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Reflexion de Un Guerrero

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El guerrero Por: Ruth M.

Agosto

Se preparaba el guerrero para enfrentar uno de sus más rudos combates, éste podría ser el último. Había buscado su mejor armadura, su preparación duró alrededor de ocho meses, practicaba día y noche cómo derrotaría a su oponente. Se imaginaba escenarios sangrientos; pero él pensaba que estaba preparado para todo. Afinaba cada detalle de su combate con sumo cuidado. Nadie supo de él en todo este tiempo porque se internó en el bosque para planificar todas sus estrategias libre de distracciones, sin nadie que desviara su pensamiento. Llegó el día esperado por nuestro gladiador. De repente, frente a él, se para un hombre humilde, con las armaduras gastadas de tanto pelear; en su mano izquierda llevaba un grandioso escudo y en la derecha cargaba con una inmensa espada. El arma, podía verse a simple vista. De tan sólo pensar que este guerrero blandiría su espada sobre algún cuerpo, me causaba terror. Me mantenía cerca para ver lo que ocurriría. El gladiador fuerte y rudo, lo invitaba incesantemente a pelear. Mientras que el humilde gladiador, simplemente se dedicaba a observar y a escuchar. Ya habían pasado algunos minutos de tensión, el humilde gladiador le pregunta: “¿Porqué tienes prisa por pelear? ¿A qué se debe toda esa furia contenida? El hombre rudo, quedó desconcertado brevemente. Y contestó: “quiero poder y reconocimiento”. El hombre humilde fraguaba un plan en su mente. Sin dejar de mirar a su oponente fijamente a los ojos, comenzó a hablarle. Y le preguntó acerca de su niñez. El rudo gladiador se mostró reacio al principio; pero después logró recrear algunas cosas significativas de las cuales se acordaba. Entre ellas estaba que toda su vida lo habían encaminado a ser un rudo guerrero y no otra cosa. El hombre humilde le mostró a través de su escudo y de su espada una maravillosa experiencia. Su hermoso escudo había sido construido con los valores que a través de la vida había adquirido y los cuales le servían como “armas” ante cualquier adversidad. Su escudo estaba forjado a base de confiabilidad, respeto y responsabilidad, mostraba todos los golpes que había recibido; aún se mantenía lustroso. Su intimidante espada hecha a base de justicia, bondad y civismo; tenía su forma recta e implacable; tras cada situación, el humilde guerrero la moldeaba nuevamente al fuego, para que quedase perfecta. Así entendió aquel rudo y enorme gladiador que el poder, el reconocimiento, no se obtienen a través de actos violentos; sino de aquellos que nos llevan a la reflexión para tener una sana convivencia.

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