LA CAFETERA I El año pasado me invitaron, junto a dos de mis compañeros de trabajo, Arrigo Cohic y Pedrino Borgnioli, a pasar unos

días en un lugar remoto de Normandía. El tiempo que, cuando nos pusimos en marcha, prometía ser excelente, cambió de repente, y cayó tanta lluvia, que los tortuosos caminos por los que avanzábamos eran como el lecho de un torrente. Nos hundimos en el cieno hasta las rodillas, una capa espesa de tierra resbaladiza se pegó a la suela de nuestras botas, y su peso aminoró de tal modo nuestros pasos, que llegamos a nuestro lugar de destino una hora después de la puesta del sol. Estábamos agotados; así es que nuestro anfitrión, al comprobar los esfuerzos que hacíamos para reprimir los bostezos y mantener los ojos abiertos, una vez que hubimos cenado, mandó que nos condujeran a cada uno a nuestra habitación. La mía era muy amplia; sentí, al entrar en ella, como un estremecimiento febril, porque me pareció que entraba en un mundo nuevo. Realmente, uno podía creerse en tiempos de la Regencia, viendo los dinteles de Boucher que representaban las cuatro Estaciones, los muebles de estilo rococó del peor gusto, y los marcos de los espejos torpemente tallados. Nada estaba desordenado. El tocador cubierto de estuches de peines, de borlas para los polvos, parecía haber sido utilizado la víspera. Dos o tres vestidos de colores tornasolados, un abanico sembrado de lentejuelas de plata alfombraban el entarimado bien encerado y, ante mi gran asombro, una tabaquera de concha, abierta sobre la chimenea, estaba llena de tabaco todavía fresco. No advertí estas cosas hasta después de que el criado, tras dejar la palmatoria en la mesa de noche, me hubo deseado felices sueños y, lo confieso, empecé a temblar como una hoja. Me desnudé rápidamente, me acosté y, para acabar con aquellos estúpidos temores, pronto cerré los ojos volviéndome hacia el lado de la pared. Pero me fue imposible permanecer en esa postura: la cama se agitaba como una ola y mis párpados y mis ojos se negaban obstinadamente a cerrarse. No tuve más remedio que volverme y mirar. El fuego que ardía en la chimenea lanzaba reflejos rojizos a la estancia, de modo que se podía sin dificultad contemplar los personajes de los tapices y las figuras de los retratos borrosos colgados de la pared. Eran los antepasados de nuestro anfitrión, caballeros con armaduras de hierro, consejeros con peluca, y bellas damas de rostro maquillado y cabellos empolvados de blanco, que llevaban una rosa en la mano. De repente el fuego cobró un extraño grado de actividad; un resplandor macilento iluminó la habitación, y vi claramente que lo que había tomado por simples pinturas se hacía realidad; porque las pupilas de aquellos seres enmarcados se movían, brillaban de forma singular; sus labios se abrían y se cerraban como labios de personas que hablaran, pero yo no oía sino el tic-tac del reloj de pared y el silbido del viento otoñal. Un terror invencible se apoderó de mí, se me erizaron los cabellos, los dientes me castañeteaban tan fuertemente que pensé que se me iban a romper, y un sudor frío inundó todo mi cuerpo. El reloj dio las once. La vibración del último toque retumbó durante un instante interminable y, cuando hubo cesado completamente… ¡Oh, no! No me atrevo a decir lo que ocurrió, nadie me creería y me tomarían por loco. Las velas se encendieron solas; el fuelle, sin que ningún ser visible lo pusiera en movimiento, empezó a soplar el fuego, carraspeando como un viejo asmáti-co, mientras las tenazas removían los tizones y la paleta levantaba las cenizas. Después, una cafetera se tiró desde una mesa en la que estaba posada, y se dirigió, renqueando, hacia la lumbre, donde se instaló entre los tizones. Unos instantes más tarde, las butacas empezaron a ponerse en movimiento y, agitando sus retorcidas patas de forma sorprendente, fueron a colocarse alrededor de la chimenea.

bailemos. y una armonía viva y bailable surgió de los dos extremos de la sala. al cabo de unos minutos. una cacería de ciervos donde varios criados tocaban el cuerno. les desdibujaba los bigotes y el maquillaje. que se parecía. Tomaron el café en tazas del Japón. El maestro levantó la batuta. Una vez tomado el café. el más antiguo de todos. Las butacas retrocedieron solas. después de grandes esfuerzos. Todavía no había recobrado el aliento cuando sacó del bolsillo de su jubón una llave increíblemente pequeña: sopló dentro para asegurarse de que el agujero estaba bien limpio. El arco de los virtuosos pasaba tan rápidamente por las cuerdas. embutidos en enormes trajes negros. Uno de los retratos. con tal ímpetu que el sudor. El aire que se introducía por debajo los inflaba prodigiosamente. hasta entonces. Los vestidos de seda de las mujeres. secas y amarillas. que acudieron espontáneamente procedentes de la superficie de un escritorio. no habían hecho gesto alguno. en el otro. empiecen! He olvidado decir que el motivo de los tapices era: en uno. entonces. a pesar de mi espanto. la cabeza de su marco y. y todo ello formaba un torrente de notas y trinos tan apresurados y escalas ascendentes y descendentes tan embrolladas. hasta el punto de confundirse a la idea que siempre me había hecho del viejo sir John Falstaff. la orquesta siempre se les adelantaba tres o cuatro notas. cada caballero cogió la mano de una dama.II No sabía qué pensar de lo que veía. calzón de lana y la punta de la espada en alto… todos esos personajes presentaban un espectáculo tan extraño que. y empezó la conversación. hacían cabriolas. Y todos los marcos se ensancharon para dejar pasar fácilmente a las figuras que encerraban. cafetera y cucharas desaparecieron a la vez. Pero las rápidas notas de la partitura ejecutada por los músicos armonizaban mal con las graves reverencias: además. habiendo logrado pasar sus hombros y su rechoncho vientre por entre los estrechos márgenes de la orla saltó pesadamente al suelo. El reloj dio la una. era como el ruido de alas de un vuelo de palomos. de modo que parecían campanas en movimiento. se dejó oír y dijo: -Es la hora. Yo tampoco podía desviar la mirada de él. se puso a hacer piruetas como una peonza. la cafetera saltó ágilmente a la mesa. señores de la orquesta. Primero bailaron el minué. nobles ancianas. magistrados de gesto grave. un concierto italiano y. gesticulando. y la aplicó a todos los marcos. Estaba sentada en una butaca a un lado de la chimenea. cada pareja de bailarines. y la misma voz dijo: -¡Vamos. unos tras otros. se detuvieron. Los dedos de los flautistas se alzaban y bajaban como si hubieran sido de azogue. arrugados en aquel torbellino danzante. sacó. Los monteros y los músicos que. cada una provista de un terrón de azúcar y de una cucharita de plata. sonaron las doce. inclinaron la cabeza en señal de adhesión. Daba pena ver los esfuerzos de aquellos bailarines por seguir el ritmo. Por fin. y no parecía en lo más mínimo tomar parte en lo que pasaba a su alrededor. Los dignos personajes se sentaron. Saltaban. cuyo timbre era exactamente el del reloj. blancas y azules. emitían sonidos de especial naturaleza. Vi algo que se me había escapado: una mujer que no bailaba. que les caía por la frente hasta los ojos. una voz. petimetres con medias de seda. pero lo que me quedaba por ver era todavía más extraordinario. que avanzaba hacia medianoche a imperceptibles pasos. tan inconcebibles. . agitados pasos de danza y trenzados de tres pies de altura. tazas. no pude evitar que me diera la risa. Pequeños y sonrosados abates. realmente la más curiosa que jamás había oído porque ninguno de los extraños conversadores miraba al otro al hablar: todos tenían los ojos fijos en el reloj de péndulo. El grupo entero se levantó. zalamerías. Pero por mucho que hicieran. que ni los propios demonios hubieran podido seguir dos minutos semejante compás. que salían chispas eléctricas. las mejillas de los monteros estaban hinchadas como balones. el de un gordo mofletudo de barba gris. ni evitar seguir la aguja.

llevado por algo que actuaba sobre mí sin que pudiera darme cuenta. Pero. porque todos mis sentidos estaban absortos en la contemplación de aquella misteriosa y fantástica criatura. y. y aplaudían con todas sus fuerzas. y continuamos charlando. Había perdido la noción de la hora y del lugar. si alguna vez llegaba a amar a alguien. comprendió lo que yo quería. -Prestissimo! -gritó la voz. dijo: -Cuando la aguja avance hasta ahí. y oía latir mi corazón como si tuviera un reloj en los oídos. y me encontré a sus pies. mis nervios vibraban como resortes de acero. un minuto antes. largas pestañas y unos ojos azules. su aterciopelada mejilla rozaba la mía. y todos los lazos que me acaban a él se habían roto. de repente pareció cansarse. ni siquiera en sueños. una piel de resplandeciente blancura. tan claros y tan transparentes. ya veremos. nada tan perfecto se había presentado a mis ojos. con una de sus manos entre las mías. No sé cuánto tiempo permanecimos en esa posición. y los rayos que salían de su pecho atravesaban el mío de parte a parte. y. comprendía lo que ningún hombre puede comprender. Por fin. nadaba en el vacío y el infinito. el cabello de un rubio ceniciento. no necesitábamos hacer esfuerzo alguno para seguirla. que a través de ellos veía su alma tan nítidamente como un guijarro en el fondo de un arroyo. -Me gustaría -contestó enjugándose la frente con su pañuelo-. Los asistentes. El seno de la muchacha tocaba mi pecho. Sin embargo no me atrevía a proponérselo. y me dirigí hacia ella. que hasta entonces había bailado el vals con una energía y una perfección sorprendentes. mientras le hablaba. sólo queda una butaca y somos dos. porque se había quedado fría como el mármol. pues los pensamientos de Ángela se me revelaban sin que ella tuviera necesidad de hablar. Sin embargo aquel estado no era terrible en absoluto. me pesaba en el hombro como si las piernas le flaquearan. como si estuvieran cargados con una masa de plomo. todos se han sentado. Y empezamos a bailar un vals. pero ya sabes lo que pasará. -¡Qué importa. En toda mi vida había experimentado una emoción semejante. gritaban entusiasmados. sería a ella. si te apetece. por un extraño prodigio. los pies me ardían de deseos de bailar con ella.Jamás. Ángela se sentó. seguía con una ligera oscilación de cabeza la música que no había cesado de sonar. Al parecer. aunque no emitían ningún sonido. III Sin hacer la menor objeción. puedes bailar con el caballero. Y me rodeó el cuello con su brazo de marfil. ángel mío! Te sentaré en mis rodillas. charlando como si la conociera desde hacía veinte años. -Ángela. -No importa -respondió Ángela en tono enojado. libre de su prisión de fango. porque. mi querido Théodore. sus piececitos que. maravillados de nuestra agilidad. Y sentí que. y su suave aliento acariciaba mi boca. No sé cómo ocurrió pero no me sorprendió en absoluto oír que me llamaba por mi nombre. estás cansada -le dije-. cocaban ligeramente el suelo se alzaban muy lentamente. el mundo real ya no existía para mí. Salté precipitadamente de la cama. la voz con timbre de plata vibró otra vez en la habitación y dijo: -Ángela. donde hasta entonces no había podido moverme. Ángela. me rodeó con sus brazos como si de un chal blanco se tratara y escondió la cabeza en mi pecho para calentarse un poco. . descansemos. sonó la hora indicada. Su alma brillaba en su cuerpo como una lámpara de alabastro. la sangre me corría por las arterias como un torrente de lava. mi alma. Estaba inundado de una inefable dicha y hubiera querido seguir siempre así. levantando hacia la esfera del reloj la mano que le quedaba libre. cosa extraordinaria. Pero mientras bailábamos el vals. aunque la orquesta hubiera triplicado su velocidad. aunque estuviera en el colmo de la dicha conversando con tan bella persona.

se levantó precipitadamente. lo que antes me había parecido una cafetera era realmente el perfil dulce y melancólico de Ángela. En cuanto abrí los ojos. Ante aquella visión. tirado en el suelo. yo casi no comí. comenzaron a diseñar con la más maravillosa exactitud la cafetera que había jugado un papel tan importante en las escenas de la noche. Las líneas casi imperceptibles trazadas por mi lápiz. Théodore lo habrá encontrado en algún rincón y se lo habrá puesto para divertirse. -¡Pues claro! Es el traje de boda de mi abuelo -dijo el otro levantando uno de los faldones de seda forrado en tono rosa y estampado en tonos verdes-. después de un baile. se apoderó de mí tal pánico. como si mi vida dependiera de su respuesta. abrazando un trozo de porcelana rota como si de una joven y bella muchacha se tratara. -Murió hace dos años. Arrigo exclamó: -¡Bueno. Presa de espanto. como pudo. En efecto. En cuanto Ángela lo vio. me precipité a levantarla… La sangre se me hiela sólo de pensarlo: no encontré sino la cafetera rota en mil pedazos. se le afloja el corsé. Y. que había terminado su partida y me veía trabajar por encima del hombro. me encontraba en la cama. sin que hubiera pensado en ello en absoluto.Cantó la alondra y un pálido resplandor se vislumbró tras las cortinas. cada uno se entretuvo. no se podía salir. al ver que no bajabas. vestido de cuello duro y levita. conteniendo una lágrima que estaba a punto de caer. cuan largo eres. Arrigo Cohic y Pedrino Borgnioli estaban de pie a la cabecera. Mis tres compañeros comieron mucho y bebieron todavía más. después de dar unos pasos. lanzó un grito y se desplomó. pero como llovía a cántaros. menos mal! Llevo casi una hora frotándote las sienes con agua de Colonia. ¡Acababa de comprender que para mí ya no era posible la felicidad en la tierra! . se le quitan los collares. Borgnioli tamborileó marchas guerreras en los cristales. pues. que me desvanecí. ¿Qué diablos has hecho esta noche? Por la mañana. -¡Ay! -respondí dolorosamente. Arrigo y el anfitrión jugaron una partida de damas. convencido de que había sido el juguete de alguna ilusión diabólica. Me levanté y me despojé de mi ridícula vestimenta. guardé el papel en el álbum. Luego fuimos a almorzar. el chal: una buena ocasión para hacer remilgos. Pero ¿cuál ha sido la causa de tu mal? Eso está bien para una damisela de blancos hombros. IV Cuando recobré el conocimiento. -Es sorprendente cómo esta cabeza se parece a mi hermana Ángela -dijo el anfitrión. y te encontré. de una pleuresía. pues el recuerdo de lo que había pasado me distraía de forma extraña. yo saqué de mi álbum una hoja de pergamino y me puse a dibujar. soy muy propenso -respondí secamente. -No ha sido más que un desmayo. Estos son los botones de estrás y de filigrana de los que tanto presumía. El almuerzo terminó. me hizo un gesto de despedida y. entré en tu habitación. -¡Por todos los santos del paraíso! ¿Está muerta o viva? -exclamé con un cierto temblor en la voz.

pero se iba visiblemente a la muerte. no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. el brillo glacial del estuco. La joven. soy yo! Alicia lo miró con extravió. La blancura del patio silencioso -frisos. mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección. había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños. No es raro que adelgazara. -se encogió de hombros desalentado su médico-. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban. Miraba indiferente a uno y otro lado. desangrándose día a día. Alicia no se reponía nunca. No obstante. Había allí delante de ellos una vida que se acababa. sin moverse ni decir una palabra...El almohadón de plumas Horacio Quiroga Su luna de miel fue un largo escalofrío. apoyado en la alfombra sobre los dedos. -¡Soy yo. sin saber absolutamente cómo. angelical y tímida. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama. Tiene una gran debilidad que no me explico. y aún vivía dormida en la casa hostil. Es un caso serio. se serenó. como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia. -No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle. mudo desde hacía una hora. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido. Ella lo quería mucho. columnas y estatuas de mármol. sin dejar de mirar la alfombra. Entre sus alucinaciones más porfiadas. y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror. Alicia no tuvo más desmayos.producía una otoñal impresión de palacio encantado. acariciándola temblando. y sus narices y labios se perlaron de sudor. pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre. con honda ternura. más expansiva e incauta ternura. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor. Durante tres meses -se habían casado en abril. por su parte. y después de largo rato de estupefacta confrontación. rígida de espanto. echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán.. hubo un antropoide. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. llámeme enseguida. El médico de Jordán la examinó con suma atención. pasándose de uno a otro la muñeca inerte. Rubia. completamente inexplicable. redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Si mañana se despierta como hoy. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor. le pasó la mano por la cabeza. Dentro. con la voz todavía baja-. nada. Él. el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Pasábanse horas sin oír el menor ruido.. sin embargo. -¡Jordán! ¡Jordán! -clamó. sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido. poco hay que hacer.. Luego los sollozos fueron retardándose. con incansable obstinación. . En ese extraño nido de amor. también con toda la luz encendida. La alfombra ahogaba sus pasos. confusas y flotantes al principio. ordenándole calma y descanso absolutos. Alicia dormitaba. sin el más leve rasguño en las altas paredes. a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle. volvió a mirarlo. la amaba profundamente. Constatóse una anemia de marcha agudísima.. Al día siguiente amaneció desvanecida.. Los médicos volvieron inútilmente. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. -Pst. y sin vómitos. miró la alfombra. De pronto Jordán. sin darlo a conocer. los pasos hallaban eco en toda la casa. y que descendieron luego a ras del suelo. La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. Al cruzar de una pieza a otra. Alicia pasó todo el otoño. que tenía fijos en ella los ojos. y aún quedó largo rato escondida en su cuello. y Alicia rompió en seguida en sollozos. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días. Paseábase sin cesar de un extremo a otro. con los ojos desmesuradamente abiertos. Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones.. echándole los brazos al cuello. hora a hora. Al otro día Alicia seguía peor. Lloró largamente todo su espanto callado. Al rato abrió la boca para gritar. Hubo consulta. Jordán corrió al dormitorio. Jordán vivía casi en la sala. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Alicia. Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada.vivieron una dicha especial.

Jordán lo levantó. no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. moviendo lentamente las patas velludas. Jordán sintió que los cabellos se le erizaban. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa. chupándole la sangre. llevándose las manos crispadas a los bandós. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca. Alicia murió. pero desde que la joven no pudo moverse. pero enseguida lo dejó caer. ni aún que le arreglaran el almohadón. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. había vaciado a Alicia. entre las plumas. -Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación. y se quedó mirando a aquél. . Apenas podía mover la cabeza. mejor dicho. lívida y temblando. Las plumas superiores volaron. No quiso que le tocaran la cama. Efectivamente. pero que remitía siempre en las primeras horas. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha. la succión fue vertiginosa. En el silencio agónico de la casa. había un animal monstruoso. La sangre humana parece serles particularmente favorable.a las sienes de aquélla. -¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca. miró un rato extrañada el almohadón. -¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. desde que Alicia había caído en cama. Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia.-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. -Pesa mucho -articuló la sirvienta. una bola viviente y viscosa. pesaba extraordinariamente. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo. En cinco días. diminutos en el medio habitual. por fin. y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán. que entró después a deshacer la cama. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Estos parásitos de las aves. se veían manchitas oscuras. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Salieron con él. en cinco noches. Noche a noche. Sin saber por qué. y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma. en síncope casi. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. había aplicado sigilosamente su boca -su trompa. Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. La sirvienta. sola ya. La sirvienta lo levantó. agravado de tarde. y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta. Perdió luego el conocimiento. La picadura era casi imperceptible. sobre la funda. -Levántelo a la luz -le dijo Jordán. llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. Sobre el fondo. pero cada mañana amanecía lívida. Durante el día no avanzaba su enfermedad. sin dejar de temblar. a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia.

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