P. 1
"La textura del tiempo". Angel Zapata Ceballos. Libro autobiográfico

"La textura del tiempo". Angel Zapata Ceballos. Libro autobiográfico

4.0

|Views: 1.133|Likes:
Publicado porNTCGRA
"La textura del tiempo". Angel Zapata Ceballos. Libro autobiográfico. Septiembre 2000.
A Modo de Prólogo y Dedicatoria

Este es un libro extraño. Se puede considerar como la biografía de una persona desconocida; como la vida de un don Nadie, y visto así, podría ser importante o no, dependiendo de lo que el autor diga y cómo lo narre. Visto de ese modo, puede ser una novela, o un relato insulso ... Pero también puede ser la afirmación de una vida conscientemente vivida, ejemplarizante, o vergonzosa, el lector lo juzgará ... Tuvo su origen en muchas y amenas conversaciones entre el autor y dos amigos a quienes el autor aprecia de modo especial: Gabriel Ruiz Arbeláez y María Isabel Casas Rodríguez, esposos, colegas todos, ingenieros químicos, y conocidos por más de treinta años. A ellos dedico este libro.

Algunas anécdotas, muchos recuerdos, añoranzas de juventud y adolescencia, responsabilidades estudiantiles, enfrentamientos con la vida. Todo lo rememoramos en muchos días, sentados con una taza de café y unas gotas de Brandy. La memoria de un viejo trabajando. Los viejos recordamos y necesitamos recordar. Entonces, un día me puse a escribir a mano, como siempre lo hice, sin detenerme, a vuelapluma, con la avaricia del segundo, porque lo único que no tenemos los viejos es tiempo. Ellos, mis amigos fueron llevando al procesador mis notas, y resultó este libro que, en buena parte, llena mi vida ... . No le pido al lector que sea paciente ni considerado. ¿Por qué habría de serlo? Quedan tantos libros por leer, tanto qué estudiar y quedan tantos espectáculos donde los jóvenes pueden gozar. Por tanto, si estas notas le molestan, lo entristecen o lo ofenden, abandónelas, que yo ya las viví, y solamente a mí me competen.

Cali, Septiembre de 2000.

Ángel Zapata Ceballos
"La textura del tiempo". Angel Zapata Ceballos. Libro autobiográfico. Septiembre 2000.
A Modo de Prólogo y Dedicatoria

Este es un libro extraño. Se puede considerar como la biografía de una persona desconocida; como la vida de un don Nadie, y visto así, podría ser importante o no, dependiendo de lo que el autor diga y cómo lo narre. Visto de ese modo, puede ser una novela, o un relato insulso ... Pero también puede ser la afirmación de una vida conscientemente vivida, ejemplarizante, o vergonzosa, el lector lo juzgará ... Tuvo su origen en muchas y amenas conversaciones entre el autor y dos amigos a quienes el autor aprecia de modo especial: Gabriel Ruiz Arbeláez y María Isabel Casas Rodríguez, esposos, colegas todos, ingenieros químicos, y conocidos por más de treinta años. A ellos dedico este libro.

Algunas anécdotas, muchos recuerdos, añoranzas de juventud y adolescencia, responsabilidades estudiantiles, enfrentamientos con la vida. Todo lo rememoramos en muchos días, sentados con una taza de café y unas gotas de Brandy. La memoria de un viejo trabajando. Los viejos recordamos y necesitamos recordar. Entonces, un día me puse a escribir a mano, como siempre lo hice, sin detenerme, a vuelapluma, con la avaricia del segundo, porque lo único que no tenemos los viejos es tiempo. Ellos, mis amigos fueron llevando al procesador mis notas, y resultó este libro que, en buena parte, llena mi vida ... . No le pido al lector que sea paciente ni considerado. ¿Por qué habría de serlo? Quedan tantos libros por leer, tanto qué estudiar y quedan tantos espectáculos donde los jóvenes pueden gozar. Por tanto, si estas notas le molestan, lo entristecen o lo ofenden, abandónelas, que yo ya las viví, y solamente a mí me competen.

Cali, Septiembre de 2000.

Ángel Zapata Ceballos

More info:

Published by: NTCGRA on Jun 22, 2009
Copyright:Attribution Non-commercial

Availability:

Read on Scribd mobile: iPhone, iPad and Android.
download as DOCX, PDF, TXT or read online from Scribd
See more
See less

06/01/2013

pdf

text

original

1

A Modo de Prólogo y Dedicatoria
Este es un libro extraño. Se puede considerar como la biografía de una persona desconocida; como la vida de un don Nadie, y visto así, podría ser importante o no, dependiendo de lo que el autor diga y cómo lo narre. Visto de ese modo, puede ser una novela, o un relato insulso ... Pero también puede ser la afirmación de una vida conscientemente vivida, ejemplarizante, o vergonzosa, el lector lo juzgará ... Tuvo su origen en muchas y amenas conversaciones entre el autor y dos amigos a quienes el autor aprecia de modo especial: Gabriel Ruiz Arbeláez y María Isabel Casas Rodríguez, esposos, colegas todos, ingenieros químicos, y conocidos por más de treinta años. A ellos dedico este libro. Algunas anécdotas, muchos recuerdos, añoranzas de juventud y adolescencia, responsabilidades estudiantiles, enfrentamientos con la vida. Todo lo rememoramos en muchos días, sentados con una taza de café y unas gotas de Brandy. La memoria de un viejo trabajando. Los viejos recordamos y necesitamos recordar. Entonces, un día me puse a escribir a mano, como siempre lo hice, sin detenerme, a vuelapluma, con la avaricia del segundo, porque lo único que no tenemos los viejos es tiempo. Ellos, mis amigos fueron llevando al procesador mis notas, y resultó este libro que, en buena parte, llena mi vida ... . No le pido al lector que sea paciente ni considerado. ¿Por qué habría de serlo? Quedan tantos libros por leer, tanto qué estudiar y quedan tantos espectáculos donde los jóvenes pueden gozar. Por tanto, si estas notas le molestan, lo entristecen o lo ofenden, abandónelas, que yo ya las viví, y solamente a mí me competen. Cali, Septiembre de 2000.

Ángel Zapata Ceballos
-----IBNS 96342-5-7. Diseños de portada y diagramación: Oficina de Comunicaiones, Universidad del Valle, Facultad de ingeniería. Impresión: Unidad de Artes Gráficas, Facultad de Ingeniería. Nota (Junio 22, 2009) de Gabriel Ruiz y María Isabel Casas: El texto que se publica a continuación en tamaño carta no corresponde a la diagramación del libro (16.5 x 23,5 cms). Es el original del texto que fuimos llevando al procesador durante 1999 (“Ellos, mis amigos fueron llevando al procesador mis notas …”) y que luego el autor utilizó para la publicación del libro, quizás con algunas modificaciones o correcciones menores. Los errores e incongruencias son nuestras. Por lo pronto es el único archivo que encontramos en nuestros antiguos disketes de ¾.

I
2

Así, como deslizan las aguas sobre las rocas, al fondo de los ríos, y el aire acelerado por la luz en sus entrañas, pasa sobre las cosas que embellecen el mundo, de igual modo la vida de los hombres, va pasando, cumpliendo su destino. No olvidemos que el hombre es racional y sensitivo. ****** Lentamente, silenciosamente, todos, sin excepción, vamos pasando. Pero nos queda el consuelo de rememorar... Aquel que armó el escándalo de las mil bataolas, Príncipe que detuvo los relojes del mundo con su primer vagido, y el mundo alarmado preguntó, por qué llora el niño, también pasó. Hoy sus cenizas yacen confundidas con las de otros muertos, y el mundo, sin clemencia, lo olvidó. ****** Recuérdalo muy bien, porque está en la Historia, - ese vanilocuente relato que tanto nos divierte -. Lo cuenta con detalles que nos hacen reir: que el niño no respira, que transpira y babea; que el niño está llorando, que no come ni caga, y que el mundo sin él, se acabará. Pero el Príncipe hace muchos años, murió. Lo reemplazó su hijo, que todavía vive entre nosotros, que sojuzga y expolia, humilla y descabeza a sus semejantes, y hace poco, dejó estos dominios llevando oro y riquezas para sus hijos, que también son Príncipes, y así, ad infinitum. ****** No olvidemos que el hombre es racional y sensitivo. Príncipe o carpintero, negro, blanco o mestizo, chino, indio o germano, todos, dice el refrán, somos hermanos. Nuestra fraternidad viene de lejos. No quiero hablar de Eva, que vivió en el Paraíso, un mundo verde, despoblado y anodino. Hablo del hombre cierto, del hombre universal de carne y huesos, el de átomos simples y moléculas gigantes, que se reproducen y mueren; y, dicen los sabios, tienen orbitales enlazantes como alas de mariposas que irradian energía, generando a la vez, causas y efectos, explicando, como cosa sencilla, la vida y sus desgracias, las penas y alegrías, revolucionando la vida, en una fantasía. ****** De todos los humanos, los que más me conmueven son los genealogistas, despistados ancianos que reburujan papeles buscando los orígenes de castas y fulanos. Como si se pudiera desentramar las ramas del árbol de la vida, y decir, vanidoso, aquí empezó la rama de los malos hermanos. Aquí, la de los mentirosos, traidores, ventajosos. Sobre estas piedras blancas, construyeron sus casas, por la primera vez, los más virtuosos; y allá, tras 3

esos bosques que incendiara Caín, estuvo el campo abierto donde mató a Abel. ¡Ah, los genealogistas, armadores de líos! ****** El dolor, las angustias, los malos pensamientos, no los busques atrás, en otros tiempos, que están aquí y ahora, en tu dueña y señora alma que llevas en el pecho, esperando la hora de engañar al amigo, traicionar al vecino, o conseguir fortuna asesinando con tus propias manos. No intentes seguir todos los hilos que la arrogante Adriadna siguió en el Laberinto; vive sencillamente, sobre líneas bien rectas, sin investigar si vienes del Rey o de la esclava, porque ya estás aquí, y tienes que seguir, hasta que llegue el fin. ****** Los expertos que saben del origen del hombre, nos dicen que se ha demostrado, tras noches de desvelos y experimentos muy finos, que venimos del Cosmos, del juego incomprensible de los átomos, de las fuerzas ínsitas de la materia inerte; que fuerza por espacio nos lleva a la energía, al trabajo constante; y que la energía, el tiempo y el espacio, llenan el universo. Sinceramente pido para ellos, aplausos. Así, que gracias a la razón, se descubrió el origen del hombre universal. Y su cansancio largo, su dolor por la vida, sus sueños y esperanzas, el amor, la fragancia de unos labios de mujer, su nostalgia por todo lo que ama: el arte, la lógica que aplica a todo cuanto mira, construye o dibuja sobre los grandes lienzos; tal vez, - dicen los sabios - esos son los efectos de no dormir bien de noche, y de un mal comer. Con esta explicación, nos vamos todos a leer filosofía, a repasar la historia, a crear fantasías de muñecos mecánicos, eléctricos o electrónicos, que entretienen a los niños, o a escribir poesía moderna, esa que no se entiende, porque tiene su origen allá, en el subconsciente, donde nadie penetra, con razón o sin ella, pues, según mis estimas, la poesía es como un perfume que se aspira y agrada, excita y embeleza, y al fin no dice nada. ****** Hoy prefiero los verdes a los azules mares; quiero mirar los tallos palpitantes de hojas verdes; quiero ver a las aves granando las semillas y quiero ser muy simple, casi, un hombre lineal. ****** Detesto a los confusos y a todos lo difusos que engañan a la gente, trastornando la mente con su método inane, desde un diván o desde un salón con proyecciones, donde vuelan sus frases. ****** 4

Quisiera ser humilde como un ojo redondo pintado por un ciego. Adoro los principios que se anuncian con frases sencillas, y poco a poco vuelan hacia el cielo infinito. ****** Y, por fin, llegó el día de deciros quién soy: piensa en un hombre viejo; mediocre si lo quieres; que adora la belleza sin poderla crear, sensible y mal poeta y un pésimo escritor. ****** Mas hay algo en mi mente que me acompaña: el amor a la vida, respeto por el hombre, un deseo infinito de comprender el mundo con la justicia, el amor, el progreso y la gente. ****** Hoy inicio esta historia que, mirada de cerca, a mí sólo me importa. Hablar, a estas horas de sí mismo, es vanidad y orgullo, dos fallas universales, pero nadie lo haría por mí, si callo tontamente.

II
Sinceramente, quisiera no ser yo, el que hoy busca entre los bosques del ayer distante, las huellas que dejara el paso de la vida de un niño, anónimo, sencillo y vacilante. Pero no existe nadie, sin embargo, sobre la tierra mía que sepa más que yo de la vida de ese niño. ¡Qué vergüenza!, ¡Hablar, a estas alturas, de sí mismo! 5

****** Nací – me lo dijeron – en un pueblo perdido en el Nordeste antioqueño. Amalfi, supe que le decían, y le dicen. Era un pueblo de hombres fuertes, campesinos callados, verdaderos hermanos, mestizos, negros y blancos; atrevidos Hércules naturales, que labraban la tierra, extensos campos ancestrales, o eran también mineros de ríos y socavones; flacos éstos, nervudos, fuertes, un poco desalmados, arriesgados, que citaban el peligro, y, en las noches del sábado, se gozaban la vida con sus mujeres, altas, como bambúes oscilantes, batidas por la brisa. ****** Hay que amar a la tierra, para saber de ella sus secretos. Llevar en la memoria los recuerdos. Saber que eran hombres de carne y huesos aquellos que gozaban la vida, y que morían de una herida en el cuello con barbera, de una gripa infecciosa, o de una bala certera al corazón. Antioquia siempre fue valerosa y corajuda, y no hay que poner barniz en sus heridas, para arreglar su piel. Lo que ha valido siempre y que será su orgullo, es su decisión y su carácter. Su voluntad de ser, entre dificultades, su fuerza creadora; su inventiva; su lucha por la vida sobre tierras estériles y ariscas, y yo no sé de dónde ni por qué, su anhelo indeficiente de aprenderlo todo. ****** Nací en la casa de mi abuelo materno. El primer gigante que conocí. Un gigante de tamaño mediano, fuerte, amoroso y cristiano, Fue el herrero del pueblo. De su casa – que era un verdadero caserón - , salían los objetos que en la fragua fabricaba; y de otras dependencias, salían los productos de la panadería y las velas de sebo, para alumbrar las casas, en aquel remoto pueblo de días muy brillantes y noches como boca de lobo. Lo recuerdo muy bien, porque aprendí a dormir bajo los ruidos de martillos y fierros de la fragua. Allá, conocí desde niño, azadas, barras, herraduras, bisagras, chapas, fallebas y los famosos chuzos, para buscar entierros. Esas y muchas otras cosas eran hechas en el viejo caserón. ****** Lo bello, fantasioso y memorable, fueron esas mañanas en que me despertaban los ruidos de la fragua y que yo, pequeñito, tal vez de unos tres años, me bajaba despacio y en silencio de la cama donde dormía con Adán, mi hermano, y tanteando en la oscuridad, pasaba la chambrana que separaba los cuartos de dormir, de la fábrica de velas, y la panadería, enrutándome sólo, por entre tantas cosas, a la fragua, que ya iluminaba la casa, para sentarme, sin que nadie me viera, en un pequeño y semi oculto rincón, que el abuelo me había arreglado con costales, para que yo 6

pudiera, sin peligro, observar la fragua, sus trabajos, las luces de las chispas que saltaban de los yunques, y ese ambiente de trabajo, sudor, esfuerzo y calor, que siempre recuerdo desde mi niñez ... . Vivió mi abuelo hasta los ochenta y seis años. Cristiano, amoroso, y buen padre. Me contaron que una noche se persignó, después del rosario, y se quedó dormido para siempre. ****** En la casa del abuelo, vivió mi madre, Agripina Ceballos, con sus cinco hijos, hasta mi edad de seis años, cuando mi padre, un minero de río y socavón que, tras varios años de aventurar por montes y cañadas, se había aquietado en Segovia, desde donde venía periódicamente a Amalfi, a la casa de mi abuelo, para irse de nuevo a su trabajo en la mina famosa de El Silencio. Mi padre, Manuel Antonio Zapata, fue, esencialmente, un campesino sin tierra que, por carecer de dónde sembrar, se echó a la aventura de las minas de oro. Nunca consiguió nada, ni dinero, ni oro, ni tierras, ni ganados, por eso digo, nada!. ****** Los campesinos de la tierra mía, iban libres, escuetos. Un carriel les cruzaba por los hombros, en los días de fiesta. Camisa blanca, pantalón ceñido con correa de cuero, y su alma, libre como sus manos, al alto cielo expuesta. Así recuerdo a mi padre. Seguro en el obrar, lento en el habla, minero rudo conocido en los hondos socavones. Pero, más lo recuerdo por sus frases cortadas, incompletas, como si detuviera el pensamiento: “Somos - me dijo un día, yo diría que casi sin motivo, como al desgaire hombres sin esperanzas”, y siguió en su trabajo, que en ese momento era, cavar un hueco en una tierra dura, para sembrar un árbol. Lo recuerdo muy bien, vivíamos entonces en el amable pueblo de Yolombó, el pueblo de la Marquesa de Don Tomás Carrasquilla. Ya nos habíamos mudado de Amalfi, aunque mi padre seguía trabajando en Segovia. Fue en uno de sus viajes periódicos, cuando me habló de éso, de la esperanza. El cielo estaba limpio. Los pájaros volaban y cantaban alegres, ellos, que nunca se preguntan por lo que serán sus vidas. Solamente mi padre, humilde campesino minero que murió intoxicado de sílice en sus pulmones, me habló un día de su vida, mientras sembraba un árbol, de eso, de la esperanza. ¿A qué esperanza se refería mi padre?. Desde ese domingo recuerdo el vocablo esperanza. Nunca conocí a fondo el significado del vocablo que mencionó mi padre. Eran esos tiempos en que los niños escuchan palabras nuevas, canciones y refranes; los recuerdan muy bien, pero se olvidan de investigar su significado. Así, va pasando la vida, y nadie quiere saber más allá de la tersa superficie de las palabras. Los niños son así, todo lo olvidan, corren como salvajes cervatillos buscando el alimento y la alegría, hasta que de repente, cuando nadie lo espera, recuerdan las palabras, las buscan, aprenden su sentido, se sorprenden 7

de haberlas olvidado, y, es posible, que para esa hora, el tiempo haya pasado. ****** Yolombó fue el cielo de mi infancia, la región preferida de mi despertar a la vida. Allí pensé en Dios, y en las estrellas hermosas que divisé en el cielo. Pensé en el tigre pintado, que, decían, recorría las calles empedradas, en las noches, cuando allí vivía. Que era un tigre feroz, que no agredía y hacía, en las cálidas noches del verano, el recorrido lento, desde Las Camelias, hasta el Cementerio. Por eso, a la tal calle, la nombraban la Calle del Tigre. Era, lo sé por experiencia, un tigre silencioso, que a nadie despertaba, pero tampoco dormía. Y, la gente creía, que era el alma de un rey indio, que cuidaba un tesoro, que nadie conocía.. ¡Oh Yolombó infinito en mi memoria! Hoy evoco tus sueños y mis sueños. Allí aprendí a leer. Don Francisco García fue mi maestro. El más amable maestro de cuantos he tenido. Pequeño. Justo. Inquieto. Jorobado. Erudito. Amigo de los niños y de las flores. Recuerdo ahora sus camisas blancas, anchas, largas, con las que disimulaba su joroba, con bolsillos inmensos en que cabían libros, tizas, lápices de colores, semillas, cuarzos que recogía en los paseos, visitando las lomas, congostos y quebradas, para explicarnos luego, que el mundo iba cambiando, y todos le creíamos, porque así lo veíamos. Don Francisco García me quitó el sueño desde mi niñez. Siempre, en mi larga vida, quise escribir sobre él un cuento, un relato, unos versos sencillos como su vida humilde, pero lo fui postergando, olvidando como lo hacen los niños. Hoy evoco su nombre y su memoria, recuerdo a su hijito Jorge, aprendiendo a leer en la misma escuela, en la Escuela Pública de Yolombó, allá en la Plaza Vieja, donde ambos conversábamos con Carlitos Ramírez, que murió jesuíta, y fue un sabio. ****** Hay que inclinar la frente y recordar la historia. No hay fantasía igual, ni ayer, ni hoy, ni siempre, que sustituya el canto que nos llega del alma. Cuando nos refugiamos, heridos y ofendidos, y la vida parece una selva tenebrosa, como sin corazón, recordemos la infancia. Todos los odios mueren cuando nos devolvemos a los años de la infancia. Cuando rememoramos los cantos infantiles. El niño que se reía en la fila , del pobre profesor. Los paseos al monte por donde pasa el río. Las piedras milenarias donde nos asoleábamos. Esas piedras desnudas desde donde mirábamos el amplio firmamento, los cuervos oteando desde la altura sus difíciles presas; los juegos infantiles que nos entretenían, los trompos, las cometas, las canicas, la pelota de trapo, y la niña que nos gustaba tanto, pero que nos hacía olvidar siempre lo que ibamos a decirle, con tan solo mirarnos en sus ojos serenos. 8

****** Hoy estoy hablando como si estuviera sólo, en un parque, teniendo al frente todo mi pasado. Farallones y cimas que recorrí de niño. Los leños que traía de los bosques, para avivar el fuego de mi casa. El agua de las fuentes cristalinas, abajo, en las cañadas, y la voz de mi madre, cantarina, juvenil y alegre, invitándome a todo: a que mirara si la perra de la señora Tiba, había parido, Sí, porque doña Tiba, le había prometido un cachorrito. A que le comprara en la tienda de don Emilio un huevo, porque la gallina colorada que teníamos , ese día, no había querido poner. Así, en cosas simples, me pasaba las horas. Tenía siete años largos, y en solo cuatro meses aprendí a leer, con don Francisco. Podía llevar libros prestados de la biblioteca de la escuela. Era como el premio que nos daban a los que ya leíamos de corrido. Las Fábulas de Samaniego, eran mi encanto. Todavía recuerdo algunas: “A casa de un cerrajero entró la serpiente un día ...” etc. O esta otra: “Llevaba a la cabeza una lechera, su cántaro al mercado ...” etc. ****** Yo me transporto a veces, con mi memoria, a ese mundo que viví en la infancia. Veo los farallones, los collados, los caminos reales y las trochas, que recorrí de niño; y aunque sé que nada de eso existe hoy, todavía las brujas, el patasola, y el hombre de un solo ojo en la frente, para aterrar a la gente, en los caminos largos que recorro en mis sueños, me llevan a seguir la cuesta que desde Las Camelias, me conduce al Cementerio, donde un ángel blanco, con el índice alzado hasta los labios, me obligaba al silencio. Mi niñez vive en mí. Soy un viejo que vive de su infancia. Hoy es un caballero de bronce dispuesto a defenderme, como un ángel guardian que cuida mis andanzas. Mañana es una niebla de misterio, una sombra, un recuerdo, que nunca pierde su amor, ni su esperanza. ****** Don Francisco García, mi maestro, nos hacía las clases no tanto en los salones de la escuela, sino en el patio trasero, donde estaban las eras que todos cultivamos. Allí, en las mañanas tibias o en las tardes de acero, nos reunía en círculo, sentados en el prado de espaldas a la escuela, dejándonos mirar a nuestras anchas, el extenso horizonte. Montañas y montañas lejanas. Nubes blancas. Perfiles que subían y bajaban, con leves manchas grises. Él, con su camisa blanca y su voz recia, clara, nos hablaba del campo, de la luz, de las flores que parecían cultivadas por los dioses del campo o, sacando de sus bolsillos piedras y minerales de caras lizas, pulidas, por las lluvias y el viento, nos iniciaba en la geología. Con el tiempo, interpreté sus clases como algo sencillo, propio y natural. Empezaba por una hoja, por cascajos, o por la luz que nos caía del cielo. Él no tenía notas, sino conocimientos. Lecturas, observaciones, silencios, 9

reflexiones, razonamientos simples, y ese como respeto suyo por las palabras que, casi sin querer escucharlas, las sigo oyendo. ****** En ese tiempo, hablo de Yolombó entre 1927 y 1931, justo el tiempo de mi escuela primaria, me sentía tan fuerte y seguro que, siendo el menor de los hijos, mis hermanos como que me respetaban. Me sentía orgulloso cuando mi madre me nombraba, “mi hombrecito ...”. En los pueblos de raíz campesina, la niñez de niño contemplado no se conoce. Uno se va incluyendo en la vida de los mayores, naturalmente, casi sin darse cuenta. Es como una fuerza ínsita, natural, que se va aumentando a medida que el niño se va incorporando al ritmo de la vida de los mayores, aumentando su propia confianza en sus fuerzas, hasta que, de pronto, casi nadie lo identifica como un niño. Esto forma el carácter de los niños, sean hombres o mujeres; en los pueblos sucede más corrientemente, en las familias que dependen de su trabajo para sobrevivir. Un ejemplo de esta situación, me llega a la memoria. Antes de cumplir los tres años, cuando seguía las labores de mi abuelo en la fragua, me dí cuenta de que él tenía que probar un sorbo de agua salada cada cierto tiempo, mientras golpeaba los hierros a dos manos, alternativamente, en el yunque, pues trabajaba siempre con un ayudante a quien le conocían como “Salvador antiojitos”. Un día se le agotó el agua en su totuma. Sin que nadie pensara en mí, corrí hacia la cocina y le pedí a mi tía Mercedes que me diera agua para el abuelo. Él, con sus manos gruesas y como hinchadas, me recibió la vasija, tomó un sorbo y me la devolvió, sin reparar que era yo el que se la ofrecía. Pues bien, este modo de ser y de vivir, fue típico en Antioquia. Muchos domingos, el cura desde el púlpito, anunciaba los llamados Convites. Consistían en ofrecer a alguna persona, familia, o a la misma iglesia, la ayuda espontánea de la comunidad para iniciar su vivienda o techarla. O hacer un banqueo para una construcción etc. La verdad es que a la cita concurrían hombres, niños y mujeres, a preparar frescos o café para todos, mientras los otros trabajaban. Asistí a muchos convites, moviendo piedras, llevando maderos con otros niños o pasando tejas a los techadores, en cadenas de jóvenes. Nos sentíamos útiles, y nunca podré saber cuánto gané en fuerza y en espíritu, de esas experiencias. ****** No sé si en estos setenta años que hace que salí de Yolombó, su cielo se haya oscurecido, nublado permanentemente, o por algún fenómeno cósmico se hayan ocultado las preciosa estrellas que divisé en las noches de verano, en aquel firmamento que llevo en mi memoria. Horas y horas pasé mirando en ese cielo transparente, las más bellas constelaciones: carritos de luceros; coronas, que imaginaba de diamantes; perros, que parecían saltar sobre nosotros. Juro que vi caer luceros en las noches. 10

“Dios los guía”, decíamos Adán y yo. Pero nunca caían. Se desvanecían en el azul profundo de la noche. ****** El hecho más notable que bien recuerdo, en el período de mi escuela primaria, fue el primer centenario de la muerte del Libertador, Simón Bolívar. Recuerdo que esa efemérides, ocupó todo el año de 1930, en Yolombó. Aunque el pueblo era de poca extensión en su poblado, sus campos eran extensos y dilatados; bosques oscuros , en los límites con Amalfi; ríos caudalosos, montañas y congostos lejanos. No era un pueblo importante, con una historia que destacara en el departamento. Más bien era como un paso montañoso hacia los otros pueblos del Nordeste. Sin embargo, llegó a tener cierto nombre, por haber sido asiento, en la Colonia, de minas de oro, ricas y abundantes. El prólogo del famoso libro de don Tomás Carrasquilla, La Marquesa de Yolombó, relata fielmente lo que fue Yolombó; y el período a que me refiero en estas remembranzas, corresponden ya, al pueblo próspero de 1920 a 1930, cuando en el proceso de aproximaciones sucesivas, me fui acercando a Medellín, la capital de Antioquia. La conmemoración del primer centenario de la muerte del Libertador, Simón Bolívar, no sé porqué, se constituyó en una remembranza que empezó por las escuelas públicas de una manera especial. Tal vez, algún decreto oficial había obligado a los colegios y escuelas a difundir profusamente la historia y la vida del Libertador; o quizá Yolombó, que había sido en el pasado asiento de esclavitud y de explotación por parte de los representantes del Rey de España, sentía en su memoria, la diferencia que había entre un pueblo libre que lucha por su progreso, y el largo período de sometimiento a la Corona. Lo cierto fue que el trabajo lento, rutinario y despacioso de la escuela, se aceleró de pronto. Un profesor, a quien recuerdo muy bien, llamado Alejandro Segundo Moreno, quien nos enseñaba Historia y Geografía, en el cuarto año, apareció de pronto como el líder del cambio, ofreciendo conferencias especiales sobre la vida y obra del Libertador, con un énfasis, un entusiasmo, una fe en la libertad, que yo, un pelado de menos de nueve años, sentí en mi ánimo como si estuviera siendo sacudido por un temblor de tierra. Empecé a sentir la libertad. A entender con más sentimientos que comprensión, la suerte y el destino de los negritos que nos describía don Alejandro, con voz trémula y emocionada: lo que comían, lo que vestían, su trabajo en las minas y en la servidumbre. Cómo los trataban y castigaban, azotes, palos en cruz y muerte. Los relatos de don Alejandro eran tan dramáticos y apasionados, que nosotros, los niños que escuchábamos sus historias, a fin de comprender lo que fueron las luchas del Libertador por liberarnos del yugo español, en ese tiempo, no podían traernos a la mente más que imágenes elementales. Por su puesto, no llevábamos en la mente las memorias que llevan los niños modernos de héroes fantásticos, armados con rayos de muerte, o pistolas automáticas capaces de destruir un ejército. Nuestras 11

mentes eran vírgenes, puras, elementales, que lo más que suscitaba en nosotros tanta injusticia, era pesar y lástima; y en soledad, llanto. Sí. Lloré por los negritos antes de ser un hombre. Hice parte, en silencio, de su dolor inmenso. Un profesor blanco, quemado por el sol de las montañas, me reveló sus luchas y su destino injusto, sin comprender aún que era mi propio destino. Bolívar, el héroe, creció en mi alma. Desde entonces, su nombre, sonoro y armonioso, me acompaña siempre. Fue como si hubiera visto nacer sobre la propia tierra, la luz indeficiente de toda la libertad del mundo. ****** El pueblo, Yolombó, una calle larga, central, como un torcido espinazo de un pez dejado en el lomo de una montaña, con calles laterales donde estarían las costillas del pez, y barrancos inmensos formando precipicios. Sin mayor alegría, también , inusitadamente, se sumó a la fiesta, al regocijo. El alcalde del pueblo dió la orden de que las calles, sobre todo La Calle del Tigre, la principal, fuera reparada en todo el empedrado que empezaba en Las Camelias y terminaba en el Cementerio. Yo ví cómo los presos, felices de ver al mundo a plena luz, vigilados por agentes del orden, ellos, también uniformados de traje verde oscuro y gorra de visera dura, con un fusil de la Guerra del Catorce, mohoso y oxidado, atentos y mal hablados, se ocupaban de ver cómo el preso, el condenado, removía las piedras falsas, joyero encandilado por la luz, iba haciendo los cambios en el piso hasta dejar la calle en firme, con piedras nuevas, sin huellas de pisadas, para que nuevas plantas de tigre, de caballos o de cristianos las fueran gastando. Y el preso feliz de cumplir con su trabajo. El frente de las casas., aceras, paredes, puertas y ventanas, fueron también arregladas. El pueblo, en pocos días, relumbraba. El buen cura Zuluaga hizo pintar de nuevo el frontispicio de la iglesia, con aquella figura y su parrilla, el santo San Lorenzo, patético, miedoso, que, según la leyenda, cuando estaba ya asado, ofreció sus carnes achicharradas a sus verdugos para empezar la cena. Así era Yolombó en 1930. Como parte real, humana y verdadera. Como leyenda, pasado de misterios y de brujas, entierros y fantasmas, voces sin dueños que iban por las calles recordando personas que tal vez existieron, o fueron siempre allá una leyenda. ****** El esfuerzo mayor, sin precedentes, fue la construcción de la fuente luminosa. Sobre la plaza inclinada se enderezó el terreno para ubicar la fuente. El pueblo no había tenido antes una estatua del Libertador. Y aunque los fondos no alcanzaban para construír la estatua completa, un busto bien trabajado por algún anónimo escultor, fue ubicado en el centro de la fuente. Uno podía leer, sobre placa de mármol, la dedicatoria al Libertador en el pedestal. El día que se descubrió el busto y su leyenda, es decir, el 17 de Diciembre de 1930, los estudiantes de Yolombó estuvimos cuatro horas de pie, bajo un sol de acero hirviente, escuchando discursos 12

interminables, con la boca seca, como mojones en un desierto, estáticos, vigilados por los profesores que por lo menos podían moverse entre las filas, disimulando su fatiga y cansancio. Se comentó mucho el discurso de don Alejandro Segundo Moreno, una pieza muy acorde con su temperamento, en la que incluyó ironías y puyas contra los “imperialistas del Norte y los agresores del Sur”. Se refería , obviamente, a los peruanos, que en esos tiempos nos agredían. Fue un día espantoso por el cansancio, el hambre, la sed y los discursos. Cuando escuchamos la orden de dispersarnos, eran las tres de la tarde. Un viento tardío sopló entonces sobre la plaza. Era viento de lluvia. Esas torrenciales lluvias que se precipitaban sin aviso en el pueblo. Todos corrimos buscando las casas, y esa tarde llovió sin compasión. Incólume, el Libertador soportó el aguacero, firme, sereno, como lo había hecho en sus más gloriosos momentos. ****** En Diciembre de 1931, sin ningún tropiezo, terminé mi escuela primaria. Tenía diez años de edad. ¿Cómo era yo entonces? Quiero ser absolutamente honesto. Era un muchacho callado y triste. Ni siquiera la alegría que manifestó y expresó mi madre, ni la de mis hermanos, por haber terminado mi escuela primaria, que, en el pueblo, fue siempre una victoria, lograron traerme a una realidad distinta a la de mi profunda soledad. Sé, que en el amplio mundo, y en todas las épocas, por muy distintas causas, ha habido muchos niños tristes , a todas las edades. Pero esto ni disminuye ni aumenta mi memoria. Sencillamente, yo fui un niño triste a la edad de diez años. Sin embargo, tuve padres y hermanos cariñosos.. Vivía en un pueblo en paz. Mi vida ordinaria era sencilla, muy humilde, pero amable. Entonces, ¿cuál era la causa de mi tristeza? Voy a referir, sin dramatismo, la causa de la soledad que por muchos años perturbó mi vida. En 1928, cursaba el segundo año de la escuela primaria. Sabía leer y escribir. Nadie sabe por qué, desde esa época, tuve por la lectura un amor especial. Me encantaban los cuentos y relatos de esos libros pequeños, de letras grandes y dibujos en blanco y negro, de la colección Araluz que me prestaban en la escuela con el compromiso solemne de devolverlos dos días después. Eran historias cortas de la vida de grandes hombres: Alejandro Magno. Julio César. Napoleón. Bolívar, y relatos de proezas de éllos y de otros héroes. Muchas tardes, cuando no estaba ocupado en los oficios que me imponía mi madre, pasaba horas enteras, debajo de un limonero, que había en el pequeño patio de la casa, o en mi cuarto, leyendo sin descanso esos relatos. Pero, algunas tardes, jugaba pelota con mi hermano afuera, en el frente de la casa. Jugabamos con una pelota de tenis, de las que nos traía como regalo mi padre , de Segovia. Allá los ingleses – que jugaban al tenis – se las regalaban a él cuando ya casi no rebotaban sobre el piso, y nuestro padre sabía que todavía servían para que nosotros jugáramos al fútbol. Sucedió, que en ese tiempo, estaban 13

concluyendo los trabajos de la carretera que unía a Yolombó , con la Estación Sofía, del Ferrocarril de Antioquia, y varias volquetas , desde las seis de la mañana hasta las siete de la noche, recorrían el pueblo, transportando obreros, herramientas y materiales, para las obras que se hacían a lo largo de la vía. Una tarde – y siempre he pensado desde entonces, que el destino de los hombres tiene mucho de azar -, estabamos Adán y yo, arrojándonos, en la acera de la casa, la pequeña pelota de tenis, demostrándonos la habilidad para atraparla, cuando, intespentivamente, frenó a medias una volqueta que llevaba palas y barretones frente a la casa. Sin percibir el peligro, ni nadie tener la culpa, una pala metálica, afilada por el roce con las arenas de la carretera, vino hacia mí, golpeándome en la cara en el lado derecho. Sentí que me había herido sólo cuando Adán gritó y salió confundido a llamar a mi madre. Cuando ví la sangre manchándome la camisa, sentí pánico. Corrí a la casa. Sin hablarle a nadie ni responder a mis hermanos que entre llantos me preguntaban no sé qué, llegué hasta la cocina, recogí ceniza caliente del lado del fogón y me la puse en el rostro, sobre la herida. Era la forma que teníamos por costumbre de detener la sangre. A poco, toqué una montaña de ceniza tibia sobre la cara, y cesó la hemorragia. Me sentí más tranquilo. Ahora sí, les conté a mis hermanos lo que había sucedido. Nadie tuvo la culpa, les dije. Pero mi madre, confundida, nada podía hacer. De pronto me trajo una camisa limpia y me pidió que fuéramos a donde el médico. Cuando ella decía, hay que hacer esto, eso se hacía de inmediato. El doctor Duque era, digamos, el médico de la familia: alto, blanco, robusto y muy serio. Me limpió el rostro con agua y descubrió la herida. Él que tendría cincuenta años, miró la herida y se estremeció. ¡Qué pesar! Exclamó. Desinfectó la herida. La miró varias veces. Palpó con sus dedos mis muelas, que estaban parcialmente cortadas y le preguntó a mi madre si ya había mudado los dientes. Ella dijo que no. Sin más palabras, empezó a coserme, sin anestesia, y creo que sin mayores cuidados. Porque al volver a mi casa, y mirarme en el espejo, vi sobre la cara como un alacrán negro que se estuviera subiendo por el lado derecho de mi cara. Esa noche todos lloramos y nadie quiso comer. Mi padre vino de Segovia ocho días después. Había ya deshinchado y estaba bien. Don Francisco García, mi maestro, había venido a verme, con su esposa y Jorge, su único hijo. Me trajeron de regalo un libro de Pensamientos, llamado El Carácter, de Samuel Smiles, libro de la biblioteca personal de mi maestro, que me lo obsequió con una dedicatoria que aún recuerdo, Para Angel de Dios Zapata Ceballos, para que lo lea siempre, en la buena y en la mala fortuna. Francisco García. ****** 14

A principios de 1932, mi padre volvió a Yolombó con una idea nueva y un poco extraña. Pasó varios días pensativo. Recorrió las calles del pueblo varias veces. Visitó a un familiar suyo, Abigail Atehortúa, un electricista empírico que manejaba la planta eléctrica del pueblo, teniendo con él largas conversaciones, tanto en la Estación generadora de la energía del pueblo como en nuestra casa. Muy poco atendíamos nosotros a esas conversaciones, porque tanto mis hermanas como Adán y yo, nos pasabamos el tiempo entretenidos, éllas, en las cosas de la casa, y nosotros jugando pelota en el rumbón de Las Camelias, o recorriendo mangones y caminos, cazando pájaros con cauchera. Pero una tarde, nos encontramos todos reunidos en la salita de la casa. Entonces vimos que mi padre primero, y luego Agripina, se nos unieron como si ya lo hubieran acordado todo, y nos sorprendieron con esta observación: – En estos pueblos, es como si no hubiera qué hacer. Amanece el día, y todos despertamos. Anochece, y todos nos dormimos. En el día luchamos por vivir. Pero nada cambia.

A nosotros, sus hijos, no nos extrañó que así nos hablara Agripina, nuestra madre. Estábamos, como se dice, acostumbrados a que nos hablara de ese modo. Alguna vez, lo recuerdo, dije que a ella le gustaba, hacer “consideraciones”. Así nombraba a lo que filosóficamente , llamamos hoy, reflexiones. – El porvenir aquí, en Yolombó, continuó, no le promete nada a nadie. Aquí Toño no tiene trabajo. Ustedes, ya hicieron la escuela. Y yo, no me quisiera morir sobre estas faldas.

Empezó a llorar. Mi padre fue el primero en acercarse a consolarla. Se querían mucho. Pero mi padre era silencioso y como tímido frente a élla, mientras que Agripina era espontánea, audaz, arriesgada, emprendedora, y en el fondo, sentimental. Todos la consolamos y, poco a poco, volvió la calma. Entonces mi padre continuó: – Lo que Agripina les quiere decir – nos dijo – es que hemos resuelto que nos traslademos a Bello. Allá podemos pagar un arrendamiento, como aquí. Yo le sigo girando todos los meses a Agripina, y tal vez, en Bello, que es un pueblo industrial, ustedes puedan conseguir trabajo.

No dijo nada más. No porque no hubiera más que decir, sino porque él fue de muy pocas palabras, y como que se le acababan las suyas muy pronto. Nosotros sabíamos que aquello no era una consulta, sino una decisión. Y sabíamos también, que la última decisión era de Agripina. ****** 15

Mi madre, tan bella en ése tiempo, como lo es ahora en mi memoria. De pequeña estatura, blanca, de ojos vivos, más o menos oscuros, y sus cabellos largos que le daban hasta para hacerse una moña de un color gris plata. Era la jefe única del hogar. Hizo una vida larga, de carácter amable y órdenes sin vacilaciones. Al terminar el aviso de mi padre, Agripina, como para ayudarnos a aceptar la propuesta, exclamó, ¡ahora a preparar el viaje muchachos! Quedamos anonadados. Creo que en ese momento, cada uno de nosotros tuvo pensamientos distintos. Adán, que era muy parecido a mi padre, pensó que quizás podría llegar a trabajar en algunas de las fábricas que, decían, había en Bello. Por eso le pareció que todo estaba bien, pues, en Yolombó, nada tenía que hacer. Josefina, la hermana mayor, que ya lavaba las ropas, las tendía y planchaba, le ayudaba a Agripina en la cocina y era como la segunda persona de la casa, pensó que todo estaba bien, mientras ella tuviera la dirección y la guía de Agripina, a quien, sin nadie exigírselo, había prometido servirle de ese modo hasta la muerte. Así lo hizo. Sigue - en los últimos años de su vida – haciéndolo. Yo, que soy el menor, y que aún vivo para contarlo, me pregunto ¿cómo un ser humano, inteligente, bueno por naturaleza, puede aceptar servirle a los demás, a sus hermanos y a sus padres, sin solicitar nada, sin esperar nada, por solo amor, viendo nacer los días y llegar las noches, bajo lluvias y soles, solamente viviendo para que otros vivan, decidan su existencia, cambien caminos, obtengan bienestar o fracasen en sus proyectos, mientras ella, esa persona, sigue viviendo, haciendo lo mismo, hasta que las enfermedades la venzan y, al final de sus días, apenas uno o dos amigos, le digan, gracias Jóse, o gracias Josefina. Uno puede pensar en las lechugas. En el agua que bebe. En el sol que derrama sus esencias. En la tibieza de la voz. En cómo son los seres mejores de la tierra. En de qué están hechas las frutas que perfuman y alimentan y aroman el silencio. Pienso en tu ser pequeño, sosegado, tranquilo. Flor, fruto, árbol perfumado mucho más lejos de ambición extraña, sin embargo vives alegre, calladita y tímida. Pienso en ti, Josefina. Eva, mi otra hermana, ha sido siempre un poco como yo. Divisó las montañas, los riscos, y también los albures de la profundidad. Presintió los peligros, previó la soledad y se contuvo. Ambicionó por años alcanzar una cima. Bajó su rostro y me dijo: “Sigue, tal vez sea tu mundo” , y yo seguí.

16

III
Bello, me dijeron en Yolombó, es un pueblo más o menos plano, extenso, abierto, con industrias y fábricas. En medio día – me dijeron – el Ferrocarril lo lleva sin ningún retardo. Ansiosos, mis hermanos y yo, guiados por nuestros padres, esperamos el tren en la Estación Sofía. Había visto el tren sólo en fotografías. De pronto llegó. Me pareció inmensa y monstruosa la máquina. Resoplaba. Echaba humo. Me pareció que respiraba, y atrás, los carros llenos de gente. Me encantaría poder describir lo que sentí. Una emoción extraña y nueva. Mi respiración se detuvo. Quise refugiarme en algún lugar, porque pensé que era mi última hora. Pero en los niños puede más la esperanza que la muerte. Estaba ansioso, quería saber lo que seguía. Mi primer viaje en tren. Observé los paisajes y reconocí que eran los mismos bosquesillos, los mismos arbustos, la misma geografía que me era familiar. Divisé los rieles, paralelos, como eternos, dejando la Estación, internándose en los bosques. Me subí a un carro y busqué con mis hermanos una ventana que me dejara ver el paisaje, siempre igual y nuevo a la vez. Hoy puedo hablar de lo que significó esa mañana en mi vida, ese cambio, no lo pensé ni reflexioné en esos momentos en que iniciaba un viaje al que nunca retorné. Es decir, hoy puedo hablar de todo lo que se derivó de esa decisión que fue mía y de mis padres, no puedo, ni siquiera recordar con nitidez, mis sensaciones – y menos mis pensamientos, si los hubo – de lo que pude haber pensado en aquellos hermosos recuerdos de mi primer viaje en tren. Todo era nuevo. Como fantástico. Ver los “arbolitos pasar”, los riachuelos y quebradas, los puentes como plateados que se anunciaban a la distancia, los bosques, las llanuras extensas con ganados sombreándose debajo de los árboles, y la luz del sol dorando las montañas 17

onduladas donde las casas de campo iban pasando, quedándose en el pasado, como mi propia vida. Sí. Porque fue una hermosa vida la que dejaba al pasar, signos, que hoy los recuerdo con infinito cariño. No cesábamos de mirar el paisaje. De pronto, un pájaro, creo que fue un sinsonte, resultó penetrando por la ventanilla de mi madre, desorientado, buscó protección en la falda de su vestido, deteniéndose asustado; yo lo cogí sin vacilar, reteniéndolo entre mis manos. Mis hermanos se lanzaron a mirarlo. Temblaba. Aleteaba. Miraba con ojos desorientados hacia todas partes. Que lo soltáramos por la ventana, ordenó mi madre. Pero nosotros seguíamos acariciándolo, queríamos hacer el viaje con él. Es pecado retener a un pájaro, nos recalcó con autoridad. Pensé dejarlo volar. Mis hermanos se opusieron. Se había aquietado. No le agradaban las caricias, pero ya no parecía agitado. Lo observé con cuidado y cariño. Gris, cenizo, el pico oscuro. Le silbé al oído, pero ni yo sabía imitar su canto ni él parecía escucharme. Estaba tan embelesado con él que ni siquiera sentí cuando se me escapó de las manos. Voló a la ventana y desapareció sobre los inmensos campos abiertos que cruzaba el tren en ese momento. Sentí pena. Como arrepentimiento. No por haberlo perdido sino por haberlo retenido por tanto rato. ¿A dónde iría? Todo aquel mundo era suyo, pero, talvez no volvería a encontrar su nido. La libertad se lleva en el alma, indefinible, como toda esencia; no la forman las rejas, la oscuridad, ni el hambre, es una sensación ilimitada que nos deja vivir, que nos deja soñar, pensar, amar la vida sin fronteras, y cuando la perdemos, a veces sin saber lo que ella es, nos sentimos vacíos y sin alma. ****** En Bello comenzó mi adolescencia. Mi fardo eran recuerdos de una infancia feliz. Un niño campesino, risueño, espontáneo, de buena voluntad para todo, que, sin pensarlo mucho, conservaba la fé en Dios y en mis padres. De mi hogar aprendí a ser un niño bueno. Así llegué a Bello. Sin odios. Sin malicia. Creyendo y practicando un espíritu limpio y siempre ilusionado. ****** La casa que mi padre había arrendado estaba sobre la calle de la Estación, la entrada al pueblo para los que llegaban por el Ferrocarril de Antioquia. Estaba en una esquina, a más de ocho cuadras de la Estación. Pequeña. Con luz eléctrica y agua abundante. Nos sentimos bien. Pronto, entre todos, organizamos el poco mobiliario que había transportado el tren. Mi madre y Josefina, le dieron muy pronto orden a la casa. La primera noche en el pueblo, nos pareció insoportable por los ruidos que se escuchaban cerca y lejos de la casa. Pronto supimos que muchos ruidos provenían de la fábrica de textiles del “hato”, llamada Fabricato, ubicada a pocas cuadras de nuestra casa; otros, ruidos de trenes, como moviéndose en la 18

noche, venían del Taller del Ferrocarril de Antioquia, un edificio inmenso donde reparaban todo el equipo del Ferrocarril, que se extendía muy cerca de la Estación de Bello. Pero, mucha gente trasnochaba. Se escuchaban canciones hasta altas horas de la noche. Pasaban multitudes de obreros por el frente de la casas, yendo y viniendo de la fábrica de textiles y del Taller del Ferrocarril. La esquina de nuestra casa parecía un sitio de citas. Se veían grupos de gentes hablando, riendo a carcajadas, discutiendo cosas del trabajo, prolongándose esos bochinches hasta altas horas de la noche. Empecé a tener miedo a la noche. El pueblo me parecía más tranquilo de día que de noche. Recordaba mucho a Yolombó. Sus hermosas noches tranquilas, cuando me contaban mis amiguitos los cuentos del tigre que recorría silencioso la ruta desde las Camelias hasta el cementerio. Ese tigre feroz que a nadie despertaba ni agredía .... En muy pocos días, mis padres, y nosotros, sus hijos, comprendimos que habíamos cambiado de vida. Esos días, y noches, silenciosos de Yolombó, habían cambiado por días y noches ruidosos, como agitados, revueltos, mal hablados; mi madre decía que las calles de Bello eran pecadoras. Porque se veían, por cualquier parte, gentes ebrias, mujeres abrazadas a hombres que no podían moverse de la embriaguez. Cantinas ruidosas, donde los tangos y las milongas, cantadas en el sonsonete argentino, no permitían ni dormir, ni conversar, ni rezar siquiera el rosario nocturno. Después de que mi padre volvió a Segovia, repitiendo, a la inversa, esa ruta que nos había traído hasta Bello: Bello – Sofía – Yolombó – Amalfi – Segovia. Mi madre volvió, - si es que lo había dejado -, al gobierno de la casa. Cariñosa, precisa, rigurosa, pensando en todos, menos en ella misma. Un día, nos propuso que Adán, debía estudiar en el colegio del doctor Molina. Había averiguado por un colegio privado que ofrecía estudios después de la escuela primaria, dirigido por el profesor Molina, un maestro de prestigio. A mí, me recomendó que repitiera el quinto año de primaria en la escuela pública de Bello. Y, finalmente, matriculó a Eva, en una escuela de Mecanografía que funcionaba en el pueblo. ****** Josefina era la única que conocía sin vacilar cuáles eran sus oficios en el futuro. Ella misma reconoció, en el mismo solar de la casa, un pequeño espacio bien iluminado, plano y cubierto de yerbas salvajes. En ese lugar se propuso sembrar una pequeña huerta de plantas aromáticas, y al mismo tiempo, un diminuto jardín. Ayudada por una barra corta y un azadón, que rodaban y estorbaban en la casa, herencia seguramente del abuelo, ella sóla, acondicionó el espacio de unos tres por tres metros, delimitando las eras con piedras recogidas en la calle. Este jardín, fue el primer sueño realizado por Josefina, a quien todos le hemos dicho Jóse. Yo digo que ella obtuvo de su trabajo los frutos más tempranos de su 19

esfuerzo. Hoy recuerdo las flores cultivadas allí. Rosas blancas y rojas. Claveles encarnados. Violetas diminutas derramadas de tiestos y ollas desorejadas. Bebí tizanas deliciosas de yerbabuena, manzanilla y una pizca de limoncillo, bendiciendo, de paso, los ocultos y graciosos regalos de la tierra. Aprendí de las manos de mi hermana, que con amor, las plantas reverdecen, que las flores aroman y embellecen, trayendo alegría a la mañana. Ella aprendió, que con constancia fuerte, la estéril tierra revienta la semilla, si agua abundante alcanza sus orillas. Y si no, la cosa ya es de suerte. La vida de mi hermana Josefina, tan humana, tan simple, tan sencilla, pasó siempre entre tiestos y colores. Unos días comparte clavellinas, otros, una tizana de manzanilla, pero lo que me apena es saber que la acosan los dolores. ****** Antes de meterme a repetir el quinto año de primaria, según la sentencia de mi madre, tuve casi tres meses libres para adaptarme al ritmo de la vida de Bello que, por lo que veíamos todos, era revuelta, ruidosa, agitada y como con otros propósitos de la que habíamos vivido en el lejano Yolombó. Es curioso, pero recuerdo esos días en mi vida, como una transición, un cambio inmenso, respecto de la vida bucólica de mi lejano pueblo. Como ni Adán ni yo, teníamos amigos, íbamos juntos a todas partes. Un día nos arriesgamos a visitar el Parque Principal del pueblo. Conocimos la iglesia, que estaba terminada; pero atravesando el extenso Parque Municipal, observamos otra iglesia, casi terminada también, aunque las torres estaban apenas a medio construir. Todos nos pareció grande, imponente, las calles empedradas, amplias y muchas tiendas y almacenes en el marco del parque. De pronto se nos acercó un muchacho negro, espigado, sonriendo como si nos conociera, y nos dijo, sin más ni más: Ah, ustedes son los que se pasaron al lado de mi patrón –. Nos dijo, inesperadamente. Adán que era más tímido que yo, y compensaba su defecto con algo de agresividad, se puso delante de mí, preguntándole a su vez, en tono molesto: A ver, qué quiere ... . No, nada, respondió el muchacho, como corrido, como apenado, y dijo: Yo que los quería saludar, y se marchó despacio, creo que sinceramente apenado. Se llamaba Jesús Londoño, supe después que le decían Chucho, y cuando le conté a mi madre que Chucho era el ayudante de Don Jesús Laverde, el dueño del depósito de maderas que funcionaba a dos casas de la nuestra, mi madre, que, - Dios la tenga en el Cielo - , no quería a los negros, me respondió: no se junte con ese muchacho. ¿Por qué mamá?. No me gusta y punto. Respondió. Fue uno de mis mejores amigos de mi adolescencia. Lo recuerdo con cariño y que Dios, también, lo tenga en el Cielo. 20

****** En Antioquia se usaba, en esos tiempos, que cuando una familia se pasaba a vivir a un vecindario, las otras familias que residían allí, pasados pocos días, iban a hacerles una visita de cortesía. Se conocían las señoras, comunicándose y enterándose de quiénes eran los nuevos vecinos, y de allí partían, muchas veces, nuevas amistades. Creo que mucha de esta costumbre, se ha perdido ... . Pero una noche, llegó a la casa una señora blanca, de mediana estatura, acompañada por un niño como de la misma edad de Adán y dos niñas, un poco parecidas a Josefina y Eva. Se le presentó la señora a mi madre, y todos siguieron a la salita de recibo. Era típico. Nosotros rodeamos a Agripina, y los niños de la señora visitante, que se sentó primero, estuvo rodeada por sus niños. Supimos, esa noche, que la señora se llamaba Teresa Vergara, que sus hijas eran Gabriela y Alicia, que el niño llamaba Hernán, y que era la familia de Don Jesús Laverde, el hijo del propietario del aserrío y agencia de maderas, de allí cerca a nuestra casa. Para mí, con el tiempo, esa noche, fue la más memorable, de todas las vividas en Bello, hasta que tuve la edad de veintitrés años, cuando dejamos a Bello para irnos a vivir a Medellín. Esa noche las dos señoras hablaron amistosamente hasta, por lo menos, las once de la noche. Mi madre me dijo, muchos años después, que el secreto de toda buena conversación, era permitirle a la otra persona que hablara también. La conversación es buena, dijo, porque escuchamos y nos escuchan. Por eso, esa noche, hasta que me venció el sueño, supe que la señora Teresa era de Cisneros, que su esposo, Don Jesús, era hijo único de Don José, el dueño de la empresa. Que tenían bosques en Puerto Berrío, de donde traían las maderas. Y que Hernán, era el mayor. Que la niña rubia, Gabriela, estaba en quinto año de primaria en el colegio de las Hermanas de la Caridad, y que Alicia, la menor, apenas estaba en tercer año. Estuve tentado a preguntarle a la señora por lo que hacía Hernán, pero en esas circunstancias, los niños no tenían derecho de intervenir en la conversación de los mayores. Después supe que había concluído la primaria, como yo, pero que su padre lo necesitaba en la empresa. Esa noche, doña Teresa habló, por un momento, de Chucho, el negro del aserrío. Contó que era de Puerto Berrío. Hijo de un obrero de los aserríos; que era servicial, honrado, trabajador y muy amable. Que cuando lo necesitara, podía llamarlo para que la sirviera en cualquier trabajo. Yo estuve atento a todo eso, mirando a Adán, mientras la señora hablaba. Mi madre me miró a los ojos mientras Teresa hablaba. Después de pocos días, volví a ver a las hermanitas Laverde, viniendo del colegio. La menor, Alicia, que era muy blanca, de pelo negro y como repollita, como decían los muchachos; me saludó con un gesto de su mano, pero la mayor, Gabriela, apenas me miró, y sonrió al pasar. 21

Era el final del año de 1932. Apenas tenía once años largos. Pero algo me empezó a suceder. Hasta esos días, había vivido indiferente, olvidado, de que llevaba una cicatriz en el lado derecho de la mejilla. De pronto, sin que nadie me lo recordara, empecé a sentir como un fastidio por esa sola circunstancia. No porque sintiera dolor físico por esa señal, sino porque a menudo la recordaba. Me inquietaba. Sin otro motivo, me miraba en el espejo. Miraba frecuentemente, en silencio, los rostros de otros muchacho de mi misma edad, y empecé a notar que las personas, me miraban el rostro con curiosidad, así no comentaran nada. Empecé a ver que casi todos los muchachos de mi edad no tenían cicatrices: blancos, trigueños, morenos y, el negro Chucho, tenía la tez liza y tersa, y como reía a menudo con dientes blancos, parejos y bien cuidados, sentía a veces, como admiración por su risa. Yo tenía también dentadura blanca y pareja, la cual me ayudaba, a veces, a disimular la cicatriz, mostrando los dientes como sin motivo. Buscaba a menudo el espejo, con el pretexto de peinarme el cabello, que era negro y algo ondulado, pero, realmente, era para volver a detallar la cicatriz, que me empezó a parecer realmente horrible. En varias ocasiones, al mirarme al espejo, sentí como pesar de mí mismo ... . Quise hablar con mi madre sobre la preocupación que sentía. Un día, lejos de mis hermanos, le pregunté, - como si el asunto para mí fuera secundario -, si no habría una crema para aplicarme en esa cicatriz. Ella, que nunca se precipitó para dar una respuesta, y parecía comprender el significado de todas las preguntas, me miró primero a los ojos. Levantó la cabeza, como para mirar hacia las montañas, pero pronto volvió a observarme. ¿Está preocupado por “eso”, Gelito?. Me preguntó. Me decía Gelito, en algunas ocasiones. Si, mamá, le respondí, como destrozado por dentro. Entonces vino hacia mí. Pasó su brazo sobre mis hombros y con su mano derecha acarició mi rostro con cariño ... . Yo no sé Angel, si habrá alguna crema que borre esa cicatriz. Es posible que la manteca de cacao, la suavice. Que la crema de concha nácar, la borre un poco. Pero la única crema que existe para esas situaciones – me dijo – es la que todos podemos aplicar, es la del carácter. Acuérdese de ese libro que le obsequió don Francisco García, su maestro. Vuelva a leerlo. Entiéndalo. “El carácter es nuestra propia voluntad, guiando nuestros propósitos”. Si Usted se propone no pensar en esa cicatriz y obrar siempre como un hombre, esa seña se le borra por siempre. Estaba enrojecida. Me pareció que iba a darme una bofetada. Se contuvo. Me miró profundamente a los ojos, y agregó: -Vé uno a hombres que les falta un brazo, una pierna, o quedan inhábiles en un accidente, o pierden un ojo, y usted, un muchacho fuerte, inteligente, que ama el estudio, viene a preocuparse ahora por esa insignificancia - . Yo no creo que es insignificante, Mamá, le dije. Entonces, mirándome a los ojos me respondió: Tiene que usar bastón o muletas? Tiene que girar la cabeza porque no oye bien? ¿Cuál sentido le falta? ... Corre, oye, salta, habla, grita, es fuerte, es inteligente ... ¿Porqué me atormenta, hijo? Se puso a llorar ... . Y yo, todavía, me pregunto, 22

recordando esa escena, ¿ por qué lloró mi madre? La verdad es que a más de setenta años de haber sufrido ese accidente, todavía hablo de él. ****** El negro Chucho, mandadero de don Jesús Laverde, fue mi amigo, mi confidente, instructor de varios deportes, alcahuete de mis primeros amores, ingenioso, perspicaz, solapado, y , sin embargo, sincero, buen amigo y honrado, en el sentido de que jamás se apropió de cosa ajena, a pesar de ser analfabeto. Una tarde, Chucho vino a mi casa, a invitarme a ver, por primera vez, un partido de fútbol del equipo Olímpico de Bello. Mi madre lo recibió con amabilidad. Había, élla, despejado sus prejuicios, y le dijo que esperara por un momento, en la puerta, que me iba a llamar. Salí de la casa con la aquiescencia de mi madre. Me llevó a la cancha de Fabricato, que era, en verdad, un campo de fútbol encerrado por rejas de alambre, pero con graderías cómodas, de libre acceso. Me sentí emocionado. Por primera vez, en mi vida, pude observar el juego de balón, en forma reglamentaria y ordenada. Por mis juegos de pelota, sabía más o menos, cómo se practicaba el juego. Esa tarde ví, por primera vez, a jugadores que ocuparían en mi memoria, el mayor espacio de mis buenos recuerdos: ví, al largo Berrío, el muchacho que, con dos compañeros, Rosenberg Echavarría y el “trueno” Echeverry, formaban el medio campo del Olímpico. Conocí al viejo Alvarez, un talabartero que era famoso como centro delantero: calmado, técnico, veloz, sin precipitarse, que metió el primer gol entre los aplausos de un público que cantaba espontáneamente, las mejores jugadas. Pero, en el equipo contrario, conocí también al doctor Villegas, un líder del equipo contrario, quien me deslumbró por su fuerza y velocidad, que empató el partido hacia el segundo tiempo. Este, era el capitán del club Fabricato, y gozaba de una fama, de un prestigio como ningún otro jugador. Más tarde supe que era ingeniero, que hablaba inglés, y que era uno de los directivos de Fabricato. Volví a mi casa como a las siete de la noche, con Chucho. El fué el que me dió los nombres de los jugadores, me explicó la técnica del juego, me comentó cosas de varios de los jugadores y, al llegar, me dijo que era amigo de Rosenberg Echavarría, que vivía por allí cerca. Fué una tarde inolvidable que me introdujo en un deporte que bien, o mal jugado por mí, durante cerca de cuarenta años, me dió resistencia física, amor al deporte, seguridad en mis decisiones, honradez en todas mis jugadas, personalidad, a la vez arriesgada y respetuosa, y, como una clara visión del mundo moderno. Casi, casi, diría que me obligó a dejar el campesino que traía, para llegar a ser, sin ningún complejo, el muchacho que alcanzó a ser también ingeniero. ****** 23

Mi amistad con Rosenberg Echavarría nació pocos días después. Era un muchacho alto, espigado, fuerte, blanco, amable y muy decidido. Vivía, efectivamente a pocas cuadras de mi casa. Su familia, creo que había venido de Carolina, un pueblo cercano a la represa de Guadalupe que, en esos días, se mencionaba mucho. Nuestra amistad duró hasta después de que terminé mi carrera de ingeniero químico, en la Universidad de Antioquia; luego lo perdí de vista. Ignoro si aún vive. Asistí a sus entrenamientos con el Olímpico; cabeceaba muy bien el balón. Me enseñó a pegarle a la pelota con ambos pies. Cómo debía golpear la pelota con los bordes de los zapatos, sin elevarla y cómo rematar con fuerza. Practicando y practicando, alcancé a lograr el dominio del balón. Toda un escuela. ****** Pero no quería dedicarme a jugar fútbol. Era mi deporte, mi “goma”, como decíamos. Sin embargo, entré a la escuela pública de Bello, a repetir, con gusto, el quinto año de primaria. ¿Para qué? Ciertamente, no lo sabía. Uno, de muchacho, va cumpliendo etapas, como inconscientemente. Juega, se alimenta, estudia, se concentra, se distrae, hace amigos, los olvida, empieza a gustarle las muchachas, cree enamorarse, pasan, se mete en cuanto cree que lo llevará a la felicidad; cambia de un día para otro y, si ningún vicio o mala costumbre lo atrapa, va pasando la vida, hasta que sale a donde menos lo había pensado. Rosenberg, era ayudante de una carpintería. Allí lo encontraba, muchas veces, al salir de la escuela, cepillando tablas, serruchándolas, ajustándolas, clavando piezas, sudando, abstraído en su trabajo. Nos íbamos juntos al parque. Tomábamos fresco, charlábamos. Nos reíamos y, una tarde, se puso a enseñarme a jugar ajedrez. Es el juego de los Reyes, me dijo. Me esforcé por aprender los nombres de las fichas, cómo se movían, cómo se le daba mate al contrario … . Me encantó. El, que ya sabía manejar el torno de madera en el taller, me regaló mi primer ajedrez, sencillo, rústico, pero se lo agradecí toda la vida. Me regaló el tablero, pintó con el lápiz negro de los carpinteros los escaques negros, dejando del color de la madera los blancos. Mi madre se alegró mucho con ese regalo. Como era despierta, siempre entusiasta, y como con tiempo para todo, pronto aprendió a jugar, acompañándome a jugar partidas varias tardes. No sé si lo hacía por estimularme, o era que, en verdad, le agradaba. Ninguno de mis hermanos se animó a aprender a jugar ajedrez. Rosenberg era mayor que yo, por lo menos, en cuatro años, y creo que entonces me tenía un cariño como de hermano mayor. Con él y con Chucho, fuimos por primera vez a los campos de Niquía. Era una amplia, azulina y hermosa llanura que se extendía hacia el Noroccidente de Bello, que pertenecía a la Estación de Machado, del Ferrocarril, y a Bello. Eran los campos que visitaban los domingos la gente de Bello, porque tenía 24

arboledas, pequeños arroyos, y desde allí, volvíamos al pueblo, saltando polines hasta la Estación del Ferrocarril en Bello. Era tan simple la vida, tan tranquila y pacífica en esas soledades, que hoy al recordarla, me parece que Antioquia, en todos sus rincones, era como un Edén. ****** No pienso que en la escuela hubiera perdido el tiempo. Pero no guardo de ese año, 1933, grandes recuerdos, solamente que jugué mucho fútbol, practiqué el juego de ajedrez, hasta poder jugarle a Rosenberg, mano a mano, partidas que varias veces le gané. Además, conocí, casi sin proponérmelo, varios jóvenes, mayores que yo, que eran obreros del Ferrocarril de Antioquia en el taller de mecánica. Pienso ahora, que siendo un muchacho, un “pelado” como se decía, era algo “metido con los grandes”. Quiero decir, que era curioso, me gustaba ver las cosas de cerca, conocer los oficios que hacían los mayores, y sin molestar, me permitían que mirara las locomotoras que reparaban en el taller, visité la fundición, donde muchas veces recordé a mi abuelo, el herrero. ****** Conocí a dos personajes, de quienes guardo recuerdos. Uno se llamaba don Miguel Upegui, era el jefe del taller del Ferrocarril de Antioquia. De mediana estatura, blanco, rosado, tendría cincuenta años. Simpático. Chistoso. Amable. Respetado por todos los obreros. Ignoro si tuvo estudios especiales, pero conocía todos los oficios del taller. Lo conocí una tarde cuando entré a una de las cantinas donde se reunían los obreros a tomar cerveza, después de la jornada, y yo entré allí a tomarme una “Carta Roja”, que era mi gaseosa preferida ... . Todos bebían cerveza a “pico de botella”. Hablaban, se reían, gozaban con chistes que yo no entendía. Uno, le pidió a don Miguel, que le contara el cuento del ingeniero sueco que había venido, tiempo atrás, a instalar el Torno Revolver al taller. Yo no sabía de qué estaban hablando, pero me quedé a oír el cuento. ¡Ah! Exclamó don Miguel. Ese cuento, dijo, es delicioso. Por más de un mes, estuve esperando al sueco que vendría a instalar el Torno. Yo esperaba que fuera un viejo, talvez jubilado, experto en esas máquinas. Y una mañana, muy temprano, llegó hasta mi oficina un muchacho, de veinte años , si mucho: alto, blanco, de ojos azules, serio. Me saludó sin quitarse el sombrero, que era una pavita blanca, adornada con una gran pluma amarilla y roja, de puro papagallo ... . Me dijo que él era el ingeniero que iba a instalar el torno. Yo era el jefe de los torneros, y habíamos esperado su llegada, porque ninguno en el Taller, sabía, ni conocía, esa máquina. Hablaba castellano perfecto, con acento español ... . Aterrado le pregunté si era él el ingeniero sueco. Sí, me respondió, sin inmutarse. Pero usted habla muy bien el castellano, le dije. Lo aprendí en España, donde hice otros montajes hace tiempo. No salía de mi asombro. Vestía un traje de paño gris delgado. Camisa blanca finísima, y zapatillas grises. 25

Reconociendo que era un hombre serio, activo y como de afán, lo llevé al lugar donde teníamos el torno desembalado y listo para instalar. Sin preguntar nada abrió una como gaveta que conocía bien, extrajo unos planos que allí había, planos muy bien dibujados, con leyendas en ingles y en sueco. Los extendió y miró, como identificando partes y piezas del torno. Rompió una cubierta de papel impermeable que protegía el tablero de los controles eléctricos de la máquina y me preguntó , dónde había una toma eléctrica. Vió que el torno no estaba anclado y me dijo: Yo voy a ensayarlo aquí, pero ustedes lo instalan donde les convenga. Introdujo el cable de la corriente eléctrica en la toma, y antes de encender la máquina me preguntó, es de ciento diez voltios, ¿verdad?. Pidió un pedazo de bronce y tras acomodarlo en la máquina, puso en rotación la pieza.. No sabía qué hacer, ni qué decir. Me pareció que estaba soñando. Un muchacho, talvez menor de 22 años, sin quitarse siquiera el saco, tenía el dominio de esa máquina, como si le estuviera dando cuerda a su reloj. ¿A qué distancia estaban nuestros mecánicos, de ése joven?. Comprendí claramente lo que era nuestro atrazo ... . los obreros se rieron, pero yo tampoco entendí por qué. Entre los obreros de Fabricato y del Taller del ferrocarril, existía una sutil pero cierta rivalidad. Aunque muchos eran amigos y hasta se embriagaban juntos, los ferroviarios se sentían o se creían superiores ganaban, en general, más dinero, hacían trabajos como de más hombría; se conseguían las muchachas de la textilera, más bonitas; y formaban como una casta superior. Pero había en esos tiempos, en Fabricato, un técnico italiano que todos nombraban como el Señor Barboto. Era un hombre más bien alto, grueso, moreno, y feo. Era – decían – experto en toda la ciencia textil: Conocía todos los tipos de telares, hasta sus mínimos detalles. Sabía de colorantes, de apresto, de diseño de telas, pero, además, de motores de combustión interna, incluyendo las máquinas Diesel. Decían que era graduado de una universidad italiana, y le encantaban el aguardiente y los tangos. Muchos sábados, en la noche, se veía al Señor Barboto escuchando música o cantando canciones de despecho argentinas, en las tiendas y cantinas que se extendían a lo largo de la calle donde nosotros vivíamos. Chucho, el mandadero de don Jesús Laverde y yo, muchas veces, nos reuníamos para ir a oírlo cantar, reírse a carcajadas, contar historias de su trabajo, o burlarse de los mecánicos del taller del ferrocarril, porque lo único que sabían, decía, era hacer fuerza. Un día, ya al atardecer, creo que era un sábado, vimos, Chucho y yo, que el Señor Barboto, con un amigo, entraba a una tienda cercana a nuestras casas. Parecían borrachos. Hablaban. El señor Barboto, agitando las manos, y el otro, cruzándole por los hombros su brazo, caminaban con pasos vacilantes. Nos acercamos a la tienda sin mirarlos, pero 26

escuchándolos. Hablaban como contradiciéndose. Barboto decía algo sobre la forma como trabajaban los motores Diesel: habló de la potencia que tenían. De la velocidad que podían imprimirle a un carro. Del tipo de combustible que consumía, y, de pronto, agitó la cabeza, como negando algo... No sé – dijo – carajo. “libros, que se pueden escribir con lo que yo no sé de esos malditos motores”, y se quedo dormido sobre la mesa. Nunca he podido olvidar esa frase del Señor Barboto. Nuestra vida, la vida de mi hogar, la de mi madre, a quien seguía viendo animosa y despierta, luchando con sus cuatro hijos, en esa casita pequeña y ruidosa, recibiendo de Segovia mensualmente, cumplidamente, un giro, que le anunciaba un viejito mensajero de la oficina de telégrafo al que nosotros llamábamos “el desbaratado”, porque era casi inhábil, y tenía que hacer esfuerzos inmensos para llegar hasta la casa, y al que nosotros no nos le acercábamos porque olía a gallinazo; esa vida nuestra, a principios de 1.934, tornó a ser muy difícil, casi insoportable. Pienso ahora en una mujer con cuatro hijos, entre trece y dieciséis años. Sin trabajo ni oficio definidos. Gastando ropa, calzado, comida y hasta un poco en educación, pagando alquiler y aunque todo era de la calidad más inferior, la única fuente para esos gastos era un giro de un salario que, desde Segovia, nos alegraba a todos, cuando el desbaratado lo anunciaba. A veces veía a mi madre mesándose los cabellos en silencio, ocultando su rostro, que sabía estaba húmedo por el llanto, pero que ella nos ocultaba, distrayéndonos con alguna conversación que alejaba provisionalmente, nuestra preocupación....me decidí contarle a Rosenberg Echavarría nuestra situación. El era un muchacho tan pobre como nosotros, pero esperaba que me dijera alguna cosa que yo pudiera hacer, y que en algo nos ayudara. Se lo dije un atardecer, mientras jugábamos una partida de ajedréz, en una tienda. Así como se concentraba en las jugadas más decisivas en nuestras partidas, levantó una pieza. La retuvo en el aire por largo rato, sin mirarme y, de pronto, habló my despacio, mientras depositaba la pieza en un escaque. No me dio mate. Pero me dijo que en la “fabrica de Arriba”, otra textilera antigüa, fundada varios años antes que Fabricato, estaban recibiendo muchachos para trabajar. ¿Qué hay que saber?- le pregunté. Nada – me dijo – allá te entrenan. Sentí en el alma una alegría infinita. Seguimos jugando la partida, pero yo perdí la concentración. Perdí el juego. Volví a mi casa y se lo conté a Agripina. Rosenberg me dijo, además, que debía hablar con don Alberto Olarte quien era el administrador de la textilera. Mi edad, pasaba medio año de los trece. Había terminado mi escuela primaria, en exceso. Leía muy bien, y por nada, abandonaba la costumbre, aunque debo reconocer que mi único libro, fuera de mis cuadernos de la escuela, se llamaba “El Carácter” de Samuel Smiles, el que a menudo abría en cualquier página y leía un pensamiento: “Las corrientes que mueven las ruedas del mundo, nacen en lugares solitarios” 27

(Emerson)...No teníamos radio, aunque a veces, en la calle, escuchaba noticias. Pero esos últimos tiempos, habían sido para mí de muchos conocimientos: Conocía al pueblo perfectamente. Visité, con otros amigos, la choza donde nació don Marco Fidel Suárez. Recuerdo que me conmovió hasta casi hacerme llorar, la humildad de su casa. Recorrí sus paredes – eso de recorrer, es una exageración, porque dado su mínimo tamaño, con sólo girar en el centro, se terminaba el recorrido de la choza -. Sobre esa minúsculas paredes, pude leer pensamientos sentidos y hermosos. Recuerdo: “Si me lanzó la vida contra tu carro un día; mi ser, ante tu genio, siente un amor profundo. Aquí donde fulgura de tu alma Epifanía, traigo la voz de un pueblo, quisiera la de un mundo”. (Guillermo Valencia). Aunque sabía apenas un poco del expresidente Marco Fidel Suárez, y me había leído, no recuerdo dónde, unos pocos poemas del Maestro Guillermo Valencia, tengo memoria del respeto que sentía por Suárez y, desde entonces, admiraba la poesía... pero, también sabía jugar fútbol con decisión y agresividad; hacer compras; conversar con las personas mayores con respeto; obedecer; conocía bien el taller del Ferrocarril donde tenía muchos conocidos; había estado en uno de los salones de telares de Fabricato escuchando los ruidos sincrónicos de las máquinas; ascendí un día con Chucho, por una montaña interminable, hasta la carretera que iba para San Pedro; chapoteaba el agua en los charcos de la quebrada “La García”, que era, en su descenso a Bello, clara y limpia. Había transportado sobre mis hombros, maletas y equipajes de viajeros que llegaban al pueblo por tren, por unos pocos centavos que me servían para tomar frescos; y, algo que me encantaba hacer, era subir los lunes a un sitio que llamaban “El Calvario”, donde rezaba, recibía el viento vespertino que barría la montaña, mientras la vista se perdía en el horizonte ya nublado. Fueron éstos los conocimientos que tuve para decirle a mi madre, que, como ya era un hombre, ella merecía que yo la ayudara trabajando en la fábrica de Arriba. No puedo decir ahora que se alegró o se entristeció. Me dijo: y porqué no Adán? Porque él esta aprendiendo a tocar tiple y lira, le respondí. En efecto, Adán tuvo un oído natural, tan fino, que con pocas horas de practicar en un instrumento, estaba tocando piezas completas de música popular, acompañándose con una voz grave y muy sonora que admiraban las personas. El, sin ayuda de Agripina, se había matriculado en la escuela del maestro Mesa, quien formó a los serenateros del pueblo. Mi madre alzó las cejas en un gesto muy suyo, apretó los labios y se marchó, sin decirme ni sí, ni no. Un día después me marché sólo hacia la fábrica de Arriba. Estaba situada al otro extremo del pueblo. Iba vestido como siempre lo hacía: Una camisa blanca de manga corta, de una clase barata que vendían en un almacén de retazos cerca de la entrada de Fabricato, y unos pantalones cortos , grises, de dril de Coltejer. Mis medias eran altas, azules claras y 28

botas negras, peladas, de jugar con ellas fútbol...No sería la primera vez que me enfrentaba a una persona respetable con mi humilde vestido...Me recibió el Señor Olarte, muy bien. Era un hombre joven, blanco y con una barba bien afeitada y casi azulina. Me escuchó con atención , preguntó de dónde era, y, sin más vacilaciones, me pidió que pasara a otra oficina, en la cual, vi a una muchacha rubia, de rostro muy bello, quien tras pedirme algunos datos, me envió ante un hombre viejo, alto, desgarbado, boquisucio y muy desatento. Con él fui a una salón amplio, oscurecido por las pelusas de algodón que flotaban de unas máquinas grandes, pero sencillas, que iban envolviendo las telas de un rollo en otro, mientras un muchacho, sentado frente a la tela extendida, revisaba el tejido, rayando, con un lápiz de color, las fallas que se hubieran producido en el telar. A estos trabajadores les decían revisores. Me pagaban dos pesos por día. El trabajo en sí era muy fácil; lo duro era permanecer dos jornadas de cuatro horas, sentado en una banca, mirando pasar, rollo tras rollo, de una misma tela, sin dormirse, atento, levantándose del asiento a dejar una marca en cada falla, sin hablar, sin mirar a otra parte y a veces con sed y hambre. La vida en mi casa, cambió completamente. Mi salario semanal, era un poco más de diez pesos porque no pagaban ni el sábado ni el domingo. En cambio, debía levantarme todos los cinco días de trabajo, a las cuatro de la mañana. Bañarme y desayunar en media hora, salir trotando desde mi casa a la fábrica y estar en la puerta de la fábrica a las cinco y cuarenta minutos que, extrañamente era la hora en que sonaba la sirena por primera vez, llamando a los obreros. Pero yo estaba empezando esa edad en que la voluntad coincide con la fuerza física. Todo eso lo hice religiosamente durante ocho meses de trabajo. Aunque yo le llevaba a mi madre, como un presente, los viernes en la tarde, todo mi salario, a fin de que no pasara tantas dificultades; ella, desde las primeras semanas, me ayudó a abrir una cuenta de ahorros, en la Casa del Obrero, una Institución que estimulaba el ahorro entre muchos trabajadores. Aunque tenía derecho a retirar centavos de tal cuenta, cuando lo quisiera. Llegué a pasar semanas sin retirar ni el precio de un helado de paleta, y valían a dos centavos si eran de leche... Mi vida en la fábrica transcurría normalmente. Un muchacho, tal vez de mi edad, a quien llamaban El Chapin, porque tenía un pie, como en una bola, pero que así corría, hacía mandados, jugaba pelota y era servicial como si hubiera nacido para eso, se comprometió a llevarme el almuerzo todos los días, desde mi casa a la fábrica por unos pocos centavos... Almorzábamos a las doce en un patio que era, también, cancha de basquesbol. Allí íbamos llegando, lanosos, empolvados, sudorosos, a reposar en los andenes del campo; muchos obreros realmente cansados; pero los revisores, aprovechábamos para soplarnos la nariz, sacudirnos las pelusas de algodón, escupir discretamente las motas que seguían en la garganta, y sobre todo, a 29

simular un sueño corto, transitorio, que nos subía de todo el cuerpo a la cabeza, como deshaciendo el cansancio. El muchacho que me traía el almuerzo, siempre estuvo allí. No sé porque su saludo era sacudirme el cabello y reír de ver salir las pavezas de algogodón. Nos sentábamos en un rincón, me desarmaba él mismo el portacomidas, mostrándome siempre la sopa espesa de guineo y de arracacha, con cilantro, olorosa a las yerbas que cultivaba Josefina. El seco, carne en salsa y tajadas de papa cocida, un poco de arroz y plátano verde frito y machacado. La sobremesa era jugo de alguna fruta. Debo reconocer que Josefina me variaba un poco estas recetas, pero que todas, me encantaban. Al muchacho le gustaba por igual y muchas veces, compartíamos el almuerzo, aunque él, por natural buena educación, casi siempre se iba, dejándome sólo. Un día, lo recuerdo muy bien, vino a sentarse cerca de mí, precisamente esa hermosa niña a la que había visto, y me había atendido el mismo día en que llegué a pedir trabajo en la fábrica. Era una niña, un poco más espigada que yo, aunque ese día, a causa de mi miedo, la ví como toda una Señorita, y entonces, no tuve sino admiración secreta por su rostro. Con calma la miré, saludándola con una simple sonrisa, y en silencio. Me fascinaron sus ojos grises sobre su piel blanca, me parecieron tristes, aunque nadie podría sentirse triste perteneciendo a un ser tan admirable, pero curiosamente, ninguno de los muchachos que la veían, parecían ocuparse de ella. Era la más bella del campo. Todos la veían, la saludaban y seguían. Era la primera vez que así, sin ninguna razón, me prendaba de una mujer sin conocerla, sin saberle tan siquiera su nombre, pero así me sucedió... Días después, me dijeron que era de San Pedro, el pueblo, en el que había estado con Chucho. Que se llamaba Rosa Elena Gómez y, lo más definitivo, que era la novia de uno de los directores de la fábrica. Hasta allí llegaron mis sueños, y nunca, supe más de su vida. Como soy un narrador viejo que rememora historias de tiempos pasados, recuerdo, sin esfuerzo, el poema de César Vallejo, el poeta peruano: “Idilio Muerto” “Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita de junco y capulí; ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita la sangre, como flojo cogñac, dentro de mí. Dónde estarán sus manos que en actitud contrita Planchaban en las tardes blancuras por venir, Ahora, en esta lluvia que me quita Las ganas de vivir. 30

Qué será de su falda de franela; de sus Afanes; de su andar; De su sabor a cañas de mayo del lugar. Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje, Y al fin dirá temblando “Qué frío hay... Jesús”! Y llorará en las tejas un pájaro salvaje” Más o menos, así es la memoria que guardo de esa niña hermosa, a la que admiré desde lejos, día tras día, durante muchos días. La dejé sin despedirme; un sueño, una nube, una ilusión, que tuvo la virtud inefable de despertarme, silenciosamente, al amor. ****** En la Semana Santa de 1.934, mi padre vino a pasarla con nosotros. Todos estábamos bien de salud y animados, contentos, y mi madre había recuperado su ánimo y hasta pudimos comprar vestidos nuevos, zapatos, y para Adán y yo, compramos en Medellín, sendos pares de botas Rey-Sol, que habían sido mi sueño por mucho tiempo. Eran unas botas negras, suaves y poderosas, de mucha fama entre los muchachos. Pero me recomendaron que no jugara fútbol con ellas. A Adán eso no lo afectaba, porque nunca fue aficionado por ese juego. En cambio de unos zapatos propios para futbol, que yo me compré; con espinilleras y medias gruesas, de esas que no tenían pie, propiamente, sino que consistían en un tubo con una banda elástica que abrazaba el empeine y uno debía usar medias ordinarias para protegerse, él compró una dulzaina, alemana; y mientras aprendió a soplarla y tocar canciones conocidas, nos sometió al más cruel martirio. Finalmente, identificó la escala musical y los tonos, ofreciéndonos pequeños conciertos, que nos deleitaron. Un día intenté soplar la dulzaina, buscando un sonido armónico, y verifiqué de manera irrecusable que nunca tendría acierto para encontrar un tono. Todo se me volvía ruido, escándalo y desconcierto. Hoy no soy mejor. Mi padre permaneció casi diez días con nosotros. Hablamos de mi trabajo en la fábrica, de lo que hacía, y hasta de lo que me pagaban. Me preguntó si me gustaba el trabajo. Le respondí que no había aprendido nada en los tres meses que llevaba trabajando. Le expliqué en qué consistía el oficio de Revisor, diciéndole francamente que seguía allí, solamente porque Agripina sufría mucho con tanta pobreza. Guardó silencio. El guardaba mucho silencio y, a lo largo de mi vida, nunca he sabido si lo mejor es hablar, pero mi padre fue siempre un hombre de grandes silencios. Agripina, en cambio, pensaba y hablaba; se emocionaba y lloraba; se mesaba los cabellos, ordenaba, exigía, suplicaba y volvía a llorar. Mi madre fue una fuente de pasión y de vida. Justa, amable, sencilla, irascible, tierna, sin preferir a ninguno de sus hijos, nos guió y educó a todos. 31

Cuando mi padre volvió a Segovia, a esa mina de El Silencio, que le costó la vida, mi madre, una mañana, sin decírselo a nadie visitó al padre López. Era su confesor, tanto de sus pecados como de sus angustias. Ella ni por un solo momento, había aceptado que yo, el menor, el hijo por quien tal vez, sin decirlo, sentía pesar por haber sufrido ese accidente, siguiera trabajando. Por eso, visitó al padre López, párroco de Bello y compañero ocasional del Padre Roberto Jaramillo, un sabio que vivió en Bello. El le aconsejó que pensara seriamente en matricularme en el Liceo Antioqueño, para que, más bien, yo llegara a ser un hombre educado y no un obrero ignorante. Los consejos de un sacerdote eran, para el pueblo antioqueño, en ese tiempo, casi una orden perentoria. Le advirtió además, que el Liceo Antioqueño, era un colegio gratuito... Mi madre volvió a la casa, guardándose la noticia hasta el fin de semana. ****** El primer concilio de familia sobre el asunto, sucedió al sábado siguiente. Nos autorizó, a los hijos, a que nos reuniéramos en la salita de la casa, donde nos estaba terminantemente prohibido entrar con los zapatos sucios, que era el estado natural de nuestros zapatos. En mi presencia, ella, como reprimiendo la palpitación de la dicha que la embargaba, nos dio la noticia con detalles, y acordamos que yo trabajaría en la fábrica solamente hasta el final de septiembre, a fin de que tuviera el tiempo suficiente para repasar mis estudios de primaria, y pudiera entrar al Liceo a comienzos de 1.935, cuando tendría casi quince años.... Recuerdo que todos nos alegramos por igual con la noticia. Eva, Jóse y Adán, me felicitaron como si me hubiera ganado un premio. Pero el lunes, en la fábrica, mientras veía correr la cinta de tela en medio de ese pelusero, con tacos de algodón en las narices, dizque para protegerme de las partículas más finas que a veces me hacían estornudar, pensé, que por qué había aceptado tan fácilmente el que fuera yo, y no Adán, el que entrara al Liceo, siendo que él había sido tan buen estudiante, y apenas tenía dieciséis años. Esa misma tarde, se lo comuniqué a Agripina. Ella me miró a los ojos. Se puso seria, que, en ella, era una señal de que empezaba a pensar. De pronto, me dijo: dígaselo Usted, Gelo, que tal vez a Usted le haga caso. Ese muchacho es tan raro, que de pronto quiere él también estudiar. Ahora anda con el embeleco de entrar de ayudante en el juzgado municipal, pues, casi sin nosotros saberlo, aprendió mecanografía y como que lo necesitan. Exactamente así sucedió. En pocos días lo vi´galopando sobre una vieja máquina Remignton, y como a los quince días, se le apareció a Agripina con un salario de veinticinco pesos. Todos nos alegramos, pero él, sin hacer aspavientos, se fue esa noche a tocar lira con sus amigos, al taller de su maestro de música. Así fue siempre Adán. Como viviendo las horas, con sentido del deber, pero sin entusiasmo. Ni comunicaba, ni exageraba ninguna alegría. Un poco como ausente. Lo único que lo atraía era la música... Siempre he pensado que por causa de 32

nuestra ignorancia, desinformación, falta de amistades verdaderamente valiosas y bien educadas, nunca tuvimos oportunidad de orientar a Adán, y terminó siendo un hombre decente, pero como gris y ausente. ****** Por ignorancia. Por falta de información. Por ese aislamiento que produce en las personas ignorantes el ritmo de la sociedad moderna, nos sucedió algo increíble. Dejamos, para el mes de enero, de 1.935, la hora de averiguar, en el Liceo, la fecha de entrada al primer año de bachillerato. Yo había repasado mis materias de primaria, desde septiembre de 1.934, y me sentí listo para reanudar mis estudios dizque en enero del año siguiente... Cada vez que recuerdo esta situación , siento vergüenza. Pues el Liceo antioqueño, resultó que no era de mi propiedad, ni recibía alumnos cuando yo quería, y por eso me dijeron que ya no había cupo. La entrada era solamente anual, y cuando me presenté, me informaron que desde septiembre se habían cerrado las adminsiones. Debo confesar, paladinamente, que sentí una tristeza casi infinita. Lloré Me sentí culpable, pensé en olvidarme de todo y volver a la fábrica, hundiéndome en ese desgraciado trabajo, para siempre. ****** Todos mis amigos, desde mis hermanos, hasta los de la calle, aquellos que por mi propia espontaneidad habían sabido de mi fracaso, quisieron consolarme. Pero yo no tenía consuelo..... He pensado muchas veces en esa situación. En qué fue ciertamente lo que la ocasionó.... Pero, de igual modo, he pensado también en lo que fue mi reacción a élla. He creído que mi reacción, marcó, desde esa época, lo que había de ser mi reacción personal ante otras situaciones del mismo género que viviría en el futuro... Quiero decir, con franqueza, -y lo he repetido muchas veces-, que nunca me he considerado una persona inteligente, de esas que ven al vuelo las cosas, que son imaginativas y, como dicen los muchachos “vuelan rasante”. No. siempre desconfié de lo que entendía a primera oída. Me tuve que repetir, en mis propias palabras, lo que escuchaba, molí los conceptos y nociones hasta hacerlos míos, y solamente después, intenté decir algo. Creo que éste, no es el comportamiento de una persona que confía en su inteligencia, sino, más bien, el de una persona tímida y desconfiada... Esta fue mi reacción: Me fui sólo a buscar a un amigo que vivía algo lejos de mi casa. Se llamó Raúl Muñoz Tobón ( q.e.p.d.). Estaba cursando el segundo año de medicina, en la Universidad de Antioquia. Me parecía una persona tan sería, amable, educada y tranquila, no obstante ser un muchacho un poco mayor que yo, que de todos mis amigos, siempre lo consideré como el más distinguido. Era un sábado. Lo saqué de su casa y me fuí con él contándole lo que me había pasado: que había perdido, por mi estupidez, 33

la entrada al Liceo Antioqueño, por no saber cuándo se cerraban las admisiones. El me miró a los ojos, y seguramente por mi tono, comprendió que estaba muy triste. No me dijo: eso no vale nada..., tampoco me dijo: te jodiste... ni que me dedicara al fútbol, porque sabía que me gustaba...no, lo que me dijo fue que sentía mucho pesar. Que él también era bachiller del Liceo, y que lo que debía hacer, era dedicarme ese año a estudiar por mi propia cuenta, las materias más difíciles del Liceo, porque ese colegio, era muy duro... Quiero decir ahora, que ese día, empecé a ser, en pocas palabras, un autodidacta. Llevé, ese mismo día a mi casa, un arrume de cuadernos y libros que él me prestó. Eran sus libros y cuadernos de su bachillerato, que los conservaba ordenados por años de estudio, con la intención de que los estudiara, a fin de que empezara a saber de qué se trataban los estudios en el Liceo. De modo que, de un momento a otro, resulté sabiendo, por anticipado, lo que había de estudiar en los siguientes seis años. Mi madre agradeció ese gesto de Raúl, a quien también conocía. Me vio optimista. Como recuperado. Me ofreció una mesita y un taburete viejo, forrado en cuero de res, peludo y fuerte, y yo me dediqué a ordenar lo mejor posible, los cuadernos y los libros.... Había allí libros de la colección de G.M. Bruño Geometría , Algebra, una Geografía de Colombia del doctor Arbeláez, una Química General de M. Puig. Las físicas de Ziegler y Glostin y muchos cuadernos. Observé que la letra de Raúl era clara, ordenada, limpia y bien puntuada... Me sentí feliz. Siempre he pensado que yo empecé mi bachillerato en 1.935, aunque sin profesores que me miraran, ni siquiera supieran mi nombre. Pero eso no me importó.

IV
El año de mil novecientos treinta y cinco, al que llamo, el de mi falso bachillerato fue realmente el período más bello de mi adolescencia. Muy pronto mi madre, comprobando el empeño con que yo quería beberme esos extraños saberes que traían tantos libros, me recomendó, con su modo de hablar, que según lo hemos visto, eran recomendaciones amables, mezcladas con órdenes terminantes, que no me engolosinara con tanta cosa, ni abandonara a mis amigos, ni abandonara el fútbol, que trotara y caminara, porque lo muchachos quietos, se anquilosan y mariquean… . Por eso, sin andar pregonando por todas partes lo que me había sucedido, volví a los entrenamientos de fútbol que el viejo Alvarez nos ofrecía a un grupo de muchachos en la cancha de Fabricato, donde también iba a entrenar con sus amigos, el Doctor Villegas, quien era como un motor en ese campo.

34

Ejercicios gimnástiscos. Tróte hasta echar la hiel por la pista de la cancha. Toques de pelota, hasta aprender a llevarla a la mayor velocidad sin perderla en el encuentro con un contrario. Cómo parar la pelota sin pisarla, de un sólo toque, sin dejarla rebotar. Era lo mas difícil, etc. A esa misma cancha y al grupo del maestro Alvarez, asistían también muchachos que se venían a pié desde el barrio Sevilla de Medellín. Entre ellos, conocí y fuí gran amigo, a Esaú Rendón; al gran “cuchara” cuyo nombre nunca supe, pero que era el más inteligente y hábil regateador que haya conocido. Mejor dicho, uno no sabía dónde estaba el balón cuando lo llevaba “cuchara”. Rendón, en cambio era la elegancia, la limpieza para jugar, la sabiduría con el balón y uno lo veía venir y de pronto no sabía cuándo había pasado. Más tarde, cuando vino a Colombia el Maestro Adolfo Pedernera, y lo ví jugando en Medellín, recordé a Esaú Rendón, y al verlo jugar, me dije: así jugaba Esaú. Los entrenamientos de los sábados, derivaron en conversaciones serias que condujeron a la fundación de un equipo de muchachos, menores de dieciocho años, destinado a ganarle al Olímpíco, a cualquier precio. Se llamó El Unión. Tuve el honor de hacer parte de él. Recuerdo a Carlos Marín, un muchacho que hacía su bachillerato en el Liceo y cuando pateaba el balón, hendía los aires como un obús. Se le recordaba porque mató a un perro que intentó morderlo, de una patada en la cabeza del furioso animal. Esaú Rendón, Rosenberg Echavarría, Guillermo y Gustavo Palacio del Valle y el autor de estas notas, que jugó de medio derecho, hicimos parte del equipo. Varios otros genios de los piés nos acompañaron, cuyos nombres olvido hoy, sesenta y cuatro años después. Por supuesto, jugamos muchos partidos con el Olímpica, ganando unos y perdiendo otros, pero en mi memoria es una bella historia … ****** El día que cumplió quince años Gabriela Laverde, la hija mayor de la señora Teresa Vergara, la esposa del maderero Don Jesús Laverde, fuí invitado a la cena. Recuérdese que vivía casi al frente de mi casa. Yo, que jamás había estado sometido a un suplicio como ese, por recomendación de mi madre, le compré de regalo de cumpleaños, en el almacén de la Iglesia, un pequeño rosario, o camándula, como le decían en Antioquia. Un arreglo de perlitas falsas en una cadena dorada y un pequeño crucifijo. Yo, que esencialmente era un pequeño mataperros, me presenté bien peinado, con mi mejor vestido, zapatos embetunados y cachucha de malevo, que se empezaba a usar. Aunque entre las dos familias había crecido una buena amistad, nosotros, los Zapata Ceballos, muy de acuerdo con el concepto de mi madre sobre la sociabilidad, que se reducía a la pauta, “ellos allá y nosotros aquí, y todos tan felices”, apenas practicábamos los saludos atentos, respetuosos y cordiales, pero nada más. De modo que nos pareció un poco raro que en 35

lugar invitar a mi hermana Eva, por ejemplo, a la fiesta, resultara siendo yo el invitado. Claro, sin pensar en Adán, que era un poco agrio. Lo cierto fué que como a las ocho de la noche, cuando empezaba la reunión, alguien me empujó a que pasara la calle y me aproximara a la casa de mi amiguito Hernán Laverde que, lo recuerdo muy bien, era para mí el único bien conocido. Entré a una sala amplia, adornada con rosas rojas y festones de telas brillantes, donde habían construido una como silla de reina que ocupaba Gabrielita, recibiendo las felicitaciones de algunas personas. Había oído decir ya: “a la tierra que fueres, haz lo que vieres”, por eso avancé hacia donde estaba la niña, le dí la mano, pero ella, discretamente, me haló, arrimándome y ofreciéndome su mejilla para que la besara. Fué en ese momento cuando percibí lo que estaba haciendo: no me había quitado la cachucha de la cabeza, y por poco le saqué un ojo a la niña con la visera de la cachucha, que era dura, de cartón y forrada en el mismo paño de cuadros estrambóticos. Me apresuré a tirar la prenda al suelo, completamente azarado. La cachucha fué a dar a los piés de una señora. Ella la recogió y nadie supo dónde la puso. Todos nos reímos, pero yo más, porque era el mas nervioso. Pero la fiesta apenas empezaba. Me pidieron que me sentara al lado de Gabriela. Lo hice en mi estupor. Nunca había hecho ese papel, como de novio inconsciente, y recuerdo que no cesaba de sonreir por todo, como si me hubieran contratado para eso. Recuerdo sí, que la niña era y estaba hermosa: rubia natural con sus cabellos de oro que le caían sobre los hombros. Su vestido era azul tenue, largo, con unas como cadenitas doradas en los puños, y usaba una loción agradabilísima. Pero yo no tenía nada qué decirle, apenas sonreirle, y creo que ambos sufríamos, sin saber porqué. De pronto la miré al pecho, y comprendí, en mi estólido embelesamiento, que ya era una mujer, y muy hermosa. Don Jesús, el padre de Gabriela, su hermana Alicia, y la madre, no cesaban de mirarnos, y yo creo que seguía en Babia, porque escuché la música de un vals, cuando ya Don Jesús, el hombre de las maderas, que estoy seguro que jamás había bailado esa pieza, sacó a bailar a su hija en un salón al lado del comedor, donde nos habíamos distribuido. La música venía de una pequeña victrola que en un rincón operaba Hernán, el hermano de Gabriela. Hubo aplausos, risas, felicitaciones y Teresa, la madre, me dijo que sacara a Gabriela para la siguiente pieza. Yo no tenía – ni tengo aún – idea de bailar. Pero en uno de esos arrebatos juveniles, le pedí a Hernán que me pusiera un pasodoble que, no sé dónde, se me ocurrió que podía bailarlo. Por supuesto que nos aplaudieron, pero creo que por lástima. Aquello fué el complemento. Me acordé de un dicho de mi madre: “untado un dedo, untada toda la mano”; y me dió por bailar lo que pusieran. Nos animamos con las copas de vino blanco que mandó servir doña Teresa. Yo me le acerqué más a Gabriela – le decían todos Gabrielita – pero he detestado los diminutivos desde entonces. Le cogí una de sus manos con el propósito de curiosear el anillo de oro que le habían dado sus padres. En ese tiempo, en Antioquia, tomarle la mano a una 36

muchacha, era casi un compromiso. Ella no me rechazó. Con el afán de mostrarme su anillo más de cerca, me llevó su mano hasta mi cara y, creo que los dos, tuvimos la intención de rosarnos las mejillas. El amor nos nacía lentamente y del modo más natural. Siempre que la veía en la casa, me parecía hermosa. Esa noche la empecé a ver más bella que nunca. Me fijé bien en sus ojos y me pareció que eran grises y más bien tristes. Era blanca, rosada, un tris apenas más alta que yo. Las mujeres asumen su forma definitiva más temprano que los hombres, y para mí, entonces, era una hermosa mujer. Siguió la comida, la cena. No podía traerse a la ocasión el dicho de que en casa de herrero, cuchillo de palo. Porque la mesa era de más de cuatro metros, de madera pulida, oscura de natural, pues, por algo Don Jesús, el padre, era el proveedor de las maderas más finas. Así que creo que para esa ceremonia, habían hecho fabricar una mesa casi tan larga como la que dibujó Da’Vinci para la última cena. Comí muy poco. Me colocaron al lado de Gabriela, ella estaba radiante. Al fin de la fiesta, las gentes empezaron a abandonar la casa entre saludos y despedidas, agradecidos. Gabriela me sacó hasta la puerta y me indujo a que le diera un beso de despedida. Salté la calle y me planté al frente de mi casa. Le hice una señal de despedida con la mano y entré, sin mi cachucha. ****** Volví a mis cuadernos. Tenía novia, pero ni yo lo creía. Leía los cuadernos de Raul, de un modo especial. Por el título del cuaderno, o porque él específicamente los titulaba, conocía la materia o el tema de que trataba el cuaderno. Así que si leía, por ejemplo la Historia de Grecia, entonces yo, con toda la ignorancia que me asistía, intentaba llevar mi cabeza hasta Grecia. Allí me detenía dizque a pensar en lo que sería esa historia, para luego empezar a leer despacio, - siempre he leido despacio – lo que me fueran a contar de esa hostoria. Así leí muchos temas. Cuando encontraba alguna palabra que no comprendía, la subrayaba con mi lápiz. Fueron tantas las palabras que no entendía, que terminé pidiéndole a Agripina que me comprara un diccionario, pues sabía con seguridad, que en el diccionario se encuentran las palabras. Pero no hubo forma. No sé por qué, y me quedé con mayor ignorancia de la que tenía antes de leer aquellos escritos. Eso me llevó a que cuando empecé de verdad mi bachillerato, creo que era el único estudiante de primer año que pasaba horas en la Biblioteca General de la Universidad de Antioquia consultando diccionarios. Leí muchos libros y cuadernos de los que me prestó Raúl Muñoz Tobón, aunque no respondo por lo que entonces aprendí. Lo que sí recuerdo claramente, fué que las notas y libros de ciencias me fascinaron. Ya había sentido mucho cariño por las lecciones de ciencias naturales que me había 37

dado mi maestro Francisco García, allá en Yolombó, en mi prehistoria educativa. Lo cierto es que durante ese año de mil novecientos treinta y cinco, administré, a mi modo, mi noviazgo entre hipotético y real que tuve con Gabriela. Nunca tuve juicio, ni voluntad, para visitarla diariamente, teniéndola allí tan cerca. Pero cuando por azar nos veíamos, charlábamos, nos reíamos, hasta que un día - infortunado para ambos – la ví charlando muy animada con un muchacho a quien llamaban “Muñosito”, trabajador de Fabricato. Era un muchacho creo que mayor que yo. Blanco, bien parecido, de cejas muy negras y expresión noble. Me propuse espiarlos y lo verifiqué, varias veces, ví que ella salía a la puerta de su casa a conversar con él. Parece que alguien le dijo que yo también era novio de ella. Por eso, un día que salía de mi casa, me estaba esperando Muñosito en la esquina. Parecía venir de la fábrica y me saludó, serio pero respetuoso. Ingenuamente pero con decisión, me preguntó directamente si era cierto que yo era el novio de Gabriela … . Nunca, en mi ya larga vida, me ha gustado hablar con falsedad. Por eso, sin vacilar, le dije que ella, Gabriela, era una amiga mía y de mi familia, pero que yo no tenía novia. El me creyó, indudablemente. ¿Entonces puedo arreglar con ella? – me preguntó, ingenuamente. Por supuesto, le respondí. A los pocos días, los ví juntos, y, sinceramente, me sentí como liberado. A finales de Septiembre de mil novecientos treinta y cinco hice mi primer viaje al Liceo. Me inscribieron, y a principios de noviembre me colocaron en la lista de los futuros estudiantes de primer año. Decir que ese día sentí una alegría inmensa, ahora, no tiene ningún significado. Fuí a hablar con Raúl Muñoz y me felicitó. Le conté también a Rosenberg Echavarría, y cuando le conté la misma noticia a Guillermo Palacio del Valle (q.e.p.d.) me contó que su hermano Luis Carlos también entraría en enero al Liceo. Guillermo ya estaba en tercer año del mismo colegio y fué nuestro guía para Luis Carlos y yo.. La familia Palacio Del Valle, en Bello, entre los años mil novecientos treinta a mil novecientos cuarenta fué muy apreciada en el pueblo. Don Nacianceno Palacio fué una persona muy respetada, por sus honorabilidad y respetabilidad, y porque estaba vinculado a la administración y gobierno del Ferrocarril de Antioquia… Su familia fué numerosa, y algunos de sus hijos, hombres y mujeres, estudiaron en el Liceo Antioqueño y en el famoso colegio llamado Central Femenino, las damas. Ahora recuerdo a la niña menor, Gilma, y a Josefina, que se graduó en el Central Femenino. Entre los hombres, Hernando, Guillermo, Luis Carlos y Gustavo, médico de la U de A… Cuando cierro los ojos y traigo a mi memoria los nombres, las personas y las circunstancias, que me rodearon en esos años de mi adolescencia en Bello, me pregunto por la parte de nuestra existencia que formaron el curso de esos años. Todos más o menos pobres, pero con tantos motivos para seguir viviendo con el corazón abierto a los sueños del futuro. ****** 38

Espero no traicionar la memoria de Gabriela Laverde , si digo que en el primer año que estuve estudiando en el Liceo Antioqueño, apenas me dí cuenta de que existía. El estudio, me absorbió. El fútbol me comprometió y a Rosenberg Echavarría, le dió, precisamente en la vacaciones de Julio, por organizar, entre los muchachos aficionados a jugar ajedrez, que éramos muchos, un campeonato, en el que, la primera figura y como invitado especial, surgió un jugador local, - estudiante eterno de derecho en la Universidad de Antioquia - , a quien todos le decían, el doctor Villa: borrachín, hablador y comunista. El pregonaba que era comunista, y cuando uno le preguntaba, qué es ser comunista, doctor?. Sin sacarse el cigarrillo de la boca, solamente moviéndolo hacia un lado, respondía: “la verraquera, mijo” La … ve…rraquera”. Y yo, en ese tiempo, me quedé sin saber lo que eran el comunismo, y la verraquera. El campeonato se jugaba en un sitio del parque al que le decían “La Terraza”. Era una especie de segundo piso sobre el local de la heladería, muy cerca del atrio de la segunda iglesia, de la que ya hice mención. Allí, por una escalera, podían llevar de la heladería, los consumos que se solicitaban. Como el ambiente era al aire libre, y el dueño del negocio era un viejo liberal, a la Terraza llevaban aguardiente, cigarrillos, cerveza y refrescos; así que alrededor de los jugadores, y ellos mismos, formaban las algarabías más ruidosas, con aplausos, gritos, palabrotas y saltos, de los más emocionados, cuando algún jugador desconocido, le ganaba una partida al Negro Villa, como también le decían al doctor Hernán Villa, el invitado. A mí me encantaba este espectáculo. Se volvió costumbre hacer en Julio ese campeonato. De la Terraza bajaban, ya muy tarde la noche, al doctor Villa borracho. Muerto de la risa. Citando no sé cuántos nombres rusos de campeones mundiales de ajedrez, según él, y gritándole vivas a Lenin … . El negro Villa, caminaba siempre por el parque, con su cigarrillo encendido en la boca. Forrado en un saco de paño grasiento y un tomo de una obra de derecho, generalmente el segundo tomo de un Código Civil, la materia que lo había detenido en la Facultad y lo detuvo por varios años. Litigaba. Creo que ante los juzgados de Medellín, y en las elecciones políticas del pueblo, lo ví varias veces repartiendo puñetazos en las mesas de votación …. ****** Hernán Laverde sabía que nunca había sido yo novio de su hermana Gabriela, pues desde nuestros frecuentes encuentros y charlas con Chucho, el mandadero de su padre, sabíamos que Gabriela andaba muy enamorada de Muñosito, el muchacho obrero de Fabricato, a quien muchas tardes encontrábamos en la esquina de mi casa, mirando hacia la casa de Hernán. Reitero que era un muchacho serio, de buena presencia, tímido, pero como pobre de palabra. A menudo también, veíamos Hernán y yo, cuando ellos partían juntos fuera de la casa de Gabriela, como con destino del parque principal del pueblo. Hernán me miraba, alzándose de 39

hombros … . Una tarde Hernán me dijo como en reserva: Gabriela se va de monja. ¿De qué? Le pregunté. Si, de monja, me respondió. Después me dijo: esas monjas del colegio la convencieron de que puede hacer un internado aquí en Colombia y que después, ellas la ayudarían para que se vaya a Francia a estudiar para Madre Superiora… . Me quedé frío -. Y ella quiere? Como que sí – me respondió sin más -. A mí me dijeron – le dije – en serio, que se iban a casar. -¡Que va!. Ese pelagatos no tiene ni un centavo. Me dolió en el alma la noticia. Gabriela era una de las muchachas más bellas del pueblo. Sentí, no sé porqué, que algo se me derrumbaba en el cuerpo. Pasaron los días. Por más que quería ver a Gabriela, no podía. Sentía pesar y remordimiento, pero, en plata blanca, yo, ¿qué podía hacer?. Se lo conté a mi madre. Le importó muy poco. Pero preguntó como sin quererlo: - ¿Y esa pechoncita no dizque se iba a casar? No sé, le respondí. Luego volvió a preguntar - ¿A Usted le importa?. No tanto, le dije, haciéndome el fuerte. Mejor, respondió. Pero a mí sí me importaba. Era como el signo que tenía de mi precoz hombría, porque sabía que a Rosenberg le encantaba y Esaú Rendón, que algún domingo me vió con ella mirando un partido de fútbol en la cancha de Fabricato, me picó el ojo y me hizo señas con sus manos en el pecho como cogiendo cocos … Supe que se marchó, con Teresa su madre y con una monja que las acompañaba. Primero, a un internado de Medellín, hasta que pasados creo que dos meses, Teresa misma me contó que haría el primer internado en Barranquilla. No se despidió de mí … . No recuerdo cuando escribí este soneto: Gabriela, novia de mi adolescencia, toda amor y pasión, hoy añoranza; colegiala de sueños y esperanza, que te fuiste de mí, por ir a Francia. Me contaron después, y no lo dudes, que tan sólo llegaste a Barranquilla a ocupar Oratorio y fiel celdilla, y acabaste cantando entre laúdes. Fuiste rubia y hermosa cual ninguna, con bellos ojos, que recuerdo tristes, sobre un rostro de mármol refulgente. Fracasé con tu amor. Es mi laguna. Me aventé contra todo, lanza en ristre, buscándome otro amor, menos urgente. 40

****** No soy capaz de describir ahora, la felicidad que me produjo el saber la noticia de que había aprobado el primer año de mi bachillerato en el Liceo. Normalmente no soy persona de aspavientos, de saltos o expresiones demasiados visibles de alegría. Todo se me va para adentro, penetrándome las fibras más íntimas, como saturando mi cerebro y mi alma. He notado que toda felicidad verdadera, me produce, paradójicamente, nuevos propósitos. Nunca he celebrado nada con vino. Sino con nuevas ideas y deseo de iniciar otra vez los nuevos propósitos. En esto creo que me distingo, desde joven, de muchos de mis amigos. Cuando en Noviembre conocí las notas definitivas, antes de empezar las vacaciones largas, se me ocurrió hacer, sólo, el ejercicio de recapitular, para mí, lo que había aprendido en ese duro año: Recibí las primera lecciones de francés, de los labios de un raro profesor llamado Hans Miller, un hombre viejo, casi paralizado del lado izquierdo, brazo y pierna, quien con por mas señas, era ruso y, decían, que había estado preso en Siberia. Yo nunca supe, por falta de referencias, si hablaba bien el francés, pero nos enseñó algunos verbos, a conjugarlos, y yo lo recuerdo arrastrando su pierna como Frankestein a lo largo del salón. Recuerdo a don Eduardo Zuluaga, un profesor blanco, alto, grueso, de pausado hablar, que me recordó a don Francisco García, porque llevaba en los bolsillos de su saco también minerales y nos los describía. Fué el maestro de Ciencias Naturales. El profesor de aritmética fué el primer profesor analítico que tuve. No seguía ningún texto, pero sí nos advertía que no siguiéramos el texto de Bruño y que él prefería al del señor Rueda. El profesor de Castellano fué un señor robusto, serio y parsimonioso, de apellido Ríos, después supe que le decían “rellena”. A parte de darnos muchas reglas de Gramática, nos insistió mucho en la puntuación y en la Ortografía, una de las cosas más difíciles que he aprendido, a medias, en la vida. Pero tuvimos en ese primer año a un profesor especial, se llamó Bernardo Arbeláez. Por adelantado digo que me encantaba. Teóricamente, era profesor de Historia y Geografía de Colombia, juntas. Hoy creo que era profesor de una materia que llamaría, Vida. Blanco, enérgico, serio y a la vez simpático, pulcro en el vestir, culto en el hablar, rojo el rostro como un pizco, normalmente paciente, aunque a veces arrugaba el rostro, apretaba los labios y respondía con énfasis … . Hablaba de todo. Desde donde quedaba y cómo era el macizo Colombiano, hasta por qué las putas de Guayaquil, ese barrios que los estudiantes de Bello, Copacabana, Girardota y Barbosa atravesábamos en grupo todas las mañanas, buscando el Liceo Antioqueño, tenían que sufrir, como sufrían. A Don Bernardo le decían “el loco Arbeláez”, pero, para mí, fué como el faro, luz, que mostraba cómo era el Liceo entre mil novecientos treinta y cinco y mil novecientos cuarenta y cinco. Cómo se debía formar un muchacho para que fuera él, primero que todo; amara los conocimientos, tuviera sentido humano, respeto por la gente, sus creencias, derechos y deberes, y que si con esta formación, el muchacho aún se perdía, era porque en verdad el diablo habitaba en el mundo. 41

El Liceo Antioqueño tenía desde el primer año, la rara virtud de mostrarle a los alumnos lo que él era, y la calidad de la enseñanza que impartía. Allí nada se ocultaba. Muchos muchachos hacían el primer año allí, y se desaparecían. No imagino qué informe darían a sus padres, porque muchas veces uno se los encontraba estudiando en el colegio de San José, o en el San Ignacio, que quedaba entonces en seguida del Liceo. Sin embargo, aquellos muchachos que continuamos en el Liceo hasta hacernos bachiller, gozamos, toda la vida, el haber recibido una educación completa, autónoma y liberal, en el mejor sentido. ****** En esos tiempos, Medellín era una ciudad pequeña. Tal vez no alcanzaba a los cien mil habitantes. La vida era barata a causa de que nadie tenía dinero. Un almuerzo de sopa y seco, con masamorra pintada de leche y dulce raspado, que bien podía ser el almuerzo de un muchacho del pueblo, no alcanzaba a valer los diez centavos. Y este era el dinero que, con gran sacrificio, me daba Agripina diariamente, para que pasara el día en Medellín, antes de volver a tomar el tren en Cisneros (Guayaquil) para volver a la casa. Todavía tenía que hacer las tareas, leer varias lecciones de materias tan raras como Apologética (texto del padre Nicolás Marín Negueruela). Ejercicios de Aritmética y uno que otro mapa de ríos y regiones. Estudiaba solo. En el mismo rinconcito donde leí los cuadernos de Raúl Muñoz Tobón y en el mismo taburete. Muchas cosas las había abandonado, menos el fútbol en los sábados y el ajedrez con Rosenberg las noches del viernes y del domingo. Aprendí a acostarme siempre a las once de la noche, fuera cual fuere el número de lecciones. Por eso me esforcé por no distraerme, y creo que aprendí a concentrarme tanto, que a veces, como que no sabía dónde estaba. Si nó fuera petulancia decirlo, creo que esta disciplina, este método, como que me fué dejando un margen de tiempo libre en mi vida, por eso, cuando en los años superiores del bachillerato me aficioné a la lectura hasta llegar a leerme dos o tres libros por semana, sin que me perjudicara en el estudio, comprendí el efecto de lo que es la disciplina. No recuerdo exactamente el año en que sucedió el incidente que voy a relatar: Un ministro de educación emitió un decreto que obligaba a los maestros de bachillerato, a presentar un exámen de conocimiento de sus especialidades, ante delegados del ministerio. (Ah, ya lo recuerdo, fué el ministro Castro Martínez.) Y yo, un estudiante de pueblo de los primeros años de bachillerato, más ignorante que Caín de las consecuencias que tendría matar a Abel, resulté haciendo parte de una manifestación de profesores y estudiantes, que encabezaban los profesores del Liceo, mis profesores. Hicimos unos grandes y largos rodeos por el centro de Medellín, por lo que hoy es la Playa; pasamos por el frente del famoso café La Bastilla, conocí – quiero decir que ví con mis propios ojos – a un señor calvo y bien vestido, al que un compañero me identificó como al Maestro Tomás Carrasquilla, que salió del café a ver a los revoltosos, que protestaban por no querer hacer un exámen de conocimientos generales…. No sé porqué, la frente amplia y el rostro noble de Don Tomás, me impactaron mucho más que todo el revoltillo de ese día … . Una quebrada 42

hedionda con perros muertos y gallinazos hambrientos, bajaba descubierta por la playa, y sentí ese ambiente como algo inaudito y vergonzoso. Sucedió que el profesor Don Bernardo Arbeláez, en señal de protesta por la que muchos profesores consideraron un irrespeto al profesorado, renunció a su trabajo en el Liceo, y como era hombre fuerte, vigoroso, aceptó el trabajo que le ofrecieron en la cobertura de la quebrada, y lo ví, con mis propios ojos, rompiendo rocas con almádana, a las once del día, en el fondo de ese canal fétido, que por tantos años avergonzó a Medellín. ****** A esta altura de mi relato, quisiera recabar sobre dos aspectos relacionados con el principio de mi educación, sin la menor vanidad o petulancia, más bien como un ejemplo cierto y fácilmente verificable históricamente, uno: la calidad de la educación. El otro, es una simple apreciación personal sobre lo que podríamos llamar, “el espíritu del Liceo Antioqueño”, en los tiempos que estoy describiendo. Espíritu que he compartido muchas veces con amigos contemporáneos, que describo públicamente ahora por primera vez, pensando en que quizás tuviera algún efecto en la marcha de la educación secundaria actual, mutatis mutandis. Empiezo por referir, lo que significó para los estudiantes Antioqueños que vivíamos en estos tiempos en el cañón del Río Medellín, en el período que describo. Hablo de muchos estudiantes de Barbosa, Girardota, Copacabana y Bello, que debíamos levantarnos entre las tres y las cinco de la mañana, lloviera o nó, a fin de tomar el tren que nos llevaría, todos los días de estudio, desde nuestros pueblos de origen hasta la Estación Central de Guayaquil. No quiero invocar ni fatigar; quiero hablar solamente de la voluntad, la constancia, la responsabilidad implícita en la acción diaria, durante seis años que dura el bachillerato, de este esfuerzo. Conocí algunos médicos, abogados e ingenieros, que además hicieron el mismo esfuerzo durante su bachillerato y sus carreras. Es decir, unos doce años en este trajín, una sexta parte de su vida … . Ahora bien, como estas notas quieren y pretenden ser, una especie de inventario, tanto de personas que desde distintas posiciones y con diferentes acciones contribuyeron a la completación de mi formación, también parece importante detenernos a sopesar las acciones que me llevaron al estado final. Buenos o malos actos desarrollados a lo largo de un recorrido, son siempre causas visibles del éxito o fracaso de nuestras acciones. Pensemos por un momento en un general que se vé enfrentado a dar una batalla. Son cada uno de sus actos y decisiones previas a la batalla, donde residen las verdaderas causas de su éxito final o de su fracaso. El triunfo, o el fracaso, no son, en general, resultados de acciones momentáneas, son, digámoslo así, una especie de consecuencia resultante de una larga cadena. Si fallamos en alguno de los pasos, es casi seguro que no lo podemos atribuir al azar, como la verdadera causa. Por ejemplo, 43

en el largo período de los seis años de estudio en el bachillerato, pensemos en cuántas ocasiones tenemos de hacer mal las cosas, aunque muchos terminen con un inútil diploma de bachiller. Yo diría ahora que entre tantos factores, destacan: (a) El entusiasmo, como la componente más comprensiva de todo esfuerzo. (b) La fé en el propósito. (c) Las cualidades personales estimuladas, comprendidas y practicadas. (d) Los factores de azar, inteligentemente sorteados. Para mí, un bachiller mediocre, es un individuo que no aprendió, en seis años de estudio después de la primaria, a expresar su pensamiento con claridad. Ni puede ordenar sus ideas por escrito. Ni sabe hacerse preguntas y habilitarse las soluciones, sobre un problema. Ni sabe mirar ni estimar cualitativa y cuantitativamente, un problema. No distingue ni el significado ni el valor de la ciencia. No tiene confianza en lo que aprendió. Ni comprende nada sobre la sociedad en que vive. Ese señor, va, mediocremente, cumpliendo etapas, sin ningún éxito hasta que muere. Nadie puede afirmar, por otra parte, que todos los bachilleres de un colegio, cualesquiera que sean sus calidades, cumplen con la misma estructura intelectual. Ninguna institución obra como un torno revólver automático y computarizado, para que todos los tornillos que produce, sean idénticos. Tratándose de seres humanos, todos es “variable y ondulante”, como dijo Montaigne. Pero una buena educación – en balance - , produce hombres buenos, en promedio. Creo que el Liceo Antioqueño, entre 1935 y 1945, produjo esa clase de personas. Sobre este aspecto, deseo decir una pocas palabras. Ese factor que coloqué hace poco, como la motivación, o entusiasmo, es lo que en este momento quiero destacar del Liceo Antioqueño. Tal vez tuve que esperar más de setenta años, para apreciar, destacar y reconocer, paladinamente, del Liceo Antioqueño, la fé, la confianza que nos inspiró en nuestros estudios. Fué quizás este rasgo el que nos llevó a levantarnos, al primer timbre de un despertador, a las cuatro de la mañana, durante seis años; a meternos a un chorro de agua fría; a apurar un magro desayuno, precipitadamente; a correr poniéndome la camisa, por una calle muchas veces embarrada; a alcanzar el tren que, cumplidamente, entraba a la Estación de Bello entre las cinco y diez minutos y cinco y veinte, para partir, de noche, a meterse al último tramo de su recorrido. A llegar a la estación Cisneros, casi sin habernos saludado; partíamos cargando nuestros libros, cuadernos, mapas, modelos, aparatosamente por la carrera San Juan, sin querer mirar, aunque mirando, las putas amanecidas en las cantinas, gritándonos barbaridades, mientras buscábamos las callejuelas que más rápidamente nos llevaran a la plaza de San Ignacio, donde se alzaba, imponente, silencioso, el edificio del Liceo, para recibir a las seis, la primera clase. Allá, en algún salón oculto de cualquiera de los cien salones, que ya estaban abiertos, en los cinco pisos del Liceo, había un profesor. Siempre 44

un profesor esperando a sus alumnos, que podía ser el de Aritmética, como el profesor Vargas. O de Castellano, como el profesor Ríos. O de Filosofía, que bien podía ser el Doctor Julio César Arroyabe, silbando pacientemente la Quinta Sinfonía de Beethoven, pues era un gran pianista y filósofo. O bien, podía ser el Ingeniero Alfredo Restrepo, que desde temprano, estaba pensando en los orbitales del amoníaco y especulaba si la molécula era plana o como un trípode abierto. Era Ingeniero de Minas, buen matemático, fisicoquímico, irónico, gracioso y profesor de química general. Fué el responsable directo de que el autor de estas notas, llegara a ser Ingeniero Químico. El hecho de que a las seis de la mañana estuvieran abiertos los salones del Liceo, y que hubiera en todos los salones algún profesor esperando a sus discípulos; que todos creyeran que su materia era la más importante; que nos dijera el profesor de Historia que ningún hombre culto puede vivir sin conocer el pasado, y que el futuro se gesta en el presente, pero tiene sus raíces en el pasado; que existieran todas esas personas, con el mismo entuasiasmo, con la misma motivación, que todas actuaran como si cada uno fuera el Director, o el dueño del Liceo; con ese sentido de pertenencia de la Institución, sentido de Comunidad, siendo laicos de distintas filosofías, pero hermanos en el mismo propósito: educar a la gente del pueblo. Negros, indígenas, blancos de las mejores familias de Sonsón, de Rionegro, de la Ciudad de Antioquia, o de los pueblos más pobres y atrasados que, sin ayuda, sin influencias, con sólo llegarse hasta la Dirección y mostrar que el muchacho había demostrado tener aptitudes para estudiar, ya podía entrar a ser un miembro del Liceo. Era como si allá en el interior del Liceo, la orden hubiera sido: Eduquen. Eduquen. Que algo queda; parafraseando a Voltaire que dijo: Calumnia, que algo queda. ****** Alguna causa debía tener la transformación de la educación secundaria que se propagaba en Colombia, cuando se recuerda también lo que estaba sucediendo en el Liceo Celedón de Santa Marta, en el Colegio Santa Librada de Cali, en el Simón Rodríguez de Ibagué y en varios colegios de Bogotá. Pues bien, los grandes hechos sociales no suceden por azar. Nuestro país vivía, en el período que delimité hace poco (1935-1945), la única y mayor revolución social que vivimos en el siglo XX. Y, sin que el autor de estas notas, escritas a vuela pluma, tuviera culpa ni responsabilidad en ese feliz cambio, por puro azar, su educación, su formación profesional, cayó en ese período. Creo sinceramente que soy un hijo oscuro, desconocido y por alguna razón mediocre, comparado con muchos de mis contemporáneos. No obstante, puedo y quiero ahora recordar ese lapso. En 1930, sucedió el ascenso al poder nacional del Doctor Enrique Olaya Herrera. Bajo su Presidencia de la República, se inició el cambio. Fué el cambio del régimen conservador por el liberal. Al Presidente Olaya Herrera 45

siguió la Presidencia del Doctor Alfonso López Pumarejo (1934-1938): otra filosofía. Otra concepción. Otro modo de ver, pensar, imaginar y analizar la historia: el Presente y el Futuro de Colombia. El habló “de la revolución en marcha”. Y él hizo la única revolución que se ha hecho en Colombia. El autor de estas memorias no ha sido ni un historiador de lo social, ni un político, ni un filósofo, ni nada que valga la pena. Alguna vez escribió, para él mismo este esbozo: Yo soy un hombre simple, sin gracia ni elegancia, que dice lo que piensa sin poderlo evitar. He ganado mi pan creo que honradamente, dando lecciones duras en la Universidad. A veces pienso, sólo, que soy un ser inútil; pero algo me consuela, leer prosa inmortal, o un poema de esos que siempre dejan huella, o adorar unos ojos que viven en mi alma por una eternidad. ¡Oh la belleza inmensa de la vida tranquila!. De esa vida que tiene sabor de soledad, si la nostalgia grita, me hundo en la tristeza, pero sólo yo mismo vuelvo a resucitar. Me siento un hombre tímido, mediocre si lo quiere, que adora la belleza sin poderla crear, y he visto a mis amigos sacrificar su historia, detrás de esa ironía de la prosperidad. ****** Así me he sentido siempre. Y, sin embargo, toda mi vida he sido un admirador, un devoto de la inteligencia de los demás. No soy, y nunca he tenido fama de inteligente. En mi bachillerato eran más las explicaciones que pedía que lo que aportaba a los otros. Recuerdo ahora a Naudid Arango. Fué mi amigo. Lo conocí en el cuarto año de bachillerato: negro, dientón, feo, pero seguro de sí mismo. Cada vez que lo veía, me recordaba a mi amigo Chucho, el paje de los Laverde en Bello. Naudid era inteligente; lo queríamos todos porque teniendo una de las inteligencias más claras del Liceo, le ayudaba a todos en el estudio. Era el único que escribía con pluma fuente. Usaba un estilográfico Sterbrook de acero y los rasgos de su letra eran como una plana de caligrafía modelo. En Algebra y en Geometría, fué uno de los mejores. Todo lo veía claro; muchas veces le solicité explicaciones, que él me daba por escrito, teniendo que estudiarlas y desentrañarlas con tanto trabajo, que, sinceramente, no hacían sino aumentar mi admiración. En cuarto año leía y traducía el Francés y el Inglés con la mayor facilidad, y cuando el profesor de Geometría, Luis Carlos Veláquez Brando, que había estudiado en Francia, publicó un texto de Literatura Francesa, consistente en resúmenes de libros clásicos, él se ofreció a traducirlo al español, lo que hizo reír al profesor… Un día, me tocó hacer un exámen de Geometría con el Doctor Velásquez. Trabajé los problemas al lado de Naudid. Resolví tres de los cinco ejercicios y me varé. Naudid me pasó uno de los puntos más difíciles en un papelito. Lo copié. Cuando el profesor devolvió calificados los exámenes, me felicitó en público por haber resuelto, con originalidad, precisamente ése punto que Naudid me había pasado. No resistí y públicamente le expliqué al profesor la verdadera situación. El profesor me conservó la nota dizque por mi 46

honradez. A Naudid, le subió su nota por haber hecho el problema, y a todos, nos ajustó un discurso sobre la honradez personal memorable. Así era el Liceo. ****** Mi profesor de una materia llamada “Anatomía, Fisiología e Higiene”, fué el médico Gabriel Vélez V. Llegó a nuestro grupo, precedido de la fama de hombre serio, diputado a la Asamblea Departamental. De estatura mediana, muy blanco, gafas de marco dorado y vestido casi siempre de terno gris. Como la población estudiantil del Liceo era tan grande, en casi todas las materias había hasta tres profesores. A veces era posible escoger, pero en la mayoría de los casos, a uno le “tocaba” con un fulano. El doctor Vélez V. tenía fama de serio, tal vez un poco agrio, pero decían que era erudito, y como allá les ponían a todos los maestros apodos, a éste le pusieron “el Doctor Higiene”. La razón fué ésta: su materia se ofrecía entre tercero y cuarto años de bachillerato, que por el promedio de las edades de los alumnos en esos tiempos, correspondía a muchachos entre trece y quince años. Es decir, plena adolescencia. El período de la sexualidad más alboratada. Entonces, el profesor Vélez V., aprovechaba sus clases para presentar sus doctrinas, - porque no eran simples clases, sino exposiciones -, sobre el sexo, la salud, la higiene, el comportamiento, la importancia del respeto a la mujer, la belleza de los amores puros, el infierno de las enfermedades venéreas, Dante, Shakespeare, Fausto y Margarita, para terminar con un libro del Doctor Jung llamado “Los tipos Psicológicos” en el cual nos mostraba las clases de tipos que hay en el mundo: los que no pueden ver a una mujer, porque se encabritan. Los que a toda hora andan con la pieza enarbolada; los que aparentan ser fríos y se están fundiendo; los que aman a las mujeres porque son como son: bellas, interesadas, frías, detestables, en fin. La verdad era la siguiente: nadie se podía reír de las exposiciones del profesor, porque perdía la materia. Nadie podía celebrar, - solamente con sonrisas discretas -, los chistes y, finalmente, todos debían consultar en la Biblioteca General, una vez por semana, siquiera, la revista “Sexus”, que venía en intercambio de Méjico – según se decía. Pero, lo más importante del mundo era la Higiene. Fué en ese curso, por casualidad, donde conocí a Fabio Gómez Pizzano. Como este muchacho tuvo tanto significado en mi vida, hasta su muerte, cuando ya vivía yo en Cali, quiero dedicarle, tal vez, mi más sentido recuerdo. ****** Fabio asistía muchas veces a las lecciones del Doctor Vélez V. Faltaba también mucho a las otras clases. Había recibido espontáneamente de un amigo, la noticia de que Fabio Gómez era un estudiante muy inteligente del cuarto año. Mi carácter de persona tímida, desde mi niñez, aunque con mis amigos fuera chistoso y espontáneo, me inhibía para que de buenas a 47

primeras, resultara hablándole y como presentándome a otra persona desconocida… El Liceo era muy grande. Había muchachos famosos por varias cualidades: buenos en matemáticas, buenos en los juegos de pelota, en los patios; buenos en dibujo, hasta el punto que varios sábados, fuí convocado a recorrer exposiciones de dibujos hechos a lápiz por alumnos, desde tercero hasta sexto año, etc. Y nó por eso, anduve yo buscándolos para felicitarlos o hacerme amigo de ellos, sin más ni más. Nunca, sin embargo, me he sentido orgulloso, ni me he creído superior a nadie. Simplemente, tímido. Fabio me habló una mañana que coincidimos en la puerta de entrada al salón donde estaba a punto de empezar su clase el Doctor Vélez V. Me pareció como que lo esperaba a él, no a mí obviamente. Tanto que lo saludó cuando Fabio buscaba su asiento. Ese día, el Doctor Vélez empezó diciéndonos que hay un tema, una relación importante entre el amor y el sexo, pero que no son la misma cosa… Era discípulo en el grupo, un muchacho que en mis tiempos, era famoso en el Liceo. Se llamó Alfonso Fernández. Lo había escuchado ya haciendo chistes en el corredor. Creo que fué en términos generales un chistoso a quien le celebraban mucho sus ocurrencias. Ese día, cuando el Doctor Vélez V. enunció que existía una diferencia entre el amor y el sexo, el primero que lo interrumpió fué Fernández: -¡Claro” – dijo en voz alta, para que lo escucháramos todos – “el sexo puede matar y el amor apenas enferma”. La risa y los aplausos contra los asientos no se hicieron esperar. El Doctor Vélez V., un político avisado, un intelectual, un profesor de muchos años, apenas se sonrió. Esperó a que pasara la perturbación, con rostro impasible, y cuando se hizo silencio, respondió: - ya ven – nos dijo, - Fernández tiene la idea. Y para decirlo en tan pocas palabras, me parece muy inteligente. Hasta Fernández se paralizó cuando escuchó que el profesor, en público, lo llamó inteligente. Ese estratégico y político artificio, permitió que el profesor pudiera desenvolver su tema… Las exposiciones del Doctor Vélez V., eran de alta cultura, así las juzgamos siempre. Se viajaba por el Arte, teniendo apenas las más elementales nociones de arte. Se viajaba por la Psicología, apenas teniendo la definición de esta ciencia. Inducían a pensar. Y la conclusión práctica de ellas era que debemos cuidar nuestra salud y amar a la mujer por lo que ella significa en el mundo. ****** Fabio Gómez Pizzano fué hijo único del Doctor Pedro Rafael Gómez. Abogado, primero de la Universidad de Antioquia y luego especializado en Europa: Holanda, París, Roma. Del campo penal, pasó a la psicología y de allí, a la filosofía, a la angustia, para terminar en la soledad. Tal vez, el signo y símbolo de este largo viaje, lo representó su hijo Fabio, quien fué mi compañero en el Liceo, amigo entrañable y de tantos otros que lo quisimos sinceramente, con esa clase de cariño formado por 48

compañerismo, comprensión, consideración, deseo de ofrecer ayuda, y , en mi caso, en una inconmesurable admiración por su inteligencia, por su capacidad de análisis, por su lucha casi desesperada por aprenderlo todo, hasta llegar al límite de la angustia, de la ansiedad, y finalmente, de la locura en que se fué hundiendo hasta su muerte… A los pocos días de haber conocido la noticia de la muerte de Fabio, en Cali, pensando en su vida, hice una traslación mental y escribí unos versos que reflejan, parcialmente mi dolor: Cuando apenas tenía doce años, sabía más que todos nosotros. Llevaba, en pequeñas libretas, apuntes y dibujos que en un mirar le recordaban todo. Sobre astros sabía la mecánica y por donde seguían en el espacio azul. De la tierra, rocas y minerales y plantas que podían cambiar la voluntad. Y en las noches muy claras nombraba constelaciones o cantaba entre dientes sus propias canciones hasta que elnloqueció. Caminaba despacio, mirando con dulzura, y botando las frutas sin morderlas, Leyendo en los libros cosas que no decían. ¡Oh mi amigo de infancia que te escapaste un día hacia lejanos puertos, hacia río y mares que no están en los mapas! Y una tarde te hallaron, cubierta tu hermosa frente de pájaros salvajes. Si me preguntan ahora, cuál de los personajes reales o ficticios que he conocido, me ha conmovido más; sobre un telón blanco escribiría estos nombres: Jesús de Nazaret. Sócrates. Hamlet y Gandhi, entre los personajes históricos. Conmover, es un verbo diciente y compresivo de nuestro idioma. El diccionario lo define a su vez por perturbar, inquietar, alterar; lo que nos perturba, altera o inquieta es porque nos conmueve, eso fué lo que nos produjo la breve vida de Fabio. De modo que, allá en mi fuero interno, lejos de cualquier comentario, sobre mi propio telón blanco, escribo desde su muerte, Fabio. ****** Mi amistad con Fabio se fué enriqueciendo a medida que el tiempo transcurría. No porque anduviéramos juntos por los salones de clase, ni tampoco porque compartíeramos todas las materias de nuestro cuarto año. Ni tampoco porque yo acudiera a todo momento a consultarle dudas, sino porque en mi interior, como que me parecía una persona más madura que yo. Como si me llevara varios años de estudio, aunque estaba seguro que era yo quien le llevaba uno o dos años de edad. Pero era amable. Yo reía a carcajadas por cualquier insignificancia, el era naturalmente serio pero atento, y si la ocasión exigía manifestación de la risa, la suya apenas se insinuaba con los ojos y los labios. Como no era amigo de iniciar charlas sin ningún contenido, puedo decir que fué la primera persona que conocí que no distraía su tiempo, ni hablando superficialidades ni contaba películas, ni repetía sus propias aventuras, que nunca se las escuché, casi nada de eso lo soportaba. Pero de pronto, resultaba interesado en conocer, por ejemplo cuál era el contenido de alguna asignatura de los años superiores. En ese tiempo se ofrecía en el Liceo, en el quinto año, una 49

materia que nombraban Cosmografía General. Un día lo encontré conversando con el profesor Simón Pabón, un ingeniero civil de la Escuela Nacional de Minas, que ofrecía ese curso a los alumnos del Liceo. El profesor Pabón lo era también de Algebra. Era bastante moreno, le decían el Negro Pabón, pero era amable, aunque muy exigente en sus cursos. Fabio le preguntaba, en el momento de mi llegada, por algo que después me explicó, como las leyes de Kepler. Yo los oí hablar, en silencio y sin entender nada. Tal vez, como la Virgen escuchaba a Jesús explicando pasajes de la Historia Sagrada en la Sinagoga. Desde ese día empecé a pensar que Fabio no era un estudiante común. A menudo me miraba a los ojos y me repetía alguna frase que se parecía a las frases que componían el libro que me obsequió Don Francisco García, El Carácter. Y, poco a poco, fui entendiendo que había leído muchos libros... Sin un propósito definido, quiero decir que sin que hiciera cálculos para mi conveniencia, sin pensarlo siquiera, espontáneamente, le conté un día, quién era yo. Dónde había nacido. Quiénes eran mis padres. Dónde vivíamos y le manifesté, también, cómo estaba de contento en el Liceo. Me escuchó con atención. Como era su costumbre y temperamento. Me preguntó por mi pueblo, y cuando supo que mi padre era un minero de socavón, inclino su cabeza y, como volviendo de un mundo distante, me miro y me dijo: - Bueno. Ya estas aquí y hay que seguir... Fabio vivía por la Plaza de Bóston, en Medellín. Allí residía con su madre y alguna tía. El matrimonio estaba disuelto y su padre, un intelectual a quien nunca conocí, creo que llevaba otra vida fuera del hogar... Escribía mucho. Sus libros eran mirados con recelo por la comunidad medellinense: “ Libertad Humana y Estados Morbosos del Espíritu”... “El alma, A la luz de la Psicología”, etc. Ignoro si Fabio leyó esos libros. Yo diría que él vivió su propio infierno, para ocuparse mucho del que vivía su padre... Un día se me ocurrió invitarlo a mi casa, en Bello, para que conociera a mi madre. Aceptó con gusto. Por supuesto, yo le había hablado mucho de él a Agripina y ella me autorizó la invitación. Fabio era un muchacho blanco, sanguíneo, como ligeramente congestionado, de cabellos negros un poco ondulados que le caían sobre la frente. Hablaba despacio, tímido, pero siempre atento y mostró interés en las pequeñas y fértiles eras que cultivaba Josefina en el solar de la casa. Aunque no conocía su casa, sentí un poco de vergüenza al llevarlo a la mía, tan pobre y como desamparada... Abrazó a Agripina, la besó en la mejilla, y como ambos eran pequeños, se confundieron en un breve abrazo que me llenó de felicidad. Bebió de buen grado, un vaso de leche que mi madre le ofreció, sin saber élla que era el alimento que más le gustaba. Miró el rincón donde yo estudiaba y pronto me pidió que fuéramos al centro del pueblo, pues hacía tiempo que no visitaba a Bello. 50

Bello no era en Antioquia famoso solamente por sus fábricas de textiles, ni tampoco por los grandes talleres del Ferrocarril que, en 1939, (no tengo esa fecha muy presente) constituían la mayor empresa de Antioquia; lo era también porque allí estaba el lugar de nacimiento del gran gramático, expresidente de la República, don Marco Fidel Suárez, y porque tenía las llanuras más bellas, - los llanos de Niquía -, a donde iban las gentes de Medellín, como en busca de un descanso, un solaz, un abandono, a pasar horas y horas mirando ese cielo azul, ese río Medellín que serpenteaba limpio por sus laderas y a disfrutar del clima primaveral y de la paz que emanaba de las montañas y colinas de su contorno. Ya en el parque, Fabio recordó que en Bello estaba viviendo un sacerdote que le conocía y a quien admiraba mucho. Me dijo que se llamaba Roberto Jaramillo Arango. Es un sabio, me dijo. Es un gran poeta. Traductor de poetas latinos. Naturalista, botánico, y un hombre excepcional. ¿ Tú lo conoces? – Me preguntó. Le respondí que lo había visto, pero que él no sabía quién era yo. Bueno – me respondió -. Es un poco distraído. ¿Sábes dónde vive? – Supongo que en la Casa Cural, le respondí -. Vamos allá... Vivía, efectivamente, en un amplio apartamento de la Casa Cural. Nunca en mi vida, salvo la biblioteca general de la Universidad de Antioquia, había visto un cúmulo de libros, ordenados unos en anaqueles, estanterías y mesas, y otros arrumados en el piso, como los que ví esa mañana en el apartamento del padre Roberto, como lo nombraban. Me sentí anonadado, aniquilado por esa ingente cantidad de libros. El padre Roberto estaba sentado frente a una mesa inmensa, no sé con cuántos libros abiertos, pluma en mano, escribiendo, en silencio absoluto, y nuestra visita le sorprendió, creo que con disgusto. Sin embargo, al reconocer a Fabio, quien avanzó, con confianza, a saludarlo, mudó el gesto, abrió desmesuradamente sus ojos detrás de sus lentes y lo abrazó con cariño... Yo, un mataperros de la calle, futbolista, charlador de las esquinas y conocido, no tanto porque estudiaba en el Liceo Antioqueño, sino por mis risotadas que se escuchaban desde lejos, me sentí mínimo, y habría querido se invisible. Pero estaba allí. Cuando Fabio me presentó al Padre, diciéndole que era su compañero y amigo, y que lo había invitado a pasar el sábado en el pueblo, entonces me miró por primera vez, extendiéndome su mano blanca, regordeta, oliendo a cáscara de limón... El Padre era de regular estatura. Blanco, calvo, rosado, ligeramente inclinado hacia delante. Vestía sotana negra opaca y, en varios años, nunca le ví ni siquiera sonreír... ( Escribiendo hoy, esta escena, se me vino a la memoria el verso de Federico García Lorca): “Me porté como quien soy”, como un tímido legítimo, le regalé una sonrisa amplia, y no tuve qué decirle...

******
Lo que hablaron esa mañana el padre Roberto y Fabio, no es exagerado decir, marcó mi vida para siempre. Lo que empecé a buscar desde ese 51

sábado, tras padecer la conversación entre ellos, Roberto y Fabio, fue lo que he llamado, el ideal de mi vida. ¿Por qué?. Porque ese día empecé a comprender que, a los dieciocho años, cursando el cuarto año de bachillerato en un colegio famoso, no sabía nada. No entendía, nada. No recordaba nada. Ni sabía hablar. Ni sabía pensar, ni reflexionar, ni siquiera escuchar con atención. ¿Qué era entonces?. Nada. Sí. Hoy creo que ese día nací a algo que aún no descifro qué es... La charla entre el Padre Jaramillo y Fabio Gómez, no aparece en ningún libro, ni famoso ni anónimo. Fueron dos horas de intercambio sobre las más peregrinas materias. Materias que hoy recuerdo que para mí, eran como ver una estampida de veloces conejos en un prado alto. Siempre miraba moverse la espiga cuando ya había pasado el conejo. Quiero decir que los temas, apenas me daba cuenta de que existían. Los autores que se citaban, apenas por casualidad en, pocos casos, los había oído nombrar; los libros que se citaban, nunca creí que existían, y las reflexiones que se escuchaban, las dudas que se planteaban, los elogios y las ironías que se manejaban, eran el producto de la capacidad intelectual, del número de lecturas que ambos habían manejado, del número de campos que habían trajinado, etc. Sufrí, me reconocí ínfimo, humillado, insignificante. Paradójicamente, hoy también me siento así, pero no me duele tanto, ¿por qué?. Porque sin hacer ningún juramento sobre la tumba de nadie, me prometí que iba a leer cuánto más pudiera; que iba a aprender a pensar. Por su puesto, no podría recordar todos los temas de que ellos trataron, pero sí escuché por primera vez nombres que nunca he olvidado: Miguel de Unamuno, Antonio Machado. Azorín. San Juan de la Cruz y Santa Teresa. De pronto, se oía el nombre de un autor francés, reconociéndolo por la forma como lo pronunciaba Fabio: Montaigne. Bergson. Pascal. Y yo, entonces, ni siquiera se me ocurría preguntar quiénes eran esas personas. Inconscientemente comprendía que habría sido para mi vergüenza, demostrar de ese modo mi ignorancia... Al despedirme del Padre, le di las gracias, no por la lección que había recibido, sino por una tajada de papaya riquísima que nos ofreció durante la charla. Mi admiración y reconocimiento por Fabio se duplicaron ese día. Sin haberme sentido nunca una persona servil, sentía que mi agradecimiento por Fabio crecía. Ahora pienso en lo que sentiría un bufón de alguna corte Renacentista, cuando el Príncipe le ofrecía la primera lección de espada, para que aprendiera a defenderse. Pues pienso ahora, que la primera lección que ese día recibí – lección que me orientó en la vida -, ha sido desde entonces, mi mejor arma en los combates de la vida... Tener una cultura mediana, siquiera un barniz de información sobre el mundo, sobre la vida, sin necesidad de presumir sabiduría, pero con esa capacidad de tener opinión, conceptos y algunas referencias sobre el amplio espectro que constituye el saber humano, es, como diríamos hoy, un elemento para la supervivencia. Esto parece importante pensarlo y contrastarlo con el mismo espíritu de la educación. Hoy, más que nunca, se acentúa la 52

diferencia entre formación intelectual y conocimientos científicos acerca de las cosas. Siempre he creído que los saberes concretos, las habilidades, por ejemplo, para vadear en el mundo moderno, y la inteligencia para vivir, comprender y tener opinión del desenvolvimiento del mundo, van por vías distintas. Cuando recuerdo ese papel ridículo que jugué en presencia del diálogo entre el padre Jaramillo y Fabio; yo, escuchando nombres desconocidos para mí; conceptos, juicios y opiniones que nada me decían, y yo ahí plantado como un Buda de mármol, bien pude ser entonces un experto en motores Diesel, un diseñador de dibujos de telas, o un experto en química orgánica. El mismo papel habrían desempeñado en esa situación. Entonces, es como si la incultura general aislara lo mismo que la ignorancia total que yo padecía. Entonces, la consecuencia de esta lección que me proporcionó el destino, fue la decisión que tomé de salir de mi ignorancia, prometiéndome desde ese día adquirir, por medio de la lectura, ese barniz de que hablo. Empecé a leer febrilmente, pero, también, desordenadamente. Hasta ese momento, mi educación era de materias aisladas, desconectadas, como sin vínculos con la realidad y menos con esa especie de Unidad Cosmológica que Fabio me explicó algunos días más tarde. Él me inició en una especie de pensamiento faústico. Muchas noches, sólo en mi rincón de estudio, tuve miedo. La unidad del Cosmos me aterraba. Aún así, desordenadamente, empecé a apreciar diferencias, a distinguir, digámoslo así, entre los mismos profesores que iba conociendo. Como si un sentido crítico fuera surgiendo simultáneamente con la adquisición de mis pocos conocimientos. Llegué a ser odioso para varios profesores, porque me parecían rutinarios, mediocres y algunos petulantes, sin tener en qué fundamentar su orgullo.

******
Llegó el quinto año de bachillerato. Era temido en el Liceo porque empezaban la Química General, la Física, el Castellano de Bello, la Teoría del Conocimiento y la Lógica. Había también materias como Literatura Universal, Cosmografía, el último año de Literatura Francesa, etc. Algo, muy profundo, estaba cambiando en mi. No era porque mis compañeros fueran mas altos y casi todos más fuertes que yo. Desde hacia tiempo sabía que sería un hombre de baja estatura, aunque de complexión fuerte. Lo que percibía eran las profundas diferencias que existían entre nosotros. En el grupo de Química, por ejemplo, recuerdo mucho a Esteban Rico: inteligente, irónico, agudo, que parecía que no sabía, pero sabía mucho. A Nelson Estrada, serio, callado, atento a las explicaciones y más bien retraído. A Hernando Santamaría, amable siempre, simpático desde su inmensa altura. A Gustavo Cadavid Benítez, amable, ordenado, inteligente y siempre como sistemático. A Hernando Cadavid, metódico, organizado, ansioso de conocimientos, etc. Todos eran mis amigos, y lo siguen siendo. Yo recuerdo a muchos más... Pero el mayor hallazgo que hice en ese curso, fue el conocimiento que tuve del profesor. Se llamaba Alfredo Restrepo. 53

Ingeniero Civil de la Escuela Nacional de Minas. Flaco, blanco, de estatura regular, serio, irónico, lo conocí mordiendo la punta de un pañuelo blanco y mirando como sin fijar completamente la mirada. Uno de sus ojos era mas blanco que el otro, y todos le decían, en secreto, el bizco Restrepo. Fue la persona que más influyó en mi decisión de estudiar Química; aunque en mis tiempos de bachiller, en Antioquia, no existía la carrera de Química pura, y terminé estudiando Ingeniería Química. Alfredo Restrepo influyó sobre mi vida, de forma notable. En alguna parte de estas memorias dije ya que, inconscientemente, me gustaban las ciencias naturales; y la aparición del profesor Restrepo definió en mí esa vocación natural. Su método de enseñar, era el de enseñarnos a pensar, a inquirir, a dudar, como si todo pudiera ser cierto, si éramos capaces de juntar pruebas científicas de ello. Me fascinó su método. Don Francisco García, en mi escuela primaria, se aproximaba al mismo método. Pero el Doctor Restrepo, - una especie de brujo en el Liceo, que atemorizaba a los flojos -, tenía mayores elementos científicos para poder practicar el método. Él me enseñó que la ciencia reúne muchas cualidades propias: honradez, precisión, intenso trabajo, constancia, orden, voluntad, análisis, memoria etc. De modo que cuando terminé mi curso de química general, una sola cosa sabía, que estudiaría ciencias. Pero Alfredo Restrepo, no fue para mí solamente un profesor; fue para mí y para todos, un verdadero amigo. Maestro incomparable en su clase. Consejero afortunado en nuestras dudas y conflictos personales; orientador de vocaciones; crítico juicioso de los problemas educativos y de la sociedad; y un hombre con un sentido de pertenencia al Liceo, que hizo en ese Colegio una obra inolvidable. Fue también, el primer decano y fundador de la Facultad de Ingeniería Química de la Universidad de Antioquia, acompañado por un grupo pequeño de sus alumnos del Liceo que le seguimos en esa aventura.

******
Mi profesor de Castellano de Bello fue Don Alfonso Mora Naranjo. Un maestro del idioma castellano y de la cultura universal. Humanista. Director, en mis tiempos y por muchos años, de la revista Universidad de Antioquia, que sigue siendo honra de la Institución. En esos tiempos, la revista convocaba a los más preclaros escritores de Colombia, y de Antioquia particularmente. Dinámico, simpático, inteligente, agudo, con el mejor sentido del humor, pero exigente en su cátedra, hasta el punto que tal materia, se constituyó en uno de los mayores obstáculos para obtener el “Cartón de Bachiller”. Un día le preguntó intempestivamente a Esteban Rico: Repítame, por favor la últimas palabras del Libertador Simón Bolívar. Esteban, que estaba descuidado y no esperaba tal pregunta, se precipitó a responder: - Si mi muerte contribuyera a que cesaran los partidos y se consolidara la unión, 54

yo bajaría tranquilo al sepulcro...” Si Bolívar hubiera dicho éso, no habría dicho nada” – le respondió Don Alfonso. Hubo risas. Esteban, al comprender su error, también se rió... Después supimos que ése, era un ejemplo clásico del mal uso del pasado condicional. Que lo usaba en cada uno de sus cursos y que por la rutina de las clases, no escapaban ni los profesores mejor dotados. Cuando Fabio Botero Gómez, un aventajado estudiante del Liceo, por estos tiempos, fue invitado por la Rectoría, ( que creo estaba en las manos del doctor Ricardo Uribe Escobar) para que hablara o leyera un discurso suyo, en la conmemoración de la muerte del doctor José Félix de Restrepo, Fabio Botero sometió su discurso al análisis de don Alfonso (esto me lo contaron a mí) y don Alfonso no solamente elogió el discurso, sino que se lo hizo publicar en la revista. Así era don Alfonso Mora Naranjo, un avisado descubridor de ingenios.

******
Mi profesor de Física general fue Don Pablo Emilio Echeverri. Simpático, culto, esforzado como profesor, amable como persona, didáctico y capaz de hacerle cobrar a su materia interés, suprimièndole todo terrorismo a un estudio de sí, difícil. Al nivel de los dos últimos años, casi todos los profesores se comportaban con nosotros como verdaderos amigos. Era un gusto hablar con ellos. Con don Pablo Emilio se podía hablar de todo, desde las muchachas bonitas que todos los días pasaban a estudiar al Central Femenino, arriba del Liceo, hasta de los pocos experimentos que dicen hizo Newton para llegar a su concepción del mundo. Don Pablo tenía una cierta tendencia hacia la Física Matemática. Es decir, un gusto, que lo expresaba de diversas formas, por las concepciones teóricas, un poco alejado del doctor Alfredo Restrepo, quien, teniendo también excelente formación matemática, abogaba por el experimento como algo esencial en la ciencia. Reconozco que ambos profesores me influyeron cada uno por su lado. Me parece que en ese tiempo tenía yo una decidida vocación por la ciencia. Con don Pablo tuve ocasión de comentar uno de los primero libros de divulgación científica que me leí, “ Esquema del Universo”, creo que de un autor Duncan, que con “La incógnita del hombre”, del doctor Carrel, constituyeron los libros iniciales que estimularon mi incipiente visión fáustica del mundo. Acerca de esa visión, que he perseguido por muchos años, quiero decir dos palabras.

******
La visión que tienen las personas del mundo en que vivimos, sea muy amplia, rica y productiva, o sea sin mayor profundidad, se adquiere desde el bachillerato. Simplemente, hay personas que estimulan esta visión, o no lo hacen. Pero es de la educación secundaria desde donde arranca esta tendencia. Muchas veces, a causa de la unidad o no, que exista en los 55

planes de estudio, y por las tendencias propias de los profesores, se incrementa o se pierde la visión del mundo. Si un profesor de Física, por ejemplo, en algún aspecto de su curso, se detiene con gusto a mostrar la importancia de una ley, la aplicación que encuentra en la Química o en la Biología, está contribuyendo a la extensión de su materia, y a la utilidad universal de esa ley. De esta actitud, no solamente resulta la importancia de lo que él enseña, sino que contribuye absolutamente, a integrar el mundo. Lo mismo se puede afirmar de los principios de la Química y de la Biología. Por otra parte, si el profesor de Historia o de Filosofía, es capaz de relacionar, mediante una cita oportuna, su ciencia con el idioma, el arte, la poesía etc. también está contribuyendo a que el mundo de sus alumnos no se cierre en un compartimento aislado, ayudando así, al alumno, para que no crea que todo esta terminado en cada principio. La visión fáustica que nació en el pasado, tiende, a causa de esa especie de miopía de muchos profesores modernos, a hacer del mundo una bolsa de canicas, en vez de un solo universo. Por eso hablamos de una visión universal. Es extraño que en un mundo que los economistas actuales llaman globalizado, en la educación persistan las visiones parciales. Que haya temor de integrar los conocimientos. A este respecto tengo una anécdota personal... En mi deseo de llevar esta visión del mundo a la Universidad, hace más de treinta años formé con un grupo de colegas que compartían estos propósitos, un seminario que se empeñó en ofrecer, a los alumnos de primer año de Universidad, un curso que nombramos de “Ciencia Integrada”. Preparamos conferencias y nos lanzamos a ofrecerlo. Entonces algunos alumnos, esa franja que recibe el nombre de “Revolucionaria”, vetó el curso, por reaccionario, dijeron. Pero esta experiencia es posible que hoy resulte de avanzada. La especialización, la visión recortada de los conocimientos, la creencia de que el adelanto de las ciencias y las técnicas tendrán siempre el efecto de recortar nuestra visión del mundo, siempre han sido anticulturales. Cuando recientemente supe que el Doctor Hoffmann, premio Nóbel de química, asiste a congresos de arte y poesía, y que él mismo escribe poesía, la publica y la difunde, pensé que el mundo todavía puede salvarse.

******
Hasta ahora, pues, he mencionado algunas de las personas que influyeron en mi formación: Fabio Gómez, con su singular ejemplo de lo que es un joven precoz, capaz de dejar en menos de treinta años un ejemplo como el suyo. Él me llevó a la lectura y el pensamiento. Me mostró autores que dejaron huellas imborrables en mi vida. Por él empecé a leer a don Miguel de Unamuno, su prosa, sus novelas, su teatro (“Nada menos que todo un hombre”), su poesía interior y sus ensayos magistrales. Antonio Machado, el poeta más importante de España, según el filósofo Julián Marías. Azorín, el escritor de lo amable y lo sencillo, dueño de un 56

estilo inimitable. San Juan de la Cruz, el poeta místico más profundo de la lengua castellana. Y a Pascal, el de la Ciencia y los Pensamientos. A Montaigne, el creador del ensayo como género literario y a Goethe, a Shakespeare, a Dante, y desde esas cumbres mirar todo lo que hubo atrás y a lo propio, colombiano. Esa visión del mundo, se la debo casi integra, a Fabio Gómez Pizzano (q.e.p.d.). Al doctor Alfredo Restrepo le debo mi iniciación en la ciencia rigurosa. Pero también algo que, a falta de un nombre más adecuado, llamo “visión global” de la ciencia misma. Restrepo no era un químico analítico, en el sentido clásico, aunque sabía mucho de análisis. Tampoco era un químico orgánico, de enlaces, funciones, mecanismos. Era más bien, un fisicoquímico. El primero que conocí y, de su mano y con su ejemplo, llegué a ser lo mismo: un fisicoquímico. De don Pablo Emilio Echeverri aprendí cosas que no están en los libros: caballerosidad, respeto, educación, buenas maneras y complementariamente, las leyes fundamentales de la Física. De don Alfonso Mora Naranjo, respeto y admiración por el idioma castellano, así haya llegado a ser yo, un escritor mediano. Pero esto no fue su culpa.

******
Fue en mi quinto año de bachillerato, cuando descubrí que el mundo no era solamente el ambiente pequeño y familiar que me rodeaba. La radio, los periódicos, los comentarios, los círculos de los profesores y compañeros, de pronto, me mostraron lo que estaba pasando en otros meridianos. Y yo, alelado, escuchando las voces de mi pequeño mundo. París, la que aquí llamaban, “la capital del mundo”, temblaba de pavor ante las fuerzas Nazis. Roma le mostraba a la gente, los presumidos batallones de los “camisas negras”. Polonia ya mostraba los destrozos de las fuerzas de Hitler; y España, la adolorida España, había pasado apenas el crimen de Güernica. Pero el Liceo Antioqueño, apenas se reía mirando los arrestos de un profesor empolvado que marchaba, con un grupo pequeño de seguidores suyos, con sus camisas negras, por los patios del colegio. Era apenas el símbolo y la muestra de lo que era el Liceo en su interior. El Liceo era, entonces, un muestrario de todas las ideologías. Allá, podían existir las corrientes ideológicas más diversas: Liberales Lopistas que defendían a capa y espada, la “revolución en marcha”; conservadores de la línea más reaccionaria, seguidores a ultranza de Monseñor Builes quien, hacia poco, había prohibido que las mujeres, usaran en público, pantalones largos como los de los hombres. -¿Por qué?- Preguntó en la Asamblea de Antioquia un diputado liberal. - “Porque las mujeres vestidas así, se ven como masculinas”- respondió el diputado conservador... – Yo no sé si éso será cierto, honorable diputado. Lo que sí sé, “es que se ven más culonas... y eso está bien”. Pero si estas cosas eran motivos de discusión en un cuerpo colegiado como la Asamblea de Antioquia, en el Liceo las discusiones se hacían sobre las ideologías en conflicto: Nacismo, 57

Comunismo y Democracia. Todo el ambiente del Colegio se saturó de estas ideas. Muchos estudiantes leían, todavía sin haber cursado las lecciones de filosofía, libros divulgativos de Marx, de Hegel, de Lenin; de propagandistas del Comunismo. Pero también se leía a Jaques Maritain, a Nicolás Verdaieff, había estudiantes que llevaban un periódico llamado “El obrero Católico”, dedicado a guiar a los obreros frente al sindicalismo de orientación Marxista, y muchos también, como el que estas notas escribe, que viviendo en mi propio espíritu una especie de cambio sustancial en mi comportamiento, en mis hábitos de lectura, en mi formación intelectual, miré con indiferencia toda esta revolución; me refugié en la lectura intensa de don Miguel de Unamuno, me amparé en él, dejando pasar esa fiebre que abrazaba a tantos amigos. Sin haber sido nunca un reaccionario, confieso paladinamente, que me gustó desde temprano la democracia del Lopismo, de la “revolución en marcha”; me identifiqué, por muchos años, con la filosofía trágica de Unamuno, y, poco a poco, me fuí aproximando a una visión científica racional, del mundo que nos rodea. ¿Por qué?. Cuando, varios años después de haber pasado mi bachillerato y mi carrera de ingeniero químico, me puse a pensar en lo que había sido mi estudio y mis escasas realizaciones, y, reflexionando un poco, me dí a mí mismo la explicación de por qué comprendí y admiré tanto, la “revolución en marcha”. Ciertamente, de todos sus programas, éste el de la educación, fue para mí, el más notable... El que yo, un pobre hijo de un minero que vivió su vida abandonado en los socavones de las montañas, ganando con sus manos un pan que apenas mitigaba el hambre suya y la de su familia, pudiera, en pocos años, ostentar un hijo graduado, con su limpio titulo de ingeniero, trabajando ya para una Universidad, viviendo una vida decente y civilizada, me llevó a ratificar mi admiración por la obra del doctor López Pumarejo y la de su equipo, por una parte; y por la otra, la de hacerme el propósito en toda ocasión para insistir en que la educación pública, sostenida por el Estado, es el programa más noble, humano e inteligente, que un gobierno puede hacer. Casi nadie cree hoy, cuando con gusto lo refiero, que yo estudié gratuitamente, desde mi escuela primaria hasta graduarme de ingeniero. Mis únicos gastos se redujeron a los textos de estudio, que fueron, en el bachillerato, libros usados, comprados a bajo precio al viejo Arcilita en el Liceo, y después, algunos libros nuevos. La educación gratuita para el pueblo, tal vez fue la primera pieza de ese mecanismo que se robaron los que le sustrajeron al Estado su “rumbo de gobierno”; quiero decir, que al mutilar el espíritu de la “Revolución en marcha”, tal vez aniquilamos todos, la posibilidad de redimir a Colombia. El encarecimiento de la educación, el volver el saber un privilegio; esa especie de Mixti Fori en que cayó la educación, tan llena de etapas y sofisticaciones, llegando hoy a hacerse inalcanzable para los niños, que siguen siendo niños, dispuestos siempre a recibir el pan y el abecedario. Pero sigamos... 58

No sé de dónde saqué energías para en ese quinto año de bachillerato hacer lo que hice. El equipo de fútbol del Liceo, al que pertenecía, para disputar el campeonato intercolegiado de ese año, contrató a un entrenador extranjero. Era un viejo que unos días nos decía que era Austríaco y otros Holandés. Se llamaba Leo, de apellido impronunciable, al que nosotros por abreviar, le pusimos el apellido más familiar que se nos ocurrió. Lo nombrábamos, Leo Chesterfied. Y él estuvo feliz. Nos entrenaba en la cancha de Miraflores, arriba del Liceo. Era flaco, alto, desgarbado, mal hablado, como si hubiera aprendido el castellano en un muelle. Nos nombraba por apodos que él mismo se inventaba. A mí me llama el “señor pelo”, porque usaba el pelo largo. Pero era un experto en los pases cortos y el dominio del balón. “Pará el balón hiputa”, nos gritaba. Y nosotros no podíamos obedecerle de la risa... Pero ganamos ese año el campeonato. El Liceo nos dió de premio, un paseo en bus a la ciudad de Antioquia. La señera, la colonial y hermosa ciudad de Antioquia. Esa noche, después del partido con los muchachos del Colegio, a quienes goleamos, nos ofrecieron un banquete. Recuerdo a muchos de mis amigos, verdaderas estrellas del fútbol: Saúl Peláez, una gloria deportiva del Liceo, de Antioquia y de Colombia: futbolista. Basquetbolista. Nadador. Atleta. Y un caballero para no olvidarlo nunca. Gabriel Álvarez: Un maestro del toque y la racionalidad en el juego, quien más tarde sería un médico brillante, además de cantor de música americana, de grata recordación. Carlos Marín Hernández, ése que hacía silbar el balón cuando lo impulsaba con uno u otro pié. Más tarde agrónomo y distinguido entomólogo. Jorge Jurado Rave, el parsimonioso, preciso en el juego, y gracioso, irónico y siempre frotándose la nariz y sonriendo mefistofélicamente después de un chiste, y yo, a quien todos me dijeron en el comedor que no tocara un huevo duro adornado con ramitas que trajeron en el centro de la bandeja de la ensalada, para que se lo comiera de un bocado Jurado, a quien le quedó más cerca. Ese año también, me correspondió organizar el campeonato de ajedrez en Bello. Le gané mi primera partida al doctor Villa. Y esa noche descendió borracho de la terraza, como a las once de la noche y me dijo: “Zapata, usted está jodido si prefiere a un viejos cascarrabias como Unamuno, al maestro del mundo que es Marx. Duerma bien, si puede”. Se marchó trastabillando para su casa.

******
En 1941, al final del año, leí por primera vez, los “Veinte Poemas de Amor y una Canción desesperada”, de Pablo Neruda. Me sacudieron como a todo el mundo. Jorge Montoya Toro, campañero del Liceo y colaborador de El Colombiano, el mejor periódico Antioqueño en ese tiempo, en su suplemento literario, comentaba, por boca de distintos escritores, el libro de Neruda. Jorge Montoya mismo era entonces un poeta conocido: pulido, fino, armonioso, enamorado y amante de la belleza. Pero el libro de Neruda 59

debió sacudirlo. Como lo hizo conmigo, y con Otto Morales Benítez que ya figuraba en las páginas de El Colombiano. De Bogotá llegaba el periódico Sábado, que dirigía el doctor Juan Lozano y Lozano, que devorábamos los “intelectuales” del Liceo como pan caliente: Hedy Torres, Jorge Montoya, Fabio Botero Gómez, Mario Franco Ruiz, un estudiante alto, rubio, vestido de corte inglés, amable, simpático, quien cuando supo que a mí me gustaba mucho una niña que pasaba por las mañanas frente al Liceo, y que era pequeña como yo, me dijo: “Yo no sé qué se puede esperar de la unión de dos moneditas de oro”. Así, con humor y alegría, de pronto, me fuí metiendo en ese mundo de la literatura, de la novela, de los ensayos de Otto Morales, de los poemas de Edgar Poe Restrepo, asesinado vilmente; el poeta de “Yohar, la niña del verso”, quien, una tarde, mientras en su clase de literatura Colombiana, exponiendo la emoción de un pintor que copiaba el cuerpo de una hermosa modelo, la fue desapareciendo con cada rasgo que lograba robarle; emocionado hasta el límite, volcó la mesa desde donde hablaba, aporreando a varios alumnos que, boquiabiertos, no sintieron el golpe. Edgar, sin inmutarse, se caló su pava blanca, y abandonó la sala... Edgar era alto, bien parecido, serio, imponente, una joya sacrificada. Fabio Gómez no se metía en todas esas danzas; seguramente las comprendía perfectamente, pero tal vez, en esos días, se pasaba leyendo ya, en alemán, alguna obra de Oskar Hertwig, el biólogo alemán que lo iba llevando, como hipnotisado, al mundo de la célula, que fue el que más estudió en esos tiempos. Una tarde, me encontré en Bello, con el padre Roberto Jaramillo Arango. No sé por qué me distinguió con su saludo y me autorizó a que siguiera a su biblioteca. Todo me impresionó como la primera vez que lo había visitado, pero yo era otro. Me alegró su invitación. Le dije que me habían encantado sus Monografías botánicas que venía escribiendo en la Revista Universidad de Antioquia, lo dije sinceramente; agregándole que tenían ese toque de erudición, excelente gusto literario, y la ironía que lo caracterizaba. Se quedó mirándome. Como si no pudiera creer que en solo dos años, hubiera salido de esa timidez y segura ignorancia que me había observado seguramente, el día en que me conoció. Cuando supo que estaba cursando el sexto año, me felicitó. ¿Con quién estás cursando filosofía?. Me preguntó de pronto. Con el doctor Julio César Arroyabe le respondí. ¡Ah! Exclamó, agregando: Ahora está en discusión con otro filósofo. Pueda ser que salga bien – agregó-. Es muy buen expositor, le dije. – Y es hombre culto, ameno, y toca piano muy bien... Lo sabía todo. Yo sabía que él era profesor de Literatura Colombiana, pero yo había preferido, para el mismo curso, a Edgar Poe Restrepo, que por esos días estaba terminado su carrera de Derecho en al Universidad de Antioquia y quería mucho al Liceo. Ese día el padre Jaramillo estuvo acariciando entre sus manos un limón maduro, al que le arrancaba cascaritas con las uñas, llevándoselas a la boca con mucha discreción. Como la poesía era uno de sus campos, hablamos de Pablo Neruda. Me dijo, con esa franqueza suya, que la “Oda a Federico García”, del poeta, no le gustaba. Eso de... “si 60

pudiera morirme de miedo en una casa sola. Si pudiera sacarme los ojos y comérmelos, lo haría por tu voz de naranjo enlutado, y por tu poesía que sale dando gritos”. Cito de memoria, como él lo hizo. ¿Qué es eso? – Me preguntó-. ¿Cree qué eso sea poesía?, me preguntó. A mí, a un mudo que había aprendido a hablar de tantas cosas en apenas dos años. Yo mismo me sentí orgulloso. De estar con él, de que me confiara sus pensamientos y opiniones, de que hubiera olvidado tan pronto mí torpeza, ignorancia e indecisión, que había mostrado hacía tan corto tiempo. Como yo también he sentido desde esos tiempos mis dudas sobre si esa poesía corresponde en verdad a un esfuerzo de la inteligencia, o a una facilidad idiomática que casi inconscientemente nos viene a la voz, entonces le dije al padre que yo también prefería, la “Casada Infiel”. Apenas me esbozó una sonrisa. Sabía ya, y muy bien lo sé hoy, que el padre Roberto era un poeta de corte clásico. Traductor de poetas latinos del Latín directamente, y no dándoles vuelta por el Francés, que abundan tantos entre nosotros. Un personaje amable y muy admirado en el Liceo durante mi bachillerato, fue el doctor Julio César García. Fue director por varios años del Colegio, pero su sabor estaba en las conversaciones informales sobre los temas cotidianos, a los que él les agregaba las notas históricas, las anécdotas, y ese castellano suyo que, un poco como el Maestro Azorín, lo adornaba con voquibles, como llamaba el doctor López de Mesa, a las palabras que marcaban hitos en el lenguaje. El doctor García fue mi profesor de Historia de Colombia. Fue autor de un libro que llegó a ser famoso en el Liceo y aunque para algunos estudiantes era fatigoso por los detalles y el gran número de fechas sobre nuestra historia, gracias a su rigor, llegó a ser un texto de consulta, sobre todo después de que surgiera la nueva historia, más interpretativa que descriptiva, que después del año 1950 se impuso en el País, gracias a los pensadores e historiadores sociólogos que surgieron en la Universidad Nacional de Bogotá, bajo el estímulo y ejemplo principalmente del doctor Jaime Jaramillo Uribe. El doctor García nos jugaba maturrangas que después, nos hacían reír. En un once de Noviembre, todos ingenuamente, preparamos para uno de sus exámenes que sin importar que fuera día de fiesta nacional, le debíamos presentar. Nos prevenimos estudiando exhaustivamente la historia de la Independencia de Cartagena. Preguntándonos, más bien, la Batalla de Boyacá. Pero siempre lo consideramos un verdadero maestro. ****** Desde antes de presentar los últimos exámenes finales del sexto año, por iniciativa, creo de Pablo Cárdenas Pérez, del gran deportista del Liceo, Saúl Peláez y el doctor Julio César Arroyabe, se empezó a promover la idea de hacer, a pié, una excursión, que, saliendo de Medellín, fuéramos a Pereira, Cali, Popayán (donde conoceríamos al Maestro Guillermo Valencia, para muchos de nosotros, el mayor de los poetas Colombianos). Cruzaríamos la cordillera Occidental por el temible Páramo de las Delicias, caeríamos por la Plata, a Ibagué, buscaríamos la manera de llegar a Puerto Berrío, en 61

Antioquia, y de allí, en el tren, llegaríamos a Medellín. Era como una excursión tipo conquistador. Invitaron a los muchachos reconocidos como deportistas, gente sana y con verraquera. En menos de cuatro días estuvimos comprometidos a llevarle la cuota al comité organizador... Entre Adán, Eva y Agrípina, me dieron la cuota, cuya cuantía no recuerdo. El Ejército de Medellín, nos prestó morrales de campaña para que cada excursionista, llevara sus cosas al hombro. El ejército lo hizo, porque casi todos lo muchachos inscritos, habíamos sido entrenados por varios instructores de ellos, quienes en un programa de conseguir la Libreta Militar que, autorizado por el Ministro de Guerra, cumplíamos en la Brigada... Me aparecí un día, en mí casa, con un morral de lona gruesa, atorado de correas, para que allí acomodara todo lo que podía caber. Acomodé todo lo que creí necesario para el viaje. Excepto un segundo par de botas, así hubieran sido rotas. Un día, a las seis de la mañana, más de quince estudiantes, cargando los morrales militares, partimos del patio del Liceo, con rumbo a La Pintada. Aunque no nos llovió, las llamadas carreteras, eran un verdadero calvario. De los buses que nos pasaban entre gritos, confundiéndonos con el ejército, nos gritaban bestialidades. Pablo Cárdenas, Saúl Peláez, el doctor Julio César Arroyabe y otros que no recuerdo, nos servían de guías. Yo iba con Luis Carlos Palacios, entre la tropa... Llegamos a Pereira en un día. Nos alojamos en algún Colegio cuyo nombre no recuerdo. Pereira era un pueblo grande de campesinos activos, blancos, alegres, expresivos y acogedores. Las gentes nos llenaron los morrales de comida que nos duró hasta Cali. Lo que uno veía a lo largo de ésas vías estrechas, por donde apenas cabían un bus de línea y nosotros teníamos que orillar, para darle paso, eran casas de campo hermosas, lejos de la vía; y cultivos de café y plátano y a veces, jardines florecidos... En un día y medio llegamos a Cali. El Valle del Cauca siempre ha sido hermoso. Para nosotros, antioqueños, que nos tocó en el reparto de las tierras, plana apenas la palma de la mano, el paisaje del Valle, con sus ríos azules, sus llanuras de esperanza, ésos guaduales poblados de garzas blancas y rosadas, saltando sobre los verdes prados; las casas solariegas, los ganados pastando en lontananza, todo, hasta el tibio aire y sus vientos, nos cautivaron. En Cali nos alojamos en el Colegio de Santa Librada. La ciudad era entonces pequeña, de construcciones un poco apeñuscadas, calles estrechas y todavía ni siquiera tenía una Universidad. Lo más bello del Valle eran sus campos. Nos decidimos por irnos a conocer el puerto de Buenaventura. Queríamos todos conocer el Océano Pacífico. “¡Qué calor. Qué horror. Qué hedor!”. Como dizque exclamó un pastuso, cuando fue al puerto en luna de miel... En un barco destartalado y lento nos fuimos hasta La Bocana. Un arrimo al mar, de playas pantanosas, lodosas y sucias. Allí, por poco me ahogo. Conversando con Hernando Santamaría, uno de mis amigos más queridos, nos fuimos lentamente acercando al mar. Hablábamos. De pronto, me hundí en el agua. Como nunca aprendí a nadar, chapucié en lo profundo. Hernando me sacó halándome del cabello. Y yo, muerto de miedo, le dí gracias a Dios, a la estatura considerable de Hernando, y a mi abundante cabello... 62

Recuérdese que el entrenador de fútbol, Leo Chesterfield me decía “señor pelo”. Seguimos hacia Popayán, la ciudad señora del Silencio y la Paz. Limpia, con olor a historia. Lo primero que hicimos fue buscar la residencia del Maestro Guillermo Valencia. Nos recibió con una calidad humana que creo que todos la recordaremos siempre. Alguien le dijo que ese viaje nuestro lo habíamos realizado casi exclusivamente, para conocerlo. Nos quiso abrazar a todos. Estaba ya muy enfermo. Desde su silla y bastante débil, nos preguntó por Antioquia. Expresó, de varias formas, el amor que sentía por nuestro Departamento. Me pareció que sentía una admiración especial, por el General José María Córdova. “Fue un león” – nos dijo... Cuando le dijimos que pensábamos trasmontar la cordillera por el “Páramo de las Delicias”, se alarmó. “No, por favor”- Nos reiteró. “¿Con cuáles ayudas?. ¿Saben de qué están hablando?. Ese paso es espantoso. Si ustedes me lo permiten, yo puedo pedirle al Gobernador que les preste ayuda”. Le agradecimos su interés. Le dimos todos la mano y le prometimos que íbamos a discutirlo entre nosotros... No sabíamos que le estábamos dando el último adiós, a uno de los hombres más grandes de nuestro siglo. Murió en 1943. En Popayán compramos esa misma tarde ruanas de lana, de esas tejidas por los indios: gruesas, burdas, pero que nos protegían mucho... Al día siguiente temprano, iniciamos el ascenso por un camino imposible hacía el Páramo. Espantoso todo. Al llegar a la meseta, empezamos a ver esqueletos de caballos o de burros, muertos de pié, paralizados por el frío. Una brisa helada y un viento silbante, nos acompañó desde el inicio. Varios, y yo entre ellos, empezamos a sentirnos asfixiados. Me hicieron masticar panela en troncos y alguien dijo que traía coraMina, que me ayudó mucho aplicada debajo de la lengua. No recuerdo, creo que unas tres horas tardamos en recorrer la meseta y empezar el descenso hacia el pueblo de La Plata... A la entrada del pueblo, vimos una pequeña casa– restaurante donde conseguimos agua panela caliente y frijoles con arepa. Estábamos helados y muertos de hambre. Nos sirvieron en un mesón. Todos nos lanzamos sobre la comida. Un muchacho, que nunca había sido amigo mío, llamado Antonio J. Cano, se me acercó y me dijo, sin más ni más: “ Así que el cari cortado se estaba muriendo en el Páramo?”. Yo tenía mi plato de comida en mis manos. Probablemente cuando miró mi rostro, comprendió mi ira y, temeroso de que yo lo agrediera, con el dorso de su mano me tiró sobre la ropa, la comida. Pero se quedó allí. Era, y todavía debe ser, espero, más alto que yo. Sin quitarme la ruana le lancé un puñetazo feroz, ciego de ira... Me sentí - como el título de la famosa novela de Fiedor Dostoyesvky, “Humillado y Ofendido”. Con tan mala suerte para él, que mi golpe le reventó las narices. El mismo se alarmó. La sangre le brotaba escandalosamente. No reaccionó, y, poco a poco, a mí se me pasó la furia, pero nunca más llegamos a ser amigos... Continuamos el viaje hacia Ibagué. Nos alojamos en el Colegio Simón Rodríguez. Allí nos acogieron en las residencias de algunos alumnos que estaban en 63

vacaciones. Yo, que llevaba a esas alturas los zapatos destrozados, los cambié por unos menos viejos que encontré en algún armario... De allí buscamos la ruta a Puerto Berrío y regresamos a Medellín. ****** Una tarde de Noviembre de 1942, sintiéndome ya libre de todas mis obligaciones con el Liceo, mientras volvía a Bello en trén, volví a pensar si debía estudiar Derecho, en la Universidad de Antioquia, en donde podía ser aceptado por haber obtenido un promedio de notas, de todo mi bachillerato, mayor a tres puntos siete, lo cual, por reglamento de la Universidad, me daba derecho de estudiar en cualquiera de la Facultades, (Medicina, Derecho, Odontología); o si me preparaba para presentar el exámen de “Menos Uno”, que exigía la Escuela Nacional de Minas donde, si aprobaba el exámen, tampoco tenía que pagar matrícula. Tenía plazo hasta la segunda semana de Enero de 1943, para resolver este dilema. De motu propio había decidido que no me gustaban Agronomía, ni Medicina, ni Odontología. Pensé que podía consultar a tres personas: a Agrípina, mi madre. Al padre Jaramillo, en segundo lugar, y al doctor Alfredo Restrepo. Hice las consultas en ése mismo orden. ****** De mi madre había recibido los consejos más sabios de mi vida. Sabía perfectamente que era una mujer ignorante, pero con un alma muy grande. Ahora sé, que para guiar a una persona, no se requieren los conocimientos que dan la ciencia o la cultura; que bastan las honestas intenciones del corazón. Ése, como premonitorio espíritu de los buenos; ése querer que todo salga bien. He aprendido que obrando con buenas intenciones, casi todo lo humano que decimos, nos sirve a todos. Se vive del silencio y de la reflexión. La razón nos ayuda mucho, pero, por eso digo, que el hombre es racional y sensitivo, y si la ciencia viene de la pura razón, nunca debemos dejar que siga sola. Llevemos siempre en alto los sentimientos, ellos, aunque no tengan, ni gocen por sí solos del aura de la ciencia, viven contigo, también son tus guías, y piensa, cómo sería el mundo si los hombres quisieran ser más buenos... Lo que me dijo mi madre cuando la consulté sobre lo que debía estudiar, lo resumo: Que sea lo que quieras. Lo que te llene siempre el corazón. Pero apréndelo bien. Que te sirva y le sirva a los otros. No pienses que llegarás a ser rico. Mira a tu padre, viendo toda la vida el oro cerca, y nosotros, todos los días con necesidades. Si tu padre hubiera sido un ladrón, tal vez seríamos ricos, y yo me habría muerto de tristeza. ****** Cuando hablé con el padre Roberto, consultándole sobre lo que debía estudiar, me respondió, como asustado, “Creí que ya estabas decidido a ser abogado. Es, creo yo, la profesión que más espacios abre en la 64

dirección de las humanidades. Y a tí te gustan las humanidades, ¿Verdad?”. Guardé silencio. Al poco rato le dije, casi como en confesión, y con vergüenza, que me gustaba todo. Esbozó una sonrisa casi imperceptible, diciéndome inmediatamente: “los jóvenes, ahora, deben pensar seriamente en la ciencia y la tecnología. Ya se metieron en el mundo y nadie las hará salir. La química, la física, la biología, son las ciencias del futuro, y las ingenierías, por supuesto. ¿Cómo te va en matemática?, - me preguntó.– Creo que bien.- Entonces, ciencias, claro.Aquí tenemos varios ingenieros poetas – me comentó, agregando – León de Greiff ¿No es ingeniero? – Sí padre – le respondí.- Bueno, ahí tienes un ejemplo. Entre trago y trago escribe muy bien”... Ésto fue, en síntesis, lo que me aconsejó el Padre Roberto cuando le pedí ayuda para definir mi vocación. ****** Al doctor Alfredo Restrepo, le encontré en su laboratorio del Liceo, a principios de Diciembre. Estaba, en su escritorio, leyendo un tomo en inglés, de una enciclopedia de Química de un tal Mellor.– “Creí que estabas en una finca, a las orillas del Cauca, montando a caballo y gozando de estos soles”, me dijo. Me reí. – Usted sabe, le dije, que no tengo ni finca ni caballos. Me contento con los soles de Niquía, en Bello. – Lo sé, Zapata. Me gusta verte. ¿A qué viniste?. Vengo a consultarle algo muy importante para mí. No quiero llegar tarde a la matrícula, cuando decida estudiar alguna carrera y me encuentre con que ya no hay cupo, como me sucedió antes de empezar el bachillerato... Pero, en vez de ponerme a contarle mi historia, le dije lo que me habían aconsejado mi madre y el padre Roberto, a quien conocía. Me escuchó con atención, mirándome con esa mirada que parecía con objetivo móvil, y, con especial tono en su voz, me dijo: Bien. Lo que te voy a contar, es algo secreto todavía. “En la última sesión del Consejo Directivo de la Universidad, el viernes pasado, se aprobó una proposición, en la que yo intervine, para fundar en la de Antioquia, una Escuela de Química en este año de 1943. La proposición fue aprobada por el Consejo Superior, y se nombró, una comisión, de la que formo parte, para que se someta al señor Gobernador, doctor Pedro Claver Aguirre. Si él la aprueba, para Febrero o a más tardar, en Marzo, tenemos una escuela, para que muchachos como tú, puedan estudiar la verdadera química”... Yo me sentí encantado. De modo, agregó, que es bueno que no te decidas todavía por escoger una carrera”. Volví a mi casa, a Bello, le conté a Agrípina la noticia. Ella se alegró. Pero después me preguntó, como si élla entendiera de educación, ¿Pero no será muy arriesgado inventar una escuela de química?.

65

V
La ingenua observación de Agrípina, acerca de lo arriesgado que le parecía la decisión de fundar una escuela de química, tenía ese fondo de intuición que las mujeres tienen sobre casi todas las cosas. Es ese factor de precaución que debe ser considerado, tenido en cuenta siempre, pero es también el elemento que en la historia de los pueblos y de los individuos, ha diferenciado el carácter de los que avanzan en la vida, en cualquier aspecto. El carácter del pueblo antioqueño, históricamente, es el de pasar el Rubicón. Si el niño teme mojarse sus pies, no logra siquiera librarse de sus propios orines. Todos nuestro actos, son decisiones, y todo tiene riesgos. La diferencia entre las personas está en la capacidad de evaluar los peligros, preveer, intuir, medir en la mente lo que puede suceder y, finalmente, arriesgarse o no. Todos los estudios previos no revelan el camino de la realidad y por eso, en toda decisión se está corriendo uno o muchos riesgos. En la primera semana del mes de Marzo, de 1943, en el patio central de una casa grande y vieja, cercana al Liceo, un puñado de muchachos, todos bachilleres, unos pocos del Liceo, y varios de otros departamentos de Colombia, estuvimos escuchando una amena exposición de Alfredo Restrepo, sobre la nueva Escuela de Química que la Universidad de Antioquia iniciaba ese día. No puedo dar los nombres de los que ese día, sentados en sillas escolares traídas del Liceo, veíamos a Restrepo pasearse por el corredor, vestido de saco y corbata, mordiendo la punta de un pañuelo blanco apretado en su mano derecha, de vez en cuando, y mirando como sin mirar al grupo, emocionado, nervioso por primera vez, haciendo una síntesis de las ramas de la química. De la importancia de esa ciencia. El sol entibiecía, pero aún no perturbaba el patio, y nosotros, atentos, siguiendo con los ojos sus movimientos, escuchando de sus labios principios científicos por primera vez, como la ley de la conservación del momento angular, en una charla que nosotros no podíamos distinguir si estaba hablando de física o de química. Lo que pude comprenderle ese día, en resúmen, era que la ciencia era una sola. Que las divisiones que hacíamos eran arbitrarias o de facilitación de comprensión. Que la biología se apoyaba en la física y en la química y que debíamos tener avisada la atención, porque el mundo era un todo... Ese discurso me fascinó. Me llevó, otra vez, al mundo fáustico que me había mostrado Fabio Gómez en sus charlas, que me transportaban y, casi sin quererlo, me producían temor... Pero en esa charla, nos contó también, que él había sido encargado de la dirección de la Escuela. Que había hecho contratos con profesores del mayor prestigio. Nos mencionó, entre los que recuerdo, al doctor Antonio Villa Carrasquilla, famoso ingeniero de la Escuela Nacional de Minas; al doctor Jorge Mejía (el Peludo Mejía), terror de los estudiantes de la misma Facultad de Minas. Nos habló del doctor Pablo Emilio 66

Echeverri, etc. Pero también nos presentó a la señorita Carolina Córdoba, una muchacha alta, blanca, un poco narizona, joven, y dueña de unas piernas hermosísimas, que nos habían entretenido durante la larga exposición suya, pues élla la escuchó toda, sentada en una silla al lado de la puerta de la oficina que sería su despacho como secretaria. Habían organizado además, un salón amplio con estantería metálica y una pocas mesas y sillas, como biblioteca. Lo primero que hicimos los que estuvimos allí, fue mirar los libros que habían colocado en la estantería. Libros nuevos, muchos, la mayoría viejos, traídos probablemente de las bibliotecas particulares de algunos de los profesores, y del propio doctor Restrepo: Físicas en inglés y francés. Una enciclopedia de química de varios volúmenes de Mellor. Una edición nueva de la Enciclopedia Ullman, traducida al castellano de la edición Alemana. Muchas químicas generales. Varias orgánicas, y varias fisicoquímicas en inglés, etc. Confieso que no cabía de la felicidad. Me quedé el resto de la mañana curioseando los libros, sin entender, claro, ni un ápice, pero como viendo allí, todo lo que había antes deseado encontrar... Esa noche, en mi casa, en el rinconcito donde había preparado mis lecciones, mirando los pocos textos viejos que había podido acumular durante mi secundaria, sin tampoco jurar por los nombres de Petrarca ni de Boccaccio, de quienes leí más tarde tuvieron las más completas bibliotecas personales de su tiempo, me propuse conseguir una biblioteca propia que me permitiera tener qué leer, en mis sueños de cultura; y empecé, desde esos tempranos años de mi educación, a guardar libros, los libros propios que iba consiguiendo. ****** Dos cátedras llenaron con creces mi tiempo y mis deseos de aprender ciencias en el primer año de Facultad: fueron los cursos de química general con el doctor Restrepo, y el curso de matemáticas del profesor Antonio Villa Carrasquilla. El profesor de matemática, declaró como objetivo, desde las primeras clases, dizque hacernos un repaso de las matemáticas de la secundaria. Pero en verdad, fue una excursión por el álgebra, la geometría, nociones de geometría analítica, teoría de deterMinantes, nociones de matrices etc.etc. Todo sazonado, con ejercicios de casa hasta la saturación. Literalmente, no nos quedaba tiempo sino para leer esa pobre literatura que, entonces traían los libros de matemáticas, y resolver problemas mecánicamente en el día y soñarlos en la noche. En ese tiempo, la matemática no era demostrativa, analítica, sino mecánica, como si uno, al ir por la calle, esperara que lo asaltaran ejercicios mecánicos de esos de sustitución, que tiene soluciones sin necesidad de pensar. El análisis, la generalización, la identificación con una teoría general matemática, la demostración de teoremas, la diferencia entre teorías generales y la axiomática, etc., no aparecía entonces en ésas matemáticas de ingeniería. De modo que la verdadera demostración analítica que distingue el pensamiento de los científicos no se percibía. 67

Muchos estudiantes, naturalmente inteligentes, se hundieron en ese mar de casos particulares... La Química general tuvo otro espíritu y otra orientación. No obstante que por su naturaleza, debía ser más empírica. El profesor Restrepo aspiraba a que comprendiéramos que la química es como un cuerpo más unitario. Para comunicar esta idea, tomaba como eje de todo, la reacción química. Nos indujo a pensar que las reacciones se dan, en todas partes, entre sustancias aparentemente puras e impuras, pero que en realidad, la reacción en sí, se dá es entre sustancias puras. Es, nos decía, como si por una calle marchan negros, blancos, indios, mestizos, todos mezclados, pero, si las condiciones de temperatura, presión, y reactividad, estado físico, etc., son favorables para que dos blancos, o dos negros, se encuentren y reaccionen, la reacción sucede, cualesquiera que sean las condiciones o la presencia de los otros... Con ésta especie de “principio”, procedía entonces ha hablarnos de las reacciones propiamente, etc. Las clases de Alfredo Restrepo eran famosas por su lógica, claridad, precisión y universalidad. Al lado de estas dos materias química y matemáticas, hubo “charlas” de un profesor llamado Emilio Jaramillo, médico, periodista, diputado eterno de la Asamblea de Antioquia, dirigente del partido Liberal, hombre influyente en el Departamento, y quien, más tarde, seria el suegro del Doctor Jorge Eliécer Gaitán, jefe del Liberalismo, asesinado el 9 de Abril de 1948, cuya muerte inició el deterioro, aún irreparable, de Colombia. El profesor Jaramillo era, cuando lo conocí, un hombre delgado, menudito, vivaracho, gracioso, para calificarlo con adjetivos antioqueños. Amable y simpático a más no poder. Nos ofreció a ese primer grupo de alumnos fundadores de la Escuela de Química, una materia que hoy podríamos llamar “Historia de la Química”, pero que para él fue una excelente oportunidad de mostrarnos cuánta era su cultura, su información sobre Colombia, América y el mundo. Nos dejó sentir su amor al periodismo. Nos exaltó su ideología Liberal pura. Nos motivó para querer y trabajar por Colombia, y nos destacó figuras inmortales de la Ciencia Química que a él le fascinaban.. Paracelso, Lavoisier, Pasteur, etc. Él me distinguía del grupo por mis risotadas por sus chistes. Un día, hablándonos de Röngen, el que descubrió los rayos X, nos contó ésta anécdota: “Por ahí, en 1925, me dió por traer a Medellín la primera máquina de rayos X, para tomar radiografías de pulmones. Era un equipo muy grande, complicado y difícil de operar. Además, los técnicos, como que eran gentes de poca confianza y me dejaron la máquina a medio ensayar. Con un colega nos pusimos a ensayarla. Trajimos dos enfermitas de un hospital. Metimos a la primera a una especie de cabina, cerramos la puerta y bajamos la palanca que electrizaba la máquina. La viejita chilló y la vimos desmayarse. Mi colega dijo: “traigan otra vieja, que ésta no aguantó”. Nosotros, con esa crueldad de la juventud, nos toteamos de la risa, pero él se puso serio. 68

En ese primer año, invitaron también, al eminente profesor de bioquímica de la Facultad de Medicina, el Doctor Jesús Peláez Botero, a que nos diera un curso introductorio de Bioquímica del metabolismo. Era un Señor trigueño, pálido, serio, elegante, vestía casi siempre de terno azul oscuro, y nos trataba con tanto respeto, que obligaba nuestro respeto también. Se sentaba en su silla. Aunque llevaba siempre un texto grueso, nunca lo abría. Se frotaba la frente frecuentemente, como si sufriera dolor de cabeza, y empezaba a exponer sus ideas. Era claro en sus conceptos, pero nosotros no entendíamos nada. Porque su curso era, y estaba orientado, a muchachos de medicina, que sabían biología, fisiología, química orgánica de azucares y como era obvio que nosotros, apenas bachilleres, de éso, de la dextrorotación, apenas medio comprendíamos el término, el curso, lo ganaron algunos, y a los otros nos lo regalaron. ****** Al término de ése año de 1943, la mayoría de los alumnos del primer año de Química, llevaban perdido el año. El grupo inicial era de 45 alumnos, y aparte de unos pocos que ya habían desertado, los otros, unos pocos, esperaron al año siguiente para intentar las habilitaciones. Era natural. Muchos alumnos habían llegado tarde a la Escuela, eran muchachos sin una vocación definida. Habían aprovechando la oportunidad de iniciar una carrera en cualquier Facultad de la Universidad que les diera ésa oportunidad. Pero, ni les gustaba la química, ni tenían gusto por la matemática; eran de otras ciudades y sabían que vinculándose a la Universidad de Antioquia podían aspirar a otras carreras, etc. Así que cuando el año terminó, apenas doce o quince queríamos seguir. El resto, se confundió en ese mundo de los jóvenes donde nunca los volví a ver. ****** En esos días, el mundo entero tronaba con la Segunda Guerra Mundial. Las noticias de la guerra, que se conocían en Colombia, provenían de agencias de noticias americanas, es decir, de los Estados Unidos. Se sabían cosas de Europa, pero se filtraban noticias desastrosas también. Los nazis se habían tomado, literalmente, a toda Europa, excepto, claro está, a Inglaterra, que luchaba hasta con los dientes, por la libertad, en un esfuerzo que nos conmovía a todos. Churchil era nuestro héroe; pero no faltaban entre los muchachos gentes que deseaban que Hitler triunfara. Era inevitable. Los radios en las casas se habían multiplicado. Hasta en mi casa, en Bello, habíamos comprado un radio por cuotas, y escuchábamos los primeros noticieros de la Voz de Antioquia, en los que se exaltaban los triunfos de los Ingleses. El General de Gaulle ya se oía mencionar en el mundo, luchando por la libertad de Francia que estaba dominada por Hitler. Todo ello me perturbaba pero nada me impedía continuar con mis estudios y mis lecturas. En esas vacaciones de mi primer año de estudios profesionales, leí, con toda mi atención un libro completo, que compré, baratísimo, de alguna editorial medio pirata, llamado Fausto, de Goethe. Era una traducción del alemán y me introdujo en un mundo que he 69

admirado toda la vida: los sueños, los ideales, el espíritu inmortal, siempre ansioso, siempre inquieto, reconociendo que existe más allá de las miserias del mundo, un ideal que nos transporta y nos alivia de los sufrimientos de la vida... Ese libro, poético, aunque estuviera escrito en prosa, me llenó de seguridad y optimismo. Mas tarde, cuando tuve dinero suficiente, lo cambie por una edición mejor que conservo. ****** Pero también, en ésas vacaciones, jugué mis últimos partidos de fútbol con el Unión, el equipo de mis amores; por lo que significó para mí en mi adolescencia, por mis amigos, Rosemberg, Carlos Marín, Esaú Rendón, Guillermo Palacio, Gustavo y Luis Carlos. Y para que no se me vaya a olvidar, aunque apenas ocasionalmente la recuerdo, una amiga, María Ester Guerra, (pero élla con nadie peleaba...) Fue Chucho, el paje del señor Laverde, quien me indicó dónde vivía, una tarde de un sábado, en que hablábamos y yo la había visto pasar por el parque de Bello. Tenia un cuerpo hermoso y se vestía con trajes ordinarios, pero hechos a su media y gusto por su madre, que cosía en su casa y había sido obrera de Fabricato. Vivía en un barrio de obreros llamado Prado. Tendría, cuando la conocí, durante mi primer año de universidad, dieciséis años. Le ayudaba a su madre en su modistería, y tenía un bello cuerpo, delgada, elegante y espigada. La quise mucho, durante mi transitorio amor. En verdad, no me importó que fuera hija natural. Me importaban sus ojos, de un verde azul, como sulfato de cobre disuelto en agua. Me importaban mucho sus labios y sus dientes preciosos. Su simpatía, el cariño desinteresado que me demostraba, y la piel de su rostro, como canela roja, que me fascinaba... Fue la primera mujer a quien besé en sus labios, con ansiosa emoción. Me decía casi siempre Gelito, y a ella le contaba casi todo lo que me sucedía y mis sueños de llegar a saber muchas cosas. Me escuchaba un poco como alelada, me acarició el rostro muchas veces, me quiso como sin hacerse muchas esperanzas sobre mí. Mi madre llegó a conocerla. La observaba mucho, sin rechazarla, pero como segura de que yo no me equivocaría en la resolución de un problema tan fácil... En esas mismas vacaciones, volvió mi padre de Segovia. Lo vi muy flaco y delgado, aunque así era, ciertamente; pero lo vi distinto. Se alegró de que hubiera aprobado el primer año de la Escuela de Química. No sé de dónde sacó, que le gustaba la química... Después supe que el oro en El Silencio, lo obtenían por un proceso que le decían Cianuración, y que le nombraban, “la química del proceso”... Mi madre le preguntó, a él que venía literalmente del fondo de la tierra, si sería muy costoso el que nosotros, todos, nos fuéramos a vivir a Medellín. Adán, estaba desde hacía casi un año trabajando en un depósito de materiales. Seguía tocando sus instrumentos de cuerda en los fines de semana, pero casi todo el tiempo estaba en Medellín. José, seguía ayudándole a Agripina. Eva era – desde hacía dos años – maestra rural en Bello, en una montaña en los límites con San Pedro, donde pasaba, con otra maestra, períodos hasta 70

de dos semanas. De Quique, el otro hijo, el mayor, que desde nuestro viaje a Yolombó, había sido retenido por los abuelos, los padres de Agripina. Ahora estaba en Bello. Todo lo que había aprendido fue la zapatería, de obra y de remiendo. Vivía en un pequeño taller – apartamento en la calle que conducía a Fabricato. Independiente. Sólo, o con cualquier mujer, lleno de trabajo, porque era el zapatero de los obreros que entraban y salían de la fábrica: todero, pintaba avisos para tiendas, con leyendas y figuras, pero todas las figuras que hacía eran de perfil, con bigotes, sin bigotes, calvos, peludos, blancos, negros, pero, viéndolos bien, eran el mismo diseño del rostro. Colores estrambóticos. Yo vi algún tablero de ésos que llevan los camiones de carretera atrás, con leyendas y paisajes dibujados por mi hermano mayor, firmados por él, en mayúscula FZC (que traduce, Francisco Zapata Ceballos), pero a él, le dijeron Quique. ****** Mi madre tuvo hasta su muerte, la misma memoria que yo muestro en este escrito. Murió, a los 86 años, con la misma memoria. Nunca olvidó ni uno sólo de los detalles que tubo que vivir, por parte de su propia madre doña Filomena Ríos de Ceballos, cuando la obligó a que le dejara su hijo mayor, Quique, cuando nos veníamos para Yolombó. Fue un capricho. Un enamoramiento de abuela. Ella, que firmaba Ríos y Palacio, que era blanca, elegante, imponente, orgullosa, y, a pesar de su piedad, mal hablada, parece que dijo, que su primer nieto, Francisco, -Quique-, era mas de los Ríos que de los Zapatas. Porque el niño nació muy blanco, de ojos azules, nariz alta y rasgos que no parecían heredados del bueno de Manuel Antonio Zapata. Por eso la abuela se dio en el trabajo de criarlo. Así lo hizo. Y le resultó orgulloso. Caprichoso. Autónomo. Despectivo con sus hermanos y sus padres, y por eso, Agripina se lo dejó a la abuela, imponiendo élla su voluntad, por sobre el abuelo Manuel Antonio Ceballos, el herrero. Por éso, cuando Quique apareció en Bello, y casi toda la familia Ceballos Ríos se había extinguido en Amalfi, quedando apenas, una hija natural del hijo mayor de los abuelos, es decir, el último de los hermanos, de Agripina, Toño Ceballos; mi madre ni se alegró ni se conmovió, simplemente, le abrió un espacio, mientras se instalaba a trabajar en Bello... (Ven ustedes, porque detesto a los genealogistas?) ****** Una noche de la primera semana de 1944, Chucho llegó a nuestra casa, orientando un camión que llevaría nuestros enseres a una casita situada entre Medellín y el pueblo de Robledo. La casita estaba al borde de la carretera, haciendo parte de un barrio de no más de veinte casas, con paradero de buses, y desde el cual podía uno viajar en bus hasta el pueblo de Robledo, o seguir hacia el centro de Medellín. Ni siquiera recuerdo el nombre de ese barriecito. Pero la casa, aunque no tenía solar, porque 71

estaba sobre un banqueo hecho por el corte vertical de un barranco, tenía suficientes comodidades. Buena agua, buena luz y varios cuartos amplios y bien embaldosados... Estábamos allí, porque le había explicado a mi familia, que la escuela de química, que había funcionado en una casa grande cerca del Liceo Antioqueño, sería trasladada a un hermoso edificio que quedaba más arriba, sobre casi la misma carretera, en un edificio que formaba todo un campus, arborizado, con jardines, una lujosa construcción en concreto y ladrillo, exactamente frente a la famosa Escuela Nacional de Minas, separado de ésta, la más famosa escuela de ingeniería de Colombia, por el ancho de la carretera que, precisamente allí, tomaba la ruta de la vía al pueblo de San Cristóbal. Una región de veraneo y cultivo de flores. Así que, de la noche a la mañana, nos cambiamos de vivienda, a un lugar silencioso, tranquilo, donde yo podía continuar mis estudios en la Escuela, que me quedaba a diez minutos de mi casa, a pie. Lo más curioso es que no sentí pesar por dejar a Bello, un pueblo que me había dado tanto. Así he sido siempre, un poco ingrato. Pero es que pareciera que vivo hacia el futuro... Sin embargo, ahora que recuerdo estas cosas, pienso, si no fuí absolutamente egoísta al proponerle a mi familia el cambio de residencia, buscando mi propia conveniencia. ¿ A quién, distinto de mí mismo, le convenía vivir en ese barrio, al borde de la carretera, lejos de la iglesia, lejos del mercado, lejos del trabajo de Adán y de Eva, sin ningún recurso a la mano? Hoy comprendo claramente que la mayoría de las decisiones equivocadas que tomamos en la vida, obedecen a intereses egoístas. Sufrimos mucho con esta decisión. Gané tiempo, para mis propósitos. Pero todas las personas que me rodeaban se perjudicaron. Me empezaron a hacer falta los amigos de Bello. Desde el negro Chucho, hasta la niña de los ojos verdes. Le robaba tiempo a mis estudios del segundo año de carrera, para leer autores rusos que me traían fascinado: Fedor Dostoyevsky, Nicolai Gogol, León Tostoi, Antón Chejov. En ese año me empezó, sin guía ni consejo de nadie, una fiebre por la lectura que me atacó, sin que me haya podido destruir, porque, al parecer, es la mejor y más rica fuente de vida. Mi forma de leer, desde esos tempranos tiempos y todavía hoy, es muy singular: como lo que he buscado es la belleza, la originalidad, la fantasía, la poesía, el arte puro, sin importarmen para nada las ideologías, el triunfo o el desastre de principios sociales o políticos; leyendo a Dostoyevsky, palpando su pasión por el juego, o sus introspecciones acerca del crimen, por ejemplo, me embelesaban la trama, la creación, el lenguaje psicológico, los sentimientos vapuleados, el dolor, pero sin ponerme a especular en los significados políticos, sociales, religiosos, o de cualquier índole que intente o puedan sacarme de este raro gusto por leer así. Por eso, nunca pude entender los “análisis literarios” que hicieron tantos intelectuales de las misma obras literarias que yo había leído. He detestado los llamados “significados ocultos” que descubren ciertos críticos al leer un libro. Procuro leer libros de significado explícito. No importa que el libro valla claramente contra mis creencias, si tiene una forma de escribir bella, lírica, humana; si su idioma es 72

admirable, si es creativo, etc. Todo lo admiro: Que me cambie interiormente, que me destruya lo que creo, éso es otra cosa. En este sentido, seré eternamente Unamuniano. Por eso, después de haber recorrido un camino tan largo en mi formación intelectual, me preguntan ahora ¿cómo es que usted, con tantos principios científicos en la cabeza, cree aún en Dios?... ¡Vaya usted a saberlo! – le respondo -, y sigo viviendo como soy. ****** Durante el segundo año de mis estudios en química, ahora, bien instalados en la Escuela de Robledo, sucedieron cambios tan importantes en mi vida, que todavía me admiro de que los halla superado. Mis matemáticas me enriquecieron mucho, con el estudio más ordenado y sistemático de los temas clásicos, - con su método mecánico y empírico que se practicaba -, pero aprendí geometría analítica, calculo diferencial e integral, un poco de cálculo vectorial y recibí el primer curso de física con del Doctor Jorge Mejía, quien siendo profesor de la Escuela de Minas, bajaba a pie hasta nuestra escuela, con otros profesores, el Doctor Antonio Durán, el Doctor Villa Carrasquilla quien ya nos conocía, el Doctor Alejandro Delgado, el geólogo Trujillo, etc, etc., pues ese maravilloso vecindario de la famosa Escuela de Minas, con nuestra incipiente Escuela, fue, en términos sinceros, un verdadero milagro... Digo que la ayuda que le brindó la Escuela de Minas a la de Química de La universidad de Antioquia, nunca podrá ser agradecida en su forma adecuada por la Universidad de Antioquia y por nosotros, los egresados de química de las primeras promociones. La Escuela Nacional de Minas, era, entonces, la madre de la ingeniería en Antioquia. No digo que solamente de la enseñanza, digo, explícitamente, de su práctica, en todos los grandes proyectos de la ciudad; en el desarrollo físico de su área urbana, de sus vías, en sus aeropuertos, en su electrificación, en su organización. A muchos amigos les he expresado desde hace muchos años, que el desarrollo, progreso, disciplina de los grandes proyectos de Antioquia, es la obra de sus ingenieros, de sus médicos y de sus abogados. A Antioquia la configuraron y la llevaron a la ruta del progreso, los hombres de la Universidad de Antioquia y de la Escuela Nacional de minas... Sobre la Escuela Nacional de Minas se han escrito obras preciosas, por ejemplo, la del sociólogo Alberto Mayor Mora, llamada “Etica, Trabajo y Productividad en Antioquia” y también, los múltiples trabajos, excelentes y científicos, del Doctor Gabriel Poveda Ramos, cuyo prestigio es nacional desde hace años. Pero yo quiero dejar en estas notas tan personales, sentimentales y precarias, mi reconocimiento personal a la escuela de minas, como quien le mete al bolsillo distraídamente a un amigo, una pequeña tarjeta, donde escribe, gracias. ****** 73

Cuando avanzaba el segundo año, y todos disfrutábamos de ese ambiente de estudio que nos cautivaba, vino la noticia de que el Doctor Alfredo Restrepo, nuestro flamante director, había renunciado a su cargo y que el nuevo director sería el Doctor Antonio Durán, de quien sabíamos que era profesor de química en la Escuela de Minas. Él ofrecía también Química General, y como yo había aprobado bien ésa materia con Restrepo, no tuve después la oportunidad de ser su discípulo. Algunos muchachos amigos míos que estudiaban en la Escuela de Minas, me decían que era muy exigente, pero también olvidadizo, que tenía días, en que el calcio tenía, unas veces dos valencias y otros días, una. ¡Así que inventó el ion calcioso!. Pero, por lo que a mí toca, siempre me trató con amabilidad y simpatía. Era un hombre trigueño, más bien grueso, activo, sencillo y buen organizador. Fue el director de la escuela por varios años y cuando yo me separé de élla, siendo profesor, aún era su Decano. Al Doctor Restrepo lo perdí de vista cuando aceptó ser director de una fábrica de cemento, en el Brasil, y apenas, ocasionalmente, volví a verlo. ****** Durante el segundo año de la Escuela de Química, el Consejo Directivo de la Universidad decretó que desde esa fecha (1944), se llamaría Facultad de ingeniería química. Y como el grupo de los fundadores se había reducido por las causas ya esbozadas, se abrió admisión para nuevos alumnos. Entró un grupo de jóvenes muy bien seleccionados. Recuerdo a Hernán Gómez, Hernán González, Manuel D. Mier, Alfredo Bacci, y, - lo digo sin mucha seguridad – Fabio Gómez, quien había ensayado estudios de Bacteriología en Bogotá y regresó, algo desanimado, de nuevo, a la Universidad de Antioquia. Lo cierto fue que Fabio solicitó habilitar las materias de química, matemáticas y otras, a fin de igualarse con nosotros en el segundo año. Presentó sus exámenes. Los aprobó. Empezó a asistir a los cursos normales y volvimos todos a asistir al espectáculo de su prodigiosa inteligencia. Un día, un día en mi memoria, infortunado, tras una discusión con otro compañero, vi que Fabio perdía de una vez, su juicio y su orden mental... Se apartó del grupo. Llevó sus manos a la cabeza, enrojecido, congestionado y absolutamente ido del lugar donde estaba. No era agresivo. Nunca lo fue. Quería irse del lugar. De pronto, se quiso refugiar en una silla, y se calló al piso. Quisimos auxiliarlo. Trajimos agua. La bebió. Se calmo. Ofreció disculpas y se marcho hacia la carretera, en busca de transporte para su casa. Quedamos, los que sabíamos quien era, desolados... Así empezó su desequilibrio que, pasados los días, le fue diagnosticado por un especialista, como una esquizofrenia. Lo internaron en un sanatorio. Sufrió hasta lo indecible, mejoraba, decaía, una veces me reconocía y otras pasaba a mi lado, indiferente. Yo estaba ya trabajando en Cali como profesor de la Universidad del Valle, cuando me dieron la noticia de que había muerto... Como un sencillo homenaje a su memoria, no 74

volveré a mencionar su nombre en estas notas, aunque su recuerdo me acompañará siempre. ****** En ese año de 1944, la universidad se aprestó a conseguir profesores propios para los cursos de la profesión propiamente. El profesor Aycardo Orozco, un experto en química analítica inició la química cualitativa y cuantitativa. Era un hombre joven, agrónomo, experto en suelos, pero bien informado en el análisis químico en general. Inició el diseño, construcción y dotación de los laboratorios, tanto de su área, como de la Química Orgánica. Dinámico, recursivo, simpático, con una gran vocación de profesor. Con la ayuda del Doctor Duran, en menos de seis meses lograron dotar de los elementos fundamentales, los laboratorios: mesas adecuadas, instalaciones eléctricas, de gas, agua, campanas extractoras de gases etc. La facultad asumió desde entonces el aspecto de una verdadera facultad de química. En este trabajo, la Escuela de Minas jugó un papel fundamental. En las clases teóricas, el Doctor Orozco se exasperaba un poco... Un día, sacó al tablero, a uno de los alumnos que se perfilaba como de una inteligencia excepcional. Hablo de Rafael Giraldo. Un muchacho sereno, calmado, como displicente, pero de una capacidad de análisis, reconocida por todos. Le dictó un ejercicio numérico de química analítica. Giraldo, sin sacar su mano izquierda del bolsillo del pantalón, copió los datos. Los empezó a examinar, despacio, lentamente, el profesor se exasperó. Pero hombre, le dijo, póngale ánimo, y saque la mano del bolsillo que me molesta mucho... Giraldo levantó la cabeza despacio, miró al profesor y calmadamente, le respondió: Doctor, yo no pienso con las manos sino con la cabeza. Además “búsquese problemas berracos, que éste es una pendejada”. Se puso a resolver el problema, explicándolo a todos... El profesor y todos, nos reímos. Perdóneme Rafita, le dijo el profesor, todavía riéndose. Perdóneme usted, profesor, respondió Rafael, a quien, en realidad le decíamos todos así, Rafita. Otro profesor que llegó ese año también, fue el químico Raúl Gualteros. Era realmente doctorado de la Universidad de Lobaina, en síntesis orgánica. Alto, con la cabeza ligeramente inclinada y un tic nervioso consistente en llevarse a cada momento el índice de la mano derecha extendido, a la parte posterior del cuello, como si le estuviera picando siempre una avispa. Nos atormentó con las reacciones de Grignard, hasta que nos supieron a cacho. Escribía con una bonita letra en el tablero. Dibujaba muy bien los hexágonos del benceno, y golpeaba el tablero con su índice extendido, el mismo que se llevaba al cuello, recalcando las condiciones de la reacción o los catalizadores usados. Serio con los estudiantes, imponía con su sola presencia respeto y disciplina, pero era atento, respondiendo con gusto a las preguntas. 75

Creo que fue hacia el final del año, cuando llegó a la Facultad, el Doctor Luis Pérez Medina. De mediana estatura, más bien pequeño. Elegantemente vestido. Pálido. Bien afeitado. Serio. Doctor de la Universidad alemana de Gotinga. Allá recibió su Doktor con K, en síntesis orgánica. Pasó a los Estado Unidos de Norte América, a la Universidad de Wisconsin, y también recibió allí, su PhD. Una autoridad en química orgánica. Huilense, pero ya sin acento. Culto, amable, de un don de gentes que nos fascinó, y sus clases, un modelo de órden, claridad, amenidad, de un humor incomparable. Fué el primer investigador en química que tuvimos en la Facultad. Al Doctor Pérez Medina le tocó ver las olimpiadas mundiales de 1936 en Alemania, y nos contó que la delegación Colombiana, que él fue a saludar, “eran unos negritos flacos, que no ganaron ni una medalla. En lugar de enviar a unos mocetones bien plantados, altos, así no hubieran, tampoco, ganado ningún trofeo”. Seguíamos, claro esta, en la Segunda Guerra Mundial. El nunca dió signos de ser Nazista, pero como “el que entre la miel anda, algo se le pega”, como dice el refrán, debió sufrir el impacto de la propaganda y de los desfiles de los jóvenes alemanes, ellos sí altos, rubios y engreídos, quienes, a su vez, fueron avergonzados ante el mundo por el negro J. Owens, de EE UU. ¡Cosas de los tiempos!... El doctor Pérez fue uno de mis primeros socios, en una compañía de fabricación de gelatina comestible que tuve el honor de promover, en mi primera aventura industrial, unos cuatro años después de haberme graduado de ingeniero químico. “Fábrica Nacional de Gelatina” se llamó: “Fanagel”. Pero también nos contó que, cuando ya estaba terminando su carrera de Química en Alemania, un profesor los llevó a una fábrica de medicamentos. Que al entrar, los hacían pronunciar una frase especial, por un micrófono, y si el experto de adentro notaba que el visitante era extranjero, cualquiera que fuera su país de origen, guardias especiales le impedían el acceso. Que él había sido autorizado a entrar a la fábrica. Así era pues, de perfecto su Alemán. Pero que otro día, en otra fábrica, después de ser autorizado para continuar la visita, un guardia preguntó, al verlo entre el grupo de alemanes: “y ése paliducho, pequeño, ¿es también alemán?. Para nosotros, estudiantes principiantes, en una pequeña Facultad de Química que apenas se iniciaba, en 1944, hace más o menos 60 años; en una ciudad que no alcanzaba los 300.000 habitantes; en un país subdesarrollado de América Latina, estas historias, estos relatos hechos por una especie de Marco Polo, - para nosotros -, que tan amablemente respondía a nuestra ingenua curiosidad, nos deslumbraban. Imaginábamos, cómo serían esas ciudades de que nos hablaba, esos edificios que la guerra destruía, esos pueblos en éxodo, y esas armas diabólicas, conque, según escribió Heminguay en su vieja novela “Al otro lado del Río...”, las señoras de los generales creían, en sus tardes de te, acabarían con todas las guerras en un segundo”. El Doctor Pérez Medina para nosotros, empezó a ser una especie de Mago, y, en el folclor paisa, un 76

hombre verdaderamente “ayudado”... No nos defraudó. Fue verdaderamente un maestro de grata recordación para todos. Elevó el nivel y el nombre de la Facultad. Quienes siguieron su especialización, gozan hoy de prestigio. ****** Aunque por el año de 1944, la Facultad Nacional de Minas era un modelo de Escuela de Ingeniería en Colombia, y otro tanto se puede decir de las Facultades de Derecho y de Medicina de la Universidad de Antioquia, lo cierto es que nuestra Escuela o Facultad de Química era, todavía, un ensayo sin ninguna definición de carácter profesional... Estudiábamos sus alumnos cursos de química, como porque de química era el nombre que llevábamos. Estudiábamos matemáticas y física, por que también llevábamos el nombre de ingenieros, pero, sinceramente, vista a la distancia, era como una hechura confeccionada al gusto de los ingenieros civiles, de las intuiciones algo caprichosas de Alfredo Restrepo, y, en síntesis, sin una filosofía profesional clara... ****** La persona que centró la Facultad, esa persona que le dijo: ésto es Ingeniería Química. Ésto, es Química pura. Esto, Química industrial clásica, etc. Dándonos filosofía, quiero decir, lenguaje, objeto, derroteros, perfiles intelectuales, asignaturas apropiadas, y un espíritu de competencia que nos colocó en la primera línea de la ingeniería química en Colombia, fue, afortunadamente, un profesor Chileno, formado como ingeniero químico en los EE UU. Con título de PhD en tal ingeniería, un hombre como iluminado, como electrizado, activo, nervioso, ejecutivo, honesto, riguroso, y, para mí, el primer apóstol de mi profesión que conocí. El amor, el orgullo y el profundo sentido de pertenencia que toda mi vida profesional he mostrado hacia mí profesión, sin desviaciones hacia la administración industrial, ni hacia la economía industrial, ni a hacia las ciencias o tecnologías de cualquiera otra índole, sino presentando sencillamente mi modesto título de ingeniero químico, de la Universidad de Antioquia, se lo debo todo al Doctor Guido Horquera, de quien hace rato estoy hablando. El profesor Horquera fue un hombre de regular estatura, blanco, de frente amplia, vocalización clara y enfática, ordenado como un buen diccionario, hábil para calcular, que no presumió nunca otros conocimientos que los de su profesión, que fueron muy profundos. Nos ofreció, él sólo, pues no había otro profesor entre los muy capacitados químicos que habían llegado, otro siquiera que conociera su campo. Así que se propuso enseñarnos los fundamentos de la ingeniería química a través de materias para nosotros nuevas: Balances de materia y de energía, los fundamentos de las Operaciones Unitarias, que entonces era el corazón de la profesión; elementos de termodinámica industrial y rudimentos de diseño de quipos... Serio. Exigente, respetuoso en el trato y trabajador hasta el límite de la resistencia humana. Diseñó un papel 77

especial, que hizo timbrar, parte, cuadriculado y parte en blanco, en el que debíamos entregarle, todos los lunes los problemas de sus materias (cuatro o cinco problemas) por semana, cuya calificación hacía parte de la nota mensual. De modo que su trabajo consistía, no solamente en las exposiciones de clase, con varios ejemplos, sino también en la calificación de los trabajos de los alumnos, que entregaba llenos de correcciones a mediados de cada semana. Al terminar el segundo semestre de trabajar al ritmo descrito, solicitó un ayudante. Estaba agotado. El Doctor Durán le pidió que abriera un concurso entre los estudiantes que le habíamos ganado sus cursos. Pero era autoritario. Escogió, obviando el concurso, al autor de estas memorias. Con él trabajé en el oficio de corrector de los trabajos de casa, de los siguientes alumnos, hasta su retiro de la Universidad a mediados de 1946. Volvió a los EE UU de Norteamérica, pero ya había sembrado muchos árboles en un campo que, para su gloria y memoria, resultó fertilísimo. ****** El recuerdo del trabajo y labor del Doctor Horquera, me ha inspirado siempre. En la vida, la dedicación al desarrollo honrado de un propósito, silenciosamente, calladamente, deja en la comunidad muchos mayores efectos, para el bien de todos, que el exhibicionismo, la auto propaganda, y esa vanidosa promoción que, generalmente, resulta transitoria y olvidable, cuando no es el camino más fácil de hallar, por muchos medios, la destrucción del primer objetivo propuesto. Sé que esta inferencia puede parecer, y es, en efecto, moralista. Pero el frecuente abuso de los modernos métodos de comunicación, la fotografía diaria de la primera página de los diarios y de las revistas, de personas que, al término de su actividad, no pueden mostrar sino eso, viene haciendo de nuestra comunidad nacional, un país carente de propósitos serios. El verdadero significado de la obra del profesor Guido Horquera, no se encuentra en recortes de prensa. Reside y se multiplica, en la conciencia de sus discípulos y en la de los discípulos de sus discípulos, así, los jóvenes que hoy profundizan en los secretos de la ingeniería química en nuestro país, no hayan oído jamás el nombre de Guido Horquera. ****** Por el mismo tiempo que estoy recordando, vino a la Facultad de ingeniería química de la Universidad de Antioquia, un ingeniero Alemán llamado, Kurt Karner, Austriaco, joven, vigoroso, culto, hombre sencillo y adaptable, como si fuera la pura antítesis de esa imagen que, durante la Segunda Guerra Mundial, el mundo entero se había formado de la juventud alemana. El Doctor Karner aún vive. Fue mi maestro en alguna rama de la ingeniería química, (concretamente, en fenómenos de absorción y adsorción). Es experto, con formación alemana, en casi todas las áreas de ésta ingeniería. Rápidamente formó su hogar con una distinguida dama 78

Antioqueña, y su descendencia comparte su vida, como él, en Colombia y en EE UU. A parte de sus profundos conocimientos en su profesión, Kurt es un políglota; un día, todavía en la Universidad, confidencialmente, me dijo: “si a mí me preguntaran, en definitiva, ¿ qué es lo que usted mejor conoce, Kurt?. “Respondería en voz baja, Inglés”. A un pequeño grupo de sus alumnos nos ofreció, gratuitamente, lecciones de Alemán, porque para él, tal idioma era indispensable para la Química. El Doctor Karner fue el complemento del profesor Horquera en la estructuración, filosofía y desarrollo de la ingeniería química en nuestra Universidad... Continuó la obra de Horquera, agregándole sus propias cualidades de universalidad, rigor y cultura. ****** Por varias circunstancias presentadas en nuestra Facultad, como fueron, la ausencia temporal del Doctor Jorge Mejía, el más aclamado profesor de Física, cálculo, mecánica y resistencia de materiales, que entonces eran cursos de nuestro PLAN de estudios; y el incremento casi exponencial de alumnos en los años inferiores, y, además, el retiro del Doctor Horquera, hacia 1946, el Decano, Doctor Antonio Durán tuvo que apelar a profesores jóvenes para algunas materias. Tuve el honor de ser llamado por el Decano y el Consejo de Facultad, para atender, como instructor, a varias cátedras, aún sin completar mis estudios: física general, en primer lugar. Beneficio de minerales, por otra. ¡Cosas de las circunstancias!. Este curso le pertenecía por derecho propio, al PhD., Hernán Garcés González, un brillante ingeniero de minas que había regresado de los EE UU, especializado en tal campo y que nos había dictado ese curso, como otra de las inapreciables colaboraciones de la Escuela de minas con nuestro aún no corregido programa... No sé, si por ser yo el hijo de un minero, que determinó en mí un amor grande por las piedras de la Tierra, o porque había entendido y estudiado con gusto las lecciones ofrecidas por el Doctor Garcés, o porque comprendí que un país rico en rocas y minerales, los procesos de su beneficio eran (y son) muy importantes, me fue ofrecido y acepté seguir el programa general que el mismo profesor Garcés había diseñado. No sería la última vez que en mi larga vida de profesor, me vería abocado a cumplir compromisos similares. La verdad fue que en esos lejanos años, tuve que conseguir y leer libros que aún conservo, sobre un tema que sigue pareciéndome hermoso y útil... Pero hay más. En su esfuerzo por conducir ése, ahora grande y pesado tren de la Facultad, el Doctor Durán me encargó también, de un curso sui géneris, propio de esos tiempos, llamado, Nomografía y Cálculo gráfico. No era ésta, una materia difícil, pero sí muy útil. Comprendía el manejo de datos empíricos de ingeniería, obtenidos por experimentación, o análisis teórico de ecuaciones ya existentes. El manejo de tales datos comprendía: construcción de ecuaciones y gráficos de los datos. Construcción de Nomogramas, y obtener inferencias lógicas de tal información. En esos tiempos, los estudiantes de ingeniería trabajábamos con las famosas Reglas de Cálculo, 79

(aún conservo la mía, Dúplex Log-log, como un recuerdo). El progresivo desarrollo de los medios mecánicos, eléctricos y electrónicos de cálculo, hicieron obsoletos, no solamente la querida Regla de Cálculo, sino, también, la dicha materia, que, en mi juventud, me agradó tanto. No obstante tantas responsabilidades personales con mi Facultad, logré terminar mis estudios reglamentarios para optar al título de Ingeniero Químico en 1947, con otros diez excelentes amigos y colegas. Claro, al terminar mis estudios, quedé engarzado con mis responsabilidades con la Facultad. El Doctor Durán había aprobado mi nombramiento como profesor de la Facultad, y en el curso de cinco años justos de trabajo duro, puedo decir, que había adquirido una formación como ingeniero químico, aceptable.

VI
Aunque mi vida personal y familiar había mejorado un poco, no solamente a causa de mi corto salario como instructor en la Facultad, sino también porque mi hermana Eva, había logrado conseguir un modesto puesto en el Municipio de Medellín, como secretaria en alguna de las dependencias de las Empresas Públicas Municipales; Adán, seguía trabajando en alguna pequeña empresa de carácter comercial y seguía, para su gusto solamente, tocando su lira, su guitarra y soplando su dulzina. Jóse y mi madre, al frente del hogar. Nos habíamos cambiado de casa. Hacia 1948 vivíamos en un lejano barrio de nombre San Javier, en La América, un barrio popular de Medellín. Allí tenía mi alcoba independiente, que por razones de mi oficio e indeficiente afición a la lectura, fui llenando de libros. Trabajaba en la Facultad de ingeniería como instructor de Física y Fisicoquímica, solamente. Esta última materia, había corrido con mala suerte desde el primer curso, que se ofreció en el tercer año de la carrera. Tuvo varios profesores que yo recuerde: Un muchacho, Master de los EE UU., precisamente del Instituto Tecnológico de Massachussets, quien la ofreció a mi grupo. Era hábil para resolver problemas, pero mal expositor de los temas. Pronto dejó la Facultad para dedicarse a la industria. Apareció también un científico ruso, llamado Alxis de Yakimac, contratado por la Universidad, también en EE UU. Pronto los alumnos percibieron que apenas sabía saludar en castellano. Por lo demás, no comprendía ni mu, como se dice. Alto, blanco como una porcelana blanca, serio, orgulloso o tímido, o quizás, sin nada que decir en el idioma de Cervantes. Adoptó el método de poner a los alumnos a explicar determinados capítulos de un libro de Fisicoquímica en inglés, de un profesor de apellido Millard. En ese tiempo, un texto muy apreciado. Pero existían varios 80

problemas para el desarrollo de su método. En primer lugar, muchos de los alumnos no eran capaces de leer un texto en inglés; segundo, tampoco existían entonces textos de Fisicoquímica traducidos al Español; y, por último, nuestros estudiantes, en general, siguen la línea de la menor resistencia, y un curso en el que ellos sean los únicos responsables de su aprendizaje, lo abandonan irremediablemente. Fue lo que le sucedió al Doctor Yakimac. Se contaban de sus clases, anécdotas deliciosas. Que algún estudiante pasó al tablero a exponer un capítulo de Termoquímica. Dijo cuatro frases del tema, enfatizando los términos, mientras escribía varias ecuaciones químicas. Luego, se puso a contarles a los compañeros un cuento verde. Todos los compañeros se rieron, y el Doctor Yakimac, por primera vez, se levantó de su asiento. Felicitó al alumno. Lo abrazó, y de ahí en adelante, el alumno fue el héroe del grupo. A los pocos meses, el profesor ruso dejo la Universidad. De modo que antes de iniciarse el curso de Fisicoquímica, el Decano me pidió que, por favor, sacara de ese atolladero a la Facultad, encargándome de la Fisicoquímica y la Física solamente. ****** Tuve para prepararme, las vacaciones largas entre 1947 y 1948. Cuando, en Febrero de 1948, entré al salón de clases a ofrecer mi primer curso de la susodicha materia, había estudiado ya, en tres libros los principios de élla. Había estudiado en el famoso libro del profesor Samuel Glasstone, llamado, Text-Book of Physical Chemistry, casi todo el programa. Me había detenido a trabajar por muchos días y noches, los problemas propuestos por el Doctor Millard en su libro respectivo. Y conocía ya bien el texto que se había impuesto en la facultad, de Prutton y Maron, fundamental Physical Chemistry. Creo, honestamente, que el curso fue aceptable para mis alumnos. Así empezó mi verdadera carrera de profesor, que ejercí durante cerca de cuarenta y dos años. ****** Muchas veces me he preguntado, qué es ser profesor. No es la primera vez que me formulo esta pregunta. En su respuesta me ha parecido importante diferenciar entre las cualidades de las personas que llegan a ser profesores y las funciones que tiene éste oficio. Quiero consignar aquí lo que he pensado sobre ambos aspectos: En primer lugar y desde el punto de vista de la persona, creo que un profesor es alguien a quien le gusta enseñar lo que sabe. Pero para ello, debe poseer ciertas aptitudes personales, que lo califican para el oficio. Pienso en: claridad y fluidez en la expresión oral. Ni persona precipitada en el discurso, ni tan lenta, que no encuentre las palabras. Persona que no lleve las pausas hasta el silencio prolongado y deje al auditorio en suspenso. Ni apabulle al auditorio con palabras, como con el fin de confundirlos. Que sea bien hablado. Recursivo en el lenguaje. Con sentido 81

de fino humor, de preferencia, y capaz, por lo menos de sonreír con ánimo, ante las situaciones que verdaderamente lo merezcan. Es clásico el cuento del tartamudo a quien no le dieron el puesto de locutor porque tenía sus pies planos. Esos profesores que hablan como desafiando al auditorio, o mirando a los alumnos como con ira, los tuve, y me parecen detestables. Aquel que no permite que lo interrumpan, así sea con preguntas elementales, no es un buen profesor, claro, si no es una burla reiterada... El orden, la disciplina, jamás se consiguen con gritos. La exposición de cualquier materia ante un auditorio, debería ser siempre un diálogo ameno. Una especie de comunicación con ideas, capaz de estimular la inteligencia en ambos sentidos. Respecto del oficio mismo, he pensado, que toda materia o asignatura, de un Plan de Estudios, es, por su propia inclusión en el plan, importante. Si no lo es, serán los profesores y los alumnos, los que llegan a la conclusión de que debe cambiarse. Ahora bien. La diversidad de los conocimientos, es lo que fundamenta las especializaciones, y éstas se escogen, de acuerdo con las aptitudes individuales. Por ejemplo, todos los ingenieros estudiamos física, pero no todos dedican su vida a aprender física. Un alumno de ingeniería química, estudia termodinámica, transferencia de calor etc., pero por circunstancias particulares, o por aptitudes, dedica su vida al estudio, investigación, o práctica de los procesos químicos, que también pertenece a su plan de estudios. Entonces, el profesor, procede así precisamente. Le gusta una materia, un campo, y en él quiere desenvolver sus aptitudes. El autor de estas notas, desde que recibió por primera vez las lecciones iniciales de la fisicoquímica, y tuvo luego, por las circunstancias ya esbozadas, la oportunidad de enseñar esa materia, le pareció fascinante, y en ella se quedó, explorando sus campos por toda su vida útil. Las personas que me conocen, saben que no alcance un nivel de altura universal en la fisicoquímica, pero nunca, tampoco, me consideré, ni mis alumnos me consideraron una nulidad en mis cátedras; salvo, claro esta, a aquellas personas a quienes les fui antipático, que afortunadamente, no fueron muchas. Antes de ocuparme de exponer las cualidades generales del oficio de enseñar, quisiera explicar brevemente, por qué dedique mi vida universitaria principalmente, a la fisicoquímica. ****** La fisicoquímica es una ciencia universal. Una especie de micro cosmos. Es una exposición sistemática y ordenada, de las principales propiedades físicas y químicas de la materia. En el fondo, participa de esa cualidad fáustica del mundo, y tal vez en éste aspecto, me cautivó desde mi primer curso. Después comprendí que era, en síntesis, como el ABC de las ciencias. Nació como un resùmen de los adelantos de la química, y de la física a fines del siglo XIX, y fue creada por el Doctor Wilhelm Ostwald, una de las cabezas visibles de la ciencia alemana de su tiempo. Concretamente expone, con mayor o menor detalle el desarrollo de la estructura del átomo y los mecanismos de la formación de las moléculas. 82

Los estados de agregación de la materia: teoría y conocimientos del estado gaseoso, lo poco que se sabe del estado líquido y la formación y estructura de los sólidos. Analiza las reacciones químicas en toda su extensión, desde las causas termodinámicas de éllas, pasando por la velocidad a que suceden, y los mecanismos electrónicos de la formación de nuevos compuestos, etc. Se ocupa de los estados disueltos de las sustancias iónicas y no iónicas; los coloides etc. Si se profundiza en los pormenores de estos procesos, lo que se percibe es como la filosofía de la ciencia de la materia y ésto, para un verdadero científico, es lo que apasiona de la fisicoquímica. ****** ¿Cómo exponer ante estudiantes primerizos el programa anterior? tomando la fisicoquímica como un buen ejemplo del método general de exposición, se pueden hacer algunas observaciones: (a) La noticia histórica del origen y desarrollo de la ciencia es conveniente. (b) El énfasis en la matemática necesaria para comprender los temas, es muy conveniente. (c) Destacar la posición y relaciones de la materia en el conjunto de los conocimientos, es útil. (d) Destacar su utilidad en todo sentido, ayuda. La claridad, precisión, la búsqueda de ejemplos motivantes. La resolución de problemas no obvios. Resaltar los campos más importantes donde la fisicoquímica entra etc., todo esto ayuda a la comprensión y motivación del alumno. ****** El desarrollo de mis cursos en la facultad, pues, era, normal. Pero, el nueve de Abril de 1948, a la una y media de la tarde, se escuchó la noticia de que el Doctor Jorge Eliécer Gaitán había sido asesinado en Bogotá. Nunca fui un político. Pero dentro de mi silencio, jamás he sido indiferente a la suerte de Colombia. Descendí de la secretaría de la Facultad, en el segundo piso, precipitadamente al primero, sin mis libros, como un loco, buscando el transporte a Medellín. Recuerdo, como si fuera hoy, que en mi carrera topé con un profesor auxiliar, joven de Minas, a quien apenas le había hablado alguna vez y le comunique angustiado la noticia. Me miró un poco despectivamente y me dijo: “cálmate. Ahora el presidente Ospina Pérez apacigua toda protesta”. Siguió sin inmutarse, ascendiendo la cuesta que lo llevaba a su Facultad, la de Minas. Nunca supe la ideología de ese ingeniero, pero hoy me parece verlo, tranquilo, de traje gris... Llegué a mi casa después de observar el caos que se había formado en las calles de la ciudad. Por recomendación explícita de mi madre, permanecí en mi casa escuchando las noticias de Bogotá, que contaban la reacción del pueblo por el crimen. Ante todos los peligros que amenazaban, la Universidad decretó cese de actividades hasta nueva orden y yo me refugié a leer en mi casa. 83

En esos días recibí la respuesta a una carta que había escrito, como por no dejar, a un anunciador de El Tiempo, en el que solicitaban, de un cierto ingenio azucarero, a un ingeniero químico joven. En verdad, todavía no me había decidido absolutamente, a ser, por toda la vida, un profesor universitario. Fue sobre esa base que antes del nueve de Abril había respondido al aviso. La fecha de la respuesta que recibí, también era anterior al día de la tragedia. Me pagaban una entrevista en Bogotá, con un señor de nombre Ramón Muñoz Toledo, y daban en la carta la dirección de la oficina –Gerencia del Ingenio Central San Antonio. Puse un telegrama al señor en mención diciéndole que viajaría a Bogotá a la entrevista inmediatamente se calmaran los ánimos en la capital. Tuve que leer en mi casa, por cerca de veinte días. Una mañana viajé en Scadta, la compañía de aviación, a la capital, que en verdad, no la conocía. Había visto en los periódicos y revistas, fotografías de ciudades Europeas bombardeadas durante la guerra, pero tales fotografías, fuera porque estaban situadas en otros países o porque nunca las había conocido, me impresionaban, pero nunca me llevaron al paroxismo. Tampoco había visto antes a Bogotá, pero al llegar a ver el espectáculo de sus calles y edificios destruidos, casas todavía humeantes, gentes aterradas como yo, algunas llorando; niños mugrientos reburujando los escombros, y aquel espectáculo de desolación y miseria, me detuve en una esquina y lloré en público, sin importarme nadie en absoluto. Había llegado el día anterior a una pensión que me habían recomendado, y por temor, resolví que esperaría al día siguiente para buscar la dirección. Un señor a quien le pregunté dónde quedaba la dirección que le mostré, me orientó a las oficinas. Me recibió el mismo señor Muñoz Toledo: alto, muy alto. Elegantemente vestido. Atento. Me hizo seguir a su despacho y me felicitó por mi decisión y valentía. “Así son los Antioqueños, señor Zapata, por eso están donde están”. Yo apenas había visto en Medellín, a algún Bogotano. Y éste era uno legítimo. Hablamos, me preguntó si era de Medellín. Le dije de dónde era y, después de ponernos de acuerdo en todo, me pidió que volviera al otro día para que conociera el Ingenio... Al día siguiente llegué a su oficina antes de las nueve con mi maleta, que contenía todos mis haberes: dos pantalones, dos camisas, dos vestidos interiores, medias, crema de dientes y tres pañuelos. Por eso la podía llevar debajo del brazo... El ingenio estaba situado antes del pueblo de Viotá. Adentro de la carretera. Por lo que vi era una fábrica vieja, con un pequeño grupo de casas bien cuidadas, un restaurante grande y varios patios. A su alrededor, cultivos y cultivos de caña sobre lomas y campos que me parecieron secos y estériles. Me presento inmediatamente que llegamos a un Señor de mediana estatura, atento, llamado Ramón Escobar, era el jefe de producción del ingenio, y al señor Ángel María Rodríguez, administrador del ingenio. Este era alto, también simpático y expresivo. Después del almuerzo, me llevaron a ver las casas del ingenio, en una de las cuales estaba la que yo ocuparía con alguien a quien llamaban el gringo. Se despidieron, deseándome muchos éxitos en mi trabajo que, hasta ese momento, no sabía cuál sería... Acomodé mis cuatro 84

trapos en una pieza desocupada y me tiré en una cama limpia, amplia y bien tendida. Me quede dormido. Serían las cinco de la tarde cuando me despertaron las pisadas de un muchacho que, además de unas botas empantanadas, llevaba puestos unos zamarros de cuero carmelita... Me saludó, inclinándose para darme la mano, pues no tuve tiempo de levantarme. Rodó una silla vieja hasta el borde de la cama y me dijo que era el jefe de los campos de cultivos. Que era Suizo, que había aprendido el cuidado y cultivo de la caña en el Brasil. Hablaba aceptablemente el castellano aunque con algunos errores de pronunciación. Era rubio, de estatura regular, rojo como un camarón y cuando le dije que yo era ingeniero químico y antioqueño, me comentó: Un verraco, pues – echándose a reír... Se llamaba Felipe Dunnan, llevaba apenas seis meses en el ingenio, y había trabajado antes en el Tolima. Esa noche, antes de ir al comedor, me preguntó inesperadamente si le enseñaría cálculo, porque tenía muchos deseos de aprender cálculo. En el comedor no hablamos de otra cosa, sino de cálculo. Le dije que no tenía conmigo ni un solo libro, y tampoco de cálculo. Pero, al volver a la casa, me llevó a su cuarto, que estaba al otro lado del mío, separados por zaguán. Allí me mostró varios libros en Francés y otros en Inglés, mostrándome un grueso libro de cálculo en Francés. Le dije que con mucho gusto le podía dar clases de cálculo, pero una vez que supiera lo que iba hacer en el ingenio. Análisis, me dijo. Ahí tienen el manual de Spencer, que es la guía. Yo no ni había oído mencionar el tal manual... Recordé algo que en verdad me venía atormentando. Era cómo avisar a mi madre en Medellín, que yo estaba instalado en el ingenio. Llámala desde aquí, me dijo. Y esa misma noche, hablé con Agripina en Medellín, explicándole todo. La casa de la América tenía teléfono, cosa que ninguna de las anteriores tenía. Desde el corredor de la casa, hablamos esa noche, Felipe y yo, como hasta las doce de la noche. Me contó que por dos años fue guardia de frontera, motorizado, vigilando una parte de una carretera entre Suiza y Francia. Que le podía dar a un blanco móvil a ochenta metros y que en 1946 había viajado al Brasil... Fue Felipe Dunnan el que me indujo a fumar en pipa por primera vez. Me regaló una pipa en perfecto estado, pequeña, recta y elegante que había sido de su abuelo, y me obsequió las primeras cargas. De esas fechas data mi vicio de fumar en Pipa. ****** La zafra en el ingenio duró apenas cinco meses. Luego que terminó, se iniciaron la limpieza, reparación y ajuste de los equipos, en los que colaboré de muchas formas. Felipe dedicó su tiempo a acondicionar los campos, para la nueva cosecha y teníamos tiempo de viajar a caballo a Tocaima, hacer concursos de tiro, fumar pipa, tomar algunas cervezas, dar clases de geometría analítica y principios de cálculo diferencial e integral, y yo, ir de pronto a Bogotá a comprar libros para leerlos en las largas noches de desvelo y pensamientos acerca de si esperaría la nueva zafra, o si 85

volvería a Medellín. Don Ramón Muñoz me invitó un día a que lo acompañara a la fábrica de Cementos Apulo, y para que yo conociera la fábrica de Eternit, a la que él estaba asociado. Pero ni el buen ambiente que tenía el ingenio, ni varios estímulos que me ofrecieron, pudieron detener mi propósito de dejar el ingenio. Así que aproximadamente en el mes de Marzo de 1949, renuncié y partí para Medellín… Desde mi casa le escribí a un gran amigo mío, colega y gran Señor, Manuel Toro Ochoa, cuya dirección tenía, y él me orientó hacia la industria Indurrayón, en Barranquilla, a donde fui a parar, a hacer turnos, al borde del río Magdalena, a temperatura de 38ºC y una humedad relativa de 80%. Quiero decir que el infierno estaba allí cerca. Uno intentaba tomar la sopa del almuerzo y nunca terminaba, porque los chorros de sudor volvían a llenar el plato. Duré unos cinco meses allí. Aprendí el proceso de Rayón Viscosa, con el que se producían esas telas brillantes que usaban las putas. El trato que los ingleses nos daban a los técnicos Colombianos, era igual al que recibe un perro sarnoso en un matrimonio de ricos. Nunca he podido olvidar a un Tal Señor Chaco, administrador Colombiano, quien hizo llenar la copa de unos quince ingenieros y químicos colombianos, quienes, un día, me encomendaron a mí para que escribiera una carta de renuncia colectiva, dirigida al Señor Chaco precisamente. Pasado unos días nos mandó llamar. Dijo sentir mucho que nosotros no le hubiéramos informado de tantos motivos de disgusto como manifestábamos en la comunicación. Dijo que los Directivos de la Empresa aceptaban nuestra renuncia. Pero agregó, que nos pedía el favor, a mí y a otro colega, que nos quedáramos para hablar con él… Yo me presenté primero a su despacho. Me dijo que él lamentaba mucho el que hubiera firmado esa carta tan injusta. Le respondí que yo mismo la había redactado. Que tenía ejemplos de actitudes todavía más canallas, con pruebas, que no las había escrito en la carta, y le dije que él estaba cohonestando hechos vergonzosos en esa industria. Puso el lamento en el cielo. Yo lo dejé hablando. Al día siguiente viajé a Medellín. Era, creo, el mes de Noviembre de 1949… Como era ya final del año, resolví ponerme a leer, Guerra y Paz, de Tolstoi, y, hundido en ese mar de belleza histórico-literario, termine el año. XXXX A principios de Febrero, llamó a mi casa, una señorita, secretaria de la Decanatura de la Facultad de ingeniería química. Dijo que el doctor Durán quería hablar conmigo. Estábamos en 1950. Esperé hasta el miércoles en la mañana y me presenté al Decano. Me ofreció sin mucho preámbulo el curso de Fisicoquímica otra vez, diciéndome que se alegraba de que estuviera de vuelta. Acepté, volviendo a completar mi tiempo completo con el curso de Física. Pero Rafael Giraldo y yo, habíamos estado conversando acerca de una idea que un agente vendedor, de apellido Restrepo, nos había sugerido. Era la de explorar la posibilidad técnica de fabricar colapiscis en placas, para confitería y cápsulas farmacéuticas. Nos pusimos a ensayar la fabricación, en un garaje que arrendamos; diseñamos la fábrica más primitiva y económica posible: un tanque de envejecimiento de “Cachetes” de piel que no ofreció el gerente de 86

Curtimbres de Itagui. Un auto clave de hierro calentado con vapor. Un secador de túnel con ventilador y radiador. Un quemador de azufre para deodorizar la solución de gelatina y un trabajador, que fue el alma de todo. Las primeras películas de gelatina, sin olor, ni sabor, secas, las ofreció Restrepo en varias salsamentarías donde vendían las extranjeras. Se vendieron como pan caliente. Rafaél era entonces, el alma de unos laboratorios farmacéuticos que él estaba resucitando. Por eso no podía sino dedicar poco tiempo al proyecto. Al ofrecer el mismo el producto fabricado por nosotros, a los laboratorios farmacéuticos llamados Geresco, a su gerente le interesó el producto, y le pidió al vendedor que le consiguiera una entrevista con los fabricantes. El gerente, fundador y copropietario de Geresco, era el doctor Joaquín Escobar Alvarez. Doctorado en Farmacia de Bélgica, profesor, y Decano de la facultad de farmacia del a U. De A. Un señor a quien había visto alguna vez. Un señor que me llevaba a mí, en estatura, cuarenta centímetros de ventaja. Es decir que medía dos metros. Y, como él me contara más tarde: que un limosnero llegó a su casa pidiéndole una ropita. Alguien de la casa le obsequió un saco ya abandonado por el doctor Escobar. Se ajustó el limosnero el saco a su cuerpo, y exclamó: “¡he, avemaría doctor, con este saco para que calzones”! Era un hombre bueno, amable, simpático, bien educado, emprendedor y de una familia de pioneros industriales. Es una de las personas a quien recuerdo con más admiración. Aunque todos nos alegramos con la noticia llevada por el vendedor Restrepo, Rafael Giraldo (Rafita), me expreso que él de ningún modo podía continuar en la promoción del proyecto, a causa de sus compromisos adquiridos con la empresa a que servía. Me autorizó, pues, a que yo sólo continuara con la idea. Abreviando: de mis entrevistas con el doctor Escobar Alvarez, surgió una industria de gelatina, la primera, creo, que nacía en Colombia. Se nombró FANAGEL, fábrica nacional de gelatina. Se construyó edificio propio. Se importaron equipos de Alemania y de los EE. UU. se produjo, con toda la técnica, Gelatina comestible y fue un éxito, hasta que en 1954, se autorizó la importación del mismo producto, de Argentina y México y hubo que venderla, a unos fabricantes de detergentes, todo el montaje, sencillamente, porque no se pudo competir con el mercado externo. XXXX Mis cursos en la facultad marcharon, hasta 1955, muy bien. Pero hacia el fin de este año, una tarde, llegó a mi casa, (vivíamos entonces en la carrera Popayán, arriba de la facultad de Medicina de la Universidad de Antioquía), el ingeniero químico Gabriel Poveda Ramos, preguntado por mí. Yo estaba en la facultad, y él quedó de volver más tarde. Volvió. Conversamos. Yo no lo conocía y creo que él tampoco a mí. Me habló de la Universidad del Valle, en Cali. La Univalle había iniciado labores, hacía en ése momento, diez años. Pero, a pesar de su juventud, el doctor Poveda se 87

había vinculado a esa Universidad con un entusiasmo, con una fé, que me los comunicó casi inmediatamente. Yo sentía a la vez, por la Universidad de Antioquia, un amor, casi infinito. Lo que ella me había dado a lo largo del bachillerato, lo que me había inculcado, lo que había aprendido en la Facultad de ingeniería química; el orgullo que sentía por ser un egresado suyo. Después recordé que todo lo había conseguido gratuitamente, allí, donde lo único que me pidieron fue atención y esfuerzo mental para aprender, y estar ahora, vinculado con éxito a ella, desde cátedras que me honraban, y de las que nadie me estaba desplazando, ni solicitándome que las abandonara; digo que, al escucharle a Poveda su oferta de que me fuera a trabajar al Valle en los mismos cursos que estaba ofreciendo en la U de A, me puso a pensar seriamente. Por supuesto, el doctor Poveda me demostró, en ese amable diálogo que sostuvimos, que era mucho más inteligente que yo, al lograr convencerme de mi traslado, a pesar de mi “sentimental” resistencia. En efecto, algo como esto, me dijo: “La Universidad de Antioquia, ciertamente, no necesita tanto de sus egresados, por brillantes que sean, como sí los necesita otra Universidad que apenas se inicia, en una región que, tardíamente, esta urgida por desarrollar su educación profesional, como el Valle del Cauca. Usted, allá, será siempre más importante que aquí. En Antioquia hay muchos hombres de inteligencia y voluntad, en cambio el Valle, es apenas, como dijo el Poeta Porfirio Barba Jacob, “un solar con obispo”. Nos reímos. Nos tomamos un Whisky que le ofrecí; me contó, con ese ánimo y espíritu que comunican más que las palabras, lo que estaba haciendo en Cali. Me habló de un Departamento de Física y Matemáticas que estaba bregando a organizar. Yo le dije, que como estábamos en Noviembre, le pedía plazo hasta Enero de 1956, para responder su oferta… Nos despedímos. Me dijo a cuánto dinero de mi salario, podía aspirar, y se marchó. XXXX Le comuniqué todo a Agripina y a mis hermanos. Jóse, que ha sido siempre la más espontánea para expresar sus sentimientos, se puso triste. Por supuesto, el salario que me ofrecían, no era sino un poco más alto del que obtenía en la U. De A. por mis clases. Porque el salario de los profesores y maestros en Colombia, siempre ha sido magro…Pero aún yo no tenía decidido irme de Medellín. Al terminar mis cursos en Noviembre, tomé la decisión de irme de vacaciones, sólo, a San Andrés, ése lugar que había soñado siempre conocer. Era Presidente de la República, el General Gustavo Rojas Pinilla. Había llegado al poder, en 1953, como consecuencia de los odios partidistas que habían desatado la violencia más cruel, irracional y absurda, que padecía gran parte del país, y que, según los analistas de estos asuntos, tuvo su principio con el asesinato del líder liberal Jorge Eliecer Gaitan…En 1948, Colombia había perdido su rumbo. El país hervía, como hasta hoy, de odios, de luchas ideológicas; y el ascenso del General Rojas al poder, no fue sino un interludio que trajo algún apaciguamiento por corto tiempo. Pero este grave asunto, cuyas consecuencias todavía no sabemos cuáles serán, es mejor dejarlo a todos 88

aquellos que creen poderlo resolver. Lo cierto fue que tomé un avión a principios de diciembre y viajé a Cartagena. Allí, tomé un avión Catalina, cargado de pasajeros, bultos y gallinas, con destino a la hermosa isla de San Andrés. San Andrés era entonces un verdadero paraíso, su paisaje, su cielo y su mar, me dejaron atónito por su belleza. Nunca habría creído que Colombia fuera la dueña de un tesoro así. Palmeras, arena blanca y el mar policromado y tranquilo, hasta apenas escucharse aleteos de pájaros marinos y el murmullo incesante de olas calmas. Mi primer traspiés en la isla, lo sentí cuando me di cuenta de que había perdido, probablemente al dejar la canoa que ayudó a dejar el hidroavión, mi cámara de fotografía. A mis consultas, me dijo un nativo que averiguara en la Inspección de policía. Él mismo me llevó al lugar. Me dijeron que si en verdad la cámara se había quedado en la canoa, la llevarían allí por la tarde. Esperé ansioso. A las seis de la tarde volví, y con solo decir la marca de la cámara, me la devolvieron. Esto me confirmó lo que me habían dicho en Cartagena, que los nativos de San Andrés eran honradísimos. Un hombre dueño de un amplio restaurante techado con hojas de palma y amoblado con grandes mesones, me facilitó una choza cercana al mar. Comí en su restaurante la primera cena, compuesta de platos fuertes de alimentos del mar, deliciosamente preparados. Yo, que apenas había comido, en toda mi vida, los alimentos más ordinarios de la rústica comida antioqueña, me atraqué de aquella comida formidable por no sé cuántas variedades de especies marinas, de distintos sabores. Sólo, en la cabecera de un mesón medio iluminado por una tea humeante que ardía amarrada a uno de los estantillos de madera redonda que sostenía el techo de la construcción, mirando la noche inmensa que me rodeaba; oyendo el murmullo del mar a pocos metros; mirando pasar luces extrañas por caminos imaginarios entre las palmeras; sin propósito definido, sin pensamientos, mientras varias mujeres negras, de cuerpos hermosos, intentaban hablarme en un idioma que entendía como un Castellano mezclado con Ingles, tuve la sensación de que me había perdido. De que ese no era mi país. De pronto, vi llegar al lugar a tres jóvenes, conversando animadamente entre ellos. Descansé. No sabía quiénes eran. Me saludaron cortésmente y, habiendo otros mesones libres, me preguntaron si podían acompañarme en la misma mesa. Eran muchachos blancos, como de mi edad. Vestían camisas de mangas largas de color gris claro y pantalones claros, también. Lo que extrañé fueron sus botas. Altas, como pantaneras…Se presentaron. El único nombre que hoy recuerdo, por circunstancias que voy a referir, fue el de Leonidas López. Delgado, de regular estatura, blanco, amable; reconoció mi acento antioqueño y fue el primero en querer saber el por qué estaba allí. Eran las ocho de la noche. Una brisa pertinaz había empezado a soplar del lado del mar. Penetraba en el restaurante, barría las cosas livianas, hizo sonar un arbolito de campanitas de barro que había en un rincón, con la armonía de una música deliciosamente agradable… El clima del lugar cambió. Al escuchar el acento bogotano de dos de los muchachos, a quienes las mujeres que nos atendían trataban con especial 89

deferencia, volví en mí. Yo acepté beber un agua mineral, intentando aplacar la revolución que sentía en mis tripas, por haberme excedido en apurar aquellos alimentos del mar que, milagrosamente, no me intoxicaron. Ellos bebieron con sus comidas cerveza fría… Todos me felicitaron al saber que yo era profesor de ciencias en la Universidad de Antioquia, y supe que los tres, eran ingenieros civiles, dos de Bogotá y López de Popayán. Yo no súpe lo que me comí. Ví sí, que dos de éllos, devoraron, rasparon y esculcaron con ansiedad, sendas langostas gigantes, que por poco no terminan de consumir. Ellos estaban en San Andrés, haciendo los primeros estudios topográficos del aeropuerto de la isla. Habitaban también, tres cabañas cercanas a la mía. Al salir afuera, del restaurante, sentí que me iba a llevar el viento. Lo que vi en medio de esa tremenda oscuridad, fue solamente el mar, que se sentía a la distancia, iluminado en su superficie por los reflejos ondulados de su propia fosforescencia. Las palmeras, que traqueteaban por la furia del viento. Y los cocuyos, que ensayaban su zig-zag, por entre las palmas. El cielo estaba oscuro, y como barrido por nubes viajeras. Sentí miedo. Ansiedad. Pensé refugiarme en mi cabaña, que identifique allí cerca, porque tal vez un rayo había derribado cerca de ella, una palmera que se atravesaba a su costado. Creo que los ingenieros deseaban hacer lo mismo. Pero, de pronto, Leonidas López propuso que fuéramos a su cabaña a tomarnos un Whisky. Aceptamos. Caminamos en silencio sobre la arena siguiendo a Leonidas que nos iba guiando adelante, y comprendí que la suya, era precisamente la cabaña que seguía de la mía. Esos refugios permanecían con las puertas abiertas en la isla. De modo que Leonidas empujó el ala de la puerta apenas ajustada y presionó, en sus manos un encendedor de cigarrillos que, al segundo intento, iluminó un poco el amplio cuarto donde nos encontrábamos. Se dirigió a un rincón y con su encendedor, prendió una gran tea que estaba allí; que no solamente iluminaba muy bien el cuarto, sino que enviaba los humos hacia fuera de la choza, movidos por el viento. Rodamos unos asientos de mimbre, y nos encontramos de pronto, en el ambiente más agradable que pueda imaginarse. Leonidas se movió hacia una mesa donde tenía varios libros. Cogió úno. Lo llevó a su asiento y luego nos ofreció un trago de Whisky. Él mismo nos lo sirvió generosamente en unos vasos altos, de una botella que sacó de una especie de alacena. Al primer sorbo que tomamos, me preguntó, mostrándome el libro: ¿Conoces este libro? –leí el título del libro que me mostraba a menos de ochenta centímetros de distancia de su silla. Leí: Carlos Castro Saavedra. “Despierta jóven América”. Sí, le respondí, y le comenté, sin petulancia, y en el tono menos sensacional, que, por pedido expreso del profesor Alfonso Mora Naranjo, había escrito un pequeño comentario sobre ése libro, en la Revista Universidad de Antioquia en el año pasado (1954), - ¿tu? -. Me preguntó.- sí, yo, - le dije. Leonidas se levantó de su asiento. Me abrazó emocionado. Miró a sus colegas como expresando su admiración o desconcierto, y en esa noche nació una de mis grandes amistades, sin habernos visto antes. 90

Les conté que era amigo de Carlos Castro Saavedra. Que nos reuníamos en el café La Bastilla a menudo. Que le había leído casi todos sus libros, y que de todos, el que más me gustaba, se llamaba Fusiles y Luceros. Los amigos de Leonidas no salían de su asombro. Esa noche, hasta más allá de las doce leímos los poemas de Carlos y, por una noche, unimos el mar, la poesía, y la violencia que había causado esos versos de fuego y pasión del poeta. Con Leonidas me veía casi todos los días por las tardes, a su regreso del trabajo. Charlábamos, y cuando supe que estaba yo pensando en aceptar la oferta de la Universidad del Valle, me animó a que la aceptara. Pero cuando verificó que a mí no me gustaba el trago, no obstante que en la isla abundaba, barato, y de distintas marcas y orígenes, creo que se desanimó un poco. En verdad, nunca he podido vivir sin un propósito, y comprendí que no podría estar por muchos días en ese Paraíso donde abundaban las bebidas, se tenían las comidas más exquisitas y baratas, podía gozar del mar más maravilloso, los nativos eran cultos, amables y respetuosos, no se escuchaban las noticias de lo horrendos asesinatos que se sucedían en el continente, no tenía las obligaciones que me imponía el trabajo en la Universidad y había muchachas sencillas y cariñosas, que, sin ninguna promesa, accedían a hacer pequeños favores con una naturalidad que me hacían pensar si en verdad, aquel lejano lugar, no era, ciertamente, un Paraíso. Pero me aburrí. Tal vez fuera la única persona que se aburría en el Paraíso… Pensé mucho, por mi propia cuenta, en lo que podría ser mi vida en Cali. No conocía propiamente la ciudad. Los últimos dos días de mi estancia en San Andrés, los pasé casi todas las horas en el mar y en la choza. Allí tomé la decisión de aceptarle la propuesta al doctor Poveda. Siempre lo llamé así, aunque yo tenía ya cerca de treinta y cuatro años y él tendría unos veinticinco. Pero mi respeto emanaba de su prudencia, el respeto con que me trataba, su reconocida agudeza intelectual y, por supuesto, de mi carácter tímido o acomplejado, que había llevado de mi hogar. XXXX Por esos tiempos, yo había cometido la torpeza de enamorarme de una muchacha en Medellín, cuyo nombre no quiero escribir en estas notas. No porque nadie lo supiera, sino porque aún la respeto y guardo en mi memoria. No sé si ella me pudo querer, o si todas fueron ilusiones mías. La verdad es que mi decisión de viajar a Cali en Enero de 1956, coincidió con una rabieta mía y la ruptura con ésa amistad, que lamenté por algún tiempo. Como a los ocho días de haber viajado a Cali, un amigo muy íntimo que sabía de mi viaje y de mi nostalgia, de quien no me despedí, me escribió una carta, noble como todas las suyas, en la cual me reclamaba, en su estilo siempre gracioso y humorístico, el que no nos hubiéramos podido despedir y, como un paliativo, me recordó, copiándolo con su puño y letra, el hermoso apartado IV, de Rondeles, del Maestro León de Greiff: 91

“Pues si el amor huyó, pues si el amor se fue… dejemos el amor y vamos con la pena, y abracemos la vida con ansiedad serena, y lloremos un poco por lo que tanto fue… Pues si el amor huyó, pues si el amor se fue… ¡Dejemos el amor y vamos con la pena… Vayamos al Nirvana o al reino de Thulé, y entre brumas de opio y aromas de café, abracemos la vida con ansiedad serena! Y lloremos un poco por lo que tanto fue… por el amor sencillo, por la amada tan buena, por la amada tan buena, de manos de azucena… Corazón mentiroso ¡si siempre la amaré!” VII Entre los años de 1950 y 1955, tuve un grupo de amigos inolvidables. Varios llegaron a ser famosos por la categoría de los puestos que alcanzaron, pero que, en ese período, apenas eran, casi todos, brillantes estudiantes o muy jóvenes profesionales. Estoy pensando en: Alberto Bernal Restrepo, alumno mío en la Facultad de ingeniería Química, quien fue Gerente de Cementos Boyacá. Guillermo Hincapié Orosco, que fue alcalde de Medellín. Jaime Betancur, hermano del Presidente de la República entre 1982 y 1986, Belisario Bentacur, quien, como su hermano, es un respetable Jurista y Consejero de Estado. El ingeniero Javier Ramírez Soto, ejecutivo en su campo y profesor universitario. Carlos Jiménez Gómez, quien fue Procurador General de la República, precisamente durante la Presidencia del doctor Belisario Betancur, etc. Pero, aparte de esta amistad con notables, igualmente recuerdo con mucho cariño a Raúl y Hernán Echeverri, de la patrulla de la América, a Jaime Duque, un caballero de la América también, a quien me parece ver con sus gafas de armadura negra y grandes lentes, que él limpiaba con una elegancia casi ritual. A Darío y Ramiro Sierra estudiantes aún. De pronto, nos encontrábamos reunidos en el café La Bastilla, saboreando un tinto y hablando de nuestras respectivas profesiones, o de nuestros oficios, o de literatura. Muchas veces se sumaban al grupo Eddy Torres, o Carlos Castro Saavedra, o Estanislao Zuleta o el abogado Luis López de Mesa, no el maestro de los años de la Presidencia de López Pumarejo, sino un abogado flaco y pelirrojo, intelectual también, y muy agradable; quien, estando un día reunidos, escuchó en la calle, gritos y carreras; se levantó curioso y miró lo que sucedía, y al volver a la mesa nos contó: un pobre muchacho que se hurtó un pastel en una repostería, y es tan infame la gente, que se lo quitaron. “¡Francamente, en esta ciudad, ya no se puede trabajar”! Un domingo, como a las diez de la mañana, estábamos varios de éstos amigos, en La Bastilla, cuando un vendedor de periódicos anunció desde 92

la puerta: La revista “Life”, con el último libro en Español de Hemingway, lea en un solo número, “El viejo y el Mar”… Recuerdo apenas a Carlos Jiménez y a Javier Ramírez Soto. Yo fui a comprarle la revista al voceador. Como ellos sabían que a mí me encantaba leer, me pidieron que leyera el relato y por la tarde lo comentábamos. Así lo hice. En unas tres horas, de la tarde, leí la novela, y me estremeció. En la tarde volví al café y los encontré. ¿Qué tal el libro? – Me preguntaron. Para un premio Nobel – les respondí. - ¿Que?. Sí. Seguramente Hemingway se lo gana este año – Puro entusiasmo de este químico – me respondieron. En seguida les dije: Es un símbolo del poder del hombre, de la resistencia, tenacidad y valor del hombre. Cómo debemos luchar contra la adversidad para obtener cualquier victoria. Léanlo. Les hará mucho bien. Y nos despedimos. Ese año le concedieron el Nobel a Hemingway. Como es casi seguro que por el objeto y contenido de estas notas, no tendré ocasión de volver a mencionar a varios de los amigos que acabo de recordar, quiero copiar ahora unos desabridos versos que les dedique a tres de éllos, escritos en una de mis nostálgicas “tardes poéticas” y que publiqué en un pequeño librito de circulación cerrada en la Universidad del Valle hace poco. Comprendo que fue una avilantéz, y les ofrezco disculpas. Dice así:

Tener un canto hermoso
Para Javier Ramírez Soto, Alberto Bernal Restrepo y Manuel Toro Ochoa, Amigos de juventud

Tener un canto hermoso para dejarle al mundo, una canción sencilla, un verso de alabanza para la luz, el aire, los mares y las flores, los ríos turbulentos y los lagos en calma. Todo lo que en el alma deja huella profunda: la mujer, la niñez, el dolor que no cesa, el amor transparente hacia todo lo bello, tu nombre en la distancia que ilumina mi frente. Haber visto la vida cruzar por todas partes, sentir que somos parte de todo el Universo; ser hombre entre los hombres un día y otro día y recordar la lucha contra los elementos. Hombres de manos duras, fuertes, encallecidas 93

de levantar las piedras y de trazar caminos, ser una fuerza viva que derriba montañas y ser dulce, amoroso, para engendrar la vida. No descansar un día de buscar la belleza, desde la humilde planta que en el suelo revienta hasta la estrella inmensa, millonaria en el cielo, con su luz, su potencia, de horno eterno sin pausa. Extender este canto a las manos de un niño que descubre distancias jugando con sus dedos, que ríe y amenaza con su llanto intranquilo y retorna a la dicha con el calor del seno. Amar desde el origen al hombre en su pujanza, desde la cueva oscura donde labró las piedras, pasar por los entornos de sus filosofías hasta abordar las naves que exploran las distancias. Viajar en un navío que puede detenerse a contemplar estrellas, jardines, nubes blancas, o a mirar a los hombres en su tenaz empeño y acompañarlos siempre sin temor ni arrogancia. Vivir, vivir la vida, el amor, la nostalgia y ver en cada fruto la bendición del alba, sobre la tierra toda abrazar la locura que nos lleva al abismo o a la dulce esperanza. XXXX Uno de los primeros días del mes de Enero de 1956, viajamos a Cali, en automóvil, Hernán Echeverri, Ramiro Sierra y yo, en aceptación a la invitación que el doctor Gabriel Poveda me había hecho de vincularme como profesor al Departamento de Física y Matemáticas, que apenas se iniciaba en la naciente Universidad del Valle del Cauca. Univalle tenía ya diez años fundada. Conocía por propia experiencia, las vicisitudes de la aventura que en Colombia significan estas empresas que se empeñan en la creación de Cultura, máxime que el Valle del Cauca había empezado tarde y partiendo de una reconocida base agrícola, rica, pero bastante ajena a los problemas de la educación y de la cultura superior. Esta característica - circunstancial por lo demás – fue uno de los acicates que me llevaron a pensar, que mi pequeña participación en el desenvolvimiento de su Universidad, podía ser apreciada por la Comunidad. Tal fue la verdadera razón de mi viaje. Venía yo de una Universidad vieja, histórica, que había demostrando en muchos años de trabajo continuo, lo que la educación de sus gentes significa en el progreso y desarrollo de una comunidad. Reiterando, la Universidad de Antioquia y la Facultad Nacional de Minas, 94

con el tiempo, fueron las responsables de ese reconocido liderazgo que Antioquia tenía en el País… A eso viajaba yo, esa mañana de Enero, optimista, orgulloso de llegar a ser partícipe de un desarrollo similar al de Antioquia, trabajando en Univalle. Muchos antioqueños habían colaborado en el desarrollo del Valle del Cauca. El ingeniero de la Facultad de Minas de Medellín, Juan de Dios Higuita, había sido el eje del desarrollo del Taller de Chipichape del Ferrocarril. La fábrica de cementos del Valle, era obra de los antioqueños; y la incipiente Facultad de Medicina de Univalle, recibía en ese momento la colaboración de muchos médicos de la Uniantioquia. La presencia del juvenil ingeniero químico de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, Gabriel Poveda Ramos, ¿No era la continuación de esa colaboración, de esa ayuda que he mencionado? XXX Al llegar a la ciudad de Palmira y orientarnos a Cali, percibimos que el día anterior, probablemente, se había inaugurado la carretera pavimentada que unía a Palmira con Cali. Aún se veían muestras de lo que había sido esa inauguración. Pero nosotros veníamos muy cansados para detenernos a curiosear las colas de la fiesta. Así que nos dirigimos, gracias a los conocimientos de Hernán Echeverri, a un hotel llamado Hotel María Victoria, en el centro, a una cuadra larga del Parque Caicedo. Allí nos instalamos provisionalmente y como era temprano aún, nos fuimos a recorrer las calles más cercanas. En un café nos tomamos varias cervezas. Hernán Echeverri que era un trotamundo y conocía a Cali, poco a poco nos fue llevando hacia la Estación del Ferrocarril. Por allá conocía estaderos de su agrado. De paso, y ya un poco mariados por las cervezas, nos mostró los frescos que adornan las paredes de la Estación, en la parte interior. Me parecieron preciosos. “Son la obra – nos dijo – de un artista de Cali -, “Tejadita” le dicen”… Ramiro, que era el que más había sido afectado por las cervezas, levantó los ojos, observó esa multitud de personajes históricos que se observan en el fresco, bajo los ojos y me preguntó: ¿No habrá entre tanta gente, un conocido de nosotros?. – El escándalo de nuestras risotadas levantó de sus asientos a los pocos que esperaban el tren. XXX Me instalé a vivir en el Hotel María Victoria, era limpio, cómodo, central y cercano al sitio donde, me dijeron, funcionaba la Universidad. Sus propietarios eran una pareja de gentes atentas, comunicativas y amables. Así que dos días después de mi llegada, salí con destino al antiguo Colegio de Santa Librada, una mole de edificación colonial, enjalbegada, de dos plantas, de arcos sucesivos que, con la luz, dibujaban sus proyecciones sobre los muros, como un convento del siglo XVII. 95

Yo no era un jóven. Tenía 35 años. Había vivido ya, una buena parte de mi vida. Había leído mucho; en ése momento, había tenido amores elementales y transitorios; puesto a muchas pruebas mi fe en el Dios del Calvario; y, sinceramente me había enamorado de la muchacha a que hice mención. Mi experiencia probada como profesor de Física y Fisicoquímica fue la razón de que en esa mañana, estuviera subiendo las gradas del famoso Colegio de Santa Librada, para presentarme ante el Decano de la Facultad de Ingeniería Química, a posesionarme del cargo de profesor de tales materias. ¡Ah! y me gustaba mucho leer libros de literatura y escribir versos, - nunca me importó que fueran malos, si se comparaban con los de Antonio Machado o León Degreiff -. Había aprendido ya, que la inteligencia de cada persona, es la suya propia, que podemos hacer, por semejanza, lo que los otros hacen o han hecho; que la creatividad cabe, en la mente original principalmente y, cuando no se nos dá originalidad, nos queda el consuelo de servir de difusores de la cultura, que es también un oficio digno. Por este sencillo razonamiento, nunca he pensado como un genio original, creativo, ni ingenioso. He escrito muchas cosas que no trascienden, pero he sido generoso con el talento ajeno… Mi posesión duró menos de diez minutos, juré servirle a la Universidad con honradez y dedicación y, ese día, gasté la mañana visitando los salones de clase, que me parecieron estrechos, mal dotados y algunos daban con sus ventanas a la calle, por donde las vendedoras de frutas de la calle, podían intercambiar tajadas de piña o de papaya con los estudiantes que, dándole la espalda al profesor que estaba exponiendo su clase, atendía más bien a la mujer que les entregaba la fruta. Comían frutas en plena clase. Hablaban entre ellos, como si no existiera el profesor. Bostezaban. Se cortaban las uñas con una ruidosa guillotina que hacía saltar los pedazos de uña por el salón. Estoy diciendo que me pareció todo, que todo me pareció un irrespeto y una vergüenza…Ese día también, conocí al Señor Rector de la Universidad. Habló del doctor Mario Carvajal. Me saludó con cariño y respeto. Hizo no recuerdo qué elogio de Antioquia y de su Universidad. Me deseó éxito en mi trabajo y, el ingeniero químico Hernando Arellano Angel, decano de la Facultad de Ingeniería Química, me presentó a don Tulio Ramírez, un señor de tez morena, de las más correctas maneras en el trato y modales, quien, supe después, había sido uno de los gestores del proyecto de creación de la Universidad… Volví al hotel como a las seis de la tarde. Estaba preocupado. La disciplina de los alumnos me pareció un desastre. Faltaban modales, respeto por el profesor, atención por las clases; era como si no les importara nada, y esas condiciones físicas de los salones, parecían contribuir a mi desasosiego. “Lo que mal empieza mal termina”, recordé que repetía Agripina. Sentí que había cometido un craso error, cambiando mi trabajo en la U de Antioquia, por este trabajo, en una ciudad cuya temperatura en ése Enero, me pareció insoportable. Esa noche, en la cena, compartí la mesa con dos jóvenes que me acogieron con especial simpatía. Eran antioqueños también. Hablo del doctor Alberto 96

Fernández Cadavid y Alonso Restrepo, quienes no vivían en el Hotel, pero cenaban esa noche allí. Supe que ambos eran Abogados de la U. de A. Fernández era asesor del Municipio de Cali en la ejecución del primer Estatuto de Valorización Municipal. Restrepo también ejercía la abogacía. Eran graciosos, simpáticos “dicharacheros”, sobre todo el doctor Fernández, pero a la vez, muy centrado y atildado al hablar de su profesión; y después supe, que fue el autor del primer Estatuto de Valorización de Cali… Su charla, hecha de espontaneidad, humor y simpatía, me encantaron, hasta el punto de que en los días siguientes, yo los esperaba para hacer la cena, con éllos en el Hotel… Gabriel Poveda regresó de uno de sus viajes, creo que de Manizález, donde tenía su novia, y, desde nuestra primera entrevista, empezó a ser ése, como “paño de lagrimas” – como decía mi madre -, de todas mis preocupaciones. Hablamos de orden, de disciplina de los estudiantes, del respeto al profesor y a la Cátedra, de formación y de Cultura. Estuvo de acuerdo conmigo. Me habló de profesores sin autoridad propia. Gentes que compensaban su falta de carácter, como una falsa amistad y permisividad que destruía el orden, por una falsa camaradería… Con esa charla entre Poveda y yo, iniciamos una tertulia interminable que duró casi todo el tiempo de muchos meses en la Universidad del Valle, y que para mí, fue como un nuevo principio de mi trabajo de profesor. XXX Sabía que no estaba en una Universidad antigua, con tradición y disciplina. Sabía que la disciplina la lleva el profesor y es su deber imponerla en su cátedra. Sabía, también, que el respeto del alumno lo produce más la autoridad del profesor, que las tendencias naturales del alumno al desorden. Y que esa autoridad profesoral, proviene de la confianza que se le dé al muchacho, por los conocimientos que éste encuentra en el maestro. Muy pronto comprendí que el respeto con que los estudiantes trataban, se comportaban y actuaban, se deriva del saber y trato del profesor. Esto fue como una orden para mí. Estudiar mejor mis lecciones. Ampliar el campo de mis conocimientos. Leer nuevos y más avanzados libros, crearme un universo científico que contuviera como una parte mínima, los cursos que estaba obligado a enseñar. De modo que de todo esto derivé un programa de estudio que ocupaba mis sábados y domingos, con una fiebre, un énfasis y concentración, que todo mi tiempo se volvió insuficiente, para alcanzar a leer los textos que consultaba y adquiría de mi propiedad, como si yo hubiera nacido para estudiar solamente física y Fisicoquímica. Pero este programa me llevó a estudiar más Química General, más inorgánica, más termodinámica, más electroquímica y todos aquellos espacios de la ciencia Clásica que tenían relación con las materias que estaba obligado a exponer. De éste modo, orienté mi trabajo en la Universidad, olvidando, por ese tiempo, que las incomodidades del local, podían ser causantes de un eventual fracaso de mi trabajo. 97

XXX Sucedió, hacia fines del 1956, un incidente que afectó mi trabajo en Univalle. Todavía estábamos en el Santa Librada, pero pasó que algunos estudiantes de la Universidad, organizaron una manifestación y protesta contra el Gobierno Central, en memoria de varios actos violentos del Gobierno del General Rojas Pinilla, que habían sido ejecutados en la Plaza de Toros de Bogotá, y en los cuales varios estudiantes habían sido asesinados. Ellos, lo único que solicitaban, era colocar una placa recordatoria de la fecha y con los nombres de los estudiantes sacrificados. Desde las primeras horas, algunos de los estudiantes llevaron la placa recordatoria a la Universidad. Hubo revuelo y comentarios entre los profesores. El decano de ingeniería química se apersonó de la oposición al acto y propósito de los estudiantes. Mostró temor a las posibles represalias oficiales. El profesorado se dividió. Yo sostuve y alegué el derecho que los estudiantes tenían de hacer la manifestación. El decano me enfrentó. Dijo que, “era el Rector quien había dado la orden de no permitir la manifestación” – Esta es la hora en que yo no he podido saber a ciencia cierta, si fue el Rector, o fue el decano quien se oponía. La verdad fue que yo sostuve el derecho que los estudiantes tenían. El decano, furioso, me dijo que “quien en ésta institución no acata las órdenes del Rector, debe irse de élla”… lo pensé por diez minutos, más o menos, fuera del salón donde estábamos reunidos, y sin discutirlo más, le dicté a la Secretaria de la Facultad, mi renuncia irrevocable de mi cargo, y se la entregué personalmente al Decano. Hubo explicaciones. Solicitudes de varios colegas de que no me fuera, pero para mí, un alumno de la Universidad de Antioquia, un egresado del Liceo Antioqueño y un hombre confesamente liberal, me pareció demasiado cobarde la actitud del Decano. No del Rector, porque a él no lo vi ese día, y como le tenía admiración por todo cuanto él era: por su inteligencia, por su cultura y señorío, opté por escribirle una carta de despedida, en la cual le manifesté que me había invadido una nostalgia de mi hogar y de mi tierra, que me habían obligado a regresar a Medellín. Su carta de respuesta, días después, es una joya que conservo. Él era el doctor Mario Carvajal. XXX El año de 1957 lo pasé todo en Medellín. Y allí habría continuado si varios hechos no se me hubieran cruzado. El primer hecho que yo mismo me inventé, fue el de asociarme de palabra con un amigo que recientemente se había graduado en la Facultad de ingeniería química de la U. de A., y de quien había sido profesor de Fisicoquímica antes de mi viaje a Cali. Hablo del ingeniero Gustavo Aguirre Mejía, quien, creo que hacía muy poco, se había casado con una dama preciosa de Armenia, en Caldas, llamada Olga Arias, Gustavo y yo, con un contrato de palabra y muy poco dinero, nos embarcamos en el proyecto de fabricar óxidos rojos y amarillos de hierro, a partir de soluciones de sulfato de hierro, producido por nosotros de chatarra de hierro, y destinados, principalmente, al uso en pinturas 98

anticorrosivas y pigmentos para baldosería. El proyecto progresó a tal velocidad, gracias a nuestro trabajo casi de día y de noche, que, a los tres meses, ofrecimos óxidos rojos a los baldoseros de Medellín a un precio mas bajo que el producto extranjero. Seguimos mejorando el proceso y el producto. La señora Olga Arias de Aguirre, se incorporó con tanto entusiasmo al proyecto que, gracias a sus comidas que nos llevaba al local, en altas horas de la noche, viajando sóla en su automóvil, para que nosotros no desfalleciéramos, pudimos sobrevivir. Hoy la recuerdo como nuestra socia principal en ése negocio. Brevemente, un colega de apellido Villegas, se enamoró del montaje y de la idea, se lo vendimos hacia el fin del año sin pérdidas para nosotros, precisamente al producirse el segundo episodio de 1957. Sucedió que hacia Octubre de 1957 hubo en Medellín un Congreso de Rectores de Universidades, auspiciado por la U de A. El Rector de la Universidad de Antioquia se excusó de asistir a una sesión y delegó en su lugar, al doctor Antonio Duran, quién seguía siendo del decano de la facultad de Ingeniería Química. Don Mario Carvajal, que asistía por la U. del Valle, le preguntó, en alguna ocasión, si yo aún estaba vinculado a la Facultad de Ingeniería Química de la U. de A. El doctor Durán le informó que no. El doctor Carvajal expresó su deseo de hablar conmigo… Ese mismo día la secretaria de la Facultad llamó a mi casa, y quedé de buscar al doctor Carvajal para hablar con él. Así fue como acordamos mi retorno a la U. del Valle. La fábrica de pigmentos prosperó, y creo que aún funciona. XXX A principios de 1958, antes de volver a Cali, conocí a una niña que, un año más tarde sería mi esposa. Hablo de Margarita Luján. Su dulzura, su belleza y discreción, colmaron en pocos meses mi sueño de tener una esposa digna… Siempre he recordado, al vivir a su lado, durante más de cuarenta años, el principio del hermoso poema del español don José María Gabriel y Galán: “Yo aprendí en el hogar, en qué se funda la dicha más perfecta. Y para hacerla mía quise yo ser como mi padre era, y busqué una mujer como mi madre, entre las hijas de mi hidalga tierra” etc. Me casé en Medellín con Margarita Luján. Sin ostentación. Sin lujo. Sin fiesta ni amigos. Los dos y dos testigos. Digo hoy, que la vida nos ha dado todo lo que ella ofrece: felicidad, penas, pesares, alegrías, temores, ansiedades, enfermedades, todo. Y, como escribió Porfirio Barba Jacob, nuestro amado poeta: “Y nadie ha sido más feliz que yo”. Un día, pensando en nuestra vida, le escribí a Margarita, estos sencillos versos:

A Margarita
Hace tanto tiempo yo ví tu sonrisa una noche de bruna. 99

Alumbraste entonces mi paso tranquilo como luz del cielo en un tibio enero. Entonces tú eras delgadita y tímida, apenas hablabas de cosas sencillas y tu vida era una primavera abierta en corolas. Empecé a quererte casi sin quererlo. Esa noche tuve por pocos instantes tus manos hermosas, como se retiene con ternura y miedo una joya pura frágil en los dedos. Nos amamos siempre con dulce ternura. Llegaron los besos, como llega el alba temprano a los lagos. Hoy eres mi esposa. Juntos hemos sido a las penas fuertes, a las dichas, breves. Los hijos nos dieron un poco de calma un poco de llanto lleno de temores, pero vamos juntos a pesar del tiempo que lo cambia todo. Compartimos el día agitado y su tarde agria y, sin vanidades, te juro, amor mío, que aún tu belleza calma mis pesares. Desde los primeros días de nuestro matrimonio, pensé mucho en lo que había sido la vida de mis padres: sin casa propia. Viajando de pueblo en pueblo, buscando siempre una casita alquilada. Viendo, con mucha tristeza, a mi hermana Josefina llevando en su regazo los tiestos de sus begonias florecidas para protegerlas en los cambios de vivienda. El tiempo, para mí, había cambiado un poco, gracias a que había podido estudiar. Guardaba con “honrada” avaricia, unos pocos dineros producto de mis pequeñas industrias en Medellín. Los usé comprando un lote de 300 metros cuadrados, en la urbanización Tequendama, que, en 1960, era apenas, un mangón promisorio. Vino mi primer hijo: nació Angela María, nuestra primogénita. Luego vino el varón, Luis Gonzalo; el último fruto de esa cosecha amable de nuestra vida, fue Luz Elena. Decir que nuestros hijos pequeños son los más bellos, es, en mi lenguaje, como una axioma de sentido común. Ellos serán siempre la esencia del amor. Como a mí me gustó siempre perder unos minutos en escribir malos versos, he aquí los que entonces escribí: mis hijos, son tus hijos, Margarita. Los dos, en un combate de caricias, de besos, de emociones, de alegrías, coronamos por fin, lo que queríamos. Ver, en los ojos bellos de los hijos, tus bellos ojos para siempre abiertos; Ver tu risa, en la forma de su risa; y ver copiada en su sangre nuestra sangre. La sangre de mis luchas, aún no terminadas. 100

Porque tú y yo, Señora, mi dulce esposa, mientras el cielo quiera, sobre mil caminos de espinas viajaremos, y verás, orgullosa, que mi sangre y tu sangre, generaran las rosas de esos largos caminos. XXX Los muros de mi casa crecieron un poco más veloces que mis niños. Así que cuando el Arquitecto Ivan Muñoz en 1961, me convidó a visitar la casa en obra negra, pude hacerlo con mi familia. Llevando Margarita en sus brazos a la niña Luz Elena. En 1962 nos pasamos a la casa terminada. Alegría. Alegría. Solamente alegría… Y mi trabajo? Qué había de mi trabajo en la Universidad?. La Universidad se había trasladado toda a San Fernando. Ingeniería y Ciencias ocupaban un edificio cedido por el Municipio, que había sido construido para Sanidad Municipal. Ahora, en lugar de consultas médicas y prácticas de inyectología, se escuchaban exposiciones de física y matemáticas. Arquitectura, una de las Facultades que, dentro de su pobreza, se estaba abriendo camino, gracias a los sueños de sus profesores, conscientes siempre de que la luz, el aire, los volúmenes, la imaginación y la creatividad son sus verdaderos elementos de trabajo, empezaba a subirse por la montaña, como para mejor apreciar, en perspectiva, cómo iba y hacia donde se proyectaba, la juvenil Universidad. Porque en 1958 la Universidad apenas tenía trece años de fundada. Edad de adolescente. Una amigo mío Jorge Jurado Rave, razonador y sensitivo, el mismo que me había recordado el poema Rondeles de León Degreiff, y a quién siempre le falle, ni me despedí de él cuando me vine para Cali en 1956, ni le avisé de mi matrimonio en 1959, me escribió, no obstante, una hermosa carta en la que me dijo: “Aunque bien sabía que tu boda no sería como “la de Camacho”, y siempre anónimo como te gusta ser…etc. Te envió de presente, un precioso Quijote de Granito negro, pues él, y nadie más, representa tu vida. XXX Entre 1958 y 1970, la Universidad del Valle, fue mi objeto, mi sueño y mi vida. Nunca podré decir que fui el único hombre que soñó con ella. Sé, absolutamente, que el mismo sueño lo compartían profesores y directivas. Entonces, más correcto sería escribir, que la Universidad del Valle fue en este período, el sueño más audaz y más soñado de todo un pueblo: Médicos, especialistas de amplio espectro, ejecutivos, administradores, arquitectos de dilatada perspectiva, profesores de todas las ciudades de Colombia, físicos, químicos, biólogos, literatos, filósofos, matemáticos, ingenieros y, caminando por esas lomas amables del viejo San Fernando, la exquisita figura de una hermosa mujer: Doña Sofy Arboleda de Vergara, sonriente, enseñándole a todos arte y color, y al fondo, poesía. 101

XXX Era don Mario Carvajal, como le gustaba que le dijeran, el Rector de la Universidad. Él, que fue un poeta, filósofo, educador y profundo Cristiano, dirigía esta orquesta con singular tersura, como dándole a cada cual la oportunidad de que su voz se oyera en el coro, con justicia, amor y equidad. Don Mario era el alma de la Universidad. Ante él llegaban los que necesitaban ayuda para todo cuanto se presentaba en la marcha de la institución. Su ayudante y colaborador fue primero, el ingeniero químico de la Universidad Bolivariana de Medellín, Hernando Arellano Angel. Después lo fue, también, el doctor en Filosofía, Oscar Gerardo Ramos. Fue, pues, bajo la dirección de don Mario, hasta que vino su relevo por el médico Alfonso Ocampo Londoño, la persona que orientó, en ese período grandioso, a la Universidad. XXX Lo que se hizo en ese período, no es fácil ni es posible relatarlo de manera completa, justa y verdadera. Con el tiempo, ésta será historia amable de la Universidad. No eran edificios bellos ni sombreados los que las gentes ocupaban. Unos pocos eran nuevos, hechos con otros fines, otros eran herencias de antiguas construcciones, reparadas rápidamente, acondicionadas, con salones incómodos, a fin de recibir el alud de estudiantes, impetuosos que querían saber cómo se aprenden las ciencias del mundo físico y las del espíritu... Todo, en ese tiempo, hervía de entusiasmo. Todo el mundo creía que el suyo, era el trabajo más importante. A esto, se le llamó siempre mística, amor, pertenencia. Para mí, y para muchos otros profesores, de 1958 a 1970, los trabajadores, los empleados, los profesores, los directivos y todos los que pusimos un granito de arena en las obras de la Universidad, sentimos hoy, ya viejos, que ayudamos a construir la Universidad. XXX ¿Qué fue lo que se hizo en esas lomas de San Fernando? Digamos cosas generales: La Facultad de Medicina, desde muy temprano, gracias a la larga tradición de la medicina en el país, tuvo la oportunidad de desarrollar un programa nuevo, distinto y único, que, preservando lo mejor de su antiguo pasado, introdujo, de forma sistemática, los elementos que la llevarían hacia una medicina científica, analítica e investigativa. En efecto. Fueron los médicos, desde los más variados campos, especialistas de las ciencias básicas, pero también clínicos, internistas, cirujanos, etc., quienes asumieron el papel de ser formadores de los métodos de enseñanza y de las prácticas médicas, haciendo, del Hospital Evaristo García, el centro donde proyectaron todos sus saberes nuevos, ganados en universidades famosas y hospitales de prestigio internacional. Ellos, todos se involucraron en el cambio de nuestra medicina. Y muchos alumnos, les 102

aprendieron sus métodos, convirtiendo, en pocos años, una medicina antigua, en la que hoy se disfruta en Cali: científica, instrumental y moderna. Para mí, como profesor de ciencias básicas: física, química general, Fisicoquímica y algunas otras, como el análisis instrumental, etc. El período dicho fue mi escuela de formación científica; Como se especializa la peonza, sin abandonar su puesto: Girando, girando. Era ya un hombre de 37 años; con justificada razón, a nadie se le ocurrió proponerme que hiciera una especialización en otra parte; en ese tiempo, en el que abundaban las ofertas para que los profesionales jóvenes, de cualquier color u origen, graduado en esta o aquella universidad se fuera al exterior, a aprender más ciencias o ingenierías, o humanidades o idiomas, en fin, lo que él quisiera, porque las fundaciones extranjeras, estaban empeñadas en hacer de la Universidad del Valle, un centro internacional de Ciencias y Tecnología, rodaban las ofertas. Solamente que yo, no recibí ninguna. Lo pensé muchas veces, era cuestión de edad. Nunca sentí ni envidias ni reclamos. Simplemente, vi partir a mis alumnos y volver Másteres, Especialistas, doctores de Europa, muchos PHD, de los EE.UU. etc. Y me encontraron allí, en el mismo sitio, girando, porque era la misma, aunque más vieja, peonza. XXX En ese período mejoré mis matemáticas. Estudie física y química más atrasadas. Aprendí haciendo, técnicas como la cromatografía de papel y columna. Me aficioné a la electroquímica de uso analítico y leí mucho en libros especializados, los fundamentos de la mecánica cuántica. Nunca me sentí un químico moderno, pero sentí que había progresado mucho respecto de ese ingeniero químico que había tenido la audacia de enseñar las más elementales nociones de física y fisicoquímica, en la Universidad de Antioquia. Me ayudaron los textos que algunos de los doctores que fueron retornando del exterior a nuestra Universidad, habían usado en sus carreras. Ayudé un poco, a establecer la facultad de ciencias en Univalle. Fueron las revistas, los Journals, los textos avanzados y las invaluables ayudas de profesores, como Gabriel Poveda, Antonio Vélez, Ramiro Tobón, Fernando Correa y tantos otros, quienes, mientras estuvieron sirviéndole a la Universidad, me enseñaron muchas cosas, cuando los consulté. Lo poco que aprendí sobre investigación, lo aprendí por mí mismo... En 1958, Ramiro Tobón hizo, bajo mi dirección, su Tesis de grado para la Facultad de ingeniería química de la Universidad de Antioquia sobre un tema de química analítica que yo venía estudiando: La polarografía. Su tesis, fue aprobada y elogiada en la Universidad de Antioquia. Fue, como si dijéramos, la primera muestra de que algo había comprendido de ese obstuso tema. 103

Con el doctor Antonio Vélez Montoya, estuve muy vinculado en una amistad sincera, de admiración mía por su inteligencia matemática; admiré y sigo admirando, su disciplina, dedicación, y profundos conocimientos de la matemática moderna. Un día o mejor, una noche, mientras yo leía a uno de mis escritores favoritos, León Tolstoi tuvimos una memorable discusión. En esos tiempos, Vélez no les daba importancia, a los autores que yo leía. Era, en esos tiempos repito, una admirador casi fanático de Euler, de Fermat, y de tantos otros matemáticos de la historia. Me regañó, por consiguiente, porque a mí me gustaban mucho Shakespeare, Tolstoi y otros de mis ídolos. –“No pierda su tiempo, Zapata – me dijo – leyendo cuentos de esa gente”... Yo, que estaba ya muy viejo comparado con él que era un joven que adoraba a sus genios – le respondí: Usted, no sabe lo que dice. ¿Por qué no hace el ensayo de leer, por ejemplo, “Julio Cesar”, de Shakespeare? -, “¡Qué vale ese señor al lado de Newton!” – me respondió, molesto. Antonio Vélez, como el profesor Poveda dejaron la Univalle a mediados de la década del 70. Seguimos siendo los amigos que fuimos en Cali. Otro día, más tarde, que nos volvimos a ver, lo encontré igual de jóven, pero me dijo, serio: “Zapata, usted tenía razón... Y él” aleph” de Borges y la poesía de Machado (Antonio) también me fascinan”... Y todos tan contentos. Hoy, Antonio Vélez es una autoridad en la ciencia de la evolución del hombre. XXX El doctor Alfonso Ocampo Londoño fue primero, decano de estudios en este período. Como tal, lo trate por primera vez. Asistí a varios comités sobre asuntos académicos, en representación de la Facultad de ingeniería química; de la cual, es bueno y pertinente decirlo, nunca fui decano en propiedad, pues, solamente estuve encargado durante el año de 1961 de la decanatura. Tanto es así, que en el libro de “Historia de la Universidad del Valle”, escrito por doña Elva Ortiz un poco más tarde, se describe como sin decano la facultad en 1961 y mi nombre no aparece ni siquiera como encargado. Es obvio. El asunto era como de óptica, pues, en ese tiempo, la señora y yo, ni siquiera nos veíamos. A pocos años de llegar el doctor Ocampo a la decanatura, fue promovido a la Rectoría en propiedad. Así que en 1968, el doctor Ocampo era el Rector de Univalle. Su personalidad, sus relaciones con la Comunidad Universitaria y su tradición en la Universidad, habiendo sido uno de los impulsores y promotores de la Facultad de Salud donde fue profesor, jefe del departamento de cirugía, y cabeza visible de ese grupo de científicos, además de haber sido Ministro de Educación Nacional durante la Presidencia del doctor Alberto Lleras Camargo, hacían de él, un hombre idóneo para el cargo que, por varios años, ocupó don Mario Carvajal... Como simple y raso profesor, se me ocurrió un día, hacer una exposición, en uno de los Comites que presidía el doctor Ocampo, acerca de la necesidad que percibía en los estudiantes, de que ellos tuvieran una visión 104

más general y armónica de las ciencias. Que éllos pudieran integrar, en un conjunto, sus ciencias particulares, para que no tomaran sus nociones científicas como temas aislados, sino que consideraran la Ciencia como un todo. Evitando, por ejemplo, que un alumno no se formara la idea de que la matemática nada tenía qué hacer en la biología. Mi alegato fue bien recibido. Se me nombró el coordinador del grupo de profesores de ciencias básicas que yo quisiera escoger, para preparar un curso, con base en esos principios. Solicité la ayuda entonces de profesores de la calidad de los doctores Luis María Borrero, el fisiólogo más destacado de la Facultad de Medicina; al profesor y jefe del departamento de Matemáticas, Víctor Ariza Prada; del profesor, físico, Javier Marín; del ingeniero Químico, graduado de la Universidad Pontificia Bolivariana, Edgar Martina, profesor de Química; del profesor Aníbal Patiño, ecólogo del departamento de Biología; y de la doctora Ilse Schultz del área de la filosofía. ¿Qué buscábamos concretamente? ¿Qué hicimos? ¿Cuáles fueron los resultados? Al curso lo denominamos, “Ciencia Integrada”. Programamos e hicimos Seminarios (en Silvia y en Calima) destinados a discutir el espíritu, la orientación, los ejemplos en nuestros respectivos campos, de esa idea fáustica de enseñar las Ciencias con el hombre adentro. De tales Seminarios, salimos dispuestos a consultar, inventar, trabajar las exposiciones, sobre: Uno, el Método Científico de Investigación – Por el doctor Luis María Borrero. Dos, la filosofía y la Historia – por la doctora Ilse Schultz. Tres, la Unidad de la Naturaleza, vista desde la Ecología – profesor Anibal Patiño, etc. etc. Al cabo de un semestre entregamos estos materiales para su difusión. El curso se inició en el primer semestre de 1970... Pero tantas cosas graves estaban ya sucediendo en Univalle que el curso, en síntesis, fracasó. Posteriormente, el único material de este ensayo que se aprovechó, fue la publicación del precioso libro sobre el “Método de Investigación” del doctor Luis María Borrero, de su trabajo invaluable en esa ocasión. XXX Antes de continuar por esta línea de remembranzas personales, de mi vida y de mi trabajo, séame permitido volver a mi hogar, a mi familia, a ese ambiente que me acompañó hasta 1956, cuando dejé mi hogar paterno para, tres años después, formar el mío con Margarita Lujan hasta hoy y hasta mi muerte. He dicho en varios lugares que soy unamuniano, que a mí también me ha acompañado el, “Sentimiento Trágico de la Vida”, pero que no he cedido a ninguna tentación y he vivido mi vida como ella se ha presentado. Un día de 1961, se presentó, inesperadamente, mi padre a mi casa. Mi esposa, que apenas lo conocía en fotografías, no lo reconoció. Flaco, 105

pálido, tímido, me miró el rostro, como para estar seguro de que era yo; me dijo, con voz apenas audible que le diera una cama para descansar, que estaba rendido y enfermo. Fue mi niñez, mi adolescencia y toda mi vida, lo que vi en sus ojos negros y profundos... Cuando se recuperó un poco, le pedí que me acompañará donde un médico que me conocía, llevándolo al hospital departamental Evaristo García, donde un médico joven, elegante y amable, lo examinó. Le dio una receta de inyecciones que desde ese día se empezó a aplicar. Yo no le pregunté al doctor por la salud de mi padre. Sabía de qué se estaba muriendo. Una silicosis pulmonar antigua, agravada por su soledad y su tristeza. El médico no me cobró, sabía que yo era profesor de la Universidad, y él, el más grande internista, maestro de maestros en su ciencia: el doctor Jorge Araujo Grau, me deseó suerte. Mi padre mejoró un poco. Lo llevé a Medellín. Allí murió en 1964, al lado de su Agripina y sus hijas, quienes, apenas se reponían de la muerte de Adán. XXX Quiero copiar aquí, un poema sencillo que le dediqué a mi padre, quiero decir, a su memoria.

A mi Padre
Negros, secos, profundos, así eran los ojos de mi Padre

No espero tu retorno, meteoro en el cielo de la noche. Como un ardid, como una estratagema, fuiste en mi vida. Tus luces ardientes queman hoy mis recuerdos. Como fuiste en el profundo pozo donde yace la lucha fui yo en mi vida después de tu partida. Ejemplo de soledad soportada entre golpes y heridas, sin otra luz ni guía, sin otra ayuda que tu pensar fuiste urdiendo mi destino. Hoy vienes hacia mí con cada amanecer, con cada sol, Siento tu piel morena, tus brazos poderosos, y esa sonrisa tuya apenas insinuada. Lo que adoro en tí son tus silencios. Un poco de nostalgia por el dolor que ebulle y efervece. Algo de tus palabras sin solemnidades. Voz de duro viajero, caminante sin afanes que guió mis pasos. Amigo, compañero sereno, indiferente a los golpes más crueles. 106

Un ser así, distante, un hombre y nada más, una noche de calma ya pasada. Hablábamos, y apenas respondías; Eran de un fondo oscuro tus pesares. A veces me decías palabras separadas: “Sí. No sé. El tiempo dice todo”. Aún recibo lecciones de tus labios callados. XXX Pero el mundo de Agripina, mi madre, se había ya empezado a desmoronar. Sin protestar. Sin renegar, porque “el que reniega invoca al demonio,” como ella nos decía. Vio, de un día para otro irse a Adán de su lado, Adán seguía tocando sus instrumentos de cuerda, cantando para sus amigos, trabajando por cualquier salario en una empresa sin importancia, ayudando a las necesidades del hogar cuando podía, y enamorado, ahora, de la música culta... Sucedió que una noche de Marzo de 1961, llegó a la casa con el programa de un concierto de violines que iban a ofrecer en el teatro Junín de Medellín, esa noche, a las 9 p.m. se arregló temprano – me contó – Eva. Se puso un vestido azul, de sacro cruzado que lo vestía muy bien. Tampoco era muy alto, se conservaba flaco, “limado”, decía Agripina, y la sopa le caía muy bien… Yo lo recordaba mucho. Siempre fue mi compañero mientras fuimos niños en Yolombó y también en Bello. Recuerdo que el día que le conté que ya había terminado mi carrera de ingeniero, aunque no hicimos ni la menor fiesta en la casa, él fue a la librería de Jaime Navarro, en Boyacá, Librería América, donde sabía que compraba libros y allí me compró, de regalo, el “Diccionario de la Lengua Española”, en la décima Séptima Edición. 1947. Aún conservo esa edición y la uso, “a pesar del tiempo, que lo cambia todo”. A la salida del Concierto, cerca de las doce de la noche, cogió la carrera Bolívar, buscando nuestra casa en la calle Popayán. En algún lugar lo atracaron, dándole muerte a varillazos, lo llevaron a la montaña y al otro día, Eva lo reconoció en la morgue. Ahora que rememoro esta tragedia, recuerdo la primera de las Coplas que don Jorge Manrique escribió, a la muerte de su padre: “Este mundo, es el camino para el otro, que es morada sin pesar. Más cumple tener buen tino, Para andar esta jornada, sin errar” XXX Durante la Decanatura de Estudios del doctor Alfonso Ocampo Londoño, aparte de su liderazgo en el proyecto, desarrollo y construcción de la Ciudad Universitario de Meléndez, cuyo producto terminado está a la vista, ganadora del Premio Nacional de Arquitectura, dos Facultades de singular importancia fueron creadas, cuyos frutos son invaluables: me refiero a la 107

Facultad de Ciencias (Matemáticas, Física, Química y Biología). División de Ciencias se llamó en la primera nomenclatura. Y, la no menos importante: Facultad de Ingeniería Sanitaria… Nadie pretende decir ahora, que fue el doctor Ocampo el gestor único y privilegiado de éstas y otras reformas. No. El doctor Ocampo es un ejecutivo, y médico de profesión. Lo que quiero indicar es que bajo su dirección, múltiples grupos de expertos crearon esos centros de estudio. Siempre he creído que Napoleón, que creó La Escuela Politécnica de París, donde Fourier enseñó las leyes de la Conducción del Calor, no era capaz de comprender esas leyes. La capacidad para tomar decisiones, correctas o incorrectas, no está relacionada con el saber concreto. El doctor Ocampo fue acusado en 1970 de tomar una mala decisión y de no querer corregirla. ¿Por qué? ¿Por orgullo, por vanidad, por prepotencia?. La verdad fue que le causó el retiro de la Rectoría y ocasionó una crisis total en Univalle. XXXX Antes de ofrecer Mi alegatosobre este asunto, desde la crisis de la Universidad del Valle de 1970, quiero reiterar algunos datos que pueden ayudar tanto a los lectores como a mí: El autor de estas notas es un hombre de casi ochenta años. Fue profesor de la Universidad por casi cuarenta años. Nunca fue ni director de Sección, ni jefe de Departamento, ni Decano de ninguna Facultad, ni, obviamente, directivo universitario de ninguna categoría. Fui, lo que suele llamarse, un soldado raso. Así quise serlo, y, como decía Agripina, punto. El modelo de Universidad que encontré en 1958, después de mi ausencia del año 1957, me fue revelando rasgos muy acentuados de una universidad fuertemente influenciada por la cultura de los Estados Unidos de Norteamérica: las ayudas conocidas de las Fundaciones filantrópicas americanas. El idioma predominante en los textos, revistas, y personas vinculadas como profesores visitantes en varios campos; ese ir y venir de Misiones extranjeras, - americanos sobre todo -, hicieron pensar, a los menos prevenidos, que se estaba configurando un enclave de los Estados Unidos, en Cali. Yo, que ya me venía formando como un universitario, con un barniz, delgado, si se quiere, de cultura universal, pero fiel a mis valores tradicionales: al idioma Castellano, el de Unamuno y Antonio Machado. Mi fe inconmovible en el Dios del Calvario. Mi creencia profunda en la honradez y en el derecho de las otras personas a opinar, a controvertir las ideas con respeto y cultura, a mostrar, en fin, que llevaba en mí un hombre racional y sensitivo, como desde hacía muchos años me había definido a mí mismo, hice grandes esfuerzos para no abandonar la Universidad del Valle. ¿Cuáles fueron las razones de que, en ese período de que vengo hablando, la Universidad perdiera a Gabriel Poveda, a Antonio Vélez, a Narses Barona, al profesor español José Antonio Viedma, etc?. No voy a especular. Pudo ser que a todos y simultáneamente, les resultara trabajos mejor remunerados en otras ciudades. Muy raro, porque 108

en la Univalle, rodaban entre muchas personas, los dólares. Tantos, que un grupo de eminentes ciudadanos de la Comunidad, para facilitar el flujo y consumo de esos fondos provenientes de las Fundaciones extranjeras, para la Universidad, se reunieron un día, en alguna parte fuera de los modestos edificios de San Fernando, y fundaron en un dos por tres, la “Fundación para la Educación Superior, Fes”. Y cuentan las crónicas habladas y locales, que esos señores se felicitaron a sí mismos, con tanta efusión, como la que describió el periodista Juan Lozano y Lozano, cuando el General Rojas Pinilla, se apoderó del poder, en 1953, por otras causas más respetables. Fes empezó aliviando, con pequeños obsequios, a los siempre mal pagados profesores rasos. Así como el marido borracho, le compraba galleticas a su enfurecida mujer que lo esperaba los sábados, para calmarla. “Calma Tigre”, llamaban a esas galleticas… Entre los profesores rasos circulaba la anécdota de que uno de ellos preguntó: ¿Qué es la Fes?, y el otro respondió: “es creer en lo que no hemos visto, porque ésta primita nos lo ha revelado”… Las fundaciones sin ánimo de lucro en Colombia, han sido, muchas veces, fuentes de inmoralidad, pues si por delante muestran la limosna o ayuda, por la espalda afilan las garras del león. XXX Vivíamos, pues, entonces, el auge de la cultura americana, ésa de la que dijo Chesterton, que con la paciencia de un pescador con vara, produciría un Shakespeare algún día. Pero traían dólares y había que adaptarlos al humilde Castellano, mediante el artificio de Fes, una especie de escuela de políglotas. Siempre me he preguntado por qué los dólares se tienen que limpiar, ¿será que siempre traen un podo de injusticia?. Había becas de estudio a todo. Bastaba con que los candidatos fueran muchachos sanos, que no portarán gérmenes del hambre de los trópicos. Era suficiente. Hubo muchos viajeros lerdos, estúpidos, pero que hablaban fluidamente el americano. Eso era lo esencial. Lo había dicho Juan Luis Vives, en tiempos muy remotos. XXX En las primeras manifestaciones de los estudiantes, en la huelga estudiantil que presidió la crisis, que fueron rudas, agresivas e irresponsables, como casi todas las de los estudiantes; y, enterado por fin el Gobierno Central de lo que sucedía en la U. del Valle; y cuando supo que el profesorado de la Universidad estaba dividido en dos bandos de difícil conciliación, pidió la intervención de la Universidad Nacional para buscar la concertación. Vinieron dos profesores. Hubo diálogos con líderes de ambos bandos. Algunos profesores del lado opuesto al del doctor Ocampo Londoño, me pidieron que les expusiera a los delegados de la UN, la razón de nuestra solicitud al Rector, de una sencilla rectificación a su 109

decisión en el Consejo Superior de hacer un nombramiento, porque ni el método usado ni el candidato escogido, satisfacía al profesorado de la Facultad en conflicto… Expuse ante los señores de U.N. algunas de las razones de nuestro grupo. Como nunca trascendió al público lo que en ésa reunión se analizó, quiero consignarlas aquí, sucintamente: Hablé de la Universidad que queríamos. Hablé de la importancia de que nuestra cultura siguiera siendo la que hasta ése momento habíamos tenido. Que nos convenía mucho la ciencia y la técnica, pero sin sacrificar nuestros valores por unos pocos dólares. Hablé de la obra que habían realizado en Antioquia, Facultades como la Nacional de Minas, la de Medicina y la Facultad de derecho, por el Departamento y el País, sin necesidad de vender su alma. (Uno de los delegados era ingeniero y el otro, humanista). Tal fue la esencia de mi intervención. Lo que significó en Cali, es bien conocido. XXXX Pero lo que siguió en la Universidad del Valle sí quiero comentarlo… Todo los profesores y estudiantes que intervinimos contra el doctor Ocampo, sin una sola excepción, fuimos llamados “Comunistas”. Muchos de los profesores, fueron expulsados de la Universidad. También unos pocos estudiantes. El vendaval creció. Los líderes del antiguo régimen llenaron la prensa local de vejámenes contra las gentes que quedamos en la Institución. Admirables y amables profesores, arruinaron sus brillantes carreras por apoyar el saliente líder, que sencillamente, se había equivocado en una decisión. Algunos de los estudiantes que intervinieron en el movimiento y quedaron en la Universidad, asumieron una actitud triunfalista que fue la que con mayor acerbía destruyó, por varios años, el orden, la disciplina y la organización de la Universidad. Ellos, con otras no declaradas intenciones, le dieron, en el fondo, respaldo a lo que se llamó “el Ocampismo”, que consistió solamente en dar respaldo irrestricto al doctor Ocampo, sino en contribuir a demostrar cuánta falta hacía el líder, al atentar contra el orden de la Universidad, que no era del líder, sino de la formación, que desde antes de él se ofrecía. En otros términos. Los estudiantes que inventaron los vetos, contra cursos y profesores, que acusaron por sospechas ideológicas a eminentes profesores, le hicieron el peor daño a la Universidad. Contribuyeron a su deterioro; coincidiendo así, con las voces de los que hablaban mal de la Universidad, a fuera. XXXX Los estudiantes que querían continuar con sus estudios, así como los profesores que permanecimos en la Universidad, con el mismo espíritu de 110

enseñar, de seguir trabajando en nuestros proyectos de investigación y de estudio, sufrimos todos los vejámenes que unas agresivas pandillas de gentes compuestas por estudiantes y algunos profesores, dizque de formación Marxista. Ellos se encargaron de demostrar muchas cosas: primero, que la Universidad del Valle, como la Entidad que era, a éllos no les importaba. Segundo, que sus estudios mismos, eran simples pretextos para poder impulsar la Revolución de traían de afuera. Tercero, que para éllos, la presencia y destino del líder, era secundaria, y que lo que se les presentara en tales circunstancias, era la ocasión, la oportunidad, de ser ellos los precursores de la esperada revolución. Por supuesto hubo en la Universidad varios infartos al corazón, de profesores. Una pena. Un dolor indescriptible. Apóstoles de la ciencia y la cultura. Maestros incomparables que sufrieron en su propio cuerpo fisuras irreparables. El hombre es racional y sensitivo, y no hay que poner barniz en sus heridas para cubrir su angustia. XXXX Yo no sé cuántas experiencias vitales les dejaron a los protagonistas principales, los hechos sucintamente descritos hasta aquí, de la crisis de la Universidad del Valle en 1970. Para mí, que fui un participante secundario, que real y verdaderamente, en lo personal, no fui afectado mayormente, aparte de algunas ofensas que en poco me afectaron, obtuve sí, algunas experiencias útiles, no por mí, sino por lo que pude observar: la autoridad, si no está asistida por la humildad, la destruye siempre la soberbia. El elogio desmedido y servil, es el peor enemigo de toda autoridad. Todo hombre necesita, requiere, que cuando obra bien y con justicia y sabiduría, le sean reconocidas sus labores. Y todo hombre necesita, requiere, que jueces justos digan cuándo esta obrando mal. Más o menos ésta filosofía, la había yo aprendido de memoria, en mi primer libro de lectura que me regaló mi maestro don Francisco García, allá, en mi lejano pueblo Yolombó, hace casi 60 años. Es lo que nos enseña, el libro El Carácter, de Samuel Smiles. XXX Antes de continuar con mi vida académica, que prosiguió hasta 1990, cuando me pensioné. Quiero recordar hechos muy variados de mi vida familiar y personal, que me afectaron seriamente. La felicidad de mi hogar, establecido ya en mi casa propia del barrio Tequendama, se afectó cruelmente por una dolencia de Margarita, que se prolongó por más de cinco años. Fue como una visita larga de los cuervos más negros y asquerosos. Ellos, los cuervos, no preguntaron si disfrutamos de la felicidad o la desgracia. Ellos vuelan sin rumbo ni destino; se detienen aquí, donde apenas la dicha se insinúa, o se van a las guerras, a destrozar soldados inocentes. Se posan sobre al menos en los ricos palacios, y matan las princesas, entristeciendo al mundo con su sordo graznido. O van al hospital, o al hospicio, sacando a los niñitos, para 111

jugar con ellos, el juego de la muerte. Los cuervos son así, todos los hemos visto… Fueron años de dolor, de angustia, de blancos hospitales, de rezos, de plegarias, medicamentos, cirugías y siempre los ojos puestos, en el Dios del Calvario. Lo recuerdo muy bien, y aún saltan mis lágrimas: el día y en la misma hora, en que Neil Armontrong tocaba con sus botas fantásticas el suelo de la luna, las gentes hacían saltos de alegría, y yo, estaba al borde del lecho, en la Clínica del Rosario en Medellín, esperando la muerte de Margarita; que, sin perder la calma, oraba, pidiéndole al Cielo, por su vida… Y el milagro se dio. En ése día, una cirugía feliz salvó su vida. Y Armontrong caminó, un poco vacilante, sobre el suelo lunar… Después y gracias a la técnica, nosotros reunidos frente a Margarita, radiante, con sus hijos mirándola más a ella que a la televisión, vimos, ansiosos, el milagro de Armontrong, en otro día. XXXX Pero los cuervos son insaciables. En 1972, mi familia en Medellín. o mejor dicho, lo que de ella quedaba, Agripina y sus dos hijas, fueron avisadas de la muerte de Quíque, el primogénito de Agripina; el que se crió con los abuelos en Amalfi, el que abandonó a las tías viejas cuando murió la abuela Filomena Ríos, quien lo había sacado del hogar de Agripina, para quedárselo, dizque porque fue muy bello cuando niño. Quíque, mi hermano, fue un artesano con ínfulas de artista y fracasado. Retratista. Pintor de paisajes locales. Zapatero de nuevo y de remonte. Carpintero ordinario. Hablador. Enamorado de las rancheras mejicanas y, para terminar, bebedor y vagabundo. Cuando llegó a Bello, por primera vez, Agripina nos pidió que no l visitáramos. Instaló un taller en la vía para Fabricato y allí se ubicó con sus mesas de Zapatería, banco de carpintería, maderas para marcos de madera etc. Ahora, había muerto en la casa de una hija natural de Antonio Ceballos, es decir, una sobrina de Agripina. Eva, mi hermana, que siempre ha sido fuerte. Callada. Seria. Como apretando los dientes y mirando el mundo; como lista a denunciar en dónde se equivoca, le regaló una tumba en el cementerio de San Pedro, en Medellín. Él, Quijote, murió sin amor, porque nunca en su vida sintió amor. Las voces, los recuerdos del mundo de Agripina se redujeron tanto, que la pequeña casa donde vivió hasta su fin, parecía la morada del silencio. De ese año, en adelante, le sentí como un desgano, como un silencio puro, agazapado en el alma. “Yo me voy a morir muy pronto” decía. Y era la voz de mi madre, pero como cascada, golpeada por los años y las penas; con sus cabellos casi blancos y sus ojos sin brillo, llevando, entre los labios, un tabaco delgado y apagado pues, parecía, que era el sabor amargo, lo que la consolaba. XXX VIII 112

Cuando repaso mentalmente cuántas cosas útiles para mi trabajo, para la Univalle, para mis hijos y familia etc., hice en la década de 1960 al 1970, me admiro de cómo es de larga la vida, ciertamente, cuando uno se aplica a vivirla, con fe y entusiasmo. En ése período profundicé, por mi propia cuenta en la teoría de la investigación científica. Leí y releí, libros como, “An Introduction of Scientífic Research” del E. Brght Wilson, Jr.; el clásico libro de Norman Robert Cambell, “Founddations of science”. The philosophy of theor and experimente, etc. En ellos comprendí – creo yo -, los fundamentos de la investigación científica. Adoptamos el método que practicaban los profesores de la Facultad de Medicina, en el cual analizaban artículos clásicos de investigación, y también artículos recientes, publicados en los Journals, ellos en sus campos, pero nosotros, en nuestros campos: Journal of physical Chemistry, J. Of Chemical Education, etc. Así, nos fuimos aproximando a ese mundo maravilloso de la Investigación científica y tecnológica. Una cosa, es la teoría, respecto del Método de investigación. Pero otra, muy diferente, es la práctica, éstos es, asumir la resolución de un problema de investigación, por sencillo que sea. Fue, en ese tiempo, cuando decidí ensayar la cromatografía de papel, en una y en dos direcciones. La cromatografía de Columna y la de placa delgada, que ya empezaba a desplazar a la primera. El primer problema que me planteé, fue el de conocer, cuántos aminoácidos esenciales, tiene la proteína del Chontaduro, ese fruto popular que se consumía en abundancia en el Valle del Cauca. Consulté, en ese tiempo, al doctor Antonio Calás, bioquímico español, quien vino a colaborar con la sección de Bioquímica de la facultad de Medicina. Conversé en Medellín, con el doctor Luis Pérez Medina, PhD., quien había sido mi profesor en la U. de A., y hasta lo invité para que nos ofreciera una conferencia, sobre el uso del Espectómetro Infrarrojo, en la dilucidación de estructuras moleculares. Él, amablemente, vino a Cali y nos ofreció tal conferencia, etc. Éste estudio, me llevó, casi sin tener aún un propósito definido, a orientarme hacia los Productos Naturales. Participaron en el trabajo varios estudiantes de la Escuela de Tecnología Química, que había sido creada, por el profesor, ingeniero químicao, Narses Barona Montes de Oca, quien era como un motor del Departamento de Química. Entre los estudiantes que participaron, recuerdo, con especial cariño y admiración, a la señorita Teresita Sellarés y a Dévora de la Cuesta, quienes hicieron sus primeras prácticas de laboratorio en el programa. De éstos estudiantes, resultó, finalmente, un artículo publicado más tarde en la revista americana Economic Botany, gracias a la ayuda invaluable de los sabios de América, el doctor Víctor Manuel Patiño, naturalista, conocido en el mundo entero. Su amistad, su ayuda, su entusiasmo por estos estudios, son el ejemplo más vivo que llevo en el corazón. Esta experiencia y el ejemplo del doctor Pérez Medina, quien trabajó en el Campo de las Solanáccas, me mostraron la posibilidad de creer en el Valle, un centro de investigación en Productos Naturales. Para ello, invité a científicos como el doctor Alvaro Alegría PhD., de la Universidad de Harvar en EE.UU., al doctor Carlos Corredor, Ph.D. de la 113

Universidad de Durham, en EE.UU., al doctor Vicente Piazuelo, bioquímico español, al servicio de la Sección de Bioquímica del U. del Valle. etc. Así fue como entré a la investigación. XXX Pero en mi campo, propiamente, el de la Fisicoquímica, empezamos también a practicar el método que le habíamos aprendido a los Médicos, es decir, el análisis, discusión y búsqueda del meollo de los artículos publicados en los Jounales correspondientes. Adoptamos el método, también aprendido de los profesores de Medicina, de hacer exposiciones entre nosotros sobre artículos, clásicos o modernos de temas científicos. Recuerdo ahora, una charla que dicté en un salón de ingeniería eléctrica, sobre el uso de la teoría de grupos en la revelación de propiedades de algunas moléculas, con la sola caracterización del grupo a que pertenece. Recuerdo, también, las efusivas felicitaciones que me prodigó el doctor Espíritu Santo Botero, por esa charla, etc. XXX Entre 1963 y 1967 viajé a dos seminarios cortos al exterior. Uno, a Norteamérica, a la Universidad de North Carolina, Chapel Hill, a fin de escuchar algunas conferencias sobre estructura molecular y uso del espectrómetro de Resonancia Magnética nuclear en la identificación de protones en las moléculas. Tuve en esa ocasión la oportunidad de hablar y conocer el joven profesor Charles N. Reilley, un maestro de la electroquímica analítica, de quién había leído algunos de sus artículos. En el otro viaje, que lo hice en compañía del doctor Rodrigo Paredes, uno de nuestros profesores de Química orgánica más admirados en nuestro Departamento, fue a la ciudad de México, a la U. Nacional, Torre de Ciencias, donde recibimos exposiciones sobre espectroscopía Molecular aplicada a Productos Naturales, etc. XXXX Gracias a la ayuda de la Fundación Rockefeller, que aceptó ayudarnos trayendo de Norte América una misión científica encabezada por el doctor Francis T. Bonner, jefe del Departamento de Química de la Universidad del Estado de New York, en Long Island, puedo decir que, con ésta sola ayuda, nuestro modesto Departamento de Química, se orientó, halló su centro, descubriendo su verdadero objeto y propósito, (así como nuestra Facultad de ingeniería química en Medellín, había encontrado su verdadero objeto y propósito, en las manos del doctor Guido Horguera, como ya lo narré). El doctor Bonner fue para nosotros, una guía, un amigo, el más sincero colaborador de nuestro entusiasta pero aún no definido propósito. Él nos conoció personalmente. Comprendió lo que estábamos intentando hacer, nos dio pautas, nos recomendó equipos sencillos que debíamos conseguir. Nos habló acerca de las líneas que podían impulsar. Nos abrió las puertas 114

de su famosa Universidad, donde podíamos enviar a estudiar a nuestros más promisorios jóvenes en el área que más necesitábamos, etc. El doctor Bonner fue para nosotros, un amigo, un consejero, un compañero de trabajo. Y ahora, mientras recuerdo con infinito cariño su amistad, su espíritu sencillo, su simpatía y comprensión, me detengo a pensar en cuanto puede hacer, e hizo para nosotros, (unos hombres apenas iniciados en éstas biles de la educación científica), un maestro de arte, sencillo, amable, comprensivo de nuestra real situación. El doctor Francisco T. Bonner, repito, impulsó, centró, puso el rumbo apropiado a todos nuestros esfuerzos, voluntariosos pero aun no bien orientados. Cómo me agrada expresar, a mi modo, este profundo agradecimiento por la labor desinteresada que desarrolló entre nosotros, el doctor Bonner. Supimos más tarde que él es un miembro de una casta clásica de educadores científicos en su país. Lo que se hereda no se hurta, decíamos en Castellano. Bonner hablaba el Castellano, cuando su interlocutor era lento y torpe para hacerlo en ingles, como fue siempre mi caso, pero lo hacía, obviamente con mayor seguridad, cuando su oyente hablaba el ingles con fluidez, como nuestros colegas Edgar Martina y Rodrigo Paredes. Pero todos le comprendíamos. Porque en todas las situaciones de la vida, el lenguaje universal, lo traduce la amistad, el calor humano, esa combinación de inteligencia y sensibilidad, sobre la cual tantas veces me he referido en estas memorias… No hay que hacerme caso cuando digo que los Estados Unidos no han producido un Shakespeare todavía. Sé que no solamente éllos, sino el resto del mundo; en ése aspecto, seguimos pescando con vara. Shakespeare no hay sino una. Pero lo que sí afirmo, es que la mayoría de los hombres americanos son gente de buenos sentimientos, y que hombres como Francis T. Bonner, está en ese grupo de, “gentes buenas que caminan, y van aromando la tierra”, como dijo Machado. XXX Gracias, pues, al doctor Bonner, la Fundación Rockefeller nos aprobó una lista de equipos para estudios de química, que incluyó, espectrofotómetros para la luz visible, ultravioleta e infrarroja. Equipos para cromatrografía líquida y gaseosa. Potenciómetros de varias clases, etc. Y recuerdo muy bien que con el jóven profesor Francisco Gensinifosi, ingeniero químico de Univalle, pudimos construir el primer gran laboratorio que denominamos pomposamente Laboratorio de Análisis Instrumental, que fue la admiración de don Mario Carvajal cuando lo vió, haciendo el comentario de que aquello era como una sección de Cabo Cañaveral. Con éste apoyo, continuamos pensando en la fundación de la Facultad de Ciencias. (1964) El doctor Bonner apoyó la idea de que el profesor Walter Correa Cadavid, ingeniero químico de U de A, quien se había vinculado al departamento de química, fuera a la Universidad de New York, en Long Island, para obtener su doctorado, donde en efecto, realizó su PhD en Química Orgánica, quien 115

volvió al profesorado y un poco más tarde a la decanatura de la División de Ciencias. Por su parte, el ingeniero Francisco Gensinifosi, viajó a la Universidad de Conell, donde obtuvo el PhD, en Ingeniería Química y también volvió al profesorado de Univalle. XXX Observación; Quiero dejar en estas notas, escritas de mi puño y letra, que la afirmación que difundieron muchas personas desde la Facultad de Medicina, hacia 1972, de que Angel Zapata fue uno de los causantes de la salida de Cali de las Fundaciones de apoyo a la Universidad del Valle, es una pobre calumnia, producto de la ignorancia y de la mala fé. Durante toda mi vida profesional, que fue académica esencialmente, fui un simple ingeniero químico, absolutamente honrado: no tuve interés sino en los conocimientos. Ni en el poder, ni en las influencias, ni el dinero, etc. ¿ Cómo podría yo propiciar, querer, desear, la salida de las fundaciones, cuando había conocido tan bien sus ánimos de ayudarnos? Lo que combatí, y combatiría de nuevo, fue esa rebatiña que por los dólares se armó en la Universidad por el espíritu mezquino de mercaderes de la educación, que hoy posan de Prohombres. XXXX Después de 1970, la Universidad del Valle, fue dirigida por varias personas durante el largo periodo de su crisis. El suceso del doctor Alfonso Ocampo Londoño, fue un joven economista del Valle, sacado de sus asuntos de Bogota, donde residía, y a quien le correspondió obedecer las disposiciones de las autoridades del Departamento del Valle, para sancionar a aquellos profesores y estudiantes que fueron señalados por las autoridades como los responsables de la huelga y movimientos que dieron el traste con la Rectoría del doctor Ocampo y sus consecuencias. Mirando, el doctor Hugo Restrepo, el Rector encargado de quien estoy hablando, la galería de retratos de Rectores que adorna la sala de sesiones del Consejo Académico, de la Universidad, me dijo un día: “Y saber que yo no alcancé en mi rectoría, ni siquiera el honor de una acuarela”. El doctor Restrepo, cumplió fielmente las encomiendas recibidas que hizo Mutis por el foro. La Rectoría del doctor Alberto León Betancourt, si fue en propiedad. El doctor Alberto León fue un ingeniero civil de la Universidad Nacional de Bogotá . PHD de los EE.UU. Una autoridad en sistemas. Había sido servidor de la Univalle como Decano de la Facultad de la Ingeniería. Autor de varios libros y de muchos estudios sobre temas de su campo. Hombre amable, accesible, enamorado de la educación y de la academia, simpático y buena vida, sin nunca olvidarse de sus altas disciplinas científicas y matemáticas y, especialmente, de la computación: el introdujo la computación a la Universidad y, en ese campo, se movía como pez en el agua. Nombro como Decano de Estudios de la Universidad, al Doctor Francisco Gensini Fosi, ya mencionado en estas notas. El doctor Gensini había recibido su PHD en la Universidad Cornell de EE.UU, con las mayores distinciones... Dentro 116

de lo que permitían hacer los estudiantes de izquierda que se habían propuesto deformar la Universidad y prepararla para la Revolución, la administración de los doctores León Betancourt – Gensini Fosi, fue, el primer intento serio por rescatar la Universidad de esa jauría que se había apoderado de ella. XXXX Mi trabajo en el departamento de química en esos años, se redujo a ofrecer mis clases de Fisicoquímica para los químicos puros y a veces, para los ingenieros químicos, ofrecer cursos de Análisis Instrumental los químicos; dar cursos de química general e investigar: Unas veces en productos naturales, otras, en el estudio y experiencias en solución iónicas; y también inicié un estudio acerca del aprovechamiento de la Tierra diatomica, aprovechándolos depósitos de este material que existen al norte del Valle del Cauca. Los estudiantes, unos pedían trabajar conmigo; otros me vejaban por reaccionario. XXXX Avanzada ya la década del setenta, empezaron a regresar varios de mis alumnos que habían concluido sus estudios en el exterior: doctores, Masters, PHD; algunos con muchos deseos de vincularse al departamento de química, con sus especialidades en Química Orgánica, Fisicoquímica, analítica, etc. Algunos me reconocieron como el profesor que siempre había conocido, otros, no se si aprovechando la crisis, hicieron brotar sus fastidios y dieron comienzo a una campaña de descrédito y disminución de mi trabajo, dizque porque el departamento, no debía estar dominado por ingenieros químicos. Así empezaron la campaña contra el doctor Edgar Martina, profesor de Química inorgánica; contra mi, porque en tantos años nunca había hecho nada en el campo de la fisicoquímica; contra la doctora Nelly de Palacios, la mas clásica educadora de la química analítica del departamento de química, la profesora que los inicio en esos temas etc... Ninguna de nosotros había pregonado nunca, que era autoridad en su campo. Estábamos ansiosos de que ellos regresaran a asumir las clases mas avanzadas en el departamento. Pero ellos, directa o indirectamente, lo que esperaban era nuestra salida de la Universidad. Lo pensé mucho. Como en todo mi tiempo de servicio nunca había pedido un año sabático, al que tenia pleno derecho, me puse a pensar en lo que haría en ese año. Mire hacia mis papeles y me encontré con cientos de notas sobre mi materia, que habían sido la base de mis cursos de fisicoquímica. Pensé, que el camino que nos lleva al cielo, siempre será el que va al cielo, cualesquiera que sean los obstáculos que se puedan encontrar. Porque, por otro camino no saldría a ninguna parte. Pensé también, que alejándome del departamento durante un año, mis buenos discípulos no iban a olvidarse de mí completamente, pero quizás, 117

ellos, también hallarían sus propios caminos, en la investigación, por ejemplo, en la que estaban mejor preparados que yo, y habiendo en todos los campos de la ciencia tanto espacio para trabajar, ellos los aprovecharían y no tendrían que insistir en expulsar a sus viejos amigos profesores. Con estas ideas prepare un plan de trabajo para pedir un año sabático para escribir un manual de fisicoquímica general, porque, pensé, que muchos estudiantes agradecerían este esfuerzo, por razón de que casi todos sufrían con los textos de esa materia, siempre en ingles, principalmente. Así procedí. El doctor Gensini aprobó el plan y me ayudo con el Consejo Directivo que fuera aprobado. De modo que, en veinte días, estuve preparando mis notas, mis textos, revistas y hasta libros de divulgación, para dar comienzo al trabajo. Trabaje sin descanso y a los 2 meses, fui con mis primeros manuscritos hasta la secretaria del departamento de química. Doña Cecilia de Lañas, quien lleno a maquina, a doble espacio y copiando los dibujos que le suministre, de los primeros capítulos, iniciando así el trabajo que se prolongaría por ocho meses. Fueron treinta y tres capítulos en total, escritos por doña Cecilia, a maquina común, de las viejas, y ella, con una voluntad y un cariño, como debemos hacer todas las cosas en la vida, reproduciendo mis dibujos lo mejor posible, usando la de la ordinaria para las diferenciales y una especie de gancho hecho manualmente para las diferenciales parciales, y usando integrales y sumatorias dibujadas a mano, así, en un esfuerzo que a mi me parecía como la invención del simbolismo matemático, doña Cecilia logro terminar de copiar el libro. Los treinta y tres capítulos fueron organizados en tres volúmenes cuyos títulos quiero copiar: Primer Tomo: Teoría Cinética – Termodinámica Fundamental Segundo Tomo: Principios de Teoría Atómica y Molecular. Tercer Tomo: Soluciones – Equilibrio – Electroquímica – Cinética – Coloides. A maquina, fueron mil doscientas sesenta paginas. Recuerdo que me esforcé de tal manera que al terminar el libro ya no podía dormir. Me iba de la casa, a cualquier hora de la noche, a dar vueltas, despacio en mi automóvil, como esperando que una brizna del sueño de los que descansaban placidamente, me alcanzara a mi, en la soledad de la noche. No me enferme. Con tres días de voluntario descanso en mi casa, charlando con mis hijos y mi mujer, volvería a ser el mismo. XXXX De ninguna persona recibí felicitaciones, excepto de mi esposa Margarita y de mis hijos, quienes, como milagrosamente, habían recuperado a su padre, que, sin ellos saberlo, andaba volando sobre los orbitales moleculares. Muchos profesores pedían su año sabático para escribir un libro. Al cabo del plazo, tenían tres o cuatro capítulos que al volver a su trabajo normal, olvidaban completamente. Para estar seguro de que yo no haría lo mismo, el Decano de estudios me solicito que periódicamente le pasara un informe sobre mis progresos. Así lo hice, religiosamente. 118

Por sugerencia del Jefe del Departamento, me presente ante el Jefe de Publicaciones de la Universidad, para ver si el quería comprometerse con al edición – así fuera económica – del libro. Lo vio. Reunió su Comité de Publicaciones, y en pocos días me informaron que la imprenta de la Universidad, no estaba en condiciones de editar el libro. Yo le creí, porque en 1976, la imprenta no tenia medios para embarcarse en la publicación de un libro complejo, lleno de ecuaciones matemáticas, diagramas, curvas, tablas de propiedades de la materia, y, por sobre todo, no había voluntad para abocar ese trabajo. Además, ni yo, ni la Universidad, tenían medios económicos para entrar en la aventura de editar un texto de tan limitado uso. De todos modos y o había cumplido con mi compromiso antes las directivas de la Institución. XXXX Volvía mis clases normales. Había pensado que ese año de duro trabajo mío, a favor de los estudiantes, quizás, había demostrado cuánto quería yo mi trabajo. Pero sucedió que mis jóvenes enemigos no habían cambiado nada. Ni ellos, en ese período, habían propuesto nuevas iniciativas, ni los cursos eran mejores que los que yo había ofrecido. Ni había mejorado las prácticas de laboratorios, en cambio, continuaban haciendo lo mismo: una rutina y hablando mal de todos los ingenieros químicos que, por las circunstancias, habíamos iniciado y desarrollado el departamento. Encontré que el doctor Edgar Mutina, el profesor que había iniciado la enseñanza de la química inorgánica estructural, se había pensionado, abandonando el departamento sin pena ni gloria, y con una ridícula pensión. La doctora Nelly de Palacios, la persona que le había enseñado química analítica a todos los químicos e ingenieros químicos, no se había retirado, pero llevaba una vida aislada, refugiada en su oficina, cumpliendo, resignadamente, con sus clases... Pensé en la mística, la dedicación tenaz y animosa, no era suficiente en el departamento, para convencer a los sabios graduados en el exterior de que nuestro trabajo era honesto. Resolví pensionarme. Lo hice a principio de 1977. Me sentí libre, con ánimos, y, como en otras ocasiones, me puse a pensar en lo que podía hacer. Volví a pensar en la pequeña industria. Del libro de Fisicoquímica, con la ayuda de la señora Cecilia de Lañas, y la pequeña imprenta que le servia al departamento, hicimos, casi con las uñas, una edición barata del libro, no mas doscientos ejemplares por tomo y lo pusimos a la venta, aparte de los que regalamos. Algunos estudiantes los compraron. Uno o dos profesores de la materia, lo usaron y el resto, fueron pasto de ratones y de animales papivivoros, en los estantes. En mi pequeña biblioteca personal, conservo un ejemplar completo de mi trabajo de un año, hecho con destelar y esfuerzos. Uno de mis tantos sueños académicos. 119

XXXX El doctor Alberto León Betancourt se retiro de la Rectoría en 1974 y lo sustituyo, con mucha aceptación por quienes lo conocían, el doctor Alvaro Escobar Navia; un abogado economista que había sido Secretario de Hacienda y de Gobierno, de la Administración departamental del Gobierno del doctor Marino Rengifo Salcedo, el gobernador que había sorteado la crisis de 1970. El doctor Alvaro Escobar Navia era entonces hombre joven, de mucha personalidad comprometido con la inteligencia en múltiples aspectos. Yo apenas lo había conocido casi accidentalmente en una reunión de profesores con el Gobernador Rengifo, en la Gobernación, precisamente en esos agrios días en que le estábamos pidiendo al Rector de la Universidad que rectificara su decisión....Volví a verlo en la Universidad, cuando èl estaba desarrollando las actividades mas decididas, justas, equilibradas, por retraer espíritu universitario a las aulas...Con el doctor Escobar Navia, la Universidad recupero gran parte de su orden y disciplina. Creo que fue espíritu equitativo, no permisivo, sino de justicia, equilibrio, buen tino y su cultura universal, que la distinguió tanto de otras personas. Con èl, se podía hablar, con igual entusiasmo, de los problemas disciplinarios de la Universidad, de los problemas sociales de Cali y del Departamento, lo mismo que de filosofía, socialismo y hasta de nuestros problemas de ciencias naturales... este respecto, puedo contar una anécdota que viví, durante el año de 1976, antes de retirarme de la Universidad. XXXX Unos pocos profesores de nuestro departamento, que seguíamos soñando con los Productos Naturales, entre ellos, que recuerdo, el doctor Arnoldo Ramírez, el doctor Jesús Larrahondo, el doctor Fabio Zuluaga actualmente Decano de la Facultad de Ciencias de Univalle, etc., le solicitamos al Rector Escobar Navia, que nos ofreciera el discurso inaugural, de un seminario sobre Productos Naturales que habíamos organizado en Univalle, y para el cual, el Rector, no solamente nos ayudo mucho en su financiación, sino que acepto, gustoso, inauguran el seminario. Lo hizo con una pieza oratoria preciosa, sobre la importancia de tales estudios. Yo lo escuche sentado al lado del doctor Jorge Domínguez, uno de los genios del los P.N. que había llegado de México, y quien fue el alma de ese Seminario....En un momento de la exposición del Rector, me pregunto, discretamente “¿Es un naturalista, este jóven?”. Le respondí, orgulloso, que era un abogado. “Vaya, vaya, me respondió,” y siguió, admirado, escuchando la exposición. Así fue el doctor Escobar Navia: hombre culto, de saberes universales, y, una de las personas mas sentidas por toda la sociedad caleña, cuando murió al poco tiempo, victima de complicaciones de su salud... Mis alumnos, que organizaron logísticamente el Seminario, entre quienes recuerdo a Cecilia Madriñan, Amparo Granada, y otros, volvía verlas en las honras fúnebres del Rector, cuando asistíamos a sus 120

exequias y yo, que ya estaba jubilado, asistí a ellos y todo accidentado y malo de salud.

XXXX El Ultimo acto a que asistí con Escobar Navia fue una noche en la que me ofreció un pequeño premio que me había sido concedido por un jurado que califico algunos trabajos de investigación, que habíamos presentado a un concurso auspiciado por la compañía, Expreso Palmira, con motivo de sus veinticinco años de actividades. El premio, esa noche, lo ofrecieron los doctores Escobar Navia, como Rector. El doctor Emilio Aljure, como Presidente del Jurado califacador, el representante de la empresa y el Decano de la Facultad de Ciencias, doctor Jairo Alvarez, PHD. Esa noche, como siempre, hablamos de la Universidad, de mi investigación, que fue una serie de experimentos sobre la tierra diatomáceas del norte del Valle del Cauca, su uso e importancia y el doctor Escobar, me ofreció el titulo de Profesor Honorario. El doctor Escobar Navia murió, en 1978. XXXX Desde que me retire de la Universidad, en 1976, acorde con el doctor Walter Correa Cadavid PHD; y el doctor Francisco Gensini Fosi PHD, instalar una pequeña fabrica de Caolín lavado y clasificado, para varias empresas industriales del Valle del Cauca. Para ello, compramos una tierra en un sitio llamado “El Paso de la Bolsa” situado casi en los limites geográficos del Valle y el Departamento del Cauca. Habíamos conocido y ensayado el Caolín, (una tierra blanca, existente en Santander de Quilichao, un pueblo del Departamento del Cauca. Este material, purificado, blanqueado y clasificado, tiene aplicación en pinturas, refuerzo de plástico, industria de papel etc. Instalamos una pequeña fabrica, y usaríamos el método llamado, “Clasificación en húmedo,” en unos sencillos equipos diseñados en su mayor parte por el doctor Gensini, quien ha sido toda su vida activa, un ingeniero químico experto en diseño, calculo y construcción de equipos de ingeniería química; aparte o complementario, a su alta formación académica. En menos año y medio estuvimos procesando el material, y vendiéndolo a varias empresas. En el año de 1978 sufrí un accidente de trabajo que me costo hospitalización por mas de dos meses. Fue, durante ese periodo, cuando se agravo la salud del doctor Escobar Navia y su desaparición coincidió con mi convalecencia. Por eso, asistí a sus exequias, vendado el cuerpo y apoyado en Margarita y un amigo. Pero no fue mi caída accidental la que trajo a la empresa varias viscitudes: el doctor Gensini – el hombre que me salvo la vida en el accidente -, volvió a vincularse a sus cátedras en la Universidad, después de ser el colaborador principal en los proyectos industriales y que el doctor Alberto León Betancourt venia impulsando desde la Presidencia General 121

del Banco Popular. El doctor Correa había aceptado un puesto en el Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT) en Cali, y yo me quede luchando con la empresa (Genzaco), como llamamos a nuestra pequeña sociedad del Caolín.. Acordamos vender el montaje. Los precios del Caolín, eran bajos. Nuestra capacidad de producción, baja y nuestra posibilidad de incrementarla remota. Así que en 1980 vendimos la fabrica con relativamente pocas perdidas respecto al capital invertido. Estaba yo pensando en cual otra quijotada me embarcaba, cuando me encontré con el doctor Guillermo Valencia, Decano de la Facultad de Ingeniería de Univalle, me pidió que volviera a la cátedra, el, que había sido mi discípulo en la Facultad de Ingeniería Sanitaria y sabia que, por encima de todo, yo era un profesor. Renuncie a la pensión de jubilación, y entré, en 1980, al Departamento de Procesos Químicos y Biológicos, como profesor de ingeniería. XXXX Entre al Departamento de Procesos Químicos y Biológicos, con el encargo de ofrecer clases de una materia llamada Introducción a los Procesos Químicos, y darle impulso a las investigaciones.... Pero, en 1981, recibí la noticia de mi casa en Medellín, de que había muerto Agripina, mi madre. Viaje a sus exequias. Llevaba el alma revuelta, pensando en su vida y en mi vida. Era ya un hombre de sesenta años. Acepte el golpe inexorable con el apoyo de mis hijos y de mi esposa, a quien ella adoraba. Mi hija, Angela Maria Zapata, estaba terminando su carrera de Matemáticas en Univalle; Luz Elena, empezando su carrera de Trabajadora Social, en la misma Universidad, y Luis Gonzalo, reponiéndose de una crisis nerviosa que lo atormento por varios años. Me resigne a mi suerte y volví a mi trabajo, triste, pero con las mismas fuerzas que siempre me habían acompañado. Un día en una tarde de nostalgia, recordando la humilde vida de Agripina, su soledad continua entre sus voces que eran de angustia callada y resignada. Viendo pasar las nubes bajo el cielo, mirando en silencio el paso de los días sin nunca cambiar nada, le escribí estos versos que nunca he publicado: Madre: ¿Qué voces de sacuden en tus largos silencios?. ¿Háblas con Dios? ¿Reniegas de la vida? Tu me enseñaste que todos los que reniegan, invocan al demonio. No creo que lo hagas. Tu rosario nocturno, tus plegarias, las oraciones que hablan por nuestro pueblo, pobre, abandonado y triste, no pueden ser reniegos: son voces de esperanza. Descansa en paz Madre, deja que el cielo todo te penetre, que la vida es así, como tu vida: deberes, trabajos interminables, débiles ilusiones, y dolor incansable. Algún día, Madre yo estaré a tu lado. Hablaremos de todo lo hermoso de la vida: del amor, de las flores, de tus ojos alegres con que me despertabas, de la esperanza, cierta, de que aún te quiero, y sabrás que te quise, a pesar de las horas que estuve separado. Recuérdame, Madre y vive siempre en mi... 122

A mi Madre
Pequeñita, risueña y agorera era mi Madre

Ahora que te llevo en mi memoria coronada de luces, siento tu voz enérgica y sonora. Un río de palabras hermosas y risueñas escuchaba al despertar: Por la escuela, por tu padre, por mí; deja ese lecho y báñate tan siquiera la cara. Hoy tu nombre y tu acción, dulce energía, van trazando sin voces mi camino. Ahora eres canción, beso y violeta ahora ya caminas sobre nubes despertando con voces los luceros, y yo sigo en la tierra errando solo. Un mar de sueños tuve en mi recuerdo, era una roca altiva que veía pasar sin importarme la cuenta del reloj. Los años me llegaban y se iban, sin presentir que en este día tu nombre llenaría de pena mi memoria. XXXX La Universidad que encontré, en el ochenta, me pareció distinta, había otra vez fe y esperanza. No se percibían los odios. Había optimismo. Confianza en el futuro. Muchos deseos de cambiar. ¿Hacia donde? El ritmo del trabajo era normal. Mística. Entusiasmo. Cambios generacionales. Madurez. Nuevos desarrollos. Progresos tecnológicos innegables. Aunque de computadores, en las comunicaciones, aunque es verdad, se percibían las carencias de muchos medios físicos por el agotamiento de recursos. Había pasado el auge de la abundancia que invadió a la Universidad en el largo periodo de las ayudas exteriores. Ahora, éramos los mismos pobres, pero mucho habíamos ganado. Libertad de elegir, entre tantos caminos. Ingeniería había elegido la investigación, y por esa razón, me solicito que hiciera una sola clase, Introducción a los procesos Químicos, y todo mi otro tiempo, lo dedicara a impulsar la investigación, con los jóvenes de tesis en Ingeniería química; con ayudantes en proyectos personales, a toda hora, porque el propósito era como un plan compulsivo. Durante esos diez años, hice, en verdad, muchas cosas. Ayude a realizar, con colegas tan eficientes y bien preparados como el doctor Jaime 123

Jaramillo, un adelantado ingeniero químico de la Universidad Industrial de Santander; con el doctor Alfonso Manrique, ingeniero químico de Univalle y Master de los EE.UU., además de especialista de la Universidad de Holanda; con el profesor doctor Oscar Vergara, un clásico maestro de la ingeniería química de Univalle, y con la tecnóloga química de Univalle, señora Gloria Lasso de Fernández, etc. desarrollamos más de quince investigaciones, con alumnos de Ingeniería química, cuyos resultados adornan mi biblioteca personal, sirviendo, a su vez, de modelos para posteriores investigaciones y trabajos básicos, con posibles desarrollos industriales. Fue un trabajo intenso. Cada tesis terminada, cada grado obtenido por los alumnos, era como un paso delante de todo nuestro esfuerzo. Solicitamos ayudas a Colciencias y ellos apoyaron muchos de los proyectos. Ello nos permitió conseguir equipos más modernos. Dotar mejor nuestro laboratorio de Procesos. Y doña Gloria Lasso, parecía no poder con la carga de proyectos, en sus ayudas con los instrumentos: cromatografía de gases. Espectrometría de Infrarrojo, visible y ultra violeta. Cromatografías de Columna. Potenciometría. Tratamientos térmicos. Espectometría de absorción atómica, centrifugación, etc. Fueron diez años en que trabajamos como enamorados de todas las cosas. XXXX Pero al lado de lo anterior, un profesor, doctor de la Universidad de París, matemático e historiador de la Ciencia, nos propuso a un grupo de profesores, admiradores y amigos de la Historia de la Ciencia, que instituyéramos un seminario de Historia y un poco, filosofía de la ciencia. Estoy hablando del doctor Luis Carlos Arboleda. Acudimos a su cita, profesores de casi todas las áreas del conocimiento. En mi interior, y recordando la imagen de mi entrañable amigo de mí adolescencia, Fabio Gómez Pizzano, sin nombrarlo, entré al grupo, casi con la pasión entusiasmo, de mi lejana juventud. Quiero recordar aquí esos nombres: Dr. Luis Carlos Arboleda... Historia y enseñanza de las matemáticas. Dr. Armando Espinosa Baquero: Geólogo de Ginebra, Director de Ingeominas. Dr. Alvaro Perea: Físico de la U. Del Valle. Dr. Simón Reif Acherman: Ingeniero Químico. Dr. Pedro Rovetto: Médico Cirujano. Patólogo. Dr. Ramiro Tobón R.: Físico. Dr. Alfonso Claret Zambrano: Licenciado en Educación. Dr. Angel Zapata C.: Ingeniero Químico. 124

Ocasionalmente, tuvimos en el grupo otros profesores. Pero el núcleo matriz estuvo formado por los profesores mencionados. Lo que siguió fue un atropellado, emocionado ejercicio de análisis, clasificación, selección de temas, de historia clásica y moderna. Fue como un despertar a la cultura. Un impulso ordenado por conocer de dónde nos había llegado tanta pasión por las matemáticas, la física clásica y la moderna. Cuándo creció tanto cariño y comprensión por los hombres que inventaron la Astronomía, mirando hacia el cielo. Cómo se empezaron a conocer los líquidos y los gases. Cómo fueron los procesos evolutivos del mundo que lograron mostrarnos el origen natural de las especies, etc. De tantos estudios, lecturas, pensamientos, resultaron cursos, programas, libros, artículos, y yo, diría, que un renacimiento en la Universidad por la Cultura. Sí. Esa cultura fáustica con la que había soñado en mi adolescencia. La que metió en mi alma Fabio Gómez Pizzano. Mi cultura general, la misma literatura que me había absorbido, me sirvió, - quién lo creyera – para acceder a ese mundo. De tanta disciplina, estudio, consultas, resultó un libro de conferencias que nos auspició el Icfes: Historia General de las Ciencias, escrito en artículos, más o menos organizados, del cual, el Icfes, hizo una edición, hoy agotada. Por mi parte, escribí, organicé e intenté una buena edición, de un pequeño libro, que casi sin razón, me rechazó la imprenta de la Universidad, - exactamente como había hecho con mi trabajo de fisicoquímica -, este libro lo nombré, de la Intuición al Pensamiento Abstracto, en el que pretendo mostrar, ése proceso mental de la evolución, del empirismo al racionalismo, a través y por medio de la exposición de biografías cortas, de los grandes creadores de la ciencia. Al final, la Facultad de ingeniería de Univalle, en plena crisis económica de la Institución, en 1998, pudo publicar una modesta edición del libro... Ellos mismos, tuvieron la amabilidad de publicarme un pequeño libro con muchos de mis versos, pues los versos, hacen parte de mi vida desde mi juventud. XXX Pero, en 1984, sufrí un principio de infarto al corazón. Acudí a mi médico de confianza, el doctor Jorge Arango Grau, y con su ayuda y la Clínica Chaio de Bogotá, logré salir del tropiezo. Mi agradecimiento por su trabajo al Doctor Araujo no es mensurable. En menos de tres meses volví a mi trabajo intenso, continuo, haciendo apenas el régimen normal de conservación, hoy, con un alumno suyo, el doctor José Raúl Tello, sigo viviendo. XXX En este momento, (Octubre 21 de 1999), cumplo casi diez años de haberme pensionado. Durante esa nueva década que me ha sido 125

concedida de vida, he intentado sobrevivir con mi esposa y un hijo, desarrollando actividades muy variadas, como: Conferencias sobre metodología e historia de la Ciencia, como contratista, en la Universidad del Valle (Facultad de Educación); Como asesor e iniciador de una granja hidropónica etc. A menudo, ahora en mi vejez, recuerdo y me repito la última estrofa del inmortal poema de don Antonio Machado, Retrato: “Y cuando llegue el día del último viaje, y esté al zarpar la nave que nunca ha de tornar, me encontrareis a bordo, ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”. Cali, Octubre 1999 A. Zapata C.

126

Contracarátula del libro 127

. ANGEL ZAPATA CEBALLOS (Junio 1921- 19 de Junio 2009) Fotografía (Abril 2007): María Isabel Casas de NTC …

128

You're Reading a Free Preview

Descarga
scribd
/*********** DO NOT ALTER ANYTHING BELOW THIS LINE ! ************/ var s_code=s.t();if(s_code)document.write(s_code)//-->