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El suelo y la agricultura

Por Graciela L. Argüello

Desde el comienzo de la agricultura, la relación entre el hombre y la tierra de cultivo ha


sido siempre crítica. En efecto, cuando la tierra cultivable es insuficiente, la población
sufre hambre. Asimismo, si los suelos no están bien nutridos, la población sufre
desnutrición.

El aumento poblacional de nuestro siglo demanda más tierra, no sólo para producción
de alimentos, sino también para otros propósitos. Efectivamente, pese al fantasma del
hambre que se cierne sobre el mundo, extensiones crecientes de terreno son dedicadas a
usos tales como construcciones, asentamiento de industrias etc. Parcialmente por esta
causa, la tierra susceptible de ser cultivadas se torna día a día más escasa. Esto indica
que en la actualidad el suelo agrícola no puede ya considerarse como una fuente
interminable de recursos, sino –con más lógica- como un bien inestimable que puede ser
malogrado por un uso irracional.

Ciertamente, la crítica necesidad de comestibles, ha ejercido presiones excesivas sobre


los suelos más vulnerables, conduciendo a la degradación de los mismos y al abandono
de tierras antes fértiles. La pérdida de suelos no es, sin embargo una novedad de nuestro
tiempo, por el contrario, la historia nos revela que las tierras del norte de África, que
hoy son desérticas o semidesérticas, alguna vez constituyeron el granero del imperio
romano. El área total de suelo antes productivo y hoy degradado se estima en 2.000
millones de hectáreas. A título ilustrativo podemos decir que esto constituye un
territorio un 30% mayor que toda el área utilizada para fines agrícolas en el presente.

No obstante, puede afirmarse que la magnitud de la pérdida de suelos es hoy mayor que
nunca, y afecta por igual a países ricos y pobres.

Por ejemplo consideramos una nación desarrollada como los Estados Unidos. En 1935,
las estadísticas denunciaban que 40 millones de hectáreas se habían perdido para la
agricultura y otros 40 millones se encontraban seriamente dañados. Estos hechos
llevaron por esa época a Jacks y Whyte (1939) a enunciar que “Bajo esa delgada capa
que constituye el delicado organismo conocido como suelo, yace un planeta tan sin vida
como la luna” (sic).

Todo esto podría hoy parecer anacrónico, pese a lo cual, 45 años después, sigue
teniendo vigencia pues no se ha corregido aún la tendencia general al no dar al suelo el
valor que le corresponde.

Tanto es así que en 1977, durante la Conferencia sobre Desertización de las Naciones
Unidas, reunida en Nairobi entre el 29 de agosto y el 9 de septiembre de ese año, se
concluyó que el dinero utilizado hoy para detener y revertir la desertificación y pérdida
de suelos fértiles, aseguraría beneficios capaces de competir con otras formas de
inversión. En la Conferencia se estimó que “una desertización neta igual a cero podría
obtenerse en los próximos diez o quince años, siempre que se comenzara a tomar
medidas pronto, y que fueran continuadas comprensiva y efectivamente”.

La importancia del problema crece si recordamos que la erosión es parte integrante de


todo sistema natural, y por ende, inevitable. Tiene lugar aún en los bosques, pero el
proceso se acelera cuando la tierra es usada en cultivos intensivos.

Tan pronto como el proceso erosivo se acelera lo suficiente como para exceder la
velocidad de formación del suelo, éste se adelgaza hasta su eventual desaparición,
quedando en cambio la roca desnuda, o un suelo incipiente, incapaz de dar sustento al
vegetal.

El periodo de degradación puede llevar años, de cargas o centurias pero aunque pueda
pasar aparentemente desapercibido, afecta a la productividad del suelo y conduce
fatalmente a su agotamiento.

La urgencia de aumentar la producción mundial de alimentos, no debe sin embargo


justificar actitudes equivocadas. Sólo a través de estrategias apoyadas en la realidad
ecológica puede alcanzarse el objetivo de un rendimiento suficiente por períodos
prolongados.

De lo contrario, las soluciones serán de relativo valor y útiles por poco tiempo.

Un plan eficaz de aprovechamiento se sustentará necesariamente en el cabal


conocimiento del suelo involucrado, desde la roca madre en que se origina hasta sus
horizontes más superficiales.

Cualquier intento que desconozca este punto de partida será deficitario desde sus
comienzos y defraudará en sus resultados a las generaciones venideras.

Cabe aquí recordar las palabras de Lester Brown, presidente del Worldwatch Institute,
con sede en Washington: “El problema no es si el equilibrio entre la población y la tierra
será eventualmente restablecido. Lo será: Si el deterioro no es restaurado por el hombre,
entonces la naturaleza intervendrá con sus propios controles. Los tiempos claman por
una nueva ética de la tierra, una nueva reverencia por el suelo y por una mejor
comprensión de nuestra dependencia de una fuente que demasiado a menudo se
considera garantizada”

.
Bibliografía citada:

JACKS,G.V.; WHYTE, R.O. 1939 The Rape of the Earth- A World Survey of Soil
Erosion. Faber. London