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Un Paseo Por El Cuento Norteamericano Contemporaneo - Varios

Un Paseo Por El Cuento Norteamericano Contemporaneo - Varios

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Literatura de América Latina
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11/15/2014

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HermanoCerdo agradece infinitamente la colaboración de María Pilar San Román, Alexia Lefevbre, Raquel Flores, Emilio Santoro, José

Luis Justes Amador, Begoña Mansilla y Danny Harzy. 

hermanocerdo.anarchyweb.com

Algunos de los cuentos aquí incluidos se publicaron por primera vez, y en su versión original, en otras revistas:

"El Plagiario",  Alex Rose, Fantasy Magazine, noviembre de 2008.

"Coma algo",  Marie-Helene Bertino, Hotel St. George Press, 2009.

"Hombres callados", Leslie Jamison, A Public Space, Núm. 3. 

AUTORES

LESLIE JAMISON creció en Los Angeles. Se graduó del Harvard College y del Programa para escritores de Iowa. Actualmente cursa el doctorado en literatura norteamericana en la Universidad de Yale. Es autora de la novela The Gin Closet (Simon&Schuster, 2010).

ALEX ROSE es cofundador y editor de la editorial Hotel St. George Press  y autor de The Musical Illusionist and Other Tales. Su trabajo más reciente ha aparecido en The New York Times, Ploughshares y Fantasy Magazine. Su cuento "Ostracon," fue incluido en la edición de 2009 de Best American Short Stories.

TODD ZUÑIGA es editor fundador deOpium Magaziney cofundador de la serie de lecturasLiterary Death Match. Ha sido nominado para el Pushcart Prize. Textos suyos han aparecido en las revistas Canteen yLost Magazine. Trabaja como editor para 1UP.com, donde escribe sobre deportes y videojuegos.

AARON GARRETSON vive en Nueva York, donde trabaja en un laboratorio de investigación sobre el sida y donde estudia en un programa de escritura creativa. Sus historias se han publicado en las revistas Opium, Night Train y Forge.

TOM LUTZ vive entre Los Ángeles y Iowa. Ha enseñado en la Universidad de Iowa y en el California Institute of Arts. Fue el editor de no ficcion de Los Angeles Review. Su trabajo ha aparecido en Zyzzyva. Actualmente enseña en la Universidad de California, Riverside. Su libro más reciente es Doing Nothing: A History of Loafers, Loungers, Slackers, and Bums in America (2007).

CYBELE KNOWLES vive en Tucson, Arizona, donde trabaja en el Poetry Center. Escribe cuentos, ensayos, obras de teatro –todo menos poesía. Su ficción ha aparecido en Diagram.

MARIE-HELENE BERTINO ha publicado en Mississippi Review, North American Review, e Inkwell, y como ganadora del Puschart Prize fue incluida en la Pushcart Anthology XXXIII. Actualmente trabaja como asistente editorial de la revista One Story. Estudió escritura creativa en Villanova University y en Brooklyn College.

GARTH RISK HALLBERG es autor de la noveleta A Field Guide to the North American Family. Sus cuentos y ensayos han aparecido enGlimmer Train, Slate, Canteen, y en la antología Best New American Voices. En 2008 fue becario de la New York Foundation for the Arts. Actualmente vive en Brooklyn y colabora en el sitio sobre libros y literatura The Millions: http://themillions.com

CLINT HEAD creció en la costa atlántica de Florida. Ahí tuvo constantes problemas con sus padres, profesores y fascistas armados de uniforme azul. Con todo y todo alcanzó un grado en la carrera de Radio&Television en la Universidad de Florida Central. En Ohio y Tennesse dio shows como comediante. Ahora reside en Nashville, Tennesse, donde irrita a muchos de los integristas cristianos sureños con su inaceptable actitud.

LESLEY CLARK es escritora y artista. Es autora del libro de poemas The Absence of Colour. Su trabajo ha sido publicado en diferentes periódicos y revistas, como Mr. Beller's Neighborhood y The Red Palm. Actualmente vive en San Antonio, Texas, y trabaja en una novela.

JENSEN BEACH vive con su familia en Massachusetts, donde colabora con la revista Hobart. Sus historias han aparecido o aparecerán en Avery, Waccamaw, Keyhole, Opium y Quick Fiction, entre otras.

Hombres callados
Leslie Jamison
Traducción de Begoña Mansilla
 

Era un poeta que trabajaba con formas intrincadas —vilanelas y pantoums— pero durante nuestro mes juntos habló de forma bastante simple. Ceceaba de forma evidente, una delgada brisa húmeda corría a través de sus palabras.
Lo conocí en mayo en mi panadería habitual. Mientras pagaba en la caja lo vi cogiendo trozos de pan recién hecho de una bandeja de muestras gratuitas. Dejó caer puñados en sus bolsillos. Lanzaban espirales de vapor.
Unos minutos después me encontró en una mesa cerca de la ventana. “Gracias por distraerlos mientras pillaba el pan”, dijo.
“No estaba intentando distraer a nadie”, le respondí. “¿No se supone que puedes coger muestras, de todas formas?”
“No de esta manera.”
Pensé que iba a vaciarse los bolsillos ahí mismo, en la mesa, para enseñarme su botín. Pero sólo sacó una rebanada, con cautela, metiendo dos dedos largos en los bolsillos, y se la comió despacio, suspendido. Tenía el pelo negro y despeinado, y hoyuelos tan grandes que cambiaban la forma de su cara cuando sonreía.
“¿Ese pan lleva nueces?”, le pregunté. Sonó como un inspector de aduanas.
“Ni idea”, respondió. “Pero está bueno.”
Nos quedamos en silencio por un momento. Se quedó ahí de pie, masticando. Imaginé que lo perseguía hasta su casa, siguiendo un rastro serpenteante de migas de pan por todo el distrito de Mission.
Le dio la vuelta a uno de los bolsillos y dejó que los trozos se desparramaran por toda la mesa. “Serían útiles en el bosque”, dijo. “Siempre podríamos encontrar el camino de vuelta a casa.”
“¡Eso mismo estaba pensando!”, le respondí. Aunque no era verdad, exactamente.
Aquella noche vino a mi casa a ver la salida de incendios. Se lo anuncié a mi compañera de piso, vagamente sin aliento: “He conocido a un tío y va a venir a ver mi salida de incendios”.
Ella contestó: “Me suena a eufemismo”.
Negué con la cabeza. “No se trata de eso. Escribe poemas sobre salidas de incendios”. Me lo había dicho aquella mañana. Me pregunté cómo serían sus poemas. Quizás, para él, salida de incendios sí era una especie de clave para el sexo. Quizás todas sus metáforas sonaran a remates de frases.
Media hora después de cuando se suponía que debía llegar hubo unos golpes en la ventana de mi dormitorio. Había escalado hasta ella. Llevaba una caja de palitos congelados de pescado en una mano, y una bolsa de ositos de gominola en la otra. Abrí la ventana y las cogí mientras él entraba a gatas. Le pregunté cómo había sabido cuál era mi habitación.
“Lo he adivinado”, dijo. “Podría haber sido una situación incómoda.”
Le devolví la caja. “No como palitos de pescado desde la guardería.”
“Te gustarán más de lo que recuerdas.”
“Eran riquísimos.”
“Te gustarán más ahora. Confía en mí.”
Se nos quemaron en el horno y nos quitamos el sabor de sus bordes abrasados con una botella de Shiraz barato, compartiendo mi única copa de vino. Nos sentamos juntos en mi pequeño sofá negro, picoteando y viendo dibujos animados de madrugada sobre personajes mitológicos. En un episodio, un niño pastor partía en busca de los dioses. Estaba enfadado por algo que le había sucedido antes de que pusiéramos ese canal. Gritó desde el borde de un acantilado: “¡No sabes lo que es ser humano!”.
Un viejo con barba blanca aparecía en la cima de las rocas. Puede que fuera Zeus, puede que no. Su voz retumbó cuando habló: “Tuve un corazón humano, pero se rompió”.
El poeta acercó su cara a la mía y dijo “Este programa es fantástico”.
Asentí y le dejé besarme. Su cuerpo era pesado encima del mío. Me gustó sentir sus manos detrás de mi espalda. Esa noche dormimos juntos, sólo dormimos, y fue precioso despertarse a su lado, casi un extraño absolutamente sólido a mi lado, hinchándose con la respiración. Su piel pareció vagamente febril cuando le toqué el cuello con mis labios.
Unas horas después de que se fuera deambulé hasta la cocina y encontré nuestra bandeja del horno en el fregadero. Arranqué colgajos de rebozado quemado y me quedé de pie un minuto, chupando las migas de mis dedos.
Pasamos los siguientes cuatro días juntos, leyendo en el Tartine durante el día y paseando por distintos barrios al anochecer. En el barrio chino me compró ciruelas saladas, arrugadas como piel mojada, y me enseñó una bañera llena de ranas. Nos sentamos en un bordillo de Stockton y compartimos una fruta cuyo nombre no conocíamos que tenía pequeños bulbos de carne blanca cubriendo la piel amarga. En Fillmore compramos un plato de pollo con canela y nos sacamos hebras de pasta filo de entre los dientes. El pollo estaba dulce, tan tierno que se desprendía de los huesos.
“Me encanta cuando la cena cruza el límite”, dije. “Cuando se convierte en postre.”
“Dices cosas geniales”, me dijo. “Pero no debes sentirte obligada a decirlas.”
“No lo hago”, contesté.
Con cualquier otra persona hubiera sido mentira.
Pasamos juntos todas las noches de aquel mes. No hablamos de ello, era lo que queríamos, tan sencillo como eso. Empecé a tener sueños terribles: una voz masculina decía “cáncer” en la oscuridad, pero yo no le veía la cara, sólo los dientes relucientes. O mi piel se convertía en peladuras a tiras irregulares, se desprendía de los huesos y se retorcía como un gusano. Nunca antes había tenido sueños de ese tipo. Estaba compensando por un exceso de felicidad. Una noche me desperté de repente, con sudores fríos y temblorosa. Alargó la mano para acariciarme el brazo. “¿Qué pasa?”
“Son estos sueños,” le expliqué. “No estoy segura de dónde vienen. Aparecen gusanos y la piel se me cae a tiras.”
Él dijo: “Soñaré eso contigo”.
“Buena suerte.”
“En algunas lenguas”, dijo, “no se dice soñar sobre algo. En lugar de eso dicen soñar con. Como si tus sueños estuvieran en su propio mundo, donde la gente pudiera unirse a ti”.
“Antes soñaba con serpientes”, le dije. “Ahora con gusanos, ¿qué será lo siguiente?”
“El mismísimo falo”, respondió él. “Soñarás con el mismísimo falo.” Pero estaba mascullando, ya se estaba quedando dormido. Yo aún no estaba lista para volver a dormir. Me di cuenta de que en realidad prefería mi vida consciente. Eso no había sido siempre así, era algo de lo que me sentía orgullosa.
Cuando se iba a trabajar cada mañana, dejaba una nota en la almohada. Normalmente estaban salpicadas de signos de exclamación, a menudo varios en la misma frase. A veces eran citas de poemas. A veces eran estúpidas, cosas tontas: Marianne Mendez, me encanta cuando tu nombre aparece en mi móvil. Me dijo que lo había abreviado al apuntar mi número: MariMe
“Cada vez que llamas”, dijo. “Es como si me propusieras matrimonio.”
“Lo que no estaría tan mal”, respondí.
Asintió. “Lo que no estaría tan mal.”
Decidimos conducir hasta Los Ángeles en mi coche para pasar el fin de semana, pero progresábamos lentamente por la costa. Todo nos parecía interesante, los bordes de la carretera, llenos de posibilidades. Los letreros de cartón anunciando verdura cultivada en granjas nos maravillaban: ¿y si estas fresas son las mejores que probaremos nunca?
Nos detuvimos junto a un puesto de madera combado y cogimos unos capazos endebles. Elegimos nuestra propia fruta y la lavamos con una manguera con la boquilla sucia. Él se inclinó para beber del extremo herrumbroso. Quería estar totalmente dentro de nuestros momentos, pero me notaba deslizándome fuera de ellos, tomando notas: la manguera era verde militar, nuestros dedos del color de la sangre y pegajosos por el zumo. El hombre al que pagamos tenía un solo pulgar. Mirara donde mirara había algo extraordinario. Parecía imposible que pudiéramos durar e imposible que no lo hiciéramos, y mientras tanto el agua de la manguera goteaba desde su barbilla áspera, me rozó los labios cuando me incliné a besarle el cuello.
De vuelta en el coche, con los capazos sujetos en el regazo descubrimos que las fresas se rompían demasiado fácilmente entre los dientes y que tenían un sabor ligeramente metálico. Pero me sentía agradecida por ello, porque hubiera una textura que podría recordar con precisión. Neil Young nos hizo compañía durante el viaje: “Think I’ll pack it in and buy a pick up, take it down to LA…”
Tomamos una habitación en un motel en Pismo Beach y encontramos un bar cerca del océano, The Big Bluff, aunque no había ningún farol a la vista. Cuando entramos, la camarera, de mediana edad, flaca como un alambre y rubia, nos avisó de que la máquina de discos tenía algo contra las baladas épicas. “Parece que siempre se atasca con Poison”, dijo. “No hay motivo, simplemente se bloquea.”
Aunque no había pensado poner nada, usé mis últimas monedas para elegir tres canciones de rock. A partes iguales, quería que la máquina funcionara y verla romperse.
La camarera me sonrió: “Eres una mujer peligrosa, se nota”.
Asentí. “Pero me gusta el licor dulce.”
Pedí un vodka con zumo de arándanos, lo que la hizo sonreír. Resultaba raro mirarla, tenía los labios más pálidos que nunca había visto, delgados y rosas contra su piel floreciente y rosácea.
Hice un gesto hacia el poeta, que estaba inspeccionando una pared llena de trofeos. Tenía la sudadera atada con un abultado nudo alrededor de la cintura. “Y un bourbon con hielo.”
Ella le echó un vistazo y me miró alzando las cejas. “¿Le va bien el bourbon de la casa?”
Le sonreí. “Claro.”
Se giró hacia las botellas, mostrando una coletilla de pelo quemado sobre su nuca. El poeta se me acercó por detrás, colocó la barbilla en el lugar donde el cuello daba paso al hombro y me besó en la parte posterior de la mandíbula.
“¿Sabes que conceden trofeos por la observación de ballenas?” Susurró. “¿Sólo por verlas?”
Sonreí. Sabía que su cara estaba lo suficientemente cerca como para notar que mi piel se movía. “Hay una especie de confianza en eso”, respondí. “O a lo mejor es sólo un premio por contar cuentos.”
Él dijo: “Lo que no estaría tan mal”.
Yo asentí: “Lo que no estaría tan mal”.
Fui al baño mientras él sacaba las bebidas al patio. Ni siquiera me sequé las manos. Sentía cada momento de su ausencia como algo perdido, lo que habría sonado estúpido si lo hubiera admitido ante otra persona. Pero de eso se trataba, no se lo tenía que decir a nadie. Sonaba “November Rain” cuando salí, la música se deslizaba hasta el patio desde su propio mundo violento.
El atardecer estaba empezando a iluminar los ángulos del horizonte. El océano era enorme y perfecto más allá del enrejado del patio, espumando a través de salientes de arena del color de la piel. El aire salado era tempestuoso y me ponía la piel de los brazos de gallina. El deseo de tocarle parecía humedad en el aire. Pensé en un ensayo que había leído sobre un tío que creció viendo el Mediterráneo en atisbos, destellos de azul entre edificios durante viajes en tren. Cuando finalmente vio el mar entero desde el balcón de un hotel, años después, ya adulto, no supo qué hacer con la imagen. Yo me sentía igual con el Pacífico. Siempre había sido mítico, parte de la felicidad de otra persona.
Me volví hacia él: “Desearía que hubiera más palabras para lo que siento contigo”.
Me besó. “Es verdad”, contestó. “Puede que para eso necesitemos las tonterías… Como una especie de idioma con el que parlotear sobre la felicidad.” Hizo una pausa. “Además, he pedido una cesta de coliflor frita.”
Oíamos a Slash empezar su solo desde la gramola. Una pequeña, secreta parte de mí siempre había deseado que este trozo pudiera durar para siempre, que la letra de la canción no volviera nunca.
“Slash es el dueño del corazón de esta canción”, dijo él.
Asentí. “Y del mío también.” Respondí: “¿Qué tipo de tontería usaríamos para esto?”
Me cogió de la mano. “¿Y cómo cambiaría con una palabra que significara algo? ¿Fa la la guitarra? ¿Fa la la Slash?”
Me encantaba ver su mente virando de un pensamiento a otro, cada uno un momento original. Sentí algo abrirse en mí. Era posible ver todo el Pacífico de una vez, el condenado océano entero. No podías verlo en absoluto sin que se extendiera más allá de lo que podías ver.
La camarera vino con una cesta de plástico rojo llena de trozos empanados, de un marrón dorado, rezumando queso y grasa sobre el papel de cera que tenían debajo.
“Esto acabará con vuestras jóvenes vidas,” dijo. “Tienen tanta grasa que ya casi no son verduras.”
Cuando se marchó, él dijo: “Toda su vida. Empiezas tú”. Era un juego al que a veces jugábamos, tenía que ver con gente que no conocíamos.
Dije: “Su madre quería que fuera bailarina de striptease“.
Él siguió: “Cuando era pequeña, se escapaba para esconderse en un horno roto que había en el callejón detrás de su casa. Dormía allí toda la noche”.
Dije: “Le encanta reunir secretos de viejos a los que nunca volverá a ver”.
Él dijo: “Desmenuza tortillas para tacos y las mete en los bocadillos. Come sola”.
Lo que yo inventaba eran como marcas de un esbozo, puntos que se unían para dar forma a una vida inventada. ¡Pero lo que inventaba él! Era diferente, como si hubiera tomado la vasta superficie de una infancia, una soledad completa, y la hubiera destilado hasta tener un solo objeto: algo casi invisible. Algo inevitablemente triste.
Lo llevé a mi museo favorito en Los Ángeles, un lugar poco iluminado y confuso donde los objetos expuestos no estaban relacionados entre sí. Deambulamos por entre vitrinas de objetos robados de distintos parques de caravanas: viejas jarras de leche, condones usados, una alzaprima con verrugas de herrumbre.
“De entre los conceptos de salvar y rescatar”, preguntó. “¿Cuál prefieres?”
“No lo sé,” contesté. “Es la diferencia entre salvar algo del contexto y salvarlo de sí mismo.”
“Me gustas cuando dices cosas inteligentes”, comentó. “Pero también cuando dices tonterías.”
Aquella noche encontramos una antigua caseta de socorrista de madera y dejamos que nuestros pies colgaran desde el borde. Nuestras sombras se extendían sobre el cemento salpicado por la arena del arroyo de drenaje de debajo, largas y temblorosas por el resplandor lejano de la noria del muelle. La brisa venía cargada de sal, húmeda sobre nuestras lenguas. Vimos a dos siluetas sentarse en la plataforma de la siguiente caseta. Sus perfiles se recortaban afilados contra las luces que parpadeaban en la distancia y cuando el hombre se levantó, vimos claro lo que iba a suceder: la mujer se arrodilló delante de él, le desabrochó los pantalones y se inclinó hacia delante. La vimos doblarse sobre la barandilla cuando acabó, asintiendo con la cabeza mientras escupía en la arena.
“Pasé por una fase durante la que no tragaba”, musité. Había algo elaborándose dentro de mí.
“¿Tenía que ver con ser feminista?”, preguntó. “¿O con que no te gustaba?”
“Más bien no me gustaba. No tenía nada que ver con ser feminista”, contesté. “Tenía problemas con tragar cualquier cosa.”
“¿Estabas enferma?”
Yo asentí. Había esperado este momento desde mi trastorno: la oportunidad de mostrar mi yo herido a un hombre y sentir cómo lo contemplaba, me contemplaba, sin acobardarse.
“Tuve anorexia”, expliqué. “Durante un tiempo.”
Le conté cómo era mi cuerpo antes: las costillas como una carrera en mis camisetas sin mangas, las muñecas donde el hueso sobresalía de forma tan exagerada que parecían estar rotas. Le hablé sobre los sitios donde me había desmayado: el vestíbulo de mi casa, la bañera de mi madre, una antigua área de descanso de una carretera interestatal. Usé expresiones como “apetito por estar enferma” y “hambre que hiela los huesos”. Me sentía como si lo hubiera vivido todo, la debilidad, los dolores de barriga palpitantes y las sesiones de llanto con el rostro demacrado, para poder contárselo a él de esta forma.
Me tomó de la mano. Asintió algunas veces. Cuando me quedé sin nada más que contar sobre cómo había sido mi cuerpo, y cómo era, nos quedamos sentados en silencio. Pero fue diferente a nuestros primeros silencios, esas largas mañanas inmersas en la fría luz del sol, leyendo nuestros libros mientras sus dedos rozaban el hueso de mi rodilla.
Quería seguir hablando para siempre, para que así no tuviéramos que ver directamente lo que no se mencionaba. Odiaba mi voz, pero de todas formas hablé: de mi ridículo amor por los sándwiches de mantequilla de cacahuete y beicon; del curso fallido del matrimonio abierto de mi madre. Hablé de juguetes tontos que sólo se pueden comprar en Japón. Enumeré los nombres de las mascotas de mi infancia y expliqué sus significados secretos.
Había un ritmo familiar en todo esto, colmado de comentarios que yo consideraba inteligentes pero que se parecían a ponerse ropa sucia, algo con olor a humedad y manchado de sudor, desechado hace mucho tiempo, con el olor nauseabundo de mi propio cuerpo. Había sido otra persona con él: menos propensa a contar anécdotas, capaz repentinamente de decir “siento esto profundamente” sin reír como una tonta o mirar a otro lado. Lloré la muerte de ese yo, lo sentí como una costilla fantasmal atravesándome tensa el corazón.
Rompió conmigo dos días después. Esto ocurrió de vuelta en mi apartamento.
“Siento que me vuelvo menos complicado en este tipo de intimidad”, dijo. “Mis otras facetas se disuelven, sólo queda algo que resulta demasiado simple.”
“Siento que me has perfilado”, dije yo. “Como si estuviera en relieve contra otra persona, como si tuviera que hacerme más simple para el resto de cosas.”
Parecía estar más y más decidido según iba transcurriendo la noche. Mi propio pánico, el tono en aumento de mi evidente dolor, eran cosas que le hacían comprender en qué no quería que yo le pidiera que se convirtiera. “Me siento arrastrado a una falta de apego ahora mismo”, explicó, lo que sólo me hizo anhelarlo más, no sólo estar con él, sino poder cumplir sus deseos. Quería estar completa, lejos. Pero en lugar de ello me sentía vacía, con punzadas en cada uno de los lugares donde le había permitido hechizarme.
Todo estaba silencioso después de que se fuera. Esperé a que mi cuerpo dejara de existir o bien reaccionara. Cogí su vaso de vino y lo lancé contra el lado de mi nevera. Alcancé un trozo de cristal roto y lo apreté contra la piel de mi tobillo, como había hecho tantas veces en el instituto, pero no logré reunir la energía para hacer un corte. Dije “hola” en voz alta, para comprobar si aún podía emitir sonidos. Pasé la lengua por las vetas rojas que goteaban desde la nevera para probar el vino que él había bebido. Estuve despierta hasta que amaneció.
Durante dos semanas no pude dormir a menos que estuviera borracha, así que bebía cada noche. Le conté a todo el mundo que me escuchó que no estaba bien. “No lo entiendes”, les explicaba. “Yo no soy así normalmente.”¿Pero eso importaba? Esto era en quien me había convertido.
Pasaba horas sentada en mi escalera de incendios, escuchando el solo de Slash una y otra vez. Dividí los días en secciones según cuándo fumaría el siguiente cigarrillo. A menudo bebía sola, tomando sorbitos de Shiraz en tazas de té. Me susurraba frases optimistas: “Tu dolor puede convertirse en algo hermoso”, e intentaba creerlas.
Se me ocurrían pensamientos todo el rato y los escribía en trozos de papel. A veces se trataba de hechos: Me bebí un vaso de vino y se rompió. A veces eran frases que no podía acabar: Tuve un corazón mortal, pero. Las guardé junto con sus notas, pero hice que mi hermana las llevara a su apartamento para no leerlas cada noche. Iba a meter todo lo que me recordaba a él en una caja, pero luego me di cuenta de que había demasiadas cosas: mis cortinas manchadas de semen, mi mando a distancia, mi nevera al completo. Si realmente hubiera empezado, habría rastreado el suelo en busca de migas de pescado y guardado cada una de ellas.

Kevin era un instructor de tenis que quería dar una oportunidad de verdad a los libros.
“Leer”, dijo. “Siempre he querido hacer eso más.”
Me había oído describirme como una ávida lectora. Estábamos en una fiesta por el solsticio de verano en Pacific Heights que parecía pedir que se usara este tipo de expresión. Había una pirámide de vasos de champaña de verdad en la cocina y un perro pequeño merodeando con una camiseta de Credit Suisse colgando de su diminuta caja torácica en forma de barril. Nadie parecía dispuesto a reclamarlo. Pasó mucho rato tocando las piernas de Kevin con las patas, oliéndole los bolsillos. Me pregunté si Kevin era el tipo de tío que llevaba un par de bombones escondidos. Lo deseé.
“Cálmate, amigo suizo.” Kevin lo empujó con la palma de la mano. Se volvió hacia mí: “¿Qué te gusta leer?”
Parecía importante no hablar de nada sustancial.
“He estado leyendo sobre palomas”, contesté. “Palomas héroes de guerra.”
“¿De verdad?”, preguntó. “¿De qué va todo eso?”
“De llevar mensajes. Secretos estratégicos y todo eso.”
“Nunca he sabido mucho de pájaros”, dijo él. “Ni de guerras.”
Asentí y le besé en los labios. Noté que esto sería una habilidad importante para pasar la noche con Kevin, resolver cómo acabar cada una de nuestras conversaciones.
A medianoche Kevin empezó a parecer inquieto. Habíamos permanecido vagamente atados el uno al otro durante la mayoría de la fiesta, dando vueltas y volviendo para otro momento de charla trivial incómoda y amplias sonrisas. “He oído que desde el tejado las vistas son geniales.”
Yo asentí. “Vamos.”
Otra cosa importante acerca de Kevin: realmente parecía un instructor de tenis, con ojos azules que parecían, de manera imposible, no parpadear nunca y anchos hombros cuya solidez noté bajo mis dedos cuando me deslicé por su lado para encontrar el baño. Me empolvé la nariz y me incliné acercándome al espejo para ver los ojos relucientes y febriles detrás de mis párpados cubiertos de sombras aterciopeladas. Parecía, más que cualquier otra cosa, vagamente sobresaltada.
Tuvimos que subir una escalera de pie desde el patio para llegar al tejado. Kevin llevó mi bebida y me dijo que era preciosa antes de desabrocharse el cinturón al llegar arriba.
Me hice rasguños en las rodillas al arrodillarme y eché una última mirada a las luces de la ciudad antes de inclinarme. Sentía el rubor en mis rodillas sangrantes, los pequeños cortes cubiertos por una costra de guijarros de alquitrán. Dejó la mano sobre mi cabeza. Dejé mis dientes apartados.
Supo como todos, sólo que él no tardó tanto como la mayoría.
Después, extendió su chaqueta y dio una palmadita en el espacio junto a él, como si fuéramos a compartir un picnic. Sacó dos cigarrillos y fumamos juntos, sacudiendo frágiles copos de ceniza que caían sobre la tela. Inclinó la cabeza. “¿En qué estás pensando ahora mismo?”
Durante toda mi vida me he propuesto no hacer esta pregunta. Hice una pausa momentánea y finalmente contesté: “Traicionada por la perfección, busco su opuesto.”
“Pareces lista”, dijo. “¿Puedo llamarte alguna vez?”
Supe que se trataba sólo de un gesto en el que ambos participaríamos. “Claro.”
Escribió mi número en su móvil y se quedó mirando fijamente la pantalla un momento, con los dedos suspendidos sobre las teclas.
“¿Quieres mi nombre otra vez?”, pregunté.
Dijo: “Sí”.
Dijo: “Espero que sepas que esto no cambia lo que siento por ti”.
Yo dije: “Claro”.

Víctor era un bromista y el poseedor de unas miradas largas e ininterrumpidas. Era mi jefe en un centro de enseñanza para personas con dislexia.
“Personas con tendencias disléxicas”, me aclaró en la entrevista.
“Yo tengo de ésas”, le contesté. Pero no sonrió. Le gustaba hacer sus propias bromas.
Era un hombre bajo con la cabeza afeitada. Tenía unos maravillosos ojos penetrantes y un cuerpo que parecía fiero e impredecible, como si fuera a echar a correr a toda velocidad en cualquier momento.
Me miró fijamente durante mucho tiempo, golpeando el escritorio con los nudillos. Pensé que quizás tenía algo indecoroso en la cara. Había desayunado mi cruasán con almendras a toda prisa por la mañana, con manos nerviosas, y me pregunté si tendría la barbilla manchada de masa.
“¿Tengo migas por la cara?”
“No”, respondió. “Sólo es que te encuentro atractiva.”
Me estiré las mangas sobre las manos, hago eso cuando estoy nerviosa.
“Eso que haces con las mangas”, dijo. “Es signo de baja autoestima.”
“Bueno, yo tengo de eso”, contesté. “Baja autoestima, quiero decir.” Quise decirle que si supiera cómo, haría un casco de malla resistente y un nido de bufandas de lana y los guardaría en un bolso diminuto que pudiera abrir en cualquier momento para esconderme. ¿Pero cómo explicas eso a un extraño?
Él dijo: “Creí que ibas a decir lenta cuerpo-estima. ¿Lo pillas?”
¡Oh, Víctor! Como dije, era un bromista.
Los martes trabajaba con Raz, mi cliente más joven y mi favorito. Tenía seis años y se negaba a reconocer la letra “g” en ciertas fuentes, como si se tratara de un país con el que no tuviera relaciones diplomáticas. No le gustaba cuando la letra descendía en su segunda curva, la de más abajo. Pronunciaba palabras como “guante” o “gato” correctamente y luego se detenía a mitad de frase para decirlas de nuevo mal: “uante” y “ato”.
Yo lo dejaba hablar como quería, me gustaba que tuviera su propia versión de las cosas.
Víctor no opinaba de la misma manera. “Se supone que tienes que corregirlos cuando hacen algo mal”, me dijo. “Cada corrección es una pequeña victoria.”
“Me esforzaré más”, contesté. “Lo prometo.”
Pero no pude hacerlo. O no quise. Al día siguiente Raz apartó su lista de palabras para leer y se volvió hacia mí para preguntarme directamente: “Si encontraras un animal medio vaca, medio caballo, ¿daría leche bebible?”.
¿Qué podía hacer? Respondí: “Claro”. Dije: “¿A qué crees que sabría?”.
“A queso agrio”, contestó. “A las camisetas viejas de gimnasia de mi padre.”
Entonces fue cuando Víctor asomó la cabeza. “¿Qué sonidos vocálicos estáis trabajando hoy, chicos?”, preguntó.
A Raz no le avergonzó responder: “Ninguno”.
Víctor me echó una larga mirada. “Si no te importa, me gustaría verte en mi despacho cuando hayáis acabado”.
“Claro”, respondí. Estaba garabateando algo en el dorso de mi mano. Había empezado con un pico sólo, curvado y gigantesco, pero le añadí unos diminutos pies de cuervo y unas pequeñas crestas de olas entintadas como paisaje.
Giré mi mano para enseñárselo a Raz: “¿Y si cruzaras a un gorrión con un pelícano?”.
Bizqueó. “Parece como si te hubiera atacado otro niño con un boli”, dijo. Su voz no dejaba lugar a dudas: conocía este tipo de herida, había pasado horas en privado en algún fregadero, borrando atrocidades a boli.
Sacó un folio en blanco y empezó a trazar letras muy grandes y cuidadosas. Cuando giró la hoja hacia mí, vi qué había escrito: Gorricano.
Ahí estaba: la “g”. Su doble curva, sus varios rizos.
Entré corriendo al despacho de Víctor media hora más tarde. “¡Mira!” Le puse la hoja delante de la cara. “¡Es un a ‘g’ de verdad!”
“¿Gorricano?”, preguntó. “¿De qué va eso?”
“Da igual”, respondí. “Lo que importa es la pequeña victoria, ¿verdad? ¿El progreso?”
Enarcó las cejas para lanzar otra mirada: “Tendrás que repensar tus métodos”, dijo finalmente. “O si no tendremos que empezar a pensar si eres apropiada para este puesto”.
“No tenía ni idea,” contesté, “de que habíamos llegado al punto de—”.
“¡Estaba bromeando!”, exclamó. “Tienes que relajarte, en serio.”
Me reí. Fue débil, como si me picara la parte posterior de la garganta y estuviera intentando rascarme.
Él siguió sonriendo. “¿Qué tal si en lugar de eso pensamos en tomarnos algo?”
“Ja, ja”, contesté. “Siempre tan bromista”.
“No estoy de broma”, dijo él. Y era verdad.
Aquel viernes fuimos a un bar hortera junto a Union Square. Una vez soñó con ser un bar antiguo, pero la realidad del turismo había caído sobre él como un montón de ropa sucia. Los visitantes bebían chupitos reflectantes de Goldschlager a sorbos bajo las sombras moteadas de sus enormes sombreros de paja, intercambiando sin aliento informes sobre la sopa de pescado servida en cuencos de pan ácimo y los vagabundos de Market.
“Mira a toda esta gente”, dijo Víctor, escudriñando su Miller Light. Pero cuando imaginé pasar toda mi vida con Víctor, algo que hacía casi con cualquiera a quien besara, sólo podía pensar en nosotros como en turistas perpetuos, guardando nuestros mapas satinados y riéndonos de los acentos de otras personas.
Después de la segunda ronda, le dije que probablemente debería irme a casa. Me dejó en mi apartamento. “Ha sido divertido”, dijo. “Repitamos alguna vez.”
“No estoy segura…” Dejé que mi voz se apagara.
Levantó los brazos. “¡Eh! ¡No pasa nada! ¡No te preocupes!” Alargó la mano: “¿Amigos?”.
“No, quería decir que no estoy segura… No estoy segura de querer seguir en el trabajo.”
Sonrió. “¿Por qué no dejas que yo me ocupe de los chistes?” Hizo una pausa. “No se te da muy bien ser sarcástica.”
“En eso tienes razón”, respondí. “Pero no estaba siendo sarcástica.”
No dijo nada.
“No estoy de broma”, dije. Y era verdad.

Guillermo era un chocolatero colombiano a quien le gustaba hablar de trabajo. Con él descubrí el sabor oscuro del cacao sin azúcar, sus surcos definidos contra mis dedos. La profecía de otro hombre hizo que me detuviera en su umbral. Fue el vagabundo junto al que pasé en la calle, apoyado en un mural lleno de dibujos de chihuahuas contorsionándose en todo tipo de posiciones aéreas. Las letras pintadas con spray detrás de él preguntaban: ¿Es tu perro bulímico?
“¡Ahora estás triste!”, gritó el tipo. “Pero lo veo en tu futuro… las cosas se van a poner buenas de verdad.”
Me acerqué y me agaché a su lado. “Sigue”, le dije. “¿Cuándo?”
Echó un vistazo a una hilera de botellas antiguas de Coca-Cola que había alineadas delante de él, cada una llena con una cantidad distinta de agua del color del óxido. “Uso esto”, explicó. “Cada vez que llueve sacó una para ver cuánto se llena. Siguen un patrón, crean mensajes.”
“Si pudieras darme algún consejo práctico,” seguí. “¿Cuál es mi cruce de la suerte, mi gasolinera de la suerte?”
Las posibilidades de los signos y las señales me habían fascinado. Cada día conducía hasta un aparcamiento caro en North Beach, con profecías sacadas de galletitas de la suerte pintadas en cada espacio, sólo para ver qué espacio libre encontraba antes, con palabras reconfortantes o de cautela.
“Sólo puedo decirte esto”, contestó. “Va a ser genial.”
Una hora después me detuve junto a un cartel anunciando la Fábrica de chocolate de San Francisco. Nunca antes había oído hablar de ella, imaginé un almacén lleno de diminutas habitaciones donde se fabricaban objetos extraordinarios a cada momento.
Guillermo trabajaba solo en la pequeña tienda del segundo piso. Vestía tejanos negros y zapatillas grandes de las que tienen lucecitas rojas brillantes. Llevaba sus rastas recogidas en un nudo flojo sobre la nuca. Tenía rasgos afilados y un rostro que parecía esculpido, como si sus contornos menos precisos, las virutas de más, estuvieran desparramados sobre las mesas de trabajo de un cuarto trasero en algún lugar.
Estaba ansioso por mostrarme el tipo de chocolate que le encantaba: sesenta, setenta, ochenta por ciento de cacao. “No esa basura rebajada con leche”, dijo, indicando con un gesto los productos a su alrededor, en su mayoría tabletas de especialidades con monumentos conocidos de San Francisco en el envoltorio.
¿Rebajada? Me gustó su forma de hablar.
“Prueba esto”, me dijo. Quitó el envoltorio de un cuadrado de chocolate y lo acercó a mi boca. El sabor llegó en punzadas ahumadas mientras se deshacía entre mis dientes apretados. Me pregunté si sus dedos habrían dejado un rastro de su sabor en él.
“Salgamos un momento.” Me condujo a un patio detrás de la tienda lleno de helechos y frágiles orquídeas blancas.
Tomó mis dos manos en las suyas: “¿Cómo te llamas?”.
“Marianne”, respondí.
Se inclinó para besarme la frente. “Vuelvo en un momento.”
Me encontré a solas con sus plantas. La niebla cuajaba alrededor de mis hombros en corrientes, húmedas bufandas de aire más denso.
Al cabo de unos minutos Guillermo me dio un toque en el hombro. “Quiero enseñarte una cosa.” Me llevó a un rincón del patio donde las hojas daban sombra a una amplia vitrina de cristal como las que se encuentran en los museos. Dentro había un paisaje en miniatura: montículos de tierra con parches de hierba verde y diminutas lápidas de chocolate sobresaliendo de las pendientes. Miré más de cerca. En una de las losas ponía Greta. En otra, Molly.
Guillermo estaba de pie detrás de mí, rodeó mi cintura con sus brazos. “Mujeres que podría haber amado”, deslizó en mi mano una lápida curvada y noté la forma del grabado de mi propio nombre, los bordes fríos de la “M”.
“Nunca te pedí que me amaras”, le dije.
“Lo sé”, respondió. “Pero una parte de mí quería hacerlo.”

Treat Skylord McPherson era actor. Se presentaba con su nombre completo porque era memorable y él quería ser recordado. A veces bromeaba: “Tengo un amigo que se llama Snack.” Nos acostamos durante una semana.
Pasamos la mayoría de las noches comiendo fideos Pho baratos en un café sin nombre de la parte este de Sunset. Después, bebíamos ginebra con tónica en el Silverlake Lounge, donde los grupos que tocaban versiones a todo volumen eliminaban la necesidad de mantener una conversación.
Me estaba tomando un descanso de San Francisco. Por primera vez en mi vida, Los Ángeles parecía llena del tipo de gente de la que todo el mundo suponía debía estarlo: profesionales atractivos que no eran particularmente amables pero que buscaban un polvo.
Treat fue un experimento, quería ver cómo eran los hombres crueles de cerca.
Nuestra primera noche juntos le dije: “No quiero estar con alguien que quiera oír hablar de mis emociones”.
“Bien”, respondió. “Yo no quiero.”
Acabábamos de acostarnos. Estábamos fumando en su cama.
“Perfecto”, contesté, pero secretamente quería preguntarle cosas. Quería hablar de por qué no queríamos hablar de nuestras emociones, lo que significaría, y cómo sería.
Tenía unos letreros de metal sobre su escritorio que parecían placas, pero en lugar de nombres de calles tenían frases grabadas: Puta, ponía en una. En otra ponía ¿Y? A Treat le gustaba usarlos como marionetas.
“Normalmente no me acuesto con desconocidos”, le dije.
Asintió, me pasó Puta.
“Qué monada”, dije yo.
Se encogió de hombros. “Tú no lo eres.”
“¿Perdona?”
“No eres tan mona. Al principio pensaba que sí: con pinta de empollona, pelo castaño y soso, todo ese rollo de la bibliotecaria. Te crees que tienes una especie de atractivo sigiloso, pero no es así.”
Me giró hasta que estuve tumbada boca abajo y tomó la parte de detrás de mi sujetador.
“Se abre por delante”, le dije. Pero la almohada apagó mi voz.
“A la mierda”, contestó. Lo arrancó en un solo movimiento, rápido y brusco, de forma que los tirantes quedaron enredados sobre el puente de mi nariz, atravesados casi sobre mis pupilas. Me bajó los pantalones de un tirón y me dio un cachete en el culo desnudo antes de tirar de mi tanga con los dedos. Me susurró al oído: “Ponte de rodillas.”
Me giré hacia él: “¿Quieres que te la chupe?”.
“Quiero que te pongas a cuatro patas”, respondió. “Date la vuelta.”
Agité los pies para empujar mis vaqueros desde donde se habían quedado arrugados alrededor de mis tobillos. Después le dejé follarme por detrás. Oía el ritmo irregular de su respiración, apagada como si su boca entera se hubiera empapado. Y sentía el sudor en las palmas de sus manos ahuecadas donde tenía cogidos mis pechos. Imaginé varias expresiones en su cara, los ojos entreabiertos por el placer, los dientes apretados como si estuviera furioso, pero no pude decidir cuál era la más probable.
Me gustaba pensar que le excitaba una mujer que no encontraba atractiva. Me recordaba a mis jóvenes fantasías en las que me follaban hombres feos que luego me pagaban por ello. Los imaginaba sudorosos y quedándose calvos, tipos corporativos permanentemente solitarios cuya soledad yo curaría de algún modo. Los imaginaba recorriendo los nudos de mi columna con sus dedos gruesos y susurrando: “Nena, ha merecido la pena gastar cada penique”.
Me giré hacia Treat cuando terminó. “Creo que mucho de esto tiene que ver con mi padre.”
“¿Mucho de qué?”
“Por qué estoy aquí, haciendo esto contigo.”
“Ah.”
Puede que otro hombre hubiera dicho ¿Ah?
Pero Treat contestó: “Ah”.
“Mi padre siempre me alababa, pero nunca parecía decirlo de verdad. Esto al menos parece real, él sólo prestaba atención a medias.”
Levantó el ¿Y? Era el letrero que más usaba.
“Te trato como a una puta y tú lo aceptas”, dijo. “Hablas sobre tu padre y es tedioso, hablas sobre ti misma y es peor.”
Después de unas pocas noches decidí contar a Treat todo lo que no quería oír. Sería como presionar un cardenal para producir una sensación concreta y predecible. Me daba tanto asco a mí misma. Quería que otra persona me lo dijera a la cara: “A mí también me das asco”, y sabía que Treat me daría eso, con letreros y suspiros y con toda seguridad, dentro de poco, no contestando a mis llamadas.
Lo agitaba cuando estaba intentando quedarse dormido. “Es difícil, romper con alguien importante”, le susurré una noche. “Todas las estúpidas tragedias cotidianas, ya sabes a qué tipo me refiero, ya no te gusta estar solo porque solamente puedes pensar en las mismas diez cosas, una y otra vez. Miras a las mujeres en el pasillo de la comida para gatos y piensas: ¡Yo podría ser así! ¡Yo seré así! ¡Tendré muchos gatos y nada de sexo nunca más!
“Acabas de tener sexo”, contestó. “Conmigo.”
“Sí”, respondí. “Pero.”
Tenía un corazón mortal, pero.
Seguí hablando sólo para oír cómo la irritación iba aumentando en sus esporádicas toses roncas. Me encontraba aburrida, porque lo era. Y eso me consolaba, la sensación de ser transparente.
“Me atraen letras diferentes de las mismas canciones”, expliqué. “Como cuando Axl Rose se enfada: ‘¡No eres la de verdad! ¡No eres la de verdad!’. Lo repite, pero siempre deseo que siguiera para siempre. En realidad creo que podría estar con él para siempre.”
Treat se quedó un silencio durante un rato. Creía que se había dormido hasta que habló: “Quizás el tío que te plantó era el de verdad”. dijo. ¿Lo has pensado alguna vez?”
Me reí. Si hubiera preguntado: “¿Qué te hace tanta gracia?”, habría respondido: “¡Como si no!” Puede que lo hubiera repetido para impresionar: “¡Como si no lo pensara cada día!”
Durante nuestra primera y única cita un sábado noté que Treat quería estar en otros sitios. Sitios donde no quería que fuera yo. Nuestra choza de los tallarines estaba muerta esa noche, sólo una hilera de bombillas atestadas de polillas iluminando las mesas vacías bajo ellas. Estuvo agitado toda la cena, acusándome sin parar: “Usas demasiada salsa picante. Siempre coges todas las judías”.
“Lo siento”, contesté. “Tengo algo con los nidos. Creo que las judías hacen que la sopa parezca una creación arquitectónica natural, igual que las aves de emparrado de Nueva Zelanda que construyen esos elaborados…
“¿Sabes qué?”, dijo. “Seguramente te gustan los nidos de los pájaros porque te hacen sentir segura o porque tienes problemas con que te vean o con irte de casa, o por algún miedo a volar que de verdad jodió tu primera relación a distancia. Pero no me importa nada de eso. Puede que hables sobre lo de los nidos porque te da miedo admitir que tienes problemas con la comida igual que casi todas las chicas de esta ciudad. Pero eso tampoco me importa. No me importa.”
Treat no era estúpido. Simplemente no le interesaban demasiadas cosas.
Cuando nos imaginaba juntos, pensaba en una historia que había leído sobre una pitón del zoológico de Tokio. Se negaba a comer su ración de roedores congelados, así que, en su lugar, los adiestradores metieron un hamster vivo en su jaula, un animalito llamado Gohan, almuerzo. Pero la serpiente tampoco se lo comió. En vez de eso se hicieron compañeros. A veces dormían juntos enroscados entre las virutas de cedro.
Imaginaba que yo era una especie de Gohan, un almuerzo que pertenecía a Treat.
“¿Matabas insectos para divertirte?”, pregunté a Treat. “¿Eras de ese tipo de niños?”
“No”, respondió. “Pero podría matar un insecto si me apeteciera.”
Como si lo hubiera desafiado. Como si no pudiera cualquiera.
Alzó los brazos y ahuecó las manos alrededor de nuestra bombilla desnuda, atrapando una polilla entre ellas. Apretó la mano contra la mesa, aplastando a la polilla bajo ella y levantó los dedos hasta que se hizo visible, luchando bajo el extremo de su pulgar.
“Remátala”, dijo. “A que no te atreves.”
Siguió presionando el ala con el pulgar mientras yo tomaba una hoja de lechuga marchita de nuestro plato de rollitos primavera. Miré hacia otro lado, apreté y la restregué contra la mesa. La lechuga estaba fresca y viscosa bajo mis dedos y notaba las partes de la polilla debajo, granulosas como arena.
“Ya está”, dije. “¿Contento?”
Negó con la cabeza. “La verdad es que esto no va bien.”
De hecho, me invitó a la cena esa noche, algo que nunca antes había hecho. Me acompañó hasta el coche y me besó delicadamente en las mejillas. “Siento no haber sido más agradable”, dijo. De alguna forma, eso lo empeoró todo.

Maurice era un mecánico de coches de pocas y sorprendentes palabras. Lo primero que me dijo fue una advertencia: “¡Aléjate de la esquina de Post con Van Ness!”.
Me lo gritó desde la caverna de su taller de reparaciones en Harrison con la Quinta, donde se ocupaba de todas las llamadas a la grúa del turno de noche. No estábamos en absoluto cerca de Van Ness y apenas un poco más cerca de Post. Yo volvía caminando a casa desde una tienda de donuts que estaba abierta toda la noche.
Volvió a gritar: “¡Han matado a un tío allí esta noche!”.
Lo vi salir de las sombras: su sonrisa fruncida, su mono rojo.
Se acercó a mi oído y susurró: “De un tiro”.
“No iba hacia Post con Van Ness”, le contesté. “Iba hacia casa.”
“Bien”, dijo. “Te acompaño.”
Era un hombre atractivo y lo sabía: con el pelo corto y rizado, y ojos de un azul brumoso. Vivía en Treasure Island, hacia la mitad de Bay Bridge. Yo no sabía que allí vivía gente, pero resulta que sí. Él vivía allí. ¿Quién podría adivinar sus muchos mundos? Llevaba puesta una chaqueta con letras en rojo ladrillo que decían “Cuerpo de bomberos de San Francisco”.
“¿Eres bombero?”
“No”, respondió. “Pero hice unos cursos de paramedicina con ellos.” Otro hombre, un Víctor que fuera bombero, podría haber seguido la frase: Y lo único que me dieron fue esta maldita chaqueta. Pero Maurice simplemente lo dijo tal cual.
“¿Así que reparas a la gente?” Pregunté.
“Sé reparar algunas cosas.” Se giró y me acarició la mejilla con tres dedos. “Podría reparar tu corazón roto.”
“Vaya”, hice una pausa. “Has dicho eso de verdad.”
“Sí”, contestó. “Lo he dicho.”
Me escribió su número de teléfono en el dorso de una tarjeta de visita donde ponía Taller mecánico Fleming. La guardé en las primeras páginas de mi agenda para no perderla.
Unas noches después de habernos conocido, pasé por su taller con un plato de pastelillos de chocolate envuelto en servilletas de papel. Me gustaba la forma en que las manchas de grasa traspasaban el papel, cómo se alzaban cual fantasmas desde el dulce de azúcar de debajo. Su jefe estaba trabajando en la parte delantera, un tío hispano de mediana edad, alto y chupado, y le expliqué que estaba buscando a Maurice. Sonrió: “Claro que sí”. Se agachó detrás del mostrador y volvió con un puñado de cacahuetes.
Maurice salió de detrás de una grúa naranja y blanca y cogió los pastelillos con dedos aceitosos. Vetas oscuras se deslizaban desde bajo sus uñas, como si la piel bajo ellas se estuviera oxidando. Me gustó que comiera antes de hablar.
“¿Quieres ocuparte de unas cuantas llamadas a la grúa?”
Asentí.
“Será divertido”, me prometió. “Te enseñaré cómo se usa la grúa.”
Rescatamos a cuatro niños ricos en Inner Subset, un área que aseguraban no haber visto nunca antes, y ayudamos al supervisor del bar Hyde-Out a cambiar un neumático pinchado en la manzana más empinada de California. Nos prometió que nos invitaría a cerveza después de cerrar si queríamos volver. Para cenar, compramos unas pequeñas empanadas saladas que nos quemaron la lengua con el vapor de las verduras. En la caja, Maurice buscó cambio en su bolsillo.
“Vivo de paga en paga”, explicó.
“Yo invito”, le dije.
Pidió una Coca-Cola y otra empanada de maíz para los dos.
“Cobro el jueves”, dijo. “Quizá podríamos irnos a Reno.”
“Quizás.” Imaginé mañanas en las que nos levantaríamos pronto, dinero perdido y sexo tierno. Probablemente él querría llamarlo “hacer el amor”, lo cual no me importaría. Parecía esa clase de tío.
El único lugar donde fuimos aquella noche fue Treasure Island. Me llevó a su apartamento, una inhóspita unidad en unos búnkeres de la Marina reconvertidos, y me enseñó su gato gris ciego, su máquina de escribir, su sofá de travesti.
“¿Por qué lo llamas así?”, le pregunté. El sofá era rosa con estampado de cebra.
“Me lo regaló un travesti”, explicó. “Le gusté.”
“Es agradable”, respondí. “Cuando a la gente le gustas.” Estaba intentando practicar el decir cosas que fueran sencillas y verdaderas.
“Sí que lo es”, respondió. “Pero quiero un sofá negro, desde siempre”, hizo una pausa. “Me gusta pensar en el tipo de apartamento que quiero, con cristaleras enormes, muebles de cuero negro y esos cuadros que son de un solo color.”
Asentí. Me sonaba como el palacio de recreo de un traficante de cocaína en 1989, pero aun así me gustaba la imagen: Maurice disfrutando de una taza de chocolate mientras el gato Boris chocaba con varios Rothkos.
“A veces llego a casa muy nervioso, a las tres o las cuatro de la madrugada, y me quedo despierto toda la noche pensando en cómo me gustaría vivir. A veces lo escribo, golpeando las teclas de la vieja máquina de escribir que encontré en nuestro patio.” Levantó las manos y pulsó unas teclas en el aire. “Clac, clac, clac.”
Por sus movimientos me di cuenta de que no sabía mecanografiar al tacto.
“A mí también me gusta escribir”, contesté.
“¿Sobre qué?”
“No sé… sobre amor. Lo horrible que acaba siendo.”
“No tiene por qué.”
“Pero normalmente lo es. Hay un poema que me gusta sobre un cura borracho en mitad de la nada que va por ahí diciendo: ‘¡El amor es una cosa terrible, terrible!’. Lo dice incluso cuando no hay nadie escuchando.”
“A lo mejor se hizo cura porque le rompieron el corazón.”
“Puede ser, pero su isla mola mucho. Tiene estrellas brillantes y lagartos de cristal.”
“No suena muy realista.”
“No lo es, pero el amor es terrible. Esa parte es realista.”
“Terrible”, contestó. “Es una de esas palabras que suenan raras cuando las dices demasiadas veces. Terrible, terrible, terrible.”
Me uní a él: “Terrible, terrible, terrible, terrible.”
Él siguió: “Terrible, terrible, terrible, terrible.”
¿Quién pararía antes? Por un momento, fue difícil saberlo.
Después, puso su dedo sobre mis labios. “¿Qué te parece romántico?”, preguntó.
“Estar en silencio. Y que no importe.”
“¿Qué te gusta hacer en las citas?”
“Todo eso de tu grúa… fue bastante divertido.”
Se encogió de hombros. “Vamos a dar otro paseo.”
Conducía una Ford Explorer con un reproductor de seis CD dentro del maletero. Me preguntó: “¿Te gusta el sonido Seattle?”.
“No sé qué significa eso.”
“El grunge, todo el rollo de Kurt Cobain.”
“No lo he escuchado mucho.”
“Te vas a llevar una agradable sorpresa.”
Tengo un amigo que se llama Snack…
“Ya no quiero más de eso”, contesté. “Espero que sea feo.”
Tocó unos botones brillantes del tablero de mandos. Cambiaron de rojo a naranja a amarillo y me recordaron a una gramola. Me pregunté cómo un tío que no podía permitirse pagar sus propias empanadas se había hecho con un todoterreno con un equipo estéreo del tipo nave espacial.
Le dije: “Bonito coche.”
“Gracias”, respondió. “Viví una temporada en él, antes de mudarme a Treasure Island.”
Nos detuvimos en un área de merenderos con vistas al mar. El perfil de la ciudad estaba formado por diminutas luces en la bahía que parecían solitarias y cinemáticas.
Empecé a ponerme nerviosa. ¿Nos íbamos a enrollar? ¿Sería como en el instituto?
“¿Cómo fue?”, le pregunté. “¿Lo de vivir en tu coche? Mis preguntas siempre parecían revelar lo poco que había vivido.
“Estuvo bien. Aprendes a aparcar bajo los árboles para que el sol no te despierte por la mañana. Encuentras el sitio perfecto en Marin y de repente tienes las mejores vistas de la ciudad.”
Hice un gesto hacia el parabrisas. “Me gusta más la ciudad cuando no estoy en ella.”
“Sé lo que quieres decir.” Me tomó de la mano. “Me gustas.”
“Es agradable”, respondí. “Cuando a la gente le gustas.”
“Pareces amable.”
“No lo soy”, dije. “Sólo soy pasiva.” Quería decirle que sólo estaba viéndole para poder contar a la gente que estaba saliendo con un mecánico, llamar a mis amigos y decir: “¡Mirad qué trastornada estoy! ¡Estoy tan destrozada que me estoy volviendo loca!”.
Pero ya no estaba segura de creer en todo eso, ni siquiera en parte de eso.
“No te menosprecies. Escuchas que te cagas.”
“Gracias.”
“¿Qué te motiva?”
Noté cómo mis ojos se inundaban de calor. “Lo que me motiva es un tío que me vio, me vio completamente, ¿sabes?, y apartó la mirada.”
“¿Te plantó?”
Odiaba esas palabras. Hacían que sonara como si hubiera entrado bajo la concha del caracol de la vida de otra persona.
“Supongo que podrías decirlo así.”
“Lo siento, de verdad.” Acarició los tendones de mi mano, duros como raíces bajo la piel. Quería darle las gracias por tomarme de la mano, pero no se me ocurría qué decir. Me desabroché el cinturón de seguridad y me incliné hacia él. Le besé en el cuello, en los labios, luego en el cuello de nuevo.
Me llamó el jueves: “Vamos a celebrar que he cobrado”.
Sugerí un sitio cubano cerca de Mission con la 19, dije que me gustaban los plátanos de allí. Esto era cierto, pero también lo era que el poeta vivía a una manzana y que comía ahí varias veces a la semana. Quería que me viera, aunque no sabía qué quería después de eso. Quería que algo cambiara, cualquier cosa. No podía evitar recordarle, pero pensé que quizás…quizás si lo viera, ese recuerdo sería distinto, resultaría difícil de alguna manera nueva. Incluso eso sería un alivio.
Encontré a Maurice en Fleming y conduje mi coche hasta el restaurante, donde encontré un espacio de aparcamiento delante del edificio del poeta. Miré hacia la ventana de su casa que daba a la calle, que estaba oscura.
Dentro, nos sentamos en la barra, donde veía toda la sala. Pedí una jarra de sangría y propuse un brindis: “¡Por tu paga!”. Demasiado tarde, me di cuenta de que sonaba como si le estuviera pidiendo que pagara la cuenta.
“Pidamos plátanos”, dijo. “¡Pidamos un montón de plátanos!”
Así que pedimos tres platos humeantes y comimos hasta que mi garganta parecía estar cubierta de una capa de aceite y cargada de almidón. Pedimos una ensalada de beicon con tanta sal que noté cómo los bordes agrietados de mis labios empezaban a escocer.
Cuando me serví las últimas gotas cargadas de fruta de nuestra tercera jarra, Maurice puso una mano suavemente sobre mi muñeca. “Eh”, me dijo. “Con calma.”
“No te preocupes”, contesté. “Bebo alcohol como quien bebe zumo de naranja.”
Lo que no quería decir: lo tengo controlado. Quería decir: bebo sin parar.
Agarré un trozo de manzana empapada en vino de mi vaso. Traté de sonreír.
De vuelta en el coche, apreté a Maurice contra la puerta del pasajero y le besé con fuerza, envolviendo con mis dedos su nuca para mantener su cara en el sitio. La ventana del poeta seguía estando oscura.
Después de habernos besado un rato, Maurice me apartó con suavidad. “Lo estoy pasando bien”, explicó. “Pero hace un poco de fresco.” Me balanceé hacia atrás y la parte posterior de mi tacón tropezó con el bordillo. Noté cómo las náuseas aumentaban. Tenía una sensación como de algo pesado cubriendo la parte posterior de mi garganta, como lana que se hubiera mojado. Sentía escozor en la lengua por la saliva dulce sobre ella. Me aparté, me agaché hasta la altura de la acera e intenté sacar un cigarrillo. Tiré demasiado fuerte y se dobló en forma de uve, lo encendí de todas formas.
“Te llevo a casa.” Maurice alargó la mano para ayudarme a levantarme, pero la aparté.
“Sólo quiero sentarme un segundo.” Respiré hondo aire ahumado. Tras unas cuantas caladas empecé a tener arcadas. “Dios.” Me dejé caer de rodillas en la calle y empecé a vomitar. Maurice seguía teniendo la mano en la parte inferior de mi espalda. Eché una mirada hacia la ventana del poeta, todavía estaba oscura. “¿Acaso vives aquí aún?”, susurré. Quizás ahora tenía un trabajo con otro horario, quizás estaba durmiendo en otro sitio.
“¿Qué es eso?” Maurice se arrodilló a mi lado. Me dio un pañuelo para que me limpiara la saliva de la boca. Colgaba en hilos brillantes como pedazos de una tela de araña.
“Nada”, contesté. “Lo siento.” Giré su cara hacia la mía y acaricié con mi pulgar la piel bajo su ojo. Había una lágrima en su mejilla, la sequé contra el grano de sus poros. “Creamos casas en el aire”, seguí. “En las que con estar juntos basta.” Estaba borracha, sabía que no lo estaba haciendo demasiado bien.
“Él vive ahí arriba, ¿verdad?”
“Sí.”
“Pensaba que esto podría ser algo.”
“A lo mejor puede.” No quería que se marchara.
“No creo… No creo que me importe tanto como para seguir con esto, de esta forma.” Negó con la cabeza. “¿Es horrible decir algo así?”
Asentí. Me hizo sentir fatal. Yo seguiría con esto de cualquier forma, era él quien podía elegir.
“Pensaba que podría arreglarlo”, dijo. “Lo siento.” Me besó en la mejilla. Supe que había olido el vomito en mi aliento.
“Adiós”, me dijo, de pie. Me volví a sentar sobre el bordillo y alcé la mirada. Vi su soledad, cómo ésta hacía que los brazos le colgaran de los hombros. Lo imaginé volviendo a su isla y escribiendo a máquina frases simples en folios en blanco: Esta noche me siento triste. El amor es una cosa terrible, terrible. Imaginé a Boris contemplando su oscuridad acostumbrada.
Quería decir: “Lo siento si te he hecho daño”. Pero no pude.
Me encogí de hombros, él se encogió de hombros. Se alejó caminando.
Me fumé cinco cigarrillos más esperando que el poeta volviera a casa, pero nunca llegó. Por primera vez, no estaba segura de querer que regresara, el deseo se había vuelto tan familiar que resultaba difícil saber si aún seguía ahí.
La tarde siguiente le pedí a mi compañera de piso un favor. “¿Puedes ayudarme a llevar una cosa?”
“¿A dónde?”
“Al campo, pero sólo hace falta que vengas parte del camino.”
Puso los ojos en blanco, acostumbrada a mi manera de hablar.
Juntas arrastramos mi pequeño sofá negro escaleras abajo y hasta la mitad de la calle. Me detuve unas cuantas veces para asegurarme de que no estaba arrastrando arenilla. Lo encajamos en la parte de detrás de mi coche, apretándonos contra el parachoques de un coche de policía en cuyos laterales se leía: “Brigada del sexo”.
A medianoche subí en mi coche y conduje por Market hasta que sus curvas desembocaron en las colinas. Al llegar a la cima, me encontré repentinamente en una espesa capa de niebla. Parecía como si las afueras de la ciudad fueran un ecosistema propio.
Durante todo el camino de subida, notaba las sombras de piel falsa que arrojaba el sofá en mi coche. Tomé las curvas cerradas en la subida de Twin Peaks, con las palmas de las manos planas sobre el volante mientras me imaginaba llamando. ¿Iba a simular ser otra persona o no? De ambas formas parecía absurdo.
Me daba miedo que el mirador estuviera lleno de chicos borrachos y parejas protegiendo su territorio, pero sólo estábamos yo y una pareja de amantes avergonzados, rollizos y con vaqueros apretados, que habían traído a su bebé, que dormía. Parecían más jóvenes que yo. Alcé dos dedos en un brusco saludo, el chico se tocó la gorra de los Gigantes como respuesta.
Me senté en mi coche y encontré un especial de Rod Stewart en la radio. Saqué mi agenda, pero, por una vez no pensaba escribir. Rebusqué hasta encontrar la tarjeta de Maurice.
Marqué el número y colgué. Después marqué el número y no colgué.
El supervisor nocturno contestó. “Taller Fleming, ¿en qué puedo ayudarle?” Me imaginé su cara huesuda, sus bolsas de cacahuetes escondidas.
“Se me ha pinchado una rueda y no tengo de repuesto”, respondí. “Necesito una grúa.”
“Nuestro chico está respondiendo a una llamada en Russian Hill”, dijo. “Pero puede ir a por ti cuando haya acabado. ¿Dónde estás?”
“En Twin Peaks, arriba del todo.”
Se rió entre dientes. “No estás sola, ¿no?”
“La verdad es que sí lo estoy”, respondí. “Sólo yo y mi rueda pinchada.”
Encendí la calefacción del coche y esperé. Observé a la pareja sentada cerca de los telescopios, robándose besos sobre la forma envuelta entre ellos. De vez en cuando se volvían a mirar.
Cuando “Broken Arrow” hubo llegado a su desconsolado final, giré el coche para que diera la espalda al mirador. Abrí el maletero y saqué a rastras el sofá. No fue difícil. El sofá era más bien un futón, en realidad, estaba hecho de cosas que no pesaban demasiado.
Lo moví unas cuantas veces, girándolo en diversos ángulos para que encarara distintas partes de la ciudad, pero al final lo enderecé, un armatoste oscuro entre dos telescopios aún más oscuros. La pareja me observaba desde su mesa de picnic, pero no parecían especialmente sorprendidos o curiosos. La mujer me sonreía cada vez que nuestras miradas se cruzaban. El hombre me hizo un gesto de asentimiento, como si supiera exactamente qué estaba haciendo, después me levantó el pulgar, como si lo aprobara.
Una vez hube colocado el sofá, me senté y encendí un cigarrillo. Esperé que la luz de unos faros me iluminara desde detrás.
Maurice aparcó la grúa unas cuantas plazas más allá y bajó de un salto de la cabina con una caja de herramientas. Yo estaba apoyada en el capó de mi coche, esperando.
“Oh”, dijo. “Hola.”
“Hola.”
Hizo una pausa, bajando la mirando a los alrededores de sus pies. “Siento, ya sabes, lo de tu pinchazo… quiero decir. Y todo eso.”
“No se me ha pinchado una rueda”, contesté. “Sólo quería enseñarte una cosa.”
“¿Ah?”
“Es un regalo.”
Miró más allá de mí: “Recuerdo lo que me dijiste de la ciudad”, dijo. “Que te gustaba más cuando tú no estabas en ella.” Se detuvo. “Pienso mucho en eso.”
Yo no quería hablar sobre la ciudad o su lejanía, el residuo de mis propias palabras estúpidas.
Le pregunté: “¿Quieres verlo, el regalo?”.
Contestó: “Claro”.
Al doblar la esquina del coche, exclamó: “¡La ostia, es un sofá!”.
Le dije: “Siéntate”.
Nos sentamos como niños de primaria, tocándonos apenas. Ninguno de los dos habló. Señalé a la pareja y los observamos mientras cambiaban de pañales a su bebé frente a las luces del anochecer de la ciudad. Noté cómo el verano se descomponía en objetos que me cabían en la palma de una mano: un cigarrillo doblado y un pastel de maíz dulce humeante, mi propia lápida tallada en chocolate frío desprendiendo humo. Una nota donde ponía Puta, una nota donde ponía ¿Y? Hubo chaquetas moteadas de cenizas en todos aquellos días, y botellas de Coca-Cola recogiendo lluvia. Tuve un vaso y se rompió. Aplasté una polilla y murió. Tuve un mes, pero terminó. Tuve un corazón. Todavía está.

El plagiario
Alex Rose
Traducción de Alexia Lefevbre

A menudo me he dado cuenta que después de haber otorgado a los personajes de mis novelas alguna atesorada pieza de mi pasado, ésta languidecía en el mundo artificial donde tan abruptamente la había colocado… fundiéndose más con mi novela que con mi antiguo ser donde había parecido estar a salvo de la intrusión del artista. 

—Nabokov 

Es algo extraño –tu salida de la oficina después del atardecer– y ligeramente desorientador, no muy diferente al despertar de un sueño profundo, o de salir a la luz del día después de una matiné.
Te alegras de estar fuera de ahí, lejos de tu computadora, de las opresivas fluorescencias, de la interminable cola de libros, cada una reclamando tu atención. Subir la literatura mundial a una base de datos es difícilmente una tarea iluminadora, zen, que la gente asume que es. No es lo bastante monótona para ser meditativa ni lo bastante innovadora como para ser estimulante.
Afuera, un fresco viento vespertino quema las mejillas. Te deslizas los guantes de piel, los que te hacen ver como un estrangulador, y te diriges hacia el sur, hacia el metro.
A través del aire helado, con aroma a cenizas, la ciudad se muestra lapidaria, vaporosa, cristalizada, como metrópolis de cómic. Cayendo en picada, el vaho congelado se resbala por los costados de los edificios. Una mujer delicada, de pelo pajizo, bombea su paraguas hasta abrirlo; pensaste por un momento que estaba descorchando una botella.
Algo en el gesto te recuerda un capítulo del sueño de anoche. Estabas perdido en un hotel buscando frenéticamente tu cuarto. Cuando por fin lo hallaste, te sorprendió encontrarlo ocupado por otro hombre con tu mismo nombre; un hombre que clandestinamente se había deslizado en tu lugar, como torre de ajedrez, y que de hecho estaba sacando dinero de tu cuenta, tomando tu vino y manoseando a tu esposa.
Por supuesto, solamente ahora te das cuenta que la trampa de tu sueño es en sí misma una pálida imitación de una novela de Dostoievsky, El doble, un libro sombrío que recientemente agregaste al archivo. Esto parece confirmar una verdad desalentadora: ni siquiera eres original en tus sueños.
Una cuchilla de luz silba sobre tu rostro, un taxi pasa lentamente.
Al obscurecer el brillo nubloso de noviembre presta al cobalto del cielo un barniz de cromo. Sobre los tejados del hotel, franjas de agua resbalan hasta gotear por el borde de las cornisas.
Debajo, los vapores subterráneos condensan el aire: almidonado, alcalino. El torniquete suena y, segundos antes de que arranque, te subes al atiborrado metro. Pedazos de nieve a medio derretir son salpicados sobre el acanalado suelo de aluminio. Cuando un hombre de negocios de papada colgante recoge sus pertenencias y avanza torpemente hacia la puerta, resollando, un asiento se libera. Te deslizas en su lugar, doblas tu abrigo húmedo sobre las piernas.
Frente a ti, entre una indigente tortuosa y un niño escurridizo en un abrigo de invierno demasiado grande, se encuentra una mujer joven, pálida, de 26 años quizá, con un cuidadoso corte de cabello estilo Cleopatra, botas altas de cuero y abrigo verde ciénega. En sus manos sostiene un libro de bolsillo carmesí cuyo título no alcanzas a distinguir del todo.
Ella te dirige una mirada furtiva, por un momento tímido sus ojos castaños encuentran los tuyos. Hay un leve revoloteo en tu pecho. No te atreves a mirarla de vuelta demasiado rápido, no sea que ella sospeche que te la estás comiendo con los ojos.
¿Te recuerda a alguien? Bueno, a nadie en particular. Más bien a un arquetipo o a un personaje con el que te has topado antes. ¿Por qué no darle un nombre? Buscas en tu mente algo que le quede, algo apropiadamente elegante, a la vez vago y distinguido…Ylajali. Era el nombre que el narrador anónimo de Knut Hamsun en Hambre daba a la belleza que seguía encontrándose por toda la ciudad laberíntica. Ylajali – un sonido melodioso, habías amado su legato de palíndromo, la nítida espiral de aire pasando por la boca.
La mujer se levanta en la siguiente parada. La sigues con los ojos, anticipando el dolor de su salida definitiva de tu existencia.
Sin embargo, te das cuenta de que su libro sigue sobre la banca. Con destreza, cruzas el pasillo y lo agarras, la indigente reprime un grito y te fulmina con la mirada, pero antes de que puedas llamar a la dueña, las puertas ya se han cerrado. El tren se propulsa hacia delante y el abrigo verde de Ylajali se desvanece en la funda obscura del túnel.
Al retomar tu asiento, observas el manoseado libro. Es una cosita de nada, de impresión barata, mal conservado. Detestas este tipo de libros, estas ficciones desechables y hechas en serie. No que nunca hayas leído una. Pero el título: El Misterio del Señor I, estampado en letras cafés y doradas, es suficiente para confirmar tus sospechas.
Por lo demás, no hay nada más en la carátula, ni siquiera el nombre del autor. Lo agitas para ver si tiene algo adentro. Revisas el nombre de la editorial en la cubierta interior – Castaway Press, ã 1972, Marblehead, MA. ¿Una novela de detectives? ¿De terror?
Una parte de ti ansía leer lo mismo que la mujer estaba leyendo. Tal vez, a través de la lectura, puedas aprender algo de ella – sus gustos, sus deseos, o algo completamente diferente. Cada libro se ioniza con la mirada de su dueño anterior, con su visión personal del mundo del autor, y no puedes evitar entretener el pensamiento extravagante de que por ponerte en su lugar, al alinear tu imaginación con la suya, cruzaras una mítica sinopsis y enlazaras con ella.
Su lomo está curvado, las letras resquebrajadas por la edad y el pegamento. Al girar las páginas hasta la señalada, se escapó un olor a humedad, los restos encerrados del volátil polvo de papel. Hay mucho subrayado y entre corchetes y pequeñas notas en cursiva garabateadas en los márgenes. De hecho, cada página tiene este tipo de notas y partes subrayadas, trabajo de al menos tres tintas distintas. ¿Serán estas crípticas notas para-uno-mismo producto de repetidas lecturas de un solo admirador o prueba de décadas de diferentes propietarios?
Hasta arriba de la página, la segunda mitad de la lúgubre descripción de una ciudad industrial – posiblemente Nueva York aunque con la misma facilidad podría ser Pittsburg o El Paso o Chicago – un despedazado paisaje de los años treinta compuesto de oxidadas torres de agua y racimos de vecindades. Aroma a pescado frito y mareas bajas. Cielos violetas de medias mañanas. El graznido de los cuervos, el aullido distante de un tren elevado.
La descripción es tan sosa como las cosas descritas. Los pasajes son torpes, arrítmicos. Los adjetivos parecen un poco extraños, como suelen serlo en las traducciones – ¿aunque no es el inglés el idioma natal del autor?
Pero, a través de estas descripciones casi fallidas, entre las palabras emerge un especie de amalgama enérgico. De alguna manera, esta primera persona, este narrador de hombros anchos y mejillas sin afeitar, narrador nato y escritor forzado, parece existir de verdad aquí en el presente. Está parado tras de ti, exhalando su aliento caliente de ginebra sobre tu hombro.
Te dan ganas de tomarte un baño.
Acompañas a I. a través de este mundo lacerado. Viviendas andrajosas y destripadas bodegas y fundidoras industriales con chimeneas ennegrecidas por el hollín. Aquí la humedad es sofocante. Con el alquitrán caliente, el aire se espesa. Vapores sépticos y ratas de alcantarilla, columnas de humo se escapan de las rejillas,. Es el opuesto de este otro lugar, la ciudad claramente silenciosa, de escarcha blanca.
Sigues como sombra al narrador, recorres penosamente este húmedo y sudoroso basurero, los mugrientos charcos y los huecos del centro de Cualquier Pueblo, bochornosos y perfumados de orina. Los molinos sin ventanas transforman el acero en pesados trozos y en las fábricas, calderas hirvientes de poliuretano se convierten en hule espuma.
Se descubre el cadáver. Encontramos el cuerpo retorcido, rodeado por un pequeño grupo de patosos inspectores, al fondo del tiro de un ascensor. La masa destrozada es descrita de manera inquietante. Inquietante porque carece de poesía, la descripción es fríamente distante, clínica tal como un reporte forense, de la forma como lo haría alguien que ha visto muchos horrores como aquel.
Seguimos nuestro hombre por la ciudad mientras conduce su primera ronda de interrogatorios – y nos introduce a la primera ronda de sospechosos. El profesor con anteojos, que exhala desde su pipa dilatadas espirales de humo translúcido; la viuda de largas pestañas, piernas esbeltas y boca brava; el ingenioso político con su portafolio negro; el ubicuo y ambulante reportero de periódico en su impermeable; el conserje de hotel con su monóculo acariciando su irregular barba blanca.
Algo extraño sucede mientras lees. Porque has estado siguiendo las notas garabateadas al margen a la par de la historia, empiezas a sentir que está leyendo un solo trabajo; que tanto la novela como los comentarios son una misma entidad, compuesta y emitida por una sola conciencia.
La trama se complica.
¿Serán los sospechosos inocentes peones en un plan más amplio? ¿El asesinato habrá sido perpetrado por una fuerza superior, amenazadora, invisible e imposible de rastrear? I. se adentra en las profundidades del rompecabezas y tú te adentras con él, hurgando pruebas. Te peleas con un borracho habitual de temperamento explosivo. Sobornas al velador de los muelles y aprendes algo acerca de un carguero llamado “El Ruiseñor”. Caes en las tentaciones de la viuda sólo para descubrirla desaparecida la mañana siguiente, y el microfilme con ella. Al atardecer, deambulas por las calles húmedas y ruidosas, el sol cortando las nubes violetas. Y tomas. La primera ginebra relaja la garganta, la segunda llega al torrente sanguíneo. Encuentras muerta a la viuda, sobre el balcón de su cuarto de hotel, la garganta rajada, su chal ensangrentado chasqueando en el viento. Interrogas el botones de labios cerrados cuyo silencio pesa más que las palabras.
La historia se teje a través de las entrañas ulceradas de la ciudad. Sobre la página, los pulgosos nidos de ocupas y junkies comparten lugar con los opulentos lofts de viles peces gordos. Abundan los arenques rojos. ¿Será que la presencia de la llave muestra la relevancia del armario cerrado? ¿Los bifocales de madera incriminaran al prestamista pobre? ¿Será que el anagrama chino es una confesión secreta del señor I.?
La magnitud de información marea, demasiado que tener en la cabeza al mismo tiempo. La narrativa es como un seco esquema mecánico, un abstracto de algo realmente terrible. Te imaginas la física detrás de la propulsión de una bala, los principios de ingeniería tras una fractura de cráneo, la temperatura de ebullición de la sangre humana. Diagramas de muerte.
Las notas al margen no ayudan. Abundan las preguntas además de las desviaciones literarias. Ver Keeler, dice una. ¿Ostranenia? dice otra. La propia jerga requiere descifrarse. Te mareas al registrar toda esta información, al abrirte a la otredad pulposa de este mundo salvaje y golpeado. Una parte de ti se pregunta si las notas no son pistas en sí mismas. Sospechas de cada frase y has extendido cada intriga más allá del cuerpo del texto. ¿Podría ser que un autor incorporara sus propios comentarios al texto como mecanismo para profundizar el misterio? Todo lo que sabes es que el asesinato tuvo algo que ver con un juego.
Para acrecentar el misterio, nuevos personajes aparecen cada página. No sólo eso, pero te estás dando cuenta que la forma en que se escriben sus nombres también está cambiando. Christina, la hija del carnicero, presentada en el capítulo dos, ahora se escribe “Kristina”, mientras otro personaje Kristin, la esposa del cerrajero, desaparece por completo de la historia. Mientras tanto estás seguro que cada vez que se menciona la asistente del bibliotecario hay algo diferente en ella – primero habla con un acento cockney y más adelante más bien con un tono irlandés. A veces hay una “e” muda al final de su nombre y otras tiene una doble “r”. En una escena el barquero cojo se apoya sobre su pierna derecha y en otra sobre la izquierda; el barman al que primero se le alude como “bigotón”, es descrito después como teniendo una “barba de chivo”.
Desconcertado por los constantes cambios en la ortografía, los hechos, las cronologías, los tiempos verbales y las relaciones entre personajes, regresas a un capítulo anterior con la esperanza de confirmar la primera aparición del domador de leones, el principal sospechoso. Sin embargo, extrañamente, eres incapaz de localizar la introducción del hombre. En el lugar donde lo recuerdas aparece un pasaje que, irónicamente, no recuerdas en absoluto. Estás seguro de que el domador de leones emerge de la niebla salubre del puerto después de que “El Ruiseñor” atracará – recuerdas que estaba el sonido de la gran amarra, el graznido de los buitres, el carguero golpeteando el muelle de madera, el chapoteo de la ola negra lamiendo el casco oxidado – y que el artista de circo se había materializado a través del contraluz de la niebla. Pero ni el hombre ni la escena parecen existir. Por supuesto, no puedes estar seguro porque las páginas no están numeradas, pero el lugar donde pareciera haber estado es ahora dedicado a una extensa taxonomía del equipo de pesca. ¿Habrás estado soñando despierto?
Te saltas unas cien páginas. Escaneando el texto no encuentras ni un nombre que te sea familiar. En vez, hay una complicada y bastante tétrica descripción de un rompecabezas – probablemente un texto dentro del texto, un pasaje tomado de una suerte de tratado histórico. El juego es descrito como habiendo tenido sus raíces en un algoritmo persa escondido por siglos por una orden secretas de monjes marginados. Los monjes seguían las enseñanzas de Hassan Al Jafar quien había descubierto, en el siglo IX, una serie recursiva que, alegaba, contenía la solución a todas las paradojas posibles, pero que, aplicada por hombres malintencionados o indignos, podía también incitar a grandes males. Los monjes buscaban proteger al algoritmo pero fueron asesinados a través de los siglos por numerólogos fanáticos deseosos de aprovechar su poder. Sin sus guardianes, el código clandestino fue aprendido e incrustado en un rompecabezas algebraico. Álgebra, en árabe al-jabr, se traduce literalmente como “unión de partes rotas”. Los que resolvían el juego, quienes habían exitosamente reunido los fragmentos, obtenían el conocimiento de una sabiduría fuera de este mundo, una iluminación sobre todas las antinomias de la existencia normalmente imposibles de resolver; los que fracasaban se destruían, condenados al olvido.
Mientras lees esto, se gesta en ti un terror frío. ¿Y si el libro es el mismo rompecabezas? ¿Estás atrapado en un especie de laberinto vivo, un sistema de acciones enmarañadas, callejones sin salidas, fortificando caminos e historias dentro de historias que cambian a tus espaldas, organizándose para responder a tus elecciones?
Un pensamiento estúpido. Te da pena haberlo pensado.
Encogiéndote de hombros, regresas al principio – sí, al mismo escenario macabro. Cielos agotados y vitrinas de tienda manchadas de grasa, la misma sirena fantasmal gimiendo a través de la bahía, el lechoso haz de luz del faro barriendo la noche insondable.
Para tu tranquilidad, la escena del crimen es, también, la misma. El hotel, el tiro del elevador. Te asomas al hueco del ascensor pero no: algo, todo está mal.
Eres tú quien está cayendo. Lentamente, pesadamente, como a través del agua. Fibras aletargadas se jalonean, las vías nerviosas del sueño se tapan; pulgada por pulgada, el aire cede bajo tu peso. Puedes anticipar la fuerza cinética del impacto, un dolor ricamente sublime; la combadura de los miembros y el quiebre del tejido muscular.
Pronto, sin duda alguna, llegarán los inspectores patosos. Observarán la escena y recogerán la evidencia. El forense sacará un formulario del bolsillo de su saco, una hoja con copia carbón de formalidades con la causa de muerte impresa hasta arriba.
Debajo de él, un hombre yacerá aplastado. En otro lado del hotel, otro hombre estará sorbiendo vino, fingiendo ser alguien que no es.

Materia
Todd Zuñiga

Traduccion de Raquel Flores

Al final acepté acostarme con Anissa. 

A la mañana siguiente, se despierta, se marcha temprano, se despide con un beso en la frente. Una hora más tarde, me despierto al sonar mi alarma, descubro que en su lugar hay una pizca de arena. 

Pequeñas motas negras como el carbón. 

Uso mi mano a modo de escoba. 

Las barre con tanta facilidad. 

Anissa me escribe un e—mail y un mensaje esa misma tarde. Ambos resumen que no me quiere, simplemente sentía curiosidad. Me había acostado con muchas mujeres, pero no ella. ¿Por qué ella no? Ella tan sólo quería saber. Ahora ya sabe, y al parecer no está enamorada de mí, ahora, dice, pero quizá. 

Cuatro días más tarde me acuesto con ella por segunda vez, se despierta temprano, se despide con un beso en la mejilla. La arena, otra vez, pero más cantidad. La siento contra mis piernas, mis brazos, mi pecho desnudo. 

En un estado semidormido, le doy vueltas con mi brazo perezosamente, como si estuviera fabricando vidrio. 

En una fiesta me tira del brazo, el que estaba unido a una copa y la copa se derrama por mi mano, entra por mi manga, sigue hasta el codo. 

“No tienes que amarme”, dice, “pero, ¿por qué no?”. 

Sacudo el líquido de mi mano, abro la boca, le digo, “ –”. 

“Lo sé”, dice ella, colocando un dedo sobre mis labios. “Era una pregunta retórica.” 

Besa su dedo, mis labios. Granos de arena en mi lengua crujen entre mis dientes. 

Mi amigo me pregunta: “¿Merece la pena?”, y le digo que se calle. 

“Lo que sea”, dice él. 

Le digo que no lo sabe todo. 

“Sé que ella te está dando algo que no quieres, y que tú le estás dando algo que no quieres que tenga.” 

Le digo que está encogiendo, que una tercera parte de ella ya se ha perdido, y pronto: entonces, qué. 

Mi madre muere en un terrible accidente de coche. Diecisiete personas en total, en una autopista. Bebés, niños pequeños, un doberman. 

Decido no coger un avión a casa para el funeral y sufro un ataque de pánico el mismo día, cuando ya es demasiado tarde. 

Anissa viene con sopa de pollo y fideos. Dice que no sabe qué decir. Comemos en silencio y después intento tener sexo. Ella me dice que no tengo que intentarlo, que en realidad es un poco extraño que lo esté intentando. Me voy a mi habitación, a la cama, totalmente vestido. Anissa viene, se tumba junto a mí. 

Le doy la espalda, me pongo en posición fetal. 

Esta cama parece enorme; yo hecho un ovillo, Anissa, ahora, reducida a la mitad. 

A la mañana siguiente se despierta temprano, se despide con un beso en los labios. 

Le digo que no soporto ser el motivo de decepción de nadie. Ella dice “un poco tarde para eso”. 

  

Mientras ella cierra la puerta tras de sí, digo “lo que quería decir era…” 

Me siento erguido. Hay puñados de ella en mi cama, dejo que se escurra entre mis dedos una y otra vez hasta que suena la alarma, y después también. 

Le digo a Anissa que vuelva. Se queda tres noches seguidas. Nos enterramos en Kleenex, su fría nariz congestionada, mi dolor. Me pregunta por mi madre y esquivo sus preguntas con medias respuestas. Nos acostamos, nos levantamos, sonamos nuestras narices, dormimos más. 

“¿Alguna vez me vas a preguntar algo?”, dice ella. 

Yo encojo los hombros y miro hacia abajo. 

“A esto hemos llegado.” 

“¿A qué?”, digo.   

“A nada.” 

  

Por la mañana, se ha ido, sin beso. 

Un montón de Kleenex cubren el suelo. 

Arena cubre la cama, una playa en lugar de sábanas. Hay tanta, tan blanda al tacto, el tipo de arena en el que pensarías que puedes nadar. El tipo que nunca pensarías que te puede dañar

El ganador
Aaron Garretson
Traducción de Mauricio Salvador

Una semana antes de Navidad, mi hija Jenny y yo corríamos apresurados a través de un oscuro sendero en la parte sur de Central Park. Escuchábamos ya la música de Wollman Rink, y Jenny me gritó: 

—Te dije que íbamos a llegar tarde. 

—Ni siquiera han dado las siete —le dije. 

—¡Se suponía que iba a empezar a las seis! —dijo, casi gritando. Llevaba un regalo bajo su brazo derecho y se lo cambió al izquierdo. 

—Estoy seguro de que no te has perdido nada. Nadie llega a tiempo a estas cosas. 

Salimos de entre los árboles y nos detuvimos súbitamente al alcanzar la cima de la colina sobre la pista de hielo. Esperaba algo espléndido, incluso ostentoso, pero la escena ante nuestros ojos era absolutamente criminal. Bajo miles de globos rosas y luces centelleantes, cien o más niñas de doce años patinaban en masa sobre un hielo color algodón de azúcar. Compartían la pista con ocho gigantescas y elaboradas esculturas de hielo, entre las que, a una velocidad como para romperse el cuello, serpenteaban media docena de profesionales contratados que brincaban y giraban entre sí, con trajes emplumados y máscaras africanas,  lanzando al aire temerarios bastones para luego atraparlos de nuevo. 

Desde donde estábamos no lucía como una fiesta de cumpleaños, ni siquiera como un circo; parecía más una película de Matthew Barney. Tenía la atmósfera de un rito pagano en el que todos se empeñaban en llevar a cabo el dramático y bien ensayado rol que les correspondía. Incluso Jenny y yo teníamos nuestros propios roles: como la ingenua y el boquiabierto palurdo salvamos el resto de la distancia en silencio. 

A la entrada de la pista dos corpulentos gorilas vestidos con chaquetas de pluma de ganso pidieron la invitación de Jenny. Cuando ella se las dio, la pasaron por debajo de una luz azul para verificar su autenticidad, y nos hicieron una seña para que continuáramos bajo un cavernoso arco de globos y pancartas que anunciaban la fiesta del cumpleaños número trece de Missy Silver.  

Justo en la entrada, a la derecha, se levantaba la única escultura de hielo que no estaba sobre la pista: una estatua del padre de Missy sentado sobre un caballo. Junto a ella había una carpa con gradas. 

—Voy a estar ahí —le dije a Jenny—, ven cuando ya estés lista para irnos. 

—¿No vas a saludar al señor Silver? 

—No. 

—¿Quieres que le diga algo? 

—No, por favor —dije—. Sólo diviértete. 

Y tras esto, Jenny corrió a añadir su regalo a la precaria montaña de regalos, y se incorporó al resto de las niñas que se colocaban sus patines de hielo y se llenaban la boca de pasteles y dulces repartidos por un grupo de meseros en esmoquin. 

  

En caso de que no sea todavía evidente, el padre de Missy Silver era Charles Silver, el billonario hombre de negocios que se encontraba, en ese momento, a tres semanas de comparecer ante un gran jurado por fraude, evasión de impuestos, complicidad, y ser, de pies a cabeza, un perfecto hijo de puta. Y si Jenny, ingenuamente, pensaba que yo querría rozarme con el tipo, era sólo porque mucho antes de que ella conociera a Missy (en el campamento de teatro de Juilliard que Jenny tomó gratis porque yo trabajo ahí ocasionalmente), yo solía bromear acerca de cómo el señor Silver y yo habíamos ido a la escuela juntos. Llegué a decir, incluso, que habíamos sido amigos durante una temporada. Y aunque no era ni remotamente cierto, sí llegué a pasar un largo fin de semana con él en la cabaña para esquiar de sus padres en Vail. Fue mi primer acercamiento a los privilegios, y tuve la oportunidad gracias a que una chica con la que yo salía resultó ser compañera de cuarto de la chica con la que Charles Silver estaba saliendo. Ambos nos llevamos muy bien, pero cuando dejé de salir con aquella chica jamás volví a verlo; excepto en televisión, por supuesto, y en los periódicos, y ahora a unos metros de mí con una bebida en una mano y en la otra el hombro de una joven y desafortunada ayudante. 

Desde la distancia resultaba un hombre fácil de odiar. A los 45 aún tenía todo su cabello, y parecía estar en la mejor forma de su vida, y en una época en la que finalmente había tenido que mostrar cierta humildad y un poco de arrepentimiento (al menos en lo que concernía a la excesiva riqueza que había logrado engañando a sus empleados, inversores y a varios miles de mal armados soldados en Iraq) ahí se encontraba, al aire libre, ante las miradas de todo mundo, ostentando su largueza. 

El regalo de Jenny había costado 17 dólares en total: una bufanda en azul y rosa tejido por ella misma, y un cd comprado en Virgin Records que Missy ya tenía, sin duda. Como fuera, sólo por asistir, Jenny y el resto de las niñas recibieron el último Ipod video, que no sólo costaba varios cientos de dólares sino que ni siquiera se encontraba en el mercado. También les dieron un par de patines blancos de piel. Solamente Chuck Silver habría ideado el problema de que las niñas ricas no ensuciaran sus calcetas con patines rentados comprando toda una tienda de patines.  

El hombre era un genio. Me senté en las gradas sintiéndome no sólo superior y de una moralidad más alta, sino con la urgencia de ir hasta él, hacer a un lado a sus esbirros y golpearlo directo en la nariz. Incluso patearlo en los dientes mientras se hallaba en el suelo. Después de todo el tipo seguía siendo el principal inversionista de ConFab, una subsidiaria de Silver Enterprises y abastecedor de armaduras sobrevaluadas y de mala calidad que fallaron en prevenir la muerte de al menos dos docenas de hombres en servicio.    

Era una herida en el párpado de América y, en lo que a mí concierne, el tipo merecía no sólo una década detrás de las rejas sino todas las humillaciones venéreas que vienen con esto.  

Entonces me vio y me saludó con la mano. 

Primero pensé que estaba bromeando, que quizás me asumió como una suerte de aguafiestas, o que había saludado a alguien detrás de mí. Pero comenzó a caminar con una gran sonrisa en la cara: 

—Geoff, ¿cómo carajos estás?  

Naturalmente, un hombre como él habría hecho un escrutinio en la lista de invitados. Incluso podía haberse molestado en mandar a alguien a buscarme.  

—Esperaba que vinieras —dijo, desde el pie de las gradas, con las manos en la cintura y oloroso a colonia cara y grasa de zapatos. 

—Un gran espectáculo este que estás montando —dije, intentando suprimir la súbita alarma en mi voz—. Soy el papá de Jenny, no sé si...  

Pero antes de que yo pudiera terminar él ya estaba escalando las gradas para sentarse junto a mí. Cada músculo de mi cuerpo se contrajo por el terror. Uno no suele esperar que un billonario te dirija la palabra, muchos menos que se moleste en hacerte sentir incluido en el cumpleaños de su hija. Por buenos motivos, además. Quiero decir, la gente así de rica ha dejado simplemente de ser humana, para convertirse en tragedias griegas. Uno tendría tanto en común (así como la oportunidad de conversar) con Medea si de pronto se sentara a tu lado y sonriera.   

Si hubo algo que me ayudó a restaurar mi sentimiento de superioridad (y mi alto sentido moral) fue el hecho de que aún hablaba de la misma manera que en la universidad: increíblemente rápido y con un casi indecente vigor juvenil. 

Se sentó en la banca de al lado y me saludó: 

—Ha pasado un rato, ¿eh? 

—No sé si lo recuerdas o no —dije—, pero nosotros... 

—Salíamos con unas estudiantes de historia —dijo—. Pero tú fuiste lo suficientemente afortunado como para que te botaran antes de casarte con ella. 

Su franqueza me tomó con la guardia baja, y yo creo que esa era la fuente primaria de su genio: su rara habilidad para mantener a un hombre siempre fuera de balance. 

—¿Y qué piensas? —preguntó, dirigiendo su barbilla hacia el hielo, en caso de que yo no hubiera notado la orgía que se desarrollaba frente a nosotros. 

—Me parece una locura —dije. 

—Verdad que sí. 

—Debiste contratar a todo un equipo de escultores. 

—Eso hice. ¿Notaste la Venus en el centro de la pista? Missy fue la modelo. Estuvo cinco horas sentada ayer. Tuve que sacarla de la escuela. 

—Creo que la que más me gusta es el general —dije, haciendo un gesto hacia la compacta estatua ecuestre junto a nosotros. 

—Claro... —la miró con cierto recelo—. La verdad no va muy bien con el resto. Pero Missy la quería, sin embargo. ¿Y en qué has estado? Todavía tocas el... — hizo como si serruchara algo con la mano derecha. 

—El cello —dije—, sí. 

—¿Estás tocando en algún lado? ¿En alguna orquesta? 

—Más bien me dedico a dar lecciones ultimamente. 

—Ah —suspiró, melancólicamente—, ser tu propio jefe, ¿verdad? 

—En realidad trabajo en diferentes conservatorios, pero... 

—Maldita sea, estos asientos están helados. ¿No te estás congelando el culo aquí? —llamó a un par de meseros y les pidió que movieran cerca de nosotros uno de los calentadores del patio. 

—¿Quieres tomar algo? —preguntó. 

—Estoy bien.   

Volvió a llamar a los meseros. 

—Un par de escoceses y dos rebanadas grandes de pastel. 

—¿No deberías estar con tus invitados? —pregunté—. ¿No crees que te extrañarán? 

—Sé que no. Tienen todo lo que les puedo ofrecer ahora mismo, así que estoy seguro de que son perfectamente felices. Además, mi próxima ex esposa está por ahí, y pronto dejaré de batear. 

Los meseros, enfocados intensamente en su trabajo, de inmediato acomodaron un calentador a los pies del señor Silver. 

—¿Sabes que está testificando en contra mía? —Charles curvó los labios con disgusto—. ¿Puedes creerlo?  ¿Mi propia esposa? No sé a quién cree ella que está ayudando. De hecho, no creo que le interese. Lo que sea para joderme una vez más antes de irse. ¿Sabes? Es como su regalo de despedida por todos los años que dormí con ella. 

—Debiste tratarla mejor, Chuck —dije.  

—No me jodas, ¿en serio? ¿Y qué hay de ti? ¿Todavía casado? 

—Nos divorciamos hace tres años, en mayo. 

—¿En serio? ¿Y se acuestan de vez en vez? 

—No. 

—¿No? 

—Nos hemos distanciado —dije. 

—Claro... —asintió con la cabeza, y no del todo escéptico, como si comprendiera genuinamente la situación. 

—¿Crees que testificaría en contra tuya?  

—¿Por qué cosa? 

—Por lo que fuera. 

Sacudí la cabeza. 

—No, aún nos llevamos bastante bien. 

—¿Sigues enamorado de ella? 

Le dirigí una mirada que, estoy seguro, dijo más de lo que yo deseaba, y él de inmediato sacó el teléfono que sonaba en su bolsillo.  

—Jimmy... ¿estamos jodidos? Fantástico. No, es increíble. Te amo, Jimmy. Me alegra pagarte mucho más de lo que vales.. No... No, qué te parece esto... No, di al senador Shewman que se comunique conmigo, ¿está bien? Y quiero al jodido alcalde en el teléfono, también. Diles que voy a comenzar a difundir rumores sobre ellos y yo... No, no me importa lo que le digas... Dile que tengo a su niña por acá y que la tomaré como rehén... Sí, lo sé.. Lo sé... Exactamente. 

Chuck cerró el teléfono con un azote y, regresándolo al bolsillo, gruñó desde algún lugar profundo de su garganta.  

Una mesera de ojos marrones, cabello castaño y ensortijado se acercó con dos vasos de whisky y dos rebanadas de pastel ridículamente grandes. 

—Pero vaya que eres bonita, ¿o no? —dijo Chuck—. ¿Cómo te llamas? 

La mesera pareció asustada, incluso ofendida, y por un momento pensé que no iba a responder. 

—Carrie —dijo, finalmente. 

Le agradecí por el pastel e intenté hacer contacto visual. Quería simpatizar con ella de alguna manera, explicarle que yo no era una de esas personas, que yo no pertenecía ahí. Pero ella se alejó antes de tener la oportunidad. 

—Dios, esa sí es una chica, ¿eh? —dijo Chuck. 

—¿Entonces tienes aquí a la hija de un senador? —pregunté, mirando al enjambre de niñas pre adolescentes en la pista. 

—Tengo a la hijas de dos senadores —dijo, dando un sorbo a su bebida—. Y a una del gobernador. ¿Quieres que te las señale? Probablemente podrías averiguarlo tú mismo. Te daré una pista: no son las más lindas.  

Le pregunté si no pensaba que era poco saludable clasificar el atractivo de niñas de 12 años, pero no me estaba escuchando.   

—Sus padres no se me acercarían ahora ni una milla —dijo—, pero aún así mandan a sus hijas, ¿no? Para hacerme saber que incluso cuando ellos no están aquí, incluso cuando quieren hacerme a un lado, seguimos siendo amigos. ¿Sabes?, creo que eres el único padre por aquí —dijo, codeándome—. Creo que no te llegó el memorándum. 

—Creo que soy el único sin nada que perder —dije. 

—Sí, bueno, quédate otro rato —tomó su bebida y la vació—. Me siento como la puta lepra. 

—Me lo imagino —dije. 

—Todo mundo quiere joder a Chuck y todos quieren un pedazo mío mientras voy de caída. Hay tipos que me llaman para pedirme los muebles de la sala. Y si no pueden tenerlos querrán la mierda que cuelga de las paredes. Y si no pueden tampoco tener eso querrán a mi esposa, o encerrarme en la cárcel por el resto de mi vida. 

—Y si no pueden tener eso —dije— querrán chalecos antibala que de verdad sean antibalas. 

Me sorprendió que Chuck pretendiera compasión de mí.   

—Oh, por favor... —gritó—. ¿Tú también? Todos piensan que están jodiendo a Paul Krugman estos días. ¿Te parece... Cristo... acaso te parezco un diseñador de chalecos antibala? —tendió las manos como para probarlo—. Ellos nos dieron el jodido diseño. Nos dijeron qué querían y nosotros lo hicimos. No es que saliéramos simplemente a joder a esos pobres bastardos. Por supuesto el gobierno no va a decir eso, ¿o sí? Ellos sólo asumen que eso es para lo que nos pagan, para caer y morir en su lugar. 

—Yo creo que son las tropas quienes han estado cayendo y muriendo —dije. 

—Sí —asintió con la cabeza y se giró para mirarme a los ojos—. ¿Y qué es lo que tú quieres, Geoff? 

—¿En serio? Jesús... Creo que tomaría cien dólares si los estuvieras ofreciendo. O el reloj, supongo. Probablemente podría dar el enganche para un departamento con eso. 

Era un sencillo y elegante reloj de cara de platino y correas de cuero, y Chuck inmediatamente se lo quitó de la muñeca y lo puso en mis manos. 

—Sólo estaba bromeando —dije. 

—Yo no. 

Intenté devolvérselo pero no quiso aceptarlo. 

—Chuck, no me voy a quedar con tu reloj. Estaba bromeando. 

—Es un Parmigiani hecho a mano —dijo—. Conozco a un tipo que te daría 150 de los grandes por él. 

Intenté dejarlo en su mano por la fuerza, y luego en su bolsillo.  

—¿Quieres simplemente tomar el puto reloj? Déjalo en la banca si no lo quieres —dijo—. Nunca me gustó, de cualquier manera. 

—No me insultes —dije, y lo dejé en el asiento de enfrente—. Si no lo tomas testificaré en contra tuya. 

—Ja —se burló—. ¿Y cómo? Ni siquiera me conoces. 

—Diré que posaste para tu propia estatua presidencial de hielo. 

—Eso es extremadamente condenatorio. Me darían perpetua con una evidencia como esa. 

Chuck alcanzó el reloj y se lo ajustó en la muñeca. 

—¡Víctor! —se giró y llamó al fornido ayudante que había estado maltratando un poco antes.  

Víctor debía tener apenas 24 años pero tenía ya la cetrina y carnosa papada del veterano de fondos de inversión. Corrió a los pies de las gradas y miró como si en cualquier momento fuera a hacer una reverencia. 

—Tengo un trabajo para ti —le dijo Chuck—. Quiero que cortes la cabeza de esa estatua y que uno de los meseros se la entregue a mi esposa en una bandeja. 

El chico ni siquiera pestañeó. En un instante giró sobre sus talones y fue por un cuchillo de pastel. Lanzó un mantel sobre la grupa del caballo y con la ayuda de Carrie y de otro mesero montó al caballo por detrás del jinete. Carrie le pasó el cuchillo.  

Chuck se inclinó hacia ella para llamar su atención. 

—Hey, ¿quieres sentarte aquí con nosotros? Se está bien y es cálido junto al calefactor. Seguro que no te extrañarán unos minutos. 

Carrie miró por encima del hombro al mesero con el que estaba. Me removí y ella escaló las gradas y se sentó entre Chuck y yo. Debía tener poco más de treinta años, y no sé si era el uniforme que vestía o el frío que sonrojaba sus pequeñas orejas y sus redondas mejillas, pero lucía muy bien.   

—Así está mucho mejor, ¿verdad? —dijo él—. Yo soy Charles Silver. 

—Sé quién es usted.  

—Este es Geofrey Bramble, un viejo amigo mío. Y ese es Víctor haciendo una cirugía. 

Chuck se inclinó  para gritarle: 

—¿Por qué te estás tardando tanto? 

—Es como cortar piedra —dijo Víctor. Había serrado casi tres cuartos cuando finalmente pudo arrancar la cabeza y pasársela al mesero. 

—¿La adornamos con flores? —preguntó Víctor, deslizándose del caballo. 

—Sólo entrégala así —dijo Chuck, y contempló al hombre que la tenía en la charola de servicio—. Cúbrela con un pañuelo cuando vayas a dejarla, y luego quítalo y dile... No lo sé... No, dile esto, alza la nariz al cielo y dile: Madame, su deseo se ha cumplido. ¿Entendiste?  

El mesero comenzó a caminar hacia el grupo de mujeres al otro lado de la pista. Chuck dio un golpecito con el codo a Carrie. 

—Esto será bueno, ¿eh? 

—¿Qué va a hacer? —preguntó Carrie. 

—¿Que qué va a hacer? —repitió Chuck—. Le va a dar un ataque. Y luego va a decirle a la corte lo bruto que soy. 

Estiró el brazo alrededor de Carrie y me jaló de la manga: 

—¿Estás de acuerdo, Geoff? 

Yo sólo agité la cabeza. 

—¿Sabes, Carrie?, aquí mi amigo Geoff se divorció hace tres años pero sigue teniendo problemas para superarlo. ¿Sabes a lo que me refiero?  

—Lo siento —dijo ella. 

—No es tan malo —le dije. Las mejillas me ardieron por toda la sangre que corrió hacia ellas. 

—No, es peor que malo —añadió Chuck—. Creo que todavía está enamorado. Y ella probablemente se ha vuelto a casar. ¿Estoy en lo cierto, Geoff? 

Quería matarlo. 

—¿No es así? 

—Casi —dije. 

El mesero se acercaba a la señora Silver y Chuck se puso de pie para verlo mejor. 

—Chicos, mejor que se pongan de pie y vean esto. 

Ayudé a Carrie a ponerse de pie. 

—Chuck, ¿por qué no invitaste chicos a la fiesta? —pregunté. 

—¿A esta edad? Lo único que quieren es lucirse. Espera, espera, aquí va... 

El mesero se detuvo frente a la señora Silver, que estaba rodeada de sus amigas, y con una floritura barroca removió el pañuelo, dejando al descubierto la cabeza cortada. Ella no reaccionó de la manera en que Chuck había esperado. En vez de encolerizarse, o siquiera mostrar disgusto, simplemente tomó la cabeza en sus manos, la besó en la frente y la pasó a uno de los patinadores profesionales, un alto y musculoso joven ataviado con una especie de traje tribal africano. Hizo todo sin mirar en la dirección de Chuck, y el patinador se alejó con la cabeza y patinó por la pista levantándola por la cabeza. Los otros patinadores lo siguieron de manera espontánea, tras lo cual las niñas se unieron a la procesión, festejando y cantando mientras daban una vuelta de triunfo alrededor de la pista. 

—Mierda —Chuck se afianzó de Carrie y de mí como si necesitara apoyo. Los tres bajamos al pie de las gradas y nos inclinamos sobre la valla que rodeaba la pista. 

Los patinadores aclamaron incluso más alto al pasar frente a nosotros, luego entregaron de nuevo la cabeza en las manos de la señora Silver, quien la colocó en la mesa junto a los restos del pastel de cumpleaños. 

—Odio a esa maldita perra —dijo Chuck. 

—Es la mamá de tu hija —le recordé—. Y tú mismo cortaste tu cabeza. 

—Debí darle la cabeza del caballo. Siempre pienso en estas mierdas demasiado tarde —Chuck dio un puñetazo a la valla—. ¿Sabes cuál es el problema de ser un ganador? —preguntó, mirándome—. Todo mundo quiere verte perder. 

—Estoy seguro de que lo apreció de alguna manera —dijo Carrie. 

—Por supuesto que lo apreció. Le encantó. Le hice el día. 

El teléfono de Chuck sonó y lo sacó de su bolsillo, pero me miró antes de contestar. 

—Te voy a dar mi casa en Miami Beach, por cierto. 

Abrió el teléfono. 

—Sí... Te dije que no acabaría sino hasta las 10... Entonces coman sin mí. ¿Olvidaste cómo...? ¡Es la jodida fiesta de cumpleaños de mi hija! ¿Quién demonios está tomando partido...?! No jodas... ¿En serio? Bueno, voy a estar en prisión por 20 años, ¿cómo crees que me siento? 

Cerró el teléfono, pero de inmediato lo volvió a abrir para buscar algún número. 

Carrie me sonrió. 

—¿Viniste para acompañar al señor Silver? ¿O tienes una hija por aquí? 

—Esa es Jenny, por allá —dije, señalando—. La del abrigo negro, con los globos. 

Días antes había llevado a Jenny a comprarle un abrigo de lana con botones extravagantes y capucha con orilla de seda. Fue un regalo temprano de Navidad, e indudablemente la pieza de ropa más cara que jamás hubiera tenido. Y aún así resultaba redomadamente pedestre comparado con los abrigos de piel y los sombreros que usaba el resto de las chicas. 

—Es muy linda —dijo Carrie. 

—A veces me preocupa que sea demasiado linda. 

Chuck dio un giro y gritó. 

—¡Víctor! ¿Tienes el número de... Mierda. No importa, lo tengo justo aquí. 

Mientras Chuck marcaba, Carrie se inclinó hacia mí y murmuró: 

—No va a ir a en serio a la cárcel, ¿verdad? 

—No podría imaginarlo... 

Chuck hablaba ya al teléfono. 

—Soy Silver —dijo—, ¿estás en camino...? Estás bromeando... ¿Cuánto más quiere? ¡Acordamos 150 la semana pasada! ¿Es así como sueles hacer negocios...? No me importa qué tan menospreciada .... ¿Su reputación? ¡Es una maldita fiesta de cumpleaños para sus fans...! No voy a pagar 200. No, no me importa. Bueno, pues qué mal entonces. 

Chuck cerró el teléfono de un golpe y lo regresó al bolsillo. 

—Odio a las celebridades —dijo, y me miró con los ojos entrecerrados—. Hay que tratarlas como a niños. 

—Realmente crees que pisarás la cárcel? —pregunté—. Quiero decir: ¿no crees que serás sentenciado, ¿o sí? 

—No lo sé. A lo mejor. Mis abogados me dicen que no, pero ¿qué más pueden decir? Si me dicen que sí, tendría entonces que conseguirme nuevos abogados, ¿verdad? 

El teléfono volvió a sonar, pero esperó unos segundos antes de contestarlo. 

—¿Cambió de idea? —preguntó—. Bien... No, está bien... Es muy caritativo de su parte... Dile eso... Seguro. ¿Puedes estar aquí en diez minutos...? Y trata de ser discreto, ¿okey? Es una sorpresa, no quiero que ella... Su nombre es Missy. Missy Silver. ¿Está bien...? Estoy seguro que lo harás. 

Después de colgar nos tomó del brazo y nos llevó al perímetro de la pista. 

—¿Entonces qué piensas de la casa? —preguntó—. ¿Te gusta Miami Beach? 

—No, de hecho. 

—¿No te gusta Miami? —dijo Carrie, casi incrédula. 

—Tienes que recordar —le dijo Chuck— que Geoff es un artista. Y los artistas siempre odian los lugares que los puedan hacer felices. ¿Dónde estás viviendo ahora? 

—Tengo un estudio en el West Side. 

—¿Lo ves? 

—¿Un estudio de arte? —preguntó Carrie. 

—¿Saben qué? —dijo Chuck—. Vamos a patinar. ¿Por qué las niñas tendrían que tener toda la diversión? 

—No sé cómo —dijo Carrie. 

—Yo tampoco —dije. 

—Y probablemente tengo que volver al trabajo. 

—¡Estás trabajando! —dijo Chuck—. Te pagan para tener contentos a los invitados, ¿no? Siéntense y pónganse los patines. Los veré ahí. ¡Hey! —llamó a uno de los empleados de la pista—, necesitamos unos patines. Yo diría talla siete para mujer y diez y medio para hombre. 

—¿Cómo supo eso? —murmuró Carrie. 

Chuck corrió hacia algún lado y el empleado se acercó con dos cajas de patines nuevos. 

—De hecho, soy diez —dije al tipo. 

—Mi jefe va a matarme —dijo Carrie, amarrándose las agujetas. 

—Y yo voy a romperme el cuello —dije. 

—Hablo en serio. Es ése que está cerca del... No, no mires. Nos está viendo. Es el que está en la mesa del ponche 

—¿Tendrás problemas? 

—No me importa. ¿Qué puede hacer? —sonrió—. Estoy con Charles Silver. Nadie puede tocarme ahora. 

En la pista, las niñas habían formado una larga línea de conga y dibujaban serpentinas alrededor de la pista. Reían y gritaban, especialmente cuando la formación se rompía y las niñas que quedaban fuera debían luchar para reintegrarse. A pesar de arrastrarnos con nuestras piernas rígidas, Carrie y yo logramos capturar el final de la fila cuando pasó junto a nosotros.  Apenas nos habíamos acoplado —y es posible que nuestra unión hubiera tenido algo que ver—, cuando la fila se rompió tras arrastrarnos unos cuantos metros. Y de pronto fuimos tragados por un enjambre de torpes y larguiruchas niñas que se echaron a la carrera en todas direcciones. 

Antes de que pudiera darme cuenta Jenny daba círculos a mi alrededor. 

—¡Papá! ¿Qué estás haciendo? —parecía realmente afligida. Missy Silver, con una diadema centelleante, estaba con ella, junto con muchas otras niñas. 

—Intento no matarme —dije. 

—¡Hola, papá de Jenny! 

—¡Hola, papá de Jenny! 

No sabía que Jenny había aprendido a patinar, pero aparentemente su madre pagó las lecciones. 

—¿Desde cuándo eres tan buena patinadora? —le pregunté, provocando que Missy hiciera un giro rápido y saltara. 

Missy dio un giro más y una suerte de medio salto, luego todas se dieron a la carrera, persiguiendo a un patinador con un par de antorchas en las manos. 

—Son tan adorables —dijo Carrie—. Tu hija parece muy agradable. 

—Supongo que sólo la avergüenzo... ¿O se preocupaba por mi seguridad? 

Yo no intentaba ser gracioso, pero Carrie soltó una risita. Tenía una maravillosa y cruda manera de reír, y así nos movimos juntos hacia el final de la pista. A ella le eran familiares algunas de las canciones de hip hop que se estaban tocando, y realizó pequeños movimientos de baile con sus caderas y sus manos, tanto como su frágil sentido del balance le permitió. 

—¿Entonces eres un artista? —preguntó. 

Le dije que tocaba el cello. 

—Oh, Dios mío, adoro el cello —dijo—. Amo a Yo—Yo Ma. 

—Claro... 

—¿Alguna vez lo has conocido? ¿Tocaste con él? Debe ser una verdadera experiencia. 

Chuck se deslizó junto a nosotros, y por supuesto era un magnífico patinador, además de todo. 

—Geoff, he estado pensando —dijo—. Quiero que tengas mi departamento en Roma. Te encantará. Podrías llevar a Carrie para el Año Nuevo, si no está muy ocupada. ¿Alguna vez has estado en Italia? —le preguntó. 

—Nunca —dijo ella—, pero siempre he soñado con ello. 

—¿Lo ves, Geoff? Ha soñado con ello. Podrían tomar un expreso cada mañana en la Piazza della Rotonda. 

Chuck dio un pequeño giro, similar al que su hija había hecho minutos antes, luego se lanzó a patinar. 

—¿Habla en serio? 

—Probablemente. 

—Bueno, ¡entonces deberíamos ir! ¿De verdad va a darte su departamento? 

—En realidad no puedo aceptarlo —dije. 

—¿No? Estoy segura que tiene muchos otros... 

—Dudo incluso de ser capaz de pagar los impuestos de un departamento así. Diablos, difícilmente podría pagar el boleto para viajar hasta allá. 

—Entonces pídele que te haga volar. 

—No lo conozco muy bien —dije—. Y de cualquier manera no se lo pediría. 

Me dedicó una pequeña sonrisa y tomó mi mano durante unos momentos preciosos. Mi mente se apresuró en buscar las palabras adecuadas para pedirle una cita. Nada muy elaborado, sólo una cena y quizá una película después, o un concierto, o un centro nocturno que fuera más de su tipo.  

Y entonces la limusina apareció, blanca y angosta, e hizo sonar el claxon varias veces antes de descargar a una joven celebridad y a seis de sus amigos. No sabía su nombre pero conocía su reputación gracias a los tabloides: trastornos alimenticios, múltiples periodos en rehabilitación, fotografías nada atractivas, un remake de Herbie the Love Bug. Pero no podrías haber adivinado nada al respecto esa noche. Bajo el gran arco de globos ella y su séquito se movían con el aire prístino y brillante de las deidades inalcanzables, al tanto de la envidia general y plenamente concientes de que eran los únicos en este mundo en saber lo que significaba ser deseados. 

—No lo puedo creer —dijo Carrie. Y sin ninguna palabra se alejó de inmediato hacia el otro lado de la pista. 

Cuando las niñas se percataron de lo que sucedía comenzaron a gritar y alcanzaban la histeria mientras se apresuraban en sus patines. La música se apagó y las luces oscurecieron mientras la joven estrella trepaba a la mesa junto al pastel de cumpleaños con un micrófono en la mano. Gritó: 

—¡Feliz cumpleaños, Missy Silver! 

Y acompañada de un hombre de cabello gris al sintetizador, rompió a cantar la versión más larga de «Happy Birthday to You» que hubiera esperado escuchar. Fue una oda pop de ocho minutos para Missy, y un narcótico para cualquier menor de treinnta años.  

En poco minutos la pista quedó desolada, excepto por las esculturas de hielo y un par de profesionales que siguieron haciendo ochos desvaídos. Hay algo poco tranquilizante en una pista de hielo vacía, y aunque no quiero hacer mucho alarde de ello, creo que experimenté uno de los momentos más solitarios de mi vida, rozando el hielo, flanqueado por una turba de niñas ricas descerebradas y adoradoras de ídolos con la que mi hija aparentemente se identificaba, o quería hacerlo. 

¿Y quién era yo para ser tan jodidamente prejuicioso? Nadie sino un padre inseguro y con pretensiones de superioridad moral, ridículo en patines de hielo, y que no era capaz de comprarse siquiera un pasaje de avión a Italia incluso si eso significaba poder acostarse con la chica más linda y disponible que hubiera conocido en probablemente diez años. Yo era la mierda más grande en Manhattan. Si hubiera habido en verdad un lago debajo de aquel hielo me habría lanzado a él. 

—¿Qué pasó con Carrie? —preguntó Chuck. Casi me tiró al detenerse junto a mí.

—Creo que es fan —dije, apuntando hacia la joven y giratoria estrella. 

—¿Están conectando, eh? 

—Eso parece... Probablemente piensa que soy muy joven para ella. 

—No seas estúpido. No hay manera de que... Mierda, ¿viste eso? 

La joven estrella había encontrado la cabeza congelada de Chuck y la frotaba contra las faldas de su abrigo de chinchilla.Tras mirar un momento, Chuck se alejó patinando y murmuró algo a Víctor, que tuvo la misión de quitarle la cabeza.  

—¿Entonces, ¿cuándo se van a Roma? —gritó Chuck, al regresar.  

—No vamos. 

—Pensé que a ella le interesaba. 

—Le interesaba. 

—¿Y qué pasó? 

—Le dije que no podía aceptarlo —dije. 

—¿Y por qué demonios harías eso? 

Chuck podía creer seriamente que estaba siendo amable, incluso halagador con sus ofertas. Y quizá yo, secretamente, amaba el hecho de sentirme estoico en mi sencilla y nada fantástica penuria. Pero en algún nivel estaba seguro de que también se divertía a mi costa. 

—Voy a buscar a Jenny —dije—. Gracias por invitarnos. 

Me dejó ir, pero me atrapó de nuevo mientras me ataba los zapatos. 

—No era mi intención insultarte —dijo—. Pero si estás convencido de que es todo mi dinero está manchado de sangre... 

—No creo eso —dije—. Es sólo que uno pasa mucho tiempo tratando de sentirse satisfecho con lo que uno tiene. ¿Sabes a lo que me refiero? 

Juzgando por la expresión de su cara, pareció esforzarse genuinamente para verlo desde mi perspectiva. Entonces su esposa apareció por detrás y le rodeó la garganta con los dedos. 

—Muchas gracias por el regalo —murmuró—. Era casi exactamente lo que deseaba. 

—Por favor no me toques —dijo. Y ella respondió inclinándose para besarlo en la corona de la cabeza. 

La vimos desaparecer entre la multitud. 

—¿Te gustaría, por todo el dinero del mundo, ser yo? —preguntó—. ¿Al menos por cinco minutos? Porque yo no. Preferiría vivir en un basurero en Delhi.  

—No, no lo preferirías. 

Miró más allá de la pista vacía y asintió. 

—Creo que sí —dijo—. Creo que sería bueno en eso. 

Más allá, frente a a la pista, treinta carruajes jalados por caballos se estaban alineando ruidosamente. Habían sido contratados para llevar a los invitados a un paseo por el parque antes de regresarlos a sus lugares de residencia (que, para muchos, consistían en departamentos adyacentes a, o colindantes con Central Park). Cuando la joven celebridad terminó de cantar las niñas la siguieron bajo el arco de globos y hacia los carros que aguardaban.  

Chuck y yo íbamos en la retaguardia. A mitad de camino divisamos a Carrie, que llenaba una tina con tazas y platos sucios.  

Chuck me codeó.  

—Pídele que dé un paseo en carro. 

—Parece que está muy ocupada. 

—Carrie —gritó—, Geoff quiere invitarte a un paseo por el parque. 

Ella miró hacia mí y agitó la cabeza.  

—Tengo que trabajar —dijo, y se giró para seguir con sus trastes.  

—¿Y qué tal tu número telefónico? —preguntó Chuck.  

No contestó nada y yo tuve que empujar a Chuck para que dejara de molestarla.  

Bajo circunstancias normales podría haberme sentido un poco mal por el rechazo, pero Chuck estaba lo suficientemente molesto por los dos. 

—Pequeña ramera —gritó—. ¿Qué demonios le dijiste? 

Mientras nos acercábamos a los coches, un grupo de paparazzis descendió sobre nosotros. Al parecer la estrella les había estado insultando, pero Chuck, en vez de molestarse, intentó calmarlos regalandoles Ipods. 

—Último modelo, chicos. ¿Quién quiere uno? ¿Quieres uno? ¿Quieres uno? Esta noche tenemos liquidación. 

Me dio un golpecito en la espalda. 

—Vas a salir en la página seis. Y con un verdadero ladrón, no menos. 

—Finalmente seré tristemente célebre —dije. 

—¿Querías uno? —preguntó, sosteniendo otro Ipod video. 

—Estoy bien —dije.  

Pero me lo dio de todas maneras y yo lo tomé.  

—Gracias —dije. 

—¡Ja! —gritó—. ¡Hice que te llevaras algo! 

—Sí, esto sí lo puedo usar. 

Subí a Jennny al carruaje y me senté al lado suyo. Atada al arnés teníamos a una yegua pinta y a un agradable hombre de húmedos y brillantes ojos tras las riendas. A la entrada el caballo nos jaló hacia la curva y pronto estábamos trotando en caravana bajo las lámparas de acero, las estrellas centellantes y las desnudas ramas de los árboles. 

Estaba agradecido de ir camino a casa, y acaricié con el dorso de mi mano la mejilla de Jenny. 

—¿Te divertiste? —le pregunté. 

—¡Sí! 

—Parece que te lo pasaste muy bien. 

—¡Fue la mejor fiesta! —se inclinó y me rodeó con los brazos. Fue entonces cuando vi el reloj de Chuck colgando de su muñeca.  

—¿Dónde conseguiste esto? —casi se me atragantaron las palabras. 

—El señor Silver dijo que era tuyo —dijo. 

Lo saqué de su brazo y me lo metí al bolsillo, luego llamé al conductor y le pregunté su nombre. 

—Héctor —dijo—. ¿Disfrutaron la fiesta? 

—Lo hicimos —le dije—. ¿Quiere un reloj? Es un Parmigiani hecho a mano. 

—¿Un reloj? 

Lo sostuve para que lo viera.  

—No gracias, señor —dijo. 

Así que mejor le di el Ipod.

Palabras, palabras, palabras
Tom Lutz

Traducción de José Luis Justes Amador

  


Había una vez un anciano que caminaba por una playa, con anhelo en su corazón y arena en los pies, con su mal aconsejada amada acercándose y el sol tras una cobija de nubes. Un fantasma saltaba por su alma, el fantasma de un muchacho de veinte años, un muchacho que, como ningún otro muchacho, se arrojaba para siempre a los pies de su amada, que le gritaba a todos su amor sin límites, su amor de diferentes modos, que corría hacia ella y le tapaba los ojos desde su espalda y que reía, acariciando su cuello como si fuera un enorme caballo torpe, sin esperanza, que saltaba, inútilmente, como un payaso, que saltaba hasta la luna. 

Ella sabía mucho más (¡él era tan joven!) y aún así, confundida y halagada en parte, aceptó uno de sus torpes regalos, una invitación al baile. Él tomó con su mano izquierda la derecha de ella y pasó la otra por su perfecta cintura y sus muslos se tocaron, tentativos, una vez, dos veces, y después se encontraron y se quedaron juntos, y sus mejillas se rozaron y saltaron chispas. Sus pechos de pájaro golpeaban contra frágiles paredes y, mientras ella se inclinaba, con el pelo rozándole la oreja izquierda, le miró a los ojos y se dio cuenta de que, con la guardia baja, sin sospechar nada, incapaz de admitir totalmente lo que estaba pasando, había sido arrastrada por su estupidez pueblerina y durante un instante una calma como nunca antes había conocido se apoderó de ella, como una oronda gallina se sentaría en el huevo de la perfecta tierra, y toda la promesa cosmológica de la vida encontró su hogar, los caminos elípticos de los planetas se convirtieron en círculos perfectos, los que sufrían de pena bajaron los brazos y el ozono emblanqueció pacíficamente los polos. No tanto bailando, si no cuando estaba suspendida, era leve, sin nada que la atara, hasta que le alcanzó, igualmente ligera, una ola de terror. Él sintió el cambio, y asumiendo que su respiración y su temblor significaban que ella también lo amaba, le dio vueltas con más rapidez, ardiendo ahora sus cuerpos como en un fuego brillante y, de hecho, de repente, el muchacho ardió furiosamente, fósforo en una sartén, papel en una chimenea, cerrando con fuerza sus ojos y cantando los vellos de los brazos de ella, la arrojó a la arena. Cuando ella se atrevió a abrir los ojos, el muchacho se había marchado, dejándola con el petrificado anciano que, de pie, sin esperanza, asustado, la miraba parpadeando, como una lluvia de cenizas que, como motas de polvo, se hubieran quedado colgando en el aire. 

Las nubes pasaban lentas sobre sus cabezas mientras la brisa despertaba lenta de su siesta. 

El anciano y su mal aconsejada amada estaban de pie en la playa y se dieron cuenta de que, como no haría si hubiera sido un fantasma, el muchacho se había marchado, se había marchado gracias a Dios. Apenas escuchaban el eco pálido de su grito —“amor, amor”, decía, sin cuerpo, “amor”— y el sonido desapareció junto con el sol. Todo lo que les quedaba era el rumor de las olas al romper, en el arrecife, como habían hecho siempre y harían para siempre. 

  

II

Había una vez una bailarina paseando por las calles de una vieja ciudad colonial, con su pensamiento extendiéndose como los cables eléctricos sobre su cabeza, con sus pies siguiendo los pasos perdidos de algún otro, el aire pesado de humo de carbón. Siempre se preguntaba, con parte de su corazón enloquecido, si alguna vez había de encontrar al compañero perfecto. Algunos de los hombres con los que había bailado eran hermosos, pero no sabían cómo guiarla; algunos eran salvajes, con una energía que la dominaba, pero sin delicadeza, algunos bailaban como caballos bajo el arado, otros como pavos reales, o como inspectores médicos o sacerdotes. “¿Dónde, dónde?”, le preguntaba a las columnatas, a los hombres que jugaban dominó, a la tambaleante piedra, a los taxistas somnolientos, “¿dónde está ese hombre?” 

Los jugadores detuvieron por un momento su interminable charla para preguntarle “¿Qué hombre?” Y ella les contó. 

“El hombre que no baila muy pegado,” dijo, “sólo cuando es necesario, el hombre que no necesita ser el más hermoso, el hombre que tiene las suelas como de crema y el aliento de ángel y los ojos como las luces de Budapest, el hombre con la mezcla perfecta de gravedad y levedad, de sombra y luz,” y ella continuaba y continuaba hasta describir a la pareja perfecta, detalle a detalle, hasta terminar, al fin, con “sí, ese hombre con las caderas sinuosas y manos de joyero, esa hombre que es una libélula, ágil y quieto, furiosamente romántico y calmado como Gautama, fuerte y sabio, y quizá ya formado”. 

Un anciano la escuchó hasta que terminó, los otros hacía tiempo que habían vuelto a reírse de las fichas de los otros, alardeando de heroicos y pasados juegos de dominó, desinteresados de las quejas de la mujer, pero el viejo seguía vigilándola y le dijo “Niña, no eres la primera mujer que busca a ese hombre”. Eso la sorprendió. Sentía que sólo hacía poco había inventado al hombre. Ella le preguntó que si las otras mujeres lo habían encontrado. “Ja, ja, ja,” se rió, “por supuesto, todo el tiempo”. 

El problema, dijo, es que las mujeres no lo reconocen cuando lo encuentran, no se dan cuenta, pierden ese tren y antes de que puedan darse cuenta ya se han realineado los planetas. El jugador más joven silbó en ese tono sin sentido de los jóvenes cuando intentan parecer inteligentes. “Las mujeres siempre están perdiendo el tren,” dijo y los otros se rieron de él y de sí mismos, excepto el viejo que clavó en ella sus ojos formidables y alejó a los muchachos como si fueran moscas. “Preguntas dónde, dónde, dónde,” dijo, “pero esa es una pregunta equivocada”. 

Ella pateó impaciente el suelo. ¿Alcanzaría él a entender su punto? ¿Le gustaría sonar como estaba sonando, paternal y pomposo y sabelotodo? ¡Déjame en paz, anciano! “Ahora, supongo, me vas lanzar algún acertijo estúpido, ¿no?”, le dijo, cruzando los brazos, su petulante rostro vacío pues su espíritu ya había comenzado a vagar, dirigiéndose a una pista de baile lejana. 

“Ya lo hice,” le dijo él y regresó a su partida. 

  

III

Había una vez un poeta que apareció en la orilla del mar, con algas en la boca y una nota pegada al pecho. “Palabras, palabras, palabras,” decía la nota, “es todo lo que tengo para ofrecerte”. El poeta era extranjero, pero también lo eran muchos en la capital y algunos se adelantaron para asegurarle que era bienvenido. “Palabras,” le decían, “¿qué otras cosas podríamos esperar de ti?”, le aseguraban. “¡Maravilloso!” 

Esperaron a que hablara mientras los coches rugían en el malecón y le quitaban la basura del pelo. Un policía le animó a sentarse y beber chocolate de agua. Algo en el especiado humo que salía de la pequeña taza hizo que el poeta saliera de su estupor, que se diera cuenta de donde estaba, que sus ojos se iluminaran al ver a una joven a la que parecía mirar con honestidad como si ella pudiera responder al misterio de aquel instante. 

Por su parte, la joven sintió que nunca nadie había mirado tan directamente su alma. Tenía la piel de un color exacto al del chocolate de agua y los ojos delineados con negro, y en el izquierdo se había formado inmediatamente una lágrima, la punta que se derrite de un iceberg de la emoción que le inspiraba. El poeta había visto eso antes; de hecho, con frecuencia él era la causa de que ocurriera. Con su pelo rizado y cavernoso, extravagante a su manera, con los ojos tiernos que tenía, cuando era joven jugaba sin malicia con demasiados afectos. Cuando se percató de lo que ocasionaba, comenzó, para su posterior vergüenza, a hacerlo con toda la intención del mundo, guiñando el ojo y moviendo sus rizos en cualquier habitación a la que entraba. De hecho, eso lo condujo a un sinfín de problemas, con jovencitas tocando su puerta en la noche, gritando, culpándole de sus interminables traiciones, inventando embarazos, causando interminables rondas de un cotilleo viciado y doloroso entre sus amigos. Mortificado, tenía que acabar con eso, y aprendió a mirar, siempre, al suelo en lugar de a los ojos de la gente. Cuando se dio cuenta de que la muchacha llorosa enfrente de él estaba llorando por él, movió la cabeza y miró a lo lejos, abrió su boca para hablar y arrojó, tosiendo, un trozo de alga. 

Lo llevaron al viejo hotel, lejos del ruido y la agitación de la ciudad, y le dijeron que descansara, le dijeron que les hiciera saber si le podían conseguir algo, lo que fuera. La joven que estaba obnubilada por sus ojos y otra que lo había visto mirándola absorto mientras subían las escaleras se entregaron a las lamentaciones en cuanto se cerró la puerta de su habitación. 

Los extranjeros y los poetas locales lo googlearon y descubrieron que había ganado bastantes premios, el premio de poesía Earnest Pickens Memorial, por ejemplo, y uno que se otorga cada dos años en una universidad del medio oeste. Le habían reseñado un libro en el New York Times pero, desgraciadamente, ni ese ni ningún otro de sus libros estaban en las bibliotecas locales. El poeta local más leído había escuchado hablar de su visitante accidental y sabía cuáles eran sus obras más importantes por lo que las encargó inmediatamente a Amazon. Muchos de sus acólitos jóvenes sospechaban que ellos eran mejores poetas, mejores que ese sucio espécimen, pero, como siempre, no lo podían asegurar. Era la maldición de escribir en un país pequeño y pobre, se decían, otra vez, uno al otro. ¿No subestima el provinciano lo provinciano que es? ¿No es eso parte de ser provinciano? Por eso, como conclusión lógica, ¿no somos provincianos? ¿Quizá cuando pensamos que estamos haciendo arte real, cuando pensamos que sí, que nuestro trabajo rivaliza con el de todo el mundo? 

Los extranjeros eran mucho más sanguíneos. Sí, por supuesto, se dijeron a sí mismos, no es tan gran poeta, pero está aquí y debe hacer una lectura, porque accidental o no, menor o no, es cultura del corazón del imperio, la gente debe conocerlo, debemos hacer lo que sea necesario. Se aseguraron de reservar el Teatro Nacional para una noche, una noche para la sociedad y para que fuera un espectáculo realmente grandioso. Invitaron a todos los ministros, al presidente, a los senadores, y la noche de la lectura las mujeres llevaban trajes de noche y los hombres smoking, con la prensa en la primera fila. Si queremos saber lo que es provinciano, se dijeron los acólitos del poeta unos a otros, habrá que acudir, pero también elegantes. 

Al poeta arrojado por las aguas lo escoltaron hasta el teatro la directora de una revista, una mujer que caminaba como si estuviera buscando un lugar en la pista de baile del mundo, una mujer tranquila y bronceada, como de unos treinta, y una, pensó el poeta, que no tenía edad, una reina natural, se dijo a sí mismo, una reina natural, aunque cuando él escribiera sobre ella después, sabría que podía tener algo mejor que eso. Ella llevaba la blusa más abierta de lo que él estaba acostumbrado, pero no era eso, y ella le tendía el brazo como si lo escoltara con más calidez con la que lo haría una mujer de su país, pero no era eso. Quizá porque estaba en una tierra extraña, quizá porque casi se había ahogado, quizá porque había leído el Supplement au Voyage de Bouganville siendo joven, tenía la sensación de que conocía a esa mujer, que eran el uno para el otro y, sorprendiéndose hasta a sí mismo, le tomó la mano y rodeó la cintura, luchando los años de autodisciplina para evitar el contacto visual y mirarla directamente, atento al aire, con la fuerza sexual como de cobra, como de Houdini, de sus intensos y entrenados globos oculares. Ella alzó con calma su ceja, como dando mucho por sobrentendido, y le sonrió aviesa pero con cariño. “¿Nos dirigimos al teatro?”, le pregunto serena. 

En el coche, ella le preguntó qué tenía planeado para el programa. “Palabras”, le dijo, intentando no sonar condescendiente. Él estaba enamorado y ella no. “¿De memoria?”, le preguntó ella, amable, consciente de que estaba triste, intuyendo que tenía algo que ver con ella. “Palabras”, le dijo. 

“Sí”, dijo ella con aprobación, “son algo maravilloso y qué maravilla ser poeta”. 

Él se volteó para verla en su asiento, con el rostro enrojecido por la adrenalina, con las pestañas mojadas, con el pecho oprimido, cortándose las palmas de las manos con sus propias uñas. “Palabras es todo lo que tengo”, le dijo apenas, “para ofrecerte”. 

“Sí,” le dijo ella. Pero se detuvo, como hacemos a veces, prestando atención. Ella ya estaba a miles de kilómetros de allí, arrojada a una playa propia. 

  

IV 

Había una vez un hombre que se estaba volviendo ciego, inexplicablemente, en el mejor momento de su vida. Tenía la mandíbula cuadrada de una estrella de cine, los ojos del color de las hojas nuevas y lo que la gente llama facilidad con las mujeres, lo que quería decir que tenía un talento especial para prestar atención y mostrarse educado. Tenía unas largas pestañas preternaturales, como partes de alguna exótica flor negra, una risa abierta y el pelo negro y crespo que suele acompañar a las mandíbulas como la suya. Exudaba sentido de competencia, un sentido de que podría descifrar una vieja combinación o resolver una ecuación o quizá hasta pilotar un avión si se enfermara el piloto. Por qué estaba quedándose ciego, era lo que todos se preguntaban. 

Se enamoraba con frecuencia y mucho. Se percató del problema de sus ojos un día a fines del otoño, un día como otro cualquiera, cuando estaba sentando en un restaurante y se le ocurrió mirar al otro lado de la habitación y se dio cuenta de que había una joven profesional trabajando en su laptop en una mesita y que parecía sola. Estando él mismo solo y volteándose en su dirección se dio cuenta de que la estaba estudiando. Por razones que no podía explicarse, encontraba cada uno de los movimientos y actitudes de ella profundamente interesantes y conmovedores. Ella no estaba haciendo mucho, simplemente tecleando y parándose a pensar, estirándose de vez en cuando, colocándose bien en la silla, jugueteando con su pelo. Él pidió de comer y continuó vigilándola, teniendo cuidado de no mirarla demasiado fijamente, pero constantemente preocupado de lo que ella estaba haciendo. Él comenzó a sospechar que ella era consciente de él, también, y que ciertos movimientos eran para su disfrute. 

Esa mujer. Llevaba un vestido amarillo brillante de cuero con un sujetador negro y una camisola debajo y de su pie levantado colgaba una sandalia sencilla. Su pelo estaba revuelto, quizá también decolorado por el sol, ya que ella tenía lo que parecía ser un bronceado habitual, no del todo extraño en esa ciudad de playa. Se dio cuenta de que se agarraba, a intervalos regulares, el pelo del lado derecho de su cara, el lado que daba hacia él, y se lo colocaba detrás de la oreja derecha pero en la izquierda lo dejaba que colgara hacia el teclado de su laptop como un biombo japonés que se cerrara sobre la mitad del mundo. De vez en cuando su celular sonaba y ella se relajaba para hablar durante un par de minutos en algo que sonaba como español. Él comenzó esperar ansiosamente esas llamadas y a temerlas. Ella estaba tan animada cuando hablaba que, incluso a la distancia, él se sentía reconfortado y cuando ella se reía de los chistes de los interlocutores, él también sonreía. Pronto, se dio cuenta de que había comenzado a pensar en ellos como rivales. 

¿Rivales? Eso era una locura. Rápidamente decidió, medio riéndose de sí mismo, que tenía que conseguir hablar con ella. Justo entonces, todavía hablando por teléfono, ella se volvió y lo miró y sus ojos se encontraron. Esa mujer. Ambos estaban sonriendo, ella por su conversación, él por ella, y eso facilitaba que se reconocieran, como si fueran amigos, sin intercambiar sonrisas y después regresaran a sus propios asuntos. 

Él recordó la primera vez que había entrado en la Plaza de San Marcos en Venecia, después de haber estado vagando perdido por el laberinto de callejuelas, recordó cómo el esplendor barroco le había golpeado los ojos, revelando una categoría, una amplitud, una majestad de la hermosura que él nunca había sido consciente de que existiera. Esta mujer, la mujer de amarillo, no era la mujer más hermosa del mundo, pero de alguna manera lo tenía completamente arrebatado y se dio cuenta de que, como el día en que de repente se encontró en la plaza, estaba otra vez sorprendido por un cierto tipo de esplendor. Ella bajó el teléfono y volvió a teclear con un residuo de sonrisa. Él miró su comida y descubrió que todo se había vuelto un poco borroso, como si una niebla se hubiera deslizado sobre la mesa. Miró al mesero y no pudo reconocer sus facciones. Se frotó los ojos y miró a su alrededor, pero en todos los sitios las cosas se habían salido de foco. 

Volvió a mirar a la joven y ella, sorprendentemente, estaba tan clara como podía estar. Repitió el experimento y los otros comensales que estaban dispersos por el restaurante estaban borrosos, indefinidos, mientras que la mujer del vestido amarillo parecía que estaba salida de una pintura ultra—realista, con más detalles de los que el ojo podía descubrir, con una claridad tal que no era posible sin máquinas. 

Mientras él se percataba de eso, ella lo volvió a mirar, esta vez como interrogándolo, quizá incluso con un cierto reto en su cabeza inclinada. Él quería levantarse para hablar con ella pero ¿qué podía decirle? ¿Que por una razón que no podía explicarle de todo el mundo ella era lo único que veía claramente? ¿Que todo excepto ella se había vuelto borroso y sombrío y difuminado? ¿Que ella se le aparecía como un sueño con más realidad de la que tenía de hecho? ¿Que estaba celoso de su celular? ¿Que incluso, aunque no se habían conocido de verdad, él no podía imaginarse el mundo sin ella? ¿Que no verla era como no ver nada? ¿No pensaría ella que era un sinsentido romántico y blablero? ¿O peor, una obsesión clínica y peligrosa? Se levantó, dejó demasiado dinero en la bandeja de la cuenta y comenzó caminar con cautela entre las mesas para salir a la difuminada calle a mediodía. 

La miró por última vez, ahí sentada, brillante, y ella, como si lo anticipara, lo miró a él, sonrió y lo saludó con su mano. Él respondió al saludo pero se fue, de regreso a la oscuridad que reunía todo, e intentó encontrar su camino a casa sintiendo, de veras, que la muerte había comenzado su ascendencia. 

  


Había una vez una experta en reparaciones que, aunque al principio de su carrera había arreglado tostadoras, dientes torcidos, organigramas, tuberías de gas con fugas, corazones erráticos, luces que parpadeaban y lentes inestables, llegó a pensar que el reto más grande y su verdadera vocación era arreglar a los hombres. Se hizo tan famosa en su ramo que la mayor parte del tiempo estaba en la carretera, viviendo en hoteles, yendo a donde el negocio estaba, y cuando estaba en casa siempre tenía una larga fila de hombres que esperaban horas y horas en su camino de ladrillos. Allí estaban, esperando su turno en el tórrido sol de la isla, mordiéndose los sombreros, esperando llenarse de nuevo, ser aceitados, esperando ayuda, volver a ser preparados para encenderse, esperando la instigación propia. 

Con el tiempo, exitosa como era, llegó a resentir su vocación y por el motivo más obvio: arreglar las goteras de un tejado ganaba la interminable gratitud de toda la familia, pero arreglar hombres no tanto. El dueño de la tostadora siempre estaba agradecido pero los hombres que llegaban hasta su tienda de reparaciones por gente que ya estaba harta de ellos se marchaban, casi siempre, dejando sus quejas en la mesa que la experta usaba como mostrador. Inmediatamente olvidados por quienes los dejaban, nadie a su alrededor era capaz de apreciar su habilidad. Los hombres nunca parecían reconocer que ella había jugado una papel importante en su resurrección, excepto como parte de una audiencia accidental. De hecho, como suelen hacer los hombres, se la atribuían a sí mismos. 

Un día miró al techo en la sesión con uno de sus clientes. 

—Te tengo un acertijo —le dijo a él—. ¿Puedo? 

—Por supuesto —le dijo él, ya que asumió que era parte del diagnóstico. 

—¿Por qué me siento como una idiota? 

—Bueno —Eso, una pregunta flotando en un mar lleno de monstruos, estaba más allá del alcance del hombre y nada tenía que ofrecer—. ¿Una idiota? 

—Una idiota. 

Se lo pensó un momento. —¿Qué quieres que haga?  —le preguntó. 

—No te estoy pidiendo que hagas nada. Sólo te estoy diciendo. 

—¿Por qué una pregunta y por qué yo? 

—No lo sé. Estás aquí  —le dijo ella. 

—Bien —Bizqueó. 

—No sé qué estoy haciendo —dijo ella, sólo en parte dirigiéndose a él—. No sé por qué. No sé por qué he abierto esta puerta en lugar de otra. 

—¿Esta puerta? 

Dejó al hombre en la pequeña habitación que usaba como consultorio, salió, pasó la fila de hombres esperando que seguían su rastro con las cabezas bajas como si fueran vacas y corrió las once cuadras que la separaban del mar. Allí, con el débil romperse de la espuma en el arrecife como siempre había hecho y siempre hará, vio a un anciano tomar la mano de una joven, pasar su otro brazo sobre la cintura perfecta de ella y los dos desaparecieron en un relampagueo y una nube de humo. ¿Disfrutaría ella de un baile como ese algún día? Los hombres que ella arreglaba eran mejores de los que eran antes, es cierto, pero para cuando ella los enviaba de vuelta al mundo toda la poesía que había en ellos era la poesía que ella había puesto ahí. Ella quería un hombre que viniera con su poesía propia, con sus propias herramientas. Quería un hombre que la arreglara cuando llegase la hora, un hombre que pudiera darle algo de poesía de vez en cuando. Un poeta, eso es lo que necesitaba. 

Ese pensamiento la calmó un momento y, siendo como era una mujer práctica, se dio cuenta inmediatamente de que había tomado una decisión bastante razonable ya que los poetas, no como las estrellas de cine, los cowboys, los magnates o los astronautas, los poetas no eran la primera opción para muchas mujeres. Se sentó en la arena y observó el mar, como si esperara que un poeta apareciera en la costa dramática y milagrosamente. Miró a la joven, ahora con un anciano, andar sombría hacia la ciudad. La vida, decidió, era menos un aparato que arreglar que un acertijo que resolver. Quizá, pensó, no había nada que necesitara ser reparado. Miró al mar y, sin una razón que pudiera verbalizar, esperó la llegada del poeta.

Una garganta demasiado pequeña
Cybele Knowles

Traducción de Julián Etienne

Ray y Jill tenían una relación abierta, habían tenido una relación abierta los doce años enteros que llevaban juntos, algo que suena más difícil de lo que es. Su relación estaba gobernada por unas cuantas reglas sencillas establecidas democráticamente: Practica el sexo seguro, Dile a la otra persona qué tramas y No me dejes por nadie más. Pero hacía tiempo que ni Ray ni Jill aprovechaban sus privilegios de relación abierta. Estaban más viejos y no tenían la energía que acostumbraban. Habían ganado peso y perdido un poco de la confianza en sí mismos necesaria para dicha empresa. Y su círculo social se había, como un juego de Tetris, acomodado en una formación cerrada, resistente a la penetración de otras personas abiertas. 

Jill, quien tenía una mente activa, llenaba con hobbies el tiempo que previamente había gastado en citas: haciendo refrescos caseros, jugando juegos de rol y criando ratones estrambóticos. Trabajaba cruzando líneas hereditarias para obtener rasgos que apreciaba (pelajes moteados y personalidades agradables). “Aquí dentro huele a orines”, se quejó Ray. “No son orines”, dijo Jill. “Es almizcle de macho.” Ray no tenía energía para iniciar una discusión para llegar a acuerdos sobre los ratones, como mudarlos al patio o arrancarle la promesa a Jill de limpiar las jaulas con mayor frecuencia. La falta de energía era un problema muy serio que Ray experimentaba. No tenía energía para conversaciones ratoneras, no tenía energía para ejercer sus privilegios de relación abierta, no tenía energía para nada. Estaba tan cansando todo el tiempo y oscilaba entre un malhumor desmesurado y un profundo abatimiento. Unos círculos oscuros se habían instalado permanentemente bajo sus ojos. 

“Te sigo diciendo”, dijo Jill. “Hay algo mal con tu sueño. Creo que tienes apnea del sueño. Roncas y balbuceas y das vueltas. En verdad tienes que ir al doctor. En verdad. En verdad.” 

“Lo haré”, dijo Ray. Jill lo negó con su cabeza y cambió a un ratón de una jaula a otra. Ray padecía la común y corriente aversión masculina hacía los doctores. No iba a ver a ningún doctor. 

En su momento, no obstante, el destino dio un vuelco a Ray. Su agotamiento, cocinándose por varios años, estaba afectando su trabajo. Se quedaba dormido en su escritorio. Se quedaba dormido en las reuniones. A veces se dejaba caer con cuidado, como ave migratoria posándose por un rato sobre un árbol alto, en uno de los sillones de piel en la sala que está no muy lejos de la oficina del Director Ejecutivo. El jefe de Ray era comprensivo con los problemas de salud de Ray, aunque al final no tanto. Un día llamó a Ray a su oficina, le presentó un documento que enumeraba sus responsabilidades laborales y especificaba un plazo límite para su cumplimiento, y cortésmente le exigió que firmara al calce. 

“Está bien”, dijo Ray a Jill aquella noche. “¿Qué hago?” 

Jill trató de disimular lo satisfecha que estaba. Tenía miedo de que Ray no fuera después de todo si notaba lo satisfecha que estaba. Logró contener la mayor parte de su satisfacción, pero un poquito de ella se manifestó en la manera en que rápidamente arrancó una nota adhesiva del corcho que colgaba sobre el pequeño escritorio que compartían. “Aquí tienes”, le dijo. “Una clínica del sueño aprobada por el plan. Me metí en línea e investigué tu lista de proveedores calificados.” 

Ray llamó y le recomendaron un estudio de sueño. Tomó sus pijamas y su almohada y lo pusieron en este cuarto, con un colchón de la firmeza de su elección (firmeza mediana). Lo vigilaron mientras dormía. 

“Aquí no hay misterio”, dijo el científico del sueño a la mañana siguiente. “Usted se está despertando cientos de veces en una sola noche. Se despierta por un segundo y no se acuerda de ello en la mañana, aunque definitivamente se está despertando. ¿Lo ve en el video? ¿Lo ve? ¿Ve ahí? El problema con despertar cientos de veces por noche es el trastorno del sueño mor. Y bueno, usted en verdad no quiere eso. El  trastornos del sueño mor es la causa real de varios síntomas serios: fatiga, depresión, irritabilidad, pérdida de memoria, dolores de cabeza matutinos, libido reducida. A lo mejor hasta muerte de células neuronales.” 

“Te lo dije”, dijo Jill. 

Ray fue referido con un otorrinolaringólogo. Bastó un vistazo a la garganta de Ray para que el otorrinolaringólogo hiciera su diagnóstico. 

“Tu garganta es muy pequeña”, dijo. “Siempre ha sido algo pequeña, pero no es sino hasta hace poco que se volvió un problema. El problema es que ahora los músculos de tu garganta se han vuelto débiles. No sostienen la garganta como acostumbraban. Te acuestas, los músculos no hacen su trabajo, tu pequeña garganta se colapsa y el suministro de oxígeno se interrumpe. Después de unos cuantos segundos sin oxígeno, te despiertas por una acción refleja.” Sacó un tríptico. “Necesitas esta máquina, se llama cpap. ¿Respira en tu lugar? No respira en tu lugar. La máquina que respira por ti cuesta bastante más; no quieres ni saberlo. Ésta sólo fuerza el aire hacia adentro inflando la garganta. Es tu mejor segunda opción. ¿Y si no funciona? Si esto no funciona hacemos una operación que se llama uvuloplastia. Es cuando ensanchamos quirúrgicamente la garganta. Con láser.” 

El médico quiso decir despulpar, como a una manzana blanda. Ray se fue a la casa perturbado. 

“A veces no funciona”, le dijo a Jill. “¿ Y qué si no funciona y entonces me tienen que operar?” 

“Va a funcionar”, dijo Jill con firmeza. Ella era una persona racional y, por supuesto, jamás pretendería conocer el futuro. Pero veía la aprehensión en la cara de Ray y quería hacerlo sentir mejor. “Piensa en todas las personas con que funciona”, le dijo. “Tú puedes ser una de esas personas.” 

“Igual tienes razón”, dijo Ray, aunque no creía para nada que ella tuviera razón. “Tienes razón”, repitió con firmeza y llamó y ordenó el cpap. 

  

Las cosas deberían haberse puesto mejor en ese punto, pero luego siguieron tres meses de tire y afloje con el plan de salud. El seguro tuvo que recolectar los diagnósticos y las referencias con el médico general de Ray, la clínica del sueño y el otorrinolaringólogo. Luego perdió las referencias y los diagnósticos y tuvo que recolectar las referencias y los diagnósticos de nuevo. Luego se tomó su tiempito para tramitar la solicitud. Finalmente, tramitó la solicitud y el resultado de tantos trámites fue que negaran el tratamiento. Ray se puso al teléfono y le gritó a muchas personas. Jill le entró haciendo unas cuantas llamadas y otro tanto de gritos en su nombre. Todo ello era una monserga. Lidiar con las muchas burocracias involucradas enfurecía y fomentaba el ennui;  además, en todo ese tiempo Ray todavía no estaba durmiendo y funcionaba cada vez menos bien. 

La situación se tornó trágica cuando, mientras aún esperaban el cpap, Ray perdió su trabajo. Había estado dando lo mejor de sí, pero eso no fue suficiente. El jefe de Ray le mostró el documento que enumeraba sus responsabilidades laborales y especificaba una fecha de cumplimiento, con la firma de Ray en tinta azul al calce y allí quedó. 

Jill llegó a casa para encontrarse con Ray acurrucado en el sillón; una caja de cartón con sus efectos personales de la oficina descansaba en el piso a un costado del sillón. 

“No quiero llorar”, dijo Ray. 

“Está bien llorar”, dijo Jill. 

“No lo está.” 

“Sí lo está.” 

“No lo está.” 

“Ay, diosito”, dijo Jill. “Se me acaba de ocurrir algo. ¿Tu seguro todavía cubre el cpap?” 

Ray gimió. Jill le trajo el teléfono. “Háblale a la persona de prestaciones”, le dijo. “Deberías llamarle ahora.” Ray se desacurrucó un poco y llamó. La persona de prestaciones estaba fuera. Le dejó un mensaje y dejó caer el teléfono al piso. 

Se sentía completamente perdido, indefenso y desanimado, tan desanimado que el sentimiento de las visiones que había estado experimentando de sí mismo en el fondo de un profundo hoyo en la tierra se volvió literal. Él no creaba intencionalmente esas visiones. Le flasheaban encima y se sentían como mensajes de su mente animal. 

“Puedo hacerte un pregunta”, dijo Ray. «¿Por qué me amas todavía? Mira de cerca. En verdad, te invito. Soy un desastre. No funcionó. Me acaban de despedir. Y estoy gordo.” 

“Te amo porque eres Ray”, dijo Jill. 

“Creo que me voy a matar. Me voy a matar y así podrás encontrar a alguien más y llevar la vida buena que te mereces y que yo soy incapaz de darte.” 

“Ya párale”, gritó Jill. “Para, para, para.”  

Le arrojó un cojín temático de Star Wars de un lado a otro de la sala. Los ratones, alarmados, se revolvieron en sus jaulas. “Así que la estamos pasando mal. ¿Por qué? Porque sí. La vida tiene sus malos momentos, en general por razones fuera de nuestro control. Y casi todo está fuera de nuestro control. ¿No estaría de acuerdo con eso, Señor Licenciado en Filosofía? Y si estás de acuerdo con eso —y yo sé que lo estás— entonces no puedes responder a un mal momento con un 'Ay, soy un perdedor'. No tiene lógica.” 

“Pues, gracias”, dijo Ray, “pero Jill, perdí todo. Digo, te tengo a ti, pero quitándome a mí, no tengo nada. Incluso me he perdido a mí mismo. Ya no soy más yo mismo. Entonces, ¿cómo no voy a ser un perdedor?” 

Jill estaba muda. Después de un rato, Ray levantó la cara de sus manos para ver qué estaba pasando. Jill estaba nada más allí sentada, mirándolo. Pero qué rayos visuales le dirigía, llenos de una piedad implacable, como si fuera un ser diferente, superior. En ese momento se parecía muchísimo a Cate Blanchett como Galadriel en El señor de los anillos, específicamente cuando Galadriel ofrece regalos y advertencias a los hobbits en preparación a su viaje lleno de peligros rumbo a Moldor. Ray había visto el dvd con extras y sabía que cuando estaban filmando los primer planos de Cate, detrás de la cámara colgaron luces navideñas para que sus ojos tuvieran esos pequeñitos reflejos de luz tintineantes. 

“Es que sólo te la pasas hablando de perder cosas”, dijo Jill. “Lo que tenías, lo que no tenías, lo que quieres tener. Ray. Una persona no es pura acumulación. Una persona es energía.» 

“¿Qué?” 

“No podemos ser cosas o experiencias o talentos, ni siquiera nuestra alegría. Todo eso nos lo pueden quitar y, cuando eso pase, aún hay algo importante que queda. Como nuestra comprensión. Nuestro espíritu. Nuestra energía queda. Así que no pienses en ti mismo como todas esas cosas, Ray. No eres esas cosas. Eres energía.» 

Ray estaba un poquito desconcertado. ¿Cómo puedes vivir con alguien durante doce años, pensar que la conoces al derecho y al revés, hasta las manchas de sus calzones más viejos en la entrepierna, y de pronto te sale con esta joya que ni siquiera sabías que existía y que, por tanto, menos sabías que todo este tiempo había estado en su posesión. Es como si Jill le hubiera entregado una espada mágica y dicho: “Anda, vasallo mío. Sabes qué hacer”. ¿De dónde sacó la espada mágica? A lo mejor estaba leyendo de nuevo sus libros de paganismo. Ray resolvió no molestarla más con eso. La quería tanto. Se frotó los ojos con la manga de su pijama. 

“Si somos energía y no acumulación, entonces por qué tenemos tantos ratones”, preguntó. 

“Cállate”, dijo Jill. 

  

El problema fue que al día siguiente; la señora de las prestaciones llamó y sin ninguna humanidad informó a Ray que debido a su despido el seguro no cubriría el cpap en trámite a menos  que tuviera un seguro cobra. El seguro cobra costaba 498 dólares al mes. 

“Bandidos”, dijo Jill. “Estos bandidos.” 

“La puedo hacer sin ella”, dijo Ray, y su voz sonaba pequeña y distante, viniendo como era del fondo de un lugar oscuro. 

“No puedes hacerla sin ella.” 

“Sí, sí puedo. Además no creo que tengamos opción. Ésta es una de esas cosas fuera de nuestro control. Casi todo está fuera de nuestro control. Tú lo dijiste. ¿Te acuerdas?» 

“A quién le importa lo que dije”, dijo Jill. “Tengo que pensar un segundo.” Se paró, alimentó a los ratones y preparó unos sándwiches de mermelada con crema de cacahuate para ella y Ray. Se comieron los sándwiches. Jill puso los trastes en el fregadero, tomó para ella una cerveza de raíz hecha en casa y se sentó de nuevo en el sillón. “Hay algo que podemos hacer”, dijo. Le dio un buen trago a la cerveza de raíz. “Podemos casarnos. Entonces tú podrías seguir con mi seguro médico. Sé que hemos estado esperando hasta tener dinero para la boda. Y para cuando te sientas listo. Pero podemos hacer esto, podemos sólo ir al registro civil y casarnos sin hacer por ahora la ceremonia. Y sin decirle a mi mamá y mi papá porque se van a sacar cabrón de onda. Después, cuando las cosas mejoren, podemos tener la boda. 

Se dirigió a las jaulas de ratones y sacó a su ratón preferido, un macho pinto, blanco y naranja, que se llamaba Pumpkin Pie, y regresó al sillón. Pumpkin Pie, que no quería que lo sujetaran, revolvía y azotaba la cola. Jill ahuecó las manos a su alrededor y se calmó; vibraba en protesta contra sus dedos sólo de vez en cuando. “Supongo que no sé si en verdad pienses que te gustaría casarte. Conmigo, quiero decir. ¿Quieres?» 

No era una pregunta fácil de contestar. La mayor parte de Ray quería casarse con Jill salvo el tres por ciento de él horrorizado con casarse, porque ese tres por ciento simplemente no podía ver el matrimonio como cualquier otra cosa que no fuera el fin de la línea, el fin de la juventud, el darse por vencido. 

“Me retracto”, dijo Jill. “Todavía piensas que tu vida se acabará cuando te cases.” 

“No, no lo pienso.” 

“Sí, sí lo piensas.” 

Ray estaba cagándose de miedo por completo. Ya antes había estado igual de cagado de miedo, mientras daba una vuelta de tres puntos en una van de catorce pies sobre una entrada con pendiente de cuarenta grados. Estaba seguro, absolutamente convencido, de que al maniobrarla hacia un ángulo recto con la pendiente se volcaría, y aunque no se muriera en el proceso, volver a ponerla de pie sería una tarea de impresionante dificultad. Probablemente tendría que contratar a un equipo de elefantes para levantarla y, ¿cuánto costaría eso? Pero todas sus cosas estaban en la van y tenían que llegar al nuevo departamento y todo dependía de él. Así que apretó los dientes y giró la van. El pavimento se volcó en dirección a la ventana del conductor y le pareció ver cada una de sus grietas y piedritas, pero la van no se cayó y la lección fue que a veces se tiene miedo cuando no se necesita tenerlo. “Chingue su”, dijo. “Que se chingue el tres por ciento.” 

“¿Qué?» 

“Jill, me quiero casar contigo. Mientras sepas que no es sólo por el seguro médico. Quiero casarme contigo porque eres increíble. Pienso que eres la persona más increíble que he conocido.” 

“¿De verdad?”, dijo Jill. Estaba tan contenta y sorprendida como la primera vez que se lo dijo, hace unos doce años. 

“De verdad”, dijo Ray. 

“¿Pero seguiremos abiertos, no?» 

“Sí”, dijo Ray. “Vamos a casarnos abiertamente.” 

“Bueno, ¡entonces va!”, dijo Jill, riéndose como un payaso chiflado. Puso a Pumpkin Pie de regreso en su jaula y le dio un abrazo grande y un besote a Ray. “Eso es lo que quiero.” 

“La nena consigue lo que la nena quiera”, dijo Ray. 

“Eventualmente”, dijo Jill. 

Y cuando lo hicieron, parados juntos en el juzgado, vistiendo sus ropas más lindas, que para ser francos no lo eran tanto, Ray sacó su espada mágica y dio muerte al tres ciento de sí que no distingue que la mula es negra ni con los pelos en la mano, y dijo “Sí acepto” con verdadero sentimiento. Y luego se fueron a Midway Molina’s por cervezas, chicharrón de queso y enchiladas de carne, y luego fueron a casa y Jill habló con su persona de prestaciones, y puso a Ray en su seguro. Y después iban a tener sexo, el primer sexo matrimonial de su vida, pero toda la comida mexicana que comieron y toda la cerveza que bebieron los hacía sentirse pesados y somnolientos, y así en lugar de tener sexo sólo se quitaron los pantalones, se tendieron y se quedaron dormidos. 

  

Finalmente llegó el cpap. Ray puso la caja sobre la cama y desempacó los componentes mientras Jill despejaba su mesa de noche. Puso el módulo principal sobre la mesa, atornilló la manguera a la embocadura y sujetó la mascarilla por el cabo de la manguera. Giró la perilla de presión hacia alta y oprimió el botón encender. el cpap parpadeó, una serie de rápidos parpa-diodos, y cobró vida. Conforme el aire empezó a fluir, la manguera ligeramente se enroscó. 

“Vamos a probarla”, dijo Ray. Colocó la mascarilla, ribeteada con goma suave de color gris, sobre su boca y nariz. Estiró la banda elástica atada a la mascarilla sobre su nuca. La presión del aire hacía sentir su boca extrañamente espaciosa, como una arcada o un atrio. Ray miro a Jill. Su cara estaba dispuesta en una expresión neutral. 

“¡Ay Dios, ay diablos!” La mascarilla amortiguaba su voz. 

“Podría ser mucho peor”, dijo Jill. “Podrías tener leucemia. Podrías haber sido atropellado por un conductor borracho y quedado paralítico de la cintura para abajo.” 

Ray se quitó la mascarilla y apagó la máquina. “Más vale que funcione”, dijo. “Pinche chingadera que tantos pesares ocasionó.” 

“Pensemos en eso más tarde”, dijo Jill. 

Esa noche, Ray se puso la mascarilla de vuelta y se acostó. Jill se inclinó sobre él, localizó un área de su cara que no estuviera cubierta por la mascarilla y lo beso allí. 

El cpap siseaba. 

“Es como dormir con Darth Vader”, dijo Jill. 

“Gracias por eso”, dijo Ray. Alargó la mano bajo las cobijas y tocó su cadera. Ella alargó la suya y tocó su panza blandita. Después retiraron sus manos y se apartaron  creando un hueco entre ellos con el propósito de dormir mejor. Ray se esperanzaba. La esperanza era una emoción que inducía ansiedad e insomnio, pero, afortunadamente, la fatiga de tanto meses pesó más que la esperanza. Sin advertirlo, empezó a sentirse menos esperanzado, más adormilado, más adormilado aún, y se quedó dormido. Cuando despertó, se sentía tan descansado, por primera vez en tantos años, que ni siquiera le importó haber llegado a la etapa de su vida donde necesitaba de equipo médico para seguir vivo. 

  

“Ahora que te sientes mejor, estoy segura de que encontrarás trabajo”, dijo Jill. 

“Estoy buscando”, dijo Ray. Y estaba. Mandaba su currículum a todas partes. Nadie llamaba de vuelta. Ray y Jill habían sido pobres antes, entre los pagos del coche y los pagos del préstamo universitario y la tarjeta de crédito. Pero ahora eran muy pobres. Pobre como es pobre la clase media americana: pobre de quincena a quincena. Empezaron a comprar en tiendas de segunda mano, panaderías del día de ayer, bodegas de descuento, la tienda de a dólar. Lo convirtieron en un juego. Cuando alguien de ellos daba con una ganga, la otra persona le entregaba el Dólar del día. Cuando Ray llevó a casa un pollo en rebaja, Jill dijo, “Te sacaste el Dólar del día”. Cuando la canasta de la ropa se rompió y Jill encontró su repuesto en una venta de garaje/bazar por veinticincos centavos, Ray dijo, “Te sacaste el Dólar del día”. Aunque, de hecho, ningún dólar se intercambió. 

Ray seguía sin conseguir trabajo y por fin Jill dijo: “Creo que deberíamos pensar en venderlos”, y Ray dijo: “Sí, okay, tienes razón”. 

Estaban hablando de sus figuras coleccionables de Star Wars, las únicas cosas de valor que Ray y Jill poseían. Sus muebles eran los mismos muebles baratos de aglomerado que habían adquirido mientras eran pasantes de licenciatura, su computadora tenía seis años y su ropa era la clase de ropa que las señoritas en las tiendas de ropa usada jamás comprarían. Ray abrió una cuenta en eBay y PayPal y comenzó a enlistar las figuras. Se vendieron y los pagos de cuarenta y cincuenta y más dólares hicieron mucho para levantar el espíritu y el ánimo. El levantón/empujón más grande llegó cuando Ray vendió su pieza estrella, un esb 45 Back Boba Fett afa 80 sin usar y en caja por 1.138,95 dólares. 

Jill sonrío. “Eso es el pago del coche, la renta y parte de la tarjeta de crédito por la que siguen llamando.” 

“Casi y no voy a extrañar a este tipo”, dijo Ray. “Vuelvo enseguida. Resulta que el comprador vive en Speedway y Craycroft, así que se lo llevo en coche.” 

“Cuando llegues a casa le voy a hacer: '¿Oye, es el dinero en tu bolsillo o estás contento de verme?'” 

“Serán ambas”, dijo Ray y besó a Jill y salió por la puerta. 

  

El problema fue que, entre que se fue y regresó, Ray se acostó con una mujer llamada Rumer, quien era la compañera de casa del tipo que compró el Boba. 

Cuando llegó a casa, Ray le contó a Jill sobre Rumer, en virtud de las reglas de su relación abierta. Jill estaba friéndose unos huevos para cenar. 

“Wow”, dijo. Estaba parada allí con su mandil amarillo, sosteniendo una espátula. “Es como un comercial de autos. De cero a cientocincuenta en veinte segundos. ¿Te divertiste?” 

Ray pensaba en cuando Rumer se sacó el vestido por la cabeza y sus rizos cafés se alzaron y vio por primera vez su cogote. Pensaba en el trasero de Rumer, uno pequeño y lindo. Era un culito, en absoluto un bote, definitivamente un culito.  Pensaba en cómo Rumer guardaba sus condones en un Sr. Cabeza de Papa. Se daba cuenta de que no podría pasar la noche con Rumer porque necesitaba el cpap para dormir, y el cpap estaba aquí en casa, aunque quizá por ahora no debería preocuparse de eso. 

“Sí, estuvo divertido”, dijo Ray. 

“¿La vas a volver a ver?”, preguntó Jill. 

Ray tomó la espátula de la mano de Jill y dio vuelta a los huevos en el sartén. “Tengo su número de teléfono.” 

“Me da gusto”, dijo Jill. “Quiero que te diviertas. Mereces divertirte después de cómo la pasaste.” Sacó un plato pequeño de la alacena, le puso los huevos y tomó un tenedor del cajón. Se sentó a la mesa de la cocina y comenzó a comer. 

Cuando Jill y Ray tenían diecinueve años fue Jill quien trajo a colación todo el concepto de las relaciones abiertas. “Esto es lo que creo”, dijo. “Creo que no hay suficiente amor en el mundo. Así que cuando el amor te llega tienes que agarrarte fuerte a él y atesorarlo. Tanto como dure.” Cuando dijo eso, estaba sentada sobre una roca bajo un pino inmenso a la mitad del Parque Nacional Wallowa Whitman, en Oregón. Sus ojos azul claro lo miraron directo, y él sintió que estaba en la presencia de un ser sabio. 

Jill tenía celos de Rumer. Ray podía verlo por la manera en que Jill se comía sus huevos: muy cuidadosamente, como para no delatar sus emociones. Los celos sólo eran una parte normal de las relaciones abiertas. Jill y Ray tenían una regla al respecto: Entiende y controla tus propio celos, dando a conocer necesidades insatisfechas si son el problema que les subyace. 

Ray sabía lo que Jill había hecho. Había compartido sus problemas. Adicionalmente, nunca se quejaba del  chorro de aire que salía de la mascarilla del cpap y  toda la noche soplaba en su nuca. Ray pensó en dejar a Rumer por Jill. Jill jamás se lo pediría. Pero si él lo hiciera, le quitaría un pequeño problema a Jill. Era algo que podía hacer, pero buscando en todo su corazón, adentro y afuera y en cada uno de sus rincones, no encontraba las ganas de hacerlo. Rumer le había lanzado esa mirada que los amantes nuevos y felices se lanzan, la mirada que dice, Wow, jamás imaginé que algo tan bueno como tú pudiera pasarme, y aunque Ray sabía que esa mirada no llega y llega, y que con frecuencia le siguen miradas que significan exactamente lo contrario, necesitaba que alguien lo mirara de esa manera, con ese amor hacia él, porque, en ese momento, no sentía suficiente amor propio para terminar el día. No entonces. 

Jill y Ray levantaron la cocina. Ray vio la TV y Jill se conectó en línea para jugar juegos de rol. Se pusieron sus piyamas y se metieron a la cama y leyeron sus libros hasta que estuvieron a punto de quedarse dormidos. Apagaron sus lamparillas de noche y se fueron a dormir. 

A mitad de la madrugada, algo fuerte agarró la garganta de Ray, asfixiándolo. Gritó. Jill ya estaba encendiendo la lámpara y revisando el cpap. 

“Está prendido, está funcionando”, dijo escudriñando la cara de Ray. 

“Ay, no”, dijo Ray. Se quitó la máscara y se sentó. “Podrá estar funcionando, pero parece que ya no funciona conmigo.” 

“¿Estas seguro?” 

“Voy a necesitar la operación.” 

“Ay, Ray”, dijo Jill. 

Y le echó tal mirada, una mirada distinta a las que había recibido recientemente. La mirada le dejó una profunda impresión y pensó mucho en ella durante los eventos que siguieron: las citas con los doctores y la siguiente etapa de líos con el seguro y la uvuloplastia y el hecho de que su voz quedó permanentemente muy distinta después de la operación, lo cual perturbaba a todo mundo. La mirada que Jill echó a Ray esa noche era una mirada de compasión que le emanaba no porque ella fuera Jill y él  fuera Ray (no estaba, esa noche, particularmente entusiasmada con todo esta cosa-entre-Jill-y-Ray) sino porque él sufría y ella estaba allí para presenciarlo, tan simple como eso. Atestiguar sus apuros engendraba en ella un amor casi de naturaleza arbitraria, pero no menos fuerte por surgir al margen de particularidades. Ray pensó en todos los diferentes tipos de amor que existen y en los muchos de los varios amores que inexplicablemente había sido afortunado de recibir, a pesar de ser una criatura tan lastimosa y desafortunada. Había qué tomar el amor que te llegara y agarrarte fuerte a él. En la cama, Ray y Jill estrechaban sus manos. Sólo míralos ahora: sobre una cama de aglomerado, en una casa de tablarroca, junto a una hilera de viejos apartamentos, a la mitad de la noche, todo mundo alrededor  durmiendo. 

Coma algo
Marie-Helene Bertino
Traducción de María Pilar San Román

Estaba detrás de una camioneta en una señal de stop. 
El conductor aparcó. Él y su mujer salieron e hicieron ademán de encaminarse hacia mi coche. Bajé la música. La mujer llevaba una sudadera de Piolín. Eché el seguro de la puerta. El hombre dio unos golpecitos y me indicó con gestos que bajara la ventanilla. 
—¿Sí? —dije. 
Me saludó con la mano, aunque no hacía ninguna falta. 
—Me llamo Gary Applesauce y esta es mi esposa, Pilar —la mujer hizo un gesto de saludo con la mano—. Queremos saber qué es lo que le gustaría que estuviéramos haciendo mejor. 
Tenían el típico rostro amorfo y ancho de la gente amigable. 
—¿Cómo dice? 
Estábamos hablando en voz bastante alta, ya que yo no había bajado la ventanilla. 
—Acaba de tocarnos el claxon, y lo tocó en el cruce de Verree con Greene, y en el de Verree con… 
—Bustleton —terminó la mujer. 
—Esperan cinco minutos en las señales de stop —expliqué—. Y tengo que llegar a la tienda de ultramarinos. 
El hombre movió la cabeza afirmativamente; realmente estaba reflexionando sobre el asunto. 
—Ya entiendo. ¿Y el bocinazo de unas calles atrás? 
—Eso fue un error —reconocí—. Estaba dándome cabezazos contra el volante y el claxon saltó. 
Les hice una demostración. 
—El tiempo de la gente es importante. 
Miré por el retrovisor. Un hombre y dos niños nos miraban reprobadoramente desde su coche. 
—¿Podría escribirlo? —me pidió la señora Applesauce. 
—¡Eso! —dijo el hombre—. Haga una lista. 
—Creo que cada uno debería volver a su coche —repuse. 
El hombre frunció el ceño. 
—Queremos aprender. 
—¿Quieren que les escriba una lista de lo que podrían estar haciendo mejor? 
La pareja palmoteó. 
—No tengo bolígrafo —dije. 
La mujer me pasó uno. 
Siempre tengo un bloc en la guantera, para las ideas brillantes. 
Escribí: 
  
Señales de stop: mire izquierda-derecha-izquierda, ¡y continúe! 
Tenga presente a los conductores que tiene detrás. 
  
Y, como una gracia, añadí: Coma algo. 
  
Bajé la ventanilla y se la entregué. Cuando llegó al Coma algo, sus ojos se humedecieron. 
—Cada vez que intento comer, me viene a la cabeza mi perro: lleva varios días desaparecido. 
Los Applesauce intercambiaron una mirada de tristeza. 
—Blitzer —dijo la señora Applesauce—. ¿Cómo lo ha sabido? 
—Me lo he inventado —contesté. 
La mujer aplaudió. Era de esa gente a la que le gusta aplaudir. 
—¡Hágame una lista! 
Cada vez había más coches detrás de nosotros. 
—Comparta la de él. 
—Quiero una para mí —frunció el labio: una mujer casada con sobrepeso que hacía mohines—. No es necesario que sea sobre cómo conducir. 
Escribí: 
  
No comparezca con las manos vacías. 
Peque mejor por exceso de amabilidad. 
¡Utilice hilo dental!. 
  
La mujer apretó la lista contra el pecho. 
—Ya me veo aprendiendo. 
En ese momento apareció el conductor del coche de detrás del mío. Llevaba unas gafas de sol propias de alguien más joven. 
—¿Qué es lo que sucede? —preguntó. 
—Está escribiendo listas —explicó la señora Applesauce—. Mira. 
El hombre leyó la lista y se quitó las gafas de sol. 
—Quiero una. 
—Tengo que llegar a la tienda —dije. 
—Todos tenemos que llegar a la tienda —repuso el hombre. 
Escribí: 
  
Sea amable consigo mismo. 
Llámela. 
  
Sus niños daban botes arriba y abajo junto a la ventanilla, pidiendo listas. Puse manos a la obra. 
—“Come más verdura” —leí en voz alta. 
Todos se rieron. 
Un policía frenó y preguntó qué es lo que sucedía. Los Applesauce se lo explicaron mientras yo terminaba las listas para los críos. 
Para el poli escribí: 
  
Deje de salir con mujeres que no lo estimulen. 
Escuche música más alegre. 
  
—¡Bravo! —exclamó—. Me ha calado. 
Los coches que había detrás del coche de detrás de mí empezaron a dar bocinazos. El policía fue avanzando por la fila dando explicaciones. Perdí de vista a los Applesauce cuando mi ventanilla se llenó de desconocidos que querían su propia lista. Se las di. 
  
Manténgase en sus trece. 
Deje de sentir odio hacia los ancianos. 
No necesita tantas servilletas. 
Vuelva a la enseñanza. 
  
Poco después, el Señor Gafas de Sol metió la cabeza por mi ventanilla. 
—¡La he llamado! —me dijo—. ¡Y me ha perdonado! 
La muchedumbre lanzó una ovación, y sus barrigas se apoyaron contra mi puerta. 
—¿Ya ha tenido tiempo de poner algo en práctica? —le pregunté. Y añadí—: Tengo que llegar a la tienda de ultramarinos. 
Se oyó una voz: 
—La tienda de ultramarinos está cerrada. 
Había demasiada gente para que pudiera ver algo por el parabrisas. Por encima de las cabezas vislumbré las farolas, encendidas. El poli había cortado la calle. Un hombre vendía botellas de agua que sacaba del maletero. 
—¿Se ha puesto ya el sol? —pregunté—. ¿Dónde están los Applesauce? 
—¡Qué más da! —replicó un hombre—. Listas. 
  
Siéntase orgulloso de esos ojos tan llenos de vida. 
Cultive sus amistades. 
Practique el decir no. 
  
—¿Me da una botella de agua? —pedí—. Tengo la garganta seca. Y se me ha terminado el bolígrafo. 
El hombre del maletero me gritó: 
—Cinco dólares. 
—¿No es demasiado para una botella de agua? 
Alguien me pasó un bolígrafo. 
—Escriba —ordenó la multitud. 
—Tengo que irme ya —repuse. 
—¡Cabrona! —gritó alguien. 
Intenté subir la ventanilla. Algunos dedos se colaron por la abertura. 
Me temblaba la voz. 
—Por favor, apártense de mi coche. 
Había varios hombres corpulentos entre la multitud. El coche empezó a balancearse por su peso. Serpientes que decían amenazadoramente: listas, listas, listas. 
—¡Estoy siendo educada! —dije—. ¡Se lo estoy pidiendo con buenas maneras! 
El balanceo fue a peor. Apreté el claxon. Esto pareció enfurecerles más porque los gruñidos aumentaron de volumen. Oí cómo algo arañaba el maletero. Un chico se había subido encima. Levantó el brazo, con las mejillas brillando a la luz de las farolas. Y en la mano, un ladrillo. 
Bajé la mirada y me dio tiempo a leer mi lista de la compra antes de que el ladrillo golpeara: 
  
Pan, huevos, leche. 

A Light that Never Goes Out

Garth Risk Hallberg

Traducción de María Pilar San Román

Como si de veras necesitáramos que DiRossi nos dijera “mantened la calma, no os dejéis llevar por el pánico, no va a pasar nada”; para entonces, habíamos realizado el simulacro tantísimas veces que ya casi lo teníamos integrado en nuestra placa base. Desde el fondo de la clase observé a los chicos levantándose de sus pupitres como sonámbulos y dirigiéndose en fila hacia la puerta; lo que se asemejaba bastante a cómo terminaba habitualmente la quinta clase, salvo porque en esta ocasión nadie hablaba ni se quedaba rezagado para hacerle la pelota al Sr. D. Era ese orden (el inusual silencio) lo que revelaba que existía una cierta inquietud. 

Eso, y cómo todo el mundo se llevó las mochilas y bolsas. En teoría, no debíamos preocuparnos por nuestras pertenencias. Las instrucciones que siempre nos habían dado eran que dejáramos allí los libros, los trabajos y la ropa de deporte. Cuando se daba la señal de que había pasado el peligro, volvíamos a clases que hacían pensar que se había producido la segunda venida de Jesucristo para llevarse a todos sus fieles: lápices abandonados en mitad de la frase, pupitres en los que se amontonaban pañuelos de papel, bolsas tiradas por los pasillos como si fueran cadáveres… Pero esta vez no se trataba de un simulacro, según el Sr. DiRossi, y ni por asomo pensaba dejar allí mis pasquines, mi reproductor de compactos y a mi Morrissey (mi vida, en dos palabras). 

El insólito silencio se mantuvo mientras atravesábamos los campos de fútbol camino del edificio de los vestuarios: la zona segura que nos había sido asignada. La Academia Ellicott estaba situada en lo alto de una colina de Georgetown, lo que comportaba máximo sol para los campos de deporte y máxima fatiga en las clases de educación física que se desarrollaban en ellos en esa época del año. Los senderos que el encargado del mantenimiento había segado se distinguían perfectamente: franjas verdes intercaladas como bandas en una bandera gigante. Se olía el yeso de las líneas de demarcación. Una ráfaga de aire embistió contra mi pelo engominado. 

Allá en lo alto, un reactor surcó el cielo, y las cabezas se alzaron inquietas para seguir su vuelo. Kate MacArthur, unos diez metros por delante de mí, no despegó la mirada de sus zapatos. En un mundo más lógico, tal vez hubiera alargado el brazo para apartarle una mano de la agenda que tenía aferrada contra el pecho; pero, en este, bastante estaba teniendo con mantener el tipo. 

Intenté imaginar lo que mis padres estarían haciendo en esa impecable tarde de tarjeta postal de ese veranillo de San Martín: mi padre dejar su taza de té encima de una pila de exámenes; mi madre clasificar la ropa sucia en la mesa de la cocina, registrando los bolsillos de mis pantalones y olisqueando mis camisas. Desde el 2001, mi madre tenía la pequeña televisión de la repisa de la cocina encendida todo el tiempo, casi como si estuviera impaciente por que se produjera otra crisis. Me imaginé a mi padre saliendo de su estudio para averiguar la causa de sus gemidos. Deteniéndose un instante delante de las escaleras que llevaban al ático. Considerando la posibilidad de arrancar el póster del inglés que lo miraba despreocupadamente desde la puerta que yo mantenía cerrada siempre. Él la tranquilizaría: “¿Dónde va a estar el chico más seguro que en el colegio?”. Le recordaría: “No queremos reaccionar de manera exagerada, Geeta; es hoy cuando tiene el gran examen. Seguro que sólo se trata de un malentendido”. 

Una voz familiar me habló; bueno, me habló prácticamente al oído. 

—¿Qué es lo que pasa? 

Simon se había adelantado a sus compañeros de la clase de contabilidad de la quinta hora para darme alcance. 

—Probablemente nada. 

—Pero os han sacado del PSAT. N. de la T.: El PSAT, Preliminary Scholastic Aptitude Test, es un examen estándar que realizan en Estados Unidos aquellos estudiantes que desean ingresar en la universidad y que sirve de preparación para el examen definitivo, el SAT.  

—Cierto. Entonces es que pasa algo. 

A veces se comportaba como un crío… 

—¿Es que no te parece preocupante? 

—¿Y qué gano con preocuparme? Haz como si no fuera más que una de esas fiestas para animar a nuestro equipo, ¿vale?; finge que vamos a que hagan unas fotos de la clase. 

Durante un rato continuamos caminando en silencio. Luego Simon dijo: 

—En serio, Pankaj, a veces me pregunto si eres humano. 

Un día normal no hubiera dejado que eso quedara así; pero no se trataba de un día normal… y aunque últimamente su necesidad de mí me ponía de los nervios… bueno, al menos… Pues eso, que a todo el mundo le gusta que lo necesiten. 

Me había fijado en él mi primera semana en la Academia: el pelirrojo con las botas de combate y el parche de The Smiths en la mochila, traía su propio almuerzo para comérselo fuera. Los pantalones militares y los puños de las camisas bastante por encima de las muñecas proclamaban a gritos: estudiante becado. Algunos días después me escabullí de la mesa donde había comido el almuerzo en solitario y lo encontré sentado en un muro de ladrillo bajo en el exterior del edificio de secundaria, sacando palomitas con sus uñas pintadas de una grasienta bolsa de plástico. No estaba leyendo, ni haciendo los deberes, ni ninguna otra cosa, sino que se limitaba a mirar fijamente hacia la zona de la montaña donde dejaban de crecer los árboles. Resultó que a Simon no le gustaba Morrissey, ni en solitario ni con The Smiths. 

—Es que me gusta el parche —me explicó—. Soy artista. 

(Intenté no tenerle en cuenta estas cosas). 

No es que empezara a quedarse a dormir en mi casa, ni que yo fuera a la suya. Sabía que su madre trabajaba y que su padre había desaparecido del mapa, y eso era todo. No nos mandábamos correos electrónicos, no hablábamos por el móvil y tampoco nos enviábamos mensajes. Sin embargo, durante todo ese primer año, cuando necesitaba a alguien con quien sentarme durante el almuerzo o la asamblea, o a alguien que me hiciera las ilustraciones para mi campaña Meat is Murder, allí estaba Simon. La gente hablaba de él a sus espaldas, ¡cómo no! Como, por ejemplo, aquella primavera después de que empezara la guerra, cuando su número de teléfono apareció durante varias semanas en el interior de uno de los retretes del vestuario. Pero si en algún momento todo eso lo molestó, no hizo ningún comentario; así que yo tampoco lo hice. Yo pensaba que la gente era idiota, y en cualquier caso, a nuestra edad, ¿quién podía saber qué es lo que le iba o quién era él exactamente? 

Y lo volvió a intentar. 

—¿Y qué tal el PSAT? 

—Siempre sabes justo qué decir en cada momento. 

—Seguramente os lo repetirán, ¿no? 

—¿Tengo pinta de tener ganas de hablar de eso? 

Más silencio. Los zapatos hendiendo como guadañas los montones de hierba cortada. 

—Me refería a si eres humano o si es que has evolucionado hasta dejar atrás el miedo —dijo—. Intentaba ser un halago. 

Sin embargo, yo estaba demasiado absorto para sentirme halagado. Mi cerebro era una radio que sintonizaba demasiadas emisoras al mismo tiempo. 

  

Un poco antes esa misma tarde, cuando estaba escuchando Bona Drag, vi a la directora. Espectralmente delgada, con el pelo rubio de bote rodeado por un halo de fluorescencia del pasillo, deambulaba a una discreta distancia de la puerta. Era la primera vez que la veía en el edificio de secundaria: cabía la posibilidad de que fuera la primera vez que realmente lo pisaba. De vez en cuando nos honraba con su presencia en la asamblea; pero generalmente era un poder invisible, una especie de divinidad, de la que se habla pero a la que nunca se ve. Apreté el botón de pausa, escondí los auriculares en la mano y esperé para ver si se había fijado en ellos. A pesar del acuerdo que tenía con el Sr. DiRossi, estaba plenamente familiarizado con la política oficial de la Academia en lo relativo a la utilización de estéreos personales durante las horas de clase. 

Los chicos de las filas de pupitres que había entre nosotros continuaban agachados sobre las hojas de respuesta del examen, sin percatarse, por lo visto, de la presencia de la directora. Me recordaban las miniaturas tridimensionales del museo Smithsonian: cavernícolas de plástico agachados alrededor de hogueras de mentira. Bajo la luz que zumbaba débilmente, la coleta de Kate MacArthur brillaba como sacada de un anuncio de productos para el cabello al alcance de mi mano. El Sr. DiRossi continuaba deambulando por los pasillos. Por la manera en que movía la cabeza afirmativamente, se habría pensado que estaba supervisando una tarea auténticamente crucial: la redacción de una nueva constitución o algo por el estilo. Con el lento palmoteo de los zapatos de DiRossi contra el suelo y el crujido de los lápices del número dos, la directora resultó prácticamente inaudible. 

—¿Podríamos hablar un momento? 

De camino hacia la puerta, el Sr. DiRossi me miró y articuló en silencio: 

—Vigila la clase. 

Supongo que pensaba que nuestro pequeño acuerdo en relación al PSAT me había convertido en su mano derecha, o a él en una especie de Paqui Honorario, pero una vez se hubo cerrado la puerta y cesado el golpeteo de la ventana cubierta de escarcha, me volví a poner los auriculares. DiRossi no era distinto al resto de los miembros del cuerpo docente, para los que yo no era realmente una persona, con sus necesidades y deseos específicos, sino un alumno víctima de la moda, un nombre extranjero en la lista de alumnos, alguien a quien sonreír cuando andabas buscando algo (un miembro de una minoría, una opinión discrepante para el periódico escolar) y a quien, por lo demás, prácticamente podías ignorar. 

Apreté el play, y Morrissey retomó sus quejas contra el decadente mundo occidental. Sus ojos de párpados caídos me estudiaban a través del plástico rayado de la caja del CD. Tenía el pelo cardado y fijado con laca en un tupé. La boca parecía estar burlándose de la cámara con un ligerísimo indicio de sonrisa. En una reciente competición de gritos, había intentado explicarle a mi padre lo que veía en Morrissey, pero hasta ese instante, rodeado por los alumnos que hacían crujir los lápices, no se me había ocurrido que con Morrissey nunca se sabía cuánto había de ironía y cuánto de sinceridad. Simon hablaba por los codos de The Cure, pero resultaba fácil, suponía yo, admirar a aquellos que tenían el corazón a la vista de todos. Siempre se sabía lo que sentían. Sin embargo, Morrissey exigía una devoción más selecta, porque si creías que habías descubierto qué es lo que se escondía detrás del pelo cardado y la sonrisa sardónica… bueno, era tu problema. Más selecta y, por lo tanto, más pura. 

Con los auriculares puestos, no me había percatado del regreso de DiRossi. Me los quité justo a tiempo de oírle hacer el siguiente anuncio: “Esto no es un simulacro”. Siempre me sentaba en la última silla de la última fila, lo más lejos posible de la puerta, lo que me convertía en la última persona de la fila (a la cual, en la escuela primaria, llamábamos furgón de cola). 

—Pankaj —dijo el Sr. DiRossi, que se había detenido en el umbral: cada vez pronunciaba mi nombre de manera distinta, así que hubiera sido de esperar que, por pura chiripa, alguna vez lo hubiera dicho bien—, apaga la luz cuando salgas, chaval. No sé cuánto tiempo va a durar esto. 

Habíamos llegado a la entrada de los vestuarios: un modesto edificio de una planta con un tejado de forma triangular como los que pintan los párvulos cuando dibujan casas. El Sr. DiRossi estaba sujetando la puerta para que entrara mi clase. Me esforcé por evitar su mirada, pero sabía que estaba estudiando a Simon, en el cual, con su palidez y su corte de pelo casero, resultaba difícil no fijarse. 

—Estás con la clase equivocada, hijo —dijo DiRossi. 

Simon se sonrojó y pareció estar a punto de escabullirse de vuelta con los alumnos de Contabilidad, pero yo me limité a seguir andando. O bien me seguía o bien no. Lo que estaba pasando era demasiado importante para que los profesores se preocuparan por quién entraba con cada clase. 

El interior del pequeño vestíbulo de entrada estaba desnudo. Pasamos junto a una pequeña vitrina para trofeos y al mostrador de seguridad, y bajamos ruidosamente cuatro tramos de escaleras, dejando atrás las plantas subterráneas donde se amontonaban los flamantes aparatos deportivos. El eco de los zapatos y las voces inundó el hueco de la escalera. Las mejillas de Simon todavía estaban ruborizadas. 

—¡Que se joda DiRossi! —dije—. Lo único que pasa es que está disgustado porque le han interrumpido el examen. 

—A lo mejor está disgustado porque esta vez sí que realmente pasa algo. ¿De veras no estás preocupado por tus padres? 

—Ya te he dicho que no quiero hablar de eso. 

Alguien a mis espaldas nos siseó para que avanzáramos. 

  

En circunstancias normales no hubiera perdido ni un instante sintiéndome culpable por la nota falsa que le había mostrado brevemente al Sr. DiRossi el día antes del examen. Pero es que en lo relativo a este asunto se había mostrado tan sorprendentemente comprensivo… Cuando la semana anterior me había presentado después de las clases para una charla informal, me lo encontré metido a presión en uno de los ortopédicamente punitivos pupitres de los alumnos, en lugar de en el puesto de la autoridad situado detrás de la mesa grande, donde se sentaba cuando quería parecer intimidante. Y había dos Coca-Colas esperando, lo que, incluso teniendo en cuenta que mi artículo de opinión sobre las máquinas de refrescos de la cafetería debería haber dejado claras mis convicciones en relación a las multinacionales, era todo un detalle. Bebí unos cuantos sorbos mientras él hablaba, por educación. 

Me dijo que yo era “un chico bastante brillante”. Y que si conseguía una buena nota en el examen, ¿no serviría eso para subir la media de los míos? 

—Soy paquistaní, Sr. D. Los míos son los estudiantes de primer curso de Harvard. 

Se quedó pensando sobre ello durante unos instantes. 

—Entonces ¿dónde está la discriminación? 

Le dije que era objetor de conciencia. Solidaridad con el oprimido, continué. (Robar líneas de las monografías de mi padre solía ser una buena manera de ganar una discusión). Cuando empecé recitar estadísticas sesgadas, el Sr. DiRossi levantó la mano para interrumpirme. Dijo que me permitiría no realizar el examen. 

—Siempre que no molestes —puntualizó—. Y siempre que tus padres estén de acuerdo. 

No era exactamente una pregunta, pero tampoco es que exactamente no lo fuera. No estaba preparado para mentir descaradamente, así que tomé un decoroso sorbo de refresco. Hacía tanto tiempo… que se me había olvidado cómo la Coca-cola impregna dulcemente la lengua. 

  

Corrían rumores. Se extendían por entre el alumnado como un cáncer, metastásicamente. No era posible saber con exactitud dónde habían empezado, o incluso a quién se los habías oído. Era más como si en un nivel inconsciente, el nivel de las feromonas y la adrenalina, todos estuviéramos interconectados. Una chica había conseguido conectar con el exterior con el móvil. Un chico había oído hablar a los profesores. Se había recibido una amenaza. Un intruso. Un avión en la zona de exclusión aérea. Por supuesto que yo no era tan tonto como para creerme nada de lo que estaba oyendo. Sabía que tenía las mismas probabilidades de morir en un atentado como de morir fulminado por un rayo. Es la táctica del miedo, habría dicho mi padre. Sin embargo, me ponía nervioso cada vez que me preguntaba qué demonios estaría pasando en el exterior. 

En un principio, las fuerzas del orden se habían impuesto. Habíamos entrado en el gimnasio donde entrenábamos, a cuatro pisos bajo tierra, y nos habíamos encontrado a nuestros compañeros apelotonados en silencio sobre el suelo de parqué. Cuando pasé juntos a los de sexto no me miraron con desdén, como hubieran hecho en una fiesta o en un partido, sino que su mirada pareció atravesarme sin verme. Todo el mundo estaba atrapado en su propio mundo de preocupaciones. Mientras avanzábamos con cuidado por entre el laberinto de piernas, manos y bolsas desparramadas por el suelo, Simon se las apañó para pisar con sus botas de combate un móvil, pero el dueño no se percató inmediatamente de los desperfectos. 

En la pared del fondo del gimnasio encontré un sitio libre donde podía apoyarme en las colchonetas azules de lucha libre que habían sido colocadas en ese lugar, por motivos de seguridad, supuse. Simon se acomodó a mi lado sin haber sido invitado. Los profesores se habían repartido por el gimnasio con tablillas portapapeles y estaban comprobando que no faltaba nadie. Nos habían dado instrucciones para que no se utilizaran los móviles durante los simulacros; sin embargo, algunos chicos los sacaron a escondidas de bolsas y bolsillos. Como si existiera alguna posibilidad de tener cobertura a doce metros bajo tierra… 

Luego nos limitamos a quedarnos sentados en silencio. Los profesores estaban apiñados detrás del ventanal de cristal cilindrado del despacho de los entrenadores, y yo se los señalé a Simon. Al verlos conferenciar te decías a ti mismo que las cosas estaban bajo control… y casi te lo creías. Entonces, como si estuviera acordado de antemano, todo el mundo empezó a susurrar. El susurro creció hasta convertirse en un murmullo. Y una vez que ya estuvo claro que los profesores estaban demasiado ocupados como para obligar a cumplir la Regla del Silencio, la gente empezó a especular desaforadamente. Una tentativa de atentado contra el presidente. Una posible bomba. Un hombre con una pistola: un pistolero. Hubo una época en la que si alguien me hubiera dicho que los radicales planeaban algo cuyo objetivo iba a ser un presuntuoso colegio privado de secundaria del noroeste de Washington, me hubiera reído en su cara; pero nuestro país estaba atravesando una época extraña. Con esporas, guerras y bombas en los zapatos. El límite de lo que era posible había sido forzado hacia fuera hasta un punto en que ya resultaba difícil estar seguro de qué es lo que era real. 

—Es que, en serio, mi madre, pues eso… —estaba diciendo Simon. 

—¿Qué pasa con ella? 

Levantó la mirada hacia las luces protegidas por rejillas, y supe que estaba esforzándose por sonar despreocupado. 

—Trabaja en el Congreso. 

—Creía que era higienista dental. 

—Sí, donde el Congreso. Tiene la consulta justo en la calle D, junto al Capitolio. 

Estaba hablando más alto. Miré a nuestro alrededor para ver si alguien nos estaba escuchando o mirando, pero al parecer Simon y yo éramos los únicos que no nos habíamos unido a la melé de estudiantes ensimismados en sus propios pensamientos. 

En esencia, nuestro colegio era prerrevolucionario. Al primer estamento pertenecían los miembros de la clase alta, que jugaban en el equipo del colegio, que tenían un hermano de más de veintiún años o ambas cosas… que eran los que no tenían problemas para conseguir  un polvo. Su habilidad más notoria era la de fingir que no sabían que existía un primer estamento: ¿para qué vas a pregonar tu lugar en la jerarquía cuando sólo puedes ir hacia abajo? El segundo estamento lo formaban las masas: los buenos chicos, lo chavales trabajadores que no habían destacado por su atractivo, gracia, dinero o inteligencia. Muchachos con beca que hubieran pertenecido al primer estamento si sus padres hubieran podido permitirse los coches apropiados, chicas que no se dejaban meter mano, chavales negros que no eran deportistas, practicantes del footbag N. de la T.: Deporte que consiste en mantener en el aire con los pies una pelota de tela rellena de arena u otros materiales, sin dejar que caiga al suelo., etcétera. El tercer estamento lo formaban los empollones, los maricas y los gordos. Me gustaba pensar que yo era una anomalía, que operaba por encima de este sistema, ajeno a él. Sin embargo, había empezado a dudar. Incluso Kate MacArthur tenía su lugar, junto al capitán del equipo de lacrosse, cuyo teléfono Simon había destrozado. El cuerpo de Kate estaba inclinado hacia el de él y, durante un instante, deseé estar en contacto con ese torso espléndidamente cincelado, con esa mandíbula sólida y esas manos firmes, y que mi cuerpo fofo se acurrucara allí dentro. Simon se me arrimó de improviso. 

—¿Cuál sería el equivalente a la zona cero? —continuó—, pues eso, si algo… 

—A ver, Simon. Estas cosas siempre acaban arreglándose. Pero tienes que dejar de estresarme, ¿vale? Ahora mismo tengo un montón de cosas en la cabeza. 

—No es más que un examen de prueba, Pankaj. Eso es lo que significa la P. No harás el sat de verdad hasta que estés en mi curso. 

—¿Quieres hacer el favor de dejar de hablar de ese estúpido examen? 

—Solo prométeme que vamos a salir de aquí pronto. Y que mi madre está bien. 

—Quince minutos, me juego algo. —Por algún motivo lamentaba haberle respondido tan bruscamente. Le ofrecí mi reproductor de compactos—. ¿Quieres escuchar algo mientras esperamos? 

—¿Tienes el Disintegration que te copié? 

—Solo The Smiths. Y uno de Morrissey en solitario. 

Como si no lo supiera… Yo odiaba a los malditos The Cure y él lo sabía. Pareció decepcionado, pero a pesar de ello aceptó los auriculares. Tardé un minuto en arrepentirme de mi ofrecimiento: sin música, no conseguía dejar de pensar en mis propios padres. 

  

Vale, mis viejos y yo no nos llevábamos tan bien como le había hecho creer al Sr. DiRossi; pero, ¿qué se suponía que debía decir? Ahora que lo menciona, Sr. D., mi padre lleva más de un mes sin hablarme. Y ya que pregunta le diré que, de hecho, últimamente suelo pasar de la merienda cuando vuelvo a casa para así no tener que estar en la misma habitación que él. ¿Que me encierro y pulso la tecla de play?, Sr. DiRossi; ¿que pongo fuerte Louder Than Bombs y abro la ventanita que da a la canasta de baloncesto que nadie usa, que mi padre puso en el callejón que hay detrás de nuestra casa, en el que los ladrillos hacen que la pelota dé extraños botes? ¿Que preparo mis pasquines y escribo los editoriales sobre estúpidos asuntos irrelevantes que le traen sin cuidado a todo el mundo, y el resto del tiempo me siento en el alféizar de la ventana con el volumen a tope para que se cuele por entre las tablas de suelo y llegue al estudio? ¿Que miro por encima de la rebosante cuadrícula de casas coloniales, hacia los altos edificios comerciales del otro lado del río, y hago un esfuerzo por imaginar que hay algún lugar a donde ir? ¿Que es difícil concentrarse en los deberes cuando se tiene la música tan alta? (Que, por cierto, es el motivo de que no terminara los deberes de historia anoche). No es algo que resultara fácil contar. 

Además, lo único que podía sentir hacia mí mismo era una enorme lástima. Después de todo, estábamos en Georgetown. Nunca había sido capaz de entender por qué mi padre había decidido intentar conseguir un puesto permanente precisamente en ese lugar. Por supuesto, sabía que estábamos en los Estados Unidos, que ibas a donde te lleva el dinero y todo eso. Pero con todo su trabajo sobre la desigualdad y la injusticia, cualquiera hubiera pensado que acabaríamos en algún lugar un poco más de clase media… un poco más real. Es posible que una parte de él se sintiera a gusto con las aceras de ladrillo y las hileras de casas históricas, con las boutiques y restaurantes caros que se aglomeraban en la ladera entre la calle M y Reservoir Road, que tenían que ser tan distintos de todo aquello con lo que él había crecido. 

Y de mí se esperaba que completara su círculo de ambiciones: sacar buenas notas, ir a Princeton o a donde fuera, casarme con una heredera, alzarme como un cohete por encima de aquellos cuyo modo de vida él estudiaba y no tener que volver a mirar nunca ni hacia abajo ni hacia atrás. Lo único es que, para cuando terminé mi primer año en Ellicott, después de la primera ristra de aprobados altos, de aprobados raspados y de respuestas negativas de universidades, los dos sabíamos que las cosas no iban a ser así. Yo no quería que fueran así. Y durante un instante vamos a suponer que yo fuera lo suficientemente inteligente. Vamos a suponer, por ejemplo, que yo no suspendiera los tests de aptitud. ¿Por qué iba a querer asistir a una de esas universidades que son un círculo aislado y cerrado, con esos mismos chicos que me rodeaban en la Academia? 

A mi madre le gustaba decir que mi padre y yo nos parecíamos; pero, en realidad, teníamos tan poco en común que en ocasiones me miraba en el espejito de mi tocador y me preguntaba si yo no sería el resultado de alguna aventura secreta que mi madre hubiera tenido en su juventud. Debajo del tupé de Morrissey, mi piel era de un tono ligeramente más oscuro que la de él. Mi rostro era casi por completo el de mi madre. Ahora bien, justo en el centro, estaba la aplastada nariz de boxeador de mi padre. Además estaba la testarudez… supongo que también teníamos eso en común. Se negaba a comprender por qué me cardaba el pelo, me pintaba la raya de los ojos los viernes, el día casual, me rasgaba los pantalones militares por la rodilla, no entregaba los trabajos, no me presentaba a los exámenes, no iba a jugar al baloncesto. Por qué me negaba a preocuparme. ¿Así era como iban a terminar quedando las cosas entre nosotros? 

  

Simon pareció sorprenderse cuando me vio levantar la mano. Se quitó uno de sus auriculares (que eran mis auriculares). Le dije que tenía que ir al servicio. Tampoco es que fuera mentira, estrictamente hablando. Más tarde o más temprano iba a tener que ir; pero hubiera tardado en ocurrírseme otros quince minutos si no me hubiera percatado de que Kate MacArthur se dirigía hacia el Sr. DiRossi, al que habían apostado en la pista central para garantizar que las cosas no se descontrolaran. Tras un intercambio de susurros, la envió hacia el pasaje que llevaba a los vestuarios. La verdad es que las cosas no podían continuar así; yo tenía que salir de ese lugar, y, si era necesario, estaba dispuesto a enfrentarme a DiRossi. 

Las pálidas piernas de Kate MacArthur y su falda de hockey sobre hierba se desvanecieron en las sombras; si me apresuraba, todavía podría darle alcance, podría fingir que me encontraba con ella por casualidad, bromear sobre la prisa que tenía… podría incluso (¿quién sabe?) averiguar qué es lo que estaba persiguiendo. DiRossi me indicó que me acercara. Me aseguré de no pisar las cosas de nadie. 

Cuando me preguntó qué es lo que quería, me balanceé de un pie a otro para conseguir un efecto dramático. 

—Tengo que ir. 

—Puedes aguantar —repuso. 

—¿Es que tengo que ponerme de rodillas y humillarme? Porque estoy dispuesto, sahib. No tiene más que decírmelo. 

Me lanzó una mirada que o bien era de escepticismo o bien de sorpresa, pero de nuevo pareció que las reglas del juego entre profesores y alumnos no estaban vigentes, porque me dejó ir sin más preguntas. 

Se habían olvidado de encender las luces del techo del pasaje, así que tuve que ir avanzando palpando la pared para evitar chocarme contra ella. 

—¿Hola…? —dije. 

A lo mejor sus dedos habían tocado ese mismo bloque de hormigón medio minuto antes, pero ya no quedaba rastro alguno de calidez. 

  

Era evidente que los arquitectos a los que se les había ocurrido combinar las funciones independientes de ducha comunal, vestuario y servicios en una única entidad llamada Vestuarios Masculinos eran unos sádicos. Ningún alumno de colegio privado olvidará fácilmente el hedor húmedo a pedos y a ungüento para dolores musculares, el repugnante olor a cuerpos adolescentes. La conversación. Los golpes de toalla y el rascar ostentoso de los chicos. En tercero, algunos habían inventado un juego que consistía en orinarse unos encima de otros en la ducha, después de la clase de gimnasia. Como yo no practicaba ningún deporte, evitaba los vestuarios siempre que podía. Los días calurosos, cuando no me resultaba posible llevar la ropa de gimnasia después de la clase, solía esperar a que todos se hubieran marchado antes de cambiarme. A pesar de ello, me sorprendió cuán diferentes me parecieron los vestuarios en esta ocasión. 

Atravesé la reverberante zona de las duchas pasando junto a desagües silenciosos e hileras de redondeadas alcachofas de ducha. Los inodoros estaban situados al fondo, al otro lado de un reborde de cemento que, en teoría, evitaba que el agua de las duchas mojara los azulejos. En circunstancias normales, el vaho subtropical de las duchas acababa en esa zona, en lo que llamaban las Tripas, y, en ocasiones, la humedad intensificaba el olor hasta hacerlo insoportable; sin embargo, ése no era el caso ese día. El lugar casi parecía tranquilo; y casi te permitía olvidar la multitud sobre el suelo del gimnasio, la sensación de desastre inminente, la muerte que vendría de allá arriba. 

Tras subirme la cremallera, me senté en un pequeño banco atornillado al suelo cerca de los retretes, para que la gente esperara su turno, supongo. El ruido del agua de la cisterna descargada automáticamente se fue debilitando. Intenté centrarme en mi respiración, tal como mi madre me había enseñado: inspirar por la nariz, espirar por la boca. Todo va bien. No pasa nada. Mis ojos vagaron por la pintura descascarillada de las paredes; “¡Adelante, Águilas!” pintado en la pared utilizando una plantilla, encima de una ancha banda azul. En el espejo colgaba un trozo de papel. Supongo que la semana anterior me había olvidado de ir allí antes de clase para pegar mis pasquines; había pegado docenas, aunque nadie en la Academia parecía estar más cerca de darse cuenta del individuo tan admirable y complejo que yo era. 

Me levanté para ver mejor mi obra. La cinta adhesiva seguía intacta, igual que el papel. Simon se había encargado de la rotulación y preparado la plantilla de la vaca para el dibujo en blanco y negro (a pesar de que se negaba a renunciar a las salchichas), pero el concepto global era mío. Meat is Murder, decía, “P.S. 2002”. Nunca me había fijado antes en la manera en que nuestras iniciales se entrelazaban alrededor del símbolo del copyright; y, de buenas a primeras, mi rostro estaba ardiendo, mi aliento empañaba el espejo para limpiarlo. En Georgetown todos teníamos una mentalidad muy abierta. Nadie había recurrido jamás a las palabrotas ni había garabateado mi número de teléfono en los retretes. No obstante, al imaginar que era posible escapar del sistema, lo único que hacías era poner de manifiesto tu lugar en él. No podías dejar atrás a tu verdadero yo. 

  

No le devolví la sonrisa a Simon; tan solo me senté a su lado en el gimnasio sin decir palabra y empecé a meter en mi bolsa los CDs que él había sacado. Había enterrado mi pasquín en lo profundo de una papelera, pero se me había quedado grabado en el interior de los párpados. Cada vez que parpadeaba lo veía. Vi a Kate MacArthur consolando al chico del móvil roto, oralmente. Vi el edificio de secundaria estallando en un relámpago de calor y los campos de fútbol reducidos a cenizas; Washington al completo, los barrios de clase alta y los de clase baja, desapareciendo en medio de espesas nubes negras, como el humo que había atravesado el río proveniente del Pentágono el 11-S. En ese momento casi deseé que sucediera. Puesto que, en cierto modo, ¿no nos lo merecíamos todos? 

Entonces pensé en mi madre, planchando pacientemente las arrugas de mis camisas azul oscuro, acercándose la tela hasta la nariz. Y en mi padre, examinando los ojos perfilados de Morrissey, luchando consigo mismo. No estoy seguro de cuánto tiempo estuve sentado en ese estado febril. Probablemente no tanto como me pareció. 

Cuando los profesores salieron del despacho de los entrenadores, la ansiedad invadió el gimnasio. Simon debió de sentirlo también, porque se quitó los auriculares. Reinaba un silencio tan profundo que se oían los golpes entrecortados de los tacones de la directora sobre la tarima encerada. Durante unos segundos, la música continuó resonando débilmente en mis auriculares. Simon no pareció percatarse. Alargué el brazo y apreté la tecla de stop del reproductor. Antes de que pudiera retirar la mano, Simon me la agarró. En ningún momento me miró, pero sus delgados dedos apretaron la palma de mi mano. Me pareció notar el pulso por debajo de la pálida superficie de su piel. Intenté decidir si me resultaba agradable, y me pregunté si él sentiría el mío. 

—Un momento de atención… —empezó la directora. Estaba de pie junto a la línea de tiros libres. 

Y por algún motivo me acordé de la primera vez que había escuchado a The Smiths en la radio universitaria de Berkeley, donde habíamos vivido cuando tenía trece años. Siempre había tenido problemas para conciliar el sueño y, en ocasiones, encendía la radio de mi despertador e intentaba dejar la mente en blanco. Recordé la lluvia contra la ventana y la canción que empezó a sonar, una guitarra chirriante y un cantante que entonaba “Farewell to this land’s cheerless marshes”, mientras los relámpagos jugueteaban sobre las paredes; y esa sensación de reconocimiento, de estar oyendo a mi yo futuro llamando a mi yo presente. No sé por qué me acordé de eso, allí sentado, con mi mano sudorosa atrapada en la de Simon. O por qué hizo que lo que estaba a punto de decir la directora, fuera lo que fuera, pareciera en cierto modo irrelevante. 

  

Dijo que se había cometido un error. En algún punto del sistema de emergencia. La política de la Academia era pecar por exceso de precaución siempre que la seguridad de los estudiantes estaba en juego. Dijo que las fuerzas de seguridad habían confirmado que no corríamos ningún peligro. Como la jornada escolar estaba próxima a su fin, continuó, quienes lo desearan podían marcharse. Se fijaría una nueva fecha para la realización del PSAT. Los alumnos irían saliendo clase por clase. Les recordaba que, por supuesto, debían salir con el mismo orden y calma con que habían entrado. Y gracias a todos por su paciencia y comprensión. 

  

Los alumnos empezaron a recoger las bolsas y a ponerse en pie, bostezando. Parecían aliviados. Yo también debí sentirme aliviado. En lugar de eso, noté un nudo en la garganta, igual que cuando discutía con mi padre, cuando todavía discutíamos. La mano de Simon seguía aferrando la mía. 

—¿Qué haces? 

—¿Eh? 

Tenía la mirada desconcertada de alguien que ha sido arrancado de un sueño. Liberé mi mano. 

—¿Pero qué te crees que estás haciendo? —Lo dije más fuerte de lo que había sido mi intención. Miré a mi alrededor. Kate MacArthur estaba recogiendo los libros del suelo, dándome la espalda. Me puse de pie. Mi susurro era casi ensordecedor, o al menos a mí me impedía oír cualquier otra cosa—. Los chicos no se cogen de la mano, Simon. —Esperaba que se pusiera colorado, no pálido como una sábana—. No soy lo que tú piensas que soy, ¿vale? 

Los dos estábamos de pie. Sus ojos también mostraban una cierta palidez. 

—Deja ya de portarte como un crío, Pankaj —fue lo único que dijo. 

El gimnasio bullía a nuestro alrededor. Cientos de chavales pugnando por colocarse. Sus movimientos estaban provocándome una especie de mareo. El capitán del equipo de lacrosse venía hacia nosotros, abriéndose paso a la fuerza, con los brazos levantados para avanzar más fácilmente en contra de la corriente, con Kate MacArthur detrás de él, y con un aparato abollado en uno de sus puños. Le quité mi reproductor de CDs a Simon. Me temblaban las manos. Entonces vi cómo mi dedo índice se dirigía hacia su escuálido pecho, y se retiraba antes de llegar a tocarlo. 

—No vuelvas a hacerlo. No me toques jamás. 

Creo que mi intención era sonar intimidante, aunque de ser así, ¿por qué me salió la voz tan temblorosa?, ¿y por qué cuando me giré hacia la escalera tuve la sensación de que era yo el que estaba huyendo? 

—¡Oye! —Una voz a mis espaldas estaba casi chillando para hacerse oír por encima de la conmoción—. Me debes un móvil nuevo, nenita. 

En ese momento todavía estaba lo suficientemente cerca como para haber vuelto para defender a Simon. Más hubiera tenido oportunidad de disculparme por portarme como un paranoico. Pero no lo hice, ¿vale? Ni siquiera me giré. 

El procedimiento establecido para salir del colegio quedó arruinado por la hora que pasamos en el gimnasio. Los chicos se amontonaban como gaviotas en las cercanías de la glorieta que era el punto de recogida de alumnos. No me detuve a hablar, aunque tampoco es que me quedara nadie con quien hacerlo. Un trozo de cinta policial atravesaba la calle por la que los coches de los padres que se turnaban para llevar a los alumnos acostumbraban a entrar a la rotonda, pero tan sólo había un agente en las cercanías para dirigir el tráfico. Algunos del primer curso, a los que todavía no les avergonzaban sus verdaderas emociones, incluso corrían hacia los monovolúmenes y los SUV de sus padres; e incluso los abrazaban por las ventanillas abiertas. Para cuando llegué al otro lado de la glorieta, la cinta de la policía ya estaba rota. Los extremos amarillos se arrastraban por el asfalto, empujados por las ráfagas de aire. 

Mi rostro se fue serenando paulatinamente. Me dirigí caminando hacia casa, pasando junto a las mismas sobrias hileras de adosados de todos los días, con las farolas de gas ya titilando. Las aceras de Georgetown, que databan de la colonia, eran las más estrechas de la ciudad. Tuve que avanzar rodeando los huecos de los árboles para evitar a la soldadesca de la universidad, que volvía a casa después de las clases o que simplemente disfrutaba de los últimos coletazos del verano. Siempre era capaz de identificar a los estudiantes de la universidad de Georgetown: eran idénticos a los miembros del primer estamento de la Academia, solo que mayores. Con chancletas o zapatillas de marca, se movían perezosamente bajo la luz veteada, como si en el mundo nunca pasara nada grave, como si no hubiera ningún problema que no pudiera solucionarse. Si me hubieran dado la oportunidad, tal vez me hubiera unido a ellos. 

  

Incluso antes de sacar las llaves, oí las apresuradas pisadas de mi madre acercándose a la puerta. Dejé que me agasajara en la entrada durante unos instantes. 

—Cariño, lo hemos visto en el canal cinco, ¿qué ha pasado? —me dijo. 

—No ha pasado nada. 

La aparté para entrar en el vestíbulo vacío. Al parecer, mi padre ni se podía molestar en bajar del estudio para saludarme. 

—¿Nada? 

—Falsa alarma. Ya te lo contaré luego. 

—Ven a comer algo y cuéntamelo ahora. ¿Y el examen? Tu padre y yo estábamos preocupados. 

“Suspendí”, me hubiera gustado responder. En lugar de eso, le pregunté dónde estaba mi padre. 

—¡Tenemos que llamarlo! Se fue al colegio en cuanto dieron la noticia. 

—¿Que papá se fue al colegio? 

—Se fue hace una hora para intentar recogerte. Te habrías sentido orgulloso de mí. Le dije que no corrías peligro y que se tranquilizara, pero ya conoces a tu padre… 

Le dije que me iba arriba a tumbarme un rato. Intentó retenerme, ofreciéndome pastas y un refresco, diciéndome que faltaba poco para las noticias; pero lo único que yo deseaba más que la soledad no estaba allí. 

Subí las angostas escaleras de madera y avancé por el rellano hacia el estudio de mi padre. La luz del sol coloreaba los apuntes que tenía sobre el escritorio. Por primera vez caí en la cuenta de que en este mundo en que vivimos las teorías eran completamente inútiles. Sin embargo, en cierto modo, eso sólo las hacía parecer más importantes. Clavé la mirada durante un instante en el sonriente Morrissey antes de abrir la puerta que llevaba al ático. 

El pequeño aplazamiento del inminente otoño en que nos encontrábamos había elevado la temperatura de mi cuarto hasta unos treinta grados. Solté la bolsa con mis libros y abrí la ventana. Encendí la cadena de música y, sin mirar qué había en la bandeja de los CDs, apreté el play. Una canción llamada “Every Day Is Like Sunday” empezó a sonar, del primer álbum en solitario. No se trataba del tipo de canción que se oye con el volumen a tope. 

Colgado en la pared encima del tocador estaba el espejo que utilizaba antes de salir hacia el colegio por las mañanas. Llevado por un impulso, agarré una toalla que estaba en el suelo y me la pasé por el pelo. Lo hice una y otra vez, hasta que ya no quedó casi gomina. Me froté la raya de los ojos. El rostro que me devolvía la mirada seguía siendo el de un desconocido. Agarré unas tijeras que había en el bote de los lápices de la mesa y corté un mechón de la sien. Rígido por la laca, cayó en picado hacia el suelo. No sabía si dejar las tijeras o si seguir cortando, hasta dejarme todo el pelo corto y más o menos parejo. En el exterior, la puerta de un coche se cerró con un golpe. El cielo sobre Virginia se había puesto de un tono rosa intenso. Y sentí que, en algún lugar más allá de ese cielo, un yo futuro, ligeramente desenfocado, estaba esperando a que yo tomara una decisión.

La carrera más cagada
Clint Head

Traducción de Danny Harzy

Estábamos a inicios de julio y, al parecer, toda la comunidad deportiva estaba concentrada en el Tour de Francia, el Wimbledon y el mundial de fútbol: simples juegos de niños. Mientras algunos idiotas corrían en sus bicis por París, algunos tarados, en Londres, le daban a una pelotita amarilla que apenas si se veía y, en Alemania, otros más retrasados pateaban balones abollados dentro de las redes de las porterías, yo iba en un avión rumbo a la capital de Navarra, España. Manadas de toros furiosos estarían ya esperando a que alguien con pelotas de verdad se les apareciera por las calles de Pamplona. Yo mismo me estaba dirigiendo hacia ellos. 

Un músico de Nashville que me debía un favor me había invitado en un vuelo alquilado. Harvey era el guitarrista principal de una banda local punk, pero se pagaba las cuentas escribiendo música country para esos idiotas de la zona del Music Row que tanto odiaba. Aunque su método para obtener ingresos fuera algo despreciable, le ofrecía un bonito estilo de vida, gracias al cual nos habíamos podido permitir el avión y, lo más importante, un bar completamente surtido. El piloto, Chuck, era un veterano de la guerra de Vietnam que se había vuelto hippie y que ocasionalmente tenía flashbacks del 'Nam, lo que hacía que un viaje aéreo con este hombre fuera algo interesante, por no decir aterrador. Cuando llevábamos apenas 80 kilómetros de vuelo, Chuck nos informó que se había echado un tiro de ácido antes de despegar, así que Harvey y yo nos pusimos a beber todo lo que teníamos a la vista, creyendo que probablemente nos estrellaríamos contra una montaña o acabaríamos perdidos en Uzbekistán debido a un aterrizaje de emergencia en medio de un fuego de proyectiles. 

Sin embargo, Chuck nos sorprendió con su increíble tolerancia hacia los alucinógenos, pues al parecer había logrado mantener el avión en el rumbo correcto. Claro que para entonces yo ya estaba en mi tercera botella de tequila y ya no me importaba si nos llevaba a Sudán. De cualquier modo, varias horas después aterrizamos en un aeropuerto privado en España. Unos agentes de aduana bastante maleducados nos abrieron las maletas y, al no encontrarnos en posesión de drogas ilegales, se decepcionaron mucho; qué tontos, esas eran cosas que nos procuraríamos más tarde. Al improviso, los agentes pararon de registrarnos y nos dejaron ir después de que los perros detectores se hartaron de nuestros entrepiernas. Un hombre gordo llamado Jorge nos estaba esperando cerca de su taxi. Estaba sosteniendo un cartel en donde simplemente se leía yanquis. Su humor y honestidad se merecieron todos mis respetos. Nos miraba con desdén, pero quería nuestro dinero. El enorme estómago de Jorge se desparramaba bajo su playera llena de manchas y una pelusa que llevaba ahí como una semana estaba apelmazada en su ombligo peludo. Estaba picando tapas con algo que parecía queso con pedazos de jamón y pimientos rojos. Podría haber parecido apetitoso si tan solo hubiera logrado ignorar a aquel perezoso que lo devoraba. 

El trayecto hacia el centro de Pamplona no me fue muy claro. Jorge conducía con la despreocupación de un taxista de Chicago bajo el efecto de anfetaminas. Tomaba atajos en sentido contrario, cortaba curvas y señales de tráfico y estoy casi seguro de que atropelló a un peatón, aunque se me olvidó checar los obituarios al día siguiente para confirmarlo. El taxi hizo un chirrido al detenerse cuando nos dejó frente a nuestro hotel. Antes de sacar nuestras maletas e irse, nuestro asesino callejero nos preguntó algo que incluía las palabras “encierro” y “mañana” (si correríamos con los toros mañana). Entonces movimos nuestras cabezas todas juntas, respondiendo afirmativamente, y él se puso a reír en nuestras caras. Dijo algo en español mientras arrancaba, de lo que logré distinguir la palabra “loco”, en el momento en el que encendió el motor y se disparó, casi atropellándome los pies. Chuck y Harvey se encargaron de registrarnos en el mostrador del hotel, pero mi intuición me llevó directamente al bar. Sergio, un joven mesero con una cola de caballo larga, me sirvió una sangría y nos pusimos a platicar sobre la inauguración del festival en la víspera del primer día de carreras. Me explicó cómo habían corneado a su abuelo en 1964: los cuernos de un toro particularmente feroz le dieron en el culo al pobre idiota, y le dejaron en el trasero una especie de válvula doble para cagar. Sergio empezó a describir la herida anal con gran detalle, y en ese momento yo me pregunté qué demonios estaba haciendo en Pamplona. 

Un tipo australiano llamado Roland se acercó a mí en el bar, a presumir de que éste era el tercer año consecutivo que venía a la pamplonada. Roland era uno de esos asquerosos miserables que nunca se callaban, por lo que empecé a sentir una rabia inmensa contra esos toros que en los años anteriores no lo habían matado a pisoteadas. Atribuía su continua supervivencia durante el encierro a una buena borrachera y falta de sueño, combinación peligrosa, pensé. Pero él me explicó que ésta era la costumbre local; yo quedé impresionado con las historias de generaciones de españoles y su ignorancia hacía la sabiduría convencional. Durante el festival, la gente de ahí dormía durante el día —después de la carrera matutina con los toros— y se despertaba a tiempo para las corridas de toros nocturnas, luego bebía toda la noche hasta que llegaba la hora de correr de nuevo, y repetía así el ciclo toda la semana durante los sanfermines. El festival se llamaba como San Fermín, patrón de los vinicultores. Pamplona se llamaba así, en cambio, por el general romano Pompeyo. Al improviso, todo me cuadraba: los orígenes de la ciudad se fundaban en el valor de los borrachos. Me sentí inmediatamente como en casa en este manicomio de lunáticos como yo. 

  

Chuck y Harvey se precipitaron por las escaleras y me sacaron del bar a la fuerza. Al parecer, era tiempo de mezclarnos con la muchedumbre en las calles adoquinadas del centro de esta ciudad mediterránea y llena de historia. Playeras, llaveros y otros recuerditos de Ernest Hemingway llenaban las tiendas de cada esquina, una disposición que seguramente hubiera irritado al renombrado autor si hubiera estado vivo para verlo. Copias de Fiesta, la traducción al español de The Sun Also Rises,se vendían en las farmacias, como si se tratara de la revista People en un súper americano. En la calle que llevaba su nombre, una pareja de alemanes me abordó con tono grosero y me ordenó con la cámara que les tomara una foto con la placa de la calle Hemingway de fondo. Yo los miré con el ceño fruncido y a propósito corté del cuadro sus cabezas antes de sacarles la foto... Ernest lo hubiera querido así. 

Luego pasamos delante de una serie de tabernas de una callecita estrecha en donde parecía que se llevaba a cabo la borrachera oficial. Me consideraba un bebedor experimentado, pero no estaba preparado para la noche que venía. El mesero nos ofreció unos chupitos de un licor casero llamado pacharán, y lo aceptamos ingenuamente porqu" había dicho: «Esta bebida no es para gringos maricones», lo cual pareció aún más insultante en español. Bebimos lo suficiente como para ahogar los órganos principales. Ninguno de nosotros logró regresar al hotel esa noche. Dormimos en las calles de la plaza de Santo Domingo, cerca de las puertas del peligro, por donde los toros pronto irrumpirían en acción. Yo fui el primero en despertarme, y tenía los ojos como enmohecidos. Chuck estaba acostado junto a mí en un charco de vómito.  

Harvey estaba en posición fetal con las manos bien hundidas en su entrepierna, para asegurarse calor o placer, no supe bien cuál de los dos. 

Curiosamente, todos habíamos cambiado de ropa durante la noche y llevábamos puesto ahora el tradicional conjunto de playera y pantalón blanco con el pañuelo rojo alrededor del cuello. No me acordaba del cambio de ropa, pues tenía en mente mayores problemas, a saber, 6 toros de ¾ de tonelada a punto de ser liberados y aplastarnos. Ya la plaza estaba llena de personas y el barrio estaba animado por residentes y visitantes que colgaban de los balcones y veían desde arriba el inicio de la carrera. Llovía cerveza y sangría entre los espectadores y participantes; bastante de ésta caía sobre mis compañeros y los despertaba del sueño. Nos quedamos todos impresionados cuando vimos la enorme congregación de hombres vestidos igual a nosotros y la audiencia frenética que nos daba presagios de violencia y alboroto. En menos de una hora, nos encontramos abarrotados en la estrecha plaza junto con otros idiotas. Un padre católico iba caminando a través de la multitud y bendiciendo a todos los participantes condenados. El miedo se había tragado mi corazón no religioso en ese momento de duda existencial y arrepentimiento, pero pronto me distraje temporalmente con la celebración a mi alrededor. 

La procesión empezó. Una estatua de San Fermín iba desfilando en toda su gloria y esplendor. Canciones, tributos y cantos a esta figura religiosa se repetían una y otra vez. No entendí ni una sola palabra, pero era hermoso. Las mujeres lloraban en los balcones y los hombres levantaban los puños. Yo me puse a cantar «The roof, the roof, the roof is on fire!» para sentirme más ambientado. La atención de la gente se dirigió hacia las enormes puertas de madera que estaban frente a nosotros, detrás de las cuales podía escuchar el ruido que hacían esos enormes animales. Se lanzó un cohete y las puertas se abrieron. Busqué a Chuck y a Harvey, pero ellos estaban ya más adelantados que yo, corriendo por sus propias vidas. Empecé a acelerar instintivamente junto con el resto de la multitud, mirando nervioso hacia atrás. El pánico que se vive cuando se ve una docena de toros corriendo hacia uno no puede ser descrito con palabras. Más bien, para entender mejor el horror, habría recomendado cruzar, a pie y con las agujetas de ambos pies amarradas entre ellas, la autopista 65 durante la hora de mayor tráfico y tal vez así se tendría una ligera apreciación de la gravedad de la situación. 

La carrera completa era de menos de un kilómetro, pero puedo asegurar que se sentía como si fuera de más de 10 000. Me sorprendió ver que varios hombres mayores estaban entre nosotros en las calles. Estaba también agradecido por ello, ya que esos payasos no tenían chance, pues había bastado un par de codazos para quitármelos de encima. La multitud nos aclamaba o nos abucheaba, dependiendo de qué tan cerca estuvieras de los toros. Entre más lejos de éstos corrías, más te abucheaban: no se permitían maricones en Pamplona. Yo me encontraba en la parte trasera del pelotón, no por gusto, si a alguien le importa, sino porque los corredores habían creado un atasco que me atrapó entre los valientes y los idiotas. Los toros debían encontrarse a pocos metros detrás de mí, ya que llegué a escuchar el grito de un español que provenía como del piso. Él había quedado atrapado bajo los toros, y finalmente lo retiraron cuando una de las bestias lo corneó y lo aventó a un lado, lleno de sangre. La orina se me escurría por los pantalones blancos mientras intentaba abrirme camino frenéticamente, trepándome sobre la multitud que estaba frente a mí. Alguien cayó al suelo y, como era de esperarse, le siguió una pila de cuerpos que se volvieron el blanco de los toros enloquecidos. Salté sobre ellos desgarrándome el tendón izquierdo debido a la fuerza sobrehumana que empleé, normalmente reservada para las madres que tienen que rescatar a sus hijos atrapados bajos los vehículos. No podía sentir absolutamente nada. La adrenalina y las ganas de vivir se habían apoderado de mí. Nunca podré olvidar la mirada de terror de un joven que estaba en la pila debajo de mí, ya que había pisado su frente al intentar escapar de la muerte con la que me amenazaba la cercanía de los toros. 

Pensé que estaba fuera de peligro, pero tres toros esquivaron el atasco y se fueron contra mí. Los muros bordeaban las calles, algunos de ellos tenían siglos de vida, y los espectadores se colgaban de ellos para presenciar la debacle de locura que se estaba llevando a cabo. Intenté escapar colgándome de esos muros, pero la multitud incomprensiva me empujó de regreso al juego, lo que me obligó a quedarme hasta el final. ¡Bastardos! Me tropecé con el suelo y corrí hacia Mercaderes, la infame esquina en donde a innumerables hombres los han triturado a lo largo de los años porque los toros perdieron el control y se fueron sobre ellos. Esta vez no fue diferente. Mis compañeros corredores chocaron violentamente contra los toros, lo que los sujetó contra los muros mientras hombre y bestia intentaban negociar la apretada curva. 

  

Los toros rebotaron sin problema, pero varios hombres se quedaron tirados, paralizados sobre los adoquines. Grité y saqué más orina, buscando un lugar por donde salir, pero los muros estaban guarnecidos, y las tiendas que daban a la calle, bloqueadas con tablas. A lo lejos, pude ver la plaza de toros, el ruedo y la destinación final de esta pesadilla. Chuck y Harvey estaban medio kilómetro adelante de mí y corrían hacia la entrada en medio de los abucheos de la gente que buscaba sangre y no llegadas seguras. Yo estaba a un kilómetro de la meta cuando mi tendón explotó. Se sintió como una liga de hule que se rompía, el dolor era increíble. Caí al suelo oyendo cómo la manada estrepitosa se acercaba. Uno por uno, los toros se me echaron encima... uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. El polvo finalmente se despejó y sentí cómo un par de brazos de cada lado me levantaban y me ponían de pie. Chuck y Harvey habían regresado por mí. Me sorprendí al ver que estaba entero: ni una sola pezuña me había abollado el cráneo o el resto de la carcasa. Cuando la multitud se dio cuenta de que estaba vivo, me aclamaron con voz ronca y lanzaron cerveza y sangría hacia nosotros en señal de aprobación. 

  

Me dieron de alta para la corrida de toros esa noche. Era triste ver como mataban a esas magníficas bestias: habían corrido tan valientemente esa mañana, y se habían ganado todo mi respeto y admiración. Pero así era España, y los toros ya habían tenido la oportunidad de matarnos antes durante ese día. Tal vez por eso ahora era tan indulgente con ellos. Las carreras de toros continuarían cada mañana durante los próximos días. Chuck y Harvey regresaron y corrieron un par de veces más. En cambio, en las muletas yo apoyé a los toros junto con el reto de la multitud: “¡Qué vivan los toros!”

La señora de la cara maquillada

Lesley Clark

Traducción de María Pilar San Román

La anciana sentada al borde del sofá está esperando. Rebusca entre todas las revistas viejas, de hace varios años. Hojea los catálogos de venta por correspondencia en la zona de espera del hospital militar: Brylane Home, Newport News, Spiegel. Rodea con un círculo los artículos elegidos, arranca el cupón de pedido y lo mete en la tapa de su cartera militar negra.

—¿Qué seguro médico tiene? —pregunta una vocecita desde el otro lado del mostrador.

La voz insiste más alto:

—¡Señora! Su seguro, ¿qué seguro médico tiene?

La muchacha sentada enfrente de la anciana está meneando la cabeza al ritmo de su walkman. Su pie golpea la mesa de centro con tanta fuerza que esta empieza a temblar y las páginas de las revistas viejas se levantan con la corriente del aire acondicionado.

—Creo que están hablándole —le dice la muchacha a la señora de la cara maquillada.

El contorno de los hundidos ojos de la anciana está perfilado con delineador negro carbón. Lleva sombra de ojos azul celeste y lápiz de labios de un rojo vivo. El canoso pelo está recogido con varias horquillas negras que sobresalen por toda la cabeza.

—Estoy esperando a mi marido; ¡lleva siglos ahí dentro!

La recepcionista pone los ojos en blanco, murmura algo entre dientes y vuelve a desaparecer detrás del mostrador.

—Soy Ruth Ann —se presenta la anciana, y le ofrece la mano.

—¿Cómo? —dice la muchacha, separando los auriculares de las orejas para oír mejor.

—Me llamo Ruth Ann.

—Ah, yo soy Tammy. Encantada de conocerla, Ruth Ann.

La muchacha vuelve a ajustarse los auriculares.

La madre de Tammy, que es bióloga en las Fuerzas Aéreas, sale del despacho del médico cargada con un montón de muestras farmacéuticas gratuitas y con una revista enrollada debajo del brazo. La muchacha suspira y recoge sus cosas. La anciana se queda mirando a Tammy y a su madre.

—¿Os vais ya? —pregunta la anciana.

—Ah, Ruth Ann, esta es mi madre. Mamá, esta es una señora a la que acabo de conocer… Ruth Ann.

—Estoy esperando a mi marido. Lleva ahí dentro un buen rato ya —explica la anciana.

Tammy sabe cuánto le gusta hablar a su madre, y sabe que si no se marchan de inmediato empezará a hacerle un montón de preguntas a la mujer.

—¿Cuánto tiempo lleva dentro? —pregunta la madre de Tammy.

—¡Mamá, vámonos! Por favor… ya hemos pasado por esto —le dice Tammy a su madre en voz baja, pero con firmeza.

—Hemos venido esta mañana, al amanecer, y todavía está ahí dentro. ¿Qué hora tiene, tesoro?

—Son casi las cuatro y media.

—¡Dios mío!, ¿dice que las cuatro y media? Tengo que irme sin falta. No voy a seguir esperándolo.

—¿Adónde va?

—Tengo que ir a la carretera de Fredericksburg, justo al lado del centro comercial Crossroads. Creo que podré coger el autobús de las cinco en punto para estar en casa a las siete.

—Bueno, no es algo que acostumbremos a hacer, pero como usted parece tan agradable…; vamos en esa dirección y podemos acercarla en el coche. Bueno, si no tiene que esperar a su marido.

—Mamá, ¿puedo hablar contigo un momento? —pregunta Tammy.

Su madre mueve la cabeza afirmativamente, sin realmente escucharla.

—Muy bien, Ruth Ann. ¿Ya lo ha cogido todo?

—¡Mamá! Es importante. —Tammy cruza los brazos y hace un casi imperceptible mohín—. Esta señora es una desconocida —le advierte, intentándola hacer entrar en razón.

—Tienes que usar tu buen juicio, cariño. Ya sabes que no me ofrecería a llevar a cualquiera, pero esta señora va en nuestra misma dirección, y está claro que ha estado relacionada con el ejército. Lo menos que podemos hacer es acercarla. Tú siéntate detrás, si así te sientes más cómoda.

—Pero mamááá…

—Ya basta, Tammy. No delante de la señora.

Y la manda callar.

En el coche, Tammy se sienta en el asiento de atrás, con los brazos cruzados durante todo el camino.

—Me alegro tanto de que me hayan sacado de ese lugar… —les confía Ruth Ann, mientras se ajusta las horquillas en el espejo del parasol del coche; luego se frota la nuca con la mano.

—No es ninguna molestia. Tal como le he dicho, vamos en esa misma dirección. Me alegro de poderle ser de ayuda.

La madre de Tammy siempre está de buen humor y considera que es su deber ayudar a los demás.

—A veces me siento tan harta y cansada de tener que esperar a mi marido… Siempre está ocupado con todos esos trámites. Anoche pasamos nueve horas seguidas allí. Solucionando esto, retocando ligeramente lo otro…

—Ah, no me había dado cuenta. Así que su marido es médico, ¿no?

—No, mi exmarido. Es que participa en ese programa especial y está realizando esos experimentos.

La madre de Tammy lanza una mirada al retrovisor y ve los penetrantes ojos de Tammy clavados en ella. Se encoge de hombros y continúa hablando con la anciana.

—¿Experimentos?

—Sí, mamá, experimentos, ¿vale? Venga, no deberías estar haciendo tantas preguntas. ¡Uuuf!

La madre mira a Ruth Ann y se disculpa:

—Mi hija tiene dieciséis años y piensa que todo lo que hago está mal. Lo siento muchísimo.

Tammy mira al retrovisor y arruga la nariz. Ruth Ann vuelve la cabeza hacia el asiento posterior.

—¡No debes hablar a tu madre así!

Tammy deja escapar un profundo suspiro por entre los dientes.

—A ver, Ruth Ann, ¿no estaba diciendo algo sobre unos experimentos?

—Ah, sí. Tenía que marcharme de allí, o me lo hubiera vuelto a hacer.

—¿El hombre al que estaba esperando en el hospital? Pensaba que había dicho que era su marido.

—No, exmarido. Es posible que me haya colocado un implante para hacerme decir marido. A veces lo hace. Y es que lo controla todo. ¡Ay, qué cosa, los experimentos…! A veces yo también tengo que participar en ellos. Creo que me ha implantado una sonda electrónica en la nuca.

La anciana tira de su blusa y se lanza contra el respaldo del asiento.

—¡Ay, por Dios!, ¿la ves? —pregunta tirando del cuello de la blusa para facilitar un examen a fondo.

Tammy cruza los brazos con firmeza e intenta no mirar a la anciana de la cara maquillada.

—¡Mamá! —susurra en voz alta, nerviosamente.

—Por favor, solo echa un vistazo; parecerá un punto negro —exhorta la desconocida a Tammy.

Tammy levanta el reposacabezas y mira por entre las barras metálicas.

—Lo único que veo en su nuca es un lunar.

—¿Un lunar? ¡Nunca he tenido ningún lunar! Es la sonda. Nos oirá. ¡Chist! No digáis ni una palabra. Puede oír absolutamente todo.

—¿Quién es el que puede oír todo? —pregunta la madre, que a estas alturas ya ha empezado a sonar incrédula.

—El Presidente. Mi exmarido está haciendo que me sigan. Sé algunas cosas que al Presidente le gustaría saber. ¡Chist!, ni una palabra.

La anciana se lleva los dedos a la boca y finge cerrarse los labios con una cremallera.

Tammy se revuelve en el asiento de atrás e intenta establecer contacto visual con su madre en el retrovisor, confiando en que sus ojos transmitan el mensaje que quiere hacerle llegar: esta mujer está loca de atar. Tammy se mueve inquieta en el asiento y baja la ventanilla a pesar de la lluvia.

—¿Ha dicho que usted sabe cosas que el Presidente no sabe? —pregunta la madre—. ¿Se refiere al mismísimo Presidente?, ¿de los Estados Unidos?

La madre lanza una rápida mirada hacia Tammy, como si quisiera decirle que también ella sabe que es posible que la mujer esté desvariando o que esté loca.

—Si me hubiera quedado esperando más tiempo en ese despacho, me hubiera implantado más electrodos. Por eso estaba harta de esperar. Siempre me toca estar esperándolo, incluso con todos estos experimentos a los que me ha sometido.

La madre intercambia una mirada cómplice con Tammy en el espejo retrovisor. Tammy observa detenidamente a la esperpéntica vieja.

—¿Está segura de que no puedo acercarla a algún otro lugar? No me quedo tranquila dejándola en la parada del autobús. ¿No querrá que la lleve de vuelta al hospital? Me temo que no me di cuenta de que tenía que estar con su marido —le ofrece nerviosa la madre.

—¡Exmarido! —replica de inmediato la mujer—. Y no, cielo, ¿no le acabo de contar que me está implantando todas estas cosas por todo el cuerpo? ¡Quiero escapar de él! Oye, cariño —continúa mientras tira del cuello de la blusa hacia el respaldo del asiento—, mira a ver si puedes arrancar ese cable de ahí.

—Señora —dice Tammy—, no parece tener ningún cable ni en la espalda ni en el cuello. Lo único que tiene es el lunar que ya le dije.

—¡Ese es el implante! ¡Arráncalo!

La madre aparca en un lado de la carretera, justo detrás de la parada del autobús.

—Bien, ya hemos llegado. ¡Ahí está la parada del autobús!

La madre y Tammy están deseando que la anciana salga del coche.

—¡Ay, Dios mío! ¡No me había dado cuenta de que ya habíamos llegado! Necesito que alguien me quite esta sonda, de verdad. ¿Seguro que no pueden ayudarme? Bueno, supongo que lo entiendo. Y el Presidente conseguirá esta información de un modo u otro. Bien, en cualquier caso, gracias por traerme. Ha sido un placer conocerlas.

La anciana agarra torpemente su cartera militar negra y mete el brazo por la correa. Mientras la desliza por el hombro, da unas palmaditas a la madre en la espalda.

—Es usted una buena mujer. Le irán bien las cosas.

Tras estas palabras, la vieja chiflada sale del coche y se dirige hacia la parada del autobús.

Tammy permanece en el asiento de atrás y sube la ventanilla.

—¡Mamá! ¡Esa mujer estaba para que la encerraran! ¡Jo!, estaba como una cabra, ¿verdad?

La madre empieza a reírse nerviosamente.

—¡Ay, Dios mío! ¡Sí que era rara, sí! ¡Realmente creía que alguien le estaba implantando electrodos!, ¡y que el Presidente necesitaba saber lo que ella sabía! Estaba bastante chiflada, sí.

De camino hacia casa, la madre y Tammy no pueden dejar de hablar de la anciana loca con la gruesa capa de maquillaje y del alivio que sintieron cuando por fin salió del coche.

Una vez en casa, Tammy enciende la televisión. Cuando empiezan las noticias de las seis, el locutor comienza con:

“La coronel retirada Ruth Ann Johnston ha fallecido esta noche tras ser atropellada en extrañas circunstancias en la carretera de Fredericksburg por un coche cuyo conductor se dio a la fuga. La coronel Johnston se encontraba en una parada de autobús situada en la esquina de la carretera Fredericksburg con la interestatal 410 cuando, al parecer, un automóvil negro con matricula militar perdió el control y la atropelló, matándola en el acto. El automóvil no se detuvo, pero los testigos que se encontraban en el lugar mantienen que el conductor llevaba uniforme militar. Algunos de ustedes es posible que recuerden que la coronel Johnston fue la científica que informó de los extraños sucesos que estaban teniendo lugar en la base de Groom Lake, también conocida como Área 51, en Nevada. Tras el informe de la coronel al Presidente sobre algunos experimentos ultrasecretísimos que se habían realizado en ese lugar, las Fuerzas Aéreas se vieron finalmente obligadas a admitir la existencia del Área 51, un centro de experimentación, algo que habían negado vehementemente con anterioridad. La coronel Johnston y su marido, un ingeniero de dinámicas humanas también miembro de las Fuerzas Aéreas, fueron pioneros en el desarrollo del láser como instrumento quirúrgico, y también participaron en las primeras pruebas de las bombas atómica y de hidrógeno que se realizaron en una remota y diminuta isla del Pacífico, que más adelante fue bautizada en su honor. La coronel Ruth Ann Johnston se retiró en 1972.”

Tammy se estremece al escuchar la noticia. Su madre le dirige una mirada de incredulidad. Ambas sacuden la cabeza, casi de manera simultánea. Claro que habían oído hablar de la isla Johnston. Todos en las Fuerzas Aéreas sabían que era un campo de pruebas, en el que únicamente vivía personal militar.

Todavía atónitas y horrorizadas por las cosas tan extrañas que han pasado esa tarde, las dos se encaminan hacia sus respectivas habitaciones, tras escuchar las noticias en otro canal para intentar conseguir información adicional sobre la mujer a la que han llevado en el coche esa noche. Cuando la madre empieza a subir las escaleras camino de su cuarto, Tammy se fija en algo que tiene en la parte superior de la espalda.

—Oye, mamá, ¡no sabía que tuvieras un lunar en la espalda!

—¿Un lunar? Nunca he tenido un lunar.

Para el mundo estaré enterrado aquí
Jensen Beach

Traducción de Emilio Santoro

Antes que pueda ir a cama, la esposa de Glen le dice que encuentre al perro. Él esta borracho y predispuesto a hacer buen uso de cada una de las noches que les quedan juntos, asi que pelea contra su deseo de decirle que vaya a buscar al perro ella misma, sonríe amablemente y va desde el pasillo al estudio, donde el Llanero Solitario normalmente se esconde durante las fiestas. El Llanero Solitario es una mezcla de terrier travieso que tiene el habito de salir corriendo cuando hay gente en la casa, que en las semanas antes de su partida es algo bastante común. 

—Llanero Solitario —le dice al cuarto oscuro—. Ven aquí, chico.

Glen palmotea su rodilla. Enciende la luz y se frustra al ver que el perro no está escondido detrás del sillón amueblado, o que no está masticando el filo de la alfombra al frente del estante de libros. En la sala, Glen recoje varias botellas de cerveza. Colillas de cigarrillo y cenizas llenan el fondo de las botellas como lodo. Las lleva a la cocina y las pone ruidosamente en el bote de reciclaje.

—Llanero Solitario —dice de nuevo—. ¡Vámos!

Glen odia no poder encontrar al perro tanto como odia el pelo alambrado de éste, y sus uñas afiladas que traquetean en el piso del pasillo, y la forma en que el perro jala los labios sobre los dientes filosos; y casi tanto como odia manejar a la base en las mañanas para las preparaciones frenéticas que su pelotón está haciendo antes del quince.

Glen imagina a su esposa. Se está quitando la ropa para trepar a la cama. Piensa en su cuerpo desnudo bajo las sábanas y en la tibia caricia de su piel que sentirá cuando se acueste a su lado. Allí es donde pertenece, no buscando el fantasma de un perro en la casa. Él pronto estará lejos, y cuando Molly sugirió el perro un mes atrás, él sabía lo suficiente como para reconocer que cumplir su deseo haría más bien que mal. Pero ahora el perro ha desaparecido y mientras más lo piensa menos quiere Glen hacer el amor a su esposa, y más se resiente con el perro por arrebatarle ese deseo. Glen había esperado que El Llanero Solitario fuera una memoria viva y respirante a la que Molly alimentaría y contra la cual se acurrucaría, de tal manera que cuando Glen regresara a casa sería como si nunca se hubiera ido.

Glen abre la puerta de atrás, saca la cabeza hacia el frío y llama dos veces al Llanero Solitario. Solo escucha el débil latido de la carretera. Cuando entró a la Reserva se cambiaron a un apartamento de dos cuartos en una de las subdivisiones más nuevas, pasando el pequeño lago donde tres veranos atras Cy Bailey, el comandante de Glen cuando todavía era militar activo, le enseñó a practicar el surfeo de vela. Fuera de la base y lejos de otras familias militares, Glen puede ver el plan incierto de una vida civíl tomando forma. Planea dejarse crecer el pelo y aguantar la soledad del viaje por la 1-80 a San Francisco todos los días, donde un amigo le ha ofrecido un trabajo en el servicio postal de la base corporal del Bank of America. No puede esperar.

Pero antes están los 120 dias que pasará en Afganistán repartiendo el correo y catalogando paquetes. Es el mismo trabajo que hizo en Travis antes de unirse a la Reserva y más o menos el mismo trabajo que hará en el banco. Glen ha escuchado las historias. Sabe lo suficiente como para asustarse ante la idea de regresar diferente, o de no regresar para nada, pero igual está dispuesto a ver un poco del mundo, incluso aunque la parte que le toque sea caliente, ruidosa, peligrosa y huela mal.

Sale por la puerta y se detiene sobre un ovalo irregular de luz. Junto a su pie descalzo ve un pequeño punto sobre el tinte negro y recuerda que ha prometido añadir otra capa de pintura antes de irse. A Molly le gusta un color llamado Bourbon.

—Llanero Solitario— dice.

Le parece escuchar el débil jadeo del perro en la parte lejana del patio, pero el Llanero Solitario no se materializa. Glen silba ruidosamente metiendo dos dedos en la boca para que cuando regrese a la cama, sin el perro, Molly sepa que por lo menos lo intentó. De vuelta en la casa, busca debajo del sofá en el cuarto de invitados, y luego en el clóset de abrigos junto a la puerta de la entrada, no porque crea que va a encontrar al perro ahí, sino porque Glen cree en agotar todas sus opciones. El Llanero Solitario no está en ningún lado. Glen no recuerda haber visto al perro desde temprano esa tarde y ha comenzado a sentirse ansioso sobre cómo terminará la noche.

En la cama encuentra a Molly dormida y con la ropa todavía puesta. Yace sobre su estómago, con una mano bajo su cabeza y la otra estirada sobre el cuerpo. Ya no lleva una de sus botas. Le saca la otra bota y las coloca juntas. La voltea y le desabrocha el cierre del blue jean. Lleva sus dedos hasta la cintura, con cuidado para no sacarle los calzones, y le quita los pantalones. Le alza las piernas con un brazo, como si fuera un niño, y con el otro retira las sábanas y la acomoda. Mientras sale del cuarto apaga la luz. Y cuando Glen cierra la puerta Molly ronca un poco.

Glen sale al porche para fumar un cigarrillo. La noche es inusualmente fría para agosto. Uno de los invitados —gente del trabajo de Molly la gran mayoria— ha dejado un vaso en el brazo del adirondack de madera que el papá de Glen construyó como regalo de bodas. Recoge el vaso y lo usa como cenicero. Los guantes de jardín nuevos de Molly están en la veranda. Son blancos y manchados con flores negras. La compañera de trabajo de Molly, Amy, se los regaló de broma. Molly no es jardinera. Ella lo mata todo. Amy le regaló los guantes con un set de herramientas de juguete y un imán con un dibujo al estilo Roy Lichstenstein de una mujer al lado de una planta grande. El imán decia, “¡Cuando su esposo no esté, deje crecer los arbustos!”. Glen no entendió el chiste, pero Molly se rió tan fuerte que las lágrimas salieron de sus ojos cuando desenvolvió el papel verde en el que el imán estaba envuelto.

Debajo del oscuro techo del porche, Glen no sabe qué pensar sobre Molly, o Afganistán, o el perro, o la resaca que ya siente arder sobre sus ojos. Cuando advierte por primera vez la figura al final del camino de entrada, justo por encima del borde de la alcantarilla, piensa que tiene que ser el gato del vecino, que, por alguna razón, en las noches frías se sienta en el camino de entrada de Glen y llora. Él hace bulla pero la figura no se mueve. En el tiempo que le toma caminar desde el porche hasta al perro, Glen entiende lo que debió haber sucedido. Un invitado borracho, un perro inquieto, una llanta de carro. Lanza su cigarrillo a la alcantarilla cercana al Llanero Solitario. Choca y se apaga en el agua verde y poco profunda. Hay algo de sangre, y la boca del Llanero Solitario cuelga abierta, su mandíbula inferior relajada, mostrando sus pequeños dientes.

Glen regresa por el camino de entrada y toma los guantes de Molly que están en la veranda. Se los pone, forzando la banda elástica lo más que puede sobre sus muñecas. Las pequeñas flores de caucho se frotan una con la otra y cuando forma un puño y lo abre el guante hace un ruido como de labios separándose .

Cuando llega hasta el perro, Glen se arrodilla junto a éste y trata de encontrarle el pulso. Sus dedos excavan en la melena hosca del Llanero Solitario. Siente los músculos suaves y las pistas estrechas de los tendones, pero no encuentra el pulso. Glen alza una de las patas delanteras del Llanero Solitario. Cuando la deja caer, la pata cae como una bisagra suelta.

Glen regresa a la casa. En el pasillo se pone unas botas sin medias. Sus pies se raspan contra el cuero áspero. No quiere arriesgarse a despertar a Molly, así que deja que se escape la idea que tuvo sobre ponerse medias y se dirigió a la cocina. Debajo del lavabo, atrás de unos contenedores con detergente, Glen encuentra una caja amarilla de bolsas de basura. Toma dos. En el pasillo agarra un suéter que cuelga de un armador en el closet y regresa al camino de entrada.

Glen esté de pie frente al cuerpo del Llanero Solitario y mira los guantes de Molly en el suelo, las desteñidas mangas de su suéter gris, y sus pies incómodos. Pone una bolsa dentro de la otra y mete sus dos brazos hasta los codos, se arrodilla al lado del Llanero Solitario y pone la bolsa encima del perro. Agarra la cabeza con una mano y las patas traseras con la otra y mete al perro en la bolsa. Glen le da vuelta a la bolsa y al paquete que está adentro y amarra las cuatro esquinas con un doble nudo. Pone la bolsa en el baul del carro de Molly. Glen se estira y empuja el nudo hasta que toca el contorno del animal. Del nudo escapa aire  y la forma del Llanero Solitario se hace visible debajo del plástico negro.

Hay una pala en el garage. Glen la toma y la coloca debajo de los asientos traseros. Es cuidadoso de no ensuciar los asientos o la alfombra del carro, pero cuando cierra la puerta, un pedazo de lodo gris cae al suelo. No va a decir nada a Molly sobre el Llanero Solitario y recuerda que debe parar en una gasolinera de regreso para aspirar el lodo del suelo.

La calle de salida corre paralela a la carretera un cuarto de milla antes de girar bruscamente al este y encontrarse con la calle que lleva al lago. Glen conoce el camino bien. En los veranos estaciona su carro en las afueras del lago y camina hasta la pequeña pendiente que lleva hasta la playa pedrosa donde se viste su traje de surf y arma la tabla y la vela. Directamente al sur del lago el valle es más estrecho y en los días perfectos el viento se filtra por el valle y sopla tan fuerte que la tabla de Glen parece flotar por encima de la espuma y el agua gris.

Glen maneja lento. La nube de polvo tras el carro se enciende de rojo. Sigue el camino hasta el final, hasta una pequeña área de picnic, y estaciona cerca de un robusto arce. Él y Molly han estado allí varias veces y, eso espera Glen, regresarán. Las luces del carro alcanzan la pedrosa playa y las altas hojas de pasto en el agua negra. Las apaga, pero está tan oscuro que no se puede concentrar y las vuelve a prender. Considera sus opciones. Tirar al perro en el lago sería lo más fácil. Puede añadir peso a la bolsa con piedras, o hacer un pequeño hueco en esta para que se meta el agua y así asegurarse de que se hunda. Pero él suele surfear por aquí e ir sobre un perro muerto, su perro muerto pudriéndose debajo, inquieta a Glen.

Tomará mucho tiempo, pero ha traído la pala y se encuentra sobrio y ya ha pasado el punto en que habría podido quedarse dormido, asi que Glen decide excavar. Mueve el carro más o menos un metro para darse más espacio. Debe agacharse para evitar las ramas del arce. Están cubiertas de hojas que incluso en la oscuridad arrojan un reflejo verde en el techo del carro negro de Molly. Ábre el baúl. El fuerte olor a mierda de perro salta en su cara. Glen alza su brazo y esconde su boca y nariz en el hueco del codo. Con su otro brazo agarra la bolsa y la tira afuera a lo largo del carro. El perro aterriza cerca de las luces delanteras.

No ha llovido en semanas y la capa superior de la tierra es dura y venosa, llena de grietas poco profundas. Con la pala Glen extrae grandes pedazos de tierra como si fueran continentes y él un terremoto, los deja en el suelo y los rompe con el filo de la pala. A pocas pulgadas de profundidad la tierra es suave, más fácil de excavar. Glen se sorprende de excavar tán rápido. El montón de tierra junto al hueco crece. Pronto se halla  cubierto hasta las espinillas dentro de un círculo irregular de un metro de ancho.

Intenta imaginarse recordando el momento, un tiempo en que esto se habrá convertido en pasado. Aunque sus pensamientos vuelen lejos, al futuro, en lo único que piensa es en aviones aterrizando y puertas de equipaje abriéndose. Interminables filas de cajas para descargar, inspeccionar y anotar. Estarán amontonadas con comida, ropa y provisiones. Glen será responsable de asegurar que estos paquetes lleguen bien a la base, como un corazón que bombea sangre. Piensa en bolsas de correo y en las cartas de los soldados para sus familias.

Le hablará a Molly sobre el Llanero Solitario en una carta, está seguro. Ella entenderá desde la distancia. Pero esta noche irá a casa, entrará en la cama y pretenderá que nada ha pasado. Cuando pregunte sobre el perro, Glen le dirá que buscó lo más que pudo. El Llanero Solitario se fué. Lo siento. Debió haber corrido. Glen se habrá acordado de aspirar el lodo seco del asiento de atrás del carro. Puede estar seguro de que ha borrado toda huella del Llanero Solitario, y dormirá con facilidad. La mañana siguiente aprobará los panfletos de perro perdido hechos por Molly, y la ayudará a pegarlos en el vecindario y en el tablero de corcho del Lucky que queda en la esquina de la casa. Tendrá esperanzas respecto de ella. Y él la comprenderá incluso cuando su interminable preocupación por el perro lo distraiga de su miedo de ir a la guerra. Camino a la base, la mañana en que deba irse, le dirá, avísame cuando el Llanero Solitario regrese. Se sentirá culpable de esto hasta que aterrize en Alemania y hasta que el pequeño salto al sureste en un avión de las fuerzas aéreas más frío y ruidoso de lo a que él está acostumbrado, traiga nuevas cosas a su mente.

Glen sale del hueco y recoge la bolsa negra. La arroja al hueco y lanza la primera palada encima. La pala raspa la tierra. La tierra llueve sobre la bolsa. Glen oye el agua, y el viento en las ramas del arce, y mucho más allá de la reserva ve el pulso de los faros en la carretera.

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