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QUÉ GUÍA TU VIDA

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06/14/2013

¿QUÉ GUÍA TU VIDA?

Vida Cristiana Predicador: P. Cristian Echeverry Transcripción y edición: Jorge Andrés Zuluaga

1. 2. a. b. c. d. e. 3. a. b. c. d. e.

Introducción ...................................................................................................1 Todos somos guiados por algo.........................................................................2 Muchos son guiados por la culpa ..................................................................2 La ira y el resentimiento...............................................................................4 ¡Tengo miedo!.............................................................................................5 ¡Todo para mí! ............................................................................................6 Quiéreme, por favor…..................................................................................6 Cuando Jesús es en verdad nuestro Señor........................................................7 Conocer este propósito da sentido a nuestra vida ..........................................7 Nuestra vida se simplifica.............................................................................8 Apuntando al blanco ....................................................................................9 Con las pilas puestas ...................................................................................9 Aquí no termina todo ...................................................................................9

1.

Introducción

“Vi también que el mucho trabajar y el éxito en una empresa provocan la envidia de unos contra otros, y esto también es vana ilusión y querer atrapar el viento” (Eclesiastés 4, 1).
Me imagino que ustedes y yo hemos reflexionado algún día en que nos hemos afanado mucho en nuestra vida, hemos trabajado incansablemente por nuestras familias, trabajos; y todo lo que hemos obtenido ha sido cansancio inútil. Que ha sido desastroso haber dedicado nuestras energías a algún proyecto, y reconocer que todo el tiempo, las ganas, el esfuerzo que hicimos por lograr esa meta fue en vano. Y muchas veces nos damos cuenta de que el trabajo que hacemos es en vano, porque no tenemos un propósito para la vida, porque no sabemos qué mueve nuestra vida. 1

Entonces, a partir de este texto del Eclesiastés, nos preguntamos: ¿Qué guía nuestra vida? Y nos daremos cuenta de lo que guía al común de las personas que no creen, que no aman, que no esperan, a las personas que están alejadas de Dios. ¡Aún nuestra misma vida! Nosotros, que ya hemos tomado la opción de ser cristianos, de caminar con el Señor, de rendir nuestra vida a Jesús; muchas veces aquello que guía nuestra vida no es el Señor.

2.

Todos somos guiados por algo

Algo tiene que guiar la vida de cualquier persona. La palabra guiar significa mover, conducir, empujar. ¿Qué empuja nuestra vida, qué nos motiva, nos conduce? A algunos los conducen los problemas; pagar una deuda, una exigencia de otra persona, o un recuerdo. O el temor: hay personas que viven atemorizadas. O una costumbre involuntaria. Cuantas veces algo que comenzó siendo un pequeño defecto se convirtió en un vicio, y ahora se vive en ese vicio. Ser un mentiroso compulsivo, un pequeño ladrón, ser alguien de tan mal genio que ya no se puede hablar con él porque ya está dispuesto a pelear con uno. Veamos cinco aspectos que guían al hombre moderno, y las vamos a contraponer con cinco ventajas que adquirimos cuando quien guía nuestra vida es verdaderamente el Rey de Reyes y el Señor de Señores, Jesucristo a. Muchos son guiados por la culpa Constantemente encontramos, en la labor pastoral y de consejería y en el sacramento de la confesión, como a muchas personas las guía la culpa. Se pasan toda la vida huyendo de sus errores y ocultando su vergüenza. Son controlados por sus recuerdos. Su futuro es controlado por su pasado. Se castigan a sí mismos. ¿De qué nos sirve la culpa? Veamos rápidamente la diferencia entre lo que es la culpa y lo que nos pide la Sagrada Escritura, que es el arrepentimiento. Es muy distinta la culpa al arrepentimiento. Cuando tú cometes una falta, el sentimiento de culpa te puede llevar a pensar: “Yo, tan buena persona, tan querido como soy, siempre me he comportado bien. ¿Yo hice esto? No puede ser...”. La culpa siempre es egocéntrica, es mirando que tan bueno es uno, tan perfectito, tan santo; y entonces, usted mismo se defraudó. Eso se llama culpa, eso no le agrada al Señor. La Biblia nos habla del arrepentimiento. Recordemos al rey David, y ese salmo tan hermoso que compuso, el salmo en que clama misericordia:

“Contra ti he pecado, y solo contra ti, haciendo lo malo, lo que tú condenas (Salmos 51(50), 4).

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Mientras la culpa mira al hombre, el arrepentimiento mira al Señor. “Con lo que he hecho te ofendí a ti, Señor. Tú no esperabas que yo me comportara así, yo fui creado para darte gloria. Para alabarte, para bendecirte, para reverenciarte con todo lo que soy, y te he fallado”. No nos podemos dejar guiar por la culpa. Quienes constantemente se dejan guiar por la culpa no crecen. Frecuentemente recibimos personas para asesoría pastoral, gente que nos llama por teléfono… Y todas las llamadas dicen ser urgentes. Uno se asusta, se pregunta qué habrá pasado. Pero muchas personas no cambian, no se convierten, su corazón no se transforma porque se quedan en el nivel de culpa. “Padre, es que me manejé muy mal, hice lo que no debía…”. Les digo que deben convertirse, que tienen que dar pasos, que tiene que ser obediente a la dirección, seguir la voluntad de Dios, empezar a formar parte de una comunidad católica. Pero, ¿que hacen las personas? Vuelven a caer, a pecar. ¿Por qué? Por que no se convirtieron realmente, no se arrepintieron, no pidieron al Señor contrición, dolor de sus pecados. Cuando hay verdadera contrición viene el perdón de Dios, el verdadero arrepentimiento, una muy buena confesión y tú sales nuevo, restaurado, y entonces con la gracia de Dios vas superando el pecado. Debemos evitar que nos guíe la culpa. Les voy a dar un ejemplo. A Moisés no lo guió la culpa. Ustedes conocen muy bien la historia sagrada, recuerden a Moisés. Creció en la corte del faraón egipcio, con todos los lujos y honores. Y cuando vio que estaban maltratando a uno de sus hermanos hebreos, se sintió muy enojado. Cuando Dios lo llamó, Moisés pudo haberse dejado guiar por la culpa, pero al saber que el Señor lo tenía para un propósito grande, se convirtió en el libertador de Israel. Otro ejemplo: Gedeón (Jueces 6). Era miedosísimo, se tenía por poco, y el pueblo de Israel había sido entregado al poder de los madianitas. Y el Señor lo convirtió en un fuerte guerrero. Vamos a terminar diciendo que Dios es experto en borrón y cuenta nueva. Leemos en la Biblia:

“Feliz el hombre a quien sus culpas y pecados le han sido perdonados por completo. Feliz el hombre que no es mal intencionado y a quien el Señor no acusa de falta alguna” (Salmo 32(31), 1-2)
¡Qué grande es la misericordia de Dios! Pero nosotros somos muy particulares. He escuchado confesiones como estas: Padre, quiero hacer una confesión general. Cómo, ¿una confesión general?

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Es que yo me quiero confesar de los pecados que ya confesé. Y cómo así, ¿entonces me va a contar otra vez todo? Sí Padre, porque yo sé que eso tiene mucho mérito ante Dios.

Si una persona está verdaderamente arrepentida, y vuelve a confesar un pecado que ya confesó a otro sacerdote, ¿qué hace? Perder el tiempo. (Cuidado, esto para el cristiano que ya lleva adelante un proceso de conversión. Para quien inicia puede ser muy útil la confesión general). El padre Pío decía que era como desconfiar de la misericordia de Dios. Es dudar de Dios. Decimos que en la cruz la salvación de Jesucristo fue absoluta. ¿O algo le quedó faltando a la salvación que Cristo nos dio? ¡Fue total, absoluta! Si yo me postro ante Él y confieso mis faltas, estoy seguro de su perdón. Me da mucho dolor, porque me doy cuenta de que valió la pena que Él hubiera muerto por mí, y me duele saber que en ese eterno presente estoy contribuyendo con mi pecado al sufrimiento de Cristo en la cruz; pero también me alegro de tener un Dios tan grande y tan bueno.

b. La ira y el resentimiento El 97% de las personas se acusan de vivir constantemente con ira, y resentidas. Se aferran a sus heridas, y nunca logran superarlas. En vez de perdonarse se lastiman, y lastiman a los otros. La ira es, entonces, una proyección que termina afectándolo a uno y a los demás. Porque es contagiosa. El Señor nos va regalando un don para conocer a las personas, y me da mucha risa allá, en el santuario, cuando llegan papás con sus hijos al terminar la misa: “Padre, ayúdeme con este niño y rece por él; impóngale las manos porque es muy malgeniado, este niño es muy grosero”. Yo pienso: primero, qué sentirá el niño cuando lo llevan ante el sacerdote para decir que es muy grosero, aunque tenga 2 años. Y segundo, observo y me doy cuenta: “ah, pero con una mamá o papá así, cómo no va a ser malgeniado el niño. Hasta yo me pondría bravo”. Las personas que se dejan guiar por el resentimiento y por la ira asumen dos posturas: o se encierran, se apartan, viven como ermitaños; o estallan. Tienen en su boca una lengua hiriente, para que cada vez que le toquen alguna de esas heridas o resentimientos, ¡ahí está! El veneno. Uno mantiene muy prevenido con estas personas y muchas veces termina aislándolas, porque hacen daño. Recuerda esto, es muy importante: los que te hicieron daño en el pasado no pueden seguir haciéndolo hoy, a menos que te aferres al dolor por medio del resentimiento. Podrías estar pensando, por ejemplo, en alguien que inventó un chisme terrible sobre ti la semana pasada, y en este momento esa persona estar pasando un rato agradable, viendo televisión, sin pensar en ti, que estás dedicándole pensamientos negativos, pensamientos malos, “ese desgraciado lo que me hizo”… ¡no vale la pena! 4

Lo pasado, pasado está. Por ejemplo miren lo que puede pasar a una suegra. Se entromete en el matrimonio de su hijo (“¡es que como me le hacen esto a mi niño…!”), y se dedican a pelear con su nuera. Esta empieza a cogerle odio, y a los quince días los dos esposos parecen dos tortolitos, y la nuera no queriendo a la suegra por haberse metido. Te haces mucho daño con la amargura. Vamos a leer en el libro de Job: “Entregarse a la amargura o a la pasión es una necedad que lleva a la muerte” (Job 5, 2).

c. ¡Tengo miedo! A muchos otros los guía el temor. Por experiencias traumáticas en el pasado, cuando tuvieron hogares muy rígidos o vivieron experiencias nefastas en su juventud; personas que con falsas expectativas esperaban mucho de alguien, quien los defraudó; personas que por herencia, porque así fueron sus papás o sus abuelos nunca se arriesgan a nada. No es raro encontrarnos con este tipo de personas. Que están como aferradas a lo que está hecho, y “yo no me muevo”, y “así ha sido y así será”. Son personas que viven con el temor. Pero la Sagrada Escritura nos enseña que “Donde hay amor no hay miedo. Al contrario, el amor perfecto echa fuera el miedo…” (1 Juan 4, 18), y Jesús claramente lo dijo: “Por eso hay que echar el vino nuevo en cueros nuevos” (Mateo 9, 17). En una experiencia de fe carismática sólo encuentras personas que están dispuestas a experimentar algo nuevo. Pero a algunos les encantaría que viviéramos con un estilo de piedad de hace 40 ó 50 años que no responde a las necesidades del pueblo de Dios hoy. Entonces cuando una persona es psicorrígida es porque vive por el temor: teme el castigo, teme a la ira de Dios, teme al qué dirán… nosotros, como cristianos nos dejamos guiar por El que nos ha amado. En la vida cristiana es muchas veces mejor equivocarse por haber tomado un riesgo que estar “vacunado” contra el Espíritu Santo, inmune a su acción. El Espíritu Santo es muy original, Él estaba en la creación. Y les pregunto: ¿se contentó Dios con crear una sola especie de pajaritos? ¿No existen muchos tipos de aves, de flores, de personas? Él también quiere renovar nuestras vidas, y quiere que tengamos experiencias nuevas de Él. Por tanto, no nos podemos dejar guiar por el temor. Un hombre había pasado 20 años en la prisión y le dio curiosidad por ver qué tan templadas estaban las cadenas, y descubrió solo entonces que ni tenía cadenas, y que las puertas de la cárcel estaban abiertas. Muchas veces nosotros nos imponemos cadenas, nos metemos en cárceles, y hay que pedir al Señor que venga a romper las cadenas y a liberarnos de las cárceles que nosotros mismos nos hemos impuesto. Retomemos 1 Juan 4, 18: “…pues el miedo supone el castigo. Por eso, si alguien tiene miedo, es que no ha llegado a amar perfectamente”.

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d. ¡Todo para mí! ¡Cuántas personas son guiadas por el materialismo! Por el deseo de adquirir cosas. Cuanto más tengas, más importante eres. Les voy a dar un ejemplo de cómo el Señor se encarga de purificar el carácter de sus siervos. El 23 de diciembre pasado yo estacioné el automóvil de la parroquia en un centro comercial, y ahí empezó la labor del Señor. Más tarde encontré la puerta forzada, y me habían robado el panel del equipo de sonido. Yo me dije: “a los que le servimos al Señor, todo nos sirve para bien. A los cristianos todo nos sucede con un propósito. ¿Será que estoy muy aferrado a las cosas materiales? ¿Será que estoy muy aferrado a ese carro y a ese equipo de sonido? Yo pensaba: pues no, yo sé que todo lo mío es del Señor, y después de todo a mí no es que me trasnoche mucho la música”. Luego volví al Centro comercial, vi un par de estos zapatos que me agradó, que hoy llevo puestos (tengo que reconocer que son costosos) y dije: “estos zapatos son para mí. Los voy a comprar”. Y me los compré. Aquí los pueden ver. Me los estrené, y me sentía muy bien vestidito. Cómo les parece que este zapato que ven ustedes así de normalito, lo cogió Ciro, mi perro, y lo destrozó. Si vieran los remiendos que tiene para podérmelo colocar; el día que el perro se comió este zapato la impaciencia que me dio… yo me descompuse, yo no quería ver a Ciro… porque muchas veces uno pone el corazón en las cosas. Y así como uno puede poner el corazón en los zapatos, lo estamos colocando en otras cosas. El mundo de hoy nos engaña con tres tremendas mentiras para involucrarnos en esta ola de las cosas materiales. Primera: si tú tienes muchas cosas, dinero, eres feliz. Nos pone a pensar que “entre más yo tenga, más feliz soy”. Segunda: entre más dinero tengas, serás más importante. Tercero: el dinero o los bienes materiales nos dan seguridad. Fácilmente nos pueden quitar las tres cosas. La primera: cualquier calamidad, desastre natural o enfermedad pueden entristecernos profundamente. La segunda: alguien puede ser hoy una persona muy importante, y al otro día por cierto pecado o caída puede terminar siendo nada, parar en la cárcel, o algo así. Y la seguridad: ¿Para qué acumular tantos millones si un día podrían secuestrar a tus padres y esa plata la terminan disfrutando unos delincuentes? Nuestra vida no puede depender de algo que nos puedan arrebatar así. Tiene que depender de algo que nadie nos pueda robar. ¿Y qué es lo que nadie nos puede robar? Nuestra relación con Jesús. ¿Quien nos puede impedir, mientras estamos vivos y conscientes, que tengamos una comunión con el Señor? Nadie. De ahí depende nuestra vida, del Señor. Y les aseguro que no vuelvo a comprar zapatos tan caros. No es el materialismo quien puede guiar nuestra vida, sólo Jesús nuestro Señor.

e. Quiéreme, por favor… No pocas personas son impulsadas por la necesidad de ser aceptados. Es decir: hay personas que quieren agradarle a todo el mundo. Se preguntan: ¿cómo le agrado al

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padre, a mi mamá, a mis hijos, y a fulanito…? Y hay personas que parecen hacer malabares para agradarle a todo el mundo. ¡No! La Biblia nos enseña: “Nadie puede

servir a dos amos, porque odiará a uno y querrá al otro, o será fiel a uno y despreciará al otro” (Mateo 6, 24).
San Juan María Vianney decía: “Esta mañana un señor me dijo que yo era un charlatán. Otra señora me dijo que yo era un santo. Entonces, ni al uno ni al otro le creo”. Tomás de Kempis decía: “yo soy lo que soy delante del Señor”. Señor, a ti es a quien tengo que agradar. Porque si trato de agradar a mi mamá, a uno y al otro, termino confundido, desorientado. Termino viendo que a algunas personas les gusta que yo sea así. Y a otras… no. Imagínense que yo me pusiera a hacer una encuesta: ¿usted a qué sacerdote quiere tener en el padre Cristian? ¡Encontraría de todo! Entonces, ¿qué tendría que hacer? “Señor, lo que tú me digas. Y si me equivoco, corrígeme. Y corrígeme duro, si es necesario”. Ante todo, agradarle a Él. Imagínense, guiándonos por las expectativas que otros tienen de nosotros. Nosotros, siendo hijos y servidores de Jesucristo el Señor, permitiendo que los otros controlen nuestra vida. Pensando ¿qué va a decir de mí el de enseguida, qué van a pensar?, y yo no voy porque de pronto… No, yo te quiero agradar es a ti, Señor. Tratar de agradar a todo el mundo es la clave del fracaso.

3.

Cuando Jesús es en verdad nuestro Señor

Ahora pasemos. Ya hemos visto 5 actitudes negativas de personas que no tienen a Jesús el Señor como propósito fundamental de la vida. Todos los que estamos aquí tenemos a Cristo como propósito, ¿no es así? Entonces ustedes y yo, que tenemos a Cristo como nuestro único Señor y propósito, vamos a darnos cuenta qué beneficios recibimos al servir al Señor y al tenerlo como guía de nuestra vida.

a. Conocer este propósito da sentido a nuestra vida Fuimos creados para tener significado. Reconocemos que el Señor es dueño de nuestro pasado, presente y futuro. Al decir que quien conoce su propósito encuentra sentido para la vida estamos demostrando la falacia, la absoluta ridiculez de todo horóscopo, carta astral o hechicero. Porque si es el Señor a quien yo he entregado mi vida quien la conduce, ¿cómo un humano cualquiera, cómo una persona va a dirigir mi existencia? Si mi vida fue creada por Dios, es dirigida por Él y Él es el centro, todo lo demás pierde credibilidad. ¡Qué difícil es hacer entender a las personas eso! He encontrado personas que dicen: “Ay padre, yo soy muy cristiano, yo soy muy católico, pero yo soy muy agüerista, allá tengo mi matita de sábila, y cuando alguien me manda un maleficio ahí mismo se muere, y no me cae a mí la maldición”. Qué tristeza pensar que la vida de uno se la controla una mata de sábila. O una herradura. Mi Dios es grande, todopoderoso, soberano, dueño de todo cuanto existe,

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¿y yo controlando mi vida por una herradura? Eso es tener uno por muy poco a Nuestro Señor. O poner a una mujer o un hombre como intérprete [léase “médium”] del Señor. Algunos cristianos no católicos engañan a la gente diciéndoles que vayan al culto de la iglesia tal, que allá les damos una profecía. Y mucha gente se ha perdido y se ha quedado atada por ir detrás de una profecía. La profecía es algo muy distinto a estar tratando de adivinarle el futuro a la gente. Sin Dios la vida no tiene propósito, y sin propósito la vida no tiene sentido. ¿Por qué hay personas que se suicidan? Porque su vida no tiene propósito. Cuando no hay propósito mi vida carece de sentido. Entonces, lo mejor es dejar de vivir. A donde tenemos que llegar es a que todas las personas comprendan que Dios es lo único que debe movernos, que es la roca que nos salva. “Y yo que había pensado: “He pasado

trabajos en vano, he gastado mis fuerzas sin objeto, para nada.” En realidad mi causa está en manos del Señor, mi recompensa está en poder de mi Dios” (Is 49, 4).
La tragedia más grande de una persona no es morir. Para los cristianos morir es nacer para la vida eterna. La tragedia más grande del mundo es vivir sin un propósito. Yo me imagino cómo será uno con 40 ó 50 años, sentarse en la mañana y decir “¿y hoy qué, a dónde voy, qué será de mi vida? ¡No! Cuando uno se levanta tiene muy claro para qué el Señor lo tiene aquí en la tierra. Y qué es lo que tiene que hacer uno para agradarle. b. Nuestra vida se simplifica Tengo que reconocer que cuando estaba más joven me gustaban muchas cosas. Entre otras, el fútbol (pero no jugarlo, porque no soy muy bueno para ello). Verlo me gustaba mucho, y también me gustaba mucho la televisión. Cuando me di cuenta de que mi ideal de vida, mi propósito, era el Señor; de que mi vida estaba hecha para las cosas del Señor, entonces empecé a simplificar mi vida. Conclusión: aquello que me quita tiempo o que desorganiza mi vida, pues no me sirve. Y ahora, que de vez en cuando me invitan a fútbol, voy y paso un buen rato, pero ya no me esclavizo del fútbol, y tampoco tengo televisor en mi casa. Porque al saber cuál es el propósito que el Señor tiene para mi vida yo centré mi vida, y la simplifiqué. Pero, sin un propósito para la vida, ¿en qué se que basan nuestras decisiones? ¿En qué distribuimos el tiempo? Esta semana leía una historia: qué tal si a uno le dieran todas las noches una tarjeta débito, con las siguientes indicaciones: todas las noches se le va a abonar un millón de pesos. Pero hay un compromiso: usted tiene que gastarse ese millón de pesos en el día. Es decir, lo que no se gasta se le retira y al otro día se le da otro millón. Uno piensa “uy, qué bueno, qué sabroso”. Y dice el cuentito que así es con el tiempo. Cada mañana la vida te consigna tantos minutos, o un día entero, lleno de expectativas. Tú verás qué haces con ese tiempo. Pero lo que ya no hiciste no lo puedes volver a hacer.

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Esta es la importancia del tiempo, la importancia de que tengamos propósitos serios, guiados por el Señor, para nuestra vida. Los que dedicamos el tiempo al Señor vamos descubriendo que ya no tenemos tiempo para otras cosas. Aún muchos ministros y siervos del Señor se han dado cuenta de que, al entregarse a la causa del evangelio, han tenido que posponer aún su trabajo civil, del cual reciben su sustento, para dedicarse de tiempo completo a esta causa. ¡Así es! Conocer tu propósito simplifica tu vida. Sólo tengo tiempo para hacer la voluntad de Dios. “- ¿Porqué a usted ya no le gusta hacer esto o aquello? - Es que yo sólo tengo tiempo para hacer la voluntad de mi Dios”. c. Apuntando al blanco Conocer tu propósito enfoca tu vida. Te vuelves efectivo al ser selectivo. Hay cosas ante las que tienes que empezar a decir que no. Aunque haya quienes se pongan bravos. “No actúen tontamente; procuren entender cuál es la voluntad del Señor” (Efesios 5, 17). Enfócate, deja las cosas que te estorban. “¿Yo como católica y todavía perdiendo el tiempo viendo tanta novela? En adelante sólo voy a ver una…” (Ojalá no sea una bien indecente).

d. Con las pilas puestas Conocer tu propósito estimula tu vida. No hay nada que produzca más entusiasmo que tener un propósito claro. Cuando yo me levanto por las mañanas estoy muy animado por la gracia del Señor, y como aquél conejito del comercial de pilas Energizer. Difícilmente me ven triste. Porque yo sé que todo mi trabajo del día es para el Señor. Si uno no conoce su propósito, se lo pasará preguntándose “que querrá el Señor de mí”, esperando una voz de lo alto. Por eso ven ustedes a los ministros de nuestra Comunidad como aquellos conejitos de Energizer; se mueven y bailan y están siempre animados. Por que ellos saben bien cuál es el propósito que tiene el Señor para esta Comunidad. e. Aquí no termina todo Lo más importante: conocer tu propósito te prepara para la vida eterna. Aquí estamos de paseíto. A donde vamos es para la eternidad. Entonces nos ponemos a pensar, al conocer nuestro propósito: ¿Para qué me levanto? ¡Para llegar al cielo! Para la vida eterna. Muchas personas en el mundo de hoy piensan que lo más importante es dejar un legado. Que sus nombres sean esculpidos y que pongan un hermoso epitafio en la tumba. Que nos recuerden, que piensen bien de nosotros. Eso no es lo importante. Lo importante es lo que Dios diga, no lo que los demás digan. No que los demás digan de mí “ay, ese padre tan querido”, y que cuando llegue al cielo Nuestro Señor diga “¿Cristian, padre querido? ¡Váyase mijo p’al infierno!”. Miren, atentos, cuando tú llegues a la eternidad Dios te va a hacer dos preguntas solamente: ¿qué hiciste con 9

mi hijo Jesús? Ahí, cuando respondas esa pregunta, vas a saber dónde vas a pasar toda la eternidad. Y la segunda: ¿qué hiciste con los talentos que te entregué? Inmediatamente te van a responder qué harás en la eternidad. Tener un propósito, saber que somos del Señor y para el Señor nos prepara para la vida eterna. Porque todo lo que queramos hacer inmediatamente nos recordará el cielo. Y dirás: “Dios mío, esto no me asegura el cielo… es mejor hacer tu voluntad, Señor”. Piensen en esto: la vida de Noé fue cambiada en 40 días, durante el diluvio; la de Moisés, en 40 días, cuando estuvo en el Sinaí; los espías que fueron a Jericó fueron cambiados en 40 días, mientras exploraron esa tierra. Antes de que David se enfrentara a Goliat, éste retó al pueblo de Israel durante 40 días. Elías, el gran profeta, así como Jesús, estuvo 40 días en el desierto. Los discípulos oraron x 40 días esperando que el Espíritu Santo viniera sobre sus vidas. Así mismo deben enfrentar su proceso de conversión en cuaresma; para eso nos colocamos la crucecita en la frente, no para que nos vean, sino como una señal de cambio.

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