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Gombrowiczidas

Juan Carlos Gómez

Juan Carlos Gómez
20 1 Gombrowiczidas Juan Carlos Gómez 2009 WWW . E L O R T I B

2009

20 1 Gombrowiczidas Juan Carlos Gómez 2009 WWW . E L O R T I B
20 1 Gombrowiczidas Juan Carlos Gómez 2009 WWW . E L O R T I B

WWW . E L O R T I B A . O R G

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WITOLD GOMBROWICZ, RAFAEL TORIZ Y GUILLERMO MARTÍNEZ

Todas las naciones tienen sus campeones en asuntos concernientes a la actividad de escribir, pero hay muy pocas que lleguen a tener un campeón de campeones. En la Argentina va resultando cada vez más claro que ese título se lo ha ganado con claridad el Asiriobabilónico Metafísico a pesar de todos los esfuerzos que hizo Gombrowicz para que esto no ocurriera. Los mexicanos no tienen un campeón de campeones, por lo menos no tienen uno que le haya sacado tanta ventaja a los demás como tenemos nosotros. Recientemente se ha integrado al club de gombrowiczidas un veinteañero mexicano al que tuve que apodar el Maltratado por un desplante increíble que le hizo nuestro inolvidable Asno.

“Por otro lado intenté, sin éxito, entrevistarme con „El Dipi‟ (Jorge Di Paola), en su momento jeune promesse (ahora, al parecer, escritor de tiempo completo) y amistad cercana de Gombrowicz. Lo único que pudo obtenerse fueron estas líneas, cargadas de

hastío y desinterés: „Sobre Gombrowicz ya está todo dicho. Probablemente demasiado. Hace varios años que me tiene podrido. No él, pobre cadáver. El circo alrededor. Que tu

No hablo de nada con casi nadie. No es personal.

Pero nunca más, sobre nada‟. Me parece que la circunstancia no puede ser más elocuente” En un diario de Xalapa, la patria del Niño Ruso, sin embargo consideran al Maltratado como el niño genio de las letras veracruzanas, un niño que va en camino de convertirse en un campeón de campeones de los hombres de letras mexicanos.

mexicano lea el Diario, año 57 (

)

Tiene respuestas ingeniosas para las preguntas estándar que le hacen los periodistas estándar. “(…) ¿Para qué la literatura? No quisiera responder con parrafadas sociológicas, filosóficas o políticas al respecto del 'sentido de publicar libros de literatura' por motivos de espacio y por respeto a los lectores (…)” “Sin embargo creo, sin ánimos de caer en un esteticismo narcisista, que un sentido válido para escribir y publicar es la gratuidad de la belleza. Nadie se pregunta por el sentido de contemplar unas piernas bien torneadas, comer camarones o beberse una caguama. Esa es la intención de este libro: compartir algo con alguien (…)” De la observación atenta que podemos hacer del rostro del Maltratado que aparece en la foto de este gombrowiczidas se puede deducir una mezcla de dulzura y de fiereza, la misma dulzura y fiereza que tenían los moros cuando le cortaban la cabeza a los españoles.

Para no dejar solo en este gombrowiczidas a un hombre de letras mexicano maltratado me puse a buscar un escritor argentino malquerido. Cuando el Mafioso tiene cuentas pendientes con algún hombre de letras me pasa inmediatamente su dirección para que lo ponga en su lugar, por lo menos para que lo ponga en su lugar en todos los asuntos relacionados con Gombrowicz. Así le pasó con el Malquerido, un joven escritor nacional que a su juicio es muy presuntuoso y desagradable. Ponerme en contacto con otro escritor siempre me lleva a los mismos pensamientos; el comienzo promisorio de mis relaciones con personas vinculadas a la actividad de escribir me produce en un primer momento una alegría espontánea pero también un cierto desasosiego pues tengo el presentimiento de que en

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un momento futuro no muy lejano algo va a salir mal, momento que en el caso de los escritores suele aparecer cuando quieren hacerme leer algún escrito.

El caso del Malquerido no se ajusta exactamente a este canon, pero en cuanto me puse en contacto con él me mandó enseguida “El brindis con Witold”.

, encuentren finalmente editor y haya final feliz. Te mando aquí un cuento de juventud, con cameo de ya sabes quién y brindis de fin de año ( )” Tuve que sortear unas dificultades preliminares que se me presentaron antes de recibir su relato, unos inconvenientes especialmente complicados para mí. En efecto, el Malquerido tiene una maestría en las ciencias duras y también la tiene en las ciencias blandas, se graduó en matemática con notas sobresalientes y además es un connotado hombre de letras, en este punto sigue los pasos del Pterodáctilo y del Pavo, aunque con distinta suerte.

“(

sólo espero que

)

Aunque no lo creas juro que leí todos tus Grombrowiczidas

El hecho de que convivan dentro de la misma persona talentos tan diferentes y contradictorios mientras las ciencias exactas tratan en general de desentrañar los misterios de la naturaleza en cierto sentido se puede decir que el arte vive de ellosme produce un deslumbramiento y más aún cuando esa persona intenta que estos talentos se mezclen y se den de comer uno al otro, como es el caso del Malquerido. Este gombrowiczida utiliza su ciencia adquirida y su ciencia infusa para pasearse con suficiencia por los supuestos conocimientos que tenía el Asiriobabilónico Metafísico acerca de las paradojas, de los laberintos y del infinito matemáticos, conocimientos sobre los cuales el Pterodáctilo tenía unas dudas bien fundadas como doctor en ciencias físico-matemáticas que era.

Sea como fuere el Malquerido es medio aventurero, cosa que se puso de manifiesto en un reportaje radial que le hicieron y que escuché de casualidad. Te pesqué en un programa radial hablando de Borges. Cuando te recordaron que muchos escritores argentinos mayores de cuarenta años querían matar a Borges, mencionaste la anécdota de Gombrowicz. Más o menos dijiste que desde el barco, cuando Gombrowicz se iba a París a recibir un premio muy importante, les gritó a los estaban en tierra: ¡Maten a Borges! ( )” “Pues bien, no es cierto que fuera a París a recibir un premio importante, se iba un año a Berlín con una beca de la Fundación Ford. El premio, el “Formentor”, lo recibió cuatro años después, pero cuando se fue de la Argentina todavía no sabía nada. Tampoco es cierto que nos gritara desde el barco que lo matemos a Borges, yo estaba ahí ( )”

El Malquerido, a pesar de su formación científica, no le da mucha importancia a la verdad, es por eso que me parece medio aventurero.

“(

es una lástima porque siempre me había parecido una imagen y un

gesto acordes con Gombrowicz. Estoy leyendo ahora el diario de Bioy sobre Borges, y en cualquier momento rueda (con la de todos) su cabeza ( )” Por uno de esos designios extraños que tiene el destino el Malquerido cayó en las manos del Ladrón de Gallinas, un costarricense director de teatro, ensayista, investigador, dramaturgo y poeta. Llegó a mí de la mano generosa del Niño Ruso con el propósito de conseguir mi colaboración para editar en el quinto número de su revista “k” un dossier

cotejar las fuentes

esto me pasa por dejar las ciencias exactas y repetir historias escuchadas sin

)

dedicado Gombrowicz.

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Mis relaciones con este Protoser terminaron mal, pero mientras todavía se sostenían le sugerí que le pidiera una colaboración al Malquerido para integrarla al dossier de Gombrowicz, así como también le sugerí que se la pidiera a la Madame du Plastique, al Maestro Ciruela y al Cuentamusas sin presumir ni por asomo el desarrollo que iban a tener los acontecimientos. Por mi parte yo le había hecho llegar “Gombrowicz, la deserción y el destierro”, el texto de una conferencia que había dado en el Malba ante un público entusiasmado que lo recibió apoteóticamente, sin embargo, al poco tiempo le manifesté que si lo llegaba a publicar le iba a cortar una mano pues me había llegado a parecer una persona poco seria.

Llegados a este punto el Ladrón de Gallinas dio por terminado nuestro negocio, pero tuvo la gentileza de comunicarme que me tendría al tanto de las novedades que se fueran produciendo en la preparación del número de su revista dedicado a Gombrowicz. Al poco tiempo cambió de opinión y volvió a la carga, me estaba pidiendo otra vez autorización para publicar “Gombrowicz, la deserción y el destierro”. Fue entonces que recurrí al Niño Ruso, pues había sido él quien me había puesto en contacto con este sabandija. La carta que le escribí fue con copia a Carlos Fuentes, al Cacatúa, al Hábil Declarante y algunos mexicanos más, quería formar un ambiente escandaloso y llevar agua para mi molino.

Es muy difícil calcular la cantidad de desatinos que uno comete en la vida, el

último que he cometido yo es haberme puesto en manos de Álvaro Mata Guillé, un personaje que dice ser amigo tuyo. Este ladrón de gallinas costarricense edita una revista en México en la que se propone publicar un número dedicado a Gombrowicz, y yo, sin darme cuenta de qué clase de persona era, le mandé material en medio de un juego epistolar irresponsable caracterizado por una total falta de seriedad que yo mismo alimenté. Ahora le estoy pidiendo que excluya de la edición el material que le mandé pero no me contesta ( )” Finalmente, “El brindis con Witold” fue publicado en la revista “k”, por suerte para Gombrowicz es un relato que tiene muy poco que ver con él.

“(

)

Por mi parte, tengo remordimientos, estoy muy apenado por haber puesto a cuatro de mis gombrowiczidas en las manos miserables del Ladrón de Gallinas. Quizás sea un castigo, el Malquerido que aparece en la foto muestra hasta cierto punto su carácter de científico desordenado y también de pícaro.

WITOLD GOMBROWICZ, RODOLFO FOGWILL Y HUGO SAVINO

Ese costado jodón, a veces grueso, a veces elegante, me sale solo. En la literatura

me hace disfrutar enormemente. Es maravilloso tener gente como Borges, Gombrowicz, Fogwill o Faulkner o (otra vez) Kafka, que tarde o temprano, sin avisarte cuál de las dos cosas te va a pasar, te hacen reír de puro disfrute de la ironía o te hacen largar una carcajada. Fue lo que lo mató a Foucault en la cita de Borges que abre „Las palabras y las cosas‟. Aunque se le podría aplicar la frase de Borges (“Sí, los títulos de los libros de Mallea son buenos Todo verdor perecerá, La ciudad junto al río inmóvil, etc., lástima

“(

)

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que después escribía los libros.”). La carcajada explosiva y liberadora de Borges casi no

vuelve a repetirse en el libro que después escribió Foucault (

“¿Cómo presentar la experiencia sexual? Como muy pocos escritores, Fogwill ha hecho

del sexo una experiencia contable (narrable, pero también computable) (

)”

)”

“El sexo importa en sus ficciones porque es una experiencia pura que desafía o interroga toda trascendencia, porque sirve como motor de „la juventud‟ –ese mito que Fogwill retoma de la literatura de Gombrowicz, porque desencadena historias y porque desviste la imaginación del narrador ( )” Este comentario que hace un notable hombre de letras de Rosario, miembro del club de gombrowiczidas, nos pone en camino de esta historia verdadera.

El conocimiento sigue siempre un curso descendente que pasa inexorablemente del

estadio heurístico al estadio hermenéutico. Siguiendo estrictamente el camino de esta

degradación del intelecto, a la que podríamos llamar la entropía del pensamiento, he concebido unas historias verdaderas, como un conjunto ordenado de mis aventuras con personas relacionadas con la actividad de escribir.

Gombrowicz fue un hombre de letras que, ya sea por lo que escribía o por lo que hacía, recibió una gran cantidad de insultos a lo largo de toda su vida. Una gran parte de esos insultos se lo propinó la prensa polaca en el año que estuvo en Berlín.

En el vocabulario del derecho se acostumbra a decir que lo accesorio sigue la suerte de

lo principal y, aunque sin la misma importancia, debo manifestar que algo parecido a lo que le ocurría a Gombrowicz también me ocurre a mí. Mis encuentros personales y epistolares con los gombrowiczidas suelen tener características variables, pero siempre dejan alguna huella. Después de haberle echado una atenta lectura al gombrowiczidas en el que le hablaba de

su educación descuidada, el Mentecato, un poeta de Barracas idólatra de Joyce, me mandó una carta que, a pesar de los insultos, no deja de ser ilustrativa.

“Querido Gómez: Sos un gran pelotudo. Un pobre histérico que no tolera un no. Lo imaginaba. A partir de ahora te bautizo el pelotudo y chupaculos número uno de la

literatura argentina. Logré finalmente que hablaras mal de mí. No servís para curtir en estas lides, chupaculo, te tomaste en serio el rol de escritor, pelotudo” Esta manera de insultarme tiene un antecedente cabalístico inolvidable que proviene del Hombre Unidimensional, un escritor hispanohablante que ingresó al club de gombrowiczidas como integrante de un grupo de hombres de letras al que di en llamar

el de los nueve magníficos, y que con el correr de los años ha obtenido una gran

maestría en los litigios que mantiene por el otorgamiento de premios literarios.

voy leyendo uno a uno tus mails, pero, como siempre estoy viajando y usás un

correo malo (el de sinectis

“(

)

Por favor usá éste) nunca pude agruparlos (

)”

“Te pediría que juntés los textos de todos tus mails, los zipiés, y me los enviés a esta dirección de donde puedo bajarlos, además de mirarlos en pantalla en cada puta posta de

mi vida nómade. Me interesa porque veo demasiadas coincidencias ente tus desventuras

y lo que yo siempre pensé de la runfla cultural de los Germán García, de los Chitarroni

y del cerdo Russo. Además, tengo dos amigos gombrowiczianos a quienes les encantará leer todo de un tirón. Son Ignacio Echevarría de España, y Roberto Brodsky de Chile

que en sus momentos se ocuparon de la sombra de Witoldo (

“Recibí todo. Gracias. No se cómo podría empalmarse para hacer una edición pirata. Mientras tanto, meto todo en un directorio, lo zipeo y se lo mando a Brodsky y a Echevarría.

)”

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Echevarría es una figura importante de la crítica y del mercado editorial hispano y no es

improbable que se interese en el megamamotreto (

)”

“Mientras todo sucede, iré leyendo de a poco. Qué laburo puto que tomaste. ¡Y con qué calaña tuviste que tratar! ( )” “Coincidimos también en Pauls. Puntual, sólo por cagón. Mirá su comportamiento en el caso Piglia, su delación en Página 12 y sus declaraciones al juez ( )” “Che, Culo de Goma: Vos sí que estás cada día más pelotudo. No te das una idea de cómo me hacés recagar de risa. ¡Germán García hace estudiar las boludeces que escribís por sus alumnos, como buen caso clínico psicótico que sos, y ahí estás saltando en una pata de alegría! ¿Sabés qué te hubiera dicho Gombrowicz? Mejor ni te lo digo. A vos te encierran en una jaula del zoológico y te pensás que te están homenajeando. Y si te la pone un orangután, doblemente contento ( )”

“Acertaste con mi sueño de toda la vida: que me la ponga un orangután (amaestrado). ¿Van orangutanes con chimpancés a tus grupos de estudio, o los monopoliza a todos Germán García? ( )” “Unidimensional y apoliyada tenés la única neurona que te queda: ¿por qué no contás el origen polaco de tu apodo? ¿No será porque le tirabas la goma a Witoldo? ¡Ni siquiera te sirvió hacerte gárgaras con el licor seminal de Ferdydurke! No rompás más las bolas. Ya me tenés las pelotas llenas con tus revolcadas con el Gnomo Pimentón, como vos le decís. Primero te hace el culo, después no te gusta y andás cacareando. No mandés más mails de mierda. Hacete un Spam en el orto” Los insultos del Hombre Unidimensional son más drásticos y radicales que el que me había propinado el Mentecato, razón por la que decidí someter al estudio de gombrowiczidas especializados en deformaciones de la psique ese rostro que aparece en la foto con marcadas características lombrosianas.

Los conflictos de Gombrowicz, tanto como los míos, a veces alcanzaban características dramáticas. El Pterodáctilo se puso como loco cuando Gombrowicz le contó en Vence que había destapado una botella de champaña el día que mataron al “Che” Guevara. Santucho le quiso pegar por una discusión disparatada que había tenido con él en una conferencia que Gombrowicz había dado en Santiago del Estero sobre el marxismo y el existencialismo. Y el mismísimo Arrillaga, el comunista que me lo había presentado en el café Rex, lo amenazó una semana después con desparramarle mierda en la cara cuando Gombrowicz lo examinó en presencia mía sobre el origen del materialismo histórico y puso al descubierto que el desconcertado comunista no conocía siquiera el título de un libro de Hegel.

Una noche regresábamos de Hurlingham a Buenos Aires. El tren estaba repleto, los coches de pasajeros estaban completos, viajábamos en un coche de cargas. Un grupo de brutos fumaba e imprecaba cerca nuestro, y como Gombrowicz los miraba con una mirada intensa de desprecio, ellos también nos empezaron a mirar. Mientras crecía la tensión Gombrowicz empezó a hablar en francés, un poco para mí pero, más bien, para la ciudad y para el mundo. Yo no tenía ganas de meterme en líos con esos brutos, así que lo miraba y sonreía beatíficamente. A Gombrowicz, sin ningún punto de apoyo, se le fue transformando la mirada; del desprecio pasó al disgusto, del disgusto a la neutralidad, y de la neutralidad al miedo. Estas situaciones se le presentaban con alguna frecuencia, ya hemos dicho que era un busca pleitos y un provocador.

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WITOLD GOMBROWICZ Y ALEJANDRO RÚSSOVICH

“Russo es para mí la personificación de la genial antigenialidad argentina (

bondad. La bondad lo desarma. Su actitud frente a los demás no es suficientemente

aguda (

Las relaciones que el Esperpento mantuvo con Gombrowicz fueron de amor y de conflicto, las que mantuvo conmigo fueron solamente de conflicto, un conflicto que con el paso del tiempo se le fue poniendo en evidencia a la mayor parte de los gombrowiczidas desparramados por el mundo. Alberto Fischerman y el Ezquizoide desarrollaron sarcásticamente la forma de este conflicto en el capítulo “A quién quería más” del film “Gombrowicz o la seducción”, en el que nos ponen frente a frente en un parlamento memorable.

La

)

)

A su lado yo soy un animal salvaje”

“Entre Gombrowicz y yo siempre existía una barrera, una barrera que levantábamos para no manifestar afecto, cariño. Esto lo padecí durante más o menos ocho años de nuestra convivencia; Yo, ocho años de amistad, pero sin convivencia. Me propuso la confesión de las almas en el barco, cuando hicimos el viaje a Piriápolis, sin ningún resultado; Pero la convivencia es más que eso, es la manifestación de la intimidad de dos hombres que están solos; A mí no me fue necesario acceder a eso que vos llamás intimidad, nuestra amistad no necesitaba de ese tipo de pruebas; ¿Qué querés decir, que Gombrowicz te quería a vos más que a mí?; Sí, y aunque tengo vergüenza de decirlo, Gombrowicz me escribió que yo era su mejor amigo; Sólo a través del cuerpo se puede acceder a una forma más plena del conocimiento del hombre ( )”

“¿Qué estás insinuando Alejandro?, ¿adónde querés llegar?; –No más allá de donde yo mismo llegué; Ah, no, no viejo, no estoy dispuesto a tolerar confesiones que por su carácter escandaloso comprometan a todos los otros argumentos; Gómez, te doy dos minutos para que abandones la mesa” El Esperpento, estudiante de filosofía y especialista en Fichte, se ofendió con Gombrowicz cuando lo motejó de Pavo. A pesar de su inteligencia y de su sentido del humor, no pudo evitar una especie de exclusión a la que lo condenó Gombrowicz, el Esperpento se equivocó de estrategia, utilizó la imitación como método para ser aceptado, una elección que terminó por aburrir a Gombrowicz y que desembocó en un apelativo que le resultó desagradable

“El primer hecho característico que me viene a la memoria es la historia del Pavo. Witold siempre ha tenido la costumbre de poner apodos, sobre todo a los jóvenes,

subrayando así ciertos rasgos ridículos de su personalidad

en público Pavo, lo que no había hecho nunca cuando estaba a solas conmigo, en nuestra vida cotidiana . Al principio yo estaba sorprendido, después mal a gusto. Y como Witold lo repetía sin parar, me encontré en un estado de rabia contenida. Se dio cuenta e insistió todavía más. Una tarde, en un café de la avenida Corrientes, nos fijamos en un hombre que ayunaba por dinero. Lo habían metido dentro de una especie de jaula de cristal que habían colgado del techo. El público podía contemplar noche y

día a 'Urbano el ayunador' y comprobar que ayunaba ( )”

Un día empezó a llamarme

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“Aquel personaje nos intrigaba cada vez más. Íbamos a verlo todos los días aunque teníamos que pagar un peso (lo que para nosotros era caro). Con motivo de una de esas visitas, de repente me acordé de 'Un artista del hambre', ese relato de Kafka donde también hay un personaje que ayuna, pero por falta de apetito. Al final del cuento ya nadie se interesaba por él y lo barren junto a la basura. Cuando le conté esta historia a Witold me dijo: No sea Pavo. Yo me puse pálido de rabia: Si me llama otra vez de ese modo será el fin de nuestra amistad: No se enfade, Russo, nunca hubiera imaginado que fuera usted tan sensible, tan impresionable”

El

Esperpento fue el único integrante del cuarteto del film de Fischerman que no aceptó

el

apodo que le había puesto Gombrowicz., pero por esas vueltas que tiene la vida,

pasado el tiempo, Quilombo empezó a hacer unos dibujos tan monstruosos de su cabeza que, a sus espaldas y en voz baja, lo empezamos a llamar el Esperpento, y así fue que le quedó el Esperpento.

El Esperpento, que conoció a Gombrowicz en el segundo período de su estada en la Argentina, se refiere a su amigo para sumar y cerrar la relación con él de una manera llamativa. “¿Su influencia? Es una cuestión mal planteada, Gombrowicz me ayudó personalmente y todavía me ayuda. Pero si debo hablar de su influencia, puedo decir que fue negativa. Siempre negativa, pues Gombrowicz para mí ha sido un límite absoluto. Me encontraba ante él como delante de un muro” Este discípulo ha puesto los puntos sobre las íes en algunos asuntos concernientes al dolor y a la muerte, unas cuestiones que empezaron a rondar la cabeza de Gombrowicz desde su temprana juventud.

Según lo apunta en los diarios, a pesar de las apariencias y de una existencia de aspecto casi despreocupado, un Gombrowicz veinteañero no estuvo muy lejos del suicidio, un período de su juventud en el que debió estar desesperado. Con el tiempo, esta angustia de la existencia se le fue radicando poco a poco en los pulmones, en sus dificultades para respirar, entonces volvió a la idea del suicidio.

A tono con este ambiente macabro Gombrowicz le escribe desde Vence una carta al

Esperpento, una carta que ha dado la vuelta al mundo pues nos muestra en un momento dramático cuál era la verdadera relación que tenía con el dolor y con la muerte. “Mi vida se hace cada día menos agradable, mi organismo se debilita, el asma me cansa muchísimo y últimamente apareció también una úlcera de estómago que me obligó a dejar la cortizona ( )”

“Desde que dejé la Argentina me siento cada día un poco peor. Creo que ya les mencioné que es conveniente tener preparada una salida por cualquier cosa. Soy bastante cobarde y no puedo pegarme un tiro en la cabeza pero pienso sin embargo que podría matarme con una preparación adecuada. Lamentablemente el asunto no es fácil. Las píldoras para dormir, el gas, y otras cosas parecidas no me despiert an confianza. Me parece mejor el cianuro; si no me equivoco la muerte sobreviene entre los 6 y los 8 minutos aunque ya en el primer momento se pierde el conocimiento. No obstante me faltan aquí amigos que puedan hacer algo por mí en este sentido. Pensé en ustedes, supongo que tienen alguna posibilidad de proporcionármelo o por lo menos de indicarme a alguna persona que me podría ayudar ( )”

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“Estoy dispuesto a pagar 100 dólares, o más (

Yo por el momento ni pienso en suicidarme

pero prefiero tenerlo preparado para mi propia tranquilidad ( )” Pero la verdadera espina que el Esperpento tenía clavada en la garganta no era la de la muerte de Gombrowicz, era la de la exclusión, el sentía que lo había apartado de su

círculo injustamente. “Otra explicación que se me ocurre es que él me excluía de muchas cosas, por ejemplo, de todo lo que se refería a las cuestiones polacas. Nunca me hablaba de eso, ni de los polacos de Buenos Aires. Sólo casualmente conocí a algunos. Y lo mismo pasó con ciertos argentinos que nunca me llegó a presentar, como Mastronardi, Roger Pla, Sabato, etc. Sólo después de la partida de Witold a Europa llegué a conocer a Sabato, por ejemplo”

parece. Algunas veces es la mejor salida

)

Esta carta no es tan macabra como

Ésta es una queja del Esperpento que aparece en “Gombrowicz en Argentina”, una queja que está en línea con una de las aventuras que tuvo Gombrowicz en Zakopane y que relata en “Recuerdo de Polonia”. La gente vagaba en libertad por las calles de esa ciudad y no era aplastada por las funciones ni por las jerarquías. Hidalguillos, mafiosos, aristócratas, escaladores profesionales, escritores, industriales y comerciantes, estudiantes, toda esa diversidad de tipos se mezclaba en la calle. Cada uno andaba por su propio camino, a pesar de la facilidad aparente resultaba muy difícil pasar de un grupo a otro, a veces se producían situaciones diabólicas y trágicas cuando alguien lo intentaba. En una pensión distinguida, en la que se alojaba gente del mejor tono de la aristocracia, aterrizó un señor de apellido desconocido con unas maletas espléndidas y un traje sport deslumbrante.

El hombre se equivocó, confundió la pensión, pero como había una habitación disponible lo alojaron. Se presentó con entusiasmo manifestando vivos deseos de tomar parte en la conversación, pero la conversación no lo quería, a pesar de que todos intentaban ser amables con él. Era un mundo pequeño que tenía sus propios argumentos, sus parientes y un estilo propio de bromear y provocar. La reacción normal hubiera sido el aburrimiento o la indiferencia, pero ese forastero quedó encantado precisamente por el hecho de que no comprendía nada. El deslumbramiento por el secreto ajeno es bastante conocido, el pobre hombre vivía con la esperanza de que, finalmente, sería aceptado por los pensionados, pero cuando empezó a inmiscuirse en los asuntos del grupo fue rechazado.

Gombrowicz, en su condición de escritor y oveja negra de ese pequeño círculo de gente respetable, se le acercó amistosamente y lo azuzó contra los demás, hasta que la situación alcanzó límites de locura y el pobre miserable perdió la cabeza. Lo convenció de que su ropa y sus maletas eran demasiado nuevas, y de que ésa era la razón por la que lo trataban con malevolencia, como si fuera un advenedizo. Pasaron toda una tarde revolcando su vestuario en la basura y raspando sus maletas con un cuchillo para que parecieran viejos.

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WITOLD GOMBROWICZ Y TOMASZ PINDEL

“Tengo que decirte que aprovecho mucho la lectura de tus gombrowiczidas porque desde el punto de vista literario son una obra maestra y un formidable ejercicio del estilo” El Pequeño K fue demorado en Polonia y casi fracasa su viaje a la Argentina en el año del centenario de Gombrowicz. Como Tomasz Pindel era el responsable en Polonia de estas diligencias administrativas el Pequeño K le puso el apelativo de Burócrata. Pero el trabajo que realizó el Burócrata como responsable del Instituto del libro de Polonia más el comentario con el que encabezo esta historia verdadera me pusieron finalmente de parte de él. El Burócrata es un gombrowiczida polaco que hace unos años realizó un milagro.

Gracias a él fueron posibles los homenajes que se le hicieron a Gombrowicz en la Argentina para la efeméride del centenario. Cuando el Embajador de Polonia empezó a moverse para preparar la celebración se vio en apuros, no había plata y no había libros de Gombrowicz, no había nada, entonces me invitó a un almuerzo en su casa de San Isidro para elaborar una estrategia. El Zorro, que se había empezado a poner intranquilo, le pidió ayuda a la Vaca Sagrada,

y la viuda se la pidió a los españoles, pero la mediación no dio resultado, es decir, el

resultado que dio fue tardío, tres de las novelas de Gombrowicz, Ferdydurke, Transatlántico y Cosmos, aparecieron recién cuando las jornadas del Centro Cultural Borges y de la Feria del libro ya se habían extinguido y poco pudieron hacer para darle brillo a los homenajes que se realizaron.

El tiempo empezó a galopar y no aparecía ni la plata ni los libros, el Zorro trataba de tranquilizarme con discursos que no tenían contenido, mientras tanto yo me fui dando cuenta que el embajador no estaba bien preparado para pedir dinero. Pero en ese momento dramático se produjo un milagro, el Ministerio de Cultura de Polonia en forma providencial creó el Instituto del libro dos meses antes del comienzo de los homenajes y nombró al Burócrata para conducirlo. A partir de ese momento el Burócrata abrió los grifos del dinero, los billetes empezaron a caer sobre el Centro Cultural Borges y sobre la Feria del libro, y la aventura tuvo un final feliz. El Burócrata es generoso conmigo pero a veces no estamos de acuerdo, especialmente cuando analizamos la trayectoria de algunos personajes polacos.

Yo tengo algunas manías poco saludables, con una de ellas me distingo haciendo todo

lo posible por contrariar a los embajadores de Polonia, sin embargo, con el Camaleón y

con el Zorro las cosas salieron bien y tuve con ellos relaciones amistosas y cordiales, no

así con el Pitecántropo pues alrededor de él se armó un escándalo de proporciones mayúsculas que terminó con el alejamiento del embajador. El embajador que sucedió al Pitecántropo es un misterio para mí, sobre él tuve una correspondencia vivísima con el Burócrata. Madame du Plastique me cuenta que la Argentina ya tiene un nuevo embajador polaco, un tal doctor Ryn que escribió un libro sobre un paleontólogo polaco que hizo descubrimientos en Chile. La Corifea me dice en cambio que es un psiquiatra, que está

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más loco que una cabra y que no entiende cómo el Senado aprobó su nombramiento ( )”

“Tomasz, por favor, ¿podrías poner un poco de orden en esta confusión?; –Sí, yo también oí hablar del nombramiento de Ryn pero no sé mucho de la vida diplomática. Lo que sí sé es que Ryn es profesor en la Universidad Jaguellónica, especialista en psiquiatría que viajó mucho por América del Sur y fue embajador en Chile. Escribió entre otras cosasun libro muy interesante sobre la medicina indígena sudamericana (es uno de sus temas fuertes) y efectivamente le fascina el personaje de Ignacy Domeyko, un polaco que se fue a Chile en siglo XIX y allí se convirtió en uno de esos polacos „que hacen patria‟. Ryn daba clases en la Cátedra de América Latina en la Universidad Jaguellónica (donde yo enseño literatura hispanoamericana) y sé que los estudiantes ponían a sus clases por las nubes. Políticamente Ryn es de derechas, se mostró por ejemplo como un defensor de Pinochet lo que, bueno, es por lo menos discutible ( )”

“Pero teniendo en cuenta su obra y experiencias, es un candidato para el puesto de embajador en Argentina muy apropiado; Tomasz, hay un lío de proporciones mayúsculas. Anduvo por acá el presidente del Senado de Polonia y le dio instrucciones precisas a los polacos para que rompieran relaciones con Ryn. Ese hombre miserable, a su juicio, no podía ser embajador de los polacos, era amigo de personas despreciables como, por ejemplo, de un conocido crápula polonés millonario que vive en Uruguay. No pisó la Embajada de Polonia, Zdzislaw Jan Ryn le mandó una carta a uno de los Gemelos Pimentones, más precisamente al presidente de Polonia, quejándose de la conducta del presidente del Senado, es decir, hay un quilombo de proporciones mayúsculas ( )”

“Por otro lado, la Madame du Plastique tiene un dilema enorme, Ryn le pidió que

escriba una nota en el diario polaco sobre un libro suyo, y la pobre me pide consejo a mí, ¿pero qué consejo puedo darle?; Sí, estoy consciente del conflicto que lo tiene al embajador Ryn como protagonista. No sé ni me interesa mucho qué tipo de contactos tiene o no tiene el embajador con Jan Kobylanski, el crápula polonés. Todo esto es una parte de un conflicto mas complejo: parece que Kobylanski intenta utilizar sus influencias en Polonia para controlar toda la vida diplomática polaca en la América

puedo dar

ningunos consejos, pero yo lo veo así: tal vez Ryn es un personaje controvertido en el

sentido político, pero en el contexto científico de ningún modo ( )”

Latina. Pero bueno, que los políticos hagan sus cosas entre ellos

No

“Su trabajo académico (por ejemplo su ultimo libro sobre la medicina indígena) a mi parecer es excelente. No sé de qué libro habla María, pero yo no dudaría en escribir una nota así. Política es política, libros son libros; Tomasz, no estoy de acuerdo. Aunque Ryn y Mengele no son la misma cosa, eso está claro, los dos han escrito libros de

ciencia y se han dedicado a la política. En el caso de Mengele estoy seguro que vos no hubieras escrito: „Su trabajo académico a mi parecer es excelente. Política es política,

libros son libros. Así lo veo yo‟ (

Gómez, el paralelo entre los dos parece aclararlo

bien: el trabajo científico del doctor Mengele era criminal, el trabajo científico del profesor Ryn es loable ( )”

);

“El doctor Mengele hizo cosas terribles; no sé nada sobre posibles actos despreciables realizados por profesor Ryn. Si me preguntaras por Jan Kobylanski, te diría que mi opinión es definitivamente negativa: existen pruebas de que este señor ha cometido

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atrocidades durante la guerra (colaboró con los nazis) y que sus opiniones raciales son escandalosas (antisemita etc.). Pero estamos hablando del profesor Ryn que, como se dice, conoce a Kobylanski. ¿Comparte sus ideas? No sé. Si las compartiera sería un escándalo, claro. Pero juzgar a alguien por sus conocidos me parece exagerado” No sé en cuánto habrá influido mi opinión negativa sobre el Pitecántropo y sobre el Timbre, posiblemente en nada, pero la cuestión es que poco tiempo después de haber sido nombrados embajadores estos personajes siniestros tuvieron que regresar a Polonia.

WITOLD GOMBROWICZ, HALINA GRODZICKA Y ZOFIA CHADZYNSKA

A las pocas horas de haber arribado a Buenos Aires François Bondy, el célebre crítico

francés, lo llamó por teléfono a Gombrowicz, y al día siguiente se encontraron en el City Hotel. Bondy había desayunado con Victoria Ocampo y el resto del día lo tenía libre. Charla que te charla se fue haciendo de noche, entonces Gombrowicz lo invitó a

cenar a la casa de Zofia Chadzynska, una polaca amiga. Sin pensarlo dos veces fueron a comer con Zofia, estaban también invitados los Lubomirski y un arquitecto. “Organizamos una pequeña cena (muy modesta, como siempre en casa de Zofia; en

pero en el ambiente flotaba una

cambio el francés espumea como el champán

reticencia. Al marcharnos, las señoras me guiñan el ojo: Vamos, confiesa, ¿a quién nos has traído? ¿Quién es? ¿Un poeta? ¿Un italiano o qué? ¿De dónde lo has sacado? ( )”

),

Halina Grodzicka acostumbraba a decir que uno no podía imaginárselo a Gombrowicz comiendo sin ganas o bailando un fox-trot. Sin embargo, al poco tiempo de haberlo conocido presencié un baile de Gombrowicz recitando algunas escenas de “El casamiento”. Era extraño, con su silueta un tanto rígida uno no podía creer que bailara, pero en ocasiones como ésta se nos hacía patente que tenía una gran agilidad corporal, no así cuando lo observábamos caminar pues parecía un barco navegando y avanzando río arriba. Tanto en sus novelas cortas como en sus novelas largas echaba mano frecuentemente al recurso de los bailes y de las comidas. A veces los bailes eran imaginarios, como el de “Ferdydurke” cuando baila frente a las toallas, los pijamas, las cremas y las camas de los Juventones para ridiculizarlos y descalabrar su modernidad. Otras veces los bailes eran reales como el de las barrigas en el “Diario”.

Gombrowicz le daba cierta importancia a las comidas y a las ceremonias concomitantes, a veces le daba tanta que dejaba de lado otros asuntos. En efecto, cuando se encuentra con Sabato en Vence en noviembre de 1967 sólo nos habla de comidas y de bebidas a pesar de que teníamos entre manos asuntos más importantes. “Viejo, ando ¡reloco! Ya no sé qué hacer primero. Mañana llega Arnesto con su mujer

por un día, o dos, yendo de París a Roma. Le daremos 1º Crevettes salsa mayonesa, vino blanco 2º gansa con confitura 3º una taza de caldo 4º quesos 5º Bomba de creme,

chocolat 6º café, cognac. Ando mejor de salud (

estuvo Arnesto con Matilde y estaban despavoridos porque Rita dijo que yo bebía champaña el día de la muerte del Che” También le daba mucha importancia a la falta de comida, una falta que a veces solucionaba de una manera ingeniosa comiendo en los velatorios por ejemplo, y otras

de una manera dramática.

)

Viejo aquí a cada rato alguien llega,

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Cuando la guerra había ensangrentado a toda Europa y Polonia yacía en ruinas, se apareció una tarde por la casa de los Nowinski: Señora, deme algo de comer, llevo dos días sin probar bocado. El trozo de carne frita que le sirvió Halina en esa ocasión no lo olvidó nunca. En la víspera de su regreso a Europa algunas personas se reunieron en la Fragata para despedirlo: La autorizo, señora Halina, a difundir la leyenda de cómo salvó usted de la muerte por hambre al orgullo de la nación. Comía con ganas de una manera disciplinada y ceremoniosa, por respeto hacia sí mismo, como solía decirnos. Una de sus pasiones predominantes era la de dedicar los libros con el menú de las comidas; el ejemplar de “Ferdydurke” de Halina Grodzicka lleva una memorable.

“En recuerdo de la estupenda cena del 1º de mayo de 1957: cuajada, sopa de croquetas, sesos con nouilles, tarta de queso con crema batida, té, café. Con la expresión de mi veneración profunda y de mi amistad inquebrantable. Hasta ahora hambrienta, hoy saciada hasta reventar. Witoldo” Dio pocas recepciones en la Argentina, no tenía medios para darlas, pero la cumbre como anfitrión la alcanzó en el Club Americano, en una cena en honor de los amigos polacos que tenía la costumbre de invitarlo. Gruber, un hombre muy rico y snob se hizo cargo de los gastos a pesar de los reparos de Halina : No entiendo por qué eres amigo de Gruber, un hombre tan antipático; Los trajes del señor presidente (Gruber lo había sido del Banco Polaco antes de Nowinski) me viene de maravilla. No molestes a mi protector y está a la altura de las circunstancias pues el señor presidente usa ahora un impermeable inglés muy elegante.

Distendido, rejuvenecido, se paseaba por aquel decorado de tapices orientales, mesa recubiertas de manteles bordados, cubiertos ingleses de plata, velas y flores. Un rostro radiante de propietario efímero pero soberano de todo aquel lujo. Para Gombrowicz era un ejercicio con la forma, fiestas a la antigua con la hospitalidad y el gusto por recibir que le venían de las tradiciones familiares. Las comidas que daban en sus casas Zofia y Halina no eran palaciegas pero eran elegantes, en estas reuniones Gombrowicz estaba a sus anchas pues podía desarrollar a gusto todo su histrionismo, un histrionismo que había alcanzado su punto culminante en “El banquete”, uno de sus cuentos más logrados. En este cuento la archiduquesa Renata Adelaida Cristina entra al salón y cierra los ojos deslumbrada por la luminosidad del archibanquete.

Cuando entra el rey es saludado con una gran exclamación de bienvenida. La archiduquesa no podía dar crédito a sus propios ojos al ver al rey, no podía creer que ese hombrecillo tan vulgar con cara de comerciante y con una mirada astuta de vendedor ambulante fuera su futuro marido. En el momento que Gnulo le toma la mano se estremece de disgusto pero el estruendo de los cañones y el repique de las campanas extraen de su pecho un suspiro de admiración. Un sonido apenas perceptible empezó a hacerse oír, se parecía al tintineo que producen las monedas en el bolsillo. El embajador de una potencia extranjera y enemiga sonríe con ironía mientras le da el brazo a la princesa Bisancia, hija del marqués de Friulo; el anciano canciller lo mira de reojo porque sospecha que el sonido viene de ahí.

El presagio de una infame traición se apoderó del consejo. El rey y la asamblea se sentaron. El soberano empieza a comer y todos los demás repiten el gesto multiplicado al infinito por los espejos. Lo que hacía Gnulo lo hacían también los otros en medio del

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estruendo de las trompetas y los reflejos brillantes de las luces. El rey, aterrorizado, bebió un sorbo de vino. El tintineo de las monedas no había desaparecido, era evidente que alguien quería comprometer al rey y desprestigiar el banquete. En el rostro vulgar del mercachifle apareció la rapacidad, el rey sólo se dejaba tentar por pequeñas sumas, era insensible a las grandes cantidades debido a su mezquindad miserable, lo que corroía a Gnulo eran las propinas y no los sobornos. El rey empezó a relamerse y la archiduquesa emitió un gemido de repulsión.

La asamblea se espanta, entonces el venerable anciano también se relame. Los espejos multiplicaban al infinito los relamidos de todos los presentes. El rey se enfurece al ver que nada le estaba permitido, todo lo que hacía era imitado de inmediato, así que empuja violentamente la mesa y se levanta. Todos lo imitaron. El canciller se había dado cuenta que la única manera de salvar a la corona, ya que no se le podía ocultar a la archiduquesa la verdadera naturaleza del rey, era obligar a los invitados a repetir los actos de Gnulo, especialmente aquellos que no admitían imitación. Había que convertir los gestos del rey en achigestos para presionar al monarca. Gnulo, enfurecido, golpea la mesa y rompe dos platos, todos los demás hicieron lo mismo. Cada acto del rey era imitado y repetido en medio de las exclamaciones de los invitados.

El rey empieza a deambular de un lado para otro cada vez con más furia, y los comensales deambulan, y cuando el archideambular alcanza una gran altura, Gnulo, repentinamente mareado, lanza un alarido sombrío y cae sobre la archiduquesa. No sabe qué hacer y empieza a estrangularla delante de toda la corte. Sin dudarlo un instante el canciller se deja caer sobre la primera dama que encuentra y empieza a estrangularla, los otros siguen el ejemplo y el archiestrangulamiento rompe los lazos que unen a los invitados con el mundo normal liberándolos de cualquier control humano. La archiduquesa y muchas otras damas caen muertas mientras crece y crece una archiinmovilidad. Presa de un pánico indescriptible el rey empieza a huir con las dos manos tomadas al culo, obsesionado con la idea de dejar atrás todo aquel archireino.

Como nadie podía atreverse a detener al rey el anciano canciller exclama que hay que seguirlo. El rey huía por la carretera seguido por el canciller y los invitados. La ignominiosa huida del rey se transforma de esa manera en una carga de infantería y el

rey se convierte en el comandante del asalto. La plebe ve a los magnates latifundistas y

a los descendientes de estirpes gloriosas galopando junto a los oficiales del estado

mayor que, al modo militar, galopan junto a los ministros y mariscales mientras los chambelanes forman una guardia de honor rodeando el galope desenfrenado de las

damas sobrevivientes. La archicarrera era iluminada por las luces de las lámparas bajo

la bóveda del cielo, los cañones del castillo dispararon y el rey se lanzó a la carga.

“Y archicargando a la cabeza de su archiescuadrón, el archirey archicargó en las tinieblas de la noche”

WITOLD GOMBROWICZ, ADÁN Y EVA

Después de que Adán y Eva perdieron el Paraíso por haber desobedecido a Dios, un sentimiento sombrío y sofocante se apoderó del género humano y se desparramó por toda la tierra.

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La virginidad, la cantidad, la juventud y Dios son ideas que pasaron por Adán y Eva de una manera originaria, y es de esta manera originaria cómo toma estas ideas Gombrowicz en las reflexiones que hace en sus narraciones y en los diarios.

“Vemos, pues, que la virginidad asciende del ser más bajo en la escala biológica y llega

al hombre, y del hombre salta a los ángeles y de los ángeles a Dios, para perderse en el

infinito. Dios mismo es un gran solitario en el universo, es la eterna juventud del Cosmos”.

Los hombres habían perdido el Paraíso al probar del fruto del árbol del conocimiento tentados por Satanás. Entonces le suplicaron al Todopoderoso que les concediera un poco del candor y la inocencia perdidos. Dios, para atender a sus ruegos, creó la virgen,

el recipiente de la inocencia, la selló y la envió a vivir entre los hombres que sintieron

de inmediato una nostálgica languidez. De esta manera inocente con la que Gombrowicz se refiere a la virginidad en uno de sus cuentos vamos a pasar a las reflexiones que realiza sobre la cantidad en los diarios.

“¿Quién es ella? ¿Y cómo puedo saber quién soy yo sin saber quién es ella? ¿Una hembra más en la ingente masa de las hembras del globo terráqueo? ¡Oh, Eva única! Sentado aquí, al escritorio, empleo todo mi amor y toda mi cómo decirloimportancia, yo, Adán, para que te conviertas en mi Eva, pero algo se interpone y me lo impide ( )”

“¡Mil millones de demonios!, ¡mil millones de hembras!

de la cantidad, caigo en ciertos estados extraños entre los cuales el de asco y el de repugnancia no son los principales. ¿Y la indiferencia olímpica que resulta de la intercambiabilidad de una hembra por otra y de una paranoia por otra? A lo que viene a añadírsele el tedio ( )”

A juicio de Gombrowicz el hombre nunca se ha planteado suficientemente el problema

Pero cuando tomo conciencia

de la cantidad. No es lo mismo ser un hombre entre mil millones que entre doscientos mil. No es lo mismo un hombre de la época de Demócrito que de la de Brahms. “Vive en nosotros la conciencia del hombre único del tiempo de Adán. Nuestra filosofía es la filosofía de los Adanes. El arte es el arte de los Adanes”

La expresión debería estar separada entre la fase ascendente de la juventud y la descendente de la vejez, y también debería identificar a qué cantidad de hombres expresa. La épica, la sociología y la psicología a veces expresan al rebaño humano, pero desde el exterior, como a cualquier otro rebaño. No es suficiente que Homero o Zola se ocupen de la masa ni que Marx la analice, esas voces deberían tener algo que nos permita saber si pertenecen a un mundo de miles o de millones, deberían estar saturadas de la cantidad hasta la médula. La cantidad es una idea que ronda la cabeza de Gombrowicz en forma permanente. Le resulta extraño no poder llegar al fondo de la especie humana, nunca conseguirá conocer a todos los hombres.

Aparece siempre una nueva variante del hombre, y estas variantes no tienen límite, pues no hay hombre que no sea posible. Esta infinitud y este abismo interior de la imaginación, revocan todas las normas psicológicas y morales. “Se tiene la impresión de estar sometidos a una explosión interior, y no por el espíritu, sino a causa del complot de los cuerpos que, copulando, crean una nueva variante ( )” “La cantidad en el hombre, si se me permite señalarlo, se comporta de una manera sorprendente, ya que multiplica y divide al mismo tiempo. ¿Quién puede dudar de que

la acción de cinco hombres que tiran de una cuerda será cinco veces más eficaz que la

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de uno solo? Pero con la muerte ocurre lo contrario. Intentad matar a la vez a mil hombres y constataréis que la muerte de cada uno de ellos es mil veces menos importante que si muriera en soledad ( )”

“Te conozco, fuerza que lo reduce todo a un denominador común. Te conozco, basso ostinato en el registro más bajo de la existencia, oigo tu paso implacable. ¡Te veo, Cantidad que difuminas, disolvente, en el acto de brotar de vientre de mujer” Pero quizás sea la idea de Adán la más originaria de Gombrowicz. Cuando Gombrowicz llegó a París el 23 de abril de 1963 y se hospedó en el Hôtel de l‟Opéra tuvo un colapso metafísico. En una pared de la habitación colgaba la reproducción de un óleo de Miguel Ángel con un fragmento de la bóveda de la Capilla Sixtina en el que Dios, en la forma de un potente anciano, se acerca a Adán para darle vida

“¿A quién elegir? ¿A Dios o a Adán? ¿Prefieres los veinte o los sesenta? (

Al

contemplar a Dios y a Adán meditaba en que las obras más ilustres del espíritu, del intelecto y de la técnica pueden resultar insatisfactorias por el sólo hecho de ser la

expresión de una edad humana que es incapaz de infundir amor o éxtasis ( )”

)

“Tendré entonces que rechazarlas en cierto grado, a pesar de mi propio reconocimiento, en aras de una razón más apasionada relacionada con la belleza de la humanidad. Y cometiendo un pequeño sacrilegio rechacé a Dios en el cuadro de Miguel Ángel para tomar partido a favor de Adán” De los atributos omnímodos que tiene Dios: la omnipotencia, la omnisciencia, la omnipresencia y la omnibenevolencia, hay dos con los que se queda Gombrowicz: la omnipotencia y la omnisciencia. Gombrowicz piensa que el hombre quiera afirmarse en su personalidad para ganarle la batalla a los demás, para llegar a ser eminente. El sabe que no lo sabe ni lo puede todo, pero su yo no se empequeñece por eso, le ha sido impuesto con demasiada brutalidad y lo acompaña siempre.

La complexión del pensamiento de Gombrowicz es existencialista, así que vamos a seguirle los pasos a Sartre a ver qué piensa de Dios y de sus atributos. Este filósofo admite abiertamente que el proyecto fundamental del hombre es el de convertirse en Dios. Estar en el mundo es un proyecto que el hombre tiene para poseer el mundo en su totalidad, como aquello que le falta a la existencia, para entrar en algo que lo abarca todo y que es precisamente el ideal, o el valor. Esta idea no ha sido extraída del “Mein Kampf de Hitler, donde encajaría muy bien como el sueño pangermanista de poseer y gobernar el mundo entero, sino de la obra fundamental de Sartre. Dios es el ser que posee el mundo, un proyecto que de igual modo tienen los hombres porque también ellos quieren poseerlo, pero este proyecto fundamental, así como el del amor, caen en el vacío.

la idea de Dios es contradictoria, y nos perdemos en vano; el hombre es una pas ión

fracasada”

“(

)

Hay algunas diferencias sin embargo en la manera de ver las cosas que tienen Gombrowicz y Sartre. Mientras que para el primero la base del ser es el yo, para el segundo la base del ser es la libertad. Sin embargo la diferencia más important e que existe entre ambos es la de que Sartre no le da ningún lugar a Adán. Gombrowicz tampoco se queda sólo con Adán, se queda con Adán y con Dios, pero Sartre solamente se queda con Dios. Gombowicz, a pesar de esta elección fundamental, no se queda con un Adán cualquiera, el Adán de Gombrowicz es un joven que no sólo destruye la forma de los maduros, sino

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que también destruye la forma incipiente de los jóvenes, un asunto del que Gombrowicz se ocupa de manera cumplida en uno de los capítulos más logrados de “Ferdydurke”, en el que el único que sale indemne es Pepe al que Gombrowicz presenta como un personaje que se mueve en las antesalas de las formas de la madurez y de la juventud. Veamos entonces cómo logra descomponer esa forma arrogante que mete la nariz en todas las edades del hombre.

Pepe fue a buscar el saco y los zapatos a su pieza, y comenzó a vestirse poco a poco, sin perder de vista la situación. El profesor Pimko en el fondo de su alma aceptó con agradecimiento la bofetada que le había dado el juventón pues lo ubicaba de algún modo en una situación tan confusa: Me pagará por esto. Saludó al ingeniero con evidente alivio, y el ingeniero lo saludó a él. Aprovechándose del saludo se dirigió rápidamente a la puerta seguido por el colegial que se adhirió a los saludos. ¿Qué?, así que aquí se trata de enviar los padrinos de un duelo, y este atorrante se va como si no ocurriera nada. Se abalanzó con la mano tendida, pero en vez de darle una cachetada lo agarró por el mentón. Kopeida se enfureció, se inclinó y lo agarró por la rodilla. El juventón se derrumbó, entonces el colegial lo empezó a morder con fuerza en el costado izquierdo como si estuviera loco.

La doctora se lanzó en socorro del marido, atrapó una pierna de Kopeida y empezó a tirar con todas sus fuerzas lo que provocó un desmoronamiento aún más completo. Pimko, que estaba a un paso del montón, de improviso, por su propia voluntad se acostó en un rincón de la habitación sobre la espalda y levantó las extremidades en un gesto completamente indefenso. La colegiala saltó debajo de la frazada y brincaba alrededor de los padres que se revolcaban junto a Kopeida. ¡Mamita! ¡Papito! El ingeniero, enloquecido por el montón hormigueante y buscando un punto de apoyo para sus manos, le agarró el pie a su hija por encima del tobillo. Se revolcaban los cuatro, calladamente, como en una iglesia, pues la vergüenza, a pesar de todo, los presionaba con su terrible inmadurez.

En cierto momento la madre mordía a la hija, el colegial tiraba de la doctora, el ingeniero empujaba al colegial, después de lo cual se deslizó por un segundo el muslo de la joven sobre la cabeza de la madre. Al mismo tiempo el profesor que estaba en el rincón comenzó a manifestar una inclinación cada vez más fuerte hacia el montón. No podía levantarse, no tenía ninguna razón para levantarse, y quedarse acostado sobre la espalda tampoco podía. Cuando la familia que se revolcaba junto a Kopeida llegó a sus cercanías, agarró al juventón no lejos del hígado, y el remolino lo arrastró. Pepe terminó de colocar sus cosas en la valija y se puso el sombrero. Lo aburrían. Se estaba despidiendo de lo moderno, de los juventones, de los colegiales y del profesor, aunque no era dable despedirse de algo que ya no existe.

WITOLD GOMBROWICZ, SILVANA MANDOLESSI Y PABLO GASPARINI

Yo sé que mis escritos tienen valor, si no lo tuvieran no los publicaría la revista literaria más prestigiosa de Polonia. Hay algo, entonces, que me está jugando en contra, o a lo mejor no algo, sino una mezcla de varias cosas a más de mi impertinencia arrogante.

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Sin embargo, la consigliere de la mafia rosarina, es decir, la Pitolina, ha publicado un libro sobre Gombrowicz, “El exilio procaz”, de un rosarino motejado el Burro, luego hay que agregarle la tontería a la mezcla de cosas, no porque hayan publicado al Burro, sino porque no me han publicado a mí, aún habiendo sido hasta hace poco tiempo miembro del club de gombrowiczidas, aún conociendo “Gombrowicz, y todo lo demás”,

aún

A pesar del esfuerzo que hizo el Burro en el libro que le publicó la Pitolina, una

excelente nota de la Filóloga nos pone sobre aviso de que también él había caído en la trampa.

aún

Era una trampa que habían armado con cuidado el Vate Marxista y el Filósofo Payador allá por los años ochenta. Mi contacto reciente con la mafia rosarina me despertó una nostalgia incurable que me quedó por Rosario, seguramente después de la lectura de una página de los diarios de Gombrowicz sobre el Río Paraná realmente conmovedora. La Corifea, una joven gombrowiczóloga polaca de la tercer generación y de una categoría indefinida, aunque su condición de bibliófila la arrastra a la biografía, escribió unas palabras singulares sobre “El exilio procaz”. Se pone a caballo de las legendarias huellas, de la formidable ausencia y del visible hueco que ha dejado Gombrowicz en la Argentina y que el mafioso rosarino intenta llenar con sus rebuznos. Ya a caballo del Burro la Corifea se las ve con un Gombrowicz desubicado y guarango que hecha las bases de una ética estética, lejos de la crítica centrada en el anecdotario de su vida.

Con el potente lugar intelectual de desfachatado que le encuentran, la Corifea y el Burro inventan a un Gombrowicz argentino, una empresa muy codiciada por los gombrowiczidas hispanohablantes desparramados por el mundo.

Si bien el Burro es un joven integrante de la mafia rosarina, un talante que aparece con

toda claridad en la foto de este gombrowiczidas, es justo aclarar que no llega a ser ese tipo mofletudo de pelo engomado del que habla Gombrowicz en los diarios. “En Rosario a cada paso se puede ver al monstruo representativo de la Argentina: es un tipo regordete, mofletudo, de mejillas rubicundas y brillantes, un bigotito negro de

tenor, el pelo engomado, ojos sensuales, con un reloj, un anillo, de elocuencia fácil y abundante, de una familiaridad y cordialidad afectadas, que aspira la sopa, se hurga los

dientes con un palillo y está encantado consigo mismo ¡Emana una idiotez imposible de soportar!”

¡Dios mío! ¡Qué monstruo!

Los investigadores de los pasos que han dado los hombres de letras en el transcurso de sus vidas son unos obsesos que persiguen los detalles. Gombrowicz carga sobre sus espaldas unos cuantos de estos especialistas, algunos de ellos forman parte del club de gombrowiczidas. La Corifea, verbigracia, está juntando papeles de Gombrowicz y sobre Gombrowicz casi desde el nacimiento y los cataloga con un cariño maternal, con la misma dedicación que tienen los entomólogos cuando clasifican los insectos. El riesgo que uno corre al ponerse en contacto con estos investigadores es que, por la fuerza de la costumbre, nos conviertan también a nosotros en un papel. La Corifea me puso en contacto con el Burro, y el Burro con la Filóloga.

El camino que siguen los grandes escritores después de muertos está compuesto de una

mezcla de asuntos cuyas proporciones varían a medida que pasa el tiempo. Los ingredientes de esa mezcla son la propia obra del hombre de letras, los testimonios de

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los que lo conocieron, una gran variedad de documentos, y los escrit os de los que escriben sobre el muerto.

A medida que pasan los años estos compuestos van perdiendo actividad, como víctimas

de una entropía esa función termodinámica que en el leguaje de la ciencia es la parte no utilizable de la energía en un sistema cerradoque los degrada y los documentos,

como último eslabón de esta cadena, vendrían a ser a la literatura lo que al mundo físico

es el calor.

Así como la física predice la muerte térmica del universo, pues el calor no puede devolverle a las otras formas de energía en la misma cantidad lo que recibe de ellas, la literatura podría predecir la muerte literaria de un autor cuando no quedan de él más que documentos. Sartre pensaba de la misma manera. El héroe de su primera novela, “La Náusea”, es un intelectual francés desilusionado, que no tiene familia, ni amigos, ni trabajo a no ser la tarea que él mismo se ha impuesto de escribir una biografía de un aventurero del siglo XVIII, Monsieur de Robellon. Al promediar el libro, Roquentín, después de reunir una gran cantidad de documentos, abandona su intento de escribir la vida de Monsieur de Robellon. Puesto que no puede recobrar su propio pasado que sólo se le presenta en forma de imágenes desconectadasse da cuenta de que es claramente inútil tratar de revivir el pasado de otra persona juntando documentos.

La Filóloga es una investigadora cordobesa que vive en Bélgica y a la que se le dio por investigar a Gombrowicz por el costado argentino, de igual manera que lo hizo el Burro en “El exilio procaz”, y más recientemente Pau Freixa Terradas, en “Recepción de la obra de Witold Gombrowicz en la Argentina y configuración de su imagen en el imaginario cultural argentino” “Mi interés por Witold Gombrowicz surgió a partir de la oscuridad y la leyenda que rodeaba su figura. Un escritor reconocido internacionalmente como uno de los representantes más importantes de la vanguardia del Siglo XX , que en nuestro país, sin embargo, era prácticamente desconocido. A pesar de haber vivido casi un cuarto de siglo en Argentina, sus obras no parecen haber dejado una huella perceptible en los escritores contemporáneos, aunque Juan José Sáer, César Aira o Ricardo Piglia lo reconozcan como un referente ( )”

“Gombrowicz me parecía interesante porque su escritura absurda, irreverente, polémica, ajena a la corrección que domina a la literatura argentina media, podía enseñarnos mucho sobre nuestros propios escritores” Estos comentarios son interesantes, pero mucho más interesantes para mí eran unos que

la Filóloga había hecho en una nota en la que nos menciona al Gnomo Pimentón y a mí

como los únicos escritores que habíamos publicado libros sobre Gombrowicz hasta la llegada del Burro. Tanto a la Filóloga como al Burro les informé que para ser miembros plenos del club de gombrowiczidas debían leer “Gombrowicz, y todo lo demás” con la mayor premura pues corrían el riesgo de quedar afuera de este claustro de meditaciones.

Hasta aquí nada de especial, cualquier conflicto que me sobreviniera con la Filóloga o con el Burro podía manejarlo a la distancia. “Gracias por este inicio de correspondencia, estoy leyendo con gusto las gombrowczidas. Klementyna me había hablado de usted (¿puedo tutearlo?), pero

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prorrogaba siempre el escribirle hasta tener segura una fecha en que viajara a la Argentina. Viajo en octubre, y si tiene un rato libre, me gustaría conocerlo” Ya se le estaban afilando los colmillos a la Filóloga, seguramente quería ir más allá de las concepciones territoriales sobre Gombrowicz que habían desarrollado tanto el Vate Marxista como el Filósofo Payador entrevistándose conmigo aunque tuviera que hacer un peregrinaje a José C. Paz.

“Me gustaría que nos encontráramos, pero, ¿sabés?, yo no vivo en la Capital, vivo en José C. Paz, a cuarenta kilómetros del centro. Antes, de vez e cuando, tomaba el tren y me daba una vuelta, ahora soy un viejo senecto y ya no viajo. Claro, podríamos encontrarnos por acá, pero no creo que los gombrowiczidas te vayan a entusiasmar tanto como para que te tomés esa molestia” Pero los filólogos investigadores son capaces de dar la vuelta al mundo para coleccionar insectos relacionados con al actividad de escribir. “Voy a hacer todo lo posible para viajar hasta José C. Paz. Soy de Córdoba, aunque ahora estoy viviendo en Bélgica; viajo a la Argentina de vacaciones y solamente paso por Buenos Aires unas horas. Pero si puedo arreglar horarios y fechas, me gustaría charlar con usted”

A mi edad me van a poner otra vez bajo la lupa de estos especialistas que le cuentan el

culo a las hormigas, pensaba yo, pero ocurrió algo inesperado. “Ya volví a Bélgica y no pude ir a verlo. Un día antes de viajar a Argentina me enteré que estaba embarazada, y como había tenido un problema de salud hacía poco todos los planes del viaje cambiaron y no pasé por Buenos Aires. Ahora ya estoy bien, pero lejos. Así que seguramente iré a verlo la próxima vez” Que alguien se tome la molestia de venir a verme a José C. Paz es para mí un halago, más si quien viene a verme es la Filóloga, la joven que aparece en la foto de este gombrowiczidas.

WITOLD GOMBROWICZ, CHARLES DE GAULLE Y DANIEL COHN BENDIT

“Lo único que me asusta es que el General de Gaulle se halla ya en posesión de „Cosmos‟ y del „Diario‟, mis modestos libros” Enrique de Navarra llegó a ser Enrique IV de Francia pero como era calvinista antes

tuvo que vencer la oposición beligerante de los católicos. El rey pronunció entonces unas palabras para seducir a los católicos que se volvieron famosas: “París bien vale una misa” De la misma manera que Enrique IV y que Rastignac, el personaje de Balzac, Gombrowicz también quería conquistar a París.

“Si voy allí, es en efecto para conquistar (

)

La primera educación que tuvo Gombrowicz se la proporcionaron la madre y las institutrices francesas, y es posiblemente entonces cuando se le empieza a formar su doppelgänger francés, un ectoplasma en el que, como en el “Retrato de Dorian Gray”, va colocando el paso del tiempo, la pérdida de la juventud y la aparición de la vejez.

en París tendré que ser enemigo de París”

Éste es el origen de su fobia parisina, sabía que esta ciudad tocaba su parte más sensible,

la edad, el problema de la edad, y su conflicto con París se debía a que era una ciudad

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que pasaba de los cuarenta. Mucho tiempo después, cerca de la muerte, el doppelgänger francés recuperaba la juventud mientras Gombrowicz se volvía viejo. Emprendió su primera peregrinación a Francia como un estudiante sin mundo, provinciano y, no obstante, profundamente ligado a Europa. En París caminaba por las calles, no visitaba nada y no tenía curiosidad por nada, sin embrago, su indiferencia no era más que una apariencia que ocultaba en el fondo una guerra implacable. Como polaco, como representante de una cultura más débil, tenía que defender su soberanía, no podía permitir que París se le impusiera.

La necesidad de preservar su independencia y su dignidad le impedía gozar de París, no podía admirar a París. Desde muy joven la admiración constituyó para Gombrowicz una

verdadera dificultad. “¿Le gusta París?; –Así, así. A decir verdad no he visitado nada; ¿Por qué?; No me gusta levantar la cabeza delante de los edificios y, en general, las visitas turísticas me aburren y deprimen; ¿Así que París no ha tenido la suerte de caerle en gracia?;

Bueno

Place de la Concorde?; Cómo no, siento respeto por todo ese Gótico y por el

Para ser sincero los

parisinos son más bien feos y carecen de encanto

Renacimiento. Lástima que la población no esté a la altura

no mucho; Pero, cómo, ¿no le gustan las perspectivas de la

más o menos

Mucho tiempo después, en su segunda entrada a París, se ocupó de buscar en sus calles la fealdad de los parisinos, un poco para darle una prueba de amor a la Argentina que había abandonado, y otro poco para importunar a París. La belleza que se adquiere en la madurez es incompleta pues está mancillada por la falta de juventud, por eso la belleza joven es una belleza desnuda, la única belleza que no necesita avergonzarse. Empezó a combatir a París declarándose amante de la Argentina, el amor lo hacía sentir joven. Su diatriba contra París lo llevaba de la mano hacia una juventud desnuda, sin embargo, Gombrowicz era una persona mayor y, además, escritor, y como escritor hacía lo que podía por parecer más maduro que los escritores franceses, para que no lo sorprendieran en ninguna ingenuidad.

“Les ofrecía esa juventud mía sazonada al estilo parisino, es decir, a la antigua, y lo

A partir del momento en que el

adulto se separa del adolescente, nada podrá ya parar su creciente artificiosidad” Los franceses caen en éxtasis si se le cita un poema de Cocteau o se les muestra un Cézanne, lo asocian con la belleza y, entonces, segregan saliva como los perros de Pavlov, es decir, se ponen a aplaudir. En medio de este mundo mágico lleno de símbolos, Gombrowicz se aventura en París, un París en el que resultaba cada vez más difícil hablar. “A partir del momento que el hombre pierde el adolescente que lleva dentro, ¿de dónde sacará algo de levedad, dónde encontrará la fuerza que pueda frenar su creciente pesantez?”

hacía con la máxima madurez de la que era capaz (

)

La elite de París estaba sólo dispuesta a aceptar la grandeza del hombre, pero no su ingenuidad y su juventud. La juventud está impregnada de recuerdos vergonzosos, al punto que un maduro suele burlarse de otro recordándole algún pasaje de sus años mozos. París era la expresión máxima del estilo europeo, así que Gombrowicz estaba atacando a Europa más que a París, Europa era también una factoría de estupidez. ¿Cuál es entonces la falla de Europa? A veces parece que fuera la belleza y otras la estupidez. Gombrowicz ataca la idea de la belleza europea porque es civilizada,

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organizada y disociada en funciones. Extraen la belleza de sí mismos para convertirla en algo exterior y objetivo, para que no duela ni infame. La belleza de Gombrowicz es, en cambio, salvaje, vergonzosa, implacable y personal.

“Existe en la humanidad una reserva inmortal de belleza y de encanto, pero, desgraciadamente, está unida a la juventud. No basta con admirar la belleza de los cuadros abstractos (que no es drástica), hay que experimentarla a través de lo que ha sido y ya no es, a través de esa inferioridad de la juventud. Éste es más o menos el punto de partida de mi crítica a París. Inclínate sobre el río del tiempo que corre, Narciso, y trata de aprehender el agua reverberante que fluye, ese rostro implacablemente cautivador” A Gombrowicz lo agobiaban tanto el exceso de refinamiento de París como el exceso de brutalidad de Polonia, en medio de estos dos polos opuestos empezó a desarrollar su actividad contra la forma

La única razón de mi zozobra era indudablemente el que

sintiera que pertenecíamos a Oriente, a Europa oriental y no occidental; sí, ni el

catolicismo, ni nuestra aversión hacia Rusia, ni las uniones de nuestra cultura con Roma y con París, nada podían hacer contra esa miseria asiática que nos devoraba desde

toda nuestra cultura era como una flor pegada a la piel de cordero de un abrigo

campesino” Los problemas de la belleza y de la juventud se le pusieron al rojo vivo en la Francia de Charles de Gaulle durante los días de la revolución de los estudiantes. Nunca se perdía una conferencia de prensa del general de Gaulle. Había seguido en directo todos los debates de la Asamblea Nacional durante los acontecimientos de mayo.

abajo

“Tenía miedo en Polonia (

)

La Unión de Escritores de Francia sesionó públicamente, calificó a Gombrowicz de reaccionario y lo condenó, y esto a raíz de lo que había declarado y escrito sobre las protestas de los estudiantes de Nanterre que dieron comienzo a un movimiento de características revolucionarias que se propagó como reguero de pólvora por toda Francia y electrizó la conciencia del mundo entero con el nombre de „los acontecimientos de mayo‟. Gombrowicz pensaba que las revoluciones eran desencadenamientos sociales transformadores que realizaba el pueblo y que por eso llegaban a ser fuertes y espontáneos. Después de las primeras convulsiones venían los razonamientos y los discursos con una avalancha de fórmulas prefabricadas, y este segundo momento de la revolución falsificaba su autenticidad y debilitaba la energía del movimiento original.

Considera a los acontecimientos de mayo como una derivación peligrosa de un aspecto de la cultura europea: la mistificación de las relaciones de los jóvenes con los adultos, y esta mistificación le parece peligrosa porque el adulto se está comportando como si tuviera miedo, perdiendo el control sobre la juventud porque no quiere hacer uso de su autoridad. El inmaduro, tentado a desempeñar un papel para el que no está preparado, actúa como revolucionario y como profeta de lo que resulta un teatro verdaderamente cómico y ridículo. Gombrowicz está seguro de que los jóvenes franceses eran víctimas de una deformación parecida a la que experimentaban los dos estudiantes polacos que entablan un duelo de muecas en uno de los capítulos de “Ferdydurke”.

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En esa novela uno de los estudiantes ensaya las muecas de un alma noble y el otro las de un alma vulgar, los dos están enmascarados, y si bien toman posiciones antitéticas, ambos caen en la vulgaridad y el anacronismo. La juventud se comporta en forma salvajemente espontánea y es inferior al adulto en todo aquello que tenga un valor social. Débil e indolente frente al maduro es superior en un solo aspecto: en el de la propia juventud que es un valor en sí mismo, un valor cruel que destruye a los otros valores. Sin embargo, la juventud no quiere perdurar, quiere deshacerse de su falta de madurez lo más pronto que le sea posible, pero esta falta de madurez es, justamente, lo que fascina a los maduros.

Dos adultos mirones y lascivos se desvelan por excitar a dos adolescentes en “Pornografía”, pero la fascinación que suscitan entre ellos los hace sentir inferiores. Esta superioridad del inmaduro sobre el adulto es la que legítimamente puede ejercer el joven, no la de las ideologías y las revoluciones, tan sólo muecas que encierran al joven en una inmadurez vulgar e inferior. El hombre maduro de hoy siente que su etilo ha envejecido, desarmado frente al inmaduro como está le encarga a los especialistas que busquen en los movimientos de la juventud la mayor cantidad de problemas profundos para que los intelectuales puedan filosofar. Los adultos de la Francia de de Gaulle se comportaron como sanguijuelas y le chuparon la sangre a los estudiantes de los acontecimientos de mayo.

El acercamiento entre las generaciones está dominado en la actualidad por una retórica estúpida, una especie de revolución artificial que puede falsificar a la larga esta relación decisiva. El problema que tiene el joven para situarse correctamente en la relación con el adulto es relativamente fácil de resolver, sólo necesita que el adulto le enseñe a ser maduro porque eso es, precisamente, lo que quiere ser. Para el adulto las cosas son bastante más complicadas porque quiere ser maduro pero también quiere ser inmaduro. Tiene sed de ligereza, de ausencia de responsabilidad y también de tontería. El joven no busca el poder que tiene el adulto, sabe que todavía es tonto, y si no lo sabe es más tonto todavía.

Los acontecimientos que ocurrieron entre mayo del 1968 y el día de hoy le dieron la razón a Gombrowicz: la revolución de los jóvenes no prosperó y los adultos volvieron a las andadas, si hasta el mismísimo Daniel Cohn Bendit se refería a los días turbulentos de la revolución como algo poco serio. “En realidad, si quiere que le diga la verdad, nuestra Revolución se sublevó contra el matrimonio De Gaulle, eso fue todo” Gombrowicz liquida sus conclusiones sobre los acontecimientos de mayo en un plano artístico. “No resulta sorprendente, pues, que la acción de los jóvenes en cuanto programa político, social o ideológico, sea de tan mala calidad ( )”

“Un muchacho que lanza piedras es algo que está bien, que no resulta chocante en el plano artístico. Un muchacho que pronuncia discursos y se propone cambiar el mundo,

no, eso es ingenuo y pretensioso. No está bien (

relativa a la juventud desmandada. Si yo fuera el General, los metería a todos en la

cárcel por vagancia, sobre todo a los barbudos”

Voy a responder a su pregunta

)

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WITOLD GOMBROWICZ Y SLAWOMIR RATAJSKI

Existen dos fechas en las que la Embajada de Polonia en la Argentina se vuelve completamente democrática: El día de la Independencia y El día de la Constitución. Hace unos años, el día en que los polacos festejan su independencia, fui a la embajada de Polonia para celebrar el acontecimiento. Hasta el momento en que entré a esa hermosa mansión de Palermo Chico en la que está la Embajada de Polonia, tenía dos versiones respecto al año de la efeméride. Había polacos que me decían que era el 1863, año en el que finalizó el heroico levantamiento polonés iniciado en 1860 con la sublevación contra el zar de todas las Rusias, y los había que me decían que era el 1918, cuando el mariscal Pilsudski, después de la finalización de la primera guerra mundial, entra en Varsovia.

En la cola que estaba haciendo para saludar al embajador Ratajski y a su esposa Zofia, me encontré con la esposa del canciller de la Argentina. ¿Cómo está tu marido?; ¿Te digo bien o te cuento?; Vos sabés que los polacos tienen dos versiones sobre el año de su independencia; No te preocupés, antes de irme te averiguo. Cuando se retiraba de la embajada me llamó: Juan Carlos, fue en el año 1945, después de la finalización de la segunda guerra mundial. Intenté aclarar el asunto pero la señora de Bielsa se estaba retirando rápidamente Yo me puse en contacto con el Zorro para organizar el homenaje a Gombrowicz en el año del centenario. El Zorro resultó ser un patriota católico pero sin exageración, abierto y democrático, admirador de Gombrowicz pero no incondicionalmente.

“La lucha contra el comunismo, como también la revisión de los esnobismos, las excentricidades, los excesos del intelectualismo actual, me parecen muy indicadas y yo mismo las practico. Pero para eso no basta con la bravura sin más, como aquella de los ulanos de 1939 que cargaron contra los tanques ante el asombro del mundo entero” Una tarde, sentados a una mesa de los jardines del Malba, le recordé al Zorro el episodio de los ulanos, se puso rojo de ira, me dijo que era pura patraña, que el cuento de los ulanos era un vil mentira. Todo el mundo sabe cuánto de valientes y heroicos son los polacos, sobre eso no cabe duda, pero también, hay que decirlo, tienen un gran sentido del humor, de otro modo no se podría explicar cómo a Gombrowicz no le hubieran roto todos los huesos, especialmente después de haber publicado “Transatlántico”.

Aunque menos diplomático que su antecesor, el Camaleón, el Zorro se manejaba con prudencia para manejar asuntos imprevistos. En presencia del Zorro, el Socialista, editor de Seix Barral, declaró que el viernes no podía venir a la embajada porque todos los viernes, de todos los meses, de todos los años iba a una biblioteca socialista a hablar con sus amigos. El Zorro, miembro confeso del Opus Dei, se revolvió en su sillón, estábamos organizando el anuncio de la edición de la obra completa de Gombrowicz en el año del centenario y la presentación de “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” en la Embajada de Polonia. Puesto que alrededor de Gombrowicz suele formarse un ambiente un tanto sacrílego, el Zorro trataba de cubrir nuestro apostolado laico en cuanta oportunidad se le presentaba,

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con un manto de piedad, echando mano en forma maniática a un pasaje de los diarios de Gombrowicz escrito como a propósito.

“El mundo es un absurdo y una monstruosidad para nuestra necesidad utópica de sentido, de justicia y de amor. He aquí una idea simple. Incuestionable. No hagáis de mí un demonio barato. Yo estaré siempre del lado del orden humano (e incluso del lado de Dios, aunque no creo en él) hasta el final de mis días; y aún después de muerto” El Zorro empezó a moverse para preparar la celebración del año centenario de Gombrowicz y de repente se dio cuenta de que no había plata para afrontar los gastos de la celebración y no había libros de Gombrowicz, no había nada, entonces me invitó a un almuerzo en su casa de San Isidro para elaborar una estrategia. Por dos veces escuché un argumento que el Zorro utilizó para vencer la resistencia del Homúnculo y del Buhonero Mercachifle, ambos inconvenientes relacionados con el dinero.

En diferentes oportunidades les explicó a ambos que la historia de Polonia estaba llena de infortunios desde la conversión de Mieszko al cristianismo. Les hizo un relato pormenorizado de los obstáculos que habían tenido que sortear el rey Estanislao, los generales Kosciuszko y Pilsudski y, finalmente, remataba el discurso con un breve comentario sobre los contratiempos que habían tenido que sortear en la época del comunismo. Estas desgracias encadenadas habían empobrecido a Polonia de tal manera que la embajada no estaba en condiciones de hacerse cargo de los gastos en el Centro Cultural Borges ni de pagar los doscientos pesos que el Buhonero Mercachifle pedía para asegurar su participación en la mesa redonda de la Feria del libro. Una aventura aún más singular que la que viví en la Embajada de Polonia en El día de la Independencia, la viví posteriormente en El día de la Constitución.

Aleksander Kwasniewski, el Presidente de Polonia, y Slawomir Ratajski, el Embajador de Polonia en la Argentina, como terminaban sus mandatos, estaban repartiendo medallas y cruces a diestra y siniestra, se las entregan a todo el mundo. Nos tuvimos que tragar dos docenas de condecoraciones con los respectivos agradecimientos, realmente fue horrible. Mientras ocurría todo esto, Bárbara, la madre de Anna Jozéfowicz, la secretaria de Ratajski, con la que me había peleado a muerte para toda la vida, me dio un beso pero esta vez apenas si nos intercambiamos el saludo. Como las condecoraciones se prolongaban ad infinitum una mujer joven muy pizpireta se acercó a una mesa y empezó a comer los petit fours, yo la seguí pues además de aburrido tenía un poco de hambre.

Usted me resulta conocido; Y, sí, claro, yo soy famoso; Ah, yo también soy famosa; Sí, pero yo soy famoso en Polonia; Yo también soy famosa en Polonia; Sí, pero yo también soy famoso en la Argentina; Yo también; Qué bien, sin embargo usted no parece polaca; No, estoy casada con este polaco, y me muestra un polaco pelado, bajito, con anteojos, de blancura polaca y mirada bondadosa; Yo le debo resultar conocido por Gombrowicz; –Claro, lo que me da rabia es que “Ferdydurke” no se publique en la Argentina; Pero, señora, si lo publicó “Argos” en 1947, “Sudamericana” en 1964 y “Seix Barral” lo acaba de publicar el año pasado; –Vea, usted es muy altanero, ¿sabe?, y yo no le voy a permitir que me trate con esa soberbiael marido le imploraba que no hiciera papelones.

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Bueno, en ese caso, si la ofendí, señora, le pido mil disculpas, le atiné a decir mientras ella se retiraba rápidamente agarrada de la cartera, con dignidad, seguida del marido que le insistía en que no hiciera escenas. Cuando había empezado a hablar con una polaca despampanante que desde hace unos años vive en la Argentina, filóloga y bailarina profesional de tangos, se acercó una señora que interrumpe la conversación y empieza a hablar en polaco. Pero, señora, por favor, hable en español, no ve que no entiendo nada; Ah, sí, perdón, y le pregunta a la bailarina si había guardado su tarjeta, una pregunta bastante tonta en realidad porque la filóloga tenía un vestido de dos piezas y estaba casi desnuda, dónde iba a guardar una tarjeta la pobre mujer.

No la tiene, dije yo, la tiró, yo vi cuando la tiró. La señora, en vez de ofenderse ése era el propósito que yo perseguía con mi mentira, sacó más tarjetas y las repartió: Ah, pero vos sos Ewa, la dueña de Agatur, la agencia de turismo, una mujer terrible; ¿Y vos cómo sabés que soy una mujer terrible?; Porque me lo dijeron en la Embajada; A vos te lo dijo Agata Podemska, la joven que trabaja conmigo; Pero, ¡estás loca!, ¿cómo me lo va a decir Agata?, es una mujer muy prudente que, además, sabe cómo soy yo, te lo repito, me lo dijeron en la Embajada. Cuando me empezaron a asaltar los pensamientos lúgubres porque pensé que la iban a echar a Agata de Agatur por culpa mía, Ewa y la bailarina se pusieron en pose de lesbianas para un señor que le sacaba fotos. ¿Cuánto nos vas a cobrar?, le preguntaron al fotógrafo, mientras yo decía en voz alta: Por el aspecto que tienen las dos señoras, me parece que es a ellas a las que habría que pagarles.

Como no conocía a la Agregada Cultural le pregunté a Bárbara Kaminski, la redactora de “Nasza Gazeta”: –Che, ¿quién es Isabel?; Es ésta, y agarra una especie de armatoste que tiene al lado y me lo trae; ¿Vos sos Isabel?; Sí, la Agregada Cultural de la Embajada; ¿Y cómo todavía no hiciste contacto conmigo?; Lo que pasa aclara Bárbaraes que el hombre es el que tiene que buscar a la mujer; ¿Vas a venir a la conferencia sobre Gombrowicz que voy a dar en el Centro Cultural Borges?; No sé, estoy muy ocupada; ¿A vos te gusta Gombrowicz?; Más o menos, y me hace un gesto de desprecio con la boca y con las manos. Yo seguí hablando con la polaca despampanante, filóloga y bailarina de tangos, y de repente la veo pasar a Isabel que se dirige velozmente a la parrilla donde están sirviendo los choripanes.

Cuando la vi bien despatarrada intentando embocar el chorizo en el pan me acerqué por detrás y dije en voz alta: Parece que a la Agregada Cultural le gustan más los choripanes que Gombrowicz. Me volví con la bailarina de tangos, y dale que te dale con Gombrowicz, y cuando me estaba haciendo el juramento falso de que iba a venir a mi conferencia observo que se está acercando Isabel, entonces digo en voz alta: Cuidado, cambiemos de tema, a la Agregada Cultural no le gusta Gombrowicz; Usted me está provocando desde que llegó, no quiero saber más nada con usted. Cuando me iba lo fui a saludar al Zorro y a Zofia, a un par de metros estaba Isabel con su aspecto de armatoste.

Qué bien, ahora te peleaste también con mi otra secretaria; Sí, tengo mala suerte con las mujeres, en tanto que para adentro pensaba, ¡qué hija de puta es esta alcahueta!; Vos tenés que darte cuenta que ellas son distintas de nosotros, hay que halagarlas y ser

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dulces en el trato. Yo, que estaba rojo de ira y de vergüenza, mientras la miraba a Isabel parada muy cerca de nosotros, dije en voz alta: Sí, ¡pero es tan fea la pobre!; Con más razón, si son feas hay que halagarlas más y ser más dulces con ellas. “Querido Goma: Tú, como verdadero heredero de Witoldo, siempre serás mi buen amigo, como tú sabes muy bien yo siempre he sido un gran admirador de Gombrowicz. Y voy a recordar estos encuentros contigo, provocativos, desafiantes e inspiradores, las peleas gombroviczidas sin consecuencias reales, porque sólo los que entienden a Gombrowicz pueden entender el verdadero sentido de humor ( )”

“Mi querido mariscal, la batalla está ganada y como los caballeros polacos estamos mirando nuestro triunfo, no me mires desde lejos, estoy cerca de ti, a pesar del largo silencio, como tú bien sabes este silencio mío no es expresión de indiferencia. Adelante, sin parar, somos los servidores obedientes que siempre buscan la aventura. Pero disculpa, tengo que mantener las formalidades. Un abrazo muy fuerte, te deseo mucha suerte. General de campo Slawomir Ratajski. Un besito color rosa de mi mujer”

WITOLD GOMBROWICZ Y GEORGE BERKELEY

Una noche, en la Fragata, el Alemán y Gombrowicz discutían acerca de si la reducción eidética de Husserl era la condición que hacía posible la reducción trascendental, es decir, la fenomenológica. De repente, Gombrowicz nos propone que miremos la puerta y que tratemos de presentir lo que ocurrirá en el instante siguiente, que de esta manera nos convertiríamos en el ente que transforma lo desconocido en conocido: ¿Eh, Gombrowicz, qué tiene que ver esto con la reducción eidética?; No, nada, es una idea de Berkeley. Después de aquella noche en muchas otras ocasiones nos propuso que entráramos en este trance metafísico temporal, un trance que está muy relacionado con sus concepciones del tiempo y del yo.

“Desde hace algún tiempo (y quizá a causa de la monotonía de mi existencia en Salsipuedes) me invade una curiosidad que jamás había experimentado con una intensidad tan acusada, la curiosidad por lo que va a ocurrir dentro de un momento. Ante mis narices hay un muro de tinieblas del que surge el más inmediato 'en seguida'

como una amenazadora revelación. A la vuelta de esta esquina

hombre? ¿Un perro? Y si es un perro, ¿con qué forma, de qué raza? Estoy sentado a una

mesa y dentro de un instante aparecerá una sopa, pero

fundamental hasta ahora no ha sido debidamente tratada por el arte: el hombre como un

sopa? Esta sensación tan

habrá? ¿Un

¿qué

¿qué

instrumento que transforma lo Desconocido en lo Conocido no figura entre sus protagonistas principales”

Este paso de lo desconocido a lo conocido es una idea recurrente de Gombrowicz que se encuentra presente en toda su obra creativa, pareciera que su mundo funcionara efectivamente como el de Berkeley. El obispo irlandés, con una audacia extraordinaria, plantea el problema de la existencia de una manera increíble. “Existo yo y lo que yo percibo, pero más allá de lo que yo percibo no existe nada de nada”

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Visiblemente, hay aquí un terrible juego de palabras, porque la mente humana espontánea y naturalmente es realista, es decir, pone primero la existencia en sí y por sí de las cosas, y luego su percepción por nosotros. Pero Berkeley afirma sin embargo que la tesis natural es la suya, porque ser es precisamente ser tocado con las manos, ser visto con los ojos y ser oído con los oídos.

El idealismo subjetivo de Berkeley tiene un parentesco con la actitud fundamental de Gombrowicz: el agrandamiento del yo, tanto es así que Gombrowicz se puso más allá de la muerte. Él siente que su rasgo más distintivo respecto a los demás es la importancia que le ha dado a su persona.

¿Podré morir como los demás?, ¿y cuál será

después mi suerte?” Esta función de agrandamiento del yo no le puede ser indiferente a la naturaleza, así qu e supone que su suerte después de la muerte deberá ser distinta a la de los otros. La importancia que le da a su yo en el “Diario” es continua y no tiene altibajos, su yo no podía crecer ni siquiera un milímetro más por la forma que le da a este género literario desde la primera página: lunes. Yo; martes. Yo; miércoles. Yo; jueves. Yo.

“Me agiganto, ¿hasta qué límite? (

)

Una actitud tan drástica sólo la podemos encontrar en Fichte que concibe el yo como la realidad anterior a la división entre sujeto y objeto, como la realidad que se pone a sí misma y, con ello, pone a su opuesto, es decir a lo que no es yo, al no -yo “La elección que haré está vinculada con el lugar que ocupo en el mapa literario mundial. Estoy en el punto donde se desencadena la lucha por defender el Yo, donde ese Yo tiende a afirmarse y a intensificarse, en busca de la Inmortalidad” Milosz dice que Gombrowicz se consideraba tan gran escritor que los demás no podían llegarle ni a la suela de sus zapatos. Si el mundo existe como yo lo percibo o como una realidad anterior a la división entre sujeto y objeto, no son asuntos que le hayan quitado el sueño a Gombrowicz, pero sí se lo quitó la consecuencia que se desprende de ellos: el carácter originario de su yo.

El yo es una idea poderosa porque es el origen de todas las cosas, y también por la grandeza que puede alcanzar ese yo en la forma de una personalidad. Que el yo sea el origen de todas las cosas es una cuestión a la que le sale al paso Martín Buber cuando lee “El casamiento”. “Si, no obstante, lo que ocurre, sucede no entre M y N, sino entre M y un mundo cuya existencia está en el poder de su imaginación, el resultado puede ser irónico o paradójico, satírico o burlesco, todo menos dramático. No existe drama donde la resistencia del otro no es real; el psicodrama no es un drama porque el otro que se encuentra en el fondo del alma, como espejismo o imagen, no es y no puede ser una persona”

Ninguno de los protagonistas de la obra de Gombrowicz tiene grandeza, el autor no permite que la tengan, la grandeza la reserva para su obra, es decir, justamente para el autor, es decir, justamente para su yo. Una crítica frecuente que suele hacérsele a Gombrowicz es la importancia que le ha dado a su yo en los diarios, pues el yo de Gombrowicz y Gombrowicz son una y la misma cosa aunque a veces no lo parezca. En los diarios su egotismo se vuelve consciente, metódico, disciplinado, altamente desarrollado y distante, es decir, objetivo. En esta cuestión del ego, yo me pongo del lado de Gombrowicz y de Berkeley, sólo podemos ver el mundo con nuestros propios

29

ojos y pensar con nuestra propia razón, siendo ésta una condición que no pueden sortear

ni

los grandes ni los pequeños.

Si

alguien reconoce la superioridad de otro lo hace sólo con su propio juicio. El hecho

de

que cada uno de nosotros quiera ser el centro del mundo y su propio juez choca de

manera evidente con el objetivismo que nos obliga a reconocer mundos y puntos de vista ajenos. Pero el punto de partida de Gombrowicz, como también del existencialismo, no es el objeto sino el sujeto. Gombrowicz le da un lugar especial a las transacciones entre el ego y el alter ego en “Yo y mi doble”, un relato fascinante. “Precisamente bajo el signo de una constelación erótico sensual de este tipo, sombría y lúgubre, desperté el martes a las cinco de la mañana. Por uno de esos fenómenos de

resurgimiento que deberían estarles prohibidos a la naturaleza, acababa de ver una cosa totalmente perdida para mí, mi juventud y mi primera bienamada, allá en la roca, junto al molino, al borde del río”

Cuando Gombrowicz miraba al presente, en cambio, contabilizaba unas mejillas sin frescura, un vejete antipoético y rígido que no podía inspirar poemas y al que ya nadie admiraría. La nostalgia de su propia belleza desvanecida lo agitaba cada vez más. Le quedaba el trabajo, sí, un buen puesto para meterle miedo a las muchachas que ya no languidecían por él.

O tener un hijo y vivir por y en él una vida plena repitiendo el canto eterno de la

juventud, de la felicidad y de la belleza. O sacrificar la vida por un ideal para adquirir una segunda belleza y convertirse de nuevo en objeto de nostalgia. Sabía que no tenía ningún atractivo para nadie, era un empleado aburrido para él y para los demás, sus debilidades espirituales eran cada vez más nítidas a medida que se le instalaba la rigidez de la edad madura y empezaba a sentirse mal con sus defectos.

Pensó entonces en suicidarse para suscitar después de la muerte la atracción y la nostalgia y vivir la vida de una estatua ya que no podía hacerlo como un hombre privado. O en convertirse en un bombero para adornarse con el uniforme. De pronto, mientras se hundía en la repugnancia hacia sí mismo, la forma de un espectro se desprendió del calentador de carbón. Como era de madrugada pensó que a esa hora la única que podía llamarlo era la patria,

como ya los había llamado a los tres bardos profetas de Polonia. La silueta del espectro era, sin embargo, la de un ser humano, aunque no de la figura de su bienamada sino de

un hombre, debía ser entonces la humanidad que lo estaba llamando para el sacrificio de

su vida. Pero, no, no era una abstracción, era un hombre concreto que vestía saco azul marino.

Al ver que no era la bienamada ni la patria ni la humanidad quienes lo llamaban, es decir, nada de lo que podía despertar su melancolía se dispuso a retomar el sueño

cuando, repentinamente, se dio cuenta que era él mismo quien estaba de pie frente al calentador, esperando.

El espectro no estaba en pose, se miraba los zapatos, se pellizcaba maquinalmente la

manga del saco y parecía avergonzado. Tenía un grano en la mejilla izquierda y, al sentirse mirado, se avergonzó aún más. Estaba lleno de defectos físicos y espirituales, el espectro se dejaba examinar, se acurrucaba e intentaba escapar de la mirada indiscreta del protagonista. Al rato el protagonista se cansó de mirarlo y cayó de rodillas frente al ectoplasma, ocultó el rostro

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y produjo tal cantidad de vergüenza que se quedó sin aliento, entonces el espectro lo miró.

Los defectos físicos y espirituales del ectoplasma habían desaparecido, mejor dicho, se habían convertido en su mirada, el protagonista ya no miraba sus defectos sino que los defectos lo miraban a él. Esos signos que habían sido fuente de vergüenza y de indecencia se convirtieron en una mirada brillante, algo tan absoluto como las barbas de Dios Padre.

Y esos defectos que para alguien de afuera sólo podían despertar compasión ahora

miraban con la fuerza y la soberanía de la vida, más aún, eran la vida misma, una vida que el protagonista había buscado en todas partes salvo dentro de sí mismo. Por fin la

calma, ya no era necesario sentir miedo ni vergüenza, podía existir como él mismo. El amor y la nostalgia mezclados con el temor lo hicieron volar como una pluma.

Pero, de pronto, se dio cuenta que no podía caer de rodillas ni extenderle la mano a una forma que era él mismo. No era la bienamada ni la patria ni la humanidad quienes se le habían aparecido, no podía mirar con ojos amorosos a alguien que era él mismo. Su cabeza hervía, se aparecía ante sí mismo con el aspecto de un egocéntrico y de un narciso sucio, sintió que la juventud se burlaba de él y lo despreciaba como a un miserable egoísta y que las alumnas del liceo no verían nunca en él ningún atractivo sexual. Entonces escupió en el rostro del espectro, el espectro lanzó un gemido y desapareció.

El protagonista se quedó con la sensación de un vacío profundo, sin otra perspectiva que

la de una existencia miserable y vana con la muerte inevitable al final del camino.

La pregunta de quién era él le quedó flotando, a veces le parecía que era una función

social, y otras que era, sin más. Pero la palabra 'ser' sin atributos era un hecho desnudo y

terrible, lo llenaba de espanto. Parecía que no había nada más difícil que ser uno mismo,

ni más ni menos. Esa palabra connotaba una horrorosa desnudez. Por otra parte, había

escupido al espíritu y el espíritu se había desvanecido. “No, no –murmuré encogido y trémulo, no quiero ser yo mismo. Prefiero ser un empleado subalterno del Ministerio de Relaciones Exteriores, prefiero servir para algo, servir para algo o para alguien, inmediatamente, sin tardanza, hay que tratar de servir, buscar con qué abrigarse porque hace frío y es indecente estar desnudo. Es necesario, hay que servir”

WITOLD GOMBROWICZ, ÁLVARO MATA GUILLÉ Y GABRIEL BÁÑEZ

Alrededor de la actividad de escribir suelen formarse unas combinaciones explosivas que tienen origen en una particularidad que por su fuerza es semejante a un ley: dentro

de

cada editor se aloja un escritor.

La

cuestión es que cuando se mezclan estas dos naturalezas en una misma persona cada

una saca de la otra la peor parte y no la mejor, como cumplidamente voy a pasar a mostrar utilizando dos ejemplos: uno tropical y otro subtropical Un costarricense director de teatro, ensayista, investigador, dramaturgo y poeta, llegó a

mí de la mano generosa del Niño Ruso con el propósito de editar en el quinto número de

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su revista “k”, un nombre que enseguida me puso en guardia pues despertó en mi cerebro un mal presentimiento, un dossier dedicado Gombrowicz.

Mis experiencias editoriales con los Protoseres ubicados en zonas tropicales tienen como antecedente las aventuras que corrí con el Avechucho, redactor de una publicación ecuatoriana, que terminaron en la publicación de un ensayo mío en su revista “Búho”. Para despertarle el apetito a este editor costarricense al que por las modalidades de su comportamiento di en llamar el Ladrón de Gallinas, le mandé “Gombrowicz, la deserción y el destierro”, texto que, según me dijo, iba a leer esa misma noche para mandarme sus impresiones. Pero en vez de mandarme sus impresiones me preguntó si los gombrowiczidas que le enviaba eran de mi autoría, que le resultan muy interesantes y que si no podría mandarle una foto donde apareciera junto a Gombrowicz.

Como ustedes saben, en los tiempos que corren, estoy teniendo algunas dificultades para convencer a los editores hispanohablantes de que publiquen mis escritos, una dificultad que pareció estar en vías de solución cuando apareció en el horizonte el Ladrón de Gallinas. No sé bien qué asociaciones de la imaginación me indujeron a pensar que Pavlov podía venir otra vez en mi ayuda como ya lo había hecho con el Guitarrón en ocasión de enviarle “Gombrowicz, y todo lo demás”– para provocar, de la misma manera que lo hacía el ruso con los perros, trastornos en la conducta de ese editor tropical que desembocaran en la aceptación de mis escritos. El procedimiento que se me ocurrió era benigno y podía ser interrumpido en cualquier momento, posibilidad que los perros de Pavlov no tenían, pero me salió el tiro por la culata.

Puesto que mi primer intento con el Guitarrón utilizando los perros de Pavlov había fracasado decidí entonces despertarle a este nuevo Protoser tropical, más pequeño, más oscuro y más perverso que los de las regiones subtropicales, un deseo incontenible de publicar mi texto recurriendo a una variante: le envié catorce gombrowicidas y un curriculum al que di en llamar “Turco en la neblina”. Pero en vez de despertarle el deseo incontenible de publicar mis textos, le desperté en cambio el deseo de enviarme una poesía suya para que la leyera. No sabiendo ya a que santo encomendarme le mandé un gombrowiczida con una bonita foto donde aparezco al lado de Gombrowicz en la despedida que le hicimos en el puerto de Buenos Aires, y la advertencia de que yo era lector de un solo libro y que, por lo tanto, no podía leer el poema que me había mandado.

Llegados a este punto el Ladrón de Gallinas dio por terminado nuestro negocio, pero tuvo la gentileza de comunicarme que me tendría al tanto de las novedades que se fueran produciendo en la preparación del número de su revista dedicado a Gombrowicz. Al poco tiempo cambió de opinión y volvió a insistir, me estaba pidiendo otra vez autorización para publicar “Gombrowicz, la deserción y el destierro”. Fue entonces que recurrí al Niño Ruso, pues había sido él quien me había puesto en contacto con este sabandija. La carta que le escribí fue con copia a Carlos Fuentes, al Cacatúa, al Hábil Declarante y algunos mexicanos más, quería formar un ambiente escandaloso y llevar agua para mi molino.

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Es muy difícil calcular la cantidad de desatinos que uno comete en la vida, el último que he cometido yo es haberme puesto en manos de Álvaro Mata Guillé, un personaje que dice ser amigo tuyo. Este Ladrón de Gallinas costarricense edita una revista en México en la que se propone publicar un número dedicado a Gombrowicz y yo, sin darme cuenta de qué clase de persona era, le mandé material para la publicación de lo que estoy muy arrepentido, en medio de un juego epistolar irresponsable caracterizado por una falta de seriedad que yo mismo alimenté. Ahora le estoy pidiendo que excluya de la publicación el material que le mandé pero no me contesta ( )” El caso del Ganso es algo distinto, se trata de un Protoser escritor subtropical nacido en la Argentina, pero también en esta oportunidad se formó una combinación explosiva.

Mandame tu dirección postal así te mando un libro mío para que lo leas y me des

tu opinión ( )” Esta particularidad que tienen los hombres de letras de poner en mis manos algún escrito que debo leer con la mayor premura me obligó a una respuesta inmediata.

y no te digo cuál es mi dirección postal porque, como ya te dije, a esta altura del

partido sólo leo cosas de Gombrowicz o sobre Gombrowicz, nada más ( )” El Ganso, que va poniéndose al día con Gombrowicz a medida que le llegan los gombrowiczidas, se entusiasmó con un pasaje donde aparece Gombrowicz afirmando que la profesión del escritor no existe, un pasaje que publicó en un blog suyo muy consultado.

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En ese gombrowiczidas digo que Gombrowicz quería ser él mismo, no quería ser un artista ni tampoco ninguna de sus obras, quería estar por encima del arte, de la obra y de la idea. Uno de los métodos que utilizó para conseguir este propósito fue el de afirmar algo en determinada oportunidad y todo lo contrario en otra, debiendo retirar así con una mano lo que había puesto con la otra. La afirmación de que Gombrowicz quería ser él mismo y estar por encima de sus obras parece que estuviera en línea con unas palabras que escribe en una entrevista. “El hombre se expresa y lo hace por todos los medios, baila o canta, o pinta o hace literatura. Lo que importa es ser alguien, para expresar lo que uno es, ¿no creen? Pero la profesión de escritor, no, no existe ”

En cambio no parece que estuviera en línea con algo que había escrito en los diarios siete años antes, siendo éste sólo un ejemplo de sus innumerables retiradas contradictorias. “¡Leer! Pero, ¿no sabe que escribir, aunque sea obras maestras, no es más que una profesión, mientras el arte, el verdadero arte, consiste en conseguir que el libro sea leído?” Gombrowicz se fue transformando poco a poco en un maestro del escape con su retirada general. Sus cuatro novelas terminan en huidas: “Ferdydurke”, con la prima; “Transatlántico”, con el bumbam; “Pornografía”, con la sonrisa de los jóvenes; y “Cosmos”, con el diluvio y el pollo relleno.

Su concepción general era la de que el artista puede entenderse muy bien con una filosofía del pensamiento que observe el desenfreno del mundo y le tema. Los caminos escarpados sólo se pueden salvar escapándose de ellos: hay que retirarse de su exceso hacia una dimensión más humana. La capacidad que puede desarrollar un hombre para tomar distancia, para retirarse, escaparse, huir de una situación, de las ideas, de los sentimientos, de sí mismo o de lo

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que sea, es la única y verdadera libertad. No es que tenga que huir, pero tiene que tener la posibilidad de hacerlo. Pero las retiradas de Gombrowicz no eran inocentes como la de los chicos traviesos que tiran piedras y después se esconden, eran huidas a lo parto con las que derrumbó buena parte de los promontorios de la cultura contemporánea y de las formas humanas.

Los pichones que el Ganso tiene como lectores, en forma entusiasta agitaron sus alitas sin presentir que unos días después el papá Ganso iba a recibir otro gombrowiczidas donde aparece Gombrowicz afirmando que la profesión del escritor existe, más aún, que el arte de escribir no es más que una profesión. No es cuestión de hacerle cargos a esta familia de gansos, hasta los mismos gombrowiczólogos se confunden a menudo con estas retiradas contradictorias, hay que reconocer que las retiradas de Gombrowicz son muy peligrosas e imprevisibles. Sin embargo, las cosas se complicaron dramáticamente recién cuando hablé de Bebus Rosset, un primo de Gombrowicz a quien sus numerosas aventuras habían hecho célebre.

Al volver del frente traía una atmósfera de combate que cautivaba a los presentes. Se burlaba de Gombrowicz recitando canciones patrióticas cuando le preguntaba por qué arriesgaba su vida y obedecía las órdenes que le daba una persona cualquiera. “Mira el cañón de este fusil/ Por donde la negra muerte observa/ Sano y salvo puede ser que vuelva/ Para otra vez de nuevo ver/ Mi querida ciudad de Lvov” Se quiso ocupar de Gombrowicz cuando llegó a Francia para completar sus estudios de leyes, pero sin ningún resultado. Era un hombre extraordinariamente valiente, de naturaleza rica y turbulenta, a quien la guerra lo había arrancado de su vida normal. Lo recibió en su buhardilla de pintor en París, y como sabía que Gombrowicz había empezado a escribir le preguntó si quería ser un “pissage polonais”.

Pero las aventuras de este primo no eran solamente militares. Un día, mientras participaba de una sesión de espiritismo, la copa transmitió un mensaje en ruso: Te visitaré esta noche. Entendió que estaba dirigido a él pues nadie de los presentes sabía ruso ni había estado en contacto con ellos; el primo, en cambio, había pasado por las armas a más de uno en los combates contra los bolcheviques en el año 1920. Volvió a casa y se acostó; en medio de la noche se despertó y sintió que alguien estaba acostado a su lado. Tocó el cuerpo que estaba frío como el hielo, como un cadáver. Saltó de la cama y huyó a la calle. “Su muerte fue extraña y violenta. Se enamoró desesperadamente de una mujer y un día la citó para el redez-vous decisivo en el Café de la Ópera ( )”

“Se sentaron a la mesa y la mujer le dijo que no. Entonces él, sin vacilar, sacó un revolver y allí mismo donde se encontraban sentados, en la mesa del café lleno de gente, se pegó un tiro en la cabeza” En una historia verdadera que incluí en un gombrowiczidas relaté el episodio de la sesión de espiritismo de Bebus Rosset, esta circunstancia despertó una curiosidad en el Ganso que me hizo conocer.

mucho me llamó la atención la glosa en la que se dice que el espíritu respondió a

“(

través de la copa „en ruso‟. La atención precitada movió mi duda: ¿en caracteres cirílicos estaban las letras alrededor de la copa? ( )” Después del comentario que me hizo sobre los caracteres cirílicos este Protoser escritor subtropical pasó a llamarse el Ganso, un mote que aceptó con mucho gusto.

)

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WITOLD GOMBROWICZ Y RODOLFO ALONSO

A veces me asalta el temor de que los gombrowiczidas lleguen a despertar finalmente

un hartazgo como terminó produciéndole Gombrowicz al Asno. “Sobre Gombrowicz ya está todo dicho. Probablemente demasiado. Hace varios años

que me tiene podrido. No él, pobre cadáver. El circo alrededor ( con casi nadie. No es personal. Pero nunca más, sobre nada”

A veces me parece encontrar síntomas de esta reacción en los Protoseres cuando me les

acerco con mis escritos bajo el brazo. En mi última embestida puse por enésima vez la cabeza bajo la guillotina para alimentar su pasión enfermiza de hacer dictámenes, a sabiendas de que el fenómeno que se iba a producir era el que tan bien había descripto en la caja negra, un sistema en el que puse al descubierto los cinco procedimientos que utilizan los editores para mandar de paseo a los hombres de letras.

No hablo de nada

)

Si bien es cierto que en las aventuras que tuve con los Protoseres analicé cumplidamente

qué es lo que son, colocándolos en un rango que va de los rufianes melancólicos a los asesinos seriales, no me detuve demasiado en identificar quiénes eran. La mayoría de los Protoseres son empleados de sociedades anónimas que se hacen llamar editores por aquello que una vez le dijo un juez a Gombrowicz: Querido colega, diga que es juez, siempre es mejor que piensen que están delante de un juez y no de un pasante. La carrera de estos Protoseres es tortuosa, algunos utilizan la ley del gallinero para ascender en esa carrera creada por Gutenberg, y otros terminan desempeñando el papel de lectores, como le ocurrió a cierto Protoser de Interzona poco después de haber publicado “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”

Pero así como las hormigas utilizan a los pulgones para alimentar a las crías de los hormigueros, los Protoseres utilizan a los lectores para alimentar a las editoriales. Es muy difícil saber qué es un lector, pero otra vez Gombrowicz viene en nuestro auxilio con un pasaje de su memorable “Transatlántico”. En efecto, en esta novela narra lo que sucede en una biblioteca llena de libros y de manuscritos amontonados en el suelo, una montaña que llegaba hasta el techo sobre la que estaban sentados ocho lectores flaquísimos dedicados a leer todo. Obras preciosas escritas por los máximos genios, se mordían y devaluaban porque había demasiadas y nadie podía leerlas debido a su excesiva cantidad. Lo peor es que los libros se mordían como si fuesen perros hasta darse muerte.

No hay mejor definición que pueda hacerse del Pulgón, el protagonista convicto y

confeso de este gombrowiczidas. Ni bien le puse el punto final a “Un polaco de dos mundos” se lo mandé con premura a la Hierática, una Protoser que se distingue por ser tan gentil para recibir las obras como para rechazarlas.

El Pulgón que eligió la Hierática es hijo de uno de nuestros más prestigiosos poetas y

esto me dio una cierta esperanza, de modo que entré inmediatamente en contacto con el

Padre. “Yo le di „Un polaco de dos mundos‟ a la Hierática. La Hierática se lo pasó a tu hijo Santiago para que le haga un informa a Emecé. Y yo te lo estoy pasando a vos para que le echés una mirada a tu hijo”

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El Padre tuvo la gentileza de contestarme inmediatamente pero sin hacerse cargo de lo que pudiera hacer el Pulgón.

“Lo iré leyendo con gusto. Pero mi influencia en todos esos ámbitos es absolutamente nula. Como prueba, verás que ninguna de esas editoriales me ha publicado nunca un libro. Que los dioses nos sean propicios” Cuando la Hierática me informó que el Pulgón le había puesto seis puntos al libro puse el grito en el cielo. “Tu hijo Santiago terminó de leer „Un polaco de dos mundos‟ y le puso seis en valor literario y cuatro en valor comercial. Decile que es un burro y que está aplazado, que vuelva en marzo mejor preparado” En las fotos que forman parte de este gombrowiczidas aparecen los rostros de un padre sin carácter y de un hijo perverso, pero es otro el asunto que me tiene preocupado.

En efecto, cuando pienso en los Protoseres, en los Pulgones y en los hombres de letras, es decir, en los seres y en las cuestiones relacionados con la actividad de escribir, se me presenta en los sueños cada vez con más frecuencia el Pájaro Tabernil, un avechucho que se me apareció por primera vez como un representante onírico del Pato Criollo Debo reconocer que el Pato Ciollo me dio más de una mano, fue el Pulgón que utilizó la editorial Emecé para leer las cartas que Gombrowicz me había escrito, y también fue el Pulgón que utilizó Interzona para echarle una mirada a “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” Yo estaba verdaderamente deslumbrado con la capacidad que tenía el Pato Criollo para inventar cuentos, novelas y reflexiones de cualquier especie, al punto que empecé a soñar con él.

Pero él, de igual modo, me trataba en un pie de igualdad y con mucha generosidad en un terreno en el que se movía como pez en el agua, había leído las cartas que yo le había escrito a Gombrowicz y me alentaba para que las publicara. En cierto momento me sentí obligado a leer alguno de sus libros para retribuirle en parte tan buena disposición, una intención que le hice conocer en una de mis cartas. “Llegados a este momento, y como es muy probable que a vos te interese saber, por lo menos hasta cierto punto, qué es lo que pienso de tus escritos, creo que deberías recomendarme la lectura de uno de tus libros. Para prevenirnos, tanto vos como yo, de malos entendidos que podrían resultar fatales para el futuro de nuestra relación, más teniendo en cuenta que a vos te salen las novelas del escritorio como porotos de la chaucha, debemos tomar ciertos recaudos ( )”

“Es imprescindible que se entienda muy bien que te estoy pidiendo la recomendación para la lectura de tan solo uno de tus libros, no vaya a ser que se te ocurra jugarme una mala pasada, como me la jugó el Niño Ruso desde México cuando me mandó tres libros suyos dedicados para que los leyera” En sueños el Pato Criollo se me aparecía como un pájaro cuya verdadera naturaleza no alcanzaba a precisar, pero es seguro que estaba actuando sobre mí la misma curiosidad de la que habla Gombrowicz cuando conoce a Rudnicki y que me hacía ver al Pato Criollo como un rival. Eran sueños confusos, como lo suelen ser los sueños, me atreví entonces a consultar al doctor Cesar Rodríguez-Moroy Porcel, un terapeuta especialista en psicopatías de origen literario de gran renombre entre los hombres de letras, a ver si con su ayuda los podíamos precisar.

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Después de un par de sesiones los sueños, aunque aún misteriosos, se me aparecían con la magnífica claridad de un Pájaro llamado Tabernil que sólo me atrevo a presentar como un adjunto, pues es el representante de una verdadera sublimación. En cuanto al Padre debo agregar que se comporta respecto a Gombrowicz de una manera estándar, es decir, escribe solamente sobre un Gombrowicz en la Argentina y, en su caso, en forma poco documentada, al punto de aparecer como lector de un único libro: “Diario argentino” “Estas páginas son la huellas del paso por el país de un gran escritor, colocado por el destino durante largo tiempo en una situación muy singular, y que tuvo la altura innegable y luminosa de no engañarse y no engañarnos ( )”

“Si esas páginas nos sorprenden muchas veces con una inusitada agudeza intelectual, nunca alcanzan a defraudarnos si lo que buscamos es, como debería ser, una fraternidad exigente. Y recordemos que estos relámpagos de intuición a fondo, incluso dolorosamente reveladores, se producen cuando todavía resultábamos deseables para el mundo, cuando el país ocultaba sus entresijos bajo la apariencia de una riqueza inextinguible. Que se cargan de inesperadas reverberaciones en las difíciles circunstancias que hoy nos toca vivir” El Padre es dueño de un talento común a algunos hombres de letras argentinos: escribir muchas palabras con la intención de no decir nada, una intención con la que ocultan su falta de conocimientos. Hay que decir, sin embargo, que González Lanuza escribió hace más de cuarenta años un buen texto sobre el “Diario argentino”, una pequeño ensayo que aventaja con holgura muchas intervenciones posteriores de los escritores hispanohablantes.

WITOLD GOMBROWICZ, ENRIQUE BUTTI Y CARLOS ROBERTO MORÁN

Después de haber escrito algunas historias verdaderas sobre gombrowiczidas nacidos en la ciudad de Rosario creo que ha llegado el momento de escribir unas pocas palabras sobre gombrowiczidas nacidos en la ciudad de Santa Fe. La Universidad Nacional del Litoral organizó en el año 1986 el Primer Encuentro Nacional de Literatura y Crítica. Allí se estrenó “Gombrowicz o la seducción”, la película de Alberto Fischerman, y allí conocí al Vate Marxista, al Buey Corneta y al Boxeador Amateur. Después de la exhibición los integrantes del film nos fuimos a comer de madrugada a un restaurante cercano a la Universidad acompañados por Javier Torre, director del Centro Cultural General San Martín que, junto a Manuel Antín del Instituto Nacional de Cinematografía, habían producido la película.

Mientras Fischerman hablaba en una punta de la mesa de asuntos hasídicos e iniciáticos, el Esquizoide y yo, en la otra punta, hacíamos una parodia teatral de la película, en la que yo representaba el papel del virrey Sobremonte huyendo a campo traviesa en un carruaje con las joyas de la corona. Lamentablemente allí también escuché por primera vez los desvaríos del Vate Marxista en los que Gombrowicz aparecía como el mejor escritor argentino del siglo XX, y en los que la novela argentina sería algo así como una novela polaca traducida a un español futuro.

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Desde la ciudad de Santa Fe, contrario sensu desde la ciudad de Rosario, siempre me llegan buenas noticias; el Licenciado Vidriera me manda las ocho páginas que me faltaban de “En la escalera de servicio”, y el Maestro Ciruela me trata con consideración, para poner tan solo dos ejemplos.

“Tus acercamientos y comentarios sobre la obra de Gombrowicz son muy buenos, exhaustivos, esclarecedores. Particularmente agradezco eso que no es frecuente: tu generosidad. Witoldo ha tenido en vos un gran e insustituible ¿qué?: ¿embajador, glosador, representante, médium?” Uno de los periodistas argentinos más versados en Gombrowicz es el Maestro Ciruela, no podía ser de otra manera, si hasta en la foto que forma parte de este gombrowiczidas se puede notar el aire de magisterio que aplica sistemáticamente al análisis de su obra. Su actitud de maestro, sin embargo, no asimila bien los motes que yo les pongo a los gombrowiczidas y tampoco le resultan agradables mis actitudes sarcásticas, pero él mismo es por veces un poco atrevido.

también me hicieron ver el empobrecimiento de temas e intenciones que

acompañaron a Gombrowicz en su regreso „glorioso‟ a Europa. A mí nunca me gustó „Opereta‟ y si me apuran tampoco me interesó demasiado „Cosmos‟. ¡Pero cómo y en cambio son disfrutables „Ferdydurke‟, „Ivonne‟, sus enormes cuentos y „Trans- Atlántico‟!” Son reflexiones que hizo el Maestro Ciruela cuando me referí en uno de los gombrowiczidas a la declinación creativa de Gombrowicz en los últimos años de su vida. Si bien es cierto que a duras penas pudo terminar “Cosmos” y “Opereta” hay que decir no obstante que estas obras fueron concebidas y parcialmente escritas mientras vivía en la Argentina.

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Son creaciones de una enorme amplitud espiritual que alcanzan una gran altura en el desarrollo de la composición literaria respecto a sus obras anteriores y nada tienen que ver con el empobrecimiento del que habla el Maestro Ciruela. El aletargamiento de su gran imaginación y la enfermedad le impidieron seguir escribiendo, no pudo, por ejemplo, darle forma a una pieza teatral en la que quería rebelarse contra el dolor en el diminuto cuerpo de una mosca, le había llegado el tiempo en el que sólo podía clasificar las pensamientos como en “Testamento”, pero no podía inventarlos ni crearlos. Dice Gombrowicz que sus lectores occidentales se dividen entre los que buscan la diversión sin preocuparse de otra cosa, y los graves, los graves a secas y los graves ofendidos.

Es evidente que al Maestro Ciruela le gustan sus obras divertidas pero, lamentablemente para esta clase de lectores, Gombrowicz abandona el género humorístico en “Pornografía”, cambia de andarivel y coloca su carga de alegría y sarcasmo en la correspondencia que mantiene con nosotros. Hay lectores de Gombrowicz a los que le resulta difícil digerir su lado austero y dramático, al punto que algunos de ellos borran esa parte de su mundo, es un mundo que no se les pone de manifiesto. Al Maestro Ciruela no le gusta que copie pasajes de cartas y los publique, y me pide que no le mande las partes acres de los gombrowiczidas.

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Sin embargo no es tan puro como pudiera parecer, termina una excelente reseña que escribió sobre “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” de una manera bastante escabrosa.

Gómez se detiene también en una cuestión a la que le acuerda centralidad y a la que el escritor rehuía siempre: su homosexualidad. Es posible que para él se tratase de un fastidio, de un problema difícil de enfocar en la conservadora Buenos Aires de los 40 y 50, y es más comprensible aún que haya sido así en los últimos años de vida, cuando era descubierto por Europa y se había casado con su joven secretaria, pero para Gómez resulta fundamental porque, lo demuestra desde diversos ángulos, la homosexualidad „atraviesa‟ toda la obra de Gombrowicz marcada por la erótica y la perversión” Cuando leí una nota aparecida en el “Diario El Litoral” de Santa Fe sobre “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” firmada por Liliana Acevedo quise conocer inmediatamente a la periodista que la había escrito pues supe inmediatamente que ésta era otra buena noticia que me llegaba desde Santa Fe.

Pero en el diario me dijeron que no conocían a ninguna Liliana Acevedo, que me

pusiera en contacto con Enrique Butti, el responsable de la sección literaria. Le escribí entonces una carta al Licenciado Vidriera y su respuesta me resultó inesperada.

con vergüenza pero con la cabeza bien alta le confieso que Liliana Acevedo soy

yo. No puedo firmar todas la notas que salen de la sección literaria, así que tengo que

travestirme” Fue el primero que leyó “Gombrowicz, y todo lo demás”, y cuando terminó de leerlo me dio a conocer su opinión. “Leí su libro, pero no venga a pedirme exégesis, glosas ni panegíricos. Se lo digo porque usted no me conoce y quizás piensa que soy motejador, inteligente y avizor ( )”

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“Ahora sí. Leí su libro con interés creciente y conmovido hasta las lágrimas literales en la última parte, en el final a toda orquesta. Como una novela más que un ensayo, así la leí. Lo felicito, Gomacz” En la reseña que escribió sobre “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” vi de inmediato el temple y la divisa de los jesuitas: la paloma y la víbora. “Ahora, en este nuevo libro, logra un certero acercamiento a Gombrowicz y a su obra, negándose a esos análisis e interpretaciones que sobre todo en las celebraciones de su centenariolos gombrowiczólogos están disparando a mansalva por todo el mundo (y de lo cual el intrascendente prólogo de César Aira a este libro constituye un clarísimo ejemplo) ( )”

“En el prólogo a la edición polaca de este libro, Gómez confiesa un antiguo anatema personal, „anatema según el cual jamás leeré el ensayo de un autor en el que más del treinta por ciento de sus palabras esté constituido por la transcripción textual de la obra editada que el autor analiza o glosa‟, y al final del libro victoriosamente computa en forma estimativa que sus citas del „Diario‟ de Gombrowicz rondan el veintitrés por ciento. Difícilmente, pues, Gómez podría llegar a leer el final de esta reseña” De la foto del Licenciado Vidriera que aparece en este gombrowiczidas podemos deducir con cierta facilidad que se le han volado los pájaros de la cabeza. Los gombrowiczidas occidentales se acercan a Gombrowicz siguiendo caminos bien diferentes.

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Están los que buscan la diversión sin preocuparse de otra cosa, y los graves, los graves a secas y los graves ofendidos, pero a favor o en contra todos ellos quedan enredados en una telaraña de la que es difícil muy salir.

un hombre cansado, escéptico, nada generoso con la estupidez ajena, que no

parecía confiar en el reconocimiento público de su obra (de la que él estaba muy seguro)

y que, a través de simples miradas, medias palabras y observaciones triviales, dejaba percibir un resplandor interior, una inteligencia acerada que ninguna penuria había conseguido borrar. Eso es: creo que fue uno de los seres más agudos e inteligentes que conocí, aunque jamás sostuve con él una conversación importante”

“(

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WITOLD GOMBROWICZ Y EUGENIUSZ NOWORYTA

Hace más de dos lustros, el Camaleón, por aquel entonces Embajador de Polonia en la Argentina, en el medio de una conferencia muy seria que estaba dando en el Centro Naval de Buenos Aires, relató la historia del encuentro de dos perros, uno checo y el otro polaco. Los pichichos se encuentran en la frontera, el perro checo está bien alimentado y va camino de Polonia, al perro polaco se le ven las costillas y va camino de Checoslovaquia: ¿Adónde vas, pregunta el perro checo; Voy y a ver si puedo comer algo, ¿y vos?; Voy a ver si puedo ladrar un poco. Es probable que sí, que los polacos se hayan convertido en unos maestros del ladrido, Copérnico fue uno de los primeros en ladrarle al geocentrismo de Tolomeo, y Gombrowicz fue unos de los primeros en ladrarle al modernismo, dice Kundera.

Sesenta años después que Rimbaud hiciera el llamado a la modernidad Gombrowicz no estaba tan seguro de que esto fuera necesario. Cuando yo le hice conocer a Miguel Najdorf la invitación a la Embajada de Polonia que le estaba haciendo el Camaleón no se puso contento: Vea, Gómez, voy a aceptar porque soy polaco y porque no quiero hacerlo quedar mal a usted pero, me cuesta, los polacos no nos quieren, odian a los judíos. El encuentro derivó en una cena magnífica en el restaurante Hereford de Puerto Madero como muy bien registra la fotografía, y en un almuerzo en la hermosa mansión que la Embajada de Polonia tiene en Palermo Chico. Un mediodía, en la Embajada de Polonia, Najdorf nos contaba al Camaleón y a mí un cuento que tenía una moraleja.

Nos decía que él, como integrante del equipo de ajedrez que vino a la Argentina a competir en la olimpíadas del 39, había sido responsable de la muerte de otro ajedrecista, también judío. Tenía asegurada su participación antes del último juego del torneo de selección que se hizo en Polonia, pero su contrincante sólo podía conseguir el nombramiento si le ganaba a Najdorf esa última partida. Entonces, la mujer del contrincante le pidió a la mujer de Najdorf que se dejara ganar, Najdorf no accedió, el colega judío se quedó en Polonia, y los alemanes lo mataron. Cuando Najdorf le puso punto final a la historia después de haber logrado el clima dramático correspondiente, intervino el Camaleón.

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La inteligencia y la astucia le brillaban en los ojos, de improviso le pidió a Najdorf que no se pusiera triste, que no había sido él sino el destino el que había originado la tragedia. En efecto, si Najdorf se hubiera dejado ganar, su contrincante judío se habría salvado, pero el que vino a la Argentina en el lugar de él, también judío, se hubiera quedado en Polonia con igual suerte de la que tuvo el que murió. Tomamos una vodka y pasamos a otro cuento. En el año 1997 el Camaleón llegó a considerarme una persona muy importante, ya le había puesto en la Embajada de Polonia a Miguel Najdorf y estaba chochísimo conmigo.

Como se le había despertado el apetito, acto seguido quiso que le trajera también a el Pterodáctilo. Es sabido que los embajadores viven especialmente de las apariencias, por esta razón el Camaleón decidió, una vez que Don Arnesto aceptó la invitación, organizar un almuerzo en la embajada con una gran cantidad de embajadores para homenajear a nuestro insigne hombre de letras. Yo sabía que el Pterodáctilo había desarrollado con el tiempo una gran habilidad para excusarse, me contaba que se atrevía a cualquier cosa, desde las enfermedades infecciosas hasta los yesos, que en una oportunidad, renovando las excusas con la misma persona, se había convertido en un hombre tronco. Me preparé para lo peor, dicho y hecho, dos días antes del almuerzo me avisó por teléfono que estaba orinando sangre y que no sabía si podía ir a la embajada.

Finalmente, se apiadó de mí y a último momento me dijo que iba. Las reuniones en las embajadas no gozaban de la simpatía de Gombrowicz. “También acudí una o dos veces a la embajada y saqué de estas visitas una lección para toda la vida: que hay que huir de las ostras de las recepciones en dichas embajadas, así como del tedio” Me senté a la mesa del Camaleón y de las esposas de los embajadores de Turquía y Costa Rica. Cuando le pregunté a las señoras qué libro de Don Arnesto habían leído, me respondieron que ninguno, cuando le pregunté a qué habían venido entonces, me respondieron que a comer. Esta arrogancia simpática de las señoras y unas palabras confusas que pronunció el Camaleón para homenajear al Pterodáctilo me dieron ánimo para cambiarme de mesa.

De todo esto resultó que al año siguiente, cuando llevé a la Vaca a la casa que el Pterodáctilo tiene en Santos Lugares, se vino con una carta de la señora del Camaleón debajo del brazo en la que le pedía a Don Arnesto que le hiciera algún comentario sobre los ingredientes y la preparación de alguna comida que supiera hacer, que estaba escribiendo un libro de gastronomía para gente VIP, una solicitud que provocó una gran algarabía en el Pterodáctilo y en mí, mientras la Vaca permanecía en silencio. Gombrowicz narra en forma novelesca los primeros encuentros que tuvo en la Argentina con el Embajador de Polonia. Recién llegado a Buenos Aires, perdido entre la muchedumbre, decidió no inmiscuirse en el asunto de la guerra, no era un asunto de su incumbencia, si allá tenían que sucumbir, que sucumbieran.

Fue a la embajada, se echó a llorar y se puso a los pies del embajador, le besó la mano, le ofreció sus servicios y su sangre, y le rogó que en ese momento sagrado, según fuera su santa voluntad y entender, dispusiera de su persona. El embajador le dijo que sólo

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podía darle 50 pesos, que no tenía más, pero que si quería irse a Río de Janeiro a importunar al embajador de allá, le pagaría el viaje con gusto y le daría algo más. Le dijo también que no quería literatos por acá porque lo único que sabían hacer era pedir plata y después ladrar. Gombrowicz se dio cuenta que lo estaba despidiendo con moneda menuda y le dijo que él no sólo era un literato, que también era un Gombrowicz. Y cuando el embajador le preguntó de cuáles Gombrowicz era Gombrowicz, le respondió que de los Gombrowicz Gombrowicz, entonces le ofreció 80 pesos en vez de 50, ni un peso más.

Le recordó que estaban en guerra y que había que marchar para vencer a los enemigos, matarlos, destrozarlos y aplastarlos, y que no fuera ladrando por ahí que el embajador no había marchado y hablado delante de él. Le pidió que escribiera algunos artículos para celebrar la gloria de los genios y de los próceres polacos, que por ese servicio le podía pagar 75 pesos mensuales, que era necesario ensalzar a la patria en momentos tan difíciles como los actuales, pero Gombrowicz le contestó que no podía hacerlo porque le daba vergüenza, entonces el embajador lo empezó a tratar de comemierda, y le recordó que la embajada le había rendido homenaje y que lo iba a presentar a los extranjeros como el Gran Comemier… Genio Gombrowicz.

¡Viva nuestro heroísmo!, exclamaba el embajador. Mientras tanto Gombrowicz le preguntaba cómo era posible que los polacos estuvieran marchando sobre Berlín si los combates se estaban librando en los suburbios de Varsovia. El embajador le dijo que todo se había ido al diablo, que todo había terminado, que habían perdido la guerra y que había dejado de ser embajador. Estos acontecimientos imaginarios de una aventuras con el Embajador de Polonia los narra Gombrowicz de manera novelesca en “Transatlántico”, pero también narra acontecimientos reales de sus relaciones diplomáticas tan dramáticos como los imaginarios en el “Diario” Gombrowicz dio una conferencia sobre la “Regresión cultural en la Europa menos conocida”en el Teatro del Pueblo invitado especialmente por su director, el escritor Leónidas Barletta.

Le adelantaron que era un teatro de primera clase, frecuentado por la flor y nata de la intelectualidad de Buenos Aires, en vista de lo cual decidió preparar un texto del más alto nivel intelectual. Planteó la cuestión de cómo la ola de barbarie que había invadido a Europa central y oriental podía aprovecharse para revisar los fundamentos de la cultura. Leyó el texto, lo aplaudieron y bastante contento volvió al palco reservado para él donde se encontró con una joven bailarina y admiradora, muy escotada y con unos collares de monedas. Cuando estaba por retirarse con la bailarina observa que alguien se sube al estrado y empieza a vociferar, lo único que puede distinguir con claridad es la palabra Polonia, la excitación y los aplausos.

Acto seguido sube otra persona, pronuncia un discurso agitando los brazos mientras el público empieza a chillar. Gombrowicz no entiende nada pero estaba contento de que su conferencia hubiera despertado tanta animación. Pero, de repente, el Embajador de Polonia abandona la sala, algo andaba mal.

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Se estaba desarrollando un escándalo, la conferencia había sido aprovechada por los comunistas allí presentes para atacar a Polonia. Una parte de la elite intelectual argentina era medio comunistoide y no exactamente la flor y nata de la intelectualidad de Buenos Aires como le habían dicho a Gombrowicz, de modo que su ataque a la Polonia fascista no se había distinguido precisamente por su buen gusto ni por el equilibrio del pensamiento.

Barletta, igual que Gombrowicz, no podía digerir al Asiriobabilónico Metafísico, se

Fracasado… El pobre Borges… Vate

criollo y vate septuagenario… Buscador de puestitos… Pergueñador de cuentos persas y lávese de toda esa mugre metafísica.” Esta comunidad de opiniones le encantaba a Gombrowicz y quizá debido a esto pasó por alto el echo de que también Barletta era un hombre de izquierdas. Pero sería injusto hacer responsable a Barletta de lo que ocurrió ese día en el Teatro del Pueblo, hay que decir sin embargo que Gombrowicz se las vio en verdaderos apuros. Al día siguiente fue a la embajada donde lo recibieron en forma fría, como si fuera un traidor.

refería a él en forma

:“Cachafaz…

En vano le explicó al embajador que el director del teatro, el señor Barletta, no le había informado que era costumbre seguir las conferencias con un debate y que, por otra parte, no podía considerar como comunista a ese señor pues él mismo se hacía pasar por un ciudadano honrado, ilustrado, progresista, adversario de los imperialistas y amigo del pueblo. Pero lo peor fue lo de la bailarina: su colorete, sus polvos, su escote pronunciado y el collar de monedas lo hicieron aparecer como un cínico en un momento tan dramático. Hasta la prensa polaca de Estados Unidos se puso verde.

WITOLD GOMBROWICZ Y JOHANNES GUTENBERG

La Finada organizaba reuniones literarias en su casa de Hurlingham con temas elegidos con antelación. Había preparado en su quinta una mesa redonda a la que dio en llamar:

“La influencia nefasta de Gutenberg en la literatura de nuestro tiempo”. Los invitados principales eran Gombrowicz y el Pterodáctilo, pero también estaban González Lanuza, Julio Payro, Guillermo de Torre y otros más. Gombrowicz, como no podía ser de otra manera, empezó a provocar a los asistentes de la peor manera posible. “Ustedes hablan de literatura sin parar pero en realidad ninguno de ustedes ha leído a Shakespeare ni a Cervantes; ¿Pero qué barbaridades está diciendo usted?; Bueno, está bien, los leyeron, pero aunque los hayan leído es seguro que no los han comprendido bien pues sólo un genio puede comprender a otro genio”

Los griegos leían bastante poco, había mucho menos gente de la que hay ahora, y a muy pocos de la poca gente que había se le ocurría escribir. Escribían sólo cuando le venían cosas importantes a la cabeza, no como ocurre ahora, además la influencia nefasta de Gutenberg aún no había desparramado por la tierra. En un principio los griegos tenían tan solo el problema de pensar, poco a poco se le fueron agregando además los de escribir y los de leer. Por esta razón el mundo de ellos fue al comienzo más simple y originario, el nuestro en cambio se ha vuelto más complejo y mediado. Se puede escribir sin pensar, se puede

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leer sin pensar, pero no se puede pensar sin pensar, algo así observa el protagonista de una de las novelas de Gombrowicz cuando entra a una biblioteca llena de libros y de manuscritos amontonados en el suelo, una montaña que llegaba hasta el techo sobre la que estaban sentados ocho lectores flaquísimos dedicados a leer todo.

Obras preciosas escritas por los máximos genios, se mordían y devaluaban porque había demasiadas y nadie podía leerlas a todas debido a su excesiva cantidad. Lo peor es que los libros se mordían como si fuesen perros hasta darse muerte.

A medida que Gombrowicz fue adquiriendo seguridad para definir sus problemas

formuló una ley de carácter universal: “cuanto más inteligencia, mayor estupidez”, una estupidez que va a la par de la inteligencia y que crece con ella. La estupidez del refinamiento del lenguaje que produce fatiga y distracción haciendo que la comprensión sea reemplazada por los malentendidos; y la estupidez que produce la erudición pues la gente no ha encontrado un lenguaje que le permita expresar su ignorancia; no nos está permitido no saber o saber más o menos.

La forma de transmitir el pensamiento no ha cambiado desde los tiempos de Gutenberg

y una gran cantidad de palabras está llegando al sol, pero el sol es inalcanzable. Gombrowicz pone de manifiesto que cuanto más tiende nuestro espíritu a través de los siglos a liberarse de la estupidez y a dominarla, más parece pegarse la estupidez a la condición humana. El esfuerzo del pensamiento por purificarse de la estupidez pareciera que está en contradicción con la organización interna del género humano. Mis primeras peregrinaciones a los santuarios de los libros las hice a “Veladas de estudio después del trabajo”, una biblioteca anarquista de Avellaneda por la que habían pasado personajes tan ilustres como Alicia Moreau de Justo y el mismísimo Asiriobabilónico Metafísico.

En el año en que yo nacía el pintor Juan Carlos Castagnino había encontrado refugio en

los altillos de esa biblioteca anarquista cuando era perseguido por su militancia política.

El mural que pintó en una de sus paredes para agradecer ese gesto yo lo veía cada vez

que iba a la biblioteca. El mural estaba un poco deteriorado, Castagnino había pintado a

una mujer trabajadora cargando leña sobre un fondo de fábricas. Era un ambiente cargado de electricidad donde se corría cierto peligro, pues la policía consideraba a los socios de “Veladas de estudio después del trabajo” como potenciales enemigos del gobierno. Mis siguientes peregrinaciones ya las hice a la catedral argentina de los descendientes

de Gutenberg, la antigua Biblioteca Nacional de la calle México en el tiempo en que por

sus claustros solemnes y oscuros se escuchaban los pasos vacilantes del Asiriobabilónico Metafísico.

La relación que tenía Gombrowicz con los libros, con los bibliotecarios y con las bibliotecas no era del todo clara. Mientras Sastre termina tratando a los libros como si fueran sólo productos, Gombrowicz comienza a relacionarse con ellos desde un principio en forma despectiva. Sartre, que durante gran parte de su vida aspiraba al reconocimiento de la posteridad, llegando a los sesenta años nos dice que se había engañado hasta los huesos, que había dudado de todo, pero no había dudado de haber sido el elegido de la duda, por lo que se había convertido en un dogmático, y transformado en una máquina de hacer libros. Gombrowicz tenía la sospecha de que la gente en realidad leía mucho menos de lo que decía que leía.

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Él y sus hermanos bien sabían que los libros de un filósofo inglés, el pensador que había

fundamentado el proceso social en la lucha por la existencia y la supervivencia del más apto, permanecían en los estantes de la biblioteca con las páginas sin abrir. Sin embargo, a su madre, Marcelina Antonina Kotkowska, se le ocurría presentarse de otra manera: Confieso que pueda parecer un poco extraño, pero tengo una gran debilidad por la filosofía, por el pensamiento riguroso y en ocasiones me deleito leyendo Spencer. En algunas ocasiones Gombrowicz nos manifestaba que el contacto directo con los libros le producía eczema y que por esta razón le resultaba más placentero dedicarlos que acarrearlos o leerlos. Frecuentemente el estilo de las dedicatorias que ponía en los libros era gastronómico y se refería al contenido de la comida con la había sido invitado.

“Se acercaba el bachillerato. Mi situación era un tanto embarazosa porque desde hacía

unos cuantos años casi no había abierto mis manuales, y me dedicaba durante las clases

a practicar mi firma, cada vez más sofisticada, con rúbrica o sin ella, aprobando los

cursos de pura chiripa ( )” “En el cuarto curso el director me había retado porque yo no llevaba libros a la escuela,

simplemente una pequeña agenda para tomar apuntes. En respuesta a esta amonestación contraté a un mensajero se encontraban entonces en las esquinas de las callesque entró detrás de mí en el edificio de la escuela cargando con mi mochila llena de libros ( )” En las ocasiones en las que yo le preguntaba si había leído tal o cual libro siempre me respondía que yo debía suponer que él había leído todo.

Al llegar a la Argentina ya tenía asimilados a Shakespeare, Rabelais, Montaigne,

Dostoievski, Mann

A veces se lamentaba de no disponer de los más actuales para escribir sobre ellos en sus

diarios, y como no era un hombre de ir a las bibliotecas leía sólo lo que le prestaban. La curiosidad que tienen las personas cultas por saber cuáles han sido las lecturas de los hombres de letras eminentes es análoga al deseo de conocer sus antecedentes familiares, es una necesidad que se manifiesta en todos los campos del conocimiento humano, la necesidad de clasificar y de darle una estructura lo más simple posible al desorden. Pero

ni de sus antecedentes familiares ni de sus lecturas podemos deducir la naturaleza de

Gombrowicz.

,

yo nunca lo vi comprar un libro, no tenía plata para adquirirlos.

En un pasaje memorable de “Trasatlántico”, que el Vate Marxista comenta con fruició n, Gombrowicz se burla de los libros y de los hombres de letras en la cabeza de un personaje que al Vate Marxista le recuerda a Mallea, al Filósofo Payador le recuerda al Asiriobabilónico Metafísico, y a otros más les recuerda a Mujica Láinez. En un pasaje de esa novela hace su aparición un hombre vestido de negro, una persona muy importante, un gran escritor, un maestro. Llevaba en los bolsillos una cantidad inconcebible de papeles que perdía a cada momento, y debajo del brazo algunos libros, se volvía a cada rato inteligentemente más inteligente. Los compatriotas de Gombrowicz lo empezaron a azuzar para que mordiera al hombre de negro, que si no lo hacía lo iban a tratar de comemierda y lo iban a morder.

Entonces Gombrowicz se dirige a la persona más cercana en voz bastante alta para que

lo oiga el hombre de negro.

“No me gusta la mantequilla demasiado mantecosa, ni los fideos demasiado fideosos, ni la sémola demasiado semolosa, ni los cereales demasiado cerealientos”

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El hombre de negro le responde entonces que la idea era interesante pero no nueva, que

ya Sartorio la había expresado en sus “Eglogas”, y cuando Gombrowicz le manifiesta que no le importaba un comino lo que decía Sartorio sino lo que decía él, el que hablaba, el gran escritor le contestó que la idea no era mala pero que existía un problema, ya había dicho algo parecido Madame de Lespinnase en sus “Cartas”.

Gombrowicz perdió el aliento, aquel canalla lo había dejado sin palabras, entonces empezó a caminar y a caminar, y cada vez caminaba con más furia, sus compatriotas estaban rojos de vergüenza y los demás de ira.

Pero alguien comenzó a caminar con él, era un hombre alto, moreno, de rostro noble. Sin embargo, sus labios eran rojos, estaban pintados de rojo. Huyó como si lo

persiguiera el diablo. El moreno lo siguió, era muy rico, vivía en un palacio, se levantaba al mediodía para tomar café y luego salía a la calle y caminaba en busca de muchachos; aunque vivía en una mansión simulaba ser su propio lacayo, tenía miedo que le pegaran o que lo asesinaran para sacarle la plata.

Y llega el momento en el que Gombrowicz les da el golpe final a los libros, a los

bibliotecarios y a las bibliotecas. Al bibliotecario de Royaumont le pregunta si el

gobierno estaba tomando las medidas preventivas adecuadas para controlar un fenómeno catastrófico.

El gobierno debía afrontar la llegada inminente del desbordamiento total, cuando las

bibliotecas hicieran estallar las ciudades, cuando hubiera que entregarles no sólo los edificios, sino barrios enteros, cuando los libros y las obras de arte acumulados inundaran los campos y los bosques desbordándose de las ciudades llenas hasta reventar. La cantidad se iba convirtiendo rápidamente en calidad al mismo tiempo que la calidad se transformaba con la misma rapidez en cantidad, un fenómeno de velocidad creciente que anunciaba el Apocalipsis final.

WITOLD GOMBROWICZ Y MARÍA SWIECZEWSKA

La Madame du Plastique, doctorada en la Sorbona en la Facultad de Ciencias Químicas,

hablaba conmigo de “Nueva guía de Gombrowicz”, una narración que yo había publicado en la revista “Twórczosc” de Polonia el año del centenario: –¿Y qué te parece, María?; Muy científico, me está enseñando muchas cosas que yo no sabía, un trabajo muy documentado con los fragmentos de las cartas de Gombrowicz, una obra verdaderamente científica, sin antecedentes históricos; María, pero también escribí sobre mi relación con Gombrowicz y sobre los temas de los capítulos, es personal más que científica, biográfica si querés; Sí, científica. Aquí ya me sentía en la gloria, María, la científica, me repetía maquinalmente, sin escuchar mis observaciones, que mi trabajo era científico, ¿qué más podía pedir?

¿Te debe haber gustado mucho, entonces?; Sí, pero ¿sabés qué?, a mí me gusta más la forma de escribir no científica, la que fluye en forma continua; Ah, caramba, siendo así ¿por qué no lo leés otra vez pero ahora salteando los fragmentos de las cartas que son los que le dan a la narración el carácter documentado y científico, así te resulta más fluido?; Sí, puede ser, pero ¿sabés qué?, las cartas de Gombrowicz también son interesantes.

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Esta reiteración de lo científico y de la ciencia me hizo recordar que mi primer dios fue el que está en el cielo, y mi segundo dios, la físico-matemática. Son dioses que fui perdiendo junto a mi juventud pero no sé cuánto de ellos todavía están es mí y de qué manera aparecen.

La Madame du Plastique es una gombrowiczida que alcanzó su máxima celebridad en “Gombrowicz o la seducción”, la película de Alberto Fischerman, cuando en una de sus escenas más logradas aparece en su carácter de fabricante de santos de material plástico. Su predisposición científica a veces le trae algunos inconvenientes, por una de estas contrariedades Rajmund Kalicki, mi editor polaco, recibió finalmente el mote de Pequeño K. “Como sabés de vez en cuando me convierto en un poseso, el diablo se apodera de mí para transformarme en un íncubo endemoniado que desea tener comercio carnal con alguna polaca pero, como no puedo tener ese comercio, me veo obligado a descargar ese impulso malsano que me domina por completo en alguna persona ( )”

“Vos me venías anunciando desde hace algún tiempo que en el “Diario patagónico” me elevabas a alturas increíbles así que le pedí a la Madame du Plastique que me tradujera los pasajes en los que te referís a mí, exclusivamente a mí, y esto por dos razones importantes: para ahorrarle trabajo a la polaca, por un lado, y para evitar el contacto prolongado con tu forma de escribir que no me resulta agradable, por otro. La Madame me tradujo una docena de líneas y de lo primero que me enteré es de que me estabas presentando como un energúmeno que le gritaba a los periodistas. Me quedé esperando las siguientes líneas a ver cómo te las arreglabas vos, degenerado, para elevarme a esas alturas increíbles, pero, nada, la Madame du Plastique enmudeció, pasó una semana sin dar señales de vida ( )”

“Ese tiempo fue más que suficiente para que se formara dentro de mí un estado de cólera incontenible, no sé si éste no habrá sido justamente el propósito de la Madame, a lo mejor resulta que es una mujer perversa a pesar de que va a misa todos los días, o también podría ser que el demonio se hubiera apoderado de ella y la hubiera convertido en un súcubo. La cuestión es que no me quedó más remedio que tratarte de contrahecho, reptil, cínico, desfachatado, payaso, gusano y víbora mientras le daba, y para toda la eternidad, cristiana sepultura al “Diario patagónico”. Como yo no dispongo de las facilidades que tenés vos de hacerte publicar cualquier cosa, estoy volanteando a diestra y siniestra, en la Argentina y en Polonia, el contenido de esta carta.” En cierta ocasión Gombrowicz puso a prueba nuestros conocimientos científicos, los míos y los de Madame du Plastique, cuando estábamos de vacaciones.

Mientras paseábamos por los bosques de Piriápolis con la Madame du Plastique, Gombrowicz trataba de desentrañar cuáles eran los límites de la realidad, ¿por qué este árbol terminaba aquí y no allá?, ¿y por qué luego empezaba la tierra?, ¿por qué no era todo un continuo?, ¿cómo es que se establecen los límites de la realidad?, a él le parecía que se formaban artificialmente o, mejor dicho, por una intervención violenta de la voluntad. De repente, Gombrowicz se detiene bruscamente delante de un arbusto, y pregunta: ¿Qué es esto?; Un arbusto, dice la Madame du Plastique; No, no. Nos quedamos abstraídos mirando el arbusto. Cuando el silencio nos empezó a incomodar, dije: Es el presentimiento de la forma. Gombrowicz se puso de rodillas, juntó las manos como si fuera a rezar y empezó a adorarme como si yo fuera el Dios mismo.

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Claro, el arbusto es una planta indefinida, una planta que no llega a ser un árbol, y la forma es una línea, es como el límite de la realidad. El arbusto tenía pues, para los propósitos de Gombrowicz, una naturaleza esfumada, tenía límites pero no tanto, pertenecía también a ese continuo donde las cosas están indiferenciadas. ¿Un arbusto no venía a ser entonces algo así como un presentimiento de la forma? Como yo conocía lo que andaba buscando Gombrowicz respecto a “Cosmos”, una obra que había empezado

a escribir en ese año, no me fue tan difícil hacerlo arrodillar.

Los científicos eran para Gombrowicz unos especialistas que manipulan nuestros genes,

se inmiscuyen en nuestros sueños, modifican el cosmos y manosean nuestros órganos íntimos.

La ciencia tiene un carácter abominable, es como un cuerpo extraño introducido en la

razón, que la razón lleva como una carga con el sudor de su frente. Es como un veneno,

y cuanto más débil es la razón tantos menos antídotos encuentra y tanto más fácilmente sucumbe ante la atracción que produce la ciencia. Los diarios que escribe en las postrimerías del año 1961 tienen un pasaje de género

ligero que caracteriza la lucha entre la ciencia y el arte haciéndole crecer a un hombre una segunda cabeza en el trasero mediante un procedimiento científico.

“(

al verlo pierdes la cabeza y ya no sabes cuál de esas cabezas es tu cabeza

verdadera; no te quedará más remedio que gritar de horror, de rebeldía, de protesta, de

y

desesperación

atestiguará que sigues siendo todavía el que eras ayer ( )”

)

¡gritar

que no estás de acuerdo! Ese grito encontrará a su poeta

Los de la barra del Rex, creíamos realmente que Gombrowicz dominaba con amplitud las teorías de la física moderna y la filosofía, especialmente las ideas referidas al marxismo y al existencialismo. Yo había adquirido un cierto prestigio entre los contertulios: le explicaba a Gombrowicz lo que era un logaritmo, a Acevedo le calculaba la velocidad que debía tener una pelota para que girara alrededor de la tierra a un metro de altura sin caerse, al Alemán le demostraba por qué la raíz de dos no es un número racional. Estas cuestiones tan elementales entre los alumnos de mi facultad me ayudaron a mantenerme en pie en los primeros tiempos de mis aventuras gombrowiczidas. Más tarde me sirvieron también para profundizar en mis discusiones con Gombrowicz, con toda la seriedad que nos era posible, sobre sus relaciones con la filosofía, con la música y con cualquier otra cosa que se nos atravesara por el camino.

Muchas palabras grandilocuentes que leo en el “Diario” tenían un sentido muy diferente para nosotros, pues ninguno podía ir mucho más allá de lo que en verdad sabía. A pesar de su muy evidente antitalento científico, Gombrowicz se manejaba muy bien con las concepciones generales de la física. La lectura de “Panorama de las ideas contemporáneas” de Gaëtan Picon le había sido de mucha utilidad en este sentido. El resto lo hizo su propia inteligencia. “Cuando a mi mesa, en un café, se sienta un estudiante de ciencias exactas para observarme con lástima (porque hablo sin decir nada), para despreciarme (porque es una tomadura de pelo), para bostezar (porque eso no se puede comprobar experimentalmente), no trato en absoluto de convencerle. Espero que lo invada una ola de lasitud y saturación”.

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¿Lo diría por mi? No creo, aunque con Gombrowicz nunca se sabe. A veces nos tomábamos venganza de alguna discusión del día anterior en la que habíamos quedado mal parados, nos preparábamos para esto. Una noche en la que me tocaba la venganza a mí, le pregunté ni bien llegué: Dígame, Gombrowicz, ¿por qué el concepto de probabilidad introduce una relación irreversible entre la observación y la expresión del conocimiento correspondiente?; –Porque se apareció „un pájaro alado con cola de contingente‟. Existen dos blasfemias de Gombrowicz que han dado la vuelta al mundo, una la pronuncia contra Polonia en “Transatlántico” y otra la pronuncia en el “Diario” contra la ciencia.

“Y si a Sócrates se le hubiera aparecido Casandra con la siguiente profecía: –¡Oh, mortales! ¡Oh, estirpe humana! Mas os valdría no alcanzar a ver el lejano futuro que

será diligente, escrupuloso, laborioso, liso, llano, miserable

Ojalá las mujeres dejasen

de parir, pues todo lo que nazca nacerá al revés: la grandeza engendrará la pequeñez, la

fuerza la debilidad, y de vuestra razón procederá vuestra estupidez. ¡Oh, ojalá las

porque tendréis funcionarios por jefes y

mujeres diesen muerte a sus recién nacidos

héroes, y los buenazos serán vuestros titanes. Se os privará de belleza, de pasión y de

placer

“Os esperan tiempos fríos, tediosos y secos. Y todo eso será obra de vuestra propia Sabiduría, que se despegará de vosotros y se volverá incomprensible y feroz”

!,

(

)”

“¡Y ni siquiera podréis llorar, puesto que vuestra desgracia estará ocurriendo fuera de vosotros! ( )” “¿Será esto una blasfemia contra nuestro Supremo Hacedor? ¿Nuestro Creador de hoy? (Naturalmente me estoy refiriendo a la ciencia) ¡Quién se atrevería! También yo me postro ante la más joven de las Fuerzas Creativas, también yo me prosterno, hosanna, pues esta profecía canta precisamente al triunfo de la omnipotente Minerva sobre su enemigo, el hombre”

WITOLD GOMBROWICZ Y ADA LUBOMIRSKA

Desde muy temprano se manifestó en Gombrowicz una tendencia personal que le causaría daño en el transcurso de su vida, la imposibilidad de tratar normalmente a personas de rango social superior. Era la consecuencia de su forma de comportamiento que lo hacía sentir a gusto solamente con aquellos a quienes conseguía imponer esa forma suya un tanto extravagante. La aristocracia tenía su propio estilo, definido, banal e impersonal, y nada podía hacer en su contra, tenía que someterse. Esta separación, sin embargo, no era tan drástica como podría suponerse al punto que la primera obra literaria de su vida fue la monografía “illustrissimae familiae Gombrovici”. La conservó en estado de manuscrito, y aunque no contenía nada de especial pues los Gombrowicz eran tan solo miembros de una pequeña nobleza, se pavoneaba con cada detalle referente a los bienes, funciones y vínculos familiares, y disfrutaba de esta manía.

Cuando murió su padre en el año 1933 ya había empezado a sentir la decadencia de su apellido, decadencia a la que le encontraba un cierto parecido con “Los Buddenbrooks”,

49

la novela de Thomas Mann. Era una familia que se extinguía, las perturbaciones

mentales de algunos parientes de la parte de su madre pesaban sobre su cabeza como una amenaza de trastornos psíquicos futuros, y el padre fue el último Gombrowicz en gozar del respeto general e infundir confianza. Él y sus hermanos, la siguiente generación, eran unos excéntricos de quienes la gente decía que era una lástima que no

hubieran salido al viejo Gombrowicz.

Su pertenencia a dos mundos, tan fuertemente marcada desde su juventud, fue muy

clara hasta la muerte del padre, después las cosas fueron cambiando poco a poco.

En vida del padre entraba a la oscuridad y volvía a la luz con alguna facilidad, cruzaba

la línea de sombra en las dos direcciones lo que le permitía comportarse como un

verdadero camaleón. Esa doble personalidad se prestaba a la mistificación, su apariencia

de terrateniente más que de asiduo de cafés y de escritor vanguardista le producía todo

tipo de malentendidos, especialmente con el género femenino. Después de la muerte de su padre se le fue haciendo cada vez más claro que tenía que justificar su vida con una obra de orden superior pues el tiempo pasaba y su situación en Polonia se hacía cada vez más penosa. A partir de los treinta años su pertenencia a una

clase social superior empezó a debilitarse y el desastre de la guerra que arruinó a su familia pusieron a esta pertenencia en el camino de la extinción.

Pero Gombrowicz nunca dejó de pertenecer a esos dos mundos, en la Argentina se las

ingenió para darle una nueva vida al mundo de la aristocracia. “Entonces llegó el momento en el que los oyentes, fascinados por mi lúgubre resplandor, empezaron a insistir en que les dijera qué es el arte, en qué consiste el arte, cómo es el arte; y estas preguntas se me echaron encima igual que unos perros que años atrás me habían asaltado al llegar frente a la mansión de Wsola. Respondí: ¡No, eso no

os lo voy a decir! Eso sólo puedo decirlo a una persona de un rango igual al mío. De

entre todos vosotros, sólo a una persona; ¿A quién?; Sólo a ella contesté, indicando a una de las damas–, sólo a ella. ¡Porque ella es una princesa!” Este pasaje de uno de sus diarios se refiere a Ada Lubomirska, la Encantadora Princesita.

Su amistad con la familia Lubomirski la utilizó más de una vez para darse tono y

humillarnos a nosotros.

La

Encantadora Princesita fue para mí, desde que Gombrowicz se fue de la Argentina,

mi

alter ego. Mi traductora de sus textos polacos, mi partenaire en las discusiones que

mantenía con el Pterodáctilo, una lectora infatigable de nuestra correspondencia, con

ella, una segunda naturaleza de Gombrowicz estaba siempre conmigo, ella me lo mantuvo vivo. La Encantadora Princesita fue mi amiga, irradiaba belleza y dolor como el mundo de Gombrowicz. Siempre estuvo de parte de los dos, pero no le alcanzaron las fuerzas para detener al diablo que se había apoderado de nosotros e impidió que la amistad nos protegiera.

Yo creo que la atracción fatal que tenía para Gombrowicz la inmadurez tiene origen en este doble mundo que nunca perdió ni quiso perder. La inmadurez fue el salvoconducto que le permitía entrar en el campo del enemigo cuando iba de la clase social a la intelligentsia, y viceversa. Quien conozca bien sus obras podrá descubrir también como una inmadurez premeditada es la llave que utiliza para componer literariamente los pasajes de situaciones contradictorias, de lo que se sigue que su inmadurez no era tan verde que digamos.

50

Hace muchos años ya, durante algún tiempo, cuatro nombres ocupaban casi todas las horas de mi día: Gombrowicz, la Encantadora Princesita, el Pterodáctilo y el Hasídico, en ese orden de importancia.

“(

talentoso y cansado. Gombrowicz se fue en avión el domingo pasado (hoy es miércoles) a las montañas pero, apenas llegó allá puso el grito en el cielo y llamó a Kot para que lo saque de ese lugar solitario. Kot hizo lo imposible y lo instaló en una especie de castillo-abadía, donde se alojan escritores y artistas. Veremos cómo se sentirá allá. El viejo se volvió completamente histérico ( )”

“(

Kot dijo que ella es muy pero muy inteligente ¡qué cosa

todavía no fumo en pipa (

el martes próximo salimos para New York. Hoy vi a Lavelli en París, un chico

)

)

En París vi a Ada y Enrique, Ada conquistó a Kot, todo va un poco mejor, aunque

)

la coquetería femenina! ( )” Son fragmentos de cartas que me escribieron la Encantadora Princesita y Gombrowicz en una época en la que el corazón me salía por la boca.

El Pterodáctilo había empezado a escribir el prólogo para “Ferdydurke” y Gombrowicz

me pidió que le echara un vistazo. “El sábado 4 de julio me cité con Ada y Arnesto en la confitería de Hipólito Irigoyen y Entre Ríos. El Pterodáctilo trae consigo el prólogo para 'Ferdydurke'. Alrededor de Sabato flota un desvarío alocado, inclusive en su manera de vestir. Tiene un saco verde acordonado con una remera verde obscuro, casi negra, y zapatones de goma. Un pecho lúgubre y metafísico envuelto en una elegancia rural, veraniega y deportiva, sostenida

el murciélago introduce un tempo

por unas extremidades juveniles y estudiantiles (

alegro scherzando que estimula a la princesita. Empezó a comer un sandwich tostado y

dio un espectáculo impresionante (

)

)”

“Inclinó la cabeza y la boca hacia un costado como si quisiera morder a un mozo, y mientras descolgaba el sandwich desde arriba lo empezó a destrozar a dentelladas con desesperación. Se quitó los anteojos y nos leyó el prólogo ( )” La carta es larga, yo estaba atacado por la envidia y critiqué en forma feroz al prólogo. Para demostrarle a Gombrowicz que yo podía escribir mejor que Sabato, y aunque mi firma no valiera como la de él, empecé a trabajar en lo que con el tiempo llegaría a ser “Gombrowicz está en nosotros”. La casi totalidad de este texto forma parte de una carta que le escribí a Gombrowicz, aunque los párrafos iniciales y finales los agregué muchos años después para adornar una conferencia que di en el Centro Cultural San Martín.

“Goma: ¡muy bien, Goma, muy bien! Hondamente ha profundizado en las cumbres (se

refiere a 'Gombrowicz está en nosotros') (

diría, no me veo tan dionisíaco. No sea, Goma, pavo y no haga lío en estos momentos

supremos. El prefacio me resulta una joya. Es atractivo ( )” Eran tiempos en los que me sentía como tocando las nubes, de todos lados me caían halagos.

Me encanta el prefacio de Arnesto aunque

)

“¿Cuándo aparece 'Ferdydurke'? Gombrowicz me ha dicho que usted le había escrito apreciaciones muy justas criticando el prefacio de Sabato. Escríbale a menudo, yo creo

que él necesita de una atmósfera argentina, aun desde lejos (

“Recibí su carta y el artículo sobre Gombrowicz que es uno de los mejores textos sobre

nuestro amigo que yo haya leído. Me gustaría mucho proponérselo a 'Cuadernos' si es que a usted le interesa ( )”

)”

51

“Creo que de todos modos valdría la pena hacerlo traducir. Pronto le escribiré más sobre

Seguramente, es mil veces mejor que el prefacio de

Sabato, porque usted, realmente, comprende a Gombrowicz. Lo que más me gustó es lo que usted dice sobre el papel que juegan las partes del cuerpo en la obra de Gombrowicz. ¡Su texto es verdaderamente excelente! En cuanto a Sabato, considero que no está mal del todo como presentación por el lado Argentina-Polonia pero, desde luego, es muy superficial” Son fragmentos de cartas que me escribieron Gombrowicz y el Hasídico relacionados con el prólogo del Pterodáctilo y con “Gombrowicz está en nosotros”, un texto que incorporé como epílogo en “Cartas a un amigo argentino”.

este asunto. Espero sus noticias (

)

No hay escrito de Gombrowicz donde no aparezca un sentimiento de extrañamiento. En “El festín de la condesa Kotlubaj”, un joven que bien podría haber sido yo, ve como se transforman las circunstancia hasta quedar completamente fuera de lugar. “Recibí carta de Ada (Lubomirska) donde se queja amargamente de que usted le arrancó por fuerza la traducción (significa que la obligó a hacerla), que ella no quería etc., cosas de mujeres. Después gime que sí, que no, que lo hizo pero que no lo hizo, que sufría que gozaba etc. etc. Goma comprenda bien de una vez por todas que el asunto de la traducción es muy delicado. Y yo no pienso perder tiempo en correcciones, sácaselo de la cabeza” En un pasaje del testimonio que le da a la Poetisa Piquetera Impenitente el Pterodáctilo se refiere a la Encantadora Princesita.

“Me acuerdo que dialogábamos mucho sobre cómo debía desarrollarse una clase ante personas, bueno, en fin, lo que aquí llamamos „señoras gordas‟. De esas señoras nos reíamos mucho con Witold aunque es cierto no seamos injustosque lo ayudaron mucho, lo llevaban a sus estancias y él iba a hacer el show del falso conde polaco. Gombrowicz no era conde sino simplemente hijo de una familia aristocrática polaca, pero le encantaba inventar estas farsas sobre sus títulos. En general, tenía una especie de fascinación por los títulos nobiliarios. Un día recuerdo que me dijo: Mirá, a lo mejor me presentan una mujer y no me significa nada aunque sea atractiva, pero si me la presentan diciendo: „la principesa tal‟ me corre algo frío por la piel, qué vamos a hacer, así soy yo ( )”

“Aquí vivía una princesa polaca –Ada Lubomirskaque era gran amiga de Gombrowicz y vivía muy pobremente. Un día me cuenta indignada que Wito ld en las cartas que le escribía encabezaba el nombre con un „princesa‟, hecho que a ella le incomodaba mucho por la sorpresa que provocaba en la portería de su modesta vivienda. Witold, sin embargo, no quiso ceder en esta costumbre. Solía decir: „yo soy muy snob‟. Así era este hombre, tan querido y desconcertante a la vez”

Gombrowicz era perfectamente consciente de una manía que alguna veces le jugaba a favor y otras veces le jugaba en contra, según de que lado se la mirase. “¡Esa pasión, esa locura de darse aires y, además, de la manera más idiota posible! ¡Esa

manía genealógica que me arruina y que pago con mi carrera social! (

)”

“El día que decidí proclamar públicamente mi debilidad, se rompió la cadena que me ataba a aquel tobillo”.

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Estaba atado al tobillo del príncipe Gaetano. Las condiciones que hacían posible esa sujeción eran el hermetismo, la magnanimidad, la amabilidad y la consiguiente superioridad de la aristocracia. Gombrowicz fue aprendiendo poco a poco, en medio de este forcejeo con el estilo, en primer lugar, a revelarse a sí mismo el sentimiento de inferioridad que le sobrevenía cuando tenía que enfrentar sus contactos con la aristocracia, y en segundo lugar, a revelárselo a los demás también. “¿Podré algún día llegar a ser tan imponente y tan distinguido como usted, príncipe, y como usted, señora? ¡Ése es mi sueño!”

Es evidente que los asuntos concernientes al nobiliario no se habían apagado en Gombrowicz. A pesar de las guerras, de la muerte de millones de personas, se seguía encantando con la mitología de los blasones. El falso conde Gombrowicz tenía derecho al taburete porque su abuelita era grandeza de España. Nacido de terratenientes y educado en un colegio aristocrático, era el producto del refinamiento y del tipo de belleza que produce la riqueza. La casualidad lo puso en la Argentina y el exilio lo fue dejando desnudo. La cosa es que aquel joven bien educado, de treinta y cinco años, tuvo que afrontar a su manera, como cada cual lo hace, los infortunios de la vida. Él no ocultó su debilidad, la reveló, y también se burló de ella construyendo una especie de payaso clonado de aquel otro Gombrowicz que se había quedado en Polonia.

Desde muy joven Gombrowicz meditaba sobre cuál podría ser la causa que lo obligaba a oscilar entre la inteligencia y la tontería en una forma tan pronunciada. Un snobismo bobalicón al lado de un espíritu crítico y un gran sentido del humor, un snobismo que lo ponía al borde de la demencia. En el momento en que los combates contra los bolchevique del año 1920 llegaban a su fase decisiva muy cerca de Varsovia, un Gombrowicz de dieciséis años se entretenía mostrándole de refilón una foto a su jefe en la oficina donde trabajaba de voluntario enviando paquetes a los soldados. La foto era la de un edificio público de Lublin bastante conocido, sin embargo le dijo al jefe, que para su desgracia lo había visitado un par de veces: Es el palacio de mi prima Tyszbiewicz.

Sus artificios se volvían indigeribles. Dejó la adolescencia, entró en la juventud, escribió “Ferdydurke”, pero seguía ocupándose de tonterías. Pero había algo más: el sueño de la aristocracia de ser hasta tal punto agradable que le resultara posible ser inútil, andaba de acuerdo con el talante de Gombrowicz. “Bien, por lo que a mi se refiere, afirmo y anoto como uno de los cánones de mi conocimiento que el que desee agradar a los hombres alcanzará con más facilidad la humanidad que el que sólo desee ser un siervo útil”.

WITOLD GOMBROWICZ Y LUDWIG VAN BEETHOVEN

Como expresión del hombre Gombrowicz le reservó siempre un lugar especial a la música y a los sueños. La música rehumaniza la descomposición formal con mayor fuerza que la literatura y por eso su efecto es más poderoso que el del resto de las artes. La crítica a la música que realiza Gombrowicz se refiere a sus manifestaciones sociales,

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a la mistificación y a la falsedad que rodean a las representaciones en los teatros de

ópera y de conciertos, al valor derivado e inauténtico de los ejecutantes y de los directores, y no a la música misma. Después de su ocupación habitual que era la literatura, las pasiones predominantes de Gombrowicz eran la filosofía y la música. Poco después de despacharlo a Milosz en las primeras páginas del “Diario” se ocupa de un concierto en el Teatro Colón, es el primer escenario de la Argentina que aparece en los diarios.

Un pianista alemán galopaba acompañado por la orquesta, termina de galopar, lo aplauden y el jinete baja del caballo, hace reverencias secándose la frente con un pañuelo.

“A la vista de tantos solícitos homenajes podía parecer que no habría una mayor diferencia entre su fama y la de Brahms, su nombre también estaba en los labios de

todos y era un artista igual que él

Beethoven o como las hojitas de afeitar de Gillet? ¡Qué diferente es la fama por la que se paga de la fama con la que se gana! Pero él era demasiado débil para oponerse al mecanismo que lo ensalzaba, no había que esperar resistencia de su parte. Bailaba al son

que le tocaban. Y tocaba para el baile de quienes bailaban a su alrededor”

¿era famoso como

Y sin embargo

sin embargo

Las características sociales de la música tiene representaciones que se manifiestan en grandes cantidades: orquestas, salas, virtuosos, viajes, academias, festivales, concursos, técnicos, teóricos, ingenieros, creadores y críticos, se cuentan de a miles. El escándalo causado por la cantidad no sólo alcanza a los virtuosos y a las orquestas sino también a los creadores. Durante muchos años Gombrowicz había perdido el contacto con la música. Con anterioridad a la compra del Ken Brown, un reproductor de discos, nuestras conversaciones con él poco tenían que ver con la música misma; algunas anécdotas tan sólo (el concierto para piano que dio en Salsipuedes, en el que aporreó las teclas a gran velocidad, a pesar de que no sabía distinguir una negra de una corchea; los auxilios financieros del inolvidable Karol Szymanowski, el príncipe de los homosexuales, según declaraba con entonación), y poca cosa más.

Pero Gombrowicz andaba en busca de algo más duradero, unos nuevos temas para su “Diario”. La pieza de Venezuela era muy antigua y tenía suministro de corriente continua, así que cuando Gombrowicz enchufó el Ken Brown por primera vez, un aparato de corriente alternada, la pick-up le explotó en las manos. Llegó a adquirir una gran facilidad para referirse a los aspectos técnicos de la música, un conocimiento apócrifo que utilizaba para lucirse e incomodar a los demás. Mientras el público escuchaba con atención un concierto en la Facultad de Derecho, Gombrowicz sacó un gotero del bolsillo, lo ascendió cuanto pudo con el brazo bien extendido y empezó a descolgarse gotas en la nariz desde lo alto, haciendo todos los aspavientos posibles para llamar la atención.

Cuando terminó el concierto fuimos a ver al director polaco, Stanislaw Skrowaczewski, Gombrowicz habló un rato con él incomodado por el placer doloroso que le producía la confrontación con un compatriota recién llegado de Polonia, acordaron un encuentro para el día siguiente y nos fuimos. Después de un tiempo le pregunté qué le había pare- cido nuestra orquesta al maestro polaco: Vea, no quiero desanimarlo, me dijo que tiene

el nivel, más o menos, de las bandas de música que tocan en las plazas de Varsovia.

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Los cuartetos de Beethoven eran para Gombrowicz la cumbre prodigiosa de la música, y

la música, el efecto más poderoso y penetrante con el que las bellas artes alcanzan el

alma. A parte del placer que le producía, Gombrowicz encontraba en los cuartetos una estructura espiritual que se correspondía profundamente con el arte de su composición literaria a la que ponía en práctica en todas sus obras.

El burgués inteligente, perezoso y bromista que era Gombrowicz cuando se fue de la Argentina llevaba consigo esos cuartetos de Beethoven. Con el curso del tiempo se me fueron pegando tanto los nombres de Gombrowicz y de Berthoven que me vi obligado a escribir “Gombrowicz es Beethoven”, una oración de diez líneas que publicó “Tworczosc” en Polonia hace más de diez años, una idea sobre la que volví a dar vueltas en “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”. “Durch Leiden Freude, por el dolor la alegría pensaba Beethoven, algo parecido piensa

Gombrowicz, quizás el polaco cambia la alegría del alemán por la belleza, o el encanto,

o la juventud, o la diversión, pero en ambos aparece el dolor como un fundamento metafísico ( )”

“Yo no junto a Beethoven con Gombrowicz porque sean grandes, los junto porque son hermanos, porque en ellos se siente más que en ningún otro que el dolor es el origen de la existencia” Gombrowicz le daba vueltas a los cuartetos para ponerlos en correspondencia con los vaivenes de su escritura. “A veces trato de relacionar los cuartetos de Beethoven con una edad diferente e incluso con el otro sexo. Intento imaginarme que el do sostenido menor fue compuesto por un niño de diez años o por una mujer. También trato de escuchar el cuarto como si estuviera compuesto después del décimo tercero. Para adquirir una relación personal con cada uno de los instrumentos, me imagino que soy el primer violín, que Quilomboflor toca la viola, que Gomozo sostiene el violoncelo y Beduino el segundo violín”

Carlos Fuentes publicó recientemente una hermosa nota en la que habla de los artistas que coronan sus vidas con serenidad, y de los que al final de su vidas apuestan a la intransigencia y a la contradicción.

“(

Enajenado, oscuro, rechazando la serenidad, despreciando la madurez, Beethoven

nos recuerda en sus cuartetos el ánimo de Witold Gombrowicz en sus grandes novelas

)

„Ferdydurke‟ y „Cosmos‟ (

)”

En la variedad de temas que Gombrowicz aborda en los diarios está incluida su sabiduría filosófico musical, pero su obra artística no la incluye, por lo menos no la incluye en forma expresa. Hay que decir no obstante que las estructuras musicales y el pensamiento fundamental están presentes en el momento de la creación, pero Gombrowicz se ocupa de cubrir su presencia con el lenguaje.

A veces utiliza el sistema de la grilla que se aplica sobre un texto legible para hacer

surgir un código, otras el método del pintor que primero hace un cuadro realista y después oculta su legibilidad, y también el procedimiento que utilizan los animales para ocultar sus excrementos. En la música que escuchaba Gombrowicz no parece razonable investigar cuál es la referencia al mundo de esas melodías y armonías, como lo hacen la pintura y la

literatura.

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Todos los acontecimientos posibles de la vida se realizan en ella, sin embargo, no puede encontrase parecido entre la música y las cosas que pasan por nuestra mente cuando la escuchamos, es expresiva y elocuente pero no describe nada al margen de ella misma.

El hombre encuentra en la música su más auténtica y completa expresión artística, su

lado íntimo y del mundo en general. El verdadero carácter de la melodía refleja la naturaleza eterna de la vida humana, que desea, se satisface, y desea otra vez, una particularidad que describe Schopenhauer con palabras profundas y hermosas. Por consiguiente, la música no es en modo alguno la copia de las Ideas, sino de la voluntad misma, cuya objetividad está constituida por las Ideas; por esto mismo, el efecto de la música es mucho más poderoso y penetrante que el del resto de las bellas

artes, pues éstas solo nos reproducen sombras, mientras que ella, esencias” Gombrowicz no utiliza las estructuras musicales tan sólo para ordenar su creación literaria, sino también como elemento de hechizo, para seducir a los lectores.

“¡Qué descaro de mi parte recurrir a unos temas tan fascinantes y melodiosos! Sobre todo hoy, cuando la música moderna le teme a la melodía, cuando el compositor, antes

de utilizarla, tiene que despojarla de toda su atracción, volverla árida. Lo mismo ocurre

con la literatura: un escritor moderno que se respete evita toda suerte de cebos, intenta ser difícil y prefiere repeler antes que agradar. ¿Y yo? Yo hago justamente lo contrario, meto en la obra todos los sabores más sabrosos, los encantos más encantadores, la

Busco las

melodías más cautivadoras

relleno de bellezas y excitaciones, no quiero una escritura árida, sin hechizo

para llegar, si lo consigo, a algo todavía más seductor”

Teníamos absolutamente prohibido tararear, canturrear o silbar mientras escuchábamos música junto a Gombrowicz.

Él, en cambio, se permitía algunas cosas: hacía unas muecas espantosas con la boca,

levantaba los codos con los brazos flexionados y las manos crispadas, siguiendo los compases de la música, aleteando como un pájaro herido que no puede levantar vuelo.

A veces dejaba escapar unos chirridos muy desagradable entre los dientes. Había

muchas protestas: Vean, yo sigo la línea fundamental, como los grandes directores, los detalles no me preocupan. Gombrowicz tenía una actitud religiosa con la música, era enormemente sensible a este lenguaje al que consideraba como la manifestación más esencial del arte. Bach, que representa al género abstracto, con una línea melódica que le recordaba el sonido de una máquina de coser, condujo al fracaso el desarrollo de la música según le parecía a él.

La admiración que despierta Bach y el placer que produce son equivalentes a los que se

obtienen de la resolución de un problema matemático. Bach instruye con sus Bran- denburgueses a los asesinos del canto. De Beethoven, en cambio, emana un placer inmenso, la sensualidad de la forma y la violencia ejercida contra ella lo ponen de inmediato en la esfera metafísica. Hay una facilidad en la aproximación a Beethoven que le llamaba la atención. En el arte nada es tan difícil como la facilidad, pues su desarrollo es contrario a esta facilidad, el esfuerzo por mantenerla viva es contrario a la evolución natural del arte, y su existencia sólo es posible si detrás de la música se oculta un trabajo gigantesco de composición con la forma.

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Beethoven parece fácil y, sin embargo, es el más difícil de todos: encontró un le nguaje musical ya hecho, lo unió a la naturaleza e inventó un idioma nuevo que durará por muchos siglos.

A Gombrowicz le resultan muy extraños los juicios de Nietzsche y de Ortega sobre

Beethoven. El alemán lo compara con Goethe y el español con Bach, en ambos casos la música del genio de Bonn aparece como un producto de sentimientos rústicos e indomados Beethoven era un ser desgraciado, pero supo expresar en su arte la salud y el equilibrio porque no los tenía. Gombrowicz atribuía a esta antinomia la máxima importancia. El artista debe compensar sus desórdenes con la disciplina y el rigor.

“Ya es hora de responder a la pregunta: ¿por qué se quiere destruir a Beethoven, por qué

se permite cualquier tontería siempre que sea antibeethoveniana, por qué se ha urdido

una red de alabanzas ingenuas y acusaciones igualmente ingenuas con la intención de ahogarlo? ¿Tal vez porque Beethoven no gusta? Es justamente por lo contrario: porque

es la única música que realmente le ha salido bien a la humanidad, la única encantadora” Pero Gombrowicz no puede aguantar por mucho tiempo la seriedad y mucho menos la adoración, aunque se trate del mismísimo Beethoven al que también le gustaba hacer bromas, así que vamos a terminar este gombrowiczidas con un toque de humor que aparece en un diálogo que tiene con el Beduino respecto de Toscanini.

“Beduino y yo en la parada del autobús, esperamos el 208. Le digo: ¡Oye, viejo! Para no aburrirnos, ¡montaremos un numerito! ¡Los dejaremos boquiabiertos! Habla conmigo

Beduino

se muestra encantado. Subimos. Se sitúa a una distancia conveniente y comienza, en voz

alta: En tu lugar, reforzaría los contrabajos, prestaría atención también al fugato,

maestro

A

propósito, ¿cuándo me mostrarás esa carta de Toscanini? Yo (en voz alta): Me dejas

asombrado, chico

no entiendo por qué has de presumir delante de la gente haciéndote pasar por músico. ¿Qué es eso de engalanarte con plumas ajenas? ¡Es muy feo! Todos miraban severamente a Beduino que, rojo como un tomate, me dirige una mirada asesina”

No conozco a Toscanini, no soy director de orquesta y francamente

en ese pasaje del Fa al Re

Él: Y cuidado con los cobres

como si yo fuera director de orquesta y tú músico, pregúntame por Toscanini

La gente aguza los oídos. Digo: Hum, hum

¿Cuándo tienes ese concierto? Yo toco el catorce

WITOLD GOMBROWICZ Y ROLAND BARTHES

Sea por el temperamento, sea por razones históricas, o sea por lo que fuere, a los polacos les gusta protestar. Gombrowicz conocía a un polaco que solía sumirse en profundas meditaciones. Luego, al volver en sí, decía: Lameculos, cerdos, cerdas, comemierdas, todos son la misma porquería; ¿En qué piensas?; En los polacos. Desde el mismo momento en que Gombrowicz empezó a escribir se dedicó a destruir a alguien para salvarse a sí mismo. En “Ferdydurke” atacó a los críticos para distanciarse del sistema de la episteme occidental. Sus ataques a los poetas, a los pintores y a París también estaban dictados por la necesidad de apartarse de esa episteme.

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“Me moría de vergüenza al pensar que sería un artista como ellos, que me convertiría en un ciudadano de esta ridícula república de almas ingenuas, en un engranaje de esta terrible maquinaria, en un miembro de este clan”

Pero a medida que pasan los años sus palabras escritas se fueron distanciando de Gombrowicz, y él mismo y sus rebeliones, poco a poco, se convirtieron en literatura. La ley que formuló tardíamente: cuanto más inteligencia, más estupidez, se le podía aplicar entonces perfectamente a él también. No podía agarrar a la episteme por la garganta y luchar contra ella pues su rebelión sería absorbida fatalmente por su mecanismo; no hay nadie, al fin de cuentas, que aún consciente de su absurdidad, no forme parte a pesar de todo de la episteme. Esta impotencia de Gombrowicz para divorciarse de una episteme que había inventado Platón con el propósito de distinguir la opinión simple de la fundada, lo lleva a hacer declaraciones drásticas.

“Posiblemente sea injusto y algo cruel que mi alta vocación haya estado marcada por una falta de ilusiones tan terrible, por una lucidez tan implacable. La ira que me acomete cuando pienso en artistas como Tuwin, D‟Annunzio o incluso Gide, ¿no estará relacionada con el hecho de que ellos, a pesar de todo, eran capaces de leerle a alguien un texto suyo sin esa desesperante sospecha de estar aburriendo? También pienso que un poco de conciencia de lo que llamamos la importancia social del artista me hubiera sido más conveniente que esta certeza mía de ser socialmente un cero, un marginal” La estupidez del sistema de comunicación que reemplaza a la comprensión por los malentendidos originados en el refinamiento del lenguaje, y la estupidez que produce la erudición por la falta de un lenguaje que le permita a la gente expresar los conocimientos incompletos, es decir la ignorancia, llevaron a Gombrowicz al descubrimiento de que cuanto más tiende nuestro espíritu a liberarse de la estupidez y a dominarla, más parece pegarse la estupidez a la condición humana.

El esfuerzo del pensamiento por purificarse de la estupidez está, entonces, en contradicción con la organización interna del género humano, y la episteme occidental es incapaz de contestar a la estupidez porque la estupidez le parece insolente. ¿Pero de dónde le sale a Gombrowicz este brote epistemológico? Después de leer “Lecciones preliminares de filosofía” de Manuel García Morente Gombrowicz adquirió la costumbre de decirle a sus amigos que la filosofía se había acabado, que el profesor García Morente lo aclaraba todo, que no había ya ningún misterio desde Platón hasta Husserl, y que sin misterios no existe la filosofía. En las primeras páginas de esa obra, tan importante en aquella época para los estudiantes argentinos, aparece una palabra que le resulta atrayente, episteme, un vocablo al que recurría con cierta frecuencia en nuestras conversaciones del café Rex, no tanto porque lo fascinara el significado que tiene, sino por su sonido.

“Esta duplicidad de sentido en la palabra „saber‟ responde a la distinción entre la simple opinión y el conocimiento bien fundado racionalmente. Con esta distinción entre la simple opinión y el conocimiento fundado inicia Platón su filosofía. Distingue entre lo que llama doxa, opinión, un saber que tenemos sin haberlo buscado, y la episteme, la ciencia, que es el saber que tenemos porque lo hemos buscado” La episteme, seguramente, le quedó zumbando en la cabeza a Gombrowicz, y muchos años después vuelve a ella en los diarios.

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“Finalmente tengo que formular (pues veo que nadie lo hará en mi lugar) el problema

fundamental de nuestro tiempo, aquel que domina por entero toda la espisteme occidental. No es el problema de la Historia, ni el de la Existencia, ni el de la Praxis, o de la Estructura, o del Cogito, o del Psiquismo, ni ninguno de los otros problemas que

)”

han ocupado el campo de nuestra visión (

“El problema capital es: cuanto más inteligencia, más estupidez. Vuelvo a este

La estupidez que

experimento cada vez más y de manera cada vez más humillante, que me agobia y me

consume, ha aumentado mucho desde que me acerqué a París, la ciudad más estupidizante del mundo”

Todo lo que concierne a la naturaleza del hombre, salvo los misterios trinos, suele

Gombrowicz, siguiendo él

también la línea binaria del pensamiento, eligió la inmadurez y la forma. En su visión del mundo irreverente y libertaria la cultura y las ideas juegan un papel paradójico pues

dividirse en dos: el cuerpo y el alma, la tierra y el cielo

problema, aunque ya lo he abordado en muchas ocasiones

lo ponen al hombre en el camino de la inmadurez en vez de hacerlo crecer.

No son las ideas las que mueven a las personas sino las funciones, un pensamiento fundamental del estructuralismo que apareció bastante después de que Gombrowicz empezara a darle vueltas a esta nueva manera de ver las cosas. Antes de observar cómo Gombrowicz pasa de la episteme al estructuralismo vamos a recordar que el término estructura suele traducir al vocablo alemán Gestalt y por ello se habla de gestaltismo lo mismo que de estructuralismo. La noción de estructura está muy vinculada a las nociones de forma y configuración por lo que no resulta nada extraño que, aunque no fuese nada más que por razones morfológicas, las ideas de Gombrowicz estén vinculadas al estructuralismo. Cuando conocí a Gombrowicz en el Rex asistí a varias discusiones en las que el Alemán lo acusaba de que sus concepciones de la forma estaban copiadas de la Gestalt.

A Gombrowicz no le disgustaba esta analogía pero le respondía que su concepción de la

forma era más bien asimilable, en el campo lógico, a una contraposición entre el método

analítico y el método sintético de descomposición y recomposición de elementos, y le ponía como ejemplo el “Filifor forrado de niño”, una historia en la que luchan dos

partes antitéticas alrededor de un eje central en la que triunfa la función sobre la idea. El estructuralismo es una teoría común a varias ciencias humanas, como la lingüística,

la antropología social y la psicología que concibe cada objeto de estudio como un todo

cuyos miembros se determinan entre sí, tanto en su naturaleza como en sus funciones, en virtud de leyes generales. Antes de que surgiera la moda del estructuralismo Marx ya había intentado establecer científicamente las condiciones de la estructura social que, según su concepción materialista, estaba determinada por el modo de producción y por las relaciones entre las clases sociales sobre la que se apoya la superestuctura institucional, jurídica, moral e ideológica de la sociedad.

Y Freud había elaborado un modelo estructural para el inconsciente reprimido con su

sistema del yo, del ello y del super yo. Y, también, antes de la moda estructuralista, Saussure diferencia en sus estudios sobre lingüística a la “lengua” del “habla”, considerando a la lengua como un sistema de signos independiente del uso que de él hace el individuo, habiendo sido esta idea la inspiradora del estructuralismo. Durante las décadas del 40 y el 50, la escena filosófica francesa se caracterizó por el existencialismo, fundamentalmente a través de Sartre,

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aparecen también la fenomenología, el retorno a Hegel y la filosofía de la ciencia. Pero hay algo que cambia en la década del 60 cuando Sartre se orienta hacia el marxismo y surge una nueva moda, el estructuralismo. Strauss en la etnología, Lacan en el psicoanálisis, Althusser en el marxismo y Foucault en la epistemología, por decir algo, aunque él no se reconocía como estructuralista.

Gombrowicz afirma que él era estructuralista treinta años antes de que apareciera el estructuralismo. Puntualiza que afirmaciones tales como: “ya no se actúa, uno es actuado, ya no se habla, uno es hablado”, características del estructuralismo, son equivalentes a las de “El casamiento”: “No somos nosotros quienes decimos las palabras, son las palabras las que nos dicen a nosotros”, y que esta coincidencia no es incidental, toda su obra tiene sus raíces en el drama de la forma. Si en afirmaciones como: “Tal como yo lo veo, el hombre es creado por la forma, creador de la forma y su infatigable productor”, cambiamos el vocablo forma por estructura, queda demostrado lo que había que demostrar. Gombrowicz consideraba que en cierto modo era estructuralista del mismo modo que era existencialista, que se hallaba ligado al estructuralismo por la afirmación de la forma.

Si la personalidad se crea entre los hombres, en el marco humano que la define, entonces es natural que sea una función de un sistema de dependencias cercano a lo que llamamos estructura. Pero el mundo de los estructuralistas, si bien tiene analogías con el suyo, es también su contrario. El estructuralismo tiene sus raíces en la etnología, la lingüística, las matemáticas, y en una acepción más amplia como la de Foucault, en la epistemología, mientras que el estructuralismo de Gombrowicz es artístico, procede de la calle y de la realidad de todos los días, es práctico, y por ser práctico se halla cercado por la angustia y la pasión. La literatura de Gombrowicz no era un derivado del estructuralismo, una derivación muy común en esa época, en forma independiente había llegado a conclusiones similares a partir de un estado de ánimo diferente, de otras experiencias, en otro plano. Lo que los separaba contaba más que lo que los ligaba.

“Yo, individuo privado y concreto, odio las estructuras, y si descubro la Forma a mi manera, es precisamente para defenderme de ella” Una fórmula no pude ser más que una fórmula y el agujero que atraviesa el razonamiento de los estructuralistas terminará por engullirlos. En la ciencias exactas se puede razonar en contra de la más evidente realidad cotidiana y personal, pero en las ciencias humanas no ocurre lo mismo. “Admiro la ciencia puesto que soy ignorante (como ustedes, señores, y como Sócrates), pero me temo que esa pequeña palabra llamada „yo‟ no se va a dejar eliminar tan fácilmente, porque nos ha sido impuesta con demasiada brutalidad” El estructuralismo de Roland Barthes ejerció una influencia nefasta sobre el Esperpento que pasó así de la filosofía del yo de Fichte a la semiótica, este cambio en cierto modo malogró su amistad con Gombrowicz.

Los conceptos propuestos por Barthes para el análisis semiológico van derivando a una especificidad mayor que permite avanzar por el entonces poco transitado camino de la Semiótica. Desde unos orígenes claramente sartrianos desarrolló después una investigación propiamente semiológica, con un interés especial por la lingüística.

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Sí, en París se hablaba del existencialismo, de la música de Schönberg o de teorías físicas que sobrepasaban las posibilidades de comprensión de los burgueses parisinos. París es más culto que Santiago del Estero, pero precisamente por eso, más tonto. La episteme occidental no puede solucionar los problemas del sistema comunicativo, ni siquiera puede registrarlo porque está por debajo de su nivel. Roland Barthes le sale al cruce a Gombrowicz y se pone a favor de la episteme.

“La escritura no es más que un lenguaje, un sistema formal (una verdad que lo anima); en un cierto momento (que puede ser el de nuestras crisis profundas, sin otro fin que cambiar de ritmo lo que decimos) este lenguaje siempre puede ser hablado en otro lenguaje; escribir (a lo largo del tiempo) es tratar de descubrir el mejor lenguaje, el que es la forma de todos los otros” Gombrowicz piensa que a Barthes y a muchos otros escritores no les falta descaro, no se asustan de ninguna escalada verbal, siempre que no les produzca vértigo. Para poner las cosas en su lugar Gombrowicz relata lo que en su juventud le había contado una amiga: Mientras estábamos merendando en la terraza apareció el tío Szymon; ¿Pero, cómo?, si Szymon hace cinco años que yace bajo tierra; Exacto, vino del cementerio con el mismo traje con que lo enterramos, saludó a todos los presentes, se sentó, tomó un té, charló un poco sobre las cosechas y se volvió al cementerio; ¿Cómo? ¿Y vosotros qué hicisteis?; Nada, qué puede hacerse, querido, ante semejante insolencia.

“He aquí por qué la episteme occidental no es capaz de replicar: ¡es algo insolentemente estúpido!” El carácter abstracto del sistema de signos elaborado por Barthes absorbió totalmente la actividad intelectual del Esperpento y sus conversaciones con Gombrowicz se hicieron por esta razón cada vez más difíciles. Llegaron al punto que cuando el Esperpento iba a la casa de Venezuela a visitar a la señora Schultze era incapaz de entrar a la pieza de Gombrowicz para saludarlo.

WITOLD GOMBOWICZ Y MARCELO COHEN

Dos de los gombrowiczidas hispanohablantes que están a la intemperie han descubierto inesperadamente dos obras maestras de Gombrowicz que no estaban contabilizadas en los handboks de la literatura, utilizando argumentos que no pueden ser aceptados sin una reflexión previa. En efecto, el Pato Criollo, unos años atrás, escribió una nota para “Babelia” a la que tituló “La obra maestra secreta”, la que resultó estar compuesta por una cofradía de jóvenes que conocieron a Gombrowicz entre los que estábamos incluidos los integrantes del último cuarteto, el elenco estelar de “Gombrowicz o la seducción”, el film de Alberto Fischerman. El Pato Criollo hace una presentación breve de estos comparsas a la que remata diciendo que, a juicio de Gombrowicz, eran demasiado jóvenes, demasiado inmaduros y demasiado tontos, poniendo de esta manera un punto de duda sobre las características y el nivel de “La obra maestra secreta” que él mismo inventa o descubre.

El Orate Blaguer, en cambio, más recientemente, corta por lo sano y elige como obras maestras a dos textos del mismo Gombrowicz, a saber: su propio “Diario” y la inscripción que una tarde dejó puesta en la puerta del baño de un café.

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“A señoras y señores, para nuestro beneficio/ No lo hagan en la tapa, háganlo en el orificio” Esta colaboración del Orate Blaguer forma parte de una nota que escribió para “Letras Libres” a la que dio en llamar “En seis horas y cuarto”, como reconocimiento al título del libro que publicó la Vaca Sagrada, y con el propósito de asegurarse la integración plenaria en la larga lista de los corifeos que tiene la viuda. El Pato Criollo es ermitaño y no se le pueden pedir explicaciones, pero el Orate Blaguer, a pesar de su timidez declarada, es sociable y se lo podría consultar en las ferias del libro a las que asiste.

La atracción que ejercen las ferias del libro sobre las personas relacionadas con la actividad de escribir es innegable pero, como en el caso de las leyes, tiene sus excepciones. En efecto, en el año 2004, le efeméride del centenario de Gombrowicz, una de las mesas redondas a la que los polacos bautizaron con el nombre de “Gombrowicz, ¿un escritor polaco o argentino?, se convirtió en una historia amarga de deserciones. El programa anunciaba las participaciones del Niño Ruso, del Boxeador Amateur y del Alfajor, pero ninguno de los tres se hizo presente. El Niño Ruso desertó de la mesa porque no vino a la Argentina, el Boxeador Amateur porque le dio un ataque de soberbia, el Alfajor porque, como el león, huyó por la derecha internándose en las sombras del anonimato, y el Esperpento sencillamente no había sido invitado.

El Pato Criollo, que se le había retobado personalmente al Zorro, me sugirió que, perdido por perdido, lo invitara a Revólver a la Orden, un filósofo escritor que se animaba a lo que fuere, pero no me atreví a tanto, me pareció un desatino de parte del Pato Criollo que, casi con seguridad, tenía la intención de introducir en la mesa a un participante al que le gustaba distinguiese del resto y podía despacharse con cualquier extravagancia. El Buey Corneta, entre otros varios escritores ilustres, también fue invitado para que metiera su ponencia, pero se escondió detrás de la excusa inveterada de los compromisos anteriores. De tal modo los hombres de letras hispanohablantes desairaron a Gombrowicz, a los ponentes polacos, al embajador de Polonia y a los gombrowiczidas argentinos.

Pasaron dos años y, ahora sí, el Buey Corneta aceptó meter una ponencia en la mes a redonda del la Feria del Libro: “La verdad tiene la estructura de la ficción”, una mesa en la que también participaron como ponentes el Orate Blaguer y el Pícaro, un personaje este último bastante oscuro y astuto. Sería hora de que el Buey Corneta, un representante de la ambigüedad y del mundo florido, dejara de llenarse la boca con Gombrowicz al que sólo utiliza de adorno y para darse tono. Cuando los gombrowiczidas conocieron las trifulcas que se arman entre los hombres de letras de Polonia el Buey Corneta difundió inmediatamente entre sus corresponsales el contenido de estas historias con el comentario de que se trataba de un vislumbre sobre las internas de la política cultural polaca.

En la colección de las historias verdaderas que se cuentan en los gombrowiczidas hay también vislumbres de las internas de la política cultural argentina y española, pero el Buey Corneta no difunde estos conflictos, podríamos pensar entonces que no los difunde porque es xenófobo o hispanófilo, o por ambas cosas a la vez. El hecho de que haya aceptado acompañar al Orate Blaguer en esta aventura logomáquica es una prueba que nos da de su hispanofilia, y el registro que hace de los

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vislumbres de las internas de la política cultural polaca, es una prueba que nos da de su xenofobia. Si es cagón o no es cagón, por haber delatado al Vate Marxista, como lo afirma el Hombre Unidimensional, yo no lo sé, pero esta podría ser la tercera razón del porqué rechazó la compañía de Gombrowicz y aceptó la de un pícaro y un charlatán.

El tercero excluido de esa mesa redonda tiene una característica parecida a la de uno de los personajes de los cuentos griegos. En efecto, el Pícaro se había comprometido a demostrar que el oráculo de Delfos mentía. Llegó el día señalado y el Pícaro tomó un pajarito y, escondiéndolo bajo su manto, se dirigió al templo. Cuando estuvo frente al oráculo le preguntó si lo que tenía en la mano era un ser vivo o era un ser inanimado. Si el dios decía inanimado, el hombre mostraría al pajarito vivo; si decía vivo, lo enseñaría muerto, después de haberlo ahorcado. Pero el dios, viendo de lo que se trataba con esa malvada intención, respondió: Deja tu engaño, Pícaro, pues bien sabes que de ti depende que lo que tienes en la mano se muestre muerto o vivo. Nuestro Pícaro no se metió con el oráculo de Delfos, en cambio, fue un colaborador eficientísimo de “Interzona”, una editorial malograda poco tiempo después de haber publicado “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”.

Este oscuro Protoser, que había rechazado in limine y a libro cerrado la publicación de “Gombrowicz, y todo lo demás”, formó parte también de esa mesa redonda junto al Orate Blaguer y al Buey Corneta a la que alguien le puso en nombre de “La verdad tiene

la estructura de la ficción”. Yo presentía que el nombre de esa mesa estaba muy de

acuerdo con cierto tipo de desvaríos que tienen los hombres de letras, y temí lo peor. “Por supuesto que en esta experiencia que hice no se trataba de no controlar nada, sino de seguir la idea presente en Gombrowicz de que, a veces, “escribir es como tener tensas las riendas de un caballo desbocado”. Y eso es lo que me interesa: si el caballo se desbocara no voy a ser tan ingenuo como para no saber que tengo las riendas, que la mente siempre está antes que la mano que escribe. No obstante, mi cabeza trabaja con más lucidez cuando me puedo liberar, aumenta mejor, amplifica”

Con esta forma de expresarse el Pícaro se pone en línea con una costumbre reiterada que tienen algunos hombres de letras hispanohablantes: escribir una gran cantidad de palabras para no decir nada. Sin llegar a ser un filosemita de la misma altura de Gombrowicz, yo también tengo una cierta debilidad respecto a los hebreos, tanto es así que mi primer matrimonio lo hice con una judía. Sin embargo, por falta de afinidad de caracteres y no por culpa de que fuera judía, a los diez años tuve que separarme de ella, entonces me casé con una alemana.

A raíz de que me había rechazado in limine y a libro cerrado “Gombrowicz, y todo lo

demás”, y por la costumbre que tiene de escribir una gran cantidad de palabras para no decir nada, no pude tener con el Pícaro, también judío, esa buena predisposición que me

despierta la raza.

Gombrowicz se refiere al estilo judío de una manera ambivalente pero no desdeñosa, sino al contrario. “Esos terribles destructores, esos revolucionarios eran en su mayoría benévolos como

niños, bastaba rascar un poquito para descubrir su tendencia soñadora, impregnada de

una fe casi mística, su mordacidad se unía en forma extraña a la blandura (

Yo

torturaba cuanto podía su ingenuidad, toda mi táctica se centraba en invertir los papeles a fin de que ellos y no yo se convirtieran en románticos”

)

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Gombrowicz tenía con los judíos una unión espiritual nada superficial, fueron siempre y en todas partes los primeros en comprender y valorar su trabajo de escritor, sin embargo, sus relaciones intelectuales no se extendieron nunca al terreno de la amistad personal.

No era tanto la frialdad intelectual de los judíos lo que le chocaba, sino la ingenuidad con la que se dejaban impresionar por el intelecto, una admiración confiada e infantil por la razón científica, las teorías y la cultura en general. Pero todos los pícaros, judíos o no judíos, a la corta o la larga reciben su merecido, así que nuestro Pícaro debiera ir preparándose para recibir el suyo por haberse dedicado con tanto ahínco al desarrollo de la cantidad en sus célebres logomaquias . “Te conozco, fuerza que lo reduce todo a un denominador común. Te conozco, basso ostinato en el registro más bajo de la existencia, oigo tu paso implacable. ¡Te veo, Cantidad que difuminas, disolvente, en el acto de brotar de vientre de mujer” Ese vientre de mujer se me apareció bajo la forma de un reportaje radial a una joven ucraniana que hablaba un español perfecto.

Inscripta en cursos de la Facultad de Filosofía y Letras juntaba materiales para una tesis de la carrera de filología que sigue en Alemania; el tema era el tango. El periodista, estimulado por la voz agradable de la joven y por el relato que le hacía e l movilero sobre su belleza, empieza a hacerse el Pícaro: Ah, el tango, el hombre se la pasa llorando porque la mujer lo deja y la madre ya no está; Bueno, lo deja una mujer, no tiene importancia, después viene otra mujer, y después todavía otra; Decime, hay alguna expresión argentina, algún modismo, que te haya llamado la atención; Sí, ¿quieres que te diga?; Claro, adelante; La concha de la lora.

WITOLD GOMBROWICZ, BEATRIZ SARLO Y WALTER HÖLLERER

Gombrowicz tenía la sensación de que en las conferencias nadie entendía nada de nada, una sensación en la que también se sentía incluido. Sin embargo, a pesar de todo, de vez en cuando se encontraba participando en esos acontecimientos con resultados diversos. El Asiriobabilónico Metafísico y el Dandy tenían un talante especial para enfrentar las volteretas de acróbata que daba Gombrowicz en las conferencias. Para la misma época en que lo conocí a Gombrowicz el Dandy escribe una página en sus diarios en la que le hace decir al Asiriobabilónico Metafísico lo que había ocurrido diez años atrás en la conferencia que Gombrowicz pronunció contra los poetas. “En una reunión el conde pederasta y escritorzuelo Witold Gombrowicz declara: Yo voy a decir un poema ( )”

“Si en cinco minutos nadie propone otro tendrán que reconocer que soy el más grande poeta de Buenos Aires. Recita: Chip Chip me decía la chiva/ (Scherzo, no desprovisto de ironía, porque chip chip se usa para llamar a las gallinas)/ mientras yo imitaba al viejo rico/ (Parte descriptiva ( )” “No significa aclara Borges'remedaba yo al viejo rico' sino 'copiaba a máquina lo que el viejo rico dictaba')/ Oh rey de Inglaterra ¡viva!/ (Castañeteos. Exaltación patriótica)/ El nombre de tu esposo Federico/ (Dénouement aristotélico). Córdova Iturburu trató de leer algo, pero no encontró las papeletas. Gombrowicz se declaró rey de los poetas. El

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marido de Wally Zenner, radical de Forja, tembló de indignación y estuvo a punto de proceder”

Desde hace ya algún tiempo se difunde una historia sobre las conferencias que se ha convertido en una leyenda negra en el mundo de los hombres de letras argentinos según

la cual la Cocot habría invitado al finado Soriano a dar una en la Facultad de Filosofía y

Letras con el exclusivo propósito de que el alumnado se burlara de él, y esto porque Soriano apenas había terminado a los tumbos la escuela primaria. Soriano, que efectivamente tenía un complejo de inferioridad respecto a su instrucción incompleta se sintió despreciado. La Cocot trató de rústicos a los que la acusaban de haber discriminado a Soriano y se

armó un lío político de proporciones mayúsculas entre la izquierda y la derecha; la pobre mujer quedó situada en una especie de derecha presumida que se ajustaba muy bien a su talante.

El Manco la acusó de que se emocionaba con el Guernica de Picasso y no tenía memoria para los bombardeos del ‟55; que tenía sensibilidad para los hambrientos del

primer mundo y no para los de acá a la vuelta; que esta jerarquía de preocupaciones era

la misma con la que había vivido Victoria Ocampo; que no se le podía creer a una

columnista dominical que se olvida de los derechos humanos y sólo se ocupa de los sentimientos benéficos; que los alumnos de Filosofía y Letras que se emplean en editoriales cuando egresan, hacen informes sobre originales y son obedientes a esos gustos canónicos institucionales que la Cocot imponía sistemáticamente desde su actividad académica ilustrada; que él sólo leía a la Cocot para saber en qué andaba la derecha argentina ilustrada.

Una de las conferencias más apremiantes de Gombrowicz la dio unos meses antes de

renunciar al Banco Polaco, había decidido dejar el trabajo y empezó a preocuparse por

la pérdida del sueldo. Eran conferencias de filosofía a domicilio en las que pasaba el

sombrero después de terminar cada clase: Yo les ilumino la mente y ustedes hacen economías con un pobre genio. La conferencia que dio contra los poetas en la librería Fray Mocho resultó muy agitada, pero las palabras que pronunció fueron tan elocuentes que el presidente del Banco Polaco se entusiasmó con su tono magistral y le dio trabajo. “Contra los poetas” es un ensayo belicoso que le nació a Gombrowicz de la irritación que le habían producido los poetas de Varsovia, su poeticidad convencional lo tenía harto, pero la rabia lo obligó a ventilar todo el problema de escribir versos.

A parte de la alteración que se produjo en el público presente y del bastonazo que le

quiso pegar un viejo poeta, se desató una batalla tremebunda en la prensa. Gombrowicz no podía esperar que los signos de interrogación que le había puesto a la poesía fueran a

ser enriquecidos por los periodistas. Su razonamiento antipoético merecía un análisis bien hecho, no se lo podía despachar en cinco minutos con cuatro garabatos, su idea era nueva y estaba basada en un sentimiento auténtico. Sin embargo, la intervención de Gombrowicz que quizás más haya tenido que ver con esa idea de que nadie entiende nada de nada, la tuvo en Berlín. Höllerer, un profesor muy renombrado, director de la revista "Akzente", lo invitó a un coloquio para que leyera en alemán un fragmento de "Ferdydurke".

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Pero mi pronunciación es terrible, profesor, ni yo ni los oyentes entenderemos nada; No importa, es un acto de cortesía que tenemos con usted, el señor Hölzer leerá algunos de sus poemas y después se abrirá el debate. Walter Höllerer una especie de Victoria Ocampo según nos decía Gombrowicz en sus cartasle inspiraba confianza, tanto como profesor como por su talante de estudiante, algo que se le hacía evidente cuando escuchaba su risa jocosa y juvenil. Gombrowicz esperaba que esa jovialidad lo liberara justamente de ese compromiso con los estudiantes de la universidad, pero el alemán que el profesor llevaba adentro lo obligó a representar su papel y se dispuso a abrir la sesión. Lo presenta a Gombrowicz en la sala de conferencias y lo invita a leer la página de “Ferdydurke”.

Perdón, señor Höllerer, pero no la voy a leer. Otros participantes empiezan la lectura de sus poemas. “Höllerer hablaba como profesor y sólo como profesor, dentro de los límites de la función, Barlevi, en calidad de polaco, de futurista varsoviano de antes de la guerra y de pintor que estaba preparando una exposición, y también de invitado de Höllerer. Hölzer,

hablaba en calidad de poeta

Gombrowicz se sintió debilitado, tenía que defenderse y ponerse a la altura, decidió por

lo tanto dar señales de vida y pidió la palabra para chapurrear su alemán. Su balbuceo hueco se volvió enseguida inconcebible, ensartaba palabras al azar con el único propósito de seguir hablando, pero, increíblemente, los estudiantes lo estaban escuchando, no sabía cómo seguir.

Völker, como joven literato (

)”

Entonces se dirigió a Barlevi, al que podía hincar el diente como compatriota y como pintor, y en un tono apasionado le empezó a hacer reproches incomprensibles, hasta que Barlevi no pudo resistir más y se durmió. Sonaron los aplausos, los estudiantes se levantaron y Höllerer dio por terminada la reunión. De las costas americanas Gombrowicz se despide con un tumulto que arma en Montevideo después de asistir a una conferencia en la Asociación de Escritores, en la que en un momento determinado lo presentan como el autor de “Fidefurca”. Termina el acto y Gombrowicz estampa en el libro de la Asociación su firma, tras lo cual se lo pasa al Asno para que lo firme también. Esto vuelve a provocar inquietud porque el Asno está en la edad del servicio militar y todavía no tiene pinta de literato.

De ahí se fueron con Paulina Medero y Dickman a un restaurancito que se daba aires, en el que los poetas habían preparado un banquete para homenajear a un profesor. Se levantan los poetas y las poetisas y sueltan poemas en honor del profesor. Cada uno de los cincuenta poetas presentes tenía que pronunciar su poema de homenaje. Gombrowicz llama al mozo, pide dos botellas de vino y empieza a tomar. Le llega el turno a una poetisa grasienta y barrigona, se levanta de un salto, mientras balancea el busto de un lado para otro y agita los brazos, emite manojos de rimas nobles. Gombrowicz no aguantó más y lanzó una carcajada tras la espalda del Asno, que también soltó una carcajada pero sin ninguna espalda que lo protegiera. En medio de miradas indignadas se levantó el laureado para soltar su discurso, Gombrowicz y el Asno aprovecharon la oportunidad y ahuecaron el ala.

Al día siguiente, mientras cenaba con el Asno oyó que en la mesa vecina se hablaba del escándalo en la Asociación de Escritores y de la provocación en el banquete de poetas

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Aconsejaban escribir a Ernesto Sabato para preguntarle si su carta dirigida a Julio Bayce en la que recomendaba calurosamente a Gombrowicz era auténtica.

WITOLD GOMBROWICZ Y LOUIS SOLER

Las cartas que Gombrowicz me escribió desde Europa me fueron convirtiendo poco a poco en un escritor, un escritor de un carácter particular pues, cada vez más obsesionado con su mundo, me transformé en un autor de tema único. La naturaleza diabólica de esta obsesión tiene una prehistoria y un cierto parecido con un relato que Gombrowicz realiza en los diarios en el que una mano va absorbiendo todos sus pensamientos. La prehistoria de este epistolario está relacionada con el que fue para mí uno de los más entrañables gombrowiczidas, que recibió por un extraño designio de la voluntad de Dios, el mote de Corifeo, al haberse sometido a los propósitos siniestros de la Vaca Sagrada que se oponía a cualquier empresa que no pasara por sus manos.

“¡Tranquilidad! Encontré a Luis Soler quien me explicó lo que tú quieres. Luis te comunicará en español nuestra conversación. Hemos publicado algunas de las cartas

que te escribió Gombrowicz en revistas, L'Infini de Francia y varias de Polonia, porque era demasiado pronto para hacer un libro. Vamos a preparar un libro con Luis. Es un

trabajo que debe hacerse bien, con notas, etc

que tú no habías respondido la última carta de Gombrowicz. ¡Yo no tenía tu carta! (Gombrowicz las había tirado a todas menos a la primera cuando nos mandamos al demonio). ¡Incomunicación entre dos clones! Sólo un buen libro, preparado también contigo, podrá aportar una solución y no envíos de fotocopias de las cartas que te escribió por todos lados a todos los hijos ilegítimos de Witold”

Perdóname por haber escrito en L'Infini

Treinta años después de muerto Gombrowicz me puse en campaña para publicar las cartas que me había escrito desde Europa y me encontré enseguida con la oposición cerril de la Vaca Sagrada, así que le pedí ayuda a un catalán refugiado en Francia, amigo de ambos, a ver si podía vencer esa resistencia implacable, pero no se mostró muy entusiasmado que digamos. El Corifeo, profesor de la Universidad de París, casado con Colette Soler, una connotada lacaniana, tradujo, presentó y publicó en Francia la primera nota que escribí sobre Witold: “Gombrowicz está en nosotros”. “¿La queremos ayudar, o no? Si la respuesta es sí, será con seriedad y paciencia, no con ironía, tono conminatorio y un ultimátum cada tres o cuatro meses. ¿No te parece? ( )”

“Las cartas de Witold con detalles muy interesantes y otros que sólo lo son porque se trata de un gigante, y a los gigantes le toca comer, dormir y alojarse igual que a los enanos” En junio del año 1998 le conté a Soler que “Emecé” me iba a publicar las cartas y le pedí que no se lo dijera a la Vaca Sagrada. Éste fue el principio del fin. “A ella no le diré nada porque no soy soplón. Pero a ti te diré que Rita hace tiempo que está al tanto de tus negociaciones con „Emecé‟ y con otras editoriales de otros países (lo

único que no sabe es la fecha de publicación) (

en otros países la ley es diferente que en Francia no vale. En cambio esto sí que es

Tu argumento que en la Argentina y

)

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posible: que un editor decida no respetar las leyes si piensa ganar más dinero con una publicación que lo que le costará un juicio perdido (lo mismo pasa con los buques petroleros que echan porquerías al mar: les ponen unas multas, ¿y qué? Esto no es nada para ellos)”

Para conseguir que desistiera del que a su juicio era un propósito malsano me acercó un argumento personal y dramático.

“En 1996 quise publicar un poema de amor de Lacan que me había regalado la destinataria y propietaria del escrito, pero no pude, la familia de Lacan ya fallecido nos amenazó con un proceso. Cedí, mis medios no me permitían luchar con los que tenían la

ley de su lado, que es lo que hará el agente literario de Rita contigo, si es que insistes

con tu idea, para defender sus derechos”

Le pedí que si podía no le diera un carácter definitivo a lo que me estaba diciendo y

que, si no podía, la forma nos iba a llevar a los dos a la mismísima mierda. Y nos llevó nomás, un año después, cuando apareció “Cartas a un amigo argentino”.

Mi amistad con ese catalán expatriado de la Guerra Civil de España está siempre ahí,

aunque él ya no esté, no se mueve pero existe, como también existe el sol detrás de las nubes. Estaba releyendo una carta del Corifeo, un párrafo y una fotografía de su madre me empezaron a dar vueltas por la cabeza flotando en mis pensamientos.

“(

es mi madre, poniendo en autogestión el mercado de Barcelona, con la pistola en la

mano ( )” Esta mujer, una hermosa anarquista barcelonesa, me llevó de la mano a los sueños que yo tuve en mi juventud con el heroísmo y la grandeza de la mujer española en la guerra

civil. Cuando ya me había abandonado a esas hermosas imágenes flotantes que me venían del pasado, el golpe seco de un mano me despertó del sueño.

)

La historia de las cartas que me escribió Gombrowicz desde Europa me recordó por su carácter obsesivo a una noche del café Rex. Estábamos dialogando sobre un problema que tenía cierta importancia, pero de repente yo tomé la palabra y empecé a hablar apasionadamente de una cuestión que carecía por completo de interés: Gómez, no veo por qué usted habla con tanto entusiasmo de un asunto insignificante; Vea, Gombrowicz, si hablara sin entusiasmo nadie me escucharía. Gombrowicz no era muy entusiasta que digamos pero se obsesionaba frecuentemente con temas laterales, como cuando se ponía a esperar, por ejemplo, la primera cosa que se le aparecería en la ventana de un café por la que estaba mirando.

“Yo miro esta mesa y me fijo en el cenicero. Si me fijo sólo una vez no pasa nada. Pero si vuelvo al cenicero y lo miro otra vez, entonces me voy a preguntar por qué el

cenicero se ha convertido en un objeto más interesante que los demás. Y si vuelvo a mirarlo una tercera y una cuarta vez, el cenicero se convierte en un objeto decisivo. Por la repetición de un acto de conciencia se llega a dar una importancia terrible a una cosa que no tiene aspecto de ser tan importante. Esta emboscada de la conciencia tiene una gran importancia en mis obras”

En el segundo intento que hizo con un tipo de historias a las que podríamos considerar

al margen de la literatura, valiéndose de un tema de tan poco interés como el de mi

charla apasionada en el Rex, utilizó una mano.

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Pero mientras yo trataba de despertar la atención de los demás con el entusiasmo, Gombrowicz lo despierta con la maestría que tiene para sacarle jugo a las piedras. A las diez de la mañana estaba tomando un café en el Querandí. El mozo se le acerca y Gombrowicz empieza a ponerle atención a su mano que cuelga silenciosa, secreta y desocupada pero, de pronto, sin saber por qué, sus pensamientos vuelan hacia un árbol que había visto una vez desde la ventanilla del tren. Los árboles y los arbustos le despertaban un especial interés, también es por un arbusto que me pregunta a mí en Piriápolis cuando andaba buscando inspiraciones para “Cosmos”. Pero volvamos al Querandí.

La mano del mozo lo había asaltado de repente en medio del silencio. Al volver a su casa la mano ya no estaba con él, pero una lectura que estaba haciendo de la conferencia de Heidegger sobre Zarathustra le inyectó a la mano una nueva dosis de existencia. La idea que lo llevó nuevamente al Querandí fue la del eterno retorno. Mientras se preguntaba si debía preparar la ropa para lavar, en el mismo momento, ese ser de Nietzsche que venía desde los primeros orígenes hasta las últimas realizaciones, estaba con él. Un ser representante de la amargura, la furia y el silencio de la humanidad. Silencioso como la mano del mozo. ¿Qué estaría haciendo la mano en el Querandí mientras Gombrowicz estaba en casa? Si dejara de pensar en la mano del mozo la mano se disiparía en la facilidad de la nada, pero la mano volvía a él porque él había vuelto a ella con Nietzsche y ahora con la mano del Embajador de Polonia con quien estaba conversando.

Miraba esa mano diplomática apoyada en el brazo del sillón, pero no era ésa la mano, sino aquella otra abandonada allá, como un punto de referencia. Gombrowicz empieza a tener miedo del diablo, un sentimiento extraño para un incrédulo, pero la presencia del mal convertía su ser en una existencia azarosa, inquietante y susceptible del diabolismo. Le resultaba difícil aceptar cualquier tipo de certeza en un asunto en el que la falta de datos tenía el mismo significado que su abundancia. Su propia mano descansaba tranquila en el bolsillo, también descansaban tranquilas las manos sobre las rodillas de los automovilistas que corrían en sus coches. ¿Y la mano del Querandí qué estaría haciendo? Estaba vagabundeando en la periferia de sus límites en busca de no se sabe qué.

¿Y si Gombrowicz de repente se arrodillara ante la mano? Sería un intento fallido, como siempre, de construir un altar cualquiera. Una desesperación por agarrase de algo, de la mano del mozo del café Querandí. Más tarde, en el restaurante Sorrento, se le acercó el mozo, también con una mano desocupada igual que en el Querandí, una mano que sólo era importante porque no era aquélla. Está adorando un objeto que él mismo enaltece. Se arrodilla frente a un objeto que no tiene derecho a exigir que se postren ante él, de modo que el ponerse de rodillas sólo depende de Gombrowicz. Escogió esa mano del Querandí para agarrarse de algo, para tener un punto de referencia. Pero no quiere que la mano haga algo con él, o de él. Ya es de noche, llega a un café de Lavalle y San Martín.

Discute sobre el tema de Raskólnikov. Su punto de vista es que en “Crimen y Castigo” no existe un drama de conciencia en el sentido clásico de la palabra. El juicio de Raskólnikov no es de su conciencia, es un juicio surgido de un reflejo, un juicio de espejo.

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Este tipo de reflejo se convierte también en un mecanismo que nos lleva a decir lo que nos pasa por la cabeza. Esta conciencia de espejo es como fijar la mano en alguna parte, fuera de nosotros, por la fuerza de un reflejo. Así como se iba construyendo la conciencia de Raskólnikov, así es como se le estaba construyendo esa mano a Gombrowicz. Esa mano se ha convertido en un parásito, ahora se está alimentando de Dostoievski, no parará hasta chupar de Gombrowicz todas las palabras que necesite.

Llegó la medianoche, habían pasado catorce horas desde el comienzo de la aventura. ¿Dónde estará la mano en ese momento? ¿Todavía en el Querandí? ¿Descansará en alguna almohada y se habrá puesto a dormir?

“Me pareció tranquila al verla por primera vez en el Querandí

, y yo mismo ya no sé qué es la que podría frenarla allá, en la

, pero se ha vuelto cada

vez más posesiva

periferia

, donde está mi límite”

WITOLD GOMBROWICZ Y SIMONE DE BEAUVOIR

Gombrowicz fue construyendo poco a poco a su alrededor una especie de santidad. Engrandeció su ego hasta donde pudo y le dedicó la vida entera al arte de escribir, mientras se burlaba de la patria, de la política y de la familia. Era un conquistador, aunque no supiera donde iba ni si valía la pena ir a alguna parte, quería conquistar. Como si Simone de Beauvoir hubiera conocido los designios de Gombrowicz nos recuerda en el comienzo de “¿Para qué la acción?” una conversación entre Pirro y Cineas; Primero vamos a someter a Grecia; ¿Y después?; Ganaremos África; ¿Y después de África?; Pasaremos al Asia, conquistaremos Asia menor, Arabia; ¿Y después?; Iremos a las Indias; ¿Y después de las Indias?; ¡Ah, descansaré!; ¿Por qué no descansas entonces antes de partir?

Tanto Pirro como Gombrowicz querían lo mismo, querían conquistar, pero sus proyectos no eran iguales. El rey de Epiro conocía lo que deseaba conquistar, y sabía también que después de someter a vastas regiones de la tierra su mayor deseo sería descansar, lo que a los ojos de Cineas convertía a su proyecto en una empresa ilógica. Gombrowicz no deseaba descansar, pero no sabía lo que quería conquistar, este desconocimiento, a los ojos de algunos Cineas de la literatura, convirtieron a sus proyectos en una empresa arbitraria. En “Ferdydurke” y en “Cosmos” descubrimos a Gombrowicz en medio de las confusiones que se apoderaban de sus intenciones cuando planeaba sus conquistas que él realizaba escribiendo.

Jano, con sus dos caras, veía el pasado y el porvenir, Gombrowicz en “Ferdydurke” ve, en el pasado, la extinción de su familia y de su clase social, y en el porvenir, el desarrollo de una forma que nos conducirá al paraíso o al infierno según cuá nto sea lo que se humanice. Cuando Gombrowicz empieza a escribir “Ferdydurke” quería probar sus alcances como artista y sabía que no tenía que medir sus fuerzas por sus intenciones sino sus intenciones por sus fuerzas. Se propuso escribir una sátira que le permitiera sobresalir

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por el humor, pero la obra se le inclinó hacia lo grotesco y le empezó a nacer un estilo que iba a absorber sus sufrimientos y sus rebeliones más esenciales. Pero la confusión en “Cosmos” era aún mayor, se le había convertido en un objeto inobservable.

En agosto de 1963 Gombrowicz retoma “Cosmos”, una obra que había interrumpido el 19 de febrero de ese año al enterarse que la Fundación Ford lo invitaba a pasar un año

en Berlín. En mayo, recién llegado a Berlín, nos empieza a decir que tenía dificultades

para terminarlo. En septiembre nos escribe que le faltaban aproximadamente cuarenta páginas muy difíciles y que no le aparecía claro el título, dudaba entre Cosmos, Figura y Constelación.

En octubre nos confiesa que la obra lo había aburrido en tal forma que no tenía ganas de terminarla, que el final era bravísimo y que ensayaba nuevos métodos y concepciones. En diciembre nos cuenta que le faltaban tres páginas para terminar pero que no sabía como hacerlo y que a lo mejor lo dejaba sin terminar. En junio de 1964 nos dice que le faltaban diez páginas y en agosto, que lo había terminado.

A Gombrowicz no le gustaba dar datos sobre su obra cuando la estaba escribiendo ni

detalles sobre su vida privada, basta recordar la infinidad de versiones que nos dio acerca del origen de la palabra “Ferdydurke” y de las variantes incalculables que utilizó para explicarnos por qué se había bajado del barco y no había regresado a Polonia. Por

esta razón es que no nos informaba qué parte de la historia no tenía resuelta cuando le faltaban cuarenta páginas, pero por esa cantidad de páginas yo calculo que todavía no había decidido hacerlo masturbar a Leon, ahorcar a Ludwik ni desencadenar el diluvio final que se parece bastante a dejar sin terminar la historia. “Oh, qué propiedad tan genial y generosa de la literatura: esa libertad de tejer tramas como si se tratara de escoger sendas en el bosque, sin saber adónde nos llevarán ni qué nos espera”

Si bien su manera de ver el mundo estaba contenida en su obra, su obra no había sido

escrita para que la contuviera. “Escribir es para mí sobre todo un juego, no pongo en ello intención, ni plan, ni objeto. He ahí por qué no resulta nada fácil extraer de mis obras un esquema ideológico. Es una esquema, lo subrayo una vez más, a posteriori” La ambigüedad de posición con la que se manejaba Gombrowicz respecto a su obra no la tenía sin embargo respecto de sí mismo. Cuando habla en sus diarios de personalidades o ideas sobresalientes utiliza dos procedimientos contrapuestos: en uno,

primero las golpea y después las levanta del suelo completamente maltrechas; en el otro, a la inversa, primero las elogia y después las desprecia.

Si la ocupación con la personalidad o la idea se le prolonga mucho tiempo reitera el

procedimiento, es el caso típico de Sartre y el existencialismo. Esta manía de Gombrowicz se origina en su convencimiento absoluto de que él era el mejor y de que

el deseo de ser el mejor es común a todas las personalidades sobresalientes.

A Gombrowicz le costaba trabajo mantener buenas relaciones con el catolicismo porque

esa doctrina estaba en contradicción con su visión del mundo, pero el intelectualismo

contemporáneo se estaba volviendo peligroso y le despertaba más desconfianza aún que

el propio catolicismo. El cristianismo le ofrece al hombre una visión coherente y no lo

tienta a resolver con su propia cabeza los problemas del mundo, una tentación que, por

lo general, produce resultados catastróficos.

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En un principio contrapone el catolicismo superficial al trágico y profundo con el que se podía encontrar un leguaje común entre la religión y la literatura contemporánea pero, posteriormente, se aleja de esa forma dramática y se acerca otra vez a la forma superficial porque, según dice, se había vuelto partidario de la mediocridad, de la tibieza, de las temperaturas medias, y enemigo de los extremismos. En general pensaba que cuando los católicos se ponían a escribir se sonaban los mocos con el alma en vez de sonárselos con la nariz. “Siempre me ha asombrado que pudieran existir vidas basadas en principios tan

distintos de los míos (

No conozco ninguna grandeza, absolutamente ninguna. Soy un

paseante pequeño burgués que por azar llega a los Alpes o hasta el Himalaya ( )”

)

“A cada instante mi pluma toca causas supremas y poderosas, pero si he llegado hasta

al vagabundear como un muchacho me he topado

frívolamente con ellas. Una existencia heroica me parece de otro planeta. Es el polo opuesto al mío: si yo soy una permanente huida de la vida, las formas heroicas la asumen plenamente, son la antítesis de mi deserción. Las formas heroicas y yo, uno no

podría imaginarse un contraste más fuerte, dos interpretaciones que se excluyen mutuamente, dos sistemas contrapuestos” Gombrowicz se estaba enfrentando con las formas dramáticas del catolicismo que liberaban de su interior corrientes y torbellinos espirituales de una potencia sobrehumana.

ellas, ha sido jugueteando

;

¿Grandeza?, sí, pero resulta que es así como la humanidad común y corriente se aburre con lo profundo y lo sublime y, por cortesía, aguanta a los sabios, los santos, los héroes, la religión y la filosofía. “Yo exigiría una grandeza capaz de soportar a todos los hombres, en cualquier escala, en cualquier nivel, que abarcara todos los tipos de existencia, una grandeza tan

irresistible arriba como abajo (

Es una necesidad que me fue inculcada por el

universalismo de mi tiempo, que quiere atraer al juego a todas las conciencias, superiores e inferiores, y ya no se contenta con la aristocracia” Existen gombrowiczidas a los que les encanta ver a Gombrowicz como a un hombre que jugaba y espiaba las cosas a distancia.

)

A esos gombrowiczidas que ponen el acento en su talante de jugador hay que decirles que era un enemigo implacable de las quimeras y un defensor acérrimo de la realidad, aunque siempre tuvo las manos libres para ponerle distancia al realismo, pues el realismo es una manera pesada e ingenua de ver la realidad. También es cierto que Gombrowicz sabía que algunos de sus lectores veían en él a un jugador y le gustaba hacer determinados negocios con ellos. “Pero tengo que puntualizar algo sobre lo que estoy diciendo: nada de esto es

Todo depende ¿por qué iba a ocultarlo?del efecto

que vaya a producir. Es el rasgo que caracteriza a toda mi producción literaria. Intento

categórico. Todo es hipotético

diferentes papeles (

)”

“Adopto diferentes posturas. Doy a mis experiencias diferentes sentidos, y si uno de estos sentidos es aceptado por la gente, me establezco en él. Es lo que hay de juvenil en mí. Placet experiri, como solía decir Castorp. Pero supongo que es la única manera de imponer la idea de que el sentido de una vida, de una actividad, se determina entre un

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hombre y los demás. No sólo yo me doy un sentido. También lo hacen los demás. Del encuentro de estas dos interpretaciones surge un tercer sentido, aquel que me define”

WITOLD GOMBROWICZ Y BARBARA GODECKA

Si el destino hubiera sido un poco más recto de lo que suele ser quizás Gombrowicz se hubiera casado con su prima Barbara Godecka y hubiera tenido hijos con ella, como la Teresa de su hermano Jerzy muy agraciada e inteligente, no así como el Józef de su hermano Janusz al que la Vaca Sagrada acusaba de pedigüeño y tonto. Gombrowicz tenía de sí mismo una opinión estándar.

“(

pasable, haciéndole la corte a sus primas, alumno mediocre, un tanto enmadrado, delicado, inquieto, y al mismo tiempo burlón, parlanchín, provocador, a menudo insoportable en el colegio y golpeado por sus compañeros mayores, sociable, frívolo,

audaz o tímido según las circunstancias”

)

en cuanto hijo de buena familia, educado, bastante sano, ni feo ni guapo, sólo

Los modelos femeninos de Gombrowicz fueron su madre, Marcelina Antonina, su hermana Irena, las criadas y las primas. La madre y la hermana eran dos bellas mujeres de aspecto virtuoso a cuya hermosura Gombrowicz nunca se refiere. Las primas que frecuentaban la casa se caracterizaban más por sus virtudes que por su coquetería, se dedicaban a actividades filantrópicas y no se mostraban dispuestas al flirteo, razón por la que Janusz y Jerzy, sus hermanos mayores, se sentían perjudicados. Su actitud hacia esas primas y hacia los principios que ellas practicaban era hostil y maligna. Con las criadas Gombrowicz ajusta las cuentas en “La escalera de servicio” y con las primas se toma revancha en Isabel de “Ferdydurke”. Uno de los cambios formales más importantes de esa época rica en metamorfosis fue la desaparición de las barbas y de los bigotes, un cambio tremendo teniendo en cuenta que un barbudo como Dios o como Marx eran completamente diferentes a un hombre rapado.

Las consecuencias de este acontecimiento fueron enormes en el arte, en la moral, en la política y también en la metafísica. “Nunca olvidaré el aullido que emitió una de mis primas al ver entrar en casa a mi padre con la cara completamente rasurada; acababa de dejar su barba y sus bigotes en la peluquería de acuerdo al espíritu de la época. Fue el grito penetrante de una mujer ofendida en su pudor más profundo; si mi padre se hubiera presentado desnudo no hubiera gritado con tanto horror y en el fondo tenía razón: era una desvergüenza de primera categoría aquella cara de mi padre hasta entonces siempre oculta por la barba y los bigotes y que ahora hacía por primera vez su aparición escandalosa” Por su condición de escritor y su torpeza para manejarse con las mujeres Gombrowicz era víctima de la bromas constantes que le hacían sus primas con las que llegó a sentirse incómodo, un asunto que trata en forma burlona en el final de “Ferdydurke”.

Isabel es la prima con la que Pepe huye mientras los padres de la joven se revuelcan en la casona señorial tomada por la plebe. Era mejor admitir que había raptado a Isabel, que juntos habían escapado de la casa paterna. Podrían con ese pretexto alcanzar la estación, tomar el tren para Varsovia y comenzar allá una nueva existencia en secreto.

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Pepe deposita un beso en las mejillas de Isabel y le pide disculpas por haberla raptado, pero su familia nunca hubiera consentido esa unión, desde el primer momento se había encendido en él el amor por ella y había comprendido que a ella también se le había encendido el amor: No tuve otro remedio que raptarte, Isabel. Al cabo de media hora de estas declaraciones, Isabel empezó a hacer muecas, a mirarlo y a mover los dedos, se sentía halagada. Por fin había encontrado a alguien que iba a poseerla y que, además, la había raptado.

Pepe pensaba para sus adentros que en cuanto llegaran a Varsovia se libraría de Isabel y comenzaría a vivir de nuevo. Isabel subyugada por los sentimientos que le manifestaba Pepe se volvía cada vez más activa. Había estado esperando a alguien que la amara y la raptara. Destacaba y evidenciaba sus partes del cuerpo que estaban mejores, mientras ocultaba las peores. Y Pepe tenía que contemplar y fingir que le interesaba todo eso. Isabel lo miraba con una mirada clara y tranquila: Quisiera tanto que todos fueran felices como nosotros; si todos fueran buenos, entonces sería felices. Se acurrucaba y Pepe debía acurrucarse: Somos jóvenes, nos amamos, el mundo nos pertenece. Existiría en la tierra algo más atroz que ese calorcito femenino: Me raptaste. Cualquiera no sería capaz de eso.

Me amaste y me raptaste no preguntando por nada, me raptaste sin temer a mis padres

me gustan tus ojos atrevidos, valientes, felinos

más acurrucada en Pepe, se le unía estrechamente, el joven ya no sabía dónde estaba: ¿Qué región es ésta Isabel?; Ésta es mi región. Pepe quedó agarrado por la garganta, pensó que debía ser malo con Isabel para desembarazarse de ella: ¡Oh, fría como el hielo, salvadora, ven pronto tonificante maldad! ¡Oh, tercero, ven, dame la fuerza para resistir y alejarme de Isabel! Pero Isabel se acurrucó con más cariño, con más calor y con más ternura: ¿Por qué gritas y clamas? ¿No ves que estamos solos? Y le acercó la facha. A Pepe le faltaron las fuerzas, tuvo que besar su facha pues ella con su facha había besado la suya.

Se acariciaban las manos, ella cada vez

Los matrimonios de los nobles terratenientes polacos tenían mucho que ver con el interés, de modo que la madre de Gombrowicz intentó casarlo con su prima Barbara Godecka por su posición social y su dote, mientras el padre, por los mismos motivos, intentaba casarlo con una joven que había elegido cuidadosamente. “¿Para qué necesito a una mujer? Esta joven le gusta a mi padre, por eso quiere que me case con ella, porque él no puede” Jan Onufry estaba preocupado por el matrimonio de su hijo, y también lo estaba su amigo Tadeusz Breza. A Gombrowicz le encantaba el humor de Breza, envidiaba la facilidad que tenía para relacionarse con las mujeres, mientras él iba de mal en peor. Finalmente, como sus fracasos no cesaban de repetirse, llamaron la atención de Tadeusz.

Le presentó a una joven actriz, hermosa, sana, simpática, amante de la lectura y del arte con la esperanza de haber encontrado para él la unidad ideal de cuerpo y de espíritu, de cultura y naturaleza. Pero el hecho de que esa joven apareciera sobre un escenario, que se dejara contemplar, que tuviera una actitud profesional hacia su encanto y sus gracias, hizo que a Gombrowicz no se le despertara ningún interés por ella. Iba de fracaso en fracaso y los escritores seguían mofándose de él por las dificultades que tenía con las mujeres. Janusz Minkiewicz, un poeta satírico famoso por sus conquistas en el mundo de la galantería, le dijo una tarde en el café: Ahora regreso a

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casa porque espero una llamada de Lala

me espera una locura con Fila. ¡Hasta la vista!

A las cinco he quedado con Cela, y a las once

No sé qué habrá sido de la vida de su prima Barbara Godecka, pero supe algo de su sobrina Teresa, la hija de su hermano Jerzy, por una carta que Gombrowicz le escribe al Hasídico un año antes de su muerte. “Nosotros, los europeos del Este, somos unos miserables. Mi sobrina Teresa ha obtenido por primera vez permiso para salir de Polonia. Está en Londres y quiere visitarme. No la he visto desde hace treinta años. Ahora bien, el consulado francés en Londres no ha querido concederle una visa para más de diez días. ¿Por casualidad, no conocerá un modo fácil de prolongarle el permiso, digamos otros diez días más, usted que tiene influencias? No haga nada, se lo ruego, dígame tan sólo si es posible. Mi sobrina llega a Francia el 1º de agosto” El Hasídico resolvió el problema inmediatamente y Teresa se quedó un mes en Francia. “(…) lo registraré, según las palabras de un rey shakespeariano, en el libro que releo todos los días, como prueba de su amistad (…)”

WITOLD GOMBROWICZ, ADOLFO BIOY CASARES Y SILVINA OCAMPO

El Alter Ego estaba elaborando una estrategia para acercar a Gombrowicz al grupo “Sur”. Cuando pensaba en ese encuentro le temblaban las piernas, y no era para menos, ese conde polaco se había referido a Victoria Ocampo con desconsideración, en sus diarios aparecía como una dama aristocrática apoyada en muchos millones que acostumbraba a hospedar en su casa a celebridades europeas, y sobre la que se hacía

preguntas que no se atrevía a contestar. Mastronardi decidió presentarme primero a la hermana de Victoria, Silvina, casada con

Bioy Casares. Una noche fuimos a cenar con ellos (

Decidieron, pues, que yo era un

anarquista bastante turbio, de segunda mano, uno de aquellos que por falta de mayores

luces proclaman el elan vital y desprecian aquello que son incapaces de comprender.

como todas las cenas

Así terminó la cena en casa de Bioy Casares consumidas por mí al lado de la literatura argentina”

)

en nada

El Dandy se refiere a la cena con otras palabras, pero el aburrimiento fue, según parece, el sentimiento predominante entre los siete comensales: Silvina, Bioy, Borges, Gombrowicz, Mastronardi, José Bianco y Manuel Peyrou:

“Yo también la recuerdo con tedio. En ningún momento durante esa larga noche prosperó un asomo mínimo de conversación. Sólo al retirarse, lo acompañé abajo para despedirlo. Miramos juntos un momento la avenida del Libertador, que entonces se llamaba Alvear, y Gombrowicz dijo: ¡Qué hermosa avenida! Y entonces sí estuvimos de acuerdo. Yo no sé, ese Gombrowicz. Carlos Mastronardi estaba obsesionado con él. Hablaba todo el día, al punto que cuando ya lo había nombrado como diez veces, comenzaba a usar perifrasis: un amigo europeo, cierto conde polaco. Era gracioso”

La cena en la casa del Dandy que menciona Gombrowicz en los diarios y el Dandy en un reportaje, se volvió famosa sin ningún motivo. Quizás, lo único destacable, fueron los tangos que escucharon antes de sentarse a la mesa y el accidente que sufrió Silvina Ocampo. En efecto, a Silvina se le cayó la fuente cuando la llevaba de la cocina al

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comedor con un gran estruendo. El único que se dio por enterado fue Gombrowicz que corrió a ver lo que pasaba. La vio a la pobre Silvina con la cabeza entre las manos y le dijo que no se preocupara, que recogiera todo y lo sirviera como si no hubiese pasado nada. Silvina le pidió que guardara el secreto, durante la comida Gombrowicz le echaba miradas cómplices cuando los demás decían que la comida estaba muy buena. Aunque Silvina tuvo algunas consideraciones con Gombrowicz él no le pagó con la misma moneda.

“Silvina era poetisa, de vez en cuando editaba un pequeño volumen Adolfo, era autor de unas novelas fantásticas que no estaban nada mal

, matrimonio se pasaba todo el día inmerso en la poesía y en la prosa, frecuentando exposiciones y conciertos, estudiando las novedades francesas y completando su colección de discos” Esta manera irónica de referirse a los miembros del grupo de la revista “Sur”, le trajo consecuencias desagradables hasta el final de sus días en la Argentina. Cuando ya Europa lo había descubierto, un amigo poeta, Jorge Calvetti, que había compartido con Gombrowicz muchas noches del café Rex, le hizo una entrevista con la

intención de publicarla en el diario “La Prensa”, en un tiempo en que se lo estaba traduciendo a la mayoría de las lenguas europeas.

su marido, y ese culto

,

Manuel Peyrou, uno de los comensales de la cena que el Dandy había dado en su casa para introducir a Gombrowicz en el ambiente del grupo “Sur”, le reprochó violentamente a Calvetti esta entrevista aduciendo que se había dejado embaucar por las imposturas de Gombrowicz. El Dandy era un hombre de letras muy culto que dedicó buena parte de su vida a burlarse de los demás, cosa que se ve con mucha claridad en su Borges. Hace narraciones sobre los homosexuales no carentes de cierta mundología. Borges llegó ayer de Tucumán. Contó que, recorriendo la ciudad con unos profesores, llegaron a un triste barrio de ranchos de paja (…) Dice uno de los profesores: Este barrio es muy peligroso ( )

Hay muchos malevos, pero no existe un verdadero peligro de ser atacado por ladrones

o asesinos, sino por homosexuales. Todos los malevos son homosexuales. Ante la

sorpresa de Borges, el doctor explicó: La bicicleta excita al malevo. El movimiento, usted comprende. Además, el malevaje es muy inclinado al ciclismo. Si uno va en bicicleta y ve a otro de a pie, se ofrece a llevarlo. Los dos se excitan, dejan la bicicleta… Una vez, con el doctor X, vimos a dos malevos en una acequia. : No hay

por qué escandalizarse. Total a todos nos gusta

El Dandy y el Asiriobabilónico Metafísico hablaban de Gombrowicz como de un conde

pederasta y escritorzuelo. No es de extrañar, en el café Rex Gombrowicz no se cansaba de exclamar que todos los hombres eran homosexuales, que la mayoría lo ocultaba porque era cobarde, pero que una minoría selecta a la cual él pertenecía, no lo ocultaba porque era valiente.

Gombrowicz, aunque también sarcástico, era mucho más serio que el Dandy, por lo menos, respecto a la homosexualidad. Algunos verán en mi mitología del joven la prueba de mis inclinaciones homosexuales; pues bien, es posible. No obstante, deseo hacer una observación ¿es seguro que el hombre más hombre permanece insensible por completo ante la belleza del muchacho?

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Y aún más, ¿cabe decir que la homosexualidad, milenaria, extendida, siempre

renaciente, no es otra cosa que extravío? ( )” “Y si ese extravío es tan frecuente, si se halla tan universalmente presente, ¿no es acaso porque prospera sobre el terreno de una atracción innegable? ¿No parecen ocurrir las cosas como si el hombre, seducido para siempre por el joven y a él sometido, procurase

refugiarse en los brazos de una mujer porque ésta representa para él, a fin de cuentas, una juventud? Hay mucha exageración en todo ello, pero también una pequeña parte de verdad ( )

El secreto de Retiro, un secreto realmente demoníaco, consistía en que allí nada podía llegar a la plenitud de su expresión, todo tenía que estar por debajo de su nivel, y de

, embargo, aquello era precisamente la vida viva y digna de admiración, la encarnación más alta de las cosas accesibles para nosotrosEse fermento de Retiro nunca encontró su forma, pero Gombrowicz siempre sintió la necesidad de narrar esa experiencia argentina. Consideraba que un hombre que toma la palabra públicamente, un literato, debe introducir a los lectores, de vez en cuando, en su

y, sin

alguna manera en su fase inicial, inacabado, inmerso en la inferioridad

historia privada. La fuerza de un hombre sólo puede aumentar cuando otro hombre le presta la suya.

De modo que el papel del literato no consiste en resolver problemas, sino en plantearlos

para concentrar en lo que escribe la atención general y llegar a la gente: allí ya quedarán

de alguna manera ordenados y civilizados. Gombrowicz necesitaba que los otros

hombres conocieran su homosexualidad en su forma artística, es decir, en sus narraciones y en los diarios, para ser más fuerte y no para confesarse. Las fábulas volátiles que inventan los artistas son consistentes sólo cuando nos revelan alguna realidad, la que fuere, y la pregunta que nos debiéramos hacer sobre las perversiones eróticas de Gombrowicz es si ellas han llevado al descubrimiento de alguna verdad; si no fuera así no vale la pena romperse la cabeza, sería un caso para ser tratado en un hospital.

Para Gombrowicz el hombre joven debe convertirse en un ídolo del hombre maduro ya realizado que envejece. El dominio orgulloso del mayor sobre el menor solamente sirve

para borrar una realidad, la realidad de que el hombre en declive sólo puede tener un vínculo con la vida a través del joven, ese ser que asciende, porque la vida misma es ascendente.

La naturaleza insuficiente y ligera del joven es un factor clave para la comprensión del

hombre y del mundo adultos, existe una cooperación tácita de edades y de fases de desarrollo en la que se producen cortocircuitos de encantamientos y violencias, gracias a

los cuales el adulto no es únicamente adulto.

Estas afirmaciones, aunque no están formuladas abiertamente en Pornografía, son las

que determinan la naturaleza del experimento que lleva a cabo Gombrowicz.

Pero, para cierta especie de críticos, la acción de esta novela es un fábula arbitraria y mágica que ocurre simplemente por orden de Fryderyk, un personaje sobrenatural y casi divino, que vendría a ser algo así como el alter ego de Gombrowicz. Las naturalezas no eróticas tienen dificultades para penetrar en los mundos eróticos. Además, las obras de Gombrowicz son difíciles, sin embargo, la estupidez de los críticos debiera tener un límite, el límite de no escarbar en las perversiones de Gombrowicz sin la capacidad de descubrir a qué consecuencias llevan.

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En los primeros años de su vida en la Argentina Gombrowicz pasó verdaderas hambrunas, sin embargo, siempre tuvo a su disposición compinches muy ingeniosos. Una tarde, en la que estaba devorando con la vista las comidas que se veían en algunas vidrieras de la calle Corrientes, uno de esos amigos lo invitó a comer un cadáver, o mejor, de un cadáver.

En efecto, lo llevó a un velatorio en el que la gente después de despedir al difunto pasó

a una sala contigua donde sirvieron sandwiches y vino. El compinche le dijo que con

frecuencia buscaba esos cadáveres por esos barrios obreros cuyas direcciones conseguía en la sacristía de la iglesia. Después de haber pasado por sinsabores del mismo gusto que el de la comida cadavérica y de la entrevista de Jorge Calvetti, Gombrowicz, poco a poco, fue convirtiendo en arte el acto de ser entrevistado declarando en esos encuentros su incapacidad para plasmar en las entrevistas toda su grandeza, la fuerza, la majestad y el horror de su vida. Que él ofrecía en las entrevistas una vida novelada, embelleciendo y dramatizando su existencia para no cansar al lector, que el arte es siempre algo más, que aparecía precisamente ahí donde escapa a la interpretación, que la obra está en otra

parte.

La actitud que tiene Gombrowicz cuando escribe en sus diarios es un poco distinta a la que tiene cuando es entrevistado, y esto es así porque en los diarios sólo conversa con su doppelgänger y con los lectores, mientras en las entrevistas hay más conversaciones. Para ofrecerle una vida novelada le dice al Hasídico que su viaje a la Argentina no fue una casualidad, fue la mano del destino la que lo depositó aquí y no en Europa porque, si no hubiera ocurrido así, tarde o temprano habría terminado viviendo en París, y ése no era el deseo de su estrella. ¿Y por qué no lo era? Porque con el tiempo se habría convertido en un parisino, pero él tenía que ser antiparisino, tenía que estar alejado de los mecanismos literarios escribiendo para los cajones. La Argentina era un país europeo en el que se sentía la presencia de Europa más que en Europa misma, un territorio de vacas donde no se apreciaba la literatura.

El imperialismo de nuestro „yo‟ es indomable, y su poder tiene tal alcance que,

a veces, me sentía inclinado a creer que el desbarajuste del mundo no tenía otro objeto que depositarme en la Argentina y sumergirme de nuevo en la juventud de mi vida, que en su momento no había podido experimentar ni aprovechar. Era por eso por lo que existía la guerra, y la Argentina, y Buenos Aires”

“No sé