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Diablo en el Pelo - Echavarren

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EL DIABLO EN EL PELO
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Roberto Echavarren

EL DIABLO EN EL PELO
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el cuenco de plata / latinoamericana
Director editorial: Edgardo Russo Diseño y producción: Pablo Hernández © 2005, Roberto Echavarren © 2005, El cuenco de plata México 474 Dto. 23 (1097) Buenos Aires, Argentina www.elcuencodeplata.com.ar ISBN: 987-1228-X-X Impreso en julio de 2005 Echavarren, Roberto El diablo en el pelo - 1° ed. - Buenos Aires El Cuenco de Plata, 2005 352 pgs. - 20x13 cm. - (latinoamericana) ISBN 987-1228-X-X 1. Novela I. Título CDD U86X 5

Prohibida la reproducción parcial o total de este libro sin la autorización previa del editor y/o autor.

Pero en la carrera, con pesada mano, el destino me agarró del pelo. Marina Tsvetáieva
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PRIMERA PARTE
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Una noche caliente acudió a la fiesta de aniversario de un músico en un predio abierto, ya campo, en las afueras. Desde el enclave, relativamente elevado, se divisaban macizos de cañabrava, laderas verdes, la cuña lunar, un cielo picoteado de luceros. Antes que nada, en primer plano, había un árbol de magnolias: iluminaba el oscuro con una dentadura muy blanca, córneas de ojos muy blancas, espuma de olas resplandeciente de noctilucas. Al retirarse, cumplido el plazo del festejo, bajo el tema “De vuelta de los muertos”, quitó el candado y abrió el portón. Lentamente la camioneta, su nueva fiel servidora, giró frente al árbol de magnolias en dirección a la salida. Las ruedas resbalaron sobre el balasto hasta que el vehículo, coleando un poco, se alejó, delante de una nube de polvillo. Sobre la avenida principal, en el centro, ya de madrugada, compró una rosa a un chico sin dientes que le sonrió. Le quedó en la retina una gota plateada del árbol de magnolias. Le parecía divisar, en cada esquina, a lo lejos, por calles que desembocaban en el estuario, un copo flotante de espuma blanca. Hasta que percibió el bulto. Alguien, Don Quién, caminaba en el mismo sentido que el vehículo. Captó primero la espalda: una cortina de pelo fuliginoso fulguraba bajo el alumbrado. Cargaba una mochila negra. ¿Dónde terminaba la crin? ¿Dónde empezaba la mochila? La crin semoviente aminoró la marcha. Tomás frenó para avizorar el hocico entre las greñas. ¿Se trataba de una hembra? Imposible decirlo. El caminante torció en una esquina. El coche dobló tras él. Estacionó en la vereda de enfrente. A causa de cierto desembarazo en la marcha del desconocido, decidió que era varón. Cruzó frente al coche y volvió la cabeza. El chofer saludó con una venia. El anómalo bajó a la calzada, se acercó. Sonreía. Se reía. Gritó dos veces:

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–¡No soy una mina! No soy una mina. Se definía por lo que no era. –Ya lo sé. Se había dado cuenta en el momento mismo. El zangolotino paró cabe la ventanilla. Cambió de postura, soltó una frase. Tenía que retenerlo a como diere lugar. Lo invitó a subir, cosa que el otro hizo, con una sonrisa maravillada; se acomodó en el asiento, ubicando la mochila entre las piernas. –¿El auto es tuyo? La pregunta le pareció no sólo abrupta, sino extrañamente descolocada, como si el vehículo fuera más importante que su persona. Craso, directo, el desconocido ponía en evidencia una escala de intereses. Pero a la vez le brindaba un pretexto para hablar, de modo que le siguió la corriente. –Sí. –Por la manera en que contestaste pienso que debe ser tuyo. Los que usan el auto de papá responden de otro modo. Son demasiado enfáticos al asegurar que son los dueños. Sobrepasado el primer punto del examen, continuó: –Mirame, para que te vea bien. ¡Ah! Tenés cara de bueno. Debés ser buenísimo. Habría preferido otro calificativo. Es posible aprovecharse de los buenos. Los buenos no resultan perturbadores. “No soy una mina”, en cambio, sí lo era. Bamboleaba las crines, que se detuvieron un instante. –¿Llevás una motosierra en la mochila? –retrucó el chofer, intentando robar el control de las preguntas. –Sólo traigo ropa. Abrió el bolso, como si estuviera frente a un oficial de aduanas. Tomás desdeñó revisar el contenido. –Pasé dos días en casa de un loco. Nos peleamos y me llevé mis cosas. Era de Colón, un barrio lejano. Lo invitó a dar un giro. –No, gracias. Quedé en encontrarme con unos conocidos en un bar. –Te puedo acercar adonde vayas. –No, no vale la pena.
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La actitud del reyuno no era naranjas de la China. Era sólo lo que era: seductora, indolente. Tal vez estaba cansado. Tal vez quería posponer la aventura para incrementar el deseo de Tommy. ¿Cómo cazar esa paloma de camisilla blanca? Juli, Julián, Juliano, así se llamaba. Sonrió; los dientes del “apóstata” brillaron cuajados en la boca. Una magnolia ahogada. La cifra del verano. Podía pasarle el teléfono: esperar sentado a que lo llamase. Sentado, en efecto; previó el ansia torturante, el acecho enloquecido de un campanillazo, que sonaría o no sonaría, el salto del corazón cada vez al descolgar, el desencanto al oír el saludo de un pelmazo, no la voz esperada; y todo esto sin término, por días y días. Ni siquiera traía un lápiz; debería por tanto confiar en la memoria del otro. No, de ningún modo; para asegurar la comunicación necesitaba el número de la blancura alucinatoria. –Quisiera verte en otro momento. ¿Puedo llamarte? –Tengo teléfono. Pero no me gusta darlo a quien no conozco. Mi madre atiende, se preocupa. Se lo di a un tarado que me llama todo el tiempo. –No soy un plomo, no soy un delirante. Ya viste que tengo cara de bueno. Tu madre no tendrá quejas de mí. La paloma vaciló; tal vez hubiera pensado en las mismas cosas.

Al fin produjo la cifra mágica. El chofer la grabó en la mente a fuego, como una marca sobre los cuartos de una vaca; la pelota estaba en sus manos; podía llamarlo cuando se le ocurriese. (Curiosamente, no se le ocurrió pensar que el número fuese falso.) Tras algún circunloquio, el “apóstata” dio a entender que su destino presente era la discoteca de entendidos a la vuelta de la esquina. –Justo allí voy también yo. Era verdad; a falta de algo mejor, planeaba caer por esa disco; por lo tanto entraron juntos. El chaval le pidió unas monedas para depositar la mochila en ropería. Si Tomás tuvo alguna esperanza de ablandarlo en el bailongo a causa del trago, no hubo trago: el otro no aceptó invitaciones. Desapareció presto entre la gente, que era mucha; en noche de domingo sólo cobraban la consumición. Para olvidarlo, al menos por esa velada, dedicó notable energía a conocer a algunos que le despertaron un interés mediocre. Topó de nuevo a “No soy una mina”;
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intercambiaron dos o tres frases. Su dentadura, bajo la luz negra, brillaba fosforescente. Se moría de ganas de hablar con él, pero éste volvió a apartarse. Cuando se dio vuelta, después de seguirlo con los ojos, descubrió, frente por frente, a alguien que hasta entonces no había visto; era espigado, parecía una chica tímida; le recordó a la hija del agregado cultural de la Embajada de Brasil, una muchacha a quien había conocido de adolescente; ella se había enamorado de él, persiguiéndolo con furia. Ahora la flaca brasilera remontó el cauce de su mirada, se volvió a un costado, a fin de depositar la copa vacía sobre la repisa. Tomás aprovechó ese interludio para acercarse; se presentaron. Le llamó la atención el modo extraño en que el guacho colocaba la voz, que recordaba el graznido de un pájaro. Cada vez que él decía una frase, Miss Brasil quedaba prendada de sus labios; sí: era sordo; no, como dicen, “tapia”, porque algo oía. No tardó en presentarle al núcleo de sus conocidos, todos más sordos que él; se comunicaban por señas. No obstante bailaban con desenvoltura; oían con la membrana de todo el cuerpo, explicó José –que así se llamaba el falso brasilero de ojos verdes. Al fin de la noche “se repartía el pescado”; invitó a José a tomar un trago en otro bar. Todos los locales estaban cerrados, por lo que compraron una botella en un veinticuatro horas y enfilaron para la casa. Mientras conducía –entraban a la Rambla– Miss Brasil le puso una mano en el muslo. –Tengo mucho para contarte acerca de mi vida. Se refugiaron en el domicilio del chofer. Esperaba, respirando el aire lento. –Cuéntame tu vida –entrompó los labios, para que el sordo comprendiera. Con una sonrisa deslumbrada, en el espejismo de la hora y el alcohol, la melena crespa a lo largo de la espalda hasta el coxis, José se veía enormemente atractivo. Al poco rato habían olvidado las solemnidades; se tiraban uno a otro los almohadones del sofá, saltaban y se cruzaban, empujándose hasta hacerse caer; caían, se revolcaban. Despatarrados, sudando, ajustaron los cuerpos uno encima del otro. Frotó las corvas, el tórax fibroso, las larguísimas piernas futboleras, la ajorca que llevaba José en un tobillo.
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Dos días más tarde, ya con el sol alto, repuesto, en plena posesión de su energía, estuvo en condiciones de pulsar el teléfono. De no haberse agotado en una drástica gimnasia con Miss Brasil, no habría resistido dilatar la llamada tanto. No obsta; la espera fue un acierto. –Creí que no ibas a llamar –dijo Julián. Fingido o real en su urgencia, el reclamo, desde el otro extremo,

denotaba una disposición a reunirse. Combinaron para verse esa misma noche en el cruce de dos avenidas céntricas. La crin centelleante, líquida, de un azul intenso, caía sobre el jeans blanco, otra magnolia; en el principio del bochorno, la silueta se exponía en la esquina como una bandera del vicio; un camión de negros lascivos, a la izquierda, remontaba con pesadez la calzada de alquitrán; ¿llegarían antes que él? ¿Era posible que el avechucho no hubiera soliviantado ya un motín? De haber arribado un poco más tarde, ¿lo habría encontrado todavía peripuesto en la parada? Fueron al apartamento. Al trepar los escalones, el lustroso alzó los hombros, hizo la segunda de sus preguntas financieras: –¿Esta casa es tuya? –No. Es alquilada. Tales cuestiones eran signos de advertencia; tuvo cuidado de esconder las llaves y la billetera. Como en la disco, el rapaz rehusó un trago. –Mi padre es borracho; mi padrastro también. Cuando toman, se ponen violentos; no quiero parecerme a ellos, ni repetir lo que ellos hacen, ni quedar mal. Sólo tenerlo cerca, percibir el soplo sin alcohol, lo incendiaba. Después que se revolcaron, el galán no duró mucho tiempo entre las sombras retintas de la cama. Tampoco reclamó dinero. A partir de entonces nuestro protagonista alternó la incitación ingenua y astuta de elegir creencia entre dos muchachos; se apoyaba en el semisordo para apaciguar el entusiasmo hacia Julián. Con el semisordo no tenía contemplaciones. Un día se retrasó. No tuvo la paciencia de esperarlo. A su regreso encontró bajo la puerta un mensaje que había escrito con un cortaplumas sobre la hoja de un agave arrancada al jardín vecino.
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Julián le hacía visitas cortas de dentista –dos horas a lo sumo– en horarios que implicaban una agenda nutrida. Paulatinamente las cosas cambiaron. Empezó a venir a última hora y a permanecer más tiempo, hasta que otra vez –tumbado por el porro– se quedó a dormir. Pero me adelanto. Una tarde, en la época en que todavía venía temprano –serían las siete– dijo que tenía que estar a las nueve en la playa. –¿Por qué? –Es la fiesta de Iemanjá; quedé en encontrarme con unos conocidos para hacer las ofrendas; ya compré el barquito de tergopol y las velas que hay que encender; tengo todo aquí, en la mochila. Sólo me faltó comprar los merengues porque no me alcanzaba el dinero. –Si no te molesta, yo me encargo de los merengues. Y te acerco en el coche. Según el calendario, la fiesta se celebraba al día siguiente, el dos de febrero; pero algunos preferían festejar por anticipado, para evitar la aglomeración en la playa y los empujones que estorbasen la ceremonia y perjudicasen el fervor. Al compartir las devociones del muchacho, lo sostenía “con ambas manos”, impelido por una sensibilidad divertida y encantada; y esperaba, bien criado y hasta demasiado bien criado, conocerlo mejor y meterse con discreción en su vida. En la playa se reunieron con otros tres. El chofer reconoció a uno; era suave, bajo, de manos diminutas; para realzar su figura usaba, cuando salía de noche, zapatos de plataforma. Tomás había conversado con él dos meses antes en una disco; lo había invitado con un vaso, sin apartar la vista de sus ojos, que permanecieron vacíos. Obtuvo, con todo, su teléfono, pero por una razón u otra dejó pasar los días sin llamarlo; cuando lo llamó, mucho después, y lo invitó a salir, el “suave” se excusó (“Cualquier noche menos hoy”) pretextando

que ya había marcado una cita con su novio estable. Esa misma velada lo cruzó en el centro; caminaba acompañado por quien dedujo sería la dichosa pareja. Los dos jóvenes triscaban el paso en animada conversación; el compañero reía y agitaba la testa con vivacidad. Supo ahí y entonces que ese momentáneo rival le atraía más que el garzón a quien había telefoneado. Pero los jovenetos pasaron sin verlo; se volvió, con todo, para echar una
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última ojeada. Clavó los ojos en la vibrante crin del novio, que desaparecía rauda entre el gentío. “¡Hay que morirse!” En la playa, al verlos juntos, se dio cuenta de que aquella crin era la de... ¡Julián! ¿Cómo no lo había reconocido? Sin que tuviera conciencia de que fueran una pareja, ¡había interceptado a ambos por separado! “Puedo elegir.” Había logrado a uno; comparado con Julio, el otro desmerecía. Lo saludó, aunque no encontró más palabra que oponer; obviamente, los muchachos continuaban viéndose entre ellos. Le fue presentado el pai de santo; era un treintañero rapado; lo acompañaba un pibe de quince, su amante. Incluyendo a Juli, todos eran cetrinos. El pai de santo, hecho una pelota, cavaba en la arena, vecino a la rompiente, y plantaba velas adentro de la fosa a fin de protegerlas del viento. Si una vela se apagaba tres veces –explicó– quería decir que “no tomaba”, y no convenía insistir. Se remangaron los pantalones y entraron al agua. El pai bendijo, con palabras rituales, a cada uno de los concurrentes. Los novios habían traído sendos barquitos blancos de espuma de plástico. Se adentraron, con el maestro de ceremonias, a través de una región de olas pequeñas; llevaban consigo las piezas náuticas portadoras de velas ardientes. El mar se callaba, reflejaba las llamas. La nao de Julián cargaba los merengues de Tomás, ese azúcar que eran los propios sentimientos ofrecidos. Desde la costa, parado en la arena, no despegaba la vista de su obsesión. Le imponía un perfume blanco, sugerido por el tufo del mar. La tusa suelta sobre la espalda se fundía, en la zona de los glúteos, con las calzas negras, remangadas a lo pescador. Ese “pescador” había hecho todo lo que tenía en su poder para convertirse en diosa. Entraba con tal confianza que hacía tambalear; sin género, a su juicio, era la propia diosa que se metía en el agua; concentraba una virtud que le venía de lo ambiguo. El principio de esa fuerza ocultaba el rostro con una visera inescrutable, una cortinilla de cordoncillos o de dijes colgadizos, según aparece en las ilustraciones; o con la veladura de una crin que le sirve de chal: los cabellos de caballo de Julio. Completado el rito, las piernas y los pies pegoteados de arena, entraron a un café de la costa a tomar refrescos. El chofer llevó al
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oficiante, emparejado con el niño, hasta su domicilio. Después, a la “diosa”, la mejilla un poco enfurecida, inflada para soplar, a la casa del “suave”, donde pernoctaría. Los volvió a ver una semana después, de nuevo juntos, en la disco. Actuaban como un casal de palomitos. Se tomaban de la mano. Eran pareja; todos lo sabían. A ratos se peleaban y se separaban, a ratos se reconciliaban. Tomás aprovechó que el otro había ido al baño para invitar a Julián a su apartamento. Tras prolijas consultas, idas y venidas, dio una mala noticia. –Mi compañero se siente mal. Mejor me quedo con él. “Estoy cansado de espíritu; la mayor gentileza que puedo rendirme a mí mismo es ocuparme de mis asuntos, y sólo interesarme en los demás cuando la ocasión lo justifique. Ya basta.” Y sin embargo el pituso, días después, telefoneó. Pero en ese

entonces él ya había decidido cortar por lo sano. Rehusó concretar una cita. Se maravillaba por esta demostración de autocontrol; había “resuelto” el embrollo con eficacia y aplomo. Y ahí quedaron las cosas. Julio no se dio por enterado, sin embargo; diestro en mover hilos, como un titiritero apoyado en larga práctica, telefoneó siete días después. –Me prometiste que iríamos juntos a Parque del Plata. En efecto: apremiado por el atractivo mozo había proferido, sin pensarlo dos veces, una invitación a pasar un fin de semana en el chalet de su tía Irma, en ese balneario. El impulso prematuro le dio que lamentar. Juli se lo había tomado al pie de la letra. Ahora, un poco más familiarizado con sus andanzas y su romance con el “suave”, Tomás se volvió prudente, más cauto para expresar sus emociones. Imaginó el terreno de la casa, la hondonada del jardín, el recorrido hasta la alberca; se permitió unos momentos de libre observación; cada vericueto era una trampa para su compulsiva tendencia a salirse de horma. El entusiasmo podría inducirlo a verter incontinente demostraciones de las que pudiera luego arrepentirse. Imaginó la humillación resultante, de pronto insufrible, al regreso, a lo largo de quilómetros de carretera, habiendo comprobado que su némesis no le correspondía. Resolvió no caer en la encerrona.
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–Me invitaste, con una firmeza poco común. Se defendió como pudo: pretextó ocupaciones; llegó incluso a insinuar, no sin perfidia, que ya había llevado a cabo ese trayecto recientemente, en compañía de otra persona. Sin embargo, aceptó encontrarlo en Montevideo. Julián había ganado. No más llegar, le comunicó que había roto con su consorte. Según él, el otro lo había cambiado por un potro flamante. –Te usan y después te tiran. Pero el coletazo está sobrepasado. Las paletas grandes y níveas de los dientes, el contorno évasé de la cara, le daban el aire de un conejo. Ese conejo que él veía de vez en cuando entre las manchas de la luna. Para no traicionarse, para no turbarse, bajo peligro de su vida, el anfitrión no se atrevía a fijar la vista en el roedor arrellanado sobre el sofá, las punteras abiertas. Robaba instantáneas parpadeantes, poco precisas, que lo obnubilaban y rendían escasa información; saludaba, hipnotizado, al bargueño. Como Perseo ante una Gorgona, sentía que se asfixiaba. Para contrarrestar esa tendencia petrificante le habría gustado oponer un espejo al reverbero de la risa de Julián; le habría gustado esconderse tras el espejo para devolver a su foco, destello a destello, el conjunto de chispas que lo amenazaba. Se habían conocido en la oscuridad; en esa ocasión el trigueño ofrecía, sin duda a causa de los polvos que se aplicaba, el semblante lunar de una japonesa, más pálido que el blanco. Descubrió, más adelante, ya sin maquillaje, el tinte pastel del cutis. Sin embargo las primeras impresiones son las más difíciles de borrar; en particular ésta, que le servía de patrón normalizador, ya que las sucesivas la corregían sin suprimirla: lo veía blanco, y no atezado. En segunda instancia sin embargo no cabía duda de que fuese mestizo. Los rasgos, con todo, le habían parecido mongoles desde el comienzo; proviniese de las Planicies, de Alaska, de la frontera de la República Oriental: era un indio. Cuando anotó, en un cuaderno, el número telefónico que había confiado a la memoria, agregó, junto al nombre, el calificativo “piel roja”, para no confundirlo con ningún otro. “Lo que lo vuelve misterioso es el pelo: grueso, lacio, retinto; no me lo imagino como una almeja pelada. Contribuyen al aspecto abori 18 gen la nariz corva, los pómulos altos, los labios regordetes que

denotan, abiertos o apretados con impaciencia, un capricho sensual sin escrúpulos ni cortapisas.” Una negrita se enjabona la piel y se la frota con una esponja de alambre, para sacarse, dice, el color, porque tiene vergüenza de ser negra: era el recuerdo de un filme que había visto de chico. –Te podría refregar los grumos chocolate de los ijares con un cepillo de acero. ¿Pensás que desaparecerían? –Ya sé que soy oscuro. Mi abuelo paterno, por si te interesa, está enterrado en el cementerio indio cerca de Tambores. Fue uno de los últimos combatientes suicidas en los entreveros contra las tropas criollas que exterminaron a los indios. Tomás conocía la historia. El primer presidente de Uruguay, apenas nacido el nuevo Estado, atrajo a los charrúas, una etnia de cazadores nómades, que eran los pobladores originales del territorio, a reunirse con él para discutir el plan de un supuesto robo de ganado en el Brasil. Los indios llevarían a cabo el secuestro; el presidente prometía darles cobijo, a su vuelta, en el recién creado país bajo su jurisdicción. Organizó con todo cuidado un operativo de genocidio sin atenuantes. La trampa final consistió en atraer a los indios, infundiéndoles la mayor confianza y asegurándoles su buena disposición y amistad hacia ellos, a un terreno conveniente para llevar a cabo una acción de sorpresa en su contra. Pese a los recelos de algunos caciques, los charrúas aceptaron al fin reunirse con el presidente y su ejército en los potreros del arroyo Salsipuedes. Antes de atacarlos, las tropas que los cercaban se apoderaron de sus armas y caballos. Un escuadrón se lanzó veloz sobre las chuzas y algunas tercerolas de los indios, tomándolas en su mayor parte y arrojando al suelo bajo el tropel a varios hombres. Apenas el presidente, cuya astucia se igualaba a su serenidad y flema, hubo observado el movimiento, dirigiéndose a Venado, el cacique principal, le dijo: “Empréstame tu cuchillo para picar tabaco”. El cacique desnudó el que llevaba a la cintura y se lo dio en silencio. Al recogerlo, el presidente sacó una pistola e hizo fuego sobre Venado. Era la señal convenida para la matanza. El segundo regimiento buscó su alineación a retaguardia de los que se habían lanzado sobre las
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chuzas y los demás escuadrones, formando una gran herradura, estrecharon el círculo y picaron espuelas al grito de “Carguen” y con sus sables y bayonetas los sorprendieron y atacaron en su campamento y allí mataron tanto a hombres como a mujeres y niños sin consideración ni piedad. Muy pocos pudieron huir. Los sobrevivientes fueron llevados a pie a Montevideo, los hombres con las manos atadas a la espalda, y repartidos al mejor postor entre las familias de pro y entre los capitanes de barco fondeados en el puerto. Quien recibía a una india joven debía también aceptar a una vieja, y no se admitían devoluciones. –Una tía abuela, que vive en Tambores, guarda, dentro de una cueva, lanzas, arcos, carcajes con flechas, un mazo de hondas para tirar piedras, una boleadora con que peleaban, una estera de junco en que consistía su toldo, que cargaban las mujeres, riendas, lazo, y un quillapí, que era un poncho de pieles. Todo eso le quedó, y nadie lo usa. El corazón de Tomás se había vuelto demasiado grande para su pecho. –¿Dijiste quillapí? –preguntó con voz apagada. De una impaciente ondulación de la mano, el muchacho continuó: –A los de mi familia, cuando nacen, les meten, a un costado, en la cintura, un pedazo de cuerno debajo de la piel, para certificar que pertenecen al grupo, o más bien a la familia, porque no hay grupo.

Dicen que si la “mujer gorda” que, según ellos, vive en las estrellas, no ve el pedazo de cuerno incrustado en la piel, no reconoce a los de verdadero espíritu, ni los deja seguir surfeando por las alturas. –¿Y dónde está tu pedazo de cuerno? –habló deliberadamente con una elaborada tersura. –Mi madre, que vino de joven a Montevideo, hizo, después, que me extirparan la incrustación. No le gustaba que el hijo tuviera una señal de barbarie. Acá se marcó la cicatriz, ¿ves? Se atormentaba en secreto con la eterna pregunta de si Julián acudiría o no a las citas. Éste, entrado en confianza, ya no se preocupaba por hacer buena letra frente a su ocasional compañero; desde que se sentaba en la sala, aceptaba un vaso de alcohol.
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Se ubicaba sin trasparecer emoción alguna, sin entusiasmo perceptible. Era un animal de exposición, un ídolo a ser venerado por su propia irradiante presencia. Nunca iniciaba las caricias. Si éstas empezaban de la otra parte, respondía ágil y acompasado. “Soy devorador de corazones, soy devorador de tu ilusión”, berreaba el profético CD. El muchacho se limpiaba la espuma de los labios con la punta de la lengua. Entonces dejaba el vaso sobre un estante y procedía al “asunto”. Esa lasitud empujó al dueño de casa a decir: –Parecés indiferente. –Es lo que me dicen todos. –¿Quiénes son todos? Quería y no quería saber. No estaba interesado en acreditar una experiencia demasiado amplia en el carné de calificaciones del mancebo; a pesar de lo cual contaba con las indulgencias plenarias y circunstanciales; es más, “oía” un sordo barullo, un terreno de alusiones, un ajetreo de idas y venidas. Si bien a él no le cobraba por complacerlo, después de una comida confortable, le preguntó a quemarropa si era taxi-boy. –No soy, pero tengo amigos taxis. Se mostraba buen jugador con las palabras. No se le podía sonsacar algo que no quisiese decir. No revelaba el trajín oculto, cualquiera que fuese, pero tampoco retaceaba el buen humor. Sabiendo que cada uno era infiel al otro ninguno de los dos tenía interés en sincerarse. Se agarraban, se trenzaban, en aparente paridad de condiciones, ostensible compartido ardor; después de arrancar, el visitante se calentaba tanto como Tomás. Ese babear y temblar de labios casi empezó a tener sentido. Algo ocurría, una especie de pantomima que, si bien no lo dejaba del todo estupefacto, lo tenía hechizado. Entonces el chaval, con prolijo empeño, rellenaba uno y otro vaso cada vez que quedaban vacíos. Un interés mayor se había presentado, sin embargo: la felicidad de ese dolor, o el dolor de esa felicidad. “Hay un halo de luz que quiebra el miedo, hay un toque de amor que inunda el sueño.” Después del coito, se recogía y adormilaba; prefería no romper con palabras el momento privilegiado de la unión; era casi comple 21 tamente feliz, con los párpados cerrados, dentro de una mística comunión y derrame de jugos. Pero el chico, pronto a la censura, lo sacudía siempre con el mismo reproche: –Te dormís como un viejo. ¿Había inhalado polvo antes de llegar? Trotacalles trasnochador, posiblemente recién se levantaba de la siesta y se sentía “fresco como una lechuga” (una de sus expresiones favoritas) entrando a la primera etapa de su jornada nocturna. Tanto hinchó con “tenés frío, o tenés calor, como un viejo” que el acusado, considerándose en salud y venturoso, contestó un día:

–¿Qué puedo hacer? Será entonces que soy un viejo. Santo remedio: la comparación cayó de sus labios para no reaparecer jamás. En lo que concernía a su casa literal y averiguada, a su habitación de cal y ladrillo, Tomás mantenía francas, de par en par, las puertas de todos los roperos. El joven acusó la provocación. –¿Por qué dejás todo abierto? –El contenido está a la vista. Se puede meter la mano. Perdón, es que soy desordenado; la próxima vez cerraré, te lo prometo. Sin complicaciones de artificio mutuo, Tomás siempre anclaba frente a José en la disco; se ponía bajo su resplandor. Una pelusilla simpática bajaba hasta sus labios apelotonados; era más alegre, bastante más depravado que la original Miss Brasil. Crecido rápido en el país de los sordos, hacía rueda con ellos, gobernados paradójicamente por una música que no oían. Un profesor de historia, cuyo aspecto evocaba el retrato de juventud de Luis II de Baviera: ojos claros, boca chica, labios en forma de arco de Cupido, surgió de ninguna parte y le plantó a Tomás un beso en la boca. Se habían conocido ligeramente un mes antes, en la barra de Valizas, en ocasión de unos días de playa. Lo introdujo a José y compañía. Bailaron todos juntos, formando ronda, pero Luis II, casi enseguida, interrumpió el zangoloteo y lo fregó a chupones, a vista y paciencia de los sordos.
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Contra su propia expectativa, él no se resistió al embate; antes bien lo secundó; en lo que estuvo mal; ya que se encontraban en presencia de José. La yegua negra no tenía desperfectos. Pero Tomás sentía curiosidad por el recién venido. Para mitigar su vergüenza arrastró al rey loco hasta un rincón oscuro. Allí continuaron los toqueteos. Después abandonaron el local por la cama. Luis de Baviera estaba dotado de un ínfimo palitroque; lo empujaba con furia ciega en el intento de franquear pasaje entre las nalgas. El esfínter de su víctima sufrió embestidas que lo desgarraron. Después que hubo lavado la sorpresiva abundante sangre, Tomás enfrentó la plática. –Bien, si te parece que me quede, me quedo y conversamos –dijo el pichón de estudioso. –¿Cuál es el camino temerario de la verdad? ¿Cuál es su historia, cuáles son sus efectos, cuál es su entramado con las relaciones de poder? –Hay que dejarlo a la ciencia –respondió el historiador. –Pero ¿quién puede establecer una repartición entre ciencia e ideología? Esta posición de árbitro, de juez, de testigo universal es un papel que rechazo absolutamente. –Hay que verificar los datos. –A partir del momento en que se quiere hacer una historia que tiene un sentido, una utilización, una eficacia política, no se la puede hacer correctamente más que a condición de estar ligado de una manera o de otra a los combates que se desarrollan en ciertos terrenos. Fue aburrimiento puro. El rey hablaba de sus preferencias, siempre de mal gusto, pero no latía allí ni un criterio ni una inquietud. Miraba sin ver, admiraba sin inteligencia. Después que redondearon la charla, al anfitrión le pareció que sería mejor dejar de verlo; era su conclusión firme, sin lamentarlo. A causa de la guerra bávaro-prusiana, el semisordo dejó de telefonear. Ante sí mismo y ante los presentes en la ronda, había sido alevosamente sustituido; el comportamiento de Tomás era inexcusable.

–No soy celoso –dijo la primera vez que se cruzaron. Una noche, al salir de la disco, lo topó junto a la puerta. El club ya cerraba, no admitían a nadie. Entonces, cualquiera fuese el gra 23 do de molestia de José, tratando, con éxito, de rearmonizar lo que había parecido un principio de separación, Tomás lo invitó a dar una vuelta. Miss Brasil sonrió su consentimiento a nada menos que la convocatoria de volver a follar. Después del acto, criticó severo a Luis II. –Parece mala persona. –Es malo en la cama –corrigió su acompañante. Las emociones, en los sueños lúcidos, cubren el espectro de la experiencia despierta, se extienden desde una aceptación neutral del sueño lúcido a escansiones de libre y exaltado estímulo. Los soñadores lúcidos habituales, por casi unanimidad, subrayan la importancia del desapego para prolongar la experiencia y retener un grado de lucidez. Tomás no quería seguir de chaperón de Miss Brasil en las fiestas, ni esperar el agujero postizo de las visitas esporádicas de Julián. Tuvo la idea de apartarse del foco de su atención aunque fuera un poco: viajó a Buenos Aires. Un salto trae otro. No tardó en reconocer que le interesaba salir del circuito lascivo e internarse en la “Argentina profunda”. En una inauguración conoció a una dibujante de Córdoba, Eudoxia Semionova, que le dio novedades de la sierra. –Allá soy menos susceptible de admitir la coexistencia simultánea con otro, por superfluo que sea – acabó la frase con un golpe sobre la mesa de los tragos, que hizo tambalear todas las botellas, y un rugido de ultratumba. Tomás se excitó, como le sucedía a veces cuando acababa de cortarse el pelo y se miraba en el espejo del baño. –Me gustaría pasar algún tiempo entre olor de peperina, un ténder de nubes suspendido sobre la cabeza, estereofonía natural, verdadera evidencia con la boca abierta y los dedos dentro. La sorpresa y el halago le arrancó a Eudoxia un aullido de bestia. Con la tranquilidad que necesitaba para su trabajo; el burro, la parra, cambiarían su corazón y le permitirían ver claro. En el suplemento turístico del diario porteño Clarín leyó acerca de una institutriz flamenca, la cual, convocada al campo de la Patagonia
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para educar la prole de un estanciero viudo, terminó casándose con él y compartiendo su vida por un cuarto de siglo. Puso entre paréntesis la estancia y los caudales; jugó con la idea de un novio tierra adentro. Temía –seguía temiendo– encerrarse en el carril de su absoluta obsesión por Julián; buscaba un proyecto alternativo para la retirada. Eudoxia vivía en La Cumbre, y hacia allí se encaminó. –Oh, en cuanto a mí, soy perfectamente discreta. La perfección no llega rápidamente –su fogosidad alcanzaba un diapasón casi desagradable para él; un privilegio más soportado que admitido. Estableció contacto con dos directores teatrales de Córdoba capital; envió demos de sus trabajos musicales para la escena. Uno le respondió, haciéndole más justicia de la que se había atrevido a esperar, con la oferta de que se ocupara tanto del sonido como de las luces de una pieza que pensaba poner en escena en la siguiente temporada. Ema, una relación de Eudoxia, nacida en el terruño de La Cumbre, encontró para él una casa sobre una calle muerta frente a un bosque, a trescientos metros del campo de golf, dotada de un jardín espacioso. Ya que se encontraban fuera de temporada, el alquiler

era razonable. Sobre la falda de un cerro se erguía un mamotreto construido en los veinte, adquirido y reformado en los treinta por el esposo húngaro de Heddy Lamarr, un industrial con vinculaciones nazis y peronistas. El castillo semejaba la estación de esquí delineada en cartón al principio de Treinta y nueve escalones, de Hitchcock. Pertenecía a la Secretaría de Inteligencia del Estado. Los jerarcas visitantes bajaban en helicóptero para jugar al golf. Al revés del agrimensor de Kafka, Tomás no intentó acercarse a la mole, ni merodeó su vecindad bien custodiada. Con la misma avidez tardía con que los protagonistas abandonan los personajes de ficción que les asigna el libreto, y se entregan al anonimato de una natural cópula, vagaba, según su impulso, a través de senderos en herradura, transitados por burros trashuman25 tes que hacían “la ruta de las estancias”, o por ciclistas enfundados en licra, montados en bicicletas de cubiertas robustas. Desde la sombra verdosa de la enredadera, que fingía podar, Belarmino, el jardinero de la casa que había alquilado, un italiano mayor, lo asediaba. Un minuto después golpeó la puerta. –¿Quiere que monte a la azotea para revisar el tanque? Una tarde Belarmino lo invitó a una inauguración en una casona de Los Cocos. Los cuadros, de colores estridentes, artificiales, representaban cascadas, bosques de encinas, una iglesia corpulenta y “pintoresca” aprisionada por enredaderas; todo adornado, blando, muy verde. Una mujer de Cornwall, de carne indisciplinada, tomó posesión de Tomás y le relató cuatro intentos seguidos de suicidio tras abandonar el país natal y afincarse en la sierra. Había llegado aquí liada a un jugador de polo cordobés. Fue abandonada por el jugador a las primeras de cambio, pero permaneció, a pesar de todo, como un fósil procedente de un mar del pleistoceno levantado por plegamientos terrestres a la cima de estratos rocosos; la suicida no pertenecía ni al mar ni a la montaña; no encontraba en el globo lugar donde ubicarse. Tomás abrió los ojos y vio la cara de la mujer muy cerca, completamente desorbitada, entorpecida por el furor, untándose las encías con una bomba de crema de chocolate. –Algo – gritó, decidiendo ir al grano de una vez. – Para llenarme. No somos otra cosa que masas de carne, órganos, fluidos en estado de intercambio. Esa historia, narrada con fervor compulsivo, fue la iniciación, para él, al mundo quieto, sutil, del invierno semi rural que lo rodeaba. Otra mujer en la inauguración, que parecía un hombre, de nariz ancha y recta, ojos acuáticos, una cinta negra alrededor del cuello como la Olimpia de Manet, miraba en calma, con un éxtasis soñador, una larga oruga que se desplazaba por el marco de la ventana. Había huido de la flexibilización laboral en Buenos Aires e impartía órdenes precisas acerca de todo, como si el rumbo al que ahora se entregaba respondiera a un plan y no a los caprichos de la desesperación. Sólo dos parejas lésbicas vivían, aparentemente felices, en sus huertos de nabos.
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Belarmino pasó junto a la pileta vacía, trepó una cuesta muy suave, atravesó la glorieta, todavía vestida con los restos florales del verano. Miraba desde lejos, con una especie de gratitud desapegada. Lo hacía con una sola meta. Obligar a Tomás a abrirle la puerta, atraerlo y resucitar una conversación con el pretexto de la escasez de agua para el riego. Al abrir la puerta principal, el jardinero entró eyectado. Saludó con entusiasmo, tomándolo primero de un brazo, luego de un hombro y finalmente de la nuca. Lo atrajo a sí y lo besó rápido.

–Quiero invitarte a mi residencia, para los manjares de una cena superior. Pasó a moverse en el plano de esa simpatía inestable y desconcertada que, a falta de un recurso mejor, la urgencia del deseo emplea como vehículo y disfraz para abordar a su objeto sin espantarlo. Sólo hay un espectáculo más penoso que el del amor contrariado: el del deseo no correspondido. Así, mientas Tomás volvía aliviado a su nido de indiferencia, Belarmino por su parte entraba en uno de esos estados de ebullición que sólo pasan inadvertidos a quienes los padecen: el cambio de ritmo en la respiración, la inminencia de una pérdida de control, que llegó a neutralizar, pero cuyos ecos siguieron flotando a su alrededor. Ese mismo raspaje exhaustivo a que los cirujanos someten a veces el útero enfermo de ciertas mujeres, Belarmino parecía haberlo sufrido no en el cuerpo, cuya vitalidad, aunque muy deliberada, no dejaba de ser genuina, sino en el espíritu, que alguna herramienta de jardinería parecía haber arrasado. Y como no tenía secretos, empezaba a enrojecer, como si tocar a Tomás fuera una manera de pedirle perdón. Los propietarios de la finca donde vivía, y que administraba, eran de Buenos Aires y no venían nunca. Él se encargaba de todo y operaba como señor de la hacienda. La tarde prefijada introdujo a Tomás a una amplia galería donde ardía el más reconfortante fuego. Mientras cenaban, contó: – Fui propietario de un invernadero en La Plata. Me enamoré de Benegas, un jovencito potro que necesitaba protección. Me di cuenta de que para apaciguar sus relinchos tenía que sacarlo de La Plata.
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Nos mudamos a la sierra por amor. Aquí yo quería guardarlo como en un relicario o joyero, para conservar la pareja. Primero, con el producto de la venta de mi negocio, compré una casa grande en el centro de La Cumbre, pero después el caserón se me hizo oneroso y lo vendí. Nos mudamos a una casucha en un cerrito cubierto de un monte espeso. Llegar hoy es casi imposible porque la subida es abrupta y se nos acabó el dinero para reparar el camino. Esa barranca frondosa nos aisló del mundo. Así pasamos varias décadas. De manera indirecta, a través de pudorosos circunloquios, dio a entender que Benegas, a pesar de sus precauciones, lo había traicionado con un muchacho del pueblo, que hacía el reparto de una verdulería. Generoso en los repartos, Belarmino le dejó a Benegas la casucha y se vino a vivir en hacienda ajena. –No podía mirarle la cara, no lo podía perdonar. Tomás vio a través de la ventana las copas de los árboles que giraban contra el cielo y ahogó un gemido en su muñequera de toalla. Belarmino se acercó a la silla y le puso la mano sobre el hombro. –¿Vamos al living a tomar un café? Empezaba a anochecer, y se entretuvieron escuchando añosas grabaciones de zarzuelas ibéricas y cubanas de la colección de Belarmino. En medio de un aire de Agua, azucarillos y aguardiente el jardinero confesó, cada vez más comunicativo, que en el terreno amatorio no tenía al día de hoy ningún lazo que lo retuviese. Cuando el alcohol coronó su influjo, durante el crescendo de La alegría del batallón, se puso a revolver el puño y el brazo en un vórtice de molinillo. En el final retumbante, el dorso de su manaza desfalleció sobre el posabrazos del bergère, entreabriendo con lasitud callosos dedos. La mano parecía solicitar iniciativas de su convidado. –Si uno está aquí solo, el campo debería ser suficiente consuelo –acotó Tomás con ligereza inconvincente–. Basta abrazar los eucaliptos. No le pareció que el dictum fuese cruel. Apenas abanicaba aire

frío sobre quien amenazaba con tirársele encima. Tales deslindes, por fortuna, convencieron al jardinero de que no era llegado el momento de tocar la zona, mirada de soslayo, del pantalón.
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–¿Cómo es? –respondió, confundido. Siempre que perdía el hilo, recurría a esa muletilla. Éste era el mundo de Tomás. Al jardín llegaban oxidados ladridos. El íntimo, leve paso de las aves, especies desconocidas para él, daban al entorno un aire subrepticio de confabulación. Esculcaban los canteros, hacían su panzada de insectos y de semillas. Un ejemplar de pico corvo y fino como una caña de pescar era el más aventajado para desenterrar lombrices. Sobre los eucaliptos anidaba una ruidosa colonia de cotorras. Entre los aromas del jardín sobreflotó un estimulante olor a bosta. Contra el tejido de alambre que lo separaba del vecino, asomaron las cabezas un tordillo y un zaino. Eudoxia Semionova, huesuda y alta como un ciprés erecto, se levantó y se puso el sombrero. Fue caminando hacia la puerta, el felpudo de felpa verdosa; hizo girar con trabajo la redonda cabeza de vidrio del picaporte. Se detuvo, volvió dos pasos, el sombrero en la nuca, adonde la madre senil bordaba un encaje de bolillos. –Esta noche jugaremos con Tomás al dominó. Algunas tardes, después de tomar un plato de sopa, recogían el mantel y jugaban una partida. El que perdía estaba obligado a pagar una prenda, que no consistía en tocar un instrumento, sino en decir una guasada; “delimitaciones intuitivas” llamaban a esas suertes de confección propia o ajena, acerca de un tópico que se decidía por anticipado. El montevideano dijo los versos de un poeta del Chaco: La experiencia que no tuve: el diablo en el cuerpo; y mientras el cuerpo expiraba en la página, la página tenía cuerpo de mar; una membrana, un párpado horizonte: el diablo en el piélago; y mientras el diablo se desplegaba yo escribía el pliego, y mientras el diablo navegaba
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yo lo seguía en mi bote de papel; pero yo no sabía qué era el diablo; más bien el diablo estaba en otro lado y yo no conocía ese lado. Eudoxia, con el aire dulce y superior de quien inventa cuentos, respondió: ¿No ves que el diablo soy yo y que mi infierno sos vos? La mamá senil se devanaba los sesos, que sus ojos acuosos, delineados por órbitas calcáreas, localizaban en el cielorraso. “Encarnaba”, según ella misma decía, a un escritor de nombre Diego Ramírez, cuyas coplas habían recorrido la sierra: Devil es el diablo que está en el cielo; y dios tirando piedras se ve muy feo. –“Tarde o temprano” –una onerosa deuda atrasada de secreta severidad– “por cada minuto de placer que vivimos, sufrimos años de pena: no es la venganza de dios, es la venganza del diablo” –contribuyó Tomás. Eudoxia abrió un libro y leyó al tuntún: –No vio al diablo todo lo que, en un mundo perfecto, le habría

gustado. La mamá sacó de la costura una corneta de cotillón. Sus débiles pulmones le permitieron hinchar, contra toda esperanza, la lengüeta roja, que se expandió: un apéndice rígido, como un pirigundín; daba un pitazo agudo, ahogado, fuera de propósito. La sequía se prolongaba ya por varios meses. La reserva de los diques flaqueó. De las canillas goteaba sarro verdinoso. Camiones aguateros vendían agua a domicilio. Los cerros quedaron cenizos, descacharrados. Belarmino, impedido de regar, con una buena voluntad fuera de control, se empeñaba en la poda, pinchándose las yemas con espi30 nas. Éste era su pretexto favorito. Golpeaba la puerta y solicitaba alcohol; Tomás acudía con el frasco y el algodón, desinfectaba los rasguños. Salía al campo en plena noche. La falta de alumbrado destacaba el vértigo ondulatorio del cielo; una copa vertida, que volcaba tentáculos de cuspe. En su ascender, los álamos chirriaban como bisagras; se desenrollaban hacia las centellas con la violencia de cohetes. No tenía valor, le pareció, para perseverar en la auscultación de ese vientre derramado. Volvía a la casa con un trote sencillo; no se sentía mal ni malquerido, apenas un sobresalto de conjetura en las venas. Algunas noches aullaba el viento; oía temblores característicos de origen imprecisable: postigos que tableteaban, quebradero de ramas, retumbar de ciclones en el caño de la chimenea, forzando el paso con una especie de ululante silbido. La chimenea se movía, se bamboleaba, corría el riesgo de caerse y por lo tanto de causar colaterales destrozos. Entretanto él, allí agazapado, consultaba los leños, removía las brasas, esquirlas crujientes. Penetraba capas de silencio. “Entro por el hueco.” Sobre el sofá dejó el cuerpo amodorrado. Atravesó el caño, subió por el oscuro, no sabía adónde. Se explicó separando las palabras, suave pero gravemente: “Las ocasiones se muestran a la vez en sitios muy alejados unos de otros. Yo abandonaré mi cuerpo y volveré a él durante años, hasta que se queme, y entonces ya no volveré más”. A fin de disponer las secuencias sónicas para Dos hombres y un caballo, la obra teatral que le habían encargado, alquiló algunas horas el estudio de grabación perteneciente a un conocido músico que vacacionaba en la zona. También asistía a los ensayos en la sala Casal de Córdoba. Sobre el escenario de tablas desgastadas que habían sido negras, dos hombres, dos soldados, aún sin uniforme, ensayaban sus partes, sentados en sillas o tirados en el suelo. Regimientos del Tercer Reich, perseguidos por partisanos serbios, se repliegan, al fin de la guerra, entre barrancos de tierras malas; abandonan equipo a medida que progresan; en una retirada noctur 31 na, que más que retirada es un desbande, dos soldados pierden contacto con el resto de la compañía. Uno está herido en el torso y en una pierna. Mientras avanza con dificultad, amanece en medio del bosque. Se refugian en la cueva de un cerro, al borde de una cañada, tras peñas y vegetación. El que está sano caza para los dos. Recoge bellotas, como en la edad de oro. Pero los partisanos serbios reconquistan el terreno paso a paso; en cualquier momento estarán allí. Al disolverse la compañía habían captado la provisión de cigarrillos a repartirse entre la tropa. Endebles como están, el tabaco, fumado debajo de una manta, les provoca trances. Vuelan todas las noches a una playa nudista en el Japón. Libres de la disciplina militar, les cuesta creer que fueron soldados

una vez. Jan, el herido, proviene de Berlín. En su adolescencia, en los años de Weimar, había sido amante del escritor inglés Christopher Isherwood. –Isherwood vivía en el palacio Hatzfeld, sede del Instituto de Investigaciones del Dr. Magnus Hirschfeld, al que llamaban el “Einstein del sexo”, pero más bien deberían haberlo llamado el “Einstein del estilo” –opinó Jan– porque estudió, en Travestis, la erotización, que nos concierne, de la vestimenta. El inglés y el futuro soldado dormían con frecuencia en una buhardilla en el obrero barrio este de Berlín, que Jan ocupaba junto con sus padres. El padre era un tipógrafo anarquista que toleraba por principio el amancebamiento de los jóvenes; la madre bendecía el pan que les llegaba vía Isherwood. Recorrían Berlín en expediciones de Wanderlust. Dos lesbianas los pintarrajeaban y les prestaban pieles y botines de alto empeine. En un show de cabaret entonaban a coro: “Somos las señoritas del camión diecisiete,/ colocamos caños en los retretes./ Si quieren estrenar un inodoro funcional,/ no tienen más que ¡telefonear!” En esa sala había teléfonos mesa a mesa, una novedad en el momento, para tomar pedidos y concertar citas. Cuando la risa lo agota, Jan jadea, se encorva, escupe sangre. Nadie diría que el bien alimentado actor será convincente en su rol de agonía la noche del estreno. Su nombre es Ramón; además de
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actuar, remienda la carpintería del teatro. Tomás simpatiza con él. Rebatiendo las pausas, juegan al ajedrez; el director baja por una escala de madera para quejarse de su conducta, e invita a Ramón a retomar sus líneas. Entre los cuerpos sucios, las hundidas bocas cuarteadas, el berlinés evoca el ojo de un niño mendigo, cuando él también era niño; vacilaba entre el verde y el ópalo y le recordaba un ojo de jaguar. Esa pupila resumía para él el Wanderlust. Gusti, su compañero, a quien el escorbuto le hace caer los dientes, venía de los alrededores de Schwäbish Hall, en la Selva Negra. Sus padres cultivaban la tierra. A los quince fue sorprendido por la policía copulando con un camarada en un orinal público de Heilbronn. De haber salido al campo, pensó, de haber eyaculado entre las vacas, como solía, no habría sido arrestado. Sus primeras armas las hizo con las gallinas y con las ovejas. A las ovejas les metía hormigas en el culo. Lo destinaron a una cárcel de menores, pero el compañero con quien había copulado en el baño de Heilbronn, que ya era adulto, fue enviado a un lager donde murió. Gusti fue sometido a un tratamiento de hormonas para “cambiarle el sexo”. En consecuencia se masturbaba cada media hora pensando en un rapaz hondero con quien había corrido, de chico, a través de los sembrados, con quien se había escondido en los bosques. A los trece el hondero se ahorcó colgándose de un árbol, porque sus padres insistían en que entrase a un seminario católico para ordenarse sacerdote. Gusti lo encontró, pendido, al borde de un claro. Las moscas lo habían descubierto antes que él. Abrazó al hondero, raspó el cachete contra la emisión que acartonaba su pantaloncillo, decidido a rechazar, de allí en adelante, cualquier restricción impuesta a sus tendencias. “El cuerpo vive, el cuerpo pide. Y nada más.” Junto a las brasas encubiertas –una fogata los denunciaría– Gusti toma la cabeza de Jan: con un trozo de vidrio (la navaja quedó en la mochila del equipo, arrojada a una zanja para aligerar la huída) afeita su barba. La cara sin carne es toda ojos y dientes: una máscara del furor. Pasa el dedo por sus labios emparchados. Los dientes se

conservan blancos, enteros, la pálida lengua ya le hace una pavorosa señal.
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Disfrutan del olor de las propias heces. Poco a poco el hambre los extenúa. De noche se tapan con la misma manta. Las estrellas huyen por un costado, paralelizando la retirada de las tropas alemanas. Un tanque arde en las cercanías. El tufo del petróleo ardiendo les llega por ráfagas. “Estoy muerto”, murmura el agonizante. “Muerto y consumido, como todo el resto. De mí queda esta piel hundida, los huesos empapados, pero igual veo todo. Hasta que lleguen y me quemen con un lanzallamas seguiré volviendo a este cuerpo después de cada noche.” Un caballo pasa; Gusti extrae la pistola y hace ademán de dispararle. Pero no le tira. El fogonazo alertaría a sus perseguidores; además ya es demasiado tarde; no le atrae la idea de morir junto al cadáver de un caballo. Telón. Desde la montura del caballo alquilado Tomás saludó al decrépito ex de Belarmino, que avanzaba por el borde de un arroyo. Como si fuera una araña culandrona, daba pasitos laterales para evitar las piedras. Vestía un overol de jardinero, trabajaba haciendo jardines, igual que Belarmino. Pero trabajaba menos. Echaba para atrás, a cada paso, una cabeza calva de forma ovoide. La voz recordaba un cloqueo de bataraza. El pescuezo era demasiado angosto. –Aquí me tiene, azada en mano, pero yo nací para cantar. Sí, me gustan los tablados. Y en el teatro, sí, en las tablas, habría podido lucirme, levantando polvo de estrellas como Miguel de Molina y María Antinea. Intencionales o no, se desataron dos incendios favorecidos por la sequía. Una negra columna de humo sobresalió en las inmediaciones del poblado; otra humareda más vasta y poderosa se elevó desde el confín del horizonte contra un cielo sin nubes. El incendio del bosque cercano había quemado una casa y la mitad de otra. Tomás se metió entre las brasas. Una hilera de gotitas de sudor perfectamente alineadas, todas del mismo tamaño, brillaban sobre la piel tostada de un niño que acarreaba baldes, seguido de otro mayor, hacia los restos que humeaban.
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Entonces, como en esos concursos de belleza en que las aspirantes al trono esperan el veredicto en fila, multiplicando por diez una sola y misma ansiedad, y el jurado lo anuncia a una de ellas, una sola da un paso al frente, así, con esa misma arbitrariedad, se adelantó un mozo oscuro, de llamativa cola de caballo. Recorrieron el costillar de ramas incendiadas, ya medio sofocado el fuego por la banda de niños. Tomás preguntó al mozo oscuro cuál era el mejor camino para acercarse al otro fuego. El “nacido y criado” en la sierra, indígena notorio, se ofreció a transportarlo en su camión de reparto. Era un Mercedes antiguo, que él manejaba, estacionado allí como a propósito para su salida; lo señaló con honesto orgullo. –Si querés, te llevo. Invitado y persuadido, Tomás se sentó en la cabina; practicó el arte de la escucha simpática. –Queda cerca del río Pinto. A medida que se aproximaban, el resplandor resaltó cada vez más grande. Era una puesta de sol fuera de foco, inmóvil, como si se hubiera detenido el tiempo. Ya a punto de asfixiarse, empezaron a toser. Para evitar que el camión se incendiara, el indio lo detuvo sobre un regato de agua. Acto seguido se quitó la camisa; descubrió un

torso chorreante, espejeante, del tono y la cualidad del caramelo. –Estoy abafado –dijo. ¿Qué es abafado? Una palabra portuguesa; le extrañó oírla en la sierra. Repicaba en sus oídos la frase de disculpa, como si él pudiese tener objeciones de que el “nacido y criado” se quitara la tricota; la fogarada destelló sobre el torso que se derretía. Buen humorista, el indio propuso que se acercaran aún más al incendio a ver si podían prevalecer dentro del círculo de llamas; no fue necesario, en ese plan, conservar las ropas. El comechingón sonreía; el motivo del tatuaje, ahora Tomás lo distinguió bien, era un colmillo de lobo; se marcaba o se borraba según girase con relación al fuego. Helos aquí en el aprontamiento de sus placeres repentinamente confesados, con la urgencia de una catástrofe que sirve de ocasión y estímulo.
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Pasando por una ligera depresión del terreno, el pie de Tomás quedó un instante pisando el vacío. El indio lo recogió de un brazo de una manera brusca, le agarró la mano y la llevó a sus genitales. – ¡Chúpatela! Había demasiado poca luz, o ésta era excesiva, según se inclinara o se volviera hacia los troncos ardientes, cuyos lengüetazos, reflejados en los pechos del indio, parecía que los iban a licuar, otros tantos pabilos que ardían y crujían al unísono, mascando la calma y la selva. Tras esa pared vibratoria, tras esa membrana derretida de caramelo Tomás detectó con la palma, de un modo bruto, el corazón, el hígado. Metió un dedo en el ombligo y lo desbraguetó, demorando la paja. Levantó la cabeza para admirar la doble hilera de dientes blanquísimos, el latigazo de la coleta mojada sobre la cola. Mientras desataba, con la mano libre, el nudo de las chuzas, sintió que los coletazos lo abanicaban. Se arrodilló para succionarlo. Los pechos enhiestos del indio temblaban como atravesados por un tiento que los estirase, jalándolos cada vez más hacia el fuego, en un baile del sol, hasta destrozarlos, destornillándole los pezones. Era, sí, el lugar donde él supuso que se abrasarían juntos, como todo el resto. En la mañana que siguió al estrago se encontró con Ema, cuyos campos habían soportado el impacto mayor de la quemazón. Había perdido dos potreros y una avenida de alisos. El fuego tomó una forma más aguda al fondo de una cañada y sobre unos barrancos de considerable filo y grandeza. Disputable, sin embargo, en cuanto al importe total de los destrozos, que todavía humeaban, Ema deploró con particular sentimiento la pérdida de la avenida de alisos, amén de los dos potreros para pastoreo de ganado, en el momento álgido de la sequía. No convenía, por ahora, visitar esos lugares, ni nadie tenía urgencia por constatar las pérdidas. –Para contrabalancear la idea del fuego, démonos un chapuzón en el río Pinto –propuso Ema. Fue aceptada. El hijastro de quince y su hijo de cinco los acompañaban. La carretera se volvía por momentos vertiginosa; daba la impresión de que estaban volando. Interrumpido por roquedales, in36 crustado entre zócalos y laderas abruptas, el Pinto caía en cascadas, chorreaba sobre ollas de piedra, sesgaba todos los montes y se retraía en bolsas y meandros de sorpresa indiscutible. Hoy soltaba una baba ennegrecida por la papilla de los tizones; el lecho estaba completamente negro. A pesar de sus cortos años, el niño conocía el lugar que escogieron como la palma de su mano. Siguiendo un aparente sistema de secreto y ocultamiento, oficiaba de guía para el visitante. Se apartaron de los otros, meandro a meandro, bordeando y atravesando

la corriente. Que él se hubiera ligado a un niño de tal firmeza de temple y buen juicio le pareció una circunstancia afortunada. En un remanso construyeron un canal y un puerto para botes de papel, que adornaban de plumas. Botaban los botes y los sacaban de puerto; éstos giraban entre corcovos, ya presa de los remolinos, o eran tragados por los rápidos en materia de segundos. Una colonia de sapos tan voluminosos que casi parecían chimpancés, lomos cubiertos de verrugas, aparecieron sobre la ribera, a medias bajo el agua. De repente, sin quid pro quo, el niño levantó el espécimen más fino, color verde botella con ojos saltones como lamparillas congeladas. Los deditos apretaban con decisión los flancos gruesos del animal, las patas se debatían en el aire. Tomás se sorprendió de que el niño explorador no sintiera asco; él mismo no se avenía a tocarlo. En la base de su repulsión alentaba sin duda una anécdota de infancia; una pariente le había advertido que la orina del sapo causa ceguera. Cierto: de las glándulas epiteliales de las ranas trepadoras, que viven en las regiones tropicales, fabrican los indios un veneno sumamente eficaz para poner a sus flechas, tan potente como el curare. También el sapo del Río Colorado, el bufo alvarius, posee una ponzoña que ataca instantáneamente el sistema respiratorio de animales tanto o más grandes que el hombre. La muerte es segura. No obstante, el mismo veneno ordeñado artificialmente y puesto a secar en una cápsula de vidrio se neutraliza y da paso a una drástica droga. Desde dentro, el tiempo del reloj desaparece y se hace eterno. El sujeto se desintegra; uno no sabe dónde está ni quién es. El niño contrajo los labios y apretó la panza del sapo. El anuro produjo un chorro abundante de orina, que trazó un limpio penacho
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y cayó en el agua. La mueca de la boca que dibujó entonces la cara infantil le recordó a Tomás la que marcaba su propio abuelo siempre que hacía un esfuerzo. El niño, en cierto sentido, era su abuelo. Resultaba más experimentado en materia de sapos, por lo pronto. Un bando de sanguijuelas, suerte de ninfetas-faunillos que saturaban la corriente, se le había adherido a las nalgas. Para librarse del chupeteo y despegar una por una las sanguijuelas, se quitó el bañador. –Cuidado con ellas –avisó el infante–. Se te meten por el culo y no salen más. Así advertido, limpió los corpezuelos con la mayor cautela y trepó a una roca para secarse. La criatura también se quitó el bañador; seguramente quería comprobar si tenía adherencias y si había cogido huéspedes en la cola. Después se echó sobre la roca, desnudo, boca abajo. Libradas a sí mismas, sus nalguitas inquietaron a Tomás; temblaban apenas, como un doble postre royal, bajo el impacto de la vida. Frente al desparpajo del faunillo-ninfeta, cobró conciencia de su propia lascivia; su mente entró en la perturbación que la perplejidad repentina de sus emociones había creado. Consciente de que Ema y el hijastro adolescente se preguntarían la razón de tan larga ausencia, se incorporó y le pegó un tinguiñazo al niño en la espalda para que se espabilara y lo siguiese. Al confrontar al quinceañero, que permanecía solitario, la espalda contra una roca, masticando una pajilla, se volvió consciente de un secreto incómodo. El quinceañero posó sobre los recién venidos una mirada grave de la mayor concentración, que Tomás registró entre caliente y torva, condenatoria por despecho; y soportó su aguijón con estolidez. Ema, la verlos, traicionó inquietud, que su tacto le impedía por cierto verbalizar. Con una mano se ajustaba automáticamente la malla sobre el muslo izquierdo. Noches más tarde Tomás fue invitado a cenar. Mientras servía

el locro, en medio de una conversación que se refería a los comicios agrícolas, Ema mencionó, como al acaso –o recordó de pronto– haber tenido un sueño en que Tomás aparecía. –Mi hermana, que es lésbica, aunque la última temporada aquí mantuvo un affaire con el propietario de un campo vecino, vive en Boston. Cada sorpresa tiene su anunciador; en el sueño ella volvía
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de Boston y me acusaba de no entender la nueva moral: “Desde ahora, dijo, en la línea de vida que favorecemos, o que deberíamos favorecer, infinitamente la más interesante y recomendable: se permite hacer el amor a los infantes”. Estabas presente. Entonces te pregunté cuál era tu opinión acerca del asunto. No respondiste directamente. Pero comentaste: “Lo que hago, lo hago por cariño”.

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La muchacha, de preñez avanzada, jugaba a las cartas con el oriental de ojos llamativos y shorts justos, de nombre Eduardo, que se hospedaba en el garaje de la casa. Tomás llegó de improviso en la moto de Guido, un camarada; fueron invitados por la muchacha a “tomar la leche”. Desde un ángulo de la mesa estudió los ojos de Eduardo, que rehusaba devolver la mirada: esa zona fúlgida en el cristal convexo añil, comparable a una canica –también al ojo de un avestruz que hubiera devorado esa canica– más un “horizonte” desvaído, de gouache sobre papel poroso. Terminada la partida de cartas el oriental se sentó bajo la pérgola. Las uvas colgantes –translúcidas como las pupilas– estaban madurando. Tocaba guitarra en un conjunto completado por el fratello –que favorecía chalecos abiertos que descubrían el pecho bronceado, usaba barba tupida que disimulaba dientes irregulares– y la novia del hermano. El lampiño Eddy llevaba siempre shorts cortísimos, tan ajustados que, al verlo por primera vez, Tomás pensó que se trataba de la amante de su propio hermano el barbudo. Ambos venían de Nueva Helvecia, cerca de Colonia Suiza. Al regresar al comedor para una partida de conga, mientras oscurecía y bebían té de tilo, Tomás mencionó a un amigo que vivía en Nueva Helvecia; tropezaron con el nombre de Nelson Vargas.
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–Murió hace tres meses, picado por una araña – le informó Eduardo. Transmitía el deceso sin exhibir ninguna emoción, como si el propio sentimiento por la persona hubiera disminuido hasta nulificarse. Mudo unos instantes, Tomás consideró la amistad de juventud que lo había unido a Nelson. No pudo evitar que el impacto de la noticia repercutiera sobre su transmisor; por eso le chocó el talante impasible de Eduardo. –¿Apenas lo conocías? –No, lo visitaba en su casa una vez por semana y hablábamos con frecuencia; me prestó varios libros. Todavía conservo uno en la mochila. Dice así: En la rama del laurel vi dos palomas desnudas la una era la otra y las dos eran ninguna; vecinitas, les dije ¿dónde está mi sepultura? Una alianza instintiva, para siempre, no agresiva, contra o ante el mundo, llevó a Tomás a admirar el shorts blanco de Eddy, que volvería a lucir inmaculado por la mañana. –Te explico mi dirección, pasás cuando quieras a visitarme.

Eduardo era huérfano, aislado, de una pobre elegancia artesanal. Y esa condición solitaria, que suele deprimir cuando afecta a virtudes mal distribuidas, en su caso, al contrario, daba a su talento un carácter especialmente atrayente, como el que de pronto poseen ciertas piedras, genuinas pero poco requeridas, que por un golpe de fortuna dejan el morral del artesano y pasan a lucir sobre la carne viva que decidió exhibirlas. Un chaleco peruano, una golilla, surgió una tarde montado en su bicicleta de chatarra, callado, fantasmal, a tomar mate, con un título que autorizaba vagamente a educarlo. Ya habían vaciado tres termos cuando el anfitrión, ubicado a sus espaldas, levantaba las manos para posarlas sobre el cuello del invitado. En ese instante Eddy se incorporó, anunció que se marchaba. ¿Timidez, parquedad campesina, desabrimiento?
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“Es la lluvia”, pensó Tomás, y echó el auto contra el temporal con el propósito de retribuir la visita de Eduardo. Lo consideró como una mera lluvia, pero era el primer chaparrón que rompía una sequía de ocho meses. Bajo el hervor del aguazo, vigorizado por él, rumbeaba hacia el garaje de montaña donde vivía el guitarrero. No había imaginado lo amargamente violento del diluvio. Debió parar en varias ocasiones para remover ramas y hojarasca arrastradas por el vendaval; avanzó como pudo entre correntadas salvajes y vegetaciones que invadían la carretera. Ese trayecto, que de ordinario duraba media hora, le tomó, en tales circunstancias, hora y media. Frente a la vivienda de Eddy una araucaria, la más alta conífera del predio, había sido partida por un rayo; embistió heroicamente una columna del alumbrado, que cayó a su vez y arrastró los cables que traían electricidad a la casa, causando un apagón. Eddy salió de la cabina y dio unos pasos vacilantes, con fuerte viento en la cara que lo azotó de lluvia, como si estuviese a bordo de una chalupa en el embudo de un tifón, se acercó y lo besó en la mejilla. Instalados en la cochera, encendió una vela roja; las siluetas se proyectaron como félidos alargados contra las paredes amarillas. El agua repiqueteaba sobre el zinc, los chorros retumbaban por los desagües. Ocurrente y didáctico, Tomás comparó el garaje construido en 1930, donde caía el aguacero con mezcla de granizo, entre un murmullo de ríos que enviaban los cerros, con la gruta agreste donde Dido y Eneas se vieron obligados a tomar refugio, una noche de tormenta, en medio de una cacería. Era así: –Los cazadores rodeaban el bosque con mallas; anhelaban que entre los rebaños mansos se les presentase un espumante jabalí o un rojo león descendiera frente a ellos de la montaña. Pero la diosa aulló en lo más alto; desencadenó una borrasca capital que precipitó a la reina de Cartago y al caudillo de Troya, perplejos y sanos, en una boca de lobo; esa abrigada felpa protectora los unió en connubio firme. Se habían quedado sin música a causa del apagón. Bajo los maullidos del viento, Eddy leyó unas líneas que había encontrado en una revista:
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–“Corderos inocentes. Todos con faldas, asexuados, un magnífico maullido epiceno. Sexo con suspensorio, con acompañamiento en si bemol.” No tuvo que trasponer la mano encima de la almohada, ni acariciar la nuca del Eduardo, para espantarlo. Bastó que recitara: “De las sagradas puertas los resquicios,/ y huecos más propicios,/ que capaz a su intento le abren brecha...”, para que, avisado por un radar, el joven se incorporara en dirección al “piano”, un pequeño

teclado que tenía en el rincón. A partir de entonces se cruzaron, confusos, como fantasmas de panteras grises sombreando las paredes. Dada la situación, Tomás no podía regresar a La Cumbre esa noche; Eddy se vio forzado a invitarlo a pernoctar sobre su propio colchón. El invitado se durmió enseguida, pero lo despabilaron los truenos. La vela se había consumido. Las luces de los faros de un coche que doblaba el recodo proyectaban contornos de linterna mágica sobre las paredes; pero nadie sabía nada acerca de la hora. Las ramas chicoteaban los muros. Surgió en el cielo, no el exterior de la tormenta, sino uno de él, o de él y de Eduardo, con la convicción probable de su indiferencia, un proyector, un faro; el haz subía y bajaba sobre las olas con efecto muy deseable; como un sol diagonal caía desde el mástil, horadaba lo negro, descubría la sábana blanca de la espuma encima de un grumo de tirabuzones gris pálido en hilera deslizándose con nerviosa rapidez. Cuando despertó –ya había amanecido– Eduardo se inclinaba sobre él en una especie de aleteo y maravilla; lo miraba fijo. Ninguno de los dos dijo nada, ni había para qué. La incomodidad, la tirantez, fue superada más tarde, se disolvió con el té. La energía eléctrica estaba restaurada. En una mezcla de agravio y buen espíritu, demasiado feliz para su propia seguridad, Tomás le pidió que pusiera música. Afuera las madreselvas, el rosal, goteaban; los pájaros piaban; el sol, una yema batida naranja oscuro, despuntaba entre los cerros. El perro asomó el hocico por la puerta entreabierta con la esperanza de compartir el desayuno. Entonces escucharon un tema de Motley Crüe:
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She’s got an alligator bag top hat to match dressed in black on black she’s got a Philipino girlie. –Traducime, por favor –pidió Eduardo. Cada tanto, con aprensión y expectativa mezcladas, Tomás viajaba a Montevideo. El trayecto por tierra, más el trasbordo a la otra orilla, exigían preparativos y tiempo. Esos viajes interrumpían, más que ayudaban, los prospectos de trabajo continuo y fructífero, pero también es cierto que adelantaban sus asuntos. Volvía no sólo intacto sino depurado, como si ese período de hibernación, además de conservarlo, lo hubiera limpiado del nerviosismo, el miedo, las vacilaciones, los escrúpulos, la necedad, toda esa hojarasca de vicios que siempre lo había malogrado. En cuanto desembarcaba y entraba a su apartamento, el contestador le trasmitía los mensajes que habían dejado entretiempo tanto José como Julián. No lamentaba verlos. Su mente estaba en un estado de vaivén pero sus modales eran encantadores. Apreciaba el disfrute de estar con ellos; primero convocaba a José, para que le contagiara la buena disposición y chispeante alegría de su persona. Era un preparativo excelente para invitar al otro más tarde. Esperaba que Julián aceptara su convite sin retractarse. Una vez aplaudido e inspeccionado el semisordo, podía enfrentar el álea de una entrevista con la Gorgona. –¿Este sitio queda vacío cuando no estás? –preguntó Julián, de sobremesa. –No. Un primo de Tacuarembó viene aquí cuando no estoy. –Mentira. Un mes tras otro encuentro las mismas revistas regadas por suelo, abiertas en idéntica página, con la misma idéntica

exacta foto que la vez anterior. –¿Por qué te interesa saber si el apartamento queda vacío o no? ¿Me lo vas a pedir en préstamo para usarlo como bulín? Le hizo gracia la palabra bulín, antigua y en desuso.
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–Está bien, no me prestes tu “bulín” –concedió, magnánimo–. Hay electrodomésticos que podrían ser robados. Pero deberías dejarme la llave del chalet de tu tía en Parque del Plata, para que vaya con mis amigos. Allí no habrá tanto para afanar, supongo, especialmente en invierno, ¿o sí? El que considerase esa casa –con intención de desvalijarla o apenas divertirse– no para encontrarse con él, sino para complotar con otros, lo mortificó. –¿Sabés que cumplí dieciocho? –¡Había cumplido la mayoría de edad en su ausencia! –Bueno; al menos ahora no me denunciarás por violador de menores. Con cada sacudón Julián reacomodaba la peluquería, que lucía ilesa, subiendo y cayendo armoniosa ante cualquier transporte de los sentidos o la mente. Decidía cuándo mojar los labios, cuándo cambiar el disco, cuándo recostarse en la cama; era un impecable maestro de ceremonias. –¡Tom, Tom, Tom! ¿Qué estás haciendo? ¡Me contagiás tu calentura! ¿Por qué necesitaba contagiarse? ¿El encendido acaso no atizaba desde dentro, desde la médula, desde donde sobreflota, a partir del perineo, un aura de acepciones, pelotas de rastrón que rebotaban en las esquinas de la cancha? Iba a responderle: “Vos me contagiás la tuya”, para devolverle las pelotas; pero se contuvo. No necesitaba que Juli lo encendiese con ningún masaje. Él se excitaba solo, no más verlo. ¿Había hecho “pala” antes de venir? El zarpe lo volvía locuaz, aunque nunca perdía el tapujo que concernía sus maquinaciones y andares. Después de fornicar, peroraba exaltado: –Podríamos tener una relación, ¿no te parece? ¿Qué? Ya tenían una “relación”. Con los ojos bien cerrados Tomás se colgó de esa frase. “No: no habla en serio, no dice la verdad, por algo hizo la proposición entre risas.” Ya tenían al menos un enganche polinizante por así decir, que contaminaba de un polen que venía desde más allá, desde otros pájaros y flores, entrelazamientos anónimos, previos o concurrentes, ¿quién podría determinarlo? ¿Y qué era Julián? No un ingenuo,
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podía suponerse; no tenía ideas demasiado estables con principios buenos y serios que colocaran su felicidad en los afectos y tareas de la vida doméstica. Por espurio que fuese su planteamiento de una “relación”, por hipócrita que resultase su uso de esa palabra, Tomás no estaba dispuesto a cerrar el compás de la pregunta, ni a descartar la sugerencia con una frase cínica. Él sí quería una relación. Pero prefirió no responder. Oficialmente estaba dormido. –Por cierto yo mantendría cierta libertad – agregó Julio después de una pausa. –¿Libertad para acostarte con otros? –aquí Tomás no pudo contenerse: era el núcleo del asunto. –No. Esa negación, suspendida en el aire del cuarto, le pareció a Tomás el índice más preciso de la mala fe del otro; lo que sabía, o mejor, conjeturaba acerca del perdulario le hacía suponer que no dejaría de aprovechar su ausencia para trabar historias con cualquiera; tampoco necesitaría su ausencia para tenerlas. Dejó el tornillo sin retorcer. Si hubiera intentado acorralar a Julieta, habría caído él mismo

en una trampa, habría traicionado su inquietud, habría terminado preso de la falacia. Pérfida o no, la “declaración” del mozo rindió un suficiente margen de agradable expectativa, tuvo sobre Tomás un efecto concluyente. Y desde ese momento pasó a considerarse en su fuero íntimo “comprometido” con él, una “novia de guerra” a quien, durante permisos cortos, visitaba desde su campo de maniobras. –Estás bien, estás bien –repetía, risueño, el chaval–. Sólo hay que suprimir tus patas de gallo –estiraba la piel de la sienes del recluta con un dedo. “Estás bien” se basaba, si no en la sinceridad del afecto, al menos en la felicidad del disfrute. Un inasible “compromiso” le dio a Tomás alas para atreverse a mayores. Por enésima vez le solicitó el favor que hasta ahora le había negado –darse vuelta– con excusas tales como: “Probé una vez, pero me duele”. Julián no dejaba que lo “comiese” –entendió– por dos posibles motivos: a) para no desencantarlo al romper su imagen de macho (si no se había dado cuenta ya que eso a él, como mínimo, no le importaba); b) hacerse valer, hacerse rogar, en definitiva ¡cotizarse!
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–Te doy doscientos si dejás que te coja –no se lo había planteado hasta entonces en términos desnudos, porque le parecía humillante para sí mismo pagar un precio. Ahora, ¡joder!, la oferta del remate tuvo un éxito instantáneo. Durante el acto que aconteció con pasmosa facilidad Tomás tuvo la impresión de que le estaba haciendo un hijo. El pasivo le pidió por burla que lo repitiera una y otra vez; ¿pensaba que no se le pararía? (ya no era un guacho). Para sorpresa del burlón, Tomás quedó empalmado y acabó cinco veces y siguió bombeándolo a destajo hasta que Mr. Coolo dijo que era suficiente. –¿Tu hermana es parecida a vos? –Sí, pero usa un corte estilo paje. Era dos años mayor, su doble femenino, aunque más sobria, con el pelo más corto. Soltó otros datos: tenía tres hijos, tres inditos; abandonada por el padrillo, se había refugiado en la casa materna. –Me gustaría tener una ametralladora para matarlos a todos menos a la vieja. –¿Por qué? –Se aprovechan, le piden plata, la usan; va a cumplir cincuenta, ha fregado pisos toda la vida, debería descansar, en cambio tiene que sacarle los mocos a los mocosos, cocinar y lavar ropa. Mi sorella ni se molesta; sólo persigue a un vecino casado; le entrega la llave para que entre de noche. –Él, ¿sube por ella o por vos? Esa mañana, al levantarse, compartieron un gramo de merca. Había envejecido y estaba un poco rancia, porque Tomás no era un consumidor regular; tuvo, no obstante, un efecto drástico sobre Julio, que revivió con vehemencia sus conflictos domésticos. –Con mi padrastro no nos hablamos, es un ordinario, le avergüenza presentarme a sus colegas a causa de mi aspecto, me acusa de ser afeminado y de no querer trabajar. Amenaza con hundirme en la zanja de donde él viene; ¿qué haría yo allá abajo, entre palada y palada, servir el té? Tomás le apretó los cachetes: –Julito: tengo que irme. ¡Lo había llamado por primera vez “Julito”!
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Cerró el bolso. El taxi lo esperaba para llevarlo al embarcadero: –Es lo que puedo darte por ahora, el resto es para mi viaje. ¡No le exigió los doscientos que él le había prometido por clavarlo! (Aunque, es cierto, habían compartido la merca...) En el buque

se desplomó. Nada lo distraía: ni el video acerca de una cantante tetona, ni la lectura de los diarios acerca de la traqueotomía, infección urinaria y fallecimiento de un Papa cada vez más feroz, más vitriólico, reducido por fin al silencio. Se encontraba convertido en vapor, embargado, alzado... Se atiborró de cerveza para neutralizar el pico de arrebato y la reminiscencia rayana. ¡Volver a la sierra justo ahora, después de haber traspasado esa colina, agujereado ese hondón! Curioso: se había mudado a La Cumbre en primer término para distanciarse y trabajar libre de añagazas. Nadie lo robaba, lo vigilaba, lo abandonaba. Sólo él abandonaba, intermitente. Había inventado una vida paralela; ese doblez lo escondía. Juzgada con la vara drástica de la ortodoxia, la intromisión de Montevideo, con sus detalles de color y su peculiar temperatura emocional, podría haber propiciado una recaída, con todas sus consecuencias: vulnerabilidad, vuelta a cero. Y aunque pareciera escapar, lo malo de ese esquema de vida es que La Cumbre se ponía solitaria por las noches. Tuvo un impulso salvaje: reírse. Pero se reprimió, y una fracción de segundo después el asunto le pareció tan razonable y tan diáfano. Otros, para ser otros, se aventuraban en mundos de lo más amenazantes: viajaban miles de kilómetros, se perdían en países insalubres. Aprovechó sus viajes periódicos a la ciudad de Córdoba vinculados con su trabajo para visitar, de madrugada, un sótano llamado El Andarivel donde siempre encontraba, trepado a su taburete, los codos sobre la barra, al mismo aterciopelado taxi-boy. Jamás lo sorprendió con otro cliente; pero no se engañaba ni derramaba lágrimas de ternura. Era indio, pero cualquier semejanza con el “piel roja” debía ser descartada. En verdad no eran parecidos. El cordobés tenía la cabeza cuadrada característica de una variedad aborigen de la sierra. Se rapaba los parietales y un pena 47 cho fofo le caía sobre la frente. El pabellón de la oreja aparecía cribado por un semicírculo de brillantes (¡un precioso signo de pregunta!); sobre el lóbulo destacaba un diamante del que pendía una cadenilla; colgando en arco, como la de un cerrojo, se abrochaba por el otro extremo a la aleta de la nariz. Se instalaba en el bar como un cangrejo ermitaño, traía su propio repertorio de música ambient que pasaba para entretenerse en los ratos de espera. Después de una módica conversación y un par de tragos, iban al mismo hotel que el indito sugería. Su desempeño, por cierto, resultaba impecable. Tomás disfrutaba cada segundo de servicio experto. En sus contorsiones, en sus meneos, el taxi impartía un toque de gracia flexible si era penetrado, y bien que lo era. Carecía sin embargo de un recorte característico, de una singularidad que lo distinguiese más allá de cortesías meramente profesionales. La ejecución no distaba mucho de una clase de aerobismo. Al despedirse, solía entregarle a Tomás una tarjeta para la disco del sábado a la noche, pero éste carecía de entusiasmo por la convocatoria y no se presentaba a la cita. Pasado el mes, volvió, puntual, a Montevideo con ganas crecientes de ver a Julián. Le telefoneó pero no estaba. Telefoneó a José; no lo encontró tampoco. Para combatir su reacción de pánico acudió a la disco donde había conocido a ambos. El boliche se encontraba en decadencia y casi vacío. Observó a un bailarín perseverante y único, reducido al presente, y a esa forma particularmente reducida del presente que son los caprichos y las contrariedades del cuerpo; era a su manera un fundamentalista de la actualidad, para quien pasado y futuro no resultaban sino ficciones nocivas, diseñadas con el único fin de corromper su ensimismamiento.

Nunca el sonido de la música había puesto a Tomás tan alegre; quería retribuir la gentil exhibición del desconocido y lo invitó a beber. El otro no se sorprendió. Estaba demasiado ocupado ejecutando sus rutinas para gozar de la distancia que exige la sorpresa. –¿Nos sentamos?
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–Me llamo Gaby. Completamente desgastado a esa hora, el que había sido pareja del dueño se entrometió en su mesa y empezó a quejarse ante Tomás de maltratos por parte de ese señor –el dueño, abocado, en tal precisa coyuntura, a la quiebra. –¡Ah, chiche bombón! –celebró, cuando Tomás lo incluyó en la rueda de tragos. “No te ciegues a ti mismo, ya elegiste al bailarín.” Gaby no se cocía al primer hervor, pero hacía un lejos gallardo. De cerca era pasable. Lucía un ostentoso rubí en el meñique. Trabajaba de enfermero en un hospital infantil. Munidos de una cerveza, regresaron a la casa. Gaby se abrió de piernas a la menor insinuación. No dejaba que el partenaire sustrajese el órgano después de haber culminado, obligándolo a pelechar en pastoreo dentro del continente para ganar el tiempo de un nuevo engorde. Boca abajo en la cama, volvió la cabeza, lanzó una carcajada y dejó al descubierto la íntegra cavidad palatina con una muela completamente negra. A fin de desembarazarse de él a la mañana siguiente Tomás pretextó un almuerzo de familia. Una vez solo, telefoneó a José y a Julián. Tuvo suerte. Encontró a ambos, felizmente desocupados. Vendrían en el día mismo: José en el turno de la tarde, Julián a la noche. Si Julián le fallaba, al menos volvería a la sierra habiéndose revolcado con dos sustitutos. Sinceramente interesado, su corazón iba volviéndose menos aprensivo y más ligero. Encontró tiempo para desempolvar, dio al ambiente un toque más “vivido”, que volvería plausible la estadía interina, durante sus ausencias, del pariente tacuaremboense. José apareció vestido de “gato con botas” –con un par de caña alta y punta cuadrada, estilo bucanero– lentes oscuros, cinto de pesada hebilla Harley Davidson a falta de moto marca ídem. Harley Davidson había crecido; era un chivato con futuro de bastón floreciente. El vello, hoy, le arponeaba la cara. Se había ennoviado –contó– con un modisto que encargaba trabajos a su madre costurera. Motivado por celo profesional, trazó unos esbozos de varios diseños de prendas novedosas.
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Al cabo de dos horas se durmió. Pero ya se acercaba el turno de Julián. Tomás tenía el tiempo justo para despertar al semisordo, echarlo, y prepararse para la visita. No fue fácil; un par de vigorosas sacudidas no alcanzaron a despabilarlo; emergía a medias de ese otro mundo y no entendía la urgencia de su anfitrión. Más que con la boca, interrogaba con los ojos hinchados. Sus chillidos de pájaro no adquirían aún la forma de palabras. –¡Mis tíos me esperan a cenar ya! Lo desalojó como pudo del colchón, lo vistió, lo peinó, lo roció de perfume, le calzó las concluyentes botas y se despidieron. No terminaba de cerrar la puerta cuando sonó el timbre. ¿Había olvidado la cartera? Se asomó al balcón. Era Julián. Llegaba puntualísimo. ¿Había visto salir al bucanero? Ese ritmo frenético, la conciencia del entrenamiento, un récord para sí mismo, su ejercicio de contabilidad cotidiana le daba valor a Tomás para enfrentar al campeón más relajado.

Se echó agua en el morro, apaciguó los ojos irritados con unas gotas de colirio, se lavó los dientes. Tenía la cara roja pero la mente clara. Había esperado un mes para esto. Por lo común desdeñoso, Juli se mostró efusivo y dicharachero. Sin duda venía de inhalar su gasolina. Inquiría acerca de las aventuras del montañés de Córdoba. Tomás se vio obligado a inventar lances con hippies entre los surcos donde crecían melones, una guerra de los huertos en San Marcos Sierras. –Ah, ya sospechaba que tenías algún motivo para quedarte allá arriba – comentó con expresión pícara. Salieron a comprar helados al mismo negocio adonde había acudido rato antes con el bastón florecido. El vendedor le lanzó por lo bajo ojeadas tangentes. “Aún de vos podría difícilmente creerse que tanta variedad se te ofreciera en un solo día”, le pareció que implicaba. “Ah, señor”, le habría contestado, “si otros jóvenes son en absoluto como yo considero que es éste, pensaría que se me han concedido cinco en uno”. Juli estaba en una disposición cualquier cosa menos pacífica. En el trayecto de vuelta a la casa bisbiseaba observaciones de cómico veneno acerca de los transeúntes; a veces se les reía en la cara. La
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droga metabolizaba adrenalina, espoleaba un comentario constante; pero Tomás, como los sordos, no lo escuchaba con las orejas; captaba la turbulencia de la voz a través del envoltorio eléctrico de su cuerpo, registraba en el empuje de la red de sus terminales nerviosas la bocanada de irrisión por parte del coquero y recibía noticias acerca del calibre de su energía. Más que bailar, giraban impetuosos sobre el parquet del living, se arrojaban mutuamente contra los muebles. El joven era más agresivo; a veces lo volteaba, a veces lo esquivaba. Sacudido por las vueltas, como el fetiche que en verdad era, el pelo volaba por su cuenta. Tomás tironeó de esas alas; se adueñaba de esa prótesis monstruosa, infibulada, quién sabe por qué, como un injerto absurdo que no guardase ninguna relación de correspondencia con su punto de apoyo, el cráneo del muchacho. Julio ya no posaba de “chongo”. Nunca había sido enfático en la pose, pero ahora los roles se intercambiaban. Ser poseído iba “mejor” con su “naturaleza”: eso prefería pensar Tomás en ruta hacia el dormitorio. Recibía una impresión inmediatamente favorable de su galán. Sus ojos absorbían la verdad en los de él: todo lo que le estaba reservado de óptimo en sus experiencias pasadas, y aún por conocer, era a la vez honrado y hacedero. Como una mosca que huele un charco de sangre, Tomás no podía acreditar tanta fortuna. La nariz maya, los pómulos de garbanzo, el pelo de colla peruana, el tambor del mínimo abdomen con esparcidas tachas chocolate, Julio era un “prisionero”, entrenado para bailar y tocar la flauta el día de su propia faena, borracho como un gallinazo al que plantaron un embudo en la garganta a fin de amortiguar la inconveniencia del degüello. Subía a una pirámide enana junto a un cenador; subía al son de l’escalina, pero rompía las flautas que él mismo había tocado, escalón por escalón, durante su final ascenso. La crencha superlativa azabache con ondulaciones art nouveau, la perfección chata del planismo en los dibujos del cuerpo de un códice maya, describían su propio sacrificio. El dechado, que era para él un objetivo a largo plazo, crucial pero remoto, lo alcanzó muy pronto. Dentro del autobús en que volvía a La Cumbre, oliendo a otro champú, vecina a él, Tomás
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adivinaba la guedeja de un extraño, un casual compañero de asiento;

antes que verla, la olía. En un giro animal el durmiente desconocido derramó las huascas sobre el hombro de nuestro protagonista. Una mecha abrevó en el vaso de té frío que sostenía por inercia en la mano. A ratos el compañero de asiento se dormía, a ratos se despabilaba y él oía su respiración alerta. Las manos de ambos, por un movimiento de amistad creciente entre sus partes, se tocaban sin querer. Casi boca a boca, respiraban; el dueño de los cabellos lo sahumaba con su aliento. Al borde de esa catarata cuya veneración lo tornaba grave, Tomás se prometió que ésta era la última vez que se despedía de Juli para marchar a la sierra. Le parecía descabellado residir en un lugar tan remoto del polo de su interés, tan apartado del sueño del caballo propio. En los cerros no lo esperaba nadie. Disfrutaba, con todo, de ese empuje anónimo, traspasado de actividades que no le concernían en directo, una vida que se articulaba con o sin él. Pero las preguntas apremiantes, y aun algo más que apremiantes, lo obligaron a concretar de nuevo la gran maniobra que realizaba periódicamente. Eran las fiestas de fin de año. Pensó pasar al menos tres semanas en Montevideo; por lo tanto, en vez de tomar el ómnibus, viajó en la camioneta: era lo que Julián le había pedido. Un jazmín del Cabo, a su llegada, le dio la alarmante noticia: el verano estaba allí. Capullos cabezones se apretujaban detrás de una verja, rodaban sobre las baldosas, eran pisoteados por los perros, aumentando el sofoco, espesando el remezón del mormazo, un aroma que mareaba, casi un castigo. En vez de suspirar y moralizar sobre los anchos bordes de su especulación, en vez de notificarse ante Gaby y José, los brigadistas de auxilio, concentró, con sentido verdadero y firme, su impulso en el “cautivo maya” y se comunicó con él. Para su sorpresa, Julián respondió picado de celosía: –Mirá que sos rápido: cuando estuviste aquí la última vez –por un plazo tan breve, apenas unas horas, según decías – encontraste tiempo para acostarte con un enfermero que se llama Gaby. –¿Cómo supiste? ¿Quién te dijo?
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–No importa quién me dijo. –¿Serás vidente? El acusador rió; al menos lo había hecho reír. –Un amigo de Las Piedras, Marcelo, que se dedica a las cosas de religión, conoce a ese otro, Gaby, que vive también ahí en Las Piedras y tiene en la casa un templo de quimbanda. Marcelo me mostró una foto de él; aparece teñido de rubio, disfrazado de Pomba Yira. ¿Cómo te las arreglaste, cómo encontraste tiempo, si sólo te quedabas una noche y salías pitando? Tomás no supo si alarmarse o alegrarse. ¡Quién aclara una mala reputación! Los celos, en cualquier caso, lo halagaron. Faltaba ver si Julián se vengaría. Esa noche se vieron en la plaza de Colón, el barrio alejado donde vivía. Nunca lo había ido a buscar ahí antes. Un olor a campo, en ráfagas provocadoras, se mezclaba al de los combustibles del camino. Cuando se encontraron pensó que era tiempo razonable para satisfacer una curiosidad: –¿Dónde queda tu casa exactamente? –Prefiero no decirte. ¿Por qué se negaba? ¿No le tenía confianza? La negativa bastó para que Tomás se encaprichase. Le había abierto las puertas de su casa; de sus alacenas, de los roperos de su dormitorio. ¿Con qué derecho el rufián le negaba la suya? En verdad no había tenido verdadero interés por el dato, su pregunta había correspondido a

una deferencia cortés. Pero la negativa de Julián lo desconcertó e hirió su amor propio. –Viniste a casa muchas veces. ¿Por qué no puedo saber dónde vivís? No pretendo entrar, no te preocupes; no tengo el proyecto de tomar el té con tu señora madre. La fierecilla cedió al reclamo, pero sólo en apariencia. Nombró cierta calle, cierta plaza, señaló cierto chalet. Tomás se dio cuenta de que mentía. –Hace meses me contaste que vivías en un gran bloque para familias necesitadas. No sin habilidad el joven retrucó que los apartamentos eran todos de planta baja, edificados en hilera en el sector trasero del
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terreno; resultaban por lo tanto invisibles desde la calle; los tapaba el mediano chalet residencial que daba al frente. La explicación no convencía. No obstante, superado por tales argucias, el chofer renunció a insistir y decidió olvidar cualquier litigio. –¿Siempre estás así, tan alegre? – preguntó el misterioso, en un tono de cuasi reproche. ¡Parque del Plata! Casi un año antes ya lo había invitado y desinvitado. Pero esa nube inicial de malentendidos, esa selva de prevenciones, se diluía, mes tras mes, aunque nunca se disolvía del todo. Ahora, al empezar el verano, centro y culminación de su tentativa, le apeteció compartir con el otro el mismo aire de mar. Tomás no era un hedonista. Creía que una tuna, por ejemplo, propone un problema. Pero todo era ahora, ya, aquí un mundo miope, inmediato, cuyas leyes toleraban sólo un tipo de dilación: el preámbulo. Un techo espacioso entregado de un solo golpe, un pulmón de pronto ensanchado, y cómo tales cosas deben ser sentidas, entre los canteros de tunas y los laureles de Parque del Plata. A ese hábitat ya había llevado a un antiguo amante, en la época chorreada de la gomina; con la lengua, ése le había dejado la espalda iridiscente, como si su saliva fuese baba de caracol. Había aportado una tajada de cumplimiento al espesor de los veranos; pero el precedente no estorbaba esta nueva circunstancia; más bien la volvía plausible. ¿Prevalecería el impulso de declararle su afecto? En caso de no ser correspondido, quedaría prisionero de su verdugo hasta la vuelta. “Vamos, espero poder pilotearme bien.” Compartirían allí un par de noches. Se afirmaría un lazo, si éste existía; o se formaría uno, si no había nada. La cárcel de amor, el emblemático castillejo, derrumbado tempo ha. La cárcel nueva era la misma, pero tenía otro nombre: “¿Ilse?” No: Julio, Juliana, Ana. La idea que siempre había estado allí, como todo lo necesario, encontraba una coyuntura en el terreno de las realizaciones, una contingencia cuyo asidero no dependía sólo de él. Una columna de fuego, torcida por la ventolina, quemaba los
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escalones de caracol. ¿Treinta, cuarenta y nueve escalones? No importaba el sofoco ni achicharrarse dentro de la torre. El tiempo, en la playa, fue de lluvia y viento. Ocurría lo siguiente: no sólo la imagen del amado se hallaba destrozada desde hacía años en el recuerdo sino que también los ojos, fuertemente astigmáticos, de Tomás, reflejaban en ambientes opacos, y más todavía en momentos de emoción, los objetos vistos en planos al principio borrosos, así que Juli hasta ese momento no había tenido ningún rostro todavía, sino sólo una grácil figura en la que se destacaban las bolas de ámbar oro viejo; tan grácil y aniñada

como era esta figura, era sólo aniñada en apariencia. Pero ahora su cara traspasó la mancha vacía como si llegara de lejanas distancias, como si alguien moviera con torpeza la ruedecilla de unos gemelos para acercar y ver distintamente un objeto apartado. Primero apareció dentro del lente todavía opaco el cabello, oscuro como la noche, liso, pegado al cráneo y partido con raya al medio. Luego se abrieron paso los ojos, aquel violáceo azul negro de alquitrán mojado. Ese rostro sólo se parecía a la traducción de la imagen perdida, al lenguaje de otra realidad tercamente callada y serena; ningún pensamiento había detrás de esa frente que no se hallase en consonancia con todo su ser. O así le parecía. De pronto se introdujo otra luz más clara desde una pantalla rasante, alternaba bandazos de color, veía un contorno de plantas en la aureola de una particular calígine. Fue como un suave salir al encuentro, un ligero triunfo. La música empezó una rumba sacudida, ruidosa y con ella un cariño de corto aliento pero loquísimo. Sintió que sólo ahora iba a reanudar aquello en el punto en que hacía años lo interrumpiera tan vilmente. Aquello de que uno deba arrepentirse sólo puede perdonárselo uno a uno mismo. Pero antes de haber concluido la rumba ya se había perdonado. Chiche, su invitado, se contoneaba, la crin ondulaba sobre la espalda como la cortina del templo sacudida por un soplo del espíritu. El pez axolotl, atornillado entre los glúteos, abrió los ojos entre grumos de sarro verdinoso, levantó sargas rasantes de un fondo siempre vivo, siempre de parados. Propelido por el pop del radio levantaba al compañero por el tronco, manejándolo desde el pez
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ciego que hoy, nuevamente, tenía ojos en la tiniebla. La boca del pez escupió, al revés del calamar, una nube blancuzca y Julito con los glúteos pegoteados de gluten se desvanecía. Ocupado en él más y más buscaba alrededor algún modo de serle útil. Condujo en medio de la oscuridad hasta la estación de gasolina en busca de condones. Al volver, confundido por los barquinazos, no alcanzó a distinguir una piedra grande, medianera, y la embistió. Se hundieron el guardabarro izquierdo y la careta, el farol se hizo añicos, la hélice tras el radiador se atascó. En tales condiciones resultaba imposible conducir a Montevideo, como tenían pensado, a la mañana siguiente. No le quedó otra opción sino llevar el coche a un garaje de reparaciones. Habiendo examinado las abolladuras, el chapista dijo necesitar cuarenta y ocho horas para concluir el arreglo. –Ya quedé en cenar mañana con unos amigos –se excusó Julio–. No puedo quedarme. Insistí para que organizaran esa comida. No les puedo fallar. –No hay problema, pescás el bus en la ruta. Te acerco en taxi hasta la parada. –Pero no –dijo el travieso después de pensarlo un rato–. Me quedo con vos. Fuera cual fuese el motivo que le había hecho cambiar de idea, tal fidelidad conmovió a su anfitrión. El accidente era una gracia disfrazada; por esa causa permanecerían juntos, anclados en el balneario, cuarenta y ocho horas más. “Es mi último recurso, señores.” El torreón de Villa Elsa daba acceso a una azotea con vista al mar. A la hora de la tarde en que subieron, unos bloques de pizarra metamórfica acerada se zambullían en el agua desde la cala. Sobre ellos, bandas verdes y rosadas en tonos pastel, deslizándose como una cabellera, caían del cielo y contaminaban la superficie del estuario. A poco oscureció y fueron acribillados por una lluvia de luceros. Hacía frío. Para evitar una congestión, que era el peligro de la noches cambiantes, se pusieron a cubierto en el altillo que daba a la

azotea. Allí descubrió un olvidado radio de baquelita que pertenecía a su tía, como todo lo demás. En él, de niño, había escuchado
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una transmisión del tercer movimiento de una sinfonía “Patética” que avanzaba sus resoluciones como tanquetas, en aserto enérgico y nervioso contra cualquier nostalgia, un aserto alegre, combativo, contra todos los males pasados y presentes. Encendió el radio; se revolvían como peces luchadores unidos por la boca; resbalaban pesados entre los baúles de la buhardilla o caían a la intemperie sobre las baldosas. Al azar de los programas emprendieron furiosas cabalgatas o cavatinas. Los pies de uno se enredaron en el cable de una lámpara de pie; el tirón la arrancó del rincón donde estaba; al caer, el bulbo se hizo añicos, quedaron en tinieblas, tanto dentro como fuera. A cada giro y galope arriesgaban partirse la nuca. –Soy un tronco bailando –dijo el joven. La música aceleraba. Con el ejercicio, se les pasó el frío. La percusión del dance lo elevaba al trance; atravesado por el ardimiento, el castañeteo de un clinamen de fosfenos que lo sacudía desde la base del tronco, desde el perineo, no sabía dónde se encontraba salvo por colisiones intempestivas que le recordaban ángulos y contornos del ambiente. Quemaba energía que no sabía que encerraba. Esa pura interioridad orgánica se volvió exterioridad pura, acepción de sentido; pero el chisporroteo parpadeante no lo dejaba ver. Ellos así mudos, se orina una deslumbrante paloma. Un gnomo dark de cejas depiladas, uñas largas violeta oscuro, un diablillo, hizo una seña con los dedos ensartados de sortijas, invitándolo al baño. ¡Pero no! Él estaba con Julián. Estaba con él, ¿no es cierto? Entonces decidió no entrar al clóset con el gnomo. Más allá, sobre una plataforma, divisó a un castaño. La coleta caía sobre la espalda en forma de plumero abombado a la “banana”, una coiffure de los cuarenta, con un asimétrico sombrerito de Elsa Schiaparelli. Pero el castaño no seguía la moda, ni de los treinta ni de los noventa. Tenía un aspecto ajeno; ¿ajeno a qué? ¡No estaban de verdad en una disco! El castaño elevó los brazos fingiendo un súbito frenesí, vino a colarse casi por enfrente, coordinando con él sus movimientos. A la luz de la mañana, comprobó que la película impermeabilizante de la azotea había quedado destrozada por los taconeos y los taconazos.
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No se puede luchar con las palabras; su trémula desigualdad confirma a veces el mal tiempo tan francamente: lluvia y sudestada. El temporal duró los cuatros días que permanecieron en el balneario. A falta de auto, caminaban: un brisk walk que los reconfortó, a través de una feria de artesanías. El garzón se probó con gestos histriónicos un anillo de ampulosa hematina. Le quedaba bien de una manera rimbombante. –Los pierdo siempre –auguró entre ominosos carcajeos que asombraron al parco vendedor. Tomás no osaba comprarle ninguno para no contravenir el espíritu de la profecía. De verdad: no se asignó ningún derecho. Le ajustó al cuello una gargantilla estilo navajo, de cañas de bambú y turquesas. Recreaba la estampa brutal de un derviche o berdache; demasiado logrado para ser creído. –Jamás la usaría –gruñó el gañán, con desabrimiento. Sin inconsistencia o falta de poderes el chapista cumplió su palabra; el vehículo quedó pronto el día y a la hora prefijados. Estaban en vísperas de navidad. Demasiado ocupado con Julián, no se había dado

cuenta. Antes de volver a la ciudad compró en el supermercado una pelota para los sobrinos del muchacho, y un anisetto para la madre. Ya en Montevideo, persuadido de recibir cualquier amabilidad de él, en vez de ir con los suyos, Julián persistía en su carácter de invitado y continuó durmiendo en el apartamento. ¿Se quedaba por rutina, por un sortilegio heredado de la convivencia previa? El sol entraba en la sala; cola de mono, movió el polvo rubio que atravesaba el haz de luz; emblanqueció los párpados de Julián, hinchados de mucho dormir. Destellaba contra los esculpidos labios de la novia. Tomás vivía en un raro entendimiento práctico, más allá de la verdad o la mentira. Era el riff vibrante de una liberación; se trataba en realidad de un estado de abstraimiento. De a poco comprendió, creyó comprender, que Juli lo invitaba a franquearse. –¿Lo hacés sólo por el relajo? –Depende. Si estoy solo, quiero tener pareja; si ando con alguien, me porto tan mal que arruino todo.
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Iban, de consigna, manos a la cintura. El principal efecto de su rapport fue un cambio de planes. Tenía pensado volver a la sierra pero no se resignaba a abandonar su flirteo, a la sazón feliz y exitoso. Sin encontrar nada que reprocharse, se le ocurrió invitarlo a pasar una nueva temporada en otra localidad de la costa. Una mañana se despertaron anormalmente tarde con la campanilla del teléfono. La administradora del teatro Solís, una conocida, preguntaba acerca de sus planes para el verano. Dándolo por sentado, Tomás anunció que viajaría a Punta del Diablo, en la angostura de Castillos. Julián se encontraba en la cama, a tiro de oreja; la noticia que le daba a la amiga despertó su curiosidad. –¿Te vas solo? –preguntó después que colgara el tubo. –¿Querés venir conmigo? –Si es por poco tiempo. La otra vez, como te dije, perdí una cena a causa de vos. Mis amigos me reprocharon que no estuviera. Tomás dejó entre paréntesis cualquier interrogante acerca de la índole de tales cenas. –Es sólo por dos días. –¿Seguro? –Seguro. Su ilusión se activó enormemente: viajarían a principios de enero, pero faltaban veinticuatro horas para fin de año. El muchacho propuso que pasaran nochevieja juntos. Para acentuar el matiz chúcaro de su privacidad, Tomás no estuvo de acuerdo. Sabía muy bien que esa noche cesaba el transporte público. Librado a sus recursos, Julián quedaría atrapado en su barrio remoto, lejos de los mayores festejos. Se empeñaba en que salieran juntos porque necesitaba un chofer. “Las circunstancias te lo explicarán mejor de lo que yo puedo: no te conviene mostrar las cartas en fecha tan señalada. Mejor dejarlo en la duda. ¿Para qué descubrir en seguida tu falta de juego? Ésta es la flor de tu secreto. Si pasan nochevieja juntos y algo no marcha bien, tu proyecto, el viaje al océano, que es lo que más te importa, quedará comprometido. “ –No puedo. Ya combiné con otros.
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–Podrías al menos llevarme hasta el centro; allí me encontraré con otra gente. Esta variante confirmaba la sospecha de que la invitación a celebrar juntos era mayormente utilitaria, por lo tanto reiteró su negativa. –Estoy comprometido a una reunión de familia. No sé a qué hora quedaré libre. Se encontró dividido entre dos ideas: debía ser cauteloso con su

compromiso para evitar muchos detalles desagradables; mientras un zumbido en su oreja, una picazón en su rabo, un temerario entusiasmo lo incitaban a desechar toda prudencia. En la medianoche caliente cada hoja de hibisco, contrastada con la mejilla, tenía la temperatura de la sangre. Hubo un momento al comienzo de la cena con su tía Irma, al que dio todo relieve: levantó la vista y la copa, en confianza; estaba ligado con ella y no podía retrotraerse; le importaban sobre todo sus atenciones, alguna parte de su conducta en que no podía excusarse de atenderla; y su actitud en esto era firme, tanto como era pleno su albedrío. Más tarde se encontró con aquel camarada “que pondría en su pecho un pequeño dolor de ignorante leopardo.” Pierre poseía el previsible catálogo de virtudes y defectos de quien no termina de estar conforme con su propio cuerpo. Alto, demasiado alto; el hábito de encogerse para hablar con los demás le había curvado la espalda, dándole el contorno de una incipiente giba. Aunque flaco, le pesaba el vientre. En conjunto era agradable, pero algún aspecto de su conducta no podía excusarse; tarde o temprano sacaba a relucir una infelicidad o un resentimiento. Hicieron escala en Avanti, un bar de lesbianas. Los parroquianos, sofocados de calor, se agrupaban en la vereda a tomar aire. Entre ellos, acompañado por otro joven afectadamente tímido, de cejas depiladas, se encontraba Julián. Si en efecto reconoció al recién llegado, se calló la boca y no lo dio a entender. Tomás entró al pub en busca de cerveza y vasos. Ya provisto, volvió a salir, le entregó un vaso a Julíán y brindó con su equívoco enamorado.
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–¡Feliz año! –Como ves, conseguí transporte. Julián le señaló a una feísima maricona que bailaba en ronda, de carne difícilmente apetecible, un pañuelo rojo a lo pirata en la cabeza. –Una chaperona muy conveniente y libre de compromisos. Pierre, en tanto, intentó trabar conversación con el acompañante de Julián, el joven de las cejas depiladas en perpetuo arco interrogante, pero éste se mantuvo compuesto, irónicamente reservado, como un discreto espía. Ya sin esperanzas con respecto a él, Pierre abordó ahora al propio novio de Tomás, convirtiéndose en repentino rival. Fiel a su táctica de no mostrar las cartas esa noche, Tomás puso drástico remedio a los confusos avances de su camarada. –Ya es hora de irnos. Nos esperan en su casa unos amigos. En el momento en que se despedían, Pierre tuvo la suma indelicadeza de suplicar a Julián que montara con ellos en el vehículo. Fuera de sí, Tomás clavó un rotundo codo en las costillas del giboso, impidiéndole concluir la untuosa frase de convite. Pierre se volvió, perplejo, con una sospechosa falta de acuidad. Entonces Tomás contrajo el rostro en una guiñada de grand guiñol. Pierre, un profesional director de teatro, no podía dejar de percibir ese mudo idioma histriónico. Pero ay, fue Julián quien bien lo interpretó, clavándole los ojos. Pillado in fraganti, sin poder deshacer la ofensa, Tomás se limitó a arrastrar consigo la malevolente carcasa de su compañero, mientras sobre los rasgos de Julián se imponía una horrenda dureza, que le impidió responder al saludo. Su mente, su imaginación, incluso su recuerdo – todo era blanco y liso– salvo la campanilla del teléfono; la única representación que valía la pena: la imagen del muchacho, o el presentimiento de su

voz. Sabía que el ángel deportivo no era sólo su mesías personal. No obstante, habiendo en apariencia perdonado el desaire, picado tal vez de curiosidad por el viaje, Julián le telefoneó como tenían acordado, y aún antes de la fecha que correspondía. Se citaron la víspera de la partida en el apartamento de Tomás.
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Como una muchacha de carácter estable y buen juicio, Julián compartiría su cama esa noche. Saldrían a la mañana siguiente. ¡Cuánto pudo decirse de un error de cálculo! Pasaron las horas, y el desvío de la regla estricta que habían acordado se hacía cada vez mayor. El garzón no aparecía ni telefoneaba para explicar su ausencia. A la una de la madrugada sonó el teléfono. –Me junté a chupar con unos guachos de mi barrio, parados en una esquina; otro pasó, buscó pelea con un loco que estaba conmigo. Sacaron las navajas. Entonces alguien avisó a los milicos y los arrestaron. Ahora voy hasta la comisaría con una manta y un refuerzo de salame para el loco. Y después sin falta sigo para tu casa. ¡Ya llego, ya llego! Se reía. Qué improbable, esa noche de calor, sonaba la manta. Transcurrieron varias horas más sin que llegase. Tomás perdió la tranquilidad: no pudo ni por asomo conciliar el sueño. ¿Qué tal si, en desquite por nochevieja, el otro lo defraudaba, incumpliendo su compromiso? Juzgando mentiras que no consideraba merecer, pasaba las páginas de una novela rusa, pero no lograba concentrarse en lo que leía. Timbraron a la hora del desayuno. Ciego de insomnio y de rabia, no se dignó responder al primer llamado. Insistieron. Dejó pasar unos instantes, para dar a entender que lo sacaban del sueño. Por fin se asomó al balcón. Allí debajo estaba Julián con su mochila. –Un buen truco me jugaste. Fue una táctica, sin duda, para manipular mi curiosidad y ejercitar mi talento para hacer conjeturas. Lo metió en la cama y le exigió una inmediata reparación militar. Lo abrió de piernas, metió la nariz entre los glúteos. ¿Venía de un topetazo con algún otro? En efecto, le pareció que el esfínter estaba mojado. Ahí y entonces lo serruchó sin contemplaciones. –De otro modo no voy a poder dormir. ¡No pegué el ojo en toda la noche! Cuando se despertaron, a media tarde, lo serruchó de nuevo. –Me calma los nervios. Manejaré más tranquilo. Juntos, sonrientes, pobre tramposo Tomás, apoyándose sin deliberación –o se trataba de una deliberación tan antigua como el
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olvido– para no dejar que uno de ellos pudiera resbalar, caer, en la trampa siempre suicida del contra-amor, pasaron por San Carlos, un pueblo de tranquilidad pasmosa, en dirección a Rocha. La plaza luce la primera iglesia de tiempos de la colonia; sus campanarios están decorados con platos de cerámica de Triana. Esa tarde crepitaban bajo el sol poniente. Al lado de la iglesia hay un cementerio antiguo. Rodeados de ramas muertas y de brisa fresca, allí estaban, estuvieron, despreciando con alegría mansa, zumbones, aceptando haber llegado, y negando el misterio de su emigración. Sobre una piedra leyeron: “Aquí yace el indio Manumise. Combatió a los invasores de Inglaterra. No quiso renunciar a ninguna de sus tres mujeres y murió sin recibir los sagrados óleos. Se presume que se encuentra en el infierno”. Tocada por el sol rasante una buganvilla de brácteas fucsia se encendió en un rincón. “Guyunusa”, pensó; “estoy con Guyunusa, la última charrúa vendida y exportada a la Exposición de París”. El pedazo de cielo rosado remataba, como si fuera un moño, sobre la

testa reluciente de Julián. Más allá, las luces se encendieron, todavía inseguras, a lo largo de la pradera. Desde la iglesia bajaron al río, acrecido de lluvias; la corriente hervía de espuma, arrastraba troncos y un camoatí. Asomadas apenas sobre el desborde, las cabezas de vidrio de las farolas del paseo delineaban una módica Atlántida. Tomás no estaba en absoluto enojado consigo mismo cuando atravesaron la zona de los palmares. Ya era noche. La niebla lo despistó. Sobre sus tallos curvos, las luces de un cruce carretero se abombaban como fruta húmeda, chorreando bocanadas de vapor. Ante un cartel que alumbraba con neón verde las caras y las manos, se detuvieron y bajaron a estirar las piernas. No estaba en absoluto enojado; sobre la pared color de jade del establecimiento donde tomaron café, un insecto cuyo nombre desconocía, de pesada caparazón pálida, descendió por la pared a la altura de los labios de Guyunusa. Éstas eran sus palabras, más o menos, en ellas se encerró la idea atormentadora que lo mantenía en movimiento: no podía librarse de él; en eso consistía su humilde locura. Cimbronazos de aire acuático bandeaban la carrocería, la desviaban entre plumones de maíz con azúcar. La nube tenía forma de
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oreja de elefante. Un párpado mayor se levantó sobre el horizonte y por debajo, contra un fondo violáceo, apareció el incuestionable flúor del mar, la espuma fosforescente, la banda eléctrica de noctívagas noctilucas. Habían llegado. Esperó con el motor en marcha que Julián recabase información acerca de un posible alojamiento. De acuerdo a las directivas recibidas, entraron a un recién construido complejo de cabañas. Surgió un individuo desagradable y corpulento que los encaró con desconfianza. Parecía un paisano cerril de la zona. Obsesionado por la diferencia de edades de la pareja, preguntó a Tomás tres veces consecutivas la suya; ese examen no arrojó ninguna conclusión terminante, pero el paisano condescendió a entregar la ropa de cama y conducirlos, cariacontecido, hasta la última de las cabañas. Descansaron un rato en la cama doble. Enrollaron un faso y salieron a chupar cerveza. La niebla se había condensado en llovizna. Revoloteando como mosquitos, las gotitas circundaban los globos de luz de la carretera. Un cartel anunciaba un loteo próximo. Pasaron tras el cartel y entraron a una zona boscosa. Iban mojándose, chupando de las latas. A contraluz de una luz distante, admiró el muñeco. “¿Quién es?” Aquí estaba, y no lo conocía: un Don Quién en el escenario del bosquecito, contrastado en el preciso hiato donde las ramas entreabrían el sendero a la playa de la Mula. ¿Era exotismo? ¿Quién lo podía expresar? El exotismo se había vuelto más exótico todavía. Pero no. Era un exotismo acarreado por él, no menos ajeno. –Podés elegir a quien se te ocurra. ¿Para qué me invitás? ¿Será porque te divierto? – preguntó Julián, pidiendo un cumplido. Lo tomó de la cintura, desató la gruesa crencha, tan empapada como un repasador empapado. Nada tenían en común salvo un punto de contacto en el disfrute; un punto certero, casi imposible de soportar. Levantaba al otro por el tronco, giraban y se derrumbaban juntos, en el guión acrobático de un circo de payasos. Los laureles les rozaban el culo. Al virar amartelados pisoteaban caléndulas, se
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precipitaban sin música al fondo del barro, en una tumbadera se

revolcaban hasta que se bizcochearon todo. Volvieron al alojamiento y se dieron una ducha. Mientras se secaba, el ragazzo advirtió: –Si te dormís, te mato. Tomás no pensaba dormirse. Escandida de piedras redondas, la península hacía pensar en la cresta de un gliptodonte. Tomas bajó a orinar en la playa. Un menhir alargaba su sombra sobre la arena, una sombra singular evocaba la silueta de un diablo con un cuerno. Entre las cañas, sarcástico, zumbaba, chiflaba, se carcajeaba contento. ¿Era una voz? Era una media voz. Era incompleta. Esa imperfección le otorgó un poder abismal. No era un canto humano pero lo imitaba; precisamente esa diferencia lo hacía extraordinario. Tan raro, tan parcial, tan persuasivo. Era, como muchos lo aseguran, un rumor tan corriente como el viento. Entraron a lo que parecía el único boliche de Punta del Diablo abierto a esa hora. Cada instante traía una nueva agitación, se tragaba una felicidad abrumadora. Julia usaba una camisola blanca, suelta, sobre un shorts negro muy corto, muy justo, cuyos apretados bordes terminaban en la ingle. Trepado a la banqueta del bar, lucía sus piernas. Los clientes –guachos en su mayor parte– miraron suspicaces a la pareja anómala. Un Don Juan no tardó en invitarlo: –Flaca, ¿bailás? –No soy una mina. ¡Eran las mismas palabras que había pronunciado la noche en que se conocieron! –Perdoname, loco. No te vi bien. Tal confusión repentina le resultó a Tomás regocijante. El indioindia, una gestalt de verdadero equino, era un caballo-yegua. Espejeaba hacia uno u otro género su brillo pícaro con respingos de manflor. ¿Quién puede fijar el momento en que la razón se descontrola, empieza a pasear su propia ruina? “No soy una mina” bebía sin tasa. Parecía muy lejos la época en que rehusaba el trago pretextando el alcoholismo del papá. Su compañero no se oponía, lo bancaba;
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pero llegó un momento en que el cuerpo caedizo de Julián resbalaba al suelo. Y para peor, no se quería ir. Lo mejor fue que cerraron. Lo custodió hasta el coche, sosteniéndolo con mano de hierro. Hasta ahí todo bien. Pero en la camioneta el borracho puso el radio al máximo; no se resignaba a terminar la pachanga. Eso tenía que reconocerle: llevaba las cosas hasta su santo y agotador extremo. Hundido, perdido, no se resignaba al silencio. En vista de lo cual, y dado que en la cabaña no había radio, insistió en quedarse en la cabina de la camioneta para seguir su fiestita a todo volumen. –Me quedo aquí –y se durmió. Por la puerta abierta del coche salía una pierna de lo que parecía la víctima de un asesinato. Vencido por el propio sueño, Tomás entró a la cabaña y se fue derecho a la cama. Lo despabilaron fuertes golpes en la puerta. Entreabrió los ojos. Se encontró con los pectorales esculpidos del habitante de la cabaña de al lado. Al recoger a Julio de su inconsciente festejo y apagar el estruendo del radio, notó que todos los habitantes de las cabañas circundantes, como si fueran zombies arrancados a su letargo, lo rodeaban amenazantes, aproximándose más, en apretado coro crepitante de insultos y maldiciones. Rescatados del pozo sin fondo del sueño recién a media tarde, duchados y peinados, salieron rumbo a la playa. Los habitantes del campamento los miraban duros, sin sonrisas ni movimientos

de cabeza. Al entrar al coche, los interceptó el desagradable paisano administrador. Se acercó con una urgencia que desdecía su balumba: –La próxima vez los desalojo de la cabaña. –¿Por qué? –¡La radio! Nadie pudo dormir. Con malignidad ligera, Julián arrojó por la ventanilla de la camioneta un diente de ajo que el chofer guardaba, por mor de buena suerte, en el compartimiento de los guantes. Para restituir el equilibrio de las cosas, Tomás compró en el mercado otro ajo y lo puso en el sitio donde guardaba el primero.
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Tomaron la calle que bordea la bahía de pescadores. Pasaron de largo para internarse en la dentadura y quebradero de un vasto promontorio que divide la playa del pueblo de otra más amplia de muchos kilómetros, vacía, con excelente mar. Julio no tenía ni la práctica ni el gusto de la natación. Atravesaba el promontorio por su parte más alta. Tomás le entregó el bolso para que no se mojase, y así aligerado descendió a explorar abra por abra las hendiduras del peñón. Los pies tentaban apoyos sobre un capitoneado de lapas y de actinias, cuyo tacto rudo le arañaba las plantas de los pies. A veces perdía el equilibrio, los maretazos lo barrían, caía al agua y se zambullía hasta afirmarse eufórico en la próxima roca, siempre bajo el peligro de ser destrozado contra las piedras por el golpe de una ola, chorreando sangre por los raspones abiertos del tórax y las piernas. Arriba, recortada contra el sol, distinguía la silueta del alto paracleto, que custodiaba su bolso y lo vichaba desde su percha. El viento revoleaba sus mechones. Entre las hebras se ensañaban mosquillas con forma de diablos. El muchacho se llevó una mano a la cabeza y la encontró llena de hombres, que colgaban de sus cabellos como los menudos animales que entre ellos suelen nacer, conque al sacudir la cabeza los hombres saltaban por el aire como el granizo que arrastra el furor del viento; y muchos de los que se habían encaramado encontraron la muerte y él los aplastaba bajo sus pies, aunque algunos se aferraban y se las componían para esconderse entre la hebras, como los marinos que, en la tempestad, trepan por el cordaje para bajar las velas y amortiguar el viento. En la playa que seguía al promontorio un chonguerete de rulos en sortija sostenía una caña de pescar en la mano; con la otra liaba a pulso la cintura de una mujeruca a su lado. Tomás envidió esa unión mansa y deseó habitar para siempre junto al cuerpo extendido, empastado, que tenía junto a él sobre la arena. Hablar equivalía aquí a irritar. En medio de aguas crecidas, dentro de una choza voladiza, sobre una lengua de arena sin luz eléctrica, bajo cielos titilantes, habitarían callados, guisando pesca. El viento no les daría tregua. Pero el ánimo de Julián no era propicio al proyecto; si se lo hubiera sugerido, lo habría encontrado tan absurdo como la navegación del Kon Tiki.
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La cabeza recostada sobre las nalgas de la diosa, Tomás disfrutó el artificio de un idilio piscatorio. Luego semi incorporóse para observar el nacimiento del pelo en la nuca de Julián. Admiró un forúnculo en la base del cuello, sobre la piel parda, semejante a una mínima aguamala. Detectó imperfecciones, manchas violetas que, en horas de la noche disimulaba la crema anti-acné. Escudriñó el rostro lívido, triangular, de gato, pálpebras de china atosigadas por la luz abrumadora que achataba esos ojos apretados, como los de un minino durmiendo, un minino recién parido y ciego. En la punta de fría razón y de vejez moral en que nos encontramos es preciso, lo reconozco, hacer un esfuerzo sobre uno mismo

para poder comprender las horribles luchas de que era teatro el alma de nuestro héroe; y después para no reírse de ellas. Le entregó la cadena de oro que llevaba al cuello para que no la robase el mar y caminó hacia la rompiente. Julián lo siguió unos pocos pasos; sólo consentía mojarse hasta donde le llegaba el shorts, que era corto, pero no aceptó que Tomás le prestase un bañador suyo que traía de repuesto. “No muestres en la playa/ la pantorrilla/ que hay muchos tiburones/ cerca la orilla.” Desde lo hondo, desde una región de olas restallantes, el nadador se volteó a mirar ese punto, el campamento de minúsculo aluvión, el campamento ínfimo, distante, casi invisible, donde lo esperaba una loba varada: Andrómeda. Era su referente, su calcomanía; pero también el detritus de un pingüino, una marca anónima, que sin embargo lo imantaba. Lo dominó el vértigo; aquel mar podía tragarlo sin traza en cualquier momento; compensaba apego con desapego. Bajo el agua oyó el sonido vibrante, el zumbido de onda larga, envolvente, sin principio ni fin. Después el agua misma lo devolvió, como un vómito, sobre la rompiente. Lejos de cansarlo, el baño le multiplicó el empuje. El cuerpo le pedía ejercicio. Los primeros quilómetros los corrió y después siguió andando. En un extremo del desplayado, contra unos arbustos, distinguió dos seres morenos que limpiaban mejillones y los metían dentro de un balde con agua. Resultaba imposible, de primera impresión, sa 68 ber si eran varones o hembras. Disminuyó el paso y los saludó. Las criaturas correspondieron, sonrientes, invitantes. Se acercó. Eran dos chilenos de piel notoriamente retinta, tirabuzones rasta adornados con bolitas azules y rojas, indígenas originarios de la isla de Pascua. Acampaban en el monte cercano. Del bolso de uno asomaban los largos cuellos de unos bolos; esos mochileros jugaban a malabaristas y montaban un espectáculo cada vez que necesitaban monedas para solventar el recorrido de la costa. –Pasamos la luna de miel en el cabo Polonio; ahora seguimos rumbo al Brasil. Tomás se despidió del feliz casal y les tuvo promesa de compartir un bajativo más tarde en el pueblo. Se dejó cautivar por las imágenes sin sonido que veía a lo lejos, una sucesión de tornados brutales. Alcanzó y franqueó el broche de unas rocas. Al doblar el cabo surgió una playa chica con un fondo de piedra chata. En ese diente las olas batían con mayor furia. Se quitó el bañador, que le estorbaba, lo colgó de una peña, y se zambulló en cueros. No era contra el individuo mal afeitado que el mar lanzaba zarpazos. La furia no tenía nombre ni objeto. En un revolcón se dio de espaldas contra el fondo, se magulló. El labio le temblaba; no era expiación, pero sí dolor. A pesar de lo cual se sintió mejor que nunca; le aumentó el coraje hasta la intrepidez. Se desentendió, como si ya no tuviese contacto con la tierra: era sólo la intimidad del brío, a mil leguas de los sentimientos tiernos. Dio unos pasos tambaleantes al afirmarse sobre la costa. Esa franja, sin que él lo supiese, estaba bajo el control de la Armada. El fusil terciado, un capote sobre los hombros, un guardia marino lo enfrentó a pocos metros. Nunca había podido curarse de cierto sentimiento de turbación cuando lo abordaba un oficial; tan pronto como le sucedía, ya no era él. Pero ahora, hecho un nudo contra los bandeos del agua, golpeado, rejuvenecido, le importó un santísimo botón. Al bañarse la primera vez había perdido los billetes que llevaba en el bolsillo del bañador. Cuando se dio cuenta, más tarde, ese contratiempo no le preocupó; guardaba una reserva de dinero en la

cabaña. Pero Julián, a cambio de oír la noticia, se desesperaba, preguntaba inconsolable hasta cuánto ascendía la pérdida.
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Con el dedo sobre la arena había escrito: “Viva el amor gay.” Era un deber bien hecho, un intento de halagar a Tomás. La palabra gay sonaba respetuosa, a la vez que simplona. Había trazado sobre la arena esos signos arabizantes. Allí cerca, unos niños dibujaban otras encaracoladas leyendas. –También ahí dice “Viva el amor gay” –comentó Tomás, riendo. No era la felicidad de apretar la mano de un hombre amado lo que le impulsaba a tomar la de su compañero; algo en él le decía que era ridículo pasar dos horas a solas con un joven cuyos ojos trasuntaban a veces cierta disposición benévola, sin tomarle la mano al menos una vez. Al anochecer la luna menguante surgió sobre el agua; parecía el pabellón erecto de una piratería sangrienta, el pabellón inmóvil de una oreja cortada, flotando sobre el horizonte. Entonces Julián bajó de la cabina del auto, se aproximó. Tomás pensaba: “Si por azar un viajero, en estos terrenos despoblados, descubriera a un merodeador nocturno, si lo parase aquí, en el camino, si de repente lo alzase sin consideración, hozándolo, no haría nada que yo no esté haciendo ahora.” Tomaron después una calleja lateral de pedregullo que viboreaba entre ranchos construidos sin permiso municipal sobre terrenos públicos. Su trayectoria era una mezcla de determinación y de azar, porque la línea parecía trazada de antemano pero cada uno de sus puntos encerraba un desvío posible. Una pelea de borrachos con botellas rotas, radios portátiles, tropiezos y un pobre perro que titubeaba entre los dos bandos, los entretuvieron unos minutos. Tomás tropezó con un cajón de fruta expuesto al exterior de un pequeño almacén. Cayeron varias naranjas, se detuvo a recogerlas y decidió comprar un kilo. Además de chauchas y de zanahorias, el local exhibía, para el préstamo o la venta, sobre unos estantes enclenques, curvos, de madera de pino, una edición fósil de las obras completas de Lenin y esas novelas que – un año sí y otro no – se suelen leer en verano, que parecen contagiadas del ambiente de la costa, cómplices de las peripecias de la temporada, sus argumentos atravesados por el desco70 lorido de las tapas expuestas al sol sobre la arena. Son cajas para guardar el tiempo. Conservan, tanto sus historias como el cartón áspero y reseco que las recubre, un generoso unto del verano, de un verano inmemorial que se repite y dura. Alérgico a leer, Julián se refugió en la camioneta que acababan de cargar de gasoil; lo sobresaltó a bocinazos y lo obligó a despejar su curiosidad. La cabina parecía latir al ritmo de una música demencial. Reanudaron la marcha por la callejuela. El bar donde bailaran la noche anterior se convertía en restorán a la hora de cena. Se sentaron. Julián cayó en completo silencio. Alternaban en él hiperactividad y quietud, verborragia y mutismo, euforia y apatía, como si su carácter no hubiese encontrado aún, debido a su juventud, un diapasón congruente, una manera de ser. Después de comer pescado, las mesas fueron retiradas para despejar el área y los tambores iniciaron el candombe. Habiendo bebido un par de cervezas, Julián volvió a la vida. Empezó a saltar apoyando las manos en los hombros de Tomás. Ese emparejamiento llamaba la atención de los concurrentes, las miradas revelaban una proporción de curiosidad y de condena. Tomás recogió su bolso y caminó sin prisa hacia la puertita adornada con una letra blanca; atravesó invariable la zona de grosería que rodeaba las espaldas del indio, risas y el olor inverosímil de la

pequeña degradación. Al volver, comprobó que Julián seguía en el mismo sitio, pero agarraba por la cintura a una cuarentona. No sólo la agarraba, sino que saltaban juntos. Una idea impartida imperdonable, una idea que él ni siquiera había temido lo tomaba por sorpresa: esa pimpante dama servía de colchón a todos los resbalones de Julio, que eran muchos. Cayó una vez más con una especie de sofoco. Cuando abrió los ojos, Tomás notó que lo invitaba a unirse a ellos con la mano alzada. Bajo las lonjas, el trío prosperó en la jarana. La acompañante saltarina, una madura cordobesa, acampaba a la sazón en el fortín de San Miguel. Dijo tener una hija de la misma edad de Julián (“¿Querrá presentársela?” –Tomás se alarmó). Le tocó el turno a Julián de mear la cerveza. Aprovechando que no estaba, la jamona quiso sacar de mentira verdad:
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–¿Ese chico es tu hijo? Julián volvía en ese momento y alcanzó a oír la pregunta; antes de que Tomás tuviera tiempo de abrir la boca, se adelantó: –No, soy la mujer. Según avanzaba la noche, aumentaba la borrachera. Arrebatado, irrefrenable, Julián se convenció de que Tomás no le compraría más cerveza. Entonces hizo la ronda del local, pidiendo a todos y a cada uno de los asistentes que lo convidaran de su botella o de su vaso. Recogía copas abandonadas, robaba botellas. A veces las acercaba a Tomás como si fueran trofeos. Éste experimentó una reacción de apego salvaje: se sintió unido a él, cómplice en el reparto del botín del malón. Alguien se acercó y le pidió unos pesos para comprar vino. Iba a dárselos cuando Vivina, con un gesto brusco, le detuvo el brazo: –¡No le des! Nosotros estamos comprando sólo cerveza. –No te lo voy a quitar, nena, es todo tuyo –repuso el pedigüeño y se apartó. Ya de vuelta en la cabaña Julián parecía incapaz de saber si la luz estaba prendida o apagada, si estaba vestido o desnudo, si había alguien con él o estaba solo. Su hinchado labio superior aleteaba sobre las blancas paletas de conejo, en una especie de ronquido. Su compañero lo depositó sobre el lecho boca arriba, le bajó los pantalones, le levantó las piernas, lo clavó por delante –era la primera vez que lo hacía en esta posición– y procedió a serrucharlo bien de frente. Julián lo miraba –¿lo veía?– con ojos vidriosos. Lo dejaba hacer, sin posibilidad de resistencia. Quién sabe cuánto tiempo después Tomás despertó con la garganta reseca y fue al baño a beber agua de la canilla. En el suelo, esparcidos en abanico alrededor del inodoro, vio los contenidos de su billetera y la billetera misma, despanzurrada. Al principio no pudo entender por qué estaba allí. ¿Se le había caído del bolsillo mientras orinaba, más temprano? No, el despliegue aparatoso de tarjetas por el suelo de baldosas era prueba irrebatible de que Julián se la había confiscado y esculcado, olvidándola o abandonándola manifiestamente a causa de su ebriedad.
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Restituyó los contenidos a la billetera y la llevó al dormitorio. Se durmió enseguida, aunque no tardó ni dos minutos en volver a despertar. ¿Pero qué? ¿Había o no había dinero? No sabía en concreto si faltaba. Salió del cuarto y a la luz del pasillo hurgó la cartera, comprobando que en efecto faltaban cien dólares. ¿Se estaba cobrando un precio por ser poseído de frente? ¿O sólo continuaba su implacable campaña de pedigüeñerío y

robo que había desplegado en el baile con relación a la cerveza? Tomás había sido lo suficientemente estúpido o distraído para perder dinero en el mar. ¿Por qué no podía él entonces “distraerlo” de un poco más? Sacó del cuarto los pantalones de Julián y revisó sus bolsillos. Allí no había nada. Dentro de los zapatos tampoco. Entonces extrajo la mochila del placard y se la llevó afuera. La vació sobre la mesa de comer. En el mismo fondo, bien debajo de todo el resto, encontró un extra par de jeans cuidadosamente enrollado. Lo desenrolló; al meter el dedo en el pequeño bolsillo portamonedas su yema rozó una ínfima esfera de papel. La extrajo y desplegó con todo cuidado: era el billete de cien dólares. A la mañana siguiente, al abrir los ojos, cobró conciencia de su malestar, que se debía a la vez a una terrible resaca y a darse cuenta, clara y sobria, de que su pretendido compañero y amigo lo había robado. Las sienes le pulsaban fuerte. Después de una ducha casi a ciegas se despejó lo bastante como para hacer la maleta. Ya era tiempo de partir: el viaje empezaba a parecerle una temporada en el infierno. El pelo húmedo, peinado al costado con un esmero como de comunión, los ojos hinchados por el sueño, Julián apareció a la entrada de la cabaña. Tomás ya había puesto los bultos en el vehículo y partieron, pero antes de regresar a la ciudad decidieron aprovechar el día en la playa. Pensó transcribir esta historia de a dos y tres renglones, un facsímil mental, todo lo que la volvía única, pero omitiendo los
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titubeos, las imperfecciones, y hasta los bajones en plena carrera. Durante el día se entretuvieron con las mismas maromas, encontraron un pingüino muerto, las alas apartadas cuanto fuera posible del pecho redondo. Las dunas se hacían cada vez más altas. –Ya pronto nos vamos. Para terminar, quiero que me penetres aquí –dijo Tomás. El chulo no mostró ningún entusiasmo, pero pasó la lengua por las magulladuras de su compañero. Acostado boca abajo sobre la arena mientras lo cabalgaban, Tomás volvió la cabeza hacia la playa, enrojecida por el sol poniente. A través de un cubo de luz rosada pasaron a caballo dos jinetes. Pero fue sobre todo al volver, cuando llegaron a la camioneta y se sacaron los shorts de baño y se cambiaron, cada uno en un ángulo, de modo que Tomás no podía ver bien a su compañero escondido tras el capot, fue entonces que, sin decir una palabra, se sinceraron. Julio, con pretexto de acomodar sus ropas, revisaba la mochila para cerciorarse de que los cien dólares estaban todavía allí. Aunque, obstaculizado por el vehículo, apenas lo adivinaba, Tomás captó el ritmo de su ajetreo. El muchacho al principio buscó de un modo calmo, casi sigiloso. Pero a medida que se convencía de que el billete no estaba en donde lo había puesto, ni en ningún otro lugar de la mochila, su rebusca alcanzó un compás de paroxismo. Luego cesó abruptamente. Había comprendido. Fue incorporándose de a poco, echó un vistazo hacia Tomás mientras su cara mostraba todavía huellas de maravilla y sobresalto, incluso vergüenza al descubrirse birlador birlado. Ahora ambos sabían que el otro sabía. Arribados a Montevideo después del viaje nocturno, Tomás sólo pensó en dormir y recuperarse, pero contra toda expectativa el incansable requería acción.

–Vamos a la Rambla a ver amanecer. Parecía incongruente que Julián admirara el riomar color café cuando venía del mar translúcido en que había rehusado bañarse. Pero su preferencia era legítima y comprensible; su entusiasmo va 74 ledero: éste, el riomar, era lo que él conocía y amaba. Tomás se hizo cargo del desafío. Se dio cuenta de que no podía negarse a acompañarlo. Se sentaron en el muro de contención de la Rambla, las piernas colgando, para presenciar la ceremonia de un nacimiento acuático: resplandor naranja, una yema de huevo, un rojo choclo con granos apretados y rojos e ígneo el vello, el sol repicaba en contraste de pujos y tremezones, se achatada o se estiraba alternativamente hasta que se despegó de un respingo de la línea del horizonte y subió, bamboleante, para estrenar el día. A pesar de tener los ojos enrojecidos, Tomás veía con precisión cada pliegue del ribazo, bicicletas verde loro y verde cadmio. Creyó que alucinaba: un pollito de quince, camisa flotante de seda azul, que había pasado la noche ostensiblemente en vela como ellos, facciones carcomidas de cansancio, ojos azules, con una trenza que partía por la mitad su espalda desde la nuca al ano, pasó a su lado, provocándolo.

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El resplandor de la siesta penetraba por entre los batientes de las ventanas. La camiseta de Juli recogía la luz deslumbrante. –Se me ocurre: ¿por qué no te acompaño a Córdoba? En realidad, no tengo ningún programa para el verano. Vale decir sí: una invitación para acampar con unos amigos, guachos como yo, de mi barrio, que tienen carpa, pero no tengo ganas de comer sardina en lata todos los días. A Tomás le molestó que lo eligiesen en virtud de una dieta rica y balanceada. El apego creciente que experimentaba desde las últimas semanas lo había hecho pensar en llevarlo, aun antes de que se lo propusiera. Pero llevarlo, con todo, suponía entretenerlo, porque abandonado a sus propios recursos, Juli no aguantaría mucho tiempo. Y estar pendiente de él significaba descuidar el propio trabajo.
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Significaba además poner su corazón al desnudo, exponerse al desencanto del pendejo en su núcleo más íntimo, al peligro de ser desertado en cualquier momento. –Vos me conocés sólo de parranda. Pero yo trabajo. Llevo una vida rara. No sería divertido para vos. –Todos somos raros. ¿Tenés que trabajar? Dejame que te acompañe durante el viaje. Manejarás nueve horas, ¿no? Yo vuelvo cuando vos digas. Enseguida si te parece. No quiero molestarte en tu trabajo allá. Como el preludio de una tormenta de teatro infantil imaginó Tomás su instalación en la sierra. Pero una vez impregnadas las sábanas del olor del muchacho, una vez contaminada cada taza y cada cucharilla de su aliento y su presencia, separarse de él resultaría difícil, en todo caso insoportable quedar solo en el teatro abandonado de su felicidad. Por lo tanto sugirió una tregua. –Yo me voy ahora, así adelanto trabajo. Dentro de un mes te mandaré un pasaje y me visitarás. Era una prueba para verificar la perseverancia de los amantes. Juntos habían pasado la prueba del agua, en las playas. Juntos debían pasar, en un futuro inminente, la prueba de fuego, en la sierra. Entretanto se abría un intervalo, un compás de espera, una regla de separación y de silencio; la prueba fundamental, de hecho, a que son sometidos Pamina y Tamino en La flauta mágica. Esa pausa

reforzaría su amor, si era auténtico. Amor omnia vincit. El amor triunfa sobre las dificultades. Julián no estuvo de acuerdo. –Dentro de un mes no sé si estaré vivo –respondió. –O te acompaño ahora o… Era una tentación demoníaca. Sacudía la cabeza como un cubilete, la sombra del diablo zigzagueaba sobre la alfombra. Podía aceptar o rechazar la oferta; una ligera, juguetona oferta de verano. No pudo rechazarla, ni quedarse en conjeturas; lo habría inquietado para siempre, para siempre se habría reprochado perder a Julián por cobardía, impedirse la experiencia de convivir un tiempo con él. Supo que necesitaba cometer ese error. Necesitaba tocar los límites con las manos.
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Igual se tomó un respiro; decidió que no viajarían juntos desde Montevideo. –Yo saldré mañana para arreglar unos asuntos en Buenos Aires. Vos viajarás pasado mañana. Te iré a esperar al puerto. En Buenos Aires se puso al día en asuntos profesionales y entrevistó a un par de camaradas. No obstante, sólo pensaba en la llegada del montevideano. Pasó una noche sin dormir. A la madrugada, cuando llegó al puerto, la embarcación ya había atracado. Avanzando desde el fondo de la galería de arribos, entre un grupo indistinto de pasajeros, vio la chaquetilla de jeans nívea, la cabeza inclinada sobre un hombro. Por las banderolas del hangar se derramaba un chorro de luz rojiza sobre las hebras flameantes como una bandera. El fresco impalpable del principio del día impregnaba los edificios y las flores azules de jacarandá. Desayunaron en un café sobre la avenida Córdoba, que abría recién. La ciudad estaba desierta, sin tránsito a esa hora. El mozo extendió un mantel blanco sobre la mesa y trajo café y medialunas recién horneadas. –Me recomendaste puntualidad, ya sé, pero lo cierto es que, desde mi barrio de Colón, tomé el bus demasiado tarde. Cuando llegué al puerto, casi no me dejan embarcar. Estaban levantando la pasarela. Tomás no se detuvo a pensar en la vertiginosa contingencia de un desencuentro. ¿Se puede tener celos de una ciudad? Por poco que despierte, abre vericuetos por donde se filtran, con el ofrecimiento de un cigarrillo, obscenas invitaciones; en cualquier momento peligraba perderlo. Por lo tanto no convenía diferir la escapatoria. Sólo en el campo, con los rumiantes, sobre un respaldar irreductible de terrones, entre la red rizomática de la hierba, podría asegurar este bagual. “No me quisiste mostrar Buenos Aires, donde nací”, diría el muchacho más tarde, con una sonrisa. Enfilaron por la autopista a Rosario. Como si la hubieran planchado, la tierra era uniformemente chata y monótona, salvo por la variedad que aportaban los culti77 vos. Esa pampa húmeda ofrecía alfombras de trigo o esmeralda a perder de vista, un horizonte sumergido contra la amplia intemperie del cielo. Almorzaron en un parador de ruta. El mozo que los atendió era “manito quebrada”. Besó efusivo a una mujer provecta que entraba cuando ellos entraron. El marica y la vieja charlaban como íntimas bien humoradas amigas. La última pieza de dominó que cae, empujada por la caída de todas las anteriores: el mariquita se quitó el gorro de básket y surgió una llamarada de flagrante pelo rubio. ¿Cómo sería su vida en el campo? ¿Se acostaría con el mozo lechero? ¿A quién prodigaba

carantoñas? ¿Al viejo gerente detrás del mostrador? Al llegar a Rosario terminó la autopista. La carretera se volvió de doble mano. Manejar resultaba cansador y riesgoso a causa de los frecuentes camiones y buses que atestaban la ruta. No había avenidas de circunvalación o tréboles de ningún tipo. El peor fastidio para el chofer era atravesar, a cada pocos kilómetros, algún pueblo o ciudad ubicado al paso. Acá cruzan ocas. ¡Ojo el lomo de burro, que divide el pavimento como una cordillera! Más allá una luz roja de semáforo se enciende: el camino deviene avenida principal de Santa María o de cualquier otro pueblo. Treinta calles después las gallinas invaden la calzada en vívida conversación. Parece un juego de tablero infantil de dificultades, una carrera de obstáculos, el acertijo para la caza del tesoro. Esto durante cientos de kilómetros, desde Rosario a Córdoba, hasta las estribaciones de la ciudad capital. Allí termina la pampa, el terreno se arruga. Empieza el serpenteante tendido en cornisa de los cerros, a lo largo de cañadas, entre desfiladeros, por encima de diques y a través de incontables pueblitos defendidos por ingentes lomadas de burro y luces de tráfico. A la vera de la ruta sanatorios y centros de vacaciones para electricistas, soldadores o gente de teatro. Más adelante disminuye el tránsito, la geografía se vuelve íntima. En la falda de una loma Tomás distinguió la casa de campo donde vivía Belarmino. Tomaron la vía de acceso a La Cumbre, que Julián, desdeñoso, bautizaría después el “poblacho”. Se detuvieron frente al portón de la “querencia”.
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Los caballos del vecino relincharon. Tomás abrió el candado y desanudó la cadena del portón. Desocupadas hacía un mes, las habitaciones olían a humedad y a moho. Las hojas del ropero del dormitorio crujieron en alarma frente al paso redoblado de los visitantes que se repantigaron, sin abrir las maletas, en la ancha cama de hierro con respaldo de columnas. Era la primera vez que Tomás compartía esa cama con alguien que no fuese un gato. A la mañana siguiente, después de levantarse y lavarse, visitaron a Luisa, la lugareña que cocinaba y limpiaba para él, a fin de hacerle saber que habían llegado. Vivía junto a un dique del arroyo, envuelta en el rumor de la catarata. Tomás golpeó las manos. A los ladridos de los cuzcos la mujer apareció en la puerta frunciendo el rostro, haciendo de visera con la palma. Se rumoreaba que mantenía relaciones carnales con el padre. Tenía tres críos, pero si hubo marido, brillaba ahora por su ausencia. Una vez Tomás la había encontrado tirada sobre el piso de la cocina, los ojos en blanco, presa de súbitas convulsiones, mientras líquidos hirvientes se vertían desde las ollas. Ahora Luisa bizqueaba. Echó ojeadas rápidas en dirección a Julián. Sí: su patrón, este hombre de teatro, rompía la imagen austera que había mantenido ante ella durante meses. Mientras Tomás despertaba bajo la ducha, su acompañante chismorreaba con Luisa, bebiendo el café que ella le servía. A pesar, o a causa, de ser hijo de una empleada doméstica, ante el menor desliz de la cocinera, Julián aconsejaba a su patrón que la echase. A la tarde dormía siestas sin fin. –Hace tres días que llegué. Puedo irme mañana si te parece. Antes me gustaría subir al aerocarril de Los Cocos. ¿Qué? Nunca subirían a ese aerocarril. Al principio Tomás pudo concentrarse en el trabajo. Después acortó las jornadas en el estudio de sonido. Permanecía en la casa, cerca del otro, leyendo, tomando notas acerca de la obra cuya música debía ensamblar. Pero se volvió irresoluto y quedó paralizado.

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Acompañada del marido y de los hijos, Ema pasó una mañana a buscarlos para darse un chapuzón en el río Pinto. El camino bordeaba una meseta que servía de plataforma de lanzamiento para los vuelos en planeador. Al fondo, contra el horizonte, relumbraba el lago artificial de Cruz del Eje. Desde la meseta se lanzó un joven en parapente mas, sin que lo pudiera remediar, sus largos cabellos se enredaron al caer entre las matas de la ladera. Lo rescataron cortándole el pelo. La corriente del Pinto se había oscurecido meses antes, a causa del incendio; ahora rodaba prístina entre ollas y cataratas, desbordante a causa de las lluvias. Quien se situaba debajo de esos saltos recibía un masaje vigorizante. Niños y mayores se zambulleron desde una roca redonda a una alberca profunda. Todos, menos Julián. A pesar de los ruegos insistentes de su compañero para que se uniera a la tribu anfibia, se quedó quieto. Con el shorts corto de siempre, plegaba las piernas a un costado, sobre la roca, como la cola de la sirenita de Andersen. Una mueca le contraía la sonrisa; tenía el aspecto de una prostituta (lo que era). Para contrarrestar la vergüenza ajena y propia, Tomás se le acercó a traición por la espalda y lo arrojó al agua. Tras algunas brazadas de sirena que ha olvidado nadar, Julián salió del hoyo exclamando protestas. Pero el daño estaba hecho. Envenenado por su comportamiento esquivo, por su malhumor, su compañero perdió la paz; para calmarse, trepaba una y otra vez hasta el vértice de un tobogán de piedra, desde el cual se deslizaba, aturdiéndose, a ciegas, dentro de un chorro poderoso que lo ensordecía, lo golpeaba y lo eyectaba hacia lo más hondo de la poza, donde el agua era más fresca; de ahí salía a respirar y ver la luz. Así se fue calmando. A la noche, con un fuerte viento en las caras, miraron el torbellino que despanzurraba varias constelaciones; tan chisporroteantes en sus sinapsis, que Tomás imaginó que recogía todas las estrellas juntas, las mezclaba y las fundía en un taller celestial de laminaje para obtener aquel colosal puente blanco. –Estoy aquí sólo por vos –susurraba Julieta a su oído mientras bailaban, cheek to cheek, corriendo de un cuarto al otro de la casa. Tal vez estuviera dopada o borracha, tal vez las dos cosas.
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Tomás vio los retratos que podían nacer de aquella cabeza. Porque todo podía arreglarse. “Pifiar. Sé que ésta es una manera tan buena como otra. Si estoy condenado a pifiar, sé también que nada puede ser tan congruente, tan necesario e inevitable.” Aprovechó las habilidades culinarias de Luisa para agasajar a un variopinto contingente de los que residían todo el año o sólo pasaban allí sus vacaciones. Noche a noche invitaba a unos o a otros a cenar bajo la enramada del jazmín, junto al declive, para que conocieran a Julián, a fin de divertir al divertente. ¿Por qué darse tantas molestias? ¿Qué importa? Estaban de farra, embalsamados en olor de peperina. Dos lésbicas fabricantes de potiches acudieron una noche a probar los potajes. Una, de dientes largos y desparejos, las raíces blancas del pelo asomando entre mechas color caoba, narró un filme polaco que había visto en su infancia acerca de monjas endemoniadas. Su pareja, una enana que parecía Sancho Panza por la figura, no por los dichos, con encapotados ojos de botón, se reveló en verdad una monja endemoniada. La virago se echó cual vaca en un sofá y permaneció inmóvil, sin hablar, rebufando. No estaba, a su criterio, en compañía que justificase el ejercicio de sus dotes histriónicas. Ya mamada, decidió retirarse. La monja flaca la acompañó. Aún no habían llegado a los postres.

Otra noche apareció un estudiante de leyes. Se había separado de su novia porque descubrió que era homosexual. –Si se larga a ser gay, ¡cómo se van a aprovechar de él, como lo van a joder! – comentó Julián, contrito, previendo un sendero de espinas. Los convites eran reciprocados pocas veces; los ceramistas y pintores que invitaba no se sentían cómodos en presencia del muchacho ambidextro que Tomás arrastraba consigo. Un mediodía visitaron a Eudoxia Semionova. La encontraron en la huerta, trepada a una escalera plegadiza, la cabeza oculta tras los zarcillos de viña colgantes de la pérgola. Los zoquetes de colegiala, de un color dudoso, flojos, caídos, exhibían pantorrillas pálidas, sorprendentemente peludas. La tijera sin filo que manejaba
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allá arriba cortaba apenas; la viñadora tironeaba, sacudía y desgarraba el engarce de los racimos que, una vez arrancados, metía en una canasta amplia y vetusta. Bajó la escalera, la cabeza temblona, envuelta en un paño azul; parecía una dama duende o un elfo de los jardines trasparentado por la gasa; zumbona, chasqueaba la lengua. –¿Cómo están mis pichones? En esto, una tarántula, sin duda oculta en algún racimo, saltó sobre el descarnado brazo de la diva. Sus carrillos vacilaron, hacía gallos, gorgoteaba gárgaras de alarma y espanto. Dando por fin toda su osadía a sus capacidades espantó al arácnido con una tarantela: Ay madre a mí me ha picado la tarántula dañina. ¡Maldita la araña que tié en la barriga pintá una guitarra! ¡Maldita la araña que a mí me picó! –¡Hay que sudar bailando! Así circula la sangre, la fiebre contrarresta y disipa el veneno; a menos que sea mortal, claro. Esto diciendo le entregó a Juli una caña rematada de una horquilla. –¿Podrías, mi querido, bajar con este gancho los higos más altos? A medida que caían, Eudoxia los depositaba sobre un extraño mueble compuesto de bandejas de vidrio donde la fruta se estacionaba al sol hasta encontrar su punto. Pasaron a la cocina, donde se cocía un menjurje de membrillos. Eudoxia revolvía y degustaba el preparado espeso con un cucharón de madera; insistió en darle a Julián un ósculo suplementario (ya lo había besado antes) a modo de reconocimiento indeleble por la colecta de higos. Olvidó limpiarse los labios pegoteados de dulce, o era un hábito, un truco, impuesto a la víctima; –cubiertos de almíbar, pringosos, los imprimió sobre los protuberantes de él, que callaba y sonreía.
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Ese día Julián llevaba una camiseta con una imagen del Gato Silvestre, que su amigo le había comprado el día previo en La Falda. Las sedas de caballo, así como la camiseta, que rebasaba, a modo de pollerín o túnica, el exiguo borde del shorts, enloquecieron a Eudoxia: –Se diría una muchacha de primera comunión. O un indio cherokee. ¿De dónde lo sacaste? El elogiado, al reír, exhibía la porcelana de los dientes blancos y parejos. –Yo también tuve esas crines en mi tiempo; la mantilla de la misa no alcanzaba a cubrirlas, aunque nunca, debo reconocer, fueron tan luengas, ¡je, je!

“Ni tus dientes tan blancos” –estuvo por agregar Tomás. Engatusada por el comanche, Eudoxia los invitó esa noche misma a un gazpacho; era su recurso de mamacha. Otra invitada esa noche, una pintora de Río Cuarto, botas negras con cierre al costado estilo beatle, larga falda oscura, le pidió a Tomás (“para tranquilizarme”) un cigarro de marihuana. Un mes antes había perdido a su hija en un accidente de moto. Arrasada de dolor, necesitaba distraerse. Eudoxia había alquilado Nuestro Hitler, un filme de Syberberg, que vieron en parte después de comer. El pelo recién lavado, tirante, todavía húmedo, Julián se repantigaba en un sillón sin pronunciar palabra. Adormecida por el porro, la pintora dio unos cabeceos y se incorporó. “Me voy a dormir, buenas noches.” El muchacho la estudió mientras ella se desperezaba y se despedía. De vuelta en casa comentó: –Me habría gustado coger a esa veterana de Río Cuarto. Lástima que estuviera tan viudita, tan apenada por la muerte de la guacha. Tomás no podía creer lo que oía. –La noche que me esperabas para viajar a Punta del Diablo – continuó el demonio– te dije que me había atrasado para llevarle una manta a un loco que estaba preso. ¡Te mentí! Me acosté con una chirusa que llevé a mi apartamento –mis padres habían viajado a Tacuarembó–. Nunca más la volví a ver.
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Tomás recordó. ¡Sí!, recordaba la primera noche en el balneario, la lluvia, el contorno de un desconocido a contraluz rodeado de un halo que provenía de un distante farol de mercurio. Era un misterio; un chongo que se daba vuelta como un guante. Se maravilló. Se maravillaba, siempre, ante esa volátil criatura. De acuerdo al ángulo, a la circunstancia, daba o recibía; era un comodín, un resplandor que espejeaba, un acertijo que se desbundaba detrás de una cortina. La brisa bamboleaba esa cortina. Boca abajo, sobre el sofá, Julián se adormiló. Tomás se echó encima, rozó con la lengua salpicados forúnculos sobre el cutis tirante, volcanes liliputienses en la orografía curvácea de esa espalda. Un timbrazo lo interrumpió. Belarmino, el infaltable jardinero, estaba a la puerta. Venía para presentarle a su nuevo ayudante. Se llamaba Omar. Belarmino lo había recogido en la carretera, cargando una mochila, haciendo autostop. No debía incomodarse en buscar otro alojamiento o fuente de trabajo. El chico fue convencido con destreza de que le convenía quedarse a vivir con él. Después de todo, la casa de Belarmino era buena sin lugar a dudas, y él mismo un anfitrión cálido y gentil. Omar había roto con su padre, allá en la pampa seca; había llegado a esta zona a causa de un tío que vivía en Córdoba capital, donde atendía un bar mixto tirando a mezclado. El jardinero y su ayudante compartían techo y lecho. Los dos eran aficionados al cine; alquilaban a diario tres películas y las veían en el televisor ubicado frente a la cama matrimonial. El cutis de Omar era tiznado y Julio, burlón, lo apodó el “negrillo”, aunque no parecía más negro que él. Belarmino pidió té: era el onus probandi de la amabilidad de Tomás, una ceremonia cada vez que acudía. –¿Cómo es? –desbarraba. Pero enseguida retomó el hilo de sus preocupaciones. Esta vez había traído un disco con selecciones de La viejecita, una zarzuela. En carroza abierta hasta aquí he llegado
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y en la misma puerta me gritó un soldado... –¡Puto! Viejecita que vas al salón no puedes pasar que el que baile contigo esta noche pierde el compás. Dirigía el compás con la mano derecha. Levantaba el índice y el meñique de la izquierda, que sostenía la taza humeante. Opinaba sobre el tiempo, las dalias, los muchachos “que ahora vienen tan difíciles”. Pero Omar, por contraste, ostentaba raras prendas. Era un genio de la electrotecnia y de la mecánica; arreglaba tanto un radio, como encontraba soluciones para los achaques del antiguo Falcon de Belarmino, que era el único tipo de auto que resistía los caminos sin asfaltar de la sierra. Lo ayudaba con los jardines. Y por último... le venía como anillo al dedo. –En dos días mi pupilo cumple veinte. Y yo, veintiuno. Vamos a festejarlo con una cena. ¿Querrías venir? Con tu amigo, claro. Penetrado espontáneamente de atención hacia Julián, que dormía de nuevo, una ingeniosa y animada sospecha entró en el cerebro de Tomás. Omar, por lo menos a primera vista, era un joven amistoso y encantador. Le pareció que Julián estaba celoso de él. Si le daba celos, formó el propósito insidioso de estimular esos indicios. El autobús había dejado a Benegas a la vera de la ruta, a trescientos metros de la hacienda donde vivía Belarmino. Avanzaba con pasitos de hormiga, sorteando las piedras de la senda. Su cráneo ralo echado hacia atrás se balanceaba como un huevo en equilibrio inestable. Su sweater, que colgaba de los hombros a la manera de mediados del siglo pasado, se enredó en un alambre suelto del jaulón de los faisanes. Había dos jaulones. Albergaban en conjunto unos doce especímenes, casi todos machos. Los machos eran feroces entre sí; castigaban al rival, picoteaban su flanco y clavícula hasta sacarle sangre; con frecuencia morían destrozados. Belarmino echaba
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las víctimas a la cacerola y vendía el resto. Un faisán abrió la cola cuajada de ocelos, desasidos, fantásticos. Omar, el casco azul-violeta chorreante de gel, tal las plumas lubricadas de un ánade, invitó a Tomás a inspeccionar un penco boquinegro de crin y cola enjalbegados, que pastaba en un potrerillo cerca de la casa. El potro, al verlos, retrocedió unos pasos. De un salto diestro, el “negrillo” le amarró una soga al pescuezo. Puso la cabeza del penco debajo de su sobaco. La camisa verde élitro, de seda, que estrenaba para su onomástico, se abrió y dejó escapar una poderosa vaharada de colonia con que se había rociado abundantemente. Le señaló una cicatriz sesgada bajo el ojo izquierdo del equino, una herida que se había hecho, explicó, al enredarse en el alambrado. “¿Te quiso conquistar el negrillo?” preguntó Julián, cuando convidado y celebrado hubieron regresado de su periplo. El dueño de un campo lindero, sentado a la mesa del banquete de cumpleaños, devoraba un plato de gnocchis de remolacha. Difícilmente podría decirse de él que carecía de “polenta”; pero no llevaba del todo bien su madurez; engordaba a ojos vista, hinchado por el alcohol; sin embargo mantenía un porte aún gallardo porque había sido jugador de polo y de pato en su juventud. Su pareja, sentado frente a él, se abstraía en el aria “Casta diva” cantada por Maria Callas; era un desnutrido especialista en computación, de bigotes cadentes y delgados a lo Prince. Escuchaba extático, sin probar bocado, como un faquir o un liviano viento, esa cadencia que paralelizaba la marcha de la luna. Mientras tanto Belarmino, excelente cocinero, festejando a su gallito, arrastraba sin parar fuentes

desde la cocina. El tío del “negrillo” había venido también desde su reino nocturno de Córdoba. Se paseaba por el salón con un vaso entre los dedos. La luz lateral de un farol confería a sus ojos ónix, de córneas enrojecidas, una brillante dureza. Penetrado de atención grave hacia Julián, no le preocupó que hubiese llegado en compañía de Tomás. Buscaba interesarlo, echándole sal en la cola, y para eso se insinuaba con historietas acerca de sus amoríos, que desplegaba como un diente de oro, o el falso rubí de un anillo barato, para cazar mariposones. En verdad, justipreciaba a Julián: lo entendía, pene 86 traba su tipo, como un aficionado a los caballos sabe reconocer al potro favorito que ganará la carrera. Consideraba las ancas y el uso de las ancas. Entre ambos se estableció la complicidad fatal del oficio: los dos tenían “calle”. Entre los presentes, el tío era el único libertino. Sabía tratar con la mercadería, discutir un precio, manejar los favores y las prebendas. Él mismo había traído a un muchachito desde Córdoba, una pareja de ocasión para pasar el fin de semana; eso no le impedía tomar en cuenta a Julián como un posible recambio. –No sé para qué vino al campo si no disfruta el aire – el tío se quejaba de su compañerito, que no abandonaba el cuarto y con el cual las cosas no parecían andar bien–. Duerme todo el día – carraspeó, impaciente. Después de cena, los orientales salieron al jardín; Tomás pretendió mostrar a su amigo el bosque de eucaliptos. Anduvieron pisando una ancha zona pringosa donde iba acumulándose la sombra, donde sus pies chasqueaban como lenguas. El terreno descendía hacia un aleteo de luces, allá abajo en la hondonada; eran los focos de la carretera. Algo se agitó entre las ramas, un crujido de hojas a sus espaldas denunció a Benegas, que los seguía. ¿Espiaba? Su camisa de manga corta revelaba bracitos fláccidos, la espalda encorvada de un disneico. Sin la menor cortesía, ignorando a Julián, se dirigió a Tomás con voz alocada de ponedora y soltó impromptu una conferencia erudita acerca de la vida del cantante Miguel de Molina, protegido de Eva Duarte. –A los dieciséis Miguelillo se enroló como grumete en el yate de un príncipe marroquí –¿o será bey? –. Desembarcaron en Tánger. El mayordomo del príncipe cubrió al joveneto de ricas prendas, collares de oro, y lo instruyó acerca de los usos locales: “Tú no digas esta boca es mía; corresponde a las caricias de mi señor, que para eso estás aquí; es cosa hacedera y corriente en un paje; de otro modo él, que tanto te ama, se disgustará y te tomará tirria. Igual después, cuando se aburra de ti, podrás escoger si serás macho o esclavo de placer el resto de tu vida. Esto es sólo un intermedio”. ¡Vaya mayordomo! El príncipe entretuvo a Miguelillo tomado de la mano; cenaban frente a un corro de servidores y corre87 veidiles. Las aventuras del príncipe, con todo, terminaron por llamar la atención de la policía. Para eludir el arresto y la investigación, huyó a Fez en un sedán negro (“un coche de aguas negras”, diría ya sabemos quién). Entonces Miguelillo, abandonado y sin recursos, quedó varado en Tánger. ¡Cuánto sufrió ese niño! Mucho más tarde, al acabar la guerra civil española, el Jefe de Seguridad de Madrid bajo Franco lo raptó del teatrillo donde zapateaba. “¿Seré yo amigo de lo inauténtico? Pero mi autenticidad, mi unicidad, ata a esta posesiva marioneta sin mezcla, de sí a sí, un orgulloso atractivo que la vida, más auténtica que el amor, o que la preocupación por otro, no obtiene sino a través de la diferencia entre un tal y un tal, distinto de los individuos que pertenecen a la

extensión del mismo género lógico pues, miembros de esa extensión, ellos no son precisamente únicos en su género. “El Jefe de Seguridad llevó a la Miguela a un baldío; tanto había deseado la orgánica cabellera que se la arrancó con las manos mechón a mechón y se diría que en este sacrificio, o lo que se quiera, estaba entero el Jefe. Apurado y sin tres dientes que le derribó a golpes con la culata de la pistola, Miguel debió encargar una peluca a medida, con vida y aura propias, un fetiche que le fabricaron a su gusto y satisfacción en la friolera de cuatro días. Era una peluca rizada, una obra maestra, según él mismo la calificó en sus memorias, idéntica o casi, a su propia original coiffure, arrasada por el Jefe. Por increíble que parezca: el coliseo, corral, candilejas donde bailaba le exigía cumplimiento de contrato. En ese país sin verdad la policía existía y no existía, sobre todo no se podía invocarla, y Miguelito, mudo ante el gerente del teatro, tuvo que cumplir lo que había firmado aún sin leer la letra chica. Por raro que parezca la paliza y el susto no habían alcanzado a acallar al histrión, casi muerto, como si fuera más auténtico cuando estaba más cerca de lo que quería ser.” La boca sin labios escupía incontinente bólidos de saliva cuyas parábolas caían sobre la mejilla de Julián. Éste, sin interrumpir directamente el monólogo de Benegas, se acercó, despreciando el peligro, en plena línea de fuego de los salivazos; se plantó frente a Tomás y le pegó un chupón en la boca.
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La cotorra borracha, perpleja, quizá ofendida, emitió aún dos o tres frases subordinadas. Después vocablos sueltos, tentativos, hasta que cesó por completo; dio media vuelta y se fue, como un tanque de juguete que obedece con precisión a un comando remoto. Junto con el café los esperaba una comedia hollywoodense, sin duda favorita de Belarmino y Omar. Un yanqui y un chino –ya superados el conflicto racial y la escasez de vivienda– comparten felices una bizarra brownstone en Brooklyn. El idilio es interrumpido por los padres del asiático, que viven en Taiwán; preocupados por su porvenir, envían a Nueva York, todos los gastos pagos, a una candidata adecuada para el matrimonio. El chino la rechaza. Para cubrir las apariencias decide casarse con una lésbica, conocida suya. Los progenitores vuelan desde Taiwán a Nueva York para asistir a la boda. Después de enredos varios, los abrumados ancianos terminan por descubrir que el hijo los prefiere rubios y acceden a la boda entre “socios”, por más que uno venda seguros y el otro sea calefaccionista de profesión. Envalentonado por la succión neumática de Julián frente al fan de Miguel de Molina, mientras miraban la cinta Tomás le puso una mano sobre el muslo. Pero el testarudo, con un gesto de esquivez, la apartó rápido –lo cual no escapó a la atención de Belarmino. –¿Por qué estuviste tan brusco conmigo en la velada? –preguntó Tomás mientras manejaba de regreso a casa. –No me gusta que miren y comenten. –¿Y entonces por qué me chuponeaste frente a Benegas? –Eso fue para joder a la maricona. Una mañana Luisa no vino a trabajar. A media tarde sonó un campanillazo en el portón. “Bah, un joven.” Un mocetón nervioso, entrecortado, dijo ser primo de la cocinera. –La internaron en el hospital de urgencia. Tiene apendicitis. La operan pasado mañana. A falta de ayuda Julián frió dos o tres tortillas nadando en aceite y Tomás, por cumplimentarlo, engulló con ostensiva fruición esos

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restos carbonizados; su fruición crecía, al parecer, con todo lo que la naturaleza le había dado de cordialidad y recta intención. Para remediar el hambre visitaron un mediodía a Ema, que los convidó con pan de chicharrones y vino tinto destilado de las uvas de su campo. –Dentro de dos semanas me voy de vacaciones a Rocha con la familia. A la vuelta pasaré por Montevideo y me gustaría verte, Julián. A Tomás ya sé que no lo voy a ver, porque andará por aquí todavía. ¿Por qué no me dejas tu dirección? Trataré de visitarte. –Va a ser difícil que me encuentres –objetó Julián, buscando zafar el compromiso–. Un amigo rico me invitará casi seguro a pasar una temporada en Punta del Este. Ema concluyó impecable que el muchacho era un taxi-boy que dependía de los llamados de sus benefactores. A pesar de la reserva expuesta, viéndose acorralado, Julián accedió a escribir sus datos en la agenda de Ema. Ignorante del su verdadero domicilio, que el ingrato siempre le había negado y revelaba ahora complaciente, sin poderse contener Tomás asió el librillo en el momento en que pasaba de mano en mano. Antes de que pudiera descifrar algo en él, familiarizándose con la caligrafía de Julián, éste manoteó y se lo arrebató furioso a vista y paciencia de la propietaria estupefacta. Lucharon sin cuartel, con gran peligro para la integridad de la agenda. Rodaron sobre las tablas del piso hasta encallar en el borde espeso de una alfombra hecha en un telar de Santiago del Estero. Tomás, a quien la rabia multiplicaba la fuerza, terminó por prevalecer. La destartalada agendita quedó en sus manos. Consideró la semiborrada inscripción, pero sus ojos ya no la veían, ya no estaba interesado en averiguar nada, habría preferido tirarle al ingrato el librillo por la cabeza, pero no pudo; lo vigilaban los ojos preocupados de Ema. La vergüenza le pasó por la nuca como un cepillo. Bien que le tuviera verdadero afecto a Ema, quedó tan incómodo ante la testigo de ese humillante enfrentamiento que evitó verla durante el remanente de su estada en La Cumbre. Vecinos y forasteros testimoniaban que sobre el cerro Uritorco, vecino al pueblo de Capilla del Monte, platos voladores extraterrestres
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descendían, atravesaban la capa terrestre y estacionaban, a la manera del dios de los muertos, en un hangar subterráneo bajo la base del cerro. –¡Luces sobre el Uritorco! ¡Los platívolos sí existen! Una anciana lugareña, interrogada por un canal de televisión de cable acerca de la sustancia de los aterrizajes, se extendió en pormenores: –¡Si viera qué bonitos son! Bajan a cada rato. Yo veo las luces, cómo guiñan. La nave capitana, al descender, va rotando el espectro de un arco iris. Ahora yo, ¿qué quiere que le diga? Soy una mujer vulgar. Tengo cara de papa. Pero si le expreso mis verdaderos sentimientos, debo confesarle que al fin aburren. Yo quiero un living amueblado y pan en la mesa, no que me ametrallen con juegos de luces. ¿Recuerda aquel cantito? “A los pobres les dan hueso y a los ricos les dan pan. A los pobres no les dan. A los ricos pan con queso.” ¿A usted no lo fatigarían los aviones a reacción, si viviera al costado de un aeropuerto? Ya sé que es distinto, estas naves de aquí vienen de una tierra de nadie. Esa noche Eduardo, el músico de Colonia, y su hermano, el de la dentadura despareja y los chalecos, tocaban en Capilla del Monte, justo en el pub enjardinado sobre el arroyo donde descendieron. No veía a Eduardo desde la tormenta que inaugurara la estación lluviosa. Hoy, un cinto de trebejos de plata y unas bombachas

de gauchito, un aro de cuero en el pescuezo, varios aros de metal en los lóbulos y ristras de finas pulseras en las muñecas, trasportaba los amplificadores hasta el podio, una plataforma de madera baja. Se saludaron y Tomás le presentó a Julián. El músico torció la boca y bajó la vista, turbado en su íntimo pudor por un motivo que él mismo tal vez no quisiera reconocer. Ya de por sí lacónico, se volvió positivamente mudo. No volvió a dirigirle la palabra. El hermano en cambio, que tenía novia, y por lo tanto le importaba un pito el acompañante de Tomás, no estaba receloso, sino sumamente amable. A partir de esa noche los visitó con frecuencia, trayéndoles demos del grupo plagados de la palabra “nena”. El gauchito, entretanto, montado en la tarima, “de lo sublunar reina soberana”, entonaba un aullido delgado a la luna, que des91 puntó en el cielo, distante y próxima, como la lamparilla que sostiene Bottom en El sueño de una noche de verano. Eduardo soltó la guitarra y se desplomó en los brazos de su fratello. Éste lo recogió y lo abanicaba, ante el suspenso público. “Es un vahido, disculpen,” dijo el hermano, y empezó a cantar en lugar de él. De entre los concurrentes, Tomás reconoció a Tito, compatriota apuesto, aunque le faltasen algunos dientes. Fungía de cuidador en una casita cerca de Capilla del Monte. Se dedicaba a la caza y cría de pájaros, zorzales, calandrias, churrinches. Las puntas del pelo exhibían vestigios de una tintura color platino que se había aplicado meses antes, en la época en que –según él– había trabajado como modelo en Buenos Aires. Perseguido por un dulzor un poco pútrido, Tito marcaba puntos con las mujeres maduras y apostaba a ganar. Ahora, por ejemplo, se había amartelado con una española de edad indefinida que acampaba en el bosque cercano. Ella le facilitaba cocaína. –¿Tuviste un topetazo con Tito? –preguntó Julián, celoso o excitado. No, Tomás no había tenido un topetazo con Tito, por más que una noche lo visitara en su rancho, junto con un amigo, para tomar cerveza y compartir un asado. La tucumana que trabajaba en la barra –entre máscaras y un largo objeto de caucho coronado por dos cabezas– señaló a un morrudo con aspecto de guardaespaldas: era la conexión que vendía frula. Tomás le hizo confianza y le entregó un billete. Pasaron los minutos y el morrudo no regresaba. Al fin desesperaron. Tito sugirió visitar a la española en su carpa para pedirle o comprarle un gramo. A cambio de la mercancía la española exigió nada menos que un derecho de pernada: el rubio gañán ex modelo debía fornicar con ella una vez más. Mientras Tomás y Julián aguardaban en la camioneta, la tela de la carpa empezó a agitarse en todas direcciones, cimbraba a ojos vista por los impactos de un combate interior. Al fin, con el cabello en desorden, dando tumbos, Tito emergió de la carpa con un gramo y Tomás se lo pagó. Traía además un paquetito de hongos que le había birlado a la española y que com92 partieron. Los hongos no servían para nada. Pero la cocaína resultó excelente. Tito mezcló el polvo con unas gotas de agua en el cuenco de una cuchara que traía en la mochila, ajustó una correa alrededor del bíceps, llenó la jeringa y buscó una vena para inyectarse. En el pliegue del codo surgía un promontorio o callo alrededor del cual estaban tatuados los rayos de un sol luciente. A pesar de haber señalado de manera tan enfática el blanco de su goce, había perdido las venas en ese lugar a causa de los frecuentes pinchazos; intentó alcanzar una vena, pero no pudo; entonces se descalzó y se pinchó el empeine. –Se coló una burbuja –comentó. – Hay que extraerla para evitar

un soplo al corazón. Succionaba sangre con la jeringa y la vaciaba, regando chorros rojizos entre los árboles del bosque. El paquete, que no todos consiguen, envuelto en papel de seda, debía alcanzar para los tres. Tomás envolvió el remanente de la mercadería y esperó que el pajarero se limpiase la sangre con un pañuelo sucio. Después de depositarlo en su vivienda, volvieron a la casa y se pusieron hasta las narices. Otras veces la blanca había excitado la verborragia de Julián, Pero esta vez cayó en un mutismo ominoso. Urgido a manifestarse, rompió a llorar. –Soy un bichicome –pronunció, moqueando–. No tengo dónde caerme muerto. Mi viejo era dueño de una casa; la vendió y se gastó la plata en vino. Nos dejó en la calle. Tanto mi madre como yo dependemos de mi padrastro, un cavador de zanjas tan asqueroso como mi viejo. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué trabajo voy a conseguir? Los datos acerca de la familia eran conocidos. Pero el siguiente dato no: –No sirvo para nada. Hace cuatro años repito el mismo curso de la secundaria. Contradecía a las claras un embuste previo, confeccionado ad hoc en los días de Parque del Plata: –Mi madre me considera un genio. Pasé el año con sólo tres materias para examen. Para “cambiarle las ideas”, Tomás trajo lápiz labial y delineador. Lo maquilló à la Carmen, con la boca muy roja. Esparció los me93 chones sobre la cara y los pectorales, que mojó con aguardiente. Este muñeco amdidextro, esta poupée diseñada ¿negaba qué?, ¿afirmaba qué? “Si debiera pensar que no es sino un muñeco, o una muñeca, le aplicaría las categorías que me sirven de ordinario para agrupar las cosas espacio-temporales. Pero no. Aquí hay el misterio de una mirada que parece viva. ¡Ah, Lolito!” A pesar de la obstrucción nasofaríngea, la bronquitis, el ardor en los ojos, el escozor en la mandíbula, el latido en las sienes, el cansancio paralizante, a la mañana siguiente Tomás exultaba. El llanto de Juli, su protesta de emoción y sentimientos, su demostración de efímera ternura incluso hacia Tomás, no había significado otra cosa sino lástima por sí mismo. Pero el camino de las lágrimas estaba perfumado, el cielo lucía más brillante después de la tormenta. Luisa, recién operada, convalecía. Un conocido de Tomás, Guido, cocinó para ellos algunas veces en reemplazo de la ausente. Guido era lo contrario de Julián. Nacido y criado en Córdoba capital, prefería la vida del campo, o por lo menos esa interzona de los puebleríos de la sierra donde, falto de un trabajo regular, sobrevivía del pichuleo y la hospitalidad de los amigos. Julián, al oírlo, arqueaba las cejas con una media sonrisa, entre apiadado y divertido. Adepto a la joda urbana, nada le parecía más absurdo que los planes agrestes y minimalistas del cocinero. Salió al jardín en su eterno minishorts, con la pretina desabotonada, porque el descanso estival le había añadido algún kilo, y por el solo placer de interrumpir a Guido y Tomás, que conversaban al borde de la piscina, se sentó, deliberado, sobre las piernas del último y empezó a besarlo. Fue el mismo procedimiento que había empleado ante Benegas. Al arreciar las caricias el testigo, incómodo, se levantó y se fue. Acto seguido Julián volvió a la casa y se tiró en el sofá a dormir la siesta. Un niño desconocido entró por el portón montado en una bicicleta. Usaba sombrero de paja con barbijo; el sudor le goteaba so94 bre la frente y los cachetes enrojecidos. Para secarse la cara empapada

sacó del bolsillo de la jardinera un pañuelo de fantasía estampado con los tres chanchitos. Y enseguida, sin decir agua va, sin saludar siquiera, se ubicó al costado de Tomás, que leía sentado en una banqueta, empujándolo rudamente para hacerse lugar. –¿Qué leés? ¿Esta casa es tuya? ¿Con quién vivís? Sin esperar respuesta, le enjaretó de un tirón: –Mi nombre es peligro. ¡Peligro! ¡Soy malo y no me importa! Soy el demonio, soy el Satanás de estas alturas. ¡Soy muy malo! Mato niños, mato abuelos. ¡Te odio! Aunque estés borracho, aunque estés dopado, aunque seas careta, ¡te mataré! ¿Tenés miedo? ¿Querés ver sangre? ¿Querés que desgonce a alguno? ¿Querés que le corte la pierna a alguien? ¿Cuál es mi nombre? ¡Satanás! Soy el demonio embrujado, soy un peligro andante, ¡caminante!, ¡viviente! ¡No quiero a tu abuela! ¡No quiero a mi novia! ¡Quiero ser peligroso! Uso cuchillo, uso motosierra, uso todo. ¡Me gusta matar y ver sufrir! ¿Qué me gusta, estúpido? ¡Mi nombre es peligro! El niño estaba en la cima de su exaltación cuando apareció Julián, pachorriento; cerraba un ojo a causa de la resolana, que le daba de frente. Tomó al gurí de un brazo, lo sacó del asiento, le dio un empellón hacia la salida, mientras vociferaba: –¡Éramos pocos y parió la abuela! Y al cerrar el portón: –Nene, en tu casa estarán nerviosos. Andate rápido, porque voy a soltar los perros. Ojo; ¡no vuelvas más! Un perro salchicha husmeaba por el patio, la cola parada como una antena. Al descubrirlo, Tomás le sirvió un tazón de leche. “Es el cuzco del vecino.” El can sorbía rápido con la alongada lengua, formando un torbellino malabar de gotas. Justo entonces entró Julián, que hacía sus rondas de vigilancia. A pesar de tener una pierna acalambrada o dormida por culpa de una mala posición en el sofá, de donde acababa de incorporarse, igual se agachó, tomó al animal por la cerviz y lo llevó al límite del terreno. Allí le aplicó un soberano puntapié que lo elevó por el aire una gran distancia. Estupefacto
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por la repentina violencia, aullando de dolor y terror, el salchicha aterrizó en mitad de la calzada. Para que hiciera un poco de ejercicio, Tomás le pidió que fuera a comprar melones. Julián trajo melones, pero faltó dinero del vuelto. Al día siguiente lo mismo. Considerando que proveía sus expensas, que le brindaba regalos y atenciones, su anfitrión se molestó por las raterías que lo escarmenaban. –No me diste el cambio justo. El artero no respondió directamente; sólo anunció que, en vista de la actitud de Tomás, decidía: –Ecco il tempo di partir; me ne vado. Averiguó los horarios de los buses. Sacó la mochila del ropero y empezó a empacar sus pertenencias. Al ver que su anfitrión no intentaba retenerlo, interrumpió su tarea; lanzó una ojeada rápida hacia la zona que ocupaba éste y dijo con voz calma: –A vos te traté bien, comparado con otros. Fue un golpe táctico. Tomás sopló el humo del cigarrillo hacia la cara tersa. La perspectiva cambiaba. –¿Ah, sí? ¿Qué les hiciste? –Los desvalijé. Oyó un chisporroteo; el choque eléctrico no avisaba. Un cajón secreto, imprevisto, se abrió de golpe ante sus ojos.

–Me gustaría –si es posible– saber cómo lo hacías. Le pasó un brazo por la espalda, lo apartó del equipaje, lo condujo hasta el sofá. –¿Cómo era? –Yo no portaba armas. Salvo una vez. Salía con un pinta, lo veía en su casa dos, tres noches, averiguaba qué cosas había, si tenía revólver, si vivía solo o acompañado, a qué horas salía y por dónde podrían colarse mis amigos. Después les explicaba. Entonces ellos se metían en la casa y le afanaban todo. Pero a vos, en cambio, no te robé. –No había nada que robar –opuso Tomás. –No creas; ellos, cuando entran, se llevan hasta los buzos.
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Le dio carne de gallina pensar que alguien tan central en su vida podría haberlo traicionado de un modo alevoso, desvalijándolo. Chispazos apremiantes lo atravesaron, su cuerpo se estremeció en un escalofrío fugacísimo, como un relámpago, que lo sacudió de pies a cabeza y lo hizo arder, se sintió agujereado en la mitad de su cuerpo por una boca de tormenta, por un vacio abismal, que preludiaba la desintegración del universo. “Me escurro fuera de mí.” Julián era la amenaza oculta, la muerte oculta. Era la parte del diablo. Pero más allá del albur de un robo, más que un ocasional saqueo, temía que el muchacho, centro de sus afectos, pudiera desaparecer de su vida de repente, en cualquier instante, sin previo aviso, pudiera desaparecer para siempre junto con sus pertenencias sin que él hubiese vislumbrado realmente cómo era. Debía retener a ese ladrón desconocido, costase lo que costase. No sólo a causa del dudoso honor de no haber sido asaltado a mano armada. ¿En qué difería él de las víctimas? ¿Por qué se había abstenido Julián de organizarle una destrucción a domicilio? Lejos de repelerlo, la confesión lo enardeció. Aunque sus peripecias fueran muchas, tal vez se dejaban reducir con facilidad a dos o tres categorías recurrentes. Pero la indefinida, misteriosa libertad, su puro y total albedrío, su capricho o su saña o su impavidez, síntesis inagotable de iniciativas no reveladas, nunca tan presente y peligrosa como cuando se descuidaba de él, lo aturdió. Hizo una sonrisa torcida. Como el “príncipe feliz” del cuento, había desdeñado hasta el presente tomar precauciones. Había desdeñado suponer motivos ocultos a la conducta manifiesta del otro. Ahora Julián rompía su reserva. Lo recorrió un chorro de lucidez. Había esperado que el muchacho llegara a tomarle cariño. Pero ahora el fantasma, el metejón que habían creado entre ambos, se transformaba en lo que siempre había sido: pasión de curiosidad. “La mejor manera de neutralizar a tu enemigo es conocer su próximo paso. Más dignas de atención que las crónicas policiales, esas inmundicias escritas al dictado, mis noticias están aquí.” El muchacho se quedó esa noche; también se quedó la siguiente, y se quedó otras. Al ver que Tomás entraba en vereda, recuperó su reticencia.
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Las siestas se hicieron más breves; mientras él trabajaba, Julián iba casi todas las tardes en micro hasta una tienda de ropa de Los Cocos, atendida por una amiga de Guido, una porteña rubia de corpachón inmenso, versión aumentada de Lisa Presley. Allí el chivato “falluteaba” –era su expresión favorita para aludir al intercambio verbal– mientras Lisa vendía ropa. El índice entre dos páginas, escuchó el tintineo de la campanilla, el chirriar de la puerta de entrada. Julián volvía a esa hora casi crepuscular. Un relámpago le cortó a Tomás la respiración. “La alegría no me deja sentarme en la silla, me para de un salto y

me lanza a dar zancadas por la pieza como un tigre en una jaula.” La inconmovible, la indestructible aparición del muchacho resultaba siempre efectiva, siempre eficaz, siempre convincente. “No me burlo. Lo único que me importa es la idea.” Que allí apareciese una idea dependía de factores estructurales como el esqueleto pero también del cutis sudado o brotado de acné. Hoy, ayer, ¿cuál era la versión más lograda de la idea? Ni siquiera la peor era deleznable. Lo abrazaba como si no se hubieran visto durante semanas. –Es el dos de febrero, la fecha de Iemanjá. ¿Te acordás? El año previo habían festejado juntos sobre la costa. Ahora, lejos del estuario, ¿cómo le harían? ¿Irían al arroyo en vez de al mar? ¿Por qué no? Recogieron una brazada de anémonas, calas, rosas, margaritones, caléndulas, corolas flamígeras que Belarmino llamaba “orejas del diablo”. Llevaron velas y miel y se instalaron en un meandro recoleto del arroyo San Esteban, donde el agüita se apuraba. Julián encendió una sola vela, desprotegida; a pesar de que intentó cubrirla con el cuerpo y con las manos, el viento la apagaba una y otra vez. Tomás encendió las suyas junto a unos arbustos para evitar que la brisa las extinguiese. Cada uno escribió en un papel un mensaje a la diosa. Enterraron los mensajes, cada cual por su lado, junto a las velas. Tomás vertió miel sobre las flores y depositó el ramo –una Ofelia floral– en el agua; el ramo flotó, alejándose con la corriente, giró un poco antes de hundirse del todo.
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Esa noche acabaron en un concierto en La Falda. El nombre del grupo era “Cabellos son poderes”. Debajo anunciaban, en letras rojas sobre una banda negra: “El felino del astroflash”. Humildes, a veces extravagantes, fueron llegando los pájaros zonales. Babeaban una mecha caída sobre la boca, el “amorcillo”, violeta o fucsia, o los tirabuzones rasta, que iban del rosado hasta el champán. Los más optaban por la socorrida, a veces mugrienta, cola de caballo; eso siempre funcionaba, ya que la euforia suele soltar el moño. Deshacer la trenza en cambio, que se pega según el fragor del pogo a la espalda sudorienta, resulta laborioso. El cantante del grupo telonero era un tusón retinto de capa negra, gran pico amarillo, calzas que aplastan las bolas. Le decían el Demonio. Más murrio y agresivo de lo que se esperaba, estrenó bailanteros trancazos. Un haz de luz, desde abajo, en forma de pirámide de cristal, le perforaba el perineo. Mechones verticalizados por el bosque pétreo de las geles daban la impresión de culminar el kundalini del ano. El aroma tóxico de la laca, con que se mantenían enhiestos los batidos de mamachas de los más faroleros, se unía a la catinga entre los pebetes agolpados en el pogo, títeres espásticos que trapaban a la plataforma. A su turno los guardias de seguridad los vomitaban, acelerando el holocausto compulsivo ante la bandeja de los dioses. Desde la barra del bar, “un amigo viejo y fiel que no guarda rencor a los desprecios”, sobrio, enflaquecido, subía a un platívolo volador que pasaba a recogerlo y observaba desde la altura el halo de las poblaciones, el hangar que giraba como una colmena enloquecida. Los Dioscuros Felinos eran una dupla de cantantes-bailadores. Avanzaban y retrocedían al ritmo funky, el talle ajustado por medias stretch semitransparentes y rotas que libraban los pezones y los bíceps. Uno, alto, se llamaba Bibi; una redecilla traslúcida le aplastaba el pelo. Twiggy era bajo, ágil petit boxeador con apliques oro en las extensiones rasta. Temblaba la tierra, parecía, por un derrumbe masivo, cavernas y montes enteros caían bajo la concusión del vibrato. Al promediar el concierto, Bibi desmembró un muñeco

de paja disfrazado de policía, le sacó del vientre una tira de chinchulines y leyó el mensaje entreverado de las tripas: “El policía dice: ‘Déjennos sancionarlos en el nombre de todos’”.
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El dragoncillo compañero, halagado por el aguante, zarpulló a un farfullador que lo insultaba: –¡Con esa camiseta parecés un turista frustrado! ¡Te conozco desde la secundaria y ya eras cagón! “Me encantaba jugar siempre a ser mujer, a pesar de que insististe en hacerme varón. Mujer de noche; hombre de día, es algo que vos, mientras dormías... ¡Vos jamás pudiste controlarme! Neverknow! Yo prefería jugar siempre a ser varón, a pesar de que insististe en hacerme nena. Mujer de día, ¿hombre a escondidas? ¡Es lo que soy! Sin género. Así es mi vida”. Había perdido a Julián, que esa noche se mostraba más que nunca distante, poco expansivo. Se dejó arrastrar por el gentío hacia los kioskos de bebida, donde cruzó a un locutor conocido suyo que tenía a su cargo un programa musical en radio Córdoba. El locutor lo invitó a acompañarlo a los camarines, donde entrevistaría a los Dioscuros. Se toparon con Bibi –el jarifo alto– toalla al hombro, secándose el cuerpo. –¿Por qué se maquillan, se pintan las uñas, se criban de aros? –Enfatizamos la imagen porque si los pibes se parecen a nosotros, esto es una etapa en su camino para individuarse. No pienso que quieran ser como yo. Más bien, sólo quieren mostrar que no son como cualquiera. No creo que estén tratando de volverse copias de a uno por uno. Nuestro aspecto es una expresión de nuestra manera y pienso que los chicos lo eligen por un motivo, para manifestar que no quieren ser peleles de la moda. Lucir como nosotros no es estar a la moda. Aprenden que pueden expresar su sentir de cualquier manera. No escuchen a las estrellas, ni a los padres, ni a nadie... ¡Hagan lo que quieran! No aparecemos siempre igual, no seguimos un concepto. Tampoco nos bajamos del podio y nos transformamos en el vecino de al lado. Seríamos un show de drag. No podés mostrar algo que no seas vos. Te sentirías incómodo. La gente se daría cuenta. Se melaba con crema de menta los tatuajes, una sucesión de máscaras y pentámetros azules alusivos. Entró Twiggy, su pareja musical, los labios pintados de violeta: –Fantaseo con el “murón”, un varón mujer no necesariamente homosexual, capaz de concebir hijos. El locutor agradeció, concluyendo para la audiencia:
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–Los Felinos rompen a tu niñito, rompen el paquete de compulsiones y hábitos que con tesón le inculcaste a través de años de aprendizaje vigilado. Lo rompen por vos, aunque no para vos. Agradeceles igual. Afuera diluviaba; el viento había arrancado la pinocha de las ramas, dispersándola sobre los senderos y las carrocerías de los vehículos. Al no descubrir a Julián por ninguna parte, corrió y se refugió en la camioneta. Aparecería, tarde o temprano, sin necesidad de buscarlo; era la ventaja de vivir aquí, en un enclave de laboratorio, un circo de Liliput, bajo un régimen de libertad condicional. A través del parabrisas veía a los chabones que dejaban el hangar y se escurrían al costado de la camioneta. Los focos iluminaban calzas de spandex, un antebrazo cubierto de esclavas, collares de coral, muñequeras de cuero o de toalla. Iluminaron, también, la chaquetilla blanca de Julián, su perfil deformado por el correr de las gotas contra el vidrio, mientras se acercaba a la puerta. En el espejito adosado a la visera del parabrisas controló que la crin estuviese acomodada, los mechones sujetos al caracol pequeñísimo

de las orejas. El chofer maniobraba dividiendo el aguaje, pero captaba al mismo tiempo, de soslayo, instantáneas furtivas de la “flor azteca” que un fondo negro del cabello enmarcaba y separaba de su entorno. La curva del naso, los pómulos felinos, los belfos rotundos; esa mezcla de soberbia y de suavidad, ese lenguaje privado más allá de los referentes étnicos y de las connotaciones económicas, no formaba parte del mundo; un mundo emanaba de él. Debía retenerlo durante un cierto tiempo, no para concluir nada, sino para estar próximo a ese ámbito portentoso; mitad de su atención puesta en él; la otra mitad reservada para el manejo. Apresurándose con lo que podía darle el corazón lleno aceleró hasta la casa. “No se trata todavía de la destrucción física del cosmos tal como presagian los mitos.” Presionaba a Julián, preguntándole si lo quería. –Recién te estoy conociendo –contestaba el otro, remiso–. Prefiero no hablar de eso, no me acoses. –Tengo verdadero interés en vos.
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–Ya sé que sos al pedo. –Pero me gustás. –Entonces tenés mal gusto. Verlo estaba asociado a sentimientos a veces poco agradables, tanto que, excepto bajo una ecuánime luz moral, que lo justificaba como una oportunidad para aprender, estaría a veces a mil millas de distancia y contento de tenerlo lejos. En la trastienda del Club Ciclista de Los Cocos no había camarines. Sólo un cuarto grande sin muebles, con una palangana en el suelo. Debido a la falta de confort el transformista Luciano tardaba mucho tiempo en producirse y aparecer. Su edecán entretanto, el Chinito, un joven de la sierra que había trabajado como travesti en Buenos Aires, se asomaba al escenario y pedía paciencia al público, que aplaudía y pataleaba clamando por la estrella. Luciano ajustaba la moña del vestido, experimentaba con el rouge. Apareció disfrazado de Ruby Keeler, la actriz del musical La calle 42. Enseguida después del tap dance volvió a esconder su afilada silueta en el cuchitril. Los espectadores quedaron sumidos en una segunda, aún más desconcertante operación de tinieblas. Sobre la escena vacía se apagaron tres focos de colores, de manera que cuando Luciano emergió de nuevo en capelina verde deslavada, cintas y vestido ajustado al torso de caña, cantando La vie en rose en lipsynching, plasmó un neto chiaroscuro que acentuó las bolsas bajo sus ojos, esas protuberantes vejigas enharinadas. Bajo tal impresión, una mujer del campo que había llevado a sus tres criaturas, exclamó en voz alta: –¡El trolo es masoca! Su tercer avatar consistió en una gitanilla de rutilantes volados, cuyo desenfado risueño exhibía encías carentes de caninos; bajo el frente justo de la falda se esculpía, excesivamente nítido para los propósitos de Luciano, el volumen de su pene. Finiquitó interpretando una graciosa tonadilla por soleares: “Solterita quiero ser/ solterita quedo yo”. Una mañana se les ocurrió guardar el recuerdo de su correría a una región de cerros crudos, y pasaron por casa de Eudoxia con el fin de pedirle prestada una cámara de fotos.
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–¡Qué joven, qué guapo es! –se quejaba, inconsolable, la longeva, frente a un Juli resplandeciente. Apretaba, exprimía con los dedos las mejillas del zafado, una sonrisa de labios deformes, ameboides. –Los que no tienen manos son presa de los que tienen manos; los que no tienen piernas son presa de los cuadrúpedos; los más débiles son el alimento de los fuertes y por regla general un viviente es

comida de otro. Lo que hay detrás de cada máscara es un estómago. Y el planeta es un gran esturión. –No vinieron aquí, ya sé, para invitarme a Los Terrones –prosiguió, matter of fact –sino a recabar apenas una cámara. But I’ll tell you one thing: aunque no es nada que me interese, nunca fui a ésos... como quieran llamarlos... terrones. Una vida aquí, y nada. Tomás se excusó: –Unos amigos nos esperan. Van a llenar la camioneta. –¿Qué clase de amigos? –balbuceó Julián, sinceramente sorprendido. Eudoxia apretó el bíceps de Tomás, para indicarle que accedía. Se limpió el dulce de leche del bigote con una servilleta, se desató el delantal, enredó una chalina sobre sus hombros puntiagudos, se aprovisionó de cámara, rollos, lentes de sol, sombrero de paja color jacarandá. –No me olvido de nada. ¡Ah, una botella de agua mineral! Por Dios, ¿dónde están las llaves? Y arrancaron. El chofer del camión a la vera de la ruta les indicó un desvío a través de una región de altas cumbres, que debían seguir para llegar a Los Terrones. –¡Qué polenta tiene! –murmuró Eudoxia tras la gasa, como si Oberón en persona le hubiera administrado, a través de la retícula de la tela, el polen de una flor roja. Y después: –¡Adiós, señor! –agitó el brazo descarnado que cubría el evanescente foulard. No se resignaba a que camión y camionero desaparecieran tras un recodo. Viraron por una trocha en herradura, maravillosa e incomparable, que ondulaba y se retorcía sobre valles y colinas en dirección al
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este. Llegaron a un mundo con el que jamás habían soñado: era el verdadero mundo de los indios montañeses, al este del sol y al oeste de la luna. Las chozas, como la gente, morena y arrugada, parecían haber surgido de la tierra misma, efecto de la calcinante acción del sol sobre las pétreas murallas, las vertientes guijarrosas; un panorama áspero en sus dorsos y sin embargo accesible, con horizontes que invitan a la aventura, sin cadenas infranqueables ni mares ilimitados; y luego el clima seco y exultante, suave pero sin pereza, frondoso pero sin torpor, excitante pero sin extenuación, rico en vientos que sobresaltan. Por largos trechos siguieron campo a través, entre desfiladeros, salvando pedregales o laderas tapizadas de menuda hierba, en busca de la interrumpida trocha. En otros, el camino de herradura estaba tallado sobre la roca como una repisa. Dando vueltas de caracol ascendieron a una meseta. El encargado del parador se ofreció como guía a cambio de una propina. Pero ellos eligieron andar solos. Les señaló, con gestos y palabras, los vericuetos que bajaban hasta una cañada y luego subían hasta la mayor cima, una cresta esquelética que parecía oscilar ante ellos. Bajaron sin apresurarse por escalones irregulares y gigantes hasta una franja arenosa por donde corría un torrentito. Arrodillados al borde del agua fría, se lavaron las manos y la cara. Ciega por los destellos, empecinada con las sedas de caballo, sólo pisar el minúsculo diluvio de la cascada, la fotógrafa gastó un rollo entero en instantáneas del “niño”. Eudoxia se nutría ávida de las mieles del mancebo. Ante los refistoleos de la obsesa, entre sonrisas y sonrojos aumentando en importancia, Tomás ya no supo qué hacer; los dejó, pues, a su suerte, aunque, por un prurito de cortesía, volvió atrás dos o tres veces para cerciorarse de que avanzaban sin

contratiempos. Sin embargo, después de un rato, le apeteció correr. Huyó para adelante en el cóncavo microclima; se le llenaron los pulmones de aire rudo, helado casi, que secaba el sudor, enfriaba el cuerpo, arrancaba lágrimas. Saltó por sobre un fascículo de flores amarillas, se abocó a una colonia tupida de mariposas celestes; zigzagueaba, rebotaba.
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Un sentimiento punzante lo sobrecogió, como el retumbe de un rezongo; preso en la trampa de su propio impulso había descuidado las indicaciones del lugareño; había sobrepasado sin duda el correspondiente desvío y continuado en la dirección errónea. El embudo de la cañada, cerrándose cada vez más, no daba trazas de practicable. La corriente, que había remontado hasta entonces, manaba de los entresijos de una roca de flancos verticales. No podía seguir avanzando. A pesar de lo cual se resistía a deshacer lo recorrido para no toparse a boca de jarro con sus compañeros. Consideraba el regodeo de Eudoxia vis à vis el chongo; recordaba el comentario de éste acerca de la madura y, según él, apetecible “viudita” de Río Cuarto. “Aparta de mí ese cáliz.” Por una vez experimentaba los celos del cíclope Polifemo en su gruta pedregosa. Los descubriría, barruntó, fornicando tras la copa verde, poco tupida, de un espinillo: la desgastada, jadeante pichona Galatea amartelada en contorsiones de trabajosa cópula a Acis, el chongo Julio. Desdeñó sorprenderlos para no tener que matarlos a pedradas. Era prematuro preocuparse del regreso. El sol todavía estaba alto. Los “terrones” ascendían en espirales, exhibían colores sorprendentes, diversos a cada vuelta salomónica de los remates. Tomás quería a toda costa descubrir el camino alterno que le permitiese obviar la confrontación odiosa que más lo afligía. Le ardía la cara. Intentó trepar los flancos del cañadón, se aferró a sinapsis de rizomas que se desprendían del parco polvo de roca apenas él procuraba asirlas. Los pedruscos donde procuraba afirmar los pies también cedían y rodaban pendiente abajo. Aumentaba, a medida que subía, el riesgo inminente de que cayera. No era alpinista, no tenía ni pico ni cuerda para escalar. Anticipó su despeñe al fondo del barranco con la columna vertebral partida. Entonces se arrepintió, buscó descolgarse de su percha con cuidado mientras aún era posible. Las bayas de un arbusto interrumpieron el panorama del cielo donde planeaba un águila; agitó las alas justo encima de él; las plumas se abrieron para él. Pasó las yemas sobre las brutales espinas de una crucera. Sí, estaba perdido. No tuvo más remedio que volver atrás, temblando ante un encuentro posible con los infames.
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Localizó el desvío que debería haber tomado más temprano; incluso descubrió un cartel indicador, que en su viaje de ida ni siquiera había percibido. Con humillación, con prisa, subió una cuesta al sesgo sin árboles ni maleza hasta llegar a la pelada cumbre del pico más alto. El viento azotaba con nervio. Ante el ensanche brutal del panorama se mareó. Le faltaba el aire. Tuvo que tirarse al suelo. Temblaba como una hoja. Desde allí se desplegó a sus ojos el país en varias leguas a la redonda. En la dirección norteña, abajo y a lo lejos, reconoció la meseta en donde había estacionado el coche y el parador de donde habían partido caminando. Asomados a la baranda, no lejos del vehículo, distinguió a Eudoxia y a Julián como si fueran dos semillas negras. Habían terminado el periplo y parecían escudriñar, con las manos a modo de visera sobre los ojos, tratando de descubrir el punto justo

donde él estaba ahora. Bebió un trago de la botella que había aferrado, sin darse cuenta, durante todo el camino; era la botella que Eudoxia había traído a la excursión, con la que él inadvertidamente huyó, privándolos de agua. Sintió vergüenza, sintió despecho. Tan pronto dispuesto vengarse, su vanidad y su imprudencia quedaban satisfechas por igual. Luego de tirar con un gesto despectivo la botella de agua mineral, emprendió el regreso. Equivocaba el sendero una y otra vez a causa de la turbación. Lacerado, sudando, trepidante, alcanzó, después de varias marchas y contramarchas, el arroyito inicial, donde Eudoxia había descargado su metralla fotográfica sobre Julio. Camino del cielo, los tres habían dejado allí huellas impresas sobre la arena húmeda. Un contrito Aquiles frente a dos orgullosas tortugas, no confesó que se había perdido; dijo, más bien, que había investigado, por espíritu de aventura, otras laderas y cañones y para dar color a su currículo exageró un poco el lance. Pero Eudoxia insistía en contraponer una versión diferente: –Ya sé que te escondiste a dormir la siesta bajo la copa de un palisandro. La claridad del crepúsculo iluminaba el agua alquitranada en los ojos del indio.
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Ahora, solos, caminaron por los terrenos cercanos a la cancha de golf donde chalets de otro tiempo se alineaba entre vastos jardines. Ni un árbol de grandes hojas claras, con frutos incomestibles en forma de balones, ni ningún otro enigma botánico interesó a Julián ni lo sacó de su mutismo. El novio lo estrechó por la cintura, escudriñó los ojos violáceos que apuntaban hacia otra parte. Intentó besarlo. –No me gusta que me besen. –Pero si nos besamos desde que nos conocimos, siempre, desde hace un año. –Desde que empecé a coger con guachos, cuando era chico, me acostumbré a no besar; siempre que puedo lo evito. Una hora más tarde los grillos, las ranas, iniciaron el relevo. Sentado en un banco del jardín Julián miraba las estrellas. “Si tu caballo se aleja, no lo persigas. Si de veras es tuyo volverá solo. Pero si estás acompañado de gente mala, cuídate de cometer algún error”. El chaval entró a la sala. –Un peluquero me ofreció ciento veinte dólares por mis mechones. Pienso cortármelos. Tomás coligió que lo decía para provocar. A todo esto La Cumbre iba a tener su espectáculo veraniego en el único teatro de butacas chirriantes e incómodas, utilizado de vez en cuando para jugar al bingo. Un grupo de cantantes ad hoc de la capital representaría Lady Macbeth del Distrito de Misensk, la ópera de Shostakóvich. El electricista de la compañía, conocido de Tomás, le pidió que lo ayudara con las luces. Alivió por unos días su preocupación esencial con Julián. El público del estreno incluía el tout La Cumbre: un pintor oleaginoso con esposa de pelo oxigenado, dos agentes inmobiliarios, cinco antiguos ingleses y tres antiguos ucranianos, más una concurrencia robada al festival de Cosquín que se celebraba en esos momentos. Lady Macbeth fue la primera ópera –la primera obra escénica– que Julián presenciara en su vida descontando los culebrones de la televisión. Tomás obtuvo para él un asiento en mitad de la tercera fila de platea, mientras él mismo, escondido tras bambalinas, espiaba con toda tranquilidad sus reacciones.
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El argumento transcurre en una zona rural al sur de Moscú. Katarina, la mujer de un hombre de negocios, se enlaza con Serguei, mozo rubio que carga el heno de la granja. Ausente en un viaje comercial el marido de Katarina, el padre de éste, un anciano lujurioso, se hace cargo de la casa. Por las noches ronda el patio solariego con la esperanza de ver abrirse la ventana del dormitorio de la joven. Entretanto el peón Serguei copula con su ama. Al notar que el anciano hace sus rondas, Serguei escapa por la ventana y se descuelga por el caño metálico de un desagüe. Por desgracia el caño cede y se desprende, cayendo sobre el patio. Alertado por el estrépito, el suegro aprehende al infractor. Con ayuda de la servidumbre Serguei es izado en el aire con garfios que le han ensartado en las tetillas y el anciano lo zurra a latigazos hasta desmayarlo de dolor. El ejercicio le da hambre. Katarina le prepara una espesa sopa de hongos a la que añade una pócima para las ratas: “Es amanita muscaria –explica– extraída de la orina de un chamán mongol. Te hará ver las cuatro columnas del universo”. El viejo toma la sopa, canta como la campanilla de una estación ferroviaria, y cae muerto. Tales alternativas de grotesco macabro hacían reír a Julián a carcajadas. La mujer separó de repente el cuerpo del borde de la mesa y bebió hasta vaciar el vaso. Estuvo un rato con los ojos cerrados, escuchando. “Es mi marido que vuelve; lo sé, reconozco la manera con que crujen los ejes de su carro. Matémoslo.” Katarina y Serguei acuchillan al marido y esconden el cuerpo en el sótano. Apenas pasado un mes los amantes se casan. El día en que celebran la boda el comisario de policía, uno de los invitados a la fiesta, descubre, a causa del mal olor, el cuerpo putrefacto del asesinado esposo entre barricas de aceite y bolsas de papas. Los culpables son apresados y condenados a destierro en Siberia. La caravana de presos se abre camino a pie por la estepa invernal y nevada. Al casarse con Katarina el ambicioso Serguei había buscado posición y fortuna. Ahora, siendo ambos prisioneros, pierde su inte 108 rés y la abandona. Ella lo reclama y lo insulta; exasperado, él la manda azotar con un cinturón por otro preso. Una expresión horripilada y a la vez absorta apareció en el rostro de Julián. Como si pensase: “No me siento separado y distinto, mi entidad se confunde con el castigo de la escena.” A la noche siguiente acampan junto al Volga. Lo cruzarán en balsa cuando amaneciera. Aprovechando la oscuridad, Serguei se junta con Sonia, otra prisionera. A cambio de hacer el amor, ella le pide un par de medias. Aprovechador, cínico, Serguei se arrastra hacia la debilitada Katarina, le demuestra ternura y finge tener un pie helado. Ella se apiada y le entrega sus propias medias. A la mañana, cuando los prisioneros se incorporan, Katarina descubre sus calcetines largos, horribles pero abrigados, con unos inconfundibles puntitos rojos, en los tobillos de Sonia. Bajo la mirada de los guardias, los prisioneros enfilan hacia el embarcadero. La música se vuelve de plomo, el agua de la escena se solidifica en espirales estables. Entonces, de un movimiento diestro, Katarina arroja a su rival al Volga y a continuación se arroja ella misma; la corriente las arrastra y ambas se hunden muy pronto. Todos aplaudieron. Julián quedó serio. Más tarde comentó: –Es una tarada. Él ya andará con otra, sin preocuparse ni por Katarina ni por Sonia.

Tomás le quitó los calzones con los dientes, le mordió una tetilla. Julián aulló, tal Serguei cuando Katarina le retorcía el dedo gordo como una papa. Cada relámpago confirmaba las nalgas del desnudo, como una doble Hagia Sofía. Parado sobre el colchón, Tomás se dejó caer; aplastó mosaicos vidriados, claraboyas; un torbellino de cuarzo giraba dentro de un palo de agua. El espasmódico recto se ajustó a la banana melada que lo batía. –¿Te gusta así, te gusta? –preguntaba Julián todo el tiempo, respondiendo a los bandazos. El anillo inteligente succionó la leche limpita. Fue a lavarse y volvió envuelto en una toalla. Al extenderse sobre la cama pronunció, claro y distinto:
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–Te quiero. Nunca antes lo había dicho. De los diálogos telefónicos con la madre surgieron dos imperativos ostensibles para su vuelta a Montevideo. a) El estudio. La madre se había comprometido a inscribirlo en el liceo; pero la participación personal del interesado resultó imprescindible para el trámite de cambiar de establecimiento y de horario. b) Por intermedio de genetrix misteriosos señores le hacían llegar ofertas de empleo extraoficiales; tanto menos comprensibles cuanto que el muchacho nunca había trabajado. La mensajera no especificaba la índole de sus inversiones ni el ramo de sus negocios ni el tipo de trabajo que le ofrecían a Julián. La partida, en suma, era inminente; Tomás resolvió fijar él mismo la fecha. Le pareció que eso al menos demostraba su intervención en el asunto; lo hacía sentirse dueño de sí y de la circunstancia. Para amortiguar el trauma de la separación, también él partiría a Buenos Aires, viajarían juntos desde La Cumbre. Una vez allá, el muchacho seguiría solo rumbo a Montevideo. Cuando le anunció la data, las córneas de Julián enrojecieron, socorridas de lágrimas. –No sé vos –dijo, a modo de explicación– pero yo nunca estuve tantos días seguidos con el mismo tipo. Aunque a Julián no le apasionaban las aventuras rústicas, emplearon las últimas horas antes de su partida en conocer algunos lugares que no habían visitado todavía. La camioneta corrió por la calle gris, resbaladiza, mal restaurada; giraba con suavidad por las curvas desiertas; se introduciá por senderos de grava poco visibles. Conducir acompañado por el gurí le ensanchaba los pulmones, aspiraba la nublazón que dejaba gotitas de humedad sobre el parabrisas. El primer punto del itinerario fue Paso del Indio. En la falda de un cerro, bajo el alto dosel de una gruta, brotaba un manantial. El vértice superior presentaba una hendidura, o lucerna, un estrecho pasaje por donde se filtraba el resplandor cimero del cerro.
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Por indio que fuese, Julián no era la persona indicada para intentar escurrirse por aquel difícil paso. De hecho, ni siquiera quería terminar de subir los escalones que llevaban a la gruta pero subió, casi a tirones, arrastrado por su compañero. Llovía. Se refugiaron bajo el dosel de piedra. El agua chorreaba también por las paredes interiores, asperjeaba un vaho de gotas pulverizadas. Tomás apretó la boca contra el emporcado, empapado tusón, que apartó el cachete y evitó de un salto el beso. –En cualquier momento puede aparecer alguno. En verdad no se veía absolutamente a nadie.

Enseguida se escabulló camino abajo. Tomás permaneció en la altura unos minutos. Desde allí vio el fondo del vallecito. Sobre un mantel de pasto muy verde y prolijo se esponjaba un par de gallinas. Era una estampa de la edad de oro, sólo dañada por la esquivez del chaval, “más duro que el mármol a mis quejas.” El lamento de un pastor perforaba el ambiente, abría un agujero a través de ese óptimo enclave. La noción de falta. Al descender recorrió una zona baja del arroyo sombreada por altos árboles cuajados de fruticas rojas. Allí no crecía la hierba. ¿Eran esas fruticas las mismas que el búho Ascálafo había robado del infierno? Resbaló sobre una costra de barro jabonoso. Pero no cayó, al menos por entonces. Enemiga de los deportes, Julieta lo esperaba en el estacionamiento, donde un paisano de la zona vendía piedras expuestas sobre un murete pintado de blanco. Las piedras eran de varios tipos y colores. El paisano respondía a las preguntas y explicaba la virtud particular de cada una. –¿Están pintadas? –preguntó burlón Julián. El paisano lo ignoró, como si una vida sufrida le hubiera enseñado a mantener la dignidad callando. Tomás compró una mica roja y negra, una pirita verde, y un guijarro blanquísimo. La nariz del coche surgió casi vertical sobre el cerro Campana. Había llovido casi todo el día; ahora, apenas, escampaba. –Vamos a tener el mejor de los tiempos. Templado, seco, estable.
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Los neumáticos trazaron una espiral sobre el barro; el tardo sol despuntó entre un aura de vapores que pronto se disiparon. Desde la altiplanicie se dominaba el panorama de una postal de Baviera, una Baviera desmantelada, eso sí, sin espesor histórico. Todo estaba quieto, reservado de antemano en un tesoro de la memoria. El alejamiento inminente ponía a Tomás fuera de sí, traspasado por el chorro que desagotaba el dique. Ese espejo hialino, penetrado de luz, parecía, hasta el fondo, adquirir una consistencia diáfana de caja de vidrio; era una máquina simple de apresar el tiempo. En una tienda adyacente de chucherías para turistas compró una cajita facetada de platina para regalársela a Julián. Pero él se entusiasmaba por una colección de cuchillos, en particular uno en forma de cimitarra, que Tomás no se atrevió a comprarle. No arriesgó poner en sus manos un arma blanca. Pero tampoco quiso defraudarlo con un pobre regalo sustituto; por lo tanto guardó la cajita para sí. “La inhibición más fuerte contra el morder las hembras de la especie –leyó Tomás en una hoja de La Cumbre News con que le habían envuelto el cofrecillo– se encuentra en la rata de Alemania, y el significado de esto podría ser que el macho es varias veces más pesado que la hembra y que sus largos incisivos pueden infligir severas heridas. Sólo durante la breve época del celo la hembra muestra miedo y timidez frente al macho. En cualquier otro momento se vuelve una furia, mordiéndolo sin vacilar. Cuando estos animales son criados cautivos, tienen que ser separados cuando el período de celo termina, de otro modo los machos se transforman pronto en cadáveres.” A medida que oscurecía, ascendieron por una ruta que serpenteaba, apoyada en prolijos contrafuertes de piedra. La minuciosa técnica con que habían sido ensamblados los bloques recordaba las antiguas carreteras romanas. El trabajo, de notable efecto, resultaba hoy anacrónico. Debió haber sido en su época una carretera importante, pero ahora parecía fuera de uso, reemplazada por otra más ancha y recta, trazada a través de cerros dinamitados. ¿Pero

adónde conducía este antiguo camino? Difícil saberlo. No estaba señalizado. Recorrerlo abría una zona desconocida de aventura, una dimensión preparada desde tiempo atrás, puesta en reserva para quien la supiese descubrir.
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Sobre la calzada los focos iluminaron gemas de vivo amarillo; eran los ojos de un mochuelo apostado en la trocha para su caza nocherniega. Por más que el coche continuaba avanzando, el mochuelo no se movía ni su mirada hipnótica, ofrecida como una exposición de piedras, era un reto para que el coche se detuviera. El ave no se resignaba a perder ese lugar elegido. Hasta que un aletazo rozó el capó; el mochuelo escapó a último momento. A medida que avanzaban encontraron varios pares más de ojos de topacio, intensos y urgentes. –Parecen prostitutos al borde de un parque, acechando a la clientela –acotó. Julián no respondía. Subieron hasta la espina dorsal de la sierra. En el aire seco, transparente, se abrió una doble visión: de un costado, en el fondo del lejano valle, titilaban las luminarias de Capilla del Monte, el pueblo del cual se alejaban; del otro costado, en cuya dirección iban, flotaba un collar de luces contra la línea del horizonte. “Cruz del Eje,” pensó. Y de dio cuenta adónde conducía el camino. A todo esto, en la base de una profunda olla abrupta justo a sus pies guiñaban, prisioneros de la copas de los árboles, los faroles del pueblito de San Marcos Sierras. La brisa traía un rumor sin nombre, ladridos perdidos, un roce de cadenas contra las paredes de roca. Se volvió hacia Julián, habría querido decirle: “¡Eh, eh, es aquí!” Pero las palabras no salieron de su boca. No parecían adecuadas. ¿Qué tenía él que ver con todo esto? Si el lugar no obstante fuera sólo un escenario, vale decir un paisaje, entonces ¿merecía la pena? Lo había encontrado en compañía de Julián y este hecho era crucial. Se sintió ligado a él y al enclave, a los dos a la vez por una emoción desenfrenada. Unido junto a una pareja ocasional, observaba desde la altura un riñón de geografía. ¿Qué más? El enclave era un embudo neumático de estupor y eco, colmado de resonancia para él. Fuera de eso, no entendía nada, porque ¿quién gobierna la suma de lo incalculable? ¿quién sujeta en la mano las riendas de lo incomprensible? Esa tromba, una teoría del caos, la ruta bajaba sin obstáculos hacia el abismo, siempre más y más hondo, en pronunciadas curvas, rodeando las gargantas; el aire entraba por la ventanilla cada
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vez más húmedo y caliente, más cargado de la pesada, soporífera atmósfera tropical de invernadero de la fosa. A la entrada del pueblo los detuvieron varios niños. Ofrecían paquetes de llantén, ambay y pasionaria. Con una mente curiosa y solícita toleró el reclame de sus ofertas; después miró hacia el final de la calle y preguntó: –¿Por aquí se llega a la plaza? La plaza, casi absolutamente en tinieblas, era un carmen de naranjos y de fresnos. Las luces de un restaurante brillaban en una esquina. Se acercaron. Las mesas estaban dispuestas bajo una pérgola. Las flores de glicina caían sobre las mesas como artistas sin trapecio. Insectos pesados, de una variedad desconocida, caminaban entre los platos; si eran aplastados con los pies despedían un olor insoportable. Un adolescente, sentado sobre un muro lateral, las rodillas en alto, la cabeza torcida sobre un hombro, se trenzaba la coleta con languidez infinita pintada en toda su persona y hasta en el movimiento mismo de los dedos. Los demás muchachos ostentaban remaches

en las orejas, el pelo suelto en terroso desorden o atado en diversas llamativas figuras. Eran los labriegos hippies de la región o sus visitantes amigos, un turismo marginal de pequeños artesanos y de guitarristas. El restaurante era su punto de encuentro. Tomás reconoció a Rita, oriunda, según declaraba, de la playa montevideana de Malvín. Sus rubicundos cachetes hacían pensar en una mongol. Lo saludó en un estado de contento no común. Que ella no hubiera ejercido anteriormente un ánimo tan amistoso se debía a que nunca había coincidido con él a la hora propicia en este sitio que, sin exagerar, podía decirse que constituía una curiosidad digna de conocer. Rita sabía cómo hacerse agradable; leía las cartas; era su santa afición; emanaba de su mirada y su cerebro. Si tenía falsedad, era por el modo complaciente en que se conducía para no herir susceptibilidades; pero no tenía aire de exageración o estudio. –¿Felices recorridos? ¿Felices exploraciones? Trataron los temas que corresponden a un conocimiento que se inicia: ¿Iban a bailar? ¿Se dedicaban a los conciertos?
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Cuando esos puntos estuvieron satisfechos y cuando su conocimiento avanzó sustancialmente, Tomás elogió su sutileza y se las arregló para solicitar una consulta de baraja. Sí. Por suerte en el bolso había traído el mazo. Para lograr mayor recogimiento y privacidad se levantaron de la mesa y caminaron por el carmen; al borde de una senda encontraron un espacio íntimo, no tan lejos de un farol que no pudiesen ver las cartas. –Aquí podremos resolver nuestros asuntos. Se sentaron en un mohoso banco de cemento. Él barajó y cortó. Ella extendió las figuras. Observando el diseño y la secuencia, dictaminó: –Le están rindiendo una visita, puede muy bien ser que se la estén rindiendo ahora. No han tenido dificultad, supongo, en encontrar una fórmula de convivencia. –Es posible –concilió Tomás. –Pero en el futuro volverán a varios lugares y tendrán que separarse. –Correcto también. –Que se vayan en paz. Hágale una graciosa reverencia. Los dos caballeros se van, y me quedo muy contenta con que hayan cruzado la calle. Pero cualquier atención excesiva hacia él debe ser evitada cuidadosamente. Ahí lo veo con su pobre madre, que tiene poco para que la sostenga; el Emperador; éste es él. Demasiado seguro, tiránico, inamovible. Hay que tratarlo con guantes, no darle tanta monta. En tanto hablaban, el objeto del intercambio, Julián, se paseaba por el pastito; después entró en el coche y encendió el radio. No había tenido la iniciativa de pedir una consulta; pero la espera lo volvió curioso acerca de su propia suerte, de modo que cuando Tomás estuvo despachado, pidió turno a la mántica. Rita mezcló el mazo, y le llegó a Tomás el momento de pasearse por las vereditas. No entró al coche, ubicado demasiado lejos como para poder pescar desde allí el hilo de lo que discutían; optó por aproximarse sin que lo notasen hasta una distancia recatada; se sentó en el murete del enjardinado, guarecido bajo la enorme copa de un jacarandá. Hasta allí llegaban ráfagas de conversación, risas
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explosivas del restaurante ubicado enfrente. Pero de la pareja en consulta oía apenas murmullos entrecortados. Para que sus voces predominaran sobre las otras y se hicieran distintas, se fue acercando a ellos poco a poco. El más alto propósito que podía desear por el momento era ser sólo medio caballero; con tales sentimientos como eran mostrados en las cartas, no podía suponerse con exactitud

que no estuviese expectante y aprensivo. A causa de las tinieblas y la agitación, colisionó contra las invisibles espinas de un rosal, que le desgarraron la cara. Entonces oyó distintamente: –¿Querés preguntar por Tomás? –No. –¿No querés saber nada acerca de tu relación con él, de sus perspectivas de porvenir? –No, no quiero saber nada. –¿Seguro? –Seguro. Julián no tenía ningún interés, era clarísimo, en averiguar qué pasaría entre ellos; esa comprobación consternó al disimulado escucha. Lo que el otro quería saber era muy diverso. –En los pasados meses anduve con algunos amigos, pero después me peleé; me peleé con unos cuántos. Mi pregunta es: en esta nueva temporada, ahora, cuando vuelva a Montevideo, ¿voy a hacer muchos nuevos amigos? “Amigos”: ocasionales protectores; quería averiguar, exactamente, si tendría éxito como prostituto, o si sus brillantes días de ligue y fortuna habían pasado hacía rato. La escucha clandestina del conjunto de la lectura de baraja sacó a Tomás de su “sueño dogmático”. Él no parecía ocupar ningún espacio en los planes de Julio. La historia entre ellos había sido apenas un interludio de verano entre un pasado de aventuras y un futuro de aventuras: un águila caracolera desciende sobre un ratón, dos mosquitos copulan sobre la laguna. La intolerable trampa, ahora sí, prevista por él desde hacía tiempo con precisión fatal, caía sobre su cola, apresándolo. Al bajar de repente la puerta de reja, le magullaba las nalgas. Como en un filme-catástrofe (¡atrapado!) no tenía escapatoria. Sobrevenían las circunstancias más difíciles.
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Pero tanto como durase el período de proximidad y tortura, él era un prisionero voluntario. Quería ser prisionero. No se convencería, hasta el último suspiro, de que la historia no tenía chance; por lo tanto no buscaba desligarse. Con la sentencia en suspenso, mientras el suspenso durase, mantendría una esperanza; y si dos permanecen juntos, una forma de colaboración no puede descartarse; las cartas, en efecto, se recombinan; de la fricción surgen chispas... ¡quién sabe! Sentirse próximo y saberse distante: esto era el infierno; y el infierno duraría aún algunas horas, las necesarias para viajar y despedirse en el puerto. Podía contarlas, eso sí, minuto a minuto; eran las horas de la noche, las más parcas en consuelos. No podría dormir. De eso estaba seguro. Y justo porque eran pocas, esas horas resultaban muchas. Eran a la vez preciosas y sofocantes. Lo ahogaba una afección tan sensible y con tan afligido descontento, que se sentía desmenuzar con aquel picor y desesperación interior que es lo peor. Experimentaba un apego compulsivo, junto al síndrome de privación súbita. Era el eclipse. “Hoy he cruzado el hielo muerto, el estero vacío, la llanura seca y esteparia he cruzado, pero no he visto terraza donde asolearme.” Fijaba la vista en la línea que dividía la carretera en dos carriles. Se le ocurrió pasarse a la izquierda, chocar de frente contra un camión que avanzaba en dirección contraria. Desahogó la presión de otro modo: sin pudor ni control, descontando el “entonces espiabas”, espetó: –¿Por qué rehusaste preguntar por mí a la baraja? –No quería que esa mujer opinara sobre el asunto. Una hábil invención. No convincente. En ese momento cruzaron la entrada de Capilla del Monte; Julián

exclamó de apuro: –Aquí cerca está el boliche donde conseguiste la coca. Y todo el mundo lo frecuenta. Por favor vayamos, si no tenés inconveniente. Es el momento perfecto para tomar un trago. Actuaremos con libertad y amor a la patria. Igual que los mochuelos de la carretera vieja, el noctámbulo revivía al avanzar la madrugada. Pero el chofer no estuvo de acuerdo. Trataban de desviarlo de su curso fatal con recursos banales. En general no permitía que las
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cosas tomaran tan mal cariz; pero había un desgarro tal en su corazón que lo anonadaba. Ignoró la propuesta. Apretó el volante con los dedos agarrotados. Viajaba a velocidad constante hacia una inequívoca conclusión. En llegando a la casa se concedió un vaso de vodka, se calzó los audífonos, y se internó en las vastedades inconclusas de La guerra y la paz, la ópera de Prokófiev. Dejó de lado los amoríos de Natacha y el Príncipe Andrei y pasó directo a las batallas napoleónicas de la segunda parte. La furia de los ejércitos ventilaba la suya. Sólo había transcurrido media hora de tormentas en el Asia, cuando el Tentador Horrible le puso la mano en el hombro. –¿Puedo sentarme a escuchar contigo? Acabaron, como era usual, y pese a todo, acariciándose; frotó el cuerpo luminiscente con asiduidad lúgubre. Pero su estado irrazonable le imponía una deplorable falta de relajamiento, con lo cual su emisión fue prematura. Tras las últimas gotas, Julián se durmió ipso facto. Entonces todo empeoró. Lejos de apaciguarse con la hartura crasa de su precipitado clímax, Tomás quedó aún más abierto y vulnerable que antes a la catástrofe extramusical de la velada. El abrazo había sido un paliativo inútil. En vez de resolver las cosas, lo entregaba a una completa falta de recursos, sin ninguna opción en absoluto para cambiar de ánimo, salvo un estallido puro y simple, claro está. Por más que rozase la piel del otro, que roncaba, él ya no tenía piel. Lo habían arrancado de cuajo al pulmotor que le permitía respirar; era privado de golpe de una droga a la que se había vuelto adicto. Fuera del régimen de prisión domiciliaria de La Cumbre, el muchacho se haría humo. “Las paredes aprietan ellas mismas.” Un sofoco insoportable lo avasalló. Enloquecido, sacudió a Julián hasta despertarlo. Lo jaló fuera de la cama, lo llevó al sofá, se sentó junto a él. Pero el cónclave forzado no sirvió de nada. Modoso, prudente, comedido, el bruto se limitó a ostentar la torpeza de su estado somnoliento. ¿Cómo despertar la emoción, un semblante de afecto en esa mole, cómo hacerlo llorar? Todo fue inútil. Lo dejó volver al
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camastro y permaneció en el sofá la noche entera, cavilando. Si fuera compartida con el que amaba, no consideraría que debiera sentirse lástima por el poblador de esta habitación. Tan extremada alarma, todo sospechas, lo que sabía y lo que no sabía, lo llevó a considerar a Julián, menos que un malcriado hijo de la fortuna –lo que había sido hasta ahora–, el mal junto a él, tan completamente reservado. Llegó la hora de levantarse; el joven salió del baño oliendo a champú y las sedas de caballo húmedas, estiradas con el peine, excitaron a Tomás. Despejado por el café sintió la urgencia de aprovechar los escasos momentos aún disponibles antes de partir hacia la terminal de buses. Pero el sacapelotas doblaba sus trapos; los acomodaba

en la mochila. Tenía la certeza de que se negaría a quitarse el rompevientos negro que se acababa de poner. Lo atrajo hacia sí de todos modos e intentó voltearlo sobre la cama pero, sin proponérselo, había encendido el botón de la violencia. La contraparte respondió con un empujón. De replicar él a su vez con una bofetada, habría desatado la guerra irremisible, quién sabe con qué consecuencias, siempre lamentables, porque los alejaría uno del otro aún más de lo que ya estaban. Julián había crecido entre porrazos y trastazos. En ese terreno le llevaba ventaja; por ende a Tomás le convenía inhibirse. Se dejó caer sobre el colchón, se llevó las manos a la cara; fingió un mudo acceso de llanto, como un niño que contrae las facciones pero no acierta a gritar en los primeros momentos después de una caída. Esa actitud de no confrontación causó un efecto; los ojos de Julián enrojecieron y se licuaron. –¡Loco, loco! –dijo. Le puso una mano en el hombro. –No sé lo que me pasa –agregó–. Tengo un quilombo en la cabeza. Tomás había obtenido un éxito; no obstante, esa traza de manifiesta emoción que había provocado en el otro lo dejaba con la mitad de su mente insatisfecha. El tunante lagrimeaba, sí, pero no dijo lo que él quería oír. Extraída mediante un tour de force en una situación límite, la confesión, supuestamente espontánea, manifestaba desconcierto, pero no apego.
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Rozó con las yemas los pezones bajo el buzo oscuro, derritió de a poco la resistencia del “enquilombado”. “Voy a cogerlo hasta que se gaste; voy a cogerlo hasta gastarme.” Triste como un muerto, sus esfuerzos por enardecerse no conducían a nada. Su utensilio –o combinación de utensilios– por primera vez no funcionaba. ¡Mejor! Se alegró de haber derrotado a su propio glande; el abandono coincidía con la saciedad. ¡Ay! se equivocaba; se empalmó; ni siquiera en esta ocasión el apéndice dejó de rendir su tributo. Pero malgastaba al indefectible peón sobre un túmulo impávido. Igual que horas antes, el remedio resultó peor que el achaque. Calculada para debilitar y adormecer, la lechada, en vez de narcotizarlo, lo sumió en un desasosiego más vivo, en un vórtice más agudo, que lo tragaba sin consuelo ni alivio. Se encontró frente a frente a un espíritu que decidía, de acuerdo con su conducta, si podía avanzar o si debía ser precipitado al fuego. De haber tenido los poderes que van con la capacidad –consideró– aquí las tribulaciones se acabarían. “Virtudes, señoras de todo lo criado, libradoras de los lazos y enredos que pone el demonio, quien las tuviere, bien puede salir y pelear con todo el infierno junto, y contra todo el mundo, y sus ocasiones.” A punto de embarcarse en la terminal se cruzó con Ramón, un conocido que también se iba, pero sólo a Córdoba, capital. Había pasado el fin de semana en La Cumbre visitando a su abuela. Se habían visto en el teatro durante los meses del pasado invierno; Ramón construía y pintaba escenografías. También se desempeñaba como actor. En ocasiones, de paso por Córdoba, Tomás había pernoctado en su apartamento, aunque no en su cama. El escenógrafo le había telefoneado desde la ciudad tres días antes: –Voy para La Cumbre, es el cumpleaños de mi abuela. ¿Puedo quedarme en tu casa por una noche? No, no, no: no podía; a causa de Julián, para empezar. Además él ya se iba a Buenos Aires, tenía que prepararse. Al encontrarse de improviso en la estación, con gran candor se acercó a él. Fue como entrar a otro espacio, de pronto, por una

grieta, un “paso del indio” que lo conducía más allá de su anonada 120 miento actual, rascaba una pared, desprendía el revoque, accedía a un inopinado refrigerio; se aferró a Ramón como a un salvavidas. Lo importante era mantenerlo lo más lejos posible de la influencia nociva de Julián. No sólo no los presentó: acicateado por el miedo de que el escenógrafo le preguntase: “¿Quién es tu amigo?” conversaba sin pausas, interrogándolo acerca de múltiples asuntos. Ramón, hay que decirlo, tenía los ojos levemente bizcos; sus haces convergían a la distancia en algún punto imprecisable; se le ocurrió que ese óvalo de adensamiento y convergencia daba lugar a una escena que, como la escena teatral, se volvía ejemplar y necesaria. Más felices en su reencuentro quizá que en ese pasado mismo, más probados, más seguros en el conocimiento del carácter del otro, la perfecta excelencia de mente de Ramón volcaba en el diálogo un encantador término medio de espontaneidad y sensatez. Haber estado esperando tanto tiempo, esperando sólo lo peor; y ahora después de cinco minutos discutía con un recién llegado acerca de un tema que no había previsto: la serial de televisión Viaje a las estrellas. La fatiga, con todo, de una noche insomne, le permitía concentrarse sólo a medias en la trama. Dejó hablar a Ramón poniendo su atención en piloto automático. Librado a su propio rumbo, éste se manifestó erudito en las cuatro décadas que había durado la serial; detallaba cambios de guionistas, las tendencias argumentales de cada década y período. “Muy bien; adelante”, calculó Tomás; “es un tema que rinde; durará por lo menos hasta que llegue el bus”. –Buck y Spok aterrizan en el planeta de las superficies resplandecientes; a mí me recuerdan los paneles rugosos de Antonioni, no sé por qué. –Es posible que tengas razón. –Es posible que uno no salga de uno mismo ni un minuto por día, o minutos que no cuentan. Pero no entiendo: al despertarme, recordé con susto a la muñeca que presidía ese planeta, las falsas pestañas como plumas de plumero, el trajecito plateado, la hebilla gigante en la cintura, el peinado ovular rígido, los tentáculos en vez de brazos, la boca de donde brotaban varias lenguas. ¿Chocaban entre sí, entraban en conflicto, se estorbaban? Es probable que no, es probable que colaborasen unas con otras, en una operación demasiado compleja
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para ser descrita. La muñeca, enseguida, maniobraba con la inmensa hebilla rectangular del cinturón; se pelaba el vestidito de astronauta; y ¿qué vemos? El monte de Venus es una protuberancia calva y roma –¿una ameba?– ¿Dónde está el caracol embudo? ¡Ah! No tiene mamas ni pezones. Lo curioso es que los habitantes de ese planeta, según explica la muñeca, “poseen” los atributos que en verdad vemos sobre –o en– los cuerpos de otros; de modo que sus mamas, las mamas inexistentes de la muñeca, “son” los pezones de Buck, o han sido transferidas a los pezones de él, aunque siguen siendo “de ella”. –¿De veras? –Los oficiales al servicio de la muñeca se van a las manos, domeñan a Buck y lo toman prisionero. Entonces lo colocan sobre una camilla e incrustan en sus pectorales hebillas metálicas ( buck-les) conectadas a una carga eléctrica que estimula las teticas, para que produzcan leche en un intervalo de x generaciones de clones de Buck. Después operan un corte transversal sobre el pene. A pesar de que han rebanado el órgano en dos mitades, el corte es perfecto y los trozos se montan uno encima del otro, de modo que el órgano parece íntegro. Esta transformación lleva, según ellos, a una “salida de uno mismo”. Entonces Buck se convierte en algo mucho más grande y poderoso que él. Oleadas de excitación recorren su cuerpo desde otros polos, en

particular desde los pectorales, pinzados por las hebillas. Como órgano de placer, el pene no monopoliza la excitación; en otras palabras, no compromete los “recursos no-masculinos”. –No me digas. –El siguiente episodio ocurre en la fábrica de fetiches del planeta. Allí se hilan, labran y componen los head-dresses, o “adornos de cabecera”. Empieza el Dance-Thing, o “Danza de los objetos”: animados de una vida aparentemente autónoma, los “adornos de cabecera” se bambolean y pivotan de acuerdo a una tendencia magnética, como si fueran sillas bailarinas. Después, por un proceso de cosido e infibulado “encarnan” sobre la cabeza de los escogidos para un deporte que llaman la guerra. No difiere mucho de la “guerra de honor” entre las tribus piel rojas. El fin de la lucha consiste en privar al contrincante de su head-dress cortándolo con una cuchilla o un hacha. “Cualquier guerrero, como los cheyenes, se avergonzaría de arrancar el cuero cabelludo a un anglo sin head122 dress –añadió la didáctica muñeca ante Buck, que se retorcía de dolor sin escucharla–. Sí, lo hacen –concedió, con un ademán malquisto– pero no se atreven a traerlo como trofeo al typee, la tienda cónica; serían el hazmerreír; las cabezas sin head-dress son universalmente destestadas, y sólo humillan a su captor.” Tomás se despidió de su Mesías, que le había regalado la friolera de treinta minutos de conversación en un paraíso paralelo, cuando anunciaron el embarque. “Tal vez lo mejor que pueda hacer sea cerrar los ojos”, pensó al desplomarse sobre el asiento, descalabrado por el insomnio y el reciente esfuerzo por atender los devaneos de Ramón. Habría querido no sumarse a la lucidez ambiente hasta llegar a Buenos Aires. Pero no fue así. Despertó al poco rato; afortunadamente para él, Julián, sentado al lado suyo, ya se había dormido. El contacto codo a codo con el acompañante le desgarraba la piel. Menos sosegado que nunca, tuvo el impulso de sacudirlo, despertándolo, como había hecho la noche previa. “¿Qué pasa con nosotros?” Lo más seguro es que acabaran a las trompadas. El bochorno frente a los demás pasajeros no le importó; que no le importara daba la medida de su estado. Aun así, se concentró en alcanzar la calma. Si optaba, después, por pelear, debía prepararse, reponer fuerzas. Recordó que tenía pulmones. Visualizó el propio perineo. Desde allí subía –eso quiso creer– un vórtice de luz hasta los bronquios. El dormido, entretanto, (¿pero estaba dormido?) recostó la cabeza sobre su hombro. ¿Voluntaria o involuntariamente? En otra situación el gesto lo habría desarmado; ahora lo irritó. Tal vez era un truco propiciatorio a fin de asegurar que llegaría sin inconvenientes a destino (todavía dependía de él para la comida y el trasbordo.) Apartó esa cabeza de un codazo. A primeras de la madrugada el bus se detuvo en un parador. Julián se mostró muy persuadible persiguiéndolo por los vericuetos hasta el interior de la cantina. Tenía los ojos bien abiertos, una apariencia de bestia azorada que nunca le había conocido. Parecía pensar: “¿Me matará de hambre?” Una vez alimentado, recuperó la conciencia nómade. Rompevientos negro, chaquetilla blanca, bandós hasta la verija que oscilaban a la
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mínima estremecedura, ojeadas atrapantes aunque no tan obvias, mi chiquito, Lola-Lola trillaba por la galería comercial del parador. Ich bin von Kopf bis Fuss aus Liebe eingestellt denn das ist meine Welt; umsonst, gar Nichts. Horas más o menos, la luz le escarbó los párpados. Se encontraban

detenidos en un embotellamiento sobre el ingreso a la capital. Cuando desembarcaron, rato después, Tomás eligió para despedirse un tono que imitaba la tersura. Julián abrió el semicírculo de sus dientes, fabricó una sonrisa blanca, tan ancha como el presente y el porvenir juntos. El músico partió hacia la veredita de “Llegadas”; pero buscaba “Salidas”. La nítida, luminosa mañana lo ilustró: los taxis paraban en el piso de abajo. Giró en redondo para descender por la escalera. Entonces descubrió que Julián se había quedado viéndolo. Al notar que volvía atrás, probablemente pensó que, en un rapto, se acercaría a él a fin de agregar algún dislate patético a los adioses. Construyó de nuevo la sonrisa. Se miraron a los ojos, con y sin sonrisa respectivamente, divertidos y desafiantes. Pero Tomás se desvió hacia el palier y bajó los escalones.

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Sobre el buque de vuelta a Montevideo, un día oscuro de marzo, ahora frente a las costas desiertas de Punta Yeguas, con una lluvia menuda que casi borraba los pocos objetos que podían discernirse desde las ventanas, fuera del mar gris y un tanto picado, fue demorándose en contemplar el agua, que le interesaba tanto por sí misma como por el hecho de que lo acercaba a Julián; el anuncio de arribo a puerto fue muy bien acogido.
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Le telefoneó, como solía a cada una de sus llegadas. Lo atendió la madre. El muñeco dormía la siesta y no podía ser disturbado. Le devolvió el telefonazo recién a la noche. La voz del auricular sonó distante, displicente: –Pasé una semana en Durazno, con un conocido; estuve más borracho que sobrio. No me acuerdo de nada. Es probable que la noticia fuese falsa, un mero expediente para demostrar que él no era el único que lo invitaba. –Me gustaría que nos viéramos –propuso Tomás. –A la madrugada pasaré por Spok, un bar nuevo. Si querés nos cruzamos ahí. –No. Ya tengo planes para hoy. ¿Qué tal la noche de mañana? ¿Podrías venir a mi casa a las diez? –No sé. –Quedamos si te parece en que vendrás. Si no podés, llamame. Pero esa misma noche acudió a Spok arrastrado por Pierre, el director de teatro, su confidente del momento. Conversaban al pie de una escalerilla torneada, en un pasadizo estrecho junto a la barra; a las tres más o menos entró Julián, solo. Los pómulos siberianos lucían más anchos que nunca, hinchados por el alcohol; pero estaba flaco; se veía demacrado, más amarillo de lo corriente para su complexión ya amarilla. Al deslizarse a su lado por la pasarela aproximó el cachete para que lo besara. Tomás iba a hacerlo cuando Pierre, el hada de los desastres, chasqueó un encendedor y aproximó rápido la llama al rostro del demacrado. Con los mismos ojos abiertos de alarma salvaje que mostrara en la parada nocturna del bus al regreso de La Cumbre, Julián apartó la cabeza y siguió su camino. Se reunió, al fondo, con un grupo de adolescentes. Pierre saludó a dos conocidos y los presentó; iban a, o venían de ¿Asia Menor? No le importaba, ni le interesó. Vigilaba de reojo a su imán. Los rapados que lo rodeaban se esfumaron y permaneció solo al costado de la puerta del retrete. Era la ocasión perfecta para acercarse y conversar. “Ve y dile”, se amonestó a sí mismo. Dudaba en abordarlo, ya que, al entrar, el otro no se había detenido con él. Bien es cierto que la acometida de Pierre lo había espantado. ¿Pensaría que él lo había inducido? La cara india se contraía, observó, como envenenada por una ofensa.

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Para salir de dudas resolvió acercarse; pero cuando dio vuelta la cabeza comprobó que el muchacho ya no estaba. Con habilidad pasmosa, como un Houdini, aprovechando una instantánea inadvertencia, se había escabullido. Entonces perdió todo pudor; buscó en los rincones y en los retretes, recorrió el sitio como un poseído, inútilmente. Con íntima zozobra, incapaz de volver a casa solo, encontró a un precario e insatisfactorio sustituto que le trajo no obstante una pasajera calma. Hicieron el amor en un letargo, sin despegarse, frotándose con una ebria indolencia, y pudo dormir. Sintió un alivio inmenso, como el que alguna vez había experimentado después de una turbonada, cuando la lluvia se detenía y el ronquido del viento volvía a ser un murmullo suave y amigable. La paz le duró muy poco; al despertar ya lo torturaba la pregunta acerca de si Julián vendría o no vendría esa noche. El incidente de Spok, por cierto, no ayudaba las cosas. Pasaron las horas y no apareció, ni llamó por teléfono para avisar que no vendría. Si hubiera tenido menos ansias y más resignación, habría evitado cualquier nuevo intento por comunicarse; pero se sintió prisionero en el lugar de quien suplica; cerca de medianoche discó de nuevo. Respondió el padrastro. –Salió hace diez minutos. Esperó todavía un par de horas; después, ya sin sosiego, con la certeza de que el escurridizo no se llegaría, acudió a Spok, igual que la noche previa. Esta vez tuvo suerte: cazó a José, vacante. No lo veía de varios meses. El semisordo le había dejado un saludo en el contestador, por Navidad, al que él no se había dignado responder. Ahora, un verano más tarde, se le figuró la criatura más cordial y estimulante que pudiese encontrar, tan atractivo y mejor persona que aquél sobre quien había malgastado sus atenciones. Se arrepintió por haberlo zaherido, traicionándolo con el rey loco. Pero ni Luis de Baviera ni nadie se interpondría ahora entre ellos. Al son del eterno hit “Piel morena, mi delirio y mi condena” Tomás parecía en gloria después de quedar libre de cualquier sentencia. Al verlo alegre algunos taxis se le aproximaron por ver si
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enganchaban viaje. Pero él no quería más que a José, que burbujeaba como un Alka-Seltzer, los ojos verdeantes realzados de kohl, una camisola de seda suelta como un élitro sobre las caderas. Bajo todos los respectos reiteraron la primera salida, algo tan primitivo como la fotografía del primer deseo. No obstante sospechó un leve deterioro, un desfase íntimo, en razón tanto del lapso transcurrido como de las cambiantes expectativas de cada cual. A pesar de lo que tuvo la impresión de correr con ventaja: por un singular mecanismo vampírico sin diferencia irreversible, disfrutó con la fe sencilla de la primera vez. Y de nuevo fue posible jugar a que José era Julián. El muchacho tuvo, o seguía teniendo, un caso con un modisto, según le dijera la última vez que se encontraron, allá por noviembre. Pero además de eso, su madre era costurera. A él mismo se le ocurrían ideas en cuanto al diseño de prendas de vestir. Usaba un pantalón “pata de elefante” que le había confeccionado la madre. Con el propósito ostensible de proveerla de clientes, pero también para ayudar y estimular a un amigo, lo acompañó a varias tiendas del centro, donde eligieron telas para un par de camisas y de pantalones. Le agradó que José lo trajera por tal motivo al hogar y lo presentara a la madre. Era algo que Julián jamás habría hecho. Respetuosa, la mujer se arrodilló frente al nuevo cliente, levantó el

centímetro hasta su ingle; y tal si fuera un prestidigitador que arroja puñales alrededor de un blanco, clavó los alfileres en torno a los testículos de Tomás. De mente alegre y desenvuelta, el jabato lo aguardaba sobre una cama quejumbrosa tras el portal de vidrios que daba al taller de costura. El cliente pasó desde el taller al baño a través de la habitación donde el otro simulaba dormir y aprovechó para cosquillearlo sin armar jarana. La costurera, el ceño fruncido, apretaba los labios alrededor de una ristra de agujetas, porque dos semanas atrás había roto con su pareja a causa del hijo. – Sos vicioso y trasnochador. Te juntás con virados, y sos virado vos mismo – lo acusó el padrastro. Entonces el gamín se abrió la bragueta y sacó afuera el pedazo.
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–Acercate, lamé, chupá, si es que soy virado –le gritó. No tuvo que decir más; el padrastro dejó de ver a la mamá y así estaban. Tenía la esperanza de que su último viaje a La Cumbre, para desocupar la casa y llevarse sus cosas en la camioneta, no fuese un via crucis demasiado lacerante. Tomó el autobús en el horario de la noche. Entre las linternas de los inspectores, la cortina de cabello, el vehículo en que había viajado antes, todo le hizo recapitular ese vía crucis. Del medio de la nada salían destellos rápidos, sesgaban a través del vidrio. La enigmática sonrisa de Julián, moviéndose en círculos, le hizo rebobinar todas las etapas del descenso. Le pareció casi trivial matarlo. Cortar, por ejemplo, con tosco filo de piedra, en tajos groseros, irregulares, un zigzag sobre la seda de brillo amortiguado. Al menos así le arrancaría gritos de verdadero dolor, un verdadero sentimiento. La palidez se insinuaba en el aire; era la llegada indefectible del otoño sobre la inmóvil, amarilla falda de los montes; estaba ahí, en cada detalle y noticia, sutil pero autoritario. De la noche le quedó un sabor amargo de metal. Ahora por fin entraba en un orbe sin soluciones pero con tareas. Su ansioso y precipitado balbuceo fue interrumpido por el revuelo de cierta blanca forma humana en el interior de la casa. Era Luisa. Con ojeras, dientes afilados de vampiro, una verdadera condesa sangrienta. La euforia recrudecía. Restregaba la espalda contra los muros de terminación rústica. Atribulada hasta la muerte, representaba la resurrecta de una ópera gótica. No obstante le ayudó a empaquetar sus pertenencias. De pulso inseguro, Belarmino cortó una rosa y la colocó, espinas y todo, en un vaso sobre el bargueño. Era tiempo de aprehender las novedades. A todo placer su hora: Omar había desaparecido junto con el tío cachafaz, cuyo bar en Córdoba cerraron por deudas. La desaparición del “negrillo”, como todo el resto, correspondía al último acto de un drama rural de Chejov. Tras el agite del verano, los cerros recobraban su impavidez. Tomás se preguntaba, de toda esa mezcolanza de recorridos entre los montes y los valles, en ese corazón de laguitos, afluentes y cañadas cuáles se ajustarían a una presencia emblemática en su
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memoria, cuáles tomarían valor de representantes. Hoy brillaban azules reflejando el cielo. Subió por un sendero muy desigual hasta una cresta pareja que unía dos cerros, sobre la cual se deslizó a horcajadas, como si fuera la aguda cumbrera de un techo de dos aguas. Las golondrinas volaban por debajo, contra el suelo del valle sesgaban rumbo al norte. Entre los pedruscos que pisó sobre el mayor pináculo recogió uno sangriento, abombado y poroso. Giró en redondo, punto por

punto, despacio, con miedo de marearse y desbarrancarse, enfrentando el este, el norte, el oeste, el sur y otra vez el este. Levantó la cabeza hacia el cenit. Un cable de acero viboreante se descolgaba desde allí; el coletazo le destrozó la boca. Pero él cortaba el cable con los dientes. Entonces el cielo se abrió como si fuera una piñata. Julián se encontraba arrodillado sobre la camilla de un consultorio; el foco de luz daba de lleno sobre su barriga, que parecía hinchada, como si estuviese gestando. El tinte de la piel, ya de por sí cobrizo, tomaba un caris amarillo hepatitis. El médico lo examinó, completó la ficha y la entregó a la nurse, quien la guardó en el cajón de un fichero metálico bajo llave. ¿Estaba enfermo, estaba preñado? Tomás veía esta escena desde el corredor del hospital, a través de una ventana de vidrio transparente que daba al consultorio; no pudo oír lo que decía el doctor. Para agravar las cosas, ese doctor tenía los rasgos de un gerente teatral que Tomás aborrecía y con quien no estaba en buenos términos; por tanto resultaba difícil si no imposible abordarlo para inquirir acerca de la salud del paciente. ¿Qué hacer? ¿Cómo acceder a la ficha? La angustia de tener fuera de alcance una información vital para él se redobló en el momento de abrir los ojos. El sueño le había dado noticias acerca de Julián y lo había mantenido próximo a él. Ahora, despierto, era mucho peor. Acababa de interrumpir el único lazo que lo vinculaba con el muchacho. “No he trabajado sin interrupción para solucionar nuestro diferendo”, decidió, por más que pensaba en él constantemente. “Conozco yo ciertas buenas personas que están dispuestas a comprar cualquier cosa que valga la pena, y que podrán darle más
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dinero del que el bribón ese haya podido ver junto en su vida. Ya conozco yo el paño.” Emprendió una acción concreta que agregase algún otro dato al informe. Con la más clara vista de la conciencia se le representó el día de la fiesta de Iemanjá; sobre el arroyo San Esteban escribieron sendos mensajes a la diosa. Esos papeles fueron enterrados. Por discreción, ni se le ocurrió espiar lo que Julián había escrito en el suyo. Pero ahora, espoleado por la urgencia de obtener cualquier dato, por fragmentario que fuese, y a pesar de que había pasado un mes desde la fiesta y de que esa misma noche había diluviado, convirtiendo en barro la ribera del arroyo y en pulpa el papel, igual enfiló rumbo a los pajonales, viboreó entre huellas de encorvadas crestas, atravesó el tajamar por un brazo poco caudaloso; y penetró en la isleta de los ruegos. Más se le ennegrecían las uñas al cavar, menos encontraba; ni la más mínima traza donde alguien pudiese haber guardado un secreto. Ahí y entonces se iluminó; supo lo que tenía que hacer; no ahora, sino de vuelta en Montevideo: comprar un grabador de bolsillo para proponerle un negocio. Más tarde el mismo día, sentado sobre un banco, absorto como estaba en el jardín de los cerezos, volcó el termo, no sobre la boca del mate, sino sobre el dorso de su propia mano que lo sostenía. El chorro hirviente lo quemó hondo; expuesta como un estigma, la llaga no se borró hasta pasado medio año. Se instaló firme en el centro de sus preocupaciones. Aunque solo, convivía con él; respiraba por su boca. “Supongo que estarías contento si dejáramos de bailar; pero daría mundos –todos los mundos que uno pueda dar– por hacerlo otra media hora.” Al aproximarse al puerto, su influencia se hizo absoluta. Ni siquiera en el trasbordo, ni cuando buscaba en el bolsillo monedas para propinar al maletero, ni cuando se inclinó a recoger la correspondencia

regada en el piso del zaguán, dejó de pensar en él. Tenía un plan nuevo. No pudo contenerse; lo llamó. Oyó en el auricular la voz entresacada de la siesta, penetrada de desdén. Le propuso que se reunieran para discutir acerca de un trabajo. El muchacho asumió que se trataba de pasar drogas a la otra orilla.
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–No voy a meterme paquetes en el culo, si eso es lo que vas a pedirme. –No. Es una tarea legal y se paga por hora. –¿Por hora? ¿Entonces será trabajar de masajista en un salón? No, gracias. Es un laburo que pudre y no compensa. Hay que bancarse a cualquier trolo. Entre incómodas pausas se coló la voz de María Creuza acompañada de una guitarra y un batir de palmas contra la caja del instrumento: “Os meus bracos precisan dos teus”. –No. Es otro negocio. –¿Qué cosa es? –la voz no traslucía curiosidad. “Amar sin sufrir ni temer”, siguió el radio. Prefirió reservar para otro momento la exposición del plan por miedo a recibir un instantáneo rechazo. –Tenemos que encontrarnos; te explico cuando nos juntemos. –Ah, sí. Bueno, cuando pueda, te llamo yo a vos –concedió desabrido, dándole la razón como a los locos–. Pero vos ¡ojo! no vuelvas a llamarme, ¿entendiste? Ni cumplió su falsa promesa, ni Tomás osó telefonear, porque se lo habían prohibido. Aun así, no se dio por derrotado. Meramente atacó desde otro ángulo. 25 de marzo Juli, Te asombrará que te escriba, pero es el único medio de contacto que aún me queda abierto. Aquello que sentía por vos se quedó en La Cumbre. Te devuelvo tu libertad. No hace falta que te lo diga, ¿no es cierto? Igual prefiero que conozcas mi punto de vista. Pasemos la página. Lo que motiva esta carta es la oferta de un negocio. Colecciono materiales para un espectáculo de teatro acerca de los hechos de la vida... que vos conocés.
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Con ese fin me gustaría que nos reuniéramos en una serie de ocasiones a fin de que me cuentes tus experiencias. Sé que tenés necesidades monetarias, por lo tanto estoy dispuesto a pagarte, por una hora de conversación..., por hora y media... y por dos horas... El billete adjunto va como seña de buena voluntad, para crear confianza. No comentes esta proposición con nadie. T. No hubo respuesta. Pero el contumaz no se quedó de brazos cruzados. Faltaba una pista por investigar: Gaby, el enfermero con quien había salido en primavera. Él y Julián, sin conocerse entre sí, tenían un amigo en común, un correveidile siniestro llamado Marcelo, experto en “cosas de religión”; que en su caso era magia negra. Entre los oficios de las diosas, Marcelo había chismorreado a Julián acerca del encuentro entre Gaby y Tomás. Era posible y aun probable que hubiese transmitido alguna información en reverso, id

est que Gaby hubiese oído acerca del pillete. De ser así, quizá tuviese interesantes nuevas. “Espero haber guardado el número. ¿Dónde está?” No se había tomado el trabajo de listarlo en la agenda. El papel, por suerte, había quedado prisionero entre las hojas de un cuadernillo. Ahí estaban: el teléfono de la casa y el del hospital. Optó por la residencia. –Estoy todo de blanco. No por enfermero, sino por oficiante en ritos de santería; aparentemente funcionaba un “templo” en el domicilio. Se citaron para verse a primeras de la tarde en un bar elegido por el otro, de la avenida principal. En el salón, a esas horas vacío, Gaby esperaba junto a una gran pecera, la ñata aplastada contra el vidrio, ante un pez rosa que sacudía al girar un largo cilindro de detrito que le colgaba del ano.
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Lucía un rubí en la sortija. Usaba una blusa de raso rojo; del pecho colgaban cadenas con dijes. Tomás le dio las gracias por haber venido. No, no conocía a “Juliancito” en persona; pero sabía de él a través de la peste común: Marcelo. –Entre los dos se maravillaban de que vos soltases tanto dólar aquí y allá. Me contó y le dije: “Con ése me acosté yo también”. Ellos se reían mucho entre ellos, muy mucho. –¿De qué se reían? –Se reían del pinta, o sea vos, que no era más que un pinta, pero que se había encachilado. El pez coleaba alrededor de un árbol de baquelita; dio una voltereta, sacudió el vientre y desprendió el colgajo. –Julián me dijo que Marcelo le había mostrado una foto tuya, en que estás disfrazado de Pomba Yira. –Esa no es una foto de Pomba Yira. En esa foto estoy horrendo. Yo era rubio de ojos verdes, vos me conociste ya morocho de ojos marrones. Cuidado que eso fue después de una quimbanda: en la foto andaría de negro y rojo con una capa negra y una estampa en la mano. No salí bien, era una foto horrible, entonces se la regalé. ¿Por qué se la regalé? No sé. ¿No estaría yo todo rubio ahí? Estuve rubio, un rubio oro dieciocho, platino prácticamente. Pero no: en esa foto yo no estaba rubio ni tenía los ojos verdes. Usé mucho tiempo un mechón rubio, esta parte aquí delante, una mecha, después todo el pelo de mi color, ¿no? Es lo que usaba en esa época. Después me quedó de un rubio bochinche toda la cabeza. Esa foto fue tomada tres años atrás me parece; no excede de tres. “Por ser Marcelo tan envidioso yo no le podía contar mi vida personal por miedo a que él me la envidiara, pero el tema de que yo te conocía surgió al hablar él de Juliancito, lo lindo que era Juliancito o Julito yo qué sé; y que estaba saliendo con un músico de teatro. Y ahí, cuando se inició ese tema, yo ya te había conocido, que no sos actor, pero que trabajás para el teatro. El había mencionado a Julián tiempo antes, una vez, en un templo: ‘A este templo viene Julián’ porque era hijo de la casa, así que capaz que caía esa noche. Debió haber sido una fiesta de quimbanda, otra cosa no, quimbanda o nación, que son las variantes que practico. Nación es la parte de los
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santos cabocos. Lo practiqué muchísimos años; hoy día no es que esté en desacuerdo, simplemente es algo que me cansa mucho, son horas de estar parado, quieto; entonces me cansa. La quimbanda es movimiento: hay batuque, jolgorio, juajuajuá, para el costado, para arriba, para abajo. Pero no: yo a Julián nunca lo pude pescar en ninguna quimbanda, o sea que tampoco te puedo decir que fuera a eso muy seguido.

”La primera vez que vi a Marcelo fue ahí dentro, la primera vez que lo vi en mi vida. Después lo vi en la plaza, que se me acercó para hablar, y fue cuando intimamos. Y nos seguimos viendo. Él siempre venía a casa o yo iba a casa de él, pero poco y nada, porque enseguida me di cuenta de que el gurí no me servía para tenerlo cerca. Cuando lo crucé en la plaza preguntó: ‘Disculpame, ¿vos vas a lo de Olga?’ ‘Sí.’ Y entonces se sentó y de ahí en más, ¡mi martirio! No me gustaba ese ritmo sexual que tenía él, de tanta gente constantemente. Debe hacer de esto dos años y pico, tres, no más de eso. Nos encontrábamos en la plaza o él me llamaba y decía que iba a estar en la plaza o: ‘Si querés te paso a buscar al salir del liceo’. Y yo: ‘Después nos vemos en la plaza; salgo tarde del liceo’. ”Me habló de Julián el día en que nos conocimos, prácticamente estoy seguro. Vuelta y media iba yo a ese templo, porque las quimbandas ahí me gustan. Iba con otro amigo, la Pocha. Iba y estaba Marcelo. En ese momento Julián ya era amigo de él, ya se habría terminado el asunto entre ellos calculo, se seguirían viendo porque eran hermanos de religión. Era una cita obligada, en el templo; porque Julián iría por sus intereses. Podés no tener collar, ni tener la obligación de presentarte; pero es una vez por semana, tres o cuatro horas cada visita. No es para decirle a tu pai o mai de santo: no vengo. Una vez a la semana estás ahí en calidad de hijo, de hijo reciente. Ya fuiste en otras ocasiones como curioso, hablaste con el dueño de casa y participás del rito. ”Cuando empezás a participar del rito en el momento de la iniciación, que se hace con unos yuyos, se te ata un trapo en la cabeza, tipo turbante viene a ser. Quien te lava la cabeza, las manos y los pies es quien te va a mandar, quien te dominará en el día de mañana. Quien anuda el trapo es tu padrino. Si el que te domina
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no está vos podés recurrir al padrino. Uno puede llegar solo, la puerta está abierta, te metés, el padrino es una persona que está ahí adentro y lo elegís: ‘Yo quiero que usted sea mi pai y usted mi padrino’. Siempre hay un jefe absoluto en un templo; bajo él está el subjefe. Por lo general el subjefe es el padrino de todo el mundo. Un hermano cualquiera no puede; tiene que ser una persona religiosamente más adelantada que vos para que te oriente. ”Hace tres años Marcelo me dijo: ‘Tengo un amigo que se llama Julián, que viene al templo’. Ahí vos no estabas en escena. Tres amigos habíamos ido al templo, y me comentó: ‘Vos sabés que acá viene él’. Parece que era parte importante de su vida en aquel momento, supongo que a esa altura estarían a punto de romper, o ya habrían roto. Me volvió a hablar de él cuando surgiste vos. ”Julián iba por la plaza de La Paz a trillar; él ahí era populi. Y Marcelo paraba en la plaza a ver si lo veía. No en la plaza de Las Piedras. La plaza de La Paz es prácticamente muerta, triste, y la verdad es que la de Las Piedras tiene movimiento. ”Vos fuiste el enganche fabuloso: decían que largabas dólares a lo loco, era interesante saber que había alguien que largaba dólares con tanta facilidad como lo hacías vos. Y evidentemente después que Marcelo me contó y yo le sonsaqué todo lo que pude de vos ahora estoy seguro que le dije: ‘Yo me encamé con ése’. Y entonces en un abrir y cerrar de ojos Marcelo corrió a la casa del otro a contarle. Lo último que me dijo fue: ‘Julián se va para México con el músico. No sé si podrá sacar el pasaporte porque es positivo, tiene sida, y para otorgarlo exigen un examen. No va a poder pasar el examen; por lo tanto no le otorgarán el pasaporte’. ”Soy muy enamoradizo, pero ahora estoy solo. Sabés cómo es la onda gay: salgo dos o tres veces contigo y me aburriste. Ahora no

me interesás, me interesa otra bragueta y otra cola. Cuando me voy, creyendo que estamos bien, ¡chac! Una sola vez en veintiséis años rompí yo la relación y he tenido cantidad de relaciones de este tipo. En el cine no sabés el nombre del loco con quien cogiste, porque no se habla. Hablan las manos. La boca chupa. Uno me preguntó: ‘¿Qué te parece si vamos a casa?’ ‘¿Vivís lejos?’ ‘No: acá por El Gaucho.’ ‘Bueno, vamos.’ Eso me pasó una vez sola en el cine. He tenido otras propuestas de salir a la calle pero como la
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‘pieza’ no me interesaba, no salí. No son los mismos que van a los bares. El que va al cine es aquel que tiene novia pero se hace coger; entonces precisa algo rápido y poco visible. Vas al baño a penetrar a otro o a hacer vuelta y media; el masturbarse es en las butacas. Besitos y cariñitos no corren mucho. ”Voy al cine desde que soy mayor de edad. Antes changaba en el café de la terminal de ómnibus. Me vestía putamente, me movía maricón como para provocar; entonces un tipo, borracho, me preguntaba si se podía sentar a mi mesa. Le decía que sí, se sentaba: ‘Buenas noches’. ‘Hola, ¿cómo andás?’ A ese bar yo llegaba, pedía un medio y medio simple, hasta que me iba en viaje. Había gente en la barra tomando, yo los miraba; si me miraban, los seguía mirando hasta que me invitaban: ‘Vení’; y yo: ‘No, vení vos’. Se sentaban: ‘¿Qué estás haciendo?’ ‘Trabajando.’ Así se va a lo seguro. ‘Ah, sí, ¿y de qué trabajás?’ ‘Tu billetera habla.’ Siempre fue lo mío. ‘Mi billetera no dice nada.’ ‘Chau.’ ”Yo precisaba plata en ese momento. Mi papá había renegado de mí, dijo que yo no era hijo de él. A los quince me llamó al cuarto y me preguntó: ‘M’hijo, ¿usted se hace coger?’ ‘Sí.’ Se armó un quilombo de todos los colores, era una de llantos y de lágrimas: ‘Lo mato ahora, lo mato después’. Se puso bravo, me echó de casa. Me fui a la casa de Malena Peregal, una lésbica amiga de una hermana de religión. ”Pero yo primeramente me tuve que ir de casa por la religión a los catorce. Tendría once o doce cuando andaba por los templos en los cantegriles de Aparicio Saravia entre esa gente que junta cosas en los carros. Me encantan los basureros y me encanta mirar adentro de cuanto tarro de basura hay. Y ahí había basureros grandes y entonces yo vivía metido en ese sitio. Sonaban los tambores y a mí me encantaba, y esas ropas extravagantes que se ponían, y que daban vueltas y vueltas y vueltas sin caerse. ”Me quedaba toda la semana en Las Piedras en casa de mis padres. El viernes, cuando salía de la escuela, me tomaba el ómnibus con túnica y guardapolvo puesto, pagaba el boleto y me iba a casa de mis abuelos. Ese fin de semana era macumba viernes, sábado y domingo. Le decía al abuelo que estaba en casa de un amigo que ellos conocían. Pero yo estaba en los templos, mirando, solo.
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”Después me fui al rancho de la Teresa porque mamá me dijo: ‘O la religión o nosotros’. Agarré el bolso y me mandé mudar. Mamá es católica. Yo en casa cantaba todo el día los himnos de la macumba y era un total fanático. Hoy en día perdí el fanatismo y me encuentro escéptico. ”Mi primer lavado de cabeza fue con el Néstor. Era malo ser menor y estar en la línea cuando hacíamos la rueda porque podían caer los milicos. La Teresa era de religión, igual que la Malena Peregal en la segunda oportunidad que me fui de casa. Entre una y otra volví a casa porque mamá entendió. El ser macumbero por un lado y el ser homosexual por otro dio vuelta a mis padres como una media. ”Mis primeras experiencias fueron en el hipódromo de Las Piedras,

que estaba cerrado. Todos se tiran donde hay mucha gente, pero ahí no levantás. A mí me gustan los lugares oscuros con poca gente. Había chircales más altos que yo y había gente grande que sabía para lo que estaba. A mí me gustaba ver, a mí lo que me interesaba del hombre era verlo desnudo. Me daba miedo mantener una relación sexual. Era de carretera por cómo provocaba e inducía a que el tipo tuviera una erección y entonces rajaba; no salía corriendo pero le decía: ‘Yo no’. Entonces era mirarse, conversar, que no me tocaran. ”Siempre llevaba conmigo la hoja del centro de una revista porno. Era la excusa perfecta: ‘¿No viste a un muchacho rubio así y así?’ Daba cualquier dato de una persona que no existía. Siempre fui muy teatrero. ‘¿Es tu hermano o algo?’ ‘No, no; tengo que darle la hoja de dentro de esta revista.’ Empezaba que mirá que aquí, que mirá que allá; entonces el otro se excitaba solo. Llegaba un momento de la conversación: ‘¿Y vos cómo la tenés?’ ‘No sé, ¿por qué no la tocás?’ Y yo sí, la tocaba. Pero tenía miedo de que me fuera a coger. ”Entonces conocí al negro la Pocha. Yo estaba en un templo, el dueño del templo cumplía un cinco de abril y el cinco de abril, pasadas las doce, era mi cumpleaños. En materia religiosa las tres cuartas partes de lo bueno, lo malo, lo nocivo, adónde se podía y no se podía ir, lo aprendí de él. Algunos usan los templos como pantalla para pasar droga, o para lucrar, o para hacer fiasco, porque se
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hacen los ‘incorporados’, se hacen los poseídos, para tomar vino, whisky, caña. O bien hay lugares de gente trabajadora, o de clase media para arriba, donde se practica religión. Era un pai, la Pocha, pero no tenía templo y siempre andaba con sus hijos de arrastro de un templo a otro. Era ágil para el teatro. Muchas veces era más lo que chupaba que la posesión que tenía encima. Si se tenía que portar bien se portaba bien. Pero en lugares que se prestaban para el ‘candombaile’ era noche de alcohol y de relajo, de risas, de gritos, de incorporaciones truchas. Creo que fuimos a ciento cincuenta templos en La Teja, el Cerro, Las Piedras. ”Yo después me estabilicé en casa de Néstor, mi primer pai de santo. Él me puso la mano. Me enamoré de él, andábamos de novios. Pero entre pai de santo y filho no se pueden tener relaciones. Él estaba deseando, yo también estaba deseando, así que dijimos: ‘Bueno’. El me sacó la mano, aquello que él hizo un día, aquel rito, fue deshecho. Fuimos al templo de la Naty, otro maricón. Néstor me sacó la mano una tarde y por la noche yo ya era hijo de otro, así no teníamos más compromiso de ninguna especie. Entonces Néstor y yo cogimos, pero a él se le pinchó el globo y perdió todo interés enseguida, aunque yo seguía re-interesado en él. Después me peleé porque hubo lío de macho: ‘Fulano es mío’; ‘No, fulano no tiene etiqueta’. ”¿La primera vez que cogí mismo? Me cogieron en un terraplén. Yo venía de Malvín Alto caminando a casa de mis abuelos, tenía la plata para el ómnibus pero me venía caminando para ver si enganchaba algo. Enganché a un muchacho que a la verdad tuvo una delicadeza... Divino. Yo le tenía terror, ahí le perdí el miedo. A ése no lo vi nunca más. ”Para mí el condón era para no quedar embarazada, pero como yo no tenía miedo de quedar embarazado... A todo esto la Pocha me había enseñado varios ‘trillos’, lugares donde se changaba. Conocí a muchos travestis: algunos de los templos, otros de changar en tal o cual lado. El famoso negro la Pantera fue el primer travesti que conocí y me quedé mudo. Era un negro viejo con una peluca rubia, borracho las veinticinco horas del día. Ese changaba debajo del Acueducto, ahora ya falleció.

”En el Prado, Paso Molino, paraban mujeres, paraban travestis o un macho que te cobraba por calles que de noche son vacías, toda
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la parte de árboles y el parque ‘presta’. La Pocha iba a tomar un trago de caña por aquí, un trago de vino por allá. Salvo algún ‘garrón’, cogía cobrando abajo de aquel arbolito, dentro de aquel auto, atrás de aquel muro. ”Yo conocí mucho maricón vestido de mujer; travesti con silicona, poco. Si a mí no me gustan las mujeres, ¿para qué quiero tener un seno? Los travestis son de otra mentalidad: se creen que son mujeres. Yo siempre tuve claro que era varón y que a mí me gustaban los varones. Changaba peludo en las piernas, me ponía dos o tres pares de medias, un par de medias claritas, entonces en la noche no se te nota un pelo. ”Un día del rancho de Teresa salí, no me acuerdo cómo conseguí la ropa, si de Teresa o de mi hermana, me acuerdo que mi primer vestido era un vestido rojo de licra que me hice yo mismo bien pegadito al cuerpo, y paraba con la Pocha. Él también se travestizaba. Yo no quería estar parado solito en una esquina; él ya era iniciado viejo cuando lo conocí, se inició con una tal la Pechito, un travesti viejo de Las Piedras; le enseñó como era el ‘yeito’. ”Yo estaba en un rancho donde tenía que aportar, era nuevito en la calle, changaba que era un lujo. La Pocha me decía que para changar hay que dejar descansar la imagen. No podés pararte todos los días en el mismo cruce donde te ve todo el mundo; hay que ir tres o cuatro días al centro, otro día a una esquina, otro a otra con una peluca diferente. A los tipos que ya te vieron no les gusta salir siempre con el mismo. ”Hasta ese momento yo era pasivo. La Pocha me enseñó el ‘garrón’. Después de dos o tres viajes que vos habías cobrado, si querías y te gustaba uno que no tuviera plata igual te lo echabas. Jamás antes un ‘garrón’; primero plata, después ese ‘garrón’ que te gustó, y después seguís cobrando. Iba a un descampado a coger, a veces a un jardín, a veces a un motel, pero en algunos no te dejaban entrar vestido de mina, porque el travesti se droga y es muy problemático, rompe vidrios y espejos para pedir más plata. ”Empieza cobrando cincuenta pesos, pero después te dice: ‘Mirá que yo te hice esto y esto, que no entraba en el precio; son doscientos. Si no me pagás, con el tacón rompo un espejo, cazo un vidrio y te corto’. ‘No, que vos estás loco.’ ‘Te aviso. Me pagás.’ Ese es el ‘yeito’: se trabaja así hasta el día de hoy.
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”Yo lo hice, pero pocas veces y borracho hasta la manija. Me chupaba un litro de caña Valverde con miel antes de salir a changar. Era tal el pedo espeluznante que tenía que no me importaba abrirle la cara a quien fuera o meterle un cuchillo. Nunca apunté con un arma, siempre pensaba: ‘Bueno, vamos a los vidrios, pico de botella’. Una sevillana es un arma blanca, un pico de botella es más práctico, lo tirás. Para contener a una barrita de siete u ocho malandros que me querían coger a prepo yo agarré y rompí una botella. Por lo general los tipos le tienen miedo al travesti, saben que está dispuesto a cualquier cosa porque no tiene nada que perder, no le importa matarse él mismo o matar a otro. El pico de botella o el tacón del zapato; había quien usaba una media gillette en la boca, se cortaba los brazos: ‘¿Viste cómo me corto? Hago lo que se me antoja. A mí no, mi amor. Andá largando algo. ¿Cuánto sale un parabrisas nuevo? Quinientos pesos. Bueno, dame cien pesos o en este momento te vuelo el parabrisas de una patada’. La punta del tacón siempre era de fierro. Lo mandábamos hacer así para que la contusión fuera peor. ‘No seas malo, dame cien pesos y quedate quietito. ¿O querés que tu mujer se entere dónde estabas vos cuando se quebró el parabrisas, qué estabas

haciendo, con quién estabas?’ No es una disculpa, pero en estado alcohólico, sumamente alterado, yo lo hacía. ”Es para changar tranquilo, para perderle el miedo a los milicos, perderle el miedo a lo que te pueda pasar esa noche. Por eso se consume mucho alcohol, para apaciguar los nervios y para agarrar coraje, porque están los tipos que te quieren pegar, los que te quieren robar, hay tipos que son muy peligrosos porque te ven parado en una esquina y saben que llevás levantados seiscientos pesos. Llegan a salir amistosamente contigo, o llegan directamente a robarte. Si no la comandás te sacan un chumbo, un cuchillo, o un pico de botella como nosotros, porque ellos están tan diestros como nosotros y saben cuáles son las ventajas y desventajas. Yo revólver tuve en la cabeza dos veces, y una vez salí con un gitano. En un pozo se cayó un pedazo y yo le dije: ‘Se te cayó el 38’. Pero sacó otra arma, una grandísima, no sé si calificarla de Magnum. La Pocha en el asiento de atrás lloraba a moco tendido, se le caían las lágrimas al ver el arma y que nosotros íbamos rumbo a un monte desierto completamente.
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”Después de varios meses de prostitución callejera la Pocha me llevó a lo de Corujo, un bar en Las Piedras con travestis siliconados. A veces Néstor, mi antiguo pai de santo, también changaba ahí vestido de mujer. Hablé con la Cristian, la dueña del bar y le dije: ‘Mirá, Cristian, ¿vos me dejás que yo changue acá?’ Y me dice: ‘Mirá: acá a las manos no, babado no’. ‘Babado’ es robar, un ‘matufio’. Y me instalé tres años. Todas las noches changando, de once de la noche a seis de la mañana. Tomaba mate con yerba La Oveja, o ‘yuyo de la oveja’, para no acabar y también dejaba caer una gotita sobre la cabeza de pene. Con eso tenías erección pero no acababas ni a palo, para poder seguir cogiendo con otro cliente. Y siempre los apuraba: ‘Rapidito, acabar’. Yo pensaba en la plata. Borracho, aguantaba cualquier cosa, fuese quien fuese. Decía para mí: en media hora tengo tanta plata, y esto que pasa ahora es un mal sueño. Y a todo respondía: ‘Sí papito, sí papito’. Pero te sentías usado, manoseado, y pensabas en la plata: saqué tanto, saqué cuánto. En lo posible ni siquiera los miraba, asqueado de los viejos babosos. ”Hasta que decidí dejar de changar. Me bajé de un camión donde había cogido, salí a la ruta a las cinco de la mañana, borracho del todo. Pasó un ómnibus, ahí levanta a noventa o cien la velocidad, me agarró de costado, me tiró contra un muro, no me mató de casualidad, no tuve ninguna fractura pero me descolocó el organismo, vestido de mujer y todito ensangrentado. Un paso más y el ómnibus me habría agarrado de lleno y yo no existiría. ”Nunca me habían fichado. Yo sabía cuál era el proceso por los otros. Me llevaban para Canelones, a la Comisaría, ahí pasaba la noche y me iba al día siguiente. Si me preguntaban yo contestaba que ya estaba fichado. ‘¿Otra vez luces y flashes y póngase de costado y haga allá y diga acá, todo eso de nuevo?’ ”Estaba en la puerta del bar con la Leticia y venía la policía. Veíamos los focos allá a lo lejos, eran azules. Nos metían de a veinte en la camioneta. La veíamos y era el grito. No quedaba nadie. Nos escondíamos encima del techo, arriba de los árboles, en la cabina de un camión, rápido, ¡ya! Los que estaban dentro del bar rajaban para adentro de la casa. La policía no podía entrar a la casa sin orden de allanamiento.
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”Si el milico te agarraba, el milico te cogía, y te largaba. Siempre había alguno que quería coger. Yo era nuevito, o bastante nuevito, y me decían: ‘Mirá, si me la chupás, te largo’. ”Pero la camioneta era un poroto. Después empezaron a mandar

miliquitos jóvenes del centro, vestidos de particular. Jugaban al casín, es decir al pool –un juego por el que nunca me interesé– y chupaban. Eran milicos diferentes, de la Jefatura de Montevideo, decían: ‘¡Policía! ¡Quieto todo el mundo!’ ”Empezamos a caer. Esto era bajo el comisario Rojas que dentro de todo era un tipo accesible. No era maldito. Te metía en un calabozo, te dejaba las horas que tenías que estar y te largaba. Con libreta a veces nos daban doce horas en vez de veinticuatro. Yo pasaba revisión médica todos los miércoles. Examen de HIV cada tres meses. Miraban el pito, la cola, comprobaban que estabas sano; entonces te daban una constancia que yo presentaba a los milicos. ”No deja de ser una pena que un hombre esté prostituyéndose. Con una prostituta no hay problemas, pero con un varón sí. Cuando yo empecé a coger tenía la clara idea que los tipos me iban a pagar para cogerme pero acá los tipos te pagan para que te los levantes. No la mayoría, sino el noventa y nueve por ciento. El que no se hace coger la chupa. No hay otra. Con los policías es distinto. Y los ‘garrones’ tienden a ser activos; de pronto pueden ser activos y también pasivos. ”Prácticamente todos los clientes tienen arriba de los cincuenta. Había barritas de dieciocho a veinticinco años que antes del baile pasaban por el bar a chupar vino. Ellos querían coger, decían: ‘A ver esa conchita, a ver esa conchita’ y me masturbaban. Me acuerdo en la terminal de ómnibus un tipo supermacho me dijo: ‘Te voy a hacer esto, te voy a hacer aquello, te voy a hacer lo otro’. Yo encantado: ‘Cómo no’. Llegamos al mueble y lo primero que me dice es: ‘Sacate el vestido, me lo quiero probar a ver cómo me queda’. Le hice esto, le hice lo otro, todo yo. Tenía trabajo, mujer e hijos. Le parecía mejor que lo vieran con una mujer o una supuesta mujer que con un tipo vestido de hombre. ”Una situación complicada fue cuando cambiamos de comisario. El nuevo, Helguero, era siniestro, un marica tremendamente reprimido. Odio nos tenía a nosotros y odio les tenía a las mujeres.
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A las putas les tenía más odio que a nosotros. Después de caer presos, cuando estábamos en el calabozo: ‘¡Nada de bochinche!’ Si nos poníamos: ¡juajuajuá! mandaba un milico que nos tirara baldes de agua. En el peor calabozo, el que tenía peor olor, el más oscuro, el más lejano, no se sentían los ruidos de la comisaría ni los ruidos de la calle; te preguntás si todavía hay un mundo fuera; uno se siente aislado, y encima con baldazos de agua fría en pleno invierno. Este asumió, y en dos meses cerró lo de Corujo. ”Los travestis siempre nos peleábamos, con la Betty estuve peleado mucho tiempo no me acuerdo por qué, con la Claudia porque supuse que me había robado, aunque había sido otro maricón el que me había robado, la Janet, y me peleé con la Leti por problemas de cobranzas. Todos cobrábamos lo mismo. No podía haber diferencias de precio. Competíamos en cuerpo, pero no en precio. ”Como estaba peleado me fui a la ruta a changar con la Pocha. Vino la camioneta y no la vimos. Cuando nos dimos cuenta estaba a seis metros: venía despacito. Yo de pollera rosada, medias, tacones altos, blusa, un bochinche era yo. El comisario Helguero manejando. La Pocha re-cagó. Yo me descalcé y dejé los zapatos en la carretera. Cuando la camioneta fue a dar la vuelta hacia nosotros, dije: ‘¡Pocha, corré!’ El comisario gritó: ‘¡Alto o disparo!’ y arrancó a los tiros. Las balas las sentí pasar al lado de mí, hacen: ¡zuum, zuum! ”Dos veces me tiró cuando yo estaba en la misma esquina, y dos veces me escapé. Salía como alma que lleva el diablo y me metía dentro de cualquier puerta. Este tenía odio. Si él te quería agarrar y

vos te escapabas, el odio se multiplicaba. Entonces era una paliza y cualquier violencia con el pretexto de que habías resistido el arresto. ”Una vez lo crucé en la Clínica, yo iba a la revisación. Lo vi, pero seguí de largo; entonces él me gritó: ‘¡Señor!’ Yo iba vestido de hombre. ‘¿Usted no estaba parado en tal esquina a tal hora tal día?’ ‘No, señor.’ ‘¿A qué viene?’ ‘Vengo a pedirle un medicamento a la Doctora Vilma porque tengo una afección a la garganta. ¿A usted qué le importa?’ ‘Vaya, vaya,’ dijo. Di media vuelta y él bisbiseaba: ‘Ya te voy a agarrar’. Yo pensé para mí: ‘Si corrés más que yo me vas a agarrar’. Y me fui moviendo el cuello, como significando: ‘No; no me vas a agarrar’. Y no me agarró ¿sabías?
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”Después de eso y lo del ómnibus que casi me atropella hablé con mi doctora. Estaba sumamente estresado: yo salía a changar y cada noche pensaba que no volvía. Ya había cumplido dieciocho años, me acercaba a los diecinueve. Sentía confianza en ella porque demostraba una calidad humana que no se encuentra. Le dije: ‘Ando mal’. ‘¿Qué te pasa?’ ‘No quiero changar más; van a terminar matándome.’ Aparte los pedos eran brutales, los quilombos que yo armaba. Me agarraba a las piñas con los machos mamados que estaban en el bar. Me tocaban el culo, yo ya andaba medio eléctrico por algún lío con otro travesti y les preguntaba: ‘¿Vos me tocaste?’ ‘¡Pero qué te creés, puto!’ contestaba el otro. Y ahí se armaba la gresca y todo el mundo salía para afuera. Las peleas eran afuera. Se agregaban otros: los amigos del macho y los amigos del puto. ”Una vez por tres vasos de vino se armó un lío que puedo decir que me di el lujo de sacar a todo el Corujo para afuera. El tipo me quería coger por tres vasos de vino. Yo le dije que no, que cobraba plata; si no, no salía a ningún lado. La Cristian, la dueña del bar, con un revólver tiraba en medio de la ruta para controlar la situación. ‘No chango más porque me van a matar o mato a alguno.’ Yo estaba en cualquiera. A mí no me interesaba nada de nada. Pero los ratos en que estaba fresco pensaba en lo que había hecho la noche anterior; y no me quería acordar. ‘Si fulano me ve o mengano me agarra me van a matar.’ Cada día enemigos nuevos. ”Eso le dije a la doctora. ‘¿Por qué no cuidás enfermos? ¿Vos salís de esto si te consigo pacientes?’ ‘Sí.’ Y me consiguió pacientes en la Médica Uruguaya y en la Española. ”La primera paciente fue la suegra. Yo iba al sanatorio vestidito de varón, bien educado, como siempre fui, para ser acompañante al lado del paciente. ”Entonces pude empezar a elegir yo con quien me acostaba. A mí me gusta gente de mi edad, de veintiuno a treinta, con lindo físico, y no me gusta que sea afeminado, pero sí que se deje coger. Aunque a vos te vi afeminado y pensé: ‘Este se deja coger’. Te vi con un dejo, quiero decir, no te vi con un porte de macho total. Pensé: ‘Con éste hay posibilidades de vuelta y media, o de que yo me lo coja a él’. Quedé super-asombrado de que vos me terminaras cogiendo a mí. Claro: no te lo iba a decir, pero... Vos me invitaste a
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tomar un whisky y después a conversar a tu apartamento. Aparte de que me atraías. A los de más de treinta los veo desprolijos, ¿viste? Sobre todo si ya son casados y todo eso, se vuelven panzones, medio calvos; pero como vos estabas atractivo, y sos atractivo –cuestión aparte– me gustaste, y me dije: ‘Con éste, ¡regio!’ Pero como eso no se habló en el boliche quedé pensando que vos eras pasivo, y la situación fue otra, ¿entendés? Ta: fue otra, y fue otra.” El calor volvió el sábado siguiente, o más bien Domingo de Ramos; ya habían dado las dos de la madrugada. Tomás se aprontaba para salir de ronda. Vestía pantalón negro, musculosa blanca.

Sonó el timbre. No esperaba a nadie. Se asomó al balcón. Era Julián. –Estoy a punto de salir. –No, si te ibas, andate nomás, total sos libre como escribiste. Yo me las tomo, pero te advierto que no me involucres en tus manías. Me importás un pito; mucho menos tus obras de teatro. A medida que hablaba subía el volumen; había venido con la intención de hacer un número de estruendo y amenaza. Tomás temió que la anciana bajo cuya persiana el chulo, exaltado por la frula, vociferaba las líneas de su rol de acosador, se despertase. Se arrepintió de haberle dicho que pensaba salir; era mejor que entrara. –Pasá, te ruego. Dentro podremos hablar más cómodos. El ataque de Pierre en Spok le había dado a Julián motivo para esperar lo peor; recelando que Tomás lo agrediera, o que tuviese compañía, se negó a entrar. Pero tampoco se decidía a partir. Su mejor baza era armar un escándalo en la calle. –Te mentí cuando te dije que te quería; hago de lady-gay con un veterano cuando se me da la gana, después me aburro y lo mando a cabecear. –En La Cumbre cacareaste que yo era al pedo. Y bien, no era, al menos allí y entonces. En cambio, vos sí que sos al pedo. –¡Soy completamente al pedo! –soltó una carcajada demoníaca. Nunca lo había visto con una plus mauvaise mine, devastado por la merca; la piel exhibía un tono verde faisandé; en la punta de la nariz destacaba un absceso color fogata. –Soy todo dulzura de la cintura para abajo. De la cintura para arriba soy todo veneno.
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–Ya sé, no me querías. Un poco de simpatía, al menos, habrías de tenerme, para soportar conmigo casi todo el verano. El agresor se desconcertó. Buscaba herir. Esperaba que él perdiera el control, que estallara, que se fuera de lengua, revelando inadvertido el plan de venganza que pudiera haber tramado. Pero no obstante oírlas por primera vez, Tomás tenía tan rumiadas y consabidas las palabras hirientes, que se mantuvo en calma. Eran ásperas, sí, pero no novedosas. Estaba vacunado contra ellas. –No sos ningún corderito. Te querés vengar. Estás preparando un truco. –¿De qué me vengaría? No me hiciste nada. Te agradezco que me hayas acompañado en la sierra por algunas semanas. Eso es todo. –Pero te mentí. –¿Me mentiste? Yo ya sabía con quién estaba tratando; no tomé en serio nada de lo que decías. Cierto que, a causa de que estábamos siempre juntos, me acostumbré a que compartiéramos todo. Me volví adicto a vos, como si fueras una droga. Ahora es diferente; lo de la sierra está pasado y pisado, ¡desde hace un mes! ¿No te das cuenta? Estoy bien. Salgo con otros. –Sí. Con billetes siempre vas a encontrar con quién salir. –No te escribí la carta para hablar de La Cumbre. Lo que te propongo es un negocio. –Pretendés comprarme, como si fuese lo único que me interesa; habrás pensado: “Este se mueve por la guita”. –¡Te ofrezco un trato! Me contás tu vida, yo pago. Después te enseño inglés. Cuando mi obra se estrene, nos vamos a Inglaterra a festejar. –No me interesa el inglés, ¡jachu, jachu! Prefiero Brasil. –Este invierno pienso viajar a Brasil. Por la vereda pasaban algunas jovencitas; aunque no tenía el más mínimo interés en ellas, el pilongo las piropeó con rudeza. Formaba parte del espectáculo. Enseguida se le fueron los ojos hacia

los bíceps de Tomás. Haciendo una mueca obscena, comentó: –En La Cumbre no los tenías tan duros, ni tan grandes. Se oyeron ruidos, un jadeo catarroso tras la celosía; la anciana se había levantado, obvio, y se apostaba a escuchar.
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–Si me molestás otra vez, o si molestás a mi madre con llamadas o cartitas, vengo, tiro la puerta abajo, y te liquido con un chumbo. Después de varios esfuerzos por apaciguarlo hablando quedito, Tomás le transmitió las buenas noches por la rendija de la puerta, aseguró el cerrojo. Prefería ignorar, por interés en lo que atañía a su tranquilidad inmediata, cuanto se había implicado en su contra. Pero la visita aún no había concluido. Fue desviado de su primera dirección escaleras arriba por un nuevo timbrazo. El don mafioso quería despedirse. En vez de abrir, se asomó al balcón. La cara verde, abajo, reclamaba dinero. Arrojó un billete que revoloteó en zigzag como una hoja de otoño. –Es lo que tengo por ahora. Habrá de sobra cuando nos reunamos a conversar. –Si no te aviso antes del jueves, significa que rechacé tu propuesta; y de remate, que no te voy a ver más. Los muros retemblaron bajo el cañonazo; aturdido por el estruendo de explosiones colosales, Tomás apenas tuvo valor para captar en el aire la destrucción y los desgarramientos de la batalla. Temblaba aún por la aparición intempestiva del otro; pero el agua de las pupilas de José lo miró sin objeciones; se veía en el horizonte aprobatorio de esos ojos. Se aflojaron en el canyengue compartido con la persuasión de que estaban bien juntos. No quería volver solo a casa; era incapaz de afrontar solo ese embole reciente de la visita de Julián, insensible en su conducta hacia él, deficiente tanto en la justicia como en la compasión. El semisordo lo acompañó. Habiéndose quitado las botas, el cinturón con hebilla de Harley Davidson, quedó en slip, mordiendo una manzana. –Espero que me entiendas. Voy a hacer que me entiendas. No tengo la menor vergüenza acerca de lo que implico. Desplegó sobre el sofá el interminable esqueleto, ofrecido para que lo aferrase como un mástil atravesando el tifón. Ya estaban dormidos como verdaderos operarios cuando sonaron golpes en la puerta. ¡El iracundo había vuelto! Salió al balcón. Contempló una espantosa negrura que yacía sobre un sinfín de destellos blancos. Unas cuantas estrellas asombrosas caían hacia el
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oeste, vacilantes y opacas, vistas a través de una frenética corriente de humo. Pero no había nadie. Sintió que dejaba una gran felicidad a sus espaldas cuando salió de la casa con José al día siguiente; juntos siguieron caminando y el chico estalló en palabras de admiración y de alegría acerca del cielo luminoso y de la posibilidad de bajar hasta la playa. Su amigabilidad, su fraternidad, su sinceridad, su rectitud: afirmaba estar seguro de que los sordos poseían mayor valor y calidez que cualquier otro grupo de hombres; que sólo ellos sabían vivir, sólo ellos merecían ser respetados y amados. Bajo un cielo sereno, abrasador, sin una nube, envuelto en el fulgor de unos rayos solares que mataban todo pensamiento, José horadaba la arena con sus tacones de bucanero. Se quitó la camiseta, porque estaba templado, y se estiró boca arriba sobre una roca plana. ¡Cuan delgado y largo era! Apoyaba los glúteos y las paletillas, mientras que la cintura quedaba al aire como si fuera el arco de un puente. Memorias de personajes de gran valor y sufrimiento que en ese

momento se le ocurrieron a Tomás, las mejores para animar y fortificar la mente mediante los más altos preceptos, le quitaban toda gana de hablar. Apretaba fuerte los párpados cerrados bajo el sol. La invectiva de Julio resonaba en sus oídos; era su pensamiento central en medio de la quietud. –Sé en qué estás cavilando –interrumpió el semisordo–. Es en tu próxima obra de teatro, ¿no es verdad? Los estampidos de cañón o ametralladora y las humaredas de los incendios lejanos son otros tantos problemas laterales, que el estratega debe atender. “La malicia introduce la discordia y la astucia conserva el mundo en la discordia.” Con las espaldas vueltas hacia donde quería ir derecho, a la madrugada visitó otra disco; en el retrete –había uno solo, para hombres y mujeres– se topó frente a frente con Julián, que se miraba en un espejo suspendido junto a la puerta. Un partidario le sostenía por detrás las puntas del cabello destellante como si fuera la cola abierta de un ave del paraíso, un vestido de cola, o el caminero
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extendido al paso de algún dignatario. Hablaban entre ellos acerca del drástico corte que había, si no demediado, al menos reducido en un cuarto la extensión de las hebras. Tomás inclinó apenas la cabeza; no quería entrometerse en la plática. El malcriado ni siquiera respondió al saludo. Estaba repuesto, sí, de la fatiga de la noche previa con ayuda de una buena dosis de sueño de que salía rejuvenecido. Al presente era una niña radiante bañada en agua de almendras; festejaba, se diría, su fiesta de quince, refrigerándose en el mingitorio entre gorjeos de sus compañeras menos agraciadas. Tomás no tuvo siquiera el consuelo de redescubrir aquel encendido forúnculo en la punta de la nariz de Julián, que tanto detonaba bajo el farol de la calle horas antes. Por un pase de magia, había disminuido su volumen; quedaba de él apenas un antojo gris y tenue. Amostazado, confuso, arrebañado, se escondió detrás de una columna; desde allí espiaba las evoluciones del chulo por la pista de baile. Éste saludaba a sus relaciones con sonrisas amplias y fallutas que él le conocía bien; se demoraba en abrazos aparatosos, a cuenta, posiblemente, del voyeur que lo acechaba. Pasaba a su lado provocativo sin registrar su existencia, como si fuese transparente. Solicitado al fin por alguna cita ya marcada, o apenas para continuar la noche en otro departamento menos bullicioso, más atemperado, el marichico se retiró. Al descender los escalones de la salida levantó la cabeza, cruzó una mirada con Tomás. Juliette había especificado que, o bien telefonearía antes del jueves para hablar de negocios, o... ¡ya nunca! El Miércoles de Ceniza –estábamos en Semana Santa, ya se sabe– al volver de una salida corta, consultó el contestador: la cinta registraba ajetreos confusos: ¿un radio encendido, un choque de trenes? En el último segmento del “mensaje”, encima de un ronquido cavernoso de mal augurio, justo antes de que cortaran, un íncubo o un súcubo, el chulo, posiblemente, escupía una execración sorda. Eso fue todo.
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El Viernes Santo, ante la certeza de que su torturador no volvería a sobresaltarlo, resolvió viajar a un festival de bandas en un campo de Colonia, que había sido organizado por un Comité Anti-razzias en protesta contra los desmanes de la policía, que asolaba a los que pitaban un porro o tomaban vino en la calle. Lo acompañaba Donato, un compinche de juventud, profesor de física en la secundaria. José el semisordo había partido el día anterior con idéntico destino.

En carretera levantaron a varios marginalitos de pelambrera apelmazada bajo gorros de lana, que hacían autostop rumbo al evento. Dos o tres mil jóvenes –y unos pocos menos jóvenes– se desperdigaron por una vasta loma; algunos no tenían dinero para comprar el pan que se vendía in situ y recurrían a la caridad de los más prósperos. En la ribera de un arroyo habían montado un precario sistema de duchas con baldes volcadizos, pero la mayoría de los que hormigueaban por el terreno mantenía un aspecto notoriamente terroso. El antiguo Luis de Baviera, que se había topado con él un año antes en Valizas, se entretenía con otros bajo una hilera de calzoncillos tendidos a secar; pero Tomás no sintió el impulso de entablar una plática y siguió de largo. Tres travestis presentaban un video acerca de su género de vida. Uno, con marcadas patas de gallo, brilloso de pankake derretido por el sol, prodigaba, con cada sonrisa, una perpleja ausencia de incisivos. Hablaba en nombre del grupo. Los ingentes y fláccidos senos de un pardo, el segundo de la tríada, eran sostenidos por un armazón de alambre diseñado a la manera del Golden Gate, cuya ingeniería no estaba disimulada por el escote extra bajo. El tercero ocultaba parches pintarrajeados tras gafas como anteojeras de caballo. La muestra del video se frustró; el proyector que traían se había dañado. A través de los cursos que enseñaba en la secundaria, Donato conocía a barras de adolescentes que derivaban alrededor de las
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carpas. A Tomás le bastaba seguirlo, ahorrándose el esfuerzo personal de interactuar. Encontró a José frente a un quiosco de bebidas. Acampaba bajo los árboles con un grupo de camaradas, incluido un vendedor de coca carente de escrúpulos a quien llamaban el Cubano. Tiempo antes, el Cubano había dejado corto a Tomás en una transacción espuria. Figuraba entre ellos, por añadidura, un joven de aspecto cerval y menudo que en ese momento emergía de un baño en el arroyo. Una demoiselle entrada en carnes, baja y redonda, la única mujer de la partida, se acostaba al presente con José, que era bi, a pesar de que en público la tratara con displicencia. Unas magníficas franjas con brillantes colores en prisma surgieron de pronto; declinaron a un tremeluz manchado por una tenue gota de rojo; un anillo de vapores, girando locamente alrededor de la calma del centro envolvió el campo como una inmóvil pared intacta, de siniestro esplendor. Y un gemido bajo, la queja infinita de la furia de la tormenta, llegó desde más allá de los límites de la amenazadora quietud. Un chaparrón era inminente. Entre iluminaciones súbitas de los relámpagos ocurrió la primera aparición del diablo; tenía el aspecto de un hombre de tierra adentro, con pantalones bombachos que se abrochaban a la altura del caprino tobillo. Sobre la cabeza, entre los cuernos enrulados, se enredaban algunos oropeles. Prendida del pecho colgaba una escarapela: representaba una mano amputada con un ojo en la palma, y aparecía puesta en medio del cielo. En vez de pensar en la prudencia, Tomás reconoció en ella, más bien, una real vivisección del cuerpo humano, una muda alusión al estado de naturaleza como escombro y la instauración del fragmento como categoría dominante. Lo observó, maltrecho, solitario, trabajando con pesadez en una frenética escena de nubes negras iluminadas por los destellos de mundos distantes. Se movía lento, exhalando en el centro del huracán el exceso de sus fuerzas en una blanca nube; y la vibración del escape de vapor era como el trompeteo de una criatura impaciente por reanudar la lucha.

Los pectorales de un gigante moreno, en forma de balones con argollas, sobresalían de un corsage de spandex amarillo oro –era un oro opaco–. Le habría gustado agarrar esos senos a mitad descubiertos.
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En esto emergió una estatua-dios, “marcado para morir”: un rubio claro de ojos acerados, el torso desnudo, perneras de cuero con tiradores, tatuado de la cabeza a los pies. Tenía un aro metálico en el pescuezo asegurado a un poste por una cadena remachada. Se mantenía en posición lordósica, que facilitaba el ser penetrado por detrás. Le habían afeitado la cabeza. En el entrecejo destacaba el tatuaje de una cruz con pespuntes azules; la vertical descendía sobre el tabique de la nariz, la horizontal se extendía a lo largo de las cejas. Connotaba un desafío imposible de soslayar. La perforación por el ano, la retracción e impulsión, debían ser tan cabales como era notorio ese crucero, cuyo vértice aludía a un tercer ojo. El tatuaje era un reclamo; su importe debía verificarse; en caso contrario, denunciaba la tentativa que, por no haber obrado un impacto suficiente, ni estirado al máximo los ligámenes internos, no se había hecho carne como correspondía. Varios peones de larga cabellera colocaban sobre un podio a la intemperie el equipo de una banda de nombre Cross, pero se detuvieron. La nublazón se adensó en perlas de humedad. Intercambiaron opiniones entre sí y decidieron invertir la secuencia. Empezaron a desmontar los amplificadores. En caso de aguacero, ya inaplazable, el cableado sería una fuente de peligros. El horizonte se entenebreció más por el tamiz de una cortina de lluvia que avanzaba derrapando desde el norte y el oeste. El ventarrón de aire frío cayó sobre los cuerpos calientes. Un garoto que tocaba la guitarra acústica se interrumpió. A las primeras gotas muchos corrieron a buscar cobijo, pero otros saltaban bajo el aguazo. Los rayos aterrizaban sobre los confines y también en las cercanías. José sacaba fotos aprovechando los flashes de los relámpagos. El aguacero se intensificaba, sin visos de calmarse. El fotógrafo, su novia enana y no sorda, el profesor de física y el chico “cerval” se refugiaron en la camioneta de Tomás. José le dio fuego y le quemó –¡segundo ardimiento!– los dedos que sostenían el cigarrillo. Con los vidrios empañados resultaba imposible saber qué ocurría fuera. El vehículo se encontraba en un alto, a poca distancia del puesto donde vendían cerveza. El chofer abrió la portezuela, puso un pie en tierra a fin de comprar un par de tragos, pero se hundió en la corriente hasta la rodilla, y tuvo que desistir.
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Una perplejidad, sin embargo, surgió, que no fue de desdeñar. Uno de los oficiales voluntarios del campo golpeó en la ventanilla. Ayudado de otros, arrastraba a un joven semiahogado, descubierto inconsciente en una zanja. Pidió que lo llevara hasta el hospital de un pueblo vecino. Los ocupantes evacuaron el vehículo; cada cual tomó el rumbo que le pareció menos desastroso. Introdujeron al accidentado en el asiento de atrás; el responsable del campo montó delante para indicar la ruta al chofer. Siguieron una huella larga, jabonosa, entre torrentes desatados, hasta la carretera de pavimento que los condujo a Villa Perla, dotada de un flamante dispensario y sanatorio. Mientras el paciente era atendido en el servicio de emergencia el chofer, fumando, esperaba noticias bajo la arboleda del portal, frente al edificio constructivista envuelto en una garúa plateada, más desamparado de lo que podía imaginarse. Como alguien de temperamento ecuánime y un buen ciudadano, reconsideró la blanquecina pared, la configuración conjunta de los acontecimientos, y sus males

no le parecieron tan graves como había supuesto –en verdad de poca importancia–; y aquí terminaban las dificultades de su ánimo. No tardaron en llegar novedades acerca del comatoso. Bajo la ropa empapada, sobre la piel roja y tumescente, habían descubierto una capa de hormigas negras de abultado trasero, que al picarlo le habían producido una reacción alérgica. Pasaría el resto de la noche en cuidados intensivos. Cumplido su turno de servicio, el guardia voluntario volvía en bus a Montevideo desde la terminal de Villa Perla. Libre de pronto de cualquier incumbencia, Tomás sintió un despunte de curiosidad y ternura por ese lugar ignoto. Se acariciaba la nariz y sonreía tranquilizador. Remontó una trocha que lo llevó a través de plantíos de pigmentos contrastantes. Desde un pedazo de cielo –de momento escampaba– las estrellas parecían observarlo con atención, como por última vez. La luna tiñó los troncos brillosos por el agua. La última estrella, imprecisa, como si regresase a la neblina de sus comienzos, luchó contra la colosal negrura. Empezaba a llover
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de nuevo. Entre remolinos, un chasquear resonante y hueco se acercó y se alejó. En el campamento, entre tiendas derrumbadas y jóvenes cuerpos que trasegaban en el barro, los más hábiles habían encendido fogatas, todo un logro, dado que la madera estaba irremediablemente húmeda. La gente se reunía alrededor de las llamas; los perros, al sacudirse, rociaban a todos. Tocado de un sombrero de ala ancha, protegido bajo un capote de lluvia que por previsión había traído –la estampa de un combatiente matrero en las guerras civiles de un siglo atrás– Donato conversaba con el inevitable círculo de curiosos y conocidos. Tenía una presencia espectral, como si perteneciese a un daguerrotipo sepia, o a una placa de rayos x. Tomás lo lamentó, y percibió una gran pérdida posible. Entraron a un jacalón vacío que daba señales de haber funcionado como capilla. En el interior ardía una fogata alimentada con los cuadros santos; el humo impedía respirar. Consumidos los materiales combustibles, el fuego disminuyó hasta que sólo quedaron rescoldos. Salieron mientras se disipaba el carbónico y reingresaron. Parecía el único sitio seco en leguas a la redonda. Extendieron en el piso los sacos de dormir. Fue oportuno entrar de los primeros. No sólo ellos tuvieron la idea de refugiarse allí. La iglesia pareció enseguida una tienda de primeros auxilios durante la guerra de Crimea. Arropado en su saco de dormir, Tomás oía el continuo arrastre de pies sobre las baldosas del recinto, entretanto el agua repiqueteaba por techos y desagües; a pesar de todo se durmió. Entresueños notó muy próxima una presencia; semincorporóse; y en efecto: al abrir los ojos alguien se agachaba junto a él y agarraba su par de botas, que para mayor seguridad había colocado junto a la cabeza. Era comprensible que quisieran robárselas; casi todos los asistentes usaban sneakers, embebidos en barro a estas horas. Sorprendió al intruso en el preciso instante en que las tomaba; pegadas a las suyas, distinguió en la tiniebla unas córneas sanguinosas; ¡reconoció al ladrón por las córneas! Era Pável, el trigueño del Cerro que, un año antes, vendía marihuana en Valizas. Tomás le había puesto
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entonces unas gotas de colirio en los ojos inyectados para aliviar esa perpetua irritación de maldormido alcohólico. Era Pável, cuyo nombre provenía de, y era un homenaje al protagonista de la novela La madre, de Gorki o, en su defecto, al filme de Pudovkin, que

justificaban el terrorismo pre-bolchevique. El padre de Pável, dirigente obrero del Partido Comunista, veneraba el libro, o el filme, o ambos, y el muchacho de piel oscura y córneas rojas que tenía ante sí era el resultado de ese homenaje. Al comprobar que la víctima lo miraba con los ojos bien abiertos, Pável volvió a depositar el calzado en el suelo con el mismo sigilo con que lo había levantado y le acercó a la oreja una lengua con cheiro de grapa: –Ser de la negra noche nos lo enseña infame turba de nocturnas aves. Repetía de memoria, como a petición de parte, los versos que Tomás le había recitado el año previo; y los devolvía ahora en el oscuro. Despuntaba el Sábado de Resurrección. En lugar de Donato, que se había extendido a su vera cuando entraron, aunque enfundado en el saco de dormir de éste, respiraba un desconocido. Los pómulos, recubiertos de lodo, mostraban, en los sectores aún visibles, la sazón de una pecosa pera. ¿Es que había resucitado con un cuerpo nuevo en el capullo antiguo? No le tomó mucho rato descubrir, capa y chambergo de alas flexibles, al mariscal de campo contra el alféizar de la ventana. Había cedido, por un gesto de verdadera compasión, el saco al durmiente cuando éste irrumpió en el recinto, calado y temblando, horas antes. Donato era aún la muerte que duerme mal. El rosa del amanecer se reflejaba en los charcos; el viento había limpiado el cielo y secaba rápido la tierra; un caballo, no se sabía por qué, esperaba ensillado, carona y montura secas, con las riendas atadas a una encina retorcida.
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Caminaron hasta un puesto de venta de pan y de café. En la cola de los que aguardaban turno apareció el muchacho “cerval”. Había pasado la noche en blanco, de fogón en fogón, tratando de secarse. Pidió al motorista que lo dejara entrar un rato en la cabina del coche. No habían pasado diez minutos cuando surgió el plenipotente Cubano, mercachifle en coca, acompañado de un adlátere, ambos munidos de damajuanas vacías. –Llévanos hasta la canilla –urgió Mr. Cuba. –Hay alguien durmiendo ahí dentro. –Sácalo. –No puedo. No pegó el ojo en toda la noche; se acaba de dormir. –Vas a tener que despertarlo. –Te ofrezco lo siguiente: uno de ustedes me acompaña en el asiento delantero, con las dos damajuanas. –No. Vamos los dos. Así que vas a tener que sacar a ése de ahí atrás. –No lo saco. –Entonces te rompo un vidrio con la damajuana. Y ahí quedaron: el chofer parado junto a la camioneta, empeñado en demostrar que no perdía la tranquilidad; el Cubano bocasucia denostando, hasta que enredó la cola entre las patas y se fue. Pensaba bastante en Julián, formando mil esquemas divertidos para el progreso y culminación de su apego, vínculo y lazo; imaginando diálogos interesantes contrarrestaba mediante nuevos argumentos cualquier desaprensión de la otra parte. “Sin embargo, la palabra sacrificio no me dice nada; de ninguna de sus deplorables respuestas, de ninguna de sus negativas crasas, emerge la alusión a un sacrificio de mi parte.” Atravesó un alambrado entre retorcidos postes que parecían

resurrectos andrajosos; entró a un potrero con vacas que se apartaron por prudencia; con ojos vivos, enormes, lo miraron, torciendo la cabeza por encima del lomo. No se engañe nadie, no, pensando que ha de durar lo que viere
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más que duró lo que vio, porque todo ha de pasar de igual manera. El viento le enrojecía los cachetes, lo hacía lagrimear. Un toro lo persiguió en corridas cortas, indeciso. Todo lo exterior y local que pudiera suponerse, con la gratitud de su contento, con espíritu y precisión, estaba allí. Una paloma, posada en la rama de un tala, encontró su ojo; la golilla trocatinte variaba del óxido al violeta; el pico bermejo espulgaba las plumas de un ala; desplegó la cola en abanico; se volteó casi de frente para considerarlo con ambos ojos. “Sus sentimientos son cálidos, pero imagino bastante tornadizos.” Esa paloma había aparecido más de una vez, y nunca sin una conexión agradable; ya fuera un piropo a su gusto o el recuerdo de algo que hubiese ocurrido; era un señuelo alegre y concéntrico. De vuelta entre las carpas se reunió con Donato, con José y su pareja retacona y cachetuda. El “cerval” dormía aún en el asiento trasero. Cargaron el equipaje y salieron rumbo a Montevideo. No habían pasado cinco minutos de su llegada, cuando se figuró la historia completa de un asunto muy otro. No sabía de Julián desde la noche fatídica y el match indeciso del Domingo de Ramos. Tanto había quedado en suspenso, que una vez que lo reconoció, el nombre de él no volvió a paralizarlo. Tenía preguntas que hacer. Ahora las lenguas de fuego se cruzaban en zigzag. ¡Se desataban las lenguas! No soportó quedar más tiempo en ascuas. Todo menos oír el chisporroteo dentro de su propia cabeza. Era como conducir autitos chocadores en el parque urbano: impactos furiosos, un aura de charamusca, la imposibilidad de dar marcha atrás. Eso, en resumen, constituía el estado de las cosas. Le habían prohibido telefonear o escribir so pretexto del escándalo materno, como si ella no supiera que el hijo jineteaba a cualquier hora mostrencos de varias layas. Para circunvenir el inconveniente alquiló un disfraz de dama; un disfraz epistolar, es cierto. Faltaba ver si su oponente reaccionaría con otro alarde de amenazas, o si convendría, rendido al fin, en los encuentros.
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Juli, Juli, tenía planes para vos y para mí, pero me los cortaste al hilo y me dejaste picando. No estoy enojada con vos; al contrario, esta cartita, puente de plata, certifica tu buena conducta. Recuerdo sólo los buenos aspectos de nuestra vida en común; a las cinco de la tarde, en La Cumbre, me preparabas el café con leche. Te hablo de igual a igual. No haya bronca. Perdón. Te estoy agradecida. Soy un pedazo de pan. De mí podés hacer lo que quieras. El proyecto que te propuse sigue en pie. Si quiero invertir dinero en vos, ¿por qué me lo vas a prohibir? Soy una mina superdiscreta, no hay peligro de comprometerte a causa de los datos que me des. En caso de que no lo sepas, te aclaro: mi versión alterará los nombres de las personas y hasta de las calles y lugares que menciones en tus historias; todo aparecerá distinto a como fue, ¡por licencia poética! No exijo datos verdaderos acerca de nadie. Al charlar acerca de tus correrías va a surgir aunque no lo creas una nubarada de ocurrencias y de diversiones, el tiempo pasará sin sentirlo.

Sí, el tiempo vuela. Antes de que cante el gallo habrás amontonado una ponchada de billetes. Si me concedés lo que te pido (no me hagas un feo) quedaré en deuda con vos y agradecida por el resto de mis días (¿cortos, largos?) y te tendré en cuenta siempre para lo que se te ofrezca. Un besito de tu hembrita Clara Dobló el papel. Lo metió en el sobre junto con el dinero. Dos días más tarde sonó la esperada campanilla. Colgaron. El demonio había inventado un nuevo método de tortura. Ese escollo, con todo, fue temporario. Pasada una hora llamó de nuevo. Y la voz se identificó. Hablaba seco, sin cortapisas: proponía una cita en un rincón del Prado en un cuarto de hora. Por más que corriera, Tomás no llegaría a tiempo. De mala gana, el otro le concedió unos minutos de prórroga.
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En la rotonda de Millán y Larrañaga una cola de ancianos y de liceales esperaba el bus; el último en la fila, una torre de ébano lustroso, Julián vestía una chaqueta de nylon azul con una lista roja y otra verde. In praesentia se mostró más gentil. –En la plaza de Colón hay un café, ¿te acordás? Ahí podremos conversar –sugirió con una sonrisa de Chabela. Las semanas de soledad e infierno se evaporaban por un encanto. Tomás guardaba el registro de muchas sensaciones: dolor, grave una vez, ahora atenuado; algunas instancias de sentimiento enternecido, algunos soplos de amistad y reconcomio. Se movía por resortes como un optimado autómata exitoso, se reconocía bajo el influjo de una ineluctable eficacia; todo terminaba por suceder: bastaba con ponerse a ello. Eligieron una mesa apartada en un rincón vacío. El mesero tenía una cara blanca de consistencia de butifarra; los labios extraordinariamente encarnados estaban recubiertos por un bigotico pelirrojo. Espantó dos moscas con el repasador. –¿Una cerveza? Veía con nitidez, poro a poro, esa piel encerada del camarero. Por contraste, aunque lo tenía enfrente y lo consideraba todo lo posible, no captaba los detalles del rostro de Julián; era una vibración indistinta, tan poderosa que lo privaba de la facultad de percibir. Se sentía mirado, la mirada del otro relampagueaba y lo recubría de vergüenza. Se resignó a no verlo, se concentró en las palabras que oía, que ya de por sí lo absorbieron, exigieron su íntegra capacidad de escucha. Entonces el joven sacudió las crenchas, se llevó la mano al bolsillo sobre la nalga: –Acá lo tengo, tu mensaje. Siempre (?) lo llevo conmigo. Fingió incorporarse para extraer el papel masacrado. –Acá lo traigo, no lo tiré. Y lo miró como si no estuviera mirando a una víctima, sino a un camarada investigador, a un alumno.
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SEGUNDA PARTE

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Atención Radio Uno. Es el 16 de mayo del 2005. Julián les habla. Vine de Argentina a los siete. A los once me mudé a un complejo de viviendas económicas en Colón, donde me hice un grupo de amigos. Como son muchos edificios, tenés muchos amigos. Siempre

hay uno más grande que otro. Éramos los mayores del grupo, yo y tres más. Uno de ésos, un año mayor, tuvo relaciones conmigo en el apartamento de él. Nos agarramos, nos masturbamos, y nada más que eso. Pero ninguno de los dos eyaculábamos. Eyaculé por primera vez a los doce o trece. Me masturbaba. A veces lo hacía con otros, a veces no. Creo que todo muchacho ha mantenido relaciones con un amigo, un primo, hasta con los hermanos, en particular si tiene un hermano mayor. Yo no tuve esa desgracia. Entre parientes salen bobos. Un pibe, cuando empieza a eyacular, las primeras relaciones que tiene son con amigos o compañeros. Desde entonces tuve más contacto carnal con los varones, que empiezan mostrándose qué tienen, qué no tienen, y sacándose las dudas entre ellos. No eran relaciones importantes. Se daban por momentos. Cuando era entre varios nos masturbábamos, cuando estaba solo con otro, nos la poníamos entre las piernas, nos apretábamos. Señora, cuide a su hijo, que no se junte con su amiguito, que no se encierren en un cuarto a jugar nintendo. Déle Gevral, así le mete más la mano. Después de un cierto punto, uno se da cuenta de lo que está haciendo, se asusta, y se pasa a las chicas. Hacia los trece ya era otra historia, otro ambiente: entré al liceo y me inicié con el sexo femenino. Había contacto con las mujeres, las niñas, las atorrantas, las mugrientas. A esa edad tuve novia. Tuve cantidad de guachas estúpidas, a las que apenas les daba un beso y éramos novios y
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todas esas pavadas. Pero llegó el momento de ponerla, creo que a los catorce, con una que tenía quince, y tuvimos la asquerosa inmunda relación sexual. Con la asquerosa inmunda fue una cogida sola. Después anduve con otras, pero para cogerlas había que hacer un curso. No eran vírgenes pero se hacían las difíciles. Como en todas partes del mundo: se hacen las santas pero son unas putas. Seguí de vez en cuando con las gurisas hasta los quince. Yo me creía el super one, pero nada que ver. Tenía éxito, pero era en el liceo, donde sirve cualquier porquería. Conocí a un par de locos de fuera del liceo. Los conocí por mis compañeros de clase. Pero aquéllos curtían otra onda. Ahí dejé de ser el nene de mamá. Ya había dejado de ser el nene hacía rato: me cruzaban ideas raras. Me aburría hacer todo lo que hacían los demás, ir a jugar con las maquinitas. Yo quería algo grande, armar un quilombo, estar en lugares donde no te dejan estar, chupar cerveza. Ya le daba al Pegapren desde que entré al liceo, que te deja ardiendo hasta el culo. Nunca solo; siempre con otra gente. No lo pruebe, señora. A los catorce conocí el porro. Una persecución bárbara para conseguir un porro. Creíamos que llevábamos un cargamento de un millón de dólares y era un porrito solo. No desarrollé mucho la mente, pero la desarrollé un poquito más. Entré en una onda que me gustó. Estaba podrido de todo. Fue cuando empecé a no pasar nunca de año. Me junté con unos pintas de Colón, la barra del Satanás, que le decían así por lo bueno que era. Ya iba al centro por mi lado, pero ahora empecé a ir con éstos a 18 de Julio, a la casa de conocidos de ellos. Nos presentaban tipos para salir, gente del ambiente. Íbamos a tomar cerveza con los viejos a un bar, nos chupábamos todo. Ahí empezó la joda, se me cagó la vida. A los diecinueve y seis meses Julián se interna en el SaintBois y muere de un sida con patas. Nunca me gustó cobrar para salir, pero como no tenía y siempre necesitaba, sí pedía prestado. Después se me pudrió el bocho. Conocí otra gente que andaba en la pesada. Hacíamos varias cosas. Nunca le pegamos a nadie, nunca agredimos a nadie, juez, perdóneme, abogada, nunca nos sobrepasamos, pero se nos ocurrió ir a la

casa de un sargento hijo de puta que nos mandó a todos en cana.
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“Cayimos” todos en cana. Me dieron una paliza de novela. No, Dios nunca quiera eso. Habíamos ido cuatro o cinco veces a hacer puntería a un campo allá por Canelones con ese grupo antes del asalto, para que te veas tirando. El 15 de octubre llegamos a la casa del comisario. Eramos cinco: uno iba con un 38, dos con 22 cortos, otro con una chumbera, que la había transformado en escopeta 22 (le cambian el caño y tira 22). No señora, no se compre un 22 porque es una cagada, no llega ni adonde está el mozo, ahí, con el repasador y esa moña negra grasienta, porque el chumbo se desperdiga para todos lados. A los pocos metros te da vuelta como una media, pero ya más adelante el chumbito no te pega. El 22 es una bala muy chica, el caño es corto, tirás y podés pegar, pero es un plomito. Todo el mundo que se compra un revólver para los chorros se compra un veintidós, es lo más común. Dicen: “Ay, no lo quiero matar”. Pero si te va a dar a vos, matalo. Si tirás a pegarle en la espalda, no creo que entre hasta los pulmones, al corazón menos. No mata a nadie, ni siquiera lo detiene. Si le pegás en una pierna, puede seguir corriendo. Señora: compre un 38, o una de 9 milímetros, cómpresela a los milicos, la venden muy barata. Hace tres años los policías pedían que les cambiaran el tipo de arma, querían una de 9 milímetros, que sólo usaban los comisarios pero los policías comunes no. En aquel tiempo vino un cargamento lleno de 9 milímetros. Y los vendían por ahí, si habrá malandros en esta vida. Es un arma que te jode, no es permitida a los ciudadanos. Si disparás con 9 milímetros a un chorro vas vos en cana. “Lo compré al miliquito fulano”, y ahí van todos en cana, señora. En aquel tiempo también conocí a un milico que vendía una de 9 milímetros. Nunca llegamos a tenerla en la mano, lamentablemente, porque era muy cara. Habíamos decidido robar la casa del sargento, comisario, o como se llame. A mis compañeros se les ocurrió, porque decían que tenía plata. Octubre todavía no era, porque estaba fresco y me cagué de frío. Fuimos en un Volkswagen rojo, paramos enfrente de la casa. Golpeamos la puerta. Apareció la hija. Uno le pegó un empujón, otro encañonó a la madre, la abuela, la tía, yo que sé quién puta era esa vieja, y el milico estaba arriba, porque la casa era de dos pisos. El sargento le pegó un tiro al Fabio, que murió en el hospital, le
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pegó varios tiros por la espalda: no importa, la vida es así, pobre Fabio. Salimos corriendo, no al auto, sino para cualquier lado. Corrí como un hijo de puta pero me agarraron a las diez cuadras. Me llevaron encapuchado: No sabés nunca donde estás, pero creo que fue a Jefatura, en San José y Yi. Ahí sí me dieron la viaba hasta joderme la vida. Con la mano. Me rompieron los riñones. Estuve tres días, señoras y señores, en Jefatura, sin comer nada, cagado, meado, con frío, señoras y señores. Siendo menor, vos tenés que firmar y decir que hiciste eso. No sé cómo carajo le llaman a ese papel de mierda. En una máquina de escribir del año del jopo redactan una declaración. Vos tenés que firmar indicando que esa declaración es verdadera, pero yo no firmé. Me podían matar a palos que no iba a firmar. Si hoy o mañana caigo, tampoco firmo nada. Los otros ya eran mayores de edad, creo que les tienen que probar algo. Pero el que es menor, como yo era entonces, tiene que firmar él mismo, admitiendo lo que hizo. Al tercer o cuarto día, el Fabio murió en el Hospital Militar, tenía diecinueve años. [Julián llora] Tuvo al milico hijo de puta con un 38 en la cabeza y no le quiso disparar, y mirá dónde está ahora, enterrado ya hace cuatro años. Así que tú, chico, no dudes en disparar,

porque si no, te cagan a chumbazos. Es verdad: no quiso matar al hijo de puta ése. La idea era no dispararle a la gente. Nosotros lo que queríamos era afanar las armas que tenía el milico, y plata. Pero el milico ¡chum!, pa’rriba, era un milico de alma, para defender y robar al Estado. El Fabio, pobre, lo tuvo delante con el chumbo y no le quiso disparar. Lo llevaron al Hospital Militar, de yapa. No le habrán dado ni una aspirina al pobre, para dejarlo morir, y murió. Yo, sin embargo, lo hubiera cagado a chumbazos al hijo de puta ése. En realidad, tiré; pero no le pegué. Con el quilombo que había en la puerta, y la chiquilina gritando, y el vecino y la abuela y el primo y el tío, le erré al hijo de puta. Tiré más de uno, porque fue ¡pa, pa, pa!, pero erré porque yo a la vez me movía, ése era el problema. Fue así: Fabio no le quiso disparar, y el milico le pegó en la espalda. Cuando le dio, Fabio corrió conmigo unos metros dentro de la casa. Y corriendo, yo le tiraba al milico. Fabio estaba delante de mí; la vieja estaba delante de Fabio; el milico estaba tirado ahí en la escalera. Yo no podía hacer todo junto: o lo agarraba al Fabio,
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o le tiraba al milico, o corría, o me quedaba parado. Hice todo junto. Dentro de la casa estábamos Fabio y yo, Juan, El Pata, fulano y mengano. Vean qué mala es la vida. Pasé tres días dentro. La única persona que vino a buscarme cuando me soltaron de una comisaría que queda cerca de Avenida Italia, fue mi madre. Llegó en taxi, me trajo ropa, subí al taxi y volvimos a casa. Después del delito no tuve contacto con los otros. Desde que nos arrestaron quedamos incomunicados. Los policías venían y me decían: “Sabés que fulano dijo esto y esto”. Yo contestaba: “No, no fue así, es mentira; él que haga la suya, yo hago la mía”. “Pendejo hijo de puta.” Y me pegaban. Nunca figuró en un acta o en ninguna parte que yo entré en una comisaría, ni tiene que figurar, porque, como te dije, era menor. Nunca le llevé una puta flor al Fabio. Creo que hay un nicho en el Cementerio del Norte, no sé de quién carajo es. Oriné sangre una semana por los golpes en los riñones. Pero después, para mí, ya estaba todo cocinado. Si te agarraron una vez, qué te importa que te agarren dos o tres más. Y a mí no me podían tocar. No te tocan porque vos podés hacer una denuncia de que te maltrataron. Al tiempo conseguí un abogado, que si yo caía en una comisaría, o no aparecía por cuarenta y ocho horas, mi vieja me iría a buscar con él. Y éste traería una papeleta y no sé qué más historias para que un médico me viera por si me habían pegado. Así los milicos no podían toquetearme. Obvio que si yo iba con un chumbo y tiraba, me iban a agarrar; pero en el sentido de agarrarme por gusto, no, no pueden. Además soy porteño, así que la ley de otro país me protege. Fuimos a la Embajada Argentina. No nos dieron bola, esos problemas no se pueden discutir en la Embajada. Pero hice eso para que no me limpiaran. Me sentí un poco más seguro, nada más que un poco. Nos costó un huevo el abogado, eso sí. Era un viejo feo. El hijo también era abogado, estaba lindo. [Ya en casa se bañó, descansó y recuperado –era la madrugada del Domingo de Gloria– enfiló hasta una disco, la misma donde encontrara a Julián la semana anterior, la noche del Domingo de Ramos. A pesar de que la devoción pueda no ser interrumpida, la curiosidad no ha de quedar satisfecha por una novia que no comparece.
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En la vereda, antes de entrar al local, lo saludaron. A contraluz del farol que le dejaba la cara en sombra, no reconoció al principio la silueta en blusa roja y pollerín drapeado, hasta que la miró con detenimiento: era Vanesa, un sordo de la comparsa de José. En ocasiones bailaba con pantaloncillos bávaros, justos e inverosímiles;

casi siempre, como en este caso, el pollerín era de gasa, con un tajo al frente hasta el ombligo: usaba por debajo un minishort ajustado negro. Evocaba, en cada pose y mohín airoso, la atmósfera de una femineidad absoluta. Dado que era sordo tapia, parecía difícil intimar con ella; un titubeo paralizaba el trato antes de elegir una sonrisa o el gesto mudo de los dedos. Sabía, a partir de ahora, que José andaba con su chirusa; los había transportado en el día mismo desde el festival de Colonia. En consecuencia, lo que antes fuera coto vedado, id est los amigos del semisordo, se abría en abanico bajo las nuevas circunstancias para el tiro de estación, aunque las presas pudiesen escaparse por el costado libre de la red. Ya dentro tropezó con Pepo, un mulato –para qué negarlo– sordo también. A diferencia de José, que lograba comunicarse por teléfono, éstos eran irremisibles. Le caían bien, pero aún así, no le corría apuro. Sin prueba ni evidencia, pensó que Pepo y Vanesa estaban empatados. Se permitió una descarada pregunta, escrita sobre una servilleta, a fin de establecer su conjetura. –No –escribió Pepo sobre la misma servilleta, porque no había otra– somos sólo mejores amigos; a los dos nos gustan los machos de verdad. El pollerín rojo volvió desde la pista por sus fueros. Hubo tal turbación en los ojos de la interesada, tanta desconfianza en sus miradas rápidas e inquisitivas que pasaban del uno al otro, con respecto a lo que hubiera podido acontecer entre Pepo y Tomás, que éste decidió acortar el período de duda, distender la atmósfera. Lo invitó a un trago y después a bailar. Viendo que nada estaba aún cocinado sin su consentimiento, Vanesa levantó las arqueadas cejas; proyectó su mejor sonrisa al momento de inaugurar los contoneos. Bailaron candombes, el sordo absorbía el sound con los erguidos pezones. En cada quiebre de caderas ponía la flor de su
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provocadora esbeltez, presa en ocasiones de horribles sonrojos. Se expresaba en impromtus de muecas, abría los dedos en abanico. Al cabo de un margen apreciable de éxitos danzados, Tomás le propuso que abandonaran juntos el local. Van estuvo de acuerdo pero requirió, con el paréntesis de una sonrisa, tiempo para despedirse de un grupo de conocidos. Por más que la disco no fuese su residencia, llevaba en los labios el acogedor rictus de una anfitriona que sabe recibir; con meneos de risueña galantería en sus carantoñas se despedía como la reina del cachivache de un considerable plantel de sordos camuflados.] Seguí yendo al centro. Ya tomaba merca en aquel tiempo, antes de los dieciséis. Entonces tomaba dos cervezas y no servía ni para un carajo. Ahora tomo dos y media y tampoco sirvo para un carajo. Conocí gente en el centro que estaba en la joda y que me podía apoyar, porque había negros que me querían romper la cabeza. No le caí muy bien a mucha gente, en todo sentido. Los otros asaltantes pensaron que yo los había vendido a los milicos. Uno de los que cayó en cana tenía muchos conocidos que transaban merca. Era uno que afanaba de antes y traía merca no sé de dónde puta. Ese buchoneó. Igual le tocaron cinco años. La ventaja de buchonear es que te reducen un poco las piñas, no la pena. Tuvieron problemas porque los milicos empezaron a ir todos los días a las casas de ellos. Se dijo que yo había buchoneado, porque había salido sin condena. Pero nada que ver. Entonces ésos me querían limpiar, señoras y señores. Al principio me cuidé, andaba con el ojo más grande que la cabeza. Me esperaban abajo en el edificio para romperme la cabeza. No tuvieron los huevos para agarrarme, creyeron que andaba

calzado, pero nunca ando calzado. Después pensé: andá a la puta madre, si te quieren hacer algo te lo van a hacer. Y ahora pienso lo mismo. Salía con tipos, comía, tomaba. Nunca me “pagaron”, yo “pedía prestado”. Los conocía, me acostaba, les robaba, los desvalijaba. No los desvalijaba: me llevaba alguna cosa, unas pertenencias. La gente estaba desesperada entonces comprando videos. Habían surgido los videoclubes y todas esas gansadas. La furia del equipo de
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audio vino después; primero fue el video: todo el mundo quería tener uno y los podías revender en seguida. No estaban caros, pero a la gente le convenía comprarlos más baratos, nuevos, porque los que yo robaba eran los últimos modelos que habían salido. A los viejos les sacaba todo, menos la cama y los muebles. Todo lo que podía en una mochila, en un bolso, en una cartera. No, yo nunca toqué nada. Decía: “La casa está sola, tal día, a tal hora. Vayan”. Nunca me metía en eso directamente, nunca me gustó la violencia. Mi mochila la compré hace poco. Al candidato lo conocía en una calle o en un bar. En general me lo presentaban. Es lo que pasa. No quedaba quemado, porque los robados no abren la boca. En aquel tiempo yo estaba apoyado por los mismos delincuentes. Les decía a los que robaban: “Que a mí no me pase nada, que a mí no me jodan; si alguien me jode, me busca, yo los cago a ustedes”. Entonces, a mí no me jodían. Muchos me amenazaban: “Ay, hijo de puta”. Aunque si a mí me hacen un escándalo, hago uno todavía más grande. Algunos sabían dónde vivía, aparecían cerca de mi casa. Pensaban que me iban a asustar, pero yo les gritaba a toda boca: “Pajero de mierda, si me querés armar un quilombo, tengo más cogote que vos, pelotudo de mierda”. Mi madre me acepta tal como soy, soy el hijo. Ella sabe lo que hago por alcahuetes. Después yo mismo le conté, y me dijo: “Está mal”. Los que robaban eran y no eran gay. Algunos eran, pero ellos no pensaban que lo fuesen. Había otros que tenían mujer. Esos casi nunca iban a las reuniones, ni se acostaban con hombres. Eran más brutos, no tenían onda, ni siquiera se los podía presentar porque no arman ambiente. Yo, en cambio, les daba apoyo, caía bien, les hacía la conexión para que fueran a robar. Los que eran taxis no robaban ellos mismos: avisaban y arreglaban las cosas como yo, pero nunca metían directamente la mano en la lata. Hoy hay muchos quemantes, en el sentido de que salen con alguien y le pegan un fierrazo, aunque más no sea para sacarle la camisa. Así creo que son ahora, porque lo que pueden garronear, lo garronean. Entre los quince y los dieciséis fui la cosita linda que todo el mundo agarra. Si alguien tiene cara de ángel ¿qué vas a pensar? Tenés la ventaja de que todos te llevan rajando a la casa. Los viejos
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piensan que el guacho no hace nada. Después ya no tenés cara de nene tímido. A los del grupo de ladrones yo no les pregunto cómo les fue ni qué hicieron. Les pido que no se les vaya la mano nada más. No en el robar, sino en hacer daño. Siempre van calzados, obvio. Les pido que, si por una casualidad está la madre o la hermana del tipo en la casa donde entran, no les peguen un tiro, o si sale un vecino con una escopeta, no le hagan ¡bum bum! Son cosas rápidas. Me presentan a alguien en una reunión, yo salgo con esa persona un par de veces y después les doy los datos para el asalto. Lo único que les digo es: “tiene tal cosa, vive solo o no”, y a qué horas sale. Después dejo que se arreglen como puedan o quieran. Ahora son todos mayores. Ya no están todos aquí. Con algunos me peleé, porque siempre hay diferencias, por avaricia, en los repartos.

En un momento pensás que si a fulano lo agarran no va a abrir la boca; sin embargo, después de un tiempo, ya no tenés seguridad ni confianza. Entre ellos siempre discuten, se pelean mucho, hay mucha bronca. La última vez que anduve mezclado con la banda fue en diciembre, justo antes de viajar con vos a La Cumbre. Yo y otro estuvimos a comer en casa de unos brasileros en Malvín Norte. Después los robaron. Pero no les avisé yo. Calculo que fue el otro. Los que entraron sí eran ellos, me doy cuenta por la manera en que hicieron el trabajo. No me gusta causar mal a la gente, sin embargo no me importa que roben a ésos que te tratan como a un muñequito. ¿Pedía un helado con una pistola arriba? Me lo traían. Te siguen la corriente para tenerte ahí un rato. Yo he estado con otros que ni un caramelo me daban pero me sentía bien con ellos. En cambio muchos no te aprecian, te consideran un pendejo bobo: “¿Qué querés, nene? Tomá”. Y después de unos días: “Ay nene, nene, no vengas, amorcito, porque esta semana tengo que ir al dentista”. Se encaman con otro y todo así, no sos el único, ¿entendés? ¿Sabés lo que pasa? Que ellos tienen, y uno no tiene. ¿A ellos qué les hace, tener un poquito más, un poquito menos? A la mitad de esa gente no le sirve armar un escándalo, porque no quieren que se entere la hermana, el sobrino, el padre. Ellos viven solos y cada tanto llevan la novia a la casa de
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la hermana. Son unos tapados. No pueden ir a la comisaría y decir: “Este pendejo me robó”. [Ya en el apartamento, el pecho de Van se le iba en arranques, como una paloma que abre las alas. Pidió lápiz y papel. Escribió deslavazados trazos que el sonidista tradujo por: “Tengo miedo de no estar a la altura de tu expectativa”. Trató de reasegurarlo mediante caricias, pero el centro del problema era que la chica se resistía a quitarse un pequeño slip rojo, en verdad una bombacha femenina, retardando la revelación consternada de un órgano que, según el esquema de las cosas, no debería despuntar allí, ya que ella era una “mujer”. La contradicción debía disimularse por un juego de escamoteo que ejercitaba como un baile. A pesar de todo el bulto desbordaba a cada instante del irrisorio paquete que habría de contenerlo. Para mejor encapsularlo Vanesa hizo un nudo con el slip. Dado que el tirador del slip estorbaba en ocasión de que Tom lo follase, con un regocijo que le venía de infringir un tabú de Vanesa, exigió que se pelara. Entonces, destapado, recurrió a cualesquiera contorsiones para disciplinar el atributo. Bajo ninguna circunstancia la contraparte debía tener la excrecencia ante los ojos. De común acuerdo debían asumir que no existía. Aniquilada por voluntarista decreto, contrabandeada a través de manejos interminables, la pija sin tapujos resurgía aquí y allá, rebelde y cabezona. Ese ahinco conmovedor por corregir la anatomía pagaba el sacrificio de un conducto en nombre de un goce sublime de la idea, cosa mental, que se le anteponía. Hijo de un sargento de la guardia, Van esperaba que le cortaran –eso sí lo explicó– el indeseado apéndice y le fabricaran una vagina. Aún no concretaba la intervención ya que sus padres eran adversos y él carecía de recursos para solventarla. Frígido, no aceptaba el concurso de los testículos en el proceso de excitarse. El acoplamiento por vía trasera le parecía una triste parodia. De ahí su poco entusiasmo, vergüenza incluso, al ofrecer ese agujero degradante para concretar la unión. El polvo se convertía en una oportunidad bochornosa de exhibir un error de forma. Al contrario, el atuendo y el maquillaje, lejos de resultar un disfraz, construían su naturaleza, eran el idioma de su verdad. Podría haber dicho: “Me encuentro más auténtica cuanto más cerca estoy de lo
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que sueño ser”. Puede que la ayuda de ropas finas, más el privilegio del pudor, diera a esta mujer modélica consistencia. Pero carecía de desempeño; sólo se veía como programa, a través de un cultivo preciosista del engaño.] Uno vivía en Gaboto y 18, arriba de una panadería, en un apartamento viejo, pero que arregló muy bien. Fui a La Pasiva a llamar por teléfono y él estaba haciendo la cola. “¿Y, che?” le dije, “estoy apurado, ¿no me dejarías llamar?” “Sí, sí, muy bien”, contestó, “pasá, pasá, tiernito”, o una palabra parecida que no estoy acostumbrado a oír. Entonces abrí el ojo y pensé: ta, este mismo; de aquí no me voy. Muy canchero el viejo. Digo viejo por decir, sesenta y pico tendría. Pero estaba muy bien, se cuidaba. Era petiso, ancho de cintura, pero no tenía panza. Y ahí lo conocí. Después, hablando, me comentó: “¿Sabés que yo ando acá, en la vuelta?” Me tiró la patada. “Si querés, le digo, yo también ando acá, también en la vuelta.” “Pinta”, me dijo, “¿no querés tomar una cerveza espumosa?” “Bueno”, y ahí me senté. Tomamos una cerveza, pero él muy bien, muy correcto, con la corbata aquí arriba, casi en la nariz, un saco recién comprado y un bolso. Tomamos la cerveza y nada más. Hablamos quince minutos. Me dijo que era abogado. Mentira. Para impresionarme. Pero era lindo. Me gusta la corrección, las cosas que no encontrás en los mongólicos éstos de veinte y pico. Me atrajo, porque si no me atraen no me gusta acostarme. Me gustó porque tenía ojos claros, estaba bien arregladito y peinadito, usaba el pelo muy cortito. Tres veces creo que lo vi antes de ir al apartamento. Si me juntaba a hablar no quería terminar cogiendo, me parecía grosero. Después sí fui al apartamento. Lo penetré. Lo pasaba bien. Me divierte el compartir momentos con la gente. Después él me sobró. Lo llamé en una buena –nos habíamos acostado una vez– y me dijo: “No puedo”. No era verdad. El cliente no había quedado conforme. Claro, me borró, y tenía otro; lo supe porque fui a espiarlo para sacarme las dudas, con un amigo que tenía un Toyota viejo. Nos quedamos ahí en el auto, enfrente del apartamento, y vi que salía uno, y después salió él. A la otra semana me llamó y le dije: “Está mal. Si estoy de macho con vos, ¿por qué me borrás, y ahora me llamás?”
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Pero a él le convenía para hacerse coger. Estuve saliendo con él cinco semanas, a veces una vez a la semana, a veces dos, y me prestaba guita. Yo no digo: “Dame tanto”. Digo: “¿Me prestás, porque necesito sacar los boletos, o necesito esto?” Yo necesito a veces. Lo vi, pero me aburría, porque no estaba para la merca ni para nada. No podía hablar de eso porque se escandalizaba. Ahí no me gustó. Entonces, yo siempre me juntaba con esa banda, los ladrones. Me preguntaron: “¿No tenés a nadie, che?” Y yo: “Sí tengo. Es fulano”. Me dijeron: “Ta, vos prepará algo, que después...” Los putos no te denuncian, no te pueden denunciar. Mismo si vas a una comisaría y hablás acerca de un viejo puto, de alguien puto, no te dan bola. Tengo la experiencia: me denunciaron. No hacen nada: sólo les piden plata a los viejos. Nadie está en la mira de nadie, nadie está cuidado por los milicos. Más bien ayudan a los que roban, para que les den algo. Los milicos no quieren a los putos, ni les hacen caso. Además la gente se equivoca. Vos: ¿cómo hacés una denuncia si vas a una comisaría? Le contás al milico y él lo escribe, ¿no? Pero no es así: una denuncia sólo está hecha cuando vos la escribís con tu propia mano. ¿Nunca hablaste con un abogado? ¿No te explicó? Ese cuaderno que usan los milicos, que es un cuaderno berreta de cien hojas, no sirve para nada. Vos mismo tenés que escribir en una hoja a mano y firmarla: eso es una denuncia. A la gente la engañan. Para mí está mal. Los

milicos se cagan de risa, y lo que escriben no sirve ni para el culo. Te dije que iba a vigilar al viejo en el coche de un amigo para ver si se acostaba con otro guacho. En realidad iba para averiguar a qué horas entraba y salía. Quería estar seguro, porque llamar por teléfono no sirve, muchas veces no contestan. Fue un domingo que entraron, porque me había dicho: “El domingo me voy a la casa de mi hermana”. Robaron uno de los televisores, porque el otro grande no lo pudieron llevar, un video, un grabador, cantidad de casetes, ropa, ¿qué más? Muchas cosas más que ellos no me dijeron. El viejo se dio cuenta que yo estaba implicado; me dijo que era el único que sabía cuándo él no iba a estar. Me amenazó, pero me la pasé por el culo, la amenaza. Me amenazó y mandó a unos negros, pero los negros no se animaron a tocarme. Yo había dejado de llamarlo. Antes de que me agarre del pes173 cuezo, pensé, no voy más. Lo crucé por 18 o San José, no me acuerdo. “Si vos tenés un problema, le dije, es problema tuyo, yo no fui más porque me sentía mal con vos”, le inventé cualquier pavada. Ese fue el más ladilla: por eso me acuerdo. Mandó a unos negros, como te dije, cerca de mi casa, pero los negros no me agarraron. Los llamo negros, pero no eran nada negros. Blancos; así de grandes. Mandó a un flaco y a dos lomudos. Llegué a mi casa de noche y me encontré con los tres tipos. “¿Julián?” me dicen. Y el apellido también. Yo: “Sí, ¿qué?” Me dicen: “Disculpá, vení, tengo un recado para vos”. Me avivé y me fui al carajo. Un recado. Me mostró un papel en blanco. Yo dentro de mí: la puta que te parió, negro hijo de puta. Así corrí. Así corrieron los negros. Con unos cortes grandes así. Chuh. Era para asustarme. Acuchillarme no creo que me acuchillaran. No creo. Te pueden matar a cuchilladas, pero ellos no matan, por dos pesos no matan. Pegarme, patearme, sí. Corrí. No les iba a hacer frente, no iba a cagar a palos a un negro que tiene un lomo, un brazo que es un garrote. Si me da tres piñas, me desmaya. El veterano que te dije no fue el único que mandó gente. Mandaron otros. Aunque no me encontraron. Un amigo me dijo: “Vinieron unos buenos muchachos a buscarte”. [Fuera de la cama, cuando bailaba o trotaba, Vanesa manifestaba soltura. En su afán, nada extraño para una novia, había cierto desembarazo. Su cara no era falta de atractivo, ni su persona. Su dedicación al espíritu de fachada no disminuía el espectro de sus afectos, ni el registro de sus emociones era inexistente; jugó con fervor el rol de prometida; era celosa, aunque Tomás no le diera motivo de suspicacia.] Pero a vos no te quería hacer mal. Cuando volví de La Cumbre a Montevideo me dio pena. Pensé: él me llevó de buena onda, me trató bien. Por eso no te quería ver más. Ya que te hago mal, ¿para qué te voy a seguir viendo? Porque vos me querías. Yo te quería también. Entonces me dio pena. No te vi más, para qué te voy a ver, ¿para joderte? En el sentido de que vos creas que... Pensé: ¿para qué lo traté mal? Que haga su vida, que se acueste con todo el mundo.
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Me dio pena porque me porté mal. Que me querías, que yo no te quería. Te hice mal al darte dolores de cabeza. Entonces pensé: cuando vuelva a Montevideo no lo veo más, porque hago mal a una persona que es bien. Al final te defraudé. Cuando te enfureciste a lo último que ya nos veníamos, me dolió en el corazón que no me dirigieras la palabra en el bus, que estuvieras cortado, ¿verdad? Me dolía que el tipo por quien yo sentía estuviera cortado conmigo. Quería estar bien, porque vos me atraés, me gustás, toda tu onda y que fumás porro, que hacés música, me gusta que seas una persona linda, una persona prolija, que tiene

proyectos, me gusta una persona así. Te fastidié a lo último, cuando me venía. Yo te quería, sí, pero no sé, ¿viste? Estabas para la joda; vos querías a alguien para coger. Me porté mal en el sentido de que no te hacía caso, metí la pata, soy una mala persona, sí, me equivocaba. La verdad, estaba reprodrido ahí. Yo decía, ¡pa! quiero estar con él, no sé. Y metía la pata. Vos comentabas: “Sos tan discreto para tus cosas, pero acá no sos discreto”. Mientras que al desayuno te prometía quedarme tres semanas, a la tarde le contaba a Luisa que había venido sólo por tres días. Si le hago mal, pensé, ¿para qué lo voy a encontrar otra vez? Que se acueste con quien quiera. ¿No sos re-feliz así? Entonces, ¿para qué te voy a joder? Me quedo en casa, salgo cuando quiero, estoy para la joda. Me acuerdo de las cosas buenas: que te hacía el café con leche. Cuando me mandás cartas me jodés. Hoy leí tu carta, la llevo acá, la llevo siempre conmigo. Escribís: “Me preparaste el café con leche”. ¿Ves? Eso ya me puso triste. Mi madre me entregó la carta: “Hay una carta para vos”. “Ay, gracias, vieja.” Leí y me vino lástima. Por eso pensé: voy a llamar al loco. Mirá lo que hice con los pesos que me regalaste, mirá: compré los boletos, porque trabajo en una peluquería de mierda, si no, no me da la plata, che. Con lo que mandaste compré los boletos. En la peluquería me pagan por mes. Entonces pensé: saqué los boletos para trabajar. Son cincuenta boletos. Así no le pido plata a la vieja. Yo robo, me porto mal, ella me entiende. “Igual sos mi hijo, seas lo que seas; te fui a buscar cuando saliste de Jefatura.” Pagó al abogado para que me sacaran. Trato de estar bien con ella, pero no
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puedo. Le pido plata y me dice: “No tengo. Si sigo con el trabajo, el mes que viene te doy”. Le vienen achaques, le duele la columna. Le pido prestado y me da. No piensa en sí misma, no se compra cosas para ella, piensa en los hijos. Le solicitó un adelanto a la patrona de doscientos pesos para que me comprara los boletos, me comprara una campera. Me dio una sorpresa. Es una porquería pero igual no importa, estaba contenta. Claro, no tiene hijo para siempre. Sufre mucho. Se levanta a las seis y se va a trabajar. Trabaja hasta las cinco. Cobra quinientos pesos por cuidar a esos gurises. La plata que gana me la da. Por eso agarré tu plata, si no, no la agarraba. No quiero tu plata. Bastante mal te hice. Me trataste bien, me compraste lo que quería. Chinchín. ¡Hicimos Chinchín con Tomás! Ta, lo voy a llamar, pensé, le voy a pedir disculpas; que venga, digo, porque quiere hablar. Vos dijiste: “Quiero hablar con vos de igual a igual”, acá tengo la carta. Ta, pensé, es una buena persona. Pero no entiende que lo dejo de ver porque le hago mal. Disculpas te tendría que pedir por lo mal que me porté, en serio. Si algún día te pudiera ayudar, te ayudaría. Cuando volví a Montevideo en la terminal tomé el 230, pasé por Agraciada. Mi vieja me abrazó y me dijo: “Por fin estás aquí”. Se puso a llorar porque ella quiere que yo esté acá, que esté con ella, el hijo que tiene soy yo, tiene otros pero están casados. Le dije: “Me porté mal con la gente que me llevó allá a la Argentina, vieja”. “Ta”, dijo, “vos disculpate con esa gente”. Me gustaría devolverte el dinero, todo. Si trabajo te voy a devolver la plata. Bueno, me voy. Ya son las siete. No, las seis y media. Igual, mi vieja está sola. Me pide que la acompañe. Por eso me voy. [Habían pasado tres meses desde el regreso de Córdoba, desde que se habían dejado de ver. Julián bebía sin parar, lo que explica el tono efusivo de la última parte de la plática. Cuando se despedían en la camioneta, dijo que había querido regalarle un jarrón con flores,

cuyo precio había abonado en parte en una florería, pero que la empleada, cuando él volvió a retirar el pedido, no reconoció el depósito. El otro coligió que mentía. Le pareció improbable, asimismo, que hubiera trabajado o trabajara de ayudante de peinador. Nunca
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en adelante volvió a mencionar el tema. Sus últimos esfuerzos al irse estuvieron dedicados a extraer más dinero del que habían acordado para la entrevista. Su táctica, con todo, era astuta: simulaba encontrarse más borracho de lo que estaba para no hacerse responsable de sus pedigüeñerías. Ya en el coche, en tren de despedirse, adornado con oropeles de buenos sentimientos, ofreció una pieza maestra: dijo no haber recibido el importe que guardaba en la cartera. La segunda reunión transcurrió en otro bar de la misma plaza. Tomó menos. Por momentos se lo veía tenso y reservado. Varios repolludos hombretones entraron al local y se sentaron a una mesa cercana. El chaval los consideró con atención circunspecta; susurró al oído de su compañero que eran policías vestidos de civil. ¿Se trataba de una encerrona planeada por él mismo?] A otro lo conocí en el Olimpia, es un baile aquí en la plaza. Trabajaba en UTE (compañía eléctrica del Estado). No sé qué carajo era, pero un cargo importante debía ser, porque siempre andaba en pedo, de acá para allá y de allá para acá. Vivía solo, había reformado una casa vieja y la había dejado linda. Venía al Olimpia todos los sábados, parecía casi el dueño del baile, llegaba siempre de traje, con camisa y corbata, y mandaba, en el sentido de que tenía muchos conocidos y hablaba con todos. Una noche precisaba al Rulo, de acá de Colón, no sé para qué cosa, y yo lo conocía. Entones me dijo: “¿Así que vos conocés al Rulo? Mucho gusto”. “Soy de aquí del barrio.” Pero el veterano no aparentaba nada de nada. De entrada ni se me ocurrió que era gay, porque andaba muy serio. Pero al otro sábado yo había tomado una cerveza con alguna gente, después me quedé por aquí en la plaza y él me vio y me hizo entrar al baile. Y dentro me invitó: “Sentate, tomá un trago”. Y siempre trayendo gente de aquí para allá. Como de madrugada no hay ómnibus, llevaba en auto a los amigos, y yo me enganché en los viajes. En uno íbamos cuatro, pasamos por la casa de él en Peñarol a buscar una chaqueta u otra cosa. Vi que era una casa grande, cerca de la estación. Afilaba con muchas minas, bailaba con muchas, pero nunca vi que subiera al auto con una. Todos hablaban de las putas, “y la compro, y la cogí,
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y me cogió”, pero él nada. No al principio, pero después me quemé la cabeza: ¿qué hacía de verdad este number one? Nunca nada con nadie. Vivía solo, ya era veterano: entonces, ¡ta! Estaba bastante destruido porque tomaba mucho. Seguimos viéndonos. Una vez fui a una fiesta a la casa de él. No era una fiesta, sino un cumpleaños. Me mostró los cuartos, pero no me insinuó nada. Fuimos a dejar a unas personas a Paso Molino; después dijo: “Vuelvo a casa a hacer una llamada”. Volvimos. Tenía cuatro teléfonos. Y ahí me tuvo, en el comedor, esperando cincuenta horas, él supuestamente haciendo la llamada desde el dormitorio. Y entonces sí: me invitó a una cerveza y hablamos pila. Me tiraba patadas, me preguntaba con quién andaba, con quién no. Era muy jodedor, jodedor de joder. Entonces yo nada; me reía. Me dijo “nene”, o “manteca”, pavadas de ésas, y se cayó de maduro que era gay. “Y, manteca, ¿no salís con ninguna de estas locas?” “No me gustan las regaladas”, le decía yo. Tanto “manteca”, tanto mirar con cariño, te empezás a calentar la cabeza y a sospechar. Me hablaba y me miraba. Me estaba mirando la cara, mirando la mano, me estaba mirando entre las piernas, y el loco nunca era así, yo veía que él nunca fijaba la vista en nadie.

Bueno, ahí tuvimos una cosa, no me dijo nada en concreto, me metió la mano entre las piernas, obvio que quería hacer algo, ¿no? Me cayó bien el veterano, ya teníamos más confianza, y nadie se enteraba. Me llevaba a veces al centro a pavear, pero nunca fuimos a ningún boliche, sólo a bares. Difícil que lo encontrara en la casa. Le gustaba la noche, no tanto para joder, sino más bien por aparentar, quería ser un personaje, no le daba bola a ninguno. Le gustaban los hombres pero nunca mostraba la hilacha ni daba qué hablar, a las mujeres las afilaba, pero bien como chistoso, para que no hubiera sospecha. Conocí a viejos, a viejas, amigos de él. A veces tomaba dos cervezas y no pasaba nada, pero otras se ponía histérico y peleaba por cualquier cosa: “¿Por qué llegaste cinco minutos tarde?” No me banqué eso. Pero era un tipo bien. A ése lo robaron. Ellos sabían, porque yo les comentaba, a qué horas no estaba, qué hacía, qué tenía. A mí no me importó que lo robaran. Me parecía una persona canchera, pero no le tenía aprecio. No era aprecio lo que le tenía, le tenía buena onda, nada más. Que vaya a romperle las bolas a otro.
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[Acomodados en el sofá, Tomás callaba, no se sentía obligado a elegir música atmosférica con motivo de y en concordancia con la visita de Vanesa. Escuchaba la Chacona de Bach sin que la sorda se enterase. Recostaba en tanto la mejilla sobre los muslos blancos como colinas de mármol del muchacho, captaba esa conmoción de las fibras contraídas en ínfimos, casi imperceptibles, tironeos. Sin embargo Vanesa no se conformaba con la catatonia. Producía sonidos que lo sobresaltaban, lo obligaban a abandonar de pronto el hilo de sus distracciones para ocuparse del paroxismo de la criatura. Ante el fracaso de hacerse comprender por su marido, se precipitaba sobre lápiz y cuaderno. En letras de molde irregulares, con ortografía salvaje, configuraba apenas una serie de sílabas apuntaladas con retratos infantiles que la representaban a ella o a su interlocutor, emperifollados y con los acentos circunflejos de un maquillaje enfático. Le habría gustado separar las actividades de ambos y eliminar las interferencias de la sorda; que se dedicase a pergeñar sus maniquíes –estudiaba corte y confección en una escuela para discapacitados– mientras él se desligaba. Pero, como un perro, la infanta lo perseguía infatigable con sus chillidos, reclamaba atención hacia sus garabatos.] En aquel tiempo andaba mucho por Peñarol, conocí a alguien, pero éste era joven, tendría veinte y pico; salí un tiempo con él. Iba con un amigo a tomar cerveza a la casa del guacho, que era peluquero, manicura. Trabajaba en el domicilio mismo, peinando a las viejas. Muy bien el gurí. No salía, se asustaba, vivía encerrado haciendo peinaditos. Tenía una vida de aventura, pero dentro de la casa. Iba al centro sólo una vez al mes. Una vez lo llevé al Yancler [Chantecler], que es un baile. A él no le gustaban los boliches. Se me ocurrió ir a Yancler un sábado, porque es gratis para las gurisas y hay un cincuenta por ciento de rebaja para los hombres. No le gustó, “no se encontraba”. Igual, días de semana íbamos a bares, íbamos a caminar aunque fuera o tomar algo. Era bobito, pobre, vivía encerrado. Nos casamos, tuvimos muchos hijos. él se cansó, se aburrió de mí. A ése no lo robaron.
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Otro caso fue en Zufriategui y Trabajo. Hay unos apartamentos. Los locos festejaban el mes de estar juntos o algo por el estilo. A mí me llevó un amigo de la casa, pero no tuve relaciones con ellos. Fuimos a la fiesta, que fue un domingo, y tomamos y hablamos. éramos unos diez, doce. Sólo pasamos un rato, yo no fui el que organizó nada, a mí

me llevaron como bulto. La fiesta resultó buena. Juntamos todas las mesas e hicieron striptease ahí arriba dos maricas que se creían que estaban divinas pero nada que ver. Tendrían veinte y algo pero se notaba que la carita ya tenía grasita. Pusieron música, se sacaron la ropa. Otras veces me invitaron a unas comidas que hacían. Siempre iba con este amigo, nunca me mandaron solo ni tuve contacto solo. Cuatro, cinco, o seis éramos los que íbamos siempre para allá. No fue como otras fiestas adonde me llevaban y me presentaban a alguno, que me pegaba la patada acerca de si quería salir o no quería. Esta vez nada. No era para hacer negocio de changa. Aunque me acosté con un amigo de ellos, creo que era arquitecto, no sé qué mierda era. Y también cogí con uno de los que vivían en Zufriategui. El que me gustaba en realidad era la pareja, el más macho de los dos, pero me acosté con el afeminado. Me daban merca, a veces un dinerillo. Los de la casa tomaban mucha merca, cierto grupito se separaba e iba al cuarto. Igual no era un secreto porque te andás cagando de risa. A ésos de ahí a un tiempo los robaron. Los que robaron fueron los mismos de siempre. No es difícil pasar desapercibido, porque, si en un lugar entra y sale gente, los vecinos ya no dan bola, piensan: “Están cogiendo”, o “Trajeron a los machos”. Portero no había, era un edificio viejo, con un corredor largo. Uno de los de la casa filmaba fiestas, cumpleaños de quince; le sacaron las filmadoras, videocaseteros, adaptadores, cámaras de fotos. A mí, después, los ladrones me dieron algo de dinero, yo tenía una deuda de merca con uno de la banda. De eso hará un año y medio. Las víctimas harán barullo, pero una denuncia en serio es difícil que la hagan. A mí una vez me persiguieron con una grabación por teléfono. Sacás dos cablecitos del auricular, los enchufás haciendo un puente: de ahí sale la grabación. Llamaron a la casa de un amigo, porque el teléfono en casa lo pusieron hace poco. Y me dijeron: “Qué bien lo hiciste”, refiriéndose a un arrebato, y después que con180 versamos del asunto: “¿Sabés que todo esto lo grabé?” Y yo pancho. Había conocido a un tipo por un amigo. El tipo había cobrado el sueldo y lo asaltaron. Yo tenía algo con el amigo, que era conocido de él. Él seguro tuvo algo con mi amigo, pero nunca lo quiso aparentar porque era muy tapado. Yo siempre andaba con el otro e íbamos juntos a verlo. Si vos vas a una casa dos o tres veces por semana y luego te borrás... Yo me borré porque mi amigo ya no iba, entonces yo tampoco. No le pregunté a éste: ¿por qué no vamos a la casa de fulano? Y el robado me llamó y me dijo: “Qué bien lo hiciste”, acusándome de haber pasado información para que lo asaltaran. Después me dio la noticia de que había grabado la charla que estábamos teniendo. “Qué bien para vos que lo grabaste”, contesté. Eso no sirve, no te pueden llevar preso por un casete. Si te hacen un juicio, en el juicio eso no va a valer, no lo toman en cuenta, no es prueba. Haciendo averiguaciones lo sabés, mi grupo se lo preguntó a un abogado. Le preguntan a los abogados muchas cosas. La gente cree que te asusta porque mandan un alguacil a tu casa. Pueden mandar a todos los que quieran, pero el alguacil no va a entrar por la ventana. Apareció uno en casa de un amigo y me mostró un papel, me lo mostró a mí porque abrí, y estábamos todos juntos: “Yo soy el alguacil fulano”. Me dio una tarjetita y sacó un fajo de actas o testimonios. El Juzgado 16, creo, manda un papel: “Por su interés... que se presente”. Contesté: “No tengo ningún interés”. Entonces nadie más apareció, ni los milicos vinieron a golpear la puerta, ni nada por el estilo. Es como una denuncia en Brasil, algo estúpido. [Vanesa sentía pasión por las competencias en drag que alguna disco organizaba periódicamente. Se preparaba con nerviosismo indefectible durante las semanas previas. Esa mujer de fachenda conseguía, en los escasos minutos mientras desfilaba por el podio,

ser, no sólo para los demás, sino para ella misma. Como corolario de un sueño realizado acumuló no pocos honores: los títulos de Princesa y aun de Reina. Esos honores no venían solos: incluían pasajes de excursión a Arerunguá y a Punta Rubia.] A otro de Colón lo conocí también en el Olimpia, pero de día. Yo iba a hacer natación. El tipo venía con el hermano. Lo veía porque él
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siempre estaba haciendo fierros. A veces, yo jugaba al ping pong con él. Un día fui a la ducha, me mojé y salí corriendo, porque llovía. Me guarecí en la parada, mojado hasta el culo. Él esperaba un taxi y yo el ómnibus, y agarró y me dijo: “¿Querés que te acerque?” Justo llegó un taxi y le contesté: “Voy a unas pocas cuadras, vivo cerca”. Entonces me llevó y me dejó en casa. Otras veces, si nos cruzábamos en la parada de la plaza, él me acercaba. Llegamos a una cierta confianza, jugando al ping pong y eso. De él ya me había dado cuenta, porque pasaba todo el tiempo mirando hacia la piscina. Era obvio que miraba a los gurises. Pensé: capaz que mira por curiosidad, o porque le gustan. Pero él no aparentaba nada. Al tiempo me lo encontré en una feria que hay acá los sábados. Era mediodía. Él siempre andaba con el hermano, pero ese día andaba solo. Me invitó a comer al Baco, entonces después de comer me dice: “¿No querés pasar por mi casa?” No sabía bien a lo qué iba. Estuvimos tomando martinis y me tiró un manotazo. Salimos por más de un mes. Era ayudante de arquitecto. Yo lo visitaba dos veces a la semana. Vivía acá en Lezica, pasando el puente a mano izquierda, solo. La casa era de él y del hermano, pero éste vivía en un apartamento y no era gay. El ayudante de arquitecto había tenido novias para que el hermanito no sospechara; según me contó, se había estado hasta por casar. Pero todo era para taparse. Una o dos veces un conocido me alcanzó en auto hasta la casa del tipo. Otros más se enteraron de dónde vivía, porque comentaron entre ellos. Después se abrió el tema de que había que hacer algo. Pero este loco no salía nunca, siempre estaba en la casa. Al Olimpia venía de mañana o de tardecita, siempre antes de las seis. Entonces de mañana o antes de las seis parecía un disparate hacer algo. La única manera de que caiga, pensé, es meterme yo en la cosa. Lo planeamos y les dije: “Yo y él vamos a tomar Norteña hasta cansarnos. Cuando sea el momento, apago las luces y ustedes entran”. Como en todos lados, él dejaba la llave en la puerta misma, del lado de dentro. A mí no me daba la cabeza para engancharme con ese tipo. No me gustaba, yo qué sé, era sexo lo que él quería, entonces ta, yo buscaba sólo sexo. Cuando lo robamos, además, él ya me iba borrando, aunque no me borró de golpe. Con las cervezas quedó me182 dio abombado, pero no se durmió. Igual se hizo lo que se tenía que hacer. Apagué las luces, saqué la tranca y las llaves, dejé la puerta abierta. Lo agarraron y lo tuvieron ahí en el sillón, apuntándole con un revólver. Me paré y salí, me fui sin decir nada. Buscaron y encontraron la plata. Llevaron un video, una grabadora, relojes y cosas viejas, ¿cómo se llaman? Veleros, candelabros. Tenían valor porque estaban forrados de oro, habían sido de la madre. [Por esas fechas estaba próximo un nuevo torneo, que justificó la competencia efervescente de Vanesa. Ofrecían de premio un pasaje a Porto Alegre. La zozobra no lo dejaba dormir. Su único tema, señalizado con gestos y dibujos, se centraba en componer un conjunto del mayor éclat. Ya había conseguido el vestido y las joyas; sólo le faltaban los zapatos: ¿podía Tomás comprárselos?] Por compartir un gramo conocés cada pinta que es de terror. A partir de ahí ya tenés contacto. Algunos no les tienen lástima ni al hermano siquiera. Aunque hayas compartido un gramo dos o tres

veces, hoy o mañana ellos te ven en la calle tirado y te roban igual. Hay algunos que son muy mala leche, pero sí podés hacer amistad con los que sabés que no te van a cortar la cabeza. Ahora algunos se fueron para Brasil, otros andan por ahí en la vuelta, otros tienen quinientos hijos, entonces ya no están para nada. El hermano de uno se enfermó, se internó, es medio paranoico, se persigue con que los milicos lo van a agarrar. Ahora, si yo quisiera organizar algún robo, tendría que reunir tipos que fueran vivos. [En compañía de Pepo, asesor indispensable, se trasladaron al Paso Molino: el calzado allí es menos caro que en el centro. Las pantorrillas torneadas de Vanesa se reflejaban en los espejos rastreros de los negocios. No tardó en encontrar el modelo que buscaba, un clásico de charol negro y punta aguja: ideal. Para evitar las objeciones del padre guerrero, la velada del desfile Vanesa se preparó en casa de Tomás. Acudió con Pepo, que no sólo la ayudó a vestirse, sino que se preparó también él para participar en la contienda. Una sílfide de ballet, el new look de Christian Dior, se combinaban en el vestido de cocktail de Vanesa, que le
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ajustaba el talle con un corsage negro, falda de gasa blanca evanescente plisada y acampanada; evocaba un árbol de magnolias, o bien una sola gardenia, enhiesta.] Crucé a un enfermero, era un loco de treinta y pico, llevaba el pelo largo, distinto a las personas con quienes estaba acostumbrado a salir. Yo siempre estaba con gente más correcta. Lo conocí en un cumpleaños no sé de quién, empezamos a tomar y a hablar y unos jugaban a la conga. Después me llevó a mi casa en un taxi. Lo vi en otra reunión, pregunté por él y me dijeron: “Es crá”. Me lo presentaron de nuevo pero yo ya sabía que ése era el que me había llevado una vez en taxi a casa. Conversamos acerca de la primera fiesta, y ahí él me tiró un par de patadas: “Lindo pedo tenías, ¿habías tomado mucho?” “Sí”, dije, “me cayó mal”. Medio loca era, hablar no le gustaba tanto sino ir a lo concreto. Vivía con un amigo, sería una ex pareja, y la noche en que me lo presentaron por segunda vez fui a la casa. Pero no me acosté, arreglamos para otro día. Después fui por mi cuenta, siempre me invitaban a comer de noche, pero el amigo no se iba y a él no le gustaba hacerlo frente al otro. Fui como tres veces, hasta que un día me esperó en casa de un conocido. Y ahí hicimos una cama de tres. El conocido había estado casado. La familia sabía lo que hacía, pero él se portaba serio; los parientes tenían el orgullo de que les hubiese dado una hija. Nos veíamos con el enfermero una vez cada tanto. Tenía horarios complicados porque trabajaba en la Española y también en el Clínicas. Conté a mi grupo lo que había dentro de la casa, y también que vivía con la otra marica. Tenían quinientas cerraduras por el lado del frente, pero sólo una por el lado del fondo. Entraron por atrás. Llevaban una gorra, o algo que les tapaba la cara. Estaba sólo el amigo. Uno lo controló y los demás revisaban. Vieron la moto, pero no se la tocaron. Al enfermero, después, no lo encontré nunca más. No teníamos amigos en común. No sé si se enteró de que yo lo entregué, si se mató, se murió o qué. Pero gracias a él conocí a un moreno que trabajaba en el Hospital Militar. ¡Cambié de hospital! Este era flaco, feo, africano, tenía el pelo motudo. A veces el negro iba a comer a la casa del
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enfermero y así lo conocí. Yo iba a visitar al negro, que curtía merca. Siempre conseguía y siempre tenía. No me acosté con él. El andaba con un guacho de la calle, que no era de la calle en particular, sino que se había peleado con la madre y se había ido a vivir a lo de la

novia, después se peleó con la novia y quedó en la calle. Curtiendo toda onda, conoció al negro y vivía con él. Estaba siempre ahí, siempre curtían. Cuando yo iba, el loco era muy correcto, limpiaba la casa y hacía de comer. Y el negro tenía merca arriba. Yo iba un lunes a las diez de la mañana, ¡y tenía!, iba un martes a las tres de la tarde, ¡y tenía! Entonces pensé: este negro guarda un arsenal ahí. Lo llamaba y le decía: “Hola, che, vengo tal día”. Le tiraba la patada: “No conviene que tengas mucha, che, no sea que te caigan los milicos”. Para ver si decía cuánto tenía. “No, no tengo mucho”, contestaba, “voy a buscar una vez al mes”. Si él iba a buscar una vez al mes, y yo iba dos o tres veces por semana y siempre tenía, calculé que guardaba una provisión. Al gurí lo inyectaba. Una vez oí un comentario: que le había conseguido jeringas. Como yo sabía que tenía bastante merca, un día entraron y se la sacaron, nada más. Ese día no había nadie. El negro había ido a Sarandí del Yi a visitar a la familia. Me había dicho: “No vengas a cenar el lunes porque voy a casa de mis padres”. Y al gurí no lo dejó dentro de la casa. Yo no sabía dónde guardaba la merca: si en el baño, si en el cuarto; él siempre hacía muchos movimientos antes de traerla; pero la buscaron y la encontraron. No sé cuánto le sacaron, no era un paco, pero tampoco era poco. ¿Diez, once gramos? No había demasiadas cosas para llevar: una garrafa chica, una garrafa grande, una cocina; pero no importa, ese día sólo buscaban la blanca. Después lo vi, me lo crucé, “¿Sabés que entraron a mi casa?” contó, “creo que lo que buscaban era dinero. Revolvieron todo para ver dónde estaba”. ¡El choto! “Y encontraron las vitaminas.” Igual, después lo visité varias veces, hasta que él se fue para Argentina. Dicen que allí murió de una sobredosis. [Eligieron, para la tercera tertulia, un bar que no frecuentara la policía, en el borde de un camino vecinal. Lo rodeaba el campo verde. Un perro negro se enrollaba sobre el escalón de la puerta. Con la esperanza de ganar a Juli a su causa, Tomás expuso una teoría ad hoc acerca de la “pareja abierta”: sin que importe el nú 185 mero de infidelidades, dos personas se quieren con tesón; la “apertura” introduce variantes en la vida de ambos, una dosis de novedad ante el desgaste de la rutina. Si es de veras compatible, la pareja destaca como superior a las chances alternas que se investigaron. Esos individuos, a través de sus andanzas, reinciden en estar juntos; forman un vínculo libre y auténtico. Julián discrepó: –Esa unión abierta, o como quieras llamarla, que para mí no es una pareja, no duraría ni quince días, el plazo para encontrar a otro negro que coja mejor.] Otro tipo, un viejo petiso, gordo, de bigotes tenía una tienda aquí en Colón donde vendía ropa y zapatos. Una vez mi madre fue a comprar ropa, y yo me compré unos zapatos, nos hizo un descuento. Después fui y me compré algo más y me volvió a hacer descuento. Al tiempo lo encontré en la calle, en Sayago. Me saludó y preguntó si podía acercarme a algún sitio. Le dije que sí, me subí al auto. Me llevó a la casa de él, son unos apartamentos largos, dos viviendas en realidad, una al frente y otra al fondo, que se comunican. Tuvimos relaciones una vez sola. Me chupó la pija y nada más. Después pasé por la casa unas cuatro veces. Él siempre quería hacer algo pero yo le decía que sólo había ido a visitarlo. Entonces los ladrones entraron en la casa, yo les abrí la puerta. El loco no se resistió, se sentó. Y le robaron las cosas. Se llevaron muchas pavaditas, electrodomésticos chicos. Salí, como siempre, antes que los otros, solo. No me importó que conociera a mi madre. A ella cualquier cosa que le digan le entra por un oído y le sale por el otro. El viejo, más adelante, me cruzaba con el coche, me hacía una guiñada y se reía.

Entonces ahí sí, yo estuve seguro de que fue él quien había mandado, dos o tres semanas después del robo, a unos amigos negros para que me pegaran. Me hablaron dulcemente. Me golpearon a la entrada de mi apartamento. Pasó así: yo llegaba de madrugada. Hay poca luz en el porche. Cuando iba subiendo la escalera, tres me agarraron por la espalda y el pescuezo y me tiraron para atrás. Resultó una paliza jodida, no liviana. Me dieron piñas en la cara y en el cuerpo. Yo me tiré al suelo, me arrollé, y me tapé la cara. Me
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patearon, me pegaron con la culata de un arma. Lo que más me jodió fueron los golpes en el lomo y en las costillas, que quedaron marcadas de hematomas. Me levanté, quise ver si tenía algo quebrado. En casa dormían. Pedí plata a mi madre (que me vio un poco sacudido pero pensó que me había peleado con alguien) y tomé un taxi al Hospital Saint-Bois, donde me revisaron. Ahí dije que me había caído de la bicicleta. Me indicaron que me pusiera un faja y unas vendas raras, pero no les hice caso. Por un tiempo quedé duro. Me dolía la columna. Y me dolían los riñones también, que los tengo delicados desde los golpes que me habían dado en Jefatura cuando me agarraron después del primer asalto. Tuve que tomar pastillas. Estuve una semana o más encerrado. No me gustaba salir con la cara marcada. Unos amigos descubrieron que los que me habían pegado eran de Colón. Ubicaron a uno, que desembuchó y dijo quién los había mandado. Yo no estaba del todo seguro, porque podía haber sido tanto un pinta de tres meses atrás, como otro más reciente. Entonces, cuando supe, fui hasta la casa del viejo a pedirle que me disculpara por lo del robo, y ahí mantuve relaciones con él de nuevo. Él quedó contento porque me vio machucado. No le conté nada, ni me preguntó él. Y en la tabla debajo del colchón escondí tres gramos de cocaína. Otras personas, no yo, hicieron la denuncia. Dijeron que habían visto que él vendía droga en el domicilio, que lo hacía para mantener relaciones sexuales. Y contaron dónde la escondía. La policía hizo un allanamiento, encontraron la merca, y lo tuvieron en vueltas. Pero no fue en cana. Quedó fichado, eso sí. [Por presencia, gracia y aptitudes Van prevaleció en el desfile sobre sus rivales. El aplauso lo reconoció como ganador. El jurado no obstante defendió los intereses del dueño de la disco que, en bancarrota, no estaba dispuesto a pagar un dispendioso pasaje a Porto Alegre. Con una decisión cortada a la medida de las circunstancias el jurado confirió la corona a un grotesco segundón, pareja del dueño. La sorda se conformó de bonne grâce con el título de Primera Princesa.] Un milico cayó en la comisaría contando que una loquilla a quien le gustaba atraer a los guachos tenía merca en la casa. La
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casa quedaba entre el Complejo Verdisol y la Ancap, le dicen el barrio Conciliación. Un pata lo conoció por medio de un travesti. El travesti nos llevó a los dos, y conocí a la loca que curtía merca. Vivía en una casita que era una pieza grande con una pared por medio. De un lado tenía un cuarto y del otro la cocina. La loca tomaba la presión, limpiaba edificios de apartamentos y hacía limpiezas a domicilio. Ella decía que nos podía conseguir un poco de merca cada tanto, aunque no tenía mucha plata. Era semitravesti, siempre tenía un macho, algún malandro. Por ahí hay negros que se acuestan con cualquier cosa; así que dejarían plata, me imagino, porque no creo que ella ganara tanto como para comprar merca. Empezamos a visitarla por la merca, yo y mi amigo. Una vez llevamos a otros, pero se zarparon; gente que son así, les pegó mal, y le robaron el control remoto del televisor y también el teléfono del cuartito. Entonces la loca dijo: “Vengan sólo ustedes”. Íbamos, pero

nunca tuvimos sexo, porque a ella le gustaba tenerte ahí, conversar gansadas; siempre vivía agarrado de la mano, diciéndote “nene”, dándote besitos, haciendo mimitos, “te quiero”. Nunca tuvimos algo directo; al final no lo cogí ni me chupó la pija ni nada. Después se calentó, nos acusó de haberle robado. Creo que fue un problema con el travesti. El travesti se peleó con mi amigo a cuchillazos. Y a la loca le metió chuco, un teje: le envenenó las ideas diciendo que nosotros éramos tal y cual cosa. Y como ella conocía a todos los malandros de La Conciliación, porque se acostaba con todos, nos podía hacer romper los huesos; esos negros con la cabeza de un mosquito te pegan un chumbazo y ¿qué pasa? Las piñas te las arreglás, te ponés un parche, hacés lo que sea, pero un chumbazo en la cabeza, no. Nos avivamos y hablamos con un milico. No fuimos a la comisaría: “Queremos decirle que...” No. Mandamos a un milico que yo conocía a informar que cierta gente había buchoneado que ahí en ese lugar había merca. El travesti casi siempre tenía, y guardaba un poquito. Los milicos fueron y, como era la casa de un travesti, entraron ¡pim, pum, pam!, allanaron. A la loquilla la habrán tenido bajo el ojo un buen tiempo. El travesti igual después cayó por gusto –los milicos no quieren a los travestis–. Vivía en un conventillo de Agraciada con otro travesti brasilero, y dicen que el brasilero había
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agarrado a un tipo del pescuezo por Bulevar, y apareció con catorce mil pesos. Con el brasilero cayó el otro, por bruto, y le encajaron un año o algo así. [Tomás fue presentado al modisto que –salvo los zapatos– había provisto a la Princesa con las galas de su parure. Se llamaba Dumas; era maduro, desgarbado, de líquidos ojos azules. Diseñaba ropa para travestis y para damas. Tanto la mamá de José como Pepo hacían trabajos de costura para él. Anunció en seguida que era el novio de José, que esa noche brillaba por su ausencia. Tal vindicación chocaba con lo que Tomás sabía: que el semisordo en la actualidad andaba con la mujer chaparra. Dumas exaltó el espíritu de la sordera; a fin de mantenerse cerca de su idolatrado, asistía a las reuniones semanales de la Asociación de Sordos. No sólo eso: se aplicaba a aprender el idioma de los minusválidos. Gracias a las pericias y observaciones que realizara dentro del selecto grupo, se consideraba autorizado a concluir un veredicto favorable no sólo a su novio, sino a la genuina índole de los tapias: eran todos gente franca, leal a más no poder, ¡y de una sola pieza!] Un loco de Antel, la compañía telefónica, viajaba mucho, iba de un país a otro, comprando cosas, porque en ese tiempo estaban haciendo un cableado. A él fui yo el que le metió la merca, sí. Tuvo una historia rara con Martín, un amigo mío taxi. No sé por qué problema discutieron. El tipo lo quería agarrar a piñazos. Yo lo conocía de vista, a veces ellos estaban en Yancler. El de Antel acusaba a Martín que le había afanado unos documentos que eran muy importantes, pero no le había afanado ni un puto papel, entonces no sabía de qué carajo hablaba. Iba Martín a cualquier lado y se lo encontraba a éste: a la entrada del liceo, en todas partes, y le armaba escándalo. Llamaba a la casa y lo amenazaba. En conclusión fui yo por cuenta propia, golpeé en la puerta, y me presenté: “Mirá, soy el amigo de Martín”. “Ah, pasá.” Entré y le aclaré: “Martín me dijo que él no tiene nada que ver con los papeles ésos, que no sabe ni que existían. ¿Para qué quiere esos
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papeles si no le sirven?” “Sí”, me dice, “capaz que sólo por hacer

daño los agarró”. Me cargó ahí en esa visita y tuvimos relaciones. Después fui otra vez más y nos volvimos a acostar. No me atraía. Iba para chupar un poco. No. Es que tenía que ir, porque ya habíamos arreglado con Martín. Y fui una tercera vez y le metí tres gramos de merca en una maceta para que no jodiera más. Después lo amenacé, que si no dejaba tranquilo a Martín yo iba a ir a la casa, iba a dejar merca, y le iba a avisar a los milicos. Él no me dio pelota porque pensó que yo no podría entrar a la casa. Entonces Martín lo denunció. Después fue más arreglo de los milicos que otra cosa. Lo apretaron y le sacaron plata, bastante creo, porque trabajaba en un convenio con el Estado y hubo gran quilombo. Quedó impedido de salir del país. Si trabajás para el Estado no podés tener relaciones homosexuales. Podés, pero no te dejan. Un amigo trabajaba en la Intendencia. Lo encontraron cogiendo en la Rambla. Le armaron un lío, a pesar de que no era menor el tipo con quien estaba; aunque era un guacho igual. Lo acusaron por ultraje al pudor. Lo tuvieron veinticuatro horas incomunicado. Tuvo que pagar una multa, lo obligaron a trabajar horas extra. Y sin embargo, después, de la Intendencia lo volaron. ¿No conocés a Marcelo X? A ése lo agarraron con un menor en un mueble. Él no cayó en cana pero lo volaron del Canal, no trabajó más. Lo denunció la madre del menor. De otro modo ¿cómo podrían saber a qué mueble iban, a qué hora iban a estar, a qué hora iban a terminar de coger? A mí no me interesó nunca amenazar a alguien con el hecho de que yo fuera menor. No creo que funcione. Tenés que tener algo planeado. Si no, hay un cincuenta por ciento de posibilidades de que te vaya bien y un cincuenta por ciento de que te vaya mal. Lo decisivo es convencer a los milicos, ¿viste? [Tomás tenía miedo que Julián, por un capricho de inconstante, dejara de buenas a primeras de concurrir, que interrumpiera la serie de los encuentros antes de redondear la información, el único bien duradero que pudiera dejarle esa volátil criatura. Para apaciguar su propia intemperancia ideó un recurso interno. Cerraba los ojos, se
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concentraba en un punto dentro de los párpados, pinchando la pantalla de la visión. Por ese agujero entraba a un terreno de conjetura, una tierra de nadie. Volaba con las alas de Pegaso en dirección a la Gorgona: estuviese donde estuviere, la encontraba. Cuando la tenía enfrente, le pedía permiso para entrar en su cabeza: “Toc, toc”. Ante un silencio cómplice, que tomaba por un asentimiento, pasaba adelante. La cavidad del cráneo de su opositor era una cripta forrada de terciopelo rojo. ¡Estaba dentro de la cabeza de Julián! ¿Qué hacer? Aprovechaba para soltar una frase concerniente a su preocupación, pero en vez de decir: “No te olvides de acudir a la cita”, cambiaba el pronombre: “Que yo, Julián, no me olvide de asistir; Tom no es mal tipo, etcétera.”] ¿La primera vez que salí con un veterano? A mí de chico no me llevaban más que para mostrarme, para hacerlos desear. Mis amigos taxis que ya tenían experiencia me explicaban: “Todavía tenés que esperar un tiempo”. No quería cobrar porque me cortaba, decía que no. Y mis amigos me aconsejaban: “Entonces hacelo de garrón”. Me proponían: “Vení, ¿no querés ir a casa de un amigo?” Entonces yo iba. “Dejá que te hablen, que te toquen, dales un beso.” La primera vez fue con uno bastante viejo en un apartamento chico del centro. Fuimos en cantidad de ocasiones a esa casa. Una noche llegamos, ellos se fueron, y yo me quedé. Tuvimos sexo oral de parte de él. No fue algo disfrutable al principio, después sí, me fue llevando de a poco. Lo vi mucho, y lo veo ahora.

Yo tenía experiencia con los guachos, no con gente mayor. En las fiestas adonde me llevaban siempre querían besarme en la boca y eso sí me cortaba, porque con los guachos con quienes empecé ni me besaba siquiera. Los guachos me cogían, o por lo menos me punteaban. Cuando pensé: éste me rompió todo, tenía quince. Fue un compañero del liceo, unos meses mayor. Él tenía hepatitis, hacía como tres semanas que no salía de la casa. Cada tanto yo lo visitaba, saludaba a la madre. Él siempre estaba solo en la cama. Un día estuvimos tirándonos una paja. Jugábamos al Family Game, justo tenía en la casa esa porquería, un jueguito muy pavo. Cuando yo iba, iba otro más, siempre. Y después empecé a ir solo y él estaba solo. Dijo: “Estoy reprodrido: no salgo, no puedo visitar a mi novia, y con mi
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vieja acá no me puedo hacer ni la paja”. Sacó la pija para afuera, se quitó el buzo y quedó desnudo. Después que lo vi en bolas me gustó, pero me pareció que me estaba cargando en el sentido de que me tomaba el pelo. Pensé: capaz que yo engrano y después sale a contarle a todo el mundo que me quería acostar con él, entonces le dije: “No, no, boludo, me voy, me voy, si llega a entrar tu vieja va a pensar cualquier estupidez”. Pero él insistió: “Dale, dale, metete en la cama”. Yo estaba vestido, pero ahí sí, me metí en la cama, estaba con una calentura bárbara. Me chupó la pija primero, después dijo: “Dale, vamos”. Lo cogí, y dijo: “No acabes. Dejate vos un poco”. Yo tenía contacto con guachos pero nunca me había dejado así directamente, nunca había sentido tanto dolor ni tanta cosa, me penetró del todo. Los otros, antes, no sé qué harían. Me echó baba y me cogió en serio. Pero me dolió, porque lo hizo a lo bruto. Otras veces yo lo cogía a él y él no me cogía; le decía que no me gustaba, y me acababa arriba. Después anduve con otra persona, pero era mayor, una vez me cogió, pero yo ya estaba acostumbrado y disfruté. [La vedette derrochaba sonrisas, cosechaba cumplidos de amateurs y de parroquianos: un negro guasón parecido a un oso panda se le pegó e insistía en enlazarse. Vanesa se negaba pero vencida por la tozudez del pretendiente y con el propósito de evitar exabruptos consintió en dar unos pasos amarrada. A cada giro el negro manoseaba duro. La bella intentaba huir de la bestia, pedía auxilio a Tomás agrandando los ojos y muequeando hasta que el modisto aconsejó: –Como caballero de esta dama, te corresponde defenderla. Divertido ante su papel de paladín, Tomás tocó al oso panda en el hombro. No se dio por enterado; entonces insistió: el negro dio vuelta la cara en actitud fiera. Mudo igual que la sorda el interpelante giró el índice en alto; señaló el propio pecho, después las tetas falsas de Van; por prurito didáctico decidió traducir: –Yo también quiero bailar con la Princesa. El oso arrugó la nariz en un esbozo de gruñido, pero la firmeza del aspirante sumada a la lucha de la cautiva por desasirse lo persuadió de ceder, no sin antes bufar contrariado.]
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La cuarta parte de la gente con que me acosté serían guachos como yo; los demás, gente mayor. Siempre se dio más con ellos. Te podrás acostar con los guachos si te ponés un cartel, porque andan diciendo por ahí lo que hiciste. Además yo ya estaba servido con los veteranos. Sabías a qué ibas, qué pasaba, qué no pasaba. Cuando era chico me enteraba, como en todos los barrios, que fulano se había hecho coger por mengano, por eso pensaba que ni loco iba a coger con alguien de aquí: el otro, por ponerse chistoso, lo contaría. Aunque tuvieran novia igual buchoneaban y se sabía. Siempre es así: preguntás, escuchás, y te comentan. Buscaba gente que fuera

discreta y que no viviera en Colón. Pero claro: empecé en Colón. Me acostaba por el beneficio, porque sacaba plata, pero también porque me gustaba. No sacaba mucho. Salía porque me sentía bien, lo pasaba bien. Si tuviera que elegir entre un guacho y una mina, no eligiría a la mina. Matémosla. A las minas las banco menos que a los gurises. Si a una mina la dejara embarazada, te juro que la mato. Nunca tuve esa desgracia, no voy a pagar por una mongólica que no se acuerda de cuándo tuvo el período, que no se acuerda de tomar la pastilla. No voy a atender a una guacha estúpida. Si quiere un vaso de agua, que se lo vaya a buscar; si le duele la espalda, que pague a un masajista. A un guacho infantil no lo agarraría. Si fuera vivo como yo, menos lo agarraría. Es difícil que tenga un poquito de cabeza. Tampoco considero que yo tenga cabeza. A los guachos les quema el mate la plata. A mí me lo quema también, pero no tanto como para andar cagando todo. Ellos no saben ni lo qué quieren. Yo sí: porque si tengo que elegir entre una mina, un guacho, o un veterano, si el veterano es como la gente, lo elijo. Ellos no saben si agarran al guacho, a la guacha, o al viejo. Hay que matar a todos los guachos. No son nunca nada serio, nada que te apasione, por lo menos yo no les veo nada. Con un guacho tengo sexo rápido, con la gente veterana tengo camas. Con un pendejo de dieciséis nunca estaría un mes porque lo único que sabe es boludear, sólo sirve para pajearse al lado tuyo, atrás, en el medio hablando guasadas, cree que se las sabe todas porque curte merca, porque escucha rock. Una semana sí pero un mes no. O encontrás esas mariquitas serias que sólo hablan
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de matemáticas, de química, física, abogacía o arquitectura, de lo único que saben hablar es de lo que están estudiando, o encontrás a los punks que sólo hablan estupideces, que fulano viste así, que mengano viste asá, que vamos a pararnos los pelos, a ponernos un aro, que el porro esto y la merca aquello. De eso hablo yo también, para estúpido estoy yo. Con un veterano me parece más copante, es un estilo papi. Un tipo mayor, porque vivió más puede contar más cosas, pero me aburren cuando no fuman porro o no toman merca. En general los que no lo hacen están encerrados escuchando cumbia o dándole de comer al gato; serán muy copantes en la cama pero a las tres horas cuando regó las plantitas, cuando se puso a mirar televisión o un video o a escuchar la radio los huevos ya me dan por los tobillos; eso lo hago yo en mi casa, es re-estúpido, es bien de viejo. Más copante es la persona que después de las tres, cuatro o diez horas en las que mantuviste relaciones se fuma un cohete, se jala un gramo. Me gusta sentirme bien, que me atiendan, me gusta alguien que tenga treinta y pico o cuarenta y pico. A esos no los llamo veteranos o sí los llamo a falta de mejor término. Me gusta la plata, la bebida, y la persona cuando me hace sentir atendido. Con un veterano encontrás sexo, que me gusta, encontrás atención, encontrás beneficio, y uno piensa en eso. No te hacés rico ni te alcanza para vivir pero te alcanza capaz para comprarte alguna cosa o darte un gusto. Si vas con una persona mayor ¿qué encontrás? Cuanto mayores son resultan más correctos, me atienden mejor. Igual me aburro si son cerrados. Me interesan los divertidos, que les gusta salir de noche, conversar, que son abiertos a la juventud. Con ellos lo que hago es andar del uno para el otro y me divierte. No busco exactamente lo rápido. No me importa que no sepan lo que quieren. Pero si tienen plata, si les gusta estar conmigo y si no son aburridos como un mate me interesan. Los que tienen plata hacen más vida nocturna, ¡vida, vida! Los que no tienen plata salen, se enloquecen por dos o tres días, tienen momentitos, pero después quedan un mes achatados en la chicoria.

A mí me gusta salir todos los días. Las relaciones no me duran ¿qué tendré? Si yo tuviera los huevos para estar diez años encerrado podría seguir con un viejo que
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no salga de la casa. No tengo los huevos porque me gusta la movida y cuando la gente es movida se va, yo me canso o canso a la gente. A veces me enloquezco, no me pueden seguir el trote, me deliro, no importa, es un detalle. Estaba fresco y coherente, sólo había tomado un vaso de CocaCola. Me gusta cuando hago cama de tres oler un gramo, fumar un porro, tomar pastillas; entonces, después no me acuerdo de nada. Pero de esa vez sí me acuerdo bien. Penetré al geronte y el otro loco me penetró a mí. Si lo hacen tranquilos me gusta una buena penetración. [Se reunían dos veces por semana en uno u otro café. No volvían a los locales donde el entrevistado, ebrio, vomitaba sobre la mesa y el piso volúmenes ingentes de bilis, que Tomás no habría podido concebir que adquiriera esos tonos pardoazules. Allí dejaba una buena propina; igual, al salir, la mirada del mozo les quemaba la espalda.] El pai de santo [que había dirigido la ceremonia en honor de Iemanjá a la que habían concurrido con Tomás tiempo antes en la playa de Malvín] me agarró bronca porque pensaba que yo había metido tejes con el pendejo con quien él andaba para que se pelearan, y sí se pelearon. Me lo crucé el sábado pasado. Estaba en un bar, me miró con rabia. Me mira, y se me ríe en la cara. Si no puedo darle con la mano, le parto una silla en la cabeza. Iba a cagarlo a trompadas ya. Pero quedás pegado como un moco. O lo agarro del pescuezo, o le rompo una botella en el mate. Pero habría quedado pegado en la calle, re-pegado. Después lo volví a encontrar bailando en la disco y agarra y me dice: “¿No te moriste todavía?” Yo tengo humor. Pero me miraba y se reía y veía que por humor no lo había dicho, que lo había dicho con veneno. No sé si se traumó o qué, pero se peleó con el pendejo ése, y dice que nosotros lo pusimos en contra de él. Algo bobo era, porque se metió con un botija de quince que lo largó por banda. Pero él se enamoró, le gustó el culo. Yo pensaba que se le iba a pasar pero ta, se la agarró conmigo, me acusó: “Porque vos lo llamás a casa”, como si yo
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hubiera gastado cincuenta fichas del teléfono público. Nos juntábamos en lo del loco a tomar cerveza, de esto hace diez meses. El pendejo le decía que se iba a dormir, pero como a las dos de la mañana se metía en los bailes y a coger por ahí y después el otro quedaba rabioso porque le contaban que lo habían visto en los boliches, entonces nos preguntaba a nosotros. Yo sabía que había ido a bailar, sí, porque lo había visto, pero no podía decirle: sí, sí, lo vi. Si le digo que sí, buchoneo, si le digo que no, miento. Le decía: “No sé”, por no meterme en líos. Entonces nos acusaba de que lo cubríamos. Inventaba que habíamos hecho cama de tres con el pendejo. Yo ni loco. Sólo se da manija. Yo ya hice diez mil cosas en la vida desde entonces, pero él sigue pensando que lo jodimos. Por eso he tenido muchas agarradas, y las locas que se creen estrellas dicen: “Te denuncio”, porque los padres tienen amigos influyentes. “¿Qué me importa a mí? ¡Denunciame!” Te romperán las bolas, te parará la policía en la calle: “¿Tenés documentos?” Pero nada más. ¿O se creen que los machos los van a defender? Los machos les chupan todo lo que tienen, ellas les pagan las cervezas. “Callate la boca, puto bobo.” Le pateé la mesa a la mierda, tiré todo. Un macho ahí saltó, se sacó la campera: “Pará el carro”. Si yo tuviera que arrancar una maceta para darles por la cabeza, la arrancaría; nos trenzamos a las piñas, nos sacaron en seguida y peleamos fuera;

todo es pamento lo que hacen, que se vayan a cagar. En el boliche había uno que decía que yo andaba cogiendo con un sidoso: “Tengan cuidado con éste, que además es medio chorro”. Me enteré, y me dicen: “Dale un sosegate porque todo el mundo está oyendo”. Allá esperé, sentado a una mesa: este puto va a ir al baño y lo agarro. Fue el puto al baño, como toda marica, a mojarse el pelo; yo atrás; había otros dos: uno de lentes y un viejo medio pelado que siempre anda en la cumbia ahí. Se fue a mojar la cara, entonces le di contra la pared y le dije: “Mirá, puto de mierda...” “Ay, yo no dije esas cosas, primero averiguá.” Y lo cagué a trompadas en la cara; él se defendió, pero por lo que se defendió y la nada... Salió todo colorado, se sentó quietito, se ve que no dijo esta boca es mía. No sé dar una piña, creo, y no me gusta pegar,
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pero hay idiotas que me calientan; agarraría del pescuezo a unos cuantos. Estuvieron en el barrio preguntando por mí, me contaron que el loco me andaba buscando, pero yo no di bola, salía y andaba por todas partes. Un día de semana me lo encontré allá en una calle que se llama San Andrés y que tiene una placita, a la que dicen placita de Andrés; siempre se junta gente ahí, y me dice: “A vos mismo te andaba buscando, porque te estuviste metiendo con el Beto”. Yo salía siempre en Colón y a todas partes con dos amigos; ya no los veo; uno de ellos era gay; se encontraron y se acostaron entre ellos. Yo no había tenido nada; bueno sí había tenido algo con el gay nada más, pero uno de esos me involucró, dijo que habíamos estado haciendo cama de tres y se enteraron todos. Entonces vino éste que se creía la pareja de Beto, con quien yo me había acostado antes pero no el día que ellos pensaban. “No sé, digo, yo me fui, después no sé que pasó entre los dos, a mí me importa un corno lo que haya pasado.” “Andá, si vos lo mataste” –queriendo decir, te lo comiste– me empezó a pechar: “Vos te venís a hacer el vivo”. Los que andaban con él no se metieron y nos agarramos a las piñas, después aparecieron otros y dijeron: “Déjense de joder”. Él traía una navaja y la sacó justo cuando llegaron los demás pero no se animó a clavarme. [Contó que concurría a un templo afrobrasilero y que había usado un collar de Pomba Yira. Algunas personas –dijo, implicando quizá que se encontraba entre ellas– encomendaban “trabajos” para debilitar y tener control sobre otros, de los cuales esperaban recibir algún beneficio. El manejo, explicó, resultaba paradojalmente desfavorable: el tercero “se cagaba” y el “controlador” veía acrecentado su poder, pero la víctima, al encontrarse débil, fracasaba económicamente –perdía el empleo, por ejemplo– y dejaba de beneficiar al victimario.] No, no puedo hablar de eso. Pero no es nada raro, yo no sé mucho de eso. Desde hace tres años o cuatro voy a un templo, pero nunca hice un trabajo de magia ni nada. Nunca hice un trabajo para mal. No sé de eso yo. Me llevó un amigo. Tengo respeto por
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eso, pero no hablemos. He hecho trabajos por la enfermedad de mi madre. Prendo una velita roja para que se cure. Y después nada más. A veces voy a algunas reuniones o fiestas. Me gusta ver, pero no me meto. Hoy es el día de San Jorge y en todos los templos hacen fiestas. Yo fui sólo a este templo de Las Piedras. Cuando puedo voy, pero no por ganancia. Se visten, cantan y bailan. Los nombres no sé, me mataste. Voy y me atiendo. Vas, explicás los problemas que tenés, contás si estás bien o mal, si vas a hacer algún trabajo. Llevo una ropa de mi madre. Ella usa un pañuelo en el pescuezo, para los problemas de columna. Te santiguan el pañuelo. Sí, una vez me dieron un collar de Pomba Yira, una mai me lo dio. Un collarcito

rojo, finito. Después lo perdí. Hablemos de otra cosa. Todas las maricas andan en la religión, ¿viste? Es así. Quieren ser alguien y siempre se tiran a la religión: “Yo soy tal cosa”. A veces escucho que una marica le pregunta a otra: “¿Tenés brazo de religión?” Hay muchos que están para hacer el bien, otros se metieron pero no saben siquiera para qué están, piensan que pueden sacar provecho de eso: controlar gente, ganar plata. Hacen trabajos pagos y de eso viven. Viene una persona, paga, y le hacen un trabajo para que le vaya mal a otro. Se quedan enclaustrados en las casas prendiendo velitas para ganar cien, doscientos pesos por semana. Tienen templo, y también tiran las cartas. Prefieren decir que son diosas antes de ir a trabajar en algo. Marcelo, mi amigo, quería vivir de la religión, pero no pudo. Tiraba las cartas, imaginate lo que salía en las cartas. Decía cualquier cosa y cobraba un disparate. A él le gusta vivir de la nada haciendo lo menos posible. Es muy delirante, y así como él hay muchos. Se le llama hijo de religión al que está haciendo la carrera para ser después pai de santo. Voy cada vez que puedo, pero no tengo compromiso, no lo tomaría en serio, nunca tomé en serio nada. Sí, me santiguan, pero nunca bajé ningún pai ni nada. Siempre saludo a todos, tengo trato así nomás. En este templo hay varios encargados: una mujer y algunos hombres. Yo me atiendo con cualquiera. Va mucha gente a pedir trabajo, o para curarse una enfermedad. Hay una fiesta en que se visten todos de blanco, rezan mucho, padrenuestros y esas cosas. Otros días hacen fiesta de Pomba Yira, y ahí las mujeres se visten todas de colorado con pendientes, y se
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incorporan, aunque un hombre puede también incorporar a la Pomba Yira. Escriben en carteles ahí dentro: tal día hay tal fiesta. Hay muchas en el año. Yo voy al echú. También algunos dioses viejitos que te hablan con mucha paciencia y te dan consejos. Y la Pomba Yira se ríe, tiene humor. Alguna gente he visto que van a los templos y hacen plata y después se dan cuenta de que no es lo que buscan. A Marcelo, que jugó con la religión, le fue como el culo. Por favor, hablemos de otro tema. [En el camino compraron champán y una torta de dulce de leche para compartir con el nutrido séquito de travestis concursantes, condiscípulos en la escuela de corte y confección para discapacitados, el triunfo de Vanesa. Ella se descalzó e insistió en que su novio junto a ella bebiese de uno de los zapatos de punta aguja que estrenaba esa noche. El más feo y menos joven changaba en Bulevar. Su padre, con quien vivía, no tenía idea, según él, acerca del origen de la contribución vitanda que recibía del vástago. Uno, recto y flaco, mandadero en una farmacia –compartía el alojamiento con una parienta– fue el primero en irse para no retardar la vuelta al suburbio apartado donde lo esperaba su celadora. El mejor amigo de la Princesa mantenía largas conversaciones con ella en el idioma incógnito; exiliado del ruedo, sólo atendido de vez en cuando en los apartes, Tomás presenciaba, resignado a no intervenir, el intercambio de las mimosas.] No encontré ese punto de sabiduría como para decir: es mejor vivir en una casita de lata y todo contento. Pienso que la plata es importante tanto como la felicidad y la tranquilidad. Es bueno ser menos avaro y más tranquilo, no dejar a la gente de lado por la plata. Creo que hice mucho mal; hice mal, aunque no tanto, un poquito. Si estuviera delirado sólo por la plata, saldría a trabajar. Hay gente que vive para hacer el mal y nada más, y nunca se supera. Cada vez le va peor. Lo digo por experiencia propia y porque mismo ves que es así. Me porté mal y muy feliz no soy, no soy Alicia en el País de las Maravillas. Siempre me pasa algo feo. No

soy feliz en mi casa. Porque nadie me quiere, nadie me tiene aprecio, siempre me castigan. Quisiera vivir solo con mi madre. Hice
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mal a varias personas, amargándolas, me porté algo mal y me va algo mal. Y así estoy. Conocí gente que ha robado y sin tener en apariencia nada que ver ha perdido el trabajo, o le roban la casa. Y tan bien que andaba, tenía plata de más. Capaz que es una cosa de la vida, que a nadie le va todo lindo. No estoy muy seguro. Capaz que yo robé, traté mal a la gente, y después no encuentro la felicidad, aunque no sé qué es la felicidad: poder andar bien y tener plata y vivir con la gente que querés: mi madre. Un rencor tuve yo contra mí mismo a causa de ti. Te hice rabiar, nos peleábamos, te hice la vida imposible sin querer. Al tiempo, cuando llegué acá, examiné mi comportamiento y me arrepentí. Pensé que me tendría que haber conducido de otro modo, te tendría que haber prestado más atención. Andaba medio boleado allá. ¿Qué pienso ahora? Ahora no pienso. Te dije en octubre que quería tener una historia con vos, por eso me arrepentí después del verano, cuando volví a Montevideo. Te estaba manipulando, era como jugar: que sí, que no. Me presionaste tanto que casi me mataste y tuve que volar. No estaba delirado por vos. Con mucha gente me pasó igual: no me he largado con ellos. Llegó el momento de largarme y no me largué con la sospecha de que esa persona me prometía una gran cosa pero se iría y nunca más me la iba a dar. El problema no está en que alguien se acueste, sino en que si se acuesta con otros hoy o mañana te mande a la mierda. El riesgo es que te tiren al carajo. Uno no queda enganchado porque no se enganchó, de otro modo habría quedado ensartado en un fierro solo como un perro. Si vos encontrás a otro que es mejor en la cama, ¿por qué vas a retener al primero? No se puede correr el riesgo de querer. Si me acuesto todos los días con alguien diferente, es obvio que a las dos semanas voy a encontrar a alguien mejor y si el loco te pareció bien en la cama te parecerá bien para todo lo demás. Uno busca a la gente más para la cama que para otra cosa, aunque no se dé cuenta. ¿Cómo podés querer, si a las dos semanas el otro se puede ir? Yo no tomaría ese riesgo. Querer, quiero a mi mamá. Para llegar a querer le tengo que tener mucha confianza a otro, ahí fallo yo porque no puedo confiar, siempre desconfío.
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Estaba con bronca conmigo, pero también con vos. Me pareció que te portaste duro conmigo allá en La Cumbre. Después todo pasó y me di cuenta de que no debía haberme enojado. Aunque también pensé que yo te hacía mal. ¿Para qué seguir pinchando? En conclusión, me quise olvidar y me olvidé. [Durante algunos encuentros tomaba poco. Otras veces, como durante la charla siguiente, tomó hasta no poder tenerse en pie. El diálogo se interrumpía por incoherencia.] ¿Todo el sexo que tuve? No traje el cuaderno. Impresionante. ¿A partir de cuando era niña, o niño? Son lindos aquellos tiempos. Entonces yo pensaba que era alucinante, pero no lo es, sino algo igual a todo. Podés acostarte con mujeres y con tipos sin creerte que sos un crá ni que es una gran cosa. El otro día, de tarde, estaba en la biblioteca del liceo. Vi a los pendejos de trece, catorce años, y todos se miraban con ganas. Y ellos no se daban cuenta. ¿Viste cómo es la cosa? Se miran, se manosean jodiendo, pero no se dan cuenta. Creo que lo mismo me pasaba a mí en aquel tiempo, hace cuatro años. Tuve sexo sólo con pocas personas en el liceo. Aunque calentarse, todos los pendejos se calientan. Siempre había miradas y jueguitos raros, sin embargo a

nadie se le cruzaba por la cabeza qué era lo que estaba haciendo. Las nenitas son más apagadas, más bobas, porque a veces no saben siquiera qué es una masturbación. Mientras que los gurises ya de diez años saben. Son más despiertos. Por eso es que hay tanta relación y tanto hablar de sexo entre muchachos. El lesbianismo a los trece o catorce me parece difícil que se presente en un liceo, mientras un muchacho que tiene trece ya está con la pija parada todo el día, se mete en el cuarto y se masturba. Los pendejos se calientan entre ellos, se miran y se manosean, aunque sea jugando, siempre están con bruto bulto. “Y me cojo a ésta y me cojo a la otra”, pero hablando de gurisas se calientan entre ellos. Cuando estaba en primer año tuve un condiscípulo más grande, ya repetidor, un rubio con rulitos y unos bochones azules, una manteca el gurí y todas las gurisas vivían muertas por él. Ahora me fijo, pero en aquel tiempo no me fijaba en la boca y esto y aquello.
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Cuando me sentaba con él volvía siempre al tema: “Me cojo a fulana y me cojo a mengana”, siempre hablaba de quilombos, pero a mí me parecía que era mentira. Una vez fui al baño y saqué la pija para afuera, y él también; nos miramos, no sabíamos qué decirnos, pero en la mirada ya estaba todo. Nos metimos en un gabinete, él me la chupó a mí, yo se la chupé a él, todo rápido. No acabamos porque estábamos nerviosos. Saltando un año, me lo encontré en la plaza de Colón. Trabajaba en la tienda Tata y andaba en bicicleta. Me preguntó: “¿Cómo andás? ¿Te venís a mi casa?” Subí en la bicicleta junto con él y fuimos hasta Peñarol. Ahí sí tuvimos un sexo pleno en la cama. Me cogió y lo cogí. Después empecé a tener relaciones fuera del liceo. En esa época iba mucho a la puerta del Zorba, el club ahí al costado, en la plaza de Colón. En la entrada se juntan muchos pendejos, pero no los dejan pasar porque son menores de quince o no tienen plata. Los pendejos se cargan entre ellos, a veces sin darse cuenta, y después se juntan para coger. Creo que si voy a esta hora y me paro ahí a mirar, voy a descubrir a dos pendejos que se juntan. Iba al Zorba y encontraba gente del liceo; saludaba, y siempre alguien te mira extraño: no te está metiendo la pezuca, no te está preguntando una cosa, tampoco te mira la bragueta ni el culo. Esas miradas vienen de pendejo extraño: ni ellos saben que te miran, sin darse cuenta se calientan y se queman la cabeza. Iba al Zorba y había dos o tres que siempre estaban ahí, y siempre íbamos a los vagones, porque en aquel tiempo, hace tres años, había vagones; ahora no hay más tren. Hoy me encuentro con alguien y le digo: “Nos vemos en tal lugar a tal hora”. Pero entonces no combinábamos. Los pendejos no tienen cabeza, o no asumen su tendencia como para decir: “Me voy con este loco”. Lo consideran algo pasajero así nomás. Siempre dicen: “Vamos a fumar un porro”, o cualquier otra pavada. Muchos lo hacen porque se sienten presionados por las locas. Las que no cogen andan con el novio de la mano, y el novio re-alzado. Pero también hay gurisitas que van para adelante siempre, cogen mucho, tanto con un tipo mayor como con gurises. Y ellas se agrandan: “que anduve con fulano y anduve con zutano”, y el gurí se quiere hacer el macho pero no pasar por ridículo y tiene miedo. Entonces se reprimen con las gurisas y andan entre ellos.
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Los sábados a las once llegaba a la plaza de Colón, conversaba con conocidos y después me iba para la puerta del Zorba donde siempre se juntan. Te quedás jodiendo. A las tres de la mañana sale alguna cosa. Se miran, se hablan, y después: “¿Me acompañás allá?” Es muy corriente eso. No se verbaliza: “¿Qué vamos a hacer?” Se hace. Algunas veces los penetraba. Muchos se negaban porque era

la primera vez, pero al final se decidían. Después que te calentás puede pasar cualquier cosa. Siempre en la puerta estaban más o menos los mismos, pero no te acostás con los mismos. Es lo que pinta en el momento. No calculás: ay, me voy a apuntar para ver a fulano. No. Vas. En aquel tiempo yo no pensaba. Iba por ir, para juntarme con alguna gente. Eran punkies; había muchos en el barrio. No me gusta la onda de ellos. Parecen muy que se las saben todas y que andan muy en la pesada, pero son re-pavos. Se visten todo apretado. Yo normal, siempre iba con jeans, una camisa, algo como la gente. Nunca iba con esos buzos sucios de una semana por lo menos, rotos, escritos, que recién habían salido entonces. Yo hacía casi lo mismo que ellos, pero ellos marcan más. Antes de pasar por ridículo siempre busqué lo común. Llevaba el pelo largo, pero todo despuntado, feo. Me lo corté a los catorce. Y después sí, me lo empecé a dejar bien largo. Después de tantos sacrificios para que quede parejo, da lástima cortarlo. Me ayuda que lo tengo lacio. [El día de los trabajadores, que era feriado, Vanesa propuso una excursión a la playa: Tomás estuvo de acuerdo; pensaba disfrutar de la jornada envuelto en un silencio de pecera. Al recogerlo, Vanesa expresó el deseo perentorio de involucrar a Pepo el infaltable. El chofer se resistió. Sabía que lo esperaban ocho horas de plática entre camaradas, con él fuera del circuito. Sobre todo no quería tener que forzar una sonrisa a cada visaje incomprendido de las conferenciantes. Entonces invitó a un camarada para que lo acompañase mientras los gestuales se despachaban a gusto entre sí. Su elección recayó en Pierre, el director de teatro que –a menos que hubiese salido en bicicleta– se encontraría tal vez disponible. En efecto, respondió al timbrazo sosteniendo entre los dedos una paleta de pintor, y se entusiasmó con el proyecto del paseo.
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Un vaho lila ocultaba toda cosa, salvo las muy próximas; un anuncio alveolado: “Albergue transitorio Los Delfines, alta rotatividad”, se hizo visible de repente. Entraron a una playa anchísima pero tapada de niebla. Sólo surgía en primer plano un sillón de espumaplast destripado a navajazos. Caminaron hasta la rompiente. Hundidas las pantorrillas en la familiaridad del agua, dos o tres pescadores recogían una amplia red, que flotaba aún en parte, con ruedas de corcho cosidas a los bordes. El vaho sólo permitía apreciar el esfumino de los contornos, oír una voz, parecida al grito ronco de un pájaro, que daba instrucciones breves. Sobre la arena saltaba el sobrante invendible de la pesca: roncaderas, pejesapos, mojarras. Los idiomas apartados impedían a los concurrentes disfrutar en común algún chiste acerca de los inútiles moribundos que se asfixiaban; sólo se conjeturaba un acuerdo de propósito, se suponía una general benevolencia, en vista de lo cual Tomás optó por dejar a los sordos a su aire. “She is in fashion”: concéntricos, silbantes, Vanesa y Pepo saltaban alrededor de los pescadores. Y él con Pierre salieron con paso enérgico a lo largo de la rompiente. Los pómulos en ángulo del Pierre se borraban bajo la calígine, lanzas palpitantes de humo disparadas hacia el cenit desde una base de oscuridad. ¿Qué costas, marinas o de río, recubría la humazón? Se encontraron dentro de una nube de desconocimiento. Ni su conciencia de sí mismo debía ser abandonada. Esta hazaña era obtenida a pulso sobre una profunda preocupación con Juli que buscaba exorcisar. Vanesa, por su parte, se había disuelto en filigrana. Al regreso, antes de verla, le pareció sorprender su blanca voz de pato, a menos que fuese un gaviotín. La ingenua estaba celosa de

Pierre; en su cara tensa, pálida, los ojos oscuros pasaban de uno al otro; buscaba cerciorarse, siempre atenta tras una pista que justificase su sospecha. El frío les había calado los huesos y emprendieron el retorno.] Por entonces tomé mucha merca, lo más rico que hay. Pruebe, señora, si le duele la columna; yo le daría a mi madre cuando le duele un par de toques y sale saltando. El porro ya lo conocía,
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porque en el liceo los gurises fuman un porro entre cincuenta, pero igual, ellos se matan y se dan de cabeza contra el cordón. Después estuve curtido de merca, me pegué a la merca que parecía un chicle. Me re-copó. Quince, tenía. Ahora tengo un poco más de cabeza y pienso: ¿Me voy a hacer mierda otra vez? No, no. Quería un gramo todos los días. Estaba eléctrico. No me importaba quién fuera, hacía cualquier cosa por eso. Por un tiempo salí con un veterano chico, gordo, feo. Buscaba gente mayor que me atrajera. No lo pasaba bien con los gurises. Quería otra cosa. Cuando me calentaba quería coger, quería acabar. Pero los gurises casi siempre se cortaban. Me di cuenta de que no servían. Vi que estas locas del centro se acostaban en una cama, y yo quería ser un poco más amplio. Había una vez un chanchito..., una peluquera, se llamaba Silvio, Orgaz u orgasmo, Orgá. Vivía en el centro, Cerro Largo y no sé qué mierda, en unos apartamentos viejos, feos, horribles: el comedor era chiquito así, la cocina era así, el cuartito era así. La maricona tenía una cama de cuatro plazas, una sábana de dos plazas y faltaba un cacho; según los momentos era maricona o no. No me gustaba. Treinta y cuatro decía ella que tenía pero tendría treinta y nueve y medio. Fui a la peluquería, cada semana me hacía un baño de crema, fueron dos o tres baños de crema; me prestaba: me servía para limpiarme el culo la plata que me daba ella. Empecé a ver gente mayor, no locas, porque las locas, las mariconas medio peladas, gordas, no me gustan. Me gusta otra cosa, gente mayor que se comporta bien, ¿viste? Había uno en Colón que lo conocí saliendo del liceo. Pasaba en un Toyota colorado y me sacaba la lengua. Qué asco, pensaba; siempre me hacía lo mismo. Bruto viejo ahí sentado, no era feo, pero me daba asco lo que hacía. Una vez me subí al auto. Pero me arrepentí. Porque me quería chupar la pija ahí mismo. Y yo no. Eran las doce del mediodía. Me quería chupar la pija a una cuadra de la plaza. Dije: “No, no”, agarré y bajé, me fui a la mierda, a mi casa, caminé como puto unas diez cuadras. Y él me volvió a esperar a la puerta del liceo. Se bajó del coche y me dijo: “Disculpame”, todo maricón,
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porque tenía momentos en que se desataba. Quedé pegado, tuve que inventar que era mi tío para los compañeros de clase. “¿Querés ir a mi casa?” “Claro, pero a mediodía no puedo porque mi mamá se va a preocupar.” Yo era gurí chico. Me dice: “Ta, te espero a las nueve de la noche en la plaza de Colón”. Te podés imaginar que fui, perfumado hasta los huevos, divino. Era un día de semana. Lo encontré al viejo mugriento. Tomamos una cerveza en la plaza. Me llevó adonde vivía, en la casa de la madre. La madre había muerto hacía años. Estaba medio traumada la maricona porque se le había muerto la madre. Yo quería darle una trompada y cagarla a piñazos. Le decía: “Quiero cincuenta pesos para vestirme”. Yo quería merca. “¿Qué tomás? ¿Una cervecita fría?” Trajo una cerveza de esas baratas, brasileras, Prinz creo que era, dos pesos costaba. Tiró la lata para afuera de la ventana. Re-mugrienta. Pero la casa, bien de marica puta, brillaba hasta el piso. Me acosté dos veces con él. Después me borró la marica, re-estúpida era. Ni Coronado fumaba.

¿Qué voy a hacer con una puritana yo? [Se tocó los párpados a sabiendas de que encontraría los diminutos pespuntes cosiéndole la vista. De los ojos le brotaban lágrimas de sangre. Tumbado en la cama y contemplando el mañana, simplemente meditando, entre cita y cita, miraba un simple punto vacío y notaba que su mirada se desviaba y se dirigía hacia las cintas grabadas de la conversación que formaban una pirámide casual, convertida ahora en una pira ardiente.] ¿Alguien que me haya cogido bien? Raúl. Pobre Raúl, no lo quiero meter en esto. Me ayudó en los estudios, me ayudó a arreglar los quilombos que tuve. Tuve quilombos en todas partes. Me cagaron a palos. Pobre Raúl, estuvo atrás, con abogado y todo. Salíamos a cenar juntos, a divertirnos. Pero era estúpido, pobre Raúl. Medio retrasado mental era, como todo puto. Cuarenta y pico tenía. Se perfumaba hasta el culo. Me cogió un tiempo, pero no me gustaba a mí. Tuvo un problema después, económico. Se envolvió con unos prestamistas, que le querían sacar el apartamento. Pidió cincuenta mil pesos a los prestamistas. Entonces se puso de socio con un viejo estúpido en la plaza de Maldonado. Abrieron un
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negocio de ropa interior. El otro fundió la casa. Mirá cómo sería: yo iba a ser el responsable de ir a Maldonado a controlar las ventas. Pero no llegué a ir. Él le daba plata al viejo para que les pagara a los empleados, pero éste los usaba para que trabajaran para él en otro negocio. Raúl no iba porque estudiaba en Montevideo; abogacía, me parece. Yo no tengo la culpa de que se haya fundido. Me prestaba plata cada vez que lo veía. Vivía a una cuadra de 18 y a una cuadra de Bulevar. Lo vi bastante, como tres meses, porque me prometió trabajo en Maldonado. Raúl se puso medio histérica el último tiempo. Me mandaba: “Hacé esto y hacé lo otro. Y tenés que estar a las dos acá y a la una acá”. “Andá a la puta que te parió”, le dije. “No sos mi padre. Ni a mi padrastro le hago caso.” Se quejaba de que yo iba a verlo muy poco. Se deliró conmigo. Lo veía dos veces por semana. Cuando él me exigía, hasta tres. Entonces le dije: “No puedo, tengo cosas que hacer”. Mentira. Lo que pasa es que él no le daba a la pala. Él sólo fumaba porro. “La merca hace mal.” No hace mal, hace bien, para el espíritu, para la columna. Era aburrido Raúl, y además se arruinó en el negocio. Y no tenía plata para pagarme. “Me tenés re-podrido”, le dije. Y nos cagamos a trompadas. Me agarró del pelo, me quiso revolcar: “Sos un pendejo idiota”. Lo tuve que sacudir. Ese día yo había tomado merca. Al tiempo fui y le pedí disculpas. Después a Raúl lo robaron. Traicioné a Tomás. ¡Ah, vos sos Tomás! Me refiero a Raúl. Dijo que cierto día no podría llegar a la casa temprano porque tenía que ir a cobrar. Y yo arreglé el robo. Les dije a los de mi banda: “Tal día a tal hora él cobra. Vayan y rómpanle el pescuezo”. Lo agarraron por la calle, le pegaron unos chirlos y le robaron el sueldo. Nunca más lo vi. ¿Qué querés? Me tocaba el bulto, pero era todo una pasión armada. “Yo te quiero, quiero estar sólo contigo”, pero estaba con otros. Iba al Olimpia y encontraba a todos los machos que quería. Decía: “Los domingos no puedo porque voy a la casa de mi madre”. Y era mentira. Me borraba por otros machos. Yo no soy macho, pero bueno, ta. No los llevaba a la casa, porque yo lo esperaba en la puerta. Se iba para los muebles, cogía por la calle. Aparecía al amanecer con brutas ojeras, a mí me daba bronca. Venía cogido. Si me había prometido dulce amor. Es igual que vos, igual que todos los putos. ¿Por qué te
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acostás con todos los machos, allá en Buenos Aires, acá en Uruguay? No podemos tener una relación. Yo pensaba en vos y quería

estar con vos. [La caja fuerte, donde el tío rico Mac Pato conserva su tesoro, se hunde en una grieta abierta por un sismo. Cualquier intento por rescatarla presenta un riesgo, ya que la sima donde cayó está a punto de derrumbarse en otra fosa aún mayor y más profunda, en rigor sin fondo, de donde será ya imposible recobrarla a ningún precio. ¿Cómo salvar el tesoro? El uso de la excavadora, pongamos por caso, provocaría ensanches en la fisura y precipitaría el hundimiento definitivo. El pato Donald idea un recurso que, si bien requiere una alta cota de paciencia y de perseverancia, es el único, dadas las condiciones, que hará posible recabar, al menos en parte y de a poco, la fortuna. Abre un túnel del ancho de un brazo, que comunica con la cavidad del tesoro; por allí introduce las vías de un tren eléctrico de juguete que, yendo y viniendo de continuo, arrastra vagonetas abiertas como las que se usan en las minas. El tren penetra en la cueva y topa la montaña de oro, un módico gradual resbala sobre el cuenco de las vagonetas; el tren entonces retrocede. De modo equivalente, Tomás procuraba mantener, a costa de tacto y mansedumbre, una perpetua vigilia, un delicado equilibrio que asegurase la continuidad de las revelaciones.] Siempre tuve problemas con personas que te presionan, que quieren verte más seguido. No querían que saliera, no querían que me divirtiera, no querían nada. Pero tengo que salir, si no, me muero. Pobres infelices. Conocí a un tipo en el centro, con quien tuve una historia rápida, vi que el loco no me servía porque era un plomo y no tenía dónde caerse muerto. Además era amarrete. Y me presionaba. Él y otros aparecen donde no tienen que estar. Me van a esperar a mi barrio, por ejemplo. Salís y te los tenés que andar pechando. Con este loco salíamos intercalado, porque nunca dejé de ver a otras personas. Lo recuerdo porque era muy fastidioso. Yo iba al apartamento pero le decía que tenía que estudiar, llegar a mi casa a dormir. Y el loco no entendía, se calentaba. Y siempre que
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tomábamos terminábamos discutiendo. Entonces mucha trompada, mucha bronca. Me hartaba. Pero lo seguía viendo. No era la persona perfecta: aburrido, posesivo, tenía siempre la misma rutina, de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Decía que no tenía plata, me daba apenas un poquito. No me servía. Pero lo pasé bien con el loco. Hablábamos; me entendía más o menos. Discutíamos siempre, pero eso es lo de menos. Yo no quería nada en serio en aquel entonces, ahora quiero algo en serio, quiero casarme contigo, Tomás. ¿Nos vamos a casar? ¡Nos vamos a casar con Tomás! En aquel tiempo todo me cansaba, ahora me gusta que me estén persiguiendo. Cuando era gurí chico mucha gente se me pegaba sólo para usarte tres veces pero yo los usaba una vez sola. De los diecisiete para atrás todos fueron unos pesados. Me decían: “¿Nos vemos tal día?” Yo: “Sí, sí, chau”. Aparecía cuando andaba por ahí cerca pero no calculaba: tal día dejo de hacer esto o lo otro para ir a casa de fulano, no; me parecía asqueroso, inmundo. Ahora en cambio dejo de hacer mis tareas para venir a hablar con un amigo. ¿Te gustó, Tomás? [De regreso en el apartamento los solícitos sordos prepararon té; lo sirvieron con pundonor junto a unos pasteles que había traído Vanesa. Aun apreciando el esfuerzo de las chicas ante el impasse comunicativo, el dueño de casa pretextó para evadirse que había llegado la hora de depositar a Pierre en su domicilio. Salió con él de arrastro prometiendo volver pronto. Fuera lo pensó mejor y decidió que necesitaba un trago.

Sentado ante Pierre en El farolito alambicó, como pescado del fondo del mar y traído al café para su salvamento, un espectáculo de música. Al volver a la casa, considerablemente más tarde, comprobó que Vanesa fruncía el entrecejo, sospechaba de Pierre más que nunca. –¿Ya cenaste? –preguntó por escrito. –Ya cené. A la verdad no tenía hambre. El rostro de la dama se volvió ominoso. Con letras entrecortadas que escribía pidió dinero para que ella y Pepo comieran. Pero To 209 más se disculpó: daba la casualidad de que en ese momento no contaba con la suma solicitada, ante lo cual la sorda, violeta de furia, exigió que la transportara –junto a su acompañante, claro ipso facto al barrio de Peñarol donde vivía. Bajo la lluvia, entre luces verdes, el coche resbalaba sin pausas. Entonces lo supo: éste era el fin de su enganche. Fue un alivio, al despedirse, rozar con los labios la mejilla escaldada de la Primera Princesa.] Tengo a un tipo que es casado de allá cerca del barrio, hablamos del tema tomando cerveza y el loco dijo que estaba bien, que salía para adelante. “Vos ponés la guita para el mueble y yo consigo a la loca. Alguno se va a tener que dejar coger”, le dije. “No hay drama”, contestó, y ahí quedamos, de esto hace muy poco, pero ahora no encuentro a la loca. No quiero una sidosa reventada que se caiga a pedazos, quiero una linda como la gente y no encuentro. Me gusta una guacha que no sea punk, que no sea rea, con educación pero que tenga su picardía por dentro. Igual al tiempo necesitás un arma, necesitás agarrar una pistola, un macho que me coja. Con una veterana sí me copo, alguien que te puede educar, tipo mamá. Pero siempre me tiran como un trapo, no me quieren. ¿Por qué nadie me quiere? Tomás, ¿vamos a casarnos? Conocí a una vieja en la Biblioteca de Colón. No sé qué mierda cobraba ahí. Me gustó cómo se vestía, con prendas de seda de colores oscuros, no quilombera, tenía una onda tipo viejas de película, ¿viste? Entonces la miré no porque la quisiera enganchar, sino porque me pegó esa onda. Estaba bien pintada, tenía un pantalón y una blusa. La miré y me dijo: “¿Buscás algo?” “Estoy buscando unos libros.” Después volví, ya con la idea de encontrarla, porque ella trabaja ahí, cobra una cuota. “Voy a hacerme socio”, le dije. Me puse a hablar. “Tengo un hijo de ocho años que está con mi marido.” Saqué en conclusión que vivía sola, y le miraba las tetas y le miraba la concha, para que cachara algo. Me gustaban las tetas, envidia me dio. Le pregunté si me prestaba unos libros, eran de historia, porque tenía que dar un examen, pero mierda: no estudiaba. “¿Puedo quedármelos un día más e ir a devolvértelos a tu casa?” Entonces la vieja dijo: “Sí, sí”. Estuve clavado como un palo, allá,
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justo en hora, con los libros. “Hola, ¿puedo pasar?” “Sí, pasá. Estaba escribiendo algo en la computadora.” Entré al comedor, dejé los libros encima de la mesa. “Aquí estoy trabajando”, dijo. Pasé a la piecita que tenía al lado del comedor. “Ah, ¡qué interesante!” Entonces la miré cómo escribía. “¿Te gusta escribir?” “Sí, estudié dactilografía.” Y la miraba y la miraba y la miraba. “Che, ¿no tenés novia?” preguntó. “No”, le dije, “tengo novio...” No, en serio: “Me parecen muy pavas las guachas”, y ya le tiré la patada de que no eran vivas porque no cogían. “No”, le dije, “son muy quietas, no me gustan”. “Vos tenés pinta de picarón.” Nos miramos hasta que ella no me sacaba los ojos. “Vení, acompañame”, y todo empezó ahí en el sillón, a los chupones. Después, como dos o tres veces a la semana, estaba clavado en esa casa yo. Me decía: “Tengo trabajo

hoy. ¿Podés venir a buscar los libros mañana?” Por si alguien escuchaba siempre metía un libro entremedio. “Vení mañana a buscar los libros porque no los encontré.” Cogimos dos o tres veces. Después llamé y: “No, no vengas”. Me borró porque sería muy pendejo, no había cumplido diecisiete, me borró como un perro. No sé qué quería la vieja. No me daba plata. Una bichicoma. Casi siempre buscan a alguien que tenga un poco más de futuro para sentirse protegidas, y no que ellas tengan que proteger al guacho. Capaz que dentro de dos años, con veinte, si estoy vivo, pueda coger con alguna. Y con otro pensamiento si me voy a enganchar: que ella tenga una posición buena para que me pueda sacar a comer. Antes no me importaba la posición, pero ahora sí. Tipo tu amiga, la pintora, lástima que estaba medio viudita. Una onda así... [Sin aviso los sordos se presentaron una semana después del incidente para recoger el ajuar del ropero. Trajeron bolsas negras de plástico que llenaron con chales, faldas, bombachas bordadas de lentejuelas, aditamentos que sólo una mente adiestrada podía coleccionar. Mientras Pepo recogía los enseres, Vanesa, en abstracta compulsión que parecía no encajar con las circunstancias dramáticas de la despedida, controlaba su propia imagen en el espejo de la sala y con dedos ágiles, automáticos, ante la mirada estupefacta del dueño de casa, reacomodaba de continuo los mechones sobre las sienes y las patillas, los repegaba con saliva a los cachetes en el estilo rolingo
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o napoleónico como si fueran arrastrados hacia el futuro por el viento ululante de la historia.] Me cogía, fumábamos faso y le dábamos a la pala, lo pasaba bien con él porque era atorrante. Se me tiraba con que era bisexual pero nada que ver, mentía. Era bastante compañero, tenía unos huevos de oro, me aguantaba que llegara tarde. Nos peleábamos pero después si nos cruzábamos me saludaba bien. Nos peleábamos porque él salía con alguien y me dejaba tirado. Me decía: “Estate por acá tal día, no importa la hora, pero estate”. Entonces yo no iba a otros lugares y me daba bronca porque, si él no aparecía, sabía que se había ido a coger por ahí. Yo siempre llegaba, no a la una o a las dos aunque sí a las dos y media o tres de la mañana: no tengo auto, no hay ómnibus para Lezica de madrugada. Era socio con otro en una casa antigua yendo para Lezica, profesor de gimnasia y aerobismo para viejas: re-copante porque se daba palizas con todo. Me enseñaba a bailar pero yo era un tronco, tenía una azotea donde bailábamos igual que con vos en Parque del Plata; yo era un tronco, sí, vos me querías tirar, pero él me encantaba, porque estaba entrando a la pubertad linda. Curtía una onda pendejo estúpido americano a pesar de que tenía treinta largos; cintura y mucha teta pero con grasa caída, estaba un poco rellenito. Igual me re-copó la onda del loco, tenía una onda espectacular, re-cra porque se enganchaba en todas: si sos rockanrolero, capaz que va y se mete en el rockanrol. Nos peleábamos pero después me saludaba y me invitaba y empezábamos otra vez hasta que al fin vi que él tenía demasiados coginches, obvio que me iba a borrar; después se puso ovárico, cuando se empezó a cortar la buena onda nunca más. No lo robé; ¿qué me iba a llevar, los espejos? Además no puedo bajarle el hacha a todos porque habría terminado hasta el huevo; está bien que uno, dos, tres te denuncien y no les den pelota pero sin van siete, ahí la cosa se pone grave, ahí sí dan pelota. Cada persona que sale conmigo la roban: o traigo yeta o estoy metido en algo ¿no? En general se paran en Colonia pero un poco más abajo; a veces me han recogido en la plaza de los Bomberos atrás por la parte del
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cuartel; hay changa quemante que nadie se para, yo lo he hecho por ahí pero muy casual. Cuando subo me hago el inocente para después bajar el hacha. Pasó un viejo en auto: “Hola, ¿cómo andás? ¿Tenés algo que hacer?” “No, no sé.” “Me gustan los sabrositos”, dijo y me invitó a tomar algo. Después subió a un amigo en San José y Julio Herrera, donde estudié computación. Nos fuimos a La Pasiva, un queme, el viejo levantó a otro guacho dentro del bar que estaba emborrachándose con unos amigos. Lo miraba, lo miraba, el guacho se levantó y dijo: “¿Sí?” El viejo lo invitó a seguir con nosotros y: “Hola”, “Hola”, nos saludamos a pesar de que no lo conocía y se sentó. Después los cuatro nos metimos en un Mercedes claro y de ahí nos fuimos al Buceo y terminamos en casa del viejo. El guacho se encamó con él y yo cogí con el otro, medio gordo, panzón, no me gustó porque usaba bigotitos, no me gusta el bigote, y me dio cincuenta pesos para el taxi. Salí mareado, con un pedo tísico, me tomé el ómnibus. Me gustó el Mercedes, por eso recuerdo este caso. Me pareció extraño que me dijera: “¿Sabés manejar?” “No.” “Ah, si supieras, te dejaba el auto, dabas unas volteretas, y nos recogías.” No sé por qué me dio confianza. Si hubiera sabido manejar, terminaba en Brasil.

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Una mañana el padre me vio subir por la escalera y me paró: “Tengo que decirte una cosa”. Me acuerdo que estuve cagado hasta los pelos tres días pensando que el loco me iba a preguntar por qué cargaba al hijo. El padre y la madre ya eran bastante viejos, tenían un hijo como de treinta. Yo cargaba al hijo, lo miraba de arriba abajo. Cuando volví a ver al viejo, me confesó: “Quiero estar a solas con vos”. En ese momento me reí. “Mi hijo trabaja en un camión, cada vez que está ahí parado, yo estoy en el camión.” No fui al camión. El viejo no me gustaba, tenía como setenta, bien feo,
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petiso, pero yo precisaba plata y una vez cuando no había nadie lo llevé a casa. Después me acosté también con el hijo, era petiso como el veterano. Nunca le comenté lo del padre. [Presunción vana querer agotar las andanzas de Julián, inventoriar exhaustivo un testimonio incorruptible. Ante la mera serie de las anécdotas de su Scheherazade, el cuerpo histórico de Tomás se sentía derrotado. Pero el telescopaje ampliaba las perspectivas dentro de su propio ojo con un golpeteo de cascanueces que rompía todo asidero temporario.] A través de un loco al que desvalijé conocí cantidad de tipos, al tiempo me crucé con uno que era empresario. Antes de coger todo era importación y exportación y porcentaje. Me parecía que me iba a matar de los nervios. Lo escuchaba porque en una de ésas yo garroneaba algo. El viejo me decía: “Recibo un crédito para pagarle a no sé quién”. Yo trataba de cachar dónde agarraba la plata. Pero explicaba: “No, no, todo se hace a través de los bancos, una tarjeta, un cheque”. [Tenía que decir que sí, estimular, reírse, en la línea de humor que mantuviere la continuidad de las recordaciones mientras habitaba en el centro de su mayor secreto bajo un granizo que abrasaba.] Curtí merca con un tipo allá de Colón, pero no tenía nada que ver. Compramos merca juntos y fuimos a un depósito vacío que pertenece a una bodega, y curtimos ahí. El loco se empezó a delirar; nunca me había quemado la cabeza por acostarme con él sin embargo de repente me entró a manosear y ahí sí me calenté, lo cogí y él quiso, pero le dije que no. Una sorpresa bárbara, nunca en la puta vida se me había ocurrido tener algo con el loco. Después se disculpó, me dijo que él no hacía eso. Siempre pasa lo mismo: toman

merca y son otra cosa. No sé si se hacen los bobos, no se dan cuenta de lo que hacen, o qué. [Al salir de un boliche entabló contacto por azar con un joven de acento resbaloso, que derrochaba suburbio.
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Resultó vecino y conocido de Julián. –Nosotros le decimos Chichi. Tomás asoció el mote a una canción que transmitían en el radio por entonces, cuyo estribillo era: “¡Ah! Se me calienta la chichi”. Consultado, Julián sostuvo que no le decían “Chichi”, sino “Chiqui”.] Un sábado de noche, creo que fue el momento más feliz de mi vida, bajé del ómnibus en la plaza de Colón y ahí me quedé con unas gurisas y dos o tres locos que eran amigos de las gurisas. Se quedaron jodiendo y llegó uno al que las gurisas cargaban. Nos pusimos a hablar. Una loca le tocó al recién venido la rodilla, le tocaba la cara y se chuponeaban, pero la otra dijo: “Tengo que ir a buscar a mi hermano”. Entonces ellas se fueron, dos locos salieron atrás persiguiéndolas y me quedé con uno, el que besaba. “Pa, dijo, son todas iguales, te dejan con la pija parada, con la pija al mango.” “No te calientes”, le contesté, “porque así son”. Me invitó a tomar cerveza y allí mismo estaba lleno, así que bajamos una cuadra más allá del Zorba, él tenía un porro, fumamos en el oscuro y quedamos algo tocados, pero tampoco era para delirarse. Hablamos hasta que amaneció. Ahora vigilan los milicos porque mucha gente va no a coger sino a curtir merca y el primer gil que pasa por ahí a trabajar lo agarran y lo cagan a palos y la gente hace una denuncia, pero entonces no, y con éste “¿Encaramos?” le pregunté. Agarramos caminando despacito para el Monte de la Francesa, aunque ya era de día. Él llevaba un pantalón blanco que quedó negro después en el Monte: le chupé el culo y tuvimos un par de cogidas muy buenas. Esto porque ya lo conocía, si sale con alguno que no conoce capaz que se quiere hacer el macho. Te levantás lo que sea, pero cuando vas a un lugar se quieren hacer los santos, se cortan o no hacen ni la mitad de las cosas que harían con un conocido. En la misma plaza encontré a un peludo que andaba con otro que estaba en pedo. “¿Sabés dónde hay una canilla?” Quería mojarle la cabeza al otro, para que pudiera caminar, porque estaba rehecho pelota. Lo acompañé a la canilla: hay una abajo detrás de las vías, yo sabía dónde estaba. El loco no era de Colón. Llevamos al amigo a la canilla, lo mojamos, lo trajimos para acá y lo sentamos
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ahí enfrente en un banquito de la parada. Entonces el peludo dijo: “Ahora me voy a mojar yo”. Yo no estaba con el bocho podrido. “¿No me acompañás?” “Ta”, le dije. “Soy del Cerrito de la Victoria, unos conocidos acá conocen muchas locas. La otra vez estaba con una y me dijeron que viniera a coger allá atrás en los vagones.” Antes había vagones, ahora ya no. Se mojó y dijo: “Vamos a dar una vuelta” y agarró por un camino que estaba oscuro como el culo. Cuando dijo eso ya caché todo. Iba duro porque no sabía qué mierda quería hacer él. Llegamos hasta los vagones, se me puso a hablar, no me acuerdo las palabras que decía pero me preguntaba si yo no había tenido nada con un hombre. Le dije que no, y le pregunté por él. Dijo que sí había tenido. No me animé a preguntarle qué habían hecho y me reí; el loco me miraba y lo miré, nos tocamos el bulto, nos chupamos la pija y nos cogimos todo. Yo calculaba que con el amigo se darían cada paliza hasta quedar afónicos. Después otras veces en el baile lo miraba y me saludaba pero nunca sacaba el tema y nunca estuve solo con él como para preguntarle: “¿El otro es tu novio?” aunque creo que el único zafado de su bandita era él, y sin embargo el que menos marcaba. Tendría miedo, pienso, de

que yo le dijera algo al amigo, por eso cada vez que lo veía se me acercaba desesperado él sólo y me saludaba, yo me reía como diciendo: “Lo que cogerás con éste”, y él se acercaba para que el otro no pudiera oír si yo le hubiera preguntado por gusto y de frente: “Che, ¿tu amigo se la come?” Si a los locos los encarás de frente la mayoría encaran, lo que no me gusta de ellos es que viven saliendo con esas putas; si van a echar un polvo, porque están aburridos, lo echan con ésas, por eso me corto con los locos, no hay onda de condón. Los veteranos en cambio siempre andan con los condones arriba. Levantan acá afuera a guachos que piden diez pesos para un vino; sí, algunos levantan a las doce, pero la mayoría a las cinco, cuando termina el baile en el Olimpia y se reparte el pescado. Yo iba siempre ahí, pero unos cuantos se pelearon porque se corrió la bola de que nos habíamos acostado unos con otros. Uno estaba podrido, se había infectado y dijo que lo había contagiado yo, yo también me agarré una infección y me dieron inyectables, como por casualidad se pudrió medio pueblo y comentaron: fulano se sienta, y mengano también. Me pareció quemante y dejé de ir.
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[Julián se enteró de que Tomás estaba pintando su apartamento y ofreció ayuda. Buscaba introducirse, recelaba el otro, para ratear las cintas de las conversaciones. Había hablado porque le pagaban, pero temía que la revelación de los robos pudiera ser usada en su contra. Entonces, con un requiebro de mañosa ternura, le hizo saber que había soñado con él. Quería verlo “al natural” y ofrecía llevarle cocaína a la casa. No la traía a las entrevistas, aclaró, porque sospechaba que Tomás le tendiera una celada con la policía. Este temió que el pillo, una vez dentro de la casa, escondiese unos gramos bajo el colchón o en cualquier otro sitio y lo chantajeara con la amenaza de una denuncia, o lo denunciara para comprometerlo, sin advertirle que lo ponía en dificultades. Sonó el teléfono. –Te quiero –dijo Julián, así, abrupto. –¿Qué bicho te picó? –No sé. Creo que mi línea está estropeada. Nadie me llama o los llamados que espero no timbran. Si cuelgo ¿podrías hacerme el favor de discar mi número a ver si funciona? No lo hizo. A los pocos minutos el teléfono sonó de nuevo. –¿Qué pasó? –No me acordaba de tu número, estaba buscando dónde lo tengo anotado –mintió Tomás. Cuando se vieron le devolvió las camisolas que le había regalado y quitado en La Cumbre, más una caja de platina comprada en el cerro Campana. Antes de entregársela, mantuvo la caja un rato entre las manos a fin de contagiarle un poder de irradiación. En contrapartida le pidió a Julián un recuerdo cualquiera. En vista de que pasaba el tiempo y no lo traía, una tarde, en el momento de finalizar, mientras le ponía en la mano los billetes, propuso: –Ahora vamos a conseguir mi regalo. ¿Ya lo tenés elegido? –Sí. Señaló un negocio en una galería. Tardaba horrores en completar la compra a pesar de que, sito en un pasaje poco transitado a esa hora, el negocio estaba vacío salvo por Julián y el vendedor. El futuro beneficiario lo miraba a través
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del cristal del escaparate; se vio reflejado en él: una silueta de lentes opacos, el merodeador de las siestas de Colón. Julián salió por fin con un envoltorio. El otro lo abrió instantáneamente. El regalo consistía en un pato

de loza brillante con el pescuezo estirado hacia lo hondo de una laguna imaginaria. Colocado al borde de una repisa, sumergía el gañote en el oscuro del estante inferior. Era el ave de “sangrientos rastros”: “Voy manchando los lagos y remontando el vuelo”. La dificultad para resolver la adquisición no había radicado en el objeto, sino en el color: el ejemplar que el muchacho había visto y elegido anticipadamente, rojo fuego, estaba agotado; el único que encontró a la hora de la compra era celeste. Por eso había tardado tanto en decidirse. “¡Celeste imperio!” Sin que el comprador lo quisiera en principio así, equivalió, trasmutado, a una ofrenda a Iemanjá.] ¿Me pedís que te hable de Las Piedras? El problema es que hay mucho reo y también hay mucho viejo en auto que va a coger con los travestis, que viven en ranchos de lata. Tienen un lugar, El Corujo, no me digas que ya no existe, porque siempre estuvo abierto. También hay mucha puta y hay mucho chongo estúpido que se confunde si es activo o pasivo. Entonces no sabés cuando te levantás a alguien si pretende nada más coger o qué, salvo que sea muy evidente. Los conocés ahí en la plaza o caminando, hay gente que hace mandados y anda de aquí para allá, los sábados se re-llena de reos, los viernes es mejor porque hay sólo uno o dos bares abiertos. Lo que te corta allí son los travestis, porque lo más común es que los hombres los busquen. También hay maricas que andan en auto y agarran a los guachos reos, bichicomes, que no se bañan hace tres meses; capaz que esas maricas no largan más de veinte pesos. En Las Piedras los guachos se hacen coger por los travestis, no lo podía creer pero es así, he conocido guachos que han dicho que la primera persona por quien se han hecho coger es un travesti. Cae de maduro, te juro; hay un rubio allá en La Paz, divino, a todos se les cae la baba por él, un amigo salió y lo cogió y después le dijo que no lo forzara más porque le dolía, que hacía tiempo que no lo penetraban. Mi amigo le preguntó por quién se había hecho penetrar y le
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contestó que por los travestis. Si vos pasás por lo de Corujo ves que hay guachitos parados casi toda la noche fuera esperando que el travesti se desocupe para salir con ellos. Los travestis les dan la bala; me voy a hacer travesti. [Telefoneó a Gaby, el enfermero, a quien mantenía en retaguardia desde la conversación junto a la pecera, para invitarlo a que lo acompañara y guiara por el laberinto de brazos orientales donde acontecían muchas de las anécdotas del Casanova orillero. Se proponía explorar de noche lo que Julio le contaba durante el día. Gaby, por su parte, conocía bien la zona porque vivía en Las Piedras. Al presente sus frecuentaciones se reducían a los cines porno del centro una vez por semana en horario vespertino, pero el proyecto de un safari motorizado lo entusiasmó. Se encontraron en el mismo bar de la plaza de Colón donde Tomás se reunía con su entrevistado en horas de la siesta. El enfermero se había encasquetado una peluca de bucles que le cubría los hombros. ¿Buscaba camuflarse como un melenudo adolescente? Vacío por las tardes, el café de Colón rebosaba el sábado a la noche de gamines lustrosos. Era la hora de precalentamiento; desde ahí saltaban al fiesteo. Los que no tenían plata se mamaban en el enjardinado o bien sobre un puente de madera encima de las vías. En botellas de refresco mezclaban inopinados cocktails de vino y caña. Tomás bebió con ellos. Los bailes del Olimpia, frente a la plaza, eran el mayor magneto. Sólo algunos podían pagar la entrada. Los pobretones formaban grupos cerca de la puerta y sacudían las melenas con loco afán.

Con el proyecto de volver más tarde a Colón, los exploradores continuaron a través de La Paz y desembarcaron en Las Piedras. Allí entraron a un pub cum maquinitas cum billar cum baile de cumbia. Arrempujados en una y otra dirección por la marea de enérgicos bailarines, que les impedían acceder a la barra, recalaron contra la mesa de billar. Entre los que maniobraban los palos se destacó un rubio de batida pelambre que Tomás bautizó Susan Hayward. Al inclinarse
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sobre el fieltro para acertar algún tiro, Susan devolvió la mirada con un destello líquido de los ojos verdes. Agotada la reserva de bolas, el jarifo sonreía. Con la mano libre se rascó el vientre a través de la camiseta blanca. Tomás miró el reloj. Susan le pidió un cigarrillo. Salieron a dar una vuelta. Por iniciativa del último, aterrizaron en un rancho. Un niño cortaba arpillera y papel plateado sobre una mesa, sobre otra había un primus. El gurisito hiperquinético puso una caldera con agua al fuego; cuando ésta hirvió, sirvió el mate. Mezcla de curiosidad y excitación saltaba por encima del respaldo de las sillas como en una carrera de obstáculos; hacía crujir los resortes de la cama con maniobras de entrenamiento; persistía en un resoluto aunque festivo disturbio, en vista de lo cual, después de tomar mate un rato, Susan invitó a su ocasional compañero al cuarto vecino. Sobre el suelo había un colchón tapado con una piel de oveja.] Conocí a un chiquito trillando por la Rambla de Pocitos, un carita de tierno el gurí y cogimos en el faro de Punta Carretas. Me dijo que la madre vivía en Las Piedras, lo llamé y quedamos en encontrarnos en la Escuela Experimental. Cogimos allí una sola vez pero tuve trato con él otras veces; andaba mucho con gurisas y jugaba a los novios, aunque le encantaba que lo cogieran. Era muy manteca. Hace poco no sé qué problema tuvo con el padre (se habrá dado cuenta que el hijo era hija) entonces el guacho agarró la moto y se mató a propósito contra un camión. [Se acercó a Susan, a la aureola clara de su camisilla, a la colmena oxigenada del peinado; esa fina dureza esponjosa, de penetrante aroma, por su densidad de laca al tocarlo pegoteaba los dedos. “Viene del estero trayendo su perfume.” El ánimo de Tomás mejoraba. En un punto alto y digno Susan contó que era padre de una niña. Se había mostrado solícito, pero ya no vivía con su pareja porque le cortaba las salidas. De vez en cuando veía a la niña en casa de su propia madre, donde se alojaba de momento. Trataba de reconci 220 liarse como padre respetuoso pero se había separado del árbol de la familia; cuando lo apretaban, zafaba. Anoche, sin ir más lejos, había desmochado sobre este mismo colchón a dos hembritas. Aunque no estimulado en la más alta medida por la circunstancia, Tomás pensó que prefería ver de nuevo a Susan antes que no verlo. Era más de lo que podía decir con respecto a muchas personas de Montevideo.] Tengo un amigo re-viejito, una marica muy dura con cara de sapo y papada, que siempre hace comidas aquí en La Paz y convida a todos aquellos con los que coge. Se gasta toda la plata en cenas y les paga a los chongos que vienen solos para la casa porque saben que hay guita y chupe. Le he dicho ocho mil veces: “Después que se les para la pija no les tenés que dar un peso”. Se arregla el pelo y dice: “¿Cómo no les vas a dar para un vinito?” “¿Ni te pajeás y les pagás? ¿Te chupan el vino y encima les vas a estar pagando otro

vino?” Me contesta con una palabra rara que sacó del diccionario. [Bordearon la plaza de Las Piedras. Un caballero montado a su bici apoyaba el hombro contra un árbol. El penacho negro del cerquillo le cubría los ojos, caía transversal sobre la oreja. De repente torció la cholla y miró en dirección al parabrisas. Comprobó que el conductor lo estudiaba. Se acercó y preguntó la hora. Venía de visitar a un tío donde había cenado embutidos con aguardiente. Se llamaba Mauricio. Tomás lo invitó a un trago. –Primero tengo que dejar la chiva –objetó el peluconero–. Si querés, nos encontramos a la entrada del pueblo, donde vivo. Los faros iluminaron la cola del ciclista adjustada por un jeans níveo; dio, semincorporándose, el pedaleo inicial; la delgada rueda levantó el chisguete de un charco de lluvia que le mojó los glúteos en divisoria coincidente con la raja. El toldo de lona fuliginosa, encerada, de una camioneta, ondeaba delante del coche a medida que se acercaban a la cita. Parecía el telón de un teatro armado contra el viento. “La llama no tiene un fin externo a sí misma. Si el corazón no se aferra a las criaturas, la pérdida o la ganancia no lo tocan. Hay un fondo ciego que raspo,
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un fondo inmediato del universo.” Contra los bordes de la lona destellaban las luces de la ruta. Gaby persistía en un decidido aunque silencioso disgusto acerca del encuentro que Tomás había concertado con Mauricio. En su opinión el ligue resultaba riesgoso. –No te preocupes –lo calmó el chofer–. Vos pasás al asiento de atrás y él se sienta a mi costado. Si saca un arma o se pone violento, entre los dos lo controlamos.] Nunca encontré a nadie en la cama que yo dijera: mató. Son más o menos todos lo mismo. Los más interesantes son los que tienen más plata, que te pueden ayudar. Para cama, re-buenos, no sé si alguna vez tuve, no me acuerdo. Porque tampoco soy de esos que se deliran pensando en la buena cama. En cambio si conociera a alguien que me llevara en una limusina Mercedes a una mansión en Carrasco ahí sí hago guardia en la puerta, en el sentido de que tá, encontré el amor de mi vida. [Estacionó y apagó las luces en la esquina donde lo había convocado Mauricio. Un perro negro, que Tomás ya conocía de las entrevistas de la siesta, dormía encogido a la puerta del mismo bar donde Julián horas antes había vomitado. El techo de zinc crujía bajo el viento. Al fondo de la intersección emergió el muchacho. Ya había dejado la “chiva”. Más que verlo oía el arrastre de los pasos sobre la grava. Dentro de sus ojos impregnados de las luces del farol se deshicieron y rehicieron mil ventrículos que replicaban esa silueta hasta el infinito. La figura creciente desmultiplicó el conjunto; se incrustó, única, en la ventanilla. –Acá estamos. –Subí. El monte en la coronilla, ¿era un moño? No. Producía la ilusión de un rodete el aro de piel de conejo, de finos pelos flotantes de Angora, que le sujetaba en lo alto la coleta caballuna.] El verano último estuve preso [se refiere a la estadía en Córdoba], pero el verano anterior fui a la playa con Carlos. Hay muchos
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mariconazos en Pocitos; pocos encaran y cogen porque ahí no hay ningún lugar apropiado, tenés que ir al Buceo y muchos no quieren. En cambio por Malvín hay un monterío ¿viste?, un sector de arbolitos en la playa misma. Algunos bichicomes viven ahí pero cuando

oscurece ya no importa. Íbamos de día y nos quedábamos hasta la noche. De día mujeres y chiquilines entran al monte a cambiarse, Carlos también cogía de día, pero a mí no me daba para eso; iba a cambiarse –llevaba vaquero– y se metía por la puta madre, a veces lo seguían y se trenzaban, pero yo chupaba cerveza y me quedaba conversando, formando, hasta que se hacía de noche. Cuando ya nos íbamos –me había puesto el pantalón y todo– llegaron un rubiecito y otro cerca de las escaleras. El rubiecito se paró, tenía una cara de nena, y preguntó: “¿Están sólo para el cuento?” Y se fueron despacio. Carlos los siguió. Los gurises se sentaron en la Rambla del otro lado del vestuario. Carlos les habló y dijeron que eran del Buceo. Uno metió un paco: dijo que venía de Buenos Aires. “¿Ya se mandan mudar?” preguntan. Dijimos que sí. Pero el rubiecito propuso: “Ahora vamos a casa a bañarnos. Si nos esperan, volvemos a las nueve”. Dijimos que sí esperaríamos. Volvieron y cogimos entre los arbustos. [Era el fin de la noche; los jovenetos salían del baile. En el café de la plaza de Colón algunos hombres esperaban a sus ligues. Los que habían formado casal se internaban en el Monte de la Francesa para un frenesí dominguero hasta que aclarara. –Mi madre murió hace un mes –Mauricio palmeó la mesa–. A las dos semanas mi viejo metió a una mina en casa. No me gustó; nos peleamos. Me echó y desde entonces no lo he vuelto a ver. –¿Y dónde vivís? –Trabajo en la herrería de un tío, que fabrica galpones, ahí a la entrada de Las Piedras, donde me recogiste, y duermo ahí. A mi viejo voy a matarlo porque me robó mi herencia. La casa donde vive es un bien del matrimonio, no me puede echar para meter a una puta. No simpatizó con Gaby; creía haberlo visto, aseguró, por las calles de Las Piedras. Lo consideraba un obvio mariquita, en consecuencia despreciable. La antipatía fue mutua.
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Tomás combinó una cita con el flamante contacto para el día siguiente. Acto seguido depositó a Gaby en las afueras del pueblo donde se levantaba el chalet familiar de bloques. Bajo una pérgola entrelazada por la inevitable parra descansaba un coupé Lincoln Zephyr 1938 que pertenecía al padre de Gaby; milagrosamente entero atravesaba el siglo; gris perla, línea aerodinámica, sugería la silueta de una torcaza dormida.] “¿Adónde vas? Ah, te alcanzo: son cinco minutos.” Iba despacito conversando hasta que paró antes de llegar al puente: “Lindo pichón” dijo mientras me tocaba la pierna, “¿y esas novias?” “No tengo novia.” “¿Y qué hacés entonces? ¿Ya te salieron pelos en las manos de tanto pajearte?” “No, no tengo pelos.” Me tiró la patada de si hacía alguna cosa con hombres. Le dije que sí y agarramos para la Pilsen, pero él tuvo miedo de que nos viera la cana y propuso ir a Piedras Blancas. Se portaba canchero pero tenía cara de mafioso, no le tenía confianza, no sabía si me iba a traer de vuelta. Entonces fuimos al Monte de la Francesa. No me dejé coger, no estaba de humor; ese día no me pagó. Después hicimos otra cita, quería conocerlo más a ver si le podía sacar algo, por eso mucha pelota a la plata no le di el primer día. En la siguiente sí le pregunté si me podía “prestar” y me “prestó” ciento y pico. Me hice coger. Pero no me gustó, era muy brusco. Lo encontré cuatro veces más. La última apareció en pedo, todo colorado con una baranda a whisky que apestaba y no quería coger, sólo chupar y hablar. Estacionó en el Monte y nos quedamos conversando. Esa vez no me pagó, me la aguanté y me fui. [Mauricio se mostró muy agradable y sonriente en el primer

encuentro; pero sus cortesías y su sonrisa denotaban naturalidad. Tomás siempre había pensado que él simularía lo que le pareciera pertinente a su llegada; pero el contento del otro resultó sorpresivo. Se detenían y bajaban del coche bajo las glicinas de una calle tranquila de Las Piedras. Algunos paseantes, conocidos del herrero, paraban y formaban rueda, chupaban del pico de la botella, sacudían las melenas con incrementado furor. Mauricio operaba como un ángel del bien y del mal. Acordaba tragos a quien quería, los
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negaba con igual volubilidad. A los obsequiados permitía quedarse unos instantes; si alguno denotaba un interés notorio en hacer conversación con Tomás y armar rancho aparte, el herrero lo proscribía en un santiamén. Exhibía a su protector como si se tratase de una novia, se arrogaba el derecho de frustrar cualquier intento por parte de terceros que pudiese amenazar su posición. Ese control desesperaba al visitante, al que parecían escapársele, uno tras otro, pájaros que emprendían el vuelo cuando el águila imperial los amenazaba de un picotazo. El monopolio que el herrero ejercía, ese aire de agente y guardia personal le comunicaba a pesar de todo un sentimiento cálido de pertenencia en un hábitat extraño. Igual no se resignaba a que lo protegieran.] Si usa Cascola y no toma Coca-Cola se le va a partir la cola. Vos me penetraste por primera vez cuando me ofreciste doscientos pesos. No te agarré los doscientos, picarón, igual compartimos medio gramo. Calculo las cosas con veteranos porque si te largás de primera no conseguís nada, contigo no quería conseguir nada pero soy así, con la gente mayor ya mido las cosas por ventaja o por un contacto. Voy casi siempre a trillar al Parque Batlle. Hay muchas mariconas que changan por la avenida y por las calles de atrás. A las once o doce empiezan a llegar las geishas, pero no vayas a las tres de la madrugada porque encontrás a las mariconas viejas como la Cachuzo, que va a pasear el perrito. Tiene tetas-tetas, llega a Metrópolis con vestidos, es más antigua que la vela. De día no puedo andar todo envaselinado pero los viernes, los sábados o cualquier día de semana tarde, aunque mi madre esté ahí quilombeando, me hago ¡puc, puc, puc! ¡chuh, chuh, chuh! me pongo un revoque así para cubrirme los granos, me tapo de pankake y salgo. Al parque voy los viernes y los sábados antes de ir a bailar, después bien cogidito y con algo de plata llego al boliche, pero a ese parque voy también entre semana. Alguno que otro viejo hay. A veces llego más a hablar que a otra cosa, para no quemarme, si te ven siempre apretando dicen: “Ah, ése va con todo el mundo”; en cambio si no te ven coger y no te conocen estás limpio.
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Un sábado fui, di la vuelta y entré por la Carreta hacia la fuente, pero resultó así, calculativo: un gurí me cruzó en bicicleta gritando: “¡Llegan los botones!” Se venía la avalancha de mariconas; unas disparaban, otras se escondían arriba de los árboles. No sé si detuvieron a alguien porque todos rajamos hacia el Obelisco. Hay días en que los milicos sacan la camioneta blanca y tienen orden de arrestar a un cupo de personas. No dejan changar a los taxis como yo pero a los travestis ni los tocan. A las mariconas les revienta que discriminen de ese modo. Otra noche venía de visitar a un amigo que tiene sida, pasé por el parque pero estaba re-cansado, sin plata y tenía que caminar un toco hasta Río Branco para tomar el ómnibus. Me senté bajo el monumento a la Carreta y apareció un viejo bobo maricón que apenas entraba en el auto, de brazos flaquitos pero papada enorme

y panza horrible. “Vamos a conversar a otro sitio”, me dice. Me quería llevar a una zona donde estuviera bien oscuro, pero le pedí: “¿Podés seguir por 18 mientras conversamos?” No quedó contento pero igual lo hizo. Al llegar a la plaza del Entrevero le dije: “Mirá, tengo que llegar a la casa de un amigo a recoger mis llaves”. Bajé y me fui a la mierda, así ahorré el trayecto a pie hasta la terminal. El asqueroso estará ahí esperándome todavía. [Mauricio podía remitirlo a todos los que conocía, y el esfuerzo que había realizado en ésa, la primera oportunidad, para ser puesto al nivel de camarada era una buena prueba de sus opiniones acerca de él. Por callejas sin pavimentar accedieron a un predio donde detrás de ligustros y cañabrava se escondía un rancho. Allí se alojaban los íntimos del herrero: carpinteros, electricistas, empaquetadores de la procesadora de pescado. Un grado de inesperada cordialidad en la bienvenida que le dispensaron alegró a Tom. Se manifestaron complacidos de verlo porque le mostraban la casa y los muebles. Pero esos trabajadores no le resultaron para nada atractivos. Era como si el herrero los hubiese escogido ex profeso por tal razón. Un pardo tocaba el bombo y Mauricio el tamboril. Tomás recordaría un tema reiterado por entonces: “Marta, sos la número uno,/ Marta cuando pueda te vacuno”.
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Con esa bandita después trepaban a la camioneta y terminaban fumando un porro a la intemperie en algún descampado bajo el agudo puntear de las estrellas. Una noche fría especialmente clara Mauricio se alejó para ir del cuerpo. Quedaron separados sólo tal vez por nueve metros, pero eso no impidió que uno de los cofrades, hervido en Kaipiroska, pidiera entretanto a Tomás que le chupase el glande. La propuesta fue debidamente ignorada; le parecía del todo infeliz; no tenía una justificación que significara una diferencia material para compensar el descrédito en que habría caído.] Pero este otoño me puse light, me dediqué a la gente mayor. (No hace poco, hace mucho ya.) Y ahora –¡primicia!– conocí a un loco del Partido Blanco, que está currando porque se va a tirar para edil. Quiere que lo ayude. Nos encontramos en un barcito bichicomiento con vidrieras, que queda antes del Viaducto. Hablamos un poco de política y de sexo. Combinamos volver a encontrarnos para cenar. No le quiero manguear enseguida; primero quiero asentar el piso. Aunque no creo que llegue a gran cosa, es un pobre bichicome. Vive con los padres en una casa; según él es en Nuevo París, una casa antigua pero reformada. “Mi mamá la reformó”, dijo, “y ahí hicimos el club político también.” Me preguntó cuándo pasaría para una reunión del partido y para una reunión sexual. Vive en el altillo, o sea que ahí tiene su bulín. Pero no creo que me meta, porque me parece un pelado inservible, poco gente, que le puedo sacar poca plata. Y en política tenés que alcahuetear como un negro para que te den una Coca-Cola. En lo económico creo que está bien: es el gerente de una empresa de guardias de seguridad experta en detectar bombas. Si los blancos ganan, a él le darán el trabajo de cuidar el Palacio. Usa la camioneta de la firma. No le pude preguntar, porque quedaría en evidencia, si era socio de la empresa. A vos cuando llegué a tu casa te averigüé en seguida si era alquilada o era tuya. Hay que investigar. No me acuses: ya te veo con el hacha en la mano. ¿Te pareció muy evidente, te molestó que te hubiera preguntado cuánto te costaba el alquiler de ese apartamento? Este me parece un muerto de hambre porque anda con la camioneta de la empresa. Obvio, le pregunté: “¿De quién es?” “Es mía.” “No mientas”, insistí, “¿de quién es?” Es una cuatro por
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cuatro, bruto camión. Ya le veía pinta a él de no poder mantenerla, porque tendría que pagar por la patente y el seguro. “Es de la empresa”, reconoció. Por eso te digo: se muere de hambre, no me conviene. Es un trabajador que tiene un sueldo mensual de cinco mil pesos y lo invierte en ropa y ahora en el partido. En lo físico es flacucho, feo, tiene los dientes unos para afuera, otros para adentro. Habla ceceando, como mi abuela, pero charla hasta por las orejas con una voz engolada, siempre de política. Tiene contacto con los grandes, con diputados, ediles. El que lo está apoyando es un edil actual que será candidato para diputado en las elecciones. Si el otro sale diputado, éste queda de edil, y además le darán el trabajo del Palacio. Si le dan el trabajo del Palacio me puede acomodar a mí, pero de aquí al dos mil ocho, no me sirve eso. Sin embargo no lo quiero dejar descartar como contacto. No lo voy a dejar tirado. Tiene tarjetas de senadores. Si me hago amigo de él, también me hago amigo de esos otros. Y si hoy o mañana tengo algún problema, si me encuentran cogiendo y me llevan en cana, digo: “Déjenme hacer una llamada”. Lo llamo y le digo: “Sacame de acá, porque si no, te hundo”. Quiero decir que ya conoce a todos los senadores. Y no quiero que conozca al Presidente, pero sí que me dé una mano, ¿no? Cuando se proponga para diputado yo voy a estar al lado de él, con una sonrisa de oreja a oreja diciendo: ¡Vivan los blancos! Y no es un trabajador que ande con la cabeza gacha, que tenga que ir a la oficina todos los días porque si no lo echan. Está asegurado por el partido, que es lo más grandioso y hermoso de esta vida. ¡Voy a estar con un diputado! Ahí sí, entro con una metralleta igual adonde quiera, ya que él siendo gay, y más o menos mi pareja –no mi pareja, pero que cojo con él– sé que me va a salvar el culo. Es una metáfora. Ayer estudiaba eso en el liceo: la metáfora. Porque si no, grito a los cuatro vientos que es reputazo. Si hoy o mañana sin querer se rompe una vidriera y te encuentran con algo en la mano y te agarran los oficiales de la ley y te llevan a una comisaría y te preguntan: “¿Usted quién es?” les contesto: “Déjenme hacer una llamada”. Y llamo: “¡Fulano, sacame de acá, si no grito a los cuatro vientos que cojo contigo!” No, no lo voy a amenazar. Le diré: “Che, Fulano, ayudame”. Digo jodiendo. Si hoy o
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mañana voy a buscar merca a la casa de un loco, medio gramo, y justo cae la policía y el loco tiene cincuenta gramos en la casa, voy en cana yo también. Y sin embargo no soy ningún traficante. Una racha de mala suerte, nada más. Hay que prevenir esas rachas. No sé, mi proyecto es ser presidente. Si hago una carrera breve para trabajar en una empresa sería un engaño, porque necesitaría un apoyo. ¿Sabés lo que pasa? Si sé escribir y en las próximas elecciones salen los blancos, me podrían dar un puesto público. Y eso es lo que estoy pensando ahora en relación con mi futuro tanto a través de los blancos como de los colorados o del frente amplio, que enchufa a más gente que ninguno. Sabiendo lo menos posible computación, dactilografía, un poquito así por encima, si el blanco sale diputado le voy a pedir que me meta. Si el amigo a cuyo servicio él está y que es edil en este momento sale diputado, le voy a pedir que me lo presente. Y sé que pinchándolo a este loco me lo hará conocer. Ya he pinchado al loco: “Necesito algo, le dije, no me dejés tirado”. Me puede tirar dinero. Me conformo con poco: mil, dos mil pesos por mes, la mensualidad para la nena. Y sé que aguanto con el loco, no lo quiero dejar mal. Después de que entre y haga bucho, un poco de taco, en el Partido, será apenas un diputadito. Recién para las elecciones siguientes será un diputado o un senador fuerte. En ese momento, si no perdí el contacto, voy a tener algo más definido con

él. No me curra en lo sexual, no me jode, no me pide que me acueste, no anda con afán diciéndome: “No te doy esto si no te acostás”. Sólo le pedí un prestamito una vez nada más, de doscientos pesos. Es muy amplio. Al loco no le sirve dejarme tirado porque yo, en el momento en que él se lance al parlamento, le puedo presentar a mucha gente también, le puedo llenar el bulto, le puedo presentar a conocidos que tenga por ahí, gurisas amigas de mi hermana; amigos de mi hermano no, que ése es un chorro; amigos de mi padrastro, amigas de mi madre, amigos del vecino, puedo hablar con medio pueblo para que lo apoyen cuando empiece a hacer reuniones. [Mauricio era morrudo, la Kaipiroska lo volvía pícaro y calentón, entonces se soltaba. Pero sólo cuando estaban solos y aun así dentro de ciertos límites. Tomás debía tener en cuenta, muy en cuenta, las ideas de
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él cuando hablaba. No estaba permitido por ejemplo acercar la lengua a su boca ni meterle el dedo en el orto, eran dos zonas sagradas, fuera de tráfico. La boca estaba reservada a las mujeres y la cola a Dios. Se amachinaba con gran despliegue de entusiasmo preguntando todo el tiempo: “¿Te gusta así, te gusta?” Cómo el temperamento de Tomás y su inteligencia podían soportar la investigación en esa época de mayor astucia no lo dejaba conforme. Asentir “Sí, me encanta” equivalía a confirmar la separación tajante entre activo y pasivo, ya que Mauricio por supuesto le adscribía sólo un rol. Entonces prefería intranquilizarlo. No le decía “Prefiero que no” pero le daba a entender que a él asimismo le gustaba ponerla. –¿Para qué te vas a molestar? –se perseguía el herrero–. Mirá, voy a conseguir una mina y hacemos cama de tres. Pero nunca concretó la operación. A Tomás le pareció con todo que cierto reviramiento de su parte le ganaba el respeto del otro, que contaba a sus amigos: “No, si a él también le gusta castigar”.] Un viejo me pasa a buscar a veces por la plaza de Colón en el coche, no es un Monza, es un cachilo. No cojo con él porque es muy seco, es difícil sacarle conversación. Me pregunta: “¿Cuándo nos conoceremos mejor?” Y yo: “Pronto, pronto”. Enseguida que tirés plata, digo para mí. Siempre anda con esos trajes duros, con corbata, trabaja en una empresa. Nos conocimos en la plaza, eran las cinco, yo andaba delirado. Me saludó, no podía parar ahí, y me subí enseguida, discreto como soy. Me invitó a tomar algo al Chopicón, siempre voy a ese bar con uno distinto. Nos sentamos, pedimos un café, conversamos pero no hablamos de nada íntimo. “¿Y qué hacés, cómo estás?” Él siempre anda apurado. “El tema es conocernos”, dice. Pero no sé si la casa donde vive es de él, el auto sí es de él, ya me dijo. Está lindo. Me gusta lo duro. “¿Nos vemos la semana que viene?” “Sí.” Pero no hablamos de plata, ése es el problema, ahí estamos, no cogemos. Lo voy a ver el próximo martes a las cinco. A ver qué quiere, a ver si cenamos, ya quiero comer algo como la gente. Nunca le hablo grosero, yo muy culto, con la camisita planchada, estirada, el pelito mojado, “¿Cómo te llamás?” “Sí, no, bueno.” Ya me está pudriendo, un día de éstos le pregunto:
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“Bo, hermano, ¿qué querés?” ya me sacó la paciencia, muy pulcro, muy serio, tiene poco humor. Dice: “Qué bien que estás, ¿has estudiado?” Le contesto: “Sí, estudio, estoy en quinto humanístico”. ¿Qué le voy a decir? ¿Que repetí primero? No le voy a confesar “soy un vago de mierda”, se asusta entonces, no me da ni para el boleto, viejo estúpido. Un día de éstos le inventaré que se murió mi abuela Antonella y que tengo que viajar a Italia, a ver si me larga unos pesos entre pizza y pizza. Me siento muy solo. Sí, ya sé, estoy rodeado, pero es gente para

coger un ratito. Sé que si hoy o mañana mi padrastro estira la pata voy a quedar en bola total. Y a veces me siento bajo de ánimo, frustrado porque hice muchas cosas que capaz que no tendría que haber hecho. No encuentro lo que quiero. Pensé que al reiniciar el secundario este año iba a tener más futuro: “Voy a hacer esto, voy a hacer lo otro”. Pensé que me iba a dar empuje, pero me decayó más todavía porque encontré que mis compañeros no me servían para nada. Está lleno de pendejos, todos menores que yo. Todavía no conseguí pase para el nocturno. Si no curro con viejos, ¿qué me queda? No puedo conseguir un trabajo. Necesito diploma de esto, diploma de lo otro. No sé: estoy solo, siempre estoy solo. Sí, lo elijo yo, pero no puedo meterme con la primera persona que encuentre en la calle y decirle: “Me quedo contigo”. Si el otro está igual que yo, que no quiere nada, ¿quién le va dar apoyo a un puto traumado?

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Hay muchos viejos inmundos babosos con los que me he acostado que ni quiero nombrar o no me acuerdo. Es difícil tener contacto con gente mayor. O te agarrás a una maricona de éstas gordas y viejas, o te tenés que ir a regalar a un boliche. Si es por eso, me pongo una tanga y me paseo por Bulevar y me paran todos los
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viejos. De cien babosos que lleguen, capaz que diez son como la gente. Tampoco soy muy selectivo. No me quemo la cabeza siguiendo a alguien tres o cuatro horas. Ando siempre a quinientas revoluciones por segundo, ¿viste? De repente quiero a alguien, después lo odio, me olvido, y cargo a otro. Locos que haya querido u odiado, que les haya tenido más aprecio que a otros porque me trataron bien, puede ser que haya algunos. Me acuerdo de este gurí que se fue a Salto, lo aprecio más que a otras personas. Sabe lo que hago, sabe que ando por ahí encamándome con cualquiera y sin embargo nunca me trató mal. No se llama una relación, no es nada. Capaz que le tengo un poquito más de simpatía porque se portó bien. De todos me olvido por suerte, no me quiero acordar ni me acordaré de pavadas. Un guacho que conocí vivía con los padres, era guacho de cabeza, muy ladilla, me cayó bien y lo veía seguido. Después se enconchó por obligación. La madre supo que era re-puto y el padre, que era medio loco, le dijo que cómo eso para la familia, que tenía que tener novia o sí o sí. Lo enconcharon a prepo, la dejó embarazada y nos dejamos de ver. Frente a los padres yo era el culpable de haber emputecido al nene. Tremendo boludo era, ¿yo lo voy a emputecer? Nos acostábamos en una pieza arriba del garaje que usaba para arreglar bicicletas, hacíamos de todo. Yo salía por el garaje y aunque me iba de mañana temprano los padres igual me veían y sabían que me quedaba a dormir. Más que el hecho de dejarlo de ver, me molestó que le hicieran una injusticia. Pero pensar si lo quise o no me parece tonto. Me cayó bien nada más. No hubo otro, el más cercano fue ése. Pero me olvido de todo y de todos. Ahora al que le tengo más simpatía, el que me parece más cra, es el viejo con quien estuve el lunes, el que vende tarjetas de crédito, que me muestra películas. Siempre me está ayudando, se pasa dándome consejos: “¡Ay, Julián!” Parece María Dolores, pero lo hace bien, si me estuviera rompiendo las pelotas todo el tiempo cuando estoy con él obvio que nunca más lo visitaría. Tampoco le suelto mucho el hilo, nunca le suelto el hilo a la gente, no le doy confianza
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ni me abro mucho para ver qué es lo que viene adelante, a ver si me da más, si pone el auto a nombre mío, ahí sí que lo amo y lo adoro,

lo digo jodiendo pero es así, siempre espero a ver qué hace o qué no hace el otro. He conocido gente que tiene plata, pero es tan idiota que no sabe ni vestirse porque les sacás los lentes y el trajecito, el autito, la casita y la guita del bolsillo y son re-estúpidos que no valen un peso, no sirven ni para mascar un pedazo de pan duro, unos idiotas que deberían estar enterrados o muertos. No espero que alguien sea un príncipe hablando pero sí que no sea embolante. Nunca encontré a una persona que tenga re-buena onda, mucha presencia, que esté bastante ubicada en todos sus pensamientos, que fume y que le dé a la papa. Cuando me dieron una paliza, capaz que todos hicieron una colecta, mandaron a los negros y festejaron juntos. El que encargó la colecta podría haber sido el zapatero de Colón y los que contribuyeron todos ésos a quienes les prometí que los amaba y que los quería. Le tuve algo de simpatía a cierta gente que me depositó un poco de confianza, pero anduve con tantos calculando sólo si me servían o no me servían que me cuesta engancharme en la idea de si me caían simpáticos o no. Un poquito de simpatía sí me despertaban pero me porté mal, porque ellos me expresaron afecto y no les correspondí. A veces pienso: ¿me irá tan mal en la vida, seré un puto tan desgraciado porque siempre jodí a otros putos, me porté mal aunque no maté a nadie? Ellos jodieron antes, yo caí en la vida de ellos y los jodí, soy el justiciero, ahí va, y ahora hay gente que me está jodiendo a mí. No encuentro el modo ni la forma de ser un poquito feliz. ¿Qué hago? Salgo con unos cuantos mongólicos, paso tres, cuatro, diez horas con ellos por semana, eso no me da ninguna felicidad, estoy comiendo con ellos y pienso: ¡ay! ¿por qué estoy acá? Capaz que soy rayado por la inestabilidad absoluta en que vivo, pero un rayado bueno, porque todavía no maté a nadie. A veces me arrepiento de haberlos robado, fueron mis amigos, tal vez algunos no compartan mi onda pero son re-bien, el veterano estúpido de Ejido no comparte mi onda, el político no comparte demasiado mi
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onda; sólo buscan una persona estable para divertirse, pero eso me aburre. Todavía no encontré a la persona exacta con quien pueda compartir todo. A veces me quemo la cabeza con lo que hice y para qué lo hice. Lo hacía por hobby, porque con la plata que agarraba de los robos no comía de modo que no tenía necesidad, pero si no hubiera agarrado esa plata no entraría a muchos lugares, no me vestiría, andaría en bolas. Mi madre no me compra ropa porque no puede, bueno, es cierto que a mí la ropa me importa un carajo y la poca que tengo me la compró ella. Pero no andaría en mucho lugar donde ando aunque no me dé para un auto ni una casa ni para estar haciendo viajes estratosféricos. No sé si lo que estoy haciendo está bien o está mal, me gustaría ser un puto imbécil que vive enclaustrado en la casa mirando novelas todo el año, pero no puedo. Si hago una cosa me siento mal, si hago otra me siento mal, no sé para dónde puta ir. ¿No te pasó que empezabas a hacer algo y sentías que no estabas para eso? Necesitaba robar, era una oportunidad: ¡que se joda la otra persona! Hay momentos en que ni yo me entiendo, pero no es un juego mío porque hasta mi propia madre me aclaró que no sabe por qué soy así. En ciertos momentos me entra un arrepentimiento pero a los cinco minutos cambio de idea y me entra la maldad: ¡que se jodan, que se mueran, que se pudran! Mi madre hace tiempo me lo decía (yo no le hago caso): “A vos el diablo te quiere agarrar”. No es un juego mío, es algo que tengo y nadie me explicó, por qué soy malo no sé. ¿Porque soy un pobre pendejo en la puta vida?

Capaz que tengo un resentimiento no hacia las personas sino hacia mí mismo, que lo descargo con otras personas. Yo mismo me culpo por no luchar para ser algo y por estar siempre mirando a la gente que está allá arriba. Me la agarro con ellos, los daño a propósito, pero no tienen nada que ver. No es tanto una frustración por lo material, porque si tuviera plata seguiría teniendo problemas sentimentales a causa de no tener una familia segura o alguien seguro a quien querer; es tanto material como sentimental. No puedo querer a una persona porque estoy podrido, porque no sé qué hacer. Considero que no soy nada.
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No puedo querer a nadie porque no me quiero a mí mismo, exacto. Estoy siempre jodiendo y digo: la plata, la plata, la plata, pero hoy o mañana capaz que la tengo y seguiré siendo un infeliz de mierda como ahora. Aunque querer a alguien es sufrir como un perro si te están usando y todos los putos te usan. La joda me gusta pero tarde o temprano te lleva a meter alguna cagada, entonces no me sirve. Estoy tan podrido de hacer un día una cosa y otro día otra que me importa un pedo si me pasa un camión por arriba o no. No es porque esté sidoso, hay días en que estoy tan bajoneado que me importa un pedo todo, no encuentro qué hacer con mi vida y no logro lo que parece tan fácil, vivir no desorganizado, proyectar sin ser tan infeliz, sin tener estudios ni un trabajo. Muy poca gente consigue estas dos cosas al mismo tiempo: disfrutar y ganar plata, porque la vida no es sólo trabajo y darle de comer a tus hijos, es también disfrute, es tu vida. Sin plata no comés, no te vestís ni podés ir de aquí a Buenos Aires, y divirtiéndote no conseguís ni estudios ni trabajo ni nada. Si estás en un empleo doce horas por día y tenés que dormir ocho, ¿cuántas te quedan? Una. Mirás televisión. Y otra cogés, si podés. Pero la vida no es sólo trabajar. ¿Cómo se llama eso? Vivir la vida. Me estoy divirtiendo y no estoy proyectando mi futuro. Se marcha la persona que te banca, tu madre, tu padrastro y sos un pobre bichicome, ¿viste? te sentís como una mierda, sos un sorete rodando por el espacio, porque no servís ni para caer. Pero sirvo para coger, ¿eh? Mucha gente vive en un rancho de lata pero la pasó divino cuando tenía veinte, gente que te cuenta mil anécdotas: “La vida, la redisfruté, iba a todos los bailes”, pero mirás y tienen una casita que apenas la pueden mantener y un sueldo que no les alcanza hasta fin de mes. Y la otra persona, un abogado que cuando tenía diecisiete estudiaba, cuando tenía veinte estaba haciendo la carrera y no podía salir a bailar con los amigos, cuando tenía veinticinco no podía festejar porque se estaba por recibir, cuando tenía treinta se casó porque la madre le consiguió novia, a veces se siente infeliz pero tiene un auto, una casa, un negocio donde poner a trabajar a los hijos.
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Tenés que encontrar la posibilidad de vivir y de ser alguien en la vida, por eso y por muchas cosas más a veces estoy bajoneado. Te parece una boludez lo que yo quiera hacer. Vos pensás que yo estoy para la joda, vos pensás que una persona que está en la calle, que trabaja para la calle, una persona puta que trabaja en la calle, pensás vos que está para la joda, pero la puta lo que está haciendo ahí es trabajar y capaz que alguna vez se divierte, sí, haciendo lo que hace, pero después en la vida de esa puta hay complicaciones y no es nada feliz. Eso me pasa a mí. Vos me mirás y dirás: “este guacho de mierda se cree que es no sé qué cosa”, pero hay ciertos días y ciertos momentos cuando no es pura joda la vida, cuando te quemás la cabeza por tus problemas. Vivo en la joda pero todos los días cuando ando fresco de mente me torturo, entonces no es tanta la joda, no es joda mi vida.

No sé, te veo con un poco de cariño, no sé cómo decirte, te veo de buena manera, como un amigo a veces, hablando, y digo: aquél pensará que yo estoy para la joda, que es pura joda mi vida. Bueno, ta, a él le gusta joder, yo qué sé, le gusta hacer esto, no sé qué está inventando, no sé qué quiere hacer, pero si lo quiere hacer, que lo haga. Acá me ves, estoy otra vez acá, hay veces que no tomo en serio lo que estás haciendo pero pienso: el loco me parece bien, a veces le hablo con un poco de sinceridad. Vengo a hablarte de la joda pero hay veces que vengo con la cabeza quemada de arrepentimiento y te expreso algo que no es joda, como ahora. [–No tengo imágenes actualizadas de mí mismo y necesito fotos para incluir en el programa de una pieza en que colaboro. ¿Podrías tal vez sacarme unas pocas en un paraje de árboles? Ideal sería el Monte de la Francesa. –¿Por qué me elegiste a mí para que te sacara las fotos? –preguntó Julián, desconfiado. –Hay buena luz. Son las tres de la tarde. Me gustaría aprovechar nuestro encuentro para solucionar también ese problema: así mato dos pájaros de un tiro. Además, por observaciones que te he oído, se me ocurre que podrías tener dotes de fotógrafo. La práctica en todo caso te enseñará algo.
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Fueron al Monte de la Francesa, de amplia fama, según las historias del entrevistado acerca de su jolgorio. Sentía curiosidad por recorrer, aun mismo cuando fuera de día, ese terreno. Un sector era usado como basurero por los vecinos. Al adentrarse descubrieron un área limpia y arbolada, con lamparazos de luz entre los troncos. Tomás montó a un tocón inclinado que parecía el lomo de un toro; se prendió de las ramas como si fueran astas. Después se puso de perfil contra un tejido de alambre, como si a través de él espiase la trama secreta de otra vida. No se equivocaba; a pesar de su falta de práctica Juli demostró, como comprobaría después al revelar las fotos, que tenía condiciones para la tarea. Aunque el propósito verdadero al haber traído la cámara era lograr instantáneas de él. ¿Para qué? Necesitaba, se le ocurrió, una imagen en que concentrar la mente, para calmarse, enviar mensajes inter-fono que fueran recibidos por su destinatario. No pretendía hacerse dueño de la situación. Sí, al menos, sobrevivirla. Juli se opuso. ¿Pensó que las instantáneas que quería sacarle estaban destinadas a completar un expediente que, al lado de las grabaciones, tenía intención de presentar en Jefatura? Corría y se tapaba la cara; a pesar de lo cual el documentalista obtuvo algunas tomas a quemarropa, movidas y desenfocadas, las primeras que jamás obtuviera de él; lo mostraban fruncido, como ante un mal olor; parecía una india molesta por un importuno en su camino a través de la selva, una india vieja a la verdad: se llamaba Guyunusa.] ¿Trajiste la foto que me sacaste la semana pasada? “¿Me sacás una foto?” pediste y yo dije: “¿Adónde querés ir?” “Al Monte de la Francesa.” Y ahí ya calculé: me quiere sacar una foto a mí. Todo eso era para sacarme una foto a mí. No es darle importancia, pero no sé para qué querés ese fichero, no sé si vas a inventar una película o si querés ir al Palacio para que me encarpeten, si vas a ir al Palacio diciendo: “Tengo todo, el pelo, las grabaciones, las fotos”. ¿O ahora también me vas a pedir que escriba las cosas que digo? Pero te sigo la corriente, con suerte capaz que caigo en cana y me meten donde está todo el macherío. Bueno, eso de las fotos no sé, puede ser que yo tenga el bocho podrido y ta. Pero sos un tipo más
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inteligente que yo, ¿no? Si a mí me ponés a hacer una suma de cuatro

cifras estoy dos horas haciéndola. Vos sos un tipo que tiene más mente que yo, no más mente sino más práctica, ¿no podés inventar lo que hace un pobre puto en unos pobres y mugrientos barrios como La Paz, Las Piedras, llenos de reos y casuchas con tejitas, y ranchitos? Una persona como vos, con tu cabeza, puede pasar por estos cantegriles a pata y hacés una novela en vez de estar aguantando las impertinencias de un pendejo idiota. Soy un puto como cualquiera, los otros putos también van al parque Batlle y también van al Parque Rodó, vos también. Si vas al Barrio Borro y a los negros les preguntás: “¿Vos te hacés coger?” te pegan un tiro, pero si les das quinientos pesos se hacen coger, todo por plata. Y vos, no sé qué querés inventar, por mí que inventes lo que quieras, una persona con tu cabeza puede inventar. Pienso: “Él hace todo lo que hace un pobre puto en la vida de él, entonces ¿para qué me pregunta?” ¿O es por curiosidad, para saber si yo te quería? ¿O querrás saber si este tipo es mongólico o retrasado mental? No tengo la varita mágica para saber qué es, sé que para un espectáculo no es. Pienso: “Bueno, le digo y le cuento”. No tengo miedo, si no no lo haría, me importa un pedo, si me importara algo no vendría. [En el café donde conversaron al fin de la excursión accedió a regañadientes a que le tomara un par de retratos cara a cara; éstos resultaron perfectos a su modo: en uno estaba serio, con los labios hinchados, la mirada brutal; en el otro sonriente, pícaro, maligno. –Que te fotografiara a vos era un truco. Lo único que querías era fotografiarme a mí. ¿Para qué? –Te estoy entrevistando; en casa desgrabo las cintas; sin embargo, en muchos momentos, cuando estoy solo, pienso: pucha, ¿qué cara tiene este loco? Con desparpajo y presunción increíbles el mesero manifestó interés directo en escuchar la conversación, a cuyo propósito se plantó a un lado de la mesa. Ante la mirada inflexible del entrevistador que lo proscribía, evolucionó en redondo y se paró a sus espaldas. Al fin habló: –Yo también espero que me graben. Tomás quedó callado.
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Cuando se levantó para ir al baño, el mozo preguntó al otro: –Che, ¿para qué te graban? Juli, conciliador, inventó un motivo para la tarea que acometían, aparentemente tan agudo e inteligente como el camarero que lo incomodaba: –Mi amigo viaja a España. Está completando la cinta para que la oigan allá mis abuelitos y otros parientes, en particular la tía Eufrasia, ya que por una u otra inexplicable razón se obstinan en permanecer en Burgos, una ciudad con poco que la recomiende; él les entregará este saludo de mi parte.] No soy puro acostarme con todo el mundo, no soy un bichito cogedor, me acuesto como cualquier puto que se acuesta con más gente que un hetero. El hetero va con una mujer capaz que una vez al mes, o una vez a la semana, por idiota, porque no sabe levantarse una gurisa. Al homo se le dan más facilidades. Con todo me habría gustado ser una persona normal. Lamentablemente soy un pobre puto. No puedo meterme con una mina porque estaría haciendo infeliz a una persona, sería infeliz yo, y al fin estaría pasando la vida que es corta no sólo sin ser feliz sino además sin tratar de serlo siquiera. Una persona que sigue para la joda consideran que no maduró. Si no te lo dijeron, es porque no tuvieron las bolas para decírtelo. No te lo estoy diciendo yo, es lo que dice la gente: si a una persona de treinta o cuarenta, o seis mil años, le gusta seguir saliendo, es que no maduró. Para ellos madurar es eso: casarse, encerrarse, trabajar

doce horas, vivir en tu casa cagado de frío, ir de tu casa al trabajo, del trabajo a la casa. Yo no estoy de acuerdo con eso. ¿Entonces por qué digo que es tan lamentable ser puto? Si vas de la mano con una loca no vas feliz con la loca, porque lo que querés tener de la mano es un loco. Pero no se puede andar con un hombre de la mano. Ya sé que todos se encaman con todos, pero es sólo por un rato, es para joder, para pasarla bien. Podés ser feliz sólo con una mujer que la llevás a tu casa, se la presentás a tus padres: “Nos queremos, nos amamos”. Si vas de la mano con un hombre la gente te grita: “Puto, mierda”, vas a tu casa y tus padres se te desmayan porque: “¡Ay, un hombre! ¿Vas a vivir junto con un hombre? ¡Qué horrible, viven juntos!”
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Todo te lo cortan. ¿Y qué voy a esperar, treinta años más para ver si los putos hacen ocho mil campañas y recién pueden andar de la mano? Es como un castigo. No podés besar a otro hombre en la calle, los vecinos ya están comentando y están creando anti-putos. Aunque después de los quince o los dieciséis los guachos se hagan coger, son anti-putos sin darse cuenta. Es una pena si uno quiere liberarse y ser feliz con un hombre. [Un solo cabello grueso y longo nadaba en el charcal de cerveza encima del mantel de hule. Con tanto disimulo como lo permitían las circunstancias el entrevistador intentó pescarlo. El cabello osciló presa del vértigo en el canto y cayó sobre la silla inmediata. De allí a la primera ocasión, durante una ida de Juli al mingitorio, pensaba meterlo en el estuche del casete colocado por él previsoramente sobre el mismo asiento. –¿Qué hacés? ¿No te alcanzan las grabaciones, las fotos, que ahora pretendés también llevarte un pelo mío? –Qué ocurrencia. Apenas estaba sacándolo de delante de los ojos.] Si alguien te despierta simpatía, ya hay un poco de amor, sentimientos. Hasta las putas que están changando experimentan eso. Experimenté amor tanto contigo como lo estoy experimentando con los viejos éstos. Suena como algo falso y estúpido y capaz que sí lo es, pero si me gusta estar con alguien estoy experimentando algo. Experimento con todos los que a la vez estoy viendo. Es igual. Experimentar simpatía es experimentar un poco de amor. Pero no digo amor porque me parece una burla, ya sé que el amor es algo más intenso que eso. Lo que me parece lamentable es andar correteando a un puto, andar atrás de un puto y que el puto se haga el interesante. Prefiero andar atrás de una concha. Por desgracia rebajo mucho a los putos como personas. Porque el puto se cree mucha cosa y es muy poca; como ellos mismos se dan cuenta que son menos que otras personas, entonces se quieren hacer los mejores. Experimento un acercamiento al amor. Pero condiciono los sentimientos a la joda y a la plata; entonces quedan atrás, siempre escondidos.
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Aunque también he estado con personas que viven en un ranchito de lata y no me daban ni dos pesos y una vez tuve que comprar comida porque si no se morían de hambre, sin embargo les tuve aprecio. Un guacho de unos ranchitos de allá de Colón me llevó a la casa. Nos acostamos y el gurí se me dio vuelta, estaba divino, me acosté varias veces. Sentí cierto aprecio, no fue lástima. Sé que lástima no era, sentí aprecio por el gurí que vivía en un ranchito de lata con cincuenta latas más alrededor. Salíamos cada tanto a joder pero a veces le tenía que aguantar muchas jodas. ¿Qué pasó? Nada, lo dejé de ver, pobre guacho. Justo me entró la maldad de golpe. No era para andar de novios ni nada de eso, ya

que el gurí mucho no me gustaba porque era un gurí, no era para andar de novios e ir todas las semanas a la casa porque él vivía en un barrio que nada que ver. Por el de 18 y Gaboto experimenté un poco de amor. Lo robé porque me estaba engañando. No. Lo digo en broma. Por celos no fue. Claro que experimenté amor por el hijo de puta. Después lo robé por descontrol mental. Se portó mal y lo tuve que sopapear un poco. Me tomó por un tipo al pedo. Porque yo más o menos lo quería, me aburría es verdad pero era bueno. Después no lo quise más y me pareció una persona al pedo. Resultó que lo tuve que hurtar y lo hurté. Fue una venganza. Brindo por ser feliz, tanto en sentimientos como superándome en la vida. Si sos feliz en pareja, sos infeliz en otra cosa. Me gustaría tener un auto, una moto, una casa en Punta del Este. ¿Qué desea? Sacar cinco mil dólares. [Mauricio era tan buen mozo como había parecido el primer día, su aspecto mejoraba cuando hablaba, y sus maneras eran tan exactamente como debían ser, tan naturales, vivaces, que Tomás pudo compararlas en su excelencia con las de una sola persona. No eran iguales, pero quizá fuesen igualmente buenas. Había conversado con Julián esa misma tarde, pero no le bastaba; a la noche, sin que en su deseo pudiera comprender cómo había ocurrido, se vio cargado del mayor abatimiento, un vaso en la mano, entre la gente del bar, frente a Mauricio, con la preocupación que él debió percibir al presenciarlo.
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–Vos te entristecés. No te entristezcas. Yo te voy a sacar la tristeza; vení que toco el tambor; ya vas a ver: te voy a llevar, uno por uno, a todos los boliches de Canelones.] Un loco vino a recogerme por la plaza de Colón, él ya venía cohete, tiene un auto que le anda como el culo y casi nos matamos, el auto es un BMW pero lo tiene hecho mierda, anda a todo lo que da y para; anda a todo lo que da y para. No sé si no lo sabe manejar o si el motor está jodido, en una cuadra va a cien por hora y después no andamos, increíble. Nos tomamos unos whiskies con Cola, nos entonamos bien, conversando con unos amigos que hacía tiempo que no veía, unos peludos en Yancler tenían el ojito muy abierto, si les movías una llave de auto se te casaban, pero mi amigo no los quiso levantar por estúpido. Si querían venir ¿por qué no? Yo les pedí un trago de cerveza, entonces conversé con ellos; me hacían caruchas, miraban y se reían; obvio que si el loco le pedía que salieran, salían, si vamos a coger, “sí, a coger”; una buena joda se podría haber hecho; si entran dos pueden entrar tres, si entran tres pueden entrar cuatro, hacen precio además. Llegamos al hotel. Cuando paramos le dije: “No quiero entrar aquí; vamos a la Rambla”. Dio marcha atrás y enganchó el paragolpes en un árbol. Oímos un ruido de latas. Al salir para adelante el animal aceleró en forma tremenda, se sentía olor a goma quemada. Abro la puerta en notable estado etílico, saco la cabeza y le digo: “Ah, enganchaste el guardabarro”. Cuando se baja comprobamos que el paragolpes se había incrustado debajo de la rueda. Lo cinchamos para destrabarlo y pudimos avanzar hasta la esquina, nos metimos en una estación de servicio y unos mecánicos lo sacaron de abajo del auto. De ahí nos fuimos a la Rambla, estacionamos cerca del cementerio. Hicimos unas pavadas entre nosotros y, muy mongólicos, vimos que los milicos pasaban de aquí para allá y en una se quedaron parados a una cuadra, que les veíamos las luces, pero ni bola les dimos. En realidad, los veía yo sólo, porque él estaba con un pedo

tísico y no se daba cuenta de nada. Después los milicos cruzaron enfrente de nosotros y dieron vuelta la manzana. Cuando ya había 242 mos terminado la estupidez sexual y estábamos abrazados, aparecen con bruta linterna: ¡chuh! Él me saca enseguida la mano de la espalda y se baja. Los milicos dicen: “Buenas noches. Documentos”. El patrullero se había parado al costado, pero cuando vieron que al nuestro le faltaba la chapa porque el paragolpes estaba arrancado con matrícula y todo, avanzaron y bloquearon el frente. Tuvo que abrir la valija para mostrarles el paragolpes con la matrícula. Lo gracioso es que al auto le faltaba también un vidrio de atrás. Estuvieron unos quince minutos conversando. Yo estaba patas para arriba, quieto, cuando de repente escucho que el milico dice: “¿La muchacha tiene documentos?” Y él contesta: “Creo que no”. El policía se acerca y pide: “Disculpá. ¿Documentos?” y me mete la linterna así, no en la cara, sino más abajo, en la zona de los bolsillos. “¿Es mayor usted?” Y mira la cédula. “¿Dónde vive? ¿Qué están haciendo acá?” “Nada”, le contesté, “venimos de un boliche y nos quedamos un rato hablando”. Entonces le dijo al otro: “Fulano, separalos. Llevate a ése dos pasos para allá”. Agarra y dice: “Mirá, loco, ¿qué andaban haciendo aquí? Decí la verdad, porque si no, te fichamos en la comisaría, y eso no le va a gustar a tu madre. El loco éste dice que te conoció hace cinco minutos, que te levantó ahí atrás en la esquina”. “No”, lo corregí, “yo lo conozco, sé dónde trabaja, sé el número de teléfono”. El milico me pidió el número dónde lo ubicaba, y se lo dije de memoria. Yo escuchaba que al otro le preguntaban lo mismo: “Dice que hace cinco minutos que lo levantaste. ¿Por qué no decís la verdad? Porque éste es un lugar sólo para parejas”. Yo estaba tranquilo, porque a mí, si me fichan, me cago de risa. “No, le digo, no estábamos haciendo nada.” “Ah, pero el loco dice todo al revés.” Entonces los milicos se fueron para atrás y le sacaron cien pesos. “Voy a pasar de nuevo y no te quiero ver por acá”, advirtió uno. Él les dio la plata. Se treparon al auto y salieron, ¡zum!, más rápido que nosotros, persiguiendo a otro y el loco esa noche no me pagó, porque el milico se llevó mi regalito. [Mauricio tenía un iniciador al porro, un conocido en Peñarol donde acudieron una noche a conseguir palanca; el tal era el Jopo, el pelo un emplasto luciente enmantecado le caía sobre la espalda y
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hacía preguntarse a Tomás si no estaría alelado ante la camiseta turquesa de Jopo, en el matiz sorprendente de los ojos verde agua. Por el mote dedujo que habría ostentado un llamativo pompadour en sus primeros años, ahora crecido y derrumbado en irremisibles bandós que le hacían justicia. El garaje le servía de taller y dormitorio. Los recién venidos se sentaron en la cama mientras Jopo lustraba incansable una bicicleta tan destellante como su pelo y ojos. La había pintado él mismo, contó; no sólo eso, la había armado a partir de piezas de deshecho; aunque bien pudiera estar camuflando un vehículo robado. Un espíritu sumiso podrá ser paciente, uno decidido resolverá, pero aquí había más, aquí había una mente elástica: el poder de pasar rápido del mal al bien y de hallar tarea que lo sacara de sí mismo, eso era de naturaleza. Controlaba los cambios, los frenos, la alineación, repasaba con una gamuza el farol y los pedales. –Parece un caballo campeón –se rió. Él mismo era un potro campeón alaciado para una feria pecuaria, con las mismas patas y ancas de animal erecto. Los padres estaban en España visitando parientes. –En qué parte no sé. Vinieron de Galicia con una mano atrás y otra adelante. Cuando era pibe, recorríamos la ciudad en sulky,

juntando chatarra. Oyeron extrañados lo que parecía el ronquido de un tigre. Jopo abrió la puerta; era un negrito que no tenía nada que ver. Resultó hablador, como suelen ser los gamines que se meten en pandillas de grandes. No se daba cuenta de que resultaba cargoso. –Mis padres criaron el capón. Otros parientes lo robaron, no para hacer el sacrificio al que estaba destinado, sino para comérselo nomás. Mis padres persiguieron a los ladrones; no tanto por el animal en sí, sino por la fiesta para la cual lo necesitaban. Los ladrones eran de nuestra familia. Igual, cuando los agarraron, los mataron. A fin de espantar el peligro salieron todos a dar una vuelta por la zona. Dejaron al negrito donde el diablo perdió el poncho. –Nosotros seguimos hasta el centro –mintieron. Pero volvieron al garaje. Y ahí empezó la cosa. A Tomás le bajaron los pantalones. La cola al aire sobre el camastro, callaba.
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Aparentemente a Mauricio no le importó compartirlo con su amigo. Cuando el dolmen de Jopo, agudo y compacto, estuvo duro, lo introdujo, por derecho de hospitalidad, en el trasero alzado. Pero se resistía a tocarlo; tampoco se dejaba tocar por Tomás; era como si el poseído tuviese sarna. A juzgar por la conducta del penetrador, las caricias no resultaban aceptables entre machos. Y sin embargo parecía concernido por satisfacerlo: –¿Te gusta así, te gusta? –eso confirmaría su buen desempeño. –¿Y a vos qué te importa? ] Tienen quince años y recién empiezan la joda, que es despertarse tarde, fumar, ponerse en pedo. Son cra los guachos, linda gente, los padres apenas les dan de comer, no sé de dónde sacan la plata para las otras cosas, siempre tienen un curro raro, roban pilchas para sacar treinta o cuarenta pesos. Bajo casi todos los días, los veo desde las siete hasta la una o dos de la madrugada y más tarde salgo para el centro. Para tomar prefieren vino en vez de cerveza y le meten azúcar, mezclan Espinillar con vino y martini, hacen una sopa, hiede ahí dentro, toman un trago y salen picando. Prefiero las soreteadas de los locos y no de las maricas que siempre son falsas y si se te acercan es por algo, capaz que quieren que compartas un macho con ellas. A todas las arpías de Montevideo, mariconas de boliche, mariconas de la calle, conozco; puras arpías, fallutos. Te saludan, se paran a conversar contigo y después hablan mal de vos. Vas a un boliche, vas a todos los bares, y los mismos chucos: todo el mundo cuchicheando, chusmeando. Tenés que ponerte pollera y tomar agua Salus, si no sos una rea, una ordinaria. Prefiero a los gurises del complejo, fumamos y tomamos ahí abajo. Pero son asexuados, no entiendo, no cogen ni con locas ni con locos ni nada. Una que otra guacha pasa por delante de ellos y le gritan alguna ordinariez. Hoy día los guachos se tiran al fumo, no piensan en coger; yo sí porque soy re-puto. Los de ahora se concentran en los cohetes y en el vino, eso los aplaca. Antes no era así, no había fumo, pensaban más en las guachas. Corregime si no, yo no lo viví. A mí me interesa todo pero estos guachos buscan divertirse a la manera de ellos. Me aburre estar siempre en el mismo lugar. Me
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encanta ver la Rambla, por eso voy una vez cada tanto, ellos en cambio dicen: “Ah, sí, está buena la Rambla” pero no toman la decisión de ir. ¿Qué les cuesta? No tienen iniciativa. Yo busco algo mejor capaz, aunque también en mi barrio me acosté con algunos. Ellos en cambio son gente quieta porque encuentran lo de ellos cerca. Yo no encuentro lo mío en ninguna parte,

me divierte ir a un lugar y a otro, quiero ver qué pasa aquí y allá, me rebusco. Si me quedo quieto creo que estoy perdiendo un tiempo de mi vida. A los treinta, cuarenta, sos viejo. Igual podés seguir saliendo, pero si tenés una familia no. Tampoco me veo como un viejo estúpido haciendo las mismas cosas que hace un guacho, tenés que ubicarte. Capaz que te cansás de tanto joder, capaz que entonces estoy ubicado y tomo menos. [Subieron al primer piso de un bar pretencioso y de buen tono. Los asistentes añadían algunos toques de refinamiento al look de Las Piedras: chaquetas de cuero más caras, cortes de pelo menos glamorosos, más “a la moda”. Permanecían inamovibles en una actitud cool, como en una iglesia, faltos de la espontaneidad de Mauricio y sus colegas. En dos pantallas pasaban videos. Mauricio eligió el momento oportuno para borrarse; tanto él como sus amigos preferían la bailanta El Conducto, un galpón angosto y largo. En El Conducto, como en cualquier parte, estaba prohibido consumir bebidas no despachadas en el mismo negocio. Al entrar el herrero contrabandeó escondida debajo de su chamarra una botella de Kaipiroska. Después se agachaban y bailaban en cuclillas un zapateado boyardo, entonces mamaban del gollete. La táctica no impidió que el barman los detectase: o le entregaban la botella, dijo, o abandonaban el local.] No considero a nadie como mi amigo, pero cuando pasa un problema, como el de este guacho, Sebastián, que chocó en la moto contra un camión y se reventó todo y está en coma en el Hospital Italiano, me doy cuenta de que le tenía aprecio. Si a mí me hubieran preguntado: “¿Es tu amigo?” habría dicho que no. Es un conocido. Subió a casa muchas veces, jodimos, hicimos muchas cosas juntos,
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nunca nos tocamos un pelo, pero hablamos y el loco me contó cantidad de cosas. Hay un aprecio que no demostrábamos frente a los otros. Nos conocíamos porque habíamos conversado solos mucho tiempo. Lo que le pasó ahora me jodió bastante. Mismo a otras personas con las que hablo casi todos los días no las considero re-amigas pero capaz que si les pasa algo jodido como lo que le pasó a éste me afectaría: pienso en otros guachos que viven en el complejo; son mis amigos aunque no nos amamos. Seas o no seas duro, una persona con la que estuviste hablando todos los días, si después te enterás que está hecha mierda, te toca un poco. A veces digo: no tengo amigos. Pero con la gente que trato hay obligadamente una amistad, algo con ellos. El conocido que me llevó ayer al Hospital hace mantenimiento de UTE (compañía eléctrica del estado) tres o cuatro veces por semana. Es un loco crá que se acomodó y hace eso de noche. Este fue un cargue en el parque, así nos conocimos, hará un mes. Algunas veces cogemos, otras hablamos y no cogemos. Y tenemos una amistad chica. Lo llamé al trabajo y le pregunté si me podía hacer entrar al Hospital Italiano. Me contestó que era muy difícil pasar al CTI. Anoche vino a buscarme acá a Colón y fuimos. Pero le dije: “Tengo que volver a mi casa porque si no mi madre se preocupa”. Y él dice: “No, dale, vamos a un hotel y pasamos toda la noche. Es una buena excusa para tus padres que te quedaste cuidando a un enfermo”. No es tan así como él piensa. Yo llamando a mi casa una vez a la semana y diciéndole a mi madre que está todo bien ya alcanza. Si no aparezco a la noche ella no se va a preocupar; es lo que hago siempre, pero le dije: “No voy a llamarla ahora porque ya es tarde y tengo que volver”. En verdad no tenía ánimo. Hice una cita con él sólo por si me hacía entrar al CTI. Quise pasar como si fuera de la familia para ver a este gurí que

está en coma, pero no me dejaron porque sólo admiten a la madre. Entonces ayer, que me vino a buscar, yo estaba bastante desenchufado de la joda. Me llevó hasta el hospital, entré con él, hablamos con los médicos, pero igual, no pude verlo. Después dimos una vuelta por el parque, nos colamos en una canchita donde no había nadie y nos dimos unos chupones. Me estoy metiendo con todos los negros de UTE. El edil trabaja allí
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también. El del BMW trabaja en una empresa brasilera que tiene un consorcio con UTE. Voy a instalar un interno desde mi casa. [En medio del conflicto por la Kaipiroska Tomás se alejó hacia el baño. Dos peludos orinaban uno al costado del otro, conversando; cuando se fueron apareció otro de talle fino, se adelantó hacia la canaleta. Tomás siguió el ejemplo de los anteriores y se ubicó, pitín afuera, junto al que orinaba. Aprovechó que las paredes del retrete lo protegían del radio de vigilancia de Mauricio, su manager, para abordar sin permiso al peludo, que parecía alegre. Pero al oír que le hablaban, el desconocido se paralizó de espanto; tomado por sorpresa se le cortó el chorro; no atinó a responder; se abrochó la bragueta y optó por retirarse. Reacios a entregar la Kaipiroska, Mauricio y su barrita fueron echados del bar. Hacía calor; muchos habían tenido la idea de salir a tomar el fresco. Al verlo aparecer, Mauricio gritó: –¡Tom, Tom! Le hacía señas con el brazo. Casi al mismo tiempo, desde otro ángulo, con acento de burla un tris melifluo, lo llamaron: –¡Tom, Tom! –en cámara de eco. Era el peludo a quien él había abordado en el retrete. Movía el brazo igual que el otro, sonreía invitante. La voz contenía una dosis de ironía, ¡no importa! El sonidista quedó cautivado. No supo a cuál de los dos reclamos responder. Mauricio le ahorró la decisión. Saltó sobre el rival rugiendo: –¡Ya te advertí que no te metieras con mi amigo! Y antes que pudiera defenderse le dio al peludo como en bolsa. El agredido balbuceó apenas una excusa y escapó en abierto conflicto con su dignidad tan rápido como pudo de la tremenda paliza. Tomás no cabía en sí. Nunca dos machos se habían peleado por él. Al salir del retrete, sabiendo que Mauricio era su embajador, el tipo le había pedido –a él nada menos– que le presentase a Tomás porque se lo quería “comer”. El herrero no era difícil de enojar: lo amenazó con la patada “más pior” si se metía en honduras. No
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obstante el veto y la amenaza, el pelucón, intimidado al principio en el mingitorio, tuvo una iniciativa y supo cumplirla. Pero a partir de la golpiza todo se estropeó. Si pasaba a su vera, avergonzado, apartaba la vista guardando una rigurosa compostura, por miedo a que lo vapulearan de nuevo. Tomás notó, cuando partía, que por casualidad el peludo se retiraba al mismo tiempo. Lo vio caminar por la vereda de enfrente, frenó, esperó que pasara. No pudo hablarle: Mauricio y sus adláteres llenaban la camioneta y lo insultarían de nuevo.] Los que me decían: “Usalo, usalo”, cuando les conté que estaba saliendo con vos eran todos. Piensan con avaricia. “Usalo, tiralo, sacale lo que le puedas sacar, matalo igual para sacarle algo.” Decían eso las mariconas con las que me junto acá en La Paz. El peor es el peluquero de la colita que conociste la noche de fin de año en Avanti. Tiene un puto veneno porque nunca logró hacer nada en

su vida y ya está viejo. Se cree una estrella y no es nada estrella sino un puto normal que no tiene dónde caerse muerto. Corta el pelo pero también hace limpiezas en edificios de apartamentos. A ése no le podés comentar nada porque es envidioso. Un amigo recibió una carta de España de otro que había viajado y éste se enfureció porque a él no le mandan ni una postal en Navidad. “Ya anda el estúpido haciendo novio por carta.” También el gordo sapo, el que hace las comidas y las orgías en la casa, tiene un instinto venenoso. Siempre dice: “Tiralo, usalo”. Como a él le hacen eso, se lo desea a otros. Cuando me veía en el centro comiendo con alguien me preguntaba: “¿Y cuándo vas a instalar el cotolengo?” Según él yo debería andar sólo con gurises de trece años, porque él anda con los de dieciséis. Y también Marcelo, la macumbera, que conocía a tu amigo Gaby, es muy venenoso. Yo en cambio no me quemo la cabeza por nadie. O sí, me quemo la cabeza, pero callado la boca. Tengo maldad. Si a mí me preguntan: “¿Vos sentís algo por fulano? ¿Harías algo por alguien?” diría que no. Si me hubieran preguntado: “¿Vos te preocuparías por Sebastián si estuviese hecho mierda en un hospital?” me habría cagado de risa. ¿Por qué voy a andar preocupándome si no es mi
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marido? ¿Qué mierda me importa si no es mi macho? Pero ahora que le pasó esto sí me asusté. A veces me preguntan y digo: “Ta, que revienten”, pero llegado el momento el corazón se me afloja. Pero sólo en el momento, antes no. Tengo que verlo destruido, ensangrentado, para decir: “Pobrecito”. [Mauricio ya no vivía en la herrería ni se desempeñaba como herrero; su pariente quién sabe por qué causa lo había echado. Volvió contrito al hogar, se reconcilió con el padre a quien ayudaba fabricando uniformes. –¿Uniformes de qué? –De soldado, policía, bombero, cualquier cosa. Le presentó a un hermano más chico y a un camarada de niñez y de barrio. Era según dijo de “total confianza”. Tenía un aspecto extraordinariamente macilento, ostentaba una dentadura lechosa amarfilada, demasiado pareja. Mauricio explicó que su amigo había perdido los dientes por el impacto de un brazo de máquina en la fábrica donde trabajaba. También podría haberlos perdido en una pelea. Los postizos le daban el aspecto de un cadáver, un cadáver relativamente joven. Después de la farra el ex herrero insistió en que los cuatro terminaran celebrando en el apartamento de Tomás. Difícilmente podía éste imaginar una situación más triste en sí que la de abocarse a un tête à tête con el postizo. Pero Mauricio se empecinaba y venció por cansancio. Era vehemente; Tomás no quería ofenderlo. El hermano, un cero a la izquierda, tenía un “pedo tísico”; se echó no más llegar en el sofá de la sala y se durmió ipso facto. Sonaba un rap suave: “Las estrellas formarán sonrisas en la noche a la distancia/ pues la guerra de lactancias/ ha llegado al fin desde tu arribo a esta galaxia”. Turulato por el heraldo de la muerte, Tomás se apartó de la “dentadura”. Sus comodidades se limitaban a una sala ruidosa y un oscuro dormitorio detrás. Se refugió en el dormitorio. Cuando Mauricio entró siguiéndole los pasos, el dueño de casa aclaró que no estaba dispuesto a participar en el menuetto con el cadáver de la muerte blanca. Fue con todo una noche movida.
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Con la primeras luces Tomás tropezó con un vómito; Mauricio se había tomado el trabajo de taparlo con un trapo de piso, pero ahí

estaba, vetas rosadas y consistencia de locro. Los llevó cumplidamente a Las Piedras. Compartían entretanto la última botella de Kaipiroska olvidada bajo el asiento la velada previa; pasaba de trompa en trompa a modo de desayuno. El sol naciente les escarbaba los ojos hinchados y enrojecidos. En vez de conducirlos a sus casas como imaginó que querrían, pidieron descender en una feria callejera de verduras y ropa que a esa hora precoz se iniciaba. De vuelta en casa, comprobó que de la cómoda del dormitorio faltaba un reloj, del ropero un par de jeans, quién sabe qué más. Cayendo sobre el colchón sin interés en levantarse nunca, se dio cuenta de todo: “Bajaron en el mercado para liquidar allí los chirimbolos”.] A veces llegaba al barrio de El Dorado, pasando Las Piedras, a unos campos con ranchitos caídos del cielo, calles de pedregullo o tierra, a visitar al sobrino de la peluquera venenosa. Es un guacho de quince. Carlos se acostó con él, dice que se abrió como una mariposa cuando le empezó a chupar el culo, pero no le dio tiempo a coger porque entró gente y el gurí bajó las patas y se hizo el macho. También iba a El Dorado a la casa de Marcelo el macumbero que me llevaba a los templos de quimbanda; vive ahí en un ranchito de uno por uno. De chico fui a lo de mi tía por parte de padre, una rea bichicoma metida en religión. Había hecho un templo allá en Piedras Blancas. Era chico cuando nos invitó a la porquería ésa: tenía todo junto en un cuarto, el templo y la vivienda. Me acuerdo que había criado una chiva y la sacrificó en una ceremonia cuando vinieron unos brasileros. Ella trabajaba todo con sangre, con gallinas, hacía siempre cosas malas, era una macumbera muy india de aspecto y además changaba. Por lo que me contó mi madre trabajó de puta cerca del cuartel de los milicos. Ya estaba casada con un milico pero seguía changando, no sería gran sacrificio para ella, ordinaria igual que mi padre. Le faltaban todos los dientes en aquel tiempo, cobraría un peso; no me acordaba de mi tía yo, si chango no es por ella.
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Supo que nos habíamos mudado al complejo y empezó a venir al apartamento a visitarnos y se quedaba dos o tres días con todos los gurises y tiene más hijos que la rabia. Una vez le hizo un trabajo a mi madre para que se enfermara y mi madre se enfermó. Cuando alguien se traga la lengua, ¿cómo se llama? ¡Epilepsia! Un par de veces tuvo esos ataques. Supimos que era por un trabajo que le había hecho la otra porque encontramos unas cosas raras, unos papeles, unas piolas que había dejado dentro de un ropero; mi madre dijo que había dejado algo, mi padre también. “Ah, Dios te ayuda” repite ella, pero con todo lo que le pasó a veces es difícil creer que existe Dios, porque desde que tenía cinco años está luchando para poder vivir, eran nueve hermanos y la madre la mandaba a trabajar en las plantaciones de arroz de Tacuarembó. Ahora tiene las vértebras fuera de lugar porque en la edad del desarrollo estuvo trabajando siempre inclinada. Se casó con un tipo que la jodió bastante, de él nació mi primer hermano, acá en Montevideo. La jodió, la abandonó porque ella era muy joven, el tipo era viejo y las hermanas de él, las cuñadas le hacían la vida imposible; decían que era inculta, de afuera, bruta. Conoció a mi padre y se fue a Buenos Aires y la pasó peor todavía. Ahora está con mi padrastro, una persona que no le sirve porque no es feliz tampoco, si está con él es por vieja. No quiere quedarse sola, necesita para comer porque no tiene una jubilación y a esta edad no se puede meter a fregar pisos. Sin embargo creo que Dios nunca la ayudó. ¿Cuándo la va a ayudar, cuando cumpla noventa años? Estoy convencido de que Dios no existe.

Capaz que las cosas del mal sí existen, porque vas a un templo de quimbanda y pedís que le hagan mal a una persona y le hacen mal, pero si pedís que le hagan bien no sé qué pasa, no sé si te hacen bien. Mi tía hacía el mal, hacía abortos, hacía que la gente se perjudicara en la vida. Tenía un hijo que se llamaba Jaime que se crió con mi hermano, ella lo adoraba al gurí. El padre lo ataba a un palo y le pegaba hasta que se desangraba. Pero el gurí después de grande lo ayudó, no tuvo rencor. Ella lo adoraba y sin embargo se
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le murió en un accidente de moto, y eso le pasó por mala. Lo único que adoraba en la vida era su hijo, no sé cómo explicar eso porque no sé nada de eso, pero la cosa más grande que tuvo en su vida fue su hijo y sin embargo se le murió en un accidente de moto, hará menos de un año. Ella fue una persona mala toda su vida y mirá cómo le fue. Tiene muchos hijos más pero se le caía la baba siempre que hablaba de Jaime y sólo hablaba de él. Hace un tiempo fui por primera vez por mi propia iniciativa a un templo de quimbanda, tenía el pensamiento de que todo eso era una cosa de mal. Conocí a Marcelo en una yuyería, con él cogí tres veces nada más y me llevó a esa cosa. Pensé que en el templo iban a acogotar gallinas como hacía mi tía, pero a los años, más tarde, empecé a entender. Me dijeron que ellos no trabajaban con sangre, que no era una religión cruzada, yo esas cosas no las sabía, eso de cruzar con el diablo no, lo de ellos era una religión sólo blanca, trabajaban con maíz, no hacían el mal, no hacían abortos. Recién ahí empecé a cachar, pero nunca caché mucho porque no me dio por meterme en el tema a fondo y empezar a preguntar. Escuchaba pero no preguntaba. Mi impresión original, mi expectativa es que eso era todo malo, y quería ver cómo era; después me di cuenta de lo que hacían, que curan gente y que hacen trabajos para que a la gente le vaya bien. No sé si te pueden curar o conseguir trabajo, pero lo que sí sé es que te dicen las cosas. Meto la mano en el fuego que si te dicen: “Usted tenga cuidado, no vaya a tal lugar”, es porque a la verdad no tenés que ir a tal lugar. Si te sale un reuma en la mano y te curan no sé, ahí tengo dudas pero si vos vas y te dicen: “No esté con esa persona porque es mala” en esos consejos sí creo. Decís que te querés atender y explicás el problema, te hacen un pase, te dan vuelta para sacarte los dolores y los males y las cosas negativas del cuerpo y si te tienen que dar un consejo te lo dan, saben qué te sucederá en el futuro, entonces te aconsejan para que no te suceda algo malo: “No ande con esa persona”, o “Usted estudie”, eso hace tiempazo que me lo dijeron. Nunca les di bola, había conocido a una maricona dentro del templo, me enteré que le decían la Pocha. Tiene un templo él solo y hace abortos y cosas ma 253 las. En aquel tiempo me juntaba mucho con él porque siempre lo encontraba y tenés que pasar dos o tres horas ahí durante las ceremonias y los bailes. Me daba conversación y me invitaba al centro. Es maricona total. Entonces me dijeron: “No ande con esta persona de rulos”. Dan ganas de pensar más en las cosas malas en el sentido de que si querés hacerte un aborto ellos te hacen un trabajo, no sé qué mierda pasa y te sale el gurí. Si pedís que a fulano le vaya mal en el trabajo, en la vida, te sale que le vaya mal, eso hacen en los templos tipo la Pocha. Y sin embargo vos vas y sos bueno y ayudás a todo el mundo y tu vida sigue siendo una cagada, entonces da más ganas de creer en las cosas malas que en las buenas, ¿entendés? Creo que Dios es un cuento y que el Diablo es verdad, lo que se

me cruza por la cabeza es eso. Que Dios te ayuda es un cuento pero el Diablo sí existe, porque vos vas a un lugar donde hacen el mal y sí el mal te sale. Pero si le pedís a Dios nunca lo encontrás, sólo a estos curas que son unos fantasmas y andan cogiendo gurises chicos, porque es la verdad, son personas como cualquiera que dicen: “Ay, Dios esto y Dios lo otro” y es mentira todo eso. No por la mentira de Dios sino por una mentira de lo falsos que son ellos, que después de noche andan babosos por cogerse un gurí. Aparentan una cosa pero son otra cosa diferente, ¿viste? Capaz que mi madre no se puede quejar porque tiene un techo, pero bueno nos cagamos en el techo que tiene. Para mí es horrible en el dos mil tener una vida de perro encerrada en la casa, viviendo con un hombre que nunca la saca ni a comer. Tiene que cocinar de mañana, cocinar de noche y esa persona no la saca ni a la esquina en todo el año. Sale, hace su vida, juega al pool, llega tarde borracho. Ella no. La vida de mi madre si me pongo a pensar es para pegarse un tiro, la felicidad de ella está entre las cuatro paredes de un apartamento. Si fuera una casa que viera un poco de tierra pero no, es un apartamento donde tenés que limpiar. Ahora no puede salir porque tiene quinientos mil gurises, los hijos de mi hermana. Es una vida inmunda y asquerosa.
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Desde los quince voy al templo de quimbanda, en conclusión no saqué nada, no tengo fe en que te curen, mi madre no se ha curado, mi padrastro no ha dejado de tomar. No necesito averiguar el futuro, más o menos uno calcula: si salís a robar todos los días, creo que un futuro muy bueno no vas a tener, ¿no? Si vos fueras al templo te dirían: “No se junte con filho (queriendo decir yo) porque filho es malo, filho no sabe qué hacer, filho tiene la cabeza en otro lado, mire que filho está lindo”, ¿para qué mierda meterse con eso? Voy a mear. [Tras las cortinillas tomatito del ventanuco que daba a la plaza pidieron bebidas, acogidos al pequeño ambiente soleado, en burda desatención hacia los buses que doblaban traqueteantes por la esquina. Juli entresacó una mecha de pelo y se la metió entre los labios para provocar. Tomás fue al baño. Bajo la luz parda del pico eléctrico, frente al espejo, entrevió a un extraño. El arrebato lo ponía pálido o enrojecido, según se viera. Volvió un poco más fresco. Juli escribía en un papel. No pudo contenerse y se lo quitó. Era una lista de sus encuentros semanales confirmados o a confirmar. Martes a tal hora: fulano; miércoles: un nombre y un signo de interrogación. Jueves... Listaba para matar el tiempo, y con el propósito de aguijonear a Tomás. –¿No te aburrís sin hacer nada saltando del uno al otro? –Te puedo asegurar que no me aburro. En un arranque voluble determinó: –Lamento que los gays no puedan tomarse de la mano por la calle. –Pero vos no sos cariñoso con ninguno, ni en privado ni en público. ¿Qué te importa que puedan o no agarrarse de la mano? No pasó mucho tiempo sin que los dedos de Juli rozaran los suyos. Tuvo un sentimiento que le daba vergüenza analizar. ¡Se parecía demasiado al júbilo, al júbilo insensato!] ¿Dónde tiré la plata que me diste? No fui a un puto hotel, cogí en los campos como un reo. “Ni un hilito te compraste”, dijiste. Le di plata a mi madre para que pudiera ir a visitar a mi abuela en
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Tacuarembó, pensó con razón que se la había sacado a un macho y se enojó: “¿En qué andarás?” Pero no me alcanzaba para comprarle nada de regalo entonces preferí que pudiera viajar. Le presté plata a mi hermana. Ella se imagina, obvio, y mi madre también se

imagina que estoy changando. Le presté plata a un loco que quería ir a un hotel con una concha, pagué una deuda de merca, chupé mucho, me compré champú, lo que pasa es que necesito, es algo menos que me compra mi vieja, fui a Metrópolis una vez sola y me gasté cien pesos, le compro roscas dulces a mi madre, en todas esas estupideces así chiquitas ¿viste que se va la plata? Y también gasto mucho en teléfono. Llamo siempre a algún celular. Uno de un quiosquito a la entrada de una galería en 18 y Yaguarón usa el celular como único teléfono. Me quiero acostar con el sobrino que trabaja con él. El tío se vive quejando de la política, que los blancos, que los colorados, que los del Frente Amplio, no quiere a nadie. Me tiró la patada el sobrino que a veces trabaja en el quiosco, me comentó, digo, que tiene una novia, pero que la había dejado. Habla con un tonito cantado, dice que se echaba cada polvo: “rechancha, re-sucia era la mina”, pero está medio melancólico, da la impresión de que hace mucho que no coge, entonces paré las antenitas y pensé: éste mismo. Le pregunté si andaba para la joda y me dijo que sí, que no, se rió, ¡jijiji! Hablo con el sobrino cuando el tío no está. Tiene perita y bigotitos, me parece más simpático que el viejo que tiene unas entradas extrañas y una cabeza de huevo, panzón, petiso, me da por el hombro, creo; se ríe y tiene ochenta dientes, es rebaboso, no me gusta el carácter del tipo, habla como reo: “El otro día me levanté a una negrita y me hizo un tete bárbaro”. Tiró la patada a ver si yo andaba para la joda, pero le dije que no. Lo tengo ahí, tirándolo, a ver si cae en el pozo claro, a ver si larga plata. Se acuesta con unas locas y les paga, me tira la patada y me mira con ganas el culo. A lo último cuando me voy dice: “Me traje una minita, una negrita, me chupó la pija como los dioses”. Parece absurdo que una persona mayor hable de coger después de una conversación seria, entonces me doy cuenta. Sí, lo voy a agarrar y lo voy a dejar en calzoncillos, vas a ver. Si no me da, antes de encamarme con ese viejo me tiro por la ventana. Le pregunté si no me ofrecía trabajo en
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el quiosco ahora que el sobrino entró a la universidad, pero dice que no, que igual entre ellos se arreglan. “Si te preciso te llamo.” Me pagará mil ochocientos, mil setecientos, mil seiscientos, pero es un quiosquito que estás ahí en 18 y no hacés nada, venderás caramelitos, papelitos, dibujitos, ositos, me cago de la risa, vendo merca yo ahí, qué osito ni osito: “Un gramo, tomá”, “Pastillitas de menta, ¿para qué querés pastillitas de menta? andá a cagar, botija, tomá el osito con la merca adentro”. En tres meses me cago hasta los huevos. Si agarro ese laburo me sirve porque el tipo es un conocido, si falto el loco me perdona, no me pide referencias y hago la mía. Si alguna vez encuentra a algún loco que metí adentro del quiosco le digo: “Es un amigo, un amigo que viene del barrio, vamos a coger dentro del quiosco igual”. Y después que coja con el viejo una vez lo tendré amenazado: “Mirá que le cuento a tu sobrino”, le saco más todavía: “Me subís el sueldo o le cuento a tu sobrino que te cogí”. Me lo llevo a estos muebles que son de tres por uno, estos muebles que no entra ni mandanga en Palermo o Ciudad Vieja (cobran diez pesos la hora, creo), le meto el dedo en el culo, me cago la pija y digo: “Mirá, gordo, este hijo de puta quiso coger conmigo y no me quiere pagar”, lo cago a trompadas y lo tengo amenazado: “Si me echás, le cuento a tu sobrino”. [El agujero negro cambió de sitio, ahora estaba ubicado en el entrecejo de Julio: un lunar, era la apertura milimétrica dispuesta para que el entrevistador entrase en el cerebro de quien tenía enfrente. Esa cabeza carecía de cerrojo, ya estaba dentro de él, sí. Aspiraba, además del olor a cerveza, el perfume ácido, acre, mareador de los pensamientos de su contrincante, y brindaba en contra.

“Si yo fuera usted...” No, no era él, pero habitaba esa cámara oscura, como un piloto en vuelo rasante arrojaba panfletos de propaganda sobre trincheras enemigas: “Hay que rendirse, lo trataremos bien”. El otro pareció advertir la estratagema; sus sentidos percibieron que Tomás ingresaba por tan seguros medios a su esfera; entonces comentó como al pasar que uno de sus protectores, con quien él cenaba de vez en cuando, asistía a un curso donde enseñaban cómo sugestionar a la gente. –Algunos sirven para eso, otros no –completó enigmático.]
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Atiendo el teléfono hasta la cuatro menos cuarto, después voy a buscar a mi sobrino a la escuela. El otro día aparecí en esa escuelita de porquería y el maestro no me quería dar el gurí. Estaba del otro lado del muro. Me dijo: “Disculpe, ¿usted quién es?” “El tío, no la tía.” “No, disculpe, estamos esperando a la madre. ¿Usted sabe el número de documento de la madre?” “No, qué voy a saber el número.” Y el gurí gritaba: “¡Tío, tío!” Y yo: “Vengo a buscar al niño”. Estaba borracho y perdía el equilibrio, había tomado unas cervezas con un malandro muy cabeza hueca que estuvo en el Iname (Instituto de Protección al Menor) porque acuchilló a uno dentro de Zorba. Le pegó una puñalada, entonces la policía lo salió a buscar, lo agarró y lo metió en el Iname para que el herido lo reconociera, porque no lo mató, lo dejó medio tilingoso. Si el otro decía: “Sí, fue él”, lo mandaban a la cárcel, pero no llegó a verlo ni a acusarlo, no le hicieron juicio porque se escapó antes. Está requerido, y los milicos lo corretean a cada rato. Es un queme pero igual muy gente el loco, a los que él ve que lo apoyan no los toca. Lo visito seguido, porque vive frente a la casa de mi hermano, es amigo de él ahí en el Barrio Nuevo. Hablamos de cómo está la mano con la cana, de que ahora cuando te agarran malandreando los milicos no te arrestan, te cagan a piñazos en todas partes del cuerpo y después te sueltan. Y él roba como toda persona normal, roba casas cuando están solas. El otro día me contó una historia rara: entraron a una casa y había un perro policía que era una cosa así, del suelo hasta acá, en cuatro patas. El loco se cagó todo cuando lo vio, pensó: “Este perro me come”, pero el perro en vez de atacar se escondió; era grande pero de poca edad. Ahí afanaron hasta los azulejos. No me cuenta cómo hace para robar, él habla pero yo no le pregunto: “¿Y de quién es el auto? ¿De dónde sacaste el chumbo? ¿Le tiraste?” “El gil me tiraba –dice– y el chumbo me pasó por acá; si me hubiera pegado en el corazón me moría.” “Qué jodido”, le digo. “Sí, está jodida la mano. Él me tiraba dos y yo le tiraba tres o cuatro.” El otro era el cuidador y él era el malandro. Pero no le puedo preguntar, porque quedo como un buchón; si hoy mismo o mañana tiene un problema el loco empieza a carburar
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la cabeza, entonces yo me callo, es un problema preguntar por un detalle, si hoy o mañana ellos te encuentran y están fumados o con un par de líneas arriba y revirados igual te pegan un chumbazo, a vos te matan y ellos están nada más que cuatro o cinco meses en la cana o dentro del Iname, te pegan y quedás mongólico, inválido, ciego, sordo. Por eso no me gusta enterarme de nada, ellos me cuentan: “Estuve afanando”. “Pa, mirá qué bueno, te felicito loco, tirame una mano, soy el hermano del Delfín que conoce a todos los malandros, mucho gusto.” El otro día le di a mi hermano doscientos pesos para que comiera. No somos muy amigos pero cuando necesita algo me juego los huevos. Tenía que comprar la garrafa, pagar la luz y el agua. Ahora trabaja en una fábrica de baterías, gana muy poco, tiene una mujer y dos nenes,

viven en una casa que él construyó con ayuda de otros, no sabía hacer una planchada. Tiene muy poca cabeza para meterse en cosas que no le convienen, por desgracia ésa es la verdad. A veces le va mal, a veces bien, pero al loco le dicen: “Metete en esto”, y se mete. ¿Te vas a estar ensuciando por quinientos pesos? Los gastás en media semana de comida. ¿Para qué te vas a estar metiendo con guita falsa si el loco que la imprimía cayó en cana y se llevó diez mil dólares y no los compartió con nadie? Mi hermano no cayó sino el loco que los hacía en la imprenta. Yo no me ensucio como se ensució él. Volviendo a este loco, el malandro que vive enfrente de la casa de mi hermano, con quien me empedé con cerveza: es un negro sidoso con una cara grasienta inmunda, se contagió de alguna puta. Voy porque me conviene estar bien con los chorros. El loco conoce a mucha gente, a los malandros de Colón. Si estoy bien con él y hoy o mañana tengo algún lío, no sé cuál, no tengo la bola mágica entre las piernas, si me meten un chumbo en la cara, digo: “No seas malo, soy amigo de fulano”. Les chupo el culo a los malandros y también a los milicos, trato de estar bien con los negros, les hablo: “¿Necesitás algo? Avisame”. Si no, hoy o mañana te agarran en la esquina y te hacen mierda; lo mismo los milicos. No los banco. Los mastico pero no los trago. El otro día me crucé con uno: “¿Cómo andás, negro?” “Bien, bien.” Le di la mano y me preguntó por alguien. “Pa”, le dije, “ni idea tengo, no sé dónde vive”. “¿Está todo bien?” “Sí, digo, cuando
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quieras preguntar algo, está todo bien.” Pero también le dije: “Yo creo que ustedes le rompen los huevos a la gente que no está en nada”. El estaba preguntando por un guacho que anda en bicicleta y tiene dieciséis, con un lomo más grande que yo, un culo de oro y un bulto de plata. Entonces le digo al milico: “Vos pinchás a la gente mal”. Porque él pincha a los guachos que nada que ver, y lo andaba pinchando, lo andaba asustando; se le mete un milico adelante y le empieza a preguntar, entonces el guacho se asusta. Lo pincha para ver si larga algo. Si ellos no joden, no garpan. [Surgía al fondo de una avenida de pitas con la cara realzada por una sonrisa ganadora, o bien desentendiéndose volteaba la cabeza, flameaba las crines a izquierda y derecha, como si debiera controlar los flancos ante un eventual peligro. Era su modo de lucir los pómulos y de no demostrar obsecuencia frente al individuo que acechaba su llegada. Una vez sucedió lo que éste más temía: no vino. Fue un castigo porque Tomás le dijera, un poco para provocarlo, que dos machos se habían peleado por él. Las cosas se arreglaron más tarde, pero a partir de ese momento la inseguridad del entrevistador aumentó. No le bastaba con haber marcado la cita, ni con emitir por telegrafía mental sugestiones de control peristáltico. Se bancaba además, en el momento de salir, casi siempre a la madre, que atendía el teléfono. –Tenemos una cita, de veras debe despertarlo pronto, señora, por favor. Pregúntele si va a venir. Sería de provecho para los dos. A pesar de tales sobresaltos ésa fue la etapa más feliz de su vida “en pareja”. No tenían contacto carnal. Para su recuerdo, su odio, acaso su despecho coleccionaba las confidencias del suo tesoro, un farfallone de la especie Don Juan. Sucedía que Juli, ebrio, lo tentaba con un besuqueo, o el porro lo precipitaba a él en brazos de su investigado. –No ahora; otra vez, loco, gracias, me tengo que ir. Si querés combinamos para hacer eso otro día. –No, no quiero combinar. Tomás no quería cambiar de registro ni recaer en el infierno de

la celosía. Obliteró su propia urgencia, como si se cubriera con un
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delantal. Un delantal mojado y brillante tendido al sol. El juego de ser camaradas generaba un espíritu cómplice, estimulaba las confidencias, el progreso de las revelaciones.] Sos malo, estás inventando: no vine el martes porque me dormí. El domingo cuando me fui a acostar –eran las doce– me dijeron que mi sobrino se había caído y lo habían llevado al hospital, comí algo y fui hasta allá y estuve hasta el lunes. Volví, comí y me fui de nuevo. Se me pasó lo tuyo. Llamaste el martes después de la hora de la cita y te dijeron que recién había salido. Habría ido seguro al hospital o a la casa de alguien, no sé, me olvidé justo, en serio. Vos pensás que soy Satanás. No es que siempre me olvide, no es tan así, no lo hice a propósito. ¿Por qué tenés ese trauma de que siempre estoy con bronca y que hago las cosas por venganza? Justo me olvidé porque tenía otras cosas en la cabeza. Me olvidé exactamente. No es por Satanás, no es que sea un sorete andante que siempre quiere que a la gente le vaya mal. No se te fue esa idea ni quiero que se te vaya, ni estoy acá para convencerte de otra cosa. ¿Por qué tenés esa pica conmigo? Sí, tenés una pica escondida. [Atendiendo a su vampireo, a la necesidad de cercarlo con su baba, de sacarle la mierda, el raconto de Juli no deja de ser la elaboración de un duelo para Tomás, aunque con las manos bien en la masa, cuando no en la masita. Las reacciones del entrevistador quedaban implícitas y relativizadas, su interés se demostraba por la mera insistencia al preguntar. Pretendía una vuelta de tuerca: en vez de conjeturas e imaginaciones acerca de un amor perdido, saturarse de información. ¿Querías saber acerca de Albertina o de Lolita? Bueno, tomá, hasta que digas basta. Garbo habla, Lolita habla.] Esto sí es verdad: me peleé con una mujer, con la mujer del tipo que tuvo el accidente de la moto. No me peleé. Sólo hablamos, nada de piñas. Vive cerca de mi bloc de viviendas, pensó que yo había tenido algo con el marido. No era verdad, está rayada, se la agarra con todo el mundo. Mi amigo se está recuperando, le hicieron una operación y le sacaron los coágulos del cerebro. No lo fui a ver porque me peleé con la mujer, me acusó de haberme acostado
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con él. Me peleé en el hospital; la crucé después cerca de casa y me insultó de nuevo. Me dolió porque me conoce hace unos cuantos años y sabe que antes de puto soy gente. A él lo vieron salir de casa muchas veces de noche o de madrugada. Iba a joder, a acostarse con mi hermana. La mujer sospechó de ella, sospechó de mí, sospechó hasta de mi vieja. Yo entraba a mi casa y encontraba a mi hermana cogiendo con éste. Pero la mujer se rebajó delante de un puto por el marido. Si yo fuera mujer nunca me rebajaría. ¿Cómo le va a tener envidia a un macho que se haya acostado con su macho? Si tenés fe en que tu marido es hombre, no podés tener dudas y celos por un puto. Bueno, la verdad es que sí me acosté con él muchas veces. Él me cogía también en el período en que se acostó con mi hermana. Te reís, de todo te reís. Tenés una cara que creo que Satanás sos vos y no yo, o que estás haciendo un curso acelerado conmigo para llegar a ser Satanás. [Soñó con un árbol tras un alambrado en un campo lleno de bosta, de noche. Al lado del árbol un gato negro aporreado de bombas de alquitrán. ¿Quién le tiraba las bombas? Él, él le había tirado las bombas, era el mensaje que había dejado en la cabeza del otro: “Que yo, Julián, me siento mal, tapado de marrón por todo lo que hice y me arrepiento”.] ¿Te conté que fui a S&L, el burdel? ¿No? ¿Hace tanto que no nos vemos entonces? Hay una mugre bárbara. ¿Vos entraste ahí?

¿Nunca te apareciste por el fondo de todo, la pieza 15? Tendrás la experiencia de cuáles son las piezas buenas, cuáles las malas y baratas. Me metieron en las baratas, en la pieza 15. Es un cajoncito desde donde se escucha todo, bueno ¿qué querés?, antes que la intemperie prefiero la piezuca, la baratija ésa de cien pesos. Tomamos una cerveza antes, yo tomé una sola. ¿Fuiste a un pub muy chiquito que queda a una cuadra del S&L? ¿Viste que es re-chiquito? Estuve ahí con un tipo, hicieron un show unos muchachos, macacadas, un teatro raro. El lugar es re-estúpido, apenas se escucha la música pero se junta gente y podés conversar, podés cagarte de risa y después se apagaron las luces, las dos lamparitas que había, y se prendió una más grande y ahí salieron tres guachos, uno
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rubio vestido con una pollera escocesa y un top, me acuerdo, se puso una pollera que era chiquita así, como si estuviera en bolas casi, y el top ése le hacía tetas porque él tenía, se ve que hacía fierros el guacho. Después de la cuarta o quinta cerveza que estábamos podridos ahí escuchando nos retiramos y ¡fttt! estacionamos enfrente del mueble y entramos al hotel mugriento y nos dieron esa pieza donde cagan los gatos. Ahí dormimos con un amigo muy conocido, muy bueno. Tiene una cara extraña, no sé cuántos años tendrá, no sé en qué trabaja, ni qué hace, no sé nada. Lo conocí de la calle. Es un tipo trillero, anda en auto, me recogió cerca del Obelisco. Siempre está entrajado, vive muy entrajado, me dijo que había tenido una reunión. [Una ventana a un mundo paralelo, un instrumento no de ilusión sino de desilusión: es el momento desencantado y amargo del despertar, que mata el amor. Tomás está furioso porque apagan una vela que arde en el sueño. Esa vela no debe apagarse, piensa, porque ha sido encendida en honor de los dioses. El sueño se extingue como la vela. El entrevistador pregunta desde el sueño, y la respuesta lo lastima y lo despierta.] Cambiando de tema como los locos: hace dos años o tres, cuando recién estaban arreglando la plaza Cagancha (¿ya estabas por acá?) en aquel tiempo yo era un niño, andaba por el centro y encontré a un loco, justo al atravesar la plaza pasaba él muy guapo Cambiando de tema como los locos: hace dos años o tres, cuando recién estaban, la carita es igualita a Ricky Martin, el cuerpo no es lo mismo. Yo andaba con un amigo en moto, paramos y nos pusimos a hablar, nos contó que vivía en el Prado y se había peleado con el hermano y por eso se estaba quedando en un hotel ahí cerca. Hablamos, no tocamos el tema, pero nos dimos cuenta, tanto él como yo, de que éramos putos, putos. Tenía que llevar un buzo al hotel y me pidió que lo acompañara. Lo acompañé. Atrás de la plaza me quiso encajar unos chupones, que yo ni ahí ¿viste? yo reperseguido en pleno centro, en aquel tiempo no hacía nada en la calle, ahora igual cojo debajo de un farol. Me dio unos chupones y un número de teléfono, lo llamé. Él se había ganado unas becas
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para irse a Canadá y a Europa, en aquel tiempo tenía veintidós pero era re-traumado, es lo lamentable, porque me lo encontré hace poco, hará una semana, y sigue traumado igual. Qué pena: tiene veinticinco y está divino. Lo crucé en la callecita peatonal, Barbato, cuando yo iba a la casa de otro. Me había dado los chupones en la calle, tenía arranques calentones, y después: “Ay qué horrible lo que hice”. No le gusta ir a los boliches gay, no se acuesta si piensa que el otro no se cuida y averigua hasta la salud de la nieta y de qué raíces viene, y traumado también con que lo vean caminando al lado de otro hombre. Lo encontré y sigue lindo y hermoso, me reconoció y me siguió: “Disculpá, a vos te conozco”. “Ah, sí, ¿cómo andás?”

“Soy fulano. Ya volví.” Dice que se pajea todos los días, que franeleó una vez sola en todo el año pasado; en el que corre pienso que ninguna. Entramos a un bar a tomar café porque hacía ocho grados bajo cero esa noche. Lo vi un poquito más suelto, pero un poquito nada más: sigue traumado con el miedo de agarrar una peste. Una cosa es que experimentes miedo, otra que seas paranoico y en un año no te relaciones con nadie. “Metete el forro.” Lo dejé tranquilo, a ese mongólico a la cama no lo pude llevar. Pobre tarado, no me gusta estar con una persona así, no me sirve, me siento mal. Es muy cra para dar consejos pero no los puede poner en práctica. “Vos estás perdiendo cosas lindas de la vida por toda la persecución que tenés”, me decía, entonces yo le contesté: “Vos también”, porque él no garcha con nadie. Me pregunta: “¿Por qué dependés en el afecto de ciertas personas y de otras no? Que yo sepa has estado con mucha gente y sin embargo no sentiste que la usaste ni que te usó, y lo único que pensabas era en acabar. ¿Por qué no pensás lo mismo cuando estás con algunos otros?” “No sé, será porque esa persona me quema la cabeza, con esa persona me siento mejor.” “Y sin embargo te mandás mudar.” A él le pasa algo distinto pero no muy diferente: encuentra a una persona y no disfruta en la cama por el miedo que tiene. Como es traumado me enfrié, no me copa tener que salir cuatro semanas para enganchar una vez. La madre es soltera y él vive con ella, entonces tiene terror de que la mamá se entere de que el nene es puto. Y siempre dice jodiendo, porque no es verdad: “Estoy orgulloso de lo que soy”. Dice eso para taparse el ojo, pero ni él se lo tapa. No está orgulloso, a la verdad
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está arrepentido. Yo también estoy arrepentido, pero soy reputo ¿qué voy a hacer? Agarré la cuchara y entré a sacudir la mierda: ya mi vieja sabe, todo el mundo sabe, tengo la vida cagada ¿qué querés? Otros la dejan quietita, yo la tiro para todos lados. [Tomás flaqueaba, por envidia de un lado y por la sensación de pérdida de otro. Pensó en cómo había vivido Juli su juventud, en cómo se había dejado llevar por sus impulsos y acostado con tal cantidad de hombres que no se podía ver ningún hilo conductor tras el ciego deseo de conocer el mundo a través del sexo. Era un gran amante, ésa era su carrera, aunque no sabía apenas nada del amor. Igual que algunos músicos no saben nada de música aparte de su don para tocarla.] El viernes con un viejo estúpido tuvimos que acostarnos, hacía frío. Estoy tosiendo, ¿no ves? Ya me está dando asco, empieza a gemir que parece una vaca, te da bronca, parece que te va a acabar en la oreja, hace unos alaridos raros. Tendrá sesenta, un cliente viejo, conocido del centro, trilla con auto. No trilla mucho, pero justo coincidió que me levantó. Está quedando redondo pero está lindo igual. Hacía tiempo que no lo veía. Tiene un quiosquito en Villa Biarritz, pasamos por ahí dos o tres veces y me dijo: “Aquí vivo yo”. Me tiene confianza, qué pregunta, conversamos mucho en el auto. Justo el viejo contaba que había conocido a un muchacho y el gurí se apegó a él y le decía, cagándose de risa, que tenía un hermano dos años mayor, que en aquel tiempo era futbolista, re-macho. El gurí mencionó riéndose que jugaba en la cama con el hermano, el otro se hacía chupar la pija y se lo cogía, le prometía que después de acabar iba a dejar que se lo hiciera a él, pero nunca lo dejaba, y el mayor trauma que tenía era eso; pero lo contaba como un chiste, y el favorito del padre era el jugador de fútbol. De él nunca se acordaba; el hermano jugaba al fútbol y era campeón, jugaba a las bochas y era campeón; él jugaba y ¡chumba!, la quedaba. Hablábamos con el viejo de lo gay, de por qué. Es la verdad: aunque uno no lo acepte a veces, porque no le gusta hablar del tema,

creo que una persona es gay o tuvo sexo desde chico con hombres por carecer de una buena relación con el padre, que todo empieza por el
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padre. Yo no tuve una buena relación con mi padre, el viejo éste tampoco, y conoce muchos gurises que tampoco tuvieron una buena relación con el padre. Los años decisivos de tu vida son desde que naciste hasta los cinco, no sé qué mierda pasará, ahí creo que necesitás a tu padre. El mío no me daba bola y aunque nunca lo vi cogiendo con otro hombre sin embargo tuve tendencias de puto. Entonces hablábamos de eso: no sé qué pasa en el cuerpo y en el cerebelo que por no tener una buena relación con el padre tenés una tendencia. Algunos no lo aceptan porque les parece deshonroso, y dicen: “Siempre tuve una buena relación con mi padre”. Mentira; el padre ni la hora les daba. Cuando sos chico cositas muy chiquitas te marcan. Problemas económicos no son, porque conozco gente que vivía muy bien en una casa muy linda. Recuerdo muy pocas cosas agradables de mi infancia y ésas ocurrieron con mi madre. Cosas feas recuerdo muchas, recuerdo todo, me acuerdo de cuando mi padre llegaba en pedo y le pegaba a mi madre. Ella se dejaba, para que no nos pegara a nosotros. No sé si fue lo malo o qué; mi madre se preocupaba mucho por nosotros en todos esos quilombos. Yo tendría tres o cuatro. Ella me quería arreglar la vida, siempre se ocupaba de comprarnos juguetes, de llevarnos al parque, una vez nos paseó en petiso e hizo que nos tomaran fotos, me acuerdo de ese día. Todos esos detalles a mi padre le parecían re-estúpidos: “Mirá si vamos a ir al parque, hay que quedarse en la casa, hacer esto y lo otro”, pero él no sabía ni clavar un clavo, todo lo hacía ella, me acuerdo que hacía cenefas para cortina arriba de las ventanas. Me pongo a pensar y me doy cuenta de que no le sobraba el tiempo: tenía que trabajar para darnos de comer, limpiaba, siempre limpió, se preocupó cuando yo era chico de que tuviese una buena infancia. A veces nos quedábamos solos con la vecina de al lado y ella venía de noche tarde, sería muy tarde porque siempre nos dormíamos antes de que llegara y la mujer donde ella trabajaba le daba comida; si no, la compraba; nunca nos faltó comida y me quedan todos los dientes, ¿ves? Mi padre nos hubiera traído botellas vacías para mascar. A veces nos llevaba a los empleos: recuerdo una casa antigua con una señora que andaba con bastón, simpática, nos daba bizco 266 chos y yo jugaba con el hijo que tenía soldaditos y después mi madre me compraba soldaditos de plástico y macaquitos y muñequitos. Trabajaba en mil lugares y sin embargo más de una vez por semana nos llevaba al parque y nos incluía en todos los viajes que hiciera la escuela. Y es lo que le machacan a mi madre ahora, dicen que el nene salió puto porque ella lo cuidó; se lo reprocha mi padrastro. Claro que sabe que soy puto, soy una mujer andante, cómo no va a saber, se nota a una cuadra lo que soy. Ella no me dice pero me doy cuenta. Ahora hace tiempo que no se pelean fuerte, pero antes cuando se peleaban yo me daba cuenta por qué era: era por mí; le preguntaba a mi madre por qué se habían peleado y me decía que por nada; cuando me decía por nada calculaba que discutían por mí. Mi padrastro llegaba en pedo y decía: “Tu hijo es puto porque vos lo mimaste”. No es que me mimara. Si tengo recuerdos lindos fue porque ella se preocupó de darme lo que pudo. Mi padre en cambio no sabía si estábamos vivos o muertos. Llegaba en pedo, caía arriba de la cama, después se levantaba y se iba. En aquel entonces trabajaba en el mercado, bien a lo malandro, bien a lo sucio, a lo mugriento, a lo reo. Es la verdad: mi padre es lo peor, lo más bajo que hay. En un tiempo llevaba fruta a casa, por

eso pienso que trabajaba en el mercado, y después llevó carne, trabajaría cargando camiones ¿viste a estos negros mugrientos brutos? La parte india me viene de él, es oscuro, bien indio, asqueroso. Mi madre fue la única que nos enseñó, porque si dependiera de él yo andaría todavía a caballo y con una pluma en la cabeza. Ella nos educó lo mejor que pudo aunque tampoco tuvo educación, pero a los cuarenta que cumplía seguía aprendiendo cosas para poder enseñarnos. Llegó de afuera siendo una canaria bruta, pero trabajando en casas y fregando pisos aprendió a hablar bien, a ser algo educada. Y nos enseñaba a hablar bien; me acuerdo que me sentaba y me decía: “Eso no se tiene que decir, tenés que hablar así”, que tenía que terminar las palabras y las oraciones. Me puse boca sucia ahora que soy boludo pero no es por mi madre; me puse boca sucia, ordinario, soy bastante groncho porque estuve en la calle y ya se me fue eso del “nene”; después que salís de
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casa cambiás. Mi madre decía: “No le haga caso a su padre: no se dice mierda, no se dice puta, no se dice puta madre, no se dice concha y se come así”. Porque mi padre llegaba y si se le antojaba comer milanesas con la mano las comía, y nadie le decía nada, sin embargo ella nos enseñó: “Tenés que agarrar el tenedor así”. Aunque también nos enseñó a quererlo, pero no lo quiero; si lo pudiera matar lo mataba. Veíamos cómo él le pegaba, ella no reaccionaba, era chiquita de tamaño pero nos decía: “Es el padre de ustedes, tienen que quererlo”. Podía estar cubierta de moretones pero llegaba el día del padre y compraba un regalo para él y nos pedía que se lo entregáramos, y nosotros íbamos y se lo dábamos. Aunque él le pegara nunca nos dijo: “No quieran a su padre”. Capaz que yo y mi hermana salimos rencorosos porque vimos que si a ella le pisaban la cabeza la agachaba todavía más. “Hay que ser buenos.” Es la edad también, es una vieja, pero en aquel tiempo tendría que haberse hecho respetar un poco. Siempre estuvo agachando la cabeza frente a todos. Dice que nosotros salimos rencorosos. Soy parecido a mi hermana, si algo nos parece mal saltamos, si le podemos dar por la cabeza a alguien, le damos. Me considero un egoísta, no me importan los demás, pero mi madre es atrasada: si no está bien el vecino de enfrente se siente mal ella, ¿entendés lo que te digo? Si eso es irle bien yo quiero que me vaya mal. Soy todo lo contrario: malo, histérico, no perdono nada, no tengo paciencia con la gente, con la vida. Una noche mi padre llegó, abrió la puerta y agarró a mi madre del pescuezo. Estaba lloviendo, ella recién se había bañado y tenía el pelo mojado. El creyó que venía de la calle y la acogotó preguntándole adónde había ido; la agarró a trompadas. Era bueno al principio pero después la empezó a cagar; todo lo que una persona puede inventar para hacerle la vida imposible a otra lo hacía. Era como vivir en una prisión. Llegaba esa persona en pedo y tenías que correr a servirla. Se le tiraba encima y la cagaba a golpes. Otra noche había de comer croquetas con arroz, mi padre apenas probó y tiró la comida contra la pared y ahí otra vez el quilombo. Cada vez que se peleaban mi hermana y yo nos íbamos para el cuarto.
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Una vez que tomaba, se creía el superman, por todo lo que le molestaba se la agarraba con ella. Fresco era una lechugita, divino el hijo de puta, pero en pedo decía todo lo que no se animaba a decir cuando estaba fresco. Igual era animal, sorete, una persona que no sabe ni hablar, sin embargo era bueno para los amigos de él. Íbamos a las comidas que tenía por el trabajo y todos decían: “Ay, qué buena persona es su esposo, señora”. Comidas a las que iba todo el

mundo y él era el alcahuete de todos, hacía el asado y entonces lo halagaban. Creo que en ese momento cavaba zanjas. Mi madre siempre con una sonrisita. Lo que no sabían es que la agarraba a golpes todas las noches. Para todos él era divino, re-bueno, tipo adulón, muy canchero, no sabían que si hubiese sido por él nos mataba de hambre. Trabajaba pero toda la plata se la chupaba. Aquí en Montevideo paramos primero en el camino Carrasco. Había gallinas en un corral al fondo y me acuerdo que jugábamos con las gallinas. Si lo vas a comparar con una casa, es horrible el apartamento donde vivo ahora porque sólo podés sacar la cabeza por la ventana para tomar sol. Todavía no había entrado a la escuela entonces. Tenía un perro y un pato, y mi padre mató delante de nosotros al pato para comerlo: “Dije que había que matarlo”, y ¡chuh! sacó un cuchillo y le cortó la cabeza. Era bastante animal, hacía cosas que si te ponés a pensar un poquito no eran buenas, por ejemplo matar delante de un niño de tres o cuatro un bicho que teníamos desde hacía tiempo y al que queríamos, y al perro lo echó a la mierda. Después vivíamos en una casa vieja de una tía inmunda, pero ella apoyaba mucho a mi padre porque decía que trabajaba todo el día, que teníamos que aprender de él. Pero si llegaba en pedo ¿qué mierda estaba aprendiendo yo? La vieja era un veneno, nos daba la leche sin azúcar para no gastar, nos trataba mal cuando mi madre no estaba, no nos dejaba salir a la calle, teníamos que quedarnos quietos. Pasamos ahí unos seis meses y después fuimos a Peñarol, a una casa grande, linda. Cuando nos abandonó nos quedamos un tiempo sin él ahí. Después la vendió, se debe haber chupado toda la plata. Cuando él se fue me sentí aliviado, mucho mejor, no lo extrañé para nada, nunca más lo volví a ver. Sí lo fui a ver, era bruto:
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“¿Jugás al fútbol? ¿Vamos a jugar al fútbol?” Hace un año o dos que no lo veo. Nos cruzamos un par de veces, cayó en casa de mi madre y mi padrastro estaba ahí pero no dijo nada. Mi padrastro hizo su entrada al mudarnos para acá a las viviendas económicas. Es un poco mejor que mi padre pero no gran cosa. A ella siempre la agarró un borracho. No podía decidir, ¿verdad? con tres hijos, capaz que tenía miedo de que nos faltara un padre. Ahora me pongo a pensar: ¿necesitaba compañía, querría una pija, será puta mamá? No, no me la imagino poniéndose una pija en la boca, nunca jamás la vi cogiendo. A mi padre sí la vi tocarla, siempre se ponía baboso, idiota. Mi madre no quería, él le decía gansadas, ella aguantaba. Por más que lo aprecies en pedo no lo bancás. Ella no toma. ¿Un recuerdo lindo? Cuando vivía en camino Carrasco fui de visita a lo de un guachito que era amigo, tenía la misma edad que yo, cinco, seis. Entramos a jugar al cuarto y en el cuarto nos manoseamos todo. No creo que haya sido una tentación gay, puta para el futuro, pero el guacho me quería coger, nos refregábamos. Fue una sola vez, en realidad yo ya no vivía allá y fuimos a ver a la vieja que nos había alquilado la casa. El chico no era hijo de la dueña, vivía en el fondo. No me acuerdo si en aquel tiempo me gustó o no, pero ahora pienso: ¿por qué no me agarra otra vez? Debe tener veinte. Nunca más lo vi, lo voy a buscar, en una de ésas lo encuentro y me quiere refregar de nuevo. Me considero bastante femenino por el modo de moverme y cómo ando, soy un flaco esquelético, entonces más puto me hace todavía. No me gusta aparentar ser gay; no soy re-macho, quiero serlo; si no, sos un puto cualquiera. Me siento como lo peor, no me gusta ser tan femenino, me mortifica bastante. Por dentro me siento bruto puto, me gusta el sexo con el hombre, coger y que me cojan,

las dos cosas, qué asco. No pienso que alguien al que le guste coger y ser cogido tenga por necesidad que ser femenino; no pienso que soy femenino porque me haga coger ni nada de eso, sino por mi físico en el sentido de que soy flaquito así, no tengo lomo, y por el
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modo de actuar y de caminar, actúo femenino sin darme cuenta, por la manera de ser mía que no soy grosero, que no soy agresivo, ¡que soy una persona buena!

4

Cuando ves a alguien más de una hora, corrés el riesgo de enamorarte. ¡Es una frase para poner en el cine! Nunca me enamoré de nadie, pero creo que a cada persona con quien estoy la quiero un poquito. Cada persona con quien estoy pienso que me puede herir. ¿Por qué tengo ese trauma? Desde que empecé a crecer me di cuenta de que el amor pasa ¡shuttt!, así de rápido. No sé por qué, porque si yo quisiera a alguien, aunque le arrancaran una pata, le sacaran un ojo, lo querría igual. No tengo ningún ejemplo, es todo teoría. Mi perro. Conocí a una persona en la Ciudad Vieja y no quería enamorarme porque tenía miedo de sufrir. Desde chico pensé que es muy difícil poder ser feliz; capaz que por mi madre que vi que no era feliz en todo momento tengo miedo que me hieran. Viví con él en la Ciudad Vieja y vi que era puro paco, me quería sólo para la cama; yo no lo quería sólo para la cama. Yo quería amor, que me diera más tiempo, que me diera importancia. Pero admito que si no soy gente con él, él no va a ser gente conmigo. Lo quería de cierta manera, quería que estuviera conmigo. Él estaba pero yo no sentía que estuviera. La cama y el amor están muy separados. No sé por qué sentí eso con éste. Era bueno, sensible, tenía sentimientos pero muy escondidos, más que yo, creo; nunca se los pude descubrir. Yo tenía un sentimiento pero vi que no me servía la persona, que me estaba embolando al pedo. Con el tipo con quien más me embalé fue éste; fue el que me afectó primero. Ahora me sé defender. Defenderse es saber lo que te va a venir. Otra cosa muy importante es poder aceptar que algo terminó; es muy difícil. Antes me ponía como un nene chico que dice: “quiero
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esto y quiero esto otro”, sufría y lloraba y me mataba. Separarme de él me costó pero aprendí; con un par de golpes aprendés. Aunque parezca que soy frío a veces veo gente y me gusta estar con esa gente, me siento bien y sin embargo ta: esa gente me dejó. Odio estar presionando para que me sigan viendo, entonces agarro y no los llamo más. Con ese tipo aprendí muchas cosas; él era bueno pero no tan bueno, era malo pero tampoco tan malo. Yo estaba ahí y él me daba poca bola. Me enrabié, decidí terminar pero no quería resignarme a que había terminado. A veces uno piensa: “No, capaz que es un problema pasajero”, buscás pretextos, pero se terminó y se terminó, ya fue. Me iba y pensaba: “Nunca más vuelvo” y al tiempo volvía. A él no le importaba, era un veteranillo, la misma edad que vos tenía. Cuando alguien te fastidia ya le empezás a dar por la cabeza. Él estaba fastidioso y fastidiado. Capaz que no quería que yo viviera ahí porque comía mucho; pero soy económico. Creo que a lo último al loco lo empecé a cansar, llegaba tarde y me retaba, todo le molestaba. Cuando querés a alguien, como te decía, cuando a una persona le sacan un ojo o le cortan una pata aprendés a querer a esa persona en serio. Claro que a él no le había pasado nada. Y yo le quería cortar las patas. Durante un tiempito si él no me decía: “Vamos a salir” yo no

salía, me quedaba allí incrustado; si me quedaba como una ostra ahí él no me decía: “Vamos a la esquina”. No lo culpo porque estaba ocupado; pero pensé: “Lo pudro, él no quiere nada conmigo, me agarra para la joda”. Entonces ¿qué hice? Me pelé para la mierda solo. Salía, chupaba, hablaba con gente y terminaba cogiendo. Ahí se armaba el despelote y otra vez lo mismo: él se enteraba y me peleaba, me controlaba, hasta que no tuve más paciencia. Después recelé de querer a alguien, pero estaba un poco más seguro de lo que hacía con la gente con quien me estaba acostando. Tuve un poco más de confianza en mí porque sabía lo que no había que hacer. Por un tiempo no me enganché con nadie ni le daba bola a nadie, sólo tenía sexo con la gente. No podés esquivar los golpes pero creo que hacen bien, aunque me parece que me faltan muchos
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golpes más todavía para aprender desde el punto de vista sentimental y como persona. Aprendí con el loco ése lo que era la vida: que no todos son tan buenos ni todos son tan malos, que no existen los amigos porque no hay una persona que te apoye cuando la necesitás. Los que creí mis amigos no eran amigos; hay conocidos nada más porque cuando te hacen falta te dejan tirado. Después de un tiempo tuve sólo sexo con la gente, y ahora también. [–¿Para qué querés escuchar las boludeces que te diga un pendejo impertinente como yo? Ya estaban terminando. A pesar de lo cual aspiraba a continuar viéndolo. ¿Pero cómo? No podía encontrarlo con la misma inocencia de la etapa previa a las revelaciones, ni Julián, acostumbrado al pago, quedaría conforme con una relación “desinteresada”. ¿Bajo qué formato pasar de la confesión al coito?] Aquí estamos otra vez, vivitos y culeando. Soy nuevito yo, el lunes tuve mi primera experiencia con un chino. Llamé por teléfono a un loco de las viviendas de Sayago; dijo que tenía un negocio. “¿Me acompañás? Así lo rematamos entre los dos.” “¿Dónde es?” le pregunto. “Tenés que ir hasta la Ciudad Vieja, allí hay una pensión. Un chino alquila una pieza para coger. Hoy tengo que salir con él, si querés venir todo bien. Mirá que larga plata.” Imaginé que era un chino del mercado de ochenta mil años, mugriento. Pero llego y veo al chinito: tenía cuarenta y pico, de camisa y corbata, re-limpito, re-amable y chistoso: “¿Necesitan algo, muchachos?” Pensé que iba a tener que hablar por señas, pero el chino hablaba todavía mejor que yo. Mi amigo estuvo un rato con él chuponeando y después dijo: “Te presento a un conocido”. Acarreamos un par de cervezas y empezamos a conversar. “¿Y qué hacés, qué estudiás?” El chino todo me lo preguntaba a mí. Yo: “Nada, nada”. Entonces propuso: “Vamos a darnos una ducha juntos”. Se duchó él y mi amigo, y después yo solo. Salimos y empezó a chuponear y a refregarse con mi amigo, porque el chino es vuelta y vuelta, entonces chuchú-chachá, me empezó a chupar la pija y me dijo: “Entrá”. Le manoseé el culo, le chupé la pija, el otro le chupaba los huevos, todo triqui-traca, inmundo. Me chupaba la cola, quería que mi amigo
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se tirara un pedo, le metía los dedos en el agujero y se los chupaba. Después que vi eso no lo chuponeé más. Le di unos besitos en el pescuezo, un besito aquí y un besito allá: andá a cagar. El chino me punteó, pero no me dejé coger porque era muy bruto, tenía una pijita de mierda pero igual te parte al medio. Me hice todo el lindo, entonces me volvió a chupar la pija y después me lo cogí. Me quería chupar los pies, me quería meter el dedo en el culo, y: “Hacé esto y hacé lo otro” hasta que acabamos. Él acabó un rato después, y nos pusimos a hablar. Otra vez quiso fiesta pero le dije que no. Salí de la ducha y me senté a ver cómo cogían ellos. Me cabeceó un

poco la pija en la segunda vuelta, aunque tampoco era para andar peleándose por el chino. Un poco más flaco que yo, pero tenía más carne en el culo. Un cuerpo extraño. La pija es larga y fina. Me dio ciento cincuenta pesos, más las cervezas que tomamos. [“Es el momento de concluir”, pensó aprensivo pero a la vez aliviado. “Tengo que encontrar la fuerza para decírselo.”] El pobre y el bichicome piensan en quedarse quietos, pero a mí no me gusta quedarme en lo mismo. Sin embargo no me dan los huevos para luchar. Ella sólo quería que no me diera cuenta de que soy un pobre diablo en la puta vida, siempre me cubrió sin hacerme entender que había nacido pobre y que tendría que luchar para poder comer, me lo escondió hasta los diez o doce que salí de bajo sus polleras. Pero mamá se termina, no te da de comer, no te da nada. Me gustaría engañarme con que todavía falta mucho, pero tenés que poner los huevos ya. Tengo miedo a luchar y quedarme en el mismo pozo como le pasó a mi madre, miedo a sacrificarme al pedo. No lucho en absoluto, paso el momento: ¡pim, pam, pum! Sobrevivo, pero no hacer nada te desgasta, te hacés mala sangre. Llegué a la secundaria de puro culo, y algo artístico nunca se me ocurrió; me gusta ver algún dibujo raro estratosférico en una revista y me imagino cualquier cosa. No me gusta leer, nunca llegué a leer un libro entero. Si encontrara algo que correspondiese a mi mente: joda, coginche, orgía, merca leería un libro de ocho mil páginas y me divertiría, cada vez querría saber más y más y más, pero si no
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me pudro. Si sos un nene pulcro querrás saber acerca de la vida de San Puta o te interesará leer sobre la vida de Perón. ¿Cogía o no cogía con Eva? ¿No tenés un libro sobre Perón? No puedo pasar de nada a presidente. Sería divino meterme en un juego para sacar alguna ventaja pero no es tanto miedo a perder como a salir mal parado. El que se tiene que salvar el pescuezo es uno. Aunque por tener el pescuecito sano trancás la felicidad capaz, te trancás vos en tanto no podés superarte. Estoy más cerca de mi propio sentimiento cuando me encuentro solo, separado de todo, pensando de verdad en lo qué es mi vida. Por eso me encanta ir a la Rambla. No me gustaría vivir en Pocitos para hacerme el puto fino, no voy a la Rambla del parque Rodó porque hay mucho malandro, te sentás en la arena y viene uno y te mete un chumbo y te sacan hecho pulpa. Pero a veces camino desde Pocitos hasta el Buceo, me gusta estar solo, no sé si lo has hecho, sin fumar nada a veces o fumando algo ¿nunca lo has hecho? Estar solo caminando en la arena y ser vos mismo y sólo vos y pensar qué mierda sos vos en este mundo y qué mierda es el mundo. Me da angustia; puede ser que una cierta felicidad. Cuando pienso en qué estoy haciendo siempre estoy solo en un lugar solo, en la arena frente al mar. Me renueva. Pienso que sos uno de los tantos macaquitos que hay arriba de la tierra conjeturando ¿qué es la vida? Sos vos sobreviviendo, vos en muchas cosas, pasa algo y te matan, algo muy común, aparece una peste y mata a todos los perros. ¿Qué es la vida? Cruzás por la calle y viene un camión, te atropelló y te moriste como un perro, y vos te estabas quemando la cabeza hacía cinco años porque tenías un crédito, porque tu mujer se había quedado embarazada y necesitaba un aborto, o porque no sos feliz con tu madre o no sos feliz con tu padre. Todo eso pensaste durante años y al fin cruzaste la calle una vez y te pasó un auto por arriba. ¿Qué es la vida? Gente que tiene mucho, gente que no tiene nada, gente que tiene de comer, gente que tiene que revolver los

tachos de basura para darles de comer a los hijos, gente que vive en un apartamento propio, que es igual a los que están en un rancho de
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lata y a otros que están en Canadá, en Brasil. Por desgracia hay algo que cambia mucho la vida que son unos billetes. Vos, con esos billetes, si querés podés tener carne para dar a tu hijo al que querés mucho. Hay sentimientos ahí. Y a veces no tenés eso y estás en un rancho de lata chupando frío muerto de hambre, y otras personas tienen ese papel así cuadrado y están en un apartamento comiendo tranquilos ¿no? Si te ponés a pensar en la vida, es algo muy distinto para cada cual. ¿Qué es la vida? ¿La joda? Yo he jodido mucho, me gusta joder porque a veces todo me importa un pedo. Te digo: no voy a chupar una pija, no me voy a meter una pija en el culo si sé que tiene sida, pero tampoco me persigo, no me persigo pensando si hoy o mañana me va a pasar un auto por arriba. No me persigo pensando si viene un negro y me pega un tiro en la cabeza para robarme los championes, no me persigo por nada, no voy a andar paranoico pensando que me puedo morir, no: “Viví la vida”. Si te morís te moriste y si viviste viviste. Pido a Dios todos los días que si me pasa algo me mande para un lado o para otro, que no me deje en el medio. La joda es algo en mi vida que me tranquiliza. No inventé otra cosa. Sólo la joda. Me siento bien sí, pero no le saco provecho. No sé si me alcanza o me sobra pero estoy bien. Uno a veces se rompe el pescuezo por cien pesos. ¿Qué son cien pesos? Un papel cuadrado. ¿Qué podés hacer con eso? Comprar un gramo. ¿Qué es un gramo? Algo que digerís y está todo divino y cosas así. Te ponés a pensar y es una estupidez la vida. ¿Qué sos vos acá? Dicen que el amor es el único valor de la vida. Pero hay amores y amores. Hay amores de hijo, que están bien. Hay amores de gente que es amor de un año, dos y chau quién te conoce. Te deja recuerdos buenos y malos. La joda es algo que te hace sentir bien en el momento. El amor es un recuerdo bueno que ... Hay gente que no puede estar bien. Son momentos, es la vida tuya, cosas de cada persona. Todo está en la bola de grasa acá dentro de una cosa de hueso, esa bola de grasa funciona ocho mil millones de veces por segundo y si a esa cosa vos la tenés bien un loco se siente bien estando encerrado capaz, se siente bien comiendo mierda, todo el día mascando yerba de un tacho de basura. En
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cambio otra gente tiene de comer, tiene de todo, pero está mal acá en la bola que no sé si es de grasa o qué, está mal y se siente mal. Una persona mal de la cabeza de un día para otro puede sacarle la vida a alguien que proyecta once mil cosas en un año y en diez años y en veinte y cuando sea abuelo. Tiene veinte y proyecta muchas cosas, pero si lo agarra una persona mal de la cabeza le puede quitar todos esos sueños. ¿Te vas a poner a pensar? ¿De qué te vas a arrepentir? ¿De cosas que hiciste? No podés arrepentirte de nada, ya las hiciste. Yo hice mal a mucha gente que robé, aunque algunos dicen que les robé y es mentira. Cogiste o no cogiste, chupaste, te sentaste o no te sentaste, todo eso lo pensás y es la vida. ¿Qué es la vida? Morís como un perro después. Lo que importa es sobrevivir en esta cosa que no sé qué es, que le llaman tierra. Tengo quince minutos para sentarme en la playa y me siento bien. Hay gente que vive encerrada en una máquina que tiene cuatro ruedas y trabaja todo el día para comer, hay gente que está encerrada porque quiere ahí, o en una oficina entre cuatro paredes para tener más y más y más, sin poder vivir un momento lindo a veces.

Yo tengo eso en la cabeza: ¿para qué trabajar día y noche? Son cosas estúpidas de la vida. No digo que sea estúpido que estés quince minutos, media hora, diez horas tomando sol. Ni me parece estúpido que una persona esté veinte horas trabajando, porque capaz que algún provecho le saca. Hay gente que camina, hay otra que anda en auto. ¿Por qué anda en auto? Porque trabajó veinte horas capaz. Son cosas. ¿Qué sida? Te morís como una mosca, te morís como sea.
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TERCERA PARTE
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Bajo una fuerza compulsiva se levantó de la cama antes de que sonara la hora; unció el sayo a su cuerpo con varios pulóveres; se dirigió al bar de Colón. Llegó demasiado temprano. Caminó en síncopa de aquí para allá, resbalando algunas veces, hasta que después de un largo peregrinaje volvió a la plaza. Tantas veces con espeluzne, poseía en ese instante, brevemente, el poder de aterrar. La deposición había terminado. Julián no se daba cuenta. Había terminado, terminaba ahora. –Ya terminamos. Tomado por sorpresa, el guacho bebía su destino de labios del otro. Contrajo las facciones, acusó el golpe, que lo vulneraba. Los ojos mostraron susto, confusión, pena. Las entrevistas, aun para alguien tan voluble como él, se habían transformado en hábito; eran un factor de su rutina y de su ingreso. Movido por el propósito de no damnificarlo un segundo más, de no dejarlo caer en el vacío, Tomás tendió enseguida una red de trapecista. Lamentaría mucho, dijo, que una amistad como la que mantenían quedara trunca, o sufriera menoscabo, debido a un manejo poco hábil de ese delicado tránsito. –Te agradezco de veras que hayas colaborado conmigo. Gracias no sólo por tu buena disposición; sino, además, porque cumpliste de un modo íntegro. No olvidaré, por el resto de mi vida, el favor que me hiciste. Y agregó: –Se me ocurre que podríamos continuar viéndonos, aunque de diferente modo. Vos me atraés. ¿Qué tal si salimos cada tanto y yo te pago como cualquiera? –No, no me pagues; para que no haya distancia entre nosotros.
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¿Se había dejado llevar por un impulso auténtico de generosidad, o manipulaba, como era su costumbre, las emociones del entrevistador? Tal vez las dos cosas, siempre mezcladas en su alma turbia. De algo estaba seguro: la frase no podía ser tomada al pie de la letra. –No, de ningún modo. –Como quieras; a mí sí me gustaría seguirte viendo. Prefiero coger con vos antes que con el chino. ¿Por qué tenía siquiera que compararlo con el chino? –¿Entonces podremos vernos, como antes, a la noche, en vez de a media tarde? –Sí, pero sólo después de las doce. Todavía no te conté. Te explico. Me otorgaron un permiso de matrícula en el liceo nocturno. Ahora, según el nuevo horario –desde hace dos semanas– mis clases terminan a medianoche. Entre el abandono de las clases y el reinicio en el nuevo horario habían pasado dos meses. El nivel de exigencia en la noche era menor ya que estaba concebido para trabajadores diurnos. Con todo,

el mequetrefe había perdido demasiado tiempo esperando los resultados burocráticos de su gestión de transferencia. Nunca se había aplicado; ahora tendría que hacer un doble esfuerzo para ponerse al día con las materias. Era poco probable. Sin embargo, cuánto encanto de fresco fingimiento contenía la novedad de un “corregido” que cambiaba el nomadismo por la institución. Se citaron a la medianoche en un cruce cerca del liceo. El estudiante apareció sin útiles ni libros. –Me los guarda una condiscípula –acotó sospechosamente. El pelo, bajo el alumbrado, semejaba brillantes canutillos de azabache. Apenas terminaba de poner las nalgas en el asiento cuando solicitó: –Me pregunto si podemos pasar por una casa en las inmediaciones. –¿Para qué? –Un loco me entregó una tarjeta con una dirección. Quiero comprobar si realmente vive ahí. Otro manejo, otra intriga; considerando que era la primera vez que se encontraban para hacer el amor después de varios meses, satisfacerlo estaba por debajo de su dignidad. –En absoluto, en absoluto.
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Era la víspera de un feriado. Pubs y discotecas abrían como si se tratase de un fin de semana. El liceal insinuó que visitaran una disco; enseguida se arrepintió. –Mejor no vayamos; me pudren las locas. Tomás habría preferido llevarlo directamente a un hotel; pero no quería demostrar apuro, no quería empujar al pájaro demasiado rápido adentro del trampero. –Al contrario. De hecho lo celaba menos que antes; se sentía relativamente tranquilo. Tenía los documentos que necesitaba. Acostarse con él era contingente. Entonces bajaron a La Pirámide. Juli se enzarzó enseguida con quienes había combinado por teléfono para encontrar en ese sitio: el ubicuo Carlos y un alto, de acento madrileño, que lo acompañaba. Esos dos junto con él se metieron en el sanitario para castigarse con merca. El bracito apoyado en el mostrador, Tomás no cabía en sí; no rivalizaba con los amigotes; había venido para complacerse bajo el resplandor sobrio de estos focos que lo acariciaban. Guyunusa surgía del retrete cada poco rato para pedir otro whiskola que tomaba casi de bebido. Enseguida volvía a su retiro a complotar con ímpetu inexorable. Tomás entró en cierto momento al mingitorio para cambiar aguas; el indio estaba contando algún chiste; al verlo se paró en seco; para llenar el vacío de la conversación sus adláteres forzaron temas inocuos, pero no conseguían encender el diálogo; entonces, como dentro de una gruta marina, sólo se oían los gorgoritos de la cisterna. Tomás estaba mucho menos irritable; de hecho, nadaba en un mar de quietud. ¿Por qué? Poseía la información. Eso era todo. Sin temor a equivocarse supuso que los nuevos secretos mascullados en el retrete eran apenas variantes del material ya escaneado y no aspiraba a más. Aceptaba sus límites; ésa era la fuente de su alivio. No tuvo que volver a la letrina. Pasado algún tiempo, los adláteres emergieron con un pedido urgente: –Por favor no le des más de tomar, resbaló y se cayó; se le traba la lengua, va a perder el conocimiento, ¿podrías hacerte cargo de él?
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El pitorro se encontraba extendido en el suelo cuan largo era; los camaradas intentaban remediarlo, sentándolo y apoyando su espalda

contra la pared de baldosas, pero enseguida resbalaba de nuevo hacia un costado y hundía el hocico entre los charcos de orina del piso. Por fin lo levantaron entre todos, subieron la escalera hacia la calle y lo ubicaron en el auto. Al caer en el asiento pareció despertar, sesgó un momento los ojos vidriosos hacia Tomás. Éste no deseaba de ningún modo afirmar que las maneras del borracho fuesen las mejores que podían existir. Ce contretemps, sin embargo, no significó en absoluto el fin de la velada para ninguno de los dos. Todo lo contrario. Recién ahora el chofer actuaba con arbitrio. Podía tirarlo al agua desde el muy cercano muelle de la escollera, como el propio Julio había profetizado que él haría. Lo llevó en cambio al hotel De Ultramar, a doscientos metros de la costa. Al extraerlo de la cabina, el cuerpo resbaló como una aceitosa trucha y se dio de cabeza contra el pavimento. Hélas! ¿Estaba herido? No. Los borrachos tienen huesos de gelatina, nunca se hacen daño al golpearse. Los ojos, en cambio, se entreabrieron, como si la concusión lo hubiese sobresaltado. Quedó panza arriba, su billetera resbaló del bolsillo a la calzada. Tomás la recogió y la escondió bajo el asiento. Emparejó el cuerpo inerte sobre su hombro y lo acercó a la puerta del hotel. Los atendió un calvo achinado de bigote teñido. Al comprobar que Julieta desfallecía ¿raptada, drogada? frunció el entrecejo: –Váyanse. No hay vacantes. Tomás miró el cielo azul oscuro, una cinta de estrellas. ¿Estaba allí arriba escrita, en código de guiños y chisporroteos, la historia de Julián? Sí, estaba escrita. Tenía la impresión de una extrema miseria; a la vez un curioso aliento de paz y reconciliación. No existía ya nada que pretendiese o desease, sino que permanecía por así decirlo neutral. El lobby de la siguiente posada se ubicaba en el remate de una altísima escalera y el edificio no contaba con ascensor. A riesgo de rodar abajo con su presa, arremetió al piano nobile sosteniendo, le
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pareció, el peso incomportable del mundo entero. Arriba un viejo viejísimo, al verlos avanzar como la figura doble de Atlas y la tierra, intimidado pero cortés, extendió una llave sin hacer preguntas. La habitación que le asignaron se encontraba por suerte en el mismo piso, al doblar la esquina del corredor. Ubicó el fardel sobre el camastro. ¿Podía creerse tanta felicidad? ¿A qué podría atribuirse? ¡“Ella” estaba de nuevo allí a sus pies! Con perseverancia, con ejemplar, inagotable paciencia había esperado lo que parecía una eternidad. ¿Tanta tristeza como la del último coito en La Cumbre se convertía ahora en hipogeo radiante? Una bombilla central, desnuda, oscilaba sobre la cama. No se molestó en apagarla, ni en encender la veladora tenue de la mesa de luz. ¡Qué va! El mismo bulbo central de los bombardeos sobre Guernika iluminaba la carnicería. De un sobresalto sólo perceptible para sí mismo pensó que era el tonto más grande de la creación, el más inexplicable y absurdo: por unos pocos minutos no pudo ver nada ante sí; cuando consiguió recuperar la vista descubrió que el agónico se encontraba todavía sobre la cama boca abajo y cola arriba servicial. Sería más que fácil ahogar su pesada respiración con una almohada. No había tiempo que perder. Empezó por quitarle los botines amarillos, flamantes, pagados con el dinero de otro benefactor, deslizó hacia los pies los jeans justos de una tela verde veraniega, le pasó la camiseta por encima de la cholla. Bajo la piel de seda tirante palpó los músculos de los omóplatos. Apartó las negras chuzas rebatidas, expuso su nacimiento desde la nuca. Fueron los primeros efectos abrumadores

de la sorpresa, pero todavía no había terminado con él. Sentía agitación, dolor, una mezcla de deleite y angustia, no podía considerarse ni frío ni amistoso, sino simplemente confuso. Aplicó sobre la espalda la bomba de succión de los labios. Días y noches en Siberia. Pegaba el oído auscultando el regurgite. Un lobito en la taiga: eso quería ser. Deseó que todo estuviera quieto, pero él mismo era el principio de los cambios; acampaba sobre esa espalda como si fuera un tránsito enemigo a ser liquidado al amanecer. En una película acelerada, atropellada, sin darse cuenta, convulso –él también había bebido– no paraba de eyacular, la fricción engendraba vislumbres, piedras pardas levantadas por el vástago sucio cuyo
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empuje las descascaraba; glóbulos de tintalaja descubiertos por su ojo pineal en el extremo de esa caña clavada en lo profundo; un ojo con luz propia que le servía de linterna. ¿Qué veía? Los chisguetes ensanchaban la cavidad copada, era la surgente. Despertó sobre la misma espalda, bajo la misma luz atroz. ¿Se había dormido? Nunca le había pasado, salvo una vez, de gurí, al raspar la ingle contra la montura del caballo: el prepucio se le había inflado, parecía, como una vulva, un pez–globo, el buche de una iguana, una vejiga luminosa. Pero hoy, aún con el apéndice dañado, inició una nueva acometida. Para entonces, por borracha que estuviese, Julieta ya había recuperado cierta capacidad de reacción y rechazaba entredormido los remezones. En el auto, a la mañana siguiente, encontró la billetera de su compañero, que él había escondido bajo el asiento. Aparte de la cédula de identidad, contenía dos papelillos, cada uno con un nombre y una dirección. Pensó que eran las personas que debían ser avisadas en caso de accidente, pero le irritó no reconocer los nombres; Julián siempre lo superaba. Sin pensarlo dos veces los guardó en el propio bolsillo, reingresó al hospedaje, restituyó la cartera a los pantalones del dueño que dormía, dejó un billete doblado en su bolsillo, la mitad por cierto de lo que se proponía darle, ya que los tragos y el precio del hotel se habían llevado casi todos sus recursos. En algún momento Tomás había consultado a Zezé, un pai de santo, que le había aconsejado bañarse en cerveza y pétalos de clavel para quedar limpio de toda influencia nociva. En ningún caso, subrayó, debía devolver mal por mal, porque quedaría prisionero de un circuito que tarde o temprano lo perjudicaría. Ahora lo encontró por casualidad en una disco; el pai conversaba junto a la pista con dos desconocidos. Lo saludó y fue presentado a ellos. Reconoció a uno, por haberlo visto en otro local supuestamente hetero, aunque, en mayor o menor medida, todos hoy en día eran mezclados. Llevaba entonces, igual que ahora, colgando sobre el pecho, un dije de plata en forma de corazón. Recordó haber sido atraído por el corazón, sin atreverse a abordarlo.
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Zezé fue al retrete; él aprovechó para intimar con los garzones; tenía, por fin, servido en bandeja al zagalejo de la joya. Enfebrecido por la plática, descuidó reconocer con una frase de bienvenida la vuelta de Zezé; el pai se sintió excluido, sin que le faltara razón; pensó tal vez que Tomás ambicionaba quedarse con ambos muchachos; antes de que pudiese hacer algo por retenerlo, Zezé ya se había escabullido hacia el bar. Imaginó que volvería, pero no fue así. Después de esperarlo un rato salió tras él con el propósito de excusarse, pero por desgracia ya se había marchado. Al tiempo se enteró de que Zezé había sufrido un accidente; un coche atropelló la moto que conducía; al caer se quebró las piernas y varias costillas; esa noticia aumentó su sentimiento de culpa por la indelicadeza de

aquella noche. En lugar del pai, encontró junto a la mesa de pool a un viejo conocido: Pierre. Ya estaban cerrando; le presentó a los chicos e invitó a todos a su apartamento que, a causa de tareas de pintura, se encontraba en el mayor desorden. Corazón de Plata se sentó sobre el rollo de una alfombra. Desde allí presidía; sacando las peores conclusiones a partir de cualquier dato que admitiesen los demás acerca de sí mismos. Era su modo de colocarse en una posición temida e inviolable. Labios anchos, cejas enmarañadas, el alma de ragazzo-ragazza asomaba a sus ojos con una crueldad feminoide, un humor malévolo, con que sibilaba sus eses sensuales de marica. Tortuoso, negador, era una máquina de seducir. Pretendía ser un hetero a quien atraen los travestis. A esa altura Tomás ya había desarrollado anticuerpos contra tales aparatos; más que encerrarse en una puja, prefirió parlamentar sin interés de convencer. –El hedonismo –adujo– ha sido siempre la filosofía de los que carecen de pensamiento. La educación cristiana convierte lo que era indiferente en delito notorio y el apego a lo sensible es comprometido por una culpa. Porque en la lujuria se ha instalado lo prohibido, un anacoreta se apasiona hasta desfallecer a la vista de un novillo pastando, que es también el placer de negar y de causar dolor. Pero el imperativo categórico, el disfrute de ser libre, al contrario, acepta sufrir como una opción; sufre optando por el gozo.
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Del otro lado de la línea Julián se mostró arisco: –Gracias por la guita –espetó, dando a entender que la cantidad no había sido suficiente. –Perdoname. No fue mi intención dejarte con tan poca plata, pero después de pagar los diez whiskolas que consumiste en la cantina, no quedó gran cosa. Llegó una risa en sordina, significando: touché, you have a point there. –No me gustó que rapiñaras los papeles que tenía en la billetera. –En cuanto a la billetera, si es que algo falta, aclaro que se abrió cuando vos te caíste –detalle que por supuesto no recordarás– ; sus contenidos se desparramaron por la calzada. Recogí lo que encontré. Si algo falta, decímelo; o bien se perdió donde rodaste, o bien estará en el piso del cachilo… –Faltan dos tarjetas con dos nombres y otros datos. –Si te parece, me fijo ahora. El auto está parado enfrente. Te vuelvo a llamar en cinco minutos. Como si ensayara los movimientos de una obra de teatro, fue hasta donde supo que no iba a encontrar nada. Ese ajetreo lo calmó. Después de marcar un plazo verosímil de “busca”, tomó de la repisa de la chimenea uno de los papelitos: –Encontré una tarjeta que dice: Gustavo Papen. ¿Qué más? Con ese juego, Julián se dio por vencido. –Mi madre me entrega plata para que pague las cuentas de la luz, del agua; después me pregunta incrédula si las pagué. No me tiene confianza; me conoce. Con un toque de ordinariez, como una leve hinchazón, levantaba un poco el labio superior. Pero Tomás ya no quería saber ningún secreto. Al contrario, ahora le repelían. –Lo mejor que me puede pasar es que me arresten. Así tengo la vida resuelta: cuarto, comida y todo el machaje. En la cama se negó a quitarse la camisa y el slip. –Es un jueguito nomás.

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La sabiduría prostibularia de Julieta lo hería, siempre lo hería, aunque lo excitase; porque él había buscado un plus sentimental, el perfume estrujado de la entrega. Se sentó sobre su escroto; se movió de un modo tan diestro que él no pudo contenerse y culminó en un minuto; enseguida recuperó la dureza; pero esta vez ella no consintió en que se la metiera de nuevo: “Me duele”. Siempre lo dejaba así. Como la serpiente enroscada a un palo que en el desierto combatía la peste, Tomás mantenía enhiesta la banderilla de ese taxi. Se veían una vez por semana. Mal que bien, con protestillas, el tunante se acomodaba al formato, se mantenía en caja. Una madrugada, al salir de un bar, un camarero retaceó el cambio adrede, para engrupir a los achispados. Con entonación perentoria –si bien estrambótica a causa del trabado de la lengua – Julito le reclamó el dinero. Había observado con lucidez extrema los detalles de la transacción. –No es cierto que deje de estar claro de mente cuando estoy borracho; al contrario, lo veo todo mejor, mismo así cuando no pueda dar ni dos pasos, y tengan que sostenerme por tarumba; igual me doy cuenta de todo. De una ventana con una orla de pegotes un gallego anunció que no había vacantes. No obsta: Juvencia batía palmas, mostrando su fibra de jinetera terraja, fuera de control, en pleno entusiasmo de su relajo, en abierto desafío a la orden que los despedía. Poco después, en el hotel siguiente, la cara tomó un cariz cada vez más muerto y amarillento, los ojos revelaron cansancio. Parecía un pichón sin emplumar. Al sentarse en la cama a medio desvestir, el haz de la veladora le dio un aura de momia indígena conservada en hielo. Ésa fue la noche que Tomás tuvo desempeño más competente. Encontraba al marichico disponible, sin ganas, pero tampoco sin mañas. Confundió la lasitud con la dulzura. No debería, se dijo, ser más astuto que la otra mitad. Ni más desconfiado de lo que en realidad era. Eran las siete, la hora de volver a la casa para abrir a los pintores que renovaban el apartamento. Lo miró un rato dormir, en una especie de vigilancia, y después lo despertó:
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–Me voy pero puedo volver a la una. –No, no vuelvas. Yo salgo pronto; y tendrías que pagar dos días de hotel, en vez de uno. Llamó recién a la semana. –¿Te acordás de la última vez que nos encontramos? No me sentía bien. A la noche siguiente seguí dándole a la matraca. Me quedé afónico; entonces me vino fiebre. Lo oía jadear como si tuviese un grillo en la glotis. Tres días después agregó un nuevo toque al quebranto. –Es hepatitis. Uno de mis sobrinos –que vive conmigo, ya sabés– se enfermó y me contagió. Tomás recordó, sí, recordaba, el sueño de meses antes en La Cumbre. Un pronóstico. Julián aparecía arrodillado sobre una camilla. El foco del consultorio iluminaba su panza prominente. El médico palpaba esa piel extraña, alimonada, ocre. ¿Qué contenía esa vasija? ¿Una criatura? ¿Is she pregnant? No. Ahora se confirmaba el diagnóstico tácito. La primera reacción que tuvo fue: “¡No puedo vivir separado de él!” Pero enseguida le vino a la mente el costado positivo de la enfermedad. No andaría, al menos, por calles y por plazas busconeando al pasitrote. Y ¿quién sabe? La conciencia de su fragilidad lo llevaría tal vez a arrepentirse y a cambiar de vida. “Me sacrificaré como Florence Nightingale. ¡El enfermito necesita

ayuda!” Se imaginó llegando con los bolsillos llenos de caramelos a su casa ¿serían perjudiciales para el hígado? la fruta no le caería mal, un montón de libros para instrucción y solaz del pequeñuelo; era la ocasión de colarse y conocer a la familia. “Mas ¡cuánto me engañaba! ¡ay, cuán diferente era, y cuán de otra manera lo que en su falso pecho se escondía!” Se enfrentó a una gran desilusión. Bajo ningún pretexto –subrayó con tono de gánster el hepático, dentro de los límites de chocarrería admitidos por su menoscabo– podría aparecerse en su domicilio. –En cuanto a los libros, ni siquiera te molestes en mandarlos. Yo, sencillamente, no leo. Tampoco quiero que me llames, molesta 289 rás a mi madre, que es la única que atiende, yo no puedo moverme. Si se me ocurre, y si tengo energía, te llamaré yo. La reserva hostil del apestado lo enfureció. “La hepatitis es una consecuencia de tantos dislates incurridos, ojalá le sirva de escarmiento.” Reanudó sus misivas por telefonía inalámbrica, el llamado “control mental”; buscaba inducir en el desagradecido un sano arrepentimiento, un decidido adiós al pasado; no que se volviera anacoreta, eso no convenía a su propósito, pero sí que se trocara en un concubino fiel. Le servía de consuelo pensar que Julián –quien jamás había sido un concubino fiel– estaba demasiado agotado para hablar por teléfono y por eso lo llamaba sólo una vez cada siete días. Pero tampoco le fue posible mantener esa ilusión. Tropezó en La Pirámide con los dos amigos del aquejado: Carlos, de calzas justas, botones exteriores de cromo en la bragueta, se creía el colmo del atractivo; no se dignó saludar; mientras el alto madrileño que lo acompañaba se mostró acogedor. –¿Sabés que Juli está enfermo? –Claro que lo sé –respondió Aldonza La Mancha–. Hablo por teléfono con él todos los días. Todos los días. A él no lo llamaba casi nunca –apenas una vez por semana– ¡y cotorreaba con el compinche a cada hora! –Cuarenta…llegué a cuarenta de fiebre. Se oía agradable, riéndose a costa de la enfermedad. Y entonces: –Me tienen que hacer unas punciones y un nuevo examen. –Puedo llevarte al laboratorio. –No, gracias. Ya arreglé con mi madre. Vamos en taxi. –¿Necesitás alguna cosa? –No... Aunque la verdad sí. Mirá, ¡ojo!: tenés la libertad de negarte. Pero necesito plata para el test. ¿Podrías mandarme algo? Aprovechó que se acercaba el cumpleaños para mandarle una cajita de metal esmaltado (¡otra cajita!) con un billete que cubría los
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supuestos gastos del examen. Y el mismo día del aniversario, cerca del fin de la tarde, se dejó oír la voz aceitada del mancebo: –Gracias. ¿Qué vas a hacer hoy de noche? ¿Por qué le preguntó eso, de repente? –Voy a una fiesta de cumpleaños. –¿Cumpleaños de quién? –obviamente, Julián no esperaba esa noticia: era su fecha. –De un conocido. Organiza una reunión privada en La Pirámide. Aficionado al reviente más que ninguno, el hepático se veía obligado a pasar su onomástico entre frazadas. Cuando por un designio coincidente, no menos fortuito, Dumas el modisto había invitado a Tomás a la fiesta de un médico entendido en strippers, para quien la celebración estaba asociada al relajo. Desencantado con José de un tiempo a esta parte, Dumas usaba a Tomás como paño de lágrimas. Hasta hace poco un dechado de virtudes, el semisordo había pasado a ser un nido de serpientes.

–A cada reunión que yo lo llevaba, se encerraba en el baño y pasaba allí cogiendo con cada uno de los invitados, incluido el dueño de casa. El bochorno fue tan grande porque eran mis amigos. Y cogía hasta por las orejas. No las usa para oír. Desde mi vuelta de Bolivia yo vivía en una pensión. Alquilé un apartamento para compartirlo con él. Al fin y al cabo, me dejó penetrarlo una vez sola. ¿Te das cuenta? Y a la mañana siguiente estaba hecho un erizo. Eso es homofobia ¿o qué? Le aguantaba la vela; lo comprendía demasiado bien. Ya entonados, vieron llegar a los artistas que tomarían parte en el show, a los que Aldo, el médico swinger, contrataba por chirolas, porque, siendo mayormente strippers, con tal de lucirse ante los invitados actuaban por la propaganda. Pero ¡atención! Aquí llega un flaco en gabardina y gacho. Quedó patitieso. En principio no le atraían los strippers hinchados de esteroides, la comidilla del viejerío. Pero éste... era otra cosa. Un impermeable verde con las solapas altas, ojos de almendra, rulos impregnados de gel contra la nuca, boca de sapo, pasó en dirección al altillo que servía de camarín.
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No se consideraba experto en sueños; casi siempre se olvidaba de todo al despertar; pero a veces recordaba algún detalle de un sueño por reencontrarlo en la vigilia, al día siguiente. También había olvidado el sueño de esa mañana. Se acordó al ver pasar al tipo del impermeable. Él entraba a un cuarto donde se alzaban dos mesas de arquitecto carcomidas y en desuso. Levantó la tapa de una, que se había curvado por la humedad. Las correas que sostenían la tapa estaban resecas, agrietadas y a punto de partirse. En la caja del pupitre pululaba una colonia de termitas; las obreras alarmadas transportaban rápido, para esconderlas, las larvas blancuzcas hacia los bordes. Una tercera clase de individuos, de aspecto amenazador, dotados de cuatro alas, ojos saltones, cabeza de gelatina translúcida de renacuajo, se posicionaban en cruz diagonal sobre el tablero, en formación de combate. Eran los “guerreros”. El flaco del impermeable se parecía a uno de esos guerreros de la colonia. Las mesas de arquitecto iban acompañadas en el sueño, lo recordaba bien, por dos correspondientes banquetas; las mismas donde Dumas y él se sentaban ahora, frente a la barra del mostrador. –Se preguntarán qué han estado vichando por tanto tiempo: son los actores de mi espectáculo –dijo Aldo. –Ya nos dimos cuenta. –¿Quisieras por favor –es tu especialidad como modisto– ayudarlos a vestirse? Tendrás que retocar algún jopo, atar algún moño, retirar un bigudí. Acompañó a Dumas hasta el diminuto vestidor situado encima del escenario, donde los jóvenes se preparaban. Chocaban, al transformarse, unos contra otros. Ciertos devenían lobas bajo pieles de marta; otros recios cowboys. Dumas sujetaba clemátides en los rodetes, ensartaba pañoletas en los bolsillos traseros de los cowboys, componía una semiótica policroma de preferencias y variedades. Ídem, el flaco de la gabardina se transformaba a todas luces, según el maquillaje facial, en Michael Jackson. Sólo que su ropa no imitaba ningún atuendo particular del divo. Se puso calzas rojas con una banda longitudinal de galón de oro que alcanzaban sólo
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hasta la rodilla y caían encima de blancas y tupidas medias de crochet calado; usaba cordoncillos de strass sobre alpargatas rojas; ajustó al talle una faja dorada; vistió una chaquetilla roja recamada

de oro; se caló una boina vasca, también roja. Al llegar su turno bajó por la escalera de caracol tan rápido como un mono. Tomás fue tras él y atropelló a más de uno para observar la performance desde bambalinas. “Michael” hizo una breve reverencia; anunció que bailaría la Danza del Diablo. Irguió el cuerpo. Lo mantuvo un segundo inmóvil, los brazos rígidos, un poco separados a los costados. Al son de la chirula y el tamboril, que tocaban dos negros, se deslizó primero hacia la parte delantera del podio. Retrocedió enseguida con un pas battu. Se adelantó otra vez, ejecutando el paso más difícil, el entrechat. Entrechat quatre, primero; cruzando, descruzando, volviendo a cruzar las piernas en el aire; entrechat huit, después; y finalmente el entrechat douze. Su tenso y espigado tronco se disparaba a más de medio metro de altura. Holgaba suspendido en el aire mientras los pies inverosímiles se cruzaban hasta dos y tres veces por salto. Tomás quedó lelo, ya que el entrechat douze es un paso rara vez logrado, incluso por los más atléticos bailarines. Aún no se había repuesto de su asombro cuando el Diablo ejecutó la variación final, el entrechat en cabriolet. Parecía un macaco jugando con un cuchillo. A todo esto Dumas se había tirado cuan largo era sobre una sábana dispuesta sobre el escenario, fumando un cigarrillo. Entonces el Diablo cumplió su cometido de llevarse el “cadáver”, bien vivo, de Dumas, que jugaba el rol de “pecador”. Después de la estremecedora danza realizó otros pasos con música de Michael Jackson y terminado el número, en el altillo, frente al espejo, mientras se aplicaba crema desmaquillante, murmuró para sí: “Listo el pollo”. Comparado con los machorros que campeaban por el billar, con los travestis de estuco, Michael Jackson concretaba una estimulante alternativa. No obstante la estupidez de las reuniones privadas, en tal estado de estancamiento, enfermo por no saber del enfermo, e imaginándose más fuerte, porque su fuerza no era puesta a prueba, sintió impaciencia por conocerlo. Lo que más lo intrigó, en todo su
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derroche de atención y cautela, fue haber perdido la oportunidad de hablarle. Esa dicha oportunidad resurgió a los pocos días. Dumas lo llevó a casa de Aldo, que le mostró las fotos de la fiesta. El médico se jactaba de haber “probado” personalmente a cada participante del espectáculo. Tomás le preguntó acerca del émulo de Michael. –De todo ese tropel de engendros es el más “completito”. Se llama Lucas. Los padres están separados. Vive con el papá en el Cerro pero los domingos visita a la mamá no sé si en la sacristía de una iglesia –su abuelo es, creo, sacristán– o en un convento. Si te interesa telefonearle a la parroquia, o a la abadía, donde él se encuentra con su familia los domingos, podrías decirle por ejemplo: “Te vi bailar en el show de Aldo, me gustaría que hicieras de Michael en el cumpleaños de mi hermana”. Se destacaba en el bulevar, a contraluz de los faros. A una seña suya el espinazo mágico surgió al costado de la camioneta. Llevaba pantalones oscuros plisados con alforzas, camisa formal blanca, corbata negra angosta como una cola de renacuajo, del tipo que hace tiempo usaban los “petiteros”, versión local de los mods. A través de la avenida, bajo las luces, posaban algunos travestis. El cielo, tras un tul fino de ala de insecto, trasparentaba el último resplandor rosa hacia la zona del Cerro. Ese aroma de colonia “salvaje” de Lucas se mezcló a los olores de las plantas del camellón central y de los laterales. Dejaron atrás el edificio de la Presidencia, se encaminaron por el desvío, con sus parapetos, su césped central, sus aceras, sus líneas divisorias ahora

interrumpidas, pintadas de blanco; sus plazuelas de emergencia, sus puentes colgantes sobre decrépitos canales de barro. –Mi abuelo es católico fervoroso. Reza el rosario en voz alta todas las tardes con la familia. Tengo dos tías monjas, una en Chile y otra en Brasil. Pero si algo me gusta es parecerme a Michael Jackson. Pertenezco a un club de fans. Nos reunimos para publicar un fanzine “loco” con fotos de Michael, noticias, notas que escribimos. La llama del encendedor iluminó sus pupilas; encerraban una chispa verde. El cabello de ribetes cobrizos resaltaba contra la piel
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mate. Tenía los pómulos altos, las mejillas flacas, un rostro triangular de vampiro. ¡O de termita! Igual que Julián, concurría al liceo nocturno. Los cursos de la academia de computación le salían gratis porque su madre trabajaba allí de secretaria. Le recordó a una flaca de su adolescencia, partenaire en un corto que había filmado en Parque del Plata. En la película, la muchacha y él se suicidaban juntos arrojándose al mar desde una escollera: ésa era la “partición del mediodía”, en el momento de mayor calor. Lucas tenía el mismo cartílago afinado de mamboretá acuático; sus facciones mantenían la misma reserva y sangre fría. Se disfrazaba de Michael en clubes y fiestas; donde se lo pidieran. –Y, aparte de todo, ¿encarás con locos? –Disfruto con eso; pero necesito plata. Si me acuesto con locos es porque les cobro. Vivo con mi viejo y una hermana chica; él arregla relojes, pero tiene poca clientela y menos ganancia; a veces no tenemos qué poner en la olla. Para perfeccionar el parecido con Michael se tiñó, semanas más tarde, color ala de cuervo, trenzó, a la altura de las sienes, una guía de cabellos que ajustaba, como una corona, el peinado prerrafaelita. Tal como había diagnosticado el médico, resultó “completito”. Se dejaba poseer sin ambages, sin oponer ningún tipo de resistencia; al contrario, bien que colaboraba. Y nunca aspiró a otra cosa: sólo complacerlo según su inmediata preferencia. Sobre tales cláusulas sentaron un acuerdo de colaboración. Faltaba investigar hasta qué punto el chico, unos meses menor que Julián, procesaba en su cabeza todo aquello. ¡Y cómo cogían! Lucas no pedía: ¡serruchame! pero se abría como bruta flor. Tomás nunca antes había encontrado un espécimen con tal aguante para los bandazos y que no lo apurase a acabar con quejas de “me duele”. Para mejor exponer el orificio, la bámbola se echaba en la cama boca arriba; doblaba el espinazo en U como la hembra de la libélula; la cola en alto adquiría una cualidad aerostática; Tomás la ensartaba al vuelo y empujaba con rapidez, como un ratón nervioso que se mete en un hoyo. El martillo
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de jade entraba en la región del jade. Después golpeaba a izquierda y derecha, un bravo luchador que desordena las filas enemigas. Con movimientos ascendentes y descendentes, como los de un caballo salvaje que corcovea a través de un torrente, se hundía y se retiraba. Lo atormentaba, alternaba la rapidez, tal un gorrión que pica las sobras de arroz en un mortero. Y hacía una pausa. Hendía el hoyo como una serpiente que se introduce para hibernar; permanecía en equilibrio; al fin golpeaba de repente, tal un águila que atrapa un conejo. Se alzaba y se dejaba caer como un gran velero que se enfrenta al oleaje. “Quero a mulher que existe en vocé.” No. No era una mujer, obvio. Era un cuerpo usado sin inhibiciones. Enganches tan tenaces no recordaba haber tenido. Sesión tras sesión se volvió un atleta tántrico. Con una rudeza que sólo disculpaba la excitación y la desmentía perversamente,

quitaba el glande, mojado en suculencia del hoyo protector, pasaba de un salto del dormitorio a la sala, cambiaba el disco y volvía, en un capítulo nuevo, para reestrenar el ejercicio y retardar la culminación. Duraban un número considerable de músicas que en verdad se repetían a través del connubio, casi siempre las mismas, elegidas por el invitado. Tomás evitaba presionarlo para que admitiera su aprovechamiento. Las hembras eran el referente inevitable de las conversaciones eróticas de Lucas; obliteraban cualquier referencia directa a lo que hacían ellos entre sí. Una noche tomó de más y vomitó. Regó todo: la cama, la estufa, la alfombra, el ropero, la ropa desperdigada por el piso, los zapatos. Cierto que, aparte de empujar a las ancianas y de romperles la crisma, los rapiñeros se arrancan a veces entre ellos los artículos que les atraen. No obstante a Tomás le sorprendió que alguien tan despierto y ágil como el bailarín se dejara ratear no una sino dos veces en quince días. Jóvenes como él, en dos ocasiones consecutivas, le habían arrancado los zapatos y la chamarra. Eso al menos contó. Le vino a la mente aquella frase de Lady Bracknell en La importancia de llamarse Ernesto: “Perder a un progenitor puede considerarse una desgracia; perder a dos ya es un descuido”. ¿In 296 ventaba Lucas latrocinios a fin de que su protector se apiadase y le regalara por encima de la suma convenida para cada encuentro zapatos y chamarras? Por prurito de verosimilitud, en todo caso, no apareció de nuevo usando prendas que decía desaparecidas; así su vestuario se redujo a ojos vista. Tomás esperaba sin esperar; esperaba y temía que Lucas le dijese basta. El dentista sabe que el paciente tiene un umbral de dolor o pánico más allá del cual lanzará un chillido. Llegaría ese momento, tenía certeza. Entretanto el guacho telefoneaba, vez tras vez, para concertar las citas. Fuera de la primera ocasión, él nunca volvió a tener la iniciativa de procurarlo. Seguía el impulso. No introducía cambios en el protocolo de los encuentros. Tenía un miedo supersticioso de que cualquier mudanza en las dosis de candor e impenitencia rompiese el equilibrio inestable de las prestaciones. –¿Te hago el sapo, Lucas? Lucas resollaba y sus piernas se separaban espasmódicamente mientras se retorcía exponiendo el recto, las piernas pateando en el aire, la garganta hinchada. Ambos croaban con un grito bronco entre un verde olor de esperma submarino. Se encontraban regularmente en la parada del ómnibus. Una noche Tomás se retrasó, pero al contrario de su expectativa, el mamboretá lo recibió exultante. –Mientras te esperaba, pasó por aquí una admiradora. “¿Vos sos Michael Jackson?” me preguntó. ¡La mina era mi fan! ¡No de Michael, sino de mí mismo! Me había visto bailar en un show haciendo de Michael y me reconoció y saludó. A partir de entonces Lucas mantuvo informado a Tomás acerca de la evolución del idilio con su admiradora. A falta de mejor alojamiento, copulaban en el Jardín Botánico, escondidos tras una casuarina. Incluso pernoctaron allí en una oportunidad y se retiraron al amanecer. Hay afirmaciones que cambian lo sólido y lo claro de maneras extrañas, presentan una distancia entre las cosas que hace difícil la comprensión o transforman a los individuos en ciudadanos de dos
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países: esa existencia doble, en el caso de Lucas, se resolvía sin combate aparente. –¿Qué te gusta más, coger o que te cojan?

–¡Joder! Voy a poner un aviso en el diario anunciando que soy el único que disfruta por igual de las dos cosas. Una parte de Tomás deseaba que Julián se mantuviera para siempre en el acmé de su dolencia, sus sentimientos suspendidos en la neutralidad de un mar de asombros. Pero después de dos meses de cama, el médico dictaminó una incuestionable mejoría, pronosticando que en breve el mocito se pondría en pie como esas muñecas que giran la cabeza a cada paso y deben ser sostenidas para que no se caigan. Sí, llegaba la fecha esperada y espantosa de su reencuentro; Julián telefoneó para acordar un rendez–vous. –Un día de sol, después de almuerzo, estaría en condiciones de salir con vos a dar una vuelta en auto. –Te paso a buscar por la puerta. Explicame cómo llegar al complejo. Desconfiado como un gato, Julián tenía un proyecto diferente. –Tomaré un taxi y te encuentro en la plaza de Colón, como siempre. –Es un disparate, si casi no te podés mover. Vas a gastar por gusto dinero en un transporte. Era la última oportunidad, lo sabía bien, de acceder, si no al interior, que le estaría vedado de seguro, por lo menos a la puerta o las inmediaciones de su vivienda. Superado luego el impedimento locomotor, Tomás carecería de todo pretexto para acercarse. En ésta, como en otras coyunturas, buscaba una prueba, una señal de afecto que lo distinguiera de los demás amigotes, protectores o conocidos. Pero el apache se mantuvo en sus trece; acostumbrado a ganar todas las partidas, no anticipó que su admirador osara arriesgar un desencuentro por tal minucia. –Confieso que existe una discrepancia –Tomás estaba furioso tras meses de ser postergado–: o te recojo en tu casa o no salimos. Ante tal inesperada porfía, Julián no se dio por vencido; optó apenas por un repliegue táctico. –Te llamo en otro momento. Y colgó.
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Imperturbable, Tomás empuñó el auricular y discó el número. –¡Hola! El reportero de la ictericia respondió en tono risueño. Creía que llamaba para disculparse, pero no fue así. –No me malinterpretes. No puedo pasar por alto tu falta de confianza. Tomate el tiempo que necesites, no me contestes ahora. Entretanto te deseo suerte. A las dos semanas Julián telefoneó: –Perdón, perdón, estuve mal. Nos encontraremos donde y como quieras. Destiló, con todo, una gota de acíbar: –Te cuento que ya salí. Un amigo pasó el otro día a buscarme en auto. Si la farsa es el nihilismo, prefirió no investigar si se habían juntado en el complejo o en la plaza, si lo había sacado a pasear un compinche o un amante. De cualquier forma, no pudiendo huir ni retroceder, su mente estaba muy dispuesta al encuentro. Después de un quilómetro y medio de arracimado arrabal la perspectiva se ensanchó de repente: aparecía en su plenitud el complejo de viviendas Yapeyú, cuatro manzanas de sucesivos conjuntos cuartelarios de cemento gris que poseían una fealdad extraterrestre. El o los arquitectos habían tenido el cabal propósito de asesinar el paisaje, pero su éxito no fue más que mediano porque la región trasera del complejo se abría a una región campestre y boscosa. Julián surgió a la distancia, como un garbanzo oscuro; avanzaba

muy lento, arrastrando las piernas con mociones rígidas. Ese tardo aproximarse permitió a Tomás recuperar el aliento y una relativa calma. A pesar de su característico tinte cetrino, el recuperado irradiaba un arrebol de salud, un aura de tules abrochados a su contorno, retazos desgarrados de su crisálida recién abierta. Mientras una sonrisa casi franca resplandecía en el rostro despejado, tomó las manos del chofer y las sacudió breve pero intensamente. ¿Cómo –dadas las peculiares desventajas de sus respectivas situaciones– se enteraría él de los reales sentimientos del otro? Ma299 reado por las ondas expansivas de una simpatía universal, olvidando que hasta el presente éste era un territorio vedado para él y que toda la comarca le había estado prohibida con tesón, escuchaba rebosante las explicaciones de su compañero. –A tu izquierda está la canchita de fútbol, ¿ves? Ahí nos reunimos de noche los del complejo a fumar un faso; los milicos no se animan a meterse en la hondonada oscura. Y a la derecha, ¡fijate cuánto verde! Ya te había contado, ¿no? A mí me gusta lo abierto; por eso no podría vivir en el centro. Y más allá, detrás de esa línea de eucaliptos, se ve la casa de mi hermano en un sector pobre de casuchas nuevas. Por ese camino, si continuamos unos trescientos metros, llegaremos al Flamingo, una quinta transformada en disco; en el jardín colocaron flamencos de plástico. Podríamos venir una noche ¿no te parece? Quiero decir, cuando esté curado. El pájaro pregunta a la serpiente: “¿Cuáles son tus designios sobre mí?” “Aunque me engañe, verlo me produce una alegría hipnótica; mi alegría en este momento es la alegría del guacho, tan real como la mía.” –¿Qué conmemoran estas piedras? –preguntó Julián en la Rambla, frente al monumento al Holocausto–. ¿No hay ningún muerto enterrado aquí? Deberían matar a alguno y ponerlo abajo de estas piedras, así al menos tendríamos a alguien a quien conmemorar. A pesar del buen color que asomaba en los cachetes, juzgando por su extenuación, este frágil paralítico pudiera ser la primera víctima designada. Las piernas colgando en el filo del muelle encima del agua, parecía una muñequita de felpa. La enfermedad le había otorgado, ante los ojos de Tomás, el beneficio de la duda, una segunda oportunidad de vida. Salvo prueba en contrario, Julián ya no era un taxi-boy, sino un resurrecto glorioso corregido por la hepatitis. No encontraba palabras que lo sacasen de su turbación. Por eso arriesgó el carril de una anécdota problemática. –Intervine con las luces y sonido en una obra de teatro. El argumento es el siguiente: un indio prende fuego y arrima piedras para calentarlas y colocar sobre ellas los pescados que va a asar. Alguien dispara al indio que cae. El que disparó enciende una linterna y se acerca a él. Contra la cabeza ensangrentada del muerto descubre
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unos tarros de pintura. Abre los tarros y le pinta la piel. En eso viene otro, le baja el pantalón al indio, y lo coge así, muerto. Hablan sobre la necesidad de tomar en cuenta el arte indígena y de asociarlo comunitariamente. Se ríen. El indio muerto se levanta, va a una esquina del escenario, saca de allí a una mujer vestida de india, etcétera. –Después de la función salimos a cenar. Sin que me diera cuenta por qué, me pusieron al costado del alcalde. Una senadora volteó un chorro de salsa golf sobre su peplo de seda oscura. Al limpiar la salsa empujó un vaso de vino que se derramó sobre la falda de Inmaculada de Hasburgo, invitada al festival. El alcalde largó una carcajada y un chisguete de su saliva aterrizó sobre mi plato de penne alla arrabiata, que tuve que devolver sin terminar. –Seguro que vas a encontrar mi casa diferente.

–Está cambiada, es verdad. ¡Admirable! Perfectamente bien hecho. Examinaba ante todo las aberturas; algunas habían sido ensanchadas. ¿Resultarían vulnerables para sus compinches los ladrones? Se sentaron en la cama, a esa hora bañada de sol. Tomás levantó el velo de la camisilla para considerar la epifanía: tal como lo había visto en el sueño premonitorio el vientre amarillo de Julián se abombaba. ¿Está en cinta? ¡La parturición de Guyunusa! Palpó la ijada con manchas chocolate, aplicó la oreja al ombligo. ¿Se desperezaría la criatura? ¡Un huevo en las aguas del comienzo! Un ser divino vagabundeaba en la soledad del mundo oceánico. “En este vientre veo tierras y ciudades; todo lo veo en el vientre; aquí alcanzo el nadir. La salud del feto se explica según el modo de nutrición y capacidades de la madre, pero aquí hay un aguamadre, con madre o sin ella: una figura sin tiempo, una fuente de poder, enterrada al revés.” El mundo primordial se rompía, inmediato; un mundo nace con cada nuevo dios. –¿Estás en el cuarto o en el quinto mes? Mediante algunos cambios y manejos, llegó a ubicarse en el espíritu de la cosa; hecho un futuro papá, lo ensartó con delicadeza; apretaba a la vez a la madre y al hijo.
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En la ducha después, la joven esposa no quería mojarse el pelo; lo tenía recién lavado y enjuagado, con un brillo chisporroteante. El esposo levantó esa cortina interminable y “acampó” a su sombra: “Hagamos aquí una tienda”. Levantó el pelo a la manera de un toldo y pegó los labios a la cruz del coxis. Los faroles se encendían como pezones rosados contra el cutis celeste. Ante el umbral del complejo cuasi carcelario de Yapeyú se despidió como un prometido ya confirmado, un consanguíneo casi. El muchacho insistió en que no le pagara. –Ya me hiciste demasiados favores. Manso y derrotado, el chofer se despidió. Pero a medio camino, en la rotonda de salida, volvió atrás. Al oír el crujido de las cubiertas que mordían el balasto, el semiparalítico dio un respingo, bamboleó la crin espantadiza. ¿Lo atacaba un tigre? ¿Su galán quería aplastarlo? Al volver la cabeza se le agrandaron los ojos, mientras las luces del auto cabeceaban a causa de los baches. Frenó con violencia, sacó un brazo por la ventanilla y le extendió un billete. –Es para confirmar que nos seguiremos viendo. Nunca muy demostrativo, el chaval trataba, a su modo, de hacerse agradable. Era como si la enfermedad hubiese invaginado sus malos humores y multiplicado su solicitud. Uno de sus recursos para atraer la atención consistió en el proyecto de teñirse el pelo. –¿De qué color me lo pinto? –Bandas violeta y amarillo de uno y otro lado: eso te recomiendo; o un rojo punzó, uniforme. Pero el proyecto no llegó a concretarse: –Teñí una toalla color sangre antes de que el rojo llegara al pelo. Después apareció mi madre, que volvía de hacer un mandado, y me dio vergüenza continuar. El vientre se deshinchaba. ¿Perdería el bebé? En tal estado de esperanzas y connivencia, el marichico encarnaba, cuando quería, a un príncipe de película italiana tocado por
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una fruición non-sancta, troppo sensible para asumir las responsabilidades de su género y condición. Se reía en staccato, levemente

histérico. Era su imagen soft. Sin embargo, al bajar los escalones de la Rambla, que los devolvían a la playa, Tomás acometió un tema cercano a su corazón: los estudios del pibe. A riesgo de resultar pesado –y en verdad lo era– enumeró las ventajas de completar el ciclo secundario. Pero le echaron un balde de agua fría. –Cada mañana me despierto en una cama distinta –no se refería al momento actual, sino a su género de vida, pasado y prospectivo futuro–. No puedo andar con el librito abajo del brazo. El estudio no es para mí. Ya estaba recuperado. La enfermedad no lo había vuelto “bueno”. Neutralizó sus hábitos apenas por un tiempo. La abstinencia incrementó el ansia por recuperar el antiguo tren de vida, excitó un apetito mayor. Un barbudo apuesto –apuesto según un criterio convencional– meditaba sobre la arena, las piernas cruzadas en una pose de yogui. No advirtió posiblemente a la pareja que transitaba junto a él. Pero Julio, con una trompa feroz de filoxera, chupó a ese candidato; lo robaba con la mirada. Era un ejemplar de “persona que te puede servir”. Se sentaron a tomar un helado. En la mesa adyacente dos ancianas platinadas, foulards de seda que disimulaban cuellos fláccidos, movían las cucharillas con zarpas de venas azules a la manera de discretas profetisas prontas a leer las hebras del té en el fondo de los cuencos. –Si tu padre tenía un campo, ¿por qué lo vendió? –Julián lo consideraba con atención grave. Trataba de decidir, de una vez por todas, si Tomás contaba con medios que pudiesen ser esquilmados. Esa mirada era un operativo lóbrego de codicia, se hundía en ella una tonelada silenciosa de alquitrán. –¿Te gusta Michael Jackson? –...
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¿Por qué, pudiendo elegir entre muchos discos, tomó de la repisa precisamente ese Bad que Lucas había dejado en préstamo la noche previa, para el crash course que le impartía acerca del cantante? Por puro espíritu de cambio Julián optó esta vez por copular sobre el sofá. –Queda más cerca de la música. ¿Le había llamado la atención una mancha de semen, pegote endurecido sobre la tela del respaldo? ¿Había detectado el preservativo olvidado bajo los almohadones? Lucas, horas antes, también había elegido el sofá para sus carnestolendas. Tomás mojó de saliva no sólo el esfínter sino además la ingle y el peritoneo de su víctima dispuesta. Pero las nalgas esquivaban, retorciéndose, los dardos salicídicos que las acometían. Empapado del sudor de la espalda de Julián, se vio obligado a desistir. Su glande no mantenía la dureza reglamentaria para penetrarlo; se ablandaba y rebotaba. “Es un derretimiento.” ¡Quién lo diría! Demasiadas noches perforando a Lucas habían causado esa disfunción. Entonces el otro se volvió hacia él y lo enculó como al principio, en las primeras salidas. Entró a aquel lugar donde giraba la máquina del planetario. Una joven se prostituye para delinquir. Cualquier parecido con la biografía del espectador parecía deliberado. Si un candidato la lleva a su apartamento, ella avisa al novio y le franquea la entrada. El prometido y su cómplice dominan al cliente y lo fuerzan a confesar si esconde dinero o artículos de valor. Desfiguran o matan sin necesidad a los asaltados. En una sesión el novio golpea con un cortafrío el cráneo de un hombre maduro.

–Da demasiado trabajo –se queja. A estas palabras, Julián soltó la carcajada. Tomás había alentado la injustificada expectativa de que su acompañante, cuya trayectoria paralelizaba la de la heroína de esta película, se conmoviera y terminara revelando algún secreto, quizá el más horroroso episodio de sus latrocinios. ¿Había matado a alguien? ¿Fue la pantomima de Hamlet ante su padrastro y la reacción culposa de éste, que indujo a Tomás a llevarlo al cine y abrigar tal dislate? Acabado el filme le preguntó:
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–En la serie de robos de tu grupo, cuyo método era por lo visto equivalente, ¿llegaron a matar a alguna de las víctimas? Julián no respondió. Él insistía. –No quiero hablar de eso. Testarudo, incompetente Tomás: frustrado en la confesión que esperaba suscitar, igual porfiaba y machacaba; era todo curiosidad. Julián sonreía. Pero seguía sin decir nada. Hasta que al fin, harto de apremios, lo tomó del brazo: –No, boludo, no. Los asaltos, los robos que te conté en las entrevistas no ocurrieron. Yo no preparaba nada de antemano, los inventaba al hilo, a medida que bebía la cerveza y preguntabas. Es lo que querías oír. Por eso me pagaste. Entonces jodete. Si hoy tuviera que recordar algo de lo que te dije, no podría. Subrayó el final con una carcajada. Lo miró de soslayo, saboreando el golpe. –Pero... –Ah bueno. Lo que te conté acerca de los acostones y de la joda, eso sí que es verdad. En eso no te mentí. Un doble golpe. Lo convertía en ingenuo por haber creído los robos, pero además lo cacheteaba con el raboseo de sus aventuras, justo antes, precisamente, de una nueva racha de libertinaje. Más allá de cualquier conjetura, algo quedaba en claro: el muchacho le retiraba su confianza. Él creía haberla adquirido después de un otoño industrioso, persiguiéndolo con entrevistas. Pero no. No es que todos los asaltos fuesen inventados. El problema parecía otro; ¿por qué no le tenía ya confianza? ¿Por qué le negaba ahora lo que le había confesado antes? Creyó encontrar la causa: ¡La anécdota acerca de la salsa golf, la risa del alcalde! Julián apreciaba las relaciones haut placés: candidatos a diputados que cortejaba con éxito modesto. Gracias a la petite histoire referida por Tomás, de sus antecedentes de teatro, concluía que éste estaba mejor relacionado de lo que él pensaba. Contaba con relaciones de peso que lo apoyarían para que fuera escuchado. Eso lo volvía peligroso, porque si así lo decidía, podría denunciarlo en cualquier momento. Entonces negó lo que había admitido antes.
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–Hoy cumple años Donato, un amigo. ¿Te importa si le llevo una botella y lo saludo? –pensaba invitarlo a subir, presentarlo como había hecho con sus relaciones en La Cumbre pero, después que se desdijera acerca de sus confidencias, el mal sabor de boca le impedía festejar con él en compañía de terceros. –Esperame un momento en el auto. –Si tenés programa, igual nos vemos otro día. Yo me borro. El aroma de los alisos ensanchaba los ollares del bagual, lo tironeaba para el costado del parque, que no quedaba lejos, donde tenía su querencia. Pero él estaba allí para impedirlo. –No, de ningún modo. Te invité a salir. No voy a dejarte plantado. La hiel le ennegrecía la visión, pero se aferró a su derecho.

Un insecto abrió las alas y evolucionó en redondo, como un helicóptero, ante las luces del auto. Como siempre en situaciones equivalentes, después de una hora de placer y de penitencia, el desahogo no calmó ni un poquito la ira del ofendido. Tras un rápido usufructo, encontraba el infierno. No podía dejar de tomar en cuenta las circunstancias que rodeaban el trato mutuo; a pesar de lo cual pretendía interesarlo por el propio afecto, por su tendencia antigua. Se sintió burlado y encontró mucho que lamentar. Una pequeña venganza lo calmaría. Julián descontó que lo devolviera en coche hasta las inmediaciones del complejo, como lo había hecho desde el inicio de su recuperación. Al fin de la mañana siguiente, poco después de levantarse de la cama compartida, combinó con la madre, por teléfono, para ir a comer con ella. –¡Qué lástima! Yo también tengo un compromiso –se despidió el chofer, al frenar en la esquina inmediata a donde paraba el bus–. Quedé en visitar a unos tíos; ya llevo retraso. Por lo menos te acerqué al transporte, ¿no? Era domingo; buses había pocos. Julián tenía por delante una buena espera, más un viaje demorado hasta su destino. Con suerte, llegaría a almorzar para la cena. Tomás se había portado con él hasta entonces como un caballero. Pero ahora le pegó en la madre.
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La tía de Tomás, la señora Irma, quería desprenderse de Villa Elsa, el inostentoso chalet que poseía en Parque del Plata, y que él asociaba con no pocas experiencias. A la mujer le resultaba difícil, por razones de salud, desplazarse hasta allí. El sobrino, entonces, asumió la tarea de liquidar la propiedad. Irma pensaba invertir el producto de la transacción en un apartamento en Montevideo. A ese fin, Tomás visitó una casa de altos que se encontraba disponible cerca de la ex cárcel y actual shopping de Punta Carretas. Las palomas se colaban a través de los vidrios rotos; habían hecho nidos mayormente bajo la incompleta tablazón del suelo; los detritus se acumulaban formando una alfombra que crujía bajo los pasos. Claramente el contexto reactiva las connotaciones; la imagen capital que le sugería el cielorraso opresivo y la cerrazón del día fue un tanque de agua estancada. No se oía el gotear de la cisterna… El grabado de una Virgen cuajada de joyas, traslúcida a través de orlas de humedad, casi amenazante, colgaba de un clavo añejo. Al fondo de un placard descubrió una caja de ampollas de vidrio que contenían un líquido rojo; acercó las ampollas a la luz. Parecía sangre. ¿Era sangre? Sin duda. ¿Por cuántas décadas había estado allí atesorada? ¿Una vida entera? ¿La vida de quién? Le vino a la mente el fino polvo fino de ruinas del sueño de las termitas; esto también era destrucción, era ruina, pero no era un sueño. Al lado de las ampollas descansaba un desgarbado par de guantes de verano, grises de polvo. ¿Guantes? No: ¡eran polainas! de un gánster bailarín de 1920, de tela elástica, con ristras de botones a los costados. A pesar del repugnante contexto las desempolvó y las llevó consigo, para premiar el esfuerzo de Lucas. Ya tenía gacho y zapatos de charol; las polainas completarían su atuendo de gánster, igualito al de Michael en el video. Tomás se comportaba con respeto, si no arrobamiento, frente a la música de Michael, en consideración a que era el ídolo de Lucas.
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Fuera como fuese, honraba esos momentos de audición devota, aunque no tan solemnes que impidieran al bailarín reproducir los pasos de su maestro. En los primeros días de noviembre –en dos semanas– Lucas cumpliría dieciocho años, la mayoría de edad; el derecho a votar, que ganaría entonces, no le quitaba el sueño; tampoco se lo quitaba el que se volviese penalmente imputable; había un único motivo ostensible que aparentemente lo inquietaba, relacionado con su mayoría. Entonces y sólo entonces Aldo, el médico especialista en burlesco, podría recomendarlo para intervenir como stripper en los shows de La Pirámide. Tomás se preguntó si el bailarín tendría éxito como stripper o si resultaría un fiasco. “No es un macho tetón. Carece de la necesaria pared de bife; no podrá competir con los lomudos, que es lo que el público pide. Representará, a lo sumo, una rareza apetecida por pocos. Él es otra cosa: un entertainer de cara emblanquecida por los polvos de arroz, una geisha más blanca que la luna. Los ojos, como en un dibujo, figuran los ocelos de la mariposa Cabeza de Muerto, un halo oscuro a los lados cuya amplitud me hace pensar en las fosas orbitales de una calavera.” La eventual introducción de Lucas como stripper en el escenario del local concluiría “naturalmente” –eso conjeturaba Tomás– el vínculo entre ellos. Tanto mejor. El accionar entre dos muchachos ya lo tenía harto; a la larga o a la corta resultaba insostenible. Había perdido la capacidad de control. No preveía el peligro ni podía, por sí mismo, romper con ninguno de los dos. Al presente las piezas de ese ajedrez se movían solas. Ni pensar en el mate. Todo eran citas marcadas. “¡Vení, baby, comete a los ricos!” La frase de Aerosmith resonó mientras fornicaban. Se asombró de que tuvieran tanto ímpetu; la adrenalina de la música y la adrenalina del cuerpo producían cuanto hay de más logrado y original en ese embate sónico, aquello “mucho de lo mismo”, el “río de remolinos” que pasaba por el cristal de Lucas, en cuyo fondo distinguía grumos verdosos, bosta de caballo. El olor del culo sobreflotaba, embargaba el ambiente sin ninguna necesidad de extinguirse. Ésta era justo la escena en que
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Tomás quería estar. “El bichero del chinchorro se engancha a la chalupa.” Esa música prestaba ritmo al tozudo aserrar, perfeccionaba su compás de perro famélico. “Coger hasta morir; o mejor: coger después de morir.” Por vez primera –para él– el perpetuo clímax no tuvo término; triunfaba sobre la urgencia de eyacular para seguir a una escuela de delfines según condiciones diferentes a las leyes que había conocido hasta entonces. No se cansaba de oír a Lucas hablar acerca de los videos de Jackson porque, al introducirlo a ellos, el fan difundía entre ambos esos sentimientos más agradables de nuestra naturaleza: aguda curiosidad y cálida predisposición. –El video que dirigió John Landis proyecta imágenes de peleas callejeras, sexo y muertos vivientes. Los Testigos de Jehová no tardaron en condenar a su siervo. –¿Lo echaron de la cofradía? –Sí. –... –Después hizo el video de Bad. La cinta parece que relata un acontecimiento verídico, que sólo varió en parte para satisfacer las necesidades de la canción. El joven Michael ha terminado sus estudios y vuelve al hogar, vale decir, al gueto. Se ha puesto demasiado blanco, demasiado refinado para ese barrio. Sus antiguos compañeros de gang lo increpan y lo obligan a cometer un robo. Michael

avanza sobre su víctima, un pobre viejo, posiblemente un itálico o un hispanohablante. Cuando está encima de él lo incita a que corra. Le está temblando el pulso; en el último instante o no pudo contener un arrepentimiento; ya es demasiado educadito como para andar metido en esos trances. Sus compañeros son todos unos negros grandotes y malos; aparecen y lo insultan, se lo quieren comer. Entonces, Come baby! ¡empieza el show! y Michael ya no es el flaquito tímido y escrupuloso; ahora tiene el cabello suelto, cadenas, cazadora negra e innumerables cremalleras que cierran sus encantos secretos y calentitos. –Se me hace agua la boca. –No tardan en aparecer sus secuaces: negros, latinos, asiáticos, todos ellos demasiado malos como para ser cierto. Explota la músi 309 ca y los pasos de baile, una coreografía desnuda en una terminal de subway. Ahora es Michael quien increpa a sus brothers al pulso de un furioso interrogatorio: Who is bad? Los antiguos compañeros de gang se ven rodeados y asienten: el joven universitario de color sigue siendo tan iracundo como siempre. No que Tomás se lo propusiera, pero las citas con Lucas se hicieron más frecuentes porque el ragazzo insistía con un frenesí tal vez ligado a sus necesidades monetarias. Por otra parte la incertidumbre con respecto a Guyunusa lo forzaba a tener siempre listo ese plan B, una bandeja en el horno, un proyecto auxiliar que lo sostuviera, especialmente ahora que, furioso porque se había negado a acercarlo hasta su domicilio la última vez que se habían visto, Julián ya no le telefoneaba. Lucas llamó desde una distancia de pocas cuadras. –Aquí estoy con mi novia, mi fan, de que te hablé; vive en Las Piedras, pero me acompaña esta noche. ¿Podemos pasar por tu casa? Tenía un nuevo tono confianzudo, un raro entusiasmo que buscaba ser contagioso pero sonaba artificial. No parecía borracho. Era algo diferente, diferente en todo caso al pequeño ritual que habían compartido hasta entonces. Tomás quedó perplejo. “¿Qué podría decirle yo a la novia: soy el que perfora a tu macho? ¿Quiere él hacer cama de tres, o planea traerla de testigo para acusarme de violador de menores? Lucas es aún, quieras que no, técnicamente, un menor. ¿O querrán asaltarme en pareja, como en la película que vi con Julián, de triste memoria? No. No permitiré que me obliguen a ir más allá de donde quiero llegar.” –Estoy ocupado. Llamame el viernes. Lamentó con rubor la rudeza de haber dicho tanto; pero de no haber hablado así, no hubiese sido suficiente. Soñó que caminaba de madrugada hacia su casa por un tramo de acera que correspondía al baldío vecino; hubiese creído que estaba solo, de no ser porque oyó un taconeo rápido detrás de él. ¿Lo atacarían por la espalda? El agua negra entonces se evaporó. Abrió los ojos. La luz mortecina del dormitorio revelaba los volúmenes
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como si fueran piedras expuestas al bajamar. Con la boca pastosa caminó hacia el baño; mientras se duchaba olvidó los pormenores del sueño. Tomás era huérfano, el único hijo de la hermana más joven de la señora Irma. Por nacimiento le pertenecía, con toda probabilidad de quedar permanentemente fijado allí, la malcrianza de su tía y abuela. El crecer con desventajas para conectarse con otros a sus pocos años, lo había hecho buscar relaciones bienintencionadas, lo que la naturaleza le había dado en todos los sentimientos apasionados que cambiarían su destino. Visitaba de vez en cuando a una mántica, de nombre Genoveva. Un día después de la llamada de Lucas hizo una cita con aquélla.

Al leerle las cartas, la mujer opinó que no le convenía ponerse en contacto con Julián; éste, enrabiado por el plantón del día domingo, le gritaría cualquier disparate. Él mismo llamaría cuando decidiera recomponer las cosas. Vis à vis Lucas le anticipó que iba a estar envuelto “ahora mismito” en una gran trapacería. Empezaba a creer –agregó– que una mala fuente le causaba un perjuicio; que no se creyera inmune a la sospecha común a todos en la desgracia o la enfermedad. Captaba el ansia de su informante. Podía referirla a la hostilidad de alguno. Era razonable suponer que la evidencia se encontraba en el fondo de esta coyuntura, y él meramente lo sabía. “¿Quién otro sino Julián?” pensó. Tenía sus razones. Había quedado furioso por la brusca despedida. ¿Quién más plausible, en esas circunstancias, para neutralizar el peligro de que Tomás lo denunciase por venganza de agravios supuestos? Solicitaría a un compinche, al horrible pai Marcelo o al igualmente siniestro travesti La Pocha, ambos consumados especialistas en causar malparanzas, que hicieran tambalear, clavándolo con un “trabajo”, la salud o la fortaleza de Tomás. “No tiene sentimientos hacia los otros; puede olvidarse y desertar sin el menor escrúpulo a quienes ha guiado a la ruina; y está más allá del alcance de todo sentimiento de justicia o de compasión.” –Por favor vea pronto al pai Zezé, para que lo bendiga –le aconsejó Genoveva.
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Pensó consultar a Zezé, el pai conocido de él, pero éste acababa de ser masacrado en un accidente de moto. Se encontraba en cuidados intensivos en el hospital con sus cien fracturas, inmovilizado por el yeso; había faltado poco para que lo amasaran. Su propio deseo, de ser un amigo leal que le rindiese alguna visita en el sanatorio, se vio contrariado por el imperativo súbito de viajar a Parque del Plata al día siguiente. Un agente inmobiliario le trasmitió una oferta para comprar Villa Elsa. Sugirió que fuera al balneario enseguida para conocer in situ al prospectivo comprador y discutir con él las condiciones de la venta. Dos días antes, el miércoles, Lucas había marcado cita para hoy, viernes. Éste era su día. Cuando llamó para combinar, Tomás actuó bajo el impulso del momento: –¿Quisieras venir conmigo a Parque del Plata? Es para vender la casa de mi tía. Si venís, podríamos pasar allí la noche. –Nosotros siempre nos vamos a divertir, ¿no? –fue la bien cocinada respuesta del mamboretá. A pesar de su gran apego, que lo llevaba a prendarse, ajustando su ánimo a los vaivenes del antojo de Julián, esta vez había resistido llamarlo. No eran compatibles; debían prohibirse cualquier compromiso. Su criterio no pudo oponer tal resolución, aunque sus sentimientos sí. Justo cuando salía sonó un campanillazo: era él. Obviamente, buscaba reconciliarse. –Un grupo de conocidos... ya te conté. Fui a un concierto en el salón de actos del complejo...; ésos mismos tocan mañana de noche en Santa Lucía. Se me ocurrió que podríamos ir juntos; ¿te parece? –Sí. No hay problema. –¿Seguro? –Seguro. Sin tomar ventaja de la conexión, con medios muy limitados, Tomás hizo las paces en buen entendimiento; se comprometió a telefonearle a las tres de la tarde del día siguiente, un sábado, para combinar los detalles de la cita.

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En perfecta libertad fuera de su empeño, se puso alegre. Su fortuna era moderada: se había reconciliado con su pupilo; pensaba darle educación, esperaba proveerlo con medios de subsistencia respetable en el futuro. Recogió a Lucas en la academia de computación; lo acompañó hasta el Cerro, donde vivía, para que retirara el equipaje. Estacionó junto a la pared desnuda, gris, de un camposanto nuevo. No habían plantado siquiera algunos árboles que dieran sombra. Lucas siguió a pie hasta su vivienda, ubicada, según dijo, más allá de lo previsible y transitable, sobre un sendero de barro en la precaria villa miseria que empezaba a la vuelta de la esquina del cementerio. Tomás no tenía mayor interés en averiguar dónde estaba exactamente. Desde la camioneta observó, mientras esperaba, a unos muchachos que jugaban a la pelota en la calle; dos cascotes marcaban el arco, no lejos del muro. Un tiro, pateado a puro sentir, que podría haber sido menos corajudo y más sabio, elevó el balón fuera de la cancha, por encima del arco y del muro; fue a parar justo entre las tumbas. Un jugador entró a rescatarlo; a los pocos instantes, rebotaba de nuevo sobre este lado, “el costado de la vida”. Lucas volvió y reanudaron la marcha; pero no habían pasado dos calles cuando pidió al chofer que se detuviera en un tenderete donde vendían ropas de niño. Como excusa razonable para justificar la dilación, explicó que la vendedora era una antigua compañera de escuela. –Mi hermano mellizo y yo la compartíamos –nunca hasta ahora había mencionado a un hermano mellizo–. Era la novia de los dos. Ella no sabía cuándo estaba con uno y cuándo con otro. Quiso ponernos dijes de color en las orejas para diferenciarnos; ese recurso suponía nuestra buena voluntad y cooperación; después empezamos a sentir que deberíamos haber sido más considerados, pero entonces cazábamos cualquier excusa razonable para posponer el maldito momento de la identificación. Atravesaron un bosque sobre una colcha crujiente de pinocha que borraba la senda. “El lugar de las rutas muertas”: el chalet que
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pertenecía a su tía y en el que él había vivido por temporadas se desprendería de ellos para ser recordado sólo de vez en cuando. El edificio no representaba sólo, sino que era la historia de su propio cuerpo; tanto uno como otro habían sido masajeados por un intervalo idéntico de tiempo. El frotaje era notorio en todos los detalles: un techo que se cae, la pared que envejece; la luz de cada día iluminaba la decadencia, retratándola en sí. Aunque el viaje resultó inútil: sin dar ninguna explicación los interesados no comparecieron y el agente inmobiliario escurría el bulto. ¿Era esto un síntoma del maleficio? De haber viajado solo habría regresado en la noche misma, pero acompañado por un garoto de programa, ya tenía programa; no le podía fallar. Traerlo no había sido la iniciativa correcta. Es cierto que Julián había pasado por aquí en un equinoccio. Igual intuyó que no había sido una buena idea traer a Lucas ni vincularlo a los intereses de la familia. Pero a lo hecho pecho: ahora más valía permanecer y relajarse. Caminaron por una lengua de arena a lo largo de la desembocadura del arroyo; después vadearon la ensenada. Dos niños, las piernas en el agua como ellos, pescaban con un mediomundo peces más grandes que orejones a los que llamaban tapaderas; en efecto tenían forma de tapa, como la del radiador de un coche. Lejos de ser incompatible con un armazón débil y ánimos variables, era refrescante

meter los pies en el vado llano. Nunca lo había picado aquí un bagre del fondo; en caso de clavarle el aguijón eréctil, como le había sucedido a muchos, se le hincharía el pie; imaginó la punzada repentina. Pero también esta vez su anticipación miedosa lo engañó; y el mal día fue aplazado. Miraba a Lucas con una doble complacencia; el sentido del placer y el sentido de hacer justicia, de atenderlo. Debía, por su honor, en todos sus principios, admirarlo: era un apreciable médium de Michael; elegancia que, si en una persona o mente, no parecía común ni vulgar. A sus ojos, de un gris verdín, con curvadas pestañas y cejas, no se les podía negar elogio; pero la piel, que pensó en algún momento que carecía de color, daba la impresión ahora de no necesitar mayor eflorescencia.
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Había refrescado. El aire frío se colaba entre los laureles y los ciruelos. Sobre la mesa del comedor apareció un insecto en forma de paralelepípedo tornasolado con borlas negras en la mitad de las antenas. –Le dicen guitarrero –acotó Lucas– porque emite un chirrido bajito. Si acercás la oreja y ponés atención, oirás riffs de thrash. A su pedido Tomás tradujo una letra de Michael: “Plumereá tu cola/ respetá lo que te gusta/ porque hace tiempo que me conocés/ y sabés que no estoy jugando”. ¿Por qué lo alarmaba Lucas? Podría ser una cuestión difícil de contestar. No sabía cómo era, pero había en él tal frialdad y reserva, tal aparente indiferencia acerca de si gustaba o no, que entre la luz baja, con la confusión de su cansado cerebro, el tic de su conciencia, la vehemencia del coito, la efusión de su trasero, el fuego de su garganta, el cosquilleo de sus nalgas, las ratas de su desván, el alboroto en los oídos, Lucas lo inquietaba. “Por una razón u otra, uno busca el milagro y para lograrlo es capaz de abrirse paso entre la sangre.” Contagiado por el vaticinio de Genoveva, le espetó a quemarropa –¿cómo pudo?–: –¿Tus amigos del Cerro son ladrones? –Sí, todos; menos yo. La respuesta fue asombrosamente parecida a la que le había dado Julián tiempo atrás al preguntarle si era taxi: “No soy; pero tengo amigos taxis”. Lamentó haber tratado a través de tres largos meses a una persona cuyas intenciones pudieran no gustarle, haciendo más de lo que habría querido o menos de lo que debería; quizá estuviese bebiendo sin saberlo un triste veneno mientras conversaba con el amigo. Al enterarse de que Tomás volaría a Buenos Aires para resolver una cuestión de trabajo, el émulo de Bad y de Dangerous estalló en sorpresivos sollozos. –Mi hermano mellizo –balbuceó– fue a Buenos Aires a los once a visitar a unos parientes. Al cruzar una avenida lo aplastó un camión y lo mató. Absorbió su historia, su situación, tanto como su atractivo y consideró el destino de tal desenvoltura; parecía imposible sentir
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otra cosa sino compasión y respeto; en conjunto lo acompañaba con sentimientos suavizados y caritativos; eran sentimientos encantadores, pero no duraderos, Notó que esa noche Lucas se le resistía, aunque no de forma abierta; pensó al principio que era una impresión imaginaria, pero al cabo confirmó una tirantez, una contracción en cada uno de sus músculos, como si estuviera juntando vapor para estallar de un momento a otro. Sintió los crímenes que bullían ahí para surgir mañana en los titulares de los diarios, sintió la miseria moliéndose

a sí misma en un mortero. “Soy una hiena flaca y hambrienta – parecía decir– pronta a empezar su carrera de deber laborioso.” El balneario estaba lo bastante desierto como para que si algo acontecía no lo oyeran en una legua a la redonda. Prefirió quitar independencia a las manos, no comprometer su parte de fortuna con un desempeño exigente e inhibirse de frotar aquel torso más de lo necesario para lograr una descarga. “Es como un estado de guerra”, pensó. “Como la causa primordial de las cosas. Es exactamente como un estado de guerra.” Si algo pudo ser más donde su cuidado estaba en lo máximo, el agradecimiento y el elogio intentaron contrarrestar la crispación implosiva que notaba en todo el ser del invitado. Tuvo la precaución de colocar su morral sobre el dinero, para dificultar el robo, si lo intentaba. Yaciendo a oscuras, en el fin de las cosas, antes de dormirse, apoyó una mano sobre la mano flaca del otro, entrelazó los dedos. Por milenios y cientos de miles de años los yacentes, dioscuros con talle de avispa, surgían de la mano dentro del ámbar; en la resina del sueño; surgían del fondo de un espejo, que suspendía las vidas de los efímeros en ruta hacia el acople permanente entre esfinge y momia. Tía Irma telefoneó a la hora del desayuno y lo despertó; fue tan fácil complacerla como casi siempre, aunque estuvo más cansadora; a la ansiedad acerca de su salud se agregaba ahora la frustración de que los interesados en la compra de Villa Elsa hubieran desaparecido. Se duchó y encendió el radio. Un dúo de guitarras brasileras se enzarzaba como pájaros combatientes.
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Lucas se incorporó, tomaron café y salieron. Era un día de ventarrón, pero muy luminoso. –¿Qué te parece? ¿Nos fumamos un porro? ¿O volvemos a Montevideo ya? –Volvemos a Montevideo, ya –respondió el muchacho, como si tuviera algo importante que cumplir en su día. Incapaz de una penetración real en el carácter del camarada o en su propio valor para su compañía, u opinión acerca de lo compatible de la pareja, Tomás cubría su trato con un manto de amabilidad, decidido a no arriesgar nada. Fue a cambiar moneda a un comercio. Al volver captó, a través del parabrisas, la mirada del que lo esperaba dentro del coche. Fue un flechazo de concentrada atención, meticulosa y grave, con el cual no estaba familiarizado. Esa vigilancia tenía algo que ocultar y la misma reserva prevaleció en otros tópicos. Quilómetros adelante, le pintó la onda de recoger a dos autostopistas. –¿Paro? –No pares. Pueden ser peligrosos. –No creo. Igual, para mayor seguridad, vos pasás atrás; uno se sienta a mi costado y el otro contigo. Así al menos tendremos más chance de resistir si nos atacan. El acompañante obedeció en silencio, con disgusto; con sospechoso sigilo. Los mochileros viajaban hacia un campamento en las sierras de Minas. Eran de San Fernando de Maldonado. El sol había conferido a sus rostros un tinte mate. Pensaban compartir algunos días acampados en grupo, alrededor de fogones, las pantorrillas arañadas, para filmar a la bruja de Blair o alguna perdiz. “En eso de la exploración soy medio piedra...” confesó uno, con un vistazo lateral, casi vergonzoso. En el cruce correspondiente se despidieron y se bajaron. Tomás se alegró de que hubiera tenido lugar tal encuentro; había servido

para ventilar la atmósfera y camuflar el primer impacto de su incomodidad con Lucas. –¿Viste cómo no eran peligrosos? Tengo un sexto sentido que me advierte acerca de las situaciones de riesgo; hasta ahora no me he equivocado –aseguró no sin petulancia.
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–Sí –corroboró el compañero, lacónico. Y después, a boca de jarro: –¿Cuánto tiempo pone este coche para ir de Montevideo a Las Piedras? –Depende de si hay tráfico o no; depende de la hora. ¿Por qué Las Piedras? Ahí vivía la novia. ¿Por qué “este coche”? ¿Pensaba Lucas manejarlo? Bueno, no debería salar demasiado la pierna de ese cordero, ni todo ese cuarto de atrás. Sin descartar la impresión de sobresalto pero manteniendo un tono servicial, al entrar al cono urbano le preguntó: –¿Dónde te conviene que te deje? –Por favor: quisiera ir a tu apartamento. Mi padre entró a trabajar hace pocos días a una empresa de vigilancia; hoy tiene horario continuo y no estará en la casa. Mi hermanita está con mi madre. No quiero quedarme solo. Su mención de la hermanita corrió la cortina, parecía el resultado de un sentimiento real, así que no pudo librarse de él tan pronto como habría deseado. Pero, ¿para qué quería venir? ¿Planeaba hacerle una confesión? ¿Consultarlo? –Sólo si es por poco tiempo –adujo. Le extrañó el apego repentino, sobre todo porque se había mostrado remoto y callado durante casi todo el viaje. Ojalá se despidieran ya. Por cierto, tenía cosas que hacer. La principal era ponerse en contacto con Julián, según le había prometido. –Me quedo sólo un rato, ¿sí? –Está bien. Podría haberlo obligado a bajar por una decisión de facto en cualquier esquina que contase con transporte hasta su domicilio. Pero enseguida sucumbió a un barrunto: ¿qué tal si hubieran desvalijado la casa mientras él no estaba? En su primera visita, Julián había examinado atentamente las aberturas. De hecho, era una idea descabellada; sólo había estado ausente pocas horas y nadie, comprendido Julián, estaba al corriente de que viajaría. Olió un peligro, sí, pero no sabía de qué costado vendría el ataque. En caso de robo, Lucas sería un auxilio que no cabía desdeñar. “Puede ser desagradable, por el momento.” Enfrente de la casa comprobó a simple vista que la puerta no había sido violada; todo lo que había imaginado parecía una simple
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bagatela, indigna de fomentar preocupaciones. Era el momento exacto para seguir derecho hasta la parada del bus, despedirse de Jackson. Por mostrarle agradecimiento no obstante, y no desencanto, resolvió: “Debe estar preocupado; me encargaré de él, aunque sea un minuto”. Estacionó a la vuelta de la esquina. Bajaron. Le sirvió a Lucas un vaso de agua. Escuchó primero los mensajes del contestador. Antes de que terminara el último, timbró el teléfono y se vio, durante un breve ínterin, fortuitamente envuelto en conversaciones con interlocutores varios, como si fuera anunciado y conocido que él llegaría a la casa en ese instante. Advirtió que el muchacho emergía a cada rato desde la cocina para cerciorarse si seguía ocupado. “La naranja se pasea de la sala al comedor: no me mates con cuchillo, mátame con tenedor.” Lucas parecía sentirse mal; sin embargo él tuvo una especie de satisfacción al ver que tanta gente agradable le prestaba miramiento y de poder exhibir esa deferencia ante el

otro, que se encogía de hombros, suspiraba y se metía de nuevo en la cocina al comprobar que él seguía en el teléfono. ¿No aceptaba que tuviera obligaciones? No sabía si alegrarse o enojarse, avergonzado o apenas divertido, en tal estado de mente que no arrojaba conclusión con respecto a la importancia de Julián para él. Muy sinceramente deseaba llamarlo; se lo había prometido; pero no estaba inmediatamente en su poder. Levantó, por última vez, el auricular: era él. Debía estar muy interesado en verlo, para haber así roto el protocolo, dado que, según habían acordado la víspera, correspondía a Tomás la responsabilidad de llamarlo. Éste se sumergió en todas las sensaciones de curiosidad, maravilla y arrepentimiento, pena y alegría, ante el reclamo venturoso que lo convocaba. A pesar del tono despreocupado y burlón del gañán, con el dominio que le era característico, creyó detectar inquietud en la pregunta: –¿Estás seguro de que no te vas a olvidar de recogerme? –A las nueve en punto estaré en el complejo. En medio de una carcajada –Julián no estaba dispuesto a despedirse demasiado pronto– Tomás se dio vuelta; Lucas estaba ahí, detrás de él; escuchaba todo. Probablemente se había enterado de los pormenores del encuentro que planeaban para esa noche.
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Desde la compactera, Jackson cantó: “Every night stance is like taking a chance./ It’s not about love and romance/ and now you are gonna get it”. Se despidió de Julián; estaba libre de nuevo. Ahora, por fin, podía concentrarse en Lucas, aunque no fuera más de un minuto. ¿Qué pretendía? ¿Por qué se obstinaba, ahora que habían terminado los llamados, en permanecer en la cocina? Se acercó para cerciorarse; lo encontró inmóvil, parado en el centro del cubículo. Al darse cuenta de que lo miraban, disimuló: se puso a bailar a lo Michael. Pero no fue como las otras veces; carecía de la soltura de marioneta despreocupada que había aprendido de los videos; se le notaba rígido; esa impresión fue fugaz y resultó inconclusiva. El dueño de casa se aproximó; le rozó el bozo con los labios; le pidió disculpas por la demora involuntaria. Mas el cuerpo del otro se contraía cada vez más. Su interlocutor le palpó la mano, intentó tomársela, en señal de afecto. Lucas mantenía el puño cerrado. –Si querés venir, te espero en el living. Y salió. ¡Por fin! el primer remanso de paz y quietud después de tanto ajetreo. Deseaba que el visitante despachase su asunto y se fuera; él había trajinado y conducido; ahora estaba exhausto. Si sólo pudiera dormir una siesta antes del encuentro de la noche. Se inclinó para mullir un almohadón. Entonces sintió la punzada bajo el omóplato izquierdo. Se dio vuelta. Lucas sostenía en la mano un cuchillo de mesa bañado en sangre. Era su propia sangre. El cuchillo tenía filo dentado, para cortar churrasco. Se lo había metido, retirándolo en seguida. Primero pensó que se trataba de un chiste, grosero por cierto, inoportuno, fuera de lugar. Iba a decírselo. Iba a explicarle todo. Un segundo después, se dio cuenta. ¡Qué locas fantasías forma uno cuando se trata de su querida persona! ¡Qué fácilmente se equivoca! En la cocina, momentos antes, cuando él entró y lo besó, Lucas mantenía el cabo oculto del cuchillo en el puño cerrado, que él no quiso violentar, mientras ocultaba la hoja en la manga de la camisa. Juntaba fuerzas para el ataque, en espera de que desocupase el teléfono. Y se lo
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clavó a fondo, sin aviso, sin misericordia, en el lugar calculado del

corazón, para derribarlo de un solo golpe, como si fuera un toro. Cuchillo en mano, ahora, mantenía una expresión fiera, aunque quizá oscilaba entre la repugnancia y la bravura; fruncía la cara lo mismo que Michael en los videos, en los momentos de coraje. –¿Por qué? –aventuró, sin obtener respuesta. ¿Estaba celoso de su conversación con Julián? ¿Dinero era lo que deseaba? ¿Había proyectado el ataque antes de entrar? Esto último, sin duda; ¿por qué si no había insistido extrañamente en venir con él? En una reminiscencia de la película Nuestra Señora de los turcos, el herido dijo: –¡Te quiero, te quiero! Nuestra Señora, subida a un altar, cantaba Coi sospiri di clemenza ti perdono –el aria de Ana Bolena antes de su decapitación en la ópera de Bellini– “Ti perdono, ti perdono!” bajaba del altar y perseguía a un caballero andante –“Ti perdono, ti perdono!”– que rendía su espada y salía huyendo. En vez de perseguirlo, Tomás retrocedía, suavemente, con el mayor recato, sin volver la espalda. Igual que un animal vencido en la lucha, ofreció el pescuezo para que el atacante lo cortase, con la esperanza de que, al rendirse, desistiera de rematarlo. Entre los animales, esa táctica suele dar buenos dividendos. ¿Convence una plegaria en la agonía? ¿Una confesión de amor en el momento extremo? El shock suscitaba en Tomás un súpersentimiento, por lo tanto es lícito mantener que en ese momento no mentía. Vio con el rabo del ojo el chorro de su propia sangre salpicado sobre los almohadones. Supo que le quedaban escasos momentos de fuerza y lucidez. Debía aprovecharlos para huir. No de un modo desordenado se deslizó contra un bargueño, siempre en retroceso, sin sacar los ojos de su contrincante, a fin de ganar la puerta del vestíbulo. Sorprendido de que la víctima, en vez de derrumbarse, le hablara, Lucas aguardó unos momentos, por ver si flaqueaba. No tardó en advertir, sin embargo, que intentaba escapar. Tomás franqueó la puerta y se encontró en el rellano superior de la escalera. Su agresor probó pararlo con una llave de karate. Osci 321 laron y se bambolearon, pero la fuerza de gravedad acabó por imponerse. Entonces rodaron trenzados escaleras abajo un piso entero hasta el rellano de la entrada. A causa del aceleramiento de la caída se golpearon con un impacto atroz contra la puerta de calle. Slip and stumble Trip and fall Down the stairs And hit the wall! Suponiendo que el otro no tardaría en irse, al entrar no había pasado ni la llave ni el cerrojo (cosa que de ordinario nunca dejaba de hacer); ¡felix culpa!; su omisión resultó providencial. La puerta, con todo, no cedía, porque los cuerpos en lucha presionaban contra la hoja e impedían que girase hacia dentro, su único posible compás de apertura. Apoyó la espalda contra la pared lateral del pasillo; se irguió de a poco, con gran dificultad, porque Lucas intentaba impedírselo. Semincorporado, por fin, oprimió el picaporte; la puerta cedió una hendija por donde se escabulló calle afuera. Para evitar que el criminal lo persiguiese, intentó cerrar tras sí; pero no pudo: la lengüeta del picaporte se había atascado contra el marco. Un pedazo de hocico, un ojo verde de su matador, un enorme manchón de sangre líquida sobre la pared en que se había apoyado para erguirse, fue lo que vio por la hendija antes de apartarse. –Disculpame –murmuró Lucas, que se quedó dentro.

No lo siguió por miedo a que lo vieran. Se había excusado de antemano, invocaba su perdón para que, si sobrevivía, no lo denunciase. Dio unos pasos vacilantes, se le nubló la vista. Ya a punto de perder la conciencia, franqueó la acera y bajó a la calzada con la noción de lograr que algún vehículo se detuviese ante su cuerpo, de pie o yacente. Arriesgaba la vida para salvarla. Un cochecito rojo se aproximó; se detuvo; una mujer con mechas claras, en el asiento del acompañante, lo miró con terror. El vidrio de la ventanilla estaba subido. Tomás intentó gritar: “¡Al hospital!” pero movía los labios sin emitir la voz. Eso fue lo último que supo. No hubo nada más.
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Estaba extendido boca arriba, cuan largo era, sobre el pavimento; curiosos se habían agolpado a su alrededor; lo miraban desde una altura, como si fueran palmeras o jirafas. Dos paramédicos le pinchaban los brazos; esos pinchazos lo despertaron. Al comprobar que abría los ojos, uno de ellos dijo: –Usted perdió mucha sangre. Litros. La presión arterial no existe. Le estamos aplicando suero para revivirlo. De entre los curiosos se adelantó un policía joven, pardo, cachetudo. Parecía del campo. Intimidado por el accidente, aunque con cierta cortesía, le preguntó nombre, domicilio, motivo de la puñalada, nombre del agresor. Al agonizante le pareció justificado hacer constar esos hechos antes de sumirse una vez más en la inconsciencia. Respondió a todo con ahogado esfuerzo, con frases cortas. Le preocupaba que Lucas –según lo que él sabía, había quedado emboscado en el apartamento– robase su computadora con la información incorporada al disco duro. Conocía el interés de la libélula en ese rubro; ya le había regalado un modelo más antiguo, que él no usaba. Al salir hacia Parque del Plata el día previo había tenido, con todo, la precaución de esconder la notebook tras unas cajas. Los paramédicos le pidieron que se pusiera de lado; al voltearse se dio cuenta de que no podía respirar: –¡Me asfixio! ¡Me asfixio! –Tiene el pulmón lleno de sangre. No hay nada que podamos hacer. No tenemos balón de oxígeno. Lo subieron a una camilla y lo metieron en la ambulancia. Según pudo constatar dejó sobre el pavimento un inmenso charco granate oscuro. –Usted no es socio de nuestro servicio –comentó uno de los paramédicos–; un vecino que sí es nos avisó. No teníamos obligación de venir, pero vinimos igual. Dio la casualidad que estábamos cerca. Si no hubiéramos acudido como lo hicimos, usted habría terminado de desangrarse. No habría llegado vivo al hospital. Le aconsejo que se haga socio de nuestra empresa. Los beneficios, los conoce.
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Nuevo desmayo. Cuando recuperó la conciencia se vio puesto sobre una plancha metálica. Lo estaban desnudando. Alguien explicó que lo llevaban a la mesa de operaciones. Una mujer de bucles castaños sostenía en la mano su billetera. Iba a guardar los valores –dijo– en la caja del hospital. La nurse le solicitó teléfonos de parientes o amigos a fin de participarles su condición. –Le vamos a aplicar la anestesia. ¿Es alérgico a algún medicamento? –Prefiero que sea sólo local. Le dieron la razón, como a los locos. Con el tórax fuertemente vendado, tubos de transfusión y de suero que se injertaban en el brazo y en la nariz, una máscara de oxígeno, despertó en la sala de cuidados intensivos. Le dolía la dentadura. Ese

dolor lo había expulsado de un agradable sueño de éter. Tanteó, con la lengua, la razón de su insoportable molestia: era un trozo de hilo grueso atascado entre dos dientes, que le dificultaba el respirar. Le hizo señas a la enfermera, que no estaba lejos. –El anestesista probablemente ató ese hilo para asegurar el tubo de salivación mientras lo operaban –aventuró la nurse. –Traiga un gancho quirúrgico para extraerlo. –No puedo sin orden del médico. En un silbido asordinado: –Si no me quitan el hilo, saldré al corredor y me pondré a gritar. –Ni lo intente. Una cánula le atraviesa el tórax para drenar el pulmón; aparte de los tubos de suero y de sangre, que le cuelgan de la nariz y del brazo. Volvió acompañada por una mestiza obesa que se presentó como la anestesista; exasperada, con la cara contraída por la furia, farfulló: –Es extravagante que proteste por un hilo; su propia vida cuelga de un hilo. Sintió un gran alivio, a pesar de todo, cuando lo extrajo. Julián le preocupaba. “¿Qué hora es? Demasiado tarde, quizá, para llevarlo al concierto. Nunca falté a una cita con él. Él sí faltó, un par de veces.”
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El muchacho pensaría que le había dado una sonriente e hipócrita seguridad para después deliberadamente faltar a la cita; que lo había engañado, tanto como siempre había esperado que lo hiciera, en castigo por alguna supuesta ofensa real o imaginaria –sin saber que él se encontraba agónico sobre el camastro de respaldo regulable, alto como un barco. No sólo no había podido acudir; tampoco había podido avisarle que no iría. ¡Qué fiasco! En parte lo regocijaba –Julián se lo tenía merecido–, en parte lo asustaba, porque no quería enojarlo. Se le representó el pelo lustroso de champú, vestido con su mejor ropa, juntando desengaño con despecho. ¿Por cuánto tiempo lo esperaría en vano –justo en estos precisos momentos– al borde del camino de entrada a las viviendas?, ¿media hora?, ¿una hora entera? O, malhumorado por el desprecio, ¿ya había tomado un ómnibus hacia el parque Batlle? “Bueno, él se lo ha ganado. Y desde el punto de vista de las justificaciones, es un crimen perfecto.” Curioso: no pensaba en su asesino. Éste se había borrado a sí mismo. Su conducta zanjaba la cuestión, disolvía cualquier vínculo; al clavarle el cuchillo había quedado fuera de la sociedad de sus congéneres, había pasado al otro lado del espejo. Además era un mero ejecutor: el verdadero mal venía de otro lado. Sólo consideró: “¡Cómo bajé la guardia! ¡Cómo me dejé envolver!” Se daba cuenta no obstante de que todo podría haber sido peor: que lo hubiera atacado, por ejemplo, en el balneario, donde nadie habría acudido a socorrerlo; o que lo hubiese apuñaleado de noche, cuando ningún vecino hubiese llamado a la ambulancia; o que la puerta de la casa hubiese estado cerrada con llave, como era corriente, y él se hubiera desangrado dentro del apartamento hasta morir, prisionero de su asesino. O que la ambulancia no llegara a tiempo para salvarle la vida; o que no hubiese sobrevivido la operación. La calamidad, con todo, pensó, ya se había manifestado. No había podido destruirlo; al menos no por ahora. Sería falso afirmar que la propia sobrevivencia le resultaba indiferente; su impresión actual de alivio provenía de que él navegaba en la cama barco y ya no tenía que encargarse de nada; se había puesto, mal que bien, en manos calificadas. “Es un alivio que a uno lo asesinen.” La responsabilidad, la vigilancia, las atenciones, correspon 325 dían todas ahora a los médicos y a las enfermeras. “Cumplo la esperanza

del reloj; me paro un instante para ver pasar el tiempo.” Le tomaron la presión: cinco. Las transfusiones continuaron. También suero, antibióticos, calmantes. –¿Estoy fuera de peligro? –No. El riesgo de infección está agravado por el paso de la cánula intercostal. Las infecciones son más peligrosas todavía que la cirugía. Por lo común, sobrevienen en la primera semana. Se declara una septicemia que no responde a los antibióticos. La diálisis de riñón es el último recurso; pero aún así muchos mueren. “La investigación estuvo, está, a punto de sacarme del partido.” Sintió clemencia y ternura por este cuerpo, que terminaba pagando todas las deudas, las de la curiosidad y las del corazón. Entretanto una anciana acababa de fallecer en la cama inmediata. Un adolescente tomó su sitio; era un caso complejo de trasplante de médula; a última hora, a causa del decaimiento de su estado, los médicos habían decidido no operar. Uno de nuestros sentidos roza los pasados de la inconcebible unidad: es el sentido del olfato. Se iba acercando a una parva de heno, y los temas ociosos fueron relegados. Su cuerpo era un guante que se daba vuelta; los labios de la sutura, que aún no había visto, gruesos y hasta groseros, sobresalidos, demarcaban las diferentes zonas... ¿qué zonas? Cada excitación incongruente, específica, emergía del revés de un terreno privativo; qué extraordinario. Horas más tarde le dijeron que tres amigos y un primo tomaban sus noticias. Estaban en la sala de espera. El médico de guardia permitía que los recibiese ahora; más bien, que recibiese a uno en nombre de los demás. –Está bien. Que pase. Entró Donato. –Hablé con el portero de enfrente, que tiene una copia de tus llaves. Abrió la puerta a la policía, a fin de que registrara tu casa. Después me entregó las llaves. Como supuse que el atacante se habría llevado un juego, hice cambiar la combinación de la cerradu 326 ra; así no podrá volver cuando se le cuadre. También pensé que se hubiese llevado las llaves del coche; por suerte encontré una copia en tu escritorio; metí la camioneta en un garaje, donde está segura. Por las rendijas de la persiana veía las copas de los plátanos; las hojas resplandecían con el primer verde de la estación. La luminosidad envolvía la cama aun en la penumbra: “Hay una pequeña bola roja de vida nueva que está naciendo dentro de mí, en los tejidos, en el pulmón. Debo evitar que se infecte”. –En 1988 –Donato dixit– Michael Jackson estrenó la película Moonwalker, cuyo merchandising incluía un videogame. Vos eras Michael, y cuando te atacaban los malvados, los destruías bailando. A él lo había atacado un bailarín. Donato le regaló un cuaderno, donde anotó algunos sueños que tuvo en el hospital. 22 de octubre Sueño que escribo sobre un libro de testimonios –o de quejas– que el gobierno ha puesto a disposición de los ciudadanos. Garrapatear sobre estas páginas resulta ímprobo porque son de arena. Con la punta de un cuchillo trazo la palabra caverna. Escribir es un riesgo; estoy exiliado en un campo de trabajo en Siberia; las autoridades amenazan con bloquear el regreso de los que protestan. Además, es inútil: estoy seguro de que harán desaparecer el libro. En los días subsiguientes ni siquiera podía incorporarse a fin de que las enfermeras lo lavasen. Para cambiar la ropa de cama lo rotaban como si fuese una salchicha. Le humedecían la piel con una esponja,

pero lo secaban mal; en consecuencia se le pasparon las nalgas y la ingle. La venda era deshecha a diario para desinfectar la sutura, un edema de labios anchos cubierto de costras rojinegras que circundaba casi toda su espalda, seguía una ruta curvácea bajo el sobaco izquierdo y terminaba en la mitad del pecho. Al despegar la cinta adhesiva le arrancaban pedazos de piel; la espalda se volvió un hatajo de llagas.
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–Es precioso –comentó la nurse–. Ese doctor es un genio. Si usted viera los zafarranchos, las alforzas fruncidas que perpetran otros, se daría cuenta de que a usted le hicieron una obra maestra de alifafe. El cirujano que lo había intervenido apareció por primera vez en el cuarto. Había viajado enseguida después de la operación. Volvía de un congreso en Río. Era extraño ver a ese alto jugador de básquetbol concernido por su salvamento. La dieta era puntual y rutinaria: el intervenido comía una manzana al horno y debió limpiarse los dedos con la servilleta antes de extender la mano. –La cuchilla no sólo le perforó los bronquios sino que le cortó además una arteria junto al corazón, de ahí que perdiera tanta sangre. Cuando lo vi en el quirófano no creí que se salvara. Pero usted resistió, para mi sorpresa. A pesar de los malestares podía dormir por períodos cortos entresacados al ruidaje ambiente, a las peleas en el corredor entre los enfermeros. Con frecuencia una bandeja rodante chocaba contra algún obstáculo indiscernible desde la cama. Otras un tanque de oxígeno colidía contra un sillón de ruedas. Los calmantes obraban durante cierto lapso, pero su efecto se desvanecía antes de la hora prescrita para la renovación de la dosis. Con estabilidad y buenos pensamientos consideró: “Esto llevará pronto a algo mejor o peor”. –Hablé con tu primo a calzón quitado –Pierre sonreía amable, aparentemente concernido–. Le conté todo tal y como sucedió. No pudo agradecerle que vertiera gratis sobre alguien de su parentela la inundación castalia de tan cándida intimidad. Nunca le perdonó, aunque lo intentara, esa inconcebible falta de tacto, esa infidencia sospechosa de mala intención que habría de tener tan pésimos resultados. Vino su tía Irma hecha una exhalación, deshecha. No la había mandado avisar para no inquietarla, pero su cautela empeoró las cosas. Entre la publicidad de un desodorante y el vaticinio de inminentes lluvias, ella se enteró de la noticia por el televisor.
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–¿Qué pasó? Pensé que te habías muerto. El “muerto” la recibió con una sonrisa. –Un desconocido me asaltó en la calle. Intenté huir. Me atacó. Al verme sangrar, tuvo miedo de que lo identificaran y salió corriendo sin llegar a robarme; la billetera está aquí nomás, en la caja del hospital. Esa versión no contradecía aparentemente en ningún respecto crucial los datos del informativo, de modo que estuvo bien; sin exceder su alerta y su atención logró salir con ventaja, en la gloria de haber conspirado con éxito. Ella estuvo de lo más agradable, encantadora. Mientras conversaban, se quedó dormido en la mitad de una frase. Lo despertó un áspero murmullo. Era la voz ronca de un tío que se alzaba cada vez más fañosa. Circulaba la versión que había divulgado Pierre quien, en todo candor, la tenía del propio Tomás. El accidente, decía el tío, era la consecuencia de un sórdido altercado, de un episodio nefando de relajo. Demostraba tal deterioro moral que exoneraba al herido grave de cualquier apoyo que pudiera prestarle su familia. Él, por lo pronto, se borraba, negándose

a toda asistencia futura, y había entrado al cuarto sólo para instar a Irma allí presente, que lo oía estupefacta desde el sillón, a retirarse. Le faltó aliento para terminar; no le faltó compulsión desalmada. –Despacio, pasito, quedito –aleccionó Irma. Tomás seguía con los ojos bien cerrados, aprensivamente feliz de que ella al menos no lo abandonase. El veterano portero del edificio de enfrente a su domicilio, a cuyo cargo había confiado una copia de las llaves, solía tener malas pulgas si lo contrariaban; pero en esa ocasión –aunque en tono rudo– se demostró solidario: –Vine para advertirle: abrí a los policías porque el gran acontecimiento los hizo aparecer. Siempre esperan beneficiarse. Revisaron los roperos, eso lo sé, aunque no subí con ellos. Le digo más: hace un tiempo entraron a un apartamento en el quinto piso de mi edificio, con el propietario ausente; de un cajón se llevaron cinco mil dólares. Ellos buscan dinero.
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Ya que la noche previa no había dormido allí, pudo congratularse de que la cama de su dormitorio estuviese pulcramente tendida el día del atentado; ese factor descorazonaba cualquier hipótesis que vinculara el crimen a la pasión. –Pasando a otro tema: el gandul ése que lo atacó apareció más tarde, en la misma noche. Quiso llevarse el auto. Usted lo había estacionado a la vuelta. El portero de ahí lo vigilaba y me avisó. Tenía la llave; abrió la portezuela, se sentó al volante e intentó encender el motor, pero no pudo hacerlo arrancar. Entonces sonó la alarma; el muchachón se asustó y se fue. “¿Cuánto tiempo tarda este coche para ir desde el centro hasta Las Piedras?” –Mire: voy a aconsejarlo. No ande con mocosos; sólo buscan aprovecharse; a usted no le sirven. Ésa o cualquiera otra noche el personal del sanatorio detonaba un circuito de estallidos en cadena para aterrorizar a los enfermos, sus rehenes. Consideró la barahúnda y su propia fatiga; pero sus alarmas eran inútiles, el mayor error a sus ojos en que a veces caía: la falta de respetuosa aceptación de sus circunstancias. –Los ingleses –alguien murmuraba en el corredor, bajo el derrumbe estrepitoso de lo que parecía un juego entero de vajilla– crían cada perro negro increíble. Enterrado en el fondo del predio de Parque del Plata, junto a un laurel y un granado, ese perro, mezcla de mona y de león, había muerto bajo las ruedas de un auto. Ahora remontaba por una cauda ardiente de fosfenos. “Serruchame.” Después que se enjuagó las lagañas, se lavó los dientes, aparecieron una mañana dos agentes de investigación de la Jefatura. –Hasta ahora el médico nos tenía prohibido entrevistarlo. Pero parece que ya pasó lo peor. Perdón si lo molestamos. Qué más remedio dadas las circunstancias. Está algo recuperado, parece; en caso contrario el doc no nos hubiera autorizado a pasar. Soy (¿mamón, hijo de puta, cabrón?) Hortensio. Mucho gusto.
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En vez de elegir el sillón se sentó sobre la cama para lograr un efecto de inmediatez y confidencia. Las pálpebras contraídas como rajas se aproximaron; los ojos centelleaban de astucia y movilidad. El segundo policía se mantenía en silencio, de pie, unos pasos más atrás, atento y avizor, el cutis horadado por la viruela, los extremos de la boca curvados hacia abajo en un rictus de invariable amargura, miedo y desconfianza. Incómodo ante la mirada del paciente, que lo examinaba, apartó la vista, como si escondiera algún designio adverso.

–¿Qué motivo pudo tener para agredirlo? –espetó el confianzudo. –Robarme la computadora. Yo le había regalado un modelo antiguo. Él no tenía plata para comprarse uno de última generación. También quiso robarme el coche, con un sentido experto en acreditar pertenencias. Por suerte no pudo hacerlo arrancar; falto de práctica, supongo. –Pero ¿cuál era la actitud de él hacia usted? ¿Nunca le manifestó si sentía algo? –No, en absoluto. –¿No cree que él estuviera humillado, o celoso, si es que usted no hacía caso de ciertas pretensiones... sentimentales que él pudiera sostener hacia usted, y ése fue un motivo para vengarse? –No. Tiene novia; me habló acerca de ella. –¿Dónde dijo que vive? ¿En el Cerro? ¿No sabe exactamente dónde? Se guardó de darle el teléfono de la parroquia, iglesia, abadía, donde fuera que Lucas se juntaba con su madre los domingos; evitó mencionar al abuelo sacristán, que rezaba el rosario en voz alta; evitó extenderse acerca de las tías monjas, la escuela de computación, la profesión de la madre. Antes de medir la magnitud de su riesgo prefirió callarse la boca. Aunque en la fecha del crimen faltasen sólo diez días para su cumpleaños, Lucas era aún legalmente un menor, inimputable según el código penal. Su caso iría ante un juez de menores. Podría argüir, en su descargo, que él lo molestaba física o moralmente; la cuchillada habría sido la respuesta merecida a una agresión de hecho o de palabra que atentase a su pudor. “Y hete aquí conejo en trampa, mi querido agónico o recauchutado; terminarías tú entre rejas, por violador; y el asesino libre.”
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–Volveré con fotos. ¿Tendría inconveniente en identificarlo? –No, en absoluto. Me interesa que lo prendan. No estoy asustado, pero sé que puede entrar aquí cuando se le cante, como entraron ustedes, como entran todos. Le conviene eliminarme; total, soy el único testigo. No quiero que me atraviese como una brochette una vez más. El perro recorría la habitación bajo la lluvia de fosfenos. A su debido tiempo Tomás había arrojado al estuario el collar del pequinés muerto, que aún conservaba mechones enredados de su pelambre y estaba impregnado de su olor. Y tan rubio como el perro, apareció Marcos. No sabía que estaba allí. Pero estaba. Eran iguales, el perro y Marcos, bajo cierto respecto. 30 de octubre Viajo en bus con mi hermana; ella debe comparecer ante un comité de inspección nazi. Todavía no se sabe si la obligarán a firmar el cuestionario con su propia sangre de una herida de cuchillo en el seno o le aplicarán cánulas finas que se la chupen. Me llega a mí el turno del examen: aunque el lugar sigue siendo Alemania, el período histórico ha cambiado: ahora estamos en los primeros cincuenta, bajo Adenauer. Mi hermana y yo nos sentamos sobre una cama en un dormitorio de mansarda. Todo está a oscuras. El examinador, de pelo rapado color zanahoria, está ante nosotros. Le pido a mi hermana que encienda la luz porque temo que el alemán me ensarte una aguja de repente, sin que yo pueda impedirlo. Con luz habrá por lo menos una posibilidad de defenderse. Me pregunto si el apagón abarca toda la ciudad, sólo un barrio o apenas la casa en que estamos. De repente se enciende la luz. Mi hermana se llama Madera, el inspector, señor

Madera. Cuando le hablo a mi hermana, él piensa que me dirijo a él, y este malentendido me obliga a dar explicaciones.
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El señor Madera me dice que renuncia a su papel de torturador, cuyo desempeño no ha llegado a concretarse. Ahora me ordena –no ha dejado de ocupar su puesto de autoridad– que, al revés, sea yo quien lo pinche a él. Le prevengo que si le causo algún dolor no será adrede y no debería tomarse un desquite. La jeringa es muy pequeña, en verdad del tamaño de una uña; la aguja es tan larga como la mitad de mi dedo meñique. Le palmeo la nalga para relajarla, y le clavo la aguja, aunque sólo a medias. A medida que presiono la jeringa, voy hundiendo, siempre con cautela y despacio, la aguja. Los policías volvieron. El inspector avispado y conversador abrió el portafolios, extrajo una foto tamaño carné que representaba al acusado. El puñetero gurí de la instantánea, con jopito a lo “petitero”, un resplandor mortífero en las pupilas amarillas, trasparentes, ¿era Lucas? El de la foto tenía el cabello corto. ¿Cuántos meses deberían pasar para que creciera como lo conoció? –No. No es él. El comisario retiró sin majadería el cartón de ante los ojos del inválido. Se dio cuenta de que, por una razón u otra, la víctima no iba a colaborar. –Acá tiene mi tarjeta. Llámeme cuando quiera, por cualquier consulta. Pregúnteme lo que le parezca. Aseguró que regresaría. Pero no apareció más. Tomás estaba en San Pablo, diez años antes de la fecha; la niebla lo desorientaba; ¿era la esquina del albergue Los Tucanes? Marcos iba con él. En dirección contraria se acercaban dos negros altos y fuertes. Pero San Pablo está lleno de negros. No es para asombrarse. Un rubio, en cambio, un rubio portugués, un marino rubio, un capitán de quince años, del bar O bom crioulo, como Marcos, no se encontraba todos los días. Embelesado con su parejita, ni siquiera miró a los cafres; o sea que los vio sin verlos. Pero al deslizarse junto a él uno de los dos le enganchó el cuello con el brazo y lo tascó; jalaba, obligándolo a arquearse hacia atrás, mientras el filo de un cuchillo le pinchaba la espalda:
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–Dinheiro, dinheiro! El agredido se llevó la mano al bolso sin oponer ninguna resistencia. Marcos, entretanto, saltó al medio de la calle, dio la alarma a voz en cuello: –Ladrao, ladrao! Contra toda expectativa los rapiñeros, por miedo de que los sorprendieran, dejaron libre a la víctima sin cobrar la billetera. Saltaron como gatos y desaparecieron en la noche. Se incorporó mientras Marcos, clavado en la mitad de la calzada, sonaba todavía, como un pájaro que guarda el nido, el grito de alarma. Después se acercó, lo abrazó entre lágrimas y borbotó convulso: –Eu defendo vocé! Eu defendo vocé! Si cortamos la cabeza, y luego descuartizamos el bagual de parte a parte, nuestro proceder será furia en la muerte, luego ensañamiento: Tomás fue castigado por la aparición de Pierre el giboso. Meses atrás, con una mueca de gato maula, le había lanzado a Julián en la cara la llama viva del encendedor. Esta vez contó que, borracho, se había encontrado con él en un bar de ambiente. En vez de ignorarlo con reserva, como correspondía, nunca hubo hombre más dedicado a ser amable, como si un gran bien fuera a advenirle

del muchacho; lo testimoniaba el aflujo de regocijo que puso al detallar su historia. –“Esta noche me harté del parque; no hay nadie”, me dijo. “Por eso vine, necesito un trago.” Así fue que hablamos de puterío; estuvimos de palique como chanchos, encantados, muertos de risa, por más de una hora, sin darnos cuenta de que el tiempo pasaba. Apenas lo hubo oído, pareciendo racional y desafectado, cortés con las damas, ventajoso sobre la superioridad negligente, Tomás pensó: “Sí, parece tener una grandiosa benevolencia conmigo”. Coronando su ronda de perjudiciales chivatazos, había complicado el trato, difícil de por sí, que él mantenía con su amor –Gracias. Es el empujón que necesitaba para recuperarme. Una sonrisa demasiado ágil, a la vez nerviosa y congelada por falta de crédito, seguía animando la cara de Pierre, hacía brillar los mismos ojos, no tan burlones, acaso más graves, detrás de los mismos anteojos:
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–Tu taxi tenía la cola sobresaliente; ¿se habrá puesto siliconas? –No –opuso Tomás, ya a punto de sofocarse–. La cola se pone en evidencia cuando usan jeans de mujer. –Ah, debe ser eso. El pantalón era de una tela elástica, metalescente: se diría collant. Lo embretaba bien en ancas y piernas, re-chico. Sus mofletes se sobresaltaban al mínimo temblor, sensibles, parecía, al soplo del pensamiento; se había encorvado, encogido aún más, se ponía gruñón. Sólo lograba resultados mediocres en su trabajo. Había aspirado en un momento, esa noción le había cruzado la cabeza, que Tomás deviniese su amante. El despecho del giboso no era, a la verdad, personal; era un resentimiento “metalescente”, generalizado a las circunstancias conjuntas de la vida. “Aunque sus maneras parecen halagüeñas, es mejor mirar alrededor y constatar qué es lo que hace.” Se juró que, una vez fuera del hospital, lo evitaría por el resto de su vida, de la vida de Pierre, por el resto de muchas vidas. Dumas, el modisto, lo visitaba con frecuencia; ése al menos no lo envenenaba. Trajo informes de Aldo, el médico swinger a través de quien Tomás había conocido a su asesino. El doctor en strippers, flemático, como si fuera la cosa más notoria del mundo, declaraba: –Recomendé al guacho para un encuentro casual; una vez, dos veces. Más, es locura. No se le pudo sino hacer justicia al cirujano, que probó su destreza al cortar y coser. Había en el tono de voz de la practicante, mientras le aseguraba que debía corroborar la opinión de ella en el espejo para enterarse de las noticias de su colaborador, la felicidad de restaurar una piel junta y prometedora, fuerte en los surcos, acerca de lo cual era compelida a dar una buena nota; suspiró y sonrió, dejando el balance de aprobación mucho en su favor. A las dos semanas de internamiento, una amiga le prestó un teléfono celular. En el mismo instante un desgarrón le borroneó la vista. No era la costura que le tironeaba a cada movimiento. Era la
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emoción sensible y dolorosa de poder llamar a Julián. O-ddio! No estaba curado de él. Era la misma presión antigua en la base del esófago. “Sin quererte herir te hice sufrir/ cuando estaba muriendo yo a los tajos.” Se obligó a pulsar los fatídicos números de su némesis. Al reconocer la voz, el otro eligió un tono conmemorativo de resignada nostalgia. –Uno de estos días amanecí cerca de tu casa. Iba a timbrarte pero

después pensé: “No, si él no quiere verme, ¿para qué voy a llamar?” Con el saludo, incluía la noticia de una fornicación en el vecindario; lo informaba que había dormido en casa de otro, en las inmediaciones de su apartamento. “Y he hallado más amarga que la muerte a aquella cuyo corazón es lazos y redes, y sus manos ligaduras.” Decidió no acusar el golpe. –Te estoy llamando desde el sanatorio. La noche misma en que planeaba encontrarte para que fuéramos juntos al concierto, unos tipos con opiniones diferentes, pero que pensaban lo mismo, me asaltaron; me hirieron; por eso no fui a buscarte. El otro no hizo preguntas ni comentarios. Fingía ignorar muchas cuestiones, procedía igual que con cualquiera de sus conocidos que le confesase una fechoría: desdeñaba interrogar, para que después no lo acusaran de trasmitir datos a las autoridades. Infinitamente avezado y ni la mitad engreído, ni por un segundo creyó que el atraco hubiese ocurrido tal como Tomás lo presentaba. Ni era una excusa por no aparecer, ya que seguramente habría tenido lugar no la noche de la cita sino en algún otro momento posterior. Su casi muerte por lo tanto no resultó una justificación válida para que lo perdonase, sino a lo sumo constituía una prueba de que el herido llevaba una vida doble, lo cual eliminaba cualquier razón para sentirse solidario. –¿Querés que te lleve una frazada? (risas) Recordaba la mentira de casi un año antes, en víspera del viaje a Punta de Diablo, de que debía socorrer a un amigo entre rejas con una manta. Pero si lo había “clavado” con un maleficio, Tomás no iba a darle la oportunidad de comprobar su efecto por inspección ocular directa. –No, no vengas. Cuando salga de aquí te avisaré desde la casa.
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Gota a gota la cánula drenaba del pulmón una mezcla de sangre y secreciones amarillas. Cada madrugada las enfermeras controlaban la altura a que había llegado el líquido en el frasco y escribían un informe. Durante semanas el nivel medio no disminuyó. Pero un buen día le dijeron que podía levantarse. No era algo que pudiese hacer solo. Llevaba en la mano la vasija de sus propias deyecciones, una prótesis de la que aún no se podía separar; cuidaba de no jalar brusco ni enredar de ningún modo el caño de su chorro deletéreo, mientras una enfermera lo asistía en su ruta hacia el baño. Fue un viaje sentimental y conversable, aunque sus tópicos y los de la enfermera rara vez se mezclaban. “He aquí los primeros pasos de Julián después de la hepatitis; los míos son todavía más difíciles.” Miró su figura en el espejo del retrete. El orificio del pecho por donde drenaba el pulmón le hizo pensar en la branquia redonda de un escualo. Encapuchada por el albornoz que le había regalado Dumas, su cabeza parecía la del viejo Cronos. Nada de eso superaba la impresión cruda del edema; tironeado por la gran costura, su tronco se había torcido. “El que recio se suena las narices, se sacará sangre.”

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El mar estaba negro bajo la dudosa luz de la tormenta; las piernas se hundían hasta las rodillas en un tembladeral de arena. ¿Quién podía andar sino a zancadas? Valvas rotas de mejillones, conchillas de toda especie, le cortaban las plantas. A poco que se metiera en el agua, las olas lo corrían como un felino sarcástico; andaba por la orilla, empapado como rata costera. “La lluvia cae, no porque me necesite. Ni la necesito yo, porque soy lluvia; tan mojado como la lluvia misma.” Encontró un pedazo de cuerda azul que formaba un lazo; representaba, le recordó, el collar y la correa del perro rubio, que le devolvían

ahora, a través de un trayecto de ida y vuelta por el agua.
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La ola le tocó el hombro con su lenguarada, dio la vuelta, chasqueó y escupió contra su cintura; un sádico cumplido. El brazo de mar lo apretó alrededor del talle, como una faja; remató de un bofetón el desquite, más allá, más acá de la barrera de la piel, en franca violación de la frontera del cuerpo. Tomás se zambullía y sobresalía con quebranto, la espuma le masajeaba las heridas y los pechos, reacomodaba el vello y el remolino del cabello. Aunque la palmada lo reconfortó, esos reveses lo aplastaron contra el fondo con planazos tales que se raspó la cicatriz todavía delicada y se hizo un desgarre. Sobre las crestas se acercaba a la costa una embarcación indonesia color verde lechuga. El casco se apoyaba en dos patines laterales; llevaba un par de ojos dibujados a los flancos, de modo que el espolón de proa recordaba la proboscis de un insecto: la vera efigie del mamboretá acuático. “Gracias –repitió–, he podido olvidar a Julián por diez minutos.” Se arrastró por el desplayado como una tortuga. Se concentró en olvidar. Desde un sitio distante, desde un helicóptero en vuelo allá arriba, se vio a sí mismo como si fuera un grano de arena confundido en el cotillón de la playa. En la cabaña de Donato –que lo había invitado al mar por unos días para recuperarse, después de un mes largo en el hospital– colgaba una placa pintada al óleo con un toque ingenuo. Representaba al diablo. Estaba sentado en una banqueta con una pierna cruzada; fumaba; sus ojos se enrojecían por la brasa del cachimbo. “Él no comparte la banqueta con nadie.” A cien metros de la cabaña, semioculto por un macizo de fronda, se levantaba un edificio lóbrego, que evocaba, o quizá era, un templo de vudú; el alero, cubierto por un quincho de hebras largas y desparejas, imponía a la veranda color de sangre una cuasi completa veladura; pero se captaba, con todo, la impronta lacre. –Vecino, mire: al costado del templo vudú, codo con codo, esa señorita choza descalabrada; quedó interrumpida su construcción por falta de fondos, o de habitantes; ¿quién sabe? Es un esqueleto a medio deshacer, ya desgonzado, del caballero Don Quijote después de su lucha contra las aspas. O la carcasa vacía de una mosca, cuyo
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espíritu, alma, cogollo, yema, ha sido chupada por el templo: es su zombi. Después de haber pasado cinco días en la casa de otro hombre, Tomás regresaba a la suya una noche de verano. La hetaira fantasma o la doncella-zorro, Lucas, de chaleco blanco, o qualcuno che somiglia a lui, pasó corriendo por la vereda frente a la puerta y lo rozó con un brazo. Fue como si el asesino, que merodeaba el lugar del crimen con la idea de volver a entrar al apartamento y robar, lo hubiera reconocido cuando era demasiado tarde, cuando ya estaba encima de él y no pudiese volver atrás. Hizo un esquince, aceleró y huyó hacia delante por la avenida de alisos que lo tragó limpiamente. “Su cara es una masa de entrañas. Cabalga el chillante viento sur.” Aún no sabía si el hecho de recobrarse contaba o no con la aprobación de Julián. Alentado por su oferta –mítica– de llevarle una toalla (o una manta) al sanatorio, pulsó los números negros, mostrando la blanca dentadura de un espectro sonriente. Se puso en contacto con él en un instante. –Estoy de vuelta en el hogar. El demonio nunca cesaba de sorprenderlo; fue tan cuidadoso en su cortesía, que pensó que debería haber recibido una versión diferente de su vida hasta la fecha.

Huidizo, casi hostil, propuso: –Si querés que nos encontremos, pasá a buscarme por el complejo. –Lamento no poder manejar hasta Colón –objetó el convaleciente–. El cirujano me prohibió conducir; cualquier maniobra brusca, dice, podría desgarrar tejidos que aún no terminan de cicatrizar. –Bien; en ese caso, no nos veremos. Yo no puedo visitarte. Al centro no voy casi nunca, sólo cuando mi madre me encarga algún trámite, cosa muy rara, y siempre en horario de oficina, es claro. Si voy, te avisaré; puede que entonces, si me alcanza el tiempo, te haga un saludo breve; en cualquier caso, no será pronto. No obstante su crudeza, la crueldad sobrenatural y el hecho, que conocía bien por vía indirecta, de que iba con frecuencia al parque por las noches a hacer sus rondas, estuvo a punto de creerle.
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Tragarse la píldora resultaba menos dañino para su constitución. Pero el desmán sirvió, esta vez sí, para que renunciara a cualquier pretensión que pudiera mantener sobre él. Tuvo el efecto de que se rebelara frente a su verdugo. Si se había inclinado para pasar bajo ese dintel con jambas de piedra o de madera, las horcas caudinas de la muerte, entonces el mayor amor, el más constante, se volvía compatible con la burla infinita, con la música más loca, con el arrobo de ser lúcido. La muerte se había hecho presente como un desgarramiento cómico en el telón de fondo. Al abrirse el vacío, adivinaba al ser amado: “No hay nada”. Las partículas de “nieve” en el interior de la esfera de vidrio de su escritorio clinaban, bullían; el torbellino borraba todas las formas. El vacío libera las ataduras; ya no hay enredos en el vacío. Exhibía el fenómeno de la indiferencia como vértice de su experiencia del mundo: si ya sabemos que el mundo puede oponernos una indiferencia completa y que con seguridad ha de atestiguárnosla, entonces sabremos también que las experiencias parciales de la indiferencia nos introducen al modo de nuestras relaciones con el mundo. “A través de él me habla el silencio del mundo, su global indiferencia.” Y sin embargo, mientras estuviera vivo, habitaba un entre dos. 28 de noviembre Julián muestra una expresión de rutina, estereotipada, no tiene más corazón que una piedra y un temperamento de demonio. Le doy la espalda. Pero me siento traspasado por sus ojos; entonces me vuelvo y lo miro al sesgo; su expresión me parece triste, como si la vida que lleva lo hiciera sentirse mal, aunque sospecho que se trate apenas de una comedia. Lo fisgo otra vez: ahora me parece discernir en sus ojos una chispa de alegría pícara mal disimulada. Con tal de mantenerlo en vilo, el muchacho no dejaba de telefonear. Cada siete días proponía una visita, que cancelaba indefectible a las pocas horas bajo cualquier pretexto. Tomás lo atendía
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como a un vampiro familiar, le seguía el juego, casi calmo y casi alegre; no le importaba de verdad que se vieran o no. Pasado un mes, el torturador marcó una cita con viso de probable. Ajustó con minucia las circunstancias del encuentro e insistió en que Tomás le diera seguridades de que acudiría. Se vieron en las inmediaciones del parque, cerca de los circuitos acostumbrados del prostituto. A la luz de neón de una heladería la cara mongol apareció deshecha de agotamiento, las narinas se hinchaban como ollares, por haber sido usado muchas veces. –Sí, salgo todas las noches. Quedarme en casa mirando el televisor me parece una pérdida de tiempo. Si vengo al parque en cambio,

al menos conozco a alguno: anoche ligué con el empresario de una fábrica de Santos. A Tomás ya no le interesaban sus historias; pero el otro fue implacable. –Una noche pasó Lala, el político. Un travesti amigo lo llamó para conversar; después me llamó a mí. Cuando me vio, Lala salió corriendo; quiero decir, apretó el acelerador. Se habrá asustado, digo yo. –Obviamente no sos su tipo. El busca machorros sanforizados. –Sí, puede ser. Pero estoy en acecho de otro: el político X...; si lo veo me tiro abajo de las gomas, te juro; por ése muero. Tomás resolvió no llevarlo a su domicilio. El cuarto de hotel adonde fueron tenía la forma extraña de un martillo irregular. –Parece una casa –dijo Julián. Parecía, en efecto, porque tenía más de un ambiente, pero no era. Era apenas un colchón provisorio. Vivían en el mundo del “como si”; pero las paredes se desgastaban cada vez más hasta casi borrarse; y quedaba sólo la convicción de lo gratuito. Ya no tenía conciencia de tenerlo entre los brazos; ni siquiera de haberlo penetrado. Ráfagas de humo se desplazaban desde una profundidad hueca. Una bandera cosida de pelo, compuesta de trocitos cuadrados como escapularios de crin unidos por rebarbas, se abría frente a él en un raudo levante y crepitar de giros, restallaba sobre su cabeza. Un instante después advirtió que había caído en la más completa ausencia de espíritu.
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–No te duermas –dijo el muchacho–. No quiero irme a media mañana. No descansaré bien aquí, no descansaré bien en casa. En un rincón arbolado y sombrío se despidieron. –¿Cuándo te llamo? ¿Pasado mañana? –Traspasado –corrigió Tomás. Los coches disminuían la marcha alrededor de la rotonda, los focos se demoraban sobre las siluetas. El géiser de la fuente principal, iluminado por un reflector antibombardeo, restallaba en altura con fulguraciones que encandilaban. Colgando las piernas del muro de la alberca, Julián tomaba el fresco. Tomás pasó en coche y circunvaló la fuente. Al verlo, su amigo aprontó una mueca risueña y se acercó ajustándose la pretina. Estaba avergonzado de que lo pillara infraganti en lo más expuesto de su negocio. –¿Qué hacés? ¿Dirigís el tráfico? –Espero a un conocido –levantó el brazo y miró un imaginario reloj pulsera en su muñeca. Despertó al mediodía, con dolor de cabeza y la noción de que no toleraría verlo esa noche, como habían combinado. Para no obligarse a responder el teléfono salió calle afuera. Cuando volvió, horas más tarde, encontró varios mensajes suyos en el contestador. Al otro día llamó de nuevo: –¿En qué andás? –Estoy de fajina. Cuando llega fin de año, hay papeles inservibles que eliminar. Un camarada a su lado clasificaba los libros. –Mañana es Nochebuena, ¿podrías pasar a recogerme por Colón? Ya sabés que no habrá transporte. Igual que el año previo, por estas fechas, Julián solicitaba el servicio de un chofer. Le dio la misma respuesta que le había dado doce meses antes. –Estoy comprometido. No sé a qué hora quedaré libre. Y, como el año previo, se encontraron a pesar de todo en la

noche de la fiesta. Tomás acudió a La Pirámide y Julián se encon342 traba dentro; el pelo atado en mitad de la espalda se abría como los alerones oscuros de una paloma contra la pluma blanca de la camiseta. –Feliz Navidad –le dio un beso en la mejilla. El otro respondió con una sonrisa parca; no estaba para conversar con quien no lo había querido traer. El olor a sudor y a perfume, las peleas oscuras y puntillosas, lo asfixiaban, pero el conjunto lo dejaba indiferente, como puede dejar indiferente un río desbarrancado, apenas teñido de desprecio. ¿Cómo había podido olvidar? Un par de aguachirles se abstraían en el pool. Le trajeron a la memoria la aspiración profesional de su matador: convertirse en uno de los “chicos Pirámide”. Eligió un palo de billar, una vara muy dura ¿sería quebracho? En caso de que el otro sacara una navaja, o lo agrediera con una botella, él ya tenía pronta el arma. Palo en mano, ascendió con deliberada lentitud los escalones hasta la guarida de su asesino. Un stripper al que ya conocía se asomó al ventanuco del piso alto. Le hizo ademán de que entrara al teatrillo donde se desvestían. Tomás escondió la vara de la justicia detrás de la espalda. El portero, tambián stripper, lo dejó pasar sin notarla. Un muchachito que parecía una gallina, con todo ese arreglo de cuero alrededor de la cintura, culminaba sus contorsiones en el podio. Dos oficinistas pelados, cuarentones, comentaban, vaso en mano, los méritos y deméritos del performer. El que lo había saludado se acercó. –¿Cómo andás? –¿Conocés a un tal Lucas? Teñido ala de cuervo, una segunda Cleopatra. Trabaja aquí. –No, no trabaja. En caso contrario, yo lo conocería. La mano oculta tras la espalda despertó la curiosidad del portero: –¡Eh! No puede entrar acá con ese palo. –Me voy. Ya tengo averiguado lo que venía a saber. Regresó –forzoso es consignarlo en esta memoria– al parque con frecuencia. De lejos avizoraba al indio entre nódulos precarios
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por una senda de hormigas cuyos periplos se disolvían en un laberinto de conjeturas. Lo reconocía por el gesto de extrapolar la cabeza, más pendiente que sus camaradas de las “gomas” que pudiesen levantarlo en otro viaje. Cada vez que sentía ganas de verlo, pasaba por el bosque. Al refrescar el identikit, lo consideraba más siniestro y se arrepentía menos de distanciarse. El muchacho caminaba por la vereda de la avenida en dirección al parque. Llevaba en la mano una botella de cerveza. A pesar de la hepatitis reciente bebía sin parar. Tomás sacó el brazo por la ventanilla y lo saludó; el otro devolvió un calco fantasmal del saludo, no sólo porque estuviera beodo –sí lo estaba– sino también porque había descubierto a Ariel, su nuevo amigo, en la cabina de la camioneta. Esa coincidencia informó al trotacalles que había sido sustituido. En su semblante, desencajado por la consternación, saltaron unas lágrimas. “El águila con sangre tiene cercado el rostro; la mazorca en divina tierra, en mástil de sonajas está apoyada.” No consideraba peligroso al nuevo Michael Jackson aunque de hecho el paralelo con su asesino –sangre sobre la pista de baile– lo contagiaba de una luz roja, siempre con alguna aprensión. El contact finish de la madre de Ariel confería a las mejillas del chico el acabado mate de una muñeca tailandesa, el look oriental de Michael. Robaba también a genetrix –una treintañera fuertona que tocaba la guitarra y fungía independiente, con amantes ocasionales– un cinto ancho de goma charolada roja, que usaba terciado sobre sus

calzas de cuero negro, que participaban al mismo tiempo del pantalón de montar y del de un zuavo. En vez de la camisilla negra de tul vistió una noche una de tansa tirante y abierta en forma de red que imprimía a su cutis un sistema de hidrovías rojas como los canales de Marte. Las rígidas bolitas de los pezones emergían erectas entre los cuadrantes. Ése fue el toque punk de Ariel. Un efluvio de ungüento emanaba del cuello del favorito, un aro grande, rotundo, en cada oreja, un halo notorio alrededor de los ojos. ¿Qué? Se los estaba pintando. En la mano derecha sostenía el delineador que aplicaba a las pálpebras, mientras las aletas de su nariz de base ancha temblaban sensitivas
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como tiembla el pericarpio en forma de ala de las sámaras de un fresno. Se mojaba el pelo y al levantar la cabeza enviaba chisguetazos en más de una dirección; las mechas se pegoteaban a los parietales y al cuello con el wet look que requería para bailar refrescado. Confesó que siempre había sentido, desde niño, sin que él pudiera explicárselo, un embeleso injustificable ante el ídolo Michael Jackson. Ese amor no se había desmentido con el paso del tiempo y ahora a sus diecisiete pensaba lograr con un lifting un mayor parecido con él; la idea de la operación sobre facciones tan laudables contenía el excitante cruel de un dios loco. Con tales sentimientos como eran mostrados por el momento no podría suponerse que Ariel fuera a dejar de visitarlo. No estaba actuando un papel, ni hacía insinceras declaraciones. Él difícilmente las habría esperado. El trasero, reluciente y duro dentro de la pernera de nonato, percutía contra la cremallera de la bragueta de Tomás que lo chicoteaba, como la filigrana infinitamente maleable de una encendida vela roja. Los parlantes metidos en las orejas, Ariel se sentía alegre y con inclinaciones gregarias, sin nada del pudor y reserva del día que lo conoció. El entresijo de espiras y tirabuzones melados detrás de las orejas destilaba esencia que intoxicaba. Tomás caracoleó, vareaba el instrumento, alternaba los ángulos del asedio. El otro escamoteaba el hoyo pero no le impedía insistir. Ese caracoleo, mientras duró, jamás perdió realce. Se confundía, como si un dios protector del joven le lanzase puñados de arena a los ojos para impedir que lo alanceara. Pero como la jabalina ensarta un sargo entre las piedras de la cañada: así lo clavó de repente. Ariel quedó estupefacto, por un instante perdió el poder de reaccionar; enseguida gritó: “¡Pará, pará!” El agresor se inmovilizó para no empeorar el inconveniente, contento y temblando de perseverar entre los retortijones del alanceado, hasta que, por desespero, largó el chisguete. Nadando en sudor establecieron una tregua y recuperaron el aliento, unidos en un abrazo cara a cara. 14 de febrero Tengo ante mi vista la caja de cartón de un video de Michael Jackson. Sobre el canto hay una impre345 sión holográfica del rostro del cantante, con efecto de esmalte en relieve, forma de camafeo, hebilla de un cinturón, un Cristo en una estampa new age. Estoy en un cuarto con una cantante que telefonea a Michael Jackson. Es un teléfono interno de Neverland. La cantante –¿o es una productora?– es tímida, pero cuando habla con Michael pretende aparentar seguridad. ¿O será sorda? Levanta la voz, como si la conexión del interno estuviese estropeada, martilla cada palabra con el volumen alto que debería, según ella, asegurar que la comprendan. Al mismo tiempo una cocinera mexicana entra al cuarto trayendo una sopera caliente. Es la comida de Michael. Él prefiere esa simple dieta doméstica a las

extravagancias de un restorán que arruinarían su salud. La mexicana me sirve a mí también un plato de sopa, con trozos de zanahoria y papa. Me habría gustado que contuviese más líquido. Al levantar la cuchara con un trozo de zanahoria, noto que allí sobreflota un pendejo negro, grueso, enrulado que se ha colado en la sopa. ¿Pertenece a la cabeza o a la ingle de Michael? Su captor de llamadas registró, de vez en cuando, telefonazos de Julián. Si él respondía, colgaba meramente, pero dejaba el picor; daba noticia de que se encontraba disponible, en caso de que lo necesitase. Una tarde de lluvia divisó por la ventana a un ganforro en chamarra, disimulado bajo la copa de un fresno. Circunspecto sin ser gazmoño, se detenía en la vereda de enfrente, torcía la cabeza en dirección a la ventana. Le resultó imposible determinar si ya estaba parado cuando se asomó, o si se había detenido a mirar en ese instante. Llevaba el pelo corto, una chaqueta de plástico azul y verde. Dio dos o tres pasos, paró, miró de nuevo. Avanzaba a trancos breves, a la manera de un pingüino, con los brazos pegados a los flancos, como si sostuviera un pelotón de excremento entre las nalgas. Ese modo de andar estaba sazonado por un ingrediente que, al amalgamarse, le causó a Tomás cierta repugnancia. Le recordó
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al director de su liceo, cuando él era adolescente; caminaba como alguien que tiene un zapapico clavado en la cola y aprieta las nalgas a fin de no perder la continencia. Se alejó del alféizar; retomó una idea que trabajaba con cabal disfrute. Sólo más tarde entendió. La comprensión y la gratificación vinieron juntas: ¡la personita de la calle no era otro que Julián! El pelo corto contradecía su idea de él; pero no era corto de verdad: para evitar que se mojara, lo había escondido bajo el cuello levantado de la chaqueta. Pasaba, llevado quizá por la ocasión, si es que había dormido la noche previa con alguien de la zona. Entretanto, aprovechaba para fisgonear. Al ver a Tomás en la ventana entreparó, con la expectativa de un cabeceo cómplice. ¡Pero él no lo había reconocido! En el video nuevo –que miraban con Ariel– Michael baila en compañía de unos indios enjabelgados que parecen charrúas. Ellos miran con mil ojos vacíos de las cordilleras, tal vez sólo revelan restos de un mundo anterior medio humano, medio bestia, y acaso demoníaco; en pie por encima de capas de piedra y cantos rodados, con los cuales mares de épocas posteriores habían cubierto el terreno primario, y en su seno, se opina, habíanse conservado las andanzas de los achaparrados hombres peces, lascivos engendros del diablo. De repente una llamarada atravesó el azul del cielo; enseguida, toda la selva arde. Los agentes del incendio son los colonos de la Amazonia, con el propósito de robar la selva a los cazadores y recolectores, aprovechándola para la agricultura. Michael y los indios son testigos cariacontecidos, llorosos e impotentes de la catástrofe. No sólo presencian el incendio; una lista desordenada de horrores planetarios concurre ante sus ojos: un elefante es muerto para robarle los colmillos, un hombre es perseguido y derribado de un balazo. “Tan sólo el diminuto banquete de la araña basta para romper el equilibrio de todo el cielo.” Humean los tizones de la quema. Entonces Michael cruza el campo achicharrado donde había estado el bosque, se prende con ambas manos a un par de troncos que aún subsisten en pie; con energía chamánica funge de antena pararrayos y atrae la electricidad de la atmósfera; un transtorno violento, una tormenta con relámpagos y detonaciones explota al347 rededor de un centro de baja presión: el ojo del huracán. La tierra se

moja y reverdece, la lluvia regenera la vida. No sólo eso: el equilibrio es restaurado para toda la serie de desastres: la selva crece de nuevo, el elefante recupera sus colmillos, el hombre muerto resucita y se incorpora, igual que una película pasada al revés. ¡Mano negra, moreno! ¡Ah, me olvidaba! El chalet de Parque del Plata se vendió. La tía Irma, habiendo renunciado a comprar la casa derruida frente al shopping de Punta Carretas, se mudó a un edificio tranquilo en una calle poblada de plátanos, que le agrada muchísimo. En sus noches juntos, Tomás y Ariel escuchaban, a veces, un programa de radio cuyo locutor, entre tema y tema, proponía adivinanzas. A partir, por ejemplo, de las letras: “N. g...a. p..v.r. .. ch...ngos”, había que reconstruir un conocido refrán. Trabajando en tándem, encontraron la clave. (¿No guardar pavor a los chongos?) –¡No gastar pólvora en chimangos! La pesca del atún había durado un tiempo. La ballena del invierno estaba encima. ¿Por qué decidió un día cortar la relación que los había unido con su nuevo amigo durante meses? Como Próspero, deshizo el vínculo, liberó la energía del aire en el aire. No quiso forzar a Ariel a que dejara de ser lo que era: un radioso ambiguo, que no terminaba de aceptar que lo cogieran. Había depositado en el culo del otro una semilla. Si esa semilla se transformaba en palo verde, no era cuestión suya. En las cenas solía encontrarlo sentado al lado de él; no sin alguna maña de su parte se ingeniaba para llamar y concertar las citas. Siempre telefoneaba. –¿Cómo andás? ¿Nos vemos esta noche? –Tengo una tarea para entregar mañana. A veces daba su aquiescencia; no podía evitar reconocer lo que Ariel valía. –¿Cuándo nos encontramos?
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–No estaré en Montevideo por tres semanas. El muchacho insistía en la procura. La mesa era de nuevo convenientemente cubierta con un mantel, el intercambio restablecido, las maneras desenvueltas. Hasta el nuevo pinchazo, que sembraba la duda y la desazón. “¿Qué estaré haciendo?” se preguntaba Tomás. Las excusas no siempre surtían el efecto pretendido y no podían repetirse en automático. Si Ariel procuraba ignorar cualquier intentona de apartarlo, él debería concluir que había llegado el momento de despedirse. –¿Nos vemos esta noche? –Nos vemos cuando quieras. Pero ahora estoy saliendo con alguien que no sólo me da la cola, sino que no me cobra. ¿Cómo pudo ser tan bruto? No era cierto, no tenía a nadie.
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