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(y que fuera del paso jamás podría adoptar). No resultan estas prácticas, en cualquier caso, demasiado recomendables para su salud. Debajo de las andas existe, en definitiva, un peculiar submundo que delimita la tarea del hermano de carga con trazos muy particulares, y cuya fisonomía merece ser descrita con profusión de detalles. Ecos de las entrañas El mundo de los pasos, visto desde dentro, pierde del todo el encanto místico que con inocencia se le presupone desde el mundo exterior. Si alguna vez tenemos la ocasión de asomar la cabeza debajo de las andas, nos atrapará un universo turbio, de olores profundos, de reglas no escritas y envuelto secularmente en la penumbra. Allí abajo no llega la luz de la calle, ni existe iluminación artificial. Tan solo reina la llama viva del corazón. Los aromas, penetrantes, proceden sobre todo de la madera, pero también nos arrojan a la nariz recuerdos de cerrada humedad, de metales viejos, de polvo acumulado, de química archicaducada y troglodíticos productos de limpieza. Cuando logremos acostumbrar la vista a la oscuridad, descubriremos un agreste entramado de listones, cables, plataformas y plásticos a cada cual más solitario y mugriento. No descartemos toparnos con algún elemento olvidado de un año para otro, como botellas de agua arrugadas y semivacías encajadas en alguna viga, restos de cinta aislante sin nada que sujetar, harapos churretosos y bolsas de plástico que solo el Señor sabe para qué sirvieron en su momento, o vestigios de alguna sustancia del pasado sobre cuya naturaleza es preferible no indagar. La techumbre de este corazón de pino y roble
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está formada por la parte inferior de la mesa del paso. De allí cuelgan, como estalactitas en la roca, legiones sinnúmero de tornillos, púas y alcayatas, sórdidos actores secundarios que en actitud canallesca presumen de llevar una doble vida. En la superficie, bien considerados ellos, muy callados y eficaces, sirven para sujetar la enorme retahíla de elementos visibles en un paso: candelerías, veleros, faroles, peanas y floreros. Mientras aquí, en el infernal subsuelo, exhiben su vertiente mafiosa mientras amenazan, coaccionan y hieren sin piedad las cabezas de los hermanos desprevenidos. Los cables, por su parte, conviven con el resto a su libre albedrío. El tendido eléctrico de los pasos a veces aparece ordenado y bien sujeto, trepando en un serpenteo que se pierde como una enredadera por la frondosa selva de maderos, pero otras veces cuelga rebelde por un extremo suelto, bailando tétricamente con cada mecida sin importarle mucho las consecuencias. Muchos pasos albergan, en su parte central, una extensa plataforma donde viaja la batería eléctrica, fuente de alimentación para toda la mole y uno de los elementos que más kilos aporta a la penitencia de los hermanos. Los travesaños se extienden en el interior de los pasos de izquierda a derecha y de atrás hacia delante. Dotan de estructura y fuerza al conjunto, y de no ser por ellos lo más probable es que el paso se partiera por la mitad en algún momento. El hermano debe gastar cuidado, pues normalmente los usa para apoyarse, sin reparar en que sus caras están cubiertas por la tizne, y sus aristas, astilladas. Acercando la vista y entornando debidamente los ojos, uno puede descubrir en ellos crípticas inscripciones en forma de números o siglas, que algún montador pintara alguna vez sin duda con la mejor de las intenciones, pero no siempre con una utilidad práctica demostrable.
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