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Antartida - Continente de los más para los menos -1979

Antartida - Continente de los más para los menos -1979

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Análisis de la Antártida, el Tratado Antártico y los reclamos de los diferentes países en 1979.
Este libro es fuente de consulta sobre aspectos históricos relacionados a la Antártida
Análisis de la Antártida, el Tratado Antártico y los reclamos de los diferentes países en 1979.
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1) La posición tradicional.

En un mundo casi totalmente ocupado por la soberanía estatal, los amplios espacios antárticos
constituyen la más grande, sino la única, extensión territorial cuya situación jurídica es
susceptible de polémica. Respecto a estas zonas se discute no solamente si ciertos sectores
pertenecen o no a determinada soberanía, sino también la situación global de todo el territorio, es
decir, la posibilidad de que el mismo sea objeto del dominio territorial de los Estados.
La posición tradicional respecto al régimen jurídico de la Antártida se divide en dos grandes
corrientes.
Por un lado se encuentra el grupo de autores que, desde principios del siglo sostenían que las
regiones polares no pueden ser objeto de ocupación por ser en ellas imposible la instalación de
establecimientos humanos permanentes. (17)
Por otra parte, más tardíamente y al influjo del interés de algunos países por estas regiones
aparecen los doctrinos que admiten que algunos Estados han adquirido o pueden adquirir
derechos exclusivos de soberanía sobre determinadas porciones del territorio antártico.
Esta segunda corriente posee como elemento común el sostener la posibilidad de que los Estados
pueden adquirir derechos de soberanía exclusivos en la Antártida. Dentro de ella se manifiestan
diferentes grupos que discrepan entre sí en cuanto a la validez de los distintos fundamentos
aducidos para reivindicar territorios, admitiendo unos y rechazando otros; en cuanto a las zonas
respecto a las cuales efectivamente puede haberse configurado título atributivo de soberanía; en
cuanto a la validez de algunas reclamaciones de derechos de soberanía exclusiva que hacen
algunos Estados en relación a distintas zonas de la Antártida; etc.(18) Pero todos estos grupos
coinciden en un común denominador: resulta posible el ejercicio de derechos de soberanía estatal
exclusiva en la Antártida y las pretensiones de los Estados al respecto pueden fundarse en las
normas del Derecho consuetudinario reconocido como vigente para la adquisición de territorios.
Para un sector de esta segunda corriente doctrinaria a que nos venimos refiriendo, las normas sol
re descubrimiento, derechos históricos, ocupación, etc., serían aplicables en la Antártida en toda
la extensión de su formulación original; en tanto que para otros autores de la misma línea y que
configuran la opinión mayoritaria, lo serían con las adecuaciones pertinentes propuestas para su
aplicación en zonas de clima inhóspito y semideshabitadas, por la práctica de algunos Estados,
por ciertos pronunciamientos de jurisprudencia y por determinadas elaboraciones doctrinarias al
pretender solucionar problemas relativos a tales zonas, adaptando las normas originales y
determinando el alcance de su aplicación en esos casos.(19)
Esta segunda corriente tradicional aglutina valiosas opiniones doctrinarias, respalda la posición
política de los Estados que reivindican derechos de soberanía propios y exclusivos dentro de
determinadas regiones del Continente helado y es tomada en cuenta, sin rechazarla ni
respaldarla, entre los supuestos que llevaron a la aprobación del Tratado de Washington del l9 de
diciembre de 1959 sobre la Antártida. (20)

2) Objeciones a la posición tradicional.

Desde principios de siglo, la posición tradicional que sostiene la posibilidad de que los Estados
adquieran derechos exclusivos de soberanía en la Antártida, ha sido cuestionada, directa o
indirectamente, por muchos autores que niegan tal posibilidad agregando, a veces, la
conveniencia de la internacionalización de la zona. (21) De los autores de este grupo nos interesa
especialmente destacar la posición de Alejandro Álvarez (22)
Álvarez incluye entre los problemas internacionales de interés especial para el continente
americano aquel referido a la condición internacional de las tierras e islas polares en la zona
americana del hemisferio antártico, así como la cuestión de hasta qué punto pueden ser
adquiridas estas tierras e islas por ocupación o llegar a ser objeto de zonas de influencia por
parte de los Estados europeos o americanos. Álvarez llega a este planteamiento partiendo de la
afirmación de que "...Debemos revisar si todas las reglas de Derecho Internacional producto del
consenso europeo, deben necesariamente aplicarse a todo el mundo civilizado o si, en ciertas

Hebert Vignali, Roberto Puceiro Ripoll, Belter Garré Copello

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Antártida, el Continente de los más para los menos

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materias y para situaciones diferentes a aquellas que se tuvieron en cuenta para el
establecimiento de tales reglas, existe un consenso (23) tendiente a regular de una manera
diferente las materias de que se trata.
Siguiendo esta línea de pensamiento, nosotros entendemos que las reglas consuetudinarias de
Derecho Internacional en materia de adquisición de territorios, no resultan aplicables en la
Antártida dadas las peculiares condiciones y características de este continente. (24) Pensamos,
además, que tampoco resulta pertinente modificar y adecuar al caso las exigencias de estas
normas —en especial las de aquellas referidas a la ocupación—, atenuando su rigurosidad en
atención a las condiciones especiales del territorio antártico; tales adecuaciones pueden resultar
admisibles cuando las diferencias en el hecho reglado no son mayores y se puede, por lo tanto,
atenuar las exigencias sin desvirtuar el principio ni desnaturalizar el modo de adquirir al que
están referidos, como se admitiera en el fallo relativo a la situación de Groenlandia Oriental; pero
estas adecuaciones no pueden aceptarse en otros casos, por ejemplo, cuando la extensión, la
importancia, las características físicas del territorio y su difícil o imposible habitabilidad,
determinan que los requisitos exigidos por las normas consuetudinarias sólo puedan considerarse
realizados, interpretando los hechos con una laxitud tal y con una condescendencia tan evidentes
que, en sustancia, desaparecen las exigencias del derecho y la pretendida adecuación del
principio se convierte en la derogación del mismo y en su sustitución por otro diferente. lista
situación se da respecto a la Antártida, en cuyo caso pretender "adecuar" las reglas del derecho
consuetudinario conduce inevitablemente a desvirtuarlas, lo que nos permite afirmar que sobre
dicho Continente ningún Estado tiene derechos de soberanía exclusiva, poseyendo, en cambio,
todos los Estados, legítimas expectativas respecto a los beneficios de la Antártida.

3) La no procedencia de los títulos tradicionales.

Queda fuera de toda discusión que la Antártida, desde el punto de vista geológico, constituye un
Continente cuyo territorio se encuentra cubierto por hielos perennes y no posee población
autóctona. También es indudable que, en las condiciones actuales del adelanto científico y
tecnológico, los rigores de su clima no admiten el asentamiento de poblaciones implantadas que
tengan la posibilidad de desarrollo autónomo. La importancia de la zona radica en su valor
estratégico, en las ventajas que ofrece a todo tipo de comunicaciones, en el interés que posee
para la investigación científica tanto especulativa como aplicada y en las riquezas materiales que
encierra al tratarse de una amplia región no contaminada, con enormes reservas de agua dulce y
que encierra vastos yacimientos minerales en el continente y lechos de sus mares y en estos, las
más grandes riquezas ictícolas y de otras especies ricas en proteínas que aún quedan en el
mundo. (25) Por todo esto el territorio de la Antártida ha despertado el interés de los Estados y
también el de la Comunidad Internacional, pudiendo, en principio, ser susceptible de adquisición
por parte de los Estados en particular o, también, de utilización y aprovechamiento conjunto por
la Comunidad Internacional o por un sector de ella.
Movidos por ese interés y fundándose en los diversos títulos tradicionales de adquisición de
territorios, varios Estados han reclamado poseer derechos de soberanía exclusiva sobre ciertos
sectores del Continente antártico. Los modos y títulos en los cuales estos Estados pretenden
fundar sus reclamaciones particulares y en general, todos los títulos que las normas
consuetudinarias del Derecho Internacional clásico admiten como aptos para otorgar soberanía y
adquirir nuevos territorios, no son, sin embargo, de aplicación en el caso de la Antártida, en
virtud de las características especiales que posee este Continente y que lo diferencian de las
demás zonas del Planeta. Es por ello que deben descartarse estos fundamentos, rechazarse las
pretensiones de soberanía a título particular y procurar para la Antártida una regulación jurídica
específica, acorde con las soluciones y los principios que informan al Derecho Internacional
contemporáneo y que proporcione para una zona (la Antártida) y en una época (el segundo tercio
de nuestro siglo) determinadas, una solución especial y distinta, impuesta por una realidad
diferente.
Los modos clásicos de adquisición de territorios consagrados por el Derecho Internacional
consuetudinario, incluso aquellos más recientemente aceptados y referidos a zonas inhóspitas,
con difíciles condiciones de vida y, escasamente pobladas, no son aplicables en la Antártida, ni
configuran título hábil para reclamar soberanía en ella. En consecuencia, las reclamaciones
particulares de diversos Estados que aducen poseer derechos en la Antártida no se justifican y
puede afirmarse que el territorio del Continente blanco no ha sido adquirido, ni total ni
parcialmente, por Estado alguno.

Hebert Vignali, Roberto Puceiro Ripoll, Belter Garré Copello

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Las normas consuetudinarias relativas a la adquisición de territorios, surgieron o se afirmaron a
partir de la práctica impuesta por la expansión europea de los Siglos XVIII y XIX. Sus soluciones
consolidan estilos de acción originados, en algunos casos, a partir del Siglo XV. Se trata entonces
de un derecho consuetudinario forjado a través de la actividad de las potencias euro peas
gravitantes; aceptado desde el inicio por los demás países cristianos del continente y luego
también por Turquía, Estados Unidos de América, Japón y otros; que se imponía más o menos
coactivamente a los grupos humanos extra-europeos cuya organización política, social o religiosa
no coincidían con los moldes de la vieja Europa; y que partía de ciertos postulados básicos que lo
fundamentaban y pretendían justificarlo. Entre estos postulados resulta oportuno señalar la
admisión del colonialismo en mérito a la existencia de pueblos no civilizados, que desconocían la
verdadera religión y a quienes resultaba necesario tutelar para aportarle; los beneficios de la
civilización y de la palabra de Dios; como corolario, los territorios de estos pueblos y los de
aquellos que no profesaban la fe cristiana, podían ser "ocupados" por las potencias civilizadoras y
para ello se admitía el derecho del más fuerte a imponer sus criterios, dentro de ciertos límites.
Cabe preguntare cuál es, en el último cuarto del Siglo XX, la vigencia de las normas
consuetudinarias originadas y afirmadas en tal marco histórico. Dado su procedencia y
fundamento resulta evidente que desde mediados de nuestro siglo ellas han perdido el marco
jurídico-político que las ambientó y justificó, permitiendo su reconocimiento y afirmación. En
efecto, desde entonces, nuevas normas de "jus cogens" han dado otra orientación y otro
significado al Derecho Internacional, proscribiendo el recurso a la fuerza en las relaciones entre
los Estados, afirmando el principio de no discriminación por motivos de raza o religión y
condenando al colonialismo. (26) Esta realidad determina que la eficacia de las normas
consuetudinarias tradicionales en materia de adquisición de territorios debe de estudiarse
teniendo en cuenta dos posibilidades: que los hechos en que se pretenda fundar las
reclamaciones hayan ocurrido antes o después del cambio fundamental en el Derecho
Internacional a que nos referimos.
Tratándose de situaciones generadas en el pasado, cuando los hechos que fundan la reclamación
hayan ocurrido en la época del Derecho internacional clásico, por aplicación del principio de la
"intertemporalidad", las normas consuetudinarias tradicionales en materia de adquisición de
territorios deben de actualizarse para tenerse en cuenta y aplicarse. Si los hechos ocurrieron
luego del cambio, las normas clásicas no son de recibo.
La aplicación de este razonamiento a la situación de la Antártida nos permite rechazar los
argumentos en que los Estados fundan sus pretensiones de soberanía exclusiva sobre el
Continente helado.
Además una vez aceptada la procedencia de este sistema jurídico en su conjunto, la existencia o
no dentro de él de normas consuetudinarias concretas referidas a determinados problemas y con
determinadas soluciones, (27) sólo puede ser afirmada después de un riguroso examen crítico.
No basta que la doctrina (28) sostenga la existencia de la norma sino que ella debe ser
constatada revisando la práctica de los Estados, analizando la convicción con que estos realizaron
sus actos y, por último, tomando en cuenta si el campo en el cual la norma consuetudinaria
pretende ser aplicada en la actualidad, es el mismo en el que la norma se aplicó y generó.
En relación con el problema de la adquisición de territorios en la Antártida las dos primeras
cuestiones sólo tienen un interés doctrinario y general, (29) pero resulta imprescindible el
detenerse en un análisis minucioso de la última cuestión relativa a la identidad de los campos de
aplicación. El nacimiento y la consolidación de las normas consuetudinarias tradicionales en
materia de adquisición de territorios se hizo históricamente en condiciones muy particulares y con
referencia a territorios con mayor o menor valor estratégico o económico, de muy diversas
características físicas, geológicas o geográficas, pero que, en todos los casos, poseían una
población autóctona o admitían una población implantada; es decir que permitían el asentamiento
humano, que en condiciones más o menos rigurosas y con amplitud variable, existía o podía
efectuarse y se efectuó concomitantemente con las reivindicaciones de soberanía. Las
reclamaciones sobre la adquisición de estos territorios siempre se hicieron luego o a la vez de
realizar la metrópoli su conquista o su colonización. Algunos casos aislados que puedan hacer
pensar que esta afirmación no es correcta, no sólo presentan un carácter excepcional que no
alcanza para afirmar la existencia de una práctica en contrario, sino que, además, analizados a
fondo, permiten detectar situaciones distintas a las de la Antártida, al ser posible el asentamiento
humano en tales territorios —generalmente insulares— en condiciones socio-temporales acordes
con la extensión, situación e importancia del territorio reclamado. (30)

Hebert Vignali, Roberto Puceiro Ripoll, Belter Garré Copello

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La Antártida, en cambio, es un vasto continente de importancia y riquezas insondables y no
cuenta con una población autóctona conocida ni admite, en las condiciones actuales del adelanto
científico y tecnológico, el asentamiento de una población implantada en condiciones de realizar
una actividad normal que permita afirmar la existencia de una colonia capaz de arraigar y
desarrollarse, aunque sea con dificultades, lentitud y limitadas perspectivas, en su nuevo medio
geográfico. Las bases científicas y las expediciones realizadas por algunos países no constituyen
grupos humanos asentados, con vocación de permanencia, estables y en desarrollo, capaces de
adquirir con el tiempo una fisonomía propia.(31)
En estas condiciones, las pretensiones de soberanía estatal que esgrimen todos los países que
reivindican territorios en el Continente helado, no encuentran fundamento válido en los modos
tradicionales de adquirir territorios admitidos por el Derecho Internacional consuetudinario. Un
somero análisis crítico de los títulos esgrimidos para fundar reclamaciones particulares,
confirmará la tesis contenida llevando a la conclusión de que los mismos son inoperantes respecto
de la Antártida.
Los Estados que han reclamado derechos sobre las tierras del Continente blanco, los han basado
sobre diversos títulos que podrían clasificarse en forma genérica y sintética, en los siguientes: el
descubrimiento; los derechos históricos; la proximidad geográfica y la continuidad geológica; la
teoría del sector re-aplicada a la región; la teoría "de la desfrontacao"; y la ocupación. Cada uno
de estos títulos se ha hecho jugar en forma complementaria, supletoria y/o excluyente con
respecto de los demás.
Desde el período clásico de la primera expansión de Europa hacia áreas por ella desconocidas,
(32) el mero descubrimiento fue controvertido como título suficiente para adquirir soberanía
territorial, considerándose que a lo sumo consistía en un título embrionario, provisional e
imperfecto, que debía ser complementado por la ocupación posterior, no siendo suficiente para
perfeccionarlo ni aún la anexión simbólica.
El descubridor poseía con respecto a. la región descubierta, un derecho preferencial que la
tornaba zona prohibida por un lapso prudencial, para todos los otros pretensos interesados. Pero
para que el descubridor poseyera un título absoluto se requería la ocupación efectiva dentro de
un término razonable. El período transcurrido desde la época de los descubrimientos hasta el
presente, ha puesto en evidencia eme los Estados no consideran al mero descubrimiento como un
título perfecto. El laudo dictado por el árbitro Max Huber con respecto a la Isla de Palmas expresa
concretamente que el descubrimiento no confiere título suficiente de soberanía sino sólo
embrionario, y que debía ser "...complementado dentro de un período razonable mediante la
ocupación efectiva de la región cuyo descubrimiento se pretende". (33) En consecuencia,
cualquier pretensión que basase la adquisición de la Antártida o de un sector de ella en el título
descubrimiento, sería inoperante y debería haber sido perfeccionada con la ocupación real y
efectiva, con lo que el problema se traslada, en último término, al análisis de sí en el caso ha
existido o no tal ocupación.
En lo que respecta a los derechos históricos sobre determinadas áreas del continente austral, es
decir a los derechos heredados por los nuevos países de los Estados de los cuales se emanciparon
o separaron,(34) pueden ser de dos clases; perfectos, como en el caso de que los mismos se
refieran a zonas donde se ha realizado ocupación efectiva; y embrionarios y a ser perfeccionados
por la ocupación correlativa, en el caso contrario.
En ambas hipótesis, en definitiva, resulta necesario investigar la real existencia de dicha
ocupación, porque de no configurarse, en el primer caso nos encontraríamos con territorios en la
situación de "res derelictae" y en el segundo con territorios en la situación de "res nullius".
En el laudo de la Isla Clipperton, (35) se estableció que la prueba del derecho histórico debía
estar apoyada por la manifestación de soberanía sobre el territorio, cuya ausencia convertía a la
isla en tierra de nadie y por ende en territorio susceptible de ocupación.
También las reclamaciones basadas en la proximidad geográfica y en la contigüidad geológica
sólo acuerdan simples preferencias y, en último término, la legitimidad del título provendrá, en
estos casos como en los que se aducen títulos históricos, de que realmente se haya realizado una
ocupación efectiva del territorio en cuestión.
La teoría del sector originariamente concebida para ser aplicada en el Ártico (36) -fue también
utilizada en la Antártida (37) aunque más bien como forma de delimitación entre zonas
geográficas reivindicadas por otros títulos, en los que entonces se basa la existencia de derechos
de soberanía territorial. "Los sectores en la Antártida se han delimitado por líneas de longitud

Hebert Vignali, Roberto Puceiro Ripoll, Belter Garré Copello

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Antártida, el Continente de los más para los menos

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que surgen del Polo Sur hacia el norte con la amplitud de ángulo deseado para cubrir los
territorios que cada Estado reclama por ocupación, exploración o descubrimiento; (38) es decir
que en la Antártida se forma una especie de "hinterland" que se extiende desde la zona de la
costa reivindicada en base a determinado titulo tradicional, comprendiendo en el interior del
Continente una zona encerrada por dos laterales cuyo punto de arranque está en el polo. En
definitiva la eficacia o no de la doctrina del sector así considerada se desplaza hacia otros títulos y
también dependerá, en última instancia, de la existencia o no de una ocupación efectiva. (39)
La teoría brasileña de la “desfrontacao" (40) constituye una variante de la teoría del sector que
adjudica derechos territoriales en la Antártida los distintos países ubicados al sur del Ecuador y
ribereños de los océanos, cuyas costas, islas y mar territorial se proyectaran hacia el polo austral.
Respecto a esta teoría pueden hacerse las mismas críticas que respecto a la doctrina del sector.
Queda por considerar el modo de adquisición, de territorios en el que, en definitiva, confluyen
todos los demás argumentos: la ocupación.
Dadas las características especiales del territorio antártico, ningún Estado ha realizado su
ocupación efectiva en el sentido que el Derecho Internacional consuetudinario lo establece, a
saber, ocupación material y despliegue continuo de autoridad. Este despliegue de autoridad
requiere, al decir de la Corte Permanente de Justicia Internacional en el caso de Groenlandia
Oriental, la presencia de dos condiciones: "Intención o voluntad de actuar en calidad de
soberano" y "Manifestación efectiva de esa autoridad".(41)
En el caso del continente antártico, ningún Estado ha ejercido efectivamente esa autoridad, ni
tiene posibilidad de ello en mérito a la extensión del territorio y a que sus condiciones físicas
hacen además imposible la instalación de vida humana normal y permanente. Las esporádicas
expediciones, incursiones e instalaciones, lejos están de la verdadera ocupación efectiva. Y esa
especial naturaleza del territorio, en lugar de hacer modificar la concepción de la ocupación real o
de su implantación con criterios como el de la continuidad o el de la contigüidad, obliga a aplicar
para la zona nuevos criterios de atribución de títulos.
Si las condiciones físicas de habitabilidad no permiten la efectiva ocupación, es evidente que
aquéllas no pueden justificar la modificación de los requisitos de ésta, sino, precisamente,
determinar su descarte como título habilitante y la búsqueda de nuevos principios. No puede
admitirse que se califique a la zona de ocupable y luego se alteren las condiciones que requiere la
ocupación para que llegue a constituir un título de dominio, sino que se hace necesario reconocer
que el territorio es inocupable en el sentido que tal concepto reviste en el derecho internacional y
luego analizar bajo qué títulos se adquirirá o se poseerá. Los territorios polares antárticos
presentan características nuevas y por tanto deben ser considerados bajo nuevos principios,
nacidos á la luz de las nuevas tendencias del Derecho de Gentes. (42)

4) El derecho convencional moderno:
El Tratado de Washington sobre la Antártida.

Las pretensiones de soberanía exclusiva que formulan algunos Estados, han sido acompañadas,
desde otros campos, por planteamientos tendientes a lograr la internacionalización de la
Antártida y la cooperación científica en su área. (43) Estos esfuerzos, el juego de intereses
políticos, los resultados del Año Geofísico Internacional, la necesidad de apaciguar los
enfrentamientos derivados de las reclamaciones de soberanía y la preocupación por lograr la
armonía entre los Estados con intereses en le Antártida con el fin de incrementar entre ellos la
cooperación a efectos de la exploración y la investigación científica, condujeron a la celebración
de una Conferencia antártica, la Conferencia de Washington de 1959, (44) cuya resultado más
importante consistió en la aprobación del Tratado de Washington del 1º de diciembre de 1959
(45)
El Acuerdo fue negociado entre doce Potencias que tenían intereses en la Antártida: siete de ellas
reivindicaban derechos de soberanía exclusiva sobre alguna porción del Continente helado; (46)
otras dos, si bien no reclamaban tales derechos exclusivas y aparecían como propicias a la
internacionalización, se reservaban los derechos que pudieran corresponderles; (47) y sólo tres,
si bien estaban interesadas en el Continente, no reclamaban en ese momento ninguna porción
específica del mismo.(48) Analizaremos someramente algunos aspectos de este acuerdo
particular a los solos efectos de considerar luego su incidencia en el problema que nos ocupa.(49)

Hebert Vignali, Roberto Puceiro Ripoll, Belter Garré Copello

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Antártida, el Continente de los más para los menos

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Las disposiciones del Tratado de Washington entraron en vigor cuando éste fue ratificado por las
Potencias signatarias (art. XIII, inc. 1), pero, además, quedó abierto a la adhesión de todo otro
Estado miembro de las Naciones Unidas o que fuera invitado a participar en él (art. XIII, inc. 2).
El Acuerdo de 1959 se aplica "…a la región situada al sur de los 60° de latitud Sur, incluidas todas
las barreras de hielo", pero sus disposiciones no modifican el estatuto general de las zonas
marítimas de esa región (art. VI). Para que las previsiones de sus artículos puedan ser puestas en
práctica, el Acuerdo prevé la celebración de reuniones periódicas de los representantes de los
Estados partes con el propósito de intercambiar informaciones, consultarse sobre asuntos de
interés común relativos a la Antártida y para formular, considerar y recomendar a sus Gobiernos
las medidas adecuadas para promover los principios y objetivos del Tratado; el propio texto
señala algunos de estos principios y objetivos: uso de la Antártida con fines pacíficos,
investigación y cooperación científicas, ejercicio del derecho de inspección y de la jurisdicción,
conservación de recursos (art. IX, inc. 1). Asimismo se acordó que para tener derecho a
participar en estas reuniones no bastaba con haber ratificado o adherido al acuerdo, sino que,
además, los Estados partes deberían demostrar "…su interés en la Antártida mediante la
realización en ella de investigaciones científicas importantes...", como ser estableciendo
estaciones o enviando expediciones científicas (Art. IX, inc. 2).
Otras disposiciones del Tratado determinan el compromiso de las Partes para Hacer:" todos los
esfuerzos posibles "...con el fin de que nadie lleve a cabo en la Antártida ninguna actividad
contraria a los propósitos y principios” del Tratado (art. X); establecen que cualquier modificación
del texto requerirá el acuerdo unánime de todos los Estados partes (art. XII, inc. 1 a); prevén la
eventual revisión del funcionamiento del Acuerdo luego de un plazo de 30 años, es decir en 1989
(art. XII, inc. 2 a); y admiten el retiro de cualquier Estado parte cuando se dan ciertas
circunstancias y con un preaviso de dos años (art. XII, inc. a c).
Pero son los primeros cinco artículos y principalmente el artículo IV, los que más nos interesan
desde el punto de vista del problema que planteamos. Por el artículo I los Estados partes se
comprometen a la desmilitarización de la Antártida y a usar dicho territorio sólo para fines
pacíficos; también se obligan a mantener la libertad de investigación científica y la cooperación en
tales investigaciones" (arts. II y III), así como a respetar la desnuclearización de la zona (art.
VI); por último, mediante el artículo IV, los Estados miembros establecen un compromiso en
materia de reclamaciones territoriales.
En el artículo IV se acuerda el "congelamiento" de las reclamaciones y se admite el
mantenimiento del "statu quo" territorial vigente en el momento del Tratado. En efecto, este
artículo establece que "Ninguna disposición del presente Tratado se interpretará...": como una
renuncia de una parte a sus derechos o reclamaciones de soberanía territorial hechas valer
precedentemente (inc. 1 a); como renuncia o menoscabo por cualquiera de las partes a cualquier
fundamento de reclamación territorial que pudiera tener "...ya sea como resultado de sus
actividades o las de sus nacionales en la Antártida, o por cualquier otro motivo" (inc. 1 b); o
como perjudicial para cualquiera de las partes respecto a su reconocimiento o no, de los
derechos, las reclamaciones o los fundamentos esgrimidos por otro Estado en la Antártida (inc. 1
c).
Por el inc. 2 del artículo IV, las partes se comprometen a respetar el "congelamiento de la
situación territorial de la Antártida, a la fecha del Tratado, al disponerse que ningún acto o
actividad realizada en ella durante su vigencia, constituirá fundamento para apoyar, negar o
reclamar soberanía en la región, ni para crear derechos de soberanía en ella; agregándose,
además, que "...No se harán nuevas reclamaciones de soberanía territorial en la Antártida, ni se
ampliarán las reclamaciones anteriormente hechas, mientras el presente " Tratado se halle en
vigencia".

5) Incidencia del derecho convencional.

En los numerales anteriores (50) hemos rechazado la posibilidad de que los Estados reclamen
soberanía exclusiva sobre zonas del Continente antártico, aduciendo para ello argumentos
basados en las normas consuetudinarias tradicionales sobre adquisición de territorios.
Corresponde ahora que nos planteemos la interrogante de si el nuevo derecho convencional (51)
ha modificado esa situación y en qué medida.
El único tratado general en la materia es el Convenio de Washington de 1959. Los Estados no
pueden buscar en este acuerdo respaldo para sus pretensiones particulares de soberanía porque
el texto convencional ni reafirma los modos consuetudinarios ni pretende crear nuevos modos de

Hebert Vignali, Roberto Puceiro Ripoll, Belter Garré Copello

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Antártida, el Continente de los más para los menos

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adquisición de territorios polares. En tal sentido la posición sostenida en los numerales anteriores
no se ve afectada en ningún aspecto por el nuevo derecho convencional. Pero este nuevo
derecho, ¿modifica sustancialmente en alguna medida la situación del Continente austral frente al
Derecho Internacional contemporáneo? ¿Supone el establecimiento de reglas aplicables para el
futuro a todos los Estados? ¿Contiene un "congelamiento" de las posiciones y el germen de algún
tipo de "internacionalización" ya definitivo?
El análisis de las disposiciones del Tratado, el marco político en que se obtuvo la finalidad
perseguida por el mismo y las características intrínsecas del texto, nos conducen a una respuesta
negativa para todas y cada una de las intervinientes anteriores. Un mero análisis del Tratado de
Washington comprobará las afirmaciones formuladas.
El Tratado procura lograr una base de acuerdo que permita la regulación y el ejercicio de ciertas
actividades cuya realización en la Antártida resultan de interés común: el uso pacífico del
Continente y la cooperación científica en las actividades que en él se realicen.(52) Para lograr
este propósito se procura excluir del acuerdo los puntos conflictivos, propiciando una distensión
que permita una base común de coincidencia sin perjudicar las posiciones contrapuestas que las
partes defienden en otros aspectos de su política en relación con la Antártida, para lo cual se
recurre a la técnica del congelamiento. (53)
El origen de las discrepancias entre los Estados partes del acuerdo se originaba primordialmente
en las reclamaciones de derechos exclusivos sobre ciertos sectores de la Antártida que hacen
algunos Estados y que son contestadas total o parcialmente por otros. Mediante la redacción dada
al Convenio y con la inclusión del artículo IV se procuró eliminar del Pacto esta fuente de
discusión, dejando fuera del acuerdo el problema de la adquisición de territorios en la zona y
procurando que el Convenio no perjudicara ni favoreciera la posición de ningún Estado. (54) Es
por ello que el Tratado, teniendo otro objetivo, no aporta elementos ni en favor, ni en contra de
ninguna de las posiciones expuestas supra en los numerales 1 a 3 de ese Capítulo, no pudiendo
esgrimirse sus disposiciones como fundamento de ninguna de las reclamaciones particulares de
soberanía, ni tampoco de la tesis de la ausencia total de derechos, que favorece la tendencia a la
internacionalización del territorio. Analizando el Tratado se llega fácilmente a esta conclusión.
El preámbulo y los artículos I, II, III y V del Convenio (55) inspirados en el principio de la
cooperación, podrían tomarse como base de la tesis que defendemos, afirmándose que de esas
disposiciones surgen argumentos para sostener: que los títulos tradicionales para adquirir
territorios no se aplican en la Antártida y que, para regular su situación, es necesario tener en
cuenta los principios originados en las nuevas tendencias del Derecho Internacional
contemporáneo. Pero la inclusión en el mismo acuerdo del texto del artículo IV, (56) claramente
inspirado en el principio del equilibrio y tendiente a mantener el "statu quo" antártico, hace
perder toda eficacia al argumento anterior.
A su vez el artículo IV tampoco menoscaba la tesis de la inexistencia de derechos estatales
exclusivos en la Antártida. Si bien la redacción del artículo parte del supuesto de que
teóricamente puede resultar posible la existencia de derechos o de reclamaciones de derechos
particulares de soberanía estatal en la Antártida, en definitiva su texto no afirma ni niega, aunque
lo suponga, la existencia de tales derechos establecidos o la posibilidad de establecerlos, ni, en su
caso, la extensión de los mismos. (57) En efecto, la redacción del artículo IV se limita a reseñar,
recalcar y aceptar la constatación de ciertos hechos y trata de regularlos armónicamente, sin
avalar ni negar la legitimidad de los mismos. De tal texto se desprenden: a) la existencia de un
territorio —la Antártida— respecto al cual no resulta claro la procedencia o no de despliegues de
soberanía estatal exclusivos; b) la existencia de distintas reclamaciones y pretensiones
particulares de soberanía, las que se fundan en diversos argumentos y las cuales, a veces,
geográficamente se superponen: c) la existencia de la posibilidad de que todas, varias o ninguna
de las posiciones en juego, resulten válidas y, por lo tanto, la posibilidad de recurrir a otros
principios, incluso muy recientes, pira determinar la situación jurídica del territorio del Continente
antártico; d) la existencia, derivada de tal estado de cosas, de perturbaciones y conflictos
potencialmente operantes para dificultar la cooperación internacional y el racional
aprovechamiento de la Antártida; ye) la necesidad de establecer un compás de espera en tanto
se arribe a una solución definitiva, con el propósito de evitar desavenencias y permitir que los
Estados y la Sociedad Internacional puedan actuar en el Continente helado sin problemas y con
ventajas.
Aunque los Estados que negociaron y ratificaron el Tratado —la mayoría de los cuales reclaman
derechos exclusivos en alguna porción de la Antártida— y los que posteriormente adhirieron a él,

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pretendieran otra cosa, el texto del Acuerdo no va más allá de lo expuesto supra (58) y, para el
resto de los Estados, el Tratado de Washington no significa nada más que un "congelamiento" de
la situación y un acuerdo para actuar sobre determinadas bases que presuponen ciertas
condiciones y que sólo resultan vinculatorias para los Estados partes, no siendo oponibles a los
demás para quienes son "res inter alios acta" y que no consagran una solución general o
definitiva.(59)

6) Conclusiones.

Del análisis efectuado con respecto al derecho consuetudinario y al derecho convencional relativo
a la Antártida, es posible extraer una serie de conclusiones con el propósito de establecer las
premisas básicas para determinar una serie de normas que configuren una solución moderna
jurídicamente admisible para regular la situación de los territorios del Continente helado. Puede
adelantarse desde ya que las mismas, en alguna medida, Configurarán un desarrollo progresivo
del Derecho Internacional, justificado por las especialísimas condiciones de la región y
respaldadas por las modernas orientaciones del Derecho Internacional que han sido aplicadas en
los últimos tiempos para la solución de problemáticas similares. En base a la exposición realizada
en los numerales precedentes, (60) pueden hacerse varias afirmaciones.
En primer lugar, puede afirmarse que respecto a la Antártida continental, no son de recibo
ninguno de los títulos tradicionales en materia de adquisición de territorios admitidos por el
derecho consuetudinario y, por lo tanto, que carecen de relevancia jurídica todos los argumentos
esgrimidos en su favor por los distintos Estados que reclaman derechos exclusivos de soberanía
sobre determinados sectores del Continente blanco. La aplicación de las normas consuetudinarias
en la materia debe de descartarse ya que, en la realidad, no se han configurado las exigencias
fácticas reclamadas por tales normas para reconocer derechos exclusivos de dominio territorial;
esto resulta así por cuanto, dadas las especiales condiciones físicas, geográficas y geológicas de
la Antártida continental —que no admiten hasta el presente el establecimiento de poblaciones
permanentes, asentadas y con posibilidades de desarrollo, no se han concretado las exigencias
que el derecho consuetudinario clásico impone en estos casos.(61)
En segundo lugar, debe decirse que, por no resistir el más somero análisis lógico-jurídico, debe
descartarse la pretensión de adecuar las exigencias establecidas por los títulos consuetudinarios
clásicos de adquisición de territorios a las condiciones de hecho imperantes en la Antártida.
Admitirlas significaría desnaturalizar aquellos títulos y aceptar mediante una interpretación
extensiva y analógica, que no corresponde, otros métodos de adquirir territorio totalmente
novedosos, no respaldados por antecedentes consuetudinarios ni convencionales y que modifican
radicalmente los criterios admitidos hasta ahora so pretexto de aplicarlos.(62)
En tercer lugar, debemos sostener que tampoco pueden fundarse las pretensiones de derechos
exclusivos de dominio territorial sobre cualquier sector de la Antártida continental en ninguna
convención de alcance particular o general. Existen acuerdos particulares por los cuales los
Estados con pretensiones territoriales en la Antártida se reconocen mutuamente la extensión y el
límite de las áreas que reclaman. Es evidente que este tipo de acuerdos no puede fundar ninguna
reclamación más allá de las obligaciones que cree para las partes contratantes; afirmación esta
que no exige ningún otro comentario. Por otra parte, la convención multilateral más importante
en relación con el problema del ejercicio de soberanía en el Continente helado, el Tratado de
Washington de 1959, tampoco aporta elementos para fundar tales pretensiones: porque sólo
agrupa a un limitado número de Potencias a las que obliga por su carácter de "res inter alios
acta"; porque sus disposiciones no pueden extenderse a terceros Estados fuera del estricto marco
contractual y toda pretensión que al respecto tengan los Estados partes, se invalida por el hecho
de que, los miembros originarios, se seleccionaron no por razones de derecho o equidad sino
recurriendo a criterios fáctico-políticos y la admisión de nuevos miembros tiene carácter
discriminatorio; y porque, en definitiva, el contenido dispositivo del Tratado, no respalda ni niega
las reivindicaciones particulares, limitándose a admitir la existencia de pretensiones y
reclamaciones de esta naturaleza y a brindar normas tendientes a superar transitoriamente los
problemas que ellas crean para permitir la cooperación, sin excluir tampoco la posibilidad de otras
soluciones, entre éstas la de internacionalizar el territorio.(63)
En cuarto lugar, cabe concluir que, en estas circunstancias, ante una situación de hecho diferente
tal como es la de la Antártida, resulta pertinente la aplicación de soluciones jurídicas que se
adecúen a su especificidad y que, respetando las normas y principios vigentes en cuanto los
mismos sean aplicables, den especial relevancia a los principies y orientaciones nacidos en el
Derecho Internacional contemporáneo para ser aplicados a la solución de situaciones que

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plantean una problemática fáctico-político-jurídica con repercusiones económicas, estratégicas y
de comunicación, muy similares a las que se dan en el Continente antártico (64)
Sobre estas premisas, concluyéndose en que el territorio continental de la Antártida no ha sido
adquirido total ni parcialmente por Estado alguno, para resolver su situación resulta pertinente
sostener una solución que encuadre dentro del conjunto de normas, principios y tendencias del
Derecho Internacional general contemporáneo: la utilización y aprovechamiento conjunto de las
zonas que presentan características similares a las del Continente helado.
En este marco resulta congruente aplicar a la Antártida continental el principio que ha
desarrollado el Derecho Internacional contemporáneo con el fin de regular el ejercicio de
derechos, la actividad de los Estados, el uso y los aprovechamientos en zonas no pertenecientes a
la soberanía exclusiva de ningún Estado, no habitables en las actuales condiciones científicas y
tecnológicas y de exclusivo valor estratégico, comercial o económico. Para estos casos la
Sociedad Internacional contemporánea ha estado de acuerdo en el establecimiento de normas
que permitan la exploración, la utilización, la administración y el aprovechamiento pacífico y
conjunto de tales lugares. Esta es la solución a que se ha arribado con respecto al espacio
ultraterrestre, la luna y otros cuerpos celestes (65) y con relación a los fondos marinos y
oceánicos y su subsuelo, fuera de los límites de la jurisdicción nacional y a los recursos de la
zona.(66) Estas zonas han sido declaradas en ambos casos patrimonio común de la Humanidad;
se ha prohibido en ellas la apropiación por medio alguno y las reivindicaciones de soberanía a
título particular; y se ha reglamentado su exploración, utilización y explotación, para fines
pacíficos, en forma coordinada y en interés común, según las pautas de una deseada —o al
menos proclamada— política de cooperación internacional. El Continente antártico está en
condiciones físicas similares a las de estas zonas, por lo que puede sostenerse a su respecto la
aplicación de un régimen jurídico también similar, que lo libere de las apetencias estatales
particulares y lo someta a una regulación normativa que, internacionalizándolo, permita su uso
pacífico, su aprovechamiento racional y su utilización conjunta.

7) La internacionalización.

La internacionalización de países, territorios u otros espacios, así como su desnuclearización o
neutralización, han sido utilizados como instrumentos dentro del esquema de la política de poder,
ya sea con el propósito de mantener o al menos de no alterar cierto "statu quo" de equilibrio
generalmente satisfactorio, ya sea con el fin de excluir ciertas zonas de la competencia por su
dominio o influencia, cuando tal competencia resultaba —a las grandes Potencias— muy gravosa
o en extremo peligrosa y propicia para desencadenar una crisis no deseada (67)
Un esquema más desarrollado de la internacionalización lo constituye la declaración de que
ciertas zonas y sus recursos se consideran "patrimonio común de la Humanidad" y que las
mismas deben regularse, explorarse y explotarse en conjunto y en beneficio de todos. Si bien en
este tipo de solución aparecen con más nitidez los conceptos que responden al principio de la
cooperación internacional, no por ello dejan, necesariamente, de poder ser, en última instancia,
un recurso de la política de poder disfrazada bajo el manto de la internacionalización. También en
este supuesto, (68) la constitución de un "patrimonio común" puede conducir al mantenimiento
fie una determinada ecuación de poder, tendiente a conservar el "statu quo" y la preeminencia de
las Potencias mayores. Estas, en definitiva, por su propio poder mantendrán —en conjunto o en
precaria coincidencia— el dominio sobre la reglamentación, la exploración, la utilización y la
explotación de esa zona, sin tener que competir entre sí por su dominio o por la influencia
exclusiva y excluyente sobre toda ella o sobre algunos sectores. En ciertas condiciones esta
situación puede resultar muy peligrosa y precipitar una crisis que las Potencias mayores no
desean, incluso por temor de que, de producirse, las lleve al riesgo de perder su calidad de
Potencias rectoras.
Por último, en una posibilidad de más difícil producción fáctica, la inter-nacionalización o la
declaración de patrimonio común respecto de una zona puede también responder a una electiva
política de cooperación o, aún dentro de un esquema de política de poder, tender no a la
conservación del "statu quo" favorable a las Potencias mayores, sino a su modificación en
beneficio de las Potencias medianas o menores de tal manera que éstas, acrecentando su
ecuación de poder o limitando el aumento de poder de las Potencias mayores, disminuyan las
distancias a su respecto.
Para optar por cualquier tipo de internacionalización en la Antártida, (69) deben de tomarse en
cuenta estas consideraciones y sus distintas repercusiones político-internacionales.

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8) La internacionalización de la Antártida.

Descartada toda posibilidad de que los territorios Continentales antárticos puedan ser reclamados
para la soberanía exclusiva de los Estados en base a los títulos y modos tradicionales de
adquisición de territorios recogidos en el Derecho Internacional consuetudinario, comprobada la
inconveniencia de fondo y las dificultades prácticas que existen para admitir o crear en el Derecho
Internacional nuevos títulos y modos de adquisición de territorios que se "adapten" a las
especiales condiciones del Continente helado y que se apliquen sólo a él; constatado que respecto
a la Antártida no existen normas convencionales generales que sienten un criterio que obligue a
todos los Estados respecto a la atribución de los territorios en el Continente austral, resulta no
sólo posible sino también altamente conveniente pensar en !a internacionalización de la zona o en
declararla patrimonio común. Cualquiera de estas soluciones exigen tomar en cuenta los fines que
se persiguen con tales medidas y cuáles serán sus consecuencias al insertarlas en alguno de los
distintos esquemas estructurales a través de los cuales se pueden desarrollar las relaciones
internacionales. (70) Analicemos estas posibilidades.
En primer lugar, cabría internacionalizar la Antártida sobre la base de un auténtico y honesto
propósito de cooperación y para poner en práctica en ella las consecuencias que resultan de la
aplicación de este principio estructural en las relaciones internacionales. Basta mencionar esta
posibilidad sin profundizar en su análisis, porque no consideramos que en el actual momento
histórico esta solución, aunque deseable doctrinariamente, resalte viable en la práctica. La
estructura societaria dentro de la cual han jugado hasta hoy las relaciones internacionales y
dentro de la cual, presumiblemente, continúen jugando a nivel general por algún tiempo, impide
la concreción de soluciones cooperarias. Estas requieren la existencia de una comunidad
internacional, o sea de un conjunto de diferentes Estados que, sin perjuicio de mantener su
individualidad, posean intereses y objetivos comunes hacia los cuales tiendan grupal y
mancomunadamente, por considerarlos vitales para la subsistencia de la comunidad y de cada
uno de sus miembros y a los cuales cada uno de éstos está dispuesto a dar primacía, aún sobre
otros objetivos particulares muy importantes desde su punto de vista. (71)
Una segunda opción que puede manejarse y que resulta de mayor actualidad dentro de un
enfoque realista de la política internacional, consiste en considerar la posibilidad de
internacionalizar la Antártida en un marco de política de poder o de equilibrio de poder, propio de
las relaciones internacionales contemporáneas. Si es que se quiere esto, la solución que puede
contar con mayores posibilidades de aceptación, consistiría en declararla "patrimonio común de la
Humanidad" y establecer en ella un sistema de regulación jurídica, de exploración, de utilización,
de explotación y de aprovechamiento de sus recursos, similar a los ya adoptados para el espacio
exterior o para los fondos marítimos y oceánicos y su subsuelo. Este tipo de internacionalización,
en principio, permitiría participar a todos los Estados en el manejo de la problemática antártica y
las ventajas y riquezas de esta región se aprovecharían en común y proporcionalmente a los
esfuerzos realizados y a las necesidades demostradas. Esta solución podría alcanzarse si la
regulación normativa y su puesta en práctica tienen una finalidad cooperaría y responden al
deseo de atemperar algunas de las más graves consecuencias de la política de poder. (72) Pero
dadas las condicionales actuales, (73) la simple declaración respecto a la Antártida de patrimonio
común de la Humanidad, que aparentemente se inscribe dentro de un esquema de cooperación,
en las actuales circunstancias de las relaciones internacionales, habida cuenta de la capacidad
tecnológica y económica de los distintos Estados y atendiendo a experiencias anteriores, (74) es
muy probable que sólo responda en realidad al juego del principio del equilibrio de poder, aunque
enmascarado. Dentro de este esquema de política de poder "disfrazada", la constitución de la
Antártida en un patrimonio común de toda la Humanidad, en el cual participen por igual los países
insuficientemente desarrollados y las grandes potencias económicas y tecnológicas, conducirá al
mantenimiento de una determinada ecuación de poder, la existente y al mantenimiento del "statu
quo". (75)
Pero, además, tal declaración ¿si instrumentada, aumentará proporcionalmente la ecuación de
poder de las grandes potencias en detrimento de los países insuficientemente desarrollados y
esto es así por cuanto mediante la declaración de "patrimonio común de toda la Humanidad" se
daría participación en la cuestión antártica a las primeras y segundas potencias del mundo actual,
todas ellas situadas en el Hemisferio norte, en tanto que el reparto de los beneficios del Ártico se
ha realizado con la participación exclusiva de algunos países nórdicos —entre los cuales se
cuentan las más grandes potencias contemporáneas— y sin dar ninguna participación a los países
del Hemisferio sur, todos ellos calificados como potencias menores y, en general,
insuficientemente desarrollados.

Hebert Vignali, Roberto Puceiro Ripoll, Belter Garré Copello

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Dentro de una concepción de la política internacional contemporánea que, procurando ser realista
no deje de lado la cuota de imaginación y optimismo necesario para lograr un desarrollo evolutivo
y positivo de la política, las relaciones y el Derecho Internacional, cabe sostener la posibilidad de
proponer un esquema distinto para la internacionalización del Continente austral. Esta fórmula,
que entendemos la más justa y a la cual adherimos, consistiría en organizar un condominio
antártico en beneficio de un número limitado de Estados que pudieran fundar la prioridad de sus
expectativas en una particular situación común o en otros antecedentes que la justifiquen,
diferenciándolos de los demás países. Con una fórmula de este tipo se evitaría caer en un
teoricismo irreal que pretendiera la viabilidad de la puesta en práctica de una auténtica política
cooperaría en un asunto que afecta algunos de los más importantes problemas vitales de los
Estados; se lograría también no sucumbir ante la fácil tentación de un esquema de poder
absoluto que, desconociendo o distorsionando el derecho vigente atribuye derechos exclusivos de
soberanía a algunos Estados en la Antártida ; se eludiría por otra parte el encubrir una política de
poder disfrazada que pretendiendo atribuir derechos a todos reservara la porción más importante
de las ventajas a los beneficiarios de siempre; y se intentaría lograr una redistribución más justa
de las riquezas del Planeta atendiendo a quienes no poseen el poder suficiente para sostener e
imponer sus justas reclamaciones, por haber perdido o hipotecado sus recursos en beneficio y por
imposición de quienes ahora detentan la mayor cuota de poder. Pero resulta claro que, en esta
tesitura, el problema se traslada a determinar quiénes integrarían el referido grupo. Hasta la
determinación de la existencia de un patrimonio común limitado respecto a la Antártida, la
solución y su línea argumental resultan estrictamente jurídicas, pero se deriva hacia la opción
política desde el momento en que se intenta determinar qué grupo de Estados deben participar
de los beneficios de ese condominio para que la solución responda a criterios de justicia y equidad
y no a elementos fácticos cuando no a la mera gravitación de la fuerza.
Desde este punto de vista no existe razón alguna que permita afirmar que tal grupo de Estados
deba de estar integrado por el conjunto de países que actualmente reclaman derechos de
soberanía exclusiva sobre determinados sectores geográficos de la Antártida (76) o por aquellos,
además, que sin reclamar derechos de soberanía a título exclusivo, reservan los eventuales
derechos que les pueden corresponder y alegan poseer intereses en la región; (77) o por el
conjunto de países genéricamente interesados en la Antártida; (78) o por aquellos Estados que
en la actualidad han ratificado o adherido al Tratado de Washington de 1959 o que poseen o
lleguen a poseer la calidad de miembros activos del mismo, según sus disposiciones. (79)
Los países que reclaman soberanía, reservan derechos o afirman poseer intereses especiales en
el Continente austral, al no estar respaldadas sus pretensiones en el Derecho Internacional
vigente,(80) sólo podrán fundar sus pretensiones de obtener para sí un condominio antártico, en
el interés demostrado en el Continente helado y en los esfuerzos realizados para su exploración y
explotación. Para rechazar una eventual pretensión de estos Estados debe tenerse en cuenta que
los argumentos que pueden esgrimir en su favor no se originan en situaciones objetivas sino, la
mayoría de las veces, en situaciones creadas ficticiamente, ya que el interés por ellos demostrado
no excluye que otros países también los tuvieran en la Antártida aunque carecieran del poder o
de las oportunidades adecuadas para demostrarlo en determinada forma; sin olvidar que en
ciertas ocasiones, las propias Potencias a que nos referimos evitaron el ingreso de nuevos socios
en la zona. Claro que los esfuerzos por ellas realizados en la Antártida para su exploración,
investigación y aprovechamiento, en la medida en que los mismos no hayan sido ya compensados
por los frutos (científicos, estratégicos, económicos, etc.) extraídos de la región por los Estados
que en ella han actuado y sean excluidos del condominio, deberán ser resarcidos de alguna
manera, pero no dándole a tales países, merced a una dinámica autogenerada por ellos, el
dominio particular, común o compartido sobre la zona.(81)
Los países signatarios o adherentes del Tratado de Washington de 1959 y los socios activos del
Club Antártico creado por el mismo, tampoco cuentan con el respaldo de un acuerdo aplicable a la
generalidad de los Estados (82) y la sola pertenencia al acuerdo restringido no puede otorgarles
ninguna ventaja que no resulte auto distribuido. Además, su pretensión de obtener un
condominio restringido a ellos en la Antártida, contraría el principio de igualdad de oportunidades
y de descolonización, porque otorgaría un derecho por el mero hecho de haber llegado antes, lo
que ciertos Estados pudieron hacer a impulsos del puro hecho, sin preocuparse por planteos
jurídicos o de equidad y por tener las posibilidades económicas y tecnológicas capaces de
conducirles al "fait acomplie", de lo cual carecen otros países tanto más interesados en la
Antártida que ellos, por lo cual no han podido ingresar al Tratado o al menos, adquirir la calidad
de socios activos.

Hebert Vignali, Roberto Puceiro Ripoll, Belter Garré Copello

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Antártida, el Continente de los más para los menos

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En conclusión, respecto de estos dos posibles grupos, cabe afirmar que, si sus títulos fueran
válidos habría que reconocerles los derechos exclusivos que reclaman o admitir la pretensión de
un condominio antártico en su beneficio, pero como no lo son (83) es que precisamente resulta
posible sostener la tesis de la internacionalización y, dentro de ella, no es posible dar a estos
grupos ninguna preferencia basada tan sólo en sus meras pretensiones sin ningún otro elemento
(salvo el de disponer del capital y la tecnología que les ha permitido llegar antes al lugar), que
refuerce la prevalencia del conjunto.
Creemos que para llegar a una solución correcta acerca de los Estados que deben beneficiarse
con un condominio antártico debe atenderse, más que a la carencia de derechos de grupos como
los señalados,(84) a la justicia de atribuir esos beneficios a otros conjuntos tales como el eme
señalaremos a continuación.
Para lograr una solución jurídicamente correcta, lógicamente aceptable y políticamente justa
dentro de un esquema de política de poder, en el cual se tendería a modificar parcialmente el
"statu quo" disminuyendo la abismal diferencia de poder que existe entre los pequeños países del
Hemisferio sur y las grandes potencias del Hemisferio norte, que en buena medida y desde hace
siglos han aprovechado en su beneficio de las riquezas y esfuerzos producidos en las latitudes
australes, corresponde propugnar por una internacionalización de la Antártida que la declare
"patrimonio común de todos los Estados del Hemisferio Sur" o de todos los Estados del Hemisferio
Sur cayos lirones puedan ser comprendidos en proyecciones que terminen en el polo. (85)
Declarar la Antártida patrimonio común de los Estados australes y darles prioridad a éstos para
realizar su aprovechamiento conjunto y en beneficio de todos los Estados del Hemisferio sur, se
justifica, en un planteo de desarrollo progresivo del Derecho Internacional, por la continuidad, la
contigüidad y la mayor proximidad de estos Estados respecto del Continente helado, argumento
que no bastaría por sí solo, pero al que se le agregan otros dentro de un esquema de distribución
del poder. Los Estados del Hemisferio sur son, en general, países insuficientemente desarrollados,
lo que avalaría la decisión de acordarles derechos preferentes en un Continente cica primordial
importancia es de carácter económico, que está situado en su propio Hemisferio y que no ha sido
aún colonizado por ningún país de su Hemisferio ni del Hemisferio norte. La atribución de estos
derechos constituiría una justificada compensación por tantos aprovechamientos de sus recursos
sufridos para beneficio de la ecuación de poder de otros Estados (frecuentemente grandes
Potencias del Hemisferio norte) y disminuiría, a la vez, las diferencias de la distribución de poder
en el mundo, aunque sin alterarla sustancialmente; además esta solución repetiría parcialmente
la tendencia evidenciada en el antecedente configurado por los arreglos que llevaron a la
distribución de soberanía en el Ártico, realizada exclusivamente en beneficio de los Estados del
Hemisferio norte. (86)
La prioridad para el aprovechamiento conjunto en beneficio de todos los Estados del Hemisferio
sur cuyos litorales puedan ser comprendidos en límites cuyas proyecciones terminen en el polo
sur, se justificaría por las mismas razones ya expuestas, pudiendo agregarse a ellas el
enfrentamiento de las costas de estos Estados con el Continente antártico. Pero nos inclinamos
por la primera posición pues la segunda supone una restricción que excluye de los beneficios que
brindaría la Antártida a países con similares o mayores necesidades que los que de ellas
aprovecharían, lo que no dejaría de ser un modo de operar similar al de las potencias del
Hemisferio norte, "modus operandi" basado en el poder, injusta y secularmente sufrido por los
países del Hemisferio sur y que, por ello, éstos deben de rechazar como cuestión de principio.
Cabe agregar que, en una u otra de estas dos últimas alternativas, la atribución debería ser en
condominio, realizándose los aprovechamientos en conjunto por todos los Estados participantes,
por cuanto el utilizar los argumentos que sostenemos a lo largo de esta tesis para atribuir
derechos de soberanía exclusiva a todos o algunos Estados del Hemisferio sur en determinadas
áreas de la Antártida, conduciría a sostener la teoría del sector utilizada en el polo norte, u otra
similar, cuya aplicación hemos rechazado oportunamente; (87) por otra parte, tal variante a la
solución, no coincidiría con el fundamento doctrinal de la atribución de un patrimonio común de
los Estados australes.

Notas al Capítulo II

17) Scott, en American Journal of International Law —1909—; BalcH, ''Las regiones Ártica y Antártica y el Derecho
Internacional" en A.J.I.L —1910—; FAU-CHILLE, "Tratado", ed. 1925, libro I, parte II; GIDEL, "Aspectos jurídicos de la lucha
por la Antártida". Dentro de este grupo de autores algunos sostienen la conveniencia de la internacionalización del Continente
y de su exploración y explotación dentro del plano de la cooperación.

Hebert Vignali, Roberto Puceiro Ripoll, Belter Garré Copello

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Antártida, el Continente de los más para los menos

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18 ) Cabe afirmar que, en gran medida, la mayoría de estas discrepancias agrupan a los autores por su nacionalidad y
responden más al interés de defender una tesis determinada que a razones estrictamente científicas.

19 ) Algunos autores, como por ejemplo Juan C. Puig en "La Antártida argentina", adoptando un punto de partida distinto
arriban a una solución similar. Comienzan negando la posibilidad de aplicar los modos tradicionales de adquisición de
territorios a la situación de la Antártida. De ahí concluyen en que resulta pertinente que la doctrina, la legislación y la práctica
de los Estados colmen este vacío creando nuevas normas aplicables a la situación del Continente helado. Pero en muchos
casos el razonamiento lógico se quiebra luego al proponer las conclusiones, pues en lugar de sostener una solución especial y
distinta para regular una situación también especial y distinta, concluyen admitiendo la aplicación en la Antártida de los
modos tradicionales de adquisición de territorios, aunque atemperan sus exigencias. En realidad, con esto, sólo se procura
legitimar las pretensiones de determinados Estados que reivindican soberanía exclusiva en algunos sectores de la Antártida.

20) El estudio del Tratado de Washington y de sus antecedentes, se efectuará infra en los Capítulos VII y VIII. Las posiciones
de los Estados que reivindican soberanía a título particular o que reservan sus eventuales derechos, se expondrá infra en los
capítulos IV y V. Exposiciones doctrinarias respecto a estas tesis pueden verse en las obras citadas en las notas 10, 11, 12,
14. 17 y 19, así como en: Eduardo Jiménez de Arechaga, "Curso de Derecho Internacional Público", tomo II, pág. 391;
Lakhttine, W- en American Journal of International Law (AJIL), tomo 24 —1930— pág. 703; Reclamación de la Corona
noruega, en AJIL, tomo 34 —1940— pág. 83; Alder, Robert C-, en AJIL, tomo 41 —1947— pág. 656; Lissitzyn, C. J. en AJIL,
tomo 53 •—1959— pág. 126; Simsarian, .lames, en AJIL, tomo 60 —1966— pág. 502; Hambro, Edward, en AJIL, tomo 68 —
1974— pág. 27; Simmonds, K. R. en Journal du Droit International —1960—; R. J. Duptjy, "El estatuto de la Antártida", en
Annuaire Françoise du Droit International —1958—; Lauterfacht, en The British Yearbook of International Law, tomo 27 —
1950— pp- 424 a 431: Reeves, J. S., "George V. Land", en AJIL, tomo 28 —1934— pág. 117; Hayton, Robert en AJIL, tomo
54 —1960— pág. 349: Thoma, Peter, en AJIL —1956—; etc

21) Posición de Scott, Balch, Fauchille, Gidel, etc.

22 ) Alejandro Álvarez, "Le droit International Américain", París 1910.

23) A. Álvarez, op. cit. en nota 22, pp. 14 y 15. Este autor insiste a lo largo de toda su argumentación en dos ideas que
interesan al propósito de este trabajo: la existencia de un Derecho Internacional americano, es decir, de reglas de Derecho
Internacional creadas por la práctica americana o comunes al Derecho Internacional general, pero modificadas y adecuadas
por dicha práctica; y el reconocimiento de la existencia de un régimen particular de ocupación de territorios aplicable en
América y que se extiende a las zonas polares, en especial a la Antártida. Como indicativo de esta posición transcribiremos
algunos párrafos de la obra de Alejandro Álvarez, quien afirma: “Los Estados latinoamericanos poseen un mismo origen;
constituyen una gran familia, nacidos, como los Estados Unidos, en forma conjunta y casi simultánea a la vida
independiente”. (Este conjunto de circunstancias determinan que ) “En lo que respecta al Derecho Internacional los nuevos
Estados, cuando estén dadas las condiciones y las corrientes de ideas en las cuales ellos han nacido a la vida política,
proclamarán y procurarán aplicar principios que, en Europa, en esa época, no han salido del ámbito de las aspiraciones o de
la doctrina de los publicistas. Es posible, por otra parte, para estos Estados regular de manera uniforme por convenciones, las
cuestiones que interesan sólo a los Estados americanos o sólo al grupo latinoamericano o las cuestiones de interés universal
respecto a las cuales no se haya concretado todavía un acuerdo general entre las naciones del mundo. Muchas situaciones
internacionales, frecuentes en Europa, no se dan en el Continente americano. En fin, los Estados de América poseen, en
ciertas materias, doctrinas y "prácticas diferentes de la de los países europeos". (Op. cit., pp 18 y 19).

"Todas estas ideas marcan las diferencias que existían en las relaciones exteriores del Nuevo y del Viejo Mundo dentro de
esta comunidad, los Estados de América han fijado para todos, en su política exterior, ciertos principios contrarios a aquellos
que dominaban en Europa. Es así como ellos han echado las " bases de lo que puede llamarse el Derecho Internacional
Americano". (Op- cit., pág. 40).

"El Derecho Internacional ha nacido y se ha desarrollado en Europa; hecho por las situaciones que existieron; él es el
resultado del genio europeo; él no es aplicable más que a los países cristianos de civilización europea. En ese sentido las
expresiones 'Derecho Internacional', 'Derecho Internacional europeo' y 'Derecho Internacional general', resultan
sinónimos...". (Pero existen otros sistemas de Derecho Internacional que atienden a las necesidades y realidades de otros
continentes). No se trata de establecer dos o más Derechos Internacionales contrarios, sino solamente de corregir dentro del
Derecho Internacional actual, el dogma del absolutismo y de la universalidad de todas las reglas que le constituyen. Se trata
solamente de completar mediante, el estudio de problemas nuevos o de situaciones hasta ahora desconocidas o poco
conocidas; de hacer que la ciencia del Derecho Internacional tome en consideración, como es conveniente, la realidad de la
vida de los Estados. Cuando la civilización y las necesidades de los pueblos sean las mismas para todos, solamente entonces
se podrá pretender la universalidad de todas las reglas del Derecho Internacional”. (Op- cit. pp. 265 y 206).

Álvarez señala como contribuciones de América al Derecho Internacional, entre otras: la peculiar manera de solucionar en
este continente los problemas de límites (el 'utti posidettia juris'); las reglas sobre libre navegación en los ríos; las normas
internacionales respecto a las consecuencias de las guerras civiles; el instituto del asilo político; el enfoque cooperario de las
relaciones interamericanas; la especial vocación hacia la solución pacífica de controversias; y el principio de no intervención
que vincula con la Doctrina Monroe: en este aspecto y relacionado con la ocupación de territorios dice:

“Se trata de saber si la Doctrina Monroe (en cuanto a no admitir la existencia de territorios vacantes en América y oponerse
al ejercicio de soberanía por Estados extra continentales en base al título ocupación), se aplica al continente americano
considerado en sentido político (sólo los Estados independientes en 1823), o en sentido geográfico más amplio (toda la masa
del Continente americano, las islas adyacentes y las zonas polares). La cuestión no está definida. En cuanto a los territorios
polares, resulta claro que en la época del mensaje de Monroe nadie se interesaba por ellos; pero hoy (1910) ellos han
adquirido una importancia política, y económica considerable y deberá decidirse si la Doctrina Monroe, debe extenderse
también a ellos. La cuestión tiene consecuencias importantes. Si la doctrina debe extenderse a las zonas polares, la cuestión
que naturalmente se planteará será la de saber cuáles Estados de América podrán convertirse en soberanos. ¿Serán les
primeros ocupantes, o bien habrá de reservarse "un derecho de preferencia para los Estados más próximos y en qué
medida?". Op. cit-, pp. 143 a 145).

Es por ello que el autor incluye entre los “Problemas internacionales de especial interés para el Continente americano” la
“Condición internacional de las tierras e islas polares en la zona americana del continente antártico; el determinar hasta qué
punto pueden ellas ser adquiridas por ocupación, o ser el objeto de zonas de influencia por parte de los Estados europeos o
americanos". (Op. cit. pp. 271 y 272).

24 ) Ver infra, Nº 3 de este Capítulo.

Hebert Vignali, Roberto Puceiro Ripoll, Belter Garré Copello

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Antártida, el Continente de los más para los menos

Publicado en 1979

25) Ver supra Capítulo I e infra Capítulo X

26 ) Entre las múltiples normas de "jus cogens" que informan al Derecho Internacional contemporáneo, sólo señalamos
algunas de aquellas que revisten mayor interés para la consideración del problema que tratamos.

27) Especialmente las referidas a los sectores del Derecho Internacional: —como este de la regulación de los modos de
adquirir territorios— en los cuales la mayoría de los Estados actuales no participaron en la creación de sus reglas y sólo las
aceptaron por imposición o libremente, después, cuando ellos arribaron a la vida independiente.

(28) En general europea o extraeuropea pero repetidora de los lineamientos y argumentos de aquélla.

29) Cabría no obstante plantearse al respecto la cuestión de si los argumentos aducidos por las Potencias que reclaman
sectores de soberanía exclusiva en la Antártida, se funden en normas consuetudinarias aplicables a la adquisición de
territorios en general según lo que resulta de la efectiva práctica de los Estados o si estos criterios se toman como normas
consuetudinarias sólo porque la doctrina acostumbra aceptarlo así. La cuestión está fuera del propósito de este trabajo,
aunque resulta predecible que un análisis riguroso de la doctrina clásica podría llevar al rechazo de algunas de las normas
aceptadas como de fuente consuetudinaria

30 ) Tales los casos de Palmas, Clipperton, Groenlandia Oriental y en cierta medida el del ex-Sahara español.

31) No se trata entonces de una zona donde el elemento humano importe en medida gravitante, sino de espacios carentes de
población donde interesan más las enormes riquezas ex sientes o las ventajas estratégicas, comerciales o científicas que la
zona pueda brindar a sus poseedores.

32 ) Al incluir e! "descubrimiento" entre los modos do adquirir territorio, se clarifica la característica que señalamos supra,
respecto al origen y a la naturaleza de los modos tradicionales de adquisición de territorios. Quienes "descubren" un mundo
desconocido (el Atlántico, América, la costa africana, el Pacífico, las islas de Oceanía, India, Malasia, Polinesia, el Lejano
Oriente) son los europeos y, a través de su práctica, ellos se crean un sistema jurídico para repartir y administrar esa "nueva"
comarca.

33 ) El texto del fallo puede verse en Briggs. Law of Nations, pág- 239.

34) Respecto a la Antártida estarían en este caso, por ejemplo, Argentina y Chile herederos de España, así como Australia y
Nueva Zelandia con relación a Gran Bretaña.

35 ) El texto del fallo puede verse en Briggs, op. cit. en nota 33, pág. 249 y ss.

36) Ver infra, Capítulo III, Nos. 1 y 2.

37 ) Ver infra, Capítulo IV, Nos. 1, 5, 6, y 7. Aunque no se mencionan en el texto (Capítulo IV, Nos. 3, 4, y 5) también
recurren a esta teoría Australia, Francia y Nueva Zelandia.

(38) Eduardo Jiménez de Arechaga, Curso de Derecho Internacional Público, Tomo II, Montevideo 1958.

39) Sin perjuicio de esto debe afirmarse que la teoría del sector no puede aceptarse como principio general y que no admite
un análisis jurídico riguroso que permita considerarla fundamento de título territorial. Tal criterio ha sido aceptado por muy
pocos Estados e impugnado por otros, por lo que no constituye una norma consuetudinaria. En definitiva la teoría del sector
sólo puede aplicarse en la Antártida como criterio delimitativo entre zonas reivindicadas en base a otros títulos y mediando el
acuerdo de los Estados interesados.

40 ) Ver infra, Capítulo V, numeral 10.

41) Corte Permanente de Justicia Internacional- Serie A-B, N? 53, pp. 22 y siguientes.

42 ) Ver supra, al comienzo de este mismo numeral, los argumentos que completan esta conclusión.

43) Ver infra, Capítulo VI.

44 ) Ver infra. Capítulo VII

45) Ver infra, Capítulo VIII, donde se hace el estudio pormenorizado del Acuerdo de Washington y el Capítulo IX donde se
exponen los resultados de las Reuniones Consultivas Antárticas celebradas en cumplimiento de sus disposiciones.

46 ) Las Potencias reivindicantes son: Argentina, Australia, Chile, Francia, Gran Bretaña, Noruega y Nueva Zelandia, cuyas
posiciones particulares pueden verse infra, en Capítulo IV, Nos. 1 al 7-

47 ) Estas Potencias son la U.R.SS, y los Estados Unidos de América, cuyas posiciones particulares pueden" verse infra, en
Capítulo IV, Nos- 8 y 9.

48) Estas Potencias interesadas pero no reclamantes son: Bélgica que sólo ha hecho reclamaciones privadas; Japón que
renunciara a todas sus reclamaciones por el Tratado de Paz de 1951; y Sud África que no formulaba reclamaciones. Las
posiciones particulares de estas potencias pueden verse infra, en Capítulo V, Nos. 1, 3, y 8-

49 ) El Tratado se estudia con mayor detenimiento, infra en el Capítulo VIII.

50) Ver supra, números 1, 2, y 3 de este Capítulo.

51 ) Ver supra Nº 4 de este Capítulo e infra Capítulo VII

52 ) Ver infra, Capítulo VIII, Nº 1 3, literales a y b.

53) Ver infra, Capítulo VIII, Nº 2 b.

54 ) Ver infra, Capítulo VIII, Nos. 2 b, 4 a y 4 e.

55) Ver infra, Capítulo VIII, Nº 3 a y b.

(56) Ver infra, Capítulo VIII, Nº 2 b.

Hebert Vignali, Roberto Puceiro Ripoll, Belter Garré Copello

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Antártida, el Continente de los más para los menos

Publicado en 1979

57 ) Por otra parte, en sentido inverso, cabe el mismo argumento formulado supra: la inclusión de los artículos I, II, III y V,
inspirados en el principio de la cooperación, hacen perder eficacia a los argumentos que pretendieran apoyar en el artículo IV
la posibilidad de sostener pretensiones de soberanía exclusiva.

58 ) El propósito de quienes acordaron el Tratado, así como el texto mismo del acuerdo, nos resultan claros en este sentido:
se procuró con él dejar de lado toda incidencia del mismo respecto a las pretensiones de soberanía a título particular con el
fin de permitir o facilitar ciertas operaciones en el territorio continental de la Antártida. Pero si tuviéramos que investigar las
motivaciones últimas de quienes consintieron en el acuerdo, se nos ocurre que éste constituye una manifestación del
convencimiento último que tienen los Estados participantes acerca de que sus pretendidos derechos de soberanía exclusiva
son, al menos, de muy difícil prueba. De lo contrario sólo les cabría haber adoptado dos actitudes lógicas: negarse a admitir
todo posible descaecimiento en la facultad de ejercer sus derechos de soberanía (ningún Estado permite "dudas",
"congelamientos" o "disminuciones" de ningún tipo respecto al ejercicio de sus poderes de soberanía en el ámbito territorial
definido como propio); o renunciar expresamente, en forma total o parcial, al ejercicio de tales derechos de soberanía, en
beneficio de instituciones supranacionales creadas para la efectiva puesta en práctica de una política de cooperación
internacional y a las que se dota de poderes especiales en procura de obtener el beneficio general del grupo.

(59) Ver infra, Capítulo VIII, Nº 4e, donde se comenta el alcance del Tratado de Washington respecto a terceros Estados, así
como el artículo IX del convenio donde se propone que las partes realicen los esfuerzos apropiados para que "nadie" ejecute
en la Antártida actividades contrarias a las dispuestas por el Tratado y las posiciones doctrinarias que comentan el alcance y
la interpretación de esta disposición. Además de estos comentarios que se harán infra, cabe afirmar que el Tratado de
Washington de 1959, no sólo no puede pretender un ámbito de aplicación que vaya más allá de la sujeción de los Estados
que en él consintieron por ratificación o por adhesión, sino que, por otra parte, algunas de sus disposiciones son de dudosa
aplicación ya que, en última instancia, ellas se opondrían a normas imperativas del Derecho Internacional ("jus cogens").

Un Tratado —excepción hecha de la Carta de las Naciones Unidas— no puede crear obligaciones para terceros Estados sin el
consentimiento expreso de éstos (artículos 34 a 38 de la Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados de 23 de
mayo de 1969- Ver Eduardo Jiménez de Aréchaga, Felipe H. Paolillo y Heber Arbuet Vignali, "Los Tratados: efectos,
interpretación y extinción", en Curso de Derecho Internacional Público, Tomo I, Montevideo 1975, Cap. III, Nº 3-1), razón por
la cual el acuerdo antártico, como todos los demás, resulta "res inter alios acta". Por otra parte debe considerarse el artículo
IX inc 2 del Tratado que establece la manera y los requisitos para que los nuevos Estados ingresen al acuerdo y adquieran los
derechos de participación en las actividades antárticas. Este articulo es claramente discriminatorio, no porque establezca
exigencias que no se piden a los miembros originarios —lo que sería lícito— sino porque, "ab inicio" y en forma definitiva
excluye a algunos Estados de toda posibilidad de participación activa en el Tratado al exigir a los Estados que quieran
participar que demuestren “...su interés en la Antártida mediante la realización en ella de investigaciones "científicas
importantes, como el establecimiento de una estación científica o el envío de una expedición científica…". Esta exigencia es
claramente discriminatoria al vincular la posibilidad de participación con el potencial económico y tecnológico del Estado y
determina la exclusión de los países insuficientemente desarrollados por el único hecho de su debilidad económica, porque
pueden tenerse —como en el caso del Uruguay— evidentes intereses en la Antártida y graves dificultades (por imposibilidad o
razones de prioridad) para ponerlos de manifiesto M la forma exigida por el Tratado. De ahí que en este aspecto, el Tratado
sea contrario a una norma internacional de "jus cogens", el principio de la igualdad jurídica de los Estados, lo que no sólo
anula la disposición sino que también invalida cualquier pretensión de extensión de los términos del acuerdo a otros sujetos
del Derecho Internacional que no participen del mismo (arts. 53 y 64 del Convenio de Viena sobre el Derecho de los Tratados
del 23 de mayo de 1969. Ver: Eduardo Jiménez de Arechaga, Felipe H. Paolillo y Heber Arbuet Vignali, "Los Tratados:
naturaleza y validez" y Roberto Puceiro Ripoll, "Las normas de 'jus cogens' en el campo del Derecho Internacional
contemporáneo"; ambos textos en Curso de De-iccho Internacional Público, Tomo I, Montevideo 1975, Capítulo III, Nos. 1-B
y 2-5).

60 ) Ver supra, Nos- 1 a 5 de este Capítulo.

61 ) Ver supra, Nos. 2 y 3 de este Capítulo.

62) Ver supra, Nos. 2 y 3 de este Capítulo. Los comentarios efectuados pueden aplicarse tanto a la corriente que sostiene la
base consuetudinaria para el procedimiento de adecuación de los modos tradicionales, como a los autores que admitiendo la
no procedencia del derecho consuetudinario, aceptan la adecuación de esos modos a la situación de la Antártida como
desarrollo progresivo del Derecho Internacional.

(63) Ver supra, N9 5 de este Capítulo.

64) Ver supra Nos. 2 y 5 de este Capítulo.

65 ) Tratado sobre los Principios que deben Regir las Actividades de los Estados en la Exploración y Utilización del Espacio
Ultraterrestre, incluso la Luna y otros Cuerpos Celestes, firmado en Washington, Londres y Moscú, el 27 de enero de 1967-

66) Declaración de Principios que Regulan los Fondos Marítimos y Oceánicos y su Subsuelo, Fuera de los Límites de la
Jurisdicción Nacional. Resolución Nº 2749 (XV) aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 17 de diciembre
de 1970.

67 ) Mediante el uso de estos instrumentos se procura sustraer un área geográfica de la lucha por el predominio entablado
por las Potencias en pugna y se recurre a ellos cuando las fuerzas de estas Potencias resultan equilibradas y el dominio del
área neutralizada, internacionalizada o desnuclearizada, pueda desnivelar la balanza en favor de quien la obtenga o cuando la
importancia del área no justifica los riesgos que puedan correrse para obtenerla ni permite que se ceda sin peligro a otras
potencias. Ver: Heber Arbuet Vignali y Felipe H- Paolillo, Curso de Historia de los Tratados, Tomo I, Montevideo 1975, Cap 1,
5 b.

68) Que en ciertos casos y circunstancias puede constituir un verdadero instituto instrumental de una política de cooperación:
cuando el "patrimonio común" constituya una zona a la que todos o nadie tiene mejores derechos, cuando se administre
efectivamente por toda la comunidad, teniendo en su administración influencia proporcional todos los países, cuando se
estructure su explotación y el reparto de sus beneficios en forma tal de no reducirla a una igualdad teórica, sino que ésta sea
también efectiva en los hechos; etc.

69) O también en el caso en que se declarara "patrimonio común" de la Humanidad o de otro sector.

70 ) Ver H- Arbuet Vignali y F. H. Paolillo, op. cit. en nota 67, Cap. I.

Hebert Vignali, Roberto Puceiro Ripoll, Belter Garré Copello

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Antártida, el Continente de los más para los menos

Publicado en 1979

71) La existencia de esta comunidad internacional significaría la concreción de normas, organismos, institutos e instrumentos
supranacionales, capaces de imponer la voluntad y las decisiones de \i comunidad a todos y cada uno de los Estados
miembros, cualquiera sea su importancia como Potencia. Su tendencia natural sería hacia la constitución de un gobierno
mundial y a la transformación del Derecho Internacional en derecho municipal; aún cuando los actuales Estados no
desaparecieran, manteniendo su individualidad como partes de un todo mayor. Esta posibilidad, a nivel mundial, resulta
remota sino imposible —salvedad hecha de la aparición de nuevos factores que modifiquen radicalmente el actual esquema—;
pero es más factible y cercana a nivel regional y en algunas áreas: Europa occidental, América Latina, etc., las que a mayor o
menor plazo podrían lograr por otros medios, resultados similares a los que han concretado los grandes Estados
multinacionales modernos (EE. UU-, URSS, China, Gran Bretaña, etc.).

72 ) La declaración del Patrimonio Común de la Humanidad puede responder a estas intenciones, tal como parece ocurrir
respecto a la exploración y explotación de los fondos marítimos y oceánicos fuera de la jurisdicción de los Estados, al menos
si en definitiva se aprueba la creación de una autoridad supranacional fuerte, controlada por todos los Estados y capaz de
explotar por sí y repartir equitativamente las riquezas de la zona. Pero la misma declaración de patrimonio común de la
Humanidad, puede responder también a una manifestación de la política de poder disfrazada, al menos cuando su puesta en
práctica no va acompañada de la existencia de una autoridad u otros organismos supranacionales semejantes al mencionado,
como parece estar ocurriendo en el espacio exterior, al menos con relación a ciertos problemas como, por ejemplo los
derivados de la utilización y puesta en órbita de satélites artificiales en la órbita geoestacionaria.

73 ) Teniendo en cuenta además, por su valor indicativo, los Estados que propugnan por esta solución.

74) Ver supra, nota 72.

75 ) Ver supra, N" 7 de este Capítulo, en especial su párrafo segundo.

76) Ver infra, Capítulo IV, Nos. 1 a 7.

77 ) Ver infra, Capítulo IV, Nos. 8 y 9.

78 ) Ver infra, Capítulos IV y V.

79) Ver infra, Capítulo VIII y supra Nº 4 de este Capítulo.

80 ) Ver supra. Nos. 2 y 3 de este Capítulo.

81) Cabría alguna forma de compensación basada en las ideas actuales de resarcimiento en base al enriquecimiento sin causa
y servida por los Estados a quien se atribuya el patrimonio común, en favor de aquellos excluidos y que hayan realizado algún
aporte a la región.

82 ) Ver supra Nos. 4 y 5 de este Capítulo.

83 ) Ver supra Nos. 1 a 5 de este Capítulo.

84) Lo cual, si bien a la luz del actual Derecho Internacional y de las tendencias que se insinúan en las relaciones
internacionales actuales, se nos aparece como indiscutible, debemos admitir que constituyen un campo apto para la polémica
y la discusión lo que, para fundar cualquier conclusión, obligaría a largas disensiones que distraerían esfuerzos en tópicos
secundarios.

85 ) Puede argumentarse y lo admitimos, que esta fórmula no logra sus propósitos de equidad respecto a los pequeños
Estados del Hemisferio norte. Pero aparte de que esta línea argumentar desviaría el problema de su cauce lógico, debe
tenerse en cuenta que, en relación a las. zonas polares, se perdió la oportunidad de contemplarlos al repartirse el Ártico y
que pueden existir otras formas de compensación que a ellos corresponde imaginar y reclamar siempre que, como lo que
proponemos para el sur, se enmarque en los cuadros del Derecho Internacional Público positivo vigente.

86 ) Aunque este reparto se ha realizado sustancialmente sobre un esquema de política de poder, aprovechándose ele él,
fundamentalmente, las Potencias más importantes.

87) Ver supra Nº 3 de este Capítulo.

Hebert Vignali, Roberto Puceiro Ripoll, Belter Garré Copello

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Antártida, el Continente de los más para los menos

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CAPITULO III

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