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Teódulo López Meléndez

EL ÚLTIMO TEXTO
(Segunda lectura del nuevo milenio)
Como asustado ante sí,
mismo cruza en zigzag el aire…
Rainer María Rilke

¿Cuánto desarraigamiento
es necesario para hacerse sabio,
es decir, resistente al destino?
Peter Sloterdijk

PRAEFATIO
Podría reproducir aquí el Praefatio que escribí para Por el país del hombre (Primera
lectura del nuevo milenio (Editorial Ala de cuervo, 2002) y repetir las razones de estas
reflexiones, el porqué titulo “Crociverba” la segunda parte, las causas de la desazón que
atribula al hombre. En verdad, en esta “segunda lectura” sólo cambian los temas. En
aquél volumen me ocupé de terrorismo, del amor, de la concepción de la noticia, de la
eliminación del tiempo y las distancias y de otros conexos. Ahora dedico varios trabajos
a la democracia, debido a su crisis; abordo la desaparición de la realidad, las nuevas
formas de control, la industrialización del olvido encarnada en la adjunción, derivación
y amputación de los sentidos de que es víctima el hombre contemporáneo convertido en
“dividuo” y reflexiono sobre el hecho literario, entre otros varios.
La “segunda lectura” es, pues, la reflexión continuada. Tema inagotable el hombre,
aunque el hombre parezca agotarse. Lo seguimos intentando sin recurrir al ensayo
riguroso, sino fijándonos en el acontecer diario, desordenado y veloz. Como siempre
arguyo que es necesario aprehender y que la mejor manera de intentarlo es mantenerse
inmerso en la escritura.

Teódulo López Meléndez


SEGUNDA LECTURA DEL NUEVO MILENIO

EL ÚLTIMO TEXTO

Recordaba Ernst Jünger, en la plenitud de la celebración de sus 90 años, a Goethe, y


con él repetía que uno se retira poco a poco del mundo de la apariencia. El mundo era
entonces para el escritor su biblioteca y los pequeños animales que estudiaba hasta el
punto de numerosas especies tener su nombre, escribir y leer a diario y recordar con una
memoria prodigiosa cada cosa que había dicho y donde la había dicho. El mundo de la
apariencia, deriva uno sin mayor esfuerzo, es el de la relación con los terceros, la vida
social, el intercambio. El mundo de la apariencia no está en la literatura, está en la
cotidianeidad del intercambio social. Novalis sale a relucir: “Lo que no ha pasado en
ningún tiempo ni en ningún lugar, sólo eso es verdadero”. En el siglo XXI, arrastrada
desde antes, encontramos a plenitud una degenerativa propuesta de la vieja definición
de persona. Podríamos decir que aquéllas no son más que detentadoras de poder. El
escritor no dispone de ninguno, a no ser reforzar en sí mismo la presencia del universo
en el acto mismo de la creación. El buen lector siente esa liaison cuando lee a alguien
que merezca llamarse de esa manera. A su vez, refuerza ese universo en sí mismo y, si
tiene un sentido capaz de descifrar los códigos creativos, también sale de las
apariencias.
Quizás el único verdadero historiador sea el escritor, pues resume en sus textos la
inveterada tendencia humana a huir del tiempo. Acostumbro repetir a los amigos que la
vida no es otra cosa que repetición. El escritor es el portavoz de la consigna “no a la
otra-vez”. De allí a nadie puede extrañar que nuestra época sea la de los massmedias y
nuestra civilización la del espectáculo. El mundo tiene que ser lo suficientemente fuerte
para autoreproducirse constantemente en las apariencias y así llega a convertirse en una
falta de mundo. El escritor, en cambio, es un constructor y la imaginación creativa se
alza como el único antídoto contra una absorción y extinción de la trascendencia. No
quiere decir que el escritor trascienda. Aún hoy hablamos de Homero, pero cualquier
lector de Peter Sloterdijk puede ir comprobando como los muertos se vuelven cada día
menos importantes. Es lo que él llama “una humanidad horizontalmente reticulada”. De
allí que el escritor comprenda que preguntarse por un propósito de la literatura carece de
sentido en un mundo donde los sentidos han sido derivados produciendo una fatal
ruptura de la integridad del todo. Como bien lo recordaba el viejo Jünger ese instante
creador se produce fuera del tiempo y por lo tanto ya no puede ser anulado.
El escritor escribe siempre el último texto, aquél que viola las leyes de expansión del
universo y derrota a Einstein pues destruye la teoría del movimiento relativo entre dos
sistemas. El escritor, al asumir el mundo de la “no-apariencia”, deja de jugar con otro
posible polo de referencia. Aquí no hablamos de un escritor como testigo de su tiempo o
como alguien en que se pueden conseguir todos los retratos de su época. Lo que quiero
decir es que el escritor derrota lo que podríamos denominar la apariencia ordinaria. Es
un introductor que desvía hacia “lo que pasa en otra parte”. El escritor descompone y
recompone la estructura fundamental del mundo, es decir, vuelve a una especie de
conocimiento original, se hace el demiurgo que llega a la parte no accesible al común y
se hace poseedor así de los secretos. En pocas palabras, para seguir con Goethe, se aleja
de las apariencias.
La literatura, así concebida, es un instante perpetuo. En un mundo en desbandada,
como el que augura el siglo XXI, la tarea del escritor se torna imprescindible, aunque
momentáneamente parezca todo lo contrario. El escritor es un ser paradójico: es un
trastornador que fija. Como bien lo dice Sloterdijk, no parece haber (en el mundo de las
apariencias, agrego yo) alguien que cumpla el rol de posibilitar tránsitos. El escritor, al
fijar el instante, cumple con ese papel, pues posibilita la única posible regeneración,
aquélla que se vincula al nuevo (y agreguemos) eterno inicio. Es lo que se puede
denominar el estímulo que sigue vivo hasta el último instante, que no es otra cosa que el
texto recién escrito, hasta que se comienza el nuevo texto, es decir, el nuevo instante. El
escritor es humano y sólo cuando avanza en edad siente en su propia carne el abandono
de las apariencias. Cuando asume el rol maldito de ser escritor se arroga, con seguridad
de manera inconsciente, ese abandono que es la forma más aguda y crítica del final. La
literatura es la violadora antagonista del fin. Así, no puede pretenderse en el mundo de
la comunicación instantánea la atención hacia el escritor. El escritor del último texto es
como Sócrates, alguien que no quiere salvarse, pero que se salva y salva. Es así como el
escritor no puede andar pensando en realizarse. Cuando va a lo único que existe, lo que
está fuera del tiempo y de lugar, como bien lo decía Novalis, se hace él mismo no-
apariencia, es decir, realidad. Y no le gusta repetirse, esto es, rompe con la
mundanalidad. Después, los hombres van a leer, para enterarse.
LA INDUSTRIALIZACIÓN DEL OLVIDO

Los sentidos derivados

El animal preferido de Nietzsche era la serpiente, pero no por la abundante carga de


simbología que este animal ha arrastrado desde siempre. Razones bien distintas
prevalecían en la mente del filósofo: en primer lugar, porque la serpiente se arrastraba y
en consecuencia conocía lo que la tierra quería y, en segundo lugar, porque carecía de
miembros derivados, no tenía brazos ni piernas, alas o aletas, era una unidad que
constituía una aproximación a la perfección. No es difícil deducir que para Nietzsche el
desarrollo de un sentido era un retiro que se hacía a la totalidad. Si llegamos hasta hoy
con este proceso deductivo podemos encontrar las “identidades débiles” que señalaba
Italo Calvino. Nos movemos en el terreno de la metáfora, claro está, y es así como
constatamos que del hombre se han ido extrayendo “sentidos” hasta el punto de
convertirlo en una debilidad. La historia del hombre, desde esta visión, no pasa a ser
otra cosa que el relato de una decadencia progresiva. Frente a la perplejidad de la
comunicación instantánea podemos avizorar un estadio cercano a la estupefacción
encarnada en alguien con un micrófono y una masa paralítica envuelta en un himen
repleto de deporte, música banal e información que no es tal.
No podemos escapar aunque apaguemos la pantalla o nos refugiemos en una cueva.
Admitamos que ya el eremita o el santo no son posibles. Desde que el hombre se hizo
sedentario comenzó a defender un territorio y desde entonces no puede escapar de las
obsesiones. Los desiertos ya no existen como espacio de fuga, entre otras cosas, porque
no hay manera de fugarse. Somos, ahora, perfectos engranajes de la gran máquina
universal, o mejor, de lo que en otra parte he citado como gran condón universal. Qué
los dioses se callaron es algo que ha sido recordado muchas veces. Ahora hablan las
pantallas y el poder manipulador que se oculta detrás de ellas. Derrida habla de un
“fetichismo toxicómano”. Debemos admitir que los hombres tuvieron siempre la
tendencia a mirar lo particular en desmedro de la totalidad. Ahora se nos da la
particularidad escalofriante de la información que no es tal y se nos vende como el todo.
Los políticos son el ejemplo más patético de una participación degradada en la
construcción del mundo plano. Los políticos, liquidados por la ineficiencia de las
políticas públicas y por la absoluta falta de ideas, han sido absorbidos por los
massmedia. Han pasado a ser antenas reproductoras. El intelectual debe entender que
estamos ante el mundo de lo finito (encarnado en lo cotidiano por los políticos y la
chatura de la pantalla) y que la tarea dura de mantener activo el pensamiento impone
acciones que escapan de los viejos y obsoletos términos de “intelectual comprometido”.
Me atrevería a decir que su rol es el de evitar que se deriven sentidos de la serpiente,
esto es, que se atente contra la totalidad. Los políticos pasaron a ser instrumentos que
conectan la información con la mercancía. Tal vez podríamos decir que el intelectual
debe atacar los efectos indeseados de lo massmediático, el principal el de la
irrealización. En otras palabras, debe combatir el cansancio. En más palabras, debe
defender el principio de la unidad de la serpiente. La imposición de la idea de que
somos todo lo que podemos ser ha llevado al olvido de los dioses y a la conversión
misma del mundo en dios. Es la imitatio un enemigo a ser desbancado.
La metáfora de los “sentidos derivados” es buena para resaltar la ruptura de la unidad
del hombre y para plasmar como el mundo-dios se desvela para ofrecerse como
totalidad. No deja de ser paradójico, por lo demás, que Nietzsche haya encontrado en la
serpiente (un animal de pequeño cerebro y de los menos inteligentes que existen), el
emblema para hacer su planteamiento. Sin embargo, Nietszche lo consideraba un ser
inteligente por estar pegado a la tierra y para él la brutalidad consistía, entre otras cosas,
en dudar de lo que la tierra quiere. No olvidemos que ese planteamiento se hace después
de haberse proclamado la muerte de Dios. Por supuesto que Nietzsche no estaba en
tiempo de saber que llegaría el momento en que los “sentidos” nos serían injertados.
Bastante le bastaba con proclamar al “superhombre” que, como ya he dicho en alguna
parte, parece ser un simple y viejo error de traducción.

Los sentidos injertados

El hombre injertado en este mundo se procuró una falsa unidad, la traducción al


esquema racional de lo que llamó la realidad. Esta falsa unidad condujo a la crisis del
logos filosófico. De allí le viene la esclavitud que en la modernidad le fue injertada y
que se mantiene irresuelta en la posmodernidad. El principal de los sentidos injertados
ha sido el conformismo, la convicción de que el mundo como es le ofrece una dicha
mediana que se contradice con la iluminación. El mundo insufla ese sentido con el
consumismo y la tecnología ofrece “realizaciones” artificiales bajo la premisa de que
están allí al alcance de la mano de los triunfadores. De esta manera, el sentido injertado
ofrece cada vez más dicha, una abundante que compensa al sujeto consumista de una
existencia desglorificada.
La filosofía ha procurado romper el esquema maniqueo. María Zambrano habló de la
“razón poética”, una que tiene que vérselas con todo lo que ha sido menguado del
espacio lógico. Si vemos bien, de ese espacio han sido eliminados infinidad de
pensamientos y comportamientos, hasta el punto de imponerse, al menos en nuestro
mundo occidental, una estrechez que inevitablemente condujo al abochornamiento
actual. La tesis era, pues, reconsiderar a la metáfora y al símbolo como únicos vehículos
del pensamiento. Si tomamos en cuenta que la filosofía más actual considera al mundo
una trampa y al hombre un ser que la asume como mundo, podemos determinar como
los mecanismos perversos de la “dicha” han podido ser injertados como nuevos
sentidos.
Los deconstructivistas como Derrida se mueven en un territorio que continúa este
camino. De allí que exigen como salida una apertura de la razón hacia lo no
condicionado, hacia lo no calculable, inclusive que escapa a cualquier totalitarismo del
saber. De esta manera lo no-condicional se alza como un desiderátum de la razón, como
aquello que verdaderamente la constituye y fundamenta. Sólo que el deconstructivismo
va más allá del planteamiento profundo y simple de la metáfora y los símbolos, de la
“razón poética”, para incurrir en nuevas tesis como el de diseminación al plantear
cuestiones como “la plurisignificación de los términos” y “la fuga de los sentidos”, pues
rompe el viejo concepto de polisemia. Como se recordará, polisemia era la pluralidad de
significados de una palabra o de un mensaje. La metáfora toma un sentido distinto. Es
que diseminación significa que el sentido siempre está dividido. La filosofía tomó, pues,
el camino del lenguaje, lo que, en sí mismo, significa un atentado sobre lo que
podríamos llamar la “razón no-poética”.
Las viejas ideologías totalizantes se derrumbaron. Las premisas de un espíritu religioso
dominando el siglo XXI resultaron falsas. La triunfante “literatura” de la auto-ayuda
procura dar lecciones para el éxito dentro del sistema injertado. El nuevo dios es el
mercado y el hombre un objeto paralítico atravesado por los rayos massmediáticos.
Todos, o casi todos, aceptamos que la democracia es el único sistema político aceptable
y, a pesar de las perversiones que brotan de su seno, confirmamos que la libertad es la
única posibilidad. Las ciencias políticas siguen escudriñando sobre el tema con
conciencia y sobre las nuevas facetas perversas (casos como el de la dictadura
massmediática de Silvio Berlusconi en Italia, el brote neo-nazi en Austria o el engendro
decimonónico revolucionario de Hugo Chávez en Venezuela, aderezo de fascismo,
viejas ideas izquierdistas agotadas y gorilismo del cono sur). En el plano político el
hombre espera respuestas totales sin darse cuenta que ellas no existen, o son tan simples
que no logran verlas. La primera de todas es que el hombre debe renunciar a la sociedad
perfecta que las ideologías le ofrecieron y admitir que tal cosa no es posible. La
segunda, que el sistema político llamado democracia sólo es perfectible en su continuo
ejercicio y riesgo y que, como todo cuerpo, es susceptible de viejas y de nuevas
enfermedades. La tercera, recibir con beneplácito las amplias ventajas que ofrece la
globalización y prevenirse a enfrentar las taras, desvaríos y virus que porta consigo. La
uniformidad debe ser combatida y ello pasa por la ampliación de la razón hacia eso que
los filósofos llaman “lo no calculable” o “lo no condicionado”. Y, por supuesto, la
aceptación de un multiculturalismo que debe ser el sustituto del viejo paquete de la
ideología con todas las respuestas.
El “achatamiento” del hombre hacia la dicha del objeto y de su posesión ha llevado a
la degradación de la cultura a régimen de industria. El núcleo central de la cultura, la
palabra escrita, ha sido sometido a la vulgarización y a la intrascendencia. Al fin y al
cabo, el mensaje cotidiano que se nos transmite es el del mundo como espectáculo y el
de la vida, (como supuesta prueba de madurez), ejercida como la aceptación de la falta
de dicha y su compensación en el falso espectáculo en que el mundo ha sido convertido,
con sus objetos y con la oferta engañosa de que todos pueden tenerlos y escoger. La
falsa tesis de la escogencia ilimitada contrasta como otro elemento, las estructuras de
pobreza y miseria que acogotan a un porcentaje aplastante de la población mundial.
Educación y cultura están fielmente imbricados. Vivimos en situaciones de cambio: la
crisis del Estado-nación, los peligros localistas y los peligros de la globalización, el
planteamiento de la cultura como un estorbo, la uniformidad que amenaza con la muerte
a sociedades enteras y que, en muchas ocasiones, trata de imponerse como símbolo de
modernidad y progreso. La vida humana es un continuo desafío. La respuesta esencial
es romper los sentidos injertados, empujar hacia lo no condicionado, romper los límites
impuestos y autoimpuestos y tratar, cada día, de empujar la imaginación humana fuera
de los límites de esto que no vacilamos en llamar civilización amordazadora.

Los sentidos amputados

Creo que la primera expresión se encuentra en el Manifiesto Futurista donde Marinetti


aseguraba el comienzo del hombre de raíces amputadas. Lo hacía por la identificación
con el motor. Como en tantas cosas, el futurismo se adelantaba a las perversiones
contemporáneas. Pensemos en el hombre del solipsismo digital como uno de sentidos
apuntados.
El scandalon está en que la manipulación exterior se traslada al interior mismo del
hombre. Francis Crick, uno de los descubridores del ADN, aseguraba que el Yo era una
combinación de azúcar y carbono. El exterior, definitivamente confundido con el
interior, ha dejado de ser campo exclusivo de acción, para trasladarse al cuerpo humano,
él último reducto. Hasta la inmovilidad a que el hombre está siendo sometido es ahora
intervenida. Al haberse reducido a sí mismo es en “sí mismo” donde se amputan los
sentidos. Podemos arribar al injerto de una conciencia preprogramada, al igual que ya se
habla de colocar en un anciano decrépito o en una víctima de alzheimer una memoria
nueva. Los avances científicos podrán ayudar a mucha gente, quién lo duda, pero hay
una orgásmica carrera indetenible a la cual no parece interesarle la ruptura de lo que el
hombre ha sido hasta ahora. Podríamos denominar esta apuntación como la libido
sciendi, como una cópula libidinosa de la ciencia.
Paul Virilio ha acuñado un nuevo término, la intraestructura, uno que deja atrás
conceptos como infraestructura o superestructura. El hombre mismo se ha hecho objeto
de intervención, se puede manipular sus componentes íntimos y sustituir los sentidos
amputados con otros. El cuerpo, último campo, va a ser sobrexcitado para adaptarlo,
aún inmóvil frente a la pantalla, a la velocidad de la luz de la información. De allí viene
nuestra constante expresión sobre la muerte del hombre. Equivale a la desaparición del
humano como lo hemos conocido hasta ahora para ser sustituido con un ser
preprogramado, permanentemente sobrexcitado y plenamente compenetrado con las
ondas electromagnéticas. Los poetas soñaron con el desprendimiento del cuerpo por su
condición de envoltorio limitante, pero lo hacían en la búsqueda de la conciencia
poética, una ruptura de los límites de una racionalidad tiránica que encasillaba y
constreñía. El planteamiento ahora es que el cuerpo no hará falta. Al fin y al cabo la
nanotecnología permitirá la sustitución de órganos y el hombre de la conciencia
amputada será acelerado al igual que un motor, pero al igual que un motor podrá ser
“tranquilizado”, o “entonado” conforme a la expresión que se usa en cualquier taller
mecánico donde llevamos nuestro automóvil a reparar. La identificación de Marinetti
entre hombre y máquina se habrá hecho realidad.
Podría argumentarse que semejante sobrexcitación nos llevará a estadios impensados
y que el placer que de ello derivaremos será satisfaciente a grado supremo. Que el
mundo se convierta en una página web y los hombres en elementos de una red
mediática podría presentarse como la escogencia sin límites. Sin embargo, el proceso
nos llevará a no sentir, los sentidos serán amputados por exceso, dejaremos de percibir.
En lo que hasta ahora sigue siendo el exterior podemos encontrar cansancio, fatiga, en
buena parte por exceso de historia y por conocimiento demasiado cercano de la
repetición. En alguna parte he asegurado que la noticia ha muerto y es e esta manera
porque dejó de ser los hechos en sí para ser convertida en la forma de un fenómeno
donde lo que prevalece es la simulación. La realidad del acontecimiento fue eliminada
por una regulación del pensamiento. Al igual pasará en el interior. La noticia interna al
hombre sobrexcitado se hará banalidad por exceso, ya no sentirá. Habrá quedado
completada la amputación de los sentidos. La simulación con que se alimentará a los
sentidos habrá conducido a una especie de industrialización del olvido. Bajo estas
condiciones el hombre será uno que no querrá se le moleste. El paso de la naturaleza a
la cultura será ahora un paso de la cultura a la ausencia.

NO MÁS QUE UN DÍA AL MISMO TIEMPO

Estamos asistiendo a la miopía de las ideas en este reino de la incertidumbre. Realzo


el uso de términos obsoletos para calificar situaciones, como dividir al mundo entre
optimistas y pesimistas o, recurriendo a los términos de Eco, entre apocalípticos e
integrados.
La modernidad murió en el más profundo desencanto del hombre, sumiéndonos en el
sin sentido. El ser optimista y agitado ha dejado paso a un escéptico sin norma. Ya no se
le pregunta a nadie o, dicho de otra forma, la pregunta es formulada a nadie. El signo
del presente y del porvenir es la indiferencia. Cada quien está encerrado en lo poco que
tiene, llámese afecto familiar o bienes o pequeño mundo donde se solaza con la
conversación banal con otros igualmente indiferentes. Alberto Moravia escribió una
primorosa novela con este título, “Los indiferentes”, lo que, en alguna ocasión, me hizo
llamarlo "el maestro narrador de la alienación".
Hay indicios del desorden. Los futurólogos asomaron en la economía la
fragmentación de las grandes empresas en pequeñas unidades de producción
paralelamente a las megafusiones. Ambas cosas se están dando, como la conformación
de grandes bloques que terminarán abortando el Estado-Nación, pero con la compañía
paralela de una fragmentación del poder en beneficio de ciudades y regiones. Los
sistemas políticos están cuajados de incertidumbres con un alejamiento casi asqueado de
las grandes masas. No sabemos como vamos a gobernarnos en el futuro. Todo parece
inclinarse hacia una dualidad, desde la economía hasta la política, en medio de ruptura
de viejas creencias. Si muchas de estas consideraciones podemos pergeñar en el terreno
del denominado "interés público", es en el terreno personal del hombre donde los sin
sentido predominan. El día a día parece ser el esbozo de norma, lo que podría hacer
reflexionar a alguien sobre algunas viejas enseñanzas orientales, pero con la cuales no
hay ninguna relación. Lo que resta de los códigos de las relaciones interpersonales son
el desencanto y la fragilidad. El amor ha sido independizado de la procreación y la
procreación misma dejará de ser asunto apasionado hasta para las parejas que hoy
recurren a los procedimientos in vitro o parecidos. Como no se cree en nada, menos en
lo colectivo y en los políticos, sumada la exigencia consumista, resurge una vieja
enfermedad asociada desde siempre a los mecanismos capitalistas: el individualismo
exacerbado. Todo lo que escribieron pensadores del humanismo cristiano como Chardin
o Mounier sobre el concepto de persona ha sido devorado por una realidad que ha
superado con creces aquélla que los inspiró. Hoy, persona es quien detenta poder. La
imposibilidad de la revolución social, sumada a una diferenciación entre dos estratos
poblacionales cada vez más lejanos en cultura y economía, lleva a la aparición del
hampa como la conocemos hoy. El hampa, creo, es la más patética manifestación de la
imposibilidad revolucionaria y una forma sustitutiva de búsqueda de la igualdad social.
El economicismo, la vieja enfermedad de conceder a la economía el privilegio absoluto
sobre nuestras vidas, ha reaparecido como pandemia sepultando las interrogantes
esenciales del hombre sobre el Ser y produciendo la "cultura" uniforme que se nos lanza
sobre el cuello como tenaza asfixiándonos en el rechazo de todo pensamiento
trascendente.
Estamos asistiendo a la segunda gran explosión de individualismo. El triunfo lo
reclama Narciso. Algunos pretenden ver en la multiplicidad de la oferta el reino de la
libertad y hasta llegan a pensar que esta supuesta capacidad de escoger es la mejor
muestra de la humanización de los controles. El acceso posible a todo es una concesión
ilusoria, puesto que lo opuesto a ilusorio es lo concreto siendo así la libertad el trato
concreto con posibilidades concretas. Gabriel Zaid lo describe con exactitud: “Lo
concreto se vuelve mera posibilidad; lo cercano distante; lo personal, impersonal; los
nombres, abstracciones del anonimato o la celebridad; la convivencia, relaciones
públicas. Se trata de transformar la necesidad en libertad”.
Para proclamar la muerte de la angustia, como lo hace Gilles Lipovetsky, realmente
hay que recurrir a la afirmación de que estamos caracterizando, tomando como guía, un
total abandono del saber. Mientras menos sabemos, menos nos angustiamos, ecuación
simple y patética. Lo que estamos viendo es la imposición de un sistema de "vida"
donde es posible estar sin objetivo y sin sentido. Que la posmodernidad no lo inventó,
que es una continuidad del proceso de la modernidad, lo podemos compartir. Mientras
más grande es la indiferencia más fuerte es el rechazo del conocimiento. La revolución
individualista que estamos viviendo, (con excusas por el uso de la palabra muerta),
conduce, paradójicamente, a la muerte del Yo. Ya lo he dicho: no pueden existir
revoluciones cuando la única revolución es la de un individualismo de signo diferente,
pero mayor y más acendrado de aquél que sentimos en pleno apogeo capitalista del
siglo XX. Cierto que no es el viejo concepto marxista de alienación lo que hay que
"regresar", pues ahora se agrega el elemento apatía y la exacerbación de la oferta a
Narciso, pero hay que retomarlo. Mal podemos hablar de libertad suministrada por la
oferta manipuladora cuando tenemos a un hombre a punto de no sentir nada, a no ser la
necesidad inducida de mirarse al agua para confirmar que tiene lo que se le ha ofrecido
y que el éxito resuena sobre su pellejo en las miradas de envidia de los otros.
"Así es la vida hoy", afirman algunos. Otros insistimos en preguntarnos si se puede
llamar vida. Somos los que aún peligrosamente pensamos. Si vida y felicidad son ahora
no arriesgarse, una nada que va desde la vida sentimental hasta la concepción del
trabajo, debemos precisar que si libertad y felicidad equivalen a vacío, lo que puede
asomarse en el horizonte es otra época totalitaria. Eso de mirar en la historia para no
repetir los errores siempre me ha parecido un exabrupto. El hombre comete las mismas
barbaridades no por falta de memoria sino por una acumulación de procesos y
circunstancias. Asegurar que debemos tener una perspectiva histórica de nuestro tiempo
me suena a madera podrida.
Nadie glorifica esta entelequia llamada posmodernidad ni nadie en su sano juicio
añora la modernidad. Se trata de un reconocimiento del presente y de un imprescindible
otear en el futuro. Ahora mismo algunos autores europeos retoman el tema de la utopía
aclarando que lo hacen desde el aspecto lúdico. Pero, ¿qué fue siempre la utopía sino un
sueño? La precisan divorciada del totalitarismo, pero la experiencia indica que en el
siglo XX siempre desembocó en dictadura pues había que imponerla como panacea a
quienes discrepaban. Como bien asoma Rüdiger Safranski el cuerpo espiritual necesita,
al igual que el cuerpo físico, un sistema inmunológico.
Regodearse con los síntomas y proclamar que este mundo es cuasiperfecto porque nos
permite elegir es aceptar la incertidumbre y el vacío como normas de la vida del futuro.
No hay códigos, aunque, admitámoslo, no es la primera vez. En el fondo, como también
lo plantea Safranski, el neoliberalismo, como ideología de gestión se parece, en mucho,
al marxismo. Se nos dice que Nietzche está muerto y que la libertad y la felicidad
consisten en consumir. El mensaje no es nuevo, por supuesto, sólo que ahora el hombre
hedonista y narcisista ya no lo resiste. La verdad, fue dicho en su momento, es un
consenso, un simple consenso generalmente aceptado o, como la definió Derrida, una
"certeza provisoria". A veces uno piensa que el único que está reviviendo es Nietzsche.
Aunque quizás sea Alicia: "En nuestro país no hay más que un día al mismo tiempo".

LA DESAPARICIÓN DE LA REALIDAD

Hasta bien avanzado el siglo XX vivíamos en un mundo objetivo, es decir, se nos


pedían argumentos como referentes de experiencia. Se aceptaba una disyunción entre el
mundo humano y el mundo natural, la ciencia exigía demostración empírica, el mundo
estaba lleno de objetos que corroboraban la objetividad del sujeto. La realidad era
claramente precisable, pues tenía sustancia, lo real era autónomo, estaba allí como
esencia. La diferenciación entre esta sustancia llamada realidad y las apariencias era
clara y precisa. Esa realidad provenía de la historia, es decir, de una existencia. En
pocas palabras, fuera de la historia no había nada a no ser especulación.
Ya he dicho en otra parte (Por El país del hombre-Primera lectura del nuevo milenio,
Editorial Ala de cuervo, Caracas, 2002) que el ansia de saber se fue trasladando desde lo
epistemológico hacia la hermenéutica, esto es, se volcó a la interpretación de los textos.
Para decirlo de otra manera, el objetivismo cientifista fue echado en el saco del pasado.
Ya Nietzsche había descrito al mundo como apariencia. Desde ese mismo momento se
había insertado la idea de que la realidad no era más que un conjunto de interpretaciones
humanas. En otras palabras, la especulación estética se alza como la única manera de
preservación del hombre, de evitar la muerte que lo acechaba y lo acecha, puesto que lo
humano sólo es sustentable en el arte y el único superviviente posible es el hombre-
cultura.
La “realidad” de lo “real” es hoy cosa muy distinta. Estamos inmersos en el afán de la
desaparición y, por ende, lo que hemos hasta ahora denominado significaciones
retrocede a un segundo plano. Esta situación es perfectamente definida por Baudrillard
como “teoría de la simulación” o “patafísica de la otredad”
Junto a Foucault, a pesar de las diferencias entre ambos, queda claro que entramos en
una situación definible como alteridad radical producto directo de la desaparición. El
otro comienza a convertirse en nada. El mundo que comienza a emerger conlleva a lo
que es hoy patente, tal como también lo he dicho en otra parte (ibid), a un total
desencuentro, donde lo importante es que el otro está lejos, la incomunicabilidad se
torna total y la sola presencia es la de la pantalla. Si la realidad era un conjunto de
interpretaciones humanas ahora se impregna de extrañeza y esas interpretaciones se
ahogan en su propia impotencia. La “realidad” ha girado sobre sí misma, queda
consumado el vértigo, y ha desaparecido.
La desaparición de la realidad tiene que ver con la muerte del hombre, claro está,
forma parte integral del drama, pero no son la misma cosa. La desaparición no tiene que
ver con muerte, ni siquiera con una detención de la vida que, al fin y al cabo, no es más
que repetición. A lo que ahora asistimos es al amoldamiento de lo real a la forma.
Estamos dándole la vuelta a la bolsa, esto es, el mundo se ha desrealizado, la ausencia
es la norma, la única hipótesis del hombre pasa a ser la forma. Ya estamos ausentes. La
comunicación humana se reduce a buscar lo que el otro no es.
La civilización de los massmedia es en sí misma una representación. La noticia murió
para dejar paso al show, a la apariencia. Al ver en directo el suceso todo se convierte en
representación, en una momentánea y efímera, que se marcha apenas mostrada. Un
viejo texto criticado y olvidado, “La sociedad del espectáculo” de Guy Debord, nos dice
que frente a la pantalla contemplamos la vida de las mercancías en lugar de vivir en
primera persona.
Esta ha sido definida como la civilización del espectáculo y, sin lugar a dudas, lo es.
Quizás el inicio de una explicación del porqué esté en la primacía de las mercancías en
una sociedad que las produce pero sobre la cual se devuelven a devorarla. Es obvio que
esta también llamada civilización de la imagen conduzca a la muerte de la realidad. La
imagen se ha aposentado sobre la realidad, la ha asesinado, tal vez porque como decía
Feurbarch “nuestro mundo prefiere la copia al original”.
Ahora bien, es necesario precisar que el espectáculo es una formación histórico-
social. El proceso ha pasado por un alejamiento del espectáculo de la realidad y por la
eliminación de todo espacio de conciencia crítica y de toda posibilidad de
desmitificación. El espectáculo se convirtió en sí mismo y se hizo imagen. Entramos,
así, en la era de lo virtual. El simulacro es la nueva “realidad”, una sin sustancia. La
realidad encontró el método para la evaporación en los medios de comunicación, en la
tecnología, en los microchips. Cuando vemos la transmisión en directo de un suceso
cualquiera a lo que estamos asistiendo es al paso de un meteorito errático en un espacio
vacío. Por supuesto que todo va acompañado de otra desaparición, la del pensamiento.
De allí la crisis de la literatura, para decirlo. Ello porque la civilización de la imagen nos
sobresatura, acumula sobre nosotros tal cantidad que no acumula nada, esto es, la
acumulación se autodevora como un disco duro de computadora infectado por un virus.
La respuesta es el vacío y la desaparición del pensamiento. El resultado: el hombre
mismo se convierte en imagen, por no decir en una sombra.
LA DEMOCRACIA TRÁGICA

La democracia es un invento de Atenas, al igual que la tragedia. Si vemos bien Grecia


era trágica más allá de los hermosos textos literarios que crearon la palabra tragedia.
Aún así, no es por ello que podemos definir a la democracia como trágica. Lo es porque
la hemos defendido por oposición a totalitarismo. Una es la libertad, lo otro su
cercenamiento. Una es el libre albedrío, lo otro la imposición. Así, hemos querido la
democracia porque no queremos la dictadura.
Robert Legros ha formulado una pequeña pero significativa ecuación que parte de un
recordatorio casi perogrullesco pero vital. En la antigüedad no se era necesariamente
ciudadano, la ciudadanía podía ser un premio, una dádiva o una recompensa. Hoy en día
no, hoy se nace ciudadano simplemente por pertenecer al género humano. Ciudadanía y
humanidad van juntas. De allí Alain Finkielkraut ha extraído una clara conclusión: la
soberanía no radica en el pueblo. De esta manera, si se tiene conocimiento de la más
moderna filosofía política, no es propio hablar de “pueblo soberano”. La soberanía
radica en el hombre, es decir, en el ciudadano que tiene esa condición precisamente por
humano. De esta manera, si la mayoría viola los derechos de un ciudadano estaría
cometiendo un crimen y ser mayoría no la dota de impunidad. En otras palabras, ese
concepto viejo de dotar al pueblo de soberanía es lo que ha abierto las puertas de las
dictaduras. Ahora bien, ¿quién ejerce la soberanía? La ejerce el pueblo en nombre de la
humanidad. Es bueno recordar que las tiranías de la mayoría pueden ser más crueles que
las de un tirano en solitario, aunque, en verdad, no existe ninguno que no haya dicho
que ejerce el poder en nombre de una inmensa mayoría que lo respalda, desde Stalin
hasta Milosevich o Fujimori. La democracia trágica lo permite, la democracia es una
constante duda, mientras las tiranías no tienen ninguna. Como lo asegura Finkielkraut
“no se puede conferir al pueblo el poder de hacer cualquier cosa”. Si la mayoría se
suma en una dirección incompatible con la esencia democrática la democracia ha
consumado su tragedia. La “soberanía popular” pasa a ser un slogan ideológico
sacrificado y sin valor. En otras palabras, la voluntad popular bien puede no ser
democrática. Eso sucede, según la filósofa Hanna Arend, porque los pueblos a veces se
convierten en chusma y lo hacen por una simple razón, la muerte de la cultura. Veamos
bien que no hay régimen sospechoso que ame la cultura, aunque se llene la boca con
ella.
La democracia es trágica porque tiene elecciones y la verdadera pregunta que se
formula cada vez que se convoca al pueblo a las urnas es si quiere seguir viviendo en
democracia. Los déspotas convocan plebiscitos amañados para preguntar si se quiere
seguir bajo su control. En la democracia, el “pueblo soberano” bien puede decidir que
quiere vivir en dictadura, por diversas y variadas razones, porque en la democracia no
ha encontrado seguridad, ni eficacia ni resolución del conflicto.
Si recordamos un poco las bases de este sistema trágico, podremos ver que
democracia es una administración de los intereses encontrados. La democracia es
mediación y cuando no se media, cuando no se respetan las reglas que permiten la sana
administración de las contradicciones, pues comiéncese a llamar a ese régimen como
sea, pero no democrático. De esta manera, en sentido estricto, no puede haber una
“revolución democrática”, lo que no pasa de ser otra frase populista, puesto que se trata
de una democracia o de una revolución, términos antitéticos. Uno puede leer a todos los
grandes pensadores sobre el tema, desde Tocqueville hasta el contemporáneo
Finkielkraut y no otra conclusión puede sacar de las ciencias políticas.
Mucho se ha escrito sobre la decepción de la democracia que sufren los pueblos por
su supuesta incapacidad por resolver los problemas, en esta parte nuestra del mundo los
eternos, la pobreza, la falta de educación o la inseguridad. Algunos sostienen que es
necesario reinventar la democracia y llenarla de adjetivos, mientras otros piensan que se
le está pidiendo a la democracia lo que no es de su esencia o competencia. En otras
palabras, la democracia es simplemente un sistema político formal, es decir, uno donde
se vive en libertad, donde la soberanía la ejerce el pueblo en nombre de la humanidad,
donde el poder está dividido y existen mecanismos de control para evitar los excesos.
La eficacia o ineficacia no pueden, así, atribuirse a un sistema político específico.
Deben atribuirse a aquellos que el pueblo ha elegido para administrar. Otra cosa es el
perfeccionamiento de la libertad y libre expresión que es núcleo de la democracia.
Puede controlarse el abuso de las partidocracias, establecer reglas claras para el
financiamiento electoral, establecer normas de elección ajenas a las manipulaciones de
todo tipo, en suma, perfeccionar los mecanismos en que la democracia se ejerce. La
democracia sería, desde este punto de vista, ajena a la ineficacia de quienes la encarnan
desde el poder. Quienes la encarnan son elegidos por el pueblo. Al contrario de alguna
expresión infeliz, los pueblos tienen una aguda tendencia a equivocarse y también, por
supuesto, son manipulados, pero las manipulaciones (léase abuso de los medios de
comunicación, populismo, complacencias verbales) también pueden ser controlados. La
esencia de la democracia es la contradicción y su debilidad más peligrosa es la falta de
cultura. Digamos que democracia y dictadura no compiten en términos de eficacia, una
no es más eficaz que la otra. La democracia es libertad y el totalitarismo es opresión. La
democracia se llena de contenido, de respuestas, de logros, dependiendo de quienes la
ejercen. De esta manera, el asunto de la cultura reaparece en toda su magnitud.
Valoremos, es necesario aceptarlo, a la democracia sin el referente alternativo de la
dictadura. La democracia es trágica porque puede ser intentada por pueblos sin cultura.
La tesis de que esos pueblos no deben tenerla nos conduce al “cesarismo democrático”
o a algunos modernos pensadores que sostienen que hay que privar y matar porque lo
fundamental es el crecimiento económico y la eliminación de la pobreza. Es preferible
vivir la tragedia propia de la democracia aún corriendo el riesgo de que la mayoría se
haga antidemocrática. El papel de los intelectuales es fundamental. Deben perseverar en
la defensa del único clima posible a la creación, el de la libertad, señalando
constantemente toda desviación. Siempre habrá algunos que se pasen al bando
contrario. Constantemente traigo a colación como algunas de las más brillantes cabezas
europeas entre el final del siglo XIX y comienzos del XX combatieron las monarquías
corruptas y pedían la república para luego decepcionarse de la república y dirigir todas
sus invectivas contra las mayorías, dando, así, desarrollo al germen fascista. Este último
también se engendra, pues, en la democracia trágica. Retroceder a la aristocracia del
pensamiento no es la salida.
Debemos, a estas alturas, aprender la lección: la democracia es riesgo. En su búsqueda
de las formas de gobierno el hombre sigue razonando. Si bien murieron las ideologías,
no lo ha hecho la ciencia política. La soberanía radica en el hombre y el pueblo la ejerce
en su nombre. La democracia es administración de las contradicciones, otra cosa es
tiranía. Los intelectuales debemos aprender que una cosa es el ejercicio del poder y otra
la reflexión sobre los valores esenciales de la humanidad, la libertad incluida. La
revolución cultural es, pues, obra de quienes pensamos, no de los gobiernos, porque
cuando un gobierno proclama una “revolución cultural” lo que quiere es destruir las
referencias. Cuando las referencias se pierden los “pueblos soberanos” aletargados
aman la paz de sepulcro de las dictaduras.
La palabra “intelectual” (y el concepto, claro está) es de producción francesa, por lo
que pido excusas por el exabrupto de decir que Platón fue el primer “intelectual” que
pensó sobre la política. Desde entonces se recuerda que gobernar es dirigir por el
camino de la mansedumbre a un rebaño ya manso, como bien lo recuerda Peter
Sloterdijk en su injustamente famoso librillo “Normas para el parque humano”.
Infinidad de intelectuales se han dedicado a pensar como gobernar a los hombres y, a
pesar de las inmensas variaciones que ha sufrido la politología, renovable como
cualquiera, sigue vigente la idea platónica del gobernante como tejedor, es decir, el que
entreteje de la mejor manera las propiedades de los hombres que resulten más
favorables a los intereses públicos. Sembrar dudas sobre las ideas y sobre quienes la
producen es destejer, hacer lo opuesto al interés público. La democracia trágica debe,
pues, enfrentarse constantemente a las degeneraciones que la asaltan.
LA DEMOCRACIA TRANSIDA

Las quejas se han hecho, incluso, estadísticas, amén de literatura de ficción. Los
estudios demuestran que los latinoamericanos no confían en la democracia. Si de
matemáticas se trata los norteamericanos no son proclives a votar. Quienes tengan
amigos europeos podrán comprobar su apatía por los asuntos públicos o las burlas
constantes que ejercen sobre los políticos. La lista de quejas podemos encontrarlas en
José Saramago: “Los ciudadanos sufren porque sienten que no tienen importancia en el
funcionamiento de la sociedad. Está limitada la capacidad de cambiar la dirección del
país. El poder real es el poder económico, es decir, vivimos en plutocracia, el mundo es
dirigido por unas cuantas multinacionales y los gobernantes son simples representantes
del poder económico, los ciudadanos se comportan como autómatas”. Sólo que
Saramago es un viejo ingenuo o una víctima de la arterioesclerosis. La única cosa que
se le ocurre es que todos votemos en blanco, seamos portugueses, italianos, asiáticos o
latinoamericanos. Semejante bobería nos conduciría, según él, a que el poder se
repensara y encontrara soluciones, para luego incurrir en la contradicción de preguntarse
sobre el lugar donde verdaderamente reposa el poder.
Los latinoamericanos son más específicos: la democracia no ha disminuido la
pobreza, siguen los problemas básicos de salud, alimentación y educación, no se ha
hecho justicia a fin de cuentas. Si mezclamos lo que dicen los europeos cultos y los
pueblos hambrientos nos topamos de frente con una crítica que más parece una
condena. Ya en alguna otra parte he dicho que la democracia es un sistema político
formal que privilegia la libertad y que, en consecuencia, es apenas un punto de partida.
Uno de los asuntos centrales quizás está en el rol de los políticos, estos es, los que
ejercen la conducción de los asuntos públicos y el manejo de las finanzas comunes.
Podemos encontrar, en cualquier parte, una actitud general de burla y desprecio hacia
ellos. Como nunca la actividad política está desprestigiada. Esa sería la primera gran
contradicción con el sufrimiento que Saramago describe: cada vez menos gente capaz se
interesa en la política, aspira a un cargo público o emite opiniones. Los asuntos públicos
huelen mal, la política es una pobretona actividad de tercera. Hay un deterioro global
del interés por lo común. Es también una consecuencia del éxito descrito como la
adquisición de dinero. A la política van a buscar dinero los que no pueden hacerlo de
otra manera. Al fin y al cabo, lo que importa es ese éxito tal como nos ha sido impuesto.
La otra conclusión es la de una pobreza intelectual extrema. No hay ideas en el mundo
de la política. Las teorías sociales se desvanecieron, lo que queda es la administración
común y rutinaria. Los soñadores que veían la política como una vocación de servicio
están creando nietos. A Saramago se le puede responder preguntándose cuántos se
interesan realmente por el destino común. La experiencia venezolana indica que ese
desapego es una de las causas por las cuales vivimos lo que vivimos. No son autómatas
los ciudadanos como pretende el escritor portugués, no son más que individuos
exacerbados que no miden las posibilidades de afectación que tiene sobre su entorno
egoísta la apatía hacia lo colectivo.
Es cierto que vivimos en un economicismo que derrumba cualquier otro parámetro. El
dinero es el nuevo dios y el éxito el nuevo paraíso. La concentración de poder
económico es una realidad hasta el punto de las transnacionales manejar presupuestos
que superan en mucho los correspondientes a varios países tercermundistas sumados. La
plutocracia se concentra en el dominio de las comunicaciones, en la propiedad sobre la
información. Quien domina la información domina al mundo. Ya he nombrado al actual
régimen italiano como a una dictadura massmediática, tal como la describe, por
ejemplo, Antonio Tabucchi. Con las realidades reales hay que tratar y no se puede negar
que ese poder económico es poder político. He descrito a los políticos como
intermediarios entre la gente y la mercancía. Aquí y allá se hacen babosas que mueren
por tener delante una cámara de televisión. Y dicen lo que se espera de ellos.
La crisis política es un aspecto o una faceta simple de una crisis más profunda. Lo
que está en crisis es el hombre mismo y, por ende, su forma de organizarse
políticamente. La democracia resiste y lo hace, para paradoja de los manifestantes
antiglobalización, en pasos como los de la unidad europea, aunque en el interior de esos
países los ciudadanos no se distingan en mucho de los demás, en cuanto a aburrimiento,
a cansancio, a automatismo. De resto, el poder de decisión, la real posibilidad de elegir
o de cambiar la dirección de un país, siguen sujetos a la imaginación desarrollada en el
campo de la política. La democracia, como todo, es un campo donde la capacidad
inventiva debe estar siempre presente, sobre todo si partimos de la conclusión clara de
que el mundo no puede ser perfecto (la muerte de la utopía) y que el camino está en su
búsqueda permanente.
No obstante, habrá sobresaltos. La crisis va a conducir a brotes totalitarios. Si no se
regenera el tejido político el totalitarismo será de signo económico, menos en un país
como el mío donde la revolución se tiñe de regreso a procesos genéticos
decimonónicos. Esa especie que alguna vez fue llamada “intelectuales” está en desuso o
vía de extinción. No hay tiempo para pensar ni es productivo hacerlo. O quizás sea más
fiera la conclusión: a muy poca gente le interesa devanarse los sesos en las formas
posibles de organización social. Una de las conclusiones paradójicas es que necesitamos
más que nunca de la política, en estos tiempos en que no se consigue una idea y
gobernar se ha convertido en una tarea para mediocres.
LA DEMOCRACIA SIN POLÍTICA

El nuevo “dirigente” ya no recorre los hábitat de los electores. Ahora se inclina ante el
dueño del canal de televisión. Ahora, aún en las situaciones de alto riesgo, no es un
grupo de “dedicados dirigentes” el que traza una estrategia; es la compañía publicitaria
la que diseña los slogan. Ya la sociedad no genera sus dirigentes por la sencilla razón de
que ha dejado de orientarse a sí misma. Sólo es capaz de percibirse en los símbolos
mediáticos. Las sociedades actuales, nos lo recuerda Peter Sloterdijk en “El desprecio
de las masas”, son inertes, miran la televisión para, en su individualismo feroz, hacerse
suma desde su condición de microanarquismos. La expresividad se le murió a la masa
postmoderna y, en consecuencia, no puede generar dirigentes. Hay una plaga
inconmensurable asegurando que lo que sucede es que no es la hora de los líderes sino
de la masa. El concepto de “opinión pública” está cuestionado desde los inicios mismos
del siglo XX, pero, hoy en día, bajo los efectos narcóticos, se puede muy bien asegurar
que estas sociedades atrasadas sólo son capaces de generar gobiernos fascistoides que le
den afecto. Vivimos, lo dice Sloterdik, “un individualismo de masas”, uno, agregamos
nosotros, sembrado en el alma por la pantalla-ojo que sólo produce “suma” mediante el
sistema de inyunción.
En las democracias se hacían dirigentes en los partidos, pero los partidos están
moribundos. Resultan incompatibles con las nuevas leyes de lo massmediático. El viejo
axioma de “no hay democracia sin partidos” parece haber sido sustituido por otro que
reza “no hay democracia sin canales de televisión”. La democracia busca su propia
destrucción. Recordemos los acuerdos entre candidatos presidenciales venezolanos y
cadenas de medios para regalarles curules parlamentarios a cambio de apoyo. Tal
aberración tuvo consecuencias: se relajó el espacio público, la concepción de la política,
de la democracia misma y de la representación. Los dueños de los medios pasaron a ser
los “dirigentes” y la masa que antes movilizaban los partidos quedó a disposición de los
medios. Cabe preguntarse cómo será esta democracia precedida por la devastación de
los partidos.
Siempre es posible decir que lo que muere es un “tipo de partido”. Siempre se puede
hablar de “un tipo de…” y colocar delante democracia, economía, política. Lo grave,
más allá de las consolaciones, es que realmente marchamos hacia una democracia sin
política. El presente está desquiciado. Si las democracias entran en trastornos de esta
magnitud lo que se puede esperar es, como lo he dicho, un gobierno amoroso y fascista
o el retorno de otros fantasmas del pasado. Si no hay política no hay funcionamiento
social. He dicho en otras ocasiones que la necesidad es de más política, porque lo que
produce cansancio es su ausencia, como en el caso venezolano presente, y no una
supuesta y negada presencia excesiva. Lo excesivo es el vacío, una masa que no tiene
quien la dirija y una dirección massmediática usurpadora.
Los acontecimientos pasan ahora a gran velocidad. Es lo que hemos denominado la
instantaneidad suplantando a la noticia muerta. Es la velocidad la noticia. Paul Virilio,
gran acuñador de términos, nos ha regalado éste otro, “dromología” o “economía
política de la velocidad”, ciencia que se ocuparía de las consecuencias de la velocidad,
porque es en función de ella que hoy se organizan las sociedades. Este fenómeno de los
dueños de los medios ejerciendo la dirección política se explica, en parte, por esta
razón. El ejercicio de la política es ahora, y también, instantáneo. Los “dirigentes” que
medran aparecer en la pantalla no son más que actores de los canales de televisión, son
personal contratado y subsidiario, esclavos balbuceantes del poder tecno-mediático. La
democracia sin política pasa a ser un cascarón vacío. Por si faltara poco, los teóricos de
la supuesta y final victoria de una democracia que bautizan liberal, consideran
inseparables los conceptos de democracia liberal y libre mercado, más aún, idénticos los
conceptos de libertad y neoliberalismo. No hay políticos, y mucho menos alguno que
piense, que puedan salir a la palestra a discutir tal matrimonio. Serían silenciados por
los “dirigentes” que conceden el oxígeno, que les permiten seguir participando en una
vida pública altamente condicionada, que ceden el espacio y “elencan” los nombres de
los entrevistables.
Todo está en revisión: el concepto de Parlamento, las elecciones, la representatividad,
los partidos. De esas instituciones ya no emana poder o legitimidad para los “políticos”.
Son nadie. No les queda más que hacerse actores de televisión. No los hay ya con
talento, pero si alguno quedara, de igual manera pasaría a ser no más que un personaje
massmediático. Un problema adicional aflora: mientras más mostrados por el poder
tecno-mediático más incompetentes parecen y se hacen.
Una democracia sin política obliga a preguntarse si habrá repolitización. Jacques
Derrida, en “Espectros de Marx”, da una respuesta demoledora: “La población caerá en
un idealismo fatalista o de escatología abstracta y dogmática ante los males del actual
régimen”.
LA DEMOCRACIA SIN IDEAS

El asunto que comienza a plantearse es el de los efectos dañinos del mundo tecno-
mediático sobre la democracia. Ahora vamos más allá del poder massmediático en sí,
para arribar al planteamiento de una eventual incompatibilidad de los valores
democráticos con las normas universales de la comunicación. Si el hombre se convierte
en un mero animal simbólico este sistema político habrá perdido toda racionalidad.
Giovanni Sartori lo define como “la primacía de la imagen, es decir, de lo visible sobre
lo intelegible”. El hombre que “mira la pantalla” se está convirtiendo en alguien que no
entiende. Los sistemas de medir la llamada “opinión pública” están trasladándose a un
botón del telecomando y quien aprieta ese botón es alguien sin capacidad de
pensamiento abstracto. Ese viejo carcamal llamado partido político depende ahora de
fuerzas que escapan al trabajo de captación de miembros o a los planteamientos
profundos sobre proyectos de gobierno. Las encuestas se hacen cada vez más
sofisticadas y, al mismo tiempo, más erráticas, pero forman parte del conjunto de
destrucción de algo que hoy es una entelequia y, no obstante, se sigue llamando
“opinión pública”.
Los contendores de la democracia, en términos absolutos, han cambiado. Los viejos
enemigos se derruyeron, pero muchos nuevos han surgido, el populismo, las nuevas
autocracias constitucionales que se amparan en un Estado de Derecho falsificado y
construido a la medida.
Si la democracia es un ejercicio de opinión, o “gobierno de opinión” conforme a la
definición de Albert Dicey, la democracia es un cascarón vacío, pues como bien lo
observa Sartori las opiniones son “ideas ligeras” que no deben ser probadas. Hemos
visto como los llamados “programas de gobierno” que antes elaboraban los aspirantes al
poder han caído en total desuso, por la sencilla razón de que no influyen electoralmente.
Basta manejar dos o tres cuestiones machacantes para definir a esa debilidad variable
llamada “opinión pública”. Ahora bien, en este era tecno-mediática las opiniones no son
independientes, no surgen del conglomerado, al contrario, le vienen impuestas por el
ejercicio massmediático. Numerosos analistas han señalado la desaparición de lo
sensible, puesto que la televisión borra los conceptos y hace del hombre un receptor que
ve sin comprender. Ello explica la creciente e indetenible ignorancia de los políticos.
Hemos llegado a una regla massmediática: quien aparece conceptual no puede ganar las
elecciones.
Cuando hablamos de falta de ideas no nos referimos a los pensadores. Los
intelectuales europeos, fundamentalmente, pues fue en Europa donde la democracia
presentó los primeros síntomas de fallas, se han dedicado al tema desde la década de los
60, en una tradición que creemos comenzaron el filósofo italiano Norberto Bobbio y el
británico Raymond William que se extiende hasta nuestros días con Alain Finkielkraut.
Por supuesto que cuando Bobbio comienza sus análisis lo massmediático no había
adquirido el desarrollo actual, sin embargo el italiano lo olfatea. Ya veía venir el mundo
del instante a que nos ha sometido la pantalla-ojo, una instantaneidad ajena a la
conciencia.
Lo que sí está en entredicho desde lejanas décadas es el concepto de “opinión
pública”, la falacia que la envuelve al no ser otra cosa que una inducción, y la
representatividad misma. Un término se puso de moda para señalar un ideal de avance,
la llamada “democracia participativa”, que parece ser algo así como una búsqueda
aproximativa de democracia directa. A ello se sumaron las crisis obvias del Parlamento,
de las elecciones mismas y, a mi entender la más grave de todas las crisis, el ejercicio de
la política condicionada por el poder tecno-mediático.
No es, pues, falta de pensadores ocupándose del tema. Donde no hay ideas es en los
gobernantes, en los gobernados, en los políticos y en las masas fraccionadas y
anarquizadas por el efecto massmediático. La victoria absoluta de la democracia,
proclamada a la caída del muro de Berlín, ha devenido en una crisis de alto riesgo donde
todos los conceptos están siendo sometidos a revisión y donde las instituciones
tradicionales parecen derrumbarse. En Europa puede sentirse más el efecto de la
globalización, a lo interno, pues la experiencia de la unidad externa continúa adelante a
pesar de los lógicos tropiezos, siendo, precisamente esa integración, el experimento más
exitoso iniciado por el hombre en este campo, un asidero que impide la profundización
de la crisis. En los países latinoamericanos es la política la que desaparece y sin ella no
hay estructura social capaz de generar dirigentes y menos gobierno. La concepción
misma de lo que es, o debería ser, un gobierno democrático está bajo cuestionamiento y,
como nunca, una ola de populismo proclama a las mayorías irredentas con el derecho de
gobernar ejerciendo una especie de nueva autocracia de las mayorías. El problema del
ejercicio de la política es también un problema cultural: los sistemas educativos parecen
haber fracasado estrepitosamente y los pueblos se muestran cada vez más ignorantes. La
pantalla-ojo llena de estereotipos, hace de la decisión, o de la simple participación
política, un acto sin ideas. Los políticos, cada vez más mediocres y más torpes, se
rinden ante el poder massmediático y hacen de la política una banal actuación
bochornosa. Todo nos lleva a los conceptos de poder y de Estado. Es obvia la crisis del
Estado-nación, como obvia la certeza de que una nueva forma de poder está
apareciendo, aún en las nebulosas de la imprecisión, pero fundamentalmente distinto a
lo que hasta ahora hemos entendido por tal. Debemos decir que la era industrial
terminó, a la que se asocia la idea tradicional de democracia, y que estamos en otra, la
massmediática, cuyas imposiciones, obviamente, están desgarrando a la democracia
misma. El insurgir de la defensa de los derechos humanos ha servido para limitar los
brotes totalitarios que se muestran como un mal síntoma, pero la crisis del Estado social
ha puesto en evidencia una economía injusta que ha pasado a ser una fábrica de pobres
en los países dependientes.
A los pensadores de lo político los leemos unos pocos, unos pocos estamos alertas
sobre los males que se ciernen sobre la democracia, algunos pueden escribir en los
periódicos sobre estos temas, otros no, pero ciertamente el pensamiento de la filosofía
política no ha influido en nada en el comportamiento simiesco de los políticos y de todo
lo que de ellos depende. Podemos reconocer que el pensamiento es lento, pero también
que no tiene el poder de los massmedias que convierte todo en instantáneo, en
intrascendente, en banal, incluyendo lo principal, la forma de gobierno. Sobre todo no
se parecen a las ideologías que equivalían a piedras inmodificables o sistemas cerrados,
más bien se parece a una creciente incultura que se ha apoderado de las sociedades, en
gran parte por el efecto de la pantalla embrutecedora.
La escasa influencia del pensamiento sobre la democracia en la democracia misma se
debe a la crisis de todo pensamiento trascendente en un mundo de bodrios, de
insubstancialidad y a que diagnostica de modo diferente a como se construyeron las
ideologías derruidas. No se trata de un plano que se proclame poseedor de la verdad ni
pretenda proclamar la solución de los problemas del hombre. Se trata de un conjunto de
diagnósticos y de advertencias. Que los políticos no oyen advertencias está claro en
Venezuela desde cuando aparentemente se entendió que era necesario reformar el
Estado y se creó la COPRE*, para luego desoír todas y cada una de las
recomendaciones de allí emanadas. Las clases medias, actores claves en toda acción
política, sólo se movilizan cuando creen amenazados sus derechos, son clases
bobaliconas y anárquicas que convierten una asamblea de vecinos en una especie de
reunión de condominio de su edificio. Son las clases medias el ejemplo de inacción
funcional inducida por la pantalla-ojo o el instrumento manipulable para los intereses
particulares disfrazados de colectivos.
* COPRE (Comisión Presidencial para la Reforma del Estado)
EL REBROTE DEL TOTALITARISMO

En alguna ocasión Lacan implementó la palabra-concepto “yocracia”. Podríamos


decir etimológicamente que es el gobierno de sí mismo. Uno ilusorio, claro está, dado
que el hombre contemporáneo no se gobierna a sí mismo y está perdiendo
aceleradamente la capacidad de gobernarse en sociedad. La “yocracia”, pensamos
nosotros, es el producto de la sociedad del bienestar. El goce es el nuevo alimento
posible y en él el hombre se solaza. El bienestar conduce al rompimiento del lazo social.
Por lo demás, ese goce se homogeneiza, se hacen universales las maneras. La
“yocracia”, paradójicamente, está inserta en una homogénea subjetividad absoluta
prefabricada e impuesta. De manera que podemos traducir “yocracia” como
individualismo autista.
La democracia implica el interés por lo colectivo y es, en el fondo, incompatible con
el egoísmo. Si el interés colectivo, en esta forma de gobierno, está por encima del
interés particular, podemos comenzar a entender porqué la democracia presenta
resquebrajaduras. La “realidad real” de lo social ha sido sustituida por la “realidad
fantasmagórica” de la imagen. El mundo del hombre que se satisface, el “yócrata”, está
representado por la imagen, mientras cada vez más gruesas masas empobrecidas no
tienen expresión política. Para seguir utilizando, seguramente de manera distinta al
original, palabras lacanianas, la gran masa de la población está “forcluida”.
El hombre dominado por el afán de bienestar carece de significado. Ha ido largando el
sentido de lo eterno. Se ha convertido en un “dividuo”. La cultura y el pensamiento son
estorbos que impiden el acceso al bienestar. De esta manera la organización política
sufre las consecuencias. Se hace indispensable la sepultura de la política. Sin política el
cuerpo social no puede funcionar. Queda abierto el camino hacia la aparición de las
nuevas formas de totalitarismo.
Algunos sucesos han regado el árbol peligroso del autoritarismo. El ataque contra las
torres gemelas en Nueva York ha abierto una espiral de control interno en los Estados
Unidos que aparentemente se disfraza de paranoia. Los presos afganos en Guantánamo
encarnan la violación de las normas jurídicas y el ataque a Irak establece el uso del
unilateralismo violento como la norma. A eso hay que sumar el islamismo radical donde
el suicidio terrorista convierte a miles de seres en objetivo potencial de la violencia
ciega.
Quizás Nelson Mandela haya sido el último de los héroes. Pertenece a un lejano siglo
XX que no reproducirá en el XXI las manifestaciones de heroísmo, sino las
consecuencias totalitarias. El “yócrata” es el antihéroe. El político no tiene ya ninguna
similitud con el héroe, es, más bien, una especie en vías de extinción. Surge, entonces,
la antipolítica a llenar el vacío. El dedo acusador contra la degeneración de los partidos
y de la democracia se alza como el nuevo héroe. Es el hombre fuerte, el aspirante a la
nueva forma dictatorial del siglo XXI que ya no llena estadios con prisioneros sino que
utiliza el arma fundamental del viejo sistema: el poder massmediático. El eros que ha
sido derrotado, abandonado y lanzado a la cesta del olvido por la “yocracia” es
sustituido por el “amor” que el dictador emergente ofrece: “amor al pueblo”, “amor a
las pobres”, “amor a los desposeídos”, “amor a los débiles” y lo que quizás sea peor,
“amor a la patria”, pues ello implica el resurgimiento de una enfermedad del siglo XX:
el nacionalismo.
No hay duda del resquebrajamiento del lazo social impulsado por la “yocracia”, como
no hay duda de la mediocridad de nuestro tiempo. El mundo se ha hecho estéril y con él
la forma ideal de organización política, la democracia, sólo que tal declive parece no
angustiar al común, sólo a una minoría alerta. Es que en este mundo mediatizado sólo se
está disponible para la trama comunicacional y la democracia ha pasado a ser parte de
ella. La cohesión viene ahora desde allí, no de las instituciones políticas que pasaron a
ser enredadoras de la libre velocidad con que el mercado y la comunicación deben
desarrollarse. La política está obligada a desdibujarse, no puede haber instituciones de
ella derivadas que se mantengan pues automáticamente se convertirían en escollos. Esta
es la era de la velocidad impuesta por lo técnico-mediático y las viejas ideas que
inspiraron a la democracia no son compatibles con la velocidad.
Démonos cuenta de que estamos perdiendo la memoria. El totalitarismo de nuevo
cuño lo primero que intenta es desterrarla, signándola como dañina. Sin memoria la
política carece de sentido. Los políticos se han hecho la rutina, los administradores del
aburrimiento, se han hecho innecesarios. Las nuevas formas de organización social no
los necesita.
Esta situación está clara en el declive de las instituciones tradicionales. Ha dejado de
ser verdad, aunque algunos repitan la frase, aquello de que “no hay democracia sin
partidos”. La gente se organizará de otra manera, posiblemente atados por intereses
comunes. De allí la abundancia de ONGs de las más diversa índole. La representación,
por lo demás, ha sido adulterada recurriendo a la matemática, como sucede en el caso
venezolano. La política se ha massmediatizado. La adecuación a la lógica de los
massmedias ha desatado una discusión que, a mi entender, es sólo académica. Comienza
a hablarse de cyberdemocracia, teledemocracia o democracia electrónica. La verdadera
razón de esta búsqueda es la desaparición de la mediación política y, en consecuencia,
se piensa en cómo habilitar una especie de “democracia directa” donde todos los graves
asuntos públicos sean sometidos a todos mediante el uso de la técnica. Si los
intermediarios desaparecen, como de hecho ha sucedido, (léase partidos y políticos) se
recurre a un medio ascético donde, desde el hogar, cada quien daría su opinión. Si bien
es cierto que, en este campo, la discusión gira entre el establecimiento de una
“democracia directa” electrónica, por una parte, y el uso complementario de la
tecnología, por el otro, los bemoles a anotar son demasiados: virus, fraude, falta de
cultura, falta de acceso masivo al medio tecnológico.
Lo que nos interesa resaltar sobre esta discusión que, repito, es académica, es su
origen: viene del individualismo creciente y de la crisis de los medios de expresión
hasta ahora empleados. A quienes dudan de la validez del término postmoderno, habría
que señalarles este hecho como el más rotundo en cuanto al fin de la modernidad. Lo
que vemos en el mundo actual nos indica la crisis del Estado-nación, pero también el de
nación. La complejidad social (recuérdese el grado extremo de pobreza de alrededor del
80 por ciento de nuestras poblaciones) ha acabado con el lema de “identidad nacional”
como elemento de cohesión y pertenencia; en este sentido se pone en duda que tal
complejidad pueda reducirse a una sola voluntad colectiva. La segunda es que el viejo
asunto de la mayoría decidiendo en democracia con el acatamiento de la minoría ha
pasado a ser una entelequia y, en consecuencia, la idea misma de representatividad
válida se diluye. En otras palabras, no hay nadie que represente lo que podríamos
denominar “intereses generales”. Eso hace saltar por los aires infinidad de conceptos
sobre los cuales se ha basado la democracia. Más claro aún: se está tornando imposible
definir una “identidad social”. Antes pertenecer a un partido, por ejemplo, nos dotaba de
una identidad. Ahora no, y cada uno construye su propia “yocracia”. Vivimos en lo que
Lipovetsky llamó “la era del vacío”.
Alain Badiou alarga la lista: el gobernante no representa la voluntad del pueblo, el
voto es un simulacro, el clientelismo político es asfixiante, los intereses se han
fragmentado en demasía, el desencanto es general. Pobre democracia, podríamos
exclamar. Lo cierto es que podemos coincidir con él en que la individualización extrema
lleva a los “dividuos” a desconocerse entre sí como sujetos de derecho y a moverse
como átomos deshumanizados. Es cierto que se están buscando nuevas formas de hacer
política, fuera de los partidos y sin el Estado.
V. Marcel Gauchet señala un hecho muy interesante y es el de la ascensión de los
derechos humanos a elemento dominante, pero como uno despolitizado. La
despolitización es un hecho, mientras algunos reclamamos más política como salida.
Este filósofo francés piensa que existe una situación de desequilibrio entre el elemento
del derecho en relación con la política puesto que la articulación fue a parar a los
massmedias. Para Gauchet estaríamos entrando en lo colectivo sin colectivo, esto es
vamos hacia una democracia contra sí misma y lo explica arguyendo que antes se
conjugaban en la ciudadanía lo general y lo particular, o lo que es lo mismo, cada uno
asumía el punto de vista del común desde su propio punto de vista. En lo que ahora
tenemos prevalece la disyunción: cada uno hace valer su particularidad. La
despolitización se alimenta con la actitud, por parte de la sociedad, de no querer hablar
de política y con lo que él llama ejercicio profesional de la política basado en la
“demagogia de la diversidad”.
Jacques Rancière se centra en la relación entre política y filosofía, una que se torna
vital analizar en esta hora de rebrote totalitario. La política ha entrado en el terreno de la
ausencia y Rancière nos propone rescatarla como “fenómeno pensable”, en su
“operatividad como acontecimiento”. Es decir, liberarla del sentido centrado en una
filosofía de la historia y de su carácter superestructural. Acontecimiento es lo que
detiene la mera sucesión de los hechos y exige una interpretación, es lo que intuye el
conflicto y da lugar al desacuerdo necesario; es evidente que sin desacuerdo no hay
política pues integra la racionalidad misma de la interacción. Estigmatizar al desacuerdo
es el acoso que vivimos las víctimas del nuevo totalitarismo. Rancière no vacila:
cuando la política desaparece viene la policía.
LAS NUEVAS FORMAS DEL CONTROL

El desarrollo del concepto de alienación echó en el olvido al de fetichismo. Ambos


han sufrido períodos de esplendor y de olvido, remodelaciones y cambios. Marx está en
el origen de ambos, sólo que la interpretación de “fetichismo de la mercancía” se fue
reduciendo a una falsa valoración de las cosas lo que le daba una implicación
ideológica, cuando hoy en día la sociedad del espectáculo ha convertido a esa mercancía
en la creadora del mundo que habitamos.
Es evidente que ambos conceptos se entrelazan. El objeto es un fetiche (hoy el
símbolo a citar sería el teléfono celular) y estamos alienados en el sentido de que
nuestra creación escapó de nosotros y nos domina. Hoy decimos en relación a ambos
conceptos que se han modificado sustancialmente los medios de dominación. Es
evidente que insistimos en lo tecno-mediático porque vivimos en la civilización de la
imagen, pero ella tiene relación directa con la mercancía “fuera de sí”. Este “rebaño
normalizado” lo es ahora por vías distintas, las cuales han sido afinadas en su
efectividad por la tecnología.
La precisión del cambio la definió Gilles Deleuze como el paso de una sociedad
disciplinal a una sociedad de control. En la primera existen instituciones que funcionan
como la columna vertebral y definen el especio social, esto es, la llamada sociedad civil
(otro concepto en riesgo) define al cuerpo social todo. Si a ver vamos la casi totalidad
de las instituciones que sirven de estructura a esa sociedad civil están derruidas trayendo
como consecuencia lo que este pensador llama “vacío social”. La llamada sociedad
civil, en algunos casos, sigue conservando las instituciones y características que alguna
vez la definieron, pero estas han sido anegadas por las nuevas formas de control hasta
llegar a una de las condiciones esenciales de este, la hipersegmentación de la sociedad.
Aquí, y en todas partes, deberíamos comenzar a hablar más bien de una sociedad
poscivil.
Está claro que para la existencia de una democracia la sociedad civil resulta
indispensable. Es ella el campo donde lógicamente se producen las mediaciones
esenciales al espíritu democrático. Fue Hegel el mayor estudioso de este tema, aunque,
claro está, el concepto nació para oponerlo al de sociedad natural. Lo civil en los
pensadores anteriores implicaba la organización social, con el Derecho incluido como
gran ordenador, mientras Hegel parece referirse más bien a “sociedad burguesa”.
Bien podría argumentarse que la sociedad civil se ha convertido en un simulacro de lo
social. La democracia, por ejemplo, parece alejarse de su marco de drenaje y
composición, para elevarse por encima de las fuerzas conflictivas que se mueven en su
seno. El poder que amenaza con surgir en el siglo XXI trabaja –ya lo hemos dicho hasta
la saciedad- con la velocidad y con la imagen, más con la velocidad de la imagen. Su
alzamiento por encima de una sociedad civil débil le permite recuperar el sueño del
dominio total, de la modelación de los “contemporáneos” (antes ciudadanos) a su leal
saber y entender. Así, el poder de la dominación se hace total. En el campo del sistema
político la democracia comienza a ser mirada como un impedimento, como un estorbo.
Ya no estamos, pues, y a veces mucha gente no se da cuenta, en una sociedad
industrial. En consecuencia las formas de poder son otras. Las que corresponden a una
sociedad panóptica* si aceptamos el término, o, simplemente a una sociedad de control.
En consecuencia, las viejas formas (sindicatos, partidos políticos, asociaciones
empresariales y todas aquellas “instituciones” de la sociedad civil) se derrumban, al
igual que los sistemas de valores tradicionales, la familia, los sistemas de poder (la
democracia en peligro). No se trata, como repite tanta gente en mi país, de que los
partidos se regeneren o se hagan diferentes. Lo que pasa es que la forma de expresión
política de este tiempo ya no pasa por ellos. Hay nuevas formas de poder y también
nuevas formas de política, sólo que la tendencia es a la eliminación de esta última, es
decir, a un neo-totalitarismo. Si vemos, por ejemplo, la inutilidad de los sindicatos y la
impotencia absoluta de los partidos para unir en torno a ideologías, debemos admitir
que la nueva estructura política pasará por un entramado de redes de acción y presión
política. Lo que hay que entender es que la política dejó de ser un espacio de acción
individual o uni-organizativo para convertirse en una gran red de redes de transmisión
de información, creación de coaliciones y alianzas y en articulación de presión política.
En su postdata sobre “Las sociedades de control”, Gilles Deleuze nos recuerda el
proceso, con Foucault, de las sociedades disciplinarias de los siglos XVIII y XIX, en
plenitud en los principios del siglo XX, donde el hombre pasa de espacio cerrado a
espacio cerrado, esto es, la familia, la escuela, el cuartel, la fábrica y, eventualmente, la
prisión, que sería el perfecto modelo analógico. Este modelo sería breve, apenas
sustitutivo de las llamadas sociedades de soberanía, donde más se organiza la muerte
que la vida. Deleuze considera el fin de la II Guerra Mundial como el punto de
precipitación de las nuevas fuerzas y el inicio de la crisis de lo que llamamos sociedad
civil. Entran en crisis la familia, la escuela, el hospital, el ejército, la prisión. En otras
palabras, entran con fuerza las sociedades de control que sustituyen a las sociedades
disciplinarias. Virilio habla así de control al aire libre por oposición a los viejos
espacios cerrados. El gran diagnóstico sobre este proceso lo hace, qué duda cabe,
Foucault, pero es a Deleuze a quien debemos recurrir para entender el cambio de los
viejos moldes a lo que él denomina modulaciones. La modulación cambia
constantemente, se adapta, se hace flexible. La clave está en que en las sociedades
disciplinarias siempre se empezaba algo, mientras que en las de control nunca se
termina nada, lo importante no es ni siquiera la masa, sino la cifra. Es decir, hemos
dejado de ser individuos para convertirnos en “dividuos”. No hay duda de la mutación:
estamos en la era de los servicios, la vieja forma capitalista de producción desapareció.
He definido esta era como la de la velocidad, pues bien, el control es rápido, cambiante,
continuo, ilimitado. Si algunos terroristas colocan collares explosivos a sus víctimas, la
sociedad de control nos coloca un collar electrónico.
Y como siempre que diagnosticamos en este tema debemos regresar a Michael
Foucault (“Microfísica del poder”, “Vigilar y castigar (Nacimiento de la prisión)”, “La
arqueología del saber”, “Los anormales”, “Estrategias de poder”). Siempre ha existido
algún tipo de vigilancia hacia los individuos o grupos sociales, pero una que pueda
llamarse de “rango institucional centralizado” corresponde a este tiempo del nacimiento
y progreso de las nuevas tecnologías. Así, la sociedad de control tiene mayor intensidad
y sistematización en su vigilancia, alzándose esta última como sustituta de la coerción
física. Esta pérdida de libertad es aceptada gustosamente. Foucault distingue así entre
sociedad de espectáculo y sociedad de vigilancia, diferenciación que no encuentro
correcta, pues como he dicho más arriba, el espectáculo es una forma vigilante. En
cualquier caso podemos aceptar el término acuñado, el de sociedad panóptica, que no es
otra que aquélla que reproduce la estructura y funcionamiento del poder. En otras
palabras, se homogeniza el comportamiento. El preso no puede observar a quien lo
observa, mientras que el panóptico no hace otra cosa, está fijo frente al carcelero,
mirándole, aprendiendo de él, haciéndose él. Para decirlo con palabras propias de una
dictadura, el que se sabe vigilado procura “comportarse bien”. La vigilancia se
introyecta, se hace parte integral del “dividuo”. Nos hemos convertido en autómatas
consumidores de imágenes. Y volvemos a lo que he llamado la plaga neo-totalitaria que
puede avizorarse en el horizonte: ya no habrá dictaduras con estadios llenos, no hará
falta, la sumisión estará en el interior del hombre, pues el “dividuo” no verá al poder, ni
hará falta, y al no verlo le parecerá ausente, inaccesible, y eso hará del poder el amoroso
dictador cuya eficacia está garantizada.
*Panóptico: Dicho de un edificio. Construido de modo que toda su parte interior se
pueda ver desde un solo punto. DRAE),
EL VIEJO ORDEN MUERTO

Muchos piensan que en lo político estamos ante una manifestación de anarquía social.
Mayor razón aún para reforzar la tesis del neo-totalitarismo emergente. En efecto, por
todas partes brotan invectivas contra la jerarquía y un insistente llamado a la acción de
las “bases”, sin que eso implique voluntad alguna de reestructurar lo político. Esto
parece indicar un vuelco hacia sí mismas, por parte de estas organizaciones sociales que
se asoman como los sustitutos de los viejos partidos. Se trata de un planteamiento
radical de sustitución de lo representativo y, en consecuencia, de uno que rompe las
bases de la democracia como la hemos conocido. En otras palabras, se ha planteado
como una imposibilidad la elección por la mayoría de un “bienestar social”. Algún
comentarista ha señalado una extraña relación entre lo religioso y lo político. La
religión tranquiliza mediante la oferta de una vida después de la muerte; se trata de una
oferta concreta. Los políticos en campaña electoral cambian la confianza de los
electores por una simple promesa, la de ejecutar un programa de gobierno ofertado que
generalmente es incumplido.
Frente a la crisis de la democracia han surgido infinidad de movimientos sociales de
base. Se trata, aquí y allá, de un ensayo general de alternativas a la relación jerárquica.
La solución parecen decir, no dependerá más de la promesa de los políticos, sino que
debe ser aquí y ahora. Sólo que, en la práctica, reaparece, en lugar de desaparecer, el
Estado Providencia, como en el caso venezolano, con numerosas “misiones” que son
reparto de dinero como parche tranquilizador; es decir, el Estado asume la
manifestación “anárquica” de la base financiando un nuevo populismo.
El asunto de fondo es si esta nueva forma de organización anti-partido podrá regenerar
los tejidos democráticos. Debemos constatar que estos nuevos movimientos son
minoritarios por esencia y son tan poco atractivos como los partidos tradicionales. Los
teóricos comienzan a llamar “tribus” a estas formas que la muerte de los partidos ha
ocasionado. Así los llaman, porque pareciera que los individuos que se asocian quieren,
en el fondo, redimirse de la individualidad. Se trata de una especie de sociabilidad
primaria. Estamos ante un caso de reingeniería social de alta complejidad que pasaría,
necesariamente, por redefinir lo político de una manera muy distinta de cómo la
modernidad la entendió, esto es, organización jerárquica (partidos, sindicatos, etc).
El peligro del brote anárquico de organización y destinos propios es el de la aparición
del líder totalitario, mientras sus ventajas están en la pérdida de dependencia de la
“promesa” y, teóricamente, del estado dadivoso, pues hemos visto que insurge una
nueva forma de populismo amoroso que dice comprender la nueva realidad y la usurpa.
Aclaremos que entendemos por anarquía en este texto simplemente la organización que
se produce sin órdenes superiores. El peligro está en que el líder providencial se
convierte en nuevo padre en sustitución del viejo padre Estado. El neo-totalitarismo
involucra la reaparición del la famosa frase “El Estado Soy yo”. Han caído los
metarelatos políticos de legitimación y los metarelatos teóricos y están siendo
sustituidos por el líder providencial.
La política ha dejado de ser el centro y ha sido sustituida por la vida cotidiana. De
manera que hay que partir de lo cotidiano para reencontrar lo social. Inevitablemente
habrá un caos y tal vez allí radique la esperanza de salvarnos del neo-autoritarismo. En
cualquier caso toda oposición exitosa hacia este peligroso fenómeno dictatorial vendrá
de quienes lo hagan desde la óptica del cambio, del avance, y nunca de quienes quieran
restituir el viejo orden muerto en la modernidad.
GLOBALIZACIÓN: EL PLANETA REDONDO
La globalización significa la
particularización de lo universal
y la universalización de lo particular.
Roland Robertson

Allí, en la Academia, fuera de los límites de Atenas, comenzó un proceso matemático


llamado globalización. La advertencia sobre la necesaria condición de geómetra para
entrar implicaba una conexión con la ontología que hacía de filósofos y cosmólogos
hacedores de un globo, el del cielo. Cuando los marineros europeos, alrededor de 1500,
abandonaron la tierra para hacer del mar la nueva vía y junto a ellos los geógrafos
comenzaron a trazar los mapas de los descubrimientos se inició la globalización
terrestre. Había un interés económico, se usufructuaban las riquezas del nuevo mundo
en beneficio de los monarcas europeos que habían hecho una inversión en procura de un
retorno a sus inversiones. Desde entonces dinero y globo terráqueo van juntos. Hoy
asistimos a un factum político-económico-cultural iniciado con el fin de la Segunda
Guerra Mundial. Tenemos, así, un tránsito que va desde la mera especulación meditativa
hasta la praxis de registro de un globo. Así, el mundo se des-aleja, se eliminan las
distancias ocultantes, se convierte en una red de circulación y de rutinas
telecomunicativas. La técnica ha implantado en los grandes centros de poder y consumo
la eliminación de la lejanía. Quienes se oponen genéricamente a la “globalización” son
unos extravagantes. Está aquí de hecho, tiene un ritmo indetenible, la preside el dinero
porque este es la nueva barca capaz de girar el planeta y regresar. No es, por supuesto,
un mero proceso económico, pero sí un hecho consumado, uno donde consumación
sustituye a legitimación, uno que se hace insustituible a la hora de analizar la era
presente de la humanidad. Como bien lo dice Peter Sloterdijk “ahora somos una
comunidad de problemas”. Ya hemos apuntado que con el acontecimiento globalizador
se deshacen las concepciones políticas, se afectan las autounidades nacionales, cambian
los actores tradicionales que pierden competencias, el multiculturalismo irrumpe, sobre
Europa se produce el “regreso” por la entrada de grandes masas de población a un
estado de movilidad, lo que a su vez afecta el concepto de sociedad de masas y, claro
está, viene la protesta de los antiglobalizadores que lleva a Roland Robertson
(Globalization. Social Theory and Global Cultura) a definir el acontecimiento de la
globalización como “un proceso acompañado de protesta” (a basically contested
process), lo que hace que Sloterdijk señale que la protesta contra la globalización es
también la globalización misma, pues no es otra cosa que la reacción de los organismos
localizados frente a las infecciones del formato superior del mundo.
Algunos hablamos de posmodernidad, otros de una nueva modernidad, aunque si
aceptásemos por un momento esta respuesta cabría preguntar como puede llamarse así
sin utopía. Las contrarespuestas abundan, desde llamarla “sociedad de riesgo” hasta
“incertidumbre fabricada”. Pero los fabricantes de definiciones deben aceptar las
características de lo que acontece, como la formación de un habitus globalizado,
desterritorialización de los procesos socio-económicos, cambios en las formas de
producción y el interesante multiculturalismo. Como respuesta a los viajes de los
marineros de 1500 ahora se está produciendo un viaje de regreso con la consecuente
presencia de grandes masas desprovistas en el Occidente descubridor. Desde este punto
de vista no se puede acusar a la globalización de homogeneizadora puesto que produce
heterogeneización. Esto conlleva a la ruptura de viejos afianzamientos “tribales” y a la
convivencia de formas culturales distintas. Como vemos, la globalización abarca mucho
más que el simple proceso económico y, en ningún caso, puede reducirse a la acusación
de un avance demoledor de un neo-liberalismo salvaje. Claro que se produce una
consecuencia económica inmediata. Las estadísticas reflejan un avance de la pobreza y
un aumento de la diferencia entre países ricos y pobres. Por ello, se han empleado otros
términos como globalismo, para hablar del mercado como sustituto del quehacer
político, o globalidad para insistir en la inexistencia de lo cerrado y en la consecuencia
lógica de que nadie puede ya vivir sin los demás, dejando globalización para el juego de
los Estados. Son juegos de sociólogos. Quedémonos con globalización y entendámosla,
eso sí, como un acontecimiento pluridimensional, no como dicen los trasnochados
“anti”, un proceso de resistencia contra el avance del neoliberalismo. Ciertamente es
irreversible y con ella deberemos vernos las caras. Para enfrentarla lo primero que
debemos hacer es dejar de considerarla sólo desde el punto de vista económico, puesto
que si produce efectos en el Tercer Mundo también los tiene sobre el primero, puesto
que la competencia obliga a reajustes, pero también a la búsqueda de centros de
negociación sobre el comercio. He aquí una de las características que hay que
comprender de esta era: hay que aprender a negociar. Si el neoliberalismo avanza lo
hace porque es evidente que uno de los efectos de la globalización es el de la reducción
de los Estados. Por otra parte, enfrentar lo local a lo globalizado como fenómenos
contrarios es un absurdo, puesto que son caras de la misma moneda. Los filósofos
procuran explicarlo como una reacción de protección local frente al abordaje del
exterior. Los sociólogos se plantean el asunto de la uniformización cultural partiendo de
los MacDonalds o del incompatible asunto de si es la identidad la que se enfrenta a la
globalización, mientras otros preferimos hablar de la entrada en la nueva identidad, que
no es otra que el acrecentamiento del individualismo frente a los temores de una capa de
protección tan grande.
Sin duda, Roland Robertson, a quien he nombrado más arriba, es uno de los mayores
estudiosos del acontecimiento globalización. Él resolvió ese supuesto problema de
enfrentamiento entre globalización y localización inventando una palabra, glocalization.
Hay que recordar que estamos asistiendo a una interpenetración de civilizaciones, lo que
hace también superfluo otro debate que mencionamos arriba: el supuesto enfrentamiento
entre homogenización y heterogeneización, para entrar a analizar como estas dos
tendencias se implican mutuamente. Robertson recuerda como hay una discusión global
sobre lo local, la comunidad y el hogar lo que le lleva a pensar en la cultura global como
una interconexión de culturas locales. En otras palabras, la acusación gira sobre una
imposición cultural norteamericana (Hollywood, CNN, por ejemplo) que no es otra cosa
que el ejercicio del poder tecnológico, tal como otro tipo de poder fue impuesto a los
pueblos “descubiertos” por los navegantes europeos que consideraban tomar posesión
de las nuevas tierras como legal y legítimo. Quizás deberíamos recordar que, como
consecuencia, Europa cambió para siempre y se dio origen a lo que llamamos
Modernidad. Aún no sabemos con precisión cuales serán las consecuencias culturales de
este acontecimiento llamado globalización, pero podría asomarse que encontraremos
una hibridación. Si lo vemos desde este ángulo, podríamos decir que estamos ante muy
llamativo proceso de mestizaje. Llamémoslo, de una vez por todas, multiculturalismo,
lo que implica respeto hacia una “fertilización cruzada”. Si se plantea un desarrollo
incontaminado de las culturas estaríamos cayendo en formas de racismo o de
nacionalismo excluyente.
Ahora bien, debemos abordar el problema desde un ángulo estrictamente económico
que, repetimos, es apenas uno entre los varios aspectos del acontecimiento
globalización. Aquí entran al juego privatización, anulación de controles, eliminación
del déficit, inflación, etc. Políticas económicas, en suma, marcadas efectivamente por
una concepción neoliberal. Ello, por la presión de las poderosas transnacionales y por la
conformación misma de instituciones como el Banco Mundial y el Fondo Monetario
Internacional, pero, también, es necesario decirlo, por la permeabilidad de gobernantes
ahogados incapaces o impotentes para resistir. Identificar este proceso de manera
excluyente con globalización es lo que ha hecho daño a la palabra que describe el
proceso en que estamos inmersos. Se suma el elemento político: la acusación de
ineficacia contra la democracia, lo que conlleva a peligros que ya hemos analizado
prolijamente en otra parte. Para mí el problema es el renacimiento de una vieja
enfermedad llamada economicismo, renacida con tal potencia que ha doblegado la
política a su servicio. En primer lugar, el Estado jamás debe renunciar a su función
reguladora confiando en las llamadas fuerzas del mercado, las que, en sociedades
empobrecidas, son fuente de desigualdades e injusticias. El Estado está obligado a
cumplir un rol de reductor de desigualdades. En segundo lugar, la política debe renacer
de sus cenizas e imponerse sobre la economía. Creo que la gran enfermedad de nuestro
tiempo es la reducción de la política a categoría de mal.
El asunto cultural se manifiesta de muchas formas, como la mercantilización del arte,
la putrefacción del mundo editorial, la imposición de modos de conducta. Sobre esto
último creo que el ejemplo más vivo sigue siendo el caso de Irán bajo el Sha. Bajo una
supuesta modernización se llegó a producir una catástrofe que podríamos designar como
materialización del fundamentalismo. Ahora bien, el planteamiento radical nos asegura
que todos usaremos jeans y comeremos hamburguesas, es decir, se nos impondrá una
cultura americanizada que borrará nuestras particularidades culturales. A menos que la
imposición cultural se produzca por el uso de las armas (y aún así), cabe decir que las
culturas del sur, por llamarlas con términos geográficos, no van a reaccionar con una
adaptación automática. La asunción técnica de los llamados Tigres Asiáticos significa
simplemente que esa tecnología ya no es propiedad exclusiva de Occidente.
Acertadamente se ha dicho que el programa de liberalización de los mercados y el libre
intercambio de bienes y servicios no es un programa cultural. El capital que vuela de un
sitio a otro no es una expresión de cultura. Ahora bien, claro que tiene incidencia, por lo
que anotábamos del poder del dinero sobre los mercados culturales, como por ejemplo
la adquisición de editoriales por parte de los holdings y la imposición de una ganancia
de 15 por ciento lograda a costo de la reducción de la calidad de lo que se imprime.
Todo eso es verdad, tendrá efectos perniciosos, pero la posibilidad de defensa sobrevive
y hay que ejercerla. La cultura no es la Coca Cola en todas partes ni la presencia de
teléfonos celulares en todas partes. Las sociedades emergentes adaptarán lo que haya
que adaptar y si se considerara la globalización cultural como una acción imperialista
hay que recordar que el capital no tiene corazón, lo que se dice como expresión
despectiva, pero que podríamos transformar en positiva, pues si no tiene corazón es
incapaz de crear lazos afectivos en los lugares donde llega. El capital no es la cultura, es
un distorsionador de procesos y efectos culturales.
Si uno lee a los pensadores actuales encuentra cada vez más la palabra ecumenismo,
antiguamente usada para indicar la restauración de la unidad entre todas las iglesias
cristianas, pero si vamos a su origen griego podemos detectar que más bien se refiere al
espacio apto para la vida humana. Ecúmeno, con todas las implicaciones de respeto,
amplitud y garantías que implica, debe ser el nuevo espacio humano. Ya no podemos
hablar de culturas como segmentos colocados unos al lado de los otros. Ahora
constituyen un tejido, como una red de Internet. Debemos enfocarnos en el nacimiento
de un nuevo pluralismo: variedad y experimentación cultural, tolerancia y desarrollo, la
consideración de la heterogeneidad cultural como recurso para el futuro social, fomento
del dinamismo transformador de la cultura. El aislamiento en “enclaves del olvido” no
conduce a ninguna parte. Si a ver bien vamos el objetivo del desarrollo es la cultura,
como condición indispensable al desarrollo es la cultura, culebra que se muerde la cola.
Sabemos perfectamente que de la pobreza podemos salir. Por lo demás, veamos esta
aparente paradoja: sin multiplicidad el capitalismo no puede sobrevivir, pues perdería la
capacidad de innovar y, con ella, la de competir.
Los que se desgañitan clamando por un mundo multipolar en contra del imperio
desconocen que ya estamos en un mundo policéntrico, sólo que el poder no pertenece
exclusivamente a los Estados sino que está repartido entre una pluralidad de actores
transnacionales. Es lo que se ha denominado el mundo de la subpolítica transnacional.
Es falso que el capital tenga todo el poder, como es obvio que los Estados nacionales
perdieron tal control. Así, otro concepto en desuso es el de soberanía, puesto que los
Estados están limitados hasta en su quehacer interno. No puede haber soberanía en una
pluralidad inmanente. Las culturas globales, porque varias son, no están en ningún lugar
ni en ningún tiempo. Las culturas globales están en el espacio, mientras las sociedades
pobres siguen en el tiempo, lo que conlleva a una pérdida de la solidaridad. Es obvio
que este desajuste conlleva a la pérdida de fe en la democracia y a la reaparición de
viejas tendencias totalitarias, viejas, aunque traten de disfrazarse como nuevas versiones
del siglo XXI.
Algunos recurren a las cifras para demostrar como la globalización es, en grado
menor, y proporcionalmente hablando, no tanto un asunto económico. Se menciona que
lo que ha sucedido es simplemente que las tecnologías de la comunicación han
aumentado la velocidad en la circulación y, consecuentemente, aumentos en las
ganancias debido a la mayor rotación del capital.
Está claro que hay una relación entre economía y cultura más allá de las operaciones
de los holdings imponiendo la mediocridad para generar ganancias. Una de las
consecuencias es convertir cultura en objetos, considerando al pensamiento como
desechable. He obviado el asunto tecno-mediático puesto que ya lo he tratado en otras
partes. No obstante, cabe decir que aquí se encuentra uno de los elementos más
peligrosos de un eventual monoculturalismo puesto que impulsa el consumo de objetos
estandarizados. No obstante, originado en la tecnología militar, ha producido Internet
que, bien utilizado, como sucede ya en numerosas partes y por infinidad de escritores,
fotógrafos y artistas en general, permite lo que Paul Virilio llamó en su momento “la
deslocalización del arte” y también “el fin de la geografía”, permitiendo, al fin y al
cabo, un escape a la censura o a las exclusiones de los grandes medios de comunicación.
Es complejo estudiar la cultura en el nuevo contexto. Ciertamente nacionalismos y
fundamentalismos son un regreso. Estudiar, en general, el acontecimiento globalización
requiere de un pensamiento complejo, por encima de los berrinches histéricos de los
manifestantes. Especialmente en sus implicaciones políticas. La apertura china
demuestra como el capitalismo parece compatible con viejas tradiciones religiosas de
todo signo. El problema es que el dinero se ha impuesto a la política, porque opera más
rápidamente, es un medio abstracto homogeneizante que atraviesa espacio y culturas a
gran velocidad. Hay maneras de defenderse: hay que recurrir al pensamiento complejo
para construir un modelo humano de configuración del nuevo orden mundial. La
política debe servir para esto, para buscar nuevas redes de sentido, para diseñar un
proyecto civilizatorio democrático. Como vemos, alzarse cual Júpiter tronante frente a
la globalización es una estupidez. Empeñémonos en darle la orientación correcta y no
nos dejemos confundir por la orientación económica que ahora tiene.
Ciertamente ya nos estamos des-cobijando de la vieja “patria”. Es lo que Sloterdjik
(Esferas) llama el tambaleo de “la construcción inmunológica de la identidad político-
étnica” y el juego de las dos posiciones, la de un sí-mismo sin espacio y la de un espacio
sin sí-mismo y la búsqueda de un modus vivendi entre los dos polos que implicará,
seguramente, la creación de “comunidades imaginarias” sin lo nacional y la
participación, también imaginaria, en otras culturas. El hombre puede tornar a
“envolverse” en protección en la era globalizada, lejos del feroz individualismo que en
el tiempo presente parece ser la única caparazón que le resulta reconfortante. Especial
cuidado hay que poner en los efectos políticos, puesto que ya el colectivo no representa
nada para el individualista. Hay que crear nuevas formas de tejido social-político que
impidan a un hombre que ha hecho de su piel el nuevo resguardo un agente potencial
del totalitarismo o un desconcertado frente al planeta redondo.

CROCIVERBA

EL OJO DE DIONISIO

Los libros que se publican, putas incluidas, son la mejor prueba de que la literatura
lleva el mismo camino de la realidad global: la escritura ha dejado de ser demostración
(ética o estética) para convertirse en mostración. Bien lo explica Paul Virilio en “El
procedimiento silencioso” cuando advierte de la desaparición de la geopolítica ahora
sustituida por una “cronopolítica”, para evidenciar el surgimiento del ciudadano virtual
de la ciudad mundial, que no es ciudadano sino contemporáneo. Ya la literatura no
quiere demostrar, según lo han determinado los editores preocupados por sus ingresos.
El escritor tiene que “echar un cuento”, plagarse de anécdotas en menoscabo de la
“dentritud” del lenguaje. La naturaleza misma de la literatura está en peligro, pues ha
asumido “la estética de la desaparición” para ocupar las reglas massmediáticas
establecidas que no son otra cosa que dar prioridad absoluta a la notificación. Es claro,
como lo recuerda Virilio, que el “arte moderno” fue paralelo a la revolución industrial,
mientras el arte “posmoderno” marcha con el lenguaje analógico, con el progreso tecno-
científico, con la revolución informática. Tengo mis bemoles con el llamado “realismo
mágico”, pues me parece que fue la asunción perfecta de este enunciado y, en
consecuencia, madre paridora multípara de esto que hoy llamamos “literatura light”.
No hay duda que el mundo está desquiciado. Y la literatura con él. Si procuramos con
Derrida entender, habría que decir “el presente es lo que pasa, el presente pasa”. Así, la
literatura, se ha colocado en lo transitorio, “entre lo que se ausenta y lo que presenta”.
En otras palabras, la literatura ha tomado para sí la huida. La pregunta es si será así
siempre, si ha terminado la literatura como la hemos entendido. El porvenir de la
literatura sólo puede pertenecer al pasado en el sentido de modificar con las nuevas
técnicas y con todas las innovaciones posibles la vieja misión de demostrar, de crear, es
decir, de volver a ser arte. Esta presencia sólo la encontramos en los viejos textos, de los
cuales podemos decir “está escrito a la vieja manera”, en cuanto a estilo o a sintaxis,
pero en los que pervive el afán de una tarea por realizar, aceptando que lo heredado no
está dado. Quizás debamos comenzar desde aquí: partir de una inconclusión y
convencernos de que este dominio de la mostración pasará, como pasa siempre toda
hegemonía.
El mundo anda muy mal y muy mal anda la literatura. Es probable que no percibamos
en toda su magnitud su actual desgaste. Comprendamos que siempre ha habido
desarreglos y desajustes. El futurismo desencadena su perorata sobre la máquina en
pleno auge de la era industrial. El arte actual se copia de la perorata de los medios
radioeléctricos, esto es, de la intrascendencia. El escritor quiere ser actor de televisión y
no escritor. En otras palabras, la literatura se hace incompetente, pierde la legitimidad
que venía de su antiguo espacio. El lector, por supuesto, asume que ya no habrá más
literatura, que la literatura es lo que se le ofrece paralelo al bodrio informático. Sin
embargo, todo muta y se reelabora. Lo tele-tecno-mediático, la mostración que cunde en
putas, en exguerrilleros, en drogadictos, en sobrevivientes de dictaduras y, en fin, en
personajes sin misterio, sólo se entienden como símbolos mediáticos de masas, la gran
concesión de la literatura a los programas, a las modas y a los discursos de la pantalla-
ojo. Es obvio que el contemporáneo, el sustituto del ahora del hombre alerta, se mueve
en inertes rutinas prácticas y todo lo que le perturbe es rechazado como una intensidad
indeseable. La masa quiere desechar toda expresividad, está integrada por individuos de
vulgaridad invisible y, en consecuencia, procura leer sólo lo que refuerce una condición
masiva y vulgar. En materia literaria cabe recordar aquélla frase de Hannah Arend
donde habló de “desamparo organizado”.
Es harto conocido que Dionisio, tirano de Siracusa, utilizaba un peñasco en forma de
oreja a través del cual escuchaba todo lo que sus prisioneros decían. Ahora Dionisio ha
colocado a sus cautivos directamente en el ojo lo que quieren que lean.
EL ESPESOR DE LA PALABRA

Para entender al mundo no es necesaria a la literatura la conversión en espejo. La


literatura, aún conviviendo con la realidad, debe dejarnos visiones proféticas de cómo
ese mundo podría ser. Es obvio que cuando hablamos de literatura realista no estamos
condenando la existencia de una que nos de una visión de la realidad del mundo, no, lo
que condenamos es una desprovista de fantasía, de absurdo, de profetismo. La literatura
debe ser, como la filosofía, un escenario del choque entre el ser y el deber ser. No
estamos defendiendo una tesis de evasión, sino proclamando que si la literatura no es
inconforme no es literatura. La literatura construye anticipadamente y eso no excluye
que la realidad pueda convertirse en metáfora social. Esa metáfora puede reflejar
perfectamente la quiebra de un país. La proclama de que en América Latina la realidad
es superior a la fantasía es una falacia que le ha hecho mucho daño a la palabra.
La palabra está devaluada, ha perdido su condición de apertura. La palabra como
riesgo ha sido abandonada. La palabra se hizo tejné, es decir, técnica y cedió su espacio
a la imagen. Tecnología y palabra han sido alzadas una frente a la otra; la primera es el
futuro, la segunda es inútil. El desvalimiento de la palabra conduce a un pensamiento
comprimido. Creo que estamos llegando a la pérdida de la memoria y sin memoria no
hay lenguaje.
Las reglas del mercado, la cultura como negocio y la primacía de una tecnología
tecno-científica, han desvalijado a la literatura. La literatura debe recobrar su capacidad
de anticipar. Puede y debe describir los problemas actuales del hombre, pero también
los que vendrán. La literatura, por obligación, debe ser profética. Debe anticiparse,
intuir, vislumbrar, entrever e, incluso, sospechar.
La literatura es, esencialmente, un cuestionamiento. Ha quedado claro que si
escribimos es por nuestra inconformidad con el mundo como es. Una literatura que se
dedique a respaldar, resguardar y sostener las ideas ortodoxas predominantes en el
mundo en que ella se produce es anticipadamente sospechosa. La literatura debe
preguntar y cuestionar. El escritor es un permanente inconforme.
En la literatura se entremezclan las diferentes respuestas del género humano en la
evolución de las diversas culturas y de la interacción de unas con otras. La literatura
inventa y señala al hombre posibilidades de futuro. La literatura chata, sin imaginación
y prospección, no es tal. La literatura debe decir del mundo y de su habitante inteligente.
La literatura debe inmiscuirse en la naturaleza humana sin corromperse. La literatura es
hábitat de experiencias y contra-experiencias.
Recomponer la palabra implica escucharla más allá de la utilidad humana de la
comunicación, escucharla en su interior. Debemos develar (aletheia) la palabra y
devolverle el espesor.
SALVADOR GARMENDIA, EL FIERO PASANTE DE LO OSCURO

La decisión de asumir la palabra no duele. Se toma con alegría y hasta con desenfado.
Luego la palabra comienza a punzarnos las yemas de los dedos, a quitarnos la
respiración, comienza a concientizarse en una elección de soledad y a hacer de nuestros
ojos tizones que se incendian al mirar el teatro de títeres. Léase Salvador Garmendia en
su encuentro con lo urbano.
Salvador está fondeado en la ruptura con lo rural, es el gran maestro de la narrativa
urbana, pero miremos bien en sus “pequeños seres” y comprobemos que descubrió el
arte como speculum y que sus textos no son realidad, son mucho más: son efectos de
realidad. Sus pasos por “la mala vida” son descripciones desgarradas de un ser que mira
y sufre, mucho más que una simple ojeada sobre las cuevas de la ciudad donde se
amontona la miseria humana. Es la descripción de un drama propio, de algo
ineluctable, de algo que pasa porque tiene que pasar. En Garmendia la ciudad no es más
que feria, una herida que vivimos. Lo cotidiano es espectáculo. Utilizando una frase
suya diría que la habitan “zoológicos flotantes”, una simulación de vida. Los habitantes
de este teatro del absurdo son piezas escapadas de un mecanismo frente al cual el
narrador es una postergación sin fin. Salvador aprende que todo se hace sombra. Él
asiste a la representación como sentado en una butaca de actor y saca sus cuadernos
para anotar las paradojas de la aparente fiesta, para registrar el baile desenfrenado de
unos personajes que se exhiben como si él, escritor, tuviese la obligación de anotar
sobre sus carnes, sobre sus pesadillas y sobre los trozos de materia que van largando
sobre las aceras interminables y sobre los proscenios urbanos de los autobuses, de los
bares de putas y sobre los que albergan solitarios dispuestos a bosquejar novelas en la
barra del mostrador. Los ojos de Salvador Garmendia se sumergían en la realidad como
fiero pasante de lo oscuro.
Sí, tenían la forma mecánica de lo desvencijado, la blancura que la noche da a la
carne, la alegría de portar consigo la muñeca hermosa del contraste con la propia
presencia desgarrada. Los personajes de Salvador Garmendia emergían de los bares, de
los colectivos, de la soledad de una ventana, a buscarlo, a exigir la anotación del
escritor, a reclamarlo para que participase en la constatación, y él los complacía
haciendo de sus dedos sobre el teclado complicidad, goteo de memoria, implacable
índice de registro donde quedaba todo, desde la imagen surrealista de un paraguas
destrozando un ojo hasta el espectáculo nocturno donde iban a rugir los sobrevivientes
del día. Desde los torsos y nucas atravesados en la visión de quien se siente acorralado
por la presencia hostigante hasta la certificación del amontonamiento de la concurrencia
pugnando por apretujarse en la primera fila en ansia desesperada de ser protagonista en
las páginas del registrador de la palabra. Y el animador de la farsa, como en alguno de
los cuentos de “Difuntos, extraños y volátiles”, al mismo tiempo huye y busca la
multitud de la cual es el órgano escriturario. Podemos ir a sus libros a mirar el cuadro de
la danza.
PESSOA, UN HOMBRE ABSOLUTAMENTE SOLO

Alberto Caeiro Da Silva nació en 15 de octubre de 1889 y murió en 1915, de


tuberculosis, como el padre de Pessoa. Álvaro de Campos nació el 15 de octubre de
1890 y se graduó en la Universidad de Glasgow; muere el 30 de noviembre de 1935, al
igual que Pessoa. Ricardo Reis murió en la misma fecha; había nacido en Oporto el 19
de septiembre de 1887; era médico. Alexander Search, a pesar de su nombre anglosajón,
nació en Lisboa el 13 de junio de 1888; mantiene correspondencia con Pessoa desde los
tiempos de Durban; escribía poesía y prosa en inglés. Bernardo Soares vive, como
Pessoa, en una modesta pensión de Lisboa donde pasa toda su oscura vida; Fernando lo
conoce en una trattoria donde Soares le habla de su vida de escritor y le hace conocer el
maravilloso y sorprendente “Livro do Desassosego”. Antonio Mora, filósofo, autor de
“Regresso dos deuses”; Pessoa lo conoce en un manicomio de Cascais, pequeña ciudad
de mar en las cercanías de Lisboa. Charles Robert Anon, escribía poemas y cartas en
inglés. A.A.Crosse, participaba en los concursos del “Times”; no ganó el gran premio
que necesitaba para regalarle el dinero a Pessoa y éste pudiese comprar los muebles y
casarse. Thomas Crosse, tenía como intención traducir al inglés los poetas portugueses
sensacionistas. Jean Seul de Mérulet, nació en 1885, escribía en francés. Abilio
Cuaresma, amigo íntimo de Pessoa. Vicente Guedes, Federico Reis, Charles Search,
Barão de Teive, C.Pacheco, Pero Botelho, Pantaleão, Carlos Otto, Caesar Seek, Dr.
Nabos, Ferdinand Summan, Jacob Satan, Erasmus, Dare, una legión, en suma, la legión
de Pessoa.
La primera afirmación que se debe hacer es que, en el fondo, Pessoa queda uno dentro
de este casi infinito desdoblamiento. Partiendo de aquí debemos señalar que todo se
origina en un “sentimento de estranheza”, de un rechazo a aceptar el mundo como sus
percepciones lo captan. El enigma de existir, “uma coisa que está para além dos deuses,
de Deus, do Destino” (frase de Álvaro de Campos). En “Cartas a Armando Cortes-
Rodrigues”, Pessoa habla de sus heterónimos como “desdoblamientos de personalidades
o invenciones de personalidades diferentes”, para después agregar “…construí dentro de
mí varios personajes distintos entre sí y de mí, personajes a los que atribuí varios
poemas que no son, como yo, en mis sentimientos e ideas, los escribiría” Otra cita de
esa correspondencia con el amigo es reveladora, pues describe el fenómeno como sentir
en la persona de otro, aclarando que la sinceridad continúa a existir, como es sincero el
Rey Lear que no es Shakespeare sino una creación suya. Es relevante como Pessoa ve
sus heterónimos como personajes teatrales, como ficciones que se representan. En
verdad, Pessoa transformará en personajes los estados de alma. Pessoa cambiaba de
opinión con inusitada frecuencia, lo que explica, entre otras cosas, que jamás terminara
o publicara en vida sus opiniones políticas; pues bien, el cambio se produce por igual en
sus concepciones estéticas, lo que permite entender como los heterónimos sostienen
posiciones contrapuestas y polemizan entre sí. En Pessoa existía una profunda
inseguridad que lo llevaba a interrogarse constantemente sobre su propia personalidad y
a concluir, en cuanto al arte se refiere, con profundas dudas sobre si una posición
estética era o no verdadera. La vía para cubrir esta inseguridad era no tener una sino
varias.
Algunos aseguran que la falta de raíces de nuestro poeta se debe al temprano viaje a
África del Sur y al bilingüismo, tesis que podría encontrar confirmación en algunos de
sus escritos. Podría también recordarse al Dios-Artista de Nietzsche que se
desembaraza, fabricando mundos, de su plenitud. Prado Coelho insiste en que el
proceso psicológico de los heterónimos nace porque Pessoa descubre un día, como
sedativo o diversión, “la posibilidad de fingir”, es decir, vivir apenas por la inteligencia,
una actitud de vida diametralmente opuesta a la que él personalmente encarnaba.
Por lo demás, influencias también tuvieron los heterónimos; cada uno presenta las
huellas de las lecturas y de la diversas corrientes estéticas de la época. En Caeiro, por
ejemplo, Prado Coelho descubre al portugués Cesário Verde, a Whitman y un poema de
Alice Meynell con el que el famoso “O guardador de rebanhos” tendría notables
afinidades. Hay que recordar que el desdoblamiento en literatura no nace con Pessoa,
pues tiene antecedentes ilustres, sólo que nuestro poeta lo lleva a los límites, a los
extremos. Antonio Tabucchi, un insigne estudioso de Pessoa (al parecer todo escritor
que vive en Portugal es atrapado por él) señala que “l´operazione di Pessoa consiste nel
tradurre in un fatto cosí clamoroso e per certi aspetti persino istrionesco como quello
della creazione eteronimica, l´elemento piú rivoluzionario del Novecento: la
Coscienza”, es decir, entra en la literatura el gran narrador de nuestra época: el Yo. La
heteronimia, es evidente, es una disociación de la personalidad, es el hombre múltiple y
también el de la “patología de la soledad”. Pessoa, el hombre absolutamente solo, se
convierte en un sistema autosuficiente.