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MOVIMIENTOS SOCIALES, ESTADO Y DEMOCRACIA

Centro de Estudios Sociales de la Universidad Nacional de Colombia Tercer Observatorio Sociopolítico y Cultural

Orlando Fals Borda Mauricio Archila Alvaro Delgado Martha Cecilia García Maria Clemencia Ramírez Henry Salgado Ruiz Remo Ramírez Barca Ingridjohanna Bolívar Margarita Chaves Chamorro Carlos Vladimir Zambrano Astrid Ulloa Mauricio Pardo Patricia Tovar Julio Eduardo Benavides Campos Mauricio Romero Flor Alba Romero Fabio López de la Roche Reinaldo Barbosa Estepa Leonor Perilla Lozano

MAURICIO ARCHILA Y MAURICIO PARDO

(Editores)

Movimientos sociales, Estado y democracia en Colombia

UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA

Centro de Estudios Sociales

INSTITUTO COLOMBIANO DE ANTROPOLOGÍA E HISTORIA

© de los artículos:

Los respectivos autores

© de esta edición:

UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA

Facultad de Ciencias Humanas Centro de Estudios Sociales

INSTITUTO COLOMBIANO DE ANTROPOLOGÍA E HISTORIA

Primera edición:

marzo de 2001

ISBN 958-06-38-92-9

Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio sin permiso del editor.

Edición, diseño y armada electrónica:

Sánchez, De Narváez & Jursich Impresión y encuademación:

LitoCamargo Ltda. Impreso y hecho en Colombia

PREÁMBULO

Sobre el origen de este libro se pueden tejer muchas hipótesis, aunque todas derivan en la realización del Tercer Observatorio Sociopolítico y Cultural convocado por el Centro de Estudios Sociales de la Universidad Nacional, sede Bogotá, los días 10 a 12 de mayo del 2000, para reflexionar sobre la temática que se plasma en su título. Para unos nació en el marco del Doctorado de Historia, en un curso sobre movimientos sociales en América Latina. Para otros surge de la dinámica de proyectos colectivos de seguimiento de luchas sociales o de estudio sobre el compor- tamiento de actores sociales. No falta quien afirme que fue re- sultado de la investigación de su tesis de postgrado. En realidad lo que ocurrió en ese Tercer Observatorio fue la convergencia de diversos esfuerzos investigativos, algunos enmarcados en grupos de trabajo como los agenciados por el ICANH, el CINEP y el mismo CES, otros fruto de la iniciativa individual de profeso- res y estudiantes de postgrado de la Universidad Nacional y de algunas otras universidades de Bogotá. Todos y todas acudimos a la cita con el fin de hacer un análisis no coyuntural de la co- yuntura en torno al papel de los actores sociales en la construc- ción de democracia, en el fortalecimiento de la sociedad civil y, por esa vía, en la estructuración de nuevas relaciones con el Estado. Son muy diversos los temas que allí abordamos y que se re- flejan en esta publicación. Hubo análisis más teóricos, aunque predominó el estudio de casos concretos de movilización social. No obstante que el espacio de referencia fue el nacional, no fal- taron las referencias a la globalización -e incluso se presentó una ponencia sobre Perú-. Pero, sin duda, el ámbito espacial de

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LOS EDITORES

investigación predominante fue el regional o el local. En térmi- nos temporales predominó la mirada coyuntural del presente, pero continuamente se hicieron referencias a procesos de más larga duración. En casi todas las presentaciones se realizaron precisiones conceptuales y se indicaron las metodologías de in- vestigación utilizadas. Por último, la nota dominante en este Observatorio, como en los anteriores, fue el abordaje interdis- ciplinario de una serie de temas que así lo requerían. Todo ello constituye un conjunto de elementos que es de utilidad no sólo al científico social preocupado por estos temas, sino a los acto- res sociales involucrados por las circunstancias de su existencia en ellos. Para unos y otros estas páginas pueden ofrecer hipóte- sis, afirmaciones y, sobre todo, sugerencias e interrogantes críti- cos que pueden orientar mejor tanto la pesquisa científica como la acción social cotidiana. Dentro de la amplia gama de organización temática que nos ofreció el Tercer Observatorio, optamos en este libro por agru- par las ponencias según las identidades sociales que proclama- ban los actores estudiados. No se trata de un recuento propor- cional según el peso de sus movilizaciones, pues eso hubiera exigido atender más a los sectores urbanos, por ejemplo. Inclu- so hay que lamentar la ausencia de reflexiones sobre actores cruciales que no tuvieron intérpretes -los estudiantes y los jóve- nes en general, por ejemplo-, pero lo que el libro refleja es el estado de la investigación sobre los movimientos sociales en el país. Agradecemos a todas las personas e instituciones que hicie- ron posible tanto el encuentro de investigadores sociales de mayo del 2000 como este libro. A los ponentes por aportar sus inves- tigaciones y someterse a la disciplina editorial que a veces resul- ta incómoda. A los actores sociales cuya actividad y reflexión hi- cieron posible tales análisis. Particular gratitud debemos expresar al CES y al ICANH por hacer realidad esta nueva publicación que

Preámbulo

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continúa la serie editorial de los Observatorios. Sólo nos resta desear que este libro, además de ratificar el compromiso divulgativo de las entidades involucradas, sirva para entender en algo la lógica de acción de un grupo no despreciable de ciu- dadanos y ciudadanas que, de una forma u otra, buscan una Colombia mejor.

LOS EDITORES

Orlando Fals Borda

COMENTARIOS SOBRE LA DIVERSIDAD

DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

Colegas movimientólogos:

Quiero saludar con entusiasmo, y recibo con expectativa, este seminario. Es oportuno -diría "premonitorio" o "visionario", si este último adjetivo lo hubiera empleado primero nuestro Ob- servatorio Sociopolítico y Cultural, y no el movimiento cercano que no está monopolizado- porque en el aire se percibe la ur- gencia nacional de una transformación profunda, cuyo umbral no puede estar en los partidos tradicionales sino en iniciativas decididas de acción política subversora: la que pone al sistema dominante injusto que tenemos de patas para arriba. La conclusión de este necesario proceso subversor sería ob- via, si éste no fuera el país macondiano del orden caótico, la "Locombia" de Diego León Giraldo, donde todo puede pasar, desde el "aguante" miserable de las masas hasta las avalanchas clandestinas del Movimiento Bolivariano presentado en el Ca- guán. Ya lo declaramos los sufridos editores de la revista Alter- nativa en el "llamamiento a los independientes" que hicimos en el último número, el que se salvó del taponazo de las ultrade- rechas. Escribimos allí: "Éste es el momento de reorganizarnos y actuar en el espacio político propio que debe llevarnos a una opción de poder". ¿A quiénes nos referimos? Claro que a los movimientos so- ciales, políticos, culturales y de toda índole que han seguido ac- tivos o latentes desde los años setenta, a pesar del garrote reci-

Comentarios sobre la diversidad

de los movimientos sociales

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bido. Por allí quedan aún las brasas, en espera de vientos que les abaniquen. Y ésta parece ser una coyuntura excelente para levantar cabeza y armar alborotos bien concebidos. Y, por supues- to, también nos referimos a los nuevos dirigentes que han avan- zado desde la rutina anterior. Si en realidad está pasando aquí la hora de los partidos tra- dicionales, como ha ocurrido en países vecinos, vale la pena volver a examinar los movimientos alternativos que están salien- do al ruedo, con los mismos o con otros nombres, y claramente colocados a la izquierda del espectro político, sin vergüenzas ni eufemismos. Por eso es tan oportuno este seminario, que debe animar y estimular a "terceristas" y socialistas como yo, sin confundirnos con las "terceras vías" o socialdemocracias euro- peizantes que farfullan sibilinas y asustadas en los medios. Pero además de la oportunidad subversiva, este seminario tiene también otro encanto positivo: la variedad de sus temáti- cas, por la atención que presta a asuntos diversos relacionados con la acción popular y cultural. Es un hecho nuevo, porque en este campo hasta hoy se ha privilegiado el análisis político clási- co más que el politológico disciplinario, como en efecto lo re- quiere el Observatorio que nos congrega aquí. De allí lo nove- doso que advierto en lo que habrá en estos días, y la importancia que tiene para proyectarse la acción de lo que haya de venir en el momento crítico actual. En efecto, el programa del seminario me pareció sorpren- dente: hay tal variedad de aspectos tratados, desde el contexto estatal, pasando por lo étnico, territorial, campesino, laboral y cívico, hasta llegar a las perspectivas de género, que este menú destaca una diferencia sustancial con esfuerzos similares del pa- sado. Los primeros cultores del tema en los años setenta y ochen- ta quedábamos por lo regular hipnotizados por la acción políti- ca, y allí nos deteníamos. Ahora veo que no es así, lo que quiero interpretar como síntoma de progreso intelectual y analítico.

L 12

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ORLANDO FALS BORDA

Pero, ¿será ello también indicativo de avances praxiológicos, como lo anticiparíamos algunos veteranos? De igual manera quisiera creerlo: me parece que los estudios aquí programados permiti- rán juzgar, con mayor facilidad, si hay distancia excesiva o cer- cana entre observación, interpretación, realidad y propósito. Éste sigue siendo un problema teórico-práctico de la mayor pertinen- cia.

Por el momento, y como punto de partida de esta evalua- ción, recordemos aquel gran hito analítico que fue el tomo re- copilado por Gustavo Gallón en 1989, titulado Entre movimien-

tos y caudillos. Algunos de los coautores de ese libro siguen firmes

y, cosa buena, reaparecen en el actual seminario. Se les suman

otros estudiosos que también amplían la temática. Tales son los

buenos índices de acumulación científica y técnica que estoy observando entusiasmado, por lo que les ofrezco mis sinceros parabienes. Como yo pertenezco a la vieja generación analítica, me que-

da la tentación de reflexionar un poco sobre aquel hipnotismo político de la década anterior. Resulta claro que quienes partici- pamos en la producción de los artículos y libros de entonces -in- cluido el de Gallón- habíamos recibido los primeros destellos del Frente Unido de Camilo Torres y del Movimiento Firmes-Fren- te Democrático del maestro Gerardo Molina. Otras semillas habían sido sembradas por Antonio García en ANAPO Socialista

y en movimientos radicales como A Luchar, Paz y Libertad y

Unión Patriótica. Con ese impulso y con el del grupo de trabajo del Poder Popular que organizamos con un formidable boletín alrededor del malogrado amigo Carlos Urán, articulamos algu- nos principios básicos de acción conocidos como las "Siete Te- sis" de Chachagüí (Nariño). Así llegamos al climax de finales de 1988 con la convención de los 162 movimientos locales y regio- nales que alcanzaron a organizarse en todo el país con aquellos principios ("de las bases hacia arriba, de la periferia al centro",

Comentarios sobre la diversidad

de los movimientos sociales

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hoy muy conocidos), para lanzar el gran consorcio de "Colom- bia Unida". Pero el hecho fue que "Colombia Unida" se frustró poco después, y con ella se hundieron los componentes regionales, muchos de los cuales pasaron a la Alianza Democrática M-l9. Este apagón merece ser estudiado a fondo. Mirando ex postjacto, en el crepúsculo de "Colombia Unida" parece que jugaron tres factores: los asesinatos de la dirigencia izquierdista (esa horren- da tradición magnicida de la clase política tradicional colombia- na); las cooptaciones que hicieron los partidos oficialistas y el gobierno sobre cuadros directivos del movimiento y de su suce- sora; y fallas propias de liderazgo e imaginación y concepción política. Éstos son factores que han incidido también en la des- aparición de previos y posteriores movimientos políticos radi- cales y de izquierda. ¿No convendría enfocar con mayor atención esta negatividad específica, así pueda resultar dolorosa? Sería bueno saber más sobre los procesos adversos que han afectado las iniciativas po- pulares, e invito a llenar ese agujero negro en nuestras discipli- nas. Hay inicios, como los tomos autocríticos que han publica- do algunos exguerrilleros, lo cual es de agradecer. Por supuesto, no he leído aún los estudios sometidos al presente seminario, y es posible que ustedes estén dando puntadas al respecto. Ojalá. Queda como lógica preocupación, por todo lo que los movimien- tos que se están iniciando aprenderían de aquellas experiencias. Como parte de la campaña analítica y pedagógica que sugie- ro, habría que buscar y proponer formas eficaces para que el des- compuesto sistema político dominante no repita los crímenes con que destruyó la ola revolucionaria anterior: que no mande matar a los nuevos dirigentes, que no los corrompa, que no los coopte ni asimile con alianzas interesadas, ofertas y cargos envenena- dos. Y que nuestros dirigentes a su vez se coloquen por encima de las tentaciones del poder como tal, y demuestren con digni-

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ORLANDO FALS BORDA

dad el talante de moralidad y rectitud que el país espera y nece- sita para su reconstrucción. Al margen de las necesidades analíticas y tácticas que acabo de señalar, en vista de la valiosa variedad actual de estudios so- bre movimientos cabría esperar, finalmente, que se abran mejo- res posibilidades de entender cómo coordinarlos. La coordina- ción sería para redondear e imponer un proyecto auténticamente democrático de nación, libre de la coerción armada que a veces se insinúa tanto en las derechas como en las izquierdas; y para superar los obstáculos que la ley 134 de participación popular puso a las intenciones de los Constituyentes de 1991. Percibo estas tareas como lo más útil que puedan hacer los movimientos alternativos actuales, como el Frente Social y Político, Alternati- va Política Colectiva, Convergencia Ciudadana, Movimiento Vi- sionario, Alternativa Socialista y Democrática del Tolima, Alter- nativa Democrática Momposina y otros de grandes posibilidades locales, regionales y nacionales. En conclusión, éste parece ser el tiempo para recoger los fru- tos de esfuerzos anteriores, así hubieran fracasado, y de juntarlos todos. La convergencia de los movimientos críticos y radicales que hoy surgen me parece fundamental. Para ello los analistas pue- den hacer una gran contribución, al estimular una convergencia hacia otro gran consorcio, como el de 1988, pero de más amplia gama, con el fin de impulsar el gran proyecto madre de una na- ción en paz y progreso para todos. Esto es política bien entendi- da. Pero, sin volver a la unifocalidad anterior, habría que mirar otra vez el efecto práctico de los movimientos sobre la realidad, esto es, calibrar las posibilidades de avanzar hacia una toma real del poder en todos sus niveles. Tendríamos que volver a exami- nar esta vieja tesis de las izquierdas clásicas, y hacerlo en el con- texto contemporáneo con más realismo, buscando mayor efica- cia no sólo en el plano político concreto, sino en lo cultural, en la moral personal y colectiva, y hasta en lo espiritual.

Comentarios sobre la diversidad de los movimientos sociales

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Un rápido examen a nuestro alrededor podría demostrar que no estamos solos en este gran empeño renovador, en el que la sumatoria de diversidades resulta importante. Hay estampidas en los partidos tradicionales, y un inusitado despertar entre indepen- dientes y abstencionistas del voto de opinión. Además, el fenó- meno movimientista actual está desbordando lo nacional para pasar a lo global. Las recientes rebeliones populares de Seattle, Davos y Washington de 600 movimientos coordinados a través del Interne t contr a e l FMI y e l Banc o Mundia l ha n abiert o lo s ojos a muchos activistas colombianos. Los partidos tradicionales resul- taron desbordados en el Norte, y la globalización capitalista reci- bió un serio revés. Están resentidos, todo lo cual tiene repercusio- nes prácticas en los movimientos sociales del Sur. Creo que transmito la esperanza de muchos miembros de estas vertientes democráticas de nuevo cuño para ver cómo pue- den traducirse a la acción política las ponencias y discusiones de este oportuno y rico seminario. La crisis nacional así lo viene exigiendo. Intentemos otra vez ponernos a la altura de la tarea histórica como compete a intelectuales así comprometidos, para que la actual coyuntura no vuelva a ser tiempo perdido en de- fensa de los más altos intereses de nuestra nación.

Mauricio Archila

VIDA, PASIÓN Y

DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES EN COLOMBIA

Parece que, caído el Muro de Berlín, hay quienes han comenzado

a

construir otro muro: el muro de Seattle. Para los colombianos, el asun-

to

no es tan remoto como aparece. El muro que comienza en la esquina

noroccidental de los Estados Unidos pasa por Bogotá. E n efecto, aquí

mismo, en Colombia, tenemos la simiente de una coalición semejante:

indigenistas de verdad, indigenistas de mentira, pero que aspiran a

graduarse en antropología, miembros de la guerrilla. Burócratas que

defienden sus

clientelas y sus contratos, los jefes políticos de esos buró-

cratas protomarxistas científicos, exrevolucionarios trasnochados,

teatreros en vacaciones.

Humberto de la Calle

"¿RESUCITA MARX?" 1

¿Los sectores populares son lo que son, lo que ellos creen ser o lo

que otros creen que son?

Luis Alberto Romero,

"Los SECTORES POPULARES URBANOS COMO SUJETOS HISTÓRICOS" 2

Las anteriores frases contrastan los estereotipos negativos que

un hombre público transmite sobre los movimientos sociales

contemporáneos en el país y la pregunta de un intelectual en

torno a quién crea los imaginarios sobre los actores sociales. Para

1 Lecturas Dominicales, El Tiempo, 27 de febrero del 2000, p. 3.

2 Proposiciones, N 2 19, 1990

(?), p. 275.

Vida, pasión y

de los movimientos sociales en Colombia

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Humberto de la Calle, salvo los "indigenistas de verdad", todas las demás categorías son negativas. En esas condiciones es difí- cil construir una idea objetiva de los movimientos sociales, y menos, entender sus lógicas de acción. Inspirados en preguntas como las de Luis Alberto Romero nos planteamos la responsa- bilidad de los intelectuales en la creación de imaginarios positi- vos o negativos con relación a los actores sociales. Así históricamente las luchas sociales en el país se remonten casi a los inicios de la colonización europea, el tema de los mo- vimientos sociales es de reciente aparición en nuestro medio. Fruto tanto de dinámicas internas, centradas en la denuncia de las limitaciones del régimen de coalición conocido como el Frente Nacional, como sobre todo externas, como el auge de las luchas anticoloniales, la Revolución cubana y los movimientos estudian- tiles en Europa y Norteamérica, las ciencias sociales en los se- senta comenzaron a reflexionar sobre la aparición de nuevos actores sociales y el significado de sus luchas. En la medida en que algunos movimientos adquirieron visibilidad, se convirtie- ron en objeto de investigación. En el balance historiográfico que hicimos de la producción académica en torno al tema que nos convoca, constatábamos un incremento casi geométrico de pu- blicaciones hasta comienzos de los años noventa 3 . Aunque aún no hemos realizado el estudio para el último decenio, tenemos la impresión de que la producción se ha estancado, así la activi- dad social haya continuado con inusitado impulso, en especial durante la actual administración Pastrana. ¿A qué factores res- ponden estos vaivenes intelectuales? ¿Con qué modelos teóri- cos se ha leído la protesta social en el país? ¿Cuál ha sido el diá- logo, si lo ha habido, entre actores y analistas? Éstas son algunas

3 "Historiografía sobre los movimientos sociales en Colombia, siglo xx", en Bernardo Tovar (compilador), La historia al final del milenio, Vol. I. Bogotá: Edi- torial Universidad Nacional, 1994, pp. 251-352.

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MAURICIO ARCHILA

de las preguntas guías de esta ponencia, que intentará hacer un balance crítico no tanto de las luchas sociales como tales, sino de la producción académica sobre ellas a lo largo de los cuatro últimos decenios. Antes de entrar en materia propiamente dicha conviene pre- cisar algunas de las categorías que utilizaremos en estas páginas. Por movimientos sociales entendemos aquellas acciones sociales co- lectivas más o menos permanentes, orientadas a enfrentar injus- ticias, desigualdades o exclusiones, y que tienden a ser propositivas en contextos históricos específicos 4 . Aunque no es el caso profun- dizar en los elementos constitutivos de la definición, resaltamos dos aspectos que conviene tener presentes a la hora de cualquier balance: el terreno del conflicto en el que se mueven los actores sociales es ilimitado y no se reduce a lo socioeconómico; y segun- do, los movimientos sociales responden a asociaciones volunta- rias y, en ese sentido, son también comunidades imaginadas 5 . Ambos aspectos denotan un papel proactivo de los movimientos sociales en la construcción de la democracia, pues amplían su base y constituyen una expresión organizada de la sociedad civil. Ahora bien, cuando se intenta aplicar esta definición al caso colombiano, hay problemas por la debilidad organizativa de los actores y su precaria autonomía con relación al Estado o a los ac- tores armados. En consecuencia, hemos optado por hacer el se- guimiento de una categoría más aprehensible: las protestas socia- les. Ellas constituyen el conjunto de acciones sociales colectivas que expresan intencionalmente demandas o presionan soluciones ante el Estado, las entidades privadas o los individuos. La gran distin-

4 Una ampliación de esta definición en mi ensayo "Tendencias recientes de los movimientos sociales", en Francisco Leal (compilador). En busca de la estabi- lidad perdida. Bogotá: Tercer Mundo, 1995, pp. 254-257.

s Punto desarrollado por Chantal Mouffe, "Democracia radical: ¿moderna o

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de los movimientos sociales en Colombia

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ción radica en lo puntual de estas acciones, mientras los movimien- tos sociales exigirían cierta permanencia en el tiempo. De ahí que una constante paradoja para los investigadores del caso colom- biano es la persistencia de la protesta, a pesar de la aparente de- bilidad organizativa de los actores sociales. Esta constatación nos lleva de nuevo a la pregunta que orienta esta ponencia: ¿será que les estamos pidiendo mucho a los actores sociales para que se amolden a nuestros esquemas mentales? O, en últimas, ¿hemos entendido realmente la lógica de su acción colectiva? Con el objetivo de abordar estos cuestionamientos vamos a realizar un balance crítico de la producción intelectual sobre la acción social colectiva en cuatro momentos que expresan a su vez algunos modelos teóricos vigentes en nuestro medio. Por tanto, esta ponencia no es un recuento diacrónico de las luchas sociales y de los distintos protagonismos públicos, pues eso co- rresponde a otro tipo de ensayo 6 . No es tampoco la sucesión li- neal de teorías, pues ellas no desaparecen de un día para otro y, por el contrario, subsisten en formas más o menos creativas en momentos posteriores. El punto de análisis es la interacción entre los hechos sociales y las lecturas intelectuales de esos hechos. De esta forma, veremos el nacimiento y evolución de un tema que, lejos de estar muerto, sigue vivo no sólo entre los analistas y no pocos políticos, sino, y sobre todo, entre los actores sociales.

6 Hay quienes postulan fases o momentos en la historia social reciente del país según distintos protagonismos, lo que en sí constituye una interpretación de esa historia, como toda cronología lo es. A guisa de ejemplo, véanse las propuestas de Francisco de Roux y Cristina Escobar ("Una periodización de la movilización popular en los setentas", Controversia, N 2 125, 1985) y la más elaborada de Leopoldo Muñera {Rupturas y continuidades: poder y movimiento popular en Colom- bia, 1968-1988. Bogotá: Cerec-Iepri-Facultad d e Derecho UN, 1998). En ambos casos se postula un protagonismo campesino a principios de los setenta, seguido de un resurgimiento obrero a mediados del mismo decenio para pasar luego al auge cívico de los ochenta.

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MAURICIO ARCHILA

DE LA LECTURA FUNCIONALISTA AL VANGUARDISMO PROLETARIO

En aras de la precisión histórica, no fue el marxismo la primera vertiente teórica que intentó explicar las razones de la moviliza- ción social en nuestro medio. Desde los años cincuenta, en el con- texto de la Guerra Fría, los países centrales, y en particular los Estados Unidos, estaban muy preocupados por la pobreza en el mundo periférico. Obraba en ellos no sólo el terror del comunis- mo en aparente expansión, sino la misma explosión demográfica que socavaba los ideales de progreso sobre los que firmemente se asentaban las sociedades occidentales. Así, se inventó el discurso desarroliista y se diagnosticó el atraso dei llamado Tercer Mun- do, categoría que encarnó el imaginario geopolítico de los países centrales 7 . Las nacientes ciencias sociales en Colombia bebieron de esta fuente a finales de los años cincuenta. Al abrigo de las teorías fúncionalistas se hicieron desde análisis macrosociales hasta es- tudios de caso para tratar de indagar sobre las causas de nues- tro subdesarrollo y ofrecer las recetas de solución de tal atraso 8 . En este último aspecto sobresalían algunos actores sociales mo- dernos llamados a impulsar o al menos a no frenar el desarro- llo. Los trabajadores asalariados y especialmente sus sindicatos eran cruciales en ese propósito, siempre y cuando se alejaran de las ideologías revolucionarias y/o totalitarias, que para el funcionalismo eran lo mismo. El apoyo a las llamadas corrien- tes democráticas y una estrecha relación con el Estado eran las

7 Un crítica al discurso desarroliista, en Arturo Escobar, Encountering Deve- lopment. The Making and Unmaking ofthe Third World. Princeton: Princeton University Press, 1995.

8 Véanse, como ejemplos de los dos extremos, los trabajos del padre Joseph

Lebret, Estudios sobre las condiciones de desarrollo de Colombia. Bogotá: AEDHA, 1958,

y d e Orland o Fals Borda, Campesinos de los Andes. Estudio sociológico de Saucio (Boyacá). Bogotá: Editorial Punta de Lanza, 1978.

Vida, pasión y

de los movimientos sociales en Colombia

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garantías de un desarrollo armónico 9 . Algo similar se postulaba para otros actores sociales, en especial los campesinos y estudian- tes, estos últimos de mucho protagonismo en los años del Fren- te Nacional 10 . De los nuevos actores, y aun de los mencionados, sospechaba el funcionalismo al considerarlos marginados y atri- buirles conductas irracionales 11 . Aunque en forma tardía, también a Colombia llegó el para- digma marxista para leer la acción social. Así intelectualmente ya se le conociera desde los años cuarenta, y aún antes hubiera sido instrumento de movilización política, su impacto en el mundo académico se vino a sentir a finales de los años sesen- ta 12 . Su arribo a nuestras tierras no fue tarea fácil, pues el medio cultural era poco propicio para ideologías revolucionarias. Pero en el contexto de una creciente oposición interna al régimen de coalición, alentada por los vientos internacionales favorables representados en la irrupción de la Revolución cubana, la con- solidación de la revolución china, los triunfos materiales del so- cialismo soviético, el proceso de descolonización en África y Asia, la oposición a la guerra de Vietnam y el despertar de los movi- mientos estudiantiles en Europa y Norteamérica, entre otros tantos factores, el marxismo encontró un terreno abonado para

9 Un texto representativo de esta primera aproximación, que cuenta además con una importante base empírica, es el de Miguel Urrutia, Historia del sindica- lismo en Colombia. Bogotá: Universidad de los Andes, 1969.

10 Consideraciones de este estilo en los textos de John D. Martz, Colombia, un estudio de política contemporánea. Bogotá: Universidad Nacional, 1969, y de Robert

Dix, Colombia, the Political Dimensions of Change. New Haven: Yale University Press,

1967.

11 Estos aspectos teóricos los amplío en mi ensayo "Poderes y contestación",

Controversia, N 2 173,

12 En esto coinciden los autores del libro El marxismo en Colombia. Bogotá: Uni-

versidad Nacional, 1984. Uno de ellos, Gabriel Misas, recuerda que "en la Uni-

, profesores marxistas" (ibid., p. 213).

se podían contar, en el lapso 1960-1965, únicamente tres

versidad Nacional,

diciembre de 1998, pp. 29-60.

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MAURICIO ARCHILA

su difusión, especialmente en el sistema público de educación superior. En esas condiciones sociopolíticas y culturales, el marxismo inició la disputa con los modelos desarrollistas y ofreció un en- tendimiento distinto del sentido de la acción social colectiva, sin que rompiera definitivamente con el discurso eurocentrista, por- que era su heredero, un tanto díscolo, es cierto, pero heredero al fin y al cabo. El marxismo, consolidado en los años sesenta en la vertiente leninista, consideraba que las contradicciones en la es- fera productiva eran las fundamentales en la historia, pues cons- tituían la base de la sociedad. De ahí que postulara un conflicto de clases, entendiendo por éstas agrupaciones sociales fruto de distintas posiciones en el proceso productivo. El tipo ideal de las clases sociales era el proletariado, que además era el llamado a conducir la revolución, pues no tenía más que sus cadenas por perder. La clase obrera, el sujeto histórico por antonomasia, era concebida como una unidad homogénea en su existencia natural -la clase en sí-, así no siempre tuviera conciencia de ello: la clase para sí. De allí que, en la vertiente leninista, necesitara de un ac- tor externo a ella para que la dirigiera. Éste era una élite intelec- tual agrupada en el partido del proletariado. Se combinaba así un esencialismo que prácticamente naturalizaba a las clases so- ciales, con un voluntarismo en términos de la acción política. Lo anterior no significa que desconozcamos la importancia de la categoría de clase social para el análisis de nuestra socie- dad. Lo que criticamos es la reducción que de ella se hace a la esfera productiva, lo que a todas luces la hace incompleta para explicar la complejidad del conflicto social. Clases sociales ten- dremos por mucho tiempo y ellas seguirán siendo fuente de identidades, pero ellas no son los únicos actores sociales 13 . Otro

la acción, la praxis social no se mueve sólo en el

eje de las clases y tenemos que asumir ese desafío" ("Actores y clases sociales",

13 Para Leopoldo Muñera, "

Vida, pasión y

de los movimientos sociales en Colombia

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asunto es el devenir de la clase obrera como sujeto histórico revo- lucionario. Allí sí que primó, en los análisis marxistas leninistas, más el deseo que la realidad 14 . Aunque fue la clase obrera la que recibió la atención de los analistas enmarcados en el paradigma marxista 15 , no faltaron los estudios que intentaban explicar los orígenes de clase de otros movimientos aparentemente más heterogéneos y a los que se les proponía como máxima consigna la "alianza obrero, campesina y popular". Así, se consumieron muchas páginas y neuronas tra- tando de explicar los componentes clasistas de los estudiantes, del magisterio o de los pobladores urbanos, sacrificando sus especificidades socioculturales 16 . Era un proceso mental que re-

en Jaime Caycedo y Jairo Estrada (compiladores), Marx vive. Bogotá: Universi- dad Nacional, 1998, p. 265).

14 Coincidimos con Boaventura de Sousa Santos en la centralidad que todavía tiene en nuestras sociedades periféricas la esfera productiva o, en sus términos, el "espacio-tiempo" de la producción. Esto ratifica la vigencia de un cierto aná- lisis de clase, pero, como también lo señala el sociólogo portugués, ello no im- plica que esté al orden del día la lucha de clases bajo la vanguardia del proleta- riad o como se entendi ó desde fines del siglo Xix y parte del xx (De la mano de

Alicia. Lo social y lo político en la postmodernidad. Bogotá: Uniandes, 1998, capítu- lo 12). Héctor L. Moncayo insiste en la capacidad explicativa de la categoría clase social, máxime si se le desprende de la teleología de "sujeto histórico" que, a su juicio, es ajena al marxismo ("Las clases sociales, fenomenología e

historicidad",

enjalme Caycedo y Jairo Estrada

(compiladores), Marx vive

,

pp. 243-258).

15 En nuestro balance historiográfico ilustramos esta aseveración con estas ci- fras: de 351 textos revisados, 156 fueron sobre clase obrera. De éstos, 2 fueron

escritos antes de los sesentas, 8 en los sesentas, 38 en ei decenio siguiente y 106

en los ochentas ("Historiografía

dencia marxista leninista son Ignacio Torres Giraldo, Los inconformes. Bogotá:

Margen Izquierdo, 1973, y Edgar Caicedo, Historia de las luchas sindicales en Colombia. Bogotá: Ediciones Suramericana, 1977.

16 El análisis de clase solía ser el inicio de toda investigación sobre actores so- ciales. Algunos esfuerzos de este tipo para el movimiento estudiantil, en Jaime Caycedo "Los estudiantes y las crisis políticas", Escritos políticos, mayo-junio de

",

p. 267). Los mejores ejemplos de la ten-

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MAURICIO ARCHILA

duda el conflicto social a lo económico, proceso que en ese sen- tido no distaba del reduccionismo del discurso desarroliista tra- dicional.

EL PUEBLO COMO ACTOR SOCIAL

La presencia de actores heterogéneos exigía un aproximación menos rígida que la clasista, pero que no perdiera las fortalezas del análisis desde el materialismo histórico 17 . En forma casi imperceptible el énfasis de los investigadores sobre los movimien- tos sociales pasó del obrerismo a algo así como un populismo metodológico. Ya no sólo se hablaba de proletariado, sino de un conjunto de clases explotadas y oprimidas que a veces se desig- naba como pueblo, a veces como movimiento popular y a veces simplemente como movimiento social en singular. A principios de los años setenta hubo nuevos fenómenos en la vida nacional que jalonaron la reflexión académica. La irrup- ción en la escena pública de la mayor oganización campesina de la historia, la ANUC; el fugaz éxito electoral de una coalición de corte populista, la Anapo; y la creciente visibilidad, pero dis- persa, de los pobladores urbanos pusieron de presente no sólo

1979, y "Conceptos metodológicos para la historia del movimiento estudiantil

colombiano", Estudios

terio Laureano Coral, Historia del movimiento sindical del magisterio. Bogotá: Edi- ciones Suramericana, 1980. En el caso de los pobladores, véase, del Grupo José R. Russi, Luchas de clases por el derecho ala ciudad. Medellín: Ed. 8 de junio, 1977 (?). Para los estudiantes hay un factor que complica aún más su reconstrucción y es la fusión que se hace de su historia con la de la izquierda, por lo que termi- na siendo analizado más como movimiento político que social.

17 La heterogeneidad de los movimientos cívicos era evidente casi por defini- ción. Para el caso campesino, León Zamosc demostró que no sólo grandes di- ferencias regionales, sino incluso sociales, explicaban tanto el inicial éxito en la cobertura de la ANUC como su posterior crisis (Los usuarios campesinos y las luchas por la tierra en los años setenta. Bogotá: Cinep, 1983 (?)).

Marxistas, N a 27, 1984. Algo similar hizo para el magis-

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de los movimientos sociales en Colombia

1 25 ]

el fracaso de las reformas agraria y urbana, sino el desgaste po-

lítico del Frente

so López Michelsen, lejos de apaciguar el descontento social lo

exacerbó tanto, que él mismo exclamó: "Hoy (1977) tenemos la

lucha de clases más

Nuevos vientos teóricos reforzaban esta mirada hacia lo po- pular. De una parte, la vertiente maoísta del marxismo, a pesar de su formal ortodoxia, reivindicaba el papel protagónico del campesinado que también había sido un actor crucial en la Re- volución cubana y en muchas luchas anticoloniales. De otra parte, cobraba relevancia la llamada teoría de la dependencia, alimen- tada tanto por las lecturas críticas del imperialismo como por el pensamiento cepalino. Era una mirada crítica del desarrollo propuesto desde los países centrales, sin romper el molde discursivo desarroliista 20 . Si bien el debate teórico ya no giraba en torno al dualismo campo-ciudad, tradicional-moderno, y se postulaba una mirada más histórica sobre nuestra evolución, la meta seguía siendo un desarrollo entendido como progreso de corte material, y con los países centrales como modelo. En tér- minos sociales, la teoría de la dependencia miraba, más que a las clases aisladas, a un conjunto de sectores populares sumidos en condiciones de atraso precisamente por el desarrollo capita- lista mundial 21 , lo que sugería la creación de un bloque popular

Nacional 18 . El gobierno que siguió, el de Alfon-

que la lucha de los partidos" 19 .

18 El régimen bipartidista, según el analista norteamericanojonathan Hartlyn, no sólo no movilizó a los sectores populares a su favor, sino que intentó dividir- los y debilitarlos (La política del régimen de coalición. Bogotá: Tercer Mundo- Uniandes, 1993, pp. 207 y siguientes).

19 Citado por J. Hartlyn, ibid., p. 251.

, de esta postura teórica en nuestro medio fue el de Mario Arrubla, Estudios sobre el subdesarrollo colombiano. Bogotá: Estrategia, 1963.

20 Arturo Escobar, EncounteringDevelopment

cap. 2. Un texto representativo

21 Daniel Pecaut (Política y sindicalismo en Colombia. Bogotá: La Carreta, 1973) hace eco de esta visión, en especial, en la Introducción.

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MAURICIO ARCHILA

que construyera una alternativa de corte nacionalista para im- pulsar un crecimiento económico equilibrado.

Es cierto que con estas posturas se enriquecía el estudio de la acción social colectiva, pues ella no se limitaba a la mera explota- ción económica por las burguesías locales, sino que atendía a fe- nómenos más complejos de opresión política en la arena mun-

términos de los conflictos sociales, importaba tanto la

esfera de la producción como la del consumo, lo que era una significativa innovación en la comprensión de las contradiccio- nes que atravesaban nuestra sociedad. Inspirados en algunas posturas internacionales renovadoras del marxismo, algunos analistas comenzaron a hablar de crisis urbanas y de desarrollo desigual y combinado, para explicar las primeras acciones cívi- cas. Pero aun en este audaz paso se seguía insistiendo en el aná- lisis de clase -determinada desde la producción- y de cierto vanguardismo obrero en la movilización ciudadana 23 . El imagi- nario de la lucha de clases seguía presidiendo tanto los sueños

dial 22 . En

22 Aunque distante del marxismo leninismo, la corriente de la "derivación ló- gica del capital", que tuvo a Fernando Rojas y a Víctor Manuel Moncayo como sus mejores exponentes en nuestro medio, postulaba una autonomía obrera y aun popular como la tabla de salvación ante la lógica implacable de un capita- lismo que no tenía patria. Véase, de los dos autores, Luchas obreras y política la- boral en Colombia. Bogotá: La Carreta, 1978.

23 Así ocurrió con los pioneros trabajos de Medófilo Medina, "Los paros cívi- cos en Colombia (1957-1977)", Estudios Marxistas, N 2 14, 1977, pp. 3-24 y de Jaim e Carrillo, Los paros cívicos en Colombia. Bogotá: Oveja Negra, 1981. El pri- mero designó a los paros cívicos como una modalidad de huelga de masas, con gran presencia sindical. El segundo desarrolló más la hipótesis de la crisis ur- bana para explicar la movilización ciudadana, pero reiteró el peso sindical. Sería

Pedro Santana quien refutaría esa última apreciación y quien insistiría más en la hipótesis del desarrollo desigual (Desarrollo regional y paros cívicos en Colombia. Bogotá: Cinep, 1983). La inspiración en autores como Manuel Castells y Jordi Borja ya estaba presente en tempranos estudios como el del Grupo Russi, Lu-

cha de clases

, de clases. Bogotá: Cinep, 1976.

y el de Jorge E. Vargas y Luis I. Aguilar, Planeación urhanay lucha

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de los movimientos sociales en Colombia

l 27 ]

de los intelectuales de izquierda como las angustias de los polí- ticos de derecha. El paro cívico del 14 de septiembre del 77 sería la coyuntura para encarnar ese común imaginario. Aunque sin duda fue una jornada de unas magnitudes inesperadas para propios y ajenos, no es menos cierto que su alcance y significación fue distorsionado con fines políticos contradictorios, como lo denunció Medófilo Medina en el primer encuentro de este Observatorio Sociopolítico

y Cultural 24 . Ya fuese catalogado como un nuevo caos al estilo del "bogotazo" o como una insurrección sin armas, la resultante es que el paro cívico del 77 encarnaba los anhelos y temores que la supuesta unidad de clases populares presagiaba. La homogenei- dad y el vanguardismo antes atribuidos a la clase obrera se exten-

dían, por esos subterfugios intelectuales, a la categoría pueblo 25 .

A pesar de su imprecisión conceptual, los discursos académicos y

políticos recababan en la unidad popular que pareció condensar- se en ese 14 de septiembre, para no volverse a repetir, a pesar de los esfuerzos de la izquierda para conseguirlo 26 . El Estado había aprendido, a su modo, la lección y no estaba dispuesto a dejarse

24 "Dos acontecimientos reflejaron esa enfermedad de la percepción: la adop- ción del Estatuto de Seguridad el 6 de septiembre de 1978 por el gobierno de Turbay Ayala y la realización de la Séptima Conferencia Nacional de las Farc en 1982" ("Dos décadas de crisis política en Colombia, 1977-1997", en Luz Gabriela Arango, La crisis sociopolítica colombiana. Bogotá: CES-Fundación Social, 1997, pp.

29-30).

25 Internacionalmente el momento coincide con el triunfo de la Revolución nicaragüense, que le da un segundo aire al movimiento armado en el país, ahora más urbano y con mayor proyección publicitaria (Eduardo Pizarro, "Elemen-

tos para una sociología de la guerrilla",

Análisis Político, N 2 12, enero-abril de

1991, pp. 7-22).

26 De hecho, los paros cívicos nacionales fueron lanzados casi ritualmente cada cuatro años, al final de los respectivos períodos presidenciales de Turbay Ayala (1981) y de Belisario Betancur (1985), sin los mismos logros del 77, en parte porque fue la izquierda la única convocante.

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sorprender de nuevo. La ola de represión que acompañó la ex- pedición del Estatuto de Seguridad en 1978 pareció sofocar las movilizaciones sociales 27 .

EL DESPERTAR DE LOS (NUEVOS) MOVIMIENTOS SOCIALES

Si el levantamiento popular al estilo del primer paro cívico na- cional quedó indefinidamente postergado, eso no significó que la gente hubiera dejado de presentar demandas o exigir solu- ciones a sus necesidades sentidas. De hecho, a partir de 1982 se inició un repunte de las acciones sociales colectivas más visibles, salvo en el caso del movimiento estudiantil 28 . Se destacaron las movilizaciones en el campo y la ciudad en pos de mejoras en servicios públicos domiciliarios y sociales, de vías de acceso y transporte, de más crédito y asistencia técnica y, en general, de planes de desarrollo local y regional. Pero, al mismo tiempo, los habitantes del campo y de las ciudades intermedias pedían cam- bios en las autoridades locales, respeto a las diferencias étnicas y de género, mientras denunciaban en forma creciente violacio- nes de derechos humanos y exigían la paz. El cambio en la protesta social ocurre no sólo en las agendas de los actores, sino en las modalidades de lucha. Las marchas campesinas, los bloqueos de vías o tomas de entidades públicas

27 Aunque el seguimiento de las luchas sociales no es el objeto de estas pági- nas, nuestros registros muestran un notorio descenso de los actores más visi- bles entre 1978 y 1980, año en el que se inicia un repunte laboral y estudiantil, no así cívico y campesino.

28 El ciclo de ascenso va hasta el año 88 cuando declina por varios factores, entre los cuales se destacan las expectativas en torno a la reforma política y la "guerra sucia" que no sólo tocó a la Unión Patriótica sino a muchos dirigentes populares. El declive del movimiento estudiantil pertenece a otro tipo de ex- plicaciones, tal vez más ligadas a la evolución de la problemática educativa y al cambio de protagonismos políticos.

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í 29 1

y, en general, los paros cívicos sobresalen en los titulares de pren- sa de mediados de los años ochenta. Aunque se siguen buscan- do estructuras organizativas centrales, de hecho, las luchas son orientadas por coordinadoras de existencia fugaz que privilegian las relaciones horizontales y no el llamado centralismo demo- crático. La escala espacial también se modifica, pues las movi- lizaciones no pretenden tener una cobertura nacional, sino lo- cal y, en el mejor de los casos, regional. Este resurgir de la protesta social con los nuevos elementos anotados hizo que muchos analistas proclamaran una nueva era en la acción social colectiva en el país 29 . Ante el desgaste de la política tradicional y de la misma acción de la izquierda, se con- sideraba que la movilización urbana y rural anticipaba una nue- va forma de participación política. En una clara continuidad con el momento anterior, se postulaba que estaba surgiendo la si- miente de un poder popular 30 . Aun políticos cercanos al esta- blecimiento como Alvaro Gómez sugirieron que la movilización cívica era la nueva forma de hacer política. En palabras textua- les, decía en 1987: "Si los paros (cívicos) son el nuevo escenario de la política buscado por el gobierno (de Barco), hay que fo- mentarlos. Esta apertura democrática no debe desaprovecharse.

29 Ése era el espíritu que se refleja en los ensayos de Orlando Fals Borda ("El nuevo despertar de los movimientos sociales", Revista Foro, Año 1, N 2 1, septiem- bre de 1986, pp. 76-83) y Luis Alberto Restrepo ("El protagonismo político de los movimientos sociales", Revista Foro, Año 2, N 2 2, febrero de 1987, pp. 33-43).

30 Camilo González, en un apresurado artículo, llegó a decir que la moviliza- ción de principios del gobierno de Betancur era "la auténtica expresión de la formación de un poder popular que tiene la potencialidad de convertirse en la base institucional de un contrapoder" ("Poder local y la reorganización de la

acción popular", Controversia, N 2 121, 1984, pp.

75-76). La apuesta por la cons-

trucción de un poder popular estaba en la agenda de movimientos políticos de izquierda como A Luchar, el Frente Popular y la misma Unión Patriótica (véase Marta Harnecker, Entrevista con la nueva izquierda. Managua: Centro de Docu- mentación y Ediciones Latinas, 1989).

[ 30 1

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Además, dada la quietud gubernamental, parece que ésta será la única forma de hacerse oír" 31 . A pesar de las aparentes continuidades con el populismo metodológico, de hecho, los modelos teóricos con los que se lee la realidad en este momento son bien diferentes. Ya no está al orden del día la lectura marxista leninista y sus variantes e, inclu- so, tampoco la teoría de la dependencia. La intelectualidad co- lombiana lee, en forma tardía de nuevo, a Antonio Gramsci, y por esa vía a nuevas aproximaciones marxistas. De hecho, la catego- ría de (nuevos) movimientos sociales urbanos es acuñada al abri- go de teóricos neomarxistas como Manuel Castells, Jordi Borja y Jean Lojkine. Pero definitivamente quien más inspira a los inves- tigadores criollos es Alain Touraine y su sociología de la acción, así no se comparta siempre la pretensión de intervención social que él propone 32 . En todo caso, llama la atención que en la con- ceptualización sobre movimientos sociales se acudiera a los auto- res europeos, más inclinados a indagar por los aspectos cultura- les y simbólicos, y no tanto a los norteamericanos, quienes para

31 Editorial de El Siglo, 8 de junio de 1987. Por supuesto que el espíritu del editorialista es más un reproche al gobierno de turno que un cambio radical en la concepción política, pero no dejan de ser sintomáticos tanto el pronuncia-

miento como la lluvia de críticas que recibió. Algo similar habían hecho los li- berales al denunciar que el gobierno de Betancur alentaba la movilización ciu-

dadana (El Espectador, 26 de octubre de

cobraban esa "debilidad" (El Tiempo, 11 de marzo de 1987, p. 4A).

32 Ejemplos de estas nuevas inspiraciones son los trabajos de Pedro Santana (Los movimientos sociales en Colombia. Bogotá: Foro, 1989) y Javier Giraldo (La reivindicación urbana. Bogotá: Cinep, 1987). La forma de intervención social que cobra vigencia a mediados de los ochenta entre nuestros intelectuales y activis- tas es la propuesta de Investigación Acción Participativa, que tiene a Orlando Fals Borda como un o de sus exponentes . La IAP fue proclamada en el Simposio Mundial de Ciencias Sociales en Cartagena en 1977 por el mismo Fals Borda y practicada en su Historia doble de la Costa, publicada en cuatro volúmenes entre fines de los setenta y mediados de los ochenta. Véase, del mismo autor. Conoci- miento y poder popular. Bogotá: Siglo xxi y Punta de Lanza, 1985.

1982, p. 7A). Todavía años después le

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[ 31 ]

ese momento estaban postulando la "movilización de recursos" para explicar las razones por las que un individuo se sumaba o no a la acción social colectiva 33 . De esta forma, la categoría de movimientos sociales ingresa al lenguaje de nuestras ciencias sociales y desplaza, aunque no siempre, los conceptos de clase y de pueblo. Se trata de un avance indudable en términos teóricos, pues desprende el análisis del economicismo predominante en anteriores momentos. Otras dimensiones de la realidad social constituyen objeto no sólo del conflicto -eso estaba visto desde tiempo antes-, sino de la re- flexión académica. Ya la lucha social no se explica meramente por las contradicciones en la esfera productiva o, cuando más, en la de distribución y consumo. Dimensiones culturales y sim- bólicas entran en la agenda de los actores sociales y en la mente de los investigadores. La construcción de identidades en los ac- tores colectivos cobra importancia y hay más sensibilidad inte- lectual a las diferencias de género y étnicas. Pero también en este momento aparecen nuevos entendimien- tos de la relación entre las esferas social y política. Al desmontarse el paradigma de la lectura clasista se cuestiona la esencialidad de lo socioeconómico como predeterminante de lo político 34 . Por la misma vía se duda de la pureza de los actores sociales y de su ilimitada capacidad de autonomía. Entre los intelectuales y no pocos activistas se comienza a percibir que los movimientos so- ciales per se no son revolucionarios. Por tanto, las relaciones con el Estado se miran en forma distinta: ya no hay total enemistad, sino que a veces se plantean relaciones complementarias, lo que no quiere decir que se suprima el conflicto que muchas veces se

33 Véase mi ya citado ensayo "Poderes y contestación

34 Punto desarrollado por María Erna Wills, en "Feminismo y democracia: más allá de las viejas fronteras", Análisis Político, N 2 37, mayo-agosto de 1999, pp.

".

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focaliza contra el manejo que hace el ejecutivo de las políticas sociales. La relación entre región y nación es puesta de nuevo

sobre el tapete, pero ya no como rivalidad entre las élites, como

y part e de l XX, sin o com o demand a d e

las más disímiles capas sociales de provincia 35 . Desarrollos políticos como la descentralización y la elección popular de alcaldes a fines de los ochenta, y la convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyente a principios de los noventa, hacen viables estas nuevas aproximaciones teóricas. Así no siem- pre los actores sociales hayan tenido éxito en la participación electoral, hay una mirada menos maniquea de la política. En esto se hacía eco a un movimiento intelectual que retornaba a los análisis políticos, luego de excluirlos por años, en el intento de destacar lo social. A pesar de estos indudables logros de la acción social colec- tiva y de los avances teóricos que la acompañaron, la categoría de movimientos sociales, como se utilizó en los ochenta, toda- vía respiraba añoranza por la búsqueda de un nuevo sujeto his- tórico 36 . La necesidad de una vanguardia para un cambio societal -así fuese menos revolucionario que el soñado en los años se- senta y setenta-, hizo que el énfasis se trasladara del proletaria- do al pueblo y de éste a los (nuevos) movimientos sociales. Si bien es cierto que esta categoría socavaba el voluntarismo que impregnaba la búsqueda de una vanguardia, muy cara al para- digma marxista leninista, en el fondo mantenía el anhelo me- siánico por un salvador. Esto no sólo borraba con la derecha lo que se escribía con la izquierda, sino que les ponía a los actores

ocurrí a e n e l sigl o XIX

3:> Clara Inés García llega a afirmar que la región es una construcción en la que

tiene que ver mucho la forma como se estructuran y resuelven los conflictos sociales (El Bajo Cauca antioqueño: cómo ver las regiones. Bogotá: Cinep-iNER, 1993).

36 Muy inspiradora a este respecto es la ya citada reflexión de Luis Alberto Ro-

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sociales un deber ser revolucionario que difícilmente podían cumplir. Entre esta euforia y un nuevo desencanto no había sino un trecho, y por él transitó la intelectualidad colombiana en el último decenio.

LA HORA DE LOS DERRUMBES Y DE LAS NUEVAS RUTAS

En cuanto al tema que venimos desarrollando, los signos de los tiempos presentes son bien contradictorios. Es claro que los gran- de s paradigma s construido s e n e l sigl o XIX y llevado s a l a prácti - ca en el XX se han derrumbado. No es sólo la bancarrota del so- cialismo real, del Estado de bienestar, de los populismos e incluso del liberalismo clásico. Se trata de una profunda crisis de la mo- dernidad que se trasluce en el pesimismo del pensamiento con- temporáneo. Las ciencias sociales no son ajenas a esta coyuntura y hoy se cuestionan tanto sus objetos y métodos como sus mismos fundamentos. La resultante no es necesariamente negativa. Por el contrario, el actual momento puede ser un reinicio de una la- bor científica en condiciones menos ingenuas, de acuerdo con las posibilidades reales de las distintas disciplinas, y más responsa- bles con las promesas que ofrecen. La interdisciplinariedad que amenaza los compartimientos estancos con los que dividíamos la realidad puede dar origen a nuevas construcciones que nos aproxi- men en forma más compleja y rica a ella. Los actores sociales, por su parte, viven también contradic- torias situaciones. De un lado, la crisis de los paradigmas los afecta, en la medida en que socava su potencial político, al limi- tar las pretensiones de cambios radicales. Pero, al mismo tiem- po, nuevos espacios de participación se abren en la política co- tidiana, que ofrecen logros, pequeños pero valiosos. La misma movilización social no desaparece aunque no corresponde a los modelos épicos construidos en los decenios anteriores. La bús- queda de organizaciones centralizadas y con presencia nacional

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arroja precarios avances. Incluso se duda de la real representa- ción con la que muchas organizaciones sociales dicen contar. Por eso, hoy más que nunca, es vigente la paradoja de una aparente crisis organizativa y la persistencia de la protesta. Miremos con mayor detenimiento los signos cruzados de nuestra contemporaneidad para poder aclarar al menos dónde está el problema, para así poder buscar luego la solución. En cuanto al mundo de los actores, hay muchos indicios de que las cosas no están tan mal como a veces se piensa. Hay quienes afir- man que hay una buena base organizativa en la sociedad colom- biana al menos si nos atenemos a la cobertura de asociaciones voluntarias como las juntas de acción comunal, los sindicatos, las organizaciones campesinas, de viviendistas, étnicas, de gé- nero, ecológicas y de derechos humanos. Según cálculos de Rocío Londoño, para 1993 teníamos casi 4,500.000 colombianos vin- culados con esas asociaciones 37 . Claro que estas cifras pueden ser engañosas, pues se duda de la representatividad de muchas de esas organizaciones y de la "calidad" de la participación de los afiliados. Esta crítica no esconde la existencia de una amplia base organizativa que conecta horizontalmente a muchos colom- bianos, así la mayoría no tenga una efectiva presencia en la are- na pública. Más cerca de nuestras inquietudes, se constata que la pro- testa en los años noventa, aunque tiene sus vaivenes, no desapa- rece y por ratos aumenta 38 . Aunque a veces se dude de la racio- nalidad en sus fines y medios, por lo común la protesta social refleja demandas sentidas de distintos ciudadanos y utiliza me-

37 Una visión de las organizaciones populares en Colombia. Bogotá: Fundación So- cial-Viva la Ciudadanía-UPN, 1994, pp. 40-47.

38 Remitimos a los análisis coyunturales de luchas sociales elaborado por Alvaro Delgado, Esmeralda Prada y Martha C. García, investigadores del Cinep, y pu- blicados en la revista trimestral Cien Días.

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dios pacíficos, mas no necesariamente legales. Los "viejos" mo- vimientos no sólo siguen vivos, sino que en muchas ocasiones son los convocantes de grandes movilizaciones ciudadanas como las ocurridas en el último semestre de 1999, mientras en forma paralela amplían sus demandas más allá de lo estrictamente material, que sigue siendo muy precario en un país como el nues- tro. En años recientes, las luchas sociales se "politizan" al opo- nerse a medidas oficiales y a los planes de desarrollo. Incluso hay quienes postulan que movimientos como el campesino de los últimos decenios buscan ante todo la inclusión ciudadana 39 . Nuevos actores sociales hacen presencia pública con desigual grado de éxito. Es conocido el impacto que han tenido las mi- norías étnicas, especialmente indígenas, en la afirmación de su diferencia y en la consecución de espacios territoriales para con- solidar su identidad. Su presencia, primero en la Asamblea Cons- tituyente, y luego en el Parlamento, ha sido garantía de esos lo- gros 40 . Las acciones de las mujeres, ya no como meros actores sociales, sino en pos de reivindicaciones de género, aunque han sido menos espectaculares, tal vez han alcanzado más logros

39 León Zamosc, "Transformaciones agrarias y luchas campesinas en Colom- bia: un balance retrospectivo (1950-1990)", Análisis Político, N 2 15, abril de 1992, pp. 35-66. En el análisis de las luchas campesinas en los últimos años hecho por Esmeralda Prada y Carlos Salgado resaltan como principales demandas los servicios públicos, las políticas agrarias, la tierra y los derechos humanos (La protesta campesina, 1980-1995. Bogotá, Cinep, 2000, capítulo 3). Se ratifica un cambio de agenda con relación a los años setenta, cuando el principal motivo era la tierra.

40 Son numerosos los ensayos sobre este tema. A guisa de ejemplo menciona- mos los de María Teresa Findji ("Movimiento social y cultura política: el caso del movimiento de autoridades indígenas en Colombia", Ponencia al vm Con- greso de Historia, Bucaramanga, 1992), Christian Gros (Colombia indígena. Iden- tidad cultural y cambio social. Bogotá: Cerec, 1991) y los compilados por Arturo Escobar y Alvaro Pedroza (Pacífico, ¿desarrollo o diversidad? Estado, capital y movi- mientos sociales en el Pacífico colombiano. Bogotá: Cerec-Ecofondo, 1996).

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duraderos, lo que hace pensar en una verdadera revolución invi- sible 41 . Hay además notorios relevos generacionales en las orga- nizaciones, y aun la categoría de joven adquiere relevancia como nuevo actor social y político 42 . Las tensiones entre lo local, la re- gión y la nación se consolidan en la agenda de la movilización cuidadana otorgando una base social a las políticas de descentra- lización. Hay, por último, novedosos brotes de organización y movilización por la paz y la vigencia de los derechos humanos, por problemas ambientales, de ejercicio de la sexualidad y aun de objeción al servicio militar. El anterior panorama habla en favor de la ampliación de los campos del conflicto social, ahora muy distante del estrictamente económico propio de las primeras lecturas. Si ya no hay una centralidad de lo socioeconómico, pierde vigencia la primacía clasista en la lectura de la realidad, lo que no quiere decir que se suprima el conflicto. Por el contrario, éste prolifera en esferas antes no pensadas, incursionando hasta en el ámbito privado de la fa- milia, como lo señalan las feministas con acierto 43 . Pero no todo es positivo en el pasado reciente de los movi- mientos sociales. Ya decíamos que la crisis de paradigmas deja huérfana a la acción social colectiva de la dimensión utópica. Aunque hay intentos por replantearla, no es una tarea fácil ante el derrumbe del mayor desafío al capitalismo y el aparente triun- fo de su vertiente más destructiva en términos sociales, el neo- liberalismo. En el caso colombiano, aunque hay una indudable

41 Dentro de la amplia investigación sobre movimientos de mujeres destaca- mos los libros de Lola Luna y Norma Villarreal, Historia, género y política. Barce- lona: Universidad de Barcelona, 1994, y Magdalena León (compiladora), Mu-

jeres y participación política, avances y desafios en América Latina. Bogotá: Tercer Mundo, 1994.

42 Diego Pérez y Marco Raúl Mejía, De calles, parches, galladas y escuelas. Bogo- tá: Cinep, 1996.

43 María E. Wills, "Feminismo y democracia

", pp. 29-35.

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de los movimientos sociales en Colombia

l 37 ]

base organizativa, subsiste gran dispersión a la hora de acciones conjuntas. La existencia de redes horizontales no subsana la ausencia de organismos de cobertura nacional. Todo ello difi- culta una expresión pública más contundente por parte de los actores sociales. Por último, pero no menos importante, la fragmentación y degradación de las violencias afecta particularmente a los movi- mientos sociales, pues siega la vida de muchos dirigentes y acti- vistas, entorpece, si no anula, la cotidianidad de las organizacio- nes y cercena notablemente su autonomía, no sólo con relación al Estado, sino con los diversos actores armados 44 . El problema de los actores sociales en el país no es propiamente la cantidad de villanos y oportunistas que se les incorporan, como diría Humberto de la Calle, sino la amenaza a su existencia física y simbólica. Todos estos signos contradictorios requieren nuevas lectu- ras, y así lo han comprendido los intelectuales que reflexionan sobre la acción social colectiva en el país. De esta forma, se han incorporado modelos explicativos producidos en los países cen- trales, bien sea en el postestructuralismo, bien en algunas de las más avanzadas vertientes postmodernas. En aras de rescatar al sujeto en la acción colectiva, se vuelven los ojos a un discutible individualismo metodológico. Para dar cuenta de la relación entre lo social y lo político, se asume rígidamente el neoestruc- turalismo norteamericano que reelabora la teoría de moviliza-

44 El tema es continuamente denunciado por analistas y actores, pero poco de- sarrollado teóricamente. Un interesante intento lo hizo la politóloga norteame- ricana Leah Carroll al aplicar la teoría de que un cambio acelerado de poder, así sea local y temporal, es respondido con violencia contra los líderes del cam- bio. Estudia así el acceso de 18 dirigentes de la UP a alcaldías en 1988 ("Logros y límites de la elección popular de alcaldes en Colombia", en Jaime Caycedo y Carmenza Mantilla (eds.), Identidad, democracia y poderes populares. Bogotá: CEIS- Uniandes, 1993).

[

38

]

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ción de recursos desde las "oportunidades políticas". Las dimen- siones culturales y simbólicas son leídas desde las propuestas neoconstructivistas, que a su vez son readecuaciones del llama- do paradigma de identidad elaborado por teóricos europeos 45 . El problema con estas teorías no radica en que provengan de los países centrales, sino en la forma aerifica y ligera como se suelen incorporar. Posiblemente, el mejor camino es formular preguntas centra- les y buscar los conceptos, fuentes, metodologías y sobre todo teorías que nos ayuden a responderlas. A manera de ejemplo, mencionaré cuatro que son cruciales en el entendimiento de nues- tros movimientos sociales. El primer interrogante gira en torno a la racionalidad de la acción social colectiva. Iluminados por la historiografía social inglesa, postulamos que la protesta social no es una respuesta espasmódica a un deterioro en las condiciones materiales, salvo en umbrales críticos de hambre o miseria 46 . La acción social colectiva trasciende el mero instinto. Por lo común, en toda demanda ciudadana hay la percepción de que se ha co- metido una injusticia o de que existe una inequidad en relación con otros grupos sociales, nacionales o internacionales, o con el pasado. La gente no lucha simplemente porque tiene hambre, sino porque siente que no hay una distribuciónjusta de un bien mate- rial, político o simbólico. Desde sus mismos gérmenes, los elemen- tos culturales están presentes en toda movilización y habrá que

40 Estos aspectos teóricos que toco en mi ensayo ya citado "Poderes y contesta-

ción

Cohén en los ochenta ("Strategy or Identity: New Theoretical Paradigms and Contemporary Social Movements", Social Research, Vol. 52, N 2 4, invierno de 1985) y más recientemente, Joe Foweraker (Theorizing Social Movements. Lon- dres: Pluto eds., 1995) y Enrique Laraña (La construcción de los movimientos socia- les. Madrid: Alianza, 1999).

46 Muy iluminador es el texto de E. P. Thompson, Customs in Common. Nueva York: The New Press, 1993.

",

han sido analizados por numerosos autores, entre los que destaco ajean

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t 39 1

tomarlos más en cuenta a la hora de explicarla, cosa que poco se ha hecho en nuestro medio. La pregunta por la racionalidad de la acción social colectiva tiene una vertiente criolla que se formula como el desfase entre la acción reivindicativa y la expresión política 47 . De clara estirpe leninista por el desajuste entre la existencia y la conciencia, la cuestión debe ser replanteada a partir de la continuidad real entre una y otra forma de acción colectiva. Ello implica desmon- tar cualquier esencialidad o preexistencia de lo social en contra de lo político, y viceversa. En su expresión más radical, esto su- pone postular distintas racionalidades, no sólo la instrumental, con igual valoración en las acciones sociales colectivas 48 . Luchar por la igualdad de géneros en el ámbito familiar puede ser tan válido y necesario como emprender una reforma del Parlamen- to para purificar la política. Otra pregunta clave y cercana a la anterior gira en torno al aporte que las luchas y movimientos sociales han hecho a la cons- trucción de la democracia en el país. Por supuesto que habrá que definir qué entendemos por democracia, para lo que la propues- ta de Chantal Mouffe y Ernesto Laclau sobre radicalizarla puede ser pertinente 49 . En concreto, construir democracia en el caso colombiano significa ampliar la ciudadanía, lo que a su vez ne- cesita de un garante, que en forma ideal es el Estado. Ello re- quiere una nueva lectura de las relaciones con el Estado, de sus

47 Quien mejor formuló la pregunta y aventuró explicaciones fue Javier Giraldo, en el ya citado La reivindicación urbana

48 Así lo propone María Erna Wills, "Feminismo y democracia

conclusión similar llegaba yo en una relectura de los pensadores de la moder- nidad, especialmente Marx y Weber ("La racionalidad de la acción colectiva:

", p. 39. A una

¿problema moderno o postmoderno", Ponencia al Simposio del Instituto Pensar, Bogotá, 1999).

49 Véase de la primera, The Retum ofthe Political. Londres: Verso eds., 1993.

[ 40 ]

MAURICIO ARCHILA

debilidades y fortalezas, y de la necesidad de aprovechar o crear nuevas oportunidades políticas 50 . Pero también implica una nue- va lectura de la política, no tanto de la virtuosa sino de la prag- mática, que permea también a los sectores subordinados 51 . Y, en últimas, de los poderes existentes tanto en el Estado como en la sociedad civil 52 . Así se podrá comprender que la acción social colectiva no es gradual ni acumulativa, como se vio muchas ve- ces al movimiento laboral 53 , y enfrenta distintos escenarios de poder a los que responde con diferente eficacia, uno de ellos, y nada despreciable, el Estado. Lo que hoy es un logro en materia social, mañana puede ser una retroceso; lo que aquí tuvo éxito, allá puede significar una derrota. Por último, convendrá replantearnos la paradoja que hemos reiterado a lo largo de estas páginas formulando una pregunta más adecuada: más que enfatizar la supuesta debilidad de los movimientos sociales, en contraste con la persistencia de la pro- testa, deberíamos comenzar por la segunda parte para, desde allí, intentar valorar su fortaleza o debilidad. Esto implica apar- tarnos del deber ser que autores como Alain Touraine les po- nen a los movimientos sociales, y tal vez retomar las lógicas prag- máticas con las que actúan 54 . En caso de constatarse la debilidad,

50 Es lo que propone Francisco Leal en "Los movimientos sociales y políticos.

Un producto de la relación entre sociedad civil y Estado", Análisis Político, N 2

13, mayo-agosto de 1991, pp. 7-21.

51 Por esta vía va el ensayo de José L. Sanín, "La expresión política de las orga- nizaciones sociales: una tendencia de reconstrucción de las prácticas políticas",

en Varios, Nuevos movimientos políticos: entre el ser y el desencanto. Medellín: IPC, 1997.

° 2 Tal es, a mi juicio, el mayor aporte de Leopoldo Muñera en el ya citado Rup-

turas y continuidades

53 Enfoque que aún sigue vigente en recientes textos como el de Marcel Silva,

Flujos y reflujos. Reseña histórica de la autonomía del sindicalismo colombiano. Bogo-

tá: Facultad d e Derech o UN, 1998.

54 Touraine, a pesar de advertir sobre los problemas de utilizar categorías eu- ropeas para explicar a América Latina, concluye que es un subcontinente lleno

Vida, pasión y

de los movimientos sociales en Colombia

1 41 ]

ella debe ser explicada no tanto como fruto de la voluntad deli- berada de los actores sociales o políticos, y ni siquiera del Esta- do 55 . Responsabilizar en forma exclusiva a las condiciones es- tructurales o a un solo agente histórico de los hechos violentos en este país no es posible desde la más sana historiografía. Los análisis complejos sobre las violencias, sus causas, actores, esce- narios, significados culturales y, sobre todo, su impacto sobre la acción social colectiva, son más que necesarios para responder

el interrogante planteado 56 .

UNAS PALABRAS CONCLUSIVAS

Desde que se hicieron los primeros estudios de los actores so- ciales hasta hoy, ha pasado mucha agua debajo del puente. Las primeras miradas funcionalistas fueron reemplazadas por estu- dios marxistas y dependentistas. Luego se relegó el análisis or- todoxo clasista para postular categorías más comprensivas, pero menos explicativas, como las de pueblo y movimiento popular. En forma tardía, y con cierto triunfalismo, se adoptó la termi- nología de movimientos sociales para explicar nuevas formas de protesta. Estos jalones conceptuales y teóricos encierran algu-

de actores pero pobre en movimientos sociales, en parte porque éstos tienen

poca autonomía ante el sistema político (América Latina. Política y sociedad. Ma- drid: Espasa-Calpe, 1989, pp. 157-163). Lo del pragmatismo ha sido aborda-

do por Javier Giraldo (La reivindicación urbana

en Touraine, y más recientemente por José L. Sanín ("La expresión política

55 Ésta es una denuncia común en académicos y activistas. Véase por ejemplo

la ponencia del CEIS, "Régimen político y movimientos sociales en Colombia",

en Caycedo y Mantilla (eds.), Identidad democrática

06 Entre los balances propuestos recientemente en torno al tema de la violen- cia menciono el de Elsa Blair, por llamar la atención sobre las dimensiones cul- turales ("Perspectivas de análisis: Hacia una mirada cultural de la violencia",

paradójicamente inspirado

),

, p. 203.

[42]

MAURICIO ARCHILA

ñas posibilidades explicativas del conflicto social en el país, pero con limitaciones que se hacen evidentes cuando intentan apli- carse rígidamente. En los años noventa, cuando cayeron los paradigmas y se acrecentó la violencia en el país, entramos en una valoración pesimista de la movilización ciudadana. Se dudó incluso de su aporte a la construcción democrática, cuando no de su raciona- lidad. Tal vez eso explique la relativa disminución de análisis académicos sobre las luchas sociales. Hoy no podemos decir que estamos del otro lado del río. Aún estamos sumidos en un mar de confusiones y de contradicciones. Pero nos hallamos mejor preparados que antes, pues se ha cualificado la investigación al precisarse mejor los conceptos, enriquecerse las fuentes y las metodologías, y ampliarse el universo teórico con una actitud cada vez más crítica hacia lo que recibimos en préstamo. De esta forma, podemos plantear mejor las preguntas y, posiblemente, emprender rutas más adecuadas para responderlas. Nuestra condición, que bien puede ser definida como post- colonial, nos exige descentrar estas nuevas aproximaciones des- echando, por ejemplo, los modelos eurocéntricos y el discurso desarroliista implícitos en muchas de ellas. Esto debe hacerse desde una reflexión interdisciplinaria, pues el tema lo requiere. A veces será necesario también ser eclécticos, ya que la explica- ción de la realidad no se agota en un solo modelo teórico. Y, so- bre todo, habrá que insistir en miradas menos prevenidas y más pragmáticas para tratar de entender las dinámicas de nuestros actores sociales. Para este fin, es más que necesario diálogo en- tre académicos y actores que haga explícito un nuevo proceso investigativo en el que unos y otros pongamos en circulación los conocimientos y las experiencias. Con este diálogo evitaremos también el apresuramiento al exaltar lo que no ha nacido o, peor aún, al enterrar lo que todavía está vivo.

Vida, pasión y

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PRIMERA PARTE

Luchas laborales y cívicas

Alvaro Delgado

LAS NUEVAS RELACIONES DE TRABAJO EN COLOMBIA

Antes que un ensayo sobre el tema, esta ponencia recoge diversos criterios vertidos en la prensa colombiana en torno de los cam- bios operados en los últimos años en las relaciones laborales. La capacidad negociadora de los trabajadores colombianos es relativamente baja dentro del conjunto de países latinoame- ricanos. Indagaciones hechas por la Escuela Nacional Sindical (ENS) para los años 1987-1988 establecieron que en el caso de Antioquia se beneficiaba de convenciones colectivas sólo el 15% de los asalariados de los sectores privado y público juntos; en el comercio, el 0,73%, y en el transporte, el 4,5% 1 .

Contratos colectivos de trabajo en 4 países del Grupo Andino, 1990-1996

País

1990

1991

1992

1993

1994

1995

1996

Colombia*

660

437

468

nd

496

516

607

Ecuador

334

313

308

221

216

197

206

Perú**

1.762

1.402

401

1.059

883

803

623

Venezuela

nd

nd

1.139

814

924

879

594

*Convenciones colectivas de trabajo solamente. ** Distorsión ocasionada por falta de información oficial. Fuente: Oficina Internacional del Trabajo. Marleen Rueda Catry y otros, Tenden- cias y contenidos de la negociación colectiva. Documento de trabajo N 2 88, 1998, p. 26.

[ 52 ]

ALVARO DELGADO

En el conjunto de la Comunidad Andina de Naciones la negociación colectiva experimenta un fuerte retroceso que

se manifiesta en una disminución del número de con-

venios firmados y de trabajadores cubiertos, en un empobreci- miento de sus contenidos y en una pérdida de peso de la nego- ciación de rama frente a la negociación de empresa o individual. Las causas que explican esta marcha atrás son múltiples, pero están estrechamente ligadas a una pérdida del poder negocia- dor de los sindicatos. Las reformas en las legislaciones labora- les de los países andinos, estrechamente relacionadas con un entorno económico cambiante, han tenido sin duda un fuerte

impacto en las organizaciones de trabajadores. En Venezuela, por el contrario, ha sido precisamente el Estado el que ha im- pulsado la firma de acuerdos colectivos 2 .

[ ]

La negociación por rama o sector de la economía es relati- vamente alta en Argentina (70% de la negociación total de 1995) y México (95%, en 1994), y mucho menor en los países de bajo nivel de negociación, como Colombia, donde su participación

es de 15% aproximadamente 3 . La negociación colectiva, y sobre

todo la sectorial, se sostiene en los países desarrollados sólo como

resultado de persistentes luchas de los trabajadores. "En Fran- cia se observa una tendencia al aumento del número de conve- nios colectivos de empresa desde principios del decenio de 1980, que se aceleró a partir de 1990, ya que pasó de 6.496 ese año a 8.550 en 1995. Se señala, sin embargo que, en Francia, aun ocu-

2 Marleen Rueda Catry y otros, "Tendencias y contenidos de la negociación colectiva". Oficina Internacional del Trabajo. Documento de trabajo N- 88, 1998, p. 25.

3 Oficina Internacional del Trabajo, El trabajo en el mundo. Relaciones laborales, democracia y cohesión social, 1997-1998. Ginebra, 1998, p. 167.

Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia

[ 53 ]

pando un lugar central en el sistema de negociación, los conve- nios colectivos sectoriales, salvo en algunos sectores, han solido tener en la empresa un impacto menor que en otros países eu- ropeos, en particular en materia de salarios. La negociación colectiva en los países andinos es fundamentalmente de empre- sa. Los acuerdos de rama son prácticamente inexistentes en Perú, Bolivia y Ecuador y constituyen una excepción en Colombia" 4 , y es extendido el criterio de que mientras no haya colaboración del Estado, no habrá mejora en la negociación colectiva en ge- neral. Eso lo dice el ejemplo de Venezuela y en cierta manera el de Bolivia. El contenido de la negociación colectiva es bajo en el área y en muy elevada proporción está relacionado con el sa- lario, debido a la inflación histórica que estos países han sopor- tado. Es común oír la opinión de que desde principios de los años ochenta "no se ha conseguido ninguna gran conquista nueva" 5 :

La debilidad de las organizaciones de trabajadores, los cambios en la organización de la producción, laflexibilizacióny las dificultades que establece en ocasiones la legislación labo- ral, hacen que exista poca innovación en los temas tratados y que la escasa innovación se dirija a limitar los efectos negati- vos que la flexibilización de los procesos de producción puede tener sobre los trabajadores 6 .

Con su proyecto de minimización del Estado y eliminación del sindicalismo, lo que el nuevo modelo económico mundial persigue en el mercado de trabajo libre es hacer que las decisio- nes y responsabilidades del contrato de trabajo recaigan exclu-

4 Marleen Rueda Catry y otros, op. cit., p . 27.
5

6 Ibid., p. 30.

Ibid., p. 32.

[54:

ALVARO DELGADO

en el trabajador individual 7 . En la nueva puja de las

relaciones laborales en Colombia debe observarse que el nuevo modelo está exigiendo indeterminar todavía más el mercado de la fuerza de trabajo, intento que tiene la demanda de reformar las leyes 50 de 1990 y 100 de 1993. Por eso los gremios no tie- nen empacho en proponer el salario integral para sueldos de dos salarios mínimos en adelante e incluso para todo nivel sala- rial, como lo hicieron en julio de 1998 Fedesarrollo, Fenalco y el ministro de Hacienda Camilo Restrepo. Imponer el reino del salario integral, opinan algunos economistas; equivaldría a aban- donar a discreción del capital la distribución de la riqueza na- cional producida:

sivamente

Estos movimientos hacia el mercado aparecen rompiendo los principios clásicos de la normatividad laboral: reconoci- miento de la desigualdad en las relaciones entre las fuerzas del capital y del trabajo, irrenunciabilidad de los derechos básicos de los trabajadores y protección "especial" a las relaciones ge- neradas por los vínculos laborales 8 . La cuestión clave para los sindicatos sería averiguar cuá- les son sus puntos débiles y qué es lo que está en su mano ha- cer para mejorar los contenidos de la negociación colectiva. Los sindicatos deberían establecer una estrategia que incluye- se una serie de puntos ineludibles: cuáles son los temas priori- tarios para los trabajadores, y analizar si son compatibles con los intereses de la empresa de forma realista; establecer a qué nivel se quiere negociar y definir posiciones; para conseguir- lo, se debe estudiar asimismo cómo adquirir una mejor repre- sentación. Tras realizar este análisis, quedaría ver si la forma-

7 Hernando Torres Corredor, en Universidad Nacional, Universidad de Cartagena . El trabajo en los noventa, 1994, p . 46.

8 Ibid., p. 47.

Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia

[ 55 ]

ción de los representantes de los trabajadores es suficiente o si se pudiese mejorar para reforzar su capacidad negociadora 9 .

En la liza de la negociación laboral, desde luego, no están todos los que son. En el escenario nacional aparecen solamente las grandes organizaciones de asalariados, que, en el caso colom- biano, están en el área pública:

La mayor movilización en el sector público se explica por ciertas peculiaridades propias. La primera es la dimensión de las unidades de producción y la homogeneidad de los estatu- tos de personal, que, como en el caso de las grandes empresas privadas, facilitan la sindicación. La segunda consiste en que el empleador está solo frente a un gran número de trabajado-

res, lo cual fomenta el traspaso de autoridad a los sindicatos.

el sector público reconoce en

general la razón de ser de los sindicatos. Una tercera particu- laridad es el carácter central del concepto de servicio público en las relaciones de trabajo, que refuerza la solidaridad. Liga- do al origen público de los recursos, favorece la consulta que, en muchos países, sustituye a la negociación colectiva, y auto- riza restricciones, a veces considerables, en materia de nego- ciación y de huelga que serían más difíciles de aceptar en el sector privado. Por último, esas diferencias características dan a la movilización del personal, incluso cuando apunta a la ob- tención de ventajas económicas, una dimensión política que rara vez tiene en el sector privado (por ejemplo, en el caso de los conflictos en el sector de la sanidad). Naturalmente, en la inmensa mayoría de los países el sector público ha cambiado profundamente hace ya años, por lo que se parece más al sec-

Aunque hay excepciones, [

]

9 Marleen Rueda Catry y otros, op. cit., p . 33.

56

]

ALVARO DELGADO

tor privado. Han hecho aparición las fuerzas del mercado, en forma de privatizaciones o de una competencia entre ciertos servicios y el sector privado, y se han comprimido los costos. Se han implantado normas de perfeccionamiento de los recur- sos humanos, acompañadas de una descentralización de las de- cisiones en ciertos campos. Ahora bien, las singularidades an- tes mencionadas seguirán caracterizando al sector público. Aún parcialmente diversificados, los estatutos de personal se refie- ren siempre a un gran número de trabajadores, los límites pre- supuestarios siguen determinándose en el nivel central y el servicio público es un concepto que tenderá más bien a refor-

Las grandes concentraciones de asalariados imprimen a la vez características a la negociación de las condiciones de traba- jo y a la relación de los sindicatos con sus entidades jerárquicas.

Los sindicatos fuertes no recurren siempre a las centrales sindicales o federaciones en materia de apoyo para un proceso de negociación colectiva, son autosuficientes y en algunos ca- sos tienen mayores recursos que las propias centrales. Son los sindicatos más débiles los que tienen mayores dificultades y ne- cesitan de las centrales y federaciones sindicales. Sin embargo, la posibilidad de que las instancias superiores del movimiento sindical logren atraer a los sindicatos locales, sea cual fuere su fortaleza, dependerá de la capacidad de articulación e inter- pretación de las demandas y de la capacidad para ofrecer a los sindicatos legitimidad, eficiencia y autosostenimiento 11 .

Oficina Internacional del Trabajo, op. cit., p. 145. Marleen Rueda Catry y otros, op. cit., p . 48.

Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia

l 57 ]

El descenso en la negociación colectiva de trabajo en Colom- bia aparece hoy interrumpido casi exclusivamente por las accio- nes del sector público. De acuerdo con un estudio de la ENS 12 , la flexibilidad contractual se ha fortalecido y generalizado a partir de la Ley 50 de diciembre de 1990, de la Ley 60 de 1990 y de los decretos de reestructuración del Estado del 28 de diciembre de 1991, expedidos al amparo del artículo 20 transitorio de la Cons- titución del mismo año. Como consecuencia, el contrato de tér- mino definido "hace en la práctica imposible la sindicalización, puesto que la afiliación a los sindicatos por parte de estos traba- jadores se convierte en motivo para la no renovación del con- trato de trabajo. Este fenómeno ha estado convirtiendo a los sindicatos en organizaciones de trabajadores antiguos que, poco

poco, se extinguen por la jubilación de sus miembros", como

ocurrió en Propal. La Ley 50 "propició la eliminación de miles de contratos de trabajo, entre otros, con trabajadores colocadores

de chance en puestos fijos de venta, y la imposibilidad de rei- vindicar un contrato de trabajo en el caso de los vendedores de seguros". En el caso estatal aparecen los contratos administrati- vos de prestación de servicios, que no reconocen ningún dere- cho laboral social. "Del total de empleados estatales se estima que 25% de ellos laboran bajo esta modalidad", la cual creció sobre todo después de la expedición de la Ley 80 de 1993, que eliminó la prohibición de despido sin causajusta después de diez años de servicio. El trabajador nuevo o antiguo que se afilia al sindicato o adopta conductas notoriamente combativas es des- pedido sin mayor problema. Las normas produjeron no menos de 40.000 despidos en el área estatal; desaparecieron sindicatos enteros: ferroviarios, portuarios, obreros de Obras Públicas o de los extintos ICT e Inderena , o fueron reducido s a su mínim a

a

Norberto Ríos. Revista de la ENS, N 2 41, octubre de 1996.

[ 58 ]

ALVARO DELGADO

expresión, como ocurrió en el Ministerio de Hacienda y el DAÑE. Como señala Ríos en su artículo ya citado, "Entre 1990 y 1994 han entrado en receso o han sido liquidados en Colombia cerca de 514 sindicatos", con unos 95.229 afiliados. "Hoy escasamente está sindicalizado el 6% de la población económicamente activa". Las reformas legislativas aprobadas a partir de 1990, la re- estructuración empresarial con motivo de la mal llamada "aper- tura económica" del país al mercado globalizado, y el mismo enfriamiento de los ideales de solidaridad internacional que acompañó al derrumbe del campo socialista, profundizaron al máximo la crisis del movimiento sindical colombiano, puesta de manifiesto desde mediados de los años ochenta, uno de cuyos frutos fue, paradójicamente, la aparición de la CUT. El conjunto de la red organizativa sindical -y con mayor contundencia la parte del capital privado- fue severamente destrozado, muchos sindicatos desaparecieron y buena parte de los que lograron so- brevivir en los últimos diez o quince años se convirtieron en or- ganizaciones minoritarias dentro de las empresas. El empresa- riado vio entonces el camino expedito para introducir las nuevas formas de relación laboral directa con sus empleados, sin el es- torbo de la mediación sindical. El resultado ha sido el descenso sostenido de las convenciones colectivas de trabajo y el conse- cuente incremento de los pactos colectivos, fenómeno que pue- de observarse con mayor fuerza a partir de 1989. Los funcionarios gubernamentales y los diarios han creado en la opinión pública la idea de que los trabajadores colombia- nos son altamente conflictivos. El seguimiento de los conflictos colectivos de trabajo en los últimos cuarenta años, sin embargo, dice todo lo contrario y confirma que las huelgas constituyen una ínfima porción de los desenlaces. En los años noventa se acen- tuó la tendencia a encontrar los acuerdos en la etapa de nego- ciación directa, por lo menos en los predios de la gran indus- tria, luego de que durante un largo período, entre los años sesenta

Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia

[59 ]

Promedio anual de contratos colectivos de trabajo,

1982-1996

Período

Totales

Convenciones

%

Pactos

%

1982-1989

886

655

74,0

231

26,0

1990-1996

824

531

64,0

293

36,0

1982-1996

882

624

71,0

258

29,0

Fuente: oír. Julio Puig y otros, Tendencias y contenidos de la negociación colectiva en Colombia, 1990-1997. Resumen ejecutivo, p. 4 (copia del original).

Etapas de conclusión de la negociación de convenciones en la gran industria colombiana

Etapas

Totales

Arreglo

directo

Mediación*

Prehuelga

Huelga

Laudo arbitral

Abril de 1990

Diciembre de 1993

Diciembre de 1996

Número

%

Número

%

Número

%

108

100,0

112

100,0

115

100,0

48

44,4

67

68,8

99

86,1

35

32,4

0

0

0

0

19

17,6

22

19,6

10

8,7

5

4,6

9

8,1

3

2,6

1

1,0

4

3,5

3

2,6

* Es abolida a partir de 1991. Fuente: Juli o Puig y otros, Tendencias y contenidos de la negociación colectiva en Co- lombia, 1990-1997. Resumen ejecutivo, p. 4 (copia del original).

y ochenta, la mayor parte de las negociaciones se zanjaba, bien en la etapa de conciliación, bien en la de mediación con que la ley la reemplazó. Es verdad que el nuevo marco legal no deja una solución alternativa diferente a la huelga o el arbitramento, pero de todas maneras la negociación laboral se ve beneficiada con el acento puesto en la relación directa de empleadores y empleados.

[ 60 ]

ALVARO DELGADO

Los pactos colectivos -que excluyen la mediación del sindica- to- entraron con mucha fuerza desde el principio de la crisis. De acuerdo con la ENS, 18 de los 28 pactos colectivos suscritos en Antioquia en 1987 se presentaron en la manufactura, donde la mayoría de las empresas daba ocupación a más de cien trabajado- res, "número más que suficiente para constituir sindicato". En Fabricato el pacto, que benefició a 2.066 trabajadores, "práctica- mente tiene en la disolución al sindicato". Aunque los pactos re- bajaron de 51 a 28 entre 1986 y 1987, de ellos se beneficiaron 4.084 trabajadores, de los cuales el 80,4% pertenecía a la manufactura 13 .

El proceso de apertura económica ha estimulado los pactos:

Aunque la legislación laboral establece que allí donde exis- tan sindicatos y éstos agrupen a más de la tercera parte de los trabajadores en una empresa no puede haber pactos colecti- vos, los empresarios están acudiendo a diversas modalidades para imponer este mecanismo que sólo favorece sus intereses. El mecanismo más utilizado es el de ofrecer dádivas económi- cas, como primas extralegales, para que los trabajadores renun- cien al sindicato y a la convención colectiva y se adhieran al pacto, mecanismo que generalmente se acompaña de estrate- gias más sutiles, como amenazar con despidos, desmejorar las condiciones de trabajo o excluirlos definitivamente de cual- quier mejora salarial o prestacional, al mismo tiempo que se niegan a discutir los pliegos de peticiones con los sindicatos o dilatan indefinidamente las negociaciones mientras realizan un trabajo de zapa que finalmente coloca al sindicato en condi- ciones precarias para negociar la convención; otras veces arre- meten abiertamente contra los afiliados y los derechos de los sindicatos, mediante despidos selectivos que tienen como pro-

Revista de la ENS, N 2 13-14, diciembre de 1988.

Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia

[ 61 ]

pósito intimidar y desmoralizar a las bases para luego colocar al sindicato en situación minoritaria y venirse luego con la propuesta de pacto; otras, aislan a las juntas directivas de sus bases mientras realizan todo un trabajo de debilitamiento de la organización sindical que crea las condiciones para impo- ner el pacto colectivo violando toda legalidad laboral y desa- fiando al propio Ministerio de Trabajo, que se limita a impo- ner multas insignificantes.

Aunque la legislación establece un mecanismo especí-

fico que regula la convocatoria y la realización de pactos co- lectivos, éstos son impuestos de la manera más arbitraria, sin

asambleas de trabajadores que aprueben el petitorio y elijan a

se convierte a la lar-

sus representantes [

Esta estrategia [

ga en un bumerang para los propios sectores patronales, en la medida en que se cierran vías naturales y civilizadas para la resolución de los conflictos obrero-patronales 14 .

[ ]

]

]

Se supone que los pactos se ajustan a las expectativas de los empleadores que los imponen, pero ellos están tan engolosina- dos con la idea de acabar del todo con los sindicatos, que no vaci- lan en desconocer los compromisos que adquieren con aquéllos. Que los trabajadores buscan acuerdos que descarten el re- curso a medidas extremas lo confirma la utilización que hicie- ron del recurso de tutela antes de que la Corte Constitucional recortara los alcances del mismo, por sentencia del 10 de diciem- bre de 1998, de acuerdo con la cual "La tutela es improcedente para obtener el reintegro y el pago de salarios dejados de perci- bir, cuyas pretensiones son propias de lajurisdicción especial del trabajo" 15 , y que "resulta claro que la jurisdicción laboral es la

14 Héctor Vásquez, Revista de la ENS, N 2 34, octubre de 1994, p. 6.

15 El Tiempo, diciembre 10, 1998, p. 3A.

[ 62 1

ALVARO DELGADO

competente para conocer de los conflictos que se susciten por razón del tuero sindical de los empleados públicos". Una inves- tigación de Mario Jaramillo 16 refiere que, de 615 sentencias proferidas por la Corte Constitucional en 1992,

más de la tercera parte hizo referencia a asuntos labo-

rales. Y el 95,8% de ellas fueron promovidas por la acción de

tutela. En 1993, hasta el I o de septiembre, la Corte Constitu-

cional se había pronunciado con 376 sentencias. Una quinta parte de ellas en temas laborales. Y el 87,6% de los casos estu-

diados en esta área respondieron al ejercicio de la nitela. El 90,8% de las acciones de tutela laborales adelantadas en 1992 están relacionadas directamente con la protección de los derechos del trabajadores, y en menor volumen con la constitucionalidad de algunas normas y con la seguridad so- cial.

El 24,6% de las acciones de tutela laborales promovidas en los ocho primeros meses de 1993 se refieren a la protección de los derechos del trabajador, y ei 46,5% resolvieron asuntos de seguridad social.

[ ]

Merece considerarse el hecho de que en el lapso 1994-1996, en medio de un importante descenso de los índices de desem- pleo, la negociación colectiva encontró un ambiente favorable a la concertación, y los ceses de labores disminuyeron. No puede descartarse que el fenómeno obedeciera a una moderación de las demandas laborales ante los efectos políticos de la reestruc- turación empresarial, entre ellos la desaparición o el acentuado debilitamiento orgánico de los sindicatos. Es significativo el hecho de que importantes conflictos (Cerromatoso, Intercor,

Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia

í 63 ]

Coltejer, Telecom, Caja Agraria, Banco Cafetero, Banco de Co- lombia, Banco Industrial Colombiano, Banco Popular) se zan- jaron sin las anunciadas huelgas, y que la mayoría de los anun- cios de paro quedó en eso: anuncios. 4.500 servidores de Coltejer obtuvieron, en negociación directa, incrementos de 22,6%; en Intercor el reajuste fue de 24,5% y cobijó a 3.100 trabajadores; en el Banco Cafetero el aumento subió a 22%, y en Telecom, don- de por primera vez, por motivo del cambio de carácter de insti- tuto público a empresa industrial y comercial del Estado, se fir- maba una convención colectiva, se conseguía 23% también en etapa directa. La distensión del conflicto laboral puede medirse también por el hecho de que en la Caja Agraria los trabajadores se sometieron finalmente a la prueba mayor: el licénciamiento de casi 5.000 de los 14.000 trabajadores que tenía el estableci- miento a fines de 1991. Por lo demás, la retórica empresarial enderezada a que los asalariados entendieran la grave situación de crisis que atravesa- ban los negocios por culpa de la apertura al mercado universal en las condiciones de inequidad que imponía el capital multina- cional alcanzó a ganar adeptos sinceros, sobre todo en empresas de impronta histórica, caras para la memoria de los trabajado- res. En enero de 1994 -una vez más en negociación directa- se suscribió una nueva convención colectiva en Productora de Hi- lados y Tejidos Única, de Manizales, para beneficio de 814 ser- vidores, y el presidente del sindicato -de conocidos anteceden- tes de lucha clasista- se permitió conceptuar que la negociación había sido "un acuerdo histórico que marcó un antes y un des- pués en la compañía, si se tienen en cuenta los antecedentes laborales previos a la negociación del pliego". El directivo sin- dical agregó:

Esta convención marca un hito en Única porque la políti- ca que adoptamos de participación, información y respeto hace

[ 64 ]

ALVARO DELGADO

que los trabajadores sean más conscientes y más personas que piensan y opinan. Éste es el primer fruto de la calidad total 17 .

En el caso de la Fábrica de Hilazas Vanylon, de Bogotá, encon- tramos otro ejemplo de las concepciones de participación y concertación que aparecen en las relaciones laborales colombianas. A principios de 1998 la empresa, en concordato de acreedores desde principios de 1997 a causa de la desigual competencia del merca- do internacional, tenía 600 empleados y proveía el 65% de la de- manda de hilaza nacional. Quintex, su principal competidora, había desaparecido y Enka había abandonado en el mismo año esa línea de producción. El acuerdo concordatario contemplaba la venta de por lo menos el 51% de las acciones de Vanylon a un inversionista extranjero que garantizara la capitalización de la empresa y su cre- cimiento en los mercados nacionales e internacionales. La idea era que esa porción accionaria estuviese vendida en 1999. Entonces se había instaurado en Vanylon un panorama apa- rentemente desconocido en nuestro medio. Reinaban buenas relaciones con la empresa, bajo la enseña de una mayor produc- ción y una mejor calidad. El presidente del sindicato, que había tomado el cargo apenas dos años atrás, en vez de disfrutar de permiso sindical realizaba labores de control y vigilancia como supervisor de mantenimiento. Trabajador supervisor con 33 años de servicios, "asegura que uno de los cambios más importantes es la conquista de la libertad" en el sentido de que los supervi- sores y jefes de sección tienen la autonomía que nunca antes tuvieron. "Se acabó la jerarquía y se ha reemplazado por el tra- bajo en equipo. Es que si la empresa estaba como estaba y no

trabajábamos en equipo, no

podíamos sacarla adelante" 18 . Se-

17 La República, enero 17, 1994, p. 8A.

18 El Tiempo, marzo 16, 1998, p. 10B.

Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia

1 65 ]

gún el dirigente sindical, el administrador impuesto por los acreedores para salvar la empresa había sido fogueado en va- rios casos similares:

Cuando asumió, en Vanylon trabajaban más de mil perso-

nas produciendo la mitad de lo que hoy se logra [

tad de los empleados sobraba: simplemente seleccionó a los mejores y suprimió cargos innecesarios. "Antes había ingenie- ros de turno, y teníamos mucha más gente de mando. Hoy en día solamente queda un coordinador dentro del grupo de su- pervisores y estamos trabajando eficientemente con el recurso humano para motivarlo y fomentar en él un sentido de perte- nencia hacia la empresa", explica 19 .

casi la mi-

]

En la empresa minera caucana Industrias Puracé, creada en 1945 y apuntalada en el pasado por la desaparecida Celanese Colombiana, el drama de la supervivencia comenzó en los años setenta, mucho antes de la irrupción abrupta de la "apertura económica", y las características de su desenlace temporal se ase- mejan a las que han rodeado a Álcalis de Colombia.

En 1996, cuando cerró la empresa, se producían unas 54.000 toneladas de azufre al año. El procesamiento de cada tonelada costaba 123.000 pesos, mientras que en el mercado externo va- lía 43.000 pesos

desde el 14 de febrero [de 1998] los 164 trabajadores

se convirtieron en accionistas de la empresa mediante un acuer- do avalado en Cali por la Superintendencia de Sociedades. La liquidación de la industria se inició el 17 de diciembre de 1996,

[ ]

Ibid.

[ 66 ]

ALVARO DELGADO

pero en medio de la pelea legal por el pago de las deudas y las obligaciones salariales, que ascienden a 1.000 millones de pe- sos, surgió esta idea que dejó contentos a todos. Ahora los tra- bajadores, en su mayoría indígenas puracé [sic; son paez, o paeces], tienen 24 meses para responder por el pasivo y para pagar los aportes de los empleados al Seguro 20 .

Los incrédulos no saben que conocemos a fondo el fun- cionamiento de la mina y contamos con un grupo asesor de técnicos, abogados y economistas. Además, vamos a invertir las ganancias en nosotros. Eso antes no ocurría, dice Luis Enri- que Guauña [sic], que pasó de ser presidente del sindicato a vocero de lajunta de accionistas". Sólo 12 indígenas iniciaron el trabajo.

El periódico cita palabras del nuevo patrono de la empresa:

Siempre sobra comida porque por ahora sólo somos 12. La

idea es que nosotros saquemos una carga mínima de azufre mientras adecuamos las instalaciones para funcionar al máxi-

Las proporciones de precio se

mantienen, pero ahora los mineros dicen que no van a compe- tir con el azufre petroquímico sino que lo ofrecerán en estado puro para quienes requieran sus propiedades naturales.

mo con todos los mineros [

].

Desde luego, ante la crisis del modelo económico tradicio-

nal, empresarios y trabajadores se han comportado contradic- toriamente. Al revés de lo ocurrido en Avianca a mediados de 1994, cuando los esfuerzos para impedir la extinción del mayo- ritario sindicato de empresa -también de vieja tradición de lu-

ch a clasista , primer o e n la CTC y lueg o

e n la CSTC- terminaría n

Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia

[ 67 ]

en un modus vivendi forzado, el sindicato de la Federación Na- cional de Cafeteros pedía por la misma época la convocación del tribunal de arbitramento para dirimir su petitorio. ¡Tal era el artificio para impedir la desaparición del organismo sindical! El Ministerio de Trabajo, sin embargo, rechazó la solicitud porque supuestamente había sido aprobada en asamblea del sindicato minoritario. O sea, el otrora importante sindicato de la empre- sa (filial además de CUT), con sede en Chinchiná, se había con- vertido en organización minoritaria; el movimiento sindical allí no tenía fuerza ni siquiera para impulsar una negociación di- recta, y pidió acceder a una instancia que el sindicalismo de cla- se siempre había repudiado por considerarla profundamente antidemocrática (empleadores y Estado contra trabajadores). La cuestión es que, en las condiciones colombianas de atraso de las relaciones laborales, el arbitramento tripartito, en no pocos ca- sos, ha resultado menos perjudicial para los trabajadores que los enfrentamientos radicalizados y sin perspectiva de desenlace po- lítico. Ante la acentuada debilidad de las posiciones sindicales en todas partes, la apelación a los instrumentos de legalidad institucional no puede ser menospreciada por los trabajadores. Los ejemplos sobran. En noviembre de 1993 un petitorio eleva- do al Banco Popular por la Unión de Empleados Bancarios (UNEB) agotó la negociación directa y pasó al tribunal de arbi- tramento porque la empresa insistió en imponer un contrapliego. En febrero del año siguiente el tribunal emitió su laudo sin la firma del representante del sindicato, y la UNEB interpuso el recurso de homologación. El 25 de mayo del mismo año la Cor- te Suprema de Justicia declaró nulo el fallo, alegando extralimi- tación de funciones por parte del tribunal, con lesión de los in- tereses de los trabajadores. Fue anulado el período de vigencia de la convención, porque la UNEB había pedido un año y el tri- bunal acordado dos, y lo mismo pasó con varias cláusulas del laudo interpuestas por el contrapliego empresarial: impugna-

[ 68 ]

ALVARO DELGADO

ción de las elecciones sindicales, permisos sindicales, formas de pago de sueldos, procedimientos para aplicar sanciones, arbi- tramento de la Cámara de Comercio en las negociaciones de las dos partes, etc. 21 . En las grandes empresas estatales la inclinación a negociar se vio estimulada por las ventajas que el Estado ofreció a los sin- dicatos para crear fondos de pensiones y competir con ellos en el mercado financiero y de servicios. La fórmula fue: acepten la terminación del antiguo régimen de cesantías y pensiones de jubilación y nosotros les permitimos manejar fondos de pensio- nes y grandes contratos de servicios de salud a través de socie- dades administradoras de pensiones. Ningún esfuerzo de concertación, sin embargo, ha parecido suficiente para cambiar la mentalidad violatoria de las leyes que prevalece en los recintos del capital. A principios de 1998 el Ministerio de Trabajo se veía precisado a sancionar a 50 empre- sas por omitir la afiliación y los aportes de ley al Instituto de Seguros Sociales, así como por remunerar a sus servidores con sumas inferiores al salario de ley. Los patronos descontaban la contribución a los trabajadores pero no pagaban nada al ISS, y entre los infractores figuraban personasjurídicas supuestamen- te "honorables": Croydon (en liquidación), Colmundo Radio, Hospital Infantil Lorencita Villegas, Banco Andino, etc. El Mi- nisterio investigó mil empresas que daban ocupación a cerca de 66.000 trabajadores y encontró que el 26% de ellas dejaba de hace r lo s aporte s d e ley y, e n calida d d e morosas , debía n a l ISS más de $4.200 millones, sin contar los intereses causados 22 .

21 El Espectador, mayo 26, 1994, p. 2B.

22 El Espectador, marzo 1°, 1998, p. 8B.

Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia

1 69 ]

LA NEGOCIACIÓN SECTORIAL

El camino transitado por los conflictos en la industria bananera, las empresas de energía eléctrica y Ecopetrol contribuye a deli- near, más que ninguno otro, las características que reviste la negociación colectiva en la actualidad. Se trata de un proceso que encarna el doble sentido en que se presenta el mundo de fin de siglo para el conjunto del movimiento sindical colombia- no: el esfuerzo por modernizar sus estructuras y, en esencia, por erigir la organización sectorial, y el esfuerzo por meter el país entero en la cabeza de los dirigentes sindicales. Es una casualidad que la vida haya reunido en ellos la vieja agricultura de exportación, la industria transformadora, en cri- sis en el mundo entero, y los nuevos espacios de los servicios en auge. De los dos primeros actores, sin embargo, no puede de- jarse de tener en cuenta que se trata de fenómenos relativamente recientes en la vida nacional, muy lejanos de la veteranía del movimiento petrolero. La proeza organizativa de los bananeros de Urabá no tiene par en la historia colombiana contemporánea. Como fruto de los cambios en la situación de violencia suscitados al suscribirse la tregua entre el gobierno de Betancur y las FARC, las quince convenciones colectivas suscritas en esa región en 1984 pasaron a ser más de cien en 1985 y se convirtieron en 146 en 1987 23 . ¿En qué condiciones?

Entre 1980 y 1985 Urabá exportó banano por un valor de 969,1 millones de dólares, producidos en 20.000 hectáreas de 259fincasdonde trabajan 11.997 obreros; obreros que han re- cibido un tratamiento de esclavos, trabajando en situaciones

23 Revista de la ENS, N e 9, agosto de 1987, p. 9.

[ 70 ]

ALVARO DELGADO

verdaderamente aberrantes, 10, 12 y hasta más horas diarias por un salario inferior o igual al mínimo legal, sin seguridad social, sin médicos, deambulando de una finca a otra, pues la estabilidad laboral siempre ha sido precaria, recluidos en ba- rracas que carecían de los más elementales factores de higiene y donde vive el 79% de los trabajadores y sus familias, barra- cas (llamadas "campamentos" por la patronal) en las que ape- nas a partir de 1985, después de más de veinte años de cultivo agroindustrial del banano, se inicia un proceso de recupera- ción y mantenimiento, dotándolas de servicios de energía, agua potable y sanitarios, proceso que apenas cubre al 50% de las 259 fincas bananeras.

Hasta un periódico como El Tiempo no pudo dejar de reco- nocer que el proceso de organización que culminó en la funda- ción del Sindicato Nacional de Trabajadores Agropecuarios (Sintagro), que en 1984 contaba con unos diez mil afiliados, permitió

aislar a las viejas camarillas sindicales que controlaban

Pero este proceso ha sido difícil y

doloroso, pues contra la nueva organización de los trabajado- res (que también incluye a Sintrabanano y a Sintrajornaleros) se ha desatado toda una campaña de violencia y terror que pre- tende acabarla ahogándola en sangre 24 .

los sindicatos de la zona [

[ ]

]

La convención colectiva suscrita en noviembre de 1993 en 270 fincas fue la primera lograda en negociaciones directas, y fue al mismo tiempo la primera en que el reajuste de salarios se pactó de acuerdo con un índice de productividad verificable: la

El Tiempo, marzo 11, 1987.

Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia

[ 71 ]

cantidad de cajas producidas cada catorce días. El dato adquie- re importancia si se recuerda que la negociación laboral de 1992- 1993 estuvo encaminada a abolir las ventajas extralegales de los asalariados, el régimen pensional antiguo, los salarios diferen- ciados o por escalas, la inamovilidad en los puestos. Todo ello encaminado a elevar la eficiencia de las empresas y acercar el nivel de los salarios al nivel de la productividad. En el inicio del "gran cambio" neoliberal, los empleadores lograron crear un ambiente favorable a sus propósitos en muchas empresas esta- tales, y las nuevas normas de calidad y flexibilidad laboral cua- jaron en numerosos acuerdos con los trabajadores. Los avances de los empleadores no se quedan ahí. Desde mediados de 1997 el gremio bananero rodea al sindicato de proyectos de obras sociales y los trabajadores reciben capacita- ción internacional sobre calidad y formación de líderes 25 . Las empresas alegan que enfrentan penosamente una crisis de sus negocios: estragos del Fenómeno del Pacífico (El Niño), caída del precio internacional de la fruta, suspensión del acuerdo marc o con la UE. Sintrainagr o se permit e opinar, po r su parte :

Los trabajadores no desconocen eso y hemos venido hacien- do grandes esfuerzos para mantener la viabilidad de la indus- tria bananera con sacrificios que, durante estos años, han lleva- do al no pago oportuno de las prestaciones legales y extralegales e incluso, parcialmente, de salarios, a lo que se agregan varia- bles como el alto costo de la canasta familiar en Urabá 26 .

A la vez, los analistas de la prensa añaden algo que todo el mundo conoce:

23

26

El Colombiano, julio 2, 1998, p. 2B.

El Colombiano, julio 5, 1998, p. 12B.

[ 72 ]

ALVARO DELGADO

Cuando las reclamaciones de los trabajadores han servido a los intereses de Augura, las relaciones entre las partes han sido envidiables. Incluso hasta marchar juntos en la defensa de la industria. Ahora es diferente: los patronos pretenden erra- dicar los derechos convencionales de los trabajadores, por le- sionar sus intereses (empresariales) 27 .

Por eso no puede resultar extraño que el agravamiento del conflicto laboral a partir de 1997, hasta su exacerbada expre- sión en el primer semestre de 1999, enseñe que el relativo ablan- damiento de las relaciones de trabajo conocido entre 1994 y 1996 fue un evento inconsistente y un producto más que todo dei adelgazamiento político de la organización sindical por la crisis del país. Las relaciones obrero-patronales históricas no han cam- biado su cariz entre nosotros: los empleadores no han abando- nad o por un solo moment o su idea de un mund o sin fiscalía estatal y sin sindicatos y éstos no están lo suficientemente con- vencidos de que el escenario anterior, el de los años sesenta y ochenta, ha pasado y no volverá a verse, y que por tanto debe- rán cambiar sus tácticas de lucha.

En el campo de la electricidad, la historia de la negociación y los conflictos fue siempre una historia local. Sólo muchos años más tarde, en septiembre de 1991 y nuevamente en agosto de 1993, el recién creado Sindicato de Trabajadores Eléctricos de Colombia (Sintraelecol) logró por primera vez la presentación de un pliego de peticiones unificado para todo el país. En fe- brero de 1996, cuando alrededor de quince mil trabajadores de la electricidad amenazaban con una huelga en el sector, el go- bierno nacional y los representantes de 32 empresas de energía firmaron un "acuerdo marco sectorial", punto de referencia para

Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia

1 73 ]

que cada empresa negociara por separado su respectiva conven- ción. El acuerdo comprometió a los trabajadores a mejorar la eficiencia y la productividad de las empresas, pero al mismo tiem- po marginó a los trabajadores eléctricos del alza general de 17% impuesta al sector público por el gobierno Samper. Según el convenio, "el incremento más bajo será de 19,5%, y podrá lle-

para el próximo año se les garantizó ese mis-

gar hasta 22% [

m o IPC históric o má s 2,5 punto s po r productividad" 28 . Había nacido una nueva fuerza laboral, estrechamente liga- da a la defensa de los servicios públicos estatales, opuesta a su privatización y al mismo tiempo comprometida con la moder- nización del sector. Pero las cosas no terminaron allí.

]

El "sector eléctrico", organizado como tal por la Ley 143 de 1994, y Sintraelecol, por primera vez en la historia laboral colombiana, logran en 1996, como un primer paso, un acuer- do escrito donde se entroniza un procedimiento de negocia- ción por rama de industria a través de una Comisión del Acuer-

En marzo de 1998 se consolida

este mecanismo de negociación por rama industrial al serle

aplicado también a las empresas [de energía eléctrica] privati-

do Marco Sectorial, CAMS [

]

zadas, en virtud de

la figura de la sustitución patronal 29 .

Si al conflicto laboral de Urabá se le sigue dando un trata- miento de orden público, el petrolero aparece ante la opinión pública con un doble estigma: problema de orden público y desafío a la soberanía de la nación. Desde luego, a los medios de comunicación masiva no les faltan motivos para la alarma, porque el conflicto colectivo de trabajo en las petroleras sigue

28 El Tiempo, febrero 14, 1996, p. IB.
29

Marcel Silva Romero, Flujos y reflujos, 1998, p. 241.

1 74

]

ALVARO DELGADO

teniendo hoy, medio siglo después de su nacionalización, carac- terísticas de fricción y violencia similares a las que se conocie- ron allí en los años veinte y treinta. Un reportaje del periódico Voz refiere que durante el conflicto de 1991 se presentaron va- rios paros escalonados (ilegales), sobre los cuales registra dife- rentes formas de sabotaje:

los analistas de laboratorio se negaron a efectuar las res-

pectivas pruebas [

] los

operadores de maquinaria pesada parqueados frente a las ofici-

nas de Ecopetrol desinflaron las llantas de sus vehículos y se

un trabajador de

base tomó bajo su control las válvulas del llenadero de combus- tible en la Refinería de Barrancabermeja y amenazó con abrir- las si los 150 uniformados del ejército no renunciaban a la ocu- pación de la planta que en esos momentos practicaban 30 .

interrumpió el transporte de combustible [

dejaron de llegar los datos del monto de

producción porque se rompió el hiloy todo era anarquía [

[ ]

]

]

Ese tipo de incidentes llevó a otros periódicos a sostener que "los trabajadores agrupados bajo la férula de los dirigentes de la Unión Sindical Obrera han resuelto convertirse, mediante el mecanismo de los paros escalonados, en una especie de conso- "

31 . Enrique Caballero agregó

cios indirectos de los terroristas

sobre la USO: "Sus dirigentes anímicamente no se diferencian

de los guerrilleros

a quienes hacen el juego" 32 . Dos días antes

de aparecer estos agresivos conceptos se había producido el acuerdo "que dejó satisfechos tanto a la administración de la

compañía como a sus trabajadores" 33 , pero ello tampoco con-

30 Voz, abril 18, 1991, p. 7-8.

31 El Tiempo, abril 6, 1991, editorial.

32 El Espectador, abril 14, 1991, p. 3A.

33 El Colombiano, abril 14, 1991, p. 14A.

Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia

1 75 ]

venció a otros formadores de opinión pública. Gilberto Arango Londoño comentó en El Nuevo Siglo:

La jurisprudencia

se ha reiterado. La próxima vez se sacará la misma partitura.

Se ejecutará a la perfección. Muertes. Terrorismo. Sabotaje y 'conquistas laborales'. El Estado ha demostrado que está se-

cuestrado [

auténtico abuso de un derecho inexistente cual es el del terro- nsmo .

La realidad fue la de que triunfó la violencia; el

No hay despidos, no hay sanciones [

]

]

En contraste, durante las negociaciones de 1994 el econo- mist a libera l Jorg e Chil d expresab a otr o criterio : l a USO n o es una organización subversiva y el Gobierno se equivoca con ella como con Sittelecom, aunque la oposición sindical a la pri- vatización de algunas funciones de explotación y distribución petrolera es injustificada 35 . Y sobre las negociaciones de febrero de 1996 el presidente de Ecopetrol, Luis Bernardo Flórez, apa- recía más explícito y convencido cuando afirmaba:

la administración de Ecopetrol y la Unión Sindical

Obrera dialogaron y conjuntamente tomaron una decisión so- bre la reorganización de la empresa. Algunos interpretan eso

como una derrota; para nosotros es un logro. Frente a la alter- nativa de la confrontación, en Ecopetrol le hemos apostado al

diálogo [

Acuerdo es buscar soluciones que convengan a las

dos partes, sin vencedores ni vencidos, teniendo en mira el in-

¿Qué se obtuvo? Resolver las dudas que una

terés nacional [

organización que representa a la mitad del personal de la

[ ]

]

]

34 El Nuevo Siglo, abril 18, 1991, p. 5.
35

El Espectador, septiembre 1°, 1994, p. 3A.

[ 76

]

ALVARO DELGADO

empresa tenía frente a un proceso fundamental para el futuro de Ecopetrol, y darle vía libre a la reestructuración sin oposi- ción sindical. Cuando se habla de reestructurar eso no signifi- ca simplemente cambiar de organigramas. Eso es lo de menos. Se trata, ante todo, de modificar la cultura, transformación que sólo puede surgir de cada individuo y de las organizaciones que

Van a ser los trabajadores -sindicalizados o

no- quienes protagonizarán el cambio en Ecopetrol 36 .

lo representan [

]

AI año siguiente el nuevo presidente de la entidad, Antonio Urdinola, denunciaba que al finalizar 1997 ella tendría pérdi- das operacionales de $150.000 millones, y añadía:

El gobierno no puede ordeñar más a Ecopetrol [

] los prin-

cipales interesados en que haya una gran política petrolera en Colombia son los trabajadores de Ecopetrol, porque eso garan- tiza que entre más crezcan las exportaciones más se quede en el FAEP y eso está asignado a pensiones. Si alguien tiene interés en que haya un gran volumen de exportaciones, son los traba- jadores 37 .

Para la Unión Sindical Obrera, reconvertida en sindicato de rama industrial en 1997, la negociación colectiva al finalizar el siglo aparece ligada, más que a la demanda de mejoras labora- les y sociales, a la modernización y optimización de las instala- ciones de Ecopetrol, a los planes de privatización de varias de sus actividades, a la contratación de empleados temporales, a la importación y la liberación de precios de los combustibles. Los medios de prensa que asistieron al Foro sobre el estado de la

36 El Tiempo, marzo 4, 1996, p. 4A.

37 El Tiempo, agosto 28, 1997, p. 6A. FAEP: Fondo de Ahorro y Estabilización Petrolera.

Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia

1 77 1

empresa, realizado en Barrancabermeja en febrero de 1999, resumieron su impresión al respecto en estos términos:

La libre importación de gasolina subsidiada por el Esta- do, recorte al presupuesto de inversiones, entrega de poliductos al sector privado, traslado de manejo de contratos de asocia- ción al Ministerio de Minas y Energía, venta de la refinería de Cartagena y reforma a los contratos de asociación son los te- mas que concitan el interés de los participantes en el foro 38 .

El 23 de diciembre de 1998 el gobierno decretó la libera- ción de precios de los combustibles. "Otros puntos clave -h a señalado el presidente del sindicato-

son la asistencia legal a los trabajadores que sean objeto de pro-

y que no se disminuya la planta de personal

vigente a diciembre de 1998" 39 . Ecopetrol está resuelta a conti- nuar elevando su productividad por la vía de rebajar su planta de personal, en particular la de contrato a término indefinido, obje- tivo que además le ayuda a prevenir un grave deterioro de su si- tuación financiera para la primera o segunda década del siglo XXI, debido al continuo crecimiento de la carga pensional:

cesos penales [

]

En 1990 Ecopetrol tenía 11.500 trabajadores y hoy cuenta

con 8.600. Pero según [el actual presidente] Rodado, con los ac- tuales niveles de personal la empresa no es eficiente ni compe- titiva. Ante esto se debe reducir la nómina un 5% cada año. Eso

quiere decir que en 1999 deberían salir 430 empleados [

De

los 8.600 empleados de Ecopetrol la mitad están beneficiados por los logros sindicales de la USO y la otra mitad está amparada

]

El Espectador, febrero 16, 1999, p. 4B. Hernando Hernández, El Tiempo, enero 6, 1999, p. 3A.

[78]

ALVARO DELGADO

bajo el Acuerdo 001 que funciona para personal directivo, des- de los vicepresidentes hasta las secretarias 40 .

En ese cometido Ecopetrol no está sola, ya que

La caída vertiginosa en los precios del crudo ya llevó a que 13 de las principales multinacionales que operan en el país ha- yan tomado la decisión de licenciar 872 de sus empleados en los próximos seis meses 41 .

Finalmente, los términos en que se desenvuelven las relacio- nes de trabajo en la principa! empresa industrial de! país llevan impresa la marca de la Ley 200 de 1995 (julio 28), que cambió el escenario tradicional de la negociación y sometió a los petro- leros al régimen o código disciplinario único para todos los tra- bajadores al servicio del Estado. Antes de esa ley, en Ecopetrol regía lo de convención colectiva: comités tripartitos para resol-

ve r conflicto s disciplinarios . L a USO habí a obtenid o d e l a ministr a de Trabajo María Sol Navia un concepto que declaró que la norma convencional prevalecía sobre la Ley 200. La empresa demandó ante el Consejo de Estado y éste derogó la resolución ministerial; consultó además a las cortes Suprema y Constitu- cional y éstas fallaron que la ley debía aplicarse a todos los em- pleados de la empresa, sin distinción entre sindicalizados y no

sindicalizados. La ley comenzó a aplicarse el I o de agosto del

y en febrero del año siguiente había ya cerca de 300 investiga- ciones disciplinarias abiertas, que podían durar entre seis me- ses y un año en resolverse. Se había perdido la agilidad de las

comisiones tripartitas convencionales:

98

40 El Tiempo, febrero 10, 1999, p. 12A.

41 El Espectador, febrero 11, 1999, p. 4B.

Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia

[ 79 ]

En términos prácticos, la aplicación de la Ley 200 les quita poderes tanto a la uso como a Ecopetrol. Al sindicato porque desaparecen los comités en los que tenía participación y en los que velaba por la suerte de sus afiliados, y a la empresa porque la vicepresidencia de personal no tendrá facultad alguna para evaluar rebajas de sanciones a los empleados. Y también pierde el gobierno en general, porque siempre que se efectuaba un paro, una de las condiciones para levantarlo era no iniciar investiga- ciones ni aplicar castigos a quienes hubieran participado en él. Ahora el que lo haga, así sea el mismo presidente de la Repúbli- ca, será investigado por la Procuraduría 42 .

¿LLEGAREMOS A LA CONCERTACIÓN?

Si en los países desarrollados resulta hoy un tanto ocioso hablar de conciliación del conflicto social, en el caso latinoamericano la fragilidad de las prácticas democráticas hace que la concertación laboral tenga una doble cara fastidiosa: para los empresarios representa una alternativa no deseada y para los trabajadores un recurso engañoso. En el caso colombiano, por lo menos, los cambios en las relaciones de trabajo en el último decenio, casi enteramente favorables al capital, vienen ocurriendo en medio de una notoria agudización de los conflictos laborales. De prin- cipios de 1997 para acá el tamaño del conflicto ha alcanzado las dimensiones que se conocieron en los años ochenta, las más al- tas de la historia contemporánea, y ahora vuelve a ser claro que las dos partes, el capital y el trabajo, necesitan la concertación. Ningún conflicto de carácter laboral, por espinoso que se pre- sente, deja de perseguir una solución negociada.

[ 80 1

ALVARO DELGADO

Los poderes conferidos a los organismos de concertación la- boral creados en Colombia a partir de 1959 -año de arranque del conflicto laboral colectivo de la actualidad- se han ido amplian- do y enriqueciendo, pero la práctica real de los conflictos no ha confirmado sus predicados. Por eso tal vez hoy casi nadie recuer- da que en diciembre de 1995 el Congreso Nacional aprobó la reglamentación de la Comisión Permanente de Concertación de Políticas Salariales y Laborales que fuera creada en el artículo 56 de la Constitución de 1991. A partir de 1996 el organismo debe fijar de manera concertada el reajuste del salario mínimo a más tardar el 15 de diciembre de cada año. Tiene plazo final hasta diciembre 30, y sólo entonces el Ejecutivo entra a fijar el reajuste de manera unilateral. La cuantía será calculada tomando en cuenta la inflación proyectada para el año siguiente y la productividad acordada por el comité tripartito constituido por representantes de los ministerios del Interior, Trabajo, Hacienda, Desarrollo y Agricultura, el DNP, cinco representantes de los gremios del capi- tal y cinco de las asociaciones sindicales (designados por ellas). El organismo tiene otras funciones sobre fomento de la concertación, la capacitación de fuerza de trabajo, la creación de empleo, el mejoramiento de la producción y la productividad, la gestión empresarial y los convenios del país con la OIT.

De acuerdo con la ENS, "la nueva ley crea una marco que re- coge los elementos básicos para una verdadera concertación: ca- pacidad decisoria, participación representativa y democrática, amplitud temática y diversidad de niveles (nacional, regional y sectorial)" 43 . Pero la concertación de políticas nacionales nunca ha sido una estrategia convincente entre nosotros. En torno al funcionamiento del Consejo Nacional Laboral, Fernando Car- vajal opinaba que

Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia

la concertación es una de las herramientas legales por

medio de las cuales el Estado pretende concretar una política de ingresos y salarios que tenga como referente principal lajus-

de lograr la

ticia social. Empero, esa finalidad primordial [

concertación no trae aparejada una estructura institucional que le permita llevar a cabo su loable tarea 44 .

[ ]

]

[81]

Todavía hoy, cuarenta años después de creado el extinto Consejo Nacional del Trabajo, el marco institucional de la concertación laboral en Colombia no ofrece mayores esperan- zas. Ya en 1989 se constataba que

la mayoría de los organismos de concertación del país

en los que tienen participación los trabajadores y las organiza- ciones populares se caracterizan por ser instituciones de carác- ter meramente consultivo, aparte de que los que definen real- mente la política macroeconómica y social, como son el Consejo Nacional de Política Económica y Social (Conpes), la Junta Mo- netaria, los Comités Sectoriales de Industria y la Junta Nacional de Tarifas, entre otros, no cuentan con participación sindical y popular. Tal hecho es lo que hace que la concertación en Colom- bia sea más un espejismo demagógico que una realidad 45 .

[ ]

Desde los años setenta el economista y posteriormente minis- tro de Hacienda José Antonio Ocampo señaló la insignificancia de la representación sindical en los organismos sociales del Estado:

La capacidad de concertación con el gobierno y los patro- nos es débil, como también lo es el eco que tienen entre ellos

44 Fernando Carvajal, Revista de la ENS, N 2 20, diciembre de 1990, p. 18.

45 Revista de la ENS, N 2 15, mayo de 1989, editorial.

t 82 ]

ALVARO DELGADO

sus demandas. Pero, a decir verdad, el precario protagonismo de los trabajadores y su poca capacidad de concertación no sólo

se explican por sus limitaciones; también por la carente voca-

ción de concertación del propio Estado y los patronos, quie- nes siempre se han reservado el derecho de establecer por cuenta propia políticas que competen a los trabajadores. Cla- ra evidencia de esta actitud es el papel y alcance del Consejo

Nacional Laboral, el cual fue reducido a simple proponente de los acuerdos a que se llegue en él, y la actitud de los patro- nos de negarse a negociar cualquier punto que haga relación

al conocimiento y administración de los asuntos de la empre-

sa, actitud inconsistente con su reiterado propósito de consti- tuir en las empresas círculos de calidad o participación 46 .

Y no es que los líderes sindicales no hayan hecho esfuerzos

reales por aclimatar la concertación en nuestro medio. Las opi- niones de varios dirigentes sindicales, que a mediados de 1995 hacían parte del "sector democrático" de la CUT, opuesto a las posiciones extremistas de izquierda, pueden ser útiles para en- trever los cambios operados en las cúpulas sindicales respecto de la concertación y la confrontación en los conflictos de tra- bajo:

No podemos llegar a la movilización por la movilización

Los trabajadores en sus luchas deberían fijarse objetivos

posibles de conseguir. La tesis aquella de exigir mucho para agarrar un poco, atrincherados en la beligerancia de las bases

así fuera por cañar, quedó en el pasado. Hoy estamos frente a una sociedad tan pragmática, que no resiste presiones de ese

[ ]

46 Norberto Ríos, Revista de la ENS, N 2 25-26, agosto de 1992, p. 67.

Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia

í 83 ]

tipo [

país propuestas alternativas de desarrollo y democracia 47 .

]

es necesario encontrar los caminos para brindarle al

En el lado empresarial el optimismo tampoco ha sido la nota sobresaliente, aunque también han aparecido actitudes de re- flexión. Un economista de la Universidad Javeriana y consultor de empresas discurre al respecto de la siguiente manera:

¿Existe la confianza en las relaciones laborales? Mucho me

temo que no. Los síntomas, uno de los cuales paradójicamente es la existencia de pactos laborales, así lo evidencian en la ma- yoría de las empresas, pese a los cacareados avances para alcan-

Lo que se tiene

finalmente es una situación en la cual las partes, antes que acep- tar y entender el razonamiento del contrario, dirigen sus esfuer-

]

una primera opción sería la de intentar modificar los paradigmas y actitudes de las partes involucradas. Para ello, en primer lu-

gar, tanto patronos como trabajadores deben tener siempre pre- sente que la negociación de un pliego de peticiones no es el con- flicto laboral propiamente dicho sino un síntoma de éste. El conflicto laboral hace parte por definición de la esencia y razón de ser de las empresas. No aparece como por arte de magia cuando se inicia la discusión de un pliego y se esfuma una vez se logra un acuerdo. El pliego como tal es solo uno más de los as- pectos en los que se manifiesta la imperfección de las relaciones

laborales [

zos hacia el ablandamiento del adversario [

zar técnicas de gestión más participativas [

]

]

¿Alternativas? [

]

48

.

47 Voz, octubre 11, 1995, p. 12. Glosa sobre el Tercer Congreso de la CUT, en pre- paración (entrevista con Orlando Obregón, Héctor Fajardo, Domingo Tovar y Carlos Rodríguez). Los líderes no podían ir más allá de esas apreciaciones porque apenas dos meses más tarde Obregón ya sería ministro de Trabajo del presidente Samper.

48

Miguel Alvaro Mejía. El Espectador, marzo 8, 1998, p. 4B.

[84 ]

ALVARO DELGADO

Repitiendo momentos de los años sesenta,

La Asociación Nacional de Industriales (ANDI) propuso un nuevo modelo de relaciones laborales que permita la adopción de esquemas gerenciales modernos, basados en una actitud de colaboración entre la empresa y sus trabajadores y de solidari- dad entre el empresario y su comunidad. "La realidad econó- mica mundial nos exige crear esquemas distintos en materia la- boral. Los trabajadores no pueden ser simples espectadores del proceso de globalización, porque está de por medio la perma- nencia o la liquidación de la empresa y, con ella, la del vínculo laboral", dijo el presidente del gremio, Luis Carlos Villegas, al intervenir en la conmemoración de los 15 años de fundación de la Escuela Nacional Sindical (ENS) 49 .

Villegas Echeverri advirtió que cada vez es más difícil soste- ner un modelo de confrontación permanente, cuando la amena- za real no son los empresarios o los trabajadores, los gremios o los sindicatos, sino un Estado ineficiente, corrupto y dientelizado y una competencia internacional de bienes y servicios de terce- ros países, los cuales trabajan en equipo. "El nabajo en equipo debe sustituir al conflicto", dijo el presidente de la ANDI. Sostuvo que la búsqueda continua de estrategias y meca- nismos que incentiven y promuevan la productividad y la competitividad no es una opción que pueda escoger o no la comunidad empresarial, sino que es la única alternativa para cimentar y mantener la presencia en los mercados nacional e internacional. Por su parte, el presidente de la cux, Luis Eduar- do Garzón, le planteó a la ANDI la conveniencia de formular, en forma conjunta, propuestas sociales sin que haya necesidad de dejar de lado sus propias diferencias gremiales. Garzón su-

El Colombiano, octubre 30, 1997, p. IB.

Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia

í 85 ]

girió estudiar los problemas de la calidad del empleo, de la intermediación y la crisis del sector agrario, y expresó que tanto los industriales como los trabajadores tienen cosas comunes para actuar.

Un editorial del principal diario del empresariado antioqueño comentó al día siguiente:

Tanto los trabajadores, representados en las tres centrales obreras, como los empresarios, aglutinados en la Asociación

Nacional de Industriales (ANDI), están conscientes de que el país necesita desarrollar una nueva cultura en las relaciones labo- rales. Esta iniciativa no es novedosa en Colombia, pues hace casi tres años, en forma tripartita, las centrales, el Ministerio de Trabajo y el Departamento Nacional de Planeación impul- san el proyecto Nueva Cultura de las Relaciones Laborales, el

cual ha contado con el apoyo de la ANDI [

Ajuicio de la ANDI, esta nueva cultura debe generar con- ductas o actitudes que permitan a los empleadores y a la masa laboral establecer sus relaciones en un ambiente de diálogo y de entendimiento, privilegiando la cooperación, la consulta y el intercambio de información y desvalorizando el esquema tra- dicional de confrontación 50 .

]

d e los asunto s tocado s po r el president e d e la CUT

habían sido comentados poco antes por los investigadores de la ESN. Un estudio de Héctor Vásquez planteaba:

Algunos

En nuestro medio los sindicatos han tendido a asociar la productividad con mayores incrementos de la explotación y de la intensificación del trabajo, y por ello siempre ha habido mu-

El Colombiano, octubre 31, 1997, p. 4A, editorial.

[ 86

]

ALVARO DELGADO

cha resistencia para que se involucren con aquellas iniciativas

de las empresas que se proponen mejorar los niveles de produc-

tividad. Esta conducta tiene relación con el hecho de que la

mayoría de las empresas no han desarrollado una cultura de la

productividad y desconocen los diversos factores que la compo-

nen, por lo que muchas de las estrategias empresariales se cen-

tran predominantemente en solo uno de sus factores, la fuerza

laboral, intensificando su explotación a expensas de la calidad

de vida de los trabajadores y de las condiciones de su trabajo.

La solución real del problema reside en poner en marcha

una estrategia enderezada a compartir los resultados; un cam-

bio en la cultura de las relaciones laborales que las sitúe en el

plano de la cooperación para la solución conjunta de los pro-

blemas; un cambio en la contratación colectiva, para que "to-

dos ganen", y finalmente la realización de programas de capa-

citación, educación e investigación.

Un modelo así supone la existencia de actores fuertes -em-

presas y sindicatos- que compartan altos niveles de informa-

ción sobre todos los factores que intervienen en el proceso de

trabajo: financieros, productivos, económicos, laborales, tec-

nológicos, etc., en medio de un ambiente de respeto, recono-

cimiento y confianza recíproca 51 .

Impresiones parecidas habían captado las investigaciones

realizadas por Anita Weiss y su equipo del Departamento de So-

ciología de la Universidad Nacional 5 2 .

51 Revista de la ENS, N 2 41, octubre de 1996.

52 Véase Proyecto "Condiciones de trabajo en la industria colombiana", docu- mentos de trabajo N— 1 a 3, 1990; Anita Weiss, La empresa colombiana, entre la tecnocracia y la participación, 1994.

Las nuevas relaciones

de trabajo en Colombia

[ 87 .

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Universidad Nacional, Universidad de Cartagena, 1994, p.

Torres Corredor, Hernando . El trabajo

46.

Martha Cecilia García

LUCHAS Y MOVIMIENTOS CÍVICOS EN COLOMBIA

DURANTE LOS OCHENTA Y LOS NOVENTA,

TRANSFORMACIONES Y PERMANENCIAS

El movimiento cívico ha venido en un proceso que dista mucho

de lo que se llama espontáneo, ha venido organizándose, ha venido

coordinándose

actos espontáneos siguen ocurriendo, que los paros explosivos también

se siguen dando

problemas son tan angustiantes y de tal envergadura y el conjunto de

la población ha tomado tal conciencia de sus necesidades y de que es a

porque la dinámica social es de tal naturaleza, los

Claro está, y es bueno que se tenga en cuenta, que los

través del paro cívico y de las movilizaciones como consiguen (satisfa-

cerlas)

Ramón Emilio Arcilaf.

REFLEXIONES SOBRE EL CONJUNTO DE LOS MOVIMIENTOS CÍVICOS

Las palabras del líder del Movimiento Cívico del nordeste antio-

queño, pronunciadas en el Coloquio sobre Alternativas Popula-

res en Colombia, en 1987, resumen parte del tema de esta po-

nencia, que abordará, en un primer momento, los enfoques más

representativos desde los cuales se han analizado las luchas y

movimientos cívicos en el país durante las tres últimas décadas 1 ;

el segundo punto tratará sobre la crisis de los movimientos cívi-

cos en los años noventa y el tercero intentará explorar algunas

razones de la persistencia de las luchas cívicas, a pesar de dicha

crisis.

1 Una revisión detallada de las tendencias analíticas de luchas y movimientos cívicos en Colombia en la ponencia presentada al ni Seminario de la Asociación Colombiana de Investigadores Urbanorregionales, ACIUR, Bogotá, marzo del 2000.

Luchas y movimientos cívicos en Colombia

[ 89 ]

PUNTOS DE PARTIDA PARA EL ANÁLISIS

Antes de entrar en materia, aclaremos el tema central de nues- tro trabajo:

Definimos las luchas cívicas como acciones colectivas prota- gonizadas por pobladores urbanos, con la intención de expre- sar en el escenario público sus demandas sobre bienes y servi- cios urbanos, respeto a los derechos fundamentales, ampliaciones democráticas y participación en el manejo de sus destinos como colectividad, y presionar respuestas eficaces de las autoridades municipales, departamentales y nacionales. Los movimientos cívicos, según los definió Javier Giraldo 2 , son un conjunto de acciones colectivas, coordinadas por un gru- po relativamente estable, espaciadas en un tiempo prolongado, con objetivos reivindicativos o propositivos que tienden a la sa- tisfacción de demandas sociales de un amplio sector poblacional. Los movimientos cívicos no son simples aparatos organizativos ni restringen su acción a un paro o a una movilización, aunque se forman y desarrollan a través de luchas y conflictos. Mientras los movimientos cívicos son estructurales, continuos y orgánicos, las luchas cívicas constituyen una forma de acción reivindicativa y de participación, pero no son necesariamente expresión de una forma organizativa ni implican una propuesta de solución a las demandas que plantean. Por tanto, cuando nos refiramos a luchas no deben entenderse como movimientos so- ciales, aunque pueden ser una de sus expresiones. El adjetivo cívico fue acuñado por los participantes en estas luchas con la pretensión de legitimarlas frente a los poderes es- tatales -que las tildaban de subversivas-, de sustraerlas de la

2 Javier Giraldo, "La reivindicación urbana". Controversia, N— 138-139. Bo- gotá: Cinep, 1987.

[ 90 ]

MARTHA CECILIA GARCÍA

acción de los partidos políticos y de la guerrilla, y de mostrarlas ajenas a una clase social específica, destacando el carácter gene- ral y legítimo de sus exigencias. Pero este apelativo es proble- mático porque no termina de precisar el contenido mismo de la lucha o del movimiento que califica; lo hace por la vía negativa:

no partidista, no político, no subversivo, no clasista, a diferen- cia de otras luchas o movimientos que son calificados por los sujetos que los dinamizan (obrero, campesino, estudiantil, juve- nil, de mujeres) o por la dimensión básica que les otorga identi- dad (cultural, de género, étnica). Habiendo hecho la anterior aclaración, asumimos la afirma- ción de Giraldo según la cual lo cívico expresa que quien plan- tea las reivindicaciones es el ciudadano como tal, no en cuanto miembro de entidades gremiales, corporativas o políticas sino como usuario de los servicios del Estado; de tal manera, las ac- ciones cívicas reivindican los derechos del ciudadano. En las luchas y movimientos cívicos el Estado se ve como ad- versario y garante a la vez. Garante de bienes y servicios colecti- vos, y adversario, porque niega o recorta los derechos de los habi- tantes de localidades y regiones como parte de la nación, poniendo en evidencia formas de exclusión que cuestionan el pretendido carácter del Estado como representante del interés general.

LA LECTURA DE LOS AÑOS DORADOS DE LOS MOVIMIENTOS CÍVICOS

Las luchas cívicas han estado presentes en nuestra historia y han cobrado mayor relevancia en las tres últimas décadas. Es inne- gable que el paro cívico nacional del 14 de septiembre de 1977 contribuyó en gran medida a desencadenar el interés académi- co -y político- sobre este tipo de fenómenos 3 .

3

De ello dan cuenta; Alvaro Delgado, "El paro cívico nacional", en Estudios Marxistas, N 2 15, Bogotá, 1978, pp. 58-115. Andrés Hoyos, "Paros cívicos: de

Luchas y movimientos cívicos en Colombia

[ 91 ]

En sus comienzos, la reflexión teórica y metodológica se centró en la cuantificación de las principales características que revestían estas protestas (reivindicaciones, participantes y diri- gentes, respuestas oficiales), en la ubicación espacial del fenó- meno, en la determinación de su trayectoria, sus causas estruc- turales y su impacto en el cambio social. Los estudios pioneros sobre el tema 4 , siguiendo la tradición marxista, definieron el paro cívico como una forma peculiar de "huelga de masas", subsidiaria de las luchas del movimiento obrero, con carácter democrático por sus exigencias y por la amplia participación de masas. Luego se introdujeron núcleos problemáticos como la base territorial de las motivaciones de estas movilizaciones 5 , encami- nadas, en su mayoría, a obtener el suministro de valores de uso colectivo, cuyo consumo tiene una base territorial, y la dimen- sión regional de los conflictos 6 . Del análisis de las luchas cívicas se pasó al de los movimien- tos cívicos, dado el florecimiento de éstos durante la década de

Rojas al 14 de septiembre. Notas sobre el paro cívico como forma de lucha de masas", en Teoría y Práctica, N— 12-13, Bogotá, octubre de 1978, pp. 81-92. Óscar Delgado, El paro popular del 14 de septiembre de 1977'. Bogotá: Latina, 1978. Arturo Alape, Un día de septiembre. Testimonios del Paro Cívico Nacional, 1977, Bogotá:

Armadillo, 1980.

4 El primer estudio fue el de Medófilo Medina: "Los paros cívicos en Colom-

bia (1957-1977)", en Estudios Marxistas, N 2 14,

po r los mencionados en la nota anterior, más Jaim e Carrilllo, Los paros cívicos en Colombia, Bogotá: Oveja Negra, 1981 y Elizabeth Ungar, "Los paros cívicos en Colombia 1977-1980", Bogotá: Uniandes, 1981.

a Samuel Jaramillo, "Apuntes para la interpretación de la naturaleza y de las proyecciones de los paros cívicos en Colombia", en Carrión Diego y otros (comp.), Ciudades en conflicto. Poder local, participación popular y planificación en las ciudades intermedias de América Latina, Quito: El Conejo/Ciudad, 1986, pp. 269-282.

6 Contribución de Luz Amparo Fonseca ("Los paros cívicos en Colombia", en Desarrollo y Sociedad. Cuadernos CEDE, N 2 3, Bogotá: Uniandes, 1982, pp. 17-30), ampliamente trabajada en los estudios sobre movimientos cívicos.

Bogotá, 1977, pp. 3-24, seguido

[ 92 ]

MARTHA CECILIA GARCÍA

los ochenta y el auge de la teoría de los movimientos sociales urbanos, de corte neomarxista, desarrollada por Manuel Castells, Jean Lojkine y Jordi Boja. Los diversos enfoques 7 desde los cuales se interpretaron las luchas cívicas, durante los setenta y ochenta, coincidieron en afir- mar que su aparición y florecimiento en el contexto nacional se debía a la incidencia de factores estructurales como el desequi- librio regional, la concentración urbana, el deterioro del ingre- so de las mayorías, la centralización del poder estatal, el cons- treñimiento político causado por la alternación bipartidista durante el Frente Nacional que, al tildar como subversivas las expresiones de oposición y las acciones reivindicativas, ocluyó los canales de expresión de demandas sociales y de negociación con el Estado; el proceso de militarización del Estado, y como causas coyunturales, el abandono de políticas correctivas de la desigualdad regional, la crisis de entes gubernamentales regio- nales y locales, el severo programa de ajuste al que se vio some- tido el país debido al crecimiento desmesurado de la deuda ex- terna, que actuó en detrimento del gasto social. De los análisis sobre causas estructurales y coyunturales, eco- nómicas, sociales y políticas del surgimiento y fortalecimiento de los movimientos cívicos, se pasó al planteamiento de su de- ber ser como alternativa política, como poder popular con la potencialidad de convertirse en la base institucional de un contrapoder y llenar el vacío dejado por la incapacidad de los partidos tradicionales y de la izquierda para ser los intermedia- rios válidos de la población con las instancias de poder formal,

o como bases

de una sociedad civil popular 8 .

7 Entre los que cabe señalar los de Medófilo Medina, de tradición marxista; Pedro Santana, seguidor de Manuel Castells, y Javier Giraldo, de la escuela de la sociología de la acción.

8 Francisco de Roux y Cristina Escobar, "Una periodización de la moviliza- ción popular en los setenta", en Controversia, N 2 125. Bogotá: Cinep, 1985;

Luchas y movimientos cívicos en Colombia

[ 93 ]

A mediados de los ochenta, otro asunto cobró relevancia den- tro de los estudios del tema: la dinámica interna y las particula- ridades regionales de los movimientos cívicos; así, se iniciaron estudios de caso y se les dio voz a sus protagonistas 9 , lo que aportó al conocimiento de la naturaleza, composición, formas de par- ticipación y liderazgo, organización, negociación, respuestas y logros obtenidos por movimientos cívicos particulares. El debate acerca de la descentralización fomentó los análisis sobre la relación de los Movimientos cívicos con la reforma muni- cipal, y algunos investigadores 10 insistieron en que ésta no podía explicarse al margen de las reivindicaciones formuladas por las luchas y movimientos cívicos que, en el fondo, reclamaban refor- masfiscalesy administrativas en los municipios y departamentos, y planificación regional y local con participación comunitaria. Por la misma época, otra línea de análisis, influida por la sociología de la acción, se dirigió a investigar algunos elemen-

Orlando Fals Borda, "Movimientos sociales y poder político", en Estudios Políti- cos, N 2 8, septiembre-diciembre, 1989, pp. 48-58; y "El papel político de los movimientos sociales", en Revista Foro, N 2 11, enero de 1990, pp. 64-74. Cami- lo González, "Movimientos cívicos 1982-1984: poder local y reorganización del

poder popular", en Controversia, N 2 121. Bogotá: Cinep, 1985. Jairo Chaparro, "Los movimientos político regionales: un aporte para la unidad nacional", en Gustavo Gallón (comp.), Entre movimientos y caudillos, 50 años de bipartidismo, iz- quierday alternativas populares en Colombia. Bogotá: Cinep/Cerec, 1989, pp. 208-

226.

9 Estudios y talleres de sistematización de experiencias promovidos por el Cinep a mediados de los ochenta. Algunas memorias en Alvaro Cabrera y otros, Los movimientos cívicos, Bogotá: Cinep, 1986. Otras mimeografiadas se encuen- tran en la biblioteca de la institución.

10 Como Pedro Santana ("Crisis municipal: movimientos sociales y reforma po-

lítica en Colombia", en Revista Foro N 2 1, septiembre de 1986, pp. 4-15. Versión resumida del Capítulo rv de su libro Movimientos sociales en Colombia), Fabio Velásquez ("Crisis municipal y participación ciudadana en Colombia", en Re-

vista Foro, N 2 1, septiembre de 1986, pp.

quién?", en Revista Foro, N 2 11, enero de 1990, pp. 11-19) y Óscar Arango (Los

16-25 y "La gestión municipal: ¿para

[ 94 ]

MARTHA CECILIA GARCÍA

tos simbólicos y culturales 11 de la acción reivindicativa, encon- trando una relación de interdependencia entre los niveles espa- ciales donde se producen las acciones cívicas y las instancias antropológicas que predominan en ellas: en el nivel local se ins- criben paros y luchas cívicas, en los cuales predomina la necesi- dad sentida físicamente; en el nivel regional las reivindicacio- nes urbanas se expresan en los movimientos cívicos, arraigados en el afecto por la región, lo que no significa que desconozcan las necesidades sentidas colectivamente. En el nivel nacional, las reivindicaciones se expresan a través de foros, congresos y pro- testas nacionales, que presentan un énfasis en un esfuerzo ra- cional, al proponer soluciones factibles a los problemas comu- nes que están en la base de las luchas reivindicativas. Este análisis develó el carácter festivo y ritual que se presenta durante las luchas cívicas cuando el comportamiento popular es

contestatario y cuestiona la acción del Estado. Se da una explo- sión utópica porque en la protesta cívica existe el horizonte polí- tico de construir una sociedad alternativa. Pero en el comporta- miento político electoral de los sectores populares prima una concepción pragmática, ya que para solucionar sus problemas de supervivencia, dentro del establecimiento, "los caminos más efec-

pasan por las intrincadas redes del gamonalismo y del

tivos

clientelismo" 12 , cuyas prácticas y pertenencia partidista identifi- can el mundo de lo político. Esta discontinuidad en la conciencia de las masas explica las contradicciones que se manifiestan en distintos momentos de la actuación de los movimientos cívicos.

A comienzos de los noventa, y siguiendo también el marco interpretativo de la sociología de la acción, se realizó un conjunto

movimientos cívicos y la democracia local. Pereira: Sindicato de Educadores de Risaralda. Mimeo, 1986).

11 Javier Giraldo, op. cit.

12 Ibidem, p. 198.

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de estudios regionales comparativos 13 que encontró que la orien- tación de sentido de los movimientos cívicos se edifica sobre un doble objetivo: conseguir mejores condiciones de vida y adoptar medios y procedimientos políticos que las garanticen, y que la movilización social -particularmente la relacionada con servicios básicos- es la manifestación de un complejo proceso de cambio en la relación Estado-sociedad, en el cual se establecen nuevas mediaciones entre ambos y se configuran actores locales, por oposición al Estado, cuyo factor desencadenante es la acción "po- sitiva" de éste, el montaje y ejecución de una determinada políti- ca pública, hallazgos que controvierten anteriores explicaciones acerca del surgimiento de luchas y movimientos cívicos que afir- maban que eran respuestas a carencias materiales y a la incapaci- dad estatal para satisfacerlas. Más recientemente, se han realizado análisis históricos com- parativos sobre distintos movimientos sociales en Colombia, que permiten tener nuevas miradas acerca de la relación entre movi- mientos cívicos y Estado. Un conjunto de ellos 14 señala que no existe una dinámica homogénea de los movimientos sociales y, por el contrario, las luchas que protagonizan son fragmentadas y, a veces, contradic-

13 Realizados por Clara Inés García en cuatro regiones de Antioquia: Bajo Cauca, Oriente, Urabá y Suroeste, de los cuales están publicados: El Bajo Cauca antioqueño. Cómo ver las regiones, Bogotá: Cinep, 1993; Urabá. Región, actores y conflicto. 1960-1990, Medellín/Bogotá: Iner/Cerec, 1996 y "Características y di- námica de la movilización social en Urabá", en La investigación regional y urbana en Colombia. Desarrollo y territorio 1993-1997, Bogotá: DNP/Findeter/Aciur/Car- los Valencia Editores, 1997, pp. 290-303. Otro estudio que compara la movili- zación social de actores de dos regiones es el de María del Rosario Saavedra, Desastre yriesgo.Actores sociales en la reconstrucción de Armero y Chinchiná, Bogotá:

Cinep, 1996.

14 Mauricio Archila, "Tendencias recientes de los movimientos sociales", en Francisco Leal Buitrago (comp.), "En busca de la estabilidad perdida. Actores políticos y sociales en los años 90". Bogotá: lEPRi/ColcienciasAercer Mundo,

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lorias, propias de una sociedad civil y un Estado débiles y de la persistencia de violencias que afectan la existencia de los acto- res sociales. Además, existe una crisis de representatividad de las organizaciones sociales que obedece a una tensión no resuelta entre autonomía e inscripción partidista. Sin embargo, observa dos tendencias en los movimientos sociales de los noventa: una actitud prepositiva y de concertación, y la búsqueda de repre- sentación política directa en ámbitos locales y, si bien ambas re- presentan avances políticos, todavía queda un largo camino por recorrer para la construcción de la democracia. El otro estudio de conjunto 15 encontró que al ritmo de las transformaciones y continuidades políticas, económicas, socia- les -sucedidas entre 1968 y 1988-, los movimientos campesino, sindical y cívico oscilaron entre la integración institucional y la ruptura violenta del orden dominante. Descubre que los prota- gonistas de las luchas cívicas se afirman como actores sociales en la búsqueda de su reconocimiento como ciudadanos, porque su relación con el Estado y su pretensión de convertir en dere- chos las propias reivindicaciones ha caracterizado a las luchas cívicas. Pero el predominio en ellas de la acción directa sobre la representación política las aproxima más a las prácticas desti- nadas a imponer la propia subjetividad sobre la ciudadanía. Durante los años ochenta la producción sobre el tema fue muy amplia (análisis estructurales, coyunturales, artículos divulgativos

1995, pp. 251-301; "¿Utopía armada? Oposición política y movimientos socia- les durante el Frente Nacional", en Controversia, N 2 168, mayo 1996; "Protesta social y Estado en el Frente Nacional", en Controversia, N s 170, mayo 1997 y "Protestas cívico regionales durante el Frente Nacional. Cifras y Debates", en

La investigación regionaly urbana en Colombia

15 Leopoldo Muñera, Rupturas y continuidades. Poder y Movimiento popular en Co- lombia, 1968-1988. Bogotá: lEPRl/Universidad Nacional, Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales/CEREC, 1998.

, pp. 266-289, 1997.

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y propagandísticos, estudios de caso, sistematizaciones de expe- riencias de los participantes en ellos) y aunque en los años no- venta salieron a la luz sesudos estudios sobre el tema, que abren las puertas para continuar el camino, ellos son escasos, mien- tras abunda la producción sobre organizaciones y sectores so- ciales específicos. Algunos investigadores 16 han señalado que ante la fragmentación social y las expresiones de la diversidad de identidades e intereses, deben estudiarse primero las orga- nizaciones para luego aventurarse en el "indefinido" mundo de los movimientos sociales. La reflexión teórico-conceptual sobre los movimientos cívicos ha languidecido, entre otras razones por- que el objeto de estudio se ha invisibilizado. El propósito del siguiente aparte es explorar algunos de los factores que han contribuido a que esto sea así.

LA PÉRDIDA DEL FULGOR DE LOS MOVIMIENTOS CÍVICOS

Durante los decenios de los setenta y los ochenta, las luchas cí- vicas se encaminaron a exigir de las autoridades la solución a

problemas colectivos

estaban relacionados con servicios públicos domiciliarios y so-

ciales, protección de los derechos humanos y ampliaciones de- mocráticas, infraestructura física y transporte, problemas am- bientales, atención a desastres y damnificados, acciones de solidaridad con otros sectores en conflicto, gestiones adminis-

agudos e inmediatos que, en su orden 17 ,

16 Entre ellos Rocío Londoño, Óscar Alfonso, Noriko Hataya, Samuel Jaramillo y Gloria Naranjo. Según los datos del Banco de Luchas Cívicas del Cinep, que cobija el perío- do que va desde la administración de Belisario Betancur hasta la actual admi- nistración de Pastrana, y los aportados por Mauricio Archila para el período comprendido entre el Frente Nacional y agosto de 1982.

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trativas del orden municipal y departamental, alzas o nuevos im- puestos, seguridad ciudadana y reordenamiento territorial. En estas décadas, se presentó un deterioro de los salarios reales y de la calidad del empleo y se eliminaron las subvencio- nes a los productos de la canasta familiar, con el consecuente aumento de precios. En los ochenta, la gestión social estatal se vio fuertemente afectada por los severos ajustes económicos impuestos por la banca internacional, todos los componentes del gasto social per- dieron participación dentro de la distribución del gasto públi- co, salvo vivienda 18 , y las políticas públicas de los sectores socia- les fueron cambiantes, y las decisiones, tímidas y dispersas 19 . Los servicios públicos empezaron a manifestar síntomas de una pro- funda crisis: baja calidad, lento crecimiento de la cobertura, un acentuado desequilibrio espacial de las inversiones en infraes-

18 Educación pasó de 12,72% en 1980 a 10,85% en 1988; salud bajó de 5,23% a 4,12%; seguridad social, de 3,13% a 2,0%; vivienda pasó de 3,13% en 1980 a 5,51% en 1984, y después cayó a 2,0%. Cálculos de Consuelo Corredor, Los lí- mites de la modernidad, Bogotá: Cinep/Facultad de Ciencias Económicas, Uni- versidad Nacional, 1992, p. 294.

19 En el sector educativo, las determinaciones legislativas se concentraron en la educación superior, en la organización administrativa y financiera y en la admi- nistración del personal docente, mientras las orientaciones de política se dirigie- ron a ampliar la cobertura, especialmente en regiones y grupos de población marginales, con logros inferiores a los obtenidos en las dos décadas anteriores y con menores desarrollos en la calidad educativa. En salud hubo avances signifi- cativos en el desarrollo de la atención básica, pero poco se progresó en cobertu- ra. En el campo de protección y desarrollo de la infancia se ejecutaron progra- mas con relativo éxito (campañas de vacunación, escuela nueva, guarderías, servicios médicos preventivos) y el cuidado de infantes aumentó la cobertura pero sus mecanismos de financiación fueron insuficientes. Juan Carlos Ramírez, "La gestión social en los ochenta", en Luis Bernardo Flórez, Colombia. La gestión eco- nómica estatal durante los 80's. Del ajuste al cambio institucional. Tomo i. Bogotá: CIID- Canadá/ciD-Universidad Nacional de Colombia, pp. 318 y 336.

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tructura, débil situación financiera e ineficiencias operacionales de las empresas responsables 20 . Durante estos años, el Estado fue incapaz de cumplir con algunas de sus funciones centrales como el control territorial, el derecho de promulgar leyes y reglamentos de obligatorio cum- plimiento para toda la sociedad, el monopolio del recaudo de los tributos fiscales y el monopolio de la coerción física 21 . Ex- presión de la precaria legitimidad del Estado colombiano es la multiplicación de las violencias, de sus escenarios y de los acto- res dispuestos a resolver todo conflicto con el uso de las armas (guerrilla, paramilitares, narcotraficantes, grupos de limpieza social, delincuencia común). Como lo señaló Francisco de Roux 22 , muchas de las accio- nes cívicas reivindicativas manifestaban la resistencia social ante cambios económicos y en el aparato estatal, y eran expresiones de movimientos cívicos que luchaban por abrir canales de inter- mediación con el Estado -ante la incapacidad de los partidos políticos para ejercerla-, por obtener su reconocimiento y por tener injerencia en él. A mediados de los ochenta se inició el proceso de descen- tralización y se expidió la reforma municipal, con la cual se pre- tendía dar mayor autonomía política, fiscal y administrativa a los municipios frente al Estado central, y, a su vez, acercar la ad- ministración al ciudadano para que éste se vinculara directamen-

20 Gabriel Turbay, "La gestión estatal en los servicios públicos: reorganización

institucional y políticas de ajuste en el sector de agua potable y saneamiento básico, 1985-1992", en Luis Bernardo Flórez, Colombia. La gestión económica es-

tatal

21 Medófilo Medina, "Dos décadas de crisis política en Colombia, 1977-1997", en Luz Gabriela Arango (comp.), La crisis sociopolítico colombiana: un análisis no coyuntural de la coyuntura, Bogotá: Observatorio Sociopolítico y Cultural, CES, Universidad Nacional/Fundación Social, 1997, pp. 31-42.

22 Francisco de Rouxy Cristina Escobar, "Una periodización de la movilización

tomo II, pp. 185 y 193.

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te a la solución de sus problemas, para que interviniera en las decisiones que afectan sus condiciones sociales de existencia, lo que tendría como corolario el control de la protesta social. Las elecciones de autoridades locales y los espacios de par- ticipación en la vida municipal fueron aprovechados por los movimientos cívicos que habían acumulado experiencia en la movilización y en la negociación de sus conflictos, las cuales les dieron la posibilidad de definir plataformas mínimas electora- les. Era el momento propicio para dar el paso de la protesta a la propuesta, como lo sugirió el líder del Movimiento del Oriente Antioqueño, Ramón Emilio Ardía. Desde las administraciones municipales se podría dar respuesta a las necesidades sentidas por la población y expresadas a través de sus luchas. Y como lo observó Pedro Santana, la sorpresa de las primeras elecciones de alcaldes en marzo de 1988 fue la importante votación obte- nida por candidatos a alcaldías y concejos pertenecientes a mo- vimientos cívicos locales o regionales, pero ante la carencia de una estructura política que les brindara apoyo nacional o regio- nal, el mayor reto que debían enfrentar estos movimientos en la administración local era que los dejaran gobernar 23 . A algunos no se les permitió de entrada. Tanto la contienda electoral como el primer período de alcaldes elegidos por voto popular se de- sarrollaron en medio de una escalada de violencia que contri- buyó en gran medida a la aniquilación de la Unión Patriótica 24 ,

23 p e c j r o Santana, "Los movimientos cívicos: el nuevo fenómeno electoral",

Revista Foro, N 2 6, junio de 1988, p. 61.

24 "En 1986 la UP ganó 9 cumies en el Congreso y 3 suplencias; 10 cumies y 4 suplencias en Asambleas departamentales y 350 concejales. En 1988 obtuvo 18 alcaldes populares, 13 diputados y 5 suplentes en las Asambleas y un buen número de concejales. De estos funcionarios elegidos popularmente han sido víctimas de la violencia 3 senadores, 3 representantes, 6 diputados, 89 conceja- les, 3 candidatos a alcaldía y un exalcalde, además de sus dos candidatos presi- denciales", Rodrigo Uprimny, citado por Leopoldo Muñera, op. cit., p . 278.

en

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golpeó severamente a los movimientos cívicos 25 y también alcan- zó a los partidos tradicionales 26 . Los últimos años de la década del ochenta fueron aciagos para los movimientos cívicos y para las expresiones de protesta social que disminuyeron en números absolutos, entre otras ra- zones, por las expectativas de los pobladores frente a la gestión de los alcaldes recientemente elegidos, por la represión 27 y la intimidación derivada de las prácticas terroristas, pero mostró indicios de fortaleza y unidad de diversos sectores 28 .

25 Entre enero de 1988 y octubre de 1991 fueron asesinados 66 miembros de organizaciones cívicas, 7 desaparecieron, 19 fueron amenazados, 1 torturado y 1 detenido, según el Banco de Datos de Derechos Humanos del Cinep.

26 Durante la época preelectoral de 1988 fueron asesinados 9 candidatos a Con- cejos, 5 a Alcaldías y 1 a Asamblea pertenecientes a la Unión Patriótica; 4 candidatos a Concejos y 3 a Alcaldías del Partido Liberal y 2 candidatos a alcal- días socialconservadores. "El preludio violento de la elección de alcaldes", en El Espectador, 13 de marzo de 1988, p . 8A.

27 En enero de 1988 se expidió el Estatuto Antiterrorista como respuesta a la actuación permanente del paramilitarismo y del sicariato, gracias al cual "no sólo narcotraficantes y guerrilleros, sino también simples estudiantes y mani- festantes tirapiedra fueron susceptibles de serjuzgados como peligrosos terro- ristas", afirma Iván Orozco (Combatientes, rebeldes y terroristas. Guerra y derecho en Colombia, Bogotá: lEPRi/Universidad Nacional/Temis, 1992, p. 54). Pero fue in- eficaz ante la criminalidad paramilitar. Los asesinatos colectivos y selectivos de campesinos, líderes sindicales y cívicos, dirigentes políticos, miembros de or- ganismos de derechos humanos, intelectuales, atentados dinamiteros contra personalidades o población civil se acrecentaban día a día.

28 Se presentaron las marchas campesinas de la costa norte y del nororiente, exigiendo protección a los derechos humanos y el cumplimiento de los pactos firmados el año anterior en el Paro Regional del Oriente; paros cívicos en Tumaco, Pasto y Riohacha reclamando servicios públicos, y los sindicatos con- vocaron a huelga general. Hubo una mayor permanencia de los paros en Urabá y Barrancabermeja, que expresaban la resistencia ante el militarismo y la de- fensa del derecho a la vida. Ésta se convirtió en reivindicación fundamental y, en ocasiones, exclusiva de múltiples acciones cívicas, superando en número a las tradicionales demandas por servicios públicos y sociales e infraestructura física.

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A la violencia estatal y paraestatal se sumaron otros factores que contribuyeron a cercenar las perspectivas políticas de los movimientos cívicos, entre ellos, la acérrima oposición de ba-

rones regionales, la baja capacidad administrativa, la incapaci- dad fiscal municipal y la escasez de recursos -a pesar de las trans- ferencias desde el sector central- para atender el cúmulo de funciones que en adelante debía cumplir el municipio; el largo

y tortuoso proceso de ajuste institucional, la corrupción y el

clientelismo. Y qué decir de la baja participación ciudadana en

la vida pública. Al respecto, Fabio Velásquez 29 señala que durante

el gobierno de Barco el desarrollo de la reforma municipal se caracterizó por el control político de la participación ciudada- na y por la aplicación de una especie de "ley del embudo" en la

reglamentación de leyes y decretos, con un propósito definido:

limitar el alcance de las transformaciones y evitar de esa mane- ra que la reforma se convirtiera en una fuente de poder alter- nativo para las clases subalternas y sus organismos de repre- sentación social y política. Pero, de otra parte, la mayoría de la población no tenía tradición de participación activa y propositiva en los asuntos públicos. Aun quienes simpatizaban

o hacían parte de los movimientos cívicos mostraron grandes

dificultades para desempeñarse en la administración munici- pal y en los espacios institucionales de participación. Ello fue una muestra fehaciente de la discontinuidad que existe entre la acción reivindicativa y la acción política. Leopoldo Muñera 30 afir- ma que el apartidismo de los movimientos cívicos, la prepon- derancia de la acción directa como forma de manifestación po- pular y la naturaleza de sus reivindicaciones relegaron el discurso

Fabio Velásquez, "La gestión municipal:

", p. 12.

Luchas y movimientos cívicos en Colombia

í 103 1

político explícito y argumentativo a un lugar secundario den- tro de su praxis. Si aceptamos la hipótesis de que los movimientos cívicos y sus luchas tuvieron una alta injerencia en la reforma municipal, hay que decir que ella se constituyó, a su vez, en un factor de desarticulación de los movimientos regionales. El énfasis pues- to en lo local fue desdibujando la idea de región como territo- rio donde se expresa la imbricación de los conflictos y las diná- micas sociales, que despierta entre sus habitantes el sentimiento de pertenencia a ese lugar, y que había sido construida al fragor de las luchas cívicas. Había que atender las competencias y fun- ciones recientemente asignadas al municipio, había que impul- sar los procesos de planeación participativa del desarrollo local, velar por la ejecución de proyectos en el territorio municipal. Los asuntos de carácter regional quedaban en manos de las cor- poraciones autónomas o de los debilitados departamentos. Muy pocos movimientos cívico regionales continuaron siendo tales en pos de propósitos que fueran más allá de los límites político- administrativos de sus municipios. Pero entonces, ¿qué quedó de los movimientos cívicos de los setenta y ochenta? ¿Cuáles fueron sus logros? Qué legado nos dejaron? Los movimientos cívicos en su práctica ayudaron a poner en evidencia que la tramitación de las demandas sociales de un grue- so de la población no pasaba por los partidos políticos y que el Estado colombiano no era el representante del bien común. Esto, que resulta una verdad de Perogrullo para ciertos sectores so- ciales, era desconocido para grupos tradicionalmente atados al clientelismo, acostumbrados al intercambio de favores con los políticos locales de turno. Gracias a su participación en eleccio- nes locales, se menguó el miedo -que no la desconfianza- a la representación y a la representatividad política, y se contribuyó a crear una reducida franja de voto independiente.

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De otra parte, y como lo observa Muñera 31 , los movimien- tos cívicos intentaron rehacer el tejido social de las regiones y ciudades colombianas, en medio de escenarios donde se conju- gan tantas violencias 32 y, gracias a sus acciones y confrontacio- nes, fueron construyendo identidades territoriales 33 , contribu- yeron a crear identidades étnicas y culturales 34 y, según descubre Clara Inés García 35 , en algunas regiones, la construcción social de lo público se fue haciendo dentro de los conflictos, donde los cívicos fueron preponderantes.

31

Op. cit, p . 435.

32 Pero en el intento perdieron la vida muchos de los líderes de los movimien- tos cívicos otrora fuertes, con amplia capacidad de movilización y de propues- ta. Es el caso del Movimiento del Oriente Antioqueño, del cual han sido asesi- nados sus mejores líderes y miembros. Hoy la región está siendo disputada por actores armados de diverso signo. La fuerza de las armas se impuso allí sobre la fuerza de la acción social. El 28 de abril del 2000 las administraciones de los 23 municipios de la región hicieron paro para pedir que los gobiernos departa- mental y nacional intervengan en la solución de sus problemas de orden públi- co (secuestros, amenazas, asesinatos de parte de guerrilla y paramilitares).

33 No se refieren únicamente a un espacio geográfico, sino a un ámbito social específicamente delimitado, donde se expresan unas relaciones de producción, una forma de aplicar la tecnología a la naturaleza, una tradición cultural, una red de relaciones de poder, una historia y una práctica cotidiana. El territorio es mucho más que sus características físicas y ecológicas; simboliza también la historia que ha transcurrido en él.

34 Es necesario hacer la distinción entre movimientos cívicos y movimientos étnicos y culturales. En estos últimos, identidad y oposición se definen por la existencia de valores y rasgos culturales específicos y distintivos del grupo y no por su residencia territorial compartida, referente básico para la construcción de la identidad del movimiento cívico. La homogeneidad étnica o la fuerza de las tradiciones culturales pueden facilitar la cohesión de un movimiento regio- nal, pero no son condiciones necesarias para su surgimiento. Los movimientos cívicos tienen contenidos étnicos y culturales pero no son su rasgo definitorio, así como lo territorial no define los movimientos étnicos o culturales.

35 Clara Inés García, El Bajo Cauca antioqueño

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Y LA LUCHA CONTINÚA

Recién inaugurada la última década del siglo se llevó a cabo la Asamblea Nacional Constituyente, cuya convocatoria fue enten- dida como un paso hacia la creación de un nuevo pacto fun- dacional, que abarcaría la reestructuración de las esferas social y política, la reorganización estatal y reconocimientos y acuer- dos entre etnias, regiones y sectores sociales, para asegurar una democracia estable y legítima. La aparición, en la arena políti- ca, de grupos sociales hasta ese momento invisibles y la partici- pación ciudadana -tradicionalmente excluida del ámbito legis- lativo- en la formulación de la nueva Constitución generaron esperanzas en un proceso democratizador 36 . Sin desconocer que la Constitución del 91 rige la vida social y política del país, queremos resaltar algunos aspectos que son de suma importancia para la vida de la gente común: la nueva carta fundamental le confirió centralidad a la participación de la ciudadanía en los asuntos públicos, ampliando los espacios y mecanismos a través de los cuales ella podía expresarse; privile- gió el gasto social; profundizó el proceso de descentralización al ampliar las competencias de las entidades territoriales y las vías para fortalecer sus fiscos. Pero quizás lo más relevante para el ciudadano corriente, como afirma Hernando Valencia Villa, es la carta de derechos 37 civiles y políticos, sociales, económicos,

36 Aunque los movimientos cívicos que aún pervivían habían logrado generar

-a través de sus acciones reivindicativas- algunos acuerdos básicos sobre el

desmonte del bipartidismo, la apertura a la participación cívica en instancias

de poder, el reordenamiento territorial, garantías efectivas para los derechos

civiles y de las minorías, reformas al proceso electoral, y aunque participaron activamente en eventos previos a la asamblea, carecieron de representación en

la Constituyente, entre otras razones, porque no tuvieron iniciativas coheren-

tes y porque entre ellos se presentó rapiña por los puestos de representación.

37 84 artículos que incluyen más de 75 derechos, libertades y garantías; esta- blecen distinciones entre derechos civiles y políticos o fundamentales, derechos

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culturales y colectivos por la influencia que tiene en su vida co- tidiana, en los microproblemas que configuran su existencia concreta. Pero la reforma constitucional corrió pareja con la profundi- zación de la apertura económica, sobre líneas divergentes; de ahí que los desarrollos legislativos de la Constitución se hayan debatido entre atender los requisitos del libre mercado, de una parte, y ampliar la democracia y consolidar el Estado social de derecho, de otra. Y las acciones gubernamentales de la década contribuyeron a desdibujar buena parte de las esperanzas fincadas en la nueva Constitución. La credibilidad en el sistema político no ha aumen- tado, su transformación está lejos de darse. Ha sido patente la incapacidad de las administraciones que ocupan la década de los noventa para resolver los problemas sociales y políticos del país. La legitimidad gubernamental ha sido puesta en tela de juicio en varias ocasiones. Los derechos y garantías ciudadanos han sido permanentemente conculcados y la violencia política se exacerbó. Las masacres y asesinatos selectivos han sido pan de cada día, las desapariciones forzadas se volvieron colectivas, los éxodos se incrementaron, las formas civiles de protesta se han reprimido violentamente, la presencia y acciones guerrilleras y paramilitares han sembrado miedo en muchas regiones, la con- frontación bélica entró en auge y la militarización de ciertas zonas derivó en violaciones de libertades y garantías.

sociales, económicos y culturales, y derechos colectivos o de tercera generación; a la paz, al medio ambiente, al espacio público, al desarrollo, a la participa-

ción, a los servicios públicos (salud, seguridad social, vivienda, cultura, recrea- ción y deporte, ciencia y tecnología que se convierten en derechos subjetivos u obligaciones del Estado). Hernando Valencia Villa, "Constitución de 1991: la carta de derechos", en Análisis Político, N 2 13, mayo-agosto de 1991, pp. 73 y

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La política social de los noventa fue en contravía del enfo- que de derechos planteado en la nueva constitución y, más bien, obedeció a criterios de asistencialismo y discrecionalidad políti- ca, con lo cual se fortaleció el clientelismo y la estigmatización de la pobreza. Fue residual al manejo macroeconómico, primó el enfoque monetarista y los equilibrios fiscal, comercial y de la balanza de pagos. Se le dio prioridad al presupuesto de guerra, al financiamiento de la burocracia y al pago de la deuda exter- na. La participación se restringió a la ejecución de programas, quedando por fuera la concertación para el diseño de políticas, la asignación de recursos, el seguimiento y la evaluación. La con- sulta de los planes de desarrollo fue protocolaria y carente de capacidad de decisión. A través de los programas de la presiden- cia, los fondos de cofinanciación y los recursos manejados por ministerios e instituciones descentralizadas se siguió teniendo un férreo control central de la inversión social y se utilizaron con el fin de crear lealtades políticas, hacer populismo, apaciguar el conflicto social (y, durant e la administración Samper, par a com- prar el respaldo a la crisis presidencial). La Ley 60 de 1993, de competencias y recursos, controla la destinación del gasto social, limitando la autonomía de las localidades para orientar sus pro- pios planes de desarrollo 38 . La planificación del desarrollo social en la mayoría de las entidades territoriales aún es precaria, cuentan con plantas bu- rocráticas de bajo nivel técnico que no logran deshacerse de la corrupción. Son escasos los mecanismos ágiles y amplios para la interlocución con la comunidad y ésta sigue mostrando una débil participación en la planeación y gestión de proyectos de desarrollo. De otra parte, ni los programas de inversión ni las transferencias territoriales han sido suficientes para subsanar las

38 Libardo Sarmiento, "Salto social, equilibrio político", enAnálisis Político, N a 27, enero-abril de 1996, p. 77.

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desigualdades sociales y regionales, y buena parte de los munici- pios colombianos carece de condiciones financieras para cumplir a cabalidad con todas las funciones que les fueron asignadas. Contra todos los pronósticos, ni la reforma municipal del 86, ni la elección popular de alcaldes, ni el recrudecimiento de la guerra sucia y ni siquiera la Constitución del 91 lograron evitar la expresión pública y colectiva de demandas de la población urba- na. Los datos empíricos de los que disponemos así lo confirman. Veamos cómo se comportaron las cifras de las luchas cívicas durante los noventa:

En el cuatrienio Gaviria, el número de acciones reivindicativas llegó a 494, cifra que supera las registradas en los años anterio- res. Durante el primer año de ese gobierno el número de luchas es más bajo que en cualquiera de los fres primeros años de la administración anterior, porque a comienzos de su mandato Gaviria se encontraba en estado de gracia con los colombianos, pero al finalizar su segundo año de gobierno las silbatinas, los cacerolazos, la petición de su renuncia, manifestaron el descon- tento ciudadano y la pérdida de credibilidad en él. En la administración Samper las luchas cívicas fueron ascen- diendo año tras año hasta llegar a 544, 50 más que en el gobier- no anterior y tuvieron un inusitado aumento durante el primer año de gobierno de Pastrana, cuando alcanzaron la cifra de 391, descendiendo en el segundo año a 246. Tan sólo en los dos pri- meros años del actual mandato el número de luchas cívicas supe- ra en 93 a las ocurridas durante todo el gobierno precedente. A medida que transcurre la década, se abre el abanico de de- mandas presentadas por los pobladores en sus luchas cívicas; de tal manera, su peso relativo disminuye 39 . Los servicios públicos,

39 Por ejemplo, los servicios públicos motivaron 60% de los paros cívicos entre 1971 y 1980 (Pedro Santana, Desarrollo regional y paros cívicos en Colombia, Bogo-

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que durante las décadas anteriores y aún durante el primer go- bierno de los noventa fueron la principal bandera reivindicativa, van perdiendo su estatus, mientras ascienden las demandas por servicios sociales (salud, educación, seguridad social, recreación, atención a la infancia y a la tercera edad) y protección a los dere- chos humanos y por la paz. Aparecen otros motivos cuya impor- tancia no es precisamente numérica. Ella reside en la naturaleza de las demandas, en el recurso a la movilización para expresar desacuerdos o peticiones que van más allá del consumo colecti- vo y proponen una variedad de temas en los cuales a veces ni siquiera el adversario ni el campo del conflicto están claramen- te definidos. El Plan de Desarrollo de Gaviria, "La Revolución Pacífica", planteó como meta la ampliación de la cobertura en agua pota- ble, educación básica, salud primaria, vivienda social, focalizando esfuerzos en la población con necesidades básicas insatisfechas, pero otros fueron los resultados. El déficit nacional de cobertura en agua potable y saneamiento básico aumentó durante el cuatrienio por encima de las tasas de crecimiento poblacional, debido a la insuficiencia financiera y a la concentración de inversiones en la región centroriental del país, especialmente en Bogotá 40 , en claro detrimento de pueblos y ca- pitales departamentales de la Costa Atlántica, Cauca y Nariño, como también lo confirma la ubicación espacial de las luchas por ese motivo, que generó el mayor número. En lo que tiene que ver

tá: Cinep, 1983, p. 135); 54,4% durante el período Betancur, 57% durante la administración Barco, 30% durante la administración Gaviria, 15,5% durante el cuatrienio de Samper y 10,4% en los dos primeros años del gobierno de Pastrana (Banco de Datos de Luchas Cívicas, Cinep).

40 Óscar Alfonso y Carlos Caicedo, "Coberturas e inversiones", en Servicios pú- blicos domiciliarios. Coyuntura 1993. Bogotá: Cinep, 1993.

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MARTHA CECILIA GARCÍA

con la energía eléctrica, la mayoría de las protestas se relaciona- ron con el constante incremento de las tarifas y con los efectos del racionamiento. El conjunto de servicios públicos domicilia- rios ocupó el primer lugar entre las demandas de los pobladores. El recrudecimiento de la guerra 41 y la violación de derechos y garantías ciudadanos generalizaron las movilizaciones y paros para exigir al gobierno protección de los derechos civiles y políticos, indemnización a víctimas, desmilitarización de zonas, cese a los operativos militares, diálogos regionales con presencia ciudada- na, respeto a los defensores de derechos humanos acusados de ser auxiliadores de la guerrilla 42 y de desprestigiar al gobierno ante la comunidad internacional, así como para pedir a guerri- lleros y paramilitares el cese de sus acciones contra la población civil presa en medio de fuegos cruzados. Estas demandas llega- ron a ocupar el segundo lugar entre los motivos de protesta. En materia de salud y educación, las luchas cívicas del cua- trienio se centraron en el mal estado de las construcciones, su precaria dotación y la escasa capacidad financiera y administra- tiva de los municipios para asumir el proceso de descentraliza- ción en ambos sectores. Desde el tercer año de gobierno los uni- versitarios se movilizaron en defensa de la educación pública. Las acciones reivindicativas por servicios sociales ocuparon el tercer lugar entre las demandas de los pobladores.

41 Que por momentos se exacerbó: mientras sesionó la Constituyente, des- pués del fracaso de las conversaciones en Tlaxcala y después del 8 de noviem- bre de 1992, cuando el presidente declaró la guerra integral a la guerrilla y a los carteles de la droga. Los asesinatos políticos se tomaron Barrancabermeja y Urabá, los secuestros el Cesar y los combates y sabotajes a Antioquia, San- tander y Cesar.

42 Acusación que también recayó sobre alcaldes y obispos, que fueron deteni- dos por orden de fiscalías regionales y provocó, durante el último año de ese

Luchas y

movimientos cívicos en Colombia

[ 111 ]

Las luchas cívicas que exigieron obras de infraestructura física ocuparon el cuarto lugar. En ello incidió el reducido mantenimien- to de la estructura vial, el aumento del tráfico pesado, las deficien- ciasfinancierasy la lenta reestructuración del esquema institucional en el sector de vías y transporte que, para aquel entonces, no ha- bía logrado un ajuste de las competencias de la nación, los depar- tamentos y los municipios en lo referente a construcción y mante- nimiento de troncales y vías regionales y locales. La flexibilización de la relación salarial, la eliminación de empleos en el aparato gubernamental, la privatización de algu- nas empresas municipales de servicios públicos, las concesiones

a empresas privadas para el mantenimiento de vías a través del

cobro de peajes, la disolución de empresas comerciales e indus- triales del Estado 43 y la desaparición de entidades nacionales en- cargadas de prestar asistencia técnica, los intentos de controlar

los déficit fiscales municipales a través de la imposición de car- gas tributarias, la reforma a la seguridad social en salud, consti- tuyen un paquete de medidas contra las cuales protestaron los pobladores bajo la consigna de lucha contra el neoliberalismo. La gestión adelantada por funcionarios públicos municipales

y departamentales fue objeto de mayor fiscalización por parte de

la población, de cara al cumplimiento de planes y programas y al

manejo presupuesta!, y así lo expresaron en sus protestas 44 .

gobierno, movilizaciones y paros en Tibú (Norte de Santander), Saravena y Arauquita (Arauca), Pesca (Boyacá), Vélez (Santander) y Sincelejo (Sucre).

43 Algunas acciones cívicas se realizaron en solidaridad y defensa de Col- carburos, en Puerto Nare; de Paz del Río, empresa que beneficiaba a munici- pios de las provincias de Sugamuxi, Tundama y Valderrama en Boyacá; y de la Concesión Salinas, en Manaure, que, además de empleo, abastecía de agua a los indígenas wayúu que habitan en ese municipio.

44 Algunas de las cuales se llevaron a cabo en Plato y Sitionuevo (Magdalena), San Martín (Cesar), Montelíbano (Córdoba), Alto Baudó (Chocó), El Peñol (Antioquia) -donde el alcalde era un reconocido líder cívico-; Vaupés y Cauca.

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MARTHA CECILIA GARCÍA

Hubo otras acciones cívicas que son propias de ese cuatrienio:

en 1992, manifestaciones contra el V Centenario del Descubri- miento de América y para pedir desarrollos legislativos sobre los derechos de las minorías étnicas, de sectores sociales específi- cos y reordenamiento territorial. Como lo muestran las luchas cívicas y los indicadores socio- económicos, el gobierno de Gaviria renunció a la "Revolución Pacífica" en lo que se refería a la reactivación del gasto social y a la idea de que el mejor antídoto contra la violencia era la inver- sión en capital humano, dejando una inmensa deuda social. Samper propuso un viraje en la estrategia neoliberal, reorien- tar la apertura económica y atender decididamente el sector social. Para poner en marcha las reformas plasmadas en el "Sal- to Social" se requería apoyo político y social, pero el presidente lo perdió desde el escándalo de la financiación de su campaña. La crisis de legitimidad presidencial también le impidió desa- rrollar su política de paz y tener algún acercamiento con la gue- rrilla. Por primera vez en la historia del país, al menos según los datos que poseemos, los servicios sociales ocuparon el primer lugar entre las demandas de los pobladores y, entre ellos, la edu- cación constituyó el eje de la movilización social, corroborando que las obligaciones impuestas a los municipios en este sector acarrearon más problemas a las administraciones que aires de autonomía. De igual manera, la pretensión de que la educación pública se autofinanciara lanzó a universitarios y escolares a manifestarse contra su privatización. Las demandas alrededor del régimen de seguridad social igualaron en número a las ac- ciones por salud. Las protestas contra la espiral de violencias ocuparon el se- gundo lugar entre los motivos, seguidas de acciones colectivas por la paz. Al abrigo del proceso 8.000 y a causa de la debilidad política del gobierno, los actores armados consolidaron su pro-

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tagonismo y la guerra cobró fuerza. La violencia se desbordó, los grupos paramilitares 45 extendieron sus frentes, azotando con sus acciones amplias regiones del país 46 . Ante la falta de accio- nes estatales eficientes para parar la guerra, la sociedad civil fue configurando una red de iniciativas por la paz y por la partici- pación ciudadana en el proceso de negociación. El cuarto lugar lo ocuparon las movilizaciones por el mal estado de las vías y contra peajes y alzas en sus cobros, en espe- cial por la repercusión que tienen sobre el costo de vida. Las acciones cívicas por servicios públicos disminuyeron sus- tancialmente en número (descendiendo al quinto lugar entre las demandas presentadas durante esta administración) y en cober- tura, pero fueron significativas en pequeños municipios donde los presupuestos son pobres, el esfuerzo fiscal es lánguido, la capaci- dad de endeudamiento y la posibilidad de obtener cofinanciación débiles y, por tanto, la contraprestación de la nación a través de las transferencias es baja, trazándose un círculo vicioso fiscal que impide la satisfacción de estas necesidades de la población. La mayoría de las protestas se relacionaron con la imposición o ac- tualización de la estratificación socioeconómica para el cobro de tarifas, y con los desmontes de los subsidios. El aumento de la criminalidad, particularmente en las ciu- dades grandes e intermedias, lanzó a sus habitantes a realizar acciones colectivas pidiendo seguridad ciudadana, las cuales al- canzaron 7% del total.

45 Al día siguiente a la posesión de Samper, grupos paramilitares anunciaron

políticos. El senado r de la UP, Manuel

Cepeda, fue la primera víctima de la lista. Diego Pérez, "Derechos humanos;

¿cambio de rumbo?", en Cien Días, N 2 27, agosto-noviembre, 1994, p. 11.

46 Zonas de Norte de Santander, Cesar, Urabá chocoano, antioqueño y cordo- bés, Magdalena medio y Meta.

el asesinato d e dirigente s sociales

y

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A pesar de lo que comúnmente se piensa, las protestas contra el presidente por sus vínculos con el narcotráfico fueron pocas:

12, que se concentraron en un breve lapso que se inició el 23 de enero y terminó a mediados de marzo de 1996, y en su mayoría se presentaron en Bogotá, convirtiéndose en una "curiosidad del paisaje capitalino", y a ellas se opusieron 11 movilizaciones a fa- vor de los programas sociales de Samper. Las acciones cívicas generadas por aspectos ambientales fue- ron desde las protestas contra medidas adoptadas para evitar desastres por deslizamientos en zonas urbanas hasta aquellas contra la fumigación de cultivos ilícitos con glifosato en el suroriente del país. Las acciones contra el contrabando y la evasión de impues- tos recayeron sobre los sanandresitos de varias ciudades del país, lo que generó el rechazo público de propietarios y empleados, grupo de interés que se ha mostrado muy aguerrido en la de- fensa de su actividad económica, pretendiendo sobreponer sus intereses particulares al conjunto social. Las demoras en entrega de recursos para planes de vivien- da generaron algunas protestas, así como las propuestas de reubicación de pobladores, contra las cuales reaccionaron de manera violenta los posibles receptores de nuevos vecinos, ac- ciones que enunciaron una cierta "tribalidad urbana" por la dis- puta de un espacio en la ciudad. La anulación de cédulas por trasteo de votantes que hizo la Registraduría en casi la tercera parte de los municipios del país -después de las elecciones de alcaldes y gobernadores de 1994, que además estuvieron acompañadas de la compra de votos- im- pulsó a habitantes de 3 de ellos a argüir su derecho a elegir y ser elegidos. Más de un tercio de las acciones llevadas a cabo durante esa administración tuvieron origen en la aplicación de normas cons- titucionales o legales referidas a la educación, la seguridad so-

Luchas y movimientos cívicos en Colombia

[115]

cial, la protección del espacio público, el ordenamiento urbano, las obligaciones fiscales, entre otras; además, operaron como re- sorte de la protesta cívica y dejaron al descubierto la capacidad de reacción de aquellos sectores sobre los cuales recaen algunas formulaciones estatales y también develaron la confrontación entre intereses privados y problemas públicos. Durante los dos primeros años de la administración Pastrana, más de una cuarta parte de las acciones cívicas ha reivindicado la protección y el respeto a los derechos humanos, sean civiles, políticos, económicos, sociales, culturales o colectivos. La peti- ción explícita del respeto a la vida, a la integridad física y a la paz, la reivindicación del derecho al trabajo, a la vivienda, a la educación, a la equidad de género, a la etnia y a la cultura pro- pias, ocupan el primer lugar entre las demandas de los pobla- dores urbanos. En segundo lugar están los servicios sociales y entre ellos se destaca la educación, en particular la pública, afectada por la pretensión gubernamental de lograr su autofinanciación y por la puesta en marcha de planes de reestructuración administrati- va y de racionalización de la oferta. La crisis de la red hospitala- ria pública ha generado movilizaciones de trabajadores y usua- rios en un intento de defenderla. Bajo los argumentos de que los recursos destinados a la salud son objeto de corrupción y despilfarro y que los hospitales públicos no son viables debido a la carga prestacional de los trabajadores vinculados al sector, las autoridades han sostenido que no existen sino dos opciones:

reestructurar los hospitales, o cerrarlos. Por su parte, los sindi- catos y usuarios del sector sostienen que las amenazas de cierre de las clínicas públicas son una muestra del inminente proceso de privatización de la salud. Los servicios públicos domiciliarios ocupan hoy el tercer lugar entre las demandas de la población urbana, y en su mayo- ría se refieren a los incrementos en las tarifas, que continuarán

[116 ]

MARTHA CECILIA GARCÍA

subiendo, porque la política del actual gobierno consiste en el reajuste mensual con base en el índice de precios al consumi- dor, y el desmonte de los subsidios que reciben los estratos más pobres de la sociedad. Las demandas por infraestructura física y transporte tienen durante este período una importancia que deriva no sólo de su número sino también de su persistencia y resonancia, en el pri- mer caso, y de la capacidad de convocar a un amplio sector so- cial a lo largo y ancho del país, en el segundo. Las protestas contra la instalación de peajes y contra el cobro de valorización por obras de infraestructura urbano-regionales han dejado aflorar el disgusto que generan las cargas impositivas y el sentimiento colectivo de que las obras no se consultan con la población. Como ningún otro, el Plan Nacional de Desarrollo "Cambio para construir la paz" despertó una amplia movilización social, liderada por las organizaciones sindicales de trabajadores estata- les, con la participación de estudiantes, desempleados, vende- dores ambulantes, deudores del sistema Upac, padres de fami- lia, campesinos, indígenas y desplazados, por mencionar algunos de los sectores que aunaron sus voces contra las políticas públi- cas contenidas en el Plan y contra otras en curso. La defensa de la educación y la salud públicas, las protestas contra las priva- tizaciones o liquidaciones de empresas estatales, contra el au- mento o creación de impuestos, contra las reformas laborales, la petición de aumento en las transferencias de la nación hacia entidades territoriales que atraviesan una profunda crisis pre- supuesta!, se constituyeron en motivos de lucha, así como las políticas fiscales que afectan a ciertos grupos de interés. La desatención a las demandas sociales expresadas a través de mecanismos institucionales o de acciones públicas y colecti- vas no armadas -salvo casos excepcionales- caracteriza a la ad- ministración Pastrana y transita por caminos peligrosos: la des- esperación de algunos sectores sociales que no encuentran

Luchas y movimientos cívicos en Colombia

[117]

satisfacción a sus peticiones y, en su lugar, enfrentan rasgos au- toritarios y medidas coercitivas extremas, los está llevando a radicalizar sus formas de acción colectiva, incluso hasta la vio- lencia, anunciando una cierta anomización de la protesta social. Pero también es necesario señalar que en las movilizaciones cí- vicas se han venido mezclando sectores que más que propender por los intereses colectivos de los manifestantes intentan diri- girlas en beneficio propio. Las cifras registradas durante los noventa muestran que se está revirtiendo la tendencia relacionada con el escenario de las protestas cívicas, otrora localizado principalmente en pequeños y medianos poblados, y hoy centrado en las capitales departa- mentales. Alrededor de la mitad de las luchas cívicas del decenio de los noventa se llevó a cabo en capitales departamentales, ponien- do en evidencia los efectos de la apertura económica y del arri- bo de miles de desplazados sobre la gestión y el ordenamiento urbanos, lo que obligó a las administraciones locales a incorpo- rar en sus agendas aspectos como el cambio de uso y la den- sificación del suelo urbano, la productividad, la generación de empleo y la informalidad urbana. Bogotá fue el escenario de la mayor cantidad de acciones cívicas, dando cuenta de la centra- lidad que conserva tanto en el poder como en la posibilidad de darle visibilidad a conflictos de diversos sectores sociales prove- nientes de todas las regiones del país. Tan sólo 6,3% de las acciones tuvo carácter regional, pero involucró un alto número de municipios y algunas llegaron a ser departamentales, las cuales demandaron vías y transporte, un clima favorable a la paz, realización de diálogos regionales con participación civil, protección a los derechos humanos, cese a la fumigación de cultivos ilícitos y desarrollo regional. La localización de las luchas cívicas y el paulatino retorno a las acciones regionales podría tener una explicación relaciona-

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da con el escenario de la guerra que preferencialmente está en zonas rurales o en pequeños poblados, a pesar de que también se viene enquistando en las ciudades. Podría afirmarse, enton- ces, que el miedo a hacer manifestaciones públicas y colectivas para reivindicar demandas sociales está cercenando la protesta en los pequeños cascos urbanos.

Si bien los paros y movilizaciones de la década se concentra-

ron en el ámbito local, las demandas se hicieron mayoritariamente ante el gobierno nacional, lo que nuevamente dejó sin piso la intención de que la reforma municipal contribuyera a descentra- lizar los escenarios y los adversarios de los conflictos sociales.

PARA SEGUIR EL DEBATE

Como se ve a lo largo de este ensayo, los movimientos cívicos otrora fuertes han ido declinando. Claro que cabría preguntar- se si sólo existieron en el imaginario de los intelectuales que pre- tendían encontrar gérmenes de nuevos sujetos políticos o ade- cuar teorías foráneas a nuestra propia realidad, como se dijo en este mismo escenario. Soy de la postura de que sí existieron y desempeñaron u n papel preponderante en la vida del país. Es más, creo que -como lo señaló el maestro Fals Borda en su charla inaugural- algunos permanecen como rescoldos que esperan vientos para inflamarse de nuevo. El caso del CIMA, aquí comentado, nos muestra el re- nacimiento de un movimiento que hubiéramos podido calificar como extinguido.

A pesar de la crisis en la que se halla la mayoría de los movi-

mientos urbano-regionales y, quizás por esta misma razón, la pro- testa cívica continúa y va en ascenso. La organización y cobertu- ra alcanzada por muchos de ellos había logrado articular múltiples microdemandas y coordinar diversas acciones de sus participantes que iban de la protesta a la propuesta, de la dis-

Luchas y movimientos cívicos en Colombia

[119]

rupción a la negociación de sus peticiones. Hoy, los pobladores siguen recurriendo a las acciones colectivas para presentar sus demandas porque son conscientes de las diferencias regionales

e intraurbanas 47 y reconocen la existencia de posibilidades de

cambio. La movilidad socioespacial, los medios de comunicación,

la escuela, entre otros, dan la posibilidad, a la población del más

apartado rincón del país, de percibir la existencia de regiones con diferentes grados de desarrollo económico y social y condi-

ciones de vida marcadamente desiguales, que expresan las di- mensiones espaciales del desarrollo. De otra parte, aunque los pobladores también hagan uso de los mecanismos y espacios institucionales de participación, és-

tos no han sido tan efectivos y eficaces para solucionar sus pro- blemas colectivos de vieja data. Por ello, como lo anotamos en

la introducción, a través de las luchas cívicas se le exige con ur-

gencia al Estado cumplir con su papel como garante de los bie-

nes y servicios colectivos y de los derechos y garantías individuales

y colectivas, y más que constituir insubordinación o pretender

alterar el orden público, estas acciones expresan el deseo de sus protagonistas de ser integrados al sistema institucional. Son un mecanismo para hacer visibles sus demandas, no sólo ante el Estado sino ante la sociedad en su conjunto. No obstante, varias acusaciones recaen, de manera perma- nente, sobre las acciones cívicas: se les tilda de ser irracionales; de alterar el orden público y violar los derechos de otros, sin reconocer que éstas exigen el respeto a los derechos de los ma- nifestantes; de tener móviles políticos más que sociales o econó- micos y, finalmente, la de ser instigadas y/o dirigidas por la gue-

47 La referencia a estas desigualdades permite denominar a estos movimien- tos y luchas como "urbanos" o "regionales", según sea su alcance, ya que los caracteriza mejor que el apelativo de cívicos.

[

120 ]

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rrilla 48 . Tales señalamientos han servido tanto para que el Esta- do se oponga frontalmente a estas acciones colectivas y de un tratamiento prioritariamente militar al conflicto social como para que sus líderes y participantes sean víctimas de grupos armados de diverso signo. Resulta paradójico que los pobladores expresen sus deman- das a través de acciones cívicas reivindicativas realizadas en ám- bitos públicos, desde hace tanto tiempo, y que aún la sociedad en su conjunto no haya tenido la capacidad de construir un es- pacio público político donde se resuelvan los conflictos sociales. Este panorama de las luchas cívicas implica nuevos retos de comprensión por parte de quienes queremos contribuir con nuestro conocimiento a que esa utopía cotidiana que ellas enar- bolan tenga un lugar en nuestra sociedad.

48 Aunque en algunas zonas del país a la acción de las organizaciones sociales y gremiales se suman la guerrilla y las autodefensas como actores políticos y militares, no puede imputársele exclusivamente a la presión armada la partici- pación de distintas fuerzas sociales y políticas en movilizaciones y paros.

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APÉNDICE

Los autores

Los autores

1 547 ]

ORLANDO FALS BORDA, sociólogo e historiador. En la actualidad trabaja como profesor del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (lepri) de la Universidad Nacio- nal de Colombia.

MAURICIO ARCHILA, historiador. Se desempeña como profesor asociado de la Universidad Nacional de Colombia e investi- gador del Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep).

ALVARO DELGADO, periodista, se halla vinculado al Cinep, don- de trabaja como investigador.

MARTHA CECILIA GARCÍA es socióloga y trabaja como investiga- dora en el Cinep.

MARÍA CLEMENCIA RAMÍREZ prepara actualmente su tesis de doc- torado en antropología. Es funcionaria del Instituto Colom- biano de Antropología e Historia (ICANH).

HENRY SALGADO RUIZ ha trabajado con el ICANH. Actualmente es subdirector académico del Departamento de Investigacio- nes de la Universidad Central.

RENZO RAMÍREZ BACCA es candidato al doctorado en Historia de la Universidad de Gotemburgo y becario del Instituto Sueco.

INGRID JOHANNA BOLÍVAR es politóloga, investigadora del Cinep y profesora de la Universidad de los Andes.

MARGARITA CHAVES CHAMORRO, antropóloga, trabaja como in- vestigadora en el ICANH.

[ 548 1

APÉNDICE

CARLOS VLADIMIR ZAMBRANO realiza trabajos de investigación para el ICANH. Es antropólogo.

ASTRID ULLOA. En la fecha, es candidata al ph. d. en antropolo- gía. También se desempeña como investigadora del ICANH.

MAURICIO PARDO es antropólogo e investigador del ICANH.

PATRICIA TOVAR trabaja como investigadora en el ICANH. ES antropóloga.

JULIO EDUARDO BENAVIDES CAMPOS es comunicador social e in-

vestigador de la Universidad Central.

MAURICIO ROMERO, economista y politólogo, trabaja como in- vestigador del lepri de la Universidad Nacional de Colom- bia.

FLOR ALBA ROMERO es antropóloga y especialista en derechos humanos. Trabaja en el lepri de la Universidad Nacional de Colombia.

FABIO LÓPEZ DE LA ROCHE, historiador de formación, en la ac- tualidad es profesor del lepri de la Universidad Nacional de Colombia.

REINALDO BARBOSA ESTEPA, historiador. Se halla vinculado como investigador al Centro de Estudios Sociales de la Universi- dad Nacional de Colombia.

LEONOR PERILLA LOZANO es trabajadora social y se desempeña como docente en el departamento de Trabajo Social de la Universidad Nacional de Colombia.

ÍNDICE

Movimientos sociales, Estado y democracia en Colombia

PREÁMBULO

6

Comentarios sobre la diversidad de los movimientos sociales Orlando Fals Borda

10

Vida, pasión y

de los movimientos sociales en Colombia

16

Mauricio Archila

 

PRIMERA PARTE

Luchas laborales y cívicas

49

Las nuevas relaciones de trabajo en Colombia Alvaro Delgado

51

Luchas y movimientos cívicos en Colombia durante los ochenta y los noventa, transformaciones

y

permanencias

88

Martha Cecilia García

 

SEGUNDA PARTE

Protestas agrarias

125

Los movimientos cívicos como movimientos sociales

 

en el Putumayo: el poder visible de la sociedad civil

la consrrucción de una nueva ciudadanía María Clemencia Ramírez

y

127

Procesos y estrategias socio-organizativas en el Guaviare Henry Salgado Ruiz

150

El movimiento cafetero campesino y su lucha contra los efectos de la apertura económica Renzo Ramírez Bacca

173

MOVIMIENTOS SOCIALES

TERCERA PARTE

Acción colectiva y etnicidad

205

Estado y participación: ¿La centralidad de lo político? Ingrid Johanna Bolívar

207

Discursos subalternos de identidad y movimiento indígena en el Putumayo Margarita Chaves Chamorro

234

Conflictos por la hegemonía regional. Un análisis del movimiento social y étnico del Macizo Colombiano Carlos Vladimir Zambrano

260

El nativo ecológico: movimientos indígenas y medio ambiente en Colombia Astrid Ulloa

286

Escenarios organizativos e iniciativas institucionales en torno al movimiento negro en Colombia Mauricio Pardo

321

CUARTA PARTE

Movimientos de mujeres

347

Las Policarpas de fin de siglo: mujeres, rebelión,

 

conciencia y derechos humanos Patricia Tovar

en Colombia

349

Movimientos de mujeres populares en el Perú:

madres aprendiendo juntas a gestar ciudadanía Julio Eduardo Benavides Campos

375

índice

QUINTA PARTE

Movilizaciones por la paz y derechos humanos

403

Movilizaciones por la paz, cooperación y sociedad civil en Colombia Mauricio Romero

El movimiento de derechos humanos en Colombia Flor Alba Romero

405

441

SEXTA PARTE

Imaginarios, territorios y normatividad

473

Medios de comunicación y movimientos sociales:

Incomprensiones y desencuentros Fabio López de la Roche

475

Imaginarios colecrivos y crisis de representación:

las disputas territoriales en un Estado en entredicho Reinaldo Barbosa Estepa

Acerca de la noción de problema social en la Reforma Constitucional de 1936 y la Constitución de 1991, como expresión del Estado social y social de derecho en Colombia Leonor Perilla Lozano

Los autores

APÉNDICE

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ÍNDICE

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Este libro se terminó de imprimir En el mes de Abril del aflo 2002 En los talleres de Litocamargo Ltda.

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