l’agua e bebé en la casa a eso de media tarde. y como toavía el sol picaba. raspando los que ya lo estaban. y otra. —Vamo a vé. Yo metía un cuchillo viejo en la candela tratando de mover una batata que pretendía asar. sobre la parte más delicada de su pasado: aquella que se refería a los amores. se arregló la falda que le estaba dejando al descubierto los muslos. que ni an amore teniaj con Julito cuando te fuite co n’él.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS En una barbacoa había un caldero grande. Como sólo tenía unos diez años y era de carácter muy apacible. tapado. qué podría sé… –exigió la vieja. ¡ay jija! porque ese hombre na má sabía echale trozo a la mujer como si fuera una puerca. dipué 120 . En mi casa no lo veían con malo s’ojo. Me puse en el caño e llená. a eta s’hora pudiera viví mejor. y asina llena e confianza. —Yo no tenía amore. se vuelve loca… —La falta de iperencia. ya se creía que se la diba a pegá… No jija. –dijo la más vieja de todas–. Y yo creo que a toa la mujer de vergüenza que le pase tiene que hacé lo mimo. De ahí que charlaran como si estuvieran solas. murmuró: —Pa laj cosa no hay má que pedile suerte a Dió y confiá e n’El… —¿A Dió? –volvió a decir la más vieja–. y yo fuí a bucá un calabazo a l’arroyo. La llamada Tatica comenzó a relatar. hoy pudiera contá algo. y con la otra me metí e n’e l’agua… Yo taba lo má quitá de bulla bañándome porque como por’ahí no andaban hombre. que era la encargada de raspar los plátanos. por Dió! Toa nosotra semo maj vieja que tú… —Yo no he querío decí eso. —Dende hacía tiempo Julito andaba tirándome puya. La aludida. una sentada en el pilón pelando plátanos. arreglando las brasas y volteando los que estaban allí asándose. lo único que gané fueron golpe. lleno de locrio de gallina con auyama. porque a mi pai tó se le diba en alabá lo trabajador que era y qué sé yó y qué sé cuando. yo había llegao con mucho calor.

“Al fin se quitó. va j’a vé lo que te vá a pasá. salí p’afuera. malvao! “¡Jesú! Yo taba casi fuera e mi juicio. E n’eso me fijé que tenía e n’el pecho una cuanta s’hoja. cuando de ahí mismo en frente. y me quité la enagua mojá. y casi echando chipa por lo s’ojo. de atrá e la piedra esa que tá e n’el sitio adonde uno se quita la ropa. —¿Y qué hizo Julio? –preguntó la más vieja con gran ansiedad. y por má que quería apretá el paso. parao en l’orilla. ¡por Dió! Y si tú no te vá. pero con casi to el cuerpo afuera. por Dió! –volvía él a decí– ¿qué te ha dentrao. Dió mío! Me dentraron gana e gritá. muchacha? ¡Si yo…! ¡bueno… ! ¡yo no sé que…! —”¡Quítate de ahí! –volvía yo a gritá casi llorando. él diba ahí mimo. diciéndome: —”¡Pero bueno. no fuera cosa que me viera alguno que viniera de l’otro lao. Y él. “¡Ay. Dió mío! Yo ni an sé cómo no me decalabré toa. azorá como un animal cimarrón. o que le habían mentao su mai. Yo prencipié a subí la barranca. y me largué en la chorrera. que vergüenzas. —¡Julio el Diache! –le dije–. ¡vete de ahí. señore!. yo taba encuerita en pelota e n’ese momento. porque se lo voy a decí a mi pai… “¡J’Ave María! Yo no sé qué fué lo que le dentró. pa que no me viera má de la cuenta. E l’hombre que se había mantenío alejao. condenao! “Y él me repondió: —”¡Qué voy yo a dí! Jata que no me prometa dite conmigo. ahora vino a acercáseme. con toa la ropa pegá del cuerpo y e l’agua a la rodilla. En’el l’agua me había pueto toa la ropa mojá. casi pegao de mí. y prencipió a vociame: —”¡Pero bueno Tatica!: ¿tú ere loca? “¡Pero bueno.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II de refrecame bien. Tatica!… ¡ofrécome!… Yo no creía que tú era loca… —”¡Quítate de ahí! –le vociaba yo–. pará en la corriente. que al prencipio taba demigajao de la risa. y si no voy a dejá el condenao calabazo botao y entonce cuando me pregunten tú verá lo que voy a decí… —”¡Pero Tatica. se asutó. de salí corriendo… ¡de tó! Y lo que atiné fue a echame la ropa embollá en laj pierna y a cojeme lo pecho con la mano. Yo salí má epantá que el Diache y a toa carrera l’eché mano a mi calabazo y me lo puse a la cabeza. por Dió!… ¡Tatica!… ”Y se le atrabancaba lo que me quería decí. Julio: lo que yo quiero e que te vaya. se paró Julio… —”¡Anja. Porque me dentró una cosa que parecía como el prencipio de un insulto. diciéndome: —¡Tatica. no me meneo d’ete sitio. y entonce taba entripaita. Me dió un sangulutión po r’un brazo que el calabazo fué a caé por casa e la porra debaratao en pedazo. me gritó: 121 . Parecía que se le habían prendío la j’abipa. Me jinqué de epalda pa la chorrera. blanquito del suto. —El condenao. muchacha!: ¿te ha dentrao lo malo? “Y yo le vociaba: —”¡Tú eré un abusador. al vé que yo me tiré como una loca y casi me tuve al matá. señore. “¡Señore! Utede han de creé que e n’ese momento tuve al cojele pena… ¡Qué se yo!… Y entonce le dije: —”Mira. quítate de ahí. y de un momento me puse a quitámela… —”¡Ay. Tatica! Ya te vide –me djo “¡Ay. embollá en la ropa. apariao.

que yo taba como loca dipué que él me había vito ejnúa. en vé de otra cosa. Pero casi loco de rabia. señore! –volvió a decir Tatica–. Julio. y la más vieja comentó… —Bueno… dipué de tó… cuando un hombre le ha vito a uno laj parte… —Juu… –sopló la otra por la nariz.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —”Mira. lo único que me se ocurría pensá era que él tenía razón… ¡Utede han de cré!… —”¡Ay. y al yo decí asina. —Animalá. decalentale la sangre a u n’hombre? —Sí señóo… –afirmó la otra. porque yo me le atrabanco a cualquiera e n’el gañote!… y ahora se lo va já decí. —¡Señore! –exclamó la más vieja. me volvió a decí: —”¡Cállese. llorando– ¡por Dió! que si viene gente se vá a dá cuenta… —”Cállese. Al fin la razón pudo más que todo. carajo! –me gritaba él. animalá. durante un momento. mojiganga. se paró. escupiendo. Primero me había vito encuera. Las mujeres entraron súbitamente en gran actividad. carajo. –continuó Tatica–. “Yo le quería obedecé. jipiando del llanto. y eso fué tó. sin hablá una palabra. y jalándome po r’un brazo. —¡Jesúu! Yo me taba volviendo loca. le he dicho! ¡Ahora mismo se va uté conmigo! ¡Camine po r’ahí. —Ahí vienen… –dijo Tatica muy apurada.: —¡Jesú!… Verdá que aonde na má hay mujere… Ya mi batata estaba asada. ¿pero cómo se te pudo ocurrí. entonces me taba dando pecozone. porque no podía darme cuenta de lo que tenía. —¡Yo sí creo! –afirmó la otra. de remover los plátanos en las brasas. —¡Cómo va a sé. ya en pie–: si hemo perdío toa la mañana hablando zanganá… A lo que respondió la otra. ¿qué pasó? –preguntó la vieja. ¡mofia! ¡Si tú te cré que tú pai come gente tá equivocá. Envolví mi manjar en una hoja de plátano. En ese momento se oyeron las voces de los hombres que venían del conuco. —Y dipué que te cayó a pecozone. si dipué que un hombre la ha vito a una encuera ya se pué decí que la gobierna… digan su verdá… Esa frase desconcertó a las otras mujeres. ya utede conocen el reto: ¡jata el día de hoy!… —¡Pero esa te la ganate tú! –dijo la vieja. y lo único que pude fué decile: “¡Tá bien. 122 . poniendo en una yagua nueva los plátanos que había raspado Tatica. ¡Y bien dicho!… “Y enseguida me cerró a pecozone… —¡Critiana! –interrumpió la de la piel amarillenta–. a la vez. carajo!… “¡Ay señore! Consideren que yo me taba muriendo del miedo y de yo no sé qué. Ambas se ocuparon. Permanecieron un momento en silencio. Julio! –principié a decile. y me fuí detrás del bohío a comer. como quien sabe que ha perdido una discusión y titubea antes de declararse vencido. negra y sucia de ceniza. tá bien! “Señore: me echó por delante. pero no me podía aguantar y le volvía a decí: —”Por Dió. Julio: ¿qué vaj tú a cometé?… ¿Me va j’a matá?… “Ya me había dao como dié pecozone. Julio! ¡Ay.

Volaba el caballo. El jinete no volvió la cara. El hombre sintió deseos de caer del otro lado. Una vieja que salía de su casa. quiso volverse para defender la cara y rodó violentamente raspándose el rostro. El hombre pensaba que no había otro remedio que huir y llegar al paso del río. espumajeando. Allí terminaban los alambres y comenzaba el monte sin cercas. Parecía que se había estirado. ante el agua.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II No se movía una hoja. El rojo camino hacía un recodo a la izquierda y comenzaba a bajar. Comenzó a oírse un tiroteo que venía por la otra calle. Se revolcó el mulo. media hora. Las gallinas venían del conuco acezando. El quinto. Bajaba la cuesta el tiroteo. Al pasar frente a una casa de acera alta le hicieron un disparo. desapareció humeando. Enloqueció. Pero antes de un minuto. Apareció a la vista la ceja de monte que cubría la ribera del río. El caballo no aminoró la velocidad. impelida por las patas del caballo. cogió la bajada resbalando. que el caballo pechó de frente. Rugieron veinte voces que se ahogaron en los tiros: 123 . Los tiros venían detrás. Al otro se le encabritó el caballo mientras luchaba por dominarlo con una mano. veinte. Un cañón que había salido por una ventana. el hombre echó el cuerpo a un lado y tiró de la brida izquierda. por el ancho camino que iba entre dos alambradas que cercaban potreros y conucos. con la boca abierta. De cinco o seis resbalones cayó en el cascajal. El fugitivo El hombre dio media vuelta. Así corrió diez minutos. En la otra le humeaba el revólver pavón blanco con que acababa de matar. Un tercero. Este recobró más velocidad. Al llegar a la primera esquina. Fue un segundo nada más. De no ir el jinete ensordecido por el viento y por la fiebre de escapar. pero un segundo que casi fue fatal. siempre detrás. se llevó la mano derecha al sobaco izquierdo y. Había perdido el control y corría a precipitarse. El jinete se le acostó en el pescuezo. huyéndose al sol. Clavó otra vez las espuelas en los ijares del animal. La roja tierra del camino que había mojado la llovizna de la noche anterior. Se desgranaron como una mano de plátanos que cae de lo alto. Y sin perder un segundo que le hubiera sido fatal le hundió las espuelas en los ijares al bruto que saltó sobre un pelotón de cinco individuos armados de carabinas que pretendieron cerrarle el paso. desorientado. el vientre y las manos. caballo y jinete volaban por el camino real como una exhalación. Entonces el animal. Las espuelas volvieron a herirlo. hubiera oído su resuello precipitado y recio. se elevaba a sus espaldas. fue encontrada por el animal y se estrelló contra el pedregal que hacía de acera en su bohío. Mujió una vaca bajo la guázuma. cayó con medio cuerpo dentro del cuartel. exhalando un grito. que se iba a romper. atolondrado. El jinete tentó las bridas. sentándose en las cañas traseras. Pasaron otros diez minutos de vértigo. Dos se estrellaron de espaldas sobre las piedras sueltas. El caballo se tendió a galope por la estrecha calle bordeada de bohíos cobijados de cana. Por un momento pareció que el caballo iba a resbalar y caerse. quiso titubear. Allí. Se disparó al cauce y se envolvió en millones de gotas que se elevaron como un surtidor. El cuarto se enredó en las patas del animal y quedó pisoteado e inservible. Tronó el fondo del río. El animal quedó ciego y tropezó. con las manos vacías no atinaba a coger la carabina que se le cayó al recibir el violento choque. Silbó una manjuilita que venía en largo y cansado vuelo y se metió en las ramas del gran jobobán.

carajo! —¡Párate ahí! Dentro de un minuto sería blanco de sus perseguidores. —¡Párate ahí. Saltó el animal a la barranca que se elevaba ahí mismo. —¡Por ahí va! —¡Por ahí va! Sonó otra descarga. Veinte tiros más se enterraron en el barro. Llegaban los perseguidores. Se precipitaba el tropel. castañeando los dientes primero y luego lanzando una maldición. Casi estallaron los músculos del animal. Ahí venían los tiros. El caballo estaba loco. Nuevo acopio de bríos del animal. Se abrazaba más al pescuezo del animal. Ahí venía el tropel. Un nuevo recodo a la derecha. —¡Quieto que ahí vienen! Se tiró a los matojos en lucha con el animal. El bruto rompió el agua que se volvió a levantar en furioso surtidor. El caballo estaba loco. Veinte balas rompieron el monte. —¡Sitó! ¡Quieto! El caballo se encabritaba. Decía resollando: —¡Sitó! ¡Quieto! ¡Me quedan cinco tiros! Tenía el brazo y el hombro bañado de la espuma y el sudor del animal. parado como un canguro en las cañas de atrás. obedeciendo a la voz. —¡Vienen ahí! Espuelas. Apuñaleó al animal con las espuelas. en la misma barbada. Su propio resuello le ahogaba. ¡Espuelas! El caballo no podía dar más. carajo! 124 . —¡Hay que cojelo! —¡Hay que cojelo! —¡Párate ahí! —¡Párate ahí! ¡Otra descarga! El fugitivo apretaba los dientes. Lo hizo evolucionar para que pusiera las ancas hacia el camino y se le metió detrás del pecho cuyos músculos temblaban bañados en sudor. El animal se sintió asesinado otra vez por las espuelas y casi pegó el hocico en tierra cuando se tendió a lo largo de la cuesta. —¡Párate ahí. Cada vez dominaba mejor al animal. El tirón inesperado. y en la derecha sostenía el revólver. El hombre lo sujetaba con la mano izquierda.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Párate ahí! —¡Párate ahí! El hombre volvió la cara. Dos espolazos más. —¡Vienen ahí! –le dijo al caballo– ¡Vienen ahí! Otro recodo. ¡Tiros detrás! —¡Vienen ahí! Espuelas. lo hizo saltar de flanco. El trueno de los perseguidores cruzaba el río. Se encabritó. Una descarga más. Siempre aferrado a las bridas se fue hacia la derecha con el caballo en dos patas. El caballo ya comenzaba a asentar las patas delanteras en tierra. La lucha entre la bestia y el hombre seguía. Aparecerían en la curva y comenzarían a cazarlo. El hombre se lanzó a tierra. Entonces el hombre rugió: —¡Carajo! ¡Ahora verán! Y tiró frenéticamente de las riendas. detrás. tembloroso. Veinte tiros se zambulleron a sus lados.

M. seguido por los más que podía arrastrar. Era un todo estertor. A fuerza de curtido en estas ocurrencias. y manadas de reses que le pastoreaban sus compadres los pedáneos. Voces: —¡Por ahí va. Dijo que sí y dijo que no. El General trató la cosa con la marrulla consiguiente. 125 . tenía la confianza del Gobierno. Se perdió la tropa en un recodo. Venía de la Capital y era portavoz de la Junta Revolucionaria recién establecida. Ya en campaña. Jefe Comunal de La Matraca. Con la cabeza le golpeó el codo. Jefe Comunal de La Matraca. Se fue apagando la gritería y a poco no se oyó más. le iba a amanecer al Jovero. MIGUEL ÁNGEL MONCLÚS (N. A. Pasaron frente a los matojos como una exhalación. Se impuso en su lugar como batuta y su nombre era citado con frecuencia en los corrillos politiqueros de la Capital. el General José Pelota. el José Pelota rústico. Cachón. carajo! —¡Por ahí va! Una nube de humo. se hizo un personaje guerrero de proporciones nacionales. Desde joven. Siguieron los tiros. cuando le anochecía en Guaza. En aquella ocasión. Y era prodigiosa su movilidad. El hombre esperaba detrás del caballo. Humo. Le prometían dinero. a favor de la oscuridad del pueblo. Se le requería para que se sumara al movimiento que en breve se precipitaría en el Cibao. fusil al brazo. ensayos biográficos. en una noche. el General había tomado parte en todas las asonadas que se provocaron en el Este o repercutieron en él y cuando fue jefe. Galope desenfrenado. Con los días. Que él era el hombre que garantizaba los intereses y la propiedad. ha publicado: Cosas Criollas (1929). novela. —¡Cinco tiros! Pero el caballo tiró de la brida. Siempre a pie. Una primanoche. corta o larga. Historia de Monte Plata. estudio histórico (1943). y después de muchas *M. Se pulió en el hablar y consiguió propiedades que eran plantíos que hacía cultivar a los presos y a los dragones. 1893)* Una campaña del General Pelota En aquella ocasión era el General José Pelota. pero por fin. que por llevar algunos meses en el poder se estaba haciendo irresistible. medio oculto en los matojos. y Escenas Criollas. Gritos. la táctica de los jarretes. Otra descarga más. el General recibió un mensajero. cuentos y novelas cortas (1941). y el examen sociológico: Caleidoscopio de Haití (1953). El Caudillismo en la República Dominicana. Le bañó el pecho de espuma y sudor.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —¡Párate ahí! Otra descarga. adoptó militarmente una táctica propia. Resoplaba: —¡Quieto! ¡Cinco tiros! ¡Cinco hombres! Ahí estaban. solía tirotear tres pueblos distantes y sin embargo. en el Sur y con seguridad en la parte del Este. cuentos. se convirtió en ente de mucha prosopopeya. le salía el sol sobre el pico de una loma en el corazón de la Cordillera. pertrechos y las copias de los manifiestos al país que se estaban escribiendo. carabinas. Veinte caballos desbocados.

Entonces ordenó: —Vaya. Desde luego. con actividad a ver si logra en la plaza al forastero. hasta que agotó la caja de fósforos. fueron inútiles las diligencias del Ayudante. se lo voy a remitir amarrado como un andullo. El Ayudante le informó. —Pues haga las pesquizas y si lo encuentra. pierda el cuidado. No transcurrió mucho rato. Fue a la oficina y frente al teléfono. —¿Dice usted. Rayó un palillo que se apagó. porque es muy peligroso. Pero la República sabe –y aquí alteró la voz– y lo saben en la Capital. un cuarto y hablando siempre. si además de lo que le prometían lo nombraban Jefe de Operaciones. que decían. muchas gracias. o bien se apagaban de inmediato o se consumían en idas y vueltas al tabaco. vaya. que le habían informado. campesino. ese de Los Cerritos es el único peligroso. a disgusto con el cargo que sin paga alguna lo obligaba a permanecer en el pueblo. Mándeme de viaje el despacho de Jefe de Operaciones y las carabinas y los pertrechos. Ayudante. y ya en la calle. condúzcalo a la Comandancia. El General volvió a mirar con desconfianza al aparato. —………… —Ah!. que había entrado al pueblo un forastero… —Eso puede ser. y se apagó también. tocó el pito repetidas veces en señal de alarma. Pero con la idea de hacerle ganar tiempo al mensajero. pero asegúrelo bien o disponga de él allá.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS vueltas. Aquí. —¿Qué hay? ¿Cómo estamos?… ¡Anjá! Mire… y aquí ni propagandas. compadre –replicó el General con aplomo. bueno. rayó al paso otro y comenzó a hablar con amplio ademán. ¡que yo soy el horcón de La Matraca y la garantía y el respeto de la propiedad! El compadre aprobaba moviendo la cabeza. y descuídense de aquí. sí. haciendo salir antes al empleado de la habitación. con el aviso de que el Gobernador lo llamaba al aparato. pero dicen que ha dentrao. Gobernador. Por aquí no habrá quien se menee. Al día siguiente. pero mándeme en seguida los cuartos para las raciones y que sean muchitos. buen padre de familia. La paz reina en el país y si tiene sus pasaportes en regla. agricultor acomodado. que eso aquí está escaso. Se despidieron. sacó al General de la hamaca en que estaba. Sí. compadre –agregó– estoy yo para hacer respetar los derechos y la propiedad. que hasta aspira mi puesto y siempre me va a la contraria. bueno. Aquí no hay más que un hombre peligroso. Era un compadre suyo. convino en que si no había papeles por medio él entraba. 126 . de Los Cerritos. En esa inteligencia se fue el mensajero. apagó el tabaco que llevaba encendido y llamó al Ayudante: —Présteme sus fósforos. puede cruzar por donde quiera. voy a acuartelar las gentes. Dígale al Gobierno que yo aquí me hago ceniza. Ayudante. se colocó el auditivo con desconfianza. el telefonista apresurado. ese Juan Labraza. compadre. cuando se le presentó el Ayudante de Plaza. como muchas veces se lo he dicho a usted. siempre está cabeciando y es muy enemigo de la situación… Pierda el cuidado. Encendió un tercero. que ha entrado un forastero? —Mis ojos no le han caído arriba. —………… —Juan Labraza.

lo iba a hacer nombrar Jefe Comunal de La Matraca. —Y jata yo… Y así por dondequiera. los policías y algunos vecinos. el grupo acuartelado se había engrosado considerablemente. otras habían acontecido. Y como rigurosa consigna. A poco la tranquilidad habitual de La Matraca se transformó en un hervidero humano. En eso estaba. nada bueno ni nuevo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Acudieron presurosos el Ayudante. Comía despacio. Los golpes se sucedían insistentes. p’arriba se tá peliando. que no respondieran sino vivas al General José Pelota. manejó las cosas de modo que se había quedado con el puesto. y el General Pelota. El General era buen diente. ¿y qué es lo que pasa? —Yo no sé. con las onzas recibidas para racionar la tropa y con varias mancornas de becerros de las contribuciones impuestas para mantener el cantón. El Cura y el Presidente del Ayuntamiento. bohío que le había costado treinta pesos al General y que cedió al Gobierno a cambio de cuarenta caballerías de los terrenos del Estado. —¿Quién vá? 127 . Le dijo que el Gobernador le había comunicado que había un “meneo” contra el Gobierno. Que eso de seguro era la obra de tres o cuatro vagabundos y que el General Tal les daría cuatro patadas. atrancaba presuroso las puertas de la tienda. contando con ellos. les dio. pero desde ayer se ve que la cosa está mala. —Eta va a sei goida. el General se aplicaba a un plato enladrillado de trozos de plátano que coronaba como trofeo una prominente pieza de carne. El patio de ambos era un platanal que colindaba con el bosque que rodeaba el pueblo. De una a otro se oía la voz cuando se levantaba. cerrada. jarreteando o no. Una nueva revolución: ¿qué traía? Para La Matraca de seguro nada. iban y venían azorados y el único pulpero del pueblo. —Sí. La vivienda del General no estaba lejos del cuartel. Dióles con energía la orden de acuartelarse y mandó a buscar su machete de cabo. El era el horcón de La Matraca. desplazando metódicamente los trozos de la orilla para acometer por último a la carne. unos golpecitos discretos. El General detuvo la labor y paró la oreja. Llamó luego aparte al Ayudante y confidencialmente le dijo que como él iría pronto de jefe grande a otro lugar. el General arengó a la tropa. En las esquinas se formaban corrillos. Campesinos con fundas y fusiles casi llenaban la barraca que tenía por sede la Comandancia de Armas. cuando sonaron en la puerta del patio. —Pero bueno. —Y el forastero que dentró anoche… —Ese de seguro que venía de casa de Juan Labraza… —Como eso sí que es así. respondería de los intereses y de la propiedad. A la luz de un mechero de gas. Un poco tarde de aquella misma noche. —Yo me vuá dí con tiempo. Muchas veces había usado el General ese escape al sentir movimiento sospechoso en el poblado. Que a él lo habían nombrado Jefe de Operaciones y que. si seña Justa me dijo que uyó que poi el alambre decían: p’arriba se tá peliando. Cuando vino a anochecer. junto a la mesa adosada a un seto. hombre. que contara con eso y no se apurara pensando en sus intereses.

primo José. yo tengo mucha flusión y el frío de los plátanos me hace malo. primo José. —¿No anda nadie contigo? —No señó.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Yo. —Está bajita. —Ven a cenar. —No. Hubo una pausa embarazosa. ¿ahí no hay gente. el bohío está solo. hacía tiempo que no te veía. pasaré… En puntillas. tú mismo. —Pero. —Pero. Se paró cautelosamente y se arrimó a la puerta cuya aldaba presionó con ambas manos y así siguió el diálogo. primo José. —Juan ¿quieres pasar? —Sería mejor que conversáramos afuera. muchacho? —Que quiero verlo. —Entra. —No atino. —Que le aproveche. Juan. —Pero asíllate. —A decirle que el hombre me vido. aquí no hay nadie. ven. primo José. —Que te vió el hombre decía… 128 . Juan. Juan. primo José. el General se retiró a un extremo de la habitación y llamó alto: —Jacobo. —Siéntate. siéntate. —Muchacho. Juan. Precisamente y husmeando. primo José. —¿Tú andas solo? —Sí señó. Juan? —Sí señó… —¿Y qué te pasa. primo José. Juan. por todo esto no zumba una mosca. Juan Labraza avanzó algunos pasos hacia el interior. —Po antonce baje la lú. entra. El General avanzó como al descuido un paso hacia la puerta del patio que estaba semi–abierta a la espalda de Labraza. ¿y qué Juan? —Juan Labraza. ando de pronto y solamente viene… —Ve diciendo. Juan. no atino… —Soy yo. guardándose de la claridad. Juan… —¿Juan? —Sí. —Asina mismo. primo José? —No. ¡abre la puerta del patio! Un muchachón surgió de un rincón de la penumbra y abrió la puerta. —Es que el negocio de que quiero hablarle… —No tengas cuidado. —¿Eres tú. —¿Quién es yo? —Yo. primo José –dijo el aludido sin entrar. —Pué antonce. primo José.

En eso estaba cuando volvieron a llamarlo por teléfono. No tengo tiempo. José Pelota. –Iba alzando gradualmente la voz–. sonaron tiros. pero… ya yo tenía la cosa lista. poco militar y confiado. ¿a dónde se metía ese sarnoso que él no lo cogiera? El era el horcón de La Matraca. ¡enciérrelo con buena custodia! Se lo llevaron en tumulto y tras él. el dinero y el nombramiento que le habían ofrecido. Juan. primo José. Con él no había quién se meneara.  El resto de la noche pasó en calma. El General respondió que estaba dispuesto a hacerse ceniza en defensa del gobierno. echaba escarabajos por la boca y partía el mundo por la mitad. —Yo considero. Yo sé todo lo que pasa aquí. Yo José Pelota. hombre flojo que no sabía de nada. Antes de amanecer. porque yo me hago cenizas y respondo de la tranquilidad. Yo soy el respeto y la garantía de la propiedad y eso lo saben aquí y en todas partes. y la memoria se me está poniendo mala con tanta broma que dan las autoridades y el mando y los robos y los vagos. y me dijo del asunto. Juan? Mientras hablaba. —………… 129 . sus parientes y parciales. A poco sucedió la calma y surgió el General en el Cuartel. Ese que vino de la Ciudá. me dijo que usted también convenía en entrar. no hay petíguere por aquí que chille. —En cuantico lleguen esas cosas. Lamentaba que se hubiera llevado algunas carabinas. retumbando en los vecinos cerros: Hor-hor-cón… garan… tíaaa… pro-pie…daddd. —¿Y qué te dijo. pero reiteró con urgencia el pedido de parque. iba la voz del General. Otra vez era el Gobernador. primo José. ya el General tenía en empuñado el canto libre de la puerta. pero no la madrugada. gracias a su precaución de racionarlas a no más de cuatro balas. formada en su mayoría por gentes de Los Cerritos. —Tú tenías la cosa lista.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —Sí. Las circunstancias –según decía– eran muy apremiantes y el Gobierno quería contar más que nunca con la lealtad y el celo de sus amigos. —¿Dijiste de un hombre?… —Sí. que mientras yo esté vivo… Al llegar a este punto las voces trascendían al extremo del caserío. y el fijo y tantas cosas que día a día son más. —¡Ayudante!. remedada por el eco. pero por suerte con pocas cápsulas. ¿Cómo no? Pero tú sabrás Juan. El resultado no se hizo esperar. Gobernador. El General rápidamente apuntaló la puerta con las espaldas. y del orden. El General con el machete en la mano. Labraza quiso teminar: —Bueno. quien responde como quiera. Había pasado que el preso se fugó en complicidad con la guardia. Apresuradamente irrumpieron en la sala de la casa el Ayudante seguido por un escuadrón de hombres armados. Cuando se llega la hora –y la voz siguió subiendo– soy yo. que lo vido a usted primero. gritos. que soy aquí en La Matraca la garantía del orden y de la propiedad. pero… —Yo tengo muchos asuntos. ni para rascarme la cabeza. Juan… Sí. La emprendió con el Ayudante. Pero. Juan. y con voz autoritaria le gritó a los recién llegados: —¡Hagan preso a ese hombre! Cayeron sobre Labraza y lo despojaron del revólver y del puñal que portaba. y un tropel de gentes corría en todas direcciones.

y tenía un cañón. se lo voy a llamar…. el agua no pinta huellas. para alante. muchachos!. Entró apresuradamente el telefonista y se quedó pasmado frente a la hecatombe: —¡Por hablador. —Como ustedes saben. pero hay un “meneo” contra el Gobierno y aquí mismo anoche se ha levantado ese bandolero de Juan Labraza. cuatro cañones… En esas apretadas circunstancias. el General Pelota reunió el Ayuntamiento y requirió la asistencia del Cura. El nombre de Juan Labraza estaba en todas las bocas y se le atribuían palabras y amenazas terribles que cumpliría con toda seguridad. pues contaba con más tropa que hormigas había en La Matraca. y llegó a un arroyo. cuyos alambres y pedazos saltaron con estrépito. yo no lo recomiendo para la Jefatura y más cuando yo puedo con las dos cosas… —………… —Bueno. pero usted sabe que ese hombre es mi compadre. y ya que usté lo manda le diré que venga. muchachos!… 130 . el General exigió que se levantara acta de aquello y el Secretario de la Corporación garrapateó en el libro: “En la Común y Pueblo de San Benito de la Matraca. y la garantía del orden y el respeto de la propiedad. mi compadre el Ayudante. Yo salgo en operaciones y he pensao descargar la autoridad en ustedes para que no sufra la población. pero no está civilizado en esas cosas. Sin embargo. a una hora de marcha a monte traviesa el General enderezó la ruta en sentido contrario al rumbo que había tomado a la salida. el Jefe nato.  Era la guerra. Eso soy yo. de Ayudante está bien. pero a mí me parece… —………… —Oiga. a trechos la arengaba: —¡Jarretes. a fuerza de jarrete botamos a los españoles y botamos a Báez. Los regidores acataron con un murmullo aprobatorio y el Cura juntó ambas manos con unción. yo soy la primera autoridad de la Común. La tropa chapoteaba con el agua a la rodilla y el General también. Seguido. a los…” Después. dos cañones. abultándose de más en más las propagandas. Rodaban. pero es que él nunca ha hablado por este bejuco. sacó el sable y le cayó a machetazos al aparato. Los habitantes de La Matraca liaban sus bártulos y las familias salían en cordón en todas direcciones hacia los campos. pero mire. tres cañones. espérelo. muchachos. Frente a los atemorizados regidores. ¡jarretes. puede que acepte. —………… —Eso sí. ¡jarretes!. desfiló la tropa con el General al frente por un callejón que no iba hacia ninguna parte conocida. el General desató su conocida oratoria. ese diablo de bejuco? –sentenció el General. Gobernador… —………… —Es que ahora mismo no esta aquí… —………… —Casualmente. o se alojaban en la iglesia al amparo de los ruinosos paredones. Mis intereses particulares se los dejo encargado al Cura que está presente. —¡Por aquí muchachos!: arroyo arriba y por el cañón del río.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Bueno… –y el General miró con disgusto al aparato–. Y el General se paró. Bueno.

hombre. y busque víveres que la tropa no ha comido. Comieron y después de disponer la marcha. ¿y quién va a ser? El pedáneo se acercó y hablaron. ¿ejusté? —Sí. Alcalde. Comandante. Al otro día. asigún lo que dijeron… —¿Y qué dijeron? —Po como le iba diciendo. Se acercaron al caserío. Alcalde. —¿Y por qué? —Je… yo toi viendo que lo de uté no há sío ná… —¿El qué? —Po aquí se suena que en ei pueblo había la dei préquete y que tá ei mueito ñango y que a uté lo habían jerío. Hágalo saber así a la Sección. muchachos!… –voceaba el General. Pero antes consígame una mancorna de las reses que estén a la mano aunque sean de las ánimas. los cuales incesantemente atizaba el General. una de las secciones más lejanas de la Común. El General tocó muchas veces el pito y dio voces al Pedáneo. a tiempo de partir. que por fin apareció agachándose: —Comandante. —¡Jarretes. Anselmo? —Aquí tamos medio epantao. fue que Juan Labraza. —¿Cómo está ésto. forma inocua que lo colocaba a merced del elemento de armas que deseara hacerse cargo de él. se huyó y la guardia le hizo fuego y por cierto lo cortó. Alcalde? —Esa voce andan asina porei mundo.  El pueblo de La Matraca había quedado bajo la autoridad del Municipio. Por fin el arroyo se extinguió en la falda de una loma. surgió Juan Labraza a la cabeza de sus parciales y lo ocupó militarmente en nombre de la Revolución. Juan Labraza está cortado y ya la ronda debe haberlo cogido. que estaba preso en el calabozo. pero si casualmente usted se ve con Juan Labraza. Los perros ladraron y fue como el aviso para que los vividores se escurrieran como sombras monte adentro. Alcalde: No haga por verlo. mai jerío… —¿Y quién es el de esa propaganda. y ya de aquí mesmo parece que se han dío aiguno… —¿Adónde? —Como no va a séi pande Juan Labraza… —¿Y usted sabe de él? —Bueno. no le tiro. po yo lo hacía en ei Pueblo. el General le dio al Pedáneo sus últimas instrucciones: —Oiga. En seguida. reunió el Ayuntamiento e hizo comparecer al Tesorero Municipal y al 131 . dígale que yo ando con doscientos leones.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II El cauce del arroyo se iba estrechando y ya trepaban por los barrancones como chivos. la emprendieron loma arriba y anduvieron hasta que ya oscureciendo divisaron a lo lejos los fundos de Las Palmitas. Los víveres y la mancorna aparecieron y las pailas empezaron a hervir sobre grandes fogones encendidos en la plazoleta. que había dentrao ai Pueblo a sangre y fuego y mire que seña Casiana que etaba en La Loma le pareció que uyó lo tiro… —Lo que pasó. pero que si no me tira. Comandante.

Las casas estaban situadas en hileras hacia el fondo. Se dieron a la tarea de trastear por las cocinas abandonadas y perseguir las gallinas y lechones que andaban realengos por el pueblo. Se notó que de ellas se desprendieron jinetes. Y sucedió que a media noche. Eran pocos y portaban divisas rojas. Si la tropa hubiera llevado su divisa colorada. esas gentes no se hubieran ariscado: —¡Aquí mismo. Exigió dinero. El General las emprendió entonces con el Ayudante. tal como si hubiera estallado una bomba… Gritos. al suelo. Le dijo improperios. Juan Labraza. hasta la boca. Al fin. se tiraron de las barbacoas y de los catres. consígale uno blanco. El General encargó a la tropa que no disparara y. la población se estremeció y siguió un estruendo. 132 . ni entendían y desaparecieron a escape. cargó con ellos y con nueve pesos más que le reunieron en suscripción abierta en la Sala Capilar. armado con machetes. dos días antes. que no era militar ni sabía de nada. inútil. formaban en la tropa del General Pelota. consígale también uno prieto y por lo que pueda suceder. clavos. desvelado en su tarima. Los escasos vecinos que aún quedaban en el Pueblo. como tá Juan limpiando ei campo.  El General Pelota anduvo con su tropa hacia el norte. un fogón que constantemente atizaban los artilleros. ¡aunque sea del faldón de las mujeres!… El Ayudante se vio negro para cumplir la orden. trataba de dirigirse a los jinetes: —¡Párense!. ladridos de perros y escarceo de gallinas y el eco que se alejaba repercutiendo como un trueno. deteniéndose únicamente para comer. Lo apuntaron hacia la entrada principal del Pueblo y para el caso de disparar. huían hacia los bosques. voces. Sacaron de la iglesia un cañón que servía para celebrar las fiestas y lo cargaron imponentemente. En la Caja Comunal no había más que dos pesos con sesenta centavos. carreras. oyó la explosión y le dijo a su compañera: —Acucha. un viejo veterano. viró al sur. en un ¡Sálvese quien pueda! Echó a correr cada quien por donde pudo. braceando.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Cura. abandonando los fusiles. Consiguió sin embargo los gallardetes y se los repartió a la tropa. de barriga. varios de los cuales. pertrechándolo con grapas. y todo el contingente lucía. que en carrera desbocada. ¡párense!… ¡todos somos uno!… ¡párense! Ni oían. encendieron. tiras de tela roja a manera de divisa. cuando hasta los centinelas dormían. pendiente de los sombreros o amarradas en las chamarras. no lejos. La tropa. autonombrado General. entre ellos el Cura. asomó a la sabaneta del batey La Batea. ei cañón que deplotó!… En Los Cerritos. hasta que al clarear de un día. La gente de Labraza eran en su mayoría vecinos de la sección de Los Cerritos. tomó nuevos rumbos. piedras y plomos rayados en cruz. Ayudante!. consígale a cada uno un trapo colorado. una voz poderosa gritó obstinadamente: —¡No ha sío ná!… Señores. Hombre poco previsor. La tienda del Batey estaba cerrada y pocas mujeres no lo habían abandonado. Consígalo. arrastraba tras de sí un nutrido estado mayor. Magalena.

Había tenido que salir huyendo. casi toda reunida en torno. entonces. —Sí. Sintió que fueron directamente a su casa con malas intenciones. El General y Liquín entraron en explicaciones. compadre… —¡Ese es un atrevimiento!. Se le tenía por muy gobiernista y mandaba a la baqueta La Batea. con eso. compadre… —De momento voy a fusilar uno para dar un ejemplo. –y se tocaba en el pecho. con dos patadas acabaría con todo. montó el disco de su decantada autoridad y del horcón y alterando la voz. Trataba de averiguar los ánimos de la Común y desde hacía tres días caminaba en eso. Le parecía que no se debía permitir que los enemigos cogieren alas. compadre… Y bajando la voz: —¿Qué iba diciendo por el camino? 133 . No tuvo tiempo de coger ni los zapatos. dijo. Cuando Pelota entendió que se mezclaba en sus atribuciones y pretendía dictarle normas y procedimientos. ni el revólver. ¡el que manda soy yo!… ¡Yo!. Liquín Canela. de seguro prevalido de su parentesco con su inmediato superior. enfurecido por el porfiado que no arriaba bandera y que alzaba el tono a la medida de él. Liquín Canela era sobrino del Gobernador. cuando llegaron los revoltosos. ni el puñal. —¡Viva el General José Pelota! —¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! –contestaron. sacaba por semana tajadas apreciables. el General buscó al Ayudante para conferenciar: —Compadre: ¿Qué le parece ésto? —Yo. andaba en una operación muy importante que le había confiado el Gobierno. El General. Llegó un momento en que se volvió al Ayudante y le ordenó colérico: —¡Ajuste preso a este hombre!… ¡Tránquelo en la Ermita! Y se dirigió a la tropa. A poco. —Sí. para conocerlos bien. echando vivas a la Revolución y abajo el Gobierno. compadre… —¡Yo no permito que se me abra gañote! —Sí. Si era conveniente. —Sí. —¿Por qué no le había hecho fuego? –y Liquín reparó a la tropa y le extrañó el empavesamiento: —¿Y esa divisa roja?… El General trató de explicar y el disgusto sospechoso de Liquín crecía a medida que la explicación iba extendiéndose. Liquín era ardiente y rebosaba ira contra lo revoltosos. entonces. llegó a los elementos. de donde por derechos de juegos y otras alcabalas. el Jefe de Orden del Batey.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II De esa manera estaban cuando surgió sin zapatos. y el General debía… Pero ahí fue Troya. –contó–. sin sombrero y desgarrado. debía hacerse boya frente a los ya declarados enemigos de la situación. compadre… —Nadie sabe en lo que ando y ni el Gobierno tiene que meterse en eso. Eran de la gente de Juan Labraza. daba tiempo para que llegaran los refuerzos que le había anunciado el Gobernador y.

a través del pajonal. usted vé… más le valiera al Diablo no jucharme. Venía de la Capital enviado por la Junta Revolucionaria al General Pelota. muchacho. de mandárselo amarrao como un andullo. pensó en su simplicidad que él a la verdad no sabía de esas cosas. ese es el único aspavientoso. De esta manera interceptaba toda comunicación entre La Matraca. Mira. Calcula si no fuera así. pero guárdeme el secreto. compadre? —Sí. tanto el Gobierno. Liquín. Oye. Yo he procedido así contigo. cómo se pondrían esas gentes… A ti. —Mira. muchachos!. Liquín. Cuando yo meta mano. La puerta se abrió y ambos salieron. porque si yo doy un zapatazo… —Sí. Le entregó una talega que contaba veinte onzas y varias comunicaciones. pero que como él era carta viva. sé que me mandan hasta un cañón. de los refuerzos que espero y que hoy mismo voy a alcanzar. poblado de mangos gruesos que dominaba el camino en una distancia considerable. Liquín. le dijera a 134 . vé a ver si de pronto procuras con qué coma la tropa. —Acércate aquí. En marcha abigarrada desfiló la tropa sin tomar ninguna vereda. Así marchó mucho tiempo a la voz de: ¡Jarretes. pero no tiene más que cuatro gatos y le voy a cumplir la palabra que le dí a tu tío. en un alto. mira. como tú estás descansado y mi compadre el Ayudante no sirve para nada. pero date de pronto porque casi estamos saliendo. penetró en el interior. –Y agregó con tono familiar– Ahora. contándole cómo taban la cosa… —Que se lo mande… que se lo mande… —Que dique uté taba a do boca… —¿Le dijo eso. Se oyen pasos involuntarios. Escalonó la tropa en sucesivos barrancones en el cauce de un arroyo y se situó personalmente a retaguardia. como el Gobernador. El General las leyó atentamente e impuesto de su contenido le dijo al expreso que no contestaba por escrito porque no tenía papel. ¡todo esto aquí se acabó! Ahora Liquín. Liquín llevaba otra cara. viendo aquello. tu tío. compadre. por la confianza yo puedo abrirte mi pecho. Entonces. te voy a mandar una columna para que defiendas tus intereses y hagas respetar aquí al Gobierno. y espéralo. Aquello estaba oscuro. Allí esperó alerta. hasta encontrar el camino real. por la confianza y para imponerle disciplina a la tropa. El Ayudante que no estaba lejos. A lo lejos acusaba ser persona extraña a la Común. uno tiene sus actos bruscos y más cuando anda con las orejas calientes. El General se adelantó hacia él. Ya por lo pronto sé en qué pie está parado Juan Labraza. me han encargado que antes de nada revise la Común y con toda la malicia estudie la gente.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Que dique le diba a mandá un propio a su tío. asomó un jinete. —¡Liquín!… ¡Liquín!… ¿dónde estás tú? —Aquí –respondió una voz áspera. el General se dirigió a un sitio estratégico. compadre… —A mí me solicitan toditos porque se sabe que yo soy el horcón de La Matraca y si yo doy un zapatazo… Y se dirigió a la Ermita cuya puerta abrió y cerrándola tras sí. —Usted vé. Con la tarde. la cabecera de provincia y la Capital.

que ya Juan Labraza había caído en la trampa. porque el expreso era una carta viva. cuyos gallardetes flotaban al aire. —Descuide. que lo tenía cercado en el Pueblo y que sólo esperaba esos pertrechos para caerle encima y que pronto de Labraza no iban a quedar los ripios. mi amigo… —General. Este era un expreso del Gobernador. Que tuvieran confianza en él y le señaló hacia los barrancones en donde se veía hormiguear la tropa. la vació en el suelo y una tras otra. como eso no… 135 . que aquí estoy luchando con dos hombres a cual de los dos peor. con buena provisión de balas. Aparatosamente y después de saludarlo. no se ocupe de compromisos ahora… ¡Déjese de eso!… —Pero es que tengo la mujei ai cogei la cama… —Pero de seguro que usted no la va a partiar… —¡Ah!. ¿a su casa. sobrino del Gobernador. Se despidieron.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II los Generales de la Junta que él estaba como un trinquete y que nadie le echaría un paso adelante. ¿así es como quiere usted ganar galones y jefaturas? —Compadre. Menudamente. Se despidieron. se dirigió a su encuentro. —Justamente. Unos y otros se lanzaron miradas cargadas de sospechas. no tenía papel de oficio. se llama Liquín Canela y el otro es un “saltiador” que se ha metido para desacreditarnos. General Pelota. se ve que usted es militar. pero como contraseña le llevara al Gobernador una prenda que aquel conocía y se despojó de un anillo grueso que montaba piedra. Ayudante?. —¿A su casa. Ayudante. Uno es enemigo declarado de la Revolución y hombre muy peligroso. Juan Labraza por un lado y Liquín Canela por el otro. eran largos serones como para llevar andullos. es que yo tengo un compromisito de unos centavos… —No se ocupe. el encargado del convoy le entregó al General una funda larga que parecía un calcetín y le pidió que en su presencia contara el contenido. No se ocupa sino de granjearnos enemigos y se llama Juan Labraza. El General se puso en cuclillas. y siguieron presurosos. —Dígale a los Generales de la Junta. había observado aquellas cosas. El expreso había caminado media hora cuando se cruzó con dos viajeros a caballo que llevaban una mula del cabestro. contó veinticuatro morocotas. justamente y me alegro que usted lo diga. ¡pero a gente así se le quita de en medio. y no se le olvide. y de boca. de lejos. notaba los bolsillos del General sobrecargados por el peso de los talegos. son capaces de acabar con nosotros. Lo que parecía andullos eran carabinas. El tocino le olía y no encontraba forma cómo abordarle. además. Ambos portaban carabinas y el avío de los animales. Entrecortado se le arrimó al fin: —Compadre –dijo rascándose la cabeza– yo quisiera una licencia para dir a casa. El General Pelota no tardó en divisar la recua y presuroso. El General adujo que por estar en campaña. Le exigió recibo y contestación a las cartas que portaba. Cuando ya iba lejos el General le repitió a voces el encargo acerca de Labraza y Liquín Canela. El expreso era un oficial despierto y el General lo comprendió. pero quiero poner las cocas en claro y usted es una carta viva. cada cual a su destino. con la piña tan agria como se está poniendo? —Pero vea que… —Compadre. el Ayudante.

Juan Labraza recibió el parlamento entre inconforme y halagado. por testigo. Labraza se plantó en medio de la sabana y envió al Cura de emisario. usted la tiene. abrazó al General y partió foeteando el caballo que montaba. 136 . cristiano. no hay más que José Pelota en La Matraca. Padre. pero en cuanto al oro. Padre y tengo poderes de la Revolución… —¿Cómo? —Sí. Padre. si no lo sabe. Juan queda como Comandante de Armas. Comandante? —Sí. júrelo. mire. Debía evitarse el derramamiento de sangre entre hermanos. traía el caballo del Presbítero al trote. Malo era eso de recibirla en presencia de todos. reconózcalo. –prosiguió–. siguiendo al General que. en mi puesto queda Juan Labraza. Mire. deseo entregársela en presencia de todo el mundo y teniéndolo a usted. —Además. Que viniera el General. y si es el Cura déjelo pasar hasta aquí. en presencia de todo el mundo. Cavilando en esto estuvo mucho rato. que en aquel sitio hablarían. —Vaya. para avisarle que del lado del Pueblo venía un parlamentario con bandera blanca y por el color del bulto parecía ser el Cura. Era el Cura en efecto y habló al General. Compadre…  Amaneció otro día. la anunciada funda de oro lo mareaba. —Ello. pero que viniera solo. Padre. Usted tiene su parte. y eso no lo hacía por él. así será. vaya al Pueblo y dígale eso a Juan. Juan. ¿Oyó? El Padre había oído y después de esto. pero que como yo soy hombre puro y delicado.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Pues entonces… —Pero tengo que jacei la paga porella y pa lo demá preventivo… —Mire compadre. yo he recibido algunos chavitos que mandó el Gobernador. está demás. esperaba la ocasión de entregárselo en el Pueblo. —Asimismo pienso yo. asimismo –repuso el General complacido. la lucha aquí en La Matraca. me han nombrado Delegado y ahora voy de Adjunto a la Gobernación… —¿Se va uted. sino por la gente que era muy mal intencionada. Un soldado se le acercó al General. siempre estoy diciendo que venga como venga el palo. La República necesitaba a todos sus hijos para que la honraran con hechos contra sus enemigos y la engrandecieran con su trabajo. pero aguántese. compadre. —Eso lo sé yo por oficio hace rato. ya el Gobierno capituló. El Cura se fue y no tardó en retornar. —Lo siento y me alegro al mismo tiempo. aguántese. sobre todo. Dígale que todos somos uno y que tengo una funda de dinero en oro que le han mandado de la Capital. El General le dio a Labraza un abrazo efusivo que éste no esperaba y le repitió lo mismo que le había dicho al Cura. así es lo mejor… —Ahora. Padre. pero usted debe tener paciencia y tenerme confianza como a la Virgen de la Altagracia. Padre. Lo mejor es que todo termine así como hermanos. jarreteando. A prudente distancia. hasta que por fin invitó al Cura y ambos tomaron el camino del campamento del General Pelota.

Juan y más que lo ajeno llora por su dueño. —¡Péguele una soga. entréguele a Juan.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —Pero mire. y entréguelo en la Ciudad. contadas. primo José? —Ni una más. Mis cosas me gusta manejarla yo… Amá que aquí ta ei Cura de tetigo… —No digo lo contrario. Era medio centenar de hombres. Se refugiaron en el Cuartel. José Pelota compareció sable en mano. Cuestionado el Cura afirmó la declaración de Pelota y entonces la conjura tomó forma y se hizo estridente. en la calzada. La intriga siguió ensanchándose. Dialogaban los soldados. Labraza indignado desenvainó el sable y lo castigó. el General Pelota se hizo el aludido: —Por mis manos lo que hicieron fue pasar. todo acompañado de una gran algarabía. Labraza se refugió en la casa curial y hasta allí fue lo que era ya un tumulto vociferante. En autos. maldiciendo al condenado que ni la casa del Cura respetaba. Aquello fue lo bastante para que el grueso cargara sobre él. se hizo amable e invitó al General a que entrara al Pueblo con su tropa. con chanzas y risotadas. Mientras los vidrios saltaban y se estremecían los setos. no tardó en cundir por todas partes la noticia del dinero recibido por Labraza. —¿Eran toas. daba grandes voces al General Pelota. Así como lo recibí lo entrego. yo no niego lo que recibo… —Bueno. y la respetable mansión se convirtiera en un campo de Agramante. Echando rayos por la boca. hizo agarrar por sus gentes a Labraza y se lo entregó al Ayudante. —Fue una funda apretada de morocotas… —¡Adió!. El contacto del oro. primo José –arguyó el interesado–. transformó el talento de Labraza. pues mire Padre. después que mi gente coma. pero aguáitenle lo bolsillo. no más de veinticinco. y manoteándole el rostro. pintorescamente armados. mas por obra de malas artes. —Iré con la fresca. lo tiene que no pué con ello… —Y ese agallú. onza por onza. Contó hasta nueve y el tintineo era grato. parecía azuzada por alguien y menudeaban las botellas de ron. pero como soy tan legal… —Por eso no tenga pena. El Cura es testigo de que en su presencia le entregué la talega de morocotas que de la Ciudad le mandaron. ¿lo querrá tó parei? —A mí me da de cuaiquiei manera… —Y yo también quió lo mío… En presencia de uno de esos grupos. el levita. primo José. ni una menos. harapientos y derrengados por las marchas. Guárdenme media botella… Con la fresca entró al Pueblo el General Pelota. en la misma Fortaleza! –Y agregó: —Ayudante: ¡lleve otra soga para que amarre de camino a ese Liquín Canela y lo mancorne con él! 137 . penetró en la casa y lo cuestionó sobre el dinero a voces. Uno de los más atrevidos. después de saludar jubilosos a los hombres de Juan. que yo mismo no sé lo que hay. seguido por su tropa. ya que todos eran uno. seguido por la tropa. El Cura desató la funda y fue sacando del fondo y depositando en las palmas de las manos de Labraza. lléveselo.

Era capitaleño. y oiga: “¡con sus intereses. M. Desempeñó algunos cargos en sucesivas administraciones. aún inéditos. Payano era un hombre de aspiraciones. no tuvo empeño en ello. al decir de sus compañeros. pero vivía. FRANCISCO E. Cobraba cuentas comerciales. Muy popular entre los obreros. F. sin embargo. es doctor en medicina y cirugía. Navarijo. Es un estudio de valor imponderable. Trabajó mucho en caoba. 1885)* El regidor Payano El Comandante Pantaleón Payano había nacido en los barrios altos de la ciudad. después se colocó en una pulpería ganando tres pesos por mes. porque le trataba muy bien los hijos. Llevaba una lista de las personas que tenían necesidad de dinero y las ponía en relación con los prestamistas. fuera médico y José. que contaba catorce años. Continuamente se lamentaba de que no lo hubieran puesto a la escuela. Entonces no eran las cosas como ahora. MOSCOSO PUELLO (N. graduado en la Universidad de Santo Domingo. Tenía sus asociados. Hacía hipotecas. Estuvo de aprendiz en una zapatería cuando tenía doce años. se empinó y gritó a todo pulmón: ¡Viva el Gobierno de la Revolución! ¡Viva el General Pelota! —¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! –respondieron a granel. son nueve. Sostenía muy buenas relaciones con dos o tres notarios de la ciudad. Demostró un valor extraordinario. Luego entró en casa del maestro Cabral a aprender el oficio de carpintería. usted me responde de ellas! Y para dominar el tumulto. Ha dictado numerosas conferencias de carácter científico. *F. Había sido carpintero. por lo bajo: —Juan lleva las morocotas. dos años antes de separarse de su esposa. los legítimos vivían con él y Rosaura. Más tarde trabajó con el maestro Cerón y entonces fue cuando aprendió todo lo que sabe. abundante en erratas. En aquella época el taller estaba especializado en hacer catres y mesitas de pino barnizadas para salas. el último de sus libros publicados. fuera abogado. No se lo reprochaba. Es autor. Pero no había tomado más las armas. Sus hijos naturales los tenía su madre. hacía de corredor. lo cual le colmaba de orgullo. pero ahora vivía de negocios. de dos volúmenes de cuentos. obras finas. casi ebanista.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Y acercándose al Ayudante le dijo. además. es narración de motivos que revisten la obra del interés que los franceses califican de petite histoire. préstamos. cargos de confianza. y de una obra monumental relativa a la medicina y a los médicos que han vivido en este país desde los primeros días del descubrimiento de América. Su padre. publicó Cartas a Evelina. el mayorcito. Compraba y vendía propiedades. el Coronel restaurador Marcos Ledesma. En los Montones. Los quería mucho y estaba dispuesto a darles una buena educación. después de su novela Cañas y Bueyes. obra que en su género no tiene par en nuestra producción literaria: contiene un caudal de observaciones sobre las costumbres y lacras de la familia dominicana reveladas con fino humor y sin asomo de amargura. Estaba divorciado hacía años. Pero la política le había hecho abandonar su oficio. Aspiraba nada menos a que Pantaleoncito. que apenas tenía diez. Desde aquella época Payano era considerado como uno de los hombres más valientes de la República. una mulatica a quien le había puesto casa. Moscoso Puello. sobre todo. También inédita conserva la novela Sabanas y Fundos. Estaba satisfecho de su nueva mujer. bajo las órdenes del General Cabrera. con lustre de puño que gustaban mucho. P. No hacía grandes ganancias. 138 . Fue un héroe. y un examen sociológico e histórico intitulado La Odisea de la Española. alcanzó envidiable prestigio. El Comandante Payano tenía tres hijos naturales y dos legítimos.

elogió al gobierno y lo puso bajo la égida de la Virgen de la Altagracia. –se decían los políticos de San Miguel– son los que se necesitan. —Pero.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Después. El Tedéum quedó solemne. Porque él. aún cuando hacía tiempo que no trabajaba la carpintería. –solía decir en tono sentencioso– no hay quien las pueda evitar. hasta diez. No pudo resistir a las solicitaciones de sus amigos y en las elecciones del 19… el Comandante Payano fue elegido Regidor de la Común de Santo Domingo. luego. Las fiestas en que él no tomaba una gran participación no quedaban lucidas. Marchó en compañía de sus compañeros a la Catedral. Habló muy bien. había sido solicitado su concurso. gremio al cual se ufanaba en pertenecer. y en una ocasión por el propio Presidente de la República. Sus servicios eran muy estimados. Allí aumentó su prestigio. recordando las historias que tantas veces le había oído repetir a su padre. hasta que en los Montones las circunstancias le hicieron desplegar un valor que le prestigió y le permitió cambiar de fortuna. Quedó agradecido cuando este funcionario se refirió a la obra del Municipio. teniendo a la espalda los retratos de los Padres de la Patria. Lucía su elegante paletó de paño negro. después que Payano se retiró a la vida privada. Sus hazañas en la pelea de los Montones eran muy conocidas. Fue un día feliz éste para el Comandante Payano. Las reuniones en las cuales no estaba presente resultaban frías. por los cuales había sido felicitado por personas de valer. Como el Comandante entran pocos en libra. cuando las cosas van a suceder. las palabras del Presidente del Cabildo lo dejaron satisfecho. pero ninguno se expresó como el Presidente. Rivalizó con él en valor. Había salvado la vida varias veces al General Cabrera. Se encontró muy bien vestido. Otros oradores tomaron la palabra. El Comandante mostraba una sonrisa de satisfacción. Ninguna iniciativa lograba éxito si no tenía en su favor la influencia del Comandante Payano. 139 . con motivo de haber sido condecorado con la Orden del Libertador Simón Bolívar. en el Cabildo. El Comandante aplaudió varias veces con entusiasmos. Le había llegado su día al General. —Hombres así. Monseñor habló. su emoción llegó a sus límites. pues tenía intenciones de asistir al banquete con que obsequiaría al Presidente del Ayuntamiento un grupo de sus amigos. Había que contar con él para todo empeño. En San Miguel era casi un ídolo. oscuro. que le aseguraba que estaba satisfecho de haberlo llevado ahí y de sus actuaciones. por gente de primera. Ese paletó lo había mandado a hacer para el 27 de Febrero. A las nueve en punto estaba en el Ayuntamiento. y cuando aludió a la buena colaboración que había tenido de sus demás compañeros. Un pantalón a rayas. Muchos informes y proposiciones había presentado. Pero. su corbata negra y blanca. la política. se había entregado en cuerpo y alma a los intereses de la Común. Se sentía orgulloso. el Coronel restaurador Marcos Ledesma. henchido de patriotismo. de las mismas que usaban los diputados. Este rasgo de justicia lo dejó satisfecho. antes de que fuera herido. porque fue un defensor celoso de los intereses de la ciudad y en particular de los obreros. Había dado órdenes a Rosaura de que le limpiara el paletó y le tuviera lista toda la ropa necesaria. Únicamente lamentó ese día no haber sido un orador para poder expresar todo lo que sentía y pensaba en aquellos momentos en que las notas del Himno Nacional le habían hecho poner las carnes de gallina. Payano. unos zapatos de charol y su chistera plegadiza. Él mismo no se daba cuenta de la estimación que se le tenía. En diferentes ocasiones. día en que lo estrenó con motivo de los actos oficiales a que tenía que asistir.

Rosaura lo tenía ya al sol. –dijo el Comandante–. Al cruzar la calle 19 de Marzo alcanzaron a ver al General Pérez. Pero como ahora estaba invitado a ese banquete. Rodríguez se sentía satisfecho de la aprobación que dio Payano a sus trabajos. para que usted vea algunas obras ya terminadas de las que se me ordenaron ejecutar. pero no le tiene confianza. Usted sabe que puede contar conmigo en todo tiempo. Comandante. Toda la vida había vivido explotando su figura. Se le acusaba de mala administración. para que demos un paseíto por ahí. en qué está? Payano le contestó que en su opinión era un cohete tirado. Como el nuestro no ha habido otro en la Capital. pero ya eso se le acabó. pero han quedado muy bien hechas. 140 . Comandante. —¿Qué dice el Comandante Payano? —¡Qué va a decir! ¿En qué puedo servirle?. Después de preguntarle por los hijos y tocar algunos puntos sin importancia agregó: —Lo he venido a buscar. –agregó el Síndico–. pero él contaba todavía con el resto y con su hermano Payano y gastaba muchas atenciones con éste. porque es muy compinche de los enemigos. Y conste que el presupuesto este año es más bajo que el otro. Payano celebró el trabajo. —No se preocupe. Se dirigieron al Hospedaje Municipal y allí inspeccionaron los trabajos de desagüe. tocando a Payano por el codo le dijo: —¿Y este tipo. –un auto Packard con el escudo de la ciudad. Pase adelante y siéntese. Encontró muy bueno el desagüe y mejor colocadas las plumas de agua. —¡Déjelos que hablen! Que vengan a ver este trabajo para que se convenzan de que el Ayuntamiento se ocupa. Payano le manifestó a su amigo que en realidad aquello hedía mucho antes. Payano se disponía a salir. De allí siguieron para el Matadero. Descendieron por la cuesta y se introdujeron en la calle Separación. Y al subir de nuevo al carro exclamó: —¡Yo no sé lo que hacían con tanto dinero! —Eso pienso yo. Se habló de los chismes municipales y el Síndico volvió a repetir a Payano que contaba con él. Basta que seamos hermanos masones. que yo tengo mis enemigos en el Ayuntamiento y no quiero que el pago de estos trabajos se retarde ni que discutan los precios. Como usted es Miembro Interino de la Comisión de Fomento.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS No había tenido ocasión de usar otra vez el paletó. Payano y el Síndico entraron en intimidades. sobre todo sus bigotes. Lo encontró limpio y felicitó al Síndico. para quitarle el polvo. para que con su voto le allanara dificultades. Usted sabe. deseo que usted quede bien impresionado. que el periódico tenía razón en haberse quejado. –contestó–. Dos o tres Regidores le habían ya puesto la proa. ofreciéndole sus servicios. frente a Payano. y Rodríguez. Han salido un poco caritas. —Por eso vine donde usted. Le ha escrito varias cartas al Presidente. Se pusieron de pie y se dirigieron al carro. Y añadió: —Según me han informando está haciendo curvasos. cuando llegó el Síndico. Hacía días que se decía en la Plaza de Colón que el Síndico Rodríguez sería destituido. Se informó del costo que no podía ser más bajo. El Síndico se sentó en una mecedora.

Le aguardaban. Resulta que yo vendí mi sueldo a don Remigio y tenía que entregarle un piquito que le debo. rompí muchos votos contrarios. compadre! y. a mí no me gusta comprometer mi voto. —¡Ah sí!. —Bueno. ¿el que desempeñaba la Señorita Castro? —El mismo. Aquí han venido ya varias personas a verme para eso y yo no me he comprometido todavía. recibía visitas hasta de los tutumpotes de Gazcue. Usted me obsequia con esa pintura sobrante y dicen de una vez que estoy desfalcando al Municipio. Por eso se había retrasado ese trabajo. ¿qué les pasó? Si quiere la pinturita me avisa. —¿Dónde consiguió esa pintura?. De regreso Payano encontró algunas personas en su casa. —Bueno. le dijo: —¿Qué cargo es ése? —Auxiliar de la Secretaría. que yo hablaré de eso. señor. ¿Usted vio al Presidente? —Sí. El Comandante Payano pidió permiso para quitarse alguna ropa y volvió en mangas de camisa. Dirigiéndose al primero. Pensaba en esos momentos en que su casa estaba necesitada de una buena mano de pintura para remozarla. Usted sabe. Y dirigiéndose al otro. vuelva mañana. —En el “Faro de Colón”. –exclamó el Comandante. para servirle. El tercero quería hablar en privado. —Me parece que han sobrado algunos potes. Allí es donde solamente se mandan las órdenes del Ayuntamiento. —¡Ah! ¿Usted es Ricardito Peláez? —El mismo. morenito presuntuoso: —¿Y usted qué desea? —Me dijeron que viniera donde usted. –agregó. Y le recordó el desastre del pasado Ayuntamiento. que yo trabajé mucho en las elecciones. porque me podía arreglar eso. ¿Usted recuerda el molote que se armó en Santa Bárbara? Yo estaba ahí y si no es por mí rompen la urna. Yo arrastré mucha gente. Payano levantó el brazo para subrayar un ¡no! seco y terminante. —¡Dios me libre de mal! Aquí las gentes hablan mucho y se fijan en todo. porque no tenía existencia y hubo que esperar el vapor. Usted sabe que yo tengo una hermana muy amiga del Síndico Rodríguez. ya que constantemente. y que así presentaría mejor aspecto. Otro venía a exponer una queja con motivo de un trabajo del que lo habían despedido. con motivo de su cargo. El Síndico le manifestó enseguida que se podía conseguir una poca. Le llevé otra tarjeta. que era del partido y persona competente.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Payano rechazó una copita con la cual el Síndico quiso corresponder a sus cumplimientos. –preguntó Payano volviendo la cara para ver por última vez a través del vidrio del carro el Matadero–. Y lo despidió amablemente. Usted sabe que aquí no van muy lejos para menear la lengua. yo hablé mucho. ¡Dios me ampare! El Síndico le advirtió que tampoco había que ser demasiado escrupuloso. Uno le entregó una tarjeta del Diputado Díaz. Comandante. Parece muy buena. –le dijo el joven tembloroso. Había un cargo vacante en la Secretaría y su amigo el Diputado Díaz le recomendaba al portador. pero parece que él se ha entendido con un joven de la Tesorería y no sé por qué no me quieren pagar. un jovencito flacucho y casi blanco. sin embargo. —¡Esos sí hicieron su agosto. 141 . —Pero si hay fondos. si su trabajo no era muy grande.

Que usted le negó el voto a Pedro Soto. indio claro. Ese muchacho es el que está encargado de cobrarle a don Remigio los cheques que le corresponden. Así. Hablaron otras cosas. —¿Tenía bigotes? —No. Dos profesores. que el propio Comandante había hecho hacía quince años y tres sillas modestas. eran los objetos que más se destacaban en la habitación. —Muchas gracias. El Comandante se quedó callado un momento. no volverían más. Tomaron asientos. pero yo tuve que retirarme no fueran a sospechar que estaba oyendo. —Bueno. El Síndico y yo somos de los más unidos en el Ayuntamiento. —Pues bien. –agregó el Comandante– no repita eso. el señor Torrez y el señor Domínguez. El Comandante hizo una señal al tercero y entraron a un departamento que hacía de oficina privada. —Bueno. —¿Y de qué se trata? —Bueno. yo lo averiguo. pero me ponen inconvenientes. 142 . allí decía esta mañana un grupo. El que le dijo eso lo engañó. el que recomendó el Presidente para la oficina de Impuestos Municipales. Durante el almuerzo. a informarle de algo que oí en los bajos del Palacio Municipal esta mañana. Comandante. sobre una mesita de caoba también. dentro de un florero.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Sí. vuelva por aquí. Luego preguntó: —¿Habla fañoso? —Sí. lo encontró Rosaura cuando lo llamó a comer. después que despidió al amigo que le dio esos informes. de los que más enseñaban. Payano se quedó reflexionando. Pero si usted oye algo. y el otro me dijeron que era el Síndico. pero me puedo informar. con un sombrero de fieltro gris. —¿El Síndico? –exclamó sin poder disimular su asombro el Comandante Payano–. ¡Eso no puede ser! ¿El Síndico? No lo puedo creer. un morenito vestido de casimir. más o menos. —¿Y quiénes eran? –dijo curioso e impaciente el Comandante. Esta es su casa. Como se trata de usted no perdí tiempo. Estaba afeitado. —¿Bajito o gordo? —Como yo. Si usted tiene interés en asegurarse. Todo eso es una invención. —Yo no se lo aseguro. pensativo. yo sé que hay. me ponen inconvenientes. —¿De qué color estaba vestido? —De dril blanco. Que le habían dicho al Presidente que usted era un inconveniente. Y parece que como yo no se lo he vendido esta vez. porque la cara no se me ha olvidado. Un escritorio de caoba. ¡Yo no sé! Había uno alto con un sombrero de pajita. Quédese callado. Vuelva mañana. Pantaleoncito refirió a su padre lo que había pasado en la escuela. un retrato de la Tabacalera y un bouquet de flores de papel. –contestó el visitante. tiene una vocesita rara. —Yo he venido. vestido de blanco. Pero como la política es política… Hubo otro silencio que el Comandante interrumpió. que a usted lo iban a sacar del Ayuntamiento. yo le arreglaré eso. Yo no creo que sea el Síndico. —¿De qué color era? —Bueno.

con toques de alerta que sucesivamente pasaban de fundo a fundo. —Yo no sé. aunque parecía increíble. El señor Torrez es muy buen profesor. llegó así a todos los conucos. como tú dices. La noticia. Papá Sindo. etc. en la planicie vecina. hijo. tres disparos de carabina. el comandante del Puesto Cantonal de Petit-Trou.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —Mira. los pobladores de las cercanas y las remotas viviendas. yo no sé cómo me voy a hacer. Viejas Memorias (1941). y otros más. ya a la oración agrupó a los recién llegados bajo el ramaje de una baría frondosa y con agria y autoritaria voz de domador de gente. Así no son las cosas. y si maquinalmente el jefe le apretaba la empuñadura al machete de cabo que le colgaba de una banda roja. Dicen que porque no quisieron firmar una hoja. El aviso. Y respondiendo a la señal oficialmente pautada. dilatándose hasta una distancia enorme en un ulular tremendo. precavidamente armados. –exclamó el Comandante. Rosaura fue al patio a recoger el paletó. El Gral. y agregó: —Es que estos jovencitos se las dan mucho. Y como el señor Domínguez. sabrían que aquí hay que hacer lo que le mandan. nadie para enseñar matemáticas. ¿y si nombran otros que no sepan. desde el fundo de la Domingona. seguido de uno. etc. porque se había puesto nublado. y horas después se acercaban a la aldea. era por la costumbre de arrear hombres en las peleas contra los enemigos de la república. contestaron otros. del monte al llano. No se trataba de una de tantas incursiones del ejército de Haití. —¡Ah! eso es por el voto de confianza al Presidente. –decía Pantaleoncito entristecido–. papá! —Ni tanto saben.. Ya ves que se han dejado quitar por una tontería. papá? —¡Cómo no los van a encontrar competentes! Lo que se sobran aquí son profesores. y el prestigio de matón de súbditos del *Ha publicado: Cuentos del Sur –1938–. y el Comandante Payano le echó una mirada a su pieza que le quedaba tan bien y con la cual había recibido tantas satisfacciones. Ramón Blanco Isusi Ma Paula se fue al otro mundo Un alarido de gargantas vigorosas. el gafo guardián del colmenar sopló el fotuto de poderosa voz. 143 . A ese machete le debía el grado de comandante. Detrás del caobal del cerro. —¿Y qué chisme ha pasado? –preguntó el Comandante. ha dictado conferencias. de que estaba orgulloso. blanca y azul. habló y sus palabras fueron atentamente escuchadas. —Pero el señor Torrez y el señor Domínguez saben mucho. SÓCRATES NOLASCO (N. a mayor distancia. Cuando uno es empleado tiene que estar de buena fe. —Pero. Escritores de Puerto Rico (1953). Si hubieran sido tan competentes. Pedro Florentino y un momento de la Restauración –1938–. 1884)* Al Dr. le anunciaban al mundo un grave acontecimiento. Para mí han sido unos brutos. era hoy tranquilizadora. hicieron tronar otros y otros fotutos que. la señal anunciando el grave acontecimiento. papá. Están viviendo del Gobierno y quieren hacer lo que les da la gana. y más lejos. Ese es un toro en números. dos.

meno sabrán los haitiano inmunizarse con la malicia del diablo y la de sus Luase y Papá Bocó. A los del vecindario les parecía que el comandante no habló de la difunta con el miramiento debido. por si acaso intentara salir a hacer de las suyas. Espantados de oír lo increíble. Se acercaban al bohío en donde estaba la anciana. duro y seco.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Emperador Faustino Soulouque. queden convencido de que si ni tan siquiera el arzobipo puede alargar la vida propia con oracione a Nuestro Señor Jesucrito. ¡Cómo si uno se olvidara de cuando el alazano rompió el lazo y se le etravió! Mediante un cabo e vela encendío al revé. nuestros fusile y sobre todo con la cruz de nuestra bandera. podremo triunfar siempre de los enemigo. Compañeros… ¡Ma Paula se fue del mundo! A su lado el secretario Lorenzo. —Compañeros… –dijo y esperó con calma a que se impusiera el silencio–. con el respeto que a la muerte le rinde todo mortal. Papá Sindo. Cayó con la boca echando espuma y ya al minuto estaba tiesa como si fuera de palo. He dicho. la clara de un huevo crúo en aguardiente alcanforao. y sin dizque ni que me dijeron. Los tonto que secretiaban que iba a vivir ciento setenta y siete año en cumplimiento del pacto que ella tenía con Sataná. a ver si éste se equivocaba. que era de los biene de la difunta. resultaba tan imponente de cerca como de lejos. Mándenme los filete. En realidad. Pero. y los caprichos y rebeldía de la s le añadían gracia en vez de restarle elocuencia a sus arengas. Tan pronto se alejó el áspero y autoritario jefe empezaron los comentarios y murmuraciones: “El era así. ¡se murió Ma Paula!” Allí. en medio del patio de su vivienda. Siempre. en lo que se presina un Cura loco la vieja hizo aparecé el caballo. se miraron todos y se dijeron: —¡Se murió Ma Paula! —En ella se ensuelva. que es cofrao de la Virgen de la Altagracia. siempre que se veía en confusión se encerraba con la vieja a consultarla sobre política. alto y seco. iba leyendo para sí el discurso que le había enseñado al superior. Siempre que recemo el Creo en Dios Padre defendiendo la república a tiro y a machetazo. Lorencito. —¡Cállese el deslenguao! —regañó Papá Sindo. de cuerpo presente. —Papá Sindo manda que no crean en brujos. y una peseta fuerte pa San Antonio y real y medio pa Pedro Congo. pero al decir que no crean en ellos atestigua que los hay –dijo uno reflexivamente. de que no se jactaba porque le parecía la cosa más natural del mundo. la verdá es la verdá. No cabía 144 . aparte de eso. en donde la habían colocado. Compañeros… –agregó cambiando de tono y mirando de soslayo–. Pero si él mismo. No quiero gresca. ordeno y mando que la beneficien para pasar el velorio. Con nuestros machete. boca arriba. profirió un atrevido. pero no malo. estaba tiesa y más seria que cuando vivía. estaba ahí. puesta boca arriba sobre la barbacoa y el colchón de guajaca que le servía de cama. pero hay que saber beberlo. Aquella novilla berrenda. Ma Paula se fue del mundo —reiteró–. Y así y todo habría que hacerle el hoyo bien hondo y ponerle arriba piedras pesadas. —De que los hay los hay. Tenía la lengua tan agria porque estaba del pecho y sabía que no tenía remedio. Y últimamente –dijo empinándose–. y la voz se le rajó en la garganta—. Advierto que el aguardiente se hace para beberlo. Varios opinaron que en la región no estarían preservados del espíritu de la bruja sino después del novenario.

El hijo menor de Ma Paula cree tener cincuenta y seis años. Otras fregaban diminutas vasijas de higüerito cimarrón. mayores que él. Las fosas de la aplastada y ancha nariz eran dos agujeros tan prietos como la piel. El cadáver de una persona de más de noventa años (y a Ma Paula le suponían no menos de ciento veinte) ¿debería ser velado con la circunspección requerida por un difunto que no había cumplido ochenta? Igual que si se tratara de un muerto recién nacido. Era un deber: la vieja dejaba herencia de vacas. para brindar el café y el aguardiente. puercos. En derredor del cadáver seguían gimiendo y lanzando lamentos las hijas. Falta saber qué edad tendría la interfecta –subrayó afirmando su argumento–. cabras y un bohío cómodo. ¿no podrían pasar la noche entretenidos en juegos de prenda y cantando el baquiní y echando décimas y coplas y cantos de plena? El secretario de Papá Sindo. está sujeto a las mismas reglas que un trabado o muerto recién nacido. Del rostro. de guayuyo morado y de rompesaragüelles. trascendía una seriedad tétrica e imponente que acentuaban el ojo obstinado en mirar y el respeto que la hechicera inspiraba aún después de muerta. Las vecinas. Larga y ancha bata blanca la tapaba del cuello a los pies. Sin faltar a la verdad no se podía negar que la vieja era fea. Así. —¿Y qué tiene que ver lo uno con lo otro? Abrevea… —De las siete hembras ni Dios distingue si alguna es más joven que el varón sobreviviente. El otro se lo cerraban y se volvía a abrir. Este es un angelito que no tuvo culpas que purgar. ahora que la veían difunta rezaban por el descanso de su alma.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II duda. decidió el punto: —El cadáver de un ser que vivió cerca de un siglo y hasta más de un siglo. de malagueta. y aquel ya las ha purgado todas a fuerza de tropezones y padecimientos. aproximadamente. A la gente prieta tarde se le ve la edad. El hule del rostro le relumbraba con el reflejo de las cuatro velas prendidas en las bocas de cuatro botellas vacías. La habían tocado con cofia blanca y con blanco barbiquejo le apretaron la mandíbula floja. Estamos en el año 1858 de Nuestro Señor Jesucristo. licores imprescindibles en los velorios. Lo secaron y volvía a filtrar. Lorencito. Afuera de la enramada los hombres sostenían contrarios pareceres. olor que se mezclaba con el de la gente sudorosa que llegaba de los distintos fundos. Los nietos y demás descendientes se multiplican como marranos… —¿Y qué significa ese lío pa si se cantan o no se cantan décimas en el velorio? Lorencito era un capitaleño de asombrosa locuacidad y le gustaba lucirse y pasar por inteligente aun ante los habitantes de la más remota y aislada aldea de la república. En el conjunto blanco sólo contrastaba la mancha negra localizada de la frente a la barbilla. ya que no se podía pensar en la pureza de su alma. que le temían a la bruja y nunca dejaron de maldecirla. sus compañeros de raza. nietas. y el otro se pudrió comido de viruelas. que por ser capitaleño se creía en el deber de saber de todo. biznietas y tataranietas de la finada. la engalanaron y la adornaban con flores de adelfa colocándole tres pétalos en los labios. la bruja parecía más larga. 145 . de un trabado. y nadie quería acabar de llorar primero. Un olor fuerte emanaba del cuerpo recién bañado con un cocimiento de hojas de salvia. Yo la deduzco… por lógica que no engaña. En la comisura de los labios le asomaba un hilo de blanca espuma. Sólo tenía un ojo cerrado. De los tres varones. estirada en su cómodo colchón. así partido por la franja de trapo. obstinado en continuar mirando. dos murieron peleando contra los haitianos. seguro indicio de lo milagroso de tan larga vida.

Disminuían los rezos abogando por el descanso del alma de la difunta. siga berreando y no se meta a opinar en cosas que son costumbres aristocráticas… –vociferó Lorencito. hacia el gran árbol de caoba a cuya sombra Ma Paula les había domado el ímpetu a hijos y nietos haciéndoles entender los consejos a rebencazos. las coplas. Aprobaba que dijeran décimas por argumento y a lo divino. 146 . y por el martirio que padecites en el madero. Venía de las monterías. apiádate del alma de Ma Paula. el canto de plena. La curiosidad que iba despertando ahora borró el desdén a que se había hecho acreedor minutos antes. —Ma Paula –continuaba Lorencito con su inmoderada verborrea de sabelotodo– fue una de las barraganas de Musundí. y el baquiní. Allí. pero ni ella era todavía cristiana ni quería tener hijos con uno que no fuera congo o aradá. –agregó. otra vez la región del Bahoruco quedó convertida en un baluarte de la libertad. prorrumpió en clamores que ahogaban a los de las hembras. borrosas y tartamudas ideas le apuntaban que los cantares y el juego de prendas quedarían en la memoria de los concurrentes testimoniando el desprestigio de la familia. Aprovechaba la oportunidad para vociferar su amor filial detallando las virtudes de la difunta. ayudado por los tres sobrinos y nueve sobrinas. desde que lo alcanzaron a ver. de quien no le quedaron hijos. Baltasar quedó cohibido. con disimulo salió al patio a dar órdenes prohibiendo el juego de prendas. el hijo sobreviviente de los varones de la difunta. Y cuando la directora rogó: —”¡Señor! Por la afrenta que sufrites con la cruz a cuesta. con una pena parida de remordimientos. no quiso saber de los franceses cuando los dominicanos pasaron a su bandera. —Se los comería al momento de parí… –le interrumpieron. Sentía un orgullo de tribu superior.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Se enfrascó en la tarea de explicar cómo el Capitán Musundí. como si él fuera un segundo cacique Enriquillo. Quería a Musundí y se acostaba con él por el prestigio. Para descansar. de Mucaral adentro. Pero tan duro así no podía seguir aullando. Que comiera gente o no comiera. —Amigo. Es que todavía Ma Paula no era católica – continuó el orador–. Se lo llevaron. trazó un círculo. tu sierva”… la súplica quedó sin la reiteración coreada. Tres sobrinos. dende que el comandante se descuide. sintiendo trasegada en él toda la autoridad del comandante de la región–. —No. Compungido ahora. renovaron las lamentaciones con el inicial vigor. juntó leña. Negros criollos y hasta de Haití vinieron y se le agruparon y. los más adictos. Sentía ese imperioso deber de hijo. ni quita ni pone cuando se dice a sé bruja. se le acercaron y en voz baja le hicieron comprender su pifia contra las buenas costumbres. —¿Y qué necesidá tenía de comé gente en un sitio en que abundan tanto la vaca y el puerco cimarrón? –comentó otro. —A este Lorencito lo revientan a patás y a garrotazo de un momento a otro. hizo fuego y ahuyentó la sombra. Este hijo montaraz tuvo el sentido práctico de dejarles a las hembras de la familia el cuidado de la madre anciana. El que no se crea decente que cierre su casa y entierre él solo su muerta. Después de cerrar la noche llegó Baltasar. gimiendo él. que le chupara la sangre a los de teta o no se la chupara. barrió hojarasca. liberto que se distinguió peleando a favor de España. ¡Dizque venile a enseñá a la gente de aquí quién fue Ma Paula! Como si naide supiera que a ella y a otras como ella las cogién en lazo. Y las mujeres. En el cráneo de huidiza y achatada frente. perplejo. Al oír pronunciar las palabras mágicas aristocracia y decencia.

tembloroso. Miguel! –agregó sujetando al marido. superiores a la voluntad de él. que antes de tú nacer nació el Hijo de Dios! –gritó Lorencito. alguien comenzó a cantar y aullar en él con lenguaje intraducible las palabras que la madre le enseñó a repetir y cuyo significado exacto ni ella sabía: ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! ¡Hen! ¡Hen! ¡Hen! Can ga bafió te. fueron contagiosos. creciendo y volando sobre el terral despertó al Comandante Papá Sindo y lo hizo acudir corriendo. y se tragó el resto. y avanzando hacia la muchedumbre se arrancó el barbiquejo y preguntó autoritariamente: —¿Y qué vagamundería son eta? —¡Detente animal feroz. ¡el nombre!. batiendo con los pies el suelo y mugiendo y rugiendo para convencer al dios de la inmensa aflicción de una familia sumisa y buena. sable en mano. ausente de todo lo circunstante. Entonces Papá Sindo. Se estremeció atarazado por el fuego interno. invocaba y volvía a invocar al dios de la tribu aradá. Un segundo más. y ella en persona se enderezó. invocó un nombre. y cuando quedó transportado. y quedó siendo el centro. Crugió la barbacoa. El funeral lamento. los tres sobrinos y nueve sobrinas coreaban alternativamente. Ese grito. Trataba de callar y se estremecía. mezcla de ginebrón y raíces maceradas que en un calabazo había traído de su fundo del Mucaral. Con la vista fija en un punto avanzó y retrocedió hasta el centro. cantaba y mugía y. ¡aprotégeno!… —¡No nos disgreguemo! –imploró la directora de rezos–. que era la suya. Dijo otra vez un nombre. que era un valiente. le apretó la empuñadura al machete y se le oyó vocear: —Si avanzas… te rajo de un machetazo… ¡vieja del diablo! 147 . que le ardía en el estómago y en las venas. lo repitió dos veces más y retrocedió y avanzó. Y entonces fue cuando sucedió lo asombroso. engalanada. seguían saliendo las voces que le hervían en la sangre y los antepasados le cantaban dentro. Con las palabras rituales del voudou. Miraba al cielo estrellado. Con un brebaje.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Cesaron por un momento las lamentaciones y un grupo de auténticos amigos de la familia se acercó a Baltasar. Can ga li. roció las primicias hacia los cuatro puntos cardinales. el terror y la fuga. Can ga do ki la. lo más importante del velorio. el camastro de la difunta. ansiando y temiendo el encuentro con el poderoso espíritu. como si temiera que los haitianos estuvieran irrumpiendo por la frontera vecina. ¡Can ga li! En derredor del fuego Baltasar giraba ahora con rapidez. y huyó desamparando al jefe. Can ga mun de ye. Quedó en medio del círculo. La cantidad ingerida por él hubiera sido bastante para emborrachar a diez hombres. en la entrega total. abstraído. vacío de apetencias y pasiones materiales. mientras de su garganta. que se le acerba. y huyeron y gritaron todos: —Virgen del Amparo. ¡No me abandone. Cayeron y se apagaron las cuatro velas que le alumbraban a Ma Paula el sendero definitivo. rodeándole.

la música y las faldas. su compadre de sacramento. ¡Este era el cuadro consolador! Ensimismado en un silencio hostil. porque inclinan a la molicie. Y el General Pedro Florentino. se derramaban sobre Cerro en Medio.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Ángel Liberata ¡Fueron 820! Diezmados al principio por la infantería enemiga. Una arruga perpendicular partía su frente. ¡Fueron 820! Pantalones y guerrillera de “fuerte-azul”. Extraía de los relatos. subían hacia las lomas de Panzo perdiéndose en las laderas. desnudos de la bazofia de comentarios. dos de La Descubierta. soletas dobles. ¡dominicano traidor y azote del Sur!). treinta de Neiba. hechos. una cartuchera. un machete. volaban sobre Cambronal y Las Marías. dispersos por los escuadrones y acosados por el espanto. aniquilaron las avanzadas de los patriotas en Haina y en San Cristóbal. doce de Barahona. cinco del Puesto Cantonal de Petit-Trou. Y ellos. nada más que hechos. indigna del guerrero. un concepto de hombría que les impedía recular en la pelea. de la de Pedro Florentino a la de Gregorio Luperón. si no se les ordenaba. Azua está en poder de España. a alimentarse de pie con plátanos y cecina cada veinte y cuatro horas. Nadie se atrevía a dirigirle la palabra. nueve de Pesquería. Contaba en silencio y volvía a contar de nuevo. con el Capitán Antonio Blas. y la hamaca. traicionado. podían recorrer distancias enormes sin rendirse a la fatiga. con el Coronel Cabuya. una carabina. y otra vez a la de Pedro Florentino. nueve de Pesquería. Y Cambronal y Las Marías y Cerro en Medio. devolvían el lamento funeral. doce de Barahona. y así habían pasado de su autoridad a la de Pedro Florentino. se separaron en Quita-Coraza tomando las rutas de Rincón y de Neiba. A medida que se generalizaban las noticias los crecientes clamores se multiplicaban. Un inmenso dolor se dilataba sobre el vasto valle de Neiba. La Gándara y Puello (¡Puello! ¡Puello!. con el Sargento Payén. treinta de Neiba. educados así. siguiendo el atrecho de El Curro que los llevara a juntarse con su jefe natural. orientados por el otro derrotero. al que mandaba en todo el Sur. ¡Fueron 820! ¡Puello! ¡Puello! Regresaban: ocho de Rincón. los banilejos se pasaron al enemigo y contribuyeron al exterminio. y obligaba a morderse la lengua y a morir antes que soltar palabra que menguara el prestigio de la República y favoreciera al enemigo. Así los había forjado él. cinco de Petit-Trou. Pasaría la noche y lo 148 . ¡vendido! y asesinado. En la noche lóbrega pasaron por Pueblo-Viejo. habituados a dormir a suelo raso. Los demás sobrevivientes. sentado en el taburete forrado de cuero crudo. Las sombrías pupilas escudriñaban con ansias disimuladas las bocas de los caminos y los caminos estériles mantenían las cifras inalteradas: ocho de Rincón. parecía sordo al lloro desgarrador de las mujeres. Endurecidos por la ruda disciplina que había mantenido él. Tenían prohibidos el aguardiente y las barajas. El ejército del Sur –cuatro mil trescientos hombres– destruido. huyeron silenciosos como sombras. habían visto con asombro al otro jefe. porque deshonran. gritando también sus muertos. dos de La Descubierta… ¡Fueron 820! Pasó toda la mañana y lo dejaba la tarde bajo la baitoa del patio. con el auténtico Jefe. asesinado. En Baní.

Prosiguió el ligero examen: Alta. Duro mirar que se va suavizando hasta ganar triste dulzura en mi presencia… Este mulato es persona. —Lo supongo.  A pesar de los lamentos y de un repentino ladrar de los perros. Cara dura. General. Estaban solos. poca gente… Un hombre. Duras barbas de chivo que rozan el pecho. con las pupilas enrojecidas y exigentes clavadas en las bocas de los caminos. Pocas gallinas. Le suplico que lo lea. que amenaza caer sobre apagado fogón. guiado por un práctico y seguido de seis militares –españoles y criollos– se acercó luego preguntando por él. sin tapa. ellos no habían visto siquiera un hombre de armas. De las soleras. donde los facciosos. En la travesía. para tratar con usted. desvaneciéndose las presunciones de Puello y confirmándose el criterio de La Gándara: En Azua fue destruida la resistencia del Sur. mujer de garbo. —General. Un oficial de alto rango. muchacha apetitosa. vengo en misión de mi Gobierno. se ha impuesto la paz –continuó el español. Botó en el taburete y pegó en la corva curvo sable pendiente de terciada y galana banda. Se dejaba examinar y parecía no interesarse en averiguar cómo era el recién llegado. Al responder al saludo se iba incorporando el hombre. Pobre indumento. pudo percibir trote de cabalgaduras que avanzaban por el lado de Azua. Duros. —Muy buena se la dé Dios. Enramada. El café humeaba en dos diminutas vasijas de güira silvestre. una niña y… miseria… miseria… ¿De qué vivirán en esta aldea? —Muy buenas tardes. sirve de cocina. que empezó a acariciarse la descuidada y puntiaguda barba. con plenos poderes. rígidos mostachos. sin duda para ganárselo. El ojo experto del que anunciaron fiscalizó: —Rústico escenario. Ahora le bastaba advertir que se trataba de hombre de mando. y deseos disimulados de ser agradable.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II sorprendería otro sol sentado en el taburete forrado de cuero crudo. 149 . cuelgan ordinarios aperos de montar. Uno del grupo se acercó anunciando título absurdo: —El Marqués de la Concordia. y excusabaraja. Bohío con puertas ausentes. Del lado afuera de la cerca se agazapaban sombras armadas de fusiles. Se restaura en El Cibao. en su país. carentes de los recursos más elementales y de la más elemental disciplina. —Este pliego fue retirado de los papeles del infortunado General Pedro Florentino. Habla del destino deparado al General Gregorio Luperón. sin cerca. útiles de labranza. (los vanos miran al norte y al sur). —Desde El Seybo hasta la frontera. Dispensará el ajuar: no es aparente y fino como los que se usan allá lejos. seca estatura. que tenía gracia natural. Había oído decir que era Brigadier y jefe de la artillería realista. Haga el favor de sentarse y beba conmigo un cafecito. Él aprobaba y callaba moviendo afirmativamente la cabeza. ¿No habrán comido aquí hoy? Patio casi yermo. Nervios en lugar de carnes. suspensos en colmillos de cerdos monteses. se dividen en banderías.

Y cuando te canses suprime el Ángel. tras breve reflexión. Ese río con la oscuridad es muy temeroso. La niña dormía tranquila sobre una estera extendida en el suelo. el reconocimiento del grado de usted y de sus oficiales y los gastos efectuados por usted y por ellos. —Aprieta las letras. —Es que la mano se cansa. y dijo al joven que acudió al reclamo: —Pedro. Entró dejando detrás de sí la humareda que soltaba su cachimbo. ordenó: —Economiza el Félix… Después de todo en la guerra no debe uno pretender vivir siendo feliz. dice mamá Lin que venga. Es lo mejor de mi nombre y lo que vale más de la reliquia. esta es mi paz. mi señor. –protestó la joven.  El lucero del alba brillaba como lejano faro. fue hasta la empalizada y cortó una rama de guasábaras. En total: trescientas diez y seis… —Faltan más de la mitad. . La arruga perpendicular se pronunció. Mire cómo van saliendo. permítame explicar… La jefatura de toda la región de Neiba. En seguida le arrancó al pulgar y al mayor un sonido bronco y seco como un latigazo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Él extendió el brazo. Tomó él la diminuta cartulina y leyó: y. tomó el pliego y lo abrió y leyó en silencio. desenvainando el curvo sable. los tres no me caben ya. A la lumbre del ardiente fogón se preparaban los emisarios que saldrían llevando órdenes en diversas direcciones. Al regresar traía las espinas empuñadas en la encallecida mano. —¿Cuántas tienen listas? –preguntó en voz baja. No… No se trata de garantías. Y. —Padrino. disconforme. —El Gobierno admira el heroísmo de la gente del sur y lamenta su derroche innecesario e infructuoso. General: es la concordia. 150 ÁNGEL LIBERATA FÉLIX. —Padrino. Es una lana ordinaria y enredosa. Meditó y agregó dulcificando el tono: —Candelaria Ferrera. –observó él. Los clamores se volvieron con la noche invasora más graves y lastimeros. y mostrándolas con el brazo estirado dio expresión a la respuesta: —Concordia. en lugar de Liberata escribe Libre. Es el ramo de olivo. este Señor es Marqués… Acampáñalo hasta el Yaque. Llamaban del aposento. cuando no puedas más. De la amarilla llevamos preparadas ciento cinco. Cuando se retiraban se oyó que el Ayudante del Marqués preguntaba burlonamente: —¿El tío ese de las barbas es General? ¡Causa ganas de reír!… —Te reirás…. Varias mujeres desgarraban sábanas y enaguas volviéndolas hilachas para aplicar a las futuras heridas. —Perdóneme. sin miramientos. Te debiste unir a un hombre manso. perdóname la penosa vida que te doy. doliente como una herida. —La madeja encarnada sólo dio doscientas once –respondió la esposa. A puerta cerrada trabajaban la esposa y la sobrina. Se le ofrecen a usted. Se levantó otra vez y. le contestaron entre dientes.

o del Mediterráneo!… Eusebio Pueblo tampoco quería responder. a pesar de su desventajosa posición. la espectacular demostración de fuerzas de La Gándara tendía a impresionar más al Ministro de Ultramar que a los campesinos sublevados… Sinceramente creía menos costoso y más cómodo pagar a cualquier precio la adhesión del Liberata que exponer a tres mil hombres a la fiebre amarilla y al vómito negro en tan ingratos andurriales. con sabor de picardía: —El hombre es fuerte cuando pone fe en un talismán. y el triunfo de los españoles facilísimo. salimos de Azua y todavía se obstinaba usted en una marcha de tortuga para tan mezquina escaramuza. Se iba aburriendo de una aventura guerrera sin posible honra que abrillantara los laureles que había ganado entre iguales. Chocaron una balsa y tres bongos. Se acostumbraba a las bromas del Capitán General. arrogante y noble hasta en el combate. enredándose en las caña-brava. los bongos se desprendieron de las amarras y se deslizaron arrastrados por la corriente. dijo ¿Entienden ustedes? Y salió sin esperar respuesta. cruzaban en sesgo de una a la otra orilla. no quería expresar concepto sobre el Liberata ese. deme la razón. mulatos. El se iba a ceñir la faja de Mariscal de Campo y. oyendo que Pedro había regresado. en un lugar que les era tan favorable. y de mandíbulas apretadas. y en la derrota lo enciende ferocidad 151 . Las frágiles canoas y las balsas y los bongos improvisados. entremezclándose con las reses aterrorizadas. irresistible en la refriega. Además. Preservan de las balas cuando el que las tiene se defiende tirando a punto metido. se dispersaron dejando una docena de muertos: todos flacos.  La embestida fue violenta y torpe. pero en el fondo le mortificaba la torpeza con que atacaron los dominicanos. Por eso las reliquias nunca dejan de ser útiles. En el recodo vecino recuperaron dos y el otro desapareció con dos cañones. El Yaque. Prefería ver exterminados a sus antiguos compañeros a que se desacreditaran de esa manera. Desde antes de salir de Santo Domingo había avanzado su opinión sobre los hombres que tenían que batir. Pero desde que los asaltantes alcanzaron a ver formándose el clásico “cuadro”. cuando se le creía convencido.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Y. Confiese que no era menester tanta cautela. desarrapados. dificultaba el paso de las municiones y la artillería. Pedro Florentino es de ímpetu inicial arrollador. a pesar de eso. en creciente. para él. cuida al enemigo herido y fraterniza con los prisioneros. Marqués. sentía un criollismo incurable. –dijo con sorna La Gándara. En el caudal de aguas ocres patalearon cuarenta y siete españoles heridos y diez muertos. —El 31 de enero –¡desde hace tres días Mariscal Puello!–. o vomitado río abajo por el remolino. daba una vuelta y se presentaba con una rama de espinas. hundido. ¡Paz! ¡Retirarse con su familia a un rincón escogido del Cantábrico. Estas no las fabrican ahora: las hicieron en el extranjero y las “curaron” en Haití… Las conseguí por medio de mi compadre Bucán Ti Pie…. y de cuando en cuando lo invadía una honda nostalgia de paz. y el pavor con que huyeron dejando sus muertos. como de gente bisoña que llegaba enardecida y no podía detenerse. El Excelentísimo Señor Don Manuel Pereyra y Abascal. Un salvaje que respondía con señales aprobatorias y. el Marqués de la Concordia. Repugna las estratagemas. “Luperón es directo. veterano de las campañas del Danubio y de Crimea. cuando fueron atacados por los nativos que avanzaron hasta la margen occidental. torrencial. y animal de raza fina.

pelo lacio y vestidos de colores vivos que contrastaban con el luto general. es cruel. de quéqueres y de huevas secas de pescado. En cuanto a las de Lemba eran ellas y su barrio 152 . En el escándalo intervinieron las de El Naranjo. plátanos. Un pesado olor a pescado. de un trigueño pálido y de ojos lánguidos. sin embargo. trascendía del mercado. pánfilas de comer viajacas con coco. les respondieron a gritos. ¿Quiénes eran las de Lemba? Unas chinchosas y embusteras. al ponerse el sol. ¡Si conocerían ellas el caballo prieto del General! Para las de Lemba y Las Saladillas. llegaron como las de El Naranjo. ristras de cebollín. a miseria pública. cargadas de sartas y canastas de viajacas. ¡Mentira!. de tostado rostro. De improviso las mujeres de Cristoba. El empuje fue fragoroso y violento al iniciarse. Los soldados se juntaron con las mujeres piropeándolas y comprando lo que necesitaban y lo que no necesitaban. andullos de tabaco.  Las mujeres de Cristoba. a macho cabrío. Durante media hora se mantuvieron a la ofensiva. Parece genero como Luperón y.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS irrefrenable: le incomodan los heridos y los prisioneros. Varios muertos rodaron por un barranco y asustaron a los caimanes. con el dorso de la mano izquierda en el cuadril y manoteando con la diestra. hasta reducirse a disparos intermitentes. bajaron con rosquetes. de lebranches. pero con su testarudez natural insistió en que debían continuar a marcha lenta. y flotaba como si fuera emanación del pobre río. Lo extraño esta vez fue que no se vio al enemigo y que las bajas que causó fueron en su mayor parte de oficiales: ¡como si los estuvieran seleccionando! Ocuparon Neyba al anochecer y la encontraron vacía de hombres. Las de Cristoba eran las que habían visto al madrugar ese día a Pedro Inacia y a Angelito Liberata llegar por la laguna “pusando” un bongo nuevo. Ellas eran las que habían visto pasar por su sección a Ángel Liberata con los rinconeros y los de Petit Trou cargando muchos cañones. A la sombra de frondosos mangos y barías se agrupaban formando mercado al aire libre y discutiendo el trueque de los artículos de consumo. El día cinco. pero los tiros fueron cediendo en disminución gradual. Y al primer encuentro el General Ángel Félix atacaba como un tonto y corría como un cobarde. quesos de chivas. cocos. Las de Cristoba y El Naranjo no le iban a hacer caso a esas infelices de Las Saladillas ¡Jesús! (Escupían cuando las mentaban). Eso había dicho. Dos días después llegaron a La Salina. Esas perras se querían lucir delante de la gente. desde que la artillería realista entró en acción y los invasores formaron el cuadro. Embiste como Florentino y se escurre como la culebra”. a Pedro y a los Florián. que venían de Las Damas en compañía de “El Torito e May Juliana”. Ángel Liberata Félix es la trampa. Estaba casi convencido de su error de apreciación. con unas cargas grandes de cañones. graciosas. Lo pasaron del río Yaque por el caño de Rincón cargado de cañones y balas. Las de Lemba y Las Saladillas. oyeron cantar los gallos de Neyba y se disponían a entrar en la aldea cuando en Las Cabezadas de Las Marías atacaron la retaguardia. comenzaron a insultar a las de Lemba. las de Cristoba y El Naranjo eran unas piojosas. Las de Lemba y Las Saladillas fueron las que vieron “al romper el nombre” a Ángel Liberata. Los disparos hostiles siguieron sonando toda la noche. de los corrales vecinos. Al General le arañaba la barba el pecho al paso de su caballo.

A poco oyeron dos. o cabalgando en un burro hasta Barahona. deseando que se precipitara el final de los sucesos. seis. De las de Cristoba y El Naranjo sí “que naide podían dací que les tenían la cola pisá… Lo único que podían decí de ellas era que sabían salir algunas puta… ¡Y eso!” Un soldado le dio aviso a un oficial y el oficial a La Gándara. En la mañana siguiente amanecieron degollados los últimos centinelas. Entró en acción la artillería. los realistas. Sólo allá. ceibas. cocoteros. ocho disparos. ni huella. Los 3. mangos. ni señal del enemigo percibieron ese día. La Gándara acabó riendo con fingido asombro de las sandias salineras que la misma noche a la misma hora vieron llegar por el Este. Una espulgó el pliegue del pañuelo que le aprisionaba la cabellera y extrajo un fósforo de peine. decepcionadas. que son cruce”. 9 zapadores de la escolta del Capitán General. El combate se generalizó. que halaba su asno para librarlo 153 . en repliegue. un oficial creyó divisar con sus catalejos. detrás de los cuales salían mortíferas balas. Un silencio profundo bajó de los cerros. iban comunicando el fuego de uno a otro cachimbo. que nunca hablaban embuste”. Enviaron a un pelotón a requisar bestias de carga del lado del sur.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II tan fatales que al pasar por allá al río se le salaba el agua.  Amanecieron degollados los centinelas y desjarretadas las cabalgaduras. 8. El Marqués cañoneaba troncos de barías.  Cuando se borró la púrpura del poniente. cuando cruzaban caldeados de sol los áridos salitrales de La Madre del Muerto. (Y formaban cinco cruces con los dedos de las manos). A una mujer. El Marqués oía y callaba. Luego se despidieron hasta el sábado siguiente enviando mutuas memorias y riéndose del jefe español. Todas ellas era mujeres “honrás y de palabra. “El sonso ese va a sabé aonde carga el maco la manteca. aunque fuera aventando al duende a cañonazos. hizo fuego y encendió un cachimbito de barro. se impuso en la aldea y se extendió sobre el lago vecino. a su generar con crecientes cargas de cañones. ¡Como si el hijo de Liberata no pudiera está a la mesma vez en los lugare que que le dé la gana!” Se apretaban las verijas temiendo reventar de risa. quien hizo llamar a las mujeres para someterlas a interrogatorio.000 hombres de La Gándara quedaron listos en un instante. cuando les abrieron fuego del lado de oriente y cayeron 7. por el Sur y por el Oeste. Se juntaron unas a otras y. la sombra de un jinete fugitivo. “por ésta. esperando órdenes. para salir de tan inhóspitas tierras. Se afirmó la ofensiva y regresaron. El resultado fue desconsolador. contados con cerradas descargas. Cada grupo corroboraba lo que decían las del otro. a los conucos de los Terrero. lo frotó reciamente en una chancleta. en la linde casi imaginaria. Ni un hombre. ladeando los rostros. Las mujeres se retiraron charlando amistosamente. en los pequeños remansos croaron los batracios. En seguida se trabó la lucha de tal modo que lo oídos atentos apenas diferenciaban el estrépito simultáneo de la fusilería de los regulares. Cuando llegaron a la presencia del jefe español estaban todas de acuerdo. del graneado tiroteo de los nativos. ni eco alguno de voz varonil. El General español podía jurarlo. El Capitán General tendría que ir caminando a pie. Todas habían visto en la madrugada llegar por sus barrios respectivos a Ángel Liberata.

semejante a un desprendimiento de la altura. ahuyentó las visiones. irritados. embistieron al cerro. 16 de agosto. el Ayudante del Marqués y un Teniente y muchos españoles. y parte de la mujer y la cabeza del asno quedaron adheridas a una ceiba. bajó con la voz matando a doce hombres. meneadas por el terral. Los Tres Reyes. Creía ver la aldea de Barahona transformada en una ciudad inmensa que comenzaba a vivir vida futura. Con la aurora las luces creaban formas fantásticas a los ojos de Ángel Liberata Félix. y prisionero el Ayudante. repercutiendo. Se deslizaron los cañones del lado opuesto y. del lado suroeste. le explotó en el pecho una metralla. con pretensiones de recuperarlos. junto a obreros de todas las naciones. aguaitando. Volutas y grumos rojizos se desprendían de las gigantes chimeneas de fábricas donde trabajaban. Ignoraban e ignorarían los sacrificios y los nombres de él. Sus barbas de chivo padre. Entonces fue cuando. Las Siete que Brillan y se apagaron Los Ojitos de Santa Lucía… Empinado sobre un peñón de Las Balizas. desde la cresta de un cerro cercano. en las espeluncas del Bahoruco y la sagrada cordillera se enarcó. y los españoles se fueron. 154 . Cuando La Gándara y Puello llegaron a Barahona. ningún ojo vio cuando le alzaron el brazo y le abrieron la herida que hace enloquecer. pacíficamente unidos. pero muchos oídos oyeron una macabra carcajada y un cuerpo y una cabeza rodando ladera abajo. Un silencio ancho y hondo bajaba de la eminencia y se extendía cubriendo el valle de Neiba. La Isabela y Cachón Pipo se deslizaban cantando… porque en aquel lugar le habían cortado el ombligo al Jefe del Sur. acosados.  Se hundieron en occidente Las Tres Marías. de todos lo anónimos fundadores.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS de riesgo. Entonces. barriendo al Marqués y dejando fuera de combate uno de su cañones. quedaron abatidos el Teniente y dos soldados. brumoso. porque Ángel Liberata había vuelto a pelear. El Uvero. Continuaron el tableteo agresivo y las descargas cerradas de la fusilería. esa es la paz! Y un tronido. El relincho de su caballo tuvo repercusiones de clarín. había adquirido los caracteres de la derrota. a un deleite que asomaba. buscando el mar. En las estrechuras los soldados de la impedimenta se escudaban con los heridos. —Capitán: me estorba ese hombre… ¡Cójelo!. el paseo triunfal de los vencedores de Azua. Rugían y volvían a rugir los cañones con que el Yaque contribuyó a luchar por la República y. rugió la voz formidable: —¡Concordia. 1936. miraba él cómo ardían las casas y miserables bohíos iluminando la orilla del mar por donde se retiraban los invasores. en un choque cuerpo a cuerpo. Volvieron a sonar tronido y voz. hizo lumbre en su yesquero. La refriega continuó a lo largo del camino. pasándose la mano diestra por la cara. españoles y dominicanos. encendió el cachimbo. impreciso. La exaltación de la lucha fue cediendo a un sentimiento nuevo. Cuando pasaron por el caserío de Rincón. de los 820. ordenó la voz terrible: ¡hazlo reír!… Y como el subalterno se apartó con el Ayudante prisionero. los arroyos La Peñuela. como el hálito que le denunciaba la existencia del Yaque lejano desembocando en la gran bahía de aguas tranquilas. le acariciaban el pecho. pisó estribos y tomó la ruta por donde iría a averiguar qué había sido de Candelaria Ferrera. Adusta y sombría se alzaba a sus espaldas la cordillera maternal. de Baní y de San Cristóbal.

mi patria? —¡La tierra! –dijo Plutón con sorna también– Pero desdichada. haciendo verdaderos prodigios de perspicacia y tacto. empezó a ceder y aun a tratarla con cierta dulzura desacostumbrada. en vista del terreno ganado. por ella compartido. y como hasta él llegaron sus lamentos y Júpiter se enterara de la desavenencia. Ahora bien. mejor quisiera estar en la tierra! ¿Por qué me arrebataste de ella. ¡Cualquiera se habría acercado a calmarle en aquellos momentos. y tales son los motivos por los cuales le hallamos tan sombrío. novelas y ensayó piezas de teatro. Plutón no quería pensar en ello. —Valiente corte la tuya –exclamó ella con sorna–. se sostuvo en la ofensiva. tienes una corte a tus pies. el rey tomó el partido de convencer a la reina de que aún mucho peor que el infierno es nuestro desdichado valle de lágrimas. cuando su rostro mostraba el sordo furor que rugía en su pecho! Plutón tenía mal genio de suyo. Son los mismos. se había encarado con él para decirle con sobrada impertinencia cuanto a la boca llevó su rebeldía. Y aunque el rostro del marido habría impuesto respeto al mismo Hércules. Al escuchar el cruel insulto. y como su reino no estaba en condiciones de alegrar a nadie. 155 . la Calumnia. y dirigiéndose a su habitación empezó una larga perorata llena de elocuencia. la que arrojé de aquí. la Envidia a mis pies! ¡Ver de continuo los feroces rostros de los hijos del infierno. en fin. con un humor más negro que su reino. mentira! Allí no tienen rostros tan feroces como los que aquí me rodean. —¡Tonta! –exclamó él con desdén. Proserpina puso el “grito en el cielo”. No hay para qué decir que Proserpina. ella. se paseaba por las galerías de su palacio. ¡Reniego mil veces de la inmortalidad aquí. ¡Tener el Vicio. su cara mitad. en sus días malos causaba verdadero pavor verle. una mujercita fina y delicada como una alondra. *V. presentando ejemplos. exponiendo por primera vez desconocidas dotes de oratoria. que ella me condena a la eterna contemplación de vuestros sombríos dominios! —No te quejes –replicó él con admirable calma. había amanecido caprichosa. E. mis cortesanos. datos conmovedores. que sólo me causan horror! ¡Oh. ¿no sabes que la tierra es un infierno. y que si allí fueras reina tendrías a tus pies una corte igual a la mía? —¡Mentira. no queriendo Plutón desacreditar su alardeado temple de voluntad y su poderío y no viendo que de otro modo pudiese calmar a su mitad.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II VIRGINIA ELENA ORTEA (1866-1903)* Los diamantes de Plutón Plutón. Proserpina. oh Destino? –gemía sin importarle nada las arrugas que se multiplicaban en la frente de Plutón–. la más vil de mis hijas. quejándose amargamente de la lobreguez de aquel reino. inconforme. Parece que después de meditar detenidamente el asunto. pero disfrazados hábilmente y guiados por aquella. Eres reina. retratadas en sus rudas facciones todas las durezas de su corazón. la Crueldad. no tardando en declarar que abandonaría su triste mansión para volver a la tierra. explicándose con calor. Ortea escribió cuentos. —Por qué estoy en este sombrío palacio. gesticulando y hablando. aunque nadie le escuchaba. como energúmeno. y allá fijó su residencia: la Hipocresía.

para lucir en él sus esplendores. los arrojó con ímpetu al infinito. seguía en sus trece la diosa del Infierno. Proserpina se dedicó desde ese día por completo a sus nuevas joyas. Y volvió a gemir sin consuelo. pero ello es que la Soberbia y el Orgullo se habían hecho consejeros favoritos de su Alteza. lanzando un grito de sorpresa y placer al ver los apagados carbones convertidos en piedras que lanzaban cascadas de luz fosforescente de un brillo fantástico. comenzó a llorar amargamente. que con nada puedo realzar aquí mi belleza! —¡Flores dijiste! –gritó el dios. por primera vez. y a su vez habló interpelando a sus perdidos bienes: 156 . no había tenido día tranquilo. Yo te daré algo mejor para que te adornes –añadió metiendo la mano en un horno encendido que por allí había y sacando algunas brasas que apagó entre sus nervudos dedos. furioso. se apretaba las manos una con otra. abre tus bellos ojos y mira… Ella por curiosidad miró lo que le ofrecía. Seréis causa de crueles ambiciones. la contemplaba cada día más vanidosa. y ella. ya tienes las flores que aquí se producen. de viles deshonras. —Me voy para ese Paraíso que tales adornos produce –chillaba ella sin el menor respeto a su categoría. mujer –dijo–. y empezaba a juzgarse. Nada tuvo que contestar el rey del Averno a esta verdad abrumadora y bajando la cabeza. de infames crímenes. el más desdichado. Y no es esto sólo. o más bien rugió trémulo de ira–. librándose así de la furia que aún quedaba en el pecho de su rey y marido. que en joyas había convertido un diablillo inteligente a las “flores” del infierno. —Toma. quejándose… de que en la tierra había “algo” bueno que no tenían en el infierno… flores. y la cegaban con maña. Sabido es que así sucede… casi siempre. Verdad que a cada razón del marido opuso ella una réplica más o menos oportuna. que no entiende de razones! Toda aquella alocución cayó en saco roto. —Te burlas de mí –clamó ella rechazando la mano de su esposo–. quiso subir al Olimpo. que sin cesar adornaba con las fosforescentes luces de sus joyas… Llegó el caso de que el desdén de la reina alcanzara a su mismo compañero. y erre que erre. Atraeréis a la Envidia hacia vuestro brillo funesto. mohíno. de desdichas sin cuento. radiante de pedrería. En tanto él se reía a más y mejor al depositar en la falda de su aturdida mitad los brilladores carbones. —No me burlo. La Envidia había revuelto a los habitantes del Averno promoviendo una verdadera rebelión. —¡Malditas! –gritó. ¡Desdichada de mí. Las cosas llegaron a su colmo el día que Proserpina. más necia. al verse vencida en aquel torneo de palabras. y las delaciones se sucedían ante el trono. La Perfidia trabajaba activamente en ella. No se desanimó él.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ¡Pero cualquiera convence a mujer de cabeza dura. Plutón. desde el malhadado asunto de los carbones. deslumbrador. ¡Seréis fuego de infierno para quien os desee! A estas voces volvió en sí Proserpina. y arrancado los diamantes a la reina. y continuó demostrando con irrecusables verdades sus razones. de modo que el rey. Plutón no pudo resistir su ira. con menoscabo de su majestad y exposición de un rompimiento peligroso. más pegada de su belleza. que por nuestra desgracia acertaron a caer en los abismos de la tierra. Proserpina cayó presa del más espantoso ataque nervioso. furia que desahogó él en las desdichadas joyas. con tal fuerza.

157 . osado e inteligente. Por eso contestó con presteza: —Por el contrario. Así lo pregonaban el límpido fulgor de sus ojos y la dignidad y sosiego de su continente. iracundas. publicó Toeya. deslumbrando. llamado Tamayo. Nitaíno: –cacique subalterno. Sombra de pasión. Pertenecía a la noble raza de los arahuacos. cuando cumpla los catorce años. El nitaíno. Nonum: –luna. me veré precisado a laborar en las plantaciones y en las minas. como todos los hombres de su estirpe. pacíficos pero valientes en grado sumo. Opia: –alma de los muertos… Maboyá: demonio. Pero debo advertirte que la aventura que has soñado es harto peligrosa y otros más denodados que tú han perecido en la demanda. que todos llevamos en el alma el germen de la *Virginia de Peña de B. ¿Por qué no desistes? Te asaltarán criaturas extrañas como jamás soñaste conocer. Su constitución emotiva demostraba que. era soñador y capaz de entregarse a la meditación. Era hijo de uno de los nitaínos más valientes y había aprendido de su padre a usar el arco y las flechas con maestría sin igual. y las Opias de sus mágicas leyendas. —¿Es posible –preguntó en su sonoro idioma antillano– que te sea indiferente perder la vida? Has de saber que las selvas milenarias están cuajadas de peligros. Matunheri: –alteza. ¡pero mis pies fueron bastante ligeros para esquivarlas! Sabía que me esperaba en su compañía una muerte segura entre los despeñaderos. padre. Atardecer en las Montañas. Turey: –cielo. pero… ya sé que pronto. —Comprendo… musitó el padre y sus ojos se nublaron repentinamente. pues no esperaba semejante confesión de su hijo. donde imaginaba que moraban aún las Ciguapas de luenga cabellera. el cabello sobre que os asentéis con fulgores de aureola! Y Plutón. Guabancex: –diosa de los huracanes. escuchó la petición de su hijo con un destello de comprensión en la mirada y sus labios se comprimieron con gesto apenado. anciano de severo semblante y porte altivo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —¡Benditas! Ya que no puedo poseeros. Ciguapa: –mujer legendaria. ¡llevad al pecho de la mujer que os posea los encantos que el mío ha gozado! ¡Embelleced la garganta. y como me resta tan poco tiempo de libertad. —¡Bah! –contestó despectivamente el chico–. 1 Eracra: –templo. con la cabellera al viento y los ojos desorbitados. ¿Acaso te encontraste con ellas alguna vez en tus andanzas por los montes? En la mirada del anciano relampagueó el recuerdo. y Cuentos para Niños. añadió burlón: —¡Brillad. —Aún me parece verlas: pálidas. ¿Acaso lo ignoras? La expresión del chico era el anverso de una decepción. Caobay: –el purgatorio. bien quisiera aprovecharlo. vivía en tiempos de Cristóbal Colón un indiecito de unos trece años. novela (1949). calmado su enojo. lo he oído comentar muchas veces. Creen que todos los humanos somos hijos de Maboyá. cuyos pies marcaban huellas en dirección contraria adonde se dirigían. rica en leyendas gloriosas. sobre las cabezas que queráis perder! VIRGINIA DE PEÑA DE BORDAS (1904–1948)* La eracra de oro1 (Cuento para niños) En esta tierra quisqueyana. Un buen día decidió solicitar el permiso de su padre para ir en excursión a las montañas del Bahoruco.

Hoy es poco menos que inútil para defendernos de los guerreros de pecho de hierro que nos esclavizan. Sin pensarlo más. dijo blandamente: —Los indios no escatimamos la ocasión de hacer hombres valientes de nuestros varones. como de una gema que hiriese el sol. La piragua. hurañas. se deslizaba ante el sol. el nitaíno contestó: —Ambas están a tu disposición. aunque mi hacha te serviría de poco: ¡hoy no es más que un símbolo! Trabajada con esmero y tesón durante mucho tiempo. ornada de árboles florecientes. pues al tocar los remos la superficie lisa y brillante del lago arrancáronle chispas luminosas. No cabía duda: ¡eran ciguapas!. cuyas cabelleras luengas y sedosas las cubrían enteramente. elevaba al cielo la alegría del trópico. ¿Sería la mano de algún Cemí que la retenía? ¿Es que estaba vedado pasar por allí? Algo semejante debía suceder. como si de repente hubiese echado raíces. los Caribes. creyó ver ojos humanos que le atisbaban. —Gracias. Todo era brillantez y luminosidad cegadoras. El rostro oliváceo del indiecito se tornaba cada vez más jocundo. Por eso te ofrezco la piragua: puede servirte mejor… ¡Ve. me haces el más feliz de los mortales. el Ser Supremo. aunque sentía clavados en él sus ojos desafiadores. Como sucede a menudo en el trópico. La floresta.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ambición y el desenfreno… ¡Y quizás estén en lo cierto! No perdonan ni un pensamiento impuro ¿comprendes? —¡Ah. astillándose. saltaban audaces de rama en rama. no sabía qué partido debería de tomar. Acto seguido se encaminó al grupo que le miraba con atención. Eran criaturas pálidas. Está concedida tu petición. llamándole la atención. tan fieros como valientes. y que Luquo. Aquella había sido la existencia bendita de sus antepasados. más que nunca anhelo ahora subir al Bahoruco! Padre. Tamayo conocía sus implacables y frías decisiones. como un manto. ¿me concedes tu permiso y me das tu bendición? El nitaíno no albergaba ya pensamientos de liberación. el crepúsculo caía rápidamente y el paisaje entero se envolvía en sombras de misterio. como una sombra. pero no avanzaba en modo alguno. El lago de Jaragua era una gema irisada de divinos matices. La luna en el horizonte era un espectro pálido. henchida de trepidaciones y ruidos apagados. Estaba perplejo. Ya estaba allí y era indigno de un taíno volverse atrás. La canoa. que colgaba de un árbol de la ribera. padre –agradeció entusiasmado el adolescente–. ¡La masa de sus aguas se había petrificado! Alrededor la tierra era toda bermeja. Pájaros diversos de vistosos plumajes. bendiciéndole. que moteaban el agua de sombra y sol. por tanto debía proceder con cautela. hijo mío. de pulida caoba. se deslizaba bajo los árboles de ramas caídas. Percatóse con asombro de que su piragua se había inmovilizado. fue confeccionada para procurarnos el sustento y defendernos de nuestros enemigos ancestrales. ¿Me prestas tu piragua y tu hacha de monte? Quizás es mucho pedir… Vencido por su amor paternal. Notó al acercarse 158 . según los indígenas: abortos de Luzbel. te proteja en el camino! Y arrancando una aromática rama de curía le tocó en el hombro. que se agrupaban en forma de templo. pensó entristecido: ¡la libertad! Y deseando que su hijo la disfrutase. según los frailes hispanos. a despecho de las duras circunstancias de su vida. En aquel paraje reinaba un silencio absoluto y se percibía la melodía del viento entre las hojas. El ruido isócrono de los remos cesó de improviso. Hizo un supremo esfuerzo por darle impulso y los remos se quebraron. Bajo unas palmeras. No le arredraban las enormes iguanas y caimanes que veía deslizarse sobre sus orillas porque sabía esquivarlos. arrastró su piragua hasta la orilla y la ató cuidadosamente al tronco de una ceiba con un fuerte bejuco de jagüey.

Las interpeló. como lo fue Guacanagarí.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II que no eran como las imaginara. ¿Cómo te llamas. como tu piragua al lago! Forzosamente pasarás esta noche entre nosotras y harás lo que se 159 . Hasta ahora nadie había llegado a nosotras por determinación propia. Si deseas conocer las maravillas que encierra esta tierra de tus antepasados. ni a bestias… —¡Ah. eres tan valiente como testarudo! –amonestó la más joven. ni se ha pescado en nuestros ríos… Las frutas más tentadoras caen maduras al suelo sin que haya necesidad de tumbarlas. —¡Qué nombres más extraños! En fin. Harías bien en volverte por donde has venido y tratar de olvidar todo lo que has visto… El indiecito vivía la embriaguez de un sueño y repuso sin amilanarse. cuya voz alada tenía resonancias de cascabeles–. —¡Ah. revelando lo que bullía en su oscuro cerebro: —¡Pues bien. Por lo menos eso le sugería su mente de niño inocente. pues. contemplando los ojos hipnotizantes: —¡Ah. permanece con nosotras una noche completa y conocerás los secretos de los Cemis: penetrarás en la eracra sagrada que guarda las cenizas de los Tres Behiques sabios que enseñaron las artes de tu tierra natal. y he aprendido desde la cuna a no temerle a hombres. ¿cómo os llamáis? —Somos la Indolencia. donde todo es belleza y encantamiento –repuso la Indolencia con voz cansina. pero no es de indios traicionar y les llamo hermanos desde que aprendí a amar a su Dios. —La felicidad existe en el bosque milenario de las ciguapas. logrará vencer al opresor. ya no podrás marcharte. ni alimañas que ataquen al hombre… —No. cuando su interlocutora lanzó una especie de alarido y exclamó exasperada. sin sombra de temor: —¿Serían tan amables en decirme qué paraje es éste y por qué motivo se ha encayado mi piragua en el lago? Me ha sido imposible moverla… —Forastero. es demasiado hermoso para olvidarlo! Y además. amuletos que llevaron al cuello los caciques ya desaparecidos. ya comprendo! –masculló con sibilante acento–. Las ciguapas se miraron entre sí. pero hay criaturas que nos ofenden hoy más que las bestias: hombres vestidos que hacen daño a los nuestros… ¡Deben perecer todos! —Cierto. Ya veis que no os sirvo. chiquillo? —Yo me llamo Tamayo… Y vosotras. Y cuenta cierta conseja que el valiente que logre ceñir a su garganta esos preciosos ornamentos. Allí existen tesoros incalculables. preguntas muchas cosas a la vez –contestó la que parecía de más edad– y eres demasiado joven para aventurarte por estas soledades. lanzando al chico una mirada perversa. la Oscuridad y la Superstición. quien creyó encontrar amigos en los maguacochíos y abandonó a los de su propia raza… ¡Infeliz! Ya el chico iba a dar la espalda malhumorado. Serás traidor a los tuyos. Los ojos de la ciguapa Oscuridad lanzaron chispas de furor. soy hijo de nitaíno. golpeándose maquinalmente las rodillas con dedos que remataban en afiladas puntas. mal que te pese! ¡Tus pies se adherirán a la tierra. deseaba conoceros y pensé que quizás me enseñaríais donde se encuentra la felicidad en esta tierra nuestra. Tan sólo debes probarnos que eres valiente a toda prueba… ¿No te tienta la aventura? —Sí que me tienta… pero no sé a que llamáis valor. sino criaturas demasiado jóvenes y hermosas para causarle daño a ningún mortal. y añadió bostezando–: Jamás se ha cortado un árbol. ¿Enfrentarse acaso a las bestias feroces? No existen en esta tierra nuestra animales.

y dijo con sorna: —¡Vaya que eres valiente entre las mujeres! Al parecer sólo los hispanos te intimidan… Mira. —¡Aquí no se puede respirar –suspiró el indiecito– y además hace un frío horrible! —Olvídate de tu condición de humano y será como si fueses divino –aconsejó la ciguapa Superstición con voz casi inaudible. con que ya veis que no podéis intimidarme. —¡Pues tanto mejor! –dijo con aplomo al cabo de breves instantes–. es la luna roja de las ciguapas. como si le abanicase un huracán.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS te ordene en todo momento. Seguro de hacerle frente a las más duras pruebas comenzó a nadar sosegadamente. propicia para las moradoras del bosque. pero su altivo semblante apenas trasuntó una leve emoción. buscando escondrijo entre los juncales del río. Dentro de unos instantes bajará hasta nosotros y nos servirá de carruaje. Tamayo comprobó que olvidándose de sí mismo sentía un agradable bienestar y aunque volar en compañía de aquellas hijas de Maboya era por lo menos anonadante. ¡Jamás oí decir semejante cosa! –añadió despectivo. Todo parecía escarchado y en penumbra. —Pues yo estoy convencido –aseveró el indiecito con entereza– que sólo Dios puede acelerar nuestros días. con que abandonarse a su sino sería lo más acertado… –y volvió a bostezar como si el sueño la venciese. Estás completamente a nuestra merced. embozada en nubes. además. La suerte está echada… Me consuela que no podéis quitarme más que la vida: he aprendido de los frailes hispanos que el alma es intocable e imperecedera y en cambio la materia es barro vil y deleznable. Cortábale el aire la cara y zumbábanle los oídos. con que comienza a rezar por tu alma. pero adversa para los mortales. ¡cuánto ruido! ¡Cuánta gente! Por eso dijo con llaneza infantil: —Mucho me gustaría poder permanecer aquí: ¡es más bello de lo que soñé!… —Desdichadamente tornamos a la tierra. pero recordó las mágicas palabras de la Superstición y olvidó una vez más su condición de humano. muy semejante a un bufido. esta noche la luna tiene dos alas. Los perfiles de las altas montañas hacíanle sentir una admiración reverente. como lo había hecho mil veces en compañía de sus amigos. Tamayo sintió que se erizaba su cabellera porque se elevaban vertiginosamente. La luna se ha cansado de volar y tú has salido airoso de esta prueba. En el silencio que siguió a esta declaración tan inesperada se adivinaba la sorpresa del muchacho. si no quieres caerte desde las nubes –ordenó la ciguapa mayor– porque aunque no lo creas. a cada cual le llega su fin. De pronto sintióse sumergido en las aguas de un río y creyó que iba a perecer ahogado. llamada Indolencia– preocúpense o no los mortales. ya vamos emprendiendo el vuelo. Y allá abajo. 160 . experimentó la emoción incomparable de ser mago o cemí al trasladarse con tanta celeridad de un mundo a otro. que los astros bajen hasta nosotros. —No tienes por qué intimidarte –bisbiseó la ciguapa más joven. Volaban por encima de la luna en fantástica procesión y el chico contemplaba a su placer lo que otros hombres imaginaban apenas. —Pues agárrate bien. Descendían. de una belleza deslumbradora y tranquila. La ciguapa Superstición lanzó una extraña carcajada. Es inconcebible. Por lo menos eres valiente y sereno –comentó con menos aspereza la ciguapa Oscuridad. y el descenso era aún más vertiginoso que la ascensión. agarrados unos a los otros.

Tamayo guardó silencio. la planta del hombre jamás había hollado aquella tupida selva. ¡Así me escuche Luquo! —¡Ah. oprimiéndose el pecho con orgullo–. empuñaré las armas y haré la guerra contra los invasores a la manera de mis antepasados. creímos que eras cristiano! ¿Acaso es Luquo tu Dios? —Para mí. como para mi padre. Veía por todas partes criaturas semejantes a las que le acompañaban. Como finos encajes. adornada de helechos arborescentes. Di. Luquo es Jesús. siempre vela por nosotros y perdona nuestros yerros. se detuvo ante él con el brazo extendido en ademán de reto. como fulminado por el rayo. muere en el acto. No importa lo que le llaméis. Macorixes y Ciguayos. la más erguida. Su rostro volvió a tomar su expresión jocunda. el más valiente de los quisqueyanos. Algún día cuando él sea tan sólo espíritu. partirás con nosotros a la tierra de las sombras. la guajaca colgaba de los árboles y flotaba con la brisa. diciendo: —Por segunda vez te ha salvado tu buena estrella… No tenemos reproche alguno que hacerte y ahora vas a conocer la eracra de oro y los orígenes milagrosos de tu pueblo. Mirándoles pasar caían sus lágrimas ocultas como lluvia de fuego sobre su corazón. Matunhetí. le rodearon de nuevo. Apesadumbrado. seguido de cerca por sus celosas guardianas. preferible mil veces a vivir avergonzado ante los hombres de tu estirpe. había conservado puro su corazón y alimentado su alma con las enseñanzas milenarias de sus mayores. ¿qué eres? El indiecito sintió un tumulto en su corazón al proferir: —Soy indio y siento como indio. Entonces las ciguapas. como niñas traviesas y turbulentas. La bondad inesperada de aquellas hijas de Maboyá le pareció un buen augurio. No había allí claridad ni de noche. pero continuaba nadando rítmicamente. parecían las de caciques destronados. que habían permanecido tranquilas y observantes. algunas con aquella expresión intimidante en sus rostros de belleza perturbadora. que alumbraban a trecho los cocuyos formando cascadas de luz. Tamayo reconoció entre el grupo a Caribes. en los cuales advirtió grupos que parecían solazarse en las aguas. altivos y desafiantes. Que Luquo te conceda la mayor de las glorias humanas: ¡luchar por tu patria! Hieráticos y solemnes deslizáronse unos tras otros. pero tengo un padre anciano. como lo sois vosotros. —Está bien orientado. todo clemencia y comprensión. negras como la endrina. –concedió el cacique de la Cibuqueira–. ya que la espesura del bosque era tal que apenas se filtraba la luz de la luna por entre el espeso ramaje y sólo podían avanzar marchando de uno en uno. coronadas de plumas sus cabezas de largas cabelleras. quizás largo tiempo desaparecidos. que quisimos morir por echar de nuestro suelo al usurpador. de la raza que dejaba crecer sus cabellos como símbolos de su hidalguía. compañeros. La vegetación lujuriante. Había riachuelos y cascadas. cual si fueran arrastrados por el ímpetu de la corriente. Mi rebeldía está aquí –confesó. —Si no eres de los nuestros. un Ser Omnipotente. De su muñeca pendía el grillete que le permitió reconocer a Caonabo. Marchaban unos tras otros. Las sombras que le rodearon bajo las aguas no eran tan sólo las de las ciguapas. Por fortuna. En ninguna época ha pisado allí criatura viva y el impío que pasa inadvertidamente por aquel sacro recinto. Y emprendieron el camino. cortinajes foliáceos y altísimas palmeras era un espectáculo imponente en su grandeza milenaria. Es de los nuestros… Así podemos marchar en paz a la región del Coaibay. ni de día. Una sombra. quien ha padecido ya bastante y temo por él.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Las aguas turbulentas se cerraron sobre su cabeza. Para él aquel inmenso bosque 161 .

con medallas y amuletos. como si la mano invisible del genio de la noche se hubiese extendido para darle paso. Contemplábalo todo absorto y maravillado. representados por caprichosas figuras en oro sólido. El templo osciló. cuando sintió una terrible conmoción. fino y blanco como obleas. ¡quizás más tarde seamos tus jueces implacables! Tamayo siguió la ruta indicada. Flamencos de color rosado se alzaban soñolientos. como si amenazase un cataclismo. Agitaba su hermosa melena. huyendo amedrentados a su paso.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS estaba inundado de sombras y misterio. siempre cautelosas y desconfiadas. y sobre pulidas bateas. si una de las ciguapas no le hubiese tomado de la mano para conducirle. con las ropas empapadas todavía. La luna brillaba intensamente y el cielo estaba cuajado de estrellas. negándose a comprender. cargada de aromas. Tamayo no había ingerido alimento alguno en muchas horas. Cesaba la espesura y se convertía en un opulento prado. Llegó al arqueado portal y los dorados goznes giraron suavemente. y avanzaba. que con sólo clavarle sus ojos hipnotizantes recobraba de nuevo el equilibrio y proseguía la ascensión. ornado de arbustos y florecillas olorosas. Como sobre un aparador. En el fondo de la meseta revelóse a sus ojos la masa deslumbradora de la eracra sagrada. Fortalecida el alma por lo que juzgaba un milagro. Ahora somos tus ángeles. y pirámides de cazabe. Ya sólo faltaba el último picacho. Está escrito en el firmamento ¡pero seguiremos siendo cumbres! Tamayo escuchaba con intensa atención. que se le antojaba inaccesible. y una voz tenue se dejó oír por entre las reverberaciones: —Nosotros. estaba colocada toda una vajilla del mismo precioso metal. sin dar jamás la espalda. como de un sol que alumbrase a medianoche. Veíanse frutos exquisitos sobre los cuencos. pero comprendiendo que estaban allí como ofrenda a los Cemís se abstuvo de tocarlos. Escucha lo que nuestros abuelos dijeron a nuestros padres: estas islas son las cumbres de una tierra portentosa que la ira de Guabancex sepultó en el fondo de los mares… Nuestra raza desaparece y renacerá otra más fuerte. dando traspiés por aquella jungla enmarañada. De súbito vislumbró en lo alto un fulgor extraño. frustrado redentor de los suyos? El paisaje cambiaba. En él equivalía a un apostolado la felicidad de los suyos y ante aquella declaración un estremecimiento de rebeldía recorrió 162 . Allí estaban colocados en nichos los Cemís adorados por sus antepasados. a pesar de su ávida curiosidad. apuntando hacia la eracra. ennobleciéndola. hízole suponer aquel recinto un paraíso. los que estamos aquí sepultados durante siglos. Caminaron durante varias horas en silencio: las ciguapas delante. Vacilaban sus pies y se adherían a la tierra. el joven penetró en el sacro recinto y sus ojos le parecieron demasiado pequeños para admirar lo que se ocultaba a la vista de los profanos. trillamos la senda para que las generaciones del futuro aprendiesen a ensancharla. sondeando sus ojos a cada instante. como un gran escudo finamente labrado. y el aroma apetitoso de aquellos frutos variadísimos producíale un cosquilleo en el estómago. veíanse amontonadas joyas de complicados adornos. pero tal era el dominio que ejercían sobre él aquellas mujeres tenebrosas. Ya sentía el frío de la madrugada y un temor reverente invadía su ánimo. en una barbacoa de roja ácana. ¿Verían de nuevo las opias de los caciques desaparecidos? ¿Podría platicar con el bravo Caonabo. Imposible le hubiera sido avanzar un solo paso hacia aquel prodigio. del que consumía la gente principal. Un soplo compensador de brisa. con un fulgor inusitado en sus pupilas insomnes–. negras y brillantes como ébano. —¡Avanza! –ordenó imperiosamente la Oscuridad. apretando a sus labios el puño cerrado convulsivamente.

¡Permite que cuando sea hombre yo pueda luchar por los míos… aunque en ello pierda la vida! ¡Queremos libertad o muerte! Su voz. pregonaba la rebeldía de su corazón. estremeciendo de nuevo el templo y algunos ídolos rodaron al suelo con estrépito. En cambio. Solamente podría ostentar aquellos ornamentos como vencedor. es menester alzarse hasta Nonum por nuestros propios merecimientos! Los ojos del indiecito ostentaban un brillo acerado y su rostro tenía una expresión confusa. cuando irrumpieron en la eracra sus tres jueces fortuitos. En tu alma no anida el rencor contra los opresores. Señor de los cielos. aprende su idioma y estudia sus libros. pero hablemos de ti: has triunfado en las tres pruebas decisivas y ya puedes marcharte en paz adonde los tuyos. y que sea luminosa tu senda! Tamayo escuchaba con un sentimiento indefinible de alivio y quedó como extático ante aquella asombrosa concesión. las verdades austeras del cristianismo con las poéticas leyendas de su patria. pero esta vez eran más blandas sus maneras. Ya se alzaba. la voz hasta entonces apagada adquiría la claridad de un clarín. contemplaba el techo abovedado. que contienen la sabiduría del universo. No pudo menos que arrodillarse y de sus labios brotó espontáneamente esta plegaria: —¡Ah. porque estás exento de soberbia. La frescura y virginidad de su alma habían desarmado a aquellas mujeres implacables. colocáronlas sobre una de las bateas y añadieron frutas y cazabe al ponerlas en sus manos. mientras Tamayo con lágrimas en los ojos. escúchame y atiéndeme! Estamos exentos de ambiciones bastardas: no queremos oro. pensó con cierta duda todavía. esperando ver allí algún nuevo prodigio. —No venimos a torturarte de nuevo –rió guturalmente la ciguapa Superstición– no somos tan pérfidas como nos suponen…. Reverberaba en su pecho el sentimiento inmortal que eleva el alma de los hombres y se persignó a la usanza cristiana. —Ahora márchate a enfrentar la vida… Ya amanece y ningún mortal debe contemplarme a la luz del sol… Así habló la Oscuridad. pero se equivocaba. que es más potente que las nuestras. —Si pretendes alzarte hasta el turey atiende a la Divinidad. Entre esquivo y emocionado el indiecito no acertaba a dar las gracias debidamente. Pensaba que al fin le habían abandonado sus exigentes guardianas y que podía marcharse libremente. pero antes debo concederte el premio que mereces por tu fervor y desinterés de patriota innato. Para ti son esos preciosos ornamentos. pero las ciguapas recogieron aquellas riquezas. ni civilización siquiera… ¡Todo cuanto te pedimos es la libertad! Vivir nuestra existencia pacífica de antaño. henchida de fervor patriótico. esfuérzate en aprender lo bueno que te enseñan los naguacoquios: cultiva la tierra. El monólogo se había demorado un breve instante para proseguir con más pujanza. ¡No basta morar en las cumbres. que es la fuente de todas las riquezas. ni riquezas. daba fácil salida a sus emociones.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II todo su cuerpo. Desorbitados sus ojos en alucinación. y de aquel modo con gusto ofrendaría su vida… Pero… ¿merecería realmente tal gracia? ¿Acaso no eran todos los indios desinteresados y amantes de la libertad? Quizás era ésta una nueva celada. que algún día ostentarás con orgullo. admirando con curiosidad no exenta de veneración los extraños ídolos caídos a sus pies. En su cerebro infantil amalgamábanse perfectamente la realidad y la ficción. no aceptas el triunfo de otra raza sobre la nuestra… Eres denodado y resuelto y Luquo sabrá premiarte como mereces. Las ciguapas desaparecieron en un remolino de aire. tendidas al viento las 163 . ¡Llévatelos. Las ciguapas habían desaparecido y el joven respiró aliviado. emocionado. libre de sujeciones y tributos.

164 . en marcha. y advirtió que le cobijaba la ceiba. Bandadas de aves revoloteaban mansamente en torno suyo. tendióse satisfecho. a cuyo tronco había amarrado su piragua. Poniéndose lenta y calmosamente en pie. como las de aquellos tiempos en que los medrosos habitantes de esta ciudad antigua no tenían. ¡Yo rogaré a él por ti! *Autor de Fantasías Indígenas . que era un cesto donde había un niño recién nacido. pensó entusiasmado.Crítica literaria. con precipitación. JOSÉ JOAQUÍN PÉREZ (1845-1900)* Las tres tumbas misteriosas La hendida campana de la Puerta del Conde daba las doce de una noche oscura. sintiendo que el sueño le vencía. De pronto se abrió la puerta de un balconcete. moviéndose sus aguas al impulso de la brisa. como para cerciorarse de que nadie venía por las calles. A despertar ya era pleno día y el cielo estaba inundado de luz. Música más dulce no podía ser oída en parte alguna. Y el lago de Jaragua resplandecía al sol como una gema viviente. su rostro pareció transfigurarse. deteniéndose de vez en cuando. volvió y descubriendo el objeto. no lejos de la eracra de oro. ensayando trinos armoniosos. ¡Dios los proteja! Después de dar algunos pasos para salir. para disfrutar de un suculento refrigerio. Miró con delectación hacia el templo. Allí estaba tal como la dejó. había el bulto de una persona. Luego. Flor de Palma (novela) . Le habían trasladado dormido de un sitio al otro. pero éste había desaparecido. Tamayo trataba de analizar el prodigio. El ambiente era fresco y convidaba al reposo. En el ángulo único que forman los de la plazuela de San Juan de Dios. que fue recibido ansiosamente por el misterioso personaje. preguntándose cómo luciría a la luz brillante del sol. con los astillados remos echados a un lado. y allí entregó lo que traía. Sentóse bajo unos mameyes. que no pudiese tornar jamás a aquel refugio o paraíso vedado. pero Dios te salvará. ¿Es que no estaba ya bajo los mameyes? Miró hacia arriba. casi en su totalidad. Recordó al mismo tiempo el regalo de las ciguapas y advirtió la batea junto a sí.Contornos y Relieves (poesías). confundida con la oscuridad impenetrable. el cual. Con los párpados entumecidos aún por el sueño. Su primer pensamiento fue para la eracra sagrada. besó a éste y exclamó: —¡Pobre hijo mío! ¡Adiós! La sociedad te condena. sino un miserable candil de aceite de coco o una chorreosa vela de sebo criollo detrás de un velón de papel amarillento para alumbrar sus casas. sintiéndose bastante desconcertado. Llegó a una casucha de la calle de la Universidad. Fue Ministro de Instrucción Pública. se puso en movimiento. teniendo cuidado de poner a buen recaudo su tesoro. cargada con sus valiosos dones. Sentía una certidumbre tan profunda de su aventura que no la podía desterrar del pensamiento.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS cabelleras e iluminadas sus frágiles siluetas por la luz imprecisa de la aurora. pues el extraño e increíble episodio revestía el carácter de divinos augurios. y de allí descendió algo sujeto a una cuerda. Ejerció la profesión de Notario. porque la tristeza había huido de su corazón. a una mujer y a un hombre. diciéndoles: —¡Ya lo saben ustedes! A las cuatro.

En la madrugada salieron en buenas cabalgaduras los esposos por la Puerta del Conde. No debemos exigir que la seducción de unos ojos de fuego y de una boca modelada para el deleite se combata con ascéticas inclinaciones y prácticas. Dios nos envía este hijo. Ya sabemos. bellísima y tierna adolescente. Y ambos acostaron al niño en una humilde cama. con todos los muebles campestres necesarios y una amplia fresca hamaca de cajón para el niño. Familias de buena cepa. que aquel niño fue la encarnación de aquel amor llamado sacrílego por la Iglesia. varón preclaro y virtuoso. El Señor. eran las del esposo y de su mujer. ir a misa. Martín. llevando al infante. Aquel hogar servía de templo a las virtudes y a la piedad. y la vida de ambos cónyuges y de su única hija Margarita. que sólo la madre de Margarita. —Juana –dijo el marido–. caritativo. el Gobierno confió una comisión importante a don Félix del Prado. y éste hubo de embarcarse para España. que sorbió con avidez. nada hay como tener buen corazón para encontrar la felicidad. doña Cándida Pedrozo. como cómplices inocentes del suceso que vamos a narrar con la mayor brevedad posible. Somos ya padres. con raíces nobiliares. a los siete meses del embarazo de ésta.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II  Quien tal hizo y quien tal dijo era un sacerdote. confesarse y comulgar a menudo. y joven. De aquí al pecado no hubo sino una ocasión propicia para consumarlo. Sucedió que a los seis meses. pues. el padre José puede estar seguro de que le cuidaremos mucho a su hijo como si fuese nuestro. Carne envuelve el espíritu de cualquier santo. mimándolo. se llamaba el padre José de la Calzada. y aquélla es flaca y frágil y se ladea hacia donde se la llama con afán y se la avisa con repetidos contactos. Dejemos que esas buenas almas de beatos sigan criando al fruto de los amores del padre José. sólo por hacer un bien al prójimo. donde se hospedaron en un bohío nuevo y cómodo. porque ella se valió de todos los medios que para tales casos inventa la necesidad de parecer honrada. Y ese alguien único que visitaba constantemente aquella casa y era el árbitro. que vela por los inocentes. —Sí. voz meliflua. mientras la mujer le ponía en los labios un chupón de leche de cabra. Hicieron viaje rápido hasta Higüero. huyendo del contacto de los hombres como de cosa del diablo. De manera. La casa de don Félix del Prado era una de las más respetables de esta ciudad en aquella época. y con él los medios de vivir. 165 . juez y confidente de todos.  Nadie supo en casa de Margarita su estado. Pero éste iba atizando su fuego en el alma candorosa de Margarita con los deseos naturales de amar a alguien. El padre José se dejó llevar y cayó en las tentaciones dulcísimas de un amor sin límites. maneras distinguidas y gran ascendiente. se ocupaban sólo en rezar el rosario. nos lo premiará algún día. Los que recibieron el depósito eran unos infelices y honrados esposos. humilde. recibió de su bija la confesión de su culpabilidad. de buen porte.

166 . vino a Santiago de Cuba. había muerto tres meses antes. Llegó el año 1822 y la invasión haitiana hizo también emigrar mucha gente. tan caritativo. llamadas “Hijas de San Vicente de Paul”. La familia de don Félix fue de las emigradas. Ni a su esposo reveló doña Cándida el secreto. quien tuvo encargo secreto de ponerla en manos de los esposos Belgrano. ocupaba ya posición distinguida. la belleza saliente y de más fortuna para atraer cerca de sí a una corte de adoradores. alcanzó alto puesto en la judicatura y Margarita llegó a ser la niña mimada de los salones. pero sólo iba éste con su hija Margarita. que pasaba por hijo de los esposos Belgrano. Corrieron los tiempos y Felipe Belgrano. debido a la cesión de la isla y a la entrada de Toussaint Louverture en la parte española. arrió el cesto con el nietezuelo. yendo a establecerse en la isla de Cuba. cuando ya de regreso de España don Félix del Prado. que ésta se celebró con inusitada pompa. hubo la emigración de muchas familias a la América del Sur y a Cuba y Puerto Rico. Lo que sí sabemos es que fue modelo de esposas y que aquel hombre la amaba con locura. Todo se arregló de manera que para no dar qué decir. porque el padre José tuvo buen cuidado de no comunicar esto a nadie. Recibió su título de Doctor y a los veinte y un años fue ordenado de sacerdote. y a pesar de que ella no sentía inclinación hacia el galán. que le preguntaba siempre la causa de esa preferencia. Al cabo de algunos meses. Dejó el padre José la mayor parte de su fortuna –que no era pequeña– a otro sacerdote. le revelaron todas y cada una de las circunstancias de su nacimiento sin poder decirle el nombre de su verdadera madre. el hijo de Margarita. la que daba el tono a la moda. aunque sin ver más a Margarita. como otros. ilustrado y de buenas relaciones. hombre recto. El año 1801. un teniente coronel español hizo esfuerzos inauditos para obtener la mano de Margarita. se le hizo creer que su hijo había muerto. porque ninguno como él tan virtuoso. Estuvo en la Habana y no hallando allí colocación. tan en auge entonces en esta llamada Atenas del Nuevo Mundo y de la cual era profundo catedrático en ciencias teológicas el padre José de la Calzada. don Félix. Aprendió en la Real y Pontificia Universidad. En esto murió el padre José y el duelo fue general. tan humilde. No sabemos cómo Margarita se dio sus trazas para que el teniente coronel Uribe la tuviese por mujer honesta. víctima de la tristeza que le causó el golpe terrible de la deshonra de su hija. Al fin. su padre insistió tanto en que se verificase la boda.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Gente de tal copete no hace escándalo ni pone su honra en la boca del pueblo. A ésta. que recibió el padre José. En la Congregación de mujeres piadosas que él fundó. Fueron a Santiago de Cuba. Estos. porque su esposa. a quien él confesaba y administraba la comunión muy a menudo. El padre Felipe Belgrano salió. Muy estimado fue allí el padre Felipe. donde el obispo de aquella diócesis le nombró para el curato de la parroquia mayor. para justificar tan extraño acontecimiento ante su hijo. poseedora de la pureza que había perdido. continuó el padre José visitando la casa como antes. La madre fue la que en aquella noche oscura. figuraba como funcionaria principal doña Margarita del Prado de Uribe.

Al oír el coronel Uribe. Los comentarios diversos y contradictorios fueron el tema de todas las conversaciones durante mucho tiempo. abre con cautela la puerta y presencia aquel cuadro que creía de aterradora realidad para la ofensa de su honra. con los ojos saliéndose de las órbitas. aterrado. Autor de un v. yendo a romper con grande estrépito varias botellas de ron en el aparador de la próxima cantina. 1888)* El forastero José Paniagua se levantó de improviso de la mesa de juego musitando algo por cierto no muy agradable. Pocas personas lo presenciaron. Vetilio Alfau Durán. de cuentos: Pan de Flor. Vuelve entonces la punta de la espada hacia su pecho. para mí y para mi pobre Margarita!  Pasó todo aquello rápidamente. se arrojó a los brazos de su madre. y un día estuvo grave. entre los estertores de la agonía —¡Perdón. hiriéndolo mortalmente. pálido. y Tierra adentro. Al mismo tiempo Paco Marmolejo arrojó las barajas al suelo y desenfundando su revólver le hizo un disparo a quema ropa. contempla aquel cuadro. Y el secreto pavoroso quedó sellado con las lápidas misteriosas de tres tumbas en la necrópolis de Santiago de Cuba!1 JOSÉ MARÍA PICHARDO (Nino) (N. hace esfuerzos para levantarse y grita: —¿Qué has hecho? ¡Has matado a mi hijo!… —¿Tu hijo?… exclamó el coronel Uribe. murmura. mezclada de alegría y de pesar. hiriéndose con furia. 1 167 . vacilante. y algo como el soplo de la locura pasa por su espíritu. Opinaron los galenos que moriría. Solos ambos en el amplio aposento. los sollozos y los ayes. ve que su esposa cae también exánime. –¿Tú hijo?… Y atónito. y sólo unos cuantos jugadores Este cuento se consiguió por cortesía del Dr. quedó muy enferma. y cayendo a los pies del ensangrentado lecho conyugal. El proyectil rasguñó el robusto cuello de José. Sin pérdida de tiempo Paniagua le hizo fuego a su agresor. novela –1917–. El incidente sobrevino tan rápidamente que nadie pudo intervenir para evitarlo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Doña Margarita iba a tener el primer hijo de su matrimonio. *José María Pichardo: Periodista. y se la dispuso para la confesión y recibir los auxilios de buena cristiana. ante la imagen del Redentor. De Pura Cepa: narración –1927–. y se avanza sobre el sacerdote. Fue el padre Felipe a recibir la confesión general de la enferma. De resultas del alumbramiento. exclamando: —¡Muere! ¡Infame! ¡Traidor!… Doña Margarita. Rápidamente empuña su espada. lo perdió. atravesándole por la espalda el corazón. ante la revelación del secreto de su existencia. Dios mío. desde la pieza contigua. hizo doña Margarita la relación de toda su vida pecadora al padre Felipe. sobre cuyo rostro saltó la sangre del padre Felipe. cuando llegó el momento de dar a luz. porque ocurrió ya de madrugada. derramando ambos copiosas lágrimas en medio de la más profunda emoción. quien.

En los días de mercado. He matado a Paco en legítima defensa. Llegan constantemente recuas de animales de carga. acuden de las secciones vecinas y de los parajes próximos innúmeros campesinos a vender los productos de sus afanosas labores: café en grano. Un año más tarde el poblado de El Carrizal tuvo el honor de ser elegido por José Paniagua como sitio de su residencia. y le colocaron cerca de la cabeza una vela encendida. recados de montar. según él mismo decía. construidas de tablas de palmera y techadas de hojas de cana. a la falda de una alta loma poblada de pinos. tabaco en rama. y muy pronto el negocio prosperó. Locuaz. —Ustedes vieron lo que ha ocurrido. galanteador y buen tipo. especialmente de maíz y habichuelas. Después del trágico acontecimiento. en una extensa enramada con amplio patio. José Paniagua se retiró con serenidad por la puerta del patio. amigos –dijo José guardando su revólver–. espléndido. distintas clases de frutas. tardíamente. con sus alternativas y azares. buen bailador. Su personalidad dominante le había granjeado muchos amigos. El cuerpo del muerto fue cubierto con una sábana en el mismo lugar donde cayó. arroz. habichuela. sólo tiene una calle que la forman dos hileras de casuchas primitivas. ubicado en un pequeño valle. y allí se instaló. raspaduras. lo sojuzgaban. Se nota en todas partes un ajetreo de colmena laboriosa. ni dijo una palabra. no en busca de ganancias pecuniarias. Jinetes en potros briosos corren de un lado a otro. para el caso de que sean llamados a declarar. una vez a la semana. quizá sobrecogidos por lo súbito de la trágica escena. El Carrizal se anima en los días de mercado. maíz. En su vieja guarida de Los Mameyes no se le volvió a ver. lo atraían. todo un primor de juventud y belleza. aunque no de oficio. Nadie lo siguió. El río Sonador. Y ya lo saben: a mí no se me puede ganar con barajas marcadas. José se ocultó en los montes y luego se fue a otro lugar lejano. y. porque la emoción del juego. proporcionándole medios honestos de subsistencia. Se ven mujeres vestidas con 168 . en la remota sección de El Memizo. miel de abeja. José se dedicó a la compra de productos agrícolas. valiéndose de artimañas. de malas leyes y de algún padrino influyente en la política. Las autoridades del lugar –el alcalde pedáneo y un agente de la policía– llegaron como siempre. nunca visitó la cárcel por más de un mes. macutos y serones hechos de hojas de palma cana tejidas. que eran. quien poseía el gran atractivo de tener una hija. llevando una vida cómoda y tranquila. tenía gran prestigio entre las mujeres. de aguas claras y rumorosas. hombre belicoso. amante de las fiestas. corre cerca entre bosques de pomarrosas y gigantes jabillos. prófugo de la justicia. árganas. cansado de vivir escondido. El Carrizal. levantando el acta correspondiente. había matado a tres hombres en el curso de su vida tempestuosa. en la casa de la viuda Gonzalito.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS estaban cerca y ninguno de ellos se movió. Como medida de precaución se alejó de las casas de juego. encaminándose donde acostumbraba a dejar su caballo. José Paniagua. sogas y cuerdas fabricadas de pita. Él jugaba. sino por el placer de hacerlo. Presenta un bello panorama. Poco después perdíase en las sombras de una callejuela vecina. En el centro del poblado queda el mercado público. ofrece un aspecto pintoresco. Recuerden los detalles de este desgraciado suceso. su debilidad más grande. jugador consuetudinario. con encantadores paisajes bucólicos.

Abundan las mozas apuestas. Así. desde que comenzó a dedicar sus pensamientos y sus atenciones a la hija de la viuda Gonzalito. En la gallera lo engañaron un día con un gallo untado. hechas de madera de pino y techadas de zinc. gigantescos girasoles. que se extiende en dos alas abiertas. las exclamaciones ensordecedoras que lanzan los espectadores cada vez que un gallo pica o mata a su rival. con grandes extensiones de grama y un gran huerto donde se hacen experimentos agrícolas. a ventilar asuntos y a concertar negocios. que se levanta en una altura donde termina la calle. pues. Le había hecho modificar su manera de pensar y vivir. suficientes para alojar con comodidad a la población escolar de El Carrizal y de las secciones cercanas. pero la idea de que era fugitivo de la ley lo perseguía. –díjole un día a la muchacha–. Se ven montones de aserrín. con aulas espaciosas y ventiladas. Alicia. en ratos de ocio y a primanoche a jugar naipes y dominó. moderna. a beber ron y ginebra. El olor de los pinos aserrados impregna el ambiente. lo atormentaba. ni malgastaba el tiempo o el producto del trabajo. Transcurrieron monótonos y largos los días para José Paniagua. obligado a adoptar un nombre falso. con su alto y elegante campanario desde el cual se domina toda la campiña. Ya no era el hombre que perdía los estribos a la primera provocación. Yo tuve que matar a un pícaro jugador de barajas en Los Mameyes. 169 . En la gallera. La casa escuela. diminutas. con jardín primoroso. a vivir tranquilo y con recato. creo que lo mejor es que conozcas algo acerca de mi permanencia en El Carrizal. no es porque me guste. se alza majestuosa más allá de la iglesia. Se levanta el templo en medio de un prado risueño. y el pregón de las apuestas. es el lugar de comercio y atracción más importante de la localidad. Contribuye a la prosperidad de El Carrizal y la instalación de un moderno aserradero. que pudiera perdonar una ofensa. evitando las discusiones acaloradas y pendencias. Alicia ejercía en él una influencia irresistible. que se usa como combustible. El batey. donde crecen lozanos rosales. Él no se había preocupado nunca por ningún peligro. Las casas de los trabajadores y empleados. La bodega del aserradero donde se pueden adquirir mercancías diversas. situado a un kilómetro de distancia del poblado. con cantores que entonan coplas populares. y presiento que me estoy enamorando de ti. de ojos tentadores. El acordeón y el tambor invitan a bailar el merengue cadencioso. forman contraste con las otras viviendas rústicas. y no quiso reivindicar su derecho contra el fraude. detrás de frondosos mangoteros. se limitó a dar las gracias por la negativa truculenta en vez de armar la camorra acostumbrada por lo que él consideraba un insulto intolerable. Y él mismo se asombraba del espíritu de ahorro que lo dominaba. sino en cuenta de cierto suceso desagradable que ocurrió hace algún tiempo. Tiene un anexo donde se reúnen los moradores del lugar. alegres y bailadoras. ocupa un gran espacio llano. La razón por la cual me encuentro en este lugar. con depósitos para la madera cortada y secada al aire libre. con una alta chimenea. y las más jóvenes lucen ramos de flores silvestres. El orgullo de El Carrizal es la pequeña y bella iglesia recién construida por contribución popular. y por eso estoy aquí. llevando algunas pañuelos vistosos en la cabeza. abundan las azucenas y lirios silvestres y gardenias. cuyas suaves fragancias se sienten desde lejos. se escuchan desde lejos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II sus mejores trajes. riñen gallos. —Yo soy una especie de abejón. y en un baile cuando le negaron una pareja ásperamente. y resistir la tentación de enamorar a una mujer ajena. temeroso de que cualquier otro incidente o disputa revelara su identidad y se reanudara la persecución de la justicia por el suceso de Los Mameyes y tuviera que escurrir el bulto otra vez.

—Ninguna –afirmó Alicia–. Besando a Alicia muchas veces y estrechándola entre sus brazos. cuyo caballo tordillo muchas veces permanecía horas enteras amarrado ante la puerta de la casa de la viuda Gonzalito. No hice otra cosa sino defenderme. Esta sugestión. Se deslizaron varios meses y el forastero no se mencionó más. Alicia. y repetir el mismo alegato de defensa propia ya me parece una bagatela. —Porque mi nombre luce mal en mis libros. porque ella lo dice así y porque ella lo ha demostrado. El porvenir se presenta claro para nosotros. pero puedes tomarla como oro puro. quien se puso de pie. Te juro. pero sin desfundarlo. con un luengo bigote rizado. porque son muy viejos. José no la dejó continuar y tomándola entre sus brazos vigorosos. Las pocas veces que José descubrió algún celo irrazonable queriendo echar raíces en su corazón. Luego él habló a Alicia acerca de tan enojoso asunto. y el día menos pensado pueden dejarme algo. que todas fueron peleas rectas. —Lo haremos –asintió Paniagua–. tiene que probar que me quieres. bien parecido. Tengo parientes en el Este. y dijo a los murmuradores: —¡Dejen eso y no lo mencionen otra vez! Quienquiera que lo repita le pesará. En cuanto a matrimonio. No importa lo ocurrido tiempos atrás. —Nosotros comenzamos un pliego limpio—. chiquita. —Hablemos de otra cosa—. —No hubo más remedio. 170 . No me creerán. ya eso pasó para nunca volver. Nunca disparé primero. Lo olvidado. la besó en la boca. Alicia. —Mi palabra no vale mucho. Sólo que una vez hubo un hombre… Bueno. si ella deseaba hacerlo”. Un sábado por la tarde el jinete misterioso montó su caballo. En la bodega José escuchó un día una conversación referente al hombre de quien Alicia le había hablado. Seré para ti la misma de siempre. pero erró la puntería. ni en la casa de la viuda Gonzalito ni en la bodega. y también te dije que todo estaba olvidado. Lo único que deseo saber es si todas esas cosas establecerán alguna diferencia entre nosotros. El extraño visitante era delgado y alto. puesta la mano en la cacha de su revólver. Él oyó una larga historia acerca de un forastero. recalcada con perversidad. Tienes que creer mi palabra. trotando entre nubes de polvo por el camino real y desde entonces más nunca nadie lo había vuelto a ver… Y maliciosamente alguien sugirió que “quizá Alicia podía dar algún informe. olvidado está. Alicia me ama. lo alejó. mirándolo fijamente en los ojos. desde donde se divisa todo el poblado voy a construir una casa.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Qué te obligó a matarlo? –le preguntó Alicia. ahora que sé que me quieres. Si todas fueron muertes en buena lid y no hubo asesinato. irritó a Paniagua. diciéndole: –Eres mía y sólo mía. Esa ha sido la tercera vez que me he visto obligado a despachar a un ladrón. Dime. le dijo José–. José le prometió no hablar más de un asunto que pertenecía a un pasado ya muerto y que no había razón para resucitarlo. y ella replicó: —Ya te dije que una vez hubo un hombre. propuso Alicia. —¿Por qué no regresas allá y explicas eso? –sugirió Alicia. En lo alto del cerro. eso no influirá adversamente en mí. Soy una mujer honrada y eso basta. —¡Soy un tonto! –Se decía a sí mismo–. He comprado doscientas tareas a los Escotos. Era un guapo de oficio y disparó un segundo antes que yo lo hiciera. ¿eres libre para permitirme que te enamore? ¿Quieres casarte conmigo? —¡Libre como el viento! –Exclamó Alicia entre risas–.

Es el forastero que vino en busca de Alicia. Uno de los brazos del hombre ceñía la cintura de Alicia. en dirección de la pareja que se alejaba. Lentamente José levantó la escopeta hasta que el cañón reposó sobre una rama próxima. Repentinamente el forastero se detuvo y atrajo hacia él a Alicia. El cañón de la escopeta de José describió un amplio círculo. ocultándose en atisbo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Una cálida tarde del mes de agosto regresaba José por el camino real cansado de un largo día de trabajo infructuoso en una cacería. Sólo se escuchaba el mecánico tic-tac del reloj de pared y se sentía el grato olor de la cena ya dispuesta. Una columna de humo blanco y ligero fluía de la escopeta de José. y vete pronto. Él ha venido a hacerte preso por el hombre aquel que mataste en Los Mameyes. El caballo del forastero lo saludó con un relincho y él acarició su grupa al pasar. El crepúsculo comenzaba a purpurar las nubes sobre las lomas. encaminándose hacia la casa de la viuda Gonzalito a buscar su montura. dispersándose. porque yo 171 . Entonces su mirada se detuvo en un pedazo de papel blanco clavado con un alfiler sobre el paño de la mesa del comedor. con risas ocasionales. Una era Alicia y la otra un hombre alto y delgado. La pareja pasó a veinte pasos de distancia del lugar donde José vigilaba. Ya cerca de la casa. trató de mantener el equilibrio y cayó de bruces. En ese mismo instante el forastero dio media vuelta. José se detuvo en medio del camino. El ruido de un disparo de arma de fuego se repitió. Ambos reían alegremente. Hablaban en voz baja. estrechándola en apretado abrazo. rehuyendo la boca ardorosa que se empeñaba en besarla. Decía: “Querido Pepe: Volveré tan pronto me sea posible. Al doblar un recodo. huyendo en dirección del aserradero. Su boca estaba seca y su respiración era anhelante. Salí a dar un paseo con un agente de la policía. echando sangre por la boca. Nadie le respondió. Un momento después José salió de su escondite. y una sonrisa de inefable ternura asomó a sus labios cuando se encendió en una de las ventanas de la casa una luz como un pálido luminar. Y cuando ellos se acercaron. ese es su potro tordillo. pero descubrí quien era y lo que buscaba. lleno de confusión y temor. En su rostro se podían leer los efectos turbadores de la tragedia acaecida. dos figuras humanas aparecieron en el umbral de la puerta de la casa de la viuda Gonzalito. —¡Es él! –Exclamó José–. Mientras José permanecía como petrificado en el camino. José llamó en voz alta. y entonces notó que un caballo estaba atado junto a la puerta principal de la casa. hasta que logró desasirse de los tentáculos que la aprisionaban. y su bigote luengo y rizado. Alicia y su acompañante vacilaron un momento y luego se encaminaron hacia el sitio donde José acechaba. dijo José en voz alta y un íntimo regocijo lo invadió. apuntando bacia el hombre que acompañaba a Alicia. Lo desprendió de un tirón. José tenía el dedo en el gatillo. Dentro de la casa reinaba el silencio. vio de lejos la casa de a viuda Gonzalito. caminando despacio. José notó que el compañero de Alicia era todo un buenmozo. Déjame recado para donde irás. Él se detuvo para pedir un vaso de agua. —Es Alicia que me espera–. Paniagua se deslizó entre los matorrales cercanos. y ella luchó con bríos por escapar. No hay duda. acercándose a la lámpara para leerlo. retumbando en ecos prolongados por el valle y las lomas. y el corazón le dio un vuelco.

más viejo que el hombre que habitaba en él. porque el tuyo está lejos”. graduado en la Universidad de Santo Domingo. Ahora sólo tiene la tierra del camino y un bordón rústico. Es Leonardo el endemoniado. Ella está segura de que allí no habló nada.  Un día. los campos de yuca. de ese tamaño. El desalojo es una vorágine. Se arrastra de bohío en bohío implorando un pan. cargado de cruces como templario. Los bueyes desalojan de la tierra a los que nacieron en ella. Lo pisotean todo y lo destruyen todo. desgarrado. Bueyes y mayorales siguen adelante como aguas descauzadas. Se quita el sombrero de anchas alas y. como rostro de juez. y hasta derriban los cacaotales cuando los acosan los mayorales y los caminos entre las plantaciones son muy estrechos. sola. Recuerda la Notaría. Ha sido juez.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS no puedo entretenerlo mucho tiempo”. los ojos penitentes fijos en la tierra. lenta. flaco. los veían los ojos hundidos de la vieja. y los bueyes eran grandes “como las lomas”. hace tiempo. Después vendió las pocas de él. el Leonardo la llevó a la Notaría. 1913)* La cuenta del malo Marcelina perdió su fundo y su cacaotal y apenas sabe cómo fue. en medio del estruendo. La tierra queda asolada. el viejo que se arrastra como rana y anda vestido de estameña. Destruyen los maizales. Todo es grito. apenas quedan el calvario donde se evocó siempre el martirio de Cristo. con soles fuertes. Autor de cuentos publicados en periódicos y revistas. sonar de látigos. ahí se detiene el negro que arrea y asusta la manada. Sólo quedan árboles aplastados y ranchos quemados. dice estas palabras: —Perdóneme la Cruz de Mayo… esto es cosa de blancos… Entonces recuerda que es hijo de esa misma tierra. casi niña. porque fue levantado por los abuelos. la tarde es melancólica. las calmas de la fiebre la llevan a desandar el tiempo y recuerda que un día. mientras de lo alto lo castiga un sol fuerte y un cielo impasible lo mira con ojos de desprecio. como sangre. Las tierras las vendió su tío Leonardo. Pero ahora. cercas descuajadas como por obra de un terrible meteoro que asolara a tierras y hombres. Después. boardilla oliente a papel viejo y a posturas de murciélago. Cuando llega frente a las cruces. El “piñón” del Calvario que está frente al rancho. Decía Marcelina que era la sangre del Señor Jesús. 172 . porque en el Este. el arbusto de piñón y las cruces caídas. acaso por el hambre y las fiebres que tenía. Recuerda en la fiebre la casa del Notario. Quizás. Del fundo. Un día vendió las tierras de la sobrina. Actúan hombres y bueyes.  Junio claro. Así. el que subió a la Cruz por los justos. propios del verano de San Juan. por su fundo también pasó otra manada. –”Llévate su caballo. El cielo era impasible. los bueyes de una plantación extranjera sacaron a la vieja de su fundo. rezumaba un líquido rojo. P. D. como se ponen los pericos *Fredy Prestol Castillo: Licenciado en Derecho. FREDY PRESTOL CASTILLO (N. raíces arrancadas. en aquellas épocas los bueyes fungían de diligentes alguaciles. con las manos en el pecho. –Alicia.

Recuerdo las gruesas venas que rodeaban su cuello de pájaro como jirones de soga pardusca. Y cono siempre. cuando pasan las perdices. Desde el camino la ven los ojos casi apagados de la vieja. de largas zancas y caminar lento y grave. aunque cambie de dueño. el que le vendió sus tierras a ‘“los blancos”.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II cuando no hay maíz en los conucos. a la buena de Dios. No podía dormí. esta tierra aclamaría a Marcelina. de siglo en siglo. ¡y Marcelina todavía pará!…  Una tarde me contó. porque le faltan vacas en la cuenta del Malo. Y otra vez repite: ¡No! No fue el señor don Manuel. y allí se está en espera de su hijo que trabaja en la nueva finca. No había seca. Acabó vacas y bestias y tierra y too… Y tuvo que poné las onzas donde se había comprometío con el Diablo. acaso. y se las cobra… Y ahí anda cargao de cruces… “Nos vendió a toiticos y después vinién los bueyes a desalojarnos como a intrusos…  173 . ni comé. En el rancho no hay ajuar. Y se la cobra. como las hormigas sobre un pastel enorme. a la vera del río… “Tuvo que vendelo to. en las lomas. donde hubo plantaciones de cacao. la historia del Leonardo. donde corre una sangre cansada. Marcelina levantó su choza pajiza en el camino. en las tardes. Cada sábado el mocetón viene al rancho con unos cuartos redondos que le caben en el bolsillo menor. No le quedó más que maldecir al Leonardo mientras huía a las reses que colmaban la sabana y que treparon los riscos y altozanos hasta la cúspide de las lomas. a la entrada de los caminos. El potrero parece una gigantesca hoja de lechuga tendida de loma a loma.  La tierra. —Tenía el Leonardo tratos con el Malo. Allí los toros son más amables que los capataces. Pero hay algo más en el rancho: el “quijongo”. al venir la noche. Pero quiso también engañá al Malo y cuando venció la fecha del trato. desde los padres. con el cual el mocetón. Su campo siempre verde y muchas cabras y bestias sueltas. Usaba leontina y chaleco y su cara semejaba un pájaro picudo. ni cuaresma macho pa el Leonardo. canta cantos melancólicos a la cruz y al Señor. la vieja del fundo. “Lo malo es que todavía debe. Si tuviera palabra. ¿Pero y qué? Ese mismo es el buen señor don Manuel ¡El señor don Manuel es bondadoso y ha bautizado a dos de sus hermanos! ¡No! ¡No pudo ser él! La fiebre lleva al delirio. y entonces monologa: —Me las dio el Señor y me la quitan hombres… ¡Alabado sea Dios! El Leonardo anda como rana. ni verano. el Malo vino a buscar su novilla y la rabisa de añojos que le pertenecían. para pagá la deuda. es como la yegua que relincha frente al amo que la crió. las tres cruces y el arbolillo de “piñón” en todos los caminos del Seibo. Y tenía la abundancia en su bojío. ni sieteá… Al Leonardo le sale el Diablo por toas partes: en los conucos. ahora son potreros inmensos. Es castigo del Señor. A veces la vieja mira sus tierras perdidas. su dueña. ¡Y he aquí que el Leonardo había vendío el ganao y enterrao las morocotas!… —Desde entonces el Malo le salía por toas partes. desde los abuelos. El pilón tumbado es el único asiento. lenta como el arroyo del paraje. Pasó la fiebre.

El viejo loco. lejos de donde las mujeres lavan la mugre del fuerteazul. Todo un jardín de cruces delante del rancho. Muchas veces se internó en los roñosos guazabarales para buscar un poco de sombra o un camino que lo sacara de aquel *José Rijo: Es autor de cuentos no impresos en volumen. comía. 174 . reza. Suyo. El rancho del endemoniado se columbra desde lejos. La visión es tétrica. Las cruces son la obsesión de su locura. y uno como silencio de tribunales cuando el juez va a dictar sentencia. 1915)* Floreo La casa era cada vez más hostil.  Cielo del Seybo. sin tiempo para beber en las regolas que cruzan el poblado. En la finca próxima. Amaneció en la sabana bañao de azufre y mordío de perros… Ahora le pagó su cuenta al Malo. mascullando rezos inútiles. cargado de cruces. y cruces en el patio. Me parecía una Diosa miserable. acaso inútilmente. claro. pues le robó su novilla…  Volví al fundo de Marcelina cuando retornaba con mis ganados. Todo cuanto hacía estaba mal y ni siquiera se le criticaba en un lenguaje que pudiera entender. Leonardo Catedrá. No sabiendo cómo corregirse se tiró a las calles. entre atisbos y sobresaltos. A huir. la antigua tierra de Marcelina. reza. Luego. sólo dijo estas palabras: —Es que Lucifer da la riqueza… pero la dicha. sólo tenía el monte. Su ánima apenas tiene reposo. La conseja afirma que la visión del Demonio le obsede sin cesar. —Ahora vamo a Magarín a enterrá a Leonardo Catedrá… . ¡sólo el Señor! JOSÉ RIJO (N. a base de salazones y de azúcares. nada: los desperdicios. lo que nadie quería de unos pucheros miserables. en total. reza. otra vez la calle. En la puerta del rancho estaba. Licenciado en Derecho. con libertad de posesión a medias. Vive solo. lo que sobraba. sereno. Ese día yo iba en pos de mi ganado extraviado. Lejos de donde llenan las potizas y las alcarrazas de uso familiar. como si fuera un robo. abandonado al final de la inmensa sabana. Volvía después de las comidas. De noche le cerraban la puerta y tenía que dormir a la intemperie porque si se colaba para descansar en algún rincón se le echaba a puntapiés y con palabras que debían tener un significado terrible. Aun el agua tenía que beberla a prisa. los refajos sudados y los pañales de las paridas y los recién nacidos. raída y serena. Escuché los saludos al pasar el río.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Por los caminos de La Candelaria. las manadas inocentes de los crímenes de los hombres pacían tranquilamente los abundantes forrajes. hasta de los muchachos barrigudos y enclenques que en la sequedad del paisaje jugaban con los caños a los ríos crecidos y a los barcos de vela naufragando. Entonces. pero el hambre. siempre el hambre y un no explicado sentimiento le obligaban al regreso. Hablando de la tragedia de Leonardo. o algo así como la buena bruja de la noche que ya emborronaba la sabana. Una fila de hombres cabizbajos llamó mi atención. abandonado por todos. arrastra su mendicidad. lejos de todo y de todos. Allí fenece lentamente. graduado en la Universidad de Santo Domingo.

quizá en un campamento de cazadores o ladrones en la mitad del monte. borrosamente habría recordado cómo se le acercó aquel hombre. y en el poblado los ladridos que anunciaban lascivas correrías de los perros bajo la luna sencilla y alta del cielo verdeazul que mira a Pedernales. El tiempo lo adaptaba a este vivir distinto que miraba pasar desde la puerta de su señor ocupado en números y planos. Detrás corría la jauría hambrienta ladrándole con furia. Debía ser un maestro del gateo y el asalto. correspondió obediente. se oían los tambores de una fiesta de luá. dio una vuelta a su alrededor. un envoltorio de inevitable tentación. Tanto sigilo hubo en su modo de acercarse. y los perros ociosos que odiaban su limpieza y su raza. ¿qué? El no era más que un perro. 175 . menos aquella en que cambió su vida. No dependió de él la docilidad que lo embargó. ni personas. la frontera amalgamada de casuchas pajizas y edificios de presuntuosa jerarquía oficial. hechas espuma y piedras de colores. Era carne. Cambió de dirección.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II sitio. corriendo con sus últimas fuerzas hasta dejar atrás el camino en donde nunca había encontrado ni techo. Así. Cuando despertó estaba tirado en un cuartucho miserable. y el patio enorme en donde su presencia era el mejor guardián. Y así los días y las noches. Ahí podría refugiarse. luego. luego sobrevino el sueño. pero la voz de un centinela voceó amenazante: —Otra vez esos malditos perros. Al reclamo. Ya casi ni quería el regreso: era holgada la vida sin nada que guardar ni nadie que robara. Floreo no pudo reaccionar al efecto del regalo apetitoso. De un lado estaba el mar sonoramente rugidor. Lo demás no le importaba. le gruñeron con malsana intención. quizá más allá de la frontera. Sólo había un camino y lo había emprendido muchas veces para volver siempre cansado de no hallar ni casas ni personas ni término posible. Por entonces su único pesar era la añoranza feliz de la casa lejana. voces que hablaban aquel lenguaje odioso con que le echaban de la casa cuando quería dormir o robarse un bocado. Quizás todavía lo estaría pensando si no le hubiera puesto sobre el mismo hocico. un tanto cariñoso. torció el cuello hacia los otros y todos a una se le abalanzaron. El colmillo de uno de esos canes con sarna y pelumbrosos lo había herido. por otro. y lo siguió hasta no supo dónde. Y se hizo un vagabundo del monte y los caminos. Lo supo una noche que un grupo de perros sucios y canijos. dejaron de seguir a una perrita renca y preñada para volverse contra él. del hombre que le ofreció la cena inesperada. Ni los perros ni muchos hombres pueden advertir detrás de cuál placer está el doblar del destino. Lejos. que Floreo no supo si gruñir o menear el rabo. y comió. insistentes. se adormilaban en la opacidad de las pupilas que nunca alumbran una sola alegría o la humedad del llanto. Tuvo miedo y huyó. Como siempre. Rasando el suelo. Lo llevó el amo para su compañía. tenaces. cualquiera le pega un tiro al primero que se acerque. y siguió corriendo. Si lo hubiera tenido que referir. por culpa de las miradas torvas que le negaban un mendrugo. uno se le acercó con el respeto humildoso de los perros realengos ante la gente que se baña y viste ropa limpia. Su misma agilidad lo abandonó. sin más verjas que el lindero del campo abierto a cielo y sol. Desde muy lejos había llegado a Pedernales. rompiéndose siempre en la amenidad de sus olas bravas que se amansaban luego. lo olió. Se iba poniendo flaco. Después de todo. El edificio de la Fortaleza estaba cerca. Pero ya sabía que tendría que esperar mucho para salir de Pedernales. La esbeltez de su raza se reabsorbía en la osamenta de su esqueleto casi desnudo. a flor de piel. ni término posible. Los ojos antes brillantes. pero un perro distinto.

Para complacer al nuevo amo le habría bastado imitar los otros perros: descubrir el pasto de los rebaños y echarlos poco a poco a los lugares de apresamiento fácil. Un paisaje sin cambio que se animó de pronto por un rumor extraño. era el hombre de la cena. era poca el agua o difícil la caza. Mordisqueó la cabeza y la dejó. pero extraño a sus costumbres. Mucho se prolongaron los días de enseñanza sin que Floreo supiera matar la presa mansa. Fue un bostezo de Dios. ¡Cuánto hubiera agradecido que dijeran Floreo!. Floreo lamió la yerba y la tierra hasta la última gota de coágulo. Esquivando el testuz del animalejo. —Un perro cimarrón. Las orejas y el instinto oyeron. ¿qué importa? Lo echaron hasta los matorrales. Lo demás. ni siquiera el derecho de manifestarle a alguien la cantada fidelidad en los seres de su raza. Era un borrego de buena carne perseguido de cerca por una traílla de monteo y le cogió la delantera. luego. el deseo de otro perro o de una mano amiga venía a su recuerdo como a los hombres llega la nostalgia del país natal no visto desde niño. Había presencia de chivos. sobre todo cuando el calor arreciaba. Zombí— y ése no era su nombre. pero él era un perro… 176 . Desde ahí miró desollar el animal y tirarle las vísceras a la jauría hambrienta. Y lo dejaron libre por inútil. —Mira. logró desjarretarlo. Y surgieron comentarios. Ya era en todas partes el intruso. dando su aliento para que el cactus siguiera verdeando y las bayahondas cuajaran las yemas de sus flores moradas. Después.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Fue al querer salir cuando comprendió que en su cuello había una soga. le brilló la alegría. Nada ni nadie a quién brindarle un poco de gratitud. la misma que no le quitaban sino en las horas del nuevo entrenamiento. el paciente que va y que viene sin destino. —Quitémosle el chivo. Desde su cueva oía el rastrear de las iguanas y el seseo de las culebras mudándose a otros sitios en busca de aire o de rocío. Era sencillo. Al verlo manso la gente reanudó el comentario. —Eso voy a hacer –dijo uno que tenía una escopeta terciada. una dentellada al cuello. Pronto estuvo el animal descuartizado y metido en un saco. lo mismo que la piel. —Bueno. De haber sido un hombre habría llorado como lloran los hombres. Y volvió a la casa que se le hizo hostil porque ya el amo de los planos y los números no estaba en Pedernales. —Sí. que los perros mondaron hasta dejarle la osamenta inútil aun para otro perro. Sólo eso quedó y el estiércol que regaron los perros al pelearse por las tripas y la panza repleta. nunca aprendió a robar. A veces. pero nada. Por eso era ahora un perro cimarrón bajo la ley del monte. Cayendo la madrugada hubo un momento de humedad. Era su hora de comer también y le espantaron de nuevo amenazándolo con piedras y con palos. Eso y un rastro de sangre sobre la grama pobre. Educado para saber guardar. Los perros y los hombres en la presa miraban la propiedad ajena. ese perro es de alguno que anda monteando por aquí. Y no hubo necesidad de dispararle. ¿y qué? Espanta el perro y llevémonos el chivo. Floreo conocía esta vos y a este hombre. el dolido. como en aquella noche en que todavía las piedras quemaban como el sol que ardió sin tregua durante todo el día. pero hay que matar el perro. Al marcharse sólo dejaron la cabeza del chivo. Meneó el rabo. escurriéndose allá y mordiendo aquí. Un día uno le gritó: —Zombí. desesperado. olor de hombres y perros. todo volvió a ser un horno cociendo piedras y tostando espinas. Y ahí estaba el borrego casi motón aún. Tenía hambre y sed.

El calor seguía subiendo. contundente. Como la gente del viejo Pedernales. sin lana. la de El Conde. sin más destino que las rondas nocturnas y un mendrugo tirado. Quería hartarse con los ojos cerrados en algún hoyo hasta oír su propio estómago desplazando los gases. rumores y gruñidos de fiera. El agua limpiaba todo rastro y la sed lo maneaba. Luego vendría el sol. Se detuvo. cuando desde una cueva la sierra de una iguana le asaltó amenazante. vuelto un perro cualquiera. también el bicho le negaba la comida y el agua y hubo de defenderse. hubiese calentado los bancos de la escuela. Doctor en Derecho: Elementos de Derecho administrativo (1939). *Obras de M. frente al mostrador del ventorrillo. No pudo más. Y apretando los músculos de su flácida carne. y al inclinarse a un pozo. era un perro cualquiera. salió la iguana muerta. tomaba asiento en su silla rústica. sencilla y alta. luego la harina de agua se tornó aguacero. husmeó de nuevo tras el rastro de los hombres que se fueron. Floreo caminaba arrastrando la lengua. Y seguía bajo el chaparrón tirado de limosna a la sequedad del mucaral y los cambrones. Narraciones dominicanas (1946). lo gritaba su sed. Pronto el sol evaporaría el agua. y las culebras tentaban el ambiente con sus bífidas lenguas azuladas. el perro de salón que comía helados. TRONCOSO DE LA CONCHA (1878-1955)* Una decepción ¡Qué cosas las de Tronquilis! Era de oírle sobre todo cuando en la prima noche. digna de quien. de J. Negras nubes se arremolinaban y un viento de polvo y hojas secas volaba por el inhóspito paisaje. DE JS. De pronto comenzó a lloviznar. La azulada barriga vuelta al cielo tiñó de sangre el marfil de Floreo. y se miró de nuevo temblando ante aquel perro que retrataba el pozo. Fue Presidente de la República. ¿Quién como él para ver claro? Y lo cierto es que en ocasiones empleaba al platicar una lógica asombrosa. guayabas. parte de alguna nube escapada del cielo antes azul y limpio. dio un aullido distinto a todos sus aullidos y emprendió una carrera sin dirección entre los matorrales husmeando en el viento un nuevo Pedernales. Un chubasco de prisa. Ya no era Floreo. piñas y otras frutas de esta zona. Ya. astroso. retrocedió espantado. dormía en una perrera con abrigo y jugaba en las alfombras con los niños. El Brigadier Juan Sánchez Ramírez –ensayo histórico– (1944). Harto como las bestias buscó otra vez el agua. a la luz de una vela de sebo y aspirando un oloroso ambiente de guineos. De las cuevas salían las iguanas con las sierras dorsales listas a destrozar una presa para el día. Iba a beber para seguir el rastro. su hambre. 177 . Troncoso de la Concha. al revés de él. su soledad. Tronquilis llevaba casi constantemente la palabra. Y se convenció de que debía seguir las huellas de aquellos hombres y esos perros. del Senado y de la Academia de la Historia. levantó alto el hocico. Se lo decía el agua. desgarbado como los perros que corren tras las perritas rencas y pulgosas en las noches que platea la luna. El no quería ser eso: siempre sería Floreo. En el fondo del agua estaba él.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Quizá lloró mientras gacha la cabeza. De entre saltos y embestidas. que mira a Pedernales. Eso era él… Un perro como todos. ML. Acompañado siempre de la mujer y no pocas veces de algunos vecinos de su calle. un perro cualquiera. La vida del mucaral. Anecdotario Dominicano (1942). después de la cena. zapotes. como algo que se da a disgusto.

y otros tantos al servicio del gobierno sitiado. pero mucho menos los de afuera. Habríales augurado cualquiera. Tronquilis estaba descorazonado. Pepito el Indio. Gracias que el “cuarto reservado” sostenía aún parte del negocio. cogió hasta doce apuradas. con más alma que cuerpo y dos hileras de dientes que parecían querer salirse de la boca. una riqueza completa. el “vale” Toribio. Con la mujer ¿quién lo duda? el viento de bonanza que le había estado soplando arreció. sin sujetarse. Había venido a Santo Domingo en busca de fortuna y poco a poco. en cuarto reservado. por mal nombre “El Caimán”. Martín “el brujo”. que saltaba en su corcel. que allá en Santomé cortó de sendos tajos la cabeza a dos “mañeses”. A falta de tales parroquianos ¿qué habría sido de Tronquilis? Nueve meses llevaba el asedio. “Enemencio” Mártir. montecristeño. llegó a reunir unos realitos. bravatero de continuo. del Sur y del Este los revolucionarios del 7 de julio contra Báez. con lo cual no pocos se ahogaron y algunos quedaron con el agua al cuello. a fuerza de economías. que no cumplía jamás sus amenazas. A los diez meses llegaron al oído del desventurado negociante rumores de capitulación. y tanto. el “jefe” Hipólito. antes de alcanzar una caneca llena.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Era gallego. solicitado “maquiñón”. de la “gente del gobierno”. lucidor de los colores del iris y dispuesto en damajuanitas de cuello delgado y ancho fondo. más malo que coger lo ajeno y encabezador habitual de cencerradas. que de dos subieron a cuatro las mesitas de frutas y hasta dieron las ganancias para establecer una regular venta de licores. coplero y soldado. muchacho de la orilla. –exclamaba el pobre hombre. la confortadora ginebra holandesa Mañana Imperial o el bravo aguardiente Cañete. “Toñico” Hernández. 178 . ¿Qué es eso? —¡Mujer! ¡mujer! ¡nos acabamos! Esto no puede aguantarse ya. azuano. uniendo su suerte a la de una criolla. capitán de cívicos. bajó sensiblemente. ¿Duraría esa situación toda la vida? Por otra parte. ¿Qué más sino persistir en el trabajo y economizar cuanto se pudiera?  Los tiempos cambian. Porque es de saberse que a modo de irresistible alud. Por grados fue reduciéndose hasta limitarse a una mesa el ventorrillo y la botillería disminuyó considerablemente. las más grandes candeladas de San Juan. Veces hubo en que Tronquilis. seibano machetero. insustituible diluidor de penas. habían irrumpido del Norte. el capitán “Apuntinodá”. abandonó la vida de célibe. el “cuarto reservado” se vaciaba. sin embargo. Por varios años estuvieron la nata sobre la leche Tronquilis y su costilla. Ugenito Lantigua. para la vuelta de algún tiempo. el sitio. Ya cuarentón. A libar en él iban con frecuencia Benito “el gambao”. ¡Cómo que ya cada copita de Rosolio salía por un ojo de la cara y la caneca de ginebra se había subido hasta las nubes! Y a todas éstas. Entonces ocurrió algo nuevo: el número de los parroquianos. muchacha más buena que el pan y trabajadora como una abeja. adonde los de la cofradía de saco acudían a saborear el dulce y picante Licor Rosolio. con tres cicatrices enormes que le formaban una N en el rostro. El gallero y su mujer comenzaban a desaparecer. “Gollito” Rodríguez. Tronquilis entre éstos. “Periquito” Caballero. sin que parecieran dispuestos a ceder los de adentro. Un día el gobierno se equivocó ¡quién lo creyera! y para aumentar el numerario hizo llover sobre el país un diluvio de “papeletas”. embaucador de campesinos y gran tocador de “cuatro”. para colmo de males.

mientras Tronquilis. unido a ello una gritería confusa. la esperanza sonrió en la casita de Tronquilis. Despáchate pronto que… No puede terminar la frase. Antes bien ha querido él celebrar el fausto acontecimiento con su ropa dominguera y debido a tal circunstancia se halla todavía en el aposento cuando la avanzada revolucionaria está llegando al Rastrillo y en lo alto de El Conde suena un largo redoble de tambores. que acudió a “tomar la mañana” allí. se dirigen incesantemente al extremo oeste de la población. cuyos movimientos producen ondulaciones. —Ven Tronquilis –dice–. 179 . Asómase a la puerta la mujer. levantando a su paso nubes de polvo. Tronquilis y su consorte no son ajenos al bullicio de la urbe. —¿De suerte y modo –observó Tronquilis a su interlocutor cuando éste hacía un paréntesis para trasegar en el estómago “tres dedos” de ginebra– que pronto cambiarán las cosas? —Pues ya lo creo que sí –repuso el conspirador–. —Pero… ¿y eso se dilatará mucho tiempo? —¡Qué va! ahorita mismo. va formándose una masa humana. —¿Qué pasa? Es que va a entrar. Inusitado movimiento se nota en sus calles principales. A poco el hombre se marchaba. gesticulando. sin embargo. dio rienda suelta a su palabra de revolucionario convencido. En la del Arquillo y más aún en la de El Conde la animación es grande. pareció reflexionar. oyó las cuitas de aquellos consortes.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Una mañana. El matutino visitante. en que todos hablan y casi nadie entiende. su falta de fe en los días cercanos. que vienen a aumentar aquella continua circulación de gente. la Revolución. Cada vía transversal es uno a modo de tributario de donde afluyen sin interrupción grandes y chicos. hablando. su desesperación inmensa. cada vez más grande. Después. un verdadero mar de cabezas. Al pie de la Puerta del Conde. Alguien. dirigió escrutadoras miradas al Oriente y al Poniente. cada vez más compacta. a manera de explorador del terreno. “como un veintisiete”. Váse ella un tanto atemorizada hacia el interior de la casa. Mucho les habló y algo muy bueno debió de ser. triunfante. salió a la puerta. Venía en forma de conspirador urbano. No había pagado la “mañana”. —Y dice usted que… —Lo que le digo: que son gente nueva y buena y que usted verá cómo del infierno vamos a la gloria con zapatos. Una avalancha de curiosos ha invadido la acera para abrir campo a un caballo que corcovea. Cuando le aseguro que ni en el paraíso vamos a estar mejor. es gente nueva la que viene y con muchísimos cuartos. y cerciorado ya de que sólo Tronquilis y su mujer habían de oírle. cuando el alegrón de Tronquilis compensaba con creces el gasto?  Algo extraordinario ocurre en la ciudad. mas ¿qué falta hacía. con cara de jugador afortunado. Filas desordenadas de hombres y muchachos por la acera y variados grupos por en medio de la calle. quién sabe si no pasa ni una semana. ya están acercándose. empaquetado. —Ya sí se cuajó– murmura con visible gozo. viene de adentro para afuera. Tal al menos habría cualquiera leído en la cara placentera que ambos tenían mientras el visitante peroraba. luego que el otro desahogó su pecho. a medida que la multitud avanza.

Gollito Rodríguez. La apretada hilera de espectadores se lo impide. dedicábase a los ramos de quincalla y loza. ¿Dónde está la “gente nueva”? No vio más. color mulato oscuro. El almacén de sus negocios se hallaba situado en las proximidades de la Atarazana. Tronquilis! ¡memorias a la doña! Tronquilis no entiende aquello. Trepa en ella. el capitán Apuntinodá gesticula. Para cerciorarse recoge la mirada. Tronquilis. el castillo de sus ensueños. Luego profiere entre dientes: —Periquito es. la mujer fue a su encuentro. siendo muy joven. Al ruido de sus pisadas. Me costará ver desde aquí. Juraría que aquel hombre es “Periquito” Caballero. a tiempo que ella también iba a hablar. adiós! Entre confuso y afectuoso. Primer premio en los juegos florales del 27 de febrero de 1909. Natural de Cataluña. —Pues señor. que la vio. Bajó de la silla entontecido con el desencanto pintado en el rostro y casi maquinalmente. Forcejea para abrirse paso. el vale Toribio. Tronquilis! —¡Viva el paisano! —¡Hasta luego. Suenan enseguida en la avanzada otras voces. quienes le van saludando son Martín “el brujo”. De improviso un jinete de la avanzada. a la vez que agita un pañuelo: —¡Adiós. en la capital de la antigua Española. Ahí viene una guerrilla de francotiradores. 1 180 . Nada. “Ugenito” Lantigua… Su mente se pierde en un mar de confusiones. Tronquilis corresponde al saludo. volvió al aposento de donde había momentos antes salido. Desmorónase súbitamente. Sus ojos no le engañan. a impulsos de una conmoción interna. si se le comparaba con la generalidad de las de aquellos tiempos. echando medio cuerpo afuera. no hay fresco de que esta gente me deje el camino franco. Por encima de la general vocinglería se le oye gritar: —¡Ya si se acabó el mamey! ¡Ahora van a saber lo que es cajeta! En el ánimo de Tronquilis ha prendido la más cruel de las desilusiones. que tiene al alcance de la mano. De fortuna más que regular. díjole en tono amargo y moviendo tristemente la cabeza: —¡Ay mujer. Tronquilis! ¡Tronquilis.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Intenta salir a la calle. vaciló primero en hacerla partícipe de su negra pena. Es el jefe Hipólito. grita estentóreamente. Pasó la avanzada. había venido a radicarse. de grave continente. mujer! ¡Son los mesmos!…1 El proceso de Santín Don Bernardo Santín era uno de los comerciantes de mayor arraigo de la vieja ciudad de Santo Domingo. —¡Abur. diríase. No quiso ver más. A su frente marcha un hombre. de aquel ruido que ya le molestaba. se apodera de su silla rústica. Cerca de él. Con toda seguridad. con un pie en el estribo y el otro al aire. Para poner su resolución en práctica. huyendo. Después.

Todo quincalla y loza. Después dos más: un oidor y un amanuense de la Audiencia. principalmente esto último. cerca de la iglesia de Santa Bárbara. Procedía de Portugal. —¿Quién… dice?… –balbuceó. ¿Dónde se halla el último cargamento que usted recibió? 181 . una noche.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Creyente sincero. Luego de implorar mentalmente el auxilio del cielo. pero que no había podido articular palabra. —¡La Santa Inquisición! Estas palabras llegaron a sus oídos con sonido lúgubre. Transcurridos varios días. recogió la palmatoria del suelo. advirtió: —¡Cuidado con la puerta. Vivía con su familia. No habló. la palmatoria cayó al suelo. mientras con la diestra levantaba la aldaba. exclamó: —¿Sacrilegio? ¿Quién? ¡Imposible! —Ya lo veremos. Minutos después resonaron los mismos toques. El primero en incorporarse fue Santín. inquirió: —¿Quién va? —En nombre del rey. No pudiendo sostenerla. que lo había oído todo. lugar de residencia de varias de las más linajudas personas de la ciudad. con voz entrecortada por la impression que había producido en su ánimo aquella intempestiva llamada. don Bernardo Santín. —Tenemos denuncia de un sacrilegio –dijo el oidor– y venimos a inquirirlo. poco después de la media. en una casa de la calle del Caño. sucedió el miedo. cumplidor de sus obligaciones como cristiano católico militante. exacto siempre en el pago de los tributos con que contribuía a las cargas del gobierno de la colonia. Sosteniendo la palmatoria en la siniestra. Casi no había occasion de la arribada de un barco en que don Bernardo no recibiese algún cargamento destinado a mantener en estado floreciente una de las líneas de su comercio. exclamó entonces: —¡La Virgen de las Mercedes nos valga! Escucháronse de nuevo las voces: —¡Abrid sin tardanza! ¡Paso a la Santa Inquisición! Un tanto repuesto de la primera impresión. a causa del temblor que agitaba ya todo su cuerpo. varios toques dados a la puerta de entrada de la casa de Santín despertaron a cuantos dormían dentro. A la intranquilidad de los primeros momentos. En una de esas llegó al Puerto del Ozama un bujel de matrícula española. amante de las glorias de su rey. Gran parte de la carga venía destinada a don Bernardo. hizo luz y fue hacia la puerta. mediante un ligero examen del contenido de los bultos. abra seguido. Sus manos frías por el terror que se apoderó de él. Faltábale aliento. buscando a tientas. compuesta de su mujer y varios hijos. Don Bernardo no contestó. sin embargo. nunca había dado motivos para dudar de su fidelidad a la Iglesia. ni de su lealtad a la persona de su príncipe. Esta vez. Las mercancías dirigidas a Santín fueron llevadas al almacén. penetraron dos hombres: dos alguaciles. La mujer de Santín. que allá vá! Apenas había abierto. se alargaron para tomar de una mesita próxima la palmatoria.

en quienes había hincado su envenenado diente el áspid de la envidia y los cuales habían querido perderlo. horriblemente empalidecido. —¿Cómo justifica usted esto? –exclamó en tono grave el inquisidor. llevando a Santín delante. sin embargo. pero por orden de la Real Audiencia. Desenvuélvalos. Luego de examinarlos detúvose en uno y en seguida examinó igualmente el exterior de los bultos que conteían los objetos recién depositados en el almacén. relacionados indirectamente con mercaderes de Santo Domingo cuya identidad no se logró establecer y que la misma nave que trajo las mercaderías destinadas a la proyectada víctima fue portadora de un 182 . Dios mío. Estuvo encerrado unos días en la Torre del Homenaje. Vamos allá. desfallecido. Nunca se supo si se llegó a poner algo en claro. por las lóbregas calles que conducían a la Atarazana. Tampoco se le descargó. se le excarceló. El alguacil tomó de una bolsa de cuero que había llevado consigo dos o tres herramientas y ejecutó la orden. Con la seguridad de quien sabe lo que hace le ordenó a uno de los alguaciles. La voz popular afirmó que todo había quedado reducido al esclarecimiento de una trama formada por rivales de Santín. no había percibido. A poco. en realidad. Ya adentro. tomando del brazo a Santín. actuando como Tribunal del Santo Oficio. sin remisión posible. contra don Bernardo Santín no se fulminó sentencia. se encaminaron al almacén de éste. —Saque los orinales que están ahí. alumbrados por la palmatoria que llevó Santín y un candil que allí había. Se dijo que el siniestro plan había sido concebido y ejecutado por safardíes establecidos en Portugal. buscando maquinalmente apoyo como para no caer.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —En mi almacén. cuya pregunta. los agentes del rey. Lo que a la escasa luz de la palmatoria y el candil apareció ante la mirada atónita de los circunstantes fue algo que los ojos de don Bernardo Santín no habrían querido ver jamás: el fondo de algunos orinales mostraba en colores una imagen del Corazón de Jesús y otros la del Corazón de María. decía al mismo tiempo: —¿Qué es esto.  Se principió a sustanciar la sumaria. y rompió a llorar como un niño. ¡Conteste! Don Bernardo lo miró con ojos extraviados. dobló el cuerpo sobre un aparador. —Acabe de vestirse y traiga sus llaves. respondió: —No sé. que el proceso fue sobreseído. apoyándose en los codos. no sé… Dio varios pasos con la cabeza cogida entrambas manos. qué es esto? ¡Qué profanación! ¡Esto merece un castigo muy grande! —¿Cómo justifica usted la posesión de esas cosas sacrílegas? –volvió a hablar el inquisidor. Oyéronse testigos. Al menos. Se usó bastante papel. Don Bernardo Santín. Parece. dirigiendo alternativas miradas a los sacrílegos objetos y al magistrado. —Abra éste. Esta vez. —¿Está completo? —Tiene que estarlo. el oidor extrajo de sus bolsillos varios papeles.

pero que sabe que le ha de matar. JULIO A. Sí. me puse a mirar a la mañana. estaba en Moca. y a mi lado. y así pude reconstruir los últimos acontecimientos. Era el presentimiento de que estaba cerca de algo insólito. mientras tanto. de que todos llevaban maletas. Comprendí que eran viajeros. Nadie se movió en el andén. y me llevó a tal acierto el hecho. en el cual se le denunciaba las marcas de los bultos que los contenían. sino más bien de un sentimiento. Lo cierto es que el asunto no volvió a tratarse más y don Bernardo Santín no sufrió ninguna nueva molestia. mirando a la mañana. porque tengo la convicción de que dejé de mirar a la mañana. de oído a oído: era el silbato del tren que mataba mis ideas para indicarme que había llegado la hora de no esperar más. que latía en el ambiente. hecha de incertidumbres. pero sostenida por hondos presentimientos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II escrito anónimo dirigido al Santo Oficio. así era. embajador del país en el extranjero. Era grande. Hasta podría decirse que olía a desinfectante. Inspeccioné el carro. 1899)* El tren no expreso Yo experimentaba la sensación de que la mañana olía a alcoba de enfermo y que estaba invadida por esa inexplicable tristeza que no tiene causa. Sí. abstraído. milenios que ya todos habíamos hecho el favor de subir? Yo continuaba asomado al ventanillo. recapacité un tanto. etc. que ahora se había vestido con el humo blanco del silbato. cuando un afilado estilete perforó mi cabeza. Él ha sido Rector de la Universidad de Santo Domingo. A poco me di cuenta de que. 183 . Cuando regresé de la anterior reconcentración. de un sentimiento de calor y ruido. En efecto. acaso. solo. Sí. a ese desinfectante que echan en los cuartos de los enfermos y que flota en el aire como si fuera un cartelón: –¡Peligro de contagio!– y que el enfermo finge no sentir. los vi subir al carro de pasajeros. Desde la ventanilla. completamente solo? Bastóme otro ligero esfuerzo mental: yo esperaba que llegara la hora de la partida. No había errado en mis cálculos. no se trataba de un presentimiento. el último como debía corresponder a mi humildad. tenía el aspecto de cuarto de enfermo. comprobado a priori. pero sólo íbamos seis: un matrimonio joven. Tal vez hubo algún empeño de parte del humo para entrar en mis ojos. Entonces se oyó una voz que dijo: –Los pasajeros que hagan el favor de subir. ¿qué hacía yo en aquel andén. *Nota: Los cuentos de Vega Batlle no se han publicado en volumen. A poco subí yo. y debía hacer el viaje en ferrocarril. me di con que frente a mí estaba la locomotora. que venía hecho cosa tangible. Y comprendí que estaba cerca de una locomotora. Pero. ¿Hacía. iba a continuar tan mayúsculas filosofías. me miraban varias personas desconocidas. Y comprendí que había llegado demasiado temprano. como para treinta pasajeros. de pie y silenciosas. en realidad. Hice un ligero esfuerzo de reconcentración sobre mí mismo. iba para Santos. Nos sentamos. Yo había llegado de Santiago. VEGA BATLLE (N. igual que yo.

por fin. seguir adelante un poco. el carro de pasajeros. y sus olores. El convoy se componía de la locomotora. porque nunca arribaba a la última… Algo me indicó que el tren se estaba poniendo en marcha. la marcha definitiva hacia Santos. y cuando comprendí que me era imposible. y en cada una de ellas el tren debía hacer una parada. Se había atado fuertemente al pasamanos del sillón. En ese pequeño trayecto había diez y nueve diminutas estaciones. por ejemplo. Todos… ¡ay!… menos el oficial de policía. poco a poco. Una parada. 184 . Sin embargo. yo vi su sangre. por el ventanillo. daba la impresión de que sufría un gravísimo complejo de inferioridad: entonces comprendí que ella. me puse a mirar hacia afuera. Los primeros pasos fueron leves. negra. Su nombre oficial era Ferrocarril de Santana a Santiago. a la próxima solamente. que se me fueron cuerpo adentro. que ella disimuló rápidamente. tranquilos. ilesos. luego desanduvo quince. ¡Pobrecillo! No sabía él las terribles pruebas que el destino le reservaba… Me avergüenza contar cuál fue mi actitud. ¡Horror! Allí estaba la mañana. como llena de precoz desaliento del que se sabe inútil. Hacía muchos. la meta del viaje. y sólo ella. Su servicio se limitaba a ir y venir de Moca a Santos. aunque llenos de profunda vergüenza. casi microscópico. largos pero vacíos. Después. solamente. era notorio que nunca pudo salir de Santana ni llegar a Santiago. ¡Hombre precavido aquél! ¿Habrá ascendido en los grados de su cuerpo de seguridad pública?… Nos levantamos. con ese fuerte empeño de atrasarse que tiene el tiempo en todas las estaciones de ferrocarril. calculé lo incorrecto de mi posición y tomé en levantarme. Todos los pasajeros caímos al suelo. Quise sonreír. décadas. hasta agarrotarme la garganta. Tantos. pero debo hacerlo. Escupí. en lugar de años. como de viejo detective. ya aquel raro movimiento había alcanzado las proporciones de un trote fuerte como de mula embravecida. una señora carente de detalles y yo. que podía echarse el lujo de hacer juegos de palabras. acordes. fija en mí. y. después. a través de la ventana. con la bravura del enfermo que se siente perturbado en su anhelada y nunca satisfecha soledad. una campanada. aguda y femenina. Después. el carro fue tomando un movimiento ondulatorio y desarticulado. y decir. más tarde. pero sólo un vago gemido salió de su boca: un pequeño gemido. Un abundantísimo rubor debía cubrir mi rostro. a los cinco minutos de marcha. treinta de retroceso y. esperar… pitar. El esposo que fue el primero en reponerse. quiso reír. hondos. dos estaciones intermedias entre Santana y Santiago.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS con una niña de brazos que siempre chupaba objetos. pudo transmitir a la mañana ese ambiente de pesadumbre que llevaba dentro. un oficial de policía. vale decir: detenerse. apenas un poco. Sí: un leve resoplido salió de lo hondo de la locomotora: un pitido largo. como de tienda de juguetería. Puedo asegurar que la señora sin detalles recibió una pequeña herida en el temporal izquierdo. pequeña. por último. nunca a la última. gruesos. Y se detuvo en seco. luego pitar. Parece que el choque había hecho caer el cristal del ventanillo. distantes setenta y cuatro millas. Su aspecto era enfermizo. pero siempre adelante hasta llegar a la próxima estación. Tan pronto comprendí que estaba de bruces en el suelo. de arriba hacia abajo. con sus sillones pareados. esperar de nuevo el transcurso del tiempo: ese tiempo que siempre está atrasado. adulterados por el tiempo y su riente water-closet. el chirriar de todo el convoy. diez y ocho vagones para la carga. pitar. muchos años que rendía servicio. Observé que avanzaba diez metros. otros diez de avance.

Hoy. Luego nos dijimos cosas íntimas. avergonzada. —Con más frecuencia de la que usted pueda imaginar. la gota de carbón escapada de la túnica del humo de la chimenea. acosado por una fuerte y persistente manía persecutoria. para evitar choques con las vacas y otros animales que siempre la obstruyen. y… ya ve usted: no vamos tan mal. —Pero… ¿tenía usted prácticas anteriores? —No. como que quiso despertar. me dijo: —¿Qué importa una hora más o menos? Nadie lleva prisa. levantarse las ropas hasta más arriba del vientre. los brazos al cielo. rugir como una fiera acosada. seguido de otra brusca parada. Bajé. 185 . —Pero… ¿suele desprenderse? –inquirí atónito. Su causa obedece a que. dar un salto trascendental y lanzarse por la ventanilla. por falta de alumnos. mientras el tren marcha. también es cierto que otro apenas duró ochenta días. necesito imprimirle a mi cabeza un movimiento semigiratorio. al incorporarnos por tercera vez levanté la cabeza. Toda mi vida fui maestro de escuela. de pies ya. que ahora parecía un monumento. junto a un señor que parecía dormir. por delante. después de diez y siete horas de viaje. Un pitido violento. En la punta de cada pelo bailaba. y decidí aceptar este puesto de maquinista. Tenía un copioso bigote de mandarín. señor. pero sé que sabrá guardarlo. y fui a sentarme en un banco del solitario andencillo. ahora con una ligera variante: cuando. casi a mi oído: —Me es usted simpático y voy a hacerle una confidencia. El viaje se reanudó. díme con la señora sin detalles. Entonces comprendí que mi alma lloraba. Oiga: Las estadísticas de la empresa demuestran que la resistencia física y moral del maquinista apenas alcanza para un año de servicio. cristal abajo. La miseria amenazaba a mi familia. Ninguna importancia hubiera tenido aquel fracaso. Si es cierto que hubo uno que estableció un récord de once meses. hasta perderse en el doble tabique del vagón. arremolinada. de modo que pueda ir mirando la vía. a no ser porque oí cinco sonrisas a mi alrededor… Cinco sonrisas que patinaban por toda mi epidermis. una respetuosa admiración. Era flaco y pequeñito. sigue unido al convoy. Por fin abrió los ojos y musitó: —¿Pasajero? —Sí. ¿Y usted? —Soy el conductor–maquinista. Hubo maquinista que se vino a percatar de ello al llegar a Santos. que ya aparecía más adulta. lentamente. Esta vez me di cuenta de que llevábamos mayor velocidad y más acopio de ruidos inéditos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II porque vi aquella pequeña y decente secreción de mis glándulas salivales rodar. Había perdido la razón. Media hora de inútil espera… y vuelta a la consabida escena. Es un secreto de oficio. Y sentí por él un gran cariño. Mas él apoyándose de nuevo en el respaldo del banco. todos vinimos al suelo. Hace algunos meses clausuraron el plantel. Y no es para menos. Habíamos llegado a la primera estación. Después de una pausa. Conversamos. Saqué el reloj y le advertí la marcha del tiempo. al cabo de los cuales tuvo que ser recluido en una casa de salud. pleno de un viejo y profundo cansancio. En dos días aprendí. los ojos desorbitados. Contemplé de nuevo a la mañana. Le miré. y al mismo tiempo ir viendo hacia atrás. agregó. y como es lógico. mi mente es incapaz de reconstruir la magnitud de mi asombro. para llevar la certeza de que el último carro. arrobado. Al sentirme. el de pasajeros. ¿Ve usted esta casi imperceptible torcedura que llevo en el cuello? Es algo terrible que me arrastrará a la tumba. —Soy padre de familia y tengo cincuenta años.

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

Luego, según puede hoy colegir mi vacilante memoria, el tren siguió haciendo breves recorridos interrumpidos por luengas paradas. En una de ellas, la más larga, bajé de nuevo al andén. Ya la mañana no estaba allí. Se había quedado atrás. Debí presumir que caminábamos a gran velocidad. Tal vez… En cambio, había llegado la tarde, sana de cuerpo, como una rapaza de la montaña, llenos los vellos de sus piernas con los cadillos y las zarzas de estrellas y de las nebulosas que eran como un presagio de la noche que venía para poner a la tarde bajo el embozo de la sombra. La noche, sí, con los botones de las estrellas en los ojales de las nebulosas… Al cabo de centurias de minutos, me lancé a preguntar a mi amigo la causa de espera tan larga. Le encontré bajo un árbol, en el límite del bosque. Lloraba. Preguntéle la causa de su pena: —Señor –díjome–, se ha agotado el carbón. El tren no puede caminar. Vinieron lágrimas a mis ojos. Las columbraba, entre los hilos de mis pestañas, saltar, como pequeñas olas de un mar disperso. Cuando pude hablar le dije: —¿Y no es posible idearse algo para que camine? Si lo empujáramos… no cree usted –me aventuré a insinuar. —Imposible. Pesa demasiado. Entonces fue cuando sentí, en la obscuridad de mi cerebro, como que encendían el fósforo del genio, que sólo una vez es genio, y grité: —¿Y si desarmamos uno de los furgones de carga y lo utilizamos como combustible? Sentí el garfio del nervio que no tiene control en el entusiasmo súbito: eran las manos de mi amigo el maquinista que estrechaban las manos de su amigo el viajero. ¡Pobre alma buena! Le vi correr hacia la víctima… hacia la víctima, que era el carro número catorce… El tren caminó. Ya habían traído el paraguas de negro terciopelo de la noche. Eran las nueve. Entonces pude observar un cintillo negro en el brazo izquierdo del joven esposo. ¿Era, por ventura, un jirón de la noche? A mi pregunta respondió: —Es por la niña. La enterramos en la estación anterior. Fue en ese mismo momento cuando observé lleno de pavor, que el carro se deslizaba como en el aire; que luego le entraba un extraño melindre afectado, cual si le hubieran dado un pinchazo: eran las espuelas de la Muere que se clavaban en los ijares del convoy… Me percaté de que íbamos en vilo, por los elementos. Percibí un cambio radicalísimo en los ruidos. Luego un silencio atroz, que duró un instante. En mi cabeza entró el vacío… y perdí el conocimiento. Cuando volví a la razón, estaba en Santos, la dulce y bella pequeña villa, en la honda axila de la bahía… Allí lo supe todo. Yo era el único superviviente. El tren había llegado a Santos sin locomotora ni maquinista. La empresa explicó el hecho diciendo que ambos se fueron por un puente, desapareciendo en el fango, y que el resto del convoy, por impulso y desnivel, siguió corriendo hasta llegar a Santos. El pueblo, sin embargo, tuvo distintas maneras de interpretar aquello… Mas yo creo, francamente, que la máquina abandonó el carril y se fue por la jungla, desesperada, llena de remordimientos, plena de pensamientos suicidas, por la antropofagia cometida con el vagón de carga, que engulló en su vientre de llamas. Tal vez podría
186

SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II

vérsela, corriendo, desaforada y sin rumbo, por bosques y montañas, en noches óquedas y tempestuosas, como un terrible fantasma de hierro y fuego, violador de mañanas enfermizas.

OTILIO VIGIL DÍAZ (N. 1880)*

Cándido Espuela
A Elías Brache hijo

En el plácido y pintoresco pueblecito de Jarabacoa –un nido en el corazón de la montaña– Cándido Espuela era el hombre polivalente. Político de fuste, secretario de todas las secretarías, maestro de escuela, agricultor, orador, curandero, boticario, negociante, corresponsal del Listín Diario, literato, hacedor de charadas, maquiñón, prestidigitador y gallero. Todos estos ejercicios eran circunstanciales y transitorios, y los cambiaba dado su temperamento inquieto, aventurero y guerrero, por las armas, que eran su delirio, su vocación permanente, básica, definitiva; por las armas reivindicadoras y vindicadoras, como decía él, seguido que estrellaba el primer cojetazo en uno de los cuatro puntos cardinales de la convulsiva República. No se habían cicatrizado aún las heridas profundas que habían hecho en el crédito político, económico y social, en el mismo corazón de la república, la llamada “Revolución de la Unión”, ese amasijo de felonías y fechorías, de ambiciones y de crímenes, en la que tomó parte activa, activísima y decisiva, el malicioso Cándido Espuela, cuando la llamada Revolución de la “Desunión”, la más cruenta y salvaje de todas las habidas, prendió de nuevo la tea de la guerra civil, cuyas llamas iluminaron, trágicamente, a esta tierra nuestra, la más dulce, la más bella, la más fecunda y desgraciada del mundo. Una de esas mañanas alegres, del precioso y canoro valle de La Vega Real –recargado siempre de perfumes bucólicos– se sintió, de súbito, un tá, tá, tí, tá, un toque de corneta de los lados de la Cigua, por donde un sobrino del polivalente Cándido Espuela, polivalente y bélico, llamado Turín, un muchacho medio civilizado, honrado y trabajador, ajeno por completo a ventajas y canallerías de la malvada política criolla, que tenía una pulpería buenaza, hecha de hombre a hombre, con honradez, con el sudor de su frente, que es como aconsejó Dios que se haga el dinero, para que no envenene el alma, el pensamiento, la vida y la muerte… —Esa tropa –murmuró el joven y honrado comerciante–, segurito que es de tío Cachito, como le decía él cariñosamente, y como si le hubieran tocado un botón eléctrico, saltó hacia la parte afuera del mostrador, en mangas de camisa. Apenas habían desfilado, de uno en fondo, frente al bien surtido establecimiento de Turín, los veinte o treinta infelices campesinos, jocundos y chachareros, regalando saludos y adioses, de boca, de manos y de sombreros, cuando irrumpió en la amplia enramada anexa a la pulpería, el Jefe de la Columna, que venía a lomo de Cañonga, su mula baya, cañas negras, su ñoña, como decía él, que estaba para ese entonces que se le podía jugar dados en las nalgas, redonditas y lustrosas.
*O. Vigil Díaz, autor de Góndolas (1912); Miserere Patricio (1915); Galeras de Pafos (1921); Del Sena al Ozama (1922); Orégano (1940); Lilís y Alejandrito (1956), y artículos y juicios críticos (fatamorgana) dispersos en diarios y revistas.

187

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

Cándido Espuela venía armado hasta los dientes. Traía un sable de espejitos, un revólver nuvesiningo, cacha de nácar, con dos correas llenas de cápsulas preciosas. Un puñal pata e venao y un brogocito sobre las ingles. En el sombrero, con el ala levantada alante a lo mambí cubano, que le dejaba al descubierto la cara blanca, pero fuertemente tostada por el sol, un lazo grandísimo de candelón. En bandolera, la porturola, la cartuchera de búfalo, hecha en Santiago, y nuevecita también. —La bendición, tío Cachito. —Dios de bendiga, sobrino, y te haga un santo. —Desmóntese, tío; pa que tome café y se desayune. —Hombre sí, sobrino, te voy a complacei, poique eta milicia endiablá, me tiene, que a eta hora que tú ve, no me he echao ni un trago de jengibre en el buche. El malicioso, práctico y mentiroso Cándido Espuela, echó pie a tierra con dificultad, entorpecido por las armas superabundantemente innecesarias, y poco después de los abrazos, bendiciones y saludos, a familiares y extraños, tío y sobrino, con empalagosa amabilidad foránea, se sentaron a la mesa cibaeña, siempre oportuna, suculenta, nitrogenada, esa mesa digna de la caverna prehistórica, recargada de viandas humeantes, de huevos fritos con los cebollines y la clara achicharrada, de carne y longanizas fritas sin estáticas, sin burruqueos inciviles. Ya en el café, en el paladeo de ese aromático y sabroso café de La Vega, en el preciso momento filosófico en que Espuela encendía un cigarro, el sobrino, que lo quería y que ya tenía su trompo embollado, le rastrilló a boca de jarro: —Tío, perdóneme la pregunta, ¿pero para dónde va uté con esa tropita?… —Para dónde voy a dir, muchacho, parriba, pai sitio de la Capitai. —Dispénseme, tío Cachito, pero dígame, ¿cuándo e que usté va a entrai en juicio?… Uté no sabe que la cosa pallá arriba está que arde. A Eliseo y otro General colúo le han rompío la caja dei pecho de un cañonazo. Si a usté lo malogran en una de esas sabanas grandísimas, se lo comen los perros, ahí no entierran a nadie. Si uté se muere pacá, le llenan la sepultura de clavellina y estefanotas, toitico el mundo lo llora, le hacen un rincón bien gritao, y una misa con música. Cómo se le ocurre, cojei ahora parriba, licencie esa tropita en llegando a Pontón, y vuéivase, que usté es un hombre muy querío, útil, necesario, indispensable, sin uté su pueblo no es pueblo, quédese poi Dió, no vaya a paite. Espuela, con la barba sobre el pecho, afectadamente enternecido y agradecido por las cándidas reflexiones del sobrino, le contestó: —Tropita no, sobrino, tropa y de la buenaza, de la caliente, de esas que dejan el sitio pelaito largando plomo. Pero, después de to, no te preocupe, que yo nunca me adentro mucho en la chispa, yo peleo siempre detrá del jumo, que digamos, –y echándose la porturola, la cartuchera de búfalo, sobre el ombligo– ve, –le dijo, y fue sacando y poniendo sobre la mesa: Un pedacito de corcho, un cabo de vela de cera, tres cajas de fósforo, dos juegos de barajas españolas viboreá, dos dados cargados en tres suertes en la carrera, y una panela de dulce de leche. Sobrino, yo no he matao ni pienso matai a naide. Y hurgando de nuevo hasta el fondo de la porturola de búfalo, sacó y le mostró al sobrino algunas cápsulas, haciéndole notar sus condiciones inofensivas. —Ve, sobrino, son de güebo e chivo y mi carabina es un brogocito; y después de relojear los contornos de la pulpería, por si había moros en la corte, le dijo casi en el estribo del oído:
188

SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II

—En el último sitio, en el de la Unión, yo me gané mil pesos. Déjame jacei, que yo no dentro en eta cosas sino poi negocio na má, yo no creo en nada ni en naide… Y le echó la pierna a Cañonga, que piafaba en la enramada, loca por tragar tierra caliente, tierra de guerra…

A la sombra de caoba corpulenta reposan Jesucristo y San Pedro, después de andar por el mundo mejorando la suerte de los mortales. El mal se alejaba momentáneamente de la tierra, y el divino Jesús quiso, además de todo el bien realizado, otorgarle un don a cada ejemplar de las razas humanas. Entonces fue cuando San Pedro hizo comparecer al indio, al blanco, al negro, al amarillo y al mulato. Trató de colocar al negro en lugar de preferencia, compadecido de haberlo visto trabajar de seis a seis, tostado por el sol y en ocasiones bajo torrenciales aguaceros. Y su mirada, a la que nada se esconde, notó que el negro se deslizaba, se evadía colocándose en la retaguardia. —Jesús –habló San Pedro– está satisfecho del regular comportamiento de ustedes y, compadecido por los viejos padecimientos de todos, quiere otorgarle un don a cada uno. Pídele tú lo que más deseas, –le ordenó al blanco. —Señor –suplicó el aludido arrodillándose ante el Redentor del mundo– dame una chispa de tu sabiduría. Tengo fe y con tu ayuda sabré descubrir medios para aliviar y mejorar la suerte de mis semejantes. —Otorgada te es: estudia y sabrás… –le dijo el Señor. —Pídele ahora tú, –le ordenó San Pedro al amarillo. —Señor, que una chispa de tu lumbre resplandezca en la hoja de mi espada: quiero ser un conquistador. Por la memoria del llavero eterno pasaron sombras diversas, chorreando sangre… y las pupilas se le nublaron. —Otorgada te es, y conquistarás mientras seas clemente; –díjole Dios. —Pídele tú, –le ordenó San Pedro al indio sin volver a mirar al amarillo. —Quiero una brasa de tu luz, Señor, para encender el tabaco de mi cachimbo, y fumar, y soñar… –suspiró éste. —Otorgada te es: tómala, fuma y… sueña; –le dijo Jesucristo envolviéndole las ideas en la humareda en que se convertía el tabaco de su cachimbo. —Pídele tú, –le ordenó San Pedro al mulato mirándole hasta el fondo de la conciencia y sin pizca de simpatía. —Dame, buen Dios, la chispita necesaria para mantener encendido el fuego de mis apetitos: quiero gozar… ¡Gozar y gozar y no perder el gusto! —Otorgada te es, –suspiró Jesús–. Peca y… arrepentido, reza. Y el negro, receloso, no se acercaba. Un viento manso venía de más allá del mar, voló sobre la llanura y, feliz, acarició durante un rato las sedosas y abundantes barbas del llavero eterno, quien, dulcificando aún más la voz, ordenó con simpatía:
*Este cuento de camino, o folklórico, le fue dictado en Enriquillo a Sócrates Nolasco por el señor Numa Pompilio Sánchez, ahora ciego, de setenta años de edad, quien fue Juez Alcalde durante varios años.

CUENTO DE CAMINO Por qué el negro tiene la piel así*

189

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

—No seas tan tímido; acércate y pide. Entonces el negro, sospechando como ante un recodo del camino real, se rascó la cabeza y mirando de soslayo, precavidamente dijo: —Mire, Siño Jesucrito, y Uté, don San Pedro… no se preocupen por mí, que yo ando atrá d’esta gente: soy el encargao de llevale las maletas. Y desde aquel lejano día, por haber preferido a una chispita divina la desconfianza, hija de la malicia, anda y andará el negro con la piel a oscuras sabrá Dios hasta cuándo.

190

No. 16

J. M. sanz lajara
el candado
Prólogo Manuel Valldeperes

prólogo
Cuando J. M. Sanz Lajara publicó en 1949, los primeros cuentos de ambiente americano en su libro Cotopaxi, hizo, en las palabras de presentación, una confesión que es válida para toda su obra posterior. “Alguien dijo, hablando de la vida –escribía hace diez años–, que en ella existe toda plasmación. Añadiremos que la fantasía en literatura está desapareciendo, si no ha desaparecido ya. Este libro se formó en la vida, con ella y de ella. Los hombres que voy a presentar cruzaron sus caminos con el mío. Las mujeres pasaron por mi puerta y algunas –¡benditas sean!– dejaron un beso, una caricia y una que otra lágrima, que sin dolor no hay sentido del propio destino”. Refiriéndonos a este libro –cuentos y narraciones ecuatorianos–, dijimos: “Sanz Lajara es un escritor que aspira a la máxima naturalidad y también a la más diáfana claridad descriptiva. Leyendo las páginas de Cotopaxi se siente la sensación del contacto directo con lo que en ellas se describe. El paisaje adquiere extraordinaria grandeza, no porque haya acertado a presentarlo en su natural fisonomía, sino por haber sabido descifrar su misterio y descubrírnoslo con emocionada sinceridad. Y si ha sabido calar hondo en la entraña de la tierra, de una tierra serena y colérica al mismo tiempo, poblada de volcanes, no ha sido menor su acierto al presentarnos a los hombres que la animan con sus cantos y que la riegan con sus lágrimas. Cotopaxi cuenta, pues, con el respaldo de la vida”. “La vida es el hombre –agregábamos–. Por eso Cotopaxi recoge las verdades de la vida, ora alegres ora trágicas, al través de lo cotidiano, de la simplicidad de lo cotidiano. El emético Pedro, el terrible Juan Manuel, la cerril Maruja y la romántica Sheila, para no citar más que algunos de los tipos que desfilan por ese retablo de amor, son seres arrancados de la realidad. Seres a quienes el autor ha visto amorosamente y ha tratado en su diario vivir. Sus huellas están en el libro en la plenitud de su vivencia espiritual. El fervor descriptivo es lo que Sanz Lajara ha puesto en ellos para que el instante de vida que ha captado tenga, además de verismo, impresa la huella de la emoción verdadera. Y esto es lo que hace que Cotopaxi sea, no sólo una biografía con alma, sino la captación amorosa –y por amorosa espiritualizada– del alma de un pueblo”. En Aconcagua, libro de cuentos publicado en 1951, Sanz Lajara sigue las mismas sendas vitales de Cotopaxi. Vitales y luminosas, porque ambos libros se formaron en la vida –con ella y de ella–, para ser vida a su vez: vida animada por un tesoro inapreciable de experiencias. Conocedor de América –hombre y paisaje, acción y ambiente–, Sanz Lajara nos presenta un “Aconcagua”, relatado con la emoción del observador inquieto, lo que su escrutadora mirada ha descubierto, fuera de lo común, por tierras del Perú, de Chile, del Brasil y de la Argentina. Son hombres y mujeres de América, con sus peculiaridades al descubierto, porque nos las presenta con el corazón palpitante, dentro de un ambiente tan real como incitante. En el libro de ahora, en El Candado –veinte cuentos de ambiente continental–, al igual que en Cotopaxi y en Aconcagua, el hombre de América y la América misma, palpitan. El americanismo de este libro –americanismo con anhelos y angustias para y por el hombre universal– no discrimina: presenta los hechos con toda su intrínseca e influyente veracidad. Por eso, precisamente, el hombre de América se reconoce en sus páginas. Se reconoce como colectividad con un destino común y con la sola ambición de este destino. Ha dicho Sanz Lajara, para resumir ese esencial americanismo: “…hay en esta América tanto y tanto de ver y de amar, que no hace falta mirar a otra parte. Bajo sus cielos azules,
193

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

conviviendo con sus pueblos y razas, siendo parte de ellos, se acerca uno bastante a la felicidad”. Y a descubrir esta felicidad, después de haber descubierto el hombre y el paisaje americanos –su naturaleza incitante–, tienden las inquietantes y sutiles páginas de El Candado. A descubrir esta felicidad al través de la vida cotidiana, con todo lo que hay en ella de alegre y de bueno y también de angustia y sufrimiento. Las páginas de este libro resuman, como las de Cotopaxi, como las de Aconcagua, una profunda compenetración espiritual con el medio y un hondo conocimiento de la realidad. De esta comprensión y de esta penetración, tanto como de la manera directa y simple de narrar los hechos, no exenta de un dulce hálito poético, surge la impresionante sinceridad de los cuentos de El Candado. Escritor ávido de vida, Sanz Lajara capta lo que trasciende de esta tierra recatada y virgen y la ama. Este amor es lo que ha dejado flotando en el libro para hacer cierta su propia afirmación: para hablar de montañas hay que amar a las montañas, para hablar de hombres hay que amar y comprender a los hombres. Y de amor y comprensión está hecha su obra. Es sorprendente comprobar cómo, en un estilo impresionista, ágil y vigoroso al mismo tiempo, va arrancando Sanz Lajara los secretos a la naturaleza y al hombre para describirlos con precisión y claridad. Y es sorprendente comprobar, también, cómo se va perfilando la biografía de la vida, al través de pinceladas nerviosas, en las páginas emocionadas y emocionantes de El Candado. Esta difícil facilidad es la que acredita a Sanz Lajara como escritor de temple. Como un escritor de temple que sabe descubrir en la actualidad viva lo que hay de legendario en América y que el hombre no ha dejado morir para que perdure su singular contextura psicológica. Los tipos cuyo instante de vida ha captado Sanz Lajara en sus cuentos son diversos, con esa diversidad que hace infinita en matices la biografía del hombre. De esa diversidad ha sacado provecho el autor para ofrecernos una síntesis de la vida del hombre americano. Y si es cierto que nos ha presentado a todos y a cada uno de ellos con amor, también lo es que por ese amor, por su fidelidad a ese amor, no ha dejado de ser fiel a la verdad. De Camilo a Luis y de la joven María a la negra Ángela hay un abismo que vencer; pero flotando por sobre ese abismo de caracteres está la vida, triunfante, con su lastre de angustias y de dolores y también de sanas alegrías: la sana alegría de vivir, que es la gran esperanza y el gran estímulo del hombre. Y esto –el alma de un continente– es lo que late en los cuentos de Sanz Lajara.


Se ha dicho que el cuento literario es la transformación de la verdad verdadera, al través de una mente apasionada, hasta convertirla en una mentira bella. Esto no es el caso de Sanz Lajara, cuya originalidad, que es una transposición de la realidad más íntima, constituye una protección contra interferencias extrañas o, si se quiere, contra la violación, por ajenas sensibilidades, de una intimidad en carne viva. Ya hemos dicho que el autor de Cotopaxi, de Aconcagua y de El Candado aprehende, en sus cuentos, los secretos de la naturaleza y del hombre para describirlos con precisión y claridad, sin quedarse nunca en el interés puramente descriptivo. Por eso se mantiene en ese punto intermedio, vital y emotivo al mismo tiempo, entre el desprecio de los hechos, que conduce a un lirismo estéril, y la supervaloración de éstos, que nos sitúa en el campo estricto del reportaje.
194

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

Sanz Lajara es un escritor original, de la estirpe de los grandes de América, porque contempla la vida con afán analítico. La desnuda, la desmonta y la reconstruye con su propia personalidad revelada de adentro hacia afuera; pero no desarma nunca la estructura interna de la realidad para narrar los hechos. Tampoco cae en el boceto costumbrista, porque en sus narraciones hay emoción. Por eso sus cuentos son cauce de una expresión netamente americana. Todos los personajes de los cuentos de El Candado y de sus libros anteriores –Cotopaxi y Aconcagua– son reales, vivos, arrancados de la desnuda y aleccionadora realidad de cada día y el autor no los aparta, al darles vida literaria, de esa realidad, de su realidad. Son seres que no se miran vivir, sino que viven. Sus miradas se vuelven hacia adentro para verse tal como son, para mostrarse, en la plenitud de su vigencia humana, tal como son. En ninguno de los humildes personajes que nos presenta Sanz Lajara, tan llenos de vida, tan sublimes en el dolor, tan esperanzados, hay el más mínimo atisbo de falsedad. Son reales –algunas veces cruelmente reales– y, sin embargo, destilan poesía. La misma poesía con que el autor va creando el ambiente que les circunda. Así son María de La casa grande, tan serena en el amor; Paulo, el de la vida bien vivida, de El sueño; Isaías y Ángela, los negros felices de El milagro; el indio Osvaldo, sumergido en el recuerdo de Shirma… Así son todos los hombres y mujeres a cuya vida nos acerca. Es que Sanz Lajara nos presenta al hombre como parte articulada de la naturaleza, en su esencia humana y vinculado al medio para que su espíritu trascienda y se manifieste ampliamente. Así es como surge el fondo de poesía que hay en sus cuentos y, sobre todo, su calidad pictórica, alucinante y emotiva. Y así es como consigue que sus descripciones posean una emocionante y sugestiva plasticidad. Pero, a pesar de su poder de sugestión, no es la existencia de los personajes –lo real de esa existencia– lo que más nos impresiona en los cuentos de Sanz Lajara, sino su vida espiritual, con todo lo que hay en ella de videncia y de presentimiento, de sugestión de otras vidas. Se trata de un trasunto de lo individual a lo universal y humano al través del cual trata de descubrir el sentido superior del hombre como paso seguro hacia la fijación de su destino. La nacionalidad no es una obligación impuesta al escritor, sino una necesidad intrínseca de su obra y, por consiguiente, un atributo de ésta: la fuerza y la vivencia del origen. Por eso, a pesar del ámbito americano de los cuentos de Sanz Lajara, la presencia del dominicano está latente en todos ellos. Y es desde este espíritu, precisamente, que ve lo americano con claridad y simpatía, con amor y, sobre todo, con esperanza. Su estilo es claro porque ve las cosas con claridad y las dice de manera convincente. Prosa clara, diáfana, dinámica en la que las palabras, imbuidas de aliento poético y de humano temblor, nos dan una idea exacta de su valor: la más adecuada a las ideas y a los sentimientos que expresan. Esta claridad es parte muy importante de la originalidad que se manifiesta en El Candado. Ahora que la pasión creadora de América se ha concentrado, para dar en el cuento lo más peculiar y lo más auténtico de sí misma, J. M. Sanz Lajara ha de ser tenido por uno de los escritores más representativos de nuestro Continente, porque esta pasión creadora –reveladora– está viva en él, con toda su influencia trascendente. Manuel Valldeperes
Ciudad Trujillo, mayo de 1959.

195

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

Sanz Lajara recoge en este libro un grupo de cuentos que ha recorrido América y Europa. Mundo Hispánico en Madrid, La Prensa en Lima, Clarín y el Nacional en Buenos Aires, Hablemos en New York, Américas en Washington, Correo da Manha y Tribuna de Imprensa en Río de Janeiro, publicaron oportunamente lo mejor de esta cosecha del escritor dominicano que ya es propiedad del gran público continental. Cuando el autor era embajador en el Brasil, un grupo de intelectuales formó en aquella capital una peña literaria que recibió el nombre de Rui Barbossa. La edición brasileña de estos cuentos dijo entonces: “El Candado, El Charco, El Otro, El Feo, no sólo caracterizan a un escritor, señalándolo definitivamente como uno de los artistas más perfectos, sino que, sobre todo, lo inscriben entre los creadores dotados en igual dosis de la llama del talento y del secreto de la artesanía, pues él es artista y artesano, como lo son pocos cuentistas contemporáneos que, frecuentemente, hacen cuentos perfectos a su manera, despreciando las reglas del género”. (O Cadeado, página 128). “Estos cuentos forman, desde ahora, parte de una antología del cuento americano que ha de ser hecha sin prejuicios y preconceptos. Para que un cuentista pueda ser llamado maestro en el género, para que sus historias se transformen en eso que se acostumbra llamar literatura en vida inmediata, en vida vivida y sufrida, no es necesario otra cosa, no se precisan otros elementos que esos usados por Sanz Lajara con tal fuerza –y firmeza– que después de la primera página de cualquiera de sus trabajos se cautiva al lector y después de la última lo obliga a quitarse el sombrero. Quitemos, pues, el sombrero”.

196

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

El candado
—¡Váyase, compadre! ¿No está viendo que bebió demasiado? —Sírvame otro, otro no me hará mal. Camilo inclinó la cabeza sobre la mesa y se hundió los puños en las mejillas. En la calle un viento frío golpeaba las casas dormidas. En la taberna el humo de los cigarros no podía salir. —Deme, –ordenó Camilo– este último será el mejor. No quería volver a casa. Estaba, de pronto, cansado de luchar contra su corazón que adoraba a Elena y contra su orgullo que deseaba matarla. Eran cosas de hombre y cosas de indio todos los pensamientos de Camilo. Apuró su trago y suspiró. Seguramente que llevaba caminados muchos suspiros aquella noche. Y muchas maldiciones, encerradas en su pecho, como el humo de la taberna que no podía salir. —Voy a cerrar –dijo el tabernero, con una voz sin apelación. Los indios se fueron levantando a regañadientes, como si la muerte les hubiese llegado en la última copa. Camilo quedó sentado, encogido dentro de su dolor. —¡Ándale, Camilo! –le suplicó el tabernero, cuando los dos estuvieron solos en el salón acallado. Se levantó, irguió la cabeza, se echó atrás el pelo, caminó hacia la puerta. Sentía que el piso le golpeaba con su oleaje y que las paredes estaban bailando una danza triste, como la música que los indios entonan en tiempo de sequía. En mitad de la calleja se detuvo y respiró con los brazos abiertos. —No se me pierda, compadre –oyó decir al tabernero–, mire que la Elena luego me echa la culpa. Camilo se movió cuesta arriba, sobre los adoquines que resbalaban en sus alpargatas. Las montañas se inclinaban para recoger, suavemente, a la arcaica ciudad violeta. Una luna de pizarra saltaba de un cerro al otro, borracha de distancias, como Camilo. En las puertas cerradas no había ningún candado. Los indios dormían, o hacían el amor, o sufrían, o rezaban, o estaban quietos, esperando morir en una noche así, de luna de pizarra encima de la ciudad violeta. Camilo sabía que en la puerta de su casa no habría candado. Era esa su ilusión, su gran esperanza, masticada entre tragos, soñada ante la mesa de la taberna, en las horas de sueños y de temores. Y si no había candado, podría tocar con escándalo para que Elena le abriese y en Elena descargar su hambre de besos y su fiebre de mimos. Iba solitario, luchando contra la calle que se alzaba y se caía, como el lecho tormentoso de un río, como las grietas misteriosas de un glaciar. Contó las puertas, contó las casas. En ésta nació un niño que no vería la luz del sol, en aquélla murió un viejo muy viejo, de cara ovejuna y nariz ganchuda, en esa otra presintió silencio, el silencio que dejan los hombres y las mujeres que no son más. Y Camilo estuvo frente a su puerta. Y sintió temblíos, porque en su puerta, colgado como un pezón, estaba el candado. Elena su mujer no había regresado, y Camilo tuvo ganas de llorar. Miró al candado, lo tocó con sus manos, lo acarició. Luego descargó en él una patada, y otras muchas, y en ellas su ira y su encono, sus furias de macho vencido. Se arrodilló, cerró los ojos. —¡Mi Elena! –monologó. ¡Mi Elena del alma! ¿Por qué te has ido? ¿No ves que te quiero, no ves que no puedo vivir sin ti?
197

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

Sus palabras rebotaron en la calle desierta, de casa en casa, de esquina en esquina, desesperadas y calientes, como animalitos acabados de nacer. Después volvieron hasta su boca, abierta en la noche como un pozo insondable. —Un hombre sólo quiere a una mujer, Elena. Yo te quise desde niña, desde que jugábamos en el valle y nos bañábamos en el río. Tú no tienes otro dueño, yo no tengo otra dueña. Nos conocemos como la tierra al agua que baja de las nubes, Elena. ¿Por qué me haces caso? ¿No ves que soy el más bruto de los indios, el más imbécil de los hombres? ¡Mi Elena! Tú cerraste esta puerta, para dejarme en la calle, borracho como estoy, sufriendo como estoy… Se agrandaba el lamento, un lamento que iba perdiendo orgullo a medida que crecía y enjuagaba el candado con saliva. Camilo lloraba con lágrimas grandes. Hipaba, se contorsionaba. La luna se había aquietado sobre un cerro. La ciudad no se movía, a pesar de que los perros ladraban su intranquilidad. —Yo no puedo dejar de quererte, Elena, no podría jamás. ¿No sabías que tú eres la cosecha y la lluvia, la paz y el amor, mis hijos y mis locuras? Perdona mis golpes, perdona mis insultos, perdona a tu Camilo… Sé que he afrentado a tu cuerpo, pero también puse en él todas las ansias que traje de mi padre. ¡Elena…! El nombre de la mujer ausente se elevaba ante la puerta, hendía los maderos y entraba al cuarto oscuro y vacío, donde esa noche Elena no había venido a dormir, ni a esperar la paliza de Camilo. Y el indio siguió llorando, a la callandita, con unos ruidos que parecían de ratón, con unos ruidos que arañaban la puerta o hacían tintinear al candado, siempre colgado como un pezón. —¡Mentira que eres mala! ¿Me oyes? ¡Mentira! Son cosas que me invento para hacerte sufrir, para que sepas que yo soy el macho, que yo mando en mi casa, en mi cama, en tu cuerpo, en tu corazón. ¡Porque soy muy macho! Le parto el pescuezo al que te mire… No lo dudes, Elena. No me importa que los niños te hayan ablandado la barriga, ni que tus pechos no sean los palomos de nuestra juventud. ¡No me importa! Lo que me importa es tu abrazo, es tu llanto, son tus ojos que cuidan mi sueño de borracho, que saben cuando los niños tienen fiebre. Lo que quiero es que te quiero. ¡Y te quiero tanto que ya no tengo orgullo y te lloro, Elena, te lloro como si toditas mis lágrimas no me bastaran, y me fuera preciso irme al río, y allí mojarme los ojos, para llorar más! ¡Qué poco hombre he sido, Elena, qué poco macho que soy para ti! Comenzaba a bajar la niebla de la serranía. Del negro costillar de los volcanes fue cayendo la sábana envolvente, en la que pronto se arropó, llena de frío, la ciudad. Y los indios dormidos la sintieron llegar hasta sus lechos, encogiéndolos como bestias gastadas, como ramas de un árbol que arrancó el huracán. —¡Elena! –mugía Camilo, arrodillado ante el candado que no quería contestarle. Ya le dolían las piernas y las rodillas ante aquel altar solitario–. ¡Mi Elenita buena, mi Elenita mansa, mi Elenita santa, más santa y más buena que todas las santas…! Déjame entrar, Elena, déjame entrar a mi cama y besarte, besarte mucho, como yo sé que a ti te gusta que te besen cuando hace frío. Déjame que durmamos juntos, como siempre hemos dormido. No te he de pegar, Elena, no te he de pegar más. Camilo sintió frío, el frío seco y agudo de los indios que se emborrachan ante las zambas y en los zaguanes, el frío que mata los animales en los páramos o enloquece a los volcanes. Pero su llanto, saliéndole del pecho y corriéndole por las mejillas, le calentaba la boca y las manos, sus manos hechas zarpas sobre el candado.
198

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

—Elena, ya me estoy enojando, ya me están cargando tus indiferencias. ¡Abre esta puerta, Elena! Quita este maldito candado que no me deja verte, ni besar tu boca, ni morder tu pelo, ni decirte al oído, bien cerquita, todas las cosas que tanto te gustan… ¿Te recuerdas cuando nació el Emilio, y la Elenita, y los mellizos, y el Josecito, y las mellizas? Nuestro amor es grande, tan grande como los montes… Cayó el borracho sobre la calzada y cerró los ojos. En el principio de su sueño profundo le dio un beso a Elena. Y con el beso aquél, un abrazo apretado, un abrazo amoroso, de vuelta a la vida, de vuelta a su mujer que regresaba. Amaneció. El sol anduvo buscando camino en la cordillera y se coló al fin por el desfiladero, y entró a la ciudad sin premuras, como si su visita fuera cosa manoseada y común. Luego los indios, desperezándose, fueron asomando sus caras en las puertas entreabiertas y uno que otro levantó los ojos, saludando al sol, o persignándose, sin comprender el nuevo amanecer. —Ahí está el Camilo, borracho como siempre; ¡qué hombre, Dios mío! Pobre de la Elena! Aguantarse un marido que no sirve para nada… Tímidas como hormigas, despertadas de un sueño sin descanso, murmuraron las mujeres camino de la ciudad. Y los niños, emponchados, comenzaron a corretear en la calleja. Uno de ellos envió una piedra, que golpeó sonoramente el candado de la puerta de Camilo. Después llegó Elena, con la fila de los inditos detrás. —Sin ruido, hijos, que vuestro padre está mal otra vez. Pasó sobre el cuerpo de Camilo, abrió el candado con una llave grande y pesada y rogó a los hijos: —Ayúdadme… No le despertéis… Cargaron a Camilo, como en un entierro. Le llevaron a su cama y le arroparon cuidadosamente. Después Elena se asomó a la puerta y antes de guardar el candado, se puso a llorar silenciosamente en un rincón. Allí estuvo unos minutos, antes de comenzar a preparar el desayuno, usando de algunas de las lágrimas que tenía guardadas en el pecho, desde que era niña, hasta que fuera vieja.

La casa grande
Era una casa con historia. Casi con mil historias. Se alzaba en lo alto de la colina y se subía a ella por un caminito resquebrajado y pedregoso. Tenía ancha balconada y ventanas azules, que eran los ojos de la blanca pared de cal. Hubiera sido una casa más, de no ser por las luces que la abrillaban de noche y las risas que saltaban hasta el valle como cohetes. Además, en la casa grande siempre había hombres y mujeres, muchos hombres y muchas mujeres. Y risas, risas y risotadas y aun carcajadas. Nadie había buscado lágrimas en la casa grande. Cuando trajeron a María a la casa grande, María todavía era niña, un ovillo de carne acremada, con dos ojos profundos y verdes, como agua de mar tropical, y un cuerpito rosado y débil, tan débil que en él los movimientos parecían cansados antes de comenzar. La entregaron de noche y allí se quedó, remota y perdida, envuelta en las luces, el ruido, y el taconeo de las mujeres, desconocida por los hombres que no podían comprenderla. Después, con los años, María fue en la casa grande sólo una cosa, sin sexo, sin palabras, con el hálito de vida indispensable para no ser confundida con las alfombras o con la escupidera.
199

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

Luis era del pueblo, como los árboles o las piedras. Y el padre de Luis, y el abuelo de Luis, también eran del pueblo. Y como Luis sabía que el padre suyo y el abuelo suyo conocían la casa grande, en Luis, desde muy niño, latió el deseo de conocer la casa grande. Le atraían las luces y las risas y sobre todo el perfume que un día percibió en una de las mujeres de la casa grande cuando ella pasó por su lado, en una calle del pueblo. Eran muy conocidas las mujeres de la casa grande. Como habían llegado de todos los caminos y sabían de todas las historias, y además amaban en todos los amores, la gente respetaba un poco a las mujeres de la casa grande. No tenían nombres exóticos ni grandes preocupaciones, algunas no sabían leer y la mayoría era holgazana, un rebaño de hembras que vivía de noche. Y esto último estaba muy de acuerdo con la voluntad y los deseos de los hombres del pueblo. Y aun de los hombres de algunos pueblos vecinos. Y hasta de otros pueblos que no eran vecinos. Por eso Luis oyó decir una vez que sin la casa grande toda aquella comarca hubiera sido de lo más aburrida. Los pensamientos de Luis respecto a la casa grande eran muy diversos. Noches hubo en que la comparó con un coche que corría por el bosque; noches en que odió la algazara que de ella salía hasta meterse debajo de su almohada, no dejándole dormir; noches en las que, sin entenderlo bien, deseó que la casa grande fuera un bote de río y él su piloto, para llevársela hasta el mar y dormirse en las olas. Eran pensamientos invertebrados, los pensamientos sin huesos de los niños que todavía no saben amar. Luis creció alto de cuerpo, un mulatón con el arqueo de un gorila y la fuerza de una locomotora, aunque una locomotora a vapor, no eléctrica, porque sería demasiada fuerza en un hombre. Gustaba cosas raras Luis. Gustaba de bañarse bajo la lluvia, de montar caballos al pelo, de comer frutas de ramas altas y luego, cuando la escuela le metió la lectura en el último recoveco del cráneo, gustó Luis de leer a solas libros de cuentos y novelas, imaginándose que él era siempre el héroe, malo o bueno, en derredor de quien la trama era urdida. Un día se encontraron en el río Luis y María. —¿Quién eres? –le preguntó ella. —Soy Luis. A nadie tengo miedo. María deseó reír, pero no se atrevio y dijo: —Yo soy María –y bajando los ojos, agregó–: Vivo en la casa grande. Luis la miró con curiosidad. Las mujeres de la casa grande no eran tan tímidas, ni andaban con los labios secos de pintura, ni hablaban, en el río, con mulatos como él. Luis decidió que aquella mujercita le engañaba y se mostró receloso. —No creo que seas de la casa grande. No estás perfumada –sentenció. —Y sin embargo –afirmó María–, soy de la casa grande. Luis la vio desaparecer en la hojarasca y oyó, minutos más tarde, el golpe aplastado de un cuerpo cayendo en el agua de la poza. Luis quiso ver aquel cuerpo, porque era el cuerpo de una mujer de la casa grande. Y Luis se abrió paso por entre las lianas, hasta encaramarse en la ribera. Y allí se quedó sin aliento, con los ojos y el corazón tumultuosos. Nunca más pudo dormir Luis tranquilamente, ni pensar con orden, ni sentirse héroe, ni comer con apetito. En Luis los sueños siempre llegaban con una moza desnuda que nadaba en aguas translúcidas, los pensamientos eran de una moza desnuda que besaba su frente, la heroicidad era salvar a una moza desnuda de un torrente y el hambre era poner suculentos manjares en la boca de una moza desnuda. En la boca de una moza de la casa grande. En la boca de una moza que él deseaba besar.
200

Luis se pasaba las horas en una hamaca. muchacho. —No. María era esa cosa que se llama a todas horas y en la que no se piensa. —Ya estás hecho un grandulón –le había dicho su padre–. —Lo más que puedes esperar tú –le había dicho doña Nené. los afeites quedaban en la almohada y en la casa grande sólo se veían caras sucias. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO En las noches rieladas de otoño. Y pensando en María. era como bañarse sin estar sucio o comer sin tener hambre. Y el viejo le clavó un bofetón en la curva de las mejillas. Pero Luis no quedaba convencido. de mañana. ni recibir el aliento de hombres a quienes no conocía. eso que no duerme ni responde ni sufre ni puede ir al baño ni mucho menos reír o llorar. —¿Por qué. desarrollarte. ¿puedo ir a verla? —No hijo. perdición… Te prohíbo que vuelvas a hablarme de eso. una incomodidad. 201 . María. un mueble. hijo mío. a veces un insulto. un empellón. hombres atormentados y hasta hombres avergonzados. porque no basta con ver a la casa grande para poder entenderla. —Entonces. El padre de Luis era un padre sin imaginación. un adefesio. Pensar en otra mujer que no fuese María era absurdo. Y cuando las risotadas tocaban la puerta de su oído. Las madres no podemos hablar de aquello que sabemos mejor que los padres. Y Luis siguió aturdido y confuso. o cuando las luces danzaban un vals en sus ojos. Ella no quería gritar cuando el pueblo dormía. Y Luis siguió contemplando a la casa grande y soñando con la carne acremada y los ojos profundos y verdes de María. Por eso María no fue objeto de sus búsquedas ni de sus desprecios. la dueña de la casa–. un banderín desgarrado en una batalla.J. le amonestó: —¡Desgraciado! ¡Atrevido! Ahí sólo hay vicio. a pesar de que el padre de Luis era un buen hombre y un no muy mal padre. Habrá que casarte. había asentido con su cabeza gacha. es cuestión de la vida. la mayor parte del tiempo. De seguro creía que a los hijos se les educa mejor a palos o que la vida es una cosa y no una vida. Y María comenzó a recordar a Luis. una caricia sin objeto. luces y música. la moza desnuda de la poza en el río. —No es cuestión de prisa. —Yo quiero conocer la casa grande –dijo al padre una tarde. ¿qué hay en la casa grande para que yo no pueda visitarla? —Todas las cosas que a tu padre le gustaban cuando mozo –replicó ella. aquel muchachote que en el río le asegurara. una prenda interior. Eso. o cuando la música llegaba en la mecedora del viento. María era un adorno. —Madre –le preguntó Luis a la vieja–. Luis cuajaba sus ansias de visitar y conocer la casa grande. y en la casa grande a María. que él no tenía miedo. En la casa grande. hija. hijo. Las mujeres de la casa grande estaban. Y mirándole de hito en hito. —Explícate. contemplando a la casa grande. Y era que en risas. como un árbol azotado por la ventisca. y ser una de las nuestras. es engordar un poco. una sábana. mientras tanto. demás ocupadas para ver a María y los hombres de la casa grande eran hombres enloquecidos. Pero a solas María se había atrevido a pensar y a comparar. mi viejo? Yo no tengo prisa. como un desierto en la lluvia. Luis temblaba febrilmente y se sonaba los dedos. caras tristes o rostros espantados ante el espejo. muy seriamente. madre. como siempre. ni llorar cuando. como si fueran palillos usados. porque ese día estaba enojada con el marido.

la casa grande parecía un incendio. Como Luis no era más que un muchacho. en algún rincón. Y lo mejor de su admiración era el saber que Luis nunca había estado en la casa grande. ¿dónde vive? —No importa. pero se contuvo y respondió: —Quiero ver a María. quizás. Pero no era mentira. porque ninguno de los dos conocía el amor. ambos regresaron a la poza y en ella a encontrarse y a hablar. de las blasfemias. que podría llevarte cargada hasta el horizonte. estaba María. Luis subió hasta la casa grande. ¿Cómo puedes andar con una mujer de la casa grande? —Ella no es de la casa grande –había asegurado Luis. Sin embargo. —¿A María? –dijo la cabeza de colores. —¡Basta! –terminara el padre–. él se quedaba quieto. no reparó en la mirada de su madre. Y tocó a una de sus puertas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ¿Miedo de qué? María tenía miedo de los puntapiés de los borrachos. no era tan grande. Por eso María admiró a Luis. Para María los hombres que iban a la casa grande no eran muy hombres. Era noche vacía de estrellas y de cielo pegajoso. y alzando su voz desagradable. atrás. Ni en la vacilación del padre al salir del cuarto. en las noches de la casa grande. del amor. O. mandó un grito por toda la casa grande–: ¡María!… ¡María!… 202 . un respeto mutuo nacía de sus cuerpos y aun de sus pensamientos. encontrando que el agua nunca había estado tan linda. de la cara de un Cristo lleno de espinas que ella conservaba escondido entre sus ropas. —¿Qué hay en la casa grande? –preguntaba Luis. como si mirarlo frente a frente pudiera provocar entre ellos un choque inexplicable. Pero Luis había leído tantos libros que a lo mejor eso era de alguno de los más aburridos. —¿Qué quieres? –le preguntó una cabeza de colores. Luis era un verdadero héroe. Indudablemente. María temblaba incoerciblemente. Luis supo allí mismo que desobedecería a los viejos por la primera vez. Le pareció bien poca cosa la casa grande. Le parecía mentira subir el camino pedregoso y poder volverse a mirar. porque nunca había visto una cara más fea ni una voz tan desagradable. Como el río era para Luis y María el lugar de un recuerdo. Luis defendía a María con la misma fuerza con que había prometido cargaría hasta el horizonte. —Entonces. —Yo soy tan fuerte –afirmaba él otras veces–. En la neblina de los cañaverales. Sorprendidos hallaron que a medida que las palabras se entrelazaban. el pueblo desde el cual tanto ansiara conocer la casa grande. Los encuentros de los muchachos en la poza fueron un día del conocimiento de los padres de Luis. Ella no lo dudó y al recordarlo. mirando la imagen de ella en el agua. una rosa roja clavada en el pecho negro de la muerte. La casa grande. ¡Si la vuelves a ver te rompo la cabeza! Todas las mujeres de la casa grande son malas. Y a la noche siguiente. Y en ella. A Luis le entraron ganas de correr. No era amor el de ellos todavía. de cerca. Y como María no respondía. de los vasos rotos. —Te prohibimos –sentenciaron– ver a esa cualquiera. ¡Ella no es de la casa grande! Era el animal acorralado. Y Luis sólo quería conversar con María. Era sólo una casa llena de luces y de ruidos y de música.

porque no se puede dormir con sudor en las manos. ni en la música que de nuevo inundaba la casa grande. pero en la cabeza de Luis sonó como el pum. Jorge cerró los ojos y trató de dormir. porque las risas de la casa grande enmudecieron y hasta las cabezas de colores dejaron de reír. María. poco a poco. llévame contigo! No se volvieron. Y la risa hizo eco en otras risas que salieron de los cuartos de la casa grande. La cara de cirio que hablaba se rió. dijo: —¿Conque María? ¿Eh? ¡María…! ¡Ven acá. y en los ojos. María. Sabía que sería el último sueño en su cama. en la puerta de la casa grande. —Lo eres. por los pasillos. —María –dijo Luis. —Yo soy María. Y hasta una tercera vez. la más vieja de ellas. Pero el grito volvió y con él otra cara muy rara. a María y a Luis. Luis? ¿Estás seguro? —Lo estoy. ni miraron nuevamente las cabezas raras enganchadas en puertas y ventanas. Luis. ojos y boca estaban secos. 203 . SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Luis experimentó la sensación de que se ahogaba. ¿qué quieres? Luis miró dos veces. más fuerte que todos los hombres de la casa grande. Y el abanico rodeó. Soy fuerte. ¡Quería verte tanto! —Yo también quería verte. María dijo: —¡Llévame contigo. —¿Estás seguro. Luis. Luis. El otro Con las manos enlazadas en la nuca. —Luis –dijo María. en aquella ciudad. pum de un cañón. Y en la noche silenciosa de la casa grande. —Usted no es María –aseguró. su María. “¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!” Así fue la risa. Asomó la cabeza suave y menuda de María. ni oyeron el murmullo. M. más fuerte que nadie. Era curiosa la sensación que tuvo Luis en el pecho. ni repararon en las risas recién nacidas que explotaban en la balconada. Pero no pudo dormir. como caminaba la angustia por el pecho de Luis. Pecho. como un abanico de carne y de humo. quiero que dejes la casa grande. —María –dijo la voz de Luis. lo estoy. hielo en el estómago y pensamientos gastados en el cerebro. como la de un cirio que pudiera hablar. pum. Cesó la música de la casa grande. y añadió–: ¡Luis! ¿Tú aquí? —Quiero verte. quiero que vengas conmigo.J. De las ventanas y de las puertas. Yo lo sé. caras de mujeres y de hombres se alzaron silenciosamente. en su cuartucho. Y nuevamente. Luis. El grito seguía caminando por la casa grande. —¡Usted no es María! ¡Quiero ver a María! Las dos cabezas de colores se reunieron y echaron humo de cigarrillos sobre Luis. Y el silencio estuvo de pronto en la balconada. Te cargaré hasta el horizonte. Le faltaba el aire y la camisa apretaba en su cuello como una soga de buey. Era una floración de cabezas y de ojos. también rodeando a los dos muchachos que se miraban y remiraban. encalmadamente–. desgraciada…! Y entonces respondió la María que Luis deseaba ver. Y eso también lo había presentido. y hasta en la boca.

en una cabaña. ¡Matar a una mujer! Cierto que para él no hubo más insomnios ni cansancio. y Jorge también se fue de la ciudad. Se mudó del cuarto dónde la habían matado. haciendo preguntas que él sabía de memoria cómo eran. Pero decidió que no era conveniente. en algún recodo de la vida. Irene era demasiado bella quizás. Pero como en el poblado no se sintiera feliz. había perdido el apetito y no se sentía nada bien de salud. A la semana del crimen la policía opinó que era un suicidio. pero relativa. en su traición. el asesino de su amante. poco se podía esperar de quien preguntaba incesantemente. Por todo esto prosiguió siendo amigo del criminal y hasta le cobró cariño. con la única compañía de su gran amigo. lo rodeaba y se marchaba bosque abajo. como casi todos los techos de los cuartos por donde había paseado sus remordimientos. sacarla de su cuarto. luego portezuelas que se cerraban y voces de hombres en el zaguán. un techo lleno de sombras y vacío. es un sentimental. con un riachuelo que llegaba hasta sus laderas. Jorge vivió en el campo. sin que mediara con la víctima ningún lazo de afecto o de pasión. en lo alto de un monte cubierto de pinares. tan pequeño que todo el mundo sabía dónde estaba y el número exacto de sus habitantes. amigo mío. por si descubría que también con el criminal le había engañado su amante. En un principio no fue fácil vivir con la seguridad de que ella estaba muerta. quiso preguntarle por qué lo había hecho tan sorpresivamente. —Usted –le dijo el médico–. La razón de la mudanza era porque estaba muy nervioso. lágrimas ni suspiros. Ni tampoco porque en la mesita de noche estaba el florero japonés que una vez él le regaló a ella. pero. sino de amargársela a otros. en su maldad. La ciudad era muy grande. Además. 204 . En sus conversaciones con él. Y Jorge no lo volvió a ver más. Como no fue posible. con sólo recordarla en su impudicia. Aceptemos que su amante se ha ido para siempre. y mucho menos podía suicidarse una mujer golpeándose la cara con un bastón de acero. Veinte años para pensar no eran mucho tiempo. ¿Y qué? ¿Y qué? Jorge no había obedecido a un médico tan desconcertante y tan pueril en sus raciocinios. La ausencia de ella era una ausencia cómoda. o demasiado inteligente. de su cama y de sus noches. Además. porque él era la respuesta y esta vez ni huiría ni lucharía. o con esas mujerzuelas que se venden en las esquinas oscuras. como un niño jugando al escondite. Indudablemente. los policías son hombres de poca imaginación. no hay mujer que no podamos sustituir. echarla a la calle con los perros. En su caso. Y aquella tarde se cumplieron sus deseos y a ella la golpearon hasta la muerte. Había deseado eliminarla. Le bastaba pensar que el otro la había asesinado y que ella estaba definitivamente muerta. ¿Y qué? Perdone la franqueza. tan grande que nadie sabía dónde terminaba. Allí Jorge pasó varios años. Pero ya no importaba. No porque las paredes marrones ni el cuadrito de Modigliani le recordaran algunas escenas de amor. de los libros que nadie podía ahora perder. del balcón por donde iban desfilando las nubes silenciosamente. esperó que otro lo hiciera. A él le dio risa. era una muerte suya. de la música que salía de la vitrola. La huida y la lucha estaban detrás. para gozar mejor de su cama y de su cuarto. Y así vivió. La cara ensangrentada de su amante no se podía borrar de un manotazo. porque su amante no era mujer de quitarse la vida. Aquellos “¿Y qué?” no tenían sentido. Se buscó un poblado chiquitín. Jorge se quedó quieto y miró al techo. Le parecía que era un hombre valiente aquel hombre que había matado a su amante.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS En la calle oyó el rechinar de frenos.

a los pies de los edificios de hierro y cemento. descubrir que entre el asesino y él sólo existía la diferencia de un único momento de valor. 205 . Comprendía. Ella coleccionaba perlas y el cáncer de las ostras es bastante codiciado. M. Una vez en el tren pudo respirar aliviado y tratar de olvidarlo. porque la poesía no tiene lugar en mitad del instinto. y eso porque era una extraña muchacha que no hablaba. Hasta que un día. por si se aflojara su ánimo y en la despedida se le aguaran los ojos. en el pasado. Tuvo otras mujeres. atontados y confusos. Otras veces leían a Goethe. las encontró tan semejantes a sus pensamientos que llegó a dudar de si él mismo no las había dictado. porque no tienen alma. a Cervantes o a Shakespeare. Si se cansaban de tantos pensamientos elevados. Por otra sintió una gran pasión y le compuso varios sonetos. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO La suya fue una amistad interesante. alguna vez. sin comprender que ellas le dejaban a él. Nunca debió haberlo hecho. ahora. recurrían a las revistas norteamericanas y en seguida se les calmaban ánimo y cerebro. de esta forma. Habían discutido todas las razones. ¡Eso es de los débiles! ¡Déjame. A una la amó durante un par de años. Raras veces. Jorge volvió. te ruego! Y Jorge había liado sus bártulos y se había marchado. Por lo menos su amigo podía llamarse un asesino. Porque no había la menor duda: Para matar era preciso ser audaz. su amigo se sentía tan feliz que no pedía más nada. Sus remordimientos. Con una tercera se empobreció. fueron los remordimientos de un hombre que no ha hecho nada útil con su vida. a vivir entre el gentío. el tráfico y las gentes. sin convencerse. al fin. ¿cómo podríamos separarnos? Debes venir conmigo. —No puede ser –habíale suplicado Jorge–. Mientras Jorge ansiaba por el bullicio y el ruido. ni los tendré. Conversaban en los atardeceres y en las noches. tantas semejanzas entre él y su amigo. mientras su amigo se había llevado la vida de ella. no como él. Para su sorpresa. él manifestó la irrevocable voluntad de quedarse allí. Como él sólo había tenido el amor y la traición de Irene. como prendas de vestir gastadas por el uso. o de audacia. con los años. Cuando comenzaron a llegarle las cartas de su amigo. Y aún más le sorprendía. si quiere ser dueño de su propio destino. raras veces pagaba una noche entera. El órgano inundaba la cabaña y chorreaba por el monte. cuando hacía frío y ambos gustaban de beber interminables botellas de cerveza. que siempre había sido timorato. pensaba en su amante muerta. como aguacero estrepitoso. —¿Pero y tus remordimientos? había preguntado Jorge. sin atreverse a volver la vista. —¡Imposible! Me quedo. cuando estaban juntos en el campo. que luego rompió disgustado. en cambio. Las compraba por una hora o dos. que hasta de las amistades el hombre debe libertarse. egocéntrico y sentimental. Su amigo permaneció un largo rato callado y luego contestó: —Yo nunca he tenido remordimientos. y en mitad de la música Jorge y su amigo callaban. A partir de ese momento. se decidió por las mujeres a precio. de discos que llegaron a gastarse. Pero no fue feliz. Las encontró en el camino y en el camino las fue dejando. Escuchaban música de Bach. Jorge se maravillaba de encontrar tantos puntos de contacto. consideró que al otro le tocaba recordarla y no a él.J. Jorge se cansó de vivir en el campo y así se lo dijo a su amigo. por las calles de ruidos silenciosos.

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Un día se vio en el espejo y se encontró viejo. Y en otra antes. por lo definitiva que es. había sido un pobre hombre sin escrúpulos que había matado a una mujer con menos escrúpulos. al cielo que estaba color de noche. Y no amó más mujeres. lo más parecido a los viejos que existe. como si pasara hambre. aun en la infancia. o de mil quizás. —¿Dónde vivió antes? —En otra casa. Pero en vez de olvidarlo. tenía en las piernas y en el pecho una armazón de hierro que no le dejaba moverse y los ojos. a asaltar la propiedad ajena. decidió que ser viejo era una sensación manoseada y sin interés. vacilaban si abrirse al nuevo día o permanecer dormidos. Así cumplió cincuenta años. su conversación reposada. sus manerismos bonachones. Queremos interrogarle… Era el mismo diálogo. Como la muerte siempre le pasara lejos. adquirió el hábito de escupir. de toda angustia y de todo dolor. Jorge oyó los pasos de los hombres que subían la escalera. Le pareció lo más apropiado. persiguiéndole como la cara ensangrentada de Irene. que la muerte no necesita explicarse. El hombre del impermeable marrón se echó el sombrero sobre la frente y preguntó: —¿Usted es Jorge? —Soy… —¿Vive aquí hace mucho tiempo? —No. a olvidar a su amigo. hallando que el hombre. Se le aflojaron las carnes y le salieron los pómulos. Su rostro suave y apacible. con el egoísmo de un viejo. a no ser que se sintió más cerca de la muerte. entrecerrados. No porque no le gustaran. No le decían de qué y a Jorge se le ocurrió. Cuando se levantaba. en las mañanas. Era una carta impresa. Se acercaban. En ella. pero nada sacó en claro. ya tiene maldad en el corazón. —¡Bien! ¡Bien! Nos gusta que coopere. Jorge miró por la ventana abierta. poco tiempo. Era como si su amigo no desease abandonarlo o no quisiese dejarlo a solas con el crimen de Irene. con muy pocas palabras. aunque todas sus acciones sean jubilosas. sintiéndose como de cien. él no tenía necesidad de complicarse la existencia con su recuerdo. curioseando la ciudad. Y aun en otra mucho antes. lanzadas alegremente por los senderos de un parque y vigiladas por los ojos de una niñera amodorrada o de un guarda reumático e indiferente. Jorge comenzó a languidecer y a preocuparse. estuvieron en el cuarto de Jorge con mayor fuerza que en el pasado. para limpiarse la boca de todas las blasfemias que había dicho en su vida. 206 . Faltaba muy poco para tenerlos frente a frente. Y tocaron a su puerta. Lloró bastante. en medio de su dolor. Era de su amigo ausente. Meditó acerca de tan sorprendente descubrimiento. a enamorar la mujer del prójimo. pero no la había escrito su amigo. En su cama. en memoria de su amigo el asesino. a la luna que se había posado sobre una chimenea. lo tuvo presente a toda hora. como la indiferencia del amigo que se muriera en la cabaña. Y Jorge procedió. Le gustó sostener largas conversaciones con ellos. Cultivó entonces la amistad de los niños y los encontró interesantes. sino porque sus amores ya hubiesen sido inútiles. en la tumba. Después de todo. arrastró los pies y descuidó la ropa. se le comunicaba que su amigo se había muerto. de espaldas a la vida. ya juega a matarse. porque si aquel amigo descansaba. Recibió una carta.

Comenzó a vestirse. Jorge no pudo oír sus propias palabras. ni en el campo.J. agrandada. conozco el crimen. ni en el pueblo. para él. se enredó en las cortinas. —¡Ah! Sería interesante que descubriéramos ahora un crimen castigable. —¿Quién es su amigo? Lo contó todo. él se habría sentido muchísimo mejor. porque no era él quien hablaba. en el pueblecito. Y Jorge no tuvo ganas de reír y comenzó a sollozar. a la policía de todo el país? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! La risa de los dos hombres salió hasta el balcón. la mató mi amigo. Jorge ya estaba tan cansado que le dolían los párpados. su querido e inolvidable amigo el asesino. Sus sollozos no pudieron con aquella risa desbordada y se quedaron en el pecho. ni podían. había matado a Irene. vuelto de la tumba para poner en su boca cosas que no debían. sino el otro. la mató mi amigo. sin razón ni premeditación. porque los hombres se miraron entre sí y sonrieron. Pero la risa seguía. Afuera. Era una risa cortada y difícil. en la ropa de Jorge. arqueándolo. —Usted nunca tuvo tal amigo. sintiéndose más cansado que nunca–. ¡Yo nunca habría matado a Irene! ¡Era tan linda! ¡Era tan mala! —¿Dónde está su amigo? —Mi amigo está muerto. —¿Y dice que su amigo murió en la cabaña? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Volvía la risa a enredarse donde nadie lo hubiese creído. M. El hombre del impermeable marrón y el hombre del paraguas le miraban curiosamente. en la cabaña que juntos alquilamos en la cumbre del cerro. dictándole palabra por palabra. ¿Oye bien? ¡Nunca! Ni en la ciudad. en los oídos. ¡Nunca! 207 . —La mató mi amigo. estar allí. de una mujer asesinada. Jorge pensó que si aquella risa terminaba. nada tuvo que ver con su muerte. en la calle. comenzó a llover. como se justifica el pisotón que damos a las cucarachas o el puntapié a los perros rabiosos. —¿Cómo era Irene? –le preguntaron los hombres en la puerta. pero los hombres querían saber más. durante veinte años. Jorge. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —¿Acerca de qué me quieren interrogar? —De un crimen…. cuidadoso de que no cometiera errores o dijera mentiras. Y agregó que el crimen de Irene fue un crimen justificado. Puedo contarles. Jorge pensó que la lluvia siempre había llegado. Era una risa que parecía llanto. en la luna. Jorge. que a Irene la mató un amigo suyo. —Bien –respondió. como si contra él soplara una ventisca furibunda. —¿Es decir que usted. Y a medida que hablaba. en los momentos más inoportunos de su vida. ¿Quién es su amigo? —Mi amigo es el otro. mi amigo vivía conmigo en la ciudad. —¿Quién es su amigo? Jorge explicó detalladamente quién era su amigo. que usted ha callado ese secreto. Jorge tuvo la sensación de que el otro estaba a su lado. sobre los tres hombres y su apretado diálogo. hace muchos años. —¡Oh! ¿Irene mi amante? Debió decir muchas tonterías acerca de Irene. su amigo el asesino. Y explicó también por qué su amigo.

con una voz que no era la suya. Yo soy un asesino. Nos vieron juntos. en la forma en que mató a Irene. rodeado de palmeras y de cocos. ¿Oye? No lo tome usted a mal… Siempre que piense en su amigo. en el mismo momento que el sol aparecía sobre las palmeras. su amante. —Ni la ley puede. Se levantaba todos los días a la misma hora. yo fui quien mató a Irene. había una casa verde con galería de zinc y ésa era la casa diferente. puedo repetir sus últimas palabras. pero esta vez no rieron. un hombrecito que aun saliéndose de la multitud y gritando a voz en cuello que estaba vivo. calma y sosegadamente: —Jorge. un inolvidable amigo. Nadie lo sabía mejor que él. ¿cómo puede probarnos su existencia? —Lo conoció todo el mundo. con sus palabras que eran órdenes y su talento que era luz. sin lugar a dudas. El pueblo era limpio y ordenado. 208 . castigar un crimen. aunque de tarde en tarde se ponía gris y aun bermejo. —No se excite. Si existió ese amigo suyo. No tengo la culpa de que fuera él quien matara a mi amante. Jorge! La puerta se cerró en el cuarto de Jorge. El coronel tenía la más brillante hoja de servicios y había recibido todas las condecoraciones. ¡No lo olvide. se vestía y procedía a realizar la misma minuciosa inspección del cuartel y de la tropa. En las afueras del pueblo. En el pueblo nadie era importante. El del impermeable marrón se acercó a Jorge y le puso una mano en el hombro. se bañaba. en todas las cosas que hablaron ustedes. ¡Ni siquiera derramó una lágrima de arrepentimiento! Los dos hombres se remiraron entre sí. El mar era también azul. Y en seguida. El coronel. Y Jorge. sin embargo. Ni el asesinato de Irene. El ruido de los pasos en la escalera se fue apagando. El cielo era azul las más de las veces. de bruces en el piso de su cuarto. Las casitas eran casi todas blancas y dentro de ellas sus habitantes eran casi todos negros. El auto también se marchó por la calle mojada. Los dos hombres regresaron a la puerta y volviéndose hacia Jorge. un Jorge enclenque y debilucho. se afeitaba. en la cabaña donde murió. —Y ese amigo memorable. un hombre que seducía con su sola presencia. era un militar excepcional. tomaba el mismo vaso de agua.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Nunca? –preguntó Jorge. ¡La mató el otro…! Hormiguitas El coronel era un hombre metódico y era un hombre valiente. pero eso fue en un ciclón. después de veinte años. nadie se hubiese molestado en creerlo. Y Jorge refirió que su amigo había sido un hombre esbelto y macizo. Y le dijo. Cálmese. no lo tome usted a mal. un grupito de casas a la orilla del mar. repítase hasta convencerse: ¡No es cierto! ¡No es cierto! Yo nunca tuve un amigo. rugió–: ¡Mentira! ¡Mentira! Tuve un gran amigo. quedó gritando: —¡Era tan linda y tan mala! ¡Pero no la maté! ¡No la maté! La mató mi pobre amigo. En el cuarto se produjo un silencio sin risas. ¿le dio a usted detalles del asesinato de Irene? —Todos… Sé hasta la forma en que ella cayó al suelo. aunque una mañana estuvo color chocolate. de clara mirada y ancha frente. se despidieron. porque en ella vivía la amante del coronel. hacía las mismas genuflexiones.

No había hablado nunca y babeaba como si fueran a salirle los dientes. el idiota estaba sentado sobre un hormiguero. porque el pobre es idiota de nacimiento. El idiota era un pobre hombre con cara de niño. que era muy celoso y a nadie permitía hablar con ella. ¿cómo podría quejarse el idiota si no sabía hablar? —Señor coronel –dijo entonces la vieja–. trabajaban ordenadamente y rodeaban al idiota por todos lados. en contra de lo que decía el coronel. Además. Cuando el coronel se trasladaba. Todos reconocían en él a un verdadero héroe. la verdad sea dicha. el coronel hablaba tan poco que su verdadero carácter era un misterio. pero como iba tan preocupado en que el pueblo estuviese limpio y sus habitantes no tramaran una revolución. Cuando el chevrolet estuvo sin tos en el motor. Y la gente dejó de preocuparse del carácter del coronel. Pero una vez. debía pasar siempre ante la casa del idiota. desde el cuartel adonde su amante. vivía un idiota. el chevrolet se descompuso. de muy mal humor. aunque. Era muy importante llevarse bien con el coronel. Todas las tardes le dejaban sentarse a la vera del camino y allí tomaba tierra en las manos y la colocaba en otro lugar o. 209 . todas las tardes. El idiota no hacía absolutamente nada de importancia. por cierto muy respetuosamente: —Señor coronel. hubo de descender y estaba muy aburrido porque tenía ganas de besar los labios hinchados de su amante la mulata. que no sabía hablar. lleno de besos y suspiros y promesas y aun de discusiones. en su chevrolet. también ordenadamente. tosió imperativamente y vino a parar ante la casa del idiota. con una ramita. de los troncos de las palmeras. Salían de la hierba. En la carretera que saliendo del pueblo flirteaba con el mar y se perdía perezosamente en el vientre de una montaña muy fea. La amante del coronel no podía mezclarse con la gente del pueblo. aunque los dientes le habían salido ya. Indudablemente. por si a él pudiese molestarle. Son sus únicos juguetes. ¿Y qué hace con esa ramita? ¿No ve usted que está sentado encima de un hormiguero? Esas hormigas pican… Efectivamente. muchísimas. el idiota era el hombre menos importante del pueblo. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO La amante del coronel era una mulata estupenda y muy hermosa. Indudablemente. —¿Cómo te llamas? –le preguntó al idiota–.J. El coronel se rascó la cabeza y le dio la espalda a la vieja. M. No se peinaba ni se afeitaba y había que vestirlo todos los días. pero respetaba al coronel. Eran verdaderos ejércitos –pensó el coronel sorprendido–. Era la primera vez que alguien se reía del coronel. pero el idiota. Había muchas filas de hormigas. el idiota parecía jugar con las hormigas. si las hormigas le picaban. el coronel nunca reparó en el idiota. él juega con las hormiguitas. El coronel. Su amor era algo privado. perdone usted a mi nieto. se rió. pero. La gente del pueblo temía. porque si no el idiota era capaz de salir desnudo y eso hubiera disgustado al coronel. pero siempre privado y detrás de las puertas cerradas. El coronel nunca se equivocaba y decidió que eran hormigas muy tontas las que perdían el tiempo divirtiendo a un idiota. el coronel se marchó donde su amante y el idiota siguió jugando con las hormiguitas. el coronel no había conocido a nadie que jugara con hormigas y se puso a observar al idiota con interés. La abuela del idiota respiró tranquila. de los montículos de arena. porque. pero eso sólo lo sabía el coronel. —¡Ah! –exclamó el coronel–. que caminaban ordenadamente. trazaba surcos que a nadie interesaban. Una mujer muy desgreñada salió de la choza y le dijo al coronel.

El coronel continuó sin dar importancia al asunto. dirigiendo sus filas de hormigas. La vieja asintió con grandes reverencias y el coronel se hubiese marchado satisfecho. pero así fue. “Después de todo –se dijo–. Y se rascó la cabeza.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS verdaderamente. todas las tardes. Se hicieron el coronel y su amante el amor muchas veces. como todas las cosas que dicen las amantes en la cama. debes respetar las órdenes que llevo impartidas. llamando a la vieja–. sin darle mayor importancia. el coronel no durmió más y comenzó a pasearse de un lado al otro. cumpliendo las órdenes del coronel. supo que ahora el idiota. se fueron a cumplir con sus obligaciones y olvidaron. el coronel pasó al patio trasero de la casa y vio al idiota. –Aunque no sepas hablar. pero ella le dijo al coronel que lo encontraba preocupado y que no era el mismo. en el frente. el coronel. señor coronel. Y el idiota. Cuando se llevaban al preso. es preciso que lave usted al idiota. se levantó agitado porque había soñado con el idiota. atrevidamente. Durante una siesta. muy pronto. cuando se le ocurrió que el orden de las hormigas del idiota era parecido al que él tenía establecido en el pueblo. Es difícil describir o explicar la amistad de un coronel con un idiota. idiota. que nunca tuvo pesadillas. Cuando preguntó a la vieja por él. —¡Ah! –exclamó el coronel–. porque eso era una tontería. Los soldados quedaron muy sorprendidos. como una escoba rota. a los centinelas que no estaban acostumbrados a recibir órdenes a la hora de la siesta. —Increíble –se dijo el coronel–. Pero el sueño se repitió noches más tarde y aun otras noches después. antes de llegar a la casa donde vivía su amante la mulata. El coronel se fue a ver al idiota. el coronel dio otra orden y lo perdonó. Y a la quinta o sexta vez. no. como es natural. Las hormiguitas se fueron detrás de él. El coronel se rió de buena gana. sentado en el suelo. porque era la primera vez que el coronel se mostraba débil. Se la iba a rascar otra vez. el coronel decidió que esas pesadillas eran muy molestas y que había que tomar medidas. ¡Esto debo verlo! Y efectivamente. Como era un sueño muy raro en que el coronel se veía jugando con hormigas y el idiota pasaba. el coronel detenía su chevrolet. si el idiota no se riera. El coronel pensó que castigar al idiota no era digno de un oficial como él y siguió en su chevrolet para casa de su amante la mulata. como antes. El coronel siguió divisando al idiota desde su chevrolet. esperaba que el sargento abriera la portezuela y descendía frente a la casa del 210 . Y desde ese día fueron amigos el coronel y el idiota. con la cabeza alzada. ¡Señora! –dijo. que el coronel había perdonado a uno de ellos. Un día el coronel pensó en el idiota sin estar soñando y decidió que ya eso era demasiado. sin embargo. imitó la sonrisa del coronel. asustando. vestido de coronel en el chevrolet. hubiese sido desagradable que el coronel se molestara con su nieto y las hormigas. con su ramita. Todas las tardes. Y se sonrió el coronel. Un día el coronel debió castigar a un soldado y lo mandó al calabozo. increíble—. que lo peine y que no lo deje jugar con hormigas. y se fue a verlo inmediatamente. –¿Me quiere usted decir –preguntó el coronel– que el idiota ha llevado las hormigas para allá? –No. la falta cometida no es grave”. con la cara muy triste. en vez de hacerlo. jugaba con sus hormiguitas en la parte trasera de la casa. Pero como los soldados no gustan de pensar.

orgullo mío. transportando insectos muertos o partes de insectos. hasta con la ramita en la mano. este coronel es un tonto. En cuanto al coronel. desatiende sus obligaciones. túneles. esta vez sin el chofer. A las seis y media de la mañana sacaron al patio al idiota y le preguntaron cuál era su último deseo. aun siendo palabras de un coronel. habló en voz baja de insubordinación. muy tranquilamente. Mañana a las siete de la mañana. Lo recibió el Ministro de la Guerra y le dijo: —Señor coronel. Y los soldados. Los soldados llegaban tarde al cuartel o andaban bebiendo ron en la playa. por lo cual el sargento decidió que alguien tan estúpido estaría muy bien fusilado. construyendo diques. ¡que lo ejecuten! El idiota. dispongo que se le fusile. tan metódico. se lo llevaron a un calabozo. pero con los zapatos muy lustrados. de regreso al pueblo. —¡Tráiganme al idiota! –ordenó al sargento de guardia. dejar a su amante la mulata por visitar al idiota? Y con el murmurar de aquella gente. por vagancia. con la cara bastante arrugada. dio media vuelta y se marchó. esto es imperdonable. A las seis y tres cuartos se formó el pelotón y colocaron al idiota frente a una pared pintada de blanco. M. tocándose entre ellas las narices. los pescadores dejaron de pescar y un muchachón de cara chupada. Sólo la omnipotente ramita del idiota presidía toda aquella actividad. —No quiero oírle. A las seis y cincuenta minutos bajó el coronel de sus habitaciones. sobre su escritorio. —¡No es posible! –repetía en la plazuela o en las callejas–. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO idiota. muy serios y obedientes. algunos comenzaron a aprovecharse. no pegó los ojos esa noche y hasta llegó a decir algunas palabras bastante feas. Llegó a tener casi un campo de fútbol en lo alto del cráneo. tan feas que no se pueden repetir. ¡O se pone usted enérgico o lo rebajo a capitán y lo hago mi ayudante! —Señor Ministro… –comenzó a decir el coronel. golpeó los talones. Y se lo trajeron. a espaldas del idiota. puede andar organizando a hormigas. o lo que fuera. No. óiganme bien!. El idiota volvió a reír. un montón de cartas sin firma–. saludó marcialmente. donde el idiota pasó la noche sin poder dormir. Además. Allí pasaba por lo menos una hora. En seguida llegaba al patio y se paraba. como no podía hablar. Y el coronel se puso todo colorado cuando lo leyó y tomó su chevrolet. Todos los negros de las casas blancas comenzaron a murmurar acerca de las visitas del coronel al idiota. ¡nadie.J. como caramelo abandonado. descuida a la tropa y permite que le critiquen los hombres mismos de quienes debe hacerse respetar –y golpeó. buscando en vano a sus hormiguitas. ¡Fusile a ese idiota y se acabó! Como el coronel era un oficial muy obediente y no quería perder sus condecoraciones. Un día llegó un telegrama para el coronel. Un oficial como usted. Nadie supo nunca cuáles fueron los pensamientos del coronel. y se fue a la capital. Y dijo el coronel. porque en este pueblo debe reinar el orden y nadie. sin que le temblara la voz: —Por causar desasosiego. ¿cómo podía el coronel. se rió. la chaqueta impecable y la 211 . no era posible que un militar tan brillante se complaciera en hormigas y en un tonto. Y el coronel se rascó tanto y tanto la cabeza que comenzó a encalvecer. Le fascinaba contemplar a las hormiguitas en sus correcorres. y aun haciéndose el amor en la vía pública.

Y el coronel cayó al suelo muerto. que seguía con la cara alzada. Pero era el suyo un sueño arreglado. como se sienten las piedras en las catedrales o las aguas de algunos ríos silenciosos de la selva. entreabrió sus labios húmedos y. Estaba absolutamente seguro de haberse dejado caer en el sillón con un cansancio de muchos siglos. para asombro del pelotón de fusilamiento. tan grandes que le cubrían las mejillas y le agrandaban la baba en la boca. de pie. Después salió el ojo de la cerradura y se puso a bailar. va a ajusticiarlo él mismo. Aunque sabía muy bien que el idiota no podía hablar. para ejemplo de la tropa. donde se la dejaran las manos del coronel. Hay que morirse como los hombres. dando unos saltos simétricos por toda la estancia. como ropa en armario de vieja. porque todos los ojos. —Está muy bien –se dijo el sargento–. y sacó su pistola. Pero no sucedió así. suspendida en un muro blanco. pues aspiraba a un ascenso. Y seguido del capitán y del sargento. Era un ojo de mujer. —Absolutamente todo –decidió completar el capitán. se acercó al idiota y se lo quedó mirando. Paulo estaba dormido. Al idiota se lo llevaron de nuevo al calabozo. del sargento. le dijo: —¿Por qué lloras? Hay que morirse alguna vez. El ojo era azul. —Veamos –dijo entonces el coronel. Pareció mentira. El coronel le tomó por el pelo y le alzó la cabeza. como una estrellita inventada por algún poeta para un soneto romántico. pero en los ojos del idiota había dos lágrimas grandes.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS gorra con su insignia reluciente. Un tiro seco y perfecto. el coronel era un oficial sin tacha. de ojos abiertos y sorprendidos. sonreído por haber descubierto que podía decir “hormiguitas…” Lo fusilarían más tarde. Ahora había que enterrar al coronel. como que fue disparado por un gran oficial y un mejor tirador. pero infinitamente iluminados. con las ideas muy en orden. Una cerradura cualquiera. Paulo gustaba de que sus ideas fuesen 212 . —Todo en orden –repitió el sargento. cuando andan sueltos y bailando. el coronel se llevó la pistola a la cabeza y se pegó un tiro. El coronel no gustó de aquellas lágrimas y con voz estentórea. El idiota. sin lágrimas. pero a ratos era negro. como la de una ola que cae en la playa. Indudablemente. no empotrada en el muro. Miró entonces al idiota con una mirada mansa. No había duda: La cerradura estaba suspendida. le preguntó: —¿Estás en paz con tu sentencia? ¿Tienes algo que decir antes de que te ejecute? El idiota no respondió. porque no se podía dejar en el suelo del patio del cuartel al cadáver de un oficial tan metódico y tan brillante como fuera en vida el señor coronel. como la que usaba cuando era teniente. —¿Todo en orden? –preguntó el coronel. pero parecióle absurdo saber que era de mujer. pronunció pesadamente las primeras palabras de su vida: —Hormiguitas… Hormiguitas… El coronel se quedó muy rígido y se quitó la gorra. como el coronel era un hombre y un oficial muy metódico. El sueño En un principio fue la cerradura. son iguales. del capitán y hasta del coronel. Exactamente a las siete de la mañana.

no devolvió la mirada y se enroscó detrás de la cerradura. Paulo miró al ojo fijamente. Las ideas de Paulo no estaban del todo civilizadas. La vida de Paulo había sido una vida bien vivida.J. sino en una muerte desconcertante. La idea de la muerte no era una idea ordenada y en seguida Paulo mudó a la idea del amor. pero el ojo. A lo mejor el ojo decidía entrarse nuevamente en la cerradura y dejar el sueño de Paulo un poco más limpio. El avión volaba velozmente sobre cielos color chocolate y no se preocupaba con el sueño de Paulo. porque con el sueño no tenía que viajar en el avión. Y también con sus sentimientos. como arenas de desierto. pero Paulo tampoco gustaba de leer demasiado. Hacía mucho tiempo que no había pensado en aquel amor. Los sueños debían tener voces y no ser mudos. Paulo siempre fue conformista. Hasta la gente del aeropuerto tenía la duda de que aquel avión volase ordenadamente. Así se clavó en el muro blanco del sueño y se puso a girar para arriba y luego para abajo. Paulo pensó en la muerte. Por todas estas razones el avión iba volando muy ordenadamente. ni aun despiertos. tuvo que viajar en el avión. sino de un chubasco pequeño. sin llegar a ser completamente distinguida. La lectura no pasaba de ser en Paulo como el agua de un chubasco. M. de brazos verticales como en un cuadro de Guayasamín y de cara vacía. El avión estaba acostumbrado a que sus pasajeros soñaran como les viniera en gana. porque para eso lo habían construido. de esos que caen y el sol no se molesta en meter la cara detrás de las nubes. Pero no sucedió así y Paulo siguió soñando. Los sentimientos de Paulo no eran tan ordenados como sus ideas. El ojo del sueño de Paulo decidió quedarse tranquilo unos segundos. Quizás porque el amor era también un sentimiento y en Paulo los sentimientos no podían hablar. como si no tuviese otra cosa que hacer. No en la muerte suya o de todos los hombres que él conocía. Puede que el libro no dijera todo lo que hay que decir de los sentimientos. La idea del amor no estaba muy clara. Al avión sólo le interesaba volar y volar bien. Esto lo desagradó. Lo que no había previsto Paulo era la cerradura y mucho menos. Paulo recordó un amor diminuto de su infancia y se sonrió. El avión en el cual viajaba Paulo era un avión muy grande. pero encontró que en su sueño no había voces. por supuesto. pero Paulo no estaba disgustado con su vida y eso era suficiente. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO siempre ordenadas a pesar de que alguna vez una idea u otra se le escapaba y andaba luego importunándole. No porque fue un amor pequeño. El avión era de metal por todas partes. Se podía comprender que aquel avión era un avión de los mejores. No le gustaba ese avión ni ningún otro avión. Paulo quiso aconsejar al ojo que se dedicase a mirar. tan pequeño que sólo tuvo un beso. sino porque a los amores de infancia Paulo los había archivado. Pero los ingenieros que diseñaron el avión eran unos ingenieros muy inteligentes y los mecánicos que prepararon el avión eran unos mecánicos muy preparados y los pilotos que piloteaban el avión eran unos pilotos muy competentes. Era como una vida distinguida. El ojo del sueño de Paulo no se cansaba de bailar. que tenía ahora color violeta. por lo menos respecto a su vida. Fue una suerte que su cansancio le diera sueño. Estaba visto que era un ojo incansable y Paulo decidió no darle tanta importancia. como sus primeros cheques y 213 . Los sueños no eran de la incumbencia del avión. Y no de un chubasco fuerte. aquel ojo de tantos colores que bailaba de un lado para el otro. pero la verdad era que los sentimientos no son obedientes y Paulo había leído eso en algún libro. pero como Paulo era un hombre muy civilizado. Paulo viajaba en el avión.

En el muro del sueño de Paulo apareció una boca. Isaías había fabricado una casa de tablones. porque era una tierra que odiaba a los aviones grandes y rígidos que solían volar sobre ella sin detenerse. Sin embargo. pero luego su angustia fue una angustia mayor. O como la angustia que Paulo sintió. todos encaramados en el cielo color chocolate. Los negros del morro tenían mucha estimación por el negro Isaías. frente a su primer cuerpo desnudo de mujer. En el morro había muchas chozas llenas de negros que cantaban canciones tristes y canciones alegres. porque los sollozos de una virgen no son como las ideas. Paulo no pudo sonreírse nuevamente y el amor pequeñito se subió al muro. Era una boca sin pintura. Paulo no le dio importancia. al lado del ojo que había vuelto a danzar. Paulo se estremeció. pero la boca nada le decía ahora. como la angustia de los animales que se pierden en un bosque. como una boca que va a decir una mala palabra o proferir una maldición. la boca del sueño era una boca diferente. Y en el avión se quedó Paulo. En la vida de Paulo muchas bocas habían quedado esperando. El avión se hizo pedazos sobre una tierra negra. La negra Ángela llegó al morro en una noche estrellada vestida de rojo y con perfume de coco en el grueso cabello irredento. El milagro El morro era chato y negro. Entonces tuvo la sensación de caer en un abismo y a pesar de agitar sus brazos desesperadamente. En cambio Paulo bajó con el avión. que era un sueño que no tenía despertar. sus brazos no pudieron agarrar nada. porque era una boca de un sueño y las bocas de los sueños no pueden hablar. una tierra que lo abrazó con lujuria. que ya era un sueño desordenado y un sueño angustiado. La trajo un camino enredado en la selva. Sólo en un sueño tan cansado como el suyo podía surgir aquel amor pequeñito de la infancia. Paulo deseó que la boca se colocase debajo del ojo. con techo de latón y ventanas simuladas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS sus camisas viejas. sino porque el avión había dejado de volar ordenadamente y estaba cayendo por el cielo en una forma tan precipitada que hasta el angustiado sueño de Paulo comenzó a caer junto con el avión. pero la boca comenzó a bailar. Y la cerradura se despegó del ojo y los tres –la cerradura. ni siquiera como los sentimientos. ya hacía mucho tiempo. la boca y el ojo y la cerradura y hasta el muro no quisieron caer con el avión y se quedaron arriba. el ojo y la boca– dieron grandes saltos por el muro blanco del sueño de Paulo. Del amor de la infancia Paulo pasó a la angustia. Y con Paulo su sueño. Y en lo alto del morro. con la angustia de todos los sueños que no van a terminar. Lo último le pareció más acertado y Paulo miró a la boca. Algunas porque Paulo no quiso besarlas más y otras porque Paulo las besó demasiado. La muchacha seducida no apareció en el muro blanco. Paulo pensó que su sueño era un sueño bastante desordenado. En el primer momento fue una angustia controlada. Quizás así pudiera formar un rostro y ordenar un poco su sueño. No porque recordara a aquella hermosa muchacha que él había seducido para abandonar en la esquina triste de una ciudad cualquiera. como las angustias de las niñas de buenas familias. Por el contrario. carnosa y sensual. como heridas sin cicatrizar. pegado al mar que lo lamía con olas cansadas de tanto viajar. con su sueño cansado. Indudablemente que Paulo había besado alguna vez aquella boca o dejado en ella gran parte de sus instintos. un camino 214 .

nadie deseaba ver enclavado allí. y ahora. Yo me quiero bañar. mi amor. La ciudad llena de autos y tranvías y de gente apresurada. las casas donde vivía la gente que no baila sambas en los morros y mucho menos pone ventanas simuladas para engañar a los curiosos. con su sotana negra. Isaías se tiraba siempre de la oreja cuando algo no le gustaba. rebelde como toda mujer–. se retiró temprano porque no quería prohibir a los negros sus bailes y cánticos. su agua que venía de las chorreras en las montañas o de los ríos en la selva y que la ciudad se había cuidado de ordenar en canales y filtrar en depósitos para que nadie se pudiera quejar de dolores en el vientre después de beberla. rodeó al morro y no le dio agua. y porque Dios trajera agua al morro para que todos se pudieran bañar en las mañanas y nadie oliera mal. —¡No! –le dijo ella. Isaías era un negro demasiado simple. Isaías. El agua es para cocinar y beber. Mariano se permitió añadir: —Lo que pasa con Ángela es que no es una negra de morro. El negro Isaías. Seguramente que sus abuelos debieron ser simples. Porque el agua era el gran problema del morro. Isaías asustó sus ojos y se tiró de la oreja. se sentó en lo alto del morro. un amigo suyo que no era tan negro como Isaías–. Ángela era una negra muy limpia y cuando. porque luego le dolía la cabeza. En sus ojos. —No hagas caso a Ángela –le aconsejó Mariano. Yo quiero agua dulce. —No puedes. Mariano era un negro con preocupaciones. Y los niños del morro le dijeron. que también era de muy reducido tamaño. El cura se fue persignando por el morro abajo. en el morro no hay agua para esos lujos. Cuando se casaron el negro Isaías y la negra Ángela los negros del morro bebieron cachaza y saltaron como cascabeles en un carnaval. a la misma orilla del mar. La ciudad necesitaba su agua para lavar las calles y los tranvías y para llenar los baños y los fregaderos de las casas de muchos pisos. Para eso tenemos el mar. le dijo: —Me quiero bañar. La ciudad era muy celosa con su agua. ya se le pasará. Eso de buscar mañana lo que hace falta hoy. el agua salada me pica en el cuerpo. Y el cura.J. a los dos días de casada. Ángela tenía en el pecho un corazón pequeñito. que rezara por ellos y por el negro Isaías y la negra Ángela. no era acertado. un morro que. se pudiera bañar. Hubo hasta trompeta irritando al viento y sambas sensuales y gritos sonoros y hojarasca pisada y las ventanas de la casa del negro Isaías parecieron alegres en la noche de bodas. con mucho respeto. con su cuerpo tan largo como hilo de teléfono y su cabecita que parecía un alfiler. No muchas. Edúcala. también pequeñitos. construidos de acuerdo a la ley. Llegó alborotada y alegre porque quería vivir en el morro. adquirió confianza con su esposo Isaías. después de todo. a la orilla del mar. él sólo deseaba 215 . edúcala. Las cosas se hacían según se presentaban. El agua es algo importante y no podemos malgastarla. a pesar de lo que le aconsejaba su amigo Mariano. como agua de lluvia o lágrimas de monja. No podemos –aclaróle Isaías– malgastarla bañándonos. Ángela debería vivir en las matas. la negra Ángela. preocupado porque no tenía agua para que su mujer. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO sin rumbo dormitando entre árboles. de ambiciones pequeñitas. pero algunas. Ángela lucía algunos sueños y una que otra ilusión. El negro Isaías nunca gustó de pensar. como una piedra gastada. Se entendía muy bien que la ciudad no tenía tiempo para darle agua al morro.

porque se puso a bailar las sambas y a cantar con una voz gorjeante bajo el cielo del morro. como los diputados de la oposición. Isaías se sintió aturdido con tantos pensamientos complicados y se fue a la orilla del mar. Y los negros del morro aprendieron a bañarse. Y los negros fueron los negros más limpios y más importantes. como era un negro bastante distraído. Pero no se le gastó y se le quedó lustradita y reluciente. La negra Ángela no pudo bañarse en seguida. Y buscó agua debajo de los árboles y debajo de las rocas. ni en un día ni en un año y sigue manando. Fue entonces que el morro se hizo importante. con los ojos más asustados que nunca–. siguió muy escondida. la negra Ángela se dio un baño muy largo. Era preciso tener apetito para comer luego la frijolada y digerirla sin acritud en la boca y sequedad en el paladar. debajo de un mango muy regordete. muy largo. Y los negros y los negritos corrieron hacia donde estaba el negro Isaías. en un mal día. para que se bañen a gusto. Y el negro Isaías aprendió a bañarse. —¡Voy a buscar agua! –se dijo resueltamente. latigazos de polvo entre la verde maraña. porque era un sudor que le salía del cráneo pequeñito. no recuerda todavía el momento exacto en que sintió el pie mojado. cuando ya todos supieron que el agua y el manantial eran de su marido Isaías.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que su Ángela se pudiera dar un baño. celosas de ver aquella agua consumida sin el pago de impuestos. 216 . cuando se enteró. no muy lejos de su casa con las ventanas simuladas. que seguía de ojos muy asustados. tan vieja que nadie hablaba con ella. que estaba en la ciudad y no en el morro. Pero Isaías estaba. con tanta y tanta agua que los negros del morro pensaron que se le iba a gastar la piel. a mirar las olas sin verlas. Los negros del morro cantaron y bailaron muchas sambas y abrazaron al negro Isaías. indudablemente. porque las olas no le quitaron de la mollera la imagen de su Ángela sin poderse bañar. Cuando las autoridades de la ciudad. —¡Agua! ¡Agua! –gritó el negro Isaías. Y hasta la vieja muy vieja se inclinó en su mecedora y murmuró una plegaria. Y la siguió buscando y el agua. sin que Isaías la pudiera encontrar. que de seguro era una plegaria muy vieja también. Esto siempre le calmaba y además le daba apetito. los negros pusieron unas caras tan negras que las autoridades dijeron que esa agua podía usarse libremente. ¡Es agua del morro! ¡Agua del morro! Y el grito se agrandó en las orejas de todos los negros y hasta de los negritos y los de una negra muy vieja. subieron al morro a tomar providencias. pero lo cierto es que allá en lo alto del morro. porque era el único morro con agua en la ciudad. El agua que salía de debajo del mango era un agua insistente y no paró de manar en una hora. Pero al otro día. Muchos baños se dio la negra Ángela. porque hubiera sido demasiado repicar la campana grande sólo por un manantial que no era un manantial grande. como moneda en manos de rico. El negro Isaías comenzó a sudar un sudor muy desagradable. Era como el agua de un manantial bastante importante. Un baño no era un pecado ni mucho menos algo que debía prohibirse a los negros del morro. Isaías regresó al morro y caminó por los trillos. mandó a repicar la campana pequeña del campanario de su iglesia pequeña. Y el cura. Isaías vio brotar un hilillo de agua que comenzó a llorar por la vertiente y a salpicar las puertas abiertas de las chozas de los negros. ¡A todos! El negro Isaías. —Si la encuentro –se dijo Isaías–. la regalaré a todos.

isleta que suele parecerse a un buque sin luces que huye por el mar. Por eso a veces soñaba con un Dios de su color. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Isaías y Ángela también fueron importantes y todavía lo son. Él sólo la vio una noche. hora de marineros en cita con el mar Caribe. ni tampoco de odios. arrugada en el umbral como papel con traza. La Diabla no tiene amigos. En el campanario del pueblo golpearon las ocho. que se asemejaba a un látigo. ha sido y es un negro feliz. siendo él tan negro. Después. Eran tan grande que por un instante puso a zozobrar su bote. estaba golpeando la bahía. una sombra monstruosa debajo del agua. Lo arrastró al agua. El negro llegó hasta su bote. El hambre no le había tocado y su fe era sencilla como guayaba madura. el día en que los negros se pudieron bañar. un alguien que Calamidad no podía explicar por qué era blanco. eran mecidos por la brisa. con los movimientos de una hoja mecida por los vientos. con su cuerpo largo como hilo de teléfono y sus ojos asustados. que de ligero era casi canoa. empuñó los remos y comenzó a bogar. Voy al arrecife. El negro Isaías. No conocía de barba ni de amores. La playa le vio persignarse y rezar un Padre Nuestro. Cerca de la Matita. ni tuvo dolores en su cráneo pequeñito. que en esa época era un grupo de bohíos. como avergonzada de poder ella sola albergar a Dios. también él con rumbo hacia la playa. el negro Isaías no tuvo que pensar más. muchacho. Repetía 217 . a pesar de que son viejitos y ya no piensan tanto en bañarse como antes. Ella pasea mar afuera… —Hasta un día. Calamidad tiró la red. Los animales no diferencian. Cinco negros de bronce y ébano empujaron suavemente un bote por la arena. de la cual extrajo una docena de sardinas. clavados en la tierra como puñales de goma. Puede ser que no. cerca de la Matita. —Me cuidaré. una creencia en que alguien ordenaba las puestas de sol y las alzas de la marea. tan pequeñito como aquella primera gota de agua que le mojó el pie. ¡Es natural! Desde que Ángela encontró agua para bañarse. —No salgas mar afuera –le aconsejó la vieja. Los cocoteros. y un erizo. que se agitaba velozmente. Todos en Boca Chica y en Andrés venían hablando de La Diabla desde hacía muchos años. mai. Calamidad se ajustó los calzones. Después. A las cuatro te traigo percao… —Bien. Calamidad Una luna mulata se había trepado desde la sonochada en lo alto del cielo.J. la noche se lo tragó en su silencio y el mar lo recibió para platicar con él la sempiterna canción del pescador. M. bien. con quien pudiera conversar más a gusto o pedirle todas las cosas que andaban enrevesadas en su cerebro. mai. una docena de casas de madera frente a la playa y una iglesia pequeñita. Y un viento que llegaba frío de sus rondas vagabundas. pero cuídate de la raya. Calamidad cruzó la aldehuela. hijo. Uté sabe que La Diabla no gusta de arena. cortando las olas y ondeando la cola. La luna mulata comenzaba a esconderse en las almohadas del horizonte. sin hacerle caso. Era Calamidad un mozalbete aún. respiró fuertemente y abandonó la choza de sus padres. había proseguido su camino. Puede ser. —No. Calamidad sonrió. Gentes hay que le llaman al agua del morro el milagro del negro Isaías. casi a cien metros del arrecife.

las palmeras. Calamidad divisó a La Diabla. levantó los brazos inútilmente y cayó fuera del bote. La raya se encontraba en un lugar peligroso de la bahía y Calamidad ni siquiera pensó en trabar duelo con ella. Santo Dios! Y Calamidad hizo la señal de la cruz sobre su frente húmeda. —Si la toco. suelen usar los pescadores de Boca Chica en la pesca y captura de rayas. andaba esa noche en los alrededores de la Matita. óyeme. de Guayacanes. —¡Guaite con la traviesa! ¿Y qué querrá? El negro comenzaba a sentir cosquilleos en el estómago. La tenía toda a bordo cuando se le enganchó un pie en ella. a ratos. la significación de su aventura: Había pescadores de San Pedro. En seguida agarró la lanza que. la brisa y el bramido del mar. en mitad de sus angustias. ¡Aunque me coma la lengua! ¡Óyeme Dios de los negros. Cuando jalaba de ella. para no agitar las aguas. Pensó en tantas cosas el pobre negro que los brazos se le quedaron fláccidos a ambos lados del pantalón. nunca volveré a hablar de ti. —¡Si Dios fuera negro! –murmuró–: ¡Entonces sí que me comprendería! Calamidad volvió a tirar lentamente de la red. La bahía había quedado. percibió que el fondo del mar registraba un tono más oscuro. Las estrellas. Esa mota negruzca de tres metros de circunferencia. Calamidad volvió a tirar la red y esperó. continuaban su coloquio sin edad. En seguida se levantó. esperando o descansando junto a mí… Y Calamidad sopesó. de La Caleta. con el rabo ondulante a los costados. el monstruo nadaba sobre los bancos de arena. La raya se acercó. mientras las olas le lamían suavemente los muslos. Súbitamente impresionado. ¡Porque aquella era La Diabla! No podía dudarlo. —¡Válgame el cielo! –exclamó–: Pues no será bruta… ¿Y qué no sabe que por aquí no hay agua pa ella? La raya se había dado vuelta y cruzado velozmente junto a su bote. inició un círculo en derredor de Calamidad. No lo achacó a miedo. en derredor del bote. Calamidad tropezó. Sólo pececillos auríferos saltaban. después de escaparse la luna. Diabla. chocando contra las rocas del arrecife. y la sujetó nerviosamente. hasta de la misma capital. negro que estás en la altura…! 218 . sin embargo. La mota de furia y de poder vino a su lado y onduló suavemente entre él y el bote. La Diabla está aquí. si la dejo ir. Al rato. dando de latigazos. llena de una apacible oscuridad. Pensó en que algún pez grande andaba suelto arrecife adentro y no prestó interés. pero todavía no quiso creer. Si era cierto que la marea estaba alta. no me lo creen. para quienes encontrarse con La Diabla hubiese valido más que la vida. En él lo que más había era curiosidad. a punto de vararse en aquellos parajes de poca profundidad. —Es verdad –se dijo–. Juguetón y nervioso. pero el selacio había desaparecido. era la raya famosa. No podía explicarse cómo La Diabla. Calamidad la buscó con ansiedad. Calamidad se veía frente a la muerte y érale trabajoso.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS la operación cuando oyó chasquear el agua en forma para él no muy común. ¡Ayúdame. me muero –suspiró el negro–. terror de pescadores. paralizado de terror. con esa lucidez de los hombres que viven solitarios. comprender cuanto le ocurría. una sombra chata saltó a su diestra. En seguida. a modo de arpón. No podía pensar y rezó una plegaria simple. también lo era que nunca antes se atrevió La Diabla a penetrar la barrera de los arrecifes e irrumpir en las aguas mansas del litoral. que se conmovió. —Si me libro de este trance –se dijo–.

Algún cataclismo la movió de la cima.J. que no conoce esta historia. —No. Verás. el sudor cristalino y el andullo se convirtieron en una sola larga mirada triste que de los pastos y el cafetal se enredaba en la piedra y allí se quedaba. el peñasco era aquella parte del paisaje que todos guardaban en la hondura del ojo. a la callandita. el corazón no me miente. Minutos u horas más tarde. Calamidad permaneció inmovilizado sobre el banco de arena. golpeando la ropa sobre los guijarros–. de esos bravos que luchan contra el viento y las olas. de esos hombres para quienes el mar. M. como quien ha visto un fantasma y no se atreve a decirlo o siquiera confesarlo. La cabeza le daba vueltas y en los ojos había un brillo nuevo. Durante toda su vida –recordaba Ernesto– la piedra estuvo clavada en la ladera del monte como una nariz. porque en Ernesto la alegría. Ernesto! ¿De dónde te sacas semejante entrevero? —Del corazón. En las noches. a veces carne. Amanecía. posándola sobre el promontorio. el agua y la muerte son sólo hermanos. la veo igualita que anoche. Chasqueó su cola una última vez y La Diabla nadó furiosamente. a convertirse en pescador de mar afuera. muchacho! Siempre tuvimos. debe pensar que Calamidad no fue más que un pobre negro loco. los domingos sancocho y todos los días arroz con habichuelas. esta frase que nadie ha podido explicar: —¿Viste negro. la piedra no era la misma. como nunca antes tuviera Calamidad. negra. Era como si a la bucólica placidez del valle hubiese llegado la tormenta. La gente cayó en cuenta de inmediato. sin molestarse en recoger las sardinas que trajera. con la seguridad del granito. —Mai –dijo a la madre–. que el año pasado. —¡Alabado sea el Señor. perdiéndose de vista. pero él no se daba cuenta. esa piedra nos odia. Casabe y plátanos. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Hirvieron de pronto las aguas con la arrancada de la raya. 219 . La piedra El mundo de Ernesto fue siempre un mundo fácil y hermoso: Su casita blanca. Y cuando era viejo. le estuvo agria. ¡Hasta aquella mañana en que Ernesto reparó en la piedra! La revelación. Mischa. Llegó. dejándole alma y voluntad en acecho. posada a la vera del arroyo. averigüé que nosotros los negros tenemos Dios. encaramó su embarcación en la arena y caminó lentamente hacia su casa. Sin embargo. Bruñido por los vientos. Ya los otros botes estaban descansando en la playa y por detrás de los cocoteros los cangrejos huían de la luz del sol. con los años. los cantos y silbidos. cuando Ernesto realmente comprendió a la piedra. el algarrobo y el valle estrecho. —¡Y cómo no. bajo el rielar de la luna inflada. cómo te guardé el secreto? La gente. ¿Pero qué te pasa? —No pasa na… A mí no me pasa naa… Hubo otras noches de luna en Boca Chica y Calamidad volvió a hurgar en la bahía su triste encomienda de sardinas. eterna como el cielo o la envidia de los hombres. recortado por los cerros abruptos y afilados. Atracó. el negro subió a su bote y remó hacia el poblado. difícil. sus vacas pardinegras. una plegaria sin ensayos que Dios recibía sonreído. —Son cosas de la imaginación –había sentenciado su mujer. por insospechada. los mangos frondosos. alguien le oyó decir.

Ernesto. Corroída su alma por el miedo. para que la sangre no caiga sobre nadie”. frontera de locura. Mischa y los siete negritos con sus siete barrigas y sus siete ombligos. Pero la piedra no tenía prisas y continuó clavada en lo alto del monte. comiendo flores y bañándose en el río. como árboles que se han muerto de pie. con los pies encallecidos y las manos duras. un pobre loco triste que sólo hablaba de su piedra y lo mucho que ella le odiaba y malquería. Sólo a ratos el viento. Si los siglos no habían podido conmoverla un ápice. Ernesto! –le amonestaban las comadres y la mulata Dolores. sin dolores. sin miedo. el guardia Cirilo y el ñato Santiago–. hablando a solas con los algarrobos y los mangos. ¡Tú has venido a buscarme y tengo frío en el estómago. Ernesto envejeció. el conuco y el cafetal quedaron sin mimos y las lianas y los yerbajos desfilaron hasta la puerta misma de la casita blanca. fuera a perderse en el lecho del río. vive tu vida y olvida a la piedra. Anímate. En un principio Ernesto. de empujar la piedra hacia la otra vertiente. Era esperar y esperar. ¿cómo iban los brazos y las manos de Ernesto a trocar la pétrea voluntad del granito? Muchas noches recogió la torrentera el grito de impotencia: “¡Maldita. ¡lucha! —Déjame. un hálito de hombre para quien la vida sólo fue sucesión de temblíos. cayendo. mujer. —No puedo –aseguraba Ernesto–. ni los vaticinios de la mulata Dolores. —No es posible. Vivía tranquilo. porque los hombres que andan sobre la tierra. angustia de ojos hundidos y brazos en postura de lápices usados. para quien el demonio se podía ahuyentar con “un té de yerbabuena. angustia de barba zahareña y piernas vacilantes. sin ambiciones. Las vacas fueron descuidadas. —Dime. Huyó la paz de aquel mundo fácil y hermoso. no puede ser –suplicaba Mischa– que una piedra venga a desgraciarnos. ¡Hasta que la gente dejó de hacerle caso y se rió de él! Los siete negritos con sus siete barrigas y sus siete ombligos –sus hijos– crecieron y se regaron 220 . Y Ernesto se estremecía de pavor. trató. con sus golpetazos sin rumbo. bien cubierto de pecho. sin hambre. Nadie pudo redimir a Ernesto. contemplar en silencio al valle y la casa. que ella ni tiene alma ni se mete con nadie. Nunca campesino alguno supo hasta dónde llegó la tortura de Ernesto. cuando nadie lo veía. cantar bajo el sol de agosto. convencido de que la piedra acabaría con él y con los suyos. son hombres sin lágrimas. adelantó su ritmo cuantas veces Ernesto conversó con la piedra. Ni las amenazas del guardia Cirilo. ni los consejos del ñato Santiago. pelada del diablo! La piedra jamás contestó sus denuestos. Ernesto se convirtió en una sombra dolorosa. intrusa. a Ernesto. ¿qué sabes tú de mi infortunio? Y pasaron los meses. como si el valle fuese una presa demasiado fácil para tragarla sin suplicios o torturas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Ernesto. maldita!” Luego abandonó toda lucha y se refugió en la angustia. ni los besos calientes de Mischa en las noches de luna llena. ¿quién te cambió la cara? ¿Qué quieres de mí o de los míos? ¿Por qué no te lanzas al barranco y te haces pedazos? ¡Maldita! Yo era feliz. Sólo el corazón. donde. En vano. apurado y jadeante. poseído de sus angustias y enfermo de pesar. sin ruidos. dos velas en el patio y un puerquito matado en viernes. la ponía a ulular. ¡ya pagaría por olvidarme de esa intrusa que nos quiere tan mal! Y la piedra parecía gemir en los atardeceres. solitario y misterioso. sin duelos.

Se estremeció. en busca de más negritos con más barrigas y más ombligos. El pico se alzaba y caía rítmicamente. Fue un día lleno de cartas y de dictados y de calor. Entró al baño. Bostezó. El agua de la ducha era su único amante. Elsa era también una cosa de la ciudad.J. en un aguacero cualquiera de los que vienen sobre la cordillera y se marchan luego arroyos y ríos abajo. pudo sentarse a su escritorio y comenzar a trabajar. que yo te perdono. El asfalto se fue abriendo y en la llaga quedaron a la luz cemento y piedra. desde el asiento. Y por último. las miradas cansadas de algunos hombrecitos. Aquel asfalto era un asfalto blanco y dócil y el pico del negro era un pico lleno de rabias y de odios y de venganza. Elsa pensó en que el saludo del portero era la primera palabra dedicada a su oído desde la tarde anterior. Elsa saludó al portero. la mirada idiota de las compañeras. Elsa se subió al ómnibus y comenzó. Elsa se apoyó en la ventana y miró al negro que rompía el asfalto. el pulido paño gris que llenaba su calle y que ella cruzaba todos los días. la mirada codiciosa de su jefe y la mirada perdida de la mujer que barría los pisos. El ronco reloj de la iglesia anunció que eran las siete. cuando tuviera tiempo. Por la orilla del mar pasó un automóvil y en seguida otro. El negro que rompía el asfalto la miró con curiosidad y demoró el ritmo del pico. Mischa y los siete negritos con las siete barrigas y los siete ombligos. Los dejó al lado de una novelita intrascendente que quería leer. balanceóse coquetonamente y taconeó en la acera. Elsa dejó que el chorro de agua resbalara sobre su cuerpo desnudo. Después que Elsa pasó ante todas aquellas miradas. rodeado de margaritas. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO por los caminos. Era su asfalto. que no hagas más daño…” La Mischa lloró sobre el cuerpo del loco Ernesto y unos días más tarde se murió también. tuvo que pasar ante la mirada vacía del ascensorista. cuando el sol se mecía en el ancho trapecio del cielo. en una mañana cualquiera. Cuando Elsa llegó a su oficina. aunque la mulata Dolores aseguró que su locura era sólo de amor por Ernesto. vidriando los ojos en dirección de la piedra y murmurando: “Que Dios te perdone. con un clavel en la boca. La ciudad se desperezaba. La piel de la ciudad era una piel sin resistencia. en una tarde bermeja. Un vaso de agua y un cigarrillo y otra tarde de cartas y de 221 . En seguida Elsa guardó sus pensamientos. Hoy tendría que ir hasta la esquina a tomar el ómnibus. pero hosca y vacía. M. de parques y gente. El sol apuntó su nariz colorada en el cielo lleno de bruma. Al mediodía tomó café y comió un sandwich con sabor a resina. Y un día Ernesto el loco se murió tranquilamente. El charco Sobre la limpia superficie del asfalto cayó el primer picotazo. de las cosas intestinales de la ciudad. inhaló con la boca abierta y se marchó hacia su casa. El negro sembrado de músculos se pasó una mano por la frente. El negro sintió la sangre caliente en sus brazos poderosos. desconociendo a este Ernesto que ya no le traía flores del valle ni la trepaba en su potro bayo ni le regalaba amores al oído. En la esquina el sereno encendió un cigarrillo. la diaria contemplación de calles y plazas. la piedra cayó del cerro y arrancó de sus cimientos a la casita blanca donde fueran felices Ernesto. La Mischa envejeció con él. La gente dijo que ella también era loca.

dejando al charco de la calle sin amigos y sin consuelo. regresar a la ciudad y ver cómo estaba el asfalto. Elsa se durmió aquella noche con un sueño agitado y en varias ocasiones despertó. Otros negros llenos de músculos se habían unido al primero y varios picos golpeaban ahora al asfalto. pero no en aquel día. en su sueño. con un hermano borracho y muchas viejas que la señalaban y la criticaban. estaba cantando a solas. ordenó usar los taladros eléctricos para llegar más pronto a la cañería accidentada. Seguramente que había vuelto a su pueblo y le había contado a las viejas chismosas que el asfalto estaba roto. comenzaban a marcharse por la ciudad en silencio. un negro dio un grito de júbilo y de la herida del asfalto manó un chorro de agua sucia y maloliente. Llovió. antes de que llegara la mañana. su tranquilidad. llena de miradas y de calles iguales. como la luna cuando huye entre nubes negras. Su pueblo era mucho mejor.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS dictados y de miradas que llegaban hasta su rincón. de gente que se reía sola. Y vio también que la fosa estaba llena de aguas sucias y que los negros. cuando Elsa bostezaba un poco. que por su tamaño y su voz disonante debía ser el capataz. Los hombres y las mujeres y los niños dormían todavía y la ciudad no hablaba. pero él se rió y Elsa no gustaba de la risa de su novio. ¡Pobrecita mi calle! Ya nunca será igual. Elsa pensó que era una aorta de la ciudad con mala circulación y la fosa que abrían los negros le pareció un cáncer. sin asfalto. antes de acostarse en su cama sin calor–. porque era una risa engañosa. Pensó que su asfalto estaba horrible y desfigurado y que aquellos hombres no tenían corazón. 222 . Elsa había perdido el apetito. hasta casi cubrir la calle de acera a acera. En la noche los negros encendieron luces y cenaron pan y carne sobre los pedazos de asfalto. El mar era confidente de las preocupaciones de Elsa. para ver con asombro que los negros habían agrandado la fosa. Elsa se encaramó en su ventana. Estaba intrigada con la suerte de su calle y de su asfalto. pero fue un sueño que no pudo recordar después. Elsa sólo quería ver a su asfalto enfermo. Apresuró las diligencias del despertar y bajó a la calle. sacó sus pensamientos y quedóse quieta. de madrugada. Era un pueblo perdido. devolverles su tersa fisonomía. pero que Elsa no sentía. Elsa soñó una última vez. Se consoló pensando que quizás el asfalto estaba enfermo y había que sacarle sus males y curarlo. Recordaba haber salido nuevamente a la ventana. Y a su novio le habló del asfalto. pero no interrumpieron el picoteo ni aliviaron el dolor de la calle revuelta. Las gotas resbalaron sobre las espaldas desnudas de los negros y mojaron el asfalto. como si fuera en su cabeza que golpearan los taladros y se hundieran los picos de los negros. como si sobre el mundo se estuviese oyendo un solo chiste graciosísimo. en cambio. contemplando la muerte del asfalto de su calle. encaramado en un cerro. Era preferible vivir en esta ciudad de asfalto. Elsa se detuvo y los miró. al parecer cansados. A medianoche. —¡Pobrecito asfalto! –se dijo Elsa. —Es la cañería central… La de las aguas muertas… Sus compañeros dieron asentimiento con las cabezas y uno de ellos. Eran miradas de la ciudad y Elsa no gustaba de la ciudad. Elsa era una mujercita desolada y solitaria y sufría siempre con los sufrimientos de los demás. antes de que el sol viniera con sus luminosidades a llenarle las olas de crestas blancas y la playa de espuma danzarina. Elsa regresó a su calle cuando oscurecía. Elsa decidió. El mar. el cáncer del asfalto. con un novio que no la quería y aun la engañaba. Elsa hubiese querido protegerlos de los picotazos. pero era un pueblo que estaba lejos.

El agua lo lamía con un chapoteo imperceptible. El negro musculoso fue el primero en verlo y en pregonar su asombro por la calle que se despertaba. Elsa no pudo tararearla. Los Pacolola El día en que nació Lola. frente a los mudos pedazos de asfalto que los negros habían arrancado a su calle. encaramado en el cerro. esa ciudad mexicana bordada en la falda de la sierra con casitas de tejas rojas. Elsa se sintió inmensamente feliz con su travesura. pero en realidad no era un puente necesario. Su calle estaba herida en muy mala forma. Se sintió dueña del charco y de la calle y del asfalto y de la ciudad. pero la boca se le llenó de aguas pútridas y el estómago se le arqueó. había aprendido bien lo único que podía darle su pueblo lejano. sin dejar salir el grito de espanto que venía viajando desde su pecho desolado. El charco lo cerraron después. evadiendo el olor desagradable. Elsa deseó encaramarse en él y cruzar el charco. la canción de un hombre que tampoco había dormido. en cambio. de orilla a orilla. Y Elsa tropezó. el día en que nació Paco. nunca vio más agua que la del baño. cuando la cañería fue debidamente reparada. hija de hacendado y poetisa. una criatura venida al mundo única y exclusivamente para usar el paladar. en hacerle algunas preguntas. 223 . El cuerpo de Elsa flotó solitario. M. Y los negros se fueron con sus picos en busca de otros charcos. porque Elsa no sabía cantar. la desolación. que por supuesto el charco iba a dejar sin contestación. Indudablemente. Era como un puente para cruzarlo. Por eso ahora las aguas del charco se la tragaban definitivamente. ni nadie se reiría de ella. faltó vinagre en todas las tiendas de provisiones de su pueblo. desde un principio. perdidos en sus calles o durmiendo para siempre en algún parque lleno de frondas y de aromas. Elsa pensó que al fin realizaba algo que los hombres y las mujeres de la ciudad no podían hacer libremente. pasó su niñez en Cuernavaca. era su charco. Era una canción deprimente. porque estaba formado de la sangre de su calle y de su asfalto. La ciudad poco dijo. Pero se vio en mitad de las aguas pútridas y empezó a hundirse en ellas. Experimentaba cierta voluptuosidad en estar a solas con él. De niña –recuerdan quienes la conocieron bien–. Y lo usó con tanto deleite que ya a los seis años de edad parecía uno de esos globitos que se venden en las ferias o en los parques y que si los niños sueltan se van volando por los cielos. Nadie podía ver su gesto infantil. Elsa. En su pueblo. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Caminó lentamente hacia el charco. Se oyó música en la calle y junto al charco. En el mar Elsa sólo había mojado sus muslos y se había enjuagado la cara y el pelo. Sabía que no podía nadar. Sobre el charco los negros habían colocado un largo tablón. subió el precio del cacao en los mercados internacionales. Y Elsa se ahogó en lo hondo del charco. sufría tanto como Elsa. Además. junto al tablón que creyó puente para travesuras. Fue. puesto que con bordearlo se podía fácilmente pasar al otro lado de la calle. no se sabe si por coincidencia. Se llevó una mano a la nariz. Elsa dio los primeros pasos. porque era una ciudad acostumbrada a encontrar cuerpos de hombres y mujeres sin historia. Lola. Cerró los ojos horrorizada y miró hacia el cielo. El tablón era firme y sólido. calles retorcidas y música de mariachis que no duermen nunca. Y Elsa quiso rezar.J. Lola nunca jugó con muñecas ni tuvo momentos de solaz en el jardín de su casa. quizás por casualidad.

después de ver las pirámides. Paco y Lola fueron a la misma escuela y mientras Paco se chupaba los dedos. Paco. más requeteflaco de México y del mundo. la fama de los dos desgraciados y un sentimiento de mutua comprensión y ayuda entre ambos. en vez de desaparecer. Las comadres de Cuernavaca refieren que un día de lluvia su madre. –Aquí –le anunciaban a uno en los grandes hoteles de Ciudad de México–. Paco estudió en Ciudad de México y Lola en Guadalajara. como una varilla de acero. viejo politicastro marrullero. —Pues la mujer más gorda del mundo y el hombre más flaco. negocio cómodo para él porque podía confundirse con la mercancía cuantas veces algún amigo o acreedor venía a conversarle. casi en la misma calle. continuó con los años. Luego alguien compuso una canción ranchera acerca de un elefante y un puñal y la gente en seguida la denominó el Canto de los Pacolola. lo usó para barrer el patio de las aguas inundantes.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Paco. con un bastón. Paco. Lola engullendo bombones en cantidades astronómicas y Paco chupándose los dedos o tocando una guitarra que le regalara un tío compasivo. Lola puso. acercándose peligrosamente a la invisibilidad. se ve usted esta noche pero que muy bien… —Ándele. tropezó con Paco. Y así fue como. quizás en la creencia de que la saliva era alimento. ¡está usted rechula! —Vamos. fue confundido al nacer. vestida y acicalada para irse a la iglesia y rezar una salve. colocándole en la cabeza una escoba. mano… –solían decir los cicerones de las agencias turísticas. hay que ver a los Pacolola. una confitería especializada en bombones. Una noche de diciembre Lola. Esta flacura. ¿Está tomado? 224 . por su flacura. —¿Y eso qué ser…? —preguntaban los gringos. que venía de ver en el cine una película de vaqueros. con el dinero heredado. hijo de un militar amargado que jamás pasó de teniente y de una acapulqueña que soñaba con la playa distante. Vivían relativamente tranquilos. cada vez más señalados por el infortunio de la curiosidad populachera. jóvenes ambos. consideró que aquella gorda desentonaba con las clásicas bellezas de la tierra de María Félix. Un día murieron los padres de ambos. Lola siguió engordando hasta convertirse en una curiosidad turística que los norteamericanos retrataban tan pronto llegaban a Cuernavaca y Paco enflaqueció más todavía. montó una tienda de alfileres. por ver si el muchacho se agarraba en algo y el viento no se lo llevaba hasta la cumbre del Popocatepelt. Lola. De ahí que los guías comenzaron a llamar a la calle de los dos infortunados como la de los Pacolola. Lola y Paco se encontraron en Cuernavaca sin tener dónde ir y con una amargura infinita hacía la vida y la humanidad en general. pero Paco tuvo que abandonar la universidad porque los profesores tenían dificultad en ver con quién hablaban y Lola regresó de Jalisco porque un alcalde. Lola se relamía con caramelos. Paco. Pasaron los años y con ellos crecieron las hacendillas de Paco y Lola hasta convertirse en verdaderas fortunas. y no sea mentiroso. —Lola. hasta perfilarlo por todos lados. lo que estoy es muy gorda. indicio de que la niña era precoz. —No. pero con dos corazones de oro. Eran dos jóvenes deformes.

225 . en efecto. Y Cuernavaca entera cayó en cuenta de que. algunos de los cuales. sin ellos darse cuenta. Hemos abandonado a los Pacolola a su suerte. registrándose un curiosísimo fenómeno: Paco comenzó a engordar y Lola a perder peso. La ciudad seguía iluminada. los llevó por las callejas y los empujó hasta la plaza. a él por ser el hombre más flaco de México. que ya no eran el hombre más flaco de México ni la mujer más gorda del mundo. a Paco y a Lola. pero no hubiese resultado memorable si el señor cura. Y de las palomas. Mas en la casita bermeja donde Paco y Lola tenían su nido de amor. concurrieron al atrio de la iglesia a ver a la gorda y al flaco uniendo sus tristes destinos. cuando era soltero. Fue un acto conmovedor. como Romeo o como Fausto. la tomo. chata y pícara. digo. no se equivocara. en vez de resguardarlos en jaulas. El hombre de la ventana tiró a la calle su cigarrillo y apuró un trago largo de whiskey. Curiosidad En el tejado oscuro el gato se movió con lentitud y miró hacia la ventana donde estaba el hombre fumando el cigarrillo. ¿toma usted a este globo. también cuando soltera. con el beneplácito del síndico. el amor había transformado en tal forma a los esposos. Porque la verdad es que el matrimonio. para la admiración del mundo entero. que desde el cielo quería también enterarse de la conversación. llena de ruidos que comenzaban a morirse en la noche calurosa de verano. a esta mujer. hacia Tasco o Acapulco.J. Y volvieron a transcurrir los meses y los años. hasta que un turista señaló con desagrado: —Estos Pacolola son puro cuento… Ninguno excepcional. M. como su legítima esposa…? Pero Paco. Y del cura y del jefe de los mariachis de Morelos. Un humo pardo y vacío llegaba por el cielo y se desdoblaba sobre los álamos y en los estanques del bosque. aunque usted la crea un globo. con detrimento del fisco de Cuernavaca. manito –decía un político con ambición de llegar a diputado– no sabemos organizar el turismo en este país. Y ni siquiera de Morelos. donde no repararon en el saludo de amigos y amigas. que en bandadas revoltosas. aplana a hombres y mujeres en un anonimato que da lástima. replicó: —Sí. La posteridad sólo recordará a sus padres. preguntando a Paco: —Paco del Castañedo. Perdieron pues los Pacolola su fama internacional y huyeron de su callejuela los turistas. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Y el diálogo. Claro está que algunas de las hijas de los Pacolola engullen bombones y pastelería que da miedo y unos cuantos de los hijos se chupan el dedo. Paco y Lola se casaron un mes más tarde. El gato se acurrucó en el alero y bostezó. pero de nada les vale. con todas sus ventajas. En un principio la gente no se dio cuenta. continuaban. ni en la luna. al pronunciar las palabras bíblicas. pues con los tacos y las tortillitas y los huacamoles. padre. una pandilla de mocosos y mocosas atestiguaba que aquel matrimonio era feliz y que el mundo ni las gentes les interesaban un bledo. —Es que. sin detenerse. del alcalde y del gobernador. inmortalizándose. y a ella por ser la mujer más gorda del mundo. mujeres más rechonchitas existían que Lola y hombres más verdes y más flácidos que Paco se consumían en los bancos de la plaza.

Era una mujer apresurada y una mujer nerviosa y tenía. El gato presentía que su enemigo el perro no estaba muy lejos y todo lo relativo al perro tenía suma gravedad. La mujer achacó a curiosidad el encontrarse allí y en aquella situación de desprendimiento. muchísimo menos elegante que ella. hubiera seguido en la sombra. un beso tranquilo como el agua de los estanques del bosque. además. que ella no había escuchado en los labios de su marido. Los amantes decidieron besarse. los recuerdos bastante cursis. Por eso la mujer había decidido escuchar las frases galantes. La mujer no gustó del beso tranquilo y se sonrió. Prefirió no decir nada al esposo. Cuando se conocieron. Duró mucho aquel beso. Los pensamientos fueron bastante comunes. Era suficiente. pero los amantes no conocían nada mejor. El humo pardo y vacío se tornaba negro. tanto que los amantes tuvieron tiempo de pensar y aun de recordar. un cuerpo mordido de deseos y tembloroso. que ya avanzaba hacia el zaguán. en otro lugar de la casa. Los amantes se asomaron a la ventana. porque no hubiese comprendido que tomar las manos no es cosa importante. La mujer apresurada se entró por la puerta y tomó el ascensor. en una fiesta olvidada ya. que se resistían.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Un taxi se detuvo en la esquina y de él descendió una mujer. mientras tomaba una y otra vez sus manos. El hombre comprendió aquella sonrisa y cambió el beso tranquilo por un beso fuerte y húmedo. Si aquella mujer no hubiera sido la amiga del hombre de la ventana. en las noches. Y alguien más. A pesar de que ella se sentía gozosa como una gatita cuando. como gotas de agua en la misma orilla de sus oídos atentos. Al cuarto llegó primero su perfume. 226 . su figura se hubiese quedado tranquilamente en la calle o su taconeo. el hombre tuvo para ella frases galantes que producían cosquillas. Continuaron los encuentros y el hombre arreciaba las palabras y hasta llegó a pronunciarlas muy quedamente. Tomaron té en un salón muy chic y allí él repitió las frases galantes. Ella había mirado a su esposo y el esposo conversaba con otra mujer. Días después se encontraron a la salida de un cinema. El hombre estuvo convencido de que al fin lograría la posesión de aquella mujer hermosísima. Alguien escuchaba. que el hombre agarró en la nariz y lo guardó en el pecho. Era una situación a la que el gato estaba absolutamente acostumbrado. un disco gastado de Bach. indudablemente. La ciudad comenzaba a apagarse. La música de Bach era ahora música de Beethoven y la risa de ametralladora fue una blasfemia incontenible que trepidó en el alero donde se acurrucaba el gato. con bastante sueño. con el temblor de una tierra movediza. la ecuación del miedo en los ojos azules. En seguida estuvo su cuerpo. hasta perderse a la vuelta de la esquina. Comenzaron con un beso tímido que se desfloró a flor de labios. detrás de una pared. como el tableteo de una ametralladora. El gato permanecía en el alero. se reía con una risa galopante. pero eso era porque la ciudad perdía sus luces y no porque el humo hubiese dejado de ser pardo. su marido la besaba con rabia y la hacía dormir agotada. Eran palabras. tomados de las manos. —¡Amado mío! —¡Idolatrada! Los amantes no eran originales y cambiaron en un abrazo su ausencia de palabras.

Y sin embargo. La luz de la ventana del cuarto donde el hombre había fumado cigarrillos se apagó y una brisa refrescante movió las cortinas. La mujer cerró los ojos. —¡No! –contestó él. rumbo al abismo. para aquel hombre. Los besos fueron esta vez más largos y húmedos. como en una garganta que no ha bebido agua en muchos días. M. Y él no la escuchó. al menos el suyo. Era un temblor muy raro y las rodillas quedaron flojas y en las mejillas se prendió un color de rosa que casi era el sangrante de una puesta de sol. El hombre no esperó respuesta. la música de Beethoven. no obstante haberse apagado la luz. aun estando los párpados humedecidos por una que otra lágrima. como una nube haciendo la siesta. Ella estaba en la puerta. arropándoles en una mortaja que no dejaba pasar los ruidos de la ciudad. Así. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Después el hombre de mundo la llevó a su departamento y oyeron ambos música romántica. Era la de ellos una amistad de gente complicada. —¿Qué te sucede? –repitió el hombre. ¡Prefiero a mi marido! 227 . A ella le pareció que era la puesta de un sol de verano. Sobre la ciudad la noche envejecía con ruidos muertos sobre los hombres y las mujeres y los niños y unos pocos viejos. sólo hablaba de negocios y ella. porque había perdido el interés unos minutos atrás. El coñac. —¡Dé jame! –dijo la mujer. Ella siguió en silencio. porque de memoria sabía que todas las mujeres regresaban. arqueada e impúdica. nadie la vio desnuda. y la mujer comenzó a gozar con aquellos encuentros inocentes. El marido. Y algunos amantes. porque el aliento del hombre salía caliente y pesado.J. Y el abrazo se extendió sobre los dos. música apropiada para sorber menta y fumar cigarrillos rubios. Allí se detuvo. —¿Qué te sucede? –le preguntó. como los vecinos del gato. sólo hablaba de sus hijitos. Pero como eran lágrimas de la casualidad. llenos de un humo que subía voluptuosamente hasta el techo y se quedaba tranquilo. sofocada como una bestiezuela. antes de salir: —No valía la pena. el hombre creyó oportuno ofrecerle un coñac. mientras pensaba que aquello era muy aburrido. la risa convertida en blasfemia y el maullar del gato en acecho. —No volveremos a vernos –sentenció la mujer. en el matrimonio no había tiempo para pasar las tardes con el marido bebiendo menta y fumando cigarrillos rubios. que la caída es una sola. —¡Déjame! –repitió ella. porque era una palabra gastada en su departamento de mundano. La mujer empezó a temblar. Para el hombre la virtud era una prenda incómoda y aquella mujer la había usado. para desquitarse. que eran hijitos de los dos. dibujando el rouge en su carita inocente. Además. era la bebida apropiada en todos los finales. El hombre la cubrió con sus caricias y ambos corrieron por una selva en llamas. que todavía esperaba la aparición del perro. tuvo un escalofrío y remiró a su amante. se volvió hacia él y dijo. o de gente aburrida. La mujer se levantó y se dirigió hacia la puerta. su enemigo. en mitad de las explosiones de un volcán. La entrega no podía demorarse una noche más. Del alero del tejado brotó un maullido desconsolador y se pudo ver al gato huyendo por entre las chimeneas. observándole fría e imperturbablemente. La mujer se vio vestida nuevamente. tan cansada que le dolían los párpados. El hombre volvió primero. arreglándose el desaliño del vestido y yendo a sentarse en el sofá.

matizó su vida en forma imborrable. Es tierra roja y tierra verde. El frío de las heladas y el hervor del sol quisqueyano le endurecieron la piel. Y así. clavada en la mitad del Mar Caribe. Sebastián trabajó desde los diez años. Había que llevar yuca. Sebastián evitaba pensar en el cerro que dominaba el pueblo con su mole redonda y maciza. niño todavía. Desde allí vio al taxi doblando la esquina. Y una anciana pronunció. Y vio también al gato. sin embargo. robara de su infancia la protección. acurrucado en el alero. ¡Era hermoso el negro Sebastián! —Los niños como tú –díjole la madre muchas veces– debían nacer con otro color del que tu padre y yo te dimos. ojillos tristes y unos brazos tan largos que nunca sabía dónde tenerlos. El niño. se le convirtieron en garras. en una tarde de sol. luego. como una cuchara de sombra en el festín de la noche. Infante aún solía perdérsele a la madre por los barrancos. no diga eso –respondía él– que me gusta ser negrito. Y en sus horas vacías. feliz y montaraz. Sebastián vivió sus primeros años en esa cándida existencia del campesino. El hombre bostezó. Era también bueno. familiares y vecinos. días más tarde. a medida que crecía. ¡Sombra maldita! –había dicho la vieja persignándose. De él lograba su padre el diario sustento. llevándose al padre. En un principio fue un temor leve que le causaba temblores en piernas y brazos. cortando troncos y vendiendo tablones de pino en los villorrios del Cibao. Era un gigante de cráneo oblongo. Este relato me lo hizo mi abuela. vacilaba. cuando yo. en bohío de yaguas prendido al monte como una estrella al cielo. sus amores y sus leyendas. en mitad del llanto de esposa. de una bondad que no conocía límites y que se prodigó sobre cuantos le trataron o le pidieron alguna vez un favor. el afecto. donde el trópico se enfría con la altura y los valles se cuajan en pinares. su trabajo. grande y hermosa. déjame en paz! Búscala tú. las palabras que nunca olvidaría Sebastián. mamá. en el corazón de América. fue un odio caliente hacia aquella montaña que. anciana a quien nunca olvidaré. y los pies.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS El hombre no contestó. gozador de la naturaleza sin saber que es el mejor regalo de Dios. el amor duro y necesario del progenitor. Sebastián nació en los bosques aledaños a Constanza. es la tierra donde los taínos dieron batalla al conquistador europeo y donde vive hoy un pueblo con su historia. ante el cadáver. Vivía Sebastián frente a un cerro en cuya cumbre balanceábanse los pinares en danza continua con el viento. La tragedia. muchacho. Pero una tarde fría de diciembre trajeron al leñador con una herida en el vientre de la que murió horas más tarde. —No. reía o lloraba ante su rostro arrugado o sus manos que sólo me brindaron amor y sosiego: En el macizo de nuestra cordillera central. preguntó a la madre: —¿Dónde está la sombra que mató a papá? —¡Yo qué sé. que volvía del abismo y se disponía a dormir. vivió el negro Sebastián. La sombra en el cerro Mi tierra es una isla. —Es la sombra del cerro que lo mató. Regresó al balcón y encendió un cigarrillo. encaramado en un montículo o corriendo por los senderillos. que fueron los más. era necesario llenar las barrigas 228 . alzada en montañas y dormida en playas. confundiéndose el azabache de su cuerpo con los troncos de árboles centenarios. arroz y café para el sustento de la madre que se destrozaba las manos lavando en el río. de corrotear por los espinares.

Allí oyó el grito que le petrificó. sin que el rubor pudiera brotar a su piel de cacao viejo. tal y como su madre lo presintiera. el aliento de Mariela provocóle: 229 . que ya no aguanto más”. a mustiarse en su infortunio. —¡Ah. que conocía muchos bravos. El miedo. negro. tuvo la denigrante reputación de cobarde. El niño se hacía hombre. “¡Pobre de mí!” –pensó. trémulo de sollozos. Dios. que ni tiempo había tenido para mirarse en ojos de moza. Un resplandor argentaba el cerro y las tripadas de sus farallones. “Ayúdame. la mulata Mariela. casi quemándole la nuca. Comenzaron unos a abusar de él con palabras y otros con la acción. me das risa! –y con una mueca le dejó plantado. sudor y andanzas por el bosque. Eran diez horas diarias de gritos. Llegó a un bolinguín natural que la hierba había formado en la ladera siniestra del monte y se detuvo. al atardecer. por ejemplo. como los animales en un rebaño. —¿Conque me dicen que tú eres el que no sube al cerro? –le dijo. como aldabonazos. pero sin jamás subir al cerro donde muriera el padre. habían bajado el cadáver de su padre. y al volver a su hamaca. Sebastián. comió menos que de costumbre. el talento o la fuerza todopoderosa de los puños. con su salerosa actitud de hembra que todo lo puede. lo que es decir. en noche de luna chata. Así. Sebastián fue un árbol roto en el río del miedo. Serían las tres de la madrugada. débil en un principio. me das risa!” Sebastián comenzó a trepar el senderillo vagabundo por donde. No sabía si rezaba o si maldecía. —Te estás haciendo cobarde –decíale la madre–. Ese día Sebastián se cayó del caballo. a tu padre en el cielo le debes causar náuseas. una ululación que. a modo de saludo. un pobre negro a quien nadie dio importancia. se enamoró del negro Sebastián. Fue un aullido. al menos la importancia que los hombres. con sus caderas de mariposa y su cintura de alfanje. con sus desparpajos y su impudicia. resonaban las palabras de Mariela: “¡Ay. Y la Mariela. A la semana de ver pasar a Sebastián camino de los potreros. con unos ojos quemados por las lágrimas. prestan siempre a aquél de ellos que se impone por la astucia. a los veinte años. le hundió los ojillos y le brotó los pómulos. creció luego hasta ensordecerlo. cruzó el poblado y caminó. La flacura le sacó los huesos al nivel de la piel. —¿Qué te importa? –contestó. hizo de sus cuitas una sabrosa historia. un chisme que llegó a los últimos confines de la región. Y era más que miedo aquella sensación cosquilleante de Sebastián. En su cerebro de lentos movimientos la montaña se había convertido en algo lleno de misterio y aun de espanto. Sebastián se levantó y descalzo. Sebastián el negro comenzó a languidecer. Y Sebastián. se le entraba por el corazón y le cortaba el aliento en pedacitos. M. de pecho desnudo. Quiso huir cuando. no comió nada. en sus parlerías nocturnas ante las jumiadoras. vengativo. Sólo el viento gemía por entre los pinares. desde entonces. se petrificó frente a la montaña. la Mariela se le acercó y lo trabó en conversación. con lagrimones que le agriaban la boca. Fue el suyo un amor terremótico. sólido ahora. La gente. negro. En sus oídos. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO redondas.J. Sebastián aprendió a montar en caballejos de estampa esquelética y guiar el hato de ganado de un ricachón con finca en las proximidades del pueblo. Así las cosas arribó al villorrio. año atrás. sintió como si un alfiler le pinchara el pecho. que tronara en la cordillera para que Sebastián se refugiara en alguna cueva y se tendiera en el suelo. Bastaba. ya jadeante. Fue. una pasión de esas que consumen al ser humano como vela de entierro en brisa mañanera. pero siguió adelante.

ella nunca me dijo que Mariela besara a Sebastián. Como yo era niño. coreados por ruiseñores. Caminaron entre los primeros ranchos. La mañana comenzaba a explotar en los cielos. Luego. mi negro guapo… El se bamboleó indeciso y prosiguió. mi abuela. El beso primero se prolongaba en otros y los ojos de entrambos se cerraban. —Sebastián. también temblorosa. entre el asombro de las comadres y el gorjeo de los chiquillos. un beso húmedo en la cumbre de un cerro sin sombras. hasta que un amor de mujer lo libera de sus angustias o de la sombra en el cerro. negro. cansados hasta una eternidad. y vigilados por las yaguasas y las palomas. —En nada…. de pronto. hasta hacer que los labios se juntaran. era un poquito menos esa noche. El bosque se mecía blandamente con los ábregos y allende las torrenteras. estaría construida para ellos con un recuerdo. hay un hombre que llora en una torre.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Estoy contigo. Allí. por la primera vez en su vida. Caminaron. sentía desaparecer de su cuerpo los temblíos. pero añadió. Mariela le soltó de la mano y antes de entrar a su bohío se despidió: —Hasta luego. ¿pero y el grito? —Estaba en tu cabeza. con alborozo. donde terminaban los pinares. a su madre que lo esperaba angustiada. madre. —¿En qué piensas? –preguntóle ella al fin. silenciosos. La soledad. poniendo sus manos en la espalda dura y desnuda. —Llévame a la cumbre. Sin embargo a mí. ahora riéndose solo. por una angosta callejuela. me hiciera este cuento. he subido al cerro. ¡Era la noche grande y definitiva para Vale Juan! 230 . en todo. Le pareció. como en todos los cuentos. —Sí. Sebastián se estremeció. sólo dijo: —Mamá. huérfanos de energía. llegaban al más alto promontorio del cerro. Y treparon y treparon… La noche agonizaba en el horizonte cuando Sebastián y la mulata Mariela. Sebastián. las sombras no matan. mientras viviesen. en adelante. como liberó Mariela a Sebastián. La oyó nuestro miedo. mamacita del alma. que el cerro. negro –invitó ella–. como él. ¡Ya no tengo miedo! —¿No te lo decía? –replicóle ella. que el negro y la mulata vivieron felices. en la mía. Los muertos quietos Era una bandeja de plata en el rielar de la luna el cayuco de Vale Juan. Se miraron frente a frente y ella le tomó de la mano. ¡sigue! Sebastián se volvió. por los trillos dormidos de hojarasca. aun siendo aterrador. El grito salvaje no se había repetido y Sebastián. Mariela. La mulata estaba allí. incrédulo. estuvieron los dos un largo rato sin pronunciar palabra. ¿y la sombra del cerro? —No la vi. se me ocurre que siempre. Los hombres no pueden ser cobardes… Han pasado muchos años desde que Mamá Teresa. Después descendieron lentamente. quiero ver la luna desde lo alto del monte. dondequiera. —Bésame. ¡Dame un beso en la boca! Ella tuvo que agarrarlo. se abría el valle de la Vega Real como un abanico al que las jumiadoras en los bohíos motearan de lentejuelas. con Greene. El viejo murió trabajando. la torre de la soledad y de la desesperación. el amor sería. de vuelta al villorrio.

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

El negro, enroscado en la proa, respiró hondamente, mientras el sudor le bañaba frente y tórax. Los brazos, largos y felinos, se entraron en el agua y bogaron sin ruido, cual si al cayuco le hubiesen salido garras. Los labios, de vez en vez, runrunearon palabras quedas, válvulas en mitad de los salivazos de andullo. Pedrico, en la popa, habló primero: —¡Vuélvase, Vale, que esto no tiene remedio! —Lo tendrá –replicó el otro– porque entonces mejor es no andar vivos. Pedrico no conocía el miedo. Lo había perdido años atrás en mitad de las sabanas, encaramado en los potros, siempre en pos del Vale Juan. Pero lo de esa noche era suicidio y ambos lo sabían. Dos hombres solos, acosados y perseguidos, ¿qué podían hacer? Pedrico recordó lo que entrambos realizaran con la vida. De niños, de adolescentes, de jóvenes, el juego de la guerra los atrajo como una droga. Comenzaron sin darse cuenta, siguiendo un día a un grupo de campesinos que se iba, armado de machetes, a defender sus tierras. Después, dominada esa revuelta, vino otra y otra más, y luego, con los años, la historia sangrienta del país que no se redimía fue la de ellos también, fue polvo y sudor y sangre y hambre; y cansancio de andar a tiros en mitad de sinrazones. Así, volvieron al pueblo. Nada pedían a Dios sino paz, un techo, un pedazo de pan y una hamaca para construir sueños. Los dos casaron tempranamente, formando hogares donde el amor fue dueño de las noches y el trabajo de los días. Vale Juan y Pedrico, sin ser mejores que otros campesinos, fueron, sin embargo, los dos más bravos de la comarca entera. Quizás debióse a eso que los revolucionarios cebaran su saña en ambos. En noche brumosa cayeron sobre el pueblecito, saqueando e incendiando en minutos todo cuanto estuvo en su paso. A Vale Juan y a Pedrico no les quedó más que olor a metralla y la sangre de los suyos en las manos. Sin lágrimas, porque el dolor que ha sido presentido está demasiado hondo para mostrarse en el rostro, los dos compadres se unieron a otros ultrajados y marcharon por los montes tras los asesinos. Cuando al fin se toparon con ellos, los rifles derribaron amigos como a árboles en un ciclón y sólo Vale Juan y Pedrico habían quedado vivos, para agrandar la venganza y no poder dormir. —¡Volvamos! –repitió Pedrico. —Digo que no –susurró Vale Juan–, y le repito que usted puede volverse. A mí tienen que matarme. Quedaron flotando las palabras. Pedrico, sin interrumpir el rítmico movimiento del remo, frunció la frente y rezongó: —No, Vale, o los dos o ninguno. ¡Eche pa adelante! Relampagueó. Un trueno se fue de bruces hasta el horizonte y se encaramó en la luna. Mientras las chicharras gritaban sus nostalgias, llegaron a las torrenteras. De un golpe rápido en el agua, Vale Juan empujó el cayuco hacia la ribera y lo escondió en el matorral. —Allí están –murmuró, señalando con la barbilla a luces débiles que se entreveían a un centenar de metros. A los oídos llegó el tañer de una guitarra y voces de hombres que discutían. Los dos negros, arrastrándose, iniciaron el avance, como raíces que al crecer se van moviendo en la selva. El andullo se amargaba en la boca del Vale Juan y las espinas, al clavársele en el pecho, en los brazos y en el rostro, no dolían ni quemaban, que no puede haber sensación cuando el alma anda empecinada en emociones. Se iban acercando. Los hombres tomaban formas concisas en derredor de una hoguera, las jumiadoras olían a esa distancia y la guitarra resumó lascivias en una canción de burdel.
231

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

El campamento de los saqueadores celebraba su último crimen. Y Vale Juan y Pedrico estuvieron, de pronto, en el límite de la espesura, a varios alientos de la venganza. —¿Y ahora? –preguntó Pedrico. —Ahora nos aguantamos y pensamos –contestó el otro–, que Dios es grande… Sentía Vale Juan que la angustia, sólida, arqueante como un vómito, le subía por el esófago y se le prendía en el paladar. Cerró los ojos y pudo ver a su mujer, dormida por los balazos, rumbo a la eternidad, suplicando que perdonara. Y vio a los hijitos, desparramados como muñecos rotos, huérfanos de risas ante la muerte, y Vale Juan tuvo ganas tremendas de llorar. Se palpó el calzón y bajo él el cuchillo y en el cuchillo se le calentó la mano como en una caricia. —¡Malditos! ¡Malditos mil veces! –sollozó–. Os tengo que matar a todos para yo poder vivir. —¿Qué le pasa, compadre? –preguntó Pedrico. El compañero no pudo responder. Las lágrimas de macho salen sin ruido, jamás con prisas. Pedrico tuvo temblíos en su cráneo de coco maduro. Transcurrieron horas interminables. En el campamento crecía la borrachera y con ella la alegría y los desenfrenos. Habían llegado mujeres, negras vestidas de percal, mulatas aceitadas y ampulosas y la guitarra, los timbales y el balsié atacaban los merengues con compases rápidos, llenos de sudor y de ron. La luna, fatigada de tramontar, huyó tras las sierras. Ahora se acercaba la tormenta, queriendo llegar antes que el sol de la mañana. Grandes saetazos de luz ametrallaron el cielo, barridos luego por el bramar de los truenos. —Va a aclarar –advirtió Pedrico–, decidamos, Vale. —Rece, compadre, rece, que en seguida nos tiramos al degüello. —Entonces nos morimos –y en la voz de Pedrico hubo cansancio, hastío de estar vivo, deseo de terminar, sed de sangre, hambre de muerte… —Nos morimos, si la Virgen del Cerro1 así lo quiere –sentenció Vale Juan. Por las fisuras del bosque inicióse el danzar de la lluvia. Gotas flacas primero, rechonchas después, comenzaron a patinar en la hojarasca. Gallos lejanos interrumpieron sus buenos días mientras las sombras emprendían retirada. Los dos negros, aplanados y rígidos, reconocieron a nuevos latidos en los corazones. Vale Juan arqueó las piernas, extendió la mano diestra en la que ya ondeaba el cuchillo y dio de pronto un grito salvaje, agudo, como el de la bestia que va al sacrificio. —¡Ahoraaa! –gritó, mientras corrían hacia el campamento, donde nadie los esperaba. Los dos primeros en volverse hacia los negros no tuvieron tiempo de respirar, cayendo ovillados en la hierba. Vale Juan saltaba como un simio; Pedrico le seguía, asestando puñaladas que todavía la música del merengue no descubría. Pero repentinamente, asaltantes y asaltados quedaron rígidos. Fue una fracción de segundo o un segundo largo como siglo. En los pies la tierra había comenzado a bailar grotescamente y un bramido se levantó de la espesura. —¡Tiembra, tiembla! –gritaron hombres y mujeres. El bosque se alzaba como una bandera, los árboles se reunían y separaban, el río se salía de cauce, grietas oscuras rajaban el monte y succionaban lluvia y hombres, empavorecidos hombres y mujeres, tragados en la mueca de la naturaleza desbocada.
1

La Virgen del Santo Cerro, imagen existente en un santuario de la Cordillera Central de la República Dominicana.

232

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

—Virgencita mía –dijo Pedrico, arrodillándose–, ¡perdónanos! —¡Dios! –rugió Vale Juan–, déjame terminar con ellos… Pero el terremoto continuaba con mayor bastedad, desjarretando la savia de la tierra. Los borrachos caían en las zanjas, chocaban contra los troncos de los árboles, huían en vano. En un minuto sólo quedaron unos pocos, petrificados en el suelo por el terror. Y esos miraban a Vale Juan sin comprender. El cuchillo del negro también temblaba, pero de rabia, de desesperación, de impotencia. Sonó un tiro seco. Vale Juan abrió la boca y vidrió los ojos. En seguida se fue desplomando, como un ceibo abatido por un rayo. Después, el negro quedó muerto, de cara a la lluvia que le agrandaba la sangre sobre la tetilla, un muerto quieto y vencido, como todos los muertos, como todos los hombres que acaban de pronto su angustia y entran por la puerta de la eternidad. Pedrico corrió hacia su amigo, se abrazó al tórax de azabache y gimeteó sollozos que parecían de niño. —Pobre Vale Juan! –lloró–. ¡Pobre Vale Juan! Que Dios te perdone, como a mí… También le abatieron de un balazo. La tierra fatigada tornó a tranquilizarse, y la lluvia, amurallada en catarata, siguió cayendo con su canción aguanosa. A lo lejos, en la serranía, el sol no pudo alumbrar la sangrienta mañana de los muertos quietos.

Shirma
Allá encima del nevado, donde el hielo era transparente y las nubes revoloteaban en escuadrones, se clavaban, mañana a mañana, las miradas de Osvaldo el pintor. No podía evitarlo. Cuando, vuelto de sueños donde miles de paisajes celebraban danzas multicolores, Osvaldo abría la ventana y tragaba el aire de la sierra, la montaña siempre le hacía una mueca burlona y le invitaba a vivir. Era desafío y requiebro, intimación y huída. —Alguna vez –se decía– escalaré la cima y traspasaré a mis lienzos el albo resplandor que me enceguece. Pero aquello tenía en su magín la rapidez de un relámpago y Osvaldo, perdido en fiebres, medicándose con ocres, naranjas y verdinegros, viajaba por un cielo donde no había montañas y sólo rostros atormentados, hombres quejumbrosos y niños pidiendo pan. Osvaldo era indio, con cuarenta siglos de orgullo y sesenta mil años de piedad en el alma. Una herencia mágica le vino prendida en los dedos, mariposa creadora de luces y de sombras, madre de las angustias de su raza, más vieja que los volcanes, más hermética que los pedregales o los páramos. —Yo pinto –solía decir– como llueve en la selva o como hay olas en el mar. Si mis ojos se beben la vida, mi corazón siempre anda triste. Y mi tristeza es como el nevado: todos lo ven y nadie lo domina. Así nació en él, poco a poco, el deseo de definirse a sí mismo, de encontrar, de una vez por todas, la razón de sus temores y sus odios, de sus amores y sus ambiciones. Una noche fría de enero Osvaldo decidió hurgar el monte y sacar de los hielos alguno de sus misterios, o al menos aquél de ellos que debía pintar, si es que los misterios tienen color: Después, no recordaba exactamente qué ocurrió. Sabía que la cima no llegó a estar lejos y que el aire estuvo lacerante, un cuchillo que al perforar el pecho dolía con todos los dolores. Pero entre las rocas o la alfombra gris de la lava, vio por primera vez a la niña de
233

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

tez aceitunada y cabellera dormida, de ojos fosforescentes y voz como gemido lánguido, confundible con el viento. —Shirma… ¡Shirmaaa! –la saludó en su lengua ancestral. Y cuando quiso besarla, preguntarla si se hallaba perdida, si precisaba de ayuda, la niña se esfumó en el volcán. El artista era hombre de mundo y tenía treinta baúles en la cabeza con treinta pedazos de vida como treinta novelas. Por eso a nadie habló de Shirma. No iban a creerle y todos, de seguro, hubiesen trocado en sarcasmo su cándido cuento. Y Shirma se le prendió en la curva del pecho, donde los pintores mecen su cuna de sueños. Osvaldo se hizo famoso. Su fama rompió la cordillera y paseó por ciudades llenas de luz y de vicio. La gente admiró la originalidad de sus cuadros, donde un rostro de niña aparecía siempre en mitad de otros rostros dolorosos, fuente de agua en mitad de una selva. —¿Quién es? –le decían–. ¿Dónde sacaste esa cara y esos ojos que, siendo dulcísimos, llevan tanta y tanta tristeza? ¿Dónde está, dónde está esta visión tuya que no podemos olvidar? Y Osvaldo sonreía, y aun los críticos que alguna vez le combatieran, declararon que la niña de sus cuadros era indudablemente genial y que el genio, besando la frente del artista, era el único responsable de aquel toque mágico, irreal y fascinante. Pasó mucho tiempo. Osvaldo viajó por el mundo entero y comenzó a envejecer. Su caminar, despacioso y reposado, sus ojos menos brillantes, sus canas prematuras, le dieron al fin un aire de neurótico, un matiz de hombre que conoce todos los caminos, los ha descrito hábilmente y no ha encontrado en ninguno a la felicidad. —Tienes en el rostro –le dijo alguien una vez– un paisaje angustiante, como de seguro es tu alma. Y Osvaldo no respondía jamás. Hubiese sido ridículo confesar que soñaba con la niña del volcán, que buscaba por doquier una cara de mujer que se asemejara a Shirma, la dueña de sus sueños y de sus pesadillas. Y mientras la seguía dibujando en los fondos de sus cuadros, su corazón sollozaba por ella. Un día decidió regresar a su país y no viajar más. Ante la consternación de parásitos y la incredulidad de íntimos, Osvaldo volvió a vivir tranquilamente en su casa de la sierra, nuevamente frente al blanco resplandor del nevado. —Aquí –se dijo el pintor– estoy cerca de Shirma y nadie podrá enturbiar mi amor por ella. Su atelier convirtióse en remanso y torrentera. Allí creaba quimeras y sueños, allí morían las horas en un concierto de pinceles, allí corría, ladeaba la cabeza, sudaba, giraba y se estremecía cuantas veces la imagen de Shirma quedaba presa en los óleos o en las acuarelas. Pero no fue feliz. Shirma, que era suya, se le iba en vagabundas rondas y él seguía vacío, sin una piel caliente en la cual dejar un beso o unos ojos donde posar blanduras y encalmar angustias. ¡Pobre Osvaldo el pintor! Era Dios un segundo y un pobre artista siempre. Fueron pasando los años de pláticas con el volcán, de amores con Shirma, la niña triste del nevado. Y un día llegó al atelier un mendigo que pedía monedas para comprar pan. Tenía una barba mal traída, dos manos largas y huesudas y un bastón nudoso, con el que golpeaba los senderos vacilantemente. —¿Qué quieres, anciano? –le preguntó el pintor. —Hablar contigo de penas.
234

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

—Yo no tengo penas, soy alegre como el sol. Pinto cuadros hermosos que la gente compra. Dicen que soy brillante. La fama es mi esposa, el halago de los hombres llega hasta mi puerta. ¿Para qué quiero más? —¿No quieres a Shirma? Osvaldo sintióse temblar y miró al viejo de hito en hito. —¿Quién te dio su nombre? ¿Cómo sabes de ella? —Lo sé todo, pintor. Tu angustia es mi angustia, tu amor uno de los míos. —¿Qué puedo hacer, mendigo? ¿Cómo creer en ti que nada tienes, ni siquiera cuadros que se venden o críticos que te ensalzan? —La vanidad se me perdió en un camino, el dinero nunca me acompañó. —Sigue, mendigo, ¡te suplico! —Ven, Osvaldo, vamos hasta el volcán. Pocos saben el final de esta historia, porque pocos fueron quienes vieron a Osvaldo y al mendigo escalar la montaña. Como era noche cerrada y relampagueaba sobre la cordillera, los indios estaban acurrucados en sus chozas y los callejones de la ciudad sólo reflejaban una que otra luz mortecina, como velón de entierro de fraile. El pintor Osvaldo apareció muerto en el helero, con los ojos vidriados y fijos en alguna visión desconocida. Quienes lo encontraron afirmaron que había en su rostro una dulce y plácida sonrisa de paz. Era como si todas sus angustias y sus dolores hubiesen salido para siempre del pecho, dejándole un sueño final en el que todos los hombres atormentados y quejumbrosos huyeran de su camino y en su lugar dejaran un mundo maravilloso, sin dolores y sin odios, sin ambiciones ni envidias, sin niños pidiendo pan. De esto hace mucho tiempo. Con la muerte, los cuadros de Osvaldo andan por el mundo como gorriones dispersos por el vendaval y mientras su cuerpo descansa a la sombra de un ciprés, su fama ha crecido hasta los últimos confines del globo. Sin embargo, muy pocos, fuera de su pueblo natal, saben que en el atelier se encontró el día en que lo enterraban, un cuadro de niña con tez aceitunada y cabellera dormida, descalcita sobre un nevado blanco, caminando en las nieves con los brazos suplicantes y los ojos fosforescentes. Como es natural, el cuadro pasó a ser propiedad de los indios que tanto le amaran y hoy no se conoce exactamente dónde está. Empero, hay quien asegure que el cuadro viaja de choza en choza, manoseado respetuosamente por hombres y mujeres y que en las noches de luna, cuando el volcán resplandece, los indios le sacan bajo las estrellas y en los campos sólo se oye una plegaria rítmica y alargada: “¡Shirma! ¡Shiiirmaaaa!”

El geófago
He viajado bastante en mi vida. Han querido la suerte y mi carrera que mis andanzas fuesen numerosas, pero aún no he podido dominar o controlar civilizadamente la emoción que me causa un viaje en barco o por tren. Muchas veces me he preguntado si entre mis antepasados no hubo algún marinero o, por lo menos, el maquinista de alguna asmática locomotora. El caso es que a mí, cuando el paisaje se mueve, me baila el alma. Y aclaro todo esto para que no se ponga en tela de juicio por qué diablos me metí en aquel trencito, en aquella inolvidable noche de invierno y llegué a conocer a Tomás
235

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

y a su mujer, la rubia Gladis. Recuerdo haber estado indeciso, en la tarde, de si tomar un avión o regresar a mi casa en auto. Como ambos medios de transporte son hoy en día de lo más vulgares, a mi se me ocurrió que el tren, aquel renqueante trencito de opereta, valía una mala noche y algunos malos ratos. Me inclino a creer que no hemos perdido todavía, los hombres empequeñecidos por la civilización, el sabroso placer de la aventura. La salida estaba anunciada en los pizarrones para las ocho, pero no fue hasta bien entrada la medianoche cuando tosió el convoy, rechinaron las ruedas y dejamos atrás la estación del balneario. Hacía muchísimo frío. La nieve cubría la comarca entera y se le helaba a uno hasta la digestión. Me parece que fueron dos las copas de coñac que ingerí en el restaurant para calentarme. La sinceridad, sin embargo, me obliga a decir que las tomé porque me gusta el coñac y no en busca de calor. Cuando me echaba al coleto la última, entraron Tomás y Gladis. Ella, alta, con una hermosura relumbrona y con el pelo horriblemente teñido, me desagradó desde un principio. ¡Para que hablen de atracción de los sexos! Además, considero que una mujer puede ser fea en cualquier parte de su anatomía, menos en su nariz, y Gladis tenía la nariz más dura, más grande y más desagradable que he visto hasta la fecha. Para colmo, aquel apéndice le servía de brújula, de norte, pues lo movía siempre segundos antes de hablar. Tomás, por el contrario, era la antítesis de su mujer, lo que en sí no es extraño; era, el infeliz, uno de esos hombres a quien lo del cero a la izquierda se les hizo a medida. Gesticulaba, comía, hasta pensaba, siempre y cuando le diera permiso su mujer… con la nariz. Como yo era el único pasajero que tomaba coñac, o mejor dicho, el único pasajero con inquietud suficiente para beber en esa noche, de inmediato le fui sospechoso a Gladis. Diremos que su nariz olfateó que era mala compañía para su esposo. La casualidad, esa vez en forma de barman deseoso de matar su aburrimiento con cualquier clase de conversación, nos amigó, aun a nuestro pesar. Así, sin ton ni son, una vez que Gladis ordenó para ella un vodka con limón y una limonada, bien dulce, para su Tomás, el Barman consideró que las murallas de Jericó estaban en el suelo y nos aunó a los tres. —Señores, la noche está que da miedo, –dijo. Pensé que lo que menos tenía él era miedo, pero dos coñacs, cuando uno viaja solo, tienen efecto impresionante y me sometí. —Da… –dije, y volviéndome a Tomás, pregunté–: ¿Van ustedes hasta Wilmington o siguen hasta Washington? —Seguimos a Washington –replicó y, en seguida, como un eco, Gladis aseguró–: A Washington… ¿El señor es extranjero? A mí me han espetado la misma pregunta en veinte países, pero nunca me supo a balazo, a trueno, a inquisición, como esa vez. Los ojos de Gladis, clavados en mí, parecían los de un investigador que acaba de descubrir a un microbio insignificante en el fondo de un tubo de laboratorio. Nadie podría criticarme si apuré mi copa de coñac y pedí, con énfasis, una tercera. Por cautela o precaución decidí suspender inmediatamente todo contacto con aquella singular pareja. Así, me volví hacia una ventanilla y me quedé mirando, sin ver, los copos de nieve que chocaban contra los vidrios, desintegrándose. Gladis sorbía lentamente su vodka y Tomás su limonada. El trencito proseguía su marcha. Tomás comenzó a dormitar con los ojos abiertos.
236

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

—Es preciso –oí decir a Gladis en voz baja– que aprendas a no familiarizarte con extraños. Un día vas a tener un disgusto. —Pero, mujer, ¿qué de malo hay en hablarle a otro viajero? –Y el hombrecito se llevó los dedos al cuello, como ahogándose. —¡No me discutas! ¡Eres un cándido! Pasaron unos minutos. El barman, convencido de que éramos tres irreconciliables, nos había dado la espalda y puéstose a limpiar, con olímpica elegancia, las copas del vasar. Con los años he descubierto que habría mucha más inteligencia en el mundo si todos los hombres tuviésemos siempre a mano un vasar lleno de copas y vasos vacíos para limpiarlos cuando alguien no nos agrada. O para tirarlos –se me ocurre ahora–, a la cabeza de algunas señoras como Gladis. Me entraron unas ganas tremendas de charlar. Fueron cosquillas incoercibles en la punta de la lengua que no calmaban ni el cigarrillo ni el coñac. Y me metí en honduras. —La marcha de este tren –aventuré–, me recuerda la de uno en el cual viajé hace años, de Quito a Guayaquil, en Ecuador. —¡Muy interesante! ¿Y por qué? –preguntó Tomás, con el rostro iluminado, como un chiquillo a quien le ofrecen un chocolatín que la madre le tiene prohibido. —A mí no parece –intervino, tajante, Gladis–, pues he oído decir que en Sur América hay indios y aquí no. —Señora –afirmé yo, con la misma sensación de quien pincha, en la escuela, con un lápiz, al compañero que menos nos gusta–, los indios, aunque a usted le cueste trabajo creerlo, son de lo más simpáticos. —¡Je, je! –rió Tomás, con una risita que fue un grito de independencia. Gladis se quedó rígida y bermeja, como un tomate al que van a convertir en jugo. —¿De qué ríes, tonto? –dijo–. ¿Cuál es la gracia? Este señor sin duda es medio indio y le encanta hablar de ellos. —Señora, soy indio del todo –respondí, pidiendo mentalmente perdón a mis padrecitos baturros. —Usted, ¡indio! –y Tomás se paralizaba de estupefacción. —No un piel roja, pero en fin, un indio con corbata que bebe coñac –me vi obligado a afirmar. —El señor es un guasón –amonestó Gladis–. ¿Cómo puedes creer tontería semejante? —Le aseguro, señora –insistí yo maliciosamente– que no guaseo. Además de indio, soy geófago y experto en problemas metapsíquicos, mis ojos son estemáticos y cultivo la anaptixis. Gladis se irguió en su banqueta, Tomás sonrió y el barman dejó caer una copa. Tuve la sensación que seguramente experimentó el mariscal Ney en Waterloo. Tomás, con una candidez desconcertante, exclamó: —¡Es! ¿Quiere usted repetir? —Imposible –aseguré–, porque a mi mismo me costaría trabajo. Nosotros los indios expresamos nuestro pensamiento una sola vez. Tomás pidió otra limonada que, no sé por qué, presumí cargada con ginebra por el barman, como para unirnos todos en contra de Gladis. Ella, mientras tanto, habíase quedado mirando hacia las ventanillas, como si la nieve estuviese de pronto, de lo más desconcertante. Así estuvimos un rato largo, ensimismados en nuestros vasos y en nuestros pensamientos. De pronto Tomás dijo:
237

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

—¿Sabe usted una cosa? Cuando lleguemos a Washington, voy a querer que nos dé una conferencia en nuestra escuela. —Amigo, los indios no dan conferencias. Las escuchan. —No importa, será usted el primero. ¡Ande!, le pago otro coñac. Después, sé que Gladis abandonó olímpicamente el bar y que Tomás, el barman y yo entablamos una charla caliente y efusiva, como la de tres náufragos abandonados en una isla desierta. Reímos juntos, nos ofrecimos préstamos, casas, autos, medicamentos contra el reuma, teléfonos de chicas lindas, amistad y consuelo eternos. Y decidimos, casi al final, cuando amanecía, que un mundo sin Gladis, sin mujeres con narices grandes y pelo teñido, sería indudablemente un mundo mejor. Tomás, con lágrimas en los ojos, me abrazó, como si yo fuese el libertador de todos los hombres oprimidos. Y yo me lo creí, sin pensar que Tomás había ingerido cinco limonadas con ginebra. Llegamos a Washington cuando clareaba el sol sobre las cúpulas de los edificios gubernamentales y las riberas del Potomac. En el andén de la estación Tomás me abrazó efusivamente, Gladis me estrechó la mano con friura y ambos se fueron en un taxi amarillo. Pasaron unos meses. Una noche, en el fover del Statler, me los volví a encontrar. Tomás caminaba erguido, hasta con desplante, mientras Gladis parecía seguirle humildemente. En un principio no comprendí y me quedé mirando a ambos, abobado. Fue Tomás quien, agarrándome por el brazo, me dijo al oído: —¿Cómo está el indio con corbata que bebe coñac? ¡Cuánto le hemos recordado! —Muchas gracias –repliqué–; yo a ustedes también. —¿Querrá creerme que mi mujer es otra desde que charlamos con usted en el tren? –dijo Tomás. —¿Cómo así? —Esa mañana, cuando llegamos a casa, busqué un diccionario y después de enterarme de lo que es un geófago, decidí convertirme en tal. ¡Gladis casi se muere del susto! Desde entonces ni me contradice ni me vigila. Es una santa. Evité una carcajada, remiré a ambos y le pregunté a Tomás, bajando mi voz: —¿En serio que ha comido usted tierra? —¡No, hombre, no! ¡Pero mi mujer tiene un miedo de que lo haga! Y nos despedimos, sin que Gladis levantara los ojos de la alfombra. Me dio pena, y lástima. Ya ni siquiera su enorme nariz se atrevía a dirigir a Tomás. Y él, orgulloso de su independencia, me lanzó como adiós: —¡Fíjese que hasta entiendo de problemas metapsíquicos…!

Los ojos en el lago
Salí del Llao Llao. La noche comenzaba a enfriar y el lago parecía de vidrio, un espejo recortado por los cerros abruptos. El viento me golpeaba en la cara y los grandes árboles parecían invitarme a la caminata nocturna. Tomé el senderillo que bajaba hacia la orilla del lago y muy pronto las luces del hotel y el ruido isócrono de la orquesta que hacia música de baile quedaron atrás. De muy lejos oí el suave bramido de un motor de yate que cruzaba el Nahuel Huapí. Estaba al fin solo frente al Ande, con esa agradable soledad que dan los propios pensamientos.
238

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

—¡Eh, patrón! La voz venía del lago, del agua o de la noche, quizás de la montaña misma. Me detuve y hurgué en la oscuridad. —Aquí, patrón, aquí –repitió la voz, cascada y ronca. A pocos pasos de distancia distinguí al fin al vejete, sentado en la grama, con una humeante pipa en la boca, tocado de gorra, vestido con suéter y calzones estrechos. De no haberme hablado pude confundirlo con un tronco más. —Buenas noches –saludé. Muy buenas –me dijo y en seguida, sin sacarse la pipa de la boca, me invitó a sentarme a su lado. —Me aburría –expliqué innecesariamente–, no hemos venido a Bariloche para llevar la misma vida que en Buenos Aires. ¿No le parece? —Me parece, patrón –asintió–, pero muy pocos lo comprenden así. La gente huye en el verano de las ciudades y se viene al campo o se va a la playa a hacer exactamente lo mismo que en las ciudades. Bailan, beben, trasnochan, se fatigan más todavía. —Habla usted –le dije– como si nos criticara. —¿Criticar, patroncito? ¿Quién soy yo para criticarlos a ustedes, los señoritos? Además –y el tono de su voz adquirió de pronto una sorna tenue–, de los patrones vivo yo. Me pagan bien por llevarlos a pescar, por recorrer los lagos, por trepar a los cerros. Callamos un rato largo. De pronto perdí yo todo interés en conversar y la contemplación de las montañas, bajo el luar de febrero, me fue más grata que la charla aguda del vejete de la pipa. Motas de nieve inderretible, prendidas en las cumbres, se enjuagaban con la claridad de la noche indescriptible. Temblé repentinamente con un escalofrío, confundido quizás con la grandeza de aquel paisaje fueguino que jamás olvidaré. —Le conmueve –oí al anciano a mi lado–, a usted, a mí, a todo hombre con alma, con corazón o con recuerdos. Este paisaje lo hizo Dios para recordarnos cuán pequeños nacimos y cuán pequeños moriremos. —Cierto –respondí, sin quererlo–, me conmueve en extremo. Estos cerros tajantes, como cortados con cuchillo, esta luna translúcida, estas aguas sin fondo…, no puedo compararlos con nada… —Por eso, patrón, estoy aquí –dijo el viejo–, y si no le molesta, le cuento. —Cuénteme usted –asentí–, que me interesa. —De mozo, patrón –comenzó el viejo, vaciando la pipa y volviendo a llenarla de tabaco, que había sacado hábilmente de una bolsa– de mozo fui rico, tuve mujeres, todas las que quise… Viajé desde el Plata hasta la India, desde Belgrado a Vladivostock, desde Islandia hasta Borneo. Era yo uno de esos marineros para quien la única felicidad está en el mar y no en tierra, para quien un amor o unos besos saben mejor recordados desde la popa de un buque, cuando la estela, al ensancharse, nos va alejando de tierra más y más, separándonos para siempre de un momento inolvidable. —Buena vida la suya –no pude dejar de decir. —Pues fue, patrón, fue así no más…, durante años, de mocedad y de madurez, sin cansarme de ella nunca. Amé mucho, patrón, hasta que de puro cansado el corazón no era mío. Y siempre quería más, como si en cada playa la mujer fuera más hermosa que en la anterior. El viejo mordía ahora la pipa duramente, pues sentí sus dientes rechinando sobre la madera y el humo, a borbotones, saliendo de la poza y calentándome la cara. Le miré
239

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

fijamente. Me parecieron sus ojos, bajo las cejas gruesas, dos ascuas encendidas por un fuego –Mas un día, patrón, llegó una playa y en ella una mujer. ¡Je, je! Como si no hubiera millones de mujeres en el mundo esperándome, me enamoré de una solita, misterioso. Como un borrego, necesitaba sus besos y los de nadie más; como un imbécil, me la enterré aquí –y se golpeó el pecho– y no me la pude sacar. ¡Y traté! Agarré un carguero y me largué a Australia, me bebí mil botellas de whiskey, trasnoché durante meses, me hundí en una orgía que me hiciera olvidar. ¡En vano! El hombre nace, ama y muere una sola vez: es ley, patrón. Quien diga lo contrario, miente. —Sin embargo, todo hombre civilizado se jacta de haber tenido muchas veces el corazón empeñado –me atreví a disentir. —De la boca afuera –contestóme el viejo– somos tenorios; de la boca adentro llevamos todos prendidos a una novia buena y dulce que nos amó de muchachos o a un amor duro y difícil de la madurez; pero convénzase, patrón, sólo se ama una vez. Las palabras roncas y despaciosas del anciano iban cayendo musicalmente en mis oídos, mientras la noche danzaba sus galas con el Ande y los lagos. El zumbido del yate retornaba, vibrando entre los copudos eucaliptos, los olmos y los cedros. —Un día, patrón, me convencí de lo inútiles que eran mis esfuerzos en olvidar a Irmgard y regresé, más viejo en mis canas, más enclenques mis rodillas de alcohólico, todo lleno de parches el corazón resquebrajado. Miré al viejo y no sé por qué presentí dos lágrimas en sus entrecerrados ojos. Evité así su mirada y le alenté a seguir. –La historia ya no se alarga, patroncito –prosiguió–, porque cuando volví por ella, mi Irmgard estaba muerta. ¡Muerta, patrón, muerta como los ruiseñores que mata el frío del invierno! Sólo que a Irmgard la mató mi amor. ¡Y yo de bruto huyendo de ella! ¡De bruto, patrón, de brutísimo…! —Pero entonces, ¿por qué vino usted tan lejos? ¿Qué le hizo buscar a Bariloche y el Nahuel Huapí como refugio? –pregunté. —Porque en las aguas de los mares y de los ríos que he conocido, siempre me imaginé ver reflejados los ojos de las mujeres que me amaron y en las aguas del Nahuel Huapí sólo se reflejan los ojos de mi Irmgard. —¿Únicamente los de ella? —Sólo los de ella, patrón, solitos y tristes, como invitándome a seguirla en la muerte. En lo alto del cielo, por encima de la cordillera gigantesca, explotó un trueno lejano, que fue luego huyendo por el horizonte. La luna, tímidamente, se acostaba en dirección de la pampa. —¿Se llamaba realmente Irmgard la moza de sus amores? –pregunté. —¡Ah, patrón! –aclaró el viejo, alargando interminablemente las palabras, como si le dolieran–, eso es cosa mía, y de mi corazón. El nombre de Irmgard me ha gustado siempre, pero el nombre de mi amada no se lo digo a nadie. —¿Y por qué? —Porque a lo mejor es ésa la condición para que yo vea, noche a noche, sus ojos en el lago. Es nuestro secreto, que me llevaré a la tumba, cuando Dios me pida estos huesos prestados o cuando yo suba detrás de la luna, en el humo de mi pipa. Me levanté y quise dar unas monedas al viejo, que fueron rechazadas. Di las buenas noches y caminé de vuelta al hotel, donde las luces del comedor y del salón de baile se
240

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

apagaban. Subí por el jardín y, antes de retirarme, contemplé por última vez el Nahuel Huapí. Los ojos en el lago no quisieron mirarme…

Ñico
Yo tenía ocho años de edad cuando mi madre decidió pasar una temporada al lado de mi abuela, en la hidalga ciudad de Santiago de los Caballeros, en el Cibao. Recuerdo que salimos de la capital –entonces Santo Domingo– en una mañana húmeda de enero y arribamos al hogar de mi inolvidable mamá Teresa esa misma tarde. La llegada fue memorable. Ivonne, mi hermana, bufaba de hambre y yo, aun gastándomelas de caballerito, mostré rebeldía a los besos y los mimos con los que me recibieron mis parientes. Nos zambulleron en la cama al toque de oración. Hoy, no obstante los años transcurridos, guardo todavía en mi memoria la imagen de mamá Teresa, paliducha y huesuda, murmurando las palabras del Santo Rosario y sonriendo, de vez en vez, en cuantas ocasiones reparaba en nosotros. Al amanecer me despertó un coro de sonidos para mí inexplicable. Imaginé rugidos de leones, estornudos de elefantes y en las voces que al través de las paredes de madera llegaban a mi oído, creí reconocer las de algún pirata salgarino, de aquellos que ya para esa época conocía yo tan bien. Así, ¡gran decepción la mía al salir luego al patio y no encontrar otra cosa ni otros seres que unos cuantos negros campesinos y una recua de burros y caballejos! Mi tío Miguel Ángel poseía y regenteaba una farmacia, aledaña a la casa. Desde el patio se podían ver los anaqueles, repletos de frascos multicolores y a mi tío, de negro bigote y reposado caminar, hurgando allí y acá, con aires para mí de lo más misteriosos, con ese misterio que el mundo adquiere para los ochoabrileños, como era yo entonces. —Ven, sobrino –me dijo al divisarme–, quiero presentarte a unos amiguitos. Me tomó de una mano, abrió una puertecilla que en el muro del patio había e irrumpimos en el solar colindante. Allí vi más animales y más negros, oí más piafar de bestias y decires campesinos. Tío Miguel Ángel silbó cabalísticamente y surgieron de detrás de un mango un par de chiquillos, con pistolas al cinto y arrogancias de caciques. —Raymundo y Manuel –dijo mi tío–. Son tus vecinos y debes jugar con ellos. Formamos de seguida un conciliábulo, en el cual se decidió que para ser yo un capitaleño no estaba del todo mal. Raymundo me prestó una de sus pistolas y me anunció: —Eres raso, ¿me oyes? Manuel es el capitán y yo el coronel. Tienes que obedecernos. Aquello no fue muy de mi agrado y un rato más tarde le endosamos a mi hermanita Ivonne los deberes de un soldado raso y yo quedé ascendido a teniente. ¡Las cosas no iban tan mal! Sorteamos, entre los dóciles burriquitos presentes, al que sería mi Rocinante. —Ahora –me ordenó Raymundo–, tienes que montarlo. Admitir que no sabía hubiese sido imperdonable de mi parte y así, ante los alaridos de espanto de Ivonne, salté sobre el lomo de la bestia e iluminé mi rostro con destellos de héroe o de conquistador. El burro, que era muy burro, no estuvo de acuerdo y comenzó a lanzar coces. Volé por la primera vez en mi vida, cerrando los ojos en espera de un golpe morrocotudo. ¡Pero no caí! Algo suave y acojinado detuvo mi vuelo y cuando abrí los ojos me encontré en brazos del negro Ñico. —¡Negro Ñico! –exclamaban a coro Manuel y Raymundo.
241

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

—¡Muchachitos malos! –dijo él. ¿De quién fue la idea de montar a mi burro Colasín? ¿No saben todavía que es indomable? El negro Ñico me colocó tiernamente en el suelo y me miró. Después a mi hermanita, quien, mujer al fin, lo examinaba con recelo. —¿Cómo os llamáis? Nos presentamos como mejor pudimos y el negro Ñico nos hizo sentar a todos bajo el mango. ¡Negro Ñico! Era muy flaco, de barbilla salida como una aguja, ojillos escondidos y curiosamente verdes, pelo hirsuto y casi del todo blanco, pecho y brazos simiescos. Se movía lentamente, agitaba sus manos a cada palabra y no pasaba un minuto sin que exclamara esta frasecilla, que era como una clave de su humor: ¡Uay ombe! Aquella mañana se inició nuestra amistad, amistad que debía durar todo el tiempo que estuvimos en Santiago. El negro Ñico era, de lo que luego he ido hilvanando, personaje muy discutido en el pueblo y en los campos. No era dominicano, pues hablaba el castellano castizamente; no era campesino, que sus manos sin callos jamás realizaron faena dura. Pero el negro Ñico siempre tenía dinero, lo gastaba a manos llenas y nunca hizo daño a nadie. Y por sobre todo, el negro Ñico, con sus cuentos, entretenía a nuestra pandilla de aventurerillos, para tranquilidad y reposo de mi madre, mi abuela y mi tío. ¡Por eso el negro Ñico podía entrar y salir como le viniera en gana! —Con lo único que no estoy de acuerdo –solía decir mi tío Miguel Ángel– es con las historietas que Ñico le hace a los niños. Eso no está bien. ¡No debes creerlas! –me advertía–. Son una sarta de mentiras. —Déjalo en paz –ordenaba mamá Teresa–. ¡Ya descubrirá José Mariano mentiras peores en la vida! Y así, consentido por mi abuelita, con mi madre haciéndose la sorda y mi tío resignado, el negro Ñico siguió brindándonos ratos inenarrables bajo el frondoso mango del patio. El único inconveniente era Ivonne. A mi hermanita no le interesaban los cuentos del negro Ñico y cuando él comenzaba a hablar, ella tomaba una de sus muñecas y se iba al más lejano rincón del patio. Desde allí, sola y herida, nos miraba con indiferencia olímpica. —Es mujer –comentaba el negro Ñico–. ¡Déjala en paz! ¡El mundo sería tan agradable sin las mujeres! Y Ñico alzaba sus manos y hablaba, hablaba por los codos, por la camisa, por los ojos. Relatábanos correrías por los montes, él en comando de una guerrilla de revolucionarios que siempre ganaba la revolución; de su entrevista con el “Presidente”, cuando Su Excelencia le ofreció un puesto de capitán que Ñico –¡negro astuto!— no aceptó, por no comprometerse con las amistades de los otros partidos. –Yo soy un caso único —decíanos–, yo soy negro de pelo en pecho. —Y eso, ¿qué es? –inquiríamos abobados. —Para ser de pelo en pecho hay que haber peleado mucho y no tenerle miedo a nada ni a nadie, como yo. —¿Tú no le tienes miedo a nada? –preguntaba Raymundo. —¡A nada! –aseguraba Ñico–. Cuando la guerra de Puerto Rico yo solo maté a veinte hombres. —¿Veinte? –y abríamos la boca de a vara. —Creo que treinta, o más. Y en Venezuela fui a pie desde el Orinoco hasta Panamá. ¡Uay ombe! Yo he nadado desde Higüey hasta Ponce.
242

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

Luego, con los años, ante el mapa de América, iba yo a descubrir que las hazañas de Ñico superaban las de todos los héroes griegos y romanos. Pero entonces no había estudiado cosas tan complicadas y Ñico fue adquiriendo en mi cerebro las proporciones de un ídolo. Un ídolo tan humano como sólo puede crearlo un niño. —¡Cuántos años tienes, Ñico? –le pregunté un día. —¡Uay ombe! ¡Eso sí que no lo sé! —¿Y por qué, Ñico? Mi vida es muy complicada, muchacho. Gente como yo, que ha vivido en todas las islas del Caribe, no puede pensar exactamente cuándo nació. Madre decía que en el sesenta, padre que en el cincuenta. ¡Uay ombe! Podré tener ochenta años, pero me siento más fuerte que un toro de dos años. —¿Y de dónde sacas tanta plata? –guiso saber Raymundo, quien con sus doce años no creía a pie juntillas a Ñico. —¡Hum! –exclamó el negro–. ¡Esa es historia larga! Pero se las voy a hacer. Eso sí, me guardan el secreto. ¿Entienden? —¡Claro, Ñico! –juramos al unísono. —Bien… –comenzó–, cuando yo era pirata… —¡Pirata! –exclamamos. —¿No se los había dicho? ¡Claro que fui pirata! Me enrolé en una banda de ingleses que vino a Puerto Plata en el ochenta y cinco y en tres asaltos que dimos llegué a capitán. ¡Uay ombe! Si ustedes hubieran visto si negro Ñico con un puñal en la boca, gritando desde proa: “¡Enemiiigo a la vista!” Yo solito decidí una batalla frente a Mayagüez y Juan el Terrible… ¡Ese era mi Jefe…! Pues me dijo: “Ñico, tú eres el más bravo de mis bravos. Quiero regalarte mil pesos oro y nombrarte mi segundo”. Yo me rasqué la cabeza y le dije: “Juan, muchas gracias, pero no puedo aceptarle el nombramiento. Ñico no se puede amarrar con una obligación”. —¿Y qué dijo Juan el Terrible? –interrumpíamos sin aliento. —Juan me miró asombrado, escupió cinco veces, para quitarse la mala suerte de una negativa como la mía, y dijo: “Sabe, Ñico, que a otro lo hubiese hecho colgar del palo mayor, pero a ti debo perdonarte. Puedes irte. ¡Te ragalo dos mil pesos oro en vez de mil…!” Y yo me fui, sí, señores. Agarré un bote de vela y fue cuando me vine para Samaná. Y allí… –añadió, bajando la voz y alzando las manos al cielo–, en un islote que nadie conoce, escondí mis morocotas. ¡Je, je, je! Me puse a trabajar y gané más… y más… y llegué a ser el hombre más rico de Samaná, pero como era negro, un blanco gringo me quiso robar… Y entonces fue cuando yo encabecé la revolución del ochenta y ocho. ¡Que ganamos, uay ombe, que ganamos…! —Entonces, fue cuando me metí a contrabandista, el mejor de todos los contrabandistas desde La Habana a la Martinica. Vendía ron, quinina, piedras preciosas… De todo un poco. Un día me apresaron, en la Florida, pero escapé y trabajé de pescador en el Golfo de México. Adquirí miles de perlas, que luego vendí a precios fabulosos en Nueva Orleans… Y el negro Ñico, flexuoso y elástico, hablaba de todas sus hazañas, hazañas en las que él era el único vencedor. ¡Gran Ñico inolvidable! Una noche nos dijo mamá que regresábamos a casa. Ivonne comenzó a saborear la idea de volver a sus muñecas y sus amiguitas, al parque de la capital, los bombones, los autos, pero yo no pude dormir, febril y preocupado. Irme de Santiago, ¡cuando ya era coronel de
243

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

mi pandilla! ¡Dejar a Ñico y sus cuentos! ¡Y lloré sobre mi almohada!, lloré con desconsuelo al comprender que se terminaban los veinte días más felices de mi vida. Por la mañana nos despertaron muy tempranito, mamá Teresa nos acicaló con cuidado y nos atiborró de dulces y golosinas; mi tío Miguel Ángel hasta me regaló un frasquito, lleno de un líquido verde, que siempre ambicioné poseer. Mas nada de eso me consolaba. Cuando llegó el supremo momento de la despedida, se me aguaron los ojos y busqué en mi derredor… ¿Dónde estaba el negro Ñico? ¡Ah! Al arrancar el auto con mi madre, mi hermana y yo, el viejo negro, jinete en su arisco Colasín, apareció a la vuelta de una esquina, alzó su mano diestra en un saludo rítmico y gritó: —¡Adiós, mi comandante, adiós…! Han pasado muchos años. Yo nunca volví a ver a Ñico ni a escuchar sus sabrosas historietas. Cuando la vida me enseñó lo que es verdad y es mentira, hubo en mí cierta rebeldía al pensar en Ñico. ¿Ñico embustero? ¡No! Ese negro bueno, ese negro de gran imaginación, no fue nunca un embustero. Aunque mi tío Miguel Ángel o mi hermana Ivonne ni siquiera lo recuerden, yo sé que el negro Ñico está en el cielo, esperándome impaciente con nuevas historias y quizás… –¿por qué no?– dispuesto a saludarme, a mi llegada, con un estentóreo: —¡Salve, mi comandante José Mariano, salve…!

El feo
El mayor enemigo de Cándido era el espejo. Nunca quiso, compasivamente, cambiar su nariz de albóndiga, sus cejas tupidas como bigotes, su mentón prognático, sus ojos tan pequeños que costaba trabajo encontrarlos en la cara repelente. Pero el espejo también había sido, en la vida de Cándido, un enemigo silencioso, con quien se podía conversar de todos los temores y las ansiedades, a quien se podía hacer confidencias, el único que jamás respondió con evasivas o estalló en carcajadas ante su grotesca cara de payaso. Y el espejo, para Cándido, fue el único leal compañero en los años de soledad y de desesperación. Cándido era viejo ya. Sus memorias, pocas y estrechas, podían guardarse en un solo bolsillo del corazón. Su miedo, tu timidez, sus vacilaciones, habían llegado a los cincuenta años como cachorros cansados de jugar a solas. Y su ansia de amar seguía en Cándido como un animal enjaulado, ansioso de salir a la luz del sol. Porque Cándido no conocía el amor. Tenía leídos muchos libros y registrados muchos suspiros, recordaba noches de insomnio y mañanas vacías, mañanas sin besos y sin palabras de mujer, pero el amor siempre estuvo en la mesa de al lado, siempre pasó por la acera de enfrente, o se sentó en la butaca de atrás, o se entró en la puerta de la casa que no era la suya. Por eso la vida de Cándido no era una vida digna de contarse y él no se atrevió jamás a compararla con otras vidas que pasaron a su lado. Era la suya una vida pequeña y apagada, una vida casi dolorosa, casi desesperada. La recibió del vientre de su madre y cuando ella lo dejó huérfano, Cándido quiso encontrar en su padre aquello que no podía definir, aquello que no se reía de su nariz ni de su cara, aquello que abría los brazos o bajaba hasta su frente y suspiraba, aquello que debía ser la bondad. Pero su padre huyó de él avergonzado. Como era hombre, consideró a Cándido un engaño o un castigo, nunca como a un hijo. Y Cándido vivió solo, únicamente acompañado por su fealdad.
244

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

Cándido era profesor. En las aulas su talento, un talento construido con el tesón y el tiempo necesarios para derribar al más viejo de los árboles, era respetado y temido. Durante sus clases nadie podía reír del feo, porque el feo sabía más que todos los alumnos hermosos o las alumnas bellas. Y así navegaba Cándido su existencia, un viejo y renqueante remolcador, carcomido por aguas que de seguro terminarían un día en el olvidado puerto de la muerte. Hasta que una tarde, a Cándido se le ocurrió sentarse en un banco del parque que circundaba la universidad y dar de comer a las palomas. Oscurecía. Platos de sombras rellenaban el mantel del cielo y en las casas de la ciudad los hombres se lavaban de sus encuentros con el odio, la ambición o la maledicencia de otros hombres. La mujer que caminaba por el parque era bella, con la misma belleza que Cándido había idealizado, con la belleza de los cuadros que colgaban en las paredes de su casa. Cándido se estremeció cuando la desconocida tomó asiento al lado suyo, en el banco rodeado de palomas hambrientas. Cándido esperó. Sabía que ella, en el reojo de sus ojos zarcos, miraría hacia él y reiría, con la risa que todas las mujeres siempre regalaban al feo. Sabía también que una vez constatada, su fealdad la ahuyentaría y la vería marchar parque abajo, sin comprender que aquel hombrecillo sólo pedía unas palabras de misericordia o un saludo, un simple saludo que abarcara el tiempo, las palomas, el atardecer, un saludo que sin entrar en la amistad tocara siquiera el conocimiento. Pero no ocurrió así. Ella lo miró y lo remiró. Luego le dio las buenas tardes. Cándido, al contestarles temblaba como quien se zambulle en el mar por la primera vez. Y habló con la mujer. Sus palabras tropezaban, llegaban cojeando, pero salieron de su boca como chiquillos en vacaciones. —Me gusta el parque, me gustan los árboles, el rumor de las cascadas, el silbato de los guardas, las niñeras que se besan bajo los cedros, el ciclista que pedalea, el jinete y su arte difícil, hoy desusado… Cándido calló. Aun queriendo continuar, tuvo el valor de cerrar los labios y esperar que ella dijera algo a cambio. Como era su primer diálogo con una mujer en el parque, Cándido se sentía más feo que nunca, como si tal cosa fuese posible. —¿Usted es poeta? –preguntó ella. —No –le dijo Cándido–, no he podido hacer versos. Esa clase de belleza nunca pudo tocarme. Se sentía repentinamente fuerte y desafiador. Si aquella mujer, quizás por equivocación, llegó para romper su círculo de soledad, él podía provocarla, restregándole la amargura en la cara, por si quería irse ya y dejarlo tranquilo, dejarlo con su nariz de albóndiga y sus años cansados. —Sin embargo –contestó la mujer, derribando un poco la altivez de Cándido–, da usted de comer a las palomas. ¡Y las palomas son tan amigas mías! —Y mías –admitió Cándido–, ellas me conocen, ellas no me tienen miedo. La mujer sonrió con una sonrisa gastada y tranquila. Luego metió la mano en su bolso y sacó migas de pan, que regó por el césped. Cándido se agarraba a su paraguas, hacía girar su sombrero hongo en las manos, miraba al cielo, a uno que otro árbol. —¿No será que las palomas han querido reunirnos? –preguntó ella–. ¿No querrán presentarnos en esta tarde? ¡Hace tanto frío!
245

Al inhalar la primera bocanada. —No podría. que ella no aceptó. desde que ella murió. que nos consume. Para mí el amor es un sentimiento que no puede darse a nadie. El policía examinó su uniforme y continuó su ronda. —¿En qué piensa usted? –preguntó ella. Le preguntó a ella cómo se llamaba. discutía con su corazón el lugar exacto dónde poner sus labios. cerrar los ojos y darle gracias a Dios. En el parque se sienten mejor. mi madre no quería dejarme venir al parque ni dar de comer a las palomas. porque los besos colocados en las mejillas de su madre habían sido regalos. hablándose de cosas que. amigo mío. pasase lo que pasase. ¿Le gusta mi nombre? Cándido gustó de él y sintió que le gustaba su dueña. se le quedó apretada. en el horizonte. por sorpresa. Sí. le pediría un beso. sacó un cigarrillo. Cándido se sintió egoísta y ambicioso. —Cuando yo era niña –dijo ella–. —Rosalía –contestó–. las palomas son mis compañeras. Les parecía que la ciudad se había alejado y que ellos dos solos presidían un mundo silencioso. como las fisuras de una pared mal encalada. —No. sería hermoso –admitió Cándido. murmurando en las riberas. Y el espejo del cuarto de Cándido no podría imaginarse que el feo. ¡El beso de una mujer! Se estremecía de pensar que con sólo inclinarse. Cándido y Rosalía conversaron en el banco del parque durante muchas horas. aunque ella se levantara y. Cándido se abrió el sobretodo. con el pelo recogido en un moño. ¡Cómo gustaría de llevármelas a casa y darles todo el dinero que mamá me dejó! —Hágalo usted. repleta de dientes ennegrecidos. con su cielo lleno de hollín y sus autos veloces. ofreció uno. En otra ocasión. Su fealdad también se había marchado. cejas como bigotes y ojos pequeñitos. rumbo a las ramas de los sauces. Todavía estaba lejos la ciudad. sin mentón prognático. Los niños y sus niñeras de seguro dormían. casi mordida en un gesto de impotencia y de desesperación. con el día muerto. detrás de la nuca tersa y llena de lunares. Las palomas se habían ido.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Cándido y la mujer se acercaban. 246 . con sus migas de pan en los picos. sin despedirse. como adivinara. era el más feliz de los hombres. —Yo nunca he amado –le confesó Rosalía–. el amor es una nube que cubre el mundo en que vivimos. ¡Un beso! ¿Por qué no conseguir un solo beso de aquella mujer que no amaba a nadie? Él jamás había besado. con una conversación tumultuosa. mi casa es pequeña. El río continuaba corriendo hacia el mar. donde sólo las palomas gobernaban y los hombres todavía eran desconocidos. con sus hombres apresurados y sus mujeres que reían. La noche vino a ellos repentinamente y en el parque las farolas perforaron un poco la neblina. y su boca. las palomas gozan más en libertad. Además. borraban en Cándido todo recuerdo de amarguras. ¡Nos conocemos tan poco! Pero ella no se fue. Por eso. transparentes. con las manos de uñas largas y con venas azules. Y mientras ella hablaba. en esa noche. podía poner sus labios calientes en la cara de Rosalía y conseguir un beso. que nos arropa. por intrascendentes. se marchara para siempre del banco del parque. Sus ojos se replegaron. Todavía no tuvo el coraje ni el valor de confesar. Aunque ella se volviese y le quemase con un bofetón. con los ojos grandes e inquietos. —¿Querría cenar conmigo? –invitó Cándido. que casi era un hombre normal. donde sólo los cerezos y los sauces podían hablar. su pecho se expandió sosegadamente. Cándido medía el rostro ovalado.

Ni pudo escuchar a dos novios que. de verde plumaje. muy bien. un solo beso suave y tibio. Sisebuto no se mostró parlanchín. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —Amigo mío –dijo ella al fin–. no pudo ver a un grupo de gente arremolinado en la calle. A diferencia de otros loros que he conocido. La mujer se levantó en silencio. Le puso luego ambas manos en los hombros. volveré al parque.J. Así. que no le asusto. el parque cantaba. resultó ser un loro de lo más distinguido. Muéstreme. en derredor de una ambulancia. eso es lo único que le pido. que no se empavorece con mi rostro de payaso. Sisebuto asistió a nuestra conversación con bastante decoro. Rosalía echó atrás su cabeza y le miró de hito en hito. se besó la mano y miró hacia el cielo. Un día. Y las palomas. su talento y su tacto prodigioso de mundano. la loca romántica! El loro En varias ocasiones mi amigo mencionó a Sisebuto. Sisebuto pronunció una frase sonora. Sólo en una ocasión. gracias…! Pero ella se iba rápidamente de su lado. Frente a frente. Rosalía. nos verán juntos. Rosalía. —¿Volverá usted? ¿Verdad que volverá. a Cándido las piernas le bailaban temblorosas. Y a la vuelta del sendero. miré a mi amigo. Me agradó Sisebuto. Se hace tarde. muy requetebién…! Miré a Sisebuto. Regáleme unos minutos en las tardes. sin embargo. 247 . Para mí Sisebuto era algún poeta en quiebra o un filósofo aburrido. —Volveré. las palomas parecían regresar a su lado. debo marcharme. mi amigo me llevó a su casa y conocí a Sisebuto. Las bocas estuvieron cerca. ganchudo y fuerte pico. Y acercando lentamente su cara a la de él. No sonrió. guiñándome un ojo o balanceándose en su pértiga con prosopopeya y ritmo. Cándido abrochó su sobretodo. se la tragó la neblina. que no soy para usted el feo de quien ríen todos los hombres y las mujeres de la ciudad. cruzándose con él. Y no me pregunten ustedes por qué sé yo cuando un loro es distinguido o no. Por el contrario. —¡Gracias. como si quisiera probarme que él sabía más que yo: —¡Bien. alzó sus hombros hasta allí caídos. comentaban: —¡Al fin la agarraron! ¡Pobre loca! ¿Sabes que cada vez que se escapa vuelve al manicomio diciendo que un hombre la ama…? ¡Es Rosalía. un beso que quemó la boca del feo como un latigazo. Cándido dio un suspiro y se llevó una mano a los labios. empuñó su paraguas y caminó también hacia su casa. Sisebuto. entrometido ni quisquilloso. Me rasqué la cabeza. No creo que le prestara mucha atención. Luego. Rosalía? La voz de Cándido se resquebrajaba y era como el ruido de un trueno en mitad de la jungla. Es preciso que nadie me vea en el parque a estas horas. depositó en la boca de Cándido un beso. caminando por el parque oscuro. M. cuando mi amigo levantó la voz para imponerme un juicio suyo. alargando las palabras. ¿No es eso lo que quiere? —Sí –dijo él–. para que conversemos de todas las cosas que usted conoce mejor que yo. recamadas con la luz de una farola. amigo mío. sus amigas y mis amigas. limpiándose de vez en rato sus plumas brillantes. ojillos traviesos y garras respetables. Él la siguió. Nada dijo. El aire estaba límpido.

haciendo gárgaras sonoras que asustaron a las gallinas de Juana la negra. Y al parecer lo era. yermos y muertos por la zafra. —¿No le parece mentira? 248 El machazo . —¡De ninguna manera! ¿No te dije que Sisebuto era admirable? Y desde esa tarde. un muchacho de quien siempre creí que sólo sabía componer sonetos clorofórmicos. ¡Era de esperarse! Llegó a confiar tanto en Sisebuto. se enjuagaron las caras y las bocas. le consulto. llegaban a lamer el bohío de Cirilo. me replicó mi amigo poeta a vuelta del correo. su compañero. Antes de ir a estrados. todavía dormido. muy requetemalísimo…!” Fulano abandonó su casa. Hay mucho que caminar. —Y Sisebuto –insistí yo con malicia–. muy bien. ¿Cómo no asombrarme al leer una tarde en el diario que mi famoso amigo se había pegado un tiro? Escribí a mis conocidos y uno de ellos. Quiterio se rascó el cráneo. —¿Cuál es el secreto de tu éxito? –inquirí yo de él. redondo y brillante. especuló en la bolsa y sus pujas y repujas pusieron temblequeante al mercado. —Las cinco –le dijo–. Y me basta que Sisebuto diga “Bien. pregunté yo en otra carta. antes de hacer un negocio o comprar un bien raíz. Ni amanece… Los dos hombres se vistieron con lentitud. loro al fin. admiré a Sisebuto. por cierto con muy poca originalidad. Cuentan que le sometió a Sisebuto un proyecto para terminar de una vez y por todas con las guerras y Sisebuto. podía cambiar de opinión. —¿Qué? –preguntó el otro. Los cañaverales. —No ande de impacientes compadre. le preguntaba por Sisebuto antes de hacerlo por su mujer o sus hijos. me envió esta carta maravillosa: “Fulano se pegó un tiro. ¿O es que tú creías que la familia del difunto iba a conservar a un loro tan bruto?”.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Se lo enseñaste? –pregunté a mi amigo. unas estrellas holgazanas jugaban a amanecer. abrió los ojos y miró por la ventana. —Sisebuto –me dijo–. él y Sisebuto pasaron. con agua del pozo. olvidé un poco a mi amigo y su carrera meteórica. Al viajar yo. compró una pistola y se la aplicó. Me tranquilizaba saber que Sisebuto vivía en perfecto estado de salud y envejecía con dignidad y sapiencia. en la sien derecha…” “¿Y Sisebuto?”. Todavía no había salido el sol. escribió novelas y hubo quien lo comparó con Dumas. A lo lejos. Con el pie descalzo trató de zarandear a Quiterio. —Nos vamos. dejándole petrificado. en mi memorial. Cuantas veces me topaba con mi amigo. dijo: “Muy mal. tuvo amantes y hacia él acudieron las cortesanas más lindas y famosas de veinte países. pues mi amigo fue orador político y arrastró con sus párrafos ditirámbicos a las multitudes. luego en millonario. Balzac o Dostoiesky. En el patio. al rincón de los recuerdos empolvados y telarañosos. Cirilo se alzó del catre y se restregó los ojos. Convirtióse en abogado de fama. Mi amigo progresó espléndidamente con los años. hay que cobrar y largarnos. “Lo vendieron esa tarde. ¿sólo sabe decir eso? ¿No te contradice nunca? —¡Jamás!– ¡Jamás! ¡Sisebuto es un loro inteligentísimo! –terminó mi amigo. llegó el momento. en el cielo de nácar. muy requetemal. le leo mis defensas. muy requetebién…!” para saber que triunfaré. Con el tiempo.

Reían. de eso no… —¿Qué va a hacer con la plata? Cirilo entrecerró los ojos y enmudeció unos segundos. Yo me voy hasta mi pueblo na más. tou é bien. Quiterio. luego nos casamos. rumbo al ingenio. por el lago Enriquillo. ya andamos por cuatro. cuadrada y hosca. M. en conversación con las locomotoras pequeñitas que acudían de los cuatro ámbitos del cañaveral. con el final de la zafra. bromeaban. como si él también fuera a cobrar su zafra. Cirilo y Quiterio caminaron. allende la cordillera. —Con la gracia de Dios… —¿Conque se va. no. Quiterio! ¿Qué va a hacer con la plata? —No sé entoavía. Ellos van de camión y bien lejos. había llegado el día de rehacer el largo camino y volver a su tierra. Ante las bodegas los hombres hicieron alto. —¡Eh. muy dificile. con sus narices de hierro llenas de humo. que no hay día en que no duelan. Perfume a melao rondaba por la tierra y en las camisas de los hombres. ¿qué importa? ¿No era peor andar por los cañaverales cortando caña? ¿O ya se me olvidó usted del calor y de los alacranes? —No. para quienes también. —¿Y no agarró la lengua? A lo mejor el año que viene ya la sabe hablar. envuelto en una que otra astillita de bagazo huida de las trituradoras. Cuando habló nuevamente. ahora sí que no vamos a andar por los bateyes. ¿no. Techo pa la familia está bien… —Toa la vida lo pensé. Cirilo y Quiterio se acomodaron debajo de una palmera y comenzaron a roer pedazos de pan que habían traído en el bolsillo. como el grupo de hombres. Cirilo. mientras la polvareda crecía en el camino. Toño. uté sabe cómo es de religiosa… Vinieron los hijos… Uno. Algunos eran negros y no hablaban. se le habían hinchado las aletas de la nariz y el pecho se le arqueaba suavemente. ¡Va a haber unas colas pa cobrar…! —Aunque las haya. tintineándoles en el cerebro la pequeña fortuna que cobrarían dentro de poco. Salió el sol y se trepó en el cielo con prisa.J. Encima de la sabana quemada podíase divisar la fábrica de azúcar. de eso no me olvidé. Le dominiquén é compliqué. ¿No sabía? —Buena obra. A lo mejor me la guardo. se saludaban. Eran los haitianos. Mire. —¿No le dije? Mire qué bien hicimos llegando temprano. —Paul… ¿Todo listo? —Cirilo. dos. Como las puertas de las oficinas todavía estaban cerradas. y nunca pude… Verá… Los pesos que uno se gana no dan… Me llevé a la Petra. Iban alegres. como los haitianos? —Como ellos no. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —A mí. boberías… Ya son nuestros los pesos. —Buen día. compadre. Vientos en caracol soplaron de la costa y el salitre se sintió en las narices. Otros hombres se echaban al camino y se emparejaban con ellos. Paul? —Dificile. no saben lo que llevo trabajado cortando caña? Es poca la plata pa tanto sudor… —Boberías. —Le haré la casa a la vieja y a los muchachos. —¡Cuatro! 249 . ¿usted cree que mis callos y mi espalda. Cirilo. tou é bien.

con su rechonchez y sus pechos enormes. dice el refrán. ¿eh. Se acercaron. levantándole. Ya nos vamos. por el tabaco y el andullo. quien ya venía detrás. y a mí me ha dao brega. Y al viajar el dinero a las manos de la negra. 250 . Cirilo. —Ciento y treinta.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Ellos llegan con el pan debajo del brazo. Y el turno llegó para Cirilo y Quiterio. —Pué ser. compadre. Sudando. Pero a veces cuesta darles el pan. por prestarles lo suficiente para la botellita de ron de los sábados. —¿Y por eso se vino al ingenio? —Por eso. —¡Ah. No tengo pies pa andar entre matas. la caña cansa. Por lavarles la ropa. vigilante en la puerta. Aquí uno consigue un poco más y todo junto. vio a los amigos alejarse de la choza de Juana. —Bueno. Ella estaba. temblequeando la montaña de sus carnes como en un terremoto. —Ca hombre piensa como Dios se lo enseña. Ahora me vuelvo con los trescientos pesos y el bohío se hace. que encontró seco y pastoso. ¿no. veo que no usaste ni un chele. Lo mío es la cal y la pintura. por tenerles de huéspedes durante toda la zafra. —Pérez. que los otros corearon. por darles camas. los fritos y la carne. ¡Esta vez se hace! —¡A cobrar…! ¡A cobrar…! El grito jubiloso recorrió el grupo de hombres. —¿Creía que nos íbamos? Le pago… —Ansí me gusta. caracoleando los pies como potros que quieren dejar los corrales. —Yo. Quiterio propuso: —Mientras llega la guagua. replicó: —Vaya usted. Usted sabe cómo le doy al romito… Los dos amigos desandaron el camino hacia la casa de Juana la negra. no –afirmó Cirilo–. Se estrecharon las manos. Cirilo sinvergüenza! ¿Cómo le gustaría que lo viera su mujer? El camino. Cirilo contó los billetes cuidadosamente. Ella rió con su batallón de dientes. ¡No entro! Se alzó duramente la mañana en el cielo. —No me diga que tiene miedo. hasta luego. por el arroz con habichuelas. se echó el fajo al bolsillo y comenzó a silbar un merengue. rumbo a la carretera. Cirilo pensó en la casa que sus sueños habían construido y no vaciló. Juana. ¿pa qué? Cuando contamos los pesos. vale? –rezongó Juana. frente a la pulpería enguirnaldada. Zanjaron sus cuentas con Juana. ñato? —Está bueno –sonrió el pagador–. Cirilo se abrió la camisa y se limpió con su pañuelo las gotas de sudor que se le enredaban en las tetillas zahareñas. Quien no paga no vuelve. las sonrisas estuvieron con ellos. trabajo como burro. Otros hombres también caminaban. estrallándose los dedos. Yo le espero aquí fuera. —¿Y usted? –preguntó a Quiterio. —Los cuarenta pa tabaco. Gano. En el cruce. La Petra lava ropa y por lo menos los muchachos no pasan hambre. no dan más que pa la comida y los trapos. trescientos con cuarenta –tronó el pagador. Cirilo dio una nalgada cariñosa en la grupa de Juana. vale. estirado entre los bateyes. —¿Regresan el año próximo? —Dios dirá. En el pueblo trabajo más a gusto. ¿nos echamos un trago? Cirilo se pasó la lengua por el paladar. debajo del sol que ya quemaba.

como algodón. después de meter su cráneo en el cráneo lleno de cilindros y de tubos y de bloques–. la diviso en el río. ya llego yo con plata pa acabar ciertas cosas. ¡Y la Petra tan cerca! —¡Y mire usted –dijo el gallego– que su mujer está hecha un pimpollo! —¿La vio últimamente? —Casi todos los días. ¿Cómo explicarles que si entraba. la guagua estaba llegando. La pulpería. Además. vale. M. ¡Que nos vamos! El otro salió. —¡Ah. ñato! –rezongó una mulata llena de hijos–. ¡Quién sabe! A lo mejor esto no anda más. llena de hombres y de mujeres. Cirilo! ¿A pie? —La guagua no quiso llegar. los bohíos blancos. Cirilo y Quiterio se echaron a la carretera y dejaron atrás la guagua con los berridos de los niños y las protestas de los pasajeros. ¿Qué hago? Cirilo sacó la mirada hacia el paisaje y dijo: —Estamos a la vuelta de la pulpería del gallego. de algarrobos y de pinos. El gallego estaba sentado en una mesa con tres hombres. 251 . —¿Le entra a la casa de que hablaba? –preguntó uno de los campesinos. compadre. Todos tenían machetes. —Es lindo tó esto… ¿No? Y lo era. la mojazón podía extenderse como un guaraguao y clavársele en todo el cuerpo? ¿Quién mejor que él para saber lo que era beber. —No hay caso –dijo el chofer. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —¿Y con este calor usté afuera. la carretera asfaltada donde una que otra mano amiga quedaba levantada en un saludo y voces mansas se alborozaban al pasar la guagua. los arroyuelos jubilosos bajo puentes que la vegetación parecía estar esperando para cubrir amorosamente… —Es lindo. vale. dale que dale a la ropa. con las dos jumiadoras encendidas detrás de las puertas abiertas. Bebían. Mecánico no hay por estos entreveros. sus hijos y sus ansias. no entiendo. la serranía reverdecida y húmeda. los cocoteros siempre meciéndose. de puertas azules que parecían ojos de gringas. con los cuadrados llaneros de maíz y de plátanos. pagaron el pasaje y comenzó el viaje. es la tierra nuestra… Oscurecía cuando se descompuso el motor. —¡Quiterio! –gritó–. ¿Va a querer que yo camine? ¿Pa eso paga una los pesos? —Mal. —Pobre –aclaró triunfalmente Cirilo–. el condenao falla y lo que es yo. Cirilo. invitaba. vale? –le preguntaron los amigos que entraban a mojar el gaznate. La llanura calcinada. muchos kilómetros hasta el villorrio donde Cirilo había dejado a su mujer. Tenían sed. él.J. ¿Uté cree que podemos esperar allí? —Guaite. —¡Buenas. como si hubiesen bebido. mejor era no entrar. Era larga la cosa. que podía terminar una botella de añejo sin pestañear? No. Eta mañana etaba bien. Como voy al pueblo. con las margaritas y los claveles. limpiándose la espuma de la cerveza. preñada de ceibos y de mangos. no me culpe. buenaza le digo… Se encaramaron en el vehículo. las rosas y las azucenas jugando al escondite en la yerba. No se molestó en contestar. con sus ruedas amarillas y su techo blanco. enroscada en la nariz y en el bigote. Ya ve. y de niños que sólo sabían llorar. —Estaba buenaza.

¿No ve que ya casi está en su casa? —Casa no tengo –replicó Cirilo–. Tenía oído relatos de algunos amigos y sabía que no existían muchas diferencias con el ron. Después de abrir la soda. La cerveza llena demasiado…” —Este whiskey es de calidad. Todos se volvieron sonriendo hacia Cirilo. Los hombres se sirvieron y comenzaron a beber. No está bien eso de andar en la tierra. pero él no pudo jamás gastarse sus pocos pesos en beber cosa tan cara. ¿Por qué no aceptar ahora una copita? Una sola no le haría daño. en cualquier parte. ¿Una botella? —Si. señor. aquel a quien el gallego llamara don Carlos. no. Nunca habido whiskey en su vida. Vamos a beber en regla esta noche. hielo de la nevera y vasos. que no pudo dejar de oír a los dos campesinos. Con las muchachitas de hoy hay que tener coraje. y hielo y soda. relamiéndose. compadre? Cirilo se rascó la cabeza con ostensible indecisión. ¿qué va a ser? ¿Ron o cerveza? —Pa mí. que me pone raro… La Petra no debe tener más muchachos… Cuestan. El pue bebé lo que quiera. cal y un poquito de cemento. el jardincito para que los niños no salieran a jugar a la carretera. ¡déjeme la cerveza! ¡Bébase un trago de macho! –le dijo Quiterio–. quema si se bebe así. la letrina pintada del mismo color. compadre. el romo –dijo Quiterio. sin hielo? –preguntó otro. La pulpería no será como le manda Dios. carajo. Hoy no bebo. aunque lo beba Quiterio. ¡No pue sé! Romo no tomo. señor. —¿Es cierto que ellos lo beben sólo con agua. Nuevamente vio la casa. gallego! ¿Tienes whiskey? —Buenas noches. pero la voy a tené. a cualquier hora. me le ablandan la barriga. —¡Eh. pero surtida lo está. Lo que yo digo. la guagua todo el día… Cerveza no hace mal… No es como el romo. le subió a los labios una ancha sonrisa. Hay que calentar el bocao para llegar bien metido. agrupados en su bolsillo como soldados en atención. —Pa mí una cerveza –asintió Cirilo. gallego –decía en la otra mesa uno de los señores–. don Carlos. por lo menos en sus efectos. vale? –preguntó uno de los señores de corbata. Y uno de ellos. ¡Claro que no! 252 . Cirilo daba sorbos de su cerveza y pensaba: “¡Si la Petra supiera! ¡Cómo va a gozar ella estos pesos que le traigo! Compraré la madera y el zinc. invitó con malicia: —¿Aceptaría usted un whiskey. pa los suelos. Y no bebo ron. Cirilo. ¡Qué si cuestan! Y luego me la ponen a Petra gorda. —¡Caro! Pero en este clima. para usted tengo whiskey. Whiskey es bueno. También me hacen falta clavos. Cuatro hombres vestidos de dril y encorbatados se bajaron de él. Y al sentirse los billetes. Quiterio no tiene familia. colocó todo en la mesa. —Parecido…. los ingleses inventaron una bebida que les dio un imperio. —¿Alguna fiesta? —Ujú.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Claro! ¿Pa qué cree que me chupé toa la zafra? —Bueno –cortó el gallego–. ¡Que si no…! El gallego extrajo una botella del vasar. —Oiga. el techo pegadito. sí. que la piedra tenemos. en la capital. Sí. por los niños… Esta cerveza sabe sabrosa… Es el calor. —¿Alguna promesa. y del bueno. ¡Al fin iba a tener casa propia! A la vera del camino se detuvo un auto grande y charolado.

la Petra por el patio. que no lo he probao. ¡He dicho que les pago una botella y la pago! Nadie contradijo. —Un merengue. Cirilo pudo a ratos ver la casa con el techo de zinc. M. Pero como la niebla alejaba aquella casa y él no podía ver bien las caras de la Petra y de los niños. déjese de bullas. La borrachera se les entregaba. gracias. ¿Pero no crees que es mejor guardar tus pesos. rumbo al mar. Sí. me das un placer y bebo a tu salud. todos miraron a Cirilo. La pulpería quedó silenciosa. Dentro de la niebla que cubría su cerebro. ven –le dijeron–. Y después las cinco botellas. El gallego lo había llenado hasta la mitad con el líquido amarillo. ¡Si todo el mundo bebiera whiskey! ¡Qué ricos serían los pulperos! Cirilo miró su vaso. —Cortesía. —¡Guaite con el compadre! ¡Bebe con autoridad! –decía Quiterio. en pugna con su baba. Le agradó aquello. y dejó de calcular. su dinero dormía intacto en la hondura del bolsillo. Los tragos pasaban ahora como escopetazos. Los sueños no podían dejarse desparramados. Sintió que entraba un río caliente por la garganta y bajaba hasta la última cueva de su vientre. perdidos en el tiempo. Los sueños de Cirilo. los niños jugando sobre el suelo de cemento. o perdidos. “¡Buenazo de verdad!” —¿Le gusta? –preguntó don Carlos. ¿Qué mal había? Estaba cerca de la Petra. don Carlos. la próxima botella la pago yo. ¡Tú. ¡Beba! El segundo vaso aflojó los resortes más íntimos de Cirilo. Quiterio. Un sorbo. —Hombre –replicó don Carlos–. No. que tanto te ha costado ganar? Se acabaron las pautas y las advertencias. —Entonces. la pulpería brillaba como una luciérnaga y las voces roncas de los borrachos asustaban a los sapos en el río. la verdad. que hoy pago yo. El fajo de billetes se replegó sobre la mesa. El gallego. —Pues beba. —¡Un merengue! –interrumpió Quiterio. compadre. no es para tanto. gallego. sus sueños eran suyos y debían estar a su lado. El campesino tenía en el rostro muchos árboles encrespados. —Don Carlos –se oyó decir a Cirilo con una voz que caminaba firme y segura–. El whiskey cuesta mucho… De todos modos. “¡Esto es buenazo!” pensó Cirilo. don Carlos –dijo Cirilo– es ley de esta tierra.J. como mujer a precio. Y Cirilo lo llevó lentamente hacia los labios. Alguien cantaba: “General Bimbín. El whiskey traía buena ganancia. los hombres. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —La verdad –contestó–. había que darse gustos de hombre. Cirilo apuró otro trago. —¡Mucho! –y Cirilo se relamió disimuladamente. —Así no –desafió Cirilo–. comenzaron a clavársele en el corazón. ya se está creyendo que toítas son suyas”. el algarrobo y los mangos. él llevaba muchos meses sin gozarse unos tragos. que lo pago yo –ordenó Cirilo. otro sorbito. haciéndole compañía. El gallego calculaba en su cabezota las cuatro botellas. El gallego puso ante los bebedores la otra botella. En la noche llena de jumiadoras y luna. ofrece a los muchachos de nuestra botella! El pulpero corrió a complacerles. como una araña dispuesta a luchar. 253 . Hoy tengo plata… —Muchacho –aclaró el hacendado–. Los hombres entraron en la selva de sueños y desgajaron los árboles de la vacilación.

Gallego. pero tú deberías irte ya para casa. llegada desde el bosque de sus sueños. Pero los círculos volvían. Con las manos aferradas al vaso. —¡Cirilo…! Era Quiterio. abrió la puerta de la pulpería y se fue tropezando. apuraba rápidamente un trago más. —Yo no aguanto más –intervino Quiterio–. Cirilo y la niebla 254 . nosotros debemos proseguir viaje. El ábrego inclinaba de vez en cuando las palmeras y un puerco cebado husmeaba a la vera del camino. Llovería. ¿Quieres que pague todo esto y te lleve? No me cuesta nada retroceder un poco. sin luz. pero todavía no lograban sujetarse a las raíces cruzadas ante ellos. la carretera no tenía ruidos. —¿Qué fue. Las yaguazas se lavaban bajo los sauces. El auto arrancó. El dinero de Cirilo se hizo un charquito verde ante los ojos del gallego. ¿por qué no bebe con más coraje? —Mira. El sabor en las bocas roía piedras. ¿Qué hora é? Regresaban vacilantemente del abismo. ¿uté se volvió loco? Ahora resulta que se lo quié bebé todito. ridiez? —Otra botella. y los ojos estaban helados–. Cirilo gritaba: —¡Se jueron! Vamo a bebé sin pepillos. —Usted no me lleva. Las mesas se habían vaciado de hombres. compadre. ¿Es que no le duele la cabeza? Cirilo no respondió. dormitando sobre sus manos callosas. carretera adelante. ayudado por su tambaleo–. Me voy. la pulpería estaba callada. Los ojos eran dos pozos bermejos. me voy ahoritica. —¡Pues váyase! Buen viaje… —Cirilo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Bueno. Cirilo –y el hacendado se rascó la cabeza–. —¿Tiene miedo? –preguntó la arrogancia de Cirilo. doblado en su silla como una interrogación. ¡qué bebedera! Se irguieron. Como si me picasen las avispas. —Déjese de avispas. el blanquito no quié bebé conmigo”. Nos vamos. Como era domingo. que se relamía. no! —Entonces. Quiterio suspiró. Los ojos lagañosos se inventaban cucarachas. Don Carlos suspiró y dio las gracias. en busca de más whiskey. —Mire. —¿Miedo? ¡No. “Me desprecia –pensó Cirilo–. —¡No! Se van a matar. —¡Gallego! ¡Gallego…! El pulpero levantó la cabeza. o pone la botella aquí –y Cirilo golpeó la mesa– o Dios sabe lo que va a pasá. El gallego roncaba. —¿Qué pasa. me gusta emborracharme y no me tiembla el pulso para hacer cualquier locura. hijo. compadre? —Me duele la cabeza. El piso no se estaba quieto. yo voy a seguí… Los hombres de corbata se iban. Cirilo –se levantó don Carlos. ¡venga otra! Cuando amaneció. —Cirilo. El dinero de don Carlos se levantó en las manos de Cirilo y regresó al bolsillo de su dueño. don Carlos –dijo. antes de seguir viaje. No está bien que tires el dinero así. El gallego había vuelto a roncar en el mostrador. ¿Me oye? En la cabeza de Cirilo se abrían círculos que llegaban a mojar una casa y un piso y un patio. El cielo estaba color de cofre.

que es lo que le gusta ser. oculto detrás de las palmeras y los mangos. casi todas mis provisiones. que en el pecho de Cirilo mataba a la resignación. a los bateyes y al azúcar. gallego del diablo! ¡Mi dinero! —¿Qué dinero. su Petra lo esperaba. —El dinero pa mi casa.J. El resto. El pulpero no había vuelto a hablar y le miraba con sus ojos adormecidos. Sólo le cobré setenta pesos. que estoy harto de oírle gritar lo machazo que es… Los dos hombres quedaron silenciosos. de regreso al ingenio. Cirilo miró en dirección del pueblo. lo regaló…. Mataré todas las culebras. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO llenaban la pulpería. Tendrá piso de cemento. por si en él dormía alguna culebra. que le regó el mentón. con un frío que le calaba los huesos. sin alacranes y culebras debajo de la hamaca. de seguro jugaban en el río. Será toda blanca. Las culebras se le enredaban en la garganta. Consumieron diez botellas de whiskey. El dolor de cabeza viviría para siempre en su cráneo. 255 . En la carretera era domingo. Pero Cirilo dio la espalda a Petra y los hijos y mientras caminaba por la carretera. “¡Virgen de la Altagracia! ¿Soy loco? ¿Qué hice?” La cabeza de Cirilo fue bajando lentamente en el tiempo. Los niños. no le dejó pagar. Cirilo dio un portazo y se paró a la vera de la carretera. M. Usted está bebiendo desde hace más de quince horas. ¡Soy rico!” Cirilo comenzó a tararear canciones tristes. Cirilo llevó un último vaso a la boca. lo jugó a los dados. Cirilo. de cal en la pared. El aire tibio de la serranía le entró en la nariz. —¡Gallego! —¡Gallego! La mano de Cirilo salía del bolsillo horrorizada. El corazón de Cirilo ida delante. no dejó pagar a nadie en la pulpería. se dirigió hacia la puerta y la abrió. mis mejores cigarros. y es bueno que lo recuerde. Volvió a beber. ¿O es que no se recuerda? —Mi dinero. Las moscas runruneaban en derredor de ellos. —Uté no me va a engañar –dijo Cirilo. ¡El dinero pa mi casa. agarrándose de las sillas. En seguida. Sí. como un machazo. Bebió. gallego! —Oiga. Cirilo? ¿Qué dinero…? El borracho estaba de pie. Y con lástima y desprecio le dijo: —No me venga con lagrimeos. todavía más abajo. —¡Mi dinero. Desafió anoche a don Carlos. pensaba con dificultad: “Haré la casa. “Haré la casa con piso de cemento. El campaneo de la iglesia del pueblo no llegaba hasta la pulpería. gallego… ¿Dónde está? El pulpero recibía en la frente la angustia de Cirilo. ¡qué sé yo! Y no se me haga el incrédulo. ¡Sí que la haré!” No se tocó más el bolsillo. La Petra podrá dormir tranquila. El sol no podía acompañarles. haré la casa. —¿Yo? ¿Cuándo tuve fama de mentiroso? –y el español se erizaba ofendido. Nubes trotonas venían desde muy lejos para observar al borracho. Como era domingo… —¡Dios! ¡Diooos…! Fue un grito alargado y rabioso. A varios centenares de metros. Anoche hubo de todo aquí. para que las culebras no suban hasta las hamacas.

.

No. 23 cuentos escritos en el exilio apuntes sobre el arte de escribir cuentos y juan bosch .

.

una escena. como si fuera un maestro de emociones o de ideas. aplicar su estilo personal. si se quiere. acaecimiento singular. Su influencia en el desarrollo de la sensibilidad general puede ser muy grande. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como tema de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo. porque no hay nada de importancia en su viaje diario a las clases. una estampa. Nadie que no tenga vocación de cuentista puede llegar a escribir buenos cuentos. y la técnica se adquiere con la práctica más que con estudios. Llevar cuenta es ir ceñido al hecho que se computa. pero no es un cuento. con signos algebraicos. No puede olvidar ciertas cantidades o ignorar determinados valores. Una persona puede llevar cuenta de algo con números romanos. Lo segundo se refiere al género. no tolera innovaciones sino de los autores que lo dominan en lo más esencial de su estructura. caso insólito. ser “hermético” o “figurativo” como se dice ahora. con números árabes. subjetivo u objetivo. cuentistas y aficionados. En realidad los dos géneros son dos cosas 259 I . El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un suceso. Aprender a discernir dónde hay un tema para cuento es parte esencial de la técnica. pero tiene que llevar esa cuenta. y por tal razón el cuentista debe sentirse responsable de lo que escribe. o lo que es lo mismo. Lo primero que debe aclarar una persona que se inclina a escribir cuentos es la intensidad de su vocación. es la “tekné” de los griegos o. reconocido como el más difícil en todos los idiomas. Pero nunca debe olvidarse que el género tiene una técnica y que ésta debe conocerse a fondo. De paso diremos que una vez adquirida la técnica. La palabra proviene del latín computus. pero hay sustancia para el cuento si el autobús en que va el niño se vuelca o se quema. el cuentista puede escoger su propio camino. lo que se escribe puede ser un cuadro.apuntes sobre el arte de escribir cuentos El cuento es un género antiquísimo que a través de los siglos ha tenido y mantenido el favor público. Esa técnica es el oficio peculiar con que se trabaja el esqueleto de toda obra de creación. A menos que se trate de un caso excepcional. Pero no debe echarse en olvido que el género. la parte de artesanado imprescindible en el bagaje del artista. Cuento quiere decir llevar cuenta de un hecho. La importancia del hecho es desde luego relativa. o si al llegar a su escuela el niño halla que el maestro está enfermo o el edificio escolar se ha quemado la noche anterior. El interés que despierta el cuento puede medirse por los juicios que les merece a críticos. ¿Qué es un cuento? La respuesta ha resultado tan difícil que a menudo ha sido soslayada incluso por críticos excelentes. no es cuentista. convincente para la generalidad de los lectores. mas debe ser indudable. pero puede afirmarse que un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia. “Importancia” no quiere decir aquí novedad. un buen escritor de cuentos tarda años en dominar la técnica del género. presentar su obra desde su ángulo individual. y es inútil tratar de rehuir el significado esencial que late en el origen de los vocablos. Un niño que va a la escuela no es materia propicia para un cuento. Se dice a menudo que el cuento es una novela en síntesis y que la novela requiere más aliento en el que la escribe. expresarse como él crea que debe hacerlo. Si el suceso que forma el meollo del cuento carece de importancia.

no lo tiene. como si ya estuviera el cuento escrito. lo cual requiere casi tanta tensión como escribir. la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. Esa técnica no implica. no puede dejarlas libres ni tolerarles rebeliones. Ahora bien. directo o indirecto: el cuento debe comenzar interesando al lector. La diferencia fundamental entre un género y el otro está en la dirección: la novela es extensa. y es una pieza magistral. Hay grandes cuentistas. Esa corta frase tenía –y tiene aún en la gente del pueblo– un valor de conjuro. como se piensa con frecuencia. Esa voluntad de predominio del cuentista sobre sus personajes es lo que se traduce en tensión y por tanto en intensidad. Un final sorprendente impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento. no tiene que premeditarla. La manera natural de comenzar un cuento fue siempre el “había una vez” o “érase una vez”. Una novela de esa dimensión puede escribirse en dos meses. es el fruto de la voluntad sostenida con que el cuentista trabaja su obra. que apenas lo usaron. de manera que con frecuencia una novela no termina como el novelista lo había planeado. A menudo parece más atrayente tal tema que tal otro. La intensidad de un cuento no es producto obligado. que el estilo del autor sea deliberadamente claro u oscuro. lo conducirá sin piedad hacia el destino que previamente le ha trazado. Una vez cogido en ese interés el lector está en manos del cuentista y éste no debe soltarlo más. Fundamentalmente el estado de ánimo del cuentista tiene que ser el mismo para recoger su material que para escribir. Seleccionar la materia de un cuento demanda esfuerzo. El verdadero cuentista dedica muchas horas de su vida a estudiar la técnica del género. al grado que logre dominarla en la misma forma en que el pintor consciente domina la pincelada: la da. Lo fundamental en ella es mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión. En su origen. El cuentista debe ver desde el primer momento su material organizado en tema. No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo. Él es el padre y el dictador de sus criaturas. a menos que se tratara de un paisaje descrito con 260 . que no se logra sin disciplina mental y emocional. pues el cuentista necesita ejercer sobre sí mismo una vigilancia constante. de Horacio Quiroga. A la deriva. En el cuento. y es más difícil lograr un buen libro de cuentos que una novela buena. sino como si estuviera ya elaborado. la situación es diferente. Kipling refiere que para él era más importante lo que tachaba que lo que dejaba. el cuento tiene que ser obra exclusiva del cuentista. el final sorprendente. el cuento es intenso. como Antón Chéjov. capacidad de concentración y trabajo de análisis. pero el tema debe ser visto no en su estado primitivo. un libro de cuentos que sea bueno y que tenga doscientas cincuenta páginas. Quiroga afirma que un cuento es una flecha disparada hacia un blanco y ya se sabe que la flecha que se desvía no llega al blanco. Comparar diez páginas de cuento con las doscientas cincuenta de una novela es una ligereza. Una sola frase aún siendo de tres palabras que no esté lógica y entrañablemente justificada por ese destino manchará el cuento y le quitará esplendor y fuerza. no se logra en tan corto tiempo. y eso no es fácil. ella sola bastaba para despertar el interés de los que rodeaban al relatador de cuentos. no le permitirá el menor desvío. de su corta extensión. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento. el cuento debe tener su final natural como debe tener su principio. si no como los personajes de la obra lo determinan con sus hechos. El novelista crea caracteres y a menudo sucede que esos caracteres se le rebelan al autor y actúan conforme a sus propias naturalezas. A partir del principio el cuentista debe ser implacable con el sujeto de su obra. el cuento no empezaba con descripciones de paisajes.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS distintas. como ha dicho alguien. Probablemente es ahí donde se halla la causa de que el género sea tan difícil.

el cuentista tiene que ir aprendiendo la técnica a fin de imponerse a ese mundo hermoso y desordenado que abruma su mundo interior. comenzaba con éste. aunque en ocasiones un cuentista nato puede producir un buen cuento por adivinación de artista. asuntos de amor o de trabajo. Una vez obtenido el material. Nadie nace sabiéndolo. debe leer. El oficio es obra del trabajo asiduo. Sólo el que lo domine podrá transformar el cuento. Los principios del género. de Kipling. despertando de golpe el interés del lector. buscar es seleccionar. motivos campesinos o de mar. El antiguo “había una vez” o “érase una vez” tiene que ser suplido con algo que tenga su mismo valor de conjuro. sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento. Saber comenzar un cuento es tan importante como saber terminarlo. No adquirieron el oficio a tiempo. con asuntos externos a su experiencia íntima. El cuentista serio estudia y practica sin descanso la entrada del cuento. El cuento debe iniciarse con el protagonista en acción. Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión. Hay una sola manera de empezar un cuento con acierto. pero quien no domine ese lado formal no llegará a ser buen cuentista. En sus primeros tiempos el cuentista crea en estado de somiinconsciencia. uno por uno. cuando la veta interior se agotó. la delicada arquitectura de un cuento. en la medida en que la obra humana lo es. de Quiroga. un torrente de palabras luminosas se lanza sobre él. escogerá el que más se avenga con su concepto general de la vida y con el tipo de cuento que se propone escribir. sin una debilidad. son inalterables. Es en la primera frase donde está el hechizo de un buen cuento. los primeros párrafos de los mejores cuentos de Maupassant. Cuentistas de apreciables cualidades para la narración han perdido su don porque mientras tuvieron dentro de sí temas escribieron sin detenerse a estudiar la técnica del cuento y nunca la dominaron. El autor queda comprometido consigo mismo a mantener el nivel de su creación a la altura en que la inició. Pero no es así para el cuentista. de la búsqueda y de la selección saldrá el tema. mejorarlo con una nueva modalidad. No hay manera de conocerlo sin ejercerlo. El oficio es la parte formal de la tarea. pero acción. el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento. El buscará aquello que su alma desea. La búsqueda y la selección del material es una parte importante de la técnica. y pintándolo en actividad.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS escasas palabras para justificar la presencia o la acción del protagonista. Ese oficio es necesario para el que cuenta cuentos en un mercado árabe y para el que los escribe en una biblioteca de París. 261 . El conocimiento de la técnica le permitirá señorear sobre la embriagante pasión como Yavé sobre el caos. Un cuento que comienza bien casi siempre termina bien. de Sherwood Anderson. episodios de hombres del pueblo o de niños. y sin el oficio no podían construir. iluminarlo con el toque de su personalidad creadora. no importa lo que crean algunos cuentistas noveles. conoce la “tekné” del género. La acción se le impone. Se halla en el momento apropiado para estudiar los principios en que descansa la profesión de cuentista. El cuentista joven debe estudiar con detenimiento la manera en que inician sus cuentos los grandes maestros. los personajes y sus circunstancias le arrastran. quien fue quizá el más consciente de todos ellos en lo que a la técnica del cuento se refiere. por lo menos. ella determina el ritmo y la tensión de la pieza. de la dedicación apasionada. Mientras ese estado de ánimo dura. física o psicológica. les faltó la capacidad para elaborar. y debe hacerlo sin pérdida de tiempo. de la meditación constante. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de cuentista. Parece que estas dos palabras –búsqueda y selección– implican lo mismo. Aún hoy esa manera de comenzar es buena. a fin de evitar que el lector se canse.

toda palabra que desvíe al autor un milímetro del tema. el cuentista puede aproximarse a él como más le plazca. “temas para novelas y cuentos”. Ahora bien. lo va sustrayendo frase a frase de la visión de quien lo lee. al extremo de que un cuento no debe construirse sobre más de un hecho. entendida en el sentido de la “tekné” griega. Toda palabra que pueda darle categoría de tema a un acto de los que se presentan en esa marcha hacia el tema. ha 262 . Ahora bien. Ya he dicho que aprender a discernir dónde hay un tema de cuento es parte esencial de la técnica del cuento. como el aviador. nadie puede intervenir en ella. La primera tarea que el cuentista debe imponerse es la de aprender a distinguir con precisión cuál hecho puede ser tema de un cuento. Habiendo dado con un hecho. sin darles caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho. A menudo la gente se acerca a novelistas y cuentistas para contarles cosas que le han sucedido. El cuentista. limpiarlo de apariencias hasta dejarlo libre de todo cuanto no sea expresión legítima de su sustancia. Arte difícil. Otros lo han logrado. el personaje y su ambiente. su mundo psicológico y el trabajo con que se gana la vida. el arte del cuento consiste en situarse frente a un hecho y dirigirse a él resueltamente. e igual que el aviador se halla forzado a saber con seguridad adonde se dirige antes de poner la mano en las palancas que mueven su máquina. está fuera de lugar y debe ser aniquilada tan pronto aparezca. pero lo mantiene presente en el fondo de la narración y no lo muestra sino sorpresivamente en las cinco o seis palabras finales del cuento. Pero lo más importante es esto: El que nace con la vocación de cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al servicio de la sociedad. y debidamente estudiado desde todos sus ángulos. debe saber aislarlo. tiene el premio en su propia realización. y en el cuento no hay lugar sino para un tema. en forma directa o indirecta. no levanta vuelo para ir a todas partes y ni siquiera a dos puntos a la vez. que es sin duda muy rebelde. estudiará a conciencia. él es el tema. La única manera de cumplir con esa obligación es desenvolviendo sus dotes naturales. El también puede lograrlo. pero dominable. qué es un cuento y qué debe hacer para escribir buenos cuentos. y para lograrlo tiene que aprender todo lo relativo a su oficio. Pues cuando el cuentista tiene ante sí un hecho en su ser más auténtico. Hay mucho que decir sobre él. se afanará por dominar el género. debe ser arrancada de raíz. estudiarlo con minuciosidad y responsabilidad. es esa parte de oficio o artesanado indispensable para construir una obra de arte. Escribir cuentos es una tarea seria y además hermosa. II El cuento es un género literario escueto. como aconseja el Evangelio.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Esa parte de la tarea es sagradamente personal. trabajará. Aislado el tema. hay un consejo útil que dar a los cuentistas jóvenes: que estudien el material con minuciosidad y seriedad. Cuando el cuentista esconde el hecho a la atención del lector. con el lenguaje que le sea habitual o connatural. todos esos sucesos están subordinados al hecho hacia el cual va el cuentista. Pero en ningún momento perderá de vista que se dirige hacia ese hecho y no a otro punto. y la yerba mala. si nadie debe intervenir en la selección del tema. Técnica. se halla frente a un verdadero tema. El hecho es el tema. que estudien concienzudamente el escenario de su cuento. Si encara su vocación con seriedad. que no dejará crecer la espiga del cuento con salud. toda idea ajena al asunto escogido es yerba mala. que no interesan al escritor porque nada le dicen a su sensibilidad.

y que debe llevarlo sin decirle en qué consiste el hecho. Si el hecho se halla antes de llegar al final. el universo infinito y la materia mensurable existen como reflejo de su ser. El cuentista debe ejercitarse en el arte de distinguir con precisión cuándo un tema es apropiado para un cuento. elementos y objetos tienen alma humana. si su presencia no coincide con la última escena del cuento. en los relatos infantiles de Anderson como en las parábolas de Oscar Wilde. relatado en términos esencialmente humanos. o por lo menos humanizado. pero se convierte en tal germen precisamente en el momento en que el cuentista lo escoge por tema. él seguirá siendo por mucho tiempo el rey de la creación. por una actividad que en verdad no tiene otra finalidad que conducir al lector hacia el hecho. se ha producido un buen cuento. pero no un cuento. A pesar de la creciente humildad a que lo somete la ciencia. Nada interesa al hombre más que el hombre mismo. En ocasiones resulta útil desviar la atención del lector haciéndolo creer.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS construido el cuento según la mejor tradición del género. lo que el cuentista tendrá al final será una página confusa. cualquier cosa. que vive orgánicamente en función de señor supremo de la actividad universal. que el hecho es otro. El cuento debe ser presentado al lector como un fruto de numerosas cáscaras que van siendo desprendidas a los ojos de un niño goloso. esperará la almendra de la fruta. para él. El cuentista avezado sabe que su tarea es llevar al lector hacia ese hecho que ha escogido como tema. pero la manera de llegar a él fue recta y la marcha se mantuvo en ritmo apropiado. La experiencia íntima del hombre no ha traspasado los límites de su propia esencia. En las fábulas de Esopo como en los cuentos de Rudyard Kipling. Cada vez que comienza a caer una de las cáscaras. estará oculta por las acciones accesorias. Hace poco recordaba que cuento quiere decir llevar la cuenta de un hecho. Pero los casos en que puede hacer esto sin deformar el curso natural del relato no abundan. En ese caso la marcha será zigzagueante. animales. En suma. luego. sin embargo no está en él y ni siquiera ha comenzado a entrar en el círculo de sombras o de luz que separa el hecho del resto del relato. De párrafo en párrafo. Por sí solo. hay que dirigirse a él a través de sus sentimientos o de su pensamiento. el tema no es en verdad el germen del cuento. mediante una frase discreta. Lo que pretende el cuentista es herir la sensibilidad o estimular las ideas del lector. El mejor tema para un cuento será siempre un hecho humano. el lector. En cada párrafo. En esta parte de la tarea entra a jugar el don nato del relatador. Todo lo contrario resulta si el cuentista está dirigiéndose hacia dos hechos. serán cáscaras que al desprenderse irán acercando el fruto a la boca del goloso. La selección del tema es un trabajo serio y hay que acometerlo con seriedad. en el cuento no puede haber confusión de valores. el lector deberá pensar que ya ha llegado al corazón del tema. ¿cómo conviene que sea? Humano. en cuanto al hecho que da el tema. como en las matemáticas. creerá que ya no hay cortezas y que ha llegado el momento de gustar el anhelado manjar vegetal. la acción interna y secreta del cuento seguirá por debajo de la acción externa y visible. o por lo menos. la línea no podrá ser recta. 263 . Mucho más importante que el final de sorpresa es mantener en avance continuo la marcha que lo lleva del punto de partida al hecho que ha escogido como tema. Hay un oculto sentido matemático en la rigurosidad del cuento. El origen de la palabra que define el género está en el vocablo latino computus el mismo que hoy usamos para indicar que llevamos cuenta de algo. Pues sucede que el cuento comienza a formarse en ese acto. Ahora bien. es decir. en ese instante de la selección del hecho-tema. sin carácter.

Si esta regla no se sigue. por sus motivaciones o por su apariencia formal. y adonde quiera que el cuentista vuelva los ojos hallará hechos que son buenos temas. la generosidad. y puede ser también un magnífico cuento si se trata del primer robo del autor y el cuentista sabe presentar el desgarrón psicológico que supone traspasar la barrera que hay entre el mundo normal y el mundo de los delincuentes. determinan en mucho el curso de la acción. una vez creados. debe ser un hecho humano o que conmueva a los hombres. Puede ser muy local en su apariencia. en el hambre de la madre. positivos o negativos. En los tres casos el hecho-tema sería distinto. en el desgarrón psicológico. Por caso de adivinación. y debe tener categoría universal. De esa especie de hechos está lleno el mundo. y en los tres la captura del joven delincuente es un camino hacia el corazón del hecho-tema. y resulta que hay tres temas distintos. A veces el cuento está determinado por la mecánica misma del hecho. si en ocasiones esos hechos que nos rodean se presentan en tal forma que bastaría con relatarlos para tener cuentos. 264 . en un cuentista nato de gran poder. y aun dentro de él hallar el aspecto útil para desarrollar el cuento. por ejemplo. la avaricia. para un artículo de costumbres o para una página de buen humor. se hallaría en la circunstancia de que el hermano del ladrón es agente de policía. en el de la jungla americana o en el de los iglús esquimales.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Si el tema no satisface ciertas condiciones. agente de policía. en el tercero. están llenos los días y las horas. Los personajes de una novela contribuyen en la redacción del relato por cuanto sus caracteres. saber seleccionarlo. no basta para el caso un hecho cualquiera. Aprender a ver un tema. y muy bueno. el resultado será débil. lo cierto es que comúnmente el cuentista tiene que estudiar el hecho para saber cuál de sus ángulos servirá para un cuento. el cuento será pobre o francamente malo aunque su autor domine a perfección la manera de presentarlo. De donde puede colegirse por qué hemos insistido en que el hecho que sirve de tema debe estar libre de apariencias y de todo cuanto no sea expresión legítima de su sustancia. El sufrimiento. El tema requiere un peso específico que lo haga universal. el cuentista debe tener una idea precisa de cómo va a desenvolver su obra. Pero en el cuento toda la obra es del cuentista y esa obra está determinada sobre todo por la calidad del tema. Todo lo dicho hasta ahora se resume en estas pocas palabras: si bien el cuentista tiene que tomar un hecho y aislarlo de sus apariencias para construir sobre él su obra. el sacrificio. en cambio puede serlo. en el segundo. el amor. la crueldad. En cambio. o si la causa del robo es el hambre de la madre del descuidero. puede darse un cuento muy bueno sin seguir esta regla. Un ladronzuelo cogido in fraganti puede dar un cuento excelente si quien lo sorprende robando es un hermano. son universales en el habitante de las grandes ciudades. en el primero. es parte importantísima en el arte de escribir cuentos. Antes de sentarse a escribir la primera palabra. pero debe ser universal en su valor intrínseco. no tiene calidad para servir de tema. pero también puede estarlo por su ausencia. Pues en estos tres posibles cuentos el tema parece ser la captura del ladronzuelo mientras roba. Lo pintoresco. son valores universales. Ahora bien. el heroísmo. aunque se presenten en hombres y mujeres cuyas vidas no traspasan las lindes de lo local. La rígida disciplina mental y emocional que el cuentista ejerce sobre sí mismo comienza a actuar en el acto de escoger el tema. otra cosa sucede si el cuentista trabaja conscientemente y organiza su construcción al nivel del tema que elige. pero ni aún el mismo autor podrá garantizar de antemano qué saldrá de su trabajo cuando ponga la palabra final.

y con frecuencia él las domina sin haberlas estudiado a fondo. y para el artista –sea cuentista. Huesos. y en cada conjunto de reglas hay divisiones: las que dan a una obra su carácter como género. el majestuoso tigre se halla condenado a morir de hambre. no puede desbordarse ni cumplirse en todas sus posibilidades. Unas y otras se mezclan para formar el todo de la obra artística. sino únicamente en los términos estrictamente imprescindibles al desenvolvimiento del cuento y entrañablemente vinculados al tema. la manera particular de hacer algo. es producto de una suma de reglas. el medio de creación de que se sirve es la lengua. cuyo mecanismo debe conocer a cabalidad. en un cuento no debe mencionarse siquiera un cuadro si él no es parte importante en el curso de la acción. 265 . y esas leyes son ineludibles. aflojan sus colmillos o debilitan sus poderosas garras. La diferencia más drástica entre el novelista y el cuentista se halla en que aquel sigue a sus personajes mientras que éste tiene que gobernarlos. colmillos y garras nada más. piel. Pero como cada cuento es un universo en sí mismo. la forma. Esas son el bagaje primario del artista. o instinto de tigre para seleccionar el tema y calcular con exactitud a qué distancia está su víctima y con qué fuerza debe precipitarse sobre ella. en arte. Pues sucede que en la oculta trama de ese arte difícil que es escribir cuentos. en el sentido de modo o forma. que demanda el don creador en quien lo realiza. El cuentista debe tener alma de tigre para lanzarse contra el lector. Cada forma. y las que rigen la materia con que se realiza. En el caso del autor de cuentos. Se dispara a uno para herir al otro. músculos. Del conjunto de reglas hagamos abstracción de las que gobiernan la materia expresiva. Cuando los años le agregan grasa a su peso. parece no haber duda de que el escritor nato trae al mundo un conocimiento instintivo de su mecanismo que a menudo resulta sorprendente. en el cuento el tema da la acción. III Hay una acepción del vocablo “estilo” que lo identifica con el modo. en la tarea de escribir cuentos? Sí. le restan elasticidad en los músculos. El cuento es el tigre de la fauna literaria. pero las que gobiernan la materia con que esa obra se realiza resultan determinantes en la manera peculiar de expresarse que tiene el artista. La acción del cuento está determinada por el tema pero tiene que ser dictatorialmente regida por el cuentista. el lector y el tema tienen un mismo corazón. pintor. el tigre de la fauna literaria está saltando también sobre el lector. músico– las reglas son leyes misteriosas. Especialmente en el caso de la lengua. Según ella. Al dar su salto asesino hacia el tema. poeta. aunque tampoco parece haber duda de que ese don mejora mucho cuando el conocimiento instintivo se lleva a la conciencia por la vía del estudio. escritas para él por un senado sagrado que nadie conoce. Los personajes de una novela pueden dedicar diez minutos a hablar de un cuadro que no tiene función en la trama de la novela. la práctica o la costumbre en la ejecución de ésta o aquella obra implica un conjunto de reglas que debe ser tomado en cuenta a la hora de realizar esa obra. hagamos desde este momento una distinción precisa: el escritor de cuentos es un artista. ¿Se conoce algún estilo.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Así como en la novela la acción está determinada por los caracteres de sus protagonistas. el uso. novelista. escritor. si le sobra un kilo de grasa o de carne no podrá garantizar la cacería de sus víctimas. el tigre está creado para atacar y dominar a las otras bestias de la selva.

En algunas artes la forma tiene más valor que el tema. es lo que me ha llevado a definir el género como “el relato de un hecho que tiene indudable importancia”. lo que abandonaron fue su sujeción al tema para entregarse exclusivamente a la forma. el tema es más importante que la forma. mas debe ser indudable. no levanta vuelo para ir a todas partes y ni siquiera a dos puntos a la vez. la pintura y la poesía de hoy se realizan con la vista puesta en la forma más que en el tema. determinada por el carácter que le imprime al artista la actitud del conglomerado social ante los problemas de su tiempo –de su generación–. ese es el caso de la escultura. no por la manera de presentarlo. Ellas forman el estilo personal. la marca divina que distingue al artista entre la multitud de sus pares. expliqué en esa misma oportunidad que “la importancia del hecho es desde luego relativa. el modo de producir un cuento. y el sueño de sus cultivadores es expulsar el tema en ambos géneros. Por otra parte.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Hagamos abstracción también de las reglas que se refieren a la manera peculiar de expresarse de cada autor. uno solo. A fin de evitar que el cuentista novel entendiera por hecho de indudable importancia un suceso poco común. Esta adecuación de tema y forma se explica debido a que la música debe ser interpretada por terceros. Pero en realidad. al grado que muchos poemas modernos que nos emocionan no resistirían un análisis del tema que llevan dentro. anotemos de paso que la escultura. la expresión artística se descompone en dos factores fundamentales: tema y forma. Por ahora recordemos que hay un arte en el que tema y forma tienen igual importancia en cualquier época: es la música. Antes dije que “un cuento no puede construirse sobre más de un hecho. Desde muy antiguo se sabe que en lo que atañe a la tarea de crearla. No se concibe música sin tema. que no tienen intérpretes sino espectadores del orden intelectual. y desde luego mucho más importante que el estilo con que al autor se expresa. La convicción de que el cuento tiene que ceñirse a un hecho. y más adelante decía que “importancia no quiere decir aquí novedad. Pero debemos admitir que hay influencias. el cuento. se halla forzado a saber con seguridad adonde se dirige antes de poner la mano en las palancas que mueven su máquina”. dan el sello individual. debe tener importancia por sí mismo. Quedémonos por ahora con las reglas que confieren carácter a un género dado. convincente para la generalidad de los lectores”. Volveremos sobre este asunto más tarde. La poesía actual se inclina a quedarse sólo con las palabras y la manera de usarlas. Esas reglas establecen la forma. lo mismo en el Mozart del siglo XVIII que en el Bartok del siglo XX. nos lleva a tomar nota de que a menudo un cambio en el estilo de ciertos géneros artísticos influye en el estilo de otros. caso 266 . la pintura y la poesía. Pero en la novela y en el cuento. La pintura y la escultura abstractas son sólo materia y forma. y ese hecho –que es el tema– tiene que ser importante. La estrecha relación de todas las artes entre sí. en nuestro caso. Esto puede parecer una observación estrafalaria. y sólo a uno. el cuento es el relato de un hecho. sobre todo en los últimos tiempos. Pues en su sentido estricto. El cuentista. Todavía más: en el cuento el tema importa más que en la novela. e igual que el aviador. La forma es importante en todo arte. el tema musical no podría existir sin la forma que lo expresa. No nos hallamos ahora en el caso de investigar si en realidad se produce esa influencia con intensidad decisiva o si todas las artes cambian de estilo a causa de cambios profundos introducidos en la sensibilidad social por otros factores. Aunque estamos hablando del cuento. como el aviador. dado que precisamente esas artes han escapado a las leyes de la forma al abandonar sus antiguos modos de expresión.

repetimos–. El cuento puede ser largo. Esto se debe a que es el tiempo en que acaece un hecho –uno solo. sin acabar de apercibirme de la dimensión interna. El tiempo del cuento es corto y concentrado. si mediante la virtud de describir la acción pura.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS insólito. La causa está en que la epopeya es el relato de los actos heroicos. el cuentista tiene el don de crear la atmósfera de la epopeya sin verse obligado a recurrir a los grandes actores del drama histórico y a los episodios en que figuraron. y el que los ejecuta –el héroe– es un artista de la acción. es casi un milagro que confiere al cuento una categoría artística en verdad extraordinaria. La mayor importancia del *Debemos esta aguda observación a Thomas Mann. Venezuela. en sesenta. en las líneas más puras de la acción. Es ahí. Pero la brevedad es una consecuencia natural de la esencia misma del género. sino que podía ser liquidada en unos días o unas semanas por cualquier frívolo del Arte”. de la narración breve que no exigía la heroica perseveración de años y decenios. pues el cuento tiene la posibilidad de llegar al nivel épico sin correr el riesgo de meterse en el terreno de la epopeya. y el uso de ese tiempo en función de caldo vital del relato exige del cuentista una capacidad especial para tomar el hecho en su esencia. de ambiente más variado. Obsérvese que el novelista sí da caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho central que sirve de tema a su relato. fuera de las fronteras de la historia y en prosa monda y lironda. aunque lo haga en una sola página. 52 y siguientes). quien en Ensayo sobre Chéjov. acaecimiento singular. uso o práctica de hacer algo– para poder expresar la acción pura. El cuento es breve porque se halla limitado a relatar un hecho y nada más que uno. y que sin sujetarse a ella no hay cuento de calidad. sin darles caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho…” dije antes. de la fuerza genial que logran lo breve y lo suscinto que en su acaso admirable concisión encierran toda la plenitud de la vida y se elevan decididamente a un nivel épico… 267 . así. Hasta ahora se ha tenido la brevedad como una de las leyes fundamentales del cuento. un cuentista lleva a categoría épica el relato de un hecho realizado por hombres y mujeres que no son héroes en el sentido convencional de la palabra. págs. ¿No es esto un privilegio en el mundo del arte? Aunque hayamos dicho que en el cuento el tema importa más que la forma. Thomas Mann sintió el aliento épico en algunos cuentos de Chéjov –y sin duda de otros autores–. así como no las tendrá si se dedica a relatar más de uno. Caracas. y es la descripción de esos sucesos –a los que podemos calificar de secundarios– y su entrelazamiento con el suceso principal lo que hace de la novela un género de dimensiones mayores. pero no dejó constancia de que conociera la causa del aliento. no un requisito de la forma. Es probable que el cuento largo se desarrolle en el porvenir como el tipo de obra literaria de más difusión. personajes más numerosos y tiempo más largo que el cuento. debemos reconocer que hay una forma –en cuanto manera. traducción de Aquilino Duque (en Revista Nacional de Cultura. en lo que podríamos llamar el poder de expresar la acción sin desvirtuarla con palabras.* “El arte del cuento consiste en situarse frente a un hecho y dirigirse a él resueltamente. Por todo esto abrigaba yo un cierto menosprecio (por la obra de Chéjov). donde está el secreto de que el cuento pueda elevarse a niveles épicos. No importa que un cuento esté escrito en cuarenta páginas. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como temas de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo”. marzo-abril de 1960. y hasta muy largo. dice que Chéjov había sido para él “un hombre de la forma pequeña. si se mantiene como relato de un solo hecho. siempre conservará sus características si es el relato de un solo acontecimiento. y alcanzar ese nivel con personajes y ambientes cotidianos. en ciento diez.

Y al cuento. 268 . elásticos. La pintura. ¿Cómo se explica. vagos. escenas. Por una o por otra razón. calificaciones y clasificaciones tienen por objeto aclarar y distinguir. que la forma puede ser manejada a capricho por el aspirante a cuentista. Ahora bien. los hay humorísticos. con diez temas distintos y con diez formas de expresión que no se parezcan entre sí. ¿cómo podríamos distinguir entre cuento. Crónica Literaria. pues. tiernos. en El Mercurio. Santiago de Chile. sin más consecuencias. colectivos o individuales. y esta actitud de pintores. Pero esa forma es la de cada cuento y cada autor. sacudiendo su sensibilidad con la presentación de un hecho trágico o dramático. los hay cuya finalidad es delinear un carácter o destacar el aspecto saliente de una personalidad. pero que no es ni será cuento. a veces. relatos. Diez cuentistas diferentes pueden escribir diez cuentos dramáticos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS tema en el género cuento no significa. una novela no puede ser escrita con forma de cuento o de historia. sin contornos definidos ni organización rigurosa. no son cuentos. de ideas. retratos imaginarios. pero ¿cómo negarlo. ni una historia como si fuera novela o cuento. en la lengua española –porque no conocemos caso parecido en otros idiomas– se pretenda escribir cuentos que no son cuentos en el orden estricto del vocablo? Un eminente crítico chileno escribió hace algunos años que “junto al cuento tradicional” al cuento “que puede contarse”. *Alona (Hernán Díaz Arrieta). escultores y poetas ha influido en la concepción del cuento americano. con abandono del tema. y los diez cuentos pueden ser diez obras maestras. tiernos. son otra cosa: divagaciones. insistimos. emocionales. cuadros. trozos o momentos de vida. Las palabras. con principio. el conocido y clásico. ni un cuento con forma de novela o de relato histórico. medio y fin. cuento”. Y desde luego. 21 de agosto de 1955. superan a menudo a sus parientes de antigua prosapia. pues. un cambio en el estilo de ciertos géneros artísticos se refleja en el estilo de otros. Por eso al pan conviene llamarlo pan. otros ponen de manifiesto problemas sociales. no obscurecer o confundir las cosas. Se aspira a crear un tipo de cuento –el llamado “cuento abstracto”–. o el cuento de nuestra lengua ha resultado influido por las mismas causas que han determinado el cambio de estilo en pintura. la escultura y la poesía están dirigiéndose desde hace algún tiempo a la síntesis de materia y forma. de una extremada delicadeza. Para el cuento hay una forma. Si lo fuera. que acaso podrá llegar a ser un género literario nuevo. no deben llamarse cuentos. humorísticos. ¿cuál es la forma del cuento? En apariencia. los nombres. en los cuentistas nuevos de América se advierte una marcada inclinación a la idea de que el cuento debe acumular imágenes literarias sin relación con el tema. existen otros que flotan. escultura y poesía. la que cambia y se ajusta no sólo al tipo de cuento que se escribe sino también a la manera de escribir del cuentista. son y pueden ser mil cosas más. estampas. en cada caso el cuentista tiene que ir desenvolviendo el tema en forma apropiada a los fines que persigue. Los hay que se dirigen a relatar una acción. la forma está implícita en el tipo de cuento que se quiera escribir. géneros parecidos pero diferentes? A pesar de la familiaridad de los géneros. novela e historia. que en los últimos tiempos. producto de nuestro agitado y confuso siglo XX.* Pero sucede que como hemos dicho hace poco. Son interesantísimos y. los títulos. pero. cómo discutirlo? Ocurre que no son cuentos. políticos. otros buscan conmover al lector.

la que el lector corriente no aprecia. qué calles tomará. y por su única virtualidad. cuando son animales o plantas. tierno. La palabra puede exponer la acción. pero moverse siempre. la acción debe producirse sin estorbos. externa o interna. pero no puede suplantarla. En el cuento. Podemos comparar el cuento con un hombre que sale de su casa a evacuar una diligencia. que no cambian porque el cuento sea dramático trágico. puede incluso ocultar el hecho que sirve de tema si el cuentista desea sorprendernos con un final inesperado. sin que el cuentista se entrometa en su discurrir buscando impresionar al lector con palabras ajenas al hecho para convencerlo de que el autor ha captado bien la atmósfera del suceso. De manera intuitiva o consciente. La acción puede ser objetiva o subjetiva. Toda palabra que no sea esencial al fin que se ha propuesto el cuentista resta fuerza a la dinámica del cuento y por tanto lo hiere en el centro mismo de su alma. Antes de salir ha pensado por dónde irá. física o psicológica. en el estado de mayor pureza que pueda ser compatible con la tarea de expresarla a través de palabras y con la manera peculiar que tenga cada cuentista de usar su propio léxico. es lo que forma el cuento. no porque las palabras con que se escribe el relato aspiren a expresar ternura. La segunda ley se infiere de lo que acabamos de decir y puede expresarse así: el cuentista debe usar sólo las palabras indispensables para expresar la acción. agua o aire. debe moverse al ritmo que imponga el tema –más lento. La acción no puede detenerse jamás. a pesar de que a ella y sólo a ella se debe que el cuento que está leyendo le mantenga hechizado y atento al curso de la acción que va desarrollándose en el relato o al destino de los personajes que figuran en él. a quién se dirigirá. Pero no puede detenerse. que rigen el alma del género lo mismo cuando los personajes son ficticios que cuando son reales. entra en un museo para matar el tiempo. Así. no por el valor literario de las imágenes que lo exponen. la acción por sí misma. Es en la acción donde está la sustancia del cuento. Un cuento tierno debe ser tierno porque la acción en sí misma tenga cualidad de ternura. qué vehículo usará. Lleva un propósito conocido. Ese hombre no se parece al que divaga. sin embargo. artistas o peones. la profunda. esa forma ha sido cultivada con esmero por todos los maestros del cuento.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Hay. seres humanos. oyendo hablar a dos niños. superficial o profundo. tiene que correr con libertad en el cauce que le haya fijado el cuentista. Puesto que el cuentista debe ceñir su relato al tratamiento de un solo hecho –y de no ser así no está escribiendo un cuento–. sino que sabe lo que busca. aristócratas. una forma sustancial. qué le dirá. Esa forma tiene dos leyes ineludibles. no se halla autorizado a desviarse de él con frases que alejen al lector del cauce que sigue la acción. Por tanto. debe correr sin obstáculos y sin meandros. la frase justa y necesaria es la que dé paso a la acción. pasea. Miles de frases son incapaces de decir tanto como una acción. La primera ley es la ley de la fluencia constante. iguales para el cuento hablado y para el escrito. humorístico. No ha salido a ver qué encuentra. social. observando una bella mujer que pasa. más vivaz–. un cuento dramático lo es debido a la categoría dramática del hecho que le da vida. 269 . dirigiéndose sin cesar al fin que persigue el autor. se mueve de cuadro en cuadro. pues. se entretiene mirando flores en un parque. de ideas. admira aquí el estilo impresionista de un pintor y más allá el arte abstracto de otro.

el modelo del cuentista debe ser el primero. que alcanza a todos los hombres de todas las razas en todos los tiempos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Entre esos dos hombres. También el cuento es un tema en acción para llegar a un punto. así la forma del cuento está regida por su naturaleza activa. Y así como los actos del hombre de marras están gobernados por sus necesidades. septiembre de 1958. En la naturaleza activa del cuento reside su poder de atracción. Caracas. 270 . el que se ha puesto en acción para alcanzar algo.

Le había salido trabajador y tranquilo aquel hombre. Cristino tenía frío y la cabeza empezaba a dolerle. que le temblaba. Quisiera coger el camino ya. —Ah. que se hacía de madrugada. Don Pío caminó arriba. pero tengo calentura. —¿La calentura? 271 . don. bien lejos. don. en el primer escalón. y el pelo abundante. cómo no. le caía sobre el pescuezo. y hasta hacerse una tisana de cabrita. de pómulos salientes. —Puede quedarse aquí esta noche. —Yo fuera a buscarla. sí. que Dio se lo pague. Cristino. don Pío lo llamó y le dijo que iba a hacerle un regalo. don –dijo–. pero Cristino conocía una por una todas las reses. Había tenido gusanos en el ombligo y ahora correteaba y saltaba alegremente. y don Pío quiso hacerle una última recomendación. Apenas se las distinguía. había dos vacas. —Mucha gracia. mientras se cubría de nuevo la cabeza con el viejo sombrero de fieltro negro.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Los amos Cuando ya Cristino no servía ni para ordeñar una vaca. —Cuando llegue a su casa póngase en cura. don Pío –dijo–. Bajó lentamente los escalones. —Ta bien. rechoncho. pero había enfermado y don Pío no quería mantener gente enferma en su casa. Don Pío tendió la vista. pero me toy sintiendo mal. Usté está muy mal y no puede seguir trabajando. —Arrímese pa aquel lao y la verá. —Dése una caminadita y me la arrea. las nubes de mosquitos. Don Pío había mandado poner tela metálica en todas las puertas y ventanas de la casa. Al borde de los potreros. —¿Usté cree. porque no le veo barriga. Al llegar al último escalón se detuvo un rato y se puso a mirar las vacas y los críos. Cristino? Yo no la veo bien. las atenciones de la casa y el cuido de los terneros. Cristino se movió allá abajo. vuelva. Se trataba de uno que él había curado días antes. Don Pío era bajo. Cristino extendió una mano amarilla. de ojos pequeños y rápidos. —Le voy a dar medio peso para el camino. Eso es bueno. pero el rancho de los peones no tenía puertas ni ventanas. todo fulgía bajo el sol. largo y negro. —Qué animao ta el becerrito –comentó en voz baja. Cristino –oyó decir a don Pío. y sobre los matorrales. Cristino tenía tres años trabajando con él. Si se mejora. A la distancia estaban los matorrales que cubrían el paso del arroyo. no tenía ni siquiera setos. Le pagaba un peso semanal por el ordeño. Cristino se había quitado el sombrero. —Vea. pero siguió con la vista al animal. Mucha gracia –oyó responder El sol hervía en cada diminuta hoja de la sabana. Desde las lomas de Terrero hasta las de San Francisco. si quiere. aquella pinta que se aguaita allá debe haber parío anoche o por la mañana. Don Pío salió a la galería y también se detuvo a ver las reses. La barba escasa parecía ensuciarle el rostro. perdidas hacia el norte.

—Eso no hace. —Sí. ella lo sabía. Esperó un rato. Pío! –comentó con voz cantarina. 272 . Cristino. —¿Va a buscármela. con los brazos sobre el pecho. Eso asustó a Cristino. voy a dir. Deje que se me pase el frío. encorvado para no perder calor. don –dijo–. Herminia –dijo–. Vaya y tráigamela. que se alejaba con paso torpe. Cuando creía oír pisadas de bestias se lanzaba a la puerta. esperó más. Se volvería inhabitable desde que empezaran las lluvias. Se apretaba más los brazos sobre el pecho. Ya estaba negro de tan viejo. —No quería ir a buscarme la vaca pinta. Era el viento. Pío –comentó. como si fuera tropezando. El bohío era una miseria. don –dijo. Ya usté está acostumbrado. que parecía demandar una explicación. con ganas de llorar pero sin lágrimas para hacerlo. un poco más: ¡nada! Sólo el camino amarillo y pedregoso. el becerrito… —¿Va a traérmela? –insistió la voz. —Con el sol se le quita. Y ambos se quedaron mirando a Cristino. que ya era apenas una mancha sobre el verde de la sabana. después volvía al cuarto y se quedaba allí un rato largo. De nada vale tratarlos bien. Calló medio minuto y miró a la mujer. —Cogió ahora por la vuelta del arroyo –explicó desde la galería don Pío. que hacía gemir los pinos de la subida y los pomares de abajo. y los pies descalzos llenos de polvo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Unjú. Vestía una camisa de listado sucia y de tela tan delgada que no le abrigaba. Uno de los enfermitos llamó. Te lo he dicho mil veces. —¡Qué día tan bonito. Una mujer se deslizó por la galería y se puso junto a don Pío. Corrió a la puerta. deshecha. Paso a paso. ya voy. Cristino seguía temblando. Hágame el favor. Don Pío le veía de espaldas. porque fuera de esa choza no tenía una yagua donde ampararse. Otra vez rumor de voces. Cristino se sujetaba el pecho con los dos brazos descarnados. Me ta subiendo. Señaló hacia Cristino. En un bohío La mujer no se atrevía a pensar. el peón empezó a cruzar la sabana. Mire que esa vaca se me va y puedo perder el becerro. —Malagradecidos que son. El hombre no contestó. Sentía que el frío iba dominándolo. que corría en el fondo del precipicio detrás del bohío. Y ahorita mismo le dí medio peso para el camino. con los ojos ansiosos. pero comenzó a ponerse de pie. Ella asintió con la mirada. el condenado viento de la loma. pero la lengua le pesaba. que parió anoche. sumida en una especie de letargo. ahí enfrente. Cristino. Levantaba la frente. Cristino? Tenía que responder. y adentro se vivía entre tierra y hollín. y ella entró a verlo. Resonaron pisadas arriba y Cristino pensó que don Pío iba a bajar. Todo aquel sol. o tal vez el río. y sabía también que no podía dejarlo. —Ello sí. temerosa de que nadie pasara. Con todo ese sol y las piernas temblándole.

Teo. —Yo lo vide. con los músculos del cuello tensos y los ojos duros. Taba ahí y me trujo un pantalón. 273 . un paño sucio en la cabeza y un viejo traje de listado– no podía apreciar ese olor. Todo eso se borró de golpe a la voz del hombre. Desde que nació había sido callado. tres. El cuartucho hedía a tela podrida. dos. El niño pareció dormitar y la madre se levantó para ver al otro. Cuando el hombre estuvo a pocos pasos. a una hora de camino. y los muchachos –la hembrita y los dos niños–. tan pequeños. mama? —No –negó–. Pensaba que cuando su marido volviera. La madre –flaca. allá abajo. montando caballo. Le dolía imaginar que Teo llegara y nadie saliera a recibirlo. el pecho y finalmente el caballo. hallaría sólo cruces sembradas frente a los horcones del bohío. Iba a derrumbarse. los frijoles y el tabaco se agitaban a la brisa de la loma. aquel condenado temporal. Tocaba la frente del niño y la sentía arder. hasta que los torrentes dejaron sólo piedras y barro en el camino y se llevaron pedazos enteros de la palizada y llenaron el conuco de guijarros y el piso de tierra del bohío crió lamas y las yaguas empezaron a pudrirse. los niños enfermos. los huevos. como los troncos viejos que se pudren por dentro y caen un día de golpe. se ponía en el lugar de Teo. Sin comprender por qué. Miró hacia la subida. y el agua estuvo cayendo. y ella no tenía con qué comprarle una medicina. pero algo le decía que sus hijos no podrían curarse en tal lugar. lo que le obligaba a distender las ventanas de la nariz. Su primer impulso fue el de entrar. ella le miró los ojos y sintió. no pudieron mantener limpio el conuco ni ir al monte para tumbar los palos que se necesitaban para arreglar los lienzos de palizada que se pudrían. Lo halló tranquilo. Era huesos nada más y silbaba al respirar. ¿no era taita? ¿No era taita. Aun en la oscuridad del aposento se le veía la piel lívida. La niña había salido temprano y no volvía. con las sienes hundidas. porque le dijeron que podía probar la propia defensa y que no duraría en la cárcel. ella no pudo seguir trabajando porque enfermó. El niño cerró los ojos y se puso de lado. De pronto vio un sombrero de cana que ascendía y coligió que un hombre subía la loma. la había mandado con media docena de huevos que pudo recoger en nidales del monte para que los cambiara por arroz y sal. como clavada. Había una serie de imágenes vagas pero amargas en la cabeza de la mujer: su hija. si era que algún día salía de la cárcel. Y la madre ojeaba el camino. Salió al alero del bohío. mama. Después llegó el temporal. una semana. después los hombros. Había mandado a la hembrita a Naranjal. porque se hallaba acostumbrada. sin sosiego alguno. Ahora esperaba. sólo la miraba con sus grandes ojos serenos. mama? Ella no se atrevía a contestar.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —Mama. Debajo del sombrero apareció un rostro difuso. llena de ansiedad. —Saludo –había dicho él. más que comprendió. Tu taita viene dispués. pero algo la sostuvo allí. —¿No era taita. Era el delirio de la fiebre lo que hacía hablar así a su hijo. que aquel desconocido estaba deseando algo. y el maíz. Pero mejor era no recordar esas cosas. Pero Teo se entregó. Esta vez no se engañaba: alguien. y de éste. La mujer no podía seguir oyendo. cayendo. cayendo día y noche. pero no se movía ni se quejaba. Sintió pisadas. Sentía que le faltaba el aire. Cuando él estuvo en el bohío por última vez –justamente dos días antes de entregarse– todavía el pequeño conuco se veía limpio. ni tablas ni techo. se acercaba. La mujer vio al hombre acercarse y todavía no pensaba en nada. y sufría.

El hombre entró preguntando: —¿Aquí? Ella cerró los ojos e indicó que hiciera silencio. que no podía andar. jijo. La niña sollozaba y no quería hablar. tendría dinero. ella extendió la mano y suplicó: —Déme algo. que sin duda estaba sola y que sin duda. Se volvió. Además. Tenía ganas de llorar y de estar muerta. Entró. y de pronto. asomó la cabeza y vio a los niños dormitar. llorando. arrimada al alero. —Unjú. hecha un haz de nervios. ella dijo: —Ta bien. muerta de vergüenza. Era pequeña. Minina? –preguntó la madre. —Yo no más tengo medio peso –aventuró él. comprendió que era un hombre y que la veía como a mujer. Ella pensaba: “Medio peso. con la cabeza metida en el pecho. La niña estaba allí. Y de súbito en esa cabeza atormentada penetró la idea de que ese hombre volvía de La Vega. El hombre se le acercó. más tarde. La madre perdió la paciencia. que tenía mirada de loca. medio peso perdío”. Era una mujer flaca y sucia. Seguía llorando. Entonces dio la cara al extraño y advirtió que hedía a sudor de caballo. dueña de sí. El hombre se tiró del caballo. mi muchacha… Váyase –dijo. respirando sonoramente. aquí –afirmó ella. después lo siguió mientras él se alejaba. Ardía el sol sobre el caminante y enfrente mugía la brisa. y justamente en ese momento ella sintió sollozos afuera. El hombre la midió con los ojos. medicinas. pasando el río… Se mojó el papel y na más quedó esto. sin bajar del caballo. huesos y pellejo nada más. Agarró la jáquina del caballo y se puso a amarrarla al pie del bohío. que los niños no estaban enfermos. 274 . que ardía como hierro al sol. con los ojos hinchados. sintió que se moría. y cuando lo vio tuvo que hacer un esfuerzo para darse cuenta de la situación. —¿Qué te pasó. deseaba a un hombre. desamarrar la jáquima y subir al caballo. —¡Diga pronto! —En el río –dijo la pequeña–. como los de los muertos. El hombre vio que los ojos de la mujer brillaban duramente. Con una angustia que no le cabía en el alma se acercó a la puerta del aposento. Tal vez llevaba comida. Tu taita viene dispués. recostada contra las tablas del bohío. alguito. —Vino la muchacha. —Mama –llamó el niño adentro– ¿No era taita? ¿No tuvo aquí taita? Pasándole la mano por la frente. quemada. La madre sintió que ya no podía más. dentre. —Déme alguito –insistía ella. El hombre perdió su recelo y pareció sentir una súbita alegría. Serena ya. Se sentía muy cansada y se arrimó a la puerta. En el puñito tenía todo el arroz que había logrado salvar. y si había ido a vender algo. que Teo llegaba. ella se quedó respondiendo: —No.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Sin saber cómo lo hacía. y sus ojos no acertaban a fijarse en nada. Salió a toda prisa. Con los ojos turbios vio al hombre pasarle por el lado. La mujer entró. ya vencido el peor momento. Había olvidado por completo al hombre. Su mirada debía cortar como una navaja. también. —Bájese –dijo ella.

Se había cortado el dedo la tarde anterior. se le muriera un día. Necesariamente debía salir al camino. encendía de noche para que el padre pudiera prepararles con rapidez harina de maíz o les salcochara plátanos. Luis Pie emprendió el camino. Luis Pie sentía a menudo un miedo terrible de que sus hijos no comieran o de que Miguel. en el dedo grueso de su pie derecho. a veces pegando el pecho a la tierra. con la frente sobre el brazo y la pierna sacudida por temblores–. y cuando la alzó de nuevo le pareció que había transcurrido mucho tiempo. Lo que debía hacer era buscar el rumbo y avanzar. Luis Pie se sentó en el suelo. Arrastrándose a duras penas. mas de pronto el instinto le hizo sacudir la cabeza. caminando sin cesar. andando a veces a gatas. la Gloria. Medio ciego por el dolor de la cabeza y la debilidad. con sus ojos cargados por la fiebre. —Ah… Pití Mishé ta eperán a mué –dijo con amargura. con su trocha medio kilómetro más lejos. por la zafra.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Luis Pie A eso de las siete la fiebre aturdía al haitiano Luis Pie. Luis Pie llegó de su tierra meses antes y se puso a trabajar. a su retorno del trabajo. pero el dolor había aumentado a tal grado que no podía mover la pierna. Y entonces sintió ganas de llorar. y el haitiano encendió otro. Un golpe de aire apagó el fósforo. luego a lo largo de todo el Cibao. Si él se perdía. —No. el mayor. hasta verse en la región de los centrales de azúcar. después recorriendo las soleadas carreteras del Este. donde tal vez alguien le ayudaría a seguir hacia el batey. después en la Josefita. Su rostro brillante y sus ojos inteligentes se mostraban angustiados ¿Habría perdido el rumbo debido al dolor o la oscuridad lo confundía? Temía no llegar al camino en toda la noche. golpes internos le sacudían la ingle. Luis Pie pegó la frente al suelo. Cuando volvió a levantar la cabeza ya no se oía el ruido del motor. en el cruce de la frontera dominicana. después quiso levantarse y andar. Para que no les faltara comida Luis Pie cargó con ellos desde Haití. junto a la hoguera consumida. buscando el fresco de la tierra. Allí estaba. Pero de pronto alzó la cabeza: hacia su espalda sonaba algo como un auto. 275 . a lo que se negó porque temía entregarse a la debilidad. El haitiano meditó un minuto. tenía un viejo Ford en el cual iba al batey a emborracharse y a pegarles a las mujeres que llegaban hasta allí. y como iba muy alegre. ta sien pacá –afirmó resuelto. al pisar un pedazo de hierro viejo mientras tumbaba caña en la colonia Josefita. no ta sien pallá. los niños le esperarían hasta que el sueño los aturdiera y se quedarían dormidos allí. Escudriñó la pequeña cortada. —Oh Bonyé! –gimió Luis Pie. al iniciarse la noche. Quería estar seguro de que el mal le había entrado por la herida y no que se debía a obra de algún desconocido que deseaba hacerle daño. Hubiera querido quedarse allí descansando. y en ese caso los tres hijitos le esperarían junto a la hoguera que Miguel. el dueño de la Gloria. Don Valentín acababa de pasar por aquella trocha en su estrepitoso Ford. primero a través de las lomas. como se le murió la mujer. pití Mishé va a ta esperán to la noche a son per. y que don Valentín Quintero. que era enfermizo. en busca de unos pesos. y no supo qué responderse. rayó un fósforo y trató de ver la herida. Esto ocurría el sábado. sobre las secas hojas de la caña. podría pasar una carreta o un peón montado que fuera a la fiesta de esa noche. Y siguió arrastrándose. Pero sí había pasado a distancia un motor. primero en la Colonia Carolina. Se trataba de una herida que no alcanzaba la pulgada. pero estaba llena de lodo. Además de que sentía la pierna endurecida. e ignoraba que detrás estaba otra colonia.

Todos gritaban insultos y se lanzaban sobre Luis Pie. acababa de aparecer un hombre a caballo. hasta que tropezó y cayó de bruces.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS pensando en la fiesta de esa noche. voces de mando y tiros. Al principio no comprendió. —¡Bonyé. que el auto pasaba junto al cañaveral. Echándose sobre las cañas. Quiso huir. Dando la mayor amplitud posible a su voz. Rápidamente levantó la cabeza. ayuda a mué. Se puso de rodillas y se preguntaba qué era aquello. gran Bonyé que ta ayudán a mué… En ese mismo instante la alegría le cortó el habla. tú salva a mué de murí quemá! ¡Iba a salvarlo el buen Dios de los desgraciados! Su instinto le hizo agudizar todos los sentidos. Pero de pronto oyó chasquidos y una llamarada gigantesca se levantó inesperadamente hacia el cielo. que se puede ir! Olvidándose de su fiebre y de su pierna. Volvió a pararse al tiempo que miraba hacia el cielo y mascullaba: —Oh Bonyé. La voz decía: —¡Por aquí. cuando encendió el tabaco. Luis Pie se quedó inmóvil del asombro. muchos de ellos a pie y la mayoría armado de mochas. no tomó en cuenta. Sin embargo siguió moviéndose. veía crecer el fuego cuando le pareció oír tropel de caballos. que está cogío! ¡Corran. irrumpiendo por entre las cañas. don Valentín dijo: —Esa Lucía es una sinvergüenza. iba con la esperanza de salir a la trocha cuando notó el resplandor. fuera de sí. corran! –demandó el hombre dirigiéndose a los que le seguían. Disparando ruidosamente el Ford se perdió en dirección del batey para llegar allá antes de que Luis Pie hubiera avanzado trescientos metros. con sus ojos desorbitados por el pavor. Se levantó y pretendió correr a saltos sobre una sola pierna. tratando de escapar. Iba cojeando. —¡Bonyé. las llamas avanzaban ávidamente. 276 . por aquí! ¡Corran. gran Bonyé. Mas el fuego se extendía con demasiada rapidez para que Luis Pie no supiera de qué se trataba. iluminando el lugar con un tono rojizo. que cayó encendido entre las cañas. como si tuvieran vida. Bonyé! –empezó a aullar. jamás había visto él un incendio en el cañaveral. Golpeando en la espalda al chofer. aquí ta mué. dando saltos. El haitiano temió que iba a quedar cercado. Trataba de llegar a la orilla del corte de la caña. el enemigo que le había echado el mal se valió de fuerzas poderosas. Lui Pié! ¡Salva a mué. buscó con los ojos la presencia de esos dominicanos generosos que iban a sacarlo del infierno de llamas en que se hallaba. Quienquiera que fuera. Luis Pie se incorporó y corrió. Tal vez esa distancia había logrado arrastrase el haitiano. gritó estentóreamente: —¡Dominiquén bon. pero sin saber verdad qué hacía. ¡pero qué hembra! Y en ese momento lanzó el fósforo. un salvador. sí señor. Pegado a la tierra. Inmediatamente aparecieron diez o doce. y más alto aún: —¡Bonyéeee! Gritó de tal manera y llegó a tanto su terror. Bonyé –clamó casi llorando–. Pero le pareció que nada podría salvarle. dominiquén bon! Entonces oyó que alguien vociferaba desde el otro lado del cañaveral. envueltas en un humo negro que iba cubriendo todo el lugar. La esperanza le embriagó. porque sabía que el corte empieza siempre junto a una trocha. pues a su frente. Aplicó el oído para saber en qué dirección estaban sus presuntos salvadores. —¡Aquí está. los tallos disparaban sin cesar y por momentos el fuego se producía en explosiones y ascendía a golpes hasta perderse en la altura. Luis Pie lo reconoció así y se preparó a lo peor. que por un instante perdió la voz y el conocimiento.

alzaba los brazos y pedía perdón por un daño que no había hecho. Y de pronto la voz de Luis Pie. mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. Después abatió la cabeza. to nosotro ta bien. yo ta bien. confiesa que prendiste candela! —Uí. le había echado encima a todos los terribles dioses de Haití. –afirmaba el haitiano. rogaba enternecido: —¡Ah dominiquén bon. ¿Qué había ocurrido? Luis Pie no lo comprendía. mon pití Mishé! ¿Tú no ta enferme. mon per! Y se quedó inmóvil. Pero como no sabía explicarse en español no podía decir que había encendido dos fósforos para verse la herida y que el viento los había apagado. salva a mué pa llevá manyé a mon pití! Una mocha cayó de plano en su cabeza. arrastrando su pierna enferma. con la ropa desgarrada y una pierna a rastras. hablando bien alto: —¡Sí. —¡Oh Bonyé. Después siguieron otros. asombrado de que sus hijos no se hallaran bajo el poder de las tenebrosas fuerzas que le perseguían. destacados por una hoguera que iluminaba adentro la vivienda. —¡Levántate. ¡Denle golpe. per. no pudo contener sus palabras. —¿Qué ta pasán? –preguntó Luis Pie lleno de miedo. y empezó a caminar de nuevo. estaban tres niños desnudos que contemplaban la escena sin moverse y sin decir una palabra. a golpes y empujones. dijo entre su llanto. sin mover un músculo. en el que apenas cabía un hombre y en cuya puerta. que apenas entendía el idioma. el haitiano se sintió capaz de levantarse. El que así gritaba era don Valentín Quintero. haciendo saltar la sangre. una voz llena de angustia y de ternura. no! –ordenaba alguien que corría–. pero él lo ignoraba.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —¡Hay que matarlo ahí mismo. después. bandolero. tú sé gran! –clamó volviendo al cielo una honda mirada de gratitud. Iba echando sangre por la cabeza. Aunque la luz era escasa todo el mundo vio a Luis Pie cuando su rostro pasó de aquella impresión de vencido a la de atención. pero no lo maten! ¡Hay que dejarlo vivo para que diga quienes son sus cómplices! ¡Le han pegado fuego también a la Gloria. Luis Pie. pero como no tardó en comprender que el espectáculo 277 . perro! –ordenó un soldado. y el acero resonó largamente. Se le veía que no podía ya más. debió seguir sin detenerse. no iba a luchar contra ellas porque sabía que era inútil. y él fue el primero en dar el ejemplo. ¡No. y que se achicharre con la candela ese maldito haitiano! –se oyó vociferar. Todavía cojeaba bastante cuando dos soldados lo echaron por delante y lo sacaron al camino. que estaba exhausto y a punto de caer desfallecido. Era tal el momento que nadie habló. salva a mué. Puesto de rodillas. Tardó una hora en llegar al batey. uí. pegó la barbilla al pecho para que no lo vieran llorar. Le encontraron en los bolsillos una caja con cuatro o cinco fósforos. —¡Canalla. que temía a esas fuerzas ocultas. El grupo se acercaba a un miserable bohío de yaguas paradas. Su poderoso enemigo acabaría con él. gimiendo. mon pití? ¿Tú ta bien? El mayor de los niños. todo el mundo vio el resplandor del interés en sus ojos. donde la gente se agolpó para verlo pasar. y Luis Pie. Con gran asombro suyo. Luis Pie. La gente que se agrupaba alrededor de Luis Pie era ya mucha y pareció dudar entre seguirlo o detenerse para ver a los niños. Le pegó al haitiano en la nariz. mientras Luis Pie. que tendría seis años y que presenciaba la escena llorando amargamente. se alzó en medio del silencio diciendo: —¡Pití Mishé. La primera arremetida de la infección había pasado. aunque a veces le era imposible sufrir el dolor en la ingle.

Hora y media más tarde el sol del día 24 alumbraba los campos y calentaba ligeramente a Encarnación Mendoza. Pero el chasquido del golpe no llegó a sonar. Tenía la mano demasiado adolorida por el uso que le había dado esa noche. donde estarían desde temprano consumiendo ron. Con esos centavos podía mandar a Mundito a 278 . y. Empezaba a sentirse tranquilo Encarnación Mendoza. mirando hacia el cielo y hasta ligeramente sonreído. Si cualquiera de los hombres que habitaban los bohíos de por allí bajaba aquel día para vender bastimentos en la bodega del batey y acertaba a verlo. además. que iba doblando una esquina. Pues aunque deseaba pegar. La muchacha llegó al grupo justamente cuando el militar levantaba el puño para pegarle a Luis Pie. porque tenía la seguridad de que había escogido el mejor lugar para esconderse durante el día. Pues a esa hora la madre de Mundito pensaba igual que el prófugo: nadie pasaría por las trochas en la mañana. En leguas a la redonda no había quien se atreviera a silenciar el encuentro. las familias que vivían en las hondonadas producían leña. El conocía bien el lugar. hablando a gritos y tratando de alegrarse como lo mandaba la costumbre. y aunque no se hablaba del asunto todos los vecinos de la comarca sabían que aquel que le viera debía dar cuenta inmediata al puesto de guardia más cercano. Durante un segundo esperó el ruido. Para su desgracia. y él se preguntaba si debía internarse en los cerros que tenía a su derecha o en el cañaveral que le quedaba a la izquierda. que yacía bocarriba tendido sobre hojas de caña. estaba perdido. Luis Pie había vuelto el rostro. decidió ir tras él. donde empezó a equivocarse fue al sacar conclusiones de esa observación. Pues como el día se acercaba era de rigor buscar escondite. razón por la cual pensó que la noche iba a decaer. La madre de Mundito tenía unos cuantos centavos que había ido guardando de lo poco que cobraba lavando ropa y revendiendo gallinas en el cruce de la carretera. Jamás sería perdonado el que encubriera a Encarnación Mendoza. y si Mundito apuraba el paso haría el viaje a la bodega antes de que comenzaran a transitar los caminos los habituales borrachos del día de Nochebuena. yuca y algún maíz. Sólo una muchacha negra de acaso doce años se demoró frente a la casucha. Y aunque no lloviera los hombres no saldrían de la bodega. como casi todos los años en Nochebuena. y uno de los soldados pareció llenarse de ira. En cambio. el soldado se contuvo. pero al fin echó a correr tras la turba. de haber tirado hacia los cerros no podría sentirse tan seguro. Anduvo acertado en su cálculo. a casi medio día de marcha. nadie había pasado por las trochas cercanas. y como estaba asustada cerró los ojos para no ver la escena. A las siete de la mañana los hechos parecían estar sucediéndose tal como había pensado el fugitivo. Pareció que iba a dirigirse hacia los niños. —¡Ya ta bueno de hablar con la familia! –rugía el soldado.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que ofrecía Luis Pie era más atrayente. sin duda para ver una vez más a sus hijos. que le quedaba al poniente. cuando comenzó el destino a jugar en su contra. Por otra parte la brisa era fresca y tal vez llovería. escogió el cañaveral. No podía darse cuenta porque iba caminando como un borracho. La Nochebuena de Encarnación Mendoza Con su sensible ojo de prófugo Encarnación Mendoza había distinguido el perfil de un árbol a veinte pasos. comprendió que por duro que le pegara Luis Pie no se daría cuenta de ello.

poco antes de las nueve. El caserío donde ellos vivían –del lado de los cerros. Encarnación Mendoza oyó la voz del niño ordenando al perrito que se detuviera. el niño era consciente de que si llevaba al cachorillo tendría que cargarlo casi todo el tiempo. Aunque lo hiciera pobremente. expuesto al peligro de que el muerto se molestara con sus ladridos y lo reventara apretándolo con las manos. pretendió adelantarse al muerto. Con su agudo ojo de prófugo. torpe de movimientos. Mundito iba acercándose cuando de pronto quedó paralizado: había visto al hombre. el niño sentía que desfallecía. y eso bastaba. En su miedo. El terror le dejó frío. que lo voy a llevar allí! Oyéranle o no. dando la espalda al lado por donde sentía el ruido. temblando. Mundito sentía que esa idea casi le autorizaba a disponer del perrito. pretendiendo saltar. y hacerlo en silencio para que el cadáver no se diera cuenta. era un cadáver. Mundito se detuvo un momento en medio del barro seco por donde en los días de zafra transitaban las carretas cargadas de caña. era grata la brisa y dulcemente triste el silencio. Entró como un torbellino. la mayor parte techadas de yaguas. fija la mirada en el difunto. a toda marcha. siquiera fuera comiendo frituras de bacalao. el niño Mundito pasaba frente al tablón de caña donde estaba escondido el fugitivo. sin pensarlo. al alcance de su mirada. Pero le parecía un crimen dejar a Azabache abandonado. pero quedaba uno “para amamantar a la madre”. Con sus nueve años cargados de precoz sabiduría. se cubrió la cara con el sombrero. bacalao y algo de manteca. Incapaz de irse sin el animalito e incapaz de quedarse allí. y cuando vio al fugitivo echado empezó a soltar diminutos y graciosos ladridos. El cielo se veía claro. tomó el animalejo en brazos y salió corriendo. mientras el perrillo reculaba y lanzaba sus pequeños ladridos. Al salir de la suya. Durante un segundo temió que el muchacho fuera la avanzada de algún grupo. Los dueños del animal habían regalado cinco. De súbito. él podía ver hasta donde se lo permitía el barullo de tallos y hojas. De otra manera no se explicaba su presencia allí y mucho menos su postura. jugando con las hojas de caña. El negro cachorrillo correteó. con el encargo de ir a la bodega. Sin intervención de su voluntad levantó una mano. Mundito estaba seguro de que el cadáver iba a levantarse de momento. y en él había puesto Mundito todo el interés que la falta de ternura había acumulado en su pequeña alma. Azabache se metió en el cañaveral. hasta que se perdió a lo lejos. en el camino que dividía los cañaverales de las tierras incultas– tendría catorce o quince malas viviendas. ¿Por qué ir solo. Encarnación Mendoza no tenía pelo de tonto. Porque ocurrió que cuando. lo mejor sería hacerse el dormido. radiante de luz que se esparcía sobre el horizonte de cogollos de caña. empréstame a Azabache. Y así empezó el destino a jugar en los planes de Encarnación Mendoza. En el primer momento pensó huir. donde seis semanas antes una perra negra había parido seis cachorros. y gateando para avanzar. al cual 279 . porque no podría hacer tanta distancia por sí solo. aburriéndose de caminar por trochas siempre iguales? Durante diez segundos Mundito pensó entrar al bohío vecino. Pero para él no era simplemente un hombre sino algo imponente y terrible. cansado. Llamándolo a voces.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS la bodega para que comprara harina. pegó un salto sobre el cachorrillo. Estaba clara la mañana. Era largo el trayecto hasta la bodega. quería celebrar la Nochebuena con sus seis pequeños hijos. corrió hacia la casucha gritando: —¡Doña Ofelia. o simplemente movido por esa especie de indiferencia por lo actual y curiosidad por lo inmediato que es privilegio de los animales pequeños. Para mayor seguridad. Allí. Rápidamente calculó que si lo hallaban atisbando era hombre perdido. no estaba el niño. ya él había pedido autorización.

y aunque el mismo Diablo hiciera oposición. durante la Nochebuena. Eso no había entrado en los planes de Encarnación Mendoza. El día de Nochebuena no podía contarse con el juez de La Romana para hacer el levantamiento del cadáver. pues debía andar por la Capital disfrutando sus vacaciones de fin de año. A las nueve de la noche podría salir. Era un impulso bestial el que le empujaba a ir. Al llegar allí. Escondiéndose de día y caminando de noche había recorrido leguas y leguas. desde las primeras estribaciones de la Cordillera. El propósito de Encarnación Mendoza era pasar la Nochebuena con su mujer y sus hijos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS agarró con nerviosa violencia por el pescuezo. obtuvo el mayor interés de parte de los presentes así como los datos que solicitó del muchacho. Con todo y ser tan limpio de sentimientos. era hombre perdido. una fuerza ciega a la cual no podía resistir. gritó señalando hacia el lejano lugar de su aventura: —¡En la Colonia Adela hay un hombre muerto! A lo que un vozarrón áspero respondió gritando: —¿Qué tá diciendo ese muchacho? Y como era la voz del sargento Rey. Era cosa de ponerse a pensar si el muchacho hablaría o se quedaría callado. Tenía que ir o se moriría de una pena tremenda. tal vez a las once y un cuarto. que se hacía lodazal en los tiempos de lluvia. tal vez llorando por él. cuando el cabo Pomares le faltó pegándole en la cara. y le veía cruzando el camino y le reconocía. pues fue el día de San Juan cuando ocurrieron los hechos que costaron la vida al cabo Pomares. a lo que pudo colegir Encarnación por la rapidez de los pasos. a punto de desfallecer por el esfuerzo y el pavor. Tenía ya seis meses huyendo. y nadie ignoraba que era hombre condenado donde se le encontrara. Acaso hubiera sido prudente alejarse de allí. En toda la región se sabía que él había dado muerte al cabo Pomares. y estaría en su casa a las once. Encarnación Mendoza comprendía que con el deseo de abrazar a su mujer y de contarles un cuento a los niños iba confundida una sombra de celos. por de pronto estaba seguro. ahí. ahogándose. Pero además necesitaba ver la casucha. que por no ofender no bebía y que no tenía más afán que su familia. Encarnación Mendoza estaba acostumbrado a hacer lo que deseaba. le partía el alma y le hacía maldecir de dolor. corrales y cortes de árboles o quema de tierras. No debía dejarse ver de persona alguna. impulsado por el terror. a él. Sin embargo valía la pena pensarlo dos veces. meterse en otro tablón de caña. cortándose el rostro y las manos. en la provincia del Seybo. cabeceando contra las cañas. rehuyendo todo encuentro y esquivando bohíos. Encarnación Mendoza pasaría la Nochebuena en su bohío. excepto de Nina y de sus hijos. Sabía lo que 280 . Pero el plan se había enredado algo. echó a correr hacia la bodega. Pero el sargento era expeditivo: quince minutos después de haber oído a Mundito el sargento Rey iba con dos números y diez o doce curiosos hacia el sitio donde yacía el presunto cadáver. la luz de la lámpara iluminando la habitación donde se reunían cuando él volvía del trabajo y los muchachos le rodeaban para que él los hiciera reír con sus ocurrencias. Sólo imaginar que Nina y los muchachos estarían tristes. porque si tenía la fatalidad de que alguien pasara por la trocha de ida o de vuelta. jefe de puesto del Central. Necesariamente debía ver a su mujer y a sus hijos. No debía precipitarse. El cuerpo le pedía ver hasta el sucio camino. Se había ido corriendo. sin un peso para celebrar la fiesta. y a seguidas. Y los vería sólo una hora o dos. nunca deseaba nada malo y se respetaba a sí mismo. y tal vez pensó que se trataba de un peón dormido. Sucediera lo que sucediera. caminar con cautela orillando los cerros. Por respeto a sí mismo sucedió lo del día de San Juan.

supiéralo o no Mundito. De todas maneras. Taba asina. Nemesio. El sargento clavó en el niño una mirada fija. Seguramente en la noche le saldría en la casa y lo perseguiría toda la vida. solamente le vide la ropa. Sin duda las cosas estaban poniéndose feas. y después hacia otros más. y ya iba atravesando la trocha para meterse en un tercero 281 . Cambiar de tablón en pleno día era correr riesgo. Porque a juzgar por las voces y el sargento se hallaban en la trocha. Feas para él y feas para el muchacho. en ese tablón de cañas no darían con el cadáver. ahí no hay nadie –terció el número Arroyo. Encarnación Mendoza comenzó a gatear con suma cautela. Ya le parecía estar viendo a Nina con su negro pelo caído sobre las mejillas. Encarnación Mendoza había cruzado con sorprendente celeridad hacia otro tablón. hacia uno vecino o hacia el de enfrente. Oyó la áspera voz del sargento: —¡Métase por ahí. “En ése” podía significar que el muchacho estaba señalando hacia el que ocupaba Encarnación. yo venía por aquí con Azabache –empezó a explicar Mundito– y lo diba corriendo asina –lo cual dijo al tiempo que ponía el perrito en el suelo–. Encarnación podía colegir que había varios hombres en el grupo que le buscaba. se hallaba aterrorizado. cuidándose de que el ruido que pudiera hacer se confundiera con el de las hojas del cañaveral batidas por la brisa. bastante asustado ya. Dependía de hacia dónde estaba señalando el niño cuando decía “ése”. sino de actuar. —Sí. temblando de miedo–. pues. Mientras se alejaba. Lo mejor sería descansar. muchacho? –preguntó el sargento. quienquiera que fuese. Solito. sargento. —¿Pero en cuál tablón. quédese por aquí! Se oían murmullos y comentarios. —¿Tú ta seguro que fue aquí. la boca carnosa. sin perder un minuto. empezaron a creer que era broma lo del hombre muerto en la Colonia Adela. con paso felino. en ése o en el de allá? —En ése –aseguró el niño. Rápido en la decisión. A su infantil idea de las cosas. el muerto se había ido de allí sólo para vengarse de su denuncia y hacerlo quedar como un mentiroso. Ese momento de la llegada era la razón de ser de su vida. La situación era realmente grave. que era él. su marido. que lo llenó de pavor. y él cogió y se metió ahí. de lao… —¿De qué color era el pantalón? –inquirió el sargento. maltratando los tallos más tiernos y cortándose las manos y los brazos. no podía arriesgarse a ser cogido antes. porque de lo que no había duda era de que ya había gente localizando al fugitivo. El momento. Despertó al tropel de pasos y a la voz del niño que decía: —Taba ahí. llamaría por la ventana de la habitación en voz baja y le diría a Nina que abriera.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS iba a hacer. y la camisa como amarilla. que yo voy por aquí! ¡Usté. aquí era –afirmó Mundito. tal vez en un punto intermedio entre varios tablones de caña. —Mire. los ojos oscuros y brillantes. dormir. y tenía un sombrero negro encima de la cara… Pero el pobre Mundito apenas podía hablar. Porque cuando el sargento Rey y el número Nemesio Arroyo recorrieron el tablón de caña en que se habían metido. agachado. no era de dudar. sargento. Había que salir de allí pronto. Tenía un sombrero en la cara. escalofriante. Pero el número Solito Ruiz interrumpió la escenificación de Mundito preguntando: —¿Cómo era el muerto? —Yo no le vide la cara –dijo el niño. —Son cosa de muchacho. con ganas de llorar. —Azul. la barbilla saliente. y no vieron cadáver alguno.

respirando sonoramente y tratando de mirar hacia todos los ángulos a un tiempo. Pero no se hallaba seguro y seguía pasando de tablón a tablón. sólo un momento. y una voz proclamó a todo pulmón: —¡Allá va. excitados. sin que los cazadores supieran qué pieza perseguían. ta aquí! –gritó señalando hacia el punto por donde se había perdido el fugitivo–. Al cruzar una trocha fue visto de lejos. Del batey iban saliendo hombres y hasta alguna mujer. sino tres números y como nueve o diez peones más. viejo en su oficio. se habían vuelto al oír la voz del chiquillo. con el perrillo bajo el brazo. Llegaron no dos. allá va. corriendo por las trochas. y en la bodega no quedó sino el dependiente. Encarnación Mendoza sabía ya que estaba más o menos cercado. Su miedo lo paró en seco al ver el dorso y una pierna del difunto que entraban en el cañaveral. Repartidos en grupos. Y así empezó la cacería. y se corría de un tablón a otro. el fugitivo se atenía a su instinto y a su voluntad de escapar. buscando aquí y allá. ahogándose. hacia donde señalaba el peón que había visto el prófugo. el revólver en la mano. todos un poco bebidos y todos excitados.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS cuando el niño. dado que la ropa era la que había visto por la mañana. Estaba ya a tanta distancia de ellos que si se hubiera quedado tranquilo hubiese podido esperar hasta el oscurecer sin peligro de ser localizado. preguntando a todo hijo de Dios que cruzaba si “ya lo habían cogido”. ¡Rodiemo ese tablón ni una ve! –gritó. los perseguidores corrían de un lado a otro dándose voces entre sí. huyendo con la velocidad de una sombra fugaz. No podía ser otro. —¡Que vaya uno al batey y diga de mi parte que me manden do número! –ordenó a gritos el sargento. Nerviosos. sargento. algo hay. corrían y corrían. esquivando el encuentro con los soldados. —¡Ta aquí. recomendándose prudencia cuando alguno amagaba meterse entre las cañas. pasaba corriendo. lo cual entorpecía los movimientos. —Cosa de muchacho –dijo calmosamente Nemesio Arroyo. y no dio tiempo al número Solito Ruiz para apuntarle su fusil. Encarnación se dejó ver sobre una trocha distante. despachado por el sargento. pues era arriesgado tirar si gente amiga estaba al otro extremo. Pasó el mediodía. él pensaba que el registro del cañaveral obedecía al propósito de echarle mano y cobrarle lo ocurrido el día de San Juan. las pequeñas nubes azul oscuro que descansaban al ras del horizonte empezaron a crecer y a ascender cielo arriba. A la distancia se veían pasar de pronto un soldado y cuatro o cinco peones. y a seguidas echó a correr. era suspicaz: —Vea. Pero el sargento. los cazadores del hombre apenas lo notaban. disparando sobre las cañas. y se parece a Encarnación Mendoza! ¡Encarnación Mendoza! De golpe todo el mundo quedó paralizado ¡Encarnación Mendoza! —¡Vengan! –demandó el sargento a gritos. lleno de lástima consigo mismo por el lío en que se había metido. y con él los soldados y curiosos que le acompañaban. Lentamente. Sólo que a diferencia de sus perseguidores –que ignoraban a quién buscaban–. y aunque los crecientes nubarrones convertían en sofocante y caluroso el ambiente. Era poco más de media mañana. pegando voces. El sargento. Sin saber a ciencia cierta dónde estaban los soldados. zigzagueando. Era ya cerca de mediodía. se dispersaron en grupos y la cacería se extendió a varios tablones. ¡Dentró ahí! Y como tenía mucho miedo siguió su carrera hacia su casa. 282 . cada militar iba seguido de tres o cuatro peones. sargento.

un tiro certero le rompió la columna vertebral al tiempo que cruzaba para internarse en la maleza. Se revolcaba en la tierra. sin duda más temprano que de costumbre por efectos de la lluvia. Varios peones. si lo llevaba al batey tendría que coger allí un tren del ingenio para ir a La Romana. Oscureció del todo. aunque tenía los dientes destrozados por un balazo de máuser. El sargento quería algo más. Estaba muerto Encarnación Mendoza. Este resoplaba y hacía esfuerzos para trotar entre el barro. O simplemente aludía al cabo Pomares. El sargento no quería perder tiempo. estorbándose los unos a los otros. Serían más de las siete. cuando el aguacero pesado hacía sonar sin descanso los sembrados de caña. pasan con frecuencia vehículos y él podría detener un automóvil. antes de llegar al primer caserío. el sargento ordenó la marcha bajo la lluvia. cuando recibió catorce tiros más. pasadas ya las cuatro. razón por la cual la marcha se tornó lenta. Conservaba las líneas del rostro. y eso. y con la oscuridad el camino se hizo más difícil. —¡Búsquese un caballo ya memo que vamo a sacar ese vagabundo a la carretera! –dijo dirigiéndose al que tenía más cerca. la mayor parte del tiempo en silencio aunque de momento la voz de un soldado comentaba: —Vea ese sinvergüenza. —Sí.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Encarnación Mendoza no era hombre fácil. Cubiertos sólo con sus sombreros de reglamento al principio. que no podemo seguir mojándono. Pero a eso de las tres. Pues al sargento no le bastaba la muerte de Encarnación Mendoza. y al instante urdió un plan del que se sintió enormemente satisfecho. y como el tren podría tardar mucho en salir llegaría a la ciudad tarde en la noche. que ya empezaba a formarse. y apenas llovía entonces. cuando la lluvia arreciaba más. los soldados echaron mano a pedazos de yaguas. podía llevarlo ese mismo día a Macorís y entregarle ese regalo de Pascuas al capitán. de hojas grandes arrancadas a los árboles. o se guarecían en el cañaveral de rato en rato. Así. pues los soldados iban disparándole a medida que se acercaban. en el camino que dividía el cañaveral de los cerros. tal vez demasiado tarde para trasladarse a Macorís. No resultó fácil el camino. Era día de Nochebuena y él había salido de la Cordillera a pasar la Nochebuena en su casa. vivo o muerto. que estaba hacia el poniente. el muerto resbaló y quedó colgando bajo el vientre del asno. Si él sacaba el cadáver a la carretera. manando sangre. Comenzaba a llover. cuando un cuarto de hora después se vio frente a la primera casucha del lugar. En la carretera las cosas son distintas. no en el batey. Y el sargento estaba pensando algo. y al hablar observaba a los hombres que se afanaban en la tarea de librar el cadáver de cuerdas. La lúgubre comitiva anduvo sin cesar. cuando uno de los peones dijo: —Allá se ve una lucecita. a los que escogió para que arrearan el burro. ordenó con su áspera voz: —Desamarren ese muerto y tírenlo ahí adentro. Y justamente entonces empezaban a caer las primeras gotas de la lluvia que había comenzado a insinuarse a media mañana. cuya sangre había sido al fin vengada. colocaron el cadáver atravesado sobre el asno y lo amarraron como pudieron. hacer bajar la gente y meter el cadáver o subirlo sobre la carga de un camión. esto es. No apareció caballo sino burro. a más de dos horas del batey. Decía esto cuando la lluvia era tan escasa que parecía a punto de cesar. Seguido por dos soldados y tres curiosos. del caserío –explicó el sargento. Cuando el cuerpo estuvo suelto llamó a la puerta de una casucha justo a tiempo para que la mujer que 283 . si bien por entonces no con fuerza. Tres veces.

Joquito no tardó en dejarse ver. pero se negó resueltamente a que Joquito bajara con ellas. sangre y lodo. pegado a las lomas. Joquito. Aconsejado por ellos. Bramó también unas cuantas veces al día siguiente. a la hora de las dos luces. Al tropezar con los perros se detuvo un momento y miró en semicírculo. Avanzaba en una carrera de paso parejo. se quedó solo en el potrero: Estuvo inquieto toda la tarde y pasó la noche bajo un memizo. Estudiaba la situación. donde no había más reses que las ventanitas de don Braulio. y para eso salió don Braulio con sus peones y unos cuantos perros. noticia que produjo alguna confusión. Las infelices mugían y se acercaban a las puertas del potrero. ladeándose con gracia juvenil. que oían a las reses bramar. los niños salieron de la habitación. un toro como Joquito era una amenaza para todo el vecindario. Poco antes del amanecer don Braulio oyó a los perros que ladraban en forma agitada muy cerca de la casa. chorros impetuosos arrastraban piedras y levantaban un estrépito que asustaba a las vacas. como rogando que las sacaran de ese sitio. más tarde. lo que indicaba que corría el campo sin cesar y de seguir así no tardaría en saltar sobre la alambrada. y tenía los dientes destrozados por un tiro. Joquito no parecía dispuesto a volver por 284 . mi mama! ¡Ese fue el muerto que yo vide hoy en el cañaveral! El funeral Cuando empezaron a caer las lluvias de mayo el agua fue tanta que se posó en los potreros formando lagunatos. de manera que había que encerrarlo en el potrero cuanto antes. Al iniciarse la noche se oyó el toro hacia el fundo del potrero. el cuerpo de Encarnación Mendoza. como si hubieran olido a Joquito. decían que pronto se les resblandecerían las pezuñas. sin embargo no desesperó hasta el atardecer. Llevaban media hora de marcha y los hombres iban charlando alegremente. que no le era favorable porque no había salida sino hacia atrás. cerca del camino real. bramando de cuando en cuando. y encabezaba el grupo. y hacía retumbar la tierra bajo sus patas. sus ojos cobraron de golpe la inexpresiva fijeza de la locura. lo que le daba a su rostro antes sereno y bondadoso la apariencia de estar haciendo una mueca horrible. lanzándose a las faldas de la madre. que sin duda correteaba alegremente por el camino real. con las cabezas altas. m’shijo. don Braulio dispuso que llevaran las vacas hacia las cercanías de la casa. a poco oyó un bramido corto y el sordo trote de la bestia. Con efecto. Los entendidos en ganado. hasta que a tres pasos paró y corrió desolada sobre el cadáver al tiempo que gritaba: —¡Ay m’shijo. los perros comenzaron a ladrar y a correr hacia el frente. pues. de pronto una mujer gritó que el toro venía sobre ellos. sin duda convencido de que sus compañeras no regresarían. La mujer miró aquella masa inerte. se han quedao guérfano… han matao a Encarnación! Espantados. tirado como el de un perro. El muerto estaba empapado en agua. Despeñándose por los flancos de la loma. atropellándose. verdadera joya entre caballos. Don Braulio montaba su potro bayo. Suelto en aquel lugarejo. Entonces se oyó una voz infantil en la que se confundían llanto y horror: —¡Mama. y llevándose una mano a la boca comenzó a retroceder lentamente. lanzó bramidos tan dolorosos que hicieron ladrar de miedo a todos los perros de la comarca.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS salió a abrir recibiera sobre los pies. Como en un frenesí.

Entre los gritos de los peones resonaron cinco disparos. don Braulio se sentía humillado. Así. don Braulio sacó su revólver y disparó. el choque fue inevitable. cuya nariz iba rozando el suelo. En eso. y era un milagro que a medio día Joquito siguiera vivo. en el término de media hora: una en el arrozal del viejo Morillo. Algunos vecinos se habían unido a la persecución y los perros acezaban. desde la loma hasta el fundo de Morillo. Desde el suelo. Don Braulio volvió a pasar frente al animal. en cuyo jardín entró. Dos veces más se repitió el caso. más allá del arroyo. y éste. De súbito el caballo salió disparado y cayó sobre las espinosas mayas que orillaban el camino. Los perros se envalentonaron. Joquito pareció llenarse de una diabólica alegría. sólo pedía libertad para correr a su gusto y para comer lo que le pareciera. adonde había sido lanzado. que durante unos segundos interminables vio cómo Joquito mantenía en el aire al bayo. arremeter ciegamente con la cola erecta. El cansancio. haciendo llorar de miedo a los niños y asustando a las mujeres. y de su vientre salió un chorro de sangre que parecía negra. fueteándole las ancas. Don Braulio pensó que tendría que matar al toro. donde Joquito batió la tierra y confundió las espigas con el lodo. Joquito se volvió a ellos. y en viendo al toro comenzaron a ladrar de nuevo. Joquito caminó. Joquito se detuvo en seco. Al ver ante sí un hueco abierto. A las dos de la tarde. de brillante pelamen. cansados. molidos. Los hombres se habían quedado inmóviles. pero no con espíritu agresivo. Los peones vieron esa mole rojiza. Pero don Braulio era un viejo duro. mientras don Braulio hacía esfuerzos por sujetarse al pescuezo de su caballo. 285 . después dobló las rodillas. Joquito no dudó un segundo: con la cabeza baja. Apareció el toro. y del golpe echó abajo un lienzo de tablas. De súbito pateó la tierra. la idea de todos los daños que tendría que pagar. que le salía por la nariz y se confundía con el lodo del camino. los peones pedían reposo para comer. destrozó la yuca y malogró un paño de maíz tierno. Don Braulio ladeó su bayo y eludió el encuentro. con pasos cada vez más tardos. y quizá hasta el hambre. El animal había perdido otra vez la cabeza. bajó la testuz y lanzó un bramido retumbante. Plantado en su caballo. tornó a ramonear. Joquito giró violentamente y en rápida embestida atacó a sus perseguidores. El golpe paralizó a la peonada. le encolerizaron a tal punto que espoleó al bayo sin tomar precauciones. Por lo visto Joquito no quería luchar. la vergüenza de haber fracasado. y diciendo algunas palabras bastantes puercas se adelantó hacia el animal. se metió en el conuco y en menos de un minuto tumbó dos troncos jóvenes de plátano. otra en el bohío de Anastasio. arremetió con todo su peso. se lanzó con tanta fuerza sobre la sombra del caballo que fue a dar contra la palizada del conuco de Nando. el toro se llenaba de ira y rascaba la tierra con sus patas delanteras. desde la Cortadera hasta el Jagüey. Nando se lamentaba a gritos y don Braulio pensaba cuanto iba a costarle esa tropelía de su toro. La cola parecía saltarle de un lado a otro. ramoneaba tranquilamente a lo largo del camino. sudados. moviéndose con la mayor naturalidad. fuera de sí. y en señal de que los menospreciaba. de un bohío cercano alguien gritó que Joquito llegaba.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS donde había llegado. Pero los perros estaban de caza. Como los peones gritaban y le tiraban sogas al tiempo que los perros lo atormentaban con sus ladridos. Pero también don Braulio había perdido la suya. pegó el pescuezo en tierra y pareció ver con indecible tristeza su propia sangre. Habían recorrido a paso largo todo el sitio. y uno de ellos llevó su atrevimiento hasta morderle una pata. —¡Ahora veremos si somos hombres o qué! –gritó don Braulio. que hizo huir a los perros. Con graves ojos.

Los perros se hartaron con los pedazos inservibles de la víctima. bueyes. y de algún lugar no lejano salió otro. venteó. —Horita ta esto cundío de toros –dijo. Los niños de la casa no se atrevían a moverse. olió el lodo y revolvió el fango con patas pesadas. así eran. que hicieron lo mismo que las otras tres. Cuando lo conducían hacia la casa. porque se sujetaba las caderas y tenía la cara descompuesta. apenas respiraban. Entonces se arrimó a la puerta un viejo campesino y se puso a observar los matorrales. abriendo los hoyos de la nariz. y el toro volvió hacia allá sus desolados ojos. En alocada carrera. También ella gritó. cargó de pesadumbre los cuatro vientos. los niños llenaron los vanos de las puertas. vacas. Una vaca pasó al trote y fue a juntarse con el toro y la vaca que daban vueltas en el lugar donde había caído Joquito. por lo menos durante un rato. Olían la tierra. En efecto. Seguía cayendo fina y susurrante la llovizna. Media hora después. dijo: —Desuéllenlo ahí mismo. La gente se asomaba a la puerta a ver qué sucedía. a agitarse. caminó con el pescuezo alargado. olió y lanzó un doliente quejido. aunque tuviera que caminar horas y horas. —Son asina esos animales –dijo. ¿De dónde salían las que llegaban. Debió sufrir golpes. Ahí pareció terminar todo. Juntando los cuernos parecían hacerse preguntas sobre lo que había ocurrido allí. nunca visto en el lugar. Y de pronto llegaron por caminos insospechados seis o siete reses más. Allí. estuvo un momento. y tornaban a quejarse. ¿De dónde salían tantas reses? Ya había más de docena y media. olfateando. resonaban los angustiosos gemidos de las bestias. era llevada a la cocina de don Braulio. y una hora más tarde la carne del toro. las dos reses empezaron a patear. no había vacas ni toros. Un toro negro. y cuando se acercaban las cuatro de la tarde nada parecía haber sucedido y nada indicaba que Joquito había sido muerto y descuartizado en el camino real. como forzadas. pues? El viejo campesino explicó que cuanta res oyera aquellos bramidos iría al sitio. Extrayendo los cuchillos de las cinturas. Por los lados de la loma respondió otro bramido. gemían y se restregaban los 286 . no detenía la marcha de otras que se veían llegar a lo largo de los callejones. novillas. a mover las colas con apenada lentitud. al cabo alzó otra vez la cabeza. varios hombres se lanzaron sobre Joquito. Parecía esperar algo. y el agua borró el último rastro de la sangre de Joquito. oliendo el lodo. y a poco empezaron todas a bramar a un tiempo. y la lluvia. pegó el hocico en tierra. Pero de pronto resonó en la vuelta del camino un bramido lleno de tristeza y de ira a la vez. Juntas ya. Tornó a lloviznar. a cruzar los pescuezos entre sí. Daban vueltas y vueltas y vueltas. y con la excepción de las reses de don Braulio. toretes y becerros se amontonaban en el sitio donde cayó Joquito. era desconocida en el lugar e igual que él se acercó. Aquel lugar no era sitio de ganadería. y tornó a bramar como antes. De pronto vieron aparecer una vaca gris. buscando. y ninguna faltaría a la cita. donde las mujeres colocaban cataplasmas en las caderas del amo. como ciegas. apareció por el recodo. En el aposento de don Braulio. Algunos peones corrieron para ayudar a don Braulio a ponerse de pie. impresionante. Pero no era Joquito. Inesperadamente reventó cerca otro potente bramido. y con un grito angustioso. porque les pareció que el propio Joquito bramaba desde más allá de la vida. partida en grandes piezas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Hasta los perros callaron. que engrosaba a medida que la tarde caía. después caminó más. Igual que el toro. Era el velorio de un hermano.

otras se cortarían con las púas de los alambres. y tendrían que trepar lomas. por qué le habían asesinado. Pero no importaba lo que pudieran sufrir. a los cielos y al camino qué habían hecho de su hermano. —Unjú. Se hacían más roncos sus gritos de dolor. Pareció que la noche iba a hacerse de golpe. los balidos de los pequeños se confundían en una imponente música funeral. que algunas de esas reses se estropearían con las raíces y los tocones. después fue debilitándose. toros enormes que sin duda habían roto las alambradas de sus potreros. se oía uno que otro bramido perdido. finas novillas hendían las yerbas de los pastos y se dirigían al lugar de la tragedia. más de las cinco y el día lluvioso iba a ser corto. el grupo seguía mugiendo y cada vez se enardecía y se desesperaba más. Y el viejo campesino pensó con satisfacción en la ventaja de ser hombre. y al fin. más lejano a medida que transcurrían los segundos y a medida que la noche crecía. rompieron en un impresionante crescendo final. habían ido al funeral de Joquito. los quejidos de las vacas. Los quejidos fueron oyéndose cada vez más y más distantes. primero en comenzar el funeral de Joquito. Atravesando arroyos. en forma de nube sonora que oprimía los corazones. y que debían recorrer grandes distancias para llegar a la cita. ni sus amigos. que nadie sabía para donde iban. 287 . atropellándose con majestuosa lentitud. Eran. los caballos de la vecindad erizaban las orejas y se quedaban temblando. y resonaban bajo ella los roncos gemidos de los bueyes viejos. qué justicia tan bárbara era la de los hombres. como si un maestro invisible los hubiera dirigido. Hollaban el lodo con sus pezuñas y parecían preguntar llenos de dolor. echando a rodar las piedras. Inesperadamente. Con su pesado andar. El viejo campesino pensó que muchos de los bueyes que llegaron allí andarían toda esa noche sin descanso. y quién sabía a cuántas les caerían gusanos en las heridas que recibirían esa noche. Habían cumplido su deber. Había pasado ya más de una hora desde que llegó el toro negro. Cansados de llorar. cada vez parecía ser menor el número de los que gritaban. Porque ni él. dónde estaba su hermano. y los perros buscaban abrigo en los rincones de los bohíos. y el imponente lloro ascendió a los cielos y flotó allá arriba. que muchas vacas y novillas cruzarían arroyos y lodazales en busca de sus querencias. El crescendo se mantuvo un rato. llegaban para llorar por aquel que no habían conocido. la removían y la olían. como reclamando la sangre de Joquito que ella se había bebido. un minuto más tarde comenzaba a dispersarse todo aquel concierto acongojador. los animales. cuando la oscuridad empezaba a adensarse. que ya se insinuaba. a los montes. y al cabo de otro minuto más sólo se oía en la distancia el bramido de algún toro que abandonaba el lugar. Desde las vueltas distantes de los callejones seguían saliendo compañeros. Lo dijo así él. Iban y venían de una a otra orilla del camino. de su vigoroso y bravo compañero. desde las lomas descendían viejos y graves bueyes cargadores de pinos. Asustados por aquel concierto lúgubre.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS unos a los otros. antes de que se produjera tal golpe. sin conocerlo. Las reses son asina. Los bramidos de los toros. pues. por un corte súbito de la escasa luz que todavía quedaba sobre el mundo. —¿Sin conocerlo? –preguntaron los niños. ni nadie en fin perdía su sueño a causa de que en un camino real cayera muerto un señor desconocido. Mientras crecía sin cesar. y parecían preguntar a la noche. los toros empezaron a remover la tierra con sombría desesperación.

con verdadera indiferencia. eso sí. Había dispuesto llevarle ese regalo a Emilia y ya nada podía evitar que lo hiciera. animal que nada tenía de marino. visto que el ave lograba avanzar unos pasos hacia estribor. En esos instantes se demudó. estando solo a bordo. y desde luego llegar a las corrientes de los canales completamente agotado. y Juan de la Paz se vio súbitamente lanzado al agua. la paloma debió haber recibido un golpe en el ala izquierda. Aunque estaba hecho a pensar con la rapidez del rayo quedó aturdido durante algunos segundos. La maniobra salió limpia.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Rumbo al puerto de origen Habiendo hecho sus cálculos con toda corrección. el movimiento de la balandra le llevó a sacar todo el cuerpo fuera del casco. seis horas alejados de la tierra más cercana. Juan de la Paz maniobró para girar en redondo y situarse de manera que él quedara a babor. que la había 288 . clavó mano en el ave. Así. y fue después de tenerla sujeta cuando volvió atrás los pequeños y pardos ojos. la balandra se alejaba al favor de la brisa. incapaz de comprender lo que estaba sucediendo. En su imaginación veía a la niña echándole los brazos al cuello en prenda de gratitud. en absoluto ajeno a la idea de que. si bien lo hizo maquinalmente. y ésta era su único haber en el mundo. y tal vez dándole un beso. En relampagueante fracción de tiempo el hombre sintió la muerte triturándole el alma y un tumulto de ideas le asaltó de improviso. al iniciarse la noche. pero su resultado no pudo ser peor. la balandra viró y enderezó hacia la paloma. Pues moviéndose a velocidad asombrosa. le ocurriría caer al mar a causa de estar persiguiendo una paloma. Gentilmente. El cambio de luces del atardecer daba al momento una ominosa solemnidad de cementerio. minutos más. Con la acostumbrada rapidez de toda su vida el solitario navegante pensó que estaría herida y que sería un buen regalo para Emilia. favorecido por una suave pero sostenida brisa que soplaba desde el este. Podía dirigirse hacia la cayería. A Juan de la Paz le habían sucedido muchos y graves contratiempos. minutos menos. y en la costa del Golfo y en la Isla de Pinos todo el mundo sabía que había estado veinte años en presidio. El mar había sido un plato y probablemente seguiría siéndolo toda la noche. acaso a los caimanes. Cuando pensó tomar una decisión se acordó de la paloma. entonces vio. Así se explica que a Juan de la Paz le resultara fácil ver. en pos de Punta del Este. el aleteo de la paloma sobre el agua. Eso pasó. aprovechada en toda su extensión por la brisa. Pero jamás pensó él que en un atardecer tan plácido. Juan de la Paz llegó a la altura de Punta del Este a las seis de la tarde. Un segundo después de haber visto tal cosa Juan de la Paz comprendió que no podría alcanzar su embarcación y que él y la paloma estaban solos en medio del mar. y sin demorar un segundo maniobró para acercarse al ave. Pero Juan de la Paz no se preocupó. pues sobre ese lado se debatía sin cesar moviendo con loco impulso la derecha y levantando la pequeña cabeza. Con efecto. Pues ocurrió que impulsada por la sostenida brisa del este la balandra se alejó unos palmos de la paloma precisamente en el momento en que Juan de la Paz abandonaba vela y timón para inclinarse sobre el agua en pos del ave. a la pálida y agobiante luz de la hora. Podía tratar de nadar hacia Isla de Pinos. El terror de aquel animal de tierra y aire abandonado a su suerte en el mar era de tal naturaleza que cuando advirtió la proximidad de la balandra pretendió saltar para alejarse. pero entonces se alejaría más de la balandra. la vela resultaría batida con inesperada fuerza. firme y gallarda como si la tripulara el diablo. rumbo noroeste franco. sin embargo eso significaba exponerse a los tiburones.

A ratos se acordaba de la paloma. del todo solo en la inmensidad del mar. Juan de la Paz nadaba con economía de esfuerzos. le abrumaba. desatada dentro de su atormentada cabeza. El miedo. sin embargo a la vez la luna lo llenaba de pavor porque se decía que la claridad favorecía la posibilidad de que los tiburones le vieran de lejos. le pareció ver una luz en el horizonte. aquí!”. para descansar un poco y observar la luna. las rojas patas encogidas y desordenadas las plumas de la cola. flotando panza arriba bajo la luna. pero no era joven ya. le invadió por dentro y trastocó del todo sus ideas. Jadeante. fue acostumbrándose a su nueva situación. tal vez a varias millas. sin acabar de hundirse. allá. Sentía el corazón golpeándole desusadamente y resolvió flotar un rato bocarriba. había una luz! Fuera de sí cambió el rumbo y empezó a nadar de prisa. Y era curioso que en esa lucha por salvar la vida. cogido por un salvaje impulso de vida. Mas a eso de las once. Esforzándose a más no poder trataba de dar saltos para dominar más distancia. pues a partir de tal momento comenzó a luchar como un loco para sobreponerse al miedo y para salvar la vida. De improviso su estado de ánimo cambió. muerta ya. la imagen de la paloma. pero cuando se sintió desnudo le aterrorizó la idea de que en llegando a aguas bajas una barracuda lo dejara inútil como hombre. y pensó que gracias a su luz algún pescador solitario podía verlo y rescatarlo. Poco a poco –y esto es lo cierto–. Así. La luna. de vapor o de algún bote pescador. aquí. a la distancia. De golpe comenzó a gritar. un cuarto de hora después Juan de la Paz reanudaba su marcha. abandonada. y pensaba que acaso había derivado a favor de la corriente. de gritos que se perdían en la tremenda soledad líquida. y cobró instantáneo reposo. Pero le era imposible sobreponerse al horizonte y ver casco alguno de barco. acaso influyera en ello el ejercicio. Por ejemplo. la tierra más cercana–. temió que la ropa le estorbara. un ala rota y la otra extendida. y otros muchos que no sabía distinguir. en medio de brincos imposibles. sobre todo. mientras al favor de la posición de la luna mantenía el rumbo hacia Cayo Largo –a sus cálculos. Pero he aquí que de súbito Juan de la Paz se dijo a sí mismo que estaba perdiendo el juicio. Hecho al mar. de esa manera se recuperaría y a la vez recuperaría el rumbo. No había tal barco. de mezcla delirante entre esperanza y pavor. cada vez más de prisa. y nadie más que él era responsable de su vida. siluetas de peces que saltaban alrededor suyo a cierta distancia. nadando lenta pero firmemente hacia Cayo Largo. iluminaba ya la vasta extensión de agua. que estaba en el horizonte al caerse de la balandra.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS apretado sin darse cuenta con dedos de hierro y que la pobre ave herida agonizaba entre temblores. una vez y otra vez y otra más. con bastante frecuencia. ¡Sí. quiso levantarse sobre el agua. En la terrible lucha por salvar la vida su instinto animal era capaz de sobreponerse a todo. En ese instante –cosa rara– sintió acumulados todos los miedos que había ido dejando según avanzaba. Hasta poco antes le había sido fácil ver. ansioso. los brazos y las piernas abiertos. tal vez la oscura idea de que mientras el mar se mantuviera tranquilo podría nadar sin alterar el lento pero seguro ritmo que había logrado imponerse a sí mismo. ahora 289 . a lanzar estentóreos “¡aquí. él estaba solo. A medianoche alcanzó a ver rojizos y cárdenos reflejos ante sí. distinguir si era de goleta. a medida que pasaba el tiempo y comprobaba que ninguno de sus temores se cumplían. a la vez un pesado olor de petróleo se imponía al yodado del mar. con una voz que chillaba a efectos del terror y que cada vez iba siendo menos audible. ni cosa parecida. surgiera de pronto. sobre el mar. Una especie de oleada de locura. y temía agotarse antes de tocar tierra. y Juan de la Paz quería reconocerla a cada nueva aparición. Por momentos aquella luz fulgía lejos. Y esa fue su última sensación consciente. se la quitó y la fue abandonando tras sí.

lo cual tuvo buenos y malos resultados. Serían las tres. anduvo como un ciego algunos pasos y se dejó caer sobre un arenazo. tan pronto el calor del sol pegara en el petróleo que se había incrustado en el nacimiento de cada uno de los pelos que le cubrían el cuerpo. Donde se hallaba no podía tener esperanza de rescate. Aquello podía ser lodo. maltratándose los pies con los tallos de los nacientes mangles. Juan de la Paz echó a andar hacia afuera para recorrer. Juan de la Paz conocía uno por uno todos esos cayos. había llegado. y más allá de prolongados bajíos. o cosa así. agua fresca. el que tenía agua dulce y el que no. por fin. podía ser vegetación marina. a las marismas de Cayo Azul. adoloridos los ojos a causa del esfuerzo hecho para ver si ante su paso pululaban los temibles piojos del mar que se guarecen en la uretra y desgracian al hombre. la negruzca mancha de una tierra atravesada en medio del mar. Cuando tocó tierra. hasta rendirse. Había llegado. varios! Entonces se levantó y aguzó los pardos ojuelos. el que tenía mangles y cacería. Despertó varias veces. pero sin recuperar el dominio de sí mismo. rodeado de marismas. a eso de las ocho. Sí. y de improviso Juan de la Paz recordó que. ¿adónde? Cuando pudo responderse a esta pregunta clareaba ya el sol. y desde luego mucho más lejos aun del paso habitual de los barcos. Allí abusaron de él el sol y el petróleo. uno solo. eran tres. que no tenía fuerzas para otra cosa que para dejarse caer en una sombra y dormir. nadando en los cortos canalizos. el camino que había hecho entre el 290 . buscando en la media luz del amanecer el cornudo espinazo del cocodrilo. los canalizos que los esperaban. un barco había encallado días antes en los bajos del Golfo. Como lo pensó lo hizo. los muslos y los hombros estaban cargados de ampollas. que a menudo se refugia en esas marismas. Pero de pronto su atención se volvió hacia la orilla de la marisma que había recorrido para llegar al arenazo. y Juan de la Paz siguió. o para beber. Poco a poco fue dejándose descender. cayéndose a ratos y levantándose con mil trabajos. No. y lo que tenía por delante era una marcha agotadora sobre suelo cenagoso y en medio del agua. la espalda. cuando en un movimiento de natación sintió que su pie derecho tocaba algo blando. ¡Lodo! ¡Había llegado. secos de sed. el arenazo en que había tocado quedaba fuera de las rutas de los pescadores. se movió cuanto pudo. él. el cuello. otra vez bajo la noche que se acercaba. para su mal. porque comprendía que se quemaba. La providencia le mandaba esos maderos para que saliera de allí. Los buenos estuvieron patentes cuando a eso de las dos de la mañana vio a distancia de una milla. por fin! Temeroso de algo inesperado fue aplicando un pie. lo que le puso al borde de repetir la desenfrenada media hora que había padecido cuando creyó ver la luz de un barco. Si el petróleo era de tal barco lo mejor sería internarse en la extensión que él cubriera y ayudarse de la corriente que lo arrastraba. no era uno. Mas no le fue posible sobreponerse al agotamiento. cuatro. Necesitaba agua dulce. en ruta hacia Cienfuegos. Al mediar la tarde. pues allí se veía un madero que flotaba. Pero no tardó en darse cuenta de que era lodo. el que era sólo diente de perro pelado o tenía arena y yerba. actuando a impulsos de una fuerza ciega. Pensó que escarbando en la arena podía hallar alguna.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS eso había dejado de ocurrir desde hacía acaso media hora. los malos habían de verse mucho más tarde. podía ser un pulpo o simplemente el revuelo del agua que deja a su paso un pez mayor. a juicio de Juan de la Paz. Sin embargo había que seguir. Sin pensarlo. Ahora bien. pues con seguridad esa corriente iba a dar a uno de los cayos que corren en hilera irregular desde la Punta de Zapata hasta la altura de Punta del Este. el más frecuentado por los pescadores de Batabanó y el más alejado de las rutas usadas a diario. En los labios hinchados y adoloridos. su propia respiración pegaba como fuego. de donde podía inferirse que había una prolongada mancha de aceite crudo o de petróleo deslizándose en el mar.

como un musulmán en oración. Cuando retornó al arenazo iba empujando los maderos y correteando de un lado a otro para no perder ninguno. Virgen de la Caridad. en alguna oscura parte de su conciencia iban tomando cuerpo la figura de la paloma. cosa increíble horas antes. después. Temblando de fiebre y de frío. pero también consumido por el sufrimiento. Algo estalló en ella en tal momento. Pues era el caso que se oía el mar. sobre todo. muerta pero no sumergida. y de súbito. Debatiéndose en medio de grises y ventrudas nubes. y el rostro de Emilia. mustia y espantada. De súbito Juan de la Paz se derrumbó. Desnudo. Juan de la Paz despertó. mientras iba doblándose sobre sí mismo hasta quedar con los codos clavados en la arena. evidentemente con fiebre. Ese plan descansaba. comprendió que de las redondas líneas que formaban la carita de Emilia surgía la de Rosalía. agotado por el sol. Del fondo de su ser empezó a crecer un amargo sentimiento de lástima consigo mismo. clavó los ojos y las manos al cielo y pidió perdón: —¡Perdóname. solo bajo la oscurecida luna. que más que el de un ser humano parecía el de una poderosa bestia 291 . La sed no le preocupaba tanto. Juan de la Paz era la imagen dolorosa y ridícula. el reseco pelo pegado a la frente. Juan de la Paz se echó a dormir con la mayor parte del cuerpo en el agua y la cabeza en la arena de la orilla. rojo y negro de ampollas y de petróleo. Antes de entregarse al sueño estuvo buen rato madurando un plan. cuando la inmensa mole de agua se veía tranquila de un confín al otro. adolorida la llagada piel. en conservar los maderos –cuatro piezas aserradas. tú que todo lo puedes! –exclamó. cayó de rodillas en la arena. Desde la caída de la tarde habían empezado a formarse nubes hacia el nordeste y el viento estuvo enfriando. que le hizo ponerse de pie y comenzar a correr. se oía el viento. desnudo en medio de la noche y del mar. la luna parecía medio moverse con gran trabajo allá arriba. del desamparo. que con la llegada de las primeras sombras se hacían presentes en oleadas. algo horrible y bárbaro. con amargo llanto de infante desvalido. rodeado por un mar cuyas olas poco a poco se levantaban más y más. Al borde del desfallecimiento y hostigado por el miedo a los jejenes. el náufrago sólo acertaba a ver en su imaginación a la paloma y a la niña. con ligera tendencia a soplar desde el norte. con los brazos en alto y las manos crispadas allá arriba. mientras gritaba con un alarido espantoso. Casi anochecía ya. a pesar de que había sufrido ya la condena de los hombres. y ya bebería cuando cayera. Nadie puede describir lo que pasó entonces por el alma de Juan de la Paz. aguijoneado por los insectos. Pequeño. que serían de seis por ocho pulgadas y de cinco pies de largo–. tan pálido y sin embargo tan sonreído. aunque se tratara de una concha de caracol de la que pudiera sacar esquirlas con alguna pesada piedra. porque el aire húmedo lo refrescaba. llenándole de espanto. bastante pasada la media noche. más numerosos y agresivos cada vez. a la sed y al ardor de las ampollas se sumaban las picadas de los jejenes. que soplaba frío y grueso. él. Y a seguidas se echó a llorar. derivando corriente abajo. y a medida que tal estado de ánimo se definía metiéndose como una despaciosa invasión de agua por todos los antros de su cuerpo. Juan de la Paz comprendió de pronto cuán inútil había sido todo su esfuerzo y qué duro castigo le había reservado Dios para el final de sus días. por último pensaba que metiéndose de nuevo en la marisma podría cortar ramas de mangle y sacar de ellas fibra con que amarrar los maderos en forma de balsa. y al levantarse se asustó. y además de oírse el mar según pudo él notar tan pronto se puso de pie y dejó su húmedo lecho. a la vez.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS amanecer y el día. Lo que le hacía sufrir eran las quemaduras y los jejenes. que apenas tenía ya fuerzas para sentir miedo. en hallar algo cortante. Ello quería decir que la lluvia no andaba lejos.

volviendo a ratos la cabeza con una impresionante mirada de terror. Juan de la Paz tomó su sopa con gran esfuerzo. y se la sirvieron a cucharadas. Sin embargo se le oyó contestar. entre cuatro y media y cinco de la tarde. pues tenía los labios destrozados. Tal vez eso ocurrió en un canalizo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS alanceada cerca del corazón. la paloma y Rosalía. Juan –dijo el patrón–. como si se hallaran presentes. a nadie le constaba que no fuera capaz de cometer otro. Nada le recordaban. fue dejándose llevar por las dos piezas. que estaba bajo cubierta. según el patrón “por la divina gracia de Dios”. porque ayer vimos tu balandra navegando con viento de amura. a la altura de Cayo Avalos. a ratos. y no podía. Juan de la Paz se perdió en dirección al mar abierto. El caso es que él contestó: —Por coger una paloma. Pero quién sabe. uno en cada mano. totalmente fuera de sí se lanzó otra vez hacia la marisma. Cogido a los maderos se tiró sobre el agua. nada le decían. con manos y pies. donde el viento norte hacía subir las olas a respetable altura. con despaciosa y clara voz: 292 . todos los cuales le conocían bien. muchos años atrás. Juan de la Paz? Si le oían o no. acaso a resultas del bien que le produjo la sopa de pescado. En cambio ahí estaban. pero cuando hubo dado unos veinte pasos dio vuelta. pues además del tamaño. Hacía esfuerzos por recordar a Emilia. ni siquiera su nombre surgía a la memoria. Y sin embargo no se iban. Los que le rodeaban oyeron y les pareció extraño que un pescador se cayera de su barco por coger una paloma. Juan de la Paz había cometido un crimen espantoso. Era increíble que pudiera cargarlos. interesado ahora oscuramente más en huir que en salvarse. con tanta velocidad como si hubiera seguido una línea recta. Además. destruido. mientras los circunstantes se miraban entre sí. si bien sabía que tenía una hijita y que trataba de pensar en ella. sólo los rápidos y desconfiados ojuelos parecían vivir en él. aunque nada tenían que ver con lo que estaba pasando. —Esto es cosa rara. El náufrago fue tendido en la cámara de la tripulación. el agua de que estaban saturados los hacía pesados. Así. A las nueve de la noche se le oyó murmurar algo así como “agua”. el patrón insistió: —¿Por coger una paloma? ¿Y pa qué querías tú esa paloma. moviéndose entre quejidos para rehuir el contacto del duro colchón con la quemada piel. Y agarrado como un loco. La paloma y Rosalía habían muerto. eso no importaba. en medio del mal tiempo. Estaba tendido en el camastro. A las once se le dio un poco de ron y a media noche se le sirvió sopa caliente de pescado. Juan de la Paz? Juan de la Paz parecía dormitar. —Iba sola –explicó Juan de la Paz con voz apenas perceptible. chapoteando. Pegando saltos. agregó: —Me caí. Loco. Juan de la Paz fue recogido por un vivero de Batabanó que acertó a dar con él. y aunque lo pagó con veinte años en Isla de Pinos. a popa. Ninguna de las dos vivía. Entonces oyó la voz del patrón: —¿Y cómo te caíste. Rodeado de marineros. y eso. Era imposible pedirle que contara detalles. sin saber adonde iba. De todas maneras quizá valía la pena aclarar las cosas. Aunque mantenía los ojos abiertos se hallaba inconsciente y por tanto no podía hablar. porque cierta vez. Se le veía estragado. por dentro estaba confundido. acaso la paloma volaba de cayo a cayo y tropezó con el barco. asombrados. se lanzó sobre los maderos y cogió dos. Y después. después suspiró y se quedó mirando hacia el patrón.

Mala cosa era coger el camino a pie y que le cayera arriba el aguacero y se botara el río y se llenara de lodo la vereda del conuco. Anoche sentí un perro llorando. Nicasio se fue acercando a la palizada. o irrumpían en la cocina. con impresionante lentitud. cada vez con más vigor. —Sí. Magina lo veía con placer. —¿Oí mal o dijo Rosalía. —Ello sí. Yo hablo de otra cosa. rojo como la huella de un golpe. aleteando para treparse en las barbacoas en busca de granitos de arroz. persiguiendo cucarachas. Estaba empezando el sol a subir. —Vea Magina –dijo Nicasio al rato–. pero se quedó callada porque Nicasio parecía no ponerle atención. los demás le siguieron. Revoloteando y nerviosas. Tengo mucho bejuco cortao. Gallego? –preguntó el patrón a uno de sus hombres. y que bien podía éste llevar allí los frijoles para que no los dañara la lluvia. Sin hablar. Pa mí como que se va a poner un tiempo de agua. El patrón miró a los circunstantes. sobre los firmes de la loma la luz se debatía con el peso de las nubes. mascaba un grano de maíz. Me da el corazón que algo malo va a pasar. Todos ellos sabían que había cumplido veinte años. Tornó a ver el cielo. y bien claro –aseguró el interpelado. —Unq unq –negó ella–. que saltaban sobre su mano. las gallinas se lanzaban a sus pies. uno por uno. después asomó su rostro de cuatro líneas y el paño negro sobre la cabeza. —Eso quiere decir que Juan de la Paz está volviendo al puerto de origen –explicó el patrón. La desgracia El viejo Nicasio no acababa de hallarse a gusto con el aspecto de la mañana. por haber asesinado. —Sí. Cuando se quedan solos. porque el frijol no se pué secar y se malogra la cosechita. Afuera soplaba el norte. dijo Rosalía. Un silencio total siguió a estas palabras. Lo peor que pué pasar es que llueva. Desde el patio vecino una voz de mujer gritó los buenos días. La mujer no entendía bien a Nicasio. Nicasio espantó las gallinas. Magina hubiera querido contestar que el bohío de Inés no quedaba muy lejos del conuco de su padre. Y nadie más habló. y Nicasio observaba hacia allá. flaqueaba los cerros y se perdía en la distancia. —¿No le jalla algo raro al día? –preguntó la mujer. las pocas gallinas del viejo se metían al bohío. todo a un tiempo. Más exactamente. no ande creyendo zanganá. El camino del Tireo.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —Pa llevársela de regalo a Rosalía. Había algo simpático y viril en aquel 293 . Magina. Nicasio tardó en responder. a una niña de nueve años llamada Rosalía. encima se veían nubes cargadas. —¿Que llueva? –preguntó ella intrigada. para violarla. Pues todos conocían bien la historia de Juan de la Paz. Con aspecto de hambrientas. Fumaba. Nicasio cogió una mazorca de maíz y se puso a desgranarla. que llueva. Rosalía de la Paz. y seguía atendiendo a las gallinas. los viejos se ponen raros y caprichosos. de una condena de treinta. después se puso de pie y tomó la escalerilla para salir a cubierta.

y cuando pasó por el aposento que daba al lado del patio sintió ruido y voces. para buscar abrigo. Del lado del patio comenzó a ladrar un perro. gruesas. Con esas palabras pareció conjurar a los elementos. los ojos dolientes. Resbalaba. tal vez porque la difunta andaba muy enferma… Ya no podía ser. a seguidas se desató un chaparrón. Había pasado el tiempo y los dos se habían ido gastando poco a poco… Alzó la voz: —Lleve el bejuco al bohío de su hija. Nicasio le miró. “Ojalá y no llueva”. Nicasio empezó a sentir el sol en la subida del Portezuelo. Después se puso a hervir leche y no se acordó más de su vecino. El chaparrón degeneró en aguacero violento. Magina? Eso dijo. pero no había tiempo. —Ahora le traigo café –oyó decir a Magina. Comenzó a trabajar inmediatamente. Vio el agua descender en avenidas. Se desató el viento. y de paso por el bohío cogió el machete y un macuto. pero no se hallaba bien en casa ajena. ella se dio cuenta de que le gustaba su vecino. Se dijo que ese sol tan picante era de agua. Trepar la loma era difícil. Cayeron unas gotas pesadas. pero en realidad no era por la loma por lo que no llevaba el bejuco a casa de Inés. Pero era tarde para volver atrás. después dijo adiós. Lo cierto es que a Nicasio no le gustaba visitar a nadie. acaso los negros ojillos llenos de vigor o el blanco bigote hirsuto. esperó un rato. podía nadie ir a casa de Manuel. En diez minutos toda la loma estaba ahogada entre la lluvia. cuando vivía la mujer de Nicasio. —Dios lo bendiga –dijo el abuelo. y deseaba tener cortado todo el bejuco de frijol antes de que cayera el agua. y no era posible ver a cinco pasos. Magina le vio tomar el callejón y salir a la sabana con paso rápido. y pensó que el viejo estaba fuerte todavía. En tiempos de agua. totalmente arriba. —Tendré que dirme pa onde Inés –dijo Nicasio en voz alta. —¿Cómo voy a trepar esa loma cargao. No lo logró. El se volvió repentinamente a la mujer. Nicasio tuvo que meterse bajo un árbol. se lo tomó en dos sorbos. rojiza y más abundante cada vez. y lamentó haber salido. A Nicasio le parecía una locura de Manuel hacer el bohío en lugar tan extraviado. Iba a ver a la hija sólo cuando le quedaba en camino de alguna diligencia. Observando cómo el sol despejaba por completo las nubes. Era triste el niño. Nicasio recogió los bejucos que tenía cortados. Se le veía el vientre crecido. que le pidió la bendición de rodillas. comenzó a oscurecer. sin embargo. 294 . como si atardeciera. afincaba el machete en tierra. pero él nunca le dijo nada. a pesar de su pelo cano y de sus dientes gastados y negros. Junto al fogón se hallaba el nieto. La puerta de la cocina sí estaba abierta. Llegó la mujer con el café. Había pasado la hora de comer cuando el viejo alcanzó el bohío. el color casi traslúcido. Tendría seis años. los llevó a un rincón y pensó buscar hojas de plátanos para cubrirlos. Nicasio cruzó los brazos y echó a andar. y el viejo saludó antes de entrar. que azotaba árboles y tierra. Magina volvió a su cocina. podía apostar pesos contra piedras a que llovería. porque sabía que iba a llover. se agarraba a los arbustos. sólo así. La puerta que daba al camino estaba cerrada. Chorreaba sudor cuando llegó al conuco. pensó con cierta ternura. palabras dichas en tono bajo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS hombre. Le agradaba ver a los nietos. Nicasio se fue corriendo bajo el alero. Inés vivía arriba. Años antes. pues la lluvia seguía cayendo con todo su vigor. Cuando Nicasio desapareció entre los matorrales frente al pinar. En un momento el conuco parecía un río.

—Mama sí ta –dijo la niña con voz fina y alegre. ella iba moviéndose lentamente. Ezequiel. y a Nicasio le parecía un gusano comparado con Manuel. con los labios exangües. —¡Perra! –dijo–. sinvergüenza! –gritó el viejo–.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Detrás del fogón estaba la niña. La hija se recogió hacia un rincón. No vuelva a ponerse ante mi vista. y con su trenza oscura repartida a ambos lados del cuello y su expresión inteligente parecía una mujer que no hubiera crecido. Con andar ligero. de pronto la cruzó y salió a saltos. caminó derechamente hacia el aposento y golpeó en la puerta con el cabo del machete. No se atrevía a seguir pensando en lo que temía. en dirección a la puerta. perra! Ezequiel –un garabato en vez de un hombre– se fue corriendo pegado a la pared. los ojos quemaban. ¡Y era bonita la condenada. pero Nicasio corrió hacia allá y le cerró el camino. como si pretendiera ver a través de las tablas del seto. miró al hombre. La sospecha y el temor de Nicasio se aclararon de golpe. —¿Y tu mama? ¿Y Manuel? –preguntó. le temblaban las manos. Daba asco ese desgraciado. con su piel amarilla y su cabello castaño! 295 . y al hablar le parecía que estaba comiéndose sus propios dientes. Le tentaba el deseo de levantar el machete y abrirle la cabeza. Oyó pasos adentro. Nicasio entró en el bohío. Oyó a la hija decir algo y le pareció que alguien abría una ventana. Con un dedito en la boca. —¿Que no? –preguntó. Cargó con el cuerpo sobre la puerta y oyó la aldaba caer al piso. —Ella ta mala y Ezequiel vino a curarla –explicó Liquito. –¡No llore. Un impulso irresistible le impedía esperar. El viejo sentía la ira arderle en la cabeza. El nieto le miró con mayor tristeza. Deseaba que dijera que no. A Nicasio le resultó sorprendente la respuesta del niño porque había oído voz de hombre en el aposento. Los dos estaban demacrados. —¡Váyase antes que la mate! No quiero verla otra vé. la niña miraba atentamente al abuelo. —No. Sacudió el machete. Miró a su hija. Le ardía el pecho. —¡Que no se vaya ese sinvergüenza! –gritó el viejo. casi al borde de usarlo. y con él cruzó el patio lleno de agua. pálido. Siempre que hablaba parecía que iba a llorar. los dos miraban hacia abajo. y precisamente por eso no quería precipitarse. Entonces Nicasio se volvió violentamente hacia el bohío. Afuera caía la lluvia a chorros. Era más pequeña. —¿Y tu mama? ¿No ta aquí tu mama? Se había doblado sobre el niño y esperaba ansiosamente la respuesta. El perro gruñó al ver al viejo. Nicasio sonrió al verla. Nicasio no se movió. con los ojos llenos de pavor. El salió pa La Vega dende ayer. aturdido. Llevaba todavía el machete en la mano. la mato! La veía y veía a la difunta. Nicasio se dirigió a Inés. ¡En el catre de tu marío. ¡Si la veo llorar. —¡Abran! –ordenó. Miraba siempre al padre. pretendía saltar por la ventana. le miraba con expresión de miedo. hasta que llegó a la puerta. Pegada a la pared. ¡Váyase! –decía Nicasio. Su mayor dolor era que una hija de la difunta hiciera tal cosa. —Taita no ta –dijo el niño. Inés empezó a llorar.

cuando se quedan solos en el mundo. Inés pensó que el camino más corto era hacia el patio. con extraños ojos de loco. —¡Liquito! –llamó–. Manuel ta pal pueblo en el entierro. El hombre que lloró A la escasa luz del tablero el teniente Ontiveros vio las lágrimas cayendo por el rostro del distinguido Juvenal Gómez. Pero se rehizo pronto. —Taita… Perdón. Magina no entendió. y a la lluvia que caía a torrentes. al decir Magina que a pesar de sus prevenciones nada malo había ocurrido. Se cogía la cabeza con ambas manos. tal vez a dormir. —Sí –respondió lentamente Nicasio. y ella pensó que los viejos. Nicasio iba detrás. —¡Que ni en la muerte tenga reposo tu alma! –gritó. la empujó y la maldijo. comerciante y natural de Maracaibo. según afirmaba su cédula. El distinguido Juvenal Gómez iba supuestamente destinado a San Cristóbal. taita –musitaba. Fue al otro día por la mañana. —Vea Magina –dijo mientras miraba fijamente a la vieja–. se vuelven raros y difíciles de comprender. El viejo la tomó por un brazo y la condujo hacia la puerta que daba al camino. Se murió Inés ayer. —¿Cómo? –preguntó Magina llena de asombro– ¿Y los muchachos? ¿Y Manuel? —Los muchachos vinieron conmigo anoche. Nicasio la miró un instante. cruzó el bohío y salió hacia la cocina. Le parecía inconcebible que la hija viera a sus hijos. y el teniente Ontiveros sabía que hasta unas horas antes Juvenal Gómez había sido. Saber es peor. aunque hubiera sido sólo con una lágrima. Si hubiera sabido llorar lo hubiera hecho. y sabía además que Juvenal Gómez y Alirio 296 . Que yo sepa. Hay cosas peores que morirse. Era indigna de verlos después de lo que había hecho. morirse no es desgracia. y se asombró de verlas. Pero el padre le conoció la intención. Salieron bajo la lluvia. La vieja parecía aturdida. Cuando la hija estuvo en el vano de la puerta. —¿Pero de qué murió? ¿Usté ha visto qué desgracia? Entonces Nicasio levantó la cara. Inés comenzó a temblar y a llorar. el ciudadano Alirio Rodríguez. —Sí pasó –explicó mientras echaba maíz a las gallinas–. ninguna. arreando el asno y esforzándose en no pensar. —¡Por esa puerta no! –dijo. con la punta del machete levantó la aldaba y al mismo tiempo obligaba a Inés a avanzar. los niños se dejaban llevar sin preguntar a qué se debía el viaje. y sintió deseos de echarse sobre una silla a descansar. aquellas malditas nubes por las cuales había él llegado a la casa de Inés. Silenciosos. Busque el burro y póngase un pantalón que se van pa casa conmigo Inesita y usté.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Como Nicasio avanzaba sobre ella. —¿Peor que morirse? –preguntó Magina–. que corría arrastrando lodo. cuando Nicasio se dio cuenta de que había habido desgracia en la familia. Y alejó la mirada hacia las nubes que salían por detrás de las lomas. Vio a su hija lanzarse al agua.

tipo Miami. Urbanización los Chaguaramos. levantando una de las hojillas metálicas.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Rodríguez eran en verdad Régulo Llamozas. Tampoco había llovido el año anterior. pero ni el propio Régulo Llamozas pudo sospecharlo entonces. Por el color y por la estampa debía ser de Barlovento. se dijo Régulo. un perfil naciente pero expresivo. brillaban con apasionada alegría cuando comenzó a maniobrar en su bicicleta. Una criada salió de la quinta Mercedes. Gritó. La quinta de la que había salido el niño no era nada del otro mundo. Régulo Llamozas había entreabierto la hojilla de la veneciana a tiempo que de la quinta de enfrente salía un niño en bicicleta. Caracas crecía por horas. había traspuesto ya el millón de habitantes. era tranquila como si se hallara en un pueblo abandonado de Los Llamos. Aun de lado se le notaba la sonrisa que llevaba. La quinta estaba sola a esa hora. Pedaleaba con sorprendente rapidez. El calor era insufrible. de quien nadie podía esperar reacción tan insólita. y Julia. para distraerse mirando hacia el pedazo de calle en que se hallaba. visiblemente alegre. se inclinaba. Se oían afuera el canto metálico de algunas chicharras y adentro el discurrir del agua que se escapaba en la taza del servicio. 297 . Laura sí. velados y sucios por el polvo que la brisa levantaba en los cerros desmontados por urbanizadores y en los tramos de avenidas que iban removiendo cuadrillas de trabajadores. un sol de fuego caía sobre Caracas. Pensó Régulo. Pronto no habría quien dijera “misias” a las señoras. Mediaba julio y no llovía. A las cuatro de la tarde Régulo Llamozas se había asomado a la veneciana. sin duda con mezcla de perro pastor alemán. “La mamá debe llamarse Mercedes”. estaba pintada de azul claro y tenía bien destacado en letras metálicas el nombre de Mercedes. dando saltos. Y ningún otro ruido. portugueses. De pronto cayó en la cuenta de que en toda su familia no había una mujer con ese nombre. los caobos de calles y paseos se veían mustios. correteaba un cachorro pardo. corta. Estaba disfrutando de manera tan intensa su bicicleta y su juego con el cachorro. Todo el mundo la llamaba Misia Adela. en realidad. La muchacha gritó más: —¡Muchacho el carrizo. y también de italianos. pegado a la acera de su lado. “Mercedes”. Las lágrimas. habían empezado a acumularse ese día a las cuatro de la tarde. por lo menos en Caracas. Sus pequeños ojos aindiados. dirigiéndose al niño: —¡Pon cuidao a lo carro. huyendo al cachorro que se lanzaba sobre él ladrando. tostándola desde Petare hasta Catia. coronado con un mechón de negro pelo lacio que le caía sobre las cejas. Los araguaneyes. tras él. se llenaba de edificios altos. que no podía haber nada importante para él en ese momento. que horita llega el dotó pa ve a tu agüelo! Pero el niño ni siquiera levantó la cabeza para oírla. negrísimos y vivaces. Régulo miró al niño y le sorprendió su expresión de vitalidad. Régulo le vio el perfil. El teniente Ontiveros no hizo el menor comentario. Las lágrimas corrían por el rostro cetrino. un hombre de corazón firme y nervios duros. de pómulos anchos. giraba en forma vertiginosa “Ese va a ser un campeón”. La calle. la abuela había tenido un nombre muy bonito: Adela. Esto sucedía en Caracas. con tanta abundancia y en forma tan impetuosa que sin duda el distinguido Juvenal Gómez no se daba cuenta de que estaba atravesando Maracay. atiende a lo que te digo! ¡Ten cuiado con el carro el dotó! El pequeño ciclista pasó como una exhalación frente a la ventana de Régulo. a dos cuadras del sudeste de la Avenida Facultad. canarios. las acacias. Era la estampa de la alegría. su propia mujer se llamaba Aurora.

se dijo de pronto. no se daba cuenta de la fuerza con que esa imagen iba a remover su alma. Durante una fracción de minuto hizo esfuerzos por serenarse. porque alguna fuerza oscura le llevó a sacar de la cartera una 298 . A esa altura tuvo la impresión de que su energía se había duplicado. —Entonces voy a verla dentro de una hora –dijo la voz. con movimientos rápidos. lo abrió y de la tabla de abajo sacó una gran cartera negra. Probablemente cuando sus compañeros llegaran ya habrían estado allí los hombres de la Seguridad Nacional. Colocó la cartera sobre la cama. La sola idea de que el niño pudiera ser herido le atormentó fieramente y le produjo cólera. tan breve y tan fácil de decir. En el acto comprendió que ese simple “sí”. En escasos minutos su organismo había sido sacudido y llevado a extremos opuestos. —Sí –respondió. Colgó. Si eso sucedía y el niño se hallaba todavía en calle. porque él. A través del niño la vida se le presentaba en su aspecto más común y constante. habían dado con su escondite. Se sorprendió. El era un hombre duro. Todavía. que no se llevaba al muchacho y con la señora Mercedes. sobre la parte derecha del vientre. los ladridos juguetones del cachorro. “Guá. Allí estaban “las bichas” –tres granadas de piña. todo su cuerpo se hallaba tenso y la conciencia del peligro lo hacía más receptivo. los papeles y su única remuda de interiores y medias. y en ese momento sintió que le faltaba aire. un hombre que se jugaba la vida a conciencia. que estaba en el espaldar de una silla.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Para Régulo Llamozas. Se sintió encolerizado con la negra. A causa del niño estaba olvidando cosas importantes. había sido tembloroso. No esperaba llamada alguna. ver el espectáculo de ese niño entregado con tal pasión a su juego era un deslumbramiento. —¿Es ahí donde alquilan una habitación? –dijo una voz de hombre tan pronto Régulo había descolgado. Luego. Pero ahora estaba frente a la realidad. Se metió en el bolsillo izquierdo del pantalón dos peines cargados y se colocó el arma en la cintura. La barloventeña volvió a entrar en la Quinta Mercedes. pues. descolgó su paltó y fue a coger su corbata. se dirigió a la habitación y del cajón de la mesa de noche sacó su pistola. y se dirigió al closet. después. un tanto perturbadoras. Oyó con mayor claridad el ruido del agua que caía en la taza del servicio. que debía estar correteando todavía tras el pequeño ciclista. De la cintura arriba le subió un golpe de sangre cálida. había llegado al punto que había estado esperando desde hacía tres meses. y eso le producía sensaciones extrañas. correría peligro. tal como era ella para la generalidad de las gentes. tratando de dominarse. Haló el zíper. y además con idea clara de su función y de los peligros que se desprendían de ella. todas piezas de nylon. pintadas de amarillo–. Régulo Llamozas. Por primera vez en tres meses tenía una emoción desligada de su tarea. lo espero –contestó Régulo. sin saber quién era ella. Esperaba oír de momento la marcha veloz y el frenazo potente de un auto de la Seguridad Nacional. no se dejaría coger fácilmente. sujetándola con el cinturón. Estaba ella cerrando la puerta tras sí cuando a las espaldas de Régulo sonó el teléfono. —Está bien. Era una Lüger que le había regalado en Panamá un amigo dominicano. desgraciadamente. Nadie sabía eso mejor que él mismo. sin embargo no la cogió. las bichas”. las chicharras de la calle. llegaba en sustitución de la que había huido a los ignorados antros del cuerpo cuando oyó a través del teléfono la pregunta sobre la habitación que se alquilaba. pero acudió al teléfono. Pero su atención estaba puesta en los automóviles. sin embargo.

tal vez la torturarían. una oreja enhiesta y la otra caída. “La primera sorprendida sería ella si le dijeran que yo estoy en Venezuela”. Cautamente tomó a entreabrir la persiana. de manera súbita. La negra salía corriendo en pos del niño y el perro saltaba tras ella. De inmediato. se dijo. un Corazón de Jesús de buen tamaño. Régulo volvió el rostro. La quinta en que se hallaba tenía sólo dos dormitorios. De inmediato se halló recordando otra vez a su mujer. la Seguridad iría a su casa. “Esos vergajos van a saber lo que es un hombre”. No se veía otro auto en la calle. sintió la paralización total de su ser. pensó.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS granada. por lo visto. pero nadie podía saber cuánto faltaba para que llegara la Seguridad Nacional. Había dos hombres dentro. fue emanando una sensación de seguridad que en escaso tiempo devolvió a Régulo Llamozas el dominio de sus nervios. “Si tengo que defenderme aquí. 299 . —Cayeron Muñoz y Guaramato –dijo el de atrás. ella maestra y él vendedor de licores. cuya cáscara estaba formada por cuadros. que sopesó cuidadosamente en la mano mientras clavaba la mirada con creciente intensidad en el peligroso artefacto. salió a la calle. Mala cosa. pues muy bien podía haber gente a pie vigilándole ya. después se puso la corbata y el paltó. En una fracción de segundo Régulo reconoció al de atrás. y Aurora no podría decir una palabra porque él no había querido ni siquiera enviarle un recado. La impresión fue clara: que todo lo que bullía en su cuerpo se había detenido de golpe. pensó. se dijo. “La bicha. “A Aurora le gustarían estos muebles”. tal vez un poco más de prisa de lo que convenía. Otra vez. entre otras razones porque hacía sólo dos días que lo habían llevado a esa nueva “concha”. detendría a Aurora. mirando a su amigo con ojos alegres y húmedos de ternura. Desconfiado de sus propios oídos. Si lo mataban o si lograba huir. recordó que en la casa del pequeño ciclista estaban esperando al doctor para ver al abuelo. algunos retratos familiares. muy erguido. “Esos doctores se tardan a veces cuatro y cinco horas”. Un Buick verde venía pegándose a su acera. corrió a la sala. Los inquilinos eran un matrimonio sin hijos. un florero con rosas de papel sobre la mesita del centro y dos grupos de loza imitación de porcelana en dos rinconeras. dijo. —¿Muñoz y Guaramato? –preguntó Régulo. Régulo había hablado poco con ellos. compañero –dijo. sujetó ésta. y en un instante se halló en el dormitorio. Régulo entreabrió de nuevo una hojilla de la veneciana. Régulo abandonó el sitio y se fue a la sala. Los dos habían estado con él en una reunión. Faltaba casi toda la hora para que llegaran sus amigos. Sin duda alguna se sentía mejor. El cachorro se había rendido. estos corotos van a quedar inservibles”. con una granada de nuevo en la mano derecha. otro atrás. cerró la puerta tras sí y en dos pasos estuvo en el automóvil. Régulo halló que esa sala se parecía a muchas. Enfrente sólo se veía al muchacho felizmente entregado a su incansable pedalear. uno al timón. sin saber por qué. A seguidas metió la granada en la cartera. Ahora sí sonaba un auto en la calle. pensó. estaba sentado en la acera de la Quinta Mercedes. primero la bicha”. Reaccionó con toda el alma. tres noches atrás. imponiéndose a sí mismo valor. salían temprano y no volvían hasta las siete y media o las ocho de la noche. —Qué hay. la lengua colgándole por un lado de la boca. A seguidas volvió a colocar la granada en la cartera. De ese amarillo y pesado huevo metálico. En la sala había muebles pesados. El que hacía de chófer puso el carro en movimiento.

pensó. Ya no está ahí Rojas Pinilla. Durante tres meses no había podido decir una sola vez que quería ir a tal sitio. Lo que venga que te coja afuera. pero él no podía decir qué vía le parecía más segura. Hay que trasladar el retrato de tu cédula a otro papel. —¿Habrán hablado Muñoz y Guaramato? –preguntó Régulo. nada más. saliendo sólo de noche. vale. convertido ahora en el distinguido 300 . el camino de aquí a la frontera es largo –dijo. —¿Por dónde me voy? —Por Colombia. De manera que el otro se había dado cuenta… Era gente muy alerta la que le rodeaba. y los huecos iluminados de docenas de altos edificios. Por Colombia… Rojas Pinilla había caído hacía dos meses… Desde luego. Tú vas a viajar seguro. transmitiendo órdenes que había recibido en Costa Rica. vale. tres meses jugándose la vida. viendo compañeros de paso en reuniones subrepticias. una ciudad que estaba dejando de ser lo que había sido sin que nadie supiera decir qué sería en el porvenir. que se perdían hacia Petare. —Bueno. tres meses en las tinieblas metido en el corazón de una ciudad que ya no era su Caracas. El teniente Ontiveros llegó manejando una ranchera justo a la hora acordada. uno se quedó mirando a Régulo. No pasó nada. de los cuatro hombres que iban en él. él no. —Esos compañeros no hablan. para ir a Colombia había que pasar por Valencia. y de paso. y habló poco pero actuó con seguridad. —¿Un teniente? –preguntó. desde mediados de abril hasta ese día de julio. ¿Pero de verdad o como yo? —De verdad vale… El teniente Ontiveros. De pronto recordó que había estado en esa urbanización dos semanas atrás. llevando la conversación al punto en que había quedado–. Figúrate que vas a ser soldado. Régulo Llamozas no pudo opinar. —Entra por la calle Edison y trata de pegarte al cerro –dijo el de atrás hablando con el que guiaba.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Yo creo que es mejor ir por las Colinas de Bello Monte –opinó el que manejaba. Régulo Llamozas. millones de venezolanos podían hacerlo. pero eso está arreglado. otros le llevaban y le traían. ¿sería una locura ver a Aurora? Pero claro que sería una locura. había semivivido en Caracas. Tres meses. sin embargo. No había podido ver el Avila a la luz del sol ni había podido salir a comerse unas caraotas en el restorán criollo. Durante un instante Régulo temió que el auto negro se atravesaría delante del Buick y que los cuatro hombres saltarían a tierra armados de ametralladoras. instruyendo a hombres y mujeres de la resistencia. cambiando impresiones a media voz. Pero ya tú sabes: el tigre come por lo ligero. Si la Seguridad Nacional sabía que él estaba en Venezuela. —Sí –aseguró el otro. “Colinas de Bello Monte”. vale. Todo el mundo podía hacerlo. y que desde una ventana había estado mirando a sus pies las luces vivas y ordenadas de la Autopista del Este y de la Avenida Miranda. Esta misma noche estás raspando. —Oye. Ese camino está ahora despejado. la casa de su familia tenía vigilancia día y noche. Iban con él y por él. Régulo sonrió. en la casa de un ingeniero. Un automóvil negro pasó rozando el Buick. el distinguido Juvenal Gómez. que se levantaban en dirección de Sabana Grande y de Chacao con apariencia de cerros cargados de fogatas en cuadro. Su compañero comentó: —Pavoso el hombre. y que te va a llevar un teniente en su propio auto.

y él sabía que eran Venezuela aunque no pudiera verlos. encontraba a su Venezuela. a su izquierda. En realidad. Va a subir ahí un compañero. —Vamos a parar en Turmero –dijo de pronto el teniente–. 301 . no en el asiento. silenciosos él y el compañero. y la de gotas amargas que destilaban a lo largo de la grieta. Trató de no llamar la atención. como si la rajara. por mí no. eran Venezuela. —Turmero –dijo el teniente cuando las luces del poblado parpadearon por entre ramas de árboles. sin duda tratando de dar con el compañero que viajaría con ellos. No debía hacerse el misterioso. había dado con una emoción que era personalmente suya. que separe al hombre de su pasado? Esa patria por la cual estaba jugándose la vida no era un mero hecho geográfico. ¿Quién puede dar un corte seco. esa misma tarde. Camino hacia Maracay. que no terminaba en su piel porque se integraba con Venezuela. antes del exilio y en el exilio mismo. Régulo Llamozas se dejaba ganar por la extraña sensación de que ahora. la de una grieta que se abría lentamente en su alma. Iba pensando que había estado tres meses viviendo en un estado de tensión. volviendo a su ser real. simple tierra con casas. camiones de carga y numerosos hombres chachareando afuera mientras otros se movían dentro de los botiquines. ni él ni el teniente tuvieron siquiera que bajar del vehículo. que en ese tiempo había sido un extraño para sí mismo. La brisa movía las hojas de un árbol que quedaba cerca. pero no se haga el enterado mientras no salgamos de Turmero. él sabía que había muchos militares dispuestos a sacrificarse. Había algo que brotaba de ella. algo que siempre había envuelto a Régulo. iba consustanciándose con su tierra. y de alguna llave que él no podía ver caía agua. por Venezuela”. en medio de la oscuridad de la carretera. Lo mejor era mirar a todos lados. En verdad. Régulo no respondió palabra. se dijo. En un movimiento rápido. él saboreaba lentamente una emoción a la vez intensa y amarga. Cada vez se concentraba más en sí mismo. y la brisa disipaba el calor que el sol sembraba durante doce horas en una tierra sedienta de agua. Mientras la ranchera rodaba en la noche. El compañero viene conmigo dentro de un momento –explicó Ontiveros. sino a la simple imagen de un niño que jugaba en bicicleta al sol de la tarde. Agua. una especie de corriente intensa. minutos antes de que sonara el teléfono. ese aire. con toda el alma puesta en su tarea. agua como la que sonaba sin cesar en la taza del servicio. Serían las once de la noche. “El teniente éste está jugándose la vida por mí. Creo que usted lo conoce. cierto tono. No. el teniente Ontiveros guió la ranchera hacia el centro de la especie de plazoleta que separa a los dos comercios más importantes del lugar. que no procedía de nada ligado a su misión. Sin embargo tenía conciencia de otra sensación. sólo ahora. un sonido especial que conmovía el corazón. cada vez más parecía clavado.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Juvenal Gómez –con todo y uniforme— comenzó a sentirse más confiado cuando dejó atrás la alcabala de Los Teques. Vio al teniente que bebía algo frente al mostrador y que volvía la cabeza a un sitio y a otro. —Quédese aquí. Había a los lados maquinaria de la empleada en la construcción de la autopista. —Está bien –aceptó Régulo. “Hasta Turmero cambia”. eso no le causaba asombro. más o menos. sino en las duras sombras que cubrían los campos. calles y autopistas encima. pensó. y que solo al final. Cruzaban los valles de Aragua. Esos campos. cuando se encaminaba de nuevo al destierro. en la de La Victoria.

—¡Vale Luis. —Desde que su papá se puso grave. Régulo Llamozas sintió que le daban un latigazo en el centro del alma. —Pués sí –explicó Luis–… Ella vive en la calle Madariaga. La sacó de la cartera y empezó a palparla. En un instante Turnero quedó atrás. distinguido Gómez. —¿Pero tú no lo sabías? –preguntó el amigo. puso la luz y la ranchera echó a andar. Súbitamente liberado de su reciente inquietud. vale –dijo–. Régulo trató de dominar su voz. —¿Cómo en Caracas? ¿Desde cuándo? –inquirió casi a gritos. Pero se hizo el desinteresado. Movió el cuerpo hacia su izquierda. Alguien se acercaba a la ranchera. —Podemos ir los tres delante –dijo el teniente Ontiveros–. y en una de las voces reconoció a un amigo. en Los Chaguaramos. No estando el teniente con él. Miró de refilón. —¿En Valencia? –preguntó Luis. con acento de sorpresa–.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS allá en Caracas. y preguntó de pronto: —¿Cómo está Aurora? ¿Hallaste grande a Regulito? —No los he visto –explicó Régulo–. de manera que lo mejor era tener una granada en la mano. de los desterrados. Se sentía castigado por olas de calor que le quemaban el rostro. Estoy pensando que si pasamos por Valencia después de la una podría llegar un momento a la casa. Córrase un poco. El teniente Ontiveros encendió el motor. en el pedazo de calle de Los Chaguaramos. solitario como la calle de un pueblo abandonado. El teniente mencionó a Omaña. El distinguido Gómez. Los faros iban destacando uno por uno los árboles de la carretera. porque estaban llegando a la alcabala de Maracay. pero tengo sospechas de que la Seguridad esté vigilando los alrededores. de saludar con efusión al amigo que le había salido al camino en momento tan difícil. en Caracas. el teniente dio la vuelta y entró por el lado izquierdo al tiempo que el otro tomaba asiento en el extremo derecho. siempre en la línea. En ese instante oyó pasos. como para ver mejor a Régulo. y de pronto hubo silencio. Fue después que les dieron paso cuando Luis inició un tema nuevo. Hablaban con toda naturalidad. Régulo no pudo hacer otra pregunta. todavía con la granada en la mano se corrió hacia el centro. contó cosas suyas. Me dijeron que debía acompañarte hasta Barquisimeto y he venido a hacerlo. Régulo Llamozas sentía necesidad de decir un chiste. por lo que pudiera suceder. —No. sí. Régulo. seguido por el cachorro. Pero si Aurora no vive en Valencia. Régulo Llamozas se volvió al recién llegado y le echó un brazo por el hombro. de Barquisimeto en adelante te acompañará otro. de las tareas clandestinas. tratando de no dar el rostro: eran el teniente y el compañero. Aquí estoy. se sentía intranquilo. Yo entré por Puerto la Cruz y todavía no he estado en Valencia. Comenzó a pasarse una mano por la barbilla y sus negros ojos se endurecían por momentos. —Yo tenía reunión con Leonardo la noche de su muerte –dijo Luis. en una quinta que se llama Mercedes. Hablaron un poco más. 302 . de los caídos. Vive en Caracas. Tengo tres meses aquí y hace cuatro que salí de Costa Rica. —Pues ya lo ves. allí donde el pequeño ciclista pedaleaba sin cesar. temeroso de hacer un papel ridículo. qué alegría! Nunca pensé que te vería en este viaje.

y tenía sobre todo un aire extraño. La casa que alquiló Victoriano tenía hacia el este un solar cubierto de matorrales y arbustos. Armado de machete. El contraste entre su silencio y su voz producía malísima impresión. El teniente Ontiveros volvió el rostro y a la luz del tablero vio con asombro las lágrimas cayendo por las mejillas del distinguido Juvenal Gómez. La gente comentó durante varios días el valor del hijo de don Tancredo y acabó asegurando que los gritos eran de la mujer de Victoriano. probablemente de más de seis pies. la gente comenzó a temer que de momento asaltaría a las viejas. el hijo de don Tancredo corrió para volver a poco diciendo que allí nada ocurría. pues él le dijo a voces que no le diera gusto a la gente. en la que tal vez no habría más de veinte casas. Victoriano era alto. pues a las pocas semanas de hallarse viviendo allí se presentaron en su puerta dos policías y se lo llevaron por delante. y la brisa de las calles llegaba fresca después de su paso por los samanes de la llanura. Una noche. Además. lo amenazó con su palo y le gritó algunas malas palabras. y en consecuencia. las restantes daban directamente a la hierba o al polvo. su propia llegada al lugar tuvo algo de misteriosa. muy callado. y de esas sólo tres podían considerarse de algún valor. no sonreía ni contestaba saludos. Aquella vez era bastante avanzada la tarde. Interrogada por él. tenía la piel cobriza. la vieja medio ciega dijo que había oído gritos. de ojos saltones y manchados de sangre. a eso de las nueve. donde el vecindario tiraba latas viejas. papeles y hasta basura. pero hacia la casa de Victoriano Segura. de…cente”. Con lo cual aludía a los viajes de Victoriano Segura seguido de esas escoltas policiales. una de ellas sorda como una tapia y la otra casi ciega. hacia el oeste vivían dos hermanas viejecitas. porque cuando –al tomar la esquina– Victoriano Segura se detuvo como para hablar. uno de ellos le empujó. Esa sensación se agravaba debido a que Victoriano Segura jamás se dirigía a nadie en la calle. muy flaco. 303 . Ya estaban en Maracay. pues sólo hablaba de tarde en tarde para llamar a la mujer y pedirle café. Cuando se corrió la voz de que las dos veces Victoriano había sido llevado a la policía por robo. en la segunda ni eso pudieron ver los vecinos. nada más esas tres tenían aceras. de la alta y seca figura de Victoriano comenzó a emerger un prestigio siniestro. que ponía pavor en el corazón de las mujeres y bastante preocupación en la mente de los hombres. se oyeron desgarradores gritos femeninos que salían de la casa de las dos ancianas.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS No se oyeron más palabras. que se quedara adentro y no le abriera la puerta a nadie. según afirmaba con su graciosa tartamudez el anciano Tancredo Rojas. el pelo áspero y la nariz muy fina. Victoriano Segura Todo lo malo que se había pensado de Victoriano Segura estaba sin duda justificado. Por de pronto. si no llovía –porque cuando llovía la calle se volvía un lodazal–. la gente que vivía allí era “de…cente. Debía ser media noche. y entonces su voz grave y dura se expandía por gran parte de aquella pequeña calle dejando la convicción de que Victoriano era un hombre autoritario y violento. de quienes se decía que guardaban algún dinero. Ahora bien. El lugar era una calle todavía en esbozo. En poco tiempo el miedo a ese asalto y la posibilidad de que se produjera –tal vez con asesinato y otros agravantes– dominó en todos los hogares. una expresión que no podía definirse. a quien ese malvado maltrataba. En la primera ocasión su mujer salió a la puerta y estuvo mirando a su marido y a los policías hasta que doblaron. Pero en otra ocasión los agentes del orden público llegaron muy de mañana y al parecer con mala sangre.

mujeres y muchachos comenzaron a corretear por la calleja. bellos ojos negros y boca muy bien dibujada. Anciana ya. que era una criatura callada. Sólo en esas ocasiones. Por eso resultó tan sorprendente la conducta del extraño sujeto cuando la desgracia se hizo presente por vez primera en aquel naciente pedazo de calle. aumentó la sensación de malestar que producía el hombre. la única de dos plantas. apenas hablaba con claridad. sus dos detenciones acusado de robo. guardaba la carreta en el patio y soltaba el mulo en el solar vecino. Allá arriba. corriendo por el balcón de un extremo a otro. Su casa era la mejor del vecindario. —Pobrecita –comentaban las mujeres cuando la veían–. y cuando iba a comprar algo. tenía tres niños preciosos y. A lo mejor ignoraban que el comercio era pasto del fuego. y nadie vio a Victoriano Segura llegar a verla. se veía a la mujer. según se decía en la calleja. y por eso creían que la escalera se conservaba todavía 304 . Pero se notaba que el aturdido libanés y su mujer no entendían. a nadie preguntó quién era el dueño ni cuánto cobraban por alquilarla. La noche de San Silvestre. Todo lo malo imaginable podía pensarse de Victoriano Segura. De primera intención todo el mundo creyó que había muerto la madre de José Abud. y a la mujer con otro en alto. con dos hijos bajo los brazos. Su acento libanés no podía confundirse. como enloquecidos. de cabellos crespos. se oyeron gritos de socorro. Y era José Abud. José. Súbitas y violentas llamaradas salían con pasmosa y siniestra agilidad. Abajo estaba el comercio y arriba vivía la familia. En medio de la noche se oyeron golpes de puertas que se abrían y voces que resonaban preguntando qué pasaba. por debajo del balcón de la gran casa. bajen! –gritaban desde la calle. Ese solo hecho dio lugar a muchas conjeturas. Entonces de todas las bocas surgió el grito: —¡Fuego! ¡Es fuego en la casa de José Abud! Atropelladamente. Pero con incontenible estupor la gente que se asomaba a las puertas y a las ventanas vio penetrar en sus casas una extraña claridad rojiza. con la silla arrimada en el seto de tablas. y hablando con toda propiedad. donde todos se conocían y todos se llevaban bien y se trataban con cariño. salía muy temprano a trabajar y a eso de media tarde se sentaba a la puerta de la calle. Alguna que otra tarde se oía su voz. quedó paralítica.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Eso. que había emigrado de su lejana tierra ya de años. según decían en el barrio. arriba de madera. con una calleja tan pequeña. agréguese a él el comportamiento del hombre. usando su propia carreta. vestidos a medias. se oían el chasquido del fuego y el trepidar de las puertas. De buenas a primeras amaneció un día allí. debido a castigo de Dios porque no era católica. Inmediatamente la gente pensó: “Es José Abud”. Sin duda se había mudado a medianoche. El viejo Abud no era tan viejo. además. más oscura que el marido pero muy bonita. que bajen por la escalera! ¡Baja. a su madre. donde otro mulo descansaba día por medio. hombres. tener que vivir con un hombre así… La casa en que vivían había estado vacía muchos meses. Él era carretero. Agudos lamentos de mujeres y voces de hombres íbanle dando al terrible espectáculo el tono de pavor que merecía. seguro que no tenía sesenta años. abajo era de ladrillo. era cuando llamaba a su mujer para pedirle café. —¡Que bajen por la escalera antes de que se queme. las campanas de las dos iglesias y millares de cohetes dieron la señal de que había comenzado un año nuevo. se veía a José. y los gritos nocturnos bajo su techo. La vieja Adelina Abud. José Abud se había casado pocos años antes con la hija de un compatriota. después que las sirenas de los aserraderos. de pocas carnes. más bien baja.

fuerte. baja. no pensó así. Debió vestirse muy de prisa. si bien tampoco se mezcló con la gente. se impuso al tumulto. Después se supo que efectivamente era eso lo que pensaban José Abud y su mujer. Cuando retornaron llevaban a los niños en brazos y empujaban a José y a su mujer.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS en buen estado. Cálido. mamá está arriba! ¡Mamá se quema! Entonces. como un enorme gato flaco y ágil. esto es. cuando oyó a José Abud exclamar. Se metió de un salto por la puerta de la escalera. podía vérsele enrojeciendo y brillando. —¡Sí. de allá! –explicaba entre llanto a la vez que indicaba con la mano que el sitio estaba hacia el fondo y hacia el oriente. que estaban aterrorizados. con agrio olor. y ya había trepado y consumido en un momento parte de los altos. Esa noche –¡por fin– no se mantuvo apartado. Mas ya era tarde para que Victoriano Segura pudiera oírlo. A seguidas se vio el impetuoso río de fuego abrir brecha en el lienzo de manera que dividía la escalera del comercio. se le vio saltar todavía más. porque tenía la camisa abierta. —¡Se va a matar ese hombre! –gritó de pronto una mujer. así que ellos ignoraban que el comercio ardía. En un instante apareció un hombre con un pico y otro con una barreta. callado. y era fácil advertir que los músculos de la cara estaban contrayéndosele. La gente se quedó muda. braceando como si nadara. tal vez porque alguien acertó a decirle que ese hombre pretendía aprovechar el desconcierto para ir a robar. esa voz que aterrorizaba al vecindario. hacia el fondo. atento al siniestro. se oyó el crepitar de las tables. que era joven y estaba desesperada por la tragedia. —¿Dónde está la vieja? ¡Dígame dónde está la vieja! –demandó más que preguntó. el humo salió por allí. pensaron muchos. La gente sintió su presencia. y se vio a varios hombres meterse a toda prisa escaleras arriba. Victoriano Segura la miró a fondo durante diez o doce segundos. Pero la mujer de José Abud. refiriéndose a la puerta de la escalera. se va a asfixiar! ¡Salga de ahí Victoriano! –gritaron varias voces a un tiempo. Aquella extraña mirada se convirtió de pronto en la de una fiera. Al parecer no atendía más que al súbito e incesante crecer y decrecer de las llamaradas. donde más fuerte debía ser el fuego en tal momento. Victoriano Segura se había levantado. golpearon la puerta e hicieron saltar los cierres. “Este quiere entrar para robar”. aunque de una sola planta. Las llamas iluminaban su rostro cobrizo y su pelo áspero. y gritó que estaba en su habitación. los brazos cruzados sobre el pecho. usté no! –gritó José Abud al tiempo que trataba de agarrarlo para que no fuera. pues cuando la familia se dio cuenta del siniestro fue cuando vieron las llamas reventando. por la pared de atrás de la casa. a los gritos y a las quejas. se va a matar. —¡No. No podía ser de otra manera. Allí. picante. —¡La última de allá. con voz que parecía llegada de otro mundo: —¡Mamá. Victoriano Segura avanzó. no. que pegaba con la de José Abud y era también de ladrillos. que podía moverse sin hacer ruido y sin mostrar esfuerzo. como un alto y flaco e inmóvil muñeco de cobre que resultara a ratos iluminado por el aleteo de las llamas. dura. —¡Hay que abrir esa puerta pronto! –gritó alguien. y su voz de piedra. Pero la gente no perdió tiempo. como gigantesca flor viva. un brillo imponente le alumbró los ojos. y tras el crepitar entraron las múltiples llamas ensanchándose y despidiendo chispas. 305 . Se paró en la acera de la casa de don Julio Sánchez.

De súbito se la vio abrir la boca. un comentario quejumbroso o una observación que salía del corazón mismo de la multitud. la lamió y en un instante la hizo arder. sacar de su lecho a una anciana paralítica y conducirla a la calle. el balcón comenzó a arder. pequeña. mientras la casa de José Abud ardía. y así. Es probable. y para las personas que tenían esa sospecha. Instintivamente la gente volvía la cabeza hacia la casa de Victoriano. en grupos dispersos comenzaron a llegar los bomberos. podía advertirse que sobre ese pensamiento iba superponiéndose. Los policías. a pesar de que no podrían hacer nada allí debido a que no había de dónde sacar agua. 306 . se veía a su mujer. Si el balcón cogía fuego. con rasgos cada vez más fuertes. Sobre el constante abejoneo se alzaba de improviso un clamor. es inclemente. y nadie puede en cinco minutos. aunque la casa no esté ardiendo. tal vez muy angustiada pero de todas maneras muy dueña de sí misma. lo cual indicaba que su probable muerte –la horrible muerte por el fuego– comenzaba a ganarle simpatías. Aquel hombre parecía llamado a promover en torno suyo una atmósfera dramática. una vez transcurridos cinco minutos podían darse por muertos a Victoriano Segura y a la vieja Adelina Abud. Cinco minutos no son nada. los bomberos y todos los recién llegados hacían la misma pregunta: —¿Cómo empezó? Y todos oían las atropelladas noticias de que allá arriba había una vieja paralítica y un hombre que se había metido a salvarla. los ayes de las mujeres. Aunque no había dudas de que todos pensaban en la vieja paralítica. Una llamarada surgió. Por el extremo este. recordando que habían dejado las puertas abiertas y que las circunstancias eran propicias para que se metieran por ellas los rateros. subir a una casa. Gentes de las calles cercanas y hasta del centro del pueblo habían llegado de todas direcciones. desaparecería a los ojos de todos con la fortuna de Abud. hacia el lado de allá. y su entraña maligna está fuera del tiempo. sobre el seto del alto. Las conversaciones eran como un mar. Por eso los que llegaban se ponían a mirar hacia “allá arriba” con tanta angustia como los vecinos de la calleja. de grandes ojos negros y de cutis oscuro que el fuego enrojecía. en cuya puerta. Por fin. Llegaron policías que comenzaron a dar órdenes y a apartar a la multitud. Tal vez nadie pensó eso aquella noche de San Silvestre. De manera que una carrera entre el hombre y el fuego es muy desigual para el hombre. resultan un largo tiempo para perderla. atraídos por el resplandor y por el escándalo. que todavía hubiera alguien pensando que Victoriano no estaba tratando de sacar a la enferma. la imagen de Victoriano Segura. envolvió y pareció acariciar la balaustrada. más frecuentes. pero es indudable que todos lo sintieron.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS A esa hora la multitud era ya grande. Para el expectante vecindario. sin gritar y sin moverse. Ahora bien el fuego es un elemento muy veloz. —¡Victoriano! –dijo y corrió hacia el fuego. sin embargo. sino buscando el sitio donde José Abud guardaba su dinero. Había llegado ya el momento en que la gente lanzaba maldiciones por la lentitud del hombre en salir. Las señoras del vecindario corrían de nuevo hacia sus casas. de momento aparecería Victoriano en el balcón y daría un salto o haría algo diabólico. un mar en el que de pronto se levanta una ola y a poco vuelve a caer. por muy de prisa que lo haga todo. Los vecinos de la calleja sentían deseos de acercarse a ella y hablarle sobre su marido. bonita. ¿qué iba a ser de Victoriano y de la vieja? Las voces comenzaron a hacerse más altas. salvaje. con inteligente y demoníaca maldad. cinco minutos. que no son nada para salvar una vida.

Mucha gente pensó que la anciana no podría salvarse. 307 . con una seguridad y una fiereza impresionantes. Fue admirable la prontitud con que apareció una escalera. y además. como con miedo: Victoriano Segura había aparecido en el balcón con la anciana en los brazos. lo haló. La gente bramó cuando vio ese pedazo de balcón. en violentas bocanadas gris negras que avanzaban como impetuosos remolinos. requería mucho esfuerzo y un gasto de tiempo que ya no podía hacerse. alguien les gritó que subieran la escalera para ayudar a Victoriano. las llamas avanzaban y cubrían todo el sitio. Por cierto una parte cayó. podía haber una vara de espacio vacío de una casa a la otra. Parecía imposible librarse de su efecto. pero que el hombre sí. a tal altura. y entró de nuevo a toda prisa. y brutalmente. favorecidas por una ligera brisa. Cuando lo hizo saltar se detuvo un poco para quitarse la camisa. aunque de manera dispersa. El hombre había hallado el dinero y andaba buscando por dónde escapar. si no seguía arriesgándose. La menor dilación. Inconscientemente. No se daban cuenta de que Victoriano había pasado a ser el objeto de la preocupación general. Tal vez era de los bomberos. ella se había quedado inmóvil. cosa que todos aseguraban en voz baja. armado de un palo que seguramente había sido la pata de una mesa. A ese tiempo éste había hecho saltar todos los balaustres y había entrado de nuevo en la casa. asomó hacia la multitud su rostro duro. mas en esas tres varas dominaba ya el fuego. precisamente cuando Victoriano se acercaba al extremo que él mismo había roto poco antes. consumido por el fuego. otra más lejos. Seis o siete hombres que se movían tropezando y estorbándose lograron ganar el techo de la casa de don Julio. lo removió.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS El hombre había salido al balcón. El humo iba saliendo por las puertas. Después de haber gritado el nombre de su marido. La multitud comprendió de inmediato que el plan de Victoriano consistía en romper la balaustrada para sacar por ahí a la vieja. Logró romper el pasamanos y se prendió de él con terrible fuerza. Colocarse de espaldas al fuego. También estaban seguros. Al favor de las llamas se vio entonces que a pesar de su delgadez era musculoso y fuerte como un animal joven. El espacio que el hombre tenía que recorrer sería de tres varas solamente. porque. A seguidas volvió a salir. La anciana no podía salvarse. y tres o cuatro hombres la agarraron al tiempo que otros trepaban hacia el techo. o aún entregársela a alguien de los que estaban sobre el techo de la casa de don Julio. dos por allá. A poco un enorme clamoreo subió de todas las bocas y hubo muchos que aplaudieron. Entre el piso del balcón y ese techo podía haber una diferencia de vara y media. con la boca cubierta por una mano y los ojos fijos en el balcón. que se convertían en dos varas y media desde el pasamanos. la multitud empezó a moverse hacia el sitio donde se hallaba su mujer. —¡Que suban algunos al techo de don Julio! –comenzó a pedir la gente. para bajar la escalera. En medio de la angustia los sentimientos iban desplazándose. Ese movimiento acentuó las sospechas de los que las tenían. Mientras tanto. Victoriano Segura iba destrozando la balaustrada. con la anciana en brazos. una voz por aquí. Lo hizo durante un instante. Pero parecía muy tarde. allá arriba. Ya había sido eliminada totalmente la última sospecha. comenzó a golpear la balaustrada del balcón por el extremo que daba al techo de la casa de don Julio Sánchez. indiferente al fuego del balcón que avanzaba hacia sus espaldas. Es el caso que apareció una escalera. y el balcón podía caerse. caer entre chispas y estruendo. además. no era cosa de salir corriendo y dejar caer a Adelina. de que Victoriano iba en busca de la vieja. Pero nadie ponía atención en los bomberos ni en los policías.

Debía ser muy importante lo que decía la mujer. Victoriano se sentó. corrió hacia el fuego y gritó: —¡Victoriano. a ese ser impenetrable. Tal vez pensaba lanzarse con la anciana en brazos. a quien los otros recibieron en tumulto. él vive ahí. ellos no pensaban tanto en Adelina como en Victoriano. y hasta alguna mujer. A seguidas crujió el resto del balcón. Era impresionante ver que esas llamas casi envolvían a la paralítica y sin embargo no la conmovían. duro y callado. 308 . mas la naturaleza humana no varía tan de prisa. los seis o siete hombres que estaban en el techo de don Julio le invitaban a algo. La enferma se movía igual que un péndulo. Ese Victoriano Segura que estaba jugándose la vida en el balcón era el mismo que dejaba sin contestar los saludos de sus vecinos. Estaba tan aislado allá arriba como se mantenía en su casa. porque las llamas avanzaban sobre ellos. del continuo estallido de las maderas que ardían. Las opiniones pueden cambiar en un minuto. acuérdate! ¿Que se acordara de qué? ¿Qué significaban esas palabras? ¿Había alguna razón por la cual él no debía dejarse matar o inutilizar por el fuego? La gente se miró entre sí. a quien una corta dilación convertiría en víctima. Gesticulando y gritando. Victoriano se tiró. Ya allí. después empezó a dar una vuelta. Había llegado al borde del balcón y durante un segundo se le vio dudar. luego tomó a la vieja por las axilas y comenzó a bajarla. Ella dijo entonces: —¡Acuérdate. Tranquilamente. De rato en rato un muchacho señalaba hacia la casa de Victoriano Segura y decía: —Mire. —¡Déjela caer. era tarde. Como todo el mundo. Los de abajo tendían las manos y daban gritos. imponiéndose con su dura mirada y su gran tamaño. y dejó oír. dándoles la espalda. Durante todo el día de Año Nuevo estuvieron humeando los escombros de la que había sido la mejor construcción en la pequeña calle. era evidente que a aquel hombre no le importaban gran cosa los demás. en el techo vecino. porque Victoriano se volvió a los hombres que se agrupaban bajo él. La oyó porque se le vio buscarla con los ojos. hacían grupos frente al lugar del siniestro y cambiaban impresiones. —¡Allá va! –dijo estentóreamente. y con ellas los sentimientos a que han dado origen. más como una gran muñeca de madera que como un ser vivo. Cuando algunos quisieron buscarlo para hablar con él. Por un momento su mujer perdió la serenidad. inerte. Un segundo después. razón por la cual muy pocos se dieron cuenta de que Victoriano Segura había corrido por el techo de la casa de don Julio y había saltado después a la calle. pidió paso y se lo dieron. se había oído el golpe de su puerta. lo cual hubiera sido una locura. La gente se distrajo viendo esa caída y esas chispas. por segunda vez en esa doliente noche.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Pero Victoriano no volvió la cabeza. con la agilidad de un enorme gato. suéltala y tírate! Y en medio del tumulto. Victoriano. Ahora bien. y levantando sordo estrépito cayó a la calle envuelto en chorros de fulgurantes chispas. Se concebía ya hasta que la vieja muriera. el marido oyó a su mujer. Y soltó a la anciana. pero nadie pedía aceptar a esa altura la idea de que muriera Victoriano. de aquel mar de voces. Por momentos salían huyendo. su voz metálica e impresionante. El misterio seguía rodeando a ese hombre flaco y alto. Confusamente. déjela caer! –gritaban los hombres agrupados bajo los pies de la anciana. de manera que quedó sentado con las piernas al aire y la vieja Adelina en ellas. Hombres y muchachos.

encabezados por José Abud. al cabo de los años. —Muy bien. El grupo cambió miradas. Muchos de los vecinos le vieron meter esas tablas en la casa. lo cual quiere decir que había brisas cuaresmales y el cielo estaba brillante. señores… Miren. Perdónenme señores… –Pero váyanse. —¿Qué desean? –preguntó. A juicio del vecindario Victoriano era un hombre extraño. tal vez hacía una mesa para comer o remendaba una ventana rota. Adiós. Sólo persistía esa atmósfera de misterio en torno suyo. Algún día se sabría la verdad. En medio de tal ambiente. señora. Por entonces el mes de febrero iba muy avanzado. Una adorable paz ganaba el corazón de la gente.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Pero nadie vio a Victoriano ese día. La gente muy madrugadora alcanzaba a oír el ruido de su carreta. a juzgar por la recepción se les hizo a los señores que estuvieron en su casa después del incendio. de. se pensaba que tenía relación con ese misterio que le rodeaba. sólo ahora la sabrán. desde luego. unos cuantos vecinos. y en aquella pequeña calle que estaba surgiendo a la orilla misma de los campos. El no quiere que venga gente a la casa. dulce y limpio. abrumado por la desgracia. ocurrió la partida de Victoriano Segura. Todavía hoy. Y como tampoco se le vio salir al siguiente. cuya voz era muy aguda. Los días fueron transcurriendo sin que volviera a verse a Victoriano Segura sentado a la puerta de su casa. llenaba de confusión a todo el mundo. Entonces intervino don Julio. A las llamadas en la puerta salió la mujer. debía ser muy celoso. si bien ya no causaba mala impresión. él no está aquí –dijo–. Muy pocos aludían a sus prisiones. El aire iba y venía cargado con los presagios del carnaval y la Semana Santa. pero no salía más. Queríamos saber si estaba bien y si necesitaba algo. la mayoría recordaba los gritos de mujer aquella noche. muy bien –dijo–. sino sólo un poco. pero no abrió del todo. Con su graciosa tartamudez. en cuanto al repetido “¡acuérdate!” que le lanzó la suya la noche del fuego. Se había puesto nerviosa y se agarraba a la hoja de la puerta como si temiera que algún espíritu maligno pudiera abrirla del todo. de…” Pero la mujer no deseaba oír más. señora. cuya puntera había clavado en tierra. Pero el miedo de que pudiera asaltar a las ancianas del lado se había disipado del todo. se pensó que estaba haciendo arreglos en la vivienda. en cuya vida había algún misterio. Pero le dice que vinimos a verlo. el frecuente canto de los pájaros y el murmullo de los árboles hacían más sensibles esos rasgos de profunda esencia musical con que se embellecen los días sin importancia. don Tancredo Rojas comenzó a tratar de decir que todos ellos querían saludar al “hé… roe. Mejor váyanse. si es que alguno de ellos lee esta historia. —Ay. Fue a eso de las nueve de la mañana. Ocurrió que una tarde llegó a la calleja con su carreta cargada de tablas. El pobre José Abud. Esa conducta. Evidentemente la mujer no sabía que hacer. no abría la boca. mientras hacía moverse de un lado a otro la empuñadura de su bastón. hé… roe. Volvía a media tarde. Pues Victoriano Segura se esfumó tan extrañamente como había llegado. y como en los días siguientes se le oyó martillar. si bien de manera mucho más dramática. fueron a visitarlo. por lo demás. hé… roe de. Caminaba junto a sus compañeros de comisión como quien marcha tras el entierro de un ser querido. Algunas mujeres parloteaban desde sus puertas con las 309 . aquellos a quienes tanto intrigaba su conducta ignoran esa verdad. —Pero… pero… pero… –comenzó a decir don Tancredo.

Ella llevaba en la mano una vela encendida y al parecer había comenzado a rezar. tocado de sombrero negro. Fue cuando se quemó la casa de José Abud. después tomó la que cargaba la mujer y comenzó a empujar. que debía ser mucha. —Sí. impresionante y reservada. Tenía canas y algunas arrugas. Después de eso entró en la casa. El hombre logró al fin llevar el ataúd a donde quería. junto con otros presos. No era fácil hacer rodar el ataúd. Le reconocí inmediatamente. Cuando ocurrieron los sucesos en que él fue protagonista yo era un muchacho. Estuvo largo rato mirándose las manos. —Usté es Victoriano Segura –le dije atravesándome en su camino. uno de los que oían hablar de él y de la misteriosa atmósfera que le rodeaba. A mi me pareció que algo veló el brillo de su mirada. no sólo porque había cambiado muy poco –si bien algo de su rostro denunciaba el paso del tiempo–. dándoles vueltas de las palmas a los dorsos. se le vio entrar en la casa con su mujer. tocándoselas una con otra.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS vecinas. Nunca más volvió la gente de la pequeña calle a verlos. la carreta se perdió en la esquina. Victoriano puso dos piedras junto a una de las ruedas. Cuando se puso de pie para ir a su camastro los demás le abrieron paso en silencio. Victoriano Segura dio tres “¡arres!” en voz alta. sin duda camino del cementerio. se perdió la mujer. Se le veía endurecido por la tensión. la otra para impedir que se moviera hacia atrás. Yo estaba junto a mi madre. sino porque su estancia en la calleja me había causado mucha impresión y por tanto no lo olvidé. ¿Quién podía prever lo que sucedió inmediatamente? Algunos minutos más tarde la puerta se abrió de par en par y Victoriano Segura salió de espaldas. labraba un pedazo de madera con una pequeña cuchilla y parecía aislado en medio de sus compañeros. Volvimos a encontrarnos en la cárcel. Al fin dijo: 310 . Inesperadamente se abrió el portón que daba al patio donde Victoriano guardaba la carreta y se oyó su dura voz arreando al mulo. Victoriano lo removía de un lado a otro. con la mano de la vela mecánicamente alzada. Tambaleante y despaciosa. la carreta quedó parada junto a la puerta de la casa. el hombre colocó la punta del féretro en el borde de la carreta. al otro extremo apareció luego la mujer. Estaba en una gran celda. ¿por qué? –contestó. Sin subirse en la carreta. y cerrar la puerta. Hábilmente conducida. salir a poco. una para impedir que se moviera hacia adelante. Se presumió que él había vuelto de noche para llevarse los enseres y el otro mulo. Cachazudamente. algunas gallinas picoteaban las manchas de yerba que se veía aquí y allá. a esa áspera soledad en que viviera siempre. Ni siquiera movía la cabeza. era su misma mirada metálica. algunos muchachos jugaban dando carreras o empinaban papalotes. la mañana en que él se fue. Usando toda su fuerza. cargando con un extremo de ataúd. Bajo aquel sol límpido era una estampa dura la de esa mujer llorando en silencio mientras su marido luchaba con el impresionante cargamento. —Yo lo conocí a usté –dije–. uno de los que despertaron sobresaltados la noche del siniestro en la casa de José Abud. Tras ella. Fue una semana más tarde cuando yo me atreví a preguntarle por su mujer. Pero yo vi a Victoriano Segura muchos años más tarde. Era su misma voz dura de otros tiempos. y allí estuvo largas horas labrando su pedazo de madera. Retornó a su soledad. viéndole luchar con el ataúd. y nada más. la mujer no cesaba de llorar. y la lúgubre carga iba entrando lentamente en la carreta. Secándose los ojos con la mano. dominando el mulo desde afuera. Pero no dijo una palabra. Vivíamos casi enfrente. adonde me habían llevado mis ideas políticas. Se fue a su camastro. la cabeza baja.

Sólo sabía a ciencia cierta que ninguna de las innumerables cabezas de las vitrinas había emitido el menor sonido. Durante cierto tiempo me sentí paralizado por el terror. la alfombra roja que iba de la escalinata a la gran mesa del recibidor. Se sentó allí y se dedicó a contemplar el patio. yo estaba allí: había pasado el umbral y tenía que entregar mi cabeza. Tenía la impresión de que todo lo que veía estaba hablando a un tiempo: el piso de mármol negro y blanco. las cornisas de cubos dorados. Al parecer halló que había hablado demasiado. Entonces yo tuve un vislumbre. como la de una estatua. Sin embargo lo que veía indicaba que la separación entre lo que fui y lo que sería no podía medirse en términos humanos. que a mí me pareció de mármol. Ya no volví a dirigirle la palabra sino cuando un mes después se me avisó que recogiera mis pertenencias porque iban a dejarme en libertad ese mismo día. de que su antigua soledad se había debido… —Ahora me explico –empecé a decir. donde algunos reclusos charlaban y se movían sin cesar. —Claro… ¿Cuál va a ser? A pesar de que no era autoritaria. Si usté la ve ahora con mi consentimiento. Y he aquí lo que me dijo entonces Victoriano Segura mirándome a los ojos: —No vaya. tal vez de cuatro. la distancia sería de tres metros. —Entregue su cabeza –dijo una voz suave. la mamá de mi mujer. La mancha indeleble Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas. con tanto miedo que a duras penas me oía a mí mismo. la voz llenaba todo el salón y resonaba entre las paredes. Su mamá perdió la nariz y tal vez ella la pierda también. —¿La mía? –pregunté. Usté la conoció cuando era bonita. y yo las veía colocadas en una larga hilera de vitrinas que estaban adosadas a la pared de enfrente. porque se puso de pie y se fue a un rincón. las grandes columnas de mayólica. aunque les faltaba el flujo de la sangre bajo la piel. que se cubrían con lujosos tapices. las dos enormes lámparas colgantes de cristal de Bohemia. es como si la viera yo. y la que iba a iniciar en ese momento. Yo no podía saber de dónde salía. Debo confesar que el espectáculo me produjo un miedo súbito e intenso. A poco recomendó: —Que no lo sepa nadie. del otro lado de la puerta. y la alfombra similar que cruzaba a todo lo largo por el centro. relampagueante. Seguramente en esas vitrinas no entraba aire contaminado. Me le acerqué para preguntarle si quería que visitara a su mujer en el leprocomio. Parecía que no había distancia entre la vida que había dejado atrás. pues las cabezas se conservaban en forma admirable. Pero era el caso que aún incapacitado para pensar y para actuar. La situación era en verdad aterradora. Nadie podría evitarme esa macabra experiencia. que murió lázara. pregunté: —¿Y cómo me la quito? 311 . casi como si estuvieran vivas. así.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —En el lazareto. Y me dio la espalda. mientras él me clavaba su imperiosa mirada—… Aquel ataúd era… —Su mamá –dijo–. Tal vez con el deseo inconsciente de ganar tiempo. Físicamente.

Sentí que alguien iba a entrar. una mano sujetaba el borde de la gran hoja de madera brillante y la empujaba hacia adentro. No me había equivocado. tal vez pensaron que había robado o que había sido sorprendido en el momento de robar. Peor aún: estábamos la voz y yo. estaban mirándome desde las paredes. y un pie se posaba en el umbral. no me importaba. Durante una semana no me atreví a salir de la casa. Estaba cerrada. Me lancé impetuosamente hacia la puerta. —Por favor. En medio de mi terror actué como un autómata. sin mis ideas. pero ninguna estaba abierta. y como temblaba de arriba abajo debido al frío mortal que se había desatado en mis venas. Déme algún tiempo para pensarlo. mientras me hallaba de pie y solitario en medio de un lujoso salón. —¿No ha oído o no ha comprendido? –dijo la voz. Comprendía que llevaba el rostro pálido y los ojos desorbitados. que hay otros en turno –dijo la voz. y de haber habido por allí un policía. Colóquela después sobre la mesa. Me ahogaba. —Sí. Había también puertas en esos extremos. Pero la voz no era humana: no podía relacionarse con un ser de carne y hueso. —Aquí no tiene que pensar. empujé al que entraba y salté a la calle. Callé. Me hallaba bajo la impresión de que miles de ojos malignos. de mis recuerdos. El espacio era largo y de techo alto. Pero no puedo despojarme de mi cabeza así como así. me hubiera perseguido. y de que millones de seres minúsculos e invisibles acechaban mi pensamiento. Dos veces tuve que parar para tomar aire. ¿con qué voy a pensar? La parrafada no me salió de golpe. En cuanto a sus recuerdos. no nos haga perder tiempo. Oía día y noche la voz y veía en todas partes los millares de ojos sin vida y los centenares de cabezas sin cuerpo. Eso estaba sucediéndome en pleno estado de lucidez. lo cual me hizo sentirme tan desamparado como un niño perdido en una gran ciudad. como de risa burlona. No se veía una silla.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Sujétela fuertemente con las dos manos. Pero en la 312 . y huía como loco. Pero no era una pesadilla. Al fin apoyé las dos manos en la mesa. Instintivamente miré hacia la puerta por donde había entrado. Además. Si se hubiera tratado de una pesadilla me hubiera explicado la orden y mi situación. sin emociones propias? —pregunté. más bien tranquilo. No es fácil explicar lo que esas palabras significaron para mí. Mi necesidad de huir era imperiosa. Volví los ojos a los dos extremos del gran salón. apoyando los pulgares en las curvas de las quijadas. Pensaremos por usted. Sin duda era la hora indecisa entre el día que muere y la noche que todavía no ha cerrado. Ya dije que la voz no era autoritaria sino suave. Comprenda que ella está llena de mis ideas. he oído y he comprendido –dije–. De todas maneras. Me di cuenta de que alguna gente se alarmó