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Hugo Blumenthal © 2007

Un descenso a los infiernos: Odisea y Eneida.


Una Comparación
por Hugo Blumenthal

Antecedentes
“Difícil es que los vivientes puedan contemplar estos lugares.” Odisea.

Contrario a lo que diga la Sibila de Cumas, el bajar a los infiernos no es empresa fácil ni para los
muertos, que han de “cumplir” ciertos requisitos para no permanecer apenas en los umbrales. Para
los vivos -si desean continuar vivos- es mucho más difícil. De estos últimos, las pocas noticias que
tenemos de haber logrado la empresa han sido hijos de dioses ayudados por sus dones o por dioses:
Orfeo (el hijo de Calíope, la más importante de las musas), Pólux (hijo de Zeus), Teseo (probable
hijo de Poseidón) y Heracles (otro hijo de Zeus). Piritoo en cambio ha de quedarse en el Hades sin
poder levantarse del asiento del olvido y Cástor muere en el combate contra Idas y Linceo. El caso
de Odiseo será por ello tan especial (aunque, como veremos, no se internará demasiado), sólo
superado en la historia de los infiernos por Dante siglos después. Como hijo de Afrodita, Eneas no
va a ser una gran excepción, pues no le faltará la ayuda de los dioses (más que Odiseo).

Las intenciones
“La necesidad me trajo a la morada de Hades...” Odisea.

Las intenciones o fines por los cuales se intenta bajar en vida hasta los infiernos son varios: para
rescatar el alma de un ser querido (Eurídice en el caso de Orfeo, Cástor en el de Pólux), para raptar a
la hermosa Perséfone (Teseo y Piritoo), o simplemente por cumplir una prueba (Heracles para
encadenar al Cerbero y matar a la hidra de Lerna). El motivo más pueril parece ser, sin embargo, el
de Eneas: ver a su padre sólo por el gran amor que le tiene. Eso al menos es lo que pretexta en
principio, pero luego su padre Anquises le mostrará prácticamente todos los detalles de su destino,
le encenderá su animo con el deseo de la fama venidera y le contará las guerras que tiene que hacer
en lo sucesivo, entre otras cosas. Lo cual se asemeja bastante, finalmente, al motivo que Circe le
aconseja a Odiseo: emprender viaje a la morada de Hades para consultar el alma del tebano Tiresias,
para que le revele su destino. Y con tal fin -más práctico o explícito- aun podrá Odiseo ver a alguien
muy querido en el alma de su madre muerta. ¿Virgilio, entonces, trataba simplemente hacer parecer
altruista y magno a su héroe?

El guía
“¿Quien nos guiará en este viaje, ya que ningún hombre
ha llegado jamás al Hades en negro navío?” Odisea.

El viaje, pues, no es fácil ni para llegar a los umbrales. El otro mundo guarda en sus tinieblas
secretos insospechados, así como el camino que lleva hasta él. Por eso los más mortales solicitan la
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ayuda de un guía. Circe asegura a Odiseo que no necesitará ninguno, y sin embargo ella misma hace
el papel de guía detallándole lo que ha de hacer, tanto para llegar al Hades (que no está muy lejos de
su isla), como para invocar a los muertos. La cercanía del Hades, el buen viento del Bóreas que se le
envía y el que Odiseo no vaya a entrar precisamente al Hades, atravesando sus ríos, hacen que los
concejos sirvan perfectamente de guía. En cambio la empresa de Eneas será más arriesgada.
Contando con un excepcional piloto, Palinuro, que había salvado el paso entre Escila y Caribdis,
deberá perderlo por deseo de Poseidón (o del Sueño) el cual ha accedido al ruego de Afrodita de que
Eneas y sus hombres no estén sometidos a más desastres y temporales por obra de su enemiga Hera,
con la advertencia de que “...sano y salvo, como me suplicas, arribará al puerto del Averno.
Solamente a uno, perdido en el grueso del mar, buscarás en vano, pues habrá que dar una sola vida
por salvar muchas más.” Por eso aunque Palinuro se lleva consigo el timón entero y parte de la
popa, castrando a Eneas (dejándolo sin piloto y sin medio de gobernar la nave), Eneas llegará a su
destino sin mayores contratiempos “gracias” a su guía natural.1 Luego, para atravesar el Averno será
necesario uno mayor: una sibila, la Sibila de Cumas; tal como Dante utilizará luego a Virgilio.

Presentes y sacrificios
“Guía ovejas negras; sean ellas la primera purificación.” Eneida.

Acabando de llegar es necesario purificarse y tranquilizar a las poderosas deidades subterráneas. En


Virgilio la purificación juega un papel importante. El sacrificio inicial mismo es presentado en parte
como purificación, y luego debe volver a purificarse salpicando su cuerpo con agua para entrar en el
Eliseo. Al no existir en Homero una noción de pureza interior ni de pecado como en Virgilio, la
impureza apenas se la podía concebir corporal y no era requisito indispensable para hacer
sacrificios. En cambio los sacrificios siempre serían necesarios, más que las simples ofrendas
(aunque Eneas además lleve una rama dorada, o la vara del destino, como presente y excusa), puesto
que ejercían un mayor influjo en los seres sobrenaturales.
Los sacrificios a las deidades subterráneas o a los héroes ya fallecidos u otras almas de los
muertos -o los sacrificios ctónicos, como se les conoce-, se realizan por igual tanto en Homero
como en Virgilio, aunque con algunas leves diferencias entre ambos. Por lo general entre griegos se
inmolaban animales negros en estos sacrificios -dejando los blancos para los dioses celestes- y se
escogía la caída de la tarde o la noche para su ejecución; lo cual cumplen Odiseo y Eneas. Ninguno
de los dos menciona que la cabeza de la victima debía inclinarse hacia abajo (o hacia arriba para los
dioses celestes), olvido u omisión compartida. Luego, sólo Odiseo tiene un hoyo preparado para
recoger la sangre. De resto, ambos hacen promesas a Hades y Perséfone y queman la carne, con la
diferencia de que Odiseo además ha hecho promesas a los muertos, mientras Eneas y la Sibila de
Cumas invocan a Hécate, la Noche y las Furias. Estas diferencias esenciales se deben a que los
propósitos de ambos héroes son diferentes: Odiseo simplemente desea consultar el alma de Tiresias,

1 Cyril Connolly además citando a W. F. Jackson Knight apunta que “el hecho de que Palinuro se llevase en su caída
parte de la popa del barco era un eco virgiliano de la epopeya babilónica de Gilgamés, en la que éste, rumbo a las
regiones inferiores, pierde una parte esencial de su embarcación y tiene que fabricar con sus propias manos unas
cuantas pértigas, tal como tiene Eneas que cortar un brote de la Rama Dorada para asegurar su travesía al mundo
subterráneo.” El sepulcro sin sosiego. Barcelona: Versal, 1990. P. 147.
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mientras que Eneas entrará al Averno en busca de su padre.

Muertos insepultos
“…hasta que los huesos descansaron en su lugar.” Eneida.

Odiseo y Eneas a quien primero encuentran en su descenso a los infiernos es a un muerto de los
suyos insepulto: Epenor y Palinuro, respectivamente. ¿Coincidencia? Tan sólo una muerte muy
reciente parece justificar el caso de Epenor. Palinuro en cambio, gracias a un Averno mejor
distribuido, tendrá que ver a Eneas por la más elemental lógica del espacio. Insepulto no le es
permitido cruzar el río Cocito y debe mantenerse en los más externos preliminares del Averno, por
donde es lógico que debe pasar Eneas. Por otro lado, aunque las suplicas de ambos son por
sepultura, también tienen su matiz de diferencia: los dioses y su cólera son enarbolados por Epenor,
mientras que a Palinuro parece no quedarle más recurso que incitar la compasión de Eneas; aunque
no era menos, pues recuérdese que en un principio un cadáver aparecía impurificando toda su
escuadra. Por último ambos muertos parecen desear la fama de su nombre: Epenor pide que se le
erija un túmulo (“para que de mi tengan noticia los venideros.”), mientras que la perspectiva de “una
tierra con su nombre le produce alegría” a Palinuro.

De la naturaleza de las almas


“...vidas sutiles que revoloteaban sin cuerpo
bajo la hueca imagen de su figura.” Eneida.

En el Hades, los muertos, privados de sus sentidos, aparecen como simples imágenes de lo que eran
en vida. La madre de Odiseo apunta que apenas se muere las llamas separan la carne y los huesos
del alma “que se va volando, como un sueño”, que se va volando al Hades. Allí hasta Ceneo vuelve
a su original figura de mujer. Allí las excepciones son pocas. Una de ellas es Tiresias, cuya mente se
conserva integra y que “...después de muerto, dióle Perséfone inteligencia y saber...”, mientras los
demás revolotean como sombras. Por él es que la sangre de los sacrificios de Odiseo cobra sentido,
pues la sangre es la garantía de la pervivencia de las almas en el Hades y una vez bebida hace
recuperar las fuerzas y la memoria. Por eso en un principio la madre de Odiseo no ve a su hijo, ni le
dirige la voz, tal como Dido con Eneas. Sin embargo a algunos guerreros en la Eneida no les basta
con ver a Eneas sino que además van a caminar a su lado para indagar los motivos de su llegada, y
hasta sus anteriores enemigos sentirán miedo al verlo armado. Algo ligeramente parecido a lo que
sucede con el alma de Ayax aun enojada con Odiseo porque este le había vencido en juicio para
adjudicar las armas de Aquiles; aunque Homero al respecto es menos contradictorio (pues, puestos a
pensar, las almas amigas de Ayax pueden haberle contado, y al final se verá que todo el Hades
termina enterado de lo de la sangre). Asimismo, en la Odisea y la Eneida, asistimos a la prueba de
atrapar al fantasma de un ser querido (madre de Odiseo, padre de Eneas), y con igual numero de
intentos (aunque lo del número tres era simbólico, para expresar varias veces, así como los cien años
que debían esperar las almas insepultas para atravesar el río Cocito quería decir mucho tiempo, casi
una eternidad), fallidos, se reitera el símil del sueño.

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Topografía del infierno


“Iban solos bajo la noche oscura a través de la sombra, y
las mansiones solitarias y el reino vacío de Dite...” Eneida.

Atravesando el Océano, Odiseo llega a una playa estrecha y a bosques consagrados a Perséfone. Allí
encuentra al Flegeton o Río de Llamas y al Cocito, o Río de las Lamentaciones, como arroyo de la
Estigia, o Éstige, o Río del Odio que, junto con el Lete, o Río del Olvido, son los afluentes del
Aqueronte, o Río del Infortunio, principal corriente del sistema “fluvial” del Hades. Estos cuatro
ríos fluyen en círculos concéntricos, y al parecer se cruzan o entremezclan separando en dos partes
el Hades: el Tártaro y los Campos Elíseos. Odiseo sin embargo sólo llega hasta una roca donde
confluyen los dos primeros, y del lugar apenas se nos dice que se encuentra en los confines del
Océano, donde están el pueblo y la ciudad de los Cimerios entre nubes y niebla, donde no llega el
sol y la noche perniciosa se extiende sobre los míseros mortales. Desgraciadamente Odiseo no irá
más allá, y no nos permitirá comprobar si el Hades griego se encontraba tan estructurado como el
Averno de Virgilio (el cual apenas es superado -en organización y divisiones especializadas- por el
Infierno de Dante). Sin embargo va a resultar curioso el que las sombras de los muertos vayan
llegando ante Odiseo “ordenadamente”, por grupos: primero las mujeres, luego los héroes, luego a
Minos, Orión, Titio (Eneas también ve a Titio, y -lo curioso- es que dice de él lo mismo que
Odiseo), a Tántalo, etc., hasta que se congregó un griterío enorme. Todo lo cual permite suponer que
existían efectivamente divisiones, o de que al menos en el Hades no todos se juntaban con todos
sino que también allí se mantenía un orden como el que imperaba en la sociedad griega (de mujeres
aparte y guerreros aparte, etc.).
La topografía del Averno de Virgilio es bastante explícita y rica en descripciones, aunque hace
sospechar de un carácter moralista, ligado a la conciencia del pecado y pureza, que no tenían ni
necesitaban los griegos (con los dioses y el destino tampoco hubieran podido asimilar tales
conceptos). Igual a Odiseo, Eneas llega a los límites de infierno por mar, aunque lo ubica en un
lugar tan concreto como las costas de Nápoles. De allí se encamina a la cueva de la Sibila de
Cumas, rodeada por amplios bosques y el Cocito. Cueva profunda y descomunal, en el centro se
haya un olmo y más allá el Aqueronte a cuyas riberas se abalanza la muchedumbre insepulta. Ahí
Caronte, el aduanero espantable, que transporta a los sepultados en barca de piel. Al otro lado del río
se haya el Cerbero y la entrada propiamente dicha al Averno. Trasponiendo esa entrada está el
preinfierno, donde reina el juez Minos (sobre las almas de los niños, los condenadas a muerte
injustamente, los suicidas sin culpa, los campos del llanto para las víctimas de un amor desgraciado
y los guerreros ilustres caídos en batalla, todos los cuales se encuentran situados en este orden). Y el
camino se divide entonces en dos: el de la derecha, que corre al pie de las murallas del gran Dite, y
el de la izquierda que lleva al Tártaro, donde Radamanto de Cnosos castiga los crímenes, y obliga a
confesar los pecados (!). Allí se haya una torre de hierro, con Tisífone dentro y, tras las puertas, más
allá, La Hidra. Más allá está el abismo, cárcel de los Titanes. Por el otro camino, el de la derecha, se
llega a El Eliseo o sede de los justos, donde se hayan Ilo, la vieja prosapia de Teucro, Asáraco,
Dárdano y los héroes campeadores, entre otros, separados en varios grupos. Dentro de los Campos
Elíseos un valle apartado, con un bosque escondido y selvas y el río Leteo, en torno al cual
revolotean las almas a las que según el destino se les debe otros cuerpos. Y, finalmente, hay dos

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puertas del Sueño: una, que da fácil salida a las sombras venideras, y la otra, brillante, por la que se
envían al cielo falsos sueños.

Salida
“...la bajada al Averno es fácil... volver sobre tus pasos y salir
al aire de arriba, ésta es la hazaña, ésta es la dificultad.” Eneida.

Por la última puerta, la de los falsos sueños, es que sale Eneas, tan fácilmente como Odiseo
abandona el lugar y regresa a su bajel, poniendo así en entredicho lo que en un principio había
afirmado la Sibila de Cumas.

Hugo Blumenthal
Cali, 1996