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Aires de Don Aire

Poesía para niños

María García Esperón Ilustraciones LORDE

Aires de Don Aire © Del texto: María García Esperón © De las ilustraciones: Lourdes García Esperón (Lorde) México, D.F. 1ª. edición, 2009

Señor Don Aire que vas Señor Don Aire que vienes que caminas por la calle y un paraguas te sostiene. Tu cuerpo de junio claro se dobla al compás del viento y el bolsillo de tu saco deja espacio a tu salero. Las olas del mar te dicen -¿Qué hay bueno, señor Don Aire? y tú, con tu mano llana, le entregas tus alamares.

En los hornos de la tarde ya están cocinando estrellas de ajonjolí, de canela, de anís y de yerbabuena.

Y en la fuente de la plaza se bañan las azucenas.

De torres blancas y nardos se acuerda el señor Don Aire cuando atraviesa esa plaza viniendo de aquella calle.

El hombre de los helados le ofrece su mercancía le pone en los labios gotas de amaranto, de alegrías. Obleas que dicen historias, barquillos que no navegan galletas heladas, romas, bocados de la sorpresa.

El sol, que no come helados devora el color de piedra. La sombra de tu sombrero se asombra de primavera.

La banca verde del parque con ganas de ver el kiosco, se pone de pie, Don Aire, y se cala sus anteojos.

Rodeada de enredaderas estaba la celosía. Por ella pasaban sueños, y pregones... y Lucía.

Pusiste tu pie, Don Aire, en el tren de los turistas.

Te amarraste tu pañuelo y anunciaste la salida. Un enjambre de buñuelos se prendió de tu sonrisa. *** La rueda de la fortuna se marchaba de puntillas. *** Los patos del tiro al blanco abrían las alas alertas. (Fuiste tú quien les propuso tirarle a las escopetas.)

De tu bolsillo Don Aire, se escapan, listos, los sueños. Con tu voz, siempre tan clara, se enjuagan los limoneros. Cuando miras esa rama se levanta la mañana.

Don Aire es un pajarero. Pero en su jaula no hay aves. Hay espacios, hay ventanas Y cantan las libertades. Es pajarero niño. Es pajarero y sus alas abiertas tiende hacia el cielo.

Cuando Don Aire se asoma a mirar trozos de cielo del cielo que tiene sombra le llueven los sentimientos. Se pone la gabardina, se quita el aburrimiento. Lo aroma la brisa tibia, lo envuelve el olor del verso. Se lo lleva la brisa con alegría y en el pelo le deja sus maravillas.

¡Al arma! ¡Al arma, Don Aire, que se llevan tus caudales! Que han abierto el cofre blanco donde guardas cantidades de conchas de caracoles, de abejas de fino talle, de gorros rotos de duendes de velas blancas de naves. Las palomas mensajeras se llevan tus novedades, ya vuelan por la ventana te dejan solo, Don Aire...

Don Aire sí que es poeta. Es poeta y no lo sabe: -Palabras son mariposas son cosa de regalarse. Si yo les pusiera precio -me dijo el señor Don Aireya no me pondrían veleros en los mares de la tarde.

No me pondrían veleros. No me pondrían. Y yo por la tristeza navegaría.

Esa tarde, en la laguna perdió el barquito de vela. Primero fue como un triángulo, luego una raya, una perla. Se disolvió de camino, de luz se hizo maletas... Don Aire, de pie en la arena, estaba triste mirando la raya de luz vacía de su barquito de vela.

Al pie de su limonero Don Aire confió secretos. Los envolvió en hojas claras, los perfumó con recuerdos. Los guardó para mañana para diciembre o enero... Para escalar la montaña y remontar el riachuelo. El árbol le contestaba con cabezadas de abuelo, con un silencio plateado como el silencio de un sueño.

Don Aire, abajo del río se reúnen las estrellas. Lavan sus manos con agua, el pelo lavan con hierbas. Después, en sus pies de plata calzan sandalias de perlas. (Lo he visto en la noche clara cuando se apaga la feria).

En ese tren de mentiras que atraviesa la alameda prendes tu sueño, Don Aire, tu mirada y tu bandera.

Con sonidos de colores de marimba de aquel día dibujaste en la luz plena la sombra de una alegría.

El niño del pescador se sumergió ante tus ojos. Cuando volvió traía el mar, un mar moreno y ansioso. Una moneda en los labios Un raspón nuevo en el codo, memorias de caracoles y de extraviados tesoros.

Por los mares de Don Aire me embarqué aquella tarde y me sorprendí remando por su sueño interminable. Y me sorprendí llorando. Y me consolé en seguida para atrapar la marea, con su luna aún encendida.

Los mares de Don Aire salen todos de una fuente.

A la fuente fui por ellos y la fuente no encontré, Solamente una de miel. Fuente de oro junto a un rey.

Salió Don Aire del verso y te puso su sombrero, cinta grana en tu paraguas, y más sal en tu salero. Salió Don Aire y airoso agitó su pluma al viento, le dio puntos a las íes y firmó sus hasta luegos,

Para volver a encontrarte. Para volver a encontrarse.

Para sentarse en la banca a ver oler los azahares...

Aires de Don Aire se terminó de imprimir en pdf en mayo 2009

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