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D.H.

Lawrence

EL
PAVO REAL BLANCO

EDITADO POR:
EDITORIAL DIANA

TITULO DELA EDICION ORIGINAL:


“THE WHITE PEACOCK”

TRADUCCION DEL INGLES POR:


LEON MIRLAS

FECHA DE EDICION: 30 DE JUNIO DE 1949


PRIMERA PARTE
I.- EL PUEBLO DE NETHERMERE

Yo me había detenido a contemplar a los vagos peces que se deslizaban


entre las sombras de la alberca. Eran grises, descendientes de aquellos seres
plateados que huyeran de los monjes en los lejanos días cuando el valle era
lozano. Todo aquel paraje estaba sumido en la meditación de la vejez. La
densa arboleda de la distante orilla era demasiado oscura y sombría para
alegrarse con el sol: la cizaña era tupida, inmóvil. Ni la mas leve brisa hacia
oscilar los sauces de las islitas. El agua se deslizaba en una quietud suave en
intensa. Solo el débil torrente que caía a través del saetín, murmuraba para sí,
evocando el tumulto de vida que animara antaño el valle.
Estuve a punto de caerme al agua del sobresalto desde mi alcándara
sobre las raíces de loa alisos, al oír una voz que me decía:
-Bueno… ¿Qué puede mirarse ahí?
Mi amigo era un joven agricultor de recia complexión y ojos pardos y
cuya piel naturalmente blanca estaba tostada y cubierta de pecas q trechos.
Rió al verme sobresaltado y me miró con perezosa curiosidad.
-Estaba pensando en que este sitio parece viejo, se diría que cavila
sobre su pasado.
Me miró con perezosa sonrisa indulgente y se tendió de espaldas en la
orilla, diciendo:
-Esto, es ideal para dormir un rato.
-Tu visa se reduce a dormir. Reiré cuando alguien te despierte
sacudiéndote –repliqué.
Sonrió, muy a sus anchas y puso las manos sobre sus ojos, para protegerlos
de la luz.
-¿Por qué habrías de reír? –preguntó, arrastrando las palabras.
-Porque resultarás divertido –dije.
Habíamos guardado silencio durante largo tiempo, cunado el se volvió y
comenzó a hurgar con le dedo en la orilla.
-Supuse que todo ese zumbido debía tener una causa –dijo, con su
gesto despacioso de siempre.
Miré y vi que había desenterrado un viejo nido, de consistencia
semejante al papel, un nido de esas lindas abejas de campo que parecen
haber impregnado sus colas de brillante polvo ámbar. Algunos de sus insectos,
llenos de agitación, corrían acreedor del racimo de huevos, en su mayoría
vacíos ya, sin coronas: unas cuantas abejas jóvenes vacilaban en indeciso
vuelo antes de cobrar fuerza para una veloz carrera, mi amigo me observó a
las pequeñas, que entraban y salían entre las sombras de la hierba, en
distintos sitios, plenas de consternación.
-Ven aquí… ¡Ven aquí! –dijo, aprisionando a una pobre abejita bajo un
tallo de hierba, mientras que, con otro tallo, abría las plegadas alas azules.
-No atormentes a esa pequeña mendiga –dije.
-Eso, no la hace sufrir, Quise ver si no volaba porque le resultaba
imposible desplegar las alas. Allá va… No. No. Probemos con otra.
-Déjalas en paz –dije-. Déjalas correr al sol. Acaban de salir de su
envoltura. No las tortures obligándolas a volar.
Pero el insistió y rompió el ala de la siguiente.
-¡Oh, pobrecita! –dijo y aplastó al animalito entre sus dedos.
Luego, examinó los huevos, extrajo una suerte de seda que rodeaba a la
larva muerta e inspeccionó todo aquello de un modo incoherente,
preguntándome todo aquello que sabía sobre los insectos. Cuando hubo
terminado, arrojó el racimo de huevos al agua y se levantó, sacando el reloj de
lo más profundo del bolsillo de sus pantalones.
-Supongo que es la hora de almuerzo –dijo, sonriéndome-. Siempre sé
cuando van a dar las doce. ¿Vas a entrar?
-Iré de todos modos –dije, mientras caminábamos junto a la orilla de la
alberca y por el puente de tablones que cruzaba la parte superior de la caediza
puerta.
La orilla de retorcía sus ramas y el fijo huerto era un declive empinado,
largo y afilado, que bajaba hasta el jardín.
Las piedras de la gran casa estaban cargadas de hiedra y madreselva y
el gran arbusto de lilas que custodiara antaño el porche, bloqueaba ahora casi
el vano de la puerta. Salimos del jardín del frente al patio de la chacra y nos
encaminamos por el sendero de ladrillo hacia la puerta de fondos.
-Cierra la verja… ¿quieres? –me dijo sin volverse, al pasar primero.
Atravesamos el largo fregadero y entramos en la cocina. La criada
estaba secando presurosamente el mantel del aparador y la madre de mi
amigo, una mejor pequeña y chapada a la antigua, de grandes ojos pardos,
rondaba en torno del ancho hogar con un tenedor.
-¿No está listo el almuerzo? –dijo él, con un dejo de resentimiento.
-No. Jorge –replicó su madre con aire de excusa-. El fuego no quiere
arder. Pero tu almuerzo estará dentro de pocos minutos.
Mi amigo se dejó caer sobre el sofá y comenzó a leer una novela. Yo
quería marcharme, pero su madre insistió en que me quedara.
-No se vaya –rogó- Emilia se alegrará tanto si se queda… y también
papá, estoy segura de ello. Ahora siéntese.
Mes senté sobre la silla de mimbre junto a la larga ventana, que daba
sobre el patio. Como Jorge leía y su madre tenía que concentrar toda su
atención en la vigilancia de las patatas que hervían y la carne que se asaba,
quedé librado a mis propios pensamientos. Jorge, indiferente a todo estímulo
externo, seguía leyendo. Resultaba muy fastidioso verlo tirarse del bigote
castaño y leer indolentemente, mientras el perro se frotaba se frotaba contar
sus polainas y contra la rodilla de sus viejos pantalones de montar. Ni siquiera
quiso molestarse en jugar con las orejas de Trip, tan satisfecho estaba con su
novela y su bigote. Una y otra vez, hacia girar sus gruesos dedos y los
músculos de su brazo desnudo se movían ligeramente bajo la piel de un tono
pardo rojizo. Por la ventanita cuadrada, allá arriba, se filtraba la verde luz del
follaje del gran castaño de Indias que estaba junto a la casa y el centelleo caía
sobre el oscuro cabello de mi amigo y temblaba sobre los platos que Ana
bajaba de la repisa y sobre el frente del alto reloj. La cocina re muy grande, la
mesa tenía un aspecto solitario y las sillas lloraban lúgubremente la perdida
camaradería del sofá, la chimenea era una caverna negra allá en el fondo y los
escabeles del nicho del hogar delimitaban otro compartimiento rojizo debido al
resplandor del fuego, donde daba vueltas la madre. Aquella cocina era bastante
desolada, una desnuda extensión de desparejas losas verdes, de lejanos
roncones oscuros y muebles de tono pagado. Las únicas cosas alegres eran
las fundas de zaraza del sofá y los almohadones de las butacas, de un rojo
brillante en el aposento desnudo y sombrío: algunos, habrían sonreído al ver el
viejo reloj, adornado con llamativas y vívidas aves de corral, pero este solo
suscitaba en i asombro y meditación.
A poco, oímos fuera un arrastrar de pesadas botas y entró el padre. Era
un agricultor corpulento, de cuerpo nudoso y cabeza semicalva, sobre la cual
se veían pequeños rizos crespos diversos.
-Hola, Cirilo –dijo, jovialmente. De modo que usted no nos ha
abandonado.
Y volviéndose a su hijo:
-¿Te quedan muchas hileras en le barbecho?
-¡Terminado! –replicó Jorge, prosiguiendo la lectura.
-Perfectamente. Has seguido ocupándote de ellas. Los conejos han
arrancado los nabos a mordiscos, mamá.
-Me los esperaba –replicó su esposa, con el alma en las cacerolas.
Finalmente, consideró que las patas estaban cocidas y salió con la
cacerola humeante.
El almuerzo quedó servido y el padre empezó a trincar. Jorge miró por
encima de su libro para inspeccionarlas viandas y luego siguió leyendo, hasta
que le tendieron el plato. La criada se sentó ante su mesita, junto a la ventana y
empezamos comer. Entonces se oyó el rumor de cuatro pies en le sendero de
ladrillo y entro una niña, seguida por su hermana mayor. La larga cabellera
castaña estaba desordenadamente sujeta debajo de su gorra marinera. Tiró a
un lado esta prenda de su atavío y se sentó a comer hablándole
interminablemente a su madre. La hermana mayor, una muchacha de unos
veintiún años, me dedicó una sonrisa y una alegre mirada de sus ojos pardos y
se fue a lavar las manos. Luego se volvió y se sentó y contempló con
desconsuelo la carne de vaca a medio asar que estaba en su plato.
-Detesto esta carne cruda –dijo.
-Te hace bien –replicó su hermano, que comía laboriosamente- Te da
algo de músculos para zurra a los niños.
La joven apartó aquello y empezó a comer las legumbres. Su hermano
volvió a llenar el plato y continuó comiendo.
-Bueno, Jorge. Creo que podrías pasarnos esa salsa –dijo Mollie, la
hermanita menor, con tono ofendido.
-Ciertamente –respondió él- ¿No quieres también la coyuntura?
-No –replicó la señorita de dice años-. Creo que no has terminado
todavía.
-¡Inteligente! –exclamó él, con la boca llena.
-¿Te parece? –dijo Emilia, la mayor, sarcásticamente.
-Sí, -replicó él, con tono satisfecho-. Has logrado que sea tan despierta
como tu desde que la hiciste ingresar al sexto común. Probaré una patata,
mamá, si puedes encontrar una que este cocida.
-A decir verdad, Jorge, parecen estar mezcladas. Tengo la seguridad de
que esto estaba cocido cuando lo probé. Mira… están mezcladas… Mira ésta,
es bastante blanda. Estoy segura de que hirvieron lo suficiente.
-No le expliques ni le pidas disculpas –dijo Emilia, con irritación.
-Quizás los niños la hayan molestado mas de la cuenta esta mañana-
dijo él tranquilamente, sin hablarle a nadie en particular.
-No –intercaló Mollie, con voz sonora-. Golpeó a un chico en la nariz y lo
hizo sangrar.
-¡Pequeño malvado! –dijo Emilia, tragando dificultosamente un bocado-
¡Me alegro de haberlo hecho! Algunos de mis niños pertenecen a… a...
-Al diablo –sugirió Jorge, pero ella no quiso aceptárselo.
Su padre se reía: su madre, con la angustia en los ojos, miró a su hija,
que había abatido la cabeza y trazaba dibujos con el dedo sobre el mantel.
-¿Sus peores que la ultima tanda? –preguntó la madre con suavidad,
con miedo.
-No… Nada de particular –fue la lacónica respuesta.
Ella, simplemente, tenia ganas de zurrarlos –dijo Jorge y mientras
miraba la azucarera y su budín, llamó:
-Traiga un poco más de azúcar, Ana.
La criada abandonó su mesita del rincón y la madre se dirigió también
presurosamente hacia el aparador. Emilia picoteaba su almuerzo y le dijo con
amargura a su hermano:
-Solo me gustaría que probaras el sabor de la enseñanza, eso curaría tu
complacencia contigo mismo.
-¡Bah! –replicó él, desdeñosamente-. Yo podrá hacer sangrar fácilmente
las narices de un montón de niños.
-No te estarías ahí, balando como un carnero cebado –continuó ella.
Estas palabras le hicieron tanta gracia a Mollie que estalló en
carcajadas, con gran terror de su madre, que se quedó inmóvil, con la trémula
aprensión de que la niña pudiera atragantarse.
Has hecho un chiste, Emilia –dijo él, contemplando las contorsiones de
su hermana menor.
Emilia estaba harto impaciente para seguir hablando con él y abandono la
mesa. Pronto, los dos hombres volvieron a la tierra en barbecho y los nabos, y
yo eché a andar por el sendero con las muchachas cuando éstas se
encaminaron a la escuela.
Jorge me irrita en todo lo que hace y dice –estallo Emilia, muy
enardecida.
-Suele ser un puerco –dije.
-¡Lo es! –insistió ella-. Me irrita hasta un extremo insoportable con su
majestuoso aire omnisciente y su pesado ingenio. No puedo aguantarlo. ¡Y la
manera como se hunilla mamá ante él…!
-Eso, la saca a usted de sus casillas –dije.
-¡Ciertamente! –replicó ella, como un eco, con voz en que vibraba una
nerviosa pasión.
Caminamos en silencio, hasta que Emilia preguntó:
-¿Me ha traído esos versos suyos?
-No. Perdóneme… pero he vuelto a olvidármelos. A decir verdad, los he
mandado.
-Pero me lo había prometido.
-Usted sabe como son mis promesas. Soy tan irresponsable como una
ráfaga de viento.
La joven frunció el ceño con impaciencia y su desilusión fue mayor de lo
necesario. Al dejarla en le recodo del sendero, sentí el aguijón de su hondo
reproche. Yo sentía siempre el reproche cuando ella se había marchado ya.
Cruce el pequeño y límpido arroyuelo que surgía de la alberca del fondo,
llena de algas. La blancura de los estriberones centelleaba al sol y el agua fluía
entre ellos con soñoliento ritmo. Un par de mariposas, imposibles de distinguir
contra el cielo azul, jugaban de flor en flor y me condujeron cuesta arriba, a
través del campo donde el calor de los rayos solares se concentraba como en
un cuento y entré en las cavernas del bosque, donde los robles se inclinaban.
Brindándonos una grata sombra. Dentro, todo estaba tan silencioso y fresco
que mis pasos resonaron pesadamente a lo largo del sendero. El helecho me
tendía sus brazos y el seno del bosque estaba pleno de dulzura, pero yo
seguía mi viaje, acicateado pro los ataques de un ejercito de moscas que
libraron una guerra de guerrillas alrededor de mi cabeza hasta que dejé atrás
las arboledas de negros rododendros del jardín, donde me abandonaron,
husmeando sin duda el vinagre y azúcar de Rebeca.
La casa roja, baja, de tejado descolorido y hundido, dormitaba bajo los
rayos del sol y dormía profundamente a la sombra de los macizos arces,
intrusos enviados por el bosque.
El comedor estaba desierto, pero pude oír el tableteo de una máquina de
coser que llegaba del pequeño gabinete, un rumor causado aparentemente por
algún grande y vengativo insecto que zumbaba por allí, ora mas fuerte, ora mas
débil y que a ratos cesaba. Luego, se oyó el tintineo de cuatro o cinco teclas en
la base del teclado del piano de la sala, que prosiguió hasta que todo el teclado
fue cubierto en pequeños saltos, como si alguna rana gorda hubiese saltado de
extremo en extremo.
“Debe ser mamá que quita el polvo a la sala”, pensé. El desusado sonido
del viajo piano me sobresaltó. Las cuerdas vocales que estaban detrás del
verde pecho de seda –solo se descubría que no era de bronce apartando un
pliegue- se habían vuelto tan finas y carentes de armonía como las de una vieja
reseca. La edad había hecho amarillear los dientes del pequeño piano de mi
madre y encogido sus piernas zambas, aquel pobre objeto solo podía chillare
en respuesta a los dedos de Lettie que volaban sobre el con desdén, de tal
modo que los remilgados labios morenos estaban siempre cerrados, salvo para
dejar paso el plumero.
Pero ahora aquel piano, que parecía una vieja solterona, comenzó a
cantar una tintineante melodía victoriana e imaginé que quien lo estaba
tocando era una mujercita rectada, con rizos semejantes a los manojos de
lúpulo a ambos lados de la cara. La tímida melodía me martirizaba con viejas
sensaciones, pero mi memoria no me ayudaba. Mientras trataba de poner en
orden mis vagos sentimientos, entró Rebeca para tirar el mantel de la mesa.
-¿Quién está tocando, Beck? –pregunté.
-Su madre, Cirilo.
-Pero ella nunca toca. Creí que no sabía.
-¡Ah! –replicó Rebeca-. Usted olvida los tiempos en que era una cosita
sentada contra su falda y que jugaba con su devocionario y en que ella le
cantaba. Usted no puede recordarla en la época cuando sus rizos eran largos
com0 una pieza de seda. No puede recordarla cuando acostumbraba tocar y
cantar, antes de que apareciera Leite y siendo su padre…
Rebeca giró sobre sus talones y salió de la habitación. Fui y
atisbé en le interior de la sala, mama estaba sentada ante le pequeño piano de
color caoba, sus dedos regordetes y bastante rígidos se desplazaban sobre el
teclado y una débil sonrisa aleteaba sobre sus labios. En ese momento, Leite
pasó corriendo a mi lado y le echó los brazos al cuello, besándola y diciendo:
-Oh, Querida… ¡Imagínate a mi Querida tocando el piano! Oh,
mujercita… ¡Nunca nos imaginamos que podías hacerlo!
-Ni puedo- replicó mamá riendo y zafándose de ella-. Solo me pregunté
si era capaz de arañar esta vieja melodía. La aprendí siendo apenas una niña,
en este piano. Era, entonces, un piano rajado: el único que tenía.
-Pero vuelve a tocarla, queridita, vuelve a tocarla. Esa música parecía el
tintineo de vasos de cristal y tienes un aspecto tan raro en el piano… ¡Toca,
querida mía! –rogó Lettie.
-De ningún modo –dijo mi madre-. El contacto de las viejas teclas sobre
mis dedos me está volviendo sentimental. ¿No querrás verme reducida a las
lágrimas de la vejez?
-¡La vejez! –regañó Leite, volviendo a besarla-. Eres lo bastante joven
para tocar pequeñas romanzas. Háblanos de eso, mamá.
-¿De qué, hija?
-De lo que solías tocar.
-¿Antes de que mis dedos se vieran endurecidos pro cincuenta y tantos
años? ¿Dónde has estado, Cirilo, para faltar al almuerzo?
-Solo en Strlley Mill –dije.
-Naturalmente –replicó mi madre, con frialdad.
-¿Por que “naturalmente”?
-¿Y te fuiste apenas se hubo marchado Em a la escuela? –dijo Leite.
-Así es –manifesté.
Aquellas dos mujeres estaban enojadas conmigo,. Depuse de
tragarme mi iqueño resentimiento, dije:
-Quisieron que me quedara a almorzar.
Mi madre no me concedió respuesta alguna.
-¿Y ha encontrado ya una muchacha el gran Jorge? –preguntó Leite.
-No repliqué-. A este paso, nunca la encontrará. Nadie será lo bastante
bueno para él.
-Realmente, no se que ves de particular en ellos para ir allá con tanta
frecuencia –dijo mi madre.
-No seas tan mezquina, mamá –repliqué, picado-. Sabes que me gustan.
-Sé que ella te gusta –dijo mi madre, sarcásticamente-. En cuanto a él,…
es un cachorro q quien no le han dado la zurra que merecía. ¿Qué puede
esperarse cuando su madre lo ha echado a perder con sus mimos? Pero dudo
que tengas mucho interés en zurrarlo.
Mi madre resopló, desdeñosamente.
-Es bastante parecido –declaró Leite, con una sonrisa.
-Tú podrás hacer un hombre de él, no me cabe duda –dije, con un gesto
mordaz.
-No me interesa –replicó Leite, igualmente mordaz.
Luego, sacudió la cabeza y todos los hermosos cabellos que estaban
libres de ligaduras formaron una niebla de luz amarilla bajo el sol.
-¿Qué vestido me pongo, mamá? –preguntó Leite.
-Vamos, no me preguntes –dijo mamá.
-Creo que me pondré el heliotropo… aunque este sol lo desteñirá –
declaró Leite, pensativamente.
Era alta, de casi dos metros de altura, pero de figura esbelta. Su
cabellera era rubia tendiendo a castaño oscuro. Sus ojos y cejas eran
hermosos, pero no así su nariz, sus manos eran también muy bellas.
-¿A dónde vas? –pregunte.
No me contestó.
-¡A casa de los Tempest! –dije.
Ella no respondió.
-Francamente, no se qué ves en él –continué.
-¿De verás? –replicó-. Vale tanto como la mayoría de las personas…
Y aquí, ambos nos echamos a reír.
-Pero no por que yo piense en el para nada –dijo, sonrojándose-.
Simplemente, voy a jugar una partida de tenis. ¿Vienes?
-¿Qué dirías si yo te contestara que sí? –pregunté.
¡Oh! –Meneó la cabeza Leite-. Todos nos sentiríamos muy complacidos,
te lo aseguro.
-¡Hurra! –dije con fina ironía.
Leite se me echó a reír en la cara, se sonrojó y bajó corriendo la
escalera.
Media hora después, asomo la cabeza al gabinete para decirme adiós,
para cerciorarse si su aspecto me gustaba. Estaba tan encantadora con su
vestido nuevo de lino y su sombrero adornado con flores, que no tuve mas
remedio que enorgullecerme de ella. Leite esperaba que yo la seguiría hasta le
ventana, por que desde el claro existente entre los grandes rododendros color
púrpura me agitó un mitón de encaje y luego siguió su camino radiante como
una flor, avanzando ágilmente entre los verdes avellanos. Su sendero
atravesaba el bosque en dirección opuesta a Strelley Mill, hasta bajar por la
roja calzada a través de un claro de árboles dispersos hasta la misma
carretera. Esta corría paralelamente al extremo de nuestra alguna, Nethermere,
en una sucesión de tres lagunas, es las mas baja. Los otros dos, son la alberca
superior y la inferior de Strelley: ésta es la mayor y mas encantadora de las
extensiones de agua, de un kilómetro y medio de longitud y cerca de medio
kilómetro de ancho. Nuestro bosque desciende hasta la orilla misma. De otro
lado. Sobre una colina, mas alela del ultimo rincón del lago. Esta Highclose.
Nos mira por sobre las aguas y con un solo ojo por así decirlo a los que
estamos en Woodside, mientras nuestro chalet arroja a su vez una mirada de
soslayo sobre la orgullosa casa y atisba tímidamente por entre los árboles.
Pude distinguir a Leite que, como una vela lejana, se deslizaba
furtivamente junto a las aguas, con al sombrilla flotando sobre su cabeza.
Dobló por l portillo existente bajo el macizo de pinos, trepó por el empinado
campo y los árboles volvieron a ocultarla junto a Highclose.
Leslie estaba despatarrando sobre una silla tijera, bajo una haya de color
cobrizo y con le cigarro encendido, miraba como la ceniza se volvía extraña y
gris bajo la tibia luz diurna y le afligía la pobre Nell Wicherley, a quien llevara
esa tarde a la estación, porque… ¿acaso no se sentiría Nell espantosamente
aislada cuando el tren la alejara cada ve mas en su remolineante avance?
¡Aquellas muchachas eran tan alocadas cunado se trataba de un hombre! Pero
Nell era una linda mujercita: él, haría que Marie le escribiera.
En este momento, Leslie advirtió una sombrilla que oscilaba a lo largo de
la calzada e inmediatamente quedó sumido en un profundo sueño, y en aquel
sueño había un diminuto resquicio suficiente para ver que Lettie se acercaba.
Leite, al descubrir que su guardián se había dormido en forma tan poco
elegante, arrancó una ramita de jeringuilla cuyos capullos de marfil no habían
estallado aun desprendiendo su delicioso perfume. No se qué cosquilleo sintió
la nariz de Leslie por adelantado antes de que aquella le hiciera cosquillas,
pero el caso es que aquél se aguantó valerosamente hasta que los pétalo se
pasearon por su rostro. Entonces, despertando sobresaltado de su sueño,
exclamo:
-¡Leite! ¡Yo estaba soñando con besos!
-¿Sobre el puente en la nariz? –rió ella-. Pero… ¿de quién era eso
besos?
-¿quién produjo la sensación? –sonrió él.
-Ya que solo te di unos golpecitos en la nariz, debiste soñar con…
.¡Sigue! –dijo él, con aire expectante.
-Con el doctor Slop –replicó ella, sonriendo para sí mientras cerraba la
sombrilla.
-No conozco a ese caballero –dijo él, temiendo que Lettie se estuviera
riendo de él
-No. Tu nariz es absolutamente clásica –respondió ella, dirigiéndole una
de esas fugaces miradas íntimas con que las mujeres halagan tan hábilmente a
los hombres.
Leslie irradió de placer

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