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El contabilista

El contabilista

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Hugo Blumenthal © 2007

Sobre El contabilista, de Elisa Mujica
por Hugo Blumenthal

Parecería como si el género de la biografía nos hubiera acostumbrado a re–presentar la vida como una cuestión de contabilidad. Pensamiento económico simplificado y aplicado sin más, al menos en su ficción, a lo que quizá no puede re–presentarse sino como pérdida (e imposibilidad de fiel representación, por tanto), donde sacar cuentas y hacer balance no es más que otra pérdida (movimiento “falso” en su pretensión de comprensión), que se pierde en el movimiento mismo, donde este mismo pensamiento se pierde, excedido. “Falso” pero necesario en la ficción de seguridad, de base, que otorga todo pensamiento de la representación posible o de la “cognoscibilidad” (apropiación) sin pérdida, para edificar la ficción de la inversión. En este cuento de Elisa Mujica, la voz designada, nombrada en algún momento por esa (pobre) encarnación del contabilista que es Julián (que, como representante del mundo “de los hombres” dentro de un pensamiento claramente falogocentrista, es el único que puede nombrar) como Nina, saca cuentas, desde su posición de edad, de su capital acumulado de vida. Cuentas un tanto desorganizadas, a las que no asiste ningún contabilista y por lo mismo (siguiendo su misma lógica) muy de ella, mujer femenina, pese al sistema en el cual tiene lugar por medio de ese ejercicio contable de justificación (o lo que es lo mismo de inversión segura en una cierta posibilidad de vida; tirada de dados que pretende imaginariamente abolir el azar). Nina, esa encarnación léxica de mina (de plata) que abunda en cosas inútiles o curiosas, como sus temas de conversación, contrata, pues, a un contabilista que tendrá sin saberlo tres cargos como mínimo: El primer cargo de Julián será como ayuda para reivindicar una posición heredada (donada, adjudicada) de otro hombre (el marido muerto): la de dueño. Posición que implica, en nuestro medio, el trabajo, como mínimo, de administración (suponiendo que efectivamente sea “mínimo”, como culturalmente todavía se cree, en relación con otros de “mayor trabajo”). Posición que por otra parte tan bien ilustra la imposibilidad social de la posición del amo absoluto. Así Nina podrá decir que no pierde el control (lo que se eleva a valor personal) y que demuestra a los empleados que es la dueña (curiosa necesidad esta la de de–mostrar aquello que (¿realmente?) se es, como si la no demostración des–hiciera lo que es. Se trata de la necesidad de sustentar la ficción legal más allá del papel, más acá (¿dónde? en todas partes y en ninguna), en la vida). La herencia, por tanto, no es puro don, libre. Trae consigo, socialmente, para Nina, una obligación. No se trata de un don puro sino de un lugar de trabajo o producción. Los frutos de ese lugar son evidentes mas no gratuitos. Quizá, como todo parece indicar, Nina haga buen uso de su nombre, con un negocio que con poco trabajo le produce mucha ganancia, pero este le implica (por lo menos imaginariamente) algo de trabajo. El fruto es sin embargo lo más visible: Nina es de una buena posición, lo que le permite “sostener” a sus hermanas, hasta un punto (socialmente imaginario) al cual el contabilista podría ser “elevado” por su simple contacto con ellas. Entonces no se excluye la preocupación por la disimulación de ocupar el lugar del esposo. Por eso, aunque no haga falta, necesita del contabilista para de–mostrar o disimular aquello que es, como si de lo contrario pudiera no ser (y en ese caso ¿quién (lo) sería?). El segundo “cargo” de Julián es como re–presentación, para Nina, de la hija muerta. “[...] se
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Hugo Blumenthal © 2007

parecía maravillosamente a mi Maritza [...] en estilo de hombre”, dirá Nina desde el comienzo, hasta el final. Julián entonces encarna una posibilidad, para Nina, de ejercer una maternidad que le ha sido negada (por la muerte y por el mundo de los hombres, ya que los hijos son de su padre). La tercera función de Julián será el de “obligar” a Nina a sacar cuentas de su vida. Cuentas en vista a tomar una determinación, dentro de las que el joven contabilista encarna una de ellas. Así Nina llega a pensar: “Imposible aplazar por más tiempo una explicación con él... ¿Se lo diré? ¿No se lo diré? Ni me atrevería ni serviría de nada.” ¿Decir qué? ¿Que lo ama y no puede ya vivir sin él? ¿De verdad? ¿Que sacrificaría por él el mundo que ha construido a su alrededor, para sostenerla y conservarla? Evidentemente –ya sabemos el final– no lo hace y no le dice nada (¿por qué habría de hacerlo?) sino que hace que lo despidan (“[...] he resuelto prescindir de sus servicios. Se trata de una decisión madura, inmodificable.”), y lo aleja de su lado, haciendo aquello “[...] que desde el principio supe que estaba escrito pero que el miedo me ha obligado a dilatar hasta ahora.” Es decir, escoge no “[...] atormentarme con el recuerdo de Maritza”, no bajar la guardia ante la cual la vejez puede destruirla. Nina escoge esa seguridad que se ha labrado con su buen nombre en sociedad, escoge a sus hermanas con las que se ha erigido una segura compañía su alrededor, escoge su anterior vida –en últimas– tras la tentación. Entonces nada más lógico que aquel despedir al contabilista que sin saberlo no ha cumplido con sus obligaciones. O que sí ha cumplido, obligando a su “jefa” sacar cuentas y a tomar una determinación, que en ultimas afecta al sujeto que encarna ese contabilista pero no por eso, sino por todo lo otro. Y la mejor manera de demostrar que sí ha cumplido con su oficio es la retribución para el cumplimiento de un sueño.

Hugo Blumenthal Cali, 1997

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