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Mi cumpleaños número 23 Por Jhon Monsalve Un tema para el olvido Por David Torres », de Óscar Rencor• «• Collazos: una propuesta sin futuro Por Yésica Nieto Caracolí Por Nicolás Gómez

Y no se acabó el mundo

Existe y último deseo Por Andrés Rueda V.

La incertidumbre y temblor en la ciudad Por Silvia Navarro Por una sola vez Por Yésica Nieto El mundo se va a acabar… si algún día me has de querer te debes de apresurar Por Jhon Monsalve Los premios AVN y la máscara de la hipocresía humana Por Nefi CRÓNICA: Y no se acabó el mundo… ¿Cuál mundo? Por Barba Negra

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Jhon Monsalve

El año pasado, en el mes víspera de la hipocresía y de la desfachatez, cumplí 23 años. Me sentía un poco inerte. Bueno, seamos sinceros: en realidad me sentía muerto. Y es que 23 años no vienen solos: llegaron, en mi caso, cansados de la pobreza, de la miseria, de la limosna. Y lo peor es que tengo que seguir soportando esta vida por muchos más años. Les confieso que sentía una especie de asco hacia mí mismo cuando crecía la estúpida fe o espejismo (total, en cualquier

saben leer, que el mundo se acabaría en diciembre de 2012. Qué alivio habría sido eso. Para mí y para los de abajo, para los parias de esta ciudad inmunda que me acorrala y me tortura a diario. Pero no. No se acabó nada, y mientras tanto, los cristianos suspiran hondamente, y con una sonrisa estúpida le dan gracias a diosito lindo por permitirles un año más de vida y le juran que este nuevo año se portarán mejor. Estos son los parias más bobos, los parias producto de nuestro Estado. Hay otros, como yo, que vemos un poco más allá, sin temor a equivocarnos (somos conscientes de que a veces actuamos bajo los efectos de la represión social y

circunstancia, siempre son similares) de que los mayas, civilización que admiro y respeto (de la que salió uno de mis libros favoritos, aunque contaminado de mierda) habían predestinado, tal como lo

parecemos unos simples resentidos); hay otros que no nos comemos el cuento de que

malinterpretaron algunos lectores que no

un año puede ser mejor que otro, si la educación sigue igual, la desigualdad social se nota más, el capitalismo alabado por millones de colombianos que, de paso, son todavía uribistas, gana cancha en el Norte y pierde los recursos en el Sur. Y nadie dice nada: actuamos como ovejas detrás del pastor o, lo que es lo mismo, como cristianos detrás del ladrón, perdón, ladrón no, ¡cómo se les ocurre!, quise decir pastor. Y a todas estas no he dicho lo que venía a decir. Siempre me pierdo por las ramas, pero es que me dijeron que tenía que hablar de algo alusivo al tema de esta entrega y... pues me emocioné: estos temas son tan normales para el mundo, que hace que lo deteste cada vez más, con más ganas y ahínco, y empiezo a insultar a diestra y siniestra, y creo que ya me pasé, porque insulté a dios lindo y a Uribe y a esta ciudad de mierda en la que habito porque tengo muchas cosas (secretas) que hacer en ella. Ahora sí: si el mundo se hubiera acabado, estaría feliz en la inmensidad de la muerte, en su pureza, en la tranquilidad de no estar más vivo. "¿Y el infierno? De seguro se va pa'llá". "No, no, no, yo no creo en mitos, muchas gracias, señora, pero soy ateo". El infierno fue un invento del cristiano para amenazar de por vida a sus feligreses, para tenerlos amarrados a una doctrina que ni siquiera es suya, sino de un pueblo elegido por el mismo dios clasisista, que también fue inventado. Imagínense una religión que predica a un dios amenazador y asesino... pues esa misma ha regido nuestras normas

sociales y hasta políticas de nuestros países. Y estaba una noche sentado frente al computador, cuando me di cuenta de que estaba muerto. Solo pensé en Yésica, y mis dedos se empezaron a balancear sobre el teclado, y resultó esto (con lo que me despido): "Sí, lo sé, tal vez suene patético, tan tonto, tanto, pero hay que celebrar este día, esta noche estúpida, este próximo amanecer. No siempre se cumplen años en paz. No siempre Onetti te clava el existencialismo en la razón, no siempre se ama tanto. 23 años se aproximan en el kayak de la muerte; ya lo he dicho: cuando se cumplen años es como si se celebrara un año menos de vida, es como si se avanzaran unos centímetros de arena antes de llegar al arca. Rimbaud ya había hecho su obra poética con 3 años menos, y yo aún aquí soportando la vida, o tal vez la muerte. Siempre he pensado que las veces en que he estado a punto de morir, he muerto de verdad, pero que sigo viviendo mi vida en un mundo aparte, mientras el otro se desarrolla sin mí y con una sonrisa de oreja a oreja, pícara, tímida, sarcástica. Tal vez sí estoy muerto y lo que vivo y escribo son ilusiones: la vida no puede ser tan perversa como la pintan, ni como la viven, ni como la mueren. 23 años de vida, sí, y como 3 de muerto. ¿A quién no mata esta ciudad bonita? Si por bonita, se volvió puta. Cada vez hay más basura en las calles, más mierda en los parques y menos oportunidades.

Ultimamente me ha dado la impresión de que huelo a• Quebradaseca•y a Parque Centenario. En los últimos días mis amigos de infancia se educan debajo de los puentes, mientras los que Luchan de todo corazón sacan tajada de todo corazón: ahí aparecen los gatos, y los ratones, y los burros de Rafael Pombo... Eso sí: no siempre se ama tanto: 2 años, 2 meses, 20 días y 3 horas son razón suficiente para aguantar por tanto tiempo

este 'valle de lágrimas', como lo llamó Juan Rulfo. Ya viene el kayak, y solo me voy contigo, con nadie más: vámonos para siempre, empaquemos a• Onetti, para encontrarnos con lo mismo: nada cambiará, solo el tamaño de nuestro afecto".

David Torres

A todas las paradojas terminales, añádale además la del fin en sí. Cuando un fenómeno anuncia, de lejos, su próxima desaparición, somos muchos a saberlo y, a veces, a lamentarlo. Pero cuando la agonía toca su fin, ya miramos para otro lado. La muerte se vuelve invisible. Hace ya bastante tiempo que el río, el ruiseñor, los caminos que atraviesan los prados, han desaparecido del pensamiento del hombre. Nadie los necesita ya. Cuando la naturaleza desaparezca mañana del planeta, ¿quién la echará en falta? ¿Dónde están los sucesores de Octavio Paz, de René Char? ¿Dónde están aún los grandes poetas? ¿Han desaparecido o su voz se ha vuelto inaudible? En todo caso, menudo cambio en nuestra (…), en otros tiempos impensables sin poetas. Pero si el hombre ha perdido la necesidad de la poesía, ¿se dará cuenta de su desaparición? El fin no es una explosión apocalíptica. Probablemente no haya nada más apacible que el fin. Milan Kundera

no tiene en cuenta un fin en sus planes –aunque un fin puede llegarme en cualquier momento-; por tal razón, cuando tuve que pensar en el fin del mundo como tema una extraña náusea –nada similar a la del personaje de Sartre, quizá algo parecida a la de las embarazadas- se apoderó de mí. No pensé en escribir y tampoco creí que hiciera falta, aun así no pude evitar en alguna noche pensar en una posible solución a un tema un tanto absurdo. No lo encontré, pero después de aquella noche tuve que escribir. Primero reflexioné en que para el arte, la música, la pintura y,

Que se acabara o no se acabara el mundo me tiene sin cuidado. Alguien como yo

quizá, la literatura el fin del mundo había acaecido ya muchas veces, porque cuando pensamos que ya nada podría ser peor, empeoró –sobre todo para la música, me repetí entonces en un suspiro e inmediatamente, en un ataque de falsa humildad,me dije que yo no era nadie para saberlo. Así que el final del mundo ya había llegado para todo lo bonito, me murmuré con cierta congoja. Pensé en el cine, puede ser que todavía sea, exista, sobreviva, aunque para muchos directores, guionistas, actores, productores, ya está en agonía. Luego intenté pensar en política, para descubrir su estado (quería no ser pesimista en todos los campos), pero el olor a descomposición no me permitió siquiera un débil acercamiento. Paso a paso me fui desengañando; tal vez lo único vivo que queda somos nosotros, los seres humanos. Y ¿Quiénes somos nosotros, quiénes somos los seres humanos? Conocí el caso de una familia mísera, en mi querida -¿?- Bucaramanga que deseaba con fervor el fin. Creía, aquella familia, que vendría Dios –sin importarle de quién era la profecíaa liberarla del yugo opresor de la pobreza. Quién sabe en qué barrio pedirá comida esta semana. También tuve la posibilidad de entrevistarme con un señor venido a menos –dicho de otra forma: quiebra y deudas. El me dijo que las probabilidades de que acabara el mundo eran de un 100... Estuvimos hablando –yo sin saber nada de ello y sin importarme mucho-

de las teorías existentes y cómo era seguro el acontecimiento. Hablaba enredado y poco le entendí. Después de que bebiera el último trago se despidió de mí con un fuerte abrazo. Días más tarde me enteré, sin estar

preguntando, como tantas cosas en la vida, de que el día x se colgó de la viga que cruzaba la casa que le quitarían por una hipoteca –nada mejor para el ser humano que la seguridad los libere y los lidere como bandera: envidié, con lágrimas de orgullo, su determinación y el cumplimiento de todas sus interpretaciones. El me ayudó a pensar en los millones de seres que por una u otra razón se fueron creyendo que realmente se acababa el mundo –aunque si lo pensamos bien, el mundo lo acabamos hace rato: todos mis ataques y los ataques de los demás…aunque así no tendría sentido el texto y mucho menos el tema propuesto. Sin embargo, el fin del mundo no fue lo único que estuvo de boca en boca. También se regó la voz no del fin sino del cambio. Cambio esperado ansiosamente, cambio que muchos confundían -¿Confundíamos?con un

milagro. Conocí a una señora, por esos días, -muy elegante ella- que deseaba que el día x le devolviera a su hijo ausente –no atiné a preguntar por qué no estaba. Me entrevisté, igualmente, con un señor –muy mal vestido él- que creía que el día le traería un empleo.

Conocí una señora con una enfermedad –poco debe importar la enfermedad- a quien alguien le dijo que si ese día se bañaba con una serie de hierbas podría obtener la

curación tan anhelada. Tampoco faltó que uno de mis familiares echara la lotería con las posibles combinaciones de los posibles números que brindaba ese día. Hasta esta noche en que escribo no sé qué habrá sido de tantos milagros. Puedo saber que a alguna de tantas personas se le cumplió su deseo. Y, por alguna razón, llamará a su primogénita: Maya Alejandra.

Finalmente, digo que no quiero hablar de las sectas que realizaron algún tipo, cualquiera que fuese, de ritual. Me aburren esos seres. ¿Qué puedo concluir? Que espero con ansia que este tema sea olvidado.

Yésica Nieto

A veces no lo siento, se esconde en alguna parte y duerme allí pero me acuerdo de algo y vuelve a aparecer llamado por un recuerdo dañino, resulta entonces que sigue vivo, que el mío es un rencor apenas dormido. Para liberarme de él tendría que morirme y volver a nacer. (“Rencor”, de Oscar Collazos)

luego se convierte en prostituta y que por cosas de la vida termina en la cárcel. Luego, tan solo imaginemos que esta gente no está ahí por cuenta propia, sino porque fueron obligados a huir de sus tierras natales por amenazas o porque les quemaron el ranchito en el que vivían. Ahora veamos cómo la memoria de una “niña” de 17 años es la que está interactuando, a modo de confesión, ante una cámara, en donde cuenta todo lo que ha vivido en tan corta vida. Pues bien, esa es la CIUDAD y el mundo que nos presenta el escritor

Bueno, pensemos que estamos ubicados en Cartagena de Indias, pero no en la ciudad que nos vende los medios masivos de

comunicación nacional, ni el presidente en canales internacionales, en la que solo se muestra una pequeña parte, sino en una Cartagena de Indias llena de mierda, de pobreza, de olvido y de inseguridad, donde se evidencia algunos estereotipos «resaltables de la gente que la habita: la mamá que trabaja por unos pocos centavos, la hija violada reiteradas veces por un padre borracho, que

contemporáneo Oscar Collazos en su obra “Rencor”. Si observamos detenidamente la realidad

que está plasmada en esa obra no difiere mucho de lo que se vive actualmente, no solo en Cartagena de Indias, sino en toda Colombia, ya que para nadie es un secreto que la desigualdad social y las guerras son el pan de cada día en nuestra casa. No se acabó el mundo, eso es cierto, pero tal vez habría sido mejor que sí se hubiera acabado, para que por una sola vez en la vida se vea una igualdad para todos, un sufrimiento

alguna parte, todo el rencor causado por los diferentes actores de la sociedad que tienen que ser conscientes de la existencia de una memoria histórica que han creado: “Si empiezo una nueva vida, tendré que ver lo que hago con todo el rencor que sin saber se me ha metido en el cuerpo” (“Rencor”, de Collazos), ya que sin esta socialización nunca se construiría una nueva sociedad, una en la que se tenga presente todas esas tragedias para no caer en los mismos errores. Pero seamos conscientes de que esa

mancomunado. Pero regresemos de nuevo a la obra de Collazos, a “Rencor”, y observemos que en la vida de estos personajes solo cabe la tragedia, el único mundo que han conocido es el de una exclusión ocasionada por el sistema, tal y como lo afirma Hernando Urriago Benítez, profesor de la Universidad del Valle: “Keyla se debate entre la basura y el amedrantamiento dentro de un espacio tan ficticio como real que revela el drama íntimo y público de un mundo social, económico y político tejido a machetazos y en el cual parece haber cada vez menos territorio posible” (2006). ¿Pero cuál es el objetivo que se quiere conseguir al recordar y no olvidar un pasado sucio que se ha tenido? Pues bien, diría que el objetivo principal para propiciar ese no olvido se debe a una necesidad de ser escuchadas todas las tragedias que ha vivido cada individuo para intentar remediar, en

propuesta que se observa en la obra de Collazos no se aplicará nunca al contexto actual de este país porque estamos

sumergidos en la porquería de la ignorancia en la que se eligen políticos corruptos, por lo que se lamenta, y mucho, que el mundo siga existiendo, ya que no se ve ningún objetivo para seguir en la nada de este país, en un país rico en desigualdad social, rico en hambre, rico en políticos avaros, rico en tierras de unas pocas familias, rico en explotación laboral, rico en falsos positivos, rico en reformas a las leyes que perjudican más y más al pueblo… Lástima que no se acabó el mundo.

Nicolás Gómez

Hoy José Ricardo me habló del fin del mundo. Me dijo que don Carlos hablaba de eso en la cocina, mientras desayunaba con los invitados. Yo no pude escucharlos porque estaba en el portillo, ayudando a mi papá con el agua que se necesita para el almuerzo. Pero ya José Ricardo me lo ha contado todo, y hemos acordado trepar mañana al Caracolí, donde podemos ver al mundo; ahí esperaremos a que se apague el sol y comience la lluvia de fuego. Mañana se acaba el mundo, y nosotros seremos los primeros en advertirlo. Si el Caracolí es tan alto, que en las noches claras creemos atrapar los puntos que titilan en el cielo, divisamos el reflejo de las

luces de los pueblos vecinos y cuando nos persigue Sultán, dando patadas con sus cascos de caballo loco, subimos y

escapamos de su rabia, tal vez los desastres que escuchó José Ricardo no puedan con nosotros, gavieros en el árbol más grande de esta tierra. Mañana se acaba el mundo, y nosotros estaremos a salvo. Le pregunté a mamá por el fin del mundo y me dijo que no sabía nada. Le pregunté a papá y me respondió que don Carlos y sus amigos de la ciudad llegaron con esa idea. Al parecer mi papá no cree en eso, y, más bien, piensa que el mundo se acaba todas las mañanas cuando debe abandonar la cama e irse para la casa de don Carlos. Lo digo

porque siempre lo escucho maldecir desde el cuarto. Yo creo que a mi papá le agrada el fin del mundo y por eso no se nota preocupado. Mejor, si mañana tengo tiempo, antes de trepar al Caracolí, le diré a mamá que suba conmigo para no sentirme solo. A papá lo dejaremos aquí, dormido, tal vez; y ojalá que el fin del mundo lo tome con los ojos abiertos y el rostro en alto, como una ráfaga de bendición que se merece. Mañana se acaba el mundo, y no estaré solo. Hemos bajado al pueblo porque don Carlos nos ha encargado el mercado de mañana, y ahora que venimos de allí siento como si subieran por mi brazo todas las hormigas de esta tierra. Por la experiencia que tengo con este dolor, sé que es de profunda tristeza. Cuando murió mi abuelo, y lo sumergieron en el barco de madera que navegada en las profundidades de la tierra, supe que no volvería a escuchar su voz ni las historias que con ella rodaban por el viento, y esa sensación de dolor que tengo en este momento, se apoderó de mí, por primera vez. Creo que este dolor vuelve porque mañana es el fin del mundo, y he dejado las calles del pueblo en el que nunca volveré a correr. Las piedras y el barro con que construyeron las vías y las casas volverán a la tierra, se fundirán con esta, en medio de la lluvia de calor que ha descrito José. Si al menos pudiéramos subir algunos puñados de tierra, de piedra y de barro al Caracolí, trataríamos de reconstruir un pueblo como el que perderemos. Espero que

mañana, cuando subamos al árbol, en la parte más alta, encuentre un espacio donde pueda divisar las líneas que trazan las calles empedradas, y queden como palabras del abuelo en mi memoria. Hace más de media hora que José Ricardo golpeó la puerta de mi cuarto. No me pude lavar ni tuve tiempo para besar a papá, ni despertar a mamá para llevarla conmigo. José Ricardo dice que las ramas del Caracolí no soportarían tanto peso. Yo, más bien, creo que es egoísmo porque él hace mucho que perdió a la suya, y no quiere seguir como el único huérfano después del fin del mundo. De camino al Caracolí recojo puñados de arena que me ayuden a reconstruir todo lo que ahora veo. Tengo los bolsillos plenos de piedras para reedificar lo que pronto ya no estará. Estoy seguro que con estos elementos encontraré nuevamente el espacio que en poco tiempo me hará mucha falta. Llegamos al Caracolí. El sol se eleva cada vez más. El cielo no se nubla. José Ricardo es fiel a los comentarios que escuchó ayer, y me repite los desastres que se avecinan. El Caracolí es inmenso. Trepamos. Las hojas son cada vez más espesas. Muchas veces hemos subido a la parte más alta, pero esta vez es infinito. Creo que la penumbra invade la copa. No puedo ver muy bien, y me guío por la voz de José. No quiero que el fin del mundo llegue sin que nosotros no hayamos conquistado la cima del árbol. Quiero ver cómo se rompe el cielo, y la tierra

se funde en fuego, en agua, en vacío, como él lo ha descrito. Pero las manos no me responden. Me duelen los brazos y las piernas. Pierdo fuerza y el camino a nuestra gavia se bifurca en delgadas ramas. ……………………………. Aún el sol es rey del cielo; ha

toda la tierra. Creo que han pasado varias horas y todo sigue igual. No veo a José Ricardo. Todo está en silencio. El viento empuja las hojas del Caracolí, imponente. Lo puedo ver en todas sus dimensiones, aunque no esté en la parte más alta. Con el viento me golpean palabras. Corre papá. Corre don Carlos. Corre José… El abuelo me eleva.

conquistado la parte más alta e irradia

Andrés Rueda Verdugo

Existe, en mi cabeza escamosa como un monstruo. Existe, en las incendiarias mañanas de nostalgias baratas. Existe, en la tarde eterna de resplandor social. Existe, en la soledad. Existe, en el abrazo de despedida. Existe, en la cadena de besos perdidos como balas. Existe, en el pecho del amor inconsciente. Existe, en la dicha absurda del dolor. Existe, en el equilibrio entre la vida y la muerte. Existe, en las sábanas sudadas de realidad. Existe, dentro de ti, de ellos… incluso dentro de mí. La idea de acabarnos, de no existir; existe.

¿Sería tan amable, linda mujer, de dejarme ver sus senos? Es que… se le ven tan hermosos debajo de ese camisón. La he seguido durante horas, mirando el fervor de sus piernas; por favor, no soy ningún desmoralizado ni nada similar. Es solo que mañana muere el mundo, muere usted, muero yo.

Las candentes luces acercan, Masa de frustración acongojada; ¡Oh cielo!, Sobresalen pedazos del mundo; ¡Oh tierra!, ratas y esqueletos Emergen con sus atributos, Laderas cortas y embusteras túnicas. Y la calcinación misma del pensamiento La tierra cubre, Y las vertientes de problemas allá y aquí, y, aquí y allá, Intentan el espíritu calmar y cansar, Sin argumentos ni palabras, Todo gracias a la fe de pocos Que se proclama de muchos.

Se aproximaba a nuestra casa, Con una paciencia atemorizante, Un pequeño cúmulo de energía, Que amenazaba con tomar por completo nuestra existencia. Se cree inició su viaje en la Enana de Fénix, Y tardó en llegar 1.450.000 años luz. Era de un azul extraño pero hermoso, Y, cuando por fin nos dejó unirnos a ella, Nos dio el placer de ser felices Por Una Sola Vez.

Mensajes televisivos asechan… Los pensamientos colombianos, Trastes que transmiten… Los nombres de los caballeros de la muerte y la destrucción; Emanan olor de engaño y dolor, De pobreza y enfermedad. Las miles filas de cuerpos… Cargados con hilos del maestro del titirite… Hacia la paz inmunda de la corrupción. Temibles ojos con máscaras, Repugnantes pinturas para el rostro, Con sus promesas de rosas, Con sus lenguas de mamba negra… Los rocían del veneno como lluvia. Y con los fríos tesoros de la negra tierra Son vendidas nuestras almas.

Muchas veces, miles tal vez, creí estar enamorado en mi adolescencia. Veía una que otra chica que pasaba por el frente de mi casa saludando al viento, hablando sola, deseando el amor más puro del mundo. Y yo, apenas con la cabeza asomada,

susurros, el silencio y el abrazo pasional de dos amantes que envidiaba a muerte. Si hubiera conocido en aquel entonces la canción de Mono Blanco, grupo musical del Veracruz mexicano que recorre el mundo llevando los sonidos típicos de su pueblo... una canción titulada "El mundo se va a acabar", la habría dedicado a cada una de las chicas, fuese la que fuese, antes de verlas en los brazos de otros. Lo habría pensado bien y me habría animado a asomarme por la ventana un poco más y a recuperar las fuerzas que el miedo me robaba para decirle a alguna de ellas desde arriba: "Ámame que el mundo se va acabar". Y ya, y eso era todo, y, aunque

susurraba a gritos que estaba, con mucho gusto, a su disposición las veces que quisiese y para lo que gustase. Pero mis palabras se las llevaba el silencio, mientras mis ojos se daban cuenta de que aquella chica, fuera la que fuese, abrazaba más

apasionadamente a uno de los

reconocidos vagos del barrio en que habitaba. Y siempre era lo mismo: pasaba, hablaba, deseaba el amor puro, los

posiblemente habría quedado como idiota, por lo menos, podría ser considerado un valiente, y un poeta, y un profeta a medias por decir una verdad en aras de un amor bien imposible.

amarme, sin importar que fuera yo el nerdo del barrio, el bueno, el que iba peinado vaginalmente al colegio y con pantalones saltacharcos. Y cuando les dijera:

No-no-no-no-no no ves que el mar casi ya ha muerto Sabía muy bien que ninguna me convenía. Eran bonitas: sus cabellos iban lisos con diversos moños de tela barata, con perfume marca "Ramera" y con un caminar di si no es cierto, que argumentar se va a acabar, se está acabando y tú pensando si me has de amar...

balanceado que iba al compás de sus brazos. Oían tecnocumbias, insultaban, peleaban a cuchillo, me ignoraban Me preguntarían (o me habrían

preguntado)que si sabía yo la técnica para no morir, para seguir disfrutando de las dulces mieles que les daba la sociedad, y yo les diría que sí, que solo era que me amaran y ya: sin más, sin tapujos, ni quejas, ni miedos, porque dios era amor y se arrepentiría de acabar el mundo si viera que las personas se aman. Y luego: Pon atención, no te das cuenta que el hombre inventa la destrucción, por la erosión, el río agoniza y eso da prisa a mi pasión... Y se cuestionarían si esas señales eran las

totalmente. No me convenían, pero me gustaban. Faltó estrategia. Una canción; eso era: una canción habría hecho la diferencia, las habría rendido a todas a mis pies. Si hay algo que asusta a comunidades como aquella en la que crecí es la amenaza del infierno. Por eso es que los más fieles creyentes se encuentran en los barrios más pobres: siempre se respaldan en la promesa del cielo y le huyen como locos al infierno ardiente. Así eran ellas; tal cual, no más: así: vagas y católicas, la combinación perfecta.

El mundo se va a acabar, El mundo se va a acabar Si un día me has de querer, te debes de apresurar...

que se veían en los barcos color naranja que atravesaban el Río de Oro desde hacía unos años. Yo les diría que por supuesto, que ahí estaban las señales del fin, y

Y así eran ellas, y con esta canción habrían caído a mis pies. Esta melodía es el más vivo acoso, la más grande amenaza, el miedo al caos. Tan pronto como les dijera esto, se apresurarían a mis brazos para

entonces me abrazarían como si fuera yo el salvador, y me creería el mesías o el Anticristo. Y de seguro se habrían

desnudado al escuchar esto último:

poquito más allá y ganarle la guerra a dios Ni que dudar, mira la tierra, con tanta guerra ¿dónde va a andar?; no hay que esperar que el mundo es loco y queda poco tiempo de amar... y a las estupideces que se inventa el humano. Pero nada: fui tonto, fui débil, fui un cobarde que de haber logrado alguna de estas chicas con esta u otra canción Y las tendría totalmente a mi disposición... y me burlaría de los vagos del barrio. Desnudas, asustadas por el fin, muertas de amor por mí. Suspirando una y otra vez por la satisfacción de la meta jamás habría escrito este texto y estaría a estas horas trabajando de sol a sol como limosnero de esquina en alguna calle de aquel barrio o de esta ciudad atestada de parques y de bellas mujeres con fragancia inocente y moñitos de tela barata.

alcanzada, por el punto final de mis desdichas, por la humildad de pensar un

Cine
Los premios AVN y la máscara de la hipocresía humana

Uno creería que los actores y las actrices porno trabajan cuando gimen y no más. Pero no: ellos deben memorizar libretos, manejar los movimientos, aguantar la risa o el cansancio en escenas muy largas y demostrar, tal vez fingir, que todo lo que los rodea los excita. Ellos también adoptan un personaje y muchos creerían que se desperdician en la oveja negra del séptimo arte. Pero hay otros que no, y tal vez sean ellos los más felices y tolerantes del planeta. Siempre he pensado que cuando la mente se abre a temas como estos la sociedad empieza crecer en valores humanos. Miremos que son

considerados actores y actrices, de la misma manera que muchos de los grandes seudo-actores de Hollywood proclamados por la baja educación del mundo. Pensemos qué nos hace más inmorales: si mirar una película cursi y capitalista en cartelera o un filme de Private, New sensations o Marc Dorcell en nuestra casa, solos, para conocernos a nosotros mismos, para desahogar las penas que la fealdad y la economía nos causan a diario. Una película porno hace el papel barato y sano de una puta, pero haciendo uso de la mano. El 19 de enero del presente año, que lle-

gó a pesar de tanto bla-bla-bla, se llevará a cabo en Las Vegas el acto de los Premios AVN del cine porno. En dicha fecha este artículo ya hará parte del pasado. Y no puedo hacer ninguna reseña del evento por cuestión de tiempo y de posibilidades. Desde hace unos años (concretamente, desde que soy amante del cine porno), he buscado la manera de ver la premiación por internet, pero no ha sido posible. Supongo que los lectores que tienen en sus casas (y deberían sentirse orgullosos por ello) canales de cine adulto, el 19 de enero estarán pendientes de si en alguno de estos transmitirán tan importante distinción para la cara oculta del séptimo arte. Y pensar que hace tan solo unos días muchos estaban a la espera del fin del mundo, mientras otros se reían de la idiotez humana. Pensar también que por esas fechas se grabaron miles de escenas porno para deleite de cinéfilos con criterio. Pero no... el mundo siguió y con él los placeres: ya cuántos de nosotros

Los premios AVN (Adult Video News) son catalogados como los premios ÓOscar del porno. Tal vez sean mucho más que eso y no queramos aceptarlo. Tal vez el arte se disfraza de decencia y se echa la cruz de vez en cuando; tal vez dios mismo bendice el arte y lo catapulta fuera de lo considerado morboso por el hombre moral; tal vez nuestro modo de ver el mundo sea el erróneo, y el perverso, y el infantil. Sociedades de un dios que nunca existió y regidas por leyes ajenas, no se espanten al ver en sus ciudades avisos publicitarios de Casas Pornográficas que necesitan chicas colombianas, ni se alarmen cuando pasen el canal, porque la hipocresía tarde o temprano se escapa por los poros y las ridiculizará. No más: esperemos a que llegue el 19 de enero para ignorar lo de siempre, para insultar, para lanzar agua bendita al televisor. Esperemos a que la señora con veinte hijos ponga el grito en el cielo al ver que es posible premiar la inmoralidad. Sociedades de vicio divino, rasguemos la máscara que nos cubre, pintemos de color pastel la cara oscura del séptimo arte.

habremos estrenado el año nuevo con movimientos de cama o con gemidos mortales. Cuántos de nosotros habremos estado encima, debajo, de pie, acostados, sentados, erectos, para experimentar lo mismo que hacen y sienten a diario actores que son discriminados por una sociedad hipócrita y católica.

Barba Negra
existe? ¡Qué soso soy! Tal vez el único, a cientos de kilómetros, que piensa en eso soy yo. Ahh claro, estoy en el cementerio, no muchos piensan. -Jálele al respetico a los muertos, mijito… nosotros también

pensamos. -¿Quién dijo eso? Hoy es 12 de enero de 2013. No sé qué pensarán los cojudos que creyeron en el fin del mundo. Las tumbas están todas vacías. -Pero no niegues que tú también querías que se acabara el mundo. -Casi todos lo queríamos. No pasó. Yo estoy un poco frustrado. -No te preocupes, algún día Pienso en el vacío... no hay nada; ni luz, ni oscuridad, (que es ausencia de luz). No hay sentidos. Pero si no hay sentidos, ¿cómo puede la percepción saber que no hay nada? Y si no hay nada, ¿cómo puede después haber algo? Nuestros cerebros no alcanzan a concebir la nada porque, tal vez, jamás hubo ni habrá un vacío infinito. ¡Ashh! Pensar en esta vaina me da dolor de cabeza. ¿Y si pienso en cómo mejorar el mundo? No, no… eso también me da dolor de cabeza. ¿Y si tan solo me siento a esperar a que la vida pase? Bueno… ahí sí me da dolor de estómago, necesito comer. ¿Y si mis necesidades fisiológicas son solo producto de una percepción que en realidad no llegará tu hora. -¿Y cómo es morir? Fácil, solo haces arrrrggg urrhhhh y mueres. -¿Y después?... ¿Hola, estás por ahí? ¡Háblame! A veces tengo sensaciones de que soy el producto de otras mentes, de que tal vez soy el personaje de algún libro y mi vida se desarrolla conforme la dirección que el escritor me va moldeando. Anoche tuve un sueño: Jesús, el Cristo, me decía que estaba cansado… a la gente no le importaba un pepino su filosofía del amor. Tan solo creían en él porque había caminado por el agua. Tenía que haber sido un mal mesías para que la gente se comportara como lo venía haciendo desde que él murió en la cruz.

-Tranquilo- le dije yo-. Tal vez es por tu barba larga y por ese pelo que no te toman en serio. Pareces un Hippie. Al despertar, tuve una sensación extraña, no estaba seguro de si ese encuentro había sido real o no… pero, ¿qué es lo real? ¿Lo que se puede palpar, oler o saborear? En sueños he engañado a mi esposa. ¿Qué diferencia hay entre realizar acciones estando dormido o despierto? Puede que los sueños se perpetúen en algún lugar del tiempo y del espacio. Entonces… eso sería real. Cuando era pequeño le tenía miedo a los muertos, a la oscuridad y a las brujas, pero luego me enteré de que la Iglesia Católica las había quemado a todas; también supe que la oscuridad podía ser mi cómplice y de los muertos aprendí que solo apestaban. –Y, ¿ahora a qué le temes? -Bueno, vine al cementerio central a tomar unas fotos, tengo mi cámara Nikon y veo sujetos extraños, con pantalonetas muy largas o pantalones cortos, en realidad no distingo. Tienen aretes, y, aunque sé que tal vez están en el entierro de algún camarada, no dejan de echarle el ojo a mi cámara. Me dijeron que son individuos peligrosos, pueden llevar un machete oculto entre sus “pantaloncitos”. Te diré que en este momento temo más a los vivos que a los muertos. Oye, debo confesarte algo… todo el tiempo oigo de Paganini en mi cabeza, estoy loco, y mis amigos no me hablan porque creen que tengo problemas. Tal vez sea así. Y levanté la suela de mi zapato para no matar una hormiguita, pensé que si nosotros teníamos alma, ¿por qué ella no podía también tener una? Y observé cómo seguía su camino; pero enseguida el barrendero del cementerio la borró del mapa con su gran escoba de paja. -¿Y si la vida es una pesadilla? ¿Una cárcel que nos impuso el universo por hacer cosas perversas en otro lugar? -No pienses así. Yo no pienso de ese modo, aunque haya nacido pobre y mi padre me haya violado a los siete. -¿En realidad te pasó eso? -No. Ese fue a otro, pero la historia es lo que cuenta. -¿Por qué me engañas? -Fue solo un comentario; así como la vida, que puede ser también un comentario engañoso. -¿La vida? Ya ni sé qué pensar de ella, sólo encuentro adjetivos malos para calificarla. En cambio la muerte, la muerte… no sé que hay detrás del velo de la muerte, pero los cadáveres serenos y sonrientes me hacen pensar en una armonía celestial. -No para muchos. Mira el rostro de ese. -Qué expresión tan horrible.

repitiéndose como un disco que no dejará de girar nunca. En mi familia piensan que

–Adivinaré. Tres balas en el tórax, por una riña. La chica se abalanza al ataúd y gime, ¡Hainer! ¿Y si Hainer muere eternamente? ¿Y si el tiempo y el espacio perduran para siempre? Muchos dicen que en lugares donde hubo muertes atroces se siente la mala energía porque el episodio no quedó tan solo en el pasado. Hay otros que experimentan y explican que están condenados a que el momento sea evocado para la eternidad. En ese caso nuestras vidas han quedado plasmadas y seguirán repitiéndose como una cinta que una vez acabada vuelve al principio. ¿Y si este es el infierno al que

tanto tememos? Ayer leí el periódico y pude darme cuenta de algo… Pienso en el vacío... no hay nada; ni luz, ni oscuridad, (que es ausencia de luz). No hay sentidos. Pero si no hay sentidos, ¿cómo puede la percepción saber que no hay nada? Y, si no hay nada, ¿como puede después haber algo? Nuestros cerebros no alcanzan a concebir la nada porque, tal vez, jamás hubo ni habrá un vacío infinito…

Fotografía por Barba Negra

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