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lectio divina

para cada día del año

i

,

1 Domingos del Tiempo ordinario 1

I

(ciclo B)

Lectio divina para cada día del año

Plan general de la colección

*1.

Adviento

*2.

Navidad

*3.

Cuaresma y Triduo pascual

*4.

Pascua

*5. Ferial - Tiempo Ordinario - año par (sem. 1-8) *6. Ferial - Tiempo Ordinario - año par (sem. 9-17) *7. Ferial - Tiempo Ordinario - año par (sem. 18-25) *8. Ferial - Tiempo Ordinario - año par (sem. 26-34)

9. Ferial - Tiempo Ordinario - año impar (sem. 1-8)

10.

Ferial - Tiempo Ordinario - año impar (sem. 9-17)

11.

Ferial - Tiempo Ordinario - año impar (sem. 18-25)

12.

Ferial - Tiempo Ordinario - año impar (sem. 26-34)

*13.

Domingos - Tiempo Ordinario (A)

*14.

Domingos - Tiempo Ordinario (B)

15.

Domingos - Tiempo Ordinario (C)

* Publicados.

GIORGIO ZEVINI y PIER GIORDANO CABRA (eds.)

LECTIO DIVINA

PARA CADA DÍA DEL AÑO

volumen

14

Domingos del Tiempo ordinario (ciclo B)

TRADUCCIÓN:

MIGUEL MONTES

EDITORIAL VERBO

DIVINO

Avda. de Pamplona, 41

31200 Estella (Navarra)

2002

España

^

En este volumen han colaborado:

PATRIZIO ROTA SALABRINI (domingos 2-5: lectio, meditatio y oratio);

PIER GIORDANO CABRA (domingos 2-5: todas las otras partes);

GIORGIO ZEVINI (domingos 6-8: lectio);

AMATO DAGNINO (domingos 6-8: todas las otras partes);

AMEDEO CENCINI (domingo 9);

GIANNI FRANCESCONI (domingos 10-12);

MARIALAURA MINO (domingos 13-14);

MONASTERIO «S. CHIARA», CORTONA (domingos 15-17);

GIORGIO ZEVINI (domingos 18-21: lectio);

PIER GIORDANO CABRA (domingos 18-21: todas las otras partes);

MONASTERIO «S. CHIARA», CORTONA (domingos 22-27); ANNA MARÍA CANOPI Y COMUNIDAD DE LA ABADÍA BENEDICTINA «MATER

ECCLESIAE», ISOLA S. GIULIO (domingos 28-34);

GIORGIO ZEVINI (Santísima Trinidad y Santísimos Cuerpo y Sangre de Cristo: lectio);

AMATO DAGNINO (Santísima Trinidad y Santísimos Cuerpo y Sangre de Cristo: todas las otras partes);

GIANLUCA MONTALDI (Asunción de la Virgen María y Todos los Santos).

El editor agradece la amable concesión de los derechos de los textos reproducidos y permanece a disposición de los propietarios de derechos que no ha conseguido localizar.

Siempre que ha sido, posible, el texto bíblico se ha tomado de La ttiblia, de La Casa de la Biblia.

(O 200 0 l>v l'.diliic e Queriniana , Bresci a -

200.'

Villalueila (Navarra) - Depósito legal: NA. 2.749-2002 ISHN H4-8I69-498-3

© Editoria l Verb o Divino , - Impresión: (¡raphvCems,

Ks propiedad - Printed

in Spain

2° domingo del tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel

3,3-10.19

En aquellos días, 3 Samuel estaba durmiendo en el santua- rio del Señor, donde estaba el arca de Dios. 4 El Señor llamó a Samuel:

-¡Samuel,

Él respondió:

-Aquí estoy.

5 Fue corriendo a donde estaba Eli y le dijo:

-Aquí estoy, porque m e ha s llamado. Eli respondió:

Samuel!

-No te he llamado, vuelve a acostarte. Y Samuel rué a acostarse. 6 Pero el Señor lo llamó otra vez:

-¡Samuel! Samuel se levantó, fue a donde estaba Eli y le dijo:

-Aquí estoy, porque m e has llamado.

Respondió Eli:

-No te he llamado, hijo mío, vuelve a acostarte.

7 (Samuel no conocía todavía al Señor. No se le había reve- lado aú n la Palabra del Señor.) 8 Por tercera vez llamó el Señor a Samuel:

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-¡Samuel! Él se levantó, fue a donde estaba Eli y le dijo:

-Aquí estoy, porque me has llamado.

Comprendió entonces Eli que era el Señor quien llamaba

al joven, 9 y le dijo:

-Vete a acostarte y, si te llaman, dices: Habla, Señor, que tu siervo escucha. Samuel fue y se acostó en su sitio. 10 Vino el Señor, se acercó y lo llamó como las otras veces:

-¡Samuel, Samuel! Samuel respondió:

-Habla, que tu siervo escucha. 19 Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.

**• En los versículos que preceden al fragmento litúr- gico de hoy se dice que la Palabra profética era rara en aquellos tiempos en Israel (1 Sm 3,1), pero el narrador añade asimismo que la «la lámpara de Dios todavía no se había apagado» (v. 2). El hech o de qu e ésta ard a in- cesantemente en el templo significa que Dios, a pesar de todo, continúa velando sobre el pueblo de Israel y que su fidelidad a las promesas no ha desaparecido. Sobre esa presencia indefectible de Dios reposa la verdadera esperanza de Israel. En estos tiempos os- curos, la misericordia de Dios está preparando, en efecto, una etapa nueva para el pueblo, una etapa de la que la llamada de Samuel constituye un momento im- portante.

Mientras todos están durmiendo, la Palabra de Dios vigila y llama a un hombre para que se convierta en instrumento suyo. La vocación de Samuel configura la relación entre Dios y el llamado como una relación «pedagógica» de maestro a discípulo, semejante, por consiguiente, a la relación que se instaurará en el Nue- vo Testamento entre Jesús y sus discípulos.

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La pedagogía de Dios es admirable: procede por gra- dos, permitiendo a Samuel, que todavía es muy joven, llegar a comprender la misión a la que YHWH le destina. En este camino que conduce al reconocimiento de la llamada del Señor, Samuel encuentra un guía en Eli. Éste muestra con el niño toda la prudencia requerida para la tarea; se comporta como un verdadero edu- cador, como alguien capaz de intuir la naturaleza de la experiencia profunda por la que está pasando Samuel:

«Comprendió entonces Eli que era el Señor quien llamaba al joven» (v. 8). Sin sustituirle, le ayuda a abrirse a la ini- ciativa de Dios. Nadie puede decidir por otro en lo que respecta a la vocación; por eso remite Eli al muchacho a la escucha dócil de la Palabra de Dios, y, de este modo, se abre el joven Samuel a la comprometedora misión profética: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (v. 9).

Segunda lectura: 1 Corintios 6,13c-15a. 17-20

Hermanos: El cuerpo no es para la lujuria, sino para el Se- ñor, y el Señor para el cuerpo. '" Dios, por su parte, que resu- citó al Señor, también nos resucitará a nosotros con su poder.

15 ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?

17 El que se une al Señor se hace un solo espíritu con él. 18 Huid de la lujuria. Todo pecado cometido por el hombre queda fuera del cuerpo, pero el lujurioso peca contra su propio cuer- po. 19 ¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que habéis recibido de Dios y que habita en vosotros? Ya no os pertenecéis a vosotros mismos. 20 Habéis sido comprados a buen precio; dad, pues, gloria a Dios con vuestro cuerpo.

*• En la comunidad de Corinto hay un grupo de cris- tianos que se consideran perfectos y maduros. Su pre- sunción se expresa en dos direcciones opuestas en el plano operativo, aunque son convergentes por su aspi- ración profunda. Algunos proponen un ascetismo radi-

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cal frente al sexo, proclamando la abstinencia sexual más absoluta e incondicionada (cf. 1 Cor 7). Otros optan, en cambio, por una sexualidad sin freno, en nombre de una pretendida irrelevancia de la misma respecto a la salvación que nos ha sido dada en Cristo. Pablo se diri- ge a estos últimos.

Los «libertarios» de Corinto -en conformidad con la jactanciosa idea de un «yo» espiritual que domina sobre todo- han tomado como manifiesto de su desarreglo

el eslogan de la libertad cristiana: «Todo me es lícito»

(v. 12a). El apósto l n o se opon e -e n la línea d e prin -

cipios- a la afirmación de la libertad cristiana, pero cambia en su raíz el sentido del manifiesto de los pro- pios interlocutores, haciendo valer el criterio decisorio de lo que es ventajoso y constructivo, especialmente en el ámbito eclesial. Estos «libertarios» ostentan, en efec- to, una libertad plena frente a las cosas de este mundo, ignorando, sin embargo, que su comportamiento debe ser coherente con el fundamento de la vida cristiana, con la redención que han recibido: «Habéis sido com- prados a buen precio» (v. 20).

La segunda objeción toca más de cerca al sentido de la sexualidad. Pablo, contra todo dualismo griego -que contrapone el alma al cuerpo-, afirma la densidad y la seriedad humana del acto sexual, que implica a toda la

person a y n o sólo a la corporeida d (v. 18). Más aún , el cuerpo está destinado a la resurrección y, en consecuen- cia, no puede ser para la lujuria, sino «para el Señor»

(v. 13). Precisamente, la fe en la resurrección de Cristo

y de toda la humanidad impulsa aquí a una elevadísima concepción de la corporeidad: a través de los gestos y de las relaciones con los otros se expresa y se potencia (o se contradice) la pertenencia del cristiano al Señor, algo que la resurrección final mostrará en plenitud.

Hay también, por último, otra razón: el cristiano se ha convertido, con la totalidad de su propia persona, en

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un miembro del cuerpo eclesial de Cristo y es templo del Espíritu (w. 15.19). Y, por eso, está llamado a decidir si usa su propio cuerpo a la manera de la «carne», de modo lujurioso, o bien para vivir de modo concreto la relación con Cristo, con quien forma un solo «espíritu», o sea, un a unió n misteriosa realizada po r el Espíritu (v. 17).

Evangelio: Juan 1,35-42

35 Al día siguiente, Juan se encontraba en aquel mismo lugar con dos de sus discípulos. 36 De pronto vio a Jesús, que pasaba por allí, y dijo:

-Éste es el Cordero de Dios.

37 Los dos discípulos le oyeron decir esto, y siguieron a Jesús. 38 Jesús se volvió y, viendo que le seguían, les preguntó:

-¿Qué buscáis? Ellos contestaron:

-Rabí (que quiere decir Maestro), ¿dónde vives? 39 Él les respondió:

-Venid y lo veréis. Se fueron con él, vieron dónde vivía y pasaron aquel día con él. Eran como las cuatro de la tarde.

40 Uno de los dos que siguieron a Jesús por el testimonio de Juan era Andrés, el hermano de Simón Pedro. 41 Encontró Andrés en primer lugar a su propio hermano Simón y le dijo:

-Hemos encontrado al Mesías (que quiere decir Cristo). 42 Y lo llevó a Jesús. Jesús, al verlo, le dijo:

-Tú eres Simón, hijo de Juan; en adelante te llamarás Cefas (es decir, Pedro).

Jua n sitú a l a llamad a d e lo s primero s discípulo s

en el «tercer día» de la primera sección de su evangelio (Jn 1,19-2,11): la «semana inaugural» que culmina en las bodas de Cana. La organización del material narra- tivo en seis días remite al relato de la creación, con la aparición del hombre y de la mujer en el sexto día, y

*••

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proclama de una manera implícita que la nueva misión de Jesús tiende a una nueva creación de la humanidad. El encuentro entre Jesús y los discípulos tiene lugar a través de la presencia de un testigo, el Bautista. Este último es capaz de ir más allá de las apariencias, abrién- dose a una mirada de fe que sabe reconocer el misterio que mora en Jesús, una mirada que comunica a dos de sus discípulos que estaban allí presentes: «Éste es el Cordero de Dios» (v. 36). ¿Qué es lo que ha vislumbrado el Bautista en Jesús cuando le declara Cordero de Dios? El tema vuelve en la alusión al cordero pascual de Jn 19,36. En este hombre que está pasando reconoce, por tanto, el Bautista a aquel que derrama su propia sangre para hacer presen-

te al Dios del Éxodo, al Dios de la renovación de la vida.

Al oírle hablar así, los dos discípulos del Bautista si-

guiero n

a Jesú s (v. 37), impulsado s po r un a búsqued a

que, sin embargo, debe acceder a una ulterior claridad.

Esto tiene lugar cuando Jesús se vuelve y les pregunta:

de un a pregunt a qu e les

plantea como consecuencia de haberlos «contemplado» (eso es lo que dice el texto griego al pie de la letra) en el

acto de seguirle. El mismo Jesús se queda sorprendido

y admirado del milagro del seguimiento. He aquí, por

tanto, la justa petición del verdadero discípulo: «Rabí, ¿dónde vives?» (v. 38). Más que sabe r lo qu e enseñ a Je- sús, es preciso estar con él allí donde mora. La morada de Jesús es su estar junto al Padre como Hijo amado. Ése es su secreto, y por la continuación del Evangelio se volverá evidente que convertirse en discípulo suyo significa entrar en la misma relación de amor que él mantiene con el Padre. Por eso les invita a «venir» y «ver», esto es, a tener experiencia de él y de la comu- nión con el Padre.

De los dos discípulos queda aquí uno anónimo, aun- que muchos exégetas se inclinan por reconocer en él al

«Qué buscáis» (v. 38). Se trat a

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discípulo amado, mientras que el otro es Andrés. Éste es el discípulo «positivo», la persona de la escucha, el paradigma del auténtico seguimiento que se encarga de dar testimonio de cuanto vivieron el día en el que se

detuvieron junt o a Jesú s (v. 39). Andrés conduce , pues ,

a Jesú s a su herman o Simó n (v. 42). El cambi o del nom - bre de Simón por el de Cefas indica precisamente la profunda transformación de la persona gracias al amor de Jesús; sin embargo, Simón sigue, de momento, ce- rrado todavía a esa adhesión de fe que se llevará a cabo, trabajosamente, más tarde.

MEDITATIO

La Palabra de Dios nos pone frente al misterio de la vocación, algo que no se produce nunca por nuestros méritos o por nuestras cualidades humanas, sino que brota únicamente de la libre y misericordiosa iniciativa divina respecto a nosotros. El encuentro con Jesús, aun- que se decide en el secreto de nuestra libertad, postula, no obstante, la dinámica del testimonio. Ateniéndonos al relato evangélico, los encuentros con los primeros discípulos acaecen, en efecto, como en cadena: cada uno de ellos llega a Jesús a través de la mediación de otro, porque ésa es concretamente la dinámica de nuestra llegada a la fe. De ahí deriva una enseñanza preciosa sobre la importancia que tiene contar con auténticos testigos, que nos presenten a Jesús como el Señor esperado y favorezcan el encuentro con él, sin que el testigo quiera ligar al otro a su propia persona como si fuera una propiedad suya. El verdadero testi- go está, por consiguiente, al servicio del camino hacia una madurez espiritual que es libertad de elección. En este sentido, son unos ejemplos excelentes el sacerdote Eli con Samuel y todavía más el Bautista con sus dos discípulos.

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Con todo, para llegar a ser testigos es menester haber encontrado ya al Señor y haber llegado, por ello, a ser capaz de ir más allá de las apariencias, accediendo a una profunda mirada de fe sobre la realidad. Dar testi- monio es regalar a los otros esta mirada que, preceden- temente, ya ha cambiado nuestra vida. Eso supone ha- ber entrado en un nuevo tipo de existencia, en una

comunión activa con Jesús, una comunión que puede ser expresada como un «habitar con él»; más aún, como un detenerse junto a él. A la fase de la búsqueda,

en nuestros días frecuentemente enfatizada con ex-

ceso, debe sucederle la de nuestro detenernos, la del reconocer en Jesús la verdadera meta de nuestro co- razón, la del ser capaces de perseverar en su compa- ñía: «Se fueron con él, vieron dónde vivía y pasaron aquel día con él». En este morar con él adquiere su vigor la contempla- ción y la escucha, el ponernos a su disposición con to- das nuestras energías, como dijo Samuel, con la simpli- cidad de u n niño: «Habla, que tu siervo escucha». Sólo permaneciendo con Jesús comprenderemos de verdad que hemos sido comprados a un precio elevado y nos hemos convertido en templo del Espíritu Santo.

ORATIO

Señor, tú me has comprado, verdaderamente, a un precio elevado; me has convertido en uno de los miem- bros de tu cuerpo y en templo del Espíritu Santo. Te

bendigo por la grandeza de la llamada con la que me has obsequiado y porque tu Palabra orienta de continuo

mi búsqueda hacia un verdadero encuentro contigo.

Pongo a tus pies todas las ambigüedades de mis ex- pectativas y de mis proyectos, para que sea tu voz la que guíe mis pasos hacia ti. Ayúdame a detenerme junto a ti,

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a no temer el silencio de la contemplación, ese silencio que me permite experimentar de una manera profunda tu amistad. Haz que pueda conocerte no por lo que he oído de ti, sino por haberte encontrado de verdad, y que tu gracia me comprometa totalmente y renueve todas las fibras de mi ser, puesto que deseo morar contigo y permanecer en tu amor. Sólo así podré llegar a ser un testigo tuyo y regalar a mis hermanos y hermanas el precioso tesoro de la fe en ti.

Me reconozco fácilmente en Pedro, reacio a recono- certe como su Maestro y Señor, pero deseo llegar a ser cada vez más parecido al discípulo amado y encontrar en mi corazón la disponibilidad y el entusiasmo con los que Samuel respondió a tu llamada. Como él, también yo deseo poder responder: «Habla, que tu siervo escu- cha». Por eso, hoy, quiero abrir mi corazón a un a reno- vada escucha de tu Palabra, oh Señor, para seguirte de manera concreta en las opciones que se me presenten en la vida.

CONTEMPLATIO

« Uno de los dos que siguieron

a Jesús por el

testimonio

de Juan era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Encon-

tró Andrés en primer lugar a su propio hermano Simón y

Los que poco antes habían recibido el

talento, lo hacen fructificar de inmediato y lo ofrecen al Señor. Estas almas, que están dispuestas a escuchar y apren- der, no necesitan muchas palabras para ser instruidas, ni tampoco un prolongado período de años y meses para producir el fruto de la enseñanza. Al contrario, al- canzan la perfección desde el comienzo de su apren- dizaje. «Da al sabio y se hará más sabio, instruye al justo y aumentará su ciencia» (Prov 9,9). Andrés, por tanto,

lo llevó a Jesús.»

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salva a Pedro, su hermano, e indica, con pocas palabras, todo el gran misterio. Dice, en efecto: «Hemos encontra- do al Mesías», o sea, «el tesoro escondido en el campo o la perla preciosa», según otra parábola del evangelio (cf. Mt 13,44ss). Entonces Jesús le miró a los ojos, como conviene a Dios, que conoce «las mentes y los corazones» (Sal 7,10)

y prevé la gran piedad que alcanzará aquel discípulo, la

excelsa virtud y la perfección a las que será elevado [ Después, no queriendo que siguiera llamándose Simón, y considerándolo ya en su potestad, con una homonimia le llamó Pedro, de «piedra», mostrando de manera anti-

]

cipada que sobre él fundaría su Iglesia (Cirilo de Ale-

jandría, Comentario

al evangelio

de Juan,

II,

1,

passirn).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Aquí estoy, porque me has llamado»

(1 Sm 3,5).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Señor Jesús, te miro , y mis ojos están fijo s en tus ojos . Tus ojo s penetran el misterio eterno de lo divino y ven la gloria de Dios. Y son los mismos ojos que vieron Simón, Andrés, Natanael y

Leví [

fin , cíe los

que han perdido la fe en este amor y son «como ovejas sin pastor». Cuando miro en tus ojos me espantan, porque penetran como lenguas de fuego en lo más íntimo de mi ser, aunque también me consuelan, porque esas llamas son purificadoras y sanadoras . Tus ojo s son muy severos, per o tambié n muy amo - rosos; desenmascaran, pero protegen; penetran, pero acarician;

ble amor de Dios y la angustia, aparentemente sin

]

. Tus ojos , Señor, ven con una sola mirad a el inagota -

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son muy profundos, pero también muy íntimos; muy distantes, pero también invitadores. Me voy dando cuenta poco a poco de que, más que «ver», deseo «ser visto»: ser visto por tí. Deseo permanecer solícito bajo tu morada y crecer fuerte y suave a tu vista. Señor, hazme ver lo que tú ves -e l amor de Dios y el sufrimiento de la gente-, a fin de que mis ojos se vuelvan cada vez más como los tuyos, ojos que puedan sanar los corazones heridos (H. J. M. Nouwen, In cam- mino verso l'alba c¡¡ un giorno nuovo, Brescia 1997, pp. 88ss).

3 o domingo del tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Jonás 3,1-5.10

1 Por segunda vez el Señor se dirigió a Jonás y le dijo:

2 -Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama allí lo que yo te diré.

3 Jonás se levantó y partió para Nínive, según la orden del Señor. Nínive era una ciudad grandísima; se necesitaban tres días para recorrerla. 4 Jonás se fue adentrando en la ciudad y proclamó durante un día entero: «Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida».

5 Los ninivitas creyeron en Dios: promulgaron un ayuno y todos, grandes y pequeños, se vistieron de sayal. I0 Al ver Dios lo que hacían y cómo se habían convertido, se arrepintió y no llevó a cabo el castigo con el que les había amenazado.

**• El texto del profeta ha sido elegido por el liturgis- ta porque la predicación de Jonás y la respuesta de los ninivitas a su mensaje anticipan los motivos presentes en la demanda de conversión que acompaña al alegre anuncio de Jesús. Los ninivitas respondieron a la pre- dicación de Jonás con una fe dócil y con un cambio ra- dical de conducta, gracias a lo cual recibieron el perdón y encontraron el camino de la vida. He aquí, pues, un

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aspecto de la «señal de Jonás», de la que nos hablará el mismo Jesús (cf. Mt 12,38-40): la llamada a la necesidad de la conversión. El librito de Jonás sondea de una manera sorpren- dente este importante motivo. Se trata, en efecto, de una obra intrigante, de una especie de novela corta en la que el primero que debe convertirse de verdad es el mismo Jonás. Éste debe abandonar su propia política de huida ante la Palabra de Dios, que ofrece el anuncio de su misericordia incluso a los enemigos de Israel, para regenerarse profundamente (cf. la estancia en el vientre del pez), a fin de comprender los planes de Dios, hasta aceptar que el perdón alcanza incluso a Nínive, responsable de tanto sufrimiento para el pueblo de Israel. La cosa parece tanto más paradójica si tenemos presente que el profeta Jonás, entendido como persona- je histórico, había profetizado exclusivamente en favor de Israel: «Jeroboán restableció las fronteras de Israel desde la entrada de Jamat hasta el mar Muerto, según ha- bía dicho el Señor, Dios de Israel, por medio de su siervo el profeta Jonás, hijo de Amitay, de Gat Jefer. Porque el Señor había visto la amarguísima aflicción de Israel, que alcanzaba a todos, esclavos y libres» (2 Re 14,25ss).

Segunda lectura: 1 Corintios 7,29-31

29 Os digo, pues, hermanos, que el tiempo se acaba. En lo que resta, los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran;

los que lloran, como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; " los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran. Porque la apariencia de este mundo está a punto de acabar.

30

**• Dos afirmaciones de principio enmarcan nuestro pasaje, dos afirmaciones que permiten aclarar la rela- ción que el cristiano debe mantener con las realidades

3"

domingo

 

19

«la

apariencia

mundanas : «El tiempo se acaba» (v. 29),

de este mundo

El tiempo se acaba. El apóstol habla también en otros lugares del «fin de los tiempos» ante el que se encuentra el cristiano (cf. 1 Cor 10,11). Al decir que el tiempo se aca- ba, Pablo no piensa en el tiempo en sentido cronológico, considerado como el fluir imparable de los instantes, sino más bien en el momento favorable, en el kairós, como ocasión repleta de nuevas oportunidades. Lo que preten- de subrayar, más que una actitud de separación, de indi- ferencia respecto a las cosas, es que el tiempo ha sido «lle- nado» por la presencia de Cristo, de suerte que el tiempo de la vida del discípulo aparece concentrado, decisivo.

está a punto

de acabar»

(v. 31).

La apariencia

de este mundo

está a punto

de acabar.

También este segundo principio hemos de leerlo en co- rrespondencia con el precedente. ¿Qué es la apariencia de este mundo que está a punto de acabar? El término griego empleado es precisamente «esquema», esto es, una configuración privada de libertad, precisamente «esque- mática». Se trata justamente de su configuración del mundo marcado por el pecado y por la muerte. No apa- rece, por tanto, ningún desconocimiento de la bondad del mundo creado por Dios, sino sólo un juicio dirigido contra esta precisa «configuración» que está a punto de acabar y está destinada a pasar (cf. Rom 8,18-22). Pablo no habla como un predicador apocalíptico que pretende infundir temor con la perspectiva del fin pró- ximo de todas las cosas; su mensaje quiere ser más bien un mensaje de esperanza y de consuelo: el mundo, tal como aparece a nuestros ojos, con su sumisión al peca- do y a la muerte, está marcado ya por la proximidad del mundo de Dios. Al cristiano se le pide que viva, perma- neciendo vigilante, todas las realidades de esta tierra, asumiendo la perspectiva del «como si no», que se repi- te hasta cinco veces. Por una parte, el discípulo de Cris- to debe ser capaz de tomar correctamente sus distan-

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cias respecto a las realidades en las que está inmerso -cosa que recuerda un tanto las posiciones de los estoi- cos- y, por otra, debe vivir todas las realidades y todo estado de vida participando en él con un estilo apropiado al señorío que ejerce Cristo sobre él {cf. 1 Cor 7,17-24).

Evangelio: Marcos 1,14-20

14 Después de que Juan fue arrestado, Jesús marchó a Gali- lea, proclamando la Buena Noticia de Dios. 15 Decía:

-Se ha cumplido el plazo y está llegando el Reino de Dios. Convertios y creed en el Evangelio. 16 Pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que estaban echando las redes en el lago, pues eran pescadores. " Jesús les dijo:

-Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. 18 Ellos dejaron inmediatamente las redes y le siguieron. 19 Un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan. Estaban en la barca reparando las redes. 20 Jesús los llamó también, y ellos, dejando a su padre, Zebe- deo, en la barca con los jornaleros, se fueron tras él.

**• El primer resumen del segundo evangelio nos brin- da las coordenadas espacio-temporales de los comien- zos de la misión de Jesús y sintetiza el contenido de la misma; sin embargo, para apreciar lo que Marcos nos dice sobre la predicación de Jesús, es bueno recordar que -hasta este punto de su escrito- el lector sólo co- noce de Jesús dos cosas fundamentales: que Dios le ha declarado su Hijo amado en el bautismo en el Jordán y que, durante el período de prueba que ha venido des- pués, Jesús ha permanecido fiel a su propia identidad de Hijo. En esa experiencia de la filiación reside el verdadero fundamento de la alegre noticia que Jesús difunde por los caminos de Galilea: «Se ha cumplido el plazo y está llegando el Reino de Dios» (v. 15).

3 o

domingo

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Si antes era la gente la que debía salir al desierto para escuchar al Bautista y hacerse bautizar (cf. Me 1,5), ahora es el mismo Jesús quien se dirige al lugar donde vive la gente, significando asimismo de este modo la ve- nida de Dios a la humanidad. El hecho de que empiece por Galilea no se debe sólo a que ésta sea su tierra de origen, sino a que, dado su carácter de región con po- blación mixta, Galilea representa una especie de puen- te entre Israel y los gentiles. Intuimos así el horizonte universal al que quiere extenderse el señorío de Dios, ese «Reino de Dios» que, para Jesús, no es ni un a teo- cracia ni una nueva moral o una religiosidad más celo- sa, sino el encuentro de Dios con la humanidad.

En consecuencia, lo que pide a quienes le escuchan no es tanto la observación de una serie de normas como, antes que nada, creer y convertirse. Creer es la certeza de que la venida de Dios es verdaderamente «Evangelio», es decir, noticia capaz de dar alegría. Este asentimiento se establece dando una forma nue- va al ser y al obrar, como indica el otro verbo: conver- tirse. Esto último supone cambiar no sólo el modo de obrar, sino también el de pensar y desear (metanoéin = «cambiar de mente»). El verbo arameo que subyace (shübh) es más concreto todavía y sugiere la idea de una inversión del camino o, mejor aún, de un «re- torno».

Viene, a continuación, el doble relato de la llamada de los primeros discípulos (w. 16-20), de las dos pare- jas de hermanos: Simón y Andrés, Santiago y Juan. El Reino que anuncia Jesús convoca al pueblo de Dios al tiempo de la salvación. De estos estilizados relatos de vocación se desprende claramente que sólo se pide a los discípulos una obediencia pronta, no una cualidad humana particular. Todo su camino posterior será un seguir a Jesús, descubriendo lo que ha hecho de ellos sin mérito por su parte, aunque exigiéndoles su dispo- nibilidad, que se manifiesta sobre todo en el despren-

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dimiento de todo cuanto poseen y de todo lo que han sido hasta ese momento (w. 18.20).

MEDITATIO

El Evangelio es la buena noticia de que el Padre nos ama locamente. ¿Qué hemos de hacer entonces? Dios no nos pide cosas grandes, hiperbólicas, sino, simplemente, cambiar de vida, volver a él. Convertirse no es sólo cesar de hacer el mal -como pedía Jonás a los ninivitas-, sino reconocer en nuestras dificultades al Dios cercano a no- sotros, que nos ama aun cuando las cosas no vayan como nosotros quisiéramos. Así pues, para convertirse es preciso saber apreciar nuestro tiempo como el kairós que Dios nos da, como el «tiempo oportuno» que se ofrece a nuestro presente. Todo es provisional, aunque no el sentido profundo de la realidad que la fe nos presenta. Apropiarnos de la gran oportunidad de llegar a ser hijos de Dios es saber hacerse con la ocasión propicia, es creer en el Evange- lio del Reino, evitando detenernos en cosas inútiles, tran- sitorias, sin someternos a los «esquemas» mundanos que nos aprisionan. Jesús también viene hoy, misteriosamente, a buscar- nos a nosotros, que nos encontramos con un horizonte de vida comparable al que tenían delante los primeros que fueron llamados, unos hombres encerrados en su trabajo de echar las redes y arreglarlas después. Así pues, también nosotros, como los cuatro primeros dis- cípulos, debemos convertirnos a él, reconociendo su paso por nuestra vida y la invitación incesante que nos hace para que le sigamos. Convertirnos en discípulos suyos supone renovar cada día nuestra opción por él, buscando dentro de nuestra historia esa voz suya que nos llama desde siem-

3 o

domingo

23

pre. Así, entramos en la historia de la exaltadora prome- sa del «os haré pescadores de hombres», que no se agota a buen seguro en la tarea del ministerio eclesial, sino que coincide con la experiencia de todo cristiano autén- tico. He aquí, por tanto, la rebosante alegría de la pesca mesiánica, que supone arrancar a la humanidad de las aguas venenosas del mal, para llevarla al refugio seguro en la vida del Reino. Indudablemente, ninguno de noso- tros puede «salvar» a otro hombre, pero todos podemos colaborar con Jesús en el trabajo de echar las redes del Evangelio, a fin de que las personas disponibles se aga- rren a ellas y renazcan a la vida nueva.

ORATIO

Señor Jesús, tú me llamas a la conversión, a saber aprovechar el tiempo oportuno que se me ha concedido. No me pides que huya de mis responsabilidades en el presente, sino que dirija mis opciones a lo que es con- veniente para mi vida espiritual y me mantiene unido a ti, Señor, sin distracciones. Con tu ayuda, deseo mantener mi corazón indiviso, consagrado a ti, en el estado de vida en el que me has llamado. En efecto, quiero agradarte, porque compren- do que esto es lo único de lo que verdaderamente vale la pena preocuparse, con la determinación de tender con todas mis energías a ti, Dios mío, mi único fin. La «ale- gre noticia» de tu venida a nuestra humanidad alegra profundamente mi corazón y me hace vivir la conver- sión no como un esfuerzo frustrante, sino como la aven- tura de la reconquista de la verdadera libertad a la que me has llamado. Señor, deseo llegar a ser verdaderamente libre, para poder recibir tu llamada y responder con prontitud y generosidad, como tus primeros discípulos. Es hermoso

24

Tiempo ordinario

- B

poder escucharte, seguirte y servirte. Que tu gracia lleve a cumplimiento la obra buena que has iniciado en mí.

CONTEMPLATIO

Me he sacudido de encima todas las pasiones, desde que me enrolé con Cristo, y ya no me atrae nada de lo que es agradable y buscan los otros: no me atrae la ri- queza, que te arrastra a lo alto y te arrolla; ni los place- res del vientre o la embriaguez, madre de la arrogancia; ni los vestidos suaves y vaporosos, ni el esplendor y la gracia de las gemas, ni la fama seductora, ni el perfume afeminado, ni los aplausos de la gente y del teatro, que desde hace mucho tiempo habíamos abandonado a quien los quiera. No me atrae nada de lo que tiene su origen en la pecaminosa degustación que nos ha arrui- nado. En cambio, reconozco la gran simpleza de los que se dejan dominar por estas cosas y permiten que la no- bleza de su alma sea devastada por tales mezquindades; todos ellos se entregan a realidades fugaces como si fue- ran realidades estables y duraderas (Gregorio Nacian- ceno, Alabanza de san Cipriano, 3).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Convertios

y creed en el Evangelio»

(Me 1,15b).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ser cristiano significa prestar atención al kairós, a este «mo- mento especial» de la manifestación de Dios en nuestro aquí y ahora. En él se desarrolla la dimensión auténticamente profética

3 o

domingo

2

de toda vida cristiana, en la atención [

la presencia del Reino en nuestra historia. Acoger el Reino de Dios implica una conducta: «Convertios», precepto urgente, «el tiempo se acaba» (1 Cor 7,29), que acompaña al don del Reino engendra una nueva actitud respecto a Dios y respecto a los ermanos. Jonás recibió la misión de llamar a la conversión a Nínive, la capital del imperio enemigo de Israel. El profeta, un judío amante de su patria, se niega a realizar esta tarea, pero al final acepta la voluntad de perdón del Señor, que carece de límites raciales o religiosos.

El Reino es gracia, aunque para nosotros es también un deber. Los primeros discípulos escucharon la «Buena Noticia » y fueron llamados a asociarse a la misión de Jesús (Me 1,16-20). El Evan- gelio marcó profundamente sus vidas. Así debe marcar también la nuestra (G. Gutiérrez, Condividere la Parola, Brescia 1996, pp. 170ss).

]

a todos los signos de

4 o domingo del tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio

18,15-20

Moisés habló al pueblo diciendo: 15 El Señor, tu Dios, sus- citará en medio de tus hermanos un profeta como yo; a él lo

escucharéis. 16 Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea, cuando le dijiste: No quiero escuchar más la voz del Señor, mi Dios, ni quiero volver a ver aquel gran fuego, para no morir. " Entonces, el Señor me respondió:

Yo les suscitaré en medio de sus hermanos un

«Dicen bien.

profeta como tú; pondré mis palabras en su boca y él les dirá

todo lo que yo le mande. ' 9 Al que no escuche las palabras que

él diga en mi nombre yo mismo le pediré cuentas.

profeta que tenga la osadía de anunciar en mi nombre lo que yo no le haya ordenado decir o hable en nombre de otros dioses morirá».

18

20

Pero el

*»• Un a tradició n bíblic a bie n atestiguada , comparti - da por el Deuteronomio, hace de la «profecía» uno de los tres tipos de comunicación de la revelación divina:

Ley, profecía, sabiduría. Profeta n o es quien predice el futuro, sino alguien que habla en nombre de Dios, com o portavoz de su Palabra, con su predicación y con su propia persona. La presencia del profeta es, por consi-

28

Tiempo ordinario - B

guiente, incómoda, puesto que frecuentemente acusa y denuncia el mal, pero precisamente por eso constituye un signo privilegiado de la presencia del Dios de la alianza en medio de su pueblo. Ésa es la razón de que la iniciativa de hacer surgir un profeta corresponda en exclusiva a Dios y no sea fruto de cualidades particulares o de preparación humana: el profeta surge en el seno de la comunidad por acción directa de Dios: «El Señor, tu Dios, suscitará en medio de tus hermanos un profeta» (v. 15). Éste recibe de Dios u n carisma que le separa de los modos de vivir habituales y le pone al servicio de Dios para su pueblo, a fin de

realizar el designio divino en la vida concreta del pueblo del Pacto, con una disponibilidad plena a la Palabra de YHWH. Por eso las palabras del profeta son «palabras de Dios»; y de eso es garante el mismo YHWH : «Pondré mis

palabras en

lo que yo le mande»

su boca y él les dirá todo

(v. 18). Para el Deuteronomio es tan elevada la función de me- diación «profética» de Moisés (cf. asimismo Dt 34,10-12) que de él parte la espera -mu y presente en el judaismo medio - de la llegada de «un profeta como Moisés» (cf. Jn 1,21). De ahí que este pasaje deuteronómico sea leído por el Nuevo Testamento como profecía de Jesús, el nuevo Moisés para el pueblo de los tiempos mesiánicos.

Segunda lectura: 1 Corintios 7,32-35

Hermanos: 32 Quiero que estéis libres de preocupaciones. Y

mientras el soltero está en situación de preocuparse de las

cosas del Señor y de cómo agradar a Dios,

preocuparse de las cosas del mundo y de cómo agradar a su

mujer

casada y la doncella están en situación de preocuparse de las cosas del Señor, consagrándose a él en cuerpo y alma. La que está casada, en cambio, se preocupa de las cosas del mundo y

35 Os digo esto no para tenderos

de cómo agradar a su marido.

33

el casado ha de

34

y, por tanto, está dividido. Igualmente, la mujer no

4"

domingo

2 l >

una trampa, sino para vuestra utilidad, mirando a lo que es decoroso y facilita el trato asiduo con el Señor.

*»• El apóstol empieza diciendo que desearía para todos sus fíeles un modo sereno de vivir la fe, hecho a base de adhesió n plen a al Seño r (v. 32). Y en esta di- rección se inserta la predilección que muestra por la opción de la vida célibe. Con todo, no hay en Pablo desprecio alguno por la vida matrimonial, a causa de las tensiones que necesariamente impone, ni existe en Pa- blo un ideal de santidad «en dos planos»: uno para los casados y otro para los célibes. Tampoco afirma esas cosas para poner a las personas más ansiosas en su vida de fe, haciéndoles pensar, por ejemplo, que sólo se puede vivir la adhesión al Señor en la vida célibe.

Pablo pretende, más bien, conducir a los corintios a la serenidad de la conciencia y del juicio, como muestra la conclusión de la lectura, en donde Pablo recuerda que todas las indicaciones de vida dadas por él son para su bien, n o par a «tenderos una trampa» (v. 35a). Desea iluminar positivamente las conciencias para que las opciones de vida de los fieles, sean cuales sean, estén dirigidas «a lo que es decoroso y facilita el trato asiduo con el Señor» (v. 35b).

La única preocupación a la que debe tender el cora- zón es «agradar a Dios» (y. 32), o sea, buscar la actitud con la que el Antiguo Testamento sintetiza la experien- cia de fe de los justos. Esto va dirigido a todos, a solte- ros y casados; sin embargo, el apóstol recuerda que -siendo realista- el esfuerzo encaminado a agradar a

Dios debe compaginarse, en el caso de los casados, con el cumplimiento del deber de atención recíproca de los cónyuges, y esto puede crear objetivamente en ocasiones alguna s tensiones (v. 34).

Por lo que respecta al estado de vida célibe,

vocación

expresa

un

aprecio

especial

por

esta

Pablo

la

en

30

Tiempo ordinario

- B

Iglesia, como ha mostrado ya algunos versículos antes, donde califica a la virginidad con el término de «carisma» (1 Cor 7,7). El soltero está llamado a dar testimonio, con la ascesis y pobreza particular que implica su elec- ción, de la esperanza escatológica en el Reino de Dios y de la necesidad de servir sólo a Dios.

Evangelio: Marcos 1,21-28

21 Llegaron a Cafarnaún y, cuando llegó el sábado, entró en la sinagoga y se puso a enseñar a la gente, 22 que estaba admi- rada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad, y no como los maestros de la Ley.

23 Había en la sinagoga un hombre con espíritu inmundo, que se puso a gritar:

24 -¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!

25 Jesús le increpó diciendo:

-¡Cállate y sal de ese hombre!

26 El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un fuerte alarido, salió de él.

27 Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros:

-¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva llena de autoridad! ¡Manda incluso a los espíritus inmundos y éstos le obedecen!

28 Pronto se extendió su fama por todas partes, en toda la región de Galilea.

*•• Jesú s empiez a a enseña r e n la s sinagoga s d e Ga - lilea. Está rodeado, como los maestros de la Ley, de un grupo de discípulos y, como ellos, también les explica las Escrituras durante la liturgia sinagogal del sábado (v. 21); sin embargo , algo sorprend e en su maner a de hablar, una novedad que no consiste en recursos retó- ricos y que induce a la gente a afirmar que Jesús no es u n maestr o com o los otro s rabino s (v. 22).

domingo

31

La novedad no está sólo en el hecho de que la predi- cación de Jesús se parezca más a la profecía que a la enseñanza sapiencial, fruto del estudio y de la refle- xión sobre el patrimonio de la tradición; la novedad consiste más bien, fundamentalmente, en la irresis- tible autoridad de la enseñanza (w. 22.27). La «auto- ridad» de sus palabras le viene, en efecto, de su ex- periencia bautismal: Dios es un Padre atento y muy próximo a la humanidad, a pesar de que esté herida por el pecado.

La curación de un enfermo presente en la sinagoga («un hombre con espíritu inmundo»: v. 23) hace visible esa íntima certeza de Jesús y es -según la teología de Marcos- un comentario en acción a su Palabra, que debe comunicar con la fuerza de los hechos la verdad de la venida del Reino de Dios como liberación de la humanidad. El evangelio presenta a este enfermo como un «endemoniado»: la cultura de aquel tiempo atribuía con frecuencia las enfermedades psíquicas y fí- sicas al influjo de alguna fuerza misteriosa, diabólica. La atención del relato evangélico no se dirige en todo caso a clarificar la identidad de esa fuerza maligna, sino que se concentra en Jesús y en su firme voluntad de derrotar al mal presente en el hombre.

La curación del «endemoniado», más allá de comu- nicar algo de las extraordinarias dotes taumatúrgicas de Jesús, revela la realidad del Reino que anuncia como victoria sobre el mal en sus diferentes formas, preci- samente tal como aparece en el plural usado por el «de- monio»: «¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos?» (v. 24). Nótese, por último, que el demonio daría la impresión de tener ventaja sobre Jesús, una ventaja puesta de manifiesto por el «saber»: «¡Sé quién eres: el Santo de Dios!»; sin embargo, no sabe precisamente lo esencial: Dios quiere comunicar su santidad justamente a la humanidad lacerada y dominada por fuerzas alienantes. Ésta es la

32

Tiempo ordinario

- B

«doctrina nueva llena de autoridad» que sorprende y muestra en Jesús al «más fuerte», anunciado previa- mente por el Bautista (cf. Me 1,7).

MEDITATIO

Un aspecto de la victoria sobre el mal, que anuncia y produce el Evangelio del Reino, es también la supera- ción de los «juicios universales», con los que nos incli- namos a hacer coincidir a los otros y a nosotros mismos con nuestros problemas y fracasos o con el mal que se ha cometido. Ésta era, por lo demás, la tentación que asediaba asimismo a la muchedumbre que se encontra- ba presente en la sinagoga frente al pobre endemonia- do. Jesús, en cambio, da por sentada una certeza, una certeza para la que ni siquiera los gritos descompuestos y desgarradores del endemoniado suponen un obstácu- lo: éste sigue siend o u n hombr e (v. 25), un a criatur a a la que Dios ha revestido de su gloria. Así, si en nuestro corazón se levantan alguna vez voces descompuestas que nos echan en cara nuestros límites y quieren hacer- nos perder de vista nuestra dignidad y libertad, aquí está la Palabra de Jesús, que se levanta para hacer callar de nuevo nuestras dudas y la vergüenza paralizadora.

También hoy sigue actuando el poder de su amor, del mismo modo que cuando redujo al silencio al demonio que atormentaba al pobre enfermo en la sinagoga de Cafarnaún. Esa misma Palabra no cesa de recordarnos la verdad celebrada por tantos pasajes bíblicos, en par- ticular por el salmo 8: Dios revela en la humanidad su propia gloria, imponiendo silencio a las fuerzas del caos («para hacer callar al enemigo y al rebelde»), porque hace de nosotros, hombres y mujeres, sus criaturas amadas. Jesús nos atestigua que Dios está siempre de nuestra par- te y no deja que nos arrebate ningún espíritu inmundo.

domingo

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Estar seguros de esta grandeza nuestra, que nos ha sido otorgada por el inmerecido amor divino, y vivir la experiencia de la vida en Cristo nos libera asimismo de la tentación de entender la religión como un perderse en una selva de reglas y preceptos que hemos de con- ciliar con las siempre cambiantes situaciones de la existencia. Respiramos entonces ese sentido de nove- dad y libertad que la gente advertía en las palabras y las acciones de Jesús. En efecto, vivir en la libertad a la que nos ha llamado Cristo nos hace reapropiarnos de la economía profética y nos lleva a comprender que tam- bién hoy irrumpe la Palabra de Dios con toda su fuer- za para consolar y amonestar, justamente como cuan- do los profetas se levantaban en Israel para hablar en nombre del Dios vivo.

ORATIO

Señor Jesús, te reconozco como el salvador de mi vida y como el único maestro de Sabiduría que tiene palabras de vida eterna. Cuando las fuerzas del mal quisieran reprenderme, mi fe manda nuevamente con el poder de tu Palabra que se callen y se implante la bonanza en mi corazón. Fortalece mi fe para que pue- da confiarme siempre a ti, porque no me dejas en ma- nos del Maligno, sino que has venido precisamente para liberarme y para mostrarme que el amor de tu Padre no nos identifica nunca con nuestros pecados, errores y problemas.

Por eso te doy gracias y te bendigo, mientras invoco tu ayuda a fin de que yo sepa apreciar cada día más todo lo que haces por mí y gozar de la novedad de tu Evangelio. Te pido que enriquezcas nuestras comunida- des con el carisma de la profecía, suscitando personas que tengan un vivo sentido de tu presencia, que nos ayu- den a discernir tu voluntad y nos acompañen en el des-

34

Tiempo ordinario

- B

cubrimiento de la fuerza y de la novedad que tu Evan- gelio sigue conservando también en nuestro tiempo. Oh Señor, suscita también en medio de nosotros el don de la virginidad, el carisma profético que atraiga a jóvenes y a muchachas fascinados por una vida de plena consa- gración a ti e impulsados por el ideal de una comunión contigo sin distracciones.

CONTEMPLATIO

Dijo el padr e Antonio : «Vi tendida s sobr e la tierr a todas las redes del Maligno y dije gimiendo: "¿Quién podrá escapar de ellas?". Y oí una voz que me dijo: "La humildad"» {Vida y dichos de los padres del desierto, vol. I, Desclée de Brouwer, Bilbao 1996, p. 85). Sin la tentación, no experimentamos las atenciones que tiene Dios con nosotros, no ganamos la confianza en él, no aprendemos la sabiduría del Espíritu, ni el amor de Dios arraiga en nuestras almas. Ante las ten- taciones, el hombre ora a Dios como un extranjero; sin embargo, después de que él, gracias al amor que Dios le tiene, ha hecho frente a la tentación sin dejar- se desviar por la misma tentación, Dios le mira como a alguien que le ha amado y puede recibir legíti- mamente de él la recompensa: le considera como un amigo que, por su amor, ha combatido contra el poder de los enemigos, los demonios (Isaac de Nínive, cita- do en A. Grün, // cielo comincia in te, Brescia 2 2000, pp. 57ss).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Haz, Señor, que escuchemos tu voz».

4 o

domingo

\

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«Había

en la sinagoga un hombre con espíritu inmundo»

(Me 1,23). ¿Y yo? ¿Cuánto tiempo llevo formando parte de los

que asisten fielmente a misa, cada domingo, año tras año

Pero ¿soy consciente de mi verdadera condición de hombre po- seído por un «espíritu inmundo»? Hasta ahora nadie me había hablado de ello, por la enorme facilidad con que podía escon- der mi verdadera condición bajo la máscara religiosa. A buen seguro, ha habido horas y días en que me daba cuenta de que «algo no funcionaba»

«¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret?» (Me 1,24). ¿Advertimos la carga de agresión que irrumpe desde lo más hondo de nosotros mismos sólo al oír la palabra santo? Esta palabra por sí sola hace añicos nuestra idea de vida que - a pesar de todo- nos ha ayudado bien o mal a hacer frente al orden cotidiano. El «Santo» lo dejamos nosotros a los «santos», quienes, no obstante -fíjate tú-, eran hombres, ¡y qué hombres! En lo más profundo de nuestro interior advertimos que Jesús, «el Santo de Dios», nos está pidiendo una conversión, un modo de entender la vida completamente nuevo

«¡Cállate y sal de ese hombre!» (Me 1,25). Sólo una cosa es segura: sin la Palabra poderosa de Jesús, nunca podrá ser des- trozado el dominio tiránico del «espíritu inmundo». Sentimos en- tonces toda nuestra impotencia e incapacidad para cambiar las cosas nosotros solos, para denunciar la soberanía del «espíritu inmundo». Jesús pronuncia la palabra poderosa. Señor, noso- tros queremos, ayuda a nuestra falta de voluntad (H. Jaschke, Cesü, ¡I guaritore, Brescia 1997, pp. 254ss, 260 , passim).

?

5 o domingo del tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Job 7,l-4.6ss

Habló Job y dijo:

1 La vida del hombre sobre la tierra es como un servicio militar,

y
2

como esclavo, suspira por la sombra, como jornalero, espera su salario.

sus días, como los de un jornalero;

3

Meses de desengaño me han tocado,

noches de sufrimiento me han caído en suerte.

y

4 Al acostarme digo: «¿Cuándo será de día?». La noche se me hace interminable

y las pesadillas me acosan hasta el amanecer.

6 Mis días corren más que la lanzadera, se han acabado sin esperanza.

7 Recuerda que mi vida es un soplo, que mis ojos no volverán a ver la dicha.

**• El problema del mal y, en particular, el del dolor inocente ha puesto al hombre en crisis desde siempre:

se trata de un problema que somete la fe a una dura prueba. Su impacto resulta todavía más escandaloso cuando la fe invoca el sendero de la teoría tradicional de la retribución, como sostienen los amigos de Job. Al res- ponderles, Job recuerda que el dolor aparece en la crisis

38

Tiempo ordinario

- B

como castigo por el pecado; la fatiga aparece como utensilio necesario del trabajo servil del hombre; la muerte, como desenlace liberador de los «días» que co- rren más que la lanzadera y «sin esperanza». Con todo, Job se niega a concebir a Dios siguiendo una lógica de pensamiento humano, de racionalidad meritocrática: Dios no es ni puede ser así. Job llega a pedirle a Dios que se revele, que se anuncie como pre- sente incluso allí donde parecen faltar los signos de su bendición. No le pide que le explique su incomprensible lógica, sino que le haga sentir su proximidad: para él se- rían sólo «meses de desengaño» (v. 3) pretende r enfren- tarse a una lógica que la debilidad humana no puede comprender. Pese a estar atormentado por la noche, que se le hace interminable, y las pesadillas que le acosan hasta el amanecer, consigue intuir que un Dios más misterioso, una lógica divina, se aproxima al hombre.

Este fragmento puede ser leído como un contrapunto judío de la filosofía popular helenística, que modulaba en variaciones dispares el tema de la caducidad de la vida y del incomprensible dolor que atenaza a la huma- nidad. El sentimiento trágico de la vida, típico del mun- do griego, también está presente en Job con toda su viru- lencia y eficacia; sin embargo, escapa en cierto modo a

una solución fatalista, porque, mientras los griegos care- cen de intimidad y de diálogo con sus dioses, Job puede «hablar» con su Dios o al menos invocarle, hasta atre-

a Dios

establece la verdadera diferencia entre la tragedia griega

verse a citarle ajuicio . El «recuerda» (v. 7) dirigido

y la pregunta del hombre bíblico ante el mal.

Segunda lectura: 1 Corintios

9,16-19.22ss

Hermanos: 16 anunciar el Evangelio no es para mí un moti- vo de gloria; es una obligación que tengo, ¡y pobre de mí si no anunciara el Evangelio! " Merecería recompensa si hiciera

5 a

domingo

39

esto por propia iniciativa, pero si cumplo con un encargo que

¿dónde está mi recompensa? Está

en que, anunciando el Evangelio, lo hago gratuitamente, no

Siendo

como soy plenamente libre, me he hecho esclavo de todos para ganar a todos los que pueda. 22 Me he hecho débil con los

débiles para ganar a los débiles. He tratado de adaptarme lo más posible a todos para salvar como sea a algunos. " Y todo esto lo hago por el Evangelio, del cual espero participar.

haciendo valer mis derechos por la evangelización.

otro me ha confiado

18

I9

**• Pablo trata en esta parte de la carta el problema de los idolotitos, es decir, el problema de si podían comer los cristianos la carne sacrificada a los ídolos y vendida después en los mercados de la ciudad. El apóstol, par- tiendo de la base de la inexistencia de los ídolos, dedu- ce la legitimidad de tal comportamiento; sin embargo, este punto de vista debe responder también a las exi- gencias de la caridad, respetar la conciencia de los «dé- biles», es decir, de los que se escandalizarían de esto por interpretar semejante comportamiento como idolatría (1 Cor 8,9). Pablo exhorta, por tanto, a los «fuertes» a que renuncien al derecho a comer los idolotitos por res- peto al camino de fe de los «débiles». En este contexto, recuerda Pablo un ejemplo afín to- mado de su propio ministerio: como «apóstol» hubiera podido gozar del derecho a ser mantenido por la comu- nidad, pero ha renunciado a ello movido precisamente por su caridad para con los corintios. En efecto, quería favorecer su adhesión al Evangelio, evitando de cual- quier manera la posibilidad de ser confundido con al- guno de los muchos predicadores asalariados. En con- secuencia, ahora puede pedir a los corintios que muestren, respecto a sus hermanos más débiles, la mis- ma caridad que él uso antes con ellos: «Me he hecho dé- bil con los débiles» (v. 22). El apóstol aduce aquí, en de- finitiva, el ejemplo de su ministerio como demostración de un tema más amplio y decisivo: el de la caridad que edifica (cf. 1 Cor 8,2).

40

Tiempo ordinario

- B

«Anunciar el Evangelio no es para mí un motivo de glo-

ria; es una obligación que tengo» (v. 16): es la urgenci a propia de la caridad. La caridad de la predicación es re- sultado de la libre decisión del que es llamado, pero tam- bién de la necesidad de responder de manera adecuada

a la vocación divina. Por eso afirma Pablo que se ha hecho libremente «siervo» de la causa del Evangelio: «Siendo como soy plenamente libre, me he hecho esclavo de todos

para ganar a todos los que pueda» (v. 19). De ah í se sigue la renuncia al derecho a obtener una recompensa por su propio empeño apostólico, porque es esclavo del Evange- lio, y al esclavo se le exige que trabaje sin una verdadera paga. Por eso no exige Pablo una recompensa económica

a los fieles. En efecto, para él es premio suficiente haber

sido tomado para el servicio del Evangelio. He aquí, pues, la indicación que brota de su ejemplo apostólico, que los «fuertes» de Corinto deben tomar como modelo, de suerte que sepan renunciar, con generosidad, a un derecho que les corresponde en favor de los débiles: «Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles. He tratado de adaptarme lo más posible a todos» (v. 22).

Evangelio: Marcos 1,29-39

En aquel tiempo, 29 al salir de la sinagoga, Jesús se fue in- mediatamente a casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan. 30 La suegra de Simón estaba en cama con fiebre. Le ha- blaron en seguida de ella, 3I y él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. La fiebre le desapareció y les servía.

32 Al atardecer, cuando ya se había puesto el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. 33 La población entera se agolpaba a la puerta. 34 El curó entonces a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero a éstos no les dejaba hablar, pues sabían quién era.

35 Muy de madrugada, antes del amanecer, se levantó, salió, se fue a un lugar solitario y allí se puso a orar. 36 Simón y sus compañeros fueron en su busca. " Cuando lo encontraron, le dijeron:

5 o

domingo

-Todos te buscan.

38 Jesús les contestó:

II

-Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para predicar también allí, pues para esto he venido.

39 Y se fue a predicar en sus sinagogas por toda Galilea, expulsando a los demonios.

*»• Este

pasaje

evangélico

está

compuesto

por

tres

pequeñas perícopas (w. 29-31; 32-34; 35-39). Estos mo-

mentos de la jornada de Cafarnaún, la «jornada-tipo» de la misión de Jesús en Galilea, están enmarcados en

dos escenarios opuestos:

de una casa, la morada de la suegra de Pedro; por otra, está el desierto, el lugar de la soledad, de la ausencia, aunque también del diálogo con el Padre. El rasgo sobresaliente en el relato de la curación de la suegra de Pedro consiste en la construcción, bastante extraña, de esta frase: «El se acercó, la cogió de la mano y la levantó. La fiebre le desapareció» (v. 31). Para Marcos, la enfermedad y la muerte manifiestan el imperio del demonio, y toda curación es una victoria mesiánica contra las fuerzas del mal, un anticipo de la fuerza de la resurrección (cf «la levantó»). Por último, el evangelista muestra a la mujer, que, liberada de la fiebre, se levanta para servir a Jesús y a los discípulos. El mensaje que de ahí resulta es claro: si Jesús libera, cura, resucita, es para hacer al hombre capaz de servir, y de hacerlo de una manera duradera, como manifiesta el verbo griego en imperfecto («les servía»: v. 31).

por una parte, está el interior-

Viene después un resumen de las curaciones reali- zadas por Jesús al final del reposo sabático, junto a la puerta de la ciudad de Cafarnaún. Aquí aparece el llamad o «secreto mesiánico» (v. 34), mediant e el que Jesús impone la consigna del silencio sobre su persona a los demonios, a los beneficiarios de milagros y a los mismos discípulos. La obligación de guardar silencio

42

Tiempo ordinario

- B

tiene un doble motivo: evitar los fáciles entusiasmos y los malentendidos que se originan cuando los testigos no están guiados por una fe verdadera, y ayudar a comprender que el misterio del poder del Hijo de Dios se esconde en la debilidad de la cruz, máximo secreto mesiánico, pero también cima de la revelación. Por último, Marcos habla de la oración de Jesús por la noche en un lugar desierto. No sabemos los contenidos de esta oración. En todo caso, está claro que la oración es un punto firme de la actividad de Jesús, y preci- samente gracias a ella consigue adherirse a la difícil voluntad de Dios, sustrayéndose a la tentación de la búsqueda entusiasta de las muchedumbres y de los pro- pios discípulos. Por eso puede responder Jesús a Simón:

«Vamos a otra parte» (v. 38). Abandon a aqu í el model o rabínico, que quería que el maestro estuviera ligado a una sede fija, para convertirse en un predicador itine- rante, próximo al modelo de los antiguos profetas.

MEDITATIO

El primer episodio que nos cuenta el evangelio nos muestra a Jesús entrando en una casa privada, en la casa de la suegra de Pedro. En él podemos contemplar el Reino de Dios, que viene a nuestra humanidad para reconfigurarla también allí donde entran en juego los afectos, las relaciones de proximidad y las adhesiones profundas. El Reino es la venida a nosotros de un Dios que quiere llevar a cabo un intercambio íntimo con cada uno, estableciendo una relación de proximidad, de comunión. Los gestos realizados por Jesús se caracteri- zan precisamente por este rasgo de la proximidad; así se explica su visita a la suegra de Pedro, que está enferma; el hecho de escuchar a quienes le hablan de ella, el co- gerla por la mano y levantarla.

5 o

domingo

43

Se nota en él un amor que se aproxima a nosotros en

el momento del dolor, que nos coge por la mano, infun-

diéndonos una renovada seguridad; se advierte sobre todo una proximidad que reanima. Se realiza aquí, de modo sumo, esa caridad que la Palabra de Dios nos pide que hagamos nuestra, proponiéndonos asimismo el ejemplo de Pablo y sus demandas a los cristianos «ma- duros» de Corinto. Nuestra verdadera madurez en la fe se muestra en la acogida del camino de la caridad, esa caridad que Dios ha usado en Cristo con nosotros, res- pondiendo a nuestro grito como a Job, porque nuestra vida es como un soplo (Job 7,7).

Con todo, el rasgo de la proximidad no debe hacernos perder el sentido del misterio ni la conciencia de que

Dios, aunque se aproxima a nosotros, no puede ser ma- nipulado por nuestros deseos ni circunscrito a nuestros conocimientos y a nuestras vivencias. Nos ilumina el ejemplo de Jesús, que «salió» hacia el desierto para orar cuando aún era de noche. Jesús no sucumbe a la ten- tación del éxito y de la notoriedad como nosotros, a riesgo de ser devorado por quien reclama una «proxi- midad» que se convierte en pretensión de poseer a Dios

y domesticarlo. Jesús, por el contrario, «salió» para re-

tirarse a orar; no se pone en el centro a sí mismo, sino

al Padre. Jesús realiza verdaderamente su propio «éxo- do» desde las expectativas de la gente, aceptando, en

cambio, la difícil voluntad del Padre. Nuestra plegaria debe ser, por eso, una búsqueda de la voluntad de Dios

a ejemplo y con la ayuda de Jesús.

ORATIO

Oh Señor, tu Palabra me presenta hoy a ti como modelo y maestro de oración. Deseo aprender de ti el arte de la oración y cómo configurar mis decisiones a la voluntad del Padre. Mirándote a ti -que oras al Padre

44

Tiempo ordinario

- B

durante la noche y en la soledad- también yo podré en- contrar con la oración el valor necesario para ir «a otra parte», para poner en el centro de mis preocupaciones las necesidades de mis hermanos. Entonces podré hacer frente a los comprometedores «traslados» que la vo- luntad divina me pide y dejarme llevar adelante por el camino, hasta encontrarme allí donde no pensaba poder llegar. En la oración advierto vivamente tu proximidad: esa que hiciste sentir a la suegra de Pedro y a los enfermos que curaste junto a las puertas de la ciudad. Te bendigo así por todas las veces que -lleno de comprensión- te has dejado encontrar por mí y por mis hermanos y hermanas, confortándonos en los momentos difíciles de nuestra vida. Haz que, habiendo experimentado la dulce y poderosa proximidad de tu amor, lleguemos a ser más fuertes y, a ejemplo de Cristo, también nosotros apren- damos a compartir con los otros el misterio del dolor, iluminados por la esperanza que nos salva.

CONTEMPLATIO

Si os resulta difícil interesaros por el prójimo, refle- xionad sobre el hecho de que no podéis alcanzar la bie- naventuranza de ningún otro modo. Suponed que se declara un incendio en una casa:

algunos vecinos, preocupados sólo por sus cosas, no se preocupan de alejar el peligro. Cierran la puerta y se quedan en sus casas, temiendo que entre alguien y les robe. Pues bien, sufrirán un gran castigo. El fuego crece- rá y quemará todos sus bienes. Y ellos, por no haberse in- teresado por el prójimo, perderán también lo que tienen. Dios ha querido unir entre sí a los hombres, y para ello ha imprimido en las cosas la ley de que el beneficio del prójimo vaya ligado al de cada uno. Y, de este modo,

5 o

domingo

subsiste todo el mundo. Así sucede también en la nave si el capitán , al estalla r la tempestad , sacrifica el bien ele muchos buscando sólo su propia salvación: en seguida se ahogarán tanto los otros como él mismo. Así sucede en todas las ocasiones: si se tiene en cuenta únicamenle el propio interés, no podrán sostenerse ni la vida ni el mismo arte (Juan Crisóstomo, Homilías sobre la primera carta a los Corintios, 25,4).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«El Señor

sana

a los que tienen

quebrantado

zón»

(Sal 146,3a).

el cora-

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La compasión es una cosa diferente a la piedad. La piedad

sugiere distancia, incluso una cierta condescendencia. Yo actúo frecuentemente con piedad: doy dinero a un mendigo en las calles de Toronto o de Nueva York, pero no le miro a los ojos,

no me siento a su lado, no le hablo. Mi dinero sustituye a mi

atención personal y me proporciona una excusa para proseguir

mi camino.

La compasión, en cambio, es un movimiento de solidaridad hacia abajo. Significa hacerse próximo a quien sufre. Ahora bien, sólo podemos estar cerca de otra persona si estamos dis- puestos a volvernos vulnerables nosotros mismos. Una persona compasiva dice: «Soy tu hermano; soy tu hermana; soy huma- no, frágil y mortal, justamente como tú. No me producen escán- dalo tus lágrimas. No tengo miedo de tu dolor. También yo he llorado. También yo he sufrido». Podemos estar con el otro sólo cuando el otro deja de ser «otro» y se vuelve como nosotros. Tal vez sea ésta la razón principal por la que, en ciertas ocasiones, nos parece más fácil mostrar piedad que compasión.

46

Tiempo ordinario

- B

La persona qu e sufre nos invita a llegar a ser conscientes d e

nuestro propio sufrimiento. ¿Cómo puedo

ledad de alguien si no tengo contacto con mi propia experiencia

soledad? ¿Cómo puedo estar cerca d e un minusválido si

da r respuesta a la so-

de la

me niego a reconocer mis minusvalías? ¿Cómo puedo estar con

el pobre si no estoy dispuesto a confesar m i propia pobreza? Debemos reconocer que hay mucho sufrimiento y mucho dolor

en nuestra vida, pero ¡qué bendición cuando n o vivir solos nuestro dolor y nuestro sufrimiento!

Estos momentos d e verdadera compasión son a menudo, además, momentos sin palabras, momentos de profundo silen-

cio. Recuerdo haber pasado po r una experiencia en la que m e sentía totalmente abandonado: m i corazón estaba sumido en la angustia, m i mente enloquecía po r la desesperación, m i cuerpo se debatía con violencia. Lloraba, gritaba, pataleaba contra el suelo y me daba contra la pared. Como en el caso de Job, tenía

a dos amigos conmigo.

ban allí. Cuando, algunas horas más tarde, me calmé un poco,

todavía estaban allí. M e echaron encima sus brazos y

tenemos qu e

N o me dijeron nada: simplemente, esta-

me tuvie-

ron abrazado, meciéndome como a un niño (H. J. M . Nouwen,

Vivere nello spiríto,

Brescia 4 1998, pp . 101-103,

passim).

6° domingo del tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Levítico

13,l-2.45ss

1 El Señor dijo a Moisés y Aarón:

2 -Cuando alguno tenga en la piel un tumor, una pústula o mancha reluciente y se le forme en la piel una llaga como de lepra, será llevado al sacerdote Aarón o a uno de sus hijos sacerdotes. 4S El leproso llevará las vestiduras rasgadas, la ca- beza desgreñada y el bigote tapado, e irá gritando: «¡Impuro, impuro!». 46 Mientras le dura la lepra, será impuro. Vivirá aislado y tendrá su morada fuera del campamento.

*» El ritual de la lepra está contenido en dos capítu- los del libro del Levítico (capítulos 13 y 14), y el térmi- no hebreo que designa esta enfermedad, que en su raíz significa «estar golpeado por Dios», implica u n juicio sobre la misma. Para los judíos, el que era golpeado por este mal contagioso tenía que ser apartado, porque la lepra era sinónim o de separación, de impureza reli- giosa y de castigo de Dios; era un a situación sin espe- ranza humana, llaga reservada a los pecadores, com o lo fue con los egipcios (Ex 9). El leproso, marcad o con esa señal, era considerado impuro, segregado de la comuni-

48

Tiempo ordinario

- B

dad y «excomulgado», a fin de preservar la santidad del pueblo de Dios. Además, el hecho de que, en caso de sanación, el que se curaba de la lepra tuviera que hacer un sacrificio de expiación (14,33ss) para ser readmitido en la sociedad pone de manifiesto el estrecho vínculo que había entre la lepra y el pecado (cf. Nm 12,10-15; Dt 28,27.35; 2 Cr 26,19-23). En el relato de María, vícti- ma de este mal por haber hablado contra Moisés, apa- rece un ejemplo elocuente de lo que decimos: «El Señor se irritó contra ellos y se fue. Apenas había desaparecido la nube de encima de la tienda, María apareció cubierta de lepra, blanca como la nieve» (Nm 12,9ss). Por esa razón, los evangelios, cuando narran las cura- ciones de lepra, las presentan como símbolo de la libera- ción del mal y del pecado, como signo y prueba del poder de Dios, que ha venido a los hombres no para los sanos, sino para los enfermos. En tiempos de Jesús, los leprosos sufrían doblemente: en el cuerpo y en el espíritu por la ausencia de Dios. Sobre este fondo debemos leer el pasa- je evangélico de hoy, sin olvidar que Jesús muere en la cruz como un leproso, desfigurado y rechazado por el pueblo, para que en el mundo deje de haber leprosos.

Segunda lectura: 1 Corintios

10,31-H.l

Hermanos: 3I En cualquier caso, ya comáis, bebáis o hagáis otra cosa cualquiera, hacedlo todo para gloria de Dios. 32 Y no seáis ocasión de pecado ni para judíos ni para paganos, ni para la Iglesia de Dios. " Ya veis cómo procuro yo complacer a todos en todo, no buscando mi conveniencia, sino la de los demás, para que se salven. "•' Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo.

normas

que deben iluminar la vida del cristiano: hacerlo todo para gloria de Dios; no ser ocasión de pecado o de es-

**• Este breve pasaje

paulino recuerda

tres

<5° domingo

cándalo para nadie, ni dentro ni fuera de la comunidad; imitar en nuestra propia conducta de vida el obrar y las enseñanzas de Jesús. El pasaje se sitúa en el contexto en el que Pablo enseña a la comunidad cómo vivir con sencillez cada día sin moralismos y sin dar escándalo. El caso del que habla aquí tiene que ver con el hecho de comer la carne inmolada a los ídolos: ¿es lícito o no es lícito alimentarse con ella? Hay quienes están persuadi- dos de que los ídolos no existen y, en consecuencia, para ellos la carne inmolada es igual a cualquier otra carne:

por tanto, es lícito comerla. El hecho tenía una gran re- percusión en la comunidad, porque la carne de los ani- males inmolados en los templos se vendía muy barata. Pero había también en la comunidad quienes no pensa- ban así, por ser esclavos aún de sus supersticiones, y se escandalizaban de ello. El pensamiento de Pablo en este asunto está claro: no hay diferencia entre alimento y ali- mento; con todo, si un alimento o cualquier otra cosa escandaliza a los hermanos, he de evitar comer carne (cf. 8,13). Entre nuestra propia libertad y la edificación común, debe tener prioridad esta última: «"¡Todo es lícito!", dicen algunos. Sí, pero no todo es conveniente. Y aunque "todo sea lícito", no todo aprovecha a los demás» (10,23ss). La enseñanza de Pablo enlaza, sin duda, con el estilo de vida del Señor Jesús, que entregó toda su propia vida no para buscarse a sí mismo, sino para atender y entregarse él mismo a los otros.

Evangelio: Marcos 1,40-45

En aquel tiempo, 40 se le acercó un leproso y le suplicó de rodillas:

-Si quieres, puedes limpiarme. 41 Jesús, compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo:

-Quiero, queda limpio. 42 Al instante le desapareció la lepra y quedó limpio.

50

Tiempo ordinario

- B

43 Entonces lo despidió, advirtiéndole severamente:

44 -No se lo digas a nadie; vete, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les conste a ellos.

45 Él, sin embargo, tan pronto como se fue, se puso a divulgar a voces lo ocurrido, de modo que Jesús no podía ya entrar abiertamente en ninguna ciudad. Tenía que quedarse fuera, en lugares despoblados, y aun así seguían acudiendo a él de todas partes.

**• El evangelista narra el relato de la curación del le- proso por Jesús siguiendo un esquema sencillo: presen-

tación del caso (v. 40); gesto de Jesús , qu e obr a la cura-

milagr o implorad o (v. 42). La catcque-

sis del texto resulta bastante sencilla: la curación del mal va ligada siempre a la fe de la persona del enfermo. Éste debe tomar conciencia primero de su propia situa- ción de impotencia y, en consecuencia, debe confiarse al poder del Señor. Todo es siempre don de Dios; la propia salvación, aunque requiere la colaboración humana, es obra de Dios, que actúa en virtud de la fe del hombre. El hecho de que se trate, además, de la curación de un leproso reviste un significado particular: la curación de la lepra era uno de los grandes signos esperados para los tiempos mesiánicos (cf. Mt 11,5). Había llegado el tiempo de la venida del Mesías, en el que el hombre de- bía ser restituido por completo en su dignidad humana, en su integridad de cuerpo y de espíritu. Ahora bien, Jesús, con el generoso gesto con el que toca y cura al en- fermo, quiere enseñar asimismo que el leproso no es un maldito o alguien castigado por Dios, sino una criatura amada por su Señor. Y es que la verdadera lepra o im- pureza no es la física, sino la del corazón. Jesús no hace acepción de personas. Llama a todos indistintamente a su amor misericordioso, porque todos los hombres son hijos de Dios y dignos de salvación y de amor.

ción (v. 41); constatació n de qu e el po r el enfermo se h a llevado a cab o

6"

domingo

MEDITATIO

51

Cristo se nos presenta en la curación del leproso como alguien que «rompe» y abate con autoridad todas las barreras que suponen un obstáculo para una encar- nación de amor más completa y total. El término griego que emplea el evangelista invita a la meditación. Expre- sa una ternura, una compasión, una sensibilidad «ma- terna» y «de mujeres»: la que siente la madre por su hijo. Las vibraciones del corazón de Cristo respecto a los dolores y las tribulaciones que afligen al hombre son «sentidas» hasta tal punto que se parecen más a las de la Mujer, que se hace víctima-esclava, sierva del Hijo que sufre. Ninguna madre ha sufrido y se ha dejado implicar por el sufrimiento humano más profundamente que Jesús. Nos viene a la mente el célebre capítulo 53 de Isaías, donde describe el profeta -en una de sus páginas más sugestivas- al «abrumado de dolores y familiarizado con el sufrimiento», que verdaderamente «llevaba nuestros dolores, soportaba nuestros sufrimientos» y nuestras an- gustias. De este modo, el dolor, «tocado» por Cristo, se vuelve -por así decirlo- un hecho «sacramental» y un acontecimiento de gracia: útil y santificador no sólo para quien sufre, sino también para todo el cuerpo de la comunidad eclesial. Se convierte en acontecimiento de salvación y de resurrección «personal-colectivo»: el «toque» de Cristo lo ha cargado de energía divina.

ORATIO

Cristo, tú has santificado el dolor humano con tu vida y con tu Palabra. Tú, cansado por el caminar y abatido por la fatiga, te sentaste para reposar en el borde del pozo de Sicar. Tú has dicho: «Si el grano de trigo, con-

52

fiado

a la tierra, no muere,

se queda solo

Tiempo ordinario

- B

».

Has dicho:

«Lloraréis y sentiréis tribulaciones; el mundo, en cambio, se divertirá». Has dicho también: «Si alguien quiere venir detrás de mí, que deje de pensar sólo en sí mismo, coja a dia- rio su cruz en santa paz y me siga». Por medio de tus apóstoles nos has repetido: para ser menos indignos de entrar en el Reino de la vida, es menester pasar por mu- chas tribulaciones. Jesús, tus seguidores han confirmado este camino como el «camino real» para entrar en la eternidad, donde volveremos a encontrar las tribulacio- nes de la vida presente transformadas en gloria, y nos has asegurado: «Tened ánimo, nadie os podrá arrebatar esta gloria eterna». Lo creemos, Jesús. Pero ayúdanos a seguir adelante en las muchas tribulaciones y cansancios co- tidianos. Ayúdanos, por lo menos, a ser capaces de so- portar la pesadez, el «martirio blanco» de la vida cotidia- na. Ayúdanos a ser capaces de soportar la vida, con sus derrotas y decepciones, con sus angustias y problemas. Creemos, Señor, pero aumenta la fe en nosotros, para que, creyendo cada vez más, esperemos también cada vez más y, esperando cada vez más, amemos también más.

¡Que así sea!

CONTEMPLATIO

¿Por qué, pues, temes tomar la cruz por la cual se va al Reino? En la cruz está la salud; en la cruz, la vida. En la cruz está la defensa contra los enemigos, en la cruz está la infusión de la suavidad soberana, en la cruz está la for- taleza del corazón, en la cruz está el gozo del espíritu, en la cruz está la suma virtud, en la cruz está la perfec- ción de la santidad. No está la salud del alma ni la esperanza de la vida eterna sino en la cruz.

6 o

domingo

Toma, pues, tu

cruz y sigue a Jesús, e irás

a

la

vul;i

eterna. Él fue delante «llevando su cruz» (Jn 19,7) y murió en la cruz por ti, para que tú también lleves tu cruz y desees morir en ella. Porque si murieres juntamente con Él, vivirás con Él. Y si le fueres compañero de la pena, lo serás también de la gloria. Mira que todo consiste en la cruz y todo está en morir en ella. Y no hay otro camino para la vida, y para la verdade- ra entrañable paz, sino el de la santa cruz y continua mortificación. Ve donde quisieres, busca lo que quisieres y no halla- rás más alto camino en lo alto, ni más seguro en lo bajo, sino la vía de la santa cruz.

Dispon y ordena todas las cosas según tu querer y parecer, y no hallarás sino que has de padecer algo, o de grado o por fuerza, y así siempre hallarás la cruz.

la

tribulación en el espíritu. A veces te dejará Dios, a veces te perseguirá el próji- mo y, lo que peor es, muchas veces te descontentarás de ti mismo y no serás aliviado ni refrigerado con ningún remedio ni consuelo, mas conviene que sufras hasta cuando Dios quisiere.

Pues o sentirás

dolor en

el cuerpo

o padecerás

tribu-

lación sin consuelo y que te sujetes del todo a Él y te hagas más humilde con la tribulación.

Cristo

como aquel a quien acaece sufrir cosas semejantes. Así que la cruz siempre está preparada y te espera en cualquier lugar; no puedes huir dondequiera que fueres, porque dondequiera que vayas llevas a ti contigo y siem- pre te hallarás a ti mismo.

Porque quiere Dios que aprendas

a sufrir

la

Ninguno

siente así de corazón la pasión

de

54

Tiempo ordinario

- B

Vuélvete arriba, vuélvete abajo, vuélvete fuera, vuél- vete dentro, y en todo esto hallarás cruz. Y es necesario que en todo lugar tengas paciencia, si quieres tener paz interior y merecer perpetua corona.

Si de buena voluntad llevas la cruz, ella te llevará y

guiará al fin deseado, a donde será el fin del padecer,

aunqu e aquí n o lo sea (La imitación

de Cristo, II, 12).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Señor, si quieres, puedes

limpiarme»

(Me 1,40b).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Me complace proponer a la contemplación del creyente una oración compuesta por Valeria, una niña de nueve años, el día de su primera comunión (corría el año 1989). La cruz de Cristo la tocó pronto con su sombra benéfica: se vio privada en seguida del afecto de su madre, Gisella, que debía asistir a una hermanita nacida con síndrome de Down y padeció 31 operaciones. Valeria reza así:

«Jesús, te doy gracias porque hoy te recibo con alegría en mi corazón; te doy gracias porque, cada día y cada minuto, me ayudas a vencer Ta tristeza y me la cambias en alegría; te doy gracias porque, en cada momento de melancolía, me ayudas a ser feliz y a sonreír y, en las dificultades, me haces comprender todo lo que debo hacer. También a mí, que sólo soy una niña, me das la fuerza necesaria para llevar mi cruz con serenidad. Te doy gracias porque he comprendido que, sin una cruz, nadie puede ser feliz y porque, viviendo en medio del sufrimiento, se aprende que en cada experiencia bella o fea de nuestra vida hay siempre muchos motivos para ser felices. Yo soy feliz, aunque también llevo mi cruz, y te agradezco, Señor, de todo corazón esta cruz que me has dado. Amén».

7° domingo del tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Isaías

43,18-19.21-22.24b-25

Así dice el Señor:

18 No recordéis las cosas pasadas, no penséis en lo antiguo.

19 Mirad, voy a hacer algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis? Trazaré un camino en el desierto, senderos en la estepa.

21 El pueblo que yo constituí para que proclamara mi alabanza.

22 Pero tú no me has invocado, Jacob; porque te cansaste de mí, Israel.

24 Al contrario, me has agobiado con tus pecados

y me has cansado con tus culpas.

25 Soy yo, y sólo yo,

quien por mi cuenta borro tus culpas

y dejo de recordar tus pecados.

*• El Segundo Isaías da la impresión de ser el funda- dor de la escuela del gran profeta de Jerusalén. Escribe

56

Tiempo ordinario

- B

durante el exilio de Babilonia, por haber sido deportado

él mismo a aquella tierra con la caída de la Ciudad san-

ta. Estamos en el siglo VI a. de C. La psicología de los deportados ha sido bastante probada por el sufrimiento espantoso, por la frustración, por el odio contra sí mis- mos y contra los vencedores, después de todo lo que ha pasado con la caída del reino de Judá y de su capital. Las insistentes recomendaciones de Jeremías para que abrieran los ojos a la realidad religiosa y política del tiempo fueron rechazadas repetidamente, y ahora un sentimiento de culpa y confusión oprime a los exiliados, alejados de su patria y del Templo.

Pero he aquí que, desde el fondo de la tragedia, se alza una voz vigorosa, se oye un grito de esperanza que rompe la desolación y la amargura de los deportados. La palabra del profeta, como voz de Dios, quiere can- celar un pasado de oprobio. Una mirada lanzada a un futuro próximo cambiará de manera radical la situa- ción presente. «No recordéis las cosas pasadas», esas que martillean la conciencia y la memoria de los exiliados. Dios rehará la situación, la transformará en una reali- dad totalmente nueva e impensable. El anuncio del profeta adquiere el aspecto de un nue- vo éxodo, de u n retorno a la Tierra prometida; u n éxodo todavía más grandioso y repleto de intervenciones divi- nas de lo que fue el éxodo de Egipto. El profeta emplea un estilo vibrante e hiperbólico, el único capaz de despertar, en aquellas circunstancias, la somnolencia de los deportados y sacudir el pesimismo

y la postración en que se encontraban. Esperanza, resu-

son imágenes semejantes

a las que emplea Ezequiel, exiliado también en Babilo-

nia y portavoz de Dios para la salvación del pueblo. Es-

tas imágenes anuncian la apertura de la cárcel, el cami- no del retorno, los prodigios de Dios en favor del pueblo, que, liberado, volverá a tener su tierra.

rrección, retorno a la patria

,

domingo

57

Segunda lectura: 2 Corintios 1,18-22

Hermanos: ,s Dios es testigo de que nuestras palabras no son un ambiguo juego de síes y noes. " Como tampoco Jesu- cristo, el Hijo de Dios, a quien os hemos anunciado Silvano, Timoteo y yo, ha sido un sí y un no; en él todo ha sido sí, 20 pues todas las promesas de Dios se han cumplido en él. Por eso el amén con que glorificamos a Dios lo decimos por me- dio de él. 2l Y es Dios quien a nosotros y a vosotros nos man- tiene firmemente unidos a Cristo, quien nos ha consagrado, 22 nos ha marcado con su sello y nos ha dado su Espíritu como prenda de salvación.

**• Los susceptibles corintios acusan a Pablo de cam- biar de vez en cuando sus planes, como el del viaje ha- cia Macedonia. El apóstol, en primer lugar, responde

que para ese proyecto existían motivaciones pastorales válidas y que no se hizo a la ligera, «según la carne», esto es, con miras humanas y egoístas, sino por voluntad de Dios. A continuación, trata un tema importante, el de la solidez de su doctrina, en la que no hay contradicciones

o variaciones, «un ambiguo juego de síes y noes», sino

únicamente palabras de autenticidad y de verdad deri- vadas del «SÍ'» de Cristo. Y en este punto, Pablo, hablan- do de su sinceridad, deja a la comunidad de Corinto una estupenda descripción del obrar de Cristo y de su reali- zación según las promesas de Dios, afirmando que en él hubo siempre un «sí» obediente al Padre. Esa afirma-

ción sobre Cristo ratifica también el «sí» del apóstol a la

fe y a la doctrina del Evangelio.

Por otra parte, añade un aspecto sobre el Cristo me- diador afirmando que, a través de Cristo, el verdadero

amén de Dios (Ap 3,14), sube al Padre nuestro amén, esto es, nuestra alabanza y nuestra conformidad a su volun- tad. En efecto, hemos recibido de Dios la confirmación de nuestra identificación con Cristo, habiéndonos dado

el

él mism o par a este fin la unción del Espírit u (v. 21),

«sello» eterno de su posesión, que es, al mismo tiempo, la

58

Tiempo ordinario

- B

«prenda» de la vida eterna que los bautizados conserva- mos en nuestros corazones. Con esto nos regala Pablo una extraordinaria descripción del misterio trinitario, fruto espontáneo de la profunda experiencia de Dios que hace al creyente otro Cristo y apoyo para los hermanos.

Evangelio: Marcos 2,1-12

I Después de algunos días entró Jesús de nuevo en Cafarnaún y se corrió la voz de que estaba en casa. 2 Acudieron tantos que no cabían ni delante de la puerta. Jesús se puso a anunciarles el mensaje. ' Le llevaron entonces un paralítico entre cuatro. 4 Pero como no podían llegar hasta él a causa del gentío, levantaron la techumbre por encima de donde él estaba, abrieron un bo- quete y descolgaron la camilla en que yacía el paralítico. s Jesús, viendo la le que tenían, dijo al paralítico:

-Hijo, tus pecados te son perdonados.

ft Unos

sentados

comenzaron a pensar para sus adentros:

7 -¿Cómo habla éste así? ¡Blasfema! ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?

Ley

maestros

de

la

que

estaban

allí

8 Jesús, percatándose en seguida de lo que estaban pensan- do, les dijo:

-¿Por qué pensáis eso en vuestro interior? 9 ¿Qué es más

fácil? ¿Decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o

decirle: Levántate, carga con tu camilla y vete?

ver que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para per- donar los pecados. Entonces se volvió hacia el paralítico y le dijo:

II -Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. 12 El paralítico se puso en pie, cargó en seguida con la camilla y salió a la vista de todos, de modo que todos se que- daron maravillados y daban gloria a Dios diciendo:

I0

Pues vais a

-Nunca hemos visto cosa igual.

*•• E l pasaj e d e l a curació n de l paralític o s e encuentr a en la sección de Marcos que lleva como nombre «sec- ción de las controversias», donde aparecen cinco deba-

7"

domingo

59

tes entre los judíos y Jesús (cf. Me 2,1-3,6). Se trata de una serie de dichos y hechos en los que aparece la no- vedad del obrar de Jesús, que refleja una personalidad excepcional, un hombre enviado por Dios como Mesías

o el gran Profeta anunciado, tanto por los poderes que

posee como por la elevación de la doctrina que propone. En ciertos aspectos, es posible comparar esta sección con el «sermón del monte» de Mateo (capítulos 5-7), dado que se refiere a la novedad cristiana y a la libera- ción del hombre.

Marcos, en su visión religiosa, considera el pecado como principio de todo mal. Jesús ha venido para per- donar el pecado y para curar todo mal: un remedio radical que deja sin palabras a sus oyentes y suscita la envidia y la altivez de sus adversarios. Jesús, en el pro- ceso de curación y de liberación del hombre, encausa la

fe, tanto la fe individual como la colectiva y comunita- ria (v. 5). Él es quie n pued e suprimi r toda s las opresio- nes del hombre, las internas (los pecados) y las externas (las enfermedades). Frente a la cerrazón de los maestros de la Ley, el Señor manifiesta su novedad absoluta y su doble poder de perdonar y de curar. Algunos textos antiguos otorgaban al «hijo del hombre» el poder de juz- gar (cf. Enoc 61,8; 62,3), pero nunca el de perdonar los pecados. Era éste un atributo reservado sólo a Dios. En Dn 7,13ss se da al «hijo del hombre» el poder, la gloria y

el Reino, pero no la posibilidad de perdonar los pecados.

Sólo Jesús, Mesías e Hijo de Dios, se muestra como liberador del hombre y se revela como alguien que perdona el pecado y cura de todo mal.

MEDITATIO

exclama la gente, y

alaban a Dios por la prodigiosa curación del paralítico

«Nunca

hemos

visto

cosa igual»,

60

Tiempo ordinario

- B

y el milagro -superior incluso- del perdón de los peca- dos. Sí, porque sólo Dios puede perdonar los pecados. Se trata de un prodigio cualitativamente superior a la resurrección de un muerto: con la condición de que

-como sucede en nuestro caso- la culpa no sea sólo «cu- bierta», sino «suprimida de manera radical», de forma que el pecador vuelva a ser inocente e inmaculado como la lana, para usar la imagen de Isaías. De ahí que remitir el pecado sea una obra exclusivamente «divina»: es el milagro del amor creativo, preveniente y gratuito de Dios, como de un modo muy eficaz se dice con una frase que debería dejarnos pasmados por su fuerza y -¿cómo diríamos?- por su «nervio»: «Soy yo, y sólo yo, quien por

mi

cuenta borro tus culpas, oh Israel, y dejo de recordar

tus

pecados», aunque fueran rojos como la escarlata y

negros como la pez.

Por desgracia, el hombre, hipnotizado por lo sensible, siente pronto y con facilidad sólo las enfermedades que golpean a los sentidos del cuerpo: las visibles y tangi- bles, pero no ve la sucia podredumbre negra que se im- prime «psicofísicamente» en el alma con la práctica de los egoísmos -tenor-gozar-poder- y con las porquerías de los siete vicios capitales; esa podredumbre, lamenta- blemente, le cuesta bastante notarla. Oh hombre infeliz, exclamaría Agustín con Pablo, ¿quién me liberará de este cuerpo de muerte?

ORATIO

Oh Espíritu de la verdad, que eres luz, haz que yo vea lo sucias que son las siete manchas de los siete vicios ca- pitales. Cómo quisiera hacer mía la ardiente exclama- ción de los ciegos del evangelio: «Cristo, hijo de David, haz que vea». Oh Espíritu de la verdad, que eres luz, in- funde en mí esa iluminación interior que me permita dis- tinguir el bien del mal, la verdadera felicidad de la falsa,

7"

domingo

61

la verdadera belleza-grandeza de las falsas. Oh Espíritu de la verdad, que eres luz, hazme comprender que existe también una belleza invisible, bastante más bella y fasci- nante que la visible; hazme comprender que puede exis- tir una salud espiritual incluso bajo un cuerpo enfermo, una riqueza espiritual bajo una envoltura de andrajos. Oh Padre, infunde en mí tu Espíritu, a fin de que yo comprenda con mayor claridad que es justamente ver- dad que vale muy poco ganar todo el mundo y perder los verdaderos bienes, que son los invisibles; hazme comprender que son liberadoras estas palabras de Jesús:

«Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo

de la

lo demás se os dará por añadidura». Oh Espíritu verdad, que yo vea.

CONTEMPLATIO

Mas ahora me es grata la necesidad y tengo que lidiar contra esta dulzura para no ser esclavo de ella, y la combato todos los días con muchos ayunos, reduciendo a servidumbre a mi cuerpo; mas mis molestias se ven arrojadas por el placer. Porque el hambre y la sed son molestias, queman y, como la fiebre, dan muerte si el remedio de los alimentos no viene en su ayuda; y como éste está pronto, gracias al consuelo de tus dones, entre los cuales están la tierra, el agua y el cielo, que haces que sirvan a nuestra flaqueza, llámase delicias a seme- jante calamidad.

Tú me enseñaste esto: que me acerque a los alimen- tos que he de tomar como si fueran medicamentos. Mas he aquí que cuando paso de la molestia de la necesidad al descanso de la saciedad, en el mismo paso me tiende insidias el lazo de la concupiscencia, porque el mismo paso es ya un deleite, y no hay otro paso por donde pa- sar que aquel por donde nos obliga a pasar la necesidad.

62

Tiempo ordinario

- B

Y siendo la salud la causa del comer y beber, júntasele una peligrosa delectación, y muchas veces pretende ir delante para que se haga por ella lo que por causa de la salud digo o quiero hacer. Ni es el mismo el modo de ser de ambas cosas, por- que lo que es bastante para la salud es poco para la de- lectación, y muchas veces no se sabe si el necesario cui- dado del cuerpo es el que pide dicho socorro o es el deleitoso engaño del apetito quien solicita que se le sirva. Ante esta incertidumbre, alégrase la infeliz alma y con ella prepara la defensa de su excusa, gozándose de que no aparezca qué es lo que basta para la conservación de la buena salud, a fin de encubrir con pretexto de ésta la satisfacción del deleite. A tales tentaciones procuro re- sistir lodos los días, e invoco tu diestra y te confieso mis perplejidades, porque mi parecer sobre este asunto no es aún suficientemente sólido (Agustín, Confesiones, X, 31).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Buscad

primero

el Reino

de Dios y su justicia,

lo demás

se os dará por añadidura»

(cf. Mt 6,33).

y

todo

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cuan verdaderos son los gemidos y las lágrimas de Juan de la Cruz, que, con Agustín, exclama afligido: «jAy, miserable condición de la vida humana, que a menudo persigue, abraza y mantiene bienes estrictos que, sin embargo, son malos» y, ho- rrorizado, huye de males que, sin embargo, son verdaderos bie- nes. Así le sorprende la horrible desgracia de rechazar, a cual- quier precio y por prejuicios, las bienaventuranzas que nos aseguran la verdadera felicidad-paz-alegría, y de perseguir de

7"

domingo

63

manera afanosa bienes efímeros y falaces, precarios y pasaje- ros, que cansan y maltratan, agotan y extenúan al mismo órga- no físico del corazón, provocando ansiedad y preocupaciones, angustias y depresiones, fatigas y desconciertos, somníferos y tranquilizantes. Los bienes terrenos, amados de una manera de- sordenada, introducen en una espiral interminable y agotadora de bienes pasajeros, que nacen, duran apenas un poco y -fa- talmente- terminan, dejando el alma más cansada y colapsada. Sólo así se explican los estados de depresión de los que hablan los periódicos, que sólo en Cristo pueden tener su trata- miento y curación magistral y definitiva. Jesús nos dice: «Todo el que bebe de este agua volverá a tener sed; en cambio, el- que beba del agua que yo quiero darle nunca más volverá a tener sed». Oremos con la samaritana: «¡Oh Señor, danos siempre de este agua!».

8 o domingo del tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Oseas 2,16.17b.21ss

Así dice el Señor:

16 Pero yo voy a seducirla; la llevaré al desierto

y le hablaré al corazón.

17 Y ella me responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que salió de Egipto.

21 Te desposaré conmigo para siempre, te desposaré en justicia y en derecho, en amor y en ternura;

22

te desposaré en fidelidad

y tú conocerás al Señor.

*•*• El profeta Oseas nos ofrece en unos cuantos ver- sículos una pequeña joya en la que eleva el desierto a lu- gar de encuentro con Dios, a lugar de diálogo, de amor y de conversión. Estamos ante una evocación de la experiencia del éxodo, ante una vigorosa invocación de Dios y de su Palabra. El profeta, duramente probado por la infidelidad y el fracaso de su matrimonio, pro-

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Tiempo ordinario

- B

yecta su caso como comparación de la infidelidad de Israel respecto al esposo fiel, el Dios de la alianza. El amor sincero que profesa Oseas a su esposa le impulsa a llamarla una vez más para empezar nuevamente la vida de unión y fidelidad prometidas antaño. La amar- gura desaparecerá, la separación se convertirá en en- cuentro, la infidelidad en amor. Todo el pasado, triste y desolado como el valle de Acor, se transformará en una «puerta de esperanza» (versículo suprimido en el texto litúrgico). Esta actitud generosa y magnánima está con- siderada como figura del amor sin límites del Esposo divino, que llama una y mil veces a la esposa descarria- da, Israel, a una auténtica conversión y a renovar el vínculo de su amor.

Este breve fragmento de Oseas se convierte en un re- sumen significativo de lo que será, más tarde, el Cantar de los cantares, esto es, la incomparable descripción del amor matrimonial entre Dios y el pueblo. Y para llevar- lo a cabo se evoca el desierto, sinónimo de los orígenes de Israel, donde la escucha de la Palabra de Dios y la fidelidad a su voluntad son considerados como modelos de vida y de conversión válidos: «Recuerdo tu amor de juventud, tu cariño de joven esposa, cuando me seguías por el desierto» (Jr 2,2).

Segunda lectura: 2 Corintios 3,lb-6

Hermanos: ¿Acaso necesitamos, como algunos, cartas de re- comendación para vosotros o recibirlas de vosotros? 2 Nuestra carta de recomendación sois vosotros, una carta que llevamos escrita en el corazón y que es conocida y leída por todos los hombres. 3 A la vista está que sois una carta de Cristo redac- tada por nosotros y escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, es decir, en el corazón.

4 Esta confianza que tenemos en Dios nos viene de Cristo. 5 Y no presumimos de poder pensar algo por nosotros mis-

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mos; si algo podemos, a Dios se lo debemos. 6 Dios que nos ha capacitado para ser ministros de una alianza nueva, basada no en la letra de la Ley, sino en la fuerza del Espíritu, porque la letra mata, mientras que el Espíritu da vida.

**• El Nuevo Testamento sólo se comprende bien si lo miramos desde la óptica correcta: la de la novedad de la «nueva alianza». Ésta es el paso y desarrollo de lo anti- guo a lo nuevo, de la ley a la gracia, de la letra al Espí- ritu. La segunda carta a los Corintios, un escrito polé- mico en el que Pablo tiene que defenderse con frecuencia de falsas acusaciones o de falsas interpreta- ciones sobre la doctrina y sobre el trabajo apostólico, presenta la contestación de la comunidad a su minis- terio. Pablo recuerda entonces cuál ha sido su activi- dad apostólica, la autenticidad de su comportamiento y la magnífica realidad que constituye su fruto, a sa- ber: la misma comunidad de Corinto: «Mis credenciales sois vosotros mismos. Si la comunidad cristiana está animada por el Espíritu, si está en comunión con Dios, eso significa que mi ministerio es fruto de vida y no de muerte».

Pablo, consciente de sus límites y de sus incapacida- des, ve en lo que ha hecho la acción de Dios, que ha dado el incremento a la semilla y ha hecho de él un mi-

nistro apto de la nueva alianza. En esta novedad no ha de ser la ley o la prescripción escrita la que ha de llevar las de ganar, sino el Espíritu de Dios. Y la explicación es

esta : «la letra

La novedad cristiana aparece descrita como fermento interior, que es el Espíritu de Cristo, su Palabra creado- ra, su Evangelio. La comparación paulina, que ve en los corintios «una carta que llevamos escrita en el corazón», es una enseñanza alentadora para toda comunidad o in- dividuo cristiano. La vida espiritual de una comunidad cristiana ha de estar escrita «no en tablas de piedra», sino en el corazón vivo y palpitante de sus miembros,

mata, mientras que

el Espíritu da vida» (v. 6) .

68

Tiempo ordinario

- B

que han recibido la gracia de la fe y han sido capaces de dar frutos de vida.

Evangelio: Marcos 2,18-22

'" Un

día

en el que los discípulos

de Juan

y los

fariseos

ayunaban, fueron a decir a Jesús:

-¿Por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan y los tuyos no? 1,1 Jesús les contestó:

-¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras el novio está con ellos, no tiene sentido que ayunen. 20 Llegará un día en el que el novio les será arrebatado. Entonces ayunarán. 21 Nadie cose un remiendo de paño nuevo en un vestido viejo, porque lo añadido tirará de él, lo nuevo de lo viejo, y el rasgón se liará mayor. 22 Nadie echa tampoco vino nuevo en odres viejos, porque el vino reventará los odres y se perderán vino y odres. El vino nuevo en odres nuevos.

d e la s «controver -

sias» entre Jesús y los judíos. Jesús, con sus palabras y sus hechos, saca al hombre de la red que le oprime y le somete al inmovilismo y al determinismo legal, cultural, religioso, social y psicológico. Ante el culto estéril a las

devociones, hecho de observancias externas y superfi- ciales, Jesús se muestr a com o el Mesías-Esposo (v. 19). Con él comienza una época nueva, una etapa nueva de la historia de la salvación, y crea una nueva comunidad que vive en él la experiencia de la novedad absoluta.

Una de las cosas a las que más se apegaban los fari- seos era el ayuno, una práctica que les daba seguridad de justicia y mérito ante Dios, además de fama de ob- servancia y piedad. La privación del alimento o la be- bida puede tener su valor espiritual, pero sólo cuando

*•• Seguimo s e n el mism o context o

8"

domingo

69

va acompañada de otras actitudes espirituales sinceras, según la voluntad de Dios. Basta con recordar el ataque

lanzado por Isaías contra el ayuno en el capítulo 58 de su libro. El mismo ayuno se convierte, desde la perspectiva de Jesús, en algo marginal, secundario. Lo importante es

el corazón y la docilidad a la Palabra de Dios. Todo eso

supone una nueva mentalidad, nuevas actitudes, nuevos valores, que proceden de la seguridad de la salvación y de la experiencia del amor de Dios, vivido en Cristo. Las

perspectivas de la vida, de la esperanza y de la respuesta

a Dios no son comparables con las antiguas (compara-

ción entre los odres nuevos y los viejos). La novedad cris-

tiana no puede ser encerrada en esquemas legalistas o es- clavos de la letra. Con Jesús ha subintrado el mundo del Espíritu, en el que existe una nueva situación religiosa, donde ya han sido superadas las antiguas prácticas, porque él es la novedad y la regla de vida.

MEDITATIO

Las lecturas hablan de u n pacto de amor de Israel con Dios y del bautizado con Cristo: el género literario usa- do por la Biblia es, evidentemente, «matrimonial». Se trata de una alianza que no tiene lugar por «yuxtaposi- ción» o por «acercamiento», como las hojas de un libro, sino mediante una «inserción» recíproca y viva en el círculo de la vida trinitaria, que se lleva a cabo median- te la fe-esperanza-caridad, que permiten una participa- ción verdadera en la naturaleza de Dios y «arraigar» en el misterio de la Trinidad. Esa participación es vertida de una manera eficaz por las teologías de Pablo y de Juan con las vividas imágenes del óleo y de la unción, del agua y de la luz, de la incisión y del sello que marca. Esta marca es suave y profunda. Dice Pablo: «El que os ha ungido, el que os ha marcado y ha imprimido en

70

Tiempo ordinario

- B

vosotros

Estos términos bíblicos, que -como sabemos- producen lo que significan, porque están «informados» por el Es- píritu, conducen lógicamente al creyente a sentir-tocar- gustar la presencia de la Trinidad, que, justamente, es cantada por la liturgia como «dulce huésped de las almas» y «dulcísimo refrigerio». En virtud de estas realísimas realidades, el bautizado pertenece de un modo más verdadero y más profundo a Cristo que a sus padres según la carne: hasta el punto de que Ezequiel, en el célebre «Canto de la expósita», dice:

« Yo pasé junto a ti y te vi; estabas ya en la edad del amor; extendí mi manto sobre ti y cubrí tu desnudez; me uní a ti con juramento, hice alianza contigo, oráculo del Señor, y fuiste mía». Y Pablo, el gran teólogo del bautismo, excla- mará, con un cierto nerviosismo: «Non estis vestri. Ya no os pertenecéis». Hasta el punto de que todo afecto-pen- samiento-acción no «referible» a Cristo, desde el bautis- mo en adelante, saben a divorcio-adulterio-traición.

su sello y os ha dado de beber hasta

saciaros

».

ORATIO

Oh Espíritu de Cristo, que por medio del bautismo- confirmación-eucaristía te haces más presente a mí que yo a mí mismo; que vienes a mí no para atarme ni para oponerte a mi voluntad, sino, al contrario, para liberar- la de las esquizofrenias y de las esclavitudes de los ego- ísmos del tener-gozar-poder, haz que cada uno de mis pensamientos-afee tos-acciones estén potenciados por la presencia sublimatoria de Cristo: que su influjo benéfi- co resane todo, purifique todo, repare todo. Sé verdade- ramente, con tu acción «cristificante», más presente a mí de lo que es mi yo a mí mismo. Por medio del discí- pulo «que amabas» me enseñas a «permanecer en ti, a fin de que pueda dar mucho fruto», porque sin ti no pode- mos hacer verdaderamente nada.

8 o

domingo

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Oh Jesús, ayúdame a hablar y a discutir, a trabajar y a pensar, a escribir y a actuar permaneciendo en ti: por- que estoy más que convencido de que sólo tú eres mi luz, mi verdad, mi vida, y de que sólo tú eres el Verbo de la vida. Estoy más que convencido por eso de que, sin ti, no es que no pueda hacer algo, sino que no puedo hacer nada. Estoy más que convencido de que, hasta como hombre, no seré nunca tan auténticamente «grande» como cuando pueda gloriarme, con Pablo, de ser tu «siervo-esclavo» y como cuando pueda decir con él: «Ya no soy yo quien vivo, sino que es Cristo quien vive en

mí», y: «Todo lo puedo

de la normal-suprema glorifi-

Esa es la meta normal cación del hombre.

en aquel que

me

da la

fuerza».

CONTEMPLATIO

Ha habido justamente algunos verdaderos «grandes» que han tenido la más alta y feliz intuición: la de com- prender que su definitiva grandeza no depende de hacer gravitar sus esfuerzos sobre su propio yo, a la manera de Napoleón, sino sobre el «super yo» de Cristo. Por eso se han armado de un santo odio contra su propio egoís- mo para sustituirlo por el «super yo» de Cristo: esta divina osmosis ha sido la intuición resolutoria y la ex- plicación de su éxito, porque este cambio les ha permi- tido convertirse verdaderamente en un quid Dei, en «algo de Dios», en el sentido de que les ha permitido apropiarse del «superpoder» de Cristo y sublimar hasta tal punto su personalidad que han podido hacer todo lo que han hecho, todo lo que han querido, y han dejado en la sociedad una huella indeleble. Y mientras el sol brille sobre las desgracias humanas, se guardará el re- cuerdo de un Francisco de Asís y de una Teresa de Cal- cuta. Sólo los santos son esos verdaderos grandes a los

72

Tiempo ordinario

- B

que canta B. Pascal, que -según dice- tienen su imperio, su majestad y su mando: son los únicos a los que no se puede añadir o quitar nada. Se bastan a sí mismos. Se han apoderado, por así decirlo, de la inmovilidad del Dios inmóvil, que «está» en el instante inmoto de su eter- nidad contemplando el «pasar» indefinido de Abrahán, Isaac, Jacob, que murieron y fueron sepultados con sus

padres, mientras que él sigue siendo «el Dios de los vivos

y los muertos»,

que da vida a todos y todos viven por él.

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Te desposaré conmigo para siempre» (Os 2,21).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Nuestras obras, pues, como el granito de mostaza, no son de ninguna manera comparables, en grandeza, con el árbol de glo- ria que producen, pero tienen el vigor y la virtud de producirlo porque proceden del Espíritu Santo, el cual, por una admirable infusión de su gracia en nuestros corazones, nace suyas nuestras obras, pero dejando, a la vez, que sean nuestras, porque somos miembros de una cabeza, de la cual él es el espíritu, y estamos injertados en un árbol, del cual él es la savia divina. Y porque de esta suerte opera, en nuestras obras, y porque nosotros obra- mos con él o cooperamos a su acción, deja para nosotros todo el mérito y provecho de nuestros servicios y obras buenas, y noso- tros dejamos para él todo el honor y toda la alabanza, recono- ciendo que el comienzo, el progreso y el fin de todo el bien que hacemos dependen de su misericordia, por la cual ha venido a nosotros y nos ha prevenido; ha venido con nosotros y nos ha guiado, acabando lo que había comenzado (Francisco de Sales, Tratado del amor a Dios, XI, 6, Balmes, Barcelona 1945 , p. 657).

9° domingo del tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio

5,12-15

Así dice el Señor: 12 Guarda el sábado, santifícalo como el Señor, tu Dios, te ha mandado. n Trabajarás seis días y en ellos harás tus faenas, 14 pero el séptimo es día de descanso consa-

grado al Señor, tu Dios. No harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu buey, ni tu asno, ni ninguna de tus bestias, ni el emigrante que vive en tus ciudades, de modo que tu esclavo y tu esclava descansen lo mismo que tú. 15 Acuérdate de que tú también fuiste escla-

Dios, te sacó de

vo en el país de Egipto y de que el Señor, tu

allí con mano fuerte y brazo poderoso. Por eso el Señor, tu

Dios, te manda guardar el sábado.

**• Este pasaje forma parte de la versión deuteronó- mica del Decálogo (Dt 5,6-21), la más extensa y mejor construida (comparada con Ex 20,1-17), donde el autor introduce también una práctica tradicional como la del sábado en su síntesis teológica. El «séptimo día» está presentado aquí menos como día de reposo que como «día sagrado» «en honor del Señor» (según una traduc- ción más literal), que él mismo se reserva, del mismo

74

Tiempo ordinario

- B

modo que se reservó un pueblo, para que el hombre en- cuentre tiempo para vivir con su Dios, en la alegría de una fiesta que celebra su libertad. El sábado es, en efec- to, sobre todo una fiesta, mientras que el reposo es sólo consecuencia de este carácter festivo, y la ausencia de beneficio es su elemento esencial: en el día del Señor no se gana ni se produce nada. La interpretación del reposo humano como imitación del divino al final de la creación no figura sino en textos relativamente tardíos y parece artificiosa. Sí parece, en cambio, más convincente la conexión del sábado con la ofrenda de las primicias: del mismo modo que se ofre- cían a Dios los primogénitos y los primeros frutos, así se consagra a Dios el primer día de la semana para ex- presar la ofrenda de todo el tiempo, y al renunciar a la productividad de este tiempo se reconoce que éste es don gratuito de Dios. Es, por último, muy interesante la conexión entre el sábado y la liberación de Egipto (como entre la esclavi- tud y el trabajo), explicitada en el v. 15: para afirmar que fueron liberados y celebrar el acontecimiento, se liberan hoy del trabajo cotidiano (en unos tiempos en los que todavía era muy fuerte la acentuación servil del trabajo), y para revivir de una manera coherente ese aconteci- miento se permite incluso a los propios siervos tener su reposo, su sábado. La memoria del gesto liberador de YHWH confiere así al sábado el valor de una ley de liber- tad, lo convierte en el documento fundamental de un pueblo liberado y en la garantía de la verdad de su ca- mino en el tiempo hacia el domingo sin ocaso.

Segunda lectura: 2 Corintios 4,6-11

Hermanos: 6 el Dios que ha dicho: Brille la luz de entre las tinieblas es el que ha encendido esa luz en nuestros corazones para hacer brillar el conocimiento de la gloria de Dios, que

9" domingo

75

está reflejada en el rostro de Cristo. 7 Pero este tesoro lo llevamos en vasijas de barro para que todos vean que una

fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros.

Nos acosan por todas partes, pero no estamos abatidos; nos

encontramos

guidos, pero no quedamos a merced del peligro; nos derri- ban, pero no llegan a rematarnos. 10 Por todas partes vamos llevando en el cuerpo la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. " Porque nosotros, mientras vivimos, estamos siempre expuestos a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se mani- fieste en nuestra carne mortal.

en apuros, pero no desesperados; 9 somos perse-

8

**• En la dialéctica 'que se instaura entre el apóstol y la comunidad de Corinto se vuelven objeto de discu- sión las credenciales de Pablo en cuanto anunciado del Evangelio. La tesis con que se defiende Pablo afirman una gran verdad teológica: la presencia de Cristo se ma- nifiesta, además de en la comunidad, en la persona del ministro y, de modo particular, en su cuerpo que sufre, que se convierte en algo así como en la epifanía de la vida de Jesús (v. 10). En realidad, la misma revelación es toda una serie de manifestaciones progresivas en virtud de la Palabra de Dios, que está en el origen de la creación y obra ahora en el Evangelio, como luz que brilla en las tinieblas y

qu e resplandece sobre tod o en el rostr o de Cristo (v. 6). El apóstol representa el eslabón débil en esta cadena de pasos sucesivos: es la «vasija de barro» que, pese a que

afligido po r mucha s tribu-

laciones, aunque a pesar de todo no tienen el poder de aniquilarlo. Más aún, los sufrimientos apostólicos, las angustias y distintas debilidades se convierten en la au- téntica manifestación de la vida de Jesús y de su muer- te, puesto que ambas -la vida y la muerte del Señor- forman parte de la existencia personal del apóstol. Pa- blo descubre en la experiencia de su propia humanidad

atribulada la humanidad del mismo Cristo, y como tal

lleva u n «tesoro»

(v. 7), está

76

Tiempo ordinario

- B

la presenta a los corintios, combatiendo de este modo la idea gnóstica que tendía a dividir y contraponer la cruz y la resurrección, como si fueran dos mundos incompa- tibles y ligados a dos dioses diferentes: la cruz como manifestación de los demonios, la resurrección como manifestación del poder divino. Quienes pensaran de este modo sólo podían aceptar el aspecto triunfal del ministerio apostólico, y precisamente a ésos responde Pablo mostrando en su propia carne los signos de la

vida y de la muerte de Jesús, de esa muerte que él «lleva» po r toda s partes en y con su cuerp o (v. 10). Los «vivos», esto es, aquellos por quienes ha muerto Cristo, están llamados a vivir no ya para ellos mismos, sino para él

(v. 11) o a vivir su propi a muert e par a vida de los otros

(mors mea vita tua). Tal como hizo Cristo.

Evangelio: Marcos 2,23-3,6

223 Un sábado pasaba Jesús por entre los sembrados, y sus discípulos comenzaron a arrancar espigas según pasaban.

24

Los fariseos le dijeron:

-¿Te das cuenta de que hacen en sábado lo que no está permitido?

25 Jesús les respondió:

-¿No habéis leído nunca lo que hizo David cuando tuvo necesidad y sintieron hambre él y los que le acompañaban? 26 ¿Cómo entró en la casa de Dios en tiempos del sumo sacer- dote Abiatar, comió de los panes de la ofrenda, que sólo a los sacerdotes les era permitido comer, y se los dio además a los que iban con él?

27 Y añadió:

-El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. 28 Así que el Hijo del hombre también es señor del sábado. "

que tenía la mano atrofiada.

Le estaban espiando para ver

Entró de nuevo en la sinagoga y había allí un hombre

2

si lo curaba en sábado y tener así un motivo para acusarle. ' Jesús dijo entonces al nombre de la mano atrofiada:

domingo

-Levántate y ponte ahí en medio.

4 Y a ellos les preguntó:

11

-¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o destruirla? Ellos permanecieron callados.

5 Mirándoles con indignación y apenado por la dureza de su corazón, dijo al hombre:

-Extiende la mano. Él la extendió, y su mano quedó restablecida.

6 En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para planear el modo de acabar con él.

**• Nos encontramos en las dos últimas de una serie de cinco controversias que ponen de manifiesto las pri- meras oposiciones a la persona de Jesús. Estas oposi- ciones, puestas como están al comienzo de su ministe- rio público, adquieren una importancia especial por la atmósfera de lucha que las invade y se resuelven, por ahora, con la afirmación de Jesús, que tiene en ambas la última palabra. Marcos pone en boca de Jesús, en el episodio de las espigas cogidas en sábado (2,23-28), un principio revo- lucionario en aquellos tiempos: el sábado (a saber: toda

ley que venga de Dios o de los hombres) está al servicio

viceversa (v. 27), interpretand o par a su

del hombre , y n o

comunidad, de orígenes paganos, la actitud de Jesús

hacia las instituciones judaicas (este versículo falta tan- to en Mateo como en Lucas). Inmediatamente después

también se-

ñor del sábado» (v. 28), es decir, com o alguien qu e no s brinda la posibilidad de encontrar a Dios más allá del miedo a nuestro propio pecado y de la presunción de nuestras propias observancias, y permite así a cada hombre vivir en libertad ante Dios.

La misma temática vuelve, de modo sustancial, en el episodio posterior (3,1-6), donde Jesús aparece todavía

se presenta Jesús como «Hijo del hombre

78

Tiempo ordinario

- B

más como un hombre con absoluta libertad ante sus enemigos y ante sus insistencias, así como respecto a las instituciones más sagradas. Pero también es alguien cuyo poder nos aporta salud y nos libera de una ley que mata. Por último, mientras salva, su libertad desenmas- cara la dure/a de corazón de sus enemigos, los fariseos, que optan por la muerte, porque prefieren dejar al en- lermo sin curarlo y deciden matar a Jesús. De hecho, és- tos ya están juzgados por su mirada indignada y amar- gada. Por eso el librito de las controversias es ya un evangelio en miniatura que anticipa todo el drama de la pasión y muerte de Jesús, acontecimiento que juzgará a todas las conciencias.

MEDITATIO

«¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o destruirla?» (Me 3,4): Jesús exi- ge una respuesta a esta pregunta, no soporta el silencio ambiguo de los fariseos, ante el que reacciona con violencia y tristeza, y espera de sus discípulos de ayer y de hoy una plena toma de posición, una respuesta que comprometa su vida y su fe, su relación con Dios y con el prójimo, la observancia de la ley y el precepto de la caridad. Espera, sobre todo, esa inteligencia del espíri- tu que permite distinguir lo que es esencial de lo que no lo es y reconocer cuándo el respeto de la norma se con- vierte en coartada para el egoísmo.

Se trata de la inteligencia de quien escoge la dureza del corazón adorando al Padre «en espíritu y en verdad» (Jn 4,24) y sabe que nada le resulta más agradable a Dios que el amor al prójimo. Eso implica que el creyen- te debe estar atento constantemente a no ponerse a sí mismo y sus propios intereses, su propio reposo y su

9"

domingo

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propio trabajo, en el centro de su vida, sino que ha de poner al Dios de la vida en el centro de su ser, y el bien del hermano en el centro de su obrar. Si el sábado es un día que pertenece a Dios, el amor fraterno es la «litur- gia» sencilla y solemne, ferial y festiva, laboriosa y des- cansada de este día sagrado.

ORATIO

Hijo del hombre y Señor del sábado, te damos gracias porque nos has liberado con la sangre de tu cruz y has puesto en nuestro corazón un gran e irreprimible anhe- lo de libertad como vocación; sin embargo, con mucha frecuencia tenemos miedo a ser libres, buscamos la li- bertad y al mismo tiempo la tememos, nos rebelamos si alguien nos la quiere quitar y no nos damos cuenta de que somos nosotros mismos quienes nos atamos de pies y manos. Precisamente por eso nos da miedo, en oca- siones, tu Palabra, porque abre ante nosotros horizon- tes infinitos; nos da miedo tu amor, porque nos entrega y nos pide amar a la manera divina, sin límites ni res- tricciones, sin excepciones ni selecciones. Por eso nos infunde miedo tu proyecto, porque nos hace entrar en el mundo de los deseos divinos, donde todo se mide según tu amor y ya nada es imposible. Y entonces nos aplica- mos a reducir las pretensiones y las gracias divinas, para construirnos un mundo a nuestras dimensiones, pequeño, con reglas y prohibiciones, cómodos rigoris- mos y sábados innegables. Tú, oh Dios, creaste al hombre para que viva, y el hombre ha creado el sábado para suprimir la vida en nombre de ídolos viejos y nuevos. Perdónanos, Señor, y no te canses de recordarnos que «el sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado», puesto que el hombre ha sido creado por ti, y «está inquieto hasta que no reposa en ti»

80

CONTEMPLATIO

Tiempo ordinario

- B

Pero ¿dónde estaba durante aquellos años mi libre albedrío y de qué bajo y profundo arcano no fue en un momento evocado para que yo sujetase la cerviz a tu yugo suave y el hombro a tu carga ligera, ¡oh Cristo Jesús!, ayudador mío y redentor mío? ¡Oh, qué dulce fue para mí carecer de repente de las dulzuras de aquellas bagatelas, las cuales cuanto temía entonces perderlas tanto gustaba ahora de dejarlas! Porque tú las arrojabas de mí, ¡oh verdadera y suma dulzura!, tú las arrojabas y en su lugar entrabas tú, más dulce que todo deleite, aunque no a la carne y a la san- gre; más claro que toda luz, pero al mismo tiempo más interior que todo secreto; más sublime que todos los honores, aunque no para los que se subliman sobre sí.

Libre estaba ya mi alma de los devoradores cuidados del ambicionar, adquirir y revolcarse en el cieno de los placeres y rascarse la sarna de sus apetitos carna- les, y hablaba mucho ante ti, ¡oh Dios y Señor mío!, claridad mía, riqueza mía y salud mía (Agustín, Confe- siones, IX, 1).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Guarda el sábado,

santifícalo»

(Dt 5,12).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¿Qué es el domingo? Es un fragmento de tiempo, así como la hostia es un fragmento de espacio, de realidad cósmica. El domingo es también un sacramento. Es un signo que tiene tres dimensiones: evocativa, indicativa y escatológica o profética.

9 o

domingo

81

Como prueba de esto, los textos del Nuevo Testamento llaman al domingo primer día, séptimo día, octavo día, o sea, un día fue- ra de la semana, que se escabulle fuera del circuito del tiempo.

Está la función evocativa: el domingo es memoria. Es un día dirigido al pasado. Nos recuerda la creación del mundo, «pri- mo die quo Trinitas beata mundum condidit». Dios creó el mun- do el primer día de la semana: es la primera creación. Pero es asimismo el día de la segunda creación, es decir, de la resu- rrección [dies dominica), y es el día de nuestro bautismo, terce- ra creación. El domingo es un signo no constituido ya de espa- cio, sino de tiempo. Es este fragmento de tiempo el que -com o un cristal de aumento- concentra todo un pasado en el que evo- camos las mirabilia Dei, las obras maravillosas del Señor reali- zadas con la creación, con la resurrección, con el bautismo. Pero hay aquí también una función indicativa. Además de una memoria, existe una presencia: es el día de la presencia del Señor. Se trata de una presencia plena, que rebosa no sólo de nuestras iglesias, de nuestras asambleas, de la Palabra, de la eucaristía, sino también de los arroyuelos del tiempo.

El domingo, antes de ser el día que los cristianos dedican al Señor, es el día que Dios decidió dedicar a su pueblo, a fin de enriquecerlo de dones y de gracia. Se trata de un cambio de perspectiva respecto a lo que estábamos acostumbrados a con- siderar antes: es Dios quien viene a visitar nuestra casa. Y esta visita suya no se concreta sólo durante el lapso de tiempo que dura la misa. Es todo el día el que debe adquirir una plenitud nueva [

Iglesia dedicado a la

Iglesia, a su misión en el mundo. En virtua de esta perspectiva

podemos constatar ya cómo rechinan nuestros domingos, con- gestionados completamente por el culto, casi prisioneros. Es el día de la libertad, de la liberación,

tiene asimismo una dimensión profética. Ésa es la

razón de que se le llame «octavo día», día que está fuera del circuito de la semana. Es el octavo día porque anticipa un poco el domingo eterno, la fiesta eterna. Es el día en que vendrá Cris- to. En la mesa eucarística consumada el día del Señor se antici- pa el banquete escatológico del mundo futuro. ¡Se anticipa! ¡Si se pudiera subrayar más estas dimensiones escatológicas! Y es

Es el

día

de

la

Iglesia. Es el día

de

la

El doming o

82

Tiempo ordinario

- B

que de la escatología parten todos los vientos de esperanza del mundo de hoy [

El domingo debe expresar de modo evidente sus notas características: la unidad, la santidad, la catolicidad y la apos- tolicidad. Son las mismas notas de la Iglesia. Por eso hemos de preguntarnos si esas expresiones son evidentes en nuestras comunidades.

Una: ¿expresan nuestras misas dominicales la unidad de la familia d e Dios? Santa: ¿es una asamblea santificada, qu e se ha renovado en la reconciliación con Dios y con los hermanos? Ca- tólica: ¿extiende verdaderamente sus confines a todo el mundo, aunque se encierre e n un a pequeña iglesia? ¿Se abr e a los ho -

rizontes ilimitados de la Providencia? Existe una mentalidad pa - rroquiana exasperada que da miedo: no nos dejemos aprisio- nar por nuestras pequeñas necesidades de contar con una

Apostólica: la Iglesia local se construye en tor-

no a Jesús, hecho presente por la persona del obispo, a quien

se cita durante el canon [

es reagrupamiento lo que necesitamos. La razón de ello es que nosotros queremos crecer como personas libres, responsables, que otorgan su contribución alegre y responsable (A. Bello, Af- fíiggere ¡ consolati. Lo scandalo dell'eucaristía, Molfetta 1997 , pp. 26-28).

N o es afán de reagrupamiento. N o

madriguera [

].

].

10° domingo del tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Génesis 3,9-15

Después de que Adán hubiera comido del árbol, 9 el Señor Dios llamó al hombre diciendo:

-¿Dónde estás?

El hombre respondió:

10 -Oí tus pasos en el huerto, tuve miedo y me escondí, porque estaba desnudo.

11 El Señor Dios replicó:

-¿Quién te hizo saber que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?

12 Respondió el hombre:

-La mujer que me diste por compañera me ofreció el fruto del árbol, y comí.

13 Entonces el Señor Dios dijo a la mujer:

-¿Qué es lo que has hecho?

Y ella respondió:

-La serpiente me engañó, y comí.

14 Entonces el Señor Dios dijo a la serpiente:

Por haber hecho eso,

serás maldita entre todos los animales

y entre todas las bestias del campo.

84

Tiempo ordinario

- B

Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida. 15 Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, pero tú sólo herirás su talón.

*» ¿Quién es el hombre? La visión religiosa de los «comienzos» lo presenta ya como un ser «dividido», en

sí mismo y fuera de sí, respecto al otro-mujer y al Otro Dios. Su historia aparece desde los orígenes como his- toria de engaño y de hostilidad. Y aquí aparece tratada de nuevo la condición de «pecado» en la que cada per- sona se encuentra desde su nacimiento y que marca su experiencia de la vida. Frente a la llamada de Dios («¿Dónde estás?), surge en el hombre el miedo («Oí tus

la debilidad («esta-

pasos en el huerto,

tuve miedo y

»),

ba desnudo»), que le lleva a esconderse de los ojos del

Señor («me escondí»). El desconcierto producido entre el hombre y la mujer por el pecado es evidente: ambos se acusan recíprocamente, descargan la responsabili- dad de sus propias acciones en el otro.

La presencia misteriosa del «tentador» (satanás, el adversario), de «aquel que divide» (diábolos), en la his- toria de los hombres y de cada persona es, para el texto del Génesis, una experiencia real y constante: de nues- tra historia forma parte un misterio de iniquidad; sin embargo, la lectura bíblica no concluye en el pesimismo trágico o en la desesperación, sino en una visión abier- ta a la esperanza: las palabras pronunciadas por Dios, que condenan el mal y dejan entrever que a este mal se le «herirá en la cabeza», SL pesa r de su continu a asechan - za, provocan al hombre a la confesión, o sea, al recono- cimiento simultáneo del «poder» de Dios y del propio «pecado». Ésta es la premisa necesaria para pedir y aco- ger el perdón que salva.

10°

domingo

85

Segunda lectura: 2 Corintios 4,13-5,1

Hermanos: ,3 Pero como tenemos aquel mismo espíritu de fe del que dice la Escritura: Creí y por eso hablé, también no-

sotros creemos y por eso hablamos,

resucitado a Jesús, el Señor, nos resucitará también a noso- tros con Jesús y nos dará un puesto junto a él en compañía de vosotros. 15 Porque todo esto es para vuestro bien, para que la gracia, difundida abundantemente en muchos, haga crecer la

acción de gracias para gloria de Dios.

16 Por eso no desfallecemos; al contrario, aunque nuestra condición física se vaya deteriorando, nuestro ser interior se renueva de día en día. " Porque momentáneas y ligeras son las tribulaciones que, a cambio, nos preparan un caudal eter-

no e inconmensurable de gloria; 18

puesto la esperanza no en las cosas que se ven, sino en las que no se ven, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.

51 Sabemos, en efecto, que aunque se desmorone esta tien- da que nos sirve de morada terrenal, tenemos una casa hecha por Dios, una morada eterna en los cielos, que no ha sido construida por mano de hombres.

14

sabiendo que el que ha

a nosotros, que hemos

**• Pablo prosigue y ahonda en esta lectura el desarro- llo del motivo por el que quien se pone a seguir a Jesu- cristo acepta con alegría la lógica de la cruz: Cristo nos salva a través de su muerte. La victoria sobre el mal es, para el cristiano, una obra exclusiva de Dios: el hombre, por sí solo, sería herido inevitablemente por el misterio de iniquidad que marca su historia. Es el amor de Dios Padre el único que está

en condiciones de «destruir con su muerte [Cristo] al que tenía poder para matar, es decir, al diablo» (Heb 2,14). La lectura recuerda desde el comienzo el centro de la fe y de la esperanza de los cristianos: «Sabiendo que el que ha resucitado a Jesús, el Señor, nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos dará un puesto junto a él en

compañía de vosotros» (v. 14). ¿Cómo n o pensa r aqu í la certeza que el apóstol Juan pretende transmitir de

e n

86

Tiempo ordinario

- B

manera vigorosa en su evangelio cuando, al describir el momento en el que el mal parece llevar las de ganar, es decir, en el momento de la muerte de Jesús, afirma que precisamente en ese momento «el que tiraniza a este mundo va a ser arrojado fuera» (Jn 12,31)? La presente lectura comunica esta confiada certeza a todos los creyentes: aunque nuestro hombre exterior, o sea, nuestra condición física, frágil y provisional, «se vaya deteriorando» inevitablemente, el «interior» se pue- de renovar de día en día; sin embargo, es preciso no fi- jar la mirada en las «cosas que se ven», sino orientarla hacia «las que no se ven», que «son eternas». En efecto, la asimilación a Cristo nos hace esperar recibir «una casa hecha por Dios, una morada eterna en los cielos, que no ha sido construida por mano de hombres».

Evangelio: Marcos 3,20-35

20 volvió a casa y de nuevo se reunió tanta

gente que no podían ni comer. 2I Sus parientes, al enterarse, fueron para llevárselo, pues decían que estaba trastornado.

22 Los maestros de la Ley que habían bajado de Jerusalén decían:

En aquel tiempo,

-Tiene dentro a Belzebú. Y añadían:

-Con el poder del príncipe de los demonios expulsa a los demonios.

23 Jesús los llamó y les propuso estas comparaciones:

-¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? 24 Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir.

Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no pue- de subsistir. 26 Si Satanás se ha rebelado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, sino que está llegando a su fin. " Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear su ajuar si primero no ata al fuerte; sólo entonces po- drá saquear su casa.

28 Os aseguro que todo se les podrá perdonar a los hombres, los pecados y cualquier blasfemia que digan, 29 pero el que

25

10"

domingo

87

blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás; será reo de pecado eterno.

30 Decía esto porque le acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo.

31 Llegaron su madre y sus hermanos y, desde fuera, le mandaron llamar. 32 La gente estaba sentada a su alrededor, y le dijeron:

-¡Oye! Tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan.

33 Jesús les respondió:

-¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?

34 Y mirando entonces a los que estaban sentados a su alrededor, añadió:

-Éstos son mi madre y mis hermanos. ,s El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

**• Cristo, ¿quién eres? El evangelio cuenta la vida de Jesús como una lucha continua contra el mal que tien- de a dominar al hombre. El «Hijo del hombre» se en- cuentra frente a frente con el poder destructor del mal, al que contrapone la promesa y la experiencia del Reino de Dios, que ha llegado a nosotros con él. El motivo central del evangelio de hoy es, precisa- mente, la pregunta sobre quién es Jesús para el nombre. La primera parte del texto se concentra en la negación de los que se oponen a reconocer en Jesús la presencia de Dios. La acusación de ser un «endemoniado» {«Con el poder del príncipe de los demonios expulsa a los demo- nios»: v. 22) provoca una respuesta reveladora por par-

te de Jesús: el poder del mal está en dividir, en disgregar, mientras que toda la vida y las acciones de Jesús mani- fiestan la fuerza sanadora de Dios. Jesús revela esta «verdad» religiosa -dice el texto- «en parábolas», o sea,

a través de gestos y signos confiados a la libre acogida,

a una decisión a favor o en contra de él. Ésa es la razón

de que la acogida o el rechazo de Jesús resulten deter- minantes para la lucha contra el poder del mal sobre los

88

Tiempo ordinario

- B

hombres. Éste es asimismo el sentido de esta enigmática

afirmación del evangelio: «Os aseguro que todo se les po-

drá perdonar a los hombres, los pecados y cualquier blas-

femia que digan, pero el que blasfeme contra el Espíritu

Santo no tendrá perdón jamás; será reo de pecado

El rechazo a ver en Jesús el signo de Dios presente entre nosotros constituye asimismo la clave de la res- puesta a la pregunta con la que termina el evangelio de hoy: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». Miran-

do a los que estaban junto a él, Jesús respondió de una manera espontánea y provocadora al mismo tiempo:

eterno».

«El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano,

mi hermana

y mi

madre».

MEDITATIO

¿Es posible esperar una victoria sobre el mal? ¿Es po- sible, sobre todo, esperar una victoria sobre el inmenso sufrimiento causado por los hombres con sus acciones injustas? El cristiano da una respuesta positiva a estas preguntas, y no porque disponga de respuestas «racio- nales» al problema del mal -que es y sigue siendo algo carente de sentido- o de recetas fáciles para eliminarlo, sino porque puede referirse como modelo a Cristo y a su respuesta: sólo es posible vencer al mal contraponiéndo- le el bien. Dicho con otras palabras: el poder destructor del mal puede ser vencido sustituyéndolo por el «Reino de Dios». Quien en Jesús y a través de Jesús haya re- conocido en acción la fuerza del amor de Dios a los hom- bres será también capaz de disponer de ánimo abierto, de sentir pasión por el hombre y de realizar obras -tal vez pequeñas en apariencia- que dejan entrever, no obstante, la posibilidad de una tierra más justa.

con-

versión

por parte del hombre, hace aflorar toda la di-

El anuncio del Reino de Dios, que implica una

10"

domingo

89

mensión interpersonal de la vida cristiana: hoy se usa con frecuencia la palabra reconciliación, y, en efecto, ésta es la realidad misteriosa que constituye la Iglesia. La historia de los hombres se presenta por doquier como historia de rupturas, de clausuras, como nega- ción de la comunión y, por ende, como ausencia de sal- vación. Y en su esfuerzo por encontrar sentido a su propia vida, cada uno de nosotros se debate con esta tentación, y las relaciones que construye están marca- das frecuentemente por el odio, por la violencia, por las divisiones.

Ahora bien, referirse a Jesús de Nazaret como «sal- vador», como alguien que revela el sentido último de la vida humana, implica que el hombre creyente encuentre en él la fuerza para salir de este misterio del mal. Muchos textos del Nuevo Testamento presentan a Jesús como al- guien que ha sido invitado por Dios para reconciliar, para establecer la paz. Aceptar a Jesús en nuestra pro- pia vida (eso es, en definitiva, lo que quiere decir creer) significa asimismo aceptar su acción reconciliadora: así se convierte Jesús no sólo en palabra reveladora de sen- tido, sino en Dios con nosotros, que une a los hombres entre ellos y con el Padre.

ORATIO

Desde lo hondo gritamos a ti, oh Padre: escucha nues- tra voz. Si consideras nuestras culpas, ¿quién podrá esperar la salvación? No nos escondas tu rostro, sino manifiéstanos tu misericordia. Líbranos del egoísmo, del odio y de la violencia. Haz que nuestro corazón no se endurezca, sino que se abra a la palabra liberadora y a la acción reconciliadora de tu Cristo. Haz que él venga entre nosotros como el agua que lava y apaga la sed, que purifica y da vida.

90

Tiempo ordinario

- B

Danos tu Espíritu, que renueva la faz de la tierra: que haga de nosotros personas libres y capaces de liberar

a los otros, que reavive en nosotros el recuerdo de tu

amor perenne, a fin de que alimente nuestra fe y nues- tra esperanza, hasta el día en que podamos verte en tu gloria.

CONTEMPLATIO

Después de que el hombre fuera corregido inicial- mente de muchos modos a causa de sus muchos peca- dos, que habían crecido desde la raíz del mal por dife- rentes causas y en diferentes circunstancias; después de que fuera amonestado por la Palabra de Dios, por la ley, por los profetas, por los beneficios, por las amenazas, por los golpes, por el diluvio, por los incendios, por las guerras, por las victorias, por las derrotas, por los sig-

nos enviados desde el cielo, por el aire, por la tierra, por

el mar, por los trastornos imprevistos de hombres, ciu-

dades y pueblos (y el fin de todo esto era extirpar el mal con todos estos signos), al final fue menester recurrir a un remedio más eficaz para sus enfermedades, que eran cada vez más graves: homicidios, adulterios, perjurios, pederastía, idolatría, que es el peor y el primero de to- dos los males, y por el que no se adora al Creador, sino

a la criatura (cf. Rom 1,25). Puesto que estos vicios

necesitaban un remedio más eficaz, lo obtuvieron. Este remedio fue el mismo Logos de Dios, el que era antes de los siglos, el invisible, incomprensible, incorpóreo, el Principio que procede del principio, la luz que procede de la luz (cf. Jn 8,1), la fuente de la vida (cf. Jn 1,4) y de

la inmortalidad, la impronta (cf. Heb 1,3) de la belleza del arquetipo, el sello inmutable (cf. Jn 6,27), la imagen inmóvil, el término y la Palabra del Padre (Gregorio Nacianceno, Sobre la Pascua, 45,9).

10°

domingo

ACTIO

91

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«El Señor (cf. Sal 18,3).

es

mi

roca y

mi

fortaleza,

mi

libertador»

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El ser humano puede llegar a ser y se hace, de hecho, culpa- ble. Esta es una convicción cristiana fundamental de fe. La en- contramos expresada de manera clara o implícita en todos los escritos de la Biblia. «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en noso- tros» (1 Jn 1,8). La convicción de la posibilidad de la realidad de la culpa humana no brota sólo de la revelación divina de la antigua y de la nueva alianza. Se basa asimismo en la experiencia humana cotidiana, en cuyo interior conocemos nuestro fracaso personal, la libertad, la responsabilidad y la

culpa [

].

La libertad es una realidad que se nos da en virtud de que el hombre es persona, aunque no es plenamente comprensible de un modo analítico. La libertad podemos experimentarla, pero no comprenderla. De este carácter incomprensible parti- cipa asimismo la culpa, en cuanto abuso de la libertad. En el fondo, no es posible explicar ni las decisiones libres ni el fra- caso culpable. Sólo es posible explicar los procesos que pue- den estar motivados y pueden ser esclarecidos sobre la base de la regularidad, en cuanto desarrollos necesarios. La liber- tad o, mejor aún, la libertad de elección atestigua en realidad precisamente lo contrario de la regularidad y de la necesidad.

En la esencial incapacidad en que nos encontramos de «lle- var las bridas» de nuestras propias decisiones libres y de nues- tra propia culpabilidad, de comprender del todo y de demos- trarlas de una manera convincente, ahí precisamente, en esa incapacidad, es donde se fundamenta la posibilidad de ne- arlas. Si queremos escapar del peligro que supone semejante esconocimiento de nosotros mismos, debemos mantenernos

92

Tiempo ordinario

- B

abiertos al testimonio de la revelación y a la experiencia de no- sotros mismos que aparece en la conciencia (D. Grothues, Schuld und Vergebung, Munich 1972, pp. 7ss; existe trad. ita- liana: Amare ¡I prossimo, Brescia 1991, pp. 139ss).

11° domingo del tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel

17,22-24

22 Esto dice el Señor:

También yo tomaré la copa de un cedro, de sus ramas cimeras tomaré un tallo,

y lo plantaré en un monte muy alto;

23 lo plantaré en un monte alto de Israel;

y echará ramas y dará frutos,

y se hará un cedro magnífico. Toda clase de pájaros anidarán en él,

y habitarán a la sombra de sus ramas.

24 Y sabrán todos los árboles del bosque que yo, el Señor, humillo al árbol elevado

y exalto al árbol pequeño,

hago secarse el árbol verde

y reverdecer el árbol seco.

Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré.

**• E l text o d e Ezequie l aparec e com o anticipació n profética del evangelio de hoy: son idénticas las imágenes que aparecen en ambos textos (imágenes que hablan de

94

Tiempo ordinario - B

crecimiento) e idéntico el tema que se desarrolla: la ex- tensión sin límites del Reino de Dios. La perícopa tiene un evidente sentido mesiánico: se trata del anuncio de la «restauración» del reino de Israel tras la experiencia de la deportación de muchos a Babilonia (por obra de Nabucodonosor, el año 597), aunque también después de la experiencia del alejamiento de Dios y de su alian- za por parte de otros que se habían quedado en la patria. Con todo, nada de eso impide a Dios permanecer fiel a su alianza. La alegoría del cedro expresa con imáge- nes la promesa de un renacimiento y de un nuevo cre- cimiento maravilloso: como hace el agricultor, Dios to- mará un «tallo» (un descendiente de David) de «la copa de un cedro» (la casa de David), para plantarlo en un monte alto de Israel, de suerte que pueda convertirse en «un cedro magnífico» (vv. 22ss). Esto equivale a decir que Dios es el gran protagonista de la historia, el que, a pesar del pecado, es capaz de ofrecer al hombre un fu- turo diferente y nuevo. La iniciativa del renacimiento y del crecimiento no corresponde a los hombres, sino que es de Dios, que se presenta como alguien que no dismi- nuye en su amor.

Éste es el núcleo central del texto alegórico, que se completa con la afirmación final: «Ysabrán todos los ár- boles del bosque que yo, el Señor, humillo al árbol eleva- do y exalto al árbol pequeño» (v. 24). ¿Cómo n o recorda r la imagen evangélica, evocada por Lucas en el Magnífi- cat, del Dios que «derribó de sus tronos a los poderosos y ensalzó a los humildes» (Le 1,52) o este dicho de Jesús:

«El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado» (Le 14,11)? Ésta es la lógica del Reino de Dios en la historia de los hombres. Por eso, el justo se puede reconocer en el hecho de «proclamar por la mañana tu misericordia y por la noche tu fidelidad» (Sal 91, empleado en la liturgia de hoy como salmo responsorial).

11° domingo

95

Segunda lectura: 2 Corintios 5,6-10

Hermanos: 6 Así pues, en todo momento tenemos confian-

za. Sabemos que, mientras habitamos en el cuerpo, estamos

y caminamos a la luz de la fe y no de lo que

vemos. 8 Pero estamos llenos de confianza y preferimos dejar el cuerpo para ir a habitar junto al Señor. 9 Sea como sea, en este cuerpo o fuera de él, nos esforzamos en serle gratos, 10 ya que todos nosotros hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba el premio o castigo que le corresponda por lo que hizo durante su existencia corporal.

lejos del Señor,

7

*» El texto de la segunda lectura prosigue con los estímulos (presentes ya en la segunda lectura del do- mingo precedente) dirigidos a los cristianos para que mantengan firme la mirada en los bienes «invisibles», que son «eternos». La perspectiva del que ha optado por ponerse a seguir a Cristo no es, en efecto, de este mundo:

la fe y la esperanza en Cristo resucitado llevan a mirar hacia un horizonte que está «más allá» de la dimensión terrena. Esta conciencia se traduce, en el pasaje que acaba- mos de leer, en tres tipos de pensamientos: en primer lu- gar, tenemos una comprensión de nuestro «habitar en el cuerpo» como si viviéramos en un exilio «lejos del Señor» (v. 6). Lo qu e caracteriz a la existencia terren a del cristiano es la fe, no aún la visión. De esta dialéctica fe-visión brota la actitud propia del creyente: la confian- za. Éste es el término fundamental (aparece dos veces en las líneas iniciales del texto), y resume la identidad del creyente: éste es alguien que se «confía» plenamente; mejor aún, alguien que se «confía» al único que consi- dera digno de confianza. La vida del creyente está orien- tada así hacia su destino de consumación en Dios. En segundo lugar, se levanta acta de que lo que cuen- ta en el hoy terreno, vivido a la luz de la fe, es el esfuer- zo po r «serle gratos» (v. 9b). No se trat a de un a simple

96

Tiempo ordinario

- B

lógica de prestaciones o de confianza en nuestros méri- tos: no son éstos, en efecto, los que nos procuran la sal- vación. La expresión remite más bien al compromiso activo de llevar nuestra propia vida siempre bajo la mi- rada de Dios. Y por último, en tercer lugar, está el pensamiento de tener que «comparecer ante el tribunal de Cristo» (v. 10). Pero ésta ya no es una perspectiva que engendre ansia o miedo; es sólo la expectativa de la consumación espe- rada y la conclusión de una vida vivida en el abandono en Dios.

Evangelio: Marcos 4,26-34

En aquel tiempo, 26 decía también Jesús a la gente:

-Sucede con el Reino de Dios lo que con el grano que un hombre echa en la tierra. " Duerma o vele, de noche o de día,

el grano germina y crece, sin que él sepa cómo. 28 La tierra da fruto por sí misma: primero hierba, luego espiga, después trigo

Y cuando el fruto está a punto, en

seguida se mete la hoz, porque ha llegado la siega.

abundante en la espiga.

29

30 Proseguía diciendo:

-¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué pa-

rábola lo expondremos?

de mostaza. Cuando se siembra en la tierra, es la más peque- ña de todas las semillas. 32 Pero, una vez sembrada, crece, se

hace mayor que cualquier hortaliza y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra.

33 Con muchas parábolas como éstas Jesús les anunciaba el mensaje, acomodándose a su capacidad de entender. 34 No les decía nada sin parábolas. A sus propios discípulos, sin embargo, se lo explicaba todo en privado.

3I

Sucede con él lo que con un grano

*•• E l discurs o sobr e e l Rein o d e Dios , propuest o po r Jesús en parábolas a los hombres de todos los tiempos, responde a una doble pregunta: ¿qué lógica rige el fun-

11°

domingo

 

97

del

Reino

de

Dios?

¿Alcanzará

éste

su

cionamiento

objetivo? Las dos parábolas que recoge el texto de hoy hablan de un «grano» echado en tierra: en la primera parábola el crecimiento del grano no depende del trabajo del hombre {«Duerma o vele, de noche o de día, el grano ger- mina y crece»: v. 27), sino únicamente de la fertilidad del suelo.

La primera lectura se mostraba todavía más explíci- ta: no es el hombre el que trabaja para edificar el Reino de Dios, sino sólo Dios. En la segunda parábola aparece una idea ulterior: el minúsculo grano de mostaza -que carece de toda vistosidad- «se hace mayor que cualquier hortaliza» (v. 32). Se trat a de un a grandios a visión plen a de esperanza, que anima a los creyentes a mantener una actitud de paciencia.

Dios obra en la historia, a pesar de que las aparien- cias digan lo contrario. La realización de su Reino no depende del eficientismo, ni de las instituciones, ni de los individuos; no es cuestión de programas o de obras,

sino de una escucha atenta de la Palabra de Dios y de la disponibilidad para dejarla crecer en nosotros. El men- saje central de la parábola no es, a pesar de todo, una invitación al quietismo o a la falta de compromiso. Al contrario, presenta al creyente una mentalidad nueva,

la

de no escuchar tanto sus deseos y sus ganas de hacer

y

mantenerse disponible, con paciencia y humildad,

para crear las condiciones en las que la Palabra de Dios pueda dar fruto libremente.

MEDITATIO

La Iglesia, en cuanto comunidad de creyentes, tiene

la misión de ser «sacramento» del Reino de Dios aquí,

en la tierra: ha sido convocada para ser, con sus pala-

98

Tiempo ordinario

- B

bras y sus acciones, «signo eficaz» de este Reino que, como la pequeña simiente echada en tierra, puede crecer sin límites. En efecto, esta experiencia, en cuanto experiencia de comunión y de justicia, no es algo individual, sino que liga a las personas entre sí y, uniéndolas en torno a la persona de Cristo, constituye su Iglesia: así, la realidad histórica de la Iglesia se convierte en ma- nifestación de la reconciliación querida y otorgada por Dios en Jesús, el gran acontecimiento de recon- ciliación que marca la historia de los hombres a partir de Jesús y hasta su consumación final. Por eso la Iglesia no se identifica nunca con el Reino de Dios, ni puede considerarse nunca, de una manera triunfalista, como el Reino de Dios realizado en el mundo, sino que es siempre y únicamente un signo, un camino a través de la historia humana, que gradualmente se vuelve, en Jesús, por Jesús y con Jesús, «historia de salvación».

Esta experiencia interesa a toda la humanidad: «por

pro-

nosotros los hombres y por nuestra salvación

fesamos en el credo. Toda persona, en el presente de su existencia, se siente interpelada por esta exigencia, se siente llamada a entrar en el Reino de Dios, en el senti- do de que mediante una continua «conversión» (origi- nariamente, «seguir a Jesús» significaba unirse a él, vi- vir con él) se ofrece realmente esta posibilidad: en todo momento en que el hombre intenta dar un sentido a su propia vida, comprometiendo de manera concreta su libertad en la historia, le es posible comprometerse por un camino que no es manifestación del mal, sino manifestación del Reino de Dios. En esta dimensión «sacramental» de la vida cristiana se resuelve la ten- sión entre el ya y el todavía-no de la esperanza: este continuo tender es el signo y la actitud que distingue al cristiano.

»,

11°

domingo

ORATIO

99

Padre, de quien procede todo don, que sigues sembrando y haciendo crecer tu Reino de paz y amor entre nosotros, haznos colaboradores de esta obra tuya

a través de la fe que suscitas en nosotros.

Haz que seamos siempre conscientes de que no son nuestros medios ni nuestras fatigas los que difunden en el mundo el Evangelio de tu Cristo, que lleva al hombre a la salvación. Mantennos unidos a él, que nos ha hecho sus testigos,

y concédenos la fuerza de su santo Espíritu

para que seamos capaces de asumir compromisos animosos en tu santa Iglesia,

a fin de renovarla con humildad y paciencia.

CONTEMPLATIO

Como Jesús había dicho que las tres cuartas partes de la semilla se perderían, que sólo una parte se salvaría y que en el resto se producirían tan graves daños, era bastante lógico que sus discípulos le preguntaran quiénes y cuántos serán los fieles. Jesús les quita el temor indu- ciéndoles a la fe mediante la parábola del grano de mos- taza y mostrándoles que la predicación de la Buena Nueva se difundirá por toda la tierra.

Escoge para este fin una imagen que representa bien esa verdad. «Es la más pequeña de todas las semillas,

pero cuando crece es mayor que las hortalizas y se hace

cielo

pueden anidar en sus ramas». Cristo quería presentar el signo, la prueba de su grandeza. Así -explica- ocurrirá también con la predicación de la Buena Nueva. En rea-

lidad, los discípulos eran los más humildes y débiles

como un árbol, hasta el punto de que las aves del

100

Tiempo ordinario

- B

entre los hombres, inferiores a todos, pero, dado que en ellos había una gran fuerza, su predicación se difundió por todo el mund o (Juan Crisóstomo, Comentario al

evangelio de Mateo,

46,2).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Habitaré

en vida» (cf. Sal 26,4).

la casa del Señor

todos

los días

de

mi

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La Iglesia es el «sacramento originario» de la salvación pre- parada para los hombres según el eterno consejo de Dios. Una salvación que, por otra parte, no es monopolio de la Iglesia, sino que, en virtud de la redención obrada por el Señor, que mu- rió y resucitó «para la salvación de todo el mundo», está ya de hecho presente de una manera eficaz en todo este mundo [ Esto equivale a decir que, en ella, se hace audible y se vuelve visible lo que está presente «fuera de la Iglesia», allí donde hom- bres de buena voluntad se adhieren de hecho, personalmente, al ofrecimiento divino de la gracia y la hacen suya, aunque no de un modo reflexivo o temático.

Precisamente en cuanto sacramento de salvación, ofrecido a todos los hombres, la Iglesia es el «sacramento del mundo»: es la esperanza no sólo para los que se han adherido a ella, sino que es, simplemente, la spes mundi, la esperanza para todo el mundo. En ella aparece plenamente y está presente, como en una profecía, el misterio de la salvación que Dios lleva a cabo a lo largo de toda la historia humana, y que en ella -gracias al dato imperecedero de la viviente profecía de la Iglesia- no cesará nunca de realizarse. Podríamos decir que la Iglesia es la manifestación de la salvación existencial del mundo; revela el mundo a sí mismo; le muestra al mundo lo que es y lo que aún

11° domingo

|() |

puede llegar a ser en virtud del don de la gracia de Dios. Por eso la Iglesia espera no sólo por sí misma, sino por el mundo entero, a cuyo servicio está (E. Schillebeeckx, Gott-Kirche-Welt, Mainz 1970, vol. II).

12° domingo del tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Job 38,1-8-11

I El Señor respondió a Job desde la tormenta y dijo:

8 ¿Quién encerró con doble puerta el mar cuando salía a borbotones del seno de la tierra,

9 cuando le puse las nubes por vestido y los nubarrones por pañales;

cuando le señalé un límite, le fijé puertas y cerrojos II y le dije: «No pasarás de aquí, aquí se romperá la soberbia de tus olas»?

10

**• En este breve fragmento, tomado del libro de Job, domina la imagen del mar: éste, en la antigüedad, era símbolo del enorme poder de la naturaleza, que susci- taba estupor e infundía terror cuando se desencadena- ba; el mar era símbolo, por consiguiente, de un misterio profundo e impenetrable, aunque también de un mun- do amenazador y destructivo. Leído desde la perspectiva del evangelio de hoy (Je- sús calmando la tempestad), este texto conduce a re- conocer y a confesar el señorío de Dios sobre la natura-

104

Tiempo ordinario

- B

leza: Dios estaba presente cuando «salía a borbotones» el mar del «seno de la tierra» y le puso «nubarrones por pañales», del mismo modo que se protege a un niño sin defensas (w. 8ss). Así Dios, ejerciendo su señorío, puede liberar al hombre del miedo que conduce a la idolatría (que implica sumisión) de las fuerzas naturales. El cre- yente puede invocar al Señor y abandonarse con con- fian/a a su señorío protector: ésa es la actitud central que aparece en el evangelio, puesta asimismo de relieve por el salmo responsorial propuesto por la liturgia de hoy: «Pero gritaron al Señor en su angustia, y los arran- có de la tribulación» (Sal 106,6). De aquí brota también la oración agradecida: «Den gracias al Señor por su mi- sericordia, por las maravillas que hace con los hombres» (Sal 106,21).

Leído, en cambio, a partir de su contexto originario (el libro de Job), el pasaje pretende hacer reflexionar so- bre el «sentido» del sulrimiento y del mal entre los hom- bres: ¿está Dios alejado y se muestra indiferente a los males de los hombres? La respuesta de Dios a Job orien- ta en la dirección contraria: Job, en cuanto criatura lle- na de límites, no puede pretender comprender el miste- rio del mal. Ésle sigue siendo algo absurdo y un gran enigma para la razón del hombre. Pero esta misma con- clusión remite también en otra dirección: el creyente no ha de esperar la posible respuesta de la «ciencia» del hombre, sino de la mirada religiosa. Los cristianos, en particular, han de buscar la respuesta en la muerte y resurrección -por tanto, en la vida- de Jesucristo.

Segunda lectura: 2 Corintios 5,14-17

Hermanos: H nos apremia el amor de Cristo al pensar que, si uno ha muerto por todos, todos por consiguiente han muer- to. ' 5 Y Cristo ha muerto por todos para que los que viven no vivan ya para ellos, sino para el que ha muerto y resucitado

12"

domingo

IOS

por ellos. 16 Así que ahora no valoramos a nadie con criu-i in\

humanos . Y s i e n algú n moment o valoramo s as í a

ra ya no. " De modo que si alguien vive en Cristo, es una mu- va criatura; lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo.

Cristo , ah< >

*+• Los cristianos buscan en Cristo y, precisamente, en el hecho de que «Cristo ha muerto por todos para que los

que viven no vivan ya para ellos

problema del «sufrimiento» y del «mal» en el mundo. La lectura pone así de manifiesto la primera gran con- secuencia del vivir sub specie aetemitatis (cf. el motivo dominante del domingo precedente): mantener fija la mirada en las «cosas eternas» nos libera, en primer lu- gar, del egoísmo. Vivir para Cristo, «para el que ha muer- to y resucitado por todos» (v. 15), implica en los cristia- nos capacidad de entrega a los otros: sólo de este modo se puede difundir en el mundo la vida del Resucitado.

Hay dos afirmaciones en la lectura que nos ayudan a comprender el sentido cristiano de esta «entrega» a los otros: la primera nos dice que «ahora no valoramos a nadie con criterios humanos» (v. 16), o sea, según la ló- gica y los intereses terrenos. Es menester cambiar de «mirada» y pasar de las relaciones instrumentales, guia- das por la consideración de los otros sólo como medios para nuestros fines, a unas relaciones basadas en el ser, en la acogida a los otros como valores, como personas que tienen una dignidad inalienable. La segund a habl a de ser «una nueva criatura» (v. 17):

»

(v. 15), la respuest a al

ésa es la novedad radical introducida en el mundo por la fe en Cristo resucitado. La fe es principio de renova- ción en el sentido de que nos compromete a cambiarnos ante todo a nosotros mismos para cambiar después también el mundo. La acogida del Evangelio, que nos hace «uno en Cristo», no nos aisla de los otros ni de los problemas cotidianos, sino que nos da unos ojos dife- rentes y valor para luchar contra el mal difundido a través del bien que queremos reemplazar.

106

Evangelio: Marcos 4,35-41

Tiempo ordinario

- B

35 Aquel mismo día, al caer la tarde, les dijo:

-Pasemos a la otra orilla.

36 Ellos dejaron a la gente y le llevaron en la barca, tal como estaba. Otras barcas le acompañaban. " Se levantó entonces una fuerte borrasca y las olas se abalanzaban sobre la barca, de suerte que la barca estaba ya a punto de hundirse.

38 Jesús estaba a popa, durmiendo sobre el cabezal, y le despertaron, diciéndole:

-Maestro, ¿no te importa que perezcamos?

39 Él se levantó, increpó al viento y dijo al lago:

-¡Cállate! ¡Enmudece! El viento amainó y sobrevino una gran calma.

40 Y a ellos les dijo:

-¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis fe?

41 Ellos se llenaron de un gran temor y se decían unos a otros:

-¿Quién es éste, que hasta el viento y el lago le obedecen?

des-

de el punto de vista temático al fragmento de Job) par- te de una situación de peligro (la tempestad), pasa

a través de la invocación confiada de los discípulos

asustados {«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?»:

v. 38b) y concluye con la intervención «señorial» de

Jesús sobre la naturaleza y con la doble pregunta sobre

la fe: primero la de Jesús {«¿Todavía no tenéis fe»: v. 40)

y después la de los discípulos {«¿Quién es éste, que hasta el viento y el lago le obedecen?»: v. 41). La pregunta fun- damental a la que conduce el relato es precisamente la última: ¿quién es Jesús?

*+ El esquema literario del evangelio (semejante

12°

domingo

107

Moisés, como «liberador». En efecto, el evangelista Mateo, en su redacción del mismo episodio (Mt 8,25), recoge bien este paralelismo y emplea, a propósito de Jesús, el verbo «salvar»: Jesús se revela ahora como el verdadero «salvador». Marcos, sin embargo, deja en la

penumbra esta conexión, para poner de relieve la «re- acción» de los hombres: pone en el centro de la atención

el tema de la fe. «¿Todavía no tenéis fe», pregunta Jesús

a sus discípulos. Éstos se encuentran dominados aún

por el miedo {«¿Por qué sois tan cobardes?»: v. 40).

Es interesante señalar que parece haber en este texto una contradicción: Jesús pregunta a sus discípulos a propósito de su «fe» precisamente cuando se han dirigi- do a él aparentemente con fe {«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?»). La aparente contradicción desapa- rece en cuanto reflexionamos sobre aquello que mueve la «fe» de los discípulos: éstos piden una intervención «interesada»; lo que les mueve es la preocupación por su propia piel, están dominados todavía por el interés en obtener «algo». Así son también muchas de nuestras oraciones de petición, expresión de una fe todavía muy

imperfecta que pide «milagros». Casi se diría que Jesús, en el texto de Marcos, impulsa a los discípulos de todos los tiempos a proceder a una purificación de su fe y de

la imagen de Dios que la fundamenta: el Dios del verda-

mund o de los intereses

terrenos y de sus «leyes» y, por consiguiente, no puede ser alcanzado sólo a partir de este mundo.

dero creyente está más allá del

MEDITATIO

El señorío de Jesús sobre las aguas que se agitan y

Dios no es el «tapagujeros» de nuestras necesidades,

muestran

amenazadoras

remite

a buen

seguro, en

el

no es alguien que podamos utilizar para colmar nues-

lenguaje

y

en

el simbolismo

bíblico, a las aguas

del

tras insuficiencias. Es propio de una religiosidad pri-

éxodo, cuando Dios se reveló a su pueblo, a través de

mitiva e «infantil» pretender plegar a Dios a nuestras

108

Tiempo ordinario

- B

necesidades del momento. Es propio de la religiosidad «madura» «dejar que Dios sea Dios» (K. Barth).

Ciertamente, Dios es el señor de la naturaleza, en el sentido de que, para el creyente, Dios es el principio del que todo toma su origen, en el que todo vive y al que todo tiende. Dios es la fuente de sentido para todo lo que es. El poder del hombre sobre la naturaleza ha aumentado mucho en nuestros días: hoy conocemos muchas de sus «leyes», sabemos transformarla, aunque en parte aún escapa a nuestro control. El Dios de la fe ha sido «liberado» de la imagen de un simple garante del «orden natural». Con todo, esto no es suficiente para «dejar que Dios sea Dios». El punto de partida de todo itinerario de fe auténtica es una experiencia de apertura a la Trascendencia. ¿Qué es lo que eso significa? En una visión dualista del mundo, que ha imaginado a Dios y al mundo, el cielo y

la tierra, como realidades opuestas en términos espacia-

les, Dios ha sido pensado sólo como «exterior» al mun-

do, ha sido colocado fuera y lejos de él. Una de las con- secuencias de esta imagen de Dios ha sido impulsar al hombre a mostrarse con mayor frecuencia pasivo, o bien le ha impulsado a experimentar «miedo» frente a Dios y frente a los fenómenos de la naturaleza o incluso

a pretender someterlo a sus propios deseos (magia).

Ahora bien, el misterio de la encarnación, según el cual

el hombre Jesús de Nazaret se ha mostrado como el ros-

tro visible del Dios invisible, ha abierto una perspectiva

diferente: la trascendencia de Dios es algo cualitativa- mente «diferente» en el interior de nuestra cotidianidad mundana. No se trata de un «fuera» espacial, sino de la

experiencia de la proximidad de Dios y, por consiguien- te, de la posibilidad de la aparición de «algo nuevo» en

la historia misma.

La experiencia de la resurrección de Jesús es la re- velación de esta trascendencia: una experiencia que

12"

domingo

109

compromete también al hombre a construir un orden diferente de relaciones, liberadas de todo tipo de miedo, en el interior del propio mundo.

ORATIO

Padre, fuente de la vida y fin último de toda criatura, manifiéstanos tu rostro de bondad y libéranos de nues- tros miedos. Concédenos una fe sólida incluso en los momentos de tempestad, a fin de que seamos capaces de poner nuestra confianza no en los medios del poder humano, sino en ti, que estás presente junto a nosotros. Haznos verdaderos discípulos de Jesucristo, que nos ha revelado tu rostro de padre, y haz que estemos aten- tos a los signos de su camino continuo en nuestra his- toria. Haz que sepamos reconocerle en el amor y en el testimonio de muchos hermanos. Envíanos tu Espíritu, para que nos asista en la tarea de discernir tu proyecto sobre nosotros, nos ayude a cumplir tu voluntad, a fin de construir con confianza y paciencia ese mundo nuevo que tú nos dejas entrever en la resurrección de Jesús.

CONTEMPLATIO

Estamos sometidos, pues, a las tempestades desen- cadenadas por el espíritu del mal, pero, como bravos marineros vigilantes, llamamos al piloto adormecido. Ahora bien, también los pilotos se encuentran normal- mente en peligro. ¿A qué piloto deberemos dirigirnos entonces? A aquel a quien no superan los vientos, sino que los manda, a aquel de quien está escrito: «Él se des- pertó, increpó al viento y a las olas». ¿Qué quiere decir que «se despertó»"? Quiere decir que descansaba, pero des- cansaba con su cuerpo, mientras que su espíritu estaba

110

Tiempo ordinario

- B

inmerso en el misterio de la divinidad. Pues bien, allí donde se encuentra la Sabiduría y la Palabra, no se hace nada sin la Palabra, no se hace nada sin la prudencia. Has leído antes que Jesús había pasado la noche en oración: ¿de qué modo podía dormir ahora durante la tempestad? Este sueño revela la conciencia de su poder:

todos tenían miedo, mientras que sólo él descansaba sin temor. No participa, por tanto, [únicamente] de nuestra naturaleza quien no está expuesto a los peligros. Aun- que duerme su cuerpo, su divinidad vigila y actúa la fe. Por eso dice: «¿Por qué habéis dudado, hombres de poca fe?». Se merecen el reproche, por haber tenido miedo aun estando junto a Cristo, siendo que nadie puede perecer si está unido a él. De este modo corrobora la fe y vuelve a hacer reinar la calma (Ambrosio, Comentario al evangelio de Lucas, VI, 40-43).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Salva a tu pueblo, bendice a tu heredad, apaciéntalos

y guíalos por siempre»

(Sal 27,9).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La fe es estar cogidos por aquello que tiene que ver con no- sotros de una manera incondicional. El hombre, como cualquier otro ser vivo, se encuentra turbado porque le preocupan muchas cosas, sobre todo por aquellas cosas que condicionan su vida, como el alimento y la casa. Y, a diferencia de los otros seres vi- vos, el hombre tiene también necesidades sociales y políticas. Muchas de ellas son urgentes, algunas muy urgentes, y cada una de ellas puede estar relacionada con las cosas cotidianas de im- portancia esencial tanto para la vida de cada hombre particular

12"

domingo

111

como para la de una comunidad. Cuando esto sucede, se requiere la entrega total de aquel que responde afirmativamente

a esta pretensión, y eso promete una realización total, aun cuando todas las otras exigencias debieran quedar sometidas a ella o abandonadas por amor a ella. La fe, en cuanto estar cogidos por aquello que tiene que ver con nosotros de una manera incondicional, es un acto de toda la persona. Tiene lugar en el centro de la vida personal y abarc a todas sus estructuras. La fe es el acto más profund o y

Toaas las fun-

cione s de l hombr e están reunidas en el acto de fe (P. Tillich , Wessen und Wandel des Glaubens, Francfort 1961, pp. 9.12 [edición española: La razón y la revelación, Ediciones Sigúeme, Salamanca 1982]).

más completo de todo el espíritu humano [

].

13° domingo del tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 1,13-15; 2,23-24

113 Dios no ha hecho la muerte, ni se complace en el exterminio de los vivos.

14 Él lo creó todo para que subsistiese,

y las criaturas del mundo son saludables;

no hay en ellas veneno de muerte, ni el imperio del abismo reina sobre la tierra.

15

2,23

Porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre para la inmortalidad,

lo hizo a imagen de su propio ser;

y
24

y tienen que sufrirla los que le pertenecen.

mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo,

**• El contexto literario en el que se encuentran estos versículos es el típicamente sapiencial de la compara- ción entre el justo y el impío. En particular en el capí- tulo 2 describe el autor bíblico la actitud de los malva- dos de una manera maravillosa. Les hace hablar en primera persona, dejando que sus mismas «vanidades» les condenen: «Discurriendo equivocadamente, dicen:

"Corta y triste es nuestra vida, no hay remedio para el

114

Tiempo ordinario

- B

hombre cuando llega su fin; de nadie sabemos que haya vuelto del abismo. Vinimos al mundo por obra del azar, y después será como si no hubiéramos existido"» (w. lss). Así pues, la existencia que no tendrá fin de la que se habla en la lectura de hoy (l,14ss: la vida con Dios que se contrapone a la muerte espiritual) es algo que de- pende directamente de la «justicia» del hombre, es decir, de su actitud hacia la vida entendida como don de Dios:

el justo, o bien el sabio, es el que se reconoce como criatura salida de las manos del Señor y necesita siem- pre de su ayuda, el que le «busca con corazón sincero» (1,1) y no razona de manera ambigua (cf. 1,3), buscan- do pretextos para hacer prevalecer su propia fuerza y su propio derecho sobre todo y sobre todos (cf. 2,10ss). Los que así piensan y actúan pertenecen al diablo (cf. v. 23), término con el que por vez primera en la Biblia se alu- de a la serpiente tentadora de Gn 3. El recurso a la ima- gen genesíaca proyecta el discurso sapiencial sobre el fondo de lo que fue en el origen, o bien forma parte constitutiva de la naturaleza humana, de la lucha entre la vida y la muerte que se desarrolla, en primer lugar, en el corazón de cada hombre.

Segunda lectura: 2 Corintios 8,7.9.13-15

Hermanos: 7 Puesto que sobresalís en todo: en fe, en

elocuencia, en ciencia, en toda clase de solicitud y hasta en el cariño que os profesamos, sed también los primeros en esta

obra de caridad.

Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por voso-

tros, para enriqueceros con su pobreza. 13 Y tampoco se trata de que, para alimentar a otros, vosotros paséis estrecheces, sino de que, según un principio de igualdad, " vuestra abun- dancia remedie en este momento su pobreza, para que un día su abundancia remedie vuestra pobreza. De este modo reina- rá la igualdad, 15 como dice la Escritura: A quien recogía mu- cho, no le sobraba, y al que recogía poco, no le faltaba.

9

Pues ya conocéis la generosidad de nuestro

13°

domingo

115

**• Los capítulos 8 y 9 de la segunda carta a los Co- rintios están dedicados a desarrollar el motivo de la co- lecta en favor de los hermanos necesitados de la Iglesia de Jerusalén. Pablo alterna el estilo exhortativo, des- tinado a animar y estimular a los corintios para que lle- ven a cabo esta obra buena, con el demostrativo, que es el adecuado para fundamentar su petición en el ser mismo de Dios en Cristo Jesús. De ahí que, en el interior de nuestro pasaje, resulte central la afirmación del v. 9, que hace las veces de mo- tivo cristológico sobre el que reposa toda la argumen- tación: el acontecer terreno de Jesús enseña a cada cristiano que la vida es fruto del expolio de sí mismo y que la resurrección se da a través de la muerte. Ahora bien, los cristianos de la Iglesia de Corinto experimen- tan en propia persona la gracia de vida que nace de ese amor a los hermanos que no se alimenta sólo de pala- bras o de buenas intenciones (Pablo alude otras veces a la intención expresada por los corintios hace más de u n año, pero que nunca se había llevado a cabo: cf. 8,10; 9,2-4), sino que se vuelve activo pasando a través de la renuncia a algo que pertenezca a nosotros mismos, un amor que obra a causa de la necesidad que ve en el hermano.

Evangelio: Marcos 5,21-43

En aquel tiempo, 21 al regresar Jesús, mucha gente se

22

Entonces llegó uno

aglomeró junto a él a la orilla del lago.

de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se

echó a sus pies " y le suplicaba con insistencia, diciendo:

-Mi niña está agonizando; ven a poner las manos sobre ella para que se cure y viva.

24 Jesús se fue con él. Mucha gente le seguía y le estrujaba.

25 Una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años 26 y que había sufrido mucho con los médicos y había gastado todo lo que tenía sin provecho alguno, yendo más bien a peor,

116

Tiempo ordinario

- B

" oyó hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y

locó su manto. 28 Pues se decía: «Si logro tocar aunque sólo

sea sus vestidos, quedaré curada». 2 " Inmediatamente se

la fuente de sus hemorragias y sintió que estaba curada del mal. '" Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se volvió en medio de la gente y preguntó:

secó

-¿Quién ha tocado mi ropa? " Sus discípulos le replicaron:

-Ves que la gente te está estrujando ¿y preguntas quién te ha tocado?

32 Pero él miraba alrededor a ver si descubría a la que lo había hecho. 33 La mujer, entonces, asustada y temblorosa, sabiendo lo que le había pasado, se acercó, se postró ante él y le contó toda la verdad.

34 Jesús le dijo:

-Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu mal.

35 Todavía estaba hablando cuando llegaron unos de casa del jefe de la sinagoga diciendo:

-Tu hija ha muerto; no sigas molestando al Maestro.

36 Pero Jesús, que oyó la noticia, dijo al jefe de la sinagoga:

-No temas; basta con que tengas fe.

37 Y sólo permitió que le acompañaran Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.

38 Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y, al ver el albo- roto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos, 39 entró y les dijo:

-¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida.

40 Pero ellos se burlaban de él. Entonces Jesús echó fuera a todos, tomó consigo al padre de la niña, a la madre y a los que le acompañaban y entró donde estaba la niña. 41 La tomó de la mano y le dijo:

-Talitha kum (que significa: Niña, a ti te hablo, levántate).

42 La niña se levantó al instante y echó a andar, pues tenía doce años.

él les insistió mucho en que

nadie se enterase de aquello y les dijo que dieran de comer a la niña.

Ellos se quedaron atónitos. 43 Y

13"

domingo

117

*+• El evangelio de hoy, tanto si se lee en la versión breve (w. 21-24.35-43) como en la integral, se articula esencialmente en torno a los motivos de la salvación/

vida y de la fe. La situación inicial, en los dos casos que se narran, es la de una imposibilidad reconocida para salvar por parte de los hombres: tanto la niña como la mujer han sido tratadas inútilmente por la ciencia mé- dica, hasta el punto de que la primera «está agonizando»

y la segunda sólo ha conseguido empeorar. Para una

persona razonable sólo queda una posibilidad: recurrir

a Dios, que es el Señor de la vida, el Dios de los vivos

(cf. 12,27). En el caso de la mujer que llevaba enferma doce años, Jesús realiza una doble liberación. Por un lado, la curación física completa e inmediata y, al mismo tiem- po, la liberación de un estado de subordinación social y religiosa en el que se encontraba obligada a vivir, dada su condición de mujer «impura», según la ley del Anti- guo Testamento. La cosa tiene lugar en el mismo mo- mento en el que Jesús plantea una pregunta que parece absurda : «¿Quién ha tocado mi ropa?» (v. 30), moviend o interiormente a la mujer a la que acaba de curar a salir al descubierto o bien a realizar un ulterior acto de fe en un Dios que no condena, que cura para dar la vida en plenitud . Así pues , la «fe qu e salva» (v. 34) n o es sólo la que se manifiesta en el hecho de tocar el manto del Se- ñor, sino también la que hace una abierta proclamación de la justicia de un Dios que socorre a los humildes y a los oprimidos, sea cual sea el nombre que la ley o la cos- tumbre de los hombres les impone. Jesús ha restituido ahora a la mujer no sólo la salud, sino la dignidad de persona y la vuelve portadora de la verdad de Dios.

También la curación de la hija de Jairo se convierte en ocasión para la superación de una serie de obstácu- los: la muerte, que se presenta en el camino de Jesús y sus discípulos hacia la casa del jefe de la sinagoga, y so- bre todo la oposición de los que dicen: «Tu hija ha muer-

118

Tiempo ordinario

- B

to; no

decir: «No hay nada que hacer

celebren el funeral judío, con gran alboroto de flautas y lamentos, en torno al cuerpo de la niña, que para ellos ya es sólo un cuerpo de muerte. Frente a esta acendra- da convicción (¿qué hay en este mundo más seguro que la muerte?), las palabras de Jesús aparecen como algo absurdo, como una trágica burla (cf. w. 39ss), a menos que estemos dispuestos a confiar en él, como Jairo, a poner toda la confianza en su amor que no decepciona.

sigas molestando al Maestro» (v. 35), qu e es com o

Serán los mismos que

».

MEDITATIO

Las tres lecturas de hoy presentan como en un dípti-

co la doble actitud del hombre frente a la revelación de Dios, una revelación que tiene que ver con la Vida, con la Vida que no pasa, plenitud de la comunión con él. El retrato de los necios/impíos hecho por los dos primeros capítulos del libro de la Sabiduría goza de una actuali- dad impresionante. En sus palabras se refleja plena- mente la convicción de los que consideran la vida del hombre como algo absurdo, como algo que carece de todo sentido: «El hombre aparece echado en medio de la existencia como un par de dados. Todo en la vida pa- rece obra de la casualidad: he sido elegido por casuali-

dad, debo comportarme al azar, desapareceré al azar

(G. Prezzolini). La vida no es otra cosa que un camino hacia la muerte, la única meta cierta de nuestro huma- no andar.

Las posibilidades frente al anuncio de que aquí no hay muerte, sino sólo un sueño que espera la resurrec- ción, parecen ser también sólo dos en el Evangelio, y se manifiestan como dos movimientos opuestos (uno en dirección a la casa, para salvar; el otro es el de los que ¡Dientan bloquear la venida de Jesús): está la decisión

»

13 o

domingo

119

del que tiene fe en la Palabra del Señor y es admitido a contemplar el milagro de la vida, y está el juicio del que considera esta Palabra como algo absurdo, quedándose a su vez prisionero de la muerte, de esa muerte para la que no hay resurrección. En la carta de Pablo, el apóstol proyecta una luz nueva sobre el tema de la plena participación en la vida de Dios:

el amor compartido en la solidaridad concreta es lo que nos permite participar en el don de la resurrección.

ORATIO

Oh Padre, reconocemos que tú has creado todo para la vida: has puesto en nosotros el germen divino de tu creación fecunda. A nosotros, los esposos, nos has con- cedido experimentarlo en el engendramiento de los hi- jos; a quienes se consagran a tu amor les has entregado la bendición para los pobres de la tierra; a los sacerdotes, el poder del cuerpo roto y de la sangre derramada de tu Hijo. Te pedimos hoy, Señor, que nos hagas una sola cosa en el amor, para que podamos alimentar en la mesa de la eucaristía todo lo que somos: nuestra mente, con el re- cuerdo de tu vida entregada en la cruz; nuestro corazón, dilatado por tu amor por cada hombre; nuestro cuerpo, consumido por la impaciencia de la caridad activa.

la

medida de tu Hijo sacrificado, podremos saborear la bondad infinita de la vida.

Y, transformados

de

este

modo,

día

tras

día,

a

CONTEMPLATIO

«¿Qué acuerdo puede haber entre Cristo y Beliar? ¿Qué

relación entre el creyente y el incrédulo?»

Los mismos paganos, que tampoco creen en la resu-

(2 Cor 6,15).