Está en la página 1de 4

LA GRAMÁTICA

EN LA ESCUELA
Hablando en general, la
enseñanza de la lengua ha sido
básicamente enseñanza de la
gramática, pese a que los primeros
gramáticos de la lengua castellana y
de otras lenguas) no orientaron sus
obras hacia los hablantes nativos.
También en general se ha venido
prestando escaza atención a lo que
hoy se conoce con el nombre de “expresión”. La gramática
enseñada, por otra parte ha estado fuertemente caracterizada
por el normatismo y el nacionalismo: de ahí la insistencia en
los aspectos correctivos y los esfuerzos por lograr la
memorización de las definiciones, de los paradigmas, etc. Por
otra parte, hoy es notorio que no existe una gramática, sino
diversos enfoques de los estudios gramaticales; lo que implica
la necesidad de una evaluación (cuál es la gramática más
adecuada para describir la lengua), evaluación a la que debe
seguir, en rigor, una elección. La pregunta que se acaba de
situar entre paréntesis habrá de ser cuidadosamente
matizada de acuerdo con los diferentes niveles educativos:
ante todo habrá que preguntarse por el tipo de gramática que
puede servir mejor a los alumnos de un determinado nivel
para que comprendan mejor la estructura de su lengua. Y
previamente habrá que determinar qué tipo de “filosofía
gramatical” deberá seleccionar el profesor con el objeto de
potenciar las posibilidades expresivas de los alumnos. En
definitiva, el tipo de gramática seleccionada deberá servir a
dos finalidades: desarrollar las posibilidades lingüísticas de los
alumnos y ayudar a la comprensión teórica del sistema
lingüístico que poseen.
En tiempos no del todo lejanos, los libros de texto para la
asignatura de lengua solían distribuir sus páginas del modo
siguiente: en una “lección” de diez páginas, dos o tres se
dedicaban a la lectura o texto, con una breve guía para el
comentario; el espacio restante se consagraba a la gramática.
En conjunto puede afirmarse que el capítulo de los estudios
gramaticales cubría entre un sesenta y el ochenta por ciento
del espacio. (…) El peso dado a los libros de texto a las
enseñanzas gramaticales tenía un fiel paralelo en la realidad
escolar, de modo que las clases de lengua eran,
sustancialmente, clases de gramática. Y cabe hacerse, ahora,
la pregunta sobre los frutos que ha dado esta tipo de
enseñanza. Lo esperable sería que la respuesta fuese: “se ha
conseguido que los alumnos, en sus escritos, manifiesten un
notable control gramatical: sus construcciones sintácticas
rayan con la perfección”. Sin embargo, sabemos que no es
así. Es opinión general y comprobable que los escritos de una
persona que se inicia en el mundo universitario están
salpicados de problemas tales como anacoluto y otras
incoherencias de concordancia, el uso indebido de ciertas
preposiciones, el escaso dominio de la correlación de tiempos,
etc., por no hablar de los abrumadores problemas de la
ortografía y de las imprecisiones en los usos léxicos.
Tras lo que llevamos dicho se puede ya aventurar una
conclusión avalada por la experiencia: el aprendizaje
memorístico de reglas y paradigmas gramaticales no
garantiza en absoluto el dominio de las estructuras
gramaticales. Sucede aquí lo mismo que en el terreno
ortográfico: sólo por vía de excepción puede afirmarse que el
conocimiento de las reglas de ortografía revierte en unos
modos de escribir realmente ajustados a esas reglas. La
ortografía, tantas veces arbitraria, depende en gran medida
de la memoria visual y será una abundante lectura la que
producirá la corrección en la escritura. Aproximadamente lo
mismo cabría decir de la sintaxis: el contacto asiduo con
aquellos escritores que saben utilizar una sintaxis correcta
desencadenará un aceptable dominio de la sintaxis.
A la vista de las anteriores consideraciones ¿pueden
desempeñar todavía algún papel en la escuela las enseñanzas
gramaticales? Nuestra impresión es que sí; pero nos
apresuramos a afirmar que será preciso cambiar radicalmente
tanto las proporciones del tiempo que se dedica a estas
enseñanzas, como el enfoque. Las proporciones, porque la
tarea prioritaria de la clase de lengua (y no de sólo de ella)
estribará en desarrollar las posibilidades expresivas y
receptivas del alumno; por lo tanto, la mayor parte del tiempo
y del esfuerzo deberá orientarse al fomento de la expresión
oral y escrita y al desarrollo de la capacidad receptiva tanto
en la vertiente oral como en la lectura. La reflexión teórica
sobre el lenguaje, según el nivel, ocupará un lugar secundario
y será un modo de organizar, ya en el plano reflexivo, lo que
se viene poseyendo en la práctica. Hablar de nombres, verbos
y adjetivos no estimulará al alumno mientras éste no los haya
utilizado con abundancia y se le muestre que el conocimiento
teórico le va a permitir una mejor práctica, un mayor dominio
de las herramientas lingüísticas.
Al exponer antes nuestra convicción de que las
enseñanzas gramaticales todavía podían jugar un cierto papel
en la enseñanza, dijimos que era preciso “cambiar
radicalmente tanto las proporciones como el enfoque”.
Vengamos ahora al segundo aspecto. Ante todo, debemos
tener presente que la finalidad de la clase de lengua es
potenciar la competencia lingüística de los alumnos y no
hacer de éstos unos especialistas en gramática. No es que
esto último no se lo hayan planteado los profesores de que
tienen a su cargo alumnos comprendidos entre los 11 y los 16
años: se ha pretendido simplemente enseñar lengua
enseñando gramática; pero no se ha perseguido, como por
otro lado era obvio que no se persiguiese, la creación de
especialistas. Y sin embargo los alumnos de estas edades han
tenido que enfrentarse con el análisis de frases que incluso
para los especialistas entrañan serios problemas y suscitan
vivas discusiones […] [Esto solo se adapta para la enseñanza
a nivel primaria, básica y diversificada, no para nivel
universitario, ya que el estudiante de lengua si se está
formando como especialista].
Pero aún no hemos planteado una cuestión básica. Si
dijimos que se imponía un cambio radical en el enfoque de las
enseñanzas gramaticales, ¿será todavía útil para el alumno la
adquisición de conocimientos gramaticales y, en concreto, la
práctica del análisis sintáctico? Nos inclinamos a responder
que sí, pero no tanto por lo que pueda suponer de
conocimiento gramatical, cuanto por la utilidad que implicará
desde el punto de vista de la metodología en general. Queda
fuera de duda que entre las tareas básicas de la educación
está la de elevar a inteligible u objetivo las estructuras de
algo que se posee con espontaneidad de lo cotidiano. En este
sentido, el estudio de las estructuras del lenguaje ofrece
notables ventajas para suscitar el interés por los métodos que
permiten acceder al conocimiento. No olvidemos que el
alumno es, en la práctica, un especialista en el uso de su
lengua. Por lo tanto la reflexión teórica sobre ese uso no será
una reflexión sobre el vacío, sobre algo ajeno, sino sobre algo
que el alumno ya posee y cuyo conocimiento en profundidad
le servirá para alcanzar un mayor grado de control lingüístico.
Tusón (1980, págs. 5-8 y 25-28) en Lomas (1999). Cómo enseñar hacer
cosas con las palabras. Editorial Paidós.

Se recomienda investigar algunos términos referidos con dificultades en la


escritura como Anacoluto. Pueden revisar esto en: GONZÁLEZ y HERRERO.
(1997). Manual de gramática Española. Edit. Castalia