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Pecorelli María Celina

1° B

Recuperatorio Traducción I

Hay una gran foto de Bill Gates de 1977, el año en el que se tendría que

haber graduado de Harvard si no hubiese dejado de estudiar. En ese momento

tenía 22 años y parece apenas de 16. Tiene un collar floreado, anteojos

coloreados y cabello rubio emplumado, y parece tan feliz que uno podría jurar

que él sabía cómo iba a ser el resto de su vida. También tiene un cartel

alrededor de su cuello: es una foto de arresto. “Estaba manejando el auto de

Paul Allen”, dice Gates destellando la misma sonrisa de hace 30 años. “Me

hicieron estacionar a un costado y no tenía mi licencia de conducir, me

encerraron en la cárcel con alcohólicos toda la noche. Es por eso que en el

resto de mi vida siempre traté de tener una cantidad de dinero conmigo. Me

gusta la idea de poder sacarme de apuros yo mismo”. Misión cumplida.

Es el destino de los revolucionarios (de los exitosos, por supuesto)

terminar sus carreras como parte de la clase dirigente que una vez intentaron

derrocar. Esto es cierto de Gates: su éxito ha sido tan completo que ha

aniquilado toda memoria del engreído, visionario, adolescente profundamente

raro que una vez fue, un niño de la clase alta que dejó la educación de Harvard

para fundar una compañía en la industria que en ese momento consistía de

algunas personas encerradas llenas de barba en Albuquerque, Nuevo México.

A los 51 años, Gates ha vuelto a Harvard cerrando efectivamente el circuito

entre el Bill 1.0 y el 2.0.