COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN II

Cuentos

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN II

SÓCRATES NOLASCO | EL CUENTO EN SANTO DOMINGO  |  SELECCIÓN ANTOLÓGICA – TOMOS I Y II J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  CUENTOS DE POLÍTICA CRIOLLA JUAN BOSCH  |  MÁS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO VIRGILIO DÍAZ GRULLÓN  |  CRÓNICAS DE ALTOCERRO EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  TRADICIONES Y CUENTOS DOMINICANOS 

Cuentos

Introducción a la primera y segunda sección:

Diógenes Céspedes

Santo Domingo, República Dominicana 2008

Sociedad Dominicana de Bibliófilos

Dennis R. Simó Torres, Vicepresidente Manuel García Arévalo, Vicetesorero Antonio Morel, Tesorero

Mariano Mella, Presidente

CONSEJO DIRECTIVO

Octavio Amiama de Castro, Secretario Sócrates Olivo Álvarez, Vicesecretario Vocales

Edwin Espinal • Julio Ortega Tous • Mu-Kien Sang Ben Marino Incháustegui, Comisario de Cuentas asesores

Eugenio Pérez Montás • Miguel de Camps

José Alcántara Almánzar • Andrés L. Mateo • Manuel Mora Serrano Guillermo Piña Contreras • Emilio Cordero Michel • Raymundo González María Filomena González • Eleanor Grimaldi Silié • Tomás Fernández W. ex-presidentes Eduardo Fernández Pichardo • Virtudes Uribe • Amadeo Julián

Gustavo Tavares Espaillat • Frank Moya Pons • Juan Tomás Tavares K. Bernardo Vega • José Chez Checo • Juan Daniel Balcácer Jesús R. Navarro Zerpa, Director Ejecutivo

Enrique Apolinar Henríquez +

Banco de Reservas de la República Dominicana
Administrador General Miembro ex oficio Daniel Toribio

consejo de directores Secretario de Estado de Hacienda Presidente ex oficio Lic. Vicente Bengoa

Lic. Mícalo E. Bermúdez Vicepresidente Dra. Andreína Amaro Reyes Secretaria General Vocales Miembro

Lic. Luis A. Encarnación Pimentel Dr. Joaquín Ramírez de la Rocha Lic. Luis Mejía Oviedo Lic. Mariano Mella

Lic. Domingo Dauhajre Selman

Ing. Manuel Guerrero V.

Suplentes de Vocales Lic. Héctor Herrera Cabral Lic. Danilo Díaz

Ing. Manuel Enrique Tavárez Mirabal Lic. Estela Fernández de Abreu Lic. Ada N. Wiscovitch C.

Ing. Ramón de la Rocha Pimentel

Esta publicación, sin valor comercial, es un producto cultural de la conjunción de esfuerzos del Banco de Reservas de la República Dominicana y la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Inc.

COMITÉ DE EVALUACIÓN Y SELECCIÓN Orión Mejía Director General de Comunicaciones y Mercadeo, Coordinador Luis O. Brea Franco Gerente de Cultura, Miembro Juan Salvador Tavárez Delgado Gerente de Relaciones Públicas, Miembro Emilio Cordero Michel Sociedad Dominicana de Bibliófilos Asesor Raymundo González Sociedad Dominicana de Bibliófilos Asesor María Filomena González Sociedad Dominicana de Bibliófilos Asesora Jesús Navarro Zerpa Director Ejecutivo de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos Secretario Los editores han decidido respetar los criterios gramaticales utilizados por los autores en las ediciones que han servido de base para la realización de este volumen

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO
VOLUMEN II

SÓCRATES NOLASCO | EL CUENTO EN SANTO DOMINGO  |  SELECCIÓN ANTOLÓGICA – TOMOS I Y II J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  CUENTOS DE POLÍTICA CRIOLLA JUAN BOSCH  |  MÁS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO VIRGILIO DÍAZ GRULLÓN  |  CRÓNICAS DE ALTOCERRO EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI  |  TRADICIONES Y CUENTOS DOMINICANOS 

Cuentos

ISBN: Colección completa: 978-9945-8613-9-6 ISBN: Volumen II: 978-9945-457-01-08

Coordinadores: Luis O. Brea Franco, por Banreservas; y Jesús Navarro Zerpa, por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos
Ilustración de la portada: Rafael Hutchinson  |  Diseño y arte final: Ninón León de Saleme  Corrección de pruebas: Jaime Tatem Brache  |  Impresión: Amigo del Hogar Santo Domingo, República Dominicana. Junio, 2008

8

contenido

Presentación Origen de la Colección Pensamiento Dominicano y criterios de reedición.............................. Daniel Toribio Administrador General del Banco de Reservas de la República Dominicana Exordio. .................................................................................................................................... Mariano Mella Presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos Introducción a la primera sección. ....................................................................................... Diógenes Céspedes Sócrates nolasco El Cuento en Santo Domingo. selección antológica Tomo I: Aparición y evolución del cuento en Santo Domingo. Noticias preliminares. .... Tomo II............................................................................................................................... J. m. sanz lajara El Candado (Prólogo): Manuel Valldeperes . ...................................................................................... juan BOSCH cuentos escritos en el exilio y Apuntes sobre el arte de escribir cuentos Apuntes sobre el arte de escribir cuentos............................................................................ Cuentos escritos en el exilio................................................................................................ Introducción a la segunda sección....................................................................................... Diógenes Céspedes emilio rodríguez demorizi Cuentos de política criolla (Prólogo): Un libro de cuentos políticos. ............................................................................... Juan Bosch Juan BOSCH mÁs cuentos escritos en el exilio................................................................ virgilio díaz grullón Crónicas de Altocerro. Cuentos (Prólogo): Carlos Curiel..................................................................................................... emilio rodríguez demorizi Tradiciones y cuentos dominicanos Presentación ....................................................................................................................... Semblanza de Julio D. Postigo, editor de la Colección Pensamiento Dominicano............
9

11 15

17

37 109 193

259 271 363

385 475 599 655 771

presentación

Origen de la Colección Pensamiento Dominicano y criterios de reedición
Es con suma complacencia que, en mi calidad de Administrador General del Banco de
Reservas de la República Dominicana, presento al país la reedición completa de la Colección Pensamiento Dominicano realizada con la colaboración de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, que abarca cincuenta y cuatro tomos de la autoría de reconocidos intelectuales y clásicos de nuestra literatura, publicada entre 1949 y 1980. Esta compilación constituye un memorable legado editorial nacido del tesón y la entrega de un hombre bueno y laborioso, don Julio Postigo, que con ilusión y voluntad de Quijote se dedica plenamente a la promoción de la lectura entre los jóvenes y a la difusión del libro dominicano, tanto en el país como en el exterior, durante más de setenta años. Don Julio, originario de San Pedro de Macorís, en su dilatada y fecunda existencia ejerce como pastor y librero, y se convierte en el editor por antonomasia de la cultura dominicana de su generación. El conjunto de la Colección versa sobre temas variados. Incluye obras que abarcan desde la poesía y el teatro, la historia, el derecho, la sociología y los estudios políticos, hasta incluir el cuento, la novela, la crítica de arte, biografías y evocaciones. Don Julio Postigo es designado en 1937 gerente de la Librería Dominicana, una dependencia de la Iglesia Evangélica Dominicana, y es a partir de ese año que comienza la prehistoria de la Colección. Como medida de promoción cultural para atraer nuevos públicos al local de la Librería y difundir la cultura nacional organiza tertulias, conferencias, recitales y exposiciones de libros nacionales y latinoamericanos, y abre una sala de lectura permanente para que los estudiantes puedan documentarse. Es en ese contexto que en 1943, en plena guerra mundial, la Librería Dominicana publica su primer título, cuando aún no había surgido la idea de hacer una colección que reuniera las obras dominicanas de mayor relieve cultural de los siglos XIX y XX. El libro publicado en esa ocasión fue Antología Poética Dominicana, cuya selección y prólogo estuvo a cargo del eminente crítico literario don Pedro René Contín Aybar. Esa obra viene posteriormente recogida con el número 43 de la Colección e incluye algunas variantes con respecto al original y un nuevo título: Poesía Dominicana. En 1946 la Librería da inicio a la publicación de una colección que denomina Estudios, con el fin de poner al alcance de estudiantes en general, textos fundamentales para complementar sus programas académicos. Es en el año 1949 cuando se publica el primer tomo de la Colección Pensamiento Dominicano, una antología de escritos del Lic. Manuel Troncoso de la Concha titulada Narraciones Dominicanas, con prólogo de Ramón Emilio Jiménez. Mientras que el último volumen, el número 54, corresponde a la obra Frases dominicanas, de la autoría del Lic. Emilio Rodríguez Demorizi, publicado en 1980.
11

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  POESÍA Y TEATRO

Una reimpresión de tan importante obra pionera de la bibliografía dominicana del siglo XX, como la Colección Pensamiento Dominicano, presenta graves problemas para editarse acorde con parámetros vigentes en nuestros días, debido a que originariamente no fue diseñada para desplegarse como un conjunto armónico, planificado y visualizado en todos sus detalles. Esta hazaña, en sus inicios, se logra gracias a la voluntad incansable y al heroísmo cotidiano que exige ahorrar unos centavos cada día, para constituir el fondo necesario que permita imprimir el siguiente volumen –y así sucesivamente– asesorándose puntualmente con los más destacados intelectuales del país, que sugerían medidas e innovaciones adecuadas para la edición y títulos de obras a incluir. A veces era necesario que ellos mismos crearan o seleccionaran el contenido en forma de antologías, para ser presentadas con un breve prólogo o un estudio crítico sobre el tema del libro tratado o la obra en su conjunto, del autor considerado. Los editores hemos decidido establecer algunos criterios generales que contribuyen a la unidad y coherencia de la compilación, y explicar el porqué del formato condensado en que se presenta esta nueva versión. A continuación presentamos, por mor de concisión, una serie de apartados de los criterios acordados:

 Al considerar la cantidad de obras que componen la Colección, los editores, atendiendo a razones vinculadas con la utilización adecuada de los recursos técnicos y financieros disponibles, hemos acordado agruparlas en un número reducido de volúmenes, que podrían ser 7 u 8. La definición de la cantidad dependerá de la extensión de los textos disponibles cuando se digitalicen todas las obras.

 Se han agrupado las obras por temas, que en ocasiones parecen coincidir con algunos

géneros, pero ésto sólo ha sido posible hasta cierto punto. Nuestra edición comprenderá los siguientes temas: poesía y teatro, cuento, biografía y evocaciones, novela, crítica de arte, derecho, sociología, historia, y estudios políticos.

 Cada uno de los grandes temas estará precedido de una introducción, elaborada por un especialista destacado de la actualidad, que será de ayuda al lector contemporáneo, para comprender las razones de por qué una determinada obra o autor llegó a considerarse relevante para ser incluida en la Colección Pensamiento Dominicano, y lo auxiliará para situar en el contexto de nuestra época, tanto la obra como al autor seleccionado. Al final de cada tomo se recogen en una ficha técnica los datos personales y profesionales de los especialistas que colaboran en el volumen, así como una semblanza de don Julio Postigo y la lista de los libros que componen la Colección en su totalidad.  De los tomos presentados se hicieron varias ediciones, que en algunos casos modificaban el texto mismo o el prólogo, y en otros casos más extremos se podía agregar otro volumen al anteriormente publicado. Como no era posible realizar un estudio filológico para determinar el texto correcto críticamente establecido, se ha tomado como ejemplar original la edición cuya portada aparece en facsímil en la página preliminar de cada obra.
12

PRESENTACIÓN  |   Daniel Toribio, Administrador General de Banreservas

 Se decidió, igualmente, respetar los criterios gramaticales utilizados por los autores

o curadores de las ediciones que han servido de base para la realización de esta publicación.

 Las portadas de los volúmenes se han diseñado para esta ocasión, ya que los planteamientos gráficos de los libros originales variaban de una publicación a otra, así como la tonalidad de los colores que identificaban los temas incluidos.  Finalmente se decidió que, además de incluir una biografía de don Julio Postigo y
una relación de los contenidos de los diversos volúmenes de la edición completa, agregar, en el último tomo, un índice onomástico de los nombres de las personas citadas, y otro índice, también onomástico, de los personajes de ficción citados en la Colección.

En Banreservas nos sentimos jubilosos de poder contribuir a que los lectores de nuestro tiempo, en especial los más jóvenes, puedan disfrutar y aprender de una colección bibliográfica que representa una selección de las mejores obras de un período áureo de nuestra cultura. Con ello resaltamos y auspiciamos los genuinos valores de nuestras letras, ampliamos nuestro conocimiento de las esencias de la dominicanidad y renovamos nuestro orgullo de ser dominicanos.

Daniel Toribio Administrador General

13

exordio

Como presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, siento una gran emoción al

Reedición de la Colección Pensamiento Dominicano: una realidad

poner a disposición de nuestros socios y público en general la reedición completa de la Colección Pensamiento Dominicano, cuyo creador y director fue don Julio Postigo. Los 54 libros que componen la Colección original fueron editados entre 1949 y 1980. Salomé Ureña, Sócrates Nolasco, Juan Bosch, Manuel Rueda, Emilio Rodríguez Demorizi, son algunos autores de una constelación de lo más excelso de la intelectualidad dominicana del siglo XIX y del pasado siglo XX, cuyas obras fueron seleccionadas para conformar los cincuenta y cuatro tomos de la Colección Pensamiento Dominicano. A la producción intelectual de todos ellos debemos principalmente que dicha Colección se haya podido conformar por iniciativa y dedicación de ese gran hombre que se llamó don Julio Postigo. Qué mejor que las palabras del propio señor Postigo para saber cómo surge la idea o la inspiración de hacer la Colección. En 1972, en el tomo n.º 50, titulado Autobiografía, de Heriberto Pieter, en el prólogo, Julio Postigo escribió lo siguiente: (…) “Reconociendo nuestra poca idoneidad en estos menesteres editoriales, un sentimiento de gratitud nos embarga hacia Dios, que no sólo nos ha ayudado en esta labor, sino que creemos fue Él quien nos inspiró para iniciar esta publicación” (…); y luego añade: (…) “nuestra más ferviente oración a Dios es que esta Colección continúe publicándose y que sea exponente, dentro y fuera de nuestra tierra, de nuestros más altos valores”. En estos extractos podemos percibir la gran humildad de la persona que hasta ese momento llevaba 23 años editando lo mejor de la literatura dominicana. La reedición de la Colección Pensamiento Dominicano es fruto del esfuerzo mancomunado de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, institución dedicada al rescate de obras clásicas dominicanas agotadas, y del Banco de Reservas de la República Dominicana, el más importante del sistema financiero dominicano, en el ejercicio de una función de inversión social de extraordinaria importancia para el desarrollo cultural. Es justo valorar el permanente apoyo del Lic. Daniel Toribio, Administrador General de Banreservas, para que esta reedición sea una realidad. Agradecemos al señor José Antonio Postigo, hijo de don Julio, por ser tan receptivo con nuestro proyecto y dar su permiso para la reedición de la Colección Pensamiento Dominicano. Igualmente damos las gracias a los herederos de los autores por conceder su autorización para reeditar las obras en el nuevo formato que condensa en 7 u 8 volúmenes los 54 tomos de la Colección original. Mis deseos se unen a los de Postigo para que esta Colección se dé a conocer en nuestro territorio y en el extranjero, como exponente de nuestros más altos valores. Mariano Mella Presidente Sociedad Dominicana de Bibliófilos
15

.

de enseñanzas y moraleja sin moral rígida. es decir.” (I. mentirosas historias y fantasías2.12. 2 Irving Leonard. 222. Las citas remiten directamente al tomo y la página. México: Fondo de Cultura Económica. Los libros del conquistador. sobre todo si carecemos de testimonios. sin otro sitio determinado ni sabor regional. de Cervantes. donde se conservó “sin esenciales alteraciones”. pertenecientes a los siglos anteriores al siglo XIX. 1957 (dos tomos).o 12. carecemos de testimonio. No sé si Nolasco conoció la polémica entre Irving Leonard y Pedro Henríquez Ureña acerca de este tema. se haya aposentado en las Antillas y que estas hayan producido cuentistas siglos antes de la introducción de la imprenta en América hispánica. (I. pero lo cierto es que el cuentista dominicano tiene su propia versión de por qué el cuento no fructificó en Santo Domingo si teníamos la fuente directa de España: “Aquel modelo de ‘cuento universal’. las Antillas pudieron producir cuentistas siglos antes de que el cuento y la leyenda se imprimieran en los países del continente americano. y antes que el romance. tan pronto se formaron nuestras ciudades abandonó el vecindario urbano. 1979. de don Juan Manuel.introducción a la primera sección Diógenes Céspedes Sócrates Nolasco: El cuento en Santo Domingo En la introducción titulada “Aparición y evolución del cuento en Santo Domingo”. pero la ausencia de imprenta entre los siglos XV y XVIII. que figura en el tomo I del libro El cuento en Santo Domingo. 7-8) Harto difícil es el creer que el cuento correcto al modo de El conde Lucanor o Cervantes. y siguiendo los ejemplos del precavido y atildado don Juan Manuel. a) Visión del presentador 17 . 1 Ciudad Trujillo: Librería Dominicana. Pero si alguno de nuestros hombres de letras. pp. fácilmente traslaticio. 7) Afirma también Nolasco que “en El Conde Lucanor vino además el cuento correcto. 265-280. Colección Pensamiento Dominicano n. salvo que no trataran de asuntos religiosos o morales.” (Ibíd. se refugió entre aldeanos logrando perdurar con variantes adquiridas y bautizado con el pintoresco apelativo de cuento de camino. Sócrates Nolasco1 afirma que el cuento antiguo como género cultivado en España desde el Renacimiento –y cita a El Conde Lucanor. amén de la prohibición imperial de imprimir libros en las colonias. ni juego descriptivo de una realidad impresionante. y el “Rinconete y Cortadillo”. explica la ausencia de escritores que escribieran acerca de temas profanos.) Existen pruebas documentales de remisión a las Antillas y Tierra Firme de estas obras de don Juan Manuel y Cervantes y otros autores de la misma época por parte de los mercaderes de libros de Sevilla. el género tal como lo conocemos hoy. se entretuvo en un género que pasó a ser por mucho tiempo desestimado. familiar y repetido para entretenimiento en las veladas nocturnas. la décima y la copla. como ejemplos– llegó a Santo Domingo.

Sociedad Dominicana de Bibliófilos. de un escritor que asuma en su sociedad esta crítica radical. Y cita Nolasco en apoyo de su tesis a Rubén Darío y Manuel Díaz Rodríguez. 18 . así como el acceso a tales traducciones.) La moda y la traducción. o “La domadora”. tales como Tolstoi. el novelista. modelo para otros aclimatadores de cuentos exóticos. los grandes cuentistas hispanoamericanos son deudores del cuento francés del siglo XIX –Alfonso Daudet y Guy de Maupassant– y no del cuento español. atravesado por la crisis del imperio (guerra de Cuba y guerra hispano-norteamericana en las Filipinas). Andreiev y Chéjov. rusos por lo demás. modernistas y rusos en el ambiente literario y cultural dominicano? Un bello artificio. pero que no cambia el ritmo de la cuentística dominicana hasta que no abandona esas frivolidades literarias plenas de exotismo y retórica contenidas en Cuentos frágiles. según la expresión del referido antólogo. de Cervantes (I. “Soika”.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS El mismo Nolasco sugiere que después de la introducción de la imprenta en el continente americano. “La condesita del Castañar”. y para entenderlo así bastaba con fijarse en “Rinconete y Cortadillo”. el valor agregado de una moda diferente: el exotismo. ¿por qué ir a abrevar en el naturalismo francés a fin de aprender a fijar en el marco del cuento artístico lo esencial de la vida circunstante?” (Ibíd. pero además. “Tiranías”. pero no su modernidad. no obedece al alto grado de su sistema educativo. 1980. que abre el libro. así como de otros extranjeros. cuyos cuentos “no pierden la gracia de productos de escritorio. La aparición de esta criticidad radical es el verdadero “progreso” y “desarrollo” de una sociedad. 9) El antólogo precisa que la primera gran antología de cuentos españoles de Antonio Paz y Meliá. “modelos sobresalientes para el estudio y la pintura de tipos. quizá expliquen la preferencia de los autores franceses. “Ernesto de Anquises”. producido por “observadores de un mundo remoto y desconocido.) ¿Cuál fue el resultado de la aclimatación de esos cuentos y autores naturalistas. no surtió la influencia esperada en América hispánica porque tampoco la tuvo en la Península. del tipo “Yubr”.” (I. los cuales ofrecían también lo mismo que los cuentistas franceses. que no es el caso. aparte de que en ultramar muy pocos poseyeron un ejemplar. publicada en 1890. Volumen II. De esto se desprende que si la cultura de lengua española ofrecía. un Casal o una Avellaneda y Venezuela el de un Díaz Rodríguez. el poeta o el ensayista) es el que Santo Domingo no produjo en aquel final de siglo XIX y principio de siglo XX. Este tipo de intelectual (sea el cuentista. La modernización. A finales del segundo decenio del siglo XX y hasta su muerte en 1946. “Entre ellas”. esas dos nociones del sentido de la historia. citados por el propio Nolasco. un escritor de talento. Aunque Nolasco achaca el resultado de esa aclimatación a un historicismo: la aparición tardía del cuento moderno en América. ya que esta es criticidad radical de los discursos y prácticas de una sociedad. sino a la inteligencia personal de ese intelectual. si suscribiera yo. como lo prueba el caso paradigmático de Fabio Fiallo. Pedro Henríquez Ureña será ese intelectual crítico que la cultura dominicana no produjo en el período que he considerado 3 Obras completas. sumado a la demanda y la oferta del mercado francés y la prontitud de entrega con respecto al mercado español.” (Ibíd. “Rivales” y “El nabab”3. la técnica y la tecnología pueden explicar el desarrollo capitalista de un país con respecto a otro que no haya accedido a esa especificidad histórica. 8). Santo Domingo: Editora de Santo Domingo. La aparición de un poeta. Gorki. este mito racionalista no explica la ausencia de grandes cuentistas en Santo Domingo cuando Nicaragua ofrece el ejemplo de un Darío y Cuba el de un Martí. con la picaresca.

con los mismos resultados endebles y afectados de ayer. a un cierto nacionalismo como ideología literaria. notarios. fueron Virginia Elena Ortea. 2) lugar y ambiente. Rafael Deligne. carentes de vocación y que competían por figurear en la referida publicación. honestas señoritas y señoras. ya se sabe. De ahí el resultado obtenido por la cultura dominicana y que Nolasco explica tan lúcidamente: “Los críticos no han tenido la oportunidad de decir que aquel modelo exótico produjo en nuestro país engendros endebles. Y luego de su llegada al país en octubre de 1961. aunque se la ha confundido con la novedad desde los tiempos de Aristóteles.) Nolasco suministra en nota al calce una lista larga de esos “cuentistas” y asiduos colaboradores de la revista de Garrido. se pelean por aparecer con su firma en revistas. pero si se le concibe como remisión a la especificidad cultural puede ser semánticamente productivo. 3) dominio del idioma o corrección conveniente. Abogados. Solo el dominio del idioma o corrección conveniente sí es uno de los atributos específicos del valor literario. mientras que el lugar y el ambiente son ideologías que oponen lo nacional a lo extranjero. cuyos antecedentes remiten a los años 40 del siglo pasado en La Habana. a lo verosímil. cuya introducción es nada más y nada menos que el célebre ensayo publicado en Caracas. Asombra que sin vocación ni necesidad tantas personas honorables se dieran a producir tan pobres resultados. tal como la rechaza Nolasco con respecto al uso que hicieron algunos aficionados al cuento con Alfonso Daudet y Guy de Maupassant o con los cuentistas rusos. 19 . Naturalmente. y 5) la no confusión entre anécdota y cuento. Juan Bosch esbozará en el ensayo publicado en Caracas con el título de Apuntes sobre el arte de escribir cuentos. En el siglo XIX. Augusto Franco Bidó. a medio siglo de haber sido formulada. 4) la originalidad como virtud. en 1960. Esta observación del antólogo. Pero sospecho que en la época de la escritura de Nolasco esta corrección conveniente tenía que ver con la gramática normativa.INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes más arriba. salvo que no sea el salir del anonimato y la chatura a que les reduce el capitalismo. sin vocación ni necesidad. el aparentar o el escalar socialmente. tiene hoy vigorosa vigencia en nuestro medio social: cantidad enorme de hombres y mujeres de todas las clases sociales. La realidad del personaje remite a lo convincente. España y los Estados Unidos y con menos peso en el Caribe y el resto de la América hispánica por razones explicables conforme a su exilio político e intelectual. con esos rasgos distintivos o atributos del cuento no se mide el valor literario. José Ramón López. dice Nolasco que quienes “le dieron realidad precisa al cuento en la República Dominicana”. Federico García Godoy. periódicos y suplementos. Julio D. comerciantes. La originalidad. pero como copia o imitación. compitiendo por ser cuentistas llenaban La Revista Ilustrada de Miguel Ángel Garrido –1898-1900– creyendo seguir el dechado de Francia. Ulises Heureaux hijo y ocasionalmente Federico Henríquez y Carvajal. aun con grandes y pequeños defectos. Postigo emprende la publicación del libro Cuentos escritos en el exilio. con la salvedad de que los efectos de su labor se sintieron con toda eficacia en México y Argentina. nuevas reglas más específicas a lo literario. Rafael Justino Castillo. que no remite a nada y sí a lo indemostrable. según Nolasco. Fabio Fiallo. Tres años más tarde. Ha de suponerse que cada uno de estos autores aplicó en sus cuentos la teoría que define a finales del siglo XIX y principio del XX los rasgos distintivos del género. lo inasible. las cuales cambian las de Nolasco y las que se conocían acerca de este género en América hispana. numerosos y afectados. Pararon de repente sorprendidos por los cuentos de dos maestros del modernismo: Manuel Díaz Rodríguez y Rubén Darío…” (Ibíd. a saber: 1) realidad del personaje.

muchos de los cuales estaban todavía vivos en 1957. rechazara en bloque la antología de Nolasco. A partir de 1964 y en la misma colección donde se publicaron los dos tomos de Nolasco en 1957. 4 Publicada en Río de Janeiro en 1945 para la época en que fue embajador en Brasil. 25) Y promete “pronto dar a la publicidad otro volumen en el cual tendrán cabida autores de no menor calidad y reputación que los comprendidos en el presente. la antología de Nolasco hay que verla. lo que aquella cultura de treinta años de autoritarismo entendió por cuento. Sin embargo.” (Ibíd. como él mismo aclara (I.” (I. literatura y sujeto. Es dicho párrafo una hábil maniobra literaria que responsabilizaba al editor del contenido de una alabanza a Trujillo que se convirtió en aquellos 31 años en un estereotipo obligado. 20 . con criterios estrictamente literarios y la propaganda trujillista contenida en sus páginas debe ser situada en sus efectos políticos e ideológicos. tal vez. tanto en su prólogo como en su selección. el valor de la antología de Noslasco es principalmente histórico como documento de primera mano para el estudio antropológico de la mentalidad y la cultura dominicanas de fin de siglo XIX y principio del XX. entendiendo que el cuento en nuestro país ha alcanzado su plenitud durante la era de Trujillo. que Nolasco leyó sin duda.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS De modo que este texto teórico. hombre literariamente conservador y políticamente vinculado con el trujillismo. sin la pasión política que obnubila. abrió Bosch el camino para una generación nueva que surgía sin una idea clara de las características del cuento. Nolasco no leyó la definición de lo que era el cuento para Bosch y esta le encaja perfectamente a casi todos los textos de su antología.) Este solo párrafo bastó para que la generación de escritores surgida luego del ajusticiamiento de Trujillo. Esto explica que los criterios de Nolasco para escoger los cuentos que forman su obra sean los de “una recopilación intentada sin mayor rigor de florilegio”. De acuerdo a la visión del presentador de la antología. del cual fue Senador en el Congreso. es decir. al copiar a su primo Max Henríquez Ureña y a la autoridad literaria de la cual estaba investido. ya que estos participan de las mismas ideas de Nolasco en política y literatura. sepulta las ideas acerca de lo que es el valor literario del cuento. Nolasco tenía la siguiente esperanza al entregar al público el primer tomo de su obra: “Responde a estas observaciones la recopilación que se entrega al público sin la severidad que requieren los florilegios.” (Ibíd. Tampoco ejerció Nolasco influencia en los antologados. pues las imágenes del mundo que surgió después del 30 de mayo de 1961 no cabían en el recetario de Nolasco. A casi cincuenta años de aquellos acontecimientos. sucumbió a la misma idea de don Max al escribir su Panorama histórico de la literatura dominicana en 19454. realiza ahora un nuevo aporte como entusiasta colaboradora en la obra del desarrollo cultural que le imprime sin desmayo a la república de las letras el Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva. Creo que el libro de Nolasco no tuvo el tiempo necesario para ejercer influencia en la generación de cuentistas que surgió luego de la caída de la dictadura trujillista. que implican selección obtenida mediante examen comparativo de los ejemplares de cada autor. 12) y como. sin conciliación ni atribuciones de responsabilidad al tiempo o a las circunstancias.) El párrafo final explica la selección sin rigor de florilegio hecha por Nolasco: “Librería Dominicana. Salvo que el libro de Emilio Rodríguez Demorizi titulado Cuentos de política criolla no tuviera en su edición de 1963 el prólogo de Bosch (reproducido en la segunda edición de 1977).

Aunque pocas veces Nolasco da la procedencia de los textos incluidos en los dos volúmenes. de José Rijo. la cual repugnaba por artificiales o exóticos los cuentos que trataran temas sin vinculación con la historia y la cultura dominicanas. En “El regidor Payano” (II. pero que el propio Nolasco les encuentra defectos. En “Mujeres” (II. Y sin embargo. En “Floreo” (I. pero contiene zonas donde la palabra precisa para la descripción de la acción no es la perfecta. Ramón Lacay Polanco. Haré una lista de los textos que más se aproximan a lo que Bosch entendió por cuento.II. ya que no cumplen con los rasgos que él ha dado a conocer en el prólogo a su libro: En “El forastero” (II. para citar a los más importantes). En “Pero él era así” (p. 81). En “El tren no expreso” (II. Nolasco debió leer estos dos libros de viajes y cuentos. aunque no siempre. se infiere. Ramón Marrero Aristy. Hay que acotar que Hilma Contreras fue siempre una disidente discreta del régimen y que no llegó nunca ostentar cargos públicos de responsabilidad política en el régimen de Trujillo. 95) y “Ángel Liberata” (II. salvo una que otra excepción. aunque aparece el contexto local. el primero publicado en 1949 y el segundo en 1950. 37) y “El fugitivo” (II. con sus dos leyes de la palabra precisa para describir la acción y la fluencia constante. 45).INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes En la antología de Nolasco todos los cuentistas elegidos son funcionarios del régimen. 87). 203) dominan la estampa y el exotismo. como son Aconcagua y Cotopaxi. 159). recusado por Nolasco. casi todos los textos son posteriores a Camino real. se cumple el procedimiento de la estampa literaria localista. En ese primer tomo. publicado en 1933. M. Nolasco se incluyó en su propia antología. 105) los dos temas son excelentes. casi todos nuestros antólogos literarios. y que el lector puede encontrar en “El príncipe del mar” (I. Virgilio Díaz Ordóñez. Los dos libros de cuentos de Pichardo son de 1917 y 1927. de modo que casi todos los escritores y escritoras incluidos en la obra de Nolasco debieron leer los cuentos de Bosch. procedimiento que han seguido. pero las digresiones y desvíos a que el narrador somete a los personajes les inhabilitan para calificar como cuentos bien logrados. la acción no se detiene. se cumplen las leyes del cuento boschiano. de Ángel Rafael Lamarche. rasgo exigido por Nolasco. 179). J. figuran en la antología de Nolasco. de Bosch. domina el procedimiento de los cuadros de costumbres. que el cuento antologado se encuentra en las obras de los autores que se citan al calce. hombres o mujeres. propios del realismo mágico. prevalece el procedimiento artificial y exótico de Fabio Fiallo. de José María Pichardo. Sanz Lajara. de Francisco Moscoso Puello. Sanz Lajara no figura en la obra quizá debido a la ideología literaria del nacionalismo de la antología de Nolasco. Aunque quienes siguieron su enseñanza y escribieron influidos por él (Hilma Contreras. En “Ma Paula se fue al otro mundo” (II. así como el nacionalismo literario que primó en la era de Trujillo y que luego fue recogido por la teoría marxista del compromiso literario. 9). de Marrero Aristy. Néstor Caro y José Rijo. Nolasco 21 b) Visión de cada obra . el hombre que en 1933 cambió para siempre la forma de escribir cuentos en el país con Camino real quedó excluido de esa antología a causa de su condición de exiliado político y líder del partido de oposición más importante en el exilio. pero algunos de los cuentos contenidos en este volumen vieron la luz antes de su inclusión en el referido volumen.

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

aplicó a los dos textos el principio de la moraleja sin moral rígida y los dejó en estampas clásicas regionales del Sur. “Los diamantes de Plutón” (II, 123), de Virginia Elena Ortea, es considerado por Nolasco como “un puente entre el cuento moderno y el cuento antiguo” y personificación del “mito heleno de Perséfone” (I, 10), carente de sitio y tiempo, defectos del modelo de cuento del antólogo, pero con “estilo sobrio, claro y animado”, lo cual no significa nada. “A mí no me apunta nadie con carabina vacía” (I, 29), de Julín Varona, tiene, al igual que “El forastero”, de Pichardo, el mismo mérito: la acción no se detiene nunca y las palabras que describen las acciones del personaje principal, Ismenio, y del asaltante, Benceslao, son las precisas. Este es un cuento de la estirpe de los de Camino real. El pintoresquismo del idioma del Sur es igual al pintoresquismo del español cibaeño que tan bien domina Bosch. Es una ideología lingüística de época, propia del realismo de la novela de la tierra. En “Cielo negro” y “Guanuma” (I, 43, 48), de Néstor Caro, coexisten dos temas boschianos –el buey y el diablo como personajes– cultivados desde Camino real con “La pájara” y reanudados en Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio con “El funeral”, “Maravilla” y “El Socio”. Igualmente, “La cuenta del malo” (II, 171), de Freddy Prestol Castillo, se queda en estampa del tema del diablo, muy ligado al cuento de camino que emigró al campo dominicano. En “La eracra de oro” (II, 131), de Virginia de Peña de Bordas, existe un mayor acercamiento a las reglas del cuento de Nolasco, pues la cultura taína empalma con la afrohispana como parte de la historia dominicana, es decir, que este texto responde a la exigencia de lo local, del sitio y tiempo, dominio del idioma y, también, a las dos leyes del cuento boschiano. Igualmente, responden a las mismas exigencias los cuentos “El centavo” (I, 39), de Manuel del Cabral, “La Virgen del aljibe” (I, 55), de Hilma Contreras, “Aquel hospital” (I, 79), de Virgilio Díaz Ordóñez, “Deleite” (I, 145), de Tomás Hernández Franco, y “Mi traje nuevo” (I, 163), de Miguel Ángel Jiménez. Con respecto a “La conga se va” (I, 123), de Max Henríquez Ureña, y “La sombra” (I, 139), de Pedro Henríquez Ureña, hay que decir que no responden a la exigencia nolasqueña de lo local, pues ambos textos están ubicados el primero, en Santiago de Cuba, y el segundo no determina sitio ni tiempo. Ambos responden a las dos leyes boschianas del cuento y en esta teoría no es pertinente la determinación del espacio geográfico o la fecha de la escritura para que un texto tenga valor literario, como lo prueban los cuentos de ambiente y época hispanoamericana escritos por Bosch, verbigracia “La muchacha de La Guaira”, “El indio Manuel Sicuri”, “El hombre que lloró”, “La muerte no se equivoca dos veces”, “Rumbo al puerto de origen”, “La mancha indeleble”, por no citar otros. Finalmente, el cuento “La bruja” (I, 189) anda cerca de la exigencia boschiana, pero hay digresiones y desvíos que matan el interés del lector. El texto de Gustavo Díaz “Dos veces capitán” (I, 73) es una ideología patriótica que cae perfectamente en la tradición al estilo de Penson o Troncoso de la Concha. Lo mismo se puede decir de “La cita” (I, 93) de Federico García Godoy. Igualmente, caen en las tradiciones dominicanas los textos de Antonio Hoepelman “Nobleza castellana” (I, 157) y “Honor trinitario” (I, 171) de Miguel Ángel Jiménez, ideología hispánica el primero e ideología patriótica el segundo, aunque este último tiene madera de cuento con final sorprendente. Pero en la teoría boschiana este es un rasgo que puede estar presente o ausente del cuento. El texto “El general José Pelota” (II, 53), de Miguel Ángel Monclús, y “Cándido Espuela” (II, 215), de Vigil Díaz, son, al igual que “El general Fico”, de José Ramón López, cuadros de costumbres de la época montonera o de Concho Primo.
22

INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes

En cambio, “Las tres tumbas misteriosas” (II, 149), ¿cuento gótico con moraleja sin moral rígida?, de José Joaquín Pérez, y “Una decepción” (II, 189) y “El proceso a Santín” (II, 196), de Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, así como “Humorada trágica” (I, 113), de Federico Henríquez y Carvajal, y “Modus vivendi” (I, 65), de Rafael Damirón, bien escritas, con las dos leyes boschianas presentes y con los requisitos nolasqueños en acción, son, sin embargo, tradiciones dominicanas en el mejor sentido. Los textos de Ramón Emilio Jiménez titulados “La escalera inesperada” (II, 179) y “Duelo comercial” (II, 183) son perfectos cuadros de costumbres pintorescos y picarescos, llenos de malicia cibaeña, de gracejo y humor. En “El sueño del guerrero” (I, 105), del general Máximo Gómez, existe determinación de sitio y tiempo (Cuba, Cuartel de la Demajagua, junio de 1889) y con una contra-ideología que recusa la matanza de los indios por Colón y los conquistadores del Nuevo Mundo y coloca al Almirante en un limbo o purgatorio donde expía sus crímenes, sin posibilidad de acceder al Paraíso. Y, finalmente, “Por qué el negro tiene la piel así” (II, 220) es, como su nombre lo indica, un verdadero cuento de camino, no exento de una ideología legendaria y mítica que no atina a explicar el racismo en contra de los negros sino por mediación de una fabulación. c) Visión de hoy Todos estos textos, sean estampas, anécdotas, cuadro de costumbres o tradiciones han envejecido con las circunstancias que les dieron origen. No han envejecido, sin embargo, “Floreo”, de Rijo, “Aquel hospital”, de Díaz Ordóñez, “Mi traje nuevo”, de Miguel Ángel Jiménez, “El centavo”, de Manuel del Cabral, y “Deleite”, de Hernández Franco. Hay que señalar que el envejecimiento no significa que no leamos dichos textos con curiosidad a fin de saber qué temas prefirieron nuestros escritores y cuáles teorías literarias e históricas pusieron en juego a finales del siglo XIX y un poco más allá de la mitad del siglo XX. Son documentos que simbolizan la arqueología del cuento dominicano y sus vicisitudes antes de llegar a las puertas del hecho-tema único y las leyes de la palabra precisa para describir la acción y la fluencia constante de Bosch. A pesar de las circunstancias de época, los cuentos que no han envejecido tienen un valor humano indudable y no han perdido el interés del lector gracias al ritmo que anima los sentidos y las acciones del hecho-tema único de cada uno de ellos.

J. M. Sanz Lajara5 : El Candado
Si existen dos temas ideológicos que definen la cuentística de J. M. Sanz Lajara, de acuerdo al diagnóstico de Manuel Valldeperes y al del propio autor, son el vitalismo y el americanismo. Esos dos leit-motiv son, por supuesto, conceptos pertenecientes a una teoría literaria: el nacionalismo literario, el cual surgió primeramente como metáfora política a partir del movimiento de independencia de las colonias americanas del imperio español y luego como
5 Ciudad Trujillo: Editorial Librería Dominicana, Colección Pensamiento Dominicano n.º 16, 1959, 154pp. Solo daré para las citas, el número de la página.

a) Visión del presentador

23

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

concepto literario con Martí, Hostos, Pedro Henríquez Ureña y una legión de escritores, filósofos y críticos literarios. Ese nacionalismo literario tuvo diferentes aplicaciones y resultados según la especificidad de cada república hispanoamericana. En el prólogo de Valldeperes al libro de cuentos El candado, el conocido crítico remontaba al año 1949 la aparición del vitalismo y el americanismo de Sanz Lajara con la publicación de Cotopaxi, libro de viajes y cuentos “de ambiente americano”6. (I) Pero Sanz Lajara toma estas nociones literarias de un discurso ajeno, pues en la presentación de su obra afirmó: “Alguien dijo, hablando de la vida (en 1939, DC) que en ella existe toda plasmación. Añadiremos que la fantasía en literatura está desapareciendo, si no ha desaparecido ya. Este libro se formó en la vida, con ella y de ella. Los hombres que voy a presentar cruzaron sus caminos con el mío. Las mujeres pasaron por mi puerta y algunas –¡benditas sean!– dejaron un beso, una caricia y una que otra lágrima, que sin dolor no hay sentido del propio destino.” ( (Ibíd.) La teoría y la práctica son dialécticamente inseparables. Por eso pasaron idénticas de Cotopaxi a Aconcagua y de estas dos obras a El candado con el nombre de realismo o verismo literario. Existe quizá un malentendido que es preciso aclarar. Cuando Sanz Lajara dice que la fantasía está en camino de desaparecer, si no ha desaparecido ya en 1949, en modo alguno se refiere él a la capacidad de imaginar, fantasear, crear mundos no vistos o que no existen en la vida real, sino que se refiere a un subgénero entendido como evasión literaria donde el compromiso del texto en cuestión es el olvido de lo político. Esa es la característica de la literatura frívola, de ensueño o light. Ni siquiera el cuento fantástico escapa a lo político, como podía pensarse, pues sus sentidos están orientados al prevalecimiento de la justicia en contra de los desafueros de los poderosos. Quede claro, pues, que los cuentos de Sanz Lajara son ficción, no documentos o testimonios históricos. Y las crónicas de viaje, aunque no son cuentos, están salpicadas de ficción, son más signo que símbolo. Algunos cuentos de Sanz Lajara podrán no tener valor literario, pero son una invención, no una crónica de viaje. El nudo de sus cuentos radica en la experiencia del otro, de los demás. Ese trabajo artístico de la cotidianidad es lo simbolizado en los cuentos de El candado. Puede decirse incluso que casi todos los héroes de los cuentos de esta obra son negros, negras e indios elevados a la categoría de sujetos. Aunque Valldeperes sí reparó en este detalle, no toda la crítica de la época lo hizo. Si bien lo puramente rural jerarquizado por la teoría de la novela de la tierra va de paso, en los textos de Sanz Lajara prima más lo semi-urbano y lo urbano con su constelación de pobres y grupos étnicos olvidados, los cuales constituyen un significante social. ¿Cuál fue la recepción de Valldeperes a los cuentos de El candado en 1959? ¿Con los términos de la Poesía Sorprendida? Oigamos lo que dice: “El americanismo de este libro –americanismo con anhelos y angustias para y por el hombre universal– no discrimina: presenta los hechos con toda su intrínseca e influyente veracidad. Por eso, precisamente, el hombre de América se reconoce en sus páginas. Se reconoce como colectividad con un destino común y con la sola ambición de este destino.” (III) Existen también ideas de época y puntos de contacto con el mesoamericanismo postumista de Moreno Jimenes y con la teoría y la práctica del cuento de Camino real de Juan
6 El prólogo no tiene numeración de página. Le he puesto números romanos para distinguirlo de los números arábigos de los cuentos.

24

INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes

Bosch. La vida del hombre o la mujer comunes es el tema por excelencia de los cuentistas del realismo dominicano. Ser humano y ambiente, según Valldeperes: “Y a descubrir esta felicidad, después de haber descubierto el hombre y el paisaje americanos –su naturaleza incitante–, tienden las inquietantes y sutiles páginas de El candado. A descubrir esta felicidad al través de la vida cotidiana, con todo lo que hay en ella de alegre y de bueno y también de angustia y sufrimiento.” (Ibíd.) Los rasgos pertinentes para el nacionalismo literario de Nolasco, Valldeperes y los partidarios de esta teoría son, como se ha visto, el ser humano y el ambiente, es decir, lo nacional, local o regional, la corrección conveniente, la originalidad como virtud y si universalizada, mejor. En la teoría de Bosch estos elementos pueden estar presentes o ausentes, pero no definen el valor del cuento, ya que solo el hecho-tema único, la ley de la palabra precisa para describir la acción y la ley de la fluencia constante constituyen la calidad de un cuento. Las características literarias de la escritura de Sanz Lajara han sido realzadas por Valldeperes, de la siguiente manera: “estilo impresionista, ágil; descripción clara y precisa; escritor de temple que sabe descubrir en la actualidad viva lo que hay de legendario en América, diversidad de tipos y temas americanos captados en un instante de vida, captación de la sana alegría de vivir, que es la gran esperanza y el gran estímulo del hombre.” (IV) Refuta Valldeperes la teoría que sostiene que “el cuento literario es la transformación de la verdad verdadera, al través de una mente apasionada, hasta convertirla en una mentira bella.” (Ibíd.) Para el crítico, Sanz Lajara es original y no se queda “nunca en el interés puramente descriptivo” y por eso “se mantiene en ese punto intermedio, vital y emotivo al mismo tiempo, entre el desprecio de los hechos, que conduce a un lirismo estéril, y la supervaloración de estos, que nos sitúa en el campo estricto del reportaje.” (V) El crítico literario también consideró que Sanz Lajara fue “un escritor original, de la estirpe de los grandes de América, porque contempla la vida con afán analítico.” (Ibíd.) Y agrega además que el autor de El candado “no desarma nunca la estructura interna de la realidad para narrar los hechos. Tampoco cae en el boceto costumbrista, porque en sus narraciones hay emoción.” (Ibíd.) ¿Cuáles son los rasgos de los personajes de los cuentos de Sanz Lajara? Valldeperes los ve de esta manera: “son reales, vivos, arrancados de la desnuda y aleccionadora realidad de cada día y el autor no los aparta, al darles vida literaria, de esa realidad, de su realidad. Son seres que no se miran vivir, sino que viven. Sus miradas se vuelven hacia dentro para verse tal como son, para mostrarse, en la plenitud de su vigencia humana, tal como son.” (Ibíd.) Otra característica de los personajes de estos cuentos, según el crítico literario, es que no presentan “el más mínimo atisbo de falsedad.” (V-VI) Ha encontrado Valldeperes que lo más impresionante de los cuentos de Sanz Lajara no son los personajes y su existencia real, “sino su vida espiritual, con todo lo que hay en ella de videncia y de presentimiento, de sugestión de otras vidas. Se trata de un trasunto de lo individual a lo universal y humano al través del cual trata de descubrir el sentido superior del hombre como paso seguro hacia la fijación de su destino.” (VI) Rechaza también el crítico la teoría de una obligada nacionalidad de los temas de la cuentística de Sanz Lajara. Valldeperes ve solamente en lo textos del autor prologado, “una necesidad intrínseca de su obra y, por consiguiente, un atributo de esta: la fuerza y la vivencia del origen. Por eso, a pesar del ámbito americano de los cuentos de Sanz Lajara, la presencia del dominicano está latente en todos ellos.” (Ibíd.)
25

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

b) Visión de cada obra A casi cincuenta años de la publicación de El candado, los distintos textos que componen la obra no han perdido su valor de época, excepto quizá “Ñico”, que se asemeja más a la tradición o a la estampa, si bien su técnica está elaborada con la recomendación boschiana del personaje central único, aunque las diferentes anécdotas contadas por Ñico a los niños, incluido el autor José Mariano, vuelto también personaje del cuento, disgregan lo que debe ser el hecho tema-único, si bien el hilo que sostiene las acciones corre por cuenta del mismo protagonista, quien es personaje-narrador. Mantiene la vigencia de los cuentos un humor que, manifestado de varias formas, produce en quien los lee una orientación del sentido en contra de la dominación y la injusticia que el sistema social y los poderosos ejercen sobre los personajes que pueblan el mundo americano que Sanz Lajara ha querido reivindicar, incluso en cuentos como “Curiosidad”, el cual no tiene que ver con un cambio o una crítica a lo social, aunque el personaje femenino ha experimentado una transformación de su concepción del amor al cambiar un sentimiento confuso previo entre amor y pasión que la había arrastrado a la infidelidad, a despecho de las razones valederas que pudo haber tenido a causa de la insatisfacción sexual en que la sumió su esposo, más interesado en los negocios que en el sexo con amor. Otras son las medidas por adoptar ante situación parecida, pero los personajes son lo que el texto nos presenta, no lo que quisiéramos que fueran, según nuestro deseo. c) Visión de hoy Pocos han sido los estudios que se han producido en la sociedad dominicana en torno a los cuentos, o incluso las novelas, de Sanz Lajara. Con excepción de las opiniones convencionales de las antologías y las historias literarias tradicionales, dos son los ensayos, que sobre este escritor –que vivió casi toda su vida en el extranjero en misión diplomática– han visto la luz en el país después de su muerte el 20 de junio de 1963 en Madrid7. Di Pietro ha sido el primero en llamar la atención acerca de la cuentística y la novelística de Sanz Lajara8 y el estatuto contradictorio entre su vida y sus textos literarios. La pregunta que se ha formulado Di Pietro es cómo Sanz Lajara, a pesar de escribir cuentos que plantean el problema social de campesinos, obreros y proletarios, no llega nunca a oponerse a la dictadura de Trujillo. El crítico ha analizado novelas como El príncipe y la comunista y Caonex y concluye en que la primera es una “pornografía política” y la segunda un “respaldo incondicional a la dictadura de Trujillo.” (Temas, 86) ¿Cuál ha sido la única teoría literaria que desde los griegos hasta hoy lee las obras literarias como un reflejo de la vida del autor? Desde los presocráticos, desde Aristóteles y Platón y todos sus epígonos hasta hoy
7 Véase “J. M. Sanz Lajara, su prosa de viajes y sus cuentos”, en Temas de literatura y de cultura dominicana. Santo Domingo: Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), 1993, pp.79-94. Di Pietro analizó parcialmente las novelas de Sanz Lajara en el libro citado y a “Caonex, una novela conservadora dominicana”, en Quince ensayos de novelística dominicana. Santo Domingo: Departamento de Publicaciones del Banco Central de la República Dominicana, 2006, pp.17-40. 8 Cabe realzar que la primera antología de cuentos que incluyó profusamente a Sanz Lajara (con cinco textos) fue La narrativa yugulada, de Pedro Peix. Santo Domingo: Biblioteca Nacional, 1981, pp.271-287. La de Diógenes Céspedes contiene un solo texto, “Curiosidad”, pero esta antología se fija esa cantidad como límite por cada autor. Santo Domingo: Editora de Colores, 1996, 1ª ed., y 2ª ed. Santo Domingo: Editora Búho, 2000. Los estudios académicos más serios hasta ahora son los de Di Pietro y el extenso prólogo titulado “Noticias”, de Andrés L. Mateo, a la edición de los cuentos de Sanz Lajara publicados en Santo Domingo por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos en 1994. Ambos autores partieron de lo ya hecho por Manuel Valldeperes en sus dos artículos sobre Sanz Lajara.

26

INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes

esa ha sido la norma, el método de las poéticas aristotélicas, cuya culminación cierra una época con Buffon cuando proclamó que el estilo era el hombre. Lo que hicieron después en los siglos XIX y XX las teorías del arte por el arte, la sociología marxista de la literatura y los estructuralismos lingüísticos y semióticos fue confirmar el dogma buffoniano. Pero la poética meschonniciana plantea, desde 1970, que casi nunca la ideología del escritor es la de su obra. La vida de los escritores está hecha de intereses muy contradictorios, de ideologías y creencias ancestrales que se remontan al seno de la cultura familiar, las tradiciones repetidas desde la infancia y de las cuales es muy difícil desembarazarse, sin que importen la inteligencia del escritor y los estudios realizados en prestigiosas universidades. Pero sea revolucionaria o conservadora, la ideología de un escritor no pasa como biografía a la obra, pues eso sería producir un reflejo mecánico que identifica y lee las obras artísticas y literarias como vida del autor. Cuando el escritor tiene conciencia de lo que es la obra como valor, ¿qué hace? Como su vida y sus opiniones carecen de interés para que figuren en su obra literaria, él o ella dota, consciente o inconscientemente, a uno o varios personajes o a estructuras del sistema del texto, de sentidos que se orientan políticamente en contra de las ideologías o creencias que funcionan como verdades en la sociedad y en la época donde vive el escritor o escritora. En este sentido, la poética meschonniciana postula entonces que existe una homogeneidad entre el decir-vivir-escribir del sujeto de la escritura y la obra. El sujeto de la escritura no es idéntico al autor. El primero es contra-ideología, mientras que el segundo es ideología. Son escasísimos los casos donde autor y sujeto de la escritura son homogeneidad entre el decir y el hacer y el vivir-escribir. Talvez José Martí sea un caso único en América. El siglo XX encumbró el mito de que el hombre era el estilo, es decir, que la obra literaria se explicaba a través de la vida del autor. Y ese mismo siglo XX acabó con semejante mito. Las obras anónimas, según ese cliché literario, jamás podrán analizarse, ya que no conocemos a su autor. Pero sabemos todo lo contrario, que esas obras han sido muy bien analizadas. En este contexto tiene sentido la respuesta que busca Di Pietro al analizar “Hormiguitas”, ese cuento de El candado que el crítico lee simbólicamente como un sentido político orientado en contra de la dictadura de Trujillo. Pero no es Sanz Lajara como diplomático al servicio de la dictadura quien es antitrujillista. Esto no se produce en toda su vida. Sus variados intereses no se lo permitían. Entonces, él, como escritor, consciente o inconscientemente, estructura dos instancias que en el cuento “Hormiguitas” simbolizan esa crítica en contra del sistema: a) el personaje del idiota, y b) la estructura del narrador, quien, en el sistema de la obra, distribuye en el discurso literario la crítica a las ideologías de época que el régimen encarna. Tales ideologías son analizadas casi en su totalidad por Di Pietro y Mateo, aunque este último manifieste en poco de recelo con respecto al método utilizado por el primero. Mateo dice entender la propuesta de lectura de Di Pietro, y “aunque sigue siendo una propuesta” o tesis, “parecería arriesgado asumir[la]. (“Noticias”, 29) Lo que produce la duda en Mateo es la doblez que Di Pietro imprime al personaje del idiota, el cual encarna la parte rebelde de Sanz Lajara como intelectual consciente de lo que sucedía durante la dictadura, mientras que el coronel encarna al Sanz Lajara diplomático, conservador, trujillista y ex miembro del Capítulo de la Falange en Santo Domingo. Esta es la tesis estilística que lee la obra literaria como reflejo de la vida del autor. En la poética se examina cómo está orientada la política del sentido que el ritmo ha organizado
27

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

en el discurso literario, pero a partir de instancias o estructuras del sistema semántico de la obra, no con conceptos prefabricados ad-hoc por otros discursos que no tienen nada que ver con la especificidad de lo literario, como es el de la biografía del autor. El resultado obtenido con el uso de conceptos extraños a la especificidad de la obra literaria es, como lectura, un determinismo político, histórico, social o biográfico que no pasa de ser una metáfora improductiva. Los cuentos de Sanz Lajara son una mezcla de hechos-temas únicos extraídos de tres canteras: a) la vida campesina, b) la vida de los indios y negros de los países latinoamericanos, y c) la vida semi-urbana o urbana de esos mismos países. La trashumancia como diplomático es la responsable de que Sanz Lajara, hombre extremadamente conservador, se volcara, aunque de manera paternalista a veces, a valorar desde su cuentística, la vida de la gente humilde. ¿Por qué eligió a los humildes si él provenía de la pequeña burguesía alta, de sangre española y enquistada con el trujillismo a través de Peña Batlle, cuya esposa, Carmen Defilló Sanz, era prima de José Mariano Sanz Lajara?9 En esto también el responsable, con la teoría y la práctica en acción, fue Juan Bosch, quien en 1933 les dejó Camino real como herencia a los escritores que surgieron después de su salida al exilio en 1938. La tesis de Bosch acerca del arte de escribir cuentos está implícita en Camino real, pero comenzó a hacerse más explícita en las notas de presentación que escribía para el Listín Dominical10 y finalmente el bosquejo en la revista Bohemia, de La Habana, de lo que habría de ser en 1958 el ensayo “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, publicado en la revista Shell, de Caracas11 y reproducido en varios libros, revistas y antologías dominicanas y extranjeras y desde 1964 en Cuentos escritos en el exilio (Santo Domingo: Colección Pensamiento Dominicano n.o 23). Esta es la herencia teórico-práctica de Bosch a los cuentistas de su país y desde su salida a Puerto Rico en 1938, él se preocupó por que sus mejores textos llegaran a manos de dichos intelectuales, ya fuera por mediación de sus amigos Mario Sánchez Guzmán o de sus colegas escritores Emilio Rodríguez Demorizi, Héctor Incháustegui Cabral, Ramón Marrero Aristy y otros, así como a través de viajeros ocasionales de extrema confianza y discreción. Por eso Sanz Lajara, Hilma Contreras, José Rijo, Lacay Polanco, Virgilio Díaz Ordónez12 y otros se beneficiaron de las ideas claras de Bosch acerca de cómo escribir cuentos y, sin duda, influyó decididamente en todos ellos y de todos fue amigo, relación que incrementó a su llegada al país en octubre de 1961. De igual manera, decisiva fue también su influencia en los cuentistas y novelistas surgidos después de la caída de la dictadura, pero esta influencia se atenuó un poco después de la irrupción del boom latinoamericano.
9 El dato de los lazos familiares con la familia Peña Batlle-Defilló Sanz lo confirma Manuel Núñez en su libro Peña Batlle en la era de Trujillo. Santo Domingo: Letra Gráfica, 2007, p.20. 10 En la carta dirigida a Silvia Hilcon (seudónimo de Hilma Contreras), de fecha 8 de marzo de 1937, están esbozados los grandes temas de la teoría del cuento de Bosch, tal como los conocemos hoy. Véase la carta en Hilma Contreras: La carnada. Cuentos. Santo Domingo: Editorial Letra Gráfica, 2007, pp.4-5. Para los escritos teóricos de La Habana que prefiguran el ensayo “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, véase su conferencia titulada “Características del cuento”, publicada en Mirador Literario. La Habana, julio de 1944, pp.6-9, reproducida en el libro de Guillermo Piña Contreras titulado Juan Bosch: imagen, trayectoria y escritura. Imágenes de una vida. Santo Domingo: Comisión Permanente de la Feria del Libro, t. I. pp.63-68. 11 Año IX n.º 37, diciembre de 1960, pp.44-49. 12 Hay que acotar que Bosch también fue amigo de Virgilio Díaz Grullón, hijo de Díaz Ordóñez, también buen cuentista que recibió la influencia boschiana, tal como él mismo lo confesaba a menudo y como se advierte en sus obras Crónicas de Altocerro, Un día cualquiera y Más allá del espejo.

28

INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes

Para cerrar este excurso, creo que El candado, con su cuento que da títulado al libro, así como “El otro”, “Hormiguitas”, “El milagro”, y el último titulado “Curiosidad”, cuya influencia es patente en “El gato”, de Armando Almánzar Rodríguez, donde el felino y Ernesto simbolizan el gato, mientras que el perro simboliza al esperado amante innominado de “Curiosidad”; y, el ratón, a la amante asesinada. En el texto de Sanz Lajara, la amante se transforma en un sujeto femenino, mientras que en el de Almánzar Rodríguez la mujer es una víctima de su pareja, Ernesto, quien la asesina al regresar a su hogar luego de pasar un rato donde su amante Julián. Este asesinato simboliza en “El gato” un castigo a ese tipo de relación amorosa, condenado también por los Códigos Penales, mientras que en Sanz Lajara dicha relación simboliza la libertad y el fin de la moral convencional sobre el adulterio. Es decir, que en Almánzar Rodríguez no existe ni siquiera lo que Nolasco llama, como atributo del cuento, una moraleja sin moral rígida, mientras que en “Curiosidad” los sentidos están orientados políticamente a la ausencia total de castigo moral. En uno ideología, en el otro contraideología.

Juan Bosch: Cuentos escritos en el exilio
Los antecedentes teóricos de “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos” que figuran como prólogo o introducción a Cuentos escritos en el exilio13 son la carta a Silvia Hilcon14 (seudónimo de Hilma Contreras) que figura en su libro de cuentos La carnada y la conferencia “Características del cuento”15, dictada por Juan Bosch en 1944 en la Institución Hispanocubana de Cultura16. Esos mismos “Apuntes…” son los que figuran como visión del presentador17 de los cuentos que integran los dos tomos de Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio marcados con los números 23 y 32 de la Colección Pensamiento Dominicano publicados en 1962 y 1964, respectivamente. En los “Apuntes…” existen pocas referencias de Juan Bosch a los cuentos de estos dos volúmenes. La mayoría de las referencias a estos y otros cuentos, escritos o no en el exilio, figuran en entrevistas posteriores concedidas a los medios. Las dos referencias más famosas son las que Bosch asumió cuando dijo que su dominio de la técnica del cuento se consumó con la escritura de “El río y su enemigo” y que consideraba
13 Santo Domingo: Julio D. Postigo e hijos, Editores, Colección Pensamiento Dominicano n.º 23, 1964. Fue publicado en forma de folleto en la revista Shell, IX n.º 37, diciembre de 1960, Caracas, como ya se dijo. 14 En La carnada. Cuentos, bibliografía ya citada. 15 Publicada en Mirador Literario, La Habana, julio de 1944. 16 En Guillermo Piña Contreras, bibliografía ya citada. 17 Existe una Nota de los Editores que sirve, más que de presentación, de advertencia a los lectores y, de ninguna manera, aunque contiene opiniones sobre los cuentos y los apuntes, puede ser considerada, en este contexto, como un estudio. Dice así: “Los cuentos del presente volumen no fueron seleccionados ni por el autor ni por los Editores. Se reunieron los que estaban más a la mano, entre los originales de Bosch, antes de que él pudiera reorganizar su archivo a su vuelta a la República Dominicana. […] Los editores recomiendan muy especialmente a los lectores interesados la introducción del libro que aparece bajo el título de “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, pues en esa materia hay muy poco escrito en lengua española, e incluso lo que sobre el arte del cuento, considerado el más difícil de los géneros literarios, se ha publicado en otros idiomas como material de texto para Escuelas Superiores y Universidades, es generalmente incompleto. Creemos que este trabajo de Juan Bosch es el más amplio producido por un escritor profesional de cuentos de todos los que se han publicado hasta ahora.”

a) Visión del presentador

29

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

que los textos que figuran en su libro Camino real, aunque aceptables, no tenían todavía la maestría de los que escribió en el exilio. Acaso tenga razón y los únicos cuentos que se salvan de Camino real sean “La mujer” y “Dos pesos de agua”, tan llevado y traído el primero por el realismo cuya ideología hace previsible el mecanismo de la escritura, y menor en el segundo cuento debido al trabajo de lo fantástico. Si se los compara con “La mancha indeleble”, “La Nochebuena de Encarnación Mendoza”, “El indio Manuel Sicuri”, “El hombre que lloró”, “Los amos” y “Luis Pie”, la apuesta política del sentido de estos textos de Cuentos escritos en el exilio es de transformación de las ideologías mayores de la sociedad dominicana y latinoamericana de la época: la crítica al partido único que es inseparable de cualquier dictadura de derechas o de izquierdas, en “La mancha…”; la crítica a la jerarquía militar y su espíritu corporativo en dictadura o democracia, en “La Nochebuena…”; la crítica a la justicia de los seres humanos prevista por los códigos en oposición al derecho natural donde las ofensas al honor se lavan con sangre, en “El indio…”; la crítica al racismo de los dominicanos en contra de los haitianos a causa de la enajenación ideológica, en “Luis Pie”; la crítica a la ética del deber y el sacrificio por la revolución opuestos a los valores del amor filial y familiar, en “El hombre que lloró” y, finalmente, en “Los amos”, la crítica a la explotación despiadada al campesino dominicano por parte de los terratenientes precapitalistas. Pero este excurso lo empalmo con los “Apuntes…”, lugar teórico donde todo lector de los cuentos de Bosch debe volver si desea constatar por sí mismo si la práctica de la escritura iguala y, luego, sobrepuja las ideas contenidas en el referido ensayo. En tres nudos de los “Apuntes…” debe concentrarse el lector de los cuentos boschianos para saber si estos responden al rigor implacable de la técnica: a) la ineludible ley de la fluencia constante, b) la ley ineludible de la palabra precisa para describir la acción, y c) el ineludible hecho-tema único. La primera ley, de la fluencia constante, consiste en que “la acción no puede detenerse jamás; tiene que correr con libertad en el cauce que le haya fijado el cuentista, dirigiéndose sin cesar al fin que persigue el autor; debe correr sin obstáculos y sin meandros; debe moverse al ritmo que imponga el tema –más lento, más vivaz– pero moverse siempre. La acción puede ser objetiva o subjetiva, externa o interna, física o psicológica; puede incluso ocultar el hecho que sirve de tema si el cuentista desea sorprendernos con un final inesperado. Pero no puede detenerse.” (1962: 31) “La segunda ley –dice Bosch– se infiere de lo que acabamos de decir y puede expresarse así: el cuentista debe usar solo las palabras indispensables para expresar acción. […] La palabra puede exponer la acción, pero no puede suplantarla. Miles de frases son incapaces de decir tanto como una acción. En el cuento, la frase justa y necesaria es la que dé paso a la acción, en el estado mayor de pureza que pueda ser compatible con la tarea de expresarla a través de palabras y con la manera peculiar que tenga cada cuentista de usar su propio léxico.” (1962: 32) Un rodeo antes de pasar al hecho-tema único, el cual es, junto a las dos leyes definidas más arriba, una de las tres características esenciales, necesarias, para quien desee dominar la técnica del cuento concebido como lenguaje (=tema), acción (=ritmo y economía lingüística o las palabras indispensables para describir la acción). El resto son los detalles o las variantes combinatorias asociadas a las tres características. Los detalles más importantes confluyen y están subordinadas al hecho-tema único y las dos leyes del cuento. Por ejemplo, la definición del cuento: “un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia.” (1962: 7)
30

INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes

Si el meollo del suceso o hecho carece de importancia, estamos en presencia de “un cuadro, una escena, una estampa, pero no de un cuento.” (Ibíd.) Según Bosch, “la importancia no quiere decir novedad, caso insólito, acaecimiento singular” (Ibíd.), sino que la importancia radica en que el hecho es de indudable valor humano o humanizado. La técnica es el ritmo y el ritmo es la técnica y esta consiste en “mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión, la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento.” (1962: 10) La técnica exige que si hay descripción, esta debe ser muy breve y debe poner de inmediato al protagonista en acción, física o psicológica (1962: 11) ¿Cómo evitar que el lector se canse o se aburra? Bosch señala que hay que colocar el principio a poca “distancia del meollo mismo del cuento”. (Ibíd.) Al citar a Quiroga, Bosch dice que “un cuento es una flecha disparada hacia un blanco”. (Ibíd.) Lo de la flecha, el aviador o el tigre que nunca se desvían de su objetivo son las metáforas con que Bosch define el cuento como unidad de un hecho-tema único y sus dos leyes ineludibles, todo lo cual significa que hay que saber comenzar y terminar un cuento, integrar al lector, atraparle y no soltarle: “comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, sin una debilidad, sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento.” (1962: 12) De detalle es esconder o no al lector el hecho-tema único, pero el buen cuentista lo hace con sucesos secundarios subordinados a dicho hecho-tema, con palabras o ideas ajenas al hecho tema o “el cuentista esconde el hecho a la atención del lector” (1962: 16) y “lo va sustrayendo frase a frase de la visión de quien lee, pero lo mantiene presente en el fondo de la narración y no lo muestra sino sorpresivamente en las cinco a seis palabras finales del cuento.” (Ibíd.) Para Bosch es menos importante un final sorprendente en el cuento que el “mantener en avance continuo la marcha que lo lleva del punto de partida al hecho que ha escogido como tema.” (Ibíd.) Cuando el cuentista escoge este tipo de técnica de ocultamiento del hecho, a lo cual se prestan todos los temas, tal procedimiento consiste, en quien domina la técnica, en llevar “al lector hacia ese hecho que ha escogido como tema; y que debe llevarlo sin decirle en qué consiste el hecho. En ocasiones resulta útil desviar la atención del lector haciéndole creer, mediante una frase discreta, que el hecho es otro.” (1962: 17) La literatura de enredo, sobre todo en la comedia y el teatro, es especialista en ocultar el hecho-tema, pero en el cuento el desvío no puede ser tan brusco que el lector pierda el interés y se canse o se sienta descaminado y confundido: “El cuento debe ser presentado al lector como un fruto de numerosas cáscaras que van siendo desprendidas a los ojos de un niño goloso.” (Ibíd.) Un hecho tiene varios ángulos, vertientes o perspectivas. Según Bosch, el buen cuentista “tiene que estudiar el hecho para saber cuál de sus ángulos servirá para un cuento.” (1962: 19) El hecho que da el tema deber ser “humano o por lo menos humanizado” y debe responder a valores universales positivos o negativos. (1962: 18) Otro detalle importante, según Bosch, es el que marca la diferencia entre novela y cuento: “en la novela la acción está determinada por los caracteres de sus protagonistas, en el cuento el tema es la acción.” (1962: 21) Esto determina, a juicio de Bosch, que “los personajes de una novela pueden dedicar diez minutos a hablar de un cuadro que no tiene función en la trama de la novela: en el cuento no debe mencionarse siquiera un cuadro si él no es parte importante en el curso de la acción.” (Ibíd.)
31

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

El lector y el tema del cuento están indisolublemente unidos. Son un significante y un significado, el anverso y el reverso de una hoja de papel. Si se corta la hoja, los dos componentes del texto –lector y tema– sufren la misma cortadura: “el lector y el tema tienen un mismo corazón. Se dispara a uno para herir al otro.” (1962: 22) En cuanto a las nociones trabajadas por Bosch en la tercera parte de sus “Apuntes…” (estilo como “el modo, la forma, la manera particular de hacer algo”), su concepto de la lengua como instrumento (1962: 23), su idea acerca del tema y la forma, su unidad indisoluble en música, pero no en la escritura (1962: 25), su creencia de que “en el cuento el tema importa más que en la novela”, son deudoras de la estilística dualista propia de las poéticas aristotélicas y de las cuales jamás saldría bien librado18, salvo en asuntos de intuiciones de escritor como la de que “el cuento es el relato de un hecho, uno solo, y ese hecho –que es el tema– tiene que ser importante, debe tener importancia por sí mismo, no por la manera de presentarlo.” (Ibíd.) El hecho es importante porque debe ser humano o humanizado y tiene categoría universal. El hecho es el tema y el tema es el hecho es un axioma que significa, en el método boschiano, una unidad indisoluble, es decir, una unidad dialéctica. Entendida la dialéctica como la contradicción indefinida, sin posibilidad de solución. b) Visión de cada obra La visión que tengo de los “Apuntes…” y de los cuentos incluidos en este volumen, y el de la crítica de mi generación, así como el juicio es, con respecto a la teoría, que esta será siempre una ayuda indispensable para los que se inician en la escritura del “género” cuento. Por lo menos, del cuento conocido y practicado hasta la época de Juan Bosch, es decir, el llamado cuento tradicional. ¿A qué se llama cuento no tradicional? Al que ha cuestionado los fundamentos esbozados por Poe, Quiroga, Alone, Chéjov y sistematizado por Bosch: el del hecho-tema único que obedece a las dos leyes ineludibles: la fluencia constante y la palabra imprescindible para describir la acción. Todos los cuentos de este volumen responden de manera irrestricta y rigurosa a esas tres características del cuento esbozadas por Bosch y él se aventura, en muchos de estos, luego de dominar el “género”, a navegar o crear todos los ardides y trampas que el buen cuentista avezado lanza al lector para esconderle el hecho y atraparle en su interés. Por supuesto, unos cuentos más que otros responden cabalmente al dominio de la técnica –teoría y práctica en acción– contenida en los “Apuntes…”. Por ejemplo, pienso en “La mancha indeleble”, “La Nochebuena de Encarnación Mendoza”, “El indio Manuel Sicuri”, “El hombre que lloró”, “Luis Pie”, “Los amos”, “Rumbo al puerto de origen”. En la medida en que la forma-tema del cuento se inscribe en el realismo puro, como “Los amos” o “Victoriano Segura”, las estructuras del sistema de los textos boschianos halan el sentido hacia soluciones morales binarias donde triunfa la fuerza del bien y se cumple el rasgo que Nolasco señala como “moraleja sin moral rígida”. En otros, como en “Los amos” no hay, de parte del sujeto de la escritura, condena moral en contra de don Pío, sino que se deja al lector, a quien se le ha presentado la acción, la posibilidad de orientar él mismo el sentido en contra de lo injusto del patrón.
18 Para la crítica y una valoración de las nociones y creencias literarias de Bosch en estos apuntes, véase mi libro Lenguaje y poesía en Santo Domingo en el siglo XX. Santo Domingo: Editora de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1985, pp.198-210.

32

INTRODUCCIÓN A LA PRIMERA SECCIÓN  |   Diógenes Céspedes

Pero aquí habría que escrutar el juicio de un lector que sea finquero y tenga la misma ideología precapitalista y los mismos intereses de don Pío para constatar si el cuento suscita el mismo espíritu de indignación y revuelta que en un proletario campesino o en un pequeño burgués revolucionario. c) Visión de hoy La dimensión nacional del liderato político ejercido por Juan Bosch desde octubre de 1961 hasta su muerte en 2001 opacó, en el ámbito histórico y social, su dimensión de escritor y teórico de la literatura. Dentro de 50 ó 100 años, cuando las pasiones o el fanatismo de quienes él animó desde 1940 hasta la hora de su muerte hayan desaparecido del escenario de la República Dominicana, no es principalmente por su condición de político que Juan Bosch será recordado, sino eternamente por su carrera de escritor, al lado de sus grandes cuentos, su novela La Mañosa y su teoría del cuento. Su magisterio en la política y su efímero paso por el poder merecerán, dentro de 50 ó 100 años, la misma cantidad de páginas que un historiador dedica hoy en un manual de historia dominicana al gobierno de Ulises Francisco Espaillat o en Venezuela al período de Rómulo Gallegos. Los proyectos políticos de los tres intelectuales no cuajaron, no porque estuvieron muy adelantados a su época, como sugeriría cualquier racionalismo historicista, sino debido a los intereses que afectó el simple conocimiento de la catadura ética y moral de los tres presidentes. Lo político tiene un peso extraordinario, en la hora actual, para juzgar a Bosch desde esa tribuna y él mismo impuso ese ucase al declarar, siempre que se presentaba la ocasión, que había decidido abandonar la literatura desde el momento en que abrazó para siempre la política. De modo que en los dos partidos que fundó y que llegaron a ejercer el poder político del país, el primado de lo político ahogó lo literario y esta última práctica fue siempre vista como un complemento instrumental del líder político. Por supuesto, eso mismo ocurrió con Balaguer cuando al contrario de Bosch, que la abrazó para defender ideales en contra del patrimonialismo y el clientelismo, el hombre de Navarrete decidió, para resolver problemas económicos de su familia empobrecida por la crisis de 1922 al 29, abrazar la política al lado de Trujillo y abandonar la literatura. Para Balaguer la literatura fue siempre un adorno instrumental que prestigiaba al político y le daba un aire de intelectual culto. Este mito es una herencia del siglo XIX, sobre todo a partir del romanticismo y luego con el modernismo. La prueba de que este mito no funciona para los escritores de oficio es que allí donde los intelectuales o los escritores han gobernado, han dejado intacto, o lo han reforzado, el patrimonialismo y el clientelismo, las dos plagas que han impedido en Hispanoamérica la fundación de verdaderos Estados nacionales como los surgidos en Europa y América del Norte con los Estados Unidos y Canadá entre el siglo XVIII y el XIX. Tal como veo hoy el valor de las obras literarias de Bosch, es esta situación la que me lleva a considerar que será la literatura la que terminará imponiéndose como el rasgo distintivo de la personalidad de Juan Bosch. Sus obras teóricas, hijas del contexto y la cultura de su época, caducarán cuando las condiciones sociales que denunció hayan desaparecido. En cambio, sus grandes cuentos de valor literario hablarán por él eternamente.
33

No. 12

No. 13

el cuento en santo domingo
selección antológica
–Tomos I y II–

sócrates nolasco

de enseñanza y moraleja sin moral rígida. las Antillas pudieron producir cuentistas siglos antes de que el cuento y la leyenda se imprimieran en los países del continente americano. y siguiendo los ejemplos del precavido y atildado don Juan Manuel. 1 Tomo I Noticias Preliminares En la página final del 2º tomo. facilitando su lectura entre nosotros la colección traducida por el francófilo Enrique Gómez Carrillo. locales. vástago desprendido del solar materno y sin frecuentes relaciones. y a pesar de Santo Domingo ser primero entre las sociedades del Nuevo Mundo. en donde lo conservaron sin esenciales alteraciones. que lejos de restar interés universalizan. Pero el cuento francés moderno. y no fue raro que a fines del siglo XIX el lector dominicano. menos podía surtir efecto en el continente americano y en Santo Domingo. no bastó para detener a los noveleros de allá. fácilmente traslaticio. de espaldas al caudal propio. Pero si alguno de nuestros hombres de letra. ni juego descriptivo de una realidad impresionante. se incluye un ejemplar de Cuento de Camino. Importadas sus obras y entregadas a la comprensión de un medio social todavía precario. familiar y repetido para entretenimiento en las veladas nocturnas. se refugió entre aldeanos logrando perdurar con variantes adquiridas. durante años aparecimos siendo de los rezagados en el cultivo de una expresión artística tan interesante. esquema o trasunto de aspectos de una sociedad de viejo refinamiento. la décima y la copla. En El Conde Lucanor vino además el cuento correcto. cuando los mismos peninsulares. se entretuvo en un género que pasó a ser por mucho tiempo desestimado. y antes que el romance. Aquel modelo de “cuento universal”. Alfonse Daudet y Guy de Maupassant acabaron siendo los favoritos. o folklórico. Modelos sobresalientes para el estudio y la pintura de tipos. sin sitio determinado ni sabor regional. Ningún lector ignora que el señorío de las artes y su irradiante influjo.1 La aparición del cuento moderno fue en América un fenómeno tardío y de expresión vacilante. ofrecía la picaresca. pasaban a ser imitadores de los franceses. carecemos de testimonio. no continuara viendo el cuento español como arquetipo del género. donde lo leerían muy pocos o no se le conocía. 37 . de Cervantes. ni tienen patria ni residencia fijas: son veleidosos y las naciones alternan en la principalía. Si el florilegio de cuentos clásicos españoles. escogidos con exigente y depurado gusto en 1890 por don Antonio Paz y Meliá. pertenecientes a los siglos anteriores al XIX. y bautizado con el pintoresco apelativo de cuento de camino. se puso de moda. de pronto no parece que estábamos preparados para aprovechar su incitación a fijar en dimensiones breves el calor humano y los rasgos distintivos. Autores y lectores cambian de gusto. y para entenderlo así bastaba con fijarse en Rinconete y Cortadillo.aparición y evolución del cuento en santo domingo Cuando la cultura medieval se iluminaba con los albores del renacimiento embarcó en España y llegó el cuento antiguo a Santo Domingo. tan pronto se formaron nuestras ciudades abandonó el vecindario urbano. No parece reacción de pensamiento llegar a la conclusión de que no era indispensable esperar a que en Francia fructificara la escuela naturalista para que aprendiéramos a fijar en el marco del cuento artístico lo esencial de la vida circunstante.

de lo criollo. su esfuerzo más apreciable: trazó con brío y le dio realidad local a un rústico mandatario de carne y hueso. Lo más importante de ese ejemplar. E. comerciantes. así como En Tu Glorieta (primer premio de certamen celebrado el 27 de febrero de 1899) sigue siendo la personalidad de la escritora. Ulises Heureaux hijo. observadores de un mundo remoto y desconocido. Bermúdez.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Los críticos no han tenido oportunidad de decir que aquel modelo exótico produjo en nuestro país engendros endebles. López. Esteban Buñols. De su producción literaria suelen encomiar El Loco. José Ramón López. Máximo Gorki. maestros que se entretenían y regodeaban jugando con el matiz. con los primores de forma. como enemiga. Fiallo. Rafael Justino Castillo. si interesara. A pesar de sus defectos abundantes. Al escribir El General Fico realizó José Ramón López. los dominicanos le deben agradecer a López que en El General Fico se asomara a ver una fisonomía. Pararon de repente sorprendidos por los cuentos de dos maestros del modernismo: Manuel Díaz Rodríguez y Rubén Darío. Abogados. Jacinto de Castro. Pellerano. Fabio F. A pesar de la acción flaca. A continuación de Maupassant y Daudet vinieron obras de León Tolstoy. en su más acabada producción personificó el mito heleno de Perséfone (Los Diamantes de Plutón) y sin determinar sitio ni tiempo. y que por la misma pulcritud del apurado estilo en vez de animar trataban el posible impulso. culta relatora de sobrio. 2 “Cuentistas” y asiduos colaboradores de La Revista Ilustrada fueron Alberto Arredondo Miura. los cuentos de Darío y Díaz Rodríguez pierden la gracia de productos de escritorio. tendió un puente entre el cuento moderno y el antiguo. Castillo. Peynado. aunque con desenfado notorio olvidó a menudo la corrección conveniente. claro y animado estilo. miró hacia adentro tratando de enfocar lo genuinamente nuestro. Asombra que sin vocación ni necesidad tantas personas honorables se dieran a producir tan pobres frutos. en su tiempo intacta. y burlando la guardarraya entre lo suyo y lo ajeno. etc. Amalia Freites. Prud’Homme. Antón Chéjov. La primera. y abundaron otros de significación menor. Federico García Godoy. numerosos y afectados. Andrés Freites. Con regocijada ligereza confundió más de una vez la anécdota con el cuento y no se percibe a simple vista si al contar consiguió todo lo que se propuso. Augusto Franco Bidó. etc. aunque dispersos en diferentes unidades. 38 . Todavía hoy. ¿Quiénes y cuándo le dieron realidad precisa al cuento en la República Dominicana? Los cuentistas que sobresalieron a fines del siglo XIX y a principio del XX fueron Virginia Elena Ortea. ocasionalmente don Federico Henríquez y Carvajal. Luisa O. Rafael O. a las cualidades exigentes del cuentista. Rafael J. leídos con el respeto debido. compitiendo por ser cuentistas llenaban La Revista Ilustrada de Miguel Ángel Garrido2 –1898-1900– creyendo seguir el dechado de Francia. a quien hizo al fin morir en improvisada forma. Rafael Deligne. José R. Acaso la facilidad adquirida en el ejercicio del periodismo se sobrepusiera. Pero es oportuno reconocer que con José Ramón López la literatura cuentística se inclinó hacia las costumbres campesinas nuestras. Luis Garrido. la carencia de realidad del personaje único y el olvido de lugar y ambiente. El segundo. honestas señoritas y señoras. que aparece en todos los propósitos de selección antológica realizados hasta la Colección Trujillo. “laureado en certamen con accésit al primer premio de prosa”. Galván. Leónidas Andreyev. la tentativa podría aceptarse siquiera como cuento antiguo. Amelia Francasci. notarios.. Jacinto B. igual que varios autores antiguos no creyó que la originalidad era virtud y a ratos se sintió heredero de don Juan Manuel. Del conjunto de sus Cuentos Puertoplateños no están ausentes los rasgos característicos y la naturalidad y gracia corrientes. Que el autor fue un buen periodista. Luis A. afirman.

El Sueño del Guerrero es página de campamento bosquejada en tregua nocturna (1898). Seis cuentos en tan largo tiempo dan testimonio suficiente para convencer de que el venerado maestro y periodista. Fabio Federico Fiallo se evadía de la realidad presente para darle vuelo a su imaginación de poeta lírico a la hora de escribir cuentos. en resumen. Abarca y pondera la suma de sacrificios a raíz de Martí y Maceo morir y. que autoriza la Colección Pensamiento Dominicano. En su pésame a María Cabrales late tan profunda angustia que su lectura emocionará mientras el dolor exista. porque fuera ante todo hombre de armas y no vislumbrara la importancia que el cuento alcanzaría en su patria después de cincuenta y ocho años de haber escrito. apuntó en Cuba irónicamente: —¡Y el viejo tuvo coqueteos literarios!… Fíjense: con menos desagrado hubiese tolerado él que le criticaran su estrategia que los frutos de su pluma”. Pero tratar de Gómez escritor ahora es salirse del marco destinado sólo a las noticias y apuntes que anteceden a la evolución del cuento en Santo Domingo. Difundió sobre esta obra un hálito de simpatía tan sugestiva que hará siempre agradable su lectura. vagos. El viejo posó ahí la garra y marcó su huella. El publicista Manuel de Jesús Troncoso de la Concha puso a un lado momentáneamente la leyenda. Don Federico Henríquez y Carvajal escribió seis cuentos en veinte y nueve años: en 1895 Un Rey Destronado y Dualidad de Amor en 1924. cuento de fantasía delicadísima. no se le debe excluir de una recopilación intentada sin rigor de florilegio. para concurrir en 1909 a un certamen 39 . Escudriña. El Príncipe del Mar.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Preciso y cuidadoso de las dimensiones. se entretuvo en él sólo en momentos circunstanciales. totalmente desconocida de él y de los demás dominicanos. Encarna en Cristóbal Colón el afán de los descubridores. de orgulloso abolengo dominicano. la mano fatigada se le cae sobre la pluma. A uno de los más interesantes por el feliz desarrollo le encontró escenario en la Rusia de los Zares. Sorprenderá que en el presente volumen figure Máximo Gómez entre escritores con un cuento legendario. la saña y los trabajos imponderables de los exploradores y conquistadores y finalmente de los libertadores. ensombrecido por el vaticinio de “la posible ingratitud de los hombres”. para. Fabio F. como premio. El último Quijote combate por cerrar la independencia del Nuevo Mundo. Discurre la acción de otros en ámbitos indeterminados. elegante y casi siempre correcto en el estilo. pero se mantuvo romántico y libre del avasallamiento de ambos. ocupará Máximo Gómez el sitial de escritor que le corresponde. aunque no desdeñó el género. A uno de los que primero se atrevieron a mirar sin desdén esa forma literaria. Su relato de las andanzas y muerte de José Maceo tiene más valor de vida y emociona más que una de las Vidas Paralelas de Plutarco. El crítico Juan Jerez Villarreal. prueba que en cualquiera modalidad se logran triunfos. Fiallo fue amigo personal de Díaz Rodríguez y Rubén Darío. pero nunca en Santo Domingo. ¿Capricho? Oleaje de pesimismo. Del moribundo romanticismo puso lo desmesurado y el escrutar mirando atrás. ¡Y qué coqueteos! La descripción de la Batalla de Mal Tiempo no ha sido superada en la épica antillana. Conoció sus cuentos. beneficiarios extraños y de hostilidad disimulada. quizás. cultivada por él con pericia y jovial espíritu. en humanísimo señor endurecido en sucesivas guerras. cuando se tiene el don de escritor que era natural en Fiallo. del guerrero mandón la osadía con que Simón Bolívar dialoga todavía con el dios de Colombia sobre el Chimborazo. Cuando los críticos dominicanos rescaten nuestros valores literarios que ruedan dispersos en tierra ajena.

No parece que Balaguer haya tenido la intención de agrupar en su Historia de la Literatura Dominicana a aquel veterano del periodismo entre los escritores que califica como pertenecientes a la Era de Trujillo. periodista. desvinculada de la obra histórica. palpitan. autor de Cuentos a Lila. resaltan y para siempre jamás serán testimonio cierto de cómo fueron aquellos bosques vírgenes y terrenos exuberantes hoy convertidos en potreros y cañaverales. el insuperable don descriptivo. y las buenas letras trocaron al escritor por un político alerta. la embriaguez amorosa de los sentidos ante los panoramas y la maestría del narrador. Enrique A. lo desprendió y puso a vivir aparte. que es acertada caracterización de un tipo de mujer capitaleña a quien el crecimiento de la ciudad y la multiplicación de las familias ricas descartaron de las costumbres y relegaron a la memoria de algunos sobrevivientes. y en 1921 publicó Manuel Patín Maceo sus cuentos intitulados Serpentinas. Pedro Santana en los azares de “la anexión” o eclipse de la soberanía dominicana. en Guanuma –”episodio nacional”– intercaló un cuento que es joya de primer orden. de nacionalismo auténtico. Con Pan de Flor. Nino. y con un relato de ardiente nacionalismo. aunque el fondo histórico del motivo hace olvidar el ambiente de la manigua. Por aquel triunfo figura como uno de los primeros cultores del cuento moderno en la República Dominicana. ganado por el segundo. Con medalla de oro le premiarona a Gustavo A. Quizás si aquella medalla de oro convenció al joven escritor de que la literatura es menos generosa que la política. El veterano ensayista y crítico Federico García Godoy escribió Carmelita y Sor Clara en 1898 y 1899.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS y ganar el primer premio con Una Decepción. El periodista Antonio Hoepelman vuelve la mirada atrás y refresca anécdotas y episodios insuflándoles vida y valor artístico. Aunque su cuento El Tesoro de Moncada es más interesante por el enredo y el estilo vivaz. El crítico Joaquín Balaguer. viven. de viejo escrito. con Tindito (historia de un toro joven) premiado al primero en certamen de 1916. El triunfo le sirvió de estribo para escalar posiciones en “la cosa pública”. Henríquez y Rafael Vidal y Torres mantuvieron en certámenes las características y el realce adquiridos por el cuento moderno. o completamente desvanecidas. pero sobre todo. conflictivos. se le da ahora preferencia a Nobleza Antillana por el escenario y el motivo de sabor histórico. 40 . El periodista y novelista Rafael Damirón incluyó en sus Estampas volanderas (1938) un cuento. Puntualizó el momento definitivo en que se deja atrás la creación carente de realidad humana. se reproduce de tiempo en tiempo conservando vida fresca e imperecedera. Por fin en 1914. se evidencian en su autor cualidades literarias postergadas desde entonces. con Margarita. En el feliz ensayo. García Godoy no tuvo un capricho sin precedentes: igual que él procedió Cervantes enriqueciendo Don Quijote de la Mancha y Persiles y Segismunda. Todas sus grandes cualidades de escritor están palpitando en el ejemplar admirable que se inserta en la recopilación presente. y por lo que en las letras dominicanas significa como trasunto de la vida colonial. A continuación el poeta J. Del mismo tiempo es Manuel Florentino Cestero. y ya en 1888. perspicaz y certero. Díaz (1910) Dos veces Capitán. otro primer premio. Furcy Pichardo alcanzó otro galardón con asunto igual. Nuestro don Federico García Godoy fue superior cuentista en capítulos de sus “episodios nacionales” que en sus cuentos de juventud. confirma el cuento nacional la propia fisonomía. volumen publicado en 1912 por José María Pichardo. y en la antiquísima Ciropedia injertó Xenofonte aquella Pentea que. cuento de atisbos psicológicos. había intentado realizar la novela corta. en que el autor redime a un seguidor del Gral.

sintiendo fresca y aligerada la conciencia. Apunta el caso único en América. Prepara y aceita una carabina y. visión panorámica de las islas del Caribe. Pero. de la novela Cachón y de numerosos cuentos (Estampas Criollas). autor de un volumen de cuentos muy bien escritos que guarda con celo para que lo publiquen. El sentimiento de simpatía. deteniéndose a meditar al término de cada cuadro. Con esta fisonomía encantará a los niños. En Archipiélago (1947). quien también ha completado su destreza de escritor durante los últimos lustros. ni en el cuidadoso estudio de los motivos autóctonos enriquecidos de leyendas: la virtud superior de esta cuentista se transparenta en un don de ternura maternal. celebrado autor de Orégano (1949). Con regocijado humor individualizó y animó en 1930 el sentimiento religioso del dominicano “común” en un azuano que anda por ahí desempeñando el oficio de músico de oído y viviendo de lo que Dios depare… Canta. biógrafo. costumbrista y cuentista. bruñido y sugeridor. Atraído por una tentación del arte los enhebró en novela itineraria. Ligio Vizardi señala con emoción reprimida la dispersión de diez y nueve millones de seres humanos. y pocos sabrían exponer la ansiedad que sus problemas suscitan en prosa tan comedida y clara. ensayista. No en el estilo. y Miguel Ángel Monclús: autor de ensayos sobre el viejo caudillismo. cuando no se extasía ante las bellezas parciales levantadas con señorío por el concepto ponderado y el adjetivo exacto. ¿Cuáles son los cuentistas sobresalientes que han llegado a la plenitud de sus facultades a partir de 1930? Anticipos admirables son Ramón Emilio Jiménez. estremece de entrañable misericordia. Que Tamayo fue implacable y duro defendiendo a los de su 41 . periodista. Preocupado por su existir presente. sin que en ningún momento sienta que se le ha ensuciado el alma. o para niños. de un Caleidoscopio de Haití loado en el extranjero. Aquel Hospital lleno de vidas en orto y ya lesionadas. se distingue sobre todo en el cuento de niño. que arroba. por si acaso… promete ir de romero a Higüey. La indigenista Virginia de Peña de Bordas. seguramente. abre signos interrogantes a lo porvenir y nadie conseguirá cerrarlos sin perplejidad del ánimo. pero ningún adulto de elevación moral terminará de leer La Eracra de Oro sin internos sacudimientos. por la fértil imaginación.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Del mismo tiempo es el incatalogable y desconcertante Otilio Vigil Díaz. En el grupo figura Julín Varona (Julio Acosta hijo). el rigor depurador de la idea y el castigo de la frase resaltan en sucesivos cuentos intercalados. reza. A la autora le interesó el tema indígena en aspectos diversos y solía apuntar con disimulo que aquella familia rudimentaria. sin necesidad de recurrir al sistemático y devastador imperio de la fuerza puesto en ejecución por Fray Nicolás de Ovando y sus imitadores. peca. El lector se olvida de la concepción vasta. autora de la novela Toeya y de cuentos y novelas cortas. la ductilidad del estilo vigoroso y su encanto de narradora natural. sin él incurrir en gasto… después que lo socorra la muerte. mata porque matar le parece prudente y adecuado. era fácil de absorberse por la española mediante la devoción a Jesucristo. elegante y evocador. para después. rama literaria que ningún dominicano ha sabido explotar como ella. de endeble civilización. pero en verdad se sobreentiende que Ligio Vizardi es cuentista que no ejercita con franqueza su vocación. poeta. hijos de pura emoción estética. seguro de que ella lo protegió durante la acción sangrienta y ahora lo cubre bajo su ancho manto florecido de piedad. ¡Feliz el que sabe escribir cuentos así! Y llegan por fin los cuentistas de los últimos veinte y siete años. de ruta. arrodillarse en el templo ante la imagen de la Virgen de la Altagracia.

dos de sus cuentos: Balsié y Mujeres. En la prosa de Hernández Franco se suceden las sorpresas desbordadas en rasgos bellos y desorbitados. Al sorprendente Ramón Marrero Aristy. poeta. la realización cabal. “Tierra para llamarla mía… Patrimonio sin código con fronteras de Dios… Agrimensura de génesis en palabra de varón sin pecado por haber pecado mucho”. cuando de súbito torció el rumbo y se dio entero al mundo de la política. En un volumen (Cibao) insertó cinco cuentos y un relato: Deleite. descriptor seguro. sin trucos. de preciso equilibrio mental. Iba gradualmente cultivando el espíritu y ganando experiencia literaria. 42 . cuya culebra vuelve ahora a formar el círculo por verse otra vez la cola. En Mujeres Marrero no es el observador urbano que va con su libreta al campo a examinar y tomar apuntes para luego escribir. Con sus dos libros obtuvo dos ruidosos triunfos. autocrítico. el colorido y movimiento de muchedumbres. fueran ya retazos de un traje viejo de nuestro joven impresionismo. autor de la novela Over y de Balsié (libro de cuentos publicado en 1938) lo estampó en los días de su aparición un eminente crítico de hispanoamérica con sólo dos adjetivos: ignorante genial. prosista brillante y relator bullente y salpicado de imágenes y giros impresionistas. Sumada como ilustración al lugar que hoy lleva el nombre de Tamayo. con ejemplares de Antón Chéjov. Flor del indigenismo. que apunta el Eclesiastés. más que el tributo debido es la resurrección: la resurrección que perpetúa a una gran figura defensora en América del derecho a ser libre. cuando se escribe con talento a nadie debe asustar. Comprueban la facultad extraordinaria que tiene para revelar al campesino hasta en los más íntimos repliegues y en los menores detalles. y de elegante y esmerada prosa. comparables en el acierto de ejecución a La Conga se va. Del mismo ciclo es Tomás Hernández Franco. que la de ese cuadro. ni el que escribe saturado de vida rural: es un campesino más que tiene el don maravilloso de trasmutarse en cada uno de los personajes. sin ñoñería reviste a aquel voluntarioso brote de hombre con atributos latentes que en los días de prueba levantaron hasta el heroísmo al guerrero irreductible. si acaso le falta algo es un atisbo de la imponente belleza del Bahoruco y el vislumbre de esperanza. es La Eracra de Oro. para producir el estremecimiento nuevo. Está en el paisaje y en cada hombre y mujer que pinta y. También pertenece a este período el cuentista José Rijo: cauteloso. Daba entonces la impresión de ser un guerrillero de las letras. Al escribir esa pequeña obra maestra Jiménez se empinó hasta alcanzar insospechada eminencia. “Bolas de equilibrio sobre las pértigas las gallinas recontaban las plumas de sus alas sin vuelo”. sin maestro. evidentemente. refirieron y se repite. Y Miguel Ángel Jiménez. él es también el niño de la batata. Revestir la imagen y las ideas de esa o de otra manera.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS raza. quizás si varios giros de aquel cuento egipcio (La Historia del Náufrago) del Imperio Medio de los Faraones. ¿Qué es lo que ha sido? Lo mismo que será… En el retorno eterno. la sutileza y un espolvoreo de fino humor. que en los corazones de allá nunca se pierde. El que estas líneas escribe es natural de la provincia Barahona y no conoce en las letras dominicanas copia más genuina de los campesinos de la región. con particular lectura y a fuerza de tropezones. Virginia de Peña lo limpia al presentarlo en edad adolescente. de Max Henríquez Ureña: cuento cumbre del realismo por la vitalidad. Manso no era. como dijo el viejo Hugo. creación particularísima de un caballo loco sobre el cual pasa el jinete “asombrado por el poderío inédito que siente agigantarse bajo las rodillas”. autor de varios cuentos premiados y cuya creación –Mi Traje Nuevo– puede parangonarse por la concepción curiosa.

que se rebela. siempre solitario. El mal que Francisco Moscoso Puello expuso con criterio de sociólogo. escenifique y lleve al teatro. afortunadamente. Sabe crear. en Chile. En otro de los mejores cuentos de Caro (Chano) el personaje principal discurre sombrío y amargo como algunos tipos de Gorki. y muchas veces valores de superior calidad quedan limitados en estrecho círculo. retoca. o el nervio poderoso del escritor. que asoma en paisajes bien descritos y pasa de escotero.3 A continuación se distingue Freddy Prestol Castillo. se adquiere frecuentemente por diligencia personal o aupado por propaganda de amigos. Manuel del Cabral anda con su patria adentro. lima. por su cultura y cualidades sobresalientes se distingue Hilma Contreras. así como los de Rijo. desde antes de convertirse en ideas claras. Néstor Caro es un escritor económico de frases. cruzando océanos y en Tierra Firme. ricos de ocurrencias oportunas. en España y otra vez en la Argentina. Contín Aybar. de exuberancia vital y artista verdadero. Quien tenga la suerte de leer sus cuentos. Sus cuentos merecen que un dramaturgo los amplíe. y de pronto el lector no sabe si admirar más la reducida exposición del drama contenido en cuadro tan limitado. Sus personajes viven naturalmente. A simple vista se diría que al dejar el camino real por la vereda Dios no le 3 El crítico Pedro R. La modestia es virtud literaria que no abrillanta ni después de la muerte. están dispersos en los periódicos diarios: ¡infeliz manera de sostener la nombradía merecida! Entre los cuentistas jóvenes. y extiende la mirada al cuento con pretensión de revolucionarlo. Al disconforme las intenciones. En el más reciente (Guanuma) el misterio va rodeándolo todo gradualmente y el interés crece en un cuadro cuyo asunto central es la superstición de rústicos que cuchichean acerca de un jinete de vivir dudoso. En otra forma. a la carrera y en gran escala está remediándose. El cibaeño es un dominicano que difícilmente se desvincula de la república. Pero suele suceder que en el convencimiento del valer propio haya un grado de soberbia. la belleza formal o la recóndita simpatía a los explotados. a Prestol Castillo se le convierte en caso dramático. Sus cuentos. en cuento dramático. Es artista. contando con ojos anchos de azoro cómo pasaron en el Este de la República los pequeños labrantíos y las parcelas de bosques vírgenes. pero ni se amanera ni aminora la amplitud e intensidad del sentimiento decididamente trágico. representativo en legaciones distantes: en la Argentina. Ceñido a lo que juzga indispensable. elimina. publicó en El Caribe un juicio nutrido de acertadas observaciones sobre Tomás Hernández Franco y su obra. del ignaro entorpecido por la superstición al latifundio del extranjero ausente. si no figurara ya entre los buenos escritores dominicanos. y del Cabral es el cibaeño.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I A Tomás Hernández Franco. se plantea el drama apuntado por Prestol Castillo que. le trabajan y punzan iguales que tumores en cuerpo dolorido. que aísla. tiene conciencia de la importancia que ha adquirido el cuento y con pulso firme desde las primeras líneas agarra y subordina la atención del lector con interés que se mantiene encendido hasta el final. 43 . le bastaría Deleite para mantener vivo su nombre. Hoy se imagina que no le basta ser así no más. comprenderá que la autora de La Virgen del Aljibe no necesita voces de estímulo ni adjetivos de ponderaciones. el renombre. Autónomo cibaeño. No importa que a la vez sea poeta de virtudes universales: en él todo se entremezcla y se le vuelve Compadre Mon. La reputación. en el Perú. preñados de problemas. En cuento emocionante y breve (Cielo Negro) sugiere Néstor Caro problemas de los trabajadores en cañaverales del Este de la República.

que le perturba. cuento-parábola constreñido en sólo una página y escrito con sobriedad. asistiendo a sus propios funerales y oyendo lo que opinaban del difunto. Señales hay. sequedad y sencillez dignas de un sabio. el convencimiento de que aspirar a sustituir y ser el primero contrae el deber de estudiar y crear. se corporiza y se le escapa huyendo. que ningún pueblo ha conseguido: porque en el comercio espiritual las creaciones artísticas trascienden y repercuten por remotas que parezcan y en similares circunstancias suelen dar parecidos frutos. Impetuosos y ávidos de sustituciones. El instinto y la razón dialogan y dicen razones tan extrañas que el padre de las criaturas. experimentando el placer elevadísimo de sentirse compañeros. Lunáticos numerosos. ¿Cuenta para asustar. Ellos se lo permiten. irrumpen los abundantes de promesas: los nuevos. intrigado. Mañana llegará. Descuellan varios y entre ellos Ramón Lacay Polanco alzando el brazo y enseñando su enamorada Bruja. ¿Los demás?… Ganímedes sirviéndole a Zeus “el divinal licor” en copa de bronce. Penetra en la subconciencia y hurga hasta encontrar el asunto extravagante. Entre los cuentos de Cabral que mejor caracterizan esa fisonomía figura Odorico. El autor no es un alcohólico. El autor medita sobre el fenómeno y luego se va detrás apuntando silenciosas interrogaciones. pero desde que en uno de sus poemas se vio de cuerpo presente. últimos en el tiempo. Puede afirmarse sin jactancia que el cuento criollo fue ascendiendo hasta encontrar madurez desde que 44 . a excepción de El Pata de Palo. espectáculo y divertimiento. empinándose arriba. le obsede impulsado por “idea-fuerza” que de repente salta del cráneo. le había salido a Cabral de un desdoblamiento de las ideas. como entre estudiantes de término. de José Espronceda. Almas. avanzan con su carga de promesas que se cumplirán si trabajan más los motivos y no se engríen con los parabienes. aunque Yepe y otras diferentes representaciones de la locura le superen por la forma literaria. Reclaman el sitial que les corresponde: el primero… En un grupo de escritores mozos. interviene en la conversación. Y siendo del Cabral un gran poeta. alabada en el país y reproducida con elogios en una revista extranjera. En la calle. hasta en el de apariencia inofensiva se disimula un iconoclasta. pero los poetas guardan en la convicción de la grandeza propia talismán preservativo. o procura encontrarle al cuento fases nuevas? Cuenta. revuelto. ¡El primero!… que entre intelectuales nadie se satisface en Santo Domingo sin ser el primero. crece. no obstante. sentimiento que es suma de fuerza y valores para la patria. para ellos también. Pero su hallazgo extraordinario es El Centavo. en riesgoso pretil bailan un carabiné y son capaces de contagiar al lector que los analice. como Edgar Poe: es abstemio.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS indica el rumbo. que desvirtúan. asomó en él un bromista macabro. No conozco en castellano. no se columbra ni el más lejano peligro de que se pierda. por divertirse. Y ahora. lo alcanza a ver y reconoce que es verdad que “aquello” ha adquirido vida independiente. Se llama Odorico… Lo encuentra hablando con otro ser que. igualmente. Pero… En 30 Parábolas y 12 cuentos lanza un libro que sobresalta como una casa de orates. en el restaurante cercano o en la plazoleta. seres y cosas llenan el mundo con el fin único de servirle de escenario. ¿Qué autor extranjero ejerció influjo en nuestros cuentistas? Flor de entelequia es la originalidad absoluta. otro que le iguale en interés y extravagancia. Con menos de lo que a del Cabral está aleteándole en el cerebro le bastó a Maupassant para enloquecer y a Horacio Quiroga para acudir al suicidio. anunciando el día en que los escritores dominicanos aprenderán a entusiasmarse con la obra ajena.

y ahora. Fuimos un pueblo sin temprana risa. Pronto daremos a la publicidad otro volumen en el cual tendrán cabida autores de no menor calidad y reputación que los comprendidos en el presente. con excepciones muy respetables. como la dominicana. o del Ramón Emilio Jiménez de Al Amor del Bohío. que implican selección obtenida mediante examen comparativo de los ejemplares de cada autor. en donde el cuento ha venido apareciendo con intermitencias y disperso en periódicos distintos y en fechas diversas. Y como el nativo no es trabajador tenaz. que obliga a prolongado esfuerzo. cuando la sonrisa asoma en obras ingeniosísimas y del más fino humor –El Tren no Expreso – Mi Traje Nuevo– es florescencia equívoca de un viejo padecimiento con que el autor se ha connaturalizado. Entre las provincias hispánicas del Nuevo Mundo ninguna ha corrido tantos azares. El sano y jovial acento de un Manuel de Jesús Troncoso de la Concha.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I el dominicano miró hacía adentro y comprendió lo suyo. entendiendo que el cuento en nuestro país ha alcanzado su plenitud durante la Era de Trujillo. Responde a estas observaciones la recopilación que se entrega al público sin la severidad que requieren los florilegios. y que a menudo aparezca en su producción la nota sombría. hasta mantener libres sus persistentes características y los matices diferenciales adquiridos al través de los sucesivos eclipses de su fortuna. Librería Dominicana. 45 . Es natural que los superficiales y los imitadores no abunden en una familia así. realiza ahora un nuevo aporte como entusiasta colaboradora en la obra del desarrollo cultural que le imprime sin desmayo a la república de las letras el Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva. Labor ardua. es caso raro. en la poesía y en el cuento encuentra el molde para su expresión más adecuada: no en la novela.

Yo no quiero las polquerías de tus árganas! Pero no te me bas a dir con tu carabina. ex-voto que llevaba colgado del cuello para ofrendarlo ante el altar del santuario y cumplir así la promesa que había hecho cuando era vagabundo mujeriego y estuvo a punto de quedar tullido a causa de un mal paso entre “ellas”. Voceó el asaltado: —Mira. En las repletas árganas de su aparejo llevaba cecinas de chivo. mendigando los cartuchos en los pueblos de su ruta. Periodista. por donde. a los tres días de caminata ya había vaciado dos de sus tres canecas de aguardiente. (pantalones y saco de áspera coleta). –se decía entonces– merodeaban los salteadores y no dejaban con sus alforjas a los romeros mal armados. si yo hubiera tenío mi cachafú carrgao. Al día siguiente partió de Las Charcas el bale Ismenio con su peregrinación hacia el lejano santuario de la Virgen de la Altagracia. antes de entrar en la zona peligrosa. Por este olvido se encontró indefenso cuando al oscurecer de una tarde. hijo de la gran puta. Autor de un volumen de cuentos inéditos. 46 . Cuando creyó que había salvado la pelleja. en un par de muletitas de plata. botellas de melado. *Julio Acosta hijo (Julín Varona). quien le prestó un chispero en buen estado de uso. Por fin compadeció al cantor el jefe de un baile de enramada. maihablao. ¡Ladronasso! ¡La Virgen te pudra er caco con tu careta de puerco! Y le contestó el bandido: —Epérame ahí. sin acompañante para no dividir su macuto de comida. ¡Párate y no juigas! Pero cuando el salteador volvió sobre su víctima. no hubiera sido tú quien me sarrteaba. ésta se metió en una espesura selvática tras de haber pasado. cruzó las poblaciones sin acordarse de los cartuchos. a la carrera se puso lejos de su alcance. le salió repentinamente al encuentro el salteador que tanto temiera. siempre improvisaba alguna copla plañidera diciendo que iba a morir sin cumplir con la Milagrosa por faltarle aquella carabina. fundas de tostones de plátano y rosquetes de catibía. blancas panelas de dulce de leche. voceándole —¡Alto! Pero el vale romero se desmontó de su mulita. Cabalgando en una mulita sanjuanera. 1888)* A mí no me apunta nadie con carabina vacía El cantor vale Ismenio hacía cuarenta años o más que debía una promesa y no había podido cumplirla porque en aquellos tiempos se contaban hazañas de bandoleros y para viajar desde Las Charcas hasta Higüey tenía el romero que portar una carabina de las que se cargaban con cartuchos de pistón y llamaban chisperos. por entre espinosas cercas de mayas. galletas de huevo. Esperaba apertrecharse. café en polvo y calabazas y morritos para colarlo. y dándole la espalda al enmascarado. entre Bayaguana y Hato Mayor. pero sin un solo cartucho.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS julio acosta hijo (Julín Varona) (N. además del acostumbrado traje de penitente. le dio el frente para desahogarse vomitando insultos que llenaron el monte circundante de resonancias de las enérgicas “erres” y “eses” de la pronunciación sureña. mientras vadeaba una cañada. Tenía puesto un antifaz de cuero negro de puerco y avanzó contra Ismenio con un machete desenvainado. con la rapidez de un hurón. y como vivía cantando mangulinas en las fiestas. Ismenio era muy pobre. raspaduras. Pero el tesoro de su peregrinación consistía. Animado en todo el camino por el contenido de sus canecas.

—Yo le juro que se la quiero comprá legalmente. Veló en la oscuridad y el silencio de la noche como gato desconfiado. el sabor inconfundible del aguardiente preparado con hojas de ajenjo que llevaba en sus canecas. su mujer Sinforosa. y si usté no desea benderla. aunque había tenido incontables mujeres. había quitado el martillo a su carabina. los cuales no tenían nombre porque todavía estaban sin bautizar. viejo santo. el huésped supo muy poco de los parcos moradores del bohío. hasta que se apagó la luz de un candil. que por poco no lo cuenta. Por su parte. —Béala en sus manos. y entre otros pormenores de su vida. su mujer e Ismenio se bebieron una botella de ron misteriosamente sacada de algún escondite. —¿Y está descompuesta? –preguntó el hombre de la casa. Sé que andando a pie llegaré con los pieses como mameyes de hinchaos y no me verá con la “ropa de promesa” que me han robado. Había entrado la noche cuando el vale Ismenio salía del bosque donde estuvo desorientado. escudriñando con la vista el arma del huésped y expresando pena en la pregunta. —Yo me encomendé a la Virgen y bajo su amparo hasta su artar no paro. Mientras hablaron en familia. usté se diba a debolbé p’alas Charcas. la encontró en un bohío de aislados moradores de aquellos contornos casi despolvados. como la zorra de la fábula le habló a la oveja. deteniéndose ante las mayas. Andando un poco más. —¿Y con qué alfoja ba a seguir caminando? —Le pediré limosna a los romeros cuando nos pechemo. pero en cuantico llegue a Higüey la mando a arreglar. no respondió ni se dejó ver del taimado zorro. entonces benga a mi casa que allá le podré dar cartuchos de una cartuchera que tengo llenesita. que nunca se había casado. y lo llevaba ahora en un bolsillo de su ropa como medida de precaución. Entonces supieron ellos que el huésped se llamaba Ismenio de Jesús. como en una revelación providencial. En este lecho se tendió encima de su carabina y no cerró los ojos. según les dijo. No más le farta el martillo. Finalmente se dieron las buenas-noches para entregarse al sueño y el huésped subió a dormir en una alta barbacoa bajo el techo de su albergue. hijos y nietos. En cuanto a los perros presentes durante la plática. Pero la buena siña Sinforosa no quiso que Ismenio 47 . que saliera del monte y viniera al camino para que hablaran como buenos amigos y comprarle su carabina. el hombre de la casa. su compañera Garrapata Sata. y tener tres hijos que habían dado a una abuela de ellos. Dios Todopoderoso siempre ayuda. Al paladear esa bebida el bale azuano recordó. en busca de posada para pernoctar.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Entonces su perseguidor. Pero la oveja escondida. —Yo creía que con lo que le ha pasao. La conversación se prolongó entrando los tres participantes en la intimidad de los informes biográficos. desde ellas habló con mucha dulzura en el tono de su voz. Destornillándolo. A ellos contó lo que una hora antes le había pasado por viajar “con este chispero que no tira”. Dijo a Ismenio que todo había sido una broma para asustarlo. El hombre dijo llamarse Benseslao. y los retoños de esta pareja todos meneaban el rabo cuando los llamaban Saticos. Muy en la madrugada se levantó el romero y despertó a toda la gente y a los perros de la casa para darles agradecido el adiós. uno se llamaba Sato Viejo.

Benseslao. Asuanito cuar guasábara. —¡Ja. su marido se excusó del viajero. recuerdo de la revelación providencial que había tenido Ismenio en la víspera de esta vindicta. lo atornilló en su sitio con una uña y la cargó con uno de los cartuchos que había sustraído de una cartuchera cuando la gente y los animales dormían. Tolelá. Sinforosa. al regresar. –la gente borracha– en la lobreguez del rancho donde se desveló. con una aventura más que agradecería a la Virgen en su santuario dominicano y que contaría en Las Charcas. para reforzar sus pasos. Tu serbana como er Soco. tumbando al salteador de la montura.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS se despidiera sin tomar el café. —Dios se lo pague todo. Y der pueblo de Las Charcas con la epina prepará. —La Virgen lo acompañe y lo libre de mal en su camino. Tolelá. sacó de un bolsillo de su pantalón el martillo de la carabina. Benseslao: –le dijo al muerto– lo único que siento es no poder sacarte ahora del buche los tragos de mi caneca que vaciates. ¡embustero! —Pero es con tu misma bala que te boy a tirar. ¡pendejo! Y le disparó certeramente a boca de jarro. Salía el sol cuando dejó de cantar y ya violaba el silencio mañanero del camino el rumor de la cañada donde el vale Ismenio había sido asaltado en el atardecer del día anterior. con su promesa cumplida y su conciencia limpia de culpas. Benseslao. el mismo salteador blandiendo su amenazante machete. Sinforosa. Pero dende hoy diré sin reírme como tú: ¡A mí no me apunta naide con carabina vacía! Y volviendo a montar su mulita sanjuanera prosiguió el azuano su camino hacia Higüey. improvisó unas coplas de caminante: Soy azuano como epina. —Agora si te quito el cachafú. y mientras ella preparaba esa colación matinal. 48 . ladronasso! –le replicó Ismenio. –le respondió ella con entonación cadenciosa de beata. Si me pinchas yo te rajo. ya armado caballero de chispero y machete. En este asalto cabalgaba en la mulita que se había robado. a la orilla del mismo arroyo. por tener que irse a sacar unos “biberitos del conuco” antes de que saliera el sol. hoyándolo esta vez con sus gastadas soletas. –dijo el peregrino al devolver vacío el morrito del café. ¡viejo mañoso! –voceó el bandido. —Hombre. talé la-lá. Poco después. Entonces le quitó la careta y salió de las fauces del herido agonizante un tufo de aguardiente preparado con ajenjo. despidiéndole anticipadamente. Allí se le apareció otra vez. —Ya te llegó tu hora. ja! A mí no me apunte con carabina vacía. Cuando hubo andado largo trecho. Y el solitario romero volvió al camino del Este. abocándole el arma. No me juches tu marío. alejándose de donde había pernoctado.

De este lado del mar. Pero. 1912)* El centavo Sequía. sigue por los trillos con su ruido penetrante. se quitaba la sed. Clap. volumen de doce cuentos. Sequía hacía astillas su silencio. El centavo. invade el pueblo. su gran masa de cobre se desplaza hacia los fugitivos. Mas los picapedreros. Es doctor en derecho. *Manuel del Cabral: 30 Parábolas y 12 Cuentos . Pilón. un impulso premeditado y dirigido. en un rápido y extraño crecimiento. de súbito. Un cuarto de siglo de poesía. el avaro. cubría ya la habitación de su amo. clap. De pronto. ni llanura. En tanto. 1956. Trópico negro. El centavo por minutos crece más y más. y como un agua sin cauce. Sin embargo. ¿a quién comunicarle un hecho tan útil. en una desenfrenada hinchazón derriba el caserón y. Los huéspedes secretos. Desesperado. porque el centavo es un huracán de hierro sin piedad… Hombres y bestias huyen a las montañas. El usurero era frío. las dinamitas… Todo ha resultado inútil. Y con las lágrimas que caían de la gente que estaba en las montañas. la poca humanidad que quedaba en tierra alta ve a Sequía andando sobre la gran moneda. amenazando rajar y derrumbar las paredes de la casa.Talleres Gráficos Lucania. rodea al avaro. C. Sequía el avaro. el centavo ya no cabía en las manos ni en la caja de hierro de su dueño. Se vuelven de metal calles y plazas. posteriormente. La carreta. con Cielo Negro uncido al yugo. Su silencio era cruel. No queda hondonada ni agujero. da la sensación de que aquella fuerza sin límites es un instinto. pues donde el centavo se le quita un pedazo crece inmediatamente renovando lo perdido. graduado en la Universidad de Santo Domingo. Chinchina busca el tiempo. Año 1949. Sangre mayor. sale su grito en busca de caminos. Buenos Aires. Y una mañana se despertó sorprendido: encontró que la moneda tenía el doble de su tamaño. en Impresora Dominicana. tan valioso? Su dueño pensaba que aquello podría ser su gran mina de hierro. La gente huye hacia el campo. 49 . NÉSTOR CARO (N. Ahora. por A. Vegetación y agua han desaparecido. Poco tiempo después. Del Cabral ha escrito: Compadre Mon. el centavo. Y el mundo comienza a morir bajo aquella extraña mole. Ciudad Trujillo. La calle hecha ojos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I MANUEL DEL CABRAL (n. el de más nombradía en habla castellana. *Néstor Caro publicó Cielo Negro. Su casa sólo tenía un ruido: el oro de Sequía. 1917)* Cielo negro El empujón del viento tiró las cañas a la vera del camino. Manuel del Cabral es. clap. En periódicos ha publicado varios más. Y una muda biografía: aquel centavo… Pero Sequía inquietóse… Iba a ver el centavo diariamente. no perdió dos minutos en dirigirse a su casa para guardar el último centavo que le cobró sin escrúpulos a uno de sus pobres inquilinos. de los poetas de la República Dominicana. fue inútil el silencio de Sequía. por momentos. rodea su casa.

Niña Linda”. ¿Comme sa va? ¿Tú ta bián? —Sí. Las voces de los peones surgen apagadas y sin eco frente a la bodega. “Atrinca. Si te oye un yuncú1 tienes que desgaritarte… Nonino. Cielo Negro”. —Sí. —Cuanto antes. carijo!” El sábado en la tarde. huida de la voz de Leticia. ¡Desconsiderao! Estos blancos del dianche. Cielo Negro! ¡Arre!” El cariño del boyero es ancho. carretero. “Cierra. estoy bien. 50 . tráila. clap. La bomba suena lejos. clap… —”¡Sube. Si espero la mejoría. Cielo Negro!” “¡Eh. Marcial veía los cañaverales muy lejos y el árbol más alto lo miraba pequeño. “Arre. aún queda un borrón de sol trepado sobre la tarde. Cielo Negro? En el “tiro”. ¿qué quiere tú? Si te pasara dos o tres días entre el yerbaso del tablón aprenderías una cosa buena. Cuando la miseria le golpea la frente. Hombres vencidos antes de ganar la esperanza. Así la vida te será mejor. vale Nonino. en donde la sombra del último vagón asecha la algazara de Leticia Sanetils. —¿Cuándo venez tu negrita. Se recrea en la espalda de Marcial el carretero. Marcial. cuando llegó La Negra del Sur. carretero? —Agora en el pago mandaré por ella. Cuando la carreta de Marcial entra en el batey. Después que uno cae en este infierno no le queda otro camino. he pasado todo el día meloso de una fiebre loca. Hombres y cañas de azúcar. ¿No es verdad. —Bon nuit. carretero. pa que viva conmigo. —Marcial. pasarán muchas zafras y cuando venga no servirá ni “pa oír los truenos de mayo”. el muchacho aguador. la novia que dejó en el Sur con su palabra envuelta en un pañuelo. como los brazos abiertos del cielo. —Ay. Ya no espero más. bueye”. los fogones le hinchan el hambre a la noche del batey. pronto traeré mi negrita. Cuando no son la fiebre es la raquiña. Nino. —Usté siempre quejándose. —Le dije que la quiero y tengo que traerla. Niña Linda!” “¡Empuja Bagoruno!” “¡Arre. agitando su látigo de fuego. ¡carijo!” El sol mira desde muy alto. Marcial. No sé por qué le pusieron Cielo Negro. “Arre. y esta mañana le puse la mano a una palma verdecita. Bagoruno”. cae sobre la primera lamentación de Nonino de Vargas. Cuando cantaron los ruiseñores la carreta de Marcial resbalaba ya sobre la grama: Clap. Leticia. entonces Marcial piensa mejor y pasa los días recordando a La Negra. La última palabra. el capataz saborea comentarios de la gallera. “¡Arre. 1 Yuncú: hombre poderoso. Se vive mejor entonce. por Dios. Bon nuit. Cuando llamo mueve las orejas y mira por debajo del yugo. sol y tierra negra. No importa que sea estrecho el camino a los bateyes. carretero. cruza el potrero cercano. —A este buey lo quiero porque me entiende.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —”Sube. La noche va cayendo sobre el silencio y sobre los hombres… Como luceros encendidos con luces de brujería. —Cállate.

—¿Ha visto a Cielo Negro? —Va p’arriba. qué mujer se ha echao ese hombre! —Nonino. junto al camino que conduce al abrevadero. tiene que ir usted… Hasta luego. —… Pero míster Bauer. La casita blanca estaba muerta de frío con el techo mojado del sereno. Usté porque no ha dío. Esta gente no respeta ni los domingos. —¡Cierra. Los luceros de la noche lloran la suerte de Marcial. La silueta del amo blanco. Su Negra del Sur. Aquella noche querían treparse sobre el techo de la casita en donde estaría durmiendo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Llegó La Negra de Marcial. maldito Cielo Negro! ¡Cierren. ¡Válgame Dios. Dame café que ya es hora de volver a la lucha. —¡Marcial. el amor del Sur. clap. pero traía la cara levantada. te llama míster Bauer! Que vaya en seguida –anunció un peón sudoroso. jamás se pareció tanto al demonio como entonces. pero sacudió los potreros con sus mugidos y vio en una cerca distante a su amigo Cacha e Palo. clap”. Marcial no pudo decirle que había llegado La Negra. —No. Desde lejos llega el ruido de la carreta: “Clap. ¡Es linda como la flor del cajuil! ¿Le viste los ojos. prieta linda. Cielo Negro! Guanuma El llano verdeante está frente a los altos piramidales de Guanuma. y la chicharra echaría su grito feo en la alforja sin fondo del potrero. Aquella noche –pensaba Marcial– en la casita dormiría el amor bajo los luceros. El buey volvía amarrado. Bagoruno! ¡Maldito seas. si Marcial le hubiera pedido siquiera un beso. temeroso de que Marcial crea que ha podido ayudar a Cielo Negro. Entre los cerros el camino alargado hasta perderse a la vista es sitio frecuente de “propios y recueros” que pasan cantando bajo espléndida luna o abrasados por el sol de fuego que hacia el mediodía 51 . pero el pensamiento se le quedó con La Negra en la casita pintada de cal. En la madrugada Marcial regresó con Cielo Negro. Ya no volverá hasta muy tarde. por la ventana asoma la cara linda La Negra. Cielo Negro es un buey manso y cualquiera puede amarrarlo. porque había estado libre. La casita de Marcial está pintada de cal. Niña Linda! ¡Atesa. como un ángel. El rocío le besa los pies al infeliz carretero mientras suena la carreta: “Clap. Bagoruno! ¡Atesa tú. Dame café. Hace tiempo que lo vide. El sol se esconde tras una nube gruesa. clap”. Hubiera sido distinto. Marcial traía los ojos como brasas. El de Marcial y la negra bonita. —”¡Eh. Marcial. Belarminio? Son grandes y con ojeras. Yo mandaré a Nonino. ¡Libre! Sí. Niña Linda! ¡Atrinca. carijo! ¡Cieeeerren!” La Negra linda llora en la casita. ¡Maldita noche! ¡Maldito Cielo Negro! —Negra linda. despierta. Los luceros vagabundos mirarían la casita con el rubor de los niños. con una rosa en la selva negra de los cabellos y una sonrisa más blanca que la leche de la vaca moruna. venía amarrado. Marcial. clap. Marcial lo sigue con el lazo. es que pa los laos del Sur la mujer sabe a canela.

pasa el Pancho Valera mentao. que va siendo legendaria. don Cefe. ¿Quién es el Pancho Valera mentao?. En cada rezongo del potro cansado se agrietan. el llano del frente es verdeante y por él. Con el favor del sol la figura de un jinete comienza a escalar el alto. Detrás de la sombra rueda discreto un inmodesto cantar: Pancho Valera es mentao En el alto de Guanuma. varón de la madrugada y de los amaneceres. que no da tiempo a morir con oración.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS se prodiga en los lugares. La brida se estira junto al cuello de la bestia y sangra la boca de donde partió el relincho. que tiene arreglos con el “socio” y viaja en la noche con la sonrisa de siempre y el cancionero madrugador. El Pancho Valera mentao ha visto morir a su lado a “propios y recueros” fulminados por los rayos que le temen a él. Supremo vigilante del alto Guanuma. celosa laguna con la pupila de aguas azulosas y el fondo lleno de fango asesino. antes de perderse entre las lomas. La voz del “socio” se anuncia en un trueno lejano que cruza veloz por todo el cielo asustando las nubes. ¿Será uno de esos que detienen aguaceros con cruces de cenizas y señales de oración. Usa sombrero de cana Y espolines plateaos… El caballo conoce el terreno que pisa y parece que cuenta las piedras del camino. No le importan pareceres. Se sabe bien enjaezado y ya quisiera soldar su figura de bronce animado a la de su erguido jinete. 52 . Unas recostadas sobre las habladurías de los compadres y otras inverosímiles y crueles aferradas a la noche del viajante con luciérnagas y duendes que espantan el silencio. El Pancho Valera mentao palidece antes de musitar respetuoso: —Buenos días. Frente al rancho de Ceferino Constanzo un relincho sugiere la presencia de la hembra esclavizada al cabestro. Pero después de todo con afán y con urgencias. Ni come en plato prestao. al igual que en un ladrillo machacado. macho sin entrega y sin lunares. Su sonrisa es de caimito Y el maldito es bien plantao. la esperanza y el querer vivir mejor de los hombres que trabajan la tierra alta de Guanuma. con una sonrisa para todos los días y un alegre cancionero en la mochila.  Sol muy alto. parecen preguntar los truenos que resuenan a lo largo del cielo de Guanuma. el de esta tarde. Los lugareños de los altos piramidales de Guanuma bajan al llano por el afán y las urgencias. Badalillo es solamente un manso hilo de agua que sesea en el llano antes de hundir la cola en Charcambrienta. o será un “parejero” con sombrero de cana que hace sonar las espuelas al pasar ante los ojos de una mujer? Más que al trueno los lugareños le temen al rayo. Es camino con historias.

En el silencio ilímite del alto Guanuma. En el alto. Los vecinos imploran al sueño que les haga olvidar las historias llenas de duendes que recorren todos los caminos. En el pico de Santa María la lechuza dirá su deseo y en el instante. Pa’mí to lo que se dice de él es mentira. don Cefe –contesta alguien desde un rincón cuajado de sombra espesa. Pálido hasta parecer febril el Pancho Valera hunde sus espuelas en los ijares del caballo y se aleja dejando a su espalda un hálito de misterio que se acuna en el silencio. sólo él con un farol pintado de rojo. —Pues a mí… que me reviente la rueda de una carreta en el camino o me parta un rayo en el conuco. el varón del sitio. Observen que cuando me mira se pone pálido. Estampa fuerte ésta del encuentro del Pancho Valera con Ceferino Constanzo. Después… se vido al Pancho Valera. —A Ceferino Constanzo no le venden ésa. el de los espolines de plata y el sombrero grande de cana. Sobre los árboles caerá un rosario de avemarías y todos los vecinos se persignarán y pedirán clemencia a las ánimas. Ceferino Constanzo es altivo y clava su mirada de fiera en el hombre que tiene arreglos con el “socio” y llama Relámpago a su caballo. —No diga eso. treparse al caballo impaciente y seguir sin rumbo como un pedazo del viento. Valera. secar el cuchillo con el pañuelo. un seco: —Buenos días. que entonces no era mentao. —El padre de toos los cuentos es el mismo Valera –informa una voz en el rancho que está frente al pico de Santa María. —El Valera es hombre de cuidado. replica con bríos Ceferino Constanzo. porque es amigo del “socio” y le tiene el alma vendida por unos cuantos placeres. Lejos de parecer contrito y respetuoso. pero vino la mala –el “no te mereces mis atenciones”. pero eso de tener líos con un amigo del “socio” y quedarse uno sin una tumba en el cementerio no me parece negocio. irá cuesta arriba y cuesta abajo con los ojos desorbitados como le gustan al “socio”. y si uno le coje confianza lo empuja pa la laguna. Tiene las mismas cosas de Badalillo. adolorido. en el “casi ya” de los vecinos. el tú o yo en este sitio– y cuando el Negro Trinidad quiso aclarar el punto.  53 . –comenta con lengua temblorosa Simeón el higüeyano. proferido por los difuntos. —Esos cuentos los ha inventao él pa’cojerse el sitio. y hasta bebían tragos de la misma botella. Pa’pleitos no tengo agallas. que sea con Valera. sólo él es capaz de asomarse a los caminos en las noches largas del alto Guanuma. Si está condenao con el “socio” cuando menos a mí me respeta. ya tenía el acero en la barriga y los cuajarones de sangre le cerraban la garganta. coquetea y coquetea. Los dos dizque eran buenos amigos. La otra noche lo vieron hablando con el “socio” y cuando se dio cuenta de que lo miraban hizo una señal y donde él estaba parao lo que encontraron fue candela. Si ocurre algo. ¿Quién anda en la noche en el alto de Guanuma? Sólo el Pancho Velera mentao es capaz de recorrer todo el lugar. El camino quedará borrado durante toda la noche y abrirá sus precipicios a la voluntad de los duendes. pero a este hombre no le temo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Para oír solamente. Yo recuerdo el lance que tuvo en Mata María con el Negro Trinidad. apenas si hablan los lugareños. El sol acabará muy pronto su tarea y luego vendrá la noche. se oirá un grito largo.

un escalofrío de renacuajo le recorría la carne húmeda. salía al patio por la nariz del aljibe. En el decir. Si sobrevenían aguaceros torrenciales. se contorcía en su ámbito. de lo misterioso que va de mano por el mundo con la tiritante superstición. El agua de aljibe es una virgen agreste. *Hilma Contreras. Y el maldito es bien plantao. T. el aljibe lo pasaba mal: el agua. lleno de miedo. La malquerencia local llegaba hasta la calumnia. y como aquella doncella envidiosa de los cuentos. HILMA CONTRERAS (N. Así. Usa sombrero de cana Y espolines plateaos. y en una hemorragia bullente. 1955. crecía incontenible. A lo largo del camino el silencio se divisa.. a fuerza de tejer y tejer suposiciones y comentarios. Stella. con mechones de lama sobre el rostro cuadrangular. tan callado y sombrío. Impresora “Arte y Cine”. Pero el abandono de la gente tórnase maldición para su vientre. porque en los pueblos existe el culto del barroco narrativo. que siempre se asusta al caerle encima la violencia del chorro de los caños. profesora de francés. y el ensayo: Doña Endrina de Calatayud. ¡Se lo llevó el diablo! Sobre el llano verdeante el viento silba un inmodesto cantar: No come en plato de naide. Lentamente bajan del Alto Guanuma hombres que buscan en el favor del camino la satisfacción de las urgencias. Todos los lugareños van contritos y azorados hasta donde lo exige el menester. La memoria pueblerina es prodigiosa. entregada al temporal en un desborde de lujuria. La noche estuvo cuajada de sombras espesas y los perros aullaron como nunca.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Amanecer distinto éste del Alto Guanuma. y en las épocas lluviosas. A tal punto subió la agresividad que por las noches apedreaban el ruinoso caserón. baja con ellos la última ocurrencia: —El Pancho Valera mentao ya no vive en el Alto de Guanuma. vomita sapos y mosquitos. luceros semiapagados miran hacia el camino irregular que se pierde entre los altos piramidales. 1953. Edit. Desde los cielos. Todos conocían el motivo de ese abandono y tácitamente velaban por el mantenimiento de la interminable cuarentena impuesta a la vieja casona. y a él pedían cuenta de los sinsabores padecidos por los moradores de Cueva. Imposible pregonar la última ocurrencia. un aljibe. en el silencio nocturno semejaba un tiroteo contestado por la carcajada tosigosa del zinc. 54 . Dentro de la cisterna dormitaba el agua. abusaban de la pasividad del aljibe. la verdad y la fantasía se confundían. Las gotas de rocío dormidas sobre las hojas de los árboles ven pasar a los recueros recién salidos del sueño de la madrugada. a él atribuían todo lo malo que en el pueblo acontecía. roncaba su garganta de batracio. Ha publicado: 4 Cuentos. agorero. A medianoche se oyó en el sitio el galopar de un caballo magnífico y un grito prolongado. Ciudad Trujillo. A veces. 1913)* La virgen del aljibe En el lugar había una casa abandonada y en la casa. C.

y por último esa historia siniestra del aljibe. El estruendo del cántaro en el fondo. los tres o cuatro choferes de Cueva preferían abastecer sus carros de gasolina a cualquier hora del día. La corriente del riachuelo se afiló hasta la ridiculez. Desde entonces la gente le sacaba el cuerpo al callejón “Córdoba”. agua y más agua. En semejante trance pudo más el terror a la inanición que el miedo a la enfermedad. luego las apariciones y los lamentos. Dios dirá lo que convenga. no había que pensar en alquilarla. y en los recodos bostezaba una lama pestilente. no era tan tonto el favorecido. pero se temió una explosión en el puesto de gasolina contiguo. Sólo Prudencio. Y no dejaba de tener sus razones el viejo sacristán.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Sí. —Déjenla ahí –dijo entonces el sacristán–. —¡Maldito lugar! La tuberculosis primero. La Sanidad habló de quemarla. unos gemidos muy quedos que erizaban los vellos a los trasnochadores. que era algo anormal y muy cobarde. Ese viernes amaneció nublado. nadie la quería. se abstuvo de probar el líquido embrujado. fruto de los amores ilícitos de su hija mayor con un beodo despreciable. y con retemblores contra el brocal. además del provocado por el temor al contagio. Necesitaba agua. Así las cosas. y la sed y el hambre diezman el ganado. Del cielo no caía ni una gota. Por algo se llamaba Prudencio. cuando el sol. Una vez segados por la guadaña niveladora los herederos legítimos. 55 . dos. después de la Oración. Y vino temprano al aljibe con un baño de zinc a cuestas. Pasaron varios días. precisamente ponerse en remojo para amortiguar la fiebre que le resecaba la piel. bajo un cielo de infierno. falleció el médico de servicio. ¿Y si no llovía? ¿Cuántas veces anunciaron lluvia las nubes y no la dieron? Era indispensable que se bañara. y de ahí el miedo supersticioso de los moradores. como un centinela rubicundo. por fin iba a llover. Tal desgracia les había acaecido a todos por testarudos y apegados a la propiedad. abordaron el sitio en masa. pero cubito a cubito reuniría bastante para refrescarse. la burla del agua pajosa y gusaraposa dentro del baño. Pero no la vivía. Dos meses sin lluvia. El agua andaba escasa. Y la vieja murió sola en medio de sus bacilos. como para instalarse en el foco infeccioso. es casi castigo inquisitorial. un entrecejo contrariado porque apenas sube mediado. vigilaba sobre los solares que componían el resto de la cuadra. la abuela se la donó al nieto de la orilla. Una rigurosa sequía se había apoderado de Cueva. Del aljibe salían gemidos al filo de la medianoche. Los pobres recurrieron al aljibe abandonado. Los hombres trabajan mal. y en lo que discutían si derribarla o no. el aljibe de la casona estaba maldito. ni tan ávido de bienestar. que no era más que un bastardo y vivía al margen de la familia. Mas. Porque lo estaba. Uno a uno se habían tuberculizado los miembros de la familia en esa casa. Como la cobardía individual suele trocarse en valor colectivo. menos a él. que la había heredado de su abuela materna. El primer día casi alcanzaron el agua con las manos. El cántaro sonó en la oquedad como una profanación. y uno a uno habían salido de ella para el cementerio. Pero ya Prudencio no podía más. Una semana. mas la sed la mitigaron. La casa pertenecía al sacristán Prudencio. En la misma bomba se detenía poca gente. Los tanques se secaron. casi tres. a todos. para dar de beber a sus poros calenturientos. pero era por culpa de los hombres.

unos para atender a sus quehaceres. Algunos rieron. ¿quiere subir y dar el tercer toque de misa? Aterrábale la idea de verse solo en el campanario. —Sin embargo. El cura se asustó. —No quiere callarse –informó el monaguillo al entrar. se estuvo quieto. —¿Qué es esto? –sofocó–. 56 . y los demás para pendenciar. acezoso por la rápida ascensión. los más. excesivamente sorprendido. dizque. tin… tin… Había solemnidad tal en el espectáculo que Pedritín. Gravemente tocaban a muerto las campanas. tartajoso. otros reclamados por la iglesia. Pedritín. —¿Qué le ocurre. se dio a la fuga. con los ojos desorbitados. y dirigiéndose al monaguillo–: ¿por qué dobla Prudencio en vez de tocar tercero? El aludido abrió unos ojos entontecidos. —¡Qué muerto ni qué vieja tuerta! ¡Toca pronto dejar! En la sacristía el Cura se mesaba los escasos cabellos en medio de las beatas alarmadas y de los curiosos que había congregado la desbocada carrera del sacristán. Sus compueblanos abrían las puertas en ese momento. sube a ver lo que pasa! La sotana del monaguillo aleteó en la prisa que requería el suceso. con los pelos erizados. y la misma gravedad se extendía por la cara criolla de Prudencio. como idiotizado. —No es posible –murmuró. Prudencio? —¡Una maldición. que se rematara el sacristán!… Y a propósito.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Sacaba el cubo por quinta vez. Pero debía obedecer y se levantó con las piernas de trapo. —Prudencio –dijo al fin con recelo– ¿por qué doblas? La voz monaguil se diluyó en el intenso plañido de los toques. señor Cura! El Padre lo miró como quien observa a un bicho raro. —Por ahí va Prudencio –voceó el alcalde a su consorte– como alma que lleva el diablo. Otros. aullante. —¿Qué por qué doblas? –chilló entonces el muchacho. tembloroso. —Un momento –rogó el Cura. Tlan. Oyóle el sacristán esta vez y contestó: —Por el descanso de ese muerto. —Por el descanso del muerto. Metióse el fugitivo en la sacristía. las campanas doblaron gravemente. se persignaron. eso parece –monologó desfalleciente– ¿Una qué…? Pero… ¡Ave María Purísima! Loco. que yo lo hago callar –prometió el dueño de la bomba. El Padre arqueó las cejas. —Déjenmelo a mí. De repente. Bolo acaba de irse con un dolor. ¡Este hombre se ha vuelto loco declarado! ¡Eh. —En el aljibe hay un muerto. —Un… ¡Bah! –pronunció el venerable sacerdote– ¡Eso nos faltaba. Y se inclinó para explorar el fondo.

el agua reía para ocultar la repugnancia de sus entrañas. Un ruido ensordecedor lo ahogó todo. Reía. reía. cuando la vista se acostumbraba a la penumbra del pozo. ¡Una calavera! Efectivamente. De nuevo. al viento la bufanda gris. Venía galopando como un energúmeno. Por encima de la cisterna vibraba el quejumbroso volteo de las campanas. un sapo arrugado saltó de su escondite y se posó en la frente pelada. esto es inaguantable… Vamos todos al aljibe. Cruel asesinato. Homicidio. y la mirada puesta en Cueva. bramó al caerle encima el chorro de los caños. Y así fue creciendo. —De todos modos –argumentó el alcalde– hay que bajar a investigar el caso. distinguíase. espeluznante y macabro. La gente corrió a guarecerse. hasta salir al patio por la nariz del aljibe. jadeante.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Por… por… –tartamudeó el tonsurado– Bueno. —El miedoso de Prudencio vio visiones. Los más simples se representaban el alma del difunto. hermosa y lujuriosa. —¡Al aljibe! –gritaron varios. blanqueando en el fondo. Tin… tin… tin… Tlan… Inclinóse el religioso sobre el brocal. y el aire electrizado oprimía los pechos de antemano agarrotados por la aprensión. —No veo nada –dijo–. Densas nubes ocultaban el sol. sino agua. El aguacero se nos viene encima. Un silencio impresionante dormía su hastío en todo el patio. Únicamente el Cura le restó importancia al hallazgo. extrañamente regocijado–. —¡Jesús… María y José! –exclamó el monaguillo–. Muerte accidental. —Hoy no será –advirtió el Cura. hasta la noción del tiempo. otras gritaron. Importunado por la conversación. y los hombres empalidecidos. Algo horrible. —¡Bah! –dijo– algún bromista tiraría ese cráneo en el aljibe. que venía gimiendo en las tinieblas a calentar su osamenta. Es el deber de la justicia. Cada uno urdió el drama conforme a su idiosincrasia. olvidada de su vergüenza… 57 . la virgen de vientre maldito. Aquí no hay nada. Dentro de la cisterna. parecía una manifestación obrera. un cráneo luciente con las dos cuencas hambrientas de luz. desmayóse una jamona histérica. sentían el agua estancada en el estómago. A lo lejos se oía el atropello del chaparrón. Una mujer del pueblo se deshizo en vómitos. pudorosa y joven. de suerte que cuando llegaron al callejón “Córdoba”. En el camino se agregaron muchos. y en la boca el sabor putrefacto del cadáver. y con él los más cercanos. la Autoridad a la cabeza. Suicidio.

sin temor de caer en error. pero de niña. ya porque sabían pagar mejor sus solicitudes. ella murmuraba entre dientes: —Tan entremetidos y tan groseros… Doña Nico tenía por verdadero nombre el de Nicolasa. 58 . una fuerte epidemia de gripe azotaba la ciudad. más que los mismos médicos igualados de las casas. es decir. La trova del recuerdo. que la gente acomodada de la urbe gozaba de la más perfecta salud. Doña Nico. Y no andaban errados sus vecinos al suponer que doña Nico leía con tanta puntualidad el diario de la ciudad porque algo había en él que la interesaba. Autor de las novelas: Del Cesarismo –1911–. resultando más alarmante. y las que eran infalibles para aplacar el histerismo de las doncellas cuarentonas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS RAFAEL DAMIRÓN (1882-1956)* Modus vivendi Ca uno es como ca uno. Los yanquis en Santo Domingo. con un maletín en la mano que parecía repleto. ya porque los médicos. Poesías dispersas en periódicos. y sabía. las hermanitas del Hospicio Santa Clara le decían Nico. naturalmente. era seguro. y con esto. primero dejara de comer que de comprar el diario que circulaba a las siete de la mañana. Mientras los otros ríen. desde que cayó en cama don Ramón. Sin embargo. —¿Dónde estará doña Nico? –murmuraban. Sátiras teatrales. que cuando faltaba en su casa. Estampas –1938–. pues. Pimentones (recopilación de artículos) –1940–. por desgracia. precisamente. Revolución (cuadros de política) –1940–. Periodista y poeta. se sabía al dedillo el padecimiento de cada uno de los ricos de la ciudad. y era ya muy notorio. que el divino mensajero de la cristiandad traería en las manos el devotísimo tributo que haría sonreír la cara alborozada de su fanática preceptora. apodo que ella aceptaba como testimonio de afecto y simpatía. El monólogo de la locura –1914–. Doña Nico pasaba muy pocos días del mes en el seno de la pequeña casita que representaba su único haber en el mundo. según aseguraban sus vecinos. De modo que cuando los insidiosos vecinos de doña Nico no se explicaban cómo siendo tan pobre. y ya entonces. que ahí viene ella. más gorda y más afanosa que antes. *Rafael Damirón. ¿Qué cosa? ¿Quizá la que luego la hacía ausentarse por semanas enteras de su casa? ¿Quizá algún enfermo grave. en estos casos. era cosa sabida. algún enfermo adinerado se encontraba en estado de gravedad. Doña Nico hacía ya dos semanas que no regresaba a su casa. Una fiesta en El Castine. La Cacica –1944–. Pero es lo cierto que el vecindario se preguntaba: —¿Dónde está doña Nico? Las telarañas cubrían ya totalmente la cerradura de la puerta de su casa. cierta inquietud mantenía en expectativa a esos mismos vecinos. el nombre de las inyecciones que servían para atenuar la neurosis de los viejos. miembro de una familia bien? Cuando doña Nico mandaba su precioso Niño Jesús de visita a casa de sus ricas creyentes. Cuadros de costumbres: La Sombra de Concho –1921–. ¡Ay de los vencidos! –1925–. suelen ver mayores peligros en quienes mejor pueden retribuir sus servicios profesionales. porque. más que de buenos consejos. dice uno de los tres Baturros de la comedia argentina así intitulada. de filosóficas providencias. entre la gente pudiente. Como cae la balanza. Obras de teatro: Alma Criolla –1916–.

Ahora mismo voy a ordenar una misa de salud. que las visitas. —Ahora –se dijo– déjame volver. pan fresco y mantequilla por la mañana. y que vuelvas pronto. pero tú sabes que yo con don Ramón. —Bueno. —Ojalá. no puedo menos. por la tarde. chocolate. tan sufrida y tan buena. 59 . galletas de soda. —Está fresco –exclama–. que el carbón. —¡Adiós! —¡Adiós!  Doña Nico comenzó a colocar las cosas. en cuanto se dio cuenta de su presencia en la casa. eso sí. —¿Y cómo está él? —Regularcito. doña Nico –contesta la esposa. hija de mi alma! ¡Estoy muerta! ¡Veinte noches sin dormir! No sé cómo me tengo en pies con tanto ajetreo como he tenido en estos últimos días. lo primero que hace es tocarle la frente al enfermo. que el purgante. hija!. —Dios los conserve. dos trajes casi nuevos. que las criadas. regalo de la hija. La pobre señora no puede moverse sin mí. bien te lo mereces. y cómo me quieren sus hijos. leche con gengibre. en su puesto. a las cuatro. —Más buena que el pan. Ya de regreso en la casa. tres cortes de traje. varios pares de media y un millón de menesteres más con que la habían obsequiado generosamente. algunas cajas de ampolletas sobrantes de suero. —Si yo no fuera de tan poco apetito estaría como una bola. Sacó del maletín que había traído. que. —Así mismito. yo creo que si hay gloria. te dejo porque no vine más que a darle un vistazo a la casa. que el lechero. algunas latas de conservas. casi un banquete a mediodía. otro banquete. que cada media hora el gorro de hielo. además de algunos billetitos de banco que ella cambiaría en oro acuñado para enterrarlo al pie del guayabo que crecía en el pequeño patio de su casa. no puede moverse sin mí. A mí no me falta nada en esa casa: jamón. huevos. —¡Qué gusto! –exclama la vecina. figúrate. Tengo que irme enseguida. otras de cacodilatos. ¿Se tomó las cucharadas? —Sí. que el termómetro. por la madrugada. para allá voy el día que me muera. un tentenpiés riquísimo. esa gente no tiene nada suyo. por sus valiosos servicios. a las siete. que la inyección. que le regaló la esposa del enfermo. llamó desde su ventana: —Doña Nico… doña Nico… dichosos los ojos… —¡Ay. que esa pobre gente. se ha visto entre la vida y la muerte. me hubiera muerto primero que él… —Pero oye. ya limpias. chocolate. —¡Qué bueno! ¡Lo que vale ser servicial como tú!… —¡Ay. que los sobos en el bajo vientre. ¡algo tremendo. pero hoy ha amanecido un poquito animado. tú sabes como es esa gente. Ya te he contado cómo me trata su mujer. parece que estás más gorda… —¡Ah!. pan y mantequilla. a las doce. ¡Adiós! —Adiós. hija!… Si no fuera porque soy mujer fuerte. ¡Pero qué lucha!… Que cada hora una cucharada de esto.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Cierta vecina que se llevaba bien con ella. y queso rosqueforte. porque a la verdad. Nico.

cruza por entre las habitaciones. Ha sido Encargado de Negocios. póngase así. fatigada. en la tranquilidad de su casa.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Le pusieron el lavado? —Ah. Doña Nico. y días después. Mientras tanto. 1882)* El Capitán Diego Molina había alcanzado su grado. llama a las criadas. pero. discute. Durante estos nueve días. —Yo quisiera irme ya –exclama dirigiéndose a la viuda inconsolada. Consultor Jurídico en la Presidencia de la República. hasta que la cruz llegue por el cadáver. DÍAZ (N. miembro de la Corte Suprema de Justicia. asiste a la lectura de la testamentaria. toma posesión de la absoluta dirección de la casa. Díaz. usted sabe que él no quiere que nadie se los ponga más que usted. en tan duro trance. en fin. Y empuja una puerta. Pero la viuda la dice suplicante: —No me deje. Dos veces capitán 60 . déjenme ir a la cocina a calentar el agua. vencida casi. así luego. así. y entonces. —Con cuidado. GUSTAVO A. Licenciado en Derecho. pan y queso del velorio. para que comience sus visitas y retorne de ellas con el tesoro de sus manos llenas de brillantes lentejas. cierra otra. doña Nico aún conserva la casi total administración de los asuntos de la casa. pone a hervir el agua. pide a los familiares dejarla sola. Doña Nico se adueña del muerto. los hijos y las hijas del difunto? Doña Nico enciende las velas de la ardiente capilla. no. ordena. se iría a buscar el reposo en su casa abandonada desde hace cerca de dos meses. y.  Pero don Ramón de súbito se ha agravado. es obligación que se ha impuesto la de estar presente los nueve días subsiguientes para dirigir los rezos en favor del alma del difunto. y entonces. doña Nico vestirá lujosamente a su bello Niño Jesús. Presidente del Senado. doña Nico. a leer las crónicas del diario que no tardarán mucho en hacerla saltar en un conmovido gesto de piedad hacia otro grave don Ramón que esté a punto de pasar a mejor vida. así. doña Nico ordena y administra el reparto del café. entonces. la esperábamos. ¿Cómo va la esposa. —Bueno. recoge en su corazón las lamentaciones de la esposa inconsolable. recibe algún regalo que con pena y con cierta resistencia. doña Nico. ¿Cómo voy a hacerme ahora sin Ramón? Y doña Nico se queda. con voz imperativa. para dedicarse. los ayes de los hijos. cuando todavía en las milicias nacionales existían grados subalternos y cada marcial insignia rememoraba una épica *Gustavo A. al fin acepta. finalmente. estará al punto de todo. los abrazos condolidos de los amigos. los comentarios generales alrededor de la irreparable desaparición. a atender a nada? ¿Cómo. don Ramón. manda. y también súbitamente se ha ido de la vida. no se mueva… ahora… ve usted que bien. no se apure.

y empinar su coraje por sobre la eminencia de todos los peligros. Tenía para el viejo Libertador. Se le había llamado para otorgarle una distinción que más le llenó de congoja y de rubor que de alegría. El General Santana –pensaba él– se había vuelto loco. más que por todo precepto disciplinario. y ya lo había hecho inscribir en la llamada Reserva activa del ejército español. había obtenido que se le reconociera su grado de Capitán. Cuando volvió el rústico prócer. y que allá en lo hondo de su pecho siempre tuvo la firmeza y el calor de las pasiones que acendran almas primitivas. cuando oyó el severo acento del General: —Ya lo sabes. a las órdenes del General Santana. Fue como un viento de desolación lo que agitó su espíritu y aturdió su pensamiento. su protector. “porque eso él no lo había visto nunca. o le habían echado algún maleficio. Su grado era su honra. como él lo llamaba. ahora caía como un sudario sobre las muertas glorias de la República. El General Santana. Pero sobrevinieron días de tristeza y de oprobio para la Patria que él también. Desde hoy eres Capitán del ejército de la Reina de España. después de su última ruta. que el propio General Santana había firmado. que es el severo cariño de los jefes. Dispuso en breve tiempo lo necesario para su viaje. fiero y huraño. Es una alta merced que he alcanzado para ti. su “padrino de sangre”. A sus ojos asomó su alma. y que jamás vio plegarse en derrota ante las acometidas enemigas. llevó al triste bohío: un recóndito orgullo en el alma. Lo había visto apoderarse. una veneración ciega y fanática. El Libertador. ¡que en medio de aquel tremendo naufragio moral fue un leño que no zozobró jamás! Un día le llevaron una carta en que el General Santana lo requería a la Capital. arreglar el freno de su caballo. ¡que parecía de dolor! Se volvió a su retiro. impasible ante la muerte. Y se quedó. con honores de reliquia. Diego Molina hizo su carrera. radiante de bélica grandeza. que una bala había roto. La bandera dominicana. con su esfuerzo y con su sangre. que lo había visto erguirse. había creado. más que eso. a su descuidada heredad de las orillas del Seybo. y tras rápida jornada compareció ante su antiguo jefe. el Capitán Molina no entró a la población. porque te creo digno de ella. La lúgubre tragedia moral de la Anexión se había consumado. Y se alejó lleno de una callada turbación que parecía de orgullo. El día que en el Seybo se izó la bandera española. la siguiente mañana de la batalla de Santomé. en un arrebato de acometividad salvaje. y el despacho en que se lo consignaron. desde soldado. hosca y bravía. en la rebelde soledad de su bohío. lo agasajaba con su confianza.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I proeza. cuyas banderas defenderás conmigo. de un cañón enemigo. en una muda protesta. y a quien se sentía sometido. que a sus ojos de guerrero fue siempre como la visión radiosa de la propia victoria. su “padrino de sangre”. ¡El General Santana le había perdido! ¡Lo había hecho oficial de los españoles! ¡Y tener 61 . por ese rudo cariño que engendra en el alma de los bravos la comunión de peligros y victorias. inconforme y como abrumado por el peso de una tremenda infamación. cuya única forma de expresión era un respeto casi trémulo que hacía del héroe un siervo. ni lo quería ver”. una cicatriz profunda en la cabeza y su inmaculado despacho de Capitán de cazadores. lo había visto. era la única cosa escrita que guardaba.

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que resignarse! porque lo que era él no tenía voluntad para oponerse a lo que el General resolviera. Se fue como un león sobre el enemigo. —¡Yo quiero mis galones de Capitán! El General Guzmán no comprendió aquella extraña petición. bajo las órdenes del General Antonio Guzmán. de fachada tan elegante. La sombra iluminada (1929). —Para los valientes son las recompensas. y se aprestó a renovar sus pasadas gallardías de soldado. Aquel mismo día. y le brindaron a la gloriosa ambición que ardía en su pecho el anhelado instante. Figuras de Barro (1930). hasta la hora en que. Actual Rector de la Universidad de Santo Domingo. y de las novelas: Alma Antillana y Archipiélago. iluminó su pensamiento el albo resplandor de sus altivos ideales. los desplegó en un altivo reproche. Y se fue a la manigua. Yo era Capitán. se batió desesperadamente. desde su pasado. La presentó.  La hora se la anunció un día la voz que desde la áspera manigua llamó a los dominicanos a la guerra santa de la Restauración. O estaba aquel hombre trastornado por la emoción. una bandera arrebatada a los españoles. mi General. 1895)* Aquel hospital era tan moderno. Aquel hospital 62 . Ha representado al país como Embajador en varias naciones y en las Naciones Unidas. Callado y taciturno. De otro lado. y dijo: —Mi General. si es que esto vale algo. y. De un lado lo llamó un absurdo deber. hecha por quien llevaba honrosamente el grado que solicitaba. —Capitán –le dijo– me parece muy extraño lo que le oigo decir. En su atormentado espíritu renacieron los vigores de otros tiempos. Licenciado en Derecho. bajo la bandera dominicana. o rechazaba inexplicablemente el ascenso. Yo quiero volver a ser el Capitán Diego Molina. radiante de altivez. Las altas empresas de la intrepidez llegaron pronto. el bizarro Capitán Molina. hecha jirones. VIRGILIO DÍAZ ORDÓÑEZ (Ligio Vizardi) (N. que inmortalizó el heroísmo. Poeta: autor de Los Nocturnos del olvido (1925). Tengo entendido que es ése precisamente su grado. pero el General Santana me degradó. Suya fue la primera victoria que se alcanzó después de su incorporación a las tropas. cuando se reconcentraron las tropas después de terminada la batalla. Se incorporó bizarramente a las tropas revolucionarias. trajo entre sus manos trémulas. por confesión suya nadie supo en el Seybo el resultado de aquella entrevista. lo reclamó la Patria. graduado en la Universidad de Santo Domingo. Un silencio amargo selló sus labios. ante su propia conciencia redimido. que producía la impresión de un paredón de lujo contra el cual la muerte ejecutara una parte de sus habituales *Virgilio Díaz Ordóñez (Ligio Vizardi). —No. desde su propia conciencia. fue proclamado Capitán del Ejército Restaurador. voy a pedir la recompensa que ambiciono. a defender la bandera de España.

Madres o padres. masa cúbica y blanca como tope de cristal grueso que. inocentes. allí internados. producían un poco de angustia. Tanto silencio. notas. en los uniformes de médicos y enfermeras. por los pasillos silenciosos. como un 63 . radiólogos. Junto al escritorio principal. como regla invariable. diagramas de temperatura. En el interior todo era nítido.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I fusilamientos diarios. A la Dirección entraban y salían técnicos y enfermeras. Y aquel día era un viernes. La disciplina interior era estrictísima. suplicante. especialistas. Clínicos. Aquellos rótulos parecían escritos con la sangre de alguien. de dos a seis de la tarde. Un ascensor silencioso. tantas personas sin palabras. Se adivinaba que detrás de aquel alineamiento de puertas cerradas bullía un pequeño mundo de niños enfermos. La sala de cirugía. con su lámpara cenital ovalada. Las Oficinas de la Administración refulgían de orden y limpieza. que ignoraban la existencia de aquella discreta escalinata posterior por donde con frecuencia descendían las grandes cajas de violín y desde donde partían hacia el misterio los amiguitos que se ausentaban tendidos en un oscuro coche grande. en los lechos. de inútiles recordatorios del primo non nocere consagrado por el apotegma hipocrático. los días viernes de cada semana. me llevó en ruta vertical a uno de los pisos altos y me depositó calladamente sobre uno de los amplios corredores. tan pequeños que parecían estuches de grandes violines. y los niños sonríen y juegan y cantan cuando el dolor. Esas pequeñas gavetas guardaban millares de fichas. imponía su austeridad silenciosa como si fuera una sagrada capilla. Quizás. aquello era una colección de errores de diagnóstico. de irreparables excesos de ciencia. En aquellos diminutos nichos la experiencia hablaba en estadísticas y tosía números. cirujanos y enfermeras se deslizaban calladamente. la cronología y la historia de las enfermedades que habían pasado por miles de cuerpecitos que acaso ya no existían. En aquellas gavetas estaban las enfermedades que habían perdido ya su cuerpo. Del lado opuesto. Centenares de pequeñas gavetas blancas tapizaban gran parte de las paredes. sólo podían visitar a sus niños. Por el lado anterior. en forma inédita. en marcha muda y rápida. Y allí el silencio era ya el único juguete que ellos. el archivo. diagnósticos. con un rótulo rojo sobre el bolsillo izquierdo de las blancas blusas. repetía una frasecita que no pude comprender y que era dicha con modulación enternecedora cada vez que alguien cruzaba frente a aquella puerta. Una voz infantil. Cuando llegué a la dirección todavía resonaba en mi oído la vocecita tenue. elegidos precoces de la enfermedad. la fiebre o el delirio no los abaten. como sombras blancas también. Movimientos precisos y economía de palabras parecía ser la tácita consigna. Tabiques de cristal e instrumentos plateados daban la sensación de que se estaba frente a la vitrina de una joyería. otra escalinata más sencilla presenciaba cómo descendían a veces pequeños ataúdes. que estaba abierta. Pasé sin mirar al interior. casi lúgubremente silencioso. Pero el hospital era para niños. podían romper con frecuencia. insistente. tutores o familiares. Pasé junto a una de aquellas puertas. Se hubiera dicho que hasta el olor de aquel hospital era blanco. pero en mis oídos quedó una voz que sonaba a música triste. frágil. laboratoristas. análisis: eran el registro. aséptico. Y por todas partes la nota blanca: en las paredes. una escalinata de cinco gradas impecablemente blancas hacía pensar en un pentagrama sereno en donde el mármol soñara vibrar en melodías de vida y de esperanza.

En aquella pequeña sala deben ser recogidos por sus familiares los enfermos dados de alta.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS espejo verdoso. Mientras la enfermera monologaba sus explicaciones (que nadie había solicitado). con huella de lágrimas en las mejillas. —Yo dejé aquí a mi hijita el jueves pasado. señor! La enfermera fue generosa en explicaciones. Retorné hacia los ascensores por el mismo amplio corredor que me sirvió para llegar hasta la Dirección. Se encontraba en la sala destinada a los que habían sido dados de alta. Y yo no sé cuál fue la voz que dijo: —Carmen. el nombre de los padres. ¡agüita. una pobre mujer humilde. Carmen. como yo. Carmen. –dijo la mujer–. cama número ciento cuarentitrés. pero los padres o familiares no acababan de llegar. esperaba una información que había solicitado. el pequeño se quedó dormido con la cabeza apoyada sobre el bulto de sus modestas ropitas. la edad de la internada. señor! Por fin conocí la letra de la música triste que había escuchado una hora antes. A los interesados se les avisa con suficiente anticipación para que estén allí en determinado día y hora. Supliqué a una enfermera que ofreciera un poco de agua a aquella criatura sedienta que decía a todos los que pasaban ante la puerta: ¡agüita. acaso soñando felizmente con muchos. y cómo. Otra vez las batas blancas con los hilillos rojos. Para esa sala no hay. señor!. Y otra vez algo en que había dejado de pensar: la vocecita suplicante que repetía para mí una frase ininteligible. Se llama Carmen. me dijo: —¡Agüita. Pero esta vez contuve un poco la marcha al acercarme al lugar de donde salía aquella súplica triste. muchos vasos inagotables de agua fresca… No sé cuanto tiempo más tardaron en venir a buscarlo. un niño. repetía el Director después de preguntar otra vez por la fecha de ingreso. con un paquete de ropitas humildes sobre las rodillas. —No encuentro. al golpear sobre el suelo. búsquela usted! Quiero verla hoy que es día en que está permitido visitar los enfermos. se rasgó la frágil envoltura dejando en libertad un par de manzanas frescas y rosadas que rodaron casi alegremente. Los registros fueron nuevamente consultados. Carmen. Me detuve al fin frente a la puerta abierta y allí. llámela. Director y enfermera cambiaron una mirada rápida y llena de comprensión. las enfermeras y médicos presurosos y callados. No podría resistir otra semana más sin verla. como una sentencia misteriosa e injusta. con algo de travesura infantil y como buscando las ausentes manecitas para las cuales estuvieron destinadas. Durante una hora estuve en las oficinas de la Administración. Aquel niño tenía sed y pedía agua. sobre la pobre mujer. Quizás hacía tres horas que sentía sed… Pero la disciplina es estricta: para aquella sala no hay asignado ningún servidor especial. enfermeras asignadas. como es natural. a la internada número ciento cuarentitrés. doctor. falleció el miércoles y fue sepultada ayer jueves. ¡Por favor. De pronto el Director detuvo el índice de su mano derecha y mostró en una columna del registro algo a la enfermera. 64 . con un pequeño bulto sostenido en sus manos chupadas por el hambre y supliciadas por trabajos rudos. a las diez de la mañana… Mientras esas palabras caían. yo vi cómo de sus manos resbaló el pequeño bulto envuelto en papel. se empeñaba en duplicar el rostro y los gestos del ocupadísimo Director. de siete años. –dijo una enfermera que se acercó al escritorio. El pequeño debió ser reclamado desde hacía tres horas.

¿Qué les confiaba? No sé. ni la sugestiva zapatilla azul que Octavio no tocaba sin besar. la misma actitud hostil que una noche adoptaron al encontrarse en aquella misma alcoba sus respectivas dueñas. Miré con extrañeza a mi amigo. laureles de todos los triunfos. Una tarde… ¡Oh!. negro y rojo el uno. donde alguien había sorprendido el oculto tesoro de la más hermosa y rubia y ondulante cabellera. frente a frente. La Cita –1924–. Traía al cuello esa sarta de caracolitos que ha sido aguijón de tu curiosidad. Lo único que le falta es un poco. La Canción de la Vida –1926–. ¡estaba más bella que nunca! Su flotante cabellera blonda parecía llenar el aire de átomos de oro. y en el azul de sus grandes pupilas se reflejaba algo de la imponente y bravía inmensidad del mar. Las Manzanas de Mefisto –1934–. Sin duda. casi a la orilla. corrían alegres y presurosas a recibir. nada. y presurosas y alegres se llevaban. ni la cajita de palo de rosa. Y poniendo aquel soberbio pedestal a su temprana hermosura. de las ondas a las que ella hablaba con la gracia y la majestad de una reina enamorada. ¿Acaso este ateo impenitente abrigaba la cándida superstición de los amuletos? Una noche. por fin. la historia de un amor irreal. Cantaba el Ruiseñor –1910–. Vino a mí. imponente y elegante del Hospital de Niños quedé sorprendido por mi propia voz cuando. de roca en roca. se sentó a mi lado sobre el césped. pensando en voz alta. interrogué a Octavio: —¿Y esto? —¿Eso?… ¡Ay! Es una historia bien triste la que me pides. sólo un poco más de piedad… FABIO FEDERICO FIALLO (1866-1942)* El príncipe del mar Aquel cuartito de Octavio era un caprichoso museo de exquisitos despojos femeniles. Autor de Cuentos Frágiles –1908–. —¿Te sorprende la palabra en mis labios? —¿A qué ocultártelo? —Pues. evocador de cierta leyenda sangrienta. Allí se encontraban trofeos de todas las conquistas. me oí decir: el Hospital es perfecto. ni el abanico de blonda y nácar. teniendo frente a mí la perspectiva alegre del camino y dejando a mis espaldas la masa simétrica y blanca. 65 . modulando su canción de espuma. moderno. Primavera Sentimental –1902–. admirable.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Y ya en el exterior. embajadas de amor que las coquetuelas. digna del breve pie de la Cenicienta. El Balcón de Psiquis –1936–. nada mortificaba tanto mi curiosidad como la sarta de lindos caracolitos guardada devotamente en rico estuche de marfil. escucha: Todas las tardes ella bajaba a la playa y allí acudía yo tan sólo por verla saltar descalza. Pero. Poema de la Niña que está en el Cielo –1935–. bajo un cielo espléndido. ni el fino pañuelo de batista que ostentaba una corona de marquesa por blasón. que aún parecían conservar. ni los dos antifaces. poeta y prosista. La Comisión Nacionalista Dominicana –1939–. ni la blanca liga de desposada…. se hacía contemplar de las ondas. y me dijo: *Fabio Fiallo. Canciones de la Tarde –1920–. Canto a la Bandera –1925–. hasta alcanzar el abrupto peñón que se erguía en el mar. rojo y negro el otro. frontero al viejo torreón del castillo.

Miróme breves instantes en silencio. el Príncipe del mar. después. —¿Por qué esperar? —Mi palacio aún no está concluido. preciosa niña. Súpolo el Príncipe. Después prosiguió como en un ensueño: —Mi Príncipe. 66 . Un palacio hermosísimo de granito más blanco que el mármol. muy feliz. Corrí a la playa donde yacía tendida sobre el abrupto peñón que tantas veces había servido de soberbio pedestal a su hermosura. Serán mis pajes los delfines y las ondinas mis doncellas. grutas de perlas y bosques inmensos de coral. Tres días después ocurrió el hecho fatal. —¿Él? —Sí. el talle elegante y fino. Hoy estamos a trece y ya tengo doce. con acento que mi recuerdo doloroso convertía en murmullo. los ojos tristes y soñadores. y mis ojos porque él se mira en ellos. sacudió con arrogancia sus cabellos. para llorar con más desahogo. ¡cuán bello es! Tiene la cabellera negra y ensortijada. —Todas las noches durante mi sueño viene el Príncipe a visitarme. la frente pálida y hermosa. y en su carro de perlas tirado por cuatro tritones acudió a consolarme. Cuando cierro los ojos y le contemplo tan bello. ¡esperar!… ¡Qué duro es esperar cuando el tiempo no marcha con la violencia que palpita el corazón! Y mientras exclamaba así. vine a orillas del mar y aquí caí dormida. pero temo que mi Príncipe se enoje. el pecho alto y vigoroso. muchos. miraba con sus grandes pupilas azules las ondas que alegres murmuraban su canción. sonrisa de mujer enamorada que corre al encuentro del amado. ellos alfombran mi cabaña. Tengo muchos. Me rogó que no sufriera y me dijo que yo era muy bonita y que él se casaría conmigo. siento impulsos de correr a su encuentro y lanzarme al mar… —Te ahogarías. y una noche. ¡mucho tarda ya esa hora de suprema ventura! ¡Oh!. Los tritones me recogerían y en su carro conduciríanme al palacio. Yo estaba muy triste. ¡Qué feliz voy a ser! ¿no es verdad? —Sí. el ademán firme y cortés. ¿Ves estos caracolitos? Cuentan las veces que nos encontramos. por sus labios amoratados parecía aún vagar una sonrisa. sola en el mundo. —Cuéntame tus amores. con galerías de nácar. Y se alejó susurrando dulcemente un canto de amor.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Sabes que me llaman loca? —¿Quién? —Ellas. Un hilo de sangre corríale por la sien y manchaba de púrpura el oro de sus cabellos. y del cándido cuello pendía la sarta de caracolitos que habían marcado las horas felices de aquel mes. mi novio. —No. las que odian mis cabellos porque él los besa. Y al decir así. Los conté: ¡doce! ¡Eran los mismos que me había enseñado! Desde aquel día no había vuelto el Príncipe y la visionaria se había lanzado al mar en su busca. —¿Cuándo es la boda? —No sé. las envidiosas. me contó: —Tú sabes que la tarde que enterraron a mi pobre madrecita quedé sola.

interceptando la luz. que esparcía no sé qué tonos de lúgubre opacidad. Por dicha estamos solos… No te esperaba tan pronto. Americanismo literario (1918). Literatura americana (1915). corría sobre un lecho fangoso. Guanuma. De aquí y de allá (1916). Extensa y pintoresca. lluviosa. destacóse en el estrecho espacio de la puerta de la rudimentaria barraca… Un instante bastó para que el coronel Virico lo reconociese. hacía ya días que Santana había establecido el campamento de las tropas con que salió de Santo Domingo para aplastar la revolución estallada en el Cibao. fue diputado al Congreso Nacional. Ensayos: José Martí. bien resguardados se situaron el hospital y los almacenes. a veces como encrespamiento de oleaje rugiente. Cobertizos muy prolongados sirven de alojamiento a la tropa. la sabana se dilataba hasta confundirse con los bosques que como espesa faja de un verde muy oscuro parecían por todas partes servirle de infranqueable límite. Páginas efímeras (1912). a pesar de lo que me dijiste ayer… Como una especie de incesante zumbido de colmena.G. Hizo además labor de periodista. el Guanuma. charcos de agua cenagosa cubiertos de obscura lama contrastan con el verde tierno del césped que se extiende hasta perderse de vista. El Derrumbe (obra ésta incinerada por el gobierno militar impuesto a la República Dominicana por Estados Unidos de América). Cerca de dos mil hombres allí acampados ponían sobre aquel trozo de llanura como una nota de vida continua e intensa. chozas apresuradamente construidas. Alma Dominicana. Aquí y allá. –le dijo un fornido negro. una tarde de cielo plomizo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I FEDERICO GARCÍA GODOY (1857-1924)* La cita Dormía voluptuosamente la siesta en una hamaca el coronel Virico García cuando un ruido de voces en la puerta del rancho en que se alojaba en compañía de dos oficiales de las reservas lo despertó de una manera algo brusca… —Coronel. a veces como tenues susurros. Cosas y personas parecían como sumergidas en un ambiente gris. En desordenada profusión. que pase… La figura de un campesino vestido paupérrimamente. colocadas en puntos bien escogidos. Perfiles y Relieves (1907). Caía en aquel momento una lluvia muy tenue. a veces creciendo de manera rápida e imprevista hasta hacer muy difícil el paso. El río. —¡Fonso! Acabas de llegar seguramente. —Que pase. Novela corta: Margarita (1888) y Cuentos: Sor Clara (1898). Diversas avanzadas. especie de Hércules de ébano que le servía de asistente. En la larga y rústica casa que sirve de hospital se amontonan en catres y hamacas los numerosísimos *F. Obras: Crítica literaria: Recuerdos y Opiniones (1888). minúsculas cañadas. de suprema melancolía… En la sabana de Juan Álvarez. La hora que pasa (1910). mantenían a toda hora una cuidadosa vigilancia. desparramadas irregularmente. –y le señalaba dos sillas serranas desvencijadas que había en el cuarto–. lleno de manchas de lodo. a pesar de haberse por completo afeitado el bigote y llevar por todo calzado unas rústicas soletas. Siéntate.G. no sé qué tintes de cadavérica palidez sobre el paisaje circunstante. conquistada a fuego y sangre al enemigo. Empezaba a declinar la tarde. El enemigo solía acercarse para desde el borde del bosque disparar a mansalva algunos tiritos… En la Bomba. Impresiones (1899). muy encajonado. fría. siéntate. los mil rumores confusos de un campamento en plena actividad venían de afuera. ocupan una vasta porción de la amplia sabana. 67 . aquí hay un hombre que quiere verle ahora mismo. chicas y grandes. tiendas de campaña.

descubre. Reinaba sepulcral silencio en algunas chozas. Fonso se detiene clavado en el suelo por una fuerza superior. se escapan las dolientes notas de una guitarra. empezaron a recorrer en todos sentidos el campamento. siguen… Ante los dos exploradores nocturnos. de rudo aspecto. En la silente noche. De un bohío inmediato. se detienen repentinamente. la mejor alumbrada. que semejaban como tumbas de una vasta necrópolis. algunos oficiales jugaban al dominó. Las fiebres palúdicas. tal vez en ellos flota la imagen de la mujer querida que lo aguarda. salvando las cortaduras del terreno. álzase ahora una choza más grande y mejor construida que las otras en cuya puerta hace centinela un soldado con bayoneta calada. A la distancia. El viento hace a cada momento oscilar las luces de las dos velas de un candelabro de metal colocado en la mesa que sirve de escritorio… El coronel Virico toca en un brazo a Fonso. Un sargento de Bailén mueve con hábil mano las cuerdas. a raros intervalos. se diluía lentamente en las primeras sombras de una triste noche de octubre. las perniciosas. la disentería. de un gris intenso. desde la hamaca en que está sentado dicta algo a un joven que sin levantar la cabeza escribe apresuradamente. el resplandor de una que otra lejana estrella.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS enfermos de la tropa española. abriéndose camino al través de obstáculos en realidad insignificantes. Las deserciones frecuentísimas de las milicias del país y las numerosas enfermedades han reducida considerablemente el número de hombres de aquella fuerte columna… Hacía rato que había escampado. El crepúsculo. se ceban en aquellos soldados peninsulares no acostumbrados al enervante clima de estos países intertropicales. óyense los ¡quién vive! de los vigilantes centinelas. principiaban a brillar tenues luces en algunas chozas. acaso palpita en esos sones la visión de alguna casa de Cádiz o de Sevilla. Ambos. bostezan o dormitan sus compañeros de guardia. guiaba expertamente. Por falta de catres o hamacas. acostumbrado a inspecciones de vigilancia nocturna y gran conocedor del terreno. el primero con un farolillo en la mano. familiarmente. a guisa de paseo. de imperativo gesto. Muy salteadas. esos sonidos impregnados de hondas nostalgias parecen como la evocación plañidera de cosas amadas perdidas en melancólicas lejanías… Tal vez en esos arpegios palpita el recuerdo de la madrecita que reza por él en la iglesia de su aldea. sollozantes. Fonso Ortiz continúa con la vista fija en el Marqués de las Carreras… 68 . algunos yacen tendidos en lechos de serones o de yaguas. un hombre corpulento. algunos camaradas siguen con interés las jugadas comentándolas en alta voz… Noche. en aquel augusto recogimiento de las cosas. Cerca del bohío. En una de las chozas. pero que la creciente obscuridad revestía de temerosos aspectos. El cielo obscurísimo. como movidos por la misma fuerza. bajo el cielo sombrío. y le dice en voz baja: el general… Como fascinado. El coronel Virico y Fonso. El coronel. quejumbrosas. lleno de nubes. desechando los pantanos. creíase ya Fonso en capacidad de poder suministrar al gobierno provisional datos positivos que suponía de bastante importancia… Ambos avanzaban lentamente. aunque el tiempo no presentaba trazas de serenarse. donde en tiempos desvanecidos en tristes realidades apuró sendas copas de manzanilla en compañía de fácil y garrida moza tocada con vistosa mantilla… Siguen. Agrupados en torno. noche intensamente negra. tan pronto cerró la noche. lejanos. En el interior. en un tosco banco. en escaso número. Dos tiros lejanos interrumpen el silencio de la noche sin que parezcan llamar la atención del general y del secretario que llena con letra cursiva hoja tras hoja de papel. Con las nuevas explicaciones de su compañero y con lo que había podido observar aquella tarde.

penetraban los dardos solares a manera de largas rayas de luz. en la lejanía. empezaba la tarde a revestirse de tonos grises. La culpa la tuvo aquella mascarita del baile a que fuimos en los Chachases. a sus lados lo mismo que por detrás. pues ya sé que no lo harías. a esparcir jirones de tenue sombra sumergiendo los objetos en una semi-obscuridad que se espesaba lentamente… Afuera. surgían con profusión robustos troncos de árboles en cuyas copas frondosas. a medida que avanzaban cautelosamente al través del ramaje entrelazado en busca de un paraje bien retirado del camino real donde pudiesen conversar a sus anchas sin el más leve temor de ser oídos. casi blanco. Me había dedicado al comercio y empezaba a prosperar lo más quitado de bulla cuando al estallar la revolución me llamó el general para que lo acompañase al Cibao. corpulento. No podía negarme. Pero soy dominicano. Ante ellos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I II En las vastas profundidades del bosque tropical. Sobre la llanura vasta y silenciosa. aquella noche de Carnaval en que corrimos juntos tamaña juerga? Estabas alegre. uno detrás del otro. de treinticinco a cuarenta años. En ella todos son santanistas. pero eso no quita que quieran la libertad de su país. Allá todos te consideran como un buen dominicano. chico. sin despedirme de ti. por entre las ramas estremecidas. No pretendo que traiciones a Santana. continuaban abriéndose paso por entre la maleza cada vez más inextricable. te acuerdas. Virgen Santísima! Desde que principié a bailar con ella estaba acechándome… Y si tú no le desvías el brazo y lo sujetas en el momento en que me fue encima con un puñal. pues ya sabes que cuanto valgo se lo debo al general. como hundidos en un mar de extraño verdor pastaban sosegadamente algunos animales… Fonso Ortiz y el coronel Virico. todavía reinaba bastante claridad. En nombre de él te hablo. ni pizca… Era una gran hembra… ¡Pero qué hombre aquel tan celoso. En el fondo de la llanura. Don Benigno me dijo que conocía mucho tu familia. nada. con algunos tragos más eras hombre al agua… —Nunca he olvidado esa noche en que me salvaste el pellejo. pues me dijeron que estabas en el campo. los picos de las primeras estribaciones de la cordillera central se recortaban con perfecta limpidez en el horizonte todavía iluminado por los resplandores de la tarde que caía. verdadero tipo militar que a todo el mundo resultaba extremadamente simpático… Nadie hubiera podido percatarse de la presencia de ambos en aquel oculto rincón del bosque visitado sólo por algunos animales. Inmediatamente resolví acudir a tu llamada y aquí me tienes… —No esperaba menos de ti. Lo que quiero es que me prestes tu ayuda para 69 . Después de Dios. adiós coronel Virico… Dos días después. aquí y allá. créelo. y cuando ayer en el campamento recibí el papel que me enviaste con el vale Goyo me dio el corazón un vuelco. Coqueteó conmigo cuanto le dio la gana pero no pude conseguir nada de ella. de fisonomía expresiva siempre iluminada por una sonrisa. en el llano. regresé a Santo Domingo muy satisfecho de mi paseo a Santiago… —Se dijo poco después que te habías retirado del servicio… —Estaba disgustado con lo de la anexión. Fonso Ortiz se detuvo algo cansado de aquella fatigosa caminata. y a cada paso tropezaban con las raíces desparramadas sobre el suelo como formidables tentáculos de animales pertenecientes a no sé que misteriosa fauna desconocida… Suponiendo ya el lugar bastante resguardado. El coronel era un mulato muy claro. a ti te debo el estarlo contando. corría un vientecillo sutil haciendo oscilar el tostado pajonal en que. Era ya hora de que pusiesen en movimiento la lengua… —Y bien –interrogó Fonso– ¿qué ha sido de ti desde que nos separamos en Santiago. lo que se dice muy alegre… Créelo. Virico lo estaba también.

para reponer las bajas sufridas por las deserciones y las enfermedades y pudiera dejar bien cubierta su retaguardia. continuaría su movimiento de avance. y sin decir palabra. Bueno es el viejo para soportar que nadie le tosa en la cara. No te lo censuro. El general tiene muy buen olfato y no quiere moverse sin dejar muy bien cubierta su espalda. El gobierno ha dado un decreto autorizando al jefe que lo aprese a romperle inmediatamente el pescuezo… —¡Pobre general! Créelo. Había prohibido que los oficiales llevasen impermeables por “no ser prenda de vestuario”… Llovía que era un diluvio. La revolución avanza triunfante. corrió tras el oficial. –replicó presuroso el coronel Virico–. de un salto. En Santiago está ya instalado el gobierno provisional. todos los dominicanos que sirven a España están jugando a dos manos. Las deserciones y las enfermedades aumentan. no es tan malo como dicen sus enemigos. lo agarró por el cuello. amigo Fonso… ¡Pobre General! Él creía otra cosa. El general decía públicamente que tan pronto llegasen los refuerzos que había pedido a la Capital. Fonso. puedes jurarlo. De pronto ve a un teniente que pasaba muy bien arrebujado en su impermeable… Rápido. siempre trajeado como un 70 . Hay malos síntomas. aburrido. Si los nuestros llegan a ponerle la mano encima a Santana lo fusilan en lo que canta un gallo. En la Capital se asegura que de España viene una escuadra con mucha tropa. llevándoselo el diablo con las dificultades que para que fracase le pone día por día el Capitán General… —En el Bonao cuentan que los oficiales españoles le faltan el respeto a cada momento… —Embuste. Él esperaba que los blancos gobernasen mejor. pero Virico creía. Fonso Ortiz se había levantado tomando ambos amigos la dirección del sitio en que habían dejado las monturas. —Y quedarse él y su gente con la batuta por los siglos de los siglos… —Entonces no hubiera renunciado el mando como lo hizo de su espontánea voluntad… Pero lo cierto es que el general está enfermo. Dime con franqueza… ¿Viene o no Santana al Cibao? —Creo que ni aun él mismo lo sabe. No creyó jamás que al hacernos españoles lloverían sobre su país mayores desgracias que las producidas por las guerras con los haitianos… Mientras conversaban. La gratitud es el primer deber en todo hombre bien nacido. Pero eso no impide que puedas hacer algo por tu patria. —Y es natural. decidió Fonso. El sábado lo probó retebién. El general tiene el alma en un hilo temiendo que el Seybo se descomponga. acto continuo. fue para salvarnos de los haitianos para siempre. por lo menos tan pronto como se dice. se tiró de la hamaca. muy pocos. Cumple con lo que crees tu deber no abandonando a Santana. Empieza ya a sospechar de algunos en quienes tenía confianza. Los españoles sólo tienen en el Cibao el fuerte de Puerto Plata. que tal avance no sería posible por ahora… Con esa celeridad con que acostumbraba tomar sus resoluciones. trasladarse en persona al campamento de Guanuma. ¡Virgen de la Altagracia!… El General en su rancho se mecía en una hamaca mirando hacia fuera. embuste. Cada uno debe estar con los suyos. Contreras. Nunca supuso que al quitar la bandera iban a pasar tantas barbaridades. Los jefes españoles dicen que con excepción de Suero. Virico le seguía dando noticias pormenorizadas respecto del número y clase de tropa acampada en Guanuma. por muchísimas razones. los Puello y algunos otros. júralo. Estaba ese día de pésimo genio. y después de quitarle la capa lo metió a empujones en el calabozo… —Pero ¿qué se propone actualmente? —No creo que piense ir al Cibao.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS salir con bien de una empresa que me han confiado. Si hizo la Anexión. y de ahí.

Para 1 Alusión al Cao. de un planeta muerto. Esta noche escribiré al general Salcedo informándole de todo lo que he podido saber y mañana me presento en el campamento fingiendo ser un peón de la finca del vale Goyo. mi alumbramiento costó la vida a mi madre. Nací pobre. Había que prever cualquier endiablado percance… Avanzaban con trabajo por en medio del bosque espeso. cuatro tiros lo despacharían incontinente al otro mundo como espía. apenas doraba con sus últimos rayos las cimas de las altas montañas del Jatibonico: el alborotoso pájaro negro1. tampoco es del caso que lo sepas. Comenzaban a oírse vagos rumores. Si por cualquier casualidad se descubría quién era. es inútil que me lo preguntes pues no te lo diría. lo que quiero que sepas. que quiere colocarse en el servicio de convoyes que se mantiene con Santo Domingo. y la mansión de donde vengo. pero al fin accedí a su súplica. y le permití que hablase. Le recomendó únicamente que no llevara sobre sí ningún papel que pudiera comprometerle. El coronel Virico procuró disuadirlo de tan peligroso empeño. con blando paso que apenas se siente. apenas fui amparado por la Fortuna. La naturaleza se aletargaba en una paz infinita. Al salir del bosque se dieron un fuerte apretón de manos. puso término a su atormentadora algarabía… ………………………………………………………………………………………………………… Al fin el Corneta de Órdenes tocó silencio. Anochecía… MÁXIMO GÓMEZ (1836-1905) El sueño del guerrero Para Clemencita Gómez Toro …Desaparecía el sol. Momentos después ambos se alejaban por distinto rumbo espoleando sus respectivas cabalgaduras. un anciano de aspecto venerable. que iba atenuándose rápidamente. y es lo que importa. Quedéme un tanto sorprendido al apercibirme de aquel extraño desconocido que así se atrevía a faltar a esas horas a la consigna. Hilos de tenue claridad muy vaga. pide permiso para hablarme. en mi hamaca de campaña. seguir viaje hasta la misma Capital y comunicar algunas instrucciones a la Junta secreta que dirigía allí el cotarro revolucionario. lo que hizo de la manera siguiente: —”Mi nombre poco te importa saberlo. escondiéndose en el ramaje de las altísimas palmas y de los corpulentos árboles. los demás lo repitieron y apenas se extinguió el eco prolongado de esta consigna. es mi historia. 71 . se filtraban aún al través del espeso ramaje. cuando quedó todo el campamento sumergido en el más profundo silencio y obscuridad. se acerca a mi tienda y. como quien no desea ser oído de otro.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I campesino. pronto el Destino me dejó huérfano. entra y se sienta. en el espacio. Lo único que exijo de ti es que pongas lo que puedas de tu parte para que me acepten… No creo eso cosa difícil… El coronel Virico no opuso a esto ninguna objeción seria. Y yo me tendí cuan largo soy. y quedé solo vagando entre los hombres como el fragmento. Y con los pésimos antecedentes que tenía… —Tengo que ir y lo haré aunque pierda la vida. un hombre. en un silencio solemne interrumpido solamente por el monótono estridor de los grillos y lejanos relinchos de caballos. Pasado un momento.

me contestaron. no sintió mi corazón –por fortuna mía– el tormento de la vanidad y la soberbia: antes por el contrario. Inútilmente interrogaba mi pasado. y me apellidó El Glorioso. y ni el desierto ni los espíritus. como el apasionado de una belleza ideal que huyese al contacto de su ardiente mirada. yo no había amado nunca sobre la tierra más que a dos deidades: la Ciencia y la Virtud. ningún acto mío acusaba mi alma de maldad. Después de una breve pausa. Los más pequeños me creyeron un Dios. sino más bien provocar sonrisas y alegrías. ¡Ah! ¡cuánto he sufrido antes. y reyes hubo que se sintieron humillados y empequeñecidos ante la majestad y grandeza de mi gloria. víctima de infamias y desprecios. y mi espíritu se sentía sobrecogido por una especie de religioso temor. que eso es amar a Dios. Entonces el Universo entero me saludó entusiasmado. y los hombres se hicieron mis enemigos y me vejaron y me despreciaron. Largo tiempo –como un mendigo– vagué entre ellos cual un desconocido y apestado. alumbrando los rayos de mi gloria dos Mundos a la vez. No contento el Destino con el suplicio a que eternamente me había condenado. y el trueno ahogó mi voz. quemaba mi cerebro como lava ardiente. comprimida en el fondo de apagado volcán. yo no había hecho más que obras de bien. su semblante se iluminaba con una aureola casi divina. ¿Por qué. tan cruel tortura? Decídmelo… ¿Cuál ha sido mi gran culpa? Los cielos guardaron silencio. Rodeado de tanto agasajo y ovaciones humanas. porque se cumplió el plazo y abandoné la envoltura que aquí me retenía. tan tremendo castigo de la inquietud tan acerba y constante que acosaba mi espíritu y que no me dejaba gozar de las delicias que proporcionan la Gloria y la Fama?… Loco me fui adonde el cóndor hace su nido y desde allí –en la soledad del desierto– llamé a los espíritus para que dijeran la causa de mi secreta angustia. y me devoraba el corazón. oh cielos. “Crucé entonces el océano y suplicante interrogué al mar y a la tempestad. y cuánto he padecido después!… Cuántas veces he maldecido mi existencia. —”Sometido a varias torturas y contrariedades. La blanca túnica de mi inocencia no estaba manchada con ningún crimen mundanal. tan sólo el silencio y el vacío me circundaban. sentí de nuevo en mi pecho el diente que me mordía y me devoraba… ¿por qué. puso Dios una idea en mi mente que a medida que el tiempo pasaba y los años maduraban mis juicios. derramar una lágrima. sin más amparo que Dios. solo. en un impulso irresistible de desesperación. Sobre mi corazón y mi conciencia pesaba un insoportable remordimiento y en vano trataba de averiguar la causa. pesada como un fardo. Desesperado me precipité a los abismos para concluir con el dolor de mi existencia desapareciendo en sus insondables misterios. pero una mano invisible me salvó medio muerto y me arrojó –como el despojo de un naufragio– sobre la arena de la playa. en fin. y yo escuchaba asombrado. me 72 . Incorporado apenas. Era la tortura del criminal a solas temblando ante la presencia de su interno y severo juez. No pudiendo resistir más mi existencia. y arranqué al Mundo –para el Mundo mismo– un portentoso secreto.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS mi mayor tortura. preparó la Envidia y la Calumnia que armadas me asaltaron en el camino. colocado de pie encima de pedestal tan alto como el Sol. y besaban de rodillas mis vestiduras. por entre peligros y escollos. Las naciones todas me rindieron adoración y respeto. perdido y desamparado. Y cuando creí curarme de mis dolores. pude al fin realizar mi empresa. continuó. y me detenía a escudriñar mi presente. pues. pesándome hasta haber nacido…” Al mismo tiempo que aquel anciano proseguía en su narración. “Yo no había hecho. yo sentía en mi alma un secreto dolor que me consumía sin podérmelo explicar. quise arrojarme al torrente y una mano invisible me separó del peligro.

1889. vengo aquí –postrado a tus pies– a suplicarte me consigas el perdón de todos los tuyos y quede cumplida la Eterna Sentencia… Soy Colón” –dijo. Y tú. y calló… Un sonido estridente me sacó de aquel estado: el corneta tocó diana. Era evidente que de cada nombre propio fue deducido el que cada una de ellas llevaba i hasta con ufanía. y continuó: Si en la tierra fui un paria desheredado. bárbaros y estúpidos. Eran cortesanas a la moda. no me juzgues sin haber antes acabado de oírme. En vez de condenarme. con algunos rasgos de belleza juvenil i no pocos de buen humor. asesino? –exclamé indignado. El interior se distribuía en cinco piezas: sala. por mí descubierta. tal vez en cármenes granadinos. Con esos fueron inscritas en el registro parroquial del templo católico en que cada una de ellas recibió el agua del bautismo. nacidas en andaluces lares. en la mansión de los justos me está prohibido entrar sin el perdón de dos razas. “Recogieron los hijos de los nuevos pobladores la desgraciada herencia de tormentos y martirios que les legó la raza desaparecida al furor de los conquistadores. Susana e Inocencia –respectivamente– eran sus nombres de pila. sin poderme contener y borrándose de improviso en mi ánimo la impresión de compasión y de ternura que aquel ente singular y desconocido me había inspirado. Era un sueño. –dijo–. porque ha caído sobre mí –como lava ardiente de encendido volcán– la sangre de una raza inocente extinguida. como un hierro candente. comedor i tres alcobas. tenían su morada en ese alegre hogar sin fogones ni estufas. Junio. el crimen de haber descubierto un mundo y el de haberlo entregado a la barbarie y la usurpación. 73 . atalaya i nido de ruiseñores. insigne. había una casa de madera pintada a dos colores: azul i crema. sin asilo y sin fortuna. Tres damiselas. y desde aquella terrible hecatombe quedó marcado sobre mi nombre y mi conciencia. —”Aguarda –me dijo con calma y gravedad aterratoras– aún no he terminado. FEDERICO HENRÍQUEZ Y CARV AJAL (1848-1951) Humorada trágica ………………………………………………………………………………………………………… Sita en la linde oeste de la villa. No eran las Gracias del helenismo ni las Marías del cristianismo. —¿Y tú quién eres. ilustre guerrero. Casta y Niña. Concepción.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I elevé a la mansión en donde termina el misterio de la vida. no familiares. En el patio –un cuadrado con arbustos florales– erguíase un árbol. En el mundo –el suyo– conocíaselas con estos apelativos disílabos: Pura. Circuíala una galería de torneadas columnas. que convidaba a dormir la siesta bajo el quitasol esmeralda de su tupida fronda. Yo aparecí entonces manchado de sangre”. aislada en su solar urbano. Demasiado desgraciado he sido. Cuartel General de La Demajagua. Por ellas subía en espiras la trepadora madreselva. con tu alma grande me tendrás lástima. i sacadas de pila con sendos nombres de esos que guarda el santoral o que ofrecen las hojas diarias del calendario. En el mundo era otra cosa. con la narración de sus desdichas. que ya estás en víspera de terminar la gran obra de la Redención de esta Tierra.

Entreteníanse en ver la gente que iba o venía. delgadas i esbeltas. era gruesa. chica. aves de paso. Una los leía. ¡Lástima de juventud florida que a diario se mustia i se deshoja al fuego de la lascivia! Dos de ellas –Casta i Pura– lucían el mismo color mate-moreno –suele decirse en el solar hispano– i ambas tenían. caritativo i casto. los pies. menudos. ¡Claro! En la charla se habla de todo i aún de todos. Pero en veces saboreaban. cuellicorta. como un globo inflado con aire –decíanle a menudo sus dos amigas. Iba cabizbajo. como rara golosina. dentro i fuera del templo. Las manos. Iba siempre. a menudo. chica. Padre Vicente le llamaba el vecindario. ¡Quién sabe si todavía!… 74 . les cabían en las manos. Era el anciano presbítero don Vicente Villanueva. por el contrario. Su grosura no era óbice a su apetito desordenado. El tránsito por aquella calle limítrofe era escaso. Es un santo. La gula había hecho presa en su insaciado organismo físico. la inopia i el hospicio. mórbidas. Bajo la copa del árbol. Seis a siete lustros contaba en aquel curato. Gustábales el canto. Tenía los ojos garzos y el cabello como oro en ascuas. solían entonar canciones i puntos antillanos. lentamente. Solían alternarlos con seguidillas i malagueñas o con soleares i cantares de la tierra de Mariasantísima. deja en paz al señor Cura. En todo lo demás formaban un trío. que el Cura era una de tantas… –dijo la Niña. organizábase el concierto vocal en la galería i bajo la enredadera que ponía en la casa-quinta algo de misterio i algo de poesía. mui fina.  Lucía la tarde de un día festivo. Era. como él. tenía el color i el brillo del alabastro. El de Paúl le servía de modelo. a la caída de la tarde. Luego –en el medio día de su vida licenciosa– lo serían por el legado prematuro de su anómala existencia: el dolor. sin volver la cara e inclinado bajo el peso de su edad provecta o de su espíritu lleno de virtudes. abstraído. —Vas a reventar. Entre los transeúntes. Hacían la vida en común i como si fuesen hermanas: hermanas en la servidumbre del placer furtivo i efímero. mui buenas migas. —Anda. —A ese viejo todos le debemos respeto. Entonces entraba en juego la guitarra a la par alegre i triste. en la noche i a guisa de serenata. en cambio. que eran parcas en el comer i sobrias en el beber. Era manso e ingenuo. versos eróticos. Las damas salían peor libradas que los caballeros. El palique. –no sin énfasis declamatorio– i todas los celebraban. “La murmuración –se ha dicho i no de ahora– es un puntal de la vida”. En eso apareció el párroco. Un aura de respeto i de cariño lo envolvía. Tal vez lo llamaba la tierra… Memento homo… —Creí. Con él apuntalaban ellas la suya.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Las tres estaban en la primavera de la vida i las tres eran hetairas. El trío había formado la tertulia en la galería i frente a la calle. eran pequeñas. La piel. Era un bueno i teníanle por un santo. La villa estaba de gala. según su costumbre. —¡Bah! Es un hombre i ha sido joven. Hacían. encendíasele. con oleadas de sangre a flor de cutis. en horas de siesta. A veces. en ocasiones se veía pasar al venerable Cura de almas de la parroquia. en el rostro. como los ojos. como una aureola. La Niña. por eso. El buen humor daba sueltas a la lengua i la lengua suelta destilaba acíbar sobre los transeúntes. casi redonda. constituía para todas la comidilla cuotidiana. Leían mui poco. negro el pelo de ondulada caída. o los recitaba. por la falda. Coincidían también en gustos i carácter.

Se sonrió con una mueca satánica e hizo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Pues aseguran que nunca ha pecado. volaba el dicho agudo i picante. Se desquitaba comiendo i bebiendo. Ese mismo día. La Niña propuso: —Hágase la prueba. —Santurronas. hallábanse a la mesa. La Niña cavilaba. Niña. Costeábanla dos apuestos jóvenes cogidos en la jaula del trío. —Sea. echó a correr con dirección a la morada del cura. Había comido i bebido con exceso. Estoi enferma i necesito de los auxilios espirituales. Entre sorbo i sorbo. como una saeta. en la prima noche.  Media hora había transcurrido cuando –en ejercicio de su ministerio i llevando consigo el ánfora de los santos óleos– llegaba el padre Vicente a la casa de la enferma fingida. Otra cosa diríais. La Niña protestaba. El beso. Los jóvenes se habían refugiado en el lado opuesto de la galería. el otro. clamorosa. Ni ama de llaves ni sobrino tiene… —¡Oh! cuando se muera. El es inviolable. si lo hiciésemos venir aquí. esta afirmación provocativa: —Si el padre Vicente estuviese aquí lo haríamos caer en pecado… —No digas eso. El vino se les subía a la cabeza. Hai que llamar al Cura… —El caso es urgente i de conciencia… ¿Qué os parece? —La broma es pesada… —Pero digna de una tragicomedia –completó uno de los jóvenes. Sus canas le sirven de escudo. El uno cortejaba a Pura. —Siempre ha vivido solo. Era un abuso. Hubo un rato de silencio. Eso decís porque estáis acompañadas. Desde la puerta hizo el saludo ritual del oficiante: —¿El Señor sea con vosotros! Pudo haber dicho “con vosotras”. Pura escribió unas líneas i –ya en la puerta de la calle– puso el papel i una moneda en las manos de un adolescente que acertó a pasar por allí en aquel instante. a Casta. —El padre Vicente es un santo. La Niña echaba de menos un tercero. 75 . el pobrecito. no cesaban de reír a mandíbula batiente. se quemaría en el fuego de todos los besos que arden en mi boca. Era una cena opípara. coreó la irreverente burla de la atrevida hetaira. Los jóvenes. En todo era golosa. Estaba harta i un poco ebria. El mandadero. será canonizado por sus virtudes i el almanaque traerá esta leyenda en su honor: San Vicente de la Aldea. esta misma noche. Virgen i mártir. Una risa. sellaba los labios agresivos. ajenos a la disputa. La conversación. en alta voz. egoístas. —Eso mismo digo yo i voi en contra tuya. La austera figura del levita se dibujó en su imaginación enardecida. adquiría tonos subidos en color i ritmo. si estuviérais en mi caso. a dúo. Llamemos al párroco –concluyó Casta– antes de que la Niña se arrepienta o se despida en viaje por expreso para el otro barrio. —Apuesto –insistió la Niña– a que. —¡Vanidosa! Pues yo apuesto a que te haría caer de rodillas i pedirle perdón por tu insolencia. gustoso i listo. por instantes. pero ayuna de caricias. Yo me voi a la cama.

cada una de ellas le tomó una de las manos al venerable Cura de almas para besársela. Al entrar tuvo la sensación de la penumbra. ¡Dios la acoja en su seno i en su gloria! Casta i Pura –sobrecogidas de espanto i de angustia– cayeron a los pies del lecho mortuorio. musitando a dúo el padre nuestro. El párroco tomó las manos de la muerta i se las puso en cruz encima del pecho. como un eco sin palabra. Allegóse a la cama. Una mujer. ligeramente. La joven hizo un esfuerzo. sordo. Su mano rozó. El levita les salió al paso para decirles con voz unciosa: —Callaos. seguidas por sus compañeros de orgía.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Buenas noches. de haber pecado con su complicidad en tal aventura sacrílega. desnuda. Apenas había tiempo sino para administrarle la extremaunción. Sólo he podido ungirla. En el lecho había alguien. habían creído ver que el anciano sacerdote deshojaba la flor de un beso en los burentes labios de la Niña. Magdalena. color de ópalo. fue perdonada por haber amado mucho i por haber creído. con piedad i ternura. La Niña era presa de una apoplegía fulminante. No la despertéis de su último sueño. Era la atrición. in extremi con los santos óleos i con el beso de paz i de amor en Cristo. E inclinándose. medroso. atenuaba la luz una lamparita. No pude confesarla. Bajo una guardabrisa. Luego. casi afónica. entró en el arcano del eterno sueño. con un seno de la enferma i lo sintió vibrar al contacto de su mano. Se moría. para ver i celebrar el triunfo del placer i de la vida. Las dos hetairas. con mano trémula. harto efímero. Era el último dolor. Le cerró los ojos. Llegué tarde. Vengo a confesarte. Oró por ella. Eso hizo. se produjo en la abultada i enrojecida garganta de la Niña. El anciano miró con su cansada vista. ¡La infeliz! Había intentado salir del lecho. ungió la frente de la pecadora con un ósculo de paz i de misericordia. Se moría. tomó la sábana de blanco lino. i la subió hasta los hombros de la joven desnuda. Luego. —Entre. La confesión era ya imposible. con los ojos entreabiertos. i no pudo. había querido gritar. Otro ronquido. Entraban a la alcoba. i se hallaron con un cuadro de dolor y de muerte. Pon tu fe i tu esperanza en el Cordero sin mancilla. No se inmutó por eso. la pecadora. I le señalaban el aposento en donde estaba la Niña. como quien mira i no ve. sonreída. Miró de nuevo… La joven hetaira. El anciano sacerdote entró solo a la alcoba. La broma se había convertido en un drama. ¡Pero ya no! El bondadoso Cura de almas se hallaba a su lado. padre. parecía una estatua yacente. la moribunda. Estaba a dos pasos de sus compañeras e iba a morirse abandonada i sola. Este volvió a llamarla. En aquella alcoba está la enferma. —Hermana: aquí estoi. Para confesarla había ido. En vano: No contestó. articuló por sílabas esta frase de fe i de esperanza: —El padre Vicente es un santo i con su perdón i sus oraciones me abrirá las puertas del cielo. i se quedó mirando dulcemente al venerable anciano. La risa les retozaba en el cuerpo. Oíase en la estancia un ronquido sordo. sonreía… Así. como si recuperase la conciencia. Se moría con los ojos del alma fijos en el cielo. sin duda. I siempre de rodillas –como la cortesana de Magdala con el dulce Nazareno– 76 . con un gesto fervoroso.  —¡La Niña ganó la apuesta! Era una algarada de voces ebrias i de risas locas.

mirándolo con sus grandes ojos expresivos. no pudo acabar la frase: junto a las dos mujeres apareció de súbito un mocetón de negra tez que le descargó en el rostro un tremendo puñetazo. —¡Jesú! –gritó la negra. Ese salao no se levanta deay en una hora. —No la merese. —¡Qué bonito suena ese nombre! –murmuró la chiquilla. joben –dijo la vieja al doblar la esquina. y rodó en el polvo. —Si no’e por uté. pasará la noche en el bibac. 1885) La conga se va… —¡No sea freco! ¡No te conoco! —¡Deja la muchacha quieta! ¡Sinvergüenza! —¡Adió! ¿Qué se habrá figurao la negra vieja? ¡ni que la chiquita fuera de seluloide! ¿De dónde vendrán a la dos de la mañana? Pa mí que… El impertinente que así hablaba –un mulato vestido de blanco–. Mira. en San Mateo casi esquina Carbario. ese condenao no jecha a perdé la noche. que tengo trese y tó er mundo cree que ando en lo quinse. Al cabo de un rato preguntó: —¿Y tú cómo te yama? —¿Yo? ¡Tengo un nombre má feo! Juaniquita Lafori… —No hay nombre feo si se sabe yebá bien. Tós son uno perdío. El padre Vicente trazó en el aire el signo de la cruz –símbolo de redención i de amor en Cristo– i las bendijo… Santiago de Cuba. ¿Dónde biben utedes? —Aquí serquita. —Mucha grasia. —¡Qué grasioso! Parese que ere tan baliente como tan fino… Los dos se miraron y sonrieron. 1922. abrazándose a la niña. —Boy con utedes. Si un polisía topa con él. Él la miró a su vez y no dijo nada. —No se asute bieja –exclamó con voz sosegada y firme el inesperado defensor–. Perdió el equilibrio el atrevido. Pareció vacilar un momento y tras breve pausa inquirió: —¿Y cuántos años tienes? —¿Yo? Ando en diesisei… —¿Na má? Pué parese tener má. pa serbirle. que desde el borde de la estrecha acera se inclinaba con alcohólica efusión sobre la chiquilla. que la jubentú de hoy no sirbe pa na.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I cubrieron de besos i bañaron con sus lagrimas aquellas manos –lirios de castidad i de pureza– que acababan de administrar el último sacramento a la hetaira súbitamente fenecida. Te pasa lo que a mí. mejorando lo presente. como er freco ese que preguntaba aónde íbamo 77 . Nuevo silencio. MAX HENRÍQUEZ UREÑA (N. Y los tres echaron a andar. que a los pocos momentos rompió la vieja: —¡Ay! Entoabía me dura er suto. muchacho. ¿Cómo ‘e su grasia? —Mario Luna.

Si eta jubentú tá perdía. Esteban Lafori –criollo. bieja? –dijo–. que aquí tiene tu casa. por su madre! Mario soltó la carcajada. del tiempo de lo reye. —¿Y qué otra dibersión tenemo en lo carnabale de Santiago de Cuba? Mire. desía que la yamaban minué. que paese buena persona. Juaniquita. Yo yebo siempre a mi nieta pa que me acompañe y pa que aprenda. que yo me muero por la conga! ¿No le guta ese cantico que dise: La conga se bá. y ella se puso a trabajar como lavandera para ganar su propio sustento y el de la única hija del matrimonio. En lo periódico se quejan a vese de que la autoridá deja salí las conga. no se sabe si de fiebre o de bala. que ni yo ni tu mamá. —¿Qué quiere usté. pero lo bueno son lo carnabale de nosotro en julio. agüela. parece que murió en la invasión a Occidente. ¡Ese si ‘e baile fino! Hay mucha gente de arriba que pasa por ayí pa bela bailá. con mucha conga… El año pasao pasó por casa una conga grande. muchacha. La jubentú ‘e pa dibertirse. Y que Dió te bendiga… —Grasia. agüela. Y tú no irá tampoco. Y esa conga que salen ahora no son má que un relajo… —¡Ay! ¡Ma Juana. y a él se debía casi toda la obra de carpintería de aquella casa. ¿Qué saca un muchacho como tú. bieja. grande… ¡Cuánta gente!… Cuando la cabesa yegaba a Carbario. —¿No lo dije? –interrumpió la abuela–. El nombre de su marido. brotaba a cada momento en su charla: Esteban fue en su tiempo el mejor carpintero de Santiago de Cuba. con andá en ese relajo? Un día saldrá deay con la boca rota y jata con puñalá en er corasón… —¡Ay. Esteban había torneado los barrotes de madera recia que lucía la ventana. Pero lo jóbene de ahora no tan má que por er son. Cuando estalló la guerra de independencia. cuando no tán pensando en que yeguen lo carnabale pa salí en la conga. Después no hubo más noticias de Esteban. no diga eso. ¡Qué lástima que Esteban no alcanzara a ver 78 . Date tu bueta por acá uno de eto día. salimo nunca en una conga. con flore y papelito. que en gloria eté. mitad cubano–. no diga eso. que era el fruto de sus ahorros. lo blanco jasen su carnabale en febrero. —Adiooós. II Mario volvió días después y gradualmente se habituó a frecuentar aquella casa y a oír de labios de Ma Juana el recuento de toda su vida. Un fransé de Fransia tubo a bela una noche y dijo que se paresía a un baile de su tierra. Esteban se fue al monte. mitad francés. Ya sabe. Adiós. Y yo me boy tras eya…? —Céllate.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS de madrugá. Tó er que entra en la conga se siente alegre. Mario. la cola pasaba toabía por la otra esquina… —Ahí taba yo –dijo Mario. pero ya no la bailamo má que lo biejo. Ma Juana entretejía sus recuerdos como quien piensa en alta voz. Mario. Pero si le quitan eso ar pueblo ¿qué le ban a dejá? —Aquí ‘e –dijo la abuela deteniéndose ante una vetusta casucha que en su reducido frente lucía un amplio portón y una ventana con barrotes de madera–. Beníamo de la tumba fransesa ¿sabe? Dende chiquita aprendí a bailala.

que ‘e Santa Ana. Ba a ber mucho jaleo. como su abuela. erguido el busto donde los senos eréctiles parecían horadar el corpiño. daba la vuelta al salón bajo la caricia de cien ojos codiciosos que sentía clavarse en cada uno de sus poros cual ósculos de fuego. Me han dicho que ban a sacá reina a una muchacha que trabaja en la fábrica de Martíne. Consagrados los meses de invierno y primavera a la molienda de caña. Quiero dir manque sea una sola ves. Esos amores fueron fatales para Juanita.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I convertida en mujer. ¡Qué gustaso tan grande me boy a dar si tú me yeba! ¡Y contigo. que tantos enamorados tuvo. bidita. Ansiaba romper con la paz de aquella vida que su abuela le había impuesto: soñaba con fiestas populares. daba desde la acera las buenas noches y se detenía en la ventana a hablar con Juaniquita. sino anhelos. que murió al dar a luz una niña… ¡Cómo se parecía Juaniquita a su madre: tenía su misma cara y su mismo cuerpo! Mario escuchaba entretenido. En más de una reunión familiar celebrada en el vecindario. 79 . ¡El baile! Ya en la tumba fransesa le concedían alguna vez un turno. puso un día los ojos en un desconocido que vino de otra provincia. La época de la esclavitud implantó esta costumbre. y todo su cuerpo se estremecía con la rítmica ondulación de sus caderas cuando. durante horas. Majestuosa y esbelta. y se dejó seducir por él. Al poco tiempo de conocerse eran novios. marcaba el paso con gracia. complacíase en marcar el compás a contratiempo para girar después hasta el vértigo sobre sí misma y caer de nuevo en brazos de su galán. a la hijita que dejó de pocos meses! ¡A Juanita no había otra mulata que le pusiera el pie delante! ¡La pobre! Si Esteban hubiera vivido no pasa lo que pasó… Juanita. mi negro. mucho baile y mucha recholata. pero otras veces. Después que la abandonó se supo que era casado. —¡Ay. ¿De qué hablaban? Juaniquita no hilvanaba recuerdos. la tradición mantuvo la celebración de esa fiesta como diversión popular. III Se acercaban los carnavales de verano. en armonía con las necesidades de la industria azucarera. y en hermosa mujer. —¡Estos carnabales sí que han a tar bueno! –decía Mario a Juaniquita en los primeros días de julio–. y fue dejando pasar el tiempo sin decidirse por ninguno. eso será la gloria! —No sé cómo te bas a arreglá… Yo no me atrebo. esa animada reconstrucción del pasado. sentía temblar sus pies ágiles con sólo evocar la idea del baile. ¡Ah! Y me han invitao a salí en una conga que dicen que ba a dejá chirriquiticas a toas las que se han bisto ata ahora. dispuestos a casarse. Mario! ¡Yébame! —Pero muchacha. Después de extinguida la esclavitud. y buelbe a salí al día siguiente. —¿La conga no sale el benticuatro? —Sí. Los amos les permitieron celebrar fiestas carnavalescas en los meses de julio y agosto. el día de Santa Cristina. Dende chiquita toy loca por dir a una conga. suspiraba por ser reina de carnavales. si tu agüela no te ba a dejá… a eya no hay quién la conbensa… —No importa: yébame. y si se separaban momentáneamente para hacer figuras de capricho. y al otro día. como si esquivara la parlería torrencial de la vieja. que ‘e Santiago. sólo en el verano podían los esclavos libertarse del látigo del mayoral que les laceraba las espaldas y disfrutar de algunos momentos de solaz. en señal de abandono. Mario la sintió languidecer de deleite entre sus brazos al bailar el danzón: se unía a él con flexibilidad de serpiente.

—¿Y despué. Dios quiera que tó salga bien. —Ya lo creo. La muchacha tá pasá –agregó otro–. precedida de un grupo de chiquillos desarrapados que hacían cabriolas y marcaban el ritmo con el temblequeo incesante de sus hombros. Radiante de ilusión y de contento abandonó a temprana hora la fiesta familiar que le sirvió de pretexto para salir de casa con permiso de la abuela y fue a reunirse con Mario en una esquina próxima escogida por ambos como punto de cita.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Pué yo me hoy ar Santo de Critinita y de por ayí nos bamo… Ma Juana siempre me deja dir sola temprano y de ayí me traen. —¡Se acabó caña! –contestóle un joven de rostro ancho y regocijado–. —¡Cómo no! Si contigo tó tiene que salí bien… ¡Qué bueno ere! ¡Cómo nos bamo a dibertí!… IV Llegó el día de Santa Cristina. —¡Pue que biba la nobia! —¡Que biba la buena hembra! —¡Bibaa!… –vocearon en coro. prenda. si tu agüela lo sabe? —Ya beremo… —¡Jum! ¡No me guta! —¡Ay. primitiva y breve como su letra: Bururú. Bururú. —Ni te ocupe. y cada vez se hacía más distinto el rítmico tamborileo del bongó junto con el cuchicheo del güiro y el desenfrenado resonar de las maracas… Mil gargantas entonaban a un tiempo el canto popular. —Bamos. Cómo tá Miguel. —Bueno. barará. señalando unos muchachones alegres que venían en primera línea. ecos confusos de voces humanas. señore –advirtió Mario–. ¡Aquí tá Mario! —¡Se acabó caña! –repitieron los demás– ¡Que biba Mario! —¡Bibaa! —Y viene acompañao –observó uno. tú me yeba. —¡Aquí toy. Mario! Si tú me quiere de berdá. ahí tán mis amigos –dijo Mario a Juaniquita–. mi negro. que esa buena hembra ‘e mi nobia. Panchito! –gritó. Bámono con él… La inmensa ola humana llegó. Algunos portaban largas varas que remataban en farolillos de papel. de cantos y gritos… El rumor iba creciendo. barará. repitiendo sin desmayos la frase musical. esperado por Juaniquita con viva ansiedad. 80 . ¡Qué buena hembra! —Cuidao. Tú no sabe er gustaso que tú me da… ¿Por aquí biene la conga? —Por aquí tiene que pasá… ¡Ahí biene! ¡Óyela! Juaniquita prestó atención y percibió un vago rumor que por momentos se acrecentaba: ruido de atabal diluido en el viento. Esa noche le digo a Critinita que no pué sé que me quede. y tú me espera por ahí serca.

—¡Y pá qué tamo aquí sino pa arrempujá? –contestó una voz fuerte detrás del grupo. 81 . La conga irrumpió en una de las calles de mayor tráfico. Ya eran el juguete de la multitud gesticulante que los arrastraba entre contorsiones lúbricas y respiraciones jadeantes. Juaniquita. La agarró por el brazo y la separó bruscamente de Panchito. Mario –dijo Panchito. —No sé –contestó Panchito. Bururú. Entre tanto. cruzó bajo la catarata de luz de las vidrieras comerciales. siempre enlazada a su compañero. Esas fueron las únicas palabras que Mario profirió en todo el trayecto hacia la casa de Juaniquita. —¡Arroyando. después de dar una vuelta vertiginosa volvía hacia él. se dejaron llevar por la muchedumbre. mientras Juaniquita. atemorizada al sentir la presión constante del enorme gentío. —Con tu permiso. barará… La ola humana los envolvió y siguieron la marcha juntos. atontada. —¡Maldita sea la hora en que te yebé a la conga! Por suerte no son má que las onse y tu agüela no sabrá ná. barará. y soltando después su pareja. pero al llegar frente al viejo portón se detuvo y volviéndose rápidamente besó a Mario con furia en la boca. mientras Mario se abría paso a empujones. Juaniquita. Las casas y los faroles danzaban ante sus ojos como fantasmas. ¿Cuánto tiempo transcurrió así? Juaniquita no habría podido decirlo. la mujer ej’un demonio y el hombre ej’un angelito. pero cada vez que Panchito pretendía de nuevo ceñirle el talle se escurría con donaire. y tras de recorrer algunas manzanas torció hacia la parte baja de la ciudad. caballeros! –gritó Panchito.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I El oleaje multánime los arrollaba y los apretujaba unos contra otros. —¿Y Mario? –preguntó Juaniquita. Juaniquita se sintió oprimida contra el joven de cara ancha a quien primero saludó Mario. arroyando! –vociferaron algunos. marcó en el espacio vacío que precedía a la horda delirante algunos pasos de rumba. caminaba llevando el ritmo con todo su cuerpo. apretándose más y más el uno contra el otro hasta sentir adoloridos los músculos. Y abrazados. Todos unieron sus voces para repetir en coro el estribillo que seguía a la estrofa: Bururú. seca y enérgica: —Bámono. estremecida y palpitante… De súbito oyó la voz de Mario. se abrazó a Panchito. Cómo tá Miguel. giró en redondo sobre sus pies. el canto seguía: En este mundo infinito. Ella se dejó conducir. —¡No arrempujen. Juaniquita. Y agarrando por el talle a Juaniquita la estrechó contra su pencho. lo juro por San Antonio. Ella guardó silencio.

porque!… Quiso agregar algo que vagamente se traducía en un gesto amenazador. iluminado por una doble hilera de blanquísimos dientes.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Mario! –murmuró suplicante–. alcanzó a distinguir un hombre que se despedía de ella en la ventana y se retiraba luego con andar presuroso. como único saludo. Y echó a andar calle arriba. daban a aquella conga. Y al ver el rostro congestionado de Mario. Juaniquita sonrió: —Bueno ¿y qué? Si tú no me quiere yebá a la conga. ba-ra-rá. deshaciéndose de Juaniquita. sacudidos por el viento quemante de la canícula. que el cansancio hacía más pausada: Bu-ru-rú. y de ahí nos bamo junto. Có-mo-tá Mi-guel… El ritmo lento. Y se alejó. un estandarte negro en cuyo centro sonreía una calavera… Junto al macabro estandarte Juaniquita vio refulgir un relámpago. barará– cantaba con voz de 82 . pero me tienes que yebá pasao mañana. pero ten cuidao… ¡Que no te bea en la conga. –Bururú. Al cabo de tres días consecutivos de euforia carnavalesca. que le parecieron enormes como los de un puerco cimarrón. Alzó los ojos y vislumbró muy cerca una mano negra que esgrimía un puñal. pero la ira ahogaba las palabras en sus labios trémulos. —¿Qué? –inquirió Juaniquita en tono de desafío. Mañana no puedo dir a la conga. ¡Pero no te desperdigue como eta noche. extraños símbolos que aparecían como absurdo remate de pértigas descomunales: un penacho de plumas rojas. Como ‘e Santa Ana. un aspecto de aquelarre. que pué sé tu desgracia –contestó Mario en tono de disgusto. —¿Era Panchito el que hablaba contigo? –dijo al llegar. los gestos incoherentes. —¡Na! –contestó él. ya entre nosotros no hay na. agregó: —¿Jesú! No te ponga tan guapo. Paese que me ba a comé… ¿Tá seloso? —Óyeme –masculló Mario casi entre dientes. yo conseguiré que Ma Juana me deje ir a ber una amiga. La muchedumbre ofrecía un aspecto extraño y lúgubre que le infundía temor. a modo de plumero. En el aire flotaban. Panchito me yebará. las voces enronquecidas ponían graves notas de miserere en la tonada popular. V Cuando al anochecer del día siguiente se acercaba Mario a la casa de su novia. los rostros desencajados. un rostro sonriente y terrible de un gigante de ébano. luego. VI Al incorporarse con Panchito a la conga del día de Santa Ana no experimentó Juaniquita las mismas emociones del primer día. mi negro! —No me hable más de conga. aún más nutrida que la primera. tratando de bajar la voz por temor a que la abuela se enterara de lo que pasaba–.

Poco a poco la conga fue cobrando vida. mientras con la hoja brillante y afilada trazaba rítmicamente en el aire signos cabalísticos. y el coro inmenso y jadeante. barará. barará… Bongoes. barará… Desde el balcón vecino. la conga siguió. su camino: Bururú. y su cabeza cayó pesadamente sobre el hombro de Panchito. bururú. hombres y mujeres se agitaban con lúbricas contorsiones o saltaban ebrios de locura dionisíaca. güiros y maracas sonaban de manera incesante. Por momentos el ritmo de la tonada se hizo más y más vivaz. barará. que te matan! –clamó Juaniquita.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I trueno el negro hercúleo. Mario se irguió como para defenderse y recibió el golpe en mitad del corazón. trazando una parábola amenazante. El puñal frustró en el aire su rítmico centelleo y el brazo negro y lustroso se alargó en la altura para descender con ímpetu hacia Mario. Juaniquita quiso huir. Con furioso golpe. Era Mario. Y yo me voy tras ella… 83 . Mientras su cuerpo se desplomaba en brazos de Juaniquita. al par que marcaba el compás con los relámpagos del acero que llevaba en la diestra. pero Panchito la atrajo hacia sí con violencia. barará –repetía junto a Juaniquita el negro horrendo. y apretándola con frenesí la besó en la nuca. voces infantiles rompieron a cantar: 1920 La conga se va. epiléptica de lujuria. bururú. atropellando la frase melódica. barará. —¡Mario. frenética. A las voces veladas por la afonía se mezclaban alaridos que taladraban el aire como voceros de insania. Niños. bururú. al compás de su rítmico puñal. la levantó casi en vilo y avanzó con ella algunos pasos. que la muchacha tá pulpita… Y ciñendo con el brazo la cintura de Juaniquita. repetidas con exaltación creciente hasta el infinito: Bururú. siguiendo el vaivén isócrono de la muchedunbre. Un escalofrío de placer sacudió su cuerpo. La conga. El calor era asfixiante. se retorcía y vibraba como si tuviera un solo cuerpo y una sola alma… Bururú. una mano fuerte separó de la cintura de Juaniquita el brazo fornido que la ceñía. De súbito se volvió hacia Panchito. sólo acertaba a balbucir las primeras sílabas del estribillo popular. El olor acre y capitoso del sudor humano mezclado con el alcohol enardecía a la muchedumbre como un tufo afrodisíaco. mostrando sus colmillos de jabalí: —No te lo quiera coger tó. claves. al conjunto de manos febriles.

y yo cerré la mía. Lo amenacé con el bastón y huyó. Entré. el perro estaba de nuevo echado en mi galería. A la tercera tarde. Me miró. al caer la tarde. Afortunadamente. bastón en manos. que allí no se siente catleya vanidosa y envanecedora como en climas extraños. se levantó del suelo. los rosales habían encogido su exuberancia de ramas dispares. no se inmutó. En otro tiempo ni siquiera puertas cerradas. malhumorado. —No lo conozco y no sé dónde vive. salieron a mirarlo. las enredaderas iban subiendo decididas. Pero en la galería encontré al perro desconocido. al caer la tarde. pude 84 . La excelente Celia (¡qué tortugas!. —¿A qué señor? —Al inglés que vive aquí.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA (1884-1946) La sombra En la tarde. que recibimos en desorden salvaje. piel negra con manchas claras. en los naranjos se afianzaban las orquídeas familiares de las Antillas: la mariposa y la flor de lazo. Se lo mostré a mis hijos. Nada extraño que hubiera atravesado el jardín y se hubiera plantado en la galería: en la feliz confianza de las tierras tropicales no hay verjas cerradas. pero en actitud de amenaza. y no hubo más. como antes: se escurrió por el camino lateral hacia la cochera. afilado de hocico. lo miré. al llegar a mi nueva casa cerca del mar. rojo. —Aquí no vive ningún inglés. Pero noches después divisé en la calle la sombra negra con manchas claras. y se instaló en la cocina. Si volviera y no nos amenazara… El animal volvió. —¡Adónde lo llevaré! Al dormirme. —¿Y no sabe dónde vive ahora? Ha bebido mucho y no le entiendo lo que dice. Mediano de tamaño. al inglés lo pintaban ebrio. cerré la puerta. la cocina tenía ventanas. envejecida. ¡qué langostas!. de cochero. No entró a la galería delantera. con los ojos fijos en mí. —¿No será que el amo lo trata mal y que quiere venir a vivir aquí? ¿Quieres que lo dejemos? Estará mejor que con el inglés. Pero ahora las puertas se cierran. en el fondo del terreno. —Pero si yo lo he traído muchas veces… —Habrá vivido aquí antes que nosotros. Me miró. Por la noche. y hablaron de él con niños del vecindario: supieron que había vivido en la casa y que su amo era inglés. ¡qué camiguamas!) no tuvo valor para afrontarlo y me pidió socorro. separado del cuerpo principal de la casa. Abrí una ventana de la galería. Lo siento mucho. en la flojedad aprensiva de la somnolencia sentí desecha la felicidad de la tarde y envuelta la casa en aura de persecución: perros desconocidos… ingleses ebrios… Al día siguiente. y amenazando al perro desde una de ellas. recibió con gruñidos a la cocinera. a altas horas llamaron en la casa. No volvió a echarse en la galería. se levantó del suelo gruñendo. —Aquí traigo al señor. —Si quisiera… Pero de seguro está enojado porque vivimos en esta casa: él cree que es suya. Echado en actitud vigilante. y mi cara estuvo a punto de chocar con otra cara. lo miré. el perro estaba allí otra vez. sentí la fruición de las cosas bien logradas: el jardín. Al verme. grande. iba definiendo formas. Allí.

1935. Nació con un profuso pelo largo color de peña sucia. adonde acompañé a mis hijos en busca de caramelos y piñonates. el gato es muy chico. de rabia contra los intrusos que le vedaban su hogar. En 1951 publicó un volumen de seis cuentos: Cibao. recorrió todas las demás habitaciones. A los tres días de haber nacido. Si la ciencia y la experiencia no fallaran. Me miró fijamente. lo encontramos inesperadamente en una confitería vecina. porque es fácil de hacerlo y porque no tiene mayores complicaciones. Publicó: Canciones del litoral Alegre (1936) y Yelidá (1942). debió haber nacido de un suave color de oro puro que se iría enrojeciendo después con los años. H. amistoso: al fin comprendíamos sus deseos. Pero. —Entonces… tendrá ganas de irse con nosotros. Miré al animal: me devolvió la mirada sin temor y sin ira. Mis hijos iban delante saltando. por única vez en la historia. de estirarse *T. como quien cumple el deber sin la urgencia de la esperanza. Se ve que el perro no sabe qué hacerse sin ella: al caer la tarde viene siempre a este barrio y ronda la casa. Si quiere. nos lo llevaremos. sin mirarnos siquiera. y nunca lo volvimos a ver. Se escapó.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I hacerlo huir. 85 . pero alguna vez había que contarla. Y entonces. olfateó… De cuando en cuando nos miraba: al fin vimos en sus ojos el desconsuelo del vacío. —Lo conozco bien –me dijo el dueño de la confitería. Lo llamé y se acercó. para mayor belleza. Apenas abrimos la puerta de la casa. Le hicimos señas para que nos acompañara y se puso en camino con nosotros. obras poéticas. pero imposible de admitir en un caballo de raza. TOMÁS HERNÁNDEZ FRANCO (1904-1952)* Deleite (Historia de un caballo) Esto es historia muy antigua. con ojos de conocido. yo creo que le hará gracias. tenía una tan horrible manera de poner los ojos en blanco. —¡Ah! ¿Pero la señora murió ahí? No sabíamos. pausadamente. el potro desmentía todo aquello. con ladridos cortos de despecho. Con todo. salió de la casa. cuando íbamos olvidándonos de él. Cuando se agarraba a las tetas de su madre importada. que era inglesa. guardando siempre. Nació de una estupenda yegua andaluza traída para recreo y vanidad por un Capitán General y de un semental inglés con más abuelos que un sumarai. Después. las crines y la cola mucho mas claras que el resto de la pelambre. —Sí. magnífico para cualquier burro. el inglés se mudó en seguida. manso. R. ya aquel potro defraudaba completamente las esperanzas y los cálculos del dueño de aquella finca en los alrededores de Humacao. Semanas después. —¡Qué bueno! ¿No se peleará con el gatito? —Verás que no: él es grande ya. sin aire de rencor. Es una simple historia de un paquete de músculos de acero y de un tremendo haz de nervios que se agruparon. cabizbajo. Allí observó. Sus amos vivían donde viven ustedes ahora. Ahí murió su ama. era mucho más ridículo que feo. el perro corrió ansioso al aposento principal. en el cuerpo flaco e inverosímil de un caballo de Puerto Rico.

Los primeros palos. estirado hasta romperlo 86 . que sostenía su histeria. Con todo eso. sin embargo. Mucho antes de cumplir el año de vida. la propia mujer del Patrón. que hacía. azucenas. los manudillos y las cernejas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS sobre las patas traseras. voces y palos. en el jardín de la casa y tragarse deliberadamente un sembrado de claveles. se los administró la peonada fuera del alcance de la vista del Patrón y los recibía. De cuando en cuando. aquel bautizo calificador. El día en que logró introducirse. A esto y a que muy pronto dejó ver una irrefrenable voluntad de morderlo todo. desde siempre. Los golpes le habían hinchado las cañas. al comienzo. derrotaba a los perros y era el terror del patio. tan lamentable como estaba. sin contar las más bellas rosas de un rosal. de escarbar la tierra con las manos. roto el belfo. y mover lentamente la cabeza al Patrón. la República Dominicana. entonces y después. Muy pronto dejó andar sola a su madre. naturalmente. situada al otro lado del Canal de la Mona y en donde guerras y distancias mantenían firme el medioeval concepto de “Dios y hombre a caballo”. cuando “EL LOCO” llegó a cumplir dieciocho meses de edad. satisfecha de aquel fracaso. Sus principales y más extraordinarias fantasías fueron. las palizas aumentaron ya sin órdenes previas. alguna tremenda pedrada. el mejor mercado para los potros de Puerto Rico había sido. por allí por donde más pecaba: las patas y la boca. llegó a parecer algo así como un alambre retorcido en forma de caballo y entonces comenzó la época en que debía fijarse su extraordinario destino. pero. para la exportación y con esa idea dio comienzo una de las más tremendas épocas en la vida de “EL LOCO”. triscando y tragando hojas extrañas al pasto. maltratados los ollares. hundidos los sulcos. tenía la testera pelada. A fuerza de cuerdas. fue siempre. ordenada con voz frenética por la Doña. pública. sin que antes no disparara un par de coces sobre lo que tuviera más a su alcance: animal. Cada día le fueron descubriendo nuevas imperfecciones. su nostalgia y su aburrimiento. dado de común acuerdo por todos y cada día se las arregló para hacer algo que justificara más. pateaba las vacas los terneros y cuando tiraba las orejas hacia atrás y agachaba la cabeza casi a flor de tierra. ni de la caricia larga y voluptuosa del cepillo. realizadas en lo que se refería a su propia alimentación. Cambió el pelo cuando buenamente se le quiso caer aquel ominoso de burro que trajo al mundo y le nació otro desteñido color de caoba sin brillo. enmarañadas las crines. reír a la peonada. también le llovía. Así fue como. Como era “EL LOCO”. Había que prepararlo. cosa o persona. tenía un aspecto bien poco agradable. y se las arreglaba caminando desperdigado por el potrero. a cualquier hora y por cualquier motivo. Al fin y al cabo. ya tenía un nombre propio: “EL LOCO”. no supo de esos pacientes mimos que los demás potros de la finca recibían en las largas horas de limpieza. recibió la primera tunda oficial. se debieron las primeras palizas. deformados los cascos. los peones no podían acercársele sin llevar algún leño en las manos. mascando raíces amargas. sembrando flores en aquel tropical olor de estiércol fresco y de caballo sudado. invariablemente. la yegua andaluza. pues. Su predilección. El Patrón sabía que “EL LOCO” no podía ser vendido a “nadie que tuviera ojos en la cara”. no se pudo averiguar mediante qué artes. de lejos. Era imposible que empezara alguna de esas cabriolas que todos los potros del mundo y de todas las razas ejecutan con tanta gracia. gardenias y lirios. así y todo. la ropa mojada que ponían a secar al sol: le encantaban los pantalones azules y las camisas blancas y los pañuelos rojos ya tenían que ser secados al humo apestoso de la cocina para que “EL LOCO” no los viera. si ello hubiera sido posible. Felizmente. desde luego.

que podía tolerar por algunos minutos que un hombre le oprimiera los flancos y le pasara entre los riñones y la cruz. el precio. con sus peones y sus caballos. Por aquella carta. de la incurable estupidez de los dominicanos y. presentaba un aspecto desdichado. convencida. Así. metido a fuerzas de palos y de gritos en el vientre mal oliente de una goleta. en su batalla diaria y directa contra el hombre. a pesar de toda su voluntad de no dejarse tocar. cuyo verdadero nombre era ya un misterio. un hombre del Cibao escribió una carta enviando el dinero y pidiendo que le embarcaran aquella maravilla. encontraba fuerzas para lanzarse contra una pared o para revolcarse en el suelo. Puesto en tierra. todos los recursos de lucha que había espontáneamente aprendido en su existencia libre. muchos meses después. Todavía entonces. Brazos. para estar presente en el puerto. lleno de improperios y maldiciones. entre un gran chillido de paleas.  El Patrón sabía aquello de que “no hay mejor engaño que la verdad”. realmente incomprensible para “un potro sin domar”. le cortaron casi regularmente los pelos de la corona. desde los llanos de Montecristi hasta la Sabana de San Diego y hablaban de él. Se suspiraba por él como por una mujer imposible. pocos días después. aquella carta a toda su peonada reunida en el patio. “EL LOCO” sacó. enredado lastimosamente en la red. se le comentaba. bien aleccionado. se le comparaba a otros caballos y se envidiaba ya a quien lograra ser su dueño. ni posibilidad de protesta. por una razón más. No había engaño. dando fe de que aquel potro correspondía exactamente al pedigree ya antes comunicado.  El hombre del Cibao había hecho el viaje de cientos de kilómetros. y molerlo nuevamente a palos. Antes de que el hombre tuviera. Pero. costillas y piernas rotas. en las largas veladas de las estancias de Higüey y de San Juan de la Maguana. sorteando precipicios. le arrancaron unas garrapatas enormes que tenía desde siempre y terminaron por amarrarlo. verdaderamente loco. en su estupor. poca a poco. le puso entre las manos un papel: certificado oficial del Señor Alcalde de Humacao. era una simple cosa viva. atravesando montañas. Entonces. “EL LOCO”. Así fue como pudo ver cómo “el potro de Puerto Rico” manoteaba en el aire sujeto en la primera lingada. iban. alto y corto. se le discutía. “EL LOCO” tuvo una estupenda fama entre los estancieros del Cibao. siempre iracunda. le cortaron y limaron los cascos. salió “EL LOCO” para el puerto de Santo Domingo de Guzmán. Así fue como el pedigree de “EL LOCO” se copió en una larga carta para la República Dominicana. cruzando bosques y sabanas. cuando ya casi no era ni siquiera un alambre retorcido. regocijado. magullado. le limpiaron las orejas. desesperado. con la advertencia de “potro sin domar” y con el precio absurdo de “mil pesos”. Le hacían tirar de un pesado carromato cargado de piedras durante todo el día y al anochecer un negro le metía el freno entre los dientes sangrantes y se le encaramaba al puro lomo magullado.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I casi. señalando los progresos de “EL LOCO” en el camino de la civilización. No quedó hombre en la finca que no recibiera su golpe. vadeando ríos. El Patrón leyó. Por fin. le desenmarañaron las crines y cola. Había que “romperlo” un poco antes de tratar de venderlo. alejaba las proposiciones en firme. tiempo de hablar. Capitán: John. “del potro que hay en Puerto Rico”. apresado. más magullado todavía por el roleo. 87 . el Capitán John. a la llegada de la “María Limpia”. en las orillas sucias del Ozama.

su increíble malgenio. ruidos. Cuando. en la medianoche. dejó que “eso” se adelantara y así continuó por todas las horas del día y de la noche. le preguntara: ¿Qué tal. Sus iras. arneses. pero que tarda en llegar y como aquel caballo era siempre una especie de guerra y de aventura. mecido en la firmeza sonora de aquellos cascos golpeando la tierra dura. sin que le dejaran tiempo de saber que estaba pisando tierra firme. Por el Patrón. amarlo. haciendo volar rotas las piedras del camino. dejando que aquella cosa absurda de azogue quisiera detenerse. el potro?…. estupefacto y feliz de ir descubriendo que se podía jinetear un relámpago o un torrente. asombrado por la revelación de aquel poderío inédito que sentía agigantarse bajo sus rodillas. tres mil pesos. sus resabios. se acercó a besar a su mujer y ésta. apenas si martillaba con más fuerzas el camino y si los ollares. el hombre le cambió el nombre. Se llamó “Deleite” durante dos años y durante esos dos años llegó a valer mil quinientos. sabíamos 88 . extasiado. dos mil. entre sueños. De todos era sabido que era una especie de máquina incansable. contentos. anotamos cuidadosamente ese capricho y evitamos sacarlo al sol alto de por el mediodía. emprendió el largo y fragoso camino que conduce a esa tierra de maravilla que es el Cibao. Cualquier ruido imprevisto le hacía pasar días enteros sin probar bocado y los ejercicios en el picadero le ponían los ojos de un temible color morado de ira.  Porque el caballo del hombre empezó a cojear. horas del día. El tenía su particular criterio sobre un montón de cosas: forrajes. pero. convencido de que estaba presenciando algo sobrenatural. sin cambiar de postura en la silla. solamente pudo contestarle lo que era el fondo de su convicción: “¡No sé… tal vez el Diablo!”  Así estuvo llamándose durante muchos meses: “El Diablo”. Así fue saludado “EL LOCO” a su llegada y así. animales. le vino a la boca la ocurrencia: —Ensillen “eso”. Con todo. el hombre y “El Diablo” se entendían. No hubo forma de que aumentara en carnes. un extravagante caso de resistencia atroz.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Agarre “eso” y salgamos ahora mismo otra vez… No diga a nadie que yo he comprado “eso”… ni que “eso” es mío. a ver lo que es… Cuando el hombre montó sobre aquel pelado paquete de huesos no tenía otra idea que no fuera la de sacrificarse para dejar descansar unas horas sus caballos. borracho en el ritmo de aquel paso. sin mover la mano en las riendas. De tanto estudiarlo. llegó a ser un libro abierto para nosotros: el día que descubrimos que le irritaba caminar sobre su propia sombra. Apenas lograron sacarle un poco de brillo al pelo. que reventara en el aire aquel resorte animado por nadie sabe qué impulso. a fuerzas de precauciones y caricias. personas. rota y deshecha en cualquier parte. ni se detenía. a las pocas horas de abandonada la ciudad. eran un secreto entre él y su dueño. Se entendían en ese borde mismo que es la tragedia inevitable. dos mil quinientos. observarlo. perdido. el patrón nos comunicaba algún nuevo descubrimiento hecho por su cuenta y cada día modificábamos. unida a una insólita y firme suavidad de pasos. hacían silbar un poco el aire. nuestras relaciones con “Deleite”. Casi todos los días. Pero “eso” ni se rompía. amplios y rojos. para todos los estancieros de la comarca. ni se gastaba.

Sabíamos todas sus terribles aventuras por todo el territorio. tan enorme a pie y tan chico para sus bríos. menos que se declarara vencido por algo. de nuestro Cibao. no levantar la voz. todos llorábamos en la finca y todos hicimos el mismo comentario: “Era… el único caballo que había en el mundo”. La realidad de su existencia se nos confirmaba por rasgos invariables: sus iras inmotivadas. A veces. Después. oscilando en precio. un hombre “de por la costa”. tenía que estarse quieto en la silla. tejiéndose una leyenda prodigiosa que era mantenida cada día más fresca en la perenne evocación de nuestro recuerdo. un buen día. alguno preguntaba: “¿Dónde estará “Deleite”. A veces. rompiendo brazos. que pidió posada en medio del temporal. Pero. Una noche. sus bríos inagotables. no variaba nunca el paso. Después. ahora?” Siempre vivimos en la esperanza de que volviera a la finca. seguidas al pie de la letra. nunca supimos exactamente por qué. no mover las manos. pero no lo puede montar… Ahora le dicen “El Bronce” y dizque lo han castrado para quitarle bríos… Le rompió una pierna a don Zutano… Ya lo vendieron en veinte pesos para el Este… Dicen que lo tienen cargando piedras… Lo trajeron otra vez para el Cibao y lo vendieron en mil pesos… Lo tiene el Presidente… Lo tienen tirando una carreta en la finca de doña Mengana… Se nos fueron pasando los años. de muy lejos. “Deleite” era casi un milagro de docilidad. a ruegos de la Señora hubo que venderlo “al primero que pasara”. su resistencia en el camino. no obligarlo a dar vueltas inútiles. su inaudita facultad de realizar todos los trabajos. Seguía de finca en finca. y lo contábamos luego con mejores y más brillantes detalles. de nuestra Patria. luego. nos dio la noticia: 89 . Para cumplir esa fórmula “Deleite” fue vendido por “cuarenta pesos”. su tremenda capacidad de recibir golpes. estuvimos mucho tiempo sin noticias. una vez en camino. el Patrón tenía que perdonarle que pasara su buena media hora haciendo tonterías. costillas y piernas. Cuando lo sacaron de la cuadra. pero siempre con la intención y la seguridad de halagar a “Deleite”. estábamos seguros de que todas nuestras recomendaciones eran. obedecía ciegamente la más disimulada presión de las rodillas y si hacía estallar bajo sus cascos alguna ramilla seca. les inventábamos las fórmulas más pintorescas. empezaron a llegarnos noticias: don Fulano lo compró en quinientos pesos. cuando llovía mucho o cuando el calor era asfixiante. mató de una coz al peón que le limpiaba la cuadra y. A esos que venían a preguntarnos cosas. En cambio de todo eso. ‘El Bronce”. “Deleite”. de tiempo en tiempo. inesperadamente “Deleite”. de los veinte a los tres mil pesos. “El Loco”. moteados de noticias de “Deleite”.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I que éste. estuviera en la condición que tuviera: “que le pongan cerca unos pantalones azules del dueño empapados en agua de azúcar”… “que le den a comer media docena de pañuelos de seda”… “que entierren todas las espuelas”… Como con aquel caballo todo era posible. no se hacía viejo. nos llegaban peones cansados que traían consultas: “¿Qué hay que hacer cuando “El Bronce” no quiere beber?”… “¿Qué qué se le hace al caballo cuando no quiere salir de la cuadra?”… “¿Qué qué se le hace cuando se muerde los ijares?”… Por esos mismos mensajeros sabíamos siempre historias nuevas de fracturas o de viajes tremendos realizados “de un tirón” por “Deleite” y nosotros aumentábamos todo eso en la finca. pero se sabía que eso era imposible por no ofender la memoria del peón muerto en el patio. no hacerlo cruzar agua sucia.

Tened por cosa sabida que os odio de todo corazón. venid a demostrarlo en el campo del honor. cada uno. Autor de un volumen de cuentos y narraciones. Allí estaré antes de la salida del sol. Os aguardo en el solar yermo que está detrás de los muros que rodean el Alcázar. ANTONIO HOEPELMAN (N. Secretario del Presidente de la República (1924) y Presidente de la Cámara de Cuentas. preguntándose en cuál forma hubiese él ofendido a don Nuño. gozaban de buenos miramientos y consideraciones en el seno de aquella pequeña corte y eran tenidos ambos por muy correctos y valientes caballeros. con notoria sorpresa. A él os emplazo por estas líneas. el que más sabía de “animales”. Una tarde en que observara que doña Consolación besó una perfumada flor que le obsequiara don Pedro. Ya que presumís de caballero. *Periodista. El peón más viejo. eran dos bravos. Vos me estorbais y suprimiros será mi mayor empeño. Habíamos vivido muchos años de la historia de ese caballo. dama joven en la servidumbre de la Virreyna y la requerían de amores con esperanzas. Sus propias manos. tampoco. Envuelto en su capa y con la espada al cinto. 1874)* Nobleza castellana Don Nuño Valderrama y don Pedro Alcántara Ríos. Sed discreto si no sois cobarde. jóvenes y apuestos cortesanos del Alcázar que alojaba a los Virreyes don Diego Colón y doña María de Toledo. quien comenzó a odiar. hizo el único comentario: —Sólo de igual a igual podía perder. Nuño Valderrama”. 90 .COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Al “Bronce” lo mató un rayo… Nos cayó encima un silencio enorme. la inesperada misiva. Recibió y leyó don Pedro. agitado por los celos. Validos del favor de sus Altezas. No era secreto. si bien presumió que tal airado reto era producto de los celos o despecho por causa de un amor no correspondido. no pudo resistir la creciente ira que le consumía y tomando papel y pluma. al importuno rival. inédito. para desesperación de don Nuño. de ser el agraciado y correspondido por la discreta castellana. mantenedores de estrecha personal amistad. encaminóse el madrugador don Pedro al lugar de la cita cuando los celajes de la aurora desaparecían en el horizonte y surgían por el otro los tenues rayos del sol. Ha sido diputado al Congreso Nacional. que los galanteos y requiebros de don Pedro eran los recibidos con mayores complacencias por parte de la bella joven. escribió y envió la siguiente esquela: “Señor don Pedro Alcántara Ríos. No era secreto que los dos habían puesto ojos interesados en la belleza y gracias miles de doña Consolación Olivo.

me batiré con vos. Días después. —Matadme sí. que no he de bautizar con sangre asesina la dicha que me posee. si no estimara que ha escogido mal representante la pálida y descarnada señora. quiero preveniros antes. pero sin esperanzas de ver cumplidas vuestras locas ilusiones. paraba las acometidas desafortunadas de su atacante con quites oportunos que le enfurecían más y más. Y ya que así lo queréis. don Nuño. más sereno y dueño de sí. don Nuño. paró el ataque con un quite maestro mientras gritaba al insensato atacante: —No os mataré. porque ella me ha entregado su corazón y la desposaré en breve con la venia de sus Altezas los Virreyes. —¡Mentis! ¡mentís! –replicó. pero. le descargó tremendo cintarazo sobre la diestra mano obligándole a dejar caer la espada. con más práctica en el uso del acero. Más quiero la muerte que el martirio de vivir sin esperanzas. ni vuestra misiva ni aquesta vuestra extraña salutación. Recoged vuestra espada y vuestra capa e id en buen hora a roer vuestra desdicha y vuestro despecho. ya alzado el día. Allí iba él a buscar olvido a sus pesares o la muerte en los campos siboneyes. el caballero retador que al verle llegar le dijo: —”Puntual sois a vuestra cita con la muerte”. en cambio. Don Nuño. apadrinados por los Virreyes. que no tiene culpa de vuestra desventura! Capa y espada recogió don Nuño y humillado abandonó en silencio el solar. 91 . cegado por la cólera tiraba mandobles. madrugador también. —¿Muerte decís? Pues no la veo por parte alguna. Don Pedro. pero os arrancaré la lengua que me insulta. —¡Pues tened por seguro.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I Allí estaba. ¡Os perdono en nombre de aquella noble criatura. pero don Pedro. don Nuño. Y como la lucha se prolongaba y el ruido de la pelea podría atraer la atención de algún vecino que acertase a pasar por el lugar. don Nuño. si no queréis que os atraviese de parte a parte”. determinó acabarla don Pedro quien. que la muerte la tenéis en la punta de mi espada! —Me asustaríais. Este. —Pues tirad de vuestra espada y ya veréis que sé cumplir el encargo que se me confía. poniéndole en el pecho la punta de la suya le dijo: –”Teneos. Consolación. que debéis renunciar al amor de doña Consolación. Iba don Nuño a lanzarse para recuperar su arma. Don Nuño. aprovechando un descuido de don Nuño. don Pedro. Vos queréis matarme y yo quiero que viváis. Sabed. con la natural alegría de damas y caballeros que asistieron a los festejos ocurridos en el Alcázar. matadme ya que me véis desarmado. algunos días antes. tembloroso y enfurecido don Nuño acometiendo a don Pedro. si no estáis ya por fortuna avisado. había embarcado con don Diego Velázquez a la conquista de Cuba. Tendréis la culpa del para vos. No comprendo. pálido. con bravura pero sin tino. que acometéis una temeraria empresa. —No os mataré. se desposaron doña Consolación y don Pedro. —No dudo de vuestra valentía sino de vuestro brazo. que estaba prevenido. funesto resultado. se lanzaba a fondo. como quien solamente tenía un supremo interés: arrancar la vida a su rival.

en la esquina cercana. A mí me llamaron para que ayudara. paño inglés. eran de buen paño también. hacia el verde. El placa 406 sonó su pito de reglamento y comparecieron dos agentes. sonó un grito de dolor y se oyó el ruido de unos frenos… El agente levantó las manos en cruz y al instante se pararon todas las máquinas. ¡Qué trazos. La tarde invitaba a la contemplación y yo vestía mi mejor traje. ¡Mi traje nuevo! Gris perla. pero hubo necesidad de amenazar. y de numerosos cuentos. es autor de La hija de una cualquiera. hacia el negro… Pero estaba cogido por el automóvil gris. movía los brazos constantemente. pero no le era posible hacer nada. Yo me detuve al escuchar el grito. dejaron de caminar muchos transeúntes. ancianos. novela. Caminaba despacio. Por las aceras iban y venían diversos transeúntes: hombres jóvenes. a la izquierda… Aquel personaje anónimo tenía muchas vidas aseguradas en los hilos invisibles de sus señales. niños. Los agentes ordenaron que se alejaran. como si paseara. Con la exclamación viajaron las miradas hacia el vehículo rojo. confeccionado a la medida. J. —Ese carro ha aplastado a un hombre –gritó una mujer. ya los curiosos rodeaban la máquina. En esa luz iba yo de regreso de mi oficina de trabajo. Un agente de la policía. qué caída! ¡Una obra de arte! Me lo había puesto aquella tarde por necesidad. Una luz opalina bañaba los seres y las cosas. La muerte acechaba sus movimientos. Uno de los agentes me indicó: *M. a la derecha. varios galardonados en certámenes. Cada indicación del placa 406 mantenía el equilibrio de aquel río interminable de vehículos. Pare. como yo. pero con una larga hoja de servicio. 1885)* Mi traje nuevo Aconteció en una de las calles principales de la ciudad. Los últimos clientes salían con paquetes debajo del brazo. —¿Qué ocurre? —Un accidente.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS MIGUEL ÁNGEL JIMÉNEZ (N. Con todo. mozas garridas. 92 . Existen los apasionados del accidente. Yo me había olvidado también. siga. El carro gris. No habían reparado en mi traje nuevo. Los dos restantes estaban en la lavandería. A. —¡Vamos! Antes de llegar la policía. A esa hora de la tarde en que los establecimientos comerciales van quedándose sin voces.

¡y arriba!. gordo y blanco. Obedecí. pongámoslo dentro del carro. –le dije e iba a sentarlo. sus compañeros. yo tengo que continuar mi servicio. Era un hombre como de unos cuarenta años. pero estaba sin afeitar. Iba a continuar mi camino. –expresó desfalleciente. —¡Listos! —¡Listos! El chofer aprovechó para decir: —Yo no tuve la culpa. váyanse. —Yo puedo guiar. —No lo tuerza. pero el contuso dijo: 93 .SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Trate de levantar esa rueda. —Lo llevaremos en seguida al hospital más cercano. Nos colocamos como pudimos en el interior del automóvil y el placa 406 se alejó a reanudar el tránsito. —Si quiere. —Sí. –explicó. sus facciones eran correctas. —Conduce con tino. un negro delgado a quien se le había perdido el color. —Conforme. El placa 406. —Pues andando. –contesté. —Debe ser paciente. pero el desgraciado indicó con su voz desfalleciente: —Venga usted también. caballero. el chofer y yo cargamos al hombre hasta el interior del automóvil. El placa 406 dijo: —Mejor es que nosotros cuatro levantemos las dos ruedas delanteras y que usted hale al hombre. Uno de los agentes tuvo que apartar todavía a los curiosos. gracias: estoy casi muerto. El carro gris fue de los primeros en ponerse en marcha. A mi lado hacía fuerza también el conductor del vehículo. —Pónganme más a la derecha… —Sí. puede tener roto el espinazo. todo ha sido aquí en el pecho. yo no tuve la culpa… —¡Cálmese!. ¡levantemos! Alzaron el carro y yo así al hombre y tiré de él como pude. chofer. —Este hombre está mal. llévenselo en seguida. puede subir. iré. Venga. hay uno poco distante. —Sí. —Está bien. —Ay. de estatura mediana. No había vuelto a pensar en mi traje nuevo. estoy seguro. nosotros lo llevaremos. agente. tiene cogida la ropa del hombre. caballero. pero el contuso no pudo seguir hablando. —No. —Está bien. Tenía la ropa sucia. El placa 406 preguntó: —¿Este chófer podrá guiar bien? —Pero él no tuvo la culpa. pero el placa 406 me lo impidió. complázcalo. a su interior volaron ahora las miradas de los curiosos. yo… Al conductor le volvió la sangre a la cara.

iré a avisar para que vengan con una camilla a buscarlo. Miré al sujeto con extrañeza y pensé que deliraba. –expresó el otro agente. todavía me suplicó: —No se vaya. pero perdí la cabeza con el juego y la bebida. señor del traje nuevo. —Me siento mal de todos modos. –expresé a uno de los agentes. —Está bien. Olía a drogas y un silencio que caía como de los altos paredones. Primero cruzamos una gran puerta de hierro. me retiraron y ahora me dedicaba a ese otro oficio: vivía del accidente. —Esta vez me ha salido todo muy mal. —No me refería al golpe. No estoy herido. es allí. El carro continuaba su marcha y ahora entraba en un sector muy tranquilo de la ciudad. Detrás de la camilla íbamos los miembros de la policía. urgentemente. caminamos por un amplio salón y ascendimos después por una espaciosa escalera. estoy asustado ¿Dónde está el doctor? —Vendrá en seguida. no se impaciente. sí. a solas con el hombre. —Muy bien. Las religiosas salieron de la habitación y permanecí con el contuso. hablaba de mi trabajo. Se lo expliqué a la policía. pero al despedirme del desafortunado. Hizo una pausa y después prosiguió: —En otros tiempos vivía bien. puede hacerle daño. —Acompáñeme un poco más. Los agentes se quedaron después. –me contestó y se dirigió al interior del hospital. —No es necesario. Las monjas fueron a buscarlo. no se vaya. —Entre todos podemos cargarlo. –le recomendé–. nos envolvía. lo acompañaré. un momento. Las luces amarillas del atardecer lo volvían más pálido. vino con tres mozos que acostaron al hombre en un pequeño catre y se dispusieron a llevarlo a un cuarto de emergencia. El contuso estaba como desmayado. —Ya estamos llegando. señor. —Está bien. era empleado de comercio y ganaba bastante. con los ojos cerrados y muy pálidos. pero él prosiguió: 94 . quizás le diga el médico que no es cosa grave. el chofer y yo. —Sí. caballero… —No desespere. Pronto llegaremos. El carro se detuvo delante de una magnífica construcción. En una habitación con ventanales de vidrio instalamos al contuso.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —El señor bien vestido que me sostenga por el hombro. pero ¡cómo me duele el pecho!… —No hable. no he echado sangre. Yo también me iba. porque el chofer no tuvo la culpa. Cuando retornó el agente. Luego se dispusieron a marcharse llevándose al motorista. —Vendrán en seguida. Así al desdichado por la parte superior de la espalda mientras uno de los agentes le indicaba al conductor la dirección del hospital. Unas religiosas con tocas blancas ayudaron a acomodarlo.

después de levantarle los párpados y tomarle el pulso: —Pero con éste ya no hay nada que hacer. me parece que el dinero no me molestará más. en continuar su relato. Me ataca por instante… Es como si quisiera destrozarme. Continué mirándolo con tristeza mientras de los altos paredones seguía cayendo aquel silencio compacto que lo envolvía todo. pero me dicen Serrucho… Ya el Serrucho no cortará más… Siento otra vez el dolor. Era como uno de esos trabajos peligrosos que efectúa muchísima gente. —Todos los hombres somos hermanos. El continuó: —Mi nombre es José Luna. —No se apure. señor… —No converse más. —Tal vez. —¡Maldito dinero. le perjudica. él estaba empeñado. —¿Valiente?… Bueno. Tornó a llevarse las manos al pecho y se le humedecieron los ojos. pero le habían fallado los nervios. que no se agitara. usted es un hombre valiente. me informó. siento que me voy. se mostraba cansado y con un bostezo agregó: 95 . No sabía qué contestar a aquel desgraciado y callé conmovido. dijo en un tono muy frío. Se trataba de una labor arriesgada. —¡Si así fuera realmente! Se llevó las manos al pecho y volvió a quejarse. Oiga. Yo guardé silencio mientras él lloraba. –prosiguió diciéndome. —¿Le duele otra vez? —Siento que me he hinchado por dentro. pero aquel hombre parecía tan triste. No hacía más de dos semanas que le había producido cuarenta pesos. pero me ha consolado.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Me explico su asombro. —El médico debe estar al llegar. y agregó quejándose y con la frente sudorosa–: ay. ¡quién sabe!… Se necesita serlo para vivir de lo que yo he vivido. malditos errores! —No le doy algo porque no soy lo que usted ha imaginado. caballero. estoy tranquilo. Indiqué al desdichado que guardara silencio. pero es la pura verdad: esa era mi profesión. Hoy tenía que volver a trabajar y me había escogido a mí para que lo favoreciera. —Quizás bebí demasiado con aquellos cuarenta pesos. No me ha dado dinero. —¿Está muerto? —Sí. Aguardó a que pasara en su automóvil un rico de buen corazón. pero él la dominaba. Iba a decirle que estoy muy satisfecho de usted. empero. me vuelve el dolor. un auto lo… El galeno ya no me oía. y ¡zas!… Simuló que quería suicidarse tirándose sobre un botafango. pero piense que pueden ser mis últimas palabras… Quise quedarme callado. ¿Es familiar suyo? —Es mi conocido de esta tarde. resista un poco más. ¿Por qué no viene el médico? —Debe venir ya pronto. Luego tuvo un sacudimiento y se quedó como dormido. y me producía para vivir. tan solo… —Yo se lo dije porque a lo mejor si se excita… —No crea. soy pobre también. yo no tengo madre. Cuando el médico llegó. ni un hermano.

y Chano. La sala tenía un aire singular. blanco. y luego agregó: —Ca hombre de vergüenza tiene su machete.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Avisaré al director para que disponga según los reglamentos. Después salimos de la habitación y yo volví a la calle. salió luego del cuarto sin desperezarse. don. El peón que se había quedado medio dormido. abrió los ojos nerviosamente. no dijo una sola palabra. En aquella casa solamente vivían él y Guara. encanecido. Guara se apartó del rincón en donde estaba sentado sobre una mecedora vieja de baítoa. rechoncho. —¿Cómo dice el don? —Que vaya a decirle a Pancho que me mande el caballo y que le ponga la silla nueva. con sus muebles severos y un no sé qué de rural señorío. era un hombre vigoroso a pesar de sus años. Salió del aposento y volvió a la sala. Guata se pasó dos veces las manos sobre los ojos para espantarse el sueño. hacía calor y tronaba del lado de los pomares. Marcelo se dirigió a la sala. Pobre hombre! ¡Dios quiera que no pase na malo! Mientras Guata rompía las sombras. después se lo terció pasándose sobre el hombro izquierdo el cinturón de tela que sostenía la vaina. 96 . En la soledad de la vivienda. no se distinguía mi árbol ni nada. Ya en el camino. Me sentía triste y como avergonzado de mi traje nuevo. Con el arma puesta se veía bien. con la carne apretada. lo miró fijamente. de buena estatura. Volvió a meterse en su silencio por un rato. Honor trinitario —Guata: dile a Pancho que me mande el caballo. después monologó: —¿Qué le pasará a mi don?… Me jabló como quien va pa un desafío. primero surgía una luz y después se escuchaba el estruendo. Hace dos días que viene preocupao. de la Línea Noroeste. La noche era cada vez más negra. en dirección a los potreros. pero estaba pensando muchas. hizo luz en ella encendiendo una lámpara de vidrio que había sobre la mesa. ¡Quizás es por el encargo que le hicieron al jijo. con emoción. en el comedor de la casa de tablas de pino. cerrada la noche. dijo monologando. le crecía una resolución. Su mujer hacía tiempo que la habían enterrado debajo de aquella mata de jobo que estaba cerca de la morada. La luz de una lámpara jumiadora tiró su sombra contra la pared. con los brazos largos y las manos recias. Allí se sentó cerca de la puerta que daba al camino. La orden del viejo lo obligaba a salir de pronto porque le había hablado en un tono que empujaba. Abrió el baúl grande y sacó de él un machete de pelea. El hombrecito moreno. —Le voy a dar una lección a ese muchacho que no parece de mi cata. Era ya de noche y de las estrellas descendía el polvo de la eternidad. y tú eres el mío. y entró luego al dormitorio. ya tenía hogar aparte. su hijo único. parecía que iba a llover. —Está bien. Cuando acabó de colocarse el machete. era un ruido como de rocas que se despeñan.

usted no debe eponerse. La noche lo envolvía como polvo de carbón. Tú ayudarás en lo que puedas cuando te llamen. —Lo consiguieron con facelidá –contestó éste mientras se apeaba. que parece que tienes vergüenza. Guara. ¡Cuántas ideas cruzaban por aquella cabeza! Episodios de la juventud y de su vida de hombre maduro. continuaba pensando con profundidad. no estaba en el mundo exterior. más te estimo a ti. yo sé que no debo meterme. había disminuido la amenaza de lluvia porque ya no relampagueaba. —Perdóneme. yo no quise decirle más na al don. encargao de las gallinas y de las cosas de la muerta. En la oscuridad parecía otra piedra. ¡Si no fuera porque quizás yo no sirvo!… —No. recogió los pies descalzos. decidido. A poca distancia se escuchaba el rumor del río… —¡Esas aguas saben quién soy yo! ¡Ellas me vieron al lado de Serapio Reinoso! Las palabras finales del soldado de la Reconquista. Toda una larga historia de actividades varoniles. —Has vuelto pronto –le dijo al peón. en el chiquito. —¿Estaba en el primer cerceo? —Sí.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I El viejo Marcelo no reparaba en nada. mi don. seguramente. en su bojío. jugando barajas. Las pisadas del caballo de Marcelo sonaban ya del otro lado. A mi jijo ya lo he borrao. ni se oía el viento correr en el monte. Guara mordió una ruea de andullo. monologó. ágil. Después el guerrero picó el caballo y se fue a escape. mientras los compañeros aguardan que cumpla con su encargo. se puso en pie y salió de la sala. Con las dos últimas palabras Marcelo subió con ligereza de joven sobre el caballo alto y brioso. pero a lo mejor con el que debió trabajar Chano. mi don. ¡Cómo me duele que ese muchacho no haya cumplío!… Guara oyó con respeto y admiración a su amo. Si no he vuelto de madrugá. Guara lo vio penetrar de pronto en la oscuridad. cayeron sobre el peón como carbones encedidos. cegado de soberbia. —Está bien. que caían como azotes sobre el recuerdo de su hijo. —El asunto es defici. La luz que salía por las puertas y ventanas tenía forma cuadrada. Guara acabó de bajarse del animal y después preguntó: —¿Y usté va a salir de una vez? —Ahora mimo. lo sacaron de su mundo adentro. ahora trinitario. impetuoso. Guara. es un vendío. Terminó de hablar con una escupidura. cruzó los brazos y se quedó pensando. —¡Mi don!… —En este momento estará él. un traidor. luego agregó: —Y tú. Los pasos del animal que había ido a buscar Guara. endurecidos de transitar. y se quedó pensando en lo que le habían referido de la pelea en La Emboscada. te quedas aquí. pero óigame: usted no debería intervení en eso. 97 . dile a Pancho que atienda a la pulpería y que ponga al compay Lolo a cuidar los animales. a mí es a quien le toca. comenzó a masticar tabaco y luego se sentó sobre una piedra grande que había en la esquina de la vivienda.

¡tú no tienes vergüenza! ¡Cómo nos estarán maldiciendo los trinitarios! El mancebo sintió que le habían herido el rostro y le costó trabajo contenerse. como un jabillo. pero su silencio quemaba. y salió en el acto. se apartó. —¿Me sale con eso. ¡ése era un traidor! El soldado miró de hito en hito a su hijo. Los dos rostros podían distinguirse bien ahora. como una palma. Aquel vallado daba al patio de la casa de su hijo. A mí tenía que decírmelo Olegario y ése no era puro. ¡porquería! ¿Tú ves este machete?… —¡No debe ser más cortante que éste! Marcelo clavó los ojos en el arma que el joven había sacado de la vaina que pendía de su correa. —¿Y se fue Olegario? —¡A Olegario lo enterré en su propio cercao! Marcelo sonrió satisfecho y vio que su hijo se ponía grande. viejo? ¡La bendición! Marcelo no profirió vocablo. —Perdóneme. —Marcelo ¡usted es el primer hombre que me insulta. su montura conocía bien todos aquellos derrocaderos que llevaban a la vivienda de Chano y el viejo era buen jinete. pero como no lo lograba.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Todos los caminos estaban rebosados de tinieblas. miró entonces por un agujero y vio que la puerta del frente del bohío estaba abierta. pegó los oídos a uno de los setos de tablas de palma. después anduvo por un pequeño valle. el retrato del padre en su mocedad. Había llegado. Cuando encontró un sitio apropiado. fornido. cortó tres veces más la corriente y luego hizo alto frente a una cerca de palos. yo no sabía na. caminó hacia ésta con sigilo y cuando pudo. se fue para adelante y llamó a su hijo: —¡Chano!… ¡Chano!… El hombre joven. ni nada. 98 . y si no fuera porque es mi taita!… —Eh. Primero cruzó el vado del río. vestido como estaba. después que no has sabido cumplir con tu deber?… —¿Cómo?… —Chano: tú no conoces el honor. pero conseguí las armas y hace poco que las escondí en el rancho. ni ruido. se encaramó sobre dos travesaños y salvó la cerca. una lunilla de cuarto creciente se había comido las tinieblas. pero no oyendo palabras. alto. En los minutos se agrandaba su inconformidad. el patio estaba claro. se bajó de la silla. Marcelo. —¿Me desafías?… —Le explico que este colín tiene tuavía sangre de gente… —¿Cómo? —Y que Olegario no era trinitario. —¿Qué hay. pero Marcelo Figueroa estaba acostumbrado a ver en la noche. abandonó su hamaca. amarró el caballo y después echó a caminar por entre unos matojos. debajo de los serones de guatapaná. Esperó ver a alguna persona. era un vendío.

El Patriotismo y la escuela –1917–. cobróle afición a los pájaros. que llegó a comprometer la envidiable serenidad de su despensa. a las que deseaba ver siempre. le fiaran con dificultad aunque pagara con facilidad. T. durante varios años director del diario La Nación. poeta y prosista. porque no les pagaba. y trabajos dispersos en periódicos y revistas. Y como le riñera su mujer por esta irreverencia contra lo que fue siempre en ella regalo de buen gusto espiritual. que contaban entre sus platos favoritos las lenguas de ruiseñores. antipático y todo. Perucho era de los que se acogían con el mayor buen humor del mundo a la apertura de crédito y con el peor humor de la tierra a la clausura del débito. se le abría más el apetito. le reprochaban a Perucho las señaladas muestras de disgusto con que recibía a cobradores que. 1886)* La escalera inesperada De los tibios en arreglo de cuentas. apenas si le alcanzaba para otro fin que el de la mesa. conocido generalmente por Perucho. Fina de gusto. aunque a la madre en lo de bien hablados a la hora del pago. Obras: Lirios del trópico –1910–. E. que habían salido a él en lo goloso. porque los insultaba. llegó a serlo también de vendedores. Diana lírica –1920–. es tan viejo como el mundo. como la naturaleza la había hecho. respondióle con otra brutalidad por el estilo de la primera. Preocupábale. Ya la filosofía vulgar lo ha sentenciado: “mientras más calor. que llegó a inspirarles miedo. que. aunque su fortaleza en otro. Comía. era de lamentar su apego a la tacañería. holgándose en cuidarlos en dorada pajarera que su amor. Si era de alabar su afición a la buena mesa. al menos. en boca de acreedores. *R. Las cuentas de Perucho eran siempre exigencias de buen apetito. que llegó a ser terror de cobradores. “como un desesperado”. que por el duro trato que les daba. Su mujer. Los cobradores éranle sencillamente detestables. “ser duro de pagar”. para los que era extremosa. Pero aquel gastador de buena mesa. más ropa”.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I RAMÓN EMILIO JIMÉNEZ (N. y sufría cuando se hallaba flojo de dinero. según él. Maestro. era lo que se llama. la despensa. Del lenguaje dominicano –1941–. a la larga. o porque. que han estado siempre al uso en todo tiempo y en cualquier medio. Es el peor oficio que pudo haberse inventado. Oración panegírica –1938–. como azote de comerciantes. no hacían sino cumplir con su deber. bien que los desesperados venían a ser. salvo lo de la crianza de palomas. Cogía fiado con facilidad y pagaba con dificultad.) y Secretario de E. según suele decirse. que hacía mesa moderada. había una vez uno en la ciudad de Barahona. los que le fiaban los ricos jamones y los buenos quesos que eran su debilidad en un sentido. Espigas Sueltas –1938–. Llegó a faltarle aquella facilidad en girar por cuenta propia. Biografía de Trujillo –1945–. cuanto más que no era culpa de ellos el haberles tocado el oficio de cobrar. 99 . Al amor del Bohío –1927-29–. El sueldo de que disfrutaba en la agencia comercial de que era empleado. y su mujer solía desaprobarle esta conducta. menos por la cara infernal que les ponía cuando se le acercaban con recibos. hizo construir en el patio de la casa para regalo de su oído y maravilla de sus ojos. Mas el temperamento de Perucho no se avenía con esta política de pájaros de su mujer. de Educación. Periodista. y sus hijos. en rigor. diciendo que alababa el gusto de los romanos. lo cual fue causa de que. como nada en la vida. no vivas en su expresión de alas y de arrullos. Jiménez. fue director de la escuela Normal (C. Espumas en la roca –1917–. a la hora del cobro. tocado de la magia de lo ingenuo. y de tal modo se condujo con éstos. Y para colmo de desdicha sucedióle lo que acontece por lo general en estos casos: a medida que se le cerraba el crédito. La Patria en la Canción –1933–. sino muertas y servidas bajo sus manos armadas de cubiertos.

entre las aves que cuidaba. como aparato de escarmiento contra la industria y la malicia campesinas. confites de bolas. de la parte más alta de los tramos. que allí iba de compras atraída por el cebo de la ñapa. destinado a tabaco y el pequeño a pieles de chivo que llenaban la calle de groseras emanaciones. porque ahora me hace falta una escalera”. Cromos. y puñados de azúcar pardo. no precisamente por lujo de conocimientos. haciéndole el ambiente de confianza a Pedro Antonio. la frescura del artículo. y el avisado dependiente aplicó a la pesada masa rubia un asador caliente. que extendió al desconfiado dependiente mientras le decía. los datos no podían ser más interesantes. almanaques. con dominio de la situación: —”¡Aquí tiene usted la escalera!” Un duelo comercial Pedro Antonio fue al establecimiento comercial de José Batlle. y se lo dieron. —”¡Bájeme el jamón!” –volvió a ordenar al empleado. Repitió la operación en varias direcciones y el agudo instrumento salía sin dificultad por el extremo opuesto al de su entrada en la pasta de oro. únicos libros que leía con devoción. se clavó en la flamante envoltura de henequén. de los que se pegaban entre sí y de los frascos. Y sabía esto acerca de tan original plato. con el brillo particular de cosa nueva. Era una atienda mixta. que tenía. respecto de aquellos comerciantes: 100 . Volvió otro día con nueva cera. mientras paseaba por una de las calles de Barahona. No se corrían por esto los labriegos. el de más negocio en tabaco. una recién abierta pulpería.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ¡Lástima de plato ya en desuso! –decía como para mortificar a la esposa. Cinco pesos. que empujó hasta perforarla. Inquirió el precio. y también se la dieron. como para dar tiempo a que llegara el dueño del establecimiento. provocadoras. y el punzante instrumento de demostración no reveló nada anormal en la masa dorada y aromosa. atraídas por el olor que despedían. con impertinencia de garra. pieles y cera. y a esto se debía el procedimiento del asador sobre un brasero en el patio de la tienda. al que se agregaba el de la cera. hecho lo cual retiró el utensilio y pagó las ocho libras que indicó la balanza. que no se hallaba lejos de aquel sitio. Llegóse a ella y quedó boquiabierto ante unas piernas de jamón que pendían. sino por erudición culinaria adquirida en los manuales de cocina que no le faltaban cerca de su mesa. un bello par de ruiseñores–. y nuestro hombre ordenó al dependiente: “¡Bájeme una pierna de jamón!”. constituían el acicate de los mandaderos de oficio. pero éste aparentó no haber escuchado la orden de Perucho. Agudizaban su imaginación en el ardid para vencer en nuevas trampas. Llevaba Pedro Antonio una marqueta de ocho libras con la forma del caldero en que había sido derretida la cera. de que hablaban las crónicas antiguas. preferida de la servidumbre casera. que era en Santiago de los Caballeros a fines del pasado siglo y principios del actual. entre el loco volar de las abejas que allí no faltaban en los sacos de azúcar. con un periódico en las manos fingiendo que leía. que exportaba a los Estados Unidos de América. que al fin le respondió: —“Será en otro momento. A lo que respondió Perucho sin demostrar la menor contrariedad y sacando de entre uno de los bolsillos del pantalón un billete de cinco pesos. Su vista. Cierta vez. divisó. Otros vendedores de ese producto habían puesto piedras en el interior de la masa logrando mayor peso y burlando al comprador. y decían. selecta clase y acabado de recibir. Dependencias de la tienda eran el vasto almacén.

se acortaba mucho de medida en el campo. Capa pura… Don José llamó al Encargado del Almacén. Hubo siempre lucha artera entre la astucia urbana y la rural. Tela al parecer bien medida en el pueblo. y entre éstos debía de hallarse José Batlle. Al día siguiente fueron vaciados los serones. y parece gitana. Esta mujer tiene las orejas traspasadas por relucientes argollas. RAMÓN LACAY POLANCO (N. Se dio la orden de compra y Pedro Antonio salió. penetrante. pues habíalos ejemplares. interesado en conocer la procedencia del fruto. Don José fue llamado en el acto a presenciar el burdo timo. dando a probar las dulces en desquite de bebidas ligadas y libras incompletas. en la que una arroba venía a parar en treinta libras. burlado. lo bailamos. según típica frase: “el cuero en manos del comprador”. del que se extrajeron varias sartas. reunió la mayoría de éstos en un frente común contra el comercio cibaeño. en perjuicio de los agricultores. En la mejilla izquierda ostenta tatuajes extraños. semos como ellos son. ni todos los agricultores procedían de tal suerte. de piedra adentro. y con asombro de hombres y mujeres ocupados en la faena. a veces. Tabaco bien pesado en el campo se aligeraba demasiado en el pueblo. aseguróle que el tabaco era “de piedra adentro”. elástico. En las compras de tabaco el campesino dejaba. Había la romana corriente. más que engañado. –respondió el astuto vendedor. sonriente. de ordinario. en la venta de naranjas “de china”. que era la de comprar. Y el del pueblo exclamaba: —¡El más bruto del campo sirve para arzobispo! Claro que todos los comerciantes no procedían de igual modo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I —Buscan la piedra en lo que les vendemos. que no sabían por qué reía el buen señor. de la tienda. Largas piedras achatadas se hallaron entre las sartas de tabaco. incomprensibles para los espectadores. Era un rico tabaco de olor. sus ojos son duros. vestal tenebrosa de las tierras del Sur. El del campo decía: —De hombre de pueblo no me fío. que esperaban la indignación del rico comerciante. las dulces con las agrias. Fue abierto un serón. 1925)* La bruja Sola en su rancho que ocultan las bayahondas. laxitudes sensuales. Comerciante y campesino tratábanse de mala fe. y no en el corazón de piedra que ponen cuando compran. con alarma de todos los que servían en el almacén. pero el pecado de muchos en la violación del sexto mandamiento del Decálogo. Rezumaba miel la hoja y se ofrecía a la vista como seda. y la “cargada”. barajando con agudeza la idea de lugar con la condición. prorrumpió éste en estrepitosas carcajadas. y su cuerpo firme adopta. Solía mezclar el campesino. Como nos toquen el merengue. la bruja. gasta pañuelo de cuadros amarillos envuelto en *Ramón Lacay Polanco. Cierta vez llegó Pedro Antonio con seis cargas de tabaco a la tienda de don José Batlle. —No. Es Nena. por el astuto campesino que. Autor de una novela y de cuentos no publicados en volumen. La imaginación fue bien lejos en refinamientos de común superchería. que era la de vender. 101 . Estornudos… Picazón en los ojos… adherencia en los dedos… ¡Inmejorable! —¿Es de Hato del Yaque? –inquirió don José.

la bruja. El calendario de Nena. Los lugareños le temen. y de la cruz de Jericó del difunto. Debió bailar en Veladero y Las Caobas y conocer las rutas de Puerto Príncipe. y el contrabando. a través de las madrugadas foscas. Bella. Estremece su relato el paso de la tarimba: la parihuela que conduce al muerto va rodeada de gentes vestidas con ropas de chillones colores. vestal tenebrosa de las tierras del Sur. bailan y cantan el rito en patois. de jabalí o de pájaro y puebla de miedo los parajes oscuros). con las distancias medidas por el paso de los ríos y las guardias ocultas. de carnes duras como la sequía de la tierra. como las tórtolas que huyen a la orilla del Yaque. ayuno de agua. Ella conoció a Lico Bueyón. su tristeza es hermana de la tierra. en la ancestral orgía africana que enciende las noches de Haití. A su paso se santiguan. Penetró en la habitación del rancho. sus monturas se inclinaban al peso del clerén.  Pero antes fue estampa de caminos. la selva y las sabanas se juntan y confunden en un paisaje gris que tiembla vacilante. No oculta sus aventuras de contrabandista. y cañadas sedientas que se duermen al son de los atabales… Pero entre esta mujer que ahora tiene carnes flácidas y el bandolero Lico Bueyón. Entonces cruzaba la raya cuando los cielos de la frontera eran sendas nocturnas de estrellas. Hondo Valle. Y sus recuerdos del monte la Urca. escalas de la novela del alijo haitiano. que asaltaba las recuas en el paso del Naranjal. La tambora enfebreció su carne al ritmo del vudú. Sola. Fue amante del negro Cinturón. tan violenta como crece el maíz en la menguante. Quiero prepararte. la venta ilegal. de ojos asombrados. ella supo conquistarle a la vida todo lo que quiso. junto a Telésforo. Es Nena. y sin meditarlo se ayuntó con él. llamando a Papá Legbá cuando el peligro la amenazaba o transformándose en piedra. que luce a un lado del rancho llena de cascarones de huevos y trinitarias. asesino sin rival y vagabundo de rutas. es un calendario de lunas y estrellas. cada una de las cuales poseía un velón encendido. la bruja. A su regreso. en junio. —Ven –le dijo–. siempre. amparada por los espíritus del agua y de la tierra. Explica historias del Bagá (espíritu diabólico que se aparece en forma de perro. En sus anécdotas figura el gavillero Rafael Lucas. bailando Los Palos del Espíritu Santo. Es la suya una historia de tierras enfebrecidas y noches ardientes. Apegada a su hombre como la yedra al jabillo vigoroso. Cruzando amaneceres en el viaje de vuelta. San Juan de la Maguana… siempre de noche por zonas de angustia. y habla de sus tiempos cuando era caballo y se montaba con el espíritu de Ogún Balenyó. Ella lo hizo cabecilla. que beben. hombre realengo del Sur. o en tronco. creció una pasión avasalladora. A su manera. cuando las lomas. invocó una tarde a los espíritus del mal y lo preparó para las luchas de guerrillas. o en perro cada vez que los bandoleros le cruzaban el paso. en el camino de San Juan… Y sus noches de vela. donde cada día ella clava una oración y eleva un canto de recuerdos rogando a Dios por el descanso de aquella ánima que todavía está penando. Y comenzaba la otra aventura. el maroteo de siempre. En el fondo estaba un camastro pequeño 102 . Es de esa estirpe que sabe vivir y morir en pie. Esta era una pieza atiborrada de imágenes de santos. La marcha larga sobre los trillos secretos que cortan las montañas y conducen a los poblados de Barahona. con perros algebraicos y algodonales amplios.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS la cabeza casi cana.

Sacó de su seno una tibia de algún pobre difunto y volviéndolo de perfil dióle con el hueso tres golpes en la frente. y empezó a tomar sus objetos. Cecilia curaba a los heridos con sus ungüentos y pócimas y preparaba sahumerios para ahuyentar a las ánimas 103 . desde entonces. Con la pluma de ganso mojada en el líquido trazó diversos signos desde el nacimiento de la cintura hasta la parte alta de los pulmones. Sus mandíbulas se movían con inquietud. Luego se separó y procuró en uno de los baúles una bolsita de hule. echó en él varios paquetitos de polvos de colores y empezó a mirar concentradamente el líquido tornasolado.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I cubierto con frazada roja. Le ordenó que se pusiera boca abajo. Empezó a traficar en Clerén. la mujer del jefe.  El galope de su caballo. tranquilamente. y bajo el influjo de su voz profunda la estancia colmábase de corrientes magnéticas. amarillento. unos hombres duros como la tierra. Era un rito donde semejaban flotar duendes y vampiros de alas membranosas que le dejaban al paciente un raro calofrío en el organismo. —Ya está. Pero he aquí que el bandido. había sido un clarín de guerra en la comarca. Inmediatamente le lanzó en la espalda a Lico Bueyón aquella poción y lo frotó con un paño negro. y cosiéndola con una aguja larga le puso un hilo oscuro y la colgó del cuello de su hombre. dio varios gritos espeluznantes y empezó a bailar alrededor del lecho donde estaba tirado su hombre. aquel gavillero fornido. Luego la hechicera. podían contemplarse unos cofrecillos oscuros y un baúl amarillento. ebrio de clerén y café cargado. ya poderoso. En el piso. se cansó de ella. sonrió. y el dolor de las recuas. envuelta en sopor enervante. Lico Bueyón vivía apegado a la negra. El hombre. Inmediatamente empezó una extraña oración mezclada con cánticos ininteligibles. una esponja y una pluma de ánade incrustada en un frasco alargado que contenía un líquido verdoso. Primero sintió un golpe de muerte sacudir todo su cuerpo. siempre murmurando misteriosas frases. empezó a seleccionar su grupo de forajidos. estaba Nena. como si un enorme generador de electricidad hubiese descargado toda su potencia. Entonces abrió un maletín. lleno de pinturas raras. Sólo yo. sobre la cama. La bruja quedó en éxtasis. a veces. Con el vudú y sus sortilegios. Lico sentía una comezón extraña en la piel dibujada. Junto a ellos. Nena tomó a Lico por la mano y desnudó su cuerpo de ropajes. en la cual colocó unas insignias misteriosas. quien cantaba lamentos y hacía ritos para la largueza de días de su hombre. y luego. con el pelo rojizo y la boca grande. sus pupilas brillaban con extraño fulgor. Nena. pronunció palabras incoherentes. —Nadie podrá contigo. fue suplantada por Cecilia. un crucifijo. sacó varios objetos de cera. Lleva esto siempre encima y te acordarás de mí –dijo– sacudiéndose como si tuviese frío. tomó un vaso de agua. Lico estaba asombrado. La bruja invocaba los espíritus del agua y las montañas. Luego encendió un mechón de aceite que traía consigo y una llama azulada dio perfiles siniestros en la habitación. De sus manos parecían nacer hilos invisibles que alargaba con sus dedos amaestrados. la médium. que tengo la contra –agregó la médium. que le seguían por todas partes y acataban sus órdenes sin recelo. de bigotes largos y largas manos de verdugo. Del vaso empezó a salir una espiral de humo perfumado que se extendía sobre las paredes y hacía pensar en los encantamientos. y en los cantones donde moraban después de los latrocinios y las incursiones. dispersos.

le comunicó el hechizo. Pasaba el tiempo y Cecilia conservaba siempre un cuerpo de doncella. Ella que era la novia de las supersticiones africanas. Pronto el escenario se ofrece ante sus ojos. hojas y estrellas. Cecilia. en la hembra bravía del gavillero. con niños desnudos a horcajadas en las cinturas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS en pena. en silencio avanza entre los árboles. Un coro humano. con todo el sensualismo de su raza y toda la fiebre endemoniada de su tierra. Tirados a ambos lados los otros lugareños se confunden con el lodo. en éxtasis. Ahora. y la cañada de Juan Felipe y el Cerro de San Francisco. Se había bañado en un río secreto en noches de luna llena. Lico lleva el ala del sombrero agachada sobre el rostro. La tropa. por primera vez sintió como se angustiaron sus senos en aquella noche con estrellas grandes clavadas como ángeles de la brisa y del sueño sobre la selva. sacude los hombros en frenesí vehemente. La bailarina. Fue una noche de humedad y estrellas pequeñas cuando Lico y Cecilia se unieron. Cecilia acaricia con sus ojos al bandolero. con grito ritual. mientras de la tierra surgía un perfume angustiado de jazmines tronchados en las charcas y de guayabas exprimidas por el paso de los mulos. Desenfunda el revólver y se tira de la montura. Varios negros tocan los parches. Los más viejos le abrazan. —Bon suá. sobre una estera. y el jefe. y parecen legionarios de un mundo fantástico. Maravilloso cuerpo de ébano que le hizo creer al bandolero en los misterios de la jungla. Lico Bueyón. gran Agüe. se convirtió en la amante del contrabandista. han contemplado sus hazañas. Sus pasos son anchos y sus botas se clavan pesadas en el suelo. Le rodean. Este llama al sacerdote y le deja entre las manos un puñado de monedas. envuelve el ofrecimiento. pesado. y ofrecerle sus carnes y su alma. se van retirando al caserío. Agüe. creciendo en misterio y en extraña belleza. Detrás de los ramajes hay un claro iluminado por fogatas. que había contemplado cómo iba madurando su cuerpo en el espejo del río. Quien hubiera contemplado la sombra. Todos se ponen en pie. Le sigue su cuadrilla. descubriría a una figura de mujer deslizarse hasta el lecho de Lico Bueyón. Brilla su rostro. de las fuentes misteriosas. —¡Alto! La voz del jefe sacude a los hombres. La cuadrilla avanza sudorosa y cansada. tibia y anhelante. con fatiga y sueño. Todo tiembla y vacila en el paisaje inhóspito. mientras en el centro una negra con cuerpo de junco mueve las caderas en el rito. en la distancia. Aquella noche se encendió un bongó detrás de las lomas. llevan dos heridos. y las mujeres. aferrarse a su cuerpo. Hablan en creole y la bailarina le contempla entusiasmada. el dios de las aguas. irrumpe entre los festejantes. En la alta noche traspasada de estrellas el bandido y su gente se acomodaron en los catres. y su carne era carne esculpida en brisas. y lanza un grito estridente que hiere la noche: —¡Ohué! ¡Ohué! El sonido de los atabales empieza a adormecerse. con los ojos semicerrados. Allá lejos sus notas caían sobre los campos recién mojados. Desde esa noche el bandolero tuvo una concubina negra. 104 . se deja guiar por el balsié que estremece la selva. y sus ojos guardaban el poder de mantener encendido el amor de los hombres. se expandía en la noche que iba creciendo. se pasan los calabacines de clerén. se ha ofrecido mirando a las estrellas. Beben clerén. Cecilia tenía movimientos suaves y delicados. sobre las hojas que tumbó el viento y los luceros hundidos en las cañadas. Lico Bueyón ha azotado a Bánica. sólo turbado por las gotas de agua que se balancean sobre las hojas y por los sapos que hablan en japonés. entonces. y un silencio sobrenatural.

Y sintió que el destino ponía a prueba su eficiencia. se internó hacia el Norte. arrancándole los hierbajos de cundeamor o cadillo que rastrean al lado del montículo. Para su disciplina la ley era la ley y había que cumplirla. y cuida sus despojos con cariño enfermizo. se santiguan. Asoló las comarcas de Hato Nuevo y La Piña. y los haraganes maridos. el bandolero de caminos. y la parida. triturando la breva que masca tesoneramente. De lejos. volvióse flaco en el cambio de una luna. Y los lugareños sentían escalofrío cuando pronunciaban aquel nombre. Tenía las cejas pobladas. de todos modos. eleva su cántico y deja una oración enterrada en el paisaje de La Culata. Y le trituraba el ánima el saber que Cecilia gozaba de sus favores y sus aventuras y correrías. Nadie osaba cruzar las rutas. tenaz como el dolor. era duro como róqueda o páramo. de San Juan de la Maguana. Y la leyenda llenaba de espanto los caminos. Porque Lico Bueyón regalaba un pasaporte seguro hacia la muerte. En su fabla gangosa ponía de manifiesto lo ladino de su espíritu. flaca como cerbatana. y aunque pequeño. los muchachos en cuero de los villorrios colindantes la contemplan asombrados. las lluvias de mayo. Ella y su rancho se hermanaron en el infortunio. con el desprecio de su hombre. Ella convive con el muerto. Sus largos brazos de simio le rozaban las rodillas. antaño expresivos. y corren a los ranchos llevando la noticia. Cuando realiza estos menesteres su cara manifiesta regocijo. No han importado los soles implacables. esta mujer desgarbada. antes vigoroso. fuerte como el odio. Y exclaman: —¡Animamea! ¡Jesú Manífica! Mientras los viejos murmuran por lo bajo: —¡Jú! Eto no e cosa de ete mundo. y los villorrios desnutridos sintieron en su desmirriada expresión el paso de muerte de aquel emisario del demonio. y las comadres. y los burros retozan en la tierra. Pero la ley la hicieron los hombres para los hombres. mientras el crepúsculo dora las copas altas de las guásimas. Y hasta su celo llegó la noticia de las correrías de Lico Bueyón. de cuello abotagado. Y se tornaba más triste su rostro.  Y he aquí que Lico.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I  Todo esto lo recuerda Nena mientras prepara el cotidiano ramo de rosas para la tumba que luce a un lado del rancho agujereado. el bigote crecido. Cada día. adquirieron un brillo acerado que sorprendía. aun en noches de luna. Y las viejas atacadas del reuma. El Comisario Basilio Peña. el polvo de septiembre. y sus dientes largos surgen amarillentos. temerosos. poseía una voluntad de hierro. El miedo creció como fuego en hojarasca. Y vivía apegada a su recuerdo. y la doncella. Y su cuerpo. y sus ojos. 105 . Le habla. Dialoga con la tumba en las noches de luna. y las gallinas acezan por el calor y la sequía. escondidos en las cejas de monte. De momento Nena va a salí volando prendía en candela…  Nena no se conformaba con su soledad.

No querían despertar a los del lugar. Se sobresaltó en la noche. cuando los hombres del Comisario sacuden a sus cabalgaduras. Y avanzan. Avanzan. cerrado como nublazón de mayo. ni el sueño. Una luna redonda. sacudiendo las lontananzas. Todo queda detrás. Doblegadores de rutas y sabanas. avanzan. lejano. Y aunque las montañas son interminables. Basilio Peña. Ella sabía que habría de caminar mucho antes de llegar a su destino. Y avanzan. Se amorró el madrás de cuadros amarillos en la cabeza. perdidos en la sombra. Soñó con cardosanto. pero alegre. Ellos han cruzado a Santomé y queda un naufragio de árboles y matojos. y no se prolongó su espera. El hombre se volvió. Y no se fatigaba. No se arredra ante nada. venían Lico Bueyón y sus hombres. Ahora dique va a saqueá a Pedro Corto. Nena. Levantóse rápidamente y contempló la luna. El presentimiento le golpeó las sienes. y tomó su camándula haitiana. Áspera tierra caliza. y lomas. Era el recodo. que llega hasta el sacrificio. La mujer se sentó en una piedra. y el calor es sofocante. el Comisario: duro. Esos hombres no conocen la fatiga.  Con la madrugada llegó a Las Charcas. rogando a los santos. Y esto lo sentía aquella mujer por el bandolero. El Lico Bueyón del diache ya me tiene jarto. y las hojas del arbusto sufrido se teñían de sangre. Ese e jel parte de la capital. estaba cansada. Y los ojos se le agrandaban en el resuello. Y el crepúsculo les da de frente. Y apretó el paso.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Eto ya se va a acabá. Eran hombres avezados en la guerrilla. Regresaban de sus latrocinios e iban en pos de Pedro Corto. que se recuesta en el Yaque y lo vadea. colgada en el Este. Y el astro lucía encarnado. tiembla de miedo ante los soldados. Avanzan y avanzan. es una obstinación desesperada. Y vuelve el alba temblorosa. con la camándula en la diestra. Hay que traé a Lico Bueyón vivo o muerto. Con la noche partió hacia Pedro Corto. Su sentimiento despierta una fuerza sublime. Y organizó su tropa. a veces. el nuevo can de Lico Bueyón. Desenfundó el revólver. —Lico… Lico… –dijo. Armados hasta los dientes. No importa el sol. Por el olor del monte y la altura de las estrellas comprendió que estaba al filo de la medianoche. por la seguridad del cuerpo de su hombre. con signo de tragedia. Marchaban cautelosos. Y esto lo experimentaba Nena por su hombre. avanzan. ¿Pero e que ese hombre no se quiere? Y llamando a su edecán agregó: —Guelo: organiza a lo muchacho. Bohíos derrengados. —¿Quién vive? 106 . El cruce. Y salvó veredas. Y el pecho se expandía con la respiración fatigosa.  Nena tuvo un sueño terrible. y riachos. Y cae la noche. Con la fatiga lucía más desmirriada su figura. Iba rezando. Y la corneta grita. la bruja. Ella lo columbró de in promptu. Y a la cabeza de la legión. en un susurro. como su sueño. El amor. a la orilla del camino. La ruta larga y seca. Basilio Peña y su gente. Cuentan los lugareños que allí sucedió el encuentro. Avanzan hacia Pedro Corto. En la madrugada clarísima del Sur. por la ruta de Vallejuedo. Ni la sequía.

Nena rodó por el suelo. con su canto monótono. Los nudos son fuertes y le destrozan el pecho. suplicante. triste. y sus ojos gozaron con el acontecimiento. —Soy yo. Nena.  El encuentro fue trágico. Creyendo en tonterías… —Lico… Lico… El caballo pisoteó a la hembra. Lico Bueyón empieza a cavar su propia sepultura. Ha terminado su faena. La cabeza de Lico Bueyón se dobló sobre el pecho. Aquel hacinamiento de sangre le cayó en los brazos. violentamente. Te tienen una en Pedro Corto. Lico. de la mujer. El toro del Sur había perdido. Quítate de mi camino. La voz de Cecilia. temeroso. Las sogas le aprietan la carne. La chirona amansa los guapos. Y suda. y el aire caliente. Nena… La palabra le azotó el rostro. Y Lico Bueyón ya estaba enmadrinao. le gritó. Basilio Peña gritó: —Guelo: Suéltale la mano a la fiera eta pa que jaga su propio hoyo. Los perros alzados y los cerdos consiguieron festín lujoso. Una nube de polvo cubrió sus siluetas. —Yo no quiero saber de ti. llenaba la madrugada caliente. Inmediatamente el hombre y su concubina. El bandolero está callado. Basilio Peña y su gente tocaron a degüello. se le cuelan por los poros mostrándole la vida. Sintió el odio brotarle de la entraña. y la mirada de amor. Vine a avisarte. se perdieron en el monte. Los cadáveres se amontonaron. El Comisario Basilio Peña da la señal. Cuando llegaron a Las Charcas los vecinos quedaron asombrados. También Cecilia. que reseca los árboles y las almas. Entre los curiosos se levanta una voz: —Padre nuestro que estás en los cielos… Lico Bueyón experimenta un sacudimiento. El hombre. encabritó la montura. Parecía un naufragio la sabana de Pedro Corto. la bruja. El bandolero ya está preso. El bandolero dejó en el aire su carcaja escalofriante. Lucía magnífica. Y encarándose a Cecilia. le llega como una caricia. Y dos forajidos más que se salvaron milagrosamente. Murió sin decir palabra. Cecilia sonreía. Y se aferró a las riendas. La muerte vela sus latidos. Inmediatamente se abrió paso entre los asombrados asistentes. Y el piquete ya está preparado. Yo soñé anoche… —Ja… ja… ja… ja… ¡Lárgate de ahí! ¡No me vengas con boberías! —No vayas. El sol fuerte calienta los caminos. La plegaria de Nena lo estremece. sumisamente. No vayas. No vayas. se la arrojó al rostro. Los disparos cruzaron el aire. El corneta tocó: ¡Firme! … Y la voz de: ¡Fuego! salió de la garganta del Comisario como un rayo. Lo atan al palo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO I La mujer se incorporó. desafiante: 107 . soberbia. aquel plañir melancólico anuncia la muerte. Está flojo. Vamo a fusilá a ete como ejemplo. Y arrancándose la bolsita de cuero que llevaba pendiente del cuello. Cecilia tuvo una expresión de triunfo. haciendo sangrar los ijares. Y a los otros lo llevaremo pal pueblo. Lo empujan hacia la guásima. Levanta los ojos. La muchedumbre se agolpa. Eto se pudrirán en la cárcel. La fronda de los aromos. Bajo el sol sureño. una mujer. magullada. —¿Qué quieres? —Que no vayas a Pedro Corto. sacó del seno un puñal y cortó las sogas que ataban el cadáver.

108 . ahora! Todos quedaron estupefactos. Nena buscó un yaguacil y colocó los despojos de su hombre.           . Bajo el sol del Sur que revienta las guazábaras. la bruja quedó sola con su muerto.              .COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Quítamelo.          á  í á . El Comisario Basilio Peña ordenó la retirada.    á    ó.    ño    .           .   á.  í    ó.

Allen W. del novelista francés Francis de Miomandre y del crítico. vale recordar que los cuentos de Lamarche han merecido elogios de los venerables Baldomero Sanín Cano. sin que de sus labios brotara la pregunta.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Tomo II ÁNGEL RAFAEL LAMARHE (N. pero apenas lo pensaba se arrepentía. precisamente por eso. de B. y aún Catharine. no se había atrevido a preguntar. Argentina. quien afirma en su antología de cuentistas que Ángel Rafael Lamarche es “uno de los dos representantes del cuento en la República Dominicana”. Murmuró: —Va a ser imposible… *Impresas ya las noticias preliminares de El Cuento en Santo Domingo. No ignoraba adonde se dirigía. Ecuador. Uruguay. si en el reconocimiento no figurara la aprobación de un Federico de Onís. Con uno no le fue suficiente. Había levantado los ojos grises de un azul acerado. Puerto Rico. hemos tenido la satisfacción de conocer Los Cuentos que New York no sabe. 1900)* Pero él era así… Rupert Lowell hacía rato que había regresado a la casa. Ahora. Robert G. cuento psicológico admirablemente escrito. George Pillment. Chile. del crítico español Federico C. se dijo: “Aguardaré a que pase la cena”. Sainz Robles. Para prestigio del autor de Los Cuentos que New York no sabe. —Trabajan también de noche. habló sin mirarla: —Esta noche… Eustace Addison me lo enviará con un mensajero. Tosió y tras de golpear la pipa en el viejo cenicero de peltre y atacarla nuevamente de tabaco rubio. Cuba. se cercioró de que estaban bien apagados los que tiró en el cenicero. de Ángel Rafael Lamarche. y después salió de la sala. todo el día. Cuando Rupert llegó estaba anocheciendo. y ella. Mead. redoblando las chupadas a su pipa. el autor de El Águila y la Serpiente. su mujer. y preferí que tú y yo lo viéramos aquí juntos. Catharine Lowell no pronunció una sola palabra. cuya acción discurre y termina en un momento y perdura en la memoria. bastaría el testimonio de tres grandes escritores de hispanoamérica: José María Chacón y Calvo. Al fin logró decidirse: —Rupert… ¿traerán hoy el retrato de Sim? El hombre. formulado bajo la sugestión de su inmediata lectura. y Catharine tuvo tiempo de ponerlo otra vez todo en orden. continuó: —Tienen mucho trabajo… Hizo otra pausa para encender un fósforo. La cena había terminado. Phillip. Rupert se volvió para verla salir. y concluyó con voz indiferente en apariencia: —Me ha prometido que la ampliación quedará muy bien… Quiso que lo comprobara… pero yo no podía detenerme. también francés. como si realmente le interesaran las volutas de humo que arrojaba con alarde por la boca. de intenso dramatismo. de críticos renombrados de México. Encendían mal. Werfeld. aparentemente para rectificar un pliegue indebido en el tapete de una mesa. sentados en la sala. por más de una ocasión lo intentó. Se puso en pie. del célebre profesor florentino Oreste Macri. Y antes de proseguir. le dará al lector Pero él era así…. Colombia. R. Más que un juicio particular. 109 . H. Sanín Cano y Ricardo Rojas. Federico de Onís y Ricardo Rojas. Clara idea de la calidad y de la técnica del cuentista que es Ángel Rafael Lamarche. Enrique Gandía y Martín Luis Guzmán. de los catedráticos norteamericanos Frank Tannebaun. frente a frente. y movió la cabeza con ese movimiento del que ve confirmada sus previsiones. que lo estuvo esperando con ansiedad.

y no un hijo como son y se quieren los hijos. Rupert y ella lo habían guardado cuidadosamente… Pero esta noche en que iba a ver la ampliación de la última fotografía que Sim se hiciera en Nueva York. Levantando el brazo. Ni Catherine ni Rupert tuvieron jamás que sufrir a causa de aquel hijo único… El hijo único. o algunos años antes lo vio jugar en la calle con sus compañeros. Muerto: una sola palabra y.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Como su marido lo había sospechado. Pero se le había ocurrido que. no obstante. y sobre el pecho una letra cuadrada. aunque le pareciese increíble. había escrito: “Para que no dejes de pensar en mí constantemente. como si realmente necesitara revivir sus recuerdos. vería mejor el retrato de Sim. Lo efectuaba diariamente. muchas veces al día. los calcetines y mitones de grueso estambre para los deportes de invierno… Todo se hallaba como él lo dejó la última noche que pasó aquí… Sí. o tocarle la puerta del cuarto de baño y advertirle. buscó la bombilla e hizo luz. Por esta ventana había visto regresar más de una vez a Sim. Los libros vueltos de lomo en el pequeño estante. como si esperaran el término de aquellas prolongadas vacaciones. Catharine lo sabía bien. En la actualidad. dejaba penetrar la claridad de un farol próximo. ella avanzó por el pasillo hasta el cuarto de Sim. no!… No era eso… Simón Lowell fue desde temprano un muchacho estoico. En un rincón se recostaban. la ventana de la habitación que caía a la calle amplia y llena de ruido. dentro de un momento. sin embargo. Muerto. Los cromos de lindas muchachas y el banderín triangular del equipo náutico de su escuela. Aquella misma mañana lo había hecho. qué resultados tan enormes. por las noches desde la cama. Pero cuando abrió. darling”. la ampliación. de visitarlo ahora. y no tardaría en casarse con otro. entre el estrépito de la ducha y la algazara de una canción: “¡Eh. Esto lo medía todo. con los ojos en blanco. libre del obstáculo de las cortinas. pero “Sim se hallaba muerto”. el bastón de esquiar y los puntiagudos esquís. Se dice la muerte. que se te va la hora!”… No. debía ser justa: Louise era sólo una muchacha y únicamente hubiera conseguido crearse una serie de complicaciones. le oirían entrar lo mismo que antes. La desconcertaba aceptar que Louise no tendría en lo adelante para ella el interés que tuvo anteriormente. esquinándose. lo ocultaba sin una queja. Catharine se reprochó casi con encono: “Fue una estupidez que no se casaran antes de que él se fuera”… Pero inmediatamente se arrepintió. ni siquiera Rupert y ella. creen que comprenden su significación. como si fuera posible que pudieran tener dudas respecto de quien entraba: “Es Sim”… Miró el retrato de la muchacha que estaba en la mesilla de noche. Con frecuencia. La cama con su colcha de raso a franjas blancas y azules. Ahí estaban los “pull-overs” de bandas caprichosas. Pensó que Louise vendría a ver también. para repasarle la ropa y verle todas las mañanas tomando el desayuno. Si sus travesuras le proporcionaban un descalabro. Los grandes ojos negros sonreían con extraña expresión de incertidumbre. Tuvo que luchar con la cerradura porque la puerta estaba cerrada y por allí no se veía bien. Se acerco. Sim. diciéndose el uno al otro. y 110 . sintió como nunca el deseo de visitar este cuarto. en tanto que hoy le quedaría como una pena dulce el recuerdo de Sim. Pero su aturdimiento se renovó. Catharine sí sabía lo que era la muerte. Todo se hallaba igual que cuando él se fue. Y. Desde que uno nace empieza a oír por dondequiera: la muerte… la muerte. las botas de hule con que chapoteaba por los ríos y pantanos en las partidas de pesca. Actualmente le parecía muy raro que este hijo fuese sólo un hijo muerto. fingían abultarse más para que volviese a tomarlos una mano conocida. con el libro al lado y metiéndose los dedos en los cabellos. y todos. Era Louise. no había olvidado la menor cosa… Ni aun era posible olvidar la afición de Sim por el pan de pasas y la sopa verde de guisantes… ¡Oh. Abrió un cajón de la cómoda.

Rupert pareció no apartar la atención del periódico que leía. a la sordina. y esa noche estaba el cielo muy azul. la he agradecido. yo mismo llegué a creerme una de esas figuritas que aparecen en el paisaje de las lindas tarjetas de “Christmas”. Desde luego. me molestaría. yo había avanzado unos pasos. que se había llegado a incorporar. Fue un largo timbrazo. o con cara muy seria. ese día que no se parece a ningún otro. En “Christmas eve” fue mucho mejor. mirando las estrellas. pero no ignoran cómo me satisface. de Molly. Catharine.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II que cuando la propia Louise tuviese novio o se fuere a casar. Pero no había vuelto… No. Me sirvió para celebrarla. de Sam. mi canción… ¿El peligro? Bah… No me importa. me siento sano y alegre… Ustedes saben bien que me gustaron siempre las empresas más peligrosas y las aventuras… Además. aquella muchacha de ojos verdiazules que me llamaba “Simón el pendenciero” y fue vecina nuestra y cantaba en Broadway. de la misma manera que me pareció ver a Louise… Y como el viento aullaba con fuerza. Cubría con su blancura todo el terreno. vino el aviso intransformable. sus consultas y su confianza serían para la madre de otro hombre… Y con lo fácil que había resultado todo aquello… Catharine estaba convencida de que las cosas más grandes suceden así. hacían música. de un segundo a otro. como un muchacho enfadosamente “civilizado”. derramaremos una sola lágrima”. y bajó los ojos. padre. mis camaradas. cómo los recordé… y aún los estuve viendo. Y cuando vuelva. con la mayor sencillez… Aun creía mirar a Sim aquel día: “Estamos en guerra”. volviese como volviere. Pero la observaba de reojo y no se le escapó que se sentaba lentamente como si en verdad la rindiese la fatiga. sin decírselo. tantos como me lo permitieron el reglamento y la precaución. recuerda que me gustan las mujeres fuertes!… Por Navidad escribió: “Me parece advertir que ustedes quieren saber cómo me va con la nieve. porque no es sino ése. ni ustedes ni yo. y la propia noche tenía una especie de oscuridad azulada. Rupert lanzó el periódico y echó a andar 111 . ni creo tampoco mucho en el peligro. y se me antojó que “eran todas las estrellas de los árboles de las “Christmas” que pasé en compañía de ustedes… ¡Oh! Los recordé. de Letty. les ruego la saluden de mi parte. a quien si la encuentran por ahí. Y aun cuando “mother” lo dude. ha sido mucha. Catharine estaba segura que cuando Rupert viera la ampliación no podría resistir e iba a suceder lo que precisamente ni su marido ni ella. De modo que en vez de lamentar su abundancia. uno solo. la guerra vista a distancia es muy distinta a como se ve entre sus “mismas conmociones”… Era un tono idéntico al que empleaba cada vez que Rupert o ella parecían flaquear ante las inevitables cuestiones de la vida: “¡Eh. Pero ¡si nací y me crié entre ella!… Bueno. Ya volveré. pero los volvió a levantar y sonreír… Sonriendo de esa forma se fue… Entonces vinieron las cartas: “No creo que se preocupen por mí. canté también. el informe lo precisaba con claridad: “Murió como un valiente”. en resumen. volvió a sentarse como avergonzada de su desconcierto. querían que sucediera… Al regresar Catharine a la sala. Detrás de mí. Tocándola día y noche a campo raso me convertí un poquito en el héroe de todos los sueños que desde la infancia me despertó y no pude vivir allá. pero besándola con inocultable ternura. entonces. en realidad. en eso no había dudas. Pero no volvió. madre. y como abundan los pinos. le decía a Catharine: “¡Hum. sino por momentos y como un muchacho esclavo de las horas y los libros. levanté la vista y parecían recién estrenadas las estrellas. con alegría. o que oía cantar a Gail Walker. ¿verdad?. Un día. imaginé todavía más: que estaba oyendo los hurras de toda la “banda”: de Bob. no olvides que me siento orgulloso de tu valor!”. dijo.

Tapándose los oídos. pero permaneció muda. la boca entreabierta quería. la sacudió un estremecimiento. parecían impasibles. al verlo. Era Sim. pero se olvidó de cerrar la puerta. en la solapa rojeaba un tulipán… Catharine y Rupert. un Sim vivo y alegre: el cabello casi rubio partido escrupulosamente a un lado. Al fin. Era Louise. señora. El retrato apareció. sonreía con enternecimiento al mirarles el corazón… Nervioso. pero al fijarse en su mujer. Estaba escuchando. Catharine vociferó: 112 . pero se clavaban fuertemente los dedos contraídos en la palma de la mano. creía imposible que hubiesen esperado para conducirse de esa manera a que estuviese delante el propio Sim… Tan engolfados se hallaban en la disputa que no parecieron darse cuenta de la presencia de la muchacha. inmóviles. empezó a romper la envoltura. Con los ojos húmedos. al sonreír. Era de tamaño considerable y estaba cuidadosamente protegido por un papel castaño fuerte. sin objeción el mismo Sim. no comprendía mucho más del busto. los ojos. Fue en ese momento cuando Catharine se aproximó. Con mano segura firmó el recibo y. y que luego de escudriñarles ansiosamente la cara. comunicarles algo. sin duda. Cuando volvió. retrocedió. el muchacho saludó: —Buenas noches. ya más tranquilo. de un auténtico Sim. El papel estallaba como quejándose y resistiéndose. se veía aún el principio de la chaqueta color de arena a grandes cuadros de un gris azulado. ayudado por el mensajero. El mensajero bajó los ojos y se devolvió por el pasillo. como si temiera no llegar nunca. sí. Lowell sonrió. sin vacilar. se levantaban un tanto para no perder un solo detalle de lo que ocurriese en la puerta. llevó el bulto hasta ponerlo sobre la inútil chimenea de la sala. pero tal vez el mejor mensaje se encontraba en ese soplo de vigilancia que sentían Rupert y Catharine bullir entre los dos. Rupert retrocedió unos pasos. los labios. se entreabrían como si acabaran de hablar o por el contrario se impacientaran por hacerlo. Sí. Rupert se acercó y enderezó el cuadro un poco más. Catharine le observó con inquietud. Los ojos de Catharine. en dirección de la puerta. Deslumbrada al descubrir el retrato de Sim. Las voces se alzaban y las injurias se enardecían. y en su mirada apareció visiblemente el miedo. Y se detuvo. diríase que tras de mirar a los dos. y apoyarse igual que una mano cariñosa en el hombro del uno y del otro. aparecía perfectamente en calma. de una transparencia infantil. —Gracias. Alguien acabó de empujar la puerta. era la imagen de Sim. Rupert lo había seguido y no se limitó en la propina. Rupert. pero al mirarla no tardó en responder con agresividad: —No sabes decir más que estupideses. Al entrar allí. brillaron de modo especial. caminó paso entre paso. Catharine no se había movido aún y miraba como fascinada el bulto. un indecible miedo y gritó: —¡Es que no lo vas a dejar tranquilo! Rupert se volvió estupefacto. Ella estalló nuevamente: —Es preferible a ser un completo idiota. señor –dijo confuso el muchacho. Rupert tuvo la certeza de que cuando Catharine lo viese pensaría lo propio que él había pensado: “Tiene la misma edad de Sim”. El mensajero se cercioró: —¿El señor Rupert Loweil? Era un muchacho quizá un poco más alto y delgado que Simón.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS precipitadamente.

Todo esto era extraño. a ella le pasó igual. que dejaban en descubierto cuatro dedos de jarrete musculoso y peludo. y estaban envainadas en sendos pantalones. Santo Domingo (C. Sin embargo. Experimentaban orgullo. y su revólver de MITIGÜESO. ordinariote.. una cabeza sobre cuello apoplético. y en otro instante semejante. El tronco era robusto. T. al que soltó las riendas sobre el cuello. inmenso orgullo… Ahí estaba Sim.). rematada en trompa y como queriendo zamparse en la espaciosa boca de labios gordos y *Autor de: Cuentos Puertoplateños. y que lo dijese él: no habían derramado ni “una sola lágrima”. JOSÉ RAMÓN LÓPEZ (1886-1922)* El general Fico A don Andrés Julio Montolío Venía cabizbajo de Las Escaleretas a la Palma. ¿Sim. imprimiendo al jinete un movimiento oscilatorio que le inclinaba tan pronto a uno como a otro lado de la bestia. quizá por coincidencia. que los había unido tanto siempre. emboscados como salteadores. el cuchillo COLLIN de luciente y afilada hoja. dos ojillos negros de expresión felina. novela corta. 1904. Olga. rechonchos y sin lustre. por una gran prueba. mal hombre. anchos y sobre-cortos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —¿Piensas pasar así toda la noche. entrecerrados ahora. Pero mañana sería otra cosa… Ambos suspiraron con ese suspiro de los que acaban de pasar victoriosamente. cuadrado. caídas sobre los ZAPATOS DE OREJAS salpicados de lodo. terrible con su chaquetita corta y mal traída. huyéndole a la pretina de los calzones. Geografía (1915). Manual de agricultura (1920). encajaban sobre el cuerpo del animal circunvalándolo como una cincha. con la faz cetrina teniendo por frente una pulgada de surcos rugosos entre el cabello apretado y las alborotadas cejas tras las cuales brillaban. terminaba ahora por separarlos? No. de aquel ecuestre Hércules pigmeo. folleto. no importa el sacrificio. mirando paralelamente a la nariz de forma cónica. Y como coronamiento de aquel sagitario tremebundo. con enormes espuelas de cobre bien aseguradas. Tip. por lo que el rocín iba paso entre paso. a dos dedos de ella. Nisia (1898). La alimentación y las razas (1896). que así lo llamaba. de gusto y hechura rural. y después unas medias de a real. imbécil? Rupert contestó con rabia: —Me voy a acostar… pero en el sofá… No puedo dormir junto a una infame de tu clase… Ella recalcó con agrio desdén: —Eso era lo que deseaba. y dejando ver los pliegues de la camisa listada y la ancha correa de que pendían el sable truculento. un v. En veinte años de matrimonio era ésta su primera disputa y la primera vez que no dormirían uno al lado del otro. fundas de los enormes pies que no se calzaban sino los domingos y fiestas de guardar. El jinete era feo. 113 . Las piernas encorvadas por el hábito de montar a caballo. Rupert acertó a volverse en momento que Catharine no lo veía y en sus ojos relampagueó como una pícara ternura. al separarse en opuestos rumbos. siguiendo a lo largo del camino en su caballo rucio avispado. con anchos bolsillos donde guardaba el descomunal cachimbo de tape y la vejiga de toro henchida de picado andullo. hoy se sabían más unidos que nunca y Sim era el broche de esa unión.

Machetero brutal y alevoso. desconfiadas. como las venas hinchadas de sangre. Recordaba en este momento las facciones de Rosa. golpeándolo sobre un costado de la silla. de tigre hambriento que olfatea la presa y se alista a caer de un brinco sobre ella. —Ei diablo me yebe. donde volvió a enhorquetarse sobre su caballo. Su pobre mujer y sus chiquitines andaban ahora temblando cuando él estaba en casa. hija del vale Pedro. escudriñando por entre el claro de los troncos y las malezas. Estaba locamente enamorado de Rosa. y desechaba las oportunidades de encontrarse con el fauno que no le perdía pies ni pisadas. y se aventaban sus narices a compás de las crispaduras de sus puños. y en todo su ser se reflejó una expresión de fuerza bruta irritada. pero la muchacha se resistía a corresponder esa ferviente pasión carnal de groseras manifestaciones. El había perdido la tranquilidad de bestia saciada con los nuevos apetitos que le aguijoneaban. cuando vociferó una interjección de rabia. Aguzó el oído. ¡Bien sabía yo que era beidá! Y me oyén eso do sinseibires. Pero ai freí será ei reí. sacó su revólver y se lanzó con paso cauteloso hacia la selva por entre la cual iba el camino. avivada por la pasión. cacique el más temido en los alrededores. sin atrebeise a miraila y eya detrá de lotro palo con lo sojo bajo. la más linda campesina de los alrededores. en su empeño de conquistarla a todo trance. Y por sobre todo ese conjunto abigarrado y monstruoso un breñal de cabellera amoldada al sombrero y al pañuelo que llevaba atado. La señai no manca. echando pestes como si para eso y para hartarse solamente tuviera la boca: cuando no les llovía una granizada de puntapiés y garrotazos sin motivo alguno. que parecía que iba a estallar como la concha de una granada y a avivar el sonrosado de las mejillas. Torció a la izquierda y ganó la vereda que conducía a casa del vale Pedro. le cuadraban la cara. No ar plazo que no se cumpla. Y regresó mascullando tacos y maldiciones al camino. que se veía sobre un cerrito a distancia de un cuarto de milla. —No hay dúa –continuó–. su lozanía robusta y graciosa. y se quedó parado entre dos ceibas de alto y grueso tronco. holgazán consuetudinario que vivía cobrando el barato de todo en toda la comarca. Aquí taba ei picando el palo con su cuchiyo. venganza y exterminio azotaban el pequeño cerebro del General Fico. arrendó el caballo. a manera de velamen. sus 114 . Eso jueron lo golpe que oí. y se han laigao! ¡Si yo cojo ese güele fieta y a esa arratrá! Aquí se contuvo. bagamundo je ofisio. Ya no iba cabizbajo. De ésta. De súbito se irguió como por resorte. que en la primera arrancada hacía traquetear el sable encabado. Entre uno y otro parpadeo flameaban sus ojillos como brasas sopladas. y dos orejas espantadizas. Se apeó del caballo. y afectando las formas de un paraguas o de un hongo. y sus músculos se marcaban con brusquedad sobre la piel. dulces como una sonrisa. ni deuda que no se pague. porque se quedaba horas y más horas meciéndose en la hamaca. y volvió a examinar los árboles. De cuando en cuando espoleaba maquinalmente el rucio. sus ojos despedían relámpagos. y creció la ferocidad innata de su gesto. ondulado de colinas y vallejuelos. con los pómulos salientes. con el gesto áspero de mastín en guardia. Era el General Fico. y siguió marcha a la casa del vale Pedro. se destacaban una chiva larga y puntiaguda. que la rodeaba. El pensamiento airado no se refleja mansamente en la fisonomía: es el resplandor de un incendio que caldea el rostro y se propaga al ademán. Cinco minutos hacía que andaba así. contrastando su techo pajizo y su maderamen de tablas de palma con el verde panorama. que se abría hasta cerca del remate de las quijadas como agallas de tiburón que. adelantándose en acecho para oír mejor. Ideas salvajes de deseos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS negruzcos. ei calabazo de agua en ei suelo y jasiendo un agujero en la tierra con el deo grande dei pié.

jadeante. cuando oyeron los pasos de éste. Poique yo sor claro: de dai un mai paso se da con quien deje: con hombre que sean batante pa yebai qué comé y qué betí. que cobraba primicias así de las labranzas como de las muchachas casaderas!… ¡No. Un bagamundo que no tiene má sembrao que tre sepe plátano? Cuaiquiea te coje jata tirria. Había visto sus cuchicheos en la fiesta del domingo anterior. porque la cosa iba de largo: acababa de ver la señal de que hablaban en el monte. tranquilizándole de sus celos de Fico. a quien tenía que meter en cintura haciéndole sentir todo el peso de su autoridad. su pelo reluciente. jue que… —Sí. en lo que él ideaba algo que le asegurara la posesión de la muchacha. con el güiro en la mano. Y ella también estaba esa noche más adornada que de costumbre: estrenaba un trajecito blanco con chambra y falda de arandelas. —Bueno día –le contestó Fico acentuando mucho las silabas. y aún recordaba que Rosa se puso como una amapola cuando Julián. —Bueno día le dé Dio –le dijo Rosa toda asustada. poique ésa no son cosa de donseya honeta. si o acaban eso. —No me digaj na que yo lo sé to. temiendo que sospechara algo al verle los colores encandilados y el traje lleno de cadillo. que de tan negro se tornasolaba. Y para ganar tiempo resolvía ponerlo en conocimiento del vale Pedro. que disponía de todo. una mantilla rosada. Agora memo iba a desíselo a tu taita. cosa de que espantara a Julián y vigilara a Rosa. y aquel cuerpo de ondas firmes. Y como tengo que mirai poi tojutede. que no ba ja bucai agua po la berea? —No. —Pero. general si yo con ninguno… –tartamudeó Rosa. Al desembocar a un recodo de la vereda se encontró con aquella. ya se lo que e. al primer varón de Los Ranchos. Qué poibení te quea co nese arrancao que no tiene conuco y anda de fieta en juego y de juego en fieta. saliendo ella con pretexto de ir por agua al río. y luego añadió: —¿Qué jeso? ¿Hay arguna laguna en ei monte. acopio virgen de bellezas tentadoras… Y que un patiporsuelo que iba a las fiestas sin chaqueta le disputara la posesión de ese tesoro. por el agujero. —¡Binge santa! ¿qué dise uté. Se le había adelantado. del índice encorvado. a él. bor a jasei que recluten pa soidao a Julián. al que hacía temblar a hombres y a mujeres y con su nombre se acallaba a los pequeñuelos traviesos… a él. Mira: si diaquí a trej día no sé con seguridá 115 . y un ramito de clavellinas matizadas en el pelo ¡Qué muchacha! Olía a gloria y era de chuparse los dedos. no podía ser! Aquello acabaría mal. Llevaba su calabazo de agua pendiente.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II ojos negros de miradas acariciadoras. entonó unas décimas cuyo pie forzado era: “La mujei que te parió puede desir en beidá que tiene rosa en su casa sin tenei mata sembrá”. Pero urgía proceder de firme y rápidamente. y la turbó encontrarse con él toda sudorosa. si esos tercos no entraban en razón. Efectivamente había estado conversando en el monte con Julián. Porque no le cabía duda: las negativas empecatadas de Rosa provenían de que andaba en teje-menejes con ese perdido de Julián. generai? A soidao… ¿Y poiqué? ¿Qué ha jecho ese bendito? Poi Dio… Déjelo quieto… —¡Y te atrebej a intereaite por ei alante mí.

Fico al fin la dejó plantada en medio de la trilla. amante y laborioso. cantando al pasar por entre las añosas ramas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que lo haj dejao. atados los brazos a la espalda. Hor é lune. Que estupre. Nada de prédica. mensajera del perfume de la selva. El inmenso azul se teñía de franjas purpurinas que asomaban como cabellera hirsuta por la cima de los montes negruzcos que se veían al Oriente. veía todo eso con los ojos húmedos. subían alegres de las rústicas cocinas densas columnas de humo como matinal incienso al Dios que hizo del amor el génesis y el impulso de la vida. donde le meterían en el siniestro Cubo con los criminales más atroces. y le parecía imposible que a su edad y entre esas lomas. mejor cuanto más malo. aquel pobre muchacho. La pobre Rosa de deshizo en lágrimas y ruegos: que no lo persiguiera. despertándolo todo. y al suave murmurar del Bajabonico. o me aj dicho que si o buela éi co nala de cabuya. cantaban los gallos. pudiera el dolor arrancarle lágrimas. de mirada enérgica y facciones agradables. Y el hombre también comenzaba su labor: hendiendo las nieblas que se disipaban. e inclinándose a susurrar secretos a los inmensos pastos de yerba de guinea. ni en los bohíos encaramados como cabras en lo alto de las colinas y picachos. Solamente cuando pasó frente a casa de Rosa salió del atontamiento en que su repentina desgracia le tenía sumido. nada de escuelas. mujían tristemente llamando a sus becerros. ba pai pueblo. Fico. ¿Cómo sería posible? Aquel trozo de alma. exaccione. levantóse una brisita fresca y reposada. Opresión brutal. y ella no podía ponerle mala cara a ese cristiano que se había criado junto con ella. bordes del inmenso tazón de suelo fértil en que había vivido. muy de mañanita. El gorjeo de los ruiseñores se unía a los tiernos arrullos de la paloma. Y en cambio de eso. aquel mozo robusto como una ceiba. para que arree la manada a votar por el candidato oficial. camino e Pueito Plata. Vamos. no había de ser suya? ¿Por qué andaban las cosas tan destartaladas en el mundo? ¿Por qué el Gobierno escogía para representar la autoridad a un truhán como el general Fico? ¿Acaso no había buenos hombres en los Ranchos? ¡Ah! pero los del campo son el ganado humano: les ponen un mayoral. que qué mal le habían hecho ellos para que los tratara como a jíbaros… Pero no alcanzaba nada. 116 . nada de caminos. aquella hermosura como flor silvestre que se iba derechamente a él para que la recibiera en sus brazos y la trasplantara a su corazón. que se habían visto por casualidad. o a tomar las armas y batirse sin saber por qué ni para qué. esmaltados de rocío. bueno y fuerte. ¿Perderla?… ¿y por qué? Por el capricho de un asno satiriaco (sic) y omnipotente. mate… con tal que el día de guerra o de elecciones traiga su gente. recordándole al volverse su amenaza: ¿Soy o no autoridad?. en los ganados relucientes y gordos que retozaban a distancia. guiado como un marrano a la Fortaleza de Puerto Plata. Mientras él ahogaba los sollozos de dolor y rabia. que se inclinaban para oírla. pegarles y sacarlos a bailar. iba el pobre Julián entre cuatro cívicos. se preguntaba él. Ei sábado. Ni se fijaba en los sombríos verdes y olorosos. sultanes de su harem y las vacas con la ubre repleta. ¿para qué te ha entregado el mando el Gobierno?… ¡No faltaba más: perderle así el respeto!…  El sábado siguiente. Garrote y fandango: corromperlos. nada de policía. robe. En aquella mañana tan hermosa comenzaban sus amarguras. la naturaleza saludaba la dicha de vivir con la alegría de sus cantos aurorales. Y el infeliz Julián. que el mayoral haga lo demás. para luego salir a montar la guardia y quedar condenado a envejecer bajo un fusil.

Rosa y el vale Pedro comenzaron a notar aislamiento. le preguntó que cuál era su resolución. Así había excomulgado a muchos. y allí daba rienda suelta a su llanto. pero a los ocho días la esperó a la vera del río. meciendo la cabeza sobre su cuello toruno. por el que le ofrecía su poder omnímodo. Miró a todos lados buscando un salvador. llevándole luego bien seguro y casi a rastras hasta la población. En cuanto a lo otro no. su brazo omnipotente. Satanás enamorado debe tener la hermosura siniestra y tenebrosa que la fiebre del amor creó en Fico. hasta que salió al camino. pero los otros lo dejaron sin sentido a culatazos. desde el mar hasta La Cumbre. —Jesús –gritó Rosa–. con la delgadez semitransparente arrebolada de ideales. ¿Eso era Gobierno?… ¿Si un toro furioso le embestía en el camino. pero allí. Entonces echó a correr por el repecho de la hoya. y tomó tal impulso que derribó a los dos que lo sujetaban. tomó una de las manos de Rosa. quien los había señalado como objeto de su prevención y de su tirria. y cuando ella asomó pálida y ojerosa. ora grave de máter dolorosa. espantando a los atemorizados vecinos. sólo había pájaros y peces. como círculo de fuego. No sabía nada de Julián. que resonaron en la soledad confundiéndose con el bullicio argentino de la corriente.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Todo eso le trasteaba confusamente la cabeza a Julián: creía tener derecho a rebelarse contra tamaña iniquidad. porque primero moriría que tener frutos que no fueran de bendición. Rosa decía a veces con una sonrisa de enfermo que se le estaba olvidando ya el contestar ¡por siempre! Sospechaba el manejo oculto. fuera del monstruo. como que tenía fuertes asideros en la carne. Arrobábale su hermosura. no insistiera. Traía a la memoria las horas de dicha en que bajo los mismos árboles relamía a hurtadillas con 117 . en la pobre viejecita que estaría a estas horas hecha un río de lágrimas. su voluntad que dominaba las otras desde Tiburcio hasta Las Hojas Anchas. La miseria y el dolor. Se pasaban los días sin que a su puerta se oyera el ¡Alabado sea Dios! o el ¡Dios sea en esta casa! de una visita. pintado su dolor en el semblante. vacío en torno de ellos. No transcurrió mucho sin que se esparcieran rumores funestos en toda la comarca que riega el Bajabonico. y se arrodilló. Arrebatado por su pasión vehemente. Él la contemplaba extasiado. y estampó en ella besos de fuego. Y ella volvió a deshacerse en ruegos y protestas: que sacara a Julián de soldado porque no había nada entre los dos. lo que la traía desasosegada e inquieta. Estaba sentenciada. que ninguna clase de solidaridad querrían con los amenazados por el tiranuelo. El se quedó mirándola con los brazos cruzados. no tardarían en rendirla. no se defendería? ¿Y qué toro se igualaba al general Fico?… Luego pensó en su madre. Bien se le alcanzaba que todo era obra de Fico.  Pasó una semana más sin que Fico se dejara ver por los alrededores de la casa de Rosa. torvos los ojos. Pero Rosa tranquilizaba a su padre achacándolo a lo afanados que andaban en todas las casas con la madurez de la cosecha. que si estaba desesperada era por la idea de que ella fuese la causa de la desgracia de un prójimo: fuera de ahí nada. quizá maltratada por ese mala casta… Estiró los brazos como para quebrar las cuerdas. sin amparo. suplicante a su vez. A veces se iba al monte para escapar a las miradas de su anciano padre. sin auxilio. implorando un jirón de amor. retirando con violencia la mano y haciendo un gesto de asco y de desprecio.

había sido para ella. y ahora se encontraba sola: el quién sabe cómo. acabar poco a poco con cuanto tenían.  Una tarde. los brazos de sus maldades. Y no daba espera la maldad del general Fico. Ella estaría a media noche en la puerta tranquera. que ya consideraba como cosa hecha. mañana un caballo. hoy una vaca. Rosa. se aterró: Julián era mozo y podía esperar a que las cosas cambiaran. es durísimo trance. es la muerte del alma: sigue existiendo el cuerpo. y quién sabe si su rectitud en materia de honra pudiera llevarlo hasta a un combate en que de seguro moriría… y quiso economizarle esos dolores: sonrió forzadamente y dijo que estaba indispuesta… poca cosa… ¡Qué noche! ¡Cuánto ir y venir con la imaginación. y rodeado de sus cuatro hombres. pero previó la amargura del buen viejo. hasta dejarlos en la inopia y los tres bribones se encargarían de vender a medias en otra parte lo robado. que cualquiera la dá. padre y madre al mismo tiempo: casi ni la había dejado ocasión de notar la falta de la que la echó al mundo. pues lo oyó hablando a la vera del camino con tres de sus hombres. A la mañana siguiente iba a empezar la ejecución de sus planes tenebrosos. Allí le contó que había sabido lo que el general Fico quería contra ellos. Cuando asomaron los claros del día. Oíase el segundo canto de los gallos cuando Rosa se deslizó como una sombra y se detuvo en la tranquera. Desprenderse de la riqueza. pues ya lo venía temiendo. mientras el viejo se pudriera haciendo guardias. donde se recostó casi desvanecida. pero su pobre taita. y quiso averiguar la causa: ella estuvo tentada a confesárselo todo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS la vista la varonil hermosura de su novio. buscando una salida para todos! Pero no había otro remedio: para salvar a los demás precisaba que ella quedara en prenda. ella bajeada y perseguida por el enemigo de su recato. al regresar del cercano monte. como enorme mazo de plumas gigantescas. Esa noche el vale Pedro notó la aflicción de su hija. y la llevó tras una mata de bambú muy ahijada. Su plan era reclutar para soldado al vale Pedro. Coló el café y salió luego con dos calabazos. más que por buscar agua para aguardar a Fico en el camino y tratar accediendo a sus infamias. viejecito que ya miraba al suelo. que venían a llevarse al vale Pedro. y él perdonaba al vale Pedro. Desde lejos lo vio venir cabalgando en su rucio. pero cuando se disponía a saltar las varas. ya su resolución era firme: se sacrificaba entregándose a aquel hombre implacable que le causaba horror. Otra sombra avanzó entonces y empezó a hablarle en voz baja. después otra bestia… así irían llevándoselo todo. Y ahora que estaba en sus manos el salvarlo. le debía una consagración idólatra. con ternuras y delicadezas femeniles. Le llamó aparte. y cuando Rosa quedara sola. pero deshacerse de un ideal. pero no vive: las piedras crecen también. arrancarlo después que sus raíces profundizaron en el corazón. Le debía más que la vida. desde el mes de nacida. sonó una interjección seguida 118 . de los goces materiales. y la horrible transacción quedó consumada. y con misteriosos ademanes le indicó que quería hablarle de algo reservado. mientras ella recogía leña en el monte. y renunciar a la realidad de sus sueños. No esperó mucho. aunque no le sorprendió la noticia. ¿no lo haría? ¡Pero. la encontró siña Nicolasa. se le iba a morir en el servicio. a la vida de amor idílico con Julián. qué sacrificio era necesario! Entregar su virginidad como flor a un verraco. Encenegarse con aquella fiera. que tal vez a cuáles extremos la conduciría.

y la piel de su cara harto áspera. hasta el Gobierno abandonó su causa cuando dio las espaldas a este mundo. al Este. En la cabeza tenía el inseparable pañuelo de madrás que le ocultaba las canas. Su cuerpo era lleno y fuerte. se levantaba un viejo higo retorcido. los menos trajeron sus mujeres para que hicieran la comida en el bohío. de diecinueve años. Unos vinieron solos. con algunos dientes menos. y cargando con cuanto les fue posible. Ha sido Diputado al Congreso Nacional y Secretario de Estado de Trabajo. tendiendo la vista hacia el lugar de las siembras. negro y musculoso. agua de cielo y sol. luchando entre los celos y el temor de alguna nueva infamia y. saldo de cuentas de los que tienen alguna que arreglar con la justicia. gigantesco. Negro pelo se le enroscaba en dos moños a ambos lados de la cabeza. refugio inviolable. quedó la madre de Julián. etc. La más joven. resuelto a saberlo todo. otros echando el grano en el hoyo. echando cinco y seis granos de maíz en los hoyos y luego tapándolos con lo pies. es autor de un volumen de cuentos: Balsié (1938) y de la novela Over (1939). otros con muchachos que ya podían tomar parte en el trabajo. 1913)* Mujeres Había junta en “El Arroyo”. delgada.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II del relampagueo de un cuchillo que se hundió en las entrañas del general Fico. 119 . se encaminaron hacia los cortes de Jamao. se alcanzaban a ver los hombres como muñequillos bajo el sol. Una era vieja. y venía a ver a Rosa para ocultarse en cuanto amaneciera. Las mujeres eran tres. y tenía bastante belleza. al borde del monte. unos inclinados sobre la azada. De un lado de la tumba. una mulatita fresca. y estaban en la cocina del bohío. se apostó en acecho cuando Fico se detuvo frente a la tranquera del vale Pedro. *R. y en la boca el cachimbo. M. no había conocido más que agua del arroyo. para salir goteando sangre al caer el cuerpo de este bandido. tentado de matarla. La otra era de color amarillento. En cuanto al general Fico. En el centro del batatal que había de por medio. cuidando la propiedad del vale Pedro mientras la vendían. tuvo que convenir en que era necesario escapar esa misma noche. todavía sus dientes no habían sido ennegrecidos por el cachimbo y su cuerpo tenía toda la belleza de una fruta sana madurada en la mata. Desde el rancho de palos parados. Ese día se estaba sembrando maíz en las tumbas nuevas que se abrieron en el terreno de las múcaras. Lo siguió andando por el monte sin perderlo de vista. le imputaba. refirióle lo acontecido. Rosa. por encima de batatales y guandules pequeños. con un sombrerito de hojas en lo alto. A. El matador era Julián. negra. Recogieron algunas bestias. salía un tenue humillo de la candela que tenían para conservar brasas y encender los cachimbos. En La Palma. RAMÓN MARRERO ARISTY (N. defendiéndose de las acusaciones que su amante. Se había escapado de la Fortaleza. respondía al nombre de Tatica. y cuando el vale Pedro salió a las voces. Varios hombres del lugar estaban en la siembra. y al cabo de un mes nadie se acordaba de él sino para bendecir al que libró la comarca de tan perniciosa alimaña. cuando reconoció en las tinieblas a Fico que entraba en la vereda. aguardando a que su hijo viniera una noche a buscarla.

y yo fuí a bucá un calabazo a l’arroyo. sobre la parte más delicada de su pasado: aquella que se refería a los amores. porque a mi pai tó se le diba en alabá lo trabajador que era y qué sé yó y qué sé cuando. y como no vide a naiden me fuí por la barranquita del lao allá y me pasé al bañadero e la mujere. Supónganse utede que a mí me querían llevá pal pueblo a la casa e don Luí. Cuando un día se acabó e l’agua e bebé en la casa a eso de media tarde. otra en cuclillas. —No me vengaj con n’eso. Y yo creo que a toa la mujer de vergüenza que le pase tiene que hacé lo mimo. ni con nadie. y con la otra me metí e n’e l’agua… Yo taba lo má quitá de bulla bañándome porque como por’ahí no andaban hombre. pa llená la tinaja. por tá de pendeja. La llamada Tatica comenzó a relatar. La aludida. yo había llegao con mucho calor. —Yo no tenía amore. mientras que dipué que se mete co n’un fuñío. Dígame que él dende que una miraba a otro. a eta s’hora pudiera viví mejor. Lo que a mí me pasó fue má grande. no le queda má que aguantá. y como toavía el sol picaba. hoy pudiera contá algo. En mi casa no lo veían con malo s’ojo. Relojié pa toa parte. ya se creía que se la diba a pegá… No jija. —Cuando yo vivía con Julián. sin acordáse ni an siquiera de comprale un vetío. Yo me metí con’él porque cuando a una le dentra la gana e tené macho. arreglando las brasas y volteando los que estaban allí asándose. cuándo diba yo a creé que naide me tuviera mirando. raspando los que ya lo estaban. –dijo la más vieja de todas–. murmuró: —Pa laj cosa no hay má que pedile suerte a Dió y confiá e n’El… —¿A Dió? –volvió a decir la más vieja–. que ni an amore teniaj con Julito cuando te fuite co n’él. y otra. y asina llena e confianza. una sentada en el pilón pelando plátanos. se arregló la falda que le estaba dejando al descubierto los muslos. –decía la de tez amarillenta–. ¡ay jija! porque ese hombre na má sabía echale trozo a la mujer como si fuera una puerca. Como sólo tenía unos diez años y era de carácter muy apacible. me llevé d’él y me juí… ¡Jesús! Cuando yo veo muchachitaj como eta que se meten en hombre sin calculá… Dijo esto dirigiéndose a la más joven. —¿Pero cómo se hace una? –preguntó resignada. y dipué de tó tá arreglao. tapado. pero me pasó una cosa que me comprometió má… —¿Noj quiere decí que te forzó? –terció la de rostro amarillento– ¡ay. que era la encargada de raspar los plátanos. qué podría sé… –exigió la vieja. De ahí que charlaran como si estuvieran solas. —Dende hacía tiempo Julito andaba tirándome puya. Tatica. pero yo nunca había pensao en meteme en ná co n’el. ese señor que é dueño de medio mundo e tierra. Ya vé tú lo que hicite. —Vamo a vé. las mujeres no se cuidaban de hablar en mi presencia. y creyéndose obligada a decir algo. lleno de locrio de gallina con auyama. Si tú viera pensao bien. Me puse en el caño e llená. por Dió! Toa nosotra semo maj vieja que tú… —Yo no he querío decí eso. Yo metía un cuchillo viejo en la candela tratando de mover una batata que pretendía asar. despidiendo vapor por los hoyitos de una lata que le servía de tapa. si cuando yo me fui con el difunto Maleno hubiera sabío cómo eran las cosa. Lo que hay é aguantáse y no echase a perdé nuevecininga. lo único que gané fueron golpe. pero Dió dice: “ayúdate que yo te ayudaré”. dipué 120 . por loj lao del baoruco. se vuelve loca… —La falta de iperencia. Una muchacha buena moza siempre jalla un hombre que la pueda poné en condición. antonce. é verdá. Me quité el camisón y una enagua. Las mujeres estaban. tá con hombre asina e una verdadera calamidá.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS En una barbacoa había un caldero grande.

Porque me dentró una cosa que parecía como el prencipio de un insulto. no fuera cosa que me viera alguno que viniera de l’otro lao. diciéndome: —”¡Pero bueno. y me quité la enagua mojá. señore. Tatica! Ya te vide –me djo “¡Ay. de atrá e la piedra esa que tá e n’el sitio adonde uno se quita la ropa. quítate de ahí. apariao. —¿Y qué hizo Julio? –preguntó la más vieja con gran ansiedad. que vergüenzas. pero con casi to el cuerpo afuera. pa que no me viera má de la cuenta. y casi echando chipa por lo s’ojo. muchacha!: ¿te ha dentrao lo malo? “Y yo le vociaba: —”¡Tú eré un abusador. Parecía que se le habían prendío la j’abipa. pará en la corriente. blanquito del suto. o que le habían mentao su mai. “Al fin se quitó. porque se lo voy a decí a mi pai… “¡J’Ave María! Yo no sé qué fué lo que le dentró. de salí corriendo… ¡de tó! Y lo que atiné fue a echame la ropa embollá en laj pierna y a cojeme lo pecho con la mano. se asutó. salí p’afuera. me gritó: 121 . Yo prencipié a subí la barranca. E l’hombre que se había mantenío alejao. al vé que yo me tiré como una loca y casi me tuve al matá. va j’a vé lo que te vá a pasá. —¡Julio el Diache! –le dije–. se paró Julio… —”¡Anja. Me dió un sangulutión po r’un brazo que el calabazo fué a caé por casa e la porra debaratao en pedazo. y de un momento me puse a quitámela… —”¡Ay. muchacha? ¡Si yo…! ¡bueno… ! ¡yo no sé que…! —”¡Quítate de ahí! –volvía yo a gritá casi llorando. embollá en la ropa. con toa la ropa pegá del cuerpo y e l’agua a la rodilla. “¡Ay.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II de refrecame bien. él diba ahí mimo. casi pegao de mí. por Dió! –volvía él a decí– ¿qué te ha dentrao. y entonce taba entripaita. —El condenao. Me jinqué de epalda pa la chorrera. En’el l’agua me había pueto toa la ropa mojá. E n’eso me fijé que tenía e n’el pecho una cuanta s’hoja. ¡por Dió! Y si tú no te vá. yo taba encuerita en pelota e n’ese momento. parao en l’orilla. Yo salí má epantá que el Diache y a toa carrera l’eché mano a mi calabazo y me lo puse a la cabeza. cuando de ahí mismo en frente. azorá como un animal cimarrón. Tatica!… ¡ofrécome!… Yo no creía que tú era loca… —”¡Quítate de ahí! –le vociaba yo–. señore!. malvao! “¡Jesú! Yo taba casi fuera e mi juicio. que al prencipio taba demigajao de la risa. ¡vete de ahí. Dió mío! Me dentraron gana e gritá. y prencipió a vociame: —”¡Pero bueno Tatica!: ¿tú ere loca? “¡Pero bueno. ahora vino a acercáseme. Julio: lo que yo quiero e que te vaya. por Dió!… ¡Tatica!… ”Y se le atrabancaba lo que me quería decí. diciéndome: —¡Tatica. y me largué en la chorrera. condenao! “Y él me repondió: —”¡Qué voy yo a dí! Jata que no me prometa dite conmigo. Y él. y si no voy a dejá el condenao calabazo botao y entonce cuando me pregunten tú verá lo que voy a decí… —”¡Pero Tatica. y por má que quería apretá el paso. Dió mío! Yo ni an sé cómo no me decalabré toa. “¡Señore! Utede han de creé que e n’ese momento tuve al cojele pena… ¡Qué se yo!… Y entonce le dije: —”Mira. no me meneo d’ete sitio.

Julio. jipiando del llanto. Al fin la razón pudo más que todo. como quien sabe que ha perdido una discusión y titubea antes de declararse vencido.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —”Mira. si dipué que un hombre la ha vito a una encuera ya se pué decí que la gobierna… digan su verdá… Esa frase desconcertó a las otras mujeres. ¿qué pasó? –preguntó la vieja. lo único que me se ocurría pensá era que él tenía razón… ¡Utede han de cré!… —”¡Ay. le he dicho! ¡Ahora mismo se va uté conmigo! ¡Camine po r’ahí. —Animalá. en vé de otra cosa. En ese momento se oyeron las voces de los hombres que venían del conuco. —¡Yo sí creo! –afirmó la otra. ¡mofia! ¡Si tú te cré que tú pai come gente tá equivocá. escupiendo. —Y dipué que te cayó a pecozone. animalá. Julio! ¡Ay. decalentale la sangre a u n’hombre? —Sí señóo… –afirmó la otra. de remover los plátanos en las brasas. carajo! –me gritaba él. Julio: ¿qué vaj tú a cometé?… ¿Me va j’a matá?… “Ya me había dao como dié pecozone. poniendo en una yagua nueva los plátanos que había raspado Tatica. me volvió a decí: —”¡Cállese. y me fuí detrás del bohío a comer. pero no me podía aguantar y le volvía a decí: —”Por Dió. y la más vieja comentó… —Bueno… dipué de tó… cuando un hombre le ha vito a uno laj parte… —Juu… –sopló la otra por la nariz. entonces me taba dando pecozone. —¡Jesúu! Yo me taba volviendo loca. negra y sucia de ceniza. se paró. Pero casi loco de rabia. sin hablá una palabra. —¡Señore! –exclamó la más vieja. —Ahí vienen… –dijo Tatica muy apurada. ya en pie–: si hemo perdío toa la mañana hablando zanganá… A lo que respondió la otra. –continuó Tatica–. Envolví mi manjar en una hoja de plátano. llorando– ¡por Dió! que si viene gente se vá a dá cuenta… —”Cállese. tá bien! “Señore: me echó por delante.: —¡Jesú!… Verdá que aonde na má hay mujere… Ya mi batata estaba asada. Permanecieron un momento en silencio. a la vez. que yo taba como loca dipué que él me había vito ejnúa. —¡Cómo va a sé. Julio! –principié a decile. y eso fué tó. y lo único que pude fué decile: “¡Tá bien. carajo!… “¡Ay señore! Consideren que yo me taba muriendo del miedo y de yo no sé qué. ya utede conocen el reto: ¡jata el día de hoy!… —¡Pero esa te la ganate tú! –dijo la vieja. “Yo le quería obedecé. ¿pero cómo se te pudo ocurrí. carajo. Ambas se ocuparon. Primero me había vito encuera. y jalándome po r’un brazo. porque yo me le atrabanco a cualquiera e n’el gañote!… y ahora se lo va já decí. porque no podía darme cuenta de lo que tenía. señore! –volvió a decir Tatica–. durante un momento. 122 . mojiganga. Las mujeres entraron súbitamente en gran actividad. y al yo decí asina. ¡Y bien dicho!… “Y enseguida me cerró a pecozone… —¡Critiana! –interrumpió la de la piel amarillenta–.

Había perdido el control y corría a precipitarse. Mujió una vaca bajo la guázuma. La roja tierra del camino que había mojado la llovizna de la noche anterior. El jinete tentó las bridas. caballo y jinete volaban por el camino real como una exhalación. hubiera oído su resuello precipitado y recio. sentándose en las cañas traseras. Fue un segundo nada más. huyéndose al sol. Pero antes de un minuto. Apareció a la vista la ceja de monte que cubría la ribera del río. Una vieja que salía de su casa. El cuarto se enredó en las patas del animal y quedó pisoteado e inservible. Las gallinas venían del conuco acezando. Este recobró más velocidad. Entonces el animal. Allí. el hombre echó el cuerpo a un lado y tiró de la brida izquierda. exhalando un grito. impelida por las patas del caballo. con la boca abierta. Un tercero. Al otro se le encabritó el caballo mientras luchaba por dominarlo con una mano. Parecía que se había estirado. Allí terminaban los alambres y comenzaba el monte sin cercas. Al pasar frente a una casa de acera alta le hicieron un disparo. fue encontrada por el animal y se estrelló contra el pedregal que hacía de acera en su bohío. El animal quedó ciego y tropezó. se elevaba a sus espaldas. Se revolcó el mulo. El caballo no aminoró la velocidad. Los tiros venían detrás. cayó con medio cuerpo dentro del cuartel. espumajeando. con las manos vacías no atinaba a coger la carabina que se le cayó al recibir el violento choque. El hombre sintió deseos de caer del otro lado. por el ancho camino que iba entre dos alambradas que cercaban potreros y conucos. cogió la bajada resbalando. En la otra le humeaba el revólver pavón blanco con que acababa de matar. El hombre pensaba que no había otro remedio que huir y llegar al paso del río. quiso titubear. Pasaron otros diez minutos de vértigo. Rugieron veinte voces que se ahogaron en los tiros: 123 . Tronó el fondo del río. que el caballo pechó de frente. Enloqueció. Se disparó al cauce y se envolvió en millones de gotas que se elevaron como un surtidor. que se iba a romper. Por un momento pareció que el caballo iba a resbalar y caerse. pero un segundo que casi fue fatal. El jinete se le acostó en el pescuezo. De no ir el jinete ensordecido por el viento y por la fiebre de escapar. El jinete no volvió la cara.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II No se movía una hoja. Clavó otra vez las espuelas en los ijares del animal. Así corrió diez minutos. Bajaba la cuesta el tiroteo. El fugitivo El hombre dio media vuelta. Se desgranaron como una mano de plátanos que cae de lo alto. Volaba el caballo. siempre detrás. De cinco o seis resbalones cayó en el cascajal. desorientado. el vientre y las manos. Dos se estrellaron de espaldas sobre las piedras sueltas. Las espuelas volvieron a herirlo. Comenzó a oírse un tiroteo que venía por la otra calle. veinte. ante el agua. media hora. Silbó una manjuilita que venía en largo y cansado vuelo y se metió en las ramas del gran jobobán. se llevó la mano derecha al sobaco izquierdo y. El rojo camino hacía un recodo a la izquierda y comenzaba a bajar. quiso volverse para defender la cara y rodó violentamente raspándose el rostro. El caballo se tendió a galope por la estrecha calle bordeada de bohíos cobijados de cana. Al llegar a la primera esquina. atolondrado. Y sin perder un segundo que le hubiera sido fatal le hundió las espuelas en los ijares al bruto que saltó sobre un pelotón de cinco individuos armados de carabinas que pretendieron cerrarle el paso. Un cañón que había salido por una ventana. El quinto. desapareció humeando.

¡Tiros detrás! —¡Vienen ahí! Espuelas. Saltó el animal a la barranca que se elevaba ahí mismo. El caballo estaba loco. Llegaban los perseguidores. carajo! 124 . Ahí venía el tropel. —¡Párate ahí. detrás. —¡Hay que cojelo! —¡Hay que cojelo! —¡Párate ahí! —¡Párate ahí! ¡Otra descarga! El fugitivo apretaba los dientes. parado como un canguro en las cañas de atrás. obedeciendo a la voz. —¡Quieto que ahí vienen! Se tiró a los matojos en lucha con el animal. El animal se sintió asesinado otra vez por las espuelas y casi pegó el hocico en tierra cuando se tendió a lo largo de la cuesta. Un nuevo recodo a la derecha. Dos espolazos más.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Párate ahí! —¡Párate ahí! El hombre volvió la cara. Apuñaleó al animal con las espuelas. El trueno de los perseguidores cruzaba el río. Cada vez dominaba mejor al animal. Una descarga más. Ahí venían los tiros. —¡Vienen ahí! –le dijo al caballo– ¡Vienen ahí! Otro recodo. tembloroso. Se abrazaba más al pescuezo del animal. en la misma barbada. Se encabritó. Siempre aferrado a las bridas se fue hacia la derecha con el caballo en dos patas. —¡Sitó! ¡Quieto! El caballo se encabritaba. —¡Por ahí va! —¡Por ahí va! Sonó otra descarga. La lucha entre la bestia y el hombre seguía. El caballo ya comenzaba a asentar las patas delanteras en tierra. El bruto rompió el agua que se volvió a levantar en furioso surtidor. Su propio resuello le ahogaba. Veinte tiros más se enterraron en el barro. —¡Vienen ahí! Espuelas. Casi estallaron los músculos del animal. Lo hizo evolucionar para que pusiera las ancas hacia el camino y se le metió detrás del pecho cuyos músculos temblaban bañados en sudor. carajo! —¡Párate ahí! Dentro de un minuto sería blanco de sus perseguidores. Nuevo acopio de bríos del animal. castañeando los dientes primero y luego lanzando una maldición. El caballo estaba loco. Veinte balas rompieron el monte. y en la derecha sostenía el revólver. Veinte tiros se zambulleron a sus lados. —¡Párate ahí. El hombre lo sujetaba con la mano izquierda. Entonces el hombre rugió: —¡Carajo! ¡Ahora verán! Y tiró frenéticamente de las riendas. Decía resollando: —¡Sitó! ¡Quieto! ¡Me quedan cinco tiros! Tenía el brazo y el hombro bañado de la espuma y el sudor del animal. Se precipitaba el tropel. lo hizo saltar de flanco. Aparecerían en la curva y comenzarían a cazarlo. ¡Espuelas! El caballo no podía dar más. El tirón inesperado. El hombre se lanzó a tierra.

que por llevar algunos meses en el poder se estaba haciendo irresistible. En aquella ocasión. se hizo un personaje guerrero de proporciones nacionales. el General recibió un mensajero. —¡Cinco tiros! Pero el caballo tiró de la brida. A. Y era prodigiosa su movilidad. Que él era el hombre que garantizaba los intereses y la propiedad.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —¡Párate ahí! Otra descarga. el General había tomado parte en todas las asonadas que se provocaron en el Este o repercutieron en él y cuando fue jefe. Pasaron frente a los matojos como una exhalación. Venía de la Capital y era portavoz de la Junta Revolucionaria recién establecida. pero por fin. se convirtió en ente de mucha prosopopeya. Gritos. Cachón. 125 . Era un todo estertor. El General trató la cosa con la marrulla consiguiente. Con los días. tenía la confianza del Gobierno. carabinas. y Escenas Criollas. MIGUEL ÁNGEL MONCLÚS (N. novela. adoptó militarmente una táctica propia. carajo! —¡Por ahí va! Una nube de humo. Le prometían dinero. le iba a amanecer al Jovero. cuentos. Desde joven. y manadas de reses que le pastoreaban sus compadres los pedáneos. ha publicado: Cosas Criollas (1929). Veinte caballos desbocados. Se le requería para que se sumara al movimiento que en breve se precipitaría en el Cibao. Historia de Monte Plata. el General José Pelota. Se fue apagando la gritería y a poco no se oyó más. Una primanoche. pertrechos y las copias de los manifiestos al país que se estaban escribiendo. el José Pelota rústico. M. Se pulió en el hablar y consiguió propiedades que eran plantíos que hacía cultivar a los presos y a los dragones. 1893)* Una campaña del General Pelota En aquella ocasión era el General José Pelota. la táctica de los jarretes. El hombre esperaba detrás del caballo. Dijo que sí y dijo que no. Con la cabeza le golpeó el codo. ensayos biográficos. le salía el sol sobre el pico de una loma en el corazón de la Cordillera. fusil al brazo. Se impuso en su lugar como batuta y su nombre era citado con frecuencia en los corrillos politiqueros de la Capital. Ya en campaña. seguido por los más que podía arrastrar. Voces: —¡Por ahí va. Resoplaba: —¡Quieto! ¡Cinco tiros! ¡Cinco hombres! Ahí estaban. El Caudillismo en la República Dominicana. cuentos y novelas cortas (1941). Galope desenfrenado. a favor de la oscuridad del pueblo. estudio histórico (1943). cuando le anochecía en Guaza. Siempre a pie. solía tirotear tres pueblos distantes y sin embargo. Jefe Comunal de La Matraca. Se perdió la tropa en un recodo. Le bañó el pecho de espuma y sudor. medio oculto en los matojos. Siguieron los tiros. y el examen sociológico: Caleidoscopio de Haití (1953). Jefe Comunal de La Matraca. en una noche. corta o larga. y después de muchas *M. Otra descarga más. Humo. en el Sur y con seguridad en la parte del Este. A fuerza de curtido en estas ocurrencias.

que hasta aspira mi puesto y siempre me va a la contraria. condúzcalo a la Comandancia. fueron inútiles las diligencias del Ayudante. Rayó un palillo que se apagó. apagó el tabaco que llevaba encendido y llamó al Ayudante: —Présteme sus fósforos. bueno.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS vueltas. ese Juan Labraza. con el aviso de que el Gobernador lo llamaba al aparato. que le habían informado. Mándeme de viaje el despacho de Jefe de Operaciones y las carabinas y los pertrechos. pierda el cuidado. bueno. haciendo salir antes al empleado de la habitación. ¡que yo soy el horcón de La Matraca y la garantía y el respeto de la propiedad! El compadre aprobaba moviendo la cabeza. y se apagó también. y descuídense de aquí. Pero con la idea de hacerle ganar tiempo al mensajero. Pero la República sabe –y aquí alteró la voz– y lo saben en la Capital. vaya. Sí. La paz reina en el país y si tiene sus pasaportes en regla. —………… —Juan Labraza. de Los Cerritos. —¿Dice usted. —¿Qué hay? ¿Cómo estamos?… ¡Anjá! Mire… y aquí ni propagandas. Gobernador. pero mándeme en seguida los cuartos para las raciones y que sean muchitos. —………… —Ah!. a disgusto con el cargo que sin paga alguna lo obligaba a permanecer en el pueblo. Ayudante. compadre. ese de Los Cerritos es el único peligroso. el telefonista apresurado. o bien se apagaban de inmediato o se consumían en idas y vueltas al tabaco. siempre está cabeciando y es muy enemigo de la situación… Pierda el cuidado. que decían. Aquí. —Pues haga las pesquizas y si lo encuentra. que ha entrado un forastero? —Mis ojos no le han caído arriba. puede cruzar por donde quiera. campesino. se lo voy a remitir amarrado como un andullo. que había entrado al pueblo un forastero… —Eso puede ser. 126 . El Ayudante le informó. como muchas veces se lo he dicho a usted. Por aquí no habrá quien se menee. muchas gracias. hasta que agotó la caja de fósforos. sí. agricultor acomodado. Al día siguiente. Era un compadre suyo. Ayudante. compadre –replicó el General con aplomo. Se despidieron. voy a acuartelar las gentes. Entonces ordenó: —Vaya. cuando se le presentó el Ayudante de Plaza. un cuarto y hablando siempre. pero dicen que ha dentrao. buen padre de familia. convino en que si no había papeles por medio él entraba. En esa inteligencia se fue el mensajero. y ya en la calle. Desde luego. si además de lo que le prometían lo nombraban Jefe de Operaciones. con actividad a ver si logra en la plaza al forastero. Fue a la oficina y frente al teléfono. El General volvió a mirar con desconfianza al aparato. sacó al General de la hamaca en que estaba. No transcurrió mucho rato. pero asegúrelo bien o disponga de él allá. porque es muy peligroso. compadre –agregó– estoy yo para hacer respetar los derechos y la propiedad. se colocó el auditivo con desconfianza. Aquí no hay más que un hombre peligroso. Encendió un tercero. tocó el pito repetidas veces en señal de alarma. que eso aquí está escaso. rayó al paso otro y comenzó a hablar con amplio ademán. Dígale al Gobierno que yo aquí me hago ceniza.

nada bueno ni nuevo. Cuando vino a anochecer. iban y venían azorados y el único pulpero del pueblo. En las esquinas se formaban corrillos. El Cura y el Presidente del Ayuntamiento. Y como rigurosa consigna. El era el horcón de La Matraca. De una a otro se oía la voz cuando se levantaba. —Sí. El General era buen diente. cerrada. hombre. El General detuvo la labor y paró la oreja. junto a la mesa adosada a un seto. —Pero bueno. —Yo me vuá dí con tiempo. —¿Quién vá? 127 . manejó las cosas de modo que se había quedado con el puesto. Un poco tarde de aquella misma noche.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Acudieron presurosos el Ayudante. Llamó luego aparte al Ayudante y confidencialmente le dijo que como él iría pronto de jefe grande a otro lugar. ¿y qué es lo que pasa? —Yo no sé. contando con ellos. cuando sonaron en la puerta del patio. Que a él lo habían nombrado Jefe de Operaciones y que. Que eso de seguro era la obra de tres o cuatro vagabundos y que el General Tal les daría cuatro patadas. Muchas veces había usado el General ese escape al sentir movimiento sospechoso en el poblado. Comía despacio. Dióles con energía la orden de acuartelarse y mandó a buscar su machete de cabo. con las onzas recibidas para racionar la tropa y con varias mancornas de becerros de las contribuciones impuestas para mantener el cantón. A poco la tranquilidad habitual de La Matraca se transformó en un hervidero humano. el grupo acuartelado se había engrosado considerablemente. lo iba a hacer nombrar Jefe Comunal de La Matraca. bohío que le había costado treinta pesos al General y que cedió al Gobierno a cambio de cuarenta caballerías de los terrenos del Estado. respondería de los intereses y de la propiedad. los policías y algunos vecinos. Una nueva revolución: ¿qué traía? Para La Matraca de seguro nada. jarreteando o no. p’arriba se tá peliando. les dio. unos golpecitos discretos. pero desde ayer se ve que la cosa está mala. Campesinos con fundas y fusiles casi llenaban la barraca que tenía por sede la Comandancia de Armas. El patio de ambos era un platanal que colindaba con el bosque que rodeaba el pueblo. desplazando metódicamente los trozos de la orilla para acometer por último a la carne. La vivienda del General no estaba lejos del cuartel. el General arengó a la tropa. que no respondieran sino vivas al General José Pelota. A la luz de un mechero de gas. otras habían acontecido. En eso estaba. el General se aplicaba a un plato enladrillado de trozos de plátano que coronaba como trofeo una prominente pieza de carne. que contara con eso y no se apurara pensando en sus intereses. —Y el forastero que dentró anoche… —Ese de seguro que venía de casa de Juan Labraza… —Como eso sí que es así. Le dijo que el Gobernador le había comunicado que había un “meneo” contra el Gobierno. si seña Justa me dijo que uyó que poi el alambre decían: p’arriba se tá peliando. —Y jata yo… Y así por dondequiera. y el General Pelota. —Eta va a sei goida. atrancaba presuroso las puertas de la tienda. Los golpes se sucedían insistentes.

—Es que el negocio de que quiero hablarle… —No tengas cuidado. hacía tiempo que no te veía. Juan… —¿Juan? —Sí. ¿y qué Juan? —Juan Labraza. primo José. —No atino. primo José. aquí no hay nadie. Juan. primo José. —¿No anda nadie contigo? —No señó. primo José. Juan Labraza avanzó algunos pasos hacia el interior. Juan? —Sí señó… —¿Y qué te pasa. ven. El General avanzó como al descuido un paso hacia la puerta del patio que estaba semi–abierta a la espalda de Labraza. el bohío está solo. primo José. —Que te vió el hombre decía… 128 . —Pero asíllate. primo José. —Siéntate. yo tengo mucha flusión y el frío de los plátanos me hace malo. Hubo una pausa embarazosa. —Pero. Juan. Juan. —Juan ¿quieres pasar? —Sería mejor que conversáramos afuera. siéntate. —¿Eres tú. —Que le aproveche. —¿Tú andas solo? —Sí señó. Precisamente y husmeando.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Yo. —Asina mismo. ¡abre la puerta del patio! Un muchachón surgió de un rincón de la penumbra y abrió la puerta. —Entra. tú mismo. —A decirle que el hombre me vido. —Muchacho. primo José. no atino… —Soy yo. primo José. Juan. Juan. —No. —Está bajita. guardándose de la claridad. Se paró cautelosamente y se arrimó a la puerta cuya aldaba presionó con ambas manos y así siguió el diálogo. ando de pronto y solamente viene… —Ve diciendo. pasaré… En puntillas. —Pué antonce. por todo esto no zumba una mosca. el General se retiró a un extremo de la habitación y llamó alto: —Jacobo. primo José –dijo el aludido sin entrar. —Po antonce baje la lú. muchacho? —Que quiero verlo. Juan. —Ven a cenar. —Pero. primo José? —No. —¿Quién es yo? —Yo. entra. ¿ahí no hay gente.

El General con el machete en la mano. El resultado no se hizo esperar. Pero. que lo vido a usted primero. ¿Cómo no? Pero tú sabrás Juan. sus parientes y parciales. Yo sé todo lo que pasa aquí. pero no la madrugada. Lamentaba que se hubiera llevado algunas carabinas. y me dijo del asunto. Apresuradamente irrumpieron en la sala de la casa el Ayudante seguido por un escuadrón de hombres armados. —¿Y qué te dijo. José Pelota. primo José. iba la voz del General. Cuando se llega la hora –y la voz siguió subiendo– soy yo. —¿Dijiste de un hombre?… —Sí. Había pasado que el preso se fugó en complicidad con la guardia. poco militar y confiado. ¡enciérrelo con buena custodia! Se lo llevaron en tumulto y tras él. —En cuantico lleguen esas cosas. Labraza quiso teminar: —Bueno. –Iba alzando gradualmente la voz–. ni para rascarme la cabeza. echaba escarabajos por la boca y partía el mundo por la mitad.  El resto de la noche pasó en calma. —¡Ayudante!. Yo José Pelota. no hay petíguere por aquí que chille. Juan? Mientras hablaba.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —Sí. —Yo considero. A poco sucedió la calma y surgió el General en el Cuartel. pero… ya yo tenía la cosa lista. y del orden. Antes de amanecer. —………… 129 . me dijo que usted también convenía en entrar. pero reiteró con urgencia el pedido de parque. que soy aquí en La Matraca la garantía del orden y de la propiedad. y con voz autoritaria le gritó a los recién llegados: —¡Hagan preso a ese hombre! Cayeron sobre Labraza y lo despojaron del revólver y del puñal que portaba. ¿a dónde se metía ese sarnoso que él no lo cogiera? El era el horcón de La Matraca. La emprendió con el Ayudante. y un tropel de gentes corría en todas direcciones. Con él no había quién se meneara. gracias a su precaución de racionarlas a no más de cuatro balas. El General respondió que estaba dispuesto a hacerse ceniza en defensa del gobierno. pero por suerte con pocas cápsulas. En eso estaba cuando volvieron a llamarlo por teléfono. sonaron tiros. gritos. —Tú tenías la cosa lista. formada en su mayoría por gentes de Los Cerritos. El General rápidamente apuntaló la puerta con las espaldas. y el fijo y tantas cosas que día a día son más. el dinero y el nombramiento que le habían ofrecido. Juan… Sí. hombre flojo que no sabía de nada. primo José. remedada por el eco. Las circunstancias –según decía– eran muy apremiantes y el Gobierno quería contar más que nunca con la lealtad y el celo de sus amigos. que mientras yo esté vivo… Al llegar a este punto las voces trascendían al extremo del caserío. Juan. y la memoria se me está poniendo mala con tanta broma que dan las autoridades y el mando y los robos y los vagos. ya el General tenía en empuñado el canto libre de la puerta. pero… —Yo tengo muchos asuntos. Ese que vino de la Ciudá. quien responde como quiera. Juan. Gobernador. porque yo me hago cenizas y respondo de la tranquilidad. Otra vez era el Gobernador. retumbando en los vecinos cerros: Hor-hor-cón… garan… tíaaa… pro-pie…daddd. No tengo tiempo. Yo soy el respeto y la garantía de la propiedad y eso lo saben aquí y en todas partes.

de Ayudante está bien. Los habitantes de La Matraca liaban sus bártulos y las familias salían en cordón en todas direcciones hacia los campos. La tropa chapoteaba con el agua a la rodilla y el General también. Entró apresuradamente el telefonista y se quedó pasmado frente a la hecatombe: —¡Por hablador. Gobernador… —………… —Es que ahora mismo no esta aquí… —………… —Casualmente. espérelo. a una hora de marcha a monte traviesa el General enderezó la ruta en sentido contrario al rumbo que había tomado a la salida.  Era la guerra. ¡jarretes. el agua no pinta huellas. el Jefe nato. Yo salgo en operaciones y he pensao descargar la autoridad en ustedes para que no sufra la población. dos cañones. y ya que usté lo manda le diré que venga. El nombre de Juan Labraza estaba en todas las bocas y se le atribuían palabras y amenazas terribles que cumpliría con toda seguridad. y llegó a un arroyo. pero es que él nunca ha hablado por este bejuco. a trechos la arengaba: —¡Jarretes. desfiló la tropa con el General al frente por un callejón que no iba hacia ninguna parte conocida. pues contaba con más tropa que hormigas había en La Matraca. Bueno.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Bueno… –y el General miró con disgusto al aparato–. puede que acepte. Frente a los atemorizados regidores. para alante. el General exigió que se levantara acta de aquello y el Secretario de la Corporación garrapateó en el libro: “En la Común y Pueblo de San Benito de la Matraca. sacó el sable y le cayó a machetazos al aparato. Eso soy yo. Los regidores acataron con un murmullo aprobatorio y el Cura juntó ambas manos con unción. el General desató su conocida oratoria. yo no lo recomiendo para la Jefatura y más cuando yo puedo con las dos cosas… —………… —Bueno. —………… —Eso sí. Mis intereses particulares se los dejo encargado al Cura que está presente. se lo voy a llamar…. —¡Por aquí muchachos!: arroyo arriba y por el cañón del río. y la garantía del orden y el respeto de la propiedad. pero no está civilizado en esas cosas. yo soy la primera autoridad de la Común. pero mire. pero usted sabe que ese hombre es mi compadre. muchachos. Sin embargo. pero a mí me parece… —………… —Oiga. pero hay un “meneo” contra el Gobierno y aquí mismo anoche se ha levantado ese bandolero de Juan Labraza. a fuerza de jarrete botamos a los españoles y botamos a Báez. abultándose de más en más las propagandas. o se alojaban en la iglesia al amparo de los ruinosos paredones. ese diablo de bejuco? –sentenció el General. Y el General se paró. cuatro cañones… En esas apretadas circunstancias. Rodaban. —Como ustedes saben. Seguido. y tenía un cañón. mi compadre el Ayudante. muchachos!. a los…” Después. tres cañones. cuyos alambres y pedazos saltaron con estrépito. el General Pelota reunió el Ayuntamiento y requirió la asistencia del Cura. ¡jarretes!. muchachos!… 130 .

¿ejusté? —Sí. Comieron y después de disponer la marcha. a tiempo de partir. —¿Y por qué? —Je… yo toi viendo que lo de uté no há sío ná… —¿El qué? —Po aquí se suena que en ei pueblo había la dei préquete y que tá ei mueito ñango y que a uté lo habían jerío. reunió el Ayuntamiento e hizo comparecer al Tesorero Municipal y al 131 . En seguida. Los víveres y la mancorna aparecieron y las pailas empezaron a hervir sobre grandes fogones encendidos en la plazoleta. la emprendieron loma arriba y anduvieron hasta que ya oscureciendo divisaron a lo lejos los fundos de Las Palmitas. El General tocó muchas veces el pito y dio voces al Pedáneo. se huyó y la guardia le hizo fuego y por cierto lo cortó. Alcalde? —Esa voce andan asina porei mundo. Juan Labraza está cortado y ya la ronda debe haberlo cogido. Pero antes consígame una mancorna de las reses que estén a la mano aunque sean de las ánimas. fue que Juan Labraza. mai jerío… —¿Y quién es el de esa propaganda. po yo lo hacía en ei Pueblo. una de las secciones más lejanas de la Común. hombre. que estaba preso en el calabozo. —¿Cómo está ésto. Hágalo saber así a la Sección. Al otro día. dígale que yo ando con doscientos leones. pero si casualmente usted se ve con Juan Labraza. y ya de aquí mesmo parece que se han dío aiguno… —¿Adónde? —Como no va a séi pande Juan Labraza… —¿Y usted sabe de él? —Bueno. asigún lo que dijeron… —¿Y qué dijeron? —Po como le iba diciendo. el General le dio al Pedáneo sus últimas instrucciones: —Oiga. Alcalde: No haga por verlo. que había dentrao ai Pueblo a sangre y fuego y mire que seña Casiana que etaba en La Loma le pareció que uyó lo tiro… —Lo que pasó. Anselmo? —Aquí tamos medio epantao. surgió Juan Labraza a la cabeza de sus parciales y lo ocupó militarmente en nombre de la Revolución. Comandante. muchachos!… –voceaba el General. —¡Jarretes. Por fin el arroyo se extinguió en la falda de una loma. y busque víveres que la tropa no ha comido. ¿y quién va a ser? El pedáneo se acercó y hablaron. Los perros ladraron y fue como el aviso para que los vividores se escurrieran como sombras monte adentro. Se acercaron al caserío. Alcalde. Alcalde. forma inocua que lo colocaba a merced del elemento de armas que deseara hacerse cargo de él. no le tiro. Comandante. pero que si no me tira. que por fin apareció agachándose: —Comandante.  El pueblo de La Matraca había quedado bajo la autoridad del Municipio. los cuales incesantemente atizaba el General.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II El cauce del arroyo se iba estrechando y ya trepaban por los barrancones como chivos.

consígale a cada uno un trapo colorado. no lejos. ¡aunque sea del faldón de las mujeres!… El Ayudante se vio negro para cumplir la orden. la población se estremeció y siguió un estruendo. Sacaron de la iglesia un cañón que servía para celebrar las fiestas y lo cargaron imponentemente. hasta la boca. cargó con ellos y con nueve pesos más que le reunieron en suscripción abierta en la Sala Capilar. Hombre poco previsor. un fogón que constantemente atizaban los artilleros. voces. inútil. La gente de Labraza eran en su mayoría vecinos de la sección de Los Cerritos. Le dijo improperios. Y sucedió que a media noche. un viejo veterano. Consiguió sin embargo los gallardetes y se los repartió a la tropa. En la Caja Comunal no había más que dos pesos con sesenta centavos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Cura. Ayudante!. Se notó que de ellas se desprendieron jinetes. Al fin. Si la tropa hubiera llevado su divisa colorada. Los escasos vecinos que aún quedaban en el Pueblo. consígale también uno prieto y por lo que pueda suceder.  El General Pelota anduvo con su tropa hacia el norte. tiras de tela roja a manera de divisa. tomó nuevos rumbos. cuando hasta los centinelas dormían. autonombrado General. ¡párense!… ¡todos somos uno!… ¡párense! Ni oían. piedras y plomos rayados en cruz. viró al sur. huían hacia los bosques. que no era militar ni sabía de nada. abandonando los fusiles. asomó a la sabaneta del batey La Batea. oyó la explosión y le dijo a su compañera: —Acucha. Lo apuntaron hacia la entrada principal del Pueblo y para el caso de disparar. varios de los cuales. Magalena. pendiente de los sombreros o amarradas en las chamarras. formaban en la tropa del General Pelota. 132 . La tienda del Batey estaba cerrada y pocas mujeres no lo habían abandonado. Eran pocos y portaban divisas rojas. una voz poderosa gritó obstinadamente: —¡No ha sío ná!… Señores. hasta que al clarear de un día. como tá Juan limpiando ei campo. Exigió dinero. ni entendían y desaparecieron a escape. Se dieron a la tarea de trastear por las cocinas abandonadas y perseguir las gallinas y lechones que andaban realengos por el pueblo. entre ellos el Cura. Las casas estaban situadas en hileras hacia el fondo. consígale uno blanco. desvelado en su tarima. se tiraron de las barbacoas y de los catres. braceando. pertrechándolo con grapas. que en carrera desbocada. ladridos de perros y escarceo de gallinas y el eco que se alejaba repercutiendo como un trueno. arrastraba tras de sí un nutrido estado mayor. Juan Labraza. esas gentes no se hubieran ariscado: —¡Aquí mismo. ei cañón que deplotó!… En Los Cerritos. de barriga. tal como si hubiera estallado una bomba… Gritos. clavos. deteniéndose únicamente para comer. La tropa. encendieron. al suelo. dos días antes. carreras. en un ¡Sálvese quien pueda! Echó a correr cada quien por donde pudo. armado con machetes. El General encargó a la tropa que no disparara y. Consígalo. trataba de dirigirse a los jinetes: —¡Párense!. El General las emprendió entonces con el Ayudante. y todo el contingente lucía.

Liquín Canela. de seguro prevalido de su parentesco con su inmediato superior. Había tenido que salir huyendo. echando vivas a la Revolución y abajo el Gobierno. cuando llegaron los revoltosos. compadre… —¡Yo no permito que se me abra gañote! —Sí. —¿Por qué no le había hecho fuego? –y Liquín reparó a la tropa y le extrañó el empavesamiento: —¿Y esa divisa roja?… El General trató de explicar y el disgusto sospechoso de Liquín crecía a medida que la explicación iba extendiéndose. –y se tocaba en el pecho. A poco. Sintió que fueron directamente a su casa con malas intenciones. para conocerlos bien. ni el revólver. llegó a los elementos. Liquín Canela era sobrino del Gobernador. entonces. Trataba de averiguar los ánimos de la Común y desde hacía tres días caminaba en eso. sacaba por semana tajadas apreciables. sin sombrero y desgarrado. casi toda reunida en torno.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II De esa manera estaban cuando surgió sin zapatos. entonces. –contó–. —Sí. el General buscó al Ayudante para conferenciar: —Compadre: ¿Qué le parece ésto? —Yo. Le parecía que no se debía permitir que los enemigos cogieren alas. dijo. compadre… Y bajando la voz: —¿Qué iba diciendo por el camino? 133 . daba tiempo para que llegaran los refuerzos que le había anunciado el Gobernador y. —Sí. el Jefe de Orden del Batey. compadre… —De momento voy a fusilar uno para dar un ejemplo. de donde por derechos de juegos y otras alcabalas. con dos patadas acabaría con todo. andaba en una operación muy importante que le había confiado el Gobierno. compadre… —¡Ese es un atrevimiento!. debía hacerse boya frente a los ya declarados enemigos de la situación. enfurecido por el porfiado que no arriaba bandera y que alzaba el tono a la medida de él. montó el disco de su decantada autoridad y del horcón y alterando la voz. ni el puñal. con eso. ¡el que manda soy yo!… ¡Yo!. Se le tenía por muy gobiernista y mandaba a la baqueta La Batea. —¡Viva el General José Pelota! —¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! –contestaron. y el General debía… Pero ahí fue Troya. Eran de la gente de Juan Labraza. No tuvo tiempo de coger ni los zapatos. Cuando Pelota entendió que se mezclaba en sus atribuciones y pretendía dictarle normas y procedimientos. Liquín era ardiente y rebosaba ira contra lo revoltosos. Si era conveniente. —Sí. El General y Liquín entraron en explicaciones. Llegó un momento en que se volvió al Ayudante y le ordenó colérico: —¡Ajuste preso a este hombre!… ¡Tránquelo en la Ermita! Y se dirigió a la tropa. El General. compadre… —Nadie sabe en lo que ando y ni el Gobierno tiene que meterse en eso.

Aquello estaba oscuro. pero que como él era carta viva. muchacho. Se oyen pasos involuntarios. mira. Liquín. Entonces. como tú estás descansado y mi compadre el Ayudante no sirve para nada. Allí esperó alerta. usted vé… más le valiera al Diablo no jucharme. en un alto. pensó en su simplicidad que él a la verdad no sabía de esas cosas. pero no tiene más que cuatro gatos y le voy a cumplir la palabra que le dí a tu tío. tanto el Gobierno. compadre? —Sí. como el Gobernador. Yo he procedido así contigo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Que dique le diba a mandá un propio a su tío. En marcha abigarrada desfiló la tropa sin tomar ninguna vereda. porque si yo doy un zapatazo… —Sí. penetró en el interior. compadre… —A mí me solicitan toditos porque se sabe que yo soy el horcón de La Matraca y si yo doy un zapatazo… Y se dirigió a la Ermita cuya puerta abrió y cerrándola tras sí. por la confianza yo puedo abrirte mi pecho. asomó un jinete. sé que me mandan hasta un cañón. Así marchó mucho tiempo a la voz de: ¡Jarretes. Con la tarde. uno tiene sus actos bruscos y más cuando anda con las orejas calientes. hasta encontrar el camino real. pero date de pronto porque casi estamos saliendo. cómo se pondrían esas gentes… A ti. me han encargado que antes de nada revise la Común y con toda la malicia estudie la gente. le dijera a 134 . Le entregó una talega que contaba veinte onzas y varias comunicaciones. Mira. –Y agregó con tono familiar– Ahora. Liquín. pero guárdeme el secreto. —Acércate aquí. contándole cómo taban la cosa… —Que se lo mande… que se lo mande… —Que dique uté taba a do boca… —¿Le dijo eso. poblado de mangos gruesos que dominaba el camino en una distancia considerable. —¡Liquín!… ¡Liquín!… ¿dónde estás tú? —Aquí –respondió una voz áspera. el General se dirigió a un sitio estratégico. la cabecera de provincia y la Capital. ese es el único aspavientoso. viendo aquello. Escalonó la tropa en sucesivos barrancones en el cauce de un arroyo y se situó personalmente a retaguardia. El Ayudante que no estaba lejos. Calcula si no fuera así. te voy a mandar una columna para que defiendas tus intereses y hagas respetar aquí al Gobierno. de los refuerzos que espero y que hoy mismo voy a alcanzar. A lo lejos acusaba ser persona extraña a la Común. El General las leyó atentamente e impuesto de su contenido le dijo al expreso que no contestaba por escrito porque no tenía papel. Ya por lo pronto sé en qué pie está parado Juan Labraza. y espéralo. Cuando yo meta mano. ¡todo esto aquí se acabó! Ahora Liquín. El General se adelantó hacia él. La puerta se abrió y ambos salieron. Venía de la Capital enviado por la Junta Revolucionaria al General Pelota. vé a ver si de pronto procuras con qué coma la tropa. a través del pajonal. De esta manera interceptaba toda comunicación entre La Matraca. tu tío. —Mira. de mandárselo amarrao como un andullo. Oye. por la confianza y para imponerle disciplina a la tropa. Liquín. compadre. muchachos!. Liquín llevaba otra cara. —Usted vé.

que aquí estoy luchando con dos hombres a cual de los dos peor. Entrecortado se le arrimó al fin: —Compadre –dijo rascándose la cabeza– yo quisiera una licencia para dir a casa. el Ayudante. eran largos serones como para llevar andullos. mi amigo… —General. de lejos. El expreso había caminado media hora cuando se cruzó con dos viajeros a caballo que llevaban una mula del cabestro. la vació en el suelo y una tras otra. Uno es enemigo declarado de la Revolución y hombre muy peligroso. —Justamente. ¿así es como quiere usted ganar galones y jefaturas? —Compadre. El General se puso en cuclillas. General Pelota. Menudamente. se dirigió a su encuentro. cuyos gallardetes flotaban al aire. además. contó veinticuatro morocotas. y siguieron presurosos. con buena provisión de balas. ¡pero a gente así se le quita de en medio. Unos y otros se lanzaron miradas cargadas de sospechas. justamente y me alegro que usted lo diga. No se ocupa sino de granjearnos enemigos y se llama Juan Labraza. Juan Labraza por un lado y Liquín Canela por el otro. no tenía papel de oficio. —Dígale a los Generales de la Junta. el encargado del convoy le entregó al General una funda larga que parecía un calcetín y le pidió que en su presencia contara el contenido. Le exigió recibo y contestación a las cartas que portaba. Se despidieron. El General Pelota no tardó en divisar la recua y presuroso. Lo que parecía andullos eran carabinas. Se despidieron. El tocino le olía y no encontraba forma cómo abordarle. se llama Liquín Canela y el otro es un “saltiador” que se ha metido para desacreditarnos. son capaces de acabar con nosotros.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II los Generales de la Junta que él estaba como un trinquete y que nadie le echaría un paso adelante. —¿A su casa. es que yo tengo un compromisito de unos centavos… —No se ocupe. cada cual a su destino. Ayudante?. Cuando ya iba lejos el General le repitió a voces el encargo acerca de Labraza y Liquín Canela. El expreso era un oficial despierto y el General lo comprendió. —Descuide. había observado aquellas cosas. no se ocupe de compromisos ahora… ¡Déjese de eso!… —Pero es que tengo la mujei ai cogei la cama… —Pero de seguro que usted no la va a partiar… —¡Ah!. sobrino del Gobernador. que ya Juan Labraza había caído en la trampa. pero como contraseña le llevara al Gobernador una prenda que aquel conocía y se despojó de un anillo grueso que montaba piedra. y no se le olvide. con la piña tan agria como se está poniendo? —Pero vea que… —Compadre. notaba los bolsillos del General sobrecargados por el peso de los talegos. que lo tenía cercado en el Pueblo y que sólo esperaba esos pertrechos para caerle encima y que pronto de Labraza no iban a quedar los ripios. porque el expreso era una carta viva. El General adujo que por estar en campaña. y de boca. pero quiero poner las cocas en claro y usted es una carta viva. como eso no… 135 . Que tuvieran confianza en él y le señaló hacia los barrancones en donde se veía hormiguear la tropa. Ambos portaban carabinas y el avío de los animales. Aparatosamente y después de saludarlo. se ve que usted es militar. Ayudante. Este era un expreso del Gobernador. ¿a su casa.

La República necesitaba a todos sus hijos para que la honraran con hechos contra sus enemigos y la engrandecieran con su trabajo. siempre estoy diciendo que venga como venga el palo. mire. pero en cuanto al oro. Padre. Comandante? —Sí. El General le dio a Labraza un abrazo efusivo que éste no esperaba y le repitió lo mismo que le había dicho al Cura. El Cura se fue y no tardó en retornar. no hay más que José Pelota en La Matraca. Mire. Padre. Lo mejor es que todo termine así como hermanos. ¿Oyó? El Padre había oído y después de esto. pero aguántese. la lucha aquí en La Matraca.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Pues entonces… —Pero tengo que jacei la paga porella y pa lo demá preventivo… —Mire compadre. en presencia de todo el mundo. sobre todo. pero que como yo soy hombre puro y delicado. compadre. sino por la gente que era muy mal intencionada. Padre. Malo era eso de recibirla en presencia de todos. Usted tiene su parte. para avisarle que del lado del Pueblo venía un parlamentario con bandera blanca y por el color del bulto parecía ser el Cura. usted la tiene. jarreteando. Padre y tengo poderes de la Revolución… —¿Cómo? —Sí. —Vaya. —Además. —Asimismo pienso yo. 136 . Juan Labraza recibió el parlamento entre inconforme y halagado. Debía evitarse el derramamiento de sangre entre hermanos. me han nombrado Delegado y ahora voy de Adjunto a la Gobernación… —¿Se va uted. deseo entregársela en presencia de todo el mundo y teniéndolo a usted. en mi puesto queda Juan Labraza. está demás. júrelo. cristiano. y eso no lo hacía por él. Juan queda como Comandante de Armas. A prudente distancia. ya el Gobierno capituló. así es lo mejor… —Ahora. Juan. Padre. Cavilando en esto estuvo mucho rato. Compadre…  Amaneció otro día. pero usted debe tener paciencia y tenerme confianza como a la Virgen de la Altagracia. Padre. siguiendo al General que. Que viniera el General. por testigo. traía el caballo del Presbítero al trote. –prosiguió–. Labraza se plantó en medio de la sabana y envió al Cura de emisario. y si es el Cura déjelo pasar hasta aquí. —Ello. así será. abrazó al General y partió foeteando el caballo que montaba. si no lo sabe. Un soldado se le acercó al General. Era el Cura en efecto y habló al General. vaya al Pueblo y dígale eso a Juan. aguántese. —Eso lo sé yo por oficio hace rato. asimismo –repuso el General complacido. la anunciada funda de oro lo mareaba. Dígale que todos somos uno y que tengo una funda de dinero en oro que le han mandado de la Capital. hasta que por fin invitó al Cura y ambos tomaron el camino del campamento del General Pelota. yo he recibido algunos chavitos que mandó el Gobernador. —Lo siento y me alegro al mismo tiempo. pero que viniera solo. esperaba la ocasión de entregárselo en el Pueblo. reconózcalo. que en aquel sitio hablarían.

y la respetable mansión se convirtiera en un campo de Agramante. con chanzas y risotadas. después que mi gente coma. en la misma Fortaleza! –Y agregó: —Ayudante: ¡lleve otra soga para que amarre de camino a ese Liquín Canela y lo mancorne con él! 137 . seguido por la tropa. El Cura es testigo de que en su presencia le entregué la talega de morocotas que de la Ciudad le mandaron. —¿Eran toas. Era medio centenar de hombres. lo tiene que no pué con ello… —Y ese agallú. todo acompañado de una gran algarabía. se hizo amable e invitó al General a que entrara al Pueblo con su tropa. El contacto del oro. no tardó en cundir por todas partes la noticia del dinero recibido por Labraza. pintorescamente armados. Aquello fue lo bastante para que el grueso cargara sobre él. Mis cosas me gusta manejarla yo… Amá que aquí ta ei Cura de tetigo… —No digo lo contrario. —Iré con la fresca. La intriga siguió ensanchándose. penetró en la casa y lo cuestionó sobre el dinero a voces. —Fue una funda apretada de morocotas… —¡Adió!. En autos. pero aguáitenle lo bolsillo. primo José? —Ni una más. Se refugiaron en el Cuartel. Echando rayos por la boca. primo José –arguyó el interesado–. pues mire Padre. ya que todos eran uno.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —Pero mire. en la calzada. Labraza se refugió en la casa curial y hasta allí fue lo que era ya un tumulto vociferante. el levita. Uno de los más atrevidos. Labraza indignado desenvainó el sable y lo castigó. contadas. harapientos y derrengados por las marchas. seguido por su tropa. onza por onza. Dialogaban los soldados. Juan y más que lo ajeno llora por su dueño. mas por obra de malas artes. —¡Péguele una soga. daba grandes voces al General Pelota. yo no niego lo que recibo… —Bueno. hizo agarrar por sus gentes a Labraza y se lo entregó al Ayudante. y entréguelo en la Ciudad. Así como lo recibí lo entrego. pero como soy tan legal… —Por eso no tenga pena. maldiciendo al condenado que ni la casa del Cura respetaba. primo José. ¿lo querrá tó parei? —A mí me da de cuaiquiei manera… —Y yo también quió lo mío… En presencia de uno de esos grupos. después de saludar jubilosos a los hombres de Juan. Cuestionado el Cura afirmó la declaración de Pelota y entonces la conjura tomó forma y se hizo estridente. El Cura desató la funda y fue sacando del fondo y depositando en las palmas de las manos de Labraza. entréguele a Juan. que yo mismo no sé lo que hay. José Pelota compareció sable en mano. parecía azuzada por alguien y menudeaban las botellas de ron. y manoteándole el rostro. Guárdenme media botella… Con la fresca entró al Pueblo el General Pelota. Mientras los vidrios saltaban y se estremecían los setos. no más de veinticinco. Contó hasta nueve y el tintineo era grato. transformó el talento de Labraza. ni una menos. el General Pelota se hizo el aludido: —Por mis manos lo que hicieron fue pasar. lléveselo.

el último de sus libros publicados. Es un estudio de valor imponderable. MOSCOSO PUELLO (N. es narración de motivos que revisten la obra del interés que los franceses califican de petite histoire. y oiga: “¡con sus intereses. P. los legítimos vivían con él y Rosaura. no tuvo empeño en ello. Es autor. Aspiraba nada menos a que Pantaleoncito. porque le trataba muy bien los hijos. publicó Cartas a Evelina. Su padre. usted me responde de ellas! Y para dominar el tumulto. sobre todo. En aquella época el taller estaba especializado en hacer catres y mesitas de pino barnizadas para salas. M. No se lo reprochaba. el mayorcito. Moscoso Puello. Payano era un hombre de aspiraciones. Desempeñó algunos cargos en sucesivas administraciones. por lo bajo: —Juan lleva las morocotas. después se colocó en una pulpería ganando tres pesos por mes. se empinó y gritó a todo pulmón: ¡Viva el Gobierno de la Revolución! ¡Viva el General Pelota! —¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! –respondieron a granel. En los Montones. Entonces no eran las cosas como ahora. Sus hijos naturales los tenía su madre. Pero la política le había hecho abandonar su oficio. Era capitaleño. Luego entró en casa del maestro Cabral a aprender el oficio de carpintería. bajo las órdenes del General Cabrera. Hacía hipotecas. hacía de corredor. pero vivía. lo cual le colmaba de orgullo. una mulatica a quien le había puesto casa. Trabajó mucho en caoba. abundante en erratas. Estaba divorciado hacía años. después de su novela Cañas y Bueyes. son nueve. 1885)* El regidor Payano El Comandante Pantaleón Payano había nacido en los barrios altos de la ciudad. Más tarde trabajó con el maestro Cerón y entonces fue cuando aprendió todo lo que sabe. Desde aquella época Payano era considerado como uno de los hombres más valientes de la República. FRANCISCO E. aún inéditos. Cobraba cuentas comerciales. y un examen sociológico e histórico intitulado La Odisea de la Española. que apenas tenía diez. que contaba catorce años. sin embargo. El Comandante Payano tenía tres hijos naturales y dos legítimos. casi ebanista. y de una obra monumental relativa a la medicina y a los médicos que han vivido en este país desde los primeros días del descubrimiento de América. Había sido carpintero. Los quería mucho y estaba dispuesto a darles una buena educación. Navarijo. Ha dictado numerosas conferencias de carácter científico. obras finas. préstamos. Muy popular entre los obreros. Compraba y vendía propiedades. Sostenía muy buenas relaciones con dos o tres notarios de la ciudad. No hacía grandes ganancias. el Coronel restaurador Marcos Ledesma. Demostró un valor extraordinario. También inédita conserva la novela Sabanas y Fundos. Tenía sus asociados. Fue un héroe. además. Pero no había tomado más las armas. fuera médico y José. Llevaba una lista de las personas que tenían necesidad de dinero y las ponía en relación con los prestamistas. graduado en la Universidad de Santo Domingo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Y acercándose al Ayudante le dijo. es doctor en medicina y cirugía. pero ahora vivía de negocios. dos años antes de separarse de su esposa. F. Estuvo de aprendiz en una zapatería cuando tenía doce años. obra que en su género no tiene par en nuestra producción literaria: contiene un caudal de observaciones sobre las costumbres y lacras de la familia dominicana reveladas con fino humor y sin asomo de amargura. cargos de confianza. *F. con lustre de puño que gustaban mucho. al decir de sus compañeros. 138 . de dos volúmenes de cuentos. Continuamente se lamentaba de que no lo hubieran puesto a la escuela. alcanzó envidiable prestigio. fuera abogado. Estaba satisfecho de su nueva mujer.

139 . hasta diez. Lucía su elegante paletó de paño negro. En San Miguel era casi un ídolo. —Hombres así. Sus hazañas en la pelea de los Montones eran muy conocidas. No pudo resistir a las solicitaciones de sus amigos y en las elecciones del 19… el Comandante Payano fue elegido Regidor de la Común de Santo Domingo. Ninguna iniciativa lograba éxito si no tenía en su favor la influencia del Comandante Payano. y en una ocasión por el propio Presidente de la República. aún cuando hacía tiempo que no trabajaba la carpintería. Pero. El Tedéum quedó solemne. Marchó en compañía de sus compañeros a la Catedral. –se decían los políticos de San Miguel– son los que se necesitan. Le había llegado su día al General. Había salvado la vida varias veces al General Cabrera. por los cuales había sido felicitado por personas de valer. Sus servicios eran muy estimados. Las reuniones en las cuales no estaba presente resultaban frías. —Pero. hasta que en los Montones las circunstancias le hicieron desplegar un valor que le prestigió y le permitió cambiar de fortuna. Quedó agradecido cuando este funcionario se refirió a la obra del Municipio. se había entregado en cuerpo y alma a los intereses de la Común. de las mismas que usaban los diputados. y cuando aludió a la buena colaboración que había tenido de sus demás compañeros. oscuro. –solía decir en tono sentencioso– no hay quien las pueda evitar. Monseñor habló. elogió al gobierno y lo puso bajo la égida de la Virgen de la Altagracia. que le aseguraba que estaba satisfecho de haberlo llevado ahí y de sus actuaciones. antes de que fuera herido. las palabras del Presidente del Cabildo lo dejaron satisfecho. el Coronel restaurador Marcos Ledesma. Habló muy bien. Muchos informes y proposiciones había presentado. Payano. en el Cabildo. El Comandante aplaudió varias veces con entusiasmos. Ese paletó lo había mandado a hacer para el 27 de Febrero. A las nueve en punto estaba en el Ayuntamiento. En diferentes ocasiones. Allí aumentó su prestigio. cuando las cosas van a suceder. teniendo a la espalda los retratos de los Padres de la Patria. Se sentía orgulloso. día en que lo estrenó con motivo de los actos oficiales a que tenía que asistir. la política. henchido de patriotismo. Había que contar con él para todo empeño. su corbata negra y blanca. después que Payano se retiró a la vida privada. gremio al cual se ufanaba en pertenecer. luego. Había dado órdenes a Rosaura de que le limpiara el paletó y le tuviera lista toda la ropa necesaria. Las fiestas en que él no tomaba una gran participación no quedaban lucidas. su emoción llegó a sus límites. Porque él. Un pantalón a rayas. Este rasgo de justicia lo dejó satisfecho. pero ninguno se expresó como el Presidente. Fue un día feliz éste para el Comandante Payano. había sido solicitado su concurso. Rivalizó con él en valor. porque fue un defensor celoso de los intereses de la ciudad y en particular de los obreros. Únicamente lamentó ese día no haber sido un orador para poder expresar todo lo que sentía y pensaba en aquellos momentos en que las notas del Himno Nacional le habían hecho poner las carnes de gallina. por gente de primera. El Comandante mostraba una sonrisa de satisfacción. Como el Comandante entran pocos en libra. con motivo de haber sido condecorado con la Orden del Libertador Simón Bolívar. unos zapatos de charol y su chistera plegadiza. pues tenía intenciones de asistir al banquete con que obsequiaría al Presidente del Ayuntamiento un grupo de sus amigos.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Después. Otros oradores tomaron la palabra. recordando las historias que tantas veces le había oído repetir a su padre. Él mismo no se daba cuenta de la estimación que se le tenía. Se encontró muy bien vestido.

Payano le manifestó a su amigo que en realidad aquello hedía mucho antes. Descendieron por la cuesta y se introdujeron en la calle Separación. Rodríguez se sentía satisfecho de la aprobación que dio Payano a sus trabajos. Al cruzar la calle 19 de Marzo alcanzaron a ver al General Pérez. —Por eso vine donde usted. Payano se disponía a salir. deseo que usted quede bien impresionado. Dos o tres Regidores le habían ya puesto la proa. –dijo el Comandante–. Se le acusaba de mala administración. pero no le tiene confianza. para que demos un paseíto por ahí. que yo tengo mis enemigos en el Ayuntamiento y no quiero que el pago de estos trabajos se retarde ni que discutan los precios. para quitarle el polvo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS No había tenido ocasión de usar otra vez el paletó. Después de preguntarle por los hijos y tocar algunos puntos sin importancia agregó: —Lo he venido a buscar. El Síndico se sentó en una mecedora. Como usted es Miembro Interino de la Comisión de Fomento. Se dirigieron al Hospedaje Municipal y allí inspeccionaron los trabajos de desagüe. para que con su voto le allanara dificultades. Se pusieron de pie y se dirigieron al carro. Pero como ahora estaba invitado a ese banquete. que el periódico tenía razón en haberse quejado. Comandante. tocando a Payano por el codo le dijo: —¿Y este tipo. 140 . frente a Payano. Hacía días que se decía en la Plaza de Colón que el Síndico Rodríguez sería destituido. Se habló de los chismes municipales y el Síndico volvió a repetir a Payano que contaba con él. Y conste que el presupuesto este año es más bajo que el otro. —No se preocupe. Usted sabe que puede contar conmigo en todo tiempo. Payano y el Síndico entraron en intimidades. Toda la vida había vivido explotando su figura. Han salido un poco caritas. Y añadió: —Según me han informando está haciendo curvasos. Y al subir de nuevo al carro exclamó: —¡Yo no sé lo que hacían con tanto dinero! —Eso pienso yo. Se informó del costo que no podía ser más bajo. —¿Qué dice el Comandante Payano? —¡Qué va a decir! ¿En qué puedo servirle?. Lo encontró limpio y felicitó al Síndico. De allí siguieron para el Matadero. Payano celebró el trabajo. Encontró muy bueno el desagüe y mejor colocadas las plumas de agua. pero él contaba todavía con el resto y con su hermano Payano y gastaba muchas atenciones con éste. y Rodríguez. ofreciéndole sus servicios. Como el nuestro no ha habido otro en la Capital. –un auto Packard con el escudo de la ciudad. para que usted vea algunas obras ya terminadas de las que se me ordenaron ejecutar. –contestó–. Rosaura lo tenía ya al sol. pero han quedado muy bien hechas. Usted sabe. Basta que seamos hermanos masones. Comandante. cuando llegó el Síndico. pero ya eso se le acabó. –agregó el Síndico–. Le ha escrito varias cartas al Presidente. —¡Déjelos que hablen! Que vengan a ver este trabajo para que se convenzan de que el Ayuntamiento se ocupa. sobre todo sus bigotes. Pase adelante y siéntese. en qué está? Payano le contestó que en su opinión era un cohete tirado. porque es muy compinche de los enemigos.

Usted sabe que yo tengo una hermana muy amiga del Síndico Rodríguez. —¡Esos sí hicieron su agosto. ya que constantemente. ¡Dios me ampare! El Síndico le advirtió que tampoco había que ser demasiado escrupuloso. si su trabajo no era muy grande. vuelva mañana. Pensaba en esos momentos en que su casa estaba necesitada de una buena mano de pintura para remozarla. Dirigiéndose al primero. yo hablé mucho. De regreso Payano encontró algunas personas en su casa. Aquí han venido ya varias personas a verme para eso y yo no me he comprometido todavía. Y dirigiéndose al otro. El tercero quería hablar en privado. —¡Ah sí!. le dijo: —¿Qué cargo es ése? —Auxiliar de la Secretaría. —¿Dónde consiguió esa pintura?. que yo trabajé mucho en las elecciones. ¿Usted vio al Presidente? —Sí. Por eso se había retrasado ese trabajo. Usted me obsequia con esa pintura sobrante y dicen de una vez que estoy desfalcando al Municipio. –le dijo el joven tembloroso. porque no tenía existencia y hubo que esperar el vapor. a mí no me gusta comprometer mi voto.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Payano rechazó una copita con la cual el Síndico quiso corresponder a sus cumplimientos. —Pero si hay fondos. —Bueno. Y le recordó el desastre del pasado Ayuntamiento. ¿qué les pasó? Si quiere la pinturita me avisa. que era del partido y persona competente. —¡Dios me libre de mal! Aquí las gentes hablan mucho y se fijan en todo. –exclamó el Comandante. Y lo despidió amablemente. Usted sabe que aquí no van muy lejos para menear la lengua. Resulta que yo vendí mi sueldo a don Remigio y tenía que entregarle un piquito que le debo. Le aguardaban. –preguntó Payano volviendo la cara para ver por última vez a través del vidrio del carro el Matadero–. compadre! y. morenito presuntuoso: —¿Y usted qué desea? —Me dijeron que viniera donde usted. Payano levantó el brazo para subrayar un ¡no! seco y terminante. —Me parece que han sobrado algunos potes. Allí es donde solamente se mandan las órdenes del Ayuntamiento. Parece muy buena. —¡Ah! ¿Usted es Ricardito Peláez? —El mismo. recibía visitas hasta de los tutumpotes de Gazcue. El Comandante Payano pidió permiso para quitarse alguna ropa y volvió en mangas de camisa. señor. Uno le entregó una tarjeta del Diputado Díaz. Comandante. rompí muchos votos contrarios. Usted sabe. –agregó. ¿Usted recuerda el molote que se armó en Santa Bárbara? Yo estaba ahí y si no es por mí rompen la urna. pero parece que él se ha entendido con un joven de la Tesorería y no sé por qué no me quieren pagar. Yo arrastré mucha gente. porque me podía arreglar eso. y que así presentaría mejor aspecto. —Bueno. Le llevé otra tarjeta. Otro venía a exponer una queja con motivo de un trabajo del que lo habían despedido. un jovencito flacucho y casi blanco. —En el “Faro de Colón”. Había un cargo vacante en la Secretaría y su amigo el Diputado Díaz le recomendaba al portador. ¿el que desempeñaba la Señorita Castro? —El mismo. que yo hablaré de eso. 141 . El Síndico le manifestó enseguida que se podía conseguir una poca. con motivo de su cargo. sin embargo. para servirle.

no volverían más. vuelva por aquí. —¿El Síndico? –exclamó sin poder disimular su asombro el Comandante Payano–. —¿Bajito o gordo? —Como yo. me ponen inconvenientes. Comandante. allí decía esta mañana un grupo. porque la cara no se me ha olvidado. Un escritorio de caoba. con un sombrero de fieltro gris. —Yo no se lo aseguro. Pero como la política es política… Hubo otro silencio que el Comandante interrumpió. —¿Y quiénes eran? –dijo curioso e impaciente el Comandante. pero yo tuve que retirarme no fueran a sospechar que estaba oyendo. un morenito vestido de casimir. que a usted lo iban a sacar del Ayuntamiento. El que le dijo eso lo engañó. a informarle de algo que oí en los bajos del Palacio Municipal esta mañana. el que recomendó el Presidente para la oficina de Impuestos Municipales. eran los objetos que más se destacaban en la habitación. —Pues bien. Que usted le negó el voto a Pedro Soto. Tomaron asientos. dentro de un florero. de los que más enseñaban. vestido de blanco. —Yo he venido. —Bueno. —¿De qué color estaba vestido? —De dril blanco. que el propio Comandante había hecho hacía quince años y tres sillas modestas. pero me puedo informar. Esta es su casa. Durante el almuerzo. ¡Eso no puede ser! ¿El Síndico? No lo puedo creer. Y parece que como yo no se lo he vendido esta vez. –agregó el Comandante– no repita eso. sobre una mesita de caoba también. indio claro. Si usted tiene interés en asegurarse. —Muchas gracias. el señor Torrez y el señor Domínguez. El Comandante se quedó callado un momento. Hablaron otras cosas. Payano se quedó reflexionando. Todo eso es una invención. Como se trata de usted no perdí tiempo. lo encontró Rosaura cuando lo llamó a comer. Quédese callado. —¿De qué color era? —Bueno. —Bueno. y el otro me dijeron que era el Síndico. ¡Yo no sé! Había uno alto con un sombrero de pajita. Yo no creo que sea el Síndico.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Sí. El Síndico y yo somos de los más unidos en el Ayuntamiento. pero me ponen inconvenientes. pensativo. —¿Y de qué se trata? —Bueno. –contestó el visitante. tiene una vocesita rara. yo le arreglaré eso. Vuelva mañana. Dos profesores. 142 . El Comandante hizo una señal al tercero y entraron a un departamento que hacía de oficina privada. Luego preguntó: —¿Habla fañoso? —Sí. Estaba afeitado. yo lo averiguo. un retrato de la Tabacalera y un bouquet de flores de papel. yo sé que hay. más o menos. Ese muchacho es el que está encargado de cobrarle a don Remigio los cheques que le corresponden. Pero si usted oye algo. —¿Tenía bigotes? —No. Que le habían dicho al Presidente que usted era un inconveniente. Así. Pantaleoncito refirió a su padre lo que había pasado en la escuela. después que despidió al amigo que le dio esos informes.

ya a la oración agrupó a los recién llegados bajo el ramaje de una baría frondosa y con agria y autoritaria voz de domador de gente. papá? —¡Cómo no los van a encontrar competentes! Lo que se sobran aquí son profesores. el comandante del Puesto Cantonal de Petit-Trou. Ese es un toro en números. tres disparos de carabina. y agregó: —Es que estos jovencitos se las dan mucho. El aviso. 1884)* Al Dr. –exclamó el Comandante. —¿Y qué chisme ha pasado? –preguntó el Comandante. habló y sus palabras fueron atentamente escuchadas. —Pero el señor Torrez y el señor Domínguez saben mucho. y más lejos. 143 . yo no sé cómo me voy a hacer. Rosaura fue al patio a recoger el paletó. Detrás del caobal del cerro. El señor Torrez es muy buen profesor. No se trataba de una de tantas incursiones del ejército de Haití. y el Comandante Payano le echó una mirada a su pieza que le quedaba tan bien y con la cual había recibido tantas satisfacciones. Así no son las cosas. Viejas Memorias (1941).SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —Mira. etc. Si hubieran sido tan competentes. con toques de alerta que sucesivamente pasaban de fundo a fundo. nadie para enseñar matemáticas. en la planicie vecina. precavidamente armados. llegó así a todos los conucos.. a mayor distancia. Cuando uno es empleado tiene que estar de buena fe. de que estaba orgulloso. dos. del monte al llano. —Pero. La noticia. dilatándose hasta una distancia enorme en un ulular tremendo. y si maquinalmente el jefe le apretaba la empuñadura al machete de cabo que le colgaba de una banda roja. Papá Sindo. desde el fundo de la Domingona. Ya ves que se han dejado quitar por una tontería. sabrían que aquí hay que hacer lo que le mandan. era por la costumbre de arrear hombres en las peleas contra los enemigos de la república. papá. Para mí han sido unos brutos. hicieron tronar otros y otros fotutos que. Ramón Blanco Isusi Ma Paula se fue al otro mundo Un alarido de gargantas vigorosas. A ese machete le debía el grado de comandante. aunque parecía increíble. Y respondiendo a la señal oficialmente pautada. papá! —Ni tanto saben. le anunciaban al mundo un grave acontecimiento. los pobladores de las cercanas y las remotas viviendas. como tú dices. El Gral. y el prestigio de matón de súbditos del *Ha publicado: Cuentos del Sur –1938–. el gafo guardián del colmenar sopló el fotuto de poderosa voz. etc. hijo. era hoy tranquilizadora. la señal anunciando el grave acontecimiento. Y como el señor Domínguez. ¿y si nombran otros que no sepan. —Yo no sé. y horas después se acercaban a la aldea. Dicen que porque no quisieron firmar una hoja. Pedro Florentino y un momento de la Restauración –1938–. seguido de uno. —¡Ah! eso es por el voto de confianza al Presidente. Escritores de Puerto Rico (1953). Están viviendo del Gobierno y quieren hacer lo que les da la gana. ha dictado conferencias. SÓCRATES NOLASCO (N. porque se había puesto nublado. blanca y azul. y otros más. contestaron otros. –decía Pantaleoncito entristecido–.

aparte de eso. Aquella novilla berrenda. profirió un atrevido. Los tonto que secretiaban que iba a vivir ciento setenta y siete año en cumplimiento del pacto que ella tenía con Sataná. a ver si éste se equivocaba. y sin dizque ni que me dijeron. siempre que se veía en confusión se encerraba con la vieja a consultarla sobre política. la clara de un huevo crúo en aguardiente alcanforao. ¡se murió Ma Paula!” Allí. Con nuestros machete. He dicho. Siempre que recemo el Creo en Dios Padre defendiendo la república a tiro y a machetazo. estaba ahí. se miraron todos y se dijeron: —¡Se murió Ma Paula! —En ella se ensuelva. —De que los hay los hay. queden convencido de que si ni tan siquiera el arzobipo puede alargar la vida propia con oracione a Nuestro Señor Jesucrito.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Emperador Faustino Soulouque. Pero si él mismo. de que no se jactaba porque le parecía la cosa más natural del mundo. —Papá Sindo manda que no crean en brujos. alto y seco. Compañeros… ¡Ma Paula se fue del mundo! A su lado el secretario Lorenzo. ordeno y mando que la beneficien para pasar el velorio. que es cofrao de la Virgen de la Altagracia. No quiero gresca. nuestros fusile y sobre todo con la cruz de nuestra bandera. —¡Cállese el deslenguao! —regañó Papá Sindo. iba leyendo para sí el discurso que le había enseñado al superior. resultaba tan imponente de cerca como de lejos. Pero. boca arriba. y una peseta fuerte pa San Antonio y real y medio pa Pedro Congo. —Compañeros… –dijo y esperó con calma a que se impusiera el silencio–. Siempre. en donde la habían colocado. Compañeros… –agregó cambiando de tono y mirando de soslayo–. Varios opinaron que en la región no estarían preservados del espíritu de la bruja sino después del novenario. y los caprichos y rebeldía de la s le añadían gracia en vez de restarle elocuencia a sus arengas. En realidad. Cayó con la boca echando espuma y ya al minuto estaba tiesa como si fuera de palo. Tan pronto se alejó el áspero y autoritario jefe empezaron los comentarios y murmuraciones: “El era así. Mándenme los filete. Lorencito. de cuerpo presente. puesta boca arriba sobre la barbacoa y el colchón de guajaca que le servía de cama. duro y seco. Se acercaban al bohío en donde estaba la anciana. meno sabrán los haitiano inmunizarse con la malicia del diablo y la de sus Luase y Papá Bocó. podremo triunfar siempre de los enemigo. Ma Paula se fue del mundo —reiteró–. Y así y todo habría que hacerle el hoyo bien hondo y ponerle arriba piedras pesadas. que era de los biene de la difunta. la verdá es la verdá. pero hay que saber beberlo. Papá Sindo. Y últimamente –dijo empinándose–. Espantados de oír lo increíble. pero al decir que no crean en ellos atestigua que los hay –dijo uno reflexivamente. por si acaso intentara salir a hacer de las suyas. en medio del patio de su vivienda. A los del vecindario les parecía que el comandante no habló de la difunta con el miramiento debido. en lo que se presina un Cura loco la vieja hizo aparecé el caballo. con el respeto que a la muerte le rinde todo mortal. pero no malo. y la voz se le rajó en la garganta—. estaba tiesa y más seria que cuando vivía. Tenía la lengua tan agria porque estaba del pecho y sabía que no tenía remedio. Advierto que el aguardiente se hace para beberlo. ¡Cómo si uno se olvidara de cuando el alazano rompió el lazo y se le etravió! Mediante un cabo e vela encendío al revé. No cabía 144 .

Yo la deduzco… por lógica que no engaña. la engalanaron y la adornaban con flores de adelfa colocándole tres pétalos en los labios. De los tres varones. y aquel ya las ha purgado todas a fuerza de tropezones y padecimientos. En derredor del cadáver seguían gimiendo y lanzando lamentos las hijas. Las fosas de la aplastada y ancha nariz eran dos agujeros tan prietos como la piel. que le temían a la bruja y nunca dejaron de maldecirla. está sujeto a las mismas reglas que un trabado o muerto recién nacido. cabras y un bohío cómodo. A la gente prieta tarde se le ve la edad. licores imprescindibles en los velorios. Lo secaron y volvía a filtrar. Lorencito. que por ser capitaleño se creía en el deber de saber de todo. de guayuyo morado y de rompesaragüelles. nietas. El otro se lo cerraban y se volvía a abrir. aproximadamente. olor que se mezclaba con el de la gente sudorosa que llegaba de los distintos fundos. seguro indicio de lo milagroso de tan larga vida. Afuera de la enramada los hombres sostenían contrarios pareceres. de un trabado. Estamos en el año 1858 de Nuestro Señor Jesucristo. decidió el punto: —El cadáver de un ser que vivió cerca de un siglo y hasta más de un siglo. ya que no se podía pensar en la pureza de su alma. Otras fregaban diminutas vasijas de higüerito cimarrón. Del rostro. sus compañeros de raza. ahora que la veían difunta rezaban por el descanso de su alma. El cadáver de una persona de más de noventa años (y a Ma Paula le suponían no menos de ciento veinte) ¿debería ser velado con la circunspección requerida por un difunto que no había cumplido ochenta? Igual que si se tratara de un muerto recién nacido. mayores que él. ¿no podrían pasar la noche entretenidos en juegos de prenda y cantando el baquiní y echando décimas y coplas y cantos de plena? El secretario de Papá Sindo. 145 . Un olor fuerte emanaba del cuerpo recién bañado con un cocimiento de hojas de salvia. Sin faltar a la verdad no se podía negar que la vieja era fea. biznietas y tataranietas de la finada. Los nietos y demás descendientes se multiplican como marranos… —¿Y qué significa ese lío pa si se cantan o no se cantan décimas en el velorio? Lorencito era un capitaleño de asombrosa locuacidad y le gustaba lucirse y pasar por inteligente aun ante los habitantes de la más remota y aislada aldea de la república. Sólo tenía un ojo cerrado. Era un deber: la vieja dejaba herencia de vacas.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II duda. —¿Y qué tiene que ver lo uno con lo otro? Abrevea… —De las siete hembras ni Dios distingue si alguna es más joven que el varón sobreviviente. Este es un angelito que no tuvo culpas que purgar. obstinado en continuar mirando. así partido por la franja de trapo. estirada en su cómodo colchón. y el otro se pudrió comido de viruelas. para brindar el café y el aguardiente. El hule del rostro le relumbraba con el reflejo de las cuatro velas prendidas en las bocas de cuatro botellas vacías. Así. dos murieron peleando contra los haitianos. Las vecinas. La habían tocado con cofia blanca y con blanco barbiquejo le apretaron la mandíbula floja. la bruja parecía más larga. El hijo menor de Ma Paula cree tener cincuenta y seis años. trascendía una seriedad tétrica e imponente que acentuaban el ojo obstinado en mirar y el respeto que la hechicera inspiraba aún después de muerta. y nadie quería acabar de llorar primero. Falta saber qué edad tendría la interfecta –subrayó afirmando su argumento–. de malagueta. Larga y ancha bata blanca la tapaba del cuello a los pies. En la comisura de los labios le asomaba un hilo de blanca espuma. puercos. En el conjunto blanco sólo contrastaba la mancha negra localizada de la frente a la barbilla.

de Mucaral adentro. —¿Y qué necesidá tenía de comé gente en un sitio en que abundan tanto la vaca y el puerco cimarrón? –comentó otro. Quería a Musundí y se acostaba con él por el prestigio. ni quita ni pone cuando se dice a sé bruja. Allí. Este hijo montaraz tuvo el sentido práctico de dejarles a las hembras de la familia el cuidado de la madre anciana. el canto de plena. La curiosidad que iba despertando ahora borró el desdén a que se había hecho acreedor minutos antes. —Se los comería al momento de parí… –le interrumpieron. 146 . Negros criollos y hasta de Haití vinieron y se le agruparon y. Sentía un orgullo de tribu superior. Para descansar. —No. —Amigo. Sentía ese imperioso deber de hijo. liberto que se distinguió peleando a favor de España. y el baquiní. juntó leña. —Ma Paula –continuaba Lorencito con su inmoderada verborrea de sabelotodo– fue una de las barraganas de Musundí. Después de cerrar la noche llegó Baltasar. Tres sobrinos. de quien no le quedaron hijos. otra vez la región del Bahoruco quedó convertida en un baluarte de la libertad. Que comiera gente o no comiera. como si él fuera un segundo cacique Enriquillo. y por el martirio que padecites en el madero. sintiendo trasegada en él toda la autoridad del comandante de la región–. que le chupara la sangre a los de teta o no se la chupara. —A este Lorencito lo revientan a patás y a garrotazo de un momento a otro. el hijo sobreviviente de los varones de la difunta. hizo fuego y ahuyentó la sombra. gimiendo él. Baltasar quedó cohibido. Y las mujeres. ¡Dizque venile a enseñá a la gente de aquí quién fue Ma Paula! Como si naide supiera que a ella y a otras como ella las cogién en lazo. Es que todavía Ma Paula no era católica – continuó el orador–. las coplas. no quiso saber de los franceses cuando los dominicanos pasaron a su bandera.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Se enfrascó en la tarea de explicar cómo el Capitán Musundí. dende que el comandante se descuide. tu sierva”… la súplica quedó sin la reiteración coreada. En el cráneo de huidiza y achatada frente. desde que lo alcanzaron a ver. Al oír pronunciar las palabras mágicas aristocracia y decencia. pero ni ella era todavía cristiana ni quería tener hijos con uno que no fuera congo o aradá. ayudado por los tres sobrinos y nueve sobrinas. los más adictos. Aprovechaba la oportunidad para vociferar su amor filial detallando las virtudes de la difunta. renovaron las lamentaciones con el inicial vigor. Compungido ahora. barrió hojarasca. con disimulo salió al patio a dar órdenes prohibiendo el juego de prendas. se le acercaron y en voz baja le hicieron comprender su pifia contra las buenas costumbres. perplejo. siga berreando y no se meta a opinar en cosas que son costumbres aristocráticas… –vociferó Lorencito. trazó un círculo. Disminuían los rezos abogando por el descanso del alma de la difunta. Pero tan duro así no podía seguir aullando. El que no se crea decente que cierre su casa y entierre él solo su muerta. Venía de las monterías. apiádate del alma de Ma Paula. Aprobaba que dijeran décimas por argumento y a lo divino. hacia el gran árbol de caoba a cuya sombra Ma Paula les había domado el ímpetu a hijos y nietos haciéndoles entender los consejos a rebencazos. prorrumpió en clamores que ahogaban a los de las hembras. con una pena parida de remordimientos. –agregó. Se lo llevaron. Y cuando la directora rogó: —”¡Señor! Por la afrenta que sufrites con la cruz a cuesta. borrosas y tartamudas ideas le apuntaban que los cantares y el juego de prendas quedarían en la memoria de los concurrentes testimoniando el desprestigio de la familia.

Con un brebaje. batiendo con los pies el suelo y mugiendo y rugiendo para convencer al dios de la inmensa aflicción de una familia sumisa y buena. el terror y la fuga. y quedó siendo el centro. Ese grito. mientras de su garganta. mezcla de ginebrón y raíces maceradas que en un calabazo había traído de su fundo del Mucaral. El funeral lamento.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Cesaron por un momento las lamentaciones y un grupo de auténticos amigos de la familia se acercó a Baltasar. Can ga do ki la. los tres sobrinos y nueve sobrinas coreaban alternativamente. que era un valiente. ¡No me abandone. sable en mano. que se le acerba. rodeándole. Se estremeció atarazado por el fuego interno. invocó un nombre. Y entonces fue cuando sucedió lo asombroso. en la entrega total. y ella en persona se enderezó. Un segundo más. ansiando y temiendo el encuentro con el poderoso espíritu. invocaba y volvía a invocar al dios de la tribu aradá. que antes de tú nacer nació el Hijo de Dios! –gritó Lorencito. engalanada. y huyeron y gritaron todos: —Virgen del Amparo. Miraba al cielo estrellado. y se tragó el resto. Can ga mun de ye. Cayeron y se apagaron las cuatro velas que le alumbraban a Ma Paula el sendero definitivo. fueron contagiosos. Miguel! –agregó sujetando al marido. el camastro de la difunta. creciendo y volando sobre el terral despertó al Comandante Papá Sindo y lo hizo acudir corriendo. Entonces Papá Sindo. que le ardía en el estómago y en las venas. y huyó desamparando al jefe. Can ga li. Con la vista fija en un punto avanzó y retrocedió hasta el centro. ausente de todo lo circunstante. le apretó la empuñadura al machete y se le oyó vocear: —Si avanzas… te rajo de un machetazo… ¡vieja del diablo! 147 . alguien comenzó a cantar y aullar en él con lenguaje intraducible las palabras que la madre le enseñó a repetir y cuyo significado exacto ni ella sabía: ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! ¡Hen! ¡Hen! ¡Hen! Can ga bafió te. Con las palabras rituales del voudou. lo más importante del velorio. Trataba de callar y se estremecía. que era la suya. roció las primicias hacia los cuatro puntos cardinales. Crugió la barbacoa. y cuando quedó transportado. seguían saliendo las voces que le hervían en la sangre y los antepasados le cantaban dentro. ¡el nombre!. vacío de apetencias y pasiones materiales. y avanzando hacia la muchedumbre se arrancó el barbiquejo y preguntó autoritariamente: —¿Y qué vagamundería son eta? —¡Detente animal feroz. abstraído. cantaba y mugía y. Dijo otra vez un nombre. Quedó en medio del círculo. como si temiera que los haitianos estuvieran irrumpiendo por la frontera vecina. ¡Can ga li! En derredor del fuego Baltasar giraba ahora con rapidez. superiores a la voluntad de él. La cantidad ingerida por él hubiera sido bastante para emborrachar a diez hombres. tembloroso. ¡aprotégeno!… —¡No nos disgreguemo! –imploró la directora de rezos–. lo repitió dos veces más y retrocedió y avanzó.

¡Este era el cuadro consolador! Ensimismado en un silencio hostil. Azua está en poder de España. aniquilaron las avanzadas de los patriotas en Haina y en San Cristóbal. habían visto con asombro al otro jefe. Extraía de los relatos. Y Cambronal y Las Marías y Cerro en Medio. hechos. devolvían el lamento funeral. A medida que se generalizaban las noticias los crecientes clamores se multiplicaban. Y el General Pedro Florentino. Así los había forjado él. cinco del Puesto Cantonal de Petit-Trou. ¡dominicano traidor y azote del Sur!). Pasaría la noche y lo 148 . La Gándara y Puello (¡Puello! ¡Puello!. con el Sargento Payén. y la hamaca. traicionado. los banilejos se pasaron al enemigo y contribuyeron al exterminio. El ejército del Sur –cuatro mil trescientos hombres– destruido. de la de Pedro Florentino a la de Gregorio Luperón. si no se les ordenaba. nueve de Pesquería. Los demás sobrevivientes. la música y las faldas. su compadre de sacramento. subían hacia las lomas de Panzo perdiéndose en las laderas. soletas dobles. con el Coronel Cabuya. doce de Barahona. desnudos de la bazofia de comentarios. un concepto de hombría que les impedía recular en la pelea. treinta de Neiba. treinta de Neiba. Las sombrías pupilas escudriñaban con ansias disimuladas las bocas de los caminos y los caminos estériles mantenían las cifras inalteradas: ocho de Rincón. Un inmenso dolor se dilataba sobre el vasto valle de Neiba. educados así. En Baní. dos de La Descubierta… ¡Fueron 820! Pasó toda la mañana y lo dejaba la tarde bajo la baitoa del patio. En la noche lóbrega pasaron por Pueblo-Viejo. ¡Fueron 820! ¡Puello! ¡Puello! Regresaban: ocho de Rincón. y otra vez a la de Pedro Florentino. asesinado. huyeron silenciosos como sombras. a alimentarse de pie con plátanos y cecina cada veinte y cuatro horas. orientados por el otro derrotero. con el Capitán Antonio Blas. nueve de Pesquería. se derramaban sobre Cerro en Medio. Tenían prohibidos el aguardiente y las barajas. parecía sordo al lloro desgarrador de las mujeres. al que mandaba en todo el Sur. nada más que hechos. dispersos por los escuadrones y acosados por el espanto. habituados a dormir a suelo raso. Endurecidos por la ruda disciplina que había mantenido él. ¡Fueron 820! Pantalones y guerrillera de “fuerte-azul”. un machete. volaban sobre Cambronal y Las Marías. gritando también sus muertos. ¡vendido! y asesinado.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Ángel Liberata ¡Fueron 820! Diezmados al principio por la infantería enemiga. Contaba en silencio y volvía a contar de nuevo. Y ellos. una cartuchera. se separaron en Quita-Coraza tomando las rutas de Rincón y de Neiba. porque inclinan a la molicie. sentado en el taburete forrado de cuero crudo. podían recorrer distancias enormes sin rendirse a la fatiga. porque deshonran. y así habían pasado de su autoridad a la de Pedro Florentino. dos de La Descubierta. cinco de Petit-Trou. y obligaba a morderse la lengua y a morir antes que soltar palabra que menguara el prestigio de la República y favoreciera al enemigo. Nadie se atrevía a dirigirle la palabra. una carabina. doce de Barahona. siguiendo el atrecho de El Curro que los llevara a juntarse con su jefe natural. con el auténtico Jefe. indigna del guerrero. Una arruga perpendicular partía su frente.

útiles de labranza. Había oído decir que era Brigadier y jefe de la artillería realista. Del lado afuera de la cerca se agazapaban sombras armadas de fusiles. —Lo supongo. Haga el favor de sentarse y beba conmigo un cafecito. General. Uno del grupo se acercó anunciando título absurdo: —El Marqués de la Concordia. en su país. El café humeaba en dos diminutas vasijas de güira silvestre. Bohío con puertas ausentes. poca gente… Un hombre. ellos no habían visto siquiera un hombre de armas. Cara dura. Duras barbas de chivo que rozan el pecho. Nervios en lugar de carnes. se ha impuesto la paz –continuó el español. El ojo experto del que anunciaron fiscalizó: —Rústico escenario. y excusabaraja. Enramada. Ahora le bastaba advertir que se trataba de hombre de mando. mujer de garbo. Al responder al saludo se iba incorporando el hombre. Le suplico que lo lea. con plenos poderes. Pocas gallinas. carentes de los recursos más elementales y de la más elemental disciplina. —Este pliego fue retirado de los papeles del infortunado General Pedro Florentino. se dividen en banderías. vengo en misión de mi Gobierno. Se dejaba examinar y parecía no interesarse en averiguar cómo era el recién llegado. sin cerca. que empezó a acariciarse la descuidada y puntiaguda barba. con las pupilas enrojecidas y exigentes clavadas en las bocas de los caminos. —Muy buena se la dé Dios. Un oficial de alto rango. —Desde El Seybo hasta la frontera. Estaban solos. donde los facciosos. sirve de cocina. Dispensará el ajuar: no es aparente y fino como los que se usan allá lejos. (los vanos miran al norte y al sur). para tratar con usted. De las soleras. cuelgan ordinarios aperos de montar. Habla del destino deparado al General Gregorio Luperón. Pobre indumento. desvaneciéndose las presunciones de Puello y confirmándose el criterio de La Gándara: En Azua fue destruida la resistencia del Sur. Duros. que tenía gracia natural. pudo percibir trote de cabalgaduras que avanzaban por el lado de Azua. guiado por un práctico y seguido de seis militares –españoles y criollos– se acercó luego preguntando por él. Botó en el taburete y pegó en la corva curvo sable pendiente de terciada y galana banda. Se restaura en El Cibao. que amenaza caer sobre apagado fogón. ¿No habrán comido aquí hoy? Patio casi yermo. sin tapa.  A pesar de los lamentos y de un repentino ladrar de los perros. seca estatura. 149 . En la travesía. y deseos disimulados de ser agradable. muchacha apetitosa. una niña y… miseria… miseria… ¿De qué vivirán en esta aldea? —Muy buenas tardes. Prosiguió el ligero examen: Alta. rígidos mostachos. Él aprobaba y callaba moviendo afirmativamente la cabeza. sin duda para ganárselo. Duro mirar que se va suavizando hasta ganar triste dulzura en mi presencia… Este mulato es persona. —General. suspensos en colmillos de cerdos monteses.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II sorprendería otro sol sentado en el taburete forrado de cuero crudo.

A puerta cerrada trabajaban la esposa y la sobrina. cuando no puedas más. —Es que la mano se cansa. Ese río con la oscuridad es muy temeroso. Varias mujeres desgarraban sábanas y enaguas volviéndolas hilachas para aplicar a las futuras heridas. No… No se trata de garantías.  El lucero del alba brillaba como lejano faro. el reconocimiento del grado de usted y de sus oficiales y los gastos efectuados por usted y por ellos. Y. Se le ofrecen a usted.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Él extendió el brazo. mi señor. En total: trescientas diez y seis… —Faltan más de la mitad. La niña dormía tranquila sobre una estera extendida en el suelo. perdóname la penosa vida que te doy. Tomó él la diminuta cartulina y leyó: y. —El Gobierno admira el heroísmo de la gente del sur y lamenta su derroche innecesario e infructuoso. —Perdóneme. y dijo al joven que acudió al reclamo: —Pedro. Es el ramo de olivo. disconforme. en lugar de Liberata escribe Libre. —Padrino. Cuando se retiraban se oyó que el Ayudante del Marqués preguntaba burlonamente: —¿El tío ese de las barbas es General? ¡Causa ganas de reír!… —Te reirás…. Entró dejando detrás de sí la humareda que soltaba su cachimbo. 150 ÁNGEL LIBERATA FÉLIX. La arruga perpendicular se pronunció. Al regresar traía las espinas empuñadas en la encallecida mano. Se levantó otra vez y. doliente como una herida. Mire cómo van saliendo. –observó él. tomó el pliego y lo abrió y leyó en silencio. De la amarilla llevamos preparadas ciento cinco. En seguida le arrancó al pulgar y al mayor un sonido bronco y seco como un latigazo. . —¿Cuántas tienen listas? –preguntó en voz baja. A la lumbre del ardiente fogón se preparaban los emisarios que saldrían llevando órdenes en diversas direcciones. —La madeja encarnada sólo dio doscientas once –respondió la esposa. Te debiste unir a un hombre manso. –protestó la joven. dice mamá Lin que venga. Es una lana ordinaria y enredosa. fue hasta la empalizada y cortó una rama de guasábaras. esta es mi paz. tras breve reflexión. —Padrino. Los clamores se volvieron con la noche invasora más graves y lastimeros. Meditó y agregó dulcificando el tono: —Candelaria Ferrera. Llamaban del aposento. los tres no me caben ya. —Aprieta las letras. sin miramientos. ordenó: —Economiza el Félix… Después de todo en la guerra no debe uno pretender vivir siendo feliz. Es lo mejor de mi nombre y lo que vale más de la reliquia. le contestaron entre dientes. permítame explicar… La jefatura de toda la región de Neiba. General: es la concordia. Y cuando te canses suprime el Ángel. este Señor es Marqués… Acampáñalo hasta el Yaque. y mostrándolas con el brazo estirado dio expresión a la respuesta: —Concordia. desenvainando el curvo sable.

Pero desde que los asaltantes alcanzaron a ver formándose el clásico “cuadro”. cuida al enemigo herido y fraterniza con los prisioneros. hundido. El Yaque. cruzaban en sesgo de una a la otra orilla. mulatos. cuando fueron atacados por los nativos que avanzaron hasta la margen occidental. entremezclándose con las reses aterrorizadas. a pesar de su desventajosa posición. y el triunfo de los españoles facilísimo. veterano de las campañas del Danubio y de Crimea.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Y. irresistible en la refriega. “Luperón es directo. o del Mediterráneo!… Eusebio Pueblo tampoco quería responder. Un salvaje que respondía con señales aprobatorias y. a pesar de eso. —El 31 de enero –¡desde hace tres días Mariscal Puello!–. En el recodo vecino recuperaron dos y el otro desapareció con dos cañones. daba una vuelta y se presentaba con una rama de espinas. salimos de Azua y todavía se obstinaba usted en una marcha de tortuga para tan mezquina escaramuza. oyendo que Pedro había regresado. cuando se le creía convencido. Se iba aburriendo de una aventura guerrera sin posible honra que abrillantara los laureles que había ganado entre iguales. con sabor de picardía: —El hombre es fuerte cuando pone fe en un talismán. dificultaba el paso de las municiones y la artillería. torrencial. en creciente. y de cuando en cuando lo invadía una honda nostalgia de paz. Se acostumbraba a las bromas del Capitán General. Las frágiles canoas y las balsas y los bongos improvisados. Estas no las fabrican ahora: las hicieron en el extranjero y las “curaron” en Haití… Las conseguí por medio de mi compadre Bucán Ti Pie…. arrogante y noble hasta en el combate. Repugna las estratagemas. en un lugar que les era tan favorable. no quería expresar concepto sobre el Liberata ese. En el caudal de aguas ocres patalearon cuarenta y siete españoles heridos y diez muertos. desarrapados. Chocaron una balsa y tres bongos. El Excelentísimo Señor Don Manuel Pereyra y Abascal. deme la razón. sentía un criollismo incurable. dijo ¿Entienden ustedes? Y salió sin esperar respuesta. –dijo con sorna La Gándara. ¡Paz! ¡Retirarse con su familia a un rincón escogido del Cantábrico. Preservan de las balas cuando el que las tiene se defiende tirando a punto metido. y animal de raza fina. pero en el fondo le mortificaba la torpeza con que atacaron los dominicanos. Confiese que no era menester tanta cautela. Desde antes de salir de Santo Domingo había avanzado su opinión sobre los hombres que tenían que batir. y en la derrota lo enciende ferocidad 151 .  La embestida fue violenta y torpe. Prefería ver exterminados a sus antiguos compañeros a que se desacreditaran de esa manera. enredándose en las caña-brava. Por eso las reliquias nunca dejan de ser útiles. Pedro Florentino es de ímpetu inicial arrollador. El se iba a ceñir la faja de Mariscal de Campo y. y de mandíbulas apretadas. Además. Marqués. o vomitado río abajo por el remolino. para él. se dispersaron dejando una docena de muertos: todos flacos. como de gente bisoña que llegaba enardecida y no podía detenerse. y el pavor con que huyeron dejando sus muertos. el Marqués de la Concordia. los bongos se desprendieron de las amarras y se deslizaron arrastrados por la corriente. la espectacular demostración de fuerzas de La Gándara tendía a impresionar más al Ministro de Ultramar que a los campesinos sublevados… Sinceramente creía menos costoso y más cómodo pagar a cualquier precio la adhesión del Liberata que exponer a tres mil hombres a la fiebre amarilla y al vómito negro en tan ingratos andurriales.

Y al primer encuentro el General Ángel Félix atacaba como un tonto y corría como un cobarde. sin embargo. A la sombra de frondosos mangos y barías se agrupaban formando mercado al aire libre y discutiendo el trueque de los artículos de consumo. El día cinco. Lo pasaron del río Yaque por el caño de Rincón cargado de cañones y balas. Las de Cristoba eran las que habían visto al madrugar ese día a Pedro Inacia y a Angelito Liberata llegar por la laguna “pusando” un bongo nuevo. Las de Lemba y Las Saladillas. y flotaba como si fuera emanación del pobre río. con el dorso de la mano izquierda en el cuadril y manoteando con la diestra. comenzaron a insultar a las de Lemba. las de Cristoba y El Naranjo eran unas piojosas. hasta reducirse a disparos intermitentes. de los corrales vecinos. pelo lacio y vestidos de colores vivos que contrastaban con el luto general. bajaron con rosquetes. de un trigueño pálido y de ojos lánguidos. desde que la artillería realista entró en acción y los invasores formaron el cuadro. Durante media hora se mantuvieron a la ofensiva. con unas cargas grandes de cañones. trascendía del mercado. ¡Si conocerían ellas el caballo prieto del General! Para las de Lemba y Las Saladillas. ¿Quiénes eran las de Lemba? Unas chinchosas y embusteras. que venían de Las Damas en compañía de “El Torito e May Juliana”.  Las mujeres de Cristoba. les respondieron a gritos. Lo extraño esta vez fue que no se vio al enemigo y que las bajas que causó fueron en su mayor parte de oficiales: ¡como si los estuvieran seleccionando! Ocuparon Neyba al anochecer y la encontraron vacía de hombres. Las de Lemba y Las Saladillas fueron las que vieron “al romper el nombre” a Ángel Liberata. plátanos. de lebranches. Dos días después llegaron a La Salina. pero los tiros fueron cediendo en disminución gradual. cargadas de sartas y canastas de viajacas. Estaba casi convencido de su error de apreciación. El empuje fue fragoroso y violento al iniciarse. Parece genero como Luperón y. oyeron cantar los gallos de Neyba y se disponían a entrar en la aldea cuando en Las Cabezadas de Las Marías atacaron la retaguardia. Al General le arañaba la barba el pecho al paso de su caballo. a macho cabrío. graciosas. pero con su testarudez natural insistió en que debían continuar a marcha lenta. Embiste como Florentino y se escurre como la culebra”. Los disparos hostiles siguieron sonando toda la noche. Los soldados se juntaron con las mujeres piropeándolas y comprando lo que necesitaban y lo que no necesitaban. ¡Mentira!. Esas perras se querían lucir delante de la gente. pánfilas de comer viajacas con coco. andullos de tabaco. de tostado rostro. de quéqueres y de huevas secas de pescado. llegaron como las de El Naranjo. Ángel Liberata Félix es la trampa. En el escándalo intervinieron las de El Naranjo. es cruel. Las de Cristoba y El Naranjo no le iban a hacer caso a esas infelices de Las Saladillas ¡Jesús! (Escupían cuando las mentaban). Varios muertos rodaron por un barranco y asustaron a los caimanes. a miseria pública. cocos. a Pedro y a los Florián. quesos de chivas. ristras de cebollín. al ponerse el sol.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS irrefrenable: le incomodan los heridos y los prisioneros. Eso había dicho. Un pesado olor a pescado. En cuanto a las de Lemba eran ellas y su barrio 152 . De improviso las mujeres de Cristoba. Ellas eran las que habían visto pasar por su sección a Ángel Liberata con los rinconeros y los de Petit Trou cargando muchos cañones.

Se afirmó la ofensiva y regresaron. “El sonso ese va a sabé aonde carga el maco la manteca. Las mujeres se retiraron charlando amistosamente. (Y formaban cinco cruces con los dedos de las manos). ni señal del enemigo percibieron ese día. ni huella. para salir de tan inhóspitas tierras. que halaba su asno para librarlo 153 . Un silencio profundo bajó de los cerros. En la mañana siguiente amanecieron degollados los últimos centinelas. Todas ellas era mujeres “honrás y de palabra. ¡Como si el hijo de Liberata no pudiera está a la mesma vez en los lugare que que le dé la gana!” Se apretaban las verijas temiendo reventar de risa. Luego se despidieron hasta el sábado siguiente enviando mutuas memorias y riéndose del jefe español. contados con cerradas descargas. un oficial creyó divisar con sus catalejos. que nunca hablaban embuste”. quien hizo llamar a las mujeres para someterlas a interrogatorio. A poco oyeron dos. ni eco alguno de voz varonil. en los pequeños remansos croaron los batracios. El combate se generalizó. iban comunicando el fuego de uno a otro cachimbo. “por ésta. De las de Cristoba y El Naranjo sí “que naide podían dací que les tenían la cola pisá… Lo único que podían decí de ellas era que sabían salir algunas puta… ¡Y eso!” Un soldado le dio aviso a un oficial y el oficial a La Gándara.  Cuando se borró la púrpura del poniente. A una mujer. la sombra de un jinete fugitivo. Enviaron a un pelotón a requisar bestias de carga del lado del sur. Todas habían visto en la madrugada llegar por sus barrios respectivos a Ángel Liberata. los realistas. Sólo allá. decepcionadas. a los conucos de los Terrero. ceibas. En seguida se trabó la lucha de tal modo que lo oídos atentos apenas diferenciaban el estrépito simultáneo de la fusilería de los regulares.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II tan fatales que al pasar por allá al río se le salaba el agua. El Marqués cañoneaba troncos de barías. seis. en repliegue.  Amanecieron degollados los centinelas y desjarretadas las cabalgaduras. ladeando los rostros. del graneado tiroteo de los nativos. Cuando llegaron a la presencia del jefe español estaban todas de acuerdo. cuando cruzaban caldeados de sol los áridos salitrales de La Madre del Muerto. que son cruce”. El Marqués oía y callaba. detrás de los cuales salían mortíferas balas. El resultado fue desconsolador. Cada grupo corroboraba lo que decían las del otro. cuando les abrieron fuego del lado de oriente y cayeron 7. Una espulgó el pliegue del pañuelo que le aprisionaba la cabellera y extrajo un fósforo de peine. o cabalgando en un burro hasta Barahona. esperando órdenes. aunque fuera aventando al duende a cañonazos. se impuso en la aldea y se extendió sobre el lago vecino. 8. a su generar con crecientes cargas de cañones. lo frotó reciamente en una chancleta. El Capitán General tendría que ir caminando a pie. Se juntaron unas a otras y.000 hombres de La Gándara quedaron listos en un instante. 9 zapadores de la escolta del Capitán General. en la linde casi imaginaria. Ni un hombre. mangos. ocho disparos. cocoteros. Los 3. hizo fuego y encendió un cachimbito de barro. por el Sur y por el Oeste. La Gándara acabó riendo con fingido asombro de las sandias salineras que la misma noche a la misma hora vieron llegar por el Este. Entró en acción la artillería. deseando que se precipitara el final de los sucesos. El General español podía jurarlo.

semejante a un desprendimiento de la altura. Continuaron el tableteo agresivo y las descargas cerradas de la fusilería. —Capitán: me estorba ese hombre… ¡Cójelo!. le explotó en el pecho una metralla. impreciso. pacíficamente unidos. En las estrechuras los soldados de la impedimenta se escudaban con los heridos. Cuando pasaron por el caserío de Rincón. de Baní y de San Cristóbal. Un silencio ancho y hondo bajaba de la eminencia y se extendía cubriendo el valle de Neiba.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS de riesgo. Se deslizaron los cañones del lado opuesto y. los arroyos La Peñuela. Entonces. de todos lo anónimos fundadores. de los 820. Los Tres Reyes. ningún ojo vio cuando le alzaron el brazo y le abrieron la herida que hace enloquecer. en un choque cuerpo a cuerpo. había adquirido los caracteres de la derrota.  Se hundieron en occidente Las Tres Marías. pero muchos oídos oyeron una macabra carcajada y un cuerpo y una cabeza rodando ladera abajo. pasándose la mano diestra por la cara. 1936. Volvieron a sonar tronido y voz. porque Ángel Liberata había vuelto a pelear. el Ayudante del Marqués y un Teniente y muchos españoles. con pretensiones de recuperarlos. Ignoraban e ignorarían los sacrificios y los nombres de él. buscando el mar. embistieron al cerro. La refriega continuó a lo largo del camino. La Isabela y Cachón Pipo se deslizaban cantando… porque en aquel lugar le habían cortado el ombligo al Jefe del Sur. Adusta y sombría se alzaba a sus espaldas la cordillera maternal. el paseo triunfal de los vencedores de Azua. Las Siete que Brillan y se apagaron Los Ojitos de Santa Lucía… Empinado sobre un peñón de Las Balizas. Entonces fue cuando. del lado suroeste. hizo lumbre en su yesquero. a un deleite que asomaba. y prisionero el Ayudante. rugió la voz formidable: —¡Concordia. esa es la paz! Y un tronido. miraba él cómo ardían las casas y miserables bohíos iluminando la orilla del mar por donde se retiraban los invasores. pisó estribos y tomó la ruta por donde iría a averiguar qué había sido de Candelaria Ferrera. El relincho de su caballo tuvo repercusiones de clarín. bajó con la voz matando a doce hombres. acosados. quedaron abatidos el Teniente y dos soldados. Cuando La Gándara y Puello llegaron a Barahona. La exaltación de la lucha fue cediendo a un sentimiento nuevo. 16 de agosto. desde la cresta de un cerro cercano. le acariciaban el pecho. Creía ver la aldea de Barahona transformada en una ciudad inmensa que comenzaba a vivir vida futura. Sus barbas de chivo padre. españoles y dominicanos. Rugían y volvían a rugir los cañones con que el Yaque contribuyó a luchar por la República y. Con la aurora las luces creaban formas fantásticas a los ojos de Ángel Liberata Félix. irritados. Volutas y grumos rojizos se desprendían de las gigantes chimeneas de fábricas donde trabajaban. 154 . ordenó la voz terrible: ¡hazlo reír!… Y como el subalterno se apartó con el Ayudante prisionero. brumoso. barriendo al Marqués y dejando fuera de combate uno de su cañones. meneadas por el terral. repercutiendo. como el hálito que le denunciaba la existencia del Yaque lejano desembocando en la gran bahía de aguas tranquilas. aguaitando. junto a obreros de todas las naciones. El Uvero. ahuyentó las visiones. y los españoles se fueron. encendió el cachimbo. y parte de la mujer y la cabeza del asno quedaron adheridas a una ceiba. en las espeluncas del Bahoruco y la sagrada cordillera se enarcó.

Proserpina puso el “grito en el cielo”. la Crueldad. se había encarado con él para decirle con sobrada impertinencia cuanto a la boca llevó su rebeldía. exponiendo por primera vez desconocidas dotes de oratoria. mis cortesanos. y como hasta él llegaron sus lamentos y Júpiter se enterara de la desavenencia. aunque nadie le escuchaba. por ella compartido. —Por qué estoy en este sombrío palacio. —Valiente corte la tuya –exclamó ella con sorna–. No hay para qué decir que Proserpina. —¡Tonta! –exclamó él con desdén. empezó a ceder y aun a tratarla con cierta dulzura desacostumbrada. inconforme. ¡Reniego mil veces de la inmortalidad aquí. mejor quisiera estar en la tierra! ¿Por qué me arrebataste de ella. en fin. ella. no queriendo Plutón desacreditar su alardeado temple de voluntad y su poderío y no viendo que de otro modo pudiese calmar a su mitad. presentando ejemplos. novelas y ensayó piezas de teatro. una mujercita fina y delicada como una alondra. se sostuvo en la ofensiva. E. ¡Cualquiera se habría acercado a calmarle en aquellos momentos. ¿no sabes que la tierra es un infierno. y tales son los motivos por los cuales le hallamos tan sombrío. la Calumnia. como energúmeno. Proserpina. la más vil de mis hijas. había amanecido caprichosa. en vista del terreno ganado.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II VIRGINIA ELENA ORTEA (1866-1903)* Los diamantes de Plutón Plutón. Eres reina. Son los mismos. con un humor más negro que su reino. *V. se paseaba por las galerías de su palacio. su cara mitad. Ortea escribió cuentos. Plutón no quería pensar en ello. que sólo me causan horror! ¡Oh. la que arrojé de aquí. y que si allí fueras reina tendrías a tus pies una corte igual a la mía? —¡Mentira. el rey tomó el partido de convencer a la reina de que aún mucho peor que el infierno es nuestro desdichado valle de lágrimas. Al escuchar el cruel insulto. explicándose con calor. mi patria? —¡La tierra! –dijo Plutón con sorna también– Pero desdichada. la Envidia a mis pies! ¡Ver de continuo los feroces rostros de los hijos del infierno. que ella me condena a la eterna contemplación de vuestros sombríos dominios! —No te quejes –replicó él con admirable calma. retratadas en sus rudas facciones todas las durezas de su corazón. y dirigiéndose a su habitación empezó una larga perorata llena de elocuencia. Ahora bien. ¡Tener el Vicio. quejándose amargamente de la lobreguez de aquel reino. datos conmovedores. Y aunque el rostro del marido habría impuesto respeto al mismo Hércules. tienes una corte a tus pies. mentira! Allí no tienen rostros tan feroces como los que aquí me rodean. cuando su rostro mostraba el sordo furor que rugía en su pecho! Plutón tenía mal genio de suyo. no tardando en declarar que abandonaría su triste mansión para volver a la tierra. en sus días malos causaba verdadero pavor verle. y allá fijó su residencia: la Hipocresía. 155 . pero disfrazados hábilmente y guiados por aquella. y como su reino no estaba en condiciones de alegrar a nadie. gesticulando y hablando. haciendo verdaderos prodigios de perspicacia y tacto. Parece que después de meditar detenidamente el asunto. oh Destino? –gemía sin importarle nada las arrugas que se multiplicaban en la frente de Plutón–.

—Me voy para ese Paraíso que tales adornos produce –chillaba ella sin el menor respeto a su categoría. de modo que el rey. mujer –dijo–. Seréis causa de crueles ambiciones. lanzando un grito de sorpresa y placer al ver los apagados carbones convertidos en piedras que lanzaban cascadas de luz fosforescente de un brillo fantástico. o más bien rugió trémulo de ira–. se apretaba las manos una con otra. seguía en sus trece la diosa del Infierno. comenzó a llorar amargamente. y ella.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ¡Pero cualquiera convence a mujer de cabeza dura. y la cegaban con maña. abre tus bellos ojos y mira… Ella por curiosidad miró lo que le ofrecía. Sabido es que así sucede… casi siempre. de desdichas sin cuento. y arrancado los diamantes a la reina. más pegada de su belleza. con tal fuerza. Proserpina se dedicó desde ese día por completo a sus nuevas joyas. ¡Seréis fuego de infierno para quien os desee! A estas voces volvió en sí Proserpina. Plutón no pudo resistir su ira. quejándose… de que en la tierra había “algo” bueno que no tenían en el infierno… flores. deslumbrador. que no entiende de razones! Toda aquella alocución cayó en saco roto. de viles deshonras. que por nuestra desgracia acertaron a caer en los abismos de la tierra. Atraeréis a la Envidia hacia vuestro brillo funesto. al verse vencida en aquel torneo de palabras. Verdad que a cada razón del marido opuso ella una réplica más o menos oportuna. La Envidia había revuelto a los habitantes del Averno promoviendo una verdadera rebelión. radiante de pedrería. no había tenido día tranquilo. La Perfidia trabajaba activamente en ella. y empezaba a juzgarse. Plutón. —No me burlo. Y no es esto sólo. Proserpina cayó presa del más espantoso ataque nervioso. ya tienes las flores que aquí se producen. que en joyas había convertido un diablillo inteligente a las “flores” del infierno. y continuó demostrando con irrecusables verdades sus razones. y las delaciones se sucedían ante el trono. No se desanimó él. con menoscabo de su majestad y exposición de un rompimiento peligroso. furioso. los arrojó con ímpetu al infinito. —Te burlas de mí –clamó ella rechazando la mano de su esposo–. Las cosas llegaron a su colmo el día que Proserpina. para lucir en él sus esplendores. mohíno. que sin cesar adornaba con las fosforescentes luces de sus joyas… Llegó el caso de que el desdén de la reina alcanzara a su mismo compañero. de infames crímenes. Yo te daré algo mejor para que te adornes –añadió metiendo la mano en un horno encendido que por allí había y sacando algunas brasas que apagó entre sus nervudos dedos. —¡Malditas! –gritó. Nada tuvo que contestar el rey del Averno a esta verdad abrumadora y bajando la cabeza. quiso subir al Olimpo. y erre que erre. —Toma. ¡Desdichada de mí. y a su vez habló interpelando a sus perdidos bienes: 156 . la contemplaba cada día más vanidosa. furia que desahogó él en las desdichadas joyas. pero ello es que la Soberbia y el Orgullo se habían hecho consejeros favoritos de su Alteza. desde el malhadado asunto de los carbones. En tanto él se reía a más y mejor al depositar en la falda de su aturdida mitad los brilladores carbones. el más desdichado. Y volvió a gemir sin consuelo. librándose así de la furia que aún quedaba en el pecho de su rey y marido. más necia. por primera vez. que con nada puedo realzar aquí mi belleza! —¡Flores dijiste! –gritó el dios.

pero… ya sé que pronto. y como me resta tan poco tiempo de libertad. ¿Por qué no desistes? Te asaltarán criaturas extrañas como jamás soñaste conocer. llamado Tamayo. iracundas. Así lo pregonaban el límpido fulgor de sus ojos y la dignidad y sosiego de su continente. Su constitución emotiva demostraba que. 157 . bien quisiera aprovecharlo. calmado su enojo. Opia: –alma de los muertos… Maboyá: demonio. sobre las cabezas que queráis perder! VIRGINIA DE PEÑA DE BORDAS (1904–1948)* La eracra de oro1 (Cuento para niños) En esta tierra quisqueyana. escuchó la petición de su hijo con un destello de comprensión en la mirada y sus labios se comprimieron con gesto apenado. vivía en tiempos de Cristóbal Colón un indiecito de unos trece años. el cabello sobre que os asentéis con fulgores de aureola! Y Plutón. cuyos pies marcaban huellas en dirección contraria adonde se dirigían. Creen que todos los humanos somos hijos de Maboyá. añadió burlón: —¡Brillad. Guabancex: –diosa de los huracanes. El nitaíno. pues no esperaba semejante confesión de su hijo. ¡llevad al pecho de la mujer que os posea los encantos que el mío ha gozado! ¡Embelleced la garganta. padre. Pertenecía a la noble raza de los arahuacos. Un buen día decidió solicitar el permiso de su padre para ir en excursión a las montañas del Bahoruco. —Aún me parece verlas: pálidas. y Cuentos para Niños. rica en leyendas gloriosas. lo he oído comentar muchas veces. —Comprendo… musitó el padre y sus ojos se nublaron repentinamente. osado e inteligente. ¿Acaso lo ignoras? La expresión del chico era el anverso de una decepción. —¡Bah! –contestó despectivamente el chico–. y las Opias de sus mágicas leyendas. donde imaginaba que moraban aún las Ciguapas de luenga cabellera. Nonum: –luna. publicó Toeya. Por eso contestó con presteza: —Por el contrario. Pero debo advertirte que la aventura que has soñado es harto peligrosa y otros más denodados que tú han perecido en la demanda. que todos llevamos en el alma el germen de la *Virginia de Peña de B. —¿Es posible –preguntó en su sonoro idioma antillano– que te sea indiferente perder la vida? Has de saber que las selvas milenarias están cuajadas de peligros. con la cabellera al viento y los ojos desorbitados. ¡pero mis pies fueron bastante ligeros para esquivarlas! Sabía que me esperaba en su compañía una muerte segura entre los despeñaderos. ¿Acaso te encontraste con ellas alguna vez en tus andanzas por los montes? En la mirada del anciano relampagueó el recuerdo. Matunheri: –alteza. Nitaíno: –cacique subalterno. 1 Eracra: –templo. Caobay: –el purgatorio. Turey: –cielo. Era hijo de uno de los nitaínos más valientes y había aprendido de su padre a usar el arco y las flechas con maestría sin igual. anciano de severo semblante y porte altivo. Ciguapa: –mujer legendaria. era soñador y capaz de entregarse a la meditación. novela (1949). Atardecer en las Montañas. pacíficos pero valientes en grado sumo. me veré precisado a laborar en las plantaciones y en las minas.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II —¡Benditas! Ya que no puedo poseeros. como todos los hombres de su estirpe. deslumbrando. cuando cumpla los catorce años. Sombra de pasión.

no sabía qué partido debería de tomar. —Gracias. No cabía duda: ¡eran ciguapas!. Eran criaturas pálidas. pero no avanzaba en modo alguno. Aquella había sido la existencia bendita de sus antepasados. me haces el más feliz de los mortales. henchida de trepidaciones y ruidos apagados. como un manto. ¿me concedes tu permiso y me das tu bendición? El nitaíno no albergaba ya pensamientos de liberación. dijo blandamente: —Los indios no escatimamos la ocasión de hacer hombres valientes de nuestros varones. Como sucede a menudo en el trópico. se deslizaba bajo los árboles de ramas caídas. ¿Sería la mano de algún Cemí que la retenía? ¿Es que estaba vedado pasar por allí? Algo semejante debía suceder. según los frailes hispanos. ¿Me prestas tu piragua y tu hacha de monte? Quizás es mucho pedir… Vencido por su amor paternal. La canoa. el crepúsculo caía rápidamente y el paisaje entero se envolvía en sombras de misterio. ornada de árboles florecientes. te proteja en el camino! Y arrancando una aromática rama de curía le tocó en el hombro. el Ser Supremo. y que Luquo. La piragua. El lago de Jaragua era una gema irisada de divinos matices. los Caribes. Tamayo conocía sus implacables y frías decisiones. Pájaros diversos de vistosos plumajes. arrastró su piragua hasta la orilla y la ató cuidadosamente al tronco de una ceiba con un fuerte bejuco de jagüey. Estaba perplejo. La floresta. Notó al acercarse 158 . tan fieros como valientes. No le arredraban las enormes iguanas y caimanes que veía deslizarse sobre sus orillas porque sabía esquivarlos. aunque mi hacha te serviría de poco: ¡hoy no es más que un símbolo! Trabajada con esmero y tesón durante mucho tiempo. según los indígenas: abortos de Luzbel. como si de repente hubiese echado raíces. Por eso te ofrezco la piragua: puede servirte mejor… ¡Ve. Hoy es poco menos que inútil para defendernos de los guerreros de pecho de hierro que nos esclavizan. pues al tocar los remos la superficie lisa y brillante del lago arrancáronle chispas luminosas. el nitaíno contestó: —Ambas están a tu disposición. más que nunca anhelo ahora subir al Bahoruco! Padre. Ya estaba allí y era indigno de un taíno volverse atrás. fue confeccionada para procurarnos el sustento y defendernos de nuestros enemigos ancestrales. Hizo un supremo esfuerzo por darle impulso y los remos se quebraron. saltaban audaces de rama en rama. Acto seguido se encaminó al grupo que le miraba con atención. creyó ver ojos humanos que le atisbaban. pensó entristecido: ¡la libertad! Y deseando que su hijo la disfrutase. se deslizaba ante el sol. de pulida caoba. hijo mío. La luna en el horizonte era un espectro pálido. llamándole la atención. Percatóse con asombro de que su piragua se había inmovilizado.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ambición y el desenfreno… ¡Y quizás estén en lo cierto! No perdonan ni un pensamiento impuro ¿comprendes? —¡Ah. cuyas cabelleras luengas y sedosas las cubrían enteramente. En aquel paraje reinaba un silencio absoluto y se percibía la melodía del viento entre las hojas. Sin pensarlo más. ¡La masa de sus aguas se había petrificado! Alrededor la tierra era toda bermeja. aunque sentía clavados en él sus ojos desafiadores. Está concedida tu petición. hurañas. astillándose. Todo era brillantez y luminosidad cegadoras. que moteaban el agua de sombra y sol. a despecho de las duras circunstancias de su vida. como de una gema que hiriese el sol. padre –agradeció entusiasmado el adolescente–. El ruido isócrono de los remos cesó de improviso. elevaba al cielo la alegría del trópico. bendiciéndole. como una sombra. Bajo unas palmeras. que se agrupaban en forma de templo. por tanto debía proceder con cautela. que colgaba de un árbol de la ribera. El rostro oliváceo del indiecito se tornaba cada vez más jocundo.

ni a bestias… —¡Ah. quien creyó encontrar amigos en los maguacochíos y abandonó a los de su propia raza… ¡Infeliz! Ya el chico iba a dar la espalda malhumorado. deseaba conoceros y pensé que quizás me enseñaríais donde se encuentra la felicidad en esta tierra nuestra.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II que no eran como las imaginara. amuletos que llevaron al cuello los caciques ya desaparecidos. Ya veis que no os sirvo. —¡Ah. y añadió bostezando–: Jamás se ha cortado un árbol. la Oscuridad y la Superstición. Harías bien en volverte por donde has venido y tratar de olvidar todo lo que has visto… El indiecito vivía la embriaguez de un sueño y repuso sin amilanarse. contemplando los ojos hipnotizantes: —¡Ah. ya no podrás marcharte. Los ojos de la ciguapa Oscuridad lanzaron chispas de furor. sin sombra de temor: —¿Serían tan amables en decirme qué paraje es éste y por qué motivo se ha encayado mi piragua en el lago? Me ha sido imposible moverla… —Forastero. donde todo es belleza y encantamiento –repuso la Indolencia con voz cansina. es demasiado hermoso para olvidarlo! Y además. Hasta ahora nadie había llegado a nosotras por determinación propia. Si deseas conocer las maravillas que encierra esta tierra de tus antepasados. logrará vencer al opresor. sino criaturas demasiado jóvenes y hermosas para causarle daño a ningún mortal. pero hay criaturas que nos ofenden hoy más que las bestias: hombres vestidos que hacen daño a los nuestros… ¡Deben perecer todos! —Cierto. pero no es de indios traicionar y les llamo hermanos desde que aprendí a amar a su Dios. soy hijo de nitaíno. eres tan valiente como testarudo! –amonestó la más joven. Y cuenta cierta conseja que el valiente que logre ceñir a su garganta esos preciosos ornamentos. ni alimañas que ataquen al hombre… —No. pues. Allí existen tesoros incalculables. —¡Qué nombres más extraños! En fin. —La felicidad existe en el bosque milenario de las ciguapas. como tu piragua al lago! Forzosamente pasarás esta noche entre nosotras y harás lo que se 159 . cuando su interlocutora lanzó una especie de alarido y exclamó exasperada. permanece con nosotras una noche completa y conocerás los secretos de los Cemis: penetrarás en la eracra sagrada que guarda las cenizas de los Tres Behiques sabios que enseñaron las artes de tu tierra natal. Tan sólo debes probarnos que eres valiente a toda prueba… ¿No te tienta la aventura? —Sí que me tienta… pero no sé a que llamáis valor. como lo fue Guacanagarí. preguntas muchas cosas a la vez –contestó la que parecía de más edad– y eres demasiado joven para aventurarte por estas soledades. ¿cómo os llamáis? —Somos la Indolencia. Las interpeló. chiquillo? —Yo me llamo Tamayo… Y vosotras. Las ciguapas se miraron entre sí. revelando lo que bullía en su oscuro cerebro: —¡Pues bien. mal que te pese! ¡Tus pies se adherirán a la tierra. cuya voz alada tenía resonancias de cascabeles–. golpeándose maquinalmente las rodillas con dedos que remataban en afiladas puntas. y he aprendido desde la cuna a no temerle a hombres. lanzando al chico una mirada perversa. ¿Cómo te llamas. Serás traidor a los tuyos. ni se ha pescado en nuestros ríos… Las frutas más tentadoras caen maduras al suelo sin que haya necesidad de tumbarlas. ya comprendo! –masculló con sibilante acento–. ¿Enfrentarse acaso a las bestias feroces? No existen en esta tierra nuestra animales. Por lo menos eso le sugería su mente de niño inocente.

experimentó la emoción incomparable de ser mago o cemí al trasladarse con tanta celeridad de un mundo a otro. En el silencio que siguió a esta declaración tan inesperada se adivinaba la sorpresa del muchacho. —Pues yo estoy convencido –aseveró el indiecito con entereza– que sólo Dios puede acelerar nuestros días. y dijo con sorna: —¡Vaya que eres valiente entre las mujeres! Al parecer sólo los hispanos te intimidan… Mira. propicia para las moradoras del bosque. La ciguapa Superstición lanzó una extraña carcajada. además. Volaban por encima de la luna en fantástica procesión y el chico contemplaba a su placer lo que otros hombres imaginaban apenas. embozada en nubes. esta noche la luna tiene dos alas. muy semejante a un bufido. es la luna roja de las ciguapas. a cada cual le llega su fin. como si le abanicase un huracán. 160 .COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS te ordene en todo momento. que los astros bajen hasta nosotros. pero adversa para los mortales. ¡cuánto ruido! ¡Cuánta gente! Por eso dijo con llaneza infantil: —Mucho me gustaría poder permanecer aquí: ¡es más bello de lo que soñé!… —Desdichadamente tornamos a la tierra. Cortábale el aire la cara y zumbábanle los oídos. Estás completamente a nuestra merced. Es inconcebible. —No tienes por qué intimidarte –bisbiseó la ciguapa más joven. —¡Pues tanto mejor! –dijo con aplomo al cabo de breves instantes–. buscando escondrijo entre los juncales del río. con que comienza a rezar por tu alma. llamada Indolencia– preocúpense o no los mortales. —¡Aquí no se puede respirar –suspiró el indiecito– y además hace un frío horrible! —Olvídate de tu condición de humano y será como si fueses divino –aconsejó la ciguapa Superstición con voz casi inaudible. Por lo menos eres valiente y sereno –comentó con menos aspereza la ciguapa Oscuridad. y el descenso era aún más vertiginoso que la ascensión. de una belleza deslumbradora y tranquila. Descendían. con que abandonarse a su sino sería lo más acertado… –y volvió a bostezar como si el sueño la venciese. Y allá abajo. De pronto sintióse sumergido en las aguas de un río y creyó que iba a perecer ahogado. Dentro de unos instantes bajará hasta nosotros y nos servirá de carruaje. Todo parecía escarchado y en penumbra. La luna se ha cansado de volar y tú has salido airoso de esta prueba. ya vamos emprendiendo el vuelo. Seguro de hacerle frente a las más duras pruebas comenzó a nadar sosegadamente. La suerte está echada… Me consuela que no podéis quitarme más que la vida: he aprendido de los frailes hispanos que el alma es intocable e imperecedera y en cambio la materia es barro vil y deleznable. si no quieres caerte desde las nubes –ordenó la ciguapa mayor– porque aunque no lo creas. Tamayo sintió que se erizaba su cabellera porque se elevaban vertiginosamente. —Pues agárrate bien. agarrados unos a los otros. con que ya veis que no podéis intimidarme. ¡Jamás oí decir semejante cosa! –añadió despectivo. pero su altivo semblante apenas trasuntó una leve emoción. Tamayo comprobó que olvidándose de sí mismo sentía un agradable bienestar y aunque volar en compañía de aquellas hijas de Maboya era por lo menos anonadante. Los perfiles de las altas montañas hacíanle sentir una admiración reverente. pero recordó las mágicas palabras de la Superstición y olvidó una vez más su condición de humano. como lo había hecho mil veces en compañía de sus amigos.

–concedió el cacique de la Cibuqueira–. la más erguida. Tamayo reconoció entre el grupo a Caribes. Para él aquel inmenso bosque 161 . creímos que eras cristiano! ¿Acaso es Luquo tu Dios? —Para mí. pero tengo un padre anciano. como niñas traviesas y turbulentas. cortinajes foliáceos y altísimas palmeras era un espectáculo imponente en su grandeza milenaria. un Ser Omnipotente. cual si fueran arrastrados por el ímpetu de la corriente. No importa lo que le llaméis. La vegetación lujuriante. que habían permanecido tranquilas y observantes. quizás largo tiempo desaparecidos. Es de los nuestros… Así podemos marchar en paz a la región del Coaibay. Mirándoles pasar caían sus lágrimas ocultas como lluvia de fuego sobre su corazón. Tamayo guardó silencio. parecían las de caciques destronados. muere en el acto. que quisimos morir por echar de nuestro suelo al usurpador. De su muñeca pendía el grillete que le permitió reconocer a Caonabo. Luquo es Jesús. ni de día. En ninguna época ha pisado allí criatura viva y el impío que pasa inadvertidamente por aquel sacro recinto. Que Luquo te conceda la mayor de las glorias humanas: ¡luchar por tu patria! Hieráticos y solemnes deslizáronse unos tras otros. le rodearon de nuevo. empuñaré las armas y haré la guerra contra los invasores a la manera de mis antepasados. quien ha padecido ya bastante y temo por él. Mi rebeldía está aquí –confesó. Una sombra. Macorixes y Ciguayos. Su rostro volvió a tomar su expresión jocunda. la guajaca colgaba de los árboles y flotaba con la brisa. partirás con nosotros a la tierra de las sombras. siempre vela por nosotros y perdona nuestros yerros. Por fortuna. Y emprendieron el camino. —Si no eres de los nuestros. Como finos encajes. La bondad inesperada de aquellas hijas de Maboyá le pareció un buen augurio. el más valiente de los quisqueyanos. se detuvo ante él con el brazo extendido en ademán de reto. ¡Así me escuche Luquo! —¡Ah. como lo sois vosotros. No había allí claridad ni de noche. Di. coronadas de plumas sus cabezas de largas cabelleras. oprimiéndose el pecho con orgullo–. preferible mil veces a vivir avergonzado ante los hombres de tu estirpe.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Las aguas turbulentas se cerraron sobre su cabeza. en los cuales advirtió grupos que parecían solazarse en las aguas. diciendo: —Por segunda vez te ha salvado tu buena estrella… No tenemos reproche alguno que hacerte y ahora vas a conocer la eracra de oro y los orígenes milagrosos de tu pueblo. la planta del hombre jamás había hollado aquella tupida selva. Algún día cuando él sea tan sólo espíritu. que alumbraban a trecho los cocuyos formando cascadas de luz. Marchaban unos tras otros. Las sombras que le rodearon bajo las aguas no eran tan sólo las de las ciguapas. seguido de cerca por sus celosas guardianas. como fulminado por el rayo. como para mi padre. altivos y desafiantes. Apesadumbrado. Entonces las ciguapas. compañeros. negras como la endrina. adornada de helechos arborescentes. Matunhetí. Había riachuelos y cascadas. algunas con aquella expresión intimidante en sus rostros de belleza perturbadora. había conservado puro su corazón y alimentado su alma con las enseñanzas milenarias de sus mayores. pero continuaba nadando rítmicamente. ya que la espesura del bosque era tal que apenas se filtraba la luz de la luna por entre el espeso ramaje y sólo podían avanzar marchando de uno en uno. —Está bien orientado. todo clemencia y comprensión. de la raza que dejaba crecer sus cabellos como símbolos de su hidalguía. Veía por todas partes criaturas semejantes a las que le acompañaban. ¿qué eres? El indiecito sintió un tumulto en su corazón al proferir: —Soy indio y siento como indio.

siempre cautelosas y desconfiadas. ennobleciéndola. con medallas y amuletos. Ahora somos tus ángeles. El templo osciló. del que consumía la gente principal. apretando a sus labios el puño cerrado convulsivamente. como un gran escudo finamente labrado. Agitaba su hermosa melena. Flamencos de color rosado se alzaban soñolientos. De súbito vislumbró en lo alto un fulgor extraño. pero tal era el dominio que ejercían sobre él aquellas mujeres tenebrosas. hízole suponer aquel recinto un paraíso. sondeando sus ojos a cada instante. negándose a comprender. La luna brillaba intensamente y el cielo estaba cuajado de estrellas. Llegó al arqueado portal y los dorados goznes giraron suavemente. el joven penetró en el sacro recinto y sus ojos le parecieron demasiado pequeños para admirar lo que se ocultaba a la vista de los profanos. Está escrito en el firmamento ¡pero seguiremos siendo cumbres! Tamayo escuchaba con intensa atención. trillamos la senda para que las generaciones del futuro aprendiesen a ensancharla. Caminaron durante varias horas en silencio: las ciguapas delante. pero comprendiendo que estaban allí como ofrenda a los Cemís se abstuvo de tocarlos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS estaba inundado de sombras y misterio. y el aroma apetitoso de aquellos frutos variadísimos producíale un cosquilleo en el estómago. Como sobre un aparador. cuando sintió una terrible conmoción. los que estamos aquí sepultados durante siglos. Ya sentía el frío de la madrugada y un temor reverente invadía su ánimo. Ya sólo faltaba el último picacho. representados por caprichosas figuras en oro sólido. Contemplábalo todo absorto y maravillado. con un fulgor inusitado en sus pupilas insomnes–. a pesar de su ávida curiosidad. y sobre pulidas bateas. Allí estaban colocados en nichos los Cemís adorados por sus antepasados. con las ropas empapadas todavía. apuntando hacia la eracra. huyendo amedrentados a su paso. Tamayo no había ingerido alimento alguno en muchas horas. que con sólo clavarle sus ojos hipnotizantes recobraba de nuevo el equilibrio y proseguía la ascensión. Cesaba la espesura y se convertía en un opulento prado. como si la mano invisible del genio de la noche se hubiese extendido para darle paso. ornado de arbustos y florecillas olorosas. cargada de aromas. dando traspiés por aquella jungla enmarañada. como de un sol que alumbrase a medianoche. Fortalecida el alma por lo que juzgaba un milagro. Escucha lo que nuestros abuelos dijeron a nuestros padres: estas islas son las cumbres de una tierra portentosa que la ira de Guabancex sepultó en el fondo de los mares… Nuestra raza desaparece y renacerá otra más fuerte. negras y brillantes como ébano. frustrado redentor de los suyos? El paisaje cambiaba. ¡quizás más tarde seamos tus jueces implacables! Tamayo siguió la ruta indicada. Imposible le hubiera sido avanzar un solo paso hacia aquel prodigio. que se le antojaba inaccesible. si una de las ciguapas no le hubiese tomado de la mano para conducirle. ¿Verían de nuevo las opias de los caciques desaparecidos? ¿Podría platicar con el bravo Caonabo. sin dar jamás la espalda. y pirámides de cazabe. estaba colocada toda una vajilla del mismo precioso metal. como si amenazase un cataclismo. veíanse amontonadas joyas de complicados adornos. y avanzaba. en una barbacoa de roja ácana. fino y blanco como obleas. Un soplo compensador de brisa. y una voz tenue se dejó oír por entre las reverberaciones: —Nosotros. —¡Avanza! –ordenó imperiosamente la Oscuridad. En el fondo de la meseta revelóse a sus ojos la masa deslumbradora de la eracra sagrada. En él equivalía a un apostolado la felicidad de los suyos y ante aquella declaración un estremecimiento de rebeldía recorrió 162 . Vacilaban sus pies y se adherían a la tierra. Veíanse frutos exquisitos sobre los cuencos.

pero antes debo concederte el premio que mereces por tu fervor y desinterés de patriota innato. no aceptas el triunfo de otra raza sobre la nuestra… Eres denodado y resuelto y Luquo sabrá premiarte como mereces. —No venimos a torturarte de nuevo –rió guturalmente la ciguapa Superstición– no somos tan pérfidas como nos suponen…. henchida de fervor patriótico. escúchame y atiéndeme! Estamos exentos de ambiciones bastardas: no queremos oro. Desorbitados sus ojos en alucinación. colocáronlas sobre una de las bateas y añadieron frutas y cazabe al ponerlas en sus manos. es menester alzarse hasta Nonum por nuestros propios merecimientos! Los ojos del indiecito ostentaban un brillo acerado y su rostro tenía una expresión confusa. contemplaba el techo abovedado. porque estás exento de soberbia. estremeciendo de nuevo el templo y algunos ídolos rodaron al suelo con estrépito. ni civilización siquiera… ¡Todo cuanto te pedimos es la libertad! Vivir nuestra existencia pacífica de antaño. emocionado. El monólogo se había demorado un breve instante para proseguir con más pujanza. ¡Permite que cuando sea hombre yo pueda luchar por los míos… aunque en ello pierda la vida! ¡Queremos libertad o muerte! Su voz. La frescura y virginidad de su alma habían desarmado a aquellas mujeres implacables. aprende su idioma y estudia sus libros. libre de sujeciones y tributos. Entre esquivo y emocionado el indiecito no acertaba a dar las gracias debidamente. pero hablemos de ti: has triunfado en las tres pruebas decisivas y ya puedes marcharte en paz adonde los tuyos. que es más potente que las nuestras. Para ti son esos preciosos ornamentos. esfuérzate en aprender lo bueno que te enseñan los naguacoquios: cultiva la tierra. pero las ciguapas recogieron aquellas riquezas. ni riquezas. las verdades austeras del cristianismo con las poéticas leyendas de su patria. Las ciguapas desaparecieron en un remolino de aire. y que sea luminosa tu senda! Tamayo escuchaba con un sentimiento indefinible de alivio y quedó como extático ante aquella asombrosa concesión. En tu alma no anida el rencor contra los opresores. Señor de los cielos. admirando con curiosidad no exenta de veneración los extraños ídolos caídos a sus pies. mientras Tamayo con lágrimas en los ojos. pensó con cierta duda todavía. daba fácil salida a sus emociones. Solamente podría ostentar aquellos ornamentos como vencedor. pero se equivocaba. Ya se alzaba. pregonaba la rebeldía de su corazón. Pensaba que al fin le habían abandonado sus exigentes guardianas y que podía marcharse libremente. y de aquel modo con gusto ofrendaría su vida… Pero… ¿merecería realmente tal gracia? ¿Acaso no eran todos los indios desinteresados y amantes de la libertad? Quizás era ésta una nueva celada. tendidas al viento las 163 . Reverberaba en su pecho el sentimiento inmortal que eleva el alma de los hombres y se persignó a la usanza cristiana. ¡No basta morar en las cumbres. que contienen la sabiduría del universo. En cambio. ¡Llévatelos. cuando irrumpieron en la eracra sus tres jueces fortuitos. pero esta vez eran más blandas sus maneras.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II todo su cuerpo. esperando ver allí algún nuevo prodigio. No pudo menos que arrodillarse y de sus labios brotó espontáneamente esta plegaria: —¡Ah. —Si pretendes alzarte hasta el turey atiende a la Divinidad. —Ahora márchate a enfrentar la vida… Ya amanece y ningún mortal debe contemplarme a la luz del sol… Así habló la Oscuridad. Las ciguapas habían desaparecido y el joven respiró aliviado. que algún día ostentarás con orgullo. En su cerebro infantil amalgamábanse perfectamente la realidad y la ficción. que es la fuente de todas las riquezas. la voz hasta entonces apagada adquiría la claridad de un clarín.

sintiendo que el sueño le vencía. El ambiente era fresco y convidaba al reposo. como para cerciorarse de que nadie venía por las calles. y de allí descendió algo sujeto a una cuerda. y advirtió que le cobijaba la ceiba. Fue Ministro de Instrucción Pública. De pronto se abrió la puerta de un balconcete. había el bulto de una persona. A despertar ya era pleno día y el cielo estaba inundado de luz. JOSÉ JOAQUÍN PÉREZ (1845-1900)* Las tres tumbas misteriosas La hendida campana de la Puerta del Conde daba las doce de una noche oscura. pero Dios te salvará. en marcha. Ejerció la profesión de Notario.Crítica literaria. teniendo cuidado de poner a buen recaudo su tesoro. pues el extraño e increíble episodio revestía el carácter de divinos augurios. Recordó al mismo tiempo el regalo de las ciguapas y advirtió la batea junto a sí. ¡Dios los proteja! Después de dar algunos pasos para salir. a una mujer y a un hombre. Le habían trasladado dormido de un sitio al otro. con precipitación. sintiéndose bastante desconcertado. Sentía una certidumbre tan profunda de su aventura que no la podía desterrar del pensamiento. 164 . En el ángulo único que forman los de la plazuela de San Juan de Dios. Bandadas de aves revoloteaban mansamente en torno suyo. besó a éste y exclamó: —¡Pobre hijo mío! ¡Adiós! La sociedad te condena. Tamayo trataba de analizar el prodigio. Miró con delectación hacia el templo. con los astillados remos echados a un lado. pensó entusiasmado. Poniéndose lenta y calmosamente en pie.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS cabelleras e iluminadas sus frágiles siluetas por la luz imprecisa de la aurora. para disfrutar de un suculento refrigerio. Y el lago de Jaragua resplandecía al sol como una gema viviente. cargada con sus valiosos dones. que era un cesto donde había un niño recién nacido.Contornos y Relieves (poesías). ¿Es que no estaba ya bajo los mameyes? Miró hacia arriba. que no pudiese tornar jamás a aquel refugio o paraíso vedado. sino un miserable candil de aceite de coco o una chorreosa vela de sebo criollo detrás de un velón de papel amarillento para alumbrar sus casas. Sentóse bajo unos mameyes. diciéndoles: —¡Ya lo saben ustedes! A las cuatro. como las de aquellos tiempos en que los medrosos habitantes de esta ciudad antigua no tenían. ¡Yo rogaré a él por ti! *Autor de Fantasías Indígenas . Luego. Música más dulce no podía ser oída en parte alguna. que fue recibido ansiosamente por el misterioso personaje. deteniéndose de vez en cuando. ensayando trinos armoniosos. confundida con la oscuridad impenetrable. casi en su totalidad. el cual. Su primer pensamiento fue para la eracra sagrada. a cuyo tronco había amarrado su piragua. no lejos de la eracra de oro. su rostro pareció transfigurarse. Allí estaba tal como la dejó. se puso en movimiento. Flor de Palma (novela) . preguntándose cómo luciría a la luz brillante del sol. porque la tristeza había huido de su corazón. y allí entregó lo que traía. Llegó a una casucha de la calle de la Universidad. moviéndose sus aguas al impulso de la brisa. Con los párpados entumecidos aún por el sueño. tendióse satisfecho. volvió y descubriendo el objeto. pero éste había desaparecido.

con todos los muebles campestres necesarios y una amplia fresca hamaca de cajón para el niño. caritativo. mientras la mujer le ponía en los labios un chupón de leche de cabra. 165 . y joven. el Gobierno confió una comisión importante a don Félix del Prado. Pero éste iba atizando su fuego en el alma candorosa de Margarita con los deseos naturales de amar a alguien. huyendo del contacto de los hombres como de cosa del diablo. juez y confidente de todos. confesarse y comulgar a menudo. con raíces nobiliares. Dios nos envía este hijo. En la madrugada salieron en buenas cabalgaduras los esposos por la Puerta del Conde. varón preclaro y virtuoso. Somos ya padres. Y ambos acostaron al niño en una humilde cama. Martín. El Señor. —Sí. No debemos exigir que la seducción de unos ojos de fuego y de una boca modelada para el deleite se combata con ascéticas inclinaciones y prácticas. Dejemos que esas buenas almas de beatos sigan criando al fruto de los amores del padre José. recibió de su bija la confesión de su culpabilidad.  Nadie supo en casa de Margarita su estado. maneras distinguidas y gran ascendiente. Carne envuelve el espíritu de cualquier santo. —Juana –dijo el marido–. nada hay como tener buen corazón para encontrar la felicidad. mimándolo. porque ella se valió de todos los medios que para tales casos inventa la necesidad de parecer honrada. nos lo premiará algún día. se llamaba el padre José de la Calzada. De aquí al pecado no hubo sino una ocasión propicia para consumarlo.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II  Quien tal hizo y quien tal dijo era un sacerdote. Ya sabemos. Sucedió que a los seis meses. El padre José se dejó llevar y cayó en las tentaciones dulcísimas de un amor sin límites. Los que recibieron el depósito eran unos infelices y honrados esposos. bellísima y tierna adolescente. llevando al infante. Hicieron viaje rápido hasta Higüero. humilde. eran las del esposo y de su mujer. y aquélla es flaca y frágil y se ladea hacia donde se la llama con afán y se la avisa con repetidos contactos. que sorbió con avidez. como cómplices inocentes del suceso que vamos a narrar con la mayor brevedad posible. sólo por hacer un bien al prójimo. que sólo la madre de Margarita. pues. Y ese alguien único que visitaba constantemente aquella casa y era el árbitro. voz meliflua. que vela por los inocentes. Familias de buena cepa. a los siete meses del embarazo de ésta. y la vida de ambos cónyuges y de su única hija Margarita. Aquel hogar servía de templo a las virtudes y a la piedad. de buen porte. y con él los medios de vivir. De manera. donde se hospedaron en un bohío nuevo y cómodo. y éste hubo de embarcarse para España. doña Cándida Pedrozo. se ocupaban sólo en rezar el rosario. que aquel niño fue la encarnación de aquel amor llamado sacrílego por la Iglesia. La casa de don Félix del Prado era una de las más respetables de esta ciudad en aquella época. el padre José puede estar seguro de que le cuidaremos mucho a su hijo como si fuese nuestro. ir a misa.

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Gente de tal copete no hace escándalo ni pone su honra en la boca del pueblo. víctima de la tristeza que le causó el golpe terrible de la deshonra de su hija. 166 . cuando ya de regreso de España don Félix del Prado. Corrieron los tiempos y Felipe Belgrano. quien tuvo encargo secreto de ponerla en manos de los esposos Belgrano. tan humilde. que pasaba por hijo de los esposos Belgrano. figuraba como funcionaria principal doña Margarita del Prado de Uribe. un teniente coronel español hizo esfuerzos inauditos para obtener la mano de Margarita. El año 1801. porque ninguno como él tan virtuoso. Estos. aunque sin ver más a Margarita. la belleza saliente y de más fortuna para atraer cerca de sí a una corte de adoradores. Dejó el padre José la mayor parte de su fortuna –que no era pequeña– a otro sacerdote. su padre insistió tanto en que se verificase la boda. Todo se arregló de manera que para no dar qué decir. poseedora de la pureza que había perdido. yendo a establecerse en la isla de Cuba. hombre recto. para justificar tan extraño acontecimiento ante su hijo. llamadas “Hijas de San Vicente de Paul”. donde el obispo de aquella diócesis le nombró para el curato de la parroquia mayor. Recibió su título de Doctor y a los veinte y un años fue ordenado de sacerdote. porque su esposa. a quien él confesaba y administraba la comunión muy a menudo. Fueron a Santiago de Cuba. la que daba el tono a la moda. arrió el cesto con el nietezuelo. le revelaron todas y cada una de las circunstancias de su nacimiento sin poder decirle el nombre de su verdadera madre. vino a Santiago de Cuba. La familia de don Félix fue de las emigradas. En la Congregación de mujeres piadosas que él fundó. Lo que sí sabemos es que fue modelo de esposas y que aquel hombre la amaba con locura. hubo la emigración de muchas familias a la América del Sur y a Cuba y Puerto Rico. tan caritativo. continuó el padre José visitando la casa como antes. tan en auge entonces en esta llamada Atenas del Nuevo Mundo y de la cual era profundo catedrático en ciencias teológicas el padre José de la Calzada. que ésta se celebró con inusitada pompa. que recibió el padre José. alcanzó alto puesto en la judicatura y Margarita llegó a ser la niña mimada de los salones. y a pesar de que ella no sentía inclinación hacia el galán. No sabemos cómo Margarita se dio sus trazas para que el teniente coronel Uribe la tuviese por mujer honesta. ocupaba ya posición distinguida. A ésta. pero sólo iba éste con su hija Margarita. el hijo de Margarita. Llegó el año 1822 y la invasión haitiana hizo también emigrar mucha gente. había muerto tres meses antes. que le preguntaba siempre la causa de esa preferencia. se le hizo creer que su hijo había muerto. La madre fue la que en aquella noche oscura. Estuvo en la Habana y no hallando allí colocación. El padre Felipe Belgrano salió. Ni a su esposo reveló doña Cándida el secreto. Aprendió en la Real y Pontificia Universidad. Muy estimado fue allí el padre Felipe. don Félix. En esto murió el padre José y el duelo fue general. porque el padre José tuvo buen cuidado de no comunicar esto a nadie. Al cabo de algunos meses. Al fin. como otros. debido a la cesión de la isla y a la entrada de Toussaint Louverture en la parte española. ilustrado y de buenas relaciones.

pálido. *José María Pichardo: Periodista. quien. Fue el padre Felipe a recibir la confesión general de la enferma. yendo a romper con grande estrépito varias botellas de ron en el aparador de la próxima cantina. vacilante.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Doña Margarita iba a tener el primer hijo de su matrimonio. Rápidamente empuña su espada. los sollozos y los ayes. Vetilio Alfau Durán. hizo doña Margarita la relación de toda su vida pecadora al padre Felipe. Dios mío. hace esfuerzos para levantarse y grita: —¿Qué has hecho? ¡Has matado a mi hijo!… —¿Tu hijo?… exclamó el coronel Uribe. Solos ambos en el amplio aposento. Sin pérdida de tiempo Paniagua le hizo fuego a su agresor. Opinaron los galenos que moriría. Pocas personas lo presenciaron. derramando ambos copiosas lágrimas en medio de la más profunda emoción. Al mismo tiempo Paco Marmolejo arrojó las barajas al suelo y desenfundando su revólver le hizo un disparo a quema ropa. novela –1917–. De Pura Cepa: narración –1927–. se arrojó a los brazos de su madre. 1888)* El forastero José Paniagua se levantó de improviso de la mesa de juego musitando algo por cierto no muy agradable. y sólo unos cuantos jugadores Este cuento se consiguió por cortesía del Dr. entre los estertores de la agonía —¡Perdón. quedó muy enferma. para mí y para mi pobre Margarita!  Pasó todo aquello rápidamente. desde la pieza contigua. De resultas del alumbramiento. Al oír el coronel Uribe. ve que su esposa cae también exánime. Los comentarios diversos y contradictorios fueron el tema de todas las conversaciones durante mucho tiempo. y algo como el soplo de la locura pasa por su espíritu. exclamando: —¡Muere! ¡Infame! ¡Traidor!… Doña Margarita. y se la dispuso para la confesión y recibir los auxilios de buena cristiana. contempla aquel cuadro. aterrado. lo perdió. con los ojos saliéndose de las órbitas. hiriéndolo mortalmente. Vuelve entonces la punta de la espada hacia su pecho. y se avanza sobre el sacerdote. porque ocurrió ya de madrugada. atravesándole por la espalda el corazón. Autor de un v. El proyectil rasguñó el robusto cuello de José. hiriéndose con furia. y Tierra adentro. ante la imagen del Redentor. sobre cuyo rostro saltó la sangre del padre Felipe. abre con cautela la puerta y presencia aquel cuadro que creía de aterradora realidad para la ofensa de su honra. mezclada de alegría y de pesar. murmura. –¿Tú hijo?… Y atónito. 1 167 . cuando llegó el momento de dar a luz. y cayendo a los pies del ensangrentado lecho conyugal. ante la revelación del secreto de su existencia. y un día estuvo grave. de cuentos: Pan de Flor. El incidente sobrevino tan rápidamente que nadie pudo intervenir para evitarlo. Y el secreto pavoroso quedó sellado con las lápidas misteriosas de tres tumbas en la necrópolis de Santiago de Cuba!1 JOSÉ MARÍA PICHARDO (Nino) (N.

había matado a tres hombres en el curso de su vida tempestuosa. sogas y cuerdas fabricadas de pita. Jinetes en potros briosos corren de un lado a otro. una vez a la semana. en la casa de la viuda Gonzalito. Las autoridades del lugar –el alcalde pedáneo y un agente de la policía– llegaron como siempre. valiéndose de artimañas. El Carrizal. Un año más tarde el poblado de El Carrizal tuvo el honor de ser elegido por José Paniagua como sitio de su residencia. y muy pronto el negocio prosperó. amante de las fiestas. su debilidad más grande. sino por el placer de hacerlo. Él jugaba. aunque no de oficio.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS estaban cerca y ninguno de ellos se movió. acuden de las secciones vecinas y de los parajes próximos innúmeros campesinos a vender los productos de sus afanosas labores: café en grano. de aguas claras y rumorosas. tardíamente. ni dijo una palabra. El río Sonador. —Ustedes vieron lo que ha ocurrido. levantando el acta correspondiente. maíz. tabaco en rama. sólo tiene una calle que la forman dos hileras de casuchas primitivas. porque la emoción del juego. Presenta un bello panorama. El Carrizal se anima en los días de mercado. José Paniagua. jugador consuetudinario. lo sojuzgaban. hombre belicoso. árganas. en la remota sección de El Memizo. recados de montar. Se ven mujeres vestidas con 168 . Su personalidad dominante le había granjeado muchos amigos. llevando una vida cómoda y tranquila. ofrece un aspecto pintoresco. José se ocultó en los montes y luego se fue a otro lugar lejano. Se nota en todas partes un ajetreo de colmena laboriosa. Poco después perdíase en las sombras de una callejuela vecina. habichuela. Después del trágico acontecimiento. Recuerden los detalles de este desgraciado suceso. todo un primor de juventud y belleza. y. quizá sobrecogidos por lo súbito de la trágica escena. no en busca de ganancias pecuniarias. El cuerpo del muerto fue cubierto con una sábana en el mismo lugar donde cayó. José Paniagua se retiró con serenidad por la puerta del patio. En su vieja guarida de Los Mameyes no se le volvió a ver. En el centro del poblado queda el mercado público. y le colocaron cerca de la cabeza una vela encendida. En los días de mercado. lo atraían. prófugo de la justicia. Y ya lo saben: a mí no se me puede ganar con barajas marcadas. distintas clases de frutas. macutos y serones hechos de hojas de palma cana tejidas. galanteador y buen tipo. a la falda de una alta loma poblada de pinos. con encantadores paisajes bucólicos. que eran. cansado de vivir escondido. ubicado en un pequeño valle. Llegan constantemente recuas de animales de carga. tenía gran prestigio entre las mujeres. y allí se instaló. Nadie lo siguió. proporcionándole medios honestos de subsistencia. buen bailador. Como medida de precaución se alejó de las casas de juego. miel de abeja. de malas leyes y de algún padrino influyente en la política. espléndido. especialmente de maíz y habichuelas. amigos –dijo José guardando su revólver–. construidas de tablas de palmera y techadas de hojas de cana. según él mismo decía. para el caso de que sean llamados a declarar. encaminándose donde acostumbraba a dejar su caballo. raspaduras. nunca visitó la cárcel por más de un mes. con sus alternativas y azares. José se dedicó a la compra de productos agrícolas. Locuaz. quien poseía el gran atractivo de tener una hija. arroz. en una extensa enramada con amplio patio. corre cerca entre bosques de pomarrosas y gigantes jabillos. He matado a Paco en legítima defensa.

abundan las azucenas y lirios silvestres y gardenias. ocupa un gran espacio llano. Alicia ejercía en él una influencia irresistible. La razón por la cual me encuentro en este lugar. que pudiera perdonar una ofensa. Yo tuve que matar a un pícaro jugador de barajas en Los Mameyes. El batey. con jardín primoroso. lo atormentaba. donde crecen lozanos rosales. a beber ron y ginebra. se alza majestuosa más allá de la iglesia. obligado a adoptar un nombre falso. con una alta chimenea. La bodega del aserradero donde se pueden adquirir mercancías diversas. alegres y bailadoras. En la gallera lo engañaron un día con un gallo untado. que se usa como combustible. En la gallera. Y él mismo se asombraba del espíritu de ahorro que lo dominaba. a vivir tranquilo y con recato. de ojos tentadores. Se levanta el templo en medio de un prado risueño. y resistir la tentación de enamorar a una mujer ajena. se escuchan desde lejos. y las más jóvenes lucen ramos de flores silvestres. con su alto y elegante campanario desde el cual se domina toda la campiña. riñen gallos. La casa escuela. gigantescos girasoles. las exclamaciones ensordecedoras que lanzan los espectadores cada vez que un gallo pica o mata a su rival. y el pregón de las apuestas. en ratos de ocio y a primanoche a jugar naipes y dominó. pero la idea de que era fugitivo de la ley lo perseguía. Así. con depósitos para la madera cortada y secada al aire libre. y presiento que me estoy enamorando de ti. no es porque me guste. creo que lo mejor es que conozcas algo acerca de mi permanencia en El Carrizal. –díjole un día a la muchacha–. y no quiso reivindicar su derecho contra el fraude. con grandes extensiones de grama y un gran huerto donde se hacen experimentos agrícolas. Contribuye a la prosperidad de El Carrizal y la instalación de un moderno aserradero. con cantores que entonan coplas populares. se limitó a dar las gracias por la negativa truculenta en vez de armar la camorra acostumbrada por lo que él consideraba un insulto intolerable. y en un baile cuando le negaron una pareja ásperamente. desde que comenzó a dedicar sus pensamientos y sus atenciones a la hija de la viuda Gonzalito. evitando las discusiones acaloradas y pendencias. sino en cuenta de cierto suceso desagradable que ocurrió hace algún tiempo. a ventilar asuntos y a concertar negocios. llevando algunas pañuelos vistosos en la cabeza. Alicia. Las casas de los trabajadores y empleados. hechas de madera de pino y techadas de zinc. Abundan las mozas apuestas. es el lugar de comercio y atracción más importante de la localidad. El acordeón y el tambor invitan a bailar el merengue cadencioso. y por eso estoy aquí. que se extiende en dos alas abiertas. El olor de los pinos aserrados impregna el ambiente. Ya no era el hombre que perdía los estribos a la primera provocación. detrás de frondosos mangoteros. —Yo soy una especie de abejón. cuyas suaves fragancias se sienten desde lejos. situado a un kilómetro de distancia del poblado. 169 . moderna. Él no se había preocupado nunca por ningún peligro. temeroso de que cualquier otro incidente o disputa revelara su identidad y se reanudara la persecución de la justicia por el suceso de Los Mameyes y tuviera que escurrir el bulto otra vez. Se ven montones de aserrín. ni malgastaba el tiempo o el producto del trabajo. El orgullo de El Carrizal es la pequeña y bella iglesia recién construida por contribución popular. Transcurrieron monótonos y largos los días para José Paniagua. Tiene un anexo donde se reúnen los moradores del lugar. con aulas espaciosas y ventiladas. Le había hecho modificar su manera de pensar y vivir.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II sus mejores trajes. que se levanta en una altura donde termina la calle. forman contraste con las otras viviendas rústicas. pues. diminutas. suficientes para alojar con comodidad a la población escolar de El Carrizal y de las secciones cercanas.

mirándolo fijamente en los ojos. pero puedes tomarla como oro puro. recalcada con perversidad. pero erró la puntería. En lo alto del cerro. El extraño visitante era delgado y alto. ni en la casa de la viuda Gonzalito ni en la bodega. si ella deseaba hacerlo”.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Qué te obligó a matarlo? –le preguntó Alicia. Te juro. Esa ha sido la tercera vez que me he visto obligado a despachar a un ladrón. y repetir el mismo alegato de defensa propia ya me parece una bagatela. y dijo a los murmuradores: —¡Dejen eso y no lo mencionen otra vez! Quienquiera que lo repita le pesará. Él oyó una larga historia acerca de un forastero. Alicia. eso no influirá adversamente en mí. tiene que probar que me quieres. —¡Soy un tonto! –Se decía a sí mismo–. Alicia. Soy una mujer honrada y eso basta. Nunca disparé primero. No me creerán. porque son muy viejos. propuso Alicia. y ella replicó: —Ya te dije que una vez hubo un hombre. Esta sugestión. diciéndole: –Eres mía y sólo mía. —Mi palabra no vale mucho. Era un guapo de oficio y disparó un segundo antes que yo lo hiciera. Si todas fueron muertes en buena lid y no hubo asesinato. —¿Por qué no regresas allá y explicas eso? –sugirió Alicia. En la bodega José escuchó un día una conversación referente al hombre de quien Alicia le había hablado. porque ella lo dice así y porque ella lo ha demostrado. —Ninguna –afirmó Alicia–. y también te dije que todo estaba olvidado. con un luengo bigote rizado. puesta la mano en la cacha de su revólver. y el día menos pensado pueden dejarme algo. —Nosotros comenzamos un pliego limpio—. le dijo José–. Besando a Alicia muchas veces y estrechándola entre sus brazos. Alicia me ama. Seré para ti la misma de siempre. En cuanto a matrimonio. ¿eres libre para permitirme que te enamore? ¿Quieres casarte conmigo? —¡Libre como el viento! –Exclamó Alicia entre risas–. Lo único que deseo saber es si todas esas cosas establecerán alguna diferencia entre nosotros. Tengo parientes en el Este. ahora que sé que me quieres. José no la dejó continuar y tomándola entre sus brazos vigorosos. lo alejó. Tienes que creer mi palabra. pero sin desfundarlo. desde donde se divisa todo el poblado voy a construir una casa. José le prometió no hablar más de un asunto que pertenecía a un pasado ya muerto y que no había razón para resucitarlo. Luego él habló a Alicia acerca de tan enojoso asunto. He comprado doscientas tareas a los Escotos. Se deslizaron varios meses y el forastero no se mencionó más. cuyo caballo tordillo muchas veces permanecía horas enteras amarrado ante la puerta de la casa de la viuda Gonzalito. quien se puso de pie. Lo olvidado. trotando entre nubes de polvo por el camino real y desde entonces más nunca nadie lo había vuelto a ver… Y maliciosamente alguien sugirió que “quizá Alicia podía dar algún informe. bien parecido. Un sábado por la tarde el jinete misterioso montó su caballo. ya eso pasó para nunca volver. olvidado está. —Hablemos de otra cosa—. la besó en la boca. 170 . Las pocas veces que José descubrió algún celo irrazonable queriendo echar raíces en su corazón. irritó a Paniagua. que todas fueron peleas rectas. No importa lo ocurrido tiempos atrás. chiquita. —Lo haremos –asintió Paniagua–. —Porque mi nombre luce mal en mis libros. El porvenir se presenta claro para nosotros. Sólo que una vez hubo un hombre… Bueno. Dime. —No hubo más remedio. No hice otra cosa sino defenderme.

y el corazón le dio un vuelco. encaminándose hacia la casa de la viuda Gonzalito a buscar su montura. trató de mantener el equilibrio y cayó de bruces. Él ha venido a hacerte preso por el hombre aquel que mataste en Los Mameyes. José notó que el compañero de Alicia era todo un buenmozo. y su bigote luengo y rizado. El cañón de la escopeta de José describió un amplio círculo. dos figuras humanas aparecieron en el umbral de la puerta de la casa de la viuda Gonzalito. Al doblar un recodo. lleno de confusión y temor. Entonces su mirada se detuvo en un pedazo de papel blanco clavado con un alfiler sobre el paño de la mesa del comedor. Es el forastero que vino en busca de Alicia. rehuyendo la boca ardorosa que se empeñaba en besarla. ocultándose en atisbo. En ese mismo instante el forastero dio media vuelta.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Una cálida tarde del mes de agosto regresaba José por el camino real cansado de un largo día de trabajo infructuoso en una cacería. dispersándose. dijo José en voz alta y un íntimo regocijo lo invadió. Déjame recado para donde irás. —Es Alicia que me espera–. y entonces notó que un caballo estaba atado junto a la puerta principal de la casa. Alicia y su acompañante vacilaron un momento y luego se encaminaron hacia el sitio donde José acechaba. Ambos reían alegremente. porque yo 171 . No hay duda. estrechándola en apretado abrazo. y una sonrisa de inefable ternura asomó a sus labios cuando se encendió en una de las ventanas de la casa una luz como un pálido luminar. hasta que logró desasirse de los tentáculos que la aprisionaban. Paniagua se deslizó entre los matorrales cercanos. El ruido de un disparo de arma de fuego se repitió. La pareja pasó a veinte pasos de distancia del lugar donde José vigilaba. Lo desprendió de un tirón. José se detuvo en medio del camino. Un momento después José salió de su escondite. Nadie le respondió. Una columna de humo blanco y ligero fluía de la escopeta de José. pero descubrí quien era y lo que buscaba. huyendo en dirección del aserradero. echando sangre por la boca. Sólo se escuchaba el mecánico tic-tac del reloj de pared y se sentía el grato olor de la cena ya dispuesta. Repentinamente el forastero se detuvo y atrajo hacia él a Alicia. apuntando bacia el hombre que acompañaba a Alicia. Dentro de la casa reinaba el silencio. ese es su potro tordillo. José tenía el dedo en el gatillo. José llamó en voz alta. y vete pronto. en dirección de la pareja que se alejaba. retumbando en ecos prolongados por el valle y las lomas. con risas ocasionales. Lentamente José levantó la escopeta hasta que el cañón reposó sobre una rama próxima. y ella luchó con bríos por escapar. Ya cerca de la casa. Decía: “Querido Pepe: Volveré tan pronto me sea posible. Una era Alicia y la otra un hombre alto y delgado. —¡Es él! –Exclamó José–. En su rostro se podían leer los efectos turbadores de la tragedia acaecida. caminando despacio. Su boca estaba seca y su respiración era anhelante. Salí a dar un paseo con un agente de la policía. Él se detuvo para pedir un vaso de agua. El crepúsculo comenzaba a purpurar las nubes sobre las lomas. Uno de los brazos del hombre ceñía la cintura de Alicia. vio de lejos la casa de a viuda Gonzalito. Hablaban en voz baja. Mientras José permanecía como petrificado en el camino. acercándose a la lámpara para leerlo. El caballo del forastero lo saludó con un relincho y él acarició su grupa al pasar. Y cuando ellos se acercaron.

hace tiempo. el que subió a la Cruz por los justos. El “piñón” del Calvario que está frente al rancho. con soles fuertes. cargado de cruces como templario. como sangre. Sólo quedan árboles aplastados y ranchos quemados. Los bueyes desalojan de la tierra a los que nacieron en ella. Cuando llega frente a las cruces. FREDY PRESTOL CASTILLO (N. por su fundo también pasó otra manada. en medio del estruendo. Así. porque fue levantado por los abuelos. Autor de cuentos publicados en periódicos y revistas. El cielo era impasible. P. Después vendió las pocas de él. las calmas de la fiebre la llevan a desandar el tiempo y recuerda que un día. ahí se detiene el negro que arrea y asusta la manada. los veían los ojos hundidos de la vieja. Ella está segura de que allí no habló nada. Se quita el sombrero de anchas alas y. dice estas palabras: —Perdóneme la Cruz de Mayo… esto es cosa de blancos… Entonces recuerda que es hijo de esa misma tierra. sonar de látigos. el arbusto de piñón y las cruces caídas. en aquellas épocas los bueyes fungían de diligentes alguaciles. Lo pisotean todo y lo destruyen todo. –Alicia. Ha sido juez. Actúan hombres y bueyes. raíces arrancadas. cercas descuajadas como por obra de un terrible meteoro que asolara a tierras y hombres. sola. casi niña. Es Leonardo el endemoniado. boardilla oliente a papel viejo y a posturas de murciélago. los ojos penitentes fijos en la tierra. los campos de yuca. el Leonardo la llevó a la Notaría. Decía Marcelina que era la sangre del Señor Jesús. Quizás. desgarrado.  Un día.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS no puedo entretenerlo mucho tiempo”. más viejo que el hombre que habitaba en él. El desalojo es una vorágine. y hasta derriban los cacaotales cuando los acosan los mayorales y los caminos entre las plantaciones son muy estrechos. Un día vendió las tierras de la sobrina. porque en el Este. lenta. la tarde es melancólica. Recuerda la Notaría. 1913)* La cuenta del malo Marcelina perdió su fundo y su cacaotal y apenas sabe cómo fue. La tierra queda asolada. el viejo que se arrastra como rana y anda vestido de estameña. mientras de lo alto lo castiga un sol fuerte y un cielo impasible lo mira con ojos de desprecio. como rostro de juez. Ahora sólo tiene la tierra del camino y un bordón rústico. Después. Bueyes y mayorales siguen adelante como aguas descauzadas. rezumaba un líquido rojo. Destruyen los maizales. graduado en la Universidad de Santo Domingo. propios del verano de San Juan. de ese tamaño. acaso por el hambre y las fiebres que tenía. Todo es grito. Del fundo. apenas quedan el calvario donde se evocó siempre el martirio de Cristo. Las tierras las vendió su tío Leonardo. D. 172 . Pero ahora. y los bueyes eran grandes “como las lomas”. –”Llévate su caballo. con las manos en el pecho. los bueyes de una plantación extranjera sacaron a la vieja de su fundo.  Junio claro. como se ponen los pericos *Fredy Prestol Castillo: Licenciado en Derecho. Recuerda en la fiebre la casa del Notario. porque el tuyo está lejos”. Se arrastra de bohío en bohío implorando un pan. flaco.

en las tardes. Acabó vacas y bestias y tierra y too… Y tuvo que poné las onzas donde se había comprometío con el Diablo. ¡Y he aquí que el Leonardo había vendío el ganao y enterrao las morocotas!… —Desde entonces el Malo le salía por toas partes. con el cual el mocetón. el que le vendió sus tierras a ‘“los blancos”. para pagá la deuda. No había seca. Y se la cobra. desde los abuelos. desde los padres. A veces la vieja mira sus tierras perdidas. No podía dormí. Y otra vez repite: ¡No! No fue el señor don Manuel.  La tierra. Recuerdo las gruesas venas que rodeaban su cuello de pájaro como jirones de soga pardusca. Marcelina levantó su choza pajiza en el camino. al venir la noche. el Malo vino a buscar su novilla y la rabisa de añojos que le pertenecían. ni comé. Cada sábado el mocetón viene al rancho con unos cuartos redondos que le caben en el bolsillo menor. donde hubo plantaciones de cacao. las tres cruces y el arbolillo de “piñón” en todos los caminos del Seibo. Y cono siempre. es como la yegua que relincha frente al amo que la crió. ¡y Marcelina todavía pará!…  Una tarde me contó. Su campo siempre verde y muchas cabras y bestias sueltas. de largas zancas y caminar lento y grave. Es castigo del Señor. Y tenía la abundancia en su bojío. —Tenía el Leonardo tratos con el Malo. y entonces monologa: —Me las dio el Señor y me la quitan hombres… ¡Alabado sea Dios! El Leonardo anda como rana. a la vera del río… “Tuvo que vendelo to. Pasó la fiebre. ¿Pero y qué? Ese mismo es el buen señor don Manuel ¡El señor don Manuel es bondadoso y ha bautizado a dos de sus hermanos! ¡No! ¡No pudo ser él! La fiebre lleva al delirio. a la entrada de los caminos. a la buena de Dios. porque le faltan vacas en la cuenta del Malo. la vieja del fundo. ni sieteá… Al Leonardo le sale el Diablo por toas partes: en los conucos. Desde el camino la ven los ojos casi apagados de la vieja. No le quedó más que maldecir al Leonardo mientras huía a las reses que colmaban la sabana y que treparon los riscos y altozanos hasta la cúspide de las lomas. aunque cambie de dueño. su dueña. cuando pasan las perdices. El pilón tumbado es el único asiento. esta tierra aclamaría a Marcelina. ni verano. El potrero parece una gigantesca hoja de lechuga tendida de loma a loma. de siglo en siglo. Pero quiso también engañá al Malo y cuando venció la fecha del trato. Usaba leontina y chaleco y su cara semejaba un pájaro picudo. y allí se está en espera de su hijo que trabaja en la nueva finca.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II cuando no hay maíz en los conucos. y se las cobra… Y ahí anda cargao de cruces… “Nos vendió a toiticos y después vinién los bueyes a desalojarnos como a intrusos…  173 . Allí los toros son más amables que los capataces. en las lomas. Pero hay algo más en el rancho: el “quijongo”. “Lo malo es que todavía debe. canta cantos melancólicos a la cruz y al Señor. lenta como el arroyo del paraje. ni cuaresma macho pa el Leonardo. donde corre una sangre cansada. Si tuviera palabra. acaso. ahora son potreros inmensos. En el rancho no hay ajuar. como las hormigas sobre un pastel enorme. la historia del Leonardo.

arrastra su mendicidad. Amaneció en la sabana bañao de azufre y mordío de perros… Ahora le pagó su cuenta al Malo. en total. lejos de todo y de todos. Entonces. El rancho del endemoniado se columbra desde lejos. Hablando de la tragedia de Leonardo. En la puerta del rancho estaba. entre atisbos y sobresaltos. lejos de donde las mujeres lavan la mugre del fuerteazul.  Cielo del Seybo. ¡sólo el Señor! JOSÉ RIJO (N. pero el hambre. —Ahora vamo a Magarín a enterrá a Leonardo Catedrá… . otra vez la calle. De noche le cerraban la puerta y tenía que dormir a la intemperie porque si se colaba para descansar en algún rincón se le echaba a puntapiés y con palabras que debían tener un significado terrible. como si fuera un robo. Su ánima apenas tiene reposo. lo que nadie quería de unos pucheros miserables. reza. Las cruces son la obsesión de su locura. No sabiendo cómo corregirse se tiró a las calles. abandonado por todos. sólo tenía el monte. Muchas veces se internó en los roñosos guazabarales para buscar un poco de sombra o un camino que lo sacara de aquel *José Rijo: Es autor de cuentos no impresos en volumen. lo que sobraba. Suyo. Aun el agua tenía que beberla a prisa. nada: los desperdicios. acaso inútilmente. o algo así como la buena bruja de la noche que ya emborronaba la sabana. sólo dijo estas palabras: —Es que Lucifer da la riqueza… pero la dicha. Escuché los saludos al pasar el río. Me parecía una Diosa miserable. y uno como silencio de tribunales cuando el juez va a dictar sentencia. Luego. claro. Ese día yo iba en pos de mi ganado extraviado. La conseja afirma que la visión del Demonio le obsede sin cesar. Volvía después de las comidas. y cruces en el patio. siempre el hambre y un no explicado sentimiento le obligaban al regreso. A huir. Todo cuanto hacía estaba mal y ni siquiera se le criticaba en un lenguaje que pudiera entender. abandonado al final de la inmensa sabana.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Por los caminos de La Candelaria. Leonardo Catedrá. sin tiempo para beber en las regolas que cruzan el poblado. hasta de los muchachos barrigudos y enclenques que en la sequedad del paisaje jugaban con los caños a los ríos crecidos y a los barcos de vela naufragando. 1915)* Floreo La casa era cada vez más hostil. mascullando rezos inútiles. los refajos sudados y los pañales de las paridas y los recién nacidos. reza. reza. las manadas inocentes de los crímenes de los hombres pacían tranquilamente los abundantes forrajes. cargado de cruces. Lejos de donde llenan las potizas y las alcarrazas de uso familiar. 174 . En la finca próxima. graduado en la Universidad de Santo Domingo. Vive solo. sereno. con libertad de posesión a medias. comía. El viejo loco. Todo un jardín de cruces delante del rancho. Allí fenece lentamente. pues le robó su novilla…  Volví al fundo de Marcelina cuando retornaba con mis ganados. Licenciado en Derecho. Una fila de hombres cabizbajos llamó mi atención. la antigua tierra de Marcelina. raída y serena. La visión es tétrica. a base de salazones y de azúcares.

Tanto sigilo hubo en su modo de acercarse. Floreo no pudo reaccionar al efecto del regalo apetitoso. lo olió. cualquiera le pega un tiro al primero que se acerque. hechas espuma y piedras de colores. Y así los días y las noches. se oían los tambores de una fiesta de luá. Pero ya sabía que tendría que esperar mucho para salir de Pedernales. Se iba poniendo flaco. Y se hizo un vagabundo del monte y los caminos. voces que hablaban aquel lenguaje odioso con que le echaban de la casa cuando quería dormir o robarse un bocado. Desde muy lejos había llegado a Pedernales. a flor de piel. Así. le gruñeron con malsana intención. Lo demás no le importaba. rompiéndose siempre en la amenidad de sus olas bravas que se amansaban luego. ni término posible. por otro. Como siempre. Cambió de dirección. luego. quizá más allá de la frontera. corriendo con sus últimas fuerzas hasta dejar atrás el camino en donde nunca había encontrado ni techo. Lo llevó el amo para su compañía. Su misma agilidad lo abandonó. Cuando despertó estaba tirado en un cuartucho miserable. 175 . Lo supo una noche que un grupo de perros sucios y canijos. Tuvo miedo y huyó. Debía ser un maestro del gateo y el asalto.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II sitio. Si lo hubiera tenido que referir. torció el cuello hacia los otros y todos a una se le abalanzaron. un tanto cariñoso. tenaces. De un lado estaba el mar sonoramente rugidor. ni personas. y siguió corriendo. se adormilaban en la opacidad de las pupilas que nunca alumbran una sola alegría o la humedad del llanto. insistentes. por culpa de las miradas torvas que le negaban un mendrugo. correspondió obediente. Ni los perros ni muchos hombres pueden advertir detrás de cuál placer está el doblar del destino. y el patio enorme en donde su presencia era el mejor guardián. Quizás todavía lo estaría pensando si no le hubiera puesto sobre el mismo hocico. la frontera amalgamada de casuchas pajizas y edificios de presuntuosa jerarquía oficial. Lejos. quizá en un campamento de cazadores o ladrones en la mitad del monte. del hombre que le ofreció la cena inesperada. ¿qué? El no era más que un perro. No dependió de él la docilidad que lo embargó. dio una vuelta a su alrededor. Ahí podría refugiarse. Por entonces su único pesar era la añoranza feliz de la casa lejana. pero la voz de un centinela voceó amenazante: —Otra vez esos malditos perros. El tiempo lo adaptaba a este vivir distinto que miraba pasar desde la puerta de su señor ocupado en números y planos. y comió. Al reclamo. que Floreo no supo si gruñir o menear el rabo. y en el poblado los ladridos que anunciaban lascivas correrías de los perros bajo la luna sencilla y alta del cielo verdeazul que mira a Pedernales. luego sobrevino el sueño. La esbeltez de su raza se reabsorbía en la osamenta de su esqueleto casi desnudo. Era carne. Detrás corría la jauría hambrienta ladrándole con furia. borrosamente habría recordado cómo se le acercó aquel hombre. y lo siguió hasta no supo dónde. Después de todo. Ya casi ni quería el regreso: era holgada la vida sin nada que guardar ni nadie que robara. y los perros ociosos que odiaban su limpieza y su raza. menos aquella en que cambió su vida. pero un perro distinto. Los ojos antes brillantes. Sólo había un camino y lo había emprendido muchas veces para volver siempre cansado de no hallar ni casas ni personas ni término posible. El edificio de la Fortaleza estaba cerca. un envoltorio de inevitable tentación. Rasando el suelo. sin más verjas que el lindero del campo abierto a cielo y sol. uno se le acercó con el respeto humildoso de los perros realengos ante la gente que se baña y viste ropa limpia. dejaron de seguir a una perrita renca y preñada para volverse contra él. El colmillo de uno de esos canes con sarna y pelumbrosos lo había herido.

Era su hora de comer también y le espantaron de nuevo amenazándolo con piedras y con palos. Eso y un rastro de sangre sobre la grama pobre. luego. le brilló la alegría. Zombí— y ése no era su nombre. Fue un bostezo de Dios. el deseo de otro perro o de una mano amiga venía a su recuerdo como a los hombres llega la nostalgia del país natal no visto desde niño. escurriéndose allá y mordiendo aquí. ¿y qué? Espanta el perro y llevémonos el chivo. Después. Cayendo la madrugada hubo un momento de humedad. Mordisqueó la cabeza y la dejó. Un paisaje sin cambio que se animó de pronto por un rumor extraño. olor de hombres y perros. —Quitémosle el chivo. que los perros mondaron hasta dejarle la osamenta inútil aun para otro perro. Floreo conocía esta vos y a este hombre. Mucho se prolongaron los días de enseñanza sin que Floreo supiera matar la presa mansa. una dentellada al cuello.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Fue al querer salir cuando comprendió que en su cuello había una soga. Y ahí estaba el borrego casi motón aún. Educado para saber guardar. Pronto estuvo el animal descuartizado y metido en un saco. el dolido. nunca aprendió a robar. Desde su cueva oía el rastrear de las iguanas y el seseo de las culebras mudándose a otros sitios en busca de aire o de rocío. Y surgieron comentarios. pero él era un perro… 176 . ¡Cuánto hubiera agradecido que dijeran Floreo!. pero nada. Ya era en todas partes el intruso. Al marcharse sólo dejaron la cabeza del chivo. —Eso voy a hacer –dijo uno que tenía una escopeta terciada. Tenía hambre y sed. Nada ni nadie a quién brindarle un poco de gratitud. Al verlo manso la gente reanudó el comentario. logró desjarretarlo. Era un borrego de buena carne perseguido de cerca por una traílla de monteo y le cogió la delantera. De haber sido un hombre habría llorado como lloran los hombres. desesperado. era el hombre de la cena. Y volvió a la casa que se le hizo hostil porque ya el amo de los planos y los números no estaba en Pedernales. Y lo dejaron libre por inútil. Desde ahí miró desollar el animal y tirarle las vísceras a la jauría hambrienta. Meneó el rabo. Había presencia de chivos. Y no hubo necesidad de dispararle. Para complacer al nuevo amo le habría bastado imitar los otros perros: descubrir el pasto de los rebaños y echarlos poco a poco a los lugares de apresamiento fácil. Floreo lamió la yerba y la tierra hasta la última gota de coágulo. el paciente que va y que viene sin destino. ni siquiera el derecho de manifestarle a alguien la cantada fidelidad en los seres de su raza. A veces. —Bueno. —Mira. como en aquella noche en que todavía las piedras quemaban como el sol que ardió sin tregua durante todo el día. pero extraño a sus costumbres. ¿qué importa? Lo echaron hasta los matorrales. lo mismo que la piel. Por eso era ahora un perro cimarrón bajo la ley del monte. Sólo eso quedó y el estiércol que regaron los perros al pelearse por las tripas y la panza repleta. dando su aliento para que el cactus siguiera verdeando y las bayahondas cuajaran las yemas de sus flores moradas. Esquivando el testuz del animalejo. pero hay que matar el perro. era poca el agua o difícil la caza. —Sí. Los perros y los hombres en la presa miraban la propiedad ajena. todo volvió a ser un horno cociendo piedras y tostando espinas. ese perro es de alguno que anda monteando por aquí. Las orejas y el instinto oyeron. Era sencillo. Lo demás. —Un perro cimarrón. sobre todo cuando el calor arreciaba. Un día uno le gritó: —Zombí. la misma que no le quitaban sino en las horas del nuevo entrenamiento.

Quería hartarse con los ojos cerrados en algún hoyo hasta oír su propio estómago desplazando los gases. De entre saltos y embestidas. El Brigadier Juan Sánchez Ramírez –ensayo histórico– (1944). Se lo decía el agua. Ya. El no quería ser eso: siempre sería Floreo. Floreo caminaba arrastrando la lengua. *Obras de M. Negras nubes se arremolinaban y un viento de polvo y hojas secas volaba por el inhóspito paisaje. vuelto un perro cualquiera. era un perro cualquiera. después de la cena. piñas y otras frutas de esta zona. como algo que se da a disgusto. No pudo más. también el bicho le negaba la comida y el agua y hubo de defenderse. Ya no era Floreo. Pronto el sol evaporaría el agua. rumores y gruñidos de fiera. Eso era él… Un perro como todos. luego la harina de agua se tornó aguacero. ¿Quién como él para ver claro? Y lo cierto es que en ocasiones empleaba al platicar una lógica asombrosa. Troncoso de la Concha. De pronto comenzó a lloviznar. Anecdotario Dominicano (1942). astroso. digna de quien. Doctor en Derecho: Elementos de Derecho administrativo (1939). husmeó de nuevo tras el rastro de los hombres que se fueron. desgarbado como los perros que corren tras las perritas rencas y pulgosas en las noches que platea la luna. retrocedió espantado. sencilla y alta. De las cuevas salían las iguanas con las sierras dorsales listas a destrozar una presa para el día. lo gritaba su sed. La azulada barriga vuelta al cielo tiñó de sangre el marfil de Floreo. su hambre. zapotes. a la luz de una vela de sebo y aspirando un oloroso ambiente de guineos. y al inclinarse a un pozo. la de El Conde. DE JS. parte de alguna nube escapada del cielo antes azul y limpio. que mira a Pedernales. Un chubasco de prisa. contundente. frente al mostrador del ventorrillo. ML. levantó alto el hocico. y las culebras tentaban el ambiente con sus bífidas lenguas azuladas. Fue Presidente de la República. y se miró de nuevo temblando ante aquel perro que retrataba el pozo. Iba a beber para seguir el rastro. Se detuvo. cuando desde una cueva la sierra de una iguana le asaltó amenazante. el perro de salón que comía helados. tomaba asiento en su silla rústica. Como la gente del viejo Pedernales. La vida del mucaral. su soledad. guayabas. Luego vendría el sol. del Senado y de la Academia de la Historia. dio un aullido distinto a todos sus aullidos y emprendió una carrera sin dirección entre los matorrales husmeando en el viento un nuevo Pedernales.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Quizá lloró mientras gacha la cabeza. TRONCOSO DE LA CONCHA (1878-1955)* Una decepción ¡Qué cosas las de Tronquilis! Era de oírle sobre todo cuando en la prima noche. Y seguía bajo el chaparrón tirado de limosna a la sequedad del mucaral y los cambrones. El agua limpiaba todo rastro y la sed lo maneaba. Y se convenció de que debía seguir las huellas de aquellos hombres y esos perros. hubiese calentado los bancos de la escuela. En el fondo del agua estaba él. dormía en una perrera con abrigo y jugaba en las alfombras con los niños. Acompañado siempre de la mujer y no pocas veces de algunos vecinos de su calle. sin más destino que las rondas nocturnas y un mendrugo tirado. sin lana. salió la iguana muerta. de J. Harto como las bestias buscó otra vez el agua. al revés de él. 177 . Narraciones dominicanas (1946). un perro cualquiera. El calor seguía subiendo. Y apretando los músculos de su flácida carne. Tronquilis llevaba casi constantemente la palabra.

bravatero de continuo. “Gollito” Rodríguez. Gracias que el “cuarto reservado” sostenía aún parte del negocio. Por grados fue reduciéndose hasta limitarse a una mesa el ventorrillo y la botillería disminuyó considerablemente. embaucador de campesinos y gran tocador de “cuatro”. y tanto. del Sur y del Este los revolucionarios del 7 de julio contra Báez. A libar en él iban con frecuencia Benito “el gambao”.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Era gallego. el sitio. Habríales augurado cualquiera. azuano. ¡Cómo que ya cada copita de Rosolio salía por un ojo de la cara y la caneca de ginebra se había subido hasta las nubes! Y a todas éstas. y otros tantos al servicio del gobierno sitiado. la confortadora ginebra holandesa Mañana Imperial o el bravo aguardiente Cañete. Ugenito Lantigua. sin embargo. el “cuarto reservado” se vaciaba. que no cumplía jamás sus amenazas. de la “gente del gobierno”. insustituible diluidor de penas. capitán de cívicos. con lo cual no pocos se ahogaron y algunos quedaron con el agua al cuello. coplero y soldado. muchacho de la orilla. Por varios años estuvieron la nata sobre la leche Tronquilis y su costilla. Tronquilis estaba descorazonado. adonde los de la cofradía de saco acudían a saborear el dulce y picante Licor Rosolio. bajó sensiblemente. con más alma que cuerpo y dos hileras de dientes que parecían querer salirse de la boca. uniendo su suerte a la de una criolla. Ya cuarentón. ¿Duraría esa situación toda la vida? Por otra parte. montecristeño. ¿Qué es eso? —¡Mujer! ¡mujer! ¡nos acabamos! Esto no puede aguantarse ya. muchacha más buena que el pan y trabajadora como una abeja. Tronquilis entre éstos. seibano machetero. abandonó la vida de célibe. que saltaba en su corcel. que de dos subieron a cuatro las mesitas de frutas y hasta dieron las ganancias para establecer una regular venta de licores. “Periquito” Caballero. las más grandes candeladas de San Juan. el “jefe” Hipólito. Porque es de saberse que a modo de irresistible alud. una riqueza completa. sin que parecieran dispuestos a ceder los de adentro. lucidor de los colores del iris y dispuesto en damajuanitas de cuello delgado y ancho fondo. antes de alcanzar una caneca llena. –exclamaba el pobre hombre. Un día el gobierno se equivocó ¡quién lo creyera! y para aumentar el numerario hizo llover sobre el país un diluvio de “papeletas”. “Enemencio” Mártir. El gallero y su mujer comenzaban a desaparecer. “Toñico” Hernández. Veces hubo en que Tronquilis. por mal nombre “El Caimán”. para colmo de males. Había venido a Santo Domingo en busca de fortuna y poco a poco. Pepito el Indio. el “vale” Toribio. A falta de tales parroquianos ¿qué habría sido de Tronquilis? Nueve meses llevaba el asedio. Entonces ocurrió algo nuevo: el número de los parroquianos. sin sujetarse. para la vuelta de algún tiempo. el capitán “Apuntinodá”. que allá en Santomé cortó de sendos tajos la cabeza a dos “mañeses”. con tres cicatrices enormes que le formaban una N en el rostro. A los diez meses llegaron al oído del desventurado negociante rumores de capitulación. a fuerza de economías. Con la mujer ¿quién lo duda? el viento de bonanza que le había estado soplando arreció. 178 . ¿Qué más sino persistir en el trabajo y economizar cuanto se pudiera?  Los tiempos cambian. habían irrumpido del Norte. en cuarto reservado. cogió hasta doce apuradas. pero mucho menos los de afuera. solicitado “maquiñón”. llegó a reunir unos realitos. más malo que coger lo ajeno y encabezador habitual de cencerradas. Martín “el brujo”.

empaquetado. a manera de explorador del terreno. dio rienda suelta a su palabra de revolucionario convencido. Alguien. Cada vía transversal es uno a modo de tributario de donde afluyen sin interrupción grandes y chicos. pareció reflexionar. Antes bien ha querido él celebrar el fausto acontecimiento con su ropa dominguera y debido a tal circunstancia se halla todavía en el aposento cuando la avanzada revolucionaria está llegando al Rastrillo y en lo alto de El Conde suena un largo redoble de tambores. Váse ella un tanto atemorizada hacia el interior de la casa. viene de adentro para afuera. un verdadero mar de cabezas. Cuando le aseguro que ni en el paraíso vamos a estar mejor. unido a ello una gritería confusa. —¿De suerte y modo –observó Tronquilis a su interlocutor cuando éste hacía un paréntesis para trasegar en el estómago “tres dedos” de ginebra– que pronto cambiarán las cosas? —Pues ya lo creo que sí –repuso el conspirador–. No había pagado la “mañana”. Inusitado movimiento se nota en sus calles principales. cada vez más grande. Mucho les habló y algo muy bueno debió de ser. Tal al menos habría cualquiera leído en la cara placentera que ambos tenían mientras el visitante peroraba. con cara de jugador afortunado. que acudió a “tomar la mañana” allí. Una avalancha de curiosos ha invadido la acera para abrir campo a un caballo que corcovea. A poco el hombre se marchaba. su falta de fe en los días cercanos. En la del Arquillo y más aún en la de El Conde la animación es grande. sin embargo. quién sabe si no pasa ni una semana. ya están acercándose. 179 . cuyos movimientos producen ondulaciones. —Ven Tronquilis –dice–. cuando el alegrón de Tronquilis compensaba con creces el gasto?  Algo extraordinario ocurre en la ciudad. que vienen a aumentar aquella continua circulación de gente. Asómase a la puerta la mujer. se dirigen incesantemente al extremo oeste de la población. Al pie de la Puerta del Conde. Venía en forma de conspirador urbano. oyó las cuitas de aquellos consortes. la esperanza sonrió en la casita de Tronquilis.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Una mañana. “como un veintisiete”. —Ya sí se cuajó– murmura con visible gozo. y cerciorado ya de que sólo Tronquilis y su mujer habían de oírle. la Revolución. mientras Tronquilis. a medida que la multitud avanza. Filas desordenadas de hombres y muchachos por la acera y variados grupos por en medio de la calle. —¿Qué pasa? Es que va a entrar. salió a la puerta. triunfante. cada vez más compacta. Despáchate pronto que… No puede terminar la frase. gesticulando. mas ¿qué falta hacía. —Pero… ¿y eso se dilatará mucho tiempo? —¡Qué va! ahorita mismo. Tronquilis y su consorte no son ajenos al bullicio de la urbe. —Y dice usted que… —Lo que le digo: que son gente nueva y buena y que usted verá cómo del infierno vamos a la gloria con zapatos. en que todos hablan y casi nadie entiende. es gente nueva la que viene y con muchísimos cuartos. dirigió escrutadoras miradas al Oriente y al Poniente. hablando. va formándose una masa humana. Después. levantando a su paso nubes de polvo. su desesperación inmensa. El matutino visitante. luego que el otro desahogó su pecho.

Luego profiere entre dientes: —Periquito es. Trepa en ella. A su frente marcha un hombre. color mulato oscuro. Tronquilis corresponde al saludo. De fortuna más que regular. en la capital de la antigua Española. que la vio. no hay fresco de que esta gente me deje el camino franco. Suenan enseguida en la avanzada otras voces. que tiene al alcance de la mano. Tronquilis! ¡memorias a la doña! Tronquilis no entiende aquello. No quiso ver más. Primer premio en los juegos florales del 27 de febrero de 1909. se apodera de su silla rústica. el vale Toribio. a tiempo que ella también iba a hablar. Natural de Cataluña. con un pie en el estribo y el otro al aire. a la vez que agita un pañuelo: —¡Adiós. Forcejea para abrirse paso. vaciló primero en hacerla partícipe de su negra pena. mujer! ¡Son los mesmos!…1 El proceso de Santín Don Bernardo Santín era uno de los comerciantes de mayor arraigo de la vieja ciudad de Santo Domingo. si se le comparaba con la generalidad de las de aquellos tiempos. Juraría que aquel hombre es “Periquito” Caballero. El almacén de sus negocios se hallaba situado en las proximidades de la Atarazana. Ahí viene una guerrilla de francotiradores. volvió al aposento de donde había momentos antes salido. Desmorónase súbitamente. de grave continente. diríase. quienes le van saludando son Martín “el brujo”. Al ruido de sus pisadas. a impulsos de una conmoción interna.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Intenta salir a la calle. Gollito Rodríguez. el castillo de sus ensueños. el capitán Apuntinodá gesticula. Después. Tronquilis! ¡Tronquilis. La apretada hilera de espectadores se lo impide. Nada. Con toda seguridad. ¿Dónde está la “gente nueva”? No vio más. Para poner su resolución en práctica. Cerca de él. Sus ojos no le engañan. díjole en tono amargo y moviendo tristemente la cabeza: —¡Ay mujer. echando medio cuerpo afuera. Tronquilis. 1 180 . —Pues señor. “Ugenito” Lantigua… Su mente se pierde en un mar de confusiones. huyendo. Por encima de la general vocinglería se le oye gritar: —¡Ya si se acabó el mamey! ¡Ahora van a saber lo que es cajeta! En el ánimo de Tronquilis ha prendido la más cruel de las desilusiones. Bajó de la silla entontecido con el desencanto pintado en el rostro y casi maquinalmente. de aquel ruido que ya le molestaba. grita estentóreamente. Pasó la avanzada. Me costará ver desde aquí. De improviso un jinete de la avanzada. Tronquilis! —¡Viva el paisano! —¡Hasta luego. siendo muy joven. la mujer fue a su encuentro. había venido a radicarse. —¡Abur. dedicábase a los ramos de quincalla y loza. Es el jefe Hipólito. Para cerciorarse recoge la mirada. adiós! Entre confuso y afectuoso.

Sus manos frías por el terror que se apoderó de él.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II Creyente sincero. mediante un ligero examen del contenido de los bultos. amante de las glorias de su rey. varios toques dados a la puerta de entrada de la casa de Santín despertaron a cuantos dormían dentro. Casi no había occasion de la arribada de un barco en que don Bernardo no recibiese algún cargamento destinado a mantener en estado floreciente una de las líneas de su comercio. Faltábale aliento. ni de su lealtad a la persona de su príncipe. compuesta de su mujer y varios hijos. buscando a tientas. exacto siempre en el pago de los tributos con que contribuía a las cargas del gobierno de la colonia. hizo luz y fue hacia la puerta. Gran parte de la carga venía destinada a don Bernardo. se alargaron para tomar de una mesita próxima la palmatoria. don Bernardo Santín. con voz entrecortada por la impression que había producido en su ánimo aquella intempestiva llamada. Vivía con su familia. La mujer de Santín. cerca de la iglesia de Santa Bárbara. advirtió: —¡Cuidado con la puerta. pero que no había podido articular palabra. exclamó: —¿Sacrilegio? ¿Quién? ¡Imposible! —Ya lo veremos. Todo quincalla y loza. penetraron dos hombres: dos alguaciles. exclamó entonces: —¡La Virgen de las Mercedes nos valga! Escucháronse de nuevo las voces: —¡Abrid sin tardanza! ¡Paso a la Santa Inquisición! Un tanto repuesto de la primera impresión. Transcurridos varios días. la palmatoria cayó al suelo. principalmente esto último. a causa del temblor que agitaba ya todo su cuerpo. Don Bernardo no contestó. —Tenemos denuncia de un sacrilegio –dijo el oidor– y venimos a inquirirlo. inquirió: —¿Quién va? —En nombre del rey. en una casa de la calle del Caño. No pudiendo sostenerla. sucedió el miedo. nunca había dado motivos para dudar de su fidelidad a la Iglesia. que allá vá! Apenas había abierto. poco después de la media. que lo había oído todo. lugar de residencia de varias de las más linajudas personas de la ciudad. Luego de implorar mentalmente el auxilio del cielo. una noche. Esta vez. —¿Quién… dice?… –balbuceó. Después dos más: un oidor y un amanuense de la Audiencia. —¡La Santa Inquisición! Estas palabras llegaron a sus oídos con sonido lúgubre. abra seguido. recogió la palmatoria del suelo. ¿Dónde se halla el último cargamento que usted recibió? 181 . Minutos después resonaron los mismos toques. En una de esas llegó al Puerto del Ozama un bujel de matrícula española. Las mercancías dirigidas a Santín fueron llevadas al almacén. cumplidor de sus obligaciones como cristiano católico militante. No habló. El primero en incorporarse fue Santín. Procedía de Portugal. sin embargo. mientras con la diestra levantaba la aldaba. A la intranquilidad de los primeros momentos. Sosteniendo la palmatoria en la siniestra.

Estuvo encerrado unos días en la Torre del Homenaje. se encaminaron al almacén de éste. A poco. El alguacil tomó de una bolsa de cuero que había llevado consigo dos o tres herramientas y ejecutó la orden. La voz popular afirmó que todo había quedado reducido al esclarecimiento de una trama formada por rivales de Santín.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —En mi almacén. y rompió a llorar como un niño. Parece. dirigiendo alternativas miradas a los sacrílegos objetos y al magistrado. dobló el cuerpo sobre un aparador. no había percibido. Desenvuélvalos. desfallecido. tomando del brazo a Santín. buscando maquinalmente apoyo como para no caer. contra don Bernardo Santín no se fulminó sentencia. decía al mismo tiempo: —¿Qué es esto. Al menos. Ya adentro. —Saque los orinales que están ahí. Luego de examinarlos detúvose en uno y en seguida examinó igualmente el exterior de los bultos que conteían los objetos recién depositados en el almacén. Nunca se supo si se llegó a poner algo en claro. cuya pregunta. Con la seguridad de quien sabe lo que hace le ordenó a uno de los alguaciles. llevando a Santín delante. sin remisión posible. actuando como Tribunal del Santo Oficio. Tampoco se le descargó. qué es esto? ¡Qué profanación! ¡Esto merece un castigo muy grande! —¿Cómo justifica usted la posesión de esas cosas sacrílegas? –volvió a hablar el inquisidor. Esta vez. —Abra éste. —Acabe de vestirse y traiga sus llaves. por las lóbregas calles que conducían a la Atarazana. —¿Está completo? —Tiene que estarlo. alumbrados por la palmatoria que llevó Santín y un candil que allí había. pero por orden de la Real Audiencia. los agentes del rey. Vamos allá. sin embargo. en quienes había hincado su envenenado diente el áspid de la envidia y los cuales habían querido perderlo. el oidor extrajo de sus bolsillos varios papeles. Lo que a la escasa luz de la palmatoria y el candil apareció ante la mirada atónita de los circunstantes fue algo que los ojos de don Bernardo Santín no habrían querido ver jamás: el fondo de algunos orinales mostraba en colores una imagen del Corazón de Jesús y otros la del Corazón de María. apoyándose en los codos. Se dijo que el siniestro plan había sido concebido y ejecutado por safardíes establecidos en Portugal. respondió: —No sé. ¡Conteste! Don Bernardo lo miró con ojos extraviados. no sé… Dio varios pasos con la cabeza cogida entrambas manos. relacionados indirectamente con mercaderes de Santo Domingo cuya identidad no se logró establecer y que la misma nave que trajo las mercaderías destinadas a la proyectada víctima fue portadora de un 182 . —¿Cómo justifica usted esto? –exclamó en tono grave el inquisidor. Dios mío. Don Bernardo Santín. Se usó bastante papel. horriblemente empalidecido. en realidad. se le excarceló. que el proceso fue sobreseído. Oyéronse testigos.  Se principió a sustanciar la sumaria.

¿qué hacía yo en aquel andén. que ahora se había vestido con el humo blanco del silbato. Sí. A poco subí yo. 183 . No había errado en mis cálculos. pero sólo íbamos seis: un matrimonio joven. A poco me di cuenta de que. de pie y silenciosas. Lo cierto es que el asunto no volvió a tratarse más y don Bernardo Santín no sufrió ninguna nueva molestia. igual que yo. pero que sabe que le ha de matar. y me llevó a tal acierto el hecho.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II escrito anónimo dirigido al Santo Oficio. JULIO A. mirando a la mañana. a ese desinfectante que echan en los cuartos de los enfermos y que flota en el aire como si fuera un cartelón: –¡Peligro de contagio!– y que el enfermo finge no sentir. Hice un ligero esfuerzo de reconcentración sobre mí mismo. Tal vez hubo algún empeño de parte del humo para entrar en mis ojos. Comprendí que eran viajeros. que latía en el ambiente. y debía hacer el viaje en ferrocarril. Cuando regresé de la anterior reconcentración. sino más bien de un sentimiento. abstraído. así era. de oído a oído: era el silbato del tren que mataba mis ideas para indicarme que había llegado la hora de no esperar más. Y comprendí que estaba cerca de una locomotora. embajador del país en el extranjero. y a mi lado. me puse a mirar a la mañana. y así pude reconstruir los últimos acontecimientos. Entonces se oyó una voz que dijo: –Los pasajeros que hagan el favor de subir. Desde la ventanilla. mientras tanto. etc. de que todos llevaban maletas. recapacité un tanto. Era grande. iba a continuar tan mayúsculas filosofías. comprobado a priori. acaso. los vi subir al carro de pasajeros. Hasta podría decirse que olía a desinfectante. *Nota: Los cuentos de Vega Batlle no se han publicado en volumen. que venía hecho cosa tangible. iba para Santos. de un sentimiento de calor y ruido. en realidad. En efecto. porque tengo la convicción de que dejé de mirar a la mañana. Nos sentamos. el último como debía corresponder a mi humildad. pero sostenida por hondos presentimientos. Él ha sido Rector de la Universidad de Santo Domingo. solo. Y comprendí que había llegado demasiado temprano. ¿Hacía. milenios que ya todos habíamos hecho el favor de subir? Yo continuaba asomado al ventanillo. hecha de incertidumbres. VEGA BATLLE (N. completamente solo? Bastóme otro ligero esfuerzo mental: yo esperaba que llegara la hora de la partida. Nadie se movió en el andén. no se trataba de un presentimiento. en el cual se le denunciaba las marcas de los bultos que los contenían. Sí. me miraban varias personas desconocidas. Era el presentimiento de que estaba cerca de algo insólito. tenía el aspecto de cuarto de enfermo. estaba en Moca. 1899)* El tren no expreso Yo experimentaba la sensación de que la mañana olía a alcoba de enfermo y que estaba invadida por esa inexplicable tristeza que no tiene causa. cuando un afilado estilete perforó mi cabeza. me di con que frente a mí estaba la locomotora. Yo había llegado de Santiago. Sí. Inspeccioné el carro. Pero. como para treinta pasajeros.

ya aquel raro movimiento había alcanzado las proporciones de un trote fuerte como de mula embravecida. Su aspecto era enfermizo. Un abundantísimo rubor debía cubrir mi rostro. esperar de nuevo el transcurso del tiempo: ese tiempo que siempre está atrasado. pitar. Todos los pasajeros caímos al suelo. fija en mí. daba la impresión de que sufría un gravísimo complejo de inferioridad: entonces comprendí que ella. por el ventanillo. distantes setenta y cuatro millas. con sus sillones pareados. la marcha definitiva hacia Santos. Se había atado fuertemente al pasamanos del sillón. y sólo ella. y decir. otros diez de avance. ¡Horror! Allí estaba la mañana. poco a poco. Después. y cuando comprendí que me era imposible. muchos años que rendía servicio. con ese fuerte empeño de atrasarse que tiene el tiempo en todas las estaciones de ferrocarril. por ejemplo. Observé que avanzaba diez metros. a los cinco minutos de marcha. casi microscópico. luego pitar. Hacía muchos. dos estaciones intermedias entre Santana y Santiago. luego desanduvo quince. yo vi su sangre. que se me fueron cuerpo adentro. quiso reír. de arriba hacia abajo. adulterados por el tiempo y su riente water-closet. solamente. me puse a mirar hacia afuera. Sin embargo. diez y ocho vagones para la carga. y en cada una de ellas el tren debía hacer una parada. décadas. largos pero vacíos. que podía echarse el lujo de hacer juegos de palabras. a través de la ventana. Su nombre oficial era Ferrocarril de Santana a Santiago. calculé lo incorrecto de mi posición y tomé en levantarme. Después. El esposo que fue el primero en reponerse. esperar… pitar. una campanada. Tan pronto comprendí que estaba de bruces en el suelo. y. pero siempre adelante hasta llegar a la próxima estación. Tantos. treinta de retroceso y. como de tienda de juguetería. un oficial de policía. como de viejo detective.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS con una niña de brazos que siempre chupaba objetos. porque nunca arribaba a la última… Algo me indicó que el tren se estaba poniendo en marcha. En ese pequeño trayecto había diez y nueve diminutas estaciones. hasta agarrotarme la garganta. el carro de pasajeros. por fin. y sus olores. seguir adelante un poco. pudo transmitir a la mañana ese ambiente de pesadumbre que llevaba dentro. Parece que el choque había hecho caer el cristal del ventanillo. negra. ¡Hombre precavido aquél! ¿Habrá ascendido en los grados de su cuerpo de seguridad pública?… Nos levantamos. Puedo asegurar que la señora sin detalles recibió una pequeña herida en el temporal izquierdo. era notorio que nunca pudo salir de Santana ni llegar a Santiago. tranquilos. en lugar de años. el carro fue tomando un movimiento ondulatorio y desarticulado. Su servicio se limitaba a ir y venir de Moca a Santos. Todos… ¡ay!… menos el oficial de policía. a la próxima solamente. la meta del viaje. ¡Pobrecillo! No sabía él las terribles pruebas que el destino le reservaba… Me avergüenza contar cuál fue mi actitud. apenas un poco. después. que ella disimuló rápidamente. vale decir: detenerse. nunca a la última. acordes. por último. aunque llenos de profunda vergüenza. 184 . hondos. Y se detuvo en seco. gruesos. El convoy se componía de la locomotora. Sí: un leve resoplido salió de lo hondo de la locomotora: un pitido largo. Los primeros pasos fueron leves. pero sólo un vago gemido salió de su boca: un pequeño gemido. aguda y femenina. Quise sonreír. Escupí. pero debo hacerlo. como llena de precoz desaliento del que se sabe inútil. ilesos. una señora carente de detalles y yo. Una parada. el chirriar de todo el convoy. pequeña. más tarde. con la bravura del enfermo que se siente perturbado en su anhelada y nunca satisfecha soledad.

pleno de un viejo y profundo cansancio. Hoy. que ahora parecía un monumento. —Con más frecuencia de la que usted pueda imaginar. ¿Y usted? —Soy el conductor–maquinista. como que quiso despertar. necesito imprimirle a mi cabeza un movimiento semigiratorio. y al mismo tiempo ir viendo hacia atrás. mi mente es incapaz de reconstruir la magnitud de mi asombro. levantarse las ropas hasta más arriba del vientre. cristal abajo. acosado por una fuerte y persistente manía persecutoria. Ninguna importancia hubiera tenido aquel fracaso. para llevar la certeza de que el último carro. —Pero… ¿suele desprenderse? –inquirí atónito. Saqué el reloj y le advertí la marcha del tiempo. Tenía un copioso bigote de mandarín. para evitar choques con las vacas y otros animales que siempre la obstruyen. el de pasajeros. casi a mi oído: —Me es usted simpático y voy a hacerle una confidencia. y… ya ve usted: no vamos tan mal. —Soy padre de familia y tengo cincuenta años. 185 . pero sé que sabrá guardarlo. los brazos al cielo. lentamente. Era flaco y pequeñito. Hubo maquinista que se vino a percatar de ello al llegar a Santos. En dos días aprendí. por falta de alumnos. junto a un señor que parecía dormir. de modo que pueda ir mirando la vía. avergonzada. todos vinimos al suelo. arremolinada. por delante. —Pero… ¿tenía usted prácticas anteriores? —No. ¿Ve usted esta casi imperceptible torcedura que llevo en el cuello? Es algo terrible que me arrastrará a la tumba. Hace algunos meses clausuraron el plantel. al incorporarnos por tercera vez levanté la cabeza. Al sentirme. al cabo de los cuales tuvo que ser recluido en una casa de salud. Bajé. a no ser porque oí cinco sonrisas a mi alrededor… Cinco sonrisas que patinaban por toda mi epidermis. Entonces comprendí que mi alma lloraba. Y no es para menos. Un pitido violento. después de diez y siete horas de viaje. Luego nos dijimos cosas íntimas. seguido de otra brusca parada. los ojos desorbitados. agregó. Media hora de inútil espera… y vuelta a la consabida escena. arrobado. y decidí aceptar este puesto de maquinista. mientras el tren marcha.SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II porque vi aquella pequeña y decente secreción de mis glándulas salivales rodar. Había perdido la razón. En la punta de cada pelo bailaba. señor. que ya aparecía más adulta. Conversamos. rugir como una fiera acosada. Habíamos llegado a la primera estación. Oiga: Las estadísticas de la empresa demuestran que la resistencia física y moral del maquinista apenas alcanza para un año de servicio. sigue unido al convoy. hasta perderse en el doble tabique del vagón. Esta vez me di cuenta de que llevábamos mayor velocidad y más acopio de ruidos inéditos. dar un salto trascendental y lanzarse por la ventanilla. Si es cierto que hubo uno que estableció un récord de once meses. y como es lógico. de pies ya. también es cierto que otro apenas duró ochenta días. ahora con una ligera variante: cuando. Después de una pausa. Contemplé de nuevo a la mañana. y fui a sentarme en un banco del solitario andencillo. Mas él apoyándose de nuevo en el respaldo del banco. Y sentí por él un gran cariño. Toda mi vida fui maestro de escuela. Es un secreto de oficio. El viaje se reanudó. Por fin abrió los ojos y musitó: —¿Pasajero? —Sí. una respetuosa admiración. la gota de carbón escapada de la túnica del humo de la chimenea. díme con la señora sin detalles. me dijo: —¿Qué importa una hora más o menos? Nadie lleva prisa. Le miré. Su causa obedece a que. La miseria amenazaba a mi familia.

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

Luego, según puede hoy colegir mi vacilante memoria, el tren siguió haciendo breves recorridos interrumpidos por luengas paradas. En una de ellas, la más larga, bajé de nuevo al andén. Ya la mañana no estaba allí. Se había quedado atrás. Debí presumir que caminábamos a gran velocidad. Tal vez… En cambio, había llegado la tarde, sana de cuerpo, como una rapaza de la montaña, llenos los vellos de sus piernas con los cadillos y las zarzas de estrellas y de las nebulosas que eran como un presagio de la noche que venía para poner a la tarde bajo el embozo de la sombra. La noche, sí, con los botones de las estrellas en los ojales de las nebulosas… Al cabo de centurias de minutos, me lancé a preguntar a mi amigo la causa de espera tan larga. Le encontré bajo un árbol, en el límite del bosque. Lloraba. Preguntéle la causa de su pena: —Señor –díjome–, se ha agotado el carbón. El tren no puede caminar. Vinieron lágrimas a mis ojos. Las columbraba, entre los hilos de mis pestañas, saltar, como pequeñas olas de un mar disperso. Cuando pude hablar le dije: —¿Y no es posible idearse algo para que camine? Si lo empujáramos… no cree usted –me aventuré a insinuar. —Imposible. Pesa demasiado. Entonces fue cuando sentí, en la obscuridad de mi cerebro, como que encendían el fósforo del genio, que sólo una vez es genio, y grité: —¿Y si desarmamos uno de los furgones de carga y lo utilizamos como combustible? Sentí el garfio del nervio que no tiene control en el entusiasmo súbito: eran las manos de mi amigo el maquinista que estrechaban las manos de su amigo el viajero. ¡Pobre alma buena! Le vi correr hacia la víctima… hacia la víctima, que era el carro número catorce… El tren caminó. Ya habían traído el paraguas de negro terciopelo de la noche. Eran las nueve. Entonces pude observar un cintillo negro en el brazo izquierdo del joven esposo. ¿Era, por ventura, un jirón de la noche? A mi pregunta respondió: —Es por la niña. La enterramos en la estación anterior. Fue en ese mismo momento cuando observé lleno de pavor, que el carro se deslizaba como en el aire; que luego le entraba un extraño melindre afectado, cual si le hubieran dado un pinchazo: eran las espuelas de la Muere que se clavaban en los ijares del convoy… Me percaté de que íbamos en vilo, por los elementos. Percibí un cambio radicalísimo en los ruidos. Luego un silencio atroz, que duró un instante. En mi cabeza entró el vacío… y perdí el conocimiento. Cuando volví a la razón, estaba en Santos, la dulce y bella pequeña villa, en la honda axila de la bahía… Allí lo supe todo. Yo era el único superviviente. El tren había llegado a Santos sin locomotora ni maquinista. La empresa explicó el hecho diciendo que ambos se fueron por un puente, desapareciendo en el fango, y que el resto del convoy, por impulso y desnivel, siguió corriendo hasta llegar a Santos. El pueblo, sin embargo, tuvo distintas maneras de interpretar aquello… Mas yo creo, francamente, que la máquina abandonó el carril y se fue por la jungla, desesperada, llena de remordimientos, plena de pensamientos suicidas, por la antropofagia cometida con el vagón de carga, que engulló en su vientre de llamas. Tal vez podría
186

SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II

vérsela, corriendo, desaforada y sin rumbo, por bosques y montañas, en noches óquedas y tempestuosas, como un terrible fantasma de hierro y fuego, violador de mañanas enfermizas.

OTILIO VIGIL DÍAZ (N. 1880)*

Cándido Espuela
A Elías Brache hijo

En el plácido y pintoresco pueblecito de Jarabacoa –un nido en el corazón de la montaña– Cándido Espuela era el hombre polivalente. Político de fuste, secretario de todas las secretarías, maestro de escuela, agricultor, orador, curandero, boticario, negociante, corresponsal del Listín Diario, literato, hacedor de charadas, maquiñón, prestidigitador y gallero. Todos estos ejercicios eran circunstanciales y transitorios, y los cambiaba dado su temperamento inquieto, aventurero y guerrero, por las armas, que eran su delirio, su vocación permanente, básica, definitiva; por las armas reivindicadoras y vindicadoras, como decía él, seguido que estrellaba el primer cojetazo en uno de los cuatro puntos cardinales de la convulsiva República. No se habían cicatrizado aún las heridas profundas que habían hecho en el crédito político, económico y social, en el mismo corazón de la república, la llamada “Revolución de la Unión”, ese amasijo de felonías y fechorías, de ambiciones y de crímenes, en la que tomó parte activa, activísima y decisiva, el malicioso Cándido Espuela, cuando la llamada Revolución de la “Desunión”, la más cruenta y salvaje de todas las habidas, prendió de nuevo la tea de la guerra civil, cuyas llamas iluminaron, trágicamente, a esta tierra nuestra, la más dulce, la más bella, la más fecunda y desgraciada del mundo. Una de esas mañanas alegres, del precioso y canoro valle de La Vega Real –recargado siempre de perfumes bucólicos– se sintió, de súbito, un tá, tá, tí, tá, un toque de corneta de los lados de la Cigua, por donde un sobrino del polivalente Cándido Espuela, polivalente y bélico, llamado Turín, un muchacho medio civilizado, honrado y trabajador, ajeno por completo a ventajas y canallerías de la malvada política criolla, que tenía una pulpería buenaza, hecha de hombre a hombre, con honradez, con el sudor de su frente, que es como aconsejó Dios que se haga el dinero, para que no envenene el alma, el pensamiento, la vida y la muerte… —Esa tropa –murmuró el joven y honrado comerciante–, segurito que es de tío Cachito, como le decía él cariñosamente, y como si le hubieran tocado un botón eléctrico, saltó hacia la parte afuera del mostrador, en mangas de camisa. Apenas habían desfilado, de uno en fondo, frente al bien surtido establecimiento de Turín, los veinte o treinta infelices campesinos, jocundos y chachareros, regalando saludos y adioses, de boca, de manos y de sombreros, cuando irrumpió en la amplia enramada anexa a la pulpería, el Jefe de la Columna, que venía a lomo de Cañonga, su mula baya, cañas negras, su ñoña, como decía él, que estaba para ese entonces que se le podía jugar dados en las nalgas, redonditas y lustrosas.
*O. Vigil Díaz, autor de Góndolas (1912); Miserere Patricio (1915); Galeras de Pafos (1921); Del Sena al Ozama (1922); Orégano (1940); Lilís y Alejandrito (1956), y artículos y juicios críticos (fatamorgana) dispersos en diarios y revistas.

187

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

Cándido Espuela venía armado hasta los dientes. Traía un sable de espejitos, un revólver nuvesiningo, cacha de nácar, con dos correas llenas de cápsulas preciosas. Un puñal pata e venao y un brogocito sobre las ingles. En el sombrero, con el ala levantada alante a lo mambí cubano, que le dejaba al descubierto la cara blanca, pero fuertemente tostada por el sol, un lazo grandísimo de candelón. En bandolera, la porturola, la cartuchera de búfalo, hecha en Santiago, y nuevecita también. —La bendición, tío Cachito. —Dios de bendiga, sobrino, y te haga un santo. —Desmóntese, tío; pa que tome café y se desayune. —Hombre sí, sobrino, te voy a complacei, poique eta milicia endiablá, me tiene, que a eta hora que tú ve, no me he echao ni un trago de jengibre en el buche. El malicioso, práctico y mentiroso Cándido Espuela, echó pie a tierra con dificultad, entorpecido por las armas superabundantemente innecesarias, y poco después de los abrazos, bendiciones y saludos, a familiares y extraños, tío y sobrino, con empalagosa amabilidad foránea, se sentaron a la mesa cibaeña, siempre oportuna, suculenta, nitrogenada, esa mesa digna de la caverna prehistórica, recargada de viandas humeantes, de huevos fritos con los cebollines y la clara achicharrada, de carne y longanizas fritas sin estáticas, sin burruqueos inciviles. Ya en el café, en el paladeo de ese aromático y sabroso café de La Vega, en el preciso momento filosófico en que Espuela encendía un cigarro, el sobrino, que lo quería y que ya tenía su trompo embollado, le rastrilló a boca de jarro: —Tío, perdóneme la pregunta, ¿pero para dónde va uté con esa tropita?… —Para dónde voy a dir, muchacho, parriba, pai sitio de la Capitai. —Dispénseme, tío Cachito, pero dígame, ¿cuándo e que usté va a entrai en juicio?… Uté no sabe que la cosa pallá arriba está que arde. A Eliseo y otro General colúo le han rompío la caja dei pecho de un cañonazo. Si a usté lo malogran en una de esas sabanas grandísimas, se lo comen los perros, ahí no entierran a nadie. Si uté se muere pacá, le llenan la sepultura de clavellina y estefanotas, toitico el mundo lo llora, le hacen un rincón bien gritao, y una misa con música. Cómo se le ocurre, cojei ahora parriba, licencie esa tropita en llegando a Pontón, y vuéivase, que usté es un hombre muy querío, útil, necesario, indispensable, sin uté su pueblo no es pueblo, quédese poi Dió, no vaya a paite. Espuela, con la barba sobre el pecho, afectadamente enternecido y agradecido por las cándidas reflexiones del sobrino, le contestó: —Tropita no, sobrino, tropa y de la buenaza, de la caliente, de esas que dejan el sitio pelaito largando plomo. Pero, después de to, no te preocupe, que yo nunca me adentro mucho en la chispa, yo peleo siempre detrá del jumo, que digamos, –y echándose la porturola, la cartuchera de búfalo, sobre el ombligo– ve, –le dijo, y fue sacando y poniendo sobre la mesa: Un pedacito de corcho, un cabo de vela de cera, tres cajas de fósforo, dos juegos de barajas españolas viboreá, dos dados cargados en tres suertes en la carrera, y una panela de dulce de leche. Sobrino, yo no he matao ni pienso matai a naide. Y hurgando de nuevo hasta el fondo de la porturola de búfalo, sacó y le mostró al sobrino algunas cápsulas, haciéndole notar sus condiciones inofensivas. —Ve, sobrino, son de güebo e chivo y mi carabina es un brogocito; y después de relojear los contornos de la pulpería, por si había moros en la corte, le dijo casi en el estribo del oído:
188

SÓCRATES NOLASCO  |  EL CUENTO EN SANTO DOMINGO – TOMO II

—En el último sitio, en el de la Unión, yo me gané mil pesos. Déjame jacei, que yo no dentro en eta cosas sino poi negocio na má, yo no creo en nada ni en naide… Y le echó la pierna a Cañonga, que piafaba en la enramada, loca por tragar tierra caliente, tierra de guerra…

A la sombra de caoba corpulenta reposan Jesucristo y San Pedro, después de andar por el mundo mejorando la suerte de los mortales. El mal se alejaba momentáneamente de la tierra, y el divino Jesús quiso, además de todo el bien realizado, otorgarle un don a cada ejemplar de las razas humanas. Entonces fue cuando San Pedro hizo comparecer al indio, al blanco, al negro, al amarillo y al mulato. Trató de colocar al negro en lugar de preferencia, compadecido de haberlo visto trabajar de seis a seis, tostado por el sol y en ocasiones bajo torrenciales aguaceros. Y su mirada, a la que nada se esconde, notó que el negro se deslizaba, se evadía colocándose en la retaguardia. —Jesús –habló San Pedro– está satisfecho del regular comportamiento de ustedes y, compadecido por los viejos padecimientos de todos, quiere otorgarle un don a cada uno. Pídele tú lo que más deseas, –le ordenó al blanco. —Señor –suplicó el aludido arrodillándose ante el Redentor del mundo– dame una chispa de tu sabiduría. Tengo fe y con tu ayuda sabré descubrir medios para aliviar y mejorar la suerte de mis semejantes. —Otorgada te es: estudia y sabrás… –le dijo el Señor. —Pídele ahora tú, –le ordenó San Pedro al amarillo. —Señor, que una chispa de tu lumbre resplandezca en la hoja de mi espada: quiero ser un conquistador. Por la memoria del llavero eterno pasaron sombras diversas, chorreando sangre… y las pupilas se le nublaron. —Otorgada te es, y conquistarás mientras seas clemente; –díjole Dios. —Pídele tú, –le ordenó San Pedro al indio sin volver a mirar al amarillo. —Quiero una brasa de tu luz, Señor, para encender el tabaco de mi cachimbo, y fumar, y soñar… –suspiró éste. —Otorgada te es: tómala, fuma y… sueña; –le dijo Jesucristo envolviéndole las ideas en la humareda en que se convertía el tabaco de su cachimbo. —Pídele tú, –le ordenó San Pedro al mulato mirándole hasta el fondo de la conciencia y sin pizca de simpatía. —Dame, buen Dios, la chispita necesaria para mantener encendido el fuego de mis apetitos: quiero gozar… ¡Gozar y gozar y no perder el gusto! —Otorgada te es, –suspiró Jesús–. Peca y… arrepentido, reza. Y el negro, receloso, no se acercaba. Un viento manso venía de más allá del mar, voló sobre la llanura y, feliz, acarició durante un rato las sedosas y abundantes barbas del llavero eterno, quien, dulcificando aún más la voz, ordenó con simpatía:
*Este cuento de camino, o folklórico, le fue dictado en Enriquillo a Sócrates Nolasco por el señor Numa Pompilio Sánchez, ahora ciego, de setenta años de edad, quien fue Juez Alcalde durante varios años.

CUENTO DE CAMINO Por qué el negro tiene la piel así*

189

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

—No seas tan tímido; acércate y pide. Entonces el negro, sospechando como ante un recodo del camino real, se rascó la cabeza y mirando de soslayo, precavidamente dijo: —Mire, Siño Jesucrito, y Uté, don San Pedro… no se preocupen por mí, que yo ando atrá d’esta gente: soy el encargao de llevale las maletas. Y desde aquel lejano día, por haber preferido a una chispita divina la desconfianza, hija de la malicia, anda y andará el negro con la piel a oscuras sabrá Dios hasta cuándo.

190

No. 16

J. M. sanz lajara
el candado
Prólogo Manuel Valldeperes

prólogo
Cuando J. M. Sanz Lajara publicó en 1949, los primeros cuentos de ambiente americano en su libro Cotopaxi, hizo, en las palabras de presentación, una confesión que es válida para toda su obra posterior. “Alguien dijo, hablando de la vida –escribía hace diez años–, que en ella existe toda plasmación. Añadiremos que la fantasía en literatura está desapareciendo, si no ha desaparecido ya. Este libro se formó en la vida, con ella y de ella. Los hombres que voy a presentar cruzaron sus caminos con el mío. Las mujeres pasaron por mi puerta y algunas –¡benditas sean!– dejaron un beso, una caricia y una que otra lágrima, que sin dolor no hay sentido del propio destino”. Refiriéndonos a este libro –cuentos y narraciones ecuatorianos–, dijimos: “Sanz Lajara es un escritor que aspira a la máxima naturalidad y también a la más diáfana claridad descriptiva. Leyendo las páginas de Cotopaxi se siente la sensación del contacto directo con lo que en ellas se describe. El paisaje adquiere extraordinaria grandeza, no porque haya acertado a presentarlo en su natural fisonomía, sino por haber sabido descifrar su misterio y descubrírnoslo con emocionada sinceridad. Y si ha sabido calar hondo en la entraña de la tierra, de una tierra serena y colérica al mismo tiempo, poblada de volcanes, no ha sido menor su acierto al presentarnos a los hombres que la animan con sus cantos y que la riegan con sus lágrimas. Cotopaxi cuenta, pues, con el respaldo de la vida”. “La vida es el hombre –agregábamos–. Por eso Cotopaxi recoge las verdades de la vida, ora alegres ora trágicas, al través de lo cotidiano, de la simplicidad de lo cotidiano. El emético Pedro, el terrible Juan Manuel, la cerril Maruja y la romántica Sheila, para no citar más que algunos de los tipos que desfilan por ese retablo de amor, son seres arrancados de la realidad. Seres a quienes el autor ha visto amorosamente y ha tratado en su diario vivir. Sus huellas están en el libro en la plenitud de su vivencia espiritual. El fervor descriptivo es lo que Sanz Lajara ha puesto en ellos para que el instante de vida que ha captado tenga, además de verismo, impresa la huella de la emoción verdadera. Y esto es lo que hace que Cotopaxi sea, no sólo una biografía con alma, sino la captación amorosa –y por amorosa espiritualizada– del alma de un pueblo”. En Aconcagua, libro de cuentos publicado en 1951, Sanz Lajara sigue las mismas sendas vitales de Cotopaxi. Vitales y luminosas, porque ambos libros se formaron en la vida –con ella y de ella–, para ser vida a su vez: vida animada por un tesoro inapreciable de experiencias. Conocedor de América –hombre y paisaje, acción y ambiente–, Sanz Lajara nos presenta un “Aconcagua”, relatado con la emoción del observador inquieto, lo que su escrutadora mirada ha descubierto, fuera de lo común, por tierras del Perú, de Chile, del Brasil y de la Argentina. Son hombres y mujeres de América, con sus peculiaridades al descubierto, porque nos las presenta con el corazón palpitante, dentro de un ambiente tan real como incitante. En el libro de ahora, en El Candado –veinte cuentos de ambiente continental–, al igual que en Cotopaxi y en Aconcagua, el hombre de América y la América misma, palpitan. El americanismo de este libro –americanismo con anhelos y angustias para y por el hombre universal– no discrimina: presenta los hechos con toda su intrínseca e influyente veracidad. Por eso, precisamente, el hombre de América se reconoce en sus páginas. Se reconoce como colectividad con un destino común y con la sola ambición de este destino. Ha dicho Sanz Lajara, para resumir ese esencial americanismo: “…hay en esta América tanto y tanto de ver y de amar, que no hace falta mirar a otra parte. Bajo sus cielos azules,
193

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

conviviendo con sus pueblos y razas, siendo parte de ellos, se acerca uno bastante a la felicidad”. Y a descubrir esta felicidad, después de haber descubierto el hombre y el paisaje americanos –su naturaleza incitante–, tienden las inquietantes y sutiles páginas de El Candado. A descubrir esta felicidad al través de la vida cotidiana, con todo lo que hay en ella de alegre y de bueno y también de angustia y sufrimiento. Las páginas de este libro resuman, como las de Cotopaxi, como las de Aconcagua, una profunda compenetración espiritual con el medio y un hondo conocimiento de la realidad. De esta comprensión y de esta penetración, tanto como de la manera directa y simple de narrar los hechos, no exenta de un dulce hálito poético, surge la impresionante sinceridad de los cuentos de El Candado. Escritor ávido de vida, Sanz Lajara capta lo que trasciende de esta tierra recatada y virgen y la ama. Este amor es lo que ha dejado flotando en el libro para hacer cierta su propia afirmación: para hablar de montañas hay que amar a las montañas, para hablar de hombres hay que amar y comprender a los hombres. Y de amor y comprensión está hecha su obra. Es sorprendente comprobar cómo, en un estilo impresionista, ágil y vigoroso al mismo tiempo, va arrancando Sanz Lajara los secretos a la naturaleza y al hombre para describirlos con precisión y claridad. Y es sorprendente comprobar, también, cómo se va perfilando la biografía de la vida, al través de pinceladas nerviosas, en las páginas emocionadas y emocionantes de El Candado. Esta difícil facilidad es la que acredita a Sanz Lajara como escritor de temple. Como un escritor de temple que sabe descubrir en la actualidad viva lo que hay de legendario en América y que el hombre no ha dejado morir para que perdure su singular contextura psicológica. Los tipos cuyo instante de vida ha captado Sanz Lajara en sus cuentos son diversos, con esa diversidad que hace infinita en matices la biografía del hombre. De esa diversidad ha sacado provecho el autor para ofrecernos una síntesis de la vida del hombre americano. Y si es cierto que nos ha presentado a todos y a cada uno de ellos con amor, también lo es que por ese amor, por su fidelidad a ese amor, no ha dejado de ser fiel a la verdad. De Camilo a Luis y de la joven María a la negra Ángela hay un abismo que vencer; pero flotando por sobre ese abismo de caracteres está la vida, triunfante, con su lastre de angustias y de dolores y también de sanas alegrías: la sana alegría de vivir, que es la gran esperanza y el gran estímulo del hombre. Y esto –el alma de un continente– es lo que late en los cuentos de Sanz Lajara.


Se ha dicho que el cuento literario es la transformación de la verdad verdadera, al través de una mente apasionada, hasta convertirla en una mentira bella. Esto no es el caso de Sanz Lajara, cuya originalidad, que es una transposición de la realidad más íntima, constituye una protección contra interferencias extrañas o, si se quiere, contra la violación, por ajenas sensibilidades, de una intimidad en carne viva. Ya hemos dicho que el autor de Cotopaxi, de Aconcagua y de El Candado aprehende, en sus cuentos, los secretos de la naturaleza y del hombre para describirlos con precisión y claridad, sin quedarse nunca en el interés puramente descriptivo. Por eso se mantiene en ese punto intermedio, vital y emotivo al mismo tiempo, entre el desprecio de los hechos, que conduce a un lirismo estéril, y la supervaloración de éstos, que nos sitúa en el campo estricto del reportaje.
194

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

Sanz Lajara es un escritor original, de la estirpe de los grandes de América, porque contempla la vida con afán analítico. La desnuda, la desmonta y la reconstruye con su propia personalidad revelada de adentro hacia afuera; pero no desarma nunca la estructura interna de la realidad para narrar los hechos. Tampoco cae en el boceto costumbrista, porque en sus narraciones hay emoción. Por eso sus cuentos son cauce de una expresión netamente americana. Todos los personajes de los cuentos de El Candado y de sus libros anteriores –Cotopaxi y Aconcagua– son reales, vivos, arrancados de la desnuda y aleccionadora realidad de cada día y el autor no los aparta, al darles vida literaria, de esa realidad, de su realidad. Son seres que no se miran vivir, sino que viven. Sus miradas se vuelven hacia adentro para verse tal como son, para mostrarse, en la plenitud de su vigencia humana, tal como son. En ninguno de los humildes personajes que nos presenta Sanz Lajara, tan llenos de vida, tan sublimes en el dolor, tan esperanzados, hay el más mínimo atisbo de falsedad. Son reales –algunas veces cruelmente reales– y, sin embargo, destilan poesía. La misma poesía con que el autor va creando el ambiente que les circunda. Así son María de La casa grande, tan serena en el amor; Paulo, el de la vida bien vivida, de El sueño; Isaías y Ángela, los negros felices de El milagro; el indio Osvaldo, sumergido en el recuerdo de Shirma… Así son todos los hombres y mujeres a cuya vida nos acerca. Es que Sanz Lajara nos presenta al hombre como parte articulada de la naturaleza, en su esencia humana y vinculado al medio para que su espíritu trascienda y se manifieste ampliamente. Así es como surge el fondo de poesía que hay en sus cuentos y, sobre todo, su calidad pictórica, alucinante y emotiva. Y así es como consigue que sus descripciones posean una emocionante y sugestiva plasticidad. Pero, a pesar de su poder de sugestión, no es la existencia de los personajes –lo real de esa existencia– lo que más nos impresiona en los cuentos de Sanz Lajara, sino su vida espiritual, con todo lo que hay en ella de videncia y de presentimiento, de sugestión de otras vidas. Se trata de un trasunto de lo individual a lo universal y humano al través del cual trata de descubrir el sentido superior del hombre como paso seguro hacia la fijación de su destino. La nacionalidad no es una obligación impuesta al escritor, sino una necesidad intrínseca de su obra y, por consiguiente, un atributo de ésta: la fuerza y la vivencia del origen. Por eso, a pesar del ámbito americano de los cuentos de Sanz Lajara, la presencia del dominicano está latente en todos ellos. Y es desde este espíritu, precisamente, que ve lo americano con claridad y simpatía, con amor y, sobre todo, con esperanza. Su estilo es claro porque ve las cosas con claridad y las dice de manera convincente. Prosa clara, diáfana, dinámica en la que las palabras, imbuidas de aliento poético y de humano temblor, nos dan una idea exacta de su valor: la más adecuada a las ideas y a los sentimientos que expresan. Esta claridad es parte muy importante de la originalidad que se manifiesta en El Candado. Ahora que la pasión creadora de América se ha concentrado, para dar en el cuento lo más peculiar y lo más auténtico de sí misma, J. M. Sanz Lajara ha de ser tenido por uno de los escritores más representativos de nuestro Continente, porque esta pasión creadora –reveladora– está viva en él, con toda su influencia trascendente. Manuel Valldeperes
Ciudad Trujillo, mayo de 1959.

195

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

Sanz Lajara recoge en este libro un grupo de cuentos que ha recorrido América y Europa. Mundo Hispánico en Madrid, La Prensa en Lima, Clarín y el Nacional en Buenos Aires, Hablemos en New York, Américas en Washington, Correo da Manha y Tribuna de Imprensa en Río de Janeiro, publicaron oportunamente lo mejor de esta cosecha del escritor dominicano que ya es propiedad del gran público continental. Cuando el autor era embajador en el Brasil, un grupo de intelectuales formó en aquella capital una peña literaria que recibió el nombre de Rui Barbossa. La edición brasileña de estos cuentos dijo entonces: “El Candado, El Charco, El Otro, El Feo, no sólo caracterizan a un escritor, señalándolo definitivamente como uno de los artistas más perfectos, sino que, sobre todo, lo inscriben entre los creadores dotados en igual dosis de la llama del talento y del secreto de la artesanía, pues él es artista y artesano, como lo son pocos cuentistas contemporáneos que, frecuentemente, hacen cuentos perfectos a su manera, despreciando las reglas del género”. (O Cadeado, página 128). “Estos cuentos forman, desde ahora, parte de una antología del cuento americano que ha de ser hecha sin prejuicios y preconceptos. Para que un cuentista pueda ser llamado maestro en el género, para que sus historias se transformen en eso que se acostumbra llamar literatura en vida inmediata, en vida vivida y sufrida, no es necesario otra cosa, no se precisan otros elementos que esos usados por Sanz Lajara con tal fuerza –y firmeza– que después de la primera página de cualquiera de sus trabajos se cautiva al lector y después de la última lo obliga a quitarse el sombrero. Quitemos, pues, el sombrero”.

196

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

El candado
—¡Váyase, compadre! ¿No está viendo que bebió demasiado? —Sírvame otro, otro no me hará mal. Camilo inclinó la cabeza sobre la mesa y se hundió los puños en las mejillas. En la calle un viento frío golpeaba las casas dormidas. En la taberna el humo de los cigarros no podía salir. —Deme, –ordenó Camilo– este último será el mejor. No quería volver a casa. Estaba, de pronto, cansado de luchar contra su corazón que adoraba a Elena y contra su orgullo que deseaba matarla. Eran cosas de hombre y cosas de indio todos los pensamientos de Camilo. Apuró su trago y suspiró. Seguramente que llevaba caminados muchos suspiros aquella noche. Y muchas maldiciones, encerradas en su pecho, como el humo de la taberna que no podía salir. —Voy a cerrar –dijo el tabernero, con una voz sin apelación. Los indios se fueron levantando a regañadientes, como si la muerte les hubiese llegado en la última copa. Camilo quedó sentado, encogido dentro de su dolor. —¡Ándale, Camilo! –le suplicó el tabernero, cuando los dos estuvieron solos en el salón acallado. Se levantó, irguió la cabeza, se echó atrás el pelo, caminó hacia la puerta. Sentía que el piso le golpeaba con su oleaje y que las paredes estaban bailando una danza triste, como la música que los indios entonan en tiempo de sequía. En mitad de la calleja se detuvo y respiró con los brazos abiertos. —No se me pierda, compadre –oyó decir al tabernero–, mire que la Elena luego me echa la culpa. Camilo se movió cuesta arriba, sobre los adoquines que resbalaban en sus alpargatas. Las montañas se inclinaban para recoger, suavemente, a la arcaica ciudad violeta. Una luna de pizarra saltaba de un cerro al otro, borracha de distancias, como Camilo. En las puertas cerradas no había ningún candado. Los indios dormían, o hacían el amor, o sufrían, o rezaban, o estaban quietos, esperando morir en una noche así, de luna de pizarra encima de la ciudad violeta. Camilo sabía que en la puerta de su casa no habría candado. Era esa su ilusión, su gran esperanza, masticada entre tragos, soñada ante la mesa de la taberna, en las horas de sueños y de temores. Y si no había candado, podría tocar con escándalo para que Elena le abriese y en Elena descargar su hambre de besos y su fiebre de mimos. Iba solitario, luchando contra la calle que se alzaba y se caía, como el lecho tormentoso de un río, como las grietas misteriosas de un glaciar. Contó las puertas, contó las casas. En ésta nació un niño que no vería la luz del sol, en aquélla murió un viejo muy viejo, de cara ovejuna y nariz ganchuda, en esa otra presintió silencio, el silencio que dejan los hombres y las mujeres que no son más. Y Camilo estuvo frente a su puerta. Y sintió temblíos, porque en su puerta, colgado como un pezón, estaba el candado. Elena su mujer no había regresado, y Camilo tuvo ganas de llorar. Miró al candado, lo tocó con sus manos, lo acarició. Luego descargó en él una patada, y otras muchas, y en ellas su ira y su encono, sus furias de macho vencido. Se arrodilló, cerró los ojos. —¡Mi Elena! –monologó. ¡Mi Elena del alma! ¿Por qué te has ido? ¿No ves que te quiero, no ves que no puedo vivir sin ti?
197

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

Sus palabras rebotaron en la calle desierta, de casa en casa, de esquina en esquina, desesperadas y calientes, como animalitos acabados de nacer. Después volvieron hasta su boca, abierta en la noche como un pozo insondable. —Un hombre sólo quiere a una mujer, Elena. Yo te quise desde niña, desde que jugábamos en el valle y nos bañábamos en el río. Tú no tienes otro dueño, yo no tengo otra dueña. Nos conocemos como la tierra al agua que baja de las nubes, Elena. ¿Por qué me haces caso? ¿No ves que soy el más bruto de los indios, el más imbécil de los hombres? ¡Mi Elena! Tú cerraste esta puerta, para dejarme en la calle, borracho como estoy, sufriendo como estoy… Se agrandaba el lamento, un lamento que iba perdiendo orgullo a medida que crecía y enjuagaba el candado con saliva. Camilo lloraba con lágrimas grandes. Hipaba, se contorsionaba. La luna se había aquietado sobre un cerro. La ciudad no se movía, a pesar de que los perros ladraban su intranquilidad. —Yo no puedo dejar de quererte, Elena, no podría jamás. ¿No sabías que tú eres la cosecha y la lluvia, la paz y el amor, mis hijos y mis locuras? Perdona mis golpes, perdona mis insultos, perdona a tu Camilo… Sé que he afrentado a tu cuerpo, pero también puse en él todas las ansias que traje de mi padre. ¡Elena…! El nombre de la mujer ausente se elevaba ante la puerta, hendía los maderos y entraba al cuarto oscuro y vacío, donde esa noche Elena no había venido a dormir, ni a esperar la paliza de Camilo. Y el indio siguió llorando, a la callandita, con unos ruidos que parecían de ratón, con unos ruidos que arañaban la puerta o hacían tintinear al candado, siempre colgado como un pezón. —¡Mentira que eres mala! ¿Me oyes? ¡Mentira! Son cosas que me invento para hacerte sufrir, para que sepas que yo soy el macho, que yo mando en mi casa, en mi cama, en tu cuerpo, en tu corazón. ¡Porque soy muy macho! Le parto el pescuezo al que te mire… No lo dudes, Elena. No me importa que los niños te hayan ablandado la barriga, ni que tus pechos no sean los palomos de nuestra juventud. ¡No me importa! Lo que me importa es tu abrazo, es tu llanto, son tus ojos que cuidan mi sueño de borracho, que saben cuando los niños tienen fiebre. Lo que quiero es que te quiero. ¡Y te quiero tanto que ya no tengo orgullo y te lloro, Elena, te lloro como si toditas mis lágrimas no me bastaran, y me fuera preciso irme al río, y allí mojarme los ojos, para llorar más! ¡Qué poco hombre he sido, Elena, qué poco macho que soy para ti! Comenzaba a bajar la niebla de la serranía. Del negro costillar de los volcanes fue cayendo la sábana envolvente, en la que pronto se arropó, llena de frío, la ciudad. Y los indios dormidos la sintieron llegar hasta sus lechos, encogiéndolos como bestias gastadas, como ramas de un árbol que arrancó el huracán. —¡Elena! –mugía Camilo, arrodillado ante el candado que no quería contestarle. Ya le dolían las piernas y las rodillas ante aquel altar solitario–. ¡Mi Elenita buena, mi Elenita mansa, mi Elenita santa, más santa y más buena que todas las santas…! Déjame entrar, Elena, déjame entrar a mi cama y besarte, besarte mucho, como yo sé que a ti te gusta que te besen cuando hace frío. Déjame que durmamos juntos, como siempre hemos dormido. No te he de pegar, Elena, no te he de pegar más. Camilo sintió frío, el frío seco y agudo de los indios que se emborrachan ante las zambas y en los zaguanes, el frío que mata los animales en los páramos o enloquece a los volcanes. Pero su llanto, saliéndole del pecho y corriéndole por las mejillas, le calentaba la boca y las manos, sus manos hechas zarpas sobre el candado.
198

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

—Elena, ya me estoy enojando, ya me están cargando tus indiferencias. ¡Abre esta puerta, Elena! Quita este maldito candado que no me deja verte, ni besar tu boca, ni morder tu pelo, ni decirte al oído, bien cerquita, todas las cosas que tanto te gustan… ¿Te recuerdas cuando nació el Emilio, y la Elenita, y los mellizos, y el Josecito, y las mellizas? Nuestro amor es grande, tan grande como los montes… Cayó el borracho sobre la calzada y cerró los ojos. En el principio de su sueño profundo le dio un beso a Elena. Y con el beso aquél, un abrazo apretado, un abrazo amoroso, de vuelta a la vida, de vuelta a su mujer que regresaba. Amaneció. El sol anduvo buscando camino en la cordillera y se coló al fin por el desfiladero, y entró a la ciudad sin premuras, como si su visita fuera cosa manoseada y común. Luego los indios, desperezándose, fueron asomando sus caras en las puertas entreabiertas y uno que otro levantó los ojos, saludando al sol, o persignándose, sin comprender el nuevo amanecer. —Ahí está el Camilo, borracho como siempre; ¡qué hombre, Dios mío! Pobre de la Elena! Aguantarse un marido que no sirve para nada… Tímidas como hormigas, despertadas de un sueño sin descanso, murmuraron las mujeres camino de la ciudad. Y los niños, emponchados, comenzaron a corretear en la calleja. Uno de ellos envió una piedra, que golpeó sonoramente el candado de la puerta de Camilo. Después llegó Elena, con la fila de los inditos detrás. —Sin ruido, hijos, que vuestro padre está mal otra vez. Pasó sobre el cuerpo de Camilo, abrió el candado con una llave grande y pesada y rogó a los hijos: —Ayúdadme… No le despertéis… Cargaron a Camilo, como en un entierro. Le llevaron a su cama y le arroparon cuidadosamente. Después Elena se asomó a la puerta y antes de guardar el candado, se puso a llorar silenciosamente en un rincón. Allí estuvo unos minutos, antes de comenzar a preparar el desayuno, usando de algunas de las lágrimas que tenía guardadas en el pecho, desde que era niña, hasta que fuera vieja.

La casa grande
Era una casa con historia. Casi con mil historias. Se alzaba en lo alto de la colina y se subía a ella por un caminito resquebrajado y pedregoso. Tenía ancha balconada y ventanas azules, que eran los ojos de la blanca pared de cal. Hubiera sido una casa más, de no ser por las luces que la abrillaban de noche y las risas que saltaban hasta el valle como cohetes. Además, en la casa grande siempre había hombres y mujeres, muchos hombres y muchas mujeres. Y risas, risas y risotadas y aun carcajadas. Nadie había buscado lágrimas en la casa grande. Cuando trajeron a María a la casa grande, María todavía era niña, un ovillo de carne acremada, con dos ojos profundos y verdes, como agua de mar tropical, y un cuerpito rosado y débil, tan débil que en él los movimientos parecían cansados antes de comenzar. La entregaron de noche y allí se quedó, remota y perdida, envuelta en las luces, el ruido, y el taconeo de las mujeres, desconocida por los hombres que no podían comprenderla. Después, con los años, María fue en la casa grande sólo una cosa, sin sexo, sin palabras, con el hálito de vida indispensable para no ser confundida con las alfombras o con la escupidera.
199

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

Luis era del pueblo, como los árboles o las piedras. Y el padre de Luis, y el abuelo de Luis, también eran del pueblo. Y como Luis sabía que el padre suyo y el abuelo suyo conocían la casa grande, en Luis, desde muy niño, latió el deseo de conocer la casa grande. Le atraían las luces y las risas y sobre todo el perfume que un día percibió en una de las mujeres de la casa grande cuando ella pasó por su lado, en una calle del pueblo. Eran muy conocidas las mujeres de la casa grande. Como habían llegado de todos los caminos y sabían de todas las historias, y además amaban en todos los amores, la gente respetaba un poco a las mujeres de la casa grande. No tenían nombres exóticos ni grandes preocupaciones, algunas no sabían leer y la mayoría era holgazana, un rebaño de hembras que vivía de noche. Y esto último estaba muy de acuerdo con la voluntad y los deseos de los hombres del pueblo. Y aun de los hombres de algunos pueblos vecinos. Y hasta de otros pueblos que no eran vecinos. Por eso Luis oyó decir una vez que sin la casa grande toda aquella comarca hubiera sido de lo más aburrida. Los pensamientos de Luis respecto a la casa grande eran muy diversos. Noches hubo en que la comparó con un coche que corría por el bosque; noches en que odió la algazara que de ella salía hasta meterse debajo de su almohada, no dejándole dormir; noches en las que, sin entenderlo bien, deseó que la casa grande fuera un bote de río y él su piloto, para llevársela hasta el mar y dormirse en las olas. Eran pensamientos invertebrados, los pensamientos sin huesos de los niños que todavía no saben amar. Luis creció alto de cuerpo, un mulatón con el arqueo de un gorila y la fuerza de una locomotora, aunque una locomotora a vapor, no eléctrica, porque sería demasiada fuerza en un hombre. Gustaba cosas raras Luis. Gustaba de bañarse bajo la lluvia, de montar caballos al pelo, de comer frutas de ramas altas y luego, cuando la escuela le metió la lectura en el último recoveco del cráneo, gustó Luis de leer a solas libros de cuentos y novelas, imaginándose que él era siempre el héroe, malo o bueno, en derredor de quien la trama era urdida. Un día se encontraron en el río Luis y María. —¿Quién eres? –le preguntó ella. —Soy Luis. A nadie tengo miedo. María deseó reír, pero no se atrevio y dijo: —Yo soy María –y bajando los ojos, agregó–: Vivo en la casa grande. Luis la miró con curiosidad. Las mujeres de la casa grande no eran tan tímidas, ni andaban con los labios secos de pintura, ni hablaban, en el río, con mulatos como él. Luis decidió que aquella mujercita le engañaba y se mostró receloso. —No creo que seas de la casa grande. No estás perfumada –sentenció. —Y sin embargo –afirmó María–, soy de la casa grande. Luis la vio desaparecer en la hojarasca y oyó, minutos más tarde, el golpe aplastado de un cuerpo cayendo en el agua de la poza. Luis quiso ver aquel cuerpo, porque era el cuerpo de una mujer de la casa grande. Y Luis se abrió paso por entre las lianas, hasta encaramarse en la ribera. Y allí se quedó sin aliento, con los ojos y el corazón tumultuosos. Nunca más pudo dormir Luis tranquilamente, ni pensar con orden, ni sentirse héroe, ni comer con apetito. En Luis los sueños siempre llegaban con una moza desnuda que nadaba en aguas translúcidas, los pensamientos eran de una moza desnuda que besaba su frente, la heroicidad era salvar a una moza desnuda de un torrente y el hambre era poner suculentos manjares en la boca de una moza desnuda. En la boca de una moza de la casa grande. En la boca de una moza que él deseaba besar.
200

un banderín desgarrado en una batalla. porque ese día estaba enojada con el marido. y en la casa grande a María. caras tristes o rostros espantados ante el espejo. Y María comenzó a recordar a Luis. De seguro creía que a los hijos se les educa mejor a palos o que la vida es una cosa y no una vida. había asentido con su cabeza gacha. hombres atormentados y hasta hombres avergonzados. Y Luis siguió aturdido y confuso. —Entonces. un mueble. una incomodidad. contemplando a la casa grande. a pesar de que el padre de Luis era un buen hombre y un no muy mal padre. Luis temblaba febrilmente y se sonaba los dedos. Y cuando las risotadas tocaban la puerta de su oído. Por eso María no fue objeto de sus búsquedas ni de sus desprecios. una prenda interior. —Ya estás hecho un grandulón –le había dicho su padre–. luces y música. o cuando las luces danzaban un vals en sus ojos. Y era que en risas. —No. muy seriamente. de mañana. o cuando la música llegaba en la mecedora del viento. ¿puedo ir a verla? —No hijo. mi viejo? Yo no tengo prisa. Y el viejo le clavó un bofetón en la curva de las mejillas. una sábana. María. una caricia sin objeto. que él no tenía miedo. porque no basta con ver a la casa grande para poder entenderla. eso que no duerme ni responde ni sufre ni puede ir al baño ni mucho menos reír o llorar. desarrollarte. le amonestó: —¡Desgraciado! ¡Atrevido! Ahí sólo hay vicio. —Explícate. la mayor parte del tiempo. Luis cuajaba sus ansias de visitar y conocer la casa grande. hijo. Luis se pasaba las horas en una hamaca. perdición… Te prohíbo que vuelvas a hablarme de eso. y ser una de las nuestras. hija. María era esa cosa que se llama a todas horas y en la que no se piensa. la moza desnuda de la poza en el río. un empellón. a veces un insulto. Las mujeres de la casa grande estaban. los afeites quedaban en la almohada y en la casa grande sólo se veían caras sucias. Y pensando en María. la dueña de la casa–. —Yo quiero conocer la casa grande –dijo al padre una tarde. demás ocupadas para ver a María y los hombres de la casa grande eran hombres enloquecidos. Ella no quería gritar cuando el pueblo dormía. Eso. Y mirándole de hito en hito. mientras tanto. era como bañarse sin estar sucio o comer sin tener hambre. Habrá que casarte. M. es engordar un poco. hijo mío. —No es cuestión de prisa. En la casa grande. como siempre. Y Luis siguió contemplando a la casa grande y soñando con la carne acremada y los ojos profundos y verdes de María. es cuestión de la vida. un adefesio. ni llorar cuando. muchacho. 201 . Pensar en otra mujer que no fuese María era absurdo. —Lo más que puedes esperar tú –le había dicho doña Nené. Pero Luis no quedaba convencido. como un árbol azotado por la ventisca. como si fueran palillos usados. ¿qué hay en la casa grande para que yo no pueda visitarla? —Todas las cosas que a tu padre le gustaban cuando mozo –replicó ella.J. —Madre –le preguntó Luis a la vieja–. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO En las noches rieladas de otoño. como un desierto en la lluvia. madre. Pero a solas María se había atrevido a pensar y a comparar. Las madres no podemos hablar de aquello que sabemos mejor que los padres. aquel muchachote que en el río le asegurara. —¿Por qué. María era un adorno. ni recibir el aliento de hombres a quienes no conocía. El padre de Luis era un padre sin imaginación.

no reparó en la mirada de su madre. A Luis le entraron ganas de correr. del amor. No era amor el de ellos todavía. una rosa roja clavada en el pecho negro de la muerte. Para María los hombres que iban a la casa grande no eran muy hombres. Luis supo allí mismo que desobedecería a los viejos por la primera vez. La casa grande. y alzando su voz desagradable. ¿Cómo puedes andar con una mujer de la casa grande? —Ella no es de la casa grande –había asegurado Luis. Era sólo una casa llena de luces y de ruidos y de música. atrás. Como Luis no era más que un muchacho. porque nunca había visto una cara más fea ni una voz tan desagradable. ¡Si la vuelves a ver te rompo la cabeza! Todas las mujeres de la casa grande son malas. de las blasfemias. ambos regresaron a la poza y en ella a encontrarse y a hablar. —Yo soy tan fuerte –afirmaba él otras veces–. Por eso María admiró a Luis. ¿dónde vive? —No importa. —¿A María? –dijo la cabeza de colores. Sin embargo. encontrando que el agua nunca había estado tan linda. la casa grande parecía un incendio. estaba María. Y lo mejor de su admiración era el saber que Luis nunca había estado en la casa grande. Sorprendidos hallaron que a medida que las palabras se entrelazaban. —Te prohibimos –sentenciaron– ver a esa cualquiera. O. Y tocó a una de sus puertas. Y como María no respondía. —¿Qué hay en la casa grande? –preguntaba Luis. Luis subió hasta la casa grande. como si mirarlo frente a frente pudiera provocar entre ellos un choque inexplicable. de la cara de un Cristo lleno de espinas que ella conservaba escondido entre sus ropas. él se quedaba quieto. no era tan grande. ¡Ella no es de la casa grande! Era el animal acorralado. mirando la imagen de ella en el agua. Los encuentros de los muchachos en la poza fueron un día del conocimiento de los padres de Luis. Pero no era mentira. que podría llevarte cargada hasta el horizonte. de cerca. Le parecía mentira subir el camino pedregoso y poder volverse a mirar. Pero Luis había leído tantos libros que a lo mejor eso era de alguno de los más aburridos. el pueblo desde el cual tanto ansiara conocer la casa grande. Ni en la vacilación del padre al salir del cuarto. —¡Basta! –terminara el padre–. porque ninguno de los dos conocía el amor. Y en ella. Y Luis sólo quería conversar con María. pero se contuvo y respondió: —Quiero ver a María. Y a la noche siguiente. Como el río era para Luis y María el lugar de un recuerdo. En la neblina de los cañaverales. Indudablemente. de los vasos rotos. —Entonces. María temblaba incoerciblemente. Ella no lo dudó y al recordarlo. Era noche vacía de estrellas y de cielo pegajoso. mandó un grito por toda la casa grande–: ¡María!… ¡María!… 202 . —¿Qué quieres? –le preguntó una cabeza de colores. Le pareció bien poca cosa la casa grande. en las noches de la casa grande. Luis defendía a María con la misma fuerza con que había prometido cargaría hasta el horizonte. en algún rincón. Luis era un verdadero héroe. quizás. un respeto mutuo nacía de sus cuerpos y aun de sus pensamientos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS ¿Miedo de qué? María tenía miedo de los puntapiés de los borrachos.

El otro Con las manos enlazadas en la nuca. Luis. —María –dijo la voz de Luis. pero en la cabeza de Luis sonó como el pum. dijo: —¿Conque María? ¿Eh? ¡María…! ¡Ven acá. María. Yo lo sé. ¿qué quieres? Luis miró dos veces. —María –dijo Luis. Y el abanico rodeó. —¡Usted no es María! ¡Quiero ver a María! Las dos cabezas de colores se reunieron y echaron humo de cigarrillos sobre Luis. Pero el grito volvió y con él otra cara muy rara. Asomó la cabeza suave y menuda de María. Y eso también lo había presentido. pum de un cañón. “¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!” Así fue la risa. Sabía que sería el último sueño en su cama. 203 . Te cargaré hasta el horizonte. Y la risa hizo eco en otras risas que salieron de los cuartos de la casa grande. más fuerte que todos los hombres de la casa grande. Pecho. Y el silencio estuvo de pronto en la balconada. caras de mujeres y de hombres se alzaron silenciosamente. como la de un cirio que pudiera hablar. Cesó la música de la casa grande. como caminaba la angustia por el pecho de Luis.J. —¿Estás seguro. poco a poco. Luis. encalmadamente–. Pero no pudo dormir. Soy fuerte. Era curiosa la sensación que tuvo Luis en el pecho. en su cuartucho. Jorge cerró los ojos y trató de dormir. ni oyeron el murmullo. —Yo soy María. más fuerte que nadie. ni repararon en las risas recién nacidas que explotaban en la balconada. ni en la música que de nuevo inundaba la casa grande. porque no se puede dormir con sudor en las manos. pum. llévame contigo! No se volvieron. como un abanico de carne y de humo. la más vieja de ellas. ojos y boca estaban secos. —Usted no es María –aseguró. María dijo: —¡Llévame contigo. también rodeando a los dos muchachos que se miraban y remiraban. porque las risas de la casa grande enmudecieron y hasta las cabezas de colores dejaron de reír. ni miraron nuevamente las cabezas raras enganchadas en puertas y ventanas. —Luis –dijo María. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Luis experimentó la sensación de que se ahogaba. en aquella ciudad. y en los ojos. Y nuevamente. Luis. Luis? ¿Estás seguro? —Lo estoy. Era una floración de cabezas y de ojos. Y en la noche silenciosa de la casa grande. quiero que vengas conmigo. Luis. —Lo eres. a María y a Luis. y añadió–: ¡Luis! ¿Tú aquí? —Quiero verte. El grito seguía caminando por la casa grande. quiero que dejes la casa grande. desgraciada…! Y entonces respondió la María que Luis deseaba ver. su María. hielo en el estómago y pensamientos gastados en el cerebro. Le faltaba el aire y la camisa apretaba en su cuello como una soga de buey. en la puerta de la casa grande. ¡Quería verte tanto! —Yo también quería verte. y hasta en la boca. De las ventanas y de las puertas. M. por los pasillos. Y hasta una tercera vez. La cara de cirio que hablaba se rió. María. lo estoy.

Pero ya no importaba. Y así vivió. A la semana del crimen la policía opinó que era un suicidio. ¿Y qué? Perdone la franqueza. haciendo preguntas que él sabía de memoria cómo eran. Irene era demasiado bella quizás. Le parecía que era un hombre valiente aquel hombre que había matado a su amante. quiso preguntarle por qué lo había hecho tan sorpresivamente. Y aquella tarde se cumplieron sus deseos y a ella la golpearon hasta la muerte. La ciudad era muy grande. con la única compañía de su gran amigo. Se buscó un poblado chiquitín. como un niño jugando al escondite. echarla a la calle con los perros. lo rodeaba y se marchaba bosque abajo. en algún recodo de la vida. de la música que salía de la vitrola. sino de amargársela a otros. La cara ensangrentada de su amante no se podía borrar de un manotazo. en su maldad. pero relativa. Y Jorge no lo volvió a ver más. Allí Jorge pasó varios años. Aceptemos que su amante se ha ido para siempre. como casi todos los techos de los cuartos por donde había paseado sus remordimientos. porque su amante no era mujer de quitarse la vida. o con esas mujerzuelas que se venden en las esquinas oscuras. Además. luego portezuelas que se cerraban y voces de hombres en el zaguán. Por todo esto prosiguió siendo amigo del criminal y hasta le cobró cariño. ¡Matar a una mujer! Cierto que para él no hubo más insomnios ni cansancio. Jorge se quedó quieto y miró al techo. Aquellos “¿Y qué?” no tenían sentido. con sólo recordarla en su impudicia. En un principio no fue fácil vivir con la seguridad de que ella estaba muerta. tan grande que nadie sabía dónde terminaba. 204 . había perdido el apetito y no se sentía nada bien de salud. o demasiado inteligente. Había deseado eliminarla. lágrimas ni suspiros. —Usted –le dijo el médico–. Veinte años para pensar no eran mucho tiempo. En su caso. Le bastaba pensar que el otro la había asesinado y que ella estaba definitivamente muerta. La huida y la lucha estaban detrás. sacarla de su cuarto. Como no fue posible. Se mudó del cuarto dónde la habían matado. de los libros que nadie podía ahora perder. esperó que otro lo hiciera. del balcón por donde iban desfilando las nubes silenciosamente. por si descubría que también con el criminal le había engañado su amante. Además. Indudablemente. No porque las paredes marrones ni el cuadrito de Modigliani le recordaran algunas escenas de amor. y Jorge también se fue de la ciudad. un techo lleno de sombras y vacío. En sus conversaciones con él. con un riachuelo que llegaba hasta sus laderas. y mucho menos podía suicidarse una mujer golpeándose la cara con un bastón de acero. La ausencia de ella era una ausencia cómoda. pero. Pero como en el poblado no se sintiera feliz. Jorge vivió en el campo. es un sentimental. poco se podía esperar de quien preguntaba incesantemente. en su traición. amigo mío. no hay mujer que no podamos sustituir. A él le dio risa. porque él era la respuesta y esta vez ni huiría ni lucharía.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS En la calle oyó el rechinar de frenos. sin que mediara con la víctima ningún lazo de afecto o de pasión. Ni tampoco porque en la mesita de noche estaba el florero japonés que una vez él le regaló a ella. en lo alto de un monte cubierto de pinares. tan pequeño que todo el mundo sabía dónde estaba y el número exacto de sus habitantes. era una muerte suya. los policías son hombres de poca imaginación. en una cabaña. La razón de la mudanza era porque estaba muy nervioso. Pero decidió que no era conveniente. ¿Y qué? ¿Y qué? Jorge no había obedecido a un médico tan desconcertante y tan pueril en sus raciocinios. de su cama y de sus noches. para gozar mejor de su cama y de su cuarto. el asesino de su amante.

—No puede ser –habíale suplicado Jorge–. cuando hacía frío y ambos gustaban de beber interminables botellas de cerveza. él manifestó la irrevocable voluntad de quedarse allí. mientras su amigo se había llevado la vida de ella. Como él sólo había tenido el amor y la traición de Irene. Si se cansaban de tantos pensamientos elevados. o de audacia. Con una tercera se empobreció. El órgano inundaba la cabaña y chorreaba por el monte. de discos que llegaron a gastarse. —¡Imposible! Me quedo. Porque no había la menor duda: Para matar era preciso ser audaz. en el pasado. Cuando comenzaron a llegarle las cartas de su amigo. Sus remordimientos. porque no tienen alma. Su amigo permaneció un largo rato callado y luego contestó: —Yo nunca he tenido remordimientos. te ruego! Y Jorge había liado sus bártulos y se había marchado. alguna vez. fueron los remordimientos de un hombre que no ha hecho nada útil con su vida. ni los tendré. Jorge volvió. a vivir entre el gentío. M. que siempre había sido timorato. —¿Pero y tus remordimientos? había preguntado Jorge. que hasta de las amistades el hombre debe libertarse. Tuvo otras mujeres. egocéntrico y sentimental. atontados y confusos. Para su sorpresa. tantas semejanzas entre él y su amigo. Jorge se cansó de vivir en el campo y así se lo dijo a su amigo. Hasta que un día. Escuchaban música de Bach. Raras veces. Comprendía. se decidió por las mujeres a precio. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO La suya fue una amistad interesante. que luego rompió disgustado. el tráfico y las gentes. las encontró tan semejantes a sus pensamientos que llegó a dudar de si él mismo no las había dictado. a Cervantes o a Shakespeare. por las calles de ruidos silenciosos. Pero no fue feliz. a los pies de los edificios de hierro y cemento. sin comprender que ellas le dejaban a él. descubrir que entre el asesino y él sólo existía la diferencia de un único momento de valor. su amigo se sentía tan feliz que no pedía más nada. sin convencerse. como prendas de vestir gastadas por el uso. Las encontró en el camino y en el camino las fue dejando. consideró que al otro le tocaba recordarla y no a él. Y aún más le sorprendía. Por otra sintió una gran pasión y le compuso varios sonetos. Una vez en el tren pudo respirar aliviado y tratar de olvidarlo. ¡Eso es de los débiles! ¡Déjame. recurrían a las revistas norteamericanas y en seguida se les calmaban ánimo y cerebro.J. como aguacero estrepitoso. Conversaban en los atardeceres y en las noches. si quiere ser dueño de su propio destino. sin atreverse a volver la vista. Nunca debió haberlo hecho. Mientras Jorge ansiaba por el bullicio y el ruido. y en mitad de la música Jorge y su amigo callaban. cuando estaban juntos en el campo. porque la poesía no tiene lugar en mitad del instinto. ahora. Jorge se maravillaba de encontrar tantos puntos de contacto. Por lo menos su amigo podía llamarse un asesino. no como él. en cambio. Las compraba por una hora o dos. A partir de ese momento. y eso porque era una extraña muchacha que no hablaba. A una la amó durante un par de años. Ella coleccionaba perlas y el cáncer de las ostras es bastante codiciado. 205 . Habían discutido todas las razones. de esta forma. ¿cómo podríamos separarnos? Debes venir conmigo. pensaba en su amante muerta. al fin. Otras veces leían a Goethe. con los años. por si se aflojara su ánimo y en la despedida se le aguaran los ojos. raras veces pagaba una noche entera.

arrastró los pies y descuidó la ropa. Recibió una carta. para limpiarse la boca de todas las blasfemias que había dicho en su vida. a olvidar a su amigo. como si pasara hambre. en la tumba. Le pareció lo más apropiado. Jorge miró por la ventana abierta. lanzadas alegremente por los senderos de un parque y vigiladas por los ojos de una niñera amodorrada o de un guarda reumático e indiferente. adquirió el hábito de escupir. aunque todas sus acciones sean jubilosas. Y tocaron a su puerta. en las mañanas. Era como si su amigo no desease abandonarlo o no quisiese dejarlo a solas con el crimen de Irene. Lloró bastante. como la indiferencia del amigo que se muriera en la cabaña. vacilaban si abrirse al nuevo día o permanecer dormidos. o de mil quizás. de toda angustia y de todo dolor. pero nada sacó en claro. tenía en las piernas y en el pecho una armazón de hierro que no le dejaba moverse y los ojos. por lo definitiva que es. a no ser que se sintió más cerca de la muerte. —¿Dónde vivió antes? —En otra casa. curioseando la ciudad. entrecerrados. hallando que el hombre. él no tenía necesidad de complicarse la existencia con su recuerdo. ya juega a matarse. En su cama. aun en la infancia. Después de todo. Pero en vez de olvidarlo. lo tuvo presente a toda hora. en memoria de su amigo el asesino. Cuando se levantaba. Y en otra antes. Y aun en otra mucho antes. No le decían de qué y a Jorge se le ocurrió. Se acercaban. Y Jorge procedió. porque si aquel amigo descansaba. pero no la había escrito su amigo. Le gustó sostener largas conversaciones con ellos. que la muerte no necesita explicarse. El hombre del impermeable marrón se echó el sombrero sobre la frente y preguntó: —¿Usted es Jorge? —Soy… —¿Vive aquí hace mucho tiempo? —No. con el egoísmo de un viejo. a la luna que se había posado sobre una chimenea. su conversación reposada. sus manerismos bonachones. Queremos interrogarle… Era el mismo diálogo. persiguiéndole como la cara ensangrentada de Irene.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Un día se vio en el espejo y se encontró viejo. al cielo que estaba color de noche. Jorge oyó los pasos de los hombres que subían la escalera. sintiéndose como de cien. Era una carta impresa. —¡Bien! ¡Bien! Nos gusta que coopere. decidió que ser viejo era una sensación manoseada y sin interés. Se le aflojaron las carnes y le salieron los pómulos. poco tiempo. Meditó acerca de tan sorprendente descubrimiento. en medio de su dolor. Era de su amigo ausente. había sido un pobre hombre sin escrúpulos que había matado a una mujer con menos escrúpulos. con muy pocas palabras. Como la muerte siempre le pasara lejos. Cultivó entonces la amistad de los niños y los encontró interesantes. estuvieron en el cuarto de Jorge con mayor fuerza que en el pasado. Así cumplió cincuenta años. a asaltar la propiedad ajena. Su rostro suave y apacible. Jorge comenzó a languidecer y a preocuparse. En ella. Faltaba muy poco para tenerlos frente a frente. sino porque sus amores ya hubiesen sido inútiles. No porque no le gustaran. 206 . de espaldas a la vida. a enamorar la mujer del prójimo. ya tiene maldad en el corazón. Y no amó más mujeres. se le comunicaba que su amigo se había muerto. lo más parecido a los viejos que existe.

porque los hombres se miraron entre sí y sonrieron. Pero la risa seguía. Jorge pensó que si aquella risa terminaba. Jorge tuvo la sensación de que el otro estaba a su lado. Afuera. dictándole palabra por palabra. ni podían. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —¿Acerca de qué me quieren interrogar? —De un crimen…. había matado a Irene. Puedo contarles. en el pueblecito. ¡Yo nunca habría matado a Irene! ¡Era tan linda! ¡Era tan mala! —¿Dónde está su amigo? —Mi amigo está muerto. sintiéndose más cansado que nunca–. sino el otro. Era una risa que parecía llanto. porque no era él quien hablaba. la mató mi amigo. estar allí.J. que usted ha callado ese secreto. —La mató mi amigo. Y a medida que hablaba. su querido e inolvidable amigo el asesino. Era una risa cortada y difícil. M. vuelto de la tumba para poner en su boca cosas que no debían. en los momentos más inoportunos de su vida. —¿Cómo era Irene? –le preguntaron los hombres en la puerta. —¿Quién es su amigo? Jorge explicó detalladamente quién era su amigo. Jorge no pudo oír sus propias palabras. Y explicó también por qué su amigo. ni en el pueblo. de una mujer asesinada. como se justifica el pisotón que damos a las cucarachas o el puntapié a los perros rabiosos. durante veinte años. nada tuvo que ver con su muerte. —Bien –respondió. Comenzó a vestirse. ni en el campo. en la luna. ¿Oye bien? ¡Nunca! Ni en la ciudad. su amigo el asesino. —¿Es decir que usted. se enredó en las cortinas. El hombre del impermeable marrón y el hombre del paraguas le miraban curiosamente. que a Irene la mató un amigo suyo. mi amigo vivía conmigo en la ciudad. Y agregó que el crimen de Irene fue un crimen justificado. en la calle. pero los hombres querían saber más. sin razón ni premeditación. agrandada. arqueándolo. —¡Ah! Sería interesante que descubriéramos ahora un crimen castigable. él se habría sentido muchísimo mejor. hace muchos años. ¿Quién es su amigo? —Mi amigo es el otro. como si contra él soplara una ventisca furibunda. comenzó a llover. —¿Quién es su amigo? Lo contó todo. la mató mi amigo. en los oídos. —¡Oh! ¿Irene mi amante? Debió decir muchas tonterías acerca de Irene. Jorge. sobre los tres hombres y su apretado diálogo. Jorge ya estaba tan cansado que le dolían los párpados. conozco el crimen. en la cabaña que juntos alquilamos en la cumbre del cerro. —¿Y dice que su amigo murió en la cabaña? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Volvía la risa a enredarse donde nadie lo hubiese creído. Sus sollozos no pudieron con aquella risa desbordada y se quedaron en el pecho. en la ropa de Jorge. ¡Nunca! 207 . —Usted nunca tuvo tal amigo. a la policía de todo el país? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! La risa de los dos hombres salió hasta el balcón. Y Jorge no tuvo ganas de reír y comenzó a sollozar. cuidadoso de que no cometiera errores o dijera mentiras. Jorge. para él. Jorge pensó que la lluvia siempre había llegado.

se afeitaba. se bañaba. sin embargo. Ni el asesinato de Irene. ¿Oye? No lo tome usted a mal… Siempre que piense en su amigo. Y le dijo. Nadie lo sabía mejor que él. nadie se hubiese molestado en creerlo. Se levantaba todos los días a la misma hora. se vestía y procedía a realizar la misma minuciosa inspección del cuartel y de la tropa. —No se excite. de bruces en el piso de su cuarto. El del impermeable marrón se acercó a Jorge y le puso una mano en el hombro. aunque una mañana estuvo color chocolate. de clara mirada y ancha frente. calma y sosegadamente: —Jorge. 208 . Jorge! La puerta se cerró en el cuarto de Jorge. después de veinte años.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Nunca? –preguntó Jorge. tomaba el mismo vaso de agua. su amante. —Ni la ley puede. El pueblo era limpio y ordenado. El ruido de los pasos en la escalera se fue apagando. Y Jorge refirió que su amigo había sido un hombre esbelto y macizo. en el mismo momento que el sol aparecía sobre las palmeras. pero esta vez no rieron. rugió–: ¡Mentira! ¡Mentira! Tuve un gran amigo. se despidieron. Cálmese. El mar era también azul. era un militar excepcional. Y Jorge. El auto también se marchó por la calle mojada. rodeado de palmeras y de cocos. castigar un crimen. un Jorge enclenque y debilucho. Y en seguida. no lo tome usted a mal. con sus palabras que eran órdenes y su talento que era luz. puedo repetir sus últimas palabras. No tengo la culpa de que fuera él quien matara a mi amante. con una voz que no era la suya. El coronel tenía la más brillante hoja de servicios y había recibido todas las condecoraciones. ¡La mató el otro…! Hormiguitas El coronel era un hombre metódico y era un hombre valiente. El cielo era azul las más de las veces. sin lugar a dudas. El coronel. —Y ese amigo memorable. ¿cómo puede probarnos su existencia? —Lo conoció todo el mundo. aunque de tarde en tarde se ponía gris y aun bermejo. un hombrecito que aun saliéndose de la multitud y gritando a voz en cuello que estaba vivo. En el cuarto se produjo un silencio sin risas. Las casitas eran casi todas blancas y dentro de ellas sus habitantes eran casi todos negros. Nos vieron juntos. en todas las cosas que hablaron ustedes. hacía las mismas genuflexiones. Los dos hombres regresaron a la puerta y volviéndose hacia Jorge. ¡Ni siquiera derramó una lágrima de arrepentimiento! Los dos hombres se remiraron entre sí. en la cabaña donde murió. ¡No lo olvide. en la forma en que mató a Irene. quedó gritando: —¡Era tan linda y tan mala! ¡Pero no la maté! ¡No la maté! La mató mi pobre amigo. En las afueras del pueblo. porque en ella vivía la amante del coronel. un hombre que seducía con su sola presencia. ¿le dio a usted detalles del asesinato de Irene? —Todos… Sé hasta la forma en que ella cayó al suelo. un inolvidable amigo. En el pueblo nadie era importante. repítase hasta convencerse: ¡No es cierto! ¡No es cierto! Yo nunca tuve un amigo. había una casa verde con galería de zinc y ésa era la casa diferente. Yo soy un asesino. Si existió ese amigo suyo. pero eso fue en un ciclón. un grupito de casas a la orilla del mar. yo fui quien mató a Irene.

Todas las tardes le dejaban sentarse a la vera del camino y allí tomaba tierra en las manos y la colocaba en otro lugar o. de los montículos de arena. —¿Cómo te llamas? –le preguntó al idiota–. Había muchas filas de hormigas. todas las tardes. El coronel se rascó la cabeza y le dio la espalda a la vieja. por cierto muy respetuosamente: —Señor coronel. desde el cuartel adonde su amante. perdone usted a mi nieto. Son sus únicos juguetes. M. con una ramita. Cuando el chevrolet estuvo sin tos en el motor. que caminaban ordenadamente.J. El idiota no hacía absolutamente nada de importancia. aunque los dientes le habían salido ya. Era muy importante llevarse bien con el coronel. que era muy celoso y a nadie permitía hablar con ella. —¡Ah! –exclamó el coronel–. debía pasar siempre ante la casa del idiota. Indudablemente. porque. Además. La abuela del idiota respiró tranquila. Eran verdaderos ejércitos –pensó el coronel sorprendido–. ¿cómo podría quejarse el idiota si no sabía hablar? —Señor coronel –dijo entonces la vieja–. ¿Y qué hace con esa ramita? ¿No ve usted que está sentado encima de un hormiguero? Esas hormigas pican… Efectivamente. pero respetaba al coronel. el coronel no había conocido a nadie que jugara con hormigas y se puso a observar al idiota con interés. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO La amante del coronel era una mulata estupenda y muy hermosa. Pero una vez. Y la gente dejó de preocuparse del carácter del coronel. el chevrolet se descompuso. el idiota estaba sentado sobre un hormiguero. de los troncos de las palmeras. porque el pobre es idiota de nacimiento. en contra de lo que decía el coronel. La amante del coronel no podía mezclarse con la gente del pueblo. él juega con las hormiguitas. Indudablemente. Era la primera vez que alguien se reía del coronel. el coronel nunca reparó en el idiota. trabajaban ordenadamente y rodeaban al idiota por todos lados. Cuando el coronel se trasladaba. Su amor era algo privado. Una mujer muy desgreñada salió de la choza y le dijo al coronel. la verdad sea dicha. pero siempre privado y detrás de las puertas cerradas. No se peinaba ni se afeitaba y había que vestirlo todos los días. trazaba surcos que a nadie interesaban. En la carretera que saliendo del pueblo flirteaba con el mar y se perdía perezosamente en el vientre de una montaña muy fea. si las hormigas le picaban. muchísimas. Todos reconocían en él a un verdadero héroe. el coronel se marchó donde su amante y el idiota siguió jugando con las hormiguitas. pero eso sólo lo sabía el coronel. El coronel nunca se equivocaba y decidió que eran hormigas muy tontas las que perdían el tiempo divirtiendo a un idiota. el idiota parecía jugar con las hormigas. el coronel hablaba tan poco que su verdadero carácter era un misterio. 209 . tosió imperativamente y vino a parar ante la casa del idiota. que no sabía hablar. No había hablado nunca y babeaba como si fueran a salirle los dientes. aunque. El idiota era un pobre hombre con cara de niño. en su chevrolet. por si a él pudiese molestarle. también ordenadamente. La gente del pueblo temía. el idiota era el hombre menos importante del pueblo. hubo de descender y estaba muy aburrido porque tenía ganas de besar los labios hinchados de su amante la mulata. El coronel. vivía un idiota. lleno de besos y suspiros y promesas y aun de discusiones. pero el idiota. pero. Salían de la hierba. se rió. de muy mal humor. pero como iba tan preocupado en que el pueblo estuviese limpio y sus habitantes no tramaran una revolución. porque si no el idiota era capaz de salir desnudo y eso hubiera disgustado al coronel.

sin embargo. muy pronto. Y el idiota. que lo peine y que no lo deje jugar con hormigas. con la cabeza alzada. a los centinelas que no estaban acostumbrados a recibir órdenes a la hora de la siesta. Las hormiguitas se fueron detrás de él. —¡Ah! –exclamó el coronel–. que el coronel había perdonado a uno de ellos. con su ramita. no. el coronel detenía su chevrolet. imitó la sonrisa del coronel. Y desde ese día fueron amigos el coronel y el idiota. Y se rascó la cabeza. Cuando se llevaban al preso. el coronel. llamando a la vieja–. con la cara muy triste. como una escoba rota. —Increíble –se dijo el coronel–. debes respetar las órdenes que llevo impartidas. se levantó agitado porque había soñado con el idiota. Durante una siesta. atrevidamente.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS verdaderamente. dirigiendo sus filas de hormigas. ¡Señora! –dijo. Como era un sueño muy raro en que el coronel se veía jugando con hormigas y el idiota pasaba. –¿Me quiere usted decir –preguntó el coronel– que el idiota ha llevado las hormigas para allá? –No. cuando se le ocurrió que el orden de las hormigas del idiota era parecido al que él tenía establecido en el pueblo. Se hicieron el coronel y su amante el amor muchas veces. porque era la primera vez que el coronel se mostraba débil. la falta cometida no es grave”. el coronel pasó al patio trasero de la casa y vio al idiota. se fueron a cumplir con sus obligaciones y olvidaron. El coronel se fue a ver al idiota. como antes. como todas las cosas que dicen las amantes en la cama. “Después de todo –se dijo–. jugaba con sus hormiguitas en la parte trasera de la casa. pero así fue. idiota. El coronel siguió divisando al idiota desde su chevrolet. Todas las tardes. ¡Esto debo verlo! Y efectivamente. Y a la quinta o sexta vez. Pero como los soldados no gustan de pensar. señor coronel. El coronel continuó sin dar importancia al asunto. pero ella le dijo al coronel que lo encontraba preocupado y que no era el mismo. sin darle mayor importancia. antes de llegar a la casa donde vivía su amante la mulata. El coronel pensó que castigar al idiota no era digno de un oficial como él y siguió en su chevrolet para casa de su amante la mulata. Los soldados quedaron muy sorprendidos. Se la iba a rascar otra vez. y se fue a verlo inmediatamente. Es difícil describir o explicar la amistad de un coronel con un idiota. el coronel decidió que esas pesadillas eran muy molestas y que había que tomar medidas. Pero el sueño se repitió noches más tarde y aun otras noches después. cumpliendo las órdenes del coronel. esperaba que el sargento abriera la portezuela y descendía frente a la casa del 210 . el coronel no durmió más y comenzó a pasearse de un lado al otro. todas las tardes. porque eso era una tontería. es preciso que lave usted al idiota. como es natural. Un día el coronel debió castigar a un soldado y lo mandó al calabozo. El coronel se rió de buena gana. sentado en el suelo. en el frente. hubiese sido desagradable que el coronel se molestara con su nieto y las hormigas. Un día el coronel pensó en el idiota sin estar soñando y decidió que ya eso era demasiado. en vez de hacerlo. que nunca tuvo pesadillas. el coronel dio otra orden y lo perdonó. –Aunque no sepas hablar. Cuando preguntó a la vieja por él. asustando. vestido de coronel en el chevrolet. si el idiota no se riera. Y se sonrió el coronel. La vieja asintió con grandes reverencias y el coronel se hubiese marchado satisfecho. supo que ahora el idiota. increíble—.

M. con la cara bastante arrugada. esto es imperdonable. ¿cómo podía el coronel. —No quiero oírle. Y dijo el coronel. A las seis y cincuenta minutos bajó el coronel de sus habitaciones. muy tranquilamente. A las seis y media de la mañana sacaron al patio al idiota y le preguntaron cuál era su último deseo. transportando insectos muertos o partes de insectos. dio media vuelta y se marchó. y se fue a la capital. tan metódico. Nadie supo nunca cuáles fueron los pensamientos del coronel. tan feas que no se pueden repetir. Y se lo trajeron. de regreso al pueblo. Un día llegó un telegrama para el coronel. Todos los negros de las casas blancas comenzaron a murmurar acerca de las visitas del coronel al idiota. esta vez sin el chofer. o lo que fuera. ¡Fusile a ese idiota y se acabó! Como el coronel era un oficial muy obediente y no quería perder sus condecoraciones. puede andar organizando a hormigas. se lo llevaron a un calabozo. Sólo la omnipotente ramita del idiota presidía toda aquella actividad. y aun haciéndose el amor en la vía pública. muy serios y obedientes. algunos comenzaron a aprovecharse. este coronel es un tonto. habló en voz baja de insubordinación. por vagancia. Y los soldados. túneles. desatiende sus obligaciones. golpeó los talones. construyendo diques. óiganme bien!. hasta con la ramita en la mano. porque en este pueblo debe reinar el orden y nadie. Allí pasaba por lo menos una hora. Y el coronel se puso todo colorado cuando lo leyó y tomó su chevrolet. En seguida llegaba al patio y se paraba. como no podía hablar. la chaqueta impecable y la 211 . Mañana a las siete de la mañana. orgullo mío. aun siendo palabras de un coronel. se rió. Le fascinaba contemplar a las hormiguitas en sus correcorres. Lo recibió el Ministro de la Guerra y le dijo: —Señor coronel. Y el coronel se rascó tanto y tanto la cabeza que comenzó a encalvecer. saludó marcialmente. ¡nadie. descuida a la tropa y permite que le critiquen los hombres mismos de quienes debe hacerse respetar –y golpeó. como caramelo abandonado. ¡O se pone usted enérgico o lo rebajo a capitán y lo hago mi ayudante! —Señor Ministro… –comenzó a decir el coronel. por lo cual el sargento decidió que alguien tan estúpido estaría muy bien fusilado. no era posible que un militar tan brillante se complaciera en hormigas y en un tonto. los pescadores dejaron de pescar y un muchachón de cara chupada. A las seis y tres cuartos se formó el pelotón y colocaron al idiota frente a una pared pintada de blanco. —¡No es posible! –repetía en la plazuela o en las callejas–. donde el idiota pasó la noche sin poder dormir. a espaldas del idiota. No. Llegó a tener casi un campo de fútbol en lo alto del cráneo. ¡que lo ejecuten! El idiota. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO idiota. sin que le temblara la voz: —Por causar desasosiego. El idiota volvió a reír. Los soldados llegaban tarde al cuartel o andaban bebiendo ron en la playa. Además. tocándose entre ellas las narices.J. pero con los zapatos muy lustrados. Un oficial como usted. buscando en vano a sus hormiguitas. sobre su escritorio. dispongo que se le fusile. dejar a su amante la mulata por visitar al idiota? Y con el murmurar de aquella gente. En cuanto al coronel. un montón de cartas sin firma–. no pegó los ojos esa noche y hasta llegó a decir algunas palabras bastante feas. —¡Tráiganme al idiota! –ordenó al sargento de guardia.

de ojos abiertos y sorprendidos. para asombro del pelotón de fusilamiento. El idiota. Un tiro seco y perfecto. con las ideas muy en orden. Al idiota se lo llevaron de nuevo al calabozo. y sacó su pistola. Ahora había que enterrar al coronel. como se sienten las piedras en las catedrales o las aguas de algunos ríos silenciosos de la selva. le preguntó: —¿Estás en paz con tu sentencia? ¿Tienes algo que decir antes de que te ejecute? El idiota no respondió. del sargento. Paulo gustaba de que sus ideas fuesen 212 . El sueño En un principio fue la cerradura. El coronel no gustó de aquellas lágrimas y con voz estentórea. No había duda: La cerradura estaba suspendida. como ropa en armario de vieja.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS gorra con su insignia reluciente. Miró entonces al idiota con una mirada mansa. como la de una ola que cae en la playa. dando unos saltos simétricos por toda la estancia. como la que usaba cuando era teniente. —Todo en orden –repitió el sargento. el coronel se llevó la pistola a la cabeza y se pegó un tiro. El ojo era azul. sonreído por haber descubierto que podía decir “hormiguitas…” Lo fusilarían más tarde. sin lágrimas. Exactamente a las siete de la mañana. porque todos los ojos. como el coronel era un hombre y un oficial muy metódico. que seguía con la cara alzada. Y seguido del capitán y del sargento. porque no se podía dejar en el suelo del patio del cuartel al cadáver de un oficial tan metódico y tan brillante como fuera en vida el señor coronel. de pie. Después salió el ojo de la cerradura y se puso a bailar. son iguales. —Absolutamente todo –decidió completar el capitán. Estaba absolutamente seguro de haberse dejado caer en el sillón con un cansancio de muchos siglos. —Veamos –dijo entonces el coronel. pero infinitamente iluminados. pues aspiraba a un ascenso. entreabrió sus labios húmedos y. pero en los ojos del idiota había dos lágrimas grandes. como que fue disparado por un gran oficial y un mejor tirador. se acercó al idiota y se lo quedó mirando. tan grandes que le cubrían las mejillas y le agrandaban la baba en la boca. Una cerradura cualquiera. Pero era el suyo un sueño arreglado. suspendida en un muro blanco. no empotrada en el muro. pero parecióle absurdo saber que era de mujer. —¿Todo en orden? –preguntó el coronel. Y el coronel cayó al suelo muerto. cuando andan sueltos y bailando. Hay que morirse como los hombres. para ejemplo de la tropa. El coronel le tomó por el pelo y le alzó la cabeza. del capitán y hasta del coronel. Paulo estaba dormido. el coronel era un oficial sin tacha. Pareció mentira. va a ajusticiarlo él mismo. Aunque sabía muy bien que el idiota no podía hablar. le dijo: —¿Por qué lloras? Hay que morirse alguna vez. pronunció pesadamente las primeras palabras de su vida: —Hormiguitas… Hormiguitas… El coronel se quedó muy rígido y se quitó la gorra. Era un ojo de mujer. Pero no sucedió así. donde se la dejaran las manos del coronel. pero a ratos era negro. como una estrellita inventada por algún poeta para un soneto romántico. —Está muy bien –se dijo el sargento–. Indudablemente.

Quizás porque el amor era también un sentimiento y en Paulo los sentimientos no podían hablar. Paulo recordó un amor diminuto de su infancia y se sonrió. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO siempre ordenadas a pesar de que alguna vez una idea u otra se le escapaba y andaba luego importunándole. porque con el sueño no tenía que viajar en el avión. El ojo del sueño de Paulo decidió quedarse tranquilo unos segundos. No le gustaba ese avión ni ningún otro avión. La idea de la muerte no era una idea ordenada y en seguida Paulo mudó a la idea del amor. como sus primeros cheques y 213 . que tenía ahora color violeta. sino en una muerte desconcertante. de esos que caen y el sol no se molesta en meter la cara detrás de las nubes. Puede que el libro no dijera todo lo que hay que decir de los sentimientos. porque para eso lo habían construido. como si no tuviese otra cosa que hacer.J. El avión volaba velozmente sobre cielos color chocolate y no se preocupaba con el sueño de Paulo. Paulo viajaba en el avión. No en la muerte suya o de todos los hombres que él conocía. por lo menos respecto a su vida. El avión estaba acostumbrado a que sus pasajeros soñaran como les viniera en gana. Paulo siempre fue conformista. Se podía comprender que aquel avión era un avión de los mejores. La lectura no pasaba de ser en Paulo como el agua de un chubasco. sin llegar a ser completamente distinguida. como arenas de desierto. M. pero Paulo no estaba disgustado con su vida y eso era suficiente. Era como una vida distinguida. de brazos verticales como en un cuadro de Guayasamín y de cara vacía. tan pequeño que sólo tuvo un beso. ni aun despiertos. Los sueños debían tener voces y no ser mudos. tuvo que viajar en el avión. La vida de Paulo había sido una vida bien vivida. El avión en el cual viajaba Paulo era un avión muy grande. El avión era de metal por todas partes. Los sentimientos de Paulo no eran tan ordenados como sus ideas. Hacía mucho tiempo que no había pensado en aquel amor. por supuesto. No porque fue un amor pequeño. Al avión sólo le interesaba volar y volar bien. La idea del amor no estaba muy clara. pero Paulo tampoco gustaba de leer demasiado. pero el ojo. Las ideas de Paulo no estaban del todo civilizadas. El ojo del sueño de Paulo no se cansaba de bailar. Pero no sucedió así y Paulo siguió soñando. aquel ojo de tantos colores que bailaba de un lado para el otro. sino de un chubasco pequeño. Por todas estas razones el avión iba volando muy ordenadamente. Estaba visto que era un ojo incansable y Paulo decidió no darle tanta importancia. A lo mejor el ojo decidía entrarse nuevamente en la cerradura y dejar el sueño de Paulo un poco más limpio. Hasta la gente del aeropuerto tenía la duda de que aquel avión volase ordenadamente. Fue una suerte que su cansancio le diera sueño. sino porque a los amores de infancia Paulo los había archivado. Paulo quiso aconsejar al ojo que se dedicase a mirar. Paulo pensó en la muerte. pero como Paulo era un hombre muy civilizado. Esto lo desagradó. Y también con sus sentimientos. Así se clavó en el muro blanco del sueño y se puso a girar para arriba y luego para abajo. pero la verdad era que los sentimientos no son obedientes y Paulo había leído eso en algún libro. Lo que no había previsto Paulo era la cerradura y mucho menos. Pero los ingenieros que diseñaron el avión eran unos ingenieros muy inteligentes y los mecánicos que prepararon el avión eran unos mecánicos muy preparados y los pilotos que piloteaban el avión eran unos pilotos muy competentes. pero encontró que en su sueño no había voces. Paulo miró al ojo fijamente. Y no de un chubasco fuerte. no devolvió la mirada y se enroscó detrás de la cerradura. Los sueños no eran de la incumbencia del avión.

al lado del ojo que había vuelto a danzar. la boca del sueño era una boca diferente. Y la cerradura se despegó del ojo y los tres –la cerradura. una tierra que lo abrazó con lujuria. la boca y el ojo y la cerradura y hasta el muro no quisieron caer con el avión y se quedaron arriba. Paulo no le dio importancia. Y con Paulo su sueño. con la angustia de todos los sueños que no van a terminar. El avión se hizo pedazos sobre una tierra negra. porque los sollozos de una virgen no son como las ideas. Quizás así pudiera formar un rostro y ordenar un poco su sueño. como heridas sin cicatrizar. pegado al mar que lo lamía con olas cansadas de tanto viajar. No porque recordara a aquella hermosa muchacha que él había seducido para abandonar en la esquina triste de una ciudad cualquiera. Isaías había fabricado una casa de tablones. Indudablemente que Paulo había besado alguna vez aquella boca o dejado en ella gran parte de sus instintos. Paulo pensó que su sueño era un sueño bastante desordenado. sus brazos no pudieron agarrar nada. Paulo deseó que la boca se colocase debajo del ojo. como una boca que va a decir una mala palabra o proferir una maldición. todos encaramados en el cielo color chocolate. Lo último le pareció más acertado y Paulo miró a la boca. El milagro El morro era chato y negro. Y en el avión se quedó Paulo. Entonces tuvo la sensación de caer en un abismo y a pesar de agitar sus brazos desesperadamente. un camino 214 . Era una boca sin pintura. pero luego su angustia fue una angustia mayor. La negra Ángela llegó al morro en una noche estrellada vestida de rojo y con perfume de coco en el grueso cabello irredento. Del amor de la infancia Paulo pasó a la angustia. En el morro había muchas chozas llenas de negros que cantaban canciones tristes y canciones alegres.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS sus camisas viejas. con techo de latón y ventanas simuladas. que era un sueño que no tenía despertar. Y en lo alto del morro. La muchacha seducida no apareció en el muro blanco. pero la boca comenzó a bailar. ni siquiera como los sentimientos. O como la angustia que Paulo sintió. Sin embargo. frente a su primer cuerpo desnudo de mujer. el ojo y la boca– dieron grandes saltos por el muro blanco del sueño de Paulo. porque era una tierra que odiaba a los aviones grandes y rígidos que solían volar sobre ella sin detenerse. carnosa y sensual. ya hacía mucho tiempo. con su sueño cansado. La trajo un camino enredado en la selva. Sólo en un sueño tan cansado como el suyo podía surgir aquel amor pequeñito de la infancia. pero la boca nada le decía ahora. que ya era un sueño desordenado y un sueño angustiado. En el primer momento fue una angustia controlada. porque era una boca de un sueño y las bocas de los sueños no pueden hablar. Por el contrario. Los negros del morro tenían mucha estimación por el negro Isaías. Algunas porque Paulo no quiso besarlas más y otras porque Paulo las besó demasiado. En la vida de Paulo muchas bocas habían quedado esperando. sino porque el avión había dejado de volar ordenadamente y estaba cayendo por el cielo en una forma tan precipitada que hasta el angustiado sueño de Paulo comenzó a caer junto con el avión. Paulo se estremeció. Paulo no pudo sonreírse nuevamente y el amor pequeñito se subió al muro. como la angustia de los animales que se pierden en un bosque. En el muro del sueño de Paulo apareció una boca. como las angustias de las niñas de buenas familias. En cambio Paulo bajó con el avión.

Llegó alborotada y alegre porque quería vivir en el morro. a los dos días de casada. le dijo: —Me quiero bañar. Seguramente que sus abuelos debieron ser simples. preocupado porque no tenía agua para que su mujer. y ahora. rebelde como toda mujer–. No podemos –aclaróle Isaías– malgastarla bañándonos. a la misma orilla del mar. Ángela tenía en el pecho un corazón pequeñito. El agua es algo importante y no podemos malgastarla. Isaías se tiraba siempre de la oreja cuando algo no le gustaba. que rezara por ellos y por el negro Isaías y la negra Ángela. Las cosas se hacían según se presentaban. un morro que. rodeó al morro y no le dio agua. M. Yo quiero agua dulce. de ambiciones pequeñitas. un amigo suyo que no era tan negro como Isaías–. edúcala. adquirió confianza con su esposo Isaías. Ángela era una negra muy limpia y cuando. —No hagas caso a Ángela –le aconsejó Mariano. construidos de acuerdo a la ley. Y los niños del morro le dijeron. El negro Isaías. Edúcala. Isaías. a la orilla del mar. Porque el agua era el gran problema del morro. mi amor. él sólo deseaba 215 . Isaías asustó sus ojos y se tiró de la oreja. Y el cura. y porque Dios trajera agua al morro para que todos se pudieran bañar en las mañanas y nadie oliera mal. No muchas. Mariano era un negro con preocupaciones. no era acertado. que también era de muy reducido tamaño. con su cuerpo tan largo como hilo de teléfono y su cabecita que parecía un alfiler. Cuando se casaron el negro Isaías y la negra Ángela los negros del morro bebieron cachaza y saltaron como cascabeles en un carnaval. Mariano se permitió añadir: —Lo que pasa con Ángela es que no es una negra de morro. el agua salada me pica en el cuerpo. Se entendía muy bien que la ciudad no tenía tiempo para darle agua al morro. como una piedra gastada. las casas donde vivía la gente que no baila sambas en los morros y mucho menos pone ventanas simuladas para engañar a los curiosos. ya se le pasará. con su sotana negra. Eso de buscar mañana lo que hace falta hoy. después de todo. se retiró temprano porque no quería prohibir a los negros sus bailes y cánticos. como agua de lluvia o lágrimas de monja. su agua que venía de las chorreras en las montañas o de los ríos en la selva y que la ciudad se había cuidado de ordenar en canales y filtrar en depósitos para que nadie se pudiera quejar de dolores en el vientre después de beberla. —¡No! –le dijo ella. La ciudad era muy celosa con su agua. El cura se fue persignando por el morro abajo. Para eso tenemos el mar. se pudiera bañar. nadie deseaba ver enclavado allí. Ángela debería vivir en las matas. porque luego le dolía la cabeza.J. La ciudad necesitaba su agua para lavar las calles y los tranvías y para llenar los baños y los fregaderos de las casas de muchos pisos. se sentó en lo alto del morro. En sus ojos. en el morro no hay agua para esos lujos. pero algunas. —No puedes. también pequeñitos. La ciudad llena de autos y tranvías y de gente apresurada. con mucho respeto. Hubo hasta trompeta irritando al viento y sambas sensuales y gritos sonoros y hojarasca pisada y las ventanas de la casa del negro Isaías parecieron alegres en la noche de bodas. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO sin rumbo dormitando entre árboles. Ángela lucía algunos sueños y una que otra ilusión. Isaías era un negro demasiado simple. la negra Ángela. Yo me quiero bañar. El agua es para cocinar y beber. El negro Isaías nunca gustó de pensar. a pesar de lo que le aconsejaba su amigo Mariano.

indudablemente. ¡Es agua del morro! ¡Agua del morro! Y el grito se agrandó en las orejas de todos los negros y hasta de los negritos y los de una negra muy vieja. Pero Isaías estaba. Esto siempre le calmaba y además le daba apetito. porque era un sudor que le salía del cráneo pequeñito. Y buscó agua debajo de los árboles y debajo de las rocas. Isaías regresó al morro y caminó por los trillos. Y los negros del morro aprendieron a bañarse. celosas de ver aquella agua consumida sin el pago de impuestos. que estaba en la ciudad y no en el morro. Los negros del morro cantaron y bailaron muchas sambas y abrazaron al negro Isaías. Isaías vio brotar un hilillo de agua que comenzó a llorar por la vertiente y a salpicar las puertas abiertas de las chozas de los negros. siguió muy escondida. a mirar las olas sin verlas. debajo de un mango muy regordete. Muchos baños se dio la negra Ángela. Y el cura. sin que Isaías la pudiera encontrar. cuando ya todos supieron que el agua y el manantial eran de su marido Isaías. tan vieja que nadie hablaba con ella. porque las olas no le quitaron de la mollera la imagen de su Ángela sin poderse bañar. subieron al morro a tomar providencias. porque hubiera sido demasiado repicar la campana grande sólo por un manantial que no era un manantial grande. El negro Isaías comenzó a sudar un sudor muy desagradable. en un mal día. cuando se enteró. Pero al otro día. pero lo cierto es que allá en lo alto del morro. con los ojos más asustados que nunca–. Y los negros fueron los negros más limpios y más importantes. como moneda en manos de rico. latigazos de polvo entre la verde maraña.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que su Ángela se pudiera dar un baño. El agua que salía de debajo del mango era un agua insistente y no paró de manar en una hora. la negra Ángela se dio un baño muy largo. Y los negros y los negritos corrieron hacia donde estaba el negro Isaías. porque era el único morro con agua en la ciudad. mandó a repicar la campana pequeña del campanario de su iglesia pequeña. Pero no se le gastó y se le quedó lustradita y reluciente. Era preciso tener apetito para comer luego la frijolada y digerirla sin acritud en la boca y sequedad en el paladar. que seguía de ojos muy asustados. —¡Voy a buscar agua! –se dijo resueltamente. La negra Ángela no pudo bañarse en seguida. Cuando las autoridades de la ciudad. la regalaré a todos. Y el negro Isaías aprendió a bañarse. Un baño no era un pecado ni mucho menos algo que debía prohibirse a los negros del morro. porque se puso a bailar las sambas y a cantar con una voz gorjeante bajo el cielo del morro. no muy lejos de su casa con las ventanas simuladas. Y hasta la vieja muy vieja se inclinó en su mecedora y murmuró una plegaria. con tanta y tanta agua que los negros del morro pensaron que se le iba a gastar la piel. ni en un día ni en un año y sigue manando. —¡Agua! ¡Agua! –gritó el negro Isaías. Fue entonces que el morro se hizo importante. no recuerda todavía el momento exacto en que sintió el pie mojado. 216 . que de seguro era una plegaria muy vieja también. Era como el agua de un manantial bastante importante. Isaías se sintió aturdido con tantos pensamientos complicados y se fue a la orilla del mar. —Si la encuentro –se dijo Isaías–. como los diputados de la oposición. Y la siguió buscando y el agua. muy largo. los negros pusieron unas caras tan negras que las autoridades dijeron que esa agua podía usarse libremente. ¡A todos! El negro Isaías. para que se bañen a gusto. como era un negro bastante distraído.

una sombra monstruosa debajo del agua. Gentes hay que le llaman al agua del morro el milagro del negro Isaías. ni tuvo dolores en su cráneo pequeñito. como avergonzada de poder ella sola albergar a Dios. eran mecidos por la brisa. Calamidad Una luna mulata se había trepado desde la sonochada en lo alto del cielo. isleta que suele parecerse a un buque sin luces que huye por el mar. casi a cien metros del arrecife. Y un viento que llegaba frío de sus rondas vagabundas. que se agitaba velozmente. Los animales no diferencian. muchacho. Repetía 217 . siendo él tan negro. El hambre no le había tocado y su fe era sencilla como guayaba madura. En el campanario del pueblo golpearon las ocho. Eran tan grande que por un instante puso a zozobrar su bote. hora de marineros en cita con el mar Caribe. Voy al arrecife. Calamidad cruzó la aldehuela. Por eso a veces soñaba con un Dios de su color. M. Los cocoteros. pero cuídate de la raya. a pesar de que son viejitos y ya no piensan tanto en bañarse como antes. Lo arrastró al agua. Cerca de la Matita. con su cuerpo largo como hilo de teléfono y sus ojos asustados. No conocía de barba ni de amores. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Isaías y Ángela también fueron importantes y todavía lo son. que se asemejaba a un látigo. que en esa época era un grupo de bohíos. La Diabla no tiene amigos. estaba golpeando la bahía. había proseguido su camino. empuñó los remos y comenzó a bogar. con quien pudiera conversar más a gusto o pedirle todas las cosas que andaban enrevesadas en su cerebro. Era Calamidad un mozalbete aún. Ella pasea mar afuera… —Hasta un día. mai. ¡Es natural! Desde que Ángela encontró agua para bañarse. La playa le vio persignarse y rezar un Padre Nuestro. una creencia en que alguien ordenaba las puestas de sol y las alzas de la marea. arrugada en el umbral como papel con traza. —Me cuidaré. que de ligero era casi canoa. Él sólo la vio una noche. ni tampoco de odios. Todos en Boca Chica y en Andrés venían hablando de La Diabla desde hacía muchos años. tan pequeñito como aquella primera gota de agua que le mojó el pie. con los movimientos de una hoja mecida por los vientos. Calamidad tiró la red. Calamidad sonrió. una docena de casas de madera frente a la playa y una iglesia pequeñita. cerca de la Matita. Puede ser que no. Después. Cinco negros de bronce y ébano empujaron suavemente un bote por la arena. Puede ser. A las cuatro te traigo percao… —Bien. —No salgas mar afuera –le aconsejó la vieja. hijo. el negro Isaías no tuvo que pensar más. de la cual extrajo una docena de sardinas. sin hacerle caso. respiró fuertemente y abandonó la choza de sus padres. Calamidad se ajustó los calzones. ha sido y es un negro feliz. Después. El negro Isaías. clavados en la tierra como puñales de goma. un alguien que Calamidad no podía explicar por qué era blanco. el día en que los negros se pudieron bañar. y un erizo. mai. El negro llegó hasta su bote.J. —No. La luna mulata comenzaba a esconderse en las almohadas del horizonte. cortando las olas y ondeando la cola. también él con rumbo hacia la playa. la noche se lo tragó en su silencio y el mar lo recibió para platicar con él la sempiterna canción del pescador. bien. Uté sabe que La Diabla no gusta de arena.

—¡Guaite con la traviesa! ¿Y qué querrá? El negro comenzaba a sentir cosquilleos en el estómago. también lo era que nunca antes se atrevió La Diabla a penetrar la barrera de los arrecifes e irrumpir en las aguas mansas del litoral. Diabla. mientras las olas le lamían suavemente los muslos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS la operación cuando oyó chasquear el agua en forma para él no muy común. negro que estás en la altura…! 218 . pero todavía no quiso creer. llena de una apacible oscuridad. óyeme. las palmeras. Súbitamente impresionado. con esa lucidez de los hombres que viven solitarios. con el rabo ondulante a los costados. —¡Si Dios fuera negro! –murmuró–: ¡Entonces sí que me comprendería! Calamidad volvió a tirar lentamente de la red. levantó los brazos inútilmente y cayó fuera del bote. percibió que el fondo del mar registraba un tono más oscuro. no me lo creen. chocando contra las rocas del arrecife. —¡Válgame el cielo! –exclamó–: Pues no será bruta… ¿Y qué no sabe que por aquí no hay agua pa ella? La raya se había dado vuelta y cruzado velozmente junto a su bote. Calamidad volvió a tirar la red y esperó. En seguida. suelen usar los pescadores de Boca Chica en la pesca y captura de rayas. de La Caleta. después de escaparse la luna. Al rato. En seguida agarró la lanza que. Pensó en que algún pez grande andaba suelto arrecife adentro y no prestó interés. —Si la toco. me muero –suspiró el negro–. ¡Porque aquella era La Diabla! No podía dudarlo. en derredor del bote. sin embargo. Calamidad la buscó con ansiedad. andaba esa noche en los alrededores de la Matita. pero el selacio había desaparecido. si la dejo ir. En seguida se levantó. Las estrellas. Calamidad divisó a La Diabla. inició un círculo en derredor de Calamidad. nunca volveré a hablar de ti. Pensó en tantas cosas el pobre negro que los brazos se le quedaron fláccidos a ambos lados del pantalón. La Diabla está aquí. que se conmovió. una sombra chata saltó a su diestra. la brisa y el bramido del mar. continuaban su coloquio sin edad. La mota de furia y de poder vino a su lado y onduló suavemente entre él y el bote. la significación de su aventura: Había pescadores de San Pedro. Sólo pececillos auríferos saltaban. No lo achacó a miedo. paralizado de terror. Esa mota negruzca de tres metros de circunferencia. Si era cierto que la marea estaba alta. No podía pensar y rezó una plegaria simple. —Es verdad –se dijo–. Calamidad tropezó. ¡Ayúdame. dando de latigazos. La bahía había quedado. La raya se encontraba en un lugar peligroso de la bahía y Calamidad ni siquiera pensó en trabar duelo con ella. Santo Dios! Y Calamidad hizo la señal de la cruz sobre su frente húmeda. No podía explicarse cómo La Diabla. —Si me libro de este trance –se dijo–. ¡Aunque me coma la lengua! ¡Óyeme Dios de los negros. a ratos. La raya se acercó. esperando o descansando junto a mí… Y Calamidad sopesó. hasta de la misma capital. terror de pescadores. era la raya famosa. En él lo que más había era curiosidad. en mitad de sus angustias. Juguetón y nervioso. Cuando jalaba de ella. el monstruo nadaba sobre los bancos de arena. y la sujetó nerviosamente. de Guayacanes. a punto de vararse en aquellos parajes de poca profundidad. Calamidad se veía frente a la muerte y érale trabajoso. comprender cuanto le ocurría. para quienes encontrarse con La Diabla hubiese valido más que la vida. La tenía toda a bordo cuando se le enganchó un pie en ella. para no agitar las aguas. a modo de arpón.

Chasqueó su cola una última vez y La Diabla nadó furiosamente. Durante toda su vida –recordaba Ernesto– la piedra estuvo clavada en la ladera del monte como una nariz. Minutos u horas más tarde. de esos hombres para quienes el mar. los domingos sancocho y todos los días arroz con habichuelas. como nunca antes tuviera Calamidad. Amanecía. el sudor cristalino y el andullo se convirtieron en una sola larga mirada triste que de los pastos y el cafetal se enredaba en la piedra y allí se quedaba. eterna como el cielo o la envidia de los hombres. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Hirvieron de pronto las aguas con la arrancada de la raya. esa piedra nos odia. muchacho! Siempre tuvimos. a veces carne. Sin embargo. En las noches. Llegó. Ernesto! ¿De dónde te sacas semejante entrevero? —Del corazón. ¿Pero qué te pasa? —No pasa na… A mí no me pasa naa… Hubo otras noches de luna en Boca Chica y Calamidad volvió a hurgar en la bahía su triste encomienda de sardinas. golpeando la ropa sobre los guijarros–. La gente cayó en cuenta de inmediato. el corazón no me miente.J. Bruñido por los vientos. a convertirse en pescador de mar afuera. 219 . alguien le oyó decir. sin molestarse en recoger las sardinas que trajera. con la seguridad del granito. el agua y la muerte son sólo hermanos. pero él no se daba cuenta. de esos bravos que luchan contra el viento y las olas. posándola sobre el promontorio. la veo igualita que anoche. la piedra no era la misma. Atracó. le estuvo agria. porque en Ernesto la alegría. una plegaria sin ensayos que Dios recibía sonreído. Casabe y plátanos. Verás. que no conoce esta historia. encaramó su embarcación en la arena y caminó lentamente hacia su casa. bajo el rielar de la luna inflada. perdiéndose de vista. —Son cosas de la imaginación –había sentenciado su mujer. esta frase que nadie ha podido explicar: —¿Viste negro. difícil. cuando Ernesto realmente comprendió a la piedra. recortado por los cerros abruptos y afilados. con los años. Y cuando era viejo. posada a la vera del arroyo. por insospechada. La cabeza le daba vueltas y en los ojos había un brillo nuevo. —¡Alabado sea el Señor. dejándole alma y voluntad en acecho. Calamidad permaneció inmovilizado sobre el banco de arena. La piedra El mundo de Ernesto fue siempre un mundo fácil y hermoso: Su casita blanca. Era como si a la bucólica placidez del valle hubiese llegado la tormenta. averigüé que nosotros los negros tenemos Dios. Ya los otros botes estaban descansando en la playa y por detrás de los cocoteros los cangrejos huían de la luz del sol. los cantos y silbidos. cómo te guardé el secreto? La gente. Algún cataclismo la movió de la cima. debe pensar que Calamidad no fue más que un pobre negro loco. Mischa. el negro subió a su bote y remó hacia el poblado. sus vacas pardinegras. el algarrobo y el valle estrecho. el peñasco era aquella parte del paisaje que todos guardaban en la hondura del ojo. los mangos frondosos. ¡Hasta aquella mañana en que Ernesto reparó en la piedra! La revelación. M. que el año pasado. —No. negra. —¡Y cómo no. como quien ha visto un fantasma y no se atreve a decirlo o siquiera confesarlo. —Mai –dijo a la madre–. a la callandita.

Ernesto envejeció. bien cubierto de pecho. como árboles que se han muerto de pie. un hálito de hombre para quien la vida sólo fue sucesión de temblíos. Ernesto se convirtió en una sombra dolorosa. cantar bajo el sol de agosto. trató. pelada del diablo! La piedra jamás contestó sus denuestos. Ernesto! –le amonestaban las comadres y la mulata Dolores. convencido de que la piedra acabaría con él y con los suyos. sin dolores. Pero la piedra no tenía prisas y continuó clavada en lo alto del monte. sin duelos. Huyó la paz de aquel mundo fácil y hermoso. sin hambre. —No puedo –aseguraba Ernesto–. son hombres sin lágrimas. ¡lucha! —Déjame. maldita!” Luego abandonó toda lucha y se refugió en la angustia. el guardia Cirilo y el ñato Santiago–. de empujar la piedra hacia la otra vertiente. ni los besos calientes de Mischa en las noches de luna llena. porque los hombres que andan sobre la tierra. un pobre loco triste que sólo hablaba de su piedra y lo mucho que ella le odiaba y malquería. ¿cómo iban los brazos y las manos de Ernesto a trocar la pétrea voluntad del granito? Muchas noches recogió la torrentera el grito de impotencia: “¡Maldita. vive tu vida y olvida a la piedra. Ernesto. ni los consejos del ñato Santiago. sin ambiciones. ¡Tú has venido a buscarme y tengo frío en el estómago. ni los vaticinios de la mulata Dolores. angustia de barba zahareña y piernas vacilantes. para que la sangre no caiga sobre nadie”. a Ernesto. fuera a perderse en el lecho del río. angustia de ojos hundidos y brazos en postura de lápices usados. que ella ni tiene alma ni se mete con nadie. Vivía tranquilo. la ponía a ulular. ¡ya pagaría por olvidarme de esa intrusa que nos quiere tan mal! Y la piedra parecía gemir en los atardeceres. Si los siglos no habían podido conmoverla un ápice. con sus golpetazos sin rumbo. solitario y misterioso. ¡Hasta que la gente dejó de hacerle caso y se rió de él! Los siete negritos con sus siete barrigas y sus siete ombligos –sus hijos– crecieron y se regaron 220 . —Dime. con los pies encallecidos y las manos duras. sin miedo. Mischa y los siete negritos con sus siete barrigas y sus siete ombligos. intrusa. donde. ¿quién te cambió la cara? ¿Qué quieres de mí o de los míos? ¿Por qué no te lanzas al barranco y te haces pedazos? ¡Maldita! Yo era feliz. dos velas en el patio y un puerquito matado en viernes. En un principio Ernesto. frontera de locura. ¿qué sabes tú de mi infortunio? Y pasaron los meses. Corroída su alma por el miedo. Sólo a ratos el viento. comiendo flores y bañándose en el río. Anímate. poseído de sus angustias y enfermo de pesar. adelantó su ritmo cuantas veces Ernesto conversó con la piedra. Sólo el corazón. cuando nadie lo veía. sin ruidos. —No es posible. no puede ser –suplicaba Mischa– que una piedra venga a desgraciarnos. Y Ernesto se estremecía de pavor. cayendo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Ernesto. apurado y jadeante. Ni las amenazas del guardia Cirilo. Era esperar y esperar. Nadie pudo redimir a Ernesto. para quien el demonio se podía ahuyentar con “un té de yerbabuena. el conuco y el cafetal quedaron sin mimos y las lianas y los yerbajos desfilaron hasta la puerta misma de la casita blanca. contemplar en silencio al valle y la casa. como si el valle fuese una presa demasiado fácil para tragarla sin suplicios o torturas. Las vacas fueron descuidadas. mujer. hablando a solas con los algarrobos y los mangos. Nunca campesino alguno supo hasta dónde llegó la tortura de Ernesto. En vano.

que yo te perdono. Un vaso de agua y un cigarrillo y otra tarde de cartas y de 221 . Y por último. Al mediodía tomó café y comió un sandwich con sabor a resina. con un clavel en la boca. La piel de la ciudad era una piel sin resistencia. Después que Elsa pasó ante todas aquellas miradas. Era su asfalto. la mirada codiciosa de su jefe y la mirada perdida de la mujer que barría los pisos. M. en un aguacero cualquiera de los que vienen sobre la cordillera y se marchan luego arroyos y ríos abajo. la piedra cayó del cerro y arrancó de sus cimientos a la casita blanca donde fueran felices Ernesto. aunque la mulata Dolores aseguró que su locura era sólo de amor por Ernesto. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO por los caminos. El charco Sobre la limpia superficie del asfalto cayó el primer picotazo. El negro sembrado de músculos se pasó una mano por la frente. Los dejó al lado de una novelita intrascendente que quería leer. Aquel asfalto era un asfalto blanco y dócil y el pico del negro era un pico lleno de rabias y de odios y de venganza. vidriando los ojos en dirección de la piedra y murmurando: “Que Dios te perdone. Elsa saludó al portero. rodeado de margaritas. El pico se alzaba y caía rítmicamente. El sol apuntó su nariz colorada en el cielo lleno de bruma. Elsa pensó en que el saludo del portero era la primera palabra dedicada a su oído desde la tarde anterior. En la esquina el sereno encendió un cigarrillo. la diaria contemplación de calles y plazas. Y un día Ernesto el loco se murió tranquilamente. Entró al baño. balanceóse coquetonamente y taconeó en la acera.J. en busca de más negritos con más barrigas y más ombligos. en una mañana cualquiera. de las cosas intestinales de la ciudad. Elsa se apoyó en la ventana y miró al negro que rompía el asfalto. Cuando Elsa llegó a su oficina. Fue un día lleno de cartas y de dictados y de calor. La ciudad se desperezaba. cuando tuviera tiempo. en una tarde bermeja. Mischa y los siete negritos con las siete barrigas y los siete ombligos. desconociendo a este Ernesto que ya no le traía flores del valle ni la trepaba en su potro bayo ni le regalaba amores al oído. Se estremeció. desde el asiento. El negro que rompía el asfalto la miró con curiosidad y demoró el ritmo del pico. Por la orilla del mar pasó un automóvil y en seguida otro. Elsa dejó que el chorro de agua resbalara sobre su cuerpo desnudo. El agua de la ducha era su único amante. Hoy tendría que ir hasta la esquina a tomar el ómnibus. En seguida Elsa guardó sus pensamientos. cuando el sol se mecía en el ancho trapecio del cielo. pero hosca y vacía. el pulido paño gris que llenaba su calle y que ella cruzaba todos los días. que no hagas más daño…” La Mischa lloró sobre el cuerpo del loco Ernesto y unos días más tarde se murió también. El asfalto se fue abriendo y en la llaga quedaron a la luz cemento y piedra. La Mischa envejeció con él. La gente dijo que ella también era loca. de parques y gente. la mirada idiota de las compañeras. Bostezó. Elsa se subió al ómnibus y comenzó. pudo sentarse a su escritorio y comenzar a trabajar. Elsa era también una cosa de la ciudad. inhaló con la boca abierta y se marchó hacia su casa. las miradas cansadas de algunos hombrecitos. El negro sintió la sangre caliente en sus brazos poderosos. El ronco reloj de la iglesia anunció que eran las siete. tuvo que pasar ante la mirada vacía del ascensorista.

Elsa se detuvo y los miró. Y vio también que la fosa estaba llena de aguas sucias y que los negros. Elsa pensó que era una aorta de la ciudad con mala circulación y la fosa que abrían los negros le pareció un cáncer. Pensó que su asfalto estaba horrible y desfigurado y que aquellos hombres no tenían corazón. un negro dio un grito de júbilo y de la herida del asfalto manó un chorro de agua sucia y maloliente. Elsa decidió. Elsa había perdido el apetito. hasta casi cubrir la calle de acera a acera. En la noche los negros encendieron luces y cenaron pan y carne sobre los pedazos de asfalto. en cambio. comenzaban a marcharse por la ciudad en silencio. en su sueño. Elsa hubiese querido protegerlos de los picotazos. pero era un pueblo que estaba lejos. Era preferible vivir en esta ciudad de asfalto. pero no en aquel día. Y a su novio le habló del asfalto. Elsa se durmió aquella noche con un sueño agitado y en varias ocasiones despertó. como si fuera en su cabeza que golpearan los taladros y se hundieran los picos de los negros. cuando Elsa bostezaba un poco. A medianoche. contemplando la muerte del asfalto de su calle. pero fue un sueño que no pudo recordar después. de gente que se reía sola. sacó sus pensamientos y quedóse quieta. con un novio que no la quería y aun la engañaba. Eran miradas de la ciudad y Elsa no gustaba de la ciudad. que por su tamaño y su voz disonante debía ser el capataz. el cáncer del asfalto. pero que Elsa no sentía. Los hombres y las mujeres y los niños dormían todavía y la ciudad no hablaba. Su pueblo era mucho mejor. ordenó usar los taladros eléctricos para llegar más pronto a la cañería accidentada. Otros negros llenos de músculos se habían unido al primero y varios picos golpeaban ahora al asfalto. antes de que el sol viniera con sus luminosidades a llenarle las olas de crestas blancas y la playa de espuma danzarina. Elsa era una mujercita desolada y solitaria y sufría siempre con los sufrimientos de los demás. Elsa regresó a su calle cuando oscurecía. regresar a la ciudad y ver cómo estaba el asfalto. pero no interrumpieron el picoteo ni aliviaron el dolor de la calle revuelta. El mar. Elsa sólo quería ver a su asfalto enfermo. Elsa se encaramó en su ventana. Elsa soñó una última vez. Las gotas resbalaron sobre las espaldas desnudas de los negros y mojaron el asfalto. Llovió. El mar era confidente de las preocupaciones de Elsa. 222 . llena de miradas y de calles iguales. ¡Pobrecita mi calle! Ya nunca será igual. dejando al charco de la calle sin amigos y sin consuelo. Era un pueblo perdido. estaba cantando a solas. con un hermano borracho y muchas viejas que la señalaban y la criticaban. —Es la cañería central… La de las aguas muertas… Sus compañeros dieron asentimiento con las cabezas y uno de ellos. Seguramente que había vuelto a su pueblo y le había contado a las viejas chismosas que el asfalto estaba roto. Recordaba haber salido nuevamente a la ventana. porque era una risa engañosa. como la luna cuando huye entre nubes negras. Estaba intrigada con la suerte de su calle y de su asfalto. Se consoló pensando que quizás el asfalto estaba enfermo y había que sacarle sus males y curarlo. al parecer cansados. antes de que llegara la mañana. encaramado en un cerro. su tranquilidad. de madrugada. para ver con asombro que los negros habían agrandado la fosa. sin asfalto. como si sobre el mundo se estuviese oyendo un solo chiste graciosísimo. —¡Pobrecito asfalto! –se dijo Elsa. pero él se rió y Elsa no gustaba de la risa de su novio. devolverles su tersa fisonomía. antes de acostarse en su cama sin calor–. Apresuró las diligencias del despertar y bajó a la calle.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS dictados y de miradas que llegaban hasta su rincón.

pero la boca se le llenó de aguas pútridas y el estómago se le arqueó. nunca vio más agua que la del baño. Sabía que no podía nadar. Elsa dio los primeros pasos. Pero se vio en mitad de las aguas pútridas y empezó a hundirse en ellas. el día en que nació Paco. puesto que con bordearlo se podía fácilmente pasar al otro lado de la calle. Elsa pensó que al fin realizaba algo que los hombres y las mujeres de la ciudad no podían hacer libremente. Elsa. La ciudad poco dijo. sin dejar salir el grito de espanto que venía viajando desde su pecho desolado. Lola nunca jugó con muñecas ni tuvo momentos de solaz en el jardín de su casa. cuando la cañería fue debidamente reparada. Además. encaramado en el cerro. Y Elsa quiso rezar. Se oyó música en la calle y junto al charco. porque era una ciudad acostumbrada a encontrar cuerpos de hombres y mujeres sin historia. en hacerle algunas preguntas. era su charco. Era como un puente para cruzarlo. Experimentaba cierta voluptuosidad en estar a solas con él. Los Pacolola El día en que nació Lola. Fue. M. pasó su niñez en Cuernavaca. Era una canción deprimente. Y lo usó con tanto deleite que ya a los seis años de edad parecía uno de esos globitos que se venden en las ferias o en los parques y que si los niños sueltan se van volando por los cielos. junto al tablón que creyó puente para travesuras. El tablón era firme y sólido. la canción de un hombre que tampoco había dormido. El agua lo lamía con un chapoteo imperceptible. En el mar Elsa sólo había mojado sus muslos y se había enjuagado la cara y el pelo. Elsa deseó encaramarse en él y cruzar el charco. De niña –recuerdan quienes la conocieron bien–. Y los negros se fueron con sus picos en busca de otros charcos. En su pueblo. quizás por casualidad. pero en realidad no era un puente necesario. Y Elsa tropezó. Su calle estaba herida en muy mala forma. subió el precio del cacao en los mercados internacionales. El cuerpo de Elsa flotó solitario. perdidos en sus calles o durmiendo para siempre en algún parque lleno de frondas y de aromas. esa ciudad mexicana bordada en la falda de la sierra con casitas de tejas rojas. Cerró los ojos horrorizada y miró hacia el cielo. ni nadie se reiría de ella. en cambio. El charco lo cerraron después. Sobre el charco los negros habían colocado un largo tablón. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Caminó lentamente hacia el charco. una criatura venida al mundo única y exclusivamente para usar el paladar. había aprendido bien lo único que podía darle su pueblo lejano. sufría tanto como Elsa. Elsa se sintió inmensamente feliz con su travesura. Y Elsa se ahogó en lo hondo del charco. calles retorcidas y música de mariachis que no duermen nunca. Indudablemente. El negro musculoso fue el primero en verlo y en pregonar su asombro por la calle que se despertaba. Se llevó una mano a la nariz. Elsa no pudo tararearla. no se sabe si por coincidencia. que por supuesto el charco iba a dejar sin contestación. evadiendo el olor desagradable. faltó vinagre en todas las tiendas de provisiones de su pueblo. porque Elsa no sabía cantar. Se sintió dueña del charco y de la calle y del asfalto y de la ciudad. hija de hacendado y poetisa. Nadie podía ver su gesto infantil. frente a los mudos pedazos de asfalto que los negros habían arrancado a su calle. la desolación. Por eso ahora las aguas del charco se la tragaban definitivamente. de orilla a orilla. Lola. porque estaba formado de la sangre de su calle y de su asfalto. desde un principio.J. 223 .

lo usó para barrer el patio de las aguas inundantes. una confitería especializada en bombones. Paco estudió en Ciudad de México y Lola en Guadalajara. indicio de que la niña era precoz. pero Paco tuvo que abandonar la universidad porque los profesores tenían dificultad en ver con quién hablaban y Lola regresó de Jalisco porque un alcalde. —No. pero con dos corazones de oro. por ver si el muchacho se agarraba en algo y el viento no se lo llevaba hasta la cumbre del Popocatepelt. la fama de los dos desgraciados y un sentimiento de mutua comprensión y ayuda entre ambos. con el dinero heredado. Lola puso. Paco y Lola fueron a la misma escuela y mientras Paco se chupaba los dedos. Las comadres de Cuernavaca refieren que un día de lluvia su madre. quizás en la creencia de que la saliva era alimento. montó una tienda de alfileres. colocándole en la cabeza una escoba. continuó con los años. acercándose peligrosamente a la invisibilidad. Paco. Lola se relamía con caramelos. por su flacura. Paco. cada vez más señalados por el infortunio de la curiosidad populachera. Una noche de diciembre Lola. Lola engullendo bombones en cantidades astronómicas y Paco chupándose los dedos o tocando una guitarra que le regalara un tío compasivo. casi en la misma calle. Lola. hasta perfilarlo por todos lados. Esta flacura. fue confundido al nacer. Vivían relativamente tranquilos. después de ver las pirámides. jóvenes ambos. y no sea mentiroso. Luego alguien compuso una canción ranchera acerca de un elefante y un puñal y la gente en seguida la denominó el Canto de los Pacolola. Un día murieron los padres de ambos. negocio cómodo para él porque podía confundirse con la mercancía cuantas veces algún amigo o acreedor venía a conversarle. que venía de ver en el cine una película de vaqueros. —¿Y eso qué ser…? —preguntaban los gringos. Eran dos jóvenes deformes. ¡está usted rechula! —Vamos. consideró que aquella gorda desentonaba con las clásicas bellezas de la tierra de María Félix. –Aquí –le anunciaban a uno en los grandes hoteles de Ciudad de México–. más requeteflaco de México y del mundo. De ahí que los guías comenzaron a llamar a la calle de los dos infortunados como la de los Pacolola. mano… –solían decir los cicerones de las agencias turísticas. tropezó con Paco. se ve usted esta noche pero que muy bien… —Ándele. Pasaron los años y con ellos crecieron las hacendillas de Paco y Lola hasta convertirse en verdaderas fortunas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Paco. Lola siguió engordando hasta convertirse en una curiosidad turística que los norteamericanos retrataban tan pronto llegaban a Cuernavaca y Paco enflaqueció más todavía. —Lola. hay que ver a los Pacolola. vestida y acicalada para irse a la iglesia y rezar una salve. lo que estoy es muy gorda. ¿Está tomado? 224 . Paco. Lola y Paco se encontraron en Cuernavaca sin tener dónde ir y con una amargura infinita hacía la vida y la humanidad en general. —Pues la mujer más gorda del mundo y el hombre más flaco. hijo de un militar amargado que jamás pasó de teniente y de una acapulqueña que soñaba con la playa distante. con un bastón. Y así fue como. como una varilla de acero. en vez de desaparecer. viejo politicastro marrullero.

aunque usted la crea un globo. ni en la luna. en efecto. concurrieron al atrio de la iglesia a ver a la gorda y al flaco uniendo sus tristes destinos. digo. hacia Tasco o Acapulco. El hombre de la ventana tiró a la calle su cigarrillo y apuró un trago largo de whiskey. Claro está que algunas de las hijas de los Pacolola engullen bombones y pastelería que da miedo y unos cuantos de los hijos se chupan el dedo. inmortalizándose. Y ni siquiera de Morelos. Hemos abandonado a los Pacolola a su suerte. Y volvieron a transcurrir los meses y los años. pero no hubiese resultado memorable si el señor cura. algunos de los cuales. M. Curiosidad En el tejado oscuro el gato se movió con lentitud y miró hacia la ventana donde estaba el hombre fumando el cigarrillo. replicó: —Sí. En un principio la gente no se dio cuenta. en vez de resguardarlos en jaulas. no se equivocara. pero de nada les vale. Un humo pardo y vacío llegaba por el cielo y se desdoblaba sobre los álamos y en los estanques del bosque. una pandilla de mocosos y mocosas atestiguaba que aquel matrimonio era feliz y que el mundo ni las gentes les interesaban un bledo. la tomo. con el beneplácito del síndico. a esta mujer. Perdieron pues los Pacolola su fama internacional y huyeron de su callejuela los turistas. también cuando soltera. con detrimento del fisco de Cuernavaca.J. al pronunciar las palabras bíblicas. y a ella por ser la mujer más gorda del mundo. registrándose un curiosísimo fenómeno: Paco comenzó a engordar y Lola a perder peso. que desde el cielo quería también enterarse de la conversación. a Paco y a Lola. manito –decía un político con ambición de llegar a diputado– no sabemos organizar el turismo en este país. El gato se acurrucó en el alero y bostezó. Fue un acto conmovedor. La posteridad sólo recordará a sus padres. padre. preguntando a Paco: —Paco del Castañedo. para la admiración del mundo entero. —Es que. Y del cura y del jefe de los mariachis de Morelos. continuaban. llena de ruidos que comenzaban a morirse en la noche calurosa de verano. chata y pícara. que ya no eran el hombre más flaco de México ni la mujer más gorda del mundo. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Y el diálogo. Y Cuernavaca entera cayó en cuenta de que. con todas sus ventajas. aplana a hombres y mujeres en un anonimato que da lástima. como Romeo o como Fausto. 225 . cuando era soltero. ¿toma usted a este globo. los llevó por las callejas y los empujó hasta la plaza. La ciudad seguía iluminada. donde no repararon en el saludo de amigos y amigas. pues con los tacos y las tortillitas y los huacamoles. a él por ser el hombre más flaco de México. como su legítima esposa…? Pero Paco. que en bandadas revoltosas. sin ellos darse cuenta. Mas en la casita bermeja donde Paco y Lola tenían su nido de amor. sin detenerse. Paco y Lola se casaron un mes más tarde. Y de las palomas. Porque la verdad es que el matrimonio. el amor había transformado en tal forma a los esposos. hasta que un turista señaló con desagrado: —Estos Pacolola son puro cuento… Ninguno excepcional. del alcalde y del gobernador. mujeres más rechonchitas existían que Lola y hombres más verdes y más flácidos que Paco se consumían en los bancos de la plaza.

Y alguien más. en las noches. su marido la besaba con rabia y la hacía dormir agotada. que el hombre agarró en la nariz y lo guardó en el pecho. se reía con una risa galopante. en otro lugar de la casa. La mujer achacó a curiosidad el encontrarse allí y en aquella situación de desprendimiento. Por eso la mujer había decidido escuchar las frases galantes. Duró mucho aquel beso. La ciudad comenzaba a apagarse. que ella no había escuchado en los labios de su marido. A pesar de que ella se sentía gozosa como una gatita cuando. La mujer no gustó del beso tranquilo y se sonrió. que ya avanzaba hacia el zaguán. un beso tranquilo como el agua de los estanques del bosque. indudablemente. con el temblor de una tierra movediza. En seguida estuvo su cuerpo. Prefirió no decir nada al esposo. Eran palabras. —¡Amado mío! —¡Idolatrada! Los amantes no eran originales y cambiaron en un abrazo su ausencia de palabras. muchísimo menos elegante que ella. mientras tomaba una y otra vez sus manos. Los amantes se asomaron a la ventana. Era suficiente. Los amantes decidieron besarse. porque no hubiese comprendido que tomar las manos no es cosa importante. que se resistían. su figura se hubiese quedado tranquilamente en la calle o su taconeo. el hombre tuvo para ella frases galantes que producían cosquillas. Era una mujer apresurada y una mujer nerviosa y tenía. Cuando se conocieron. hubiera seguido en la sombra. un cuerpo mordido de deseos y tembloroso. Al cuarto llegó primero su perfume. hasta perderse a la vuelta de la esquina. los recuerdos bastante cursis. un disco gastado de Bach. El hombre comprendió aquella sonrisa y cambió el beso tranquilo por un beso fuerte y húmedo. El gato presentía que su enemigo el perro no estaba muy lejos y todo lo relativo al perro tenía suma gravedad. pero los amantes no conocían nada mejor. Ella había mirado a su esposo y el esposo conversaba con otra mujer. pero eso era porque la ciudad perdía sus luces y no porque el humo hubiese dejado de ser pardo. 226 .COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Un taxi se detuvo en la esquina y de él descendió una mujer. tomados de las manos. tanto que los amantes tuvieron tiempo de pensar y aun de recordar. como el tableteo de una ametralladora. El hombre estuvo convencido de que al fin lograría la posesión de aquella mujer hermosísima. Alguien escuchaba. Los pensamientos fueron bastante comunes. además. La mujer apresurada se entró por la puerta y tomó el ascensor. detrás de una pared. El gato permanecía en el alero. Continuaron los encuentros y el hombre arreciaba las palabras y hasta llegó a pronunciarlas muy quedamente. la ecuación del miedo en los ojos azules. como gotas de agua en la misma orilla de sus oídos atentos. El humo pardo y vacío se tornaba negro. en una fiesta olvidada ya. Comenzaron con un beso tímido que se desfloró a flor de labios. con bastante sueño. Tomaron té en un salón muy chic y allí él repitió las frases galantes. Días después se encontraron a la salida de un cinema. La música de Bach era ahora música de Beethoven y la risa de ametralladora fue una blasfemia incontenible que trepidó en el alero donde se acurrucaba el gato. Era una situación a la que el gato estaba absolutamente acostumbrado. Si aquella mujer no hubiera sido la amiga del hombre de la ventana.

arreglándose el desaliño del vestido y yendo a sentarse en el sofá. en mitad de las explosiones de un volcán. La entrega no podía demorarse una noche más. música apropiada para sorber menta y fumar cigarrillos rubios. Ella estaba en la puerta. Para el hombre la virtud era una prenda incómoda y aquella mujer la había usado. antes de salir: —No valía la pena. sólo hablaba de sus hijitos. tan cansada que le dolían los párpados. ¡Prefiero a mi marido! 227 . —¡Déjame! –repitió ella. se volvió hacia él y dijo. arropándoles en una mortaja que no dejaba pasar los ruidos de la ciudad. sólo hablaba de negocios y ella. sofocada como una bestiezuela. tuvo un escalofrío y remiró a su amante. Además. que la caída es una sola. Y él no la escuchó. el hombre creyó oportuno ofrecerle un coñac. porque el aliento del hombre salía caliente y pesado. arqueada e impúdica. El hombre volvió primero. Y algunos amantes. Pero como eran lágrimas de la casualidad. —¿Qué te sucede? –le preguntó. su enemigo. —¿Qué te sucede? –repitió el hombre. observándole fría e imperturbablemente. que eran hijitos de los dos. La mujer se levantó y se dirigió hacia la puerta. —No volveremos a vernos –sentenció la mujer. rumbo al abismo. Y sin embargo. Del alero del tejado brotó un maullido desconsolador y se pudo ver al gato huyendo por entre las chimeneas. Sobre la ciudad la noche envejecía con ruidos muertos sobre los hombres y las mujeres y los niños y unos pocos viejos. que todavía esperaba la aparición del perro.J. aun estando los párpados humedecidos por una que otra lágrima. para desquitarse. porque de memoria sabía que todas las mujeres regresaban. al menos el suyo. la música de Beethoven. La mujer empezó a temblar. llenos de un humo que subía voluptuosamente hasta el techo y se quedaba tranquilo. El marido. Así. dibujando el rouge en su carita inocente. El hombre la cubrió con sus caricias y ambos corrieron por una selva en llamas. y la mujer comenzó a gozar con aquellos encuentros inocentes. porque era una palabra gastada en su departamento de mundano. El coñac. Allí se detuvo. porque había perdido el interés unos minutos atrás. Y el abrazo se extendió sobre los dos. La mujer cerró los ojos. Los besos fueron esta vez más largos y húmedos. M. Era un temblor muy raro y las rodillas quedaron flojas y en las mejillas se prendió un color de rosa que casi era el sangrante de una puesta de sol. —¡Dé jame! –dijo la mujer. era la bebida apropiada en todos los finales. —¡No! –contestó él. La mujer se vio vestida nuevamente. para aquel hombre. no obstante haberse apagado la luz. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO Después el hombre de mundo la llevó a su departamento y oyeron ambos música romántica. o de gente aburrida. A ella le pareció que era la puesta de un sol de verano. Ella siguió en silencio. como en una garganta que no ha bebido agua en muchos días. como una nube haciendo la siesta. en el matrimonio no había tiempo para pasar las tardes con el marido bebiendo menta y fumando cigarrillos rubios. como los vecinos del gato. nadie la vio desnuda. Era la de ellos una amistad de gente complicada. la risa convertida en blasfemia y el maullar del gato en acecho. mientras pensaba que aquello era muy aburrido. La luz de la ventana del cuarto donde el hombre había fumado cigarrillos se apagó y una brisa refrescante movió las cortinas. El hombre no esperó respuesta.

en mitad del llanto de esposa. luego. clavada en la mitad del Mar Caribe. La sombra en el cerro Mi tierra es una isla. encaramado en un montículo o corriendo por los senderillos. Regresó al balcón y encendió un cigarrillo. La tragedia. fue un odio caliente hacia aquella montaña que. déjame en paz! Búscala tú. reía o lloraba ante su rostro arrugado o sus manos que sólo me brindaron amor y sosiego: En el macizo de nuestra cordillera central. gozador de la naturaleza sin saber que es el mejor regalo de Dios. Infante aún solía perdérsele a la madre por los barrancos. matizó su vida en forma imborrable. El niño. De él lograba su padre el diario sustento. días más tarde. como una cuchara de sombra en el festín de la noche. de una bondad que no conocía límites y que se prodigó sobre cuantos le trataron o le pidieron alguna vez un favor. y los pies. robara de su infancia la protección. Este relato me lo hizo mi abuela. —Es la sombra del cerro que lo mató. Y así. niño todavía. donde el trópico se enfría con la altura y los valles se cuajan en pinares. ante el cadáver. vacilaba. preguntó a la madre: —¿Dónde está la sombra que mató a papá? —¡Yo qué sé. el afecto. arroz y café para el sustento de la madre que se destrozaba las manos lavando en el río. las palabras que nunca olvidaría Sebastián. Era también bueno. feliz y montaraz. se le convirtieron en garras. ¡Sombra maldita! –había dicho la vieja persignándose. anciana a quien nunca olvidaré. sus amores y sus leyendas. Es tierra roja y tierra verde. cuando yo. Había que llevar yuca. ¡Era hermoso el negro Sebastián! —Los niños como tú –díjole la madre muchas veces– debían nacer con otro color del que tu padre y yo te dimos. confundiéndose el azabache de su cuerpo con los troncos de árboles centenarios. de corrotear por los espinares. Sebastián evitaba pensar en el cerro que dominaba el pueblo con su mole redonda y maciza. vivió el negro Sebastián. mamá. Pero una tarde fría de diciembre trajeron al leñador con una herida en el vientre de la que murió horas más tarde. que volvía del abismo y se disponía a dormir. su trabajo. Sebastián vivió sus primeros años en esa cándida existencia del campesino. grande y hermosa. Sebastián trabajó desde los diez años. es la tierra donde los taínos dieron batalla al conquistador europeo y donde vive hoy un pueblo con su historia. En un principio fue un temor leve que le causaba temblores en piernas y brazos. familiares y vecinos. acurrucado en el alero. Era un gigante de cráneo oblongo. sin embargo. que fueron los más. en una tarde de sol. alzada en montañas y dormida en playas. El frío de las heladas y el hervor del sol quisqueyano le endurecieron la piel. era necesario llenar las barrigas 228 . Vivía Sebastián frente a un cerro en cuya cumbre balanceábanse los pinares en danza continua con el viento. —No. Desde allí vio al taxi doblando la esquina. no diga eso –respondía él– que me gusta ser negrito. en bohío de yaguas prendido al monte como una estrella al cielo. a medida que crecía. Y en sus horas vacías. Y una anciana pronunció. Sebastián nació en los bosques aledaños a Constanza.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS El hombre no contestó. el amor duro y necesario del progenitor. Y vio también al gato. llevándose al padre. cortando troncos y vendiendo tablones de pino en los villorrios del Cibao. en el corazón de América. muchacho. ojillos tristes y unos brazos tan largos que nunca sabía dónde tenerlos. El hombre bostezó.

a modo de saludo. vengativo. En su cerebro de lentos movimientos la montaña se había convertido en algo lleno de misterio y aun de espanto. en noche de luna chata. —Te estás haciendo cobarde –decíale la madre–. Y era más que miedo aquella sensación cosquilleante de Sebastián. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO redondas. casi quemándole la nuca. al menos la importancia que los hombres. a tu padre en el cielo le debes causar náuseas. que ya no aguanto más”. por ejemplo. que tronara en la cordillera para que Sebastián se refugiara en alguna cueva y se tendiera en el suelo. se le entraba por el corazón y le cortaba el aliento en pedacitos. el talento o la fuerza todopoderosa de los puños. Y la Mariela. Así las cosas arribó al villorrio. En sus oídos. que conocía muchos bravos. débil en un principio. como aldabonazos. con lagrimones que le agriaban la boca. El miedo. y al volver a su hamaca. no comió nada. lo que es decir. La gente. Quiso huir cuando. No sabía si rezaba o si maldecía. año atrás. se petrificó frente a la montaña. Serían las tres de la madrugada. la mulata Mariela. Llegó a un bolinguín natural que la hierba había formado en la ladera siniestra del monte y se detuvo. ya jadeante. El niño se hacía hombre. Sebastián se levantó y descalzo. sintió como si un alfiler le pinchara el pecho. de pecho desnudo. la Mariela se le acercó y lo trabó en conversación. pero siguió adelante. M. me das risa! –y con una mueca le dejó plantado. con su salerosa actitud de hembra que todo lo puede. “¡Pobre de mí!” –pensó. en sus parlerías nocturnas ante las jumiadoras. un pobre negro a quien nadie dio importancia. pero sin jamás subir al cerro donde muriera el padre. sólido ahora. trémulo de sollozos. sudor y andanzas por el bosque. Sebastián el negro comenzó a languidecer. como los animales en un rebaño. comió menos que de costumbre. “Ayúdame. tal y como su madre lo presintiera. —¿Qué te importa? –contestó. Así. negro. a los veinte años. se enamoró del negro Sebastián. tuvo la denigrante reputación de cobarde. me das risa!” Sebastián comenzó a trepar el senderillo vagabundo por donde. habían bajado el cadáver de su padre. con unos ojos quemados por las lágrimas. —¡Ah. creció luego hasta ensordecerlo. le hundió los ojillos y le brotó los pómulos. el aliento de Mariela provocóle: 229 . desde entonces. Sebastián fue un árbol roto en el río del miedo. una ululación que. Fue. —¿Conque me dicen que tú eres el que no sube al cerro? –le dijo. A la semana de ver pasar a Sebastián camino de los potreros. a mustiarse en su infortunio. sin que el rubor pudiera brotar a su piel de cacao viejo. hizo de sus cuitas una sabrosa historia. Fue el suyo un amor terremótico. con sus desparpajos y su impudicia. negro. Dios. Sebastián aprendió a montar en caballejos de estampa esquelética y guiar el hato de ganado de un ricachón con finca en las proximidades del pueblo. al atardecer. Fue un aullido. que ni tiempo había tenido para mirarse en ojos de moza. Un resplandor argentaba el cerro y las tripadas de sus farallones. Ese día Sebastián se cayó del caballo.J. Comenzaron unos a abusar de él con palabras y otros con la acción. con sus caderas de mariposa y su cintura de alfanje. prestan siempre a aquél de ellos que se impone por la astucia. Sólo el viento gemía por entre los pinares. una pasión de esas que consumen al ser humano como vela de entierro en brisa mañanera. un chisme que llegó a los últimos confines de la región. Y Sebastián. Sebastián. Eran diez horas diarias de gritos. La flacura le sacó los huesos al nivel de la piel. Allí oyó el grito que le petrificó. resonaban las palabras de Mariela: “¡Ay. Bastaba. cruzó el poblado y caminó.

Sin embargo a mí. que el negro y la mulata vivieron felices. —Sí. he subido al cerro. La mañana comenzaba a explotar en los cielos. hasta que un amor de mujer lo libera de sus angustias o de la sombra en el cerro. a su madre que lo esperaba angustiada. Después descendieron lentamente. ¡sigue! Sebastián se volvió. Luego. —Llévame a la cumbre. con alborozo. —En nada…. Y treparon y treparon… La noche agonizaba en el horizonte cuando Sebastián y la mulata Mariela. y vigilados por las yaguasas y las palomas. Sebastián. se abría el valle de la Vega Real como un abanico al que las jumiadoras en los bohíos motearan de lentejuelas. también temblorosa. —Sebastián. sentía desaparecer de su cuerpo los temblíos. Le pareció. Caminaron entre los primeros ranchos. ella nunca me dijo que Mariela besara a Sebastián. las sombras no matan. silenciosos. Como yo era niño. era un poquito menos esa noche. —¿En qué piensas? –preguntóle ella al fin. Los hombres no pueden ser cobardes… Han pasado muchos años desde que Mamá Teresa. Mariela. donde terminaban los pinares. por los trillos dormidos de hojarasca. mamacita del alma. en la mía. por una angosta callejuela. ¡Era la noche grande y definitiva para Vale Juan! 230 . negro. mi abuela. hasta hacer que los labios se juntaran. por la primera vez en su vida. madre. quiero ver la luna desde lo alto del monte. El grito salvaje no se había repetido y Sebastián. como él. como en todos los cuentos. dondequiera. ¿pero y el grito? —Estaba en tu cabeza. La mulata estaba allí. ¡Ya no tengo miedo! —¿No te lo decía? –replicóle ella. aun siendo aterrador. mi negro guapo… El se bamboleó indeciso y prosiguió. me hiciera este cuento. Caminaron. coreados por ruiseñores. estuvieron los dos un largo rato sin pronunciar palabra. cansados hasta una eternidad. ¡Dame un beso en la boca! Ella tuvo que agarrarlo. en adelante. en todo. la torre de la soledad y de la desesperación. hay un hombre que llora en una torre. que el cerro. Allí. mientras viviesen. huérfanos de energía. poniendo sus manos en la espalda dura y desnuda. entre el asombro de las comadres y el gorjeo de los chiquillos. como liberó Mariela a Sebastián. La soledad. La oyó nuestro miedo. —Bésame. el amor sería. El viejo murió trabajando. de vuelta al villorrio. un beso húmedo en la cumbre de un cerro sin sombras. con Greene. pero añadió. Los muertos quietos Era una bandeja de plata en el rielar de la luna el cayuco de Vale Juan. sólo dijo: —Mamá. negro –invitó ella–. de pronto. Sebastián se estremeció. estaría construida para ellos con un recuerdo. El bosque se mecía blandamente con los ábregos y allende las torrenteras. se me ocurre que siempre. ¿y la sombra del cerro? —No la vi. Mariela le soltó de la mano y antes de entrar a su bohío se despidió: —Hasta luego. ahora riéndose solo. Se miraron frente a frente y ella le tomó de la mano. llegaban al más alto promontorio del cerro. incrédulo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Estoy contigo. El beso primero se prolongaba en otros y los ojos de entrambos se cerraban.

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

El negro, enroscado en la proa, respiró hondamente, mientras el sudor le bañaba frente y tórax. Los brazos, largos y felinos, se entraron en el agua y bogaron sin ruido, cual si al cayuco le hubiesen salido garras. Los labios, de vez en vez, runrunearon palabras quedas, válvulas en mitad de los salivazos de andullo. Pedrico, en la popa, habló primero: —¡Vuélvase, Vale, que esto no tiene remedio! —Lo tendrá –replicó el otro– porque entonces mejor es no andar vivos. Pedrico no conocía el miedo. Lo había perdido años atrás en mitad de las sabanas, encaramado en los potros, siempre en pos del Vale Juan. Pero lo de esa noche era suicidio y ambos lo sabían. Dos hombres solos, acosados y perseguidos, ¿qué podían hacer? Pedrico recordó lo que entrambos realizaran con la vida. De niños, de adolescentes, de jóvenes, el juego de la guerra los atrajo como una droga. Comenzaron sin darse cuenta, siguiendo un día a un grupo de campesinos que se iba, armado de machetes, a defender sus tierras. Después, dominada esa revuelta, vino otra y otra más, y luego, con los años, la historia sangrienta del país que no se redimía fue la de ellos también, fue polvo y sudor y sangre y hambre; y cansancio de andar a tiros en mitad de sinrazones. Así, volvieron al pueblo. Nada pedían a Dios sino paz, un techo, un pedazo de pan y una hamaca para construir sueños. Los dos casaron tempranamente, formando hogares donde el amor fue dueño de las noches y el trabajo de los días. Vale Juan y Pedrico, sin ser mejores que otros campesinos, fueron, sin embargo, los dos más bravos de la comarca entera. Quizás debióse a eso que los revolucionarios cebaran su saña en ambos. En noche brumosa cayeron sobre el pueblecito, saqueando e incendiando en minutos todo cuanto estuvo en su paso. A Vale Juan y a Pedrico no les quedó más que olor a metralla y la sangre de los suyos en las manos. Sin lágrimas, porque el dolor que ha sido presentido está demasiado hondo para mostrarse en el rostro, los dos compadres se unieron a otros ultrajados y marcharon por los montes tras los asesinos. Cuando al fin se toparon con ellos, los rifles derribaron amigos como a árboles en un ciclón y sólo Vale Juan y Pedrico habían quedado vivos, para agrandar la venganza y no poder dormir. —¡Volvamos! –repitió Pedrico. —Digo que no –susurró Vale Juan–, y le repito que usted puede volverse. A mí tienen que matarme. Quedaron flotando las palabras. Pedrico, sin interrumpir el rítmico movimiento del remo, frunció la frente y rezongó: —No, Vale, o los dos o ninguno. ¡Eche pa adelante! Relampagueó. Un trueno se fue de bruces hasta el horizonte y se encaramó en la luna. Mientras las chicharras gritaban sus nostalgias, llegaron a las torrenteras. De un golpe rápido en el agua, Vale Juan empujó el cayuco hacia la ribera y lo escondió en el matorral. —Allí están –murmuró, señalando con la barbilla a luces débiles que se entreveían a un centenar de metros. A los oídos llegó el tañer de una guitarra y voces de hombres que discutían. Los dos negros, arrastrándose, iniciaron el avance, como raíces que al crecer se van moviendo en la selva. El andullo se amargaba en la boca del Vale Juan y las espinas, al clavársele en el pecho, en los brazos y en el rostro, no dolían ni quemaban, que no puede haber sensación cuando el alma anda empecinada en emociones. Se iban acercando. Los hombres tomaban formas concisas en derredor de una hoguera, las jumiadoras olían a esa distancia y la guitarra resumó lascivias en una canción de burdel.
231

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

El campamento de los saqueadores celebraba su último crimen. Y Vale Juan y Pedrico estuvieron, de pronto, en el límite de la espesura, a varios alientos de la venganza. —¿Y ahora? –preguntó Pedrico. —Ahora nos aguantamos y pensamos –contestó el otro–, que Dios es grande… Sentía Vale Juan que la angustia, sólida, arqueante como un vómito, le subía por el esófago y se le prendía en el paladar. Cerró los ojos y pudo ver a su mujer, dormida por los balazos, rumbo a la eternidad, suplicando que perdonara. Y vio a los hijitos, desparramados como muñecos rotos, huérfanos de risas ante la muerte, y Vale Juan tuvo ganas tremendas de llorar. Se palpó el calzón y bajo él el cuchillo y en el cuchillo se le calentó la mano como en una caricia. —¡Malditos! ¡Malditos mil veces! –sollozó–. Os tengo que matar a todos para yo poder vivir. —¿Qué le pasa, compadre? –preguntó Pedrico. El compañero no pudo responder. Las lágrimas de macho salen sin ruido, jamás con prisas. Pedrico tuvo temblíos en su cráneo de coco maduro. Transcurrieron horas interminables. En el campamento crecía la borrachera y con ella la alegría y los desenfrenos. Habían llegado mujeres, negras vestidas de percal, mulatas aceitadas y ampulosas y la guitarra, los timbales y el balsié atacaban los merengues con compases rápidos, llenos de sudor y de ron. La luna, fatigada de tramontar, huyó tras las sierras. Ahora se acercaba la tormenta, queriendo llegar antes que el sol de la mañana. Grandes saetazos de luz ametrallaron el cielo, barridos luego por el bramar de los truenos. —Va a aclarar –advirtió Pedrico–, decidamos, Vale. —Rece, compadre, rece, que en seguida nos tiramos al degüello. —Entonces nos morimos –y en la voz de Pedrico hubo cansancio, hastío de estar vivo, deseo de terminar, sed de sangre, hambre de muerte… —Nos morimos, si la Virgen del Cerro1 así lo quiere –sentenció Vale Juan. Por las fisuras del bosque inicióse el danzar de la lluvia. Gotas flacas primero, rechonchas después, comenzaron a patinar en la hojarasca. Gallos lejanos interrumpieron sus buenos días mientras las sombras emprendían retirada. Los dos negros, aplanados y rígidos, reconocieron a nuevos latidos en los corazones. Vale Juan arqueó las piernas, extendió la mano diestra en la que ya ondeaba el cuchillo y dio de pronto un grito salvaje, agudo, como el de la bestia que va al sacrificio. —¡Ahoraaa! –gritó, mientras corrían hacia el campamento, donde nadie los esperaba. Los dos primeros en volverse hacia los negros no tuvieron tiempo de respirar, cayendo ovillados en la hierba. Vale Juan saltaba como un simio; Pedrico le seguía, asestando puñaladas que todavía la música del merengue no descubría. Pero repentinamente, asaltantes y asaltados quedaron rígidos. Fue una fracción de segundo o un segundo largo como siglo. En los pies la tierra había comenzado a bailar grotescamente y un bramido se levantó de la espesura. —¡Tiembra, tiembla! –gritaron hombres y mujeres. El bosque se alzaba como una bandera, los árboles se reunían y separaban, el río se salía de cauce, grietas oscuras rajaban el monte y succionaban lluvia y hombres, empavorecidos hombres y mujeres, tragados en la mueca de la naturaleza desbocada.
1

La Virgen del Santo Cerro, imagen existente en un santuario de la Cordillera Central de la República Dominicana.

232

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

—Virgencita mía –dijo Pedrico, arrodillándose–, ¡perdónanos! —¡Dios! –rugió Vale Juan–, déjame terminar con ellos… Pero el terremoto continuaba con mayor bastedad, desjarretando la savia de la tierra. Los borrachos caían en las zanjas, chocaban contra los troncos de los árboles, huían en vano. En un minuto sólo quedaron unos pocos, petrificados en el suelo por el terror. Y esos miraban a Vale Juan sin comprender. El cuchillo del negro también temblaba, pero de rabia, de desesperación, de impotencia. Sonó un tiro seco. Vale Juan abrió la boca y vidrió los ojos. En seguida se fue desplomando, como un ceibo abatido por un rayo. Después, el negro quedó muerto, de cara a la lluvia que le agrandaba la sangre sobre la tetilla, un muerto quieto y vencido, como todos los muertos, como todos los hombres que acaban de pronto su angustia y entran por la puerta de la eternidad. Pedrico corrió hacia su amigo, se abrazó al tórax de azabache y gimeteó sollozos que parecían de niño. —Pobre Vale Juan! –lloró–. ¡Pobre Vale Juan! Que Dios te perdone, como a mí… También le abatieron de un balazo. La tierra fatigada tornó a tranquilizarse, y la lluvia, amurallada en catarata, siguió cayendo con su canción aguanosa. A lo lejos, en la serranía, el sol no pudo alumbrar la sangrienta mañana de los muertos quietos.

Shirma
Allá encima del nevado, donde el hielo era transparente y las nubes revoloteaban en escuadrones, se clavaban, mañana a mañana, las miradas de Osvaldo el pintor. No podía evitarlo. Cuando, vuelto de sueños donde miles de paisajes celebraban danzas multicolores, Osvaldo abría la ventana y tragaba el aire de la sierra, la montaña siempre le hacía una mueca burlona y le invitaba a vivir. Era desafío y requiebro, intimación y huída. —Alguna vez –se decía– escalaré la cima y traspasaré a mis lienzos el albo resplandor que me enceguece. Pero aquello tenía en su magín la rapidez de un relámpago y Osvaldo, perdido en fiebres, medicándose con ocres, naranjas y verdinegros, viajaba por un cielo donde no había montañas y sólo rostros atormentados, hombres quejumbrosos y niños pidiendo pan. Osvaldo era indio, con cuarenta siglos de orgullo y sesenta mil años de piedad en el alma. Una herencia mágica le vino prendida en los dedos, mariposa creadora de luces y de sombras, madre de las angustias de su raza, más vieja que los volcanes, más hermética que los pedregales o los páramos. —Yo pinto –solía decir– como llueve en la selva o como hay olas en el mar. Si mis ojos se beben la vida, mi corazón siempre anda triste. Y mi tristeza es como el nevado: todos lo ven y nadie lo domina. Así nació en él, poco a poco, el deseo de definirse a sí mismo, de encontrar, de una vez por todas, la razón de sus temores y sus odios, de sus amores y sus ambiciones. Una noche fría de enero Osvaldo decidió hurgar el monte y sacar de los hielos alguno de sus misterios, o al menos aquél de ellos que debía pintar, si es que los misterios tienen color: Después, no recordaba exactamente qué ocurrió. Sabía que la cima no llegó a estar lejos y que el aire estuvo lacerante, un cuchillo que al perforar el pecho dolía con todos los dolores. Pero entre las rocas o la alfombra gris de la lava, vio por primera vez a la niña de
233

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

tez aceitunada y cabellera dormida, de ojos fosforescentes y voz como gemido lánguido, confundible con el viento. —Shirma… ¡Shirmaaa! –la saludó en su lengua ancestral. Y cuando quiso besarla, preguntarla si se hallaba perdida, si precisaba de ayuda, la niña se esfumó en el volcán. El artista era hombre de mundo y tenía treinta baúles en la cabeza con treinta pedazos de vida como treinta novelas. Por eso a nadie habló de Shirma. No iban a creerle y todos, de seguro, hubiesen trocado en sarcasmo su cándido cuento. Y Shirma se le prendió en la curva del pecho, donde los pintores mecen su cuna de sueños. Osvaldo se hizo famoso. Su fama rompió la cordillera y paseó por ciudades llenas de luz y de vicio. La gente admiró la originalidad de sus cuadros, donde un rostro de niña aparecía siempre en mitad de otros rostros dolorosos, fuente de agua en mitad de una selva. —¿Quién es? –le decían–. ¿Dónde sacaste esa cara y esos ojos que, siendo dulcísimos, llevan tanta y tanta tristeza? ¿Dónde está, dónde está esta visión tuya que no podemos olvidar? Y Osvaldo sonreía, y aun los críticos que alguna vez le combatieran, declararon que la niña de sus cuadros era indudablemente genial y que el genio, besando la frente del artista, era el único responsable de aquel toque mágico, irreal y fascinante. Pasó mucho tiempo. Osvaldo viajó por el mundo entero y comenzó a envejecer. Su caminar, despacioso y reposado, sus ojos menos brillantes, sus canas prematuras, le dieron al fin un aire de neurótico, un matiz de hombre que conoce todos los caminos, los ha descrito hábilmente y no ha encontrado en ninguno a la felicidad. —Tienes en el rostro –le dijo alguien una vez– un paisaje angustiante, como de seguro es tu alma. Y Osvaldo no respondía jamás. Hubiese sido ridículo confesar que soñaba con la niña del volcán, que buscaba por doquier una cara de mujer que se asemejara a Shirma, la dueña de sus sueños y de sus pesadillas. Y mientras la seguía dibujando en los fondos de sus cuadros, su corazón sollozaba por ella. Un día decidió regresar a su país y no viajar más. Ante la consternación de parásitos y la incredulidad de íntimos, Osvaldo volvió a vivir tranquilamente en su casa de la sierra, nuevamente frente al blanco resplandor del nevado. —Aquí –se dijo el pintor– estoy cerca de Shirma y nadie podrá enturbiar mi amor por ella. Su atelier convirtióse en remanso y torrentera. Allí creaba quimeras y sueños, allí morían las horas en un concierto de pinceles, allí corría, ladeaba la cabeza, sudaba, giraba y se estremecía cuantas veces la imagen de Shirma quedaba presa en los óleos o en las acuarelas. Pero no fue feliz. Shirma, que era suya, se le iba en vagabundas rondas y él seguía vacío, sin una piel caliente en la cual dejar un beso o unos ojos donde posar blanduras y encalmar angustias. ¡Pobre Osvaldo el pintor! Era Dios un segundo y un pobre artista siempre. Fueron pasando los años de pláticas con el volcán, de amores con Shirma, la niña triste del nevado. Y un día llegó al atelier un mendigo que pedía monedas para comprar pan. Tenía una barba mal traída, dos manos largas y huesudas y un bastón nudoso, con el que golpeaba los senderos vacilantemente. —¿Qué quieres, anciano? –le preguntó el pintor. —Hablar contigo de penas.
234

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

—Yo no tengo penas, soy alegre como el sol. Pinto cuadros hermosos que la gente compra. Dicen que soy brillante. La fama es mi esposa, el halago de los hombres llega hasta mi puerta. ¿Para qué quiero más? —¿No quieres a Shirma? Osvaldo sintióse temblar y miró al viejo de hito en hito. —¿Quién te dio su nombre? ¿Cómo sabes de ella? —Lo sé todo, pintor. Tu angustia es mi angustia, tu amor uno de los míos. —¿Qué puedo hacer, mendigo? ¿Cómo creer en ti que nada tienes, ni siquiera cuadros que se venden o críticos que te ensalzan? —La vanidad se me perdió en un camino, el dinero nunca me acompañó. —Sigue, mendigo, ¡te suplico! —Ven, Osvaldo, vamos hasta el volcán. Pocos saben el final de esta historia, porque pocos fueron quienes vieron a Osvaldo y al mendigo escalar la montaña. Como era noche cerrada y relampagueaba sobre la cordillera, los indios estaban acurrucados en sus chozas y los callejones de la ciudad sólo reflejaban una que otra luz mortecina, como velón de entierro de fraile. El pintor Osvaldo apareció muerto en el helero, con los ojos vidriados y fijos en alguna visión desconocida. Quienes lo encontraron afirmaron que había en su rostro una dulce y plácida sonrisa de paz. Era como si todas sus angustias y sus dolores hubiesen salido para siempre del pecho, dejándole un sueño final en el que todos los hombres atormentados y quejumbrosos huyeran de su camino y en su lugar dejaran un mundo maravilloso, sin dolores y sin odios, sin ambiciones ni envidias, sin niños pidiendo pan. De esto hace mucho tiempo. Con la muerte, los cuadros de Osvaldo andan por el mundo como gorriones dispersos por el vendaval y mientras su cuerpo descansa a la sombra de un ciprés, su fama ha crecido hasta los últimos confines del globo. Sin embargo, muy pocos, fuera de su pueblo natal, saben que en el atelier se encontró el día en que lo enterraban, un cuadro de niña con tez aceitunada y cabellera dormida, descalcita sobre un nevado blanco, caminando en las nieves con los brazos suplicantes y los ojos fosforescentes. Como es natural, el cuadro pasó a ser propiedad de los indios que tanto le amaran y hoy no se conoce exactamente dónde está. Empero, hay quien asegure que el cuadro viaja de choza en choza, manoseado respetuosamente por hombres y mujeres y que en las noches de luna, cuando el volcán resplandece, los indios le sacan bajo las estrellas y en los campos sólo se oye una plegaria rítmica y alargada: “¡Shirma! ¡Shiiirmaaaa!”

El geófago
He viajado bastante en mi vida. Han querido la suerte y mi carrera que mis andanzas fuesen numerosas, pero aún no he podido dominar o controlar civilizadamente la emoción que me causa un viaje en barco o por tren. Muchas veces me he preguntado si entre mis antepasados no hubo algún marinero o, por lo menos, el maquinista de alguna asmática locomotora. El caso es que a mí, cuando el paisaje se mueve, me baila el alma. Y aclaro todo esto para que no se ponga en tela de juicio por qué diablos me metí en aquel trencito, en aquella inolvidable noche de invierno y llegué a conocer a Tomás
235

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

y a su mujer, la rubia Gladis. Recuerdo haber estado indeciso, en la tarde, de si tomar un avión o regresar a mi casa en auto. Como ambos medios de transporte son hoy en día de lo más vulgares, a mi se me ocurrió que el tren, aquel renqueante trencito de opereta, valía una mala noche y algunos malos ratos. Me inclino a creer que no hemos perdido todavía, los hombres empequeñecidos por la civilización, el sabroso placer de la aventura. La salida estaba anunciada en los pizarrones para las ocho, pero no fue hasta bien entrada la medianoche cuando tosió el convoy, rechinaron las ruedas y dejamos atrás la estación del balneario. Hacía muchísimo frío. La nieve cubría la comarca entera y se le helaba a uno hasta la digestión. Me parece que fueron dos las copas de coñac que ingerí en el restaurant para calentarme. La sinceridad, sin embargo, me obliga a decir que las tomé porque me gusta el coñac y no en busca de calor. Cuando me echaba al coleto la última, entraron Tomás y Gladis. Ella, alta, con una hermosura relumbrona y con el pelo horriblemente teñido, me desagradó desde un principio. ¡Para que hablen de atracción de los sexos! Además, considero que una mujer puede ser fea en cualquier parte de su anatomía, menos en su nariz, y Gladis tenía la nariz más dura, más grande y más desagradable que he visto hasta la fecha. Para colmo, aquel apéndice le servía de brújula, de norte, pues lo movía siempre segundos antes de hablar. Tomás, por el contrario, era la antítesis de su mujer, lo que en sí no es extraño; era, el infeliz, uno de esos hombres a quien lo del cero a la izquierda se les hizo a medida. Gesticulaba, comía, hasta pensaba, siempre y cuando le diera permiso su mujer… con la nariz. Como yo era el único pasajero que tomaba coñac, o mejor dicho, el único pasajero con inquietud suficiente para beber en esa noche, de inmediato le fui sospechoso a Gladis. Diremos que su nariz olfateó que era mala compañía para su esposo. La casualidad, esa vez en forma de barman deseoso de matar su aburrimiento con cualquier clase de conversación, nos amigó, aun a nuestro pesar. Así, sin ton ni son, una vez que Gladis ordenó para ella un vodka con limón y una limonada, bien dulce, para su Tomás, el Barman consideró que las murallas de Jericó estaban en el suelo y nos aunó a los tres. —Señores, la noche está que da miedo, –dijo. Pensé que lo que menos tenía él era miedo, pero dos coñacs, cuando uno viaja solo, tienen efecto impresionante y me sometí. —Da… –dije, y volviéndome a Tomás, pregunté–: ¿Van ustedes hasta Wilmington o siguen hasta Washington? —Seguimos a Washington –replicó y, en seguida, como un eco, Gladis aseguró–: A Washington… ¿El señor es extranjero? A mí me han espetado la misma pregunta en veinte países, pero nunca me supo a balazo, a trueno, a inquisición, como esa vez. Los ojos de Gladis, clavados en mí, parecían los de un investigador que acaba de descubrir a un microbio insignificante en el fondo de un tubo de laboratorio. Nadie podría criticarme si apuré mi copa de coñac y pedí, con énfasis, una tercera. Por cautela o precaución decidí suspender inmediatamente todo contacto con aquella singular pareja. Así, me volví hacia una ventanilla y me quedé mirando, sin ver, los copos de nieve que chocaban contra los vidrios, desintegrándose. Gladis sorbía lentamente su vodka y Tomás su limonada. El trencito proseguía su marcha. Tomás comenzó a dormitar con los ojos abiertos.
236

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

—Es preciso –oí decir a Gladis en voz baja– que aprendas a no familiarizarte con extraños. Un día vas a tener un disgusto. —Pero, mujer, ¿qué de malo hay en hablarle a otro viajero? –Y el hombrecito se llevó los dedos al cuello, como ahogándose. —¡No me discutas! ¡Eres un cándido! Pasaron unos minutos. El barman, convencido de que éramos tres irreconciliables, nos había dado la espalda y puéstose a limpiar, con olímpica elegancia, las copas del vasar. Con los años he descubierto que habría mucha más inteligencia en el mundo si todos los hombres tuviésemos siempre a mano un vasar lleno de copas y vasos vacíos para limpiarlos cuando alguien no nos agrada. O para tirarlos –se me ocurre ahora–, a la cabeza de algunas señoras como Gladis. Me entraron unas ganas tremendas de charlar. Fueron cosquillas incoercibles en la punta de la lengua que no calmaban ni el cigarrillo ni el coñac. Y me metí en honduras. —La marcha de este tren –aventuré–, me recuerda la de uno en el cual viajé hace años, de Quito a Guayaquil, en Ecuador. —¡Muy interesante! ¿Y por qué? –preguntó Tomás, con el rostro iluminado, como un chiquillo a quien le ofrecen un chocolatín que la madre le tiene prohibido. —A mí no parece –intervino, tajante, Gladis–, pues he oído decir que en Sur América hay indios y aquí no. —Señora –afirmé yo, con la misma sensación de quien pincha, en la escuela, con un lápiz, al compañero que menos nos gusta–, los indios, aunque a usted le cueste trabajo creerlo, son de lo más simpáticos. —¡Je, je! –rió Tomás, con una risita que fue un grito de independencia. Gladis se quedó rígida y bermeja, como un tomate al que van a convertir en jugo. —¿De qué ríes, tonto? –dijo–. ¿Cuál es la gracia? Este señor sin duda es medio indio y le encanta hablar de ellos. —Señora, soy indio del todo –respondí, pidiendo mentalmente perdón a mis padrecitos baturros. —Usted, ¡indio! –y Tomás se paralizaba de estupefacción. —No un piel roja, pero en fin, un indio con corbata que bebe coñac –me vi obligado a afirmar. —El señor es un guasón –amonestó Gladis–. ¿Cómo puedes creer tontería semejante? —Le aseguro, señora –insistí yo maliciosamente– que no guaseo. Además de indio, soy geófago y experto en problemas metapsíquicos, mis ojos son estemáticos y cultivo la anaptixis. Gladis se irguió en su banqueta, Tomás sonrió y el barman dejó caer una copa. Tuve la sensación que seguramente experimentó el mariscal Ney en Waterloo. Tomás, con una candidez desconcertante, exclamó: —¡Es! ¿Quiere usted repetir? —Imposible –aseguré–, porque a mi mismo me costaría trabajo. Nosotros los indios expresamos nuestro pensamiento una sola vez. Tomás pidió otra limonada que, no sé por qué, presumí cargada con ginebra por el barman, como para unirnos todos en contra de Gladis. Ella, mientras tanto, habíase quedado mirando hacia las ventanillas, como si la nieve estuviese de pronto, de lo más desconcertante. Así estuvimos un rato largo, ensimismados en nuestros vasos y en nuestros pensamientos. De pronto Tomás dijo:
237

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

—¿Sabe usted una cosa? Cuando lleguemos a Washington, voy a querer que nos dé una conferencia en nuestra escuela. —Amigo, los indios no dan conferencias. Las escuchan. —No importa, será usted el primero. ¡Ande!, le pago otro coñac. Después, sé que Gladis abandonó olímpicamente el bar y que Tomás, el barman y yo entablamos una charla caliente y efusiva, como la de tres náufragos abandonados en una isla desierta. Reímos juntos, nos ofrecimos préstamos, casas, autos, medicamentos contra el reuma, teléfonos de chicas lindas, amistad y consuelo eternos. Y decidimos, casi al final, cuando amanecía, que un mundo sin Gladis, sin mujeres con narices grandes y pelo teñido, sería indudablemente un mundo mejor. Tomás, con lágrimas en los ojos, me abrazó, como si yo fuese el libertador de todos los hombres oprimidos. Y yo me lo creí, sin pensar que Tomás había ingerido cinco limonadas con ginebra. Llegamos a Washington cuando clareaba el sol sobre las cúpulas de los edificios gubernamentales y las riberas del Potomac. En el andén de la estación Tomás me abrazó efusivamente, Gladis me estrechó la mano con friura y ambos se fueron en un taxi amarillo. Pasaron unos meses. Una noche, en el fover del Statler, me los volví a encontrar. Tomás caminaba erguido, hasta con desplante, mientras Gladis parecía seguirle humildemente. En un principio no comprendí y me quedé mirando a ambos, abobado. Fue Tomás quien, agarrándome por el brazo, me dijo al oído: —¿Cómo está el indio con corbata que bebe coñac? ¡Cuánto le hemos recordado! —Muchas gracias –repliqué–; yo a ustedes también. —¿Querrá creerme que mi mujer es otra desde que charlamos con usted en el tren? –dijo Tomás. —¿Cómo así? —Esa mañana, cuando llegamos a casa, busqué un diccionario y después de enterarme de lo que es un geófago, decidí convertirme en tal. ¡Gladis casi se muere del susto! Desde entonces ni me contradice ni me vigila. Es una santa. Evité una carcajada, remiré a ambos y le pregunté a Tomás, bajando mi voz: —¿En serio que ha comido usted tierra? —¡No, hombre, no! ¡Pero mi mujer tiene un miedo de que lo haga! Y nos despedimos, sin que Gladis levantara los ojos de la alfombra. Me dio pena, y lástima. Ya ni siquiera su enorme nariz se atrevía a dirigir a Tomás. Y él, orgulloso de su independencia, me lanzó como adiós: —¡Fíjese que hasta entiendo de problemas metapsíquicos…!

Los ojos en el lago
Salí del Llao Llao. La noche comenzaba a enfriar y el lago parecía de vidrio, un espejo recortado por los cerros abruptos. El viento me golpeaba en la cara y los grandes árboles parecían invitarme a la caminata nocturna. Tomé el senderillo que bajaba hacia la orilla del lago y muy pronto las luces del hotel y el ruido isócrono de la orquesta que hacia música de baile quedaron atrás. De muy lejos oí el suave bramido de un motor de yate que cruzaba el Nahuel Huapí. Estaba al fin solo frente al Ande, con esa agradable soledad que dan los propios pensamientos.
238

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

—¡Eh, patrón! La voz venía del lago, del agua o de la noche, quizás de la montaña misma. Me detuve y hurgué en la oscuridad. —Aquí, patrón, aquí –repitió la voz, cascada y ronca. A pocos pasos de distancia distinguí al fin al vejete, sentado en la grama, con una humeante pipa en la boca, tocado de gorra, vestido con suéter y calzones estrechos. De no haberme hablado pude confundirlo con un tronco más. —Buenas noches –saludé. Muy buenas –me dijo y en seguida, sin sacarse la pipa de la boca, me invitó a sentarme a su lado. —Me aburría –expliqué innecesariamente–, no hemos venido a Bariloche para llevar la misma vida que en Buenos Aires. ¿No le parece? —Me parece, patrón –asintió–, pero muy pocos lo comprenden así. La gente huye en el verano de las ciudades y se viene al campo o se va a la playa a hacer exactamente lo mismo que en las ciudades. Bailan, beben, trasnochan, se fatigan más todavía. —Habla usted –le dije– como si nos criticara. —¿Criticar, patroncito? ¿Quién soy yo para criticarlos a ustedes, los señoritos? Además –y el tono de su voz adquirió de pronto una sorna tenue–, de los patrones vivo yo. Me pagan bien por llevarlos a pescar, por recorrer los lagos, por trepar a los cerros. Callamos un rato largo. De pronto perdí yo todo interés en conversar y la contemplación de las montañas, bajo el luar de febrero, me fue más grata que la charla aguda del vejete de la pipa. Motas de nieve inderretible, prendidas en las cumbres, se enjuagaban con la claridad de la noche indescriptible. Temblé repentinamente con un escalofrío, confundido quizás con la grandeza de aquel paisaje fueguino que jamás olvidaré. —Le conmueve –oí al anciano a mi lado–, a usted, a mí, a todo hombre con alma, con corazón o con recuerdos. Este paisaje lo hizo Dios para recordarnos cuán pequeños nacimos y cuán pequeños moriremos. —Cierto –respondí, sin quererlo–, me conmueve en extremo. Estos cerros tajantes, como cortados con cuchillo, esta luna translúcida, estas aguas sin fondo…, no puedo compararlos con nada… —Por eso, patrón, estoy aquí –dijo el viejo–, y si no le molesta, le cuento. —Cuénteme usted –asentí–, que me interesa. —De mozo, patrón –comenzó el viejo, vaciando la pipa y volviendo a llenarla de tabaco, que había sacado hábilmente de una bolsa– de mozo fui rico, tuve mujeres, todas las que quise… Viajé desde el Plata hasta la India, desde Belgrado a Vladivostock, desde Islandia hasta Borneo. Era yo uno de esos marineros para quien la única felicidad está en el mar y no en tierra, para quien un amor o unos besos saben mejor recordados desde la popa de un buque, cuando la estela, al ensancharse, nos va alejando de tierra más y más, separándonos para siempre de un momento inolvidable. —Buena vida la suya –no pude dejar de decir. —Pues fue, patrón, fue así no más…, durante años, de mocedad y de madurez, sin cansarme de ella nunca. Amé mucho, patrón, hasta que de puro cansado el corazón no era mío. Y siempre quería más, como si en cada playa la mujer fuera más hermosa que en la anterior. El viejo mordía ahora la pipa duramente, pues sentí sus dientes rechinando sobre la madera y el humo, a borbotones, saliendo de la poza y calentándome la cara. Le miré
239

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

fijamente. Me parecieron sus ojos, bajo las cejas gruesas, dos ascuas encendidas por un fuego –Mas un día, patrón, llegó una playa y en ella una mujer. ¡Je, je! Como si no hubiera millones de mujeres en el mundo esperándome, me enamoré de una solita, misterioso. Como un borrego, necesitaba sus besos y los de nadie más; como un imbécil, me la enterré aquí –y se golpeó el pecho– y no me la pude sacar. ¡Y traté! Agarré un carguero y me largué a Australia, me bebí mil botellas de whiskey, trasnoché durante meses, me hundí en una orgía que me hiciera olvidar. ¡En vano! El hombre nace, ama y muere una sola vez: es ley, patrón. Quien diga lo contrario, miente. —Sin embargo, todo hombre civilizado se jacta de haber tenido muchas veces el corazón empeñado –me atreví a disentir. —De la boca afuera –contestóme el viejo– somos tenorios; de la boca adentro llevamos todos prendidos a una novia buena y dulce que nos amó de muchachos o a un amor duro y difícil de la madurez; pero convénzase, patrón, sólo se ama una vez. Las palabras roncas y despaciosas del anciano iban cayendo musicalmente en mis oídos, mientras la noche danzaba sus galas con el Ande y los lagos. El zumbido del yate retornaba, vibrando entre los copudos eucaliptos, los olmos y los cedros. —Un día, patrón, me convencí de lo inútiles que eran mis esfuerzos en olvidar a Irmgard y regresé, más viejo en mis canas, más enclenques mis rodillas de alcohólico, todo lleno de parches el corazón resquebrajado. Miré al viejo y no sé por qué presentí dos lágrimas en sus entrecerrados ojos. Evité así su mirada y le alenté a seguir. –La historia ya no se alarga, patroncito –prosiguió–, porque cuando volví por ella, mi Irmgard estaba muerta. ¡Muerta, patrón, muerta como los ruiseñores que mata el frío del invierno! Sólo que a Irmgard la mató mi amor. ¡Y yo de bruto huyendo de ella! ¡De bruto, patrón, de brutísimo…! —Pero entonces, ¿por qué vino usted tan lejos? ¿Qué le hizo buscar a Bariloche y el Nahuel Huapí como refugio? –pregunté. —Porque en las aguas de los mares y de los ríos que he conocido, siempre me imaginé ver reflejados los ojos de las mujeres que me amaron y en las aguas del Nahuel Huapí sólo se reflejan los ojos de mi Irmgard. —¿Únicamente los de ella? —Sólo los de ella, patrón, solitos y tristes, como invitándome a seguirla en la muerte. En lo alto del cielo, por encima de la cordillera gigantesca, explotó un trueno lejano, que fue luego huyendo por el horizonte. La luna, tímidamente, se acostaba en dirección de la pampa. —¿Se llamaba realmente Irmgard la moza de sus amores? –pregunté. —¡Ah, patrón! –aclaró el viejo, alargando interminablemente las palabras, como si le dolieran–, eso es cosa mía, y de mi corazón. El nombre de Irmgard me ha gustado siempre, pero el nombre de mi amada no se lo digo a nadie. —¿Y por qué? —Porque a lo mejor es ésa la condición para que yo vea, noche a noche, sus ojos en el lago. Es nuestro secreto, que me llevaré a la tumba, cuando Dios me pida estos huesos prestados o cuando yo suba detrás de la luna, en el humo de mi pipa. Me levanté y quise dar unas monedas al viejo, que fueron rechazadas. Di las buenas noches y caminé de vuelta al hotel, donde las luces del comedor y del salón de baile se
240

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

apagaban. Subí por el jardín y, antes de retirarme, contemplé por última vez el Nahuel Huapí. Los ojos en el lago no quisieron mirarme…

Ñico
Yo tenía ocho años de edad cuando mi madre decidió pasar una temporada al lado de mi abuela, en la hidalga ciudad de Santiago de los Caballeros, en el Cibao. Recuerdo que salimos de la capital –entonces Santo Domingo– en una mañana húmeda de enero y arribamos al hogar de mi inolvidable mamá Teresa esa misma tarde. La llegada fue memorable. Ivonne, mi hermana, bufaba de hambre y yo, aun gastándomelas de caballerito, mostré rebeldía a los besos y los mimos con los que me recibieron mis parientes. Nos zambulleron en la cama al toque de oración. Hoy, no obstante los años transcurridos, guardo todavía en mi memoria la imagen de mamá Teresa, paliducha y huesuda, murmurando las palabras del Santo Rosario y sonriendo, de vez en vez, en cuantas ocasiones reparaba en nosotros. Al amanecer me despertó un coro de sonidos para mí inexplicable. Imaginé rugidos de leones, estornudos de elefantes y en las voces que al través de las paredes de madera llegaban a mi oído, creí reconocer las de algún pirata salgarino, de aquellos que ya para esa época conocía yo tan bien. Así, ¡gran decepción la mía al salir luego al patio y no encontrar otra cosa ni otros seres que unos cuantos negros campesinos y una recua de burros y caballejos! Mi tío Miguel Ángel poseía y regenteaba una farmacia, aledaña a la casa. Desde el patio se podían ver los anaqueles, repletos de frascos multicolores y a mi tío, de negro bigote y reposado caminar, hurgando allí y acá, con aires para mí de lo más misteriosos, con ese misterio que el mundo adquiere para los ochoabrileños, como era yo entonces. —Ven, sobrino –me dijo al divisarme–, quiero presentarte a unos amiguitos. Me tomó de una mano, abrió una puertecilla que en el muro del patio había e irrumpimos en el solar colindante. Allí vi más animales y más negros, oí más piafar de bestias y decires campesinos. Tío Miguel Ángel silbó cabalísticamente y surgieron de detrás de un mango un par de chiquillos, con pistolas al cinto y arrogancias de caciques. —Raymundo y Manuel –dijo mi tío–. Son tus vecinos y debes jugar con ellos. Formamos de seguida un conciliábulo, en el cual se decidió que para ser yo un capitaleño no estaba del todo mal. Raymundo me prestó una de sus pistolas y me anunció: —Eres raso, ¿me oyes? Manuel es el capitán y yo el coronel. Tienes que obedecernos. Aquello no fue muy de mi agrado y un rato más tarde le endosamos a mi hermanita Ivonne los deberes de un soldado raso y yo quedé ascendido a teniente. ¡Las cosas no iban tan mal! Sorteamos, entre los dóciles burriquitos presentes, al que sería mi Rocinante. —Ahora –me ordenó Raymundo–, tienes que montarlo. Admitir que no sabía hubiese sido imperdonable de mi parte y así, ante los alaridos de espanto de Ivonne, salté sobre el lomo de la bestia e iluminé mi rostro con destellos de héroe o de conquistador. El burro, que era muy burro, no estuvo de acuerdo y comenzó a lanzar coces. Volé por la primera vez en mi vida, cerrando los ojos en espera de un golpe morrocotudo. ¡Pero no caí! Algo suave y acojinado detuvo mi vuelo y cuando abrí los ojos me encontré en brazos del negro Ñico. —¡Negro Ñico! –exclamaban a coro Manuel y Raymundo.
241

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

—¡Muchachitos malos! –dijo él. ¿De quién fue la idea de montar a mi burro Colasín? ¿No saben todavía que es indomable? El negro Ñico me colocó tiernamente en el suelo y me miró. Después a mi hermanita, quien, mujer al fin, lo examinaba con recelo. —¿Cómo os llamáis? Nos presentamos como mejor pudimos y el negro Ñico nos hizo sentar a todos bajo el mango. ¡Negro Ñico! Era muy flaco, de barbilla salida como una aguja, ojillos escondidos y curiosamente verdes, pelo hirsuto y casi del todo blanco, pecho y brazos simiescos. Se movía lentamente, agitaba sus manos a cada palabra y no pasaba un minuto sin que exclamara esta frasecilla, que era como una clave de su humor: ¡Uay ombe! Aquella mañana se inició nuestra amistad, amistad que debía durar todo el tiempo que estuvimos en Santiago. El negro Ñico era, de lo que luego he ido hilvanando, personaje muy discutido en el pueblo y en los campos. No era dominicano, pues hablaba el castellano castizamente; no era campesino, que sus manos sin callos jamás realizaron faena dura. Pero el negro Ñico siempre tenía dinero, lo gastaba a manos llenas y nunca hizo daño a nadie. Y por sobre todo, el negro Ñico, con sus cuentos, entretenía a nuestra pandilla de aventurerillos, para tranquilidad y reposo de mi madre, mi abuela y mi tío. ¡Por eso el negro Ñico podía entrar y salir como le viniera en gana! —Con lo único que no estoy de acuerdo –solía decir mi tío Miguel Ángel– es con las historietas que Ñico le hace a los niños. Eso no está bien. ¡No debes creerlas! –me advertía–. Son una sarta de mentiras. —Déjalo en paz –ordenaba mamá Teresa–. ¡Ya descubrirá José Mariano mentiras peores en la vida! Y así, consentido por mi abuelita, con mi madre haciéndose la sorda y mi tío resignado, el negro Ñico siguió brindándonos ratos inenarrables bajo el frondoso mango del patio. El único inconveniente era Ivonne. A mi hermanita no le interesaban los cuentos del negro Ñico y cuando él comenzaba a hablar, ella tomaba una de sus muñecas y se iba al más lejano rincón del patio. Desde allí, sola y herida, nos miraba con indiferencia olímpica. —Es mujer –comentaba el negro Ñico–. ¡Déjala en paz! ¡El mundo sería tan agradable sin las mujeres! Y Ñico alzaba sus manos y hablaba, hablaba por los codos, por la camisa, por los ojos. Relatábanos correrías por los montes, él en comando de una guerrilla de revolucionarios que siempre ganaba la revolución; de su entrevista con el “Presidente”, cuando Su Excelencia le ofreció un puesto de capitán que Ñico –¡negro astuto!— no aceptó, por no comprometerse con las amistades de los otros partidos. –Yo soy un caso único —decíanos–, yo soy negro de pelo en pecho. —Y eso, ¿qué es? –inquiríamos abobados. —Para ser de pelo en pecho hay que haber peleado mucho y no tenerle miedo a nada ni a nadie, como yo. —¿Tú no le tienes miedo a nada? –preguntaba Raymundo. —¡A nada! –aseguraba Ñico–. Cuando la guerra de Puerto Rico yo solo maté a veinte hombres. —¿Veinte? –y abríamos la boca de a vara. —Creo que treinta, o más. Y en Venezuela fui a pie desde el Orinoco hasta Panamá. ¡Uay ombe! Yo he nadado desde Higüey hasta Ponce.
242

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

Luego, con los años, ante el mapa de América, iba yo a descubrir que las hazañas de Ñico superaban las de todos los héroes griegos y romanos. Pero entonces no había estudiado cosas tan complicadas y Ñico fue adquiriendo en mi cerebro las proporciones de un ídolo. Un ídolo tan humano como sólo puede crearlo un niño. —¡Cuántos años tienes, Ñico? –le pregunté un día. —¡Uay ombe! ¡Eso sí que no lo sé! —¿Y por qué, Ñico? Mi vida es muy complicada, muchacho. Gente como yo, que ha vivido en todas las islas del Caribe, no puede pensar exactamente cuándo nació. Madre decía que en el sesenta, padre que en el cincuenta. ¡Uay ombe! Podré tener ochenta años, pero me siento más fuerte que un toro de dos años. —¿Y de dónde sacas tanta plata? –guiso saber Raymundo, quien con sus doce años no creía a pie juntillas a Ñico. —¡Hum! –exclamó el negro–. ¡Esa es historia larga! Pero se las voy a hacer. Eso sí, me guardan el secreto. ¿Entienden? —¡Claro, Ñico! –juramos al unísono. —Bien… –comenzó–, cuando yo era pirata… —¡Pirata! –exclamamos. —¿No se los había dicho? ¡Claro que fui pirata! Me enrolé en una banda de ingleses que vino a Puerto Plata en el ochenta y cinco y en tres asaltos que dimos llegué a capitán. ¡Uay ombe! Si ustedes hubieran visto si negro Ñico con un puñal en la boca, gritando desde proa: “¡Enemiiigo a la vista!” Yo solito decidí una batalla frente a Mayagüez y Juan el Terrible… ¡Ese era mi Jefe…! Pues me dijo: “Ñico, tú eres el más bravo de mis bravos. Quiero regalarte mil pesos oro y nombrarte mi segundo”. Yo me rasqué la cabeza y le dije: “Juan, muchas gracias, pero no puedo aceptarle el nombramiento. Ñico no se puede amarrar con una obligación”. —¿Y qué dijo Juan el Terrible? –interrumpíamos sin aliento. —Juan me miró asombrado, escupió cinco veces, para quitarse la mala suerte de una negativa como la mía, y dijo: “Sabe, Ñico, que a otro lo hubiese hecho colgar del palo mayor, pero a ti debo perdonarte. Puedes irte. ¡Te ragalo dos mil pesos oro en vez de mil…!” Y yo me fui, sí, señores. Agarré un bote de vela y fue cuando me vine para Samaná. Y allí… –añadió, bajando la voz y alzando las manos al cielo–, en un islote que nadie conoce, escondí mis morocotas. ¡Je, je, je! Me puse a trabajar y gané más… y más… y llegué a ser el hombre más rico de Samaná, pero como era negro, un blanco gringo me quiso robar… Y entonces fue cuando yo encabecé la revolución del ochenta y ocho. ¡Que ganamos, uay ombe, que ganamos…! —Entonces, fue cuando me metí a contrabandista, el mejor de todos los contrabandistas desde La Habana a la Martinica. Vendía ron, quinina, piedras preciosas… De todo un poco. Un día me apresaron, en la Florida, pero escapé y trabajé de pescador en el Golfo de México. Adquirí miles de perlas, que luego vendí a precios fabulosos en Nueva Orleans… Y el negro Ñico, flexuoso y elástico, hablaba de todas sus hazañas, hazañas en las que él era el único vencedor. ¡Gran Ñico inolvidable! Una noche nos dijo mamá que regresábamos a casa. Ivonne comenzó a saborear la idea de volver a sus muñecas y sus amiguitas, al parque de la capital, los bombones, los autos, pero yo no pude dormir, febril y preocupado. Irme de Santiago, ¡cuando ya era coronel de
243

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS

mi pandilla! ¡Dejar a Ñico y sus cuentos! ¡Y lloré sobre mi almohada!, lloré con desconsuelo al comprender que se terminaban los veinte días más felices de mi vida. Por la mañana nos despertaron muy tempranito, mamá Teresa nos acicaló con cuidado y nos atiborró de dulces y golosinas; mi tío Miguel Ángel hasta me regaló un frasquito, lleno de un líquido verde, que siempre ambicioné poseer. Mas nada de eso me consolaba. Cuando llegó el supremo momento de la despedida, se me aguaron los ojos y busqué en mi derredor… ¿Dónde estaba el negro Ñico? ¡Ah! Al arrancar el auto con mi madre, mi hermana y yo, el viejo negro, jinete en su arisco Colasín, apareció a la vuelta de una esquina, alzó su mano diestra en un saludo rítmico y gritó: —¡Adiós, mi comandante, adiós…! Han pasado muchos años. Yo nunca volví a ver a Ñico ni a escuchar sus sabrosas historietas. Cuando la vida me enseñó lo que es verdad y es mentira, hubo en mí cierta rebeldía al pensar en Ñico. ¿Ñico embustero? ¡No! Ese negro bueno, ese negro de gran imaginación, no fue nunca un embustero. Aunque mi tío Miguel Ángel o mi hermana Ivonne ni siquiera lo recuerden, yo sé que el negro Ñico está en el cielo, esperándome impaciente con nuevas historias y quizás… –¿por qué no?– dispuesto a saludarme, a mi llegada, con un estentóreo: —¡Salve, mi comandante José Mariano, salve…!

El feo
El mayor enemigo de Cándido era el espejo. Nunca quiso, compasivamente, cambiar su nariz de albóndiga, sus cejas tupidas como bigotes, su mentón prognático, sus ojos tan pequeños que costaba trabajo encontrarlos en la cara repelente. Pero el espejo también había sido, en la vida de Cándido, un enemigo silencioso, con quien se podía conversar de todos los temores y las ansiedades, a quien se podía hacer confidencias, el único que jamás respondió con evasivas o estalló en carcajadas ante su grotesca cara de payaso. Y el espejo, para Cándido, fue el único leal compañero en los años de soledad y de desesperación. Cándido era viejo ya. Sus memorias, pocas y estrechas, podían guardarse en un solo bolsillo del corazón. Su miedo, tu timidez, sus vacilaciones, habían llegado a los cincuenta años como cachorros cansados de jugar a solas. Y su ansia de amar seguía en Cándido como un animal enjaulado, ansioso de salir a la luz del sol. Porque Cándido no conocía el amor. Tenía leídos muchos libros y registrados muchos suspiros, recordaba noches de insomnio y mañanas vacías, mañanas sin besos y sin palabras de mujer, pero el amor siempre estuvo en la mesa de al lado, siempre pasó por la acera de enfrente, o se sentó en la butaca de atrás, o se entró en la puerta de la casa que no era la suya. Por eso la vida de Cándido no era una vida digna de contarse y él no se atrevió jamás a compararla con otras vidas que pasaron a su lado. Era la suya una vida pequeña y apagada, una vida casi dolorosa, casi desesperada. La recibió del vientre de su madre y cuando ella lo dejó huérfano, Cándido quiso encontrar en su padre aquello que no podía definir, aquello que no se reía de su nariz ni de su cara, aquello que abría los brazos o bajaba hasta su frente y suspiraba, aquello que debía ser la bondad. Pero su padre huyó de él avergonzado. Como era hombre, consideró a Cándido un engaño o un castigo, nunca como a un hijo. Y Cándido vivió solo, únicamente acompañado por su fealdad.
244

J. M. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO

Cándido era profesor. En las aulas su talento, un talento construido con el tesón y el tiempo necesarios para derribar al más viejo de los árboles, era respetado y temido. Durante sus clases nadie podía reír del feo, porque el feo sabía más que todos los alumnos hermosos o las alumnas bellas. Y así navegaba Cándido su existencia, un viejo y renqueante remolcador, carcomido por aguas que de seguro terminarían un día en el olvidado puerto de la muerte. Hasta que una tarde, a Cándido se le ocurrió sentarse en un banco del parque que circundaba la universidad y dar de comer a las palomas. Oscurecía. Platos de sombras rellenaban el mantel del cielo y en las casas de la ciudad los hombres se lavaban de sus encuentros con el odio, la ambición o la maledicencia de otros hombres. La mujer que caminaba por el parque era bella, con la misma belleza que Cándido había idealizado, con la belleza de los cuadros que colgaban en las paredes de su casa. Cándido se estremeció cuando la desconocida tomó asiento al lado suyo, en el banco rodeado de palomas hambrientas. Cándido esperó. Sabía que ella, en el reojo de sus ojos zarcos, miraría hacia él y reiría, con la risa que todas las mujeres siempre regalaban al feo. Sabía también que una vez constatada, su fealdad la ahuyentaría y la vería marchar parque abajo, sin comprender que aquel hombrecillo sólo pedía unas palabras de misericordia o un saludo, un simple saludo que abarcara el tiempo, las palomas, el atardecer, un saludo que sin entrar en la amistad tocara siquiera el conocimiento. Pero no ocurrió así. Ella lo miró y lo remiró. Luego le dio las buenas tardes. Cándido, al contestarles temblaba como quien se zambulle en el mar por la primera vez. Y habló con la mujer. Sus palabras tropezaban, llegaban cojeando, pero salieron de su boca como chiquillos en vacaciones. —Me gusta el parque, me gustan los árboles, el rumor de las cascadas, el silbato de los guardas, las niñeras que se besan bajo los cedros, el ciclista que pedalea, el jinete y su arte difícil, hoy desusado… Cándido calló. Aun queriendo continuar, tuvo el valor de cerrar los labios y esperar que ella dijera algo a cambio. Como era su primer diálogo con una mujer en el parque, Cándido se sentía más feo que nunca, como si tal cosa fuese posible. —¿Usted es poeta? –preguntó ella. —No –le dijo Cándido–, no he podido hacer versos. Esa clase de belleza nunca pudo tocarme. Se sentía repentinamente fuerte y desafiador. Si aquella mujer, quizás por equivocación, llegó para romper su círculo de soledad, él podía provocarla, restregándole la amargura en la cara, por si quería irse ya y dejarlo tranquilo, dejarlo con su nariz de albóndiga y sus años cansados. —Sin embargo –contestó la mujer, derribando un poco la altivez de Cándido–, da usted de comer a las palomas. ¡Y las palomas son tan amigas mías! —Y mías –admitió Cándido–, ellas me conocen, ellas no me tienen miedo. La mujer sonrió con una sonrisa gastada y tranquila. Luego metió la mano en su bolso y sacó migas de pan, que regó por el césped. Cándido se agarraba a su paraguas, hacía girar su sombrero hongo en las manos, miraba al cielo, a uno que otro árbol. —¿No será que las palomas han querido reunirnos? –preguntó ella–. ¿No querrán presentarnos en esta tarde? ¡Hace tanto frío!
245

como las fisuras de una pared mal encalada. ¡Un beso! ¿Por qué no conseguir un solo beso de aquella mujer que no amaba a nadie? Él jamás había besado. Y mientras ella hablaba. su pecho se expandió sosegadamente. Cándido y Rosalía conversaron en el banco del parque durante muchas horas. cejas como bigotes y ojos pequeñitos. ¡El beso de una mujer! Se estremecía de pensar que con sólo inclinarse. mi madre no quería dejarme venir al parque ni dar de comer a las palomas. Las palomas se habían ido. detrás de la nuca tersa y llena de lunares. casi mordida en un gesto de impotencia y de desesperación. le pediría un beso. El río continuaba corriendo hacia el mar. con sus hombres apresurados y sus mujeres que reían. Todavía no tuvo el coraje ni el valor de confesar. Y el espejo del cuarto de Cándido no podría imaginarse que el feo. —No. ofreció uno. y su boca. las palomas son mis compañeras. aunque ella se levantara y. con una conversación tumultuosa. porque los besos colocados en las mejillas de su madre habían sido regalos. por intrascendentes. pasase lo que pasase. que casi era un hombre normal. murmurando en las riberas. La noche vino a ellos repentinamente y en el parque las farolas perforaron un poco la neblina. transparentes. sin mentón prognático. sin despedirse. en el horizonte. en esa noche. Los niños y sus niñeras de seguro dormían. con el pelo recogido en un moño. que ella no aceptó. con sus migas de pan en los picos. ¡Cómo gustaría de llevármelas a casa y darles todo el dinero que mamá me dejó! —Hágalo usted. Todavía estaba lejos la ciudad. donde sólo los cerezos y los sauces podían hablar. 246 . se marchara para siempre del banco del parque. era el más feliz de los hombres. —¿En qué piensa usted? –preguntó ella. por sorpresa. El policía examinó su uniforme y continuó su ronda. que nos consume. se le quedó apretada. borraban en Cándido todo recuerdo de amarguras. Su fealdad también se había marchado. En el parque se sienten mejor. que nos arropa. discutía con su corazón el lugar exacto dónde poner sus labios. ¿Le gusta mi nombre? Cándido gustó de él y sintió que le gustaba su dueña. amigo mío. podía poner sus labios calientes en la cara de Rosalía y conseguir un beso. rumbo a las ramas de los sauces. con las manos de uñas largas y con venas azules. repleta de dientes ennegrecidos. sería hermoso –admitió Cándido. —No podría. mi casa es pequeña. —Rosalía –contestó–. el amor es una nube que cubre el mundo en que vivimos. cerrar los ojos y darle gracias a Dios. Cándido medía el rostro ovalado.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Cándido y la mujer se acercaban. Aunque ella se volviese y le quemase con un bofetón. Para mí el amor es un sentimiento que no puede darse a nadie. Cándido se sintió egoísta y ambicioso. En otra ocasión. donde sólo las palomas gobernaban y los hombres todavía eran desconocidos. Sí. ¡Nos conocemos tan poco! Pero ella no se fue. Además. Al inhalar la primera bocanada. desde que ella murió. sacó un cigarrillo. —Yo nunca he amado –le confesó Rosalía–. con el día muerto. como adivinara. —Cuando yo era niña –dijo ella–. Por eso. las palomas gozan más en libertad. hablándose de cosas que. Cándido se abrió el sobretodo. con los ojos grandes e inquietos. Le preguntó a ella cómo se llamaba. Sus ojos se replegaron. con su cielo lleno de hollín y sus autos veloces. —¿Querría cenar conmigo? –invitó Cándido. Les parecía que la ciudad se había alejado y que ellos dos solos presidían un mundo silencioso.

Nada dijo. Le puso luego ambas manos en los hombros. ojillos traviesos y garras respetables.J. para que conversemos de todas las cosas que usted conoce mejor que yo. Rosalía? La voz de Cándido se resquebrajaba y era como el ruido de un trueno en mitad de la jungla. Muéstreme. Para mí Sisebuto era algún poeta en quiebra o un filósofo aburrido. debo marcharme. empuñó su paraguas y caminó también hacia su casa. resultó ser un loro de lo más distinguido. caminando por el parque oscuro. cuando mi amigo levantó la voz para imponerme un juicio suyo. M. un beso que quemó la boca del feo como un latigazo. nos verán juntos. Luego. limpiándose de vez en rato sus plumas brillantes. Regáleme unos minutos en las tardes. cruzándose con él. el parque cantaba. Y acercando lentamente su cara a la de él. Es preciso que nadie me vea en el parque a estas horas. Rosalía echó atrás su cabeza y le miró de hito en hito. su talento y su tacto prodigioso de mundano. —Volveré. 247 . depositó en la boca de Cándido un beso. muy bien. Y no me pregunten ustedes por qué sé yo cuando un loro es distinguido o no. Frente a frente. se besó la mano y miró hacia el cielo. gracias…! Pero ella se iba rápidamente de su lado. No sonrió. Rosalía. que no le asusto. alzó sus hombros hasta allí caídos. muy requetebién…! Miré a Sisebuto. Rosalía. Por el contrario. Sisebuto no se mostró parlanchín. a Cándido las piernas le bailaban temblorosas. —¿Volverá usted? ¿Verdad que volverá. —¡Gracias. de verde plumaje. Él la siguió. Sisebuto. como si quisiera probarme que él sabía más que yo: —¡Bien. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —Amigo mío –dijo ella al fin–. Cándido dio un suspiro y se llevó una mano a los labios. No creo que le prestara mucha atención. comentaban: —¡Al fin la agarraron! ¡Pobre loca! ¿Sabes que cada vez que se escapa vuelve al manicomio diciendo que un hombre la ama…? ¡Es Rosalía. ganchudo y fuerte pico. El aire estaba límpido. las palomas parecían regresar a su lado. guiñándome un ojo o balanceándose en su pértiga con prosopopeya y ritmo. no pudo ver a un grupo de gente arremolinado en la calle. Sisebuto asistió a nuestra conversación con bastante decoro. Y las palomas. alargando las palabras. sin embargo. un solo beso suave y tibio. que no soy para usted el feo de quien ríen todos los hombres y las mujeres de la ciudad. Sólo en una ocasión. mi amigo me llevó a su casa y conocí a Sisebuto. amigo mío. miré a mi amigo. la loca romántica! El loro En varias ocasiones mi amigo mencionó a Sisebuto. eso es lo único que le pido. se la tragó la neblina. recamadas con la luz de una farola. Cándido abrochó su sobretodo. volveré al parque. Sisebuto pronunció una frase sonora. Me rasqué la cabeza. A diferencia de otros loros que he conocido. Me agradó Sisebuto. que no se empavorece con mi rostro de payaso. Las bocas estuvieron cerca. en derredor de una ambulancia. sus amigas y mis amigas. Y a la vuelta del sendero. Ni pudo escuchar a dos novios que. Un día. ¿No es eso lo que quiere? —Sí –dijo él–. La mujer se levantó en silencio. entrometido ni quisquilloso. Se hace tarde. Así.

podía cambiar de opinión. le preguntaba por Sisebuto antes de hacerlo por su mujer o sus hijos. Cuantas veces me topaba con mi amigo. Todavía no había salido el sol. —Y Sisebuto –insistí yo con malicia–. —¡De ninguna manera! ¿No te dije que Sisebuto era admirable? Y desde esa tarde. Y al parecer lo era. todavía dormido. escribió novelas y hubo quien lo comparó con Dumas. —No ande de impacientes compadre. yermos y muertos por la zafra. por cierto con muy poca originalidad. —Las cinco –le dijo–. Y me basta que Sisebuto diga “Bien. antes de hacer un negocio o comprar un bien raíz. al rincón de los recuerdos empolvados y telarañosos. “Lo vendieron esa tarde. le consulto. Antes de ir a estrados. Con el pie descalzo trató de zarandear a Quiterio. pregunté yo en otra carta. muy requetemal. en el cielo de nácar. Me tranquilizaba saber que Sisebuto vivía en perfecto estado de salud y envejecía con dignidad y sapiencia. ¿O es que tú creías que la familia del difunto iba a conservar a un loro tan bruto?”. redondo y brillante. Convirtióse en abogado de fama. llegaban a lamer el bohío de Cirilo. me replicó mi amigo poeta a vuelta del correo. —¿No le parece mentira? 248 El machazo . ¿Cómo no asombrarme al leer una tarde en el diario que mi famoso amigo se había pegado un tiro? Escribí a mis conocidos y uno de ellos. Con el tiempo. olvidé un poco a mi amigo y su carrera meteórica. luego en millonario. en mi memorial. loro al fin. ¿sólo sabe decir eso? ¿No te contradice nunca? —¡Jamás!– ¡Jamás! ¡Sisebuto es un loro inteligentísimo! –terminó mi amigo. compró una pistola y se la aplicó. me envió esta carta maravillosa: “Fulano se pegó un tiro. abrió los ojos y miró por la ventana. hay que cobrar y largarnos. muy bien. —¿Cuál es el secreto de tu éxito? –inquirí yo de él. Hay mucho que caminar. muy requetebién…!” para saber que triunfaré. Cuentan que le sometió a Sisebuto un proyecto para terminar de una vez y por todas con las guerras y Sisebuto. se enjuagaron las caras y las bocas. tuvo amantes y hacia él acudieron las cortesanas más lindas y famosas de veinte países. admiré a Sisebuto. muy requetemalísimo…!” Fulano abandonó su casa. ¡Era de esperarse! Llegó a confiar tanto en Sisebuto. En el patio. Los cañaverales. él y Sisebuto pasaron. pues mi amigo fue orador político y arrastró con sus párrafos ditirámbicos a las multitudes. Cirilo se alzó del catre y se restregó los ojos. unas estrellas holgazanas jugaban a amanecer. Quiterio se rascó el cráneo. su compañero. A lo lejos. especuló en la bolsa y sus pujas y repujas pusieron temblequeante al mercado. llegó el momento. —Nos vamos.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¿Se lo enseñaste? –pregunté a mi amigo. —Sisebuto –me dijo–. en la sien derecha…” “¿Y Sisebuto?”. haciendo gárgaras sonoras que asustaron a las gallinas de Juana la negra. dejándole petrificado. Al viajar yo. un muchacho de quien siempre creí que sólo sabía componer sonetos clorofórmicos. le leo mis defensas. dijo: “Muy mal. —¿Qué? –preguntó el otro. Ni amanece… Los dos hombres se vistieron con lentitud. Balzac o Dostoiesky. con agua del pozo. Mi amigo progresó espléndidamente con los años.

Encima de la sabana quemada podíase divisar la fábrica de azúcar. bromeaban. ¿qué importa? ¿No era peor andar por los cañaverales cortando caña? ¿O ya se me olvidó usted del calor y de los alacranes? —No. y nunca pude… Verá… Los pesos que uno se gana no dan… Me llevé a la Petra. Algunos eran negros y no hablaban. —Paul… ¿Todo listo? —Cirilo. tou é bien. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —A mí. —¡Eh. boberías… Ya son nuestros los pesos. —Con la gracia de Dios… —¿Conque se va. Otros hombres se echaban al camino y se emparejaban con ellos. Techo pa la familia está bien… —Toa la vida lo pensé. ya andamos por cuatro. había llegado el día de rehacer el largo camino y volver a su tierra. luego nos casamos. como el grupo de hombres. Quiterio! ¿Qué va a hacer con la plata? —No sé entoavía. —Buen día. Reían.J. para quienes también. dos. de eso no me olvidé. Cirilo y Quiterio se acomodaron debajo de una palmera y comenzaron a roer pedazos de pan que habían traído en el bolsillo. —¿Y no agarró la lengua? A lo mejor el año que viene ya la sabe hablar. se le habían hinchado las aletas de la nariz y el pecho se le arqueaba suavemente. no. Como las puertas de las oficinas todavía estaban cerradas. no saben lo que llevo trabajado cortando caña? Es poca la plata pa tanto sudor… —Boberías. Cirilo. —¿No le dije? Mire qué bien hicimos llegando temprano. Cirilo. rumbo al ingenio. Ellos van de camión y bien lejos. como si él también fuera a cobrar su zafra. —Le haré la casa a la vieja y a los muchachos. con sus narices de hierro llenas de humo. Ante las bodegas los hombres hicieron alto. muy dificile. con el final de la zafra. por el lago Enriquillo. Quiterio. Vientos en caracol soplaron de la costa y el salitre se sintió en las narices. tintineándoles en el cerebro la pequeña fortuna que cobrarían dentro de poco. uté sabe cómo es de religiosa… Vinieron los hijos… Uno. en conversación con las locomotoras pequeñitas que acudían de los cuatro ámbitos del cañaveral. A lo mejor me la guardo. envuelto en una que otra astillita de bagazo huida de las trituradoras. se saludaban. ahora sí que no vamos a andar por los bateyes. Eran los haitianos. Le dominiquén é compliqué. allende la cordillera. Mire. Toño. ¡Va a haber unas colas pa cobrar…! —Aunque las haya. Cuando habló nuevamente. de eso no… —¿Qué va a hacer con la plata? Cirilo entrecerró los ojos y enmudeció unos segundos. M. que no hay día en que no duelan. Cirilo y Quiterio caminaron. Perfume a melao rondaba por la tierra y en las camisas de los hombres. cuadrada y hosca. Paul? —Dificile. tou é bien. compadre. ¿no. Yo me voy hasta mi pueblo na más. Salió el sol y se trepó en el cielo con prisa. —¡Cuatro! 249 . ¿No sabía? —Buena obra. Iban alegres. como los haitianos? —Como ellos no. mientras la polvareda crecía en el camino. ¿usted cree que mis callos y mi espalda.

¿no. 250 . —Ca hombre piensa como Dios se lo enseña. Zanjaron sus cuentas con Juana. por el arroz con habichuelas. veo que no usaste ni un chele. Se estrecharon las manos. replicó: —Vaya usted. y a mí me ha dao brega. No tengo pies pa andar entre matas. por el tabaco y el andullo. compadre. Yo le espero aquí fuera. Se acercaron. se echó el fajo al bolsillo y comenzó a silbar un merengue. hasta luego. Aquí uno consigue un poco más y todo junto. —¿Y por eso se vino al ingenio? —Por eso. dice el refrán. que los otros corearon. ¿nos echamos un trago? Cirilo se pasó la lengua por el paladar. estrallándose los dedos. Ella estaba. La Petra lava ropa y por lo menos los muchachos no pasan hambre. por prestarles lo suficiente para la botellita de ron de los sábados. Cirilo sinvergüenza! ¿Cómo le gustaría que lo viera su mujer? El camino. ¡No entro! Se alzó duramente la mañana en el cielo. —Ciento y treinta. Otros hombres también caminaban. vale? –rezongó Juana. Cirilo dio una nalgada cariñosa en la grupa de Juana. caracoleando los pies como potros que quieren dejar los corrales. frente a la pulpería enguirnaldada. —¿Regresan el año próximo? —Dios dirá. vale. Cirilo contó los billetes cuidadosamente. Y al viajar el dinero a las manos de la negra. —Los cuarenta pa tabaco. Ahora me vuelvo con los trescientos pesos y el bohío se hace. estirado entre los bateyes. quien ya venía detrás. las sonrisas estuvieron con ellos. Pero a veces cuesta darles el pan. vigilante en la puerta. trabajo como burro. Sudando. —Yo. no dan más que pa la comida y los trapos. Juana. Quiterio propuso: —Mientras llega la guagua. Gano. ¿eh. con su rechonchez y sus pechos enormes. —No me diga que tiene miedo. —¿Creía que nos íbamos? Le pago… —Ansí me gusta. —Pué ser. Cirilo pensó en la casa que sus sueños habían construido y no vaciló. trescientos con cuarenta –tronó el pagador. —¡Ah. debajo del sol que ya quemaba. En el cruce. Quien no paga no vuelve. no –afirmó Cirilo–. Ella rió con su batallón de dientes. —¿Y usted? –preguntó a Quiterio. la caña cansa. levantándole. Cirilo se abrió la camisa y se limpió con su pañuelo las gotas de sudor que se le enredaban en las tetillas zahareñas. Ya nos vamos. rumbo a la carretera. que encontró seco y pastoso. ¿pa qué? Cuando contamos los pesos. Lo mío es la cal y la pintura. por darles camas. En el pueblo trabajo más a gusto. Por lavarles la ropa. los fritos y la carne. temblequeando la montaña de sus carnes como en un terremoto. Usted sabe cómo le doy al romito… Los dos amigos desandaron el camino hacia la casa de Juana la negra. vio a los amigos alejarse de la choza de Juana. ¡Esta vez se hace! —¡A cobrar…! ¡A cobrar…! El grito jubiloso recorrió el grupo de hombres. —Pérez. ñato? —Está bueno –sonrió el pagador–. por tenerles de huéspedes durante toda la zafra. Y el turno llegó para Cirilo y Quiterio.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Ellos llegan con el pan debajo del brazo. —Bueno. Cirilo.

La pulpería. invitaba. no me culpe. 251 . La llanura calcinada. ¡Que nos vamos! El otro salió. Como voy al pueblo. el condenao falla y lo que es yo. limpiándose la espuma de la cerveza. Eta mañana etaba bien. ¡Quién sabe! A lo mejor esto no anda más. Bebían. muchos kilómetros hasta el villorrio donde Cirilo había dejado a su mujer. la serranía reverdecida y húmeda. ñato! –rezongó una mulata llena de hijos–. dale que dale a la ropa. no entiendo. como algodón. sus hijos y sus ansias. No se molestó en contestar. las rosas y las azucenas jugando al escondite en la yerba. ¿Va a querer que yo camine? ¿Pa eso paga una los pesos? —Mal. la guagua estaba llegando. compadre.J. vale? –le preguntaron los amigos que entraban a mojar el gaznate. de algarrobos y de pinos. la mojazón podía extenderse como un guaraguao y clavársele en todo el cuerpo? ¿Quién mejor que él para saber lo que era beber. enroscada en la nariz y en el bigote. los cocoteros siempre meciéndose. la diviso en el río. —No hay caso –dijo el chofer. con las margaritas y los claveles. —¡Buenas. —Pobre –aclaró triunfalmente Cirilo–. después de meter su cráneo en el cráneo lleno de cilindros y de tubos y de bloques–. ya llego yo con plata pa acabar ciertas cosas. Mecánico no hay por estos entreveros. —Es lindo tó esto… ¿No? Y lo era. Además. la carretera asfaltada donde una que otra mano amiga quedaba levantada en un saludo y voces mansas se alborozaban al pasar la guagua. Era larga la cosa. mejor era no entrar. —Estaba buenaza. llena de hombres y de mujeres. buenaza le digo… Se encaramaron en el vehículo. —¡Ah. con los cuadrados llaneros de maíz y de plátanos. los bohíos blancos. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —¿Y con este calor usté afuera. Cirilo! ¿A pie? —La guagua no quiso llegar. los arroyuelos jubilosos bajo puentes que la vegetación parecía estar esperando para cubrir amorosamente… —Es lindo. M. él. es la tierra nuestra… Oscurecía cuando se descompuso el motor. —¿Le entra a la casa de que hablaba? –preguntó uno de los campesinos. Cirilo y Quiterio se echaron a la carretera y dejaron atrás la guagua con los berridos de los niños y las protestas de los pasajeros. pagaron el pasaje y comenzó el viaje. El gallego estaba sentado en una mesa con tres hombres. ¡Y la Petra tan cerca! —¡Y mire usted –dijo el gallego– que su mujer está hecha un pimpollo! —¿La vio últimamente? —Casi todos los días. vale. Cirilo. de puertas azules que parecían ojos de gringas. como si hubiesen bebido. ¿Cómo explicarles que si entraba. y de niños que sólo sabían llorar. —¡Quiterio! –gritó–. con sus ruedas amarillas y su techo blanco. Ya ve. que podía terminar una botella de añejo sin pestañear? No. Todos tenían machetes. vale. ¿Uté cree que podemos esperar allí? —Guaite. Tenían sed. con las dos jumiadoras encendidas detrás de las puertas abiertas. ¿Qué hago? Cirilo sacó la mirada hacia el paisaje y dijo: —Estamos a la vuelta de la pulpería del gallego. preñada de ceibos y de mangos.

Cirilo. que no pudo dejar de oír a los dos campesinos. ¡déjeme la cerveza! ¡Bébase un trago de macho! –le dijo Quiterio–. Quiterio no tiene familia. —¿Alguna fiesta? —Ujú. No está bien eso de andar en la tierra. por lo menos en sus efectos. Whiskey es bueno. a cualquier hora. pero la voy a tené. Y al sentirse los billetes. los ingleses inventaron una bebida que les dio un imperio. la letrina pintada del mismo color.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —¡Claro! ¿Pa qué cree que me chupé toa la zafra? —Bueno –cortó el gallego–. ¡Al fin iba a tener casa propia! A la vera del camino se detuvo un auto grande y charolado. compadre? Cirilo se rascó la cabeza con ostensible indecisión. pero él no pudo jamás gastarse sus pocos pesos en beber cosa tan cara. gallego –decía en la otra mesa uno de los señores–. en la capital. Todos se volvieron sonriendo hacia Cirilo. relamiéndose. ¿Una botella? —Si. compadre. Y no bebo ron. colocó todo en la mesa. —¿Es cierto que ellos lo beben sólo con agua. sí. me le ablandan la barriga. Cirilo daba sorbos de su cerveza y pensaba: “¡Si la Petra supiera! ¡Cómo va a gozar ella estos pesos que le traigo! Compraré la madera y el zinc. carajo. Nunca habido whiskey en su vida. y del bueno. ¡Claro que no! 252 . Cuatro hombres vestidos de dril y encorbatados se bajaron de él. —Parecido…. —¡Eh. ¡Qué si cuestan! Y luego me la ponen a Petra gorda. don Carlos. Nuevamente vio la casa. señor. —Oiga. ¿qué va a ser? ¿Ron o cerveza? —Pa mí. señor. Vamos a beber en regla esta noche. También me hacen falta clavos. que la piedra tenemos. ¡No pue sé! Romo no tomo. Y uno de ellos. invitó con malicia: —¿Aceptaría usted un whiskey. ¿No ve que ya casi está en su casa? —Casa no tengo –replicó Cirilo–. el romo –dijo Quiterio. no. aunque lo beba Quiterio. Los hombres se sirvieron y comenzaron a beber. —¿Alguna promesa. por los niños… Esta cerveza sabe sabrosa… Es el calor. gallego! ¿Tienes whiskey? —Buenas noches. Con las muchachitas de hoy hay que tener coraje. Hay que calentar el bocao para llegar bien metido. le subió a los labios una ancha sonrisa. en cualquier parte. ¡Que si no…! El gallego extrajo una botella del vasar. ¿Por qué no aceptar ahora una copita? Una sola no le haría daño. y hielo y soda. Lo que yo digo. el techo pegadito. La cerveza llena demasiado…” —Este whiskey es de calidad. vale? –preguntó uno de los señores de corbata. La pulpería no será como le manda Dios. Sí. Después de abrir la soda. agrupados en su bolsillo como soldados en atención. la guagua todo el día… Cerveza no hace mal… No es como el romo. el jardincito para que los niños no salieran a jugar a la carretera. pa los suelos. sin hielo? –preguntó otro. —Pa mí una cerveza –asintió Cirilo. cal y un poquito de cemento. que me pone raro… La Petra no debe tener más muchachos… Cuestan. El pue bebé lo que quiera. pero surtida lo está. quema si se bebe así. para usted tengo whiskey. Tenía oído relatos de algunos amigos y sabía que no existían muchas diferencias con el ron. aquel a quien el gallego llamara don Carlos. —¡Caro! Pero en este clima. Hoy no bebo. hielo de la nevera y vasos.

los hombres. 253 . ¿Qué mal había? Estaba cerca de la Petra. El fajo de billetes se replegó sobre la mesa. el algarrobo y los mangos. Los sueños no podían dejarse desparramados. Dentro de la niebla que cubría su cerebro. En la noche llena de jumiadoras y luna. como una araña dispuesta a luchar. Sintió que entraba un río caliente por la garganta y bajaba hasta la última cueva de su vientre. ¡Si todo el mundo bebiera whiskey! ¡Qué ricos serían los pulperos! Cirilo miró su vaso. y dejó de calcular. su dinero dormía intacto en la hondura del bolsillo. M. los niños jugando sobre el suelo de cemento. la verdad. ¡Beba! El segundo vaso aflojó los resortes más íntimos de Cirilo. El whiskey traía buena ganancia. Sí. que no lo he probao. La borrachera se les entregaba. o perdidos. —Pues beba. La pulpería quedó silenciosa. Y Cirilo lo llevó lentamente hacia los labios. déjese de bullas. Un sorbo. Alguien cantaba: “General Bimbín. él llevaba muchos meses sin gozarse unos tragos. rumbo al mar. Cirilo apuró otro trago. El campesino tenía en el rostro muchos árboles encrespados. que tanto te ha costado ganar? Se acabaron las pautas y las advertencias. haciéndole compañía. —Hombre –replicó don Carlos–. la pulpería brillaba como una luciérnaga y las voces roncas de los borrachos asustaban a los sapos en el río. El gallego calculaba en su cabezota las cuatro botellas. compadre. que lo pago yo –ordenó Cirilo. —Cortesía. —Entonces. El whiskey cuesta mucho… De todos modos. no es para tanto. Y después las cinco botellas. El gallego. la Petra por el patio. No. otro sorbito. ¡Tú. perdidos en el tiempo. ofrece a los muchachos de nuestra botella! El pulpero corrió a complacerles. me das un placer y bebo a tu salud. SANZ LAJARA  |  EL CANDADO —La verdad –contestó–. Los sueños de Cirilo. ¿Pero no crees que es mejor guardar tus pesos. don Carlos –dijo Cirilo– es ley de esta tierra. ¡He dicho que les pago una botella y la pago! Nadie contradijo. El gallego puso ante los bebedores la otra botella. como mujer a precio. gallego. sus sueños eran suyos y debían estar a su lado. Pero como la niebla alejaba aquella casa y él no podía ver bien las caras de la Petra y de los niños. Los tragos pasaban ahora como escopetazos. —Un merengue. gracias. don Carlos. —¡Un merengue! –interrumpió Quiterio. Quiterio. la próxima botella la pago yo. en pugna con su baba. —¡Mucho! –y Cirilo se relamió disimuladamente. ven –le dijeron–. Cirilo pudo a ratos ver la casa con el techo de zinc. Los hombres entraron en la selva de sueños y desgajaron los árboles de la vacilación. —Don Carlos –se oyó decir a Cirilo con una voz que caminaba firme y segura–. El gallego lo había llenado hasta la mitad con el líquido amarillo. ya se está creyendo que toítas son suyas”. —¡Guaite con el compadre! ¡Bebe con autoridad! –decía Quiterio. Hoy tengo plata… —Muchacho –aclaró el hacendado–. Le agradó aquello. —Así no –desafió Cirilo–. “¡Esto es buenazo!” pensó Cirilo. “¡Buenazo de verdad!” —¿Le gusta? –preguntó don Carlos. comenzaron a clavársele en el corazón. que hoy pago yo.J. todos miraron a Cirilo. había que darse gustos de hombre.

El sabor en las bocas roía piedras. —¡Gallego! ¡Gallego…! El pulpero levantó la cabeza. ¿Me oye? En la cabeza de Cirilo se abrían círculos que llegaban a mojar una casa y un piso y un patio. El auto arrancó. Como era domingo. doblado en su silla como una interrogación. compadre? —Me duele la cabeza. ¿Es que no le duele la cabeza? Cirilo no respondió. —¿Qué pasa. ¿por qué no bebe con más coraje? —Mira. El piso no se estaba quieto. Me voy. la pulpería estaba callada. Las yaguazas se lavaban bajo los sauces. —Mire. pero tú deberías irte ya para casa. Cirilo y la niebla 254 . —¿Tiene miedo? –preguntó la arrogancia de Cirilo. ¿Qué hora é? Regresaban vacilantemente del abismo. Los ojos eran dos pozos bermejos. —¡Pues váyase! Buen viaje… —Cirilo. Llovería. Nos vamos. Pero los círculos volvían. yo voy a seguí… Los hombres de corbata se iban. don Carlos –dijo. pero todavía no lograban sujetarse a las raíces cruzadas ante ellos. ayudado por su tambaleo–. El cielo estaba color de cofre. —¿Miedo? ¡No. Cirilo –y el hacendado se rascó la cabeza–. en busca de más whiskey. —Usted no me lleva. que se relamía. la carretera no tenía ruidos. antes de seguir viaje. Las mesas se habían vaciado de hombres. no! —Entonces. y los ojos estaban helados–. ¡qué bebedera! Se irguieron. “Me desprecia –pensó Cirilo–. Quiterio suspiró. Como si me picasen las avispas. Don Carlos suspiró y dio las gracias. Los ojos lagañosos se inventaban cucarachas. No está bien que tires el dinero así. nosotros debemos proseguir viaje. me gusta emborracharme y no me tiembla el pulso para hacer cualquier locura. abrió la puerta de la pulpería y se fue tropezando. sin luz. —Yo no aguanto más –intervino Quiterio–. Con las manos aferradas al vaso. Gallego. carretera adelante. El dinero de Cirilo se hizo un charquito verde ante los ojos del gallego. o pone la botella aquí –y Cirilo golpeó la mesa– o Dios sabe lo que va a pasá. El ábrego inclinaba de vez en cuando las palmeras y un puerco cebado husmeaba a la vera del camino. ridiez? —Otra botella. apuraba rápidamente un trago más.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Bueno. ¿uté se volvió loco? Ahora resulta que se lo quié bebé todito. —Cirilo. El gallego había vuelto a roncar en el mostrador. llegada desde el bosque de sus sueños. ¡venga otra! Cuando amaneció. —¿Qué fue. hijo. —¡No! Se van a matar. —¡Cirilo…! Era Quiterio. —Déjese de avispas. El dinero de don Carlos se levantó en las manos de Cirilo y regresó al bolsillo de su dueño. me voy ahoritica. dormitando sobre sus manos callosas. Cirilo –se levantó don Carlos. Cirilo gritaba: —¡Se jueron! Vamo a bebé sin pepillos. el blanquito no quié bebé conmigo”. El gallego roncaba. ¿Quieres que pague todo esto y te lleve? No me cuesta nada retroceder un poco. compadre.

Cirilo llevó un último vaso a la boca. su Petra lo esperaba. gallego! —Oiga. Desafió anoche a don Carlos. ¡El dinero pa mi casa. Como era domingo… —¡Dios! ¡Diooos…! Fue un grito alargado y rabioso. Las moscas runruneaban en derredor de ellos. Pero Cirilo dio la espalda a Petra y los hijos y mientras caminaba por la carretera. El dolor de cabeza viviría para siempre en su cráneo. no dejó pagar a nadie en la pulpería. Y con lástima y desprecio le dijo: —No me venga con lagrimeos. de regreso al ingenio. no le dejó pagar. Cirilo. por si en él dormía alguna culebra. y es bueno que lo recuerde. oculto detrás de las palmeras y los mangos. 255 . SANZ LAJARA  |  EL CANDADO llenaban la pulpería. La Petra podrá dormir tranquila. Bebió. con un frío que le calaba los huesos. Las culebras se le enredaban en la garganta. que le regó el mentón. sin alacranes y culebras debajo de la hamaca. ¡qué sé yo! Y no se me haga el incrédulo. El corazón de Cirilo ida delante. Cirilo dio un portazo y se paró a la vera de la carretera.J. —El dinero pa mi casa. pensaba con dificultad: “Haré la casa. casi todas mis provisiones. Mataré todas las culebras. Consumieron diez botellas de whiskey. que estoy harto de oírle gritar lo machazo que es… Los dos hombres quedaron silenciosos. Anoche hubo de todo aquí. a los bateyes y al azúcar. lo jugó a los dados. ¿O es que no se recuerda? —Mi dinero. El pulpero no había vuelto a hablar y le miraba con sus ojos adormecidos. para que las culebras no suban hasta las hamacas. Cirilo miró en dirección del pueblo. —¿Yo? ¿Cuándo tuve fama de mentiroso? –y el español se erizaba ofendido. agarrándose de las sillas. haré la casa. se dirigió hacia la puerta y la abrió. —¡Mi dinero. mis mejores cigarros. —¡Gallego! —¡Gallego! La mano de Cirilo salía del bolsillo horrorizada. —Uté no me va a engañar –dijo Cirilo. Sólo le cobré setenta pesos. gallego… ¿Dónde está? El pulpero recibía en la frente la angustia de Cirilo. A varios centenares de metros. Será toda blanca. En la carretera era domingo. Cirilo? ¿Qué dinero…? El borracho estaba de pie. como un machazo. “¡Virgen de la Altagracia! ¿Soy loco? ¿Qué hice?” La cabeza de Cirilo fue bajando lentamente en el tiempo. Volvió a beber. El aire tibio de la serranía le entró en la nariz. Sí. El sol no podía acompañarles. ¡Sí que la haré!” No se tocó más el bolsillo. Los niños. que es lo que le gusta ser. M. de cal en la pared. En seguida. El campaneo de la iglesia del pueblo no llegaba hasta la pulpería. El resto. Tendrá piso de cemento. Usted está bebiendo desde hace más de quince horas. ¡Soy rico!” Cirilo comenzó a tararear canciones tristes. de seguro jugaban en el río. lo regaló…. “Haré la casa con piso de cemento. que en el pecho de Cirilo mataba a la resignación. Nubes trotonas venían desde muy lejos para observar al borracho. gallego del diablo! ¡Mi dinero! —¿Qué dinero. todavía más abajo.

.

23 cuentos escritos en el exilio apuntes sobre el arte de escribir cuentos y juan bosch .No.

.

De paso diremos que una vez adquirida la técnica. o lo que es lo mismo. Llevar cuenta es ir ceñido al hecho que se computa. mas debe ser indudable. no es cuentista. lo que se escribe puede ser un cuadro.apuntes sobre el arte de escribir cuentos El cuento es un género antiquísimo que a través de los siglos ha tenido y mantenido el favor público. La palabra proviene del latín computus. presentar su obra desde su ángulo individual. No puede olvidar ciertas cantidades o ignorar determinados valores. con signos algebraicos. una escena. convincente para la generalidad de los lectores. una estampa. “Importancia” no quiere decir aquí novedad. subjetivo u objetivo. pero hay sustancia para el cuento si el autobús en que va el niño se vuelca o se quema. con números árabes. Lo primero que debe aclarar una persona que se inclina a escribir cuentos es la intensidad de su vocación. Un niño que va a la escuela no es materia propicia para un cuento. un buen escritor de cuentos tarda años en dominar la técnica del género. pero puede afirmarse que un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia. Nadie que no tenga vocación de cuentista puede llegar a escribir buenos cuentos. ¿Qué es un cuento? La respuesta ha resultado tan difícil que a menudo ha sido soslayada incluso por críticos excelentes. Aprender a discernir dónde hay un tema para cuento es parte esencial de la técnica. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como tema de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo. Lo segundo se refiere al género. o si al llegar a su escuela el niño halla que el maestro está enfermo o el edificio escolar se ha quemado la noche anterior. En realidad los dos géneros son dos cosas 259 I . Su influencia en el desarrollo de la sensibilidad general puede ser muy grande. pero no es un cuento. caso insólito. es la “tekné” de los griegos o. ser “hermético” o “figurativo” como se dice ahora. porque no hay nada de importancia en su viaje diario a las clases. expresarse como él crea que debe hacerlo. Esa técnica es el oficio peculiar con que se trabaja el esqueleto de toda obra de creación. si se quiere. pero tiene que llevar esa cuenta. Si el suceso que forma el meollo del cuento carece de importancia. aplicar su estilo personal. y es inútil tratar de rehuir el significado esencial que late en el origen de los vocablos. el cuentista puede escoger su propio camino. Pero no debe echarse en olvido que el género. reconocido como el más difícil en todos los idiomas. A menos que se trate de un caso excepcional. y por tal razón el cuentista debe sentirse responsable de lo que escribe. y la técnica se adquiere con la práctica más que con estudios. no tolera innovaciones sino de los autores que lo dominan en lo más esencial de su estructura. El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un suceso. la parte de artesanado imprescindible en el bagaje del artista. Cuento quiere decir llevar cuenta de un hecho. como si fuera un maestro de emociones o de ideas. El interés que despierta el cuento puede medirse por los juicios que les merece a críticos. Pero nunca debe olvidarse que el género tiene una técnica y que ésta debe conocerse a fondo. Una persona puede llevar cuenta de algo con números romanos. cuentistas y aficionados. La importancia del hecho es desde luego relativa. acaecimiento singular. Se dice a menudo que el cuento es una novela en síntesis y que la novela requiere más aliento en el que la escribe.

como si ya estuviera el cuento escrito. es el fruto de la voluntad sostenida con que el cuentista trabaja su obra. si no como los personajes de la obra lo determinan con sus hechos. Hay grandes cuentistas. y es una pieza magistral. que no se logra sin disciplina mental y emocional. pues el cuentista necesita ejercer sobre sí mismo una vigilancia constante. de su corta extensión. de manera que con frecuencia una novela no termina como el novelista lo había planeado. no lo tiene. El novelista crea caracteres y a menudo sucede que esos caracteres se le rebelan al autor y actúan conforme a sus propias naturalezas. El cuentista debe ver desde el primer momento su material organizado en tema. Esa técnica no implica. Esa voluntad de predominio del cuentista sobre sus personajes es lo que se traduce en tensión y por tanto en intensidad. sino como si estuviera ya elaborado. Un final sorprendente impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento. el cuento tiene que ser obra exclusiva del cuentista. A menudo parece más atrayente tal tema que tal otro. no puede dejarlas libres ni tolerarles rebeliones. Una vez cogido en ese interés el lector está en manos del cuentista y éste no debe soltarlo más. el final sorprendente. al grado que logre dominarla en la misma forma en que el pintor consciente domina la pincelada: la da. lo conducirá sin piedad hacia el destino que previamente le ha trazado. A la deriva. no le permitirá el menor desvío. En su origen. Kipling refiere que para él era más importante lo que tachaba que lo que dejaba. A partir del principio el cuentista debe ser implacable con el sujeto de su obra. ella sola bastaba para despertar el interés de los que rodeaban al relatador de cuentos. Lo fundamental en ella es mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión. No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo. Una novela de esa dimensión puede escribirse en dos meses. Esa corta frase tenía –y tiene aún en la gente del pueblo– un valor de conjuro. de Horacio Quiroga. a menos que se tratara de un paisaje descrito con 260 . no tiene que premeditarla. En el cuento. La manera natural de comenzar un cuento fue siempre el “había una vez” o “érase una vez”. directo o indirecto: el cuento debe comenzar interesando al lector. Seleccionar la materia de un cuento demanda esfuerzo. La intensidad de un cuento no es producto obligado. no se logra en tan corto tiempo. El verdadero cuentista dedica muchas horas de su vida a estudiar la técnica del género. el cuento no empezaba con descripciones de paisajes. el cuento es intenso. Una sola frase aún siendo de tres palabras que no esté lógica y entrañablemente justificada por ese destino manchará el cuento y le quitará esplendor y fuerza. la situación es diferente. que el estilo del autor sea deliberadamente claro u oscuro. Ahora bien. capacidad de concentración y trabajo de análisis. lo cual requiere casi tanta tensión como escribir. Comparar diez páginas de cuento con las doscientas cincuenta de una novela es una ligereza. Fundamentalmente el estado de ánimo del cuentista tiene que ser el mismo para recoger su material que para escribir. que apenas lo usaron. Probablemente es ahí donde se halla la causa de que el género sea tan difícil. como ha dicho alguien. como Antón Chéjov. como se piensa con frecuencia. La diferencia fundamental entre un género y el otro está en la dirección: la novela es extensa. pero el tema debe ser visto no en su estado primitivo. Él es el padre y el dictador de sus criaturas. el cuento debe tener su final natural como debe tener su principio. y es más difícil lograr un buen libro de cuentos que una novela buena.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS distintas. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento. y eso no es fácil. un libro de cuentos que sea bueno y que tenga doscientas cincuenta páginas. la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. Quiroga afirma que un cuento es una flecha disparada hacia un blanco y ya se sabe que la flecha que se desvía no llega al blanco.

Mientras ese estado de ánimo dura. Un cuento que comienza bien casi siempre termina bien. uno por uno. El oficio es la parte formal de la tarea. No adquirieron el oficio a tiempo. con asuntos externos a su experiencia íntima. de la meditación constante. Se halla en el momento apropiado para estudiar los principios en que descansa la profesión de cuentista. un torrente de palabras luminosas se lanza sobre él. por lo menos. La acción se le impone. comenzaba con éste. Ese oficio es necesario para el que cuenta cuentos en un mercado árabe y para el que los escribe en una biblioteca de París. les faltó la capacidad para elaborar. la delicada arquitectura de un cuento. y sin el oficio no podían construir. Nadie nace sabiéndolo. y debe hacerlo sin pérdida de tiempo. de la búsqueda y de la selección saldrá el tema. El buscará aquello que su alma desea. El antiguo “había una vez” o “érase una vez” tiene que ser suplido con algo que tenga su mismo valor de conjuro. Es en la primera frase donde está el hechizo de un buen cuento. Saber comenzar un cuento es tan importante como saber terminarlo.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS escasas palabras para justificar la presencia o la acción del protagonista. El autor queda comprometido consigo mismo a mantener el nivel de su creación a la altura en que la inició. de Quiroga. en la medida en que la obra humana lo es. La búsqueda y la selección del material es una parte importante de la técnica. motivos campesinos o de mar. el cuentista tiene que ir aprendiendo la técnica a fin de imponerse a ese mundo hermoso y desordenado que abruma su mundo interior. pero quien no domine ese lado formal no llegará a ser buen cuentista. No hay manera de conocerlo sin ejercerlo. el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento. Una vez obtenido el material. física o psicológica. El oficio es obra del trabajo asiduo. son inalterables. episodios de hombres del pueblo o de niños. El conocimiento de la técnica le permitirá señorear sobre la embriagante pasión como Yavé sobre el caos. y pintándolo en actividad. Cuentistas de apreciables cualidades para la narración han perdido su don porque mientras tuvieron dentro de sí temas escribieron sin detenerse a estudiar la técnica del cuento y nunca la dominaron. de Kipling. Sólo el que lo domine podrá transformar el cuento. de Sherwood Anderson. Los principios del género. cuando la veta interior se agotó. Aún hoy esa manera de comenzar es buena. Hay una sola manera de empezar un cuento con acierto. debe leer. despertando de golpe el interés del lector. quien fue quizá el más consciente de todos ellos en lo que a la técnica del cuento se refiere. a fin de evitar que el lector se canse. escogerá el que más se avenga con su concepto general de la vida y con el tipo de cuento que se propone escribir. iluminarlo con el toque de su personalidad creadora. aunque en ocasiones un cuentista nato puede producir un buen cuento por adivinación de artista. El cuentista serio estudia y practica sin descanso la entrada del cuento. El cuentista joven debe estudiar con detenimiento la manera en que inician sus cuentos los grandes maestros. sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento. El cuento debe iniciarse con el protagonista en acción. conoce la “tekné” del género. los personajes y sus circunstancias le arrastran. mejorarlo con una nueva modalidad. los primeros párrafos de los mejores cuentos de Maupassant. buscar es seleccionar. Parece que estas dos palabras –búsqueda y selección– implican lo mismo. Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión. de la dedicación apasionada. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de cuentista. sin una debilidad. asuntos de amor o de trabajo. 261 . ella determina el ritmo y la tensión de la pieza. Pero no es así para el cuentista. no importa lo que crean algunos cuentistas noveles. pero acción. En sus primeros tiempos el cuentista crea en estado de somiinconsciencia.

que no interesan al escritor porque nada le dicen a su sensibilidad. ha 262 . como el aviador. limpiarlo de apariencias hasta dejarlo libre de todo cuanto no sea expresión legítima de su sustancia. si nadie debe intervenir en la selección del tema. Pero lo más importante es esto: El que nace con la vocación de cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al servicio de la sociedad. y en el cuento no hay lugar sino para un tema. está fuera de lugar y debe ser aniquilada tan pronto aparezca. Ahora bien. toda palabra que desvíe al autor un milímetro del tema. nadie puede intervenir en ella. Toda palabra que pueda darle categoría de tema a un acto de los que se presentan en esa marcha hacia el tema. Pues cuando el cuentista tiene ante sí un hecho en su ser más auténtico. Hay mucho que decir sobre él. debe ser arrancada de raíz. que estudien concienzudamente el escenario de su cuento. entendida en el sentido de la “tekné” griega. al extremo de que un cuento no debe construirse sobre más de un hecho. tiene el premio en su propia realización. estudiará a conciencia. se halla frente a un verdadero tema. Si encara su vocación con seriedad. Técnica. Otros lo han logrado. su mundo psicológico y el trabajo con que se gana la vida. él es el tema. Cuando el cuentista esconde el hecho a la atención del lector. La primera tarea que el cuentista debe imponerse es la de aprender a distinguir con precisión cuál hecho puede ser tema de un cuento. es esa parte de oficio o artesanado indispensable para construir una obra de arte. El cuentista. lo va sustrayendo frase a frase de la visión de quien lo lee. no levanta vuelo para ir a todas partes y ni siquiera a dos puntos a la vez. El también puede lograrlo. A menudo la gente se acerca a novelistas y cuentistas para contarles cosas que le han sucedido. se afanará por dominar el género. estudiarlo con minuciosidad y responsabilidad. “temas para novelas y cuentos”. que es sin duda muy rebelde. Escribir cuentos es una tarea seria y además hermosa. en forma directa o indirecta. el arte del cuento consiste en situarse frente a un hecho y dirigirse a él resueltamente. II El cuento es un género literario escueto. El hecho es el tema. y para lograrlo tiene que aprender todo lo relativo a su oficio. Habiendo dado con un hecho. toda idea ajena al asunto escogido es yerba mala. y la yerba mala. Ya he dicho que aprender a discernir dónde hay un tema de cuento es parte esencial de la técnica del cuento. sin darles caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho. que no dejará crecer la espiga del cuento con salud. e igual que el aviador se halla forzado a saber con seguridad adonde se dirige antes de poner la mano en las palancas que mueven su máquina. el cuentista puede aproximarse a él como más le plazca. como aconseja el Evangelio. debe saber aislarlo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Esa parte de la tarea es sagradamente personal. Aislado el tema. pero lo mantiene presente en el fondo de la narración y no lo muestra sino sorpresivamente en las cinco o seis palabras finales del cuento. Arte difícil. pero dominable. el personaje y su ambiente. con el lenguaje que le sea habitual o connatural. hay un consejo útil que dar a los cuentistas jóvenes: que estudien el material con minuciosidad y seriedad. y debidamente estudiado desde todos sus ángulos. qué es un cuento y qué debe hacer para escribir buenos cuentos. Ahora bien. Pero en ningún momento perderá de vista que se dirige hacia ese hecho y no a otro punto. todos esos sucesos están subordinados al hecho hacia el cual va el cuentista. La única manera de cumplir con esa obligación es desenvolviendo sus dotes naturales. trabajará.

relatado en términos esencialmente humanos. creerá que ya no hay cortezas y que ha llegado el momento de gustar el anhelado manjar vegetal. el tema no es en verdad el germen del cuento. como en las matemáticas. Por sí solo. Lo que pretende el cuentista es herir la sensibilidad o estimular las ideas del lector. esperará la almendra de la fruta. si su presencia no coincide con la última escena del cuento. Ahora bien. el universo infinito y la materia mensurable existen como reflejo de su ser. Cada vez que comienza a caer una de las cáscaras. la acción interna y secreta del cuento seguirá por debajo de la acción externa y visible. El cuentista avezado sabe que su tarea es llevar al lector hacia ese hecho que ha escogido como tema. el lector. En ese caso la marcha será zigzagueante. La selección del tema es un trabajo serio y hay que acometerlo con seriedad. hay que dirigirse a él a través de sus sentimientos o de su pensamiento. Si el hecho se halla antes de llegar al final. En suma. él seguirá siendo por mucho tiempo el rey de la creación. pero la manera de llegar a él fue recta y la marcha se mantuvo en ritmo apropiado. para él. la línea no podrá ser recta. El cuentista debe ejercitarse en el arte de distinguir con precisión cuándo un tema es apropiado para un cuento. 263 . Hay un oculto sentido matemático en la rigurosidad del cuento. serán cáscaras que al desprenderse irán acercando el fruto a la boca del goloso. y que debe llevarlo sin decirle en qué consiste el hecho. Mucho más importante que el final de sorpresa es mantener en avance continuo la marcha que lo lleva del punto de partida al hecho que ha escogido como tema. sin carácter. lo que el cuentista tendrá al final será una página confusa. en los relatos infantiles de Anderson como en las parábolas de Oscar Wilde. pero no un cuento. por una actividad que en verdad no tiene otra finalidad que conducir al lector hacia el hecho. en el cuento no puede haber confusión de valores. estará oculta por las acciones accesorias. en cuanto al hecho que da el tema. A pesar de la creciente humildad a que lo somete la ciencia. luego. Nada interesa al hombre más que el hombre mismo. En ocasiones resulta útil desviar la atención del lector haciéndolo creer. sin embargo no está en él y ni siquiera ha comenzado a entrar en el círculo de sombras o de luz que separa el hecho del resto del relato. es decir. En las fábulas de Esopo como en los cuentos de Rudyard Kipling. se ha producido un buen cuento. o por lo menos. Todo lo contrario resulta si el cuentista está dirigiéndose hacia dos hechos. Pero los casos en que puede hacer esto sin deformar el curso natural del relato no abundan. El origen de la palabra que define el género está en el vocablo latino computus el mismo que hoy usamos para indicar que llevamos cuenta de algo. El cuento debe ser presentado al lector como un fruto de numerosas cáscaras que van siendo desprendidas a los ojos de un niño goloso. La experiencia íntima del hombre no ha traspasado los límites de su propia esencia. animales. Pues sucede que el cuento comienza a formarse en ese acto. En esta parte de la tarea entra a jugar el don nato del relatador. elementos y objetos tienen alma humana. o por lo menos humanizado. pero se convierte en tal germen precisamente en el momento en que el cuentista lo escoge por tema. cualquier cosa.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS construido el cuento según la mejor tradición del género. De párrafo en párrafo. Hace poco recordaba que cuento quiere decir llevar la cuenta de un hecho. mediante una frase discreta. ¿cómo conviene que sea? Humano. El mejor tema para un cuento será siempre un hecho humano. En cada párrafo. que vive orgánicamente en función de señor supremo de la actividad universal. que el hecho es otro. el lector deberá pensar que ya ha llegado al corazón del tema. en ese instante de la selección del hecho-tema.

De esa especie de hechos está lleno el mundo. aunque se presenten en hombres y mujeres cuyas vidas no traspasan las lindes de lo local. pero también puede estarlo por su ausencia. Un ladronzuelo cogido in fraganti puede dar un cuento excelente si quien lo sorprende robando es un hermano. el heroísmo. el amor. en el de la jungla americana o en el de los iglús esquimales. y aun dentro de él hallar el aspecto útil para desarrollar el cuento. A veces el cuento está determinado por la mecánica misma del hecho. Ahora bien. Aprender a ver un tema. y puede ser también un magnífico cuento si se trata del primer robo del autor y el cuentista sabe presentar el desgarrón psicológico que supone traspasar la barrera que hay entre el mundo normal y el mundo de los delincuentes. el resultado será débil. si en ocasiones esos hechos que nos rodean se presentan en tal forma que bastaría con relatarlos para tener cuentos. Puede ser muy local en su apariencia. son universales en el habitante de las grandes ciudades. otra cosa sucede si el cuentista trabaja conscientemente y organiza su construcción al nivel del tema que elige. Por caso de adivinación. agente de policía. y resulta que hay tres temas distintos. De donde puede colegirse por qué hemos insistido en que el hecho que sirve de tema debe estar libre de apariencias y de todo cuanto no sea expresión legítima de su sustancia. determinan en mucho el curso de la acción. debe ser un hecho humano o que conmueva a los hombres. una vez creados. la crueldad. en el primero. por ejemplo. Antes de sentarse a escribir la primera palabra. La rígida disciplina mental y emocional que el cuentista ejerce sobre sí mismo comienza a actuar en el acto de escoger el tema. En cambio. Todo lo dicho hasta ahora se resume en estas pocas palabras: si bien el cuentista tiene que tomar un hecho y aislarlo de sus apariencias para construir sobre él su obra. saber seleccionarlo. en un cuentista nato de gran poder. la generosidad. en el hambre de la madre. en el desgarrón psicológico. están llenos los días y las horas. y adonde quiera que el cuentista vuelva los ojos hallará hechos que son buenos temas. lo cierto es que comúnmente el cuentista tiene que estudiar el hecho para saber cuál de sus ángulos servirá para un cuento. 264 . Pero en el cuento toda la obra es del cuentista y esa obra está determinada sobre todo por la calidad del tema. por sus motivaciones o por su apariencia formal. y en los tres la captura del joven delincuente es un camino hacia el corazón del hecho-tema. es parte importantísima en el arte de escribir cuentos. El sufrimiento. la avaricia. Lo pintoresco. puede darse un cuento muy bueno sin seguir esta regla. pero ni aún el mismo autor podrá garantizar de antemano qué saldrá de su trabajo cuando ponga la palabra final. En los tres casos el hecho-tema sería distinto. se hallaría en la circunstancia de que el hermano del ladrón es agente de policía. Si esta regla no se sigue. pero debe ser universal en su valor intrínseco. para un artículo de costumbres o para una página de buen humor. en el segundo. en el tercero. el cuentista debe tener una idea precisa de cómo va a desenvolver su obra. no tiene calidad para servir de tema. el sacrificio.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Si el tema no satisface ciertas condiciones. El tema requiere un peso específico que lo haga universal. el cuento será pobre o francamente malo aunque su autor domine a perfección la manera de presentarlo. o si la causa del robo es el hambre de la madre del descuidero. y debe tener categoría universal. positivos o negativos. Pues en estos tres posibles cuentos el tema parece ser la captura del ladronzuelo mientras roba. son valores universales. Los personajes de una novela contribuyen en la redacción del relato por cuanto sus caracteres. no basta para el caso un hecho cualquiera. y muy bueno. en cambio puede serlo.

Cuando los años le agregan grasa a su peso. aflojan sus colmillos o debilitan sus poderosas garras. el lector y el tema tienen un mismo corazón. el uso. el majestuoso tigre se halla condenado a morir de hambre. Pero como cada cuento es un universo en sí mismo. Esas son el bagaje primario del artista. no puede desbordarse ni cumplirse en todas sus posibilidades. músculos. escritor. Pues sucede que en la oculta trama de ese arte difícil que es escribir cuentos. en la tarea de escribir cuentos? Sí. El cuentista debe tener alma de tigre para lanzarse contra el lector. el tigre de la fauna literaria está saltando también sobre el lector. pintor. La diferencia más drástica entre el novelista y el cuentista se halla en que aquel sigue a sus personajes mientras que éste tiene que gobernarlos. el medio de creación de que se sirve es la lengua. músico– las reglas son leyes misteriosas. 265 . si le sobra un kilo de grasa o de carne no podrá garantizar la cacería de sus víctimas. Los personajes de una novela pueden dedicar diez minutos a hablar de un cuadro que no tiene función en la trama de la novela. piel. novelista. y en cada conjunto de reglas hay divisiones: las que dan a una obra su carácter como género. y las que rigen la materia con que se realiza. Al dar su salto asesino hacia el tema. y esas leyes son ineludibles. La acción del cuento está determinada por el tema pero tiene que ser dictatorialmente regida por el cuentista. en arte. El cuento es el tigre de la fauna literaria. en el cuento el tema da la acción. Especialmente en el caso de la lengua. sino únicamente en los términos estrictamente imprescindibles al desenvolvimiento del cuento y entrañablemente vinculados al tema. poeta. la forma. En el caso del autor de cuentos. Se dispara a uno para herir al otro. Del conjunto de reglas hagamos abstracción de las que gobiernan la materia expresiva. III Hay una acepción del vocablo “estilo” que lo identifica con el modo. el tigre está creado para atacar y dominar a las otras bestias de la selva. escritas para él por un senado sagrado que nadie conoce. cuyo mecanismo debe conocer a cabalidad. la manera particular de hacer algo.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Así como en la novela la acción está determinada por los caracteres de sus protagonistas. Según ella. le restan elasticidad en los músculos. en el sentido de modo o forma. que demanda el don creador en quien lo realiza. hagamos desde este momento una distinción precisa: el escritor de cuentos es un artista. es producto de una suma de reglas. y con frecuencia él las domina sin haberlas estudiado a fondo. Cada forma. y para el artista –sea cuentista. en un cuento no debe mencionarse siquiera un cuadro si él no es parte importante en el curso de la acción. colmillos y garras nada más. pero las que gobiernan la materia con que esa obra se realiza resultan determinantes en la manera peculiar de expresarse que tiene el artista. la práctica o la costumbre en la ejecución de ésta o aquella obra implica un conjunto de reglas que debe ser tomado en cuenta a la hora de realizar esa obra. o instinto de tigre para seleccionar el tema y calcular con exactitud a qué distancia está su víctima y con qué fuerza debe precipitarse sobre ella. parece no haber duda de que el escritor nato trae al mundo un conocimiento instintivo de su mecanismo que a menudo resulta sorprendente. ¿Se conoce algún estilo. Unas y otras se mezclan para formar el todo de la obra artística. Huesos. aunque tampoco parece haber duda de que ese don mejora mucho cuando el conocimiento instintivo se lleva a la conciencia por la vía del estudio.

que no tienen intérpretes sino espectadores del orden intelectual. ese es el caso de la escultura. Esto puede parecer una observación estrafalaria. expliqué en esa misma oportunidad que “la importancia del hecho es desde luego relativa. al grado que muchos poemas modernos que nos emocionan no resistirían un análisis del tema que llevan dentro. caso 266 . anotemos de paso que la escultura. Pero en realidad. Por otra parte. y sólo a uno. El cuentista. Desde muy antiguo se sabe que en lo que atañe a la tarea de crearla. La convicción de que el cuento tiene que ceñirse a un hecho. debe tener importancia por sí mismo. en nuestro caso. sobre todo en los últimos tiempos. como el aviador. convincente para la generalidad de los lectores”. No se concibe música sin tema. uno solo. y ese hecho –que es el tema– tiene que ser importante. y el sueño de sus cultivadores es expulsar el tema en ambos géneros. y desde luego mucho más importante que el estilo con que al autor se expresa. Por ahora recordemos que hay un arte en el que tema y forma tienen igual importancia en cualquier época: es la música. la expresión artística se descompone en dos factores fundamentales: tema y forma. Pero en la novela y en el cuento. lo que abandonaron fue su sujeción al tema para entregarse exclusivamente a la forma. Antes dije que “un cuento no puede construirse sobre más de un hecho. No nos hallamos ahora en el caso de investigar si en realidad se produce esa influencia con intensidad decisiva o si todas las artes cambian de estilo a causa de cambios profundos introducidos en la sensibilidad social por otros factores. determinada por el carácter que le imprime al artista la actitud del conglomerado social ante los problemas de su tiempo –de su generación–. dan el sello individual. Volveremos sobre este asunto más tarde. Ellas forman el estilo personal. lo mismo en el Mozart del siglo XVIII que en el Bartok del siglo XX. no por la manera de presentarlo. Aunque estamos hablando del cuento. la marca divina que distingue al artista entre la multitud de sus pares. la pintura y la poesía. e igual que el aviador. el tema musical no podría existir sin la forma que lo expresa. el tema es más importante que la forma. Pero debemos admitir que hay influencias. Esas reglas establecen la forma. el cuento. la pintura y la poesía de hoy se realizan con la vista puesta en la forma más que en el tema. A fin de evitar que el cuentista novel entendiera por hecho de indudable importancia un suceso poco común. La pintura y la escultura abstractas son sólo materia y forma. el modo de producir un cuento. el cuento es el relato de un hecho. nos lleva a tomar nota de que a menudo un cambio en el estilo de ciertos géneros artísticos influye en el estilo de otros. y más adelante decía que “importancia no quiere decir aquí novedad. Quedémonos por ahora con las reglas que confieren carácter a un género dado. Pues en su sentido estricto.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Hagamos abstracción también de las reglas que se refieren a la manera peculiar de expresarse de cada autor. Todavía más: en el cuento el tema importa más que en la novela. dado que precisamente esas artes han escapado a las leyes de la forma al abandonar sus antiguos modos de expresión. se halla forzado a saber con seguridad adonde se dirige antes de poner la mano en las palancas que mueven su máquina”. no levanta vuelo para ir a todas partes y ni siquiera a dos puntos a la vez. mas debe ser indudable. En algunas artes la forma tiene más valor que el tema. La poesía actual se inclina a quedarse sólo con las palabras y la manera de usarlas. La forma es importante en todo arte. es lo que me ha llevado a definir el género como “el relato de un hecho que tiene indudable importancia”. Esta adecuación de tema y forma se explica debido a que la música debe ser interpretada por terceros. La estrecha relación de todas las artes entre sí.

Obsérvese que el novelista sí da caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho central que sirve de tema a su relato. un cuentista lleva a categoría épica el relato de un hecho realizado por hombres y mujeres que no son héroes en el sentido convencional de la palabra. repetimos–. siempre conservará sus características si es el relato de un solo acontecimiento. Hasta ahora se ha tenido la brevedad como una de las leyes fundamentales del cuento. El tiempo del cuento es corto y concentrado. pues el cuento tiene la posibilidad de llegar al nivel épico sin correr el riesgo de meterse en el terreno de la epopeya. si mediante la virtud de describir la acción pura. quien en Ensayo sobre Chéjov. así. acaecimiento singular. y que sin sujetarse a ella no hay cuento de calidad. La mayor importancia del *Debemos esta aguda observación a Thomas Mann. de ambiente más variado. y el que los ejecuta –el héroe– es un artista de la acción. Thomas Mann sintió el aliento épico en algunos cuentos de Chéjov –y sin duda de otros autores–. Pero la brevedad es una consecuencia natural de la esencia misma del género. y alcanzar ese nivel con personajes y ambientes cotidianos. el cuentista tiene el don de crear la atmósfera de la epopeya sin verse obligado a recurrir a los grandes actores del drama histórico y a los episodios en que figuraron. y es la descripción de esos sucesos –a los que podemos calificar de secundarios– y su entrelazamiento con el suceso principal lo que hace de la novela un género de dimensiones mayores. no un requisito de la forma. Por todo esto abrigaba yo un cierto menosprecio (por la obra de Chéjov). de la fuerza genial que logran lo breve y lo suscinto que en su acaso admirable concisión encierran toda la plenitud de la vida y se elevan decididamente a un nivel épico… 267 . Caracas.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS insólito. personajes más numerosos y tiempo más largo que el cuento. en sesenta. si se mantiene como relato de un solo hecho. traducción de Aquilino Duque (en Revista Nacional de Cultura. El cuento puede ser largo. de la narración breve que no exigía la heroica perseveración de años y decenios. en lo que podríamos llamar el poder de expresar la acción sin desvirtuarla con palabras. aunque lo haga en una sola página. pero no dejó constancia de que conociera la causa del aliento. ¿No es esto un privilegio en el mundo del arte? Aunque hayamos dicho que en el cuento el tema importa más que la forma. donde está el secreto de que el cuento pueda elevarse a niveles épicos. marzo-abril de 1960. es casi un milagro que confiere al cuento una categoría artística en verdad extraordinaria.* “El arte del cuento consiste en situarse frente a un hecho y dirigirse a él resueltamente. fuera de las fronteras de la historia y en prosa monda y lironda. Es probable que el cuento largo se desarrolle en el porvenir como el tipo de obra literaria de más difusión. debemos reconocer que hay una forma –en cuanto manera. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como temas de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo”. en ciento diez. La causa está en que la epopeya es el relato de los actos heroicos. en las líneas más puras de la acción. sin acabar de apercibirme de la dimensión interna. y el uso de ese tiempo en función de caldo vital del relato exige del cuentista una capacidad especial para tomar el hecho en su esencia. El cuento es breve porque se halla limitado a relatar un hecho y nada más que uno. sin darles caracteres de hechos a los sucesos que marcan el camino hacia el hecho…” dije antes. págs. y hasta muy largo. sino que podía ser liquidada en unos días o unas semanas por cualquier frívolo del Arte”. así como no las tendrá si se dedica a relatar más de uno. dice que Chéjov había sido para él “un hombre de la forma pequeña. No importa que un cuento esté escrito en cuarenta páginas. Venezuela. 52 y siguientes). Esto se debe a que es el tiempo en que acaece un hecho –uno solo. uso o práctica de hacer algo– para poder expresar la acción pura. Es ahí.

*Alona (Hernán Díaz Arrieta). cómo discutirlo? Ocurre que no son cuentos. que la forma puede ser manejada a capricho por el aspirante a cuentista. pues. tiernos. a veces. son otra cosa: divagaciones. vagos. Los hay que se dirigen a relatar una acción. ni un cuento con forma de novela o de relato histórico. estampas.* Pero sucede que como hemos dicho hace poco. son y pueden ser mil cosas más. de ideas. superan a menudo a sus parientes de antigua prosapia. no son cuentos. Por eso al pan conviene llamarlo pan.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS tema en el género cuento no significa. los hay humorísticos. géneros parecidos pero diferentes? A pesar de la familiaridad de los géneros. ¿cómo podríamos distinguir entre cuento. los hay cuya finalidad es delinear un carácter o destacar el aspecto saliente de una personalidad. en la lengua española –porque no conocemos caso parecido en otros idiomas– se pretenda escribir cuentos que no son cuentos en el orden estricto del vocablo? Un eminente crítico chileno escribió hace algunos años que “junto al cuento tradicional” al cuento “que puede contarse”. La pintura. cuadros. en los cuentistas nuevos de América se advierte una marcada inclinación a la idea de que el cuento debe acumular imágenes literarias sin relación con el tema. 21 de agosto de 1955. relatos. una novela no puede ser escrita con forma de cuento o de historia. otros buscan conmover al lector. no obscurecer o confundir las cosas. 268 . pero que no es ni será cuento. sin más consecuencias. otros ponen de manifiesto problemas sociales. escultura y poesía. medio y fin. sin contornos definidos ni organización rigurosa. y esta actitud de pintores. la forma está implícita en el tipo de cuento que se quiera escribir. sacudiendo su sensibilidad con la presentación de un hecho trágico o dramático. políticos. pero ¿cómo negarlo. y los diez cuentos pueden ser diez obras maestras. que acaso podrá llegar a ser un género literario nuevo. calificaciones y clasificaciones tienen por objeto aclarar y distinguir. los títulos. existen otros que flotan. Diez cuentistas diferentes pueden escribir diez cuentos dramáticos. con diez temas distintos y con diez formas de expresión que no se parezcan entre sí. trozos o momentos de vida. Para el cuento hay una forma. que en los últimos tiempos. escultores y poetas ha influido en la concepción del cuento americano. Se aspira a crear un tipo de cuento –el llamado “cuento abstracto”–. elásticos. retratos imaginarios. Y desde luego. pero. con principio. pues. colectivos o individuales. Santiago de Chile. Si lo fuera. los nombres. un cambio en el estilo de ciertos géneros artísticos se refleja en el estilo de otros. de una extremada delicadeza. Son interesantísimos y. Ahora bien. la que cambia y se ajusta no sólo al tipo de cuento que se escribe sino también a la manera de escribir del cuentista. humorísticos. Y al cuento. ¿Cómo se explica. novela e historia. producto de nuestro agitado y confuso siglo XX. o el cuento de nuestra lengua ha resultado influido por las mismas causas que han determinado el cambio de estilo en pintura. emocionales. insistimos. Las palabras. con abandono del tema. Pero esa forma es la de cada cuento y cada autor. en cada caso el cuentista tiene que ir desenvolviendo el tema en forma apropiada a los fines que persigue. en El Mercurio. no deben llamarse cuentos. escenas. Crónica Literaria. ni una historia como si fuera novela o cuento. el conocido y clásico. tiernos. la escultura y la poesía están dirigiéndose desde hace algún tiempo a la síntesis de materia y forma. ¿cuál es la forma del cuento? En apariencia. cuento”. Por una o por otra razón.

qué calles tomará. física o psicológica. debe moverse al ritmo que imponga el tema –más lento. y por su única virtualidad. Toda palabra que no sea esencial al fin que se ha propuesto el cuentista resta fuerza a la dinámica del cuento y por tanto lo hiere en el centro mismo de su alma. Ese hombre no se parece al que divaga. en el estado de mayor pureza que pueda ser compatible con la tarea de expresarla a través de palabras y con la manera peculiar que tenga cada cuentista de usar su propio léxico. que rigen el alma del género lo mismo cuando los personajes son ficticios que cuando son reales. la frase justa y necesaria es la que dé paso a la acción. La primera ley es la ley de la fluencia constante. Puesto que el cuentista debe ceñir su relato al tratamiento de un solo hecho –y de no ser así no está escribiendo un cuento–. tiene que correr con libertad en el cauce que le haya fijado el cuentista. Un cuento tierno debe ser tierno porque la acción en sí misma tenga cualidad de ternura. no por el valor literario de las imágenes que lo exponen. puede incluso ocultar el hecho que sirve de tema si el cuentista desea sorprendernos con un final inesperado. Pero no puede detenerse. Así. pues. aristócratas. qué vehículo usará. tierno. La acción no puede detenerse jamás. oyendo hablar a dos niños. Por tanto. un cuento dramático lo es debido a la categoría dramática del hecho que le da vida. observando una bella mujer que pasa. En el cuento.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Hay. pero moverse siempre. pasea. No ha salido a ver qué encuentra. humorístico. sin que el cuentista se entrometa en su discurrir buscando impresionar al lector con palabras ajenas al hecho para convencerlo de que el autor ha captado bien la atmósfera del suceso. la profunda. sin embargo. cuando son animales o plantas. admira aquí el estilo impresionista de un pintor y más allá el arte abstracto de otro. sino que sabe lo que busca. De manera intuitiva o consciente. La segunda ley se infiere de lo que acabamos de decir y puede expresarse así: el cuentista debe usar sólo las palabras indispensables para expresar la acción. una forma sustancial. la acción por sí misma. agua o aire. se entretiene mirando flores en un parque. más vivaz–. iguales para el cuento hablado y para el escrito. se mueve de cuadro en cuadro. social. no porque las palabras con que se escribe el relato aspiren a expresar ternura. que no cambian porque el cuento sea dramático trágico. La palabra puede exponer la acción. entra en un museo para matar el tiempo. seres humanos. dirigiéndose sin cesar al fin que persigue el autor. externa o interna. esa forma ha sido cultivada con esmero por todos los maestros del cuento. pero no puede suplantarla. Lleva un propósito conocido. qué le dirá. Miles de frases son incapaces de decir tanto como una acción. la que el lector corriente no aprecia. La acción puede ser objetiva o subjetiva. a pesar de que a ella y sólo a ella se debe que el cuento que está leyendo le mantenga hechizado y atento al curso de la acción que va desarrollándose en el relato o al destino de los personajes que figuran en él. debe correr sin obstáculos y sin meandros. artistas o peones. la acción debe producirse sin estorbos. superficial o profundo. Podemos comparar el cuento con un hombre que sale de su casa a evacuar una diligencia. Antes de salir ha pensado por dónde irá. a quién se dirigirá. no se halla autorizado a desviarse de él con frases que alejen al lector del cauce que sigue la acción. Esa forma tiene dos leyes ineludibles. es lo que forma el cuento. 269 . de ideas. Es en la acción donde está la sustancia del cuento.

el que se ha puesto en acción para alcanzar algo. así la forma del cuento está regida por su naturaleza activa. Caracas. que alcanza a todos los hombres de todas las razas en todos los tiempos. el modelo del cuentista debe ser el primero. También el cuento es un tema en acción para llegar a un punto. 270 .COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Entre esos dos hombres. septiembre de 1958. Y así como los actos del hombre de marras están gobernados por sus necesidades. En la naturaleza activa del cuento reside su poder de atracción.

—¿La calentura? 271 . porque no le veo barriga. que Dio se lo pague. Don Pío salió a la galería y también se detuvo a ver las reses. —Puede quedarse aquí esta noche. —Qué animao ta el becerrito –comentó en voz baja. Al borde de los potreros. Eso es bueno. y hasta hacerse una tisana de cabrita. don –dijo–. Le había salido trabajador y tranquilo aquel hombre. que le temblaba. Cristino se movió allá abajo. sí. La barba escasa parecía ensuciarle el rostro. —¿Usté cree. aquella pinta que se aguaita allá debe haber parío anoche o por la mañana. mientras se cubría de nuevo la cabeza con el viejo sombrero de fieltro negro. y el pelo abundante. Cristino tenía frío y la cabeza empezaba a dolerle. las atenciones de la casa y el cuido de los terneros. —Mucha gracia. que se hacía de madrugada. don Pío –dijo–. y sobre los matorrales. le caía sobre el pescuezo. Si se mejora. Don Pío tendió la vista. todo fulgía bajo el sol. Se trataba de uno que él había curado días antes. vuelva. —Yo fuera a buscarla. si quiere. Cristino tenía tres años trabajando con él. Cristino extendió una mano amarilla. Cristino –oyó decir a don Pío. Don Pío caminó arriba. y don Pío quiso hacerle una última recomendación. —Vea. Bajó lentamente los escalones. Al llegar al último escalón se detuvo un rato y se puso a mirar las vacas y los críos. Usté está muy mal y no puede seguir trabajando. rechoncho. de ojos pequeños y rápidos. perdidas hacia el norte. Desde las lomas de Terrero hasta las de San Francisco. no tenía ni siquiera setos. Quisiera coger el camino ya. Apenas se las distinguía. pero siguió con la vista al animal. —Le voy a dar medio peso para el camino. pero tengo calentura. largo y negro. Cristino. Don Pío había mandado poner tela metálica en todas las puertas y ventanas de la casa. don. don Pío lo llamó y le dijo que iba a hacerle un regalo. —Dése una caminadita y me la arrea. —Ah. pero me toy sintiendo mal. Mucha gracia –oyó responder El sol hervía en cada diminuta hoja de la sabana. las nubes de mosquitos. —Ta bien. pero había enfermado y don Pío no quería mantener gente enferma en su casa. cómo no. Había tenido gusanos en el ombligo y ahora correteaba y saltaba alegremente. Don Pío era bajo. había dos vacas. bien lejos. A la distancia estaban los matorrales que cubrían el paso del arroyo. pero el rancho de los peones no tenía puertas ni ventanas. Le pagaba un peso semanal por el ordeño. en el primer escalón. don.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Los amos Cuando ya Cristino no servía ni para ordeñar una vaca. Cristino se había quitado el sombrero. —Cuando llegue a su casa póngase en cura. —Arrímese pa aquel lao y la verá. pero Cristino conocía una por una todas las reses. de pómulos salientes. Cristino? Yo no la veo bien.

sumida en una especie de letargo. con ganas de llorar pero sin lágrimas para hacerlo. —Eso no hace. ya voy. Esperó un rato. porque fuera de esa choza no tenía una yagua donde ampararse. Don Pío le veía de espaldas. Otra vez rumor de voces. Vestía una camisa de listado sucia y de tela tan delgada que no le abrigaba. Paso a paso. Sentía que el frío iba dominándolo. Con todo ese sol y las piernas temblándole. —Malagradecidos que son. Pío! –comentó con voz cantarina. don –dijo. Herminia –dijo–. Ya estaba negro de tan viejo. Una mujer se deslizó por la galería y se puso junto a don Pío. Mire que esa vaca se me va y puedo perder el becerro. pero comenzó a ponerse de pie. con los ojos ansiosos. Te lo he dicho mil veces. Cristino? Tenía que responder. —Cogió ahora por la vuelta del arroyo –explicó desde la galería don Pío. Cuando creía oír pisadas de bestias se lanzaba a la puerta. que parió anoche. esperó más. deshecha. que ya era apenas una mancha sobre el verde de la sabana. que corría en el fondo del precipicio detrás del bohío. y sabía también que no podía dejarlo. Cristino. En un bohío La mujer no se atrevía a pensar. encorvado para no perder calor. Se volvería inhabitable desde que empezaran las lluvias. Resonaron pisadas arriba y Cristino pensó que don Pío iba a bajar. —¡Qué día tan bonito. Pío –comentó. que hacía gemir los pinos de la subida y los pomares de abajo. el peón empezó a cruzar la sabana. —¿Va a buscármela. Era el viento. y adentro se vivía entre tierra y hollín. Levantaba la frente. como si fuera tropezando. que se alejaba con paso torpe. Hágame el favor. Me ta subiendo. ella lo sabía. pero la lengua le pesaba. El bohío era una miseria.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Unjú. Corrió a la puerta. —No quería ir a buscarme la vaca pinta. Cristino seguía temblando. con los brazos sobre el pecho. el becerrito… —¿Va a traérmela? –insistió la voz. —Ello sí. Cristino. y ella entró a verlo. Uno de los enfermitos llamó. el condenado viento de la loma. Todo aquel sol. y los pies descalzos llenos de polvo. Y ahorita mismo le dí medio peso para el camino. que parecía demandar una explicación. temerosa de que nadie pasara. Señaló hacia Cristino. De nada vale tratarlos bien. Calló medio minuto y miró a la mujer. un poco más: ¡nada! Sólo el camino amarillo y pedregoso. Cristino se sujetaba el pecho con los dos brazos descarnados. voy a dir. ahí enfrente. Se apretaba más los brazos sobre el pecho. o tal vez el río. Ella asintió con la mirada. don –dijo–. Eso asustó a Cristino. Y ambos se quedaron mirando a Cristino. Ya usté está acostumbrado. —Con el sol se le quita. El hombre no contestó. —Sí. 272 . Vaya y tráigamela. Deje que se me pase el frío. después volvía al cuarto y se quedaba allí un rato largo.

La mujer no podía seguir oyendo. mama? Ella no se atrevía a contestar. cayendo día y noche. Había mandado a la hembrita a Naranjal. —¿No era taita. Ahora esperaba. hallaría sólo cruces sembradas frente a los horcones del bohío. Pero Teo se entregó. Teo. mama? —No –negó–. y el agua estuvo cayendo. Iba a derrumbarse. los huevos. se acercaba. pero algo la sostuvo allí. —Yo lo vide. La madre –flaca. la había mandado con media docena de huevos que pudo recoger en nidales del monte para que los cambiara por arroz y sal. no pudieron mantener limpio el conuco ni ir al monte para tumbar los palos que se necesitaban para arreglar los lienzos de palizada que se pudrían. hasta que los torrentes dejaron sólo piedras y barro en el camino y se llevaron pedazos enteros de la palizada y llenaron el conuco de guijarros y el piso de tierra del bohío crió lamas y las yaguas empezaron a pudrirse. como los troncos viejos que se pudren por dentro y caen un día de golpe. si era que algún día salía de la cárcel. tan pequeños. El niño pareció dormitar y la madre se levantó para ver al otro. 273 . una semana. se ponía en el lugar de Teo. Tu taita viene dispués. De pronto vio un sombrero de cana que ascendía y coligió que un hombre subía la loma. ella le miró los ojos y sintió. llena de ansiedad. cayendo. Lo halló tranquilo. Aun en la oscuridad del aposento se le veía la piel lívida. La niña había salido temprano y no volvía. más que comprendió. Esta vez no se engañaba: alguien. allá abajo. Debajo del sombrero apareció un rostro difuso. Salió al alero del bohío. Taba ahí y me trujo un pantalón. pero algo le decía que sus hijos no podrían curarse en tal lugar. y el maíz. sin sosiego alguno. como clavada. aquel condenado temporal. ¿no era taita? ¿No era taita. Miró hacia la subida. Desde que nació había sido callado. Y la madre ojeaba el camino. con los músculos del cuello tensos y los ojos duros. lo que le obligaba a distender las ventanas de la nariz. dos. Sin comprender por qué. ni tablas ni techo. sólo la miraba con sus grandes ojos serenos. Cuando él estuvo en el bohío por última vez –justamente dos días antes de entregarse– todavía el pequeño conuco se veía limpio. pero no se movía ni se quejaba. Pensaba que cuando su marido volviera. el pecho y finalmente el caballo. Cuando el hombre estuvo a pocos pasos. La mujer vio al hombre acercarse y todavía no pensaba en nada. con las sienes hundidas. porque le dijeron que podía probar la propia defensa y que no duraría en la cárcel. un paño sucio en la cabeza y un viejo traje de listado– no podía apreciar ese olor. Le dolía imaginar que Teo llegara y nadie saliera a recibirlo. El cuartucho hedía a tela podrida. y sufría.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —Mama. montando caballo. mama. Sintió pisadas. Era el delirio de la fiebre lo que hacía hablar así a su hijo. ella no pudo seguir trabajando porque enfermó. Era huesos nada más y silbaba al respirar. porque se hallaba acostumbrada. los niños enfermos. Pero mejor era no recordar esas cosas. y los muchachos –la hembrita y los dos niños–. los frijoles y el tabaco se agitaban a la brisa de la loma. y ella no tenía con qué comprarle una medicina. después los hombros. Su primer impulso fue el de entrar. que aquel desconocido estaba deseando algo. Tocaba la frente del niño y la sentía arder. tres. Sentía que le faltaba el aire. —Saludo –había dicho él. y de éste. Había una serie de imágenes vagas pero amargas en la cabeza de la mujer: su hija. Todo eso se borró de golpe a la voz del hombre. El niño cerró los ojos y se puso de lado. a una hora de camino. Después llegó el temporal.

medicinas. —Mama –llamó el niño adentro– ¿No era taita? ¿No tuvo aquí taita? Pasándole la mano por la frente. dentre. Era una mujer flaca y sucia. Se sentía muy cansada y se arrimó a la puerta. recostada contra las tablas del bohío. Ella pensaba: “Medio peso. muerta de vergüenza. desamarrar la jáquima y subir al caballo. La madre sintió que ya no podía más. y si había ido a vender algo. El hombre perdió su recelo y pareció sentir una súbita alegría. con la cabeza metida en el pecho. sin bajar del caballo. Entonces dio la cara al extraño y advirtió que hedía a sudor de caballo. Ardía el sol sobre el caminante y enfrente mugía la brisa. ella dijo: —Ta bien. alguito. Minina? –preguntó la madre. ya vencido el peor momento. después lo siguió mientras él se alejaba. —Déme alguito –insistía ella. que Teo llegaba. La niña estaba allí. respirando sonoramente. tendría dinero. Agarró la jáquina del caballo y se puso a amarrarla al pie del bohío. Serena ya. El hombre la midió con los ojos. —¡Diga pronto! —En el río –dijo la pequeña–. llorando. Tu taita viene dispués. quemada. —Vino la muchacha. Además. con los ojos hinchados. El hombre se le acercó. asomó la cabeza y vio a los niños dormitar. El hombre se tiró del caballo. Se volvió. Era pequeña. El hombre vio que los ojos de la mujer brillaban duramente. ella extendió la mano y suplicó: —Déme algo. Salió a toda prisa. que ardía como hierro al sol. que tenía mirada de loca. huesos y pellejo nada más. también. que los niños no estaban enfermos. que no podía andar. Con los ojos turbios vio al hombre pasarle por el lado. Su mirada debía cortar como una navaja. Entró. y de pronto. ella se quedó respondiendo: —No. La mujer entró. La niña sollozaba y no quería hablar. Había olvidado por completo al hombre. En el puñito tenía todo el arroz que había logrado salvar. Con una angustia que no le cabía en el alma se acercó a la puerta del aposento. más tarde. sintió que se moría. mi muchacha… Váyase –dijo. 274 . deseaba a un hombre. y justamente en ese momento ella sintió sollozos afuera. hecha un haz de nervios. y cuando lo vio tuvo que hacer un esfuerzo para darse cuenta de la situación. arrimada al alero. aquí –afirmó ella. que sin duda estaba sola y que sin duda. Tal vez llevaba comida. El hombre entró preguntando: —¿Aquí? Ella cerró los ojos e indicó que hiciera silencio. jijo. dueña de sí. Seguía llorando. —Yo no más tengo medio peso –aventuró él. y sus ojos no acertaban a fijarse en nada. Y de súbito en esa cabeza atormentada penetró la idea de que ese hombre volvía de La Vega. como los de los muertos. comprendió que era un hombre y que la veía como a mujer.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Sin saber cómo lo hacía. pasando el río… Se mojó el papel y na más quedó esto. medio peso perdío”. La madre perdió la paciencia. —¿Qué te pasó. —Unjú. —Bájese –dijo ella. Tenía ganas de llorar y de estar muerta.

Se había cortado el dedo la tarde anterior. en el dedo grueso de su pie derecho. se le muriera un día. Se trataba de una herida que no alcanzaba la pulgada. con la frente sobre el brazo y la pierna sacudida por temblores–. —No. buscando el fresco de la tierra. Luis Pie sentía a menudo un miedo terrible de que sus hijos no comieran o de que Miguel. podría pasar una carreta o un peón montado que fuera a la fiesta de esa noche. ta sien pacá –afirmó resuelto. Y entonces sintió ganas de llorar. luego a lo largo de todo el Cibao. después en la Josefita. los niños le esperarían hasta que el sueño los aturdiera y se quedarían dormidos allí. a veces pegando el pecho a la tierra. Quería estar seguro de que el mal le había entrado por la herida y no que se debía a obra de algún desconocido que deseaba hacerle daño. al iniciarse la noche. Escudriñó la pequeña cortada. Luis Pie llegó de su tierra meses antes y se puso a trabajar. mas de pronto el instinto le hizo sacudir la cabeza. Pero sí había pasado a distancia un motor. después quiso levantarse y andar. tenía un viejo Ford en el cual iba al batey a emborracharse y a pegarles a las mujeres que llegaban hasta allí. y como iba muy alegre. Cuando volvió a levantar la cabeza ya no se oía el ruido del motor. Allí estaba. a su retorno del trabajo. y el haitiano encendió otro. Un golpe de aire apagó el fósforo. sobre las secas hojas de la caña. golpes internos le sacudían la ingle. —Ah… Pití Mishé ta eperán a mué –dijo con amargura. encendía de noche para que el padre pudiera prepararles con rapidez harina de maíz o les salcochara plátanos. con su trocha medio kilómetro más lejos. Para que no les faltara comida Luis Pie cargó con ellos desde Haití. caminando sin cesar. El haitiano meditó un minuto. Su rostro brillante y sus ojos inteligentes se mostraban angustiados ¿Habría perdido el rumbo debido al dolor o la oscuridad lo confundía? Temía no llegar al camino en toda la noche. el mayor. no ta sien pallá. con sus ojos cargados por la fiebre. Pero de pronto alzó la cabeza: hacia su espalda sonaba algo como un auto. y en ese caso los tres hijitos le esperarían junto a la hoguera que Miguel. como se le murió la mujer. rayó un fósforo y trató de ver la herida. Además de que sentía la pierna endurecida. Luis Pie emprendió el camino. pero estaba llena de lodo. donde tal vez alguien le ayudaría a seguir hacia el batey. Arrastrándose a duras penas. y que don Valentín Quintero. andando a veces a gatas. pití Mishé va a ta esperán to la noche a son per. Don Valentín acababa de pasar por aquella trocha en su estrepitoso Ford.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Luis Pie A eso de las siete la fiebre aturdía al haitiano Luis Pie. Luis Pie pegó la frente al suelo. al pisar un pedazo de hierro viejo mientras tumbaba caña en la colonia Josefita. Si él se perdía. Y siguió arrastrándose. por la zafra. junto a la hoguera consumida. después recorriendo las soleadas carreteras del Este. Lo que debía hacer era buscar el rumbo y avanzar. hasta verse en la región de los centrales de azúcar. primero a través de las lomas. 275 . e ignoraba que detrás estaba otra colonia. Medio ciego por el dolor de la cabeza y la debilidad. que era enfermizo. Luis Pie se sentó en el suelo. en el cruce de la frontera dominicana. y no supo qué responderse. y cuando la alzó de nuevo le pareció que había transcurrido mucho tiempo. en busca de unos pesos. primero en la Colonia Carolina. la Gloria. pero el dolor había aumentado a tal grado que no podía mover la pierna. el dueño de la Gloria. Necesariamente debía salir al camino. —Oh Bonyé! –gimió Luis Pie. Esto ocurría el sábado. Hubiera querido quedarse allí descansando. a lo que se negó porque temía entregarse a la debilidad.

—¡Bonyé. que por un instante perdió la voz y el conocimiento. —¡Bonyé. Dando la mayor amplitud posible a su voz. gritó estentóreamente: —¡Dominiquén bon. que está cogío! ¡Corran. un salvador. Se puso de rodillas y se preguntaba qué era aquello. muchos de ellos a pie y la mayoría armado de mochas. 276 . Pegado a la tierra. El haitiano temió que iba a quedar cercado. pero sin saber verdad qué hacía. Disparando ruidosamente el Ford se perdió en dirección del batey para llegar allá antes de que Luis Pie hubiera avanzado trescientos metros. Echándose sobre las cañas. envueltas en un humo negro que iba cubriendo todo el lugar. pues a su frente. Tal vez esa distancia había logrado arrastrase el haitiano. ¡pero qué hembra! Y en ese momento lanzó el fósforo. buscó con los ojos la presencia de esos dominicanos generosos que iban a sacarlo del infierno de llamas en que se hallaba. Bonyé –clamó casi llorando–. irrumpiendo por entre las cañas. Quienquiera que fuera. las llamas avanzaban ávidamente. Rápidamente levantó la cabeza. don Valentín dijo: —Esa Lucía es una sinvergüenza. La voz decía: —¡Por aquí. Sin embargo siguió moviéndose.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS pensando en la fiesta de esa noche. Trataba de llegar a la orilla del corte de la caña. —¡Aquí está. Luis Pie lo reconoció así y se preparó a lo peor. Golpeando en la espalda al chofer. Luis Pie se incorporó y corrió. Volvió a pararse al tiempo que miraba hacia el cielo y mascullaba: —Oh Bonyé. ayuda a mué. que el auto pasaba junto al cañaveral. los tallos disparaban sin cesar y por momentos el fuego se producía en explosiones y ascendía a golpes hasta perderse en la altura. dando saltos. Aplicó el oído para saber en qué dirección estaban sus presuntos salvadores. tú salva a mué de murí quemá! ¡Iba a salvarlo el buen Dios de los desgraciados! Su instinto le hizo agudizar todos los sentidos. con sus ojos desorbitados por el pavor. como si tuvieran vida. dominiquén bon! Entonces oyó que alguien vociferaba desde el otro lado del cañaveral. Se levantó y pretendió correr a saltos sobre una sola pierna. y más alto aún: —¡Bonyéeee! Gritó de tal manera y llegó a tanto su terror. aquí ta mué. veía crecer el fuego cuando le pareció oír tropel de caballos. hasta que tropezó y cayó de bruces. iba con la esperanza de salir a la trocha cuando notó el resplandor. fuera de sí. por aquí! ¡Corran. Mas el fuego se extendía con demasiada rapidez para que Luis Pie no supiera de qué se trataba. iluminando el lugar con un tono rojizo. La esperanza le embriagó. cuando encendió el tabaco. que cayó encendido entre las cañas. Lui Pié! ¡Salva a mué. gran Bonyé. no tomó en cuenta. gran Bonyé que ta ayudán a mué… En ese mismo instante la alegría le cortó el habla. tratando de escapar. que se puede ir! Olvidándose de su fiebre y de su pierna. corran! –demandó el hombre dirigiéndose a los que le seguían. sí señor. voces de mando y tiros. Todos gritaban insultos y se lanzaban sobre Luis Pie. el enemigo que le había echado el mal se valió de fuerzas poderosas. Luis Pie se quedó inmóvil del asombro. porque sabía que el corte empieza siempre junto a una trocha. Quiso huir. Inmediatamente aparecieron diez o doce. Iba cojeando. Al principio no comprendió. Pero le pareció que nada podría salvarle. Pero de pronto oyó chasquidos y una llamarada gigantesca se levantó inesperadamente hacia el cielo. jamás había visto él un incendio en el cañaveral. acababa de aparecer un hombre a caballo. Bonyé! –empezó a aullar.

no! –ordenaba alguien que corría–. Luis Pie. pero no lo maten! ¡Hay que dejarlo vivo para que diga quienes son sus cómplices! ¡Le han pegado fuego también a la Gloria. mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. todo el mundo vio el resplandor del interés en sus ojos. alzaba los brazos y pedía perdón por un daño que no había hecho. que tendría seis años y que presenciaba la escena llorando amargamente. a golpes y empujones. asombrado de que sus hijos no se hallaran bajo el poder de las tenebrosas fuerzas que le perseguían. —¡Levántate. La primera arremetida de la infección había pasado. Después siguieron otros. y Luis Pie. no iba a luchar contra ellas porque sabía que era inútil. mon per! Y se quedó inmóvil. una voz llena de angustia y de ternura. to nosotro ta bien. Todavía cojeaba bastante cuando dos soldados lo echaron por delante y lo sacaron al camino. donde la gente se agolpó para verlo pasar. dijo entre su llanto. La gente que se agrupaba alrededor de Luis Pie era ya mucha y pareció dudar entre seguirlo o detenerse para ver a los niños. Aunque la luz era escasa todo el mundo vio a Luis Pie cuando su rostro pasó de aquella impresión de vencido a la de atención. –afirmaba el haitiano. y el acero resonó largamente. Se le veía que no podía ya más. perro! –ordenó un soldado. Con gran asombro suyo. mon pití Mishé! ¿Tú no ta enferme. sin mover un músculo. aunque a veces le era imposible sufrir el dolor en la ingle. per. arrastrando su pierna enferma. y que se achicharre con la candela ese maldito haitiano! –se oyó vociferar. pero él lo ignoraba. —¡Oh Bonyé. que apenas entendía el idioma. salva a mué. que estaba exhausto y a punto de caer desfallecido.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —¡Hay que matarlo ahí mismo. que temía a esas fuerzas ocultas. gimiendo. y él fue el primero en dar el ejemplo. después. Tardó una hora en llegar al batey. El grupo se acercaba a un miserable bohío de yaguas paradas. Después abatió la cabeza. —¡Canalla. haciendo saltar la sangre. le había echado encima a todos los terribles dioses de Haití. mon pití? ¿Tú ta bien? El mayor de los niños. El que así gritaba era don Valentín Quintero. tú sé gran! –clamó volviendo al cielo una honda mirada de gratitud. estaban tres niños desnudos que contemplaban la escena sin moverse y sin decir una palabra. Le pegó al haitiano en la nariz. con la ropa desgarrada y una pierna a rastras. bandolero. destacados por una hoguera que iluminaba adentro la vivienda. Luis Pie. mientras Luis Pie. pegó la barbilla al pecho para que no lo vieran llorar. Su poderoso enemigo acabaría con él. confiesa que prendiste candela! —Uí. salva a mué pa llevá manyé a mon pití! Una mocha cayó de plano en su cabeza. no pudo contener sus palabras. se alzó en medio del silencio diciendo: —¡Pití Mishé. Puesto de rodillas. ¿Qué había ocurrido? Luis Pie no lo comprendía. uí. y empezó a caminar de nuevo. —¿Qué ta pasán? –preguntó Luis Pie lleno de miedo. yo ta bien. rogaba enternecido: —¡Ah dominiquén bon. ¡Denle golpe. Le encontraron en los bolsillos una caja con cuatro o cinco fósforos. Pero como no sabía explicarse en español no podía decir que había encendido dos fósforos para verse la herida y que el viento los había apagado. Era tal el momento que nadie habló. el haitiano se sintió capaz de levantarse. pero como no tardó en comprender que el espectáculo 277 . ¡No. hablando bien alto: —¡Sí. debió seguir sin detenerse. Y de pronto la voz de Luis Pie. en el que apenas cabía un hombre y en cuya puerta. Iba echando sangre por la cabeza.

Empezaba a sentirse tranquilo Encarnación Mendoza. que iba doblando una esquina.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS que ofrecía Luis Pie era más atrayente. nadie había pasado por las trochas cercanas. Pues a esa hora la madre de Mundito pensaba igual que el prófugo: nadie pasaría por las trochas en la mañana. y él se preguntaba si debía internarse en los cerros que tenía a su derecha o en el cañaveral que le quedaba a la izquierda. decidió ir tras él. No podía darse cuenta porque iba caminando como un borracho. porque tenía la seguridad de que había escogido el mejor lugar para esconderse durante el día. Y aunque no lloviera los hombres no saldrían de la bodega. Pues aunque deseaba pegar. y aunque no se hablaba del asunto todos los vecinos de la comarca sabían que aquel que le viera debía dar cuenta inmediata al puesto de guardia más cercano. Para su desgracia. En cambio. El conocía bien el lugar. Pareció que iba a dirigirse hacia los niños. y como estaba asustada cerró los ojos para no ver la escena. Durante un segundo esperó el ruido. comprendió que por duro que le pegara Luis Pie no se daría cuenta de ello. En leguas a la redonda no había quien se atreviera a silenciar el encuentro. además. razón por la cual pensó que la noche iba a decaer. La madre de Mundito tenía unos cuantos centavos que había ido guardando de lo poco que cobraba lavando ropa y revendiendo gallinas en el cruce de la carretera. A las siete de la mañana los hechos parecían estar sucediéndose tal como había pensado el fugitivo. donde empezó a equivocarse fue al sacar conclusiones de esa observación. Pues como el día se acercaba era de rigor buscar escondite. pero al fin echó a correr tras la turba. Con esos centavos podía mandar a Mundito a 278 . Sólo una muchacha negra de acaso doce años se demoró frente a la casucha. que yacía bocarriba tendido sobre hojas de caña. mirando hacia el cielo y hasta ligeramente sonreído. hablando a gritos y tratando de alegrarse como lo mandaba la costumbre. y si Mundito apuraba el paso haría el viaje a la bodega antes de que comenzaran a transitar los caminos los habituales borrachos del día de Nochebuena. Si cualquiera de los hombres que habitaban los bohíos de por allí bajaba aquel día para vender bastimentos en la bodega del batey y acertaba a verlo. el soldado se contuvo. Anduvo acertado en su cálculo. yuca y algún maíz. escogió el cañaveral. donde estarían desde temprano consumiendo ron. cuando comenzó el destino a jugar en su contra. a casi medio día de marcha. Luis Pie había vuelto el rostro. las familias que vivían en las hondonadas producían leña. —¡Ya ta bueno de hablar con la familia! –rugía el soldado. y uno de los soldados pareció llenarse de ira. Pero el chasquido del golpe no llegó a sonar. Hora y media más tarde el sol del día 24 alumbraba los campos y calentaba ligeramente a Encarnación Mendoza. Por otra parte la brisa era fresca y tal vez llovería. que le quedaba al poniente. y. como casi todos los años en Nochebuena. La muchacha llegó al grupo justamente cuando el militar levantaba el puño para pegarle a Luis Pie. La Nochebuena de Encarnación Mendoza Con su sensible ojo de prófugo Encarnación Mendoza había distinguido el perfil de un árbol a veinte pasos. Jamás sería perdonado el que encubriera a Encarnación Mendoza. Tenía la mano demasiado adolorida por el uso que le había dado esa noche. sin duda para ver una vez más a sus hijos. estaba perdido. de haber tirado hacia los cerros no podría sentirse tan seguro.

era grata la brisa y dulcemente triste el silencio. Durante un segundo temió que el muchacho fuera la avanzada de algún grupo. mientras el perrillo reculaba y lanzaba sus pequeños ladridos. en el camino que dividía los cañaverales de las tierras incultas– tendría catorce o quince malas viviendas. torpe de movimientos. Mundito iba acercándose cuando de pronto quedó paralizado: había visto al hombre. al cual 279 .JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS la bodega para que comprara harina. Encarnación Mendoza no tenía pelo de tonto. Era largo el trayecto hasta la bodega. el niño sentía que desfallecía. Azabache se metió en el cañaveral. y hacerlo en silencio para que el cadáver no se diera cuenta. quería celebrar la Nochebuena con sus seis pequeños hijos. Entró como un torbellino. que lo voy a llevar allí! Oyéranle o no. De súbito. ¿Por qué ir solo. radiante de luz que se esparcía sobre el horizonte de cogollos de caña. Mundito sentía que esa idea casi le autorizaba a disponer del perrito. Pero para él no era simplemente un hombre sino algo imponente y terrible. Mundito estaba seguro de que el cadáver iba a levantarse de momento. jugando con las hojas de caña. El caserío donde ellos vivían –del lado de los cerros. lo mejor sería hacerse el dormido. y cuando vio al fugitivo echado empezó a soltar diminutos y graciosos ladridos. bacalao y algo de manteca. y en él había puesto Mundito todo el interés que la falta de ternura había acumulado en su pequeña alma. no estaba el niño. temblando. Incapaz de irse sin el animalito e incapaz de quedarse allí. el niño era consciente de que si llevaba al cachorillo tendría que cargarlo casi todo el tiempo. ya él había pedido autorización. Aunque lo hiciera pobremente. fija la mirada en el difunto. Encarnación Mendoza oyó la voz del niño ordenando al perrito que se detuviera. poco antes de las nueve. pegó un salto sobre el cachorrillo. se cubrió la cara con el sombrero. él podía ver hasta donde se lo permitía el barullo de tallos y hojas. tomó el animalejo en brazos y salió corriendo. Estaba clara la mañana. corrió hacia la casucha gritando: —¡Doña Ofelia. y gateando para avanzar. Y así empezó el destino a jugar en los planes de Encarnación Mendoza. El negro cachorrillo correteó. pero quedaba uno “para amamantar a la madre”. con el encargo de ir a la bodega. al alcance de su mirada. Allí. siquiera fuera comiendo frituras de bacalao. Los dueños del animal habían regalado cinco. aburriéndose de caminar por trochas siempre iguales? Durante diez segundos Mundito pensó entrar al bohío vecino. Sin intervención de su voluntad levantó una mano. En el primer momento pensó huir. El cielo se veía claro. sin pensarlo. y eso bastaba. a toda marcha. pretendiendo saltar. el niño Mundito pasaba frente al tablón de caña donde estaba escondido el fugitivo. Mundito se detuvo un momento en medio del barro seco por donde en los días de zafra transitaban las carretas cargadas de caña. era un cadáver. empréstame a Azabache. De otra manera no se explicaba su presencia allí y mucho menos su postura. porque no podría hacer tanta distancia por sí solo. expuesto al peligro de que el muerto se molestara con sus ladridos y lo reventara apretándolo con las manos. El terror le dejó frío. o simplemente movido por esa especie de indiferencia por lo actual y curiosidad por lo inmediato que es privilegio de los animales pequeños. donde seis semanas antes una perra negra había parido seis cachorros. Con su agudo ojo de prófugo. la mayor parte techadas de yaguas. Al salir de la suya. Porque ocurrió que cuando. cansado. dando la espalda al lado por donde sentía el ruido. Pero le parecía un crimen dejar a Azabache abandonado. En su miedo. Para mayor seguridad. Rápidamente calculó que si lo hallaban atisbando era hombre perdido. Con sus nueve años cargados de precoz sabiduría. hasta que se perdió a lo lejos. pretendió adelantarse al muerto. Llamándolo a voces.

pues fue el día de San Juan cuando ocurrieron los hechos que costaron la vida al cabo Pomares. durante la Nochebuena. El propósito de Encarnación Mendoza era pasar la Nochebuena con su mujer y sus hijos. cortándose el rostro y las manos. Pero el plan se había enredado algo. Por respeto a sí mismo sucedió lo del día de San Juan. la luz de la lámpara iluminando la habitación donde se reunían cuando él volvía del trabajo y los muchachos le rodeaban para que él los hiciera reír con sus ocurrencias. obtuvo el mayor interés de parte de los presentes así como los datos que solicitó del muchacho. El cuerpo le pedía ver hasta el sucio camino. desde las primeras estribaciones de la Cordillera. Tenía que ir o se moriría de una pena tremenda. y nadie ignoraba que era hombre condenado donde se le encontrara. Pero el sargento era expeditivo: quince minutos después de haber oído a Mundito el sargento Rey iba con dos números y diez o doce curiosos hacia el sitio donde yacía el presunto cadáver. a él. excepto de Nina y de sus hijos. ahogándose. tal vez llorando por él. Se había ido corriendo. y aunque el mismo Diablo hiciera oposición. y estaría en su casa a las once. No debía precipitarse. Sucediera lo que sucediera. en la provincia del Seybo. le partía el alma y le hacía maldecir de dolor. Encarnación Mendoza estaba acostumbrado a hacer lo que deseaba. tal vez a las once y un cuarto. Tenía ya seis meses huyendo. sin un peso para celebrar la fiesta. El día de Nochebuena no podía contarse con el juez de La Romana para hacer el levantamiento del cadáver. Al llegar allí. Con todo y ser tan limpio de sentimientos. caminar con cautela orillando los cerros. Eso no había entrado en los planes de Encarnación Mendoza. ahí. que se hacía lodazal en los tiempos de lluvia. por de pronto estaba seguro. y a seguidas. era hombre perdido. que por no ofender no bebía y que no tenía más afán que su familia. rehuyendo todo encuentro y esquivando bohíos. pues debía andar por la Capital disfrutando sus vacaciones de fin de año. nunca deseaba nada malo y se respetaba a sí mismo. Sólo imaginar que Nina y los muchachos estarían tristes. a lo que pudo colegir Encarnación por la rapidez de los pasos. A las nueve de la noche podría salir. corrales y cortes de árboles o quema de tierras. porque si tenía la fatalidad de que alguien pasara por la trocha de ida o de vuelta. cabeceando contra las cañas. Y los vería sólo una hora o dos. En toda la región se sabía que él había dado muerte al cabo Pomares. y tal vez pensó que se trataba de un peón dormido. impulsado por el terror. Necesariamente debía ver a su mujer y a sus hijos. echó a correr hacia la bodega. Sin embargo valía la pena pensarlo dos veces. Encarnación Mendoza pasaría la Nochebuena en su bohío. Acaso hubiera sido prudente alejarse de allí. y le veía cruzando el camino y le reconocía.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS agarró con nerviosa violencia por el pescuezo. Pero además necesitaba ver la casucha. meterse en otro tablón de caña. gritó señalando hacia el lejano lugar de su aventura: —¡En la Colonia Adela hay un hombre muerto! A lo que un vozarrón áspero respondió gritando: —¿Qué tá diciendo ese muchacho? Y como era la voz del sargento Rey. No debía dejarse ver de persona alguna. a punto de desfallecer por el esfuerzo y el pavor. Encarnación Mendoza comprendía que con el deseo de abrazar a su mujer y de contarles un cuento a los niños iba confundida una sombra de celos. cuando el cabo Pomares le faltó pegándole en la cara. Era cosa de ponerse a pensar si el muchacho hablaría o se quedaría callado. Sabía lo que 280 . una fuerza ciega a la cual no podía resistir. Era un impulso bestial el que le empujaba a ir. Escondiéndose de día y caminando de noche había recorrido leguas y leguas. jefe de puesto del Central.

con paso felino. cuidándose de que el ruido que pudiera hacer se confundiera con el de las hojas del cañaveral batidas por la brisa. temblando de miedo–. en ése o en el de allá? —En ése –aseguró el niño. Feas para él y feas para el muchacho. Encarnación Mendoza comenzó a gatear con suma cautela. dormir. que lo llenó de pavor. en ese tablón de cañas no darían con el cadáver. aquí era –afirmó Mundito. A su infantil idea de las cosas. —¿Tú ta seguro que fue aquí. “En ése” podía significar que el muchacho estaba señalando hacia el que ocupaba Encarnación. Taba asina. sargento. quienquiera que fuese. que era él. no podía arriesgarse a ser cogido antes. supiéralo o no Mundito. escalofriante. Ya le parecía estar viendo a Nina con su negro pelo caído sobre las mejillas. la barbilla saliente. Pero el número Solito Ruiz interrumpió la escenificación de Mundito preguntando: —¿Cómo era el muerto? —Yo no le vide la cara –dijo el niño. agachado. empezaron a creer que era broma lo del hombre muerto en la Colonia Adela. —Mire. tal vez en un punto intermedio entre varios tablones de caña. Porque a juzgar por las voces y el sargento se hallaban en la trocha. porque de lo que no había duda era de que ya había gente localizando al fugitivo. y tenía un sombrero negro encima de la cara… Pero el pobre Mundito apenas podía hablar. Lo mejor sería descansar. —Sí. Dependía de hacia dónde estaba señalando el niño cuando decía “ése”. y la camisa como amarilla. maltratando los tallos más tiernos y cortándose las manos y los brazos. yo venía por aquí con Azabache –empezó a explicar Mundito– y lo diba corriendo asina –lo cual dijo al tiempo que ponía el perrito en el suelo–. Cambiar de tablón en pleno día era correr riesgo. llamaría por la ventana de la habitación en voz baja y le diría a Nina que abriera. quédese por aquí! Se oían murmullos y comentarios. el muerto se había ido de allí sólo para vengarse de su denuncia y hacerlo quedar como un mentiroso. El sargento clavó en el niño una mirada fija. La situación era realmente grave. de lao… —¿De qué color era el pantalón? –inquirió el sargento. y no vieron cadáver alguno. Tenía un sombrero en la cara. y ya iba atravesando la trocha para meterse en un tercero 281 . sino de actuar. Mientras se alejaba. Oyó la áspera voz del sargento: —¡Métase por ahí. Encarnación podía colegir que había varios hombres en el grupo que le buscaba. pues. Encarnación Mendoza había cruzado con sorprendente celeridad hacia otro tablón. Solito. los ojos oscuros y brillantes. sin perder un minuto. —Son cosa de muchacho. con ganas de llorar. Sin duda las cosas estaban poniéndose feas.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS iba a hacer. la boca carnosa. De todas maneras. no era de dudar. se hallaba aterrorizado. Nemesio. hacia uno vecino o hacia el de enfrente. solamente le vide la ropa. —Azul. Ese momento de la llegada era la razón de ser de su vida. Seguramente en la noche le saldría en la casa y lo perseguiría toda la vida. sargento. Había que salir de allí pronto. muchacho? –preguntó el sargento. ahí no hay nadie –terció el número Arroyo. Porque cuando el sargento Rey y el número Nemesio Arroyo recorrieron el tablón de caña en que se habían metido. Rápido en la decisión. Despertó al tropel de pasos y a la voz del niño que decía: —Taba ahí. su marido. y después hacia otros más. bastante asustado ya. que yo voy por aquí! ¡Usté. El momento. —¿Pero en cuál tablón. y él cogió y se metió ahí.

preguntando a todo hijo de Dios que cruzaba si “ya lo habían cogido”. ahogándose. buscando aquí y allá. Llegaron no dos. hacia donde señalaba el peón que había visto el prófugo. Sólo que a diferencia de sus perseguidores –que ignoraban a quién buscaban–. Era ya cerca de mediodía. y a seguidas echó a correr. se habían vuelto al oír la voz del chiquillo. pegando voces. Su miedo lo paró en seco al ver el dorso y una pierna del difunto que entraban en el cañaveral. lleno de lástima consigo mismo por el lío en que se había metido. —Cosa de muchacho –dijo calmosamente Nemesio Arroyo. sargento. zigzagueando. excitados. Encarnación se dejó ver sobre una trocha distante. Del batey iban saliendo hombres y hasta alguna mujer. Pero no se hallaba seguro y seguía pasando de tablón a tablón. ta aquí! –gritó señalando hacia el punto por donde se había perdido el fugitivo–. y con él los soldados y curiosos que le acompañaban. sin que los cazadores supieran qué pieza perseguían. Pero el sargento. ¡Dentró ahí! Y como tenía mucho miedo siguió su carrera hacia su casa. todos un poco bebidos y todos excitados. sino tres números y como nueve o diez peones más. él pensaba que el registro del cañaveral obedecía al propósito de echarle mano y cobrarle lo ocurrido el día de San Juan. esquivando el encuentro con los soldados. —¡Que vaya uno al batey y diga de mi parte que me manden do número! –ordenó a gritos el sargento. respirando sonoramente y tratando de mirar hacia todos los ángulos a un tiempo. cada militar iba seguido de tres o cuatro peones.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS cuando el niño. ¡Rodiemo ese tablón ni una ve! –gritó. Repartidos en grupos. Y así empezó la cacería. huyendo con la velocidad de una sombra fugaz. Encarnación Mendoza sabía ya que estaba más o menos cercado. dado que la ropa era la que había visto por la mañana. Pasó el mediodía. No podía ser otro. y en la bodega no quedó sino el dependiente. pasaba corriendo. era suspicaz: —Vea. y se parece a Encarnación Mendoza! ¡Encarnación Mendoza! De golpe todo el mundo quedó paralizado ¡Encarnación Mendoza! —¡Vengan! –demandó el sargento a gritos. corrían y corrían. disparando sobre las cañas. despachado por el sargento. y una voz proclamó a todo pulmón: —¡Allá va. los perseguidores corrían de un lado a otro dándose voces entre sí. y se corría de un tablón a otro. pues era arriesgado tirar si gente amiga estaba al otro extremo. y no dio tiempo al número Solito Ruiz para apuntarle su fusil. Al cruzar una trocha fue visto de lejos. el fugitivo se atenía a su instinto y a su voluntad de escapar. Estaba ya a tanta distancia de ellos que si se hubiera quedado tranquilo hubiese podido esperar hasta el oscurecer sin peligro de ser localizado. Sin saber a ciencia cierta dónde estaban los soldados. Lentamente. sólo un momento. allá va. A la distancia se veían pasar de pronto un soldado y cuatro o cinco peones. El sargento. sargento. el revólver en la mano. Nerviosos. viejo en su oficio. corriendo por las trochas. lo cual entorpecía los movimientos. se dispersaron en grupos y la cacería se extendió a varios tablones. Era poco más de media mañana. 282 . los cazadores del hombre apenas lo notaban. las pequeñas nubes azul oscuro que descansaban al ras del horizonte empezaron a crecer y a ascender cielo arriba. —¡Ta aquí. con el perrillo bajo el brazo. y aunque los crecientes nubarrones convertían en sofocante y caluroso el ambiente. recomendándose prudencia cuando alguno amagaba meterse entre las cañas. algo hay.

y eso. O simplemente aludía al cabo Pomares. un tiro certero le rompió la columna vertebral al tiempo que cruzaba para internarse en la maleza. si lo llevaba al batey tendría que coger allí un tren del ingenio para ir a La Romana. estorbándose los unos a los otros. y como el tren podría tardar mucho en salir llegaría a la ciudad tarde en la noche. Era día de Nochebuena y él había salido de la Cordillera a pasar la Nochebuena en su casa. cuando la lluvia arreciaba más. si bien por entonces no con fuerza. cuando recibió catorce tiros más. aunque tenía los dientes destrozados por un balazo de máuser. a los que escogió para que arrearan el burro. vivo o muerto. Pues al sargento no le bastaba la muerte de Encarnación Mendoza. ordenó con su áspera voz: —Desamarren ese muerto y tírenlo ahí adentro. sin duda más temprano que de costumbre por efectos de la lluvia. Este resoplaba y hacía esfuerzos para trotar entre el barro. de hojas grandes arrancadas a los árboles. no en el batey. Comenzaba a llover. y al hablar observaba a los hombres que se afanaban en la tarea de librar el cadáver de cuerdas. tal vez demasiado tarde para trasladarse a Macorís. Serían más de las siete. manando sangre. La lúgubre comitiva anduvo sin cesar. pues los soldados iban disparándole a medida que se acercaban. que ya empezaba a formarse. Conservaba las líneas del rostro. esto es. Decía esto cuando la lluvia era tan escasa que parecía a punto de cesar. la mayor parte del tiempo en silencio aunque de momento la voz de un soldado comentaba: —Vea ese sinvergüenza. del caserío –explicó el sargento. No apareció caballo sino burro. y con la oscuridad el camino se hizo más difícil. el sargento ordenó la marcha bajo la lluvia. El sargento quería algo más. y apenas llovía entonces. cuando un cuarto de hora después se vio frente a la primera casucha del lugar. cuando uno de los peones dijo: —Allá se ve una lucecita. Así. a más de dos horas del batey. pasan con frecuencia vehículos y él podría detener un automóvil. Tres veces. —¡Búsquese un caballo ya memo que vamo a sacar ese vagabundo a la carretera! –dijo dirigiéndose al que tenía más cerca. Se revolcaba en la tierra. El sargento no quería perder tiempo. en el camino que dividía el cañaveral de los cerros. colocaron el cadáver atravesado sobre el asno y lo amarraron como pudieron. Oscureció del todo. el muerto resbaló y quedó colgando bajo el vientre del asno. cuya sangre había sido al fin vengada. Y el sargento estaba pensando algo. los soldados echaron mano a pedazos de yaguas. o se guarecían en el cañaveral de rato en rato. Cuando el cuerpo estuvo suelto llamó a la puerta de una casucha justo a tiempo para que la mujer que 283 . En la carretera las cosas son distintas.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Encarnación Mendoza no era hombre fácil. cuando el aguacero pesado hacía sonar sin descanso los sembrados de caña. Pero a eso de las tres. que estaba hacia el poniente. Cubiertos sólo con sus sombreros de reglamento al principio. —Sí. Estaba muerto Encarnación Mendoza. Varios peones. y al instante urdió un plan del que se sintió enormemente satisfecho. Seguido por dos soldados y tres curiosos. No resultó fácil el camino. hacer bajar la gente y meter el cadáver o subirlo sobre la carga de un camión. antes de llegar al primer caserío. razón por la cual la marcha se tornó lenta. pasadas ya las cuatro. podía llevarlo ese mismo día a Macorís y entregarle ese regalo de Pascuas al capitán. Si él sacaba el cadáver a la carretera. Y justamente entonces empezaban a caer las primeras gotas de la lluvia que había comenzado a insinuarse a media mañana. que no podemo seguir mojándono.

lanzándose a las faldas de la madre. m’shijo. los perros comenzaron a ladrar y a correr hacia el frente. y para eso salió don Braulio con sus peones y unos cuantos perros. sin embargo no desesperó hasta el atardecer. verdadera joya entre caballos. Llevaban media hora de marcha y los hombres iban charlando alegremente. noticia que produjo alguna confusión. Las infelices mugían y se acercaban a las puertas del potrero. Joquito. y llevándose una mano a la boca comenzó a retroceder lentamente. de manera que había que encerrarlo en el potrero cuanto antes. como rogando que las sacaran de ese sitio. Suelto en aquel lugarejo. Poco antes del amanecer don Braulio oyó a los perros que ladraban en forma agitada muy cerca de la casa. los niños salieron de la habitación. hasta que a tres pasos paró y corrió desolada sobre el cadáver al tiempo que gritaba: —¡Ay m’shijo. Aconsejado por ellos. El muerto estaba empapado en agua. pegado a las lomas. tirado como el de un perro. bramando de cuando en cuando. mi mama! ¡Ese fue el muerto que yo vide hoy en el cañaveral! El funeral Cuando empezaron a caer las lluvias de mayo el agua fue tanta que se posó en los potreros formando lagunatos. Despeñándose por los flancos de la loma. Como en un frenesí. ladeándose con gracia juvenil. se han quedao guérfano… han matao a Encarnación! Espantados. Entonces se oyó una voz infantil en la que se confundían llanto y horror: —¡Mama. cerca del camino real. de pronto una mujer gritó que el toro venía sobre ellos. y encabezaba el grupo. que sin duda correteaba alegremente por el camino real. a poco oyó un bramido corto y el sordo trote de la bestia. Al tropezar con los perros se detuvo un momento y miró en semicírculo. Joquito no parecía dispuesto a volver por 284 . pero se negó resueltamente a que Joquito bajara con ellas. lo que indicaba que corría el campo sin cesar y de seguir así no tardaría en saltar sobre la alambrada. que no le era favorable porque no había salida sino hacia atrás.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS salió a abrir recibiera sobre los pies. chorros impetuosos arrastraban piedras y levantaban un estrépito que asustaba a las vacas. un toro como Joquito era una amenaza para todo el vecindario. el cuerpo de Encarnación Mendoza. Bramó también unas cuantas veces al día siguiente. lo que le daba a su rostro antes sereno y bondadoso la apariencia de estar haciendo una mueca horrible. donde no había más reses que las ventanitas de don Braulio. La mujer miró aquella masa inerte. Estudiaba la situación. sin duda convencido de que sus compañeras no regresarían. Don Braulio montaba su potro bayo. don Braulio dispuso que llevaran las vacas hacia las cercanías de la casa. sus ojos cobraron de golpe la inexpresiva fijeza de la locura. como si hubieran olido a Joquito. Los entendidos en ganado. lanzó bramidos tan dolorosos que hicieron ladrar de miedo a todos los perros de la comarca. y hacía retumbar la tierra bajo sus patas. atropellándose. a la hora de las dos luces. con las cabezas altas. Al iniciarse la noche se oyó el toro hacia el fundo del potrero. y tenía los dientes destrozados por un tiro. se quedó solo en el potrero: Estuvo inquieto toda la tarde y pasó la noche bajo un memizo. pues. Con efecto. sangre y lodo. Joquito no tardó en dejarse ver. más tarde. que oían a las reses bramar. decían que pronto se les resblandecerían las pezuñas. Avanzaba en una carrera de paso parejo.

le encolerizaron a tal punto que espoleó al bayo sin tomar precauciones. Joquito caminó. y del golpe echó abajo un lienzo de tablas. Don Braulio pensó que tendría que matar al toro. y era un milagro que a medio día Joquito siguiera vivo. después dobló las rodillas. se metió en el conuco y en menos de un minuto tumbó dos troncos jóvenes de plátano. Joquito se detuvo en seco. con pasos cada vez más tardos. la vergüenza de haber fracasado. desde la loma hasta el fundo de Morillo. Los hombres se habían quedado inmóviles. cuya nariz iba rozando el suelo. pegó el pescuezo en tierra y pareció ver con indecible tristeza su propia sangre. Pero don Braulio era un viejo duro. Con graves ojos. otra en el bohío de Anastasio. Nando se lamentaba a gritos y don Braulio pensaba cuanto iba a costarle esa tropelía de su toro. fuera de sí. ramoneaba tranquilamente a lo largo del camino. pero no con espíritu agresivo. Pero también don Braulio había perdido la suya. Los peones vieron esa mole rojiza. que le salía por la nariz y se confundía con el lodo del camino. Como los peones gritaban y le tiraban sogas al tiempo que los perros lo atormentaban con sus ladridos. cansados. Joquito pareció llenarse de una diabólica alegría. y de su vientre salió un chorro de sangre que parecía negra. bajó la testuz y lanzó un bramido retumbante. Habían recorrido a paso largo todo el sitio. haciendo llorar de miedo a los niños y asustando a las mujeres. y en viendo al toro comenzaron a ladrar de nuevo. y éste. molidos. y quizá hasta el hambre. y uno de ellos llevó su atrevimiento hasta morderle una pata. A las dos de la tarde. fueteándole las ancas. adonde había sido lanzado. don Braulio sacó su revólver y disparó. la idea de todos los daños que tendría que pagar. arremetió con todo su peso. Entre los gritos de los peones resonaron cinco disparos. 285 . tornó a ramonear. más allá del arroyo. que durante unos segundos interminables vio cómo Joquito mantenía en el aire al bayo.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS donde había llegado. En eso. los peones pedían reposo para comer. Apareció el toro. y diciendo algunas palabras bastantes puercas se adelantó hacia el animal. De súbito pateó la tierra. Dos veces más se repitió el caso. Así. don Braulio se sentía humillado. de un bohío cercano alguien gritó que Joquito llegaba. moviéndose con la mayor naturalidad. El animal había perdido otra vez la cabeza. De súbito el caballo salió disparado y cayó sobre las espinosas mayas que orillaban el camino. destrozó la yuca y malogró un paño de maíz tierno. Desde el suelo. arremeter ciegamente con la cola erecta. La cola parecía saltarle de un lado a otro. Don Braulio ladeó su bayo y eludió el encuentro. Joquito se volvió a ellos. Los perros se envalentonaron. Plantado en su caballo. sudados. Pero los perros estaban de caza. sólo pedía libertad para correr a su gusto y para comer lo que le pareciera. en el término de media hora: una en el arrozal del viejo Morillo. el choque fue inevitable. y en señal de que los menospreciaba. Por lo visto Joquito no quería luchar. El cansancio. se lanzó con tanta fuerza sobre la sombra del caballo que fue a dar contra la palizada del conuco de Nando. mientras don Braulio hacía esfuerzos por sujetarse al pescuezo de su caballo. El golpe paralizó a la peonada. Don Braulio volvió a pasar frente al animal. Al ver ante sí un hueco abierto. Joquito giró violentamente y en rápida embestida atacó a sus perseguidores. de brillante pelamen. que hizo huir a los perros. desde la Cortadera hasta el Jagüey. donde Joquito batió la tierra y confundió las espigas con el lodo. Algunos vecinos se habían unido a la persecución y los perros acezaban. Joquito no dudó un segundo: con la cabeza baja. en cuyo jardín entró. el toro se llenaba de ira y rascaba la tierra con sus patas delanteras. —¡Ahora veremos si somos hombres o qué! –gritó don Braulio.

no detenía la marcha de otras que se veían llegar a lo largo de los callejones. Cuando lo conducían hacia la casa. Una vaca pasó al trote y fue a juntarse con el toro y la vaca que daban vueltas en el lugar donde había caído Joquito. resonaban los angustiosos gemidos de las bestias. que hicieron lo mismo que las otras tres. vacas. Era el velorio de un hermano. así eran. y de algún lugar no lejano salió otro. y la lluvia. después caminó más. —Son asina esos animales –dijo. a mover las colas con apenada lentitud. Extrayendo los cuchillos de las cinturas. En efecto. Algunos peones corrieron para ayudar a don Braulio a ponerse de pie. venteó. ¿De dónde salían tantas reses? Ya había más de docena y media.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Hasta los perros callaron. y a poco empezaron todas a bramar a un tiempo. apenas respiraban. y tornó a bramar como antes. y con un grito angustioso. Juntando los cuernos parecían hacerse preguntas sobre lo que había ocurrido allí. Aquel lugar no era sitio de ganadería. por lo menos durante un rato. La gente se asomaba a la puerta a ver qué sucedía. abriendo los hoyos de la nariz. al cabo alzó otra vez la cabeza. bueyes. a cruzar los pescuezos entre sí. Los niños de la casa no se atrevían a moverse. varios hombres se lanzaron sobre Joquito. Daban vueltas y vueltas y vueltas. caminó con el pescuezo alargado. partida en grandes piezas. Parecía esperar algo. Juntas ya. porque se sujetaba las caderas y tenía la cara descompuesta. Debió sufrir golpes. Un toro negro. De pronto vieron aparecer una vaca gris. ¿De dónde salían las que llegaban. y ninguna faltaría a la cita. dijo: —Desuéllenlo ahí mismo. y con la excepción de las reses de don Braulio. cargó de pesadumbre los cuatro vientos. Olían la tierra. impresionante. buscando. pues? El viejo campesino explicó que cuanta res oyera aquellos bramidos iría al sitio. Ahí pareció terminar todo. Media hora después. Los perros se hartaron con los pedazos inservibles de la víctima. Pero no era Joquito. oliendo el lodo. toretes y becerros se amontonaban en el sitio donde cayó Joquito. gemían y se restregaban los 286 . era llevada a la cocina de don Braulio. aunque tuviera que caminar horas y horas. Igual que el toro. pegó el hocico en tierra. los niños llenaron los vanos de las puertas. olió y lanzó un doliente quejido. las dos reses empezaron a patear. En alocada carrera. era desconocida en el lugar e igual que él se acercó. a agitarse. Por los lados de la loma respondió otro bramido. y una hora más tarde la carne del toro. estuvo un momento. Entonces se arrimó a la puerta un viejo campesino y se puso a observar los matorrales. Y de pronto llegaron por caminos insospechados seis o siete reses más. porque les pareció que el propio Joquito bramaba desde más allá de la vida. y tornaban a quejarse. Allí. como forzadas. También ella gritó. En el aposento de don Braulio. y cuando se acercaban las cuatro de la tarde nada parecía haber sucedido y nada indicaba que Joquito había sido muerto y descuartizado en el camino real. Seguía cayendo fina y susurrante la llovizna. —Horita ta esto cundío de toros –dijo. y el toro volvió hacia allá sus desolados ojos. Tornó a lloviznar. apareció por el recodo. que engrosaba a medida que la tarde caía. olfateando. Inesperadamente reventó cerca otro potente bramido. no había vacas ni toros. como ciegas. olió el lodo y revolvió el fango con patas pesadas. Pero de pronto resonó en la vuelta del camino un bramido lleno de tristeza y de ira a la vez. donde las mujeres colocaban cataplasmas en las caderas del amo. y el agua borró el último rastro de la sangre de Joquito. novillas. nunca visto en el lugar.

Se hacían más roncos sus gritos de dolor. se oía uno que otro bramido perdido. el grupo seguía mugiendo y cada vez se enardecía y se desesperaba más. Había pasado ya más de una hora desde que llegó el toro negro. y el imponente lloro ascendió a los cielos y flotó allá arriba. la removían y la olían. más lejano a medida que transcurrían los segundos y a medida que la noche crecía. rompieron en un impresionante crescendo final. que muchas vacas y novillas cruzarían arroyos y lodazales en busca de sus querencias. y al cabo de otro minuto más sólo se oía en la distancia el bramido de algún toro que abandonaba el lugar. los quejidos de las vacas. Mientras crecía sin cesar. dónde estaba su hermano. Iban y venían de una a otra orilla del camino. Asustados por aquel concierto lúgubre. desde las lomas descendían viejos y graves bueyes cargadores de pinos. echando a rodar las piedras. y resonaban bajo ella los roncos gemidos de los bueyes viejos. más de las cinco y el día lluvioso iba a ser corto. a los cielos y al camino qué habían hecho de su hermano. como si un maestro invisible los hubiera dirigido. y al fin. y tendrían que trepar lomas. finas novillas hendían las yerbas de los pastos y se dirigían al lugar de la tragedia. y que debían recorrer grandes distancias para llegar a la cita. El viejo campesino pensó que muchos de los bueyes que llegaron allí andarían toda esa noche sin descanso. en forma de nube sonora que oprimía los corazones. a los montes. Pero no importaba lo que pudieran sufrir. y quién sabía a cuántas les caerían gusanos en las heridas que recibirían esa noche. como reclamando la sangre de Joquito que ella se había bebido. los caballos de la vecindad erizaban las orejas y se quedaban temblando. pues. Desde las vueltas distantes de los callejones seguían saliendo compañeros. qué justicia tan bárbara era la de los hombres. —Unjú. que nadie sabía para donde iban. por un corte súbito de la escasa luz que todavía quedaba sobre el mundo. habían ido al funeral de Joquito. 287 . sin conocerlo. Lo dijo así él. Las reses son asina. Los quejidos fueron oyéndose cada vez más y más distantes. los toros empezaron a remover la tierra con sombría desesperación. otras se cortarían con las púas de los alambres. que algunas de esas reses se estropearían con las raíces y los tocones. llegaban para llorar por aquel que no habían conocido. cada vez parecía ser menor el número de los que gritaban. Hollaban el lodo con sus pezuñas y parecían preguntar llenos de dolor. después fue debilitándose. Con su pesado andar. El crescendo se mantuvo un rato. ni sus amigos. atropellándose con majestuosa lentitud. los animales. un minuto más tarde comenzaba a dispersarse todo aquel concierto acongojador. que ya se insinuaba. de su vigoroso y bravo compañero. primero en comenzar el funeral de Joquito.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS unos a los otros. —¿Sin conocerlo? –preguntaron los niños. y parecían preguntar a la noche. Atravesando arroyos. Habían cumplido su deber. Porque ni él. por qué le habían asesinado. antes de que se produjera tal golpe. cuando la oscuridad empezaba a adensarse. y los perros buscaban abrigo en los rincones de los bohíos. Pareció que la noche iba a hacerse de golpe. Y el viejo campesino pensó con satisfacción en la ventaja de ser hombre. Los bramidos de los toros. los balidos de los pequeños se confundían en una imponente música funeral. ni nadie en fin perdía su sueño a causa de que en un camino real cayera muerto un señor desconocido. toros enormes que sin duda habían roto las alambradas de sus potreros. Inesperadamente. Eran. Cansados de llorar.

y tal vez dándole un beso. seis horas alejados de la tierra más cercana. con verdadera indiferencia. animal que nada tenía de marino. Un segundo después de haber visto tal cosa Juan de la Paz comprendió que no podría alcanzar su embarcación y que él y la paloma estaban solos en medio del mar. aprovechada en toda su extensión por la brisa. favorecido por una suave pero sostenida brisa que soplaba desde el este. incapaz de comprender lo que estaba sucediendo. Podía tratar de nadar hacia Isla de Pinos. pero su resultado no pudo ser peor. firme y gallarda como si la tripulara el diablo. El cambio de luces del atardecer daba al momento una ominosa solemnidad de cementerio. en absoluto ajeno a la idea de que. y fue después de tenerla sujeta cuando volvió atrás los pequeños y pardos ojos. En su imaginación veía a la niña echándole los brazos al cuello en prenda de gratitud. pero entonces se alejaría más de la balandra.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Rumbo al puerto de origen Habiendo hecho sus cálculos con toda corrección. Pues moviéndose a velocidad asombrosa. Juan de la Paz llegó a la altura de Punta del Este a las seis de la tarde. visto que el ave lograba avanzar unos pasos hacia estribor. En relampagueante fracción de tiempo el hombre sintió la muerte triturándole el alma y un tumulto de ideas le asaltó de improviso. rumbo noroeste franco. clavó mano en el ave. Juan de la Paz maniobró para girar en redondo y situarse de manera que él quedara a babor. minutos más. Gentilmente. entonces vio. la vela resultaría batida con inesperada fuerza. que la había 288 . el movimiento de la balandra le llevó a sacar todo el cuerpo fuera del casco. y ésta era su único haber en el mundo. la paloma debió haber recibido un golpe en el ala izquierda. Pues ocurrió que impulsada por la sostenida brisa del este la balandra se alejó unos palmos de la paloma precisamente en el momento en que Juan de la Paz abandonaba vela y timón para inclinarse sobre el agua en pos del ave. la balandra viró y enderezó hacia la paloma. al iniciarse la noche. y Juan de la Paz se vio súbitamente lanzado al agua. Había dispuesto llevarle ese regalo a Emilia y ya nada podía evitar que lo hiciera. Así se explica que a Juan de la Paz le resultara fácil ver. si bien lo hizo maquinalmente. A Juan de la Paz le habían sucedido muchos y graves contratiempos. sin embargo eso significaba exponerse a los tiburones. en pos de Punta del Este. la balandra se alejaba al favor de la brisa. eso sí. y desde luego llegar a las corrientes de los canales completamente agotado. le ocurriría caer al mar a causa de estar persiguiendo una paloma. Pero jamás pensó él que en un atardecer tan plácido. minutos menos. En esos instantes se demudó. Con efecto. acaso a los caimanes. y sin demorar un segundo maniobró para acercarse al ave. Con la acostumbrada rapidez de toda su vida el solitario navegante pensó que estaría herida y que sería un buen regalo para Emilia. Pero Juan de la Paz no se preocupó. Cuando pensó tomar una decisión se acordó de la paloma. Eso pasó. pues sobre ese lado se debatía sin cesar moviendo con loco impulso la derecha y levantando la pequeña cabeza. Así. a la pálida y agobiante luz de la hora. La maniobra salió limpia. y en la costa del Golfo y en la Isla de Pinos todo el mundo sabía que había estado veinte años en presidio. El terror de aquel animal de tierra y aire abandonado a su suerte en el mar era de tal naturaleza que cuando advirtió la proximidad de la balandra pretendió saltar para alejarse. el aleteo de la paloma sobre el agua. El mar había sido un plato y probablemente seguiría siéndolo toda la noche. estando solo a bordo. Aunque estaba hecho a pensar con la rapidez del rayo quedó aturdido durante algunos segundos. Podía dirigirse hacia la cayería.

Jadeante. siluetas de peces que saltaban alrededor suyo a cierta distancia. con bastante frecuencia. Una especie de oleada de locura. pero no era joven ya. A medianoche alcanzó a ver rojizos y cárdenos reflejos ante sí. la tierra más cercana–. pues a partir de tal momento comenzó a luchar como un loco para sobreponerse al miedo y para salvar la vida. ni cosa parecida. Por momentos aquella luz fulgía lejos. para descansar un poco y observar la luna. sobre todo. y cobró instantáneo reposo. a la distancia. del todo solo en la inmensidad del mar. abandonada. le invadió por dentro y trastocó del todo sus ideas. y otros muchos que no sabía distinguir. Mas a eso de las once. Sentía el corazón golpeándole desusadamente y resolvió flotar un rato bocarriba. las rojas patas encogidas y desordenadas las plumas de la cola. de esa manera se recuperaría y a la vez recuperaría el rumbo. tal vez a varias millas. El miedo. sin acabar de hundirse. De golpe comenzó a gritar. y nadie más que él era responsable de su vida. desatada dentro de su atormentada cabeza. Pero he aquí que de súbito Juan de la Paz se dijo a sí mismo que estaba perdiendo el juicio. La luna. y pensaba que acaso había derivado a favor de la corriente. surgiera de pronto. un ala rota y la otra extendida. los brazos y las piernas abiertos. sin embargo a la vez la luna lo llenaba de pavor porque se decía que la claridad favorecía la posibilidad de que los tiburones le vieran de lejos. él estaba solo. había una luz! Fuera de sí cambió el rumbo y empezó a nadar de prisa. fue acostumbrándose a su nueva situación. tal vez la oscura idea de que mientras el mar se mantuviera tranquilo podría nadar sin alterar el lento pero seguro ritmo que había logrado imponerse a sí mismo. Por ejemplo. y Juan de la Paz quería reconocerla a cada nueva aparición. le pareció ver una luz en el horizonte. ansioso. aquí. a medida que pasaba el tiempo y comprobaba que ninguno de sus temores se cumplían. aquí!”. No había tal barco. acaso influyera en ello el ejercicio. Poco a poco –y esto es lo cierto–. En la terrible lucha por salvar la vida su instinto animal era capaz de sobreponerse a todo. nadando lenta pero firmemente hacia Cayo Largo. Juan de la Paz nadaba con economía de esfuerzos. de gritos que se perdían en la tremenda soledad líquida. de mezcla delirante entre esperanza y pavor. A ratos se acordaba de la paloma. le abrumaba. y temía agotarse antes de tocar tierra. muerta ya. allá. quiso levantarse sobre el agua. Y esa fue su última sensación consciente. cogido por un salvaje impulso de vida. cada vez más de prisa. un cuarto de hora después Juan de la Paz reanudaba su marcha. Y era curioso que en esa lucha por salvar la vida. Hecho al mar. y pensó que gracias a su luz algún pescador solitario podía verlo y rescatarlo. Pero le era imposible sobreponerse al horizonte y ver casco alguno de barco. Esforzándose a más no poder trataba de dar saltos para dominar más distancia. la imagen de la paloma. En ese instante –cosa rara– sintió acumulados todos los miedos que había ido dejando según avanzaba. a lanzar estentóreos “¡aquí. flotando panza arriba bajo la luna. Hasta poco antes le había sido fácil ver. iluminaba ya la vasta extensión de agua. a la vez un pesado olor de petróleo se imponía al yodado del mar. ahora 289 . ¡Sí. de vapor o de algún bote pescador. sobre el mar.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS apretado sin darse cuenta con dedos de hierro y que la pobre ave herida agonizaba entre temblores. distinguir si era de goleta. una vez y otra vez y otra más. mientras al favor de la posición de la luna mantenía el rumbo hacia Cayo Largo –a sus cálculos. con una voz que chillaba a efectos del terror y que cada vez iba siendo menos audible. se la quitó y la fue abandonando tras sí. De improviso su estado de ánimo cambió. que estaba en el horizonte al caerse de la balandra. en medio de brincos imposibles. pero cuando se sintió desnudo le aterrorizó la idea de que en llegando a aguas bajas una barracuda lo dejara inútil como hombre. temió que la ropa le estorbara. Así.

porque comprendía que se quemaba. a juicio de Juan de la Paz. para su mal. por fin! Temeroso de algo inesperado fue aplicando un pie. ¿adónde? Cuando pudo responderse a esta pregunta clareaba ya el sol. podía ser vegetación marina. por fin. que no tenía fuerzas para otra cosa que para dejarse caer en una sombra y dormir. Poco a poco fue dejándose descender. Serían las tres. La providencia le mandaba esos maderos para que saliera de allí. adoloridos los ojos a causa del esfuerzo hecho para ver si ante su paso pululaban los temibles piojos del mar que se guarecen en la uretra y desgracian al hombre. cuando en un movimiento de natación sintió que su pie derecho tocaba algo blando. rodeado de marismas. Sin embargo había que seguir. Sí. Pero de pronto su atención se volvió hacia la orilla de la marisma que había recorrido para llegar al arenazo. y más allá de prolongados bajíos. Como lo pensó lo hizo. los malos habían de verse mucho más tarde. Al mediar la tarde. pues con seguridad esa corriente iba a dar a uno de los cayos que corren en hilera irregular desde la Punta de Zapata hasta la altura de Punta del Este. En los labios hinchados y adoloridos. Mas no le fue posible sobreponerse al agotamiento.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS eso había dejado de ocurrir desde hacía acaso media hora. Despertó varias veces. lo cual tuvo buenos y malos resultados. Donde se hallaba no podía tener esperanza de rescate. eran tres. actuando a impulsos de una fuerza ciega. Pensó que escarbando en la arena podía hallar alguna. había llegado. ¡Lodo! ¡Había llegado. no era uno. la negruzca mancha de una tierra atravesada en medio del mar. y lo que tenía por delante era una marcha agotadora sobre suelo cenagoso y en medio del agua. que a menudo se refugia en esas marismas. él. o para beber. a las marismas de Cayo Azul. tan pronto el calor del sol pegara en el petróleo que se había incrustado en el nacimiento de cada uno de los pelos que le cubrían el cuerpo. el que tenía mangles y cacería. la espalda. de donde podía inferirse que había una prolongada mancha de aceite crudo o de petróleo deslizándose en el mar. en ruta hacia Cienfuegos. pero sin recuperar el dominio de sí mismo. a eso de las ocho. Juan de la Paz conocía uno por uno todos esos cayos. uno solo. y Juan de la Paz siguió. o cosa así. su propia respiración pegaba como fuego. Pero no tardó en darse cuenta de que era lodo. Allí abusaron de él el sol y el petróleo. los muslos y los hombros estaban cargados de ampollas. Los buenos estuvieron patentes cuando a eso de las dos de la mañana vio a distancia de una milla. lo que le puso al borde de repetir la desenfrenada media hora que había padecido cuando creyó ver la luz de un barco. varios! Entonces se levantó y aguzó los pardos ojuelos. maltratándose los pies con los tallos de los nacientes mangles. agua fresca. cayéndose a ratos y levantándose con mil trabajos. No. Aquello podía ser lodo. podía ser un pulpo o simplemente el revuelo del agua que deja a su paso un pez mayor. el más frecuentado por los pescadores de Batabanó y el más alejado de las rutas usadas a diario. secos de sed. Ahora bien. buscando en la media luz del amanecer el cornudo espinazo del cocodrilo. el camino que había hecho entre el 290 . y desde luego mucho más lejos aun del paso habitual de los barcos. un barco había encallado días antes en los bajos del Golfo. los canalizos que los esperaban. cuatro. Necesitaba agua dulce. el que era sólo diente de perro pelado o tenía arena y yerba. Si el petróleo era de tal barco lo mejor sería internarse en la extensión que él cubriera y ayudarse de la corriente que lo arrastraba. nadando en los cortos canalizos. el arenazo en que había tocado quedaba fuera de las rutas de los pescadores. Cuando tocó tierra. anduvo como un ciego algunos pasos y se dejó caer sobre un arenazo. pues allí se veía un madero que flotaba. se movió cuanto pudo. y de improviso Juan de la Paz recordó que. Sin pensarlo. Juan de la Paz echó a andar hacia afuera para recorrer. el cuello. el que tenía agua dulce y el que no. hasta rendirse. Había llegado. otra vez bajo la noche que se acercaba.

clavó los ojos y las manos al cielo y pidió perdón: —¡Perdóname. Y a seguidas se echó a llorar. y a medida que tal estado de ánimo se definía metiéndose como una despaciosa invasión de agua por todos los antros de su cuerpo. y de súbito. Lo que le hacía sufrir eran las quemaduras y los jejenes. tan pálido y sin embargo tan sonreído. se oía el viento. a la sed y al ardor de las ampollas se sumaban las picadas de los jejenes. solo bajo la oscurecida luna. el náufrago sólo acertaba a ver en su imaginación a la paloma y a la niña. adolorida la llagada piel. evidentemente con fiebre. rojo y negro de ampollas y de petróleo. con amargo llanto de infante desvalido. con los brazos en alto y las manos crispadas allá arriba. cayó de rodillas en la arena. Pequeño. Virgen de la Caridad. Al borde del desfallecimiento y hostigado por el miedo a los jejenes. que más que el de un ser humano parecía el de una poderosa bestia 291 . y el rostro de Emilia. rodeado por un mar cuyas olas poco a poco se levantaban más y más. comprendió que de las redondas líneas que formaban la carita de Emilia surgía la de Rosalía. Ese plan descansaba. Debatiéndose en medio de grises y ventrudas nubes. llenándole de espanto. que le hizo ponerse de pie y comenzar a correr. De súbito Juan de la Paz se derrumbó. y ya bebería cuando cayera. Casi anochecía ya. la luna parecía medio moverse con gran trabajo allá arriba. el reseco pelo pegado a la frente. cosa increíble horas antes. aunque se tratara de una concha de caracol de la que pudiera sacar esquirlas con alguna pesada piedra. sobre todo. por último pensaba que metiéndose de nuevo en la marisma podría cortar ramas de mangle y sacar de ellas fibra con que amarrar los maderos en forma de balsa. Juan de la Paz se echó a dormir con la mayor parte del cuerpo en el agua y la cabeza en la arena de la orilla. que serían de seis por ocho pulgadas y de cinco pies de largo–. y al levantarse se asustó. en alguna oscura parte de su conciencia iban tomando cuerpo la figura de la paloma. en conservar los maderos –cuatro piezas aserradas. Desde la caída de la tarde habían empezado a formarse nubes hacia el nordeste y el viento estuvo enfriando. del desamparo. tú que todo lo puedes! –exclamó.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS amanecer y el día. La sed no le preocupaba tanto. mustia y espantada. cuando la inmensa mole de agua se veía tranquila de un confín al otro. con ligera tendencia a soplar desde el norte. a pesar de que había sufrido ya la condena de los hombres. muerta pero no sumergida. Algo estalló en ella en tal momento. derivando corriente abajo. desnudo en medio de la noche y del mar. bastante pasada la media noche. y además de oírse el mar según pudo él notar tan pronto se puso de pie y dejó su húmedo lecho. él. Juan de la Paz despertó. mientras iba doblándose sobre sí mismo hasta quedar con los codos clavados en la arena. en hallar algo cortante. Ello quería decir que la lluvia no andaba lejos. Desnudo. que con la llegada de las primeras sombras se hacían presentes en oleadas. después. pero también consumido por el sufrimiento. a la vez. Nadie puede describir lo que pasó entonces por el alma de Juan de la Paz. agotado por el sol. Juan de la Paz comprendió de pronto cuán inútil había sido todo su esfuerzo y qué duro castigo le había reservado Dios para el final de sus días. porque el aire húmedo lo refrescaba. que apenas tenía ya fuerzas para sentir miedo. Antes de entregarse al sueño estuvo buen rato madurando un plan. Temblando de fiebre y de frío. Cuando retornó al arenazo iba empujando los maderos y correteando de un lado a otro para no perder ninguno. mientras gritaba con un alarido espantoso. algo horrible y bárbaro. Pues era el caso que se oía el mar. Juan de la Paz era la imagen dolorosa y ridícula. como un musulmán en oración. Del fondo de su ser empezó a crecer un amargo sentimiento de lástima consigo mismo. más numerosos y agresivos cada vez. que soplaba frío y grueso. aguijoneado por los insectos.

moviéndose entre quejidos para rehuir el contacto del duro colchón con la quemada piel. el agua de que estaban saturados los hacía pesados. pero cuando hubo dado unos veinte pasos dio vuelta. Y agarrado como un loco. Se le veía estragado. Era increíble que pudiera cargarlos. según el patrón “por la divina gracia de Dios”. nada le decían. se lanzó sobre los maderos y cogió dos. acaso a resultas del bien que le produjo la sopa de pescado. uno en cada mano. Y después. La paloma y Rosalía habían muerto. y aunque lo pagó con veinte años en Isla de Pinos. entre cuatro y media y cinco de la tarde. donde el viento norte hacía subir las olas a respetable altura. a nadie le constaba que no fuera capaz de cometer otro. acaso la paloma volaba de cayo a cayo y tropezó con el barco. y eso. Así. Pegando saltos. asombrados. Estaba tendido en el camastro. Juan –dijo el patrón–. como si se hallaran presentes. por dentro estaba confundido. interesado ahora oscuramente más en huir que en salvarse. en medio del mal tiempo. y se la sirvieron a cucharadas. Hacía esfuerzos por recordar a Emilia. Los que le rodeaban oyeron y les pareció extraño que un pescador se cayera de su barco por coger una paloma.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS alanceada cerca del corazón. sólo los rápidos y desconfiados ojuelos parecían vivir en él. volviendo a ratos la cabeza con una impresionante mirada de terror. Nada le recordaban. En cambio ahí estaban. totalmente fuera de sí se lanzó otra vez hacia la marisma. la paloma y Rosalía. pues además del tamaño. con manos y pies. con despaciosa y clara voz: 292 . aunque nada tenían que ver con lo que estaba pasando. pues tenía los labios destrozados. con tanta velocidad como si hubiera seguido una línea recta. Juan de la Paz había cometido un crimen espantoso. eso no importaba. Además. De todas maneras quizá valía la pena aclarar las cosas. Tal vez eso ocurrió en un canalizo. Rodeado de marineros. porque cierta vez. chapoteando. destruido. a ratos. porque ayer vimos tu balandra navegando con viento de amura. Juan de la Paz fue recogido por un vivero de Batabanó que acertó a dar con él. Ninguna de las dos vivía. muchos años atrás. Era imposible pedirle que contara detalles. agregó: —Me caí. todos los cuales le conocían bien. Juan de la Paz tomó su sopa con gran esfuerzo. a popa. A las once se le dio un poco de ron y a media noche se le sirvió sopa caliente de pescado. Cogido a los maderos se tiró sobre el agua. mientras los circunstantes se miraban entre sí. después suspiró y se quedó mirando hacia el patrón. si bien sabía que tenía una hijita y que trataba de pensar en ella. —Esto es cosa rara. —Iba sola –explicó Juan de la Paz con voz apenas perceptible. a la altura de Cayo Avalos. el patrón insistió: —¿Por coger una paloma? ¿Y pa qué querías tú esa paloma. A las nueve de la noche se le oyó murmurar algo así como “agua”. Sin embargo se le oyó contestar. fue dejándose llevar por las dos piezas. Aunque mantenía los ojos abiertos se hallaba inconsciente y por tanto no podía hablar. Juan de la Paz se perdió en dirección al mar abierto. Pero quién sabe. ni siquiera su nombre surgía a la memoria. El náufrago fue tendido en la cámara de la tripulación. Loco. Y sin embargo no se iban. El caso es que él contestó: —Por coger una paloma. y no podía. Juan de la Paz? Si le oían o no. Juan de la Paz? Juan de la Paz parecía dormitar. que estaba bajo cubierta. Entonces oyó la voz del patrón: —¿Y cómo te caíste. sin saber adonde iba.

Revoloteando y nerviosas. o irrumpían en la cocina. rojo como la huella de un golpe. Y nadie más habló.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —Pa llevársela de regalo a Rosalía. La mujer no entendía bien a Nicasio. Mala cosa era coger el camino a pie y que le cayera arriba el aguacero y se botara el río y se llenara de lodo la vereda del conuco. que saltaban sobre su mano. Más exactamente. Afuera soplaba el norte. Nicasio espantó las gallinas. después se puso de pie y tomó la escalerilla para salir a cubierta. con impresionante lentitud. Tengo mucho bejuco cortao. y que bien podía éste llevar allí los frijoles para que no los dañara la lluvia. aleteando para treparse en las barbacoas en busca de granitos de arroz. todo a un tiempo. porque el frijol no se pué secar y se malogra la cosechita. Pa mí como que se va a poner un tiempo de agua. flaqueaba los cerros y se perdía en la distancia. Anoche sentí un perro llorando. Fumaba. las gallinas se lanzaban a sus pies. —Ello sí. Todos ellos sabían que había cumplido veinte años. por haber asesinado. Gallego? –preguntó el patrón a uno de sus hombres. —Eso quiere decir que Juan de la Paz está volviendo al puerto de origen –explicó el patrón. y seguía atendiendo a las gallinas. las pocas gallinas del viejo se metían al bohío. Magina lo veía con placer. después asomó su rostro de cuatro líneas y el paño negro sobre la cabeza. Pues todos conocían bien la historia de Juan de la Paz. los demás le siguieron. —Sí. El camino del Tireo. Había algo simpático y viril en aquel 293 . Nicasio cogió una mazorca de maíz y se puso a desgranarla. no ande creyendo zanganá. Me da el corazón que algo malo va a pasar. Desde el patio vecino una voz de mujer gritó los buenos días. Rosalía de la Paz. —Vea Magina –dijo Nicasio al rato–. mascaba un grano de maíz. Yo hablo de otra cosa. —¿No le jalla algo raro al día? –preguntó la mujer. Nicasio se fue acercando a la palizada. —¿Que llueva? –preguntó ella intrigada. Sin hablar. encima se veían nubes cargadas. El patrón miró a los circunstantes. persiguiendo cucarachas. de una condena de treinta. uno por uno. a una niña de nueve años llamada Rosalía. —¿Oí mal o dijo Rosalía. Un silencio total siguió a estas palabras. Magina. —Sí. los viejos se ponen raros y caprichosos. Estaba empezando el sol a subir. pero se quedó callada porque Nicasio parecía no ponerle atención. Cuando se quedan solos. Tornó a ver el cielo. La desgracia El viejo Nicasio no acababa de hallarse a gusto con el aspecto de la mañana. y bien claro –aseguró el interpelado. para violarla. Con aspecto de hambrientas. cada vez con más vigor. dijo Rosalía. que llueva. y Nicasio observaba hacia allá. Magina hubiera querido contestar que el bohío de Inés no quedaba muy lejos del conuco de su padre. Nicasio tardó en responder. sobre los firmes de la loma la luz se debatía con el peso de las nubes. Lo peor que pué pasar es que llueva. —Unq unq –negó ella–.

En diez minutos toda la loma estaba ahogada entre la lluvia. Se dijo que ese sol tan picante era de agua. porque sabía que iba a llover. los llevó a un rincón y pensó buscar hojas de plátanos para cubrirlos. El chaparrón degeneró en aguacero violento. A Nicasio le parecía una locura de Manuel hacer el bohío en lugar tan extraviado. el color casi traslúcido. pero él nunca le dijo nada. pensó con cierta ternura. palabras dichas en tono bajo. se agarraba a los arbustos. que le pidió la bendición de rodillas. Nicasio tuvo que meterse bajo un árbol. Observando cómo el sol despejaba por completo las nubes. podía nadie ir a casa de Manuel. totalmente arriba. Había pasado el tiempo y los dos se habían ido gastando poco a poco… Alzó la voz: —Lleve el bejuco al bohío de su hija. a seguidas se desató un chaparrón. Del lado del patio comenzó a ladrar un perro. pues la lluvia seguía cayendo con todo su vigor. y no era posible ver a cinco pasos. como si atardeciera. y pensó que el viejo estaba fuerte todavía. y lamentó haber salido. 294 . podía apostar pesos contra piedras a que llovería. Nicasio empezó a sentir el sol en la subida del Portezuelo. Junto al fogón se hallaba el nieto. Magina volvió a su cocina. Era triste el niño. No lo logró. “Ojalá y no llueva”. La puerta que daba al camino estaba cerrada. Chorreaba sudor cuando llegó al conuco. tal vez porque la difunta andaba muy enferma… Ya no podía ser. Tendría seis años. Comenzó a trabajar inmediatamente. Inés vivía arriba. Con esas palabras pareció conjurar a los elementos. Había pasado la hora de comer cuando el viejo alcanzó el bohío. Magina le vio tomar el callejón y salir a la sabana con paso rápido. comenzó a oscurecer. pero no se hallaba bien en casa ajena. Trepar la loma era difícil. —Dios lo bendiga –dijo el abuelo. —Ahora le traigo café –oyó decir a Magina. Años antes. afincaba el machete en tierra. Cayeron unas gotas pesadas. Llegó la mujer con el café. después dijo adiós. acaso los negros ojillos llenos de vigor o el blanco bigote hirsuto. que azotaba árboles y tierra. —Tendré que dirme pa onde Inés –dijo Nicasio en voz alta. Iba a ver a la hija sólo cuando le quedaba en camino de alguna diligencia. Nicasio cruzó los brazos y echó a andar. a pesar de su pelo cano y de sus dientes gastados y negros. cuando vivía la mujer de Nicasio. se lo tomó en dos sorbos. y de paso por el bohío cogió el machete y un macuto. La puerta de la cocina sí estaba abierta. Nicasio le miró. Vio el agua descender en avenidas. para buscar abrigo. Magina? Eso dijo. Pero era tarde para volver atrás. En tiempos de agua. Cuando Nicasio desapareció entre los matorrales frente al pinar. y deseaba tener cortado todo el bejuco de frijol antes de que cayera el agua. rojiza y más abundante cada vez. y el viejo saludó antes de entrar. Resbalaba. sólo así. —¿Cómo voy a trepar esa loma cargao. En un momento el conuco parecía un río. pero no había tiempo. los ojos dolientes.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS hombre. Le agradaba ver a los nietos. El se volvió repentinamente a la mujer. ella se dio cuenta de que le gustaba su vecino. y cuando pasó por el aposento que daba al lado del patio sintió ruido y voces. Se le veía el vientre crecido. sin embargo. Lo cierto es que a Nicasio no le gustaba visitar a nadie. esperó un rato. Nicasio se fue corriendo bajo el alero. Se desató el viento. gruesas. Nicasio recogió los bejucos que tenía cortados. pero en realidad no era por la loma por lo que no llevaba el bejuco a casa de Inés. Después se puso a hervir leche y no se acordó más de su vecino.

Inés empezó a llorar. pretendía saltar por la ventana. ¡Y era bonita la condenada. en dirección a la puerta. y a Nicasio le parecía un gusano comparado con Manuel. y al hablar le parecía que estaba comiéndose sus propios dientes. perra! Ezequiel –un garabato en vez de un hombre– se fue corriendo pegado a la pared. Le ardía el pecho. —¿Y tu mama? ¿Y Manuel? –preguntó. El nieto le miró con mayor tristeza. —No. Oyó pasos adentro.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Detrás del fogón estaba la niña. Nicasio entró en el bohío. Ezequiel. de pronto la cruzó y salió a saltos. ella iba moviéndose lentamente. Nicasio sonrió al verla. Con un dedito en la boca. Pegada a la pared. Miró a su hija. A Nicasio le resultó sorprendente la respuesta del niño porque había oído voz de hombre en el aposento. Cargó con el cuerpo sobre la puerta y oyó la aldaba caer al piso. aturdido. —Ella ta mala y Ezequiel vino a curarla –explicó Liquito. Siempre que hablaba parecía que iba a llorar. casi al borde de usarlo. ¡Váyase! –decía Nicasio. con los ojos llenos de pavor. pálido. Afuera caía la lluvia a chorros. Oyó a la hija decir algo y le pareció que alguien abría una ventana. miró al hombre. y precisamente por eso no quería precipitarse. como si pretendiera ver a través de las tablas del seto. Su mayor dolor era que una hija de la difunta hiciera tal cosa. El viejo sentía la ira arderle en la cabeza. la niña miraba atentamente al abuelo. —¡Perra! –dijo–. le temblaban las manos. —¡Que no se vaya ese sinvergüenza! –gritó el viejo. —¿Y tu mama? ¿No ta aquí tu mama? Se había doblado sobre el niño y esperaba ansiosamente la respuesta. Deseaba que dijera que no. Llevaba todavía el machete en la mano. y con él cruzó el patio lleno de agua. con los labios exangües. Miraba siempre al padre. Sacudió el machete. Daba asco ese desgraciado. sinvergüenza! –gritó el viejo–. la mato! La veía y veía a la difunta. La hija se recogió hacia un rincón. Nicasio no se movió. ¡En el catre de tu marío. le miraba con expresión de miedo. con su piel amarilla y su cabello castaño! 295 . El perro gruñó al ver al viejo. El salió pa La Vega dende ayer. —Mama sí ta –dijo la niña con voz fina y alegre. No se atrevía a seguir pensando en lo que temía. —Taita no ta –dijo el niño. Entonces Nicasio se volvió violentamente hacia el bohío. y con su trenza oscura repartida a ambos lados del cuello y su expresión inteligente parecía una mujer que no hubiera crecido. No vuelva a ponerse ante mi vista. Con andar ligero. Le tentaba el deseo de levantar el machete y abrirle la cabeza. —¿Que no? –preguntó. —¡Váyase antes que la mate! No quiero verla otra vé. los ojos quemaban. Los dos estaban demacrados. Era más pequeña. Un impulso irresistible le impedía esperar. –¡No llore. —¡Abran! –ordenó. los dos miraban hacia abajo. pero Nicasio corrió hacia allá y le cerró el camino. caminó derechamente hacia el aposento y golpeó en la puerta con el cabo del machete. hasta que llegó a la puerta. La sospecha y el temor de Nicasio se aclararon de golpe. ¡Si la veo llorar. Nicasio se dirigió a Inés.

El distinguido Juvenal Gómez iba supuestamente destinado a San Cristóbal. al decir Magina que a pesar de sus prevenciones nada malo había ocurrido. cuando se quedan solos en el mundo. Se cogía la cabeza con ambas manos. y el teniente Ontiveros sabía que hasta unas horas antes Juvenal Gómez había sido. ninguna. y sabía además que Juvenal Gómez y Alirio 296 . y sintió deseos de echarse sobre una silla a descansar. —¿Pero de qué murió? ¿Usté ha visto qué desgracia? Entonces Nicasio levantó la cara. Se murió Inés ayer. Que yo sepa. con extraños ojos de loco. Fue al otro día por la mañana. Silenciosos. taita –musitaba. se vuelven raros y difíciles de comprender. —Sí –respondió lentamente Nicasio. Nicasio iba detrás. El viejo la tomó por un brazo y la condujo hacia la puerta que daba al camino. Saber es peor. y se asombró de verlas. tal vez a dormir. comerciante y natural de Maracaibo. —¡Por esa puerta no! –dijo. la empujó y la maldijo. y ella pensó que los viejos. —Sí pasó –explicó mientras echaba maíz a las gallinas–. —¡Liquito! –llamó–. —¡Que ni en la muerte tenga reposo tu alma! –gritó. Manuel ta pal pueblo en el entierro. Inés comenzó a temblar y a llorar. el ciudadano Alirio Rodríguez. con la punta del machete levantó la aldaba y al mismo tiempo obligaba a Inés a avanzar. El hombre que lloró A la escasa luz del tablero el teniente Ontiveros vio las lágrimas cayendo por el rostro del distinguido Juvenal Gómez. Si hubiera sabido llorar lo hubiera hecho. Era indigna de verlos después de lo que había hecho. que corría arrastrando lodo. morirse no es desgracia. Cuando la hija estuvo en el vano de la puerta. Salieron bajo la lluvia. Nicasio la miró un instante. aunque hubiera sido sólo con una lágrima. Y alejó la mirada hacia las nubes que salían por detrás de las lomas. los niños se dejaban llevar sin preguntar a qué se debía el viaje. cuando Nicasio se dio cuenta de que había habido desgracia en la familia. Busque el burro y póngase un pantalón que se van pa casa conmigo Inesita y usté.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Como Nicasio avanzaba sobre ella. Pero se rehizo pronto. —¿Peor que morirse? –preguntó Magina–. Inés pensó que el camino más corto era hacia el patio. según afirmaba su cédula. La vieja parecía aturdida. y a la lluvia que caía a torrentes. arreando el asno y esforzándose en no pensar. Le parecía inconcebible que la hija viera a sus hijos. Pero el padre le conoció la intención. Magina no entendió. cruzó el bohío y salió hacia la cocina. —Taita… Perdón. Vio a su hija lanzarse al agua. —¿Cómo? –preguntó Magina llena de asombro– ¿Y los muchachos? ¿Y Manuel? —Los muchachos vinieron conmigo anoche. Hay cosas peores que morirse. aquellas malditas nubes por las cuales había él llegado a la casa de Inés. —Vea Magina –dijo mientras miraba fijamente a la vieja–.

atiende a lo que te digo! ¡Ten cuiado con el carro el dotó! El pequeño ciclista pasó como una exhalación frente a la ventana de Régulo. negrísimos y vivaces. Pensó Régulo. La calle. “Mercedes”. para distraerse mirando hacia el pedazo de calle en que se hallaba. velados y sucios por el polvo que la brisa levantaba en los cerros desmontados por urbanizadores y en los tramos de avenidas que iban removiendo cuadrillas de trabajadores. estaba pintada de azul claro y tenía bien destacado en letras metálicas el nombre de Mercedes. la abuela había tenido un nombre muy bonito: Adela. brillaban con apasionada alegría cuando comenzó a maniobrar en su bicicleta. Pedaleaba con sorprendente rapidez. dirigiéndose al niño: —¡Pon cuidao a lo carro. “La mamá debe llamarse Mercedes”. Las lágrimas corrían por el rostro cetrino. de quien nadie podía esperar reacción tan insólita. pero ni el propio Régulo Llamozas pudo sospecharlo entonces. La quinta de la que había salido el niño no era nada del otro mundo. tras él. tostándola desde Petare hasta Catia. Régulo miró al niño y le sorprendió su expresión de vitalidad. visiblemente alegre.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Rodríguez eran en verdad Régulo Llamozas. que horita llega el dotó pa ve a tu agüelo! Pero el niño ni siquiera levantó la cabeza para oírla. De pronto cayó en la cuenta de que en toda su familia no había una mujer con ese nombre. Gritó. Las lágrimas. un sol de fuego caía sobre Caracas. Por el color y por la estampa debía ser de Barlovento. Y ningún otro ruido. por lo menos en Caracas. Régulo le vio el perfil. Pronto no habría quien dijera “misias” a las señoras. portugueses. Todo el mundo la llamaba Misia Adela. dando saltos. los caobos de calles y paseos se veían mustios. Mediaba julio y no llovía. sin duda con mezcla de perro pastor alemán. Los araguaneyes. huyendo al cachorro que se lanzaba sobre él ladrando. se llenaba de edificios altos. había traspuesto ya el millón de habitantes. Estaba disfrutando de manera tan intensa su bicicleta y su juego con el cachorro. las acacias. se inclinaba. A las cuatro de la tarde Régulo Llamozas se había asomado a la veneciana. Una criada salió de la quinta Mercedes. El teniente Ontiveros no hizo el menor comentario. La muchacha gritó más: —¡Muchacho el carrizo. Laura sí. Sus pequeños ojos aindiados. 297 . Aun de lado se le notaba la sonrisa que llevaba. Tampoco había llovido el año anterior. Caracas crecía por horas. Se oían afuera el canto metálico de algunas chicharras y adentro el discurrir del agua que se escapaba en la taza del servicio. habían empezado a acumularse ese día a las cuatro de la tarde. y también de italianos. tipo Miami. Régulo Llamozas había entreabierto la hojilla de la veneciana a tiempo que de la quinta de enfrente salía un niño en bicicleta. un hombre de corazón firme y nervios duros. levantando una de las hojillas metálicas. correteaba un cachorro pardo. coronado con un mechón de negro pelo lacio que le caía sobre las cejas. canarios. giraba en forma vertiginosa “Ese va a ser un campeón”. La quinta estaba sola a esa hora. su propia mujer se llamaba Aurora. El calor era insufrible. a dos cuadras del sudeste de la Avenida Facultad. de pómulos anchos. era tranquila como si se hallara en un pueblo abandonado de Los Llamos. con tanta abundancia y en forma tan impetuosa que sin duda el distinguido Juvenal Gómez no se daba cuenta de que estaba atravesando Maracay. pegado a la acera de su lado. corta. que no podía haber nada importante para él en ese momento. Esto sucedía en Caracas. se dijo Régulo. y Julia. un perfil naciente pero expresivo. Urbanización los Chaguaramos. en realidad. Era la estampa de la alegría.

se dirigió a la habitación y del cajón de la mesa de noche sacó su pistola. —Entonces voy a verla dentro de una hora –dijo la voz. Si eso sucedía y el niño se hallaba todavía en calle. y se dirigió al closet. Allí estaban “las bichas” –tres granadas de piña. De la cintura arriba le subió un golpe de sangre cálida. porque él. que no se llevaba al muchacho y con la señora Mercedes. con movimientos rápidos. y además con idea clara de su función y de los peligros que se desprendían de ella. Era una Lüger que le había regalado en Panamá un amigo dominicano. Por primera vez en tres meses tenía una emoción desligada de su tarea. se dijo de pronto. En escasos minutos su organismo había sido sacudido y llevado a extremos opuestos. no se dejaría coger fácilmente. Estaba ella cerrando la puerta tras sí cuando a las espaldas de Régulo sonó el teléfono. Colgó. un hombre que se jugaba la vida a conciencia. —¿Es ahí donde alquilan una habitación? –dijo una voz de hombre tan pronto Régulo había descolgado. “Guá. Oyó con mayor claridad el ruido del agua que caía en la taza del servicio. A causa del niño estaba olvidando cosas importantes. Pero su atención estaba puesta en los automóviles. llegaba en sustitución de la que había huido a los ignorados antros del cuerpo cuando oyó a través del teléfono la pregunta sobre la habitación que se alquilaba. ver el espectáculo de ese niño entregado con tal pasión a su juego era un deslumbramiento. los ladridos juguetones del cachorro. —Está bien. sin saber quién era ella. —Sí –respondió. las bichas”.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Para Régulo Llamozas. pues. No esperaba llamada alguna. que estaba en el espaldar de una silla. La barloventeña volvió a entrar en la Quinta Mercedes. Régulo Llamozas. que debía estar correteando todavía tras el pequeño ciclista. Pero ahora estaba frente a la realidad. un tanto perturbadoras. La sola idea de que el niño pudiera ser herido le atormentó fieramente y le produjo cólera. porque alguna fuerza oscura le llevó a sacar de la cartera una 298 . las chicharras de la calle. descolgó su paltó y fue a coger su corbata. Todavía. los papeles y su única remuda de interiores y medias. Esperaba oír de momento la marcha veloz y el frenazo potente de un auto de la Seguridad Nacional. tan breve y tan fácil de decir. El era un hombre duro. Probablemente cuando sus compañeros llegaran ya habrían estado allí los hombres de la Seguridad Nacional. pintadas de amarillo–. desgraciadamente. sin embargo. Nadie sabía eso mejor que él mismo. había sido tembloroso. todo su cuerpo se hallaba tenso y la conciencia del peligro lo hacía más receptivo. pero acudió al teléfono. sobre la parte derecha del vientre. Durante una fracción de minuto hizo esfuerzos por serenarse. Luego. lo espero –contestó Régulo. y en ese momento sintió que le faltaba aire. todas piezas de nylon. tratando de dominarse. Se sorprendió. y eso le producía sensaciones extrañas. Se metió en el bolsillo izquierdo del pantalón dos peines cargados y se colocó el arma en la cintura. A través del niño la vida se le presentaba en su aspecto más común y constante. después. A esa altura tuvo la impresión de que su energía se había duplicado. Haló el zíper. correría peligro. habían dado con su escondite. Se sintió encolerizado con la negra. tal como era ella para la generalidad de las gentes. sujetándola con el cinturón. había llegado al punto que había estado esperando desde hacía tres meses. Colocó la cartera sobre la cama. sin embargo no la cogió. no se daba cuenta de la fuerza con que esa imagen iba a remover su alma. lo abrió y de la tabla de abajo sacó una gran cartera negra. En el acto comprendió que ese simple “sí”.

y en un instante se halló en el dormitorio. De inmediato. se dijo. Si lo mataban o si lograba huir. Régulo abandonó el sitio y se fue a la sala. estos corotos van a quedar inservibles”. entre otras razones porque hacía sólo dos días que lo habían llevado a esa nueva “concha”. El cachorro se había rendido. fue emanando una sensación de seguridad que en escaso tiempo devolvió a Régulo Llamozas el dominio de sus nervios. compañero –dijo. otro atrás. muy erguido. con una granada de nuevo en la mano derecha. Había dos hombres dentro. El que hacía de chófer puso el carro en movimiento. corrió a la sala. La quinta en que se hallaba tenía sólo dos dormitorios. cerró la puerta tras sí y en dos pasos estuvo en el automóvil. la lengua colgándole por un lado de la boca. La impresión fue clara: que todo lo que bullía en su cuerpo se había detenido de golpe. tal vez un poco más de prisa de lo que convenía. primero la bicha”. pensó. algunos retratos familiares. sin saber por qué. estaba sentado en la acera de la Quinta Mercedes. 299 . un florero con rosas de papel sobre la mesita del centro y dos grupos de loza imitación de porcelana en dos rinconeras. Los dos habían estado con él en una reunión. pensó. Régulo entreabrió de nuevo una hojilla de la veneciana. sintió la paralización total de su ser. tres noches atrás. Régulo había hablado poco con ellos. pensó. A seguidas metió la granada en la cartera. salían temprano y no volvían hasta las siete y media o las ocho de la noche. —Qué hay. A seguidas volvió a colocar la granada en la cartera. la Seguridad iría a su casa. Reaccionó con toda el alma. imponiéndose a sí mismo valor. mirando a su amigo con ojos alegres y húmedos de ternura.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS granada. Enfrente sólo se veía al muchacho felizmente entregado a su incansable pedalear. recordó que en la casa del pequeño ciclista estaban esperando al doctor para ver al abuelo. ella maestra y él vendedor de licores. —Cayeron Muñoz y Guaramato –dijo el de atrás. “La bicha. y Aurora no podría decir una palabra porque él no había querido ni siquiera enviarle un recado. Faltaba casi toda la hora para que llegaran sus amigos. Mala cosa. “Si tengo que defenderme aquí. se dijo. salió a la calle. Desconfiado de sus propios oídos. pues muy bien podía haber gente a pie vigilándole ya. Cautamente tomó a entreabrir la persiana. Ahora sí sonaba un auto en la calle. una oreja enhiesta y la otra caída. Otra vez. No se veía otro auto en la calle. Los inquilinos eran un matrimonio sin hijos. Régulo volvió el rostro. Sin duda alguna se sentía mejor. “Esos vergajos van a saber lo que es un hombre”. De ese amarillo y pesado huevo metálico. sujetó ésta. que sopesó cuidadosamente en la mano mientras clavaba la mirada con creciente intensidad en el peligroso artefacto. “Esos doctores se tardan a veces cuatro y cinco horas”. un Corazón de Jesús de buen tamaño. De inmediato se halló recordando otra vez a su mujer. tal vez la torturarían. de manera súbita. cuya cáscara estaba formada por cuadros. “A Aurora le gustarían estos muebles”. Régulo halló que esa sala se parecía a muchas. uno al timón. detendría a Aurora. —¿Muñoz y Guaramato? –preguntó Régulo. Un Buick verde venía pegándose a su acera. En una fracción de segundo Régulo reconoció al de atrás. dijo. pero nadie podía saber cuánto faltaba para que llegara la Seguridad Nacional. En la sala había muebles pesados. La negra salía corriendo en pos del niño y el perro saltaba tras ella. por lo visto. “La primera sorprendida sería ella si le dijeran que yo estoy en Venezuela”. después se puso la corbata y el paltó.

en la casa de un ingeniero. Iban con él y por él. Régulo Llamozas. De pronto recordó que había estado en esa urbanización dos semanas atrás. No había podido ver el Avila a la luz del sol ni había podido salir a comerse unas caraotas en el restorán criollo. una ciudad que estaba dejando de ser lo que había sido sin que nadie supiera decir qué sería en el porvenir. millones de venezolanos podían hacerlo. había semivivido en Caracas. —Sí –aseguró el otro. y de paso. Ese camino está ahora despejado. convertido ahora en el distinguido 300 . cambiando impresiones a media voz. Tres meses. Ya no está ahí Rojas Pinilla. “Colinas de Bello Monte”. sin embargo. ¿sería una locura ver a Aurora? Pero claro que sería una locura. uno se quedó mirando a Régulo. el camino de aquí a la frontera es largo –dijo. Esta misma noche estás raspando. —Oye. la casa de su familia tenía vigilancia día y noche. Por Colombia… Rojas Pinilla había caído hacía dos meses… Desde luego. desde mediados de abril hasta ese día de julio. —¿Por dónde me voy? —Por Colombia. —Esos compañeros no hablan. Régulo sonrió. y los huecos iluminados de docenas de altos edificios.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Yo creo que es mejor ir por las Colinas de Bello Monte –opinó el que manejaba. tres meses jugándose la vida. otros le llevaban y le traían. —Bueno. vale. vale. nada más. El teniente Ontiveros llegó manejando una ranchera justo a la hora acordada. Régulo Llamozas no pudo opinar. De manera que el otro se había dado cuenta… Era gente muy alerta la que le rodeaba. —¿Un teniente? –preguntó. Figúrate que vas a ser soldado. No pasó nada. pensó. transmitiendo órdenes que había recibido en Costa Rica. saliendo sólo de noche. instruyendo a hombres y mujeres de la resistencia. y que te va a llevar un teniente en su propio auto. de los cuatro hombres que iban en él. y que desde una ventana había estado mirando a sus pies las luces vivas y ordenadas de la Autopista del Este y de la Avenida Miranda. —¿Habrán hablado Muñoz y Guaramato? –preguntó Régulo. Un automóvil negro pasó rozando el Buick. Todo el mundo podía hacerlo. Durante un instante Régulo temió que el auto negro se atravesaría delante del Buick y que los cuatro hombres saltarían a tierra armados de ametralladoras. para ir a Colombia había que pasar por Valencia. Su compañero comentó: —Pavoso el hombre. y habló poco pero actuó con seguridad. que se levantaban en dirección de Sabana Grande y de Chacao con apariencia de cerros cargados de fogatas en cuadro. Si la Seguridad Nacional sabía que él estaba en Venezuela. viendo compañeros de paso en reuniones subrepticias. Tú vas a viajar seguro. Hay que trasladar el retrato de tu cédula a otro papel. pero eso está arreglado. —Entra por la calle Edison y trata de pegarte al cerro –dijo el de atrás hablando con el que guiaba. el distinguido Juvenal Gómez. tres meses en las tinieblas metido en el corazón de una ciudad que ya no era su Caracas. vale. llevando la conversación al punto en que había quedado–. pero él no podía decir qué vía le parecía más segura. Pero ya tú sabes: el tigre come por lo ligero. que se perdían hacia Petare. ¿Pero de verdad o como yo? —De verdad vale… El teniente Ontiveros. Lo que venga que te coja afuera. Durante tres meses no había podido decir una sola vez que quería ir a tal sitio. él no.

y la brisa disipaba el calor que el sol sembraba durante doce horas en una tierra sedienta de agua. que separe al hombre de su pasado? Esa patria por la cual estaba jugándose la vida no era un mero hecho geográfico. camiones de carga y numerosos hombres chachareando afuera mientras otros se movían dentro de los botiquines. él saboreaba lentamente una emoción a la vez intensa y amarga. y él sabía que eran Venezuela aunque no pudiera verlos. silenciosos él y el compañero. En realidad. Trató de no llamar la atención. en medio de la oscuridad de la carretera. que en ese tiempo había sido un extraño para sí mismo. En un movimiento rápido. Serían las once de la noche. 301 . simple tierra con casas. un sonido especial que conmovía el corazón. sino a la simple imagen de un niño que jugaba en bicicleta al sol de la tarde. a su izquierda. Esos campos. —Está bien –aceptó Régulo. —Vamos a parar en Turmero –dijo de pronto el teniente–. Había a los lados maquinaria de la empleada en la construcción de la autopista. Régulo no respondió palabra. pensó. eso no le causaba asombro. se dijo. por mí no. Camino hacia Maracay. “El teniente éste está jugándose la vida por mí. como si la rajara. la de una grieta que se abría lentamente en su alma. en la de La Victoria. pero no se haga el enterado mientras no salgamos de Turmero. iba consustanciándose con su tierra. encontraba a su Venezuela. Había algo que brotaba de ella. sin duda tratando de dar con el compañero que viajaría con ellos. antes del exilio y en el exilio mismo. había dado con una emoción que era personalmente suya. él sabía que había muchos militares dispuestos a sacrificarse. En verdad. “Hasta Turmero cambia”. Agua. No. ¿Quién puede dar un corte seco. Sin embargo tenía conciencia de otra sensación. cada vez más parecía clavado. cierto tono. sino en las duras sombras que cubrían los campos. Va a subir ahí un compañero. eran Venezuela. que no terminaba en su piel porque se integraba con Venezuela. volviendo a su ser real. —Quédese aquí. más o menos. cuando se encaminaba de nuevo al destierro. el teniente Ontiveros guió la ranchera hacia el centro de la especie de plazoleta que separa a los dos comercios más importantes del lugar. algo que siempre había envuelto a Régulo. no en el asiento. agua como la que sonaba sin cesar en la taza del servicio. Iba pensando que había estado tres meses viviendo en un estado de tensión. Vio al teniente que bebía algo frente al mostrador y que volvía la cabeza a un sitio y a otro. por Venezuela”. Cada vez se concentraba más en sí mismo. y de alguna llave que él no podía ver caía agua. La brisa movía las hojas de un árbol que quedaba cerca. calles y autopistas encima. —Turmero –dijo el teniente cuando las luces del poblado parpadearon por entre ramas de árboles. ese aire. ni él ni el teniente tuvieron siquiera que bajar del vehículo. sólo ahora. que no procedía de nada ligado a su misión. Creo que usted lo conoce. una especie de corriente intensa. Régulo Llamozas se dejaba ganar por la extraña sensación de que ahora. Mientras la ranchera rodaba en la noche. esa misma tarde. minutos antes de que sonara el teléfono. Cruzaban los valles de Aragua. Lo mejor era mirar a todos lados. y la de gotas amargas que destilaban a lo largo de la grieta. El compañero viene conmigo dentro de un momento –explicó Ontiveros. y que solo al final. con toda el alma puesta en su tarea. No debía hacerse el misterioso.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Juvenal Gómez –con todo y uniforme— comenzó a sentirse más confiado cuando dejó atrás la alcabala de Los Teques.

Régulo no pudo hacer otra pregunta. Movió el cuerpo hacia su izquierda. El teniente Ontiveros encendió el motor. —Podemos ir los tres delante –dijo el teniente Ontiveros–. Aquí estoy. de saludar con efusión al amigo que le había salido al camino en momento tan difícil. seguido por el cachorro. Súbitamente liberado de su reciente inquietud. Comenzó a pasarse una mano por la barbilla y sus negros ojos se endurecían por momentos. —Pues ya lo ves. Alguien se acercaba a la ranchera. En un instante Turnero quedó atrás. de los desterrados. La sacó de la cartera y empezó a palparla. —Yo tenía reunión con Leonardo la noche de su muerte –dijo Luis. y en una de las voces reconoció a un amigo. de las tareas clandestinas. No estando el teniente con él. —No. en Caracas. Hablaron un poco más. Tengo tres meses aquí y hace cuatro que salí de Costa Rica. pero tengo sospechas de que la Seguridad esté vigilando los alrededores. sí. Régulo trató de dominar su voz. Yo entré por Puerto la Cruz y todavía no he estado en Valencia. qué alegría! Nunca pensé que te vería en este viaje. en Los Chaguaramos. por lo que pudiera suceder. —¿Cómo en Caracas? ¿Desde cuándo? –inquirió casi a gritos. Régulo Llamozas sintió que le daban un latigazo en el centro del alma. Se sentía castigado por olas de calor que le quemaban el rostro. Estoy pensando que si pasamos por Valencia después de la una podría llegar un momento a la casa. siempre en la línea. Miró de refilón. Régulo. con acento de sorpresa–. 302 . como para ver mejor a Régulo. Hablaban con toda naturalidad. El distinguido Gómez. allí donde el pequeño ciclista pedaleaba sin cesar. y preguntó de pronto: —¿Cómo está Aurora? ¿Hallaste grande a Regulito? —No los he visto –explicó Régulo–. —Desde que su papá se puso grave. porque estaban llegando a la alcabala de Maracay. Vive en Caracas. Pero se hizo el desinteresado. Régulo Llamozas sentía necesidad de decir un chiste. se sentía intranquilo. todavía con la granada en la mano se corrió hacia el centro. en una quinta que se llama Mercedes. —Pués sí –explicó Luis–… Ella vive en la calle Madariaga. temeroso de hacer un papel ridículo. Me dijeron que debía acompañarte hasta Barquisimeto y he venido a hacerlo. Pero si Aurora no vive en Valencia. de manera que lo mejor era tener una granada en la mano. solitario como la calle de un pueblo abandonado. —¡Vale Luis. Córrase un poco. en el pedazo de calle de Los Chaguaramos. vale –dijo–. Los faros iban destacando uno por uno los árboles de la carretera. En ese instante oyó pasos. distinguido Gómez. contó cosas suyas. el teniente dio la vuelta y entró por el lado izquierdo al tiempo que el otro tomaba asiento en el extremo derecho. de Barquisimeto en adelante te acompañará otro. tratando de no dar el rostro: eran el teniente y el compañero. El teniente mencionó a Omaña. Régulo Llamozas se volvió al recién llegado y le echó un brazo por el hombro. Fue después que les dieron paso cuando Luis inició un tema nuevo.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS allá en Caracas. y de pronto hubo silencio. de los caídos. —¿Pero tú no lo sabías? –preguntó el amigo. —¿En Valencia? –preguntó Luis. puso la luz y la ranchera echó a andar.

y tenía sobre todo un aire extraño. a eso de las nueve. La casa que alquiló Victoriano tenía hacia el este un solar cubierto de matorrales y arbustos. En la primera ocasión su mujer salió a la puerta y estuvo mirando a su marido y a los policías hasta que doblaron. y entonces su voz grave y dura se expandía por gran parte de aquella pequeña calle dejando la convicción de que Victoriano era un hombre autoritario y violento. Aquella vez era bastante avanzada la tarde. si no llovía –porque cuando llovía la calle se volvía un lodazal–. uno de ellos le empujó. Esa sensación se agravaba debido a que Victoriano Segura jamás se dirigía a nadie en la calle. de ojos saltones y manchados de sangre. El contraste entre su silencio y su voz producía malísima impresión. Además. probablemente de más de seis pies. Por de pronto. la vieja medio ciega dijo que había oído gritos. de quienes se decía que guardaban algún dinero. El lugar era una calle todavía en esbozo. donde el vecindario tiraba latas viejas. las restantes daban directamente a la hierba o al polvo. en la segunda ni eso pudieron ver los vecinos. y la brisa de las calles llegaba fresca después de su paso por los samanes de la llanura. tenía la piel cobriza. y en consecuencia. hacia el oeste vivían dos hermanas viejecitas. Armado de machete. una de ellas sorda como una tapia y la otra casi ciega. a quien ese malvado maltrataba. muy callado. Debía ser media noche. Cuando se corrió la voz de que las dos veces Victoriano había sido llevado a la policía por robo. En poco tiempo el miedo a ese asalto y la posibilidad de que se produjera –tal vez con asesinato y otros agravantes– dominó en todos los hogares. pero hacia la casa de Victoriano Segura. Victoriano Segura Todo lo malo que se había pensado de Victoriano Segura estaba sin duda justificado. la gente comenzó a temer que de momento asaltaría a las viejas. la gente que vivía allí era “de…cente. Victoriano era alto. Ya estaban en Maracay. de…cente”. Ahora bien. muy flaco. El teniente Ontiveros volvió el rostro y a la luz del tablero vio con asombro las lágrimas cayendo por las mejillas del distinguido Juvenal Gómez. el hijo de don Tancredo corrió para volver a poco diciendo que allí nada ocurría. papeles y hasta basura.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS No se oyeron más palabras. Con lo cual aludía a los viajes de Victoriano Segura seguido de esas escoltas policiales. pues sólo hablaba de tarde en tarde para llamar a la mujer y pedirle café. el pelo áspero y la nariz muy fina. Interrogada por él. según afirmaba con su graciosa tartamudez el anciano Tancredo Rojas. La gente comentó durante varios días el valor del hijo de don Tancredo y acabó asegurando que los gritos eran de la mujer de Victoriano. lo amenazó con su palo y le gritó algunas malas palabras. su propia llegada al lugar tuvo algo de misteriosa. en la que tal vez no habría más de veinte casas. nada más esas tres tenían aceras. pues a las pocas semanas de hallarse viviendo allí se presentaron en su puerta dos policías y se lo llevaron por delante. pues él le dijo a voces que no le diera gusto a la gente. 303 . de la alta y seca figura de Victoriano comenzó a emerger un prestigio siniestro. porque cuando –al tomar la esquina– Victoriano Segura se detuvo como para hablar. Una noche. Pero en otra ocasión los agentes del orden público llegaron muy de mañana y al parecer con mala sangre. una expresión que no podía definirse. no sonreía ni contestaba saludos. que se quedara adentro y no le abriera la puerta a nadie. y de esas sólo tres podían considerarse de algún valor. que ponía pavor en el corazón de las mujeres y bastante preocupación en la mente de los hombres. se oyeron desgarradores gritos femeninos que salían de la casa de las dos ancianas.

más oscura que el marido pero muy bonita. corriendo por el balcón de un extremo a otro. con una calleja tan pequeña. La noche de San Silvestre. que bajen por la escalera! ¡Baja. Abajo estaba el comercio y arriba vivía la familia. que había emigrado de su lejana tierra ya de años. se veía a José. abajo era de ladrillo. y a la mujer con otro en alto. tenía tres niños preciosos y. De primera intención todo el mundo creyó que había muerto la madre de José Abud. más bien baja. de cabellos crespos. Por eso resultó tan sorprendente la conducta del extraño sujeto cuando la desgracia se hizo presente por vez primera en aquel naciente pedazo de calle. aumentó la sensación de malestar que producía el hombre. por debajo del balcón de la gran casa. donde otro mulo descansaba día por medio. José Abud se había casado pocos años antes con la hija de un compatriota. era cuando llamaba a su mujer para pedirle café. guardaba la carreta en el patio y soltaba el mulo en el solar vecino. agréguese a él el comportamiento del hombre. Su casa era la mejor del vecindario. según se decía en la calleja. con dos hijos bajo los brazos. a nadie preguntó quién era el dueño ni cuánto cobraban por alquilarla. —Pobrecita –comentaban las mujeres cuando la veían–. y nadie vio a Victoriano Segura llegar a verla. mujeres y muchachos comenzaron a corretear por la calleja. José. Sin duda se había mudado a medianoche. Allá arriba. se oían el chasquido del fuego y el trepidar de las puertas. según decían en el barrio. El viejo Abud no era tan viejo. las campanas de las dos iglesias y millares de cohetes dieron la señal de que había comenzado un año nuevo. sus dos detenciones acusado de robo. Anciana ya. Y era José Abud. Pero con incontenible estupor la gente que se asomaba a las puertas y a las ventanas vio penetrar en sus casas una extraña claridad rojiza. se veía a la mujer. de pocas carnes. bajen! –gritaban desde la calle. Agudos lamentos de mujeres y voces de hombres íbanle dando al terrible espectáculo el tono de pavor que merecía. La vieja Adelina Abud. debido a castigo de Dios porque no era católica. como enloquecidos. además. bellos ojos negros y boca muy bien dibujada. Ese solo hecho dio lugar a muchas conjeturas. Inmediatamente la gente pensó: “Es José Abud”. después que las sirenas de los aserraderos. y cuando iba a comprar algo. arriba de madera. Alguna que otra tarde se oía su voz. Su acento libanés no podía confundirse. usando su propia carreta. y por eso creían que la escalera se conservaba todavía 304 . y los gritos nocturnos bajo su techo. Todo lo malo imaginable podía pensarse de Victoriano Segura. donde todos se conocían y todos se llevaban bien y se trataban con cariño. Él era carretero. salía muy temprano a trabajar y a eso de media tarde se sentaba a la puerta de la calle. y hablando con toda propiedad. A lo mejor ignoraban que el comercio era pasto del fuego. hombres. tener que vivir con un hombre así… La casa en que vivían había estado vacía muchos meses. quedó paralítica. se oyeron gritos de socorro. Entonces de todas las bocas surgió el grito: —¡Fuego! ¡Es fuego en la casa de José Abud! Atropelladamente. seguro que no tenía sesenta años.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Eso. Súbitas y violentas llamaradas salían con pasmosa y siniestra agilidad. a su madre. la única de dos plantas. —¡Que bajen por la escalera antes de que se queme. vestidos a medias. En medio de la noche se oyeron golpes de puertas que se abrían y voces que resonaban preguntando qué pasaba. que era una criatura callada. apenas hablaba con claridad. De buenas a primeras amaneció un día allí. Sólo en esas ocasiones. Pero se notaba que el aturdido libanés y su mujer no entendían. con la silla arrimada en el seto de tablas.

—¡Hay que abrir esa puerta pronto! –gritó alguien. Se paró en la acera de la casa de don Julio Sánchez. A seguidas se vio el impetuoso río de fuego abrir brecha en el lienzo de manera que dividía la escalera del comercio. Victoriano Segura la miró a fondo durante diez o doce segundos. Cálido. que era joven y estaba desesperada por la tragedia. Se metió de un salto por la puerta de la escalera. Aquella extraña mirada se convirtió de pronto en la de una fiera. Al parecer no atendía más que al súbito e incesante crecer y decrecer de las llamaradas. se le vio saltar todavía más. No podía ser de otra manera. hacia el fondo. se oyó el crepitar de las tables. Mas ya era tarde para que Victoriano Segura pudiera oírlo. así que ellos ignoraban que el comercio ardía. y se vio a varios hombres meterse a toda prisa escaleras arriba. se impuso al tumulto. —¿Dónde está la vieja? ¡Dígame dónde está la vieja! –demandó más que preguntó. no. como un enorme gato flaco y ágil. fuerte. dura. esa voz que aterrorizaba al vecindario. aunque de una sola planta. 305 . En un instante apareció un hombre con un pico y otro con una barreta. braceando como si nadara. —¡Se va a matar ese hombre! –gritó de pronto una mujer. baja. donde más fuerte debía ser el fuego en tal momento. atento al siniestro. los brazos cruzados sobre el pecho. que podía moverse sin hacer ruido y sin mostrar esfuerzo. Pero la gente no perdió tiempo. usté no! –gritó José Abud al tiempo que trataba de agarrarlo para que no fuera. no pensó así. refiriéndose a la puerta de la escalera. —¡La última de allá. pues cuando la familia se dio cuenta del siniestro fue cuando vieron las llamas reventando. que pegaba con la de José Abud y era también de ladrillos. y gritó que estaba en su habitación. se va a asfixiar! ¡Salga de ahí Victoriano! –gritaron varias voces a un tiempo. y ya había trepado y consumido en un momento parte de los altos. mamá está arriba! ¡Mamá se quema! Entonces. picante. Esa noche –¡por fin– no se mantuvo apartado. Victoriano Segura avanzó. esto es. que estaban aterrorizados. Cuando retornaron llevaban a los niños en brazos y empujaban a José y a su mujer. y tras el crepitar entraron las múltiples llamas ensanchándose y despidiendo chispas. La gente sintió su presencia. Pero la mujer de José Abud. —¡Sí. con agrio olor. Las llamas iluminaban su rostro cobrizo y su pelo áspero. por la pared de atrás de la casa. La gente se quedó muda. como un alto y flaco e inmóvil muñeco de cobre que resultara a ratos iluminado por el aleteo de las llamas. si bien tampoco se mezcló con la gente. tal vez porque alguien acertó a decirle que ese hombre pretendía aprovechar el desconcierto para ir a robar. Después se supo que efectivamente era eso lo que pensaban José Abud y su mujer. callado. Debió vestirse muy de prisa. se va a matar. porque tenía la camisa abierta. “Este quiere entrar para robar”. con voz que parecía llegada de otro mundo: —¡Mamá. de allá! –explicaba entre llanto a la vez que indicaba con la mano que el sitio estaba hacia el fondo y hacia el oriente. cuando oyó a José Abud exclamar. Allí. como gigantesca flor viva. podía vérsele enrojeciendo y brillando. Victoriano Segura se había levantado. y su voz de piedra. —¡No. a los gritos y a las quejas. y era fácil advertir que los músculos de la cara estaban contrayéndosele. golpearon la puerta e hicieron saltar los cierres.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS en buen estado. un brillo imponente le alumbró los ojos. el humo salió por allí. pensaron muchos.

COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS A esa hora la multitud era ya grande. Instintivamente la gente volvía la cabeza hacia la casa de Victoriano. ¿qué iba a ser de Victoriano y de la vieja? Las voces comenzaron a hacerse más altas. sobre el seto del alto. 306 . la imagen de Victoriano Segura. un mar en el que de pronto se levanta una ola y a poco vuelve a caer. a pesar de que no podrían hacer nada allí debido a que no había de dónde sacar agua. Los vecinos de la calleja sentían deseos de acercarse a ella y hablarle sobre su marido. es inclemente. Aunque no había dudas de que todos pensaban en la vieja paralítica. Llegaron policías que comenzaron a dar órdenes y a apartar a la multitud. Para el expectante vecindario. Una llamarada surgió. que no son nada para salvar una vida. sacar de su lecho a una anciana paralítica y conducirla a la calle. bonita. Tal vez nadie pensó eso aquella noche de San Silvestre. Cinco minutos no son nada. el balcón comenzó a arder. pequeña. De súbito se la vio abrir la boca. recordando que habían dejado las puertas abiertas y que las circunstancias eran propicias para que se metieran por ellas los rateros. mientras la casa de José Abud ardía. cinco minutos. Los policías. Por fin. pero es indudable que todos lo sintieron. Sobre el constante abejoneo se alzaba de improviso un clamor. de grandes ojos negros y de cutis oscuro que el fuego enrojecía. Es probable. sino buscando el sitio donde José Abud guardaba su dinero. aunque la casa no esté ardiendo. más frecuentes. con rasgos cada vez más fuertes. y así. sin embargo. por muy de prisa que lo haga todo. y nadie puede en cinco minutos. De manera que una carrera entre el hombre y el fuego es muy desigual para el hombre. sin gritar y sin moverse. Había llegado ya el momento en que la gente lanzaba maldiciones por la lentitud del hombre en salir. —¡Victoriano! –dijo y corrió hacia el fuego. atraídos por el resplandor y por el escándalo. Si el balcón cogía fuego. subir a una casa. desaparecería a los ojos de todos con la fortuna de Abud. Aquel hombre parecía llamado a promover en torno suyo una atmósfera dramática. envolvió y pareció acariciar la balaustrada. Por eso los que llegaban se ponían a mirar hacia “allá arriba” con tanta angustia como los vecinos de la calleja. que todavía hubiera alguien pensando que Victoriano no estaba tratando de sacar a la enferma. salvaje. en cuya puerta. y para las personas que tenían esa sospecha. los bomberos y todos los recién llegados hacían la misma pregunta: —¿Cómo empezó? Y todos oían las atropelladas noticias de que allá arriba había una vieja paralítica y un hombre que se había metido a salvarla. de momento aparecería Victoriano en el balcón y daría un salto o haría algo diabólico. los ayes de las mujeres. se veía a su mujer. lo cual indicaba que su probable muerte –la horrible muerte por el fuego– comenzaba a ganarle simpatías. tal vez muy angustiada pero de todas maneras muy dueña de sí misma. la lamió y en un instante la hizo arder. Ahora bien el fuego es un elemento muy veloz. Las señoras del vecindario corrían de nuevo hacia sus casas. hacia el lado de allá. resultan un largo tiempo para perderla. podía advertirse que sobre ese pensamiento iba superponiéndose. Gentes de las calles cercanas y hasta del centro del pueblo habían llegado de todas direcciones. una vez transcurridos cinco minutos podían darse por muertos a Victoriano Segura y a la vieja Adelina Abud. en grupos dispersos comenzaron a llegar los bomberos. un comentario quejumbroso o una observación que salía del corazón mismo de la multitud. con inteligente y demoníaca maldad. Las conversaciones eran como un mar. Por el extremo este. y su entraña maligna está fuera del tiempo.

Al favor de las llamas se vio entonces que a pesar de su delgadez era musculoso y fuerte como un animal joven. comenzó a golpear la balaustrada del balcón por el extremo que daba al techo de la casa de don Julio Sánchez. La multitud comprendió de inmediato que el plan de Victoriano consistía en romper la balaustrada para sacar por ahí a la vieja. Mucha gente pensó que la anciana no podría salvarse. no era cosa de salir corriendo y dejar caer a Adelina. cosa que todos aseguraban en voz baja. Es el caso que apareció una escalera. dos por allá. El espacio que el hombre tenía que recorrer sería de tres varas solamente. pero que el hombre sí. asomó hacia la multitud su rostro duro. Por cierto una parte cayó. y el balcón podía caerse. La gente bramó cuando vio ese pedazo de balcón. Mientras tanto. Colocarse de espaldas al fuego. la multitud empezó a moverse hacia el sitio donde se hallaba su mujer. A seguidas volvió a salir. y además. una voz por aquí. mas en esas tres varas dominaba ya el fuego. otra más lejos. A poco un enorme clamoreo subió de todas las bocas y hubo muchos que aplaudieron. El humo iba saliendo por las puertas. con la boca cubierta por una mano y los ojos fijos en el balcón. Logró romper el pasamanos y se prendió de él con terrible fuerza. y brutalmente. con la anciana en brazos. con una seguridad y una fiereza impresionantes. y entró de nuevo a toda prisa. Pero parecía muy tarde. y tres o cuatro hombres la agarraron al tiempo que otros trepaban hacia el techo. indiferente al fuego del balcón que avanzaba hacia sus espaldas. Pero nadie ponía atención en los bomberos ni en los policías. A ese tiempo éste había hecho saltar todos los balaustres y había entrado de nuevo en la casa. Fue admirable la prontitud con que apareció una escalera. para bajar la escalera. caer entre chispas y estruendo. requería mucho esfuerzo y un gasto de tiempo que ya no podía hacerse. No se daban cuenta de que Victoriano había pasado a ser el objeto de la preocupación general. Tal vez era de los bomberos. podía haber una vara de espacio vacío de una casa a la otra. a tal altura. alguien les gritó que subieran la escalera para ayudar a Victoriano. 307 . —¡Que suban algunos al techo de don Julio! –comenzó a pedir la gente. consumido por el fuego. las llamas avanzaban y cubrían todo el sitio. Seis o siete hombres que se movían tropezando y estorbándose lograron ganar el techo de la casa de don Julio. favorecidas por una ligera brisa. El hombre había hallado el dinero y andaba buscando por dónde escapar. También estaban seguros. aunque de manera dispersa. Parecía imposible librarse de su efecto. o aún entregársela a alguien de los que estaban sobre el techo de la casa de don Julio. lo removió. como con miedo: Victoriano Segura había aparecido en el balcón con la anciana en los brazos. lo haló. Victoriano Segura iba destrozando la balaustrada. de que Victoriano iba en busca de la vieja. Ya había sido eliminada totalmente la última sospecha. Ese movimiento acentuó las sospechas de los que las tenían. La menor dilación. En medio de la angustia los sentimientos iban desplazándose. si no seguía arriesgándose. Cuando lo hizo saltar se detuvo un poco para quitarse la camisa. además. armado de un palo que seguramente había sido la pata de una mesa. porque. Después de haber gritado el nombre de su marido. precisamente cuando Victoriano se acercaba al extremo que él mismo había roto poco antes. allá arriba. ella se había quedado inmóvil. que se convertían en dos varas y media desde el pasamanos. Inconscientemente.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS El hombre había salido al balcón. en violentas bocanadas gris negras que avanzaban como impetuosos remolinos. Lo hizo durante un instante. Entre el piso del balcón y ese techo podía haber una diferencia de vara y media. La anciana no podía salvarse.

Había llegado al borde del balcón y durante un segundo se le vio dudar. y dejó oír. del continuo estallido de las maderas que ardían. y levantando sordo estrépito cayó a la calle envuelto en chorros de fulgurantes chispas. Victoriano. de aquel mar de voces. —¡Déjela caer. con la agilidad de un enorme gato. a quien los otros recibieron en tumulto. —¡Allá va! –dijo estentóreamente. imponiéndose con su dura mirada y su gran tamaño. pero nadie pedía aceptar a esa altura la idea de que muriera Victoriano. a quien una corta dilación convertiría en víctima. Tal vez pensaba lanzarse con la anciana en brazos. y hasta alguna mujer. Victoriano se sentó. 308 . inerte. luego tomó a la vieja por las axilas y comenzó a bajarla. Por un momento su mujer perdió la serenidad. déjela caer! –gritaban los hombres agrupados bajo los pies de la anciana. Victoriano se tiró. Ella dijo entonces: —¡Acuérdate. Cuando algunos quisieron buscarlo para hablar con él. Los de abajo tendían las manos y daban gritos. Por momentos salían huyendo. De rato en rato un muchacho señalaba hacia la casa de Victoriano Segura y decía: —Mire. hacían grupos frente al lugar del siniestro y cambiaban impresiones. los seis o siete hombres que estaban en el techo de don Julio le invitaban a algo. por segunda vez en esa doliente noche. corrió hacia el fuego y gritó: —¡Victoriano. Gesticulando y gritando. dándoles la espalda. era tarde. Se concebía ya hasta que la vieja muriera. Ya allí. porque Victoriano se volvió a los hombres que se agrupaban bajo él. Ahora bien. se había oído el golpe de su puerta. acuérdate! ¿Que se acordara de qué? ¿Qué significaban esas palabras? ¿Había alguna razón por la cual él no debía dejarse matar o inutilizar por el fuego? La gente se miró entre sí. Estaba tan aislado allá arriba como se mantenía en su casa. él vive ahí. La oyó porque se le vio buscarla con los ojos. mas la naturaleza humana no varía tan de prisa. El misterio seguía rodeando a ese hombre flaco y alto. de manera que quedó sentado con las piernas al aire y la vieja Adelina en ellas. Como todo el mundo. y con ellas los sentimientos a que han dado origen. a ese ser impenetrable. Durante todo el día de Año Nuevo estuvieron humeando los escombros de la que había sido la mejor construcción en la pequeña calle. razón por la cual muy pocos se dieron cuenta de que Victoriano Segura había corrido por el techo de la casa de don Julio y había saltado después a la calle. el marido oyó a su mujer. A seguidas crujió el resto del balcón. Debía ser muy importante lo que decía la mujer. La gente se distrajo viendo esa caída y esas chispas.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS Pero Victoriano no volvió la cabeza. porque las llamas avanzaban sobre ellos. su voz metálica e impresionante. La enferma se movía igual que un péndulo. suéltala y tírate! Y en medio del tumulto. Ese Victoriano Segura que estaba jugándose la vida en el balcón era el mismo que dejaba sin contestar los saludos de sus vecinos. después empezó a dar una vuelta. Las opiniones pueden cambiar en un minuto. lo cual hubiera sido una locura. ellos no pensaban tanto en Adelina como en Victoriano. pidió paso y se lo dieron. Era impresionante ver que esas llamas casi envolvían a la paralítica y sin embargo no la conmovían. Hombres y muchachos. era evidente que a aquel hombre no le importaban gran cosa los demás. Tranquilamente. Confusamente. duro y callado. Un segundo después. más como una gran muñeca de madera que como un ser vivo. en el techo vecino. Y soltó a la anciana.

Todavía hoy. don Tancredo Rojas comenzó a tratar de decir que todos ellos querían saludar al “hé… roe. el frecuente canto de los pájaros y el murmullo de los árboles hacían más sensibles esos rasgos de profunda esencia musical con que se embellecen los días sin importancia. sino sólo un poco. dulce y limpio. sólo ahora la sabrán. pero no salía más. y como en los días siguientes se le oyó martillar. se pensó que estaba haciendo arreglos en la vivienda. Perdónenme señores… –Pero váyanse. Queríamos saber si estaba bien y si necesitaba algo. fueron a visitarlo. señores… Miren. encabezados por José Abud. señora. Pues Victoriano Segura se esfumó tan extrañamente como había llegado. mientras hacía moverse de un lado a otro la empuñadura de su bastón. Evidentemente la mujer no sabía que hacer. muy bien –dijo–. Adiós. En medio de tal ambiente. Esa conducta. —Ay. él no está aquí –dijo–. señora. en cuya vida había algún misterio. a juzgar por la recepción se les hizo a los señores que estuvieron en su casa después del incendio. Mejor váyanse. La gente muy madrugadora alcanzaba a oír el ruido de su carreta. Los días fueron transcurriendo sin que volviera a verse a Victoriano Segura sentado a la puerta de su casa. Ocurrió que una tarde llegó a la calleja con su carreta cargada de tablas. por lo demás. cuya puntera había clavado en tierra. El grupo cambió miradas. Fue a eso de las nueve de la mañana. al cabo de los años. —¿Qué desean? –preguntó. de. la mayoría recordaba los gritos de mujer aquella noche. Por entonces el mes de febrero iba muy avanzado. Caminaba junto a sus compañeros de comisión como quien marcha tras el entierro de un ser querido. hé… roe. Una adorable paz ganaba el corazón de la gente. Entonces intervino don Julio. Y como tampoco se le vio salir al siguiente. pero no abrió del todo.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS Pero nadie vio a Victoriano ese día. si bien de manera mucho más dramática. Se había puesto nerviosa y se agarraba a la hoja de la puerta como si temiera que algún espíritu maligno pudiera abrirla del todo. aquellos a quienes tanto intrigaba su conducta ignoran esa verdad. y en aquella pequeña calle que estaba surgiendo a la orilla misma de los campos. El pobre José Abud. lo cual quiere decir que había brisas cuaresmales y el cielo estaba brillante. Algunas mujeres parloteaban desde sus puertas con las 309 . se pensaba que tenía relación con ese misterio que le rodeaba. Muy pocos aludían a sus prisiones. —Muy bien. si bien ya no causaba mala impresión. A juicio del vecindario Victoriano era un hombre extraño. El no quiere que venga gente a la casa. llenaba de confusión a todo el mundo. Sólo persistía esa atmósfera de misterio en torno suyo. ocurrió la partida de Victoriano Segura. unos cuantos vecinos. desde luego. de…” Pero la mujer no deseaba oír más. no abría la boca. Pero le dice que vinimos a verlo. tal vez hacía una mesa para comer o remendaba una ventana rota. Algún día se sabría la verdad. abrumado por la desgracia. Volvía a media tarde. El aire iba y venía cargado con los presagios del carnaval y la Semana Santa. en cuanto al repetido “¡acuérdate!” que le lanzó la suya la noche del fuego. Muchos de los vecinos le vieron meter esas tablas en la casa. si es que alguno de ellos lee esta historia. Con su graciosa tartamudez. —Pero… pero… pero… –comenzó a decir don Tancredo. A las llamadas en la puerta salió la mujer. debía ser muy celoso. cuya voz era muy aguda. Pero el miedo de que pudiera asaltar a las ancianas del lado se había disipado del todo. hé… roe de.

y nada más. sin duda camino del cementerio. se perdió la mujer. Ella llevaba en la mano una vela encendida y al parecer había comenzado a rezar. y allí estuvo largas horas labrando su pedazo de madera. la cabeza baja. Era su misma voz dura de otros tiempos. Estuvo largo rato mirándose las manos. labraba un pedazo de madera con una pequeña cuchilla y parecía aislado en medio de sus compañeros. Cachazudamente. sino porque su estancia en la calleja me había causado mucha impresión y por tanto no lo olvidé. Victoriano puso dos piedras junto a una de las ruedas. Se presumió que él había vuelto de noche para llevarse los enseres y el otro mulo. Victoriano Segura dio tres “¡arres!” en voz alta. Inesperadamente se abrió el portón que daba al patio donde Victoriano guardaba la carreta y se oyó su dura voz arreando al mulo. algunas gallinas picoteaban las manchas de yerba que se veía aquí y allá. ¿Quién podía prever lo que sucedió inmediatamente? Algunos minutos más tarde la puerta se abrió de par en par y Victoriano Segura salió de espaldas. El hombre logró al fin llevar el ataúd a donde quería. impresionante y reservada. y la lúgubre carga iba entrando lentamente en la carreta. Tambaleante y despaciosa. Le reconocí inmediatamente. No era fácil hacer rodar el ataúd. la mujer no cesaba de llorar. Hábilmente conducida. con la mano de la vela mecánicamente alzada. la mañana en que él se fue. era su misma mirada metálica. Retornó a su soledad. junto con otros presos. —Yo lo conocí a usté –dije–. Vivíamos casi enfrente. después tomó la que cargaba la mujer y comenzó a empujar. —Sí. Sin subirse en la carreta. Tenía canas y algunas arrugas. que debía ser mucha. —Usté es Victoriano Segura –le dije atravesándome en su camino.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS vecinas. Fue cuando se quemó la casa de José Abud. Al fin dijo: 310 . Nunca más volvió la gente de la pequeña calle a verlos. la otra para impedir que se moviera hacia atrás. Cuando ocurrieron los sucesos en que él fue protagonista yo era un muchacho. la carreta quedó parada junto a la puerta de la casa. A mi me pareció que algo veló el brillo de su mirada. Se fue a su camastro. Pero no dijo una palabra. al otro extremo apareció luego la mujer. tocándoselas una con otra. y cerrar la puerta. Bajo aquel sol límpido era una estampa dura la de esa mujer llorando en silencio mientras su marido luchaba con el impresionante cargamento. ¿por qué? –contestó. Fue una semana más tarde cuando yo me atreví a preguntarle por su mujer. viéndole luchar con el ataúd. dándoles vueltas de las palmas a los dorsos. Yo estaba junto a mi madre. Volvimos a encontrarnos en la cárcel. el hombre colocó la punta del féretro en el borde de la carreta. Pero yo vi a Victoriano Segura muchos años más tarde. Ni siquiera movía la cabeza. la carreta se perdió en la esquina. Usando toda su fuerza. Cuando se puso de pie para ir a su camastro los demás le abrieron paso en silencio. se le vio entrar en la casa con su mujer. salir a poco. algunos muchachos jugaban dando carreras o empinaban papalotes. Se le veía endurecido por la tensión. Secándose los ojos con la mano. tocado de sombrero negro. uno de los que oían hablar de él y de la misteriosa atmósfera que le rodeaba. Tras ella. no sólo porque había cambiado muy poco –si bien algo de su rostro denunciaba el paso del tiempo–. dominando el mulo desde afuera. Estaba en una gran celda. adonde me habían llevado mis ideas políticas. a esa áspera soledad en que viviera siempre. Victoriano lo removía de un lado a otro. cargando con un extremo de ataúd. uno de los que despertaron sobresaltados la noche del siniestro en la casa de José Abud. una para impedir que se moviera hacia adelante. Después de eso entró en la casa.

yo estaba allí: había pasado el umbral y tenía que entregar mi cabeza. y la que iba a iniciar en ese momento. Si usté la ve ahora con mi consentimiento. como la de una estatua. y yo las veía colocadas en una larga hilera de vitrinas que estaban adosadas a la pared de enfrente. Al parecer halló que había hablado demasiado. aunque les faltaba el flujo de la sangre bajo la piel. Debo confesar que el espectáculo me produjo un miedo súbito e intenso. Me le acerqué para preguntarle si quería que visitara a su mujer en el leprocomio. que murió lázara. la mamá de mi mujer. las cornisas de cubos dorados. pues las cabezas se conservaban en forma admirable. es como si la viera yo. Parecía que no había distancia entre la vida que había dejado atrás. relampagueante. casi como si estuvieran vivas. —¿La mía? –pregunté. así. pregunté: —¿Y cómo me la quito? 311 . y la alfombra similar que cruzaba a todo lo largo por el centro. Durante cierto tiempo me sentí paralizado por el terror. donde algunos reclusos charlaban y se movían sin cesar. Su mamá perdió la nariz y tal vez ella la pierda también. Y he aquí lo que me dijo entonces Victoriano Segura mirándome a los ojos: —No vaya. Pero era el caso que aún incapacitado para pensar y para actuar. Usté la conoció cuando era bonita. las dos enormes lámparas colgantes de cristal de Bohemia. Yo no podía saber de dónde salía. Sólo sabía a ciencia cierta que ninguna de las innumerables cabezas de las vitrinas había emitido el menor sonido. Entonces yo tuve un vislumbre. Y me dio la espalda. La situación era en verdad aterradora. Tal vez con el deseo inconsciente de ganar tiempo. Físicamente. A poco recomendó: —Que no lo sepa nadie. tal vez de cuatro. las grandes columnas de mayólica. Sin embargo lo que veía indicaba que la separación entre lo que fui y lo que sería no podía medirse en términos humanos. La mancha indeleble Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas. que se cubrían con lujosos tapices. porque se puso de pie y se fue a un rincón. la distancia sería de tres metros. Nadie podría evitarme esa macabra experiencia. del otro lado de la puerta. que a mí me pareció de mármol. la alfombra roja que iba de la escalinata a la gran mesa del recibidor. de que su antigua soledad se había debido… —Ahora me explico –empecé a decir. mientras él me clavaba su imperiosa mirada—… Aquel ataúd era… —Su mamá –dijo–. Ya no volví a dirigirle la palabra sino cuando un mes después se me avisó que recogiera mis pertenencias porque iban a dejarme en libertad ese mismo día.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS —En el lazareto. —Claro… ¿Cuál va a ser? A pesar de que no era autoritaria. con tanto miedo que a duras penas me oía a mí mismo. Tenía la impresión de que todo lo que veía estaba hablando a un tiempo: el piso de mármol negro y blanco. la voz llenaba todo el salón y resonaba entre las paredes. —Entregue su cabeza –dijo una voz suave. Seguramente en esas vitrinas no entraba aire contaminado. Se sentó allí y se dedicó a contemplar el patio.

y de haber habido por allí un policía. Estaba cerrada. Oía día y noche la voz y veía en todas partes los millares de ojos sin vida y los centenares de cabezas sin cuerpo. Al fin apoyé las dos manos en la mesa. Tal vez por eso me parecía tan terrible. Instintivamente miré hacia la puerta por donde había entrado. tire hacia arriba y verá con qué facilidad sale. Al fin logré hablar. Comprendía que llevaba el rostro pálido y los ojos desorbitados. No había la menor señal de vida. Me di cuenta de que alguna gente se alarmó al verme correr. Déme algún tiempo para pensarlo. Eso estaba sucediéndome en pleno estado de lucidez. No me había equivocado. Pero no era una pesadilla. no va a necesitarlos más: va a empezar una vida nueva. apoyando los pulgares en las curvas de las quijadas. y un pie se posaba en el umbral. una mano sujetaba el borde de la gran hoja de madera brillante y la empujaba hacia adentro. me hubiera perseguido. —Sí. sin emociones propias? —pregunté. Además. sin mis ideas. Había también puertas en esos extremos. y huía como loco. Colóquela después sobre la mesa. Pero no puedo despojarme de mi cabeza así como así. Peor aún: estábamos la voz y yo. Comprenda que ella está llena de mis ideas. Pero en la 312 . En cuanto a sus recuerdos. Dos veces tuve que parar para tomar aire. empujé al que entraba y salté a la calle. En medio de mi terror actué como un autómata. y me pareció que la voz emitía un ligero gruñido. —Por favor. lo cual me hizo sentirme tan desamparado como un niño perdido en una gran ciudad. Resulta aterrador oír la orden de quitarse la cabeza dicha con tono normal. —Aquí no tiene que pensar. Sentí que alguien iba a entrar. Si se hubiera tratado de una pesadilla me hubiera explicado la orden y mi situación. No es fácil explicar lo que esas palabras significaron para mí. tal vez pensaron que había robado o que había sido sorprendido en el momento de robar. no me importaba. —¿Vida sin relación conmigo mismo. Sin duda era la hora indecisa entre el día que muere y la noche que todavía no ha cerrado. No se veía una silla. Ya dije que la voz no era autoritaria sino suave. y de que millones de seres minúsculos e invisibles acechaban mi pensamiento. que hay otros en turno –dijo la voz. Es el resumen de mi propia vida. ¿con qué voy a pensar? La parrafada no me salió de golpe. pero ninguna estaba abierta. Callé. Me ahogaba. mientras me hallaba de pie y solitario en medio de un lujoso salón. Volví los ojos a los dos extremos del gran salón. como de risa burlona. —¿No ha oído o no ha comprendido? –dijo la voz. también sin vida.COLECCIÓN PENSAMIENTO DOMINICANO  |  Volumen II  |  CUENTOS —Sujétela fuertemente con las dos manos. más bien tranquilo. y como temblaba de arriba abajo debido al frío mortal que se había desatado en mis venas. estaban mirándome desde las paredes. Por la abertura de la puerta se advertía que afuera había poca luz. Me hallaba bajo la impresión de que miles de ojos malignos. Durante una semana no me atreví a salir de la casa. Pensaremos por usted. que ya no estaría más tiempo solo. De todas maneras. necesitaba sentarme o agarrarme a algo. Estaba seguro de que el dueño de esa voz había repetido la orden tantas veces que ya no le daba la menor importancia a lo que decía. y volví la cara hacia la puerta. Pero la voz no era humana: no podía relacionarse con un ser de carne y hueso. he oído y he comprendido –dije–. no nos haga perder tiempo. Mi necesidad de huir era imperiosa. de mis recuerdos. si me quedo sin ella. El espacio era largo y de techo alto. Sólo yo me hallaba en ese salón imponente. Me lancé impetuosamente hacia la puerta.

las ovejas llevaban prendidas en la lana. pues había robado las joyas de una iglesia. Además. He usado jabón. y eso no se lo perdonarían ni en el Perú ni en Bolivia. a medio lomo. La mancha no se va.JUAN BOSCH  |  CUENTOS ESCRITOS EN EL EXILIO Y APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS octava noche. fue que el cholo Jacinto Muñiz tuviera que huir del Perú y entrara en Bolivia por el Desaguadero. Pero resultaba que no sucedía así porque Manuel era huérfano de padre y madre y tenía tres hermanitos –dos de ellos hembras– y él quería a esos niños con toda la fuerza de su alma. a un cafetucho de mala muerte. quien debía cuidar de los animales era María Sisa. 313 . indeleble. Y yo sé que no podré librarme de este miedo. pero era la costumbre de los aimarás del altiplano y Manuel Sicuri seguía la costumbre. Ahora estoy en casa. como un animal asustado. Al contrario. que lo sentiré ante cualquier desconocido. El factor más importante. aliviado de mi miedo. María tenía siete meses de embarazo. Al lado de la mesa que ocupé había otra vacía. Está ahí. Pues en verdad ignoro si los dos hombres eran miembros o eran enemigos del Partido. Me temblaron las manos con tanta violencia que un poco de la bebida se me derramó en la camisa. María estaba embarazada. desde el pelo hasta el ojo derecho. dos hombres se sentaron a ella. me arriesgué a ir a la esquina. lo cual le llevó a irse corriendo. tratando de lavar la camisa. ya que no había más en millas a la redonda. indio aimará. y de no haber sido así no se habrían dado los hechos que le llevaron a la cárcel en La Paz. me parece que a cada esfuerzo por borrarla se destaca más. visitado siempre por gente extraña. me miró con intensidad y luego dijo al otro: —Ese fue el que huyó después que ya estaba… Yo tomaba en ese momento una taza de café. A poco. la mujer de Manuel. Cuando llegó a la choza del indio Manuel Sicuri el cholo Jacinto Muñiz contó que ésa era la huella de una caída. Mientras me esfuerzo en hacer desaparecer la mancha oigo sin cesar las últimas palabras del hombre de los ojos sombríos: —… Después que ya estaba inscrito… El miedo me hace sudar frío. porque no era fácil que en aquella zona sus ovejas se mezclaran con otras. obsedido por la visión de un paisaje que le daba la impresión de no avanzar jamás. Manuel Sicuri cuidaba de un rebaño de ovejas y de nueve llamas. cintas de color azul. cosas ambas que contribuyeron al desarrollo de esos hechos. pues el hombre debía irse a trabajar a La Paz o tal vez a las minas. Jacinto Muñiz no podía liberarse de esa persecución. y para