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En la casa viva el poeta, todos saban. O por lo menos los suficientes para poder decir que eran todos.

Era un pequeo edificio que antes haba servido de cobertizo y que el poeta haba comprado cuando vio la oferta en el peridico. No quedaba a las afueras pero pareca. Nevaba como si fuera as. Era el cuarto da de nieve y la primera persona en llegar fue un estudiante que ya antes haba intentado hablar con el poeta. Cuando lo vio, el poeta sac una silla y le pidi que se sentara. No estaban bajo el rbol frente a la nica puerta, sino a un lado de la casa, hacia el ro. Tiempo despus lleg otro estudiante, una joven con un lpiz en la mano, y el poeta sac otra silla y se la dio. Luego vino un mesero, no tan joven como los estudiantes, que trabajaba en el restaurante donde el poeta haba estado esa maana. Los tres intentaban no mirarse muy seguido. De vez en cuando llegaba alguien ms hasta que ha no hubo sillas suficientes y la nieve se acumulaba sobre todos. El poeta se haba sentado sobre una chaqueta vieja que puso sobre la nieve y miraba al ro, que no se congelaba en invierno porque no era lo suficientemente lento. Todos parecan conocerse, todos lo pensaban, aunque se hablaban muy poco. Daban la impresin de no entenderse muy bien, como si las palabras que alguno deca slo le pertenecieran a l. El poeta tampoco pareca entender mucho lo que de vez en cuando alguien deca. A l, en cambio, las palabras le sonaban cansadas, le llegaban arrastrndose. Pero sin duda los conoca a todos, de eso estaba seguro. Alguien pregunt si en realidad no iban a entrar a la casa, comenzaba a hacer fro y no pareca pudiera dejar de nevar. El poeta lo ignor y sigui mirando al ro escapar del hielo. Luego fue otra persona la que propuso por lo menos hacer una fogata. Otro par le dieron la razn pero nadie se movi. En diez minutos la idea qued sepultada por la nieve. Cuando por fin alguien se par, se sacudi la nieve y camin hacia la casa, el poeta no tuvo que alzar la voz para decirle A veces hay que hacer como si durmiramos, slo para no perder la costumbre.

Nadie entendi pero las palabras fueron suficientes para que el que se haba levantado volviera a su silla. El poeta fue hasta la puerta de la casa y sac un par de galones de gasolina que us para, despus de cerrar la casa con seguro, incendiarla. Volvi a sentarse sobre su chaqueta y lanz las llaves al ro. De vez en cuando alguien deca algo en voz baja. Nevaba hace cuatro das y la capa blanca sobre todos segua creciendo.