Ilustración y maquetación: Javier Sánchez e-mail: losersplace@gmail.

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ISBN #: 978-1-4709-9727-4 This work is licensed under the Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. To view a copy of this license, visit http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/ or send a letter to Creative Commons, 444 Castro Street, Suite 900, Mountain View, California, 94041, USA.

“...Y entonces, un día, llegó una criatura cuyo material genético no era muy diferente de las estructuras moleculares reproductoras de cualquier otra clase de organismos del planeta, que dicha criatura llamó Tierra. Pero era capaz de reflexionar sobre el misterio de su origen, de estudiar el extraño y tortuoso sendero por el cual había surgido desde la materia estelar. Era el material del Cosmos contemplándose a sí mismo. Consideró la enigmática y problemática cuestión de su futuro. Se llamó a si mismo humano. Y ansió regresar a las estrellas” Carl Sagan

Introducción
A veces ser la encarnación de la segunda ley de la termodinámica no es tan agradable como pudiese parecer y uno quiere esconderse, callarse, olvidarse, hacerse pequeñito y dejar que todo pase, si alguna vez ha pasado algo. Pero hay cosas más grandes siempre. Hay cosas que no deberían pasar, no ahora, no en este momento. Y uno se encuentra justo en medio de una tormenta que no ha provocado, sin saber dónde mirar, perdido, intentando recordar si hubo un antes así. Y sí. Pero no. Así que toca mirar adelante, de nuevo por primera vez, improvisando como cada instante, y volver a los viejos refugios en busca de nuevas maneras, desempolvar pensamientos que creí haber tirado, reciclarse, reinventarse. Y aquí estoy. Hay cosas demasiado grandes para las grandes imágenes, para las grandes metáforas, para los retruécanos y los recovecos. Es tan grande la explosión, han pasado tantas, tantas cosas. Queda tanto de mí en mí todavía que a veces ni me reconozco y sin embargo he tenido que volver a las viejas costumbres para intentar que nada siga siendo lo mismo, porque ya nunca seré el mismo. Aquí estoy, intentándolo otra vez. Se nota el tiempo y que el silencio se ha convertido en costumbre y que todavía me sorprendo al escucharme y que muchas veces la voluntad no basta por sí misma y que mentiría si dijese que no puedo. Pero no puedo. Así de simple. Todo sigue igual aunque ya nada vuelva a ser lo mismo. Y sin embargo está ésto. No he sabido hacer otra cosa. Nada más que ésto. Nada más soy yo, el de siempre, más perdido que nunca, con la realidad cayéndoseme a pedazos. Y sin embargo está esto. He hecho lo que mejor sé hacer. Y no he hecho ni más ni menos que ésto. Soy yo, repentino aventurero, buscando otro camino, construyéndome un nuevo hogar. Y de aquí salió ésto.
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A la gente de DeM. Podría decirles algo bonito, pero la palabra por definición acota y son, por definición, siempre más grandes.

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Prólogo-epitafio

Hoy es una mala noche para escribir un prólogo epitafio, porque con cuchara sopera me he encargado que así fuera. Hoy decidí que debía dolerme por los cuatro costados y el alma que, aunque no crea en ella, la tomo prestada para estas ocasiones. De los cuatro costados, le cedo dos a Campoy, y desde los dos que me quedan transfiero la hiel de la pérdida a mis manos poliglobúlicas. Son mis manos las que se trastabillan en la frente y sienes buscando en un amasijo de recuerdos de quién me desenamoré, sin estar enamorado. La tentación de traerlas al regazo de este prólogo-epitafio es terrible, volver a paladear, a degustar silábicamente esos nombres convertidos en mi hagiográfica biografía. Pero no lo haré. O sí. Al pelirrojo campoyano no le velo los sueños porque está despierto y porque no me pone a pesar de su... Velo, en duermevela y a regañadientes, a todos los caídos por la causa de los amores de una única dirección. Esos amores mastodónticos, dinosaúricos, inmensos, excelsos y atragantados. Velo el sueño desde el Monte Ávila, que es un monte tan pagano como la mística nos permita. Allá abajo duermen las mortales, creando contornos sexuales sobre el apaciguado lecho. Los ángeles caídos las prefieren rubias. La mía, porque sólo es una en cada momento, es de espesa cabellera morena, cabellera que cae sobre los hombros como cae Alfonsina en el mar, desplomándose salitrosamente. Amar es una condición prosaica de bulbos y penes, de promesas y cumplimientos, amar es que te asalte Mariem Hassan a lomos de Rachid Taha mientras cantan a viva voz árida “The show must go on”. Amar es que te desapetezca vivir y que el Principito te lea la cartilla cuando los sueños son húmedos.
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¿Cuántos, cuántos interludios de tormenta has vivido, querido Campoy?¿Cuántas parejas se besaron en los años de la guerra en el Ponte Vecchio? A galopar, dice el poeta, sobre corceles negros estampados de carmín. ¿Verdad que sólo te resarces de la experiencia del dolor con otro dolor más afilado, con cientos de cristales recompuestos de cualquier manera, con un dolor que es un agudo fundido, una caja negra con recortes de aquí y de allá con fotografías sepias, de Polaroid, de Android?¿Verdad? Amigo Campoy. Sé como tú lo que es llorar, que se escape la quimera por entre los dedos. Yo tengo la coartada de mis manos poliglobúlicas, pero, ¿y tú? Dicen los vasallos del refrán que nunca hay que perder la esperanza. ¡Imbéciles, más que imbéciles! Jamás podréis entender que cada vez que te perdí, porque siempre fuiste la misma mujer con distinto rostro, que cada vez que te perdí mis sueños eran más húmedos y con sabor a orín. Ya lo avisé, es una mala noche, a nadie engañé porque a nadie importé. Ya lo avisé. Imagínate, querido Campoy, que existienes un archivo akhásico dónde se guardase en stock todas las soledades, las podredumbres, y en el fichero más cercano al Potala, las palabras mágicas, los sortilegios que obraran el milagro. Yo pediría entonces el don de la vida y de la multiplicidad. Amar a todas las mujeres del mundo, como las amó Truffaut, pero al final sólo a una, a Fanny Ardant, que en ocasiones se teñía de Catherine Deneuve,y en otras, de piernas infinitas deslizándose escaleras abajo mientras un voyeur de la nouvelle-vague quería saber de qué frondosidad arrancaba todo aquello. ¿Tú que pedirías, querido Campoy? Y como el sirio aquél concedió tres deseos, pídome el segundo: Que tu libro siembre la semilla del mal, que ellas desesperadas por tan alta traición entren en el seno de nuestro agasajo, que se dejen comer los cuellos y lóbulos, que soliciten la antropofagia con acuse de recibo, que nos amen como tú las amas. No pediré para ellas más castigo que el de la pulsión, del azoramiento y ese asma crónico que se tiene cuando bebes todos los vientos.
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¿De verdad queremos amar?¿O es una engañifa, una engañifa para montar en los corceles negros estampados de carmín y arremeter sin armadura, quijotescamente, contra esos molinos de aspas tan afiladas como el canto de un papel? Y esparcida la semilla del mal, querido Campoy, en huertos urbanos, en huertos silvestres donde nacen los frailejones, en laderas encomiables y en el último hálito de vida creo que comprenderemos que la experiencia no es un grado, que nos hemos pasado la vida amando sin saber hacerlo, pero... ¡Tachán! Nos queda el tercer y último mandato en forma de deseo. Yo quiero espesas cabelleras morenas cayendo a flote sobre el mar y oliendo a salitre en las entrañas de todas esas mujeres que son sólo una. ¿Y tú, querido Campoy?.

Agripa Francisco Hervás Abellán Periodista, amigo, hermano.

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Fuente de Estrellas

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Puertas
Cuando todo pase, cuando la tormenta acabe y el tiempo vuelva a ser sencillo. Yo... ¿habré pasado? Cuando todo brille, cuando todo siga, cuando todo sea otra vez ser tranquilo. Yo... ¿qué habré sido? Cuando la vida retome su pasar invisible, cuando todo solo quede en un recuerdo sordo y amargo. ¿Quedará algo de mi entonces? ¿Qué seré entonces, en qué pedazo tendré sitio, desde donde inventarme que hice lo posible, que fui alguien por un momento? ¿Qué quedará cuando regrese el silencio? ¿Qué quedará cuando se acabe el camino? ¿Llegará demasiado presto el olvido? ¿O acaso seré yo quién tenga que arrancarse, quién vuelva a los viejos refugios, quién pretenda un no mentiroso, una ausencia inexistente?

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¿Qué rabia entonces, qué de espejos rotos, cuantas cosas podrían romperse, así, de pronto? Y esta nada, terrible nada de cada día, y este no saber, este mirar donde no toca, este creer todavía que todavía, esta desesperanza cotidiana, este esperar a un lado. ¿Qué quedará después de todo, si apenas se puede saber que queda del ahora?

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Instantes
Una palabra no dicha, un gesto no hecho, una sonrisa a destiempo, un abrazo no dado. Una frase imperfecta, un beso solamente imaginado, una mano no tendida, un momento no adecuado. Una mirada perdida, un tiempo casi prestado, mil esperanzas no cumplidas, un silencio indeseado. Un labio tan mordido, una promesa silenciada, una lágrima contenida, esa pose tan odiada. Un hastío ya cotidiano, tanta tristeza disimulada, todos los mañanas que se esfuman, tanta ilusión desperdiciada. Esta inseguridad tan persistente esta apatía tan aferrada, este deseo tan impertinente, esta amargura tan obstinada.

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Y ahora, esta nada, esta culpa, este dolor sin sucedáneo, este horror desenmascarado, este alma que se dobla y se rompe, esta rabia inextinguible, esta tristeza inexpugnable, este nudo en la garganta.

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Y ahora
Sucede que tú existes y yo estoy vivo. Respiraba, cierto, y por alguna razón mi sangre llegaba a todas partes, tal vez costumbre, inercia, aburrimiento. Vivía, sí, deambulaba, de la noche al día, del vacío más silencioso a la más simple de las nadas. Pensaba, sí. Supongo que lo hacía. Estaba solo, sí, pero la soledad era una dulce melancolía, una tristeza amable en que refugiarme cuando el mundo, mi finito mundo, me dolía. Callaba. Siempre, siempre callaba.

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Pero tú existes,así, tan de repente, tan sin esperarte, y ahora sé en qué pienso, qué es eso que late tan fuerte ahora aquí, sé dónde quiero ir. Ahora sé que estoy vivo porque duele, que la distancia más terrible es entre dos miradas que no llegan a cruzarse, que la soledad no es un juego, que el silencio es mi enemigo. Tú existes, y mi pequeño mundo es ínfimo. Todo lo ocupas tú, todo lo llenas, todo menos ese vacío espantoso, este abismo donde eras tú lo que hacía falta.

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Y ahora... Ahora tú estás aquí, tan lejos, tan demasiado lejos. Yo apenas si sé existir, rellenar estos tiempos en que no estás, y mucho menos esos en que sí y yo apenas si logro un balbuceo. Ahora la melancolía es amarga y la soledad es triste y tú no estás, porque no estás donde yo quiero, y yo no sé... No sé qué hacer ahora que así de pronto tú existes y yo estoy vivo y lo sé.

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Caminos
Sin alas, sin tiempo apenas. Allá, allá lejos, sin saber, sin saberlo. ¿Cómo podría? ¿Qué puerta, qué tecla, qué sien, qué esperanza inútil, qué baranda, qué destino, qué mil lágrimas, qué mil pasos? ¿Cómo arrancar la sal de los ojos, el mar de ese todo, el tiempo del olvido, el eco que camina, la invención de la esperanza? Hoy es otra vez polvo, piedra frente a piedra, el trémulo labio otra vez ajeno, otra vez todo inaudible, nada por hacer, nada, nada por decir,

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nada que quede todavía, nada roto de nuevo, nada que termine, nada que seguir. Sin poder, sin haber podido nunca, se brinda como no el silencio donde ya no caben las estrellas.

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Pero
No tengo alas, nunca las tuve, nunca podré volar, aunque sea lo que más quiera en este mundo, lo segundo que más quiera en este mundo. Nunca podré volar, nunca podré hacerte volar. Pero, a cambio, te haré inmortal. Cada línea que salga de mis manos llevará tu nombre, cada palabra que escriba será tuya, cada letra impresa serás tú. Y todo el mundo sabrá que en un rincón de este planeta existen unos ojos grandes, existen unos ojos tristes, existen unos ojos brillantes que buscan siempre en el infinito, que esperan una felicidad posible, una felicidad donde no entro. Pero te haré inmortal, y en cualquier futuro posible alguien podrá leer que exististe, que existieron tus abrazos, que existió tu caminar,
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que tus manos ansiaron otras manos y tus manos merecieron cualquier mano, y que no eras feliz aunque sonrieras, y tu sonrisa fuera la luz con la que tantos, tantísimos soñábamos, soñamos, soñarán. Porque te haré inmortal, aunque nadie sepa tu nombre, se sabrá que la ternura es posible, que es posible la dulzura, que es posible tener todavía el corazón brillante, que la belleza del alma es casi tangible, que puede brotar a cada gesto, que la melancolía puede devorar incluso a quien no hizo nunca nada por merecerla. Aunque no tenga alas, aunque no sepa ni haya sabido volar, aunque no pueda darte nunca lo que sea que busques cuando miras más allá de donde pueda yo mirar porque no puedo ver más lejos de tu rostro, porque no puedo oír más allá de tus palabras, porque puedo entender el por qué de esa tristeza, de esa nostalgia de lo que no puede suceder, de ese sueño de otra vida posible, porque no puedo evitar, ni quiero, que habites ya tan en mí que no conciba otra cosa,

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que seas el pensamiento sobre el que todo gira, que marques sin pretenderlo el día y la noche en mi pequeño mundo absurdo, donde siempre estarás demasiado lejos. Aunque nunca, nunca lo sepas, y yo sea otro de esos locos que quieren tenerte cerca que a cada parpadeo te anhelan, otro de esos ilusos que confunden con otra cosa la transparencia de tu risa cuando se cruza en una mirada, de esos que esperamos un no sé qué que sea pero queremos ser nosotros. Te haré inmortal, te lo prometo. Llevará algo de ti cada uno de mis versos, aunque ahora sean tan torpes, tan acostumbrados están a la desesperanza y al silencio que han olvidado la belleza, pero a ti no pueden olvidarte y quieren gritarte, quieren dibujarte, quieren decirte y pronunciarte como si fuera posible resumirte con palabras. Como si creyese que tengo algo más que ofrecer que esta promesa.

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Soy polvo, lo sé, no soy nada. Un montón de caos, una tormenta, un buscar y un vagar continuo de ruina en ruina, unas cuantas palabras que a veces suenan bien. Nada. Y tú... tú también buscas y vagas, lo sé, también de ruina en ruina, continuamente, más allá de todo, tan humana como cualquiera, tan humana como todos, tan ansiosa de volar. Y yo no puedo hacerlo, yo no puedo hacértelo. Por eso te haré inmortal, te haré inmortal, te lo prometo.

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Aquí
Pongamos aquí un muro, una utopía, una bandera sangrante o un motocarro de postín. Llenemos de ángeles los paseos, de lluvia los retrasos, vivamos hoy otra vez tocados de cuervos y cerezas, tan aquí dentro, tan aquí dentro. Sé cuál es mi origen y por tanto mi destino, tanta polvareda en distintas proporciones, y sin embargo, algo es seguro: Existen probabilidades. todas, algunas, ninguna. En un momento, aquí, ahora. Vamos a recorrer este preciso instante, esta lápida perpetua, que no espere un invierno más este cometa, que no queden inermes estos estertores, y otrora, cuando llegue, que así sea.

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Lejos
Saberte allí, a tal nostalgia que no llegan los abrazos, rodeándote de efímeros vacíos, el tiempo perdido de antemano, la espera útil solo para seguir respirando. Saberte allí donde no alcanza el sutil compromiso con los hados ni la conciencia de que ese, que aquel instante preciso fue la puerta de un futuro imposible. Saberte allí e imaginarte que tú sabes que yo desde aquí sé que te estás tan lejos con las palabras acumuladas esperando el olvido, con las manos cerradas por costumbre, con el olvido preparado para comenzar. Saberte allí y pretender imaginarte esperando un camino que coincida al menos un trocito, sin saber siquiera dónde es ese allí donde te sé. Saberte allí sin saberte siquiera y querer... pero todo es anhelo, aire, nada. Saberte allí, y no saberte.

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Y todo lo demás
Supongo que ahí fuera todo se ve distinto, que la vida sigue y todo eso, que sigue amaneciendo, que las carreteras están llenas de coches, que los niños siguen jugando, que la comida todavía humea, que alguien se está besando en una esquina, que alguien está tomando una mano, que alguien está tratando de arranacarte una sonrisa. Y yo estoy parado frente al espejo. Supongo que ahí fuera también duele. Que hay miles de tristezas paseando entre tanto absurdo. Que nadie dijo que iba a ser fácil, que cada minuto de silencio es otra puñalada, que cuesta acostumbrarse de nuevo a la vieja vida esa en que no estabas. Pero yo estoy parado, firme frente al espejo. Supongo que no soy el único que no puede ni siquiera pretender... sería ilógico, sería estúpido no querer amanecer con tal inmensidad al lado,

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no saber ya apenas respirar para luego para luego acabar conteniendo el aire, guardándolo, para no sé cuándo, para no sé para qué, pero aquí está, contenido, esperando, esperándome. Pero yo estoy hoy ante el espejo. Estoy hinchado de preguntas, podrido de respuestas. Adivinándome, adivinándote en cada una. Hoy estoy frente al espejo. Tú te vas alejando a cada minuto y lo sé. Has sido ese cristal en que me he mirado, ese cristal tan claro. Y ahora estoy aquí, solo frente al espejo, sólo frente al espejo. Preguntando, preguntándome, preguntándote.

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Preguntándote nada, ya sabes que no puedo. Preguntando, preguntándole a ese amargo conocido qué demonios quiere, qué diablos pretendo.

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Otros nuncas
Y en este cruce incesado de miradas pretendidas uno quiere para sí todos los amaneceres como si de polvo y no de agua se tratase. Sigue la realidad devorándose a sí misma, y aquí fuera, casi de espanto, ya agonizan nuevas historias posibles, el eco silencioso que solo entiende de vaivenes. Quedan dados por jugar, o tal vez nada más lluvia (soñar un día con nieve, nieve azul, nieve en días perfectos), pero no es la hora, no es la hora que se quisiera, siempre, siempre es otra. Siempre demasiado tarde. Siempre demasiado siempre. Siempre la misma respuesta a ninguna pregunta, y el horror cotidiano abriéndose paso a llamaradas. Seguimos caminando hacia el olvido a ritmo de promesas incumplibles, con el firme augurio de que al final solo sea el tiempo quien nos devore, artífices de las señales que se limitan, embarradas, a anunciar el ocaso. A lo mejor se podría agarrar al destino con las manos, mirarlo cara a cara, una única moneda rodando en el aire, ahora o nunca, todas esas cosas, sentir, saber acaso, que no es nada más eso, que no puede ser nada más eso.
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Y arrancarse de un tajo las vidas posibles, todas esas que se dibujan en el aire por las noches, ese saber que no se sabe nada sabiendo que ya se sabe todo y sin embargo no saberlo. Dejar caer por fin las máscaras, derrotar a todos esos monstruos y asumir otra vez las derrotas. Vivir como si fuera posible volver a hacerlo, borrar la infinita certeza de que hubiera sido posible, que habría bastado romperse, que habría bastado con ser nada o ese silencio que ya no se anhela. Pero es demasiado tarde para prácticamente todo, queda poco más que dejar que todo se disuelva como siempre, ir acostumbrándose a que lo demás es sólo ésto: callar, morir un poco más cada día, esperar que la magia regrese como si fuera cierta. Y que el espejo vomite otra vez esa turbia mirada del pasado imposible que encadenaba las nostalgias de aquello que ni siquiera pudimos ser, un instante, un momento, algo. La perfecta imposibilidad de que el todo se equivocara y por un momento, por un sencillo momento...

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Dónde quiera que esté, en cada suspiro, en cada lluvia, en cada ramo, en cada huida. En cada tiempo, en cada silencio, en cada lágrima. En cada roto, en cada paso, en cada fuente. En cada ausencia, en cada lloro, en cada pueblo, en cada camino, en cada estrella, en cada rabia. En cada cielo, en cada mundo, en cada historia. Lo sabes. Donde quiera que esté, estarás ahí, conmigo, dentro, muy dentro, tan dentro que cuando no estás tampoco estoy.

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Y un millón de mariposas
Tanta espera, tantos kilómetros soñados y ahora heme aquí plantado frente a la duda. Tanta palabra que se guarda, tanto silencio aprisionado y ahora heme aquí tan callado como siempre. Tanto azul tan junto tan de repente y apenas soy capaz de estirar las manos. Tantas, tantas promesas que podría hacer así de pronto y aun así haber creído que esta vez podría. Tanto demasiado tiempo a las espaldas, tanto todo acumulado y aquí estoy adelantando razones que desconozco. Tan cerca, tan cerca e imaginarse lejos, mucho más lejos y así creer que ya no queda otro remedio que el olvido. Tan otra vez todo de nuevo, y todo a su vez tan nuevo y ahora estoy sin saber ni como, pero sabiendo. Tanto todo, al final, y tanta nada tan probable ya como principio y ahora tanto, tanto podría, si pudiera, ser algo.

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Causas y ayeres
Al día siguiente amanece igual, siguen las nubes, o el sol, la gente se afana en el trabajo, sigue con su vida cotidiana. Al día siguiente la vida no se ha parado, ni la tierra, todo es idéntico a sí mismo. Menos que es el día siguiente. Al día siguiente uno se encuentra con su cara, no con la cara de quién habria querido ser, de cómo habría querido ser. Al día siguiente se quieren volver a hacer todas las promesas que no se cumplieron, retomar todos los viejos proyectos abandonados en el pozo sin fondo de la apatía, quemados en la infame hoguera de la desilusión. Al día siguiente se quiere romper con uno mismo, dejarse lejos, dejarse fuera. Ser el que se creía ser, el que se esperaba ser, no ese remedo tembloroso de dudas y desesperanzas.

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No ese pastiche consciente de no saber nada, de no ser nada, esta efigie al vacío, este trozo de piel sin alma. Al día siguiente uno quiere borrar el día de ayer, el momento de ayer, las palabras de ayer. Pero aunque pudiera, no puede borrar el ayer, todos los ayeres, todos los errores. Al día siguiente de nada sirve lamentarse. Al día siguiente no se puede cambiar de la noche a la mañana. Al día siguente yo tengo la culpa, yo no tengo la culpa, nadie tiene la culpa. Al día siguente el teléfono ya no suena aunque lo mires mil veces, aunque lo mires cien veces, aunque lo mires diez veces, aunque no lo mires. Al día siguiente todo se desploma, los últimos vestigios de lo que quedase, se reescribe la historia, se reinventa. Nada es ya lo que era. Solamente es el día siguiente.
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Mediante
Cómo si fuese fácil no hacerlo. Cómo si fuese posible. Y cómo no hacerlo, sin embargo. Cómo pensar ahí fuera, si aquí dentro, tan pocas veces ahí enfrente, está todo, o al menos, tanto. Cómo parpadear y perderse un segundo, cómo no cerrar los ojos y dejar que el azul se multiplique, cómo no querer estirar este segundo un segundo más. Cómo no pretender abarcar ese sin límite, ese susurro, ese torrente. Cómo no anhelar esa presencia breve e infinita, toda esa inefabilidad, ese hálito, ese aliento imperceptible, Cómo callar ese silencio, o cubrirlo de un manto de palabras que siempre fallan, que siempre sobran, que no describen, que sólo inventan, que sólo intentan explicar y explicarse este eso tan aquel.
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Cómo vivir sabiendo que allí tan cerca, que aquí tan lejos, existe esta luz tan pasajera, ese otro universo, esa calma, esa fuerza, ese camino. Cómo, en fin, excusarse por soñar un recoveco, una puerta, otra distancia, por ni poder ni querer un momento alejarse de los hombros encogidos, las manos en los bolsillos, los ojos fijos en no se sabe dónde, en un mundo demasiado ínfimo, en una vida demasiado grande, en un si pudiera tan hermoso.

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Tr a s l a o s c u r i d a d
Te regalo mañana como una promesa, un paso más en este horizonte infinito. Te regalo mañana como una pausa, un rescoldo donde vivir adelante. Te regalo mañana como una alegría, una pequeña tormenta de reflejos y sonrisas. Te regalo mañana como un tributo, un agradecer temprano de mitos y posibles. Te regalo mañana como una certeza, un siempre siempre a medias, un todo hecho a trozos. Te regalo mañana como un futuro, un lugar lejos de todo un espacio sólo ausencias.

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Te regalo mañana como un silencio, una sonrisa entrecerrada donde soñar un segundo. Te regalo mañana y sin embargo, es solo un pedacito de este vacío inescrutable. Te regalo mañana como si fuera mío, apenas queda algun hoy marchito, pero mañana, mañana será para ti. Te regalo mañana como si pudiera tocarte, como si no estuvieras, aquí, tan a mi lado, más lejos que nadie. Te regalo mañana como podría regalarte una o dos palabras, pero solo tendrías silencios. Te regalo mañana por si acaso no hubiese más, el amaneecer no volviera, o fueras tú la que no volvieses. Te regalo mañana, un día como otro cualquiera, que empezará y acabará entre tus manos, que nunca sabrás que fue tuyo.
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De otros ahoras
Este momento de silencio la vida sigue lacerando, el futuro se prodiga idéntico, el ayer nunca llegó del todo y el presente es esta nada. Asumo cada error, cada consecuencia. Polvo al polvo tiempo al tiempo como siempre y a esperar a mañana si es que existe. Pero en este momento de silencio, en este preciso momento de silencio donde no caben las palabras, donde apenas quepo sólo quiero cerrar los ojos, nada más y que no duela, sólo arrancar la dulce y cálida espina, el triste pétalo, la raíz.

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Arrancar todo, arrancarme todo, en este momento de silencio, en este preciso instante de silencio, cuando todo calla, cuando todo cae, cuando solo quiero ser olvido, ser polvo, disiparme, dispersarme, fundirme y al fin borrarme, descansar, no saber que todo fue en vano, que todavía persiste el ruido, que este ahora, que nada escucho, que aprieto los ojos, que contengo lágrimas y aliento, que ya apenas puedo contener mis manos, no existe. Simple y llanamente no existe. Nunca, nunca, ha parado el ruido, nunca ha habido otra cosa que tormenta, no se han concedido treguas todavía. y yo... Yo no sé vivir en un mundo sin magia.
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Apenas si puedo sobrevivirme aquí dentro, ahí fuera, todo tan perfecto, todo tan redondo, todo tan idóneo todo tan este momento de silencio, este preciso instante de silencio en que el estruendo me devora, en que los truenos me devoran, en que la marejada me devora, en que la vida me devora y yo solo quiero nada la más completas de las nadas la nada suprema inimaginable donde al fin sentarme, descansar, sin mirar atrás, sin mirar delante, sin mirar al suelo, sin mirar al cielo, sin cerrar los ojos, sin apretar los puños, sin contener la rabia, sin contener la risa, sin contener las lágrimas, solo sin saber que estoy solo, sin saber qué sólo estoy.

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Dos o tres segundos de ternura
Dame, entonces, un abrazo eterno. No tienes que ser dulce, ni apretar la carita sobre mi pecho y hacerme sentir que todavía late algo aquí dentro. Nada más pido que dure para siempre. No que nunca lo olvide, que me pueda refugiar en su recuerdo las tardes en que regreso y no hay nadie al otro lado y yo necesito al menos un abrazo, uno al menos. No saber que estás ahí, que siempre estarás ahí y si te llamo vendrás corriendo porque sabes que necesito un abrazo. No sentirlo como una metafóra de esos momentos mágicos que nos salpican de tanto en tanto y yo pueda pensar que es como si me abrazases. No. Yo solo quiero un abrazo eterno.

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Que el tiempo se acabe y se sorprenda de vernos así, apretados, tu carita sobre mi pecho, yo intentando coger tu magia como si pudiese cogerse con las manos, como si te pudiese abarcar con un abrazo. No un abrazo para siempre, porque siempre nunca dura tanto como para olvidar que tal vez fuera el mundo continúe, o a lo mejor se haya acabado y nosotros estemos todavía, con los ojos cerrados, pecho contra pecho, viviendo ese momento, esa eternidad, abrazados.

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