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SAGRADA

BIBLIA

 

VERSIÓ N

DIRECT A

 

D E

LAS LENGUAS

ORIGINALES

 
 

POR

 

ELOÍNO

NÁCAR

 

FUSTER

(t)

CANÓNIGO

LECIORAL

DE

LA

S.

I.

C.

DE

SALAMANCA

 

Y

ALBERTO

COLUNGA ,

O.

P.

PROFESOR

DP,

SAGRADA

ESCRITURA

EN

EL

CONVENTO

DE

SAN

ESTEBAN

Y

EN

LA

PONTIFICIA

UNIVERSIDAD

DE SALAMANCA

PRÓLOGO DK S.

JCMCIA,

RVDMA. El* CARDENAL

 

GAETAN O

 

CICOGNAN I

 

ANTIGUO

NUNCIO

DE

SU

SANTIDAD

EN

ESPAÑA

 
 

UNDÉCIMA

EDICIÓN

 

BIBLIOTECA

DE

AUTORES

 

CRISTIANOS

MADRID

.

MCMLXI

ÍNDIC E GENERA L NihU obstat: Pr. E. Cuervo, O. P., Bac. S. Theol. l'r, K.
ÍNDIC
E
GENERA
L
NihU
obstat:
Pr.
E.
Cuervo, O. P.,
Bac. S.
Theol.
l'r,
K.
ilt> Tuya,
O.
P.,
S.
Theol.
Lect.
Imprimí
potes!:
l'r.
A.
l'i-rnandez,
O.
P.
Prior
Provincialis.
NIMl
obstat:
Dr.
I v . Turrado,
Censor.
Imprimatur:
t
Fr.
Franciscus,
ü.
P.,
Epise.
Salmant.
Saloianticae,
30 octobris
1960.
Págs.
Prólogo de S. Bmcia. Rvdtna. el Card. Gaetano Cicognani, antiguo
Nuncio
de
S.
S.
en
España
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Encíclica
«Divino
afilante
Spiritu»,
de
S.
S.
Pío
XII
xx m
Prólogo
de
los traductores :
A
la
i. a
edición
xxxi x
A
la
2. a
y
5. a ,
San
3. a
edición
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A
la
4.
a ,
6. a ,
7. a ,
io.»
y
11. a edición
xu v
Consejos de
Agustín
8. a ,
a
9. a ,
los
lectores de
la Sagrada
Escritura
...
xu v
Siglas
xu v
Introducción
general a
los
libros de
la Sagrada
Escritura
1
Introducción
especial a
los libros históricos
12
ANTIGUO
TESTAMENTO
Pentateuco
20
Génesis
24
Éxodo
84
I/evítico
131
Números
161
Deuteronomio
201
Josué
238
Jueces
262
Rut
286
Samuel
290
I
Samuel
291
II Samuel
322
Reyes
348
I
Reyes
349
II Reyes
384
Paralipómenos
o
Crónicas
414
I
Crónicas
415
II
Crónicas
439
Esdras y Nehemías
469
Esdras
470
Begistro
núm.
5.786-1960
Nehemías
480
Tobías
493
Depósito legal M 4.180-1961
Judit
503

ÍNDICE

GENERAL

VI

 

PÍÍS.

Ester

 

516

I

Macabeos

 

527

II

Macabeos

556

Libros

sapienciales

576

Job

578

Salmos

 

.'

601

Proverbios

 

67a

Eclesiastés

694

Bl

Cantar

de

los Cantares

 

702

Sabiduría

 

711

Eclesiástico

727

I/ibros proféticos

767

Isaías

772

Jeremías

819

I/amentaciones

869

Barnc

874

Ezequie 1 .

 

,

881

Daniel

 

926

Oseas

946

Joel

952

Amos

956

Aibdías

961

Jonás

962

Miqueas

964

Nahurn

 

_.

969

Habacuc

 

971

Sofonías

973

Aigeo

975

Zacarías

977

Malaquías

985

NUEVO

TESTAMENTO

Introducción

general

al Nuevo Testamento

 

989

Introducción

general

a

los

Evangelios

999

San Mateo

 

1000

San

Marcos

1041

San i/ucas

 

1063

San Juan

 

1103

Hechos de los Apóstoles

1136

Pablo

1167

Epístolas de San A los Romanos

 

1170

I

a

los Corintios

1185

II

a

los Corintios

¡.

1199

VII

ÍNDICE

GENERAL

 

Págs.

A

los

Gálatas

 

1207

Epístolas de

la cautividad

 

1213,

A

los

Efesios

 

1214

A los Filipenses

1219

A

los

Colosenses

1223

Epístolas

a

los

Tesalonicenses

1227

I

a los Tesalonicenses

 

1228

II

a los Tesalonicenses

1231

Epístolas

pastorales

1232

I

a

Timoteo

 

1233

II

a

Timoteo

 

1237

A Tito

 

1240

A

Filemón

 

1241

A

los

Hebreos

 

1242

Santiago

 

1253

Epístolas de San Pedro

 

1257

I

de

San

Pedro

 

1258

II

de

San

Pedro

1261

Epístolas de San Juan

 

1264

I

de

San

Juan

 

1265

II

de

San

Juan

1268

III

de

San

Juan

1269

San

Judas

 

1269

Apocalipsis

 

1271

índice

bíblico

doctrinal

1296

Mapas

 

1333

INTRODUCCIÓN AL

NUEVO

TESTAMENTO

El Nuevo Testamento, plenitud del Antiguo

  • i. La Epístola a los Hebreos comienza dándonos en breves y lapidarias palabras

la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: «Habiendo Dios hablado a nuestros padres en diversas maneras y muchas veces por medio de los profetas, al fin, en nuestros días, nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, por quien hizo el mundo; el cual, siendo el esplendor de su gloria e imagen de su esencia y quien con el poder de su palabra sostiene todas las cosas, realizada la purificación de lospecados, está sentado a la diestra de Dios en las alturas» (Hebr 1,1-3). En el Antiguo Testamento, Dios se sirvió de los profetas para instruir a su pueblo. Abraham, Moisés, David, Elias, Isaías, etc., reciben las comunicaciones divinas, y cada uno en su forma se las va enseñando al pueblo, a fin de que le sirvan de norma en la vida que el Señor le tiene trazada hacia Cristo, objeto supremo de sus esperanzas. Todos éstos son, usando de una palabra de San Pablo, como «ayos» que llevan de la mano a Israel hasta conducirle al Maestro supremo, de quien recibirán la plenitud de la revelación (Gal 3, 24). A El, Unigénito del Padre, esplendor de su gloria e imagen de su esencia, por quien hizo todas las cosas, le estaba reservada la obra de la restauración de las mismas, destruyendo el pecado y la muerte y volviendo las cosas a aquel estado en que al prin- cipio habían sido creadas, hasta entregar después al Padre los poderes recibidos y hacer que sea Dios todo en todas las cosas (1 Cor 15,28).

La

preparación

del mundo antiguo en los pueblos

gentiles

  • 2. Así, el Nuevo Testamento es la plenitud, el cumplimiento del Antiguo, como

éste fue la preparación de aquél. Mas la preparación para la realización de misterios tan sublimes debía por necesidad ser larga y trabajosa, ni podía limitarse a un solo pueblo; debía extenderse a todos, que no se trataba sólo de la salud de Israel, sino de la del género humano. Y para esta preparación era ante todo preciso que el hombre caído en el pecado por la soberbia, se convenciese por propia experiencia de su incapa- cidad para levantarse de su postración, para alcanzar la verdad y la vida, para lograr aquella perfección y dicha a que aspiraba cuando deseó ser como Dios (Gen 3,5). San Pablo llama a estos tiempos siglos de ignorancia, en los cuales Dios, Padre pro- vidente, no dejó de acudir a sus hijos para que siquiera a tientas le buscasen y se dis- pusiesen a recibir a aquel por quien tendrían la resurrección y la otra vida (Jn 11,25). De esta preparación corresponde a Israel la parte principal, y por ello fue de Dios escogido como pueblo peculiar suyo, dándole la Ley y las Promesas; pero también tocaba su parte a los demás pueblos de la tierra, llamados asimismo a gozar de la gracia del Mesías, pues que también son ellos criaturas de Dios (Ex 19,5).

Estos pueblos se nos presentan al principio de la Historia aislados, con sus dioses propios y su culto, sus reyes, su territorio bien limitado, viviendo siempre con gran recelo de sus vecinos, y las relaciones de unos con otros son, más que nada, guerreras. Entre estos pueblos hubo quienes se aventajaron en poder y en ambición de dominar. De aquí nacieron los grandes imperios orientales, que poco a poco fueron borrando las fronteras y preparando la unidad del mundo antiguo. Primero el asirlo, al cual sucede el babilónico, y a éste el persa. La Biblia conoce la extensión de este imperio sobre ciento veintisiete provincias, que van desde la India hasta la Etiopia. Otro imperio aparece en Occidente, el macedonio, que, después de absorber las pequeñas repúblicas griegas, se adueña del imperio persa, con la aspiración de juntar en uno el Oriente y el Occidente y formar con ambos una grande unidad política, informada por la cultura helénica. El ideal de Alejandro no fue realizado por él ni por sus sucesores; pero todavía se realizó en buena parte.

Viene, por fin, de las regiones occidentales la fuerza de Roma, que, después de haber sometido a su imperio los pueblos del extremo occidental de Europa y del norte

991

NUEVO

TESTAMENTO

de África, se vuelve hacia el Oriente e incorpora a sus dominios una gran parte del imperio de Alejandro. De esta suerte quedó constituida una gran unidad política, que se extendía desde el Eufrates hasta el Océano y desde el Rin y el Danubio hasta la cordillera del Atlas. Todas estas provincias obedecen ahora a una sola autoridad, habiendo desaparecido las fronteras que antes las dividían y permitiendo a los subditos de tan vasto imperio recorrer sin estorbo alguno todas las vastas provincias en que mantenían el orden las legiones romanas.

  • 3. Pero no es sólo la unidad política lo que Roma impone, sino también la unidad

cultural. Por encima de la cultura peculiar de cada pueblo y de la que imponía la

dominación romana, se extendía la cultura helénica: la lengua, la literatura, el arte, la filosofía creada por los griegos, que Alejandro y sus sucesores extendieron por el Oriente, y que las colonias griegas y luego el mismo imperio romano, vasallo en lo cultural de los griegos, difundieron por las provincias occidentales, viniendo a cons- tituir otro principio de unidad más fuerte que el primero.

Una parte del helenismo era la religión. Cada pueblo tenía sus dioses; pero todos

sintieron el atractivo del arte y de la mitología griegos, dejándose influir por ellos, si bien compensándose de este homenaje con la influencia que ellos mismos ejercieron sobre la religión helénica. Con esto, los subditos del imperio romano salieron de la

estrechez de las concepciones culturales y religiosas que antes tenían,

para adquirir

otras más amplias, si no verdaderas, pero sí un tanto depuradas por la filosofía, y

que por su universalidad los preparaba a concebir una todos los pueblos y provincias.

divinidad trascendente sobre

En el pueblo de Israel

  • 4. Israel había sido llevado cautivo por los asirios a fines del siglo VIII. Judd,

que vivió casi todo el siglo VII sometido al imperio de Nínive, pasó luego bajo el

dominio de los imperios que vinieron sucediéndose en Oriente hasta la era cristiana. El Señor, que con tan preciosos bienes había enriquecido a Israel, no quiso otorgarle la perpetuidad de la soberanía política. Los caldeos, que a los asirios sucedieron, castigaron duramente con el destierro de Judá los anhelos que éste tenía de indepen-

dencia. Luego pasaron a formar parte del imperio persa, más tarde del macedonio, después del sirio o del egipcio, según que la suerte de las armas favorecía a uno u otro de estos reinos, siempre en lucha. Los locos empeños de introducir en fudea el helenismo dieron lugar a la sublevación macabea, que terminó en la independencia de la nación bajo los príncipes de esta heroica familia, que fundaron en Judea la dinastía asmonea. Pero los hijos de aquellos valientes, que siempre unidos habían conquistado la libertad de su patria, no supieron seguir el ejemplo de sus mayores, antes se dejaron llevar del espíritu de discordia, dando lugar a que Roma se creyera

autorizada a intervenir en

los negocios de Judea para imponer la paz

(63

a. de

C).

Los principes asmoneos no aprendieron la lección y dieron lugar a que un personaje idumeo de grandes ambiciones, halagando a los caudillos de la guerra civil romana, Marco Antonio y Octavio Augusto, llegara a ceñirse la corona de fudea y establecer

en Jerusalén la dinastía herodiana bajo la alta soberanía de Roma (37 a. de C). Herodes, llamado el Grande, que lo fue por sus construcciones y también por sus crímenes, receloso, como suelen serlo todos los tiranos, cometió innumerables crímenes

contra los elementos influyentes de la nación, contra

sus hermanos, esposas y hasta

contra sus hijos. Por otra parte, quiso atraerse los corazones del pueblo embelleciendo Jerusalén con grandes monumentos y, sobre todo, con la restauración del templo, del que hizo una verdadera maravilla, gloria de los creyentes de Israel. A su muerte,

acaecida poco después del nacimiento del Salvador, le sucedieron tres de sus hijos con el título de tetrarcas; en Judea y Samaría, Arquelao; en Galilea y Perea, Herodes

Antipas, y en la Traconítide, Filipo. El primero, al cabo de ocho años de

reinado,

fue destituido por Augusto, que puso en su lugar un procurador romano (6 d. de C). Tal era el estado político de Israel al aparecer Jesucristo.

MUEVO

TESTAMENTO

992

5, En el aspecto religioso se destaca la Judea con la ciudad santa de Jerusalén y su templo, centro de la vida religiosa de todo Israel. En toda la región imperaba el culto de Dios, excluidos totalmente los cultos gentílicos. La clase sacerdotal tenía su principal asiento en Jerusalén, donde se hallaban también los doctores más insignes

de la Ley y

las escuelas más concurridas. Abundan las sinagogas, fundadas muchas

de ellas por las colonias de la dispersión, que en ellas tenían como su hogar cuando venían a Jerusalén en peregrinación. Por encima de la Judea está Samaría, perpetuo escándalo para los judíos. A causa de su origen gentílico y de su religión, mezcla de gentilismo y mosaísmo, los samaritanos eran aborrecidos de los judíos, que recibían de aquéllos el mismo pago. Un punto de su contienda tenía por objeto el lugar legítimo del culto, que los judíos ponían en Jerusalén, mientras que los samaritanos sostenían ser el monte Garizim. Los peregrinos del norte de Palestina, cuando iban a Jerusalén, rehuían pasar por Samaría, situada en medio de la provincia, prefiriendo hacer un rodeo por el valle del Jordán o por la región transjordánica hasta Jericó.

La Galilea, que se halla al norte de Samaría, era región montañosa, pero rica. Sus habitantes eran trabajadores, nobles, aunque rudos; religiosos, aunque, por su mayor contacto con los gentiles, menos escrupulosos que los judíos. El centro de la región venía a ser el lago de Genesaret, de 20 kilómetros de largo y 10 de ancho, rico en pescados, y a cuyas orillas se hallan Tiberiades y Cafarnaúm, Magdala, Betsaida, Corazeín. De las regiones situadas al este del Jordán se hallaban la Traconítide al norte y la Perea al sur, regiones ricas también, sobre todo por sus pastos. La pobla- ción estaba mezclada, abundando los gentiles acaso más que los judíos.

Todas estas regiones, sin excluir la Samaría, vivían en la ansiosa expectación del reino de Dios y del Mesías. Y este estado de ánimo daba lugar a que de vez en cuando se levantasen algunos fanáticos, que se apellidaban mesías, y que siempre tenían quie- nes los siguiesen. Pero el Mesías y el reino de Dios no lo concebían todos igualmente. La variedad de imágenes con que los profetas nos describen al Mesías y su reino era la causa de que formasen ideas muy distintas los que se adherían a la letra del texto sagrado. Sobre todo, hacían en ellos impresión los vaticinios que hablan del futuro y glorioso reino de David o de su vastago el Mesías. Avivaba más estas ideas el ver ocupado el país por los romanos, que, como dominadores y gentiles, eran de ordinario aborrecidos del pueblo. Por lo contrario, aquellos vaticinios de carácter más espiri- tual, como eran los del Siervo paciente del Señor y los que hablaban de la renovación moral y de la efusión del espíritu de Dios, eran peor entendidos, como no fuera por algunas almas escogidas, tales como Zacarías y Simeón, en quienes el Espíritu Santo moraba de asiento.

  • 6. Dominaban en Israel dos sectas principales: la de los fariseos y la de los sadu-

ceos, que venían a ser los directores espirituales de la nación. La primera era la que tenía más influencia en el pueblo. Se distinguía por su severidad en la interp eta- ción y en la práctica de la Ley, aunque la interpretación fuera excesivamente material y la práctica puramente externa. Con esta práctica externa de la Ley pretendían alcan- zar la justicia; pero una justicia también externa, no según Dios, sino según su propia conciencia y el parecer de los hombres. Cuan arraigada estuviera en ellos esta idea, se echa de ver en la parábola del publicano y del fariseo y en el empeño que pone San Pablo en combatir la justicia de las obras, opuesta a la justicia de la fe, que nos con- fiere el Espíritu Santo. El Apóstol, que había pertenecido a la secta, conocía sus ideas y cuan lejos estaban de aquellos altos principios morales que se hallan en la Ley. Con ésta admitían las tradiciones, en las cuales se apoyaban para interpretarla y com- pletarla. El Salvador reprende en ellos la falta de sentido moral, la avaricia, la osten- tación, la vanagloria, la hipocresía (Mt 23). Hasta dónde llegasen estos vicios, nos lo muestran las recriminaciones que dirigían a Jesús porque milagrosamente curaba en sábado a los enfermos.

Por otra parte, los fariseos esperaban el reino de Dios y el reino del Mesías, que impondría al mundo el imperio de la Ley mosaica y la hegemonía de Israel. Admitían el juicio final y la resurrección de los muertos. Aunque muy celosos de los privilegios

998

NUEVO

TESTAMENTO

de Israel, todavía sabían acomodarse a las circunstancias y vivir en paz con los romanos. Los saduceos formaban la aristocracia y el partido sacerdotal, aunque no faltasen entre los sacerdotes adictos al fariseísmo. Su interpretación, y sobre todo la práctica de la Ley, era más libre. La severidad la reservaban para las sanciones penales. Se mezclaban mucho con los gentiles y se mostraban muy complacientes con los romanos dominadores, con tal de poder disfrutar de los altos cargos de la nación. Esto les qui- taba la popularidad de que gozaban los fariseos. Cuanto a sus doctrinas, admitían la Ley, pero rechazaban las tradiciones; negaban la Providencia, la resurrección y la existencia de los espíritus.

Por los Evangelios conocemos, además de los fariseos y saduceos, a los escribas. La palabra significaba el que escribe o el que sabe escribir. En los tiempos antiguos se aplicaba a ios secretarios y otros funcionarios piibücos. Más tarde se aplicó a los que copiaban y estudiaban la Ley; luego vino a ser sinónimo de doctor de la Ley. Era un oficio importante en Israel, y la mayoría de ellos era adicta al fariseísmo.

  • 7. La Palestina con Jerusalén, y el templo como centro de ella, no era sino el

hogar nacional, porque la inmensa mayoría de la nación se hallaba dispersa por todas las provincias del imperio romano y aun fuera de las fronteras de éste. Las deporta- ciones, ejecutadas por los asirlos primero y luego por los caldeos, aventaron a las pro- vincias orientales a muchos hijos de Israel, de los cuales sólo una pequeña porción volvió a la patria al promulgar Ciro el edicto de libertad (539). En los siglos poste- riores, otros más abandonaron Palestina, unas veces forzados, como prisioneros de guerra, otras espontáneamente, buscando mejores condiciones de vida. Los que de éstos perdieron su fe religiosa y nacional quedaron como el agua de un arroyo que en el mar desemboca, diluidos entre la masa de los gentiles; pero la mayoría, que se mantuvo fiel a la fe de sus padres, formaron colonias, con frecuencia ricas por el comercio, que lograron de los poderes públicos el reconocimiento de su nacionalidad y el respeto de su religión. Todas las grandes ciudades del imperio tenían colonias numerosas, y todas las vías de tierra y mar eran recorridas por los judíos, que desde entonces adquirieron el espíritu comercial que hoy tanto los distingue. La fe religiosa y la Ley, que los sepa- raba de los gentiles, los unía entre sí, y era la sinagoga el centro de cada colonia.

  • 8. Otro detalle importante tenemos que consignar: su proselitismo, que Jesús

mismo consigna en el Evangelio. Sentían los hijos de Israel gran afán por incorporar a su pueblo multitud de gentiles, aunque no fuera una incorporación plena que igua- lase a los prosélitos con los israelitas; pero aquéllos renunciaban al gentilismo, reco- nocían y adoraban al Dios de Israel, creador del cielo y de la tierra, y guardaban los preceptos fundamentales de la Ley. Sólo por la circuncisión podían adquirir pleno derecho de ciudadanía en Israel (Ex 12,84 s -)'> P ero s griegos sentían repugnancia hacia este rito. Cuánta influencia tuvo este proselitismo en la propagación del Evan- gelio, comenzamos a notarlo en la misma historia evangélica. El centurión, cuya fe tanto alaba el Salvador, era, sin duda, un prosélito, rico y generoso además, que había levantado a sus expensas la sinagoga de Cafarnaúm. Otro tanto hemos de decir del centurión Cornelia, a quien San Pedro admitió en la Iglesia. Pues San Pablo, que buscaba siempre las grandes ciudades, se dirigió siempre a la sinagoga, donde estaba seguro de hallar a los de su nación, a quienes se creía obligado a anunciar el reino de Dios, y con ellos a muchos prosélitos. Estos, con más agrado que los judíos, escuchaban la palabra de Dios y venían a formar los primeros sillares con que levantar el edificio de cada iglesia. De esta suerte, Israel venia a completar aquella preparación de los pueblos gentiles de que antes hablamos y cooperaba, sin darse de ello cuenta, a la di- fusión del Evangelio.

Cómo el Evangelio realiza las promesas mesiánicas

  • 9. Por fin aparece en la tierra el Mesías, por quien tan ardientemente suspiraba

Israel. Cuál fue el recibimiento que le hicieron, bien sabido es de todos. Sólo algunas almas humildes y llenas del espíritu de Dios recibieron la gracia de reconocer al Cristo

Nácatr-Colunfa

W¡¡

NUEVO TESTAMENTO

994

del Señor; los demás, esperando un rey glorioso, que debía aparecer envuelto en la majestad de Dios, quedaron por entonces privados de aquella gracia. Cuando le llegó la hora de manifestarse al mundo, comienza Jesús insistiendo en el tema de su Pre- cursor: «Haced penitencia, porque se acerca el reino de los cielos». El reino de Dios era la síntesis de los vaticinios proféticos y de las esperanzas de Israel. Pero ¿cómo entendía Jesús ese reino? No hallamos en el Evangelio una definición de lo que El entendía por reino de Dios; pero su modo de presentarse era ya un argu- mento claro de que su concepción no se ajustaba a la que corría entre los doctores de Israel. Por de pronto estaba muy lejos de enseñar que para tener parte en él bastara pertenecer a la raza de Abraham y estar circuncidado. La explicación más clara de

Jesús está en las bienaventuranzas. En ellas se promete el reino de los cielos a los po- bres de espíritu, a los mansos, a los que sienten hambre y sed de justicia, a los que lloran las miserias y los pecados del mundo, a los misericordiosos, a los de corazón limpio, a los pacíficos, a los que padecen persecución por la justicia (Mt ;,i ss.). Al contrario, se amenaza a los ricos, a los que ríen, a los que viven de la hartura, a los que son ben-

decidos del mundo (Le 6,24 ss.). Todo

esto tiene algún parecido con el contenido

de algunos salmos, en que se nos presenta a los justos humillados y abatidos por los impíos, pero salvados y bendecidos por Dios. Así declaraba Jesús la naturaleza del reino de Dios, y con esto su dignidad de Rey-Mesías e Hijo de David. Las parábolas vienen a completar estas enseñanzas del sermón de la Montaña.

  • 10. Los doctores oían esta doctrina y, no alcanzando su sentido, se preguntaban

cuál sería la actitud de Jesús ante la Ley. Contestando a sus tácitas preguntas, les responde Jesús: «No he venido a abrogar la Ley y los Profetas, sino a cumplirlos». Ya hemos indicado cuan esclavos de la letra eran los doctores de la Ley en la inter- pretación de ésta. Jesús, a través de la letra, busca la intención del legislador divino, como ya antes habían empezado a hacer los profetas, guiados del espíritu de Dios. «Habéis oído lo que fue dicho a vuestros padres: No matarás; el que matare será reo de pena capital. Mas yo os digo que quien se irrita contra su hermano será reo de la misma sentencia, e igualmente el que le insultare llamándole tonto o necio». Todo mal sentir contra el prójimo queda incluido en la prohibición de la Ley y sancionado con el fuego eterno. «Oísteis lo que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino que cum- plirás al Señor tus juramentos. Mas yo os digo que no juréis en modo alguno. Sean vuestras palabras: sí, sí, y no, no. Lo que pasa de ahí, procede del mal. Finalmente, habéis oído: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; orad por los que os persiguen y calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre buenos y malos y manda su lluvia sobre justos e injustos. Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,21 ss.). Tal es la interpretación que Jesús opone a los directores espirituales del pueblo judío. Para El son esos preceptos expre- sión de la voluntad del Padre celestial, de su justicia, de su santidad, de su amor pa- ternal hacia los hombres, y a la luz de tales atributos interpreta los mandamientos de la Ley mosaica. Las normas jurídicas externas, como las juzgaban los doctores de Israel, Jesús las declara normas concretas de aquel amor de Dios sobre todas las cosas y del prójimo como a uno mismo, en que se resumen la Ley y los Profetas. Principio su- blime, inspirador de las más grandes abnegaciones de los santos.

  • 11. En este mismo principio se inspira la interpretación de los demás preceptos

religiosos, a los que

la Ley daba grande importancia, y que los doctores de Israel

habían falseado con sus interpretaciones. Particularmente

el precepto sabático y

¡ a

ley de la limpieza habían venido a convertirse en una carga insoportable para todo israelita que tomara a pecho la exacta observancia de la Ley. A ellos convenía la sen- tencia contenida en aquella invitación de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis fati- gados y cargados, que yo os aliviaré» (Mt 11,28). El sábado era para los doctores un día por naturaleza santo, contra el cual ningún precepto de caridad prevalecía Las normas que de este principio se derivaban eran a manera de aros de hierro, que sujetaban la conciencia y la vida toda del pueblo. Jesús hubo de sostener fieros com-

bates contra las pretensiones de los escribas. Prueba de ello es aquella cuestión que

9 9 5

NUEVO

TÉSTAME^

una vez les propuso: «¿Es lícito en día de sábado hacer bien, más bien que mal; saltw un alma, más bien que dejarla perecer?» (Le 6,9), Esta sola pregunta basta p Qy .^ poner de manifiesto la falta de sentido moral de aquellos que la motivaban. Y todayt

se pone esto más de relieve cuando se oye a Jesús echarles en cara que, mientras co^

denaban la curación milagrosa de los

enfermos en día de sábado, se

autorizaban a s j

mismos para sacar una bestia que hubiera caído en un pozo. De ahí la conclusión de¡ Salvador: «Luego es licito hacer bien en día de sábado» (12,12). Gran maravilla es que tal conclusión necesite ser demostrada a hombres que se tenían por sabios y ha* cían profesión de santidad. Muy otro era el principio exegético de Jesucristo anuru ciado en aquella sentencia: «No fue creado el hombre por el sábado, sino, al contrario^ el sábado fue establecido por amor del hombre» (Me 2,27 j . Los doctores podían leer bien claro este pensamiento en el Deuteronomio (5,14 s.).

Igual principio sigue en la interpretación de los preceptos tocantes a la pureza

legal, en cuya observancia los doctores ponían gran parte de su justicia: no comer ni

aun tocar cosa impura; lavarse las manos y el cuerpo, y esto con frecuencia,

para alejar

de sí cualquier mancha que pudieran haber contraído; purificar los vasos, los platos, los asientos y hasta los lechos de su casa. El juicio de Jesús sobre la conducta de sus contradictores es aquí más severo. Es que encontraba la doctrina de ellos más alejada de la verdad de Dios. Cuando los fariseos reprendían a los discípulos de no guardar las tradiciones de los antiguos, no lavándose las manos antes de comer, les replicaba:

«Y vosotros, ¿por qué traspasáis los preceptos de Dios por amor de vuestras tradicio- nes?» Y luego, dirigiéndose a la muchedumbre, les decía: «No es lo que entra por la boca lo que mancha al hombre, sino lo que sale por la boca». Y explicando luego su pensamiento a los discípulos, que no habían acabado de entenderle, les decía: «¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra por la boca va al vientre y es luego des- pedido; mas lo que sale del corazón, eso sí que mancha al hombre? Porque del corazón proceden los pensamientos malos, los homicidios, ¡os adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Esto sí que mancha al hombre, no el comer con las manos menos limpias» (Mt 15,1-20; Me 7,1-23).

  • 12. Qué juicio formaba Jesús de los sacrificios y ofrendas, que son los principales

actos de la religión, nos lo dicen los dos textos siguientes: «Si al presentar una ofrenda recordares que tu hermano tiene alguna cosa contra ti, deja tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y luego vuelve a hacer la ofrenda» (Mt 5,23 s.). Jesús no reprueba las ofrendas, pero les antepone la caridad y la paz

con el prójimo. Y en esto no es más que el continuador de los profetas y del Salmista,

que decía: «El sacrificio grato a Dios es el corazón contrito» (Sal 51,19).

Tampoco

quiere que por los sacrificios se eche en olvido la piedad hacia los padres, y de ello ar-

guye duramente a los escribas, llamándolos hipócritas y aplicándoles el texto de Isaías (29,13): «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Mt 15,4 ss.).

Pero, sobre todo, nos revela la mente de Jesús acerca de estos actos del culto el episodio referido por San Lucas (21,1 ss.) : «Miraba el Maestro cómo los peregrinos ricos echaban sus ofrendas en el tesoro del templo. Entre ellos, confundida, se acerca una pobre viuda, que echó unos céntimos. Jesús llama la atención de los discípulos, di- ciéndoles: «Esta viuda ha echado más que todos los otros, porque éstos hacen ofrenda de lo que les sobra, mientras que ésta ha dado lo que le era necesario para vivir». Según esto, no es el don material lo que cuenta ante Dios, sino la devoción con que se ofrece. De esta suerte interpretaba Jesús la Ley mosaica, dando remate a la obra empe- zada por los profetas. Y en su interpretación llega a veces a declarar opuestas a las intenciones del supremo Legislador ciertas concesiones o indulgencias hechas poste- riormente al pueblo a causa de su indocilidad para seguir el camino recto de la jus- ticia. Tal es el caso del repudio, que Jesús declara contrario a la primera institución divina del matrimonio. Con esto la Ley mosaica adquiere un valor espiritualista y, reducida a estos principios universales, se hace adaptable a todos los pueblos.

  • 13. Es también muy de notar la interpretación de Jesús sobre aquella parte tan

notable de preceptos que tocan a la vida política y social del pueblo israelita. Precisa-

NUEVO

TESTAMENTO

996

mente fueron éstos los que contribuyeron más poderosamente a exaltar el nacionalismo del pueblo judío. Jesús se desliga de ellos, considerándolos como un lastre demasiado pesado para elevar las almas a Dios. En su conducta personal se atiene a las leyes establecidas, y nadie pudo nunca acusarle con razón de rebelde a la Ley y perturbador del orden. Cuando le piden su intervención en algún pleito, se excusa declarándose incompetente (Le 12,14). Los doctores, queriendo tenderle un lazo, le proponen aque- lla cuestión torturadora de muchas conciencias israelitas: ¿Es lícito pagar tributo al César o no es lícito? Negarlo sería ponerse enfrente de la autoridad romana. Afir- marlo equivaldría a negar el privilegio del pueblo israelita de ser el pueblo de Dios y los derechos del Señor como Rey soberano de Israel. Jesús se da cuenta de las inten- ciones de los que le preguntan, y les responde con una severidad bien merecida: «¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme una moneda. ¿Cuya es esa imagen y esa ins- cripción?» «Del César», le contestan. «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (32,15 ss.). Con esto viene a desligar los deberes para con Dios de los deberes para con los poderes humanos. Separación relativa, claro está, ya que Jesús no desconoce que también estos poderes vienen de Dios y deben ser ejercidos según la voluntad del Padre celestial. Pero esta distinción basta para eximir la vida religiosa de los poderes humanos y librarla de las pasiones y contiendas en que suele desarro- llarse la vida política de los pueblos.

x 4.

Toda esta doctrina moral tiene en el Evangelio un origen muy alto, tan alto

como el concepto que Jesús tenía de Dios. Lo primero que notamos en los evangelios es que Dios no pierde en los labios de Jesús ninguno de los atributos que le reconoce

el Antiguo Testamento. Es el creador del cielo y de la tierra, es el conservador y pro- veedor de todos los seres, el que «ab aeterno» señala a cada ser su destino, el bueno, el misericordioso, el omnisciente. Pero Jesús nos descubre una condición de Dios que los profetas no habían hecho más que apuntar: Dios es el Padre celestial de cada uno de los fieles, y bajo este nombre quiere que le invoquemos, que le pidamos, que en El pon- gamos toda nuestra confianza. Sobre todo nos descubre su misericordia hacia los pe- cadores, cosa que los doctores de Israel tenían muy olvidada, no obstante lo mucho que la pregonan los profetas y los salmistas. El Padre, en todo perfecto, ha de ser el

modelo que hemos de imitar; la voluntad justa, santa y

misericordiosa del Padre debe

ser la norma perpetua de nuestra conducta. Y Jesús se muestra en toda su vida el per- , fecto ejemplar de cuanto inculcaba a los otros.

  • 15. Pero hablando así de Dios, nuestro Padre, muestra sentirse unido a El con

especiales vínculos. En el trato con sus discípulos dice siempre «vuestro Padre»; mas hablando de sí mismo, nunca tiene otro lenguaje sino «mi Padre». Dios es siempre Pa- • dre, pero no lo es de igual modo para Jesús que para nosotros. Las relaciones con el Padre son tan íntimas, que pudo decir en un desahogo de su corazón con el Padre:

«Yo te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeñuelos. Bien está, Padre, pues tal' ha sido tu beneplácito». Y luego añade: «Todo me ha sido dado por mi Padre. Y nadie sabe quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelarlo» (Le 10,21 s.). Admirables sentencias, que nos ponen en las manos la llave para abrirnos la inteligencia del prólogo de San Juan, de los mis- teriosos discursos de Jesús, que el discípulo amado recogió en su evangelio, y la de las profundas intuiciones sobre el misterio de Jesús y de su misión salvadora, que el mismo San Juan y San Pablo nos han dejado consignadas en sus inspirados escritos.

  • 16. Esta universal paternidad divina abre horizontes universales al estableci-

miento de su reino entre los hombres, cual vislumbraban ya los profetas. El reino de

Dios que establece Jesús no admite fronteras

ni geográficas, ni etnológicas, ni temporales.

Y al lado de la universalidad del reino de Dios aparece en todo el Nuevo Testa- mento su organización interna deforma social, correspondiente a la naturaleza social del hombre. Desde los primeros momentos, Jesús traza las líneas de esta organización y prepara a los que han de constituir su piedra fundamental y ser testigos de la vida y doctrina del Maestro y portadores de la gracia que transforma a los hombres y los

997

NUEVO

TESTAMENTO

hace hijos de Dios mediante el bautismo y otros signos externos que llamamos sacra- mentos. Son sus apóstoles, o sea sus enviados, como El es el enviado del Padre. Y Pedro recibe la prelacia sobre los mismos. Apenas hay un libro en el Nuevo Testamento en que no se hallen claras las líneas esenciales de esta jerarquización, que en los Hechos de los Apóstoles y en las Epístolas aparece transmitiéndose a los obispos, como sucesores de los apóstoles, de los cuales reciben, con la imposición de ¡nanos, la misión de continuar la obra que Jesús les enco- mendara.

  • 17. No

sg reduce a esto sólo la revelación

de Jesús sobre el misterio del reino

de Dios. Hablando con los discípulos, les decía: «Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt $,20).

¿Qué justicia es esta de que habla Jesús? Entendemos que, desde luego, ha de tener

por normas las que Jesús señala, bien distintas de las que seguían los doctores y los fariseos. Pero ¿cómo adquirirla? ¿Bastarían los propios esfuerzos? En el Antiguo Testamento se habla con frecuencia del Espíritu de Dios, que, infundido en el hombre,

le trae la vida, la inteligencia, la santidad, la gracia de Dios.

Por esto rogaba el

Salmista: «No me rechaces lejos de tu rostro ni retires de mí tu Espíritu Santo»

(Sal 51,13). Pues la efusión de ese espíritu es lo que los profetas señalan como carac- terística de los tiempos mesiánicos. Esta es la alianza nueva que, según Jeremías, el Señor hará con Israel, imprimiendo su Ley en sus corazones para que todos le co- nozcan y amen (Jer 31,31-34). Lo mismo dice Ezequiel, prometiendo que Dios bo- rrará todas las iniquidades de su pueblo y les infundirá un espíritu nuevo, dándoles, en vez de corazón de piedra, un corazón de carne para que guarden sus mandamientos,

y ellos serán su pueblo y El será su Dios

(Ez 11,18-20). Según se cuenta en el libro

de los Números (11,26 ss.), alguien que quiso mostrarse celoso del honor de Moisés,

le fue a decir que dos de los designados por jueces del pueblo y auxiliares suyos estaban profetizando. A lo cual respondió el caudillo: «¡Quién me diera que todo el pueblo profetizase y Dios le diese su Espíritu!» Pues esto que Moisés deseaba lo anuncia Joel para los tiempos mesiánicos, en que Dios «derramará su Espíritu sobre toda carne» y todos profetizarán (2,¿8). Esta promesa, según testimonio de San Pedro, se cumplió el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los discípu- los, que constituían la Iglesia, para no apartarse jamás de ella. El mismo apóstol decía a los oyentes que le pedían consejo sobre lo que debían hacer: «Haced penitencia, bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el Espíritu Santo» (Act 2,38). Esta es la gran promesa que Jesús nos hace en el Evan- gelio, el don que al volver al Padre pedirá para nosotros: el que, morando en nuestras almas, las purifica, les infunde los sentimientos de los hijos de Dios, nos hace vivir como tales y después de la muerte nos volverá el cuerpo glorioso, a semejanza del de Jesucristo. Este Espíritu, que procede del Padre, y por eso se llama Espíritu de Dios,

se dice también Espíritu

de Jesús, que lo da a quien quiere. Y aquí se nos declaran

dos misterios: el de nuestra santificación, que es obra del Espíritu Santo, y el de la

vida íntima de Dios, resumido en el misterio de la Trinidad.

Tales son, en líneas generales, las enseñanzas del Nuevo Testamento, con que el Antiguo se completa, consumando su revelación y realizando sus promesas. Lo que el Señor nos enseña en los cuatro evangelios nos lo declaran ampliamente los apóstoles en sus cartas, y la historia de los Actos nos lo muestra actualizado en los comienzos de la historia de la Iglesia.

EL TEMPLO EN LOS DÍAS DE CRISTO NUESTRO

SEÑOR

  • I. Torre Antonia. —2. Foso.—3. Atrio de los gentiles,—4. Cerca. —5. Gazofilacio.—

6. Naos. —7-

Atrio

de los sacerdotes. — 8.

Altar. —Q. Atrio

de Israel. —10. Puerta de Nica-

nor.—11. Patio de las mujeres.—12.

Pórtico corintio.—13.

Barrera.—14.

Gazofilacio.—

  • 15. Atrio exterior de los gentiles. —ib- Pórtico de Salomón — 17. Puente a la ciudad alta,—

  • 18. Pórtico real, —19.

Pórtico

doble. — 20. Pórtico

triple.— 21. Escala en codos.—22.

Puente,

INTRODUCCIÓN

GENERAL

A

LOS

EVANGELIO

S

Los CUATRO EVANGELIOS.—El

profeta Ezequiel, en el comienz* de sus vaticinios,

nos describe la gloria de Dios con la imagen de una nube de fuego que se mueve tirada por una cuadriga compuesta de cuatro seres misteriosos y raras. Tiene cada uno cuatro aspectos: de hombre, de león, de toro y de águila. El espíritu de Dios ¡os impulsa y los lleva a donde quiere. La tradición patrística ha querido ver en estos animales los símbolos de los cuatro evangelios, que difunden el nombre glorioso de Jesucristo por toda la tierra; y Rafael, en un maravilloso cuadro, ha dado forma plástica a esta imagen, representándonos a Jesucristo en medio de una nube arrastrada por los cuatro seres misteriosos: el hom- bre, el león, el toro y el águila. Han sido también los artistas los que han venido a fijar la tradición exegética de los Padres, atribuyendo a San Mateo el hombre, el león a San Marcos, el toro a San Lucas, y el águila a San Juan, aunque no deja de haber en esto alguna diversidad.

Inspirándose asimismo en la Escritura, los artistas cristianos suelen representarnos al Cordero de Dios sobre un montículo, de donde brotan cuatro raudales de agua pura como el cristal, y en los cuales vienen a saciar su sed las mansas ovejas. Imagen viva de los cuatro evangelios, que brotan de los labios del divino Maestro para saciar a las almas que vienen a El en busca de la verdad y la vida. Efectivamente, por ellos la palabra de Jesús resuena en los oídos de todas las generaciones hasta el fin de los siglos, Y estas mismas generaciones repiten de continuo las palabras de San Pedro: «Señor, ¿adonde iremos? Tú tienes palabras de vida eterna».

Su ORIGEN LITERARIO.—Como palabras de vida las recogieron en sus corazones los primeros discípulos del Salvador, y, alentados por el Espíritu Santo, las repetían a los catecúmenos y neófitos de las primeras cristiandades, procurando conservar no sólo su pensamiento, sino también su expresión y su colorido. No faltaron desde los primeros días quienes intentaron ponerlas por escrito, añadiendo a los discursos y parábolas del Señor el relato de los sucesos, que forman muchas veces el marco de sus palabras, marco necesario para su inteligencia, y juntamente con éstos, el relato de innumerables prodigios obrados por Jesús, ofreciéndolos a los fieles como pruebas perennes de su divinidad.

Los tres primeros evangelistas, que conocían esos escritos y sabían cuan bien se ajustaban a la verdad, los utilizaron para la composición de sus respectivos evange- lios, copiándolos con frecuencia literalmente o modificándolos conforme el plan que cada uno se proponía al escribir su obra. Además de esto, parece también que alguno o algunos de los evangelistas utilizó para componer su obra la de los precedentes. Este es un detalle que nosotros entendemos mal, por nuestro afán de imprimir a nues- tras producciones literarias el sello de nuestra propia personalidad. No solía ser éste el criterio de los antiguos, que consideraban los libros o escritos como propiedad co- mún, que les era lícito aprovechar en la forma que más le agradase, y que en casos como el nuestro solía ser la más respetuosa con los documentos escritos.

PLAN DE LOS TRES PRIMEROS EVANGELIOS Y MODO DE SU COMPOSICIÓN.—Con esta

podemos darnos cuenta de un fenómeno fácil de observar a la simple lectura de los evangelios: que en los tres primeros es uno el plan general de la historia evangélica:

infancia de Jesús, predicación del Bautista, bautismo de Jesús y su retirada al desierto; predicación en Galilea durante un lapso de tiempo que no puede fijarse, pero que da la impresión de ser corto; ida a Jerusalén, donde entra el día de Ramos, predica los días siguientes, celebra la Pascua el jueves y muere el viernes, para resucitar el do- mingo. Además de este plan uniforme, que se destaca más si lo comparamos con el de San Juan, echamos de ver la agrupación también uniforme de uarios milagros y discursos. Esta agrupación, más que a la tradición oral, parece debe atribuirse al

SAN

HATEO

1000

empleo de documentos escritos. Sobre todo, se nota con sorpresa la uniformidad con que narran dos o tres autores el mismo discurso o suceso, con el mismo orden y con palabras idénticas o muy poco diferentes, cosa, sin duda, difícil de explicar por la sola tradición oral. Al contrario, habremos de recurrir a ésta para explicar las diferencias muy fre- cuentes que se notan, sea en las modificaciones del plan general, sea en la agrupación de los sucesos o discursos, sea, finalmente, en el modo de componer la narración de cada relato. Mas por encima de todo esto se cierne la inteligencia de los autores sagra- dos, a quienes el Espíritu Santo inspiraba y guiaba en la ejecución de su obra, conforme a las miras especiales de cada uno y guardando su propio temperamento psicológico. De aquí resulta una variedad notable junto a una más notable unidad, de cuya armonía proviene la admirable belleza de los evangelios. Muchos después de ellos se han pro- puesto narrarnos la vida del Hombre-Dios; pero ninguno consiguió su propósito si no es en cuanto se ajustó al texto de los evangelistas. Es que la misión de narrar la historia del Verbo encarnado estaba reservada a aquellos que gozaban de la inspira- ción del Espíritu Santo. Jesús mismo había dicho que el Espíritu Santo daría testimonio de El, y uno de los modos de rendirle este testimonio fue este de inspirar a los evange- listas al contarnos su historia y luego mover a los fieles a leer los santos evangelios, iluminando a la vez su mente para que penetren el sentido de sus palabras. A ésta podemos añadir la acción de la Iglesia, que de muchos modos pone a nuestro alcance este texto divino y nos exhorta a que de continuo lo leamos, lo meditemos y busquemos en él el alimento nutritivo de nuestra vida cristiana.

EVANGELIO

DE

SAN

MATEO

EL AUTOR.—En el orden actual de los evangelios, que remonta al siglo II, ocupa el primer lugar el evangelio de San Mateo. Según San Marcos y San Lucas, se llamaba también Leví y era hijo de Alfeo. Los tres convienen en decirnos que era publicano, es decir, arrendador de las alcabalas en Cafarnaúm, y que se convirtió y se hizo seguidor de Jesús al decirle éste: «Sigúeme» (Mt 9,9-13; Me 2,14; Le 5,27). Y en prueba de que le seguía sin pesar, luego hizo preparar en su casa un gran banquete, al que no invitó sólo al Maestro y a sus discípulos, sino a los publícanos compañeros suyos. Todo esto con gran escándalo de los fariseos, a cuyas murmuraciones hubo de responder Jesús con aquella sentencia: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos» y «No vine a buscar a los justos, sino a los pecadores».

EL EVANGELIO.—Como de otros muchos apóstoles, los evangelistas no nos cuentan de Leví cosa alguna. El buen sentido cristiano nos obliga a pensar que no defraudó las esperanzas y los propósitos del Maestro al llamarle al apostolado; pero ignoramos en qué forma correspondió pellos. También sabemos que fue obra suya la composición del primer evangelio, escrito en la lengua de Palestina, que era un dialecto arameo, pues lo destinaba a sus compatriotas. Más tarde fue traducido a la lengua griega, no sabemos cuándo ni por quién. Una cosa podemos asegurar: que la traducción no se hizo esperar muchos años y que, una vez hecha, el original arameo quedó olvidado y pereció quizá para siempre. La Iglesia ha hecho uso de esta versión griega como si fuera el propio original de San Mateo.

Escribiendo para judíos, convertidos a la nueva fe o a quienes deseaba convertir, el evangelista les presenta su obra como una prueba de que Jesús de Nazaret es el Mesías anunciado por los profetas, cuyos vaticinios se cumplieron en El. A esto ordena la frecuente citación de los textos profético*. Otra nota característica de su composi- ción es la formación de secciones, agrupand<> cosas semejantes sin mirar que hayan sido aichas o hechas en ocasiones diferentes. Así. nos amplifica el sermón de la Montaña (5-7) con elementos que, a juzgar por los otros evangelistas, fueron pronunciados en

1001

SAN

MATEO

1

otros tiempos, y en el capítulo 10 añade a las instrucciones que Jesús dirigió a sus discípulos, al enviarlos a predicar por Galilea, las que. sin duda, más tarde les dio al enviarlos a predicar por el mundo, anunciándoles las persecuciones por que habían de pasar. La transición de un suceso a otro se halla indicada frecuentemente con

ciertas expresiones vagas

v.gr., «en aquellos días», «entonces», «de allí», etc., las cuales,

más que indicación del tiempo o del lugar en que los sucesos ocurrieron, han de tomarse como expresiones de transición o enlace de los relatos. San Mateo se cuida más de darnos los discursos del Señor, y en cuanto a los milagros, su narración se distingue por su laconismo, no atendiendo sino a lo substancial del hecho, a lo que basta para expresar su carácter divino.

PLAN DEL PRIMER EVANGELIO.—Puede

reducirse a

lo siguiente:

i.

Infancia del

Salvador (1-2).2.

Predicación del Bautista y manifestación de Jesús como Mesías

e Hijo

de Dios

(3,1-4,11).3.

Predicación de Jesús en Galilea

(4,12-13,58).

4. Predicación en los confines de Galilea

(14,1-20,16).—5.

Ministerio

de Jesús en

Jerusalén (20,17-25,46).6.

Pasión y resurrección

(26-28).

SUMARI O PRIMERA PARTE: La infancia de Jesús (1-2) .—SEGUN- DA PARTE: Predicación de Jesús en Galilea (3-20).

TERCERA PARTE: Ministerio de Jesús en Jerusalén

(21-25).—CUARTA PAR-

TE:

Pasión y resurrección de Jesucristo

(26-28).

PRIMER A PART E

LA

INFANCIA

DE JESÚS

(1-2)

Genealogía

1 Genealogía

de l Salvador de Jesucristo,

hijo de

1

David, hijo de Abraham: * 2 Abra-

ham engendró a Isaac, Tsaac a Jacob, Jacob a J udá y a sus hermanos; 3 Judá

engendró a Fares y a Zara en Tamar; Fa-

res engendró a Esrom, Esrom a Aram, *

4

Arara a Aminadab, Aminadab a Naa- són, Naasón a Salmón, 5 Salmón a Booz en Rahab: Booz engendró a Obed en Rut;

Obed engendró a Jesé,

6

Jesé engendró al

rey David, David a Salomón en la mujer de Urías; * 7 Salomón engendró a Ro-

boam, Roboam a Abías, Abías a Asa,

8

Asa a Josafat, Josafat a Joram, Joram a

Ozías, *

9

Ozías a Joatam, Joatam a Acaz,

10

Ezequías a Manases,

Acaz a Ezequías,

Manases a Amón, Amón a Josías, * H Jo-

sías a Jeconías y a sus hermanos en la épo- ca de la cautividad de Babilonia. ^Des- pués de la cautividad de Babilonia, Jeco- nías engendró a Salatiel, Salatiel a Zoro-

babel,

n

Zorobabel a Abiud, Abiud a

14

Azor a Sadoc,

Eliacim, Eliacim a Azor,

Sadoc a

Aquim, Aquim a Eliud, l5 Eliud

a Eleazar, Eleazar a Matan, Matan a Ja- cob '6 y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

1 7 Son, pues, catorce las generaciones desde Abraham hasta David, catorce des- de David hasta la cautividad de Babilo-

nia y catorce desde la cautividad de Ba-

bilonia hasta Cristo. *

El misterio de la concepción de Jesús,

revelado a José

18 La concepción de Jesucristo fue así:

Estando desposada María, su madre, con José, antes de que conviviesen, se halló

1

l

«Hijo de David» es un titulo mesiánico, como se ve por Mt 20,30 s. y 21,9. La genealogía

' comienza en Abraham, padre del pueblo escogido y el primero que recibió las promesas me- siánicas (Mt 3,9). El texto original repite el verbo «engendró» después de cada persona de la serie genealógica; por ser fácil de suplir, y en atención a lo que pide el estilo castellano, lo omitimos en muchos casos.

Las mujeres no entran de ordinario en la genealogía; pero el evangelista menciona algunas recordadas en tas Escrituras, por ser extranjeras y para mostrar cómo el Mesías no era extraño a los gentiles.

6

Desde aquí la genealogía sigue la línea marcada por la sucesión dinástica de la casa de David, según la promesa que éste había recibido de Dios (2 Sam 7,12 ss.).

Según 2 Re 8 ss., entre estos dos reyes hubo otros tres, que el evangelista omite, sin duda por obtener el número catorce.

José, «hijo de David» (1,20), como esposo de María, es el que transmite a Jesús el título y los derechos inherentes a la filiación davídica.

17

Como medida mnemotécnica, el evangelista divide la genealogía en tres períodos, que corres- ponden bien a otros tantos de la historia de Israel. De éstos, el primero abarca unos diez siglos; el segundo, cuatro, y el tercero, seis. Si la serie de las personas no está completa en el segundo período,

10

8

3

SAN MATEO

1-2

1002

1003

SAN MATEO

2-3

haber concebido María del Espíritu San- to. * 1? José, su esposo, siendo justo, no

secreto. 20 Mientras reflexionaba sobre es-

Y le pondrá por nombre «Emmanuel», Que quiere decir «Dios con nosotros».

vid, no temas recibir en tu casa a

María,

tu esposa, pues lo concebido en ella es

obra

del Espíritu

Santo. 2 i Dará

a

luz un

hijo, a quien pondrás por nombre Jesús,

el profeta, que dice:

23 «He aquí que una virgen concebirá y

La adoración

de

los

magos

  • 2 dá en los días del rey Herodes, llega-

ron del Oriente a Jerusalén unos magos, *

  • 2 diciendo: ¿Dónde está el rey de los ju-

visto su estrella

al oriente

y venimos

a

adorarle. * 3 Al oir esto el rey

Herodes se

ya se deja entender que en los otros tampoco lo estará. Mas esto importa poco para la verdad y el fin

plida la profecía en la concepción virginal de Jesús-Mesías. Para recalcar esta idea en los lectores,

( 6

ad

ki)

resulta torpemente reflejada. En

Gen 8,7 se dice a propósito del diluvio que el cuervo no

turbó, y con él toda Jerusalén, * y reunien- do a todos los príncipes de los sacerdotes

dónde había de nacer el Mesías.

5

Ellos

contestaron: En Belén de Judá, pues así

está escrito por el profeta:

6 «Y tú, Belén, tierra

de Judá,

no eres ciertamente la más pequeña

viéndose burlado por los magos, se irritó sobremanera y mandó matar a todos los

niños que habí» en Belén y «n sus términos

de

dos años

para

abajo,

según el tiempo

que con diligencia kabía inquirido de los

magos. *

I7

Entonces se tumplió la pala-

bra del profeta Jeremías, que dice:

ts «Una

voz se oye en

Rama,

lamentación y gemido grande;

'Entonces Herodes, llamando en se-

creto a los magos, les interrogó cuidado-

samente sobre el tiempo de la aparición

que vaya también

yo a adorarle. 9 Des-

pués de oir al rey, se fueron, y la estrella

trella sintieron grandísimo gozo, n y en-

Vuelta

a

Nazaret

I 9 Muerto ya

Herodes, el ángel del Se-

ñor se apareció en sueños a José en Egip-

to 20 y le dijo: Levántate,

toma

al niño

y

a su madre y vete a la tierra de Israel,

los

contra la vida del niño. 21

porque son muertos

que

atentaban

Levantándose,

tomó al niño y a la madre y partió para la

tierra

de

Israel. 22 Mas

habiendo

oído

que en Judea reinaba Arquelao en lugar

de su padre Herodes,

temió

ir allá, y, ad-

vertido en sueños, se retiró a la región

de

Galilea, * 23 yendo a habitar

en una

ciu-

dad llamada

Nazaret, para

que

se cum-

pliese lo dicho por los profetas, que sería

llamado Nazareno.

Huida

a

Egipto

niños

y

matanza

inocentes

de los

!3 Partido que hubieron, el ángel del Se- |

ñor se apareció en sueños

a José y le dijo:

y a su madre y

huye a Egipto, y estáte allí hasta que yo te

SEGUNDA

PART E

PREDICACIÓN DE JESÚS EN

GALILEA

(3-20)

Predicación

de Juan

en

el

desierto

(Me

i,2r8; Le

3,3-18)

1 En

  • 3 aquellos días apareció Juan

el

Bautista predicando

en

el

desierto

por-

de Judea, 2 diciendo: Arrepentios,

que el reino

de

los

cielos

está

  • 3 Este es aquel de quien habló

el

cerca. *

profeta

«Voz del que clama

en

el

desierto:

Preparad el camino del Señor,

nicas, tenían conocimiento del esperado Mesías, Rey de los judíos, el cual, como todos los grandes

  • 6 El texto está tomado de Miqueas (5,2). El evangelista, al traducirlo, pone más de relieve la

quiso denunciarla y resolvió repudiarla en

24 Al despertar José de su sueño hizo como el ángel del Señor le había mandado, re- cibiendo en casa a su esposa. 25 No la co-

y a los escribas del pueblo, les preguntó

to, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de Da-

noció hasta que dio a luz un hijo, y le puso por nombre jesús. *

porque salvará a su pueblo de sus peca- dos. 22 Todo esto sucedió para que se cum- pliese lo que el Señor había anunciado por

1 Nacido, pues, Jesús en Belén de Ju-

díos que acaba de nacer? Porque hemos

entre los príncipes de Judá, porque de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel». *

es Raquel, que llora a sus hijos [ten». * y rehusa ser consolada, porque no exis-

de la estrella; 8 y enviándolos a Belén, les

parirá un hijo,

dijo: Id a informaros sobre ese niño, y

de la genealogía, que es establecer la unión de Jesús con David y Abraham. 18-25 El evangelio de San Mateo está concebido esquemáticamente en plan apologético: pre-

cuando le halléis, comunicádmelo, para

que habían visto en Oriente les precedía,

tende presentar a Jesús como el Mesías esperado por los judíos. Así, después de haber mostrado en

hasta que, llegada encima del lugar en que

el c. i que Jesús era descendiente de la familia davídica (una de las profecías tradicionales sobre la

estaba el niño, se detuvo. io Al ver la es-

procedencia del Mesías), ahora quiere probar que fue concebido virginalmente, según había anun-

ciado el profeta Isaías en su famoso vaticinio sobre el Emmanuel (Is 7,14 ss.). Por eso el evangelista puntualiza los detalles de la concepción de Jesús de forma que quede claro que José no tuvo parte

trados en la casa, vieron al niño con Ma-

alguna en ella, aunque estaba legalmente desposado con María. La palabra griega empleada (mnesteu-

ría, su madre, y de hinojos le adoraron, y

zeisés), que traducimos por desposada, puede tener el sentido amplio de esponsales o de casada,

abriendo sus alforjas, le ofrecieron dones,

comprometida ya legalmente en enlace matrimonial y cumplido el rito legal del matrimonio. Los

oro, incienso y mirra. I 2 Advertidos en

Santos Padres no están concordes en la acepción de la palabra, y así sostienen opiniones dispares. Hoy está generalizada la opinión de que se trata de simples esponsales. Entre los judíos se distinguían bien los esponsales y el matrimonio propiamente tal. Se consideraban desposados dos jóvenes que se

sueños de no volver a Herodes, se torna- ron a su tierra por otro camino.

comprometían oficialmente a otorgarse mutuamente con vistas ai futuro matrimonio. Y el matrimo-

nio tenía lugar cuando el esposo recibía en su casa a la desposada; era el acto ritual llamado «reunión»

de ambos, es decir, el principio de la «cohabitación». Así se explica bien el relato evangélico: José y María vivían cada uno en su casa, y «antes de que conviviesen, se halló haber concebido María del

Espíritu Santo» (v. 18). Estaban, pues, simplemente desposados. Así se explica bien la indicación del ángel a José: «No temas recibir en tu casa a María, tu esposa» (v.20), Y por eso añade el evangelista que José, conforme a la advertencia del ángel, «recibió en su casa a su esposa» (v.24). Lo'? derechos que se seguían de los esponsales eran idénticos a los matrimoniales propiamente tales: la desposada infiel era castigada con la lapidación y el hijo concebido durante los esponsales era considerado como legitimo: por otra parte, la desposada sólo podía ser rechazad., por un libelo de repudio. Todo

«Levántate, toma al niño

esto ilustra la reacción de San José cuando se dio cuenta de que su desposada estaba en estado. El

avise, porque Herodes buscará al niño pa- ra quitarle la vida». 14 Levantándose de

evangelista dice que ella «concibió del Espíritu Santo». Aquí «Espíritu Santo» no se refiere a la ter-

cera persona de la Santísima Trinidad, sino a la acción carismática de la virtualidad divina (el texto griego no trae artículo antes de «Espíritu Santo»). La expresión en ese sentido es corriente en el A. T. (Jue 3,10: Ez li,5 : Mt 4,1: Le 12,10). El evangelista, con esta expresión, quiere indicar que se trata

noche, tomó al niño y a la madre y partió para Egipto, 15 permaneciendo allí hasta la muerte de Herodes, a fin de que se cum-

Isaías cuando dijo:

de una concepción milagrosa, debida a una intervención especialísima de Dios. Así, en el v.22 se

pliera lo que había pronunciado el Señor

dice que todo esto sucedió «para que se cumpliese lo que el Señor había anunciado por el profeta, que dice: «He aquí que la virgen concebirá y parirá un hijo». El texto es de Isaías 7,14. Aunque en

por su profeta, diciendo: «De Egipto lla- mé a mi hijo». * 16 Entonces Herodes,

haced rectas sus sendas». *

el texto hebreo se hable de una «doncella» f'almah) que se supone virgen, ya los traductores alejan- drinos del siglo ni antes de Cristo le daban el sentido preciso de «virgen» (parzenos) y lo entendían personalmente del Mesías futuro. El evangelista, pues, se hace eco de esta interpretación y ve cum-

termina: «No la conoció hasta que dio a luz su hijo» (v 25). La intención es resaltar el hecho de que Jesús-Mesías fue concebido sin intervención humana. Su perspectiva intencional se cierra con este hecho; resulta, pues, fuera de contexto el plantear el problema de si después los dos esposos tuvieron relaciones maritales. La frase «no la conoció hasta que dio a luz» no implica que después tuvieran esas relaciones. Es una traducción griega literal de un origina! semítico en el que la preposición

personajes, debía tener una estrella que vaticinase su destino. De este prejuicio se sirvió Dios para conducirlos a la cuna del Salvador. La naturaleza de esta estrella es muy misteriosa; no tanto la estrella interior con que el Espíritu Santo iluminaba el alma de los magos y los guiaba hacia el esta- blo de Belén. Dios quiso servirse de su ciencia supersticiosa para conducirlos a la cuna de Jesús, de donde saldrían transformados y convertidos en pregoneros del recién nacido Mesías.

gloria de Belén.

volvió al arca «hasta que se secaron las aguas». ¿Es que esto incluye que el cuervo después de secarse las aguas volvió al arca? El contexto insinúa que no (véanse 2 Sam 6,23; 1 Mac 5,54). Por eso, aten- diendo al contexto, algunos autores traducen el exto evangélico: «sin que la hubiera conocido, dio a luz un hijo» (Buzy). Aquí conocer tiene el sentido bíblico de relaciones maritales. En todo el evan- gelio de San Mateo ja«iás se insinúa que María haya tenido otros hijos fuera de Jesús.

2 5 La intención del evangelista está en Jesús y en su concepción virginal, sin decir nada de lo que a su nacimiento siguié. La virginidad de María después del nacimiento de Jesús tiene su funda-

1 5

El texto es de Oseas (11,1), que habla de Israel, y el evangelista lo emplea en sentido típico aplicado al Mesías, Hijo de Dios. Como todos los tiranos, Herodes era receloso. Su historia está llena de crímenes contra los miembros de su familia. Nada tiene, pues, de extraño el suceso de Belén. 1 8 Las palabras del profeta (31,15) presentan a Raquel llorando a sus hijos, que parten en cauti- verio; con ellas el evangelista expresa un suceso que debió de causar igual consternación en el pequeño lugar de Belén.
2

1 6

2

Había sucedido a su padre, aunque sólo en la provincia de Judea, y con el título de tetrarca,

no

de

rey;

pero a los nueve años

fue privado de su dignidad por

el César,

a ruegos de

los judíos,

mento en los evangelios; pero su demostración clara hay que buscarla en la tradición de la Iglesia,

•O

""

'

Originarios de la Media, donde constituían una clase sacerdotal, los magos habían adquirido

gran influencia en Babilonia. Se distinguían pj>r su afición al estudio de la astronomía, o mejor,

que estaban cansados de sus violencias.

O

**

astrologia, que era una ciencia adivinatoria basada en el principio de que 1* vid» de los hombres se

desarrolla bajo la influencia de los astros. Por el trato con los judíos, que habían difundido por todo el Oriente sus esperanzas mestt-

2

2 Contrajo que se imaginaban los judíos, el reino de Dios no es un privilegio de clase o de raza; está condicionado por nuestras disposiciones morales, de las cuales la fundamental es el espíritu

de penitencia.

3

Is 40,3.

SAN HATEO 3-4

  • 4 Juan iba vestido de pelo de camello,

llevaba un cinturón de cuero a la cintura

y se alimentaba

vestre. 5

de langostas

y

miel

sil-

Venían a él de Jerusalén y de toda

del Jordán, 6 y

el río Jordán

y

Judea y de toda la región eran por él bautizados en

confesaban sus pecados.

7

Como viera a muchos saduceos y fa- riseos venir a su bautismo, les dijo: Raza

de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la

ira

que os

amenaza? 8

9 y

Haced frutos dig-

no

os forjéis

ilusio-

nos Je penitencia

nes diriéndoos: Tenemos a Abraham por padre. Porque yo os digo que Dios puede hacer de estas pitdras hijos de Abraham.

10 Ya está

puesta

el hacha

a

la raíz

de

los

árboles, y todo árbol que no dé fruto

cortado y arrojado al fuego.

11 Yo,

cierto, os

bautizo en agua

penitencia; pero detrás de mí viene

será

para

otro

más fuerte que yo, a quien no soy digno de llevar tas sandalias; él os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. * 12 Tiene ya el bieldo en su mano, y limpiará su era y recogerá su trigo en el granero, pero quemará la paja en fuego inextinguible.

Bautism o

d e

Jesús

(Me i,9-ii! Le 3,21-2-2; Jn r,31-34)

13 Vino Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él. "tJuan se oponía, diciendo: Soy yo quien debe ser por ti bautizado, ¿y vienes

tú a mí? < 5 Pero Jesús le respondió: Dé- jame hacer ahora, pues conviene que cum-

plamos toda justicia. Entonces Juan

con-

descendió. * ' 6 Bautizado Jesús, salió lue-

go

del

agua.

Y

he

aquí

que vio

abrírsele

los cielos y al Espíritu de Dios descender

como paloma

y venir

sobre

él,

1 7 mien-

tras una

voz del cielo

decía: «Este es

mi

hijo muy amado, en quien tengo mis com- placencias». *

 

1004

L a

tentació n

d e

Jesús

(Me 1,12-13; Le 4,1-13)

4

1 Entonces

fue llevado Jesús por

el

Espíritu al desierto para ser

tentado

por el diablo. * 2 Y habiendo ayunado cua-

renta días y cuarenta

noches,

al

fin tuvo

 

hambre. 3 Y acercándose el tentador, le

dijo:

Si eres hijo

de Dios, di que estas pie-

dras se conviertan

en

pan. * * Pero

él

res-

 

pondió, diciendo: Escrito está: «No

sólo

de pan vive el hombre, sino de toda pala-

bra que sale de la boca de Dios». * 5

Lle-

vóle entonces el diablo a la ciudad santa,

y poniéndole sobre el pináculo del tem-

plo, 6 le dijo:

Si eres hijo

de Dios, échate

de aquí abajo, pues escrito está: «A sus

ángeles encargará que te tomen en

sus

manos para que no tropiece tu pie con- tra una piedra». * 7 Díjole Jesús: También está escrito: «No tentarás al Señor tu

Dios». * 8 De

nuevo

 

le llevó

el

diablo

a

un monte muy alto, y mostrándole

todos

los reinos del mundo

y

la

gloria

de ellos,

9 le

dijo:

Todo

esto te

daré

si

de

hinojos

me

adorares. ' ° Díjole

entonces

Jesús:

Apártate,

Satanás,

porque

escrito

está:

«Al Señor tu Dios adorarás

y

a

El

solo

darás culto». * n

Entonces el diablo le de-

jó, y llegaron

ángeles

y

le

servían.

 
 

Jesú s

e n

Galile a

 

12

Habiendo oído que Juan había

sido

preso,

se

retiró

 

a

Galilea. l 3 Dejando

a

Nazaret,

se

fue

a morar

en

Cafarnaúm,

ciudad

situada

a

orillas del mar,

en

los

términos de Zabulón

y Neftalí,*

14 par a

que se cumpliese lo que anunció

el pro-

feta

Isaías, que

 

dice:

r t a jj

15 «¡Tierra de Zabulón y tierra de

Nef-

camino del mar, al otro lado del Jordán,

Galilea de los gentiles! 16 El pueblo que habita en tinieblas vio una gran luz

  • 1 * Este bautismo significaba un cambio de vida en quien lo recibía; pero no producía la gracia del Espíritu Santo, como el bautismo cristiano, administrado en nombre de la Santísima Trinidad (Mt 28,19). 15

Esto es, toda obra de justicia. E! bautismo lo era, porque era señal de un propósito de cam- biar de vida, y Jesús lo recibe para ejemplo de los demás y para que los fariseos no pudieran devol- verle la reprensión que les haría de no haber creído en Juan (Mt 11,16 ss.¡ 21,28 ss.).

  • 17 La voz del Padre viene a confirmar la dignidad que en Jesús había reconocido el Bautista. Por primera vez y en forma sensible aparecen en escena las tres personas de la Santísima Trinidad.

A l La santidad de Jesús no consentía sino la tentación externa, por parte del diablo o de los hom- * bres. Para sernos ejemplo en todo, quiso ser tentado, y para vencer en singular combate al ten- tador perpetuo de los hombres (Heb 2,17 s.).

3

Las tentaciones de Jesús son todas cuales convenían al Mesías. Con ellas el tentador procura apartar a Jesús del camino que el Padre le había trazado para realizar la obra mesiánica. Primero proponiéndole un milagro con el fin de socorrer su necesidad corporal, luego moviéndole a presen- tarse -inte el pueblo de modo aparatoso, y, por último, ofreciéndole el señorío del mundo, que sólo del Padre podía recibir. Estas tentaciones, que el Salvador debió de contar a sus discípulos algún día, no podemos precisar bien en qué forma se realizaron, si en forma sensible y externa o en forma imagiiiaria.

« Dt

8,3.

« Sal

90,11 ss.

'

Dt 6,16.

10 Dt

6,13.

  • 13 La ciudad de Cafarnaúm era sitio más céntrico y, por tanto, más acomodado para difundir la luz de !a verdad anunciada por el profeta Isaías (8,23 s.). Asimismo, porque sabía que ningún profeta es bien recibido en su patria y entre los de su parentela (Mt 12,57).

1005

SAN MATEO 4-5

y

para

los

que

habitan

en

la

región

de

3 Bienaventurados los pobres de espí-

una

luz

se

levantó». *

[mortales

sombra

ritu, porque suyo es el reino de los cie-

17

los. 4

Bienaventurados los mansos, por-

Desde entonces comenzó Jesús a pre-

dicar y a decir: Arrepentios, porque se acerca el reino de Dios.

Llamamient o

d e

los

discípulos

primero s

que ellos poseerán la tierra. 5 Bienaven- turados los que lloran, porque ellos se- rán consolados. 6 Bienaventurados los que

18

Caminando, pues, junto al mar de

misericordia. s Bienaventurados los lim-

se llama Pedro, y Andrés, su

hermano,

tienen hambre y sed de justicia, porque

(Me 1,16-20: Le 5,1-11)

Galilea, vio a dos hermanos: Simón, que

ellos serán hartos. 7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán

pios de corazón, porque ellos verán a Dios. 9 Bienaventurados los pacíficos, por-

los cuales echaban

eran

la red

en

el mar,

Venid

pescadores; 1!> y les dijo:

pues

en

pos de mí y os haré pescadores de

bres. * 20

Ellos dejaron

2

des y le siguieron.

al instante las

hom-

re-

i Pasando más ade-

que ellos serán llamados hijos de Dios.

10 Bienaventurados los que padecen per-

secución por la justicia, porque suyo es

el reino de los cielos. *

lante, vio a otros dos hermanos: Santiago

el de Zebedeo y Juan, su hermano,

que

en la barca, con Zebedeo, su padre, com-

  • 11 Bienaventurados seréis cuando os in- sulten y persigan y con mentira digan con-

tra vosotros todo género de mal por mí. 1 2 Alegraos y regocijaos, porque grande

ponían las redes, y los llamó. -

2

Ellos, de-

jando luego la barca

y

a

su padre,

le

si-

será en los cielos vuestra recompensa, pues así persiguieron a los profetas que

guieron.

hubo antes de vosotros.

Predicació n d e

Jesú s

e n

Galile a

Misió n

d e

los

discípulos

tierr a

e n

la

(Me 1,39; 3,7-8; Le 4,44; 6,17-19)

2 3 Recorría toda la Galilea,

enseñando

  • 13 Vosotros sois la sal de la tierra;

pero

en

las

sinagogas,

predicando

el

evange-

lio del reino y curando

en el pueblo

2 4

toda

Exten-

enfermedad y toda dolencia. *

si la

sal se desvirtúa,

¿con

qué

se

la

sala-

rá? Para nada aprovecha ya, sino para ti-

rarla

y

que

la

pisen los

hombres.

1 4 Vosotros sois la

luz del mundo.

No

dióse su fama

por

toda

la

Siria, y

le

traían

a

todos

los

que

padecían

algún

mal:

a

los atacados

de diferentes

enfer-

medades y dolores y a los endemoniados,

lunáticos, paralíticos,

y

los

curaba .

25 Grandes

muchedumbres

le seguían

de

Galilea

y

de

la

Decápolis,

y

de

Jerusa-

lén y de Judea,

y del otro lado

del Jordán.

La s

bienaventuranza s

(Le 6,20-26)

Cuaarante romano

5

do,

1 Viendo a la muchedumbre, subió a

un monte,

y cuando

se

le

acercaron

los

se hubo

senta-

discípulos;

2 y

abriendo

El

su

boca, los enseñaba,

di-

puede ocultarse ciudad asentada sobre un

monte, 15 ni se

enciende una lámpara y

se

la

pone bajo

candelero, para que alumbre a cuantos

el celemín, sino sobre el

ciendo ' *

lb

19

ls

9,r

ss.

Ya conocían a Jesús y hasta se habían adherido a su persona (Jn

1,35

ss.); pero ahora los

llama a su seguimiento, cuando se proponía empezar su misión evangelizadora. Como respondiendo al vaticinio de Isaías, nos ofrece aquí el evangelista un cuadro de con- junto de la predicación de Jesús en Galilea.

2 3

C

2

Aquí comienza el sermón de la Montaña, que es un resumen y a modo de programa de la

" predicación del Salvador. Los Padres notan el contraste entre la promulgación de la Ley antigua en el Sinaí y esta promulgación de la Ley nueva. Las bienaventuranzas señalan las condiciones que han de tener los discípulos del Evangelio para entrar en el reino de Dios, el cual, como dice San Pablo, no consiste en cosas terrenas, sino en la justicia, en la paz y en el gozo del Espíritu Santo (Rom 14,17). Para alcanzar la inteligencia de las bienaventuranzas conviene atender a los dos miem- bros de cada una. El primero está inspirado en el Antiguo Testamento, que con frecuencia habla de los pobres, de los mansos, etc.; pero ha de entenderse a la luz de la doctrina evangélica. El segun- do, que contiene el premio, y éste es siempre el mismo, aunque expresado en diversas formas. Se trata siempre del reino del cielo, de la gracia de Jesucristo en la vida presente y de la gloria del cielo en la futura.

10

La persecución de los justos y de la causa de Dios en ellos era una de las cosas que más ator- mentaban a las almas piadosas del Antiguo Testamento. Jesús, Hijo de Dios, que había venido a su- frir, anuncia a los suyos esta misma suerte, pero prometiéndoles para después la recompensa en el reino de los cielos, cosa que el Antiguo Testamento desconocía.

SAN MATEO 5

1006

hay en

la

casa. 16 Así

ha

de lucir

vuestra

luz ante los hombres, para que, viendo

vuestras buenas obras, glorifiquen a vues- tro Padre, que está en los cielos.

Misió n

d e

Jesú s L e y

co n

respect o

antigu a

a

la

17 No

penséis que he venido a

abrogar

la Ley o los Profetas;

no

he

venido

a

abrogarla, sino a consumarla. * lff Porque

en verdad

os digo

que

antes

pasarán

el

cielo

y

la

tierra

que falte una jota

o

una

tilde de

la

Ley hasta

que todo se cumpla.

19 Si, pues, alguno descuidase uno de esos

preceptos menores

y enseñare

así

hombres,

será el menor

en

el reino

a

de

los

los

cielos; pero el que practicare y enseñare,

éste será

20 Porque

grande en el reino

de los cielos.

os

digo

que, si vuestra

justicia

no supera

a

la

de los escribas

y

fariseos,

no

entraréis en el reino

de los cielos.

Declaració n del quint o

precept o

2 1 Habéis oído

que

se

dijo

a

los

anti-

guos: No matarás; el que matare será reo

de

juicio. * 22 Pero

yo

os digo

que

todo

el

que

se irrita

contra

su

hermano

será

reo

de juicio;

el que

le dijere «raca»

será

reo «loco» será reo

2 3 Si

vas,

pues,

ante

el

Sanedrín

y

el

que

le

dijere

fuego.

ofrenda

de la gehenna

del

a presentar una

ante el altar y aUí te acuerdas de que

tu

hermano tiene algo contra ti, 2 4 deja allí tu

ofrenda

ant« el altar, ve primero a recon-

ciliarte con

tu hermano y luego vuelve

a

Muéstrate conci-

presentar tu ofrenda. ls

liador con tu adversario mientras vas con

él por

el camino, no

sea

que

te

entregue

al juez, y el juez

en prisión.

2 6

al

alguacil, y seas puesto

Que en verdad te digo que

no saldrás

de allí hasta

que pagues

el

úl-

timo ochavo.

Declaració n

de l

sexto

precept o

2 7

Habéis oído que fue dicho: No adul-

yo

os

digo

que

todo

el

terarás. 2 8 Pero

que mira

a

una

mujer

deseándola, ya

2

9

Si,

adulteró con ella en su corazón.

pues,

catelo

tu

ojo

derecho

y arrójalo

de

te escandaliza,

ti, porque

mejor

sá-

te

es que perezca uno de tus miembros que

no que todo tu cuerpo sea arrojado

gehenna. 30 Y

si

tu

mano

derecha

te

a

la

es-

candaliza, córtatela y arrójala de ti, por-

que mejor

te

es que

uno

de tus

miembros

perezca que no

arrojado

todo

el cuerpo

a la gehenna. 31 También

que

sea

se ha

dicho: El que repudiare a

libelo de repudio.

3Z

su mujer

déla

Pero yo os digo que

quien repudia a su mujer—excepto el caso

de fornicación—la

expone al adulterio

y

el que se casa con la repudiada

comete

adulterio. *

  • 17 La Ley mosaica, que además de Ley moral era litúrgica, social y penal, tenia un aspecto muy jurídico, agravado aún más por los escribas, que habían hecho de ella la norma férrea, pero externa, de su vida individual y colectiva. Jesús la eleva a su perfección poniendo de relieve el espíritu de caridad, que en ella estaba como en germen. Conforme a esto dirá después San Pablo que toda ley se resume en este precepto: «Amarás al prójimo como a ti mismo» (Gal 5,14). Este precepto se halla así formulado en Ex 20,13 y Dt 5,17, y tiene en el Antiguo Testamento un comentario muy severo. Para el homicida señala la Ley la pena de muerte, sin esperanza de in- dulto ni de asilo (Ex 21,14). En las fieras mismas dice Dios que vengará la muerte del nombre, hecho a su imagen y semejanza (Gen 9,4 s.). Pero los judíos no daban importancia a las ofensas de palabra, menos todavía a los sentimientos contra el prójimo. El Señor, declarando el sentido íntimo del pre- cepto divino, que es la caridad, condena todo sentimiento malo y cualquier manifestación de él. La caridad se impone como precepto grave; su infracción lo es también. Consecuencia de la caridad es la concordia que hemos de tener con el prójimo, aunque sea a costa de algún sacrificio, que, en fin de cuentas, nos resultará beneficioso.

2 1

La legislación mosaica permitía el divorcio en estos términos: «Si un hombre toma una mujer y a su marido ésta luego no le agrada porque ha notado algo torpe, le escribirá el libelo de repudio y, poniéndoselo en la mano, la mandará a su casa» (Dt 24,1). La exégesis rabínica no era unánime respecto al sentido de este privilegio. Así, en tiempo de Jesús había dos interpretaciones: una rigo- rista, la de Sammai, que permitía sólo el repudio de la mujer en caso de infidelidad conyugal de ésta, y otra, la de Hillel, benévola, para el marido, pues bastaba cualquier pretexto para repudiar a su mujer, como el haber dejado quemarse un poco la comida. En el siglo 11 después de Cristo, rabí Aquiba dirá que es razón suficiente para repudiarla i el marido encuentra otra mujer más hermosa, pues en el Deuteronomio se dice: «si no agrada a sus ojos». Flavio Josefo se gloría de haber repudiado a su mujer (madre ya de tres hijos) porque no le agradaban sus costumbres. En este contexto histó- rico debemos interpretar las palabras de Cristo. El evangelista presenta la enseñanza de Cristo sobre el matrimonio en el conjunto ascético-moral del sermón de la Montaña, que es como la carta magna del cristianismo. El Maestro propone aquí un ideal mucho más alto que el de la Ley antigua:

..., ético-espiritual de la ley mosaica con interpretaciones formularias, y Jesús, al contrario, quiere «perfeccionar» la Ley, dándole su más alto sentido espiritual. Así, después de corregir las interpre- taciones del quinto precepto y el sexto del Decálogo, aborda el problema del divorcio, elevandoel contrato matrimonial a su primer estado de pureza, en que era indisoluble. El legislador del A. T., condescendiente con la fragilidad humana, había atenuado la fuerza del contrato en algunas circuns- tancias concretas. Cristo mantiene la indisolubilidad a ultranza (v.32). La frase «excepto en caso de fornicación» o adulterio ha sido diversamente interpretada. San Agustín cree que Cristo no quiere dar su opinión sobre el caso de la esposa adúltera. San Jerónimo, siguiendo la interpretación de la Iglesia, cree que Cristo en ese caso permite la separación «quoad torum», pero no la ruptura del

«Habéis oído que se dijo a los antiguos

pero yo os digo». Los rabinos habían ahogado el contenido

3 2

1007

SAN MATEO 5-6

Declaració n de l segund o

precept o

33 También habéis oído

que

se

dijo

a

los antiguos: No

plirás al Señor

perjurarás, antes

cum-

tus juramentos. 3 4 Pero yo

os digo que no juréis de ninguna manera:

ni por el cielo, pues es el trono de Dios;

35 ni

por

la

tierra,

pues

es

el escabel

de

sus pies; ni por Jerusalén,

dad del gran Rey.

36

Ni por

pues

es

la

tu cabeza

ciu-

ju-

res tampoco, porque no está en ti volver

uno de tus cabellos blanco o

negro. 3 7 Sea

vuestra palabra: sí, sí; no, no; todo lo

que pasa

de esto,

de mal

procede. *

4 4 Pero

yo

os digo: Amad

a vuestros ene-

migos y orad por los que os persiguen,*

para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos y llueve sobre

justos

e

injustos. 4 * Pues

si

amáis

a

los

  • 4 5

que os aman, ¿qué recompensa

tendréis?

¿No hacen esto también

  • 4 7

los

publícanos?

Y si saludáis solamente a vuestros her- manos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los gentiles? 4S Sed, pues, per- fectos, como perfecto es vuestro Padre ce-

lestial.

Declaració n

d e

la

pen a

de l

talión

(Le 6,29-30)

  • 3 8

Habéis oído que se dijo:

* 3 ' y

si

Ojo por

Pero

yo

alguno

os

te

ojo

digo:

abofe-

y diente por diente.

No

resistáis

al mal,

tea en la mejilla derecha, dale también la

otra; 4 " y al que quiera litigar contigo pa-

ra

quitarte

la

túnica,

alguno

déjale

te

también

el

manto, 4 > y si

requisara

4 2

Da

a

para

quien

una milla, vete con él dos.

te pida y no vuelvas la espalda a quien

pide algo prestado.

te

El

amo r

a

los

enemigo s

(Le 6,27-28.31-36)

4 3 Habéis oído

que fue

dicho:

Amarás

a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo.

Rectitu d

d e

intenció n

6

1 Estad

atentos

a

no

hacer

vuestra

justicia delante de los hombres, para

que os vean; de otra manera

no

tendréis

recompensa ante vuestro Padre, que está en los cielos.

Métod o

d e

practica r

la

limosn a

2 Cuando hagas, pues, limosna, no

va-

yas tocando la trompeta delante de ti, co-

mo hacen los hipócritas en las sinagogas

y en las calles, para ser alabados de los hombres; en verdad os digo que ya reci-

bieron su recompensa. 3

Cuando

des

li-

mosna, no sepa tu izquierda lo que hace

la derecha, 4

para que tu limosna sea ocul-

vínculo, de forma que los «separados» no puedan contraer nuevas nupcias. Pero entre los judíos no existía esta separación imperfecta de cónyuges. Los autores modernos sugieren otras interpreta- ciones: la más radical es suponer que la cláusula «excepto en causa de fornicación» es adición judaica, pues falta en Me 10,11-12, escrito para los cristianos de procedencia gentil. Pero la cláusula está en todos los manuscritos antiguos y versiones. Por eso creemos que debe mantenerse como auténtica. En este supuesto, algunos autores creen que aquí la palabra «fornicación» (porneia en griego) res- ponde a un vocablo arameo (zahut) que tiene en la literatura rabínica el sentido técnico-jurídico de matrimonio ilegal o concubinato. En este supuesto, la excepción de Cristo es normal: no está permi- tido el divorcio excepto en caso de matrimonio ilegal o concubinato. Sin embargo, la verdadera solución quizá hay que buscarla en la imperfecta traducción de la preposición griega, traducida comúnmente por «excepto». En realidad, la preposición griega (parektós) puede tener un sentido exclusivo o inclusivo como su equivalente latina «praeter», que puede significar «excepto» y «además de». Supuesta esta última interpretación, el sentido de las palabras de Cristo es diáfano: todo el que despide a su mujer, además del adulterio que él comete uniéndose a otra, es responsable del adulterio a que queda expuesta la mujer después de la separación. Así, supuesta esta interpretación, la tra- ducción literal sería: «el que despidiere a su mujer, además de la cosa indecorosa (alusión a algo torpe de Dt 24,1) o adulterio (por la que la despide), la hace adulterar, y el que se casa con ella comete adulterio». Véase Mt 19,9, donde más explícitamente Cristo mantiene la indisolubilidad del matri- monio apelando al estado primitivo del paraíso.

3' Prohibe el decálogo jurar en falso, o lo que es lo mismo, perjurar. Jurar es invocar el testi- monio divino en favor de algo que se asegura o se promete. Por eso es un acto de religión. Los pro- fetas anuncian para los tiempos mesiánicos que todas las naciones jurarán por Yavé, para indicar que todas le reconocerán por su Dios (ls 10,18; Jn 12,16). Pero los judíos frecuentaban mucho el jura- mento, lo que resultaba una irreverencia del nombre divino. Esto sin contar los perjurios en que, por inadvertencia o ligereza, incurrían. Por esta causa el Señor prohibe el juramento. En las cosas humanas, la palabra del hombre debe bastar. Si no basta, es que no nos fiamos unos de otros, que no hay entre nosotros verdad. Y esto es un grave mal.

3 8 La pena del talión es la expresión material de la justicia, y por material, inexacta, coma no sea en la apreciación de los daños, que no implican culpa. Sin embargo, habida cuenta de la tendencia del hombre, irritado por la injusticia de que es objeto, a no contentarse con devolver lo que recibe, todavía esta ley resultaba una expresión de la justicia, por cuanto tendía a impedir los desahogos de la cólera. San Agustín ve en el precepto legal un medio de preparar los ánimos a la condonación total de la ofensa, que pide el Evangelio.

44 Esta es la suma de toda la Ley y de los Profetas, como luego declara en 22,34 ss. En la Ley, el precepto del amor al prójimo se limitaba sólo a los hebreos (Lev 19,18); pero la misma Ley prohibe el odio y la venganza (ibid., v. 17 s.) y hasta inculca el hacer bien al enemigo, aunque no en la forma universal del Evangelio (cf. Job 31,29; Prov 24,17.29; Eclo 19,6; 28,1-8).

SAN MATEO 6

1008

ta,

y

el

miará.

Padre,

que

ve

lo

oculto,

te

pre-

Métod o

d e

hace r

(Le 11,2-4)

oració n

5 Y cuando oréis, no seáis como los hi-

pócritas, que gustan de orar en pie en

las

sinagogas y en los cantones de las plazas, para ser vistos de los hombres; en verdad

os digo que ya recibieron su recompensa.

6

Tú, cuando ores, entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está

en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo es-

condido, te recompensará.

7

Y orando, no

seáis habladores, como los gentiles, que

piensan ser escuchados por su mucho ha-

blar.

8

No os asemejéis, pues, a ellos, por-

que vuestro Padre conoce las cosas de que

tenéis necesidad antes que se las pidáis.

9

Así, pues, habéis de orar vosotros:

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; * i0 venga a

nos el tu reino, hágase tu voluntad, como

en el cielo, así en

la tierra.

H El

nues-

tro de cada día dánosle hoy, 12 y perdó- nanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, 1 3 y no nos pongas en tentación, mas líbranos del

pan

mal.

El

perdó n

d e

las

ofensas

1 4 Porque si vosotros perdonáis

a otros

sus faltas, también os perdonará a vos-

otros vuestro Padre celestial.

15

Pero si no

perdonáis a los hombres las faltas suyas,

tampoco vuestro Padre os perdonará vues- tros pecados. *

Mod o

d e

ayuna r

16 Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas, que demudan su ros- tro para que los hombres vean que ayu- nan; en verdad os digo, ya recibieron su

recompensa. te la cabeza

17

Tú, cuando ayunes, únge-

y lava

tu

cara, 1 8

para que no

vean los hombres que ayunas, sino tu Pa-

dre, que está en lo secreto; y tu Padre,

que

ve

en

lo

secreto, te

recompensará.

D e

la

solicitud

d e

las

temporale s

cosas

19 No alleguéis tesoros en la tierra, don-

de la polilla y el orín los corroen

y donde

los ladrones horadan y roban. * 2 <> Ateso-

rad tesoros en el cielo, donde ni la poli-

lla ni el orín los corroen y donde los drones no horadan ni roban. 2 1 Donde

tu tesoro, allí estará

tu

la-

es- corazón. 2 2 La

lámpara del cuerpo es el ojo. Si, pues, tu

ojo estuviere sano, todo tu cuerpo estará

luminoso; 23 pero

si

tu

ojo estuviere

en-

fermo, todo tu cuerpo estará en tinieblas,

pues si la luz que hay en ti es tinieblas,

¡qué tales serán las tinieblas!

Dio s

y

2 4 Nadie

puede

las

riqueza s

servir

a

dos señores,

pues, o bien, aborreciendo al uno, amará

al otro, o bien, adhiriéndose

al uno,

me-

nospreciará al otro. N o Dios y a las riquezas. *

podéis

servir

a

Abandon o

e n

mano s

Providenci a

d e

la

25 Por

esto

os

digo:

No

os

inquietéis

por vuestra vida, sobre qué comeréis,

ni

por

vuestro

cuerpo, sobre

qué

os

vesti-

réis. ¿No

es

la

vida

más que el alimento,

y el cuerpo más que el vestido? 2 6 Mirad cómo las aves del cielo no siembran, ni

siegan, ni encierran

en graneros, y vues-

tro

léis

Padre celestial las alimenta. ¿No

vosotros más que

ellas'' 2 7 ¿Quién

va-

de

vosotros con sus preocupaciones

puede

2 8

Y

añadir a su estatura un solo codo?

del vestido, ¿por qué preocuparos? Mirad

a los lirios del campo cómo crecen: no

fatigan ni hilan.

2 9

Pues yo

os

digo

se

que

ni Salomón

en toda su gloria se vistió

co-

mo uno de ellos. 30 Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana es arrojada

al fuego,

Dios

así

la

viste, ¿no

hará

mu-

cho más con vosotros, hombres de poca

fe?

31 N o

os

preocupéis,

pues,

diciendo:

¿Qué comeremos, qué beberemos o qué

vestiremos? 32 Los gentiles se afanan

por

todo eso; pero bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso tenéis necesidad.

£l 9

Reprobada la manera de orar propia de los hipócritas fariseos y de los gentiles, Jesús ofrece la

** forma de oración que deben emplear los fieles, inspirada en los sentimientos de piedad de los bue- nos hijos para con el P^dre celestial (Rom 8,15 s.). La Ley antigua miraba a Dios como Señor, y aun- que a veces Dios se dice Padre de Israel e Israel el primogénito de Dios, no había llegado a sentir la piedad tierna hacia su Dios. La historia del Antiguo Testamento, la elección de Israel con todas las promesas de que es objeto, no eran suficientes para producir en el alma tan delicados sentimientos. Sólo la encarnación del Hijo de Dios, por la que se hizo hermano nuestro, elevándonos a la dignidad de hermanos suyos e hijos del Padre celestial, con la efusión en nuestros corazones del Espíritu Santo, que nos da el espíritu de adopción, puede dar un sentido nuevo a la expresión empleada de ordinario por Jesús, «Vuestro Padre celestial».

15

Este es el gran principio de la moral cristiana y última consecuencia del precepto del amor a Dios y al prójimo.

Como viajero hacia la eternidad, debe el cristiano vivir con los ojos en el cielo y no tomar de los bienes terrenos sino cuanto es necesario para» caminar hacia la patria celestial. Esta oposición entre Dios y las riquezas, o mejor, entre el amor de Dios y la avaricia, es el motivo de la sentencia tan grave de Jesús que leemos en Mt 19,24 y Me 10,24.

2 4

19

1009

SAÍN MATEO 6-7

33 Buscad, pues, primero el reino y su jus-

ticia, y todo

ra. *

34

eso

se

os

dará

por

añadidu-

No os inquietéis, pues, por el ma-

ñana ; porque el día de mañana ya tendrá

sus

día

propias

inquietudes;

su

afán. *

bástale

a

cada

El juici o

sobr e

los

otros

7

(Le 6,37-42)

1

No juzguéis y no seréis juzgados, *

2 porque con el juicio con que juzga-

reis seréis juzgados y con la medida

que

con

midiereis se os medirá. 3 ¿Cómo ves

la

paja

la viga

en

en

el

el

ojo

de tu hermano

y

tuyo? 4 ¿O cómo osas

no

ves

decir

a tu hermano; Deja

que te

quite

la

paja

del ojo, teniendo

5 Hipócrita:

quita

tú una

viga en

el

tuyo?

primero

la

viga de

tu

ojo, y entonces verás de quitar la paja

del

ojo de tu hermano. 6 No deis las cosas

santas a perros ni arrojéis a

puercos,

no

sea

que

vuestras perlas

las pisoteen

con

sus pies y revolviéndose

os

destrocen.

Eficacia

d e

la

oració n

(Le 11,9-13)

7

Pedid y se os dará; buscad y hallaréis;

llamad y se os abrirá. 8 Porque quien pide

recibe, quien busca halla y a quien

llama

se le

abre.

'

Pues ¿quién de vosotros es el

que, si su hijo

dra,

le pide pan,

le

un

pez, le

10 o, si le pide

da

una

da una

pie-

ser-

piente? 11 Si, pues, vosotros,

siendo

ma-

los, sabéis dar cosas buenas a vuestros hi-

jos, ¡cuánto más Vuestro Padre, que está

los cielos, dará se las pide!

en

cosas buenas a

quien

L a

ley

d e

la

caridad

(Le 6,43-46) 12 Por eso, cuanto quisiereis que os

ha-

gan a vosotros los hombres, hacédselo

vosotros

a ellos, porque

los Profetas. *

ésta

es

la

Ley

y

da que lleva a la perdición,

los que por

ella entran. *

l 4

es

la

puerta

y qué angosta

y son

muchos

¡Qué estrecha

la senda

que

lleva

a

la

con ella!

vida, y cuan

pocos los que

dan

L o s

falsos

profeta s

15 Guardaos de los falsos profetas,

que

vienen a vosotros con vestiduras de ove-

jas, mas

por

dentro

son lobos

rapaces.

16 Por sus frutos los conoceréis. ¿Por ven- tura se cogen racimos de los espinos o hi-

gos de los abrojos?

1 7 Todo

árbol

bueno

da buenos frutos y todo árbol malo da

frutos

malos.

18 N o

puede

árbol

bueno

dar

malos

frutos,

ni

árbol

malo

frutos

buenos. 19 El árbol que no da buenos

tos

es cortado y arrojado

al

fuego. 2 0

los frutos,

pues, los

conoceréis.

fru-

Por

2 J

L a

verdader a sabidurí a (Le 13,25-27; 6,47-49)

No

todo

el que dice: ¡Señor,

Señor!,

entrará

en

el reino

de

los

cielos, sino

el

que hace la voluntad de mi Padre, que es-

tá en los cielos. * 2 2 Muchos me dirán

en

aquel día:

¡Señor, Señor!, ¿no

profetiza-

mos en tu nombre, y en nombre tuyo arro-

jamos los demonios, y en tu nombre hici- mos muchos milagros? 23 Yo entonces les diré: Nunca os conocí; apartaos de mí,

obradores de iniquidad.

2 4

Aquel, pues,

que escucha mis palabras y las pone

por

obra, será como el varón prudente, que

edifica su casa sobre roca. 2S

Cayó la

llu-

via,

vinieron

los

torrentes,

soplaron

los

vientos y dieron sobre la casa, pero no

cayó, porque estaba fundada sobre roca.

2

* Pero

el que me escucha

estas

palabras

y no las pone por obra, será semejante

al necio, que edificó

2 7 Cayó

la

lluvia,

su casa sobre

vinieron

los

arena.

torrentes,

soplaron los vientos y dieron sobre la ca- sa, y cayó con gran fracaso.

13 Entrad

L a s por

do s

senda s

la

puerta

estrecha,

que ancha es la puerta y espaciosa la

por-

sen-

Conclusió n

2 8 Cuando acabó Jesús estos discursos,

se maravillaban las muchedumbres de su

3 3 El Padre celestial, que promete y da lo más, que es la gracia y la gloria, no nos negará lo que es el sustento corporal.

34

menos

Obrar de otro modo es tomar las riquezas como fin de la vida, haciéndose reo del pecado de avaricia. Contra los avaros pronunció el Señor palabras tan graves como aquéllas: «Hijos míos, ¡cuan difícil es que entren en el cielo los que confían en las riquezas! Más fácil será a un camello pasar por el hondón de una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos» (Me 10,24).

y l Es decir, no condenéis, pues de juicio condenatorio se trata aquí. Es otra aplicación del pre- *

cepto de la caridad hacia el prójimo.

12

No hallamos en la Ley y los Profetas la clara doctrina de la caridad como Jesús la expone, fundada en la paternidad divina y en nuestra fraternidad con Cristo; pero sí hallamos la justicia para con todos los hombres y el amor y la misericordia hacia todos los hermanos y aun hacia algunos pueblos extraños (Lev 19,9-11.13-18.33-36).

El camino de la virtud y del cielo es áspero y exige un esfuerzo constante; en cambio, el cami- no del vicio y de la perdición es ancho y cuesta abajo, por el cual no hay más que dejarse ir. Varias veces, y en formas impresionantes, nos enseña Jesús que lo único que ante Dios tiene valor es el fiel cumplimiento de la voluntad divina. El mismo Salvador llega a decir que su alimento es hacer la voluntad de su Padre, realizar la misión que le encomendó (Jn 4,34; Me 3,32 s.; Le 11,28).

2 !

13

1011

SAN MATEO 8-9

SAN MATEO 7-8

1010

le

dijo:

Señor,

permitan»

ir

a

hombres, dijo al paralitico: Confía, hijo;

doctrina, * 2 9 porque les enseñaba como

quien tiene poder, y no como sus doctores.

Haz

esto,

y

lo

hace. 10 Oyéndole

Jesús,

se maravilló

y

dijo

En verdad

os digo

a

los que

le

seguían:

que en

nadie de

Israel

sepultar

a

mi

paire; *

"per o

respondió: Signara* y deja a loi

sepultar

a

sus

muertos. *

J<*úsl e

maertos

tus pecados te son perdonados. 3 Algunos

««cribas dijeron

dentro

de

sí:

Este

blas-

fema. 4 J»sús, conociendo sus pensamien-

L a

curació n

d e

u n

lepros o

(Me 1,40-45; Le 5,12-16)

he hallado tanta

fe.

11 Os

digo,

pues,

que

del Oriente y del Occidente vendrán y

se

L a

tempesta d

calmad a

tos, les dijo: ¿Por qué pensáis mal en

vuestros corazones? 5

¿Qué es más fácil:

8

1

Como bajó del monte, le siguieron

muchedumbres

numerosas, 2

y acer-

cándosele un

leproso, se postró ante

El,

diciendo:

Señor,

si

quieres, puedes

lim-

piarme. 3 El, extendiendo la mano, le tocó

y

dijo:

Quiero,

sé limpio.

Y

al

instante

sentarán a la mesa

con Abraham, Isaac

y Jacob en el reino de

los cielos, * 12 mien-

tras que los hijos

del

reino serán arrojados

a

las tinieblas exte-

(Me 4,35-4i; Le 8,22-25)

23 Cuando hubo subido a la

nave,

le

siguieron sus discípulos. 2 4 Se

produjo en

el mar una agitación grande, tal que las

olas cubrían la nave; pero El entre

tanto

dormía,