P. 1
Luis Gubler Díaz, La Historia del Caso

Luis Gubler Díaz, La Historia del Caso

|Views: 14.803|Likes:
Publicado porluisgublerh
Nunca hubo una orden de detención emitida por algún Tribunal de Justicia en contra de Luis Gubler Díaz.
Nunca hubo una orden de detención emitida por algún Tribunal de Justicia en contra de Luis Gubler Díaz.

More info:

Categories:Types, Research
Published by: luisgublerh on Aug 11, 2013
Copyright:Attribution Non-commercial

Availability:

Read on Scribd mobile: iPhone, iPad and Android.
download as PDF, TXT or read online from Scribd
See more
See less

02/20/2014

pdf

text

original

Luis Gubler Díaz, La Historia del Caso El “Caso Gubler” no fue un error policial; fue un intento deliberado de la Dictadura

de Pinochet por tapar mediáticamente el asesinato de Tucapel Jimenez, donde la prensa nacional fue deliberadamente manipulada a través de “trascendidos” e informaciones “extraoficiales” que terminarían siendo completamente falsas. o.- resumen Mi padre don Luis Gubler Díaz fue secuestrado el día 26 de febrero de 1982, situación “regularizada” posteriormente a través de un Decreto Exento emitido por el Ministerio del Interior, escasas horas de ocurrido el asesinato del dirigente sindical Tucapel Jiménez. La orden de apresar a mi padre -que disponía ser ejecutada al día siguiente de ese crimen atrozfue comunicada desde Santiago la misma noche del asesinato de Tucapel Jimenez. Nunca hubo una orden de detención emitida por algún Tribunal de Justicia en contra de mi padre. Los Informes Balísticos de Expertos Militares excluían el uso del arma de mi padre en los crímenes por los que se le secuestró. El Informe Balístico de Investigaciones, invocado como justificación de la acción en contra de mi padre, fue “emitido” (fabricado) 5 días después de su aprehensión, y contradecía el informe balístico ya emitido por el FBI. Bajo las disposiciones del régimen de emergencia constitucional mi padre fue recluido en un cuartel policial, torturado por 5 días seguidos, sometido a todo tipo de vejaciones, incluyendo aplicación de electricidad, golpizas, privación del sueño y alimentación, simulacros de fusilamiento, con el objeto de provocar su “confesión”. Mi padre nunca confesó ningún crimen, a pesar de estas torturas. Una vez entregado a los Tribunales de Justicia, y dada la inexistencia de pruebas, mi padre fue dejado en Libertad Incondicional por falta de méritos el día 8 de marzo de 1982, diez días después de su “publicitada” aprehensión. Los verdaderos culpables -funcionarios de carabineros Sagredo y Topp Collins- fueron entregados a la justicia por Carabineros, juzgados por los Tribunales de Justicia, condenados a la Pena de Muerte en sentencia revisada por la E. Corte Suprema y fusilados el 29 de Enero de 1985. Esta es la historia de la odisea de don Luis Gubler Díaz, basada principalmente en el expediente del caso y documentación de la época.

i.- introducción. A partir del 30 de junio de 1980, día en que Emilio Martínez Riquelme fue atacado con un revólver mientras se encontraba en el interior de su vehículo en la Avenida Sporting, y hasta el 31 de octubre del año siguiente, en que acontecieron los asesinatos de Roxana Venegas Reyes y Jaime Ventura Córdova bajo el Puente Capuchinos, el país entero fue estremecido por una seguidilla de crímenes en la Quinta Región. Fueron 14 las víctimas involucradas en aquel emblemático caso policial conocido como “los crímenes de los sicópatas de Viña del Mar”. A raíz de estos impactantes hechos policiales se originó una investigación judicial radicada en el Cuarto Juzgado del Crimen de Viña del Mar. Posteriormente, y debido a la alarma pública generada, la I. Corte de Apelaciones de Valparaíso nombró a Dinorah Cameratti Ramos como Ministro en Visita, el 4 de marzo de 1982, quien al poco tiempo fue reemplazada en el cargo por Julio Torres Allú, designado por acuerdo del Pleno de la E. Corte Suprema el 12 de abril de 1982. A su vez, la superioridad de Investigaciones dispuso el 19 de noviembre de 1981 la creación de un grupo especial a cargo de las pesquisas, conocida como “Brigada Antisicópatas”, al mando del inspector Nelson Lillo Merodio, a la fecha Jefe de la Comisaría de La Florida, e integrado por 24 funcionarios policiales (Oficio N° 1.695 del director de Investigaciones, que obra en el proceso judicial, agregado a fojas 1.232), que provenían de la Brigada de Homicidios de Santiago y Valparaíso, de la Brigada Especial de Santiago y de Comisarías de La Florida y Viña del Mar. Nelson Lillo Merodio venía de liderar el denominado COVEMA (Comando de

Vengadores Mártires), grupo responsable de la muerte del estudiante de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica, Eduardo Jara Aravena, acontecida el 2 de agosto de 1980, y de a lo menos 13 secuestros perpetrados en esa época. El detective Celso Quinteros,

en declaración jurada expresa: “El director de Investigaciones, general Baeza, el subdirector Julio Rada y el comisario Nelson Lillo estuvieron directamente implicados en la creación del COVEMA”. Señala, además: “Asimismo, nos dijo Opazo, que él sería el jefe de este grupo junto con don Nelson Lillo, que era comisario de la Brigada de Asaltos” (Fortín Mapocho, 2 de diciembre de 1985). Poco se conocería hoy de las irregulares actividades policiales realizadas por la “Brigada Antisicópatas” si no fuera por una monografía escrita por Marco Antonio Ramírez, uno de sus detectives integrantes, titulada: “Viña del Mar…Una Pesadilla”. Este detallado relato contempla elementos muy valiosos para efectos del esclarecimiento de los hechos a la luz de este escrito. El 14 de septiembre de 1981, una vez determinado el tipo de arma utilizada en los asesinatos (revólver calibre .38), el juzgado del crimen ordenó al Servicio de Investigaciones “proceder al retiro y confiscación, por plazo determinado, de las armas cortas, tipo revólver, de poder de sus legítimos dueños, con el fin de someterlas a peritaje y estudio” (Oficio N° 151 del 6 de mayo de 1982 del Prefecto de Valparaíso Inor Otsu Vicencio al I. Ministro en Visita Julio Torres Allú). Agrega este oficio que “por lo anteriormente expuesto se procedió al retiro paulatino de las armas calibre .38, marcas Colt y Garate y Anitua, conforme al listado de armas solicitado previamente a la Dirección General de Reclutamiento y Movilización de las Fuerzas Armadas”. En cumplimiento de esta orden judicial, Investigaciones realizó las diligencias de obtener su presentación por parte de todos los propietarios formalmente registrados e inscritos en los organismos oficiales, con la finalidad de efectuar los peritajes de proyectiles. Mi padre, Luis Gubler Díaz, era propietario de un revólver calibre .38, modelo DiamonBack, debidamente inscrito, por lo que estuvo entre quienes el mes de noviembre de 1981 recibieron ese requerimiento judicial, concurriendo de inmediato al cuartel policial. La Monografía de Ramírez Benavides, así lo consigna: “Personalmente (Luis Gubler) llevó su arma a la Comisaría de Viña del Mar y esperó mientras se disparó y le fue devuelta” (pág.16). Sin embargo, a las pocas semanas, mi padre fue contactado nuevamente por la

policía para solicitarle la entrega del revólver y, al igual que la vez anterior, él cumplió con diligencia y prontitud. Su arma había sido inscrita en la Dirección General de Reclutamiento y Movilización de las Fuerzas Armadas con fecha 11 de julio de 1979. Mi padre, Luis Gubler Díaz, a la época tenía 39 años de edad y se desempeñaba como empresario de la construcción y como miembro del directorio del Banco Nacional; era hijo de Luis Gubler Escobar, Presidente Ejecutivo de la Compañía Sudamericana de Vapores, sin lugar a dudas una de las empresas más reconocidas de la zona. Era de esperarse, entonces, que tras su repentino arresto, la prensa nacional titulara en destacado: “Condición social e intelectual del principal implicado Luis Gubler Díaz ha impresionado a la opinión pública” (El Mercurio de Valparaíso, 4 de marzo de 1982, pág. 1). ii.- primer altercado de mi padre con Nelson Lillo Merodio. Para comprender lo que ocurrió ese 21 de noviembre de 1981, me referiré al propio relato de mi padre publicado en un medio de prensa: “Fue un sábado por la tarde. Yo estaba en un asado en mi casa, cuando me llamó por teléfono el mismo funcionario que antes había ido a citarme a mi oficina. Me pidió muy cortésmente si podía ir de nuevo con mi revólver al cuartel. A mí esto me causó bastante contrariedad porque como le digo estaba en una reunión con amigos, pero me comprometí a llevar el arma tal como me lo pedían. Ese día, sin embargo, empezó todo mal y yo creo que ahí está la clave de todo lo que pasó después, porque de entrada me hicieron esperar media hora. Y, que quiere que le diga. Por mi formación, por mis actividades, a mí no me gusta que me hagan esperar, porque yo no hago esperar a nadie cuando tengo que entrar en tratos con alguien. Como le digo, primero me hicieron esperar una media hora. Cuando yo esperaba que apareciera el funcionario gordito, ese que le he descrito, apareció el subcomisario Nelson Lillo Merodio, hombre bajito, peinado a la gomina, al que sus subalternos llamaban “el hombre” o el superpolicía, y que gusta de ponerse y sacarse alternativamente el revólver que lleva puesto entre el cinturón y la camisa”. ¿Y qué pasó con él?1 “Comenzamos mal. Cuando yo le hice notar que llevaba
                                                                                                                         
1

 Letras  en  cursiva  corresponden  a  las  preguntas  del  periodista  

media hora esperando, me dijo que tendría que esperar el tiempo que él estimara necesario. Luego me preguntó: “¿Trajo el arma? Sí, le contesté. Para eso me citaron. Allí montó en cólera. Me increpó duramente por haber entrado armado a un cuartel policial, y a gritos le ordenó a un funcionario que me desarmara en forma inmediata… Fue lo peor, porque afortunadamente, para mí, yo había dejado el arma en el auto, así que se sintió en evidencia y lo único que hizo fue decirme que el arma estaba incautada a partir de ese momento”. ¿Lo acusó en algún instante de ser sospechoso? “No. Sólo me incautó el arma”. ¿Diría usted que entonces le tomó ojeriza? “Tengo la impresión de que, como usted dice, me tomó ojeriza, porque yo no le permití que me tratara como a un delincuente” (entrevista periodista Rubén Adrián Valenzuela, La Tercera, 28 de mayo de 1982). iii.- peritajes efectuados por el FBI al arma de mi padre dieron resultado negativo en Informe de fecha 16 de diciembre de 1981, lo que se conoció por Investigaciones con mucha anticipación a la aprehensión de mi padre. El director de Investigaciones, Fernando Paredes Pizarro, envió el 10 de diciembre de 1981 al Laboratorio de Asistencia del FBI la solicitud de una pericia balística de los proyectiles recuperados de los cuerpos de las víctimas, respecto de proyectiles disparados con el arma entregada por mi padre que se encontraban en poder de dicha policía (fecha confirmada por Ramírez Benavides, pág. 103). En esa oportunidad, el General Paredes aclaraba públicamente que este hecho no significaba que las diligencias policiales iban a ser dirigidas por ese organismo de la policía de Estados Unidos. “Nosotros contamos con los elementos profesionales para efectuar las pesquisas. Lo que sí nos falta —acotó— son medios técnicos en materia de peritajes balísticos, que son de gran importancia en la investigación” (El Mercurio, 18 de noviembre de 1981). Los resultados de esa pericia efectuada por el FBI, y entregados a Investigaciones por oficio fechado el 16 de diciembre de 1981, no dieron positivo respecto a el uso del arma de mi padre en los crímenes (informe agregado a fojas 1.223 del proceso).

Fue el propio Director de Investigaciones quien, a comienzos de febrero de 1982, viajó a Viña del Mar y comunicó personalmente al detective Lillo Merodio aquellos resultados claves para la investigación (Monografía de Ramírez Benavides, capítulo “Los proyectiles al F.B.I.”, pág. 102). iv.- Investigaciones ocultó al tribunal los peritajes del FBI. No obstante, la pericia efectuada por el FBI no fue entregada al tribunal en los momentos que mi padre fue inculpado por la policía de Investigaciones. Los tribunales de justicia se enteraron con posterioridad y por una circunstancia fortuita de su existencia, al ser mencionado por uno de los funcionarios policiales mientras prestaba declaración judicial. Es decir, Investigaciones ocultó este informe pericial a los tribunales de justicia y sólo se tuvo conocimiento del mismo por la declaración de uno de los peritos de ese Servicio, cuestión que motivó a los tribunales a solicitar su entrega. En caso contrario, jamás se habría conocido su contenido. v.- peritaje efectuado por Comisión de Técnicos Militares descartó el uso del arma de mi padre en el mes de abril de 1982. El director de Investigaciones, Fernando Paredes Pizarro, encargó un nuevo informe pericial a una Comisión de Técnicos Militares. Concretamente, se les solicitó un estudio que permitiera establecer si los proyectiles dubitados fueron o no disparados por el revólver Colt, modelo Diamond Back, calibre 38, D-9688, perteneciente a mi padre. Una vez más, el resultado fue concluyente: “la falta de huellas secundarias coincidentes entre los proyectiles dubitados y los de prueba, permite establecer que dichos proyectiles no han sido disparados por el arma incriminada, revólver Colt Diamond Back calibre 38 SPL, Nº D-9688” (documento sin fecha, agregado en el expediente a fojas 1.121). El Ministro Instructor Julio Torres Allú, en la sentencia estableció lo siguiente: “... pero por sobre todo, en el Informe emitido por tres ingenieros militares, señores Echeverría, Cavada y Almazabal se sostiene que ninguno de los proyectiles dubitados y recogidos

(19 proyectiles) fue disparado por el revólver Colt Nº D-9688 que pertenece a Luis Gubler”. vi.- peritajes balísticos de Investigaciones son posteriores al secuestro de mi padre, presentaron irregularidades y fueron desmentidos por otros informes posteriores de Investigaciones. Las pericias balísticas efectuadas al revólver Colt 38, N° D 9688 de propiedad de mi padre fue utilizado por el Servicio de Investigaciones como antecedente esencial para justificar su inculpación en los crímenes referidos, y proceder a su secuestro el día 26 de febrero de 1982. Pero revisando el expediente judicial se puede comprobar que los informes balísticos tienen todos una fecha posterior a la del secuestro de mi padre: en efecto, constan en el expediente los siguientes informes emitidos por el Laboratorio de Criminalística: a fojas 130, Informe Nº 99-B (relativo al ataque sufrido por Emilio Martínez Riquelme); a fojas 136, Informe Nº 100-B (relativo al crimen de Enrique Gajardo Casales); a fojas 140, Informe Nº 101-B (relativo al crimen de Fernando Laguna Alfaro y Delia González Apablaza); a fojas 144, Informe Nº 102-B (relativo al crimen de Fernando Lagunas Alfaro y Delia González Apablaza); y, a fojas 1.515, Informe Nº 103-B (relativo a los crímenes de Raúl Aedo León y Oscar Noguera Inostroza). Todos estos documentos están fechados el 2 de marzo de 1982, precisamente 5 días después que mi padre fue “secuestrado”. Cabe señalar que los Informes en cuestión fueron emitidos por el Laboratorio de Criminalística después de haberles sido requeridos por oficio Nº 1 de 27 de noviembre de 1981, lo que hace suponer que la pericia habría tomado más de 3 meses en realizarse. Algo que resulta en absoluto justificable, especialmente considerando que se trataba de un caso que había conmovido a la región y al país entero. Llama profundamente la atención que los reportes balísticos de Investigaciones, que serían la principal razón dada para ordenar el secuestro a mi padre, hayan sido

emitidos el 2 de marzo de 1982, es decir, cinco días después del secuestro y posterior detención de mi padre.

vii.- mi padre fue secuestrado por la Brigada Antisicópatas al margen de la acción de los tribunales de justicia . Mi padre, Luis Gubler Díaz fue secuestrado el día viernes 26 de febrero de 1982 por el equipo policial dirigido por Nelson Lillo Merodio. Un operativo similar al que utilizaba con frecuencia el régimen gobernante contra quienes eran sus opositores. Su arresto no fue en virtud de una orden judicial emanada del tribunal que tenía a su cargo la investigación de estos crímenes, como lo habían sido las diligencias anteriormente referidas de entrega del arma. Así relata mi padre este aciago episodio: “el día viernes 26 de febrero, me retiré de mi oficina cerca de las doce, en mi auto. Venía hacia mi casa y en calle Álvarez fui encerrado por varios vehículos. Casi sin darme cuenta me sacaron por la fuerza de mi auto y me metieron en otro. Me vendaron la vista, y después de un largo recorrido me llevaron a un lugar que ahora sé que se trataba del Cuartel de Investigaciones en Limache” (Revista Cosas N° 143, entrevista de Elizabeth Subercaseaux, 25 de marzo de 1982, pág. 20). Al periodista Rubén Adrián Valenzuela, en entrevista concedida al diario La Tercera le agregó algunos pormenores: “una tarde, cuando iba de mi oficina a la casa, como a seis cuadras de aquí, el propio señor Lillo en persona me detuvo. Me sacaron violentamente de mi auto y me metieron a otro… ¡Esto se acabó Gubler!, me gritó el señor Lillo que estaba dentro de este otro auto, mientras alguien me empujaba por la espalda, hacia abajo, hacia el piso… Yo tenía la sensación de estar viviendo una pesadilla… primero me vendaron la vista y me llevaron a un cuartel que, yo sospecho, estaba en el lecho del estero…” ( La Tercera, reportaje de 28 de mayo de 1982, pág. 7). En declaración judicial del 8 de diciembre de 1982, mi padre sostuvo que “cuando fui detenido en la calle Álvarez en la esquina de la Quinta Claude, me subieron arriba de un

automóvil y me llevaron esposado y con la vista vendada a un lugar que no puedo precisar…” (fojas 2.472). En tanto, el policía Ramírez Benavides, participante del secuestro, aporta su punto de vista: “corrimos hacia el Peugeot de “Estrella” (así denominaban a mi padre), abriendo sorpresivamente la puerta del lado del conductor, lo bajamos rápidamente y lo condujimos al carro Beta (denominación que entregaban al vehículo policial principal)…la acción policial de la detención, no duró más de veinte segundos y dudo que algún particular se hubiere percatado de ella2. En nuestro vehículo fue obligado a permanecer agachado y esto con el solo fin de que no lo pudiesen ver del exterior, cualquier persona que lo conociera” (Monografía de Ramírez Benavides, pág. 41). viii.- la operación del secuestro fue posteriormente “saneada” con un decreto exento del ministro del Interior, transformándolo en un arresto por estado de emergencia. El mismo Ramírez Benavides relata en su monografía que condujeron a mi padre al cuartel de Investigaciones de Limache y que “seguidamente nuestro jefe (Nelson Lillo) tomó contacto con nuestro director general, señor Fernando Paredes, a quien le dio cuenta, informándolo de la detención del señor Luis Gubler, cómo ocurrió, lugar y condiciones en donde permanecía el detenido. Fue el propio director general quien tramitó ante el señor ministro del Interior de la época, don Sergio Fernández Fernández, el Decreto Exento N° 3607, de fecha 26 de febrero de 1982. El Decreto llegó a nuestras manos ese mismo día 26 de febrero” (págs. 142 y 143). Precisamente esta circunstancia motivó que en un medio de prensa se formulara la pregunta, entre otras tantas dudas: ¿Existe alguna autorización para que la policía detuviera preventivamente a Luis Gubler no emanada del tribunal?” (La Tercera, domingo 21 de marzo de 1982, pág. 5). ix.- mi madre interpuso un recurso de amparo a favor de mi padre.
                                                                                                                         
2

 Las  negritas  son  nuestras.  

Al igual que lo hicieran muchos de los familiares de detenidos y desaparecidos por los agentes estatales durante la dictadura, mi madre, Mariana Herrera Etchegoyen, interpuso ante la I. Corte de Apelaciones de Valparaíso un recurso de amparo a favor de mi padre, que roló bajo el número 23-82, según consta a fojas 158 del expediente. x.- secuestro de mi padre tuvo lugar el mismo día que la opinión pública se informaba del crimen de Tucapel Jiménez Alfaro. El mismo día del secuestro de mi padre —26 de febrero de 1982— el país se enteraba con asombro y horror del crimen del dirigente sindical Tucapel Jiménez Alfaro, presidente de la Asociación Nacional de Empleados Fiscales (ANEF). Las sospechas de inmediato apuntaron a los agentes del régimen ya que calzaba con sus objetivos y procedimientos (cuestión plenamente corroborada en la investigación judicial que culminó con la sentencia dictada el año 2002, por el ministro en visita de la I. Corte de Apelaciones de Santiago, Sergio Muñoz Gajardo, quien condenó a los máximos jefes de la Dirección de Inteligencia del Ejército, como autores del crimen). Aunque la primera información oficial, reproducida por algunos medios de prensa, atribuía a un simple asalto la causa posible del asesinato del dirigente sindical, algunos medios se atreven a deslizar ciertas sospechas: “no cabe dudas, de que el descubrimiento del sicópata cayó en el momento oportuno para difuminar el asesinato de Tucapel Jiménez” (Revista Qué Pasa, N° 570, del 11 al 17 de marzo de 1982, pág. 11). Posteriormente, un periodista de ese medio se lo preguntaría derechamente a mi padre: “Su detención se produjo inmediatamente después de la muerte de Tucapel Jiménez. Se ha especulado en algunos medios que habría relación entre ambas cosas. Que con su detención se habría querido arrojar una cortina de humo a ese asesinato” (a esa fecha no se habían develado los autores del crimen) (Revista Qué Pasa, N° 572, semana del 25 al 31 de marzo de 1982, pág. 17). En otra publicación se sostenía: “Para nadie era un misterio que la detención de Luis Gubler, a más de espectacular, había sido muy “oportuna”. El día que los diarios comenzaban a hablar del crimen del dirigente sindical Tucapel Jiménez —antes se había

hablado sólo de un taxista asesinado— se deslizó “bondadosamente” de fuente extraoficial el nombre del detenido como sospechoso de ser el sicópata” (La Tercera, domingo 23 de mayo de 1982, pág. 14). La monografía de Ramírez Benavides pareciera corroborar estas sospechas al afirmar que la orden de secuestrar a mi padre se le comunicó desde Santiago a la “Brigada Antisicópatas”, la misma noche del crimen de Tucapel Jiménez (alrededor de las 22.00 horas): “…a nuestro jefe se le ordenó que procediera a la detención de Luis Gubler, hecho que debería ocurrir a la mañana siguiente” (pág. 138). xi.- secuestro de mi padre se agilizó por las principales autoridades del régimen para ser ejecutado impostergablemente el día siguiente del crimen de Tucapel Jiménez. Además de las coincidencias de fechas, llama profundamente la atención que cuando el grupo a cargo del arresto de mi padre pidió autorización a Santiago para extender la investigación y así poder realizar un estudio acabado del sospechoso (Luis Gubler Díaz), ésta fue negada. Se mantenía la orden de detención inmediata. “Esa noche se produjo una nueva discusión, ya que de nuestra parte estaba la idea de realizar muchas averiguaciones, respecto a la persona a la que teníamos que detener, considerando que de esta forma, podríamos obtener mucha información con la cual no contábamos, como ser la actividad diaria que desempeñaba, personas con las cuales se reunía, lugares visitados, costumbres, etcétera. La experiencia nos señalaba que actuando con calma, obtendríamos mejores y mayores resultados. La discusión fue zanjada con un rotundo no, por parte de Lillo, quien nos recordó que “la orden era proceder mañana y así se hará” (Monografía de Ramírez Benavidez págs. 138 a 140). Más adelante, el policía vuelve sobre el mismo punto al relatar: “faltó tiempo para “pulirla” (la pista de la “participación” de mi padre) y ello por la premura que le pusieron los propios jefes policiales a nuestro accionar, y no permitiendo que realizáramos diligencias previas a la detención de Gubler. Recuerde que la comunicación que se nos efectuó respecto de los peritajes realizados al arma de Luis Gubler, fue el inicio presuroso de esta parte de la

investigación y no se nos permitió desarrollar esos antecedentes, ni mucho menos para conocer hábitos del presunto autor, obligándonos a trabajar precipitadamente, en forma exclusiva sobre la base de los peritajes y lo que pudiese declarar el detenido en su permanencia en el cuartel. Ese fue un grave error. Los jefes policiales de ese entonces, no podían haberle aceptado esa orden al Director, haciéndole entender que la premura nos llevaría al fracaso. Se debió realizar una investigación. No actuar a tontas y a locas como se nos obligó a realizarlo. Creo que esta consecuencia o capricho, lo pagamos muy caro” (pág. 183). A través de este acucioso relato, queda de manifiesto que la orden de detener a mi padre no emanó de los Tribunales de Justicia —única Institución que puede emitir órdenes de arresto en la investigación de delitos— sino de mucho más arriba, de la cúpula del régimen. Asimismo, fue el Ministerio del Interior quien posteriormente firmó el decreto exento disponiendo su arresto administrativo y bajo las disposiciones del estado de emergencia constitucional vigente a esa época. Además, se deduce que mi padre, Luis Gubler Díaz, no era hasta la fecha objeto de investigación especial por la policía que carecía de las mínimas pruebas para inculparlo ya que los peritajes descartaban la utilización de su arma en los crímenes.

xii.- mi padre fue recluido en un recinto policial en Limache sin visitas y durante su permanencia en el mismo fue torturado. Mi padre, Luis Gubler Díaz, fue recluido durante cinco días en el cuartel de Investigaciones de Limache, al margen de la justicia, a pesar de que la acción policial se refería a hechos que estaban siendo investigados por el 4° Juzgado del Crimen de Viña del Mar. Durante ese tiempo no tuvo acceso a sus familiares (salvo un breve encuentro con mi madre), como tampoco a un abogado defensor y fue permanentemente sometido a extensos interrogatorios de más de 10 horas, como lo expone el propio Lillo Merodio en el documental “Pena de Muerte”, además de ser torturado por el equipo policial. “Se escogió

al grupo de detectives que entrevistarían (sic) al detenido. Quedó compuesto por Lillo, Leyton, Acuña, Díaz, Collao y yo” (Monografía de Ramírez Benavides, pág. 143). Mi padre señalaría después: “ni aún bajo apremios físicos, yo confesé un crimen…”. “No estoy de acuerdo con los métodos que emplean, porque sufrí apremios físicos… no quiero entrar en detalles. Pero aquí estamos entrando a hablar de un sistema; un sistema que ha estado vigente en Chile durante muchos años” (Revista Qué Pasa, Nº 572, semana del 25 al 31 de marzo de 1982, pág. 16). En algunas entrevistas concedidas después de su liberación, mi padre sostuvo que “durante los primeros seis días y cinco noches no me permitieron dormir. Tampoco me dieron alimentos. Solamente agua. No estuve solo en ningún momento... Ellos se turnaban para interrogarme... Sólo creo haber perdido el conocimiento la última noche, en medio de un interrogatorio, porque estaba agotado... En una oportunidad me vendaron los ojos, me sentaron desnudo frente a una mesa...Me sometieron a detectores de mentira, exámenes siquiátricos, exámenes de sangre, exámenes sicológicos para medir la inteligencia. Muchos de esos exámenes no fueron practicados a una persona que se encontrara en su estado normal. Fueron hechos a una persona que llevaba muchas horas sometida a interrogatorios, vejaciones, sin dormir una pestañada, muy cansado, sin alimentación... Uno de los siquiatras llegó, incluso, al extremo de decirme que si yo no confesaba, él no respondía por mi integridad física...” (Revista Cosas N° 143, 25 de marzo de 1982, entrevista de Elizabeth Subercaseaux, pág. 19 a 21). También relató su historia como detenido al diario La Tercera: “qué me va a hablar de torturas, si yo las pasé todas… Mire mis manos —indicó la zona carpiana entre el pulgar y el dedo índice— las tengo insensibles… Me quedaron así luego que me tuvieron amarrado y colgando de pies y manos de una barra… Por culpa de las muchas aplicaciones de corriente que me hicieron… ahora estoy en tratamiento dental” (La Tercera, 25 de mayo de 1982, pág. 7). Una declaración de mi padre publicada en ese medio, señala: “a mí me pasaron a la justicia como “no confeso” y eso los tenía locos. No sabían qué hacer para obtener que yo, por lo menos en cosas secundarias, aceptara algún

grado de participación, cosa que nunca hice”. Y en una serie de entrevistas confirma que “yo estuve detenido en Investigaciones durante cinco noches y seis días, desde un día viernes a mediodía hasta un día miércoles, me parece hasta las seis de la tarde. Durante todo ese tiempo, durante todos esos días y esas noches no dormí nada. En ese lapso fui objeto de muchos apremios físicos y sicológicos” (diario La Tercera, sábado 29 de mayo de 1982, pág. 7). A su vez, en declaración judicial prestada el día 8 de diciembre de 1982, mi padre hizo un relato de las torturas a que fue sometido durante el período de permanencia en el cuartel Limache de Investigaciones: “lo primero que me hicieron fue un simulacro de ajusticiamiento. Posteriormente fui objeto de numerosas torturas, aplicación de electricidad en los testículos, introducción de agua por las narices, teniendo la boca tapada, golpes de diversos tipos y fue tal la presión de que fui objeto siendo amenazado con llevarme esa noche a algún lugar apartado “vestido de sicópata” para ser ejecutado de un balazo dando a entender de que había sido sorprendido en el acto… me ponían electricidad para que dijera que el revólver estaba disparado y otras cosas, debo decir que con este tratamiento estuve seis días en que no pude dormir o mejor dicho no me dejaron dormir… ratifico mi declaración de fs. 149, que se me ha leído, con la salvedad que al mencionar al final la persona que me golpeaba, debo rectificar que era Nelson Lillo y no Nelson Vergara como allí se lee” (fojas 2.471 vuelta). Para corroborar estas graves acusaciones, resulta determinante el informe del practicante de guardia de la Cárcel Pública de Valparaíso, sobre el examen efectuado a mi padre al ingreso de ese recinto, proveniente del Cuartel Limache de Investigaciones: "se atiende en guardia interna al detenido recién ingresado. Luis Gubler Díaz. Estado al ingreso: "Policontuso". Al documento se anexa la Ficha Clínica en la que se da cuenta de los exámenes médicos que se le practicaron y su evolución. Textualmente se lee: se aprecia paciente pálido, decaído anímicamente… Ex. Físico: lesiones equimóticas Brazo Izdo, región interna, 1/3 ½. equimosis (tres) en Brazo Derecho, equimosis en regresiones laterales tórax. Quemadura superficial en abdomen sup. derecho” (fojas 960 del expediente). Es del caso tener presente que la presencia de lesiones equimóticas se revela

por los hematomas en el cuerpo. Este informe fue remitido al tribunal por el Jefe de la Cárcel de Valparaíso, subinspector Rafael Arriagada Arellano (Oficio Nº 1188, de 13 de abril de 1982, que rola a fojas 959 del expediente).

xiii.- Brigada Antisicópatas ejerció presiones a los testigos dirigidas a forzar pruebas de la participación de mi padre en los crímenes. En “los crímenes de los sicópatas de Viña” hubo tres testigos presenciales: Margarita Santibáñez Ibaceta, quien se encontraba con Jorge Inostroza Letelier el día que fue asesinado, siendo ultrajada por los autores de ese crimen, la noche del 26 de mayo de 1981; Ana María Riveros Contreras, acompañante del empleado bancario Oscar Noguera Inostroza la noche que lo asesinaron en el sector El Pangal el 28 de julio de 1981; y, Fernanda Bohle Basso, quien acompañaba al doctor Alfredo Sánchez Muñoz la noche que lo asesinaron , siendo ultrajada el día 12 de noviembre de 1980. Resulta inconcebible verificar las irregularidades que el grupo de Nelson Lillo cometiera con las testigos con el propósito de obtener pruebas que incriminaran a mi padre. Es más, la primera testigo presencial, Margarita Santibáñez, ni siquiera fue citada a una rueda de reconocimiento durante el período en que Investigaciones mantuvo a mi padre detenido en el cuartel de Limache. La prensa da cuenta de estos hechos. En reportaje publicado en diario La Tercera, el periodista pregunta a Margarita Santibáñez: “Usted siempre declaró que, en virtud del mucho tiempo que pasó al lado de los asesinos podría reconocer la voz de uno de ellos si volviera a escucharla… ¿Reconoció la voz de Luis Gubler cuando la llevaron a verlo a Limache?”. Y ella responde: “No, porque a mí nunca me mostraron a ese señor”. El periodista afirma: “Pero la policía hizo saber que usted lo había reconocido positivamente”, a lo que ella responde: “A mí jamás me llevaron ni a oírlo ni a verlo, así es que mal pude haberlo reconocido”. Nuevamente el periodista la interroga: “Y por las fotos de Luis Gubler que publicaron los diarios, ¿pudo reconocerlo como uno de los que estuvieron con usted la noche del 26 de mayo de 1981”, respondiendo la entrevistada: “Vi las fotos pero no me

resultó conocido para nada. Nunca lo había visto antes…” (La Tercera, lunes 24 de mayo de 1982, pág. 7). Luego de reproducir lo anterior, el autor del artículo escribe su propia reflexión: “El relato de Margarita Santibáñez me causó enorme impresión. No sabía si lo que ella contaba podría publicarlo alguna vez, pero tenía cada vez más acentuada la impresión que Investigaciones no había actuado muy científicamente, ni en la detención de Luis Gubler ni en la investigación total del caso de los crímenes del sicópata”. Por su parte, la segunda testigo presencial, Ana María Riveros, declaró que cuando la llevaron al cuartel de Investigaciones para que reconociera a Luis Gubler Díaz, “todas las indicaciones que me daban estaban dirigidas a conseguir que yo dijera que sí, que ése era el sicópata que yo había visto la noche del 28 de julio de 1981. Y tú, le pregunté, ¿lo reconociste positivamente?3 Honestamente, no. Cuando me lo mostraron a través de una cortina o biombo yo dije que lo encontraba muy alto... Que no lo recordaba así, tan grande. Entonces un detective que estaba detrás de él le ordenó que se agachara un poco a ver si yo lo podía reconocer. Luego lo llevaron a mi auto (un Subaru 600) y lo pusieron ante el volante. ¿Y tú qué hiciste? A mí me instalaron en la parte de atrás, en el asiento donde yo viajé, todo el rato, con el otro tipo, el más bajo, que me apuntaba con su revólver. Estaba muy nerviosa y casi no podía contener el llanto porque creía que estaba ante el hombre que me había hecho tanto daño; pero cuando lo pusieron ante el volante con los ojos vendados y un detective me decía: ¿Ves, te das cuenta? Es tan torpe al volante como el que mató a tu amigo... yo me preguntaba cómo no iba a ser torpe si estaba con la vista vendada y no podía ver nada de lo que había en el auto. Entonces me di cuenta que con lo grande que era casi no habría podido manejar ese auto tan chico, porque el manubrio le quedaba justo en las rodillas. Cuando se lo dije así a los detectives, éstos hicieron que Gubler corriera el asiento lo más atrás posible, pero aún así quedaba grande dentro del auto. ¿Y los detectives qué hacían? Yo noté que estaban como desesperados que yo lo reconociera. Incluso me presionaban. Uno me decía: “Fíjate en la espalda, mira es tan ancho como el que manejó tu auto esa noche”. Y yo les decía que no podía estar segura, que no me presionaran porque estaba muy nerviosa” (La Tercera, domingo 23 de mayo de 1982, pág. 15).
                                                                                                                         
3

Letras  en  cursiva  corresponden  a  las  preguntas  del  periodista  

Y respecto de la tercera testigo presencial, Fernanda Bohle Basso, en la sentencia judicial se dejó constancia que “Luisa Bohle Basso reconoció a ambos reos en la diligencia de fs. 819, explicando a 821, que si bien en un reconocimiento anterior de fs. 520 había señalado a otra persona, que ello se debió a una confusión causada por el hecho que en Investigaciones de Limache, se le había mostrado a esta tercera persona sin compañía y manifestándole que estaba confeso y que aún más, ella le había dicho a los detectives que no se parecía por el pelo, por la estatura y por los labios” (considerando 21º). Y en el pronunciamiento de la E. Corte Suprema se señaló que “es verdad que a fojas 520 vuelta del expediente, en rueda de presos, que se efectuó en la cárcel de Valparaíso, ella sindicó a Luis Gubler como uno de sus asaltantes, pero a fojas 825 del expediente comparece y explica su actuación: “Gubler le había sido mostrado con anterioridad en Investigaciones en Limache, aseverándosele que estaba confeso de ser uno de los asaltantes, y aunque les hizo ver que no coincidía con su estatura, su pelo y labios, ante su insistencia, se dejó llevar y lo sindicó como uno de los hechores, pero en verdad los asaltantes fueron otros a quienes individualizó en sucesivas ruedas de presos y resultaron ser Sagredo y Topp” (Considerando 5º). Incluso, luego de declarar ante el Ministro Torres Allú, Fernanda Bohle señaló a la prensa: “Tengo muy poco que decir. Tampoco son mis deseos ahondar en el tema, pero sí puedo decirles que ratifiqué ante el ministro lo que ya había dicho con anterioridad. Dije que la noche del 12 de noviembre de 1980, cuando fuimos asaltados por dos sujetos y asesinado el doctor Alfredo Sánchez Muñoz, reconocí al ex carabinero Carlos Topp Collins, como la persona que disparó contra Alfredo. Igualmente reconocí a Jorge Sagredo como su acompañante. Para esta situación no tengo duda por cuanto ambos actuaron con sus rostros descubiertos, es decir, sin pasamontaña” (diario La Tercera, jueves 29 de abril de 1982). Queda de manifiesto también, a través de estas declaraciones, que los testigos fueron sometidos por la Policía a procedimientos inadmisibles en este tipo de diligencias, como son las presiones explícitas e implícitas, mostrar un solo sospechoso en la rueda de reconocimiento (en vez de la línea de cinco personas), informar al testigo que el sospechoso ya estaría confeso, entre otras.

Respecto de estas diligencias de reconocimiento realizadas en el Cuartel de Investigaciones de Limache, mientras mi padre permanecía allí arrestado, la sentencia judicial consigna la falta de credibilidad “por la forma bastante irregular que se llevó a efecto el reconocimiento del sospechoso en el Cuartel del Servicio de Investigaciones en Limache, según el propio relato del testigo… sin perjuicio de señalar que para que ellas tengan valor deben ser hechas por el juez de la causa” (Considerando 58º).

xiv.- mi madre fue igualmente secuestrada y llevada a un cuartel policial al margen de los tribunales de justicia. Mientras mi padre permanecía bajo arresto decretado por el ministro del Interior, mi madre Mariana Herrera Echegoyen también fue secuestrada por el equipo que comandaba Lillo Merodio. Sin orden judicial alguna fue recluida en un cuartel de Investigaciones y sometida a interrogatorios por largas horas. Durante su permanencia en ese recinto policial y mediando una lapso de varias horas en que la dejaron sola en una habitación, de modo sorpresivo y abrupto se abrió la puerta, y tras ella apareció mi padre. Según su relato, lo mostraron por algunos instantes y luego desapareció; estaba muy delgado, maltrecho u barbón; alcanzó a notar sus ojos enrojecidos y ojerosos. En esas angustiosas horas, Lillo Merodio en persona instigaba a mi madre forzándola a que firmara documentos que inculpaban mi padre, incluso se le amenazó con posibles consecuencias para la integridad de sus hijos, si no lo hacía. A pesar de esta presión y amedrentamiento mi madre no firmó documento alguno, y finalmente fue liberada. xv.- recién al sexto día mi padre fue puesto a disposición del tribunal de justicia que investigaba los hechos a los que se le pretendía vincular. Transcurridos los cinco días de arresto dispuestos por el ministro del Interior en conformidad a los estados de emergencia, mi padre, Luis Gubler Díaz, fue puesto a

disposición de la jueza del 4° Juzgado del Crimen de Viña de Mar, Isabel Ancarola, el día 3 de marzo de 1982.

xvi.- mi padre Luis Gubler Díaz fue dejado en libertad incondicional por el tribunal a cargo de la investigación de los delitos. El día 8 de marzo de 1982 la Ministra Cameratti Ramos resolvió dejar a mi padre, Luis Gubler Díaz, en libertad incondicional: “no habiendo mérito para encargarlo reo, déjesele en libertad incondicional” (resolución de doña Dinorah Cameratti Ramos, Ministra en Visita Extraordinaria de la I. Corte de Apelaciones de Valparaíso). xvii.- el Grupo OS-7 de Carabineros entregó a los autores confesos de todos los crímenes y el tribunal los sometió a proceso.

El mayor de Carabineros Sergio Ávila Quiroga, jefe del equipo investigador del Departamento de Drogas y Prevención Delictual de Carabineros, declaró que el día 8 de febrero de 1982 recibió un llamado telefónico del Cabo Juan Quijada, a quien no conocía, que recurría a él como cabeza visible del Departamento OS-7 y a quien quería proporcionar información relevante al caso sicópatas. Le expresó que pocos días antes de esa conversación, o sea a principios de febrero, Jorge Sagredo Pizarro le había confidenciado su participación en los hechos o delitos atribuidos al sicópata. El Cabo Quijada también involucró como partícipe dentro de la versión que le había dado Sagredo Pizarro, al cabo Carlos Top Collins. El Mayor de Carabineros Ávila declaró: “En la culminación del proceso investigativo y en los momentos que interrogué al carabinero Sagredo sobre su participación en cada uno de los hechos ocurridos le consulté en forma precisa si aparte del cabo Top Collins había participado otra persona, me manifestó que no. Posteriormente se repitió la misma situación cuando interrogué al cabo Top Collins, reiterándome éste que en todos los hechos investigativos solamente había participado

con Sagredo”. Más adelante el mayor Ávila agregó: “Todas las confesiones de Sagredo y Top Collins se hicieron sin apremio y usando las técnicas de interrogación usuales que consisten en un diálogo sostenido y sistemático, dándoles a entender que el interrogador conoce la materia sobre la cual se les está interrogando. Sagredo y Top Collins se fueron ablandando sicológicamente hasta que terminaron por confesar su participación en la forma que se relata en el parte de fojas 531 que he ratificado”. Sagredo y Top Collins quedaron arrestados e incomunicados administrativamente entre los días 3 y 7 de marzo de 1982, fecha en que fueron puestos a disposición de la Ministro en Visita a cargo de la investigación judicial. xviii.- confesiones de los autores de los crímenes Jorge Sagredo y Topp Collins Las confesiones judiciales de Sagredo y Topp Collins de cada uno de los crímenes están disponibles en: http://es.scribd.com/doc/152130225/Confesiones-de-Los-Sicopatas-de-Vina xix.- declaración de un policía de Investigaciones:“estábamos apremiados por la necesidad de obtener un resultado”. “En cierta oportunidad un detective, muy honesto y profesional, que había participado en la detención de Luis Gubler cuando se sospechaba que él era el sicópata, me dijo: “realmente nos caímos. Hay que reconocerlo. Estábamos apremiados por la necesidad de obtener un resultado y no nos dimos cuenta de cómo el caso se nos escapaba de las manos. El policía se mostró comprensivo con los colegas que se negaban a creer en el vuelco que había sufrido el caso. Los muchachos le tienen buena “al hombre” (así le dicen sus colegas al comisario Lillo) y se niegan a reconocer una derrota porque les duele” (reportaje de periodista Rubén Adrián Valenzuela, diario la Tercera, miércoles 25 de mayo de 1982). xx.- la Brigada Antisicópatas fue disuelta en marzo de 1982 por Investigaciones.

El diario La Tercera informó en su edición del día viernes de marzo 26 de marzo de 1982 que “fuentes de la policía civil confirmaron ayer en la tarde que el comisario Nelson Lillo, quien durante varios meses dirigió las investigaciones en torno a los crímenes en serie ocurridos en la Quinta Región, había sido removido de su cargo como jefe de la Comisaría de Investigaciones de La Florida. Se dio a conocer en medios extraoficiales que este cambio sería otra de las consecuencias de la investigación interna que se gestó en la policía civil, a raíz de los presuntos errores que se produjeron en la pesquisa”. xxi.- la sentencia final del proceso de investigación de los crímenes de Viña del Mar condenó a la pena de muerte a dos funcionarios de Carabineros. El proceso en el que se investigaba la serie de crímenes ocurridos en los años 1980 y 1981, terminó con sentencia condenatoria a los funcionarios de Carabineros Carlos Topp Collins y Jorge Sagredo Pizarro, dictada en primera instancia el día 8 de enero de 1983 por el Ministro en Visita Extraordinaria de la Corte de Apelaciones de Valparaíso don Julio Torres Allú. En segunda instancia se confirmó la sentencia por la unanimidad de la Primera Sala de la I. Corte de Apelaciones de Valparaíso integrada por los Ministros Margarita Osnovikoff, Iris González y Guillermo Navas. Y, en definitiva, la sentencia fue ratificada por unanimidad de la Tercera Sala de la E. Corte Suprema, integrada por los Ministros Osvaldo Erbetta Vaccaro, Emilio Ulloa Muñoz, Abraham Meersohn Schijman y los abogados integrantes Raúl Rencoret Donoso y Cecilia Chellew Cáceres, el día 17 de enero de 1985. La sentencia se cumplió el día 29 de enero de 1985, fecha en que los dos carabineros fueron fusilados en la cárcel de Quillota.

xxii.- sentencia judicial condenó a Empresas El Mercurio S.A.P al pago de 47.200 UF, por injurias y calumnias, dictada por Héctor Retamales Reynolds, Juez Titular. Poco se sabe que con motivo de las informaciones acusatorias publicadas en los distintos diarios de la cadena de El Mercurio que involucraban a Luis Gubler Díaz en los crímenes, mi padre interpuso una demanda civil en su contra. En la sentencia se estableció que “habiéndose arribado a la conclusión que la demandada infirió a Luis Gubler Díaz un daño moral el cual debe reparar, para lo cual el sentenciador pondera los siguientes elementos: a) La reiteración y gravedad de las expresiones contenidas en aquellas publicaciones fundantes de la demandada, atentatorias contra el honor, fama y atributos de la personalidad del demandante; b) La condición profesional, comercial y económica del demandante; c) la calidad de la demandada en cuanto a envergadura de su organización y prestigio como medio de comunicación; d) el daño obvio y acreditado sufrido por Luis Gubler Díaz en relación a los tres puntos precedentes; e) Las facultades económicas de la demandada. Evalúa, en consecuencia, el sentenciador el daño económico sufrido por el demandante en la suma de 47.200 Unidades de Fomento” (Sentencia dictada en Santiago, 28 de junio de 1985).

Mi padre falleció el día 25 de abril 2005, a la edad de 65 años, producto de un cáncer, rodeado del cariño de su madre, hijos, nieta, señora y hermanos.
 

You're Reading a Free Preview

Descarga
scribd
/*********** DO NOT ALTER ANYTHING BELOW THIS LINE ! ************/ var s_code=s.t();if(s_code)document.write(s_code)//-->