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BREVE Y SENCILLO CURSO DE ESCATOLOGÍA I: LA NOVEDAD EN CRISTO 06 septiembre 2012. Paul O‘Callaghan Collationes.

org En Jesucristo se cumplen las antiguas promesas que Dios hizo a los profetas de Israel, al mismo tiempo que su predicación y su misma persona presentan una novedad radical. Por la fe, el cristiano puede superar con creces el último obstáculo en su camino: en el momento de la muerte, Cristo actúa en el cristiano convirtiendo su angustia y sus penas en fuerza corredentora, preparando su llegada al Cielo. Cristo ya ha derrotado al demonio, el pecado y la muerte. Por eso los Novísimos empiezan ya en la tierra; la renovación del mundo se está realizando por el poder salvífico de Dios, que actúa por medio de la Palabra revelada y de los sacramentos, y se manifiesta en la vida santa de los cristianos. Los hombres colaboran con los planes divinos, participan de modo activo en el cumplimiento de sus designios, acercando todas las cosas a su fin último. El sentido de novedad, desde la Anunciación a la Virgen María hasta la Resurrección del Señor, recorre todo el Evangelio. En efecto, el Nuevo Testamento habla en mil modos diversos de un nuevo comienzo para la humanidad. La misma palabra ―evangelio‖ quiere decir justo eso: la ―buena noticia‖. Desde el arranque de su ministerio público, Cristo anuncia abiertamente el cumplimiento de los tiempos y la venida del Reino de Dios. «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). Pero esto no quiere decir que el Señor quiera cambiar todo. No es un revolucionario o un iluminado. De hecho, por ejemplo, para hablar de la indisolubilidad del matrimonio, toma como punto de partida lo que Dios hizo en el origen, cuando creó a la mujer y al hombre (cfr. Mt 19,3-9; Gn 2,24). Por eso declaró: «No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud» (Mt 5,17); y, en repetidas ocasiones, conminó a los discípulos a que cumplieran fielmente los mandamientos que Moisés comunicó al pueblo de parte de Dios. Y sin embargo, en la predicación del Señor hay, sin duda, un aire nuevo, liberador. Por una parte, la doctrina de Jesús desarrolla elementos ya presentes en el Antiguo Testamento, como son la rectitud de intención, el perdón, o la necesidad de amar a todos los hombres sin restricción, en particular a los pobres y a los pecadores. En Cristo se da cumplimiento a las antiguas promesas que Dios hizo a los profetas. Por otra parte, la llamada del Señor se dirige de modo radical y perentorio no a un pueblo, sino a todos los hombres, a los que llama uno por uno. La novedad de la presencia y actuación de Jesucristo se percibe también en otro modo, desconcertante a primera vista: muchos hombres lo rechazan. «Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron», dice San Juan (Jn 1,11). Ese rechazo de parte de los hombres pone todavía más de relieve, si es posible, lo incondicional de la entrega y de la caridad del Señor con la humanidad. Además, este rechazo lo llevó derechamente a su muerte en la

Cruz, libremente abrazada, sacrificio único y definitivo, fuente salvífica para todos los hombres. Pero Dios fue fiel a su promesa, y la potencia del mal no pudo apagar la entrega divina de Jesús, como manifestó la Resurrección. La fuerza salvífica que Dios introdujo en el mundo por la encarnación de su Hijo, y sobre todo por su Resurrección, es la novedad absoluta, universal y permanente. Esto es percibido desde el inicio de la predicación apostólica: con alegría desbordante, los apóstoles proclamaron por toda Judá, por el Imperio Romano y por el mundo entero que Jesús había resucitado; que el mundo podía cambiar, que cada mujer, cada hombre podían cambiar; que ya no estábamos sometidos a la ley del pecado y de la muerte eterna. Cristo, asentado a la derecha del Padre, dice: «mira, hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). En Cristo, Dios ha tomado de un modo nuevo las riendas del mundo y de la historia humana, sumidos en el pecado, para llevarlos a su realización plena. A pesar de todas las dificultades que los cristianos de la primera hora tuvieron, miraban al futuro con esperanza y optimismo. Y contagiaban sin cesar su fe entre todas las personas que tenían alrededor. La novedad de la vida eterna después de la muerte En el mundo pagano era común considerar el futuro como una simple réplica del pasado. El cosmos existía desde siempre y, dentro de grandes mutaciones cíclicas, perduraría para siempre. Según el mito del eterno retorno, todo lo que tuvo lugar ayer, volvería en el futuro. En este contexto antropológico-religioso, el hombre sólo podía salvarse escapando de la materia, en una especie de éxtasis espiritual separado de la carne; o viviendo en este mundo, como decía san Pablo, sin miedo ni esperanza (cfr. 1 Ts 4,13; Ef 2,12). En los primeros siglos del cristianismo, los paganos siguen una ética más o menos recta; creen en Dios o en los dioses y les dirigen un culto asiduo, en búsqueda de protección y consuelo; pero les falta la esperanza cierta de un futuro feliz. La muerte era un puro truncamiento, un sin sentido. Por otra parte, la voluntad de vivir para siempre es profunda en el hombre, como manifiestan los filósofos, los literatos, los artistas, los poetas y, de modo eminente, los que se aman. El hombre ansía perdurar; y tal deseo se manifiesta de múltiples modos: en los proyectos humanos, en la voluntad de tener hijos, en el deseo de influir sobre la vida de otras personas, de ser reconocido y recordado; en todo ello, se puede adivinar la tensión humana hacia la eternidad. Hay quien piensa en la inmortalidad del alma; hay quien entiende la inmortalidad como reencarnación; hay, en fin, quien ante el hecho cierto de la muerte decide poner todos los medios por conseguir el bienestar material o el reconocimiento social: bienes que nunca serán suficientes, porque no sacian, porque no dependen sólo de la propia voluntad. En esto el cristiano es realista, pues sabe que la muerte es el término de todos los sueños vanos del hombre. En medio del dilema de la muerte y de la inmortalidad, el poder recreador de Dios se hace presente en la vida, pasión y Resurrección de Jesucristo. El creyente cristiano, unido con Él por el Bautismo y con los demás sacramentos, reproduce los hitos principales del paso del Señor por la tierra. Como escribe san Pablo a los Romanos, «fuimos sepultados juntamente con él mediante el bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo

fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva. Porque si hemos sido injertados en él con una muerte como la suya, también lo seremos con una resurrección como la suya» (Rm 6,4-5). En efecto, el cristiano tiene la certeza de que Dios le ha dado la vida creándolo a su imagen y semejanza (Gn 1,27). Sabe que cuando experimenta la angustia de la muerte que se acerca, Cristo actúa en él, convirtiendo sus penas y su muerte en fuerza corredentora. Y está seguro de que el mismo Jesús, al que ha servido, imitado, y amado, le recibirá en el cielo, llenándolo de gloria después de su muerte. La grande y gozosa verdad de la fe cristiana es que, por la fe en Cristo, el hombre puede superar con creces el «último enemigo» (1 Cor 15,26), la muerte, abriéndose a la visión perpetua de Dios y a la resurrección del cuerpo al final de los tiempos, cuando todas las cosas se hayan cumplido en Cristo. La vida no termina aquí; estamos seguros de que el sacrificio escondido y la entrega generosa tienen un sentido y un premio que, por la misericordia magnánima de Dios, van más allá de lo que el hombre podría esperar con las propias fuerzas. «Si alguna vez te intranquiliza el pensamiento de nuestra hermana la muerte, porque ¡te ves tan poca cosa!, anímate y considera: ¿qué será ese Cielo que nos espera, cuando toda la hermosura y la grandeza, toda la felicidad y el Amor infinitos de Dios se viertan en el pobre vaso de barro que es la criatura humana, y la sacien eternamente, siempre con la novedad de una dicha nueva?»[1] Los novísimos empiezan de algún modo en la tierra Aunque es cierto que la novedad cristiana se refiere principalmente a la otra vida, al más allá, la Iglesia enseña cómo la novedad de la Resurrección de Cristo ya está presente, de algún modo, en la tierra. Por más que dure el universo tal como lo conocemos, estamos ya ―en los últimos tiempos‖, seguros de que el mundo ha sido redimido, pues Cristo ha derrotado el pecado, la muerte, el demonio. Como decía el Señor, «el Reino de Dios está ya en medio de vosotros» (Lc 17,21); ―en medio‖ no sólo como una presencia externa, sino también como ―dentro‖ del creyente, en el alma en gracia, con una presencia real, actual, eficaz, aunque todavía no del todo visible y completa. «La plenitud de los tiempos ha llegado, pues, hasta nosotros (cfr. 1 Cor 10,11), y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada y empieza a realizarse en cierto modo en el siglo presente, ya que la Iglesia, aun en la tierra, se reviste de una verdadera, si bien imperfecta, santidad (…); somos llamados hijos de Dios y lo somos de verdad (cfr. 1 Jn 3,1); pero todavía no hemos sido manifestados con Cristo en aquella gloria (cfr. Col 3,4), en la que seremos semejantes a Dios, porque lo veremos tal cual es (cfr. 1 Jn 3,2)»[2]. En efecto, la Iglesia en la tierra es depositaria de esa presencia por adelantado del Reino de Dios; camina como peregrina en la tierra, pero todo el poder salvífico de Dios actúa ya de algún modo en el siglo presente, por medio de la palabra de Dios y de los sacramentos, especialmente la Eucaristía; poder salvífico que se manifiesta también en la vida santa de los cristianos, que viven en el mundo, sin ser del mundo (cfr. Jn 17,14). El cristiano es, ante el mundo y en el mundo, alter Christus, ipse Christus, ―otro Cristo, el mismo Cristo‖: se

establece así una cierta polaridad en la vida de la Iglesia y de cada creyente entre el ―ya‖ y el ―todavía no‖, entre el momento presente, ocasión de acoger la gracia y la plenitud final; tensión que tiene muchas consecuencias para la vida del cristiano y para la comprensión del mundo. Esta realidad confirma, de una parte, la distinción que existe entre el orden natural y el orden sobrenatural. En efecto, la vida sobrenatural, basada en la fe y en la gracia de Dios, se inserta en el alma del cristiano, aunque no haya informado plenamente todos los aspectos de su vida. El cristiano vive metido en Dios y para Dios, y se esfuerza por comunicar los bienes divinos a los demás hombres. En la otra vida, la gracia, o vida sobrenatural, se convertirá en gloria, y el hombre alcanzará una inmortalidad completa, de cuerpo y alma, en la resurrección de los muertos. La vida natural, por el contrario, aunque perfeccionada por la vida de la gracia, tiene sus propias leyes, físicas y morales, y sirve como base para la vida familiar, social y política. La vida sobrenatural acoge y perfecciona la naturaleza, la lleva a plenitud, pero no queda como reducida por ella. Otra consecuencia de la tensión entre el ―ya‖ y el ―todavía no‖ se expresa en la noción cristiana del tiempo y de la historia. Para el pensamiento pagano, casi siempre fatalista, los eventos de la historia estaban ya previstos y determinados de antemano por el fatum, el destino. El tiempo pasaba intocable e impertérrito, como espectador mudo y pasivo, enmarcando el curso de la historia. Pero el tiempo cristiano no es sólo tiempo que pasa; es espacio creado por Dios para crecimiento y progreso, para la historia y la redención. Dios actúa con su Providencia en el tiempo, para llevar el mundo y la historia hacia su plenitud. También Dios ha querido contar con la respuesta inteligente y libre de los hombres, con las oraciones de los santos y las buenas acciones de muchos, para influir en el curso de los eventos. Como imagen suya, los hombres influyen en el curso de la historia: en unos casos para mal, como ocurrió con el pecado de Adán y Eva; pero sobre todo de un modo positivo, participando activamente en la realización del designio divino, precisamente porque el evento más relevante y eficaz, el que dio a la historia del mundo el viraje más radical, fue la encarnación del Hijo de Dios. Por eso, la colaboración humana más profunda y duradera en los planes divinos para cambiar el curso de la historia ha sido llevada a cabo por la Virgen, cuando acogió con un decidido fiat! al Hijo de Dios en su seno. Los cristianos viven en el mundo conscientes de los pecados propios y ajenos, pero convencidos de que el mejor modo de aprovechar el tiempo es servir a Dios, para mejorar el mundo que nos ha confiado. De algún modo, el tiempo es plasmado por el hombre, es humanizado. La tensión escatológica se hace patente en la providencia divina, siempre presente en la vida de la Iglesia y de cada cristiano. «La creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada ‗en estado de vía‘, hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esta perfección»[3]. En efecto, Dios no ha hecho todo, hasta el último detalle, desde el inicio. Poco a poco, contando con la inteligente y perseverante colaboración de las criaturas, va acercando todas y cada una de ellas hacia su fin. Como hemos visto, el poder salvífico de Dios normalmente se hace presente en la vida del hombre de forma escondida e interior; similarmente, la providencia divina obra suave y

ordinariamente, no sólo en los grandes eventos, sino también en los que, en apariencia, son más pequeños. Por ello el Señor invita a la plena confianza: «Así pues, no andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán» (Mt 6, 31-33). «Dios, que es la hermosura, la grandeza, la sabiduría, nos anuncia que somos suyos, que hemos sido escogidos como término de su amor infinito. Hace falta una recia vida de fe para no desvirtuar esta maravilla, que la Providencia divina pone en nuestras manos. Fe como la de los Reyes Magos: la convicción de que ni el desierto, ni las tempestades, ni la tranquilidad de los oasis nos impedirán llegar a la meta del Belén eterno: la vida definitiva con Dios»[4]. Desde el inicio de su existencia terrena, Dios llenó a la que sería la Madre de su Hijo con una extraordinaria abundancia de dones, humanos y sobrenaturales. Concebida sin pecado original, Ella era la «llena de gracia» (Lc 1,28). Durante su vida, en medio de un sinfín de pruebas y oscuridades, vivió heroicamente la fe y la contagió a los primeros discípulos de Cristo. Al final de su vida, exenta de cualquier pecado, fue asunta al cielo en cuerpo y alma, participando para siempre, como Reina de los Ángeles y de toda la creación, en la gloria del Señor. En Ella la promesa de Dios de llevar a los hombres a la gloria se ha verificado plenamente. Por ello, la Virgen es para cada hombre spes nostra, faro que nos ilumina y causa nuestra esperanza. Paul O‘Callaghan. Profesor ordinario de Antropología Teológica. Universidad Pontificia de la Santa Cruz

Notas [1] San Josemaría Escrivá, Surco, n. 891. [2] Concilio Vaticano II, Lumen gentium, n. 48. [3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 302. [4] San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 32.

BREVE Y SENCILLO CURSO DE ESCATOLOGÍA II. VENDRÁ DE NUEVO 11 septiembre 2012. J. José Alviar Collationes.org Un aspecto fundamental de nuestra existencia es la convicción de que Dios busca nuestra cercanía. El Antiguo Testamento nos muestra cómo el Señor insiste en ayudar a los hombres, a pesar de su falta de correspondencia. Con la Encarnación, el Verbo se hace "Dios con nosotros". Cumplida su misión terrena, Jesús sube a los Cielos, dejándonos la promesa de su segunda venida. La fe en la Parusía, así como la seguridad de que Cristo nos espera en el Cielo, llena a los cristianos de esperanza, y les impulsa a vivir sus días buscando la santidad aquí y ahora, con la certeza del triunfo final de Dios. En el Símbolo Apostólico confesamos que Jesucristo, el divino Hijo encarnado, muerto, resucitado y glorificado a la derecha del Padre, ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Expresamos de este modo un aspecto crucial de nuestra existencia como cristianos: la convicción de que Dios es un Dios cercano y que busca nuestra cercanía. Es el misterio y la maravilla de un Dios que, por Amor, quiere la comunión con sus criaturas. Las expectativas del antiguo testamento Ya en el Antiguo Testamento encontramos la revelación —paradójica— de un Dios trascendente que, sin embargo, desea acompañarnos; deseo divino que brilla soberano en la historia de la salvación, a pesar de que los hombres —desde los albores de su historia— muchas veces se muestran vacilantes y con frecuencia eligen distanciarse de su Creador: «¿dónde estás?»[1], pregunta Dios a Adán tras el pecado original. Con un amor fiel, Dios insiste en auxiliar a la humanidad caída. Como parte de su proyecto salvífico, constituye un pueblo que sea como germen de la humanidad recuperada. Este pueblo queda estrechamente vinculado a Él por la Alianza: es su pueblo, y Él su Dios[2]. La característica que distingue a Israel es precisamente la proximidad del Señor: «¿qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos, como lo está el Señor, nuestro Dios, cuantas veces le invocamos?»[3]. La situación privilegiada de Israel no siempre lleva a que sus miembros sean fieles al Dios de la Alianza. Una y otra vez caen en el pecado: faltas de fe y de obediencia, idolatría, inmoralidad... Los profetas, hombres inspirados, procuran hacer recapacitar al pueblo. Predican un día futuro de retribución: «¡ay de los que anhelan el día del Señor! ¿Qué será el día del Señor para vosotros? Será tinieblas y no luz»[4]. El acoso de las naciones vecinas sirve también como un recordatorio providencial del juicio divino. Paulatinamente crece la expectación del pueblo de ser rescatado de su mediocre e insatisfactoria historia de desamores, cuando llegue el ―día del Señor‖. Al principio la esperanza de salvación aparece formulada en términos más bien terrenos: la longevidad de vida y una descendencia abundante, la victoria sobre los enemigos o el restablecimiento de la nación después del exilio en Babilonia.

Sin embargo, gracias a la palabra de los profetas, se aprecia cada vez mejor el verdadero alcance del amor y poder divinos: Dios es capaz de otorgar toda suerte de bienes y de traer la liberación de todos los males, no tanto los físicos, sino sobre todo los morales. El día del Señor concederá a los hombres la santidad y la comunión definitiva con Él. «Pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo»[5]; «os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis mandatos»[6]. Una figura misteriosa aparece en los vaticinios sobre el último día: el Mesías o Ungido de Dios. Según diversas profecías, será el responsable de inaugurar el definitivo Reino de los Cielos sobre la humanidad y el mundo. Vendrá del linaje de David[7], nacerá de una virgen[8], y —según la visión de Daniel— llegará sobre las nubes, como hijo del hombre, para recibir del Anciano la soberanía universal y eterna[9]. La esperanza cristiana El decurso de la historia continúa hasta la «plenitud de los tiempos»[10], cuando el mismo Hijo de Dios se encarna para dar cumplimiento a las expectativas y promesas del Antiguo Testamento. El Verbo divino hecho carne realiza de manera sorprendente el título que le atribuye Isaías: «Emmanuel», Dios con nosotros[11]. ¡Dios con nosotros! ¡Ya acabó la espera, ya llegó el día de salvación! La encarnación —primera venida del Hijo de Dios a la tierra— es un hito único en la historia del acercamiento de Dios a los hombres. Que Dios realmente «se ha puesto al lado de su criatura»[12] lo demuestra Jesús con palabras, hechos, y con su propia persona. «Yo os digo que hay aquí algo mayor que el Templo»[13]. «Si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios»[14]. «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy»[15]. Jesús porta consigo los elementos de purificación y santificación, para acercar a los hombres al misterio de un Amor que quiere nuestra salvación. Pero obra según la ley de la humildad, desconcertando e incluso escandalizando a algunos: ¿por qué prescinde de la grandeza exterior? ¿por qué no ejerce su poder para aplastar a sus enemigos? Jesús se deja contradecir y perseguir, hasta ser apresado, condenado, y colgado ignominiosamente de una cruz. ¿Dónde están su potencia divina, su victoria, su Reino? La lógica divina es diversa de la humana. La vida terrena de Cristo recorre un sendero humilde que, también según las profecías, ha de pasar por la cruz antes de llegar a la victoria. De hecho, según los pronunciamientos del Señor, Él se manifestará en toda su gloria y dominio sólo al final de los tiempos: «veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo»[16]. Cumplida su misión terrenal, Jesús sube a los cielos, dejando una profunda nostalgia en el corazón de los suyos, como sello distintivo del espíritu cristiano. «Hombres de Galilea», preguntan los ángeles, «¿qué hacéis mirando al cielo?»; y añaden: «este mismo Jesús, que

de entre vosotros ha sido elevado al cielo, vendrá de igual manera a como le habéis visto subir al cielo»[17]. Consolados por tal promesa, los cristianos emplean la palabra griega parusía —que literalmente significa presencia o venida— para expresar su fe en el retorno del Señor. También hablan con ilusión de ―aquel día‖, o —con su mirada puesta en la Persona del Verbo que se hizo carne, víctima, y vencedor del pecado para rescatar a la humanidad— del «día del Señor» o del «día de Jesucristo»[18]; saben que en el Cielo está ya la Humanidad Santísima de Jesucristo glorificada como primicia de nuestra gloria, cuando Cristo «transformará nuestro cuerpo de bajeza en cuerpo glorioso como el suyo»[19], y que Él les espera allí: una espera esperanzada porque, desde su ingreso en el cielo, Jesucristo de algún modo hace ya presente la finalidad de la historia y la transformación del hombre y del universo. «Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la ―última hora‖ (1 Jn 2,18). ―El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está decidida de una manera irrevocable e incluso de alguna manera real está ya por anticipado en este mundo‖ (Lumen Gentium, n. 48)»[20]. El núcleo de la esperanza cristiana Así, el tiempo presente «es el tiempo del Espíritu y el testimonio, pero es también un tiempo marcado por la ―tribulación‖ (cfr. 1 Cor 7, 26) y la prueba del mal»[21]; «el Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, no está todavía acabado ―con gran poder y gloria‖ (Lc 21, 27) con el advenimiento del Rey a la tierra (…). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (1 Cor 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo cuando suplican: ―Ven, Señor Jesús‖ (Ap 22, 20)»[22]. Tal vez el paso del tiempo y el hecho de que el esposo tarde en llegar[23] haya llevado a algunos a imaginar en un futuro muy lejano ―aquél día‖ prometido: han relegado a un segundo plano la expectación de la Parusía. En algunas mentes, además, parece haber menguado algo central de la esperanza mesiánica cristiana: el aspecto gozoso de la segunda venida de Jesucristo en majestad, poder y gloria, de modo que consideran el último día como un momento catastrófico, desprovisto de aspectos salvíficos. Por añadidura, la atención de algunos creyentes ha tendido a concentrarse en las ―señales del fin‖, con la pretensión de conocer su fecha exacta. A este estado de cosas puede haber conducido una interpretación demasiado literal de ciertos pasajes apocalípticos de la Biblia, los cuales, por ser de un género particular, requieren una lectura cuidadosa. Puede decirse que en nuestros días existe el reto de recuperar la auténtica disposición cristiana ante la segunda venida del Señor: actitud de esperanza y alegría. El retorno del Señor es el momento en que el Hijo de Dios, encarnado, muerto y glorificado, se acercará a nosotros, los hombres, para incorporarnos plenamente a su Vida. Será el acto final de la historia de la salvación, cuando Cristo derramará en plenitud su Espíritu para resucitarnos a imagen suya y otorgarnos la plena participación en su victoria sobre el pecado y la muerte. Unidos a Él —la Cabeza— la comunidad de los santos completará el número de los elegidos que integrarán el «Cristo total»[24]. Y tal Cuerpo Místico se presentará entonces ante Dios Padre, como el proyecto consumado de filiación divina: hijos del Padre en el Hijo, y con el Hijo, por el Espíritu Santo. Dios será «todo en todos»[25]; la distancia entre

Dios y las criaturas quedará superada, pero sin panteísmo, porque Él siempre es trascendente. Para que la humanidad y el cosmos alcancen su estado definitivo de gloria, han de sufrir una transformación: pasar de su estado actual caduco e imperfecto a un estado definitivo. Al igual que Cristo, el «primogénito»[26], la creación debe vivir su Pascua. Y en este sentido han de entenderse los pasajes bíblicos que hablan de una disolución cósmica[27] y la creación de «nuevos cielos y nueva tierra»[28]: no se trata de una aniquilación del mundo actual (creado por Dios), sino más bien de su purificación de las manchas del pecado y de su transformación por la acción divina. La fe nos indica que, en la nueva creación, reencontraremos de algún modo las cosas buenas que el hombre ha realizado en esta tierra. De manera análoga a como Cristo mudó de un estado mortal a un estado glorioso, el universo cederá paso a un mundo renovado. Su perfección será tal, que es difícil ahora imaginarla: «las cosas pasadas no serán recordadas, ni vendrán a la memoria»[29]; y al mismo tiempo, parte de esa gloria será el fruto del trabajo por el Reino de los Cielos de muchas generaciones de cristianos. «La divinización redunda en todo el hombre como un anticipo de la resurrección gloriosa»[30], pues por medio de esa gracia podemos santificar las realidades nobles de este mundo, como prenda del mundo futuro que esperamos[31]. San Josemaría exultaba al considerar este aspecto de la Parusía, que anima la virtud cristiana de la esperanza: «―et regni ejus non erit finis‖. — ¡Su Reino no tendrá fin! ¿No te da alegría trabajar por un reinado así?»[32]. Los presagios del final ¿Qué decir de los eventos que, según las Escrituras, precederán el fin de los tiempos? La predicación del Evangelio por todo el mundo, las persecuciones, los falsos profetas, la gran apostasía, el Anticristo[33]… En primer lugar, esos signos trasmiten un mensaje válido para todos los tiempos: la música de la aproximación de Cristo encontrará su contrapunto en la resistencia de voluntades pecadoras. Mientras dure la historia habrá siempre una fuerza de oposición enfrentada al oleaje divino de salvación. Dios ha creado un universo de libertades, capaces de entregarse a Él: el designio divino precisa la libertad humana. Para eso ha dotado a las criaturas de la capacidad de responderle Amen o Non serviam. Por esta razón, el Señor aludía a un doble misterio que habrá de realizarse hasta su retorno: la difusión del Evangelio en el mundo, por un lado, y la resistencia de las fuerzas del mal, por otro. Ha inaugurado el Reino de Dios en la historia, ciertamente; pero no ha erradicado completamente el pecado en el estado actual de viatores: está previsto en los planes del Padre un periodo —más o menos dilatado— para que crezcan juntos el trigo y la cizaña, una etapa de prueba y de fidelidad. En los últimos tiempos se recrudecerá el conflicto, ya que las fuerzas del mal aumentarán su resistencia en la medida que vayan cumpliéndose los plazos salvíficos establecidos por Dios. «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?»[34]. Las referencias bíblicas a esta fuerza de oposición utilizan términos variados, como «Hombre impío», «Hijo de perdición», «Adversario», o «Anticristo»[35]. Describen su

naturaleza y actividad con un lenguaje gráfico a la vez que enigmático: son particularmente impresionantes las visiones del dragón y las dos bestias narradas en los capítulos 12 y 13 del libro del Apocalipsis. En el fondo, se trata siempre del gran misterio: el del ―anti evangelio‖, la libertad rebelde que grita y difunde el Non serviam desde los albores de la historia de los ángeles y de los hombres, y se erige como estandarte opuesto a la paternidad de Dios. La Biblia no pretende dar una descripción exhaustiva de la forma en que se desarrollarán los acontecimientos de los últimos días, ni afirmar su fecha exacta. Con respecto a la hora de la segunda venida, es importante recordar la afirmación del mismo Señor: «a vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad»[36]. «En el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre»[37]. De hecho, en parábolas como la de los talentos o la de las diez vírgenes Jesús insiste en lo incierto del tiempo de su regreso, animando en cambio a sus oyentes a vivir la vigilancia. ―Velad‖, ―vigilad‖ es su consigna. Sabiamente decía S. Agustín, con respecto a la proximidad o la lejanía del último día: «el que reconoce que no sabe cuál de las dos posturas es verdadera espera en cuanto a la primera, y se resigna en cuanto a la segunda, y no se equivoca»[38]. De modo análogo al hecho de que el Reino de Dios está ya presente en misterio en la historia después de Cristo, los ―presagios‖ se materializan también de algún modo ante los ojos de cada generación cristiana. La «impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo»[39]. Bien entendidos, los ―presagios‖ del fin de la historia son de gran ayuda, pues son despertadores del amor y de nuestra esperanza en Cristo. Y así, el cristiano vive sus días en la tierra con un estilo peculiar: sabedor de que el Señor no ha querido contarnos ―todo‖ sobre el fin, pero convencido de que nos ha revelado lo suficiente para que podamos caminar por la senda de la salvación y la santidad aquí y ahora, con la certeza del triunfo final de Dios y los suyos. Una certeza que mira con nuevos ojos este mundo que pasa, pues «en esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día. No soportamos los cristianos una doble vida: mantenemos una unidad de vida, sencilla y fuerte en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones. Cristo nos espera. Vivamos ya como ciudadanos del cielo (Flp 3, 20) siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de incomprensiones, pero también en medio de la alegría y de la serenidad que da el saberse hijo amado de Dios. Perseveremos en el servicio de nuestro Dios, y veremos cómo aumenta en número y en santidad este ejército cristiano de paz, este pueblo de corredención»[40]. J. José Alviar. Universidad de Navarra

Notas

[1] Gn 3, 9. [2] Cfr. Lv 26, 12. [3] Dt 4, 7. [4] Am 5, 18. [5] Jr 31, 33. [6] Ez 36, 26-27. [7] Cfr. Is 11, 1-16; Jr 23, 1-5; 33, 15; Ez 32, 23. [8] Cfr. Is 7, 14-16. [9] Cfr. Dn 7, 13-14. [10] Ga 4, 4. [11] Is 7, 14. [12] Juan Pablo II, Carta Novo millennio ineunte, 6-I-2001, n. 4. [13] Mt 12, 6. [14] Mt 12, 28. [15] Lc 4, 21. [16] Mc 14, 62. [17] Hch 1, 11. [18] Cfr. 2 Tm 4, 8; 1 Ts 5, 2; Flp 1, 6. [19] Flp 3, 21. [20] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 670. [21] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 672. [22] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 671. [23] Cfr. Mt 25, 5. [24] Cfr. S. Agustín, Sermo CCCXLI, 11; In epistulam Ioannis ad Parthos tractatus, X, 3.

[25] 1 Cor 15, 28. [26] Cfr. Col 1, 18. [27] Cfr. Is 34, 4; 2 P 3, 10-12. [28] Cfr. Is 65, 17-21; 66, 22; 2 P 3, 13; Ap 21, 1. [29] Is 65 17. [30] San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 103. [31] Cfr. 2 Pe 3, 13. [32] San Josemaría Escrivá, Camino, n. 906. [33] Cfr. Mt 24, 14; Mc 13, 9-13.21-23; Ap 13; 1 Jn 2,18.22; 2 Ts 2, 3-4. [34] Lc 18, 8. [35] Cfr. 2 Ts 2, 3-4; 1 Jn 2, 18; 2, 22. [36] Hch 1, 7. [37] Mt 24, 43-44. [38] San Agustín, Epístola CXCIX, 54. [39] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 676. [40] San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 126.

BREVE Y SENCILLO CURSO DE ESCATOLOGÍA III. PARA JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS 16 septiembre 2012. J. José Alviar Collationes.org En el Credo proclamamos que Jesucristo volverá al final de los tiempos para juzgar a la humanidad. Dios, infinitamente bueno y justo, no es indiferente al comportamiento de los hombres, llamados a corresponder a su Amor. Por eso, el juicio divino será totalmente justo: pondrá de manifiesto el peso real de la vida de cada persona, así como la coherencia de todos los planes divinos. La consideración de esta realidad ha de llevarnos a trabajar con más urgencia en la tarea apostólica, de la que puede depender la felicidad eterna de tantas almas. En el Credo, tras proclamar la esperanza del retorno glorioso de Jesucristo, añadimos: «iudicare vivos et mortuos», para juzgar a vivos y muertos. Así expresamos nuestra convicción de que, al final de la historia, brillarán el poder y la justicia de nuestro Señor. La íntima correspondencia entre la intervención decisiva de Dios —el ―Día del Señor‖— y la retribución universal al final de los tiempos, aparece ya en el Antiguo Testamento. Venir, regir y juzgar son, en las profecías sobre el Día del Señor, acciones divinas inseparables, y sirven para recordar a los hombres la responsabilidad que tienen sobre su vida y la de los demás, porque Dios premia la fidelidad y castiga la maldad[1]. La revelación sobre el Juicio del último día La revelación sobre el Juicio contiene, por tanto, un doble aspecto. Por un lado, hallamos la certeza de que el Dios que viene para clausurar la historia desea, por encima de todo, salvar a los hombres. «¿Acaso me agrada la muerte del impío, oráculo del Señor Dios, y no que se convierta de sus caminos y viva?»[2]. Por eso los profetas hablan con frecuencia de la acción divina como un fuego que purifica[3], para dejar finalmente un resto santo y fiel[4]. Por otro lado, este mensaje transmite una advertencia seria: Dios no es indiferente ante el mal; cuando juzga, salva, pero puede también condenar y castigar[5]. Estas ideas quedan elocuentemente plasmadas en el relato de la visión de Daniel: «Seguí mirando hasta que se levantaron unos tronos y un anciano en días se sentó. Su vestido era blanco como nieve, el cabello de su cabeza como lana pura; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, fuego llameante. Corría un río de fuego que surgía delante de él. Miles de millares le servían, miríadas y miríadas permanecían ante él. El tribunal se sentó y se abrieron los libros. (…) Seguí mirando en mi visión nocturna y he aquí que con las nubes del cielo venía como un hijo de hombre. Avanzó hasta el anciano venerable y fue llevado ante él. A él se le dio dominio, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron»[6]. Dios es representado por el anciano que se sienta en su trono celeste rodeado de gloria. El Juicio comienza con la apertura de los libros, acción simbólica que indica que Dios

conoce todas las obras de los hombres. Las naciones hostiles a su soberanía son condenadas, mientras que uno como hijo de hombre recibe todo poder y autoridad, para regir un reino eterno. El tema del Juicio final también ocupa un lugar relevante en la predicación de Jesús. Es particularmente memorable la descripción del Juicio en el llamado discurso escatológico del Señor[7]. En ese cuadro grandioso, el Hijo del Hombre «separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá las ovejas a su derecha, los cabritos en cambio a su izquierda»[8]. Bajo el imperio de Cristo, la humanidad entera quedará segregada en dos grupos al término de la historia; unos permanecerán unidos a Él mientras que los otros serán apartados. El tema del destino final de cada hombre, vuelve a aparecer en correspondencia con sus obras buenas o malas. Es interesante advertir que Jesús, para dibujar este cuadro, utiliza elementos de la visión de Daniel, a la vez que introduce colores nuevos: el anciano pasa a un segundo plano, después de otorgar toda potestad y autoridad al Hijo del hombre; es Éste quien protagoniza el Juicio, quien pronuncia sentencia, quien declara cómo la responsabilidad de las acciones —sobre todo, en lo referente al mandamiento de la caridad— determinan la condición de salvado o condenado. Jesús, en cuanto Emmanuel (Dios-con-nosotros), es el cumplimiento de la promesa divina, Él es la cercanía de Dios con los hombres y su salvación. La Encarnación del Hijo de Dios hace ya presente en este tiempo de luchas, de algún modo, el misterio de la parusía y trae consigo un anticipo del Juicio. Es más, Jesucristo mismo es el Juicio que presagia la división de los hombres[9], según la actitud de fe o de incredulidad que adopten respecto a su Persona[10]. Cristo testimonia que el Juicio ya ha tenido lugar[11]: el que no cree ya ha sido condenado y el que cree, en cambio, ya ha pasado de la muerte a la vida[12]. El Juicio final en la Tradición Las primeras generaciones cristianas supieron profundizar en el misterio del Juicio final; comprendieron que formaba parte del misterio de un Dios infinitamente bueno y justo, que no es indiferente al comportamiento de los hombres. Es un Dios que penetra con su espada tajante de doble filo[13], discierne los corazones y retribuye según las conductas. «Dios es fiel a sus promesas y justo en sus Juicios»[14]. Tal convicción nutre desde las primeras generaciones de creyentes una saludable actitud, mezcla de anhelo amoroso y temor reverente con respecto al regreso del Señor. Los cristianos siempre meditaron la parábola del trigo y la cizaña, que describe la división de la humanidad en dos categorías fundamentales. Entendieron que esta colocación de los hombres en dos situaciones radicalmente diferentes —salvación o condenación eterna— no será el resultado de un capricho de un Dios que obraría según su antojo, sino de un reparto acorde con la opción madurada por las criaturas libres a través de su existencia, de modo que cada uno se encontrará allá donde le han llevado sus elecciones. Como dice Orígenes: «Así como no hay consorcio entre la justicia y la iniquidad, ni comunidad entre la luz y las tinieblas, ni concordia entre Cristo y Belial, tampoco puede coexistir el Reino de

Dios con el reino del pecado»[15]. Con el Dios santo sólo estarán los santos; los pecadores quedarán lejos de la faz divina. Los Padres vieron también la conveniencia del Juicio final en cuanto trance en el que el verdadero valor de las personas y de los acontecimientos serán desvelados: «Conoced que llega ya el día del Juicio, como un horno encendido (...) y entonces aparecerán las obras de los hombres, las ocultas y las manifiestas»[16]. Al quedar patentes a los ojos de todos la santidad o impiedad de cada persona así como su retribución eterna, brillarán con meridiana claridad la justicia y santidad de Dios[17]. Hace falta esta revelación final para desenmascarar las fachadas, haciendo evidente la diferencia entre salvados y condenados, entre los que aman a Dios y los que se aman a sí mismos[18]. El sentido profundo del Juicio final La revelación sobre el Juicio final nos proporciona inestimables luces en la tarea de orientar nuestro caminar terreno. La primera lección es ésta: el acercamiento de Dios a los seres libres provoca inevitablemente una respuesta a su oferta de comunión. Sitúa a las criaturas ante la necesidad de elegir. Dios, con su hacerse presente a través de los acontecimientos cotidianos de los hombres, provoca situaciones de crisis en los corazones, y toma parte activa en un drama —la vida de las personas— que desembocará en uno de los dos estados anteriormente descritos. Conviene entender el misterio del Juicio desde esta perspectiva dinámica, liberándolo de imágenes derivadas de los pleitos humanos. En estos, el juez indaga lo que ha ocurrido, y va vislumbrando poco a poco la verdad; sólo al final está en condiciones de emitir una sentencia, de absolución o de condena. En ocasiones, además, el veredicto no alcanza la certeza absoluta, ni el juez es capaz de emitir un parecer sobre las intenciones de los distintos actores. En cambio, Dios sabe en todo momento la calidad de la respuesta que cada persona da a su oferta de amor, porque todos nos hallamos constantemente bajo su mirada; para muchos, este considerar la mirada amorosa de Dios, que espera nuestra respuesta, se convierte a su vez en motor de amor: «Verdaderamente, si esta realidad de que Dios nos ve estuviese bien grabada en nuestras conciencias, y nos diéramos cuenta de que toda nuestra labor, absolutamente toda —nada hay que escape a su mirada—, se desarrolla en su presencia, ¡con qué cuidado terminaríamos las cosas o qué distintas serían nuestras reacciones!»[19]. Así, el misterio del Juicio no se refiere sólo a un acto puntual, realizado en el último día. La realidad del Juicio de algún modo se cumple ya durante el despliegue de la historia de las libertades, que es nuestra existencia: Dios, con su acercamiento amoroso, exige de cada persona una respuesta personal: cada uno responde Amen o Non serviam. La parusía será el momento culminante de esta realidad, de modo parecido a como con la muerte finaliza la etapa en que cada persona dispone de su libertad: es decir, cerrará y sellará la historia. El resultado final será la división de la humanidad en su totalidad. Podemos así entender que el Juicio es un misterio indisolublemente ligado al misterio de un ―Dios-quese-nos-acerca‖.

Como causa de separación entre justos e impíos, el Juicio Final constituirá una revelación: se hará pública declaración del peso real de la vida y obra de individuos, comunidades, e instituciones en la historia. Mostrará la concordancia o discordancia de afanes, trabajos, esfuerzos y aspiraciones de los hombres con los designios divinos. En este sentido, el misterio del Juicio guarda estrecha relación con la verdad. «Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones»[20]. Por parte de Dios tal conocimiento es eterno y perfecto. A ello apuntan las imágenes bíblicas de un juez que reúne a vivos y muertos, o de la apertura de los libros. Ante Dios están presentes todos nuestros pensamientos, deseos, obras y omisiones, notorios o escondidos, así como sus consecuencias a lo largo de los siglos. Respecto a nosotros — criaturas que vivimos en el tiempo— pueden aducirse razones de conveniencia para pensar por qué el Señor hará esta revelación al final de la historia. Con el Reino definitivo, la creación recuperará —transfigurado— el orden diáfano del principio, y cada criatura ocupará su puesto definitivo —visible ante todos— dentro del conjunto. Nadie estará donde no haya querido estar, aunque el misterio de iniquidad que supone el rechazo definitivo de Dios —a pesar del sufrimiento— escape a la inteligencia humana. La posición definitiva y patente de todos los hombres —en cuanto unidos o alejados de Dios— servirá a la vez como revelación de la verdad completa de su ser y obrar. Quedarán de esta manera rectificados todos los Juicios humanos acerca de personas y eventos. El mundo entero podrá apreciar la auténtica relevancia de cada persona y de su contribución al drama de la salvación. Seguramente, habrá sorpresas: «muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros»[21], pues en ocasiones lo que a los ojos humanos parece importante o loable puede resultar insignificante o carente de valor ante Dios; y lo que pasa inadvertido o incluso es despreciado puede ser pieza clave de los planes divinos. La idea del Juicio que manifestará la verdad al completo nos impulsa, en el tiempo presente, a mantener actual un hondo espíritu de examen y sinceridad. Nos ayuda a vivir según la vida divina que transmite el Espíritu Santo, Espíritu de Verdad que nos guiará hacia la verdad toda entera[22], y a ser transparentes ante los hombres. En esta línea, Santo Tomás de Aquino añade una consideración relevante: desde la perspectiva de las criaturas, para evaluar cada acto al completo, hace falta esperar a que se hayan cumplido todas sus consecuencias. «No es posible dar un fallo definitivo sobre una cosa mudable antes de su consumación. Así, el Juicio sobre una acción cualquiera no puede darse antes de que perfectamente se haya consumado en sí misma y en sus efectos. Importa saber que, si bien con la muerte se acaba la vida temporal del hombre en sí misma, queda algo que depende del futuro. Perduran los hombres en sus obras»[23]. Según esto, cada individuo deja su sello en el rumbo de la historia, y su contribución puede durar muchos siglos; ésta sólo podrá sopesarse de un modo completo cuando la historia haya terminado. La revelación sobre un Juicio final nos recuerda el surco profundo que dejan las propias acciones en el plan de la redención; un surco tanto más fecundo cuanto más esas obras se identifiquen con el querer de Dios, la salvación de todos los hombres[24]. San Josemaría con frecuencia animaba a los cristianos a trabajar con urgencia apostólica en la viña del Señor, porque de esa labor puede depender la felicidad de innumerables personas. «Eres, entre los tuyos —alma de apóstol—, la piedra caída en el

lago. —Produce, con tu ejemplo y tu palabra un primer círculo... y éste, otro... y otro, y otro... Cada vez más ancho. ¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?»[25]. Cada hombre es el eslabón de una cadena que sólo Dios conoce en su integridad. Hay otra razón de conveniencia para un desvelamiento completo del proyecto divino al final de los tiempos. Los hombres podrán reconocer la perfecta coherencia de los planes divinos, ahora perceptibles sólo de modo parcial. Como dice San Agustín, conviene que un Juicio final muestre a todos la bondad y la justicia de Dios, atributos que pasan un tanto ocultos a los ojos humanos durante la etapa actual[26]. Dios podrá entonces reivindicar su propio Nombre, mostrando un maravilloso tapiz que su amor ha tejido con los hilos aparentemente caóticos de nuestra historia; debajo del sufrimiento y dolor de los inocentes, detrás de tantas calamidades e injusticias, brillarán la santidad y la sabiduría divinas, tan frecuentemente puestas en entredicho. Dios será reconocido por todos como verdadero Señor de la historia, y se desvelará ante toda la humanidad como el Señor saca bien de todo, hasta del mal; porque Él «ha juzgado que es mayor perfección sacar bien del mal, que impedir que el mal exista»[27]. Conviene, finalmente, meditar el papel central que ocupa Jesús en el Juicio final. Este protagonismo no significa sólo que Cristo ejercerá su plena autoridad sobre los hombres como Dios y Redentor, o que retribuirá a cada uno según hayan cumplido sus mandatos y seguido su ejemplo. Remite a algo más profundo todavía: recuerda la forma específica en que Dios opera la salvación; es decir, lo hace mediante Cristo que nos configura consigo mismo, con su Persona, enviándonos su Espíritu modelador y presentándonos ante el Padre. La admisión a la vida eterna dependerá de la respuesta al encuentro con Jesús y de la unión vital que tengamos con Él. Desde este punto de vista, Cristo no será sólo el Juez, sino el mismo criterio del Juicio. Ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, «rezamos en el Credo. —Ojalá no me pierdas de vista ese Juicio y esa justicia y... a ese Juez»[28]. Ojalá no perdamos de vista a ese Juez, porque Él es el espejo en el que cada hombre mirará su propio rostro: ¿he llegado a identificarme suficientemente con Él?, ¿habita plenamente en mí su santo Espíritu?, ¿me puede reconocer su Padre celestial como hijo amado? La última pregunta con que se enfrentará cada persona será cristólogica y, por tanto, trinitaria: ¿he llegado a ser uno con Cristo —ipse Christus, en palabras de San Josemaría— para ser admitido con Él y en Él, al consorcio íntimo de la Trinidad? A esta pregunta empezamos a responder ya en nuestra vida terrena con nuestros pensamientos, deseos y acciones. Elaboramos ya, aquí y ahora, el signo de nuestra eternidad. J. José Alviar. Universidad de Navarra

Notas [1] Cfr. Os 4, 1; Mi 1, 3-5; Is 13, 9-14. [2] Ez 18, 23; cfr. Is 1, 18.

[3] Cfr. Jr 9, 6; Is 48, 10. [4] Cfr. Am 3, 12; Is 4, 2-3; 10, 19-21; Mi 4, 7; 5, 2; Sof 2, 7.9. [5] Cfr. Am 5, 18; 6, 8; Ez 5, 10.15; 11, 9; 16, 41. [6] Dan 7, 9-10.13-14. [7] Cfr. Mt 25, 31-46. [8] Mt 25, 32. [9] Cfr. Jn 3, 18-21; 9, 39. [10] Cfr. Jn 8, 24. [11] Cfr. Jn 5, 25; 12, 31. [12] Cfr. Jn 5, 24. [13] Cfr. Ap 1, 16; 2, 12.16. [14] I Carta de Clemente, 27, 1. [15] Orígenes, De oratione, 25, 3; la cita es de 2 Cor 6, 14. [16] II Carta de Clemente, 16, 3. [17] Cfr. II Carta de Clemente, 17, 4-7. [18] Cfr. San Agustín, Enarratio in Psalmum 6, 2; De civitate Dei, XV, 1-6. [19] San JosemarÍa Escrivá, Amigos de Dios, n. 58. [20] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 678. [21] Mt 19, 30. [22] Cfr. Jn 16, 13. [23] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, q. 59, a. 5. [24] Cfr. 1 Tm 2, 4. [25] San Josemaría Escrivá, Camino, n. 831.

[26] Cfr. San Agustín, De civitate Dei, XX, 2. [27] San Agustín, De civitate Dei, XXII, 1. [28] San Josemaría Escrivá, Camino, n. 745.

BREVE Y SENCILLO CURSO DE ESCATOLOGÍA IV. LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA DEL MUNDO FUTURO 21 septiembre 2012. J. José Alviar Collationes.org La esperanza en la resurrección de la carne, aspecto esencial de nuestra fe, nos habla de la unidad del hombre y subraya la dignidad del cuerpo humano. Comprender la dignidad del cuerpo lleva al cristiano a purificar su corazón y a poner lo que está de su mano para purificar el clima social, esforzándose por vivir las virtudes del pudor y la modestia. Considerar las realidades últimas lleva también a apreciar más el valor de la actividad humana sobre la tierra. El Último Día, el mismo cosmos será restaurado. Ningún esfuerzo por construir un mundo a la medida del corazón de Cristo es superfluo: los nuevos cielos y la nueva tierra arrancan de algún modo en la historia. «Así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su propio orden: como primer fruto, Cristo; luego, con su venida, los que son de Cristo (...). Y cuando le hayan sido sometidas todas las cosas, entonces también el mismo Hijo se someterá a quien a él sometió todo, para que Dios sea todo en todas las cosas»[1]. San Pablo resume de este modo un aspecto esencial de la fe y la esperanza cristianas: Dios llegará a ser, finalmente, todo en todas las cosas; culminará su amorosa aproximación a las criaturas con un encuentro pleno y transformador, obrándose la resurrección de la carne y la renovación del cosmos. En el Antiguo Testamento, la revelación de Dios —su poder ilimitado; su amor indefectible; su justicia cabal; su ser fuente de vida— afianza progresivamente la esperanza en la resurrección futura. El pueblo de Israel va comprendiendo cómo la fidelidad y la omnipotencia divinas obtendrán el triunfo definitivo sobre la muerte con la resurrección. Según el libro de Daniel, cuando llegue el Día del Señor, «muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos para vida eterna, otros para vergüenza, para ignominia eterna»[2]; uno de los judíos martirizados por Antíoco Epífanes afirma que «es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios da de ser resucitados de nuevo por Él»[3]. En tiempos de Jesús, la fe en la resurrección está ya bastante generalizada; pero es el mismo Señor quien la manifiesta y realiza en su propia persona, garantizando no sólo la verdad de la resurrección de los muertos, sino todo el mensaje evangélico. San Pablo es muy claro al hablar de la centralidad de este hecho en la vida cristiana: «si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe»[4]. Los apóstoles son fundamentalmente testigos del Resucitado, y exclaman «¡es el Señor!»[5] al oír su voz, al comprobar su indefectible cariño, al ver y tocar las señales de la Pasión. Cristo ha resucitado como primer fruto de los que mueren, dándonos la certeza de que seremos vivificados en Él al final de los tiempos[6]. Resurrección y vida cristiana

La creencia cristiana en la resurrección de los muertos encontró desde el principio la incomprensión y la oposición por parte de los paganos[7]. Se trata de una noción extraña para quienes no creen en un Dios omnipotente, o miran despectivamente la materia. Frente a los primeros, Padres y apologistas afirmaron que la obra de reconstituir el cuerpo deshecho por la muerte es más fácil que crear el mundo de la nada[8]. Frente a los segundos, que sobrevaloraban el alma a costa del cuerpo, los cristianos defendieron la profunda unidad del hombre y subrayaron que la Trinidad ha destinado a la persona entera a participar en su vida íntima: «¡Qué indigno sería de Dios llevar medio hombre a la salvación!»[9]. La doctrina de la resurrección da una dignidad al cuerpo humano que tiene importantes implicaciones para el bautizado: cuando el cristiano percibe la forma definitiva a la que está llamada su existencia, puede descubrir nuevos aspectos del carácter totalizador que posee su vocación, y comprender más a fondo que todo lo que entraña la corporalidad también está incluido en la llamada a la comunión con Dios. Como señala San Josemaría, «hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios»[10]. En la actualidad, se encuentran ideas acerca del cuerpo que recuerdan los errores afrontados por los primeros cristianos. Así, no es raro que la corporalidad se considere casi como un accidente que acaece al hombre, que no le configura como ser personal y libre, de modo que es fácil que acabe siendo reducido a mera fuente de placer. El cuerpo humano aparece como un elemento secundario a la persona, olvidándose que Dios ha amado y llamado a participar en la vida divina a unas hombres y mujeres determinados, con su alma y su cuerpo, y no a otros; y es a ellos a quienes busca, en sus condiciones y circunstancias concretas. Frente a estas opiniones, el misterio de la resurrección esclarece la profunda unidad de la persona y se recupera el verdadero del cuerpo, capaz de manifestar a la persona e implicado, como señala San Pablo, en la lucha por la santidad: «glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo»[11]. La fe en la vida del mundo futuro redescubre el nervio de la corporalidad, que ha de fructificar según el designio divino para alcanzar la bienaventuranza. Morir con Cristo, para resucitar con Él El don de la resurrección dota de sentido a la muerte, al sufrimiento, al dolor; para quienes mueren en la gracia de Dios, el fin de la vida de algún modo consuma y perfecciona la incorporación a Él[12], y llegará el momento en que el Señor le devuelva su mismo cuerpo, sin defecto. La fe nos indica también que no todos moriremos, aunque sí todos seremos transfigurados. Aquellos que sean sorprendidos por el fin del mundo, pasarán directamente al estado definitivo y glorioso de su corporalidad, sin conocer la muerte física. Por tanto, la muerte física no es necesaria para la resurrección gloriosa. Lo principal es que, mientras está en la tierra, el hombre muera sacramentalmente en Cristo para resucitar con Él; muerte al pecado que se realiza ya con el Bautismo y que compromete a secundar la

gracia divina, a seguir luchando contra la concupiscencia y los apetitos desordenados para así purificar su corazón. Desde esta perspectiva, la guarda del corazón, los afectos y las pasiones cobran un nuevo sentido: son la consecuencia de la identificación con Cristo, el fruto de la sumisión a la acción salvífica del Espíritu Santo. «Si vivimos por el Espíritu, caminemos también según el Espíritu»[13]. Creer en la resurrección es creer que nuestro cuerpo, algún día, manifestará cómo hemos correspondido a la gracia divina, cómo es nuestra comunión con Él; este misterio también nos recuerda que la perfecta integridad a la que está destinado el hombre y que Dios le concederá al final de los tiempos, puede de algún modo ya anticiparse en esta tierra con su gracia, pues «Cristo vive en el cristiano. La fe nos dice que el hombre, en estado de gracia, está endiosado. (...) La divinización redunda en todo el hombre como un anticipo de la resurrección gloriosa»[14]. Es la pureza del corazón la que permite ver a quienes nos rodean según Dios, y considerar el cuerpo humano —el nuestro y el del prójimo— como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina[15]. La limpieza del corazón lleva a ajustar inteligencia y voluntad a las exigencias de la santidad divina, principalmente en la caridad, la castidad, el amor a la verdad y la fe. Existe un vínculo entre la pureza del corazón, la del cuerpo y la de la fe[16]. Nuevos cielos y nueva tierra Comprender la dignidad del propio cuerpo, mirar según Dios mira a uno mismo y a los demás, lleva al cristiano a purificar su corazón, y a poner lo que está en su mano para purificar el clima social. Hoy se hace especialmente necesaria una cruzada de virilidad, integridad, y pureza[17] que revalorice las virtudes de la modestia y el pudor, la delicadeza en el trato, en los gestos, en el vestir. Son virtudes pequeñas, pero fundamentales, pues se ordenan a respetar el misterio de la persona humana, mostrando su dignidad. Por eso, «educar en el pudor a niños y adolescentes es despertar en ellos el respeto a la persona humana»[18]. Transmitir el valor de estas virtudes obliga, en primer lugar, a esforzarse por vivirlas con fortaleza. No cabe transigir con la espontaneidad chabacana, con el reclamo morboso, con la impureza que frecuentemente aparece en los medios de comunicación o en la industria del ocio. Frente a ellos, el cristiano debe buscar –¡y promover!– alternativas válidas, para él y para quienes le rodean; y no dejarse llevar, mientras tanto, por un ambiente permisivo que, aunque no incite directamente al pecado, sí fomenta una falta de tono sobrenatural y humano que enrarece el ambiente y dificulta que el alma se dirija a Dios. La pureza, en cambio, ayuda a que se viva una auténtica caridad, la que busca el bien del otro y sostiene la constancia e incisividad del apostolado. Considerar la resurrección de los muertos no sólo permite apreciar la dignidad del cuerpo: también ayuda a apreciar mejor el valor salvífico de la actividad humana sobre la tierra. En el pasado, ha sido común acusar al cristianismo de desentenderse de la vida presente, por poner la esperanza en un mundo futuro espiritual y desencarnado, ajeno al empeño por transformar el mundo actual. Tales críticas, si algo tuvieran de cierto, no son aplicables a la fe católica cuando se considera qué sucederá en el Último Día.

La Revelación afirma la profunda unidad de destino entre el hombre y el universo: no sabemos cuándo llegará la segunda venida del Señor, pero cuando suceda los hombres y mujeres que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, y el mismo cosmos será restaurado a su primitivo estado[19], un estado en el que «nadie hará mal ni causará daño en todo mi monte santo, porque la tierra estará llena del conocimiento del Señor, como las aguas que cubren el mar»[20]. Esta transformación final del mundo puede ser, como la misma muerte, una llamada a la vigilancia y un acicate para buscar la santidad con urgencia; pero sobre todo, es un motivo de esperanza. Ningún esfuerzo realizado por construir un mundo a la medida del corazón de Cristo se manifestará como superfluo o innecesario. Ciertamente, los nuevos cielos y la nueva tierra se realizarán por el poder de Dios, serán un don, y no un logro humano, pero la renovación del mundo tiene de algún modo su arranque en la historia: el que «está en Cristo, es una nueva criatura»[21]. El hombre renacido en las aguas bautismales adquiere la capacidad de convertir el mundo actual en un trasunto del mundo escatológico; su actividad terrena prepara misteriosamente el Reinado de Dios, y continua el misterio de Cristo, renovador del universo. Por eso, si bien la misión del cristiano no consiste en crear un paraíso terrenal, sí forma parte de su vocación ordenar el mundo según la voluntad divina, la justicia, la paz, el amor, la santidad, la belleza; Dios creó al hombre para que trabajara, para que cooperara con Él en el perfeccionamiento de la creación visible, para que de algún modo participara de su poder creador. El pecado original rompió la armonía original, haciendo penoso el trabajo; pero éste siguió perteneciendo a la más profunda realidad del hombre. «El auténtico sentido cristiano —que profesa la resurrección de toda carne— se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu»[22]. Un materialismo, por tanto, que no consiente que la persona sea sólo materia, ni que el cuerpo sea un elemento secundario de la persona; una concepción íntegra del hombre, que revaloriza cualquier trabajo humano honrado, reconociéndole un lugar en el plan salvador de Dios y garantizando de algún modo su pervivencia por toda la eternidad. Con la resurrección de los muertos y la venida del mundo futuro, Dios nos dará no sólo la plenitud de su ser material: también nos devolverá, perfeccionado, todo nuestro obrar, sin las sombras que el pecado propio o ajeno hubieran podido introducir[23]. Por eso, «la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo»[24]. En esta tierra, nuestra labor a veces no alcanza todo el bien que desearíamos; nuestras limitaciones y las de los demás hacen que, a pesar de los buenos deseos, los resultados puedan parecer pobres. Cuando el mundo sea transfigurado, Dios llevará, por así decir, nuestra labor a su cumplimiento; reencontraremos los frutos de nuestro esfuerzo y apreciaremos plenamente su valor en el plan divino de redención. J. José Alviar. Universidad de Navarra

Notas [1] 1 Cor 15, 22-28. [2] Dn 12, 2. [3] 2 Mac 7, 14. [4] 1 Cor 15, 14 [5] Jn 21, 6. [6] Cfr. 1 Cor 15, 22; 1 Ts 4, 14. [7] Cfr. Hch 17, 32. [8] Cfr. Taciano, Oratio ad graecos, 6; Tertuliano, De carnis resurrectione, 11; San Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia, 2, 26, 12. [9] Tertuliano, De carnis resurrectione, 34; cfr. también Atenágoras, De resurrectione, 18; San Agustín, De civitate Dei, 13, 20. [10] San Josemaría, Conversaciones, n. 114. [11] 1 Cor 6, 20. [12] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1002, 1010. [13] Gal 5, 25. [14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 103. [15] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2519. [16] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2518. [17] Cfr. San Josemaría, Camino, n. 121. [18] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2524. [19] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1045-1047. [20] Is 11, 9.

[21] 2 Cor 5, 17. [22] San Josemaría, Conversaciones, n. 115. [23] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1050. [24] Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 39.

ESCATOLOGÍA Y ESPECIFICIDAD DE LA ÉTICA CRISTIANA 08 diciembre 2011. Tomás Trigo Unav.es La escatología revelada, que anuncia una salvación ‗trascendente‘ y ‗personal‘, cuya raíz es el ‗amor misericordioso‘ de Dios, dará lugar necesariamente a una conducta moral específica A lo largo del conocido debate sobre la especificidad de la ética cristiana, que adquirió especial intensidad en los años 70, fueron muchos los autores que llamaron la atención sobre la escatología como elemento especificador de la moral predicada por Cristo[1]. El planteamiento que subyace casi siempre en sus argumentaciones es que el fin último en el que cree la persona constituye un elemento determinante de su conducta moral. Todo sistema ético depende de una escatología, entendida como objetivo final y omnicomprensivo de la existencia humana. Este objetivo debe afectar necesariamente a todos los demás objetivos de la persona, y es uno de los ejes de su escala de valores. Dentro de cada ética, la condición indispensable para que la conducta adquiera precisamente su carácter ético, es que sea coherente con el objetivo último de la vida. Ahora bien, como el fin último es considerado por las diversas éticas de un modo diferente, su comprensión de la vida moral será también diverso. En el caso del cristianismo, la escatología revelada, que anuncia una salvación trascendente y personal, cuya raíz es el amor misericordioso de Dios, dará lugar necesariamente a una conducta moral específica. De las muchas consecuencias que la escatología tiene para la ética señalamos algunas que actualmente revisten especial interés, tratando de poner de relieve la diferencia que existe entre la ética cristiana y aquellas que sitúan el objetivo último de la persona en cualquier tipo de realización inmanente. La tragedia de la moral La vida moral tiene como objetivo la realización del hombre en su dimensión individual e interpersonal. Este objetivo exige, por una parte, un esfuerzo continuo para alcanzar el perfecto dominio de uno mismo, y, por otra, una lucha incesante para conseguir que el estado de cosas en el mundo responda a los deseos de la persona. Ahora bien, la moral no puede realizar íntegramente su propia intención, su proyecto radical, y en esto consiste precisamente su tragedia. Su objetivo es inalcanzable, no sólo de hecho, sino también de derecho. La acción nunca realiza plenamente el deseo. A ello se añade que la acción puede también producir efectos que el sujeto no ha deseado ni previsto. El hombre tiene que hacerse, pero, al mismo tiempo, es consciente de que nunca se hará plenamente. En cada momento de su historia personal, se encuentra con que nunca es lo que debería ser, y el precio de reconocer este hecho con sinceridad es la experiencia de una profunda insatisfacción.

Pero además del esfuerzo moral para luchar contra el mal que hay en uno mismo, el hombre debe enfrentarse a un estado de cosas que no sólo no responde a sus deseos sino que no puede explicar ni justificar. El sufrimiento aparece muchas veces sin sentido, y la muerte se presenta como la destrucción misma de todo proyecto moral. En una lógica inmanente, esta situación lleva al absurdo y a la rebelión[2]. Ante esta situación verdaderamente trágica que toda ética inmanente debe tener la valentía de reconocer, la esperanza escatológica cristiana hace saber al hombre que la acción moral no es vana, que su intención moral puede tener cumplimiento, y que en todo momento se le otorga la ayuda divina para perseguir su objetivo sin desanimarse ni desesperar. De este modo, para el cristiano, la moral se convierte en un momento de la esperanza. El sufrimiento y el fracaso se presentan con un rostro completamente nuevo: el que han adquirido con la muerte de Cristo en la Cruz. La vida del hombre no es una tragedia, sino un drama en el que la lucha tiene como horizonte la victoria. La experiencia cristiana responde, de este modo, al deseo más profundo de la persona. Elegir el misterio del Dios cristiano es a la vez rechazar el absurdo del mundo y esperar con alegría la plena realización del hombre. El valor de la acción En una ética cerrada a la trascendencia, el sentido de la existencia humana no puede ser otro que la consecución de un objetivo intramundano, que depende del efecto externo de la acción. Ahora bien, el efecto de la acción no depende exclusivamente de la decisión personal libre. Existen muchos elementos que condicionan los resultados. El éxito no está enteramente en poder de la persona. Esta realidad tiene importantes consecuencias en la vida moral. Cuando la acción se valora por el éxito, si los resultados no son los previstos, la conducta queda sin sentido. La acción humana no tiene valor en cuanto acción de la persona, sino que está en función de condiciones que sólo en parte dependen de la propia libertad. Por otra parte, el valor de la acción no se encuentra en el presente sino en un futuro todavía desconocido. Pero aunque el éxito corone todas las acciones, todas están igualmente destinadas a perder su valor, pues la última palabra la tiene la muerte, destrucción de todo éxito subjetivo y, por tanto, mal absoluto e inevitable. La psiquiatría ha señalado las consecuencias de esta «tensión»: la persona que no vive en presente, sino en una constante ansiedad necesitada de comprobación, acaba frecuentemente en el desequilibrio psíquico. En la moral cristiana, el valor de la acción no depende del futuro, y, a la vez, su fruto y su recompensa sólo se manifiestan plenamente en un futuro trascendente. Cuando la persona vive de fe y movida por la caridad, cada una de sus acciones tiene valor sobrenatural. Independientemente de los resultados, del éxito material o de los frutos comprobables, la acción tiene valor y sentido en sí misma. El éxito futuro no es determinante del valor de la acción pasada, y la muerte no puede destruir ese valor. El fracaso material no es el fracaso del valor moral de la acción ni, por tanto, el fracaso de la persona. Por el contrario, el fracaso adquiere el mismo sentido que tiene el «fracaso» de la Cruz: un fracaso según los parámetros meramente racionales, pero la mayor victoria a los ojos de Dios.

Esto no quiere decir que al cristiano no le interese el éxito de la acción. Quiere decir, únicamente, que la acción moral tiene un valor en sí misma, previo al éxito. A la vez, la acción moral del cristiano unido a Cristo tiene, por la comunión de los santos, una dimensión universal que la ética humana nunca podría imaginar. Cada una de las acciones que el cristiano realiza tiene un valor salvífico universal, porque forma parte del plan de salvación de Dios para el mundo. Para el cristiano no existe ninguna actividad cuyo valor sea exclusivamente intramundano. Al mismo tiempo que construye la ciudad terrena está contribuyendo a la realización del Reino de Dios, desapareciendo así la disociación en el núcleo mismo de la acción moral. En la ética cristiana, lo decisivo para el enjuiciamiento moral es la realización de la acción en la medida en que se basa en la determinación libre de la persona y, con ello, en la fe, esperanza y caridad. Si en la ética inmanente la intención interior tiende a perder su importancia, en la ética cristiana es decisiva. Esta trascendencia de la intención última se manifiesta en una actitud propiamente cristiana que implica, a la vez, distanciamiento y empeño. Distanciamiento respecto a la situación externa, a los resultados, que siempre aparecen como relativos. Empeño, sin embargo, porque la fe y el amor tienen que expresarse y realizarse en el trabajo en servicio de los demás[3]. Este último aspecto debe ser subrayado frente a aquellos autores que reducen la especificidad cristiana llevados por el afán de mostrar que el cristiano no puede apartarse del mundo. La dimensión escatológica no suprime ni resta importancia a los valores terrenos. La vida fuera del mundo constituye una vocación particular. Pero la vocación de la mayor parte de los cristianos consiste precisamente en la búsqueda de la santidad en medio del mundo. Es más, si a pesar de la brevedad de la vida, el cristiano puede hacer sitio en su vida a los valores terrenos, es porque pueden ser integrados en la esperanza mesiánica[4]. El perdón y la culpa Si se entiende la culpa desde la perspectiva del éxito exterior de la acción no cabe una superación plena de los errores que se cometen. El hombre tiene que vivir con su culpa, y lo más que puede hacer es tratar de que los demás la olviden con la obtención de un éxito que supere al error. La ausencia de perdón se encontraría también en una ética en la que la culpa se viese sólo en relación con el prójimo. Si éste niega el perdón, la culpa se convierte en imborrable. En ambos casos, la salvación está siempre en manos de los demás. Pero tal vez sea peor aún el estado subjetivo de aquel que hace depender el perdón de sí mismo, identificándolo de algún modo con la ausencia del sentimiento de culpabilidad. Frente a esta situación en la que la culpa oprime al pecador, la doctrina cristiana sobre el pecado y el perdón aparece como profundamente liberadora. La escatología cristiana se caracteriza por el hecho de que Dios es un juez misericordioso, que ama tanto al hombre que, para librarlo del pecado, no escatimó ni la muerte de su propio Hijo. El hombre puede estar seguro de la misericordia de Dios cuando se vuelve a Él con el corazón contrito. Si su salvación no depende del éxito de sus acciones, ni de la aceptación por parte de los demás,

ni de los propios sentimientos, sino sólo de Dios, el perdón de sus culpas no tiene por qué esperar a la realización de efectos positivos ni a los sentimientos de misericordia que tal vez no se den en el corazón del prójimo. Ni tiene el hombre que llevar sobre sus espaldas el pesado fardo de un sentimiento de culpabilidad que ya no corresponde a nada real, porque el pecado ha sido abolido. Se transforma, en cambio, en deseos de agradar al Padre y de unirse con amor al sufrimiento y a la muerte de Cristo, causados por nuestros pecados. De este modo, el pecado se convierte en camino de santidad: «Si tus errores te hacen más humilde —afirma el B. Josemaría Escrivá—, si te llevan a buscar con más fuerza el asidero de la mano divina, son camino de santidad: ―felix culpa!‖ —¡bendita culpa!, canta la Iglesia»[5]. Una afirmación ésta que la ética humana no alcanza a comprender, porque tampoco comprende el verdadero sentido del pecado. El sentido de la libertad Allí donde el sentido de la vida humana se pone en un objetivo intramundano, es decir, en una meta que puede ser obtenida por los efectos externos de la acción, la libertad está radicalmente amenazada. La razón es sencilla, aunque pueda escandalizar a los que, tal vez inconscientemente, viven según la lógica de una ética inmanente: la coacción puede ser justificada. En efecto, si la meta depende de la acción externa, coaccionar a alguien para que la realice puede tener sentido, pues lo que importa es alcanzar los resultados, y no el valor de la acción como acción de la persona. En la lógica de la ética utilitarista, donde la verdad se mide por los efectos positivos de la acción, la libertad es, en cuanto supone un riesgo para el éxito, un estorbo. La inmanencia lleva siempre consigo el germen del totalitarismo. En cambio, cuando el carácter moral de la acción no se juzga por el efecto exterior sino por su relación con la trascendencia, la libertad adquiere un papel central. En este caso no tiene ningún sentido la coacción, pues no se puede obligar a nadie a tomar una decisión libre. Que a lo largo de la historia se haya utilizado la coacción por parte de algunos cristianos, sólo indica que esos cristianos no han vivido, al menos en algún aspecto, la moral predicada por Cristo. También desde otro punto de vista, la esperanza escatológica afecta a la libertad. Sólo cuando se vive de fe, y se sabe que la realización plena está más allá de esta vida, se puede actuar con libertad frente a la situación presente, para juzgar si responde o no a la verdad. Con una eternidad por delante, el cristiano puede tener la grandeza de ánimo que lleva a evitar por igual el conformismo y la desesperación. El valor de la persona Todo sistema ético presupone una determinada visión de la persona. Si la persona no tiene una meta trascendente, su vida sólo puede tener valor en la media en que le aporte experiencias positivas, y el esfuerzo de sus acciones sea coronado por el éxito. En este caso, una vida infeliz y llena de dolor tiende a ser considerada carente de valor. Pero si existe una salvación trascendente, el valor de la vida humana se determina por criterios radicalmente diferentes: «La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento;

pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador» (Gaudium et spes, 19). En consecuencia, todas las personas tienen el mismo valor, pues todas están llamadas a la misma vocación de los hijos de Dios: «Ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús» (Ga 3, 28). Escatología y normas morales El hecho innegable de que la escatología cristiana sea un elemento especificador de la moral cristiana, ¿lleva consigo que esta moral sea específicamente nueva desde el punto de vista material? Dicho de otro modo: ¿la escatología cristiana constituye únicamente una nueva motivación para la ética, o implica además nuevas normas o contenidos morales concretos con respecto a una ética simplemente humana? A esta cuestión, formulada esencialmente en los mismos términos, algunos autores responden negativamente. Admiten que la esperanza escatológica proporciona una nueva intencionalidad para la conducta; pero afirman al mismo tiempo que ésta, en sí misma, materialiter, no se distinguiría de la conducta del no cristiano, de modo que la perspectiva escatológica no modificaría intrínsecamente la moral humana. Otros, en cambio, defienden decididamente la novedad cristiana no sólo en el orden trascendental o formal sino también en el categorial. La polémica sobre esta cuestión es compleja, y en un breve estudio no podríamos siquiera resumir razonablemente los argumentos de las distintas posiciones. Por eso, nos limitaremos a señalar el camino que, en nuestra opinión, podría llevar a una respuesta aceptable. Ese camino debe pasar por la superación de la ética de tipo normativo a través de la adopción del punto de vista del sujeto agente, pues sólo así se puede reconocer el verdadero papel de la intencionalidad en la vida moral. Sólo desde el punto de vista del sujeto agente cabe explicar adecuadamente la relación de las acciones concretas con las intenciones generales en la conducta moral. Desde esta perspectiva, la intención no aparece como algo que se añade a la acción ya constituida para darle un nuevo sentido —idea que está en la base de los argumentos de algunos autores que niegan la especificidad plena de la ética cristiana—, sino como uno de los elementos esenciales de la acción. Cuando el sujeto moral ha de obrar aquí y ahora, cuando ha de ocuparse de la acción concreta precisamente en cuanto es una acción particular y contingente, su juicio práctico último está en función no sólo de las normas universales, sino de otros elementos que, en la práctica, pueden ser más determinantes. Entre ellos se encuentra su concepción del mundo y del hombre, una concepción que puede llamarse sapiencial, en cuanto valora las cosas, las personas y los acontecimientos desde el punto de vista del ideal de la perfección humana. Pero la concepción de este ideal es inseparable de la esperanza escatológica. Si se explica de este modo el ejercicio de la razón práctica se puede concluir que no existe una ética neutra, sino sólo éticas cualificadas, específicas, pues los principios son interpretados, en cada ética, según una concepción sapiencial diversa, y, en consecuencia, originan con frecuencia normas concretas diversas. Incluso, aunque las distintas éticas coincidiesen materialmente en las normas concretas, la identidad se reduciría únicamente a la acción exterior, no a la descripción interior que dirige la gestación de la elección y que

desemboca en esa acción exterior[6]. La diversidad de motivaciones, por tanto, no es algo que toque de modo superficial el obrar en su moralidad total, sino que determina su novedad de valor y de significado. Puede decirse que, aunque un cristiano y un no cristiano coincidiesen en la misma norma específica y en la misma acción exterior justa, su elección tendría un significado existencialmente distinto, pues llegan a ella a partir de concepciones sapienciales diversas. Y para la identidad existencial de la persona, para su perfección, lo que cuenta principalmente es ese significado. No se puede decir que lo único importante es la acción exterior, porque la acción moral no se puede calificar sin tener en cuenta la intención y la elección, es decir, el acto interior. La esperanza escatológica lleva, por tanto, al cristiano a una conducta moral específica si se considera la acción en su totalidad, y en muchas ocasiones le lleva también a acciones que la ética humana no puede explicar racionalmente, porque tienen su fuente precisamente en la luz que proporcionan la prudencia sobrenatural y los dones del Espíritu Santo. Tomás Trigo. Universidad de Navarra

[1] Se puede citar, entre otros, a los siguientes: J. LACROIX, Morale, métaphysique et religion, en AA.VV., Morale humaine, morale chrétienne, XVIII Semaine des Intellectuels Catholiques (marzo de 1966), «Recherches et Débats» 55, Desclée de Brouwer, Bruxelles 1966, 103-118; Ch. ROBERT, Morale et Ecriture: Nouveau Testament, «Seminarium» 23 (1971) 596-621; Ph. DELHAYE, Thèmes fondamentaux d‘une éthique chrétienne, en J. RATZINGER, Ph. DELHAYE, Principes d‘éthique chrétienne, Éditions Lethielleux, ParisCulture et Vérité, Namur 1979, 34-35; ID., La exigencia cristiana según S. Pablo, «Scripta Theologica» 15 (1983) 725-737; M. RHONHEIMER, Moral cristiana y desarrollo humano. Sobre la existencia de una moral de lo humano específicamente cristiana, en La misión del laico en la Iglesia y en el mundo, VIII Simposio Internacional de Teología de la Universidad de Navarra, Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona 1987, 936; P. BOURGY, Loi et grâce dans l‘Église d‘aujourd‘-hui, en AA.VV., Loi et Évangile, Congreso Internacional de los PP. Dominicos, profesores de Teología Moral, Alemania (marzo de 1969), «Supplément» 22 (1969) 363. Pero fue sobre todo H. Rotter quien buscó en la escatología la solución al debate de la especificidad: cfr. H. ROTTER, Die Eigenart der christlichen Ethik, «Stimmen der Zeit» 191 (1973) 407-417. [2] Este aspecto de la moral ha sido puesto de relieve, de modo especial, dentro del debate sobre la especificidad de la ética cristiana, por J. LACROIX, Morale, métaphysique et religion, 103-118. [3] Sobre el valor de la acción y su relación con el éxito intramundano en la ética cristiana, ver H. ROTTER, Die Eigenart der christlichen Ethik, 412; y M. RHONHEIMER, Moral Cristiana y desarrollo humano, 936. [4] Cfr. Ph. DELHAYE, La exigencia cristiana según S. Pablo, 735.

[5] BEATO JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Forja, n. 187. [6] Sobre este tema se puede encontrar una amplia exposición en la conocida obra de G. ABBÀ, Felicidad, vida buena y virtud, Eiunsa, Barcelona 1992, passim

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